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Catequesis de Confirmación SJO

“Año de la Misericordia”

Presentación
TEMA 2 de Dios Uno y Trino
“Vayan, pues y hagan de todos los pueblos mis discípulos.
Bautícenlos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo
y enséñenles a cumplir todo lo que les he enseñado a
ustedes”

Objetivo: presentar a cada


persona de la Santísima
trinidad como unidad

Motivación: San Agustín fue un Sacerdote, un Santo muy importante, un Doctor de


la Iglesia, muy inteligente, un gran predicador, que estaba pensando cómo poder entender el
Misterio de la Santísima Trinidad y cómo explicarlo mejor.

Estaba caminando por una playa pensando en esto. Y entonces se encontró un niñito
jugando en esa playa. Ustedes saben cómo les gusta a los niños jugar en la playa ¿no? ¿Y
qué hacía el niñito? Corría del mar a la arena, echando poquitos de agua en un huequito que
había abierto en la arena.

San Agustín se distrae de su pensamiento sobre la Santísima Trinidad y se pone a


hablar con el niñito, que era muy lindo. Y le pregunta: Oye, ¿qué estás tratando de hacer
con esos poquitos de agua del mar? Y ¿qué se imaginan que le dice el niño? Estoy tratando
de meter todo el mar en este hoyito.

San Agustín se ríe y le trata de explicar al niño que eso no es posible. Y el Niño le
responde: Agustín eso que trato de hacer es más posible que lo que tú estás tratando de
hacer, que es meter el Misterio de la Santísima Trinidad en tu cabeza. Ya saben quién era el
Niño ¿no?
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“Año de la Misericordia”

Dios uno:
Creemos en un solo Dios porque según el testimonio de las sagradas escrituras solo hay un
Dios y porque, según las leyes de la lógica, tampoco puede haber más que uno. Si hubiera
dos Dioses, uno sería el límite del otro; ninguno de los dos sería Dios.

En la mitología griega vemos varios dioses, tenemos a Zeus que es el rey de los dioses y
dios del rayo pero su límite es el olimpo hay otros dioses para otros lugares y cosas, por
ejemplo Poseidón su hermano es dios del mar y hades dios del infierno, ninguno de ellos es
omnipotente ni omnipresente, porque se limitan entre ellos.
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“Año de la Misericordia”

Según la teogonía de Hesíodo, sabemos que Zeus y sus hermanos fueron engendrados por
Rea y Cronos, y que todos ellos a excepción de Zeus y Poseidón fueron tragados por cronos
por miedo a que sus hijos se les revelara, Zeus quien fue salvado por su madre Rea,
intercambiándolo por una piedra, pudo vencer a su Padre y liberar a sus hermanos, Cronos
sabia por el oráculo que uno de sus hijos lo iba a enfrentar. Por lo tanto podemos concluir
que ninguno de ellos es omnisciente ni eterno.
Nosotros tenemos a un Dios que es omnisciente (todo lo sabe), omnipresente (esta en todo
lugar), omnipotente (todo poderoso), Eterno (sin principio ni fin, donde el tiempo no lo
rige).

Omnipresente
Salmo 139,7-8

Omnisciente Omnipotente
1 Corintios
2,10-11
DIOS Salmo104,3;
Job 33,4

Eterno
Hebreos 9,14

La experiencia fundamental de Dios que tiene el pueblo de Israel es:


“Escucha, Israel; el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo” (Dt 6,4).
Una y otra vez los profetas exhortan a abandonar los falsos dioses y a convertirse al único
Dios:
“Yo soy un Dios justo y salvador; y no hay ninguno más” (Is 45,22).
Jesús mismo confirma que Dios es “el único Señor” y que es preciso amarle con todo el
corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas. Deja al mismo tiempo
entender que él mismo es “el Señor”. Confesar que “Jesús es Señor” es lo propio de la fe
cristiana. Esto no es contrario a la fe en el Dios único. Creer en el Espíritu Santo, “que es
Señor y dador de vida”, no introduce ninguna división en el Dios único:
“Creemos firmemente y confesamos que hay un solo verdadero Dios, inmenso e
inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres
Personas, pero una sola esencia, substancia o naturaleza absolutamente simple” (Concilio
de Letrán IV: DS80)
Monoteísmo, del griego monos = lo único, y theos = Dios, doctrina de la existencia de un único Dios; la doctrina
de Dios como un ser único absoluto y personal, que es el fundamento último de todo. Religiones monoteístas son el
judaísmo, el cristianismo y el islam.
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“Año de la Misericordia”

