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La mirada indómita de Zora Neale

Hurston
Cómo se siente ser una mujer negra
Por Lydia González Meza y Gómez Farías el 30 marzo, 2015
A principios del siglo XX una mujer negra tenía más o menos los mismos derechos de
un animal de granja, por lo que Zora Neale Hurston es la self made woman más
improbable que pudo haber existido. Si a esto le sumamos la reacción ante el racismo
que socava las expresiones de la cultura popular por considerarlas vulgares, su obra
parece de otro planeta.

El territorio es entonces imaginería heredada y por heredar, constatación inobjetable de que somos tránsfugas
eternos en busca de verdades relativas y empecinados creyentes de que siempre habrá territorios nuevos por
abarcar.
—Primo Mendoza Hernández, Territorios1

Zora.

Tránsfuga eterna desafía el olvido2


A finales de la década de los cincuenta se publicó una nota periodística en la que aparece la
fotografía de Zora Neale Hurston bajo el encabezado Working as maid. La adinerada mujer
que la contrató para limpiar su mansión en Florida estaba sorprendida al enterarse de la
verdadera identidad de su empleada doméstica. Aparentemente, éste fue un trágico y poco
glamoroso pasaje en la vida de una de las escritoras más sobresalientes del Renacimiento de
Harlem,3 ese deslumbrante amanecer de las letras afroamericanas coloreado por las
melodías del jazz y del blues.

Si nos detenemos a darle una segunda mirada a la fotografía, la expresión facial de Hurston
no muestra el agobio de quien sólo piensa dentro del marco reduccionista del éxito o el
fracaso, sino de una mujer que vive en términos del atrevimiento de andar el camino y
desentrañar la aventura. La risilla que se escapa de sus labios, esa sonrisa de niña que
descubren haciendo una travesura, nos cuenta otra historia.

Trabajando como criada.

Si bien es verdad que Zora Neale Hurston murió en la pobreza en 1960, y que desde 1950
su obra estaba fuera de la imprenta,4 según las investigaciones de Alice Walker, todo parece
indicar que en el momento en que tomaron aquella fotografía Zora realizaba una
investigación undercover sobre el gremio de las empleadas domésticas.

En La canción de Salomón  Toni Morrison aporta algunos elementos útiles para entender el
contexto social e histórico que marcó la segunda mitad de la vida Hurston. Un destino
similar vivió el personaje de Corinthians Dead, hija de uno de los primeros hombres negros
en hacerse de fortuna después de la abolición de la esclavitud. Gracias a su estabilidad
económica y lleno de expectativas para su prole, Macon Dead la manda a la universidad y
luego a Francia. A los cuarenta años ella termina trabajando secretamente como empleada
doméstica en la casa de una rica mujer blanca y miente a sus padres diciendo que es
secretaria. En su narración Morrison comenta que para la década de los cincuenta no había
otra opción laboral para una mujer de color, sin importar su nivel educativo, que limpiar
casas.5

Tal vez esta situación avivó la curiosidad de Hurston y al mismo tiempo la colocó en el
centro de ese escenario. Ninguna dificultad podría ser obstáculo suficiente para que ella se
resignara a dejar su oficio.

Zora Neale Hurston.

Esta nota periodística sobre sus andares fue quizás una de las últimas noticias que se
tuvieron de ella en el ámbito público. Después, todo lo que construyó durante su carrera
quedaría enterrado, como su cuerpo, en una fosa común material y simbólica. No obstante,
a pesar de la poca atención que tuvo su trabajo los años siguientes a su muerte, existe una
relación mágica que se establece entre la obra, la autora y sus lectores que no obedece los
límites cronológicos ni sucumbe con facilidad a las fronteras geográficas, ideológicas o
lingüísticas. Este fascinante fenómeno que comporta la literatura ha permitido abordar la
vida y el legado de esta escritora a la luz de finales del siglo XX. Los últimos días de la
vida de Hurston no marcarían el punto final sino que dejarían su historia en puntos
suspensivos.

Alice Walker tiene el mérito histórico de haber sido la primera en seguir sus últimas
huellas. En la década de los setenta se “había percatado de la necesidad de la obra de Zora
Neale Hurston antes de siquiera saber que su trabajo existía”. 6 En aquel entonces los
seminarios de literatura afroamericana no abordaban propuestas de mujer alguna. El
nombre de Hurston aparecía esporádicamente como referencia secundaria, y nada más. Fue
así como su intuición y la posterior lectura de uno de sus cuentos la llevaron a emprender
una misión de rescate arqueológico para desenterrar su obra y saber más sobre la vida de
aquella misteriosa mujer de piel de ébano. Grande sería la sorpresa de Alice cuando se dio
cuenta de que había descendido al país de las maravillas.

