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El caracol y la diosa

Enrique Araya

INTRODUCCION

Egresado de la facultad de ciencias jurídicas, no me detuve a considerar lo sorprendente


que resultaba este hecho, dada mi profunda ignorancia en dichas ciencias, y decidí preparar la
"memoria" para optar al título de abogado. Consciente de la repugnancia que me causaban los
estudios jurídicos, elegí un tema de medicina legal, pues los conocimientos psiquiátricos siempre
me parecieron atrayentes. Me presente ante el jefe del seminario correspondiente, diciéndole:
-Quiero hacer la memoria sobre "la esquizofrenia y la responsabilidad penal".
El profesor creyó tal vez que esa perturbación mental era mi especialidad, a la cual ya
habría dedicado muchas horas de concentrado estudio, y aceptó gustoso al tema. En realidad, yo
ignoraba el significado de la palabra esquizofrenia, nada sabía de psiquiatría y sólo había divisado
un loco en mi vida.
Cuando era niño, transitaba todos los días frente a mi casa un caballero inglés que daba
muestras evidentes de tener alteradas sus facultades mentales. Alguien me había dicho que
padecía de delirium tremens. Juzgaba yo muy en consonancia el aspecto del caballero, su
nacionalidad y el nombre del mal que le aquejaba. También oí que dicha enfermedad era causada
por excesos en la bebida y, sin que nadie me lo advirtiese, comprendí que no se referían al agua ni
a las bebidas gaseosas esos excesos.
Mi atención infantil concentrábase hasta el éxtasis cuando veía aparecer en mi calle la
pintoresca figura de Mister John: la tez rojiza y amoratada, la mirada fulgurante y un leve temblor
de onda corta en todo su cuerpo.
Daba algunos pasos decididos y, de pronto, tal si alguien le tocase por la espalda o le insultara,
volvíase colérico, agitaba su bastón en el aire y profería enérgicas amenazas. Tornaba luego a
seguir su camino, y pocos pasos más allá volvía otra vez a sus violentas actitudes. Esto, unido al
acento extranjero de sus palabras y el misterio que para mí encerraba su extraña conducta, me
agradaba sobremanera, aunque no dejara de causarme cierta compasión.
Pasaron los años y yo, sin que pusiera empeño voluntario de mi parte, elegí. Siempre
seguí viendo transitar a Mister John por la calle alegre en que vivía mi familia.
Cuando yo tenía unos 20 años, entre una tarde sofocante de verano en una taberna a
beber vino con duraznos. Atracados al mesón, como barcos a un muelle porteño, había tres
parroquianos. En el altillo destinado a la orquesta dormían un piano y otros instrumentos musicales
que, en las noches, mal rentados y desaliñados artistas despertaban. Esa tarde sentose frente al
teclado marfileño Mister John. Los misioneros le miraban con simpatía porque, sin gasto alguno ni
perjuicio para nadie, todos los días daba largas audiciones. Ellos me dijeron que Mister John era un
gran pianista, que tocaba de memoria; más aún, que eran creaciones de su cerebro delirante.
¡Cómo me impresionó esa música frenética, exaltada y vibrante! Daba la impresión de asistir y
escuchar un concierto del demonio. Nada entendía, ni entiendo, en técnica musical; pero existe
una música que tiene para mí resonancias emotivas, hondas, misteriosas, excitantes, dolorosas,
cual la que Mister John improvisaba esa tarde en el altillo orquestal de la abandonada taberna. Yo
miraba atónito como, con arrebato febril, sus manos temblorosas encendían en el teclado una
danza macabra, engendro de los gnomos de su mente delirante.
"Loco", "creador", "genio", eran también gnomos que danzaban en mi cerebro esa tarde,
procurando en vano unificar el caótico de Mister John. "Algunos locos no son despreciables del
todo, y, a lo mejor, son genios incomprendidos -pensaba yo-. ¿Quién sabe si Mister John en
realidad es insultado por seres invisibles, fantasmales?".
Los dedos, cual demonios que huyeran al averno, recorrieron el teclado en vertiginosa escala hacia
las notas graves y allí tocaron octavas profundas. De pronto, detuvo Mister John su ejecución,
inclinó la cabeza y permaneció inmóvil unos instantes. Se incorporó rápidamente, se dio vuelta,
discutió iracundo con sus imaginarios perseguidores y empezó a lanzar bofetadas al aire, mientras
gritaba:
- ¡Déjame! ¡Maldito! ¡Bribón!
Retrocediendo, sus glúteos tropezaron con la barandilla de la elevada plataforma, se curvó
su rostro en el espacio, perdió el equilibrio y cayó desde la altura al tablado del primer piso.
Corrimos todos. Cuando llegamos a su lado, ni un leve oleaje inflamaba su pecho, y el
temblor de sus miembros había cesado para siempre.
Esta escena macabra vinculó en mi subconsciente la locura, la genialidad y la tragedia, y
contribuyó seguramente aquello eligiera una tesis de medicina legal para mi memoria de abogado.
El que fuera muchas veces al manicomio para observar esquizofrénicos fue la causa de
que conociera a Sebastián y, sorprendido por su extraña personalidad, me dedicara a estudiarla y
que, desviado el fin de mi objetivo, no terminara la memoria y evitar, en cambio, las de aquel.
Esa mañana de otoño, en que por primera vez llegaba yo hasta la ciudad de los locos, un
sol pálido y enfermo arrancaba tenues sombras a los árboles del parque y la proyectaba
suavemente sobre la tierra húmeda y musgosa. Por entre esas sombras inmóviles y tristes,
deambulaban las sombras más tristes de los enajenados.
Atrajo mi atención un joven de unos 25 años, de rostro apacible y mirada taciturna.
Permanecía siempre sentado en un banco, y si caminaba lo hacía con tan absurda lentitud que
movía a risa. Eran sus pasitos tan cortos, que no medían más que largo de su pie, y los daba con
tal lentitud que parecía no avanzar.
Pregunté a un enfermo por aquel joven alienado y me dijo que le llamaban "el caracol" y
era un delirante; que si deseaba saber más del podía solicitar sus antecedentes en la sección
archivos clínicos, entre los cuales se contaba su autobiografía.
Ese mismo día fui a los archivos del manicomio y empecé a leer las memorias de
Sebastián. Su letra era endemoniada, muy descuidado el lenguaje, y el pensamiento muchas
veces impreciso. Desde las primeras frases me cogió tal entusiasmo por la vida arrastrada del
joven, que resolví ordenar sus papeles y editar su autobiografía. De vez en cuando me apartaré del
texto original, pero sólo en cuanto lo exija la mejor comprensión del espíritu mismo en aquel
contenido.
Procura, lector, a través de sus páginas, comprender el alma desde joven delirante.
Delirante como tantos hombres en la tierra.

CAPÍTULO I

Tenía 19 años y acaba de rendir bachillerato con nota ocho -siendo la máxima diez-, cuando los
periódicos anunciaban con letras inmensas en la tercera guerra mundial, la guerra atómica, era
inminente.
Ya se había ensayado una bomba atómica, y se había llegado a la conclusión de que sus
resultados eran eficaces: la destrucción y la muerte de los tres reinos -mineral, vegetal y animal- en
una extensión de cien kilómetros cuadrados. Para ser la primera bomba fabricada, podía
considerarse como un éxito.
Mi madre estaba separada de mi padre, y yo me había quedado con ella, solos en el mundo. Fácil
es comprender que la pobrecita tratará por todos los medios de impedir que una de esas bombas
cayera sobre mí.
Cuando empezaron a aparecer, pegadas en las fachadas de las casas, grandes hojas de papel con
listas de ciudadanos que debían acantonarse, debo confesar que sentí miedo. Frente a cada una
de estas listas congregábanse individuos buscando sus nombres, o más bien, tratando de no
encontrarlos. Yo preferí no leerlas y comunique mis temores a mamá. Ella se puso pálida,
enmudeció unos instantes y, por fin, exclamó:
-_Era lo que faltaba para hacer más grande mi soledad y tormento: que me llevaran a la matanza al
único hijo, que he criado, cuidado, lavado y educado a costa de mis energías, ya tan agotadas. Tú
no vas a la guerra, hijo mío. Te quedarás en casa.
-Pero, mamá, vendrán a sacarme de aquí a tirones -respondí yo.
-Te esconderé -concluyó mi madre.
A fin de no extender demasiado mi relato, diré que ella se valió de un albañil que vivía muy lejos de
nuestra casa para hacer una falsa muralla al lado de la chimenea, en el hueco de la escalera. Así
obtuvo una pequeña celda de un metro cuadrado, más o menos, que comunicaba por el cañón de
la chimenea con el exterior, de la cual se entraba por una abertura, del diámetro de mi cuerpo, que
daba al hueco de la escalera. Después que hube entrado, mi madre tatuó esa abertura con tablas y
colocó allí cachivaches inservibles, para disimular. Mi pobre madre colocó en el pavimento de mi
celda una piel de ternera holandesa, blanca y negra, y sobre ella un sillón de escritorio, con
balancín, bastante confortable. Convenimos en que no saldría de allí hasta que la guerra hubiese
terminado y estuviera firmado el armisticio. Estuvimos muy de acuerdo en que sería peligroso
empezar a hacer excepciones en cuanto a la continuidad de mi encierro, pues terminaría por pasar
fuera y enjaularme sólo cuando viene el peligro cercano.
Los alimentos no serían entregados por la abertura que comunicaba mi celda con el hueco de la
escalera, y cada vez se cerraría la tapa y se colocarían junto a ella los trastos inservibles.
Un domingo, después de besar mi madre, entré en mi celda.
Constituyan mi indumentaria: un gorro de lana blanca, una camisa, un suéter, un chaleco de lana,
calzoncillos, un pantalón azul de diablo fuerte, calcetines de lana gruesa y botas. Además, llevaba
guantes de lana, tejidos a palillo por mi madre.
Llevé conmigo un solo libro: "tratado de filosofía", de James Klaustky.
Allí no había posibilidad de adoptar la dulce posición horizontal; pero como no haría ejercicio, el
sillón sería suficiente para reposar del día y de noche. Además, llevé conmigo 10 cuadernos de 100
hojas cada uno y 10 lápices.

***

8-julio-1950. Hoy a las 10 A.M. entre en mi celda destinada a proteger me contra la tercera guerra
mundial, que es considerada inminente por la prensa. El día estaba luminoso y la primavera
empezaba a manifestarse en los árboles de reportos del parque cercano a mi casa. Estuve en el
una media hora antes de encerrarme y pude ver cómo los niños jugaban de los prados. Felices
ellos, que podrán seguir viendo las flores, el aire cristalino; que podran caminar, correr y brincar, sin
estar expuestos a que los lleven al regimiento y los equipen para guerrear.
Mi pobre madre sólo me tienen bien en un, y preferible será estar aquí enjaulado, cerca de ella,
quien libertad, distante, y expuesto a perder la vida. He aceptado este encierro para su felicidad y
también-¿por qué no decirlo?- Debido a que sentía un poquito de miedo; más bien, un pánico
espantoso.
Trataré de ser feliz mientras dure esta prisión. Difícil será, más haré lo posible.
Tengo un reloj de oro que es muy exacto en el cumplimiento de su deber; todas las noches le daré
cuerda para saber cómo transcurre el tiempo.
Hace pocos días, mi madre me compró un par de zapatos que me apretaba mucho; me han hecho
algunas rasmilladuras y tengo aún bastante doloridos mis pies. Me consuelo pensar que aquí
sanaré de ellos. Si hubiera tenido que partir al frente, no sé qué habría sido de mis pobres
extremidades.
Cierto es que será un poco aburrida mi vida. No tendré con quien hablar. Mas era poco lo que
habla bastante libre. Desde luego, la conversación con mi madre no me entretenía. Era casi
siempre lo mismo: consejos para evitar los peligros.
A las dos y media sentí ruido en la que cierra la brecha por donde entre a mi celda. Era mi madre
que me traía el almuerzo, una bacinica y una hoja de papel higiénico y constaba de seis hojas.
Siempre disputados por que yo sostenía que tres veces con dos hojas era suficiente para limpiarse,
y yo porfiaba que necesitaba ocho hojas. Ya está imponiéndome sus convicciones. Estoy vencido.
Ara de mi cuanto se le antoje.
El almuerzo fue un huevo duro, un vaso de leche, dos zanahorias y una naranja. Todo venían un
plato. Es una comida que, según ella, contiene todos los elementos nutritivos suficientes.
Después de almuerzo dormí siesta. Soñé que estaba en una trinchera en el frente. Al despertar,
senti la alegría enorme de comprobar que me hallaba muy lejos de la guerra.
Claro que esto no es entretenido.
Por la chimenea se renueva constantemente el aire y no hace ni frío ni calor.
He leído el primer capítulo del "tratado de filosofía", que versa sobre el tiempo y el espacio. He
llegado a la conclusión que nada es más adecuado para mi aislamiento de las disciplinas
filosóficas. Para filosofar no necesito laboratorios, experiencias, viajes, ni nada; le basta la luz de
mi espíritu y la tranquilidad de que disfruto. Pienso que llegaré a ser el primer filósofo del planeta y
que cuando salga de aquí las naciones me ungiran como un profeta me ganaré la vida como tal.
A las ocho de la noche me cansé de creer y escribir y me entregue a un largo sueño.

***

10-julio-1950. Anoche soñé que tenía el extraño poder de matar los hombres con sólo clavar mi
mirada inflamada de odio en sus ojos. Me levantaba muy de madrugada -lo que es contrario a mi
costumbre y naturaleza- y salía por una calle. Individuo que se cruzaba en mi camino, caía
fulminado por el rayo de mis ojos. A las mujeres jóvenes y bellas les miraba las piernas y las dejaba
seguir viviendo. Los ancianos cayeron al suelo al instante. Maté a todos los perros y hombres que
vi.
Llegué a mi casa y le conté a mi madre, sin mirarlo, lo que me sucedía. Ella me reprocho que
dejara vivas a las mujeres y, falsamente, le prometí asesinarlas en el futuro.
Volví a salir, subí al taxi y desde allí, cómodamente sentado, fui asesinando a los transeúntes.
Cuando ya llevaba recorrida casi toda la ciudad, el conductor del vehículo, extrañado, me dijo:
- mire señor, ¿dónde quiere usted ir?
- Siga por donde quiera -le respondí.
- Es que ya es hora de comer y dormir.
Lo llamé para que me dirigiera su mirada y lo asesiné. Tomé el volante y, a gran velocidad, seguí
casando a todos los habitantes de la ciudad. Me dirigí a un aeródromo, me trepé a un avión y
recorrí el mundo sembrando la muerte. Di otra vuelta al planeta, en viaje inspectivo, para
cerciorarme de que ningún individuo del sexo masculino quedara vivo. En efecto, no había ni uno
solo. Entonces volví a mi casa muy satisfecho y le di cuenta mi madre de la tarea realizada. Les
preguntó por qué había dejado vivas a las mujeres, y le respondí:
- porque quiero crear una nueva especie humana a mi imagen y semejanza. Las fecundaré a
todas.
- Te debilitarás, hijo mío -me arguyó.
- No importa, es mi deber.
- ¿Por qué te sientes obligado a ello? -Me preguntó.
- Porque soy el único hombre bueno.
Mi madre se fastidio un poco y me dejó solo para irse a la cocina a preparar el almuerzo.
Tendido en un sofá, me sumí en una dulce somnolencia. ¡Qué bien se sentía siendo el amo del
planeta! Divague mucho rato. Siendo el único, todas las mujeres de la tierra me amarían a lo iban
como Taibo un repaso de haber ya de por. De pronto me pinchó una duda: ¿y si se organizaban
para esclavizarme?
Al despertar emiten ciñes en, sólo, gran congoja me invadió. Pero luego pensé en las mujeres eran
temibles, según había oído decir a mi madre, y me consolé.
Había olvidado consignar aquí que mi madre no sólo sería el germen los horrores que peligros de
la guerra, sino también reservarme de las "asechanzas del mundo", entre las que se contaban las
mujeres, los vicios, desde cigarrillos de la morfina, etc.

El día fue sin novedad. Junto con el plato del almuerzo, mi madre me paso un periódico, en cuya
primera página, con enormes letras rojas, se leía: ES INMINENTE LA GUERRA ATÓMICA
MUNDIAL.
Solo leí algunos títulos; luego me aburrí y arrojé el periódico. Yo estaba muy seguro allí en mi
pequeño dormitorio-living-comedor-toilette. Preferí dedicarme a la filosofía, a escribir mi sueño de
la noche anterior y a consignar mis impresiones del día.
12-agosto-1950. Hoy golpeó con violencia a las puertas de mi mente la duda de si no estaré
equivocado al cambiar la guerra atómica por este encierro. ¿Pero que haría en el frente? Andar,
correr, pasar miedo y matar. No, estoy mejor aquí, tranquilo, meditando, estudiando filosofía y
escribiendo.
Cierto es que andando de un lado para otro Vería muchas cosas. Pero aquí puedo imaginarlas a
voluntad, con la gran ventaja de que selecciono imágenes gratos al espíritu y al cuerpo. ¿que
beneficios me reportaría ver un avión rugiente y amenazador del cual podría caer una bomba?
Preferible es imaginarlo, que caiga la bomba y no me dañe. El mundo es muy peligroso y mejor es
crearlo con imaginación, adaptarlo a nuestro modo de ser solo por curiosidad infantil se contempla
la realidad y se padecen sus crueldades.
¿que estando libre Podría ver una muchacha, enamorarla y hacerla mía? Sí, pero ¿Y las
consecuencias que mi madre me ha señalado?

No Sebastián, no te dejes seducir por los embriagadores cánticos de las sirenas de la realidad. Mi
madre creyó en ellas y sufrió. Yo aprovecharé su experiencia. Seré el único muchacho que siguió
los consejos de los mayores, y así evitaré todo dolor. Seré el único que no necesitó vivir la vida
para conocerla. Prescindiré de alegrías y dolores, porque la experiencia unánime afirma que éstos
son mucho mayores que aquéllas. Todos los tontos dicen, en cuanto tienen uso de razón – si es
que la tienen-: “Yo seré la excepción que, en el balance final de mi vida, obtendré un saldo a favor
de felicidad”. Muy tarde comprueban que en el pasivo están casi todas las partidas y en el Activo
alguna que otra alegría o emoción placentera.

