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La mujer de su hermano

Cuando Sarah apareció en la casa de Jedidah Morgan con los dos niños. La
bienvenida que éste les ofreció no fue demasiado agradable, y Jed les dejó bien
claro que no tenía ningún interés en ellos. Hasta que tuvo el accidente y una amnesia
lo convirtió en un hombre atento y encantador. ¿Pero qué pasaría cuando recobrara
la memoria y se enterase del secreto que Sarah escondía?

CAPITULO 1

¿DONDE diablos se encontraba Jedidiah Morgan?


Sarah sintió un escalofrío bajo la helada lluvia mientras golpeaba con el llamador
en la puerta por enésima vez. Había hecho semejante viaje para apelar a su
misericordia.
¡Tenía que estar en casa!
-Mami -se quejó Emma-, tengo hambre.
Sara miró inquieta a la niña de seis años que se apoyaba contra ella en el zaguán.
La pequeña tenía el rostro elevado hacia ella y la lluvia le corría por la cara.
-Cielo, estoy segura de que tu tío tendrá una nevera llena de comida, a juzgar por
esta hermosa casa -llevaba a Jamie, de tres años, alzado y ahora se lo cambió de
brazo.
-Mami, quiero irme a la cama -murmuró el niño.
-Pronto, cariño, pronto -lo tranquilizó, abrazándolo más fuerte.
Ella también quería irse a la cama. Había conducido trescientas millas desde
Quesnel y las últimas setenta millas el mal tiempo había reducido la visibilidad a casi
cero. El trayecto desde Whispering Mountain hasta Morgan 's Hope había sido una
pesadilla y la tensión la había agotado.
Hizo un esfuerzo por contener un acceso de lágrimas. Qué desastre que había
hecho. Y qué imbécil había sido al hacer ese viaje, gastándose sus valiosos dólares en
gasolina para emprender esa alocada aventura. Se dio la vuelta y miró desilusionada la
negra noche.
La tormenta no amainaba. Se estremeció cuando un relámpago iluminó el cielo.
Durante un segundo su luz iluminó el sendero de grava, su desvencijado coche, el
bosque que los rodeaba...
-¡Mamá! -exclamó Emma-. ¡La puerta no está cerrada con llave!
Sara se dio la vuelta.
Emma había abierto la puerta un resquicio.
-¡Cariño! -alargó Sarah una mano para detenerla- ¡no!
Demasiado tarde. Emma había empujado la puerta y ya se había metido en el en
sombras.
Sarah titubeó. Luego, haciendo un gesto de disgusto, entró detrás de su hija y
dio un respingo cuando la corriente de aire cerró con un portazo detrás de sí. En la
penumbra que entraba por la claraboya vio una llave de luz en la pared. Con el corazón
golpeteándole en el pecho, la encendió.
Emma ya se había internado en el distribuidor, decorado con elegantes muebles
de roble del que partía una hermosa escalera. La lluvia que chorreaba del impermeable
de su hija dejó un rastro de manchas en la suntuosa alfombra Berber.
-¡Espera! -llamó Sarah en voz baja.
-Busquemos la cocina, mami.
Sarah se dio cuenta de que Jamie se había quedado dormido. Sabía que tendría
que dirigirse al pie de la escalera y llamar a ver si había alguien en la casa, pero si lo
hacía, despertaría a su hijo pequeño.
Además, era obvio que no había nadie allí. Había dado un portazo como para
despertar a un muerto. Y además, podía percibir que la casa estaba vacía. Lo sentía.
Emma se sentó y se quitó las botas de lluvia color rosa. Hizo lo mismo con el
impermeable y reemprendió la marcha a lo largo de un pasillo que llevaba a la parte
posterior de la casa.
Sarah lanzó un suspiro irónico. Desde el momento en que entró en el mundo,
Emma Jane Morgan había perseguido obcecadamente lo que quería y esa noche no iba
a ser una excepción.
La siguió y encendió otra luz, que reveló una puerta al final del corredor.
-¡Es por aquí, mamá! -exclamó Emma y entró en la habitación, donde se puso de
puntillas para encender la luz al tiempo que su madre la alcanzaba.
Si Sarah no hubiese estado tan cansada, habría tenido tiempo de admirar la
cocina, porque podría haber salido de las páginas de Casas Fabulosas.
En blanco, negro y cromo, todo relucía, inmaculado. Desde el suelo de baldosas
blancas hasta la en-cimera de granito, pasando por los más modernos
electrodomésticos.
La alcoba del comedor de diario estaba amueblada con banquetas tapizadas en
cuero negro y una mesa de granito. Las ventanas y la puerta que daban al patio,
cerradas a la tormenta que arreciaba fuera, llevaban esteres blancos.
Emma ya había abierto la puerta de la nevera, color negro reluciente.
Se le abrieron los ojos como platos cuando miró dentro.
-¡Mamá, tenías razón! -dijo-. Está a reventar.
Sarah le quitó a Jamie el impermeable y lo depositó sobre una de las banquetas
antes de acercarse a Emma.
Era verdad que la nevera estaba «a reventar».
Sintió un agujero en el estómago y el darse cuenta de que Emma seguro que se
sentía igual le acalló los remordimientos mientras rebuscaba entre quesos y fiambres,
cartones de leche y botellas de zumo de naranja.
Encontró un cazo con sopa casera, con zanahorias, tomates y arroz. En una
panera cromada halló una barra de pan integral.
No tardaron en estar instaladas frente a sendos platos de sopa caliente. El
aroma de la deliciosa sopa y tostadas llenaba la cocina mientras ambas saciaban su
hambre con voracidad.
-¿Qué hora es, mamá? -susurró Emma para no despertar a Jamie.
-Casi medianoche.
-¡Córcholis! -con los ojos como platos, preguntó Emma- ¿Me había quedado hasta
tan tarde alguna vez?
-Que yo recuerde, no.
La mirada de Sarah cayó en un calendario que había en la pared, tras la cabeza
de Emma. No tenía anotaciones, excepto una en el último día del mes, donde alguien
había escrito a mano: SE MARCHA MINERVA.
-Mamá, ¿qué haremos después de comer?
-Buscaremos una habitación con un sofá o sillones, algún sitio donde podamos
dormir -respondió Sara, volviendo la atención a su hija.
-¿No podemos dormir en una cama?
-No. Eso puede que no le guste a tu tío. Pero iré arriba y buscaré unas mantas
para que estemos bien abrigados.
-¿Cómo es que papá nunca nos trajo aquí?
-No lo sé, cariño -respondió, lo cual no era cierto. Sabía que Chance se había
mantenido alejado de Morgan's Hope porque él y su hermano estaban peleados, pero
no tenía ni idea de lo que había causado el distanciamiento porque Chance siempre se
había rehusado a discutirlo.
-¿Dónde está nuestro tío? -preguntó Emma, retirándose del rostro un mechón de
pelo que se le había quedado pegado con la lluvia.
-No puede estar demasiado lejos -después de todo, la puerta de entrada estaba
sin cerrojo. Aunque eso podría haber sido un olvido. ¡Quizás estaba en la Cochinchina!
Pero no, si se hubiese ido de viaje, habría vaciado la nevera.
-Quizás se ha ido a caminar un rato -dijo Emma, lamiendo las últimas gotas de
sopa de su cuchara.
-No lo creo, con la tormenta que hay.
Pero si no se había ido a dar un paseo, reflexionó Sarah, y sería una locura
pensar que lo había hecho, entonces, ¿dónde se hallaba Jedidiah Morgan?
Jedidiah Morgan pasó la palma de la mano suavemente por los hombros blancos
como el alabastro de la mujer. Le recorrió la clavícula con la punta del dedo y se lo
deslizó por el valle entre los senos. Y luego, con los ojos entrecerrados, escrutó los
pechos. Poniendo la cabeza de lado, examinó las curvas voluptuosas antes de dirigir la
mirada a las puntas.
Una sonrisa irónica le bailó en los labios mientras rozaba un erguido pezón con la
yema del pulgar.
-Perfecto -dijo.
Y acabado. Por fin.
Se desperezó, bostezando, y echó una mirada al reloj.
Medianoche.
Había perdido la noción del tiempo. Siempre era lo mismo cuando estaba
entusiasmado con su trabajo.
-Eh, Max -le silbó al labrador negro que dormitaba en la alfombra junto a la
estufa de leña-. Hora de irse.
El perro levantó la cabeza, fijando su mirada dorada en su amo. Luego se estiró,
bostezó y se levantó. Meneando el rabo, trotó hasta la puerta del estudio.
Jed oía la lluvia tamborilear en el tejado, como llevaba haciendo todo el día. Se
puso el anorak y agarró una gran linterna.
Cuando salió afuera, la lluvia le pegó en la cara como penetrantes agujas.
Agachando la cabeza, caminó por el sendero que atravesaba el bosque. Max se alejó
olisqueando entre los arbustos. Ya volvería.
Cuando llegó a la casa unos minutos más tarde, Max se encontraba jadeando con
impaciencia en los escalones.
-Muy bien, amigo -le dijo, abriendo la puerta-. A comer algo y a dormir.
Encendió la luz del distribuidor y se quedó helado.
Primero, el rastro oscuro y húmedo de las huellas en la alfombra.
Segundo, el olor a tostadas que provenía de la cocina.
Max gruñó.
-¡Quieto! -ordenó Jed, chasqueando los dedos-. ¡Sentado!
El perro se sentó.
Jedidiah se dirigió por el pasillo hasta la cocina sin hacer ruido. La puerta estaba
entreabierta y la habitación a oscuras.
Se quedó en el vano de la puerta escuchando. No oyó más que el ligero ronroneo
del motor de la nevera. Era evidente que la habitación estaba vacía.
Con los nervios a flor de piel, encendió de golpe la luz, pero todo estaba igual que
como lo había dejado.
Abrió la puerta de la nevera. Estaba a punto de cerrarla cuando se dio cuenta de
que los restos de sopa de la noche anterior habían desaparecido.
Con el ceño fruncido, abrió el lavavajillas.
El cazo de la sopa se hallaba en la rejilla inferior, junto con dos platos hondos y
dos platos de postre. Había dos cucharas y un cuchillo en el recipiente de los
cubiertos.
La adrenalina comenzó a circularle por las venas a torrentes. Alguien había
estado allí, había comido en su cocina.
Del distribuidor le llegó el sonido de Max gruñendo. Un sonido grave y profundo
que provenía de la garganta. Un gruñido que le erizó a Jed los pelos de la nuca.
Caminando contra la pared, volvió a la entrada. Veía a Max, que con los belfos
levantados vigilaba algo que Jed no lograba ver. Los colmillos del labrador relucieron
cuando volvió a gruñir amenazador.
Inquieto, Jed se acercó cautelosamente hasta poder mirar.
La intrusa era una mujer que no había visto nunca antes.
Atónito, la recorrió con la mirada. Joven y atractiva, la extraña tenía una figura
menuda que escondía bajo una enorme camisa blanca y vaqueros. Llevaba el cabello
color miel largo, enmarcando el blanco rostro en forma de corazón. Negras pestañas
orlaban los ojos grises.
Y esos ojos orlados de negras pestañas se hallaban fijos, con horror, en Max.
Max la miraba con igual fijeza.
Ella dio un cauteloso paso y el perro gruñó. Al retroceder ella rápidamente, el
perro ladró.
Parecía que ella estaba a punto de llorar.
-¡Infiernos! -murmuró Jed y entró al distribuidor.
Cuando ella lo vio, dio un salto. ¿Qué diablos estaría haciendo en su casa?
-¡Max, silencio! -hizo una seña y el perro se agazapó- ¡A la cocina!
El labrador, con evidente reticencia, se fue.
Jed se volvió nuevamente a la extraña y se alarmó al ver que su rostro había
pasado de un blanco mortal a un verde enfermizo. Lo miraba como si fuese una
aparición. Por primera vez le notó las ojeras azuladas rodeando unos ojos que tenían
una expresión ida, como si estuviese en un estado de shock profundo.
¿Se desmayaría? Se preparó para agarrarla en caso de que sucediese.
Ella se llevó la mano izquierda a la garganta y Jed vio que llevaba una alianza de
oro.
-Perdona... -dijo con un ronco susurro- por un momento pensé que... que
eras...Chance.
¿Chance?
Ahora fue Jed quien se sorprendió. Sorprendido y totalmente confuso. ¿Qué
quería esa mujer? ¿Y por qué se hallaba en esa casa, su casa, hablando de la persona a
quien él odiaba con una obsesión rayana en la locura?
-¿Quién diablos es usted? -apretó los puños y vio que ella se estremecía.
Inspirando profundamente, ella lo miró.
-Soy Sarah -dijo con voz trémula-. Sarah Morgan.
-¿Morgan?
-Tu cuñada.
-¿Cuñada? -preguntó. Comenzaba a parecer un loro tonto.
-Sí -la voz comenzaba a sonar más firme-. Soy la mujer de Chance -hizo un gesto
de dolor-. La viuda de Chance, quiero decir. Me resulta difícil acostumbrarme a
decirlo, después de todo...
-¿Chance ha muerto?
-Murió en un accidente de coche hace siete meses.
Sarah nunca había visto a nadie perder el color tan rápido.
Pero, a pesar de sentir una oleada de compasión, hizo un esfuerzo por recobrar
su propio equilibrio después de la sorpresa. Nunca se la había ocurrido que Chance y su
hermano fueran tan parecidos.
Tenían el mismo pelo: negro azabache y espeso. Las facciones eran las mismas:
delgadas y bronceadas. Los ojos: verdes, profundos. La nariz: con alto puente. La
figura: alta y flaca...
La única diferencia que ella veía era la actitud.
Mientras que Chance tenía el atractivo del golfo, su hermano mayor tenía un aura
oscura y tenebrosa que recordaba a algún personaje de una novela gótica.
-¿Has venido aquí, sin anunciarte, para decirme que mi hermano ha muerto? -su
voz sonaba dura y agresiva- Pues bien, ya me lo has dicho, así que te puedes ir.
¡Dios santo, parecía salido de Cumbres Borrascosas! Sara lo miró incrédula.
-¿Serías capaz de echarnos con lo que está cayendo?
-Ah, sí -dijo, con los labios delgados de desdén-. Dos platos, dos cucharas. ¿A
quién has traído, Ricitos de Oro? ¿A un amante, quizás?
Sarah se quedó boquiabierta. Acababa de decirle a ese hombre que su hermano
estaba muerto y él la acusaba de... ¡era increíble! La indignación la ahogaba.
-¿Amante no? -se elevaron las cejas cínicamente- ¿Solo un amigo?
-No -le lanzó una mirada tan hostil como las de él-. Tengo a mis hijos conmigo.
Emma y Jamie. Están durmiendo por el momento en el salón.
Él la miró durante un largo rato, hasta que él rió. No fue un sonido agradable.
-Así que te has traído a los niños. ¿Los hijos de Chance, supongo?
-¡Por supuesto! -la rabia le enrojeció las mejillas- ¡Por supuesto que son los hijos
de Chance!
-Entonces tienes la cara más dura de lo que imaginaba, señora Sarah Morgan -le
dijo, con cara totalmente inexpresiva-. Espero que me hagas el favor de explicarme el
verdadero motivo de tu venida para que lo resolvamos y te puedas ir.
Su expresión pareció darle la respuesta.
-¿Cómo lo supe? -preguntó con una sonrisa amarga- Bien, si solo hubiese sido
decirme que mi hermano había muerto, una llamada telefónica o una carta hubiesen
bastado. Así que, señora Morgan, ¿qué es lo que quieres de mí?
Lo odiaba. Ni lo conocía, pero ya lo odiaba.
-Necesito dinero -dijo con voz helada-. Cuando tu hermano murió, descubrí que
había dejado una montaña de cuentas impagas. No tengo medios para pagarlas, y...
-¡Qué inteligente! -se mofó- «Mi hermano». Permíteme que lo diga de otra forma.
¿Por qué no decimos que es tu esposo?
Odioso... despreciable... malicioso.
-De acuerdo. Mi marido. Pero era tu hermano.
-Entonces, ¿cuánto?
Era una cantidad enorme. Intentó que no le fallara la voz al decirla.
-De acuerdo -se encogió él de hombros-. Cuando llegues a donde vayas, pídemelo
por escrito y te mandaré un talón por correo certificado.
-Gracias -dijo ella con rigidez-. Aprecio...
-Si ya está -dijo en tono brusco-, me gustaría que te metieses en el coche...
supongo que habrás venido en coche
-Sí, pero.
-Me gustaría que agarrases a tus hijos, los metieses en el coche y te fueses de
la montaña en este mismo momento.
-Están exhaustos -dijo Sarah, intentando no desfallecer ante el brillo de sus
verdes ojos-. ¿No podríamos quedarnos, solo por esta noche?
-¿Y arriesgarme a que te tengas que quedar aquí si la lluvia se lleva el camino
antes de mañana por la mañana? ¡De ningún modo!
-¿Por favor? -odiaba rogarle, pero odiaba mucho más la perspectiva de
despertar a sus hijos y tener que conducir cuesta abajo en esa tormenta. ¿Dónde iría?
Contuvo un escalofrío-. Nos iremos a primera hora de la mañana.
-De acuerdo -dijo él con enfado-. Podéis usar el salón y el cuarto de baño del
vestíbulo solo por esta noche. Pero mañana no quiero veros el pelo, ¿comprendido?
-Oído y comprendido -casi añadió un sarcástico: « ¡señor!», pero decidió no
hacerlo. Después de todo, le estaba haciendo un favor. Así que solo dijo-: Gracias. Y
gracias por acceder a pagar las deudas de Chance. Te lo devolveré aunque tarde mil
años...
Pero él ya se había ido en dirección a la cocina. Sus pasos tenían la fuerza de
alguien que sabía dónde iba y no permitiría que nadie se lo impidiera.
Sarah se relajó. Se sentía como si la hubiesen estrujado. Pero había logrado un
objetivo, aunque ese no era el que la había llevado allí, el que era mucho más
importante que pedirle dinero prestado para pagar las deudas de Chance.
Jed nunca sabría la verdadera razón por la que lo buscaba. Nunca se imaginaría
cómo ella había rezado para que Jedidiah Morgan fuese un hombre amable. Un hombre
que le diese a la familia de su hermano una cálida bienvenida y le permitiese quedarse
en su casa, con sus hijos, hasta el momento de poder enfrentarse a las dificultades
que se le avecinaban.
Qué tonta había sido. «Amable» era lo último que se le hubiese ocurrido llamar a
Jedidiah Morgan. Era un desalmado. Y fuera cual fuese el motivo del distanciamiento
entre él y su hermano, era obvio que la amargura continuaba aunque Chance hubiese
muerto.
Chance estaba muerto.
Era lo último que hubiese esperado oír.
Ya habían pasado seis años desde la muerte de Jeralyn. Seis años desde que su
hermano menor se había ido sin dejar rastro. Seis años en los que había permitido que
el odio por su hermano creciese y creciese hasta casi consumirlo.
Sus labios esbozaron una sonrisa amarga. Así que... Chance no había cambiado
nunca. Aun muriendo había causado problemas. «Una montaña de cuentas sin pagar»,
era como ella lo había expresado.
A Sarah Morgan le parecería una montaña, pero lo cierto es que a él le parecía
poco y nada. Y pagaba la cuenta encantado con tal de deshacerse de esa mujer y su
familia, sacarlos de la montaña.
Todo lo que deseaba en su vida era que lo dejasen solo.
Capítulo 2
BAJARÉ la montaña para ver si el camino está bien. Volveré en veinte minutos
-dijo la tensa voz que despertó a Sarah.
Antes de que pudiese acabar de abrir los ojos, la puerta del salón ya se había
cerrado. Segundos más tarde, oyó el portazo de la de entrada.
Retiró la manta y se sentó en el sofá. No había cerrado las cortinas la noche
anterior y la habitación estaba en penumbra.
Los niños seguían durmiendo. Sarah sintió una opresión en el corazón al mirarlos.
Habían adorado a Chance y su muerte les había dejado un gran vacío, vacío que
ella trataba de llenar con todo su amor. Pero, ¿era eso suficiente? Ella tenía ocho años
cuando su propio padre murió y su pérdida había sido devastadora. Pasaron años hasta
que abandonase la noción de que él aparecería un día por la puerta.
Ahora era una madre sola con un sueño que parecía tan lejano como las estrellas:
lograr que sus hijos creciesen en una casa feliz con un padre y una madre normales.
Se levantó con un suspiro y se dirigió a la ventana. Llovía a cántaros y el viento
soplaba amenazador. Tembló. No era un día para estar viajando...
Emma se movió.
Sarah se acercó a ella y se sentó en el borde del sillón que la niña ocupaba.
-Buenos días, cariño -abrazó a su hija, saboreando el olor a sueño de su tibia
piel-, hora de levantarse.
Una muñeca de trapo se cayó al suelo. Chance se la había regalado a Emma el día
en que esta nació y no había tenido nombre hasta que un día la niña la levantó con
ambas manos.
-¡Niña! -había dicho con orgullo. Le había quedado ese nombre.
Sarah puso a Niña sobre la mesa de café. Jamie se movió y, adormilado, abrió los
ojos.
-Buen día, dulzura -dijo Sarah, levantándolo y dándole un gran abrazo.
-Teño hambe -dijo él, enlazándole el cuello con los brazos.
-Yo también -dijo Emma- ¡Me muero de hambre! Sarah deslizó a Jamie al suelo y
Emma lo agarró de la mano.
-Ven, Jamie -dijo-. Ya sé dónde ir.
La cocina olía a café, pero la cafetera estaba lavada en el escurridor. Era
evidente que el dueño de casa quería dejar claro que no eran bienvenidos.
Sarah hizo huevos revueltos con tostadas para Jamie y Emma y se sirvió un vaso
de leche para tomar su cuota diaria de vitaminas.
Alejándose del parloteo de los niños, se acercó a la ventana. La vista del bosque
tendría que ser hermosa en un día de sol.
Pero ella no estaría para verla. Tenía que salir en una hora.
Aunque normalmente era una persona optimista y alegre, sintió miedo. Era un
mundo difícil para una madre sola con poco dinero, especialmente alguien en su
situación, sin hogar...
Aunque eso no era del todo verdadero. Siempre estaba Winthrop. Pero el
pensamiento de volver a esa casa donde sería aún menos bienvenida que en esta la hizo
temblar.
-Mami -dijo Emma-, ¿ya ha vuelto el tío?
-Sí, vino a casa anoche -dijo Sarah, controlando sus deprimentes pensamientos.
-¿Nos quedaremos aquí un tiempo?
-No, cariño. Nos iremos en cuanto él vuelva. Se ha ido en coche para cerciorarse
de que la lluvia no se ha llevado el camino.
-¿Volverá pronto?
-Sí, volverá pronto.
Al cabo de una hora sin que volviese, Sarah se sintió inquieta.
Al cabo de dos horas, comenzó a comerse la uña del dedo pulgar, un hábito que
había dejado a los trece años. Tendría que haber llegado. A ella le había llevado quince
minutos subir la montaña, y eso que no conocía el camino. ¿Dónde se encontraría?
Se paseaba arriba y abajo el salón, sorteando a Jamie, que jugaba con sus coches
en la alfombra. Emma miraba por la ventana, también inquieta.
-Mami, viene un coche de policía.
Sarah corrió a la ventana a tiempo para ver un coche que se detenía junto al
suyo. Un oficial uniformado se bajó.
-Espera aquí. Voy a ver qué quiere. ,
-¡Quiero ir contigo!
-Y yo quiero que te quedes aquí -si algo iba mal, no quería que Emma lo oyese-.
Vigila a Jamie.
Emma hizo un mohín de rabia, pero obedeció.
Llamaron a la puerta.
La última vez que Sarah había abierto la puerta a la policía había sido el día de la
muerte de Chance. Se sintió descompuesta al acercarse al distribuidor y la sensación
se intensificó al abrir la puerta y ver la cara seria del policía.
-Señora, soy el agente Trammer. ¿Usted es...?
-La señora Morgan, Sarah Morgan.
-¿La mujer de Jedidiah Morgan? .
-No, su cuñada.
-Me temo que ha habido un accidente, abajo, al pie de la montaña. Un camión se
saltó el Stop y se llevó por delante el 4X4 del señor Morgan. El camionero ha salido
ileso, pero me temo que el señor Morgan...
Sarah sintió la misma sensación que cuando le habían informado de la muerte de
Chance. Se agarró a la puerta.
-Está herido, señora. Lo han llevado en ambulancia al Hospital de St Mary, en
Kentonville.
Herido, muerto no.
Sarah cerró los ojos mientras el alivio la recorría en oleadas. Cuando los abrió
otra vez, el agente la miraba.
-¿Se encuentra bien?
-¿Son las heridas del señor Morgan graves? -preguntó ella.
-Se golpeó la cabeza, y ese tipo de herida siempre conlleva riesgo. Estaba
inconsciente cuando llegó la ambulancia.
-¿Dónde ha dicho que queda el hospital? -Kentonville. A diez millas de aquí. Es
fácil de encontrar.
A Sarah le informaron en la recepción que su cuñado se encontraba en la
habitación 345. Llevó a los niños al ascensor y cuando salieron en el piso tercero vio la
habitación del otro lado del pasillo. Pero cuando se dirigía a ella, una enfermera
pelirroja de enorme figura le cortó el paso. -¿Puedo preguntarle a dónde va? -Soy
Sarah Morgan -dijo Sarah deteniéndose-. He venido a ver a mi...
-El horario de visita no comienza hasta las dos. ¿A quién quería ver?
-Jedidiah Morgan. Habitación 345. No sabíamos que no podíamos estar aquí.
Volveremos luego.
-El doctor quiere que el señor Morgan descanse hoy. Lo mejor sería que no
tuviese visitas. Se ha dado un buen golpe.
-En ese caso -dijo Sarah, aliviada-, será mejor que nos vayamos a casa.
-Si se puede, lo darán de alta mañana. Necesitamos la cama con urgencia. Llame
por la mañana y si lo dejan ir, podrá venirlo a buscar. No podrá conducir. Y además, por
lo que he oído, su coche fue declarado siniestro total.
A Sarah se le puso la piel de gallina. El coche de Chance también había sido
declarado siniestro total. Desgraciadamente, ningún ángel lo había protegido como le
había sucedido ese día a su hermano.
-¿Se encuentra bien? -preguntó la enfermera-. Se ha puesto pálida.
-Ha sido un golpe -dijo Sarah con una débil sonrisa.
La enfermera titubeó.
-¿Sabe qué? -dijo luego en un susurro-. El paciente está dormido ahora, pero le
cuido los niños un minuto para que le pueda echar un vistazo.
Una respuesta que no podía rechazar dadas las circunstancias.
-Gracias -dijo, simulando una sonrisa agradecida.
Su cuñado yacía en una estrecha cama con los brazos fuera de las sábanas y las
manos entrelazadas sobre el pecho. Tenía la cara blanca como un papel, con la palidez
acentuada por las oscuras mejillas sin afeitar.
Apenas consciente de lo que hacía, se acercó a él y se quedó mirándolo. Tenía los
labios secos. Unos labios sensuales y más finos que los de Chance. Las pestañas eran
más espesas que las de su marido, la nariz más pronunciada, la mandíbula más firme.
Los dos hermanos no eran tan parecidos como le había parecido en un principio.
-¿Quién diablos eres? -preguntó sin modular correctamente las palabras.
El paciente no estaba dormido. Sobresaltada, Sarah se preparó para la diatriba
que seguiría cuando la reconociese, pero al ver la expresión vacía de sus ojos, su
tensión remitió un poco. Estaría mareado por el golpe o los medicamentos.