El hallazgo de la vasta obra de Zora fue recibido con entusiasmo por escritores y
académicos que se dieron a la tarea de divulgarlo. Entre ellas estuvieron Toni Morrison,
Sonia Sanchez, Zadie Smith y Edwidge Danticat. Este proceso de revaloración se vio
coronado en 1995 con la publicación de sus obras completas en la colección Library of
America, lo que implica el reconocimiento de un autor como clásico de la literatura
estadounidense.En 2005 Oprah Winfrey produjo una película basada en su novela más
famosa, Their Eyes Were Watching God. Había llegado un segundo momento de gloria
para Hurston.

Las andanzas de una lengua pilla

En cada oportunidad, Mama alentaba a sus hijos a saltar hacia el sol. Tal vez no


alcanzaríamos a llegar hasta allá, pero al menos despegaríamos los pies de la
tierra. Papa no estaba igual de esperanzado. Y no era el único. No estaba nada bien que los
negros emanaran tanto espíritu. Todo el tiempo amenazaba con quebrantar el mío, o acabar
conmigo en el intento. Mi madre siempre se ponía en medio. Admitía que yo era atrevida
además de respondona, pero no quería aplastar mi espíritu, por miedo a que me convirtiera
en una muñeca dócil y circunspecta con el tiempo. Papa se enfurecía cuando Mama decía
eso. No estoy segura si lo hacía porque temía por mi futuro, con eso de que yo tendía a dar
la lucha, o porque se sentía aludido personalmente con el comentario. Según él, mi vida
sería un desastre. Los blancos no iban a aguantarlo. Me colgarían antes de llegar a la vida
adulta. Alguien se encargaría de destrozarme por tener una lengua tan pilla [Dust Tracks on
a Road, 19427].

Por su autobiografía, Dust Tracks on a Road sabemos que Hurston nació el 7 de enero de


1891. Creció en Eatonville, Florida, la primera comunidad negra integrada al gobierno
federal de Estados Unidos. Ahí sucede la génesis de una subjetividad muy particular que la
acompañaría toda la vida y que en buena medida define el carácter de su obra. Desde muy
pequeña ella vio a los hombres de su color gobernar y administrar los asuntos políticos y
económicos, y nunca imprimió en su mentalidad que su “raza” fuese considerada inferior, y
que por tanto estuviera signada por el fracaso.

“American Masters: Zora Neale Hurston”. Fotografía © Corbis Images.


Ella escuchó en abundancia los relatos del folklore condensados en historias y personajes
míticos que expresaban la cosmovisión de su pueblo, lo que años más tarde la convertiría
en la principal exponente de aquella tradición oral. De hecho, su primera etnografía, Mules
and Men, está dedicada al folklore negro del sur y es el primer trabajo antropológico sobre
el tema escrito por una persona afroamericana. Otras dos novelas también son un
observatorio privilegiado del universo literario que creó inspirada en esta
experiencia, Jonah’s Guard Vine y Their Eyes Were Watching God.

A su infancia en Eatonville le siguió el comienzo de una vida nómada. La muerte de su


madre cuando aún era una niña y la inestabilidad familiar derivada de ello la llevaron a
emprender el camino. Fue niñera, empleada doméstica, asistente de una actriz. Este último
episodio la marcaría, ya que adquirió sus primeras bases en la dramaturgia. Posteriormente
la llevó a escribir y dirigir obras de teatro y musicales, e incluso a montar en 1934 una
escuela de artes dramáticas basada exclusivamente en la expresión negra.

Decidida a seguir sus estudios, entre 1919 y 1924 terminó su educación media en el
Baltimore Morgan College y acudió a la Universidad de Howard en Washington DC o el
Harvard de los negros, como lo define en sus memorias. Mientras apuntalaba su carrera, se
sostuvo trabajando como peluquera y manicurista, así como con el apoyo de compañeras de
escuela que veían su potencial y la adoraban por su simpatía. Hurston tenía una capacidad
impresionante para conseguir aliados.

