Está en la página 1de 36
El espantoso monstruo. del pantano Liliana Cinetto _csmriosdetinta. oordinacn de colesion tela Rubio isco de colecion ‘gjanéra Mescori kien Florencia Lamas stracin Anabela Lopez ‘©2010, Tint fresca ediciones SA Piedras 1743 (CrgaRB) Chudad Auténoma de Buenos Aires Foe de tint es un sallo de Tita fresca ediciones 5A, 1 edit Rlos de Uinta: dkiembre de 2010 ‘*reimpresin Rios de tnt: ulo de 201 7} reimpresén Ros de tint: mayo de 2012 {de os texts, Liana Cnetto, 2010 ‘© de as ustraciones, Anabelld Lopez, 2010 ISBN 978-9874789-08-7 Hecho el depésto que establece la ey 1.725, Libro de eden argentine Impreso en Argentina Printed in Argentina reserves todos os dorchot, Poh a reproduc totaly paca de (Ges obra por unger med, singermao escrito dear tat, ian THespantore monstro ds pantano--1 ed. 20 emp Buenos eos ios de Tinta 200 papskyoxnen Ison 7887709087 |. Noreat info y oven argent 2 erature Tlo a0 57133 El espantoso monstruo del pantano ° Liliana Cinetto Capitulo1 E mago Randulfino estaba en pijama y pantuflas, a punto de tomar la sopa de de- dalitos, cvando le Ilegé la terrible noticia, Por paloma mensajera le lleg6. Una paloma que aparecié empapada hasta las patas porque se Ie habia largado a lover a mitad de camino. Cuando Randulfino la vio, chorreando agua y golpedndole la ventana con el pico, supo que la paloma solo podia traer una noticia terrible, Y no se equivocaba. Justo ese dia, las cosas no le habian sali- do del todo bien al mago. Primero se habia equivocado de encantamiento y en lugar de transformar una calabaza en caztoza, la habia | convertido en una lata de sardinas, : —2Y ahora cémo voy al baile? Tenia que llegar antes de las doce —Iloraba la duefia de ** 5 1a calabaza, mientras Zafiro, el gato negro de Randulfino, se tragaba en un descuido hasta a tiltima de las sardinas. Después de eso, Randulfino habia tenido que aguantar las protestas de siete enanitos. —No tengo la culpa. Yo le avisé que no comiera la manzana, que estaba envenenada —se defendia el mago—. Pero la muy cabeza dura fue y le dio un mordiscén... También habia discutido con una nifia que ya no querfa ponerse su caperucita roja y pedia ropa nueva. —Estoy aburrida de usat siempre lo mis mo— se quejaba la nena. Ni hablar de cuando se le aparecié un tal Pulgarcito. —Estas no son botas de siete leguas —le ycada vez que la usaba echaba chispas con salsa, de tomate. YY aunque nada bueno podia esperar de aquel mensaje que le trafa la paloma, Randulfino era el mago mis poderoso de los alrededores. Y el tinico. Es cierto que nunca habia obtenido el diploma, pero habia estudiado en la Academia de Magia, hechiceria y afines. Si alguien nece- sitaba su ayuda, no podfa negarse. Por es0, se puso resignado los anteojos y se dispuso a leer. Eso sf, antes seco a la paloma con una toalla, para que ne se le resfriara igual que la lechuza y también entrara a desparramarle plunas por todos lados con los estornudos. Y enseguida la puso dentro de una jaulita, no fuera a ser cosa que Zafiro se hubiera quedado con hambre y se comiera también a la mensajera. Y ademés, grité ofendido el pequefiin, cuando el mago J le prepars un té caliente a la paloma ye sirvi6 confundido le dio unos zapatitos de cristal. Para colmo, a Randulfino se le habia al gato un poco de leche en el platito. Solo en- tonces tomé el papel doblado que la pajarraca resfriado la lechwza y con cada estornudo | Ilevaba en un anillo de la pata derecha. le Ilenaba el castillo de plumas. Y por si eso | Mientras lo desenrollaba, Randulfino se fuera poco habia espolvoreado a un gigante {Illevé una cucharada de sopa a la boca. Pero en malhumorado con harina, creyendo que eran | cuanto ley6 el primer renglén se atraganté con polvos magicos. E incluso, se le habia caido la |los dedalites y tavo un ataque de tos. De los varita magica adentro del guiso de mondongo |nervios y a falta de un vaso de agua, se toms °" de un solo trago el té de la paloma y Ia leche del platito del gato. Zafiro le dio unas palma- ditas en la espalda, mientras le hacia sefias de! que levantara el brazo y dijera «San Blas». —Es peor de lo que imaginaba —excla~ mé el mago, cuando se le pasé la tos y termi- né de leer la nota. : Randulfino preparé el equipaje en cues- tién de minutos. Llevaba solo lo indispen- sable: el libro de hechizos, su varita magicag chorreando salsa de tomate, protector solar factor 60 y un par de calzoncillos limpios. Después garabateé unas palabras en unal servilleta de papel y se la entrego doblada a la] paloma, para que Ilevara su respuesta. Tuvo que empujar a la emplumada para que saliera d castillo, porque afuera seguia lloviendo y la otr no queria saber nada con volver a mojarse. Cuando cerré la valija, Randulfino bused a Zafiro por todos lados. Detras de las cor~ tinas, debajo de la alfombra, adentro de la cacerolas... —gDénde se habra metido ese gato? No lo encontr6. Pero no podia perde més tiempo. Igual no se hizo demasiado pro- blema. Ya apareceria. 