-Tranquilo -impulsivamente, le apoyó la mano en la suya-. Perdón por haberte
molestado. No tendría que estar aquí.
Él le agarró la muñeca con fuerza.
-¿Quién eres? ¿Qué pasa?
¿Qué le podía decir? Mejor no decirle nada. La verdad podría hacerle subir la
presión por las nubes.
-Ya te lo dirán -dijo rápidamente, tirando de su mano para liberarla- cuando te
encuentres mejor. Ni siquiera debería estar aquí.
-¡Espera!
Haciendo caso omiso a su llamada, ella se dio la vuelta y se fue por el pasillo.
La enfermera se hallaba junto al ascensor con los niños. Al verla, llamó al botón.
Las puertas se abrieron cuando Sarah llegó allí.
-Gracias -murmuró, apretando el botón de la planta baja.
-Adiós niños -saludó la enfermera y le dijo a Sarah, al tiempo que las puertas
comenzaban a cerrarse-: Le diré a su marido cuando se despierte que usted ha estado
aquí.
Sarah pestañeó.
-Oh, pero él es... -dijo rápidamente.
Las puertas se cerraron.
-...mi cuñado.
Demasiado tarde. El ascensor había iniciado el descenso.
Era incapaz de distinguir entre la consciencia y la inconsciencia. Perdió la noción
del tiempo. Se enteró de que había tenido un accidente de coche, que la culpa era del
otro. También se enteró de que aparte de unas magulladuras, su única herida era un
golpe en la cabeza.
Las enfermeras lo controlaban periódicamente, pero a pesar de sus intentos de
conversar con ellas, tenían poco tiempo para él. También tenía el vago recuerdo de un
ángel que se le había aparecido en algún momento.
Sabía que en experiencias de muerte la gente vela un túnel de luz blanca con
figuras que los llamaban. Aparentemente él no se había encontrado cerca de la
muerte, pero el ángel le había hablado con voz ronca y melodiosa. Recordaba que se
había disculpado por estar allí.
Quizás había ido a su habitación por error, pensando que él pronto se iría al otro
mundo. Y luego descubrió que estaba equivocado. Seguro que hasta los ángeles
cometen errores.
Soñó con ella esa noche, y cuando se despertó por la mañana, el sueño
permaneció vivido en su mente. Una mente que se encontraba, gracias a Dios,
totalmente lúcida.
Excepto por una cosa.
Un problema.
¡Y qué problema !
No tenía ni idea de quién era.
Sabía que había tenido un accidente porque alguien se lo había dicho, pero no
recordaba nada. Y no recordaba nada de lo que había sucedido antes del choque.
Apoyado en la almohada, miró al techo, aturdido. Qué dilema. ¿Quién era?
Seguía dándole vueltas al tema cuando un doctor alto y canoso apareció a su lado.
Detrás de él había una enfermera.
-Doctor Rasmussen -dijo el hombre abruptamente y procedió a examinarlo
exhaustivamente-. Bien, señor Morgan...
Ah, ahora sabía su nombre. O al menos su apellido. Por algo se empezaba.
-... ya se puede ir a casa. ¿Dónde vive?
-El paciente tiene una casa en Whispering Mountain, a unas diez millas de aquí
-intervino la enfermera antes de que pudiese responder.
¡Al menos no era un sin techo!
-No se exceda al menos en dos días. Se sentirá raro, mareado. ¿Tiene quien lo
cuide?
¿Tenía quien lo cuidara? El paciente dirigió una mirada de interés a la enfermera,
curioso por saber la respuesta.
-Oh, sí, doctor. El señor Morgan tiene esposa...
¿Tenía esposa? Qué extraño. No se sentía casado.
-...¿ no es verdad, Jedidiah? -dijo la enfermera, sonriente.
Jedidiah. ¿Qué madre le enjaretaría a su hijo un nombre tan horripilante?
-Claro -dijo entusiasmado-. Una esposa.
-Bien -dijo el médico-. Tómeselo con calma unos días. Ha tenido un golpe
desagradable. No beba, no conduzca. Y quédese quieto. Tómese un descanso del
trabajo.
-De acuerdo.
¿Trabajaba? ¿O quizás era un playboy? Subrepticiamente, esperanzado, dio
vuelta las manos para mirarse las palmas. ¡Eh! ¡Qué callos! Esas no eran las manos de
alguien que llevaba una vida de ocio. Pero no eran las manos de alguien que preguntaba
el camino cuando se perdía. Eso lo sabía de forma innata.
-¿Alguna pregunta? -dijo el doctor antes de marcharse.
-No.
-¿Recuerda algo del accidente?
Jedidiah negó con la cabeza e hizo una mueca cuando sintió un ramalazo de dolor.
-Puede que vuelva, pero quizás no. La mayoría de la gente encuentra que debido
al trauma sufrido, la experiencia permanece borrada de su mente para siempre.
También puede ser que, debido a la hinchazón alrededor del cerebro, haya sufrido
pérdida de memoria. Según la hinchazón remita, esos recuerdos, sus recuerdos
personales, volverán -dijo el doctor, ya cerca de la puerta-. Cualquier problema,
llámeme.
-Lo haré. Y gracias.
-Tiene toda su ropa en el armarito al lado de su cama -indicó la enfermera antes
de irse.
-Un momento, por favor -dijo Jedidiah-. ¿Ha venido mi... esposa hoy?
-Llamó temprano y luego volvió a llamar antes de las diez. Le dije que la llamaría
después de que lo viese el doctor. Le diré que puede venir a buscarlo.
-En lugar de ello, llámeme un taxi.
-Pero su esposa...
-Quiero darle una sorpresa.
-Le llamaré a ese taxi -sonrió la enfermera-, y luego vendré para llevarlo en una
silla de ruedas hasta abajo.
Mientras los pasos de la enfermera se alejaban por el pasillo, Jedidiah sacó las
piernas de la cama y tuvo que hacer una pausa cuando un mareo lo asaltó. Cuando
finalmente se puso de pie, el suelo pareció inclinarse. Se agarró a la barandilla de la
cama y en cuanto se sintió mejor, se dirigió al armario.
La ropa le resultó desconocida. Vaqueros, una camisa vaquera, una chaqueta azul.
Era como si no la hubiera visto en su vida, aunque sabía lo que era. También sabía que
la cartera de piel negra era una cartera. Era extraño que su mente hubiese retenido
ese tipo de información y se le hubiese borrado su información personal.
Abrió la cartera y miró su contenido con curiosidad. Encontró más de setenta
dólares en billetes, varias tarjetas de crédito, un recibo del gas, y su licencia de
conducir. Se fijó en la dirección: Moegan's Hope, Whispering Mountain, B.C. Contrastó
la fecha de nacimiento con la del recibo del gas y llegó a la conclusión de que tendría
casi treinta y cinco años. Miró su foto. Era la cara de un extraño de pelo oscuro y
expresión aún más sombría.
Buscó más con la esperanza de encontrar una foto de su esposa, pero sin suerte.
Volvió a deslizar la cartera en el bolsillo con la cabeza llena de preguntas.
Cuando llegase a casa, haría que su mujer las respondiese.
Su mujer, pensó, pasándose la mano por el cabello, ¡no podía esperar a ver qué
aspecto tenía!
-Mami. ¿ por qué bajas nuestras cosas del coche?
-Cuando llamé esta mañana -explicó Sarah asomándose por encima de la enorme
bolsa que llevaba en los brazos-, la enfermera me dijo que cuando tu tío llegue a casa,
necesitará cuidados unos días. Y voy a cuidarlo.
Aunque no quiera, reflexionó Sarah, con un nudo en el estómago. Tenía la
esperanza de que él no se sintiese con ánimos de discutir. Lo cierto es que contaba con
ello. Necesitaba desesperadamente tiempo para pensar qué hacer cuando se fuese de
Morgan's Hope.
-¿Cuándo vamos a buscarlo? -preguntó Jamie.
-La enfermera prometió llamarme después de que lo viese el doctor. Me
sorprende que no haya llamado todavía.
-¡Será una sorpresa genial -dijo Emma, feliz cuando vea que nos hemos instalado!
-¿Necesitas una mano, tío? -preguntó el taxista mirando por la ventanilla a
Jedidiah, que se volvía a meter la cartera en el bolsillo del pantalón-. No parecías
demasiado seguro en el hospital.
-Gracias, me encuentro bien.
-Bonito sitio tienes aquí.
-Aja -la atención de Jedidiah estaba fija en el oxidado Cutlass azul aparcado
junto a la puerta. ¿Sería de su mujer? ¿Por qué conducía ella un cacharro como ese si
el suyo había sido un último modelo de 4x4?
El conductor señaló a Max, que también había ido en el taxi y que ahora se
hallaba junto a su amo.
-Qué sorprendente que tu perro estuviese esperándote en los jardines del
hospital. Seguro que siguió a la ambulancia hasta la ciudad ayer. Suerte que tenía tu
nombre en la medalla. Son fieles, estos bichos.
-Sí -dijo Jedidiah apoyándole una mano en la cabeza a Max, que lo miró con
adoración.
-¡Mucho mejores que las mujeres! -con una rápida sonrisa, el taxista metió la
marcha y se alejó.
Jedidiah se dirigió pensativamente con inestable paso a la casa. Dentro se
hallaba su mujer. Su nombre era Sarah, según había dicho la enfermera pelirroja. Y
Sarah lo había visitado el día anterior, le confió, aunque él no se hubiese dado cuenta
porque estaba tan noqueado por el golpe.
No la recordaba en absoluto. Nada de su pasado. Nada de esa casa.
El taxista tenía razón. Era un lugar muy bonito, de bellas líneas y una atractiva
simetría. Le gustaban las paredes color rosa, los filos en blanco, la puerta azul índigo.
Y le gustaban los tiestos de la entrada. Doquiera que miraba, se veía orden.
Y dinero.
Se miró las manos nuevamente y frunció el ceño. Esos callos. ¿Qué tipo de
trabajo hacía que le permitía tener semejante lugar?
-Venga Max -dijo, cuadrando los hombros-, vayamos a averiguarlo.
Pero Max se había internado en el bosque.
La puerta de entrada estaba sin cerrojo. Jedidiah la abrió, se quitó los zapatos y
avanzó por el distribuidor.
Y allí los vio.
Dos niños, un varón de cerca de tres años y una niña que le llevaría dos o tres,
sentados sobre la alfombra junto a la escalera jugando con bloques. Estaban tan
concentrados en lo que hacían que ni se dieron cuenta de su presencia.
Se quedó quieto, observándolos. Fascinado.
El niño era menudo, con el cabello color rubio platino. Llevaba vaqueros y un
jersey rojo. La niña era más fuerte, pero tenía el cabello del mismo color y lo llevaba
en una larga trenza. Ella también vestía vaqueros, pero llevaba un jersey azul con un
dibujo de copos de nieve.
Carraspeó.
La niña levantó la vista. Se lo quedó mirando un instante, con los hermosos ojos
grises sorprendidos.
-¡Papi! -gritó luego.
El niño se giró de golpe. Tenía los ojos tan grises como los de la niña, y al verlo se
le iluminaron.
-¡Papa! -se puso de pie y durante un segundo los dos niños se quedaron clavados
en el suelo. Luego la niña alargó los brazos y con un chillido de alegría como hacia él. El
niño la siguió.
¿Qué otra cosa podía hacer que levantarlos en el aire y abrazarlos? ¿Cómo iban a
saber que sentía que le eran totalmente extraños, que no los reconocía?
Les hizo dar un giro en el aire y los volvió a dejar en el suelo.
La niña corrió hacia las escaleras.
-¡Mami, Mami! ¡Papá ha vuelto!
Jedidiah la siguió, con el corazón golpeándole fuertemente en el pecho mientras
esperaba a esa mujer que era su esposa.
La voz la precedió.
-Cariño, ¿qué estás...?
Y luego apareció en el descansillo.
Miró hacia abajo, con el ceño fruncido.
Y se quedó petrificada al verlo.
Parecía aturdida, mucho más aturdida de lo que se hallaba su hija.
Y todo vestigio de color desapareció de su rostro. -Oh, hola -dijo sin entonación
en la voz-. Eres tú.
CAPITULO 3
¡CARAMBA con la bienvenida! Jedidiah se aferró al pasamanos de la escalera
para no perder el equilibrio mientras le daba otro mareo. Y se sumaba a la sorpresa el
asombro. La mujer era hermosa
No solo era hermosa, sino que era la aparición del hospital. No era un ángel, sino
su mujer.
Se la quedó mirando boquiabierto mientras ella bajaba las escaleras.
Sarah Morgan era una rubia frágil con cabello suave que le llegaba hasta los
hombros. Se curvaba alrededor de su rostro en forma de corazón y las puntas le
acariciaban el cuello. Tenía piel blanca y delicada, una nariz recta y un par de ojos
grises que lo miraban inquietos.
-Iba a irte a buscar al hospital -dijo con voz melodiosa y un poco ronca.
La encontró increíblemente sexy y algo se le removió dentro.
-La enfermera me dijo que me llamaría -prosiguió ella, bajando los escalones y
deslizando la mano por la balaustrada. Llevaba una delicada alianza en el dedo anular-
después de que el doctor te revisase.
Tenía hombros rectos y largas piernas de finos y elegantes huesos. Y aunque la
amplia camisa que llevaba sobre los vaqueros le tapaba la figura, no tenía ningún
problema en imaginarse una curvilínea figurita bajo la tela blanca.
Ella había llegado abajo y se hallaba a un metro de distancia. Se dio cuenta con
sorpresa de que temblaba. Alargó la mano y se apropió de la de ella. Ella intentó
soltarse, y al hacerlo, su perfume le llegó a la nariz, dulces rosas y claveles. Femenino
y provocador. La sujetó con mayor fuerza.
-Hola, señora Morgan -dijo suavemente, acariciándole la alianza con la yema del
pulgar-, ¿Qué tal un beso de bienvenida para el guerrero herido?
Ella abrió los labios y los ojos le relampaguearon de indignación. Su cuerpo
entero indicaba rechazo.
¿Habrían discutido antes del accidente? Y de ser así, ¿de quién sería la culpa?
Suya, aparentemente.
Qué diablos. Fuera de quien fuese, era hora de hacer las paces. Y eso resultaría
agradable, se imaginó. Sujetándola de la muñeca, alargó la otra mano y se la deslizó
por el pelo para agarrarle la cabeza. Antes de que ella pudiese recobrar el aliento, él
se inclinó y se apropió de esos rosados labios entreabiertos con los suyos.
A la distancia, oyó una risita.
-Jamie -susurró su hija-. Papá está besando a mamá.
Pero mamá, se dio cuenta Jedidiah con inquietud, no le devolvía el beso. Y apenas
había probado los satinados y dulces labios cuando ella se soltó de golpe.
Su siguiente gesto lo sorprendió. Ella se limpió los labios con el dorso de la mano.
Y lo que lo aturdió más aun que su obvio disgusto fue la mirada de rabia que le lanzó.
-¡Eso es inexcusable! -siseó-. Sé que te quieres deshacer de mí, pero esa es una
forma despreciable de hacerlo... aprovechándote de mí. ¡Especialmente frente a los
niños!
-¿Deshacerme de ti? -preguntó perplejo- ¿Y por qué iba a querer deshacerme de
ti?
Ella lo miró sin comprender unos segundos, luego sus ojos reflejaron desdén.
-Conque ahora has cambiado de actitud porque necesitas ayuda. No necesitabas
molestarte con ese numerito. No pensaba dejarte en la estacada.
-Sarah, tengo que decirte...
-Vete a la cama -lo interrumpió bruscamente-. Parece que te vas a desmayar en
cualquier momento. Hizo una pausa para levantar al niño, ¡su hijo!-. Emma, ven a la
cocina, que haré algo de comer.
La niña, su propia hija, salió trotando detrás de Sarah.
Con la cabeza dándole vueltas, los miró alejarse. No quería comer. Lo único que
quería era dormir. Pero primero, tenía que decirle a su mujer que había perdido la
memoria. Luego haría que ella le contara todo lo que se había olvidado. Y lo primero
que quería saber era por qué estaba tan enfadada con él.
Con las piernas flojas, como de goma, siguió las voces que se alejaban.
-Mami -decía Emma-, yo quería subir con papi.
Al final de un pasillo, la puerta se cerraba. Las voces provenían de allí.
-Tenemos que hablar, Emma -se oyó débilmente la voz de Sarah-. Ese hombre...
no es tu papi.
Jedidiah tropezó y casi se cayó. Se enderezó, lanzando un mudo juramento. ¿No
era el padre de la niña? ¿Entonces, de quién era hija?
-¡Él es mi padre también!
-No, tu papi ha ido al cielo. Ya lo sabes.
-¡Pero ha vuelto! -comenzó a llorar Emma-. ¡Papi ha vuelto!
-Tesoro, ese no es tu padre. Y tampoco es el padre de Jamie.
Ahora el niño también comenzó a llorar, un aullido agudo que ahogó las demás
voces.
Se acercó a la puerta y apoyó la oreja contra ella, pero solo logró oír un
murmullo.
Genial. Su mujer no le dirigía la palabra y los niños eran de otro hombre.
Pero no era momento de pedir explicaciones, con los niños presentes. Bastante
alterados estaban ya. Esperaría hasta tener a Sarah sola.
Se dio la vuelta, sintiendo un gran vacío en el corazón mientras se dirigía a las
escaleras. Había pensado mientras volvía a la casa, que volvía a su hogar, un hogar con
una esposa que lo amaba. Lo que se había encontrado era una situación deprimente: una
mujer que lo despreciaba y dos niños que pertenecían a otro hombre.
Cuando logró subir las escaleras, se encontraba totalmente mareado. Se
tambaleó hacia el primer dormitorio que encontró y después de desvestirse
torpemente, se dirigió a la cama. Era una cama doble, con un edredón color verde
cazador. Apartó el edredón y se dejó caer sobre la cama, donde cayó inconsciente.
Sarah se hallaba sentada en una silla escalera con Jamie sobre las rodillas y
Emma de pie frente a ella, que apretaba a Niña contra el pecho mientras escuchaba la
explicación de su madre.
-¿Te das cuenta? -acabó Sarah-. El señor Morgan no es papi, sino su hermano
mayor. Y por eso se parece a papi.
-Pensaba que papi había bajado del cielo -dijo Emma tristemente.
-Papa -pronunció Jamie firmemente- ha vuelto.
Sarah suspiró. Le pareció que Emma había comprendido la situación. Jamie,
obviamente, no.
-Es tu tío, Jamie. Y no quiero oír una palabra más del tema -dijo, levantándose y
sentando al niño en su sillita-. Después de comer, Emma, voy a acostar a Jamie para
que eche la siesta. Tú también.
-¡No quiero siesta! -protestó Emma.
-Ayer fue un largo día -dijo Sarah y te quedaste levantada hasta la medianoche.
No discutas.
Necesitaba hablar con Jedidiah Morgan. Necesitaba poner los puntos sobre las
íes. Y no quería que los niños estuviesen presentes cuando lo hiciese.
Qué cara más dura, pensó, mientras abría un bote de sopa de tomate. Besarla
así. La última cosa en el mundo que se le hubiese ocurrido que haría. En ese momento
pensaba solo en lo exhausto que parecía.
Con los labios comprimidos, vertió la sopa en un cazo. No lo bastante exhausto
como para sacar las fuerzas para darle un beso arrollador.
¿Arrollador?
Las mejillas se le arrebolaron al pensarlo. A propósito había evitado pensar en
ese beso y en el efecto que había tenido en ella. Sus labios eran sensuales y suaves, su
perfume masculino. Durante un segundo se había sentido tentada y casi sucumbió a sus
avances. Solo Dios sabía lo que le había costado resistirse.
Gracias al cielo que lo había logrado, porque Jedidiah Morgan era igual que su
hermano, capaz de utilizar todo su encanto cuando le convenía. Pero ella no caería ante
el encanto de un Morgan otra vez. Nunca más.
Puso la olla al fuego y encendió el quemador. Le llevaría algo de comer en cuanto
le diese de comer a los niños y le diría que si quería que ella se quedase a cuidarlo unos
días, lo mejor sería que dejaran algunas reglas bien claras.
-Mamá -hizo Emma una pausa con la cuchara a mitad de camino a la boca-, me
parece que oigo un perro fuera.
-¿Perrito? -preguntó Jamie con los ojos relucientes.
Se oyó un agudo ladrido, seguido del ruido de unas uñas rascando la puerta de
atrás.
-Será Max, el perro de vuestro tío -dijo Sarah, después de lanzar un suspiro. Se
había olvidado totalmente del labrador, aunque recordaba su agresiva reacción cuando
la vio por primera vez.
-No sabía que el tío Jed tenía un perro. ¿Puedo dejarlo entrar? -preguntó Emma
entusiasmada.
-Espera. No le gusté demasiado cuando nos conocimos, así que primero, tengo que
ver si puedo gustarle.
Abrió los armarios buscando comida para perros, hasta que encontró una bolsa y
un cuenco rojo bajo la pila. Lo llenó y se acercó con el recipiente a la puerta.
Inspirando profundamente, la abrió.
Max comenzó a gruñir cuando la vio.
-¡Hola amigo! -dijo ella con voz firme y confiada mientras le alargaba el cuenco.
Él la ignoró totalmente y se arrojó directamente a la comida, arrancándosela casi de la
mano. Ella caminó hacia atrás y él la siguió, meneando el rabo como loco con la nariz
metida en el cuenco.
Ya está, pensó con una risita, no fue tan difícil. Dejó el recipiente en el suelo y
se apoyó contra el mostrador mirando a los niños.
-¿Qué os parece? -les preguntó- ¿No es hermoso?
-¡Ooh, es súperguay! -dijo Emma.
Jamie, a quien le encantaban los perros, se lo quedó mirando extasiado.
-¿Lo podemos acariciar? -preguntó sin aliento.
-Mientras está comiendo, no -dijo Sarah-. Dejémoslo ahora y después de vuestra
siesta veremos si quiere jugar.
Mientras buscaba mantas la noche anterior, Sarah había descubierto que había
cinco dormitorios. Uno era el principal y la habitación a su lado parecía para invitados.
Las dos del otro lado del pasillo estaban sin amueblar y la quinta, al final, era un cuarto
amplio decorado en amarillo con dos camas.
Fue a esta habitación donde llevó a Jamie y Emma a dormir la siesta. Después de
arroparlos, les corrió las cortinas, salió y dirigiéndose al dormitorio principal, golpeó
levemente la puerta. No hubo respuesta. Abrió y miró dentro con intención de pre-
guntarle a Jedidiah si estaba listo para comer.
Estaba echado en la cama, dormido como un tronco.
Y probablemente seguiría así varias horas, reflexionó mientras cerraba la
puerta. Y, a pesar de su disgusto por su deleznable actitud con ella, sintió una oleada
de compasión por él. Después de todo, él lo había pasado muy mal. El sueño le haría
bien.
Jedidiah se despertó lentamente. Sentía una respiración cálida en el rostro.
-¿Papa?
Cuando sus ojos se ajustaron a la oscuridad reinante, vio a Jamie de pie al lado
de su cama, agarrándose al edredón.
-Eh -susurró Jedidiah-, ¿qué te pasa?
-Yo está perdido.
-Perdido, ¿eh?
-¡Upa! -dijo el niño, estrechando los brazos.
Jedidiah lo levantó y segundos más tarde Jamie se había vuelto a dormir
acurrucado junto a él.
Jedidiah miró el reloj. Casi las nueve.
¿De la noche o de la mañana? Había una sola forma de averiguarlo.
Se deslizó despacio por la cama y sacó los pies por el costado, sentándose. Hizo
una mueca de dolor mientras en su cabeza alguien comenzaba a tocar una frenética
batería, un tam tam llamando a la guerra.
Se quedó absolutamente quieto hasta que el dolor remitió, luego, lentamente, se
puso de pie y se dirigió a la ventana. Corrió la cortina y vio que estaba oscuro fuera.
Era de noche.
Se puso los vaqueros y se dirigió al cuarto de baño. Y solo cuando estaba
abriendo la puerta se dio cuenta de algo: ¿Cómo sabía que el cuarto de baño estaba
allí?
-¿Mami?
Sarah levantó la vista de la mesa de la cocina, donde acababa de vaciar su bolso
en busca de un antiácido.
-Emma, ¿se puede saber qué quieres?
-Me desperté -bostezó la niña-, y Jamie no estaba en su cama, así que pensé que
por la mañana y vine a tomar el desayuno.
-¿No está en la cama?
-Y tampoco en el cuarto de baño -volvió a bostezar Emma- ¿Dónde está Max?
-Está durmiendo en el salón. Vamos arriba -dijo-. Hay que encontrarlo antes de
que haga alguna travesura. Me pregunto si estará buscando el perro.
Cuando subieron al rellano, Sarah se dio cuenta de que la puerta del dormitorio
principal se hallaba entreabierta. La habitación estaba a oscuras, pero se veía una raya
de luz bajo la puerta del baño. Jedidiah estaba levantado.
-Venga, ma, quiero irme a la cama.
Llevó a Emma a la cama, la arropó y comenzó una rápida búsqueda de Jamie. No
estaba en ninguno de los dormitorios. ¿Se habría ido abajo?
Se apresuró en ir hacia las escaleras y casi topó con Jedidiah, que salía de su
habitación.
Llevaba sólo vaqueros y a pesar de estar ansiosa por Jamie, no pudo evitar darse
cuenta del fantástico cuerpo de ese hombre. Delgado, bronceado, con oscuro vello
cubriéndole el pecho y más abajo...
Inspiró y lo miró a la cara.
-Perdona -su voz sonó sexy como la de Marilyn Monroe, lo que le dio mucha
vergüenza-, no miraba por dónde iba. Es que he perdido a Jamie...
-Está aquí dentro. Está dormido.
-Oh, si te ha despertado, perdona.
-No pasa nada.
Hizo ademán de pasarle por al lado.
-Iré a buscarlo...
-¿Por qué no lo dejas? -preguntó, apoyando una mano en la jamba de la puerta e
impidiéndole el paso- Está bien donde está.
Había algo profundamente íntimo en su actitud. No la tocaba, pero ella se sintió
atrapada en su espacio. Y estaba tan cerca que podía olerle el salobre sudor de la piel,
sentir su calor.
Carraspeó y dio un paso a un lado.
Él bajó el brazo y apoyado lánguidamente contra el marco, la miró con un brillo
divertido en los ojos.
-Pensé que podía estar buscando a Max -dijo ella sorteándolo. Se dirigió a la
cama y levantó a Jamie con cuidado para llevarlo hasta la puerta-. No sé dónde estaba
el perro, pero ha vuelto.
-Parece que siguió la ambulancia hasta el hospital y luego se quedó en los
aledaños esperándome. ¿Tenía hambre?
-Le he dado de comer.
-Bien. Sarah, tenemos que hablar... después de que acuestes a Jamie.
-Estoy de acuerdo -dijo ella y su mirada tomó un brillo altanero-. ¡Hay ciertas
cosas que tenemos que aclarar!
Jed la miró irse por el corredor. Tenía energía, esa mujercita suya. Iba a se
interesante conocerla. Como volverla a cortejar. La perspectiva le pareció
emocionante.
Después de ponerse una camisa, se dirigió a la escalera. Mientras bajaba, miró a
su alrededor, perplejo por lo que vio.
Nada del interior de esa casa lo atraía. El sitio no solo tenía un aspecto estéril,
sino que le daba una nueva dimensión a la palabra «orden». Algo dentro de sí añoraba
una bufanda colgada del perchero en la entrada, marcas de dedos en las impolutas
paredes blancas, incluso que el óleo sobre la mesita del teléfono estuviese un poquitín
torcido.