Decidida a seguir sus estudios, entre 1919 y 1924 terminó su educación media en el
Baltimore Morgan College y acudió a la Universidad de Howard en Washington DC o
el Harvard de los negros, como lo define en sus memorias.

David Levering Lewis, autor de la investigación clásica sobre el Renacimiento de


Harlem, When Harlem Was in Vogue, la retrata como una estudiante que estaba dispuesta
incluso a la estafa por obtener reconocimiento.

Incluso un misógino certificado como Locke (quien habitualmente echaba a las estudiantes el primer día de
clases con la promesa de ponerles un 6 en automático) cedió paso a la extravagante adulación de Hurston
cuando ella escribió para Stylus, la publicación estudiantil de Howard. La investigación de Charles Johnson
sobre los estudiantes escritores más prometedores la contestó un emocionado Locke antes del cierre del
segundo semestre. Zora Neale Huston era la mejor y la más brillante en años, escribió él.8

Viendo tal afirmación, parece difícil que Alain Leroy Locke —uno de los intelectuales
afroamericanos más prominentes de su generación e impulsor del movimiento del New
Negro— sucumbiera exclusivamente a la lisonja de Hurston. La tesitura del comentario
más bien parece mostrar lo imperdonable que puede llegar a ser la ambición de una mujer
pobre, brillante, segura de sí misma y con altas expectativas en su futuro profesional.
Algunos de sus contemporáneos, como Richard Wright, tuvieron una actitud similar hacia
su particular forma de ser y de escribir, pero a pesar de las burlas a sus “extravagancias”,
era imposible ignorarla.
Sea como fuere, para enero de 1925 “llegó a Nueva York con un dólar con cincuenta
centavos en su bolso, sin trabajo, sin amigos, pero llena de esperanza”.9 Su arrojo tuvo
grandes recompensas. Los siguientes veinte años estuvo completamente dedicada a escribir,
viajar e investigar. Hurston no sólo consiguió una beca para estudiar en Barnard bajo la
tutela de Franz Boas y dos mecenas interesadas en proveerle todo lo necesario para que
siguiera adelante, también estaba a punto de participar activamente en el Renacimiento de
Harlem.

La fruta del árbol de la confianza metafísica10


Siempre hay alguien junto a mí recordándome que soy nieta de esclavos. Esto no logra suscitar depresión
dentro de mí. La esclavitud se quedó en el pasado hace sesenta años. La operación fue exitosa y el paciente se
está recuperando bien, gracias. La terrible lucha que me llevó de ser una potencial esclava a ser
estadounidense dijo —¡En sus marcas! La reconstrucción dijo —¡Listos! Y la generación anterior dijo —
¡Fuera! Estoy arrancando un comienzo volador y no debo detenerme en el camino para voltear atrás y
ponerme a llorar. La esclavitud es el precio que pagué por la civilización, y la decisión no fue mía. Es una
aventura amedrentadora y vale lo que he pagado por ella a través de mis ancestros. Nadie en el mundo ha
tenido oportunidad más grande de gloria. Poder ganar el mundo sin tener nada que perder. Es electrizante
pensar que por cada uno de mis actos puedo obtener el doble del premio o el doble de la culpa. Es muy
emocionante tomar el centro del escenario nacional, frente a espectadores que no saben si reír o llorar [“How
It Feels To Be A Colored Me”, The World Tomorrow, mayo de 192811].

Z. N. Hurston.

Aun en los mejores años del Renacimiento de Harlem los textos de Hurston quedaron
siempre en segundo lugar12 dentro de los concursos literarios e incluso fueron descartados
junto a otros que no conservan la vigencia y originalidad que caracteriza su legado. Esto se
debe a que en gran medida su postura existencial y sus decisiones son sumamente
heterodoxas cuando se observan desde los parámetros estéticos y las ideas que prevalecían
en su época.

Como comenta Zadie Smith, uno de los rasgos más prominentes en el trabajo de Zora es su
confianza metafísica. De ahí surge la seguridad que le permitió hacer las cosas de diferente
manera. Su obra contrasta estridentemente con el tono melancólico y pesimista de la
literatura de entreguerras y su pensamiento en torno a la defensa de los derechos civiles no
tiene una gota de victimismo. Esto no quiere decir que su trabajo ignorase la realidad
social, pero su respuesta ante el estado de las cosas sí era diferente. Si tomamos en cuenta
que a principios del siglo XX una mujer negra tenía más o menos los mismos derechos de
un animal de granja, Zora Neale Hurston es la self made woman más improbable que pudo
haber existido. Ahora, si a esto le sumamos la reacción ante el rampante racismo que
socava las expresiones de la cultura popular por considerarlas vulgares, su obra parece de
otro planeta.

