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MENDIGO DE LA VERDAD

Reflexiones en torno a
Las Confesiones de san Agustín

Teodoro Baztán B., OAR


PRESENTACIÓN

Si tienes en tu poder el libro de las Confesiones de San Agustín, posees un te-


soro. O lo que es lo mismo, tienes en tus manos un vaso de vidrio transparente y
límpido, lleno de vivencias y caminos recorridos en busca de la verdad, de adhe-
siones y desencuentros, de pecados y alabanzas al Dios bueno y misericordioso
que perdona y acoge; lleno también de gratitud sentida y gozosa.
Y este tesoro, o el contenido del vaso, podrá ser vida en ti si vas recorriendo
el camino de búsqueda que siguió Agustín hasta su encuentro con la Verdad,
Dios. Porque él ha escrito este libro también para el hombre de hoy y de siem-
pre. Sus vivencias pueden ser las tuyas, y tu camino parecido al suyo. Quiere o
intenta ayudarte a buscar siempre a Dios hasta encontrarlo y gozar con la ver-
dad.
Dicen, y es verdad, que Agustín es un hombre de hoy y de siempre. Un santo
siempre actual. Es cierto que solamente Cristo es el ayer, el hoy y el siempre. No
hay otro. Pero también es verdad que la vida de Agustín reflejada en sus Confe-
siones, especialmente hasta su conversión, puede ser prototipo de la tuya y de
muchos que buscan a Dios, con sus dudas, luchas y esperanzas.
Si Cristo es el Camino, las Confesiones de san Agustín te podrán servir de iti-
nerario para encontrar el Camino y seguirle.

¿Por qué Confesiones?


Hay quienes todavía desconocen el significado real del verbo confesar. Redu-
cen su significado al hecho de reconocer ante el confesor los propios pecados,
pedir perdón por ellos y recibir la absolución sacramental. Esta es una de las
acepciones de la palabra. Quizás, ni la más importante. O al menos, no es la pri-
mera de las acepciones con que aparece en el diccionario de la Real Academia.
La primera dice así: “Dicho de una persona, (confesar) es expresar volunta-
riamente sus actos, ideas, o sentimientos verdaderos”. Y la tercera: “Es declarar
al confesor en el sacramento de la penitencia los pecados que ha cometido”. Las
Confesiones de san Agustín se mueven en el terreno de la primera acepción.
Agustín quiso expresar en ellas un sentimiento profundo de gratitud y ala-
banza a Dios por todo lo que de Él había recibido. Es verdad que también con-
fiesa en ellas sus pecados y errores, sus caídas y sus luchas. Pero lo hace, no tan-
to para pedir perdón, que ya lo había obtenido, cuanto para agradecer gozoso el
amor de un Dios que lo había llevado hacia Él, a pesar de sus desvaríos y bús-
quedas fallidas.
Nacido para amar

Lo dice él mismo en su libro Retractaciones: “Los trece libros de mis Confesio-


nes alaban la justicia y la bondad de Dios tanto por mis obras malas como por las
buenas, y mueven hacia Él el espíritu y el corazón humano”1.
Refiriéndose en uno de sus sermones a las palabras de Cristo “yo te confieso,
Padre, Señor de los cielos y la tierra”, dice: “La palabra confesar en boca de Cristo,
que no tuvo pecado, no puede significar penitencia, sino alabanza. Así, pues, no
confesamos, ya alabando a Dios, ya acusándonos a nosotros mismos. Piadosas
son ambas confesiones”2.
Agustín, al titular así su libro, quiso expresar un sentimiento profundo de
gratitud y alabanza a Dios que lo había ido llevando de la mano, por un camino
difícil y de largo recorrido, hasta encontrarse con Él.
En este libro Agustín ha dejado hablar al corazón. Otras obras suyas, entre
otras La Ciudad de Dios, La Trinidad, etc., son principalmente fruto del estudio y
la reflexión personal, aunque también haya puesto en ellas “corazón y vida”. Sus
Confesiones, sin embargo, han brotado desde lo más íntimo de él mismo, desde un
corazón emocionado y agradecido.
Abre su corazón a Dios y le dice: “No es éste el momento de hacerte pregun-
tas, sino de confesarte […] Aquí está mi corazón, Dios mío, aquí está toda mi
intimidad. Contempla en él mis recuerdos, esperanza mía, que me limpias de la
impureza de estos sentimientos, orientando mis ojos hacia ti y librando mis pies
de la trampa”3.
Las Confesiones son, por tanto, un canto lleno de gratitud, reconocimiento del
perdón ya concedido y alabanza gozosa. Dice: “Yo, por mi parte, seguiré confe-
sando mis fealdades en tu presencia para alabanza tuya” 4. Y también, “Que mi
alma te alabe para amarte, y que confiese tus misericordias para alabarte”5.
El título de la obra, en plural, puede hacer referencia a que son tres las confe-
siones que hace y presenta, y no una sólo. La primera abarcaría los nueve prime-
ros libros, la segunda el décimo, y la tercera los tres últimos.
Y quizás también porque, aunque sólo sea uno el interlocutor, Dios, se dirige
por separado a cada una de las tres divinas personas: Los nueve primeros libros,
a Dios Padre; el décimo, a Dios Hijo; y los tres últimos a Dios Espíritu Santo6.

Oración continuada
Por ello se puede afirmar que toda la obra está redactada en forma de
oración. Toda ella viene a ser, de principio a fin, una oración continuada. El
primer libro comienza así: “¡Grande eres tú, Señor y muy digno de alabanza!
¡Grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida!”. Y termina, en la última

1 Retr. II, 6, 1
2 S. 29, 2
3 Conf. IV, 6, 11
4 Ib. IV, 1, 1
5 Ib. 5, 1, 1
6 Cf. La unidad de las “Confesiones”, Augustinus 31 (1986) 275-284

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Presentación

página, confesando la bondad del Señor: “Tú, único Dios bueno, nunca dejaste
de hacer el bien…”.
En esta oración continuada Dios es el protagonista. No podía ser de otra
manera. Él es quien pone sentimientos en el corazón de Agustín, quien inspira y
acoge su acción de gracias, quien perdona y redime. Agustín es sólo -y es mu-
cho- el intérprete de su propia vida. O mejor, quien pone voz o palabra escrita a
todo lo que Dios ha hecho en él.
Agustín va narrando en su obra todas sus experiencias, anhelos y esperanzas,
toda su vida, pero interrumpe frecuentemente su narración para dirigirse a Dios
y mostrarse ante Él pobre y necesitado, o para agradecerle desde su pequeñez su
perdón y su amor, y pedirle su fuerza y su luz para buscarle y encontrarle. Todo
lo que él va narrando está enmarcado en un diálogo oracional con Dios.
Me voy a permitir hacer un recorrido rápido y somero por todo el libro e ir
espigando algunos puntos de oración que van jalonando toda la obra. Podrían
ser muchos más. He aquí algunos:
Invoca a Dios para que se haga presente dentro de él mismo7. Pide su ayuda
para que le salgan sus palabras8 y para quedar limpio de sus manchas ocultas9.
Requiere su gracia para amarlo con todas su energías 10. Se queja del silencio de
Dios, aunque reconoce su generosidad y misericordia11.
Evoca ante Dios sus fealdades pasadas para sentir y experimentar su dulzura
y delicadeza12 y reconoce sus desvíos con una oración muy hermosa: “Yo, por mi
parte me alejé de ti y anduve errante, Dios mío, en tus caminos, durante mi ado-
lescencia, demasiado desviado de la estabilidad que me proporcionabas, y me
convertí en un paraje miserable”13.
Se abre del todo a Dios y le dice: “Aquí está mi corazón, Dios mío, aquí está
toda mi intimidad”14. Le confiesa que desea amarle por las criaturas, pero sin
apegarse a ellas, ya que desembocan en el no ser15.
Pide a Dios que acoja el sacrificio de sus confesiones para confesar su nombre y
preguntarse: “¿Señor, ¿quién es semejante a ti?”16. Y se pregunta también: “Pero
¿dónde estaba yo cuando te buscaba? Cierto que tú estabas delante de mí, pero
como yo había huido de mí mismo, no me encontraba. ¿Cómo iba a encontrarte a
ti?”17.

7 Cf Conf. 1, 2, 2
8 Cf Ib. 1, 5. 5
9 Cf Ib. 1, 5, 6
10 Cf Ib. 1, 15, 24
11 Cf Ib. 18, 28
12 Cf Ib. 2, 1, 1
13 Conf. 2, 10, 18
14 Cf Conf. 4, 6, 11
15 Cf Ib. 4, 10, 15
16 Conf 5, 1, 1
17 Cf Conf. Ib. 5, 2, 2

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Nacido para amar

Se conmueve al recordar las lágrimas de su madre y su oración constante, y


se dirige a Dios para decirle que no podía en modo alguno despreciar las supli-
cas y el llanto de una madre que pedía la salvación de su hijo18.
Convertido ya al Señor, se dirige a él y le dice: “Señor, yo soy tu siervo y el
hijo de tu sierva. Has roto mis cadenas y voy a ofrecerte un sacrificio de alaban-
za. Que te alaben mi corazón y mi lengua, y que todos mis huesos digan: Señor,
¿quién semejante a ti?... Tú, Señor, fuiste bueno y misericordioso al explorar la
profundidad de mi muerte y al desecar con tu derecha el abismo de mi canceroso
corazón”19.
Por último, no me resisto a transcribir una oración bellísima en la que cuenta
el impacto que le produjo el encuentro con Dios. La resalto porque vale la pena:
“¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera.
Y fuera te andaba buscando y, como un engendro de fealdad,
me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que,
si no existieran en ti, serían algo inexistente.
Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera.
Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera.
Exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por ti.
Te he paladeado, y me muero de hambre y de sed.
Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz”20.

Destinatarios
Si por ser oración continuada Dios es el interlocutor de Agustín a lo largo de
todo el texto, los destinatarios de sus Confesiones son otros. Son los hombres y
mujeres de su tiempo y de siempre. Somos también nosotros.
Y también él mismo. Cuando revisa en sus Retractaciones su obra escrita, refi-
riéndose a las Confesiones, dice que “en cuanto a mí, eso hicieron en mí cuando las
escribí, y cuando se leen”21. El efecto de que habla era despertar “hacia Dios el
entendimiento y el corazón humanos”22.
No se puede asegurar que sus Confesiones fuera su libro de cabecera, pero sí
que lo leía de vez en cuando para que su entendimiento y su corazón estuvieran
despiertos para Dios. De esta forma continuaba alabando a Dios por todo lo que
había recibido de Él.
Pero, como se indica más arriba, los destinatarios primeros eran los hombres
de su tiempo. Lo afirma en varios momentos: “Me confieso a ti para que lo oigan
los hombres”23. Entre ellos no faltaban detractores que se mofaban de él y

18 Cf Ib. 5, 9, 17
19 Conf. 9, 1, 1
20 Ib. 10, 27, 38
21 Retr. 2, 6, 1
22 Ib
23 Conf. 10, 3, 3

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Presentación

criticaban su doble vida, ya que según ellos, seguía siendo un maniqueo oculto:
“Mi interlocutora es tu misericordia, no un hombre que me ridiculice”24.
Pero se dirige principalmente a los hombres y mujeres de buena voluntad, a
los que desean conocer las maravillas que el Señor hizo en él, para que puedan
alabar a Dios ellos también: “Hay muchos, dice, que me conocieron y otros mu-
chos que no me conocieron, pero que han oído hablar de mí o que me han oído
personalmente y tienen interés por conocer lo que soy en la actualidad, en esta
época de mis confesiones”25.
Y añade: “Voy a manifestarme a ellos, ya que no es poco fruto, Señor Dios
mío, el que sean muchos los que te den gracias y te rueguen por mí… Sí, voy a
mostrarme a ellos. Que cobren aliento, que respiren en mis bienes y que suspi-
ren en mis males… Que de los corazones de estos hermanos suban a tu presen-
cia los himnos y las lágrimas”26.
Su deseo se ha cumplido con creces. Es el libro que más se ha publicado, tra-
ducido y leído a los largo de la historia de la Iglesia, después de la Biblia. Y si-
gue suscitando, todavía hoy, un gran interés, más que curiosidad, por conocer el
alma de Agustín.
El mismo santo nos habla de la acogida que tuvo el libro entre sus discípulos
y contemporáneos, cuando se pregunta: “¿Qué libro hay de los míos que sea más
frecuentemente y con más deleite leído que el de mis Confesiones?”27.

Espejo o reflejo de nuestra vida


La acogida entusiasta de este libro se debe también a que todos, en una u
otra forma, nos vemos reflejados en él. Como seres humanos y como creyentes,
buscamos, consciente o inconscientemente, la verdad. No nos satisface del todo
lo que somos. No nos llena lo que tenemos. Nuestras aspiraciones más vitales y
profundas no encuentran acomodo alguno. Nos irrita nuestra debilidad, caemos
muchas veces y luchamos por levantarnos y mantenernos en pie. Recorremos
caminos que nos extravían y necesitamos la luz de la verdad que nos guíe y
oriente. Gozamos en el encuentro con Dios y en él descansamos. Y agradecemos
y alabamos al Señor por todo lo que de él recibimos. Esta puede ser también
nuestra confesión.
Podemos hacer nuestras unas palabras de santa Teresa de Jesús cuando es-
cribe en su Vida: “Como comencé a leer las Confesiones paréceme que me veía yo
allí… Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no
me perece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve un
gran rato que toda me deshacía en lágrimas y entre mí misma, con gran aflicción
y fatiga…”28.
A pesar de todo, los lectores de hoy tenemos que superar la barrera del
lenguaje o el estilo en que estás escritas. Si nos es difícil en ocasiones leer y

24 Ib. 1, 6, 7
25 Ib. 10, 3, 4
26 Ib. 10, 4, 5
27 De dono pers. 30, 53
28 TERESA DE JESÚS, Vida, c. 9

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Nacido para amar

entender libros escritos hace apenas dos siglos, mucho más difícil será leer las
Confesiones dieciséis siglos después. Por su lenguaje y estilo. Por las expresiones
que utiliza. Porque el ambiente en que vivió no es el nuestro. Por muchas
razones más.
Pero ello no es óbice para que podamos adentrarnos en su contenido e identi-
ficarnos en muchos momentos con Agustín, con sus angustias y esperanzas, con
sus luchas y su caminar, con su búsqueda incansable de la verdad, Dios.

Fecha de su composición
La obra fue escrita probablemente entre los años 397 y 401. No quiere decir
esto que su elaboración durara cuatro años, sino que fue redactada en alguno de
los años comprendidos entre ambas fechas. Hacía unos diez años de su conver-
sión, y varios de su ordenación episcopal.

Composición interna de la obra


El mismo Agustín nos habla de la distribución de la obra. Dice: Las Confesio-
nes “tratan de mí desde el libro primero hasta el décimo; en los tres restantes
tratan de las Sagradas Escrituras desde aquello ‘En el principio Dios creó el cielo y
la tierra’, hasta el descanso sabático”29.
No se puede excluir la posibilidad de que, en un primer momento, la obra
terminara con el libro IX, en el que da por finalizado el plan que se había pro-
puesto en un principio. Esta habría sido una primera redacción.
Parece ser así ya que en el libro X el santo se refiere a sus Confesiones, de ma-
nera implícita pero suficientemente clara, como una obra ya concluida en el libro
anterior. Dice así: “Porque cuando se leen o se oyen las confesiones de mis males
pasados, ya perdonados y enterrados por ti…”30. Y un poco más adelante añade:
“… porque he visto el fruto (de su lectura) y lo he reseñado”31.
Después de haber narrado en los primeros nueve libros todo su pasado de
búsqueda y encuentro con la verdad, Agustín confiesa, en el libro X, cómo vive
en el presente su nueva condición de creyente o su nueva vida: “Hay muchos que
me conocieron y otros muchos que no me conocieron, pero que han oído hablar
de mí o que me han oído personalmente y tienen interés por conocer lo que soy
en la actualidad, en esta época de mis confesiones”32.
El objetivo o finalidad primera de este libro décimo es dar a conocer lo que
Agustín es, lo que vive y piensa en el tiempo en que escribe. Era ya obispo de
Hipona y, en cuanto tal, conocido por muchos, pero desconocido en lo que se
refiere a su interioridad o su relación de fe y amor con Dios.
¿Por qué escribió Agustín los tres últimos libros de las Confesiones, tan dife-
rentes en su contenido, aparentemente nada o muy poco autobiográficos, y fruto,
sobre todo, de sus reflexiones filosófico-teológicas? Son muchas y variadas las
respuestas que se han dado a este interrogante.
29 Retr. II, 6, 1
30 Conf. 10, 3, 4
31 Ib.
32 Ib. 10, 3, 4

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Presentación

Quizás, la más convincente hace relación al hecho de que estos tres libros
son también, en cierta manera, confesiones, lo mismo que los diez primeros. Si en
estos confesaba la misericordia de Dios y le alababa y agradecía su perdón, ahora
confiesa su fe en el Dios creador, único principio bueno de todo lo que existe,
admira la belleza de todo lo creado y de sea profundizar en el conocimiento de la
Sagrada Escritura, como fuente de vida y expresión de amor del Creador. De
paso descalificaba la teoría de los maniqueos quienes, para explicar la existencia
del bien y del mal en el mundo, defendían un doble principio eterno y creador.
Vale la pena transcribir unas palabras del santo, cuando dice: “Desde hace
mucho tiempo ardo en deseos de meditar tu ley y confesarte en ella mis conoci-
mientos y mis ignorancias, los inicios de tu iluminación en mí y los restos de mis
tinieblas”33.
Se puede concluir, por tanto, que las tres partes de sus Confesiones, libros
del I al IX, el X y los tres últimos, guardan una unidad querida por Agustín: la
confesión en el Dios salvador, santificador y creador.

Referencias bíblicas
El lector de la obra queda sorprendido por el profundo conocimiento y total
dominio que tenía san Agustín de la Biblia. Acude a ella en casi todas sus pági-
nas, en ella apoya muchas de sus vivencias, de ella toma pie para dirigirse a Dios
en todo momento y con ella va trazando su caminar hacia el encuentro con la
Verdad.
La versión de las Confesiones de José Cosgaya presenta más de 1500 citas o
referencias bíblicas en las notas a pie de página. El libro más citado es el de los
Salmos. Según parece, los sabía y los recitaba de memoria.
Las cartas de san Pablo son otra fuente en la que bebe y se alimenta. Fluyen
por doquier alusiones a ellas.
Ocurre lo mismo con los cuatro evangelios, como no podía ser menos. Abun-
dan también las referencias a los demás libros bíblicos.

Historicidad
No han faltado en el pasado quienes hayan puesto en duda la historicidad de
ciertos hechos autobiográficos de san Agustín, al menos tal como él los presenta
en las Confesiones. Y añaden también que los estados de ánimo en ellas narrados
han sido posiblemente modificados. Y la razón que aducen es porque Agustín
narra los hechos de la adolescencia unos treinta años después de haber ocurrido,
y su estado interior, sicológico y moral, había variado sustancialmente desde su
conversión, ocurrida más de diez años antes. Es una opinión sin fundamento
firme.
Hoy nadie pone en duda la veracidad e historicidad de lo narrado en ellas.
Los últimos estudios e investigaciones así lo atestiguan. Por otra parte, la
memoria prodigiosa de Agustín, la necesidad que sentía de alabar y agradecer al
Señor por haberlo llevado a su encuentro, y la sinceridad que brotaba de un

33 Ib 11, 2, 2

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Nacido para amar

corazón iluminado por la verdad, le impulsaban a narrar los hechos y sus


vivencias tal como habían sucedido.
Quien había buscado incansablemente la verdad, una vez hallada, no podía
prestarse a decir y escribir lo que no sentía en su interior. La mentira, ni aun con
fines piadosos, podía tener cabida en él. Ya había escrito para entonces un libro
titulado De mendacio (Acerca de la mentira), en el que arremete con firmeza y ri-
gor contra la mentira, aun la más leve.

Otras “confesiones”
Agustín no es el único autor que ha escrito sobre sí mismo. Lo han hecho
muchos a través de la historia. Unos con mayor fortuna que otros, pero nadie
como él. Hay quienes lo hicieron para defender su buen nombre, o para rego-
dearse con sus proezas, muchas veces inventadas o infladas. Otros, de manera
muy fragmentaria y por afán de notoriedad.
También las hay muy sinceras y apreciables. Suelen ser un conjunto de notas
autobiográficas, especialmente en la antigüedad pagana, que han servido para
adentrarnos en el conocimiento de hechos históricos interesantes.
Y abundan también las de carácter religioso. Sus autores se proponían contar
su vida para animar a los cristianos a dejarse conducir por el Espíritu, como
ellos, a afrontar las pruebas y agradecer al Señor su iluminación y su gracia.
Me voy a referir, entre estas últimas, solamente a dos casos. Uno de ellos es
san Cipriano. Otro, santa Teresa de Jesús. Al final añadiré una referencia a Mis
Confesiones, de Juan Jacobo Rousseau.
San Cipriano. Fue obispo de Cartago. Su vida transcurrió a lo largo del siglo
tercero el siglo tercero. Sus confesiones, que él no las titula así, están contenidas
en una carta a Donato. En ellas da a conocer su vida antes de su conversión a la
fe, su lucha interior, sus dudas e inquietudes. Una vez bautizado y convertido,
agradece y alaba a Dios porque su conversión había sido un don y una gracia.
Detalla después los peligros a los que están expuestos los cristianos, habla del
deterioro de las costumbres, y anima a todos a superar las pruebas para encon-
trar sólo en Dios la paz y la felicidad verdadera.
Santa Teresa de Jesús. Entre los escritos de la santa figura el Libro de la vida.
Es lo más cercano a las Confesiones de san Agustín, que ella había leído y asimi-
lado. En su autobiografía habla o escribe desde el interior de ella misma.
En este libro, definido por Unamuno como una autobiografía psicológica,
Teresa de Jesús cuenta los hechos de su vida con un estilo sencillo, pero rico en
su contenido. La santa no se limita sólo a relatar una serie de hechos o episodios
por ella vividos. Es, más bien, una autobiografía introspectiva, rica en experien-
cias místicas y vivencias del espíritu. Lo escribe por obediencia, para iluminar a
sus directores en el periodo más difícil de su vida: 1562-1565. Es uno de los li-
bros más apasionantes de la literatura castellana y religiosa del siglo XVI. Y lo
sigue siendo.

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Presentación

Juan Jacobo Rousseau y “Mis confesiones”


Rousseau nació en Ginebra en 1712, y murió en Ermenonville en 1778.
Rousseau escribe sus Confesiones entre 1766 y 1770, cuando contaba entre 54 y
58 años de edad. Escritas en el exilio, son una potente autojustificación de un
anciano que ya estaba aquejado por la paranoia y la manía persecutoria. Abjuró
del catolicismo, como antes lo había hecho del protestantismo.
A finales de 1769 empieza a redactar la segunda parte de las Confesiones,
más marcada que la primera por su complejo de persecución.
Los siguientes párrafos son una muestra de ello:
“Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores.
Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la naturaleza y
ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hom-
bres”.
“No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy
como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de
ellos. Si la naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha
vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído”.
Y dice casi al final del libro: “Lo declaro en voz alta y sin temor: cualquiera
que, incluso sin haber leído mis escritos, después de estudiar por mí mismo mi
naturaleza, mi carácter, mis costumbres, mis inclinaciones, mis placeres, mis
usos, pueda creerme un hombre indigno, no debe ser escuchado”.
Rousseau trata sólo de él mismo, autojustificándose en todo, y con una egola-
tría tan camuflada por el sentimiento que sorprende aun hoy por lo directo, la
fluidez y el modo singular de convertir las culpas en méritos.
En comparación con todos ellos, las Confesiones de san Agustín es un libro
único. Se confiesa a Dios, le alaba y le agradece su misericordia y su perdón.
Termino esta presentación con unas palabras de san Posidio, discípulo, ami-
go y biógrafo del santo. Dice así:
“Quiso hacer esto (las Confesiones), como dice el Apóstol, para que nadie de
los mortales creyese o pensase de él más de lo que él conocía, que era y afirmaba
de sí, usando en ello el estilo propio de la santa humildad, no queriendo engañar
a nadie ni buscar su alabanza, sino sólo la de su Señor, por razón de su liberación
y de las mercedes que el Señor le había hecho, y pidiendo oraciones a sus her-
manos por las que aún esperaba recibir”34.
Este es el verdadero motivo formal por el que Agustín escribió sus Confesio-
nes.

Algunas notas previas:


a) El presente trabajo no es un comentario o estudio científico sobre esta
obra de san Agustín. La única pretensión del autor es facilitar la lectura y
comprensión del contenido de las Confesiones agustinianas, ayudar al

34 POSIDIO Vita c. 1, proem. n. 1.

- 13 -
Nacido para amar

lector a que pueda ver en ellas, quizás, retazos de su propia vida, humana
y cristiana, ir siempre al encuentro de la Verdad y descansar en ella, como
Agustín.
b) Por lo tanto, su uso no puede ni debe suplir en modo alguno la lectura y
comprensión de las Confesiones. Lo ideal y lo más apropiado sería que el
lector considere que es capaz de entender por sí solo y sin mayor dificul-
tad el texto de Agustín.
c) En cada capítulo el lector encontrará una reflexión breve sobre unas pa-
labras de Agustín contenidas en el mismo capítulo.
d) El trabajo abarca sólo los nueve primeros libros puesto que son los ver-
daderamente autobiográficos.
e) Se incluyen también los seis primeros capítulos del Libro X porque en
ellos Agustín, además de presentarse a sí mismo, nos revela quiénes son
los destinatarios de su confesión: Dios y, por Él, los hombres.
f) Los demás capítulos de este Libro 10 son reflexiones muy personales
acerca de la memoria, “donde están los tesoros de toda clase de imágenes
que se han ido almacenando a través de las percepciones de los senti-
dos”35, diversas clases de tentaciones y placeres, Cristo mediador, etc.
g) Los tres últimos libros son, más bien, reflexiones exegéticas del santo
acerca del primer libro del Génesis y otras derivaciones.
h) En los comentarios o reflexiones me atendré a la numeración comúnmen-
te admitida en las distintas versiones de las Confesiones.
i) Las citas textuales que aparecen a lo largo de este trabajo están tomadas
de la versión de las Confesiones, hecha por José Cosgaya, (BAC Minor,
Madrid 1986).

35 Conf. X, 8, 12.

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LIBRO I

Los cinco primeros capítulos del primer libro de las Confesiones vienen a ser una in-
troducción a toda la obra.
Agustín se coloca desde el principio en actitud de oración para alabar a Dios por to-
dos sus dones. Toda la obra será una oración continuada.
Pero ya que pretende alabar a Dios, deberá conocer antes, en lo que cabe, cuál es la
realidad de ese Dios a quien quiere “confesar”.
Se responde a sí mismo afirmando, con palabras y adjetivos superlativos, su excelen-
cia y perfección absoluta.
Se pregunta también acerca de su propia realidad como hombre para intentar esta-
blecer una relación de él con Dios: ¿Qué es Dios para él y qué es él para Dios.
En el primer capítulo de su obra aparecen unas palabras que definen de manera con-
cisa y muy clara toda una trayectoria en la vida de fe de Agustín: “Nos hiciste, Señor,
para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
Él, Agustín, es un hombre que reconoce su pequeñez, sus limitaciones y errores. De
ahí, la súplica que dirige a Dios para que le limpie de todas sus imperfecciones, con el fin
de poder alabarlo más y mejor.
CAPÍTULO 1

Oración de alabanza, en la que se reconoce el poder de Dios y su sabiduría. En este primer


capítulo aparecen las muy conocidas palabras del santo: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en ti”

1. 1. Invocación
Agustín conoce suficientemente los salmos. Reza con ellos todos los días. De ahí
que coloque en el inicio de sus Confesiones unos versículos de los salmos 47, 95, 144 y
146. Hace suyos los sentimientos del salmista, y proclama la grandeza de Dios, su po-
der y sabiduría.
Pero duda y se pregunta si él, hombre mortal y pecador, podrá invocar debidamen-
te a quien transciende todo y todo lo puede, y cuya sabiduría es infinita. Encuentra la
respuesta a esta inquietud, al caer en la cuenta de que es el mismo Dios quien estimula
y favorece la invocación y la alabanza.
Y en este contexto coloca unas palabras conocidísimas por todos, que definen el
alma de Agustín, su interior más profundo y toda su vida: “Nos hiciste, Señor, para ti y
nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
Pero sigue preguntándose: ¿Cómo se puede invocar a quien no se conoce? ¿Cómo
puede invocar quien no cree o no ha creído? ¿Y cómo van a creer muchos sin que al-
guien les predique?
Y él mismo se responde, diciendo que alabarán a Dios los que le buscan, después de
haberlo encontrado. De ahí que suplica al Señor, con una oración muy hermosa, que le
ayude a buscarlo invocándole y creyendo en él.
_________________________
“Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza… Y pretende alabarte un hom-
bre”. Así comienza san Agustín Las Confesiones, su obra más célebre. Toda ella se-
rá una alabanza al Señor, además de un reconocimiento de su misericordia para con
él.
La alabanza es una de las formas más hermosas de orar. Alaba quien ama. Quien
ama a Dios, ora a él, le alaba en verdad, aunque el conocimiento que la criatura ten-
ga de él sea imperfecto, aunque se le vea confusamente y mientras quien le alaba
viva en este mundo (1 Cor 13, 12).
Basta saber que es Padre bueno, que nos ama inmensamente. Nos ama tanto que
nos entregó a su Hijo único para que creyendo en él tengamos vida eterna (Cf. Jn
3, 16). Nos ama con amor de ternura. Reconocemos que es así cuando rezamos con
el salmo: “Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura
por sus fieles” (103, 13).
Nos ama porque Él es el amor en sí mismo y nos hace hijos suyos, porque nos
ofrece la salvación plena y definitiva para verle tal cual es y gozar de él para
Nacido para amar

siempre. Y mientras vivimos aquí, peregrinos en esta tierra, sale a nuestro


encuentro cuando le buscamos; lo encontramos, descansamos y nos aquietamos.
Por eso le alabamos, le invocamos y le damos gracias. Invocar, dice Agustín, es
“llamar en”, llamar en nuestro interior, en el corazón necesitado o agradecido. Es
llamarle muy dentro de nosotros mismos, y no sólo con los labios.
Creer en Dios y no alabarle sería una fe vacía de sentido, una contradicción en
sí misma. Esperar a conocerlo como él es, cara a cara, para poder invocarle y ala-
barle “como es debido” sería una pretensión vana, un rechazo a su presencia amo-
rosa en nosotros en este mundo, la negación de la gracia que nos aúpa y nos acerca
a la fuente de toda verdad.
El cristiano lo será en tanto en cuanto crea y ame, invoque y alabe. Lo será
también en tanto en cuanto experimente en sí el amor de ternura de Dios, un amor
que lo empujará a amar al otro, quien quiera que él sea, de la misma manera.
Mientras tanto, su corazón, como el de Agustín, estará inquieto hasta que des-
canse en Dios, porque para Él está hecho.

- ¿Cuál es mi experiencia personal del amor de Dios a mí?


- ¿Mi oración es sólo para pedir y suplicar, o también para alabar y agra-
decer?
- ¿Cómo es mi relación con Dios?
San Agustín: “Te sugiero un medio para que, si quieres, alabes a Dios perpetua-
mente. Todo lo que hagas hazlo bien, y así alabaste a Dios”36. La máxima obra del
hombre es alabar a Dios”37.

CAPÍTULO 2

Ha invocado al Señor y ahora se plantea cómo se le puede invocar o pedirle que escuche y
venga a quien lo invoca, ya que es una criatura muy limitada para poderlo acoger.

2. 2. Sigue preguntando
Agustín es un hombre de preguntas y respuestas, de búsquedas y encuentros. No se
conforma con cualquier cosa. Siente un impulso interior incontenible para buscar siem-
pre la verdad y satisfacer así los interrogantes que él mismo se plantea.
Si invocar significa llamar a sí a alguien para que “venga” y ayude en una necesidad
concreta, se pregunta de nuevo cómo podrá invocarle en verdad, puesto que Dios, si
viene, no cabe dentro de él. ¿En qué lugar de en su interior podrá aposentarse y habi-
tar, puesto que trasciende todo y es inabarcable?
Y encuentra una respuesta que le satisface: “Yo no existiría en absoluto, si tú no es-
tuvieras en mí”. Dios está presente en lo que ha hecho, en las criaturas, y de modo es-
pecial en el interior del hombre. Lo dirá Agustín en otro lugar: “En el hombre interior
habita la verdad”38. Y en otro lugar: “En el hombre interior habita Cristo”39

36 En. in ps. 34, s, 2, 16


37 Ib. 44, 9
38 De ver.rel.39, 72

- 18 -
Confesiones, libro I

__________________________

“¿Y cómo puedo invocar a mi Dios…? ¿Qué capacidad hay en mí…? ¿No sería
más apropiado…?”. Son preguntas de Agustín que expresan las dudas que le invaden
en ese momento.
Es propio del sabio dudar. La duda, cuando no es losa que aplasta sino deseo de
averiguar la verdad, es un primer paso para alcanzar sabiduría. La seguridad -
anhelo legítimo y cosa deseable para todos- no siempre es buena compañera. Nadie
posee la verdad total en este mundo. Pero el hombre es un animal curioso. Quiere
saber, necesita apoyos fuertes, ver con claridad, tener convicciones firmes. Y,
mientras tanto, duda.
La duda, -la duda de los sabios- incita a preguntar, a averiguar, a buscar la ver-
dad. También la de los santos. Es el caso de Agustín, santo y sabio.
Se pregunta Agustín cómo invocar a Dios, es decir, cómo llamarle para que ven-
ga a él, puesto que él es una criatura incapaz de contenerlo dentro de sí. Pero cae
en la cuenta de que ya existe en él, ya que es criatura suya. O mejor, es Agustín
quien existe en Dios.
Pero, entonces, ¿dónde se puede encontrar a Dios? Y se responde diciendo que
Dios está en todas partes. Existimos porque Dios nos ha creado. Y estamos en Él
porque nos ama. Lo encontramos en todo lugar y momento porque Él es inmenso. De
ahí que sea fácil y muy provechoso invocarle. Y totalmente necesario.
La invocación, aunque surja de la duda, es oración. Una oración muy hermosa,
puesto que se abre a Dios desde la pequeñez de la criatura. Al fin y al cabo, Dios se
revela a los humildes y a los sencillos (Cf. Mt 11, 25).

- ¿Qué grado de confianza aporto cuando suplico al Señor? ¿En qué momen-
tos mi súplica es más ardiente y confiada?
- ¿Me dirijo a Dios como padre bueno o sólo como un ser todopoderoso? ¿O
como ambas cosas unidas?
- ¿Dudo en ocasiones de su bondad y su misericordia?
San Agustín: “Pedid las cosas que bastan y veréis qué pocas son. A la viuda le
bastaron dos céntimos para obrar la misericordia; le bastaron dos céntimos para
comprar el reino de Dios”40.

CAPÍTULO 3

Sí se le puede acoger, aunque no “todo entero”, porque Él contiene en sí todo lo que ha crea-
do.

3. 3. Dios presente en las criaturas

39 En. in ps. 4, 8
40 En. in ps. 147, 12

- 19 -
Nacido para amar

Si Dios está presente en las criaturas, ¿éstas lo contienen todo entero? ¿O una parte
nada más? ¿Cómo es su presencia en ellas? Está presente, pero ellas no contienen todo
lo que él es, ¿dónde está, entonces, el “resto”?
Dios contiene en sí todos los seres que ha creado, pero no está contenido totalmen-
te en ellos. Un poco de agua puede llenar totalmente un vaso cualquiera, pero el vaso
no puede contener el río entero. El vaso da consistencia al agua que contiene, pero si se
rompiera, se derramaría el agua. Pero nosotros, “vasos” en los que está Dios, no le da-
mos consistencia ni estabilidad alguna.
Sigue una serie de interrogantes, sin respuesta en este punto.
____________________________

“Y tú, que llenas todas las cosas, las llenas con la plenitud de tu ser”. La
criatura, y en particular el hombre, es un vaso lleno de Dios.
Dios está en nosotros porque nos contiene en sí. No lo poseemos, sino que nos
posee. Como dirá san Pablo: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17 28).
Existir y vivir en él es fruto o consecuencia de su amor para con nosotros.
Dios nos llena con la plenitud de sus ser. Como el agua del mar inmenso llena de
sí mismo el recipiente que tenemos en las manos. En este recipiente, todo es agua,
nada queda vacío. Más todavía: el vaso ha cumplido con la razón de su ser, pues está
hecho para contener y ser llenado.
Llenos de Cristo, dirá Agustín: “Nosotros somos los vasos, Cristo es la fuen-
41
te” . Nuestra razón de ser en cuanto cristianos radica en dejarnos llenar de Cris-
to. O, lo que es lo mismo, del Espíritu de Cristo. Si así no fuera, aunque fuéramos
vasos hermosos a los ojos del mundo, estaríamos vacíos, nos faltaría nuestra razón
de ser. Un contrasentido.

- ¿Soy consciente de que el Espíritu de Cristo habita en mí? ¿Me comunico con
él con mi oración, no importa el lugar o el momento?
- ¿Me llena Cristo cuando estoy en pecado? ¿Por qué? ¿Qué puedo hacer pa-
ra sentir o experimentar la presencia de Dios en mí?
San Agustín: “Alguno tal vez dirá que mi presencia está más próxima que la de
Dios. No es verdad. Es mucho más íntima la presencia de Dios. Mi persona sólo está
delante de vuestros ojos de carne. Dios rige vuestras conciencias”42.

CAPÍTULO 4

A Dios no se le puede contener, pero sí aplicarle los calificativos más ricos y excelentes que se
pueden encontrar en nuestro léxico.

4. 4. ¿Qué eres, Dios mío?

41 S. 289, 5
42 In Jn. ev. 1, 7

- 20 -
Confesiones, libro I

Los interrogantes del párrafo anterior le llevan a preguntar a Dios qué es, y no quién
eres. Estos interrogantes, más que dudas acerca de Dios, son, más bien, afirmaciones en
forma interrogativa.
Cuando vemos un manojo de rosas frescas y llenas de colorido, nos podríamos pre-
guntar ¿por qué son tan hermosas? Esta pregunta viene a ser una afirmación que indi-
ca admiración y embeleso.
El mismo Agustín agota, a continuación, todos los calificativos posibles para refe-
rirlos a Dios: Excelentísimo, buenísimo, poderosísimo, misericordiosísimo… Y juega
también con los contrastes o antítesis: “nunca nuevo y nunca viejo”, “siempre activo y
siempre quieto”, “tienes celos y estás tranquilo”, “te arrepientes y no te pesa”…
Él sabe que el lenguaje humano, por ser limitado, es incapaz de expresar lo que es
Dios. Sabe que el hombre no puede captar de Dios lo que él es, sino solamente lo que
no es, pero sí puede nombrarle partiendo de las perfecciones de las criaturas. Por mu-
cho que se hable de Dios, siempre queda todo por decir.
El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, luego se puede referir a él
desde las mismas perfecciones que Dios ha puesto en el hombre. De ahí que el santo
aplique a Dios en grado superlativo las perfecciones que se pueden dar en el ser hu-
mano.
A pesar de todo, hay que hablar de Dios con nuestro lenguaje y desde nuestro cora-
zón. Y al final advierte: “¡Ay de los que te silencian, porque son mudos que hablan demasia-
do!”. Se trata de una referencia a los maniqueos, a quienes conocía muy bien por haber
sido durante varios años uno de ellos. Los llama “engañadores engañados y charlatanes
mudos”, que no hablaban de Dios, pero sí de un dios fantasma, a quien adoran.
_________________________

“¿Qué eres tú, Dios mío?”. Agustín quiere saber y pregunta. Todo este capítulo
es una verdadera confesión de fe y alabanza.
Sobran las palabras cuando nos dirigimos a Dios, pero tampoco podemos callar.
¿Cómo llamarle? Llamémosle Padre, y sería suficiente. Porque Dios es el inefable,
es decir, no se puede encerrar en nuestras pobres palabras. Pero es necesario lla-
marle, invocarle.
En la oración no existe mejor lenguaje que el del corazón. ¿Es que el corazón
puede hablar? Sí. El corazón siente, ama, sufre, espera, necesita ser llenado… Y
cuando expresa estos sentimientos y los presenta a Dios, sobran las palabras.
Los que hablan demasiado pueden ser mudos de ideas y sentimientos, parlanchi-
nes y charlatanes. El silencio de palabras que se oyen da paso a la elocuencia del
corazón que siente, confiesa, ama y espera. Y allí surge la oración, no de la boca,
sino del interior del hombre donde habita Cristo43.
Y las palabras surgirán solas, llenas de sentido, expresión de lo que se siente,
de lo que se ama, de lo que se espera. “Cuando oráis a Dios con salmos e himnos,
vivid en el corazón lo que decís con la voz”44. Y aunque Dios no necesita de nuestras
palabras, a nosotros nos vienen bien.

43 Cf. In Jn. ev. 18, 10


44 Regla 3, 3

- 21 -
Nacido para amar

- ¿Sé orar sin palabras? Cuando rezo con la boca ¿siento en el corazón lo
que digo de palabra?
- ¿Logro “oír y escuchar” a Dios cuando me habla al corazón? ¿Dedico al-
gún rato frecuentemente a dirigirme a Dios en silencio? ¿Siento que este
modo de orar fortalece mi fe y afianza mi relación con Dios presente en
mí?
San Agustín: “Pero, ¿qué vale el ruido de las palabras, si calla el corazón?”45. Y
añade en otro lugar: “Cuando oramos a Dios, ya con la boca, cuando sea necesario, ya
en silencio, siempre ha de clamarse con el corazón”46.

CAPÍTULO 5

Después de una serie de interrogantes, a los que Agustín no puede responder, el santo se con-
tenta con la única respuesta posible: “Yo soy tu salvación”.

5. 5. ¿Qué es Dios para Agustín? ¿Qué es Agustín para Dios?


Agustín, con estos interrogantes, no busca ni espera una respuesta que satisfaga
una inquietud intelectual. Ha superado ya, en el momento en que escribe, la idea de un
Dios “filosófico”, es decir, un ser supremo, omnipotente, omnisciente, eterno, creador
de todo y que existe por sí mismo, etc.
Ha conocido ya al Dios Padre de Jesucristo, misericordioso y todo amor, cercano al
hombre, presente en el mundo por su Hijo, y que, en prueba del amor a la humanidad,
ha enviado al mundo a su Hijo, Dios como Él.
Conoce suficientemente las palabras del evangelio de Juan: “Tanto amó Dios al
mundo, que entregó a su Hijo único, para quien crea, no perezca” (Jn 3, 16).
Agustín quiere saber, para “saborear”, descansar y gozar, qué es Dios para él. ¿Có-
mo le ama? ¿Qué le pide y qué le da? ¿Cómo es su presencia dentro de él, en su cora-
zón? ¿Cómo abrazarle y amarle siempre como su único bien, y no perderlo nunca?
Quiere y necesita conocerlo “vivencialmente”. Se ha encontrado con Él después de mu-
chos años de búsqueda incansable, y necesita ahora sentir fuerte y siempre su abrazo
tierno y amoroso de padre.
De ahí, la segunda serie de preguntas: ¿Qué soy yo para ti…? ¿Por qué me amas y
mandas que te ame? ¿Qué soy yo…? Dios se quiere “volcar” en él, pero ¿hay en Agus-
tín la suficiente capacidad y la debida preparación para acogerlo y poseerlo? “¿Y quién
soy yo, se pregunta, para que me ordenes que te ame y me amenazas si no te amo?”.
Ante tantos interrogantes, Agustín pide que sea él, Dios, quien le responda. Y le
dice que le hable, no a los oídos de la mente, sino a los del corazón. Pero, antes, que los
abra. Y, una vez abiertos, que le diga: “Yo soy tu salvación”.
Es suficiente esta respuesta. Una vez oída, Agustín la seguirá hasta alcanzar a Dios,
ver su rostro y descansar en Él.

5. 6. Presencia de Dios en él.

