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TEMA 27: NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ISLAM

1. LA ARABIA PREISLÁMICA

La península arábiga tuvo una influencia primordial en la difusión y triunfo del


mensaje religioso de Mahoma y en la identidad de la civilización islámica por ser el medio
geográfico e histórico en que vivió y actuó el profeta, y porque, al surgir en él, la lengua y los
valores culturales árabes han tenido siempre un prestigio y aceptación inmensos en tierra del
Islam.

Los árabes preislámicos estuvieron abiertos a influencias griegas, egipcias e iraníes.


Tenían orígenes étnicos y lenguas semíticas diversas, y se agrupaban en tribus o qaba'il
(singular qabila) de unos 3.000 miembros, divididas en facciones y familias, pero unidas por
una solidaridad de sangre o 'asabiyya que se transmitía por vía paterna, de la que se
beneficiaban también los mawali o clientes. Los marcos de relación más amplios, como eran
las confederaciones entre tribus, fueron siempre muy inestables.

Las tribus árabes estaban asentadas en la periferia de la península (desde el Golfo


Arábigo al Mar Rojo) o eran tribus nómadas repartidas en el interior desértico, quienes en la
época del surgimiento del Islam eran las únicas que recibían el apelativo de árabes. Estos
territorios no pertenecieron al Imperio romano, y tras la desaparición de éste estuvieron
sometidos de forma intermitente a las potencias subsiguientes, ya procediesen del Norte, es
decir Bizancio o Persia, o del Sur, pues la cristiana Etiopía jugó algún papel. La Arabia del siglo
VI no era un mundo cerrado ni homogéneo. Tenía fuertes contactos con otras tierras a través
de la actividad mercantil y caravanera. El Yemen, al sudoeste, era escala importante en la
navegación hacia o desde el Mar Rojo, el océano Índico y la costa oriental de África, y servía
de enlace entre las rutas marítimas y las caravaneras de la península que, por La Meca,
llegaban hasta los principados del Norte, de población semisedentaria y relacionados con
Persia y Bizancio, los de Lajmíes y Gassaníes respectivamente. Después de tiempos mejores,
que culminan entre los años 530 y 540, el Yemen y los principados del Norte desaparecieron
como entidades políticas independientes ante la presión persa. La Meca, en cambio, y otras
ciudades del Hiyaz o desierto centro- occidental, aumentaron su prosperidad y sus funciones
como escalas en las rutas caravaneras. En ellas se combinaron procesos de sedentarización y
de acumulación de riqueza con otros de diversificación social en los que los viejos valores de
los beduinos nómadas se contraponían a los nuevos de los mercaderes enriquecidos de
algunos grupos tribales Quraysíes, como los 'Abd Sams o los Ibn Hasim (hachemíes), de cuya
familia formó parte Muhammad. Aquella efervescencia social y la importancia que tenían en
La Meca las peregrinaciones y el culto al santuario de la piedra negra, podían ser un caldo de
cultivo apropiado para acoger sus predicaciones, pero nada hacía prever una explosión
religiosa como la que se avecinaba.

A la atomización política correspondía una variedad de deidades locales de carácter


fetichista y animista, como es el caso de las tres diosas de la Kaaba. Bajo estas divinidades,
locales o tribales, existía toda una legión de espíritus, genios, yins y ogros y, sobre todos ellos,
la vaga noción de un dios superior, difusa creencia intertribal, a la que no sería ajena la
presencia de viajeros y colonias de cristianos (monofisitas y nestorianos), e incluso
comunidades judías. La religiosidad de los beduinos se completaba con la veneración a lugares
sagrados (piedras, árboles, astros).

Estos pueblos carecían de manifestaciones artísticas dignas de tal nombre, salvo


lejanos recuerdos de las culturas vecinas. Esta laguna era notoria en el campo de la
arquitectura, pues la liviana autoconstrucción de los campamentos nómadas les permitió
ignorar hasta la menor técnica constructiva. Aunque el primer documento de la literatura
árabe es el propio Corán, hay noticias de formas orales de un viejo silabario semítico; esta
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literatura, reducida a una poesía muy retórica, de rígida composición y rica expresión verbal,
refleja un ideal hedonista, como contraste y meta de una vida real bastante dura, ensalzando
la guerra y la caza, la vida nómada, el vino y las hazañas amorosas.