Tengo mi cerebro despejado y me siento feliz de escuchar el torrente sanguíneo que corre seguro
por mis ríos y canales. Yo vivo, existo. ¿Qué más puedo desear? La vida me fue dada y no puedo
rechazarla; pero soy dueño de no correr afanoso tras quimeras inalcanzables. Presiento que mi
espíritu se engrandecerá con esta inmovilidad y llegaré a vivir una súper-realidad imaginativa.
28-septiembre-1950. Sólo llevo ochenta días en este encierro; sin embargo, esta modalidad de vida
ha tenido ya algunas repercusiones en mu cuerpo y en mi espíritu: mi apetito ha disminuido y he
comido menos, ya que nadie ni nada me fuerza a ingerir más alimentos que aquellos que mi
cuerpo solicita; mis excrementos -¿por qué digo excrementos, cuando este diario de vida no lo verá
persona alguna? – mi caca ha mermado; igualmente la orina se ha reducido; mi rostro está eriazo
por las púas de mi barba fuerte y la superficie de todo mi cuerpo está aceitosa debido a la natural
exudación de los poros. Si mi encierro se prolonga por mucho tiempo, ¿seguirán en aumento estas
manifestaciones de la vida sedentaria? Cierto que no es absolutamente sedentaria, porque todos
estos días me he incorporado de vez en cuando y he permanecido de pie algunas horas,
contrayendo todos los músculos de mi cuerpo. Es agradable hacer fuerzas sin necesidad alguna,
nada más que la que se nos antoje. Es muy distinto a la energía que se gasta realizando un trabajo
físico con una meta prefijada. En este sentido soy muy feliz. El individuo en libertad es obligado por
otros, o por su propia voluntad, a realizar esfuerzos corporales que sobrepasan sus más
espontáneos deseos. Yo recuerdo que los días domingos, en que podía libremente dedicarme a la
inmovilidad absoluta, ordenaba a mi cuerpo que se levantara del lecho y fuese de acá para allá en
persecución obsesionada de una vaga posibilidad de alegría, de dicha. El resultado era siempre el
mismo: volvía con el alma seca y con el cuerpo fatigado. Y veía que lo mismo le sucedía a mi
madre, a Eliana, la cocinera, e incluso al gato de nuestra casa.

¿Qué me importa ver disminuir día a día mis desperdicios fecales, mi apetito, etc., si me
libro de participar en esta guerra atómica? ¿Qué llegaré con el tiempo a heder como un chingue, a
estar tullido y barbudo? Muy preferible a ser desintegrado o correr de un lado a otro cazando
hombres como si fuesen ratones. Aquí, inmóvil, apretujado por estas cuatro paredes tan cercanas,
mi espíritu gozará de una paz inefable. Y sólo el espíritu es grande, digno y eterno; más aún, el
cuerpo sólo existe mientras el espíritu lo cohesiona, organiza y guía.

Las uñas me han crecido ostensiblemente. Es probable que ellas se desarrollen más
rápidamente cuando el cuerpo está inmóvil. Lo mismo parece acontecerle a los pelos de la cabeza.
¿Por qué será? He oído que a los muertos les siguen creciendo los cabellos y las uñas. ¿Existe
alguna semejanza entre los muertos y yo? No tengo textos ni persona a quien pedir explicación
sobre este fenómeno. Por otra parte, poco me importa averiguarlo.

Mi madre, por economía, nunca prendió la chimenea que forma parte de mi pequeña
habitación. Quizás por esa causa hay adherido al muro un óvulo sedoso que parece ser el
receptáculo de los huevos de algún insecto. Siento no haber atendido en clase de zoología y no
haber estudiado esta ciencia, pues ahora me habría entretenido en clasificar ese nido y en deducir
por sus formas y características que clase de bichos se incuban allí. De todas maneras, observaré
el proceso evolutivo de esos gérmenes. Ellos, como yo, viven una etapa de preparación en el
silencio y recogimiendo de sus celdas.

Por hoy, dejo mi diario para continuar la lectura del “Tratado de filosofía”. ¡Qué cautivadora
es esta rama del saber humano! Raíz o fuente de todo conocimiento.

30-septiembre-1950 A la orilla del plato que me pasó mi madre al mediodía venía una mosca
comiendo. La ahuyenté y voló. La he observado largas horas. ¡Qué perseverancia tenía para
alimentarse! Por último, cuando me aburrí de ella, le di un manotazo contra mi muslo y la maté.
¡Pobre animalillo! ¿Qué mal hacía? El pobre cumplía con el mandato imperioso de su especie: vivir
y reproducirse. Sí, pero no he procedido mal al darle muerte, pues yo tengo que obedecer mi
propio instinto de conservación, y ella atentaba contra mi vida. Si la hubiese dejado en paz habría
puesto huevos y sus hijos, nietos, biznietos, etc., habrían terminado por desesperarme. Yo tenía
derecho a matarla y estoy exento de responsabilidad, por cuanto he procedido en defensa propia.
Me preocupo de analizar mi situación, porque siempre he considerado que ningún ser tiene
derecho a matar a otro, aunque lo considere de inferior jerarquía, si no atenta contra su vida. Esta
convicción fue la que me llevó a ser vegetariano. Siempre consideré un crimen privar de la vida a
los inocentes animalitos –gallinas, codornices, liebres, terneros, puercos, etc.- por el solo motivo de
que sus carnes nos agradan al paladar. Mientras el hombre se alimente de carnes, no podrá
apagar su instinto bélico y existirán las guerras. Basta observar las costumbres culinarias de las
diversas especies animales para comprender que la mansedumbre guarda directa relación de
causa-efecto en el vegetarianismo. Los leones, tigres, chacales, buitres, etc., todo animal carnívoro
es perverso, cruel y feroz. Los únicos animales que pueden y deben ser exterminados son los
carnívoros. La mosca es carnívora, y por eso tengo limpia mi conciencia.

5-octubre-1950 Otra cosa que he notado desde el día en que entré en mi celda es la
disminución progresiva del sueño. Anoche debo haber perdido la conciencia cerca de las doce y la
recobré a las cuatro de la madrugada. ¿Pero qué importa, cuando no siento sueño? Y si lo sintiera,
me dormiría. Ha de ser porque debido a la inmovilidad no necesito dormir más. Quiere decir que
viviré más horas de conciencia. Por lo demás, el dormir mucho entorpece, embota las facultades
mentales. Cierto es que el sueño es necesario para desintoxicar el sistema nervioso; mas en el
caso mío, seguramente, se produce leve intoxicación, ya que sólo trabajan mis células cerebrales.

Noto que mi imaginación es muy viva, ágil, dinámica. Las imágenes que aparecen en mi
mente tienen más consistencia, más realidad; semejan el objeto que representan con tal fidelidad,
que me siento inclinado a creer que estoy en presencia del objeto mismo.

Anoche, antes de dormirme, la imagen de mi madre apareció en mi mente con tanta nitidez
y relieve que, torpemente, le dije:

-¿Cómo estás, madre?

- Espléndidamente. ¿Y tú? – me respondió.

- Si así estás tú, madre querida, mejor estoy yo.

Seguimos dialogando un buen rato, hasta que perdí la conciencia.

Esta agudización de mi fantasía es natural, y no creo por un momento que se trate de una
perturbación mental. Me resulta ventajosa en este aislamiento en que vivo, y si dependiera de mi
voluntad la fomentaría más aún. Es la vigorización de las fuerzas mentales por la atrofia de las
musculares. Si estoy solo y nadie leerá mis anotaciones, ¿por qué no decir francamente que estoy
inteligentísimo? Claro: Estoy genial. Dificulto que haya en el mundo un individuo de veinte años
más inteligente que yo. Soy el campeón del mundo en vigor mental. Si mi capacidad continúa
ensanchándose, llegará un día en que seré capaz de resolver todos los enigmas del universo. Seré
como Dios. Seguramente una vez que se descubre el resorte fundamental del cosmos, toda su
maravilla se desvanece y pasa igual que con el juguete que se desarma.

Ahora comprendo el sentido de mi destino, la misión que me toca cumplir, la razón de este
encarcelamiento voluntario.
13-octubre-1950. Junto al desayuno, silenciosamente, mi madre me pasó un periódico. En
la primera página, con letras rojas inmensas, decía:

EQUISLANDIA DECLARA LA GUERRA A ZETALANDIA. UNA HORA DESPUES, BOMBAS


ATOMICAS REDUJERON LA CAPITAL DE ESTE PAIS A UN MONTON DE ESCOMBROS.

Después de leer estos dos títulos, me preocupé de beber mi taza de leche para evitar que
se enfriase. La acompañaban dos galletas de agua. Parece que amanecí con más apetito que ayer.
Tal vez ello sea debido a que la mañana estaba fría y a que dormí bastante mal. Tuve una pesadilla
atroz. Soñé que mi madre se enfermaba, la conducían a un hospital y yo moría de hambre. El
sueño no podía ser más desagradable. Después de muerto, mi espíritu se asomaba por el extremo
de la chimenea y veía mi cuerpo exánime, devorado por gusanos. Entonces yo pensaba: “¡Oh los
gusanos que se alimentan de cadáveres: expresión elocuente de la perversidad de los carnívoros!”

Estaba tan aniquilado con ese fatídico sueño, que no tuve ánimos para leer el periódico y
casi todo el día lo pasé soñoliento, en un estado de semi-conciencia bastante reparador.

20-octubre-1950. Estos días he meditado hondamente acerca del sentido de la vida, no


sólo de la humana, sino también de la puramente animal, vegetal y mineral. Los seres de estos tres
últimos reinos obedecen ciegamente al mandato de sus naturalezas. Los objetos inanimados se
están quietos e impasibles cumpliendo las leyes de la inercia. Dentro de ellos, cada partícula gira
presurosa e incansable, obediente a las leyes del movimiento nuclear. Si el viento o el agua corren,
es por obediencia. Si el vapor se remonta hacia lo alto de la atmósfera, se condensa y vuelve a
caer, es por sumisión. El vegetal, silencioso, roe las entrañas de la tierra, aspira el gas carbónico
del aire y expele oxígeno. El animal de nutre de aquellos elementos que su instinto le señala y
guiado por éste huye del peligro y se reproduce.

El hombre, en cambio, aguijoneado por la curiosidad de su peligrosa inteligencia, ha


adquirido la manía de contrariar las leyes naturales. Como un niño obsesionado y caprichoso, se
ha dedicado a vencer la ley de la inercia. El Demonio, hace muchos siglos, le musitó al oído el
secreto de la rueda y desde ese día la humanidad desciende por la pendiente del tecnicismo. La
rueda no existe en la naturaleza, y el hombre al descubrirla se apartó de ésta. He ahí el pecado
original y la condenación del hombre. Alejado de la naturaleza, sedante y tranquilizadora, se ha
transformado en un loco excitado, maníaco, dinámico, que carece de paz espiritual e ignora el
sentido de la vida.

Mientras así discurría mi entendimiento, penetraron por el orificio de la chimenea unas


extrañas voces interrogantes:

-¿Y el progreso?

Al principio me sobrecogí y callé; mas, luego que me hube tranquilizado, respondí:

-¿Hacia dónde nos llevará el tal Progreso? A la degeneración y a la desdicha.

Me aprontaba a seguir con mis argumentaciones tendientes a demostrar lo engañoso del


progreso, cuando me sobrevino una somnolencia abrumadora. Mi imaginación se hacía más viva y
mi penetración mental era formidable, pero mis párpados pesaban horriblemente y mi cuerpo
languidecía. Era como si mi cuerpo se hubiese muerto y mi espíritu liberado flotara por ignotas
regiones. Tras algunos instantes de vaguísimas ensoñaciones, mi alma, espíritu, cuerpo astral, o
como quiera que se llame aquella parte etérea del ser humano, llegó hasta la pequeña taberna
donde yo acostumbraba a beber cerveza.

Una vez allí, mi atención se fijó de lleno en un individuo tan extraño, que era imposible
quitar mis ojos de él. Estaba sentado ante una mesita, un poco distante de las demás gentes y
como absorto en meditaciones. Había poca luz y los parroquianos parecían no haberlo visto. Yo
estaba de pie junto al mesón, en espera de mi pedido. Cuando me trajeron el plato con mi
emparedado de queso y la cerveza en vaso de greda, no pude contenerme, cogí todo y me
trasladé a la mesa del extraño personaje. Antes de solicitad su autorización para sentarme frente a
él, me miró a través de sus gruesos cristales ahumados, semejantes a los fondos de botellas
cerveceras, y me dijo:

- Sí, me agradaría que me acompañase.

Dejé mis cosas en la mesa, tomé asiento, fingí una tos y procuré disculpar mi
intromisión:

- Yo creo haberle conocido, señor…

- Le comprendo… - respondió, sonriendo levemente.

Su enigmática y lacónica frase me desconcertó, al punto de que pensé en retirarme; pero


me contuve, bebí un largo trago y volví a fingir tos.

Esta taberna no era muy elegante y no llamaba la atención que alguno de los asistentes
estuviera comiendo con el sombrero calado. Así estaba el extraño personaje; además tenía el
cuello de su sobretodo levantado. Parecía tener mucho frío, a pesar de lo calurosa que estaba esa
noche de verano.

Mirándome a los ojos en forma tan extraña que sentí un escalofrío de terror, me dijo:

-Lo he citado…

-Señor, yo he venido sin ser citado por nadie – le interrumpí, a fin de evitar equívocos.

-Lo he citado, porque estoy impuesto de su ideología, tan insólita en esta época, y quería
darle algunos consejos.

Sentí deseos de insistir en que yo había llegado allí por azar o más bien, por hábito; pero
su mirada me anonadó, guardé silencio y bajé la cabeza, confundido.

-He tenido deseos de entrevistarme con usted porque estoy seguro de que es la única
persona en el planeta que puede aprovechar mis experiencias. Pero antes debo hacerle ciertas
aclaraciones indispensables. Es completamente inoficioso que mienta, porque estoy en
condiciones de leer hasta el más oculto o débil de sus pensamientos o sentimientos. No tenga
temor alguno, pues carezco de malas intenciones hacia usted o hacia cualquier otro. No dude de
mis palabras, porque no acostumbro mentir, ni podría hacerlo.

Yo estaba tan aterrado, que quise manifestarle mi propósito de cumplir sus deseos; pero
las palabras no llegaron a mis labios, los pegué al borde de mi vaso y bebí.
-¿Qué le parece que consumamos el pedido y nos vayamos? – me preguntó.

-Muy bien –respondí.

-¿No quedamos en que no mentiría? Si desea permanecer aquí otro rato, así lo haremos.
Usted quiere beber otro vaso de cerveza y comer más emparedados. Muy bien, tiempo habría para
todo.

Tuve deseos de volcar la mesa y huir, pero me sentía como encadenado a ese misterioso
individuo.

-¿Quiere usted comer algo? –le pregunté muy amablemente y significándole con el tono de
la voz que yo pagaría lo que consumiera.

-Le agradezco, pero yo no como de esta clase de alimentos.

Me sentí ofendido, porque creí entender que despreciaba la taberna que yo frecuentaba.
Pero él desvaneció al instante mi enfado:

-No crea usted que considero malo el establecimiento o su comida.

Preferí beber el resto de cerveza para no delatar mi escepticismo. A pesar de ello, mi


compañero dijo:

-Es natural que le sorprenda, porque usted cree estar con un semejante, pero se equivoca.
Yo aún no existo, en el sentido que usted atribuye al verbo existir. Me explico: yo naceré a la vida
corporal, temporal y espacial el 28 de septiembre del año 20.912. Sin embargo, ahora existo en lo
Absoluto. En realidad, en la fecha indicada, mi actual existencia sufrirá una merma o disminución
por un corto período de tiempo: 42 años.

“Sí, si comprendo su problema – continuó el extraño personaje-. Sucede que usted, por
estar “embarrado” en ese cuerpo que está sentado ahí, no tiene la lucidez necesaria para entender
que pasado, presente y futuro son etapas aparentes –reales sólo para la mente humana- de una
sola entidad: la existencia. Más aún, en su estado le resulta difícil concebir que las existencias de
los diversos seres no son más que apariencias sensoriales del Ser. Usted, ese señor gordo que
bebe, esa señora colorina, el tabernero, ese tubo de luz fluorescente, en fin, todos los seres no son
más que imágenes de la mente universal. Cuando un escritor concibe y crea un personaje, da vida
a un fantasma debilucho. Ese personaje, aunque débil, existe. Es la creación del hombre.
Comprenda usted que los personajes del Ser forzosamente han de ser más consistentes que los
creados por los hombres. A tal punto llega la fuerza de estas imágenes de la Mente Universal, que
ellas se creen autónomas, libres, dueñas de su existencia.

Yo estaba que no podía más escuchando esas complejas teorías y sentía deseos de
ahogarme en cerveza. Me creía loco, alucinado, muerto. Entonces, mi fatídico compañero propuso:

-¿Vamos a dar una vuelta por el parque?

-Con todo gusto –respondí.

Llamé al mozo y pagué la cuenta. Mi acompañante no hizo amago de sacar su billetera.

-Yo no tengo dinero –explicó.


Sabiendo que era inútil mentirle, le dije:

-Muy lamentable.

-Lo comprendo –respondió con aire de satisfacción al ver que yo entraba en vereda al no
mentirle, aun a riesgo que mis pensamientos le ofendieran.

Serían las once de la noche y el parque estaba sumido en un vaho de obscuridad y tibieza.
Cerca de los faroles nadie había. Lejos de ellos se divisaban siluetas de enamorados que daban
muestras ostensibles de su enfermedad.

Mi compañero y yo, sin haberlo acordado, marchábamos lentamente hacia un banco que
resplandecía bajo los rayos de un farol. Aunque poco le miraba, yo comprendía que la temperatura
ambiente le resultaba desagradable. Así lo evidenciaban sus repetidas maniobras para mantener el
cuello de su gabán bien cerrado y leves tiritones de todo su cuerpo menguado. Yo sentía un calor
aplastante y mis pulmones se quejaban de la tibieza del aire.

Ya sentados, creí del caso decir algo y, por ahuyentar ese silencio ingrato, le dije:

-¿Me podría decir su nombre?

