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eo TIWAdYVD NaWwyvd 4d SINOIDVYLSAT YINTOWHOS TAVS OCAIW Id UVLait VuavVd SOLNIND es wo Nein. pace de cee a © 2003 por Satil Schkolnik Bendersky. Inseripcién N° 127.606. Santiago de Chile. Derechos exclusivos de edicién reservados por Empresa Editora Zig-Zag, S.A. Editado por Empresa Editora Zig-Zag, S.A. Los Conquistadores 1700, Piso 10. Providencia. ‘Teléfono 28107400, Fax 28107454. E-mail: zigzag@zigzag.cl / www.zigzag.cl Santiago de Chile. EI presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningiin medio mecénico, ni electrénico, de grabacién, CD-Rom, fotocopia, microfilmaci6n u otra forma de reproduccién, sin la autorizacién de su editor. Impreso por Salesianos Impresores, S.A. General Gana 1486. Santiago de Chile INDICE Un auto El globo ocular Las piedras caidas del cielo Esa casa del tiempo Los collectio énistas Casi Mancha en el cielo raso Los nuevos flautistas de Hamelin El microscopio Anexo ZQUIEN ES SAUL SCHKOLNIK? 19 29 43 51 61 69 77 85 95 99 Un auto Fe un modelo no demasiado moderno, aunque no tenia mas de seis afios. Roberto lo vio y se apasioné por él. Ese color psicodélico... ese no s¢ qué en el parabrisas delan- tero... ese aire deportivo... pero, por sobre todo, ese tapiz de los asientos: un listado tigre amarillo y café moro... jfascinante! Un pago inmediato al alcance de sus posibili- dades y varias —hartas— cuotas no muy dificiles de cancelar lo terminaron por convencer. Lo llevo —exclamé satisfecho. Salié de la compraventa de automéviles mane- jando su flamante adquisicién. Aquella misma tarde decidié ir a mostrarle el nuevo auto a su novia. Clarita no estaba sola. Su mejor amiga habia ido a visitarla y ambas charlaban animadamente cuando llegé Roberto. Bueno! —acepté éste algo frustrado por la for- zada compaiifa de la amiga, pero contento pues asi podria presumir frente a alguien més. Abundaron las exclamaciones de asombro... —jQué lineal... ~iY mira el color!... -iY el tapiz!... -sefalé la amiga acariciando el dibujo atigrado mientras se trepaba en el asiento trasero. Estuvieron mucho rato dando vueltas y mds vueltas. Clarita apoyaba su cabeza en el hombro de Roberto y éste, imitando a cualquier buen galén de cine, la rodeaba con su brazo. En cada caleta o frente a cada playa del camino entre Vifia del Mar y Concén se detenfan, olvidandose de la amiga, para acariciarse. Recién como a la hora de andar vagabundeando con el auto, Clarita se acordé de su amiga. —¢Quieres que te vayamos a dejar a tu casa? —le pregunto sin cambiar su grata posicién. No obtuvo respuesta. ~iTe pasamos a dejar? —insistié. CUENTOS PARA TIRITAR DE MIEDO jCompleto silencio! Soltandose del abrazo de Roberto, Clarita se dio vueltas para encarar a su amiga... El asiento trasero estaba desocupado. jNi sefias de su ocupante! —jRoberto! ;Qué pasé con ella? —Qué pasé con ella? —repitid el joven aun em- belesado por el paseo—. Debe haberse bajado en una de esas paradas que hicimos... —iTu crees? —;Seguro! Nos vio tan acaramelados que no quiso molestar. Mafiana la llamas... Sin embargo, al dia siguiente Clarita no logré hablar con su amiga. Tres dias mds tarde, Roberto, que atin no habia salido de su casa, recibié muy temprano la llamada de un compafiero de trabajo. —Roberto —le pidid—. ;Puedes pasarme a buscar para ir ala oficina? Sabes, tengo que llevar una plata que recogi ayer de la sucursal de Quillota. Mi casa te queda en el camino... -;Si, claro! Claro que puedo. Digamos como a las siete cuarenta y cinco. Media hora més tarde su amigo subja al auto. {Te importa si me voy atras? Tengo que ordenar estos billetes y las monedas. No alcancé a hacerlo en la casa. —No, para nada. Sube no més... El intenso trafico, los inevitables atochamientos, frenazos imprevistos, bocinazos insolentes, luces brillantes, choferes impetuosos, peatones des- cuidados... en fin, esa jungla callejera a las ocho de la mafiana impidieron que Roberto pudiera conversar con su compafiero. Es mds, como éste no habl6 durante todo el trayecto, hasta se olvidé por completo de él. Al llegar a la entrada del estacionamiento de la empresa, el joven detuvo el auto, abrié el portén electrénico, buscé un lugar desocupado y alli se instal6. Recién entonces recordé a su pasajero. —jUE, por fin! -exclamé aliviado-. ;Terminaste de ordenar? Su compafiero no respondié. Roberto descendié del auto y miré al interior. jNo habia nadie! Seguramente, pensé, se bajo ala entrada del es- tacionamiento. Parece que estaba apurado. ;Podria haberme dado las gracias por lo menos! Ya en la empresa, se olvidé totalmente del asunto. 