¿Qué tipo de esposa tenía que necesitase tal orden en su vida? Porque estaba
casi seguro de que no era él quien quisiese que estuviera así. Sabía, porque lo sabía,
que nunca se podría sentir cómodo en un sitio tan yermo. Sarah Morgan era un enigma.
Perplejo, se dirigió a la cocina, pero cuando abrió la puerta se quedó de una
piedra. Parecía que una bomba había caído en el medio de la habitación.
El fregadero estaba lleno de platos sucios, había juguetes desparramados por el
suelo, ropa de niños se amontonaba en la encimera, y el contenido de un bolso de mano
se esparcía sobre la mesa.
Esa mujer no solo era un enigma, sino que tenía doble personalidad.
-¡Dios santo! -masculló. Y se quedó tan pasmado mirándolo todo que no la oyó
aproximarse por detrás.
-¿Qué pasa? -preguntó Sarah.
-¡Este sitio es zona catastrófica!
-Lo siento -dijo ella, poniéndose como un tomate-. Espera un segundo que
acomode...
Al ver su vergüenza, él se sintió como un ogro. Un ogro perplejo. Esa era su
cocina, ¿por qué tenía que disculparse? ¿Era él un hombre que exigía a su mujer que
tuviese la casa como los chorros del oro a pesar de los dos niños pequeños? ¿Sería él
el responsable de que el resto de la casa pareciese tan fría? No lo había pensado. Sin
embargo...
-Siéntate -le dijo ella-. Ordenaré esto y luego te daré de comer.
-¿Qué tal si me das de comer primero y luego ordenas? ¡No puedo recordar la
última vez que comí! ¡Y eso no era lo único que no recordaba! Pero enseguida se lo diría.
-Los niños y yo hemos comido pan de carne. Así que... ¿pan de carne, patatas,
guisantes? Te lo caliento en el microondas. -Fenomenal.
Mientras ella ponía comida en un plato y lo metía en el microondas, él miró lo que
había desperdigado sobre la mesa. Una estilográfica, lápices, una libreta. Un paquete
de pañuelos de papel, tres chupetes amarillos, dos tabletas de chocolate. Una barra de
labios en un estuche de plata, un cepillo de pelo para bebé, una chequera roja, una
billetera de vinilo azul. Unas monedas sueltas, un billete de cinco dólares.
Distraídamente, agarró el billete con intención de meterlo dentro de la billetera,
pero cuando esta se abrió para revelar una fotografía detrás del plástico, hizo una
pausa, con los ojos fijos en las dos personas de la instantánea.
Sarah y él mismo.
Ella vestía un vestido color amatista y él, con bermudas y una camiseta de los
Rolling Stones, llevaba el pelo atado en una coleta.
¿Una coleta? No sentía que fuese su estilo...
-¿Se puede saber qué haces? -preguntó Sarah con voz aguda.
-¿De cuándo es esta foto? -preguntó, deslizando la cartera abierta hacia ella.
-Hace seis años. Durante nuestra luna de miel.
-¿Dónde?
—En San Francisco.
Su voz revelaba tensión y enfado pero no curiosidad, y eso lo sorprendió. ¿Por
qué no decía: «Sabes dónde nos la tomaron, tú estabas allí»?
Pero antes de que pudiese hablar, el microondas pitó y ella le dio la espalda para
sacar su cena y ponérsela enfrente. Agarró un cuchillo y un tenedor de un cajón, se los
puso junto al plato.
-¿Quieres un vaso de leche? -le preguntó, cortante como una camarera que no
espera propina.
-Por favor.
Luego, sin mirarlo a los ojos, metió todas sus pertenencias en el bolso y luego,
después de dejarlo en una silla, se ocupó de llenar el lavavajillas con los platos del
fregadero.
El comió silenciosamente preguntándose todo el tiempo por qué ella habría
tenido esa extraña reacción ante su pregunta pero incapaz de encontrar una
respuesta.
Cuando él acabó la comida y el vaso de leche, ella había ordenado la cocina y
ponía la última pieza del Lego en su recipiente.
-¿Postre? -preguntó, mientras le retiraba el plato y el vaso- Comimos tarta de
manzana.
-No, gracias. No como postre.
¿Cómo lo sabía?
Y, más importante, ¿corno era que ella no lo sabía?
• Se estaba poniendo inquieto ante esa situación. Echando la silla atrás, le echó
una mirada especulativa mientras ella se dirigía a la ventana. Fuera estaba oscuro y lo
único que se veía era negro a través del cristal.
-Siéntate -le dijo-. Hablemos.
-Un segundo -dijo ella y se puso de costado para tirar del cordel de la cortina
veneciana. La amplia camisa se le subió y mostró su figura de perfil.
Jedidiah se la quedó mirando, incapaz de creer lo que veía.
Era obvio para cualquiera con dos dedos de frente que Sarah Morgan estaba
embarazada. Y para su modesto saber y entender, su bebé no tardaría mucho en
llegar.
Solo quedaba una pregunta por hacer y había llegado el momento de hacerla.
-Veo que estás embarazada -le dijo con voz desafiante-. Si no te molesta que te
lo pregunte, ¿quién es el padre de este afortunado niño?
CAPÍTULO 4
SARAH se quedó petrificada por la incredulidad. Jedidiah Morgan era el hombre
más despreciable que había conocido en su vida. ¡Y el más ofensivo!
-¿Y tú que crees? -le preguntó, taladrándolo con una fría mirada.
La nuez de Adán de Jed se movió convulsivamente.
-¿El padre de Jamie y Emma?
-¡Por supuesto! -le quitó el plato, que metió bruscamente en el lavavajillas-
¿Quién otro?
Se dio la vuelta y lo enfrentó, dispuesta para la batalla. Pero al verle la cara de
perplejidad su rabia remitió un poco. Lo había pasado muy mal. Pobre hombre, tenía
que ser un poco considerada con él.
-No te hagas mala sangre -le dijo, conteniendo un suspiro-. Supuestamente estás
convaleciente. ¿Por qué no te vas arriba y te metes en...?
-¿La cama? -la miró con la cabeza torcida hacia un costado y fijó en ella sus ojos
intensamente verdes- Por supuesto, si te vienes conmigo.
Sarah se quedó sin aire.
-¡Si serás atrevido!
-¿Te parece? -le preguntó con ofendida inocencia-. Si no quieres acostarte
conmigo, ¿para qué te has quedado?
Jedidiah Morgan tenía el ego del tamaño de Whispering Mountain.
-Me he quedado -le espetó-, porque necesitas que te cuiden.
Él echó la silla hacia atrás y se puso de pie tambaleándose.
-Lo que no comprendo es por qué te he dejado quedarte aquí en primer lugar si
eres obviamente una mujer sin ninguna moral...
-¿Qué?
-No comprendo nada de lo que está pasando. Primero me recibiste esta mañana
con menos entusiasmo que una gallina recibiría a un lobo en el gallinero. No me quieres
besar y mucho menos compartir mi lecho. Tienes dos niños y otro en camino y admites
que ninguno de ellos es mío. ¿Qué clase de esposa eres? Y lo que más me inquieta es
pensar en qué clase de hombre seré yo que no te he echado antes que ahora -se
tambaleó y se apoyó en la encimera para mantener el equilibrio-. ¡Soy tu esposo, mujer
de Dios! ¿Eso no significa nada para ti?
-¿Mi esposo? -se lo quedó mirando Sara- ¿Estás totalmente loco?
Él se la quedó mirando y la tensión entre los dos creció tanto que se sentía el
aire vibrar. Se quedaron de pie, mirándose enfadados, en la cocina silenciosa, donde el
único ruido que se oía era la lluvia golpeando en los cristales. Y sus entrecortadas res-
piraciones.
-¿No soy tu esposo? -dijo con una voz extraña ,como si alguien le estuviese
constriñendo la garganta.
-No -dijo ella roncamente- ¡Por supuesto que no!
-¿Quieres decir... que no estamos casados?
Sarah se lo quedó mirando. ¿Eso era lo que pasaba? ¿Jedidiah Morgan pensaba
que era su esposa? ¿Tan grave había sido el golpe en la cabeza?
-¿Casados? -dijo con una risa seca- Habrá sido en sueños, señor Morgan.
-¿Hemos estado casados alguna vez? ¿Entre nosotros?
-¡En esta vida, no! ¡Y espero que en otras tampoco! -miró al cielo con gesto de
exasperación-¡Dios no lo quiera!
-Creo -dijo desplomándose contra la encimera-que es hora de que ponga mis
cartas sobre la mesa.
La cara se le había puesto pálida y parecía que estaba a punto de desmayarse.
-Yo creo que es hora de que te vayas a la cama.
-¿Solo? -preguntó levantando una ceja y ella vio un relámpago malicioso en sus
hermosos ojos verdes.
-Solo -dijo ella con firmeza.
-¡Rayos!
No se dio cuenta de lo cansado que estaba hasta que se volvió a meter en la
cama. Echado con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, esperaba que la mujer
que no era su esposa volviese de mirar a los niños.
He perdido la memoria, le tendría que haber dicho cuando la vio aparecer en la
escalera, ponme en antecedentes, cielo.
En lugar de ello, había sucumbido a su obcecado ego masculino y se había negado
a mostrar signos de debilidad.
-¿Te sientes mejor? -le preguntó Sarah desde la puerta.
-Un poco -dijo, mirándola acercarse a la cama.
Ella agarró un silloncito y lo puso junto a la cama. Luego se sentó y apoyó las
manos sobre las rodillas. Se inclinó hacia él y le dirigió una mirada seria.
-Jedidiah...
-Vaya con el nombrecito. Mejor que lo dejemos en Jed, ¿no te parece?
-De acuerdo, Jed. Has dicho que ibas a poner las cartas sobre la mesa. Me
parece que ha llegado el momento de que me las muestres.
-Ya era hora, ¿no? -dijo él con una sonrisa avergonzada- Lo que pasó fue que el
golpe que me ha dado en la cabeza ha de haberme dañado el cerebro porque cuando me
desperté en el hospital me di cuenta de que había perdido la memoria.
-¿Quieres decir que... todo está en blanco?
-Exacto.
Ella se lo quedó mirando un largo rato.
-¡Qué terrible! -dijo luego- Pero... ¿qué te ha hecho pensar que estábamos
casados?
-Según una de las enfermeras, mi mujer me había visitado.
-Seguro que fue la enfermera que me dejó pasar un segundo a verte. Ella supuso
que era tu esposa, pero yo no tuve la oportunidad de corregirla.
-¿Una pelirroja de busto grande?
-Esa misma.
-Además -asintió él con la cabeza-, cuando entré los niños me llamaron «papá».
¿Cómo se explica eso?
Ella tragó.
—Él... Chance... era tu hermano.
-¿Yo tengo un hermano?
-Tenías. Chance murió hace siete meses.
Jed vio cómo una sombra le oscurecía los hermosos ojos grises y sintió un poco
de pena por ella. Probablemente todavía estuviese de luto. Qué golpe tenía que haber
sido perder a su marido tan joven y en sus circunstancias.
El no sentía nada en ese momento, solo una leve sensación de culpabilidad por no
haber recordado siquiera que tenía un hermano.
-Se murió en un accidente de coche -continuó Sarah en voz baja-. Tenía
veintinueve años.
-¿Cuánto tiempo estuvisteis casados?
-Casi seis años.
-Así que... la foto de la luna de miel... ¿erais tú y Chance?
Ella asintió.
Se quedó pensativo.
-Entonces... ¿supongo que tú y yo nos conocemos desde hace un tiempo?
-No nos habíamos visto nunca hasta la otra noche
-¿Y eso?
-Tú y Chance no os manteníais en contacto. Yo sabía que tú eras mayor que él y
que tenías una propiedad en Whispering Mountain. También sabía que habíais perdido a
vuestros padres cuando él tenía veinte años. Pero aparte de eso, nunca me quiso decir
nada más.
- ¿ Qué te hizo venir a Morgan's Hope y... -se interrumpió Jed cuando un
ramalazo de dolor le partió la cabeza en dos. Esperó a que el dolor pasase, pero cuando
lo hizo, le quedó un sordo dolor que le impedía pensar con claridad. Se frotó la sien con
la mano. Tanto que recordar, tanto que comprender.
-¿Te encuentras bien? -la voz preocupada de Sarah parecía provenir de millas de
distancia.
-¿Te importa si seguimos esta conversación más tarde?
-Por supuesto que no -dijo ella, y Jed oyó que se levantaba-. Ha sido mucho para
un solo día -comentó y él sintió el ligero contacto de una mano en su hombro-. Vete a
dormir ahora. Hasta mañana.
-Me alegro de que estés aquí, Sarah. Te agradezco...
Oyó el sonido de sus pisadas en la alfombra mientras se dirigía a la puerta. Oyó
el ruido de la puerta al cerrarse. Y luego, nada más.
A Sarah le resultó difícil dormirse esa noche. Tenía la cabeza llena de lo que
había sucedido durante el día.
Seguía sin saber qué había causado el distancia-miento entre Jed y Chance, y
era obvio que Jed no recordaba nada. Qué lío.
Era peor para él, porque había perdido la memoria.
Pero reconoció que había cambiado las cosas.
Cuando lo conoció, le había resultado antipático. Era duro, hostil, grosero. Pero
ahora que tenía amnesia, parecía otra persona. Y lo principal era que no parecía querer
echarla de la casa. De hecho, había dicho que se alegraba de tenerla allí. Y ella, por su-
puesto, que quería quedarse.
Desde luego que ahora no intentaría besarla o proponerle que compartiese su
cama. Le había hecho esas proposiciones porque creía que ella era su esposa. Ahora
que sabía no solo que era la viuda de su hermano sino que estaba embarazada,
mantendría las distancias.
Y ella se cuidaría mucho de decirle que había echado a Chance de casa hacía dos
años por jugador. Tampoco estaba dispuesta a decirle que cuando él le juró que
cambiaría, ella lo había perdonado, pero él había roto su promesa.
El hecho de que ella fuese una idiota redomada no era cuestión suya.
Jed pasó una noche inquieta, pero cerca de la madrugada finalmente cayó en un
profundo sueño. Cuando se despertó, eran casi las diez y, a juzgar por el ruido de la
lluvia golpeando los cristales, la tormenta no había amainado.
Se dio una ducha y se vistió antes de bajar.
La casa estaba en silencio, pero al dirigirse a la cocina, oyó el pronóstico del
tiempo en la radio:
«... y en la zona de Whispering Mountain ha habido cortes en el suministro
eléctrico. Muchas casas están sin luz. Además, debido a los deslizamientos de tierra,
varios caminos han quedado intransitables, incluyendo la carretera número 1, que
circula por Raven Woods. Se espera que para esta tarde la lluvia...»
Jed abrió la puerta y vio a Sarah en el otro extremo de la cocina. Se hallaba
junto al teléfono de la pared dándole la espalda y tenía el auricular contra la oreja.
Antes de que él pudiera indicar su presencia, ella colgó.
-¿Llamas a alguien? -preguntó él.
Ella se dio la vuelta y, nerviosamente, se pasó una mano por el pelo. Llevaba una
bata corta de suave franela color rosado que se ajustaba a su figura, revelando su
embarazo. Sus piernas eran largas y torneadas, y llevaba en los pies pantuflas color
rosa con delicados lacitos. Tenía unas pantorrillas fantásticas...
Ella carraspeó y él elevó la vista a su rostro. Estaba ruborizada.
-No funciona -murmuró. Enganchándose un mechón de cabello detrás de la oreja,
añadió-: Me estaba cerciorando, ya que dijeron en la radio que se habían cortado las
líneas de teléfono.
Estaba para comérsela. Y ciertamente que daban ganas de besarla. Le miró los
labios, entreabiertos y rosados como cerezas. Dio un paso hacia ella, que retrocedió y
se puso detrás de una silla, lanzándole una mirada inquieta, como si le hubiese leído el
pensamiento.
-Perdona que no me haya vestido todavía -le dijo-. Me acabo de levantar. Pasé
hace un rato por tu cuarto a ver si querías el desayuno en la cama, pero estabas tan
profundamente dormido que me dio pena despertarte. ¿Lo quieres ahora?
-No tengo demasiada hambre. Quizás tostadas y café.
-Perfecto. Los niños están en el cuarto de estar. ¿Por qué no vas con ellos y yo te
llevo el café allí en cuanto me duche y me vista?
Sarah quería que él se fuese. Desde el momento en que él había entrado en la
cocina, sentía los efectos de su magnetismo animal. Tenía los nervios a flor de piel. Y
la forma sexy en que le había mirado los labios... la había hecho sentir escalofríos. Una
sensación turbadora que no le gustó.
-De acuerdo.
Después de que él se fuese, ella lanzó un suspiro. Nunca se había sentido tan
incómoda con un hombre. Y el jersey negro que llevaba sobre los vaqueros estrechos lo
hacían tremendamente atractivo.
Pero habría sido una locura ceder ante la atracción que sentía por él, dadas las
circunstancias. Así que, sacándoselo de la mente con decisión, puso la cafetera y se
dirigió arriba a vestirse.
Cuando volvió a bajar, el café estaba listo. Hizo las tostadas, las untó con
mantequilla y acomodó todo en una bandeja que llevó al cuarto de estar.
Jed se hallaba echado en un largo sofá con los ojos cerrados. Los niños jugaban
en la alfombra. Emma se entretenía con un libro y Jamie armaba un rompecabezas de
madera. Parecía que Jed estaba dormitando, así que decidió no molestarlo. Depositó la
bandeja silenciosamente sobre una mesilla lateral.
-¿Qué vas a hacer, mamá? -preguntó Emma, levantando la vista y echándole una
mirada a su tío.
-Me sentaré aquí un rato a tejer la chaquetita para el bebé -respondió Sarah,
acercando una otomana.
-Jamie no hace «uido» -susurró Jamie en su media lengua.
Sonriente, Sarah le alborotó el cabello antes de sacar de la bolsa la pequeña
chaqueta que tejía en punto bobo. Durante un rato, lo único que se oyó fue el suave
zumbido de la estufa, el rozar de las páginas del libro, el ruido de las piezas del
rompecabezas y el eficiente entrechocarse de las agujas de tejer. Fuera, el viento
seguía gimiendo, pero estaba amainando.
Sarah hizo una pausa cuando el bebé se movió. ¿Sería un puño o una rodilla? Dejó
el punto y se puso la mano sobre el vientre.
-¿Para cuándo es?
Ella se sobresaltó al oír la voz que provenía del sofá. Jed la miraba con los ojos
pensativos.
-Dentro de un mes.
-No se te nota demasiado.
-No, con los otros, tampoco.
-¿Es niño o niña?
-No lo sé.
-No queríamos saberlo, ¿cierto, mami? -intervino Emma, levantando la vista del
dibujo de una bruja en una escoba.
-No, cielo, queríamos que fuese una sorpresa.
Jamie gateó hasta el sofá y se puso de pie.
-Hola, tito Jed. ¿Duermes?
-Ahora no, enano -dijo Jed, alborotándole el rubio cabello-. ¿Qué tal te sale el
rompecabezas?
-Casi listo.
-¿Quieres ver mi libro, tío Jed?
-Cielo, tu tío está cansado...
-Está bien, Sarah -dijo, mirándola por encima de la cabeza de la niña.
-Por lo menos, tómate el desayuno primero.
-Mami, ¿puedo comer un poco de la tostada del tío Jed? -preguntó Emma.
-¿Yo también? -se unió Jamie.
-Comed lo que queráis -dijo Jed.
-Nuestro papá vendía coches usados -dijo Emma, agarrando una tostada- ¿Tú qué
haces, tío Jed?
-No lo sé, Emma. El golpe de la cabeza... bien, me ha hecho olvidar un montón de
cosas -le lanzó una mirada a Sarah-. Supongo que tú no podrás ser de gran ayuda al
respecto.
-Perdona, no tengo ni idea.
Emma y Jamie se fueron hacia la ventana y Sarah le sirvió un jarro de café a
Jed.
-¿Por qué no te pusiste en contacto conmigo en cuanto murió mi hermano?
-No me pareció lo apropiado, ya que Chance y tú estabais distanciados. Pero
cuando Robert Izzio dio conmigo y comenzó a perseguirme por el dinero que Chance le
debía...
-¿Dinero? ¿Chance dejó deudas al morir?
-Por supuesto -dijo Sarah mordiéndose el labio-. Te has olvidado. Por eso he
venido aquí... para pedirte un préstamo -desvió los ojos, avergonzada. Tenerle que
pedir el dinero una segunda vez era más de lo que se había imaginado-.
Aparentemente, tienes medios, porque accediste...
-Perfecto, pero el dinero no es lo importante -hizo un gesto descartando el
tema-. Lo importante aquí es que has tenido que pedirme a mí, cuando es obviamente lo
que menos tenías ganas de hacer. ¿No tenías a nadie más a quien recurrir?
Su preocupación le hizo llenarse los ojos de lágrimas. Parpadeó mientras negaba
con la cabeza.
-¿No tienes familia?
-Nadie cercano -dijo con voz inexpresiva-. Nadie a quien le podría pedir una cosa
así.
-Así que... -concluyó-. Estamos los dos en la misma situación. Solos -esbozó una
sonrisa cálida y genuina... y reconfortante-. Me alegro de que me encontrases, pues,
Sarah Morgan. Tú y yo somos familia. Y las familias se tienen que mantener unidas.
Sarah se forzó a sonreír, pero la sonrisa no le llegó hasta los ojos. Él se había
olvidado lo duro que había sido con ella cuando había llegado con los niños a Morgan's
Hope. También se había olvidado lo reticente que había sido a que se quedaran, aunque
fuese solo una noche. Había sentido su odio sin saber a qué se debía.
Fuera lo que fuese que había sucedido entre Jed y su hermano, lo había dejado
amargado y taciturno.
Sintió que el corazón se estremecía de miedo. En cualquier momento podía
recobrar la memoria.
¿Y entonces, qué sucedería?
Jed se quedó dormido después de tomarse el café, y cuando se despertó, estaba
solo en la habitación.
Se incorporó para sentarse, lo que le causó un tremendo dolor de cabeza. Y el
dolor se intensificó cuando las preguntas comenzaron a bombardearle el cerebro. La
más importante era: ¿A qué se dedicaba?
¡Infiernos! ¡Cómo odiaba no saberlo!
La exasperación lo hizo ponerse de pie y dirigirse a la puerta. La respuesta tenía
que estar en la puerta en algún lado.
Al dejar la habitación oyó el parloteo de los niños que provenía de la cocina,
acompañado por la risa de Sarah. Los felices sonidos le dieron deseos de unirse a
ellos, pero resistió el impulso y dio la vuelta al distribuidor, abriendo puertas.
Detrás de la primera había un cuarto de aseo. Detrás de la segunda, el lavadero.
Tras la tercera, el cuarto de estar, con cómodo mobiliario y un enorme televisor.
Y detrás de la cuarta, el despacho.
La habitación estaba recubierta en madera oscura y amueblada con piezas de
caoba oscura. Innegablemente, era una habitación masculina, su habitación. Sin
embargo, no recordaba haber estado en ella nunca.
El jardín que se veía por la ventana estaba totalmente abandonado.
Frunciendo el ceño, dio vuelta a la mesa y se sentó en la silla giratoria. Acarició
la suave madera y su mirada se posó en el ordenador IBM, la impresora, el teléfono, la
bandeja de «Entradas».
Alargó la mano y sacó unos sobres ya abiertos de la bandeja. Cuentas. De agua,
de teléfono, de la televisión por cable. Había una postal desde Oslo de alguien llamado
Harry, que «se lo estaba pasando genial», y un recibo del Ejército de Salvación. Y por
último, una carta.
El encabezamiento ponía:
Galería de Arte Deborah Feigelman. 14 A Merivale Square, Seattle.
Jed:
En primer lugar, adjunto el talón de A.D. por la suma de $40.000por Phaedra.
En segundo lugar, te ruego que reconsideres tu decisión de no asistir a la
inauguración de nuestra Galería Feigelman en Nueva York en junio.
¡Lograr que el ermitaño de Jed Morgan apareciese sería un golpe maestro para
mí personalmente, sino que también afectaría de forma muy positiva tu trabajo, lo cual
redundaría en mayor competitividad y precios todavía más altos!
Estaba firmada en verde por la misma Deborah.
Así que era un artista. Y, según parecía, en gran demanda, lo que explicaba que
pudiese vivir como vivía. Revisó los cajones de la mesa, pero no pudo encontrar nada
que le diese mayores pistas sobre su situación.
Se levantó y caminó por la habitación. Las estanterías estaban vacías. El archivo
estaba vacío. Sintiéndose frustrado, se dio vuelta y se encontró a Sarah mirándolo
desde la puerta.
-Hola -le dijo-. ¿Intentas averiguar algo sobre ti mismo?
Él hizo un gesto señalando la carta sobre la mesa.
-Esa carta es de una mujer que tiene una galería de arte en Seattle. Parece que
vende mi obra. Soy un artista.
-Sí-sonrió ella-. Ya lo sé.
Él levantó las cejas.
-Los tres óleos del distribuidor -le dijo ella-. Los estaba mirando hace un
momento. Están firmados por ti. Un garabato, y Jed en vez de Jedidiah, pero el
apellido es decididamente Morgan.
La siguió al distribuidor.
Las pinturas a las que les había prestado tan poca atención antes estaban muy
bien hechas. Se quedó mirando la más grande, una escena del desierto, con enormes
cactus verdes y arena amarillo limón contra un enceguecedor cielo blanco. La miró y
esperó, esperando a que la memoria le volviese como un relámpago.
Nada.
-Es como mirar la obra de un extraño -dijo con ironía, mirando a Sarah.
¡Un extraño con mucho talento! Pero si eres un artista, tendrás que tener un
estudio. Veamos lo que podemos encontrar.
Revisaron la casa de arriba abajo sin éxito, terminando en el ático, donde sus
voces resonaron en el vacío.
-Lo que me resulta de lo más extraño -dijo Jed mirando la desnuda habitación-,
es que no hay trastos. En ningún sitio.
-Quizás seas una persona muy ordenada.
-¡O quizás me acabo de mudar!
-No. Aquí es donde dijo Chance que vivías.
Volvieron a la cocina, donde Emma y Jamie jugaban con plastilina sentados a la
mesa.
-Tito Jed -le preguntó Jamie- ¿Tienes tele?
-Aja.
-¡Qué guay! Venga, tío, muéstranos dónde está.
Cuando volvió al rato, Sarah estaba sirviendo sopa en un cuenco azul.
-Se han quedado mirando una película de Disney. Acaba de empezar.
Sarah le puso el cuenco enfrente y metió unos panecillos de queso y cebolla en el
horno eléctrico para calentárselos un poco. Al mirar por la ventana, vio que había
amainado y ahora lloviznaba levemente.
-Sarah... ¿qué piensas hacer? No te sientas obligada a quedarte, ¿sabes? Ya
estoy recuperado. Tienes que vivir tu propia vida. ¿No sientes deseos de irte a tu
casa, especialmente en tu estado?
Ella titubeó.
-En este momento no tengo dónde ir -dijo finalmente-. Tenía un apartamento,
pero iba con el trabajo y perdí el empleo a principios de esta semana.
-¿Seguías trabajando a pesar de tu avanzado embarazo?