Los valores morales de los beduinos, habitantes de un medio natural hostil en


condiciones económicas difíciles basadas en la cría de camellos y en el uso de pastos y agua
muy escasos, eran más simples y, en cierto modo, más fuertes que los de los sedentarios. El
humanismo tribal se basaba no sólo en la solidaridad de sangre y en el sentido de la
hospitalidad, sino también en la noción de honor y valor guerreros (muruwwa). Este
humanismo se manifiesta en continuas violencias intertribales, y en el aprecio a la poesía y la
elocuencia como formas de memoria colectiva.

La fuerza de los nómadas —bien encauzada— y la posibilidad de adaptar sus tácticas


de combate y su agresividad a nuevos designios fueron aspectos de especial eficacia para el
triunfo del Islam sobre los grandes imperios sedentarios, sus vecinos. En la historia de siglos
futuros se repetiría la aportación, muy destructiva pero también vitalizadora, de nuevos
nómadas a un mundo islámico organizado según patrones sedentarios y urbanos pero que, en
el recuerdo de sus orígenes, mitificaba la figura del beduino como elemento restaurador de la
perfección primitiva.

2. MAHOMA Y SU DOCTRINA. LOS CALIFAS ORTODOXOS

MAHOMA Y SU DOCTRINA

Mahoma fue el profeta fundador del islam. Su nombre completo en lengua árabe es
Abu l-Qasim Muhammad ibn Abd Allāh al-Hashimi al-Qurashi del que, castellanizando su nombre
coloquial Muhammad, se obtiene Mahoma. De acuerdo con la religión musulmana, Mahoma
es considerado el sello de los profetas por ser el último de una larga cadena de mensajeros
enviados por Dios para actualizar su mensaje que, según el Islam, sería en esencia el mismo
que habrían transmitido sus predecesores; entre ellos se contarían Ibrahim (Abraham), Isa
(Jesús) y Musa (Moisés). De sus primeros cuarenta años, es decir, entre los años 570-610, poco
se sabe de su vida. Sí sabemos que fue comerciante y que consiguió grandes éxitos gracias al
capital de su primera esposa Jadicha. Se dice que durante este período recibió enseñanzas
religiosas de un rabino o de un sacerdote cristiano e incluso se supone que contactó con la
secta judía de los esenios. En cualquier caso, es a partir del 610 cuando se considera el profeta
de un Dios único al que llamará Alá; ese Dios es el mismo que el del Antiguo y Nuevo
Testamento.

Entre los años 610-622 vivió en la Meca (revelación mequense), donde predicó una
doctrina de gran contenido social, lo que lo enemista con los ricos comerciantes (quraisíes) que
planearon deshacerse de él. Acusado de provocar disturbios, fue expulsado de la ciudad en el
año 622. Esta huída de Mahoma con un grupo de seguidores, desde la Meca a Medina, recibe
el nombre de Hégira y marca el año cero del calendario musulmán. En Medina (revelación
medinense) pronto captó las simpatías de la población, y después de arrebatar el poder de la
ciudad a la oligarquía judía le nombraron jefe de Medina. A partir de entonces actuó como
reformador social y religioso y redactó el Corán, entendido como un código civil y libro santo
al mismo tiempo. Los judíos de Medina salieron de la ciudad y se aliaron con los quraisíes, y
con la jornada del Foso (626) se inicia una guerra entre las dos ciudades que terminó en el año
630 con la entrada de Mahoma en la Meca. Mahoma organizó un auténtico Estado religioso en
el que la Meca actuaba como capital. Los judíos fueron expropiados y expulsados de Arabia,
y las sumisiones de las tribus a la nueva religión se sucedieron en masa, imponiéndose solo
una reacción de beduinos idólatras al nuevo orden, que fue duramente sofocada. A su muerte,
Arabia estaba unificada bajo el Islam.
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La experiencia fundamental que inspiró a Mahoma —y que está en la base de las


enseñanzas del Corán— es la soberanía del único Dios. Los hombres como individuos y la
humanidad en su conjunto están sometidos a su poder. Él es el poder creador, legislador, y
juez; pero también es compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a perdonar a quien se
arrepienta. Esta doctrina se resume en la fórmula: 1"Alá es Dios, y Mahoma su profeta". El islam
se apoya en cuatro pilares, además del de la fe. Estos son: 2la plegaria canónica (recitación del
Corán), 3la limosna (que es una especie de tributo obligatorio), 4el ayuno durante el mes del
Ramadán, y 5la peregrinación a la Meca, que debe realizarse por lo menos una vez en la vida
siempre y cuando la salud y la economía personal lo permitan. Un ulterior compromiso de la
comunidad musulmana consiste en la "guerra santa" contra los enemigos de Dios, es decir, los
paganos que rechacen la conversión. Esta guerra no está dirigida contra "las gentes del libro":
judíos, cristianos, y zoroastrianos.