10 CUENTOS PARA TIRITAR DE MIEDO Esa misma tarde llevé el auto para revisarle los niveles de aceite. Lo dejé en manos de un mecanico, se fue a hacer unas compras, uy” volvié. —Pensamos que tenfa algo roto le informé el jefe-; venfa chorreando aceite. — Si? —Pero no era asi. Lo revisamos bien y no tiene nada. Debe tener cuidado, al llenarlo, de que no le pongan aceite en exceso. —2Y la bencina? EI estanque estaba Ileno, sefior. —;Si? -repitid extrafiado el joven, pero no hizo ningtin comentario. Las obligaciones de Roberto en el departamento de ventas de su empresa le exigian viajar a Santiago al menos una vez por mes. Generalmente lo hacia en una camioneta de la empresa. Ahora aproveché de hacerlo en su flamante auto nuevo. Venia de regreso cuando vio unos jévenes ‘ha- ciendo dedo’. ¢Por qué no?, pensd, y sin mds detuvo el vehiculo. —Vamos a Valparaiso —dijo uno de ellos asoman- dose por la ventanilla. Bien! Yo también me dirijo hacia alla. —3Nos lleva? SAUL SCHKOLNIK Por supuesto! ;Arriba! Subieron —por lo menos eso fue lo que supuso— dos muchachos. Uno adelante junto a él y el otro atras. El viaje fue entretenido pues se fue conversando animadamente con el joven que iba a su lado. Un poco antes de llegar a Valparaiso éste le pidié que parara. —Aqui me bajo. —Y tu companero? Yo viajo solo! —fue la inesperada respuesta. —El viene... Pero no completé la frase. Ambos miraron —re- cién— al asiento trasero. No habia nadie. —jHubiera jurado que el muchacho que estaba contigo subié atrds!... —jNo me fijél, lo siento —se excusé el joven ba- jandose del auto—. jGracias! Roberto se dirigid entonces a la bomba de ben- cina. Tenia por costumbre, en estos viajes, llenar el estanque de bencina al salir y luego al llegar de vuelta. La diferencia se la pagaba, por supuesto, la empresa. El ‘bombero’ que lo atendié, luego de hacer lo que se le pedia le entregé la boleta. 12 SAUL SCHKOLNIK —;Como paga, sefior? preguntd. Roberto la revis6. —,Seguro que esta bien? —;Por qué, sefior? —Acabo de hacer un viaje de ida y vuelta a Santiago. —jSefior! ;Usted no creerd que le estoy cobrando de menos? Eso es lo que marcé. Roberto volviéd a quedarse callado. Le estaban cobrando solo un litro de bencina. jEl auto habia consumido nada més que un litro de bencina! Pago y se fue. Miro el marcador. Indicaba Ileno. jQué bien!, pensé contento, este autito esta bien carburado. Casi no gasta bencina. Como una semana mas tarde, estando de visita en la casa de su novia, en Playa Ancha, a Roberto le robaron el auto. La cosa sucedié asi: El joven habia ido a ver a su novia. Apurado y pensando en jvaya a saber qué!... dejé la puerta sin seguro. Fue ese momento el que aprovecharon tres rufianes que merodeaban por alli, buscando, jus- tamente, un auto para robar. Lo vieron salir del vehiculo, esperaron a que se alejara y en menos 14 CUENTOS PARA TIRITAR DE MIEDO de lo que canta un gallo abrieron el auto y se lo llevaron. El jefe de la banda se ubicé, como corresponde a un jefe, en el asiento trasero, mientras sus dos secuaces ocupaban los de adelante. —jQué tipo tan descuidado! —comenté el que hacia de chofer-. No le echd bencina. Vamos a tener que hacerlo nosotros. —jYa!, pero alejémonos de aqui primero... No llevaban andando ni una cuadra cuando el jefe comenzé a sentir que le ardfan los pantalones y la espalda. —Apaga la calefaccién —fue lo tinico que alcanzé a decir. —jNo, jefe! Si esta apaga... —traté de explicar el que iba de acompanante del piloto, dandose vuelta mientras hablaba. —Eh, Pelusén, para! El jefe se esta derritiendo...