En ese sentido, entre las aportaciones más innovadoras de la autora está su


concepción de la raza. Este tema lo trata explícitamente en su artículo “How It Feels
to Be a Colored Me”. Ahí explica que fue hasta salir de Eatonville cuando se percató
de ser negra.

En ese sentido, entre las aportaciones más innovadoras de la autora está su concepción de la
raza. Este tema lo trata explícitamente en su artículo “How It Feels to Be a Colored Me”.
Ahí explica que fue hasta salir de Eatonville cuando se percató de ser negra. Para ella, la
identidad se construye en los límites que se establecen entre un nosotros y los otros que
cambia dependiendo del contexto. En Barnard, frente a la “cremosa mar” de gente blanca,
era evidentemente negra, pero al interior de su comunidad natal eran otras categorías las
que alimentaban su identidad. En la placidez de su soledad ya no era de ningún color, sino
“eterno femenino adornado de collares de cuentas” y cuando la música invadía su espíritu,
su cuerpo se pintaba de muchos colores regresándole su condición animal, fuera de las
convenciones que la civilización le imponía.

Por ejemplo, cuando me siento con una persona blanca en el relajado sótano que es el New World Cabaret, mi
color aparece. Entramos platicando de cualquier cosilla de nada que tenemos en común y los meseros nos
indican nuestro asiento. De la manera abrupta que caracteriza a las orquestas de jazz, ésta se sumerge en un
número musical. No pierde tiempo en circunloquios, sino va directo al grano. El tórax se constriñe y el
corazón se quiebra con su tempo y sus narcóticas armonías. La orquesta aumenta su rebeldía, se encabrita
sobre sus patas traseras y ataca el velo tonal con primitiva furia, rasgándolo, desgarrándolo, hasta irrumpir a
través de la selva allende. Yo sigo a aquellos bárbaros —los sigo exultantemente. Bailo salvaje dentro de mí
misma, grito por dentro, aclamo, muevo la azagaya arriba de mi cabeza, la lanzo fiel a la señal de
¡yeeeeooww! Estoy en la selva viviendo a la manera de la selva. Mi cara se pinta de rojo y amarillo, y mi
cuerpo se tiñe de azul. Mi cuerpo palpita como un tambor de guerra. Quiero sacrificar algo, provocarle dolor,
darle muerte, ¿a qué?, no lo sé. Pero la pieza se acaba. Los hombres de la orquesta se limpian los labios y sus
dedos descansan. Con el último tono, me arrastro lentamente de regreso al revestimiento que llamamos
civilización, y encuentro a mi amistad blanca quieta sentada en su lugar, fumando en calma.
Zora, indómita.

No es que Hurston negara que existieran diferencias entre los


grupos étnicos. Su reacción ante las estridentes notas de los
temas musicales del New World Cabaret era distinta a la de su
amistad blanca ya que existe algo que se va conformando a
partir de un complejo proceso histórico que nos hace
culturalmente diferentes.

De ahí surge otra de sus grandes aportaciones, la reivindicación


del habla popular y la descripción fiel del universo en el que
vivían aquellos hablantes. Fue sumamente crítica con el
clasismo que prevalecía dentro de su propio grupo racial y
escribir como hablaban los “iletrados” fue un gran atrevimiento;
también lo fue retratar a su pueblo en sus vicios y virtudes, en
su genialidad y su estupidez, cuando la tendencia era subrayar
el refinamiento que habían logrado las clases más altas y
esconder a los indeseables.
Hoy la recepción de su obra habría sido completamente distinta.
Un par de ejemplos de trabajos contemporáneos relativamente
similares al de Hurston son la novela White Teeth,13 donde Zadie
Smith reproduce los diversos dialectos que hablan los migrantes
de Londres, y A Brief History of Seven Killings, 14 en la que
Marlon James conjuga el patois jamaiquino con el inglés más
neutro. Ambas obras han suscitado gran interés y han sido
premiadas con los galardones más importantes de la literatura
inglesa. Esto no sería posible sin una serie de transformaciones
y subversiones estéticas acontecidas en las últimas décadas.
Algunas de ellas son la percepción de las variantes dialectales
como riqueza lingüística, la incursión del pensamiento feminista
y la búsqueda de la voz de las mujeres dentro de la literatura,
así como las críticas a la dicotomía alta cultura versus cultura
popular.