-No era un trabajo demasiado difícil. Le cuidaba los niños a una pareja de amigos
que trabajaban. Ellos me daban la suite en el sótano por cuidarles a su hijo de tres
años. Me prometieron que me conservarían el trabajo después de que naciese mi bebé,
pero de repente el marido consiguió una oportunidad en Nueva York, así que levantaron
campamento y se fueron.
-Y te dejaron en dique seco -meneó la cabeza-¡Qué sobresalto tiene que haberte
causado quedarte en la calle sin trabajo, sin techo, especialmente en tu situación!
Bien, te puedes quedar en Morgan's Hope el tiempo que quieras. No te lo ofrezco
permanentemente porque probablemente te volverías loca metida en este bosque, sin
ver a nadie durante semanas. Pero por poco tiempo, ¿te parece que podrías sopor-
tarlo? Al menos hasta que nazca el bebé y recuperes tus fuerzas.
¿Que si lo podía soportar? Sarah sintió un nudo en la garganta. ¡Por supuesto que
podía soportarlo! Pero, ¿qué pasaría si recobraba la memoria? Solo pensarlo le dio
terror de verse expuesta a su hostilidad y rabia otra vez.
-Te lo agradezco -le dijo-, pero me iré en cuanto te sientas mejor. Tengo una
buena amiga con quien me puedo quedar en Vancouver hasta después del parto -se
ruborizó al decir la mentira con tanta naturalidad-. Y tienes razón, nunca me
acostumbraría a la vida en el campo.
Cuando terminó de hablar le ardían las mejillas. Odiaba no decir la verdad. Tenía
que alejarse de él antes de que se enredase más en su propia mentira. Se levantó de la
silla.
-Me gustaría salir a dar un paseo, tomar un poco de aire. ¿Te importaría cuidar a
los niños un poco?
CAPITULO 5
JED miró por la ventana del cuarto de estar a Sarah cruzando la explanada
delantera. Caminaba lentamente, con las manos metidas en los bolsillos del anorak y la
cara hacia arriba, como si disfrutase que la llovizna le refrescase la piel.
Porque cuando había rechazado la invitación a quedarse en Morgan's Hope, las
mejillas se le habían puesto rojas como el anorak que llevaba en ese momento, pensó
Jed. Y se le había puesto una expresión de culpabilidad increíble. Pero, ¿culpable de
qué?
-Tío Jed -dijo Emma, pasando junto a él para mirar por la ventana también-,
¿dónde está mi mamá?
-Se ha ido a dar un paseo, cariño.
-A ella le gusta caminar -dijo Emma-. Cuando vivíamos en Quesnel, mamá, Jamie y
yo salíamos mucho a caminar a un parque que había. Después... -se quedó pensativa-
cuando papá vino a vivir con nosotros otra vez, y ella se sentía mal porque venía el
bebé, no tuvo ganas de caminar durante mucho tiempo.
-¿Por qué se fue tu padre? -preguntó Jed- ¿Se tuvo que ir a trabajar a otro
lado?
-Se fue por los caballitos.
-¿Los... caballitos?
-Le gustaban los caballitos -asintió con énfasis-. Y... -le lanzó una mirada
significativa- se gastaba todo nuestro dinero en ellos. Por eso mamá se enfadó y le
dijo que no quería más estar casada con él.
Jed lanzó un silencioso improperio. Sin darse cuenta se había metido en camisa
de once varas. Y quería salir de ella rápido. No era su estilo sonsacar a un niño.
-Emma, qué tal si buscas uno de tus libros y...
-Papá le prometió -dijo Emma, mirándolo con cara triste-, le prometió que se iba
a portar bien y por eso mami lo dejó volver. Pero no -volvió a mirar por la ventana-. No
cumplió con su promesa e hizo llorar a mi mamá. Mamá lloró mucho -su aliento empañó
la ventana y ella se puso a dibujar con el dedo.
Una cara redonda con la boca triste curvada hacia abajo.
Jed apretó los labios. Así que las deudas que había dejado su hermano eran
deudas de juego. Y su matrimonio había tenido problemas por su obsesión.
-Cielo -dijo, tomando a Emma cariñosamente del hombro-, si ya has acabado de
mirar la tele, ¿por qué no traes uno de tus libros para que os lea un cuento?
Se acercaron a la chimenea donde Jamie jugaba en la alfombra con dos camiones.
Jed tomó asiento en el largo sofá.
-Eh, enano -le dijo-, ven a sentarte aquí conmigo.
Mientras Jamie se trepaba alegremente al sofá para sentarse a su lado, Emma
eligió entre sus libros uno. Se lo puso en las rodillas a Jed antes de treparse al sillón y
sentarse del otro lado.
-Este es el que nos gusta más -le confió-. Ricitos de oro y los tres osos. Se
apretó contra él y lo miró con expectación.
-Había una vez... -comenzó Jed, abriendo el libro en la primera página.
Sarah caminó unos quince minutos antes de volverse comenzar a subir
nuevamente el sendero de montaña. Inspiró el fresco aire con perfume a pino.
Qué hermoso sitio era ese.
Qué sencilla sería la vida allí. Qué sencilla y hermosa.
Y cómo le había mentido a Jed cuando le dijo que nunca se acostumbraría a la
vida en el campo, Le encantaba el campo. Y Whispering Mountain le parecía
absolutamente encantadora.
Morgan's Hope era el sitio perfecto para tener una familia, un sitio perfecto
para criar niños...
El bebé se movió. Ese extraño, fluido movimiento que indicaba su existencia. De
este mundo, sin embargo todavía no en el mundo. Un milagro.
Una sensación de euforia la hizo olvidarse de su tristeza y le dio una nueva
fuerza que aligeró su paso mientras se dirigía a la casa.
Después de quitarse los zapatos y la chaqueta cruzó el distribuidor y entró en el
cuarto de estar. Lo que se encontró, la hizo sonreír.
Jed se había quedado dormido en el sofá y junto a él, hechos un ovillo, los niños
también dormían.
Incluso dormido, su cara expresaba más fuerza que la de Chance. Las líneas de
expresión le daban carácter, unas líneas que su hermano no tenía. Chance se había
desembarazado de las responsabilidades de la misma forma en que Max se sacudía las
gotas de lluvia.
Sarah lanzó un suspiro y a la misma vez, Jed abrió los ojos y la miró.
Durante una fracción de segundo, la miró sin expresión. Luego dirigió su mirada a
los niños, que, confiados, se acurrucaban contra él y esbozó una sonrisa. Se levantó del
sofá y se acercó a ella.
-¿Estaba bien el camino? -le preguntó en voz baja.
-Casi arrasado en un sitio, pero supongo que ahora que ha amainado, no habrá
más peligro -frunció el ceño mientras le escrutaba la cara-. El que no está nada bien
eres tú. Me parece que tendrías que volver a la cama.
-Sarah, tu hija estuvo hablando de su padre...
-¿Qué dijo? -preguntó ella, envarándose.
-Lo suficiente para que me diese cuenta que las deudas de Chance eran deudas
de juego. ¿Tengo razón?
-Sí.
-¿Y el juego causó problemas en vuestro matrimonio?
-¿Emma te lo dijo?
-No exactamente, pero fue lo insinuó. Dijo que habías echado a Chance y luego lo
habías vuelto a recibir...
-Te agradecería que no sonsacases a mi hija cuando yo no estoy -le dijo ella
tensamente.
-No lo hice. Ella lo dijo sola.
-Claro, te ató y obligó a escucharla -dijo ella con sarcasmo.
-Intenté impedírselo -dijo él-, pero ella siguió. Por si te interesa, no tengo ningún
interés en ese tipo de información en este momento. No me causa ninguna gracia
descubrir que mi hermano era un irresponsable...
-¿Mami? -se oyó la adormilada voz de Emma desde el sofá- ¿Por qué estáis tú y
papá peleando otra vez?
Sarah le lanzó una mirada dura a Jed y luego pasó a su lado. Emma se incorporó y
se quitó el cabello de la cara mientras su madre se acercaba.
-Estoy hablando con tu tío Jed -dijo Sarah, sentándose en el borde del sofá y
abrazándola-. No estábamos peleándonos, preciosa, solo discutiendo algo.
-Me voy arriba a descansar un rato -dijo Jed desde la puerta.
Sarah se dio la vuelta a mirarlo. Se sintió un poco preocupada al ver lo pálido que
se hallaba y su enfado desapareció como por encanto.
-¿Quieres que te lleve algo? ¿Una taza de té?
-No, gracias. Pero hay algo en lo que me podrías ayudar. Mañana, si el teléfono
sigue sin funcionar, ¿me dejarás tu coche? Quiero ir al pueblo y hacer unas llamadas.
Tratar de averiguar más sobre mi situación.
-Yo te llevaré, y solo si te encuentras bien -cuando él hizo un gesto de protesta,
ella añadió con firmeza-: Es mi coche, Jed, y esos son mis términos.
Jed no reapareció hasta que Sarah hubo acostado a los niños. Se hallaba en la
cocina, preguntándose cuándo él se despertaría, cuando oyó sus pasos en el pasillo.
-Tienes mejor aspecto -le dijo cuando entró en la cocina- ¿Cómo te sientes?
-Mucho mejor. ¿De dónde salieron? -preguntó Jed, agarrando dos sobres que
ella había puesto sobre la encimera.
-Cuando dejé salir a Max vi el buzón del correo. Estaban dentro.
Ambas cartas estaban dirigidas a J.C Morgan. Una la remitía B. Tierney y otra
era de una tienda de muebles de Vancouver.
Él miró el segundo sobre antes de abrirlo y sacar la factura que contenía. Lanzó
un silbido al mirarla.
-Parece que he tirado la casa por la ventana. Como si hubiese comprado todos los
muebles de golpe hace un mes.
-Eso explica porqué la casa da esa sensación de deshabitada -dijo Sarah-. Todo
es nuevo.
Él abrió el otro sobre. De él sacó una carta en delicado papel rosado, escrita con
trazos femeninos.
Jed levantó las cejas mientras leía el mensaje y cuando finalmente levantó la
vista, su expresión era tensa.
-Ésta es de alguien llamada Brianna. Parece ser que nos conocemos desde hace
muchos años. Menciona que asistió a mi boda, con su hermana, Jeralyn.
-¿Estás casado? Pero...
-Pero si lo estoy, ¿dónde está mi esposa? Es lo mismo que me pregunto yo.
Sarah no podía comprender por qué pensar que estaba casado la hacía sentirse
tan mal.
-Mañana -dijo, intentando parecer entusiasmada-, seguro que conseguirás
averiguarlo.
-Esta mujer dice... -dijo Jed, alargándole la carta- toma, lee.
Después de un segundo de titubeo, Sarah la agarró y comenzó a leer.
Jed, ¡espero que disfrutes de tu nueva casa después de tantos años de
«acampar»! Gracias nuevamente por contratarme como tu decoradora y por darme
carta blanca, ¡el sueño de todo decorador! Ahora dependerá de ti que le des calor de
hogar, y espero que cuando te vayamos a visitar ya lo hayas logrado. Ya te habrás dado
cuenta de que llené el congelador y también la nevera, y te toca a ti contratar a un
jardinero y lograr que el jardín de Jeralyn recupere su aspecto.
Cuando volvíamos de la nueva Morgan 's Hope, los niños y yo pasamos por casa de
Nick y Allie Campbell y nos quedamos el fin de semana en su rancho. El campo era una
belleza y me encontré pensando, como tantas otras veces, en Jeralyn y tú. Es una
época tan hermosa del año... la estación favorita de Jeralyn. ¡Le encantaba la
primavera! ¿Recuerdas cómo planeó la boda para abril y así poder adornar la iglesia
con campánulas azules?
Harrv llamó anoche desde Europa. Dijo que te había mandado un e-mail. Parece
que le gusta la conferencia.
Tu afectuosa cuñada . Brianna
Sarah le devolvió la carta.
-Parece agradable. Y aclara algunas cosas. Seguro que te informará más si te
pones en contacto con ella.
-Me pregunto si estaré divorciado -dijo Jed, poniendo la carta sobre la
encimera-. Debe ser eso o...
-O viudo -suspiró Sarah-. ¡Qué frustrante te debe resultar!
-Me pregunto a qué se refería con lo de «acampar».
-Brianna hace mención a la «nueva» Morgan's Hope. ¿Crees que lo decía
literalmente, que la casa es nueva?
-Lo más probable es que la hayan remodelado. El jardín está totalmente
abandonado, pero los árboles y los arbustos llevan años plantados allí -se interrumpió
al ver que ella se frotaba distraídamente el nacimiento de la espalda -. ¿Te sientes
bien? Ve al cuarto de estar y pon los pies en alto un rato. ¿Quieres un vaso de leche
caliente?
Su delicadeza le llegó al corazón. Sería fácil acostumbrarse a que la cuidara.
Pero no tenía que hacerlo. No duraría.
-Tengo que calentarte la cena... he hecho un pastel. En un minuto...
-¡Vete!
Una mirada al implacable brillo de sus ojos hizo que se fuese.
Jed se ocupó en calentar el pastel y la leche. Mientras esperaba que el
microondas acabase, el calendario de la pared le llamó la atención. Parecía que una tal
Minerva partía el último día del mes.

¿Partía de allí? ¿O partía de otro sitio para llegar allí? Bien... el tiempo lo diría.
El microondas silbó y lo abrió para poner su cena y el vaso de leche en una
bandeja y llevarla al cuarto de estar. Hizo una pausa en la puerta de entrada. Sarah
estaba reclinada en uno de los sillones de pana, con los ojos cerrados.
Era tan joven. Sería una niña cuando tuvo el primer bebé. Y ahora tenía dos y un
tercero en camino. Demasiado para una madre sola.
Pero ya no se encontraba sola. Lo tenía a él, y él le iba a dar todo el apoyo que
necesitase. Aparte de que fuese su familia, le gustaba que estuviese allí.
Ella debió sentir su presencia porque abrió los ojos.
-Oh, hola -le dijo y se incorporó mientras él ponía la bandeja en la mesa.
-¿Qué fecha es?
Cuando ella le respondió, él sonrió.
-Eso quiere decir que Minerva se marcha la semana que viene.
-Ah, tu misteriosa Minerva -rio ella-. ¿Supongo que no sabes quién es?
-Ni idea -dijo él, alargándole el vaso de leche.
Mientras él comía su pastel de jamón y queso y ella bebía la leche, se hizo un
silencio amigable.
-Estaba buenísimo -le dijo cuando acabó-. ¿Dónde aprendiste a cocinar?
Sarah titubeó un instante.
-En casa -dijo luego.
-¿Te enseñó tu madre?
-Mi madre no cocinaba. Mi padre murió cuando yo tenía ocho años y ella se puso a
trabajar, así que teníamos una asistenta. A Mariah le gustaba que yo la ayudase en la
cocina, así que yo fui aprendiendo.
Sarah no añadió que su madre habría tenido un patatús si hubiese sabido que ella
se metía en la cocina con la sirvienta. Deidre Hallston era una esnob de primera clase y
no creía que uno debiese alternar con el servicio.
-¿Tu madre era una mujer dedicada al trabajo?
-Lo es. Sigue viva y trabajando.
-¿A qué se dedica?
-Tiene un puesto administrativo en una de las más importantes empresas
electrónicas de Vancouver -no tenía por qué decirle que su padre había fundado JD
Electronics, una empresa de gran éxito, ni que después de su muerte su madre había
tomado las riendas del negocio. Deidree Hallston era una de las mujeres más ricas de
la costa oeste.
-Perdona que me meta, pero con tu bebé tan cerca, ¿no sería el sitio donde
estar, con tu madre?
Sarah sintió que se envaraba al recordar.
-Mi madre me repudió cuando me casé con Chance.
-¿Te repudió? ¿Qué diablos hizo? ¿Te obligó a elegir? ¿Él o yo?
-Más o menos. Excepto que no había elección. Estaba enamorada de Chance. Y
además -dijo, jugueteando con su alianza-, estaba embarazada.
Jed lanzó un silencioso silbido.
-¿Qué edad tenías?
-Acababa de cumplir dieciocho.
-¿Y mi hermano?
-Casi veinticuatro.
-¡Infiernos! ¡Eras casi una niña! ¡Tendría que haber sido más responsable!
¿Estabas en el instituto?
-En el último año. Pero no se lo puede culpar a él. Era cosa de dos...
-¿Eres hija única?
-Sí.
-Mi imagino por qué tu madre estaría destrozada. Ha de haber sido una gran
desilusión para ella. Me imagino que tenía puestas sus esperanzas en ti...
-¡Hablas igual que ella! -dijo Sarah, poniéndose de pie con un esfuerzo, los ojos
relampagueantes-Si ese es el tipo de actitud de superioridad que tomabas con Chance,
no me extraña que os hayáis distanciado.
-No tengo ni idea de porqué mi hermano y yo nos distanciamos -dijo Jed,
levantándose también y mirándola con calma-. Y no estamos hablando de nosotros, sino
de ti y tu madre. Lo único que digo es, ¿no era lo más lógico que fueras con tu madre
cuando las cosas se te pusieron difíciles? ¿No tiene espacio para recibiros?
-Sí -dijo Sarah con rigidez-, tiene espacio.
-Puede que haya cedido, Sarah. La gente cambia.
Su madre no cambiaría nunca, pensó Sarah con tristeza. Deidre Hallston tenía un
bloque de hielo en lugar de corazón.
-Mi madre es la última persona del mundo a quien pediría ayuda. Y ahora, si me
perdonas, estoy cansada y me voy a dormir.
Tomó su vaso vacío e hizo ademán de pasar al lado de Jed, pero este la agarró
del brazo.
-No quiero que discutamos -le dijo-. En tu condición, no te conviene alterarte.
Cuando él la miró así, con la preocupación reflejada en los ojos, ella sintió que su
enfado se esfumaba.
-Lo siento -murmuró-. Yo tampoco quiero pelear. Supongo que lo que dijiste me
tocó un punto débil...
-No fue mi intención criticarte, sino que mirado objetivamente... Los padres
quieren lo mejor para sus hijos.
-¡Tenía dieciocho años! ¡Lo bastante mayor para... !
El le puso dos dedos sobre los labios y sonrió.
-Eh -dijo-, que aquí fue cuando comenzó todo.
Ella levantó la mano para retirarle los dedos y él le agarró la muñeca.
El aire entre los dos se puso tenso.
La respiración de ella se aceleró.
Su decisión de besarla surgió en exactamente el mismo momento en que ella se
acercó a él. Y al tomar posesión de sus labios sintió un leve gemido en su garganta.
Sus labios se unieron y buscaron, uniéndose otra vez. Se detuvieron. Ella sabía
dulcísimo. A miel, maná, cielo. Se apoyó contra él.
Y él sintió la presión de su vientre. La presión del bebé de su hermano.
El pensamiento fue como si le hubiesen echado un cubo de agua fría.
Chance se había aprovechado de ella cuando era apenas una adolescente, una niña
probablemente desesperada de amor, que aparentemente no tenía en casa. ¿Iba él a
aprovecharse ahora que ella era una invitada bajo su techo y además estaba
embarazada?
Enfadado consigo mismo, retrocedió mientras hacía una mueca de desagrado.
La expresión de ella era como si él la hubiese abofeteado. Se dio cuenta de que
ella pensaba que su enfado iba dirigido a ella.
-Lo siento -dijo ásperamente-. Fue un error. No volverá a suceder, te lo prometo.
-Como dije hace un momento, es cosa de dos -dijo Sarah, exhalando un suspiro
trémulo.
Se dio la vuelta y se dirigió a la cocina con las piernas temblorosas. Tenía las
mejillas arreboladas. Se tocó los labios. Su boca retenía la impronta de sus labios.
Era obvio que aunque él la encontraba lo bastante atractiva para besarla, no se
quería involucrar con ella. ¿Qué hombre querría hacerse cargo de una familia entera,
incluyendo a un bebé por nacer?
Recordó su fría respuesta la noche en que ella llegó. Había dejado bien claro que
se quería deshacer de los tres cuanto antes.
Lamentó profundamente haberlo convencido de que la dejara quedarse esa
primera noche en Morgan's Hope. Si se hubiese ido cuando él le había dicho, no se
encontraría en la imposible situación en la que se encontraba ahora.
-¡Cuánto has dormido! -dijo Emma, sentada comiendo cereales en la cocina con su
hermano-¡Hace horas que estamos levantados!
-¿Dónde está tu madre? -sonrió Jed.
-Fuera con Max.
Era un día soleado y ventoso, con blancas nubes que corrían por un cielo azul. No
vio a Sarah por ningún lado, pero oyó a Max ladrar y se guió por el sonido.
Sarah estaba de pie en la explanada delantera, tirándole a Max una pelota. El
pelo rubio le volaba al viento y parecía que tenía piernas kilométricas, enfundadas en
los ajustados vaqueros. Parecía una modelo y reía regocijada mientras Max corría tras
la pelota.
-Hola. Buenos días -dijo él, acercándose por detrás.
-¡Cielos! -dijo ella, dándose vuelta sobresaltada-. ¡Eso no se hace! ¡Me podrías
haber dado un paro cardíaco!
Cuando sus ojos se unieron, sintió una conexión con ella que iba más allá de la
atracción física. Una conexión emocional. Y tan intensa que lo dejó sin aliento.
Se dio cuenta por el arrebol de sus mejillas, la dilatación de sus pupilas y sus
labios entreabiertos que ella también lo había sentido.
-Sarah -le dijo con voz ronca- Yo...
Max saltó entre los dos, casi haciendo caer a Sarah mientras se aproximaba con
la pelota agarrada entre los dientes. Sarah se la quitó, riendo, pero fue un sonido
nervioso, no la relajada risa de antes.
El momento había pasado, por culpa de Max se había roto la conexión. Se dio
cuenta por el tono de voz de Sarah mientras se dirigían a la puerta trasera.
-¿Sigues queriendo ir al pueblo hoy?
-Sí. ¿Me dejas el coche?
-No. Yo te llevo. De todos modos, tengo que hacer algunas compras. Tienes mejor
aspecto esta mañana.
-Sí. Me siento mejor. De acuerdo, entonces iremos todos. Y cuando lleguemos
allí, nos separaremos un rato. Tú haz tus compras mientras yo encuentro un teléfono
público para llamar. ¿Tienes el teléfono de Izzio?
-Tengo el número de su teléfono móvil.
-Bien. Si me lo das y los demás detalles, lo llamaré y le preguntaré dónde quiere
que le mande el dinero. Luego quiero llamar a mi agente y desde luego a Brianna.
Quiero enterarme de Jeralyn. Y tengo curiosidad por saber por qué Chance y yo nos
distanciamos. Si hay alguien que pueda responder a esa pregunta, seguro que es
Brianna.
Le pareció ver ansiedad reflejada en los ojos de ella, pero ella se dio vuelta para
entrar a la cocina, así que no supo si eran imaginaciones suyas.
Lo que le pareció ansiedad probablemente sería impaciencia. La misma
impaciencia que lo embargaba a él. No podía esperar a llegar a la ciudad. No podía
esperar a tener las respuestas a sus preguntas.
CAPITULO 6
¡JED! -la melodiosa voz de Deborah Feigelman brotaba del teléfono como
chocolate derretido- ¿Has recibido mi carta? ¿Has cambiado de opinión y vendrás por
fin?
Jed intentó aislarse del ruido de la feria alimenticia dándole la espalda.
-Me lo estoy pensando, Deborah -sonrió al auricular-. Recuérdame por qué no
quería ir.
— ¡Jed! -le dijo su agente en tono de reproche-¡Como si necesitaras que te lo
recordase! Hace más de seis años que te has convertido en un recluso, desde que
murió Jeralyn...
Así que su mujer había muerto. Aunque ya había sospechado que podía ser una
posibilidad, esto no hizo que la noticia le resultase más fácil de aceptar. Ni lo protegió
del golpe. Y, por añadidura, había pena. Pena por no acordarse de ella.
-Pero es hora de que salgas de tu cueva y reinicies tu vida. El Señor sabe lo que
todos echamos de menos a Jer, pero ella no querría que te convirtieses en un
ermitaño. Vendrás, ¿verdad, querido?
-Deborah, con respecto a Phaedra...
-Ari Demetri está encantado con ella. Ya te mandaré la foto que me ha enviado.
La ha colocado en el atrium de su casa. ¡Desde luego que es la escultura más magnífica
de todas las que has hecho!
¿Conque era escultor? Jed se miró los callos de la mano.
-Tengo que irme, querido. Hoy cierro temprano porque tengo una cita muy
importante. Pero me alegro mucho de que me hayas llamado. Demuestra que hay una
rajita en la armadura, por lo que no pierdo las esperanzas. Ya insistiré. Ah, una cosita.
Recuerda que Mitch irá a buscar a Minerva a finales de semana según habíamos
quedado.
-Deborah...
-Lo siento, Jed, me tengo que cortar, en serio. Ya hablaremos.
Y colgó.
La volvió a llamar, pero ya no respondió.
Frustrado, llamó a la operadora para averiguar el teléfono de Brianna, pero este
no figuraba en el listín telefónico. Deborah le había aclarado algunas cosas, pero no
era suficiente. Aún no sabía por qué se había peleado con su hermano.
Había logrado ponerse en contacto con Izzio sin problemas. Y también había
conseguido localizar su banco, donde habló con el gerente, un hombre agradable
llamado John Kincaid.
Le había pedido a Kincaid que le hiciese una transferencia a Roberto Izzio a la
cuenta que Izzio le había dado.
-Ha hecho un gran desembolso para pagar al constructor -le dijo el gerente,
alargándole por encima de la mesa un estado de cuenta-, pero su saldo sigue siendo
favorable.
Jed se había quedado de una pieza al ver la cantidad. Y seguía sorprendido
cuando había cruzado la calle para hablar por teléfono. Pero ahora, después de su
conversación con Deborah, su mente estaba en otro lado.
Salió de la feria. Había quedado con Sarah en el aparcamiento a las doce. Tenía
tiempo. Mirando a la distancia, vio el campanario de la iglesia. Munido de una súbita
decisión, caminó hacia allí. Tal como imaginaba, junto a la iglesia había un cementerio.
Cruzó la verja de hierro y comenzó a pasearse por los estrechos senderos,
buscando entre las tumbas una losa con el nombre de su mujer. Sabía que estaba
dando palos de ciego, pero valía la pena probar.
Había recorrido dos tercios del cementerio cuando se le acercó un hombre
mayor de enredada pelambrera y encorvada espalda.
-¿Busca a alguien? -preguntó sin preámbulos-Soy el cuidador.
-Oh... Hola, sí... estoy buscando a... Jeralyn Morgan.
-Ah, la pintora. Se murió en un incendio hace varios años. Oí que fue por las
inhalaciones de humo.
Otro golpe. Apenas si había asimilado la muerte de su mujer, de la que no
recordaba nada, cuando tenía ahora que...
-No la encontrará en este cementerio, muchacho -dijo el viejo. Dándose la
vuelta, señaló con un dedo artrítico las verdes laderas-. Según he oído, el marido
esparció las cenizas allí arriba, en Whispering Mountain.
Jed intentó recordar algo, pero... sin resultado. La desilusión lo invadió.
-Construyó una casa nueva donde estaba la otra -prosiguió el cuidador-. Al menos
eso he oído. Pero no se relaciona con nadie, La gente dice que se ha vuelto majara
-mascullando, se alejó-. Al menos, eso es lo que he oído.
Jed volvió lentamente al aparcamiento. Era increíble que semejante tragedia
pudiese habérsele borrado de la mente así como así. Una tragedia que lo había
afectado lo suficiente como para que la gente creyera que se había vuelto loco.
Según el viejo y Deborah, se había convertido en un recluso.