45 Cf. In Jn. ev. 9, 13


46 En. in ps. 118, 29, 1

- 22 -
Confesiones, libro I

Reconoce el santo que su aposento interior es estrecho. Dios no cabe en él. Y


además, está en ruinas, porque hay cosas en él que ofenden a Dios. Es necesario
repararlo y agrandarlo. Pero sólo Dios lo puede hacer. Se lo pide desde su corazón
pobre y pequeño.
Y para que sea reparado, reconoce y confiesa sus pecados. Aunque no cite el salmo
50, reza como el salmista que dice: “Crea en mí, un corazón puro, renuévame por dentro con
espíritu firme”. Sabe que Dios conoce sus pecados, los confiesa arrepentido, y se siente
perdonado por Él. Su corazón ha quedado ensanchado y purificado.
En temas de justicia no quiere pleitear con el Señor. Porque si la aplicara riguro-
samente y a rajatabla, nadie escaparía de ella (Cf. Salmo 129, 3). Confía en Él y le basta.
Porque sabe también que la misericordia sobrepasa el juicio, y que donde abunda el
pecado, sobreabunda la gracia (Cf. Rom 5, 20).
__________________________

“¿Qué eres tú para mí? ¿Qué soy yo para ti?”. El Dios de Agustín no es ninguna
entelequia, no es un ente abstracto y lejano. Es un Dios que ama, porque es el mis-
mo amor.
La experiencia de un Dios que nos ama, vivida gozosamente, es fuerza e impulso
para corresponderle, en lo que cabe, con el mismo amor y para amar sin condición ni
medida a los hermanos.
Nos ama y viene a nosotros para llenarnos de él mismo. Él es nuestra salvación,
es el amor. Ese es su nombre. Así lo llama Agustín. Por nuestra parte, sólo tenemos
que abrir la puerta de nuestra vida para que pueda entrar y “comer juntos” (Cf. Ap
3, 20), es decir, para celebrar con gozo su presencia y su amor.
Además, si existe alguna afinidad de relación o significado entre los términos
saber y saborear, aquí se cumple. Porque quien sabe con la mente y el corazón que
Dios está en él, saborea y le saca gusto a esta experiencia de presencia amorosa.
En esto consiste la verdadera sabiduría.
Para ello es necesario pedirle antes perdón por los propios pecados. Y él, que es
misericordioso, lo purificará y lo capacitará para poder hospedarse en él.
No hay riqueza mayor en este mundo que experimentar el amor de Dios en el
corazón del creyente. Esta experiencia viene a ser un anticipo del gozo pleno cuan-
do veamos a Dios cara a cara, en el cielo.
– ¿Me pregunto, como Agustín, qué soy yo para Dios? ¿Qué puedo respon-
der a esta pregunta?
– ¿Y me pregunto, también como el santo, qué es Dios para mí? ¿Qué res-
pondería?
– Sé que Dios está en mí, pero ¿saboreo su presencia?

- 23 -
Nacido para amar

San Agustín: "Gozaremos, entonces, de una visión, hermanos, nunca contempla-


da por los ojos, ni oída por los oídos, nunca imaginada por la fantasía: una visión que
supera todas las bellezas terrenas”47.

Nota: Todo lo expresado hasta este punto viene a ser una introducción o prólogo al
resto de las Confesiones. Agustín se ha abierto ya al Señor, ha reconocido su poder, su
gracia y su perdón, y a continuación le presentará su vida.

47 In Ep. Jn. 4, 5

- 24 -
INFANCIA DE AGUSTÍN

En este primer libro de sus Confesiones san Agustín evoca su vida, no sólo desde su
nacimiento, sino desde mucho antes, desde su existencia en el seno materno.
Extenderá su evocación hasta su adolescencia.
En una primera parte se referirá a la etapa de su vida en la que nada puede recor-
dar. Vivía en el seno materno y, una vez nacido, se movía durante un tiempo sólo por
impulso de la misma naturaleza. Y por instinto.
Si algo sabe de entonces, es porque se lo han dicho. O también porque lo ha obser-
vado en los niños de esa edad.
De ahí que sean muchos los interrogantes que se plantea en torno a esta etapa de su
vida.
Una segunda parte abarcará desde que comienza a expresarse con la palabra hasta
su adolescencia.
Ahora sí hablará de lo que recuerda. Se referirá a datos que él guarda en su me-
moria.
Hablará de sus estudios, castigos, ciertas críticas a sus padres, de su afición a los
juegos y los espectáculos…
También nos contará de una enfermedad que lo puso en peligro de morir, de la
petición del bautismo denegado por sus padres, de ciertos pecados, etc.
El recuerdo de todas estas experiencias, y de muchas más, le servirán para dirigirse
a Dios y alabarle y agradecerle.
Dios le iba acompañando por el camino de la vida, de manera misteriosa pero real.
Con una sicología profunda e íntima, Agustín se adentra en su alma adolescente,
descubre su intimidad y la presenta a Dios y a nosotros.
En el libro primero Agustín distingue dos etapas en su vida: la infancia, desde el
nacimiento hasta los siete años, y la niñez, desde los siete años a los catorce.
En un primer apartado abordaremos la etapa de su infancia. En el segundo, su
niñez.
Confesiones, libro I

CAPÍTULO 6

Comienza a narrar Agustín algunos detalles de su infancia. No los recuerda, sino que lo
sabe porque se lo han contado o por lo que ve en otros niños. Su vida y todo lo que él es tiene su
origen en Dios.

6. 7. Invocación
Se presenta ante Dios siendo nada: polvo y ceniza. Pero confía en su misericordia
para escucharle. Si su interlocutor, en este caso, fuera un hombre, se reiría de Agustín.
Quizás, también Dios, pero su sonrisa sería de compasión y se apiadaría de él.
Y comienza a hablarle de algo que desconoce: no sabe de dónde ha llegado a esta
vida que terminará en la muerte. ¿Tendrá que llamarse vida que va muriendo o muerte
que va viviendo? ¿Vida mortal o muerte vital, según el texto latino?
6. 8 Detalles de su infancia
No cuenta nada de su lugar y fecha de nacimiento. Pero sí dice que fue muy recibi-
do en la familia. Lo acogieron con ternura. Afirma esto porque se lo dijeron. Pero era
una ternura que provenía del mismo Dios.
Ocurre lo mismo con la “leche humana”; así la llama él. Se la brindaban su madre y
las nodrizas, pero era el Señor quien, por medio de ellas, lo alimentaba. Ellas le propor-
cionaban el alimento necesario, y él no deseaba más de lo que necesitaba.
Así lo ordenaba la providencia amorosa de Dios, que le atendía no solamente con el
alimento, sino que también actuaba en su ánimo para que no sintiera necesidad de más.
Con la expresión “leche humana” hay que entender también todo lo que en su casa
le brindaban para su cuidado y desarrollo: alimentación, vestido, higiene, etc. Y todo
ello era también don de Dios.
Pero todo esto lo entendería más tarde. En esa época sólo sabía mamar y llorar.
6. 9. Como todos los niños
Ríe, duerme, juega. Reía dormido y despierto. No recuerda nada de esto, pero lo
deduce porque es lo que hacen todos los niños.
Pero, según iba creciendo, iba adquiriendo conciencia de sí mismo y de dónde esta-
ba. No sabía hablar todavía. De ahí que los suyos no podían captar muchas veces las
necesidades que sentía en su interior.
Se expresaba, como todos los niños, con gestos y gritos. Se enrabietaba cuando los
mayores no satisfacían sus caprichos. Y entonces, lloraba amargamente. Y todo esto lo
sabe, siendo mayor, porque lo ha observado en los niños más pequeños.
6. 10. Pregunta por su origen
Las etapas de su vida se van sucediendo unas a otras. Sólo Dios es inmutable. El ser
humano va cambiando a lo largo de la vida. Dios no cambia. No nace ni muere. Es
siempre el mismo. Vive desde siempre.

- 27 -
Nacido para amar

Todo lo que existe, y el ser humano, que es cambiante y mudable, tiene en Dios su
fundamento y razón de ser. Luego solamente él sabrá explicar el origen de donde pro-
cede Agustín. Y se lo pregunta.
Sí sabe, porque lo ha visto y lo ve a diario, que antes de nacer estuvo en el seno de
su madre. ¿Busca ahí su origen?
Agustín quiere saber que hay o qué hubo “más allá” o antes de ser concebido en el
seno de su madre. Apela a la dulzura de Dios para que le diga dónde estaba y qué era
en ese antes.
Nadie se lo ha explicado, porque nadie es capaz de hacerlo. Ni siquiera sus padres.
Mucho menos las personas ajenas a él. Y hasta el mismo Dios, a quien invoca, se ríe
quizás de su pregunta.
Y quiere conocer la respuesta a su pregunta, porque desea alabar a Dios desde toda
su existencia, desde lo que conoce, con todo su ser. Solamente Dios podía brindarle una
respuesta satisfactoria48.
6. 11. Su origen está en Dios
Oración de alabanza a Dios por todo lo relativo a su niñez y que no recuerda, por lo
aprendido de parte de otros e incluso por haber creído a algunas mujeres que le conta-
ron detalles de su infancia.
Existía en esa etapa de su vida, vivía en ella y comenzaba a utilizar los signos a su
alcance para darse a conocer.
Era un ser animado, y no sólo un cuerpo o materia inerte. No podía ser autor de sí
mismo. En cuanto ser animado, procedía sólo de Dios. En Dios la existencia y la vida
se identifican. Son una sola cosa.
El hoy de Dios: Dios es un ser inmutable. No está sujeto a cambios. Es el eterno
presente. O el hoy eterno. Es siempre el mismo. En él no hay pasado ni futuro, porque
si lo hubiera, estaría sujeto a cambios.
Pero el tiempo y las cosas sí pasan por él. Y todas se contienen en él, o en él tienen
su origen y razón de ser. Todo está presente a sus ojos. Nosotros podemos emplear el
pasado. Podemos decir, por ejemplo: “Dios creó”, porque estamos en el tiempo. Pero en
buena ley, o desde el hoy eterno, habría que decir que “Dios crea”. En presente.
Todo esto lo desarrollará ampliamente Agustín en el libro XI de las Confesiones.
Es posible que haya quien no siga o no entienda este razonamiento. No importa. Lo
que interesa es que busque a Dios y lo encuentre, aunque sus preguntas no queden del
todo satisfechas. Es preferible encontrar a Dios por la fe, que hallar respuestas en las
que no esté Dios.
__________________________
“Te confieso, Señor del cielo y de la tierra, y te alabo por mi niñez… Eras tú
quien proporcionabas el alimento a mi infancia, de acuerdo con los criterios de

48 Agustín, que tenía que oponerse a los pelagianos que negaban la transmisión del pecado origi-
nal, no veía claro el problema del origen del alma. Rechaza, es verdad, las ideas del preexisten-
cialismo de algunos platónicos, quienes sostenían que las almas, que ya existían previamente,
habían sido arrojadas a los cuerpos por los pecados que habían cometido. Pero persistía en la
duda y se debatía entre el creacionismo y el traducionismo. ¿Eran creadas por Dios en el mo-
mento del nacimiento, o eran los padres quienes la trasmitían?

- 28 -
Confesiones, libro I

tu providencia”. Así agradece Agustín a Dios por el don de la niñez y su providen-


cia.
“Dejad que los niños vengan a mí”, dirá el Señor (Mt 19, 14). Pero es él, Dios,
quien se ha acercado a todo ser humano, a los niños, como origen de la vida. El niño
vive en el seno de la madre desde el momento de su concepción. Es una vida que hay
que respetar y propiciar.
No importa que en esa etapa de su vida no sea capaz de razonar, de discernir y
de expresar con palabras sus sentimientos y sus necesidades. Es un ser humano,
vive; como dirá san Ireneo, “la gloria de Dios consiste en que el hombre viva”49.
En una segunda etapa de su vida, una vez nacidos, los niños aprenden más por lo
que ven que por lo que oyen. De ahí la necesidad de que encuentren en el hogar un
ambiente sano, rico en valores y comportamientos humanos y cristianos.
Sus padres, y quienes los rodean, deberán ser testigos del amor y cercanía de
Dios con su ejemplo y su palabra. El hogar será así como un vivero de tierra buena,
donde el niño irá creciendo y enriqueciendo su personalidad en todos los aspectos
de vida humana y cristiana.
Llegado a la etapa de la consciencia, el niño podrá alabar a Dios y agradecerle
por el don de la vida y el amor que ha encontrado a su alrededor.

- ¿Qué me dicen estas reflexiones de san Agustín sobre su vida de niño de


muy corta edad y, antes, en el seno materno?
- ¿Qué he sabido por mis padres de esa misma etapa de mi vida? ¿Veo en to-
do ello la mano de Dios o sólo impulsos de la naturaleza humana?
- ¿Cuáles son mis “debilidades y fortalezas” humanas y cristianas que
arrancan de esa época?
San Agustín: “La raíz se halla profundamente afianzada en tierra; en donde está
nuestra raíz, allí está nuestra vida, allí está nuestro amor” 50.

CAPÍTULO 7

Agustín habla de los pecados de cuando era niño; pero eran sólo gestos inconscientes, gritos y
llantos muy propios de un niño incapaz de controlarlos. A pesar de todo, pregunta a Dios dón-
de y cuándo ha sido inocente.

7. 11. Sus pecados de niño


Nueva súplica a Dios. Pide que le oiga, mucho más porque se lamenta de los peca-
dos del hombre. Pero Agustín distingue entre el hombre que peca y el pecado. Dios se
apiada del hombre pecador, pero rechaza y detesta su pecado.
Nadie está limpio de pecado. Ni siquiera el niño recién nacido. Pero, ¿quién podrá
recordarle su pecado? Quizás observando a los mismos niños. ¿Pecan cuando lloran

49 Contra haer. 4, 20, 7


50 En. in ps. 36, s, 1, 3

- 29 -
Nacido para amar

porque sienten la necesidad de mamar la leche materna? Si él, ya adulto, llorara o gri-
tara para pedir su alimento, se reirían de él y sería ásperamente reprendido.
Si hacía esto cuando era niño, era en sí una acción reprobable, aunque no imputable.
Pero no le reprendían. Es que no habría entendido la reprensión. Además, se corregiría
con el paso del tiempo, según fuera creciendo.
A pesar de todo, insiste en que no estaba bien lo que hacía de niño: llorar para que
le dieran cosas muchas veces perjudiciales, enrabietarse contra los mayores y sus pa-
dres, y propinarles golpes porque no accedían a sus caprichos. Si no era bueno, es que
era malo. Luego había pecado en todo ello.
Sostiene, además, que lo único inocente en los niños, es decir, lo único que no causa
daño alguno, es su propia debilidad, pero no su alma. Lo ha comprobado por experien-
cia. Pudo ver en cierta ocasión un niño tan celoso de un hermanito suyo, que le clavaba
los ojos llenos de ira y de rabia. No toleraba que su hermanito se amamantara de la
leche de la madre común.
Pero concluye su reflexión diciendo que, si bien estos defectos son tolerables y ex-
cusables en los niños pequeños, no lo son en las personas adultas51.

7. 12 Alaba a Dios por sus dones


Don de Dios es el mismo hombre y todo lo que le es necesario para vivir dignamen-
te: cuerpo y alma, sus miembros y sentidos, sus impulsos como ser animado, etc.
Todo ello viene a ser un reclamo o motivo para alabar, bendecir y agradecer a Dios,
de quien procede todo. Además de ser un Dios único, es la Belleza, la Bondad y la Ver-
dad de todo lo que existe.
Agustín se resiste a asociar o unir su vida de adulto con la etapa vivida en la niñez.
Nada recuerda de esta etapa. Tiene conocimiento de algunos hechos porque se lo han
dicho otros, a quienes ha creído, y por lo que observa o ha observado en el comporta-
miento de otros niños.
En su opinión, esta etapa de su niñez es análoga a la que vivió en el seno de su ma-
dre. Tiene presente lo que dice el salmo 50 para afirmar que él también fue concebido
en pecado. Por eso añade que su madre lo nutrió entre pecados.
Entonces, se pregunta el santo ¿cuándo o en qué etapa de mi vida fui inocente?
Nota: A más de uno podrán parecer desconcertantes algunas de estas afirmaciones
del santo. Y no le faltará razón. Pero debe tenerse en cuenta que Agustín escribía todo
esto preocupado por el problema de la gracia y del pecado original. En su obra Contra
Juliano52 decía que si la naturaleza humana estaba corrompida desde el inicio, y no ha-
bía sido dañada o pervertida antes de nacer por el ambiente social, se concluye que ello
es la consecuencia de un pecado de origen que llega a todos los que son concebidos
para la vida humana.
Por último, considera el santo que no tiene sentido detenerse más en el recuerdo o
consideración de esa etapa primera de su vida, de la que no conserva el más mínimo
recuerdo.

51 Agustín se refiere a la acción objetivamente mala. Esta acción, que él llama pecado, no es impu-
table al niño, ya que no se da en él responsabilidad alguna en lo que hace. En un niño de tan
corta edad faltan las tres condiciones que se requieren para que sus actos puedan ser considera-
dos como pecados: materia grave o leve, pleno conocimiento y consentimiento deliberado.
52 Contra Jul. I, 4

- 30 -
Confesiones, libro I

__________________________
“Tú te apiadas del pecador, porque tú hiciste al hombre, pero no al pecado
que hay en él”. Experimentó siempre Agustín la misericordia de Dios para con él, a
la vez que sentía que el Señor condenaba sus pecados.
No es fácil separar el pecado de quien lo comete, pero es necesario hacerlo. El
pecado, el delito o la mala acción, es siempre condenable. No así quien lo comete.
No podemos emitir juicios de valor, mucho menos condenar, a la persona, sea quien
sea.
“Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordiosos. No juzguéis y no
seréis juzgados; no condenéis y nos seréis condenados” (Lc 6, 36-37). Así habla el
Señor, y así habla también Agustín en varias ocasiones53.
Si esto es así en las personas adultas, lo es mucho más en los niños cuando son
incapaces de discernir lo que está bien de lo que está mal. Hacen cosas que, en sí,
son reprobables. Pero no son imputables. Suelen ser consecuencia de sus instintos
básicos o de ciertos impulsos irracionales.
Son los padres y los educadores quienes tienen la responsabilidad de ir forman-
do la conciencia del niño, según vaya creciendo, para que, siendo libres, puedan op-
tar preferentemente por el bien y no por el mal.
Los niños, a cierta edad, aprenden mucho más por lo que ven que por lo que
oyen. Luego el ejemplo en el hogar, los buenos modales de los adultos, el ambiente
sano en la vida familiar irán inculcando en el niño un comportamiento igualmente
sano y equilibrado.

- ¿Cuáles son mis “debilidades y fortalezas” humanas y cristianas que


arrancan de esa época? ¿Cuál es el recuerdo mejor que guardo de mis pa-
dres de cuando yo era niño?
- ¿Qué tendría que agradecer al Señor de lo vivido en aquella época? ¿Y a
mis padres?
- Si tengo hijos pequeños, ¿qué valores humanos y cristianos les inculco?
San Agustín: “¿Qué ha de hacer el niño, alma tierna, atendiendo a lo que hacen
los mayores, sino hacer lo que ellos hacen? Luego Babilonia -el mal o el maligno- nos
persiguió siendo niños, pero Dios nos dio ya de mayores su conocimiento para no
seguir los errores de nuestros padres”54.

CAPÍTULO 8

Va conociendo los signos del lenguaje. Se expresa con balbuceos y capta el significado de los
gestos que acompañan a las palabras de los mayores. Inicia de esta manera su ingreso en la fa-
milia o la sociedad por medio de la comunicación.

53 Cf. In Jn ev. 90, 2


54 En. in ps. 136, 21

- 31 -
Nacido para amar

8. 13. Una nueva etapa


¿Pasó la infancia y vino la niñez, o fue ésta la que sucedió a la infancia? Es un inte-
rrogante sin mayor alcance. Lo utiliza Agustín para iniciar la presentación de una nue-
va etapa de su vida. Había dejado de existir la infancia y comenzaba la niñez.
Para san Agustín el dato o criterio que usa para separar y diferenciar ambas etapas
es el habla. No se trata tan sólo de articular palabras sueltas o balbuceos, sino de for-
mar frases enteras para expresar sentimientos, necesidades, deseos, quejas, etc.
El proceso para aprender a hablar fue y es el mismo de los demás niños. Se aprende
oyendo hablar a los mayores. No existe, en la práctica, un método didáctico más efi-
ciente y concreto.
De nada habría servido sólo oír hablar a los mayores si en el niño no hubiera habi-
do una inteligencia capaz de aprender. Reconoce que la inteligencia es un don de Dios,
y se lo agradece.
Y como todos los niños, pone en juego también la memoria. Con ella retiene y fija
en su mente las palabras y frases de los mayores, acompañadas de gestos muy expresi-
vos, con que se refieren a las cosas, determinados objetos y hechos concretos.
Al ir aprendiendo a expresarse de la misma manera que los mayores, podía comuni-
carse con ellos. Era como abrir una puerta para introducirse en el grupo familiar y, en
general, en la sociedad de entonces.
Accede a esta sociedad, que considera agitada o turbulenta, guiado de la autoridad
de sus padres y por las indicaciones de los mayores.
_______________________

“Yo ya no era un bebé desprovisto de habla, sino un niño que hablaba”. Reco-
noce Agustín que aprendió a hablar con la inteligencia que Dios le dio.
El habla no consiste sólo en pronunciar palabras más o menos conexas, “ruido de
voces”, sino en expresar de manera entendible y clara conceptos, ideas y senti-
mientos. Se requiere de nuevo el concurso o ayuda de los padres y de quienes viven
cerca del niño, para que éste pueda utilizar un lenguaje cada día más correcto,
digno y siempre respetuoso.
Es de lamentar el modo de hablar hoy de muchos niños y jóvenes, que utilizan un
léxico muy pobre, chabacano y vulgar, además de irrespetuoso y descortés. ¿Falta
de cultura básica, de educación esmerada, del arte del buen decir?
Saber hablar correctamente es una puerta que se abre al niño y al joven para
poder entrar en una sociedad de adultos, que con el tiempo será también la suya.
Tarea de todos, y no sólo de los padres, será ayudar al niño y al adolescente a
aprender a hablar adecuadamente55.

- Aunque en este momento no viva en la etapa de la niñez, ¿cuál o cómo es mi


modo de hablar?
- ¿Uso palabras malsonantes, murmuro de los otros, me quejo frecuentemen-
te de lo que me ocurre, callo por cobardía, impongo mi criterio a los de-
más…?

55 Cf. De cat. rud. 15, 23

- 32 -
Confesiones, libro I

- ¿O más bien, mi conversación suele ser constructiva, respetuosa, prudente,


amena y divertida en momentos apropiados, compresiva con quien su-
fre…?
San Agustín: “¿Por qué quieres hablar y no oír? Siempre quieres estar fuera y
rehúsas estar dentro. El que te enseña está dentro. Cuando tú enseñas, sales fuera
hacia los que están afuera. En el interior oímos la verdad, pero hablamos a los que
están fuera de nuestro corazón”56.

CAPÍTULO 9

Primeras experiencias vividas y sufridas en las aulas de la escuela de Tagaste. Aunque po-
seedor de una inteligencia privilegiada, no era buen estudiante. Y comienzan los castigos esco-
lares.

9. 14. En la escuela del pueblo


Le mandan a la escuela para formarse en las técnicas del lenguaje y forjar, así, un
futuro brillante en la vida. Deseaban para él un porvenir con prestigio, honores y ri-
queza. Para ello tenía que obedecer ciegamente a sus maestros.
Fue una experiencia dura, que le hizo sufrir mucho.
Critica severamente a sus padres y maestros, porque, en su opinión, les movía úni-
camente la ambición y el encumbramiento social de su hijo.
Si su inteligencia era brillante, su aplicación al estudio era deficiente. Aunque reco-
noce su utilidad, no era buen estudiante. Y los castigos, en forma de azotes, llovían
sobre él. Se asombra de que agradara a los adultos esta pedagogía.
Pero descubre que había personas buenas que invocaban a Dios. De ellas aprende
que Dios es alguien, que, aunque no se le vea ni se sienta cerca, está atento para ayudar
y apoyar a quien lo invoca.
Y comienza a invocarle él también. Le pedía, entre otras cosas, que no lo azotaran
en la escuela. A pesar de ello, no cesaban los castigos.
Sufría también porque veía que sus padres y los adultos se mofaban de sus castigos,
aunque reconoce que no querían que le ocurriera nada malo.

9. 15. Actitudes absurdas e impropias


No comprende que haya alguien con un amor a Dios tan grande y que esté tan uni-
do a Él que pueda utilizar ciertos castigos rigurosos y despiadados, aun amando a sus
propios hijos, habiendo, por otra parte, otras personas que para evitar estos castigos
elevan en todas partes súplicas a Dios.
Y refiriéndose a los padres, se pregunta cómo pueden amar a sus hijos que sufren
castigos tan atroces y se rían de esta clase de torturas. La respuesta de Agustín es que
es imposible este amor.
Teme el castigo y suplica a Dios que lo libre de ellos.
Reconoce que pecaba porque no rendía en el estudio lo que se esperaba de él. Tenía
el nivel intelectual suficiente acorde con su edad, pero prefería jugar.

56 En. in ps. 139, 15

- 33 -
Nacido para amar

Y critica también a los mayores porque, a su parecer, hacían lo mismo que él. Es
decir, la educación que brindaban a los alumnos tendía a prepararlos para los juegos de
los adultos. Los adultos llaman negocios a sus juegos o distracciones, pero castigan a
los niños por sus juegos, que sí son verdaderos pasatiempos.
Y no había nadie que librara a los niños de los castigos ni reprochara a los adultos
por su mal proceder.
Apela, quizás con ironía, a un juez justo e imparcial. Este juez podría aprobar los
castigos que le infligían porque su afición al juego le impedía prepararse debidamente
para dedicarse a los juegos sucios cuando fuera mayor.
Si el castigo era justo, ¿por qué no se podía castigar también a los maestros cuando
en sus discusiones con otros colegas se llenaban de ira y de envidia, mucho más que
cuando los niños perdían en el juego?57.
_________________________
“Se me proponía como norma de buen vivir la obediencia a mis preceptores pa-
ra conseguir renombre mundano”. Considera esto el santo una miseria y, a la larga,
un engaño. Una pedagogía totalmente desenfocada y errónea.
El objetivo primero de la educación no es, no debe ser, que el alumno pueda
conseguir la suficiente capacitación para lograr con el tiempo una profesión con la
que se pueda ganar mucho dinero, ocupar un puesto destacado en la sociedad, ser
admirado por todos y vivir y gozar como el rico del evangelio, a quien el Señor llama
necio (Cf. Lc 12, 20).
Educar consiste básicamente en ayudar al niño a que desarrolle sus facultades
intelectuales y morales para ser, ante todo, persona madura, responsable y solida-
ria. Y en el caso del niño bautizado y de familia cristiana, ayudarle a encontrar en
la vivencia de su fe los valores que Jesús proclama en el evangelio.
Entre otros: el amor generoso, la libertad basada en la verdad, la experiencia
de Dios como Padre, su condición de miembro de una comunidad cristiana en la que
todos son hermanos e hijos de un mismo Padre, la solidaridad, la paz como don y
tarea, la justicia con amor… y el valor de la vida.
El lenguaje de la vida es más elocuente que el lenguaje de las palabras, por muy
hermosas que sean.
Los castigos con amor serán corrección paterna, es decir, un acto de cariño pa-
ra enderezar lo que se va torciendo. Los castigos sin amor son ira no contenida y no
enderezan nada, generan violencia en el corazón y también en los hechos.

- ¿A qué aspiraba yo cuando era niño? ¿Qué me movía en esa aspiración?


- ¿Qué valores inculco a mis hijos o a quienes dependen en cierta forma de
mí?
- ¿He conocido en mi infancia o en todo mi proceso de formación personas
profundamente creyentes? Si así ha sido, ¿qué influjo han ejercido en mí?

57 Agustín, ya obispo, rechaza la práctica de una enseñanza y aprendizaje que sea sólo medio para
lograr en el futuro una posición brillante y amasar falsas riquezas. Y critica también duramente
la utilización de castigos violentos para obligar al niño a jugar menos y a estudiar más.

- 34 -
Confesiones, libro I

San Agustín: “Nada le conviene más al alma como obedecer. Y si al alma le con-
viene obedecer, de suerte que en el siervo obedezca al señor, en el hijo al padre, en la
esposa al varón, ¿cuánto más le conviene en el hombre obedecer a Dios?” 58.

CAPÍTULO 10

Critica los castigos que le imponían, pero reconoce también que merecía ser corregido, pues
era responsable de sus actos. Había otro factor que le impedía dedicarse más al estudio y apren-
dizaje en la escuela: su afición a los juegos y espectáculos. Pide a Dios que vea todo esto con
misericordia.

10. 16. Se acusa a sí mismo. Afición a los juegos y a los espectáculos


Pero también se acusa a sí mismo. No echa balones fuera, como hacen los que bus-
can sólo justificarse ante los demás. Se mira a sí mismo, y se encuentra culpable y res-
ponsable de lo que hace. Y de lo que no hace.
Confiesa, sin atenuante alguno, su pecado de desobediencia a sus padres y maestros.
No importa la intención que tuvieran ellos al exigirle una mayor dedicación al estudio.
El “aprendizaje de las letras” podría servirle, sin duda, de mucho provecho el día de
mañana. Y debía obedecer.
No rechazaba la obediencia en sí, sino que se dejaba llevar por su afición al juego.
Pero desobedecía, y se acusa de ello.
En los juegos de competición buscaba siempre el triunfo. Había en él un orgullo la-
tente que lo empujaba a sobresalir en las distintas competiciones.
En los espectáculos públicos era espectador. Intervenían en ellos solamente los
adultos. Pero le agradaban sobremanera, sobre todo por los premios y honores que
dispensaban a los ganadores.
Todo el mundo desearía estos honores para sus propios hijos. Pero ve en esto una
contradicción palmaria: Aplauden tales honores y al mismo tiempo aprueban los casti-
gos que se infligen a los estudiantes que se preparan para recibir un día los mismos
honores.
Ante esta contradicción tan evidente, suplica a Dios que mire con benevolencia to-
do esto y libre de ello a quienes lo invocan. Pide también por quienes no le invocan,
para que sean igualmente libres de ese modo de pensar y de actuar.
__________________________
“Yo seguía pecando, Señor Dios mío, actuando contra las órdenes de mis pa-
dres y de mis maestros”. Aquí podríamos decir: “El niño que no peque contra la obe-
diencia que tire la primera piedra”.
Obedecer es reconocer la autoridad de quien legítimamente la tiene y acatar
sus órdenes. Una obediencia con amor responde a una autoridad ejercida con amor.
Cuando es imposición sin más, se rechaza.
Pero también se suele desobedecer cuando domina el egoísmo y se busca el in-
terés personal por encima del bien común, o, en el caso de los niños, cuando han

58 En. in ps. 70, 2, 1

- 35 -
Nacido para amar

sido educados cediendo a todos sus caprichos. Y en los jóvenes por una mal enten-
dida autonomía personal. Y en los mayores por criterios encontrados.
En la oración del Padrenuestro le pedimos a Dios que se haga su voluntad en no-
sotros. Pero, al menos inconscientemente o en la práctica, pedimos que él haga la
nuestra. Educar para la obediencia es hacerlo para una autonomía sana, para una
libertad entendida como opción para el bien común, para la colaboración e integra-
ción familiar y social, para crecer en la práctica o vivencia de la fe…
El cumplimiento y práctica del cuarto mandamiento por parte de todos, y no so-
lo por parte de los niños, facilita el diálogo, propicia la paz, afianza el amor, acerca
a las personas, acrecienta el respeto mutuo, ejercita en la humildad y procura el
bien común59.

- ¿He recibido de mis padres una educación para la obediencia responsable y


madura? ¿Cómo combino el ejercicio de la libertad con la obediencia que
debo a Dios, a la Iglesia, y a ciertas leyes o normas en el ámbito civil?
- ¿Sé educar a los que dependen de mí con respeto a su personalidad, con
exigencia y amor, para una libertad responsable y con miras al bien co-
mún?
- ¿Procuro proponer en vez de imponer, dialogar en vez de decidir sin más,
animar al cumplimiento del deber?
San Agustín: “Servid al Señor con alegría. En la casa del Señor la esclavitud es
libre. Porque es un servicio de pura gratuidad, en el que no sirve la necesidad, sino el
amor. Hazte, pues, esclavo de la caridad, ya que la verdad te ha hecho libre”60.

CAPÍTULO 11

No olvidaba Agustín la iniciación a la fe recibida de su madre desde muy niño. Pero no


había recibido el bautismo. Ahora, cuando se ve en peligro de muerte, pide que lo bauticen. Con
base en esta experiencia, se cuestiona sobre el aplazamiento en su tiempo del bautismo.

11. 17. Pide el bautismo al enfermar gravemente


A Agustín le administraron, apenas nacido, los ritos del catecumenado. Estos con-
sistían en ser signado con la cruz en la frente y gustar la sal. A esto se añadía la impo-
sición de las manos.
Una vez iniciado en el catecumenado, comenzó a recibir en la casa una formación
cristiana acorde con su edad. Era sin duda su madre, que “tenía una gran esperanza
puesta en Dios”, quien le hablaba, entre otras cosas, de la vida eterna prometida por
Cristo61.

59 Cf. Cat. Igl. Cat. 200


60 En. in ps. 99, 7
61 Más de uno podrá preguntarse por qué Mónica, ejemplo de madres cristianas, no pidió el bau-
tismo para su hijo Agustín siendo niño. La siguiente nota de la Instrucción de la Sagrada Con-
gregación para la Doctrina de la Fe sobre el bautismo de los niños, del 20 de octubre de 1980,
puede aclarar la duda. Comienza diciendo que el bautismo de los niños era entonces una praxis
inmemorial. Y añade:

- 36 -
Confesiones, libro I

En cierta ocasión se vio a las puertas de la muerte a consecuencia de una fuerte


opresión en el pecho o de un dolor fuerte en el estómago. La fiebre era muy alta y cre-
yó morir. Pidió entonces insistentemente el bautismo.
Su madre, que deseaba ardientemente la salvación de su alma, “su parto favorito”,
se dedicó a prepararle debidamente para recibir este sacramento. Pero el niño sanó
rápidamente de su enfermedad. Y de nuevo quedó aplazado el bautismo de Agustín.
El santo, ya obispo, critica la práctica de aquel tiempo de diferir el bautismo hasta
la edad adulta. Se pensaba erróneamente que el pecado de un bautizado sería mucho
más grave y más peligroso. Luego era preferible vivir una vida “manchada” por el pe-
cado de origen hasta la recepción del bautismo en edad adulta.
Se declara creyente en su tierna edad. Lo era también su madre y todos los de la ca-
sa, a excepción de su padre. La actitud del padre no influyó negativamente en el amor
de Mónica para con su hijo. Dejaba totalmente libre a la madre para educar cristiana-
mente al niño Agustín.
Al faltar el padre, en cuanto a la formación cristiana se refiere, Mónica puso verda-
dero empeño en inculcar al niño que Dios era un verdadero padre. De ahí, concluye el
santo, que Mónica era superior a su esposo, a quien servía y atendía.
Al ejercer esta responsabilidad de esposa y madre cristiana, servía también al Se-
ñor.

11. 18. Juzga y cuestiona el aplazamiento del bautismo


Se pregunta, ante Dios, por qué razón se difirió el bautismo.
¿Sería un bien para él que tuviera vía libre para pecar? Esto sonaría a un inacepta-
ble permisivismo moral. ¿O más bien, el aplazamiento del bautismo le serviría de freno
para no pecar?
Trae a colación un dicho muy común en su época, que venía a decir: “Déjale que
haga lo que quiera, pues todavía no está bautizado”. Lo rechaza de plano. Sería como
decir a un enfermo: “Déjale que le hieran más, pues aún no está curado”.
¡Cuánto mejor hubiera sido haber recibido el bautismo y que tanto él como sus pa-
dres hubieran puesto mucho cuidado en utilizar todos los medios posibles para evitar
caer en el pecado!
Pero el santo tiene en cuenta la buena intención de su madre. La disculpa porque
ella preveía las fuertes tentaciones a que se vería sometido su hijo en su adolescencia y
juventud.

“Tanto en Oriente corno en Occidente, la praxis de bautizar a los niños es considerada como
una norma de tradición inmemorial. Orígenes, y más tarde San Agustín, ven en ella una «tradi-
ción recibida de los Apóstoles» (cf. S. AGUSTÍN. De Genesi ad litteram, X, 23, 39). Cuando en el
siglo II aparecen los primeros testimonios directos, ninguno de ellos presenta jamás el bautis-
mo de los niños como una innovación.
Indudablemente, la praxis del bautismo de los niños ha conocido una cierta regresión durante el
siglo IV. En esa época, cuando los mismos adultos aplazaban su iniciación cristiana, por el te-
mor de las faltas futuras y por el miedo de la penitencia pública, muchos padres diferían, por los
mismos motivos, el bautismo de los niños. Pero, al mismo tiempo, consta que hubo Padres y
Doctores, como Basilio, Gregorio de Nisa, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, que,
aunque bautizados en edad adulta por las mismas razones, sin embargo, reaccionaron en segui-
da con energía, pidiendo con insistencia a los adultos que no retrasaran el bautismo necesario
para la salvación; (S. AGUTÏN, In Ioannem Tractatus 13, 7) y muchos de ellos insistían a fin de
que el bautismo se administrara también a los niños”

- 37 -
Nacido para amar

Prefería su madre que las tentaciones atacaran la “tierra”, es decir, al “alma sin la
imagen de Dios”, que no la imagen ya impresa en su alma porque podría ser deformada
por el pecado.
__________________________
“Yo quisiera saber, como favor tuyo, Dios mío, si tal es tu voluntad, qué ra-
zones hubo para aplazar mi bautismo”. No considera correcto la opción que toma-
ron sus padres, aunque no descarta la buena intención de su madre.
Si la Iglesia “permite”, y aun desea, que los niños reciban el bautismo, es porque
confía en que sus padres asumirán el compromiso serio y grave de educarlos en la
fe con su palabra y su ejemplo. Sin este compromiso serio sería preferible esperar
a cuando el niño sea capaz de decidir por sí mismo.
El bautismo viene a ser un segundo nacimiento (Cf. Jn 3, 3. 5). Se nace a una vi-
da nueva, a la vida de la gracia, a la vida para siempre. Nace un nuevo hijo de Dios,
queda injertado en Cristo, se integra en una familia nueva que es la comunidad de
los creyentes… No cabe regalo mayor.
Al niño que ha nacido a la vida humana en el hogar no faltará amor, ternura,
preocupación constante por su salud, ayuda para su desarrollo físico e intelectual,
etc.
No suele ocurrir lo mismo al niño que “ha nacido de nuevo” por el bautismo a la
vida cristiana. No suele existir el mismo interés para cultivar su vida de fe. Quizás,
por desconocimiento de lo que es y exige el bautismo. Y como no se valora lo que no
se conoce, el hecho del bautismo queda arrinconado en el recuerdo cada vez más
desvaído y difuminado.

- ¿Cómo he ido ratificando y reviviendo mi bautismo a lo largo de la vida?


¿Qué es lo que más valoro del hecho de estar bautizado? ¿A qué me com-
promete?
- ¿Considero que he recibido de parte de mis padres una formación cristiana
firme y madura?
- Si tengo hijos, ¿cuáles fueron las verdaderas razones que me motivaron
para bautizarlos? ¿En la formación cristiana de mis hijos les he recordado
las exigencias de su bautismo? Si así ha sido, ¿cómo han ido creciendo
ellos en la fe?
San Agustín: “¿Por qué miras a los niños? También ellos están enfermos en
Adán, pues también son llevados a la Iglesia; y si no pueden correr hacia allí con sus
propios pies, corren con los de otros para ser sanados. La madre Iglesia pone a su dis-
posición los pies de otros para que lleguen, el corazón de otros para que crean, la len-
gua de otros para que hagan la profesión de fe...”62.

62 S. 176, 2

- 38 -
Confesiones, libro I

CAPÍTULO 12

Critica a sus padres y profesores por sus métodos y modos de pensar en el campo de la edu-
cación.

12. 19. Pedagogía errónea


Reconoce de nuevo que no le gustaba estudiar ni que le obligaran a ello. Pero admi-
te que, al obligarle, le hacían un bien. Si no le hubieran obligado, no habría aprendido
nada. Y argumenta diciendo que “nadie hace bien lo que hace a la fuerza, aunque sea
bueno lo que hace”63.
Se equivocaban sus educadores, padres y maestros: En primer lugar, porque no era
admisible obligarle a hacer algo a la fuerza; y segundo, porque la intención y deseo de
sus padres era lograr para él, en el futuro, “una pobreza opulenta y una honra deni-
grante”.
Reconoce que era Dios quien se valía del error de los adultos para el bien del
alumno. Y se valía también del error del niño de no querer estudiar, para castigarle por
su pecado.
Dios, que escribe derecho en renglones torcidos, hace siempre el bien corrigiendo,
valiéndose de los errores de los hombres.
__________________________
“Los que se empeñaban en que yo estudiara no tenían otras miras que satisfa-
cer los apetitos insaciables de una pobreza opulenta y de una honra denigrante”.
Mónica era una madre ejemplar. Patricio, no. Él era, por ser el padre, quien tenía
las “miras” de que habla Agustín.
Contrasignos o antitestimonios. O, quizás, motivo de escándalo. Eso pueden ser
en ocasiones los padres y educadores de los niños (Cf. Mc 9, 42).
Y dejan de ser, entonces, padres, porque no propician la vida humana en todo lo
que ella es, sino que la tuercen o la destruyen.
Y dejan de ser educadores, porque no conducen al niño -que por ahí se explica
el significado de la educación- sino que paralizan un proceso vital o lo deforman.
La obediencia no es sometimiento forzado ni sumisión humillante. Es, más bien,
aceptación, casi siempre difícil, de una orden dada con amor. A la larga, tiende a
desaparecer lo difícil, y se hace más llevadera.
La autoridad de unos padres cristianos arranca de la aceptación serena de la
voluntad de Dios. Cuanto más y mejor sintonicen con la voluntad de Dios, que es
siempre amorosa, más y mejor lograrán que también sus hijos acepten con amor las
indicaciones u órdenes que de ellos reciban.

63 Estas palabras de Agustín deben interpretarse en el sentido de que, al faltar la libertad, no es


meritorio lo que se hace a la fuerza. No se refiere el santo al hecho de que nadie obra bien por el
mero hecho de estar obligado a hacerlo. A este respecto, su pensamiento, expuesto a los largo
de todos sus escritos, confirma lo dicho en esta nota.

- 39 -
Nacido para amar

- Si soy padre o madre de familia, ¿cómo valoro la educación que doy o he


dado a mis hijos? ¿Qué fallos puedo todavía corregir o debería haber co-
rregido?
- ¿He aplicado correctivos severos cuando ha sido necesario, o he sido excesi-
vamente tolerante por un falso respeto a la persona del niño? ¿Cuál es mi
experiencia en este sentido?
San Agustín: “El superior puede más suplicando que obligando” 64. “Más bien que
mandar, hay que enseñar; más que amenazar hay que amonestar” 65.

CAPÍTULO 13

Comienza una nueva etapa en sus estudios. Se entusiasma con el estudio del latín. Se iden-
tifica y sufre con los personajes de ciertas fábulas o historietas.

13. 20. En la escuela de secundaria. Tagaste y Madaura


Hacia los doce años comienza sus estudios secundarios. Primero en Tagaste, su
pueblo, y después en Madaura.
¿Por qué tenía manía al griego, cuyo aprendizaje había iniciado siendo niño? Son
varias las respuestas posibles. Quizás por la brutalidad de los castigos, por aquello de
que “la letra con la sangre entra”. O también, por la dificultad que para él entrañaba su
gramática y la riqueza de su léxico. Parece, por otra parte, que esta manía era muy co-
mún entre los niños de lengua latina66.
Sí le entusiasmaba la lengua latina. No la que le enseñaban en los estudios de pri-
maria, sino la que aprendía en secundaria, en la escuela del “gramático” o profesor de
literatura. Aprender a leer, escribir o contar en la escuela primaria se le hacía tan abu-
rrido como el estudio del griego.
La causa de todo esto era el pecado y la vanidad de su vida, que hacía de él “carne y
un aliento fugaz que no torna”67.
A pesar de todo, las primeras letras, en comparación con el aprendizaje del griego,
le ofrecían mejores garantías. Por ellas pudo llegar a leer cualquier escrito y a escribir
lo que quisiera. Con el griego se le obligaba a retener en su memoria los extravíos de
un tal Eneas y otra clase de fábulas.
Las “letras griegas” le hacían llorar por la muerte de Dido, pero sus ojos no derra-
maban una sola lágrima por su propia muerte, ya que con la afición a estos relatos se
apartaba de Dios, que es la vida.

13. 21. La muerte de Dido y la suya


No hay mayor miseria que la de un miserable que no tiene compasión de sí mismo.
Esta miseria suya consistía en conmoverse y llorar la muerte de Dido por amor a
Eneas y no llorar la propia por no amar a Dios.

64 S. 112 A, 11
65 Ep. 22, 1. 5
66 Agustín, aunque nunca llegó a dominar perfectamente el griego, sí lo entendía suficientemente pa-

ra comprender lo que leía y poder traducir y, si se daba el caso, corregir ciertos escritos que llegaban a
sus manos.
67 Salmo 77, 39

- 40 -
Confesiones, libro I

Su muerte consistía en la falta de amor a Dios, que es luz que ilumina el corazón,
pan que alimenta el alma, fuerza que anima.
A este desamor Agustín lo llama fornicación y adulterio, aludiendo al salmo que di-
ce: “Los que se alejan de ti se pierden, destruyes a los que te son infieles”68. Y mientras
vivía en la infidelidad a Dios, su “fornicación” provocaba aplausos y parabienes. Se sen-
tía halagado cuando le gritaban “bravo”, “muy bien”.
Estas exclamaciones tenían como fin avergonzar a los que no son como los aplau-
didos o vitoreados. Y también para que el vitoreado no tuviera vergüenza de ser así.
No lloraba por su propia muerte, sino por la de Dido. Iba en pos de las criaturas
más ínfimas, dejando de lado a Dios. En ese tiempo era como tierra que cae en tierra.
Hubiera sufrido mucho si no le hubieran permitido leer lo que le causaba dolor y lá-
grimas.
Estas prácticas, que son verdaderas aberraciones, eran consideradas más nobles y
más dignas que la dedicación al estudio de las letras, en las que se aprende a leer y es-
cribir.