LAS PRIMERAS CONQUISTAS

El primer sucesor de Mahoma fue Abu-Bakr, que gobernó entre los años 632- 634 y por
lo tanto fue el primer califa del Islam. Había acompañado a Mahoma en la Hégira y además
era suegro de Mahoma al casarse este con su hija Aisha; antes de morir nombró como sucesor
a Umar 634-644, a pesar de la oposición de Alí y sus partidarios (chiítas). Umar fue cabeza del
estado y jefe religioso al mismo tiempo, desarrolló una política dictada por los intereses de los
comerciantes de Medina y la Meca (intereses ligados al comercio internacional, cuyos puntos
claves se encontraban en Siria, Alejandría y Persia). Por ello inició un conflicto contra Persia y
Bizancio, estando ambos imperios agotados por una guerra en la que Persia había sido
derrotada. Una pieza clave de las conquistas del Islam fue el respeto a las instituciones locales
y a la religión local, que podían mantener pagando un impuesto.

La conquista de Bizancio se vio facilitada por el desabastecimiento de marcas sirias de


defensa y por los conflictos religiosos y sociales que asolaban a la población. Los cristianos
monofisitas —pertenecientes a las capas inferiores de la población de Egipto y Siria— odiaban
a los cristianos ortodoxos por su culto trinitario, que ellos consideraban politeísta. Los
monofisitas veían al Islam como otra secta cristiana más próxima a ellos por el monoteísmo
que los ortodoxos; en el plano social representaban el partido de los campesinos que estaba en
lucha contra los grandes propietarios de tierras. Umar pudo conquistar fácilmente Siria en el
año 636 y Palestina en el 638. Egipto, que había sido reconquistado por los griegos en el 628
arrebantándosela a los sasánidas, padecía además otros conflictos religiosos y sociales. La
población, en su mayoría copta, no admitía la presión religiosa y económica del patriarca
ortodoxo que les oprimía con impuestos y exacciones de trigo para Constantinopla. Allí la
llegada de los árabes fue, como en Siria, acogida favorablemente.

En el 638 Umar concentró sus esfuerzos contra Persia, siendo su conquista facilitada
gracias al pequeño reino Árabe de Hira; también se vio favorecida por la anarquía reinante en
Persia —donde la nobleza feudal había dividido al país en principados señoriales—, sin
olvidar los conflictos religiosos entre el clero mazdeísta y los cristianos nestorianos (difisistas).
En el 642 Persia fue completamente ocupada.
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LA LUCHA ENTRE LA TENDENCIA MÍSTICA Y LA IMPERIALISTA

A la muerte de Umar una grave crisis dividió al Islam y dos tendencias religiosas
opuestas —encabezadas por Utmán y Alí, yernos de Mahoma— lucharon por el poder.

Utman, que gobernó entre los años 644-656, representaba la tendencia imperialista, y
fue designado sucesor de Umar gracias a la victoria de los comerciantes de la Meca, a una de
cuyas familias pertenecía. Su nepotismo originó un gran número de revueltas a nivel político
(tendencias centrífugas) y a nivel religioso y social (chiítas). Este califa terminó siendo
asesinado por unos soldados egipcios indignados por las medidas de carácter centralizador
que había tomado.

Alí reinó entre los años 656-661; era primo y yerno del profeta, y representaba la
tendencia mística del Islam. Para los musulmanes sunitas, Alí es considerado el cuarto y
último califa bien guiado, mientras que para los musulmanes chiítas, Alí es el primer imán y
se le considera a él y a sus descendientes como legítimos sucesores de Mahoma. Tras el
asesinato de Utman, fue proclamado califa por los medinenses y tuvo un gran éxito militar al
extender su autoridad por Irak, pero Moawiya, pariente de Utman y gobernador de Siria, no
le reconoció como califa e inició la guerra civil contra Alí. Tras el conflicto, sin claro ganador,
se llegó a un arbitraje no aceptado por parte de los seguidores de Alí, que fundaron la secta de
los jariyíes (disidentes), contra los cuales Alí también tuvo que combatir.

El Islam quedaba dividido en tres sectas hostiles: Chiítas, fanáticos religiosos con
tendencias austeras en la actitud ante la vida y que consideran que el Imán y el Califa debía
estar emparentado con Mahoma a través de Alí, aspiran al mantenimiento de unas formas
primitivas del Islam; Jariyíes, afirman la igualdad de todos los creyentes sin tener en
consideración las diferencias étnicas. Eran contrarios al carácter centralizador e imperialista
de Damasco, y se extendieron por las tribus norteafricanas y en Irán; Sunnitas, herederos de
las clases comerciantes de la Meca. Centralistas e imperialistas. Eran practicantes de una
religión relajada.

