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Biblioterapia: la magia vivificante de

las novelas
Marta Rebón

ILUSTRACIÓN DE DIEGO MIR

20 AGO 2017 - 00:05 CEST


Al abrir un libro nos sumergimos en diferentes historias hasta
olvidarnos de la nuestra. Otras veces llegamos a descubrir cosas de
nosotros mismos a través de sus personajes. Una buena lectura
puede ser el mejor refugio donde aliviar nuestra alma y un antídoto
contra las adversidades.
LE HAN DEJADO, el mundo ya no es maravilloso. Como en un
permanente jet lag, no atina a conectar con la realidad que le
envuelve. Decía Freud que las palabras y la magia fueron al principio
una misma cosa. ¿Es por eso que seguimos buscando refugio en los
libros cuando la vida se nos antoja una broma estúpida? Usted,
pasajero en horas bajas, abre una novela y en sus páginas encuentra
algo parecido a un bote salvavidas, un alivio balsámico al desasosiego.

Los lectores voraces saben bien que las bibliotecas y las librerías son
un botiquín eficaz para el alma, como ya se afirmaba en la
Antigüedad. La ficción y la poesía, sostiene la novelista Jeanette
Winterson, son medicinas que curan la ruptura que la realidad
provoca en nuestra imaginación. Conforme al tópico horaciano dulce
et utile, nos enseñan deleitando. El eco de las palabras, su ritmo, y las
imágenes con una gran carga emocional inundan y activan los
recovecos de nuestra conciencia. Cuando leemos un texto literario
inteligente y seductor, el mundo se vuelve más habitable.
La biblioterapia es posible gracias al choque de
identificación que se produce en el lector cuando
se ve reflejado en la historia.
Entre las bondades de leer ficción, la primera, por obvia que parezca,
es llegar a conocernos mejor. Proust, a quien hoy pocos negarán sus
aptitudes para la ciencia cognitiva, afirmaba que cada lector, cuando
lee, es el propio lector de sí mismo. Añadía que la obra del escritor no
es más que una suerte de instrumento óptico que este ofrece al otro
para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no habría podido ver
por sí mismo. Adentrarse en el universo de las novelas es vivir
múltiples vidas. Con un libro entre las manos se abre ante nosotros
un terreno para experimentar un sinfín de circunstancias. La
biblioterapia es posible gracias al choque de identificación que se
produce en el lector cuando se ve reflejado en la historia.
Empatizamos con otra gente, otras maneras de pensar. La lectura,
además, es una aventura intelectual trepidante. Para el Nobel de
Literatura André Gide, leer a un escritor no era solo hacerse una idea
de lo que decía, sino irse de viaje con él.

Leer nos sitúa en un espacio intermedio: a la vez que dejamos en


suspenso nuestro yo, nos vincula con nuestra esencia más íntima, un
bien valioso para mantener cierto equilibrio en estos tiempos de
distracción. La lectura, decía María Zambrano, nos brinda un silencio
que es un antídoto para el ruido que nos rodea. Nos procura un
estado placentero similar al de la meditación y nos aporta los mismos
beneficios que la relajación profunda. Al abrir un libro conquistamos
nuevas perspectivas, pues la ficción comparte con la vida su esencia
ambigua y polifacética. Dado que solo podemos leer un número
limitado de títulos, ¿qué es lo que buscamos?, ¿obras que reafirmen
nuestras creencias, o bien que hagan que estas se tambaleen? Kafka
lo tenía muy claro, solo deberíamos adentrarnos en las obras que
muerdan y pinchen: “Un libro tiene que ser un hacha que abra un
agujero en el mar helado de nuestro interior”.
Reseñas de biblioterapia

— Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros, de Ella Berthoud


y Susan Elderkin (editorial Siruela). Un original y divertido libro sobre
biblioterapia que habla del poder curativo de la palabra escrita.

— La lectura como plegaria, de Joan-Carles Mèlich (Fragmenta). Una


reflexión sobre la lectura y la escritura en 262 fragmentos filosóficos.

— Por qué leer los clásicos, de Italo Calvino (Siruela). El escritor nos recuerda
que los clásicos nunca terminan de sorprender y resistir al tiempo.

— Poema, de Rafael Argullol (Acantilado). Un breviario contemporáneo


erudito y sensible de reflexiones sobre la condición humana y el discurrir del
mundo.
— El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri (Salamandra). La escritora indaga
sobre las barreras que deben salvar personajes de diferentes culturas en su
búsqueda de la felicidad.

— La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstói (Nórdica). Una luminosa novela que
en realidad es un poema capaz de reconciliarnos con nuestra condición
mortal.

— Pequeño fracaso, de Gary Shteyngart (Libros del Asteroide). Después de


mudarse con su familia a Nueva York, el niño judío ruso Ígor se transforma en
Gary, un personaje que narra la experiencia de vivir a caballo entre dos países
que son enemigos.

— Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire). Disecciona las


circunstancias de un crimen y arroja luz sobre las contradicciones de la
sociedad actual.