13. 22. Cambio de parecer


Con el paso del tiempo Agustín cambió de parecer. Y suplica a Dios que le diga la
verdad, que le grite que lo que pensaba antes era un error. Que le diga que saber leer,
escribir y contar es mucho mejor que conocer las fantasías y fábulas referentes a Eneas
y otras cosas.
Quiere olvidar todo ello y retener sólo la lectura y escritura que aprendió en la eta-
pa de primaria. Los cortinajes que cuelgan en las puertas o fachadas de las escuelas de
secundaria encubren el error de las fábulas, pero no están puestas para ocultar sus se-
cretos o misterios a los no iniciados69.
No teme ya lo que digan de él sus maestros. Su preferencia es Dios y la verdad. Se
tranquiliza reprochando sus malos caminos, porque así endereza su caminar hacia Dios.
Le gritan en vano. Pide que no se encaren con él, porque no les hará caso. No son
capaces de certificar como real o histórica, por ejemplo, la venida de Eneas a Cartago.
Hasta lo negarán los más entendidos porque es pura ficción.
Pero sí saben con qué letras se escribe el nombre de Eneas quienes cursaron los es-
tudios de primaria o la retórica. Si se les preguntara a tales profesores qué sería de más
perjuicio para ellos: olvidarse de saber leer, escribir y contar, u olvidarse de sus fábulas
y ficciones literarias, si estuvieran en su sano juicio responderían que lo primero.
Reconoce por tanto Agustín que había pecado de niño prefiriendo los relatos de fic-
ción y despreciando lo concerniente al estudio de las letras. Esto último es mucho me-
jor, pero admite que gozaba mucho más leyendo tales relatos, que con la aridez del
aprendizaje de la lectura y la escritura.
____________________________

“¿Qué mayor miseria que la de un miserable que no tiene conmiseración de sí


mismo?”. Difícil etapa la de la adolescencia. La fantasía desbanca muchas veces a la

68 Salmo 72, 27
69 Las escuelas estaban ubicadas generalmente en espacios abiertos, separados de la calle por cor-
tinas o toldos, con el fin de que los estudiantes quedaran a salvo de la curiosidad de los que los
que pasaban por la calle. Si la escuela estaba instalada en un lugar cerrado, se dejaba colocada
una cortina en la puerta de entrada para que pudiera entrar o salir quien lo desease.

- 41 -
Nacido para amar

realidad. El campo de la ficción es amplio, surgen los mitos y modelos de identifica-


ción que no son tales, y el adolescente es arrastrado por ellos. Han llegado, por la
edad, a una encrucijada que los desorienta y perturba. Es en ese momento cuando
se toman caminos equivocados que pueden durar toda una vida.
Y entra aquí de nuevo la responsabilidad de los adultos, padres y educadores
principalmente. Se requiere tacto, delicadeza, buen tino y criterios sanos y firmes
para seguir educando al hijo, ya adolescente. Se requiere también una gran capaci-
dad de escucha, comprensión y mucho respeto para con él. Saber enseñar con
amor70.
Y, sobre todo, ser modelos de identificación moral y personal del adolescente.
Sin engaños ni mentiras, sino con la belleza de la verdad y con la bondad en los he-
chos71. El adolescente tiende a ser inestable, se encuentra zarandeado por mil ha-
lagos y propuestas de toda clase.
Es necesario inculcar al adolescente que Cristo es el eternamente joven, que es
la Verdad plena, el único Camino, la Vida para todos. La realidad más real. Y con él y
desde él, el adolescente se dejará conducir por criterios sanos, firmes y seguros.
En esta tarea no se les puede dejar solos. Los padres y educadores tienen aquí una
gran y hermosa responsabilidad.

- ¿Qué valores o principios inculco o he inculcado a mis hijos de cara al ma-


ñana? ¿Por qué? ¿Les digo que deben prepararse para ser hombres de
provecho para bien de la sociedad, o que estudien para lograr una profe-
sión muy rentable económicamente?
- ¿Qué valores o contravalores encuentro en la sociedad o ambiente en que vi-
ven mis hijos? ¿Cuento o he contado con Dios para su educación humana y
cristiana?
San Agustín: “procurad una infancia inocente, una niñez respetuosa, una adoles-
cencia tranquila, una juventud virtuosa, una madurez cargada de méritos y una an-
cianidad sabia”72

CAPÍTULO 14

Agustín presenta unas líneas maestras acerca de la educación. Son útiles los castigos cuando
son correctivos y estimulan a estudiar más y mejor. Se aprende mucho más y mejor cuando se
siente en el interior del niño el deseo de saber y conocer. Cuando se impone la obligación, acom-
pañada de castigos, el aprendizaje será menor o más limitado.

14. 23. Aprendizaje por curiosidad y por obligación


Comienza, preguntándose; como en el capítulo 13, 20. En ese lugar, o en ese mo-
mento, Agustín derivó su reflexión a comparar el estudio de ambas “letras”, el latín y el
griego. Llegó a aborrecer los estudios de primaria y a apasionarse por los de secunda-
ria.

70 Cf. De mor. Eccl. 1, 28, 56


71 Cf. De cat. rud. 11, 16
72 S. 216, 8

- 42 -
Confesiones, libro I

Ahora la pregunta se refiere a la literatura griega. ¿Por qué llegó a aborrecerla ya


que presenta tales relatos? El mismo Homero, autor de la Eneida, había tejido fábulas
y relatos fantásticos y, a pesar de haberlo hecho de manera muy dulce y agradable al
oído, le había sabido amargo en su niñez.
Ocurriría lo mismo a lo niños de cultura griega en relación con los autores latinos
si les obligaran a estudiarlo.
Era una lástima que tales relatos, tan hermosos, estuvieran escritos en una lengua
extraña. Era como añadir un poco de hiel a un dulce cualquiera. La hiel era la obligato-
riedad rígida, con castigos si fuera el caso. El dulce era el contenido del relato.
No le ocurría lo mismo con el latín. Lo desconocía de niño, pero el aprendizaje le
resultó fácil porque le bastó la sola observación y la escucha de lo que decían sus nodri-
zas y sus compañeros de juegos. Aquí no había amenazas de castigos, sino caricias y
halagos.
Retenía fácilmente en su mente y en su corazón lo que oía, y lo expresaba con vo-
cablos. De ahí que, según el santo, se aprende más y mejor con la curiosidad y el inte-
rés, que por necesidad y amenaza de castigos.
A pesar de todo, la curiosidad por aprender debe ser encauzada y contenida por la
disciplina. Y hasta con el castigo ejemplar, si fuera preciso. Y aquí expresa el santo un
principio que aparecerá a lo largo de la obra: En todo placer mundano y no legítimo
Dios permite que haya algo de amargor sanador para que el hombre no busque su des-
canso y felicidad en lo que no es Dios.
__________________________
“Es el caso que yo tenía desconocimiento total de los vocablos, pero me ur-
gían en demasía a que los aprendiera, y lo hacía con amenazas y castigos llenos
de crueldad”. “No se entra en la verdad sino por el amor”73. El autoritarismo en la
educación, la represión injustificada a los alumnos, los castigos duros y las amena-
zas impiden el aprendizaje y, a la larga, deforman la personalidad del adolescente.
El amor con que se educa, la sencillez y delicadeza en el trato, la disciplina ade-
cuada, son los medios más apropiados para estimular el amor a la verdad, el interés
por el estudio y el deseo de una formación integral de la persona.
La persona del niño, del alumno y del joven, merece mucho respeto. Los castigos
o correctivos pueden ser, en ocasiones, convenientes y aun necesarios, con tal de
que se apliquen en su justa medida, con amor y sin resentimiento. Castigar de esta
manera no es condenar
Corrige quien ama y porque ama. Corregir es amar más. Es preocuparse más por
hijo. Corregirle es hacerle sentir el calor de tu corazón. Corregir a otro es hacerle
sentir que te preocupas de él.

- ¿Recibí de niño algún castigo que consideré excesivo? Si así fue, ¿qué efec-
tos o con secuencias tuvo? ¿Me ayudó a mejorar? ¿Me reafirmé en mi
error o en mi falta?
- ¿Qué criterios debo tener en cuenta a la hora de aplicar un castigo justo a
quien depende de mí por una falta que haya cometido?

73 C. Faust. 32, 18

- 43 -
Nacido para amar

San Agustín: “El niño insensato frecuentemente ama al maestro blando y odia al
que castiga. Sin embargo, el niño inteligente considera como buen maestro tanto al
que halaga como al que castiga”74. “Tanto cuando nosotros somos castigados como
cuando lo son otros, se nos da un aviso. Todas estas cosas, hermanos, en que somos
heridos por el Señor, son avisos y estímulos para nuestra corrección”75.

CAPÍTULO 15

Pide a Dios que todo lo que aprendió de niño sea para su servicio.

15. 24. Invocación


De nuevo su confesión se hace oración para invocar a Dios y pedirle no decaer por
la forma cómo Él corrige a quienes se buscan a sí mismos en el placer y dejan de lado a
Dios.
Proclama su misericordia por haberle librado de sus desvíos y le suplica que sea él
más dulce y fascinante que todo lo que le había seducido y llevado al mal camino. De-
sea agarrarse fuertemente a su mano para no caer nunca en la tentación.
Quiere servirle con todo lo que ha aprendido de niño: lectura, escritura y cuentas.
Reconoce que Dios era un maestro muy especial, porque, cuando Agustín estaba entre-
gado a sus frivolidades, le perdonó misericordiosamente sus pecados y desvíos.
Es verdad que también en estas lecturas seductoras aprendió muchas cosas útiles,
pero esto mismo se puede aprender en lecturas que no son vanas, en lecturas más se-
rias76.
Y un consejo muy importante: Esta clase de lecturas son las que deben frecuentar
los niños para aprender más y mejor.
__________________________

“Cuando estudiaba vanidades, tú ejercías tu magisterio sobre mí”. Todo el apar-


tado en que se encuentran estas palabras es una hermosa oración al Señor.
Cristo es maestro en la tarea de la educación. Él es el gran pedagogo en el que
se tienen que mirar los padres y educadores.
Es paciente con sus discípulos, perdona y no condena, enseña con su vida y su
palabra, ama a todos pero con preferencia a los más débiles, utiliza siempre un le-
guaje comprensible, suscita en todos el deseo de seguirle y no sólo de escucharle,
agradece al Padre porque se revela a los sencillos...
La oración debe acompañar siempre a la acción educadora. También en esto
Cristo es ejemplo y modelo.

74 S. 15 a, 3
75 Ib. 22, 3
76 No condena el santo la lectura de los clásicos griegos o latinos. También en ellos se puede
aprender mucho. Condena, más bien, que los maestros pongan en manos de los alumnos libros
llenos de fantasías eróticas y llenas de pasiones, porque pensaban que los discípulos, por el pla-
cer de la lectura, pudieran entender mejor los escritos clásicos.

- 44 -
Confesiones, libro I

Si quien depende de mí ha cometido una falta grave, ¿pido ayuda al Señor para
que ilumine mi mente con el fin de que el castigo sea justo, busque la corrección y
no el maltrato, me mueva el amor y no la ira?

- ¿Aprendo del Señor a ser paciente, a obrar con misericordia, a no condenar


nunca, a amar en todo momento, a buscar el bien del otro y nunca sólo mi
satisfacción personal?
San Agustín: “A los que se hallan bajo tu responsabilidad castiga, corrige con
amor, con caridad, atendiendo a la salud eterna, no sea que por perdonar a la carne
perezca el alma”77.

CAPÍTULO 16

Aborda el santo la influencia nefasta que ejercían en los alumnos las fábulas y ficciones de
autores paganos. Su lectura o enseñanza pueden inducir al alumno a imitar la serie de torpezas
que en tales fábulas se contienen. Distingue entre las palabras, que son hermosas, y lo que se
contiene en ellas, que es el error y las depravaciones.

16. 25. Literatura depravada y contagiante


Comienza el texto con un grito de Agustín, que es a la vez un lamento. “¡Ay de ti,
río de las costumbres humanas!” Se refiere a una moda literaria corrompida, aceptada y
cultivada por muchos. Necesita un dique para que no corra más. O mejor, ser secado
del todo.
Es una literatura tan depravada y contagiante, que arrastra a muchos al mar del
pecado y de los vicios. El madero, que hace de nave y simboliza la cruz, es el único me-
dio eficaz para surcar por él sin perecer en el intento. Tarea sobremanera difícil.
En algún libro de esta literatura leyó Agustín el pasaje de Júpiter tronante en las
alturas y adúltero en la tierra. ¿Ambas cosas a la vez? Imposible. ¿Con qué finalidad se
escribió ese libro? Para dignificar el adulterio desde lo divino; es decir, por inspiración
divina.
Nadie en su sano juicio, ni siquiera el profesor más ilustre, puede admitir sin impa-
ciencia que otro, profesor como él, pueda dogmatizar diciendo que en este relato Ho-
mero trasfería a los dioses los vicios humanos. ¡Ojalá, dice el santo, fuera a la inversa: el
trasvase de lo divino a lo humano!
Homero atribuía comportamientos divinos a los hombres entregados al vicio con el
fin de que no pareciese pecado, sino conducta recta puesto que así imitan a los dioses.

16. 26. Los vocablos y su contenido


Alude de nuevo al río de costumbres humanas que desemboca en el mar del pecado.
Es decir, la literatura corrompida. Río infernal lo llama. Un río al que se precipitan
muchos, aun pagando un precio para aprender todo tipo de perversiones.
Los hechos ahí narrados se representaban en las plazas públicas. Todo ello consti-
tuía un espectáculo magnífico, pero depravado, patrocinado por el erario público, que
pagaba a los actores por su trabajo, además de lo que contribuían los alumnos.

77 En. in ps. 102, 14

- 45 -
Nacido para amar

Utiliza de nuevo el símil del río, que, igual que brama cuando golpea en los riscos,
pregona a gritos que en estos textos se aprende el vocabulario y se adquiere la elocuen-
cia necesaria para convencer y persuadir.
En su propaganda dicen que no se conocerían ciertos vocablos biensonantes y
grandilocuentes si no los hubiera usado Terencio en su obra “Eunuco”. En ella aparece
un joven perverso que se propone imitar a Júpiter para cometer un estupro. Esta esce-
na es una incitación a la lujuria.
Es inadmisible que esta clase de literatura inmoral y obscena sirva para aprender y
dominar una lengua. Más bien el léxico que utiliza –rico, hermoso, poético- fomenta la
comisión de semejantes torpezas.
El problema no está en las palabras, que son “como vasos selectos y preciosos” para
acoger la verdad, sino en los errores que en ellas se contienen. Y si los alumnos no los
bebían, los maestros ebrios les aplicaban un fuerte castigo, con la imposibilidad de pe-
dir justicia a alguien.
Se sincera Agustín ante Dios asumiendo su responsabilidad y su culpa, y confiesa
que aprendió todo ello con gusto. Por eso le decían que era un niño que prometía mu-
cho.
__________________________
“Ningún cargo tengo contra las palabras, que son como vasos selectos y pre-
ciosos, pero sí contra el vino del error que nos propinaban maestros borrachos”.
Los medios de comunicación social nos invaden y penetran con toda clase de publi-
caciones, imágenes fijas y rodadas, libros y espectáculos de todo tipo. No es fácil
escapar de la influencia que ejercen o pretenden ejercer en la sociedad y en todos
y cada uno de nosotros.
En muchos de ellos, la verdad queda desvirtuada, la ética o la moral es cuestio-
nada o relativizada, la violencia se adueña de los pusilánimes que alardean de fuer-
za y poder, la fama suple al testimonio de vida honrado y coherente.
El adolescente es, por la edad y el ambiente en que vive, fácilmente influencia-
ble. Suele carecer de criterios firmes para poder discernir, calificar y digerir lo
que le entra por los ojos y los oídos. El “río de las costumbres humanas” lo va
arrastrando al pecado y a la vida fácil y sin compromisos.
De nuevo tarea de los padres es, no tanto contrarrestar, que también, sino in-
culcar en ellos el amor a la verdad y a la honradez, a disponer de criterios firmes, a
ayudarles a valorar lo que les haga crecer en su personalidad humana y cristiana: la
libertad responsable, la castidad y pureza de vida, la fortaleza interior, el amor
bueno, la amistad sana, la solidaridad con los más débiles, la fe fuertemente arrai-
gada…

- ¿Cómo han influido en mi vida los distintos medios de comunicación social:


radio, televisión, prensa escrita y gráfica, etc.? ¿Me he dejado llevar fá-
cilmente por lo que ellos han presentado y ofrecido? ¿Me han ayudado a
crecer como persona madura y a desarrollar mi condición de creyente?
- ¿Tengo criterios claros para discernir suficientemente lo que estos medios
suelen propagar y propalar a los cuatro vientos? ¿Procuro inculcar estos
criterios a mis hijos o a quienes dependen de mí?

- 46 -
Confesiones, libro I

San Agustín: “No por decirse una cosa con elegancia debe tenerse por verdadera,
ni falsa porque se diga con desaliño; ni a su vez verdadero lo que se dice toscamente,
ni falso lo que se dice con estilo brillante”78. “¿Hay algo más charlatán que la estupi-
dez? Nunca tendrá más fuerza que la verdad, aunque podrá, si quiere, vocear más que
ella”79.

CAPÍTULO 17

Su ingenio y capacidad intelectual son dones que ha recibido de Dios. Pero considera que
nada valen los aplausos y elogios que recibe en las actividades teatrales.

17. 27. Representaciones teatrales


En línea con el párrafo anterior, Agustín sigue hablando de sí mismo. Se reconoce
agudo, inteligente e ingenioso. No se vanagloria de ello, porque todo eso es don de
Dios. Pero estos dones o cualidades los despilfarraba en devaneos y fantasías.
Al verse obligado a decir las palabras de Juno80, se sentía muy incómodo. Es verdad
que con ello lograba el elogio y el aplauso de todos, pero, por otra parte, temía hacer el
ridículo ante los espectadores.
Por las referencias que tenía, Juno nunca pronunció las palabras que le obligaban a
decir. Pero tenía que representar la farsa en prosa todo lo que el poeta había escrito en
verso. Y si el verso era hermoso en su composición, lo tenía que ser también su versión
en prosa, identificándose con los sentimientos de ira y de dolor del personaje.
Se dirige a Dios para decirle o preguntarle de qué le sirvieron tantos aplausos y
elogios, más merecidos que los de sus compañeros de clase. Todo era vano y sin senti-
do. Tenía que haber otros temas con más sentido y más verídicos para ejercitar su ta-
lento.
Estos temas eran, entre otros, las alabanzas de Dios que aparecen en la Sda. Escri-
tura. Era lo único que podía llenar su corazón, dejando de lado las frivolidades por las
que se convertía en presa fácil de las aves de rapiña81, los espíritus del mal.
__________________________
“Nos imponían la obligación de seguir equivocadamente tras las huellas de
esas ficciones poéticas…”. Representaciones y caretas, ficciones y simulaciones para
expresar mentiras y ocultar la verdad.
Las máscaras sirven para aparentar lo que no se es o para disimular los defec-
tos propios. No son de cartón o de cualquier otro material. Vamos a cara descu-
bierta, pero nuestro porte, nuestros ademanes, nuestro comportamiento exterior
suelen tapar defectos, deficiencias y ciertas limitaciones que queremos ocultar.
Pasaríamos mucha vergüenza si los otros las conocieran.
O aparentamos con ellas lo que quisiéramos ser y tener, y no lo somos ni tene-
mos. Hacemos alarde de sabios y entendidos buscando el aplauso y la admiración de

78 Conf. 5, 6, 10
79 De civ. Dei 5, 26, 2
80 Juno, diosa de la maternidad en la mitología romana; protectora de las mujeres, reina del Olim-
po y mujer de Júpiter.
81 Alusión a las aves de la parábola del sembrador

- 47 -
Nacido para amar

los demás. Con estas máscaras nos engañamos a nosotros mismos y pretendemos
engañar a otros.
Esta es la advertencia de Jesús: “Sea vuestro lenguaje sí, sí, no, no. Lo que pa-
se de ahí procede el Maligno” (Mt 5, 37), que es “mentiroso y padre de la mentira”
(Jn 8, 44). Transparentes y claros, sinceros y sin tapujos. Así nos quiere el Señor.
Lo fue él y así vivió.

- ¿Qué defectos propios suelo disimular más? ¿Por qué? ¿Qué me impide ser
más sincero y transparente en mis opiniones o puntos de vista?
- ¿Juzgo o critico a los demás basándome sólo por las apariencias? ¿Me fijo
solamente en sus defectos y me resisto a ver y aceptar sus aspectos positi-
vos?
San Agustín: “Los hombres trabajan y se esfuerzan al hablar mentira; sin embar-
go, expresarían con suma facilidad la verdad. El que finge al hablar, trabaja. El que
quiere decir la verdad, no se esfuerza, pues la misma verdad se declara sin esfuer-
zo”82.

CAPÍTULO 18

El ambiente en que se movía, las enseñanzas que recibía y las lecturas en la escuela, ejercían
sobre él una influencia negativa. Se elogiaba el lenguaje cuando era correcto, aunque contuviera
historias o fábulas degradantes. No importaba tanto el contenido cuanto la forma de expresarlo.

18. 28. Modelos de identificación falsos


Era lógico y comprensible que se dejara influir y arrastrar por el ambiente y el en-
torno de la escuela, con sus vanidades y devaneos. Ello se traducía en el alejamiento de
Dios. La causa no era otra sino la imitación de los modelos de vida, ciertamente inmo-
ral, que le proponían los maestros.
Si estos modelos caían en errores gramaticales, eran criticados, aunque expresaran
acciones buenas. Si, al exponer sus deshonestidades y desvergüenzas, utilizaban voca-
blos apropiados, ajustados a los cánones de la gramática, se les aplaudía y elogiaba.
¿Por qué el Señor guardaba silencio ante estos comportamientos? Dios es miseri-
cordioso y generoso también con su silencio. Pero no estará siempre callado. Llegará el
momento en que se manifestará y sacará del abismo el alma de quien lo busca.
Agustín sintetiza aquí toda su vida de búsqueda y encuentro con unas palabras del
salmo 27. Dice: “He buscado tu rostro, Señor, y lo seguiré buscando, porque anduve
lejos de tu rostro en las tinieblas de la pasión”.
Alejarse de Dios no consiste en alejarse geográficamente de Él, pues Él no ocupa
lugar alguno. Es cuestión principalmente de amor o desamor.
Para probar lo anterior alude a la parábola del hijo pródigo. Volvió a su padre en el
momento en que, arrepentido y antes de dar el primer paso, pensó en él, lo amó y quiso
regresar a él. No necesitó medios extraordinarios para correr o volar hacia el padre.
Concluye diciendo que amar las pasiones desordenadas es, en sí, alejamiento de
Dios.

82 En. in ps. 139, 13

- 48 -
Confesiones, libro I

18. 29. Normas escritas en la conciencia


Pide a Dios que se fije con paciencia en el extraño proceder de los hombres. Por
una parte, ponen sumo interés en observar y cumplir correctamente las reglas de la
gramática, y, por otra, olvidan todo lo que conduce a la salvación.
Sucede que si un maestro muy experto en las normas de la gramática y los sonidos,
pronunciase la palabra hombre sin aspirar la primera sílaba, molestaría mucho más a los
hombres que si odiara al género humano.
No puede darse un daño mayor que el que se causa uno mismo al odiar a otro. Es
mucho más grave el daño que se causa uno a sí mismo odiando a otro, que el mal que
éste puede recibir por ese odio.
Las normas escritas en lo íntimo de la conciencia son más claras, firmes y exigentes
que el conocimiento de las letras o cultura literaria. Una de estas normas es “Lo que no
quieras para ti, no se lo hagas a otro” (Cf. Mt 7, 12; Lc 6, 31).
Una nueva invocación a Dios. Dios, que mora en las alturas, está muy dentro de
cada hombre. Allí habla a la conciencia. Es silencioso y comunicativo. Castiga cegando
los deseos ilícitos de quien apetece la fama de la elocuencia delante de un juez humano
y del pueblo que escucha y observa.
Este hombre odia implacablemente a su enemigo, pero se cuida mucho de no caer
en errores de léxico y gramaticales. No le importa eliminar de la sociedad a un seme-
jante.
__________________________
“Huir de ti o volver a ti, Señor, no es cuestión de pasos corporales ni de
distancias locales”. “Pero tú me eras más íntimo que mi propia intimidad”83, dice
también el santo. Y en otro lugar: “En el hombre interior habita la verdad”84. Son
afirmaciones rotundas que encierran una gran verdad. Si Dios está en mí y él es la
verdad, ¿por qué hay tanta mentira en este mundo, tanto engaño y tanta simula-
ción? No nos engañemos una vez y admitamos que es así. Quién más, quién menos,
cae en este pecado.
Otra clase de mentira o engaño es trastocar el orden de los valores. Peor aún,
si consideramos valor a lo que no es. Si en la vida, por ejemplo, el dinero ocupara el
primer lugar en la escala de valores, andaríamos desbocados persiguiendo lo efíme-
ro, lo caduco, lo que no es en sí consistente, un ídolo cruel porque esclaviza a quie-
nes así lo persiguen y adoran.
Si el hombre ansiara el poder sólo para figurar y dominar, olvidaría que, según
Jesucristo, todos, también los que mandan, debemos ser siervos unos de otros.
Otro gran engaño.
Si el placer por el placer acaparara todo interés de manera obsesiva, sería, a la
larga, causa de frustraciones, desengaños y desencanto. A la vista están los ejem-
plos de quienes así viven o malviven.

83 Conf. 3, 6, 11
84 De ver, rel. 39, 72

- 49 -
Nacido para amar

Sólo Dios es la verdad en sí mismo, y está en el hombre interior. Sólo Dios es la


única fuente de felicidad, y la produce cuando el hombre se encuentra vitalmente
con él. Se hace el último en su Hijo Jesús para servir y no para ser servido. Todo lo
demás, cuando falta él, es mentira y engaño.

- ¿Qué es lo que ocupa el primer lugar en mi escala de valores? ¿El dinero y


una buena posición social? ¿La honradez personal, la solidaridad con
amor? ¿La fe firmemente arraigada como adhesión a Jesucristo? ¿El bie-
nestar personal y familiar por encima de todo? ¿El servicio al otro como
expresión del amor cristiano? ¿Figurar, ser y tener cuanto más mejor?
¿…?
San Agustín: “Es fácil que quien se complace excesivamente en la gloria de los
hombres sienta también con ardor el deseo de dominio sobre ellos”85.

CAPÍTULO 19

Reconoce que, por la educación que recibía, valoraba mucho más no caer en incorrecciones o
barbarismos en el lenguaje que no envidiar a quienes no incurrían en él. Su comportamiento era
entonces como el de los demás niños. Como los niños de siempre.

19. 30. Pecados de cuando era niño


En este capítulo Agustín confiesa sus pecados de cuando era niño. Se sentía atrapa-
do por los métodos o las prácticas escolares.
Tenía más miedo a caer en un barbarismo que tener cuidado de no envidiar a los
que no lo cometían. Este miedo era mayor pecado que la envidia. Para Agustín niño, la
vida honrada y honesta consistía en agradar a quienes elogiaban su proceder erróneo.
Pensaba y obraba así porque no alcanzaba a ver entonces el abismo de torpeza en que
había caído lejos del Señor.
Esta actitud o este modo de ser era muy detestable porque todo era una gran men-
tira y engaños sin cuento en su pedagogo, en los maestros y aun en sus mismos padres.
Todo esto estaba ocasionado también por su afición a los juegos y a los espectáculos
frívolos y su obsesión por imitar a los actores.
Como los niños de siempre, hurtaba y tomaba para sí cosas de la despensa, llevado
a veces por la gula, o para pagar a otros niños sus juegos y divertirse con ellos.
Y también hacía trampas o utilizaba trucos para ganar en el juego y sobresalir. Pe-
ro, si eran los otros quienes usaban esos mismos medios, se irritaba. Pero si era él el
cogido en la trampa, reñía y peleaba antes que ceder.
Si esto es frecuente en los niños, en modo alguno se puede hablar de inocencia in-
fantil. Porque la pasión y las trampas que hacen los niños para conseguir los favores de
los padres y maestros en forma de nueces, pajarillos y canicas, lo harán también cuando
lleguen a ser adultos con los reyes y poderosos.
Pero Dios reconoce la humildad y pequeñez de los niños cuando dijo: “De ellos es el
reino de los cielos”.
__________________________

85 De civ. Dei 5, 19

- 50 -
Confesiones, libro I

“En esta palestra tenía yo más miedo a incurrir en un barbarismo que cuidado
de no tener envidia a quienes no incurrían en él”. Miedo y envidia. Son dos acti-
tudes que habría que evitar, y en las que se suele caer con frecuencia. El miedo
puede paralizar las aspiraciones más sanas y vitales del hombre. Y, en últimas, es
falta de fe. Aunque no siempre, porque el miedo a lo desconocido, al mal que puede
sobrevenir en cualquier momento, a personas violentas, a la enfermedad y a la
muerte, es propio de la condición humana. Más que pecado, es una debilidad.
A pesar de eso, Jesús nos invita en repetidas ocasiones a no tener miedo, a su-
perarlo. Y relaciona el miedo con la falta de fe: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de
poca fe?” (Mt 8, 23).
“La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el
bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo”86. San Agustín veía en la en-
vidia el “pecado diabólico por excelencia”87.
Y ambos, el miedo y la envidia, no se dan solamente en los niños, como en el caso
de Agustín, sino también en los mayores. Es necesario poner fe donde hay miedo, y
humildad y caridad donde surge la envidia.

- ¿En mi relación con Dios me mueve más el miedo o la confianza? ¿Debo te-
ner miedo a Dios y al castigo que me pueda imponer? ¿Por qué?
- ¿En qué aspectos de la vida suelo tener envidia de otros? ¿Cómo puedo eli-
minar de mí cualquier brote de envidia?
San Agustín: “La soberbia es madre de la envidia; no puede menos de engendrarla
y estar siempre con ella. Luego todo soberbio es envidioso; si es envidioso, se alimen-
ta de los males ajenos”88.

CAPÍTULO 20

Agradece al Señor los dones que de Él había recibido: su existencia, la vida, la integridad
de los sentidos, su amor a la verdad, aunque seguía cometiendo algunos pecados.

20. 31. Oración de acción de gracias


A pesar de todo, agradece al Señor aunque hubiera dispuesto que no pasara de la
niñez o permaneciera siempre niño. Le agradece el hecho de existir, vivir y sentir.
También porque se preocupaba de su integridad como individuo, como reflejo de la
unidad de Dios, de donde procedía.
Llevado por un instinto interior, mantenía la integridad de los sentidos y gozaba
con la verdad de las cosas pequeñas, de sus pensamientos. Sufría cuando se sentía en-
gañado, tenía una gran memoria, aprendía a hablar y escribir correctamente, gozaba
con la amistad, huía del dolor, de la bajeza moral y de la ignorancia.
Todo en este mundo es digno de admiración y de la alabanza. Todo es don de Dios.
Nada procede de uno mismo, sino de Él. Por tanto, el dador de todos estos dones es

86 Cat. Igl. Cat. 2539


87 De cath. rud. 4, 8
88 En. in ps. 100, 9

- 51 -
Nacido para amar

bueno. Más aún, es el mismo bien. Goza y exulta Agustín por todos los bienes que ha-
bía en él, por ser niño.
Al agradecimiento une su pecado: buscaba el placer en sí y en las criaturas y no en
Dios. Esto le producía dolores, confusiones y errores.
Pone fin a este primer libro agradeciendo a Dios por todos sus dones. Dios es, para
él, dulzura, honor y confianza. Pide que se los conserve siempre. Al conservarle estos
dones, le conservará también a él. Y al conservarlo a él, incrementará y perfeccionará
los mismos dones.
Por todo ello, estará siempre con Dios, porque su misma existencia es don suyo.
__________________________
“Gracias, dulzura mía, honor mío, confianza mía, Dios mío; Gracias por tus do-
nes”. La acción de gracias al Señor por sus dones constituye una oración muy her-
mosa. Si “de bien nacidos es ser agradecidos”, el cristiano, que ha nacido por el
bautismo a una vida nueva, es hijo de Dios, miembro de la comunidad cristiana,
queda injertado a Cristo, y está obligado a agradecer a Dios por todo lo que de él
ha recibido.
Todo es don de Dios: la vida, la fe, la eucaristía, su providencia, la libertad, la
familia, la capacidad de amar, los amigos, su presencia en el hombre interior y en
los hermanos, la salud y aun la enfermedad en la que se hace tan cercano al que
sufre, la vocación laical, religiosa o sacerdotal, la belleza de la naturaleza…, y mil
más.
Quizás muchos reducen su oración a pedir, y se olvidan de alabar y agradecer.
El mismo Señor reclama el agradecimiento. Así lo expresa cuando cura a diez le-
prosos (Cf. Lc 17, 11-19) .
Es muy hermosa la oración que Jesús dirige al Padre, cuando le dice: “¡Te doy
gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas y
las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido me-
jor” (Mt 11, 25-27). Y le agradece también cuando instituye la eucaristía en la últi-
ma cena.
El libro de Las Confesiones de san Agustín viene a ser una oración prolongada
de alabanza y de acción de gracias al Señor por su misericordia y su amor.

- ¿Qué opino de todo lo anterior? ¿De qué cosas, cuando era niño, tendría que
agradecer a Dios?
- ¿Mi oración es sólo o preferentemente de petición, o también de alabanza y
agradecimiento?
- ¿Por qué cosas tendría que agradecer hoy al Señor? ¿Por la vida, la fami-
lia, el trabajo, la salud, los amigos, la fe, su presencia dentro de mí, la
salvación que me ofrece? ¿Siento su cercanía amorosa en la enfermedad y
le agradezco por ello?
San Agustín: “Gracias, dulzura mía, honor mío, confianza mía, Dios mío. Gra-
cias por tus dones. Sigue conservándomelos. De este modo me guardarás a mí, y los

- 52 -
Confesiones, libro I

dones que me hiciste se verán incrementados y perfeccionados. Y yo estaré contigo,


porque mi misma existencia es don tuyo”89.

89 Conf. 1, 20, 31

- 53 -
LIBRO II

Quince años ha cumplido el joven Agustín. Pronto hará los dieciséis. Ha finalizado
luna primera etapa de estudios en su pueblo natal, Tagaste.
Sus padres querían que prosiguiese sus estudios en Cartago, pero no disponían de su-
ficiente dinero.
Agustín está inactivo. No estudia. No se dedica a nada. Vive en su casa, a costa de
sus padres.
Esta inactividad propiciará un nuevo rumbo en su vida. Comienza a actuar con cri-
terios propios y autonomía personal.
Pasa página a la formación moral cristiana inculcada por su madre e inicia un
camino de pecado.
Se aleja de Dios y anda errante sin encontrarse a sí mismo.
Se convierte en un paraje empobrecido.
Algo así sucedió con el hijo pródigo de la parábola.
CAPÍTULO 1

Sintetiza de manera muy breve el objetivo que se había propuesto al escribir sus “Confesio-
nes”: presentar a Dios sus pecados y errores pasados, y ensalzar el amor y las dulzuras que el
mismo Dios había derramado en él.
1. 1. Evoca sus pecados ante Dios
Es el amor de Dios el que le impulsa a recordar sus pecados ante Él. No lo hace
porque se complazca en ellos, sino por amor al Amor. O porque sabe que Dios le ama.
La evocación de sus desvíos le produce amargura, pero, al hacerlo, busca la dulzura
de Dios, que no es engañosa, sino plena. Busca también la integración o reunificación
interior, rota o fragmentada por el pecado y por su alejamiento de Dios.
En su adolescencia no supo encauzar ni dominar el despertar de su sexualidad. Ti-
raba de él la concupiscencia de la carne con tanta fuerza que se dejó doblegar por amo-
res “diversos y sombríos”.
Vivía, o malvivía, en una selva enmarañada de pasiones desordenadas de la que no
lograba salir. Perdió, ante Dios, la hermosura de su ser y quedó revestido de fealdad y
podredumbre90.
La causa o motivo de sus pecados era doble: complacerse a sí mismo y agradar a los
demás.
__________________________
“Quiero hacer memoria de mis pasadas fealdades… Lo hago por amor de tu
amor”. Admirable, sentida y muy sincera esta confesión del santo. La confesión de
los pecados es un acto de humildad, por parte del hombre, y un derroche de gracia
y de perdón, por parte de Dios.
Y en Dios y en el hombre, un acto de amor. Dios perdona porque ama y porque
“donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20). Y el pecador confiesa
su pecado movido de un amor que el mismo Dios ha derramado en él.
El hombre queda fragmentado o roto por dentro cuando, por el pecado, se
aparta de Dios y se vuelca a las criaturas. No tiene consistencia en sí mismo y ne-
cesita de Dios para conseguir su integración interior.
Y vuelve a él hambriento de su misericordia, necesitado de su perdón, anhelan-
do la unidad dentro de sí y con Dios. Por eso la confesión de los pecados es un acto
de humildad y de gozo. Es un sacramento de vida, porque la produce, y también de
muerte, porque mata el pecado, lo borra, lo elimina del todo.

90 No hay duda alguna de que Agustín es excesivamente riguroso cuando se refiere, a lo largo del
Libro II, a sus pecados de adolescente. Al menos por la extensión que le dedica, parece ser que
el robo de unas peras en un huerto ajeno era el más grave que cometió entonces. ¿Cuál sería,
entonces, la gravedad de los otros? Serían faltas muy comunes entre adolescentes, sin mayor
trascendencia.
Nacido para amar

“Confieso mis pecados, dice Agustín, para que tú, oh Dios, repitas tus dulzuras
para conmigo, tú que eres la dulzura sin engaño”. Esta podría ser también la oración
de todo penitente en el momento de la confesión de sus pecados.

- ¿Suelo agradecer al Señor el perdón concedido en el sacramento de la con-


fesión? ¿Acostumbro a acercarme a la confesión movido sólo por el temor y
una cierta vergüenza, o por amor a un Dios que es Padre bueno?
- ¿Mi propósito de la enmienda es rutinario o un verdadero compromiso de
hacer lo posible, con la gracia de Dios, para no caer en los mismos peca-
dos?
- ¿Cómo vivo el momento litúrgico al inicio de la misa cuando se nos invita a
pedir perdón al Señor?
San Agustín: “Dios, Padre bueno te educa para que recibas la herencia; él es
bueno tanto cuando perdona como cuando castiga: siempre se muestra misericordio-
so”91.

CAPÍTULO 2

Tenía apenas dieciséis años. No era capaz todavía de amar serenamente, con reciprocidad.
Se veía encadenado por la pasión. Se alejaba de Dios y se movía sólo a impulsos de su “disper-
sión” incontrolada.

2. 2. Amar y ser amado


Amar y ser amado es una de las expresiones más conocidas del santo. Era lo que
más deseaba y le agradaba. Pero no guardaba el recto equilibrio entre el amor que se da
y el que se recibe. Traspasaba los límites luminosos de la verdadera amistad entre alma
y alma.
Su corazón estaba obnubilado por la rebeldía de la carne y los impulsos incontrola-
dos de su pubertad. Ello le impedía ver y apreciar la distinción entre un amor sereno y
fuerte y la oscuridad de la pasión libidinosa.
Esta situación lo arrastraba con fuerza incontenible a un mar de torpezas. La fragi-
lidad de su edad adolescente favorecía este arrastre de pasiones y afectos desordenados.
Piensa Agustín que esa era la pena con que Dios castigaba su soberbia. Pero él no
era consciente entonces de que Dios actuaba de esa manera. Agustín se iba alejando de
Dios cada vez más por su soberbia, sufriendo a pesar de todo y agotado por su dejadez.

2. 3. Solo en la lucha
Agustín echa en falta alguien que hubiera puesto freno a este torbellino de pasiones
muy propio de la pubertad de cualquier joven. No tenía quien le ayudara entonces a
usar rectamente de la belleza de las criaturas más bajas y pusiera un dique a su hermo-
sura efímera.
Necesitaba en aquellos momentos contar con alguien que le planteara la posibilidad
del matrimonio como una meta donde rompieran las olas de sus desvíos y afectos des-
ordenados.

91 S. 341 A, 3

- 56 -
Confesiones, libro II

Esto hubiera sido más conforme con la ley divina, que se servía de la vida conyugal
y de poder engendrar hijos para atemperar la violencia de las pasiones. Porque la om-
nipotencia de Dios no está lejos del hombre, aun cuando el hombre se aleje de Dios.
Cita varios textos bíblicos, a los que debería haber puesto atención: 1 Cor 7, 1-2; 7,
28; 32 s. y Mt. 19, 12.

2. 4. Corrección misericordiosa
No era Dios quien se alejaba. Era él quien lo iba abandonando. Su propia debilidad
propiciaba ser arrastrado por la fuerza de la pasión. Dejó de lado los preceptos o man-
damientos de Dios, pero sintió en carne propia el correctivo de su castigo.
Dios estaba con él y lo castigaba con misericordia. Este castigo consistía en no de-
jarle saborear y gozar plenamente de los placeres ilícitos, con el fin de que aprendiera a
saborear otros placeres inofensivos y lícitos.
Era una corrección dura, pero amorosa. Era un camino para ir acercándose a quien
es la única fuente de felicidad y gozo. Al fin y al cabo, corrige quien ama. Y el médico
saja y corta para curar el cuerpo entero. Dios “mata” para no morir sin él.
Alude al hijo de la parábola, hundido en la miseria, que echa en falta el amor de su
padre en el hogar de la casa paterna. Agustín tiene ya dieciséis años. Es la edad en la
que el joven busca su identidad personal, se debate en el oleaje de un mar de dudas, se
encuentra solo, o ni siquiera se encuentra, y suele sufrir una crisis de ansiedad.
Dada la debilidad propia de los años, se ha dejado llevar por los impulsos de la car-
ne, y ésta ha tomado el mando y el poder para llevarlo por donde ella disponga. Y él se
ha entregado a ella.
Y acusa a sus padres de no haberle propuesto la idea de un posible matrimonio que
fuera un dique que le evitara caer en el precipicio del pecado. Ellos se han preocupado
sólo de sus estudios de oratoria y elocuencia.
__________________________

“¿Y qué era lo que me deleitaba, sino amar y ser amado?”. Esta es una cons-
tante en la vida de Agustín. Y lo es también en todo ser humano. Dios ha creado al
hombre con amor para el amor. Y también para sentir la necesidad de ser amado.
Pero hay amores sombríos y luminosos, rastreros y de altura, egoístas y gene-
rosos. Hay amores que matan y otros, los más, que dan vida. Amores que perduran
superando toda clase de problemas y dificultades, y otros que no resisten la prue-
ba.
El egoísmo es un amor a uno mismo. Los demás importan poco, “allá se las vean”,
Lo primero yo, y segundo yo, y el tercero, si cabe, algún otro.
El amor oblativo, como lo indica la palabra, es entrega generosa. Es un amor fe-
cundo, a veces sacrificado, siempre gozoso. Como el de Jesús. Así debe ser el amor
entre todos (Cf. Jn 13, 34). El que así ama recibirá siempre amor.
Y recibe amor porque lo necesita vitalmente. Sentiría una gran vacío en su in-
terior si no se sintiera amado. No busca recibir, pero lo recibe. Y según ame, será
amado. Si ama sólo según la carne, será correspondido con amor carnal. Si ama de-
sinteresadamente, recibirá en correspondencia amor generoso.

- 57 -
Nacido para amar

¡Qué importante y necesario es vivir en el interior de cada uno la experiencia


de un Dios Padre que ama con amor total, con amor entregado en su Hijo, con amor
gozoso! Vivir la experiencia de este amor de Dios, Padre lleno de ternura (Cf.
Salmo 103, 13; Is 49, 15), impulsa fuertemente a amar al hermano, quienquiera que
él sea, a amarlo de la misma manera.
“Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14). No tiene vida porque ni
ama ni es amado.

- ¿Cuál o cómo vivo mi experiencia del amor de Dios hacia mí? ¿Estoy ple-
namente convencido de que Dios me ama con amor de ternura, gratuita e
inmensamente? Si así es, ¿cómo correspondo a ese amor?
- ¿Mi vida es amor para los demás? ¿En qué momentos o circunstancias bro-
ta dentro de mí el egoísmo? ¿Cómo lo combato?
San Agustín: “El que se pasa al lado de Cristo, pasa del temor al amor y comienza
a poder cumplir con el amor lo que con el temor no podía” 92.

CAPÍTULO 3

Interrumpe los estudios por falta de recursos económicos en su familia. Durante estas vaca-
ciones forzadas cobran mayor fuerza las pasiones de la carne. Su madre se preocupaba de re-
cordarle que no se apartara del buen camino.