8 Y después de poner en la puerta de su casa un cartel que decia: Randulfino partié a toda velocidad sa~ biendo que lo esperaba algo terrible. Capitulo 2 E reino donde vivia la princesa Adelinda «quedaba lejos, muy lejos. Demasiado. Habia que atravesar siete mares, un desierto, ocho rios, cuatro pantanos, dos lagos, una selva, catorce montafias, seis acantilados, doce bosques, tres valles, ocho manantiales, once cascadas, nueve barrancos y un precipicio sin fin, Nadie llegaba hasta alli ni de casualidad. Algunos porque se cansaban a mitad de camino. Otros porque se perdian. Muy de vez.en cuando, aparecia un tu- rista japonés. Pero aparte de eso... Randulfino tuvo que emplear sus mejores trucos para legar lo antes posible. Y para no tener que viajar en barco, canoa, bote, carreta, . diligencia, burro... Asf y todo, llegs agotado y con la barba arrugada. El rey Heriberto, padre de Adelinda, lo esperaba sentado en el trono, con la corona torcida, comiéndose las ufias y tomando té de tilo. Se lo notaba desesperado. En cuanto vio aparecer al mago, el rey se olvid6 del protocolo y corrié a abrazarlo. Cuando su majestad em- pezé a hacer puchero, Randulfino abrié la va- lija y buse6 un paftuelito. No encontré, Al que si encontré fue al gato Zafiro, doblado entre dos calzoncillos. Mientras el mago estiraba un poco al gato, el rey Heriberto se largé a lorar a moco tendido. Randulfino tuvo que secarle Jas lagrimas y sonarle la nariz con el dobladillo de su tunica. —Bueh, bueh... Ya se va a arreglar todo, alteza —lo consolaba y, para ir ganando tiem- po, le pregunté algunos detalles—. ;Cudnto hace que desapareci6? —No sabria decirle, porque el reloj de sol no nos anda bien. Desde que lo pusimos bajo techo, dejé de funcionar —le explicé el rey y sorbié ruidosamente su té de tilo para tranquilizarse. —No encontraron ningtin rastro de ella? | —Nada. Ni una miguita de pan. Y eso que yo siempre le decia: “Nunca salgas sin migas Fg en los bolsillos, por si te perdés. Acordate de lo que les pasé a esos chicos, Hansel y Gretel...» Y hablando de migas, zno gusta un sanguchito de mortadela? Es que a mi, con la angustia, se me abre el apetito... Randulfino rechazé la comida que le con- vidaba el rey y siguié averiguando. —ZNotd algo raro en la princesa? ~Y si, la veia tristona —le contesté el rey con la boca llena—. Siempre asomada al bal- c6n, suspirando, Se pasaba horas preguntin- dole a un espejo quién era la més linda. el espejo qué le decia? —No le contestaba, porque nosotros es- pejos que hablen nunca tuvimos. Ahora, desde que leyé esos libros, la cosa empeors... —Qué libros? —quiso saber el mago, mientras le daba un sopapo a Zafiro que se acercé a olisquear los sanguches. —Esos que terminaban diciendo «Y vi- vieron felices y comieron perdices...». Randulfino se peiné la barba, pensativo. —Y Adelinda no tenia ningun preten- diente? —pregunté de pronto. —Ni uno —se lamenté el rey—. Con lo hermosa que es... ¥ lo educada. Porque hasta 4 hizo un curso de piano por correspondencia. Lo que le costé a la pobre. Porque estudiar la teria vaya y pase, pero practicar piano a distancia... Y sin instrumento. —iNo habfa ningtin principe, ningin noble, ningiin caballero... nadie que quisiera pedir su mano? —lo interrumpié el mago. —Y.... vivimos tan lejos que todo nos es casea. Hasta los novios. Y vienen tan pocas visitas por estos Iados... Le presentaron unos candidatos, sf. Pero no le cayeron en gracia. A todos les encontraba algun defecto. Que este era vanidoso, que aquel tenia mal caracter, que el otro no se bafiaba seguido, que el de més alla ercctaba... No querfa un principe azul. Se conformaba con uno de cualquier co- lor. O uno que ni siquiera fuera principe, pero si, que la amara de verdad. Adelinda intents de todo, Besé a cuanto sapo encontré por ahi, a ver si alguno se le convertia en principe. Durmi6 una siesta como de cien afios, con a esperanza de que alguien la despertara con un beso. ¥ se encerré, no sé cuiinto tiempo, en la torre més alta del castillo més alto, donde la custodiabe dia y noche un feroz dragén, > Pero nadie vino a rescatarla. Hasta el dragon ©” 5 se aburrié de esperar y se fue. Cuando las siete hadas madrinas le dijeron que no podian ayudarla, Adelinda Moré sin consuelo. Y a la mafiana siguiente... jdesaparecié! A Randulfino le temblé el bigote de solo imaginar los terribles peligros que corria la princesa Adelinda, Tal vez la habia hechizado alguna bruja poderosa y malvada. O tal vez la habfa secuestrado un ogro cruel que la mante- nia prisionera quién sabe dénde. O tal vez al- gin monstruo desalmado pensaba comérsela para el almuerzo con ajo y perejil. Randulfino lamenté no haberse compra- do la bola de cristal en cuotas, con lo util que. le hubiera sido para averiguar el paradero de la princesa, Pero no era momento de lamen- taciones y decidié poner manos a la obra de inmediato. Revis6 el castillo de punta a punta. No dejé telaraiia sin investigar. Analiz6 cada: pelo que encontréy examiné desde dentaduras postizas hasta ufias encarnadas, Al principio, no descubrié nada fuera de lo comin, salvo a Zafiro escondido en un armario de la cocina, mordisqueando un salamin. Pero como en el castillo no eran de limpiar el suelo demasia- do seguido, muy pronto encontré unas huellas 16 de pisadas cue lamaron poderosamente su atencién. Uras huellas que iban a permitir- le develar el misterio de la desaparicién de la princesa. Capitulo 3 I monstruo Wulfrano era feo por donde se Jo mirara. Tenia los ojos sanguinolentos, los dedos como garras, la boca con tres dientes torcidos, la nariz, descomunal... Tenia una jo- roba en la espalda, la piel escamosa y verduzca, los pies enormes y chuecos... Tenia los pelos como estropajos grasientos, las orejas Ilenas de cera, el ombligo con pelusa... Porque para més, era sucio, Hacfa ciento ocho afios que no se bafiaba y la tiltima vez. que lo habia hecho ni siquiera habia usado jabén. Nadie aguantaba sw aliento a huevo podrido. Nadie soportaba el olor a queso rancio de sus patas. Nadie resistia el tufe hediondo de su transpiracién. Ni él. Elmonstruo Wulfrano era el monstruo mas faterrador, més espeluznante y més pavoroso de °" 19 los alrededores. Daba miedo de solo verlo. Hasta él mismo se habia impresionado una vez y habja salido corriendo, cuando de pura casua- idad alcanzé a distinguir su tortuosa imagen reflejada en las aguas de un lago. Acerca de él, ademas, se rumoreaban cosas terribles: que jams dormia, que tenia la fuerza de mil hombres, que desayunaba puré de ta~ rantulas, que se metfa el dedo en la nariz... Por eso, nadie en su sano juicio se