-Me llamarán X-Z 482

Creí que se burlaba de mí. Pensé decirle que me parecía muy bello su nombre; mas al
recordar que era vano mentirle, agregué:

-Debo confesarle que me sorprende.

-En el futuro los individuos serán denominados por letras y números. Un sistema idéntico al
que se usa actualmente para individualizar los vehículos. Aunque no del todo igual, pues la patente
de cada persona derivará y dará razón de la que tuvieron sus padres y antepasados. Es un sistema
muy ingenioso que creará un matemático alemán del siglo XXX.

Era tan cordial la entonación de su voz y tan suave el movimiento de sus ademanes, que
una ola de confianza hacia él me invadió y pude mirarle sin tapujos. Volvió hacia mí su rostro, se
quitó el fieltro, bajó el cuello de su sobretodo y me dijo:

-Comprendo su curiosidad por ver mi rostro.

Sentí impulsos de huir como animal espantado por sombras extrañas, pero las fuerzas me
faltaron y permanecí sentado con la cabeza entre las manos. Su rostro era inconcebible aun para
un caricaturista. No era simplemente una deformación antojadiza de las facciones normales. Había
en su monstruosidad un sentido, una línea, un espíritu director. Al instante de pasar mis ojos por su
rostro tuve la intuición de que esa extraña conformación facial no era producto del azar, sino que,
por el contrario, era la obra plástica de una evolución larguísima. Resplandecía en el conjunto
fisonómico un alma amasada con siglos de dolor, esfuerzo, esperanzas, desilusiones. Al verlo
comprendí, o más bien creí, lo que en la taberna me dijera: que era un germen del futuro. Calvo
absoluto, la frente alta y vertical, como de dos pisos, carente de cejas, los ojos pequeños, sin
pestañas, hundidos en dos cavernas profundas; la nariz afilada como una hoja de puñal, con las
aletas pegadas al tabique, dejaba ver en su parte inferior dos rasgaduras angostas y largas; las
mandíbulas atrofiadas semejaban, por lo estrechas y por la ausencia de mentón, el pico de un
pájaro. Su cutis albo como la luna parecía tan delgado como la tela de un huevo y no tenía ni el
rastro de un solo vello.

Al ver mi expresión de espanto rió, y pude ver que no tenía dientes; por la forma de sus
encías, parecía no haberlos tenido jamás.

Mientras yo permanecía cubriéndome el rostro con las manos, él me hablaba suavemente,


como para tranquilizarme.

-Usted comprenderá que el pelo de la cabeza, del rostro y del cuerpo dejó de ser necesario
y se conservó por muchos siglos como un estigma ancestral, hasta que, por atrofia gradual, dejó de
crecer. Lo mismo aconteció a la dentadura. Hace ya diez siglos que los S.H. se alimentan
prescindiendo de ella. Natural era que dejaran de crecer los dientes y muelas. Claro es que muy de
tarde en tarde nace un monstruo con uno o dos dientes atróficos.

Me tranquilicé un poco y aunque no me atrevía a mirar a mi acompañante, quité las manos


del rostro y fingí observar un árbol cercano. Mi extraño compañero prosiguió de esta manera:

-Nuestro sistema muscular es también muy rudimentario. La falta de ejercicio así lo ha


determinado. Vea usted.

De soslayo pude observar que se levantaba el pantalón. No me atreví a mirar, pero él me


invitó a hacerlo:

-Mire usted. Esto no le causará pavor.

Hube de dirigir mis ojos hacia su pantorrilla. ¡Algo escalofriante! Desde el pie hasta la
rodilla, un canuto simétrico, amarillento, sin la más leve insinuación de algún músculo. Con razón
había observado que su caminar era muy lento, rígido, sin el ritmo muelle y flexible que permiten
los músculos.

Como si estuviera dispuesto a espantarme, agregó:

-Igualmente las uñas se perdieron en el camino evolutivo del S.H.

Me extendió su huesosa y cadavérica mano, cuyos dedos terminaban en unas bolitas


carnosas, sin asomo de uñas.

-Yo soy un investigador biológico –continuó- que me he distinguido por mi teoría sobre la
evolución de las especies y por haber demostrado que el S.H. deriva del hombre. Esta entrevista
con usted me resulta sumamente provechosa para apoyar mi hipótesis. ¿Podría enseñarme sus
manos?

Yo he sido siempre considerado como un tipo raquítico. Le extendí mi mano derecha, y dio
muestras evidentes de perplejidad. Luego exclamó:

-¡Qué garras tiene usted! ¿Podría levantar su pantalón?

Uno de mis complejos ha sido el de mis piernas de palillo. Sin embargo, entonces me
sentía un Tarzán. Sin reparos alcé el cañón derecho de mi pantalón, dejando al descubierto mi
pantorrilla velluda. Mi acompañante estuvo a punto de caerse del banco. Llevándose las manos a
los ojos, exclamó:
-¡Oh, qué formidable musculatura! Usted ha de ser uno de los más fuertes de su especie.

Yo estaba tan satisfecho que decidí mentir. Pensé que si afirmaba con énfasis, hasta el
punto de sugestionarme yo mismo, él también se engañaría:

-En realidad, soy uno de los jóvenes de más poderosas piernas de mi patria.

El calló y advertí que me daba fe. Luego dijo como para sí:

-Es casi idéntico a nuestros animales de trabajo.

Permanecimos unos instantes en silencio, y yo podía ver que él continuaba observando


atónito mi mano derecha, que descansaba sobre mi muslo.

Acertó a pasar por el sendero, junto al banco en que nos encontrábamos, una pareja de
enamorados. Él era un cobrador de tranvía y ella, al parecer, una empleada doméstica en su “día
de salida”. La llevaba cogida con una mano por la cintura y con la otra por el mentón. Sobre la
marcha lenta la besaba repetidamente, y ella ponía ojos embobados y reía cuando tenía libre la
boca.

Ambos contemplamos esta escena erótica. Cuando pasaba frente a nosotros, mi


enigmático compañero, en voz alta, preguntó curioso:

-¿Qué hace ese individuo?

-La beso… - respondió el cobrador.

Me sentí muy inconfortable. Tuve deseos de explicar mi situación, de vengar mi honor, pero
al instante comprendí que era mejor callar.

Mi acompañante volvió a interrogarme:

-¿Qué hace ese individuo?

-La besa en la boca –respondí.

-¿Por qué? –me preguntó.

-Ha de estar enamorado o algo parecido.

-¿Qué es estar enamorado?

Pensé que se burlaba de mí y le miré. Al ver su rostro comprendí que era posible que sus
preguntas fueran hechas de buena fe y me dispuse a explicarle:

-Cuando un individuo ama a una mujer, tiende a acariciarla, besarla, abrazarla, etc. ¿Me
entiende?

-Nada.

Durante media hora, más o menos, estuve disertándole sobre el amor en su aspecto
espiritual y sexual, sobre la excitación y el beso, hasta que comprendí que por la vía teórica no
llegaría a comprenderme. Entonces pensé en una amiga un tanto desvergonzada que vivía sola a
no mucha distancia del sitio en que nos hallábamos, y en que ella podría ayudarme a hacer
comprender a mi nuevo amigo algo sobre el amor.

-¿Esta materia es para usted de mucho interés? –le pregunté.

-Es de lo más interesante y novedosa, por cuanto no tenía le menor idea que los hombres
de su época padecieran esta clase de fenómenos. En la mía existe una especie muy semejante a
la humana, tanto en su morfología como en sus costumbres, lo que me ha llevado a construir la
hipótesis de que tengan un común origen.

-Podría explicarle mejor si está dispuesto a ir donde una amiga mía.

-Con todo gusto.

Nos encaminamos hacia la calle Continental. Procuré llevarlo por los sitios más oscuros, a
fin de no ser visto en tan extraña compañía. Traté de apurar el paso para no llegar muy tarde
donde Emiliana, mas vi que era imposible acelerar a mi esquelético discípulo. Luego pasó un
automóvil de alquiler y lo detuve.

Emiliana tardó en abrirnos la puerta, porque ya estaba acostada. Vestía una bata negra y
bien se comprendía que debajo de ella estaba su camisa de dormir y más adentro sus carnes
palpitantes. A mí, la comprobación de este solo hecho me habría instruido sobre la materia, pero a
mi compañero pareció no inmutarle. Emiliana, en cambio, se mostró muy alterada y nerviosa, como
jamás yo la había visto; me llevó a su dormitorio y con la voz entrecortada y las pupilas
ensanchadas me pidió explicación. Me rogó que nos fuésemos al instante. Le expliqué lo mejor que
pude. Su terror no amenguó un ápice. La exhorté a ser valerosa, le rogué… inútil. Le di un
calmante. Poco mejoró su estado nervioso. Por fin, un abundante trago de coñac la dispuso a
cooperar en mis investigaciones.

Le dije a mi discípulo que representara con Emiliana la escena entre el cobrador de tranvía
y la mucama, contemplada en el parque. Con perfecta naturalidad cogió a mi amiga por la cintura
esponjosa, con la otra mano tomó su mentón y la besó en la boca. Todo fue realizado con tal
desenvoltura que tuve la sospecha de haber sido engañado y que tal individuo era un calavera
degenerado que se aprovechaba de mi ingenuidad para gustar los besos de Emiliana. Pero al
instante emergió en mi mente la imagen de su pantorrilla y me convencí que tal fraude era
imposible.

Le pregunté:

-¿Le ha gustado a usted?

-¿Qué cosa?

-Todo lo que ha hecho.

-Sí; lo encuentro gracioso.

-¿Cómo gracioso?

-Sí pues, encuentro que es un juego divertido.

-No es un juego, señor.


-¿Qué es entonces?

Traté de explicarle con mil metáforas y ejemplos la naturaleza de lo erótico, pero fue
imposible. Le aconseje observar actitudes amorosas con Emiliana. No había posibilidad alguna de
hacerle entender, en vista de lo cual le rogué que me esperara en el vestíbulo mientras yo hablaba
en privado con mi amiga. En realidad, no hablé casi nada con ella.

Después, Emiliana me hizo jurar que no volvería con ese monstruo y partimos.

Íbamos caminando por el parque nuevamente. Guardábamos silencio. Una ligera brisa
refrescaba los árboles y el césped de los jardines. La luna en cuarto creciente navegaba serena
por los espacios. El rumor de la ciudad adormecida cruzaba por lo alto del parque y sólo uno que
otro bocinazo se enredaba en las copas de los árboles gigantescos y caía sobre nosotros.
Orillábamos la laguna de aguas quietas, que dormían y soñaban con las estrellas y la luna. De
pronto, sentí que mi amigo se apartaba sigiloso y no quise darme por aludido de su fuga. Miré y lo
vi internarse en un bosquecillo. Se despojó de su sombrero, brilló su albo cráneo, me sonrió con su
rostro de gusano y desapareció.

Con sorpresa angustiosa vi, desde lo alto del cañón de la chimenea, mi cuerpo sentado en
el sillón instalado en la pequeña celda construida por mi madre.

Estaba la cabeza echada hacia atrás, como si me hubiesen descoyuntado de un golpe en


la nuca, los párpados caídos y la boca entreabierta. Un terror cósmico oprimió mi espíritu
vagabundo y por un misterioso esfuerzo volitivo me lancé al interior de mi cuerpo.

Cuando la luz débil del alba penetraba por las ventanillas del cañón de la chimenea,
iluminando tenuemente mi celda, desperté y vi que la ampolleta estaba encendida. Había olvidado
apagarla.

Pude ver que del ovillo sedoso, suspendido en el muro norte de mi celda, asomo la cabeza
de un bicho y luego todo su cuerpo. Era una pequeña y frágil mariposa de alas multicolores.
Durante algún tiempo había estado encerrada en la oscura celda del capullo viviendo su forzada
etapa de larva. Trepó por el muro un corto trecho y luego emprendió el vuelo, saliendo al espacio
por las ventanillas de la chimenea.

CAPITULO II

1°-Noviembre-1950. Si era posible para mí traspasar los límites del presente, ¿no me sería
dado retroceder en el tiempo? Medité largas horas acerca de las causas de este privilegio que se
me otorgaba tan gratuitamente sin llegar a conclusión alguna. Sin embargo, se me impuso la idea
de que seguramente gozaría de la facultad de revivir los hechos pasados. Derrumbados los
inmensos muros temporales, el espíritu podría deambular libremente en cualquier dirección.

Me pareció interesante observar mi infancia; más bien, la personalidad de mis padres en


esos primeros años, tan nebulosos, de mi existencia. Sobre todo, sentía viva curiosidad por
conocer la mentalidad de mi padre, de quien tan pronto nos habríamos separado mi madre y yo.
Así, pues, navegué en el océano sutil del tiempo; me enfrenté con mi padre en la época en que yo
contaba apenas con un año y medio.
Obedecía al nombre de Sebastián Apablaza; tenía, en la época que narro, cuarenta y cinco
años de edad, y era un hombre en el sentido estricto de la palabra. Es decir, era un animal bípedo,
de posición vertical, con lenguaje articulado, racional. Su racionalidad era mínima: recordaba,
imaginaba, asociaba ideas, sentía amor, desprecio y concebía proyectos que, generalmente, no
lograba realizar. Cual la mayoría de los humanos, no tenía conciencia de que se anidaban en él
odios y envidias, confundiendo estas pasiones con el sereno desprecio, que no mortificaba su
sentido moral.

Era tranquilo de temperamento, metódico, sobrio y confiado en sí mismo. Sabía que era un
animal racional, sentía orgullo por ello y en todas las circunstancias de la vida procuraba
conducirse como tal. Atribuía mayor valor al carácter que a la inteligencia y, más que a aquél, al
“buen criterio”. Un hombre de buen criterio y recia voluntad era, para Sebastián Apablaza, el
arquetipo humano. Bien convencido estaba que la cultura o la gran inteligencia llevaban a quienes
la poseían a los extravíos del arte, la ciencia teórica o la soberbia intelectual.

Amante de la buena música, juzgaba la ópera como su máxima expresión y siempre la


escuchaba con los ojos cerrados. Al terminar la audición, Sebastián Apablaza permanecía algunos
instantes con los párpados caídos, produciendo la falsa impresión de hallarse dormido. Mas, a la
primera palabra que se pronunciara, abría sus ojos y emitía frases de este jaez: “¡Qué genio
sublime era Verdi!” o “¡Qué grandioso era Puccini!”. Los compositores clásicos le parecían unos
extraviados o locos.

En pintura, sólo Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y Rafael le parecían geniales; todos los
demás eran modernistas, cubistas, surrealistas, frutos del “mal criterio” aplicado a lo plástico.

Era ingeniero civil y, aunque nunca ejerció la profesión, sostenía que las matemáticas eran
aplicables a todo, incluso a la resolución de problemas morales. Tenía algunas fórmulas
matemático- sicológicas. Así, F=A/S significaba que la felicidad era igual a la ambición, dividido por
la satisfacción. Y lo explicaba valiéndose de intrincadas ecuaciones algebraicas. El más hermoso y
práctico fruto de los “números” –como denominaba a las matemáticas en el ambiente familiar- era
la estadística. En los Ferrocarriles del Estado, donde trabajaba, estaba a cargo de esta sección y,
según parece, la dirigía con acierto. Gran parte de su orgullo debíase precisamente a la convicción
férrea de que cumplía su función de la mejor manera posible. Los sábados y domingos relataba
uno que otro detalle de su trabajo a mi madre. Ella, sin comprender a fondo lo que oía, prestábale
siempre total aprobación. Esos días y esas horas libres que le quedaban entre la de salida del
trabajo y la del sueño, los dedicaba a “sacar solitarios” y a leer los diarios o alguna ingenua novela
de amor.

Aunque yo le observé muchas veces cuando estaba entregado, silencioso y grave, al


solitario, no pude atrapar las leyes que regían su juego. No fue por torpeza mía, sino porque no
prestaba atención al movimiento de las cartas y poco me interesaba aprender un entretenimiento
tan antisocial. Mis ojos estaban pendientes de captar sus muecas sutiles, y mi inteligencia, de
desentrañar el proceso síquico que las motivaba.

Mi madre también ignoraba las reglas del solitario y muchas veces tuvo la duda de si no
sería una estupidez tal juego; pero, convencida como estaba del talento de su marido, muy pronto
la ahuyentó como a maldiciente y envidiosa comadre.

Cuando se hablaba de Sebastián, ella, con los ojos entornados y el rostro hacia lo alto,
como si implorara al cielo longevidad para su esposo, exclamaba: “es el hombre más santo y sabio
que he conocido en mi vida”.
Intuitivamente fundaba la santidad y sabiduría de su marido en el silencio, en la afición al
solitario y a la ópera, la presunta fidelidad y la vida aislada que llevaba.

Sebastián, pese a su obstinado silencio, nunca dejaba de expresar deseos de salud


cuando sentía estornudar a alguien. Asimismo, si él u otra persona hablaba de enfermedades,
aunque estuviese muy absorto en algo, suspendía, por lo menos, la labor con su mano derecha y
con los nudillos golpeaba tres veces sobre madera.

Un sábado por la tarde, en la salita de casa, estaba mi padre ante una mesa resolviendo
un complejo solitario, a juzgar por la gravedad de su semblante. Mi tía Amelia, que vivía en nuestra
casa, estaba cerca de él, ocupada en tejer a crochet unas mallas para el respaldo del sofá. Ambos
guardaban silencio y sólo se escuchaba en la estancia, alumbrada y entibiada por los rayos del sol
de abril, el chasquido de alguna carta movilizada por la púdica y alba mano de mi padre. De pronto,
escuchó éste el inoportuno y grotesco zurrido de un estornudo violento que irrumpió del venerable
y virginal pecho de doña Amelia. Mi padre, sin alzar la vista, dijo quedamente: “Salud”. En esos
instantes yo estaba allí tomando el sol, y pude que la señora abandonaba su labor de crochet,
doblaba la cerviz y expiraba. Tenía yo entonces dos años, y poco distinguía la muerte del sueño,
por lo que permanecí callado. Sebastián, en cambio, ignorante del triste suceso, continuó su
absorbente juego. Sólo al cabo de cinco minutos, más o menos, acertó a mirar a su hermana para
manifestarle que el solitario estaba resuelto y, al verla inmóvil y excesivamente cabizbaja, se
incorporó trémulo y preguntó:

-¿Te sientes mal?