3. EL CALIFATO OMEYA Y EL CALIFATO ABASÍ. EL DECLIVE DE LA UNIDAD


POLÍTICA

EL CALIFATO OMEYA

En el año 661 Alí fue asesinado y Moawiya se proclamó califa, iniciando la profunda
transformación del Islam que lo convertiría en un imperio.

Política interior. Convirtió el Islam en monarquía; trasladó la capital a Damasco, donde


se concentraba todo el gobierno central; creó una cancillería y organizó un servicio postal para
comunicar al califa con los gobernadores de las provincias; el Imperio quedaba dividido en
provincias, confiadas a gobernadores llamados walis, los cuales eran miembros de la
aristocracia árabe o local y usufructuarios de los poderes civiles y militares del califa; las
instituciones locales se respetaron y se dio participación a funcionarios coptos, persas y
griegos; se impuso la unidad económica basada en el dinar de oro, que equivalía a doce diremes
de plata; se impuso como idioma oficial el árabe; se estudió la vida de Mahoma para redactar
la práctica y "costumbre" (sunna), incluyendo las directrices que el Corán no había previsto.

Política exterior. Los omeyas se esforzaron por dominar el comercio internacional


tratando de imponer su señorío en todo el Mediterráneo (a esas alturas ya dominaban las rutas
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de caravanas que venían desde la India). En el 677 el imperio islámico atacó Constantinopla,
ciudad que consiguió resistir gracias al nuevo invento de la artillería llamado fuego griego. Sin
embargo, Cartago y el resto del norte de África cayó en sus manos. En el año 711, Tarik,
lugarteniente de Muza, gobernador de Ifriquiya (Túnez y Argelia), atravesó el estrecho que
lleva su nombre (Gibraltar), derrotando al rey visigodo Rodrigo en la batalla de Guadalete; en
el 713 quedó proclamada en Toledo la soberanía del califa de Damasco. También en el año 711,
el Islam inició la invasión de Asia central y la cuenca del Indo, cuyo fraccionamiento feudal le
hacía presa fácil. Los musulmanes intentaron un nuevo asalto a Constantinopla, pero ya la
cristiandad procedió a reconstruir los dos frentes de contención. León III el Isáurico en el 718
venció al ejército y flota musulmanes y reconquistó el litoral de Asia Menor. Su penetración
en Francia fue detenida en el 732 cuando Abd-Al Rahman Al Gafeki fue derrotado por Carlos
Martel en Poitiers, al sur de las Galias. Los fracasos en Europa desplazaron el centro de
gravedad de la política expansionista del Islam hacia Asia.

El factor que precipitó la caída de la Dinastía omeya fue esencialmente religioso. Por
un lado, estaban las reivindicaciones jariyíes, que tienen su origen en las conversiones
masivas al Islam, en parte por la simplicidad de su dogma y en parte para no pagar más
impuestos. Sin embargo, los nuevos musulmanes, al convertirse, no obtenían la plena igualdad
social con los árabes, sino que los conversos se transformaban en mawali (clientes). A medida
que crecía su número y se alejaba el recuerdo de la conquista, estos comenzaron a reivindicar
la igualdad. Por otro lado, continuaron las reivindicaciones chiítas; un descendiente de Abú-
al-Abbas “el sanguinario”, tío de Mahoma, supo recoger este clima de tensión y ponerse al frente
de la rebelión contra los omeyas. En el 750 derrocó a esta dinastía y fundó otra nueva, la
dinastía Abbasí.

EL CALIFATO ABASÍ

Los primeros abasíes transformaron el Califato; este dejaba de ser de exclusividad


árabe para convertirse en un Imperio musulmán. La Meca seguía siendo el centro espiritual
del imperio, siendo Bagdag (fundada en el 762 por Al-Mansur) su capital política, donde se
concentraba el gobierno central dominado por el califa, cuyos poderes espirituales y
temporales (sobre la administración y el ejército) lo convertían en un monarca absoluto por
derecho divino; era descendiente del profeta y dirigente religioso de sus súbditos. El califa
depositaba su poder en una especie de primer ministro o hachib. Pervivía la cancillería y el
servicio de correos omeya, pero se dividió el resto de la administración en diwanes, a cuyo
frente se situaban los visires.