DIOS trino:
“Dios no es soledad, sino comunión perfecta” (Benedicto XVI, 22/05/2005)
Los cristianos no adoran a tres dioses diferentes, sino a un único ser, que es trino (Padre,
Hijo y Espíritu Santo) y sin embargo uno. Que Dios es trino lo sabemos por Jesucristo: Él,
el hijo habla de su Padre del Cielo.
Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30)
Si Dios estuviera solo y fuera solitario, no podría amar desde toda la eternidad. Iluminados
por Jesucristo, podemos encontrar ya en el antiguo testamento e incluso en toda la creación
huellas de la trinidad.
Podemos ver a la trinidad ya en el origen de todo:
“la tierra era caos y confusión: oscuridad cubría el abismo, mientras el Espíritu de Dios
aleteaba sobre las aguas” (Gén 1,2)
“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan
1, 1)
“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del
unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1, 14)
Y que somos imagen y semejanza de un Dios Trino:
“Entonces dijo Dios: hagamos a los seres humanos a nuestra imagen y semejanza, para
que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y
los reptiles de la tierra” (Gén 1,26).
Dios se presentó a Abraham, primer patriarca del pueblo elegido, como Dios trino:
“Alzó la mirada y vio que había tres individuos parados a su vera” (Gén 18,2).
Y que infundió su espíritu sobre su elegido David, para gobernar a su pueblo:
“El Espíritu de Yahvé habla por mí, su palabra está en mi lengua” (2 Sam 23,2).
Ya en el nuevo testamento Jesús declara:
“Yo y el Padre somos uno” (Juan 10 30)
“Por esto los judíos le dijeron: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?
Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham naciera, Yo Soy.
Entonces tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo” (Juan
8, 57-59)
Cristo se describe así mismo con los atributos de Dios y asume en sí mismo la virtud
absoluta:
“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”
(Juan 14:6)
“Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8, 12)
Cristo nos da a conocer a Dios:
“Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él le ha
dado a conocer” (Juan 1:18)
Pero si Jesús era Dios y no era un engañador ¿qué pruebas había de que el realmente era
Dios?
Curo a los enfermos (Mateo 8, 1-17), Exorcizo a los endemoniados (Marco 1, 23-26),
Resucitó a los muertos (Lucas 8, 50-56), dio de comer a los hambrientos (Mateo 14, 18-20)
soporto el sufrimiento como ningún hombre (Mateo 26:38 40, Juan 19:34 ) , resucito de
entre los muerto cosa que para un hombre normal no puede hacer (Mateo 28:2-4).
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“Año de la Misericordia”

Cristo nos revela que la naturaleza de Dios está en tres divinas personas y que el nombre de
Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
“Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19)
El Espíritu Santo es Dios, En este pasaje Cristo se refiere a la divinidad de Espíritu Santo
cuando dice:
“Por eso os digo: todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la
blasfemia contra el Espíritu no será perdonada” (Mateo 12:31)
Los pecados contra el Espíritu Santo no se perdonan, (referente al pecado de la soberbia)
esto lo dijo Jesús contra los fariseos que se negaban a creer en sus prodigios y querían
cerrar sus entendimientos a la luz del Espíritu de verdad y negarse a ver las obras del Padre
en Jesús, por eso ningún pecado se perdona si no existe arrepentimiento.

Para comprender los misterios de Dios tendríamos que ser como El de naturaleza perfecta e
infinita

DIOS padre: CREADOR Y MISERICORDIOSO


Para reconocer a Dios Padre “creador” debemos de recurrir al origen leemos Gén 1 y
completamos:
DÍA CREACIÓN
Día primero: Luz, día y noche
Día segundo: Cielo y Mar
Día tercero: Tierra, Plantas
Día cuarto: Sol y Luna
Día quinto: Peces y Aves
Día sexto: Animales y Humanos
Día séptimo: Descanso
El objetivo del relato de la creación no es narrar científicamente la historia de la creación
del mundo, la cual se desconoce, sino afirmar que Dios es el origen de todo, incluso del
tiempo que llevo la creación, no proporciona datos arqueológicos ni científicos, sino que
habla del origen y el sentido de la vida. Dios coronó su obra tan variada y hermosa creando
al hombre y entregándole la creación para su dominio y control.
Veneramos a Dios como padre por el hecho de que es el creador y cuida con amor de sus
criaturas. Jesús, el hijo de Dios, nos ha enseñado además a considerar a su padre como
nuestro Padre y a dirigirnos a él colmo “Padre nuestro”.
Muchas religiones anteriores al cristianismo conocen ya el trato a Dios como Padre. Ya
antes de Jesús se hablaba en Israel de Dios como el Padre y se sabía que es también como
una madre.
“¿Así pagas al Señor, pueblo necio e ignorante? ¿No es él tu Padre, que te crio, el
que te hizo y te estableció?” (Dt 32,6)
“¿No tenemos todos nosotros un mismo Padre? ¿No nos ha creado un solo Dios?
¿Por qué nos engañamos unos a otros y quebrantamos la alianza que Dios hizo con
nuestros antepasados” (Mal 2,10)
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“Año de la Misericordia”