aventuraba por la comarca montafiosa donde vivia, ni por el pantano donde merodeaba. Sin embargo, y a pesar de las horribles historias que se conta~ ban subte él, el monstruo Wulfrano asustaba poco. ¥ no porque no fuera feo, desagradable, pestilente, sino porque el pobre era timidén. ‘Todo Je avergonzaba. Por cualquier cosita de nada se ponia colorado como un tomate.’Tam- poco estaba conforme con su aspecto ni lo con vencian sus grufidos ni estaba seguro de ser lo bastante feo y desagradable que tiene que ser un monstruo. Ademis, tenfa miedo de que se burlaran de él. Y esa era la raz6n por la que se la pasaba escondido. Casi nunca salia de su cueva, a menos que fuera necesario, Y cuan- do no le quedaba mas remedio, trataba de 20 salir de noche, envuelto en tinieblas. Por eso, si asustaba, era de pura casualidad. Wiulfrano no tenia parientes, ni siquie- ra un primo lejano, Tampoco tenia amigos. Ni uno. Y aunque se habia acostumbrado a Ia falta de compaiifa, a veces, 2 Wulfrano le daban ganas de compartir con alguien sus suefios, sus ilusiones, sus proyectos... Pero se moria de vergiienza de solo pensarlo. Y ade- més, claro, no tenia a nadie. Entonces, para no sentirse solito, Wulfrano le conversaba a una cucaracha que se le habia instalado en un rincén donde guardaba porquerfas. Pero ella no era de contestar. Y Wulfrano se que- daba medio trist6n, escuchando su propio silencio, Un dia, justo a la hora del almuerzo, Wulfrano se dio cuenta de que se le habjan terminado las lagafias de sapo con las que preparaba el chimichurri. Aunque era pleno dia, decidié ir hasta el pantano a buscar al- gunas y se preparé para salir. Se olié debajo de los brazos. Apestaba. Se revisé los dien- tes. Tenia pedazos de comida incrustados. Se mir6 entre los dedos de los pies. Encontré bolitas de mugre. 2 —Listo —se dijo y le avis6 a la cucaracha que se iba un rato, aunque ella no le hizo de- masiado caso. En cuanto se asomé fuera de la cueva, al monstruo le dio como cosita toda esa luz que lo iluminaba. Pero sin lagafias de sapo, el chimichurri no tenia gusto a nada. Y no podia esperar hasta que oscureciera. Asi que suspiré resignado, conté hasta tres (porque no sabia contar més que eso) y salié, Mien- tras avanzaba por los matorrales espinosos, carrasped y ensay6 su alarido ultraescalo- friante, por si se cruzaba con algin despre~ venido. Pero era la hora de la siesta y ni los Joros se animaban a andar bajo el rayo del sol. Por eso, al ratito, avanz6 de lo mas con- findo por el sendero que conducia hasta las lodosas orillas del pantano. Incluso iba con- tento, tarareando un chachacha. Porque la ilusién de su vida era aprender a bailar. So- fiaba que algtin dia podria hacerlo, aunque mas no fuera con la cucaracha y... Quizés porque iba distraido pensando en eso, Wul- frano no vio a la persona que venia de frente, exactamente en sentido contrario. No vio su Jarga cabellera rubia. No vio sus hermosos 3. ojos verdes. No vio su vestido lleno de puntillas. No vio los enormes pies. No vio nada de eso hasta que fue demasiado tarde. Capitulo 4 as huellas de pisadas eran claras. Randulfino as verificé con una regla, antes de afirmar: —Son zapatitos de cristal, mimero 44. No habia dudas. Eran de la princesa Adelinda. Solo ella en todo el reino tenfa un pie de semejante tamaiio. Cuando el mago le comunicé las nove- dades, el rey Heriberto se desmayé. Zafiro tuvo que abanicar‘o con una empanada de jamon y queso, que acaba de robarse de la cocina, para hacerlo reaccionar. Cuando volvié en si, el mago Randulfino le mostré el recorri- do de las huellas. Empezaban en la habitacién, de la princesa, iban hasta el bafto, subjan a la torre més alta, bajaban al sétano, pasaban por la cocina, atravesaban la biblioteca, cruzaban °” 25, el comedor, volvian, se ditigfan de nuevo hasta el cuarto, se asomaban al baleén, entraban, descen~ dfan por la escalera principal y, finalmente, se perdian en los jardines, cerca de las margari- tas. O la princesa habia dado muchas vueltas antes de salir 0 hacfa semanas que no pasaban un trapo de piso en el castillo. i Randolfino elaboré diversas teorfas. 1, La princesa habia ido a regar las marga~ ritas y alguien la habia raptado. 2, La princesa habia ido a regar las mar- gatitas y después se habia ido por sus propios medios. 3. La princesa no hahia regado las margaritas. La teoria mimero 3 fue la dnica que pudieron comprobar, porque las margaritas daban lastima de tan resecas que estaban. De la teorfa mimero 1 y de la néimero 2, no en- contraron pruebas. La investigacién estaba estancada, —2Y ahora qué hacemos? —se deses- peré el rey, que de los nervios le arrebato la empanada a Zafiro y se la mordisqued. El mago Randulfino tuvo que frenar al gato, que mostraba las ufias y bufaba con el 26 pelo erizado, dispuesto a saltar sobre el rey y arafarlo. —Tendremos que organizar una expe- dicién para ir a buscarla y tal vez rescatarla —dijo por fin—. Sera dificil. Probablemente debamos enfrentar grandes peligros. Tal vez no todos regresemos, Pero ser un honor dar la vida por la princesa. Solo necesitamos un pufiado de valientes voluntarios. No consiguieron. Ni uno. Todos se dis- culpaban: que ya sé que es un honor, pero muchas gracias, que yo soy cobarde asi que paso, que no tengo tiempo, que estoy ocupa- do, que ahora no puedo, que dejé la leche en el fuego, que me llama mi mami... Excusas, puras excusas. Para colmo, el rey no tenia ni un soldado, porque a él las peleas y las guerras no le gus- taban ni medio. Asi que la expedicién terminé compues- ta por el rey, el mago Randulfino y Zafiro, Tinico capaz de olfatear un rastro a falta de perro. Aunque a él iban a tener que Hevarlo a Ja fuerza porque, en cuanto se enteré, cla- v6 las ufias en la alfombra, dando a entender que se negaba rotundamente a participar. 