Cuando los abasíes subieron al poder, Abd-Al Rahman I, único superviviente Omeya,
se apoderó de Al-Andalus (con la ayuda de los yemeníes) al vencer en la batalla de Alameda
(mayo 756) a Yusuf y Somail, y fundó el emirato independiente de al-Ándalus, que reconocía
solo la autoridad religiosa del califa de Bagdad.

Poco más tarde se separaban también de la autoridad política de Bagdad los Aglabíes,
cuya dinastía se mantuvo entre los años 800-909 en Ifriquiya, y los Tuluníes, que gobernaron
entre los años 868-905 en Egipto con capital en Fustat; el califa abasí recuperó Egipto en el 905.
Paralelamente, los Samaníes —familia de rancio abolengo persa convertida al Islam— se
independizaban en el Jurasán entre los años 892-999; su final vendrá a manos de los turcos
selyuqíes en el 999.

A principios del siglo IX el Islam poseía la hegemonía económica mundial. El


Mediterráneo estaba en sus manos, los Aglabíes conquistaron a mediados del siglo IX Sicilia
y las Costas de Córcega, Cerdeña y Provenza, quedando sólo Constantinopla y Asia Menor
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fuera de su influencia. Privado de sus provincias africanas y europeas, el Imperio Abasí


asumió el papel de centro del comercio internacional y prosiguió el dominio de las rutas
caravaneras que llegaban hasta la India. Harum Al Raschid (786- 809) alcanzó China,
penetrando en el Cáucaso y en el Mar Negro, con lo que se completaba el cuadro de vías
comerciales. Entabló relaciones diplomáticas con Carlomagno. Se instalaron factorías en la
India y en China, y sus naves sustituyeron a la marina etíope en el Mar Rojo y Golfo Pérsico,
instalando una base en Zanzíbar y otra en Madagascar. Sin embargo, el dominio ejercido en el
Mediterráneo por los estados del norte de África condenaba al imperio de Bagdag (en Samarra
entre 835-895) por su naturaleza continental. El último califa con autoridad para lograr
mantener la unidad fue Al-Mutawakkil (847-861), a raíz de cuya muerte surgió una oleada de
insurrecciones sociales, políticas y religiosas.

En el año 869 estalló una revuelta de los esclavos. Su líder, Alalwi, les convenció de
que los demás musulmanes eran infieles y les prometió convertirse en dueños de tierras y
poseedores de riquezas; se les unió un contingente de campesinos arruinados, tropas negras y
beduinos, pero en el 883 fue cruelmente derrotado. Otras insurrecciones, inspiradas por
diversas sectas, evidenciaban el descontento de distintas capas de la población.

Las insurrecciones sociales fueron posibles porque en otras partes del imperio se
produjeron movimientos secesionistas, no por causas religiosas, sino por oportunismo
político. Desde principios del siglo X el mundo musulmán estaba dividido en tres califatos: el
Omeya en Al Andalus, el Fatimí en el norte de África, y el de Bagdag. En 929 Abd-Al-Rahman
III (912-961) se proclamó califa en al-Ándalus; aunque ya era políticamente independiente en
forma de emirato, decidió dejar de reconocer la autoridad religiosa de Bagdad y convertirse
en monarca absoluto de derecho divino.

El Califato Fatimí (909-1171) fue creado por Ubayd Allah —imán descendiente de Alí
y de Fátima—, quien acabó con la dinastía aglabí en el 909 en Ifriqiya. En el 969 los fatimíes
entraron en Egipto y trasladaron la capital a El Cairo; el fin de este califato vino en el año 1171
a manos de Saladino, que restableció la autoridad sunní en Egipto fundando la dinastía
Ayyubí (1171-1250), los cuales gobernaron en Siria y Egipto. Los gaznewíes eran una dinastía
fundada por un gobernador samaní de Afganistán que se convirtió en reino autónomo entre
los años 962-1186.

Al-Mutawakkil restauró el sunnismo tradicional, lo que se tradujo en violentas


insurrecciones religiosas por el tradicional enfrentamiento entre sunnitas y chiítas. Los chiítas
se habían transformado en un movimiento de renovación intelectual y de transformación
social; su rama principal fue la de los ismailíes, que se dirigían a las capas más humildes de la
población prometiendo una mejora de sus condiciones de vida. Los chiítas lograron instalar
un califato Qármata muy breve en el año 890, y más tarde instaurarán el califato fatimí.