Los resultados de estos procesos nos permiten volver a saborear


la obra pionera de Zora Neale Hurston, esa jugosa fruta del
árbol de la confianza metafísica. Para aquellos que se obstinan
en salir de los confines de lo dado siempre habrá territorios
nuevos por abarcar. ®
Notas

1 Primo Mendoza Hernández (2009), Territorios, México: Secretaría de Educación del Estado de México,


Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal.

2 Retomo esta expresión del párrafo con el que Primo Mendoza Hernández del movimiento literario Tepito
Arte Acá cierra su libro de relatos porque me parece que sintetiza algo similar al devenir de la obra de
Hurston, así como su actitud ante la vida.

3 El Renacimiento de Harlem es el término que se acuñó para nombrar la emergencia de un movimiento


político y cultural principalmente incentivado por próceres afroamericanos de clase media entre los años de
1925 a 1934. En un país donde la latencia de los atavismos culturales ligados al pasado esclavista seguía
marcando el destino de miles de ciudadanos de color, Jessie Fauset, Charles Johnson, Alain Locke, Walter
White, Casper Holstein y James Weldon Johnson pensaron que la mejor estrategia para subsanar las
condiciones de su gente y favorecer el diálogo interracial era la promoción de un movimiento que funcionara
como espacio de apreciación de la producción cultural realizada por sus más prometedores exponentes. Entre
ellos estuvo Zora Neale Hurston.

4 La obra de Hurston está compuesta por cuatro novelas, una autobiografía, dos etnografías, más de cincuenta
cuentos, numerosos artículos y varias obras de teatro.

5 Este tema se aborda en el capítulo 9 de la novela. Toni Morrison (1977), Song of Solomon, Nueva York:
Random House.

6 Alice Walker (1983), In Search of Our Mother’s Gardens: Womanist Prose, San Diego: Harcourt Brace
Jovanovich. Traducción de Lydia González Meza y Gómez Farías.

7 Traducción de Anna Styczynska.

8 David Levering Lewis (1981), When Harlem Was in Vogue, Nueva York: Penguin Books. Traducción de
Lydia González Meza y Gómez Farías.

9 Robert E. Hemenway (1977), Zora Neale Hurston. A Literary Biography, Champaign: University of Illinois


Press. Traducción de Lydia González Meza y Gómez Farías.

10 Este concepto lo utiliza Zadie Smith para referirse a la vitalidad y la libertad que subyace a la vida y obra
de Hurston. Zadie Smith (2009), Changing my Mind: Occasional Essays, Londres: Penguin Books.

11 La traducción de los dos fragmentos del artículo “How It Feels To Be a Colored Me”es deLydia González
Meza y Gómez Farías.

12 Zora ganó dos segundos lugares en los premios Opportunity, los galardones más importantes de la
literatura afroamericana en aquel momento, uno por Spunk en 1925 y otro por Muttsy en 1926. En 1934
descartaron del concurso su novela Jonah’s Guard Vine porque lo consideraron un libro carente de
argumento.
13 Zadie Smith (2000), White Teeth, Londres:Penguin Books.

14 James Marlon (2014), A Brief History of Seven Killings, Nueva York:Riverhead Books.


XXXX

La cacería del jabalí

El folklore y el misticismo religioso de origen africano


Por Zora Neale Hurston el 17 abril, 2015

El trabajo antropológico de Zora Neale Hurston (1891–1960) muestra


un conjunto de innovaciones metodológicas y estilísticas sin
parangón que hacen de ella una de las pioneras de la antropología
interpretativa o la nueva etnografía. Esta autora no había sido
traducida al español.

Fotografía de Zora Neale Hurston (centro) y amigas, tomada afuera de su casa en


Fort Pierce, FL ca. 1959. Posiblemente sea la última que se le tomó.