Pues bien, para algo le había servido la amnesia, porque lo había cambiado
totalmente. Ya no era un recluso. Ya no deseaba serlo. Le agradaba tener a Sarah y los
niños en Morgan's Hope.
Y agradecía especialmente tener a Sarah en ese momento para poderle contar lo
de Jeralyn. Sabía que ella le brindaría comprensión y cariño.
Y necesitaba ambas cosas.
Cuando iba a pagar las vitaminas y los tebeos que había comprado en la
droguería, Sarah se quedó mirando una fotografía en la pared, sobre la cabeza de la
cajera.
-Maravillosa, ¿verdad? -dijo la morena, notando su interés.
-Aja -era obvio que la empleada tenía ganas de charla, pero ella no.
-Era una lugareña. Casada con el tío ese escultor, Morgan, ¿sabe? El de
Whispering Mountain.
Jed era escultor, entonces. ¿Tendría el estudio escondido en el bosque aledaño a
la casa?
-Pobre hombre -los ojos maquillados de la morena brillaban-. Una tragedia, vea.
Perdió a su mujer cuando se le incendió la casa. Estaba en el estudio en ese momento...
no se enteró hasta que ya era demasiado tarde.
Una tragedia. ¿Lo habría sabido ya Jed a través de Brianna? Ella no quería
escuchar más.
-Pues, bien... -intentó despedirse- Será mejor que me vaya...
-Casados once años. Y ella, ¡uf! Era monísima, monísima, de verdad. Tenía un pelo
que le llegaba a la cintura. Y siempre iba vestida con faldas largas y collares. Y no se
crea que se daba aires, no señor. Un encanto de mujer. Igual que su marido, Jedidiah
Morgan. Se lo aprecia mucho en la zona. Pero ese hermano... se esfumó, y nunca mejor
dicho -la mujer susurró en tono confidencial- después del incendio.
Sarah, que estaba ansiosa por irse, se quedó petrificada a la mención de Chance.
¿Qué tenía él que ver? Sin poder evitarlo, esperó que la otra mujer prosiguiese.
-Por supuesto que quisieron silenciar el tema -dijo la cajera, inclinándose
adelante-, pero todos sabíamos que fue él quien inició el fuego. En incendio comenzó en
el sótano, con un cigarrillo en el sofá. Y él era el único fumador de la casa, ya me dirá
usted. Consiguió salir, pero no logró salvar a su cuñada. Y puso pies en polvorosa tan
rápido... como le decía, intentaron que no trascendiera, pero él fue el culpable.
¿Chance era responsable de la tragedia del pasado de Jed? Sarah tuvo que
apoyarse en el mostrador, presa de unas súbitas náuseas. Durante su matrimonio se
había dado cuenta de que su esposo era un irresponsable, pero jamás se había
imaginado que escondiese semejante secreto.
-Emma -dijo con voz trémula-, agarra a Jamie de la mano, que nos vamos.
-Cuídese -dijo la cajera al despedirse-. Y que pase un buen día.
Las palabras le daban vueltas en la cabeza al salir de la tienda. Que pase un buen
día. Como si ello fuese posible, después de lo que sabía.
Ni se dio cuenta de las nubes negras que se cernían sobre su cabeza cuando
metió los niños en el coche. Tenía la cabeza hecha un lío. Con razón Jed la había
recibido con un palo en cada mano esa noche cuando se enteró de quién era. Debía de
odiar a Chance por haber causado el incendio fatal, y a todos los relacionados con él.
La desesperación la invadió al darse cuenta de lo que significaba lo que acababa
de descubrir. Era impensable ahora quedarse en Morgan's Hope ni un instante más. Se
tenía que ir. Enseguida.
Pero primero tenía que contarle a Jed lo que se había enterado. Su conciencia se
lo exigía.
El alma se le estrujó con solo pensarlo.
Miró el reloj. Habían quedado a mediodía y faltaban unos minutos.
Aferrada al picaporte de la puerta del conductor, oteó el aparcamiento y el
corazón le dio un vuelco al verlo acercarse. Era evidente por su expresión que había
hablado con Brianna y esta le había contado todo. Rogó que él no montara una escena
frente a los niños.
Salió corriendo del coche para interceptarlo antes |de que se acercara, así los
niños no oían lo que le tenía que decir.
-Ya sé que tenemos que hablar, Jed, pero por favor, ¿no puede esperar a que
lleguemos a Morgan's lope?
-Por supuesto. Este no es ni el momento ni el sitio... -un violento trueno que
retumbó sobre sus cabezas lo interrumpió-. Dame las llaves que yo conduzco. Pareces
exhausta.
Jed se esforzaba por ver a través de la cortina de lluvia que arreciaba contra el
parabrisas mientras guiaba al Cutlass ascendiendo la montaña. El cielo se había
desplomado cuando salieron de la ciudad y el camino de tierra se había convertido en
un lodazal.
Miró a Sarah de soslayo. Tenía el cuerpo rígido, la mirada fija en el parabrisas.
¡Infiernos, lo último que necesitaba en su delicado estado era ansiedad!
Por su izquierda vio acercarse un torrente henchido por la lluvia. Un muro de
piedra lo detuvo un instante, pero las embravecidas aguas comenzaron a arremolinarse
y saltar por encima.
No iba a se fácil.
Agarró el volante más fuerte y pisó con fuerza el acelerador. El coche se
tambaleó y ascendió más rápido, a la vez que con horror veía cómo la corriente
arrasaba el muro e inundaba el camino.
-¡Jed! -la alarma se reflejaba en la voz de Sarah-¡Mira!
-¡Agarraos! -las ruedas giraron en falso un instante en las aguas tumultuosas,
pero luego consiguieron aferrarse a la huella y salir adelante- ¡Lo conseguiremos! -dijo,
rogando al cielo lograr cumplir su palabra.
-¿Qué pasa? -oyó que Emma preguntaba, pero estaba demasiado concentrado en
salir de las traicioneras aguas, luchando por lograr que el coche siguiera subiendo a
pesar de la poderosa corriente que amenazaba con arrojarlos a la cuneta.
Conteniendo el aliento, se esforzó por dominar al vehículo, sintiendo un instante
de pánico cuando creyó perder el control.
Pero luego, se acabó. ¡Aleluya! Lo habían vadeado.
-Sarah -preguntó con voz áspera-. ¿Te encuentras bien?
-Sí... estoy bien -dijo ella, lanzando el aire temblorosamente.
Emma se quitó el cinturón de seguridad y se arrodilló en el asiento mirando hacia
atrás.
-¡Mira mami! ¡El río ha arrasado el camino!
Jed miró por el espejo retrovisor y casi lanzó un improperio al ver el agua
furiosa que arrastraba ramas, piedras y arbustos arrancados. Habían logrado pasar
justo a tiempo.
Sintió un enorme alivio al pensar en la preciosa carga que llevaba. No se habría
perdonado nunca si algo les hubiese pasado a Sarah o los niños.
Notó con inquietud que Sarah estaba lívida, peor todavía que cuando se había
reunido con ella en el aparcamiento.
Decidió no contarle los detalles de la muerte de Jeladyn, solo decirle que era
viudo. Solo conseguiría entristecerla y bastante había pasado ya, pobrecilla.
Quería protegerla.
-¿Ya es hora de comer? -preguntó Emma-Tengo hambre.
-Sí, señorita -respondió Jed-, ya es hora. Y yo voy a cocinar mientras vuestra
madre descansa un poco.
-¡Qué bueno estaba! -suspiró Emma, cuando tragó el último bocado- ¿Es verdad
que te has olvidado hasta tu nombre, tío Jed?
-Cierto. Y un montón más de cosas.
-Dijiste que ibas a llamar por teléfono en el pueblo para averiguar un poco. ¿Lo
has hecho, tío Jed? ¿Qué has averiguado?
Sarah sintió un estremecimiento de pánico. Se levantó de la mesa.
-Perdonad -dijo-, voy a llevar a Jamie a dormir. Se está cayendo de sueño -y no
era una mentira. Se le cerraban los ojos, tanto que ni protestó cuando lo sacó de la
silla-. Emma, vente arriba también.
-¡No quiero dormir siesta! -protestó Emma, poniendo un puchero.
-No es necesario. Te puedes echar en mi cama a leer los tebeos que hemos
comprado.
-¡Me había olvidado! -dijo la niña alegremente-¡Hasta luego, tío Jed!
Al llegar al rellano después de acostar a los niños, el corazón le dio un vuelco al
ver a Jed en el recibidor. Estaba concentrado mirando uno de los cuadros y no la oyó
bajar. Se estremeció a verlo pasar el dedo por la firma. Seguro que ya sabía que esos
óleos eran de Jeralyn. Seguro que ya sabía todo. Se detuvo al pie de la escalera y
carraspeó con nerviosismo.
-Ah, ahí estabas. Adivina qué descubrí hoy -hizo un amplio gesto que abarcó las
tres pinturas-. Las hizo mi mujer.
¿Dónde estaba la animosidad que ella esperaba? Desconcertada ante su tono
afable, se quedó mirándolo sin comprender.
-Yo también me sorprendí -dijo, interpretando erróneamente su silencio-. Nos
equivocamos al pensar que la firma era mía. Mira un poco más cerca. Es Jer Morgan, no
Jed.
-Tienes razón.
¿Por qué se comportaba como si no pasase nada? ¿Estaría jugando al gato y al
ratón? Si quería averiguarlo, sería ella quien tendría que sacar el tema.
-Entonces -dijo, mirándolo a la vez que intentaba ocultar sus nervios-. ¿Qué más
has descubierto en el pueblo?
-Que tengo más que suficiente para cancelar la deuda con Izzio. Ya está
solucionado, Sarah.
-No sé cómo agradecértelo...
-No te preocupes -la interrumpió-. ¿Ya están acostados los niños?
-Sí.
-Hablemos en el cuarto de estar.
Su tono era más duro y ella sintió que el valor la abandonaba.
-Yo... tengo que lavar los platos...
-Ya lo he hecho.
Con el estómago hecho un nudo, lo siguió al cuarto de estar.
-¿Tardarán mucho en arreglar el camino? -preguntó, mirando la lluvia por la
ventana.
-Nuestro camino no será el único que el agua ha arrasado, y como somos pocos
los vecinos, darán prioridad a otros.
-Así que podemos estar aislados indefinidamente -dijo ella, envarándose al
sentirlo acercarse por detrás-. ¿No hay otra forma de salir de aquí?
-En coche, no. ¿A pie? Seguro, pero llevaría días atravesar el bosque. Imposible
con esta lluvia. Será un lodazal.
¿Por qué no iba al grano de una vez? ¿Por qué no se enfadaba con ella si había
averiguado que ella lo había engañado desde el principio? La tensión se acentuó más
todavía cuando el la tomó de los brazos y la hizo mirarlo.
-Sarah, cuando llamé a Deborah a la agencia me enteré de que soy escultor.
-¿Mmm? -logró articular y que sonase medianamente interesado.
-También me he enterado que soy viudo, aunque ya lo sospechaba -dijo con un
suspiro.
-Lo mismo tiene que haber resultado un golpe para ti -no valía la pena decirle que
ella también se había enterado.
-Sí. Y no me dijo nada más porque estaba con prisa. No tuve suerte con Brianna.
-¿Por qué?
-Su teléfono no figura en la guía. Así que me quedaron miles de preguntas sin
responder -se interrumpió- ¡Sarah, parece que te vas a desmayar! ¿Estás bien?
Sentía que se iba a desmayar, pero de alivio. Jed no había hablado con Brianna,
así que no sabía los detalles de la muerte de su mujer.
Una risa histérica le subió a la garganta y logró contenerla a duras penas.
-Es que... me da tanta pena enterarme de tu pérdida...
Al decirlo, la culpa la invadió. Era sincera al expresarle sus condolencias, pero en
lo que se refería a todo lo demás, lo estaba engañando y odiaba cada minuto que lo
hacía.
Seguía pensando en decirle lo de Chance, pero esperaría hasta irse. ¿De qué valía
decírselo en ese momento? Si lo hacía, solo verla le causaría dolor. Y tendría que
sufrir su presencia hasta que arreglaran el camino. Para qué causarle daño innecesario.
Suspiró.
-Parece que tienes angustias que no quieres compartir conmigo. Sea cual fuere el
problema, no será tan grave si hablas de él. Déjame que te ayude si puedo.
Su amabilidad casi la ahogó. ¡Qué distinto si supiese la verdad!
-Solo es cansancio -¡cómo odiaba tener que engañarlo!-. Será mejor que me
acueste un rato.
-Buena idea. Y ya que está amainando, sacaré a Max a dar un paseo. Tendría que
haberlo pensado antes, pero mi estudio tiene que estar en algún sitio de este bosque.
Seguro que Max sabe dónde y me podrá guiar hasta él.
CAPITULO 7
¿DONDE habéis estado, tío Jed?
Emma bajaba las escaleras, seguida de Jamie, que lo hacía sentado, deslizándose
escalón por escalón.
-Hemos dado un paseo -dijo Jed, colgando el anorak en el armario de la entrada.
Max se dirigió al pie de la escalera y esperó que los niños bajasen meneando el rabo.
-Mami duerme -anunció Jamie, dándole a Max un cariñoso abrazo.
-Pero pronto se despertará.
-Le haré una taza de té.
Se fueron a la cocina y los niños le indicaron dónde estaban los bizcochos de
chocolate que había hecho su madre. Cuando terminaron de comerse unas cuantas, el
té estaba listo. Jed lo sirvió y puso nata y azúcar en la bandeja, además de unos
cuantos bizcochos en un plato.
-¡Vamos a jugar, Jamie! -dijo Emma y los dos se fueron corriendo al cuarto de
estar. Mientras subía la escalera, oyó sus voces.
La puerta del dormitorio de Sarah estaba entreabierta. En la semioscuridad se
acercó a la cama, viendo que tenía los ojos cerrados. Al poner la bandeja sobre la
mesilla, las tazas tintinearon y ella se movió.
-Hola, ¿te apetece una taza de té?
-Aja -respondió ella adormilada.
Jed encendió la luz de la mesilla y ella se apoyó en el codo, haciendo un
movimiento que tiró del escote de su camisón, dejando al descubierto sus blancos
senos.
Erótico. Provocativo.
Prohibido.
Retiró los ojos rápidamente, pero su cuerpo ya había reaccionado. Se sintió
exasperado consigo mismo. ¿Qué clase de hombre era que sentía deseos por una mujer
embarazada? Y además, embarazada de otro hombre. ¡Qué falta de tacto!
No podía borrarse la imagen de la mente mientras servía la nata y revolvía. El
valle entre los senos, los dos montes donde los pechos rozaban la fina tela...
¿Cuántos años hacía desde que no le hacía el amor a una mujer? ¿Había
permanecido célibe desde la muerte de su esposa? Aun así, era ridículo tener esa
reacción al ver un poco del cuerpo femenino. Era lo suficientemente adulto como para
ejercer un poco de control sobre sí mismo, desde luego.
-Aquí tienes -dijo, alcanzándole la taza.
Ella se sentó y se acomodó el pelo detrás de las orejas. Al hacerlo, su perfume a
rosas y clavel, mezclado con el embriagador aroma de su cuerpo, le llegó a la nariz. Un
olor repleto de feromonas.
La mano le temblaba mientras le entregó la taza.
-Qué servicio más esmerado -murmuró ella-. Gracias.
-Cuidado que está caliente -le dijo él.
Aunque no tan caliente como se sentía él.
Qué error había cometido al llevarle el té. Ni se había imaginado que desearía
tanto meterse en la cama con ella. Se levantó y se acercó a la ventana, alejándose de
la tentación.
-¿Me das un bizcocho?
-Sí... perdona -dijo, volviendo junto a la cama para alcanzarle el plato-. ¿En qué
estaría pensando?
Sabía perfectamente en lo que pensaba. En tomarle los pechos, abarcárselos con
las manos, besárselos...
-¿Por qué no lo haces? -le llegó su voz como en una nebulosa- Son tentadores,
¿no?
Él parpadeó mirándola. Sarah sonreía.
-Aprovecha. Me doy cuenta por el brillo de tus ojos que quieres. Verás que son la
perdición. Deliciosos.
Jed sintió que un músculo se le contraía en la ingle y una oleada de deseo lo
envolvía. ¿Su fantasía se había convertido en realidad? ¿Lo estaría realmente
invitando a...?
-Los hice ayer. Ya sé que no comes dulces habitualmente, pero tendrías que
hacer una excepción con mis bizcochos de chocolate.
-De acuerdo, por una vez... -aceptó, sintiéndose un redomado imbécil al haberla
malinterpretado. Mordió el bizcocho. Era verdaderamente delicioso, aunque no tan
maravilloso como su fantasía.
-¿Has dado el paseo? ¿Qué tal te ha ido? -le preguntó ella.
-Encontré el estudio -dijo, agradeciendo la oportunidad de sacarse al sexo de la
mente.
-¿En serio? -se le iluminaron los ojos- ¿Dónde?
-A unos minutos de aquí. Max se fue directamente allí en cuanto salimos.
-Cuéntame -le dijo ella, haciendo un gesto hacia la silla junto a su cama.
-Es una cabaña. Lo que antes sería el salón ha sido agrandado y allí está el
estudio. Luego tiene un dormitorio, el baño y la cocina.
-¿Sería allí donde «acampaste»?
-Sin duda. Había muchas cosas mías: papeles, libros. Supongo que ese sería mi
hogar los últimos seis años -tomó un trago de su té-. Da la impresión de que hacía poco
que me había mudado a esta casa y todavía no había traído todas mis cosas.
-No recordaste nada al estar allí.
-Nada en absoluto. Hay una estatua de una joven. Parece que es un encargo del
mismo griego que me encargó el último trabajo. Encontré un contrato en el archivo
-sonrió-. Y adivina cuál es su nombre.
-¿Minerva?
-¡Qué inteligente! Efectivamente. Y la pasan a buscar la semana que viene, tal
como dice en el calendario.
-Me gustaría verla. ¿Me muestras el estudio?
-Pues, claro. En cuanto te levantes.
Aunque ella no estaba tan pálida como antes de acostarse, se notaba que seguía
intranquila. Pero ella lo había negado. ¿Qué más podía hacer para tranquilizarla?
Quizás si lo intentara de nuevo, podría lograr que se lo dijese. Si lo hacía con
disimulo, ella no se daría cuenta de adonde quería llegar.
-Cuéntame -dijo, como sin darle importancia-de Chance. ¿Cómo era, aparte de su
obsesión por el juego?
Sarah sintió que el cuello se le ponía rígido. No quería hablar mal de él, pero al
mismo tiempo no quería que la mentira se hiciese más gorda. No podría soportar la
culpabilidad.
-Primero de todo, ¿dónde os conocisteis?
Eso era fácil de responder. Sarah se tranquilizó un poco.
-Estaba mirando coches usados en un concesionario con unas amigas y él
trabajaba allí. Empezamos a hablar y...
-¿Y tenías dieciocho años?
-Unos dieciocho años muy inmaduros. Me sentí halagada cuando me invitó a salir.
-¿Me hubiera gustado, Sarah? A veces, los problemas familiares se inician con
una tontería que después no se puede componer por orgullo.
-La verdad es que no lo sé -dijo, sabiendo que en esta ocasión no había sido una
tontería e intentando que no se notase que evadía la respuesta-. Quizás te habría
impacientado... era irresponsable en muchos aspectos, pero no tenía mal corazón,
aunque no siempre cumpliera sus promesas -se apresuró a añadir.
-Y después de que os casarais, ¿dónde os fuisteis a vivir?
-Pensamos que Vancouver sería muy caro, así que alquilamos un pisito en Quesnel.
Chance era un buen vendedor, así que consiguió trabajo enseguida, aunque al principio
el dinero era un poco justo, yo trabajé cuidando niños, lo cual ayudó un poco.
-¿Cuándo comenzó a jugar?
-Al poco tiempo de casarnos. Como había dejado de fumar antes de que nos
conociésemos... -se quedó cortada. ¿Habría dejado de fumar por lo del incendio?
-¿Y?
-Justificó el gasto diciendo que usaba el dinero que antes se gastaba en tabaco.
Pero pronto lo que se jugaba a los caballos excedió lo que se podría haber gastado en
cigarrillos.
-¿Cuándo decidiste que no querías seguir así?
-Pocos meses después de que naciese Jamie. No soportaba más la incertidumbre
de cómo llegar a fin de mes. Nos peleábamos mucho. Sabía que sería duro sola, pero al
menos estaría en control.
-Sarah... -titubeó él antes de proseguir- ¿Lo seguías amando?
-A veces me pregunto si alguna vez lo amé en realidad. Creo que al principio
estaba enamorada de la idea de estar enamorada. Nunca había tenido novio y me
sentía inmensamente halagada de que él que quisiera.
-¿Porque era mayor que tú, con más experiencia?
-Además era muy atractivo -asintió ella con la cabeza-. Me conquistó totalmente.
Me quedé embarazada a la semana de conocerlo. No nos dimos tiempo para
conocernos. Éramos amantes, pero no éramos amigos. Ahora me doy cuenta de que un
hombre y una mujer tienen que ser amigos antes de ser amantes. Si no, lo único que
hay entre ellos, es... sexo. Y fui tan estúpida de volverme a quedar embarazada cuando
volvió conmigo porque me juró que había dejado de jugar. Él nunca lo supo. Se murió
antes de que yo me hubiera enterado. Por supuesto-añadió presurosa-, que he querido
a este bebé desde el instante que supe que estaba embarazada.
-¿Cuándo te enteraste de las deudas de Chance?
-Unos tres meses después de su muerte. Le llevó ese tiempo a Izzio
encontrarme porque me había mudado a la casa de la amiga cuyos niños cuidaba. Al
principio le pagaba lo que podía, pero cuando me quedé sin trabajo y le dije que no
podía pagarle más, se puso muy desagradable...
-Y te viniste aquí. Ojalá lo hubieses hecho antes. Sarah. Pero ya estás en
Morgan's Hope, Sarah. Izzio ya ha cobrado y puedes dejar el pasado atrás.
-No sé cómo te lo podré agradecer algún día.
-No te vayas de mi vida -dijo él, esbozando una cálida sonrisa-. Quédate con los
niños. Ese es todo el agradecimiento que quiero -levantó la bandeja-. Ahora vístete
que iremos al estudio.
-¡Mirad, allí está! -señaló Emma.
Sarah miró con interés la cabaña de madera situada en el medio del claro. Tenía
amplias ventanas y tejado de piedra. Salía humo de la chimenea y se olía a fuego de
leña.
-Encendí la chimenea para que se calentara un poco. Estaba muy húmedo.
Al entrar, se quitaron las chaquetas y luego Jed los hizo entrar a una habitación
amplia e iluminada.
-¡Mirad la señora! ¿La has hecho tú? -preguntó Emma, mientras Jamie
encontraba unas piedras debajo de la ventana y se sentó a jugar.
-Sí, encanto.
-¡Si estuvieses en mi clase en el colé, la señorita te daría un sobresaliente!
-anunció Emma.
A Jed le relucieron los ojos.
-Sí, eso es lo que me han dicho -dijo, sin reírse. Pasó una mano lentamente por
los hombros de alabastro de la estatua, con los ojos pensativos.
¿Cómo resultarían esos dedos en su piel? Sarah le miró las manos. Sintió un
estremecimiento de excitación.
-¿Sarah?
Arrancó: la mirada de sus manos. Jed la miraba con una expresión interrogante
en los ojos.
-Perdona -esperaba que él creyera que el arrebol de sus mejillas era debido a la
estufa de leña-, me distraje un momento. ¿Qué tal si me muestras el resto?
-Claro -se encogió de hombros-. Aunque no hay demasiado que ver.
El cuarto de baño era pequeñísimo y la cocina otro tanto. El dormitorio estaba
amueblado muy espartanamente con una cama estrecha, una cómoda de roble
americano y una mesilla haciendo juego.
A Sarah le llamó la atención una foto de boda en un marco de plata.
-¿Puedo mirarla?
-Por supuesto. No me ha hecho recordar nada. Muy frustrante.
Al alargar la mano para alcanzarle la foto, Jed le rozó con el pulgar la muñeca, y
una corriente de electricidad le corrió por el brazo. Nunca le había sucedido con nadie
antes, ni siquiera con Chance. Pero aunque fuese lo bastante idiota de enamorarse de
él, ese hombre le estaba vedado. Por el pasado.
Intentó concentrarse en la foto, pero mientras sus ojos miraban a la feliz
pareja, Jed con esmoquin elegante y Jeralyn monísima con un vestido de encaje
blanco, no podía dejar de pensar en el hombre a su lado, su aliento en su pelo, su aroma
masculino turbándole los sentidos, destruyendo su equilibrio.
-Al mirar a Jeralyn, sin embargo, sentí una tristeza muy profunda.
-Ya verás que recobrarás la memoria -le dijo, sintiéndose ella también muy
triste. Esperaba que fuese después de que ella se hubiese ido de Morgan's Hope-. Y
seguro que cuando menos te lo esperes.
Ella se alejó de él y estirándose por encima de una caja de cartón, puso la foto
en la mesilla. Al enderezarse, sintió un dolor sordo en la base de la columna. Con un
suspiro, se pasó la mano.
-¿Qué te pasa?
-Nada, un pequeño dolor.
-¿Te vendría bien un masaje? Siéntate en el borde de la cama -le dijo en un tono
que no aceptaba réplica.
Ella se sentó y él se sentó a su lado, dándole la vuelta para que ella le diese la
espalda.
-Relájate -le dijo, y sintió cómo apartaba su melena para echársela hacia delante.
Luego sus dedos se apropiaron de sus hombros, masajeando, amasando,
acariciando, recorriéndole los músculos con destreza. Se dejó llevar por la sensación.
Era irresistible, el lujo de manos expertas quitándole todas las tensiones, todas las
contracturas.
Le masajeó la espalda durante cinco minutos, al cabo de los cuales se sentía tan
relajada que estaba casi dormida.
-¿Mejor?
-Mucho -dijo ella, levantando los brazos para echarse el cabello a la espalda.
Se dio la vuelta y le sonrió.
Una sonrisa que lo fascinó, al igual que su dorado pelo lo fascinaba.
Había logrado ignorar la atracción antes, cuando le rozó la mano, pero ahora le
resultaba imposible de ignorar, imposible de negar.
-Voy a besarte -le dijo, sin despejar sus ojos de los de ella.
-Ya lo sé -dijo ella y sus labios se mantuvieron entreabiertos, húmedos,
tentadores.
Su boca tomó la de ella en un beso abierto y cálido. Le hundió la mano en el
cabello para sujetársela y su beso se hizo más y más íntimo.
La deseaba y ella lo deseaba a él.
Ella le pasó los brazos por el cuello, atrayéndolo hacia sí con urgencia. Lo apretó
por la nuca y él le enterró la cara contra la piel, bebiendo su femenino aroma. Le tomó
los pechos con las manos y se le pusieron hinchados y rígidos.
Ella volvió su cara hacia la de ella y lo besó con ansia. Estaba perdido. Perdido en
su deseo y en su urgencia de poseerla. Perdía rápidamente el control.
-¿Mami? -llamó Jamie desde la puerta- Emma se ha ido.
Durante un segundo, el mundo se detuvo y ni Jed ni Sarah se movieron. Luego,
lentamente, se separaron y miraron a Jamie.
-Se ha ido con Max.
Jed se puso de pie y la tomó del brazo para ayudarla a levantarse. Se dio cuenta
de que el deseo de ella había sido suplantado por ansiedad. El suyo se había aplacado.
Un poco. Y solo por ahora.
-Seguro que está fuera.