La anarquía reinaba en el califato abasí, donde los jefes militares estaban enfrentados
entre sí y ejercían el poder efectivo sobre el califa. Los califas —para proteger sus fronteras—
contrataron los servicios de mercenarios turcos, tribus nómadas expulsadas del Asia central
por chinos y mongoles, a cambio de tierras. Los turcos sunnitas terminarán enfrentándose a
los visires iranios chiítas, situación que fue aprovechada por los Buyíes (chiítas) para entrar en
Bagdad con un ejército en el año 945.

En oriente, los turcos —concretamente la tribu de los Selyúcidas, sunnitas


convencidos— eliminaron a los chiítas, ocupando Bagdag en el año 1055; a partir de entonces
se erigieron defensores del califa abasí con el título de sultanes, e iniciaron un nuevo periodo
de expansión que se encontrará con una Europa más preparada que la del siglo VII. A
TEMA 27: NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ISLAM

principios del siglo XIII entraron en decadencia, siendo entonces cuando el califa intentó
retomar el poder; en ese momento tuvo lugar la invasión de los mongoles de Hulagu, que en
el año 1258 arrasarían Bagdad, destruyendo el califato abasí para siempre.

A principios del siglo XI el mundo musulmán se vio amenazado en sus fronteras. El


emperador bizantino Basilio II “el matador de búlgaros” comenzó una ofensiva victoriosa en la
que conquistó Antioquía y Armenia, aunque los disturbios producidos tras su muerte frenaron
la ofensiva, y cuando se quiso reanudar los turcos selyúcidas ya dominaban el califato abasí.
En Sicilia, el enfrentamiento entre la población autóctona y los musulmanes favoreció la
conquista por el normando Roberto I en el 1061. En España, la reconquista cristiana aprovechó
la disolución del califato para avanzar tomando Toledo en el 1085, pero su avance sería
detenido por los almorávides (federación de tribus bereberes del Sáhara dirigidos por la tribu
sinhacha que gobernaron en el Norte de África entre el 1056-1147, eran ortodoxos alfaquíes) y
más tarde por los almohades (federación de tribus bereberes del Atlas, que gobernaron el
Norte de África entre el 1130-1269 y cuyo líder fue Ibn Tumart, eran unitarios ortodoxos
extremos).

EL DECLIVE DE LA UNIDAD POLÍTICA

Miguel Ángel Ladero Quesada, en su Historia Universal. La Edad Media (2010), nos dice
que el mantenimiento de tan vasto imperio nunca hubiera sido posible sin la existencia de un
conjunto de factores que favorecían su unidad: la religión, la lengua, la unidad económica, la
civilización urbana, y una organización política semejante coherente. Su desintegración final
se explica por otro conjunto de factores de diversidad: las distintas interpretaciones de la
religión que condujo al conflicto religioso, las diferencias sociales que fueron origen de
revueltas, y los regionalismos que dieron lugar a las insurrecciones políticas, pero sobre todo
la enorme diversidad étnica y cultural.

El fin de la Dinastía Abasí supuso el fin de la unidad del Islam. Marruecos fue
conquistado por los Benimerines —tribu bereber sahariana—, que gobernaron el país entre
los años 1250-1467. En Túnez y Argelia aparecieron gobernadores independientes que
sustituyeron el vacío de poder dejado por los almohades. Pervivieron los selyuqíes del Rum,
tribus turcas asentadas en Turquía que fundaron el sultanato del Rum, que se extiende
cronológicamente desde 1077 hasta 1307 y desde 1242 fueron vasallos de los mongoles. Los
Mamelucos, esclavos turcos, arrebataron el poder a la dinastía Ayyubí dirigidos por Baibars;
ellos contuvieron el avance mongol y gobernaron en Egipto entre 1250-1517.

Los Iljaníes, virreyes autónomos en Irán, estuvieron sometidos nominalmente al Gran


Khan hasta 1355. Los Timuríes fueron los sucesores de los iljaníes en Irán; descendientes de
Tamerlán, gobernaron entre los años 1370-1517. Finalmente, la unidad del Islam la
recuperaron los turcos otomanos, cuyo imperio se extendió desde principios del XIV hasta
1918. Bayaceto I estuvo a punto de conquistar Bizancio, pero no lo consiguió al tener que
enfrentarse también a Tamerlán, siendo derrotado en Angora en el 1402. Fue Mehmet II quien
tomó Constantinopla en 1453, bautizándola con el nombre de Estambul. Selim I, en 1517,
extendió su autoridad en el Egipto mameluco y en el Irán timurí. El Imperio Safávida se
independizó del otomano en 1598 en Persia (Isfashán), recuperando la tradición persa. El
Imperio Mogol se independizó (1526) en la India declarándose heredero de la tradición
Timurí.
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4. ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN EL MUNDO MUSULMÁN