En 1936 Zora Neale Hurston ganó la beca Guggenheim para realizar una
investigación en Jamaica y Haití. El viaje duraría dos años. El resultado
del trabajo de campo fue Dile a mi caballo (1938), etnografía de amplio
espectro al estilo de un diario de viajes. Éste es el segundo trabajo
antropológico que publicó la autora durante su trayectoria profesional. El
primero, Mules and Men, lo dedicó a estudiar el folklore de los habitantes
del sur de la Florida y el hudú, la variante del vudú en Nueva Orleans. No
obstante, no son trabajos inconexos, ambos forman parte de su interés en
conocer las continuidades y diferencias que emergieron entre los
pobladores de la diáspora africana en diferentes partes del Caribe. Desde
este paradigma cuyo punto cero es la esclavitud, la incansable antropóloga
se enfoca en dos grandes temas, el folklore y el misticismo religioso de
origen africano conocido como el vudú, aunque en su trayecto toca
muchos otros.

La cacería del jabalí es entonces un homenaje a esta mujer en su época de


mayor madurez y una invitación al público de habla hispana para que
emprenda una aventura por las Antillas de la mano de una de las mejores
antropólogas que ha dado el siglo XX.

El trabajo antropológico de Zora Neale Hurston (1891–1960) muestra un


conjunto de innovaciones metodológicas y estilísticas sin parangón que
hacen de ella una de las pioneras de la antropología interpretativa o la
nueva etnografía. Esta autora no había sido traducida al español y poco se
sabe de su legado en México, por lo que en la mirada salvaje hemos
decidido incluirla en la colección Mino Bimaadiziwin/El arte del eterno
renacer, con la publicación de La cacería del jabalí, una selección de dos
ensayos representativos de Dile a mi caballo. Como dice Fernando Islas, los
textos seleccionados están “tallados con la precisión de un cronista,
dotados de fuerza y belleza”. La cacería del jabalí es entonces un
homenaje a esta mujer en su época de mayor madurez y una invitación al
público de habla hispana para que emprenda una aventura por las
Antillas de la mano de una de las mejores antropólogas que ha dado el
siglo XX.
En seguida presentamos dos fragmentos de La cacería del jabalí. —Nota de
Lydia González Meza y Gómez Farías.

La cacería del jabalí

Si van a Jamaica no dejen de visitar a los cimarrones en Accompong.


Actualmente están bajo el mando del Coronel Rowe, un hombre inteligente
y alegre. Pero les advierto de una vez, no se vayan a montar en su
estrábica y panzona mula. La mandó a buscarme al final de las vías del
tren para que no tuviera que trepar a pie aquella última y alta cima. Fue
muy gentil de su parte y aprecié su hospitalidad, pero esa mula
simplemente no encajaba en el esquema. La única cosa que impidió que
me tirara de su lomo fue el hecho de que yo me caí primero. Y la única
cosa que impidió que me pateara, mordiera y pisoteara después de haber
caído fue la velocidad con la que me quité de su camino. Creo que quería
perseguirme derechito hasta arriba, pero uno de los muchachos del
Coronel Rowe la agarró por la rienda mientras yo me retiraba. Estaba tan
picada cuando me vio huir que se paró en dos patas y arrojó la silla de
montar con todo lo demás, excepto el ronzal. Tal vez lo que la puso en mi
contra fue la vistosa corbata color naranja, que llevaba anudada al estilo
clásico. Odio pensar que habrá sido mi rostro. Sea como fuere, comenzó a
voltear sus ojos saltones apenas me acerqué. Una cosa diré a su favor, no
fue taimada. En ningún momento fingió que yo le cayera bien. Subí a su
lomo sin una pizca de cooperación de su parte. Desde el principio estaba
en contra de ello y me lo dio a entender. Sólo yo sentía que en el fondo
éramos hermanas. Más o menos media milla después ella lo negó
rotundamente y a partir de ahí no tuve de otra que subir la montaña con
mis propias piernas.
Primera traducción de Zora al español.

Lo que más me impresionó fue la sensación de magnificencia que emanaba


del lugar. Parada sobre ese antiguo campo de armas, ahora campo de
cricket, me sentía rodeada por generaciones de muertos. Éste, sin duda,
era el poblado de libertos más viejo en el mundo occidental —hombres que
se habían despojado de las ataduras de la esclavitud gracias a su propio
ingenio y coraje—. La valentía y la intrepidez de los cimarrones impactan
como un rayo púrpura que atraviesa la historia de Jamaica. Y a pesar de
ello, mientras estaba ahí, en las montañas de Santa Catarina, mirando el
mar más allá del río Negro y las chozas de paja que tenía al alcance de la
mano, no podía evitar recordar que la nación más poderosa del mundo y
una civilización entera habían surgido en tierra firme luego de que el
primer esclavo fugitivo encontrara refugio en estas montañas. Antes de la
llegada de los peregrinos a las inhóspitas costas de Massachusetts, los
cimarrones ya estaban aquí.