Pude ver a mi padre, anheloso, alzando la cabeza de su hermana y sometiéndola a un


interrogatorio propio de un delirante.

Después vino lo de siempre: cirios, oraciones, flores, lágrimas y ausencia corporal.

Sebastián, a pesar de todo, continuó sacando solitarios, comiendo y durmiendo.

Al día siguiente de la muerte de doña Amelia, mi padre se encaminó pensativo a su oficina.


Recorrió a pie, como era su costumbre, el trayecto que separaba a ésta de su casa. Uno de los
motivos de orgullo del Jefe de Estadísticas de los Ferrocarriles del Estado consistía en el hecho
cierto de ser un rápido caminante. Él lo sabía perfectamente, porque a las demás personas les era
imposible marchar a su lado algún tiempo. Si alguna vez salía con alguien, lo que no era muy
corriente, se esmeraba en acelerar su paso, hasta que el acompañante hiciera alguna observación
respecto de su velocidad pedestre. Entonces, Sebastián, levemente, sonreía y contestaba: “Es mi
paso habitual”.

Tenía controlado el tiempo que empleaba en llegar desde su casa a la oficina o a otros
lugares que frecuentaba y, sin duda, era un tiempo record. Había comunicado a mi madre, y era
verdad, que su paso le permitía cubrir ocho kilómetros en una hora.

Tuvo la paciencia de contar los pasos que daba para recorrer el trayecto que mediaba
entre su habitación y algunos sitios, y, de vez en cuando, hacía una nueva contabilidad para ver si
ellos variaban. Conociendo la distancia, el número de trancos y el tiempo empleado, había
calculado con precisión los segundos que demoraba en dar un paso y, asimismo, que longitud
tenía éste. Estos resultados también le fueron comunicados varias veces a mi madre quien, al
saberlos, hizo aspavientos, sin que en realidad alcanzara a comprender a fondo la magnitud de la
proeza.
Me parece recordar que en cien metros daba solamente noventa y seis zancadas, más no
estoy seguro.

Esta velocidad le hacía ir muy concentrado en el acto mismo de caminar, impidiéndole


mirar a los lados y, lo que es más lamentable, hilvanar pensamientos. No significa esto que su
espíritu fuese absolutamente vacío, sino que, como es explicable, no le era posible concebir un
discurso imaginativo más o menos lógico; su menta iba ocupada por una sola idea o,
sucesivamente, por varias, inconexas entre sí. Incluso, solía acontecer que un sentimiento o
decisión absorbiera permanentemente su espíritu mientras caminaba. Por excepción, cuando su
paso no era muy acelerado, hilvanaba ideas, recordaba acontecimientos o los imaginaba.

Andar, mientras realizaba sus diligencias, era su deporte, y sostenía que los otros –box,
tenis, fútbol, etc.- eran tonterías propias de ociosos. A fin de facilitar y hacer más placentero el
caminar, usaba siempre zapatos con gruesa suela de goma cruda y un poquito más amplios de lo
que sus pies requerían.

Al llegar frente a la puerta de su oficina, Sebastián leyó en la vieja plancha de bronce, color
orín, las palabras en bajorrelieve, pintadas en negro, “Jefe de Estadísticas”, y pensó: “Soy yo. Al fin
y al cabo, una autoridad. Todo lo que diga en relación con las estadísticas de los Ferrocarriles del
Estado está bajo mi control. Es un cargo de confianza y responsabilidad. Soy un engranaje
indispensable en la enorme maquinaria estatal y puedo estar orgulloso y satisfecho. Por la muerte
de mi bondadosa hermana sí que puedo entristecerme. Sin embargo, ya que soy un hombre de
carácter y con sentido práctico, mi deber es superarme y olvidar”.

Como tenía gran dominio de sus sentimientos, porque era un hombre de voluntad acerada,
al instante su espíritu fue bañado por una brisa de serena conformidad. Entró en la oficina, la
recorrió íntegra con la mirada para comprobar que nada había sido cambiado de lugar durante su
corta ausencia y tomó asiento en su sillón de balancín. Miró su reloj con esfera luminosa, porque
Sebastián lo consideraba de gran utilidad, y vio que aun faltaban diez minutos para la hora
reglamentaria de entrada: las nueve de la mañana. Resolvió dedicar esos instantes, que le
pertenecían, a estudiar las conveniencias y desventajas de abandonar el vicio del cigarrillo,
problema que le preocupaba desde hacía pocos días.

Cogió una hoja de papel y su lápiz de tornillo, trazó en ella una raya perpendicular y anotó
al lado izquierdo: “Ventajas” y, al derecho: “Inconvenientes”. Meditó, cabizbajo, y luego se puso a
escribir.

Al cabo de unos instantes, el papel contenía las siguientes anotaciones:

DEJAR EL CIGARRILLO

VENTAJAS INCONVENIENTES

a).- Economía…….4 a).- Excitabilidad…. 8

b).- Salud…………..8 b).- Privación de un placer…………………….5

c).- Ejercicio de la voluntad……………10 c).- Mayor apetito ……………………………...3

d).- Buen ejemplo a mi hijo…………………….6


28:4= 7 16:3= 5,3

0 10

Terminados estos cálculos, alzó la cabeza, dejó el lápiz de tornillo sobre la mesa, arrojó el cigarrillo,
a medio consumir, que tenía en sus labios y exclamó:

-Desde hoy dejo el cigarrillo

Siempre que a mi padre le aquejaba algún problema, acudía a este método matemático –
sicológico para resolverlo. No se le escapaba que el correcto resultado dependía, en gran parte, de
la justicia y cuidado con que se asignaran notas a los diversos factores o motivos de “Ventajas” e
“Inconvenientes”. Pero él se concentraba hondamente cuando había que poner notas y estaba
seguro de hacerlo lógica e imparcialmente. Obtenida la conclusión, mi padre no vacilaba en llevar a
la práctica, pues era hombre de recio carácter y racional.

Yo le vi más de alguna vez realizar proezas de fuerza volitiva. Recuerdo que una noche
lluviosa de invierno, cuando él y mi madre ya estaban acostados, le sobrevino un terrible dolor de
muelas. Al saber que en la casa no había calmante alguno, dijo:

-No importa, me curaré por sugestión.

Acto seguido se irguió del lecho y empezó a repetir, en voz alta y con tono seguro:

-Este dolor se va pasando. Este dolor se va pasando. Este dolor se va pasando. Cada
momento me duele menos. Cada momento me duele menos. Cada momento me duele menos.
Cada vez me siento mejor y mejor. Cada vez me siento mejor y mejor. Cada vez me siento mejor y
mejor…

Llevaría pronunciadas unas doscientas frases semejantes a éstas y habrían transcurrido


tres horas, cuando mi madre, semidormida, le preguntó:

-¿Te duele menos, hijo?

-No, lo mismo.

-¿Por qué no te levantas y vas a la botica a comprar algún calmante?

-No hija, está lloviendo. Para algo el hombre es un ser racional y de voluntad.

Y tornó a entonar sus monótonas frases. Yo no pude saber hasta qué hora estuvo
despierto y adolorido, porque me dormí; pero supe que a la mañana siguiente, a primera hora, fue
donde el dentista, que le sacó la muela mortificante.

Para cada cosa tenía su sistema. Nada realizaba por impulso o instinto. Sentía legítimo
orgullo de éste su proceder consciente y solía decir: “el hombre, como ser racional, nada debe
hacer sin el control de su razón”.
Nada hacía por placer, sino por deber. Gustábale mucho aquella frase de algún filósofo:
“soné que la vida era placer, desperté y vi que la vida era deber”.

Lógico era, entonces, que dejara el vicio del cigarrillo, ya que, según sus cálculos de
ventajas e inconvenientes, tal manía resultaba perniciosa.

Comía, no por placer, sino por nutrir su organismo. Había leído que no era saludable comer
hasta sentirse “pletórico” y, después de ingerir unos pocos alimentos, auscultaba su estómago y si
éste informaba no sentir hambre, dejaba al punto de comer. En forma similar se conducía en
materias eróticas.

Con justísima razón sostenía que el cuerpo no debía subyugar al espíritu y, a fin de
impedirlo, continuamente le imponía tareas, muchas veces innecesarias, con el solo objeto de
humillarlo, vencerlo y hacerle reconocer su vasallaje.

Así, estando en cama, agotadas sus energías, su espíritu ordenaba a su pobre cuerpo:
“Levántate, da una vuelta por el dormitorio y vuelve a hundirte en el lecho”. Si el cuerpo
murmuraba: “estoy muerto de cansancio y además tengo frío”, el espíritu le respondía: “¡Ah!
¿Tienes frío? Pues bien, harás desnudo el paseo”. Y aquel pobre cuerpo, extenuado y aterido,
había de levantarse, desnudarse y caminar.

Si le atacaba el invisible y fatídico enemigo del “insomnio”, defendíase cantando. Si era


necesario, se pasaba la noche entera cantando, pero no se doblegaba, ni acudía al mujeril recurso
de ingerir hipnóticos o sedantes.

Así, robusteciendo su carácter con mil disciplinas, había logrado transparentarlo en su


rostro, en la expresión de su mirada, en sus ademanes y en toda su figura. Hasta en la manera de
dar la mano notábase la reciedumbre de su voluntad. ¿Hacia qué finalidad se endilgaba ese
robustecimiento del carácter? Sebastián Apablaza, mi padre, no lo sabía con precisión; mas ello no
implicaba una ignorancia reprochable, ya que él no era un sicólogo aficionado a escarbar en las
bóvedas oscuras de su alma. Él era un hombre fuerte; allí estaba su mérito, el valor de su
personalidad, y no habría sido justo exigirle que, además, fuese un valor intelectual. No se
preocupaba del afinamiento y cultivo de la imaginación, vagamente consciente acaso de que el
hacerlo era entrabar el florecimiento de su carácter.

Mi madre, tímida, aprensiva y sin voluntad, estaba totalmente subyugada por mi madre.
Con el transcurso del tiempo, la admiración que ella sentía por él fue menguando; sin embargo, el
vasallaje manteníase igual debido a la impetuosa personalidad de su marido.

Un día ocurrió algo terrible y fatal para la armonía conyugal. Desgraciadamente, me cupo
el papel de causa en la discordia.

Yo estaba con fuerte gripe: 40 grados de temperatura, escalofríos y molido como si me


hubiesen apaleado. Desperté, de pronto, de mis sueños delirantes para presenciar una escena real
más febril aún. Mis padres discutían violentos al lado de mi lecho. Sebastián, en medio de la
disputa, corrió a su escritorio y volvió con “Mi testamento: Sistema hidroterápico”. Hojeó con manos
trémulas por la ira las páginas del texto y luego empezó a leer a gritos: “-En estados febrífugos,
recétase bañar en agua fría, doce veces, al enfermo. Los baños se propinarán cada hora. Es
indiferente hacerlo de día o de noche”.
Afortunadamente, ni este argumento de autoridad convenció a mi madre, quien por
defender mi vida tornóse bravía como leona.

Mi padre, hombre de hondas convicciones y de recia voluntad para imponerlas, optó por
abandonar los sistemas persuasivos y puso a correr la ducha. De un golpe, echó hacia atrás las
cobijas del lecho y me levantó en sus brazos. Mi madre lloraba desesperada y yo también. Mi
padre cargó con mi cuerpo entumecido hacia el cuarto de baño. Mi madre, enloquecida, cogió un
jarrón de mayólica y lo quebró en la dura cabeza del autor de mis días. Desplomóse mi padre, y yo
con él. Me cogieron los trémulos brazos de mi madre y volviéronme al lecho ya helado.

Las consecuencias de esta triste escena fueron una pulmonía para mí y la separación de
mis padres.

Yo contaba entonces sólo con seis años de vida, y mi madre treinta y cinco. Desde
entonces, nuestra existencia fue oscura y arrastrada. Mi madre había de hacer costura para
complementar la reducida pensión que el juez le impuso a mi padre a favor de ella. Y muy
rápidamente fue envejeciendo de cuerpo y de alma.

Se tornó medrosa hasta el delirio. Sus cabellos encanecieron y sus labios no volvieron a
dibujar sonrisas. Mi padre –después lo supimos- continuó su vida normal. Siguió siendo el Jefe de
Estadísticas de los Ferrocarriles; no volvió a fumar y siempre se le vio transitar velozmente por las
calles, con su expresión viril y dominante.

Esa escena del baño medicinal, frustrado por el jarrón descargado en el cráneo de mi
padre, se grabó fuertemente en mi memoria y tal vez constituyó un complejo en mi espíritu.

Desde entonces, seguramente, empezó a formarse en mi mente la absurda idea de que


nada es más pernicioso al hombre y a la humanidad que las hondas convicciones y las recias
voluntades dispuestas a realizarlas. Esta idea malsana me hizo escéptico, fofo de convicciones,
abúlico, negligente, indeciso y de personalidad invertebrada.

Sólo así se explica que mi madre, por temor a la guerra atómica, me haya encerrado en
una celda estrechísima, sin que ofreciera yo la menor resistencia.

CAPITULO III

15-noviembre-1950. Los días que siguieron a mi separación de X-Z 482 fueron muy monótonos.
¿Qué sería de él? Yo pasaba el lento transcurrir de los días y buena parte de la noche recordando
las escenas vividas en su compañía. Cierto que mientras estuve con él mi ánimo no era muy
apacible; nada de eso, estaba aterrado. Pero después, en la lobreguez y tedio de mi celda, me
parecían horas gratas, emocionantes, no sólo por la sorpresa que me causaron sus extrañas
costumbres, su esquelética figura, sino también por los minutos que pasé a solas con Emiliana. En
realidad, mientras yo vivía en libertad –relativa libertad- me era difícil estar tranquilo junto a mi
amiga. Mi madre llevaba un control minucioso de mis ocupaciones y, por otra parte, un enjambre
de ideas, prejuicios y temores me asaltaban mientras la visitaba. La infinidad de consejos que mi
madre me había dado desde muy pequeño me inhabilitaban para gozar plenamente de cualquier
cosa. “Todo tiene sus peligros”; “una desgracia no cuesta nada”; “un minuto con Venus, toda una
vida con Mercurio”, y mil frases semejantes, repetidas con insistencia, habían horadado mi espíritu
y descompuesto el resorte de mi felicidad. Esa noche, en cambio, ningún sensato aforismo o
consejo empañaba mi placer. Yo y ella, el uno al lado del otro, su juventud y la mía juntas,
empeñadas en la búsqueda de la dicha.

Sentía deseos de volver a encontrarme con X-Z 482, pero no sabía cómo hacerlo, pues la
entrevista anterior fue lograda por quien sabe qué extraño medio. Lo único que recordaba era que
yo me encontraba en un estado de letargo y que una sola idea me poseía: salir fuera de mí mismo.
¿Sería cuestión de sumirse en somnolencia voluntaria y que mi espíritu anhelara intensa y
perseverantemente evadirse del cuerpo? ¿Sería peligroso hacerlo? No importa, me dije, es
necesario arriesgar la felicidad para obtenerla. Poco a poco fue relajando todos mis músculos y
hundiendo mi espíritu en las regiones ignotas del subconsciente. Una sola idea relampagueaba mi
mente: ascender. De pronto llegó a mí –no podría decir que mis oídos lo sintieron- un estampido
diabólico, semejante al que escuchara la otra vez cuando me evadí de la celda. Seguramente era
la detonación de alguna formidable bomba atómica.

De súbito me encontré en un lugar de lo más extraño. Era algo así como una calle. Yo estaba
inmóvil en la acera. Muchos individuos, muy parecidos a X-Z 482, transitaban recostados por la
calzada a gran velocidad. Esto me parecía demasiado raro. Por la acera, en dirección contraria,
venía un individuo. Observé sus piernas y noté que las movía lentamente y en forma semejante a
como lo hacía X-Z 482.

¿De modo que los individuos que estaban en la acerca movían las piernas para desplazarse y lo
hacían lentamente, y los que iban por la calzada no necesitaban desplegar esfuerzo muscular
alguno y se movilizaban velozmente? Quedé perplejo al observar este contrasentido.

El individuo llegó hasta mi lado y me saludó, diciendo:

-Bienvenido. ¿No me conoce usted?

-Gusto de saludarle –respondí.

-Perdone, pero veo claramente que experimenta desagrado al tener que saludarme –me
observó en tono amable.

Entonces pensé que podía ser X-Z 482. Era difícil reconocerlo, pues todos los sujetos que
transitaban por la calle eran iguales.

-Ah, ¿es usted X-Z 482? –pregunté.

-Precisamente. Cuánto le agradezco que haya tenido usted la delicadeza de venir a


pagarme la visita.

Recordé que con este individuo lo más práctico era ser de una franqueza absoluta, y por
ello le dije:

-En realidad, he llegado hasta aquí sin saber cómo, y no fue mi intención pagar su visita
del otro día, sino simplemente combatir el hastío que impera en mi celda. Lo único que hice fue
esforzarme para salir de ella y así poder contemplar algunos lugares de mi ciudad y visitar a
Emiliana. Y sin saber cómo, me encuentro en este lugar tan extraño, rodeado de personajes
desconocidos, salvo usted, naturalmente.

Mi amigo hizo un levísimo gesto de contrariedad y, por darle ocasión de que hablase,
enmudecí.
-Debo rectificar su idea respecto al lugar en que se encuentra –dijo-. Este sitio, esta ciudad
está en la misma ubicación en que se halla la que usted habita. El espacio que ocupa la casa de su
madre, donde está su celda, debe encontrarse a unos doscientos metros de aquí. Lo único que ha
cambiado es el tiempo. Estamos ahora en el año 20.912 y la ciudad –como es natural- ha variado.
Asimismo, los personajes son diferentes, aunque no absolutamente. ¿Me entiende?

-Debo serle franco: no mucho –respondí.

-Escuche: usted y yo no somos absolutamente distintos, por la sencilla razón de que soy
su descendiente legítimo a través de 400 generaciones, y llevo, por consiguiente, algo de su
sangre.

-Permítame –me atreví a decir-, pero yo soy soltero y jamás he tenido un hijo.

-Pero usted tendrá un hijo- repuso al instante.

La cabeza me daba vueltas, tanto por el mareo que me producía el pasar vertiginoso de
individuos por la calzada, como por el desconcierto que me causaban las insólitas razones de mi
presunto descendiente.