7 Los preparativos fueron arduos. El rey insistié en ponerse una armadura de su ta tarabuelo, tres talles mas chica, que encima estaba oxidada. Randulfino practicé sus me~ jores pases de magia, pero la varita le seguia chorreando salsa de tomate. Zafiro se subié al techo del castillo y hubo que Hamar a los bomberos para bajarlo. Partieron horas més tarde. Llevaban so- gas, fosforos, velas, mapas, una brdjula, un bote inflable, una espada desafilada, un gorrito para el sol, la tarjeta de crédito y un abrelatas, por si el rey no podia sacarse la armadura, ‘Tam- bién Ievaban provisiones para varios dias, no porque pensaran tardar tanto, sino porque no hallaron otra manera de convencer a Zafiro de que se bajara del techo y los acompafiara. Antes de partir, el mago le hizo oler al gato algunas pertenencias de la princesa: su mufie~ ca preferida, los ruleros, el lapiz. de labios, una media sucia... Zafiro amasé a mufieca, metié la pata dentro del rulero y se comié el lépiz de labios. Pero la media le sirvié para encontrar un ras- tro, Irguié el lomo y apunté con el hocico y los bigotes hacia la puerta de entrada, 28 —Es por alla —indicé el mago y los tres valientes particron en busca de la princesa, de- jando a su paso manchas de salsa de tomate. 30 } Capitulo 5 a princesa Adelinda nunca habja sido buena para orientarse. Varias veces se habia extraviado en su castillo y su padre ha- bia tenido que ir a buscarla. Un dia, incluso, se perdié en su propia habitacin, Adelinda jams se acordaba, cual era la izquierda y cual, la derecha. Ni siquiera podia precisar donde era arriba y dénde era abajo. Y no tenia la menor idea de hacia dénde quedaban el Nor- te, el Sur, el Este o el Oeste. Pero en ningiin momento imaginé que encontrar el camino para salir de su reino iba a ser tan complica~ do. Sabia, eso sf, que estaba lejos de cualquier lado, muy lejos. Demasiado. Y que habia que atravesar siete mares, un desierto, ocho rios, cuatro partanos, dos lagos, una selva, catorce ° 3 montajias, seis acantilados, doce bosques, tres valles, ocho manantiales, once cascadas, nue- ve barrancos y un precipicio sin fin. Pero ya cuando llegé a la esquina del castillo, no supo bien hacia dénde ir. Consulté el mapa que habfa conseguido, pero Adelinda no entendia mucho de mapas y lo leyé al revés. Para cuan- do se dio cuenta, ya estaba completamente perdida. Y se despist6. dl era la casita en la que podia pedir ayuda? —se pregunt6, cuando se vio en el medio de un bosque—. zLa que tenia techo de azticar y paredes de chocolate, esa en la que habia un Jobo en camis6n o Ia otra en la que vivian siete enanitos? No pudo recordarlo y, por miedo a meter Ja pata, siguié caminando sin rumbo. Avanza- ba, retrocedia, iba para all, volvia para aca... Anduvo como loca. Para colmo, con un dolor de pies terrible, porque los zapatitos de cristal no eran el calzado mas cémodo del mundo. Ni el adecuado para andar por un bosque. Cuando pasé por quinta vez frente al ce- menterio, le dio la impresién de que estaba andando en circulos. Lamenté no haberle he- cho caso a su padre, que siempre le aconsejaba 32 llevar miguitas de pan en el bolsillo para dejar un rastro, Para el mediodia, los pies no le daban més. Le habian salido tres callos y se le habfan in- flamado los juanetes. Después de pasar por novena vez frente al cementerio, y sin saber muy bien cémo, la princesa Adelinda se topé con un pantano. Desolada y con el vestido arremangado, se sent6 en una piedra cubierta de musgo. El olor de las aguas putrefactas'y espesas era insoportable, pero Adelinda creyé que era porque ella se habia descalzado. En- seguida metié los pies en el barro pegajoso y sintié un poco de alivio. Al rato, la panza empez6 a hacerle ruidos, Es que ni siquiera habia desayunado. No tenia ni la menor idea de cémo conseguir algo de comer. En realidad, tampoco tenfa mucha idea de lo que iba a hacer. De algo estaba segura: no iba a regresar ni loca hasta no encontrar a alguien que la amara. De lo que no estaba para nada segura era de hacia qué lado ir. Si al ‘menos encontrara un parroquiano amable que pudiera guiarla, que le diera alguna indicacién, que le ensefiara a leer un mapa, que le dijera st por ahi pasaba el 60... 34 En ese momento, a la princesa Adelinda le parecié escuchar ruidos. Presté atencién y se alegré cuando oyé con claridad una voz un poco aspera, pero que le resulté agradable. Estaba cantando un chachaché. Adelinda lo conocia. Lo nabia aprendido en el curso de piano por comespondencia, aunque nunca ha- bia podido tocarlo, La princesa sacé los pies del lodo podrido y asi, embarrada, se dirigis hacia el lugar de donde provenia la voz, que cada vez se escuchaba més fuerte. No se puso los zapatitos de cristal para no perder tiempo, para no ensuciarlos y para que no le apretaran otra vez los juanetes. Se interné entre los arbustos por un sendero yno aleanz6 a dar tres pasos cuando se lo encon- tré de frente. Avanzaba en direccién contraria, directo hacia ella, y no chocaron de casualidad. Esta vez, la princesa supo con total certeza que elolora pod-ido no venia de sus pies ni de las aguas del pantano, sino de ese... ser que tenia delante. Los dos se miraron sorprendidos dos segundos y medio, con la boca abierta antes de que el grito atronador hiciera estremecer de miedo a todo el bosque. 