“Como un hijo al que su madre consuela, así los consolaré yo a ustedes y en


Jerusalén serán consolados” (Is 66,13)

El padre y la madre son en la experiencia humana la representación del origen y la


autoridad, de aquello que protege y sostiene. Jesús nos muestra de qué modo es Dios
realmente Padre:
“Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).
En la parábola del hijo pródigo, Jesús responde al deseo más hondo que el ser humano tiene
de un Padre misericordioso:
“Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió
corriendo a su encuentro, lo abrazo y lo cubrió de besos” (Lc 15,20)
Jesucristo: Redentor
El hijo de Dios “bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del padre que le ha
enviado” (Jn 6,38),”al entrar en este mundo, dice: <He aquí que vengo para hacer, oh
Dios, tu voluntad> en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de
una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo”(Hb 10,5-10)
Desde el primer instante de su encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en
su misión redentora:
“Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn
4.34).
El sacrificio de Jesús “por los pecados del mundo entero” (1 Jn 2,2), es la expresión de su
comunión de amor con el Padre “El Padre me ama porque doy mi vida” (Jn 10,17). “El
mundo ha de saber que amo al Padre y obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14,31).
“Fue entregado según el designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2,23)
Este designio divino de salvación a través de la muerte del "Siervo, el Justo" (Is 53,
11;cf.  Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención
universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado
(cf.  Is  53, 11-12;  Jn  8, 34-36). San Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber
"recibido" (1 Co 15, 3) que "Cristo ha muerto por nuestros pecados según las
Escrituras" (ibíd.: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de
Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35).
Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente
(cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los
discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45)
En consecuencia, san Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de
salvación: "Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no
con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin
mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos
tiempos a causa de vosotros" (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del
pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su
propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada
a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), "a quien no conoció pecado, Dios le hizo
pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21).
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Espíritu Santo: Santificador


Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu de su Hijo (cf. “y la
prueba de que ustedes son hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo que grita: Abba, es decir Padre” Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial con el
Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su
don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad vivificante,
consubstancial e indivisible, la fe de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas.
Cuando el Padre envía su Verbo, envía también su Aliento: misión conjunta en la que el
Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es
quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo es quien
lo revela.
Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de
la Encarnación mana de esta plenitud (cf. “porque cuando habla aquel a quien dios envió,
es Dios mismo quien habla, ya que Dios le ha comunicado plenamente su Espíritu” Jn 3,
34). Cuando por fin Cristo es glorificado (“Decía esto refiriéndose al Espíritu que
recibirían los que creyeran en él. Y es que aún no había sido dado el Espíritu, porque
Jesús no había sido glorificado” Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el
Espíritu a los que creen en él: Él les comunica su Gloria (cf. “Yo les he dado a ellos la
gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno, como nosotros” Jn 17, 22),
es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (cf. “El me glorificará, porque todo lo que les dé
a conocer, lo recibirá de mí” Jn 16, 14). La misión conjunta se desplegará desde entonces
en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de
adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en Él:
«La noción de la unción sugiere [...] que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el
Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del
aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el
contacto del Hijo con el Espíritu, de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo
por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no hay parte
alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío
del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu
desde todas partes delante de los que se acercan por la fe» (San Gregorio de
Nisa, Adversus Macedonianos de Spirirtu Sancto, 16).
"Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás.
Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha
sido dado" (Rm  5, 5).
Puesto que hemos muerto, o, al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto
del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo
(“la gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en el Espíritu Santo,
estén con todos ustedes”2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los
bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
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Él nos da entonces las "arras" o las "primicias" de nuestra herencia (cf. “Pero no solo
ella, también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu , gemimos en nuestro
interior suspirando para que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo” Rm  8,
23; “Y es Dios quien a nosotros y a ustedes nos fortalece en Cristo, el que nos ha
ungido”2 Co 1, 21): la vida misma de la Santísima Trinidad que es amar "como él nos ha
amado" (cf. “queridos hermanos, si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos
unos a otros, nadie ha visto jamás a Dios, si nosotros nos amamos los unos a los otros,
Dios permanecerá en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a la perfección” 1 Jn 4,
11-12). Este amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la vida nueva
en Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una fuerza, la del Espíritu Santo"
(Hch 1, 8).
Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha
injertado en la Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría,
paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5, 22-23). "El
Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-
26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5, 25):
«Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del
reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de
invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar
hijos de la luz, el compartir la gloria eterna (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto,
15, 36: PG 32, 132).

COMPROMISO

Dejemos que el Espíritu Santo entre a nuestras vidas, nos conceda ser hijos de Dios,
cambie nuestra condición de pecador, nos ayude, conforte y muestre el amor del
Padre y del Hijo, siendo uno con Dios, todo esto un día a la vez, día a día, catequesis
a catequesis.