3. 5. Proyectos de futuro
Termina sus estudios de literatura y oratoria en Madaura93 y tiene que regresar a
Tagaste, su pueblo natal. Ha cumplido dieciséis años. Su padre, a pesar de no disponer
de medios económicos suficientes, piensa enviarle a Cartago.
Escribe todo esto en presencia de Dios para contarlo a los hombres. ¿Para qué? Pa-
ra que todos, él y sus lectores, pudieran invocar al Señor desde la hondura o abismo en
que se encuentren. Sin embargo, el corazón de quien lo invoca y vive la fe está muy
cerca de los oídos de Dios.
Elogia a su padre porque, siendo de escasos recursos económicos y a diferencia de
los otros padres, yendo más allá de sus posibilidades económicas, hizo todo lo posible
para que su hijo pudiera viajar a Cartago con el fin de proseguir sus estudios.
Pero al mismo tiempo le reprocha por no haberle encaminado hacia Dios y ayudarle
a guardar continencia y castidad. Patricio buscaba solamente que su hijo fuera un ex-
perto en literatura y oratoria, un diserto94, pero no le preocupaba que su corazón queda-
ra como un desierto.

92 S. 32, 8
93 Madaura fue una ciudad y una antigua diócesis de la Iglesia católica de la antigua provincia
romana de Numidia. Se convirtió en una colonia romana al final del primer siglo y fue famosa
por sus escuelas. Fue la ciudad nativa de Apuleyo. En la lista de mártires cristianos, Madaura
figura entre las ciudades donde vivieron muchos de ellos. Las ruinas de Madaura se encuentran
cerca de M’daouroch, en la actual Argelia. En las mismas se han localizado numerosas
inscripciones cristianas, un mausoleo romano, los restos de una fortaleza bizantina y una
basílica cristiana.
94 Diserto: Que habla con facilidad y con abundancia de argumentos. De ahí el verbo disertar.

- 58 -
Confesiones, libro II

3. 6. Un alto en sus estudios. Vacaciones forzadas


Tiene que interrumpir sus estudios por falta de recursos económicos en la familia.
Los dieciséis años de edad y la inactividad durante un año contribuyeron a que se for-
mara en su interior un torbellino de pasiones. Y no había quien le ayudara a cortarlas
de raíz
Patricio pudo observar en su hijo, en un baño público, las señales de su virilidad
que apuntaban ya en su pubertad, y fue a contárselo a la madre. Estaba contento y feliz,
pensando en los nietos que le podrían llegar.
Pero la madre tenía miradas más altas. Dios actuaba en ella para formar su templo
donde habitar. Su padre había iniciado el camino hacia el bautismo. Mónica se sobresal-
tó al oír lo que le contaba su esposo Patricio. Temía que su hijo, todavía catecúmeno,
iniciara un camino tortuoso, dando la espalda a Dios.

3. 7. Dios le hablaba por su madre


Dios no callaba. Era él quien se iba alejando de Dios. Reconoce que Dios le hablaba
por medio de su madre, su sierva fiel. Pero sus consejos y advertencias caían en el va-
cío.
Le exhortaba a no caer en el pecado de la fornicación y que evitara, sobre todo, el
adulterio. Cosas de mujeres, pensaba el hijo. Su soberbia y orgullo le impedían acoger
tales consejos. Pero era Dios quien hablaba por boca de ella, aunque él pensaba enton-
ces que Dios callaba y que era sólo su madre la que hablaba.
La misma soberbia le empujaba a no ser menos libertino que sus compañeros. Se
hubiera sentido humillado al no parecerse a ellos, que, además, alardeaban de sus fe-
chorías, con las que adquirían una aureola de popularidad. Como no caía en los mismos
excesos, se inventaba comportamientos para no sentirse menos que ellos. De aquí se
puede concluir que no destacaba en el vicio de la lujuria. Se confiesa más inocente y
más casto que ellos.

3. 8. Amplia libertad
Babilonia, en cuanto lugar de pecado, viene a significar este mundo. Ahí se encon-
traba Agustín con sus colegas o compinches. Se revolcaban en el fango como si fuera
un perfume costoso. Era débil para oponerse al diablo, y se dejaba seducir.
Su madre, según él, no quedaba al margen de toda responsabilidad en lo que a la
conducta del joven Agustín se refiere. No vivía en la Babilonia del pecado, pero sí en
sus suburbios, en sus aledaños.
Es decir, era todavía lenta para alejarse de dicha ciudad. Le llegaban en cierta ma-
nera las salpicaduras del fango. Se había preocupado mucho de los derroteros de su
hijo, había sido muy diligente en aconsejarle, pero no quería poner coto a ellos encau-
zándolo al matrimonio.
Prefería que su hijo siguiera estudiando. Pensaba que el estudio lo acercaría poco a
poco a Dios. Su padre opinaba que las aventuras del hijo no tenían importancia alguna.
Le dieron una excesiva libertad. No supieron conjugar rigor y condescendencia.
Agustín se divertía a sus anchas, pero no encontraba la claridad de la verdad en es-
ta oscuridad de sus diversiones.
____________________________

- 59 -
Nacido para amar

“A mis dieciséis años, cuando por razones económicas me tomé unas vacaciones
forzosas en casa de mis padres, es cuando cobraron vigor las zarzas de mis pa-
siones”. Hay un dicho o refrán muy conocido que dice: “La ociosidad es madre de
todos los vicios”. Es decir, las personas que no tienen ninguna ocupación son pro-
pensas a caer fácilmente en vicios y malas costumbres. Esto le ocurrió al joven
Agustín, y ha ocurrido y ocurre frecuentemente.
La inactividad, el no hacer nada, el no pensar ni estar en nada, cuando las nece-
sidades más básicas están aseguradas, unido todo ello a una edad en que brotan o
surgen con fuerza la pasiones de la carne, lleva a muchos adolescentes -y a mayo-
res también- a dejarse enredar por ellas y caer vencidos por los instintos más ba-
jos.
El desempleado que busca trabajo para atender a su familia, no está inactivo.
Se preocupa, acude a personas y lugares donde le podría proporcionar trabajo, y
lucha por salir del paro o desempleo.
Es preciso, entonces, acudir a quien todo lo puede, Dios, para que sea la fuerza
en nuestra debilidad (Cf. 2, Cor 12, 9), evitar las ocasiones de pecado, valorar como
don de Dios el amor fuerte y sano, aspirar siempre a lo más noble aunque en oca-
siones cueste un verdadero sacrificio, confiar en el poder de la gracia y ocuparse
en ciertas tareas o trabajos aunque no estén remunerados.

- ¿Cuál o cómo fue mi experiencia religiosa en mi adolescencia? ¿Sentía a


Dios presente en mi vida? ¿Sabía escucharle en ciertas circunstancias?
- ¿Cómo influyeron mis padres en mi formación cristiana? ¿Aceptaba sus
consejos, advertencias o recomendaciones?
- ¿Qué era lo que mis padres más esperaban de mí? ¿A qué aspiraba yo?
¿Cuáles son los recuerdos más agradables de aquellos años?
Unas palabras de Agustín, que son una verdadera advertencia a los padres: “Mis
padres… me dieron demasiada rienda suelta y no supieron conjugar rigor y condes-
cendencia”95

CAPÍTULO 4

¿Por qué hacemos cosas que no debemos hacer? ¿Qué nos impulsa a cometer el pecado que
debemos evitar? ¿Por necesidad? ¿Por puro placer? ¿Por no ser menos que los otros? Son inte-
rrogantes que se plantea Agustín con ocasión de una travesura cometida en su niñez, conocida
como “el robo de las peras”. El santo se vale de este hecho para analizar detenidamente las cau-
sas o motivaciones del pecado y sus consecuencias.

4, 9. El robo de las peras


Hay una ley de Dios que prohíbe robar, y hay también en el corazón del hombre
una norma que prohíbe lo mismo, y que nadie puede eliminar.
Si los pecados de la carne eran consecuencia de un fuerte impulso natural difícil-
mente controlable a su edad, el pecado que narra a continuación es fruto de un querer

95 Conf. 2, 3, 8

- 60 -
Confesiones, libro II

porque sí. En los pecados de la carne faltaba, quizás, plena voluntariedad o un suficien-
te dominio de sí.
En el del robo de unas peras nada de esto faltó. “Yo quise robar, y robé”. No lo hizo
por necesidad, sino por maldad. Quería gozar con el robo en sí mismo, y no de las peras
que robaba, que en su casa eran mejores y más abundantes.
A continuación relata el hecho con alarde de detalles. Concluye diciendo que “aun-
que probamos algunas, para nosotros lo principal fue darnos el gustazo de hacer lo que
no estaba permitido”.
Pretendía ser malo, sin nada a cambio, y que las motivaciones de la maldad fueran
la maldad misma.
__________________________
“Yo quise robar, y robé. Robé precisamente aquello que yo tenía en abundan-
cia y aun de mejor calidad”. Entonces, ¿por qué robó? ¿Dónde está el porqué del
mal que hizo? La respuesta la da el mismo Agustín: “Para darnos el gustazo de ha-
cer lo que no estaba permitido”.
El sabor de lo prohibido suele hacer agradable el pecado. Ya no se trata de una
tendencia al mal moral, sino de la comisión de un hecho por el mero hecho de come-
terlo, con plena consciencia, sólo porque está mal y, además, prohibido.
A los delitos menores los llamamos gamberradas. Hay consciencia del mal que se
hace con ellas. La prueba está en que se cometen, solos o en compañía, a escondidas
o en ausencia de la autoridad. Es un divertimento que causa placer, placer morboso
y siempre dañoso. Como en el caso del joven Agustín, “para darse el gustazo de
hacer lo que no está permitido”.
También en delitos graves pueda darse la misma motivación: matar por el placer
de matar, explotar al más débil y aplastarlo por puro sadismo, corromper o co-
rromperse, aunque se tenga ya mucho dinero, por el gusto de tener más que los
otros, injuriar sin causa alguna, etc.
¿Por qué se cometen estas malas acciones? La respuesta es de Agustín: “Por
hacer lo que no estaba permitido”. Y termina diciendo: “Para colmo, lo hacía no bus-
cando algo concreto en la degradación, sino la degradación misma”.
En muchos delitos mayores y graves se persigue otra finalidad, otros objetivos:
el lucro desmedido cuando ya se tienen cosas en abundancia, la venganza por un
daño grave recibido en vez de practicar el perdón, el placer carnal desbocado que
hay que satisfacer, los asesinatos terroristas como medio para alcanzar unos fines
políticos…, y mil más.

- ¿Cuál es el pecado en que caigo con más frecuencia? ¿Qué es lo que me mo-
tiva a cometerlo? ¿Cómo me siento una vez cometido?
- ¿Suelo reflexionar sobre mi comportamiento bueno o malo? ¿Qué me dice mi
conciencia?

- 61 -
Nacido para amar

San Agustín: “¿De dónde te viene el que peques, sino de que tratas desordenada-
mente las cosas que recibiste para tu uso? Usa bien de las cosas inferiores y gozaras
debidamente del bien superior”96.

CAPÍTULO 5

Analiza el comportamiento del ser humano y deduce que, incluso cuando peca, busca de al-
guna manera un bien. O al menos, lo que considera un bien para él.

5. 10. El encanto de las cosas


No es suficiente afirmar que el móvil del robo era hacer el mal. Tiene que haber
otras motivaciones. El hombre cuando peca suele buscar un bien. Este bien puede ser
material o espiritual: riqueza, honra, amistad, poder o dominio, etc. Todo tiene su en-
canto.
Pero reconoce Agustín que para conseguir todas estas cosas no es preciso marginar
a Dios y sus leyes. Existe el pecado cuando se hace dejación de los bienes de mayor
valía: el Señor, su verdad, su ley.
Por hermoso y apetecible que sea el bien de las cosas, nunca será comparable con el
Dios creador de todas las cosas. En él encuentra el justo su gozo, porque sólo él es la
fuente de toda felicidad.

5. 11. Distintas motivaciones


El deseo de adquirir o el miedo a perder uno de los bienes que él llama ínfimos (el
oro, la plata, la honra, el poder, etc.) suele motivar y propiciar el pecado. Son o pueden
parecer hermosos ciertos bienes, pero son rastreros en comparación con los bienes su-
periores (el Señor, su verdad, su ley, etc.).
Intenta explicar todo ello con el ejemplo del homicidio. Ni siquiera Catilina amaba
sus crímenes por sí mismos, sino el objetivo que le impulsaba a actuar como criminal.
__________________________
“Franqueamos nuestras puertas al pecado cuando, con una desviación incontro-
lada hacia los bienes ínfimos, hacemos dejación de los bienes superiores y sobera-
nos: de ti, Señor Dios nuestro”. En la comisión de un pecado no es suficiente la sola
motivación de la maldad. Tiene que haber otros motivos, otros móviles.
En la comisión del pecado se busca, consciente o inconscientemente, siempre un
bien. Un bien ínfimo, lo llama el santo: la riqueza, el placer, la satisfacción personal
en la venganza, el bienestar familiar, el honor o la honra, figurar y sobresalir sobre
otros, la guerra como medio para conseguir la paz, el poder político…
Algunos de estos bienes pueden ser buenos, valga la redundancia, pero a condi-
ción de considerar a Dios como el bien supremo y no apartarse de Dios. Otros son
malos en sí mismos, porque se quebranta la ley suprema del amor: el amor a Dios o
al prójimo.

96 S. 21, 3

- 62 -
Confesiones, libro II

El pecado está o consiste en apartarse de Dios, único bien absoluto, e inclinarse


a los bienes inferiores, siempre apetecibles, pero caducos, inconsistente y efíme-
ros.
“No podéis servir a Dios y al dinero” dirá Jesús (Lc 16, 13; Mt 6, 24). El dinero
puede ser bueno, pero sólo Dios es el bueno. Y el placer, o gozar de muchos
momentos de la vida, también, pero sólo Dios es la única fuente de la felicidad. Y la
honra, también, pero “a sólo Dios adorarás y darás culto” (Mt 4, 10).

- ¿Busco el dinero por el dinero, el placer por el placer, la honra personal


sólo por ella, el poseer sólo para tener más…?
- Cuando me ronda la tentación, ¿soy consciente de que si caigo en ella mar-
gino de mi vida a Dios y hago “dejación de los bienes superiores”?
San Agustín: “El se cree grande y cae; por lo mismo que se cree grande, cae. El pe-
cador piensa que por esto escala la sublimidad; sin embargo, Dios llama fosa a es-
to”97.

CAPÍTULO 6

Las peras pueden ser bellas a los ojos y buenas al paladar, pero no hay belleza alguna en el
hecho de robar. Entonces, ¿qué es lo que le impulsó a robar?

6. 12. No hay belleza ni encanto en el robo


Se encara con el mismo robo y le pregunta qué pudo amar en él a sus dieciséis años
y siendo de noche. Nada de hermoso había en él. Sí eran hermosas las peras. Pero lo
eran por ser criaturas del único bien y de la única belleza que es Dios.
Pero él no deseaba las peras. Las tenía mejores y más abundantes en su casa. Le
movió a ello únicamente el deseo de robar. Así satisfizo su alma con el mal, pero no
llenó su estómago con la belleza de las peras. Comió las peras condimentadas con la
maldad.
¿Qué le pudo atraer en el robo de las peras? No tenía atractivo alguno. Por lo tanto
no podía ser amado, como pueden ser amadas la justicia o la prudencia, o el encanto
que resplandece en la mente, en la memoria o en el mundo vegetal.
Encuentra también belleza y encanto en los astros, la tierra y el mar. Ni siquiera
tenía el robo la apariencia de belleza que pueden tener los vicios.

6. 13. Nada ni nadie como Dios


La soberbia es sólo hinchazón, un remedo de lo más elevado, siendo así que el único
excelso es Dios. La ambición busca la honra y la fama, pero Dios es el único que merece
gloria y honra total.
Los tiranos tratan de meter miedo, pero sólo Dios merece ser temido98. Las caricias
de los amantes provocan más amor, pero nada seduce tanto como el amor de Dios, ni
nada más provechoso que la belleza de su verdad.

97 En. in ps. 93, 16


98 El temor “bíblico” es el miedo reverencial y respetuoso que se debe tener a Dios. Es uno de los
dones del Espíritu Santo

- 63 -
Nacido para amar

La curiosidad puede parecer amor a la ciencia, pero sólo Dios sabe y conoce todo.
La ignorancia y la inocencia aparentan sencillez, pero sólo Dios es el único sencillo y el
más inocente de todos.
Para muchos, la pereza es descanso, pero sólo en Dios se encuentra el verdadero
descanso. La lujuria, en cuanto exceso o demasía en algunas cosas99, puede parecer sa-
ciedad y abundancia, pero sólo Dios es la plenitud y fuente inagotable de todo lo que
existe.
La prodigalidad pretende pasar por desprendimiento, pero nadie hay tan generoso
dispensador de todos los bienes como Dios. La avaricia ambiciona tener todo, pero sólo
Dios es autor y poseedor de todo lo que existe.
La envidia pretende encumbrarse sobre los demás, pero nadie hay más elevado que
Dios. La ira busca vengarse, pero en Dios sólo hay olvido y perdón. El temor es miedo a
perder las cosas que amamos, pero sólo en Dios hay seguridad verdadera. La tristeza es
abatimiento por lo que se ha perdido, pero en Dios nada se puede perder.

6. 14. Pecado de infidelidad


Alejarse de Dios buscando realidades que no tienen consistencia en sí mismas es in-
fidelidad y adulterio.
Quieren ser como dioses quienes se apartan del Dios vivo y se sublevan contra él.
Pero al hacer esto reconocen implícitamente que él ha creado todo y que no pueden en
modo alguno desvincularse de Dios. Reconoce Agustín su desvío al buscar lo ilícito y
deleitarse en él por el mero hecho de serlo.
__________________________
“Así fornica el alma cuando se aleja de ti y busca fuera de ti aquella clase
de realidades que no se dan auténticamente puras más que cuando el alma vuel-
ve a ti”. Estas palabras de Agustín son un eco de lo dicho al principio de Las Confe-
siones: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que des-
canse en ti”100.
Alejarse de Dios y optar por las criaturas, aunque en sí sean buenas, es perver-
sión e infidelidad. En palabras de Agustín, fornicación. Se abandona la fuente de la
felicidad, Dios, y se va en busca de placeres efímeros. Se aleja de lo único, Dios
único, y se va tras la dispersión y ruptura interior. Se da la espalda a la luz, la luz
en sí misma, para emprender un camino de tinieblas. Se opta por la muerte y no por
la vida para siempre. Se prefiere las criaturas y no al Dios que las ha creado.
Todo ello es perversión, infidelidad y fornicación. Es el pecado.
Peor todavía cuando el pecado se hace hábito. Cuando el hombre se reviste de
él, para satisfacer los deseos del instinto, en vez de revestirse de Jesucristo (Cf.
Rom 13, 14). Entonces, la opción inicial por el pecado ha tomado cuerpo, se vive en
él, si es que eso es vida, y se camina hacia la muerte.

99 Así aparece definida la lujuria, en su 2ª acepción, en el diccionario de la RAE.


100 Conf. 1, 1, 1

- 64 -
Confesiones, libro II

Pero Dios espera siempre, como el padre de la parábola. Siempre podrá decir el
pecador, como Agustín: “Aquí tienes, Señor, a aquel esclavo que escapó de su amo y
buscó el amparo de la sombra”.

- Si vivir en gracia significa estar revestido de Cristo, ¿qué significará vivir en


pecado? ¿De qué estará revestido?
- Si, Dios no lo quiera, cayere en pecado grave, ¿cuál sería mi situación per-
sonal como creyente? ¿Cuál es mi punto más débil de cara a caer o evitar el
pecado? ¿Cómo podría reforzarlo?
San Agustín: “El se cree grande y cae; por lo mismo que se cree grande, cae. El
pecador piensa que por esto escala la sublimidad; sin embargo, Dios llama fosa a es-
to”101.

CAPÍTULO 7

El recuerdo del hurto cometido cuando era niño le impulsa a agradecer al Señor el perdón
de todos sus pecados, y a pedir su ayuda para no cometer otros y su misericordia.

7. 15. Oración de acción de gracias


Agradece a Dios su perdón por los pecados cometidos y por los que no cometió
ayudado por su gracia. Porque pudo pecar mucho ya que llegó a amar el pecado en sí
mismo.
Quien se considera capaz de guardar la castidad y la inocencia basándose sólo en
sus propias fuerzas no ama suficientemente a Dios, a pesar de que necesita de su mise-
ricordia para el perdón de sus pecados.
Podría haber alguien, lector de estas Confesiones y tenido por buen cristiano, que se
burlara de Agustín por sus desvíos y errores pasados. Al fin y al cabo, el mismo que
perdonó a Agustín le previno a él de tales errores o le ayudó para que fueran más leves.
Este posible lector debería amar a Dios tanto o más que Agustín, ya que el mismo
que libró a Agustín de sus extravíos, lo libró a él de caer en ellos.
___________________________
“Te amaré, Señor, te daré gracias y confesaré tu nombre, porque has perdo-
nado esas acciones mías tan malas y perversas”. Si el perdón es, quizás, la expre-
sión más hermosa del amor, del perdonado debería surgir, de lo íntimo del corazón,
el agradecimiento más profundo y sincero.
Pero me temo que no sea así. Lo que sigue a la confesión sacramental es cumplir
la penitencia y… ya. Es decir, un castigo que, por pequeño que sea, lo llamamos peni-
tencia.
Y me pregunto: ¿Dónde queda el agradecimiento por el perdón concedido con
amor y recibido con humildad? El confesionario se ha convertido para muchos en
“máquina de perdones”, como las máquinas expendedores de los bares, en las que se
deposita unas monedas y sueltan cigarrillos o bebidas.

101 En. in ps. 93, 16

- 65 -
Nacido para amar

Nadie agradece a la máquina el servicio prestado. Pocos -ojalá me equivoque-


agradecen a Dios el derroche de amor con que perdona los pecados. Quien recono-
ce el perdón recibido, agradece. Quien agradece, alaba al dador de todo bien.

- Si el perdón de los pecados es expresión de un amor sin límite por parte de


Dios, ¿le agradezco de corazón por haberme reconciliado con él?
- ¿Siento que mi propósito de enmienda se refuerza con mi oración de agra-
decimiento al Señor?
Podríamos decir como Agustín: “Has roto mis cadenas y voy a ofrecerte un sacri-
ficio de alabanza. Que te alaben mi corazón y mi lengua… Tú, Señor, fuiste bueno y
misericordioso al explorar la profundidad de mi muerte y al desecar con tu derecha
el abismo de mi canceroso corazón”102.

CAPÍTULO 8

Cuando el ser humano se une a otros hasta fundirse en ellos, y ser todos en uno, aunque el
grupo sea pequeño, suele hacer dejación de su personalidad y se convierte en masa. Al “masifi-
carse” hace lo que los otros hacen, dice lo que a solas no diría, actúa irresponsablemente y ama lo
que el grupo decide.

8. 16. Amó el robo en pandilla


Echa la vista atrás y se pregunta qué beneficios pudo sacar de todos sus errores y
especialmente del robo de peras. Amó el robo en sí mismo, pero el robo era nada, care-
cía de entidad. Por eso se considera más miserable.
Nunca lo hubiera cometido de haber estado solo. Si lo cometió, fue porque amaba
también la pandilla o grupo de colegas. Luego amó el robo y la pandilla. Pero concluye
diciendo que no amó nada.
¿Se contradice? Aparentemente, sí. Sólo Dios le puede iluminar en este punto.
Si hubiera amado las peras sólo por el deseo de gozar de ellas, lo podría haber he-
cho sin compañía de la pandilla. Pero como su placer no estribaba en aquellas peras,
concluye que el placer estaba en el mismo robo y en la complicidad de sus compañeros.
__________________________
“El placer (del robo) radicaba en el mismo hecho malo y en la complicidad de
la pandilla en cuya compañía pecaba yo”. Si la pena compartida es menos pena, el
placer del pecado compartido es más placer y más pecado. Es más pecado porque se
multiplica en muchos, y más placer porque una euforia sin sentido se apodera de
todos.
Cuando es el bien lo que se comparte, cada uno aporta lo mejor de sí. Cuando se
trata del mal, se hace dejación del ser individuo y se hace masa. Y la masa, aunque
pequeña en número de individuos, “animaliza”, es decir, en ella el individuo se deja
arrastrar por instintos rastreros y no confesables. Y deja de ser persona. Comete
faltas o delitos que, solo, no los cometería.

102 Conf. 9, 1, 1

- 66 -
Confesiones, libro II

Los insultos, por ejemplo, que se profieren en cualquier espectáculo público, no


los diría normalmente uno si estuviera solo. Con otros, queda diluida su personali-
dad, y grita y vocifera aupado por los gritos de los otros.
Para concluir: Ser persona en todo momento salvaguardando la propia individua-
lidad. Unirse a los otros aportando una personalidad fuerte para hacer el bien. Ser
luz para iluminar, y sal para dar sabor a la masa. Nos lo pide el mismo Jesús (Cf. Mt
5, 13, 16).

- ¿Tengo algún amigo o amiga que, con su comportamiento o sus palabras,


me induce a pecar?
- ¿Soy parte de alguna compañía o empresa en la que se cometen ciertos deli-
tos de fraude, amaño y falsificación de cuentas, cohecho, soborno, etc.?
- ¿Doy testimonio de mi fe y de conciencia recta ante mis compañeros de tra-
bajo, amigos, conocidos, etc?
San Agustín: “Nadie se conoce a sí mismo si no es tentado; ni puede ser coronado
si no vence; ni vencer si no pelea; ni pelear si le faltan enemigos y tentaciones”103.

CAPÍTULO 9

Prosigue el tema anterior y, siendo ya obispo, reconoce cómo se dejó influir por las malas
compañías

9. 17. Travesuras de mal gusto


¿Qué sentía el joven Agustín cuando cometió el robo de las peras? Era un senti-
miento torpe, es decir, ignominioso, indecoroso o infame, según una de las acepciones
del diccionario de la RAE. Por eso se sentía muy desdichado.
Agustín y sus compañeros gozaban y sentían un cosquilleo en el corazón al enga-
ñar a quienes nada podían sospechar de ellos, sabiendo que se iban a enojar. Difícilmen-
te uno se ríe solo por una fechoría. Es más fácil hacerlo en compañía. De ahí, concluye
de nuevo que, si iba a gozar y reír con el robo, tendría que hacerlo en compañía. Nunca
solo.
Hay amistades dañinas. Los malos amigos se confabulan para hacer el mal. Y lo ha-
cen sólo por divertirse y burlarse de los otros. No buscan beneficio alguno. Y quien no
se une a ellos queda avergonzado.
__________________________

“¿Quién es capaz de hacer análisis de los pecados?”. El pecado es un misterio,


como lo es, en el lado opuesto, la gracia. Pero es necesario analizar sus causas y sus
consecuencias, la raíz de donde procede y la finalidad que se pretende con él, el
vacío que genera y la ausencia del amor que llena.
En él pueden confluir una serie de factores, que lo pueden achicar o quizás
agravar. Consentir es uno de ellos. Y para consentir se requiere tener plena cons-

103 En. in ps. 60, 3

- 67 -
Nacido para amar

ciencia de que lo que se hace está mal. Y hacerlo con entera libertad. Y que el he-
cho en sí, o la materia de pecado, sea en sí objetivamente malo, grave o leve.
Lo pueden achicar si faltara o quedara muy opacado alguno de estos elementos.
Y lo agravarían si se cumplieran del todo.
Todo pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la
maldad en tu presencia” (Salmo 50, 6). Y todo pecado es “una palabra, un acto o un
deseo contrarios a la Ley eterna”104, es decir, contrarios al mismo Dios que es
amor, o plenitud de la ley del amor.
Hay que dejar siempre una puerta a la esperanza, porque “donde abundó el pe-
cado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20).

- ¿Suelo someter mi pecado a un análisis serio pero sereno, para conocer sus
motivaciones, gravedad y consecuencias?
- ¿Soy consciente de que con el pecado ofendo a Dios, aunque no piense en Él
en el momento de cometerlo?
San Agustín: “Creo que el pecado de un hermano es mortal cuando, después de
conocer a Dios por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, ofende a la fraternidad, y se
revuelve por las sendas de la ceguera contra la misma gracia que lo ha reconciliado
con Dios”105.

CAPÍTULO 10

Dirige a Dios una oración muy hermosa y sentida. Únicamente en él se encuentra el descan-
so y el gozo.

10. 18. Me convertí en un desierto estéril


Compara su vida de entonces a un nudo intrincado y ciego. Quiere pasar página pa-
ra no verlo más. Vuelve su mirada a Dios, justo e inocente, a quien ama. Solamente en
Él se encuentra el descanso feliz y total.
Se había alejado de Dios y anduvo errante durante su adolescencia, y se convirtió
en un desierto estéril.
__________________________
“En ti, Señor, se halla el perfecto descanso y una vida imperturbable”. Quien
se encuentra en un desierto desolado, sin caminos y desorientado, sediento y mu-
riendo de hambre, ansía encontrar un oasis donde saciar su sed y descansar. Y se
pone en camino para hallarlo.
El creyente sabe que Dios lo espera siempre con el perdón y la gracia de su
amor. Él es el oasis, el lugar del descanso, el hogar que acoge, los brazos siempre
abiertos, la fiesta que prepara para celebrar el regreso de quien se marchó.
Con él o en él, el desierto deja de ser tal. Y la soledad se vuelve compañía amo-
rosa. Y la sed queda saciada, porque conoce y saborea las palabras de Jesús:

104 C. Faust. 22, 27


105 Ret. 1, 19, 7

- 68 -
Confesiones, libro II

“Quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que yo le
daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna” (Jn 4,
14).

- ¿Qué experiencias tengo de haber encontrado en Dios el descanso y la paz


interior?
- ¿O suelo buscar, más bien, esos dones sólo en las criaturas, en lo que tengo
y hago, en los amigos y en el ejercicio de mi profesión?
San Agustín: “Si Dios nos favoreciese siempre en los bienes temporales, de suerte
que abundásemos en todos ellos, y no soportásemos en el tiempo de nuestra mortali-
dad tributaciones, diríamos que estos son los únicos y supremos bienes que Dios da a
sus siervos y no anhelaríamos de El otros mayores” 106.

106 En. in ps. 43, 2

- 69 -
LIBRO III

Concluidos sus estudios en Madaura y después de un año de inactividad en su casa,


sus padres lo envían a Cartago107.
Unos cuatro años vivirá en esta ciudad. De los dieciséis a los veinte. Cuatro años de
experiencias intensas, fuertes, profundas…
No ahorra palabras para describir el abismo moral en que cayó en esa época. La
ciudad hervía de pasiones desatadas en un ambiente de inmoralidad y vicios.
Cartago era el centro de la cultura y del saber en la provincia africana de la que era
capital. Pero los juegos, los espectáculos y las gamberradas juveniles desplazaban a mu-
chos jóvenes de su amor al estudio y de las aulas. Se embotaban sus mentes y caían en las
redes del vicio y del placer.
Agustín se alejaba del Dios vivo inculcado por su madre y se dejaba arrastrar por la
concupiscencia de la carne y de amores diversos.
Pero cayó en sus manos un librito que le hizo reflexionar. No todo estaba perdido.
“Supe entonces que la auténtica felicidad no consiste en la satisfacción de los sentidos ni
en la posesión de las riquezas, sino en el deleite de la contemplación de la verdad”.
Inició un camino de búsqueda de la verdad. Y se topó con los maniqueos. Nueve años
estaría con ellos, hasta que, desencantado por tanta palabrería, los dejó para seguir otros
rumbos.

107 Durante el dominio de Roma Cartago llegó a tener una población de unos 400.000 habitantes,
convirtiéndose en la segunda ciudad en importancia del Imperio. Era la capital de la provincia
romana de África. En el siglo III el cristianismo empezó a consolidarse notablemente en
Cartago. La ciudad fue sede episcopal. San Cipriano, que fue su obispo en el 248. Otras figuras
eclesiásticas importantes fueron, entre otros, Tertuliano, que nació y vivió en la ciudad durante
la segunda mitad del siglo II y los primeros años de la centuria siguiente; y San Agustín. En el
año 425 la ciudad resistió varios ataques de los vándalos, pero finalmente sucumbió en el 439.
CAPÍTULO 1

Inicia una nueva etapa en su vida. Es nueva, no sólo por haber dejado atrás Tagaste y Ma-
daura y comenzar a vivir en Cartago, capital del la provincia romana del norte de África, sino
por verse necesitado de amor, hasta caer en sus redes.

1. 1. Hambriento de amor
Anteriormente había manifestado que su mayor deseo era amar y ser amado. Y
ahora afirma que no amaba todavía y que deseaba amar. Pero sufre por no sentir ínti-
mamente esta necesidad.
Odiaba la seguridad de un camino sin trampas. Aborrecía el amor seguro, el amor
según el dictamen de Dios. Aunque necesitado de amor, no hambreaba el alimento in-
terior, que es el mismo Dios.
Cuanto más vacío se encontraba, mayor era la repugnancia que sentía del alimento
incorruptible.
Por eso su alma estaba enferma y se desparramaba hacia las realidades sensibles pa-
ra gozar de ellas, a pesar de que sabía que si se aman los cuerpos es por el alma que
tienen.
De ahí que al entregarse al amor de la carne, la amistad no podía ser limpia. Y lo
peor de todo era que se enorgullecía de que lo considerasen como un personaje de
mundo y un hombre elegante.
Al fin encontró el amor en una mujer. La amó y se sintió amado. Convivieron y go-
zaron secretamente. Pero Dios “vino en su ayuda” salpicando su amor con gotas de hiel
amargas y angustiosas, por los celos, las sospechas, los temores y las peleas.
__________________________

“Interiormente sentía hambre, por estar alejado del alimento interior, tú mis-
mo, Dios mío”. Cuando el estómago está vacío, se siente la necesidad de comer. Eso
es el hambre. Cuando el interior del hombre está vacío, en el mejor de los casos,
pero no siempre, también se siente la necesidad…, ¿de qué? De llenarlo, sí, pero
¿de qué?
Agustín, joven aún, no lo sabía. Y esa era su angustia. Porque sentir hambre, sin
saber de qué, es una verdadera angustia. Esto mismo ocurre frecuentemente en
nuestro mundo, en el hombre de hoy. Se llena de muchas cosas, pero continúa vacío.
Lo llaman vacío existencial. Da lo mismo.
“Gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti” dice Agustín una vez converti-
108
do .
Se dice que el mundo tiene hambre de Dios. Ojalá fuera así. Yo diría, más bien,
que tiene necesidad de él, o hambre en su interior, porque lo encuentra vacío. Sólo
eso. Si supiera que es hambre de Dios, lo buscaría hasta dar con él. Pero no sabe

108 Conf. 10, 27, 38


Nacido para amar

que sólo Dios es el alimento que puede satisfacer su hambre, que puede llenar su
vacío interior, que es el pan vivo, un pan de vida eterna, para siempre (Cf. Jn 6, 35.
48-51).
Ojalá todos pudiéramos decir con san Agustín: “Sólo sé una cosa: que me va mal
lejos de ti, y no sólo fuera de mí, sino incluso dentro de mí mismo. Y que toda ri-
queza que no es mi Dios es pobreza”109. Por eso añade en otra ocasión: “Todos de-
bemos tener hambre de Dios”110.
Cuando Dios habita en el interior del hombre, todo lo que éste diga, sea o haga,
tendrá sentido, porque Dios es la Verdad en sí misma. Y la Bondad y la Belleza. Esta
es la gran “riqueza” que tienen los que creen de verdad. Lo demás, sin Dios, es, co-
mo dice el santo, pobreza e indigencia.

- ¿Considero que Dios es lo único que puede saciar mis aspiraciones más
profundas? ¿Siento verdadera hambre de Él?
- ¿Cómo suelo llenar y satisfacer mis anhelos nunca logrados, mi inquietud
y desasosiego interior? ¿Acudo con frecuencia a Dios en momentos de ora-
ción para depositar en Él toda mi vida con sus preocupaciones y esperan-
zas, gozos y tristezas?
San Agustín: “Esto sólo sé: que me va mal lejos de ti, no solamente fuera de mi,
sino aun en mí mismo; y que toda abundancia mía que no es mi Dios, es indigen-
cia”111.

CAPÍTULO 2

El teatro será una de los atractivos más fuertes en él. Se aficiona a él y asistirá frecuente-
mente a sus representaciones. A pesar de tratarse de una ficción, el teatro reflejará en cierto mo-
do los sentimientos que sentía el mismo Agustín. Aunque no amaba el dolor, sufría con los dra-
mas que se representaban en las tragedias teatrales.

2. 2. Sentimientos de dolor y compasión


No podía resistir la tentación de asistir a las representaciones teatrales. Acudía fre-
cuentemente a ellas. Se veía reflejado en las imágenes que en ellas se representaban. En
su caso, venían a ser un estímulo para los placeres de la carne.
En los espectáculos dramáticos y trágicos se identificaba con el dolor y la tragedia,
pero no deseaba sufrirlo en carne propia. Más bien, ese dolor compartido se convertía
para él en fuente de placer.
Esto no deja de ser una locura, puesto que el espectador se siente tanto más con-
mocionado por lo que ve y oye cuanto menos fuerte se encuentra de cara a los senti-
mientos y las pasiones. O lo que es lo mismo: Cuanto más inmune sea a los afectos que
suscitan los espectáculos menos se dejará influenciar por ellos.

109 Conf. 13, 8, 9


110 En. in ps. 145, 17
111 Conf. 13, 8 9

- 74 -
Confesiones, libro III

Cuando uno sufre personalmente o en carne propia, se llama miseria. Cuando se su-
fre compartiendo el dolor de otro se llama compasión. La compasión no tiene razón de
ser en las representaciones teatrales, puesto que son ficción y mitos.
De hecho, al representar una tragedia no se le pide ayuda al espectador, sino que se
le invita a sufrir y a compadecer. Si no se produjera esto, el espectador se aburriría y
criticaría la obra.

2. 3. Compasión y misericordia
Concluye el santo diciendo que el dolor y las lágrimas, cuando son consecuencia de
la compasión y de la misericordia, pueden ser objeto de amor. La compasión está ori-
ginada por el sentimiento de amistad con el que sufre.
Pero ¿qué ocurre cuando este sentimiento se desvía y brota, no de la amistad de
quien sufre, sino de la pasión carnal? A pesar de todo, es necesario tener misericordia
del que sufre y eliminar todo lo que implique impureza.
Se identificaba con las perversiones de los enamorados y sufría con sus desgracias.
En ambos casos había gozo y placer.
En el momento en que escribe le produce más pena y compasión del que se compla-
ce en el vicio que del que sufre por la pérdida de placeres perniciosos y efímeros.
En esta clase de compasión y misericordia no se ama el dolor. La caridad, con la
consiguiente misericordia, no apetece el dolor ni dolencia alguna. Sólo una falsa miseri-
cordia desearía que hubiera desgracias para poder compadecerse de quien sufre.
Como consecuencia de todo ello, puede haber algún dolor que merezca aprobación,
pero no existe dolor que tenga que ser amado. Nadie puede igualar la misericordia de
Dios, que, cuando se compadece, no queda lastimado por nuestro dolor.

2. 4. Dolores ajenos y propios


El joven Agustín necesitaba encontrar algo para sentir dolor. Y lo buscaba en los
espectáculos teatrales. Le agradaban las representaciones que le hacían derramar lá-
grimas.
De ahí que quedara infectado de fealdad e inmundicia.
Le agradaban, por tanto, los dolores, pero no aquellos que le hacían sufrir en carne
propia, sino los escenificados en el teatro, que sólo le producían rasguños superficiales
sobre la piel.
Estos dolores, aunque superficiales, le producían llagas purulentas e infecciones se-
rias. Y al final, se pregunta: ¿Era esto vida?
__________________________

“Si el que se compadece de un miserable merece toda alabanza por su obra


de caridad, el que ejerce esta caridad fraterna preferiría que no hubiera dolen-
cia alguna”. El término compadecer no es otra cosa que “padecer con”, hacer pro-
pias las dolencias del otro, “llorar con los que lloran” (Rom 12, 15), compartir su
dolor y sus penas.
Cuando el creyente ama al hermano, quienquiera que él sea, con el amor de
Cristo, que nos dijo: “amaos como yo os he amado”, asumirá como él las debilidades

- 75 -
Nacido para amar

y dolencias del que sufre, cargará sobre sí la cruz del hermano para compartirla
con él, se solidarizará con él en sus problemas y necesidades.
Todo esto es compasión y misericordia. Una caridad cristiana que no llegara a
este extremo, no sería caridad. Quedaría vaciada de contenido. Sería un mero sen-
timentalismo. No habría compasión, “padecer con”, sino lástima y emoción pasajera.
El amor de Jesús se traducía siempre en compasión y misericordia. Era la pri-
mera reacción que brotaba de él ante el sufrimiento de las personas. Sucedió un
día junto al lago de Galilea: al ver a tanta gente que acudía a él, sintió compasión
porque andaban como ovejas sin pastor” (Mc 6, 34), marginadas, desorientadas y
con hambre. Sentía compasión de los enfermos, de lo pecadores, de los excluidos.
Sufría con todos ellos, compartía su dolor, lo hacía suyo. Era su forma de ser.
Amaba hasta el extremo, hasta morir por todos, clavando en su propia cruz las
cruces de todos los que sufren y los pecados de todos.
“Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gal 6,
2) nos dice san Pablo, sabiendo que la ley de Cristo es el amor. Un amor que com-
parte y compadece. No hay solidaridad mayor que esta.
La caridad fraterna “preferiría, dice san Agustín, que no hubiera dolencia algu-
na”. El seguidor de Jesús luchará con las armas del amor contra las causas de tanto
dolor, de tanta injustica, de tantos conflictos, de tanto mal en el mundo. El pecado
está en la raíz de todos esos males. El seguidor fiel de Jesús rechaza frontalmente
todo pecado y tiene misericordia de quienes lo cometen.

- ¿Qué siento dentro de mí cuando veo un hermano muy enfermo, que tiene
hambre, que vive dolorosamente su soledad, que es injustamente tratado?
- ¿Me acerco a él con amor fraterno y solidario, o me desentiendo alegando
excusas nada razonables ni válidas?
San Agustín: “¿Quiénes sobrellevan mutuamente sus cargas sino quienes poseen
la caridad? Los que no tienen caridad son a sí mismos gravosos. Los que tienen
caridad se sobrellevan”112.

CAPÍTULO 3

A pesar de sus errores y caídas, la misericordia de Dios estaba con él. Prueba y señal de este
amor misericordioso de Dios eran los serios correctivos con que se sentía “fustigado”. Relata sus
primeras experiencias como estudiante en Cartago. No faltaban entonces las gamberradas de
siempre.

3. 5. Un serio correctivo
Dios no le dejaba de lado. Vigilaba y lo protegía con su misericordia. Él se iba apar-
tando cada vez más de Dios y se entregaba a ciertos cultos idolátricos y supersticio-
sos113. Pero Dios le azotaba misericordiosamente cuando efectuaba estas prácticas.

112 En. in ps. 129, 4


113 Así lo parece indicar la expresión “me fui tras la pista de una sacrílega curiosidad”

- 76 -
Confesiones, libro III

Cuenta a continuación una acción perversa114 que cometió dentro de la iglesia, du-
rante un acto litúrgico. Afirma que fue un verdadero pecado mortal.
Dios le aplicó en esta ocasión un correctivo muy serio. No dice en qué consistió este
castigo, pero sí que fue muy inferior a la pena que merecía por su pecado. Reconoce y
agradece de nuevo la misericordia de Dios para con él.

3. 6. Estudios y gamberradas
Estudiaba para ejercer como abogado en los pleitos y tribunales. En esta profesión
destacaban los más capaces de engañar con la palabra. Emite un juicio de valor dicien-
do cuán grande es la ceguera de aquellos que, en el ejercicio de esta profesión, hasta
presumen de ser ciegos.
Estaba orgulloso de ser el número uno de su promoción.
No compartía las actividades vandálicas o gamberradas de sus compañeros. Se
avergonzaba, entre cínico y decente, de no ser como ellos.
Aunque participaba en sus reuniones, desaprobaba su comportamiento. Eran per-
vertidos y perturbadores. Alimentaban sus gamberradas con las burlas a los novatos e
inexpertos. Considera diabólico este comportamiento.
__________________________

“En cada uno de estos pasos, tú me azotabas”. En esa época Agustín aminaba de
tumbo en tumbo. Daba pasos hacia todas partes y en todas ellas tropezaba. Pero
los tropiezos eran dolorosos. Una vez convertido reconoce que era Dios quien le
fustigaba misericordiosamente, valiéndose de los golpes recibidos en sus caídas y
errores.
Quien camina suele tropezar. Y caer, a veces. No tropieza ni cae quien no se
mueve. Quien sigue a Cristo camina por un camino, que es seguro, pero difícil y pe-
noso muchas veces. No está libre de tropiezos y caídas si se distrae con las cosas
de este mundo, si se despista y anda por otros senderos que a nada conducen, si la
tentación le hace caer en el pecado.
Y si, a pesar de todo, se mantiene firme el deseo de seguir a Cristo, si se tiene
una conciencia sensible y debidamente formada, duele toda caída en el pecado.
Duele haber ofendido a quien tanto se ama, duele la debilidad ante la tentación no
superada, duele la herida del pecado. A todo esto llama Agustín azotes.
Y no está mal que sea así. El dolor en estos casos es señal de que hay amor. Y
casi siempre es palanca para lanzar al creyente hacia adelante con nuevos impulsos,
con amor renovado.
Dios acompaña siempre a quien le ama, anima en momentos de debilidad y levanta
a quien cae. No hay un camino de rosas para seguir a Cristo, pero es el mejor, el
único que lleva a la vida. Y la vida es Dios.