X-Z 482 continuó:

-¿Le extraña saber que usted tendrá un hijo? Comprendo su perplejidad. Debe saber
usted, mi querido antepasado, que las cosas en el mundo no suceden por azar. La vida de los
seres y hasta el movimiento de una piedrecilla o una gota de agua están trazados desde la
eternidad. Es decir, que la trayectoria de su vida entera, como la de todos sus descendientes, está
delineada con todo detalle en el Libro del Destino, en lo Absoluto. Siendo así, nada de extraño
tiene que yo sepa que soy su descendiente, por cuanto mi evolución espiritual me permite leer algo
–no todo, naturalmente- del Libro del destino.

Ignoro por qué razón se me vino a la mente el recuerdo de una escena vivida hacía poco
en mi casa. Habíale pedido yo a Eliana, la cocinera de mi madre, un jarro de “agua caliente con
manzanilla y otras hierbas”. Al poco rato, ponía sobre mi mesa de escritorio un jarro con agua
hirviendo y hojas de manzanilla y un plato con un trozo de hielo, y me decía: “Ya le eché un pedazo
de hielo, pero se deshizo. Aquí le traigo más por si quiere echarle”. Recuerdo que yo había
quedado perplejo, meditando sobre las razones que pudo tener Eliana para traerme tan
contrapuestos elementos. ¿Por qué recordé esa escena de mi vida pasada? Tal vez porque había
cierta semejanza entre la oscura mentalidad de Eliana y la mía enfrentada y las razones que X-Z
482 me aducía para demostrar nuestro parentesco.

Pensé: “es posible que él tenga razón, aunque yo no entienda, porque la mentalidad de los
hombres del siglo XX es muy obtusa. Así me obliga a pensar la mentalidad de Eliana,
contemporánea mía”.

Resignado con mi estupidez, me atreví a preguntar a X-Z 482:

-Entonces, ¿yo no soy libre?

-¿Por qué no?

-Si todo cuanto haré y pensaré está escrito desde la eternidad, fatalmente he de hacer y
pensar en una forma determinada –repuse.
-Falso concepto, engendrado por su falsa noción del tiempo. Lo que hará no será así o asá
porque esté escrito en el Libro del Destino; sino que está escrito porque el Ser vió, desde el
principio del tiempo, que usted, libremente, pensaría y actuaría de una forma determinada. En ese
sentido debe entenderse el asunto.

-Ahora sí le comprendo –dije satisfecho de mi lucidez. Z-X 482 sonrió compasivamente. Me


sentí alentado por su afabilidad paternal, no obstante ser tanto menor que yo, y le pregunté:

-¿Cómo pueden avanzar esos individuos sin mover sus pies? Hace rato que me preocupa
esto.

-Es usted poco observador –me dijo-. Muy sencillo: la calzada es la que avanza, y los
individuos, por estar sobre ella. Esto se hizo con el objeto de impedir la aglomeración de vehículos
en las calles de la ciudad y, naturalmente, para evitar el cansancio muscular de sus transeúntes. Es
una cinta sin fin, de material plástico, que gira por un sistema análogo a las ruedas de los tanques
oruga.

-¿Y se detiene en cada esquina?

-Imposible. Para esta cinta no pueden existir las esquinas, desde el momento que es sin
fin. Se detiene cada dos minutos, y algunos de los pasajeros quedarán en la esquina, unos antes,
otros después de ella. Se detiene: algunos aprovechan para subir, otros para bajar. Empieza a
moverse lentamente, y poco a poco va acelerando, hasta alcanzar una velocidad de 200 kms. Por
hora. Es una velocidad que no permite mantenerse en pie. Por eso usted ve a los individuos
tendidos sobre la cinta y detrás de una especie de parabrisas. ¿Le gustaría pasear un poco por la
ciudad?

-Conforme –respondí.

Aguardamos algunos segundos, y pude ver que la calzada se movía con menor velocidad.
Cuando se detuvo, algunos individuos aprovecharon para descender y nosotros para subir. X-Z 482
me dijo:

-Tendámonos.

Obedecí. Entonces pude ver que la superficie de la cinta era blanda como una hamaca y
que cada cierta distancia había unos parabrisas, detrás de los cuales nos guarecimos. La calzada
echó a andar con movimiento uniformemente acelerado –como dicen los textos de física-, hasta
llegar a una velocidad extraordinaria. Luego empezó a disminuir, lo que permitió apreciar el aspecto
panorámico de la ciudad.

Los edificios brillaban como si fuesen de cristal.

Movido por la curiosidad, le pregunté a mi descendiente:

-¿Las casas son de vidrio?

-Son de un material transparente que permite ver desde adentro, mas no en sentido
contrario.

Permanecimos un breve tiempo sin hablar, y cuando la cinta se detuvo por segunda vez,
propuse bajarnos. X-Z 482 aceptó.
Le pregunté si él vivía cerca del sitio en que nos hallábamos; me respondió
afirmativamente y me invitó a conocer su morada.

Al llegar a la puerta de su casa me llamó la atención el hecho de que aquélla estaba sin
llave y que al presionarla se abrió. Al preguntarle si no temía a los ladrones, no entendió. Hube de
explicarle en qué consistían el robo, el delito, la criminología, pero noté que no entendió muy
cabalmente mis explicaciones.

Me invitó a tenderme en una especie de chaise-longue muy confortable. Después me dijo:

-Querido antepasado, ¿es usted feliz?

-En realidad…, créame que resulta muy difícil para mí contestar a su pregunta. Es tan
compleja la vida, tan llena de situaciones antagónicas, de alegría y dolor, de inquietud y
tranquilidad. Ahora llevo una existencia sin emociones, sin dolor, pero también sin alegría. En una
palabra, mi vida, desde hace algunas semanas, es monótona. Casi podría decirse que ella está
suspendida en espera que termine la guerra atómica.

-¡Ah! ¿Están ustedes actualmente en guerra? –interrogó ansioso.

-Claro, estamos en una tremenda guerra, al término de la cual quizás qué irá a quedar en
pie. Es la guerra atómica.

-Alguna noción tengo de esa catástrofe del pasado. Tengo entendido que el planeta quedó
casi absolutamente destruido. ¡Qué lamentable fue que utilizaran así la energía producida por la
desintegración atómica! Ella, aplicada a la industria, reporta un bienestar físico y espiritual enorme.

Pensé que la energía atómica, produciendo un grandioso adelanto técnico y material,


lograba como consecuencia un bienestar espiritual. Pero X-Z 482 leyó mi pensamiento y me
rectificó al instante:

-No, amigo, la energía atómica influye directamente en el bienestar del S.H. en cuanto
permite la transmisión del pensamiento a largas distancias y otras cosas semejantes. Voy a
explicarle. Pero dígame antes: ¿Le ofrezco algo?

-¿Algo de qué? –interrogué, dudando si quería darme comida o bebida.

-Algún estimulante o sedante –propuso.

-Un whisky.

-¿Qué?

Pensé que me había excedido y, tal vez, X-Z 482 era un individuo de escasos recursos
pecuniarios y no acostumbraba manejar Whisky en su casa. Resolví enmendar mi petición y
respondí:

-Cualquier trago… Cerveza, vino.

-¿Qué? –volvió a preguntar extrañadísimo.

-Cualquier trago.
-¿Qué es trago?

Cuando le hube explicado el sentido de la palabra “trago”, me dijo, sonriendo:

-Perdone, señor, yo soy el culpable. Ha sido una distracción incalificable. Olvidé decirle que
nosotros no ingerimos líquido alguno por la boca. Lo que yo le ofrecía era alguna pomada
estimulante o sedante.

-¿Pomada? –interrogué, pasándome la mano por el rostro, pensando que acaso mi cutis
estaba muy seco y agrietado.

-Sí pues, pomada. Le caerá muy bien.

-¿Está usted decaído o excitado?

-Más bien, excitado.

-Le daré algo que le sentará magníficamente.

X-Z 482 se incorporó y lentamente se dirigió hacia una licorera empotrada en el muro de
cristal. En su interior podían verse numerosos frascos análogos a los que contienen pomadas. De
allí extrajo uno, lo abrió y me lo pasó.

Yo, con el frasquito, parecía un idiota con un tratado de filosofía en las manos. No sabía
qué hacer con él. Tenía deseos de untar un dedo en la pomada y chupármelo enseguida. Por
último, al verle en espera de que yo actuase, metí el índice y me unté el rostro. X-Z 482 me miró
extrañado y dijo:

-No; es preferible untarse las manos; pero en fin, ya lo hizo así; no importa.

Esta noticia de que era indiferente untarse las manos o la cara me desconcertó más aún, y
llegué a la conclusión de que esa pomada no era para embellecer el cutis, ya que el de mis manos
presentaba muy buen aspecto.

-Como le decía –prosiguió mi amigo- la energía atómica nos ha permitido construir ese
aparato –señaló un mueble semejante a un receptor de radio-, que sirve para proyectar el
pensamiento a distancias enormes.

-Sí, los conozco –dijo algo ufano-. Nosotros también tenemos aparatos transmisores y
receptores de radio. Son bastante parecidos.

-¿Ustedes tienen? –preguntó muy sorprendido.

-Claro. Sí tenemos –respondí.

-¿Y qué hacen para transmitir el pensamiento? –interrogó.

Le di una larga explicación de lo que hace un locutor para proyectar su voz en el espacio.
Al final de ella, me sentía semidormido. De pronto, X-Z 482 me interrumpió y, con una sonrisa que
me pareció algo despectiva, dijo:

-¡Ah! Ya le comprendo. No, pues; no es lo mismo. Ustedes transmiten la voz, las ondas
sonoras, la palabra, y en ella va el pensamiento, ¿no es cierto?
-Claro –dije-. Yo tenía pegada la expresión “claro”, y mi madre había batallado en vano
para suprimirla o diezmarla en mis conversaciones.

-No pues, nosotros transmitimos solamente las ondas síquicas, el pensamiento mismo.
Nada de sonidos. Es mucho más práctico, por cuanto es absolutamente preciso e inequívoco el
sistema de expresión.

Me explicó que el cerebro emitía ondas síquicas, más sutiles aún que las luminosas; que
con ese transmisor electrónico era posible proyectarlas a distancias enormes y captarlas con un
receptor también electrónico. Me dijo que al poco tiempo de haberse inventado este aparato
transmisor y receptor, habíanse captado las ondas síquicas de seres residentes en otro planeta.
Ellos comunicaron que desde un siglo atrás procuraban entablar relaciones con los S.H. Después,
estas comunicaciones se hicieron regulares y han contribuido grandemente al progreso cultural del
S.H.

Un sueño denso pesaba sobre mí, y, temiendo quedarme dormido mientras él disertaba, lo
que daría la falsa impresión de aburrimiento, le dije:

-Perdone usted, pero ignoro por qué me estoy muriendo de sueño, siendo que sus
palabras me cautivan.

-Es la pomada –respondió. Me dijo usted que su estado era más bien de excitación. Pues
bien, ese ungüento, absorbido por osmosis a través de los vasos capitales de las mejillas, le ha
tranquilizado tal vez demasiado. No se preocupe usted y duérmase tranquilo.

Bastó escuchar esta autorización para que me sumiera en el sueño más profundo.

Alcé lentamente las cortinas de mis ojos y pude ver el muro de mi celda. “He vuelto a mi
encierro sin darme cuenta”, pensé.

Miré el reloj. Eran las ocho de la noche. ¡Cómo era posible! Antes de evadirme de la prisión
había visto la hora, y eran las siete y media; luego, en sólo treinta minutos yo había recorrido tanta
distancia, había visto tantas cosas. Cavilé largamente sobre el asunto. No podía explicármelo; sin
embargo, al fin recordé una frase de X-Z 482 que me sirvió de fórmula para descifrar el enigma. Tal
como él dijera, la ciudad en que vivo yo y en la que él vivirá están en un mismo sitio. Lo único
diferente es el tiempo. Y no existiendo cambio de lugar, ¿por qué habría de tardar en llegar?

Alguien me podría argüir que mucho tiempo se necesitaba para llegar del año 1950 al año
20.912. Sin embargo, yo respondería que el tiempo sólo existe para el hombre y no en el plano de
lo Absoluto. Parece que, al dormirme, salía de mi humana condición, me liberaba de las
contingencias temporales propias de ella y obtenía la visión divina. Es decir, que el pasado,
presente y futuro se me presentaban en el mismo plano. De otra manera, no acierto a explicarme el
extraño fenómeno de que yo coexistiese con los individuos del año 20.912.

¿Que es extraordinario? Ya lo sé, y de otra manera no lo consignaría en mi cuaderno de


notas. Yo comprendo que para quien no ha vivido estos fenómenos resulte imposible tener idea
exacta de ellos. Y sé que es en vano tratar de explicarlos. Sin embargo, transcribiré el diálogo que
en otra ocasión sostuve con X-Z 482 y pueda ser que sus claras comparaciones sirvan para
explicar sus complejas teorías.
-Imagínese una alameda. En un extremo hay dos individuos con distinto poder visual. Uno
de ellos alcanza a ver todos los árboles de un solo golpe de vista; el otro, en cambio, muy cegatón,
sólo percibe los dos primeros. El presente es muy diverso para estos dos observadores. Para
aquél, comprende todos los árboles de la alameda; para éste, sólo los dos más cercanos, y los
demás serán seres del futuro, que irán haciéndose presente a medida que avanza por la alameda y
que el tiempo transcurre. Por otra parte, cuando este miope infeliz haya llegado al otro extremo, la
mayoría de los árboles serán seres pretéritos, mientras para el otro observador no hay pasado ni
futuro en cuanto a la visión de esos árboles se refiere.

Así, también, de modo análogo, sucede al hombre en la alameda de los seres y los
sucesos. Estos y aquéllos existen desde toda una eternidad; pero el hombre, con su limitadísima
visión mental, no puede verlos mientras no se desplaza. Y para él, algunos sucesos acaecieron,
otros acaecen y otros acaecerán. El ejemplo es sólo ilustrativo, análogo, semejante, y no puede ser
exacto, porque me veo precisado a emplear conceptos y formas de expresión humanas.

Extraño y vivo espejismo es la visión del hombre, y no hay razón que pueda forzarle a
creer en otra realidad que aquella que le muestra su ciega inteligencia. Pero créame, Sebastián:
siendo el Ser infinitamente sabio, ha de conocer todo desde una eternidad. Si conoce el futuro es
porque éste existe, pues si conociera lo inexistente, dejaría de ser sabio y sería absurdo.

-Creo, señor X-Z 482, que el Creador conoce el futuro, aun cuando éste no existe en el
presente, porque sabe lo que vendrá – me atreví a objetar, en un supremo esfuerzo de
concentración filosófica y de extraña audacia.

-Según su opinión, el futuro, aquello “que vendrá” es algo externo, que existe fuera del Ser.
Muy bien, dígame usted, entonces, ¿dónde van a parar aquellos entes futuros cuando se
actualizan y llegan al presente o caen en el pasado? –preguntó X-Z 482, mientras en sus ojos
fulguraban dos llamaradas.

-Se unen al creador –respondí.

-Y por lo tanto lo acrecientan, ¿no es verdad? –dijo, dibujando una sutil sonrisa de ironía
en sus secos labios.

-Sí, -dije temeroso.

-Según usted, el Ser es un niño que se desarrolla y crece. No, mi amigo. El Ser es
inmutable; no podría ser de otra manera, pues toda entidad que cambia y evoluciona, es para
perfeccionarse o corromperse. Si se perfecciona, quiere decir que nació defectuoso; si se
corrompe, que nunca fue perfecto.

Tras este golpe conceptual me sentí mareado y miré en torno mío como suplicando que me
fuera lanzada una esponja moral, símbolo de knock-out técnico. Pero en esta contienda no había
referee, second, manager, público, nada. Allí estaba yo solo frente a un boxeador ideológico
formidable que se aprontaba a liquidarme con otro recio golpe. X-Z 482 también miró en torno suyo
y atacó nuevamente:

-Sí, por otra parte, “aquello que vendrá”, al llegar a ser presente –un instante fugaz- y
pasar a ser pretérito no se une al Ser, ¿a dónde va?

Lancé un golpe corto:


-A la nada.

-¿Cree usted que existe en el Universo un inmenso tarro de basura, donde van cayendo
los desperdicios cósmicos? Dígame: ¿es usted humorista?

-No, señor –respondí.

-La Nada es sólo una palabra y un concepto negativo, un error, tras el cual no hay
substancia o realidad alguna. He ahí el inconveniente de tener lenguaje. Desde el instante mismo
en que un ser piensa y se expresa con palabras, empieza a errar. Yo mismo he incurrido en mil
contradicciones al expresarme sirviéndome del lenguaje. Todo el sistema pensante de ustedes está
malo desde la partida. No hay posibilidad alguna de conocer la verdad si se la busca con un
sistema ideológico fundado sobre conceptos emanados de sensaciones y envasados en palabras.
¿Me entiende?

Bajé la guardia y respondí:

-Nada.

-Es muy explicable, ya que su modo de pensar y entender es “palabrero”. No podría ser de
otra manera. Los hombres, a través de siglos de evolución –incurro en otro error, por culpa del
lenguaje, al hablar de transcurso de tiempo-, fueron construyendo ideas con el material de las
sensaciones. Le pondré un ejemplo para ser más claro: el sentido de la vista le mostraba al hombre
primitivo un mundo compuesto de múltiples elementos o partes: piedra, árboles, animales, etc.
Entre unos y otros, “nada”. Con estas apariencias sensoriales, el animal humano amasó varias
ideas: cada piedra era un ser; cada árbol, un ser; cada animal, un ser. Uno, distinto e
independiente del otro, separados por la nada. Otros, que se creyeron más listos, descubrieron que
entre cuerpo y cuerpo visibles y tangibles mediaba un gas, el aire. Pero antes del trascendental
descubrimiento de la atmósfera, el hombre había ya creado el concepto y la palabra “nada” y aun
no ha podido desprenderse de ese fantasma.

Sin embargo, en la realidad absoluta no existen diversos “seres” ni la “nada”; sólo existe el
“Ser”, con infinidad de facetas, apariencias y manifestaciones. El hombre, los árboles, los astros, la
atmósfera y todo cuando vemos, tocamos, olemos o concebimos, no son más que exterioridades
del Ser. ¿Me entiende?

