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Junnior es un niño de 10 años.

Acaba de terminar la primaria y logró obtener un diploma de


Tercer lugar. Aunque parece algo feliz, no lo está del todo. La meta era el segundo lugar. Su
mamá está algo seria y le dice que debió haber estudiado más, mientras un fotógrafo le pide
que se junte con la profesora Nany, la tutora, para tomar la foto respectiva. Junnior piensa
que Nany es una profesora mediocre y él cree que ella piensa lo mismo de él. ¿Qué dirá su
papá cuando se entere de que no logró al menos el segundo lugar? La profesora rápidamente
lo felicita y posa para la foto. El fotógrafo pide la dirección a la mamá de Junnior para entregar
las fotos y le dice que cada foto cuesta cinco soles por ser la clausura. Junnior se siente mal
porque no pudo superar a Fernando ni a Gianmarco, los dos primeros lugares. Siempre lo
mismo. Aunque él, esta vez, tiene la duda. Él se esforzó este año como nunca, sus
calificaciones mejoraron. ¡Debe haber un error!- Se dice a sí mismo. Además siente una
profunda tristeza porque sabe que muchos de sus amigos no continuarán en el colegio el
siguiente año. Pero ya no estarán Fernando ni Gianmarco. Eso es bueno, piensa Junnior. De
regreso a casa evita mirar a su mamá. Siente que la decepcionó. Más tarde, ya en casa,
mientras Junnior y su mamá cenan sin hablar, tocan la puerta. Pero nadie atiende. Silencio.
Siguen tocando. Él derrama unas pocas lágrimas en silencio. Ya no tocan. Cuando termina de
cenar, Junnior se acerca a la puerta. Ve en el suelo un diploma de segundo lugar con su
nombre y la recoge. Hay una nota en la que el colegio se disculpa apelando a que se
equivocaron en el cálculo del promedio. Junnior esboza una sonrisa y llama a su mamá. Él
nunca se equivoca. Al menos logró un segundo lugar. Esa noche su papá y su mamá estarán
felices y los tres comerán juntos pollo a la brasa.