114 ¿Fue un acto de superstición o un pecado de la carne? No se ponen de acuerdo los distintos au-
tores.

- 77 -
Nacido para amar

- ¿Cómo afronto y supero los contratiempos, problemas y dificultades que


me sobrevienen de vez en cuando? ¿Me quejo, entonces, de Dios o me acerco
a Él para sentir su fuerza y consuelo?
- ¿Siento la mano de Dios cuando, por haber caído en el pecado, se produce
un hastío o molestia grande dentro de mí?
- ¿He experimentado en alguna ocasión, como Agustín, el “castigo misericor-
dioso” de Dios? Si así ha sido, ¿cómo o en qué circunstancias?
Todo creyente puede hacer suyas estas palabras que el santo dirigía a Dios: “Tú
estabas a mi lado; suspiraba y tú me oías; zozobraba y tú eras mi guía; caminaba por
el camino real y tú no me dejabas solo”115.

CAPÍTULO 4

Relata el santo un hecho que le indujo a enderezar su vida. Este es uno de los acontecimien-
tos más decisivos en la vida del joven Agustín. Es una pena que se haya perdido este libro de
Cicerón.

4. 7. El Hortensio
Diecinueve años de edad. Agustín es un joven que goza, o sufre, de una indepen-
dencia, no económica, porque depende de la ayuda de su familia, sino moral. Estudia
elocuencia. Es un alumno sobresaliente, con un futuro académico brillante.
Pero en el campo de la moral está llegando al abismo. Vale decir una vez más que
no es tan pecador como afirman muchos. Pero, desde la perspectiva de un convertido y
ya obispo, describe su vida alejada totalmente de Dios y entregada al modo de vivir de
los jóvenes de su tiempo.
Pero, una vez más, Dios no lo deja de su mano. Se vale de “un tal Cicerón” para que
Agustín dé un vuelco a su vida. Cae en sus manos un libro titulado “El Hortensio”, lo
lee con avidez, reflexiona, piensa y decide.
Ha quedado “tocado” por el libro. Su lectura marcará un punto de inflexión en su
vida, un antes y un después. Encuentra en él una exhortación a la filosofía. Incluso, aun
siendo un pagano su autor, le movió a elevar preces a Dios.
Sus proyectos y aspiraciones serán otros. La frivolidad de su conducta dará paso a
la búsqueda incesante de la verdad. Ya no ocupará el primer lugar el estudio de la elo-
cuencia. “Comencé a levantarme para iniciar el retorno a ti”, dice textualmente.

4.8. Amor a la sabiduría


Comienza su retorno a Dios, fuente de la sabiduría, quiere saber qué hará Dios con
él. Entra en juego, no solo su mente, sino también su corazón.
En el “El Hortensio” aparecen recensiones de varios filósofos. Cicerón des-
enmascara a aquellos que se valen del encanto de sus palabras para seducir a incautos.
El libro es también una llamada a la prudencia y a la responsabilidad en la búsque-
da de la sabiduría. Agustín ve en esto una concordancia con lo que dice el Espíritu por
medio del apóstol en orden a no dejarse engañar con filosofías y vanas falacias (Cf. Col
2, 8ss).

115 Conf. 6, 5, 8

- 78 -
Confesiones, libro III

La lectura del “Hortensio” le estimulaba a buscar la sabiduría, no en cualquier secta


o escuela concreta, sino en sí misma, por ella misma.
Pero Agustín echaba en falta algo muy importante: No aparecía en ella el nombre
de Cristo, que había mamado junto con la leche de su madre y que mantenía fuertemen-
te grabado en su corazón. De ahí que el libro, a pesar de su valía, no le convencía del
todo.
__________________________
“Y comencé a levantarme para iniciar el retorno a ti”. Todo pecado es caída en
el camino del seguimiento de Jesús. Para muchos, caída y no levantada. Ni siquiera
levantan la mirada para otear el horizonte. Se miran sólo a sí mismos y a sus cosas.
Algunos de ellos -¿muchos? ¿pocos?- han perdido la esperanza porque no ven algo o
alguien en quién creer, a quién amar, en quién esperar.
Como el hijo de la parábola del evangelio, estos muchos o pocos crían cerdos, es
decir, viven en el fango del pecado y hasta se acomodan a él. Otros, ojalá que la
mayoría, acuciados por la añoranza de tiempos pasados, que fueron buenos, comien-
zan a sentir la necesidad de volver a la casa del Padre, al hogar de todos, donde se
está bien.
Al fin y al cabo, por muy profundo que sea el pozo en que han caído, mayor es el
alcance de la gracia, y mayor es también el amor y la misericordia del Padre que
espera. No se ha perdido la esperanza de ser acogido por los brazos amorosos del
Padre, y la fe, aunque débil quizás, es todavía una pequeña llama de fuego que no se
ha apagado.
Es suficiente. Y como Agustín, el que ha pecado comienza a levantarse para ini-
ciar el retorno a la casa de donde nunca debió irse. Arrepentimiento, decisión de
volver, confesión de su pecado, perdón y fiesta en el cielo y en el corazón de quien
ha regresado.
La lectura del “Hortensio” de Cicerón le abrió los ojos y le impulsó a buscar la
verdadera sabiduría. Empezó a buscar seriamente la Verdad.
El pecador -y todos somos pecadores- necesita ver y leer en los creyentes sig-
nos claros de fe firme y gozosa, gestos de amor generoso, como el de Jesús, y ac-
titudes plenas de esperanza. Y oración de unos por los otros.
Todos tenemos necesidad de comenzar a levantarnos e iniciar el retorno al Pa-
dre. Esto se llama y es conversión.

- ¿Soy, en lo que cabe, testigo de Jesús ante los demás? ¿Mi comportamiento,
mis palabras y actitudes han ayudado a otros a acercarse a Dios?
- ¿Qué hechos o acontecimientos a lo largo de mi vida han sido motivo u oca-
sión para crecer en mi fe en Cristo, que es amor?
San Agustín: “Dado que el pequeño irá a donde lo conduzca el mayor, es de desear
que el mayor marche por buen camino, no sea que siguiéndolo perezcan el pequeño y
el mayor”116.

116 S. 228, 1

- 79 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 5

Al no encontrar el nombre de Cristo en el “Hortensio” de Cicerón, se propone leer las Escri-


turas. Pensaba, además, que allí hallaría la sabiduría que tanto deseaba encontrar. Pero su
orgullo le impide abajarse para adentrarse en ellas.

5. 9. Lee las Escrituras


La decisión de dedicarse a la búsqueda de la sabiduría le llevó a leer las Escrituras
para ver cómo eran. Y encuentra que no son accesibles a los soberbios ni comprensibles
para los niños.
Reconoce que, de entrada, son sencillas, pero sublimes en su contenido. Pero él no
es capaz de abajarse para entrar en ellas. Su orgullo le impide acomodarse a sus pasos.
Considera que no tenían categoría ni altura en su estilo.
Su orgullo y su agudeza intelectual le impedían adentrarse en ellas. Era necesario
ser pequeño para ir creciendo en ellas, y él rechazaba hacerse pequeño. Su soberbia se
lo impedía.
__________________________

“Así pues, tomé la resolución de dedicarme al estudio de las Sagradas Escritu-


ras y a evaluar su contenido”. Nada mejor que la luz cuando se es débil y el ca-
mino, además de difícil, es oscuro. Porque oscuro es el camino de la fe, aunque se-
guro. Y difícil para todos, como lo advierte el mismo Jesús (Cf. Mt 7, 14).
Pero a quien lo sigue y camina por él, le ilumina una luz que no se apaga, que es
siempre vida: “Tu palabra es lámpara para mis pasos, luz en mi sendero” (Salmo 118,
105).
Más todavía, el mismo Cristo es la luz que alumbra a todo hombre, particular-
mente a quienes le siguen: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Él es la Palabra, “la luz ver-
dadera que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo” (Jn 1, 9).
Escudriñar la palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras, es tarea de
todo creyente. Tarea necesaria e ineludible.
En las dudas y también en las tristezas, en momentos de desolación y de gozo,
en la salud y en la enfermedad, en situaciones de desorientación y claridad en la
vida de fe, en la juventud, la madurez y la vejez…, el creyente encontrará siempre
en ellas luz, verdad y vida.
Son alimento y consuelo, son poder y fuerza, sustento y vigor de la Iglesia, fir-
meza de fe para todos, fuente perenne de vida espiritual117.

- ¿Leo y medito asiduamente la Biblia? ¿Estoy convencido de que es Dios


quien me habla a través de ella? ¿Qué pasajes o párrafos me han impac-
tado más? ¿Por qué?

117 Cf. DV 21

- 80 -
Confesiones, libro III

- ¿Cómo escucho la Palabra de Dios que se proclama en la celebración litúr-


gica, especialmente en la eucaristía dominical? ¿La acojo dentro de mí y
me dejo alimentar por ella? ¿La aplico a mi vida?
San Agustín: “Si nuestro pan es la palabra de Dios, sudemos oyendo para no mo-
rir ayunando”118.

118 En. in ps. 32, 2s, 2, 1

- 81 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 6

Cae en las redes de la secta maniquea. Busca la verdad y suspira por ella. Pero la Verdad,
Dios, no estaba allí. Como el hijo de la parábola, sufre hambre de un alimento superior, pero le
ofrecían promesas falsas que no satisfacían y verdades que eran mentira.

6. 10. ¡Verdad, Verdad!


Sigue buscando “dando palos a ciegas”. Y cae en manos de unos charlatanes que
utilizaban el nombre de Cristo y del Espíritu Santo para atraer a incautos. Eran sólo
sonidos articulados, palabras sin sentido.
Pregonaban la verdad, pero en su corazón no había verdad. Todo era falso en ellos.
Y además, orgullosos y carnales. Dice todo esto siendo ya obispo y reconoce, arrepen-
tido, que tuvo que haber dejado de lado ciertas proposiciones de los filósofos, aunque se
atenían a la verdad, por amor a Dios, Bien sumo, Belleza de todas las bellezas.
En los libros que le presentaban, no encontraba a Dios, sino las cosas que Él había
creado. Pero eran cosas corpóreas, como el sol, la luna, etc., no las espirituales, que son
más importantes. Pero por encima de todo, seguía teniendo hambre del mismo Dios.
Los maniqueos consideraban el sol y la luna como emanaciones o reflejos de la di-
vinidad, pero el santo dice que hubiera sido preferible amar al sol en cuanto tal, sin ver
en él ficciones raras y sin sentido.
Pero seguía engañado. Pensaba que en “tales vasijas” le ofrecían el Dios verdadero.
Se alimentaba de estas ficciones, pero quedaba siempre exhausto y hambriento.
Los que sueñan con alimentos no se nutren de ellos. Esos mismos alimentos sí nu-
tren a los que están despiertos. Los alimentos que le ofrecían eran falsos. No podían
alimentar su espíritu aunque estuviera despierto. Eran fantasías corpóreas, no la Ver-
dad.
Son reales y existen los cuerpos corpóreos (el sol, la luna y todo lo creado). No lo
son lo que, según los maniqueos, representan. Son fantasías sin entidad alguna. De
todo esto se alimentaba el joven Agustín, pero quedaba siempre con hambre de más.
Dios, aunque no es ningún ente corpóreo, es más real que todo lo que existe, ya que
es el creador de todas las cosas.
Él es la vida de las almas, la vida de las vidas, que vive por sí mismo sin experimen-
tar cambio alguno.

6. 11. “Más íntimo que mi misma intimidad”


Se compara al hijo pródigo de la parábola. Como él, vivía alejado de la casa paterna,
Dios, y no se alimentaba ni con las bellotas que comían los cerdos.
Apreciaba y valoraba las fábulas y mitos de los literatos y poetas. No se identificaba
con lo que narraban, sino con el lenguaje y forma con que estaban escritos.
Estos mitos y fábulas tenían mayor interés que los “cinco elementos” que presenta-
ban los maniqueos y que luchaban contra las “cinco cavernas”119 tenebrosas. Todo esto
es falso y acarrea la muerte a quien cree en ellos.

119 El reino de las tinieblas o del mal estaba formado por cinco departamentos o cavernas con sus
correspondientes cinco elementos: el humo, las tinieblas, el fuego malo, el agua cenagosa y el
viento impetuoso. Dios envió a su Hijo a defender la tierra de la luz contra el príncipe de las

- 82 -
Confesiones, libro III

Agustín, ya obispo, reconoce que, al creer en todo ello, se rebajó hasta lo más pro-
fundo. Buscaba la verdad, pero lo hacía siguiendo derroteros que lo alejaban de ella.
Se alejaba de Dios, pero Dios era más íntimo a él que su misma intimidad, y más al-
to que lo más alto de él.
Alude ahora a la mujer que aparece en el libro de los Proverbios (Cf. Pr 9, 13, 17),
doña Locura, que, sentada a la puerta de su casa, invita a los transeúntes a comer cier-
tos alimentos ocultos (alusión a la falta de la verdad) y a beber el agua robada (en el
maniqueísmo y no en la Iglesia).
Cayó en las redes de la secta porque andaba fuera de sí mismo, disperso en lo que
no es. Buscaba en la exterioridad y no dentro de sí.
__________________________

“¡Ay Verdad, Verdad! ¡Cuán íntimamente suspiraban por ti en aquel entonces


las fibras más íntimas de mi corazón!”. Dice el diccionario de la RAE que suspirar
es querer algo o a alguien intensamente. La fuerza está, como no podía ser menos,
en el adverbio. Es o significa, no solamente ambicionar algo o aspirar a algo que se
considera bueno, sino desear ardientemente, desde el corazón, el bien mejor.
El bien deseado, por encima de todo bien, es Dios, la Verdad en sí, única y total,
que satisface plenamente las aspiraciones más nobles y vitales del hombre, que
calma el corazón inquieto siempre en búsqueda, y es descanso para quien la alcanza.
Es la fuente de la vida, el amor de todo amor, la paz que llena y calma, la felici-
dad para todos, la belleza sin tacha alguna, Dios vivo, Padre bueno lleno de ternura.
La Verdad es Cristo, él lo dijo, y el único camino para llegar al Padre (Cf. Jn 14, 6).
Y la Verdad es el Espíritu Santo, porque él nos recuerda y enseña todo (Cf. Ib 14,
26).
Suspirar por la Verdad es orar desde las fibras más íntimas del corazón. Qui-
zás, la oración más hermosa, la más sentida, la más necesaria.

- ¿Es Dios mi suprema aspiración, o dirijo mi atención y mis deseos más in-
tensos a las cosas o personas que creo me puedan satisfacer?
- ¿Busco la Verdad, Dios, como la buscaba Agustín, hasta encontrarla, y,
una vez hallada, sigo buscándola con más ardor para enriquecer mi fe y
reafirmar mi amor a Ella?
He aquí una oración muy hermosa de san Agustín, que lo dice todo: “¡Oh Ver-
dad, luz de mi corazón, que no me hablen mis tinieblas! He ido deslizándome en es-
tas realidades de aquí y me he quedado a oscuras. Pero incluso desde ellas, sí, desde
ellas, te he amado intensamente. Anduve descarriado y me acordé de ti. Detrás de mí
oí tu voz que me gritaba que volviese, pero apenas pude percibirla debido al alboroto
de los que no poseen la paz. Y ahora, mira, vuelvo sediento y anhelante a tu fuente.
Que nadie me corte el paso. Voy a beber en ella. Que no sea yo mi propia vida”120.

tinieblas. Sus armas eran cinco elementos buenos: el aire, la luz, el fuego purificador, el agua y
el viento benéfico.
120 Conf. 12, 10, 10

- 83 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 7

No sólo le ofrecían los maniqueos mentiras y promesas falsas en platos finos, sino que ade-
más criticaban la conducta o comportamiento de muchos personajes del Antiguo Testamento y
cuestionaban el juicio de Dios acerca de las costumbres y prácticas de tales personajes.

7. 12. Preguntas sin respuestas


Sin un conocimiento firme de la única y verdadera realidad, Dios, estaba a merced
de los maniqueos, quienes, como engañabobos, le formulaban preguntas que él no po-
día responder.
¿Qué podía saber él sobre el origen del mal, la naturaleza de Dios y la moralidad de
los justos del Antiguo Testamento?121
Ignoraba el joven Agustín que el mal es simplemente privación del bien hasta
desembocar en la privación absoluta del ser o la nada.
Nada de esto podía saber ya que su inteligencia tenía como objeto sólo lo corpóreo
y su mente estaba llena de fantasmas e imaginaciones.
Desconocía también la realidad o sustancia de Dios, que es espíritu, sin masa corpó-
rea alguna y que, por tanto, está todo en todas partes. No tenía además ni la más remo-
ta idea del hombre en cuanto imagen y semejanza de Dios.

7. 13. Justicia interior. Moralidad de los patriarcas


No son las costumbres las que hacen la ley, sino que es ésta la que regula las cos-
tumbres y se acomoda a las distintas épocas y lugares.
Agustín, joven, desconocía la verdadera justicia interior, que no juzga según crite-
rios humanos y cambiantes, sino según la ley que emana de Dios, a la que deben aco-
modarse las costumbres de los pueblos y de las diferentes épocas.
Esta ley de Dios es inmutable e idéntica siempre y en todas partes. De ahí que fue-
ron justos ante Dios Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, David, etc., cuya moralidad era
criticada duramente por los maniqueos.
Agustín, ya obispo, dice que tales críticas eran debidas a la ignorancia. O también a
que los maniqueos juzgaban según criterios humanos, puesto que ellos se constituían
en modelo y ejemplo a quien imitar.
A continuación trae a colación varios ejemplos muy claros y suficientemente expre-
sivos, para probar que las críticas de los maniqueos son fruto de la ignorancia.
Hay también quienes se indignan -entiéndase aquí también a los maniqueos- por-
que, en su opinión lo que era lícito en su tiempo a los patriarcas no lo es ahora. Se dis-
gustan también porque han variado los mandamientos de Dios, siendo así que son dic-
tados por la misma justicia divina.
Son los tiempos los que cambian, no la ley, y ésta regula la moralidad de los hom-
bres ateniéndose a los tiempos, épocas y lugares. La justicia de Dios es idéntica en to-
dos los lugares e inalterables en las diferentes épocas.

121 Los maniqueos rechazaban el Antiguo Testamento, criticaban la conducta de los patriarcas
porque, entre otras cosas, practicaban la poligamia, sacrificaban animales, etc. Su religión, se-
gún ellos, era más pura y más espiritual. Superior, por tanto, a la de los católicos.

- 84 -
Confesiones, libro III

Los hombres, limitados en el tiempo, no pueden comprender bien las causas que en-
traban en juego en siglos pasados y en la vida de los distintos pueblos. No se puede,
por tanto, juzgar lo que ocurrió en siglos pasados con criterios del momento.

7. 14. La ley es una, los preceptos pueden ser muchos


Visto todo lo anterior, una cosa es lo que pensaba y creía Agustín joven y otra el
juicio que emite siendo ya obispo.
Confiesa, por tanto, que cuando estaba en manos de los maniqueos no tenía cono-
cimiento cabal del alcance de las afirmaciones de la secta. Admitía los juicios negativos
que formulaban acerca de la ley divina y la justicia interior.
Y presenta un ejemplo de cuando era estudiante de retórica: La ley o norma de la
métrica, siendo una, no podía aplicarse por igual en todos y cada uno de los poemas.
Debía utilizarse el pie métrico que requiriera el verso. (En términos poéticos diríamos
hoy: son distintas las medidas métricas, siendo una la norma, en el soneto, el romance,
la décima, el cuarteto…).
No sabía Agustín que, si esto ocurre con la norma de la métrica en la formación
rítmica de la poesía, se da mucho más y mejor con la justicia divina. En ella están con-
juntados todos los preceptos de la ley de Dios.
La ley es una, pero los preceptos pueden ser muchos y variados, a tenor de los
tiempos, lugares y circunstancias diferentes.
Pero, como ignoraba todo esto, criticaba él también la conducta de los patriarcas,
quienes, viviendo como Dios lo permitía o autorizaba, anunciaron el futuro como Dios
se lo revelaba.
__________________________

“Al desviarme de la verdad, me creía ir al encuentro de ella”. Quien se des-


vía de la Verdad, que es Dios, busca equivocadamente fuentes de felicidad por
otros caminos. Busca algo o alguien que pueda satisfacer sus deseos y aspiraciones.
Todo hombre quiere ser feliz122, todos quieren ir a su encuentro, pero no siempre
la hallan.
El camino de la Verdad es solamente uno, y es caminando por él como se puede
llegar a la única fuente de la felicidad plena. Y la felicidad es Dios123, viene a decir
el santo. Las criaturas, es decir, todo lo que no es Dios, pueden proporcionar mo-
mentos de gozo y placer, pero, aunque sean muy agradables, legítimos y necesarios,
serán siempre pasajeros y efímeros.
No ha habido en la tierra hombres y mujeres más felices que los santos. Es fá-
cil comprobarlo leyendo sus vidas. Muchos de ellos sufrieron persecuciones y aun el
martirio, pero no perdían la paz del corazón e iban contentos y felices a la muerte.
Eran admirados y perseguidos, pero estaban cimentados en la Verdad, como en ro-
ca firme, y rebosaban de paz en el corazón.
Un río llevará agua y dará vida allí por donde corre en tanto en cuanto esté
conectado a la fuente donde mana. Su “verdad” está en la fuente de la que no se

122 Cf. De mor. Eccl. cath. 1,3,4


123 Cf. Ib 1, 6, 9

- 85 -
Nacido para amar

puede separar. Así la vida de todo cristiano: Será feliz en tanto en cuanto esté
conectado con la Verdad, Dios, y lo será también porque, desde la Verdad, hace
felices a los otros.

- ¿Por qué será que a veces me empeño en buscar lo que más ansío y necesito
-la Verdad y la Felicidad- por derroteros que a nada conducen? ¿Qué sig-
nifica para mí que Jesús sea el Camino, el único, y también la Verdad, y
la Vida para todos?
- ¿Qué más y mejor puedo desear? ¿Soy consciente de que lo que deseo y ne-
cesito, Dios, lo tengo al alcance de la mano, o dentro de mí mismo, ya que
como dice san Agustín, “en el hombre interior habita la verdad?”124.
San Agustín: “Cuando el hombre vive según la verdad, no vive según él mismo,
sino según Dios, pues es Dios quien dijo: "Yo soy la verdad". Pero cuando vive según
él mismo, según el hombre, no según Dios, vive según la mentira” 125. “Sólo la verdad
vence. La victoria de la verdad es el amor”126.

CAPÍTULO 8

En su defensa de la moralidad de los patriarcas del Antiguo Testamento, Agustín presenta


una gama de pecados, causas y sus condicionamientos. Sólo Dios es fuente de moralidad. Sólo
volviendo a él por el camino de la humildad se alcanza la purificación y la justicia.

8. 15. Diversas clases de pecados


De manera implícita, pero suficientemente clara, Agustín identifica la justicia inte-
rior, de la que habla más arriba, con el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. A
continuación se refiere a varias clases de pecado:
Pecados contra natura, como la sodomía. Estos pecados, que él llama torpes, deben
ser aborrecidos y castigados. Aunque todo el mundo incurriera en esta clase de vicios,
no por ello quedarían libres de culpa ante la ley divina. Dios es autor de la naturaleza y
la quiere limpia de esta clase de aberraciones.
Pecados contra las costumbres humanas. Como hay diversidad de costumbres según
países y ciudades, deben evitarse aquellos delitos que atenten contra las normas vigen-
tes en el lugar donde vive el hombre. Debe regir en este punto un sano pluralismo y el
respeto a las instituciones propias del lugar.
Pero, sobre todo, hay que obedecer a Dios cuando ordena o manda algo en contra o
al margen de tales costumbres. Se debe a Dios una obediencia firme y sin vacilaciones,
por encima de cualquier otra autoridad.

8. 16. Apetito de dominar, ver y sentir


Pecados contra el prójimo: afrentas o injurias, deseo de venganza, rapiña o hurtos,
envidia, gozar con el mal ajeno, etc.

124 De ver. rel. 39, 72


125 De civ. Dei 14, 4, 1
126 S. 358, 1

- 86 -
Confesiones, libro III

Todos estos pecados brotan de la concupiscencia de dominar, ver y sentir. Originan


una vida desordenada, contraria totalmente a lo ordenado en los diez mandamientos de
la ley de Dios.
Dios, por ser incorruptible, no queda afectado o dañado por ningún pecado. Si Dios
castiga por alguno de estos pecados, lo hace porque tiene en cuenta el daño que se ha-
cen los hombres a sí mismos y entre sí.
Son también reos de culpa quienes se rebelan contra Dios, o lo injurian de pensa-
miento o de palabra. Y también quienes atentan contra la convivencia humana, estable-
ciendo otros vínculos y rompiéndolos a su capricho.
Todos esto ocurre cuando se margina a Dios, fuente de la vida, y se opta por lo que
es una parte y no el todo.
A Dios se vuelve y se llega por medio de la humildad. Entonces quedan purificadas
las malas costumbres, porque Él escucha y acoge a quienes se arrepienten de sus peca-
dos.
Para ello hay que desechar la idea de una falsa libertad que lleva a desear tener más
o a tener miedo a perderlo todo, amando un bien particular y caduco, por encima del
amor a Dios, autor de todo bien.
__________________________

“La piedad humilde hace que retornemos a ti”. Si Dios se revela a los humildes
y sencillos (Cf. Lc 10, 21), la humildad y la sencillez son los medios más adecuados
para llegar a él. Quien se ha apartado de él por el pecado, puede retornar a él
siempre si camina por la vía de la humildad. Es la actitud que tomó el hijo pródigo
de la parábola. Y le fue bien.
Y fue también el camino que eligió el Hijo de Dios para venir y vivir con noso-
tros: “Se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a
los hombres..., se humilló a sí mismo, fue obediente hasta la muerte y una muerte
de cruz” (Fil 2, 7-8). Los dos, Cristo y el hombre, tienen que encontrarse en el
mismo camino.
Pero el soberbio va por otros derroteros, se aleja de los demás y se encierra en
sí mismo. La soberbia es cerrazón. El soberbio se constituye en el centro de todo,
se mira sólo a sí mismo para encontrarse con el vacío o la nada. O mira para otro
lado, o, mejor, mira siempre para abajo porque él, dice, está por encima de todo.
El humilde, no. La humildad es apertura, es mirada limpia y acogedora, es acti-
tud de vida sencilla, abierta siempre al otro, Dios, y a los otros. Su centro de gra-
vedad no es él, sino Dios. Él es también quicio de su vida, el único sostén, su funda-
mento y su razón de ser. Si peca, levanta la vista y mira, añorando la casa paterna,
porque sabe que el Padre le espera con los brazos abiertos. Y, como al hijo pródigo,
regresa y también le va bien.

- ¿Cómo puedo ir eliminando los brotes de soberbia que a veces nacen en mí?
- ¿Por qué la humildad y la vida sencilla me facilitan el encuentro con Dios
y con los hermanos?

- 87 -
Nacido para amar

Y un consejo de san Agustín: “Camina por la senda de la humildad si quieres


llegar a la eternidad. Cristo, en cuanto Dios, es tu destino. Cristo, en cuanto hombre,
es tu camino. Vete a él, pero por él”127.

CAPÍTULO 9

La moralidad del pecado dependerá de sus motivaciones. No es pecado, por tanto, toda ac-
ción objetivamente mala. Y habrá acciones malas en opinión de los hombres y que serán buenas
a los ojos de Dios.

9. 17. ¿Dónde está el pecado?


También caen en ciertos pecados los que van avanzando en el camino espiritual.
Los hombres de buen juicio critican tales pecados, pero tienen en cuenta un aspecto
positivo, ya que perciben en ellos ciertas señales de esperanza.
Lo compara con el trigo verde de los campos, frágil y débil, pero siempre en creci-
miento.
Pero hay acciones que parecen pecados, pero no lo son, porque ni ofenden a Dios ni
dañan la convivencia entre los seres humanos. Ocurre esto cuando se procuran ciertos
bienes muy útiles para la vida en determinadas circunstancias. Por ejemplo, trabajar
para conseguir dinero, bienes, etc.
Lo anterior no será pecado si no está motivado sólo por el apetito de poseer. O
cuando castiga quien tiene el poder, a no ser que se haga sólo por el placer de causar un
daño al otro.
Tales hechos pueden parecer reprobables según el parecer de los hombres, pero no
según el juicio de Dios. Y, al contrario, puede haber acciones elogiadas por los hom-
bres, pero condenadas por Dios.
Se debe cumplir siempre lo que Dios manda, aunque sea inusitado e imprevisto, o si
prohíbe algo que un tiempo lo había permitido. Y también, aunque se desconozcan las
razones o motivos de tal mandato o prohibición, o estuviera en contra de ciertos acuer-
dos entre los hombres.
La sociedad que es justa y sirve a Dios, debe acatar siempre lo que Dios manda o
prohíbe. Serán dichosos quienes sean sabedores de ello. Así sirven a Dios, porque lo
requiere el momento o para anunciar lo por venir128.
__________________________

“Pero al lado de los vicios personales […] se hallan los pecados de los que
avanzan por el camino recto”. Dada la condición humana, frágil y débil, nadie es
impecable. También los santos pecan. “El que esté sin pecado, que le tire la primera
piedra” (Jn 8, 7), les dijo Jesús. Y se marcharon todos. Todos hubiéramos hecho lo
mismo.
Queremos seguir a Cristo con fidelidad, procuramos utilizar los medios que
Dios ha puesto en nuestras manos, deseamos perseverar en el bien obrar,

127 S. 123, 3, 3
128 Posible alusión al comportamiento de los patriarcas del Antiguo Testamento, a quienes, según
los maniqueos, Dios permitía ciertos usos y costumbres, que mucho después había prohibido.

- 88 -
Confesiones, libro III

intentamos mantenernos firmes en nuestra fe, solícitos en el amor, pero


tropezamos y caemos.
Todo pecado es caída, porque el tropezón, que es la tentación, nos ha sorpren-
dido en un momento de debilidad o distraídos, y ha podido con nosotros. Siete ve-
ces al día peca el justo, dice el libro de los Proverbios (24, 16), es decir, con fre-
cuencia. Pero no por eso deja de ser justo y santo, porque se levantará y seguirá
caminando (Cf. Ib.). El malvado, no. Cae y no se levanta, sigue con su pecado.
Preciso es armarse con las armas de la luz y de la fe, fijar los ojos en la cruz y
en quien la carga, Jesús, orar en los momentos de cansancio o desánimo que nunca
faltan, sentir la compañía de otros hermanos, débiles también, pero fuertes en la
misma fe, alimentarse frecuentemente con la eucaristía que es el pan de los fuer-
tes, confiar siempre en quien todo lo puede, y levantarse siempre que se ha caído
con ánimo renovado y caminar. Y no olvidar que Cristo es el Camino y también com-
pañero de camino. Es la garantía.

- ¿Qué medios utilizo para no caer en el pecado? ¿Es suficiente mi esfuerzo


personal? ¿Por qué?
- ¿En qué clase de caídas o pecados se nota más mi debilidad humana y es-
piritual?
San Agustín: “¿Qué orgullo podrá curarse si con la humildad del Hijo de Dios no
se cura? ¿Qué avaricia podrá curarse si con la pobreza del Hijo de Dios no se cura?
¿Qué iracundia podrá curarse si con la paciencia del Hijo de Dios no se cura? ¿Qué
impiedad podrá curarse si con la caridad del Hijo de Dios no se cura?” 129.

CAPÍTULO 10

Alude a ciertas prácticas aberrantes sostenidas por los maniqueos. No logró en un primer
momento sustraerse a ellas.

10. 18. Crítica a sí mismo


Si hasta ahora, siendo ya obispo, ha criticado a los maniqueos por no entender ellos
el modo de actuar de Dios en relación con los patriarcas, ahora se critica a sí mismo en
relación con su vida joven “maniquea”.
Se burlaba entonces, desde su ignorancia, de los patriarcas y profetas santos. Dios
se reiría de su propia estupidez. Por esta ignorancia y estupidez iba cayendo en una
serie de extravagancias tan aberrantes, como llegar a creer que el higo y la higuera
lloran lágrimas de leche, si a ésta se le arranca el fruto.
Alude a otra extravagancia mucho más aberrante. Si un maniqueo de los “elegidos”
o “santos” comiera ese higo arrancado del árbol no por sí mismo sino por manos ajenas,
saldrían de él partículas de Dios y bocanadas de ángeles, juntamente con los eructos y
gemidos emitidos durante la oración130.

129 De ag. christ. 11, 12


130 Los maniqueos afirmaban que en todas las cosas hay partículas o porciones de la sustancia divi-
na, “conquistadas” por los príncipes de las tinieblas en su lucha con los príncipes de la luz. Estas
partículas deben ser liberadas, para evitar que perezcan con la materia Esta liberación se podía

- 89 -
Nacido para amar

De ahí que se debía tener una mayor sensibilidad en relación con los frutos de la
tierra que con los seres humanos. Se consideraba un crimen digno de muerte dar de
comer uno de estos frutos a un no maniqueo.
__________________________

“Sin tener conciencia de estos extremos, yo me burlaba de aquellos tus sier-


vos y profetas santos”. No se suele mencionar la burla como pecado en los catecis-
mos o manuales de moral.
Pero sí lo es, porque quien se burla quebranta la virtud de la caridad, se ríe de
lo más sagrado, se mofa de los defectos que cree ver en el otro, ridiculiza el com-
portamiento del hermano, hace chanza de la verdad y se regodea con los fallos y
pecados que en la Iglesia se cometen.
No ataca de frente. Si lo hiciera, el buen cristiano respondería presentando la
otra mejilla. Lo hace por la espalda, cobardemente. Se burlan sólo los necios y los
cobardes. Necios, porque no disponen de argumentos sólidos en qué basar su opi-
nión o modo de pensar. Cobardes, porque no suelen dar la cara o se cubren las es-
paldas con otros necios, o cuando nadie les puede rebatir.
Se burlan a veces de lo más sagrado: personas, celebraciones, instituciones,
etc. No son capaces de ofrecer opiniones o afirmaciones contrarias con razones de
peso -muchos lo hacen, ellos ¿por qué no?-, en busca de la verdad o de una mayor
claridad en lo que se piensa, se dice o se hace. Dice Agustín que, al obrar así, “se
precipitan en el abismo más profundo”. Sólo porque quien se burla falta gravemente
a la caridad.

- ¿Me burlo a veces, llamando beatos o beatas o con otros nombres despecti-
vos, a quienes son asiduos a la iglesia y pasan largos ratos en ella?
- ¿Me fijo sobre todo en los defectos, y no en las cualidades o virtudes, de
quienes son cristianos practicantes y comprometidos en el servicio a Dios y
a los demás?
- ¿Sé someter a juicio, a la luz del evangelio, mi modo de ser y de obrar?
San Agustín, refiriéndose a las palabras de la Biblia “el que desprecia lo pequeño,
poco a poco caerá” (Eclo 19, 1), dice: “¡Voy muy deprisa, no puedo detenerme en am-
plias explicaciones sobre esta máxima sapientísima; pero, si fuera éste mi propósito,
mostraría la grandeza y profundidad de estos misterios, que son la burla de hombres
tan necios como sacrílegos, que no caen poco a poco, sino que con toda rapidez se
precipitan en el abismo más profundo”.

CAPÍTULO 11

Mónica no ceja en su empeño de trabajar insistentemente por la conversión de su hijo. Tiene


un sueño que la consolará. El joven Agustín pretende interpretarlo de manera equivocada, pero
ella le convence del verdadero significado del sueño.

hacer entre otros modos, en el estómago de los “elegidos”, que después, en el proceso de la di-
gestión, eran desprendidas o exhaladas al exterior.

- 90 -
Confesiones, libro III

11. 19. El sueño de Mónica


A pesar de todo, Dios no lo deja de lado. Su madre, Mónica, será el instrumento o
el medio adecuado para ir atrayéndolo a la fe, aunque fuera muy poco a poco.
Ella oraba incesantemente por él y lloraba mucho más de lo que lloran las madres
por la muerte de alguno de sus hijos. Su corazón de madre cristiana le decía que su hijo
caminaba hacia la muerte espiritual.
El Señor atendía sus ruegos y se compadecía de sus lágrimas. Prueba de ello es que
Mónica soñó que su hijo se situaba sobre una regla de madera y que el hijo se colocaba
en el mismo nivel que ella.
Agustín volvió a la casa, comía con Mónica y compartía el hogar familiar, después
de haberle negado ella anteriormente todo esto por el horror que le causaban los erro-
res de los maniqueos en que había caído de Agustín.
Relato del sueño de Mónica. Reconoce Agustín que Dios atiende los ruegos de
quienes le suplican y que tiene cuidado de cada uno de nosotros.

11. 20. Interpretación del sueño


El joven Agustín quiso persuadir a su madre que, según el sueño, ella sería con el
tiempo lo que él era en el presente. Pero la madre le rebate diciendo que era él quien se
pondría en el mismo nivel que ella. Es decir, que algún día recuperaría la fe cristiana
que había abandonado.
Quedó profundamente impresionado Agustín por la respuesta de su madre, inspira-
da sin duda por el Señor. Elogia la viveza de la madre al interpretar correctamente lo
que vio, y que él no había sido capaz de ver.
Mónica quedó en ese momento profundamente consolada y sabedora de que se lle-
naría de gozo el día, todavía lejano, en que su hijo regresaría al buen camino.
Nueve años trascurrirían todavía, durante los cuales el joven Agustín seguiría atra-
pado por los errores de la secta maniquea. Entre tanto, su santa madre vivía en espe-
ranza y, al mismo tiempo, entregada a la oración constante por su hijo y derramando
lágrimas por él.
__________________________

“Y tú la escuchaste, Señor. La escuchaste y no mostraste desdén por sus lá-


grimas, que profusamente regaban la tierra allí donde hacía oración”. Se refiere
a Mónica, su madre, que oraba incesantemente por su conversión y derramaba
abundantes lágrimas por el hijo extraviado.
No reza ni llora por ella misma. Lo hace por su hijo. Y no para que tenga salud,
éxito en los estudios, un futuro próspero. Nada de eso. Reza y llora para que vuelva
a la casa del Padre, para que recupere la fe, abandone el pecado y se convierta.
Reza mucho y llora siempre. Y Dios escuchó sus súplicas. ¿Cómo no va a escuchar
las súplicas de una madre que ora y llora de esa manera?
La oración de una madre llega a lo más alto. O mejor, Dios se “abaja” a ella para
acoger su súplica. Como se acercó Jesús lleno de compasión, llorando quizás tam-
bién, a la madre viuda de Naín, cuando llevaban a enterrar el cadáver de su hijo
(Cf. Lc 11, 7-15). Y su hijo volvió a la vida. Como acogió Jesús la súplica de su madre
en las bodas de Caná, y siguió la fiesta.

- 91 -
Nacido para amar

Y si a la oración de la madre se une el padre, su eficacia será mayor, porque


“donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,
20). Y la palabra de Cristo no falla. Cumple lo que promete y, si él está en medio, se
une a la súplica de los dos. Y ¿quién mejor mediador ante el Padre que el Hijo?

- ¿Rezo regularmente por mis hijos o me limito sólo a darles buenos conse-
jos? ¿Y si a pesar de todo, siguen desviados del buen camino, me quejo de
Dios y le culpo por no oír me?
- ¿Persisto y persevero en la oración por ellos, aunque no vea el fruto que
espero? ¿Pongo toda mi confianza en el Señor sabiendo que Él escucha y
acoge mis ruegos?
San Agustín: “No desfallezcamos en la oración. Lo que ha de conceder, Dios no
lo niega, aunque difiera. Estando seguros de la promesa, no desfallezcamos en la ora-
ción, pues también esto es igualmente don suyo” 131.

CAPÍTULO 12

Mónica vivió otro episodio que le ayudó a reafirmar su esperanza y la llenó de consuelo.

12. 21. Es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas


La madre acude a un obispo para pedirle que hable con hijo. El obispo no accede,
pues Agustín es un joven rebelde, rehúye todo consejo y prefiere seguir en sus ideas
maniqueas.
Su único consejo es que siga orando. El joven reconocerá con el tiempo sus errores.
Y el obispo le contó su experiencia personal, muy parecida a la de Agustín.
Mónica no queda tranquila. Insiste y sigue llorando “a lágrima viva”. Entonces, el
obispo, pronuncia unas palabras que la serenan del todo. Le dice: “Es imposible que se
pierda el hijo de tantas lágrimas”.
__________________________

“Es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. Y quedó consolada Mó-
nica con estas palabras. Las pronunció un obispo a quien ella había acudido en busca
de luz y consuelo. Y no solamente consolada, sino también segura de que no se per-
dería su hijo.
De ahí, según parece, procede la advocación “Virgen de la Consolación” con que
es venerada y muy querida la Virgen en la Orden Agustiniana. Como consuelo de los
afligidos es invocada también en las letanías del rosario. Es, sin duda, una de las
advocaciones marianas más entrañables.
Pero todos los creyentes estamos llamados a ejercer en nuestro mundo este
ministerio de la consolación. Es, sin duda, una tarea pastoral muy evangélica. La
practicó en multitud de ocasiones el mismo Jesús. Más todavía, era algo consustan-
cial a él, porque a eso vino (Cf. Lc 4, 16-19).

131 En. in ps. 65, 24

- 92 -
Confesiones, libro III

Y es tarea también de todos los seguidores de Jesús. Son muchos los males que
aquejan siempre a la humanidad: enfermedades y momentos de depresión, soledad,
falta de amor, abandono familiar, hambre, fracasos por diversos motivos…, y mil
más. Encontramos personas que sufren muy cerca de nosotros y necesitan cariño,
comprensión, cercanía y consuelo.
Este es un campo abierto muy amplio donde los cristianos podemos y debemos
saber consolar con amor, como Jesús, como María, como lo han hecho muchísimos
cristianos, canonizados o no, a través de los tiempos.
Es muy hermoso el siguiente párrafo de la Segunda Carta a los Corintios. Dice
así: “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las miseri-
cordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra
hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante
el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios!” (2 Cor 1, 3-4).

- ¿Acudo siempre que sea necesario a María en busca de consuelo? ¿Me he


sentido consolado por ella?
- ¿Desempeño el ministerio de la consolación con quienes están tristes, abati-
dos o deprimidos?
San Agustín: “¿Y qué es la misericordia sino cierta compasión de nuestro corazón
por la miseria ajena, que nos tuerza a socorrerle si está en nuestra mano?”132. “El llan-
to lleva consigo la tristeza, pero hay llanto que lleva consigo el gozo”133.

132 De civ. Dei 9, 5


133 En. in ps. 101, 2

- 93 -
LIBRO IV

Agustín ha cumplido ya los dieciocho años de edad. Ha caído en las redes de la secta
maniquea y en ella permanecerá hasta los veintisiete. Se ha convertido de engañado a
engañador.
Todo el libro cuarto de las Confesiones habla de esta experiencia que ha vivido a lo
largo de nueve años.
Su adhesión a los maniqueos le ayuda a moderar sus apetencias desordenadas. Por
otra parte, su búsqueda de la verdad y del amor no le impulsa a dirigir su atención a
Dios.
Deja de ser estudiante y ejerce de profesor. Primero en Tagaste, su pueblo, como en-
señante de gramática. Después, en Cartago, donde ocupará la cátedra de retórica.
Vive también una experiencia nueva: se une a una mujer, de quien desconocemos su
nombre, a la que permanecerá fiel. La muerte de un amigo le parte el alma.
Pero Dios no lo deja tranquilo. Le sigue acosando y en más de un momento se senti-
rá “perseguido” por él.
Al final del libro dirige a Dios una oración llena de confianza y esperanza.
CAPÍTULO 1

Nueve años será el tiempo en que Agustín pertenecerá a la secta maniquea. Además de ser
un maniqueo más, ejercía como tal. Es decir, se dedicará de lleno a ganar prosélitos para la
secta. El joven Agustín no conocía los términos medios. Ya obispo reconoce que él y sus correli-
gionarios eran orgullosos, supersticiosos y vacíos.