Pero Emma no lo estaba.
-Será mejor que vayamos hacia la casa. Hay que hacer la cena.
-Se ha llevado la chaqueta -dijo Sarah.
-Seguro que los dos se han ido a la casa. Vamos a ver.
Pero no estaba en la casa ni en el jardín. Cuando acabaron de buscar, estaban de
nuevo en la puerta de entrada. Jed había llevado a Jamie sobre los hombros y lo bajó.
-¿Dónde estará?
-Toma Jamie y vete adentro. Yo los buscaré.
-¡Quiero ir también!
-Solo resultarías un inconveniente -le dijo con delicadeza-. Lo haré más rápido
por mi cuenta.
-Tienes razón -dijo Sarah, mordiéndose el labio-. Pero no me resultará fácil
esperar.
Le rodeó los hombros con el brazo y le dio un apretón tranquilizador.
-Volveremos antes de lo que crees, ya verás.
Pero la noche cayó antes de que volviese. Jamie estaba en la cama y Sarah había
pasado el tiempo paseándose por el salón y mirando por la ventana alternativamente,
mirando desesperadamente la oscuridad con el corazón contraído por la angustia.
De repente, se encendió la luz de la entrada y vio a Jed que se acercaba con
poderosas zancadas. Traía a Emma en los brazos.
CAPITULO 8
¿SE encuentra bien? -preguntó al acercarse a la carrera. Cuando vio que los ojos
de la niña estaban cerrados y la cara pálida bajo los churretes de las lágrimas, contuvo
el aliento.
-Tranquila, Sarah -Jed se hizo a un lado para que Max entrase renqueando-. Está
bien, no tiene hipotermia. No se ha enfriado tanto.
-¡Gracias al cielo!
-¿Dónde la encontraste?
Emma abrió los ojos.
-Me caí a una cuneta y Max intentó ayudarme -la voz le temblaba-. Pero luego él
se resbaló y se cayó debajo de un tronco. Se quedó enganchado y no podía salir. Fue
culpa mía - se le escapó un sollozo.
-Shh. No pasa nada. Ambos estaréis bien -abrazó a Emma apretadamente-. Hace
frío fuera. Suerte que tenías tu chaqueta.
-Y suerte que se cayó en un sitio seco -añadió Jed-, pero le vendría bien entrar
en calor.
-Voy a buscar una manta.
Max dio varias vueltas frente a la estufa del cuarto de estar y se echó a lamerse
la pata. No la tenía rota, solo era un raspón. Jed ya se había asegurado de ello. Luego
lo curaría. Pero Emma venía primero.
Se sentó con Emma en los brazos.
Cuánto la quería, se dio cuenta, reviviendo la euforia que sintió al encontrarla en
el bosque. Había tratado con ella solo unos días, pero le pasaba lo mismo que con
Sarah. Sentía como si fuese su propia hija.
Emma hizo una pausa en la puerta, mirando la ternura con que Jed observaba a la
niña. La emoción le hizo un nudo en la garganta.
La adoraba. Y la niña le retribuía de igual manera, pero ambos iban a sufrir. Y
ella también.
Porque al verlo llegar con la niña en los brazos, se había dado cuenta de que se
había enamorado perdidamente de él.
¡Qué tonta había sido al dejar que sucediera!
-¿Sarah?
Haciendo un esfuerzo, tragó y luego se acercó con la manta a Jed, que envolvió a
Emma en ella. Luego Sarah se sentó y se la puso en el regazo mientras él revisaba la
pata del perro nuevamente.
-¿Tienes que ponerle una escayola?
-No, no la tiene rota. ¿Qué pasó Emma? ¿Cómo fue que ambos acabasteis donde
acabasteis?
-Max salió a hacer sus cosas y se puso a perseguir a un conejo y yo quise ver
adonde iban, así que los seguí. Agarré mi chaqueta y corrí tras ellos.
-¿Encontraste al conejo?
-No pude. Traté y traté, más que Max, que me ladraba para que volviera a casa,
hasta que se vino conmigo.
-Porque te quería cuidar -dijo Jed.
-Cuando se le quedó la pata atrapada, me acurruqué a su lado para que me diese
calorcito. Es mi mascota preferida y lo voy a querer toda la vida.
-¡Me parece una idea magnífica! -sonrió Jed-¿Qué tal si comemos algo?
-No gracias, tío Jed. No tengo hambre.
-¿Qué tal un plato de sopa y un sándwich?
-¿Qué tal una taza de chocolate caliente? -contestó Emma.
-Yo te la traigo -se levantó Jed.
-Después de que te lo tomes, te daré un baño y...
-¡Mami! -la expresión de Emma era de desesperación- ¡Se me ha perdido Niña!
-Está en el estudio -recordó Jed-, sentada en el pie de la estatua.
-¿No puedes esperar hasta mañana? -mientras lo decía, Sarah sabía que la
respuesta iba a ser no. Emma no podía pasar una noche sin Niña.
-No, mamá, sabes bien que la necesito. ¿Me la traes, tío Jed? ¿Por fi ?
Él lanzó una risita y se dirigió a la puerta.
-Iré en cuanto te traiga el chocolate caliente
Sarah retiró la silla y se puso de pie.
-En cuanto ordene esto, me iré a la cama. Pero primero, quiero agradecerte otra
vez encontrar a Emma. Me sentía descompuesta de miedo. No podía dejar de pensar
en el arroyo y...
-Ya sé. Yo también. Pero ya estamos en casa sanos y salvos, así que puedes dejar
de sufrir.
Sarah lanzó un gemido, llevándose ambas manos a los ríñones.
-¿Qué pasa? -dio Jed un paso hacia ella.
-Me dio un dolor. Supongo que el bebé habrá apretado un nervio.
-¿No estarás, ya sabes...?
-¿De parto? -se rio ella.
-¿Qué gracia tiene? -dijo él con petulancia-. ¿Y si tienes el bebé aquí, sin doctor
o enfermera?
-No te preocupes. Siempre me retraso. Créeme, tengo experiencia.
-Tendrás toda la experiencia que quieras, pero eres tan joven.
-No soy tan joven, Jed. Quizás te lo parezca porque tú eres un viejo.
-¿Un viejo? ¿Te parezco un viejo a los treinta y cuatro?
-Por supuesto. El macho de nuestra especie llega a su cúspide a los dieciocho y
comienza a descender a partir de entonces. Las mujeres somos distintas, por
supuesto. Llegamos a nuestra cúspide a los treinta y cinco.
-¿Estás insinuando que...? -dijo entrecerrando los ojos- ¿un hombre de mi edad
no le podría seguir el tren a una mujer más joven en... ejem... el dormitorio?
-No insinúo nada -dijo Sarah mirándolo inocentemente-. Solo te doy las
estadísticas.
-¡Al diablo con las estadísticas! Si no estuvieses en estado, te enseñaría que toda
regla tiene su excepción.
-¡Qué pena que no podamos ponerte a prueba!
-No recuerdo como me sentía a los dieciocho, pero sí que puedo decir cómo me
siento en este momento. Al diablo con las estadísticas -insistió, besándola.
Durante seis latidos de su corazón, no respondió.
Al séptimo, le echó los brazos al cuello y lo besó con una pasión que le llevó la
sangre a las ingles. La abrazó y la acercó a sí. Sintió su voluminoso vientre, pero ya no
le molestaba que fuese el bebé de su hermano. Lo consideraba el de Sarah y le tenía
tanto afecto como a Jamie o Emma.
Familia. Eran familia. Y saberlo hizo sentirse ebrio de deseo de hacerla suya.
Gimió e intensificó su beso. Le deslizó las manos por debajo de la camisa,
siguiendo el contorno del sujetador hasta que llegó a los extremos de sus senos. Y, de
repente, sintió algo pequeño y duro golpearle el estómago. Un puño, o una rodilla, o un
pequeñísimo pie.
-¿Has sentido eso? -preguntó, sacando las manos y pasándoselas por la espalda-.
El bebé no aprueba lo que hacemos.
-¡Gracias a Dios que alguien en esta familia sabe poner los límites! -dijo ella,
riendo.
-Pues no estarás embarazada eternamente -dijo él con una sonrisa maliciosa- Y
ahí sí que no habrá barreras.
-Jed, para entonces no estaré aquí -dijo ella en voz baja-. Sabes que me marcho
en cuanto arregles el camino.
-Ya lo sé. Os voy a echar de menos. A ti y a los niños. Estará todo muy solo
cuando os vayáis. Muy triste -dijo, alejándose de ella para ir a la ventana, donde se
quedó mirando la oscuridad.
Jed miró a Sarah desde la puerta del despacho. Habían pasado tres días desde
su beso en la cocina, y durante ese tiempo ella lo había tratado como a un mueble. No,
la verdad es que trataba a los muebles mejor que a él. En ese momento le daba brillo a
su escritorio de caoba como si su vida dependiese de ello.
Estaba tan guapa con sus vaqueros claros y la camisa celeste, que le dieron
deseos de...
Y sabía que lo que quería era totalmente inapropiado dada su condición.
-¿No te parece que se te está yendo la mano? -le preguntó
-Me siento bien -dijo ella, sacudiendo el trapo amarillo. Motas de polvo brillaron
en los rayos del sol.
-¿Entonces, por qué no has venido con nosotros? Cuando te invité a que vinieras a
dar un paseo, dijiste que te sentías un poco cansada.
Ella enrojeció.
-Quería estar...
-¿Querías estar sola, o mejor dicho no querías estar conmigo?
-No, por supuesto que no -dijo ella, mirándolo a los ojos.
-Fue el beso, ¿no?
Pareció que ella quería salir corriendo
-Fue... un error -dijo después de un largo rato, en voz tan baja que casi no se oía.
-¿No habría sido más sincero decirlo desde el principio?
-Quizás más sincero -bajó la vista al trapo-, pero más difícil.
-Sí, supongo que no será fácil para una mujer decir que encuentra un beso...
repulsivo.
-¡Oh! Yo no he dicho que...- reaccionó ella, cerrando los labios de golpe al darse
cuenta. Y si antes estaba arrebolada, ahora su cara estaba como un tomate.
-¡Aja! -exclamó Jed, sin poder contener una risita- ¡Te he pillado! -se acercó a
ella y le quitó el trapo de las manos- Ahora que hemos aclarado que no me encuentras
repulsivo, ¿qué tienen de malo unos pocos besos?
-Los besos pueden llevar a otras cosas -carraspeó ella.
-Sarah, no soy un animal. Por el amor de Dios, que estás en el octavo mes de
embarazo.
-No pensaba en eso -su suspiro pareció surgirle desde el fondo del alma-.
Pensaba más en el compromiso emocional. . -Te refieres a... enamorarse -dijo
suavemente.
-¡No he dicho nada de eso! -dijo ella y pareció que le resultaba difícil llenarse los
pulmones de aire- Lo que quería decir...
-Sarah, reconozcámoslo. Sentimos una atracción mutua. Y nos gustamos.
Enamorarse es una clara posibilidad, así que ¿por qué luchar contra ella? Y si no pasa
nada, nos contentaremos con ser amigos.
-No es tan sencillo.
-¿Porque sigues enamorada de mi hermano?
-Ya te he dicho que no.
-¿Entonces?
-Alguien -dijo- podría salir malparado.
-Estoy dispuesto a correr ese riesgo. ¿Tú no?
-No sé nada sobre mí misma. ¿Y si cuando recuperes la memoria hay algo... -tragó
convulsivamente y luego lo dijo todo a la carrerilla, para decirlo de una vez por todas-
algo que no recuerdas, algo de tu pasado que haría que no quisieras tenerme cerca?
Él la tomó de la mano e impidió que ella siguiese dándole vuelta a la alianza.
-Somos amigos, ¿verdad? Pues sigamos siendo amigos y veamos lo que nos depara
el destino, ¿quieres? Te prometo que no intentaré besarte de nuevo. Pero... -dijo con
malicia en los ojos-, si alguna vez sientes una necesidad imperiosa de besarme, no haré
nada por detenerte. En realidad, te prestaré toda mi colaboración, ¿de acuerdo?
Ella se mordió el labio, inmersa en sus pensamientos.
Pero, por favor no me culpes si eres tú quien sale malparado.
¿Cómo había accedido a un plan de ese tipo?
Pero, ¿qué otra opción tenía? ¿Cómo podía negarse a ser amigos?
Además, funcionaba bien hasta ahora. Habían jugado a las cartas en el cuarto de
estar mientras los niños dormían la siesta después de comer, y se habían divertido.
Luego habían ido a pasear con los niños y también lo habían pasado estupendamente.
Jed la había sujetado de la mano para que no se escurriese en el lodo, pero su apretón
había sido amistoso, no íntimo. Sí... todo había salido bien.
Hasta que llegaron al sitio donde la comente había arrasado con el camino y se
encontraron con dos obreros del otro lado, evaluando los daños.
-Mañana empezamos -gritó uno, respondiendo a la pregunta de Jed-. A primera
hora. Tendría que estar listo el viernes.
Sarah sintió que el corazón se le iba a los pies. Tres días más y pasaría por allí
por última vez.
-Tres días -dijo Jed, aferrándole la mano mientras volvían a subir por el camino-.
Pensé... tenía la esperanza de que tendríamos más.
-Pero sabías que me iría.
-Sí. Pero habría sido mucho más conveniente que te quedaras.
-¿Conveniente para qué?
-Para conocernos mejor -le dijo-. En fin... antes de que te vayas quiero darte
dinero...
-No gracias, Jed. Ya me has prestado lo suficiente.
-Pero eso fue para pagar las deudas de Chance.
-Era mi esposo. Sus deudas eran las mías. Y algún día te lo devolveré. Pero ni se
me ocurriría aceptar dinero para mi propio uso.
No es para ti, cuernos,¡ es para los niños! ¡Para tu familia, Sarah!
-Nada de lo que digas me persuadirá a aceptar más dinero de ti. Y no te
preocupes, Jed. Soy de las personas que siempre salen ilesas.
Cuando llegaron a la casa, le apoyó la mano en el brazo.
-Vete poniendo el agua. Iré al estudio. Cuando fui esta mañana, me encontré una
caja de cartón llena de documentos. Probablemente es todo el correo que llegó cuando
me mudé aquí. Me la traeré para echarle una mirada.
Sin esperar su respuesta, salió hacia la explanada.
Ella lo miró alejarse, con los ojos llenos de inquietud.
¿Qué pasaría si en la caja había una carta que tuviese la información que ella
trataba desesperadamente de ocultarle?
CAPITULO 9
PUES bien, esto lo explica. Sarah levantó los ojos del recibo que estudiaba y
miró a Jed. Se habían dividido el contenido de la caja de cartón entre los dos. Ella se
sentaba de un lado de la mesa con una pila y él del otro con la otra mitad.
-¿Explica qué?
-Me preguntaba de dónde habrían salido los cuadros de la entrada -dijo,
mostrándole una carta-. Es de Deborah Feigelman. Me manda el pésame por la muerte
de mi esposa y luego me dice que le quedan tres cuadros de Jer en la galería y si
quiere que los venda o que me los mande de vuelta a Morgan's Hope.
-Estarías encantado de recuperarlos. Seguro que los que había en la casa
durante el incendio se arruinaron.
-Sí... Yo... -las cejas de Jed se unieron en un gesto de extrañeza- ¿Cómo te
enteraste del incendio?
-¿No me lo dijiste tú? -preguntó Sarah, deseando que la tierra la tragase. Sabía
perfectamente que él nunca había mencionado el incendio.
Jed siguió mirándola.
-¿No? -se movió incómoda en su asiento-. Oh,ahora recuerdo. La cajera de la
tienda... el día en que fuimos al pueblo... fue ella quien me lo dijo. Me pilló mirando una
copia de uno de los cuadros de tu esposa que tenían colgado allí... y ella...
-Ya que yo no mencioné nunca la cuestión -dijo Jed, arrojando la carta sobre la
mesa-, ¿supusiste que yo no lo sabía?
-No -dijo Sarán-. Supuse que tú sí que lo sabías.
Se hizo un silencio incómodo entre los dos.
-¿De qué más te enteraste ese día?
Sarah deslizó una mano entre los pliegues de su falda y subrepticiamente cruzó
los dedos.
-Nada.
-¿Nada?
-La mujer quería cotillear -logró Sarah mirarlo a los ojos sin pestañear-. Yo no.
-Incluso a pesar de saber que yo estaba ansioso por saber...
-Sabía que estabas ansioso, sí, pero no quería averiguarlo de ese modo. Me
parecía... poco limpio -dijo Sarah y levantó la barbilla-. Cuando nos volvimos a
encontrar parecías alterado, así que supuse que ya habías descubierto lo que había
sucedido. Y luego, cuando no lo mencionaste, pensé que no querías hablar de ello. Creí
que lo encontrabas demasiado... turbador.
-El motivo por el que no quería hablar de ello fue porque no te quería turbar a ti.
Su consideración hizo que su propio engaño le resultase aun más intolerable.
-¿Y a ti, quién te lo dijo? -preguntó.
-En encargado del cementerio del pueblo. Y me enteré por él -añadió, burlándose
con una sonrisa de sí mismo- de que me había convertido en un ermitaño.
-Puede que eso haya sido verdad en el pasado -dijo Sarah-, pero has sido muy
hospitalario con nosotros.
-Quizás he cambiado. O quizás es porque sois mi familia. Sarah -prosiguió
después de un instante-, por motivos que desconozco, ambos nos callamos lo del fuego,
pero de ahora en adelante mantengamos las líneas de comunicación abiertas y no
arriesgarnos a tener más malentendidos. Seamos totalmente sinceros el uno con el
otro, ¿de acuerdo?
Evitando su directa mirada, Sarah levantó el siguiente sobre y se vio invadida
por la alarma cuando se dio cuenta de que el remitente era Brianna.
-¿Sarah?
Levantó la cabeza de golpe y vio con alivio que su atención estaba fija en ella, no
en el papel que tenía entre las manos.
-De acuerdo -dijo-. Hagamos eso -y mientras mantenía la mirada fija en la de él,
deslizó el sobre a la parte de abajo de la pila-. Ahora, si no te importa, me voy a la
cama. Llevamos más de dos horas con esto y estoy un poco cansada.
-Sí -dijo Jed, desperezándose-. Se está haciendo tarde. Terminaremos mañana.
Vete arriba, que yo haré un poco de chocolate caliente y te lo llevaré a tu cuarto.
Se dirigieron al vestíbulo juntos.
-Venga, arriba -dijo él palmeándole el hombro cuando llegaron al pie de la
escalera.
Sarah controló su frustración. Había tenido la esperanza de que él se fuera
directamente a la cocina y le diese tiempo de volver a buscar la carta de Brianna. Pero
él se quedó al pie de las escaleras con la mano en el poste, esperando que subiese.
No le quedó otra opción que hacerlo, y él se quedó mirándola hasta que ella llegó
al rellano antes de ir a la cocina.
Podría haber vuelto en ese momento, pero le dio miedo correr el riesgo. ¿Y si él
la oía y la pillaba entrando como una ladrona en el estudio? ¿Qué excusa podría dar
para satisfacerlo? No, lo mejor era que se fuese a la cama y volviese más tarde,
cuando él estuviese dormido. Así podría leer la carta sin que él la interrumpiese. Y si
había algo en ella que no quería que Jed viese, la escondería hasta el día de su partida.
El ronco grito de un cuervo despertó a Sarah con un sobresalto. La luz del
amanecer se filtraba en la habitación, revelando la taza de chocolate ya frío.
Se dio cuenta de que se debió de quedar dormida en cuanto se metió en la cama.
Y el pánico se llevó el letargo de la mañana al recordar su plan de bajar a escondidas y
leer la carta de Brianna.
Distraída, se pasó la mano por el vientre mientras el bebé cambiaba de posición.
Tenía que bajar ahora y leer la carta, cerciorarse de su contenido, esconderla si era
necesario.
Retiró las sábanas en un rápido movimiento y se levantó. Después de ir deprisa al
cuarto de baño, se puso unas zapatillas y una bata y salió sigilosamente al pasillo.
Una madera crujió bajo su pie al pasar junto a la habitación de Jed. Se quedó
helada, escuchado un largo rato si se oía algo detrás de la puerta. No oyó nada y siguió
con los nervios de punta;
No se relajó hasta tener el sobre entre las manos. Luego se hundió en el sillón
detrás del escritorio y sacó la carta de Brianna, comenzando a leer.
-¿Y? ¿Te ha ayudado Dios?
Sarah creyó que el corazón se le detenía en el pecho cuando oyó la voz de Jed.
Controlando el impulso de tapar la carta con la mano, levantó la vista.
-¿Qué quieres decir?
-«Al que madruga...» -bromeó él, mientras se metía la camiseta negra en la
cinturilla de los vaqueros.
-Oh -de alguna forma, logró ella sonreír-. Me desperté temprano y como sabía
que no me volvería a dormir, decidí bajar.
-Sí. Te oí pasar frente a mi puerta. Me puse algo encima y me levanté pensando
que sería Emma o...
Un exigente ladrido de Max desde la puerta ahogó sus palabras.
-Tengo que ir a abrirle -dijo, alejándose-. Enseguida vuelvo. Luego podemos
desayunar juntos. ¡Quizás dispongamos de media hora de paz antes de que los niños se
despierten!
Mientras se alejaba, Sarah lanzó un suspiro de alivio. Por un pelo. ¿Y si le hubiese
pedido ver la carta?
Ella la había acabado antes de que él apareciese y le había confirmado lo que se
temía. Brianna la había escrito poco después de la muerte de Jeralyn y en ella se
lamentaba que hubiese sido la falta de cuidado de Chance la que causase el fatal
incendio. Brianna concluía diciendo que comprendía porqué Jed no quería saber nada
de Chance en su vida. Ella también quería olvidarse de la existencia de su hermano.
Cuando Sarah oyó que la puerta principal se cerraba, dobló la carta
presurosamente, la volvió a meter en el sobre y la introdujo en las profundidades del
bolsillo de la bata.
-Estabas dormida anoche -dijo Jed mientras cargaba los platos del desayuno en
el lavavajillas-cuando te llevé el chocolate caliente.
-Me excedí un poco ayer -dijo Sarah, sacando una píldora de vitaminas del
frasco-. Me dormí como un tronco en cuanto me metí en la cama. -¿Cómo te sientes
hoy?
-Bien. Quizás un poco cansada -dijo ella, echando la cabeza hacia atrás para
tomarse la pastilla con un trago de leche.
Jed comprimió los labios mientras la miraba. Parecía mucho más que «un poco
cansada». Tenía mal aspecto. Era intolerable que el camino siguiese intransitable. Ni
siquiera la podía llevar a ver a un médico.
Sorteando a Max que se terminaba la comida de su cuenco, se acercó al teléfono
de la pared y se puso el auricular en la oreja. Ningún sonido. Colgó varias veces. Nada.
Lanzó una maldición por lo bajo.
-¿No hay suerte?
-No -respondió colgando finalmente.
Al darse la vuelta, se tropezó con Max, que acababa de terminar la comida y se
había levantado para dirigirse al salón. Perdió el equilibrio y se cayó hacia delante,
golpeándose la sien contra el borde de la encimera antes de aterrizar en el suelo en
cuatro patas.
Atontado, se puso de pie, frotándose la sien con la mano.
-¡Ay! -dijo- Ese...
Parpadeó y se tambaleó, apenas consciente de que Sarah se acercaba a él y lo
sujetaba del brazo. En una nebulosa, se dio cuenta de que ella le hablaba, pero no oía lo
que le decía. Su mente había explorado en un montón de imágenes confusas. Imágenes
de una mujer morena con luminosos ojos castaños y una melena maravillosa. Le sonreía,
le tendía los brazos. Se dirigía hacia él en un campo de campánulas azules...
-Mi memoria -dijo con voz trémula-... la estoy recobrando. Veo...
-¿Qué ves? -preguntó Sarah apretándole el brazo.
-Jeralyn. Y una casa. Una casa antigua de tejado rojo... y...
-¿Qué más ves, Jed, qué más? Sintió que ella contenía el aliento de la misma
forma en que él lo hacía. Deseando que las imágenes no se fuesen, deseando ver más.
Pero al igual que fantasmas desapareciendo en la niebla, se desvanecieron, dejándole
una sensación desagradable de desilusión.
-Eso es todo -masculló desesperanzado-, solo Jeralyn y la casa...
-¿Mami? -se oyó la voz de Emma desde el vestíbulo.
Sarah miró titubeante a Jed. Luego, dejó caer la mano que apoyaba sobre su
brazo.
-Aquí, Emma, estamos en la cocina.
-Venga, Jamie, date prisa -dijo Emma. Se oyeron pisadas corriendo.
Con un profundo suspiro, Jed se acercó a la ventana y miró fuera. Qué raro
había sido ver a Jeralyn de ese modo... como una extraña, sin embargo alguien a quien
había amado una vez.
-Ya ha comenzado -dijo Sarah por detrás-. Ahora que has empezado a recordar,
recuperarás la memoria pronto.
Eso era, por supuesto, lo que ella se temía.
Con la esperanza de mantener a Jed alejado de los papeles que eran una bomba
de tiempo, le propuso que fuesen a dar un paseo después de desayunar.
-Vete tú delante -dijo Jed con un gesto distraído-. Me gustaría terminar de
revisar el contenido de la caja de cartas.
-¿Por qué no lo dejas para más tarde? Yo te ayudo.
-No, quiero seguir.
Parecía distante. Era como si su decisión de saber más sobre su pasado lo
hubiese arrastrado a otro mundo al que ella no pertenecía. Y no podía hacer nada al
respecto sin despertar sospechas.
Así que, ya que era un buen día, llevó a los niños y a Max a dar un largo paseo.
Pero todo el rato una pregunta se le repetía en la mente: ¿Qué encontraría Jed en la
caja mientras ella estaba fuera?
Cuando volvió a la casa, eran las once pasadas y entró al vestíbulo presa de la
ansiedad. Pero cuando Jed saló del estudio, era obvio por su expresión derrotada que
no había aprendido nada nuevo.
Se sintió ebria de alivio.
-Una pérdida de tiempo -dijo él, tomándole la chaqueta que llevaba para colgarla
en el armario.
-¿Has revisado todo?
-Sí. La mayoría era relacionado con trabajo. Cosas de negocios. Había unas
cartas particulares de Brianna, pero no logré sacar nada. La mayoría eran cotilleos
familiares. Mencionaba una invitación a que los visitara, que parece que yo había
rechazado.
-Así que parece que el cuidador de cementerio tenía razón. Era verdad que
estabas hecho un ermitaño.
-¿Qué es un ermitaño, mami? -preguntó Emma. Había dejado a Niña en la
alfombra para quitarse las zapatillas.
-Alguien a quien le gusta estar solo.
-El tito Jed no es un ermitaño -dijo Jamie, meneando la cabeza mientras su
madre le quitaba las botas- ¡Nos quiere a nosotros!
-Nos quieres, ¿verdad, tío Jed? -preguntó Emma alzando a Niña y poniéndose de
pie. Le lanzó a Jed una mirada ansiosa-. Te gusta que estemos aquí, ¿no? Nos
podríamos quedar aquí para siempre si quisiéramos, ¿verdad?
-Es verdad, cielo -respondió Jed, revolviéndole el pelo con cariño-. Os podríais
quedar aquí para siempre si quisierais. ¡Es lo que más desearía en el mundo!
-¿Podemos, mami? -preguntó Emma con cara de ilusión- El tío Jed nos podría
buscar una escuela a Jamie y a mí y tú te podrías quedar en casa todo el día y cuidad
al bebé.