En cuanto a la vida económica, el rasgo más evidente que produjeron las expansiones
árabes fue la revitalización económica de los países conquistados. La economía musulmana
es heredera de la tradición romano-bizantina, lo que se observa principalmente en el
mantenimiento y revitalización del antiguo sistema monetario, donde se siguen utilizando los
tipos y valores monetarios bizantinos, y en el nuevo esplendor y desarrollo de las ciudades y
de la vida urbana. El Islam es una civilización de ciudades, son centros religiosos —con el culto
organizado en torno a la mezquita—, pero principalmente son centros económicos: lugar de
intercambios, mercado permanente, centro de consumo, punto de llegada de rutas
comerciales, centros de redistribución de productos... De ahí la preocupación general por la
regulación del mercado, que estuvo sometido a estrictas normas y fiscalización y
permanentemente vigilado por las autoridades. Algunas ciudades también son centros de gran
comercio como Damasco, Bagdad o El Cairo.

Durante las primeras conquistas de la expansión musulmana, los principales


beneficiarios fueron los comerciantes de Medina y la Meca. Por el dominio del comercio
internacional, sin embargo, la principal actividad económica se centraba en la agricultura,
siendo éste el otro motor de la conquista territorial porque ésa era la principal fuente de
ingresos del estado. A comienzos del siglo VIII se inició un periodo de gran esplendor
económico: los musulmanes eran dueños de una poderosa flota y controlaban el Mediterráneo
oriental y las rutas caravaneras desde la India, además se vieron favorecidos por la unificación
monetaria. El resultado fue el auge de la vida urbana que demandaba productos agrícolas, lo
que beneficiaba a su vez a la economía rural. No obstante, la situación de los campesinos en
el campo seguía siendo la de servidumbre. La gran crisis que la China Tang sufrió a finales del
VIII hizo mermar el tráfico de las rutas caravaneras y empujó al Islam a la autarquía
económica. A principios del siglo IX los grandes propietarios latifundistas reconstruyeron el
régimen señorial tratando de asumir derechos soberanos. En el siglo X los terratenientes turcos
terminaron por desplazar del poder a los grandes comerciantes, cuyo ocaso viene beneficiado
por la competencia comercial cristiana a partir del siglo XII.

El Corán establecía dos tipos de impuestos: para los musulmanes, el diezmo o limosna,
y para la población autóctona el impuesto territorial (jarach) y el impuesto personal (chizya) —
este último si se convertían al islamismo dejaban de pagarlo, en teoría, porque en la práctica
se mantuvo—. El ministerio de guerra se encargaba del nombramiento de los generales y estos
nombraban a sus oficiales; el ejército estaba formado por mercenarios bereberes y eslavos. La
justicia era confiada a los cadíes, expertos del Corán, nombrados directamente por el califa, el
cual presidía el tribunal supremo; los cadíes nombraban consejos de justicia, administraban
los bienes de las madrasas y mezquitas, y controlan a los jueces de los mercados (zabazoques).

En el aspecto social la vida estuvo dominada por el elemento árabe. En teoría, la


comunidad islámica o umma aglutina a todos los musulmanes y se caracteriza por el fuerte
sentido de solidaridad religiosa. La fe, las prácticas rituales, la organización de la vida familiar,
los procedimientos jurídicos y el estilo de vida eran comunes a todos los creyentes. La
aristocracia árabe (jassa) era pequeña en número y vivía de los cargos políticos y de la posesión
de tierras. Los mawali (nuevos musulmanes), tenían un estatuto jurídico idéntico al de los
demás musulmanes, pero vivían una situación social inferior; desde el principio chocaron con
la barrera étnica que les impedía integrarse socialmente en el seno de la minoría dirigente,
contando además con el rechazo de los árabes, que los consideraban como musulmanes de
segunda. El triunfo de los abasíes acabó con esta distinción entre ambos grupos; en particular,
los iranios del Jurasán se beneficiaron del cambio de dinastía.
TEMA 27: NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ISLAM

Fuera de la comunidad islámica, aunque en estrecho contacto con ella, se encuentran


los no musulmanes acogidos al estatuto de dimmíes y los esclavos. Los primeros (gentes del
libro) cristianos, judíos y discípulos de Zoroastro eran considerados como protegidos y tenían
menos derechos que los musulmanes, aunque podían practicar su religión y sus costumbres
(en España eran llamados mozárabes); por conservar estos privilegios pagaban más
impuestos. Los esclavos formaban una parte importante de la sociedad islámica; a esta
situación habían llegado por haber contraído deudas, por ser hijos de esclavos, o por haber
sido capturados en una guerra en caso de no rendirse al imperio islámico. Aunque se suavizó
la condición del esclavo, en ningún momento se planteó la abolición de la esclavitud.