35 Capitulo 6 1 mago Randulfino se dio cuenta casi de inmediato de que las virtudes de su gato Zafiro como rastreador eran escasas. El mi- nino habia indicado con claridad la puerta de salida, como punto de partida para la expe- dicién, pero después de eso, perdié prictica~ mente todo rastro, excepto el de las salchichas que habia en:re las provisiones. Eso sin contar que se distrafa con facilidad, que a cada rato queria dormir una siesta 0 que se trepaba a cuanto drbol se cruzaba, Ademis, como no le gustaba caminar, habia que llevarlo a upa todo el tiempo. Pera facilitarle un poco las cosas a Zafiro,a Randulfino se le habia ocurrido hacer un identikit de la princesa Adelinda. La ha- bia dibujado con crayones en a hojita de una 37 te nee erate libreta, siguiendo las exactas indicaciones del rey Heriberto, que Ia describia con precisién. Si, la boca la tiene justo debajo de la nariz y arriba del mentén. Y ojos tiene dos. De eso estoy seguro, pero el color no sabria decir- les...Y el pelo, ya vio cémo son las mujeres, un dia se hacen rulos, otro dia se lo planchan... Cuando terminé el identikit y se lo mos- 16 a Zafiro, al gato le dio un ataque de risa. O Randulfino era pésimo dibujante o la princesa era un adefesio. Como si esto fuera poco, al rey Heriberto le costaba avanzar con esa armadu- ra de hojalata oxidada que chirriaha con cada movimiento y se quedaba trabada. A falta de aceite para lubricarle las bisagras, Randulfino iba poniéndole salsa de tomate de su varita migica. Por eso, dos horas después de haber partido del castillo, estaban solamente a media cuadra y se les habian terminado las salchi- chas, situacién que hubiera descorazonado a cualquiera. Pero Randulfino no era mago de darse por vencido asi porque si. Y ademés, por suerte, a pocos metros descubrié una huella de zapatito de cristal, mimero 44, que coinci- dia perfectamente con las que habia por todo el piso del castillo, lo que le confirms que la 38 princesa habia pasado por alli. Y no hacia demasiado. Por eso, la expedicién de rescate continué su marcha en esa direccién. Un lobo de dudosa facha,que encontraron por el bosque y a quien Randulfino insistié en mostrarle el identikit de Adelinda, estuvo a punto de desorientarlos, cuando les indicé con evidente mala intencién que fueran por el camino mas largo. —De paso, pueden ir juntando florcitas —los tentaba el mentitoso. ‘Tampoco fue de gran ayuda un flautista que venia de Hamelin y al que seguian miles de ratones, encandilados por su miisica. No solo no habia visto a la princesa, sino que se armé un zafarrancho impresionante cuando Zafiro vio esa cantidad de roedores. Hubo que sostenerlo a cuatro manos para que no se les fuera detris de ellos. El que sf parecia tener un dato preciso era un gigante muy gentil al que solo le vefan los pies. Pero no hubo forma de escuchar lo que les decia desde tan arriba, aunque les hablaba a los gritos. ¥ eso que Randulfino, con Zafiro en Ia cabeza, se subié a los hombros del rey * 39 Heriberto para hacer Ja piramide humana (y gatuna) y acercarse un poco. De todos modos, las pisadas de Adelin~ da eran bastante nitidas y era facil seguirlas, a pesar de que daban vueltas y més vueltas y més vueltas. Al pasar frente a un cementerio, tuvieron que hacer un alto. Al rey Heriberto le pica- ba terriblemente la espalda y no alcanzaba a rascarse, enlatado como estaba adentro de la armadura. —Un cachito mas a la derecha, al lado del oméplato, ahi, justo ahi... —lo iba guiando el rey a Randulfino, que lo rascaba con la varita magica, esquivando, eso si, los chorros de salsa de tomate que salfan cada vez que la frotaba. Fue entonces cuando el gato, que habia aprovechado el descuido de su amo para inspec cionar la bolsa de provisiones y acababa de zam- parse un merengue, se puso alerta. Los pelos del lomo se le erizaron, sacé las garras, mostré los dientes, se relamié la crema de los bigotes... —iQué sucede, Zafiro? —le preguntd el mago al verlo asf, recordando que los ani- males, con su sexto sentido, presienten las catistrofes. 40 El gato intenté hacerse entender por sefias desesperadas. Dobl6 Ia pata, alzé las orejas, en~ roscé la cola... —LA —dijo el rey que era experto en jugar a“Digalo con mimica”. El gato negé con la cabeza e hizo una nueva sefia. : —LOS —sugirié el rey, pero como Zafiro volvié a negar, agrego—: Mejor segut con la segunda palabra. Pero el gato no pudo continuar. Porque en ese momento se oyé un grito atronador que hizo estremecer de miedo a todo el bosque. a Capitulo 7 © Frimero que hizo el monstruo Walfrano fue ponerle emplastos de barro hiime- do sobre el chichén que le habfa salido en la cabeza. Porque él seria monstruo, pero tenia buenos modales, no como la cucaracha. ¥ si la chica se habia dado un porrazo por su culpa, tenia que ayudarla. Pero, ga quién se le ocu- rria andar por un sitio frecuentado por mons- truos? ;Cémo podia imaginarse él que, justo al ladito de su pantano preferido, alli don- de el clor a podrido era delicioso, donde se conseguian las mejores lagafias de sapo para preparar chimichurri, iba a encontrarse con tuna princesa? Porque de eso Wulfrano estaba seguro, Esa chica era una princesa. Bastaba verle la coronita, torcida hacia un costado por 4B el chichonazo. Y los zapatitos de cristal que Mevaba en la mano. Lo que no sabia era’ de dénde habia salido ni qué hacia ahi. La cuestién fue que al ver a la princesa aparecer asi de sopetén, entre los matorrales, el monstruo se asust6. Por eso lanz6 semejante alarido, no para atemorizarla a ella, que inclu- 30... Wulfrano se rascé la oreja con el dedo mefiique, mientras pensaba. ¢Le habia pare- cido a él o ella le habia sonreido un poquito? No, seguro le habia parecido. Porque, ¢quién le puede sonreir a un monstruo espantoso y para colmo mugriento, que encima se asusta al ver a una chica y grita como un energiimeno? Ahora, por culpa de su grito, la princesa estaba ahi, desparramada en el suelo y des- mayada. Y es que al escuchar su grito, la joven habia retrocedido, sin darse cuenta de que habia una piedra en mitad del camino. Y claro, ha- bia tropezado, se habia cafdo patas para arriba y se habia pegado flor de porrazo. El monstruo Wulfrano no sabia qué ha~ cer. Llevarla a su cueva, imposible. Estaba tan