Ahora, Massachusetts se ha extendido del Atlántico al Pacífico, y


Accompong sigue igual.

Me instalé en la casa del Coronel Rowe, donde me quedaría un tiempo.


Sabía que él se preguntaba quién era yo —por qué había venido acá y qué
era lo que buscaba—. Nunca se lo dije. Me contó que el Dr. Herskovitz
había pasado una noche en Accompong, que alguien más había venido por
tres semanas con el fin de estudiar sus danzas y cuánto dinero se habían
gastado. Día tras día me abstenía de decirle por qué vine. Propuso
escenificar una danza también para mí. Le di las gracias, pero rechacé su
oferta. No quise decirle que yo era una vieja loba de mar recolectando
datos de campo y no estaba para ese tipo de montajes. Si no puedo ver
una danza o una ceremonia en su contexto natural, ni me tomo la
molestia. Mi experiencia personal me ha enseñado que estas
escenificaciones nunca son iguales a las originales. Algunos cimarrones
me habían comentado que su danza más importante, y la única verdadera
es el 6 de enero. Es cuando conmemoran su partida a las cimas boscosas
donde pernoctaron y de donde regresaron vestidos con trajes y máscaras.
El Abeng o Conk–shell, la Concha Conk, los manda llamar de su largo
retiro nocturno. A su regreso hay baile y cantos de Afro–Karamanti y
agasajo de jerked pork, puerco al estilo jamaiquino.

—Traducción del inglés de Anna Styczyńska.

Hurston con uno de los instrumentos sagrados del vudú.

El vudú y sus dioses

Dambala, de Damballah Ouedo

Damballah Ouedo es el mystere supremo y su símbolo es la serpiente. A

pesar de que el santo que lo representa visualmente es san Patricio, él no


se parece en nada a este santo irlandés. Se utiliza la imagen de san

Patricio porque es la que tiene serpientes ilustradas que ningún otro santo

posee. En todo Haití hay consenso en que Damballah se identifica con

Moisés, cuyo símbolo es la serpiente. Esta adoración a Moisés recuerda el

hecho difícil de explicar de que en cualquier lugar en que haya población

negra existen historias sobre Moisés y sus poderes sobrenaturales, que no

están en la Biblia ni se pueden encontrar en ninguna historia escrita sobre

él. Se dice que su báculo es una serpiente y que de ahí venían sus grandes

poderes. En todo el sur de Estados Unidos, las Indias Occidentales

Británicas y Haití existen historias de culto sobre Moisés y su magia. Es

difícil creer que todas esas historias hayan surgido espontáneamente en el

momento en que los negros llegaron a América y estuvieron en contacto

con el cristianismo en esta vasta región geográfica. Es mucho más

probable que exista una tradición de Moisés como padre supremo de la

magia extendida en todo África y Asia. Posiblemente, muchas de sus

proezas registradas en el Pentateuco son creencias populares sobre ese

personaje agrupadas en torno a un solo hombre, pues es bien sabido que

si la memoria es suficientemente fuerte, otras memorias se unirán a ella, y

estas últimas traerán a cambio otro conjunto de recuerdos que gravitarán

alrededor del punto de fuga, porque tal vez sean partes dispersas de una

sola cosa, lo que Platón conceptualiza como la idea perfecta. Se dice, en lo

concerniente al báculo de Moisés y a la serpiente, que muchos médicos

brujos en África pueden hipnotizar a las víboras de manera que se queden


rígidas y aparentemente sin vida, para portarlas como un báculo y

después volverlas a la vida a voluntad. Se sostiene que el báculo de Aarón,

que no era otro sino el de Moisés, era de este tipo, que le fue confiado a

Aarón en el momento adecuado y que tales eran también los báculos de los

magos del faraón, pero Moisés sabía que el suyo era como el de los magos

del rey y por eso sabía qué pasaría cuando los convirtieran en

serpientes. ®

—Traducción del inglés de Lydia González Meza y Gómez Farías. Véase


también “La mirada indómita de Zora Neale Hurston“.