5. LA CULTURA MUSULMANA

García de Cortázar y Sesma Muñoz, en su Manual de Historia Medieval (2008), sostienen


que, en cuanto a los aspectos culturales, el califato omeya recibió la herencia del mundo
antiguo, lo que constituyó una de las principales fuentes para su desarrollo. La herencia
cultural y técnica del mundo helenístico y sasánida fue reinterpretada bajo su propia óptica
religiosa, dando lugar a una cultura original. En el siglo VIII se fijaron el léxico y la gramática
árabes, el árabe se difundió cómo lengua común a todo el mundo islámico y se convirtió
también en elemento decorativo y ornamental. Hubo un gran desarrollo de la arquitectura y
las artes plásticas, donde también se apropiaron de tradiciones anteriores que fueron
adecuando a su identidad. La gran aportación al arte fue la creación de la mezquita-aljama,
dividida en dos espacios aptos para la oración: el patio porticado y la sala de oración; tuvo un
gran éxito y difusión posterior. Destacan de esta época la Cúpula de la Roca en Jerusalén, la
Mezquita de Damasco, la mezquita de Al-Aqsa y los palacios de Siria y Jordania. También los
baños se incorporaron a la cultura islámica —herencia de la tradición clásica— y se
convirtieron en un elemento fijo y característico.

La intensa vida urbana del califato abasí dio lugar a un poderoso movimiento artístico
y cultural que culminó con la fundación en 832 en Bagdad de la “Casa de la Sabiduría”,
biblioteca de gran tamaño. Este centro de alta cultura se convirtió en el punto de encuentro de
la filosofía y la ciencia helenística con las culturas árabe-irania e hindú. Fue en esta época
cuando se difundió el árabe como vehículo de creación literaria y de reflexión filosófica y
científica. Se multiplicaron las traducciones de obras antiguas, se introdujo el uso del papel, y
se asimilaron influjos intelectuales e ideas ajenas al Islam. Así nació la filosofía islámica, que
se apoyaba en la herencia neoplatónica de la baja Antigüedad. Averroes, filósofo cordobés del
siglo XII, realizó los mejores comentarios sobre la obra de Aristóteles. La Historia narrativa
contó con la figura de la obra de Ibn Jaldún en el siglo XIV. En la creación literaria hay que
destacar la poesía lírica y los relatos y cuentos populares como Las mil y una noches. En
matemáticas los árabes desarrollaron el álgebra y la trigonometría y utilizaron un nuevo
sistema de numeración con cifras. En medicina destaca la obra de Ar–Razi (siglo X) y de
Avicena (siglo XI). No se deben olvidar los progresos en química, física y astronomía. En
definitiva, el Islam consiguió el sello de su identidad sintetizando realidades anteriores
compatibles con su propio espíritu religioso.
CONCLUSIÓN

El Islam -término que literalmente significa sumisión- es una civilización que tiene como
eje unificador la religión predicada por Mahoma durante el siglo VII. La era islámica, Héjira,
comienza el año 622, fecha en que Mahoma marcha de la Meca a Medina huyendo de la
intransigencia mostrada hacia su predicación. A partir de esa fecha, junto a la fe religiosa,
surgieron unas nuevas actitudes sociales y políticas que, en menos de un siglo, se expandieron
desde el golfo de Bengala hasta el océano Atlántico. El Islam tiene como base un libro sagrado,
el Corán, que recoge la palabra de Allah (Dios) revelada a Muhammad (Mahoma), su
mensajero o enviado. La comunicación del mensaje divino fue realizada en lengua árabe, que
pasó a convertirse en el idioma oficial y en el vehículo de unidad. Todo musulmán (creyente)
tiene que realizar cinco manifestaciones o actos en las que se recogen básicamente el contenido
dogmático de la religión. Son los pilares del Islam: profesión de fe, oración ritual, limosna,
ayuno y peregrinación a la Meca. En la actualidad, desde Marruecos hasta Indonesia, muchos
cientos de millones de musulmanes cumplen con sus oraciones diarias recitando el Corán en
dirección hacia la ciudad sagrada de La Meca.

BIBLIOGRAFÍA

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formación y expansión (siglos VI al XIII). Editorial Nerea, Madrid.
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