—-gritd. El otro compinche detuvo el auto y miré a su jefe en el asiento trasero. Lo que vio fue que éste se iba esfumando. Y en vez del hermoso tapiz ati- grado habia aparecido en el lugar en que se habia encontrado el jefe, un asqueroso agujero de color rojo sanguinolento, que se tragaba la alucinante mancha en que se habfa convertido el pobre hombre. SAUL SCHKOLNIK Los restos de lo que habia sido su jefe no tarda- ron en desaparecer por completo y la nauseabunda abertura se cerré —casi como esbozando una son- risa— dando paso nuevamente al tapiz rayado café amarillento. Los dos hombres se miraron horrorizados. Sin que fuera necesario intercambiar una sola palabra, abrieron sus respectivas puertas y huyeron despa- voridos hasta perder de vista el auto. Cuando Roberto, no mucho rato después, bajé en busca de su vehiculo, no lo encontré. Un muchachito que habia presenciado el robo le indicé, entonces, lo que habfa sucedido. —Lo raro -le dijo— es que aqui subieron tres hombres y alla, en la otra cuadra, pararon el auto y se bajaron, pero solo bajaron dos. Aquello extrafié sobremanera a Roberto. Recordé algunos hechos mas 0 menos recientes. Evocé a la amiga de su novia. No se habia sabido de ella desde aquel dia. A su compafiero de oficina, del que nada més se habia podido saber. ;Se habria escapado con todo el dinero que llevaba? Y ese muchacho que, suponia, habfa traido de Santiago... Todos ellos habian bajado del auto sin que él lo notara. CUENTOS PARA TIRITAR DE MIEDO Y ahora este nifio afirmaba que habian subido tres hombres, pero que habian bajado solo dos. Intrigado, se dirigid a su casa. Alli decidié ave- riguar cudn silenciosamente podia uno descender desde el asiento posterior. Subio al auto y se senté en el asiento trasero. Esperé, meditando unos momentos. Pero entonces... comenz6 a sentir que sus piernas y también su espalda se calentaban jmas, mucho mas alla de lo normal! Intenté bajar. El pantalén parecia como ad- herido al tapiz. Le era imposible moverse. Miré el asiento. En vez del recubrimiento atigrado de rayas amarillas y café moro descubrié una aterradora y malévola abertura de un color rojo carne, que se abria enorme bajo él y lo succionaba... lo succio- naba... lo succionaba... mientras el estanque de bencina —aunque él no lo veia— se llenaba de un nuevo y econdmico combustible. Después de un par de semanas de haber desapa- recido Roberto sin dejar rastros, su familia decidid vender el auto. jT, que quieres comprar un auto usado! jCuidado! SAUL SCHKOLNIK En alguna parte de la ciudad ese terrorifico ve- hiculo anda suelto. Lastima que nada més te puedo decir, pues no recuerdo su marca, el afio de fabricacién ni el color. Puede ser cualquiera de los que estén en venta por ahi... 18 _ Elglobo ocular _ E Globo Ocular aparecié una noche cualquiera en la interseccién de dos importantes avenidas de Santiago. Claro que no era un globo ocular gigan- tesco —medfa casi dos metros de didmetro— sino ‘algo’ parecido. Los periddicos, la televisién y la holovisién, acogieron la aparicién de este artefacto fotografian- dolo desde todos los ngulos posibles y no falté el periodista ingenioso que lo bautizé con el nombre de El Ojo, debido, justamente, a su parecido con un globo ocular, con un ojo humano. Tenia, en todo caso, algo que podria haber sido un iris de un sombrio color verdoso, una pupila de una negrura total adheridos a un globo —parecido al globo ocular—, recorrido por finos y lébregos 19) EE ——_ _ SAUL SCHKOLNIK conductos —jserfan venas?— sanguinolentas, violetas y rojas. Por supuesto que a nadie le llamé especialmente la atencién. Casi todos supusieron que era otro ar- tefacto para controlar la velocidad de los vehiculos. Ya los santiaguinos se habian acostumbrado a las cémaras ocultas de televisién que vigilaban sus movimientos. Mas que seguro, ésta era una de ultima generacion. Aunque habfa un detalle -esencial, por supues- to, como todos los detalles— el Globo Ocular no era algo s6lido. Era algo as{ como una figura de tres dimensiones. Algo que podria ser, o bien una imagen de realidad virtual, 0 bien un holograma. Por ello algunos afirmaron que se trataba de una nueva e ingeniosa propaganda... (Y cada dia la propaganda era mds ‘ingeniosa’, en el peor sentido de la palabra). La verdad es que para el afio 2015 la gente se habia acostumbrado a tantas novedades que ya nada le extranaba. En todo caso, casi podriamos decir que, aunque no pasé desapercibido, a nadie le importé gran cosa, aunque ni los vehiculos ni los peatones osaron acercarse a menos de diez metros del ‘objeto’. 