1. 1. Convertido y propagandista
La conversión de Agustín al maniqueísmo fue sincera y por entero. De ahí que
asumiera con total convicción la tarea de propagar su nueva fe. Fue seducido y seduc-
tor, engañado y engañador.
Él y sus correligionarios hacían su labor públicamente con el ejercicio de la ense-
ñanza de las artes liberales134, y también a escondidas, captando secuaces para una sec-
ta que no merecía el nombre de religión.
Orgullosos los primeros, por considerarse muy cultos; y supersticiosos los segun-
dos. Pero todos, vacíos y vanos porque se mantenían al margen de toda verdad.
Que los enseñantes eran orgullosos lo prueba el hecho que en todas las actividades
culturales buscaban por encima de todo la admiración y el aplauso del pueblo. Busca-
ban incluso la aprobación de sus frivolidades e intemperancias.
Todos ellos llevaban alimentos a los “electos” o “santos” maniqueos para que fabri-
caran en sus estómagos ángeles y dioses con el fin de ser purificados de tales inmundi-
cias135.
Es consciente Agustín de que, quienes leyeren todo lo anterior, podrán burlarse de
él. Pero lo podrán hacer sólo los arrogantes, los que todavía no han sido derribados y
humillados por Dios que sólo busca su salvación.
Sin Dios, él viene a ser un guía de sí mismo que lo lleva al precipicio. Pero si las co-
sas le salen bien es porque se alimenta del alimento incorruptible, que es el mismo
Dios.
__________________________

“En este período de nueve años ejercimos el doble oficio de seducidos y seduc-
tores, de engañados y de engañadores”. Suele suceder. Mejor dicho, ocurre con
frecuencia. Quien ha sido seducido por el pecado (alejamiento de Dios, abandono
de la Iglesia, pérdida de la fe, placeres pecaminosos, indiferencia religiosa, ambi-
ción, etc.) tiende a seducir a otros para atraerlos a su campo y caer en el mismo
pecado.
Fueron seducidos por el brillo del oro, por el dios poder, por una vida fácil,
amoral y “libre”, dicen ellos, de cualquier atadura o sujeción, por los placeres de la
carne sin el espíritu bueno que la anima, por influencias extrañas y la palabrería de

134 Cf Conf 4, 16, 30


135 Cf Ib. 3, 10, 18
Nacido para amar

quienes nada dicen aunque hablen mucho -le ocurrió al joven Agustín-136, por los
malos ejemplos de aquellos que consideraban buenos…
Muchos de ellos suelen hacer públicamente alarde de su agnosticismo, de sus
devaneos y conquistas amorosas, del nivel de vida en que se mueven con el dinero
fácil, de su “libertad conquistada” y de tener amigos poderosos. A la larga, están
vacíos de lo más valioso que puede poseer el hombre: su interior, en el que habita la
Verdad, Dios.
Son engañadores y engañados. Y seducen a otros, porque son débiles en la fe,
cumplidores a medias, sin convicciones firmes ni criterios sanos y fuertes, o bus-
cadores, como Agustín, de la verdad por derroteros que no conducen a ella.
El creyente deberá decir como Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé se-
ducir” (Jer 20, 7). Ser seducido y dejarse seducir por el Dios único, por el Dios de
la vida, para vivir en plenitud, lleno por dentro para dar y darse con generosidad,
para ser feliz. Dejarse seducir por Cristo, que es el camino y la verdad y la vida,
que nos dice: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante” (Jn 10,
10).
Somos llamados a “seducir” a otros, con la palabra y la vida. Es decir, somos
llamados, todos, a evangelizar, a proclamar la Buena Nueva de Jesús, a ser testigos
suyos. Nos anima el Espíritu.
Si hay muchos, sin el Espíritu, que hacen alarde de su increencia, nosotros, con
el Espíritu, con respeto a todos y con la libertad que tenemos por ser hijos de
Dios, daremos testimonio público de nuestra fe. Será una verdadera “seducción”
evangélica, una verdadera proclamación de la persona de Jesús y su mensaje. Se-
remos profetas, como Jeremías, en medio del pueblo.

- ¿Procuro ser testigo de Jesús ante quienes no creen en Él? ¿O me acobardo


de mi fe?
- ¿Tengo experiencia de que alguien se ha acercado a Dios por el testimonio
de algún buen cristiano?
San Agustín: “¿Cuál ha de ser tu ocupación? Alabar a quien amas y conseguir
amadores para que lo amen contigo”137.

CAPÍTULO 2

Ejerce de profesor de retórica. Busca ganar dinero y recibir aplausos. Enseña el arte de en-
gañar para que sus alumnos, futuros abogados, fueran capaces de defender a los culpables de
cualquier delito. Al mismo tiempo vive con una mujer. Rechaza rotundamente la propuesta de
un adivino.

136 Cf. Ib. 5, 7, 12


137 En. in ps. 72, 34

- 96 -
Confesiones, libro IV

1. 2. Se une a una mujer


En Tagaste, su pueblo natal, enseñó gramática. Ahora, en Cartago es profesor de
retórica. Le agradaba su profesión, aunque reconoce que se dejaba llevar por la codicia.
Pero quería también tener muy buenos discípulos.
Les enseñaba el arte engañar, no tanto para culpar a personas inocentes, cuanto pa-
ra defender a los culpables. Pero lo hacía sinceramente, sin usar de artificios o engaños.
Dios era testigo de su lealtad o fidelidad en el ejercicio de su magisterio hacia quie-
nes amaban la vanidad y buscaban la mentira. Él se considera cómplice de ellos porque
él se movía y actuaba con los mismos criterios.
Conoció una mujer y, llevado por la pasión, convivió con ella, pero no en matrimo-
nio legítimo. Fue fiel a ella. Viviendo con ella pudo experimentar la diferencia entre un
matrimonio legal que se pacta con el fin de convivir y procrear, y la unión de pareja
motivada sólo por la pasión.
De esta relación nacería un hijo, a quien puso por nombre Adeodato (regalo de
Dios) y que en alguna ocasión se referirá a él como el hijo del pecado.

2. 3. Contra cierto adivino


Rechaza rotundamente la propuesta que le hace un cierto arúspice138 en el sentido
de obtener de Agustín una recompensa si con sus “artes” adivinaba el primer premio
para él.
Porque abomina de tales supersticiones, no aceptará ni tan solo el sacrificio de una
mosca. No le movió a ello el amor a Dios, a quien no había aprendido a amar. En ese
caso admitía tan sólo los resplandores de la materia139.
Aunque se negó rotundamente a estas maniobras tan degradantes, se acusa a sí
mismo por pertenecer a los maniqueos qua auspiciaban tales prácticas.
__________________________

“Tú viste, Señor, mi fe vacilante en medio del resbaladero”. La fe es fuerza


vital para vivir el evangelio con fidelidad a Cristo. Es capaz, con la ayuda del Espíri-
tu, de superar las pruebas más duras que al creyente se le pueden presentar: en-
fermedad y muerte, fracasos económicos o familiares, contratiempos severos, ten-
taciones, escándalos, etc.
Pero, por las circunstancias que sean, el creyente no siempre es fuerte. Su
fuerza reside en la fe en cuanto don de Dios. Su debilidad se debe a su condición
humana. Porque el creyente no deja de ser humano por mucha fe que diga tener. Es
frágil, endeble y quebradizo. Necesita, por eso, el sostén de la gracia o el poder de
Dios.
La fe no es solamente creer lo que no vemos. La fe cristiana no consiste en eso,
sino en la plena adhesión a la persona de Jesús y que él sea, en lo humanamente
posible, vida de nuestra propia vida (Cf. Gal 2, 20).

138 Sacerdote que en la antigua Roma examinaba las entrañas de las víctimas de animales para ha-
cer presagios.
139 En su obra contra Fausto dirá Agustín que los maniqueos “no distinguen entre la luz que es el
mismo Dios y la luz que hizo Dios”. Creían estos que los cuerpos celestes, especialmente el sol y
la luna, eran divinos.

- 97 -
Nacido para amar

La fe viene a ser como una pequeña planta que, aunque esté llena de vida, tiene
que crecer, adquirir vigor y fuerza, y dar fruto, pero que puede enfermar, debili-
tarse y morir. No es de extrañar por tanto, aunque no deseable, que la fe se vuelva
vacilante y débil.
Y cuando se vuelve vacilante y débil, la vida del creyente corre peligro de po-
nerse en el resbaladero y caer. Cae en el pecado porque no ha sido capaz de supe-
rar la tentación. Y si al caer no se levantara, toda su vida sería pecado porque tam-
bién habría muerto la “planta” de la fe.
Pero siempre es posible, deseable y necesario levantarse de nuevo y volver a la
casa del Padre. Ahí está la parábola que nos habla del hijo pródigo. Dios no abando-
na nunca al pecador. Es el pecador quien se aparta de Dios para volverse a las cria-
turas140, al mundo del pecado.
Dios espera siempre con los brazos abiertos, da de nuevo la gracia con el per-
dón, revitaliza la fe vacilante y hace fiesta por el regreso de quien se había ido.

- ¿Cómo ha influido mi fe en los acontecimientos o problemas que he padeci-


do? ¿La he dejado de lado o ha sido un bastión para levantarme y animar
mi espíritu?
- ¿Reconozco y asumo fácilmente mis errores y me esfuerzo, con la gracia de
Dios, en superarlos?
San Agustín: “Nos sana la confesión y la vida prudente, la vida humilde, la ora-
ción con fe, la contrición de corazón, las lágrimas no fingidas que brotan del cora-
zón...”141. “Confiesa que Dios es misericordioso y que quiere perdonar los pecados a
quienes los confiesan”142.

CAPÍTULO 3

En su búsqueda incesante de la verdad emprende caminos errados o equivocados. En esta


ocasión acude a los astrólogos y a quienes elaboran o presentan horóscopos para las distintas
situaciones de la vida.
Rechaza los consejos de cierto personaje que intenta hacerle desistir de estas prácticas.

3. 4. Se aficiona a la astrología
Solía consultar a los matemáticos143, a quienes, cuando escribe, llama embusteros,
porque no había en ellos ni sacrificios de animales ni conjuros a los espíritus. Esta prác-
tica se opone a la piedad cristiana.
Breve oración al Señor suplicándole misericordia.
Los astrólogos sostienen un determinismo aplicado al obrar del ser humano. Todo
está escrito en los astros: lo bueno y lo malo.

140 Cf. S. 10, 2


141 S. 181, 1
142 S. 259, 3
143 Con el nombre de matemáticos se incluía a los astrólogos y adivinos.

- 98 -
Confesiones, libro IV

El mérito o la culpa la tiene el creador y ordenador de los astros. El hombre queda


totalmente exculpado de todo pecado.
Agustín, acogiendo las palabras del salmo 50, afirma que ese creador y ordenador
de todo es el Dios bueno, que premia las buenas obras y no desprecia un corazón arre-
pentido.

3. 5. La astrología y el azar
Narra a continuación el encuentro con un hombre sabio, experto en medicina y fa-
moso, de quien había recibido un premio ganado en un certamen poético144. El joven
Agustín lo admiraba e iba frecuentemente a oír sus discursos. Y se dio a conocer por él.
Este personaje, que intuía la capacidad intelectual del joven y los valores que ence-
rraba su persona, le invitó y amonestó paternalmente a que abandonara su afición a la
astrología y que se dedicara a cosas de mayor provecho.
A sus palabras añadía su propia experiencia. Cuando era joven había pensado dedi-
carse a la astrología para ganarse la vida. Recapacitó a tiempo y abandonó dicha idea
con el fin dedicarse a la medicina. Había descubierto la falsedad de los estudios de as-
trología, desistió de ellos porque, además, no quería ganarse el pan engañando a la
gente.
Agustín pretendió rebatir sus afirmaciones diciendo que se cumplían ciertamente
las predicciones de los astrólogos, pero el maestro le contestó que las cosas ocurrían
por azar, que viene a ser una fuerza difusa por la naturaleza.
Y añade un ejemplo: Alguien puede encontrar, por puro azar, una orientación pre-
cisa o la solución a un problema consultando las páginas de un poeta, siendo así que el
poeta no pretendía proporcionar ese servicio o ayuda.
Puede ocurrir lo mismo cuando alguien diga o formule una solución u orientación
adecuada a quien consulta, no porque conozca la respuesta mejor, sino por suerte y
azar145.

3. 6. Firme en su afición a la astrología


Ni los consejos de este personaje ni su amigo Nebridio146 fueron capaces de disua-
dirlo de su afición a la astrología. Pesaban mucho más sobre su ánimo la autoridad de
los astrólogos.
No encontraba razones firmes que le convencieran de que lo que ocurría era pro-
ducto del azar y no del arte de consultar a los astros.
__________________________

“Es bueno confesarte, Señor, y decirte: Ten misericordia de mí, sana mi alma,
porque he pecado contra ti”. Algo así pensaba en su interior el hijo pródigo al ver-
se en la mayor miseria y lejos de la casa familiar. Decía: “Volveré y le diré a mi pa-
dre: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 18).

144 Su nombre aparece en el libro VII 6, 8 de las Confesiones. Se trata de un tal Vindiciano.
145 En tiempos de Agustín era costumbre acudir al juego de las suertes, que consistía en abrir las
páginas de un libro al azar para leer lo primero que encuentre y aplicarlo a su problema. En la
carta 55, 37 Agustín habla de la costumbre de acudir a las suertes evangélicas con la misma fi-
nalidad.
146 Nebridio es otro de los grandes amigos de Agustín, con quien intercambió un gran número de
cartas. El santo se refiere a él varias veces en las Confesiones. Murió cristiano después de haber
convertido a su familia.

- 99 -
Nacido para amar

Lo peor no consiste en caer, porque cualquiera puede tropezar y venirse abajo.


Lo peor es quedarse caído y no levantarse. Ni intentar hacerlo. Se está tan bien
con el pecado cometido, saboreado y gozado… Así de bien estaba el hijo de la pará-
bola cuando derrochaba la herencia viviendo perdidamente. Hasta que sintió ham-
bre, y no sólo de las algarrobas que comían los cerdos que cuidaba, sino hambre de
su padre, hambre de acogida y de perdón.
Terrible debe ser no sentir hambre cuando hay una gran necesidad de comer.
Mucho más terrible es apartarse de Dios por el pecado y no sentir hambre de él,
que es lo único necesario, el bien mejor (Cf. Lc 10, 42), la vida para todos.
Dado que la conversión es un camino de vuelta al Padre, el primer paso es la hu-
mildad. El segundo es el conocimiento de uno mismo en un ejercicio de interiori-
dad, puesto que “en el interior del hombre habita la verdad”147. Al encontrarse con
el verdad se conocerá a sí mismo, recapacitará y, sinceramente arrepentido, saldrá
de sí para proseguir un camino de conversión.
Al final, como siempre, espera la misericordia de Dios, y se realiza con gozo la
reconciliación y el renacimiento a una vida nueva.

- Cuando caigo en el pecado, ¿me veo reflejado en la aventura del hijo pró-
digo? ¿Recapacito, reconozco humildemente mi pecado y me levanto para
volver al Padre?
Oigamos a nuestro santo: “Cristo nuestro Señor es puerta baja; quien quiera entrar
por esta puerta ha de agacharse para entrar con la cabeza sana. Quien, en vez de humi-
llarse, se enorgullece, quiere entrar trepando por el muro, y quien sube por el muro,
sube para caer”148.

CAPÍTULO 4

La muerte de un amigo es uno de los acontecimientos que más golpearon la sensibilidad


humana del joven Agustín. El santo relata el hecho con tintes dramáticos y describe su dolor y la
soledad en quedó sumido a raíz de su desaparición. Sólo en el llanto encontraba alivio.
En la actitud de Agustín ante la muerte de su amigo se refleja una realidad: noso-
tros vivimos en este mundo como si fuéramos inmortales, nos aferramos a nuestros
familiares y amigos, y amamos más lo creado que al creador.
Viviendo de tal manera se desgarra nuestra alma ante la perdida de uno de nuestros
amados, ya que no entendemos que todos tenemos que morir y que solo estamos de
paso por esta vida.

4. 7. Amistad dulce y entrañable


Con la expresión “en aquellos años” se refiere el santo a los nueve que duró su per-
tenencia a la secta maniquea. En este periodo volvió a Tagaste, según parece, para
ejercer de docente durante un año, del 374 al 375.

147 De ver. rel. 39, 73


148 In Jn. ev. 45, 5

- 100 -
Confesiones, libro IV

Allí se encontró con un joven de su misma edad y compañero de estudios, con quien
trabó una dulce amistad. De niños habían ido juntos a la escuela y juntos habían juga-
do.
Hace un inciso el santo para afirmar que esta amistad no podía ser verdadera por-
que faltaba el verdadero aglutinante, que es Dios. A pesar de todo, insiste en que era
una amistad muy dulce y entrañable.
Como la fe de este joven, cuyo nombre desconocemos, era débil, no le costó trabajo
a Agustín apartarle de ella y acercarlo a la secta de los maniqueos. Compartían juntos
los mismos errores. Confiesa Agustín que no podía vivir sin él.
Pero Dios no los deja de lado. Más aún les sigue y acosa. Dios, que se vale de me-
dios sorprendentes, pero misericordiosos, se lo llevó de su lado. Murió el joven, cuando
apenas la amistad había durado tan sólo un año.
Palabras de Agustín: “Este amigo mío era para mí más dulce que todas las dulzuras
de aquella época de mi vida”.

4. 8. Enfermedad y muerte del amigo


Se dirige a Dios para expresar su incapacidad para comprender el modo de proce-
der de Dios y alabarle debidamente. Y le pregunta, a modo de queja: “¿Qué es lo que
hiciste entonces, Dios mío?”
Enfermó el amigo gravemente, y se le administró el bautismo estando inconsciente.
El joven Agustín no dio importancia a este gesto. Estaba convencido de que, cuando se
recuperase, volvería a sus creencias maniqueas.
Se curó y, para sorpresa de Agustín, sucedió lo contrario. El joven se reafirmó en
su fe cristiana, a pesar de que su amigo Agustín intentó disuadirle, ridiculizando el bau-
tismo y de su adhesión a la fe.
Más todavía: el joven rechazaba frontalmente las palabras de Agustín, advirtiéndo-
le, además, que si persistía en su postura dejaría de ser su amigo. Moderó Agustín sus
impulsos, esperando que, una vez recuperado del todo, accedería a dialogar sobre los
mismos temas.
Pocos días después le repitió la fiebre y murió. Reconoce el santo que su muerte fue
una gracia de Dios: murió cristiano y se salvó. Así se evitó que pudiera volver al mani-
queísmo

4. 9. Lamentos y desolación de Agustín


Pero en aquellos momentos no opinaba lo mismo. No encontraba consuelo en nada
ni en nadie. Todo era muerte a su alrededor. Quedó desolado.
Él mismo era un interrogante sin respuesta. No le era posible esperar en Dios, un
fantasma para él en esa época. Era más real el amigo. Encontraba alivio y consuelo sólo
en el llanto.
Quiere saber por qué el llanto es dulce para los que sufren. Sólo las lágrimas ocu-
paban el lugar del amigo.
__________________________

“Yo mismo me había convertido en un gran problema”. Y continúa diciendo: “Me


dirigía a mi alma para preguntarle por qué estaba triste y alterada hasta ese punto,
pero mi alma no tenía respuestas que darme”. Quien camina lejos de la luz, camina

- 101 -
Nacido para amar

en tinieblas o al menos en un atardecer de sombras. Todo es desorientación e inse-


guridad. Un verdadero problema.
Y la luz es Cristo, y es también el camino seguro. Sin él pierde sentido la vida. Y
surgen, entonces, toda clase de interrogantes sin respuesta. Peor todavía si quien
camina en tinieblas no se pregunta nada. Desaparece el problema, porque todo es
vacío. Es un ir por la vida sin rumbo ni alguno.
Reconocer que se es un problema por el alejamiento de Dios es un dato positivo.
O un primer paso para alcanzar una posible solución. Mientras tanto se vive en la
confusión y la nostalgia. No hay un horizonte claro a donde levantar la vista ni una
luz para poder orientar los pasos a lugar seguro.
La confusión es interior. El problema es interior. No basta sacudir la cabeza,
abrir los ojos ni despejar los oídos. Hay desasosiego, perplejidad y miedo muy den-
tro de uno. El pecado ha roto la unidad con el Uno, que es Dios; ha cegado los ojos
del corazón para no ver la verdad que habita en él.
El pecador es un problema en sí mismo. Aunque no tuviera conciencia de pecado,
-y éste es un pecado mayor- seguirá siendo problema, porque está ciego. El que es
ciego de nacimiento no echa en falta la luz, ni los colores, ni el horizonte en un día
espléndido, porque no conoce esas realidades. Aun así, su ceguera es un problema;
ni siquiera sabe qué es ver.
La ceguera del pecador, o no tener conciencia de su pecado, tiene solución. La
gracia de Dios obra maravillas: Podrá suscitar en el pecador la necesidad de la luz
y, si la pide, se le dará. O la búsqueda del camino, y lo encontrará. Podrá entrar
dentro de sí mismo, y encontrará la verdad. Recapacitará, como el hijo pródigo, y
comenzará a caminar. Todo, como el joven Agustín.

- ¿He perdido la conciencia de pecado en algunos aspectos de mi vida? Si así


fuera, ¿cómo podría salir de mi ceguera y recuperar la luz que es Cristo?
- ¿Soy luz, como pide el evangelio, para que otros puedan alabar a Dios?
San Agustín: “La ignorancia y la debilidad son realmente los dos castigos penales
de toda alma pecadora. De la primera proviene el error que embrutece, y de la debili-
dad, el temor que aflige”149. “Al pecar el hombre, ni lo dejó Dios impune ni lo aban-
donó sin misericordia”150.

CAPÍTULO 5

Se pregunta Agustín por qué son dulces para el que sufre las lágrimas o el llanto.

5. 10. Preguntas sin respuestas


Muchos ños después de la muerte del amigo, Agustín, cuando el tiempo ha ido mi-
tigando el dolor por la muerte del amigo, formula varios interrogantes:
¿Por qué el llanto alivia el dolor?

149 De lib. arb. 3, 178


150 De civ. Dei 5, 11

- 102 -
Confesiones, libro IV

Si Dios está presente en todas las cosas, ¿acaso echa a un lado nuestras miserias?
Dios permanece siempre inmutable, pero nosotros somos zarandeados por toda cla-
se de pruebas. Pero lo cierto es que si el hombre no llorase ante Dios, no le quedaría la
más mínima esperanza.
¿Por qué del sufrimiento se pueden sacar frutos tan dulces como el gemir y llorar,
suspirar y quejarnos?
¿Serán dulces porque Dios nos escucha y atiende? Afirma que ocurre esto porque
nuestras plegarias buscan llegar a Dios.
¿Pero ocurrió todo ello con su dolor y llanto por la muerte del amigo?
El llanto en sí mismo es amargo, pero a la larga puede aliviar el dolor.
__________________________

“Si no lloráramos cerca de tus oídos, no nos quedaría ni pizca de nuestra es-
peranza”. La esperanza cristiana no es una ilusión sin fundamento, una utopía me-
ramente humana sin posibilidad alguna de conseguir lo que se desea, ni un autoen-
gaño para evitar la angustia o desesperación.
La esperanza cristiana es seguridad de alcanzar un día el reino prometido. Es
confianza en un Dios que es Padre bueno y que cumple lo que promete. Es mirar
hacia un futuro con los ojos de la fe, mientras se va caminando hacia una meta a la
que, con la fuerza del Espíritu, se ha de llegar.
Y habrá que “llorar cerca de los oídos del Señor” muchas veces en ese camino,
porque no es de rosas, sino de cruz. Y la cruz -los contratiempos de la vida, los
momentos de desánimo y el cansancio, las tentaciones y caídas, la enfermedad, la
lucha o el empeño para seguir caminando a pesar de todo- es pesada y cuesta cargar-
la.
La esperanza es firme cuando se apoya en Cristo, que también camina con su
cruz delante de nosotros. Es firme si cuenta con la fuerza del Espíritu prometido
por el mismo Jesús. Y será firme también si ayuda a otros a mantener viva su espe-
ranza.
La virtud de la esperanza va muy unida la fe. Quien cree de verdad en Cristo,
porque intenta o procura vivir su misma vida, esperará también de verdad la llegada
al Reino o la propia salvación. Sin una fe sólida toda esperanza podría ser vana. O
muy frágil.
Es bueno y muy útil “llorar cerca de los oídos del Señor·”, como Agustín. Es
decir, se ha ce necesario orar, pedir con lágrimas en el corazón valor, fuerza y sos-
tén, para seguir caminando a pesar de todo. O mejor, para seguir caminando con la
mirada puesta en el que va delante, “corramos con constancia en la carrera que nos
toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los
ojos en el inició y consumó nuestra fe, en Jesús” (Heb 12, 1-2).
- ¿Es firme mi esperanza en las promesas del Señor? ¿Siento alivio en mis
penas cuando espero en el Dios vivo y pongo en Él toda mi confianza?
- ¿Decae mi esperanza cuando mi malo mi enfermedad es irreversible? ¿O es
entonces cuando más me aferro al Señor en quien espero?

- 103 -
Nacido para amar

San Agustín: “No hay motivo para una larga tristeza, pues es mayor el motivo de
una alegría eterna151.

CAPÍTULO 6

Logra sobreponerse y confiesa que su amor a la vida, aunque sea una carga y un hastío se-
guir viviendo, es mayor que su amor al amigo. Al mismo tiempo surge en él también el miedo a
morir. Viene a decir que el amigo era la mitad de su alma

6. 11. Miedo y odio a la muerte


Prefiere confesar y alabar a Dios, más que hacer preguntas.
Ha quedado destrozado por el dolor por haberse aficionado a las cosas temporales y
perecederas. Lloraba con mucha amargura, y en la misma amargura encontraba des-
canso.
A pesar de todo, el amor a su vida era mayor que el amor al amigo. No estaría dis-
puesto a perderla en vez de perder al amigo. La vida le era insoportable después de la
muerte del amigo, y tenía miedo a morir. Sentía verdadero odio a la muerte por haberle
arrebatado al amigo.
Se presenta ante Dios para exponerle sus sentimientos. Le parecía extraño, entre
otras cosas, que, habiendo muerto el amigo, la vida siguiera su curso, especialmente él,
que venía a ser como un doble de su persona.
Hace suya la afirmación de Horacio que consideraba a su amigo Virgilio “la mitad
de su alma”. Dicho de otro modo, la amistad era en opinión de Agustín un alma en dos
cuerpos. De ahí que no se sintiera con ganas de vivir a medias. Y si no quería morir,
era, en parte, para que no muriera del todo el amigo152.
__________________________

“El hastío de la vida se me convertía en una carga pesadísima”. Las causas del
hastío pueden ser varias.
Entre otras, un hartazgo de cosas de toda clase. Hay quienes tienen de todo por-
que disponen de dinero y comodidades. No se han privado de nada, están satisfe-
chos todos sus caprichos y necesidades. No les falta nada y nada más pueden desear,
a nada más pueden aspirar. Están hartos de todo y se produce el aburrimiento y el
hastío.
Hay quienes, por un fracaso económico muy grave, quedan hundidos en una de-
presión sin salida. No encuentran alivio en nada y todo les produce hastío. No lo-
gran librarse de esa carga tan pesada.
Otros, como en el caso de Agustín, la muerte de alguien muy querido, familiar o
amigo, quedan profundamente abatidos, con el alma “hecha añicos”, en nada en-
cuentran placer y contento. No se ven capaces de superar la situación en que viven,
y ni siquiera lo intentan. Todo les da lo mismo. La vida, la suya y la de los que viven,
les produce hastío.

151 Contra acad. 263, 4


152 Al final de su vida juzgará esta afirmación como un pensamiento frívolo, más que una seria con-
fesión (Cf Retr. II, 6, 2)

- 104 -
Confesiones, libro IV

El hastío, sea cual fuere la causa, puede llegar a ser “una carga pesadísima”. La
sienten como una losa que los ha aplastado. La fe, si la tenían, queda desplazada o
desvaída. Es difícil que se pueda activar para que sea un resorte poderoso que les
ayude a generar nuevos ánimos y deseos de vivir.
Pero Dios está en ellos y los puede “resucitar”. Merecen comprensión, cariño,
acompañamiento. Siempre queda algún resquicio de la fe que tuvieron para que, en
el momento menos pensado, puedan ver algo de luz y “salir de la tumba”. Y volve-
rán a vivir con nuevos bríos, con ilusión renovada, con la normalidad que habían
perdido.
- ¿Qué siento o qué experimento en mi interior, en cuanto creyente, cuando me
asalta la depresión o me puede el hastío? ¿Me apoyo en Dios o sólo en mis
sentimientos?
- ¿Creo firmemente y con gozo que Dios está conmigo en todos los avatares de
la vida, buenos o malos?
- ¿Me voy preparando para vivir con serenidad de ánimo y paz interior una
enfermedad grave? ¿Estoy obsesionado por la enfermedad que padezco o
que me pueda sobrevenir?
San Agustín: “Luchan mis gozos, dignos de lágrimas, con mis tristezas, dignas de
gozo, y no sé de qué parte esté la victoria”153.

CAPÍTULO 7

Regresa a Cartago con el alma rota. No encuentra sosiego en nada, ni aun en lo más agra-
dable. Se había convertido en un paraje miserable.

7. 12. Se confiesa ante Dios


Es una locura no amar a los hombres en cuanto hombres, y una necedad sufrir tan-
to por las cosas humanas, caducas y perecederas. Loco y necio era él entonces. No po-
día cargar con su alma, llena de torturas. Estaba roto y destrozado.
No encontraba descanso ni alivio en nada, ni siquiera en lo más placentero. Hasta la
misma luz del día le causaba horror. Sólo hallaba algo de descanso cuando lloraba por
el amigo.
Sólo Dios podía curarle, pero ¿para qué dirigirse a Él si Dios seguía siendo para él
una ficción y no una realidad firme y sólida? Si intentaba apoyar su alma en Él, resba-
laba en el vacío y caía de nuevo sobre él.
El joven Agustín se convertía en una morada infeliz, en un paraje miserable. No
podía huir de sí mismo.
Optó entonces por huir del lugar donde estaba. Abandonó Tagaste y regresó a Car-
tago. Pensaba que, viviendo en otro lugar, echaría de menos al amigo154.
__________________________

153 Conf. 10, 28, 39


154 En su libro Contra academicos II, 2, 3 afirma que el motivo por el que regresó a Cartago fue su
deseo de conseguir una posición más ilustre como enseñante. La muerte del amigo fue la oca-
sión para irse.

- 105 -
Nacido para amar

“Yo sabía, Señor, que tenía que elevar mi alma hasta ti para que sanara”. No
todo está perdido cuando el hastío, la depresión o el decaimiento han hundido a
quien así sufre. Siempre queda un resquicio de luz o una puerta entreabierta para dar
salida a la esperanza.
Se enciende esta luz o se abre la puerta cuando se eleva una súplica a quien todo
lo puede, al Padre del amor y la misericordia.
“¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entra-
ñas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49, 15). Dios no olvida ni
abandona. Todo lo contrario: Se acerca a la puerta del que ha caído y llama. Sólo
espera que le abran y que le inviten para poder entrar155.
Es decir, el Señor desea que haya una oración de súplica, porque él, como el pa-
dre de la parábola, espera con los brazos abiertos la vuelta del hijo. Sabe, se lo dice
el corazón, que el hijo regresará y le pedirá perdón. Por eso, cuando de lejos lo ve
venir, sale a su encuentro para abrazarle y hacer fiesta en la casa.
El pecador, aunque sólo le quedara una pizca de fe, y mucho más si mantuviera
una fe viva, elevará una súplica al Padre, que es amor. Necesita ser sanado, aliviado y
fortalecido.
Es el poder de la oración, o mejor, es el poder del amor inconmensurable del
Padre quien hace maravillas y cura de raíz el pecado de quien a él regresa.
- ¿Encuentro siempre un resquicio de luz cuando, por la razón que sea, todo
parece tinieblas en mi vida? ¿Acostumbro en esos momentos a elevar una
súplica confiada a quien es amor y todo lo puede?
- ¿Suelo buscar en Dios consuelo en mis sufrimientos, fuerza en mis debili-
dades y alivio en mis problemas? ¿O más bien, me obsesiono con mi dolor o
mi problema, me cierro a cualquier esperanza y me quedo abatido y triste?
Una vez convertido, san Agustín eleva a Dios una súplica llena de confianza y
gratitud. Hagámosla también nuestra. Dice así:
“Te invoco, Dios mío, misericordia mía, que me has creado y que no me has ol-
vidado cuando yo me había olvidado de ti. Te invoco para que vengas a mi alma z la
que preparas para que te acoja con el deseo que le has inspirado. No abandones a
quien ahora te invoca. Tú, que antes de que te invocara me has prevenido y has insis-
tido menudeando tus llamadas d varias formas, para que te oyera desde lejos, me
volviese y te llamara a ti, que me llamabas”156

CAPÍTULO 8

El tiempo “pone a cada cual en su lugar”. Aunque la memoria se mantenga viva, se van es-
fumando los recuerdos de muchos hechos del pasado y tienden a desaparecer los sentimientos

155 Cf. Ap 3, 20
156 Conf. 13, 1, 1

- 106 -
Confesiones, libro IV

vividos en ciertos momentos graves y dolorosos. La realidad del presente obliga a relativizar lo
que se creía inamovible y permanente, y a mirar hacia el futuro157.

8. 13. El paso del tiempo y los nuevos amigos ayudan a olvidar


El tiempo no pasa en balde, pero sí puede obrar en el hombre efectos admirables.
Instalado ya en Cartago, surgían en Agustín nuevas esperanzas. Desaparecían los ma-
los recuerdos y volvían los antiguos placeres.
El dolor por la muerte del amigo había sido insufrible porque había amado a al-
guien como si no hubiera de morir nunca.
Lo que más le consolaba en ese momento era la amistad con los nuevos amigos.
Amaba con ellos lo que amaba en lugar de Dios. Volvía a amar la mentira y la ficción,
es decir, amaba con ellos la fábula de la secta maniquea.
La convivencia con los amigos era exquisita y entrañable. Describe con muchos de-
talles y de forma idílica esta experiencia nueva. Al final del párrafo añade una expre-
sión que evoca en cierta manera la amistad con el amigo muerto: “Se fundían nuestras
almas y de muchas se hacía una sola”158.
__________________________

“El tiempo no se toma vacaciones, ni los días pasan sobre nuestros sentidos
sin hacer nada”. Agustín quedó desolado con la muerte de un amigo. Creyó morir él
también. Su único alivio eran las lágrimas. No encontraba consuelo en nada más.
Sólo el paso del tiempo iba cicatrizando la herida.
Hay un refrán que dice: “No hay mal que cien años dure”. Al fin y al cabo, nada
hay definitivo, sino Dios. Dios no se muda, todo lo demás pasa. Nada permanece
para siempre. La pena o el dolor durarán más o menos tiempo, según el recuerdo
obstinado que de ellos se tenga. Porque el tiempo no actúa sólo. Actúa también la
memoria y el corazón.
No es buena la fijación enfermiza en lo malo ocurrido pasado el tiempo. Es, más
bien, perjudicial y dañina. Y, a su vez, enferma a quien la tiene. Quien vive del pasa-
do, vive en el pasado. Y si del pasado recuerda sólo o principalmente lo malo, vive
en una tortura permanente.
Es preciso caminar al ritmo del tiempo, pisando firme, mirando para adelante,
viviendo el presente y construyendo el futuro, aunque todavía no exista. El pasado
dejó ya de existir. El futuro, tampoco. Pero se puede ir construyendo.
El tiempo no actúa por sí solo. Quien actúa es el hombre, pero el paso del tiem-
po va borrando o difuminando lo anteriormente vivido, bueno o malo, y va dando
paso a nuevas sensaciones y nuevas experiencias.
- ¿Sé acomodarme al paso del tiempo y a la edad que tengo? ¿Añoro de ma-
nera enfermiza los tiempos pasados y sufro por ello?

157 Al hablar del tiempo en el cap. 11 de las Confesiones, se pregunta Agustín: “¿Qué es el tiempo?
¿Quién puede explicarlo de manera breve y sencilla?... ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo
pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé. No obstante, pue-
do garantizar que si no pasara nada, no habría tiempo pasado; si no hubiera algo que va a ocu-
rrir, no habría futuro; si no existiera nada, no habría tiempo presente” (Conf. 11, 14, 17).
158 Conf. 4, 8, 13

- 107 -
Nacido para amar

- ¿Considero que los tiempos actuales son mejores o peores que los anterio-
res? ¿Por qué? ¿En qué he crecido como persona con el paso del tiempo?
- ¿Qué es lo que me ayuda a olvidar las penas más graves que se me presen-
tan?: ¿ciertos estimulantes o sedativos, las horas muertas ante la televi-
sión, los amigos, la lectura de libros, los viajes o paseos, la familia, la
oración, mi fe…?
San Agustín: “En los días malos aprendo a buscar los días buenos” 159. Y añade en
otro lugar: "Malos tiempos, tiempos fatigosos", así dicen los hombres. Vivamos bien,
y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros; cuales somos nosotros, así
son los tiempos”160.

CAPÍTULO 9

No puede existir verdadera amistad si no la sustenta y aglutina el mismo Dios. Sólo Dios
puede llenar de amor el corazón del hombre. Éste será feliz y hará feliz al amigo si parte de este
amor. Será feliz también si ama al enemigo por Dios.

9. 14. Desde Dios, con Dios y por Dios


¿Qué se suele amar en los amigos?: La convivencia entrañable, los gestos de afecto,
el servicio mutuo con agrado, el descanso, el esparcimiento, etc. En una palabra, cosas
exteriores. Cuando algo de todo ello falla, la conciencia se siente culpable.
Y cuando muere el amigo, surge el llanto incontenible, el sufrimiento y la amargu-
ra. Muere en cierta manera el que queda vivo porque ha muerto el amigo. No hay feli-
cidad asegurada en todo ello.
En el plano de la amistad es feliz sólo el que ama a Dios, al amigo en Él y al enemi-
go por Él. Nadie podrá, por tanto, perder al amigo, aunque muera, cuando se le ama en
quien no puede perderse, es decir, a Dios.
Pierde a Dios sólo el que se aleja de Él. Pero Dios no se aleja de nadie. Es el hom-
bre quien se aleja de Dios benévolo y vuelve a Dios enojado.
__________________________

“Feliz el que te ama a ti, al amigo en ti y al enemigo por ti”. Para el santo, el
fundamento de una verdadera amistad es Dios, por la sencilla razón de que él, Dios,
es la fuente de todo amor. No puede haber amistad sin amor. Ambos términos tie-
nen, además, la misma raíz etimológica.
¿Puede existir una verdadera amistad entre no creyentes, ateos o agnóstico? Cla-
ro que sí. Aunque no admitan a Dios en su vida, Dios, que es amor, si los admite a
ellos, ha derramado también sobre ellos su amor o la capacidad de amar. Su misma
existencia, aunque no la remitan a Dios, es un verdadero don de Dios. Y Cristo mu-
rió por todos. Su muerte fue la culminación de su amor al hombre, quien quiera que
él sea.
“Feliz el que te ama a ti”. La amistad, según el diccionario de la RAE, es el
afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se
159 S. 25, 5
160 S. 80, 8

- 108 -
Confesiones, libro IV

fortalece con el trato. Es también don de Dios también. Por eso es feliz quien ama
al Amor, a Dios amor. Y será plenamente feliz cuando vea a Dios cara a cara,
cuando ambos, el Amor y el amor, se fundan para siempre en uno solo.
“Al amigo en ti”. No a ti en el amigo, que también podría ser, sino al amigo en
ti. Es decir, cuando la amistad al otro está referida a Dios y en él se fundamenta.
Feliz quien así ama, dice el santo, felices los amigos que así se aman, porque la amis-
tad será indestructible, porque la fuente de todo amor es inagotable y siempre abun-
dante.
“Y al enemigo por ti”. Aquí ya no hay amistad, sino amor. “Amad a vuestros
enemigos” (Mt 5, 44), dirá el Señor. No hay excepción posible. No la hay en Dios,
porque ama todos y “hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a jus-
tos e injustos” (Ib. 5, 45); luego tampoco la puede haber en nosotros, ya que tene-
mos que amar como él nos ama.
- Conocemos la clave para ser felices. ¿Entonces…?
- ¿Cuál es, según san Agustín, el verdadero ingrediente o el elemento indis-
pensable para que exista una verdadera amistad? ¿Estoy de acuerdo con
el santo?
- ¿Busco en la amistad en primer lugar mi bien personal o el bien del otro?
¿Me aprovecho de los amigos para mis caprichos y necesidades?
San Agustín: “La presente vida feliz es también vida en sociedad cuando se busca
el bien de los amigos por el bien mismo, como si fuera propio, queriendo para los
amigos lo mismo que se quiere para sí”161.

CAPÍTULO 10

Todas las cosas creadas son efímeras e inestables. No permanecen, sino que pasan y desem-
bocan en el no ser. Si el hombre pone en ellas su confianza y quiere gozar plenamente con ellas,
se encontrará con el dolor y la frustración. Sólo Dios permanece y no se muda. Todo el capítulo
es una oración de petición y alabanza

10. 15. Todo es inestable


Inicia su oración con unas palabras del salmo 79, 8. Pide a Dios que le ayude a vol-
verse a Él para ser salvo porque el hombre no encontrará gozo verdadero en las cosas,
por muy hermosas y agradables que ellas sean.
Serían nada si no tuvieran en Él su origen y consistencia.
Las cosas comienzan o nacen, se desarrollan o crecen, y se acaban o mueren. Así de-
jan lugar y espacio a otras, que seguirán el mismo proceso. Ocurre lo mismo con las
palabras que pronunciamos. El discurso será entero si va dejando unas palabras para
usar otras.
El hombre no debe apegarse a las cosas temporales para ser atrapado por ellas. Lo
arrastrarían consigo hacia la nada y desgarrarían el alma que en ellas busca descanso, y
no lo encuentra.

161 De civ. Dei 19, 3, 2

- 109 -
Nacido para amar

No hay permanencia en ellas. No son estables, sino fugitivas. Nadie es capaz de se-
guirlas. Las cosas siguen su curso normal, hasta su fin propio. Es inútil y esfuerzo
vano pretender dominarlas. Sólo el Verbo, la Palabra, les fija los límites, es decir, su
comienzo y su final.
__________________________

“Que te alabe, Señor, mi alma por tus criaturas, pero que no se pegue a ellas
con la liga del amor a través de los sentidos del cuerpo”. Quien, con fe, sepa
contemplar la naturaleza, admirar su belleza y amarla, elevará una oración de alaban-
za al artista que así la creo y la adornó. Dios, que es la Belleza misma 162, está presen-
te en ella. Quien abra, además de los ojos de la cara, los del corazón, verá su presen-
cia.
Cuando la fe no existe o es débil, se corre el riesgo de quedarse en lo contempla-
do, y apegarse a las criaturas porque son bellas. Es lo que quería evitar san Agustín.
Transcribo al final de este apartado un texto muy hermoso del santo cuando busca-
ba a Dios en las criaturas.
Quien contempla un cuadro de una gran belleza, busca la firma del artista. Si la
encuentra, dirá: “Con razón”. Busquemos la firma del artista de todo lo creado y
llegaremos hasta su autor, Dios, belleza increada y creador de todo lo que existe.
- ¿Gozo contemplando la belleza de la naturaleza? ¿La respeto y la cuido?
- ¿Veo en ella la presencia de Dios, que es Amor y Belleza?
San Agustín: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, in-
terroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo
[...] interroga a todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas.
Su belleza es su proclamación. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho
sino la Suma Belleza, no sujeta a cambio?”163.

CAPÍTULO 11

Sólo en Dios encuentra descanso el alma. El contenido de este capítulo evoca las palabras
tan conocidas del santo, que aparecen al comienzo de las Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para
ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

11. 16. Invita a su alma a descansar en Dios


Como conclusión necesaria de todo lo anterior, el santo invita a su alma -mejor, a sí
mismo- a dejar de lado las frivolidades y volver a Dios, que es amor. Él no se retira a
ninguna parte, permanece en sí mismo, no cambia ni defrauda.
Debe establecer en Él su morada y descansará de tantos sinsabores, encomendar a
la Verdad todo, y nada se perderá. Más bien, se renovará y sanarán todas sus dolencias.
En Él encontrará la consistencia necesaria para su fragilidad.

162 Conf. 10, 27, 38


163 S. 241, 2

- 110 -
Confesiones, libro IV

11. 17. Mejor el todo que las partes


¿Por qué su alma perversa164-él mismo- sigue el impulso de los sentidos? Que sean
ellos los que le sigan a ella. Todo lo que aprecian o vislumbran los sentidos es parcial,
aunque sea placentero. Los sentidos no pueden abarcar el todo (Lo que han visto hoy,
mañana no lo verán. Lo que han oído, se ha esfumado. Lo gustado es apenas recuerdo.
Lo palpado estará en otras manos. Lo olido, pasó). Ellos mismos son también parciales.
Un ejemplo claro de todo ello es lo que ocurre en nuestra conversación con otros.
En vista de todo ello, el alma desearía percibir todo en su conjunto. Pero mucho mejor
que percibir todas las cosas en conjunto es Dios, que las ha creado y permanece siem-
pre.
__________________________

“No seas vana, alma mía {…} Establece tu morada en la Palabra”. Podríamos
traducir la palabra vana por insustancial, ligera o frívola. Dicho de otro modo: alma
mía, sé seria, sensata, formal. Edifícate sobre roca, que es la Palabra, y no sobre are-
na, que son las cosas sin Dios.
El mismo Señor llama sabio o sensato a quien construye su casa sobre arena,
porque escucha la palabra de Dios y la pone en práctica (Cf. Mt 7, 26).
Este es el consejo de Agustín. Se lo aplicó a sí mismo y nos lo ofrece a nosotros.
La Palabra es el mismo Jesús. Su vida y su mensaje. Por él se hizo todo lo que se ha
hecho, y todo existe por él (Cf. Jn 1, 3). Si todo existe por él, él es el fundamento, la
roca, la razón de ser.
Edificar sobre él es establecer en él nuestra morada. “En él vivimos, nos move-
mos y existimos”, les decía san Pablo en areópago a los atenienses (Hech 17, 28). Si
ellos, paganos, existen en Cristo, cuánto más nosotros, cristianos, puesto que con
nuestro bautismo nos hemos injertado vitalmente a Cristo.
Sería, por tanto, una necedad buscar otros apoyos donde fundamentar nuestra
vida: dinero, poder, placer, fama, etc. Sería como edificar sobre arena. No tendría
sentido y no podría superar las pruebas con que la misma vida se encarga de atizar-
nos.
Y la Palabra, Cristo, es además el camino, y la verdad, y la vida. ¿Qué más y me-
jor puedo tener?
- ¿Qué fundamento más sólido puede haber para construir sobre él mi vida,
mi fe, mis aspiraciones más nobles, mis proyectos, y todo lo que soy y ten-
go? Porque Jesús quiere que seamos felices y dichosos. Por eso nos dice:
“Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”
(Lc 11, 28).
- ¿Qué me dicen las palabras de Jesús “Venid a mí todos los que estáis can-
sados y agobiados y yo os aliviaré”? ¿Me han servido o ayudado en cier-
tas ocasiones?
San Agustín: “Contemplad este mundo; tiene hermosura. ¡Qué hermosura tiene
la tierra, el mar, el aire, el cielo y las estrellas! ¿No asombran todas estas cosas a todo

164 Agustín llama alma perversa (pervertida), cuando sigue a los sentidos, pero si los sentidos de la
carne siguen a Dios, la llamará conversa (convertida).