desordenada... Ni siquiera habfa hecho el catre. Ni siquiera habia entrado la basura. Ni siquie- ra tenia chimichurri, Eso sin contar que la 44 cucaracha era tan antipética que ni saludaba cuando le decian «Buenos dias». Ademas, a una princesa como esa no debfan gustarle las cuevas de monstruos. Ni los monstruos, claro. Dejarla ahi sola también le daba no sé qué. Podia comérsela una fiera. O algiin otro monstruo que no fuera tan educado como él. Tampoco podia acompafiarla a su casa. Primero, no sabia dénde vivia. Segundo, equé pensaria la gente si vefa a un monstruo con una princesa? Sobre todo, una princesa tan... tan... tan... Walfrano la miré y empezé a babear. jAy! Era preciosa. Con ese cabello tan largo y tan rubio. Con esos ojos tan grandes y tan verdes. Con esos pies tan enormes y olorosos. Y 4l, sin bafiarse desde hacia ciento ocho afios. Mejor se iba antes de que la joven despertara y le viera sus pelos pringosos, su joroba, su piel escamosa y verde, su ombligo lleno de pelusa... Si al menos hubiera podido disculparse con la princesa, si hubicra podido decirle que é no era malo, por mas que fuera un poco rofioso, si hubiera podido contarle que sofiaba con bailar chachaché... Pero, no, mejor se iba enseguidi- ta antes de que ella recuperara el sentido y se 46 A EE EEE asustaca de su espantosa cara, Eso sf, para que la princesa no pensara que él era tan mons- truo, le dejé sobre el pecho una de sus flores preferidas, la flor de ortiga. Wulfrano miré por tiltima vez a la joven y suspiré. Y ya estaba a punto de marcharse, cuando le cayé en el pantalén un chorro de salsa de tomate. —Deteneos, bestia feroz —le grité al- guien—. Y liberad a la princesa Adelinda. Frente a él, apuntindole con su varita mé- gica, estaba el mago Randulfino. A su lado, empuiando el abrelatas, el rey Heriberto. Un poco més atras, mordisqueandy un alfajor de chocolate, el gato Zafiro. —Pronto, Zafiro, necesito el hechizo para convertir un monstruo en jabén baja espuma para lavar la ropa —pidié el mago. Zefiro se atragant6 con el alfajor y, apu- rado, zbrié con la pata el libro de hechizos. Buseé en el indice. Mamarracho, mermelada, monst:uo... Estaba el hechizo para convertir un menstruo en sandia, en coliflor, en radi- cheta, en chancleta, en chicle, en papel higié- nico, en inodoro.... Pero el que le habia pedido Randulfino no estaba. 47 RT —Fijate en la pagina 657 —insistié, el mago. Pero ya era tarde, el monstruo Wulfrano habia desaparecido. 48 Capitulo 8 © que Iloré Ja princesa Adelinda cuando egaron al castillo... No habia forma de consolarla. Se encerré en su cuarto y no peg6 un ojo ni quiso probar bocado ni hablar con nadie ni ir de shopping para comprar un nue- vo par de zapatitos de cristal. Estuvo dias y dias mojando pafiuelos, sébanas, repasado- res... Y cuando no Iloraba, se la pasaba sus- pirando todo el tiempo. A veces, se asomaba al baleén y miraba hacia el sitio donde crefa que quedaba el pantano, aunque en realidad la desorientada miraba exactamente para el lado contrario. A veces, tarareaba un chachacha. A veces acariciaba la flor que habia hallado so- bre su pecho, cuando el mago, su padre y el gato la rescataron. Y después se rascaba como °" 49 es una loca, porque la flor de ortiga le daba una urticaria tremenda. No le importaba. Nunca Jc habian regalado antes una flor. Y aunque el que se la habia dado necesitaba un bafio ur- gente, a la princesa le gustaba lo mismo. Des- pués de todo, nadie es perfecto, pensaba. Pero seguro que ella no le habia gustado. Por algo habia gritado de ese modo al verla. ¥ eso que ella le habia sonrefdo... El rey Heriberto, preocupado por el esta~ do de su hija, le golpeaba la puerta y Adelinda respondia incoherencias: —No hay nadie, Esté ocupado, No moles- tar. No sabe, no contesta. —Esa chica esti embrujada —se lamen- taba el rey, mientras Zafiro intentaba sacarle la armadura oxidada con una sierra, porque con el abrelatas no habian podido. El mago Randulfino no estaba de acuerdo con él, Algo extrafio le sucedia a Adelinda, sf. ero no parecfa ser a causa de un embrujo, Para averiguar qué le pasaba a la princesa, Randulfi- no recurri6 a todo: apel6 a la ciencia, consulté a los astros, buscé en el diario el horéscopo de sagitario (que era el signo de Adelinda), la espid por la cerradura... No descubrié nada. 50 ‘Tampoco le dieron resultado las pécimas especiales que le preparé con gusto a frambuesa Y naranja-banana-kiwi. Menos que menos, las cataplasmas de huevo batido que le receté dos veces por dia y que Zafiro se comié creyendo que eran el relleno de las empanadas. El mago, incluso, repasé sus apuntes de la academia de magia, hechiceria y afines y revisé cuida~ dosamente las mil novecientas ochenta y seis paginas de su libro de hechizos. Pero alli no habfa ningtin encantamiento con los sintomas que presentaba Ja princesa: falta de apetito, insomnio, melancolia, llanto descontrolado y constante, aficién al chachaché... Randulfino estaba desconcertado, aunque decidié que no se daria por vencido hasta develar el misterio, De algo estaba seguro. La clave estaba en el pantano, En el pantano donde rescataron a la princesa, que por la forma en que pataleaba cuando se la levaron no parecfa querer ser rescatada; en el pantano donde habitaba ese monstruo que, a pesar de su aspecto temible, le habia puesto tan amablemente emplastos de barro en el chichén a Adelinda; en el pantano donde el monstruo y Ia princesa... De pronto, Randulfino tuvo una idea. ;Claro! ;Cémio no se 52 SE ET TT le habia ocurrido antes? Llamé de inmediato a Zafiro para encomendarle una misién es- trictamente confidencial. El gato, que estaba a punto de comerse una hamburguesa completa con papas fritas, refunfusié. Pero no pudo ne garse. Sobre todo cuando Randulfino le pro: me-i6 una tarta