-Emma -dijo Sarah con el entrecejo fruncido-, sabes perfectamente que es de
mala educación invitarte...
-No pasa nada, Sarah -dijo Jed-. No seas dura con ella. No está diciendo nada
que yo no haya pensado ya.
-Emma, llévate a Jamie al cuarto de estar a jugar -dijo Sara sin responder-. Y,
por favor, quedaos allí hasta que os llame a comer.
Emma hizo un mohín de disgusto, pero obedeció. Sarah esperó a que se fueran.
-Te rogaría que no alientes a Emma cuando habla de que nos quedemos -le dijo tensa a
Jed.
-Solo le he dicho la verdad -respondió él-. Me encantaría que todos os quedaseis
aquí...
-¡Una mentira piadosa no habría venido mal! -¡No estoy a favor de las mentiras!
-le espetó-¡Ni piadosas ni de ningún otro tipo! ¡Si hay algo que considero imperdonable
-añadió- es la mentira!
Imperdonable. El dardo hizo diana en el corazón de Sarah. Al pensar en su propia
farsa, lágrimas de desesperación le inundaron los ojos, lágrimas que no quería que Jed
viese. Se dio la vuelta y se dirigió ciegamente hacia el cuarto de estar, pero no había
dado ni tres pasos antes de que él la agarrase del brazo para detenerla.
-Sarah -tiró de su brazo para que ella se diese vuelta-, lo último que quiero
hacer es ponerte triste -le dijo, secándole una lágrima con el dedo-. No llores, por
favor.
-No estoy llorando, en serio. Es que esta es una época en que las hormonas están
desatadas...
Le pasó el brazo por los hombros y le dio un abrazo reconfortante.
-Te comprendo. Y perdona que apoyase a Emma... fui injusto. Sé que estás
decidida a irte y tendría que haber encontrado la forma de no responder a su
pregunta. Supongo que... -dijo con ironía-era la última intentona para intentar hacerte
cambiar de opinión.
-Pierdes el tiempo -respondió ella con un nudo en la garganta-. Tengo intención
de irme en cuanto arreglen el camino.
Jed miraba a Sarah acostar a los niños desde la puerta del dormitorio.
-Buenas noches, tío Jed -recostada en la almohada, Emma se metió el pulgar en
la boca y saludó a Jed sacudiendo a Niña.
-Otro abrazo, tito Jed -dijo Jamie, extendiendo los brazos.
Jed miró a Sarah y por la expresión de sus ojos de dio cuenta de que ella sabía
que Jamie lo hacía para retrasar el momento de ir a dormir. Con una risita, se acercó a
la cama.
-¡Marchando el abrazo número cinco para uno! -bromeó, inclinándose para darle a
Jamie un abrazo y un leve beso en la rubia coronilla.
-¿Y yo? -preguntó Emma.
Besó a la niña también, y ella se echó hacia atrás con un suspiro de satisfacción.
-Te echaré de menos -murmuró, apretándose a Niña contra el pecho-. Pero será
taaaaan fantástico cuando vengas de visita.
Salieron juntos de la habitación.
-Ese enano está para comérselo, es adorable -comentó Jed-. Pero, después de
todo -añadió, agarrándola de la mano-. ¡Lo heredado no es robado!
Tenía intención de pasar el resto de la velada juntos, hablando. Quería saber
más de Sarah, de la relación con su madre, y con su padre antes de que él muriese.
Quería enterarse de dónde había crecido, qué sueños había tenido antes de que
Chance apareciese en su vida y se la arruinase. Quería saber qué planes tenía ahora
para el futuro.
Pero ella parecía decidida a coartarle todas las posibilidades de hacerlo. Cuando
se había ofrecido a ayudarla con la cocina después de comer, pensando que les
ofrecería una buena oportunidad para charlar, ella se había rehusado.
-¿Te importaría hacerla solo hoy? Tengo un montón de plancha que hacer -sin
esperar respuesta, se había ido al lavadero.
Cuando él acabó la cocina, fue a buscarla. La encontró saliendo del lavadero.
Tenía la cara sofocada y el cabello húmedo pegado al rostro.
-¿Has acabado? -le preguntó, mientras se dirigían al vestíbulo.
-Enseguida termino -se dirigió a la escalera y mientras subía dijo-: Quiero
ordenar el cuarto de baño de los niños primero.
Cuando volvió a bajar, con un hato de toallas húmedas en los brazos, eran casi las
nueve. La interceptó al pie de la escalera.
-¿Por qué has tardado tanto?
-Mientras estaba arriba se me ocurrió preparar las cosas para hacer las maletas
-le lanzó una sonrisa radiante-. Ya sabes que no soy la mujer más ordenada del mundo.
Me quería asegurar de que no me dejaba nada por ahí.
-Me resultará raro vivir sin ti y los niños. La casa parecerá un cementerio -dijo,
sintiendo que su ánimo se hundía-. ¿Sabes, Sarah? Apenas puedo creer que hace nada
más que unos días que estás aquí. Siento que nos conocemos de toda la vida.
A Jed le pareció ver el brillo lágrimas en sus ojos, pero antes de que se
cerciorara de ello, ella parpadeó y había desaparecido.
-¿Me disculpas? -le dijo- Todavía me quedan unas cosas por planchar.
Lo esquivó y se dirigió al lavadero. ¡Otra vez lo estaba evitando, diablos! Pero esa
vez no dejaría que se saliese con la suya.
-Te haré compañía -le dijo y la vio titubear un momento antes de seguir
caminando sin responderle. La siguió al lavadero.
Ella encendió la plancha y sacó la ropa de la secadora, dejándola sobre la tabla
de planchar. Con diestros movimientos, comenzó a separar la ropa, doblando ciertas
prendas y dejando otras a un lado para planchar.
-Me recuerdas al conejito de las pilas -le dijo Jed.
Ella le lanzó una sonrisa que no le llegó a los ojos. Parecía nerviosa, tensa.
-¿Por qué no lo dejas para mañana? -le preguntó.
-No, quiero quitármelo del medio esta noche -dijo, y estirando una de sus
camisas, se puso a planchar.
La miró largo rato.
-Mmm -dijo enigmáticamente antes de salir de la habitación lentamente.
Ella lo miró irse. No quería añadir más mentiras a las que ya le había contado. Por
eso se había mantenido ocupada, con la intención de mantenerlo al margen. Con la
esperanza de que se diese cuenta. Y ahora, se dijo con una sonrisa de pena, había cap-
tado el mensaje.
Y mientras tanto, se había condenado a planchar una pila de ropa, cuando lo único
que quería hacer era sentarse.
Jed volvió a entrar pausadamente en la habitación. Balanceaba en cada mano una
silla de la cocina. Mientras ella lo miraba desconcertada, plantó una silla frente a la
otra con un espacio entremedio.
-Siéntate -le dijo.
-Pero quiero...
-Estás agotada. Pero ya que parece tan importante que hagas la plancha, siéntate
que yo lo haré.
Sarah se dio cuenta por el gesto de obcecación de su mandíbula que no iba a
aceptar un «no» por respuesta.
-Gracias -le dijo, forzándose a decirlo-. Supongo que si estás decidido a hacerlo,
no discutiré contigo por ello. Pero mejor me iré a sentar al cuarto de estar.
-No, no -dijo él suavemente y la hizo sentarse en una de las sillas. Luego le
levantó los pies y se los apoyó en la otra silla-. Te has pasado toda la tarde huyendo de
mí. Aquí se acaba la carrera, Sarah.
Ella sabía reconocer cuando darse por vencida.
Y tuvo que reconocer, muy a su pesar, que era un alivio sentarse un rato, aunque
no fuese en el cuarto de estar.
Pensar que cuando lo conoció era un hombre amargo, malhumorado y antipático. Y
luego, después del accidente, un hombre distinto había surgido: cariñoso, vulnerable,
tan fuerte y a la vez tan tierno que le había robado el corazón.
Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos. La habitación estaba
silenciosa excepto por el ocasional ruido del vapor de la plancha. El sonido era rítmico,
tranquilizador, hipnótico...
Jed pasó la punta de la plancha alrededor los botoncitos de la camisa azul de
Jamie, la última prenda de la pila. Mordiéndose el labio, planchó con precisión la fina
tela, terminando con el cuello y asegurándose de que no le quedasen arrugas.
Había acabado.
Apoyó la plancha recta, la apagó, dobló la camisa y la puso en la pila con las otras
prendas.
Sarah se movió.
La miró con una sonrisa indulgente. Se había quedado dormida segundos después
de sentarse, así que había logrado evitar la conversación con él.
Pero no importaba. No quería que ella se sintiese presionada en absoluto.
Lo único que quería era amarla. ¿Amarla?
La sorpresa lo recorrió en oleadas mientras se quedaba mirando a esa mujer que
se había ido metiendo lentamente en su vida y, sin que él se diese cuenta también en
su corazón.
No solo se le había metido, sino que también se lo había robado.
Estaba enamorado de ella... ¡Enamorado de la viuda de su hermano!
En ese momento, Sarah abrió los ojos. Y después de parpadear dos veces, lo miró
con expresión desconcertada.
-Me debo de haber quedado dormida -dijo, disculpándose con una sonrisa
mientras se acomodaba los pliegues de la camisa rayada blanca y rosa-. No te he
servido de demasiada compañía.
Incapaz de quitarle los ojos de encima, la miró mientras su mente intentaba
absorber lo que acababa de darse cuenta.
-¿Has acabado? -preguntó ella, poniéndose de pie y ahogando un bostezo.
-Aja -dijo él y no se reconoció su propia voz.
-No me gusta nada que la gente me vea cuando estoy durmiendo -dijo ella,
cortada.
-Yo no soy «la gente», Sarah.
Debió de oír la intensidad de su tono porque su respuesta tuvo una ligereza poco
característica en ella que tenía como objetivo romper ese instante.
-¿Tenía la boca abierta? ¿Ronqué? ¿Parecía una ballena varada en la playa?
-Sarah -le dijo él con urgencia-, tengo algo que decirte.
La alarma se reflejó en sus ojos un instante antes de que ella se diese la vuelta
y, dándole la espalda, recogiese la ropa planchada.
-Si no te molesta, preferiría irme a la cama ahora -enderezó los hombros e
inspiró profundamente antes de volverse a mirarlo-. Estoy realmente exhausta -sujetó
la ropa contra su pecho como una coraza-. ¿No puede esperar hasta mañana?
-Claro -le pasó un cariñoso brazo por los hombros mientras la acompañaba a la
puerta-, por supuesto que puede esperar hasta mañana.
El también podía esperar, porque si todo salía como él deseaba, si ella podía ver
cómo lo amaba también, habría muchos mañanas. Y pasarían cada uno de ellos juntos.
La perspectiva le llenaba el corazón de gozo.
CAPITULO 10
SARAH se despertó la mañana siguiente con el sonido del teléfono. Gimió al
darse cuenta de que la línea con el mundo exterior se había restablecido y que se en-
contraba atrapada en Morgan's Hope en la misma situación que tan desesperadamente
quería evitar. Se apoyó en un codo y al hacerlo, el teléfono dejó de sonar. Jed lo debió
de haber contestado. ¿Estaría hablando con Brianna y enterándose en ese mismo ins-
tante de su engaño?
Con una sensación de mal presagio, se deslizó de la cama y se hallaba de camino
al baño cuando se abrió la puerta de golpe. El corazón se le detuvo en el pecho.
-¿Mami?
Solo Emma. El corazón reanudó sus latidos.
-¿Sí, cariño?
-Estaba abajo buscando a Niña cuando sonó el teléfono. Lo contesté porque el tío
Jed ha salido. Se ha ido de paseo con Max.
-¿Quién era? -contuvo el aliento. Por favor, que no fuese Brinna.
-Un hombre que me dijo que le dijera al señor Morgan que el camino ya está
arreglado y que lo puede usar cuando quiera.
Sarah respiró. Qué suerte.
-Gracias Emma, pero si oyes el teléfono otra vez, déjalo. Seguro que es para tu
tío y si es importante, la persona volverá a llamar.
-De acuerdo, mami.
-¿Duerme Jamie?
-No. El tío Jed nos dio el desayuno y luego nos dijo que jugásemos en nuestro
cuarto hasta que te levantases.
-Cuida a tu hermano mientras me doy una ducha, ¿quieres?
-Bueno.
Emma se fue y Sarah se dirigió al cuarto de baño. Ahora que el teléfono estaba
arreglado y habían reparado el camino, lo más probable era que se descubriera su
engaño muy pronto.
La noche anterior había logrado evitar la conversación que Jed quería, aunque no
se había quedado dormida en la lavandería a propósito. Pero la forma extasiada en que
él la miraba cuando se despertó la había conmovido. ¿Se estaría enamorando Jed de
ella, al igual que ella lo estaba de él? De ser así, era un amor que no tenía futuro. Un
amor que sabía que no debía alentar.
Así es que intencionadamente se había mantenido fría, actuando como si no se
diera cuenta de la urgencia e intensidad de su tono cuando le había dicho que tenía
algo que decirle. Pero todo el tiempo recordaba la mirada salvaje que él le había
lanzado la noche en que ella había llegado a Morgan's Hope y le había dicho que había
estado casada con Chance.
Bastante daño le había hecho entonces, que no lo conocía. Pero ahora, que lo
amaba, la posibilidad de que la mirase de esa misma forma se le hacía intolerable.
Tenía que irse antes de que él volviese. Si no lo hacía, ese día se convertiría en el
peor de su vida.
Jed silbó alegremente al surgir del sendero del bosque con Max pisándole los
talones. Qué día más perfecto. El cielo azul, las blancas nubes como copos de algodón,
el sol brillando. La primavera había llegado a Morgan's Hope por fin y todo iba bien.
Casi había llegado a la puerta de entrada cuando Sarah salió. Al verlo, se detuvo
en seco. Tenía una pequeña maleta en una mano, un bolso de viaje en la otra y una
mochila colgando del hombro.
-¡Jed! -dijo sin aliento- ¡Has vuelto!
-¿Qué diablos haces?
-Cargo el coche -se hizo a un lado para dejar pasar a Emma, que llevaba una pila
de libros en un carrito. Detrás de ella venía Jamie, bufando ante el esfuerzo de
arrastrar una bolsa rebosante de juguetes. Una pelota amarilla se le cayó y Max la
agarró y salió a la carrera.
-¡Max! -gritó Emma-. ¡Trae eso!
Jed se dio la vuelta y miró el Cutlass. Su cara se ensombreció al ver que el
asiento trasero ya estaba lleno de cosas.
-Sarah...
-Espera que ponga esto en el coche -le dirigió una sonrisa forzada al pasar a su
lado-. ¡Emma! -llamó- En el asiento no, los pondremos en el maletero -Jed la siguió. Ella
evitó mirarlo mientras abría el maletero. Empujó a un lado un gastado asiento de niño
para hacer sitio y apoyó la mochila en un rincón-. Emma, pon esos libros aquí.
-Sarah, ¿qué prisas tienes? No puedes usar el camino todavía -añadió con
impaciencia al ver que ella hacía caso omiso y seguía poniendo cosas en el maletero-.
Está intransitable.
-Sí, tío Jed -lo corrigió Emma, tirándole de la manga-. Un hombre telefoneó y
dijo que terminaron y que el camino ya está.
-¿Ya han restablecido la comunicación? -preguntó, mirando a Sarah.
-La comunicación está restablecida, el camino reparado -dio un golpe a la tapa
del maletero y lo cerró. Tenía las mejillas ruborizadas y una expresión defensiva en los
ojos-. Todo está listo para que nos vayamos.
Jamie y Emma habían seguido a Max. El sonido de un helicóptero casi ahogaba
sus risas mientras corrían a la explanada tratando de agarrar al labrador, que todavía
tenía la pelota amarilla en la boca.
Jed veía que la familia se le escapaba de las manos, pero no estaba dispuesto a
que ello sucediese.
-Sarah, espera -le puso una mano en el hombro antes de que ella se alejara-.
¡Infiernos, mujer, quiero hablarte!
-No cambiaré de opinión -la brisa le infló la falda y ella se la bajó con las manos-.
Me encanta estar en Morgan's Hope. Has sido tan amable con nosotros. Pero es hora
de irse. No quiero hacerme pesada.
-Eso no sucedería nunca -dijo Jed, tomándola de las manos-. Sarah, anoche...
Se interrumpió al ver que el sonido en aumento del helicóptero hacía sus
palabras inaudibles. Miró al cielo con frustración, esperando hasta que ella lo pudiese
oír. Lo que tenía que decir demandaba la total atención de Sarah.
El helicóptero descendía y su sonido era cada vez más ensordecedor. Cuando lo
vio descender en el claro donde tenía la cabaña se dio cuenta de que ese sería su
destino. En ese instante, recordó la anotación en el calendario de la cocina: SE
MARCHA MINERVA. Era el último día del mes. Mitch llegaba a buscar la escultura. Y
no lo podría haber hecho en peor momento.
Sarah soltó sus manos para ponérselas de visera sobre los ojos mientras seguía
el trayecto del helicóptero. El pelo rubio le volaba en el aire. Le dieron deseos de
enmarcarle el rostro con las manos y besarla hasta hacerla perder el sentido.
Le tocó el brazo y ella se dio vuelta a mirarlo.
-¡Ha venido a buscar la escultura! -gritó.
Lo miró sin comprender, pero un segundo más tarde sus ojos se aclararon.
Asintió.
-Minerva -moduló con los labios silenciosamente.
-¡Tengo que ayudarlos! -volvió a gritar.
Ella volvió a asentir.
-¡No te vayas! -hizo una mueca al darse cuenta de que había gritado en un súbito
silencio. El helicóptero había descendido y el piloto apagó el motor- No vayas a ningún
sitio -repitió en un tono normal, fijando una mirada de advertencia en Sarah-.
Hablaremos cuando vuelva, ¿de acuerdo?
-Estaré aquí -dijo ella.
-¿Me lo prometes? -Te lo prometo.
-Bien -se dio la vuelta y caminó por la explanada hasta desaparecer en el bosque.
Con el corazón destrozado, Sarah lo miró irse.
-¿Por qué no esperamos hasta despedirnos del tío Jed, mami?
Los ojos de Sarah estaban velados por las lágrimas. ¡Ojalá pudiese dejar de
llorar! Se pasó una mano temblorosa por los ojos y sujetó el volante con la otra
mientras conducía el Cutlass por la autopista hacia Vancouver.
-Emma...
Se quedó sin aliento cuando un dolor la atravesó durante unos segundos en que
creyó morir. Luego, para alivio suyo, desapareció.
Luchó contra una sensación de aprensión. Seguro que era indigestión. Con las
prisas, se había tomado la leche demasiado rápido. No estaba de parto todavía.
Imposible. Era solo una falsa alarma. Tenía que serlo.
-¿Mami? -la queja de Emma volvió a oírse desde el asiento trasero- Dije que por
qué...
-Tengo mis motivos, motivos que eres muy joven para entender -se forzó Sarah a
concentrarse en la conducción mientras un enorme camión la adelantaba-. Quiero que
te quedes sentada en silencio con Jamie...
A la mención de su nombre, Jamie comenzó a llorar con el llanto agudo y
desesperado que adoptaba solo cuando estaba realmente alterado.
Sarah sintió que el agudo sonido le alteraba los de por sí alterados nervios.
-Tranquilo, Jamie, que todo va a salir bien.
-¡Quiero con Max! -se intensificó el llanto.
-¡Quiero saber dónde vamos! -exigió Emma con su tono más agresivo- ¿Por qué
tuvimos que dejar al tío Jed? ¡No quiero dejarlo, y tampoco quiero dejar a Max!
Además -añadió-, le prometiste al tío Jed que te quedarías para hablar con él. Y me
has dicho que hay que cumplir las promesas.
Sarah tragó el nudo que le agarrotaba la garganta.
-Por favor Emma, no quiero discutir eso ahora.
El dolor llegó otra vez. Mucho más fuerte todavía, como si una mano gigantesca
le retorciera las vísceras. Se envaró, intentando no ceder ante sus temores.
Gradualmente, el dolor cedió, dejándola temblorosa.
Después de un rato, los aullidos de Jamie se hicieron menos estridentes, hasta
que finalmente se convirtieron en un llanto bajo e intermitente. Emma se había
quedado silenciosa.
Al mirarla a través del espejo retrovisor, vio que su hija estaba ruborizada y se
había metido el dedo en la boca mientras sujetaba a Niña contra su cuello. Miraba por
la ventanilla con ojos sombríos.
Sarah suspiró. Emma preguntaba dónde iban pero ella no podía responderle
porque ni ella misma lo sabía. Cuando se fueron de Morgan's Hope, no lo había
considerado. Lo único que quería era irse antes de que Jed volviese.
Sintió un escalofrío. De repente, sintió frío y el temor la invadió. La sensación
que podría haber tenido al entrar a un oscuro sótano frío y húmedo. O al cruzar la
puerta de entrada de Winthoip. La hermosa mansión que se hallaba a una hora de
distancia donde había nacido y crecido. La casa donde a no era bienvenida. Winthorp
era el último sitio mundo donde llevaría a Emma y Jamie... si tuviese elección.
Pero se dio cuenta de que no tenía otra opción. Aunque quisiera convencerse de
lo contrario, sabía que al fin y al cabo solo tenía un sitio dónde ir. Tenía que volver a
casa. Tenía que pedirle a su madre que la dejara quedarse con los niños hasta que
naciese el bebé.
El Cutlass no estaba.
Jed frenó en seco y se quedó mirando con incredulidad la explanada desierta. Se
quedó quieto un momento interminable, en el que solo oía los latidos de su corazón.
Luego recobró el movimiento de golpe y corrió a la casa. Al llegar a la puerta de
entrada, como un rayo se dio cuenta de que no corría así desde la noche del incendio...
Recuerdos. Se quedó petrificado con la mano sobre el picaporte mientras lo
asaltaban los recuerdos que aparecieron como piezas de un rompecabezas,
acomodándose por separado, sin conciencia de la existencia de las demás. Se sintió
mareado, sin tiempo para ordenarlos.
Llamas, que se elevaban a un cielo oscuro. El penetrante sonido de una sirena. El
olor a madera ardiendo...
Y tan abruptamente como comenzaron, los recuerdos se detuvieron, dejándolo
tembloroso y descompuesto.
Intentó controlarse y abrió la puerta.
-¿Sarah?
Pero cuando su voz resonó en la planta superior, supo que ella se había ido.
Sin embargo, se negó a aceptarlo y subió a registrar los dormitorios.
Nadie. Nada.
Acabó en el cuarto de baño de Sarah. Allí, por fin, encontró un rastro de ella. Su
perfume. Humedad de su ducha en los azulejos.
Apretó los puños y se miró en el espejo.
-La encontraré -se dijo-. Aunque sea lo último que haga en el mundo.
Con las mandíbulas apretadas, se dio la vuelta para irse. Y en ese momento vio la
bata colgada en un gancho en la puerta. Con las prisas por irse, se le había olvidado.
Agarró la prenda de franela rosada y apretándola entre sus manos, hundió la cara en la
suave tela con perfume a Sarah. Así se quedó un largo instante, inspirando su esencia,
con el corazón lleno de angustia.
Finalmente se enderezó. ¡Dios santo, estaba actuando como un adolescente! Si
quería encontrar la mujer que amaba, sería mejor que se pusiera en marcha en vez de
hundirse en la auto conmiseración! Irritado consigo mismo, alargó la mano para colgar
la bata en el gancho y sintió un papel crujir en un bolsillo. Metió una mano y sacó un
sobre. Perplejo, vio que estaba dirigido a él y que lo remitía Bianna.
Leyó la carta una y otra vez. Mientras se enteraba de la verdad, le comenzó a
latir la cabeza. Los recuerdos retornaron, recuerdos vividos y poderosos, trozos del
rompecabezas. Pero esa vez no se detuvieron. Y antes de mucho, supo que estaba en
posesión de todos ellos.
El rompecabezas de su pasado estaba completo. Wynthrop parecía más
imponente de lo que lo recordaba.
Pero, a pesar de sus temores, reconoció al conducir al Cutlass deprisa por la
avenida de rododendros que era una imagen tranquilizadora.
Durante las últimas millas del viaje, las contracciones habían sido tan fuertes
que casi tuvo que detener el coche. Pero recurriendo a todas sus fuerzas había
logrado seguir con un solo objetivo en la mente: llegar a Winthrop antes de perder el
control.
Frenó de golpe en el frente, sintiendo una oleada de alivio, que fue seguida de
otro ramalazo de dolor. Gimió cuando fue presa de él, agradeciendo que los niños se
hubiesen dormido. La contracción pareció durar una eternidad y cuando comenzó a
remitir, vio abrirse la puerta.
El miedo la paralizó un instante, pero después de todo, no fue su madre quien
salió a abrirle, sino Mariah, el ama de llaves. La mujer, de cabello gris y sólida figura,
se había asomado al desconocer el vehículo.
Sarah abrió la puerta del coche y se bajó mientras otra contracción la hacía
doblarse en dos.
-¡Sarah! Sarah, querida, ¿qué pasa? -exclamó Mariah corriendo hacia ella.
-Ocúpate de Jamie y Emma, ¿quieres, Mariah? -se quedó Sarah sin aliento
mientras era presa de otra contracción y se aferró a las manos de la mujer- Pero
primero ayúdame a entrar y llama a una ambulancia.
Las siguientes horas pasaron en una nebulosa.
Solo un recuerdo no se le olvidaría nunca. Fue el instante en que el doctor le puso
el bebé en los brazos.
-Buen trabajo, Sarah Morgan. Tiene una hermosa niñita -le dijo con alegre voz.
Jed se paseaba por la cocina una y otra vez.
Con que Chance era responsable de la muerte de Jeralyn. No se lo podía creer.
¿Cuánto haría que Sarah lo sabía?
¿Se habría enterado al leer la carta de Brianna o antes?
¿Y dónde había encontrado esa carta?
Eso sí que podía responder esa pregunta. Seguro que la había encontrado la
noche en que trabajaron juntos revisando la caja de papeles que encontraron en la
cabaña. Recordaba su cara de culpabilidad cuando la había encontrado a la mañana
siguiente inmersa en la lectura de la carta. Debió de volver a meterla en la caja y la
sacó después.
Necesitaba encontrarla. Quizás le llevase largo tiempo, considerando la poca
información que tenía.
Pero primero tenía que conseguirse un coche.
Llamó a un taxi para que lo llevara a Kentonville y subió a empacar un bolso de
viaje.
Donde quiera que estés, Sarah Morgan, se dijo con cara seria, te encontraré.
Tenemos que solucionar una cuestión, tú y yo.
-Mami -llamó Sarah llorosa al entrar en el dormitorio de Sarah y correr hacia su
madre.
Sarah se hallaba en una silla baja junto a la ventana con su bebé de tres días en
los brazos. El bebé mamaba tranquilamente del pezón de Sarah. Era un milagro que no
se le hubiese secado la leche, considerando la tensión que había pasado desde el parto.
Alargó la mano para abrazar a Emma.
-La abuela ha sido muy buena en dejarnos quedar aquí. Ya sé que te es difícil
acostumbrarte a ella, pero para ella también es difícil, teneros a ti y Jamie corriendo
por su hermosa casa.
-Jamie le rompió su plato sin querer, mami.
-Claro que no, cielo, fue un accidente.
-¡Tú no nos mandas a la habitación cuando es un accidente! -durante un momento
la indignación suplantó la pena- ¡Tú no nos castigarías por romper un estúpido plato
viejo!
-Era un plato muy antiguo y muy valioso, preciosa -cuando el bebé le soltó el
pezón, la enderezó y le sacó el aire contra su hombro-. ¿Está Jamie dormido?