- 111 -
Nacido para amar

el que las considera? ¿Por ventura esta hermosura no brilla de tal modo que parece
que no puede hallarse más hermosura?”165.

CAPÍTULO 12

Agustín escribe desde su experiencia personal. Encontró el descanso cuando, una vez dejado
de lado el apego a las cosas temporales, retornó a Dios. Ahora invita a todos a volver al cora-
zón, porque ahí está Dios. Cristo, el Hijo, se hace camino para facilitar este retorno. Es cierto
que volvió al Padre, pero está en nosotros y con nosotros.

12. 18. Vida feliz sólo en Dios


Comienza este apartado con un texto precioso. Dice así:
“Si te agradan los cuerpos, alaba a Dios por ellos. Haz que revierta tu amor sobre el
Artífice que los plasmó, no sea que le desagrades precisamente en aquello que te agrada
a ti. Si te agradan las almas, ámalas en Dios, porque, aunque de suyo son mudables,
cuando se anclan en Dios llegan a adquirir estabilidad”.
La estabilidad, o la felicidad, no se encuentra en las cosas, todas ellas pasajeras, sino
sólo en Dios. De ahí la invitación a encauzar hacia Él a todos lo seres humanos.
Él está en lo más íntimo del corazón del hombre, aunque el corazón se hubiera au-
sentado de Él.
A continuación el santo, haciendo suyas las palabras de Isaías (Is 46, 8), invita a los
prevaricadores a volver al corazón y adherirse a quien los ha creado con el fin de alcan-
zar la estabilidad y el descanso necesario.
No será feliz quien, abandonando a Dios, convierte lo creado en objeto de amor sin
Dios. Nunca encontrará ahí descanso, porque busca la vida feliz en la región de la
muerte.

12. 19. Vida en Cristo


Ya que el hombre no puede encontrar en la tierra la vida feliz y el descanso necesa-
rio, el mismo Hijo de Dios, que es la Vida, vino al mundo, eliminó la muerte para siem-
pre e invita a los hombres a retornar a Él.
Este retorno a Cristo es posible por el hecho de su encarnación en el seno de Ma-
ría, donde se desposó con la naturaleza humana.
Posteriormente ejerció su misión con su palabra, con sus hechos, con su vida,
muerte y vuelta al Padre. No lo hallamos físicamente entre nosotros, pero sí está en
nuestro corazón. No nos abandonó.
Si la Vida ha bajado a nosotros, nosotros debemos subir para vivir. Pero antes hay
que bajar por la humildad para que podamos subir hasta Dios, de quien habíamos baja-
do por nuestro orgullo y soberbia.
Se dirige a su alma, a sí mismo, para decirle que diga todo esto a todas las almas, a
todos nosotros, con el fin de llevarlas consigo hacia Dios.
__________________________

165 En. in ps. 144, 15

- 112 -
Confesiones, libro IV

“Ama las almas en él y arrastra hacia Dios a todas las almas que puedas, y
diles: Amémosle a él”. Esta invitación del santo está en sintonía con una de las con-
sideraciones precedentes, en la que nos invitaba a amar al amigo en Dios. También a
las almas, es decir, a todo ser humano hay que amar en Dios. Porque, además de ser
amor, es fuente y fundamento de todo amor.
Un edificio se valora, sobre todo, por su fundamentación, que, aunque no se ve,
sostiene todo lo que se ve. Y en una casa bien fundamentada, se pueden hacer toda
clase se arreglos, añadiduras, remodelaciones, etc.
La fundamentación sólida y única de “las almas”, o de la vida en el espíritu, es
Dios. Luego hay que amarlas en él, no tanto en sí mismas o por sí mismas. Y cuanto
más se les ame en él, más y mejor se amará a todas “las almas”. Luego hacia él hay
que “arrastrarlas”, hacia su fundamentación, hacia Dios. A todas.
Algo así recomienda san Agustín a sus monjes al principio de la Regla. Les dice
que tengan una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios 166. La fuerza de la
expresión está en la palabra “dirigidos”. Sin esta dirección hacia él, sería muy difícil,
por no decir imposible, mantener la unanimidad (una sola alma) que quiere el santo.
Por tanto, deber de todos los creyentes que viven esta realidad, es arrastrar hacia
Dios a quienes no lo reconocen, a quienes buscan otros apoyos, a quienes viven “a
su aire”, a los “sin fundamento”, a quienes las pruebas de la vida o las tentaciones
los pueden derribar y hacer caer porque están edificados sobre arena.
El Padre ha fundamentado todo en Cristo. En él se basa nuestra fe para que sea
sólida, y nuestro amor para que sea siempre firme, y toda nuestra esperanza. Como
dice san Pablo: “Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesu-
cristo” (1 Cor 10, 11). Esta es la tarea propia de la evangelización.
“Y amémosle a él”. Así termina la invitación de san Agustín. Y el amor a Dios
surgirá espontáneamente, con mayor o menor intensidad, cuando nos veamos asen-
tados y apoyados en roca firme, en el Dios fuerte, en el Dios amor.
El amor al fundamento, Dios, redundará en amor a lo que sobre él se construya,
es decir, a la relación con los hermanos, la solidaridad con los más pobres, la res-
ponsabilidad en el trabajo, la unión familiar y, sobre todo, la vida de fe.
- ¿Notan o conocen los demás que soy creyente porque amo como Cristo me
ama?
- ¿Hay alguien a quien me cuesta amar en verdad? ¿Por qué? ¿Cómo podría
corregir esta falta de amor?
San Agustín: “No puedo medir a ciencia cierta cuánto me falta del amor para que
sea bastante, a fin de que mi vida corra entre tus brazos, Señor, y no me aparte hasta
que sea escondida "en lo escondido de tu rostro”167.

166 Cf. Regla 1, 2


167 Conf. 13, 8, 9

- 113 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 13

El joven Agustín escribió una obra sobre “Lo hermoso y lo adecuado” con el fin de respon-
der a varios interrogantes que plantea en este capítulo. Esta obra, que fue la primera que escri-
bió, se perdió probablemente muy pronto. Quizás, antes de su conversión.
13. 20. Sobre el amor y la belleza
Nada de lo que escribe en el capítulo anterior conocía o sabía Agustín. Amaba la
belleza, pero sólo la que percibía con los sentidos. De esta manera se iba precipitando
poco a poco en un abismo.
Según los maniqueos, las realidades creadas eran malas porque procedían del Reino
del Mal. Pero como estas realidades eran objeto de amor, tenía que haber belleza en
ellas. Y se pregunta en qué consiste la belleza. Y también, si se puede amar algo que no
sea bello.
Concluye diciendo que en ellas hay un atractivo especial, que las hace objeto de
amor.
En los mismos cuerpos hay una integración de todas sus partes en un todo, que, en
su opinión, se identifica con lo bello. Pero hay también una adecuación de cada una de
sus partes con el todo. De ahí la belleza y la adecuación.
Sobre este tema escribió una obra titulada “De lo hermoso y lo adecuado” (De pulcro
et apto, en latín). El mismo santo reconoce que se perdió, y que no sabe cómo se extra-
vió.
__________________________

“¿Qué es lo que nos atrae y aficiona en las cosas que amamos?”. Las cosas,
porque existen, son bellas y buenas. Hay en ellas una belleza externa y una armonía
interna, dice el santo. Por eso nos atraen. Tienen una belleza externa y una armonía
interna, porque son en sí mismas lo que tienen que ser, aunque a los ojos de quien
las ve o contempla, puedan no ser hermosas sino feas.
Pero pueden ser no convenientes. Incluso, nocivas. Una víbora, en cuanto víbo-
ra, es bella porque reúne en sí todo lo que se requiere para que lo sea. Pero puede
ser, y de hecho lo es, dañina. Es decir, no es conveniente para jugar o divertirse con
ella.
Las cosas -todas son criaturas de Dios- nos atraen y nos aficionamos a ellas. Ne-
cesitamos apoyos al alcance de la mano, asideros fáciles y placenteros, gozar con lo
que vemos y tenemos. Nuestros sentidos -regalo de Dios- ven y gozan, gustan y
saborean, oyen y se deleitan con la música, tocan y sienten placer, olfatean aromas
agradables…
El problema radica en que:
- nos aficionamos a las criaturas de Dios y no al Dios de las criaturas;
- nos apegamos a ellas como si fueran el fin último de nuestras aspiraciones
y anhelos, cuando son endebles por naturaleza;
- gozamos de ellas buscando, sólo en ellas, la felicidad que todos deseamos
alcanzar, cuando la felicidad plena sólo en Dios la podemos encontrar;

- 114 -
Confesiones, libro IV

- buscamos en las criaturas lo consistente y firme, cuando son efímeras y ca-


ducas;
- descansamos en lo inestable -y todas las criaturas lo son-, cuando Dios es
el único descanso para todos.
San Agustín: “Dios no te prohíbe amar sus criaturas, pero sí te prohíbe amarlas
para conseguir en ellas la felicidad […] Dios te ha dado las cosas creadas para que tú
amases a quien las ha creado […] Si olvidaras a su creador para amar lo que él ha hecho, él
te juzgará como adúltero”168.

CAPÍTULO 14

Reflexiona Agustín en este capítulo sobre la alabanza, el amor y la verdad. La sola alaban-
za a otro pronunciada por la boca de alguien no es capaz de infundir amor en quien la oye.
Otra cosa ocurrirá si quien alaba lo hace desde el corazón y no sólo con la boca. Y añade que no
podrá surgir un amor auténtico si la alabanza que oye a otro no se ajusta a la verdad de los
hechos.

14. 21. Sobre el amor y los elogios


Dedica a Hiero169 su obra “De lo hermoso y lo adecuado”. No le conocía personal-
mente, sino sólo por referencias. Este personaje ejercía de orador en Roma, y era céle-
bre por su estilo y sus enseñanzas. Agustín llegó a amarlo sin conocerlo.
Por todo ello, y como además era muy apreciado por todos, quiso dedicarle sus li-
bros. La gente admiraba el hecho de que un sirio de lengua griega dominara a la per-
fección la lengua latina y fuera un estudioso de la sabiduría.
Se pregunta el santo si el amor a alguien surge sólo porque oye que otros lo alaban.
Por supuesto que no. El que ama enciende el amor en otro. Las alabanzas serán since-
ras cuando responden a lo que siente el corazón.

14. 22. Motivos para amar y ser amado


Reconoce Agustín que el amor que sentía hacia algunas personas dependía de lo
que decían otros hombres. Este amor podría no ser verdadero o auténtico. No ocurre
esto cuando el amor se basa sobre todo en lo que dice Dios.
Se pregunta por qué sus elogios a Hiero no eran como los que hacen a los que
triunfan en ciertas actividades lúdicas. Los elogios a Hiero son distintos: más serios,
más dignos y delicados. De esta manera le gustaría que lo alabaran a él.
Pero rechaza de plano que le amen o elogien como se ama a los actores de teatro,
aunque él les tuviera en mucha estima. En su caso, preferiría el anonimato a esta clase
de celebridad. Preferiría incluso ser odiado a ser amado de esa manera.
Ama él en un hombre lo que de ningún modo querría ser él, siendo hombres los
dos. Un buen caballo es amado por quien no quiere ser caballo; así también un cómico o
actor de teatro es amado por quien no quiere ser como él.

168 In ep. Jn. 2, 11


169 No sabemos nada de este personaje. Según parece, Agustín le dedicó su obra para obtener de él
su aprobación y elogio, ya que era muy reconocido por sus trabajos y elocuencia. Desconocemos
si Hiero contestó a Agustín acusando recibo y con alguna nota laudatoria.

- 115 -
Nacido para amar

No es posible responder adecuadamente a todas las interrogantes que plantea en


estos párrafos; sólo es posible el recurso al misterio, porque el hombre es un abismo
profundo.

14. 23. ¿Por qué amaba a Hiero?


Amaba a Hiero, a quien no conocía, y este amor lo impulsaba a ser como él. Una
vez más, andaba a la deriva, sujeto a las opiniones de los demás, aunque reconoce que
Dios le iba llevando secretamente.
¿Amaba a Hiero porque le alababan los otros o por sus propias cualidades?
No le habría amado si en vez de oír las alabanzas de los otros, hubiera oído sólo vi-
tuperios y desprecios, aun permaneciendo firmes las cualidades de Hiero y siendo él la
misma persona. Luego le amaba por lo que decían de él, no tanto por sus cualidades.
El alma viene a ser como una veleta, que se mueve muchas veces, no tanto por
amor a la verdad, sino a merced de la dirección del viento.
Deseaba y necesitaba que Hiero conociera sus escritos y los aprobara. Caso contra-
rio, su decepción sería grande. Al mismo tiempo, Agustín admiraba su obra, gozaba
con ella, aunque no recibiera alabanza alguna.
__________________________

“Grande abismo es el hombre, señor”. Y añade el santo: “Resulta más fácil contar
sus cabellos que sus sentimientos y los movimientos de su corazón”. Es más fácil
conocer al animal, porque se mueve en cada momento por el instinto, pues sus reac-
ciones son normalmente previsibles.
No ocurre lo mismo con el hombre. Su sicología es muy compleja, por lo tanto
muy rica, y consecuentemente un abismo. Además de los propios impulsos, que
también los tiene, el hombre dispone de inteligencia, voluntad, capacidad de refle-
xión y discernimiento, libertad, caprichos, manías, necesidades físicas y síquicas, sen-
timientos… Todo, regalo de Dios.
Por todo ello se suele decir que el ser humano es un mundo. O un mar sin fon-
do. Un mar sin explorar del todo. Desconocido en gran parte para el propio sujeto,
y mucho más para los otros. De ahí que adentrarse en su interior es una de las aven-
turas más apasionantes y necesarias.
Porque cuanto más y mejor se conozca el hombre a sí mismo, será más libre y
responsable, su voluntad de discernimiento será mayor, afrontará con más serenidad
las contrariedades de la vida, su relación con los otros será sin complejos, dominará
mejor sus propios impulsos, se realizará más como persona, etc.
Como esta tarea no es fácil, nos viene bien contar con Dios. Ningún maestro
mejor que él. Nos ha hecho a imagen suya; por tanto, conocerlo a él nos ayudará a
conocernos a nosotros mismos. Y conocernos a nosotros mismos nos llevará a co-
nocerlo mejor a él. De ahí la súplica que le dirigía san Agustín: “Oh Dios… Que me
conozca, que te conozca”170.

170 Sol. 2, 1, 1

- 116 -
Confesiones, libro IV

Y entonces, el abismo se irá rellenando, y se hará la luz sobre él, aunque no plena
todavía. El hombre elevará su mirada a Dios desde su misma interioridad, y le ado-
rará, le alabará, le dará gracias y le amará.
El hombre seguirá siendo abismo, pero iluminado. Seguirá siendo misterio, pero
imagen de quien lo creó. Será capaz de entrar dentro de sí mismo al encuentro de la
verdad que está en él171. Desde su pequeñez reconocida y asumida, el hombre bus-
cará su cobijo en Dios y en él descansará.
- ¿Me conozco a mí mismo? ¿Conozco el alcance de mis miedos, el porqué de
mis veleidades, la maraña de mis reacciones encontradas, el misterio de mi
interioridad, mis angustias infundadas, mi capacidad de amar apasiona-
damente…?
- ¿Conozco a fondo a los que conviven conmigo o cerca de mí? ¿Pido a Dios,
como Agustín, conocerlo y conocerme?
San Agustín: “Muchos ni a sí mismos se conocen, puesto que el conocerse a sí
mismo, conforme debe conocerse el hombre, no es de todos los hombres; es cosa de
pocos”172. “El hombre se desconoce a sí mismo. Para conocerse necesita estar muy
avezado a separarse de la vida de los sentidos y replegarse en sí y vivir en contacto
consigo mismo”173.

CAPÍTULO 15

Siguiendo con el tema del libro “De lo hermoso y lo adecuado”, expone sus ideas sobre la be-
lleza, pero su mente se mueve sólo entre las formas corpóreas. Cuando intenta adentrarse a re-
flexionar sobre la naturaleza del alma, se encuentra con una dificultad: las ideas que, tiene,
como maniqueo, sobre las realidades espirituales se lo impiden.

15. 24. Unidad en lo bello y discordia en el vicio


No entendía todavía que la belleza tiene su origen en la belleza de Dios. Percibía la
belleza solamente en las cosas corpóreas. Lo “hermoso” es lo que está bien en sí mismo.
Lo “adecuado”, lo que está bien porque se acomoda a algo y dice relación con este “al-
go”.
No le quedó fácil estudiar la naturaleza del alma. Se movía tan sólo entre las formas
corpóreas, a tenor de sus ideas maniqueas. No era real lo que no dispone de líneas, co-
lores y volumen.
Al no ver todo esto en su imaginación, tampoco podría ver su propia alma. Buscaba
sólo fuera de sí mismo, incapaz de adentrarse en su interior como lugar del alma.
Amaba en la virtud la paz, y en el vicio odiaba la discordia. En la primera percibía
unidad; en ésta división.
En la unidad de la paz, pensaba él, reside el alma racional, la verdad y el bien sumo,
que es vida total, sin que proceda de Dios.
En la discordia o división del vicio reside la vida irracional, la naturaleza del sumo
mal, que es verdadera sustancia. Así opinaba él.

171 De ver. rel. 39


172 En. in ps. 118, 8, 2
173 De ord. 1, 1, 3

- 117 -
Nacido para amar

A la unidad llama mónada; a la discordia o división llama diada174. A la primera se


refiere como “inteligencia o mente sin sexo”; la segunda engloba la ira en el crimen y la
sensualidad en los vicios.
Confiesa que no sabía lo que decía. Ni sabía tampoco que el mal no es ninguna sus-
tancia, ni que la mente es el sumo bien.

15. 25. Sólo Dios es la luz verdadera


Cuando la mente o el alma racional está viciada, comete errores y emite opiniones
falsas, que contaminan la vida.
Era su caso. No sabía entonces que el alma debía estar iluminada por otra luz, la
divina, ya que ella misma, el alma, no se identifica con la esencia de la verdad.
Reconoce, por tanto, que sólo Dios es la luz verdadera que ilumina a todo hombre
que viene a este mundo.

15. 26. ¿Por qué yerra el alma?


A pesar de su pertenencia a la secta maniquea e identificarse con todo lo que decía
ella, hacía intentos para acercarse a Dios. Pero se sentía rechazado por el mismo Dios.
Este rechazo se debía, en su opinión, a dos motivos: uno, para que saboreara el gus-
to de la muerte o el vacío interior; dos, porque Dios resiste a los soberbios. Y él, Agus-
tín, era soberbio porque afirmaba y sostenía que su mente racional, su alma, era idénti-
ca a la de Dios.
Seguía apegado a las formas corpóreas. De ahí que no pudiera retornar a Dios, que
es pura realidad espiritual.
Preguntaba a los católicos, gente sencilla, para tenderles una trampa: ¿Por qué ye-
rra o se extravía el alma, si la ha creado Dios?
Si el alma es criatura de Dios, es inadmisible que Dios permita que caiga en el
error. Luego tiene que haber otro principio, igual a Dios, de donde proceda el error y el
mal.
Más todavía, el joven Agustín se empeñaba en decir que Dios erraba necesariamen-
te forzado por el principio del mal. Igualmente, su alma obra el mal necesariamente
forzada por el mismo principio del mal.
Por eso, antes de admitir la responsabilidad de sus actos, descargaba todas sus cul-
pas ante Dios.

15. 27. No logra descansar en Dios


Revela la edad que tenía cuando redactó la obra “De lo hermoso y lo apto”. En sus
momentos de reflexión sobre estos temas dirigía su atención hacia la melodía íntima de
Dios.
Pero no lograba el gozo y el descanso que apetecía y necesitaba. El error que lo te-
nía atenazado lo arrastraba hacia otro lado y su orgullo lo iba hundiendo en el abismo.
Debía pasar antes por la experiencia de la humildad.
__________________________

174 Mónada y diada son términos tomados de los filósofos pitagóricos. Mónada, del griego monos,
hace referencia a lo uno, a la unidad. Diada, del griego dyas, se refiere a la dualidad.

- 118 -
Confesiones, libro IV

“Yo trataba de acercarme a ti, pero sentía que tú me rechazabas, para que
saboreara el gusto de la muerte, y además resistes a los soberbios”. Ha habido
muchos en la historia de la Iglesia que se han acercado a Dios por un “golpe” de
gracia y se han convertido a él. No han vivido ellos un proceso de búsqueda, más o
menos constante, de inquietud permanente y de necesidad sentida de la verdad.
Ocurrió con Saulo de Tarso, san Pablo, y muchos más.
En san Agustín, el proceso fue largo, a veces doloroso, siempre constante. Tro-
pezaba y se levantaba. Buscaba e iba encontrando. Unos quince años duró su bús-
queda. Pero al empeño que ponía no llegaba la recompensa. Y seguía tropezando.
En estos tropiezos intervenía Dios. Hay un dicho en español que dice: “Uno apren-
de a golpes”. Se cumplió en Agustín.
Es Dios quien propina estos golpes en forma de rechazos. Estos rechazos -así
los llama el santo- espolean nuestro espíritu y van forjando en nosotros una perso-
nalidad fuerte y tenaz, para no caer en el desaliento. Porque, además, Dios no nos
deja de su mano. Sencillamente, como buen pedagogo, nos va llevando de esta ma-
nera hacia él.
Por otra parte, Dios utiliza estos “rechazos” para ir doblegando la soberbia que
anida o ha tomado cuerpo en nosotros. Y la soberbia se doblega cuando aflora la
debilidad humana, cuando uno tropieza y cae, cuando siente el rechazo, la lejanía y
la oscuridad en el camino.
Al “saborear el gusto de la muerte”, es un decir, experimentamos con dolor
nuestros pasos en falso, sufrimos en carne viva nuestros fracasos y errores, sentimos
en lo más hondo ciertas frustraciones que nos desorientan. Pero al mismo tiempo, y
porque Dios está con nosotros, todos nuestros tropiezos y caídas estimulan y ani-
man nuestro espíritu para seguir caminando en nuestra vida de fe.
Al final, cuando el camino nos puede parecer interminable, Dios saldrá a nuestro
encuentro.
- ¿Me desanimo fácilmente en el camino de mi fe ante cualquier dificultad o
una tentación fuerte que me hace caer? ¿No veo en los contratiempos de la
vida ocasión propicia para reafirmarme en mi condición de seguidor de Je-
sús?
- ¿Siento que Dios me va llevando “como de la mano” hacia él con momentos
de purificación, de pequeños “rechazos” en palabras de Agustín?
San Agustín: “Lucha y trabaja, que ningún atleta sin sudor y sin esfuerzo. La vi-
da es eso: un gimnasio, una lucha, un certamen” 175.

CAPÍTULO 16

Lee la obra “Las diez categorías” de Aristóteles. Comprende perfectamente su contenido, pe-
ro se pregunta qué beneficio o perjuicio le reportó su lectura. Pretendió en vano aplicar a la
realidad de Dios lo dicho por Aristóteles. Sigue sin entender la verdadera naturaleza divina.

175 Serm. Morin 10, 2)

- 119 -
Nacido para amar

16. 28. Categorías aristotélicas


Entiende perfectamente el contenido de la obra de Aristóteles, a pesar de que sus
maestros afirmaban que les había costado mucho entenderlas aun contando con la ayu-
da de expertos en la materia.
Opina que estas categorías presentaban con mucha claridad lo que son las sustan-
cias, como el hombre, y lo que son las propiedades del hombre. Las enumera a conti-
nuación.

16. 29. Ficciones y falsedades


Piensa que le perjudicaba saber todo eso, ya que se esforzaba en comprender a Dios
y su naturaleza, y no lo conseguía. Como si Dios fuera el sujeto a quien se le aplicaran
tales propiedades o categorías.
Dios no es alguien que tiene belleza, sino que la misma belleza. Dios no tiene una
magnitud infinita, sino que es la misma magnitud o infinitud. No ocurre esto con los
cuerpos o las cosas.
De ahí que sus consideraciones acerca de Dios eran erróneas. Eran ficciones nada
más. Seguía en la miseria y lejanía de Dios.

16. 30. Su inteligencia, don de Dios, se la guardó para sí


No le servía de nada haber comprendido a cabalidad el contenido de los libros de
las llamadas artes liberales176. Gozaba con su lectura, pero desconocía el origen de lo
que en ellos se decía.
Expone un ejemplo muy gráfico: Estaba de espaldas a la luz, veía los objetos ilumi-
nados, pero su rostro estaba a la sombra. Es decir, estaba de espaldas a Dios y de cara a
las cosas creadas.
No tuvo dificultad alguna para entender y comprender, sin necesidad de maestros,
todo lo relativo a las artes liberales. Reconoce que su agudeza intelectual y su capaci-
dad de discernimiento era don de Dios.
No usaba este don para alabarle. Por eso sus conocimientos le resultaban pernicio-
sos, más que útiles.
Se guardó para sí la riqueza de su inteligencia en vez de ofrendarla a Dios. Es lo
que hizo el hijo pródigo de la parábola, que se quedó con la parte de la herencia que le
dio su padre.

176 Las artes liberales son aquellas que sirven al hombre libre para buscar la ciencia y el conoci-
miento. Las artes serviles son aquellas que sirven al hombre para ganar su sustento y que
tienen una finalidad puramente económica, Las artes liberales son siete y se organizan en dos
grupos diferentes. El primer grupo o trivium comprende la Gramática, la Retórica y la
Dialéctica; son disciplinas que se refieren al discurso, al lenguaje. El segundo grupo o
quadrivium incluye la Astronomía, Geometría, Aritmética y Música son disciplinas matemático-
científicas.
la Gramática, que englobaba el estudio de la literatura
la Retórica, que cubría el estudio del derecho
a Dialéctica, y la lógica
la Astronomía, a la que se solía añadir la astrología
la Geometría
la Aritmética,
la Música,

- 120 -
Confesiones, libro IV

16. 31. Nada aprovecha sin Dios


No le servía para nada su inteligencia si seguía pensando que Dios era un cuerpo
luminoso y él, Agustín, una partícula de ese cuerpo.
No se avergüenza de confesar la misericordia de Dios, puesto que tampoco se aver-
gonzaba, cuando era joven, de confesar sus errores ante los hombres y de blasfemar
contra Dios.
Se pregunta de nuevo sobre qué le aprovechaba tener un ingenio agudo y una gran
capacidad para comprender lo que decían los libros, si erraba en la verdadera doctrina.
Sin embargo, sus discípulos, más lentos para entender, se mantenían fieles en la
verdad y se alimentaban en la fe de la Iglesia.
Concluye este libro IV con una oración que dirige a Dios para pedir su protección,
ya que atiende con tanta delicadeza a los pequeños. La seguridad se encuentra única-
mente en Él, mientras que la firmeza humana, si no se afinca en Dios, es debilidad.
Apartarse de Dios lleva a la perversión. Es necesario volver a Él para no quedar
abatidos. El destino final es una eternidad que no desaparecerá, una casa que no se de-
rrumbará.
__________________________

“Estaba de espaldas a la luz y de frente a los objetos iluminados. Por eso mi


rostro veía las cosas iluminadas, pero él (Dios) se quedaba sin iluminar”. Ocurre
con frecuencia: Admiramos la hermosura de la naturaleza, gozamos con lo que
nuestros ojos ven, saboreamos el gusto de los alimentos, nuestros oídos se deleitan
con los acordes más bellos de la música y la armonía de las composiciones de los
maestros más ilustres, nos sentimos a gusto y contentos con lo que somos y tene-
mos… Y es bueno y legítimo que sea así.
Pero en ocasiones no pasamos de ahí. Nos quedamos con lo que vemos, oímos
o gustamos. No nos preguntamos quién ha derramado tanta belleza en lo creado,
quién ha creado la luz para poder contemplar tanta hermosura, quién ha dado al
hombre la capacidad de crear los sonidos musicales y lograr con ellos las armonías
más bellas.
Nos solemos quedar con lo iluminado, lo bello, lo bueno, lo placentero; y no mi-
ramos hacia la luz de donde procede esta iluminación. Cuando contemplamos y ad-
miramos la belleza de un cuadro, buscamos la firma del pintor. Y nuestro gozo es
mayor si quien lo ha elaborado es uno de los pintores más célebres en la historia del
arte.
Ya convertido, Agustín seguía buscando a Dios, porque nunca se le acaba de en-
contrar del todo. Y se acercaba a la naturaleza, a las criaturas, y les preguntaba por
su origen y el porqué de su belleza. Y le respondían: “Nosotras no somos tu Dios.
Búscalo por encima de nosotras. Él es quien nos ha hecho”177.
Encontrar a Dios en las criaturas, o percibir en ellas su presencia, acrecienta el
gozo de la contemplación de las cosas, propicia la elevación del espíritu en una ora-
ción silenciosa y anticipa en alguna medida la visión de la Belleza en un día sin fin.

177 Conf. 10, 6, 9

- 121 -
Nacido para amar

Y podemos decir con el santo: “Todo este orden bellísimo de las cosas extraor-
dinariamente buenas, una vez que colmen su medida, pasarán. Tuvieron una mañana
y una tarde”178.
- ¿Qué me dice la naturaleza en su conjunto? ¿Qué me dice la belleza de todo
lo creado, el orden y armonía de los astros, el ir y volver de las olas del
mar, el aire que respiro, la vida en el árbol y en la hierba que brota en la
tierra con humedad, la luz y las tinieblas…?
- ¿Sé admirar la belleza en las criaturas como destello de la belleza de
Dios? ¿O me quedo, más bien, en la mera contemplación de las cosas sin
llegar a la contemplación de quien las ha creado?
- ¿Me brota con facilidad un momento de oración a la Belleza increada?
San Agustín: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, in-
terroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo
[...] interroga a todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas.
Su belleza es su proclamación. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho
sino la Suma Belleza, no sujeta a cambio?”179

178 Ib. 13, 35, 50


179 S. 241, 2

- 122 -
LIBRO V

Comienza una nueva etapa en la vida de Agustín. Pertenece todavía a la secta de los
maniqueos, pero su adhesión a ella se va debilitando poco a poco. Ha cumplido ya los
veintiocho años de edad.
Un hecho muy significativo en esta etapa es su encuentro con Fausto, figura eminente
del maniqueísmo. Esperaba que Fausto hiciera luz en muchas de sus dudas, pero queda
frustrado de este encuentro.
Deja Cartago y va a Roma en busca de un futuro mejor. Le sigue su madre poco
tiempo después, para seguir muy de cerca al hijo.
De Roma pasa a Milán, donde se encuentra con otra figura de la Iglesia Católica,
San Ambrosio, que será determinante en su proceso de acercamiento a la verdad y su
conversión a la fe.
Si en años precedentes era acosado por la pasión de la carne, ahora le dominará la
ambición y la gloria mundana.
Se va acercando poco a poco a la Iglesia Católica, como el hijo de la parábola que
regresa a la casa paterna.
CAPÍTULO 1

Ofrece a Dios el sacrificio de sus confesiones.

1. 1. Invocación y ofrecimiento
Vale decir una vez más que con el término “confesiones” no quiere indicar el santo
la manifestación de sus pecados, sino la proclamación de su agradecimiento y alabanza
a Dios por todo lo que de Él ha recibido.
Confesar el nombre de Dios es reconocer su señorío, su poder y su amor. Nada ni
nadie hay semejante a Él.
Dios conoce el interior del hombre y nada puede sustraerse a su mirada.
Alaba a Dios para amarle, confiesa sus misericordias para alabarle.
No hay criatura alguna, animada o inanimada, que ella misma no sea una alabanza a
Dios, mucho más si la proclama con sus labios y desde el corazón. También las inani-
madas alaban al Señor por la boca del hombre que las contempla.
Todo lo creado es una invitación para que el alma se eleve hasta Dios, porque en Él
reside su fortaleza y su renovación.
__________________________

“Que mi alma te alabe para amarte, y que confiese tus misericordias para
alabarte”. Confesión, misericordia, alabanza y amor. Son las cuatros palabras que, a
mi entender, resumen todo el contenido de Las Confesiones. Y si añadimos la fe,
que está implícita en cada una de ellas, serán también la síntesis de la vida de todo
creyente.
“Quien esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Este reto de Jesús
lo dirige también a todos nosotros. Caemos en el pecado por nuestra débil condi-
ción humana, porque la tentación nos ronda en todo momento y por una cierta in-
clinación al mal desde el pecado de origen. O por otras causas. Ni los santos se li-
braron de caer en él.
El reconocimiento del propio pecado nos lleva a la confesión, es decir, al reco-
nocimiento del mal que hemos hecho o del bien que hemos omitido. Y lo confesa-
mos a Dios en su Iglesia con humildad, con dolor y arrepentimiento. Y también
con la esperanza, o mejor, con la seguridad de obtener el perdón. Y con el perdón
concedido de quien es amor y misericordia, Dios, nos llega la paz del corazón y el
gozo de la reconciliación.
Unida a la confesión de los pecados está la confesión de la misericordia de Dios.
Es decir, el reconocimiento de que Dios es siempre misericordioso.
Y surge entonces la acción de gracias y la alabanza al Padre, de quien viene todo
don perfecto (Sant. 1, 17). Agustín habla desde su experiencia personal: “Alabarán al
Señor los que lo buscan. Los que le buscan lo hallarán, y una vez que lo encuentren
Nacido para amar

lo alabarán”180. Lo buscan también quienes antes se habían alejado de él por el pe-


cado. Lo buscan, lo hallan y le alaban.
El perdón es quizás una de las expresiones más hermosas del amor. Perdona
quien ama. Y Dios, que es amor, perdona siempre. Y junto con el perdón concede la
paz y el gozo.
- Además de agradecer al Señor por el perdón otorgado, ¿le alabo y le ben-
digo? ¿Siento que dentro de mí nace una mirada al corazón de Dios para
alabarle por todo el bien que me ha hecho?
- ¿Qué efecto produce en mí la alabanza que tributo al Señor?
San Agustín: “Te sugiero un medio para que, si quieres, alabes a Dios perpetua-
mente. Todo lo que hagas hazlo bien, y así alabaste a Dios”181.

CAPÍTULO 2

Agustín expresa en este breve capítulo una gran confianza en Dios, que no abandona nunca
a nadie, sea pecador o no.

2. 2. Dios está cerca de todos, buenos y malos


Aunque los malvados se alejen de Dios, Dios les saldrá siempre al encuentro, por-
que no se desentiende de nadie. Se toparán con su justicia. Ellos no le pueden hacer
daño alguno.
Los malvados no saben que Dios está en todas partes, y estén donde estén lo pue-
den encontrar. Está incluso en los que se alejan de Él.
Deben convertirse y volver a Dios, que está en el corazón de todos, buenos y malos.
Enjuga las lágrimas de los que le suplican y sufren. Pero lloran con la satisfacción de
estar con Dios y de sentir alivio y consuelo.
El último párrafo de este capítulo es muy hermoso: Agustín no podía encontrar a
Dios, a quien buscaba y que estaba delante de él, porque había huido de sí mismo y no
se encontraba.
__________________________

“Así pues, que se conviertan y te busquen. Tú no desamparas a tus criaturas”.


Agustín habla desde su experiencia personal de conversión. Búsqueda y conversión,
o conversión y búsqueda. Da lo mismo. Cuando uno busca a Dios ya está en proce-
so de conversión. Y el proceso siempre es búsqueda. A ello nos invita el santo.
La conversión implica y exige un cambio de mentalidad o de corazón. “Meta-
noia” es un término griego que viene a significar este cambio. Es dar la vuelta y po-
nerse de cara a Dios. Si por el pecado el hombre se había vuelto de cara a las criatu-
ras sin el Creador, ahora se trata de dar la vuelta y ponerse de cara al Creador de las
criaturas.
La conversión implica también iniciar y proseguir un proceso de búsqueda: Bús-
queda de Dios para “ponerse de cara” a Él. El pecador busca en la Palabra el perdón

180 Conf. 1, 1, 1
181 En. in ps. 34, s, 2, 16

- 126 -
Confesiones, libro V

y la misericordia. Busca la Verdad, que es gracia y acogida. Busca también el encuen-


tro con Dios y los hermanos en la Iglesia. Busca y anhela la paz en su interior, don-
de está Dios.
Quien busca de esta manera ya está convertido. O mejor, está en proceso de
conversión, porque ésta nunca será completa o perfecta mientras se camina por este
mundo. Será definitiva y consumada en la vida plena, que consiste básicamente en
ver a Dios cara a cara siempre, sin volverle jamás la espalda. Y la visión de Dios
produce el gozo pleno y verdadero.
Mientras tanto, mientras vivimos en este mundo, tenemos la garantía de que
Dios no desampara nunca a sus criaturas. Las protege, las cuida, las ama. A todas
ellas, pero en especial al hombre, a quien ha hecho a su imagen y semejando, y sobre
quien ha volcado todo su amor.
Agustín agradece a Dios que se valiera de su madre Mónica para ir atrayéndolo a
la fe. Dice así: “Te preocupas de cada uno de nosotros como si fuera el único objeto
de tus cuidados, y cuidas de nosotros como si cada uno fuera un ser único” 182. Poco
más se puede decir con tan pocas palabras acerca de la providencia de Dios con ca-
da uno de nosotros.
- ¿Qué entiendo por conversión? ¿Sólo dejar el pecado grave para vivir en
paz conmigo mismo? ¿Vivir una fe tranquila, sin sobresaltos, mantenida
por una cierta inercia o costumbre?
- ¿Cumplo con lo que Jesús dice en el evangelio: “Convertíos y creed en el
evangelio”? ¿A qué me obligan estas palabras del Señor?
San Agustín: “¿Cómo hubieras podido convertirte si no hubieras sido llamado?
¿Por ventura aquel que te llamó apartado no te ayudó para convertirte? No te arro-
gues la misma conversión, porque, si no te hubiese llamado él a ti que huías, no hu-
bieras podido convertirte”183.

CAPÍTULO 3

Primeras noticias sobre Fausto. Comienza a dudar de las concepciones filosóficas de los
maniqueos. En su opinión, son mas firmes las ideas que al respecto tienen los filósofos “acredi-
tados” que él había aprendido y retenido en su memoria.

3. 3. Llega Fausto184
A sus veintinueve años sigue buscando la verdad. Creía que la había encontrado en
los maniqueos, pero comienza a dudar de ella. Fausto aclarará todas sus dudas. Eso le
decían.

182 Conf. 3, 11, 19)


183 En. in ps. 84, 8
184 Fausto era un obispo maniqueo, erudito, de grandes cualidades, dotado agudeza de ingenio y
elocuencia. Desempeñará un papel importante en algunos momentos de la vida de Agustín. El
santo escribirá su obra “Contra Faustum” para refutar los errores vertidos por este obispo ma-
niqueo en una obra contra el Antiguo Testamento.

- 127 -
Nacido para amar

Eran muchos los que caían en sus redes fascinados por su elocuencia y buenas ma-
neras. Agustín elogia la elocuencia de Fausto, pero no lo que decía. Una cosa es la vaji-
lla, que puede ser muy hermosa y de gran valor, y otra su contenido o a comida.
Contrapone sus ideas filosóficas a las de los maniqueos, que son fábulas o invencio-
nes farragosas. Las ideas de los filósofos “acreditados” son más verosímiles y se acercan
más a la verdad, aunque no llegaron a descubrir al creador de todo.
Hace suyas ciertas afirmaciones de los Salmos para afirmar que Dios resiste a los
soberbios y se revela a los humildes y sencillos.

3. 4. Filósofos sin Dios


Estos filósofos “acreditados” o célebres185 pudieron investigar y profundizar en mu-
chos problemas y misterios con la inteligencia que Dios les dio.
Lograron predecir, por ejemplo, los eclipses del sol y de la luna y redactaron leyes
que siguen vigentes hoy día.
Los ignorantes quedan pasmados y asombrados ante estos hechos, pero los llama-
dos sabios se ensoberbecen y se engríen. Pero se apartan de la verdadera luz y se apa-
gan.
Son capaces de predecir el eclipse del sol e incapaces de ver su propia oscuridad.
Ocurre esto porque no indagan con los ojos de la fe el origen de su ingenio e inteligen-
cia.
Cuando algunos descubren que Dios es el autor de su capacidad intelectual, se apar-
tan de Él. Desechan o marginan a quien podría cuidar lo que les ha dado. No le rinden
culto ni se apean de su vanidad.
No refieren a Dios sus ansias de curiosidad que les induce a averiguar el contenido
de los misterios. Se niegan a eliminar sus lujurias para ser rehabilitados por quien es el
autor de la vida.

3. 5. No conocen el Camino
La sabiduría de Dios es incalculable. Intentan someter la misma divinidad a cálcu-
los matemáticos. Pero a Dios no se le puede numerar, ni medir, ni pesar.
El Unigénito de Dios se hizo uno más entre nosotros, se hizo para todos sabiduría
y santificación. Pero ellos no conocen el camino que había que bajar para llegar a Él
desde su soberbia, ni el camino de subida hacia Él.
Aun así se creen sabios y llenos de luz y sabiduría, pero su corazón está en tinie-
blas.
Aciertan en muchas cosas que se refieren a la creación, pero no buscan ni encuen-
tran al autor de todo lo creado. Y si lo encuentran, prescinden de Él y alardean sólo de
sí mismos.
Atribuyen a Dios, que es la Verdad, sus mentiras y falsedades. Cambian la gloria de
Dios incorruptible según la imagen del hombre corruptible y en imágenes de animales
(Cf. Rom. 1, 23).
Convierten la verdad en mentira y rinden culto, no al Creador, sino a las criaturas.

185 La lectura y estudio de estos filósofos y astrónomos, cuyos nombres no menciona Agustín, lo
van arrancando poco a poco de las garras de los maniqueos.

- 128 -
Confesiones, libro V

3. 6. No encuentra razones sólidas para creer a Manés


Había leído Agustín varios de los libros de los matemáticos y filósofos que él llama
acreditados. Retenía en su mente muchas de sus enseñanzas sobre la creación, que él
creía razonables porque se basaban en cálculos matemáticos, en la sucesión de los
tiempos, etc.
Comparaba tales verdades con las teorías de Manés, fundador de la secta, que dis-
parataba cuando escribía sobre estos temas. Estos escritos no ofrecían nada que fuera
razonable.
Pero se le ordenaba creer en todo ello, sin darle opción a replicar o contras-tar des-
de lo que él ya conocía por sí mismo.
__________________________

“No conocieron este camino y se creen altos y resplandecientes como los as-
tros. Y mientras tanto, ahí están derribados en tierra y entenebrecido su necio
corazón”. Se refiere el santo a los maniqueos. No conocieron el Camino, que es la
Palabra, Cristo. Agustín había cumplido ya los 29 años y estaba desencantado de
ellos. “Hatajo de charlatanes”, los llama en otro lugar186.
Los sabios engreídos están y son ciegos. Se miran únicamente a sí mismos y no
se reconocen. Ven sólo imágenes deformadas y coloreadas de un yo falso. Están
vacíos por dentro y se creen llenos. Se creen altos y resplandecientes, llenos de cien-
cia, y son chatos y sin luz. Se hacen el centro de lo que les rodea, y ellos mismos se
marginan de todo.
No aprecian la belleza de lo creado, mucho menos a quien la ha creado. La be-
lleza, dicen, radica sólo en ellos, y la excelencia también. Y la inteligencia, y el saber,
y la valía personal. Por encima de ellos, nadie. Por debajo, o al margen, todos los
demás.
Su corazón es necio, dice Agustín. Y es verdad. Están llenos de vacío, como los
globos de los niños que suben a lo alto porque en ellos no hay contenido alguno. La
nada. Sólo un poco de color en su envoltura.
“El alma humana, dice el santo, no tiene luz por sí misma. Hay una cierta fuente
de virtud, una raíz de sabiduría, una región de verdad inmutable de la que, si el alma
se aparta, se vuelve opaca; si se acerca, se vuelve radiante”187.
Los sabios engreídos no pueden conocer el camino para indagar y buscar la ver-
dad, porque ellos, dicen, son la verdad. Su camino no va a ninguna parte, porque
ellos son camino cerrado: comienza en ellos y en ellos termina. “Y mientras tanto,
dice el santo, están derribados en tierra y entenebrecido su necio corazón”.
Otros, los sabios no engreídos, encuentran huellas de Dios cuando se van aden-
trando en los misterios de la naturaleza, cuando escudriñan el macrocosmos y des-
cubren las maravillas del universo. Otros se mueven en el campo del microcosmos,
en lo más pequeño, y quedan fascinados por sus hallazgos, porque encuentran la
mano y el poder de un ser superior al hombre, Dios, autor de todo. Y cuanto más
buscan y descubren, más se acercan a Dios.