20 CUENTOS PARA TIRITAR DE MIEDO Lo tinico cierto es que alli estaba ‘el Ojo’, inmévil y silencioso. Hasta que... (pero esto casi nadie lo supo). Hasta que una noche de invierno, alrededor de las tres de Ja mafiana, una noche fria como el aliento de una serpiente, una noche en la que soplaba un estreme- cedor ventarrén que hubiera calado los huesos de cualquier transetinte que a esa hora hubiera osado desafiar la oscuridad, una noche sobrecogedora y siniestra... la pupila del Ojo comenz6 a exudar unos ligubres destellos. Después de unos momentos, desde alguna ate- rradora profundidad comenzaron a brotar unas sabandijas del tamafio de un lobo, parecidas a ba- bosas, amarillentas, resbaladizas y casi transparentes, que se arrastraron por el pavimento segregando una nauseabunda supuraci6n verdosa, que desaparecia casi de inmediato. Los bicharracos reptaron sigilosamente por las calles cercanas, como si estuvieran tratando de ubicar algo... De vez en cuando tres de ellos se acoplaban y se enroscaban y se erguian formando una espiral de masa pegajosa y repulsiva. Era como si formaran una especie de antena que, al parecer, les servia 21 SAUL SCHKOLNIK para comunicarse con... ‘algo’... alld afuera, en el espacio sideral. No obstante, como al parecer esa noche las alima- fas no encontraran lo que habjan venido a buscar -40 si?-, retrocedieron hasta el ‘Globo Ocular’ y volvieron, siempre en el mas completo silencio, a penetrar en su insondable oscuridad. Al amanecer, en la ciudad todo seguia igual: ahi estaba El Ojo, inmévil, silencioso y hermético. Sin embargo, como a media mafiana todo cambié. Y no para mejor, por el contrario... cuando el transito estaba més denso que nunca, la pupila del ‘Globo Ocular’ comenzé a brillar de nuevo tétricamente. Todo el mundo se detuvo. De inmediato Ilegaron las fuerzas del orden empunando sus armas en previsién de cualquier contingencia. Entonces comenzaron a aparecer las resbaladizas babosas de color bilioso, sembrando el panico entre transetintes y automovilistas. La policia ordené despejar el area, colocé barre- ras formando un circulo de unos cien metros de diametro alrededor del Globo Ocular y se dispuso a detener a aquellos repugnantes especimenes. —jAlto! —ordené el oficial a cargo del pelotén. 22 CUENTOS PARA TIRITAR DE MIEDO Pero las babosas parecieron no escuchar la orden ~o no la comprendieron, o simplemente no la respetaron— y continuaron desparramandose por ambas avenidas, dejando un olor nauseabundo a su paso. En vista de esto el oficial ordené atacar. Las rdfagas de metralletas, los disparos de las pistolas, los potentes chorros de agua lanzados por los camiones cisternas, el silbido de las bombas lacrimdgenas Ilené el aire de estridencias, agua, gases y balas. Cualquier ser vivo que hubiera estado en aquel lugar habria sufrido las consecuencias de las bom- bas, del choque del agua y hubiera perecido de inmediato bajo el impacto de las balas... pero nada de eso sucedid! Las tétricas babosas continuaron avanzando sin que nada las detuviera. Parecian ser solo una imagen tridimensional, una imagen de realidad virtual... Ninguno de los elementos disuasivos 0 mortales disparados por los policias surtié efecto. Las balas las atravesaron sin causarles el menor dafio. Es mas, pronto los bichos alcanzaron las vallas que deberian haberlos detenido y las cruzaron como si estuvieran hechas de mantequilla. SAUL SCHKOLNIK De tanto en tanto, tres de ellos se enroscaban elevandose levemente del suelo, permanecian asi durante un buen rato y luego se separaban y vol- vian a reptar. Tiempo después se supo que desde cada una de esas ‘antenas’ era enviado un mensaje a miles de naves, semejantes al Globo Ocular, que circunva- laban nuestro planeta. “Fuerza de choque a nave nodriza. Fuerza de choque a nave nodriza. Pueden descender. Pueden descender. Estd demostrado que estos seres biodegradables son incapaces de defenderse de nosotros. La invasién puede comenzar en cualquier momento. La invasién puede comenzar en cualquier momento”. Y recibian de inmediato la respuesta: “Nave nodriza a fuerza de choque. Nave nodriza a fuerza de choque. Procederemos al descenso. Procede- remos al descenso. Indicar lugares espectficos. Indicar lugares especificos.” Entonces las espirales enviaron los datos requeridos: “Deben elegirse dreas con gran densidad de elemen- tos inertes. Gran densidad de elementos inertes, En ellos se concentra la mayor cantidad de seres bipedos biodegradables. La mayor cantidad de seres bipedos biodegradables”. 24