de atin, una porcién de rabas, un filet de pescado a la romana y hasta una paella con mariscos. El entrenamiento de Zafiro como agente secreto fue breve, pero intenso, El gato tuvo que aprender rapidamente a utilizar equipo altamente sofisticado: bréjulas, binoculares, computadoras, visores infrasiujos, walkie-tal- kies, termémetros, pelapapas... También tuvo que adiestrarse en técnicas complejas: usar la clave Morse, perseguir a un sospechoso sin ser visto, camuflarse en el entorno, sacar fotos con una vieja camara, enviar mensajitos de texto con un celular... Cuando estuvo listo, el mago Randulfino le dio las tltimas instrucciones sobre lo que debia hacer. Zafiro se puso anteojos de sol, impermeable, sombrero y guantes descarta~ bles en las cuatro patas y salié del castillo sin que nadie lo notara, Lo tiltimo que alcanzé a °" 53 ver el gato antes de perderse entre las sombras fue ala princesa Adelinda, que habia salido al balcdn y que acariciaba una flor de ortiga y se rascaba desesperadamente, mientras tarareaba un chachaché. 54 Capitulo 9 ientras en el castillo, el mago Randulfino Je daba a su gato instrucciones para le- var a cabo la misién secreta, no lejos de alli, en su cucva, el monstruo Walfrano lagrimeaba. Y no, porque no tenfa chimichurri, No, porque la mancha de salsa de tomate del pantalén no le salia con nada. No, porque la cucaracha finalmente lo habia abandonado sin siquie~ ra despedirse. Lagrimeaba porque no podia dejar de pensar en la princesa Adelinda, tan hermosa, con su cabello rubio, con sus ojos verdes, con sus pies enormes... Desde que la habia dejado en el pantano, cuando puso sobre su pecho una flor de ortiga, el monstruo se sentia més solo que nunca, No tenia ganas de nada. Ni de comer puré de tardntulas ni ° 55 de sacarse la mugre de entre los dedos de los pies ni de bailar chachaché. Ni siquiera le im- portaba que regresara la ingrata de la cucara~ cha. Solo queria estar con Ia princesa. Softaba con verla de nuevo, con invitarla a pasear por el pantano a la luz de la luna, con sacarla a bailar... Incluso sofiaba con... Pero eso, cla- ro, era imposible. Porque él era un monstruo. “© Un monstruo horroroso, espantoso y rofioso. Y encima timidén. Ella jamés se fijarfa en al- guien como él, Ella jamés soportaria su olor. Ella jamas lo querria. Por eso lagrimeaba. Y cuando no lagrimeaba, suspiraba. Y cuando no suspiraba, dibujaba corazones en el suelo con la ufia del dedo gordo. Y no ponia las ini- ciales W-A en los corazones porque el mons- truo Wulfrano no sabia leer ni escribir. Pero de tanto en tanto pronunciaba el nombre de Adelinda en voz alta. Y enseguida volvia a la~ grimear, a suspirar y a dibujar corazones. Y justamente ahi estaba el monstruo Wilfrano lagrimeando, suspirando y dibujan- do un corazén en el suelo con Ia ufia del dedo gordo, cuando tuvo la extrafia sensacién de que alguien lo vigilaba. Por un momento se ilusioné pensando que tal vez la princesa Adelinda habia 56 regresado al pantano y no se dejaba ver por miedo 0 desconfianza. Pero por més que riré y remiré para todos Iados, no pudo distinguir a nadie en los alrededores. Sin embargo, escondido entre las ramas de un Arbol, agazapado en la oscuridad y ca~ muflado con hojas de lechuga, alguien seguia atentamente cada uno de sus movimientos, es- pecialmente los del dedo gordo. Nadie que no estuviera entrenado habria podido distinguir a ese ser que no perdia detalle de lo que hacia Wilfrano y que solo abandons su puesto lue- go de varias horas de vigilancia y después de engullirse una milanesa, una pata de pollo, una costillita de cerdo a la riojana, un chorizo a la pomarola y unos bufiuelitos de acelga. Randulfino aguardaba ansioso en el castillo, caminando de un lado a otro. La informacién que pudiera aportar Zafiro en el momento en que regresara de su misién secreta era de vi- tal importancia, pero cuando el gato Ilegé, el mago tuvo que esperar que se repusiera y que comiera una longaniza, unos huevos rellenos, unas rodajas de matambre y hasta unas tortas fritas, porque se moria de hambre. Solo en- tonces Zafiro puso al tanto a Randulfino de 58 Jo que habia averiguado en el pantano. Al principio, empleé la clave Morse que habia aprendido en su entrenamiento como espia: Pera al ver la lentitud con que el mago traducia los puntos y las rayas y los errores que cometia, Zafiro decidié recurrir a la mimica: torcié la cara, se tapé el hocico con la pata de- recha, se hizo el muerto, apunté con los bi- gotes al balcén de Adelinda, suspiré y dibujé corazones con a fia. —Conque si... —murmuré Randulfino pensativo. Habia cosas que al mago le quedaban claras: 1. El monstruo y la princesa estaban ena- morados. 59 2.Los dos crefan que ese amor era imposible. 3. El monstruo tena un olor que apestaba. 4, La clave Morse solo la entiende Magoya. Lo importante era que, a él, lo que sentian Walfrano y Adelinda no le parecfa irracional. Sabfa que el amor es ciego. Y en ese caso, tam- poco tenia olfato. Pero por muchas razones no seria sencillo que el monstruo del pantano y la princesa es- tuvieran juntos. De todos modos, como mago experto y diplomado, Randulfino no podia quedarse de manos cruzadas. Tenia que hacer algo para ayudarlos. 60 Capitulo 10 E su affin de ayudar al monstruo del pantano y a la princesa Adelinda, el mago Ran- dulfino intentd preparar una pécima para volver posibles los amores imposibles. Pero no existfa una receta para semejante hechi- zo en su libro de magia, y sus experimentos dieron resultados diversos y poco satisfacto- rios para este caso en particular: un brebaje para que el ajo no provoque mal aliento, una pomada para curar los sabafiones, un jarabe para volver simpéticas a las babosas... Luego intenté organizar un encuentro casual entre Wulfrano y Adelinda, pero fue imitil, O ella no salia de su cuarto o se perdia en cuanto daba un paso afuera y no llegaba ni al pasillo. 