X-Z 482 no había caído en la cuenta de que yo me encontraba tendido cuando largo era en
la lona del ring, y me golpeaba sin piedad, mientras yo estaba absolutamente knock-out. A media
voz, respondí:

-Nada.

Declaro francamente que no me apesadumbra el estar aquí encerrado, porque debido a


este aislamiento he podido gozar de visiones tan extraordinarias. Seguramente que en libertad, en
contacto con la cambiante realidad del mundo, mi espíritu se habría arrastrado como un torpe
gusano sobre la superficie de las materialidades. Comprendo que esta vida pueda llevarme a un
desequilibrio, o al menos, a una desambientación; pero no importa.

No me preocupan mi madre, ni la guerra atómica, ni la alimentación ni la higiene de mi


cuerpo. Estoy obsesionado por ese mundo extraordinario que falsamente se denomina futuro y
que, en realidad, es tan presente o pasado como todo. No se me escapa el peligro que se cierne
sobre mí: quedarme en ese otro mundo y no volver jamás a éste. Mas ¿qué peligro es ese?
Siempre seguiría existiendo, porque no hay posibilidad de abandonar al Ser. He leído en el
“Tratado de Filosofía” de Klausky que la Nada no existe, y siendo así, un ser no puede llegar a No
Ser; podrá transformarse, evolucionar, pero jamás perder su existencia. Esto parecen ignorarlo los
hombres y era para mí también desconocido antes de vivir en esta celda. Los hombres declaran
que esta vida es miserable y sin embargo, no quieren cambiarla por otra. ¿Es que temen que la
otra sea aún más detestable? Eso no es posible. Todo ser marcha en una senda evolutiva de
perfeccionamiento. Si yo hubiese sabido esto, no sería un desertor. Cierto es que preferible fue que
me encerrara, porque el mundo se me amplificó inmensamente.

¡Qué estrechísimo es el horizonte de mi madre! ¡Qué estúpida es la pobre! No por eso dejo
de amarla entrañablemente. Ella no tiene la culpa de su ignorancia. Su hermano, mi tío Roberto, no
era más inteligente que ella. Se pasó la vida luchando por “sus ideales”, que no pasaban de ser
pequeñas tonterías. Consumió casi todas sus energías abogando por la “comuna autónoma”, la
“descentralización administrativa” y otra serie de pequeñeces. ¡Ah, también dedicó gran tiempo y
palabras a combatir la inflación monetaria! Y creyéndose empeñado en labor trascendental,
adoptaba posturas solemnes y ceño gravísimo. ¡Qué tendrá que ver la comuna autónoma con la
evolución espiritual del hombre! Mientras él se enfrascaba en esos problemas, el Demonio
preparaba afanoso la gran pira de la guerra atómica mundial. No hacía un año que había muerto,
cuando resonaba el estampido diabólico de la primera bomba atómica. ¡Qué estrecha visión del
mundo!

Y así como él, todos sus parientes y amigos parecían topos. Mi tío Rogelio, dedicado a
fabricar pirámides de monedas, vivía aterrado ante una posible crisis, privándose de todo. Mi tía
Elena, pavo real, paseándose de un lado a otro para ostentar su elegancia en trapos y hablando
sólo de su purísima ascendencia. ¡Oh mundo miserable! Mi primo Víctor, atento sólo a logar un
asiento en el Congreso para exhibir su elocuencia de tarros vacíos. Respecto a las ambiciones y
ridiculeces de mi padre, creo haber sido bastante explícito.

Y yo, el más ciego de todos, huyendo de la muerte y dispuesto a enterrarme en un amplio


ataúd como éste. Por una simple casualidad encontré aquí mi liberación. Superación espiritual que
he logrado sin esfuerzo ni mérito, por quien sabe qué extraños designios.

2-diciembre-1950. Este día ha transcurrido para mí sin novedades de importancia. Lo único


diferente fue que mi madre me pasó otra vez un periódico junto al almuerzo. En la primera página,
un gran título anunciaba que la conflagración bélica abarcaba todo, absolutamente todo el planeta;
que una comisión de sabios había lanzado una advertencia a la humanidad en el sentido de que la
desintegración atómica sería automática y que la vida se extinguiría. No me causó mucha
extrañeza esta noticia de la universalidad de la guerra, porque hacía ya varios días que a mis oídos
llegaban incesantemente el estampido de poderosas bombas. Esto me impulso a emigrar
nuevamente. En cuanto con sumí el almuerzo, me puse en trance y me desprendí de las pesadas
cadenas de mi cuerpo material. Sin mediar transcurso del tiempo, y seguramente en el mismo
instante en que perdió la conciencia, me encontré en la casa de X-Z 482. Estaba en el mismo
cuarto en que me recibió la primera vez.
Como la puerta estaba abierta -nunca estaba cerrada-entre sin llamado alguno. X.-Z 482 sin
verme, advirtió mi presencia, y dijo:
-bienvenido.
-¿Soy inoportuno? -Pregunte.
-En absoluto -me respondió-. Estoy almorzando y podremos conversar tranquilamente.
Y miré y vi que estaba sentado sin hacer movimiento alguno, y no teniendo plato cubierto cercanos,
me extrañó su aseveración.
-¿Querrá usted decir que ya almorzó? -Dije.
-No, en estos momentos estoy, precisamente, almorzando -respondió.
-¡Cómo!
Sonrió levemente, indicando que comprendía mis dudas, y luego agregó:
-tal vez el sistema que usamos para alimentarnos le sea desconocido.
-Parece que sí -respondí, lleno de curiosidad. Se dio vuelta hacia mi y me preguntó:
-¿ustedes todavía usan intestinos?
-Naturalmente, pues -respondí, temiendo que el tono de mi respuesta fuera demasiado serio para
su pregunta, posiblemente humorística.
-¡Ah! Ahora me explico su sorpresa. Nosotros no tenemos estómago, ni intestinos, ni riñones, ni
hígado. En síntesis, no usamos el aparato digestivo.
Yo me sentía bastante avergonzado. Y había razones para ello: o X.-Z 482 se estaba burlando de
mí, o si hablaba seriamente, yo era un grosero al tener tantas piezas orgánicas de naturaleza
vulgarísima.
-Hace ya muchos siglos -prosiguió mi amigo- que el S.H. es despojado en el periodo embrionario
de todo el aparato digestivo.
Era tal mi bochorno que, aunque así el propósito de callar, las palabras se me escaparon:
-señor X.-Z 482, debo confesarle que nada entiendo lo que me dice.
-Así me agrada: que sea franco -dijo-. Seré lo más explícito posible: por allá por el siglo XXX, los S.
H. llegaron a la conclusión de que todos los conflictos y obstáculos para la superación de la
especie provenían, directa o remotamente, de su estructura biológica y de sus derivadas funciones
fisiológicas. Una comisión de sabios elaboró un informe detallado y concienzudo sobre esta
materia. En síntesis, se afirmaba y demostraba que el sistema digestivo y de reproducción del S.H.
era la raíz y fundamento de todos los males que aquejaban, en forma gravísima, a la humanidad.
"El sistema de alimentación consistente en la ingestión de verduras, carnes, frutas y otros
elementos por la vía oral, y su eliminación intestinal y urinaria, presentaba grandes inconvenientes.
En primer lugar, era un hecho indiscutible que el esfuerzo requerido para asimilar y les asimilar las
materias alimenticias y rogaba un inmenso descarte de todas las células, órganos, aparatos y
sistemas del cuerpo humano. Multitud de enfermedades y defunciones provenían de desperfectos
del hígado, riñones, vaso, páncreas, intestinos, etcétera. Un sabio se preguntó si no era posible
prescindir de todos esos órganos para alimentar el cuerpo humano. De más está decir que había
burlas tuvieron sobre él. Sin embargo, con el transcurso del tiempo la experimentación demostró
que esa idea, lejos de ser absurda, era genial. Al principio se logró hacer sobrevivir a individuos
despojados de un solo órgano. Naturalmente que el órgano extirpado había de ser reemplazado
por un aparato mecánico similar. La cosa no avanza va mucho, y los detractores de estas
innovaciones se aprovecharon de este lento progreso para afirmar que ellas eran demenciales.
Mas, en el siglo XXXII, R-Q 333, el más genial de los biólogos, demostró que era muy factible
prescindir del sistema nutritivo antiguo del S. H. A condición de proceder en forma integral.
"La historia guarda reverente memoria de aquella sesión del Congreso biológico en el que R.-Q
333 expuso su teoría del cambio integral del sistema nutritivo. Sostuvo que era más fácil mantener
la vida de un individuo despojado de un solo órgano, que la de otro a quien se hubiese extirpado
todo el aparato digestivo y urinario. Recordó a sus colegas que todos los órganos no tenían otra
función que la de transformar los alimentos ingeridos, hacerlos asimilables por la sangre y eliminar
todos aquellos elementos en aprovechables. Observamos estos hechos, preguntó si no era posible
inyectar directamente la sangre aquellos elementos químicos que ésta repartía las células del
organismo. Si es que necesitaba oxígeno, fósforo, calcio, carbón, hierro, excederá, abre sin
interrogación no bastaría verter estos elementos -debidamente elaborados- en el torrente
sanguíneo para que ellos abastecieran a las millones de células del organismo? Si así se
procediere, abre sin interrogación que necesidad había de conservar todos los órganos que
integran el sistema digestivo o urinario? No obstante la lógica se había informado el discurso de
RQ-333, el auditorio de sabios biólogos ofendió al más genial de ellos con sus irónicas carcajadas.
RQ-333, imperturbable, agregó que no se le escapaba la dificultad de poder llevar a la práctica sus
ideas sin el peligro de segar la vida por hecho que operatorio, las hemorragias, etc. Sin embargo,
dijo que sus ideas eran teóricamente aceptables y que el tiempo se encargaría de hacerlas
factibles.
"Pasaron los años, y los que se habían burlado de las las sabio que veían más legítimas sus
objeciones, de que sus teorías demenciales no atravesaban las lindes del campo teórico. RQ 333,
con la poderosa convicción de su genio, se retiró al silencio de su laboratorio y pareció derrotado.
Sin embargo, al cabo de 20 años, y cuando ya ochenta pesaban sobre su cuerpo, el coloso son
solamente. Convocó a una sesión extraordinaria, y todos los académicos aceptaron, pensando que
volverían a reír.
RQ 333, sobre la tribuna, dijo que estas sencillas palabras:
"ilustres miembros de la academia mundial de biología, me he permitido distraernos de vuestras
labores para comunicarnos que llevado a la práctica mi teoría sobre el cambio integral del sistema
nutritivo.
"En la sala se produjo un hondo silencio. Los académicos se miraban atónitos y parecían estar bajo
la presión de una idea unánime: que estaba loco. Nadie se atrevía a decir lo. Por último, el
presidente de la academia exclamó:
"será necesario comprobar.
"Es de 433 respondió: si vais a mi laboratorio, lo comprobaréis.
"¿Que dieron los escépticos académicos en el laboratorio del temerario biólogo?
"Había allí un conejillo de indias aparentemente normal. Cuando me recupere 133 afirmó que ese
ejemplar, reproducido por inseminación artificial, se había gestado fuera del claustro materno, en
plasma sanguíneo; que antes de cumplir los tres meses del período normal embrionario había sido
sometido a una intervención quirúrgica para despojarlo de todo el aparato digestivo; que tenía la
boca y el ano suturados; que durante los seis meses vividos había sido alimentado por
inyecciones; cuando todo esto escucharon los sabios biólogos, se produjo un hálito de estupor tan
intenso que, no obstante el absoluto silencio que reinaba en la sala, parecían oírse gritos de
asombro.
Desde ese momento hasta el día en que se aplicó a los S.H. Este sistema de inseminación
artificial, de gestación extrauterina y de cambio integral del sistema nutritivo, transcurrieron más de
600 años.
Mi cerebro estaba a punto de estallar. No sabía si soñaba, si estaba vivo o muerto, loco o cuerdo.
Por último me atreví a preguntarle:
-¿de modo que usted fue sometido a una intervención quirúrgica para vaciar todo su abdomen?
-No -respondió-. Actualmente los S.H. Nacen sin aparato digestivo. Durante muchos siglos fue
necesario tal operación; pero hoy día no se precisa, porque la naturaleza fue atrofiando todos los
órganos en desuso, hasta eliminarlos radicalmente.
-Sin embargo, yo no veo que usted esté almorzando -dije, lleno de curiosidad.
-Sí que no estoy. Vea usted.
Tras esta afirmación, sacándose una boina, descubrió su cabeza y pude ver que sobre su barco
cráneo había una especie de bolsa de material plástico, flexible, de la cual salía un conducto del
mismo material que defendía por su cuello y se perdía bajo sus ropas. Me quedó mirando como si
considerase que mis dudas estaban disipadas.
-¿Y qué hay con eso? -Pregunté.
Me explico que en esa bolsa había un líquido con todos los elementos nutritivos que la sangre
necesitaba. El suero descendía lenta y gradualmente hasta otro receptáculo que se aplicaba sobre
la piel de cualquier parte del cuerpo, adhiriéndose a la superficie por una especie de eventos. En
esta alojaba ser un dispositivo muy curioso que tenía la función de ejercer presión sobre el sitio a
fin de que éste, por ósmosis, pasara a los vasos sanguíneos. Haciendo historia, me contó que
antes había usado un sistema semejante al "gota a gota"; es decir, que el líquido penetraba en la
arteria por medio de una aguja hipodérmica. Éste procedimiento, incómodo y doloroso, fue
reemplazado por el de la ventosa a presión.
El suero alimenticio era fabricado por el estado y podía obtenerse en bombas semejantes a las que
nosotros tenemos en las calles para proveer de gasolina a los vehículos motorizados.
Bastaba aplicarse el aparato durante una hora todos los días para que el cuerpo marchara en
perfectas condiciones.
-Pero ustedes no conocen los deleites del paladar -objeté.
-En realidad, no -respondió-, pero tampoco conocemos los malestares de las enfermedades. Casi
todas se han suprimido. Naturalmente que aún existen dolencias, tales como la neurastenia, pero
son casos muy excepcionales.
Hacía tiempo que me preocupaba la idea de sí mi extraño amigo viviría solo, pues nunca vi a nadie
en su casa. Me decidí a interrogarle al respecto:
-señor X.Z. 482, ¿usted es casado?
-¿Qué ?
-¿Es usted casado?
-¿que es "casado" ?
-Matrimonio.
-No le entiendo.
-¿Vive usted con alguna mujer?
-No; ¿para qué?
La realidad era que en esos momentos no se me ocurría que responder. En vano buscaba en mi
mente alguna razón que ofrecer a mi amigo. Decidí definir el matrimonio.
-El matrimonio -le dije- es un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer según el actual e
indisoluble entre, y por toda la vida, con el fin de vivir juntos, de procrear y de auxiliarse
mutuamente.
-Mire, amigo, ahora ese contrato no se usa. Desde luego, no respondería a necesidad alguna. Eso
de "vivir juntos" no tiene razón de ser, desde el momento en que usted se comunica en cualquier
momento con quien quiera por transmisión directa del pensamiento o, a grandes estancias, por
intermedio del transmisor de ondas psíquicas. Además, la televisión, le hace a usted estar siempre
demasiado acompañado como para desear la presencia de otro individuo en su mismo
departamento. Por otra parte, no veo la necesidad de vivir junto a una mujer para procrear.
En esos precisos instantes di que del aparato electrónico XZ 482 le había señalado como el
transmisor y receptor de ondas psíquicas, salían un rayo de luz verde y un sonido opaco semejante
al que emiten los timbres de las clínicas.
-Perdóneme un instante. Alguien me llama dijo, incorporándose lentamente.
Llegose hasta el aparato, se sentó frente a él, abrió una etapa, y en una pequeña pantalla blanca
apareció, en colores, la imagen de un individuo sentado frente a una gran mesa escritorio. Su
rostro -casi idéntico al de XZ 482-dibujo una leve y maquinal sonrisa. Después se limitó a mirar
fijamente a los ojos de XZ 482. Yo estaba detrás de este, pero notaba que los ojos de la imagen no
apuntaban hacia mi. De pronto, los clavó en el rostro, y el suyo pareció presa de un gran estupor.
Al instante, los dirigió hacia los de mi compañero y no los apartó de él. Luego se apagó la pantalla.
XZ 482 cerró la tapa y, dirigiéndose a mí, dijo:
-¡qué coincidencia! O, tal vez, no lo sea. Ese señor es el jefe del departamento de reproducción y
me ha solicitado cooperación para repoblar una zona devastada por un cataclismo reciente.
-¿Cual es la coincidencia? -Pregunté.
-Hablábamos de procreación y me llaman para invitarme a una contribución seminal.
-Y si no es indiscreción -me atreví a preguntar-, ¿contribuirá usted?
-Naturalmente. He contestado que a vuelta de correo recibirán deporte. Hay que sacrificarse por la
colectividad. Con extrañeza me ha preguntado quién es usted.
-¿Y qué le respondió? -Inquirí, pleno de curiosidad por saber qué concepto tenía de mi.
-He dicho la verdad: que era un hombre muerto hace ya muchos siglos -respondió con una calma y
naturalidad ofensivas para mí.
-¡Cómo! ¡Hágame el favor! ¡Eso sí que no se lo permito! Y no pude seguir reclamando, porque mis
energías se agotaron, estranguladas por el terror. Vendí en un sillón muy confortable y me quedé
largo rato meditando.
Se trataba, sin duda, de una broma de mal gusto o de un error de XZ 482. Este podía equivocarse,
¿por qué no? O era muy posible que el y sus contemporáneos fuesen unos bromistas
empedernidos, dada la vida ociosa que llevaba. Desde luego, hacía pocos momentos y que me
encontraba escribiendo mis impresiones en la celda que mi madre construyera para mí. Y si varias
veces mi espíritu se había habido para navegar en el tiempo, siempre había regresado para
continuar mis memorias, para comer o, simplemente, para mover los engranajes de mi organismo.
XZ 482 estaba en un profundo error al creer que podía burlarse de mi yo sé lo que mostraría al
instante, yéndome y no volviendo jamás. ¡Que se fuera al diablo con todos sus contemporáneos
sino yo volvería donde mis hermanos los hombres, aunque fueran unos infelices.
Sin decir palabra, me encamine hacia la puerta de calle, la curse, medical el sombrero y anduve
rápidamente por la acera inmóvil.
-Ya está, me voy-dije para mi capote. Mas para irme no es necesario caminar, desplazar del
espacio, de mi ciudad está aquí, en el mismo lugar en que se encuentra la de XZ 482. Lo que debo
hacer es surcar el tiempo, regresar a mi época, tan distante. Bueno, ¿qué hice en otras ocasiones
para regresar a mi celda? No recuerdo. Parece que nada. Quiere decir que aguardaré en esta
esquina hasta que pueda retornar.
Lentamente, la luz natural declinaba. De pronto, y luminosa la ciudad, como si innumerables pocos
la alumbraran, más en parte alguna pude verlos. El ambiente sentido, debido tal vez a la misma
causa productora del punto
el miedo empezó a invadirme en forma tan avasalladora, que muy pronto me encontré llorando y
gimiendo como un niño perdido la noche. En vano evocaba la imagen de mi tierna madre, en
estrecha senda, por verse si lograba transportar mediante. Al fin, resolví volver a casa de XZ 482.
La puerta continuaba abierta. Entré y, con tono suplicante, le dije:
-señor, no se como volver a la ciudad de mamá.
-Está en ella -dijo secamente.
-Si, pero deseo retornar a mi época -gemí.
-Ya no es posible. Desde la primera vez que nos encontramos, usted estaba muerto -arguyó.
-No puede ser, porque después yo volví a la celda, comí los guisos que mi madre me dio, leí un
periódico y...
-alucinaciones -dijo-. Le parecía vivir, porque estaba recién muerto. Ya no padecerá más esas
falsas impresiones. Pero no se aflija. ¿Acaso es usted muy feliz? ¿No estaba encerrado?
-Sí, pero escribía mis memorias, estudiaba filosofía, y cuando se firmara el armisticio podría salir y
deslumbrar al mundo con mi sabiduría.
-Mire, joven, créame que la sabiduría que se refiere es bastante relativa. En cuanto a la gloria que
ansiaba cosechar, no se haga ilusiones. Junto con la corona de laureles le pondría el mundo otra
con las espinas de la envidia, la postre aquélla perdería su losanía, transformándose en un montón
de hojas secas, marchitas, de basuras vegetales.
Insensiblemente, su escepticismo me contagió, y, con flojera, agregué:
-Pero nunca tuve la gloria y soñaba con poseerla.
XZ 482 guardó silencio.
Yo permanecí en el sillón, meditando. A pesar de las consoladoras razones que me había dado, mi
estado de ánimo no era un buen punto encontrarse de un momento a otro en calidad de muerto
una cosa muy a la un es decir, uno se siente raro; es un estado civil tan distinto al que antes se
tenía, que cuesta acostumbrarse. Desde luego, no se tiene un programa determinado y no se sabe
uno que hacer.
Al cabo de un rato de silencio, volviéronme las dudas y pregunté mi amigo:
-Dígame, y si yo estoy muerto, ¿cómo puedo entenderme con usted, que está vivo?
-¡Vuelta la misma cantinela! -Dijo XZ 482, un tanto molesto-. Los muertos y los no nacidos en una
calidad muy similar. Las hora de que usted vaya abandonando esas ideas absurdas y tripulantes
de los llamados "vivos", quienes creen ser los únicos existentes por qué andan envueltos en un
montón de groseras carnes. Sepa lo, de una vez por todas, que los muertos son más reales, si es
posible decirlo así, que los vivos; y yo soy un espíritu puro, sin ropajes carnales, idénticos a usted
en naturaleza, con la única diferencia de que aún no he pasado por la etapa de la vida carnal. Para
ahorrarme nuevas explicaciones el futuro, voy a dar un ejemplo que aclarara sus ideas. Imagine
usted el escenario de un teatro. En escena, una serie de personajes que representan sus papeles
de "vivos". Ellos, gracias a las vestiduras carnales que desenvuelven, son visibles, tangibles,
aparentes a los sentidos. Se ven y tocan unos a otros, mas no pueden ver ni tocar a los personajes
que se encuentran entre bastidores: a un lado, los "muertos", que ya representaron sus papeles en
la escena y se han tornado invisibles por haberse despojado de sus carnales disfraces; al otro lado,
los "nonatos", que aguardan el momento previsto por el director de escena para salir al tablado.
Así como en un teatro existen los personajes que esperan el momento para entrar en escena, lo
que en ese momento actual en los que ya representaron y descansan entre bastidores; así
también, en la vida existen los nonatos, los vivos y los muertos. ¿O es usted tan torpe como para
creer que existan creando continuamente personajes que se destruyen una vez que han actuado
un instante en el escenario de la vida corporal?
Con claridad sorprendente vi que XZ 482 tenía razón, pero no me pareció bien que me tratará de
"torpe"; es injusto, de que mi ignorancia armonizaba con mi pequeñísima experiencia de la vida
metafísica. Preferí callar.
Al cabo de unos instantes de silencio tedioso, escuchó una carcajada que brotaba de XZ 482. Lo
miré sorprendido.
-No se aflija. Son bromas. Usted aún está vivo. Si no pudo volver a su época, fue porque
mentalmente lo retuve la mía. Quise entretenerme haciéndole pasar un susto. Nosotros tenemos
muy poco que hacer y nos gusta bromear. Payasos el rey vuelva pronto; estoy acostumbrado a su
compañía.
Sentí un placer indefinible al saber médico. No sé por qué me aferraba a esa condición de
existencia. Sabía que mis horas en la celda eran monótonas y obscuras; pero acaso la esperanza
de ser algún día feliz me impulsaba hacia la tierra.
Prometí a XZ 482 que volvería pronto, de Rubén tono de broma que no me las hiciera tan pesadas
en el futuro y partí.