-Sí -dijo Emma y su labio inferior se alargó, tembloroso, en un mohín-, ¡Y no
tengo con quién jugar! Y la abuela dice que tengo que ir a la tienda con ella porque mi
ropa es fea...
-Emma -la voz autoritaria de Deidre Hallston la precedía-. Te he dicho que no
molestes a tu madre.
Sarah se preparó mientras su madre atravesaba el umbral. Deidre Hallston
siempre había tenido el cuerpo de una modelo y en ese momento llevaba un traje de
lino negro y zapatos a juego de finísima piel. Recogía su pelo platinado en un moño para
revelar las perfectas facciones de su patricio rostro. Y sus ojos grises, fijos en Emma,
reflejaban la más dura reprobación.
-Te he dicho, Emma, que te laves la cara y las manos -la boca se le puso tensa-.
Por favor, hazlo ahora.
Sarah besó a Emma y le dio un reconfortante abrazo.
-Vete con abuela, Emma. Ya verás que divertido, hacer compras con ella. ¡Qué
bonito comprarte unos vestidos!
Emma le lanzó una mirada de rencor que la hizo sentirse como una traidora.
Luego, soltándose de su abrazo, salió corriendo de la habitación.
Sarah creyó oír un sollozo contenido, y su rabia contra su madre se intensificó.
-Emma no necesita ropa nueva, madre. En el futuro, por favor dime tus planes
antes de quedar en nada con los niños.
-Mientras estéis en Winthorp, no permitiré que tus hijos vayan por ahí con ropa
barata. Seguro que recuerdas que cuando eras pequeña siempre llevaste lo mejor que
el dinero podía comprar. ¡No te faltó de nada! Y si no hubieses estado tan decidida en
casarte con el inútil chico de los Morgan, yo me habría ocupado de que Emma hubiese
tenido la misma infancia privilegiada...
-Por favor, no hables así de Chance. Él...
-Está muerto. ¡Lo sé perfectamente, ya que te ha dejado sin un céntimo! Si
hubiera servido para algo, no habrías tenido que volver arrastrándote a casa.
Su voz hizo que el bebé lanzase un gemido.
-Sí -se puso de pie Sarah-. Vine arrastrándome a casa -se acercó a la mesa para
cambiar al bebé-. Pero solo porque no tenía dónde ir. Ya sé que aquí no soy bienvenida
y en cuanto pueda me iré. Mientras tanto, lo único que te pido es un poco de amabi-
lidad con los niños. No lo han pasado demasiado bien estos últimos meses...
-¡Podrías habérselo hecho mucho más fácil -dijo su madre severamente- si te
hubieses venido aquí cuando murió tu marido, en vez de ir a su hermano! -arrugas
velaron su perfecta frente-. Te has negado a decirme nada de él, por lo que supongo
que lo encontraste tan irresponsable como su hermano ya que no te quedaste
demasiado tiempo con él.
-No es irresponsable -dijo Sarah, depositando suavemente al bebé sobre el
cambiador-. Es amable y digno de confianza y...
El ruido de desaprobación que salió de la nariz de su madre le hizo perder la
paciencia.
-Es un hombre maravilloso -dijo, agarrando un pañal del estante bajo la mesa-. Y
estoy enamorada de él -concluyó, mirando a su madre desafiante.
Deidre Hallston se la quedó mirando con expresión de horror.
-Dios santo -dijo luego, sacudiendo la cabeza lentamente con incredulidad-. No
aprenderás nunca, ¿verdad? Pues, señorita, dices que tienes planeado irte de aquí en
cuanto te sientas lo bastante fuerte -inspiró profundamente-. Pero te diré algo.
Cuando te vayas, lo harás sola. Acabas de reconocer que tus hijos lo han pasado
realmente mal. Pues bien, es hora de que comiencen a vivir en un entorno más estable.
No estaría cumpliendo con mi deber si te permitiese que te los llevases de aquí. ¡El
solo hecho de que te hayas involucrado nuevamente con uno de los Morgan es prueba
fehaciente de que no eres una mujer apta para ser madre!
-No te atrevas a decir...
-Sí que me atrevo -su madre se dio la vuelta y espetó por sobre su hombro-: Lo
llevaré a los tribunales si es necesario... ¡pero no estaría cumpliendo con mi deber de
abuela si no te quitara esos pobres niños de las manos!

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CAPÍTULO 11
JED miró desilusionado el edificio de JD Electronics al detener su recién
estrenado Nissan Pathfinder en el aparcamiento para visitantes. La compañía parecía
más grande que todas las que había visitado en los últimos tres días y seguramente
emplearía cientos de personas.
La búsqueda de la madre de Sarah se hacía más y más difícil, lo cual no era una
sorpresa. Lo único que sabía de ella era que era viuda y que tenía un puesto
administrativo en una de las empresas más importantes de electrónica de Vancouver.
No se permitía pensar que su búsqueda no diese resultados. La mujer había
desheredado a su hija y si la encontraba, quizás no lo recibiría. Pero valía la pena
intentarlo. Sarah le había dicho que pensaba ponerse en contacto con amigos después
de marcharse de Morgan's Hope. Tenía la esperanza de que su madre supiese quiénes
eran esos amigos y le pasase la información.
Entró en el edificio y le indicaron dónde se hallaba el Departamento de Personal,
donde una sonriente mujer con cabello canoso lo saludó amablemente.
-¿Qué puedo hacer por usted? -le preguntó.
Él se embarcó en la misma historia que había repetido una y otra vez en su
peregrinar por la empresas electrónicas de la ciudad.
-Estoy buscando una amiga a través de su madre. No sé mucho de su madre,
excepto que enviudó hace unos dieciséis años y que trabaja en electrónica... El nombre
de mi amiga es Sarah, Sarah Morgan.
-No, -dijo la mujer meneando la cabeza- no me suena. Es una empresa muy
grande, por supuesto, pero trabajo aquí desde que se montó y como estoy en Personal,
conozco a todo el mundo... ¡y los problemas familiares de todos también!
Otro callejón sin salida.
-Gracias -dijo Jed, forzando una sonrisa-. Sabía que podía no encontrar
resultados.
-¿Por qué necesita encontrar a esa mujer? No se lo pregunto por curiosidad, sino
que tengo muchos contactos en el medio y puedo hacer unas llamadas, intentar
localizarla. Cuanto más sepa, más posibilidades tendré.
-No es importante en realidad -dijo Jed, ocultando su reticencia a divulgar más-.
Sarah, su hija, y yo tenemos unos temas que resolver. Aun encontrando la madre,
puede que no me de la información que necesito -explicó-. Echó a su hija de la casa
hace unos seis años porque estaba embarazada y decidida a casarse con el padre del
bebé en contra de los deseos de su madre.
-¡Santo Dios! -exclamó la mujer con los ojos como platos- ¡Usted busca a la
pequeña Sarah!
-¿La conoce? -preguntó Jed, aferrándose al mostrador- ¿Sabe dónde puedo
encontrar a su madre?
-Su oficina está en el último piso, pero hoy no ha venido -le informó, porque Jed
hizo ademán de irse.
-¿Dónde la puedo encontrar?
-Vive en las afueras de la ciudad. 14 Pinetree Yail. Puedo decirle exactamente
cómo ir porque estuve allí en el funeral de su esposo. Siga por la carretera hasta que
llegue a Pinetree Malí, luego gire a la derecha y vaya recto unas dos millas. La casa es
la última a la izquierda.
Jed condujo lentamente por Pinetree Trail, lanzando un silbido de asombro al ver
las enormes casas a ambos lados, cada una rodeada de varios acres de terreno.
Inmaculados jardines circundaban casas enormes como castillos.
¿Cómo encajaba la madre de Sarah allí? ¿Alquilaría una cabaña, una suite en un
sótano o encima de un garaje?
Atravesó el portón del número 14 y no pudo ver la casa hasta emerger de la
avenida sorteada de rododendros. Cuando se presentó ante sus ojos, se dio cuenta de
que era la más suntuosa. Su parque también era magnífico. Una gloria en tecnicolor de
flores de primavera y arbustos.
Siguió por el camino hacia el costado de la casa, donde aparcó en un sitio
discreto. Mientras buscaba a la madre de Sarah, no quería meterla en líos con los
dueños de la «casa grande».
Cerró la puerta del Pathfinder silenciosamente y metiéndose las manos en los
bolsillos de los vaqueros, caminó cautelosamente hacia la parte trasera de la casa.
Mirando alrededor, no encontró una cabaña, y el garaje para cuatro coches era de una
sola planta, así que la madre de Sarah no podía vivir...
-¡No es irresponsable!
Una voz proveniente del piso de arriba le llegó a los oídos, petrificándolo.
-Es amable, de fiar y... es un hombre maravilloso -dijo Sarah desafiante y
enfadada-. Y yo estoy...
Su voz sonó más ahogada y no pudo comprender lo que decía. Pero el corazón le
comenzó a latir locamente cuando una profunda satisfacción lo invadió. La había
encontrado. ¡Infiernos, la había encontrado! Y mucho más fácilmente de lo que
pensaba.
Pero... ¿dónde exactamente estaba ella?
Miró hacia arriba y vio una ventana abierta. ¿Estaba allí? ¿Qué hacía en
semejante mansión?
Mientras se rascaba la cabeza, perplejo, oyó otra voz. Una voz que era tan fría y
desaprobadora que le dio escalofríos.
-... nunca aprendes, ¿verdad? Pues, señorita, dices... planeando irte... cuando lo
hagas... te marcharás de aquí sola... no cumpliría con mi deber si... ¡prueba de que no
eres una madre responsable!
Luego la voz de Sarah otra vez, protestando enfadada.
Jed sabía que no tenía que estar escuchando, pero no se podía mover. Y mientras
se apoyaba en la pared, oyó a la mujer, evidentemente la madre de Sarah, amenazarla
con hacer todo lo posible por conseguir la custodia de sus nietos.
Oyó un portazo y se enderezó. Juró que por encima de su cadáver conseguiría
esa bruja quedarse con los hijos de Sarah. Y no estaba dispuesto a perder ni un
segundo en decírselo.
Golpeó la puerta posterior y le abrió una mujer que llevaba un uniforme negro y
un blanquísimo delantal. Su expresión era tensa.
-Mi nombre es Jed Morgan -anunció sin preámbulos, dispuesto a meter el pie en
la puerta si era necesario-. Quiero ver a Sarah.
-Se lo diré a la señora Hallston -dudó la mujer.
-¿La señora Hallston? ¿Qué diablos tiene ella que ver con...?
-¿Usted es el hermano de Chance?
-En efecto -dijo Jed.
La mujer lanzó una nerviosa mirada por encima del hombro y cuando volvió a
hablar lo hizo en un susurro.
-No querrá que Sarah lo vea. No quiere que su hija tenga nada más que ver con
su familia.
Le llevó un momento, pero cuando finalmente comprendió lo que sucedía, se
quedó mirando a la empleada boquiabierto.
-¿Quiere decirme que Sarah es..., que Sarah es Hallston?
-Pues claro.
-¿Y su madre...?
-La señora Hallston es la dueña de JD Electronics.
Jed se quedó pasmado. Increíble. En ningún momento le había indicado Sarah que
proviniese de una familia tan rica.
-Ella, Sarah, ¿vivía aquí?
-Nació y creció aquí -la mujer se inclinó hacia él y dijo en voz baja-: La mimada
de su padre. Él era un hombre adorable, muy cariñoso. Después de su muerte, Sarah
cambió totalmente. Parecía que estaba constantemente buscando algo.
Buscando una familia.
La culpabilidad le golpeó la tripa como un puñetazo. Ella había ido a Morgan's
Hope con la esperanza de encontrar allí, finalmente, un hogar. El tipo de hogar que ella
soñaba. Y él la había echado, igual que su madre seis años antes.
-Señor Morgan, ¿por qué quiere ver a Sarah?
-Tengo intención de darle -dijo- lo que ella está buscando.
La mujer esbozó una sonrisa radiante. Dio un paso atrás y le indicó que pasase.
-Quizás pierda mi empleo por esto -susurró-, pero si puede hacer a Sarah feliz,
valdrá la pena.
Lo hizo atravesar la cocina y entrar en un lujoso vestíbulo. Una escalera de caoba
llevaba al piso de arriba.
-La habitación de Sarah está arriba -le dijo en el oído-. Al final del corredor -le
dio unas palmaditas en el hombro-. Buena suerte.
Jed no se cruzó con nadie mientras subía las escaleras, ni al caminar por la
galería alfombrada. Cuando llegó a la puerta del final, la encontró entreabierta.
Golpeó suavemente, pero al no tener respuesta, la abrió. Oyó el ruido de agua
corriendo proveniente de una puerta a su izquierda. Y luego... oyó otro sonido: el gemir
de un bebé.
En una esquina de la habitación había una cuna blanca, al lado de la cama. Oyó
otro leve ruidito que provenía de allí. El corazón le dio un vuelco. Dios santo, Sarah
había tenido al bebé.
Se quedó inmóvil un momento, preso de la alegría. Luego, conteniendo la
respiración, caminó en puntillas por la mullida alfombra para espiar en la cuna.
Las sábanas eran color rosa, la primera señal de que era una niña. Y cuando miró
al bebé vio que sus mejillas también eran sonrosadas, la carita redonda, la piel como de
seda. Los ojos oscuros lo miraban abiertos y parecía que lo observaban con franca cu-
riosidad.
Era como mirar un milagro. La boca perfecta, las uñas minúsculas, las pequeñas
orejas y los mechones de cabello dorado. Envuelta en las rosadas sábanas era una
visión maravillosa, gloriosa.
Mientras la miraba extasiado, un espasmo de incomodidad se le reflejó a ella en
el rostro. La boquita rosada hizo un mohín y comenzó a llorar. Un grito que a los dos
segundos se hizo agudo y exigente.
Jed retiró las sábanas y, conteniendo el aliento, la levantó en sus brazos. Era
ligera como una pluma y adorable. Mientras la miraba a través de una cortina de
lágrimas, se preguntó si sería posible que un corazón explotase de felicidad.
Una cosa que Sarah no podía soportar era la conmiseración. Enfadada, se frotó
el rostro con una toallita mojada para quitarse toda señal de las lágrimas que había
derramado cuando su madre salió dando un portazo.
No permitiría de ninguna manera que Deidree Hallston le quitase a sus hijos.
Todavía no sabía cómo hacerlo, pero en cuanto se recuperase, pensaría en alguna
forma de hacerlo. Era difícil pensar en el futuro cuando apenas podía pensar ahora,
que echaba en falta tanto a Jed.
Ahogó un sollozo y dejó la toallita para agarrar el cepillo de pelo. Después de
cepillarse, estaba a punto de recogerse el cabello en una coleta cuando oyó llorar al
bebé.
Se quedó quieta escuchando. ¿Estaría molesta con aire o sería que solo se
quejaba durante el sueño?
El grito fue agudo y exigente. Y luego se hizo un silencio abrupto.
Qué raro.
Rápidamente, Sarah dejó el cepillo y abrió la puerta del cuarto de baño...
Y se quedó helada. Azorada. Mareada. Incrédula.
Allí, en la esquina de la habitación se encontraba Jed.
Tenía al bebé en los brazos y la sujetaba con tanto cuidado como si fuese la cosa
más preciosa que había visto en el mundo.
-¿Jed? -dijo ella trémulamente.
El levantó la vista y a ella el corazón le dio un salto al verle las lágrimas en los
ojos.
-Hola -dijo él, acariciando suavemente el rubio cabello antes de volver a meter al
bebé en la cuna y cubrirla con la sábana.
-¿Qué qué haces aquí?
Él sonrió, y su sonrisa tuvo un extraño efecto en su corazón.
-He recuperada la memoria -le dijo-. Lo sé todo y he venido a llevarte a casa.
-¿Lle...llevarme a casa? -tartamudeó Sarah-Pe... pero pensé que no querrías
tenerme cerca para recordarte a Chance. Y pensé que me despreciarías porque te
mentí.
-Cielo, la única persona que desprecié fue a mí mismo cuando recordé la forma en
que te había tratado la noche en que llegaste a Morgan's Hope. Es cierto que
estuviste casada con Chance, pero no eras de ninguna forma responsable de la
tragedia. Y yo te traté como si lo fueras. Me hace sentir muy mal pensar que os iba a
echar a los tres...
-Oh, Jed, no te castigues. Todavía estabas atado al pasado, con tu pérdida, y con
la participación de Chance en ella.
-Pues ahora se ha acabado -dijo él, los ojos oscurecidos por la emoción-. Pero no
habría sucedido si tú no hubieses venido a Morgan's Hope. Mi rabia y amargura habían
hecho que me apartara de la vida. Jeralyn y yo habíamos sido tan felices juntos... y yo
la había perdido. Y no estaba dispuesto a pasar por lo mismo nuevamente. Pero cuando
el pasado se me borró de la mente y dejó de ser una barrera, me abrí y me volví a
enamorar. Cuando recobré la memoria, Sarah, me di cuenta de lo mucho que habría
perdido si no le hubiera dado al amor una segunda oportunidad -se acercó a ella y la
tomó en sus brazos-. Me siento tan agradecido de que aparecieras en mi vida cuando lo
hiciste.
-Oh, Jed -dijo ella. Una lágrima le temblaba en las pestañas.
Jed se la secó con ternura. Y luego, con una sonrisa, miró dentro de la cuna.
•-Veo que has estado ocupada -dijo- desde la última vez que nos vimos.
-¿No es adorable? -Sarah sintió una oleada de amor al seguir su mirada- ¡Llegó
unas horas después de que dejase la montaña!
-¿Ya le has puesto nombre?
-Pensé en ti cuando lo elegí -sonrió ella entre lágrimas-. La he llamado Hope.
-Hope. Esperanza -murmuró-. Me gusta -la apretó contra su corazón-. Te he
echado tanto de menos -dijo con pena.
Ella elevó los ojos hacia él y disfrutó de la felicidad que vio reflejada en sus
ojos. Alargó la mano y le echó hacia atrás el mechón de pelo negro que le había caído
sobre la frente.
-Tu buen tiempo te llevó llegar hasta aquí.
-¿Tienes idea -gruñó él- de lo que cuesta encontrar a una persona cuando lo único
que sabes es que su madre trabaja en una empresa de electrónica? Habría resultado
mucho más fácil si hubiese sabido que tu madre era la dueña de su empresa. Menudo
secreto, Sarah Morgan.
-De ahora en adelante, no habrá más secretos entre nosotros. Igual que tú, odio
la mentira -se mordió el labio-. Me olvidé la bata... supongo que la encontraste, con la
carta de Brianna en el bolsillo. ¿Te has puesto en contacto con ella por fin?
-Sí. La encontré a través de Nick y Allie Campbell, que ella mencionaba en su
primera carta. Gracias a Dios que su teléfono estaba en el listín telefónico. Cuando la
llamé me dijo que ella y su marido, Harry, habían hecho lo posible durante los últimos
años para sacarme de la depresión en la que estaba sumido. Le encantó saber que
estaba bien otra vez y persiguiendo a la mujer con la que me quería casar.
Sarah inspiró profundamente.
-Jedidiah Morgan, ¿estás declarándote?
Él simuló estar sorprendido.
-Ejem... bien... sí. ¡Supongo que sí!
-Entonces -dijo ella riendo-, supongo que acepto. Pero sabes que venimos en un
paquete completo... ¡te llevas a una y te llevas a todos!
-Me parece un buen trato. ¡La verdad es que me parece una ganga!
-Jed, ¿recuerdas que prometiste no besarme otra vez? -preguntó
ruborizándose-, ¿pero que si sentía necesidad de besarte tú colaborarías?
Él levantó una ceja en son de broma.
-¿Quieres decir que en este momento tienes esa necesidad perentoria?
-La verdad es que -dijo ella ruborizándose aún más- la he sentido casi
constantemente desde que me diste ese beso arrollador cuando volviste del hospital.
-¿Arrollador, eh? -dijo con una chispa de humor en los ojos.
-Pero pensé que me intentabas ablandar para que me quedara a cuidarte. Más
tarde decidí mantener las distancias porque cuando recobrases la memoria me odiarías
otra vez.
-Hemos perdido una barbaridad de tiempo, Sarah Morgan. Pero no estoy
dispuesto a quedarme aquí perdiéndolo más. Así que si va en serio eso de la necesidad
perentoria de besarme...
-Oh -dijo ella sin aliento-, va totalmente en serio.
-Entonces te ofrezco mi total cooperación.
Sus labios encontraron los de ella casi antes de que acabara de hablar. Y el beso
recuperó todo el tiempo que habían desperdiciado. Sarah sintió que se desmayaba de
gozo. Cuando se separaron, las piernas apenas si la soportaban.
-¡Cielos! -susurró-. Valió la pena esperar.
-Y eso -dijo él con una sonrisa sexy- fue solo una muestra de lo que está por
venir. No puedo esperar a tenerte en casa.
Sarah se recostó en sus brazos.
-Jamie y Emma estarán encantados cuando oigan la noticia. Lo han pasado tan
mal aquí, Jed. Mi madre...
-Ya la he oído -meneó Jed la cabeza- desde fuera, por la ventana abierta.
Comprendo por qué no querías venir aquí. Has de haber estado desesperada. Nunca me
perdonaré por...
-Jed, no hay nada que perdonar. Estamos juntos ahora y eso es lo que importa.
-Tienes razón -le dio un beso en la frente-. ¿Cuánto te llevará recoger tus
cosas?
-¡Sarah! -chilló Deidree Hallston con rabia-¿Qué hace ese hombre en tu
dormitorio?
La alegró tener el brazo de Jed apoyado en los hombros cuando se dio vuelta
hacia su madre, cuyas mejillas estaban rojas de furia. Pero al ver la cara de Jed, el
color desapareció inmediatamente y se llevó la mano a la garganta.
Era obvio que pensaba estar viendo el fantasma de Chance.
-Éste es Jed Morgan, madre -dijo, elevando la barbilla con determinación-. Jed
me acaba de pedir que me case con él.
Los ojos de su madre se tornaron duros como el granito.
-Vas a cometer un gran error, señorita, si tú...
-He aceptado.
En el silencio que siguió a la declaración de Sarah, sintió el brazo de Jed
apretarla más.
-Bien hecho -murmuró-. Es hora de irnos, cariño.
Se oyó el ruido de pisadas que corrían por el pasillo y luego Jamie y Emma
entraron de sopetón en el dormitorio. Cuando vieron a Jed, se detuvieron en seco.
Emma fue la primera de recuperarse de la sorpresa.
-¡Tío Jed! -exclamó, y corrió hacia él.
-¡Tito Jed! -gritó Jamie, siguiendo a su hermana.
Jed soltó a Sarah y con una sonrisa los levantó en los brazos. Ellos se le colgaron
del cuello y le llenaron la cara de besos.
Cuando finalmente los depositó en el suelo, se le colgaron de los brazos como si
nunca lo quisieran dejar ir.
-¿Cómo es que has venido? ¿Te vas a quedar? ¿Cómo está Max? -le preguntaron,
elevando los ojos a él con adoración.
-Max está bien -dijo, cuando logró meter baza-. Os ha echado mucho de menos,
así que he venido a llevaros a casa conmigo.
Los niños chillaron de alegría.
Cuando finalmente levantó la mirada a Deidree para ver cómo se tomaba lo que
sucedía, descubrió que ella se había ido. Miró a Sarah a los ojos.
-Recoge tus cosas -le dijo-. Y date toda la prisa que puedas. Quiero llevaros de
aquí cuanto antes.
Tardó quince minutos en recoger sus cosas y luego llevaron todo hasta su
vehículo.
-¿Lo has alquilado? -preguntó Sarah al ver al Pathfinder.
-Lo compré en Kentonville.
-Está genial, tío Jed -sonrió Emma al subirse-. Y el tamaño justo para una
familia.
-Por eso lo he comprado, cielito.
-Tendremos que pasar la sillita de Jamie de mi coche. ¿Qué vamos a hacer con
él?
-Arreglaré para que se lo lleven -dijo Jed-. ¡No permitiré que mi mujer conduzca
un trasto! ¿No vas a despedirte de tu madre? -preguntó Jed, después de guardar todo
y asegurarle los cinturones a los niños.
-No -negó con la cabeza tristemente Sarah-. No quiere verme.
Durante años había albergado la esperanza de que su madre en el fondo de su
corazón la amaba. Pero ya no albergaba más esa esperanza. Deidree Hallston era una
mujer fría que no tenía la capacidad de amar.
Esa certeza era como una ducha fría que le arruinaba la alegría. Jed debió
sentirlo, porque se inclinó y le rozó la mejilla con un beso.
-Tranquila. Esto también pasará.
Ella logró esbozar una sonrisa, pero sabía que aunque el dolor y el rechazo
podrían mitigarse, nunca acabarían por desaparecer del todo.
-¡Mami -gritó Emma-, me he olvidado a Niña!
-Corre y tráela, cariño, que te esperaremos -dijo Jed, dándose la vuelta.
-Creo que me la dejé en el solario. No quiero volver allí -dijo Emma poniendo un
puchero-. Seguro que está la abuela.
-Yo la traigo -dijo Sarah, conteniendo un suspiro.
-Iré yo -dijo Jed.
-No, iré yo -dijo ella, negando con la cabeza.
La casa estaba silenciosa cuando Sarah entró al vestíbulo. La puerta del solario
entreabierta no hizo ruido cuando ella la empujó.
Sí, su madre estaba allí. Pero la imagen que presentaba detuvo a Sarah
abruptamente.
Deidree Hallston se sentaba desmadejada en una silla, apretando la muñeca de
Emma contra su pecho. Una expresión de total desolación se le dibujaba en el rostro.
Aturdida, Sarah dejó escapar un leve grito de sorpresa.
Su madre se enderezó y al verla, los ojos se le abrieron un instante. Luego
controló sus facciones en una rígida máscara que cubrió sus expuestas emociones.
-Has vuelto por esto -dijo con voz ronca. Se levantó y como un robot le alcanzó la
muñeca.
Madre e hija se miraron y Sarah supo que su madre nunca reconocería la pena
que la había invadido mientras esperaba que su hija se fuese. No tenía ninguna
intención de humillarla haciéndoselo ver. Agarró la muñeca.
-Jed es un buen hombre, madre -dijo suavemente-. Y ahora, es de la familia.
Cuando quieras, ven a visitarnos.
Su madre abrió la boca, pero no dijo nada.
Si hubiese sido ficción, se habrían echado una en los brazos de la otra, pero
nunca había habido contacto físico entre las dos y ahora era muy tarde para
pretenderlo.
Se dio la vuelta y caminó por el vestíbulo envuelta en la pena.
-Quizás -la voz estaba tensa-, podrías mandarme una invitación a tu boda.
Sarah se dio la vuelta y a través de la puerta, vio a su madre parada en el medio
del vestíbulo. Se dio cuenta con sorpresa que Deidre Hallston parecía débil y vieja.
-Sí -dijo, con los ojos velados por las lágrimas-Lo haré.
Cuando volvió al coche, Jed estaba junto a la puerta del pasajero con la mano en
el techo. Alzó las cejas interrogantes.
-¿Por qué has tardado tanto? ¿Problemas?
-No -tiró a Niña a los ansiosos brazos de Emma-. Ya te contaré.
Se deslizó a su asiento y elevó los ojos hacia él, rebosante de felicidad.
-Mientras tanto -dijo con una radiante sonrisa-, vayamos a casa.

Grace Green - La mujer de su hermano (Harlequín by Mariquiña)