6 Tampoco dieron resultado los mil y un mensajes que le enviaba al monstruo a través de Zafiro: cartas de amor supuestamente escritas por la princesa, avioncitos de papel con notas en clave Morse, cascotes en la cabeza... Wulfrano no sabia leer, tampoco entendia clave Morse y tenfa la cabeza muy dura. La situacién comenzaba a tornarse des- esperante. El estado de melancolia de la princesa se agravaba dfa a dia, el olor del monstruo empeoraba y Zafiro ya no queria ser agente secreto de Randulfino porque es- taba harto de ir y venir del pantano al casti- lo y del castillo al pantano. —Solo te pido una tiltima misién —le suplicé Randulfino desesperado. Y es que el rey Heriberto, todavia con la armiadura oxidada puesta, porque la sierra con la que habian tratado de sacarsela estaba desafilada, le conté que Adelinda ya no co- mia, ya no acariciaba la flor de ortiga, ya ni siquiera tarareaba un chachacha. Zafiro no pudo negarse, sobre todo cuando el mago le ofrecié como compensa- cién una morcilla vasca, cuatro canelones a la 62 Rossini, un bife de chorizo mariposa y varios kilos de helado de sambayén. —Es una misién de vida o muerte —le advirtié el _mago masajedndole las patas como a un futbolista—. Nos jugamos a todo o nada. Tendrés que apelar a todo lo que haga falta. El monstruo Wulfrano estaba en la puerta de la cueva lagrimeando, suspiran- do y dibujando corazones con la uiia del dedo gordo, cuando Zafiro, camuflado con hojas de acelga, le revoleé un jabén por la cabeza. Wulfrano ni siquiera se dio cuen- ta de que no era un cascote y siguio en lo suyo. Casi enseguida le cayé un frasco de champii anticaspa, un desodorante, un cepillo ce dientes, un enjuague bucal sa- bor menta, el identikit de Adelinda hecho por el mago Randulfino, un diccionario de clave Morse, la media sucia de la prince- sa que le habia servido para encontrar su rastro, un zapatito de cristal niimero 44, un plano del castillo, un anillo de com- promiso, un disco de chachach4... Nada. EI mons-ruo Wulfrano no se daba por en- terado, no comprendfa las indirectas ni las © 63 directas, no reaccionaba. Muy pronto, el gato Zafiro perdié la paciencia y salié de su escondite dispuesto a todo. Se arrancé las hojas de acelga del camuflaje y enfren- t6 a Wulfrano a cara lavada, Estaba harto de todo ese asunto, asi que usé el dltimo recurso que le quedaba-para comunicarse con el monstruo, aquello en lo que era un experto. Por eso, torcié el hocico, doblé las orejas, enroscé la cola, olisqued una flor de ortiga... Pero Wulfrano no habia ju- gado jamas a “Digalo con mimica” y no entendié un pepino de lo que queria de- cirle el gato. Zafiro, entonces, se dio por vencido. Dejé a un costado la flor y se fue al castillo arrastrando las patas y el rabo. Wiulfrano recogié la ortiga del suelo en el momento en que el gato desaparecié en Ia espesura. Se quedé mirandola un rato y enseguida volvié a lagrimear. Esa noche, en el castillo, reind la més absoluta desolacién, El mago Randulfino, sentado en las escalinatas del palacio, anali- zaba la posibilidad de abandonar su oficio y dedicarse a otra cosa, considerando no solo su fracaso, sino que la varita magica seguia 64 chorreando salsa de tomate. Zafiro grufifa y se juraba que en ninguna de sus siete vidas volveria a scr agente secreto, mientras in- tentaba sacarle la armadura oxidada al rey con una maza y un cortafierro. Heriberto Morisqueaba sin consuelo porque seguia sin saber qué le pasaba’a su hija y porque pensaba que nunca podrfa volver a rascarse la espalda sin ayuda. Adelinda, asomada al baleén, deshojaba la flor de ortiga, murmu- rando entre hipos y sollozos: —Me quiere, no me quiere... Tal vez por todo eso, nadie se dio cuenta de la enorme y hedionda sombra que mero- deaba por el jardin. Ala mafiana siguiente, el rey Heriberto, que finalmente habia podido librarse de la armadura gracias a Zafiro, se disponia a de- sayunar un café con leche con medialunas. EI gato merodeaba para arrebatarle algiin bocadillo al primer descuido, cuando de pronto se puso alerta. Los pelos del lomo se le erizaron, sacé las garras, mostré los dien tes, mordisqued una medialuna... Qué sucede, Zafiro? —le pregunts el mago, que entré en ese momento. 66 E] gato intenté hacerse entender por sefias desesperadas. Doblé la pata, alé las orejas, en- roscé a cola. —LA —dijo el rey. El gato negé con la cabeza e hizo una nueva sefia. —LOS —sugirié el rey, pero como Zafi- ro volvié a negar, agregé—: mejor segui con ia segunda palabra. Zafiro perdid la paciencia y le sefialé con el hocico hacia la entrada. Alli, colora~ do como un tomate, con un ramo enorme de flores de ortiga, estaba el monstruo Walfra no. Se habia bafiado. Y con jabén. Se habia lavado los tres dientes. Se habia peinado. Se habia sacado la pelusa del ombligo. El mago Randulfino detuvo al rey, que insistia en ponerse nuevamente la armadura y le sefalé a la princesa Adelinda, que salu- daba al monstruo desde el balcén con una sonrisa de oreja a oreja. Igual, el rey no en- tendié que el monstruo y la princesa estaban enamorados hasta que Zafiro se lo dijo con mimica. Y el monstruo y la princesa se casaron y fueron felices. Porque aprendieron a bailar °* 67 chachaché con un curso por correspondencia. Porque cuando Ia princesa se perdfa en el cas- tillo, Walfrano iba a buscarla. Porque él se ba- ‘taba bastante seguido y se sacaba la pelusa del ombligo. Por eso y por mucho més fueron feli- jf ces. Lo que no comieron fue perdices, porque Wiulfrano seguia prefiriendo el puré de tarén- tulas. Y en lo posible con chimichursi. 68 Capitulo 1.. Capitulo 2.. Capitulo 3. Capitulo 4... Capitulo 5 Capitulo 6... Capitulo 7... Capitulo 8. Capitulo 9.. Capitulo 10...