CAPÍTULO IV

15-diciembre-1950. Cuando volví a casa de XZ 482, lo encontré en compañía de un individuo muy


semejante a él. Estaban sentados frente a frente, a corta distancia, y se miraban sin hablar a la.
Nos saludamos y mi amigo me presentó al visitante en estos términos:
-Le presentó a MY 78921.
-Sebastián Apablaza a sus órdenes. Digo placer en conocerlo, señor -respondí.
-Señorita -me objetó la visita.
-¿Es usted una señorita? -Pregunté sin darme cuenta de la grosería que implicaba mi duda. Pero
ella sin manifestar mi sombra de enojo, respondió:
-Por cierto.
XZ 482 tomó la palabra con un entusiasmo que antes no había anotado en el:
-en realidad, hombres y mujeres son casi idénticos. La única diferencia está en ciertos órganos
internos y en las hormonas. Los hijos se desarrollan fuera del claustro materno y no son
amamantados por sus madres. Por otra parte, estas no los conocen. Sí; ya comprendo que desea
usted preguntar. El amor maternal se acabó, tal como el filial y el sexual. Usted comprenderá que la
inseminación artificial fue debilitando poco a poco el amor, hasta que, secada su fuente, -la
sexualidad-, se extinguió por completo.
-Sin embargo -argüí-, el amor tiene, además de la sexualidad, otras raíces. Existen ciertos
elementos espirituales que forjan el amor. La atracción que sienten los seres humanos obedece a
una necesidad de unión espiritual ante el misterio de la vida, de la muerte. Un hombre y una mujer
pueden seguir armándose aún después de agotados sus impulsos sexuales. Así puede observarse
en los esposos ancianos.
-Debido al recuerdo y a la necesidad de auxilios materiales y espirituales -objetó mi amigo-; pero si
esa evocación no existe y si los individuos no necesitan en forma importante auxiliarse, porque no
existen problemas materiales y espirituales...
no pude contenerme, y le interrumpí, diciendo:
-aun suponiendo que la organización de ustedes sea tan perfecta como para haber suprimido todos
los problemas de orden material, las inquietudes espirituales existirán mientras exista el problema
del más allá.
-¿Qué problema es que ese "del más allá"?
-La angustia que provoca el enigma de la muerte.
-Debo advertirle -dijo con mucha naturalidad MY 78921- que para nosotros no existe tal misterio.
Esta opinión me llenó de asombro, y pregunté anheloso:
-entonces ¿ustedes saben en vida qué sucede después de ella?
-Pero naturalmente. Nadie lo ignora. ¡Cuán espantoso ha de haber sido para los hombres de su
época vivir ignorando que sería de ellos al morir!
-Algo terrible -respondí-. Y yo creo que ese misterio es uno de los más poderosos factores del
amor.
-Es muy posible -respondió XZ 482-. Más usted comprende que, disipado ahora ese temor,
descifrado el gran enigma y agónico en "genio de la especie", el amor no tiene razón de existir.
-¿Pero hacia dónde va la humanidad? Llegará un día en que el hombre y la mujer serán incapaces
de elaborar gérmenes de vida y la humanidad se extinguirá.
-¿Cree usted que ese desenlace es muy terrible? ¿Qué le importa? ¿Afecta a alguien? No,
¿verdad? ¿Cree usted que el Ser necesita que sus imágenes hayan de vestirse siempre con los
ropajes carnales? ¿Ignoro usted la naturaleza, el origen de los seres?
Con infinita vergüenza hube de reconocer:
-Por cierto que sí. ¿Podría usted señor, explicarme esto?
-Con todo gusto -dijo XZ 482-. Así como un autor teatral consigue y crear personajes, les asigna un
papel y, por último, los encarna en actores; así el ser consigue y crear sus personajes: los seres;
les asigna un papel en el gran drama universal y los encarna inmaterialidad. Comprenderá usted
que los personajes creados por un autor teatral sean más débiles que los creados por él Único Ser
Real. Los personajes tienen tal consistencia, fuerza y vida, que algunos de ellos llegan a creerse
libres, increados, autónomos. Seguramente usted, mientras estaba vestido de carnes se
consideraba muy libremente existente, se sentía el rey de la creación -tal como se lo enseñaron en
los primeros años de colegial- y se enfrentaba al Universo y al Ser, pensando que existían
prepotencias: usted, el mundo, Dios. Pues bien, sepa lo de ahora en adelante: sólo existe el Ser.
Todas las demás cosas -astros, continentes, océanos, animales, hombres, etc.-, no son más que
sus imágenes mentales.
¿O de un personaje dar una disertación de cómo es la personalidad del autor? Nada sabe, e
incluso ignora o niega su existencia. Este personaje sólo sabe de su propia existencia y ufano la
proclama como independiente y nacida por generación espontánea. Nada obtuvo Pasteur con
demostrar la imposibilidad de la generación espontánea en los seres microscópicos. El grandote
del hombre se sigue considerando un hijo de la Nada.
Así como autor teatral puede crear sus personajes y la trama en que se desenvolverán sin escribir
su obra, así puede el Ser crear los suyos sin darles apariencias sensibles, sin que lleguen a
materializarse.
Eso sucederá a la humanidad en un lejano futuro y un futuro sólo para nosotros-: vivirá solamente
en la mente del ser. Es decir, eso ya sucedió. El Ser creó en un instante el universo, con todos sus
movimientos, que algunas cosas que no creó serán los hombres que no vendrán.
-Esto se puede suceder que ustedes no lleguen existir materialmente -me atreví a sugerir.
-No, pues; nosotros existimos, aun cuando todavía estemos entre bastidores, aguardando la hora
de salir al escenario.
-Ustedes son mucho más sabios que los de mi época. Yo en mis contemporáneos, antes de nacer,
nada sabíamos de que existiríamos algún día.
-En ese sentido somos iguales. Su espíritu, antes de adentrarse en el germen, en el embrión que
se incuba en el vientre de su madre, sabía todo su futuro. Pero en cuanto se sumió en el barro
carnal, perdió su lucidez y olvido todo su pasado espiritual. En el transcurso de la vida fue
recordando parte de lo que antes sabía. Al aprender algo, ¿nunca tuvo la impresión de que ese
conocimiento no le era del todo nuevo, recién adquirido, sino que lo rememoraba?
Al morir y empezar a vivir sin cuerpo material, cada día irá olvidando un poco de su pasado la
tierra, hasta borrarse del todo.
Usted se está presentando en estos momentos que pretende el Ser al darnos esta vida. Su
pregunta está mal planteada. El no pretende nada, porque nada le ha dado, ni nada le quita. Sólo
él existe. Usted no es más que un reflejo del infinita luz.
Bueno: ahora comprenderá por qué no existe la mortal como usted lo consigue. Nos amamos a
nosotros mismos, en cuanto somos un rayo de esa eterna fuente luminosa, y nos esforzamos en
apurar nuestras aparentes existencias para retornar a ella. No procuramos vivir muchos años; al
contrario. En nuestras vidas son breves: 30 a 40 años. Creo usted se esfuerzan por prolongar lo
más posible sus miserables existencias. ¡Qué extraño! Pasa lamentándose y, sin embargo, se
aferran a la vida. Es explicable por el temor que es inspirado desconocido, el más allá, como usted
dice.
Abrumado, nada tenía que decir; mas, porque no fuera a pensar que no lo había entendido,
torpemente balbuceé:
-muy bien, señor XZ 482.
Durante la disertación de mi amigo, yo me había dedicado a observar atentamente a la señora MY
78921. En vano había procurado encontrar en ella algún rasgo femenino. Su vestimenta era
idéntica a la de todos los individuos que había visto: una especie de overol azul, de material
semejante a los paños de la. En su tórax hundido no se dibujaba ni levemente la curva de los
pechos. Su rostro aguzado, gusanesco, y su cráneo muy calvo y brillante hacían casi imposible
diferenciala de XZ 482. Más que por las razones de mi amigo, por el aspecto de aquel ejemplar
femenino y desde muy posible que esas generaciones desconociesen el amor.
Hacia mucho rato que sentía violentas ganas de orinar. Como la señorita MY 78921 no me
inspiraba el más mínimo respeto y con XZ 482 tenía bastante confianza, dice francamente:
-tengo ganas de orinar. ¿Dónde está el cuarto de baño?
-¿Ganas de que? -Preguntó la señorita.
- De mear, señorita -respondí molesto.
-¿Qué es "mear "? -Inquirieron ambos.
Me sentía bastante alterado. Tener que definir, ante personas de relativa etiqueta, el acto de orinar
no es cosa grata.
Después de científicas explicaciones, habiendo tenido que remontarme a la historia de la fisiología
humana, a la época en que se acostumbraba la eliminación de líquidos urinario, logre hacerme
entender. Fueron tan extensos y difíciles las explicaciones, que cuando me comprendieron ya
estaba un poco vaciada mi vejiga.
Por fin XZ 482 me condujo una especie de partir del uso, y allí, sobre las baldosas de cristal, vertí
los ojos grises que había logrado retener.
En esta ocasión pude imponer estos seres no tenían cuartos de baño, pues nada eliminaban.
Además, no se bañaban y sólo de vez en cuando limpiaban la superficie de sus menguados
cuerpos con un trapo húmedo.
Todo esto me tenía asqueado y resolví irme. Me hice el propósito de volver; pero, por el momento,
sentía necesidad de abandonar los. Pedí un espejo para acicalar.XZ 482 me condujo a su
dormitorio, donde tenía una gran luna como para contemplarse de cuerpo entero. Me puse frente a
ella; mas ¿cuál no sería mi extrañeza al no verme reflejado? Quise restregar de los ojos, creyendo
que algún obstáculo podía impedirles cumplir con su función, pero con dolor comprobé que no
tenía manos con que restregar, ni ojos para ser retirados. Entonces recordé que yo era espíritu
puro, incorpóreo. Sin embargo, ¿cómo era posible que, careciendo de cuerpo, hubiese orinado un
momento antes? ¿Habría sido una simple alucinación? En el pequeño patio del uso, observé el
piso de cristal, estaba seco. Honda pena invadió mi ser y, sin despedirme, salí violentamente de
esa casa, o más bien, de ese tiempo.
Me quedé unos instantes reconcentrado en mí mismo, meditando hacia dónde dirigirme. Por
último, me dice: "si hay algo de cierto en medio de este caos en que me encuentro, es que no debo
aburrirme o sufrir. Debo buscar la felicidad dentro de las posibilidades de que dispongo. Debo
abandonar todo proyecto basado en placeres físicos, de que en esta época carezco de cuerpo, y la
mía, en mi celda, en nada puedo aprovecharlo. Sin embargo, posee un espíritu ágil, magnífico, y
con él puedo contar para buscar la dicha. Podré pasearme a través del tiempo como por mi propia
casa. Bien, ¿hacia dónde iré?
La cuestión era elegir alguna época cautivadora para mi modalidad espiritual.
Desgraciadamente, yo sabía muy poca historia, en mis años de colegial nunca me apliqué a esa
rama del saber humano. Ahora comprendía el error de no haber estudiado, la estupidez de no
hacerle caso a los padres o no me aconsejaba: "estudia, hijo; el saber prestar mucha utilidad en la
vida".
Yo no entendía en esos años cómo ni cuándo podría serme útil el conocer la historia. Ahora sí que
comprendía lo razonables que eran sus consejos.
Si yo hubiera aprendido historia universal, estaría en situación de elegir, con fundamentos
suficientes, una época interesante y trasladarme a ella.
Trate de recordar algo, pero sólo se me vinieron a la mente la defenestración de Praga, la querella
de las investiduras, la toma de Constantinopla por los turcos, Atila, Napoleón y otras cosas sueltas
cuyo interés desconocía en absoluto. Ante el peligro de trasladarme una época muy dura, decidí
remontarme a la "noche de los tiempos", como decían los textos.
De pronto me encontré en una extensa llanura silvestre, el cadáver oriente por los primeros
macizos de una cordillera. Y un cerco, casa o plantío demostraba la mano laboriosa del hombre.
Esas tierras producían espontánea y azarosamente, según la simiente que los insectos, las aves
con el viento les entregaran. Los árboles, caprichosamente distribuidos, ya eliminados, como si
temieran luchar aislados contra el selvático huracán, ya distantes, temerarios, heroicos, ascetico.
A lo lejos, en la que verá la ladera del monte, y que algo se movía, y hacia allá me dirigí
apresuradamente. Con asombro pude ver un ser monstruoso. ¿Cómo describir sus apariencias sin
inducir a error? Animal bípedo, en posición vertical, de una estatura superior, tal vez a los dos
metros, peludo como un orangután, semejante a este y a un hombre de insólita reciedumbre, en el
animal que vieron mis ojos. (Al hablar de ojos lo hago en forma metafórica). Sentí miedo, más al
recordar mi invisible naturaleza, respiré tranquilo.
La faz poblada de vellos , la frente estrecha cubierta con haces caídos de la cabellera, la nariz
ancha y achatada, la boca inmensa de Carlos sus labios, las mandíbulas formidables como la nasa
de las caídas, el mentón prominente y encubrirse sólo con la tupida malla de sus pelos, dábale el
aspecto de un león, un simio o un hombre monstruoso.
Era tal su estatura y había de ser tanto el peso de su musculoso cuerpo, que su pierna parecían
insuficientes para soportarlo y encaminarse tambaleaba. Sentose en una piedra a la entrada en
una cueva y allí se quedó cabizbajo un largo rato. Luego, al sentir un ruido lejano, agitó
violentamente la cabezota, como tratando de ubicar el sitio de donde provenía. Se son murmullo y
aquí posee gigante, como si solamente le preocupara lo presente. Otra vez se produjo el ruido y
nuevamente se inquietó, desconfiado y temeroso. Mas, en cuanto se restableció el silencio, volvió
su actitud de reposo. Su menguado cerebro no era capaz de pensar que el causante del ruido
podía subsistir o acercarse a un mientras no emitir sonidos. Pero éstos se hicieron constantes y
eran como los emitidos por el caminar de alguien sobre la hierba seca. El gigante se incorporó y
resumió hacia todos lados, con visibles muestras de su sobra. Abre sus fauces, como si quisiese
tragar las ondas sonoras, y pude ver su dentadura amenazante como la de un león.
Luego echó a andar lentamente, como un felino que sale al encuentro del enemigo. Diviso no muy
lejos a otro ser muy semejante que debía serle muy familiar, pues, ha quitado, volvió a sentarse en
la misma piedra, a la entrada de la cueva. Después se extendió de espaldas en la tierra y estiró su
cuerpo gigantesco. El individuo que se acercaba tenía, muy dolorido. Cuando llegó, el que estaba
tendido le dirige una profunda mirada, y de su pecho emergió un tierno murmullo. El otro animal
respondió con un sonido igualmente dulce. Era un poco más bajo, tenía la cabellera muchísimo
más larga, hasta la cintura; era más ancho de carreras, de piernas más cortos y en el techo exhibía
dos montes simétricos y redondos, coronados en sus cúspide es por dos pequeños botones
rosaceos. Tenía el vientre abultadísimo. A los pocos instantes de llegar se tendió y empezó a
contorsionar sin el suelo, como ha aquejado por fuertes dolores de vientre. El más corpulento de
estos animales miraba asombrado los movimientos del otro. Éstas convulsiones y tejidos fueron en
aumento, hasta que llegaron a parecerle inquietantes al que los observaba. A tal punto le
acongojaban estas actitudes, que se adentró en la caverna. De vez en cuando se asomaba,
contempla un instante la escena del dolor y volvía a esconderse. Esto duró cerca de una hora. Los
tejidos eran tan doloridos y lacerantes, el individuo encerrado en la cueva distanció sus
escudriñadoras asomadas. Sólo vino a salir -y entonces lo hizo en todo- cuando se escucharon los
gemidos de otro animalito, muy semejante a los dos anteriores, pero unas siete veces más
pequeño. Era repugnante el aspecto que presentaba su pelaje empapado en roja sangre. El más
grande de estos animales se paseaba inquieto, desesperado, y no se atrevía a mirar ni a la madre
le dijo. De más está advertir que el corpulento animal ignoraba que aquellos tuvieron tales
calidades o estados civiles. La madre, extenuada, con los ojos cerrados, estaban tan laxamente
tendida, que parecía muerta. El padre, por fin, miró a la hembra, y al verla inmóvil, ensangrentada y
con los párpados entornados, cayó en angustiosa desesperación. Es como si a la muerte porque,
seguramente, la había causado muchas veces a los que fueron sus enemigos. Se lanzó sobre ella
y empezó a lamerle el rostro con un perro fiel. La hembra continuaba inmóvil. El macho empezó a
gemir en forma tan dolorida que partía el alma. Después de un rato, la hembra comenzó a mover
sus brazos. El padre suspendió de golpe su gemidos y lamidas para observar estas
manifestaciones de vida. Lentamente alzó sus párpados, se vieron sus ojos leídos por el dolor y en
su boca se dibujó lo que hoy llamaríamos una sonrisa. El observaba todo esto con sus ojos
clavados en los de ella. Cuando por fin movió sus labios en señal de sonreír, él hizo lo mismo, con
la diferencia de que su expresión fue notoriamente más estúpida.
Había asistido yo a las dos primeras sonrisas del mundo y a los primeros llantos del recién nacido.
Al cabo de una hora se incorporó la madre, cogió al tierno gigante y lo estrecho contra su pecho
por quién sabe qué razón. La criatura se aprovechó de esto para morder la cúspide de uno de los
montes que la hembra ostentaba en la parte anterior del tórax. Pareció dañarle este mordisco, y lo
apartó de sí, pero el pequeñuelo lanzó tales berridos , que hubo de volver a estrecharlo contra su
pecho y, al ver que en una silla, no dejó allí largo rato. Luego empezó a llover fuertemente y los tres
animales permanecieron tranquilos y gustosos bajo la cortina de agua transparente.
Varios días seguí observando a estos gigantes animales bípedos, verticales y mamíferos.

Por sobre el perfil lejano de la cordillera asomaba su risueño rostro el astro vivificante, y todas las
cosas del valle -árboles, piedras, animales-lo saludaron arrojando sus vestiduras de sombras a la
tierra. El rocío de la noche le rindió homenaje enviando, el ascensional ruta, emisarios, partículas
sutiles de sí mismo. Las aves del cielo entonaron sus cánticos, los animales portadores
suspendieron sus prosaicos afanes alimenticios y modular un incomprensibles voces de júbilo.Ner
-así se llamaba el macho, y lo pude saber por qué la hembra cada vez que lo veía, después de un
rato de ausencia, decía: "Ner" -trepó con simiesca rapidez a una gigantesca higuera y se dio a
comer de sus frutos con gran voracidad. Cuando pareció estar harto, descendió del árbol,
descolgando se derraman rama con lentitud, como si el ir de sus brazos soportando la gravidez de
su cuerpo colgante le sirviera para desperezarse.
Al parecer sin causa, echó a correr por la pradera. Y corrió hasta que sintió incluido en la espesura;
entonces se detuvo, puso en el aire y así permaneció escuchando. Cuando vio aparecer en claro el
matorral a un siervo, Ner trepó un árbol y permaneció en acecho. Encubierto por el follaje, parecía
contener el aliento. Cuando el frágil animalillo pasaba debajo del gancho, el monstruo se dejó caer
sobre él y lo tumbó. La víctima alcanzó a lanzar sólo dos balidos lastimeros que se ahogaron en la
espesa piel del gigante. Dos o tres golpes con los puños, y la víctima quedó exánime. Ner, con
titánicas fuerzas, arrancó una papal siervo y, chorreantes de sangre, la llevó a sus fauces.
Horripilante era verle, con el rostro y el pecho tenidos de rojo, Deborah. Cuando el cuero peludo de
la presa le impedía morder las carnes vivas, cogía con sus dedos poderosos como tenazas el
extremo de la piel y la tironeaba hasta arrancarla.
Arrojó el hueso desnudo y partió con paso lento hacia un arroyo. Se inclinó al borde para beber las
frescas aguas y, por último, como si no lo hubiese proyectado, sumió su cuerpo sanguinolento en
ellas.
Emergió, eliminada, sedosa y brillante su piel, y continuó su marcha reposada, mirando a la tierra,
como si buscase en ella algo perdido. Ligado a la caverna, se tendió cerca de la entrada y luego se
quedó dormido. El débil sol de invierno no parecía molestarle, y así permaneció hasta que las
primeras sombras de la noche lo cercaron. Entonces despertó, asombrado de ver nuevamente el
mundo, que con el sueño parecía haber olvidado. Entre la caverna, y, al ver a su compañero
tendido en la tierra amamantando al hijo, pareció oscurecerse, se lanzó sobre ella, apartó sin
cuidado la criatura y descargó todas sus energías en las entrañas de la hembra. Desde fuera, y a
alguna distancia, podían escucharse los ungidos que emanaban de su pecho encaprichado por la
pasión sexual. Después, silencio, y, luego, el borboteo de los ronquidos en un sueño profundo.
No satisfecho con haber observado las actividades de Ner, su hembra y su cría, un día me
introduje en la mente de aquel. Había allí, en tropel, leones, panteras, tigres, elefantes, cocodrilos y
toda suerte de fieras y víboras. La imagen de su compañera y de la criatura solían aparecer; la de
aquella, más exuberante, sus características específicas -los montes del tórax, la amplitud de sus
carreras y la longitud de su cabellera- exageradas. Por otra parte, el trío aparecía con la boca
cerrada, no en la actitud de quien llora.
Comprendí que estas modificaciones de la realidad operaba en la mente de Ner constituían su
creación espiritual.
Después apareció en el escenario mental de Ner un león con las fauces abiertas y con ostensibles
deseos de atacar; enseguida, un imagen borrosa de miembros peludos que se pensaban en lucha
por la vida, y luego ésta, inerme, tendida en la tierra. Me di cuenta que Ner no tenía una imagen tan
clara de sí mismo como de los demás seres. Muy explicable, ya que no podía verse a sí mismo
cabalmente. Pensé que, por análogas razones, lo que más ignora el hombre es su propia
naturaleza.

CAPÍTULO V

22-diciembre-1950. Tras estas experiencias en el pasado, se reafirmó mi convicción de que la


historia no era la ciencia de mi preferencia.
Decidí, pues, volver donde X-Z 482 y sus contemporáneos.
Es de advertir que cuando volví enfrentarme con él, mi espíritu se había perfeccionado tanto, sin
haber tenido conciencia de su evolución, que fueron innecesarias las palabras para comunicar
nuestras ideas. Después de saludar, me invitó a salir, diciendo:
-¿quiere usted acompañarme? Hoy debo trabajar.
-Con todo gusto. ¿En qué trabaja usted?
Me explicó que cada 400 días, más o menos, le tocaba el turno de trabajo. Su jornada era de dos
horas. Había de vigilar las faenas en centrales de energía atómica.
No subimos a la calle, nos tendimos trastos parabrisas y nos deslizamos por espacio de media
hora, aproximadamente. Después de bajarlos, anduvimos unas pocas cuadras y llegamos a una
plaza, cuyo pavimento era de cristal. Mientras caminábamos por ella, pude ver que abajo había
gran actividad de inmensas maquinarias y tránsito de individuos. Bajamos al subterráneo en un
ascensor y entramos a una oficina, donde X-Z 482 reemplazó a un individuo muy semejante a él.
Este me invitó a tomar asiento a su lado, y así pude imponerme de su labor.
Sentado frente a un aparato de televisión, recorrió sin moverse toda la inmensa usina.
-Aquí es necesario utilizar el lenguaje, porque los animales que trabajan son incapaces de captar
directamente el pensamiento -me advirtió desganado X-Z 482.
-¿Dónde están los animales? -Pregunté.
En la pantalla del aparato televisor no había aparecido la imagen de ninguno.
Mi amigo, señaló con el índice un sujeto, al parecer, idéntico a todos los hombres de mi época que
yo conocía.
Como le manifestara mi sorpresa por el modo de clasificar a esos individuos, me explicó:
-estos animales, según algunos sabios, serían los antepasados nuestros, a los cuales habríamos
superado en la marcha evolutiva. Otros sostienen la teoría inversa: serían una especie degenerada
derivada de la nuestra. A mi juicio, la verdad es que una rama de estos animales, a través de lenta
evolución, dio origen a nuestra especie. El resto de ellos quedaron estancados en su condición de
animalidad. Los S.H. , en cierta época de la historia, debieron eliminar a una infinidad, porque su
número excesivo constituía un peligro. Después hubieron de controlar su reproducción. Se ha
pretendido atribuir a estos animales la posesión de un arma. A mí se representa como sorda esta
última teoría. Son muy torpes. Cierto es que tienen algunas facultades psíquicas, tales como
memoria, imaginación, juicio, y aún, en pequeñísimas dosis, intuición. Son incapaces, como ya le
dije, el transmitir y recibir los pensamientos, como no sea por medio del lenguaje; ignoran el
porvenir, están sujetos a las limitaciones del tiempo-espacio, carecen del conocimiento telepático,
de la evidencia; en fin, tienen todas las características de la animalidad.
Sin embargo, son 1 unos animalitos muy simpáticos, curiosos y presumidos. Pero, al mismo
tiempo, son peligrosos, porque están llenos de instintos y pasiones. Como se creen muy
importantes y valiosos, se sienten postergados, injustamente tratados, y son, en consecuencia,
reivindicativos y rencorosos, rebeldes y audaces. Ha costado muchísimo domesticarlos. Sólo el
terror y la muerte los disciplinan. Menos mal que un mecanismo asociativo de ideas les permite
escarmentar. Muchos de ellos han tenido que morir fulminados para que los demás aprendan que
la rebeldía es peligrosa. ¿Si usted gusta, llamó a uno para que pueda observarlo cerca?
-Me encantaría.
X-Z 482 llamó por el transmisor.
-¡Clorindo Pérez, venga a la oficina!
Al poco rato entró en la sala en que nos hallamos un individuo de unos 40 años, alto, fornido, la
barba rasurada, rubio, de ojos azules; es decir, un hombre distinguido, tal como pocos
contemporáneos míos.
X-Z 482 le preguntó:
-¿eres feliz?
El interrogado, antes de contestar, miró en torno suyo, manifestando extrañeza y desconfianza, y
luego dijo:
-Vuestra pregunta es insólita, porque bien conocéis la respuesta que debería daros y porque nada
me aprovecharía el deciros la verdad.
-Si no respondes, te castigaré -amenazó violento X-Z 482.
-Abusa esto el poder, pensando que podéis hacerlo impunemente; más que os digo que nadie
puede cometer una felonía sin obtener, tarde o temprano, su castigo. Desde luego, en este mismo
instante en que comete es la crueldad de preguntarme por la felicidad que tú mismo me robastes,
estáis endureciendo y corrompiendo vuestra alma. Y para obedeceros, os diré categóricamente:
no, no soy feliz, porque carezco de la libertad, el más preciado donde el hombre y natural a su
esencia.
X-Z 482 dijo para mí, sin palabras:
-¿ve cómo son muy curiosos estos animales? ¿Y se fija usted que el canto es armónico y grato al
oído? Le hace otra pregunta a la que aprecie usted sus conceptos metafísicos.
-¿Sabes que te acontecerá después de la muerte?
-Mis carnes serán pasto de gusanos y no seré más.
-¿Y tu espíritu?
-Como producto físico químico de mi cerebro, cuando éste se destruya, las manifestaciones
espirituales cesarán.
X-Z 482, al oír esta respuesta, no pudo contener la risa y abrió la boca, exhibiendo sus
desguarnecidas encías. Después, dirigiéndose a mí, dijo:
-y usted que remeda inteligencia, que la simula con bellos sonidos articulados, desposeídos de
conceptos y de verdad.
Yo estaba muy interesado en esta entrevista y pedí a X-Z 482 que llamará a otro y le preguntara
acerca de si era justa la situación de que gozaba.
Mi amigo accedió interrogado en el sentido insinuado por mi, respondió:
-se nos tiene esclavizados, como si fuésemos animales. Mientras ustedes gozan de todos los
privilegios y se hartan con los frutos de nuestro trabajo, nos arrojan los mendrugos sobrantes. Es la
injusticia y la barbarie hecha ley. Pero pronto llegará la hora de la liberación y nosotros seremos la
clase dominante y ustedes los esclavos.
X-Z 482 parecía muy aburrido y se dedicaba a observar por el aparato de televisión el movimiento
de la central de energía atómica. En forma despectiva, dijo al entrevistado:
-está muy bien. Vaya a su puesto.
El pobre hombre salió lentamente y parecía algo liberado de su dolor por haberse desahogado con
sus palabras.
-Y cuando se revelan, ¿cómo los dominan? -Pregunté a mi amigo.
-Cuando se trata de uno solo -respondió X-Z 482-, basta con la sugestión inhóspita; pero si la
sublevación es colectiva, se les lanzan chorros de fluidos atómicos.
-¿Con sugestión hipnótica? -Me atreví a preguntar.
-Natural; nosotros tenemos tal fuerza magnética, que podemos hipnotizar en forma fulminante a
estos animalitos. Son muy débiles. Sólo tienen fuerza muscular. Ellos lo saben, y desde hace
mucho tiempo no molestan en este sentido. Los jóvenes inexpertos suelen atreverse.
-¿Y de dónde sacan estos animales? -inquirí.
-Tenemos criaderos magníficos. Es la única raza de animales que mantenemos.
Se me pasó por la mente que los hombres del siglo XX podían dedicarse a la crianza,
domesticación y adiestramiento de los monos para el trabajo manual. ¿Acaso un orangután no
sería capaz de arar la tierra con tractor o arado? En todo caso, si no resultaran muy hábiles las
primeras generaciones de simios trabajadores, las venideras adquirirían, por herencia, una mayor
destreza.
Pregunté a X-Z 482 acerca de si los animalitos aquellos, tán parecidos a los que eran mis
compañeros en la vida, no tendrían algunos motivos reales para quejarse. Me respondió
negativamente. Se les proporcionaba todo lo que según su naturaleza necesitaban autos,
magnífica comida, higiénicos y confortables viviendas, ropas suficientes. A las hembras se las
cuidaba, sin decirles más obligación que la alimentación y educación de los hijos. Se le tenían a su
disposición magníficas bibliotecas, campos deportivos y todo cuanto se persiguen; sin embargo, se
quejaban y acechaban la ocasión propicia para subvertir el orden y constituirse en clase
dominante. Mi amigo no sabía encontrar otra explicación a este extraño fenómeno que la siguiente:
esa razón de animales tenían un instinto muy curioso que denominaban ambición, el cual les
impedía conformarse con lo que tenían.