186 Conf. 5, 7, 12
187 Ib. 58, 1, 18

- 129 -
Nacido para amar

Estos sabios reconocen que han recibido su saber, o al menos su capacidad para
saber, de Dios. Confiesan que cuanto más creen conocer, es mucho más lo que les
falta por saber y que también es mucho más lo que ignoran. Y esta sana ignorancia
los lleva hasta quien es la fuente de todo conocimiento, hasta la Sabiduría en perso-
na. Hasta Dios. Conocen el camino que los lleva a la verdad.
- ¿Sé ver y encontrar a Dios en las criaturas, en los acontecimientos, dentro
de mí mismo? ¿Podría decir que la naturaleza es un canto de alabanza a
Dios? ¿Por qué?
- ¿Me considero mejor o más sabio de muchos que me rodean? ¿Soy capaz
de mirarme por dentro y reconocerme tal cual soy? ¿Cómo combato la so-
berbia que todavía anida en mí?
San Agustín: “Los que creen ser algo, no siendo nada, se engañan a sí mismos;
pues no son grandes porque estén hinchados, ya que la hinchazón y la arrogancia
imitan sólo la grandeza, pero carecen de firmeza”188.

CAPÍTULO 4

Dios es la Verdad y la fuente de toda verdad. Por eso, es más feliz quien refiere a Dios to-
dos sus conocimientos, aunque fueran escasos y pobres.

4. 7. Quién es más feliz


Es un pobre hombre quien sabe mucho de todas estas cosas y no conoce a Dios. Pe-
ro es feliz quien conoce a Dios aunque sepa poco o nada de estas cosas.
Pero quien conoce a Dios y también las cosas no es más feliz por saberlas, sino so-
lamente por conocer a Dios y, además, si le glorifica, le da gracias y no presume de sus
propios conocimientos.
A continuación presenta el ejemplo muy gráfico de quien posee un árbol y le da
gracias a Dios por la utilidad que reporta, aunque no sepa nada de su composición, me-
didas, etc.
El creyente, sin poseer nada, lo tiene todo, porque tiene a Dios. Es más feliz que el
astrónomo más experto.
__________________________

“Del hombre de fe son todas las riquezas del mundo. Sin poseer nada, lo tiene
todo, porque está unido a ti, a quien sirven todas las cosas”. ¿Una paradoja de
tantas? Porque, ¿quién es rico sin poseer nada? A los ojos del mundo, nadie. Pero a
los ojos de Dios, todo aquel que pone en él su confianza.
¿Quién es, pues, el verdadero rico? Dice Agustín: “Te crees rico; pero si no tie-
nes a Dios, ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no tie-
ne?”189. Es decir, sólo es rico el que tiene a Dios, que es la verdadera riqueza.
Lo afirma también san Pablo con otras palabras cuando dice: “Por Cristo lo per-
dí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo” (Fil 3, 8).

188 En. in ps. 38, 8


189 S. 78, 5

- 130 -
Confesiones, libro V

Se puede carecer de bienes y ser rico, si se tiene al que es el único Bien, Dios. Se
puede poseer muchos bienes y ser pobre, si carece del único Bien, Dios.
Rico es también quien, teniendo pocos o muchos bienes, reparte con generosi-
dad y comparte con los que nada o poco tienen.
Y es pobre, y además necio, quien se cierra en sí mismo, en lo que es y tiene,
aunque tenga los graneros llenos, como afirma el mismo Señor en el evangelio (Lc
12, 20).
El hombre de fe es rico en los bienes mejores y más nobles: el amor, la capaci-
dad de perdonar, la paz interior, el gozo de la fe, la esperanza fundada, la confianza
en Dios, la solidaridad, la fraternidad sin exclusiones, la libertad en la verdad, y sobre
todo, como dice el santo, la unión con Dios, bien sumo.
Y será rico en los bienes que posea, aunque sean escasos, si no se esclaviza a
ellos, ni acumula sólo para tener más, ni capitaliza como si en ello le fuera la vida,
sino que los usa como medio para vivir más dignamente él y los suyos, para compar-
tir con amor, y porque sabe que: “es mejor necesitar poco que tener mucho”190, se-
gún palabras de san Agustín.
- ¿Sufro y me angustio porque no poseo bienes, como los tienen otras perso-
nas que conozco? ¿Valoro la pobreza si no me falta lo necesario? ¿Com-
parto con otros lo poco o mucho que pueda tener?
- ¿Qué significa Dios para mí? ¿La única riqueza que merece la pena, un
comodín, una molestia a la hora de emprender alguna actividad no tan
santa, lo único que me puede llenar…?
San Agustín: “Al rico le conviene reconocerse pobre, ya que, si se cree abastecido,
es un engreído, no un repleto. Se reconozca vacío para poder ser llenado. ¿Qué tiene?
Oro. ¿Qué cosa no tiene? La vida eterna. Vea lo que tiene y lo que no tiene. Herma-
nos, de lo que tiene dé, para que reciba lo que no tiene. Compre con aquello que tiene
lo que no tiene”191(CS 121,11).

CAPÍTULO 5

La ciencia y la piedad (la fe) son cosas distintas. Se puede ser creyente sin ser científico (ma-
temático, astrólogo, etc.). Y uno puede ser científico sin ser creyente. Manés, que se consideraba
creyente, no tenía por qué verse obligado a escribir de estos temas, como si la ciencia fuera im-
prescindible para la piedad. Una puede existir sin la otra.

5. 8. Manés, osado e ignorante


Manés tenía que haberse limitado a hablar y escribir sólo sobre la piedad o la prác-
tica de la religión en la que creía. Pero, como afirmaba que la ciencia dependía de la
piedad, se empeñaba en hablar también de la astrología como parte de la religión. No
tenía por qué haberlo hecho.

190 Regla 3, 5
191 En. in ps. 121, 11

- 131 -
Nacido para amar

Adem un ignorante en lo referente a la piedad, aunque tuviera pleno conocimiento


de las cosas. Pero también carecía de este conocimiento. A pesar de ello tenía la osadía
de enseñar. Carecía de piedad y de ciencia.
Pretender enseñar lo que no se sabe es pura vanidad. Sin embargo, la piedad tiene
pleno sentido ya que consiste en confesar a Dios y alabarle.
Falto de piedad, Manés, habló de muchas cosas, pero los verdaderos expertos pu-
sieron en evidencia su incapacidad para entender cosas mucho más difíciles.
Pero él no quería ser estimado en poco. Trató de convencer a todos de que el Espí-
ritu Santo residía en él. De ahí que se creía con autoridad para enseñar.
Cuando se demostró la falsedad de sus conocimientos astronómicos, quedó en evi-
dencia su audacia sacrílega de atreverse a atribuirse a sí mismo, como si en él residiera
la divinidad, cosas que ignoraba, incluso falsedades.

5. 9. Tolerante con el creyente. Sigue con sus dudas


Tolera la ignorancia que de estos temas (astrológicos, matemáticos, etc.) pueda te-
ner un cristiano, con tal de que crea verdaderamente en Dios.
Pero sería muy nocivo para él si pensara que todas estas cosas pertenecen a la esen-
cia de la doctrina de la fe y mantuviera con terquedad lo que no sabe.
A pesar de todo, esta postura puede ser comprensible en los inicios de la fe, hasta
que surja en él el hombre nuevo y logre una fe más firme y alimentada por la caridad.
No ocurrió esto en Manés, que tuvo la osadía de presentarse como doctor, conseje-
ro, guía y cabeza de sus seguidores, a quienes persuadía de que no le seguían a él, sino
al Espíritu Santo. De ahí que todas sus opiniones o afirmaciones debían ser rechaza-
das.
Sin embargo el joven Agustín no tenía entonces ideas muy claras acerca de todo es-
to. Seguía en la duda. Y en último término, prevalecía en él la autoridad de Manés,
acreditada por la santidad de su vida.
__________________________

“La piedad consiste en confesarte a ti”. Es decir, en reconocer a Dios192, creer


en él, rendirle culto de adoración, amarle de corazón y servirle 193. En esto consiste,
además, la verdadera sabiduría194.
Reconocer significa también, en mi opinión, conocer con el corazón. Es verdad
que a Dios nadie en este mundo lo puede conocer con la sola fuerza de su entendi-
miento. Es Jesús quien nos lo ha dado a conocer (Lc 10, 22).
Fiados, y seguros, en las palabras de Jesús, conocemos al Padre y lo reconoce-
mos como tal. Ponemos en juego nuestra capacidad, siempre limitada, para conocer,
y lo acogemos en nuestro corazón. Es decir, lo reconocemos. Esto es piedad.
Y creemos en él. Porque nos dice la verdad y nos lo ha revelado su Hijo. Porque
nos ama. Creemos en él y confiamos en él. Aquí también entra en juego nuestra
mente y nuestro corazón: fe y confianza. Porque la confianza viene a ser creer con

192 De lib. arb. 1, 12


193 C. Acad. 140, 18, 45; 155, 4, 17; 167, 3, 11
194 De Sp. et lit. 11, 18

- 132 -
Confesiones, libro V

amor. Y esto es también piedad.


Y le rendimos culto de adoración. Lo hacemos en espíritu y verdad, como nos
dijo Jesús (Jn 4, 23). Lo adoramos porque él es nuestro Dios, el único. A nadie más.
Le adoramos porque es nuestro Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que
existe, porque nos ama con amor infinito y misericordioso 195. Y esto es también
piedad.
- ¿Me considero piadoso en el sentido expresado en los párrafos anteriores?
“Sé confesar y reconocer a Dios, tanto de palabra como con mi vida?
- ¿No hay en mi vida otros pequeños dioses y me apego a ellos, posponiendo
al que es el Único, al Dios vivo?
- ¿Cómo llevo a la práctica las palabras de la Biblia: “Ama a Dios sobre
todas las cosas”?
San Agustín: “Dios, como Padre de todos, no tiene necesidad de nadie; pero a
nosotros sí que nos viene bien el adorarlo por medio de la justicia, de la castidad y
demás virtudes, haciendo de nuestra propia vida una plegaria hacia El a través de su
búsqueda e imitación”196.

CAPÍTULO 6

Espera con ansia a Fausto, maniqueo. Según le decían sus correligionarios, él le resolvería
todas sus dudas. Le agrada cómo habla, pero no lo que dice. Se entrevista con él y queda de-
fraudado.

6. 10. La verdad no depende de la forma como se presente


Ansioso de la verdad y ánimo vagabundo. Así se presenta Agustín en este capítulo.
Hacía nueve años que vivía en esta situación.
Por sugerencia de los maniqueos, quienes no eran capaces de aclarar sus dudas, se
decidió a esperar a Fausto. Le decían que con una simple entrevista, todas sus dudas
quedarían resueltas.
Cuando al fin llegó, se ganó la admiración del joven Agustín. Lo encontró simpático
y de fácil palabra. Decía lo mismo que los otros, pero con mayor elegancia.
Pero la admiración que sintió Agustín por Fausto no pudo apagar su sentido crítico.
Cayó en la cuenta de que las palabras de Fausto no se correspondían con la verdad por
el sólo hecho de estar bien formuladas. Ni su espíritu era más sabio por ser muy expre-
sivo su porte y su estilo elegante.
Sin embargo, hay quienes admiten como verdaderas muchas afirmaciones falsa por
la sola razón de que están presentadas con hermosas palabras.
No sucede esto en quienes sospechan de la verdad, o se niegan a reconocerla, cuando
se presenta con palabras hermosas y bien aderezadas.
Aunque en esa época no fuera consciente, reconoce que era Dios quien le había
enseñado a pensar de esta manera. La verdad o la falsedad no dependen de cómo se

195 Cat. Igl. Cat. 2096


196 De civ. Dei 19, 23, 4

- 133 -
Nacido para amar

presenten, sino del contenido o de sí mismas. El manjar es bueno, no porque sea


hermosa la vajilla que lo contiene, sino por sí mismo.

6. 11. Su encuentro con Fausto


A pesar de todo no defraudó de momento las expectativas de Agustín. Se entusias-
maba con la vivacidad de su ingenio, la riqueza de su vocabulario y el ánimo que im-
primía en sus discusiones.
Pero al mismo tiempo se encontraba molesto porque no le permitían intervenir con
sus preguntas y posibles observaciones.
Al fin se le presentó la oportunidad de hablar con él, y se dio cuenta de que carecía
del conocimiento de las artes liberales. De la gramática sí tenía algunos conocimientos
básicos.
Como tenía facilidad de expresión, un cierto gracejo natural y elocuencia, cautivaba
y seducía a los oyentes.
__________________________

“Nadie fuera de ti es maestro de la verdad, brille donde brille y aparezca


como aparezca”. Ya lo dijo Jesús: “Vosotros no os dejéis llamar maestros, porque
uno solo es vuestro maestro” (Mt 23, 8). Todos los demás, fuera de Dios, somos
aprendices.
El científico, si además es sabio, sabe -valga la redundancia- que es mucho más,
muchísimo más, lo que ignora que lo que conoce. Y cuanto más avanza en sus co-
nocimientos, tanto más cae en la cuenta de que se amplía el campo de lo que ignora.
Y por mucho que sepa, no brilla con luz propia, sino prestada.
Si esto es así, que lo es, ¿a qué viene tanta petulancia y tanta pedantería en mu-
chos “charlatanes” -así los llama san Agustín197-, que se creen doctos y se proclaman
maestros, poseedores exclusivos de toda la verdad, “brillen donde brillen y aparez-
can como aparezcan”, en palabras de mismo santo?
La verdad, toda la verdad, radica sólo en Dios. Él es la verdad (Jn 14, 6). Noso-
tros, siempre aprendices, manejamos muchas pequeñas verdades, que emanan de la
verdad única y en ella se fundamentan. La verdad está reñida con la soberbia; es
hermana, más bien, de la humildad y modestia.
El que desempeña el oficio de maestro, aunque sea siempre aprendiz, a nadie im-
pone lo que sabe; más bien, propone o presenta sus conocimientos, para que los
otros, libre y conscientemente, los puedan aceptar o rechazar.
El programa de vida de todo ser humano debería basarse en la búsqueda perma-
nente de la verdad. O sea, además de aprendices, buscadores. Como lo fue nuestro
santo toda su vida. Y con él podríamos rezar así: “Señor y Dios mío, perdóname tú
y discúlpenme los tuyos, por lo que en este libro -De Trinitate- hay de mi propia
cosecha. Y que los tuyos acepten de buen grado lo que, gracias a ti, hay en él de
provecho”198.

197 Conf. 5, 7, 12
198 De Trin. 15, 28, 51

- 134 -
Confesiones, libro V

- ¿Acostumbro a imponer a otros mi verdad? ¿Por qué identifico a veces mi


opinión con la verdad? ¿Soy lo suficientemente humilde para aceptar,
aunque esté muy seguro de lo que digo, que también en el otro pueda estar
la verdad?
- ¿Mi vida es verdad, es decir, está de acuerdo con mi conciencia y con mi fe?
San Agustín: “Cuando el hombre vive según la verdad, no vive según él mismo,
sino según Dios, pues es Dios quien dijo: "Yo soy la verdad". Pero cuando vive según
él mismo, según el hombre, no según Dios, vive según la mentira” 199 (CD 14, 4, 1).

CAPÍTULO 7

Continúan los diálogos del joven Agustín con Fausto. Éste reconoce su ignorancia en todo lo
relativo a la astronomía. Agustín elogia la sinceridad de Fausto. De ahí que le resultara más
atractiva su personalidad. Se van debilitando los vínculos que unían a Agustín con el mani-
queísmo.

7. 12. Agustín elogia la honradez de Fausto


Decepcionado Agustín por el desconocimiento que tenía Fausto de todo lo relacio-
nado con la astronomía, comenzó a pensar que tampoco sería capaz de resolver las du-
das que lo angustiaban.
Aunque él ignoraba todo ello, bien podía conocer la verdad y la piedad si no fuera
maniqueo, porque los escritos de la secta estaban llenos de larguísimas fábulas acerca
de todo lo relacionado con los astros.
Fausto era incapaz de explicar estas teorías con la debida precisión y poder compa-
rar sus explicaciones con los datos numéricos de que disponía Agustín. No sabía tam-
poco si concordaban a no con lo que se decía en los libros de Manés.
Tuvo la honradez de reconocer su ignorancia en estos temas. Por esta cualidad se
distinguía de tantos charlatanes que pretendían enseñar a Agustín con afirmaciones
vacías de contenido.
Era sincero consigo mismo, pero nada ingenuo. Como era consciente de su ignoran-
cia, no quiso someterse a unas discusiones en las que no podría salir airoso.
Este gesto agradó a Agustín, quien valoraba más el reconocimiento sincero de las
propias limitaciones que todo cuanto de él deseaba saber.

7. 13. Decide ir abandonando la secta maniquea


Muestra su decepción por tantas falsedades contenidas en los libros de los mani-
queos. Al mismo tiempo va aumentando progresivamente la desconfianza en los que
consideraban doctos entre ellos.
A pesar de ello siguió frecuentando los diálogos con Fausto, ya que éste mostraba
mucho interés por las enseñanzas que impartía el joven a sus alumnos.
Después de conocer a este hombre, desapareció en él el empeño o la ilusión que ha-
bía mantenido de progresar en la secta. Decide, sin embargo, seguir en ella hasta en-
contrar algo más satisfactorio para él.

199 De civ. Dei 14, 4, 1

- 135 -
Nacido para amar

Fausto, que había sido para muchos causa de perdición, para Agustín fue el instru-
mento de que se sirvió Dios para ir abandonando la secta maniquea.
Reconoce que su madre, Mónica, consiguió de Dios esta gracia, ya que oraba ince-
santemente y derramaba abundantes lágrimas por él.
__________________________

“Tu actuación en mi persona se sirvió de métodos asombrosos”. Agustín recono-


ce en varias ocasiones, una vez convertido, que Dios lo había ido llevando de la
mano al encuentro con él. Que no lo dejaba solo, que “estaba delante de él”, pero
que Agustín no era capaz de verle, porque había huido de sí mismo200
Incluso admite que era Dios quien le hacía “saborear el gusto de la muerte”201 pa-
ra que sintiera la necesidad de acudir a la fuente de la vida. Permitía que el joven
Agustín tropezara y cayera en más de una ocasión, y así iba doblegando su soberbia.
Pero también ponía en su camino algunos “métodos asombrosos” que le iban
abriendo los ojos de la mente y del corazón para buscar la verdad. La lectura del
libro “El Hortensio” de Cicerón, con su exhortación a la filosofía, obró en él un
cambio en su mundo afectivo y le impulsó a comenzar el retorno a Dios202.
Otro “método asombroso” fue Mónica, su madre, con sus oraciones incesantes y
sus lágrimas abundantes. Y Ambrosio, obispo de Milán. Y el “tolle lege”, toma y lee,
en el huerto de la casa donde él se hallaba esos días.
Si tuviéramos nosotros la mente bien despierta y el corazón siempre a punto, cae-
ríamos en la cuenta de que también con nosotros el Señor emplea “métodos asom-
brosos” para seguir caminando siguiéndole a él: el nacimiento de un hijo, el consejo
de un amigo, la oración de la madre, la escucha de un párrafo del evangelio, el buen
ejemplo de un compañero, una enfermedad o la salud recuperada..., y tantos otros.
Cada cual debe conocer los suyos, dar gracias al Señor y encaminar los pasos
siempre hacia él.
- ¿Qué “métodos asombrosos” ha utilizado Dios a lo largo de mi vida para
acercarme a él? ¿Han surtido efecto en mí?
- ¿Estoy preparado y dispuesto para percibir en adelante los “métodos
asombrosos” que el Señor tenga a bien utilizar?
San Agustín: “El que nos hizo, sabe lo que debe hacer; lo sabe y nos restaura... El
arquitecto que edificó la casa es excelente; si algo se hubiere destruido allí, sabe repa-
rarlo”203. “Quien se preocupó de que existiese la tierra, ¿Abandonará en la tierra a su
imagen?”204.

CAPÍTULO 8

200 Cf. Conf. 5, 2, 2


201 Conf. 4, 15, 26
202 Cf. Conf. 3, 4, 7
203 En. in ps. 21, 2 5
204 Ib. 40, 3

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Confesiones, libro V

Decide trasladarse a Roma. Toma esa determinación porque, según le han dicho, hay una
mayor disciplina en las aulas. En Cartago eran frecuentes los desórdenes y la falta de respeto a
los profesores. Pero los designios de Dios eran otros. Emprende el viaje después de haber enga-
ñado a su madre.

8. 14. Motivos para su traslado a Roma


Si decide trasladarse a Roma, no fue para ganar más dinero o en busca de una mayor
reputación, aunque sabía que sería así. El motivo principal era porque le habían dicho
que en esa ciudad la disciplina en las aulas era mucho más rigurosa.
Al contrario de lo que ocurría en Cartago, en Roma los alumnos no entraban y sa-
lían de clase cuando les viniera en gana, ni organizaban tropelías amparadas por la tra-
dición y aun las mismas leyes.
Se creían, por tanto, impunes, aunque su mayor castigo era la ceguera con que co-
metían tales desmanes. Se veía forzado a aguantar unas prácticas que no había aproba-
do cuando era estudiante.
En todo esto veía la mano de Dios, quien, mirando por su bien, ponía en su profe-
sión todos esos problemas para arrancarlo de Cartago, a la vez que permitía que otros
le atrajeran a Roma con señuelos y engaños.
Dios se valía de gente de “vida muerta”, sin fe ni piedad, puesto que unos, en Carta-
go, cometían locuras, y otros, desde Roma, le proponían promesas vanas a Agustín, que
aborrecía esta miseria moral de aquellos y anhelaba la falsa felicidad que le prometían
éstos.

8. 15. Engaña a su madre y parte para Roma


Sólo Dios conocía los verdaderos motivos de su traslado a Roma.
Mónica lo siguió hasta el mar y se agarraba a él con fuerza para evitar la separación.
Él la engañó diciéndole que tenía que despedir a un amigo que esperaba poder embar-
car.
Mintió a su madre. Y añade Agustín: “¡a aquella madre!”, dando a entender así,
cuando ya era obispo, el dolor que sentía todavía por haber engañado a una madre tan
extraordinaria.
Aludiendo quizás a las aguas del bautismo reconoce que Dios le ha perdonado ese
pecado. Una vez convertido y obtenida la gracia, se secaron las lágrimas de su madre.
Logró convencerla de que se quedara aquella noche en una capilla dedicada a san
Cipriano. Esa misma noche embarcó para Roma. Dios desoyó de momento las súplicas
de Mónica. Pero al tiempo le otorgaría lo que tanto le pedía.
Pudo escapar Agustín. Ella quedó deshecha en lágrimas y abatida por el dolor. Pero
Dios manejaba, como siempre, los hilos de los acontecimientos. Lo iba llevando, a re-
molque de sus pasiones, a buen puerto.
Comprende y acepta el comportamiento de su madre. Al fin y al cabo, ella no podía
conocer en aquel momento los designios de Dios para con su hijo.
__________________________

“Y le mentí a mi madre, a aquella madre, y me escapé”. Una paradoja en la vida


del joven Agustín: Buscaba ansiosamente la verdad y le miente a su madre a sabien-

- 137 -
Nacido para amar

das de lo que hacía. Y ¡nada menos que a su madre! Esta mentira produjo un intenso
dolor en Mónica.
Años más tarde, siendo ya obispo, dos de sus obras se llamarían “Acerca de la
mentira” y, la otra, “Contra la mentira”. En la primera afirma: “La mentira consiste
en decir falsedad con intención de engañar”205.
El creyente es seguidor de Cristo, que es la Verdad. Una Verdad sin componen-
das ni engaños. Una Verdad que está unida inseparablemente a la Vida y a la que se
llega por él mismo, que es el Camino y que nos conduce “a la verdad completa” (Jn
16, 13). Y nos dice el Señor: “Que vuestro hablar sea sí sí, no, no” (Mt 5, 37).
Como él, que afirma de sí mismo: “Yo para esto he nacido y para esto he venido
al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad escucha
mi voz” (Jn 18, 37).
La mentira nos esclaviza a nuestros propios caprichos o intereses personales; la
verdad nos hace libres. La mentira oculta la verdad; la verdad es luz diáfana y lumi-
nosa. La mentira es señal de cobardía y debilidad; la verdad es el sí o el no sin más.
Quien vive en la mentira es como el hombre necio del evangelio que construye su
casa sobre arena. Las apariencias pueden ser muy hermosas, pero frágiles y endebles.
Quien vive en la verdad es como el hombre sabio que construye su casa sobre roca
que, aunque atacada por fuertes oleajes, se mantiene firme y sólida.
Estamos llamados a decir verdad y a ser verdad; a ser coherentes con lo que
creemos y amamos; estamos llamados a ser testigos de Jesús, que es la Verdad.
¿Mentir para quedar bien?: es una falacia. ¿Ser siempre verdad con las palabras y la
vida?: es lo menos que se puede pedir a un creyente.
“¿Qué es la verdad”, preguntó Pilato a Jesús. No obtuvo respuesta hablada, pero
sí con los hechos: la entrega de Jesús a la muerte por todos y su resurrección. Esta
es la Verdad sobre toda verdad.
- ¿Qué es lo que busco cuando miento? ¿Y por qué lo hago? ¿Miento también
usando medias verdades, disimulando para no quedar mal?
- ¿Sé callar antes que mentir, decir la verdad si fuera necesario, ser sincero
al expresar opiniones o comunicar sentimientos?
- ¿Por qué o en qué sentido dice Jesús de sí mismo que es la Verdad?
San Agustín: “Si mientes para vivir, al mentir mueres”206.

CAPÍTULO 9

Llega a Roma y enferma gravemente. Se siente a las puertas de la muerte. A pesar de eso no
desea el bautismo, como lo deseó cuando era niño. No moriría porque Dios no podía dejar de oír
las súplicas de Mónica que lloraba y oraba por su conversión.

9. 16. Rechaza el bautismo

205 De mend. 4, 5
206 En. in ps. 30, 2, 12

- 138 -
Confesiones, libro V

Debió ser bastante grave la enfermedad que aquejó al joven Agustín207. Creyó mo-
rir. Con él llevaría al sepulcro toda una vida pasada con sus pecados y errores.
Ninguno de tales pecados habían sido perdonados por Cristo, que seguía siendo para
él una ficción colgada en la cruz.
Si la muerte de Cristo era una fábula, la muerte de su alma era real y verdadera. Y
cuanto más real era la muerte de la carne de Cristo, más falsa era la vida de su alma,
puesto que no creía en nada de eso.
Si llegaba a morir, su destino eran las llamas de fuego por los pecados cometidos.
Mónica no sabía nada de su enfermedad, pero oraba por él y Dios oía su oración. El
plan de Dios era que sanase de su enfermedad corporal, aunque siguiera el mal en su
corazón.
A pesar de verse en peligro de muerte, no pidió el bautismo, como sí lo hizo cuando
enfermó en su niñez. Entonces, dice, era mejor persona.
Había crecido, no sólo físicamente, sino en maldad y deshonra, y esa condición se
había burlado de la medicina salvadora, del bautismo. Dios no permitió que muriera
entonces, porque habría muerto dos veces, en el cuerpo y en el espíritu.
No encuentra palabras para describir el amor que le tenía su madre. Prueba de este
amor era que procuraba con mayor empeño, con su oración y sus lágrimas, engendrar-
lo en el espíritu, por la conversión y el bautismo, que con haberlo engendrado a la vida
humana.

9. 17. Elogia a su madre


No se imagina cómo hubiera podido sobrevivir Mónica si él hubiera muerto. Más
bien, habría sido una auténtica puñalada en su corazón. ¿Dónde habrían quedado tantas
oraciones que elevaba a Dios por él?
Dios no podría despreciar las súplicas de su madre, viuda casta y sobria, que hacía
muchas obras de caridad y frecuentaba el templo para participar en el culto y orar.
No podía Dios despreciar tantas lágrimas derramadas por él. Dios estaba presente
en ella, la escuchaba y atendía sus súplicas, según el plan que Él había fijado.
Las visiones de Mónica en relación con la conversión de su hijo no podían ser vanas
ni engañosas, con las que ella mantenía viva la esperanza que algún día se cumplirían.
__________________________

“Mi madre no estaba enterada de mi postración, pero oraba en mi ausencia por


mí. Y tú, que estabas continuamente presente donde ella estaba, la oías a ella”.
Agustín en Roma, enfermo, y Mónica en África, rezando por él. Ausente él, lejos de
ella, y Dios muy presente en Mónica, y oía y acogía su oración. Dios, aparentemente
ausente y lejano, es el omnipresente y cercano a todos. Presente en el joven Agustín,
aunque éste mirara para otra parte y huyera de sí mismo208. Amorosamente cercano
a una madre que ora y llora por su hijo.
Así también Dios en nosotros. Presente siempre y muy cercano con todo el peso
de su amor. Por eso podemos dirigirnos a él en todo tiempo y lugar. No hay espacio

207 No especifica qué clase de enfermedad era. Pudo ser el paludismo o la malaria, enfermedad muy
frecuente en Roma en ese tiempo.
208 Cf. Conf. 5, 2, 2

- 139 -
Nacido para amar

en que se le pueda encerrar ni límite de tiempo para estar él a nuestro lado. Trans-
ciende todo y penetra todo.
Dios, que es amor, acerca a los que están lejos, atiende al que llama o pide, con-
suela al triste y desvalido que suplica, endereza el camino de quien se desvía, acoge la
súplica de quien le implora. Esta fue la experiencia gratificante y consoladora de
Mónica y lo será de todas las madres que sufren, lloran y rezan por sus hijos. Y tam-
bién de cuantos oran por los otros, quienesquiera que ellos sean.
Dios acoge nuestra oración cuando rezamos y lloramos por quienes se alejan, pa-
ra que regresen; por los que huyen de sí mismos por caminos que a nada conducen,
para que retornen a su interior donde habita la verdad; por los violentos, para que
encuentren el tesoro de la paz; por quienes aún no han recibido la Buena Noticia de
Jesús, para que sean iluminados y movidos por la gracia; por los pecadores, no im-
porta cuál sea su pecado, para que puedan vivir el gozo del perdón; por nosotros…
Y palabras de Agustín: “No tengo palabras para describir el gran amor que me
tenía (Mónica) y con cuánto mayor empeño procuraba darme a luz en el espíritu,
muy por encima del empeño con que me había dado a luz según la carne”.
- ¿Siento a Dios muy cercano cuando le imploro y le pido por cualquier nece-
sidad?
- ¿Acostumbro a rezar por los demás, y no sólo por mí?
San Agustín: “Ama a Dios y se te acercará, dice el santo; ama y habitará junto a
ti. ¿Quieres ver cómo estaría contigo si le amases? Dios es amor” 209.

CAPÍTULO 10

Llegado a Roma y recuperada su salud, Agustín, maniqueo oyente, solía frecuentar los círcu-
los de los electos210. Confiesa que su mayor pecado era no sentirse pecador. A pesar de todo, su
decepción por la secta se va debilitando día a día. Es incapaz todavía de concebir la verdadera
sustancia divina. Se pregunta sobre el origen del mal.

10. 18. La culpa es de otro


Siendo sólo oyente, solía frecuentar los círculos de los santos o electos. Eran falsos y
engañadores. Rehuía los contactos con los oyentes, pero oyente era la persona que lo
alojó en su casa mientras estuvo enfermo.

209 S. 21, 2
210 En la Epist 236, 2, el santo hace la siguiente relación de los oyentes y de los electos: “Los oyentes
pueden comer carnes, cultivar los campos y, si quieren, tener mujer, cosas que están prohibidas
a los electos. Los oyentes doblan la rodilla ante los electos para que les impongan las manos, no só-
lo ante los obispos, sacerdotes y diáconos. Sino ante cualquiera de los electos. Adoran al sol y a la
luna. Creen en todas las blasfemias de los electos, niegan que Cristo nació de una Virgen; no
confiesan que recibió verdadera carne, sino falsa y, en consecuencia, que fue falsa su pasión y
absurda su resurrección. Blasfeman de los patriarcas y profetas…Afirman que las almas, tanto
de los hombre como de los animales, son parte de la sustancia de Dios; que el Dios bueno y ver-
dadero luchó contra la gente de las tinieblas y que éstas aprisionaron parte de Él y la mezclaron
con el mundo. Esta parte de Dios será liberada por los estómagos de los electos … En conse-
cuencia, Dios es para ellos un ser corruptible y contaminable porque no puede liberar toda su
sustancia de la prisión de la materia”.

- 140 -
Confesiones, libro V

Plantea ahora el problema de la responsabilidad o culpabilidad de sus actos pecami-


nosos. No era él quien pecaba, sino una fuerza extraña a él que no sabe cómo definir.
Por ello tenía la conciencia tranquila. No necesitaba confesar a nadie sus pecados. Se
excusaba a sí mismo y acusaba a esa fuerza extraña que obraba en él.
Su pecado mayor consistía en no considerarse pecador. Prefería achacar a Dios sus
maldades a buscar en Él su salvación. No le había concedido Dios todavía unos crite-
rios de vida para moderar sus actos y ser responsable de ellos.
Seguía frecuentando los círculos de los electos, aunque su fe en ellos y su doctrina No
era ya tan firme.

10. 19. Su Dios en forma corpórea


Comenzó a pensar que los filósofos “académicos” son más creíbles porque tienen
como principio dudar de todo. Según ellos, el hombre nada puede conocer o compren-
der con certeza.
Se declara abiertamente a su anfitrión. Le reprende por la excesiva credulidad en las
fábulas contenidas en los libros de los maniqueos.
Pero su entusiasmo por la secta se iba debilitando. El trato que mantenía con los
maniqueos de Roma le distraía de buscar otro camino para encontrar la verdad en la
Iglesia.
Seguía imaginando a Dios en figura corpórea, aunque le parecía cosa torpe y poco
delicada pensar en un Dios ajustado a unos contornos humanos. No concebía a Dios de
otra manera. Este era su mayor error.

10. 20. Dios, infinito y finito


El principio del mal, el dios de las tinieblas, también tenía forma corpórea, sombría
y deforme. O algo tan sutil como el aire, una especie de espíritu maligno que rastrea
por la tierra.
La fe que conservaba todavía, aunque débil y escasa, le impedía creer que un Dios
bueno hubiera creado una naturaleza mala. De ahí que se vio obligado a admitir que
había dos principios: un bueno y otro malo, ambos infinitos.
Venían a ser dos masas contrapuestas y enfrentadas, ambas infinitas, pero limitadas
y con formas corpóreas. De mayor volumen la buena; más pequeña la mala.
Pretendió acercarse a la fe católica, pero sentía dentro de sí un rechazo hacia ella
porque no la conocía como lo que realmente es. Porque, si según la doctrina católica,
Dios había creado todo, tuvo que haber creado también el mal.
Por una parte, tendía a admitir un Dios realmente infinito, sin limitación alguna.
Pero al poner delante de Él la masa del mal, se veía obligado a ver a Dios limitado
también en forma corpórea, aunque difusa.
Por otra parte, no podía concebir un espíritu sino como un cuerpo sutil, difundido en
el espacio, como el aire.
Incluso concebía al Hijo de Dios como una emanación de la masa llena de luz, que
era Dios. Había salido de ella para nuestra salvación. Lo que creía de él era fruto de su
imaginación.

- 141 -
Nacido para amar

En su opinión, no era posible que esta emanación de la luz se pudiera mezclar con la
carne en el seno de María. Quedaría contaminada. Por eso mismo no creía que hubiera
nacido en carne humana.
No teme hacer el ridículo al hacer esta serie de afirmaciones. Se reirán de él ama-
blemente los espirituales, los no materialistas. Pero no le importa.
__________________________

“Mi pecado más incurable era el no considerarme pecador”. En nuestro mundo


occidental se está perdiendo la conciencia de pecado. Y quizás sea este el mayor pe-
cado y causa de muchos otros pecados. Estamos pasando de “todo es pecado” a
“nada es pecado”-
Mi cuerpo es mi cuerpo, dicen, mis negocios son mis negocios, mi conciencia es
autónoma y no tiene por qué someterse a normas externas a mí, mi vida depende
sólo de mí, allá los demás con sus problemas, la soberbia es deseo de superación, el
egoísmo búsqueda de mi bien personal, la ambición derecho inalienable a poseer, la
lujuria derecho a hacer con mi cuerpo lo que quiera, el autoritarismo es sólo poder,
el machismo la ley del más fuerte… Así piensan y actúan muchos. Y así nos va.
Cuando la conciencia no está debidamente formada con los valores del evangelio
o con las normas humanas y éticas más elementales, anda a la deriva.
Cuando la verdad, que habita en el hombre interior, no sustenta ni conforma cri-
terios de comportamiento y principios sólidos, deviene en confusión e indiferencia.
Y en pasotismo. ¿Conciencia de pecado?: Nada.
Cuando el amor se prostituye con amores que no lo son, es señal de que la con-
ciencia está adormecida, o quizás sorda y muda del todo. Nada es pecado tampoco
en este campo.
Cuando la fe es cuestionada y por muchos negada, se niega también la moralidad
de los actos humanos fundamentada en una ley impresa por Dios en el corazón de
todo hombre. Serán buenos o malos sólo según mi criterio, según mi vara de medir,
y, muchas veces, según mis caprichos e intereses personales.
- ¿He perdido la conciencia de pecado en ciertos actos no conformes con los
principios o criterios del evangelio, o no acordes con las enseñanzas de la
Iglesia?
- ¿Considero válido lo que se suele decir u oír: “Es que los tiempos cambian,
ahora no es pecado lo que antes sí lo era”?
- ¿Procuro formar debidamente mi conciencia para que haya coherencia entre
mi fe y mi vida?
San Agustín: “Entre todas las tribulaciones, hermanos carísimos, que soporta el
alma humana, ninguna es mayor que el remordimiento del pecado […] ¿De qué le
aprovecha al hombre tener sano el exterior y corrompido el interior de la concien-
cia?211.

CAPÍTULO 11

211 En. in ps. 45, 3

- 142 -
Confesiones, libro V

Intenta cotejar sus creencias maniqueas con algunos pasajes de la Escritura. Le han presen-
tado algunos textos bíblicos que, según parece, eran irrefutables. Pero los maniqueos decían que
muchos de tales textos habían sido adulterados para poder compaginar el antiguo con el nuevo
Testamento, o mezclar la Ley mosaica con la fe cristiana.

11. 21. Confrontación con la Sagrada Escritura


Coincidía con los maniqueos en considerar que algunos pasajes de la Escritura no
tenían defensa posible. Sin embargo, deseaba contar con algún experto para conocer
mejor su sentido y significado. Habla del pasado por
Había quedado impresionado e impactado por unas charlas de un tal Elpidio contra
los maniqueos, pues presentaba textos de la Escritura, firmes y seguros, contra los cua-
les las réplicas de los maniqueos eran débiles y poco razonables.
Hacían estas réplicas, no públicamente, sino sólo a los de la misma secta y en secre-
to. Decían, entre otras cosas, que los textos del Nuevo Testamento habían sido adulte-
rados para introducir la Ley mosaica en la fe de los cristiana.
El joven Agustín, incapaz todavía de concebir otras cosas que seres materiales, se
sentía oprimido por las dos masas corpóreas, el Dios de la luz, o el bien, y dios de la
tinieblas, o el mal.
__________________________
“Jadeaba y me veía prisionero debajo, y me era de todo punto imposible respi-
rar el aire puro y limpio de tu verdad”. Al menos jadeaba, que ya es mucho. Y
además se sentía prisionero de lo que oía y sentía. Como el hijo de la parábola, quien
después de haber gastado todo lo que su padre le había dado, empezó a pasar ham-
bre. Hambre de pan y hambre de su padre y de la casa paterna.
También Agustín “jadea”, es decir, siente en su interior un agobio y una desazón
que lo atormenta. Y no puede librarse de ese malestar y se sentía prisionero porque
no encontraba la verdad.
Todo creyente es también -debe ser- buscador de la verdad. Y no descansará has-
ta hallarla. Somos y nos sentimos “prisioneros” cuando caemos en el pecado. El
pecado nos esclaviza. Y la esclavitud es mucho más grave si el pecado se hace “car-
ne” en nosotros. Los pecados continuados vienen a ser como eslabones de una ca-
dena que nos aherroja y aprisiona.
Entonces, en el mejor de los casos, echamos en falta la libertad de la gracia o el
amor que libera. Sentimos entonces y añoramos el encuentro con Cristo que perdo-
na y el abrazo del Padre que acoge y hace fiesta.
- ¿He vivido la experiencia de que un pecado continuado en mí me esclaviza-
ba a él? ¿Continúo en ese estado de esclavitud?
- ¿Cuál ha sido mi estado de ánimo cuando me he visto libre de un pecado
que me atormentaba?
- Si es cierto que la verdad nos hace libres, que lo es, ¿sigo buscando ardien-
temente la verdad para vivir en la libertad de los hijos de Dios?
San Agustín: “Nuestra vida es una peregrinación. Y, como tal, está llena de difi-
cultades. Pero nuestra madurez se fragua en la dificultad. Nadie se conoce a sí mismo

- 143 -
Nacido para amar

si no es tentado. Ni puede ser coronado si no vence. Ni vencer si no pelea. Ni pelear si


carece de enemigos”212.

CAPÍTULO 12

Queda decepcionado por el comportamiento de los estudiantes romanos. Además de no pa-


garle por su trabajo de profesor, se confabulaban para dejarle y pasarse a otro profesor. Agustín
no oculta su aversión a estos alumnos, aunque manifiesta también su amor para que rectifiquen
su mal proceder.

12. 22. Mal comportamiento de los alumnos romanos


Comienza por reunir en su casa a un grupo de estudiantes con el fin darse a conocer
a otros.
Si en Cartago los estudiantes eran gamberros y revoltosos, los de Roma hacían otra
clase de villanías. Por ejemplo, los alumnos, para no pagar al profesor por su trabajo, se
confabulaban para irse a otras aulas, con otros profesores.
Y comenzó a odiarlos. Pero su odio no estaba motivado tanto por lo que hacían
cuanto por no poder percibir el pago que le correspondía. Por eso dice que su odio no
era perfecto213.
Pero no por eso dejaba de fustigar su mal comportamiento. Se comportaban de esa
manera por amor al dinero. A este proceder llama fornicación, porque en vez de amar a
Dios, amaban lo efímero.
Siendo ya obispo siente todavía aversión a esta clase de individuos, pero al mismo
tiempo los ama para que se corrijan y, en vez de al dinero, amen al Dios vivo. Cuando
era profesor joven su actitud era distinta.
__________________________

“Incluso en estos momentos siento aversión a estos individuos tan malos y re-
torcidos, aunque los amo para que rectifiquen su proceder”. Podría parecer una
paradoja esta afirmación del santo, porque aversión y amor se contraponen. ¿Cómo
se casa esta afirmación bíblica, que parece también una paradoja, “Detesto las ban-
das de los malhechores” del salmo 25, 5, con esta otra “Amad a vuestros enemigos”
del evangelio (Mt 5, 44)?
Es Jesús quien la corrige y perfecciona, diciendo: “Habéis oído que se dijo:
“Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”, pero yo os digo: “Amad a vues-
tros enemigos”.
También san Agustín se corrige cuando es necesario. Ahí está, para demostrarlo,
su obra “Retractaciones”. En este caso podría utilizar las mismas palabras de Jesús
“pero yo os digo”, porque añade a continuación: “aunque los amo para que rectifi-
quen su proceder”.

212 En in ps. 60, 3


213 El mismo Agustín explica o define lo que entiende por odio perfecto: “Odiar con odio perfecto
quiere decir no odiar a los hombres por sus defectos ni amar los defectos por los hombres” (En.
in Ps. 138, 22, 28)

- 144 -
Confesiones, libro V

Quizás no se da entre nosotros esta aparente paradoja, ya que solemos juzgar y


condenar, no sólo la falta cometida, sino también al que la cometió. Y no amamos al
hermano para que “rectifique su proceder”. No somos jueces de nadie. El único
juez justo, imparcial y además misericordioso, es Dios. Nosotros, no.
El Señor sabe de qué barro estamos hechos, ahora, siempre y en todo lugar, y por
eso nos dice: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condena-
dos” (Lc 6, 37). Y añade san Pablo: “Tú que te eriges en juez […], al juzgar a otro, a
ti mismo te condenas” (Rm 2, 1). La enseñanza es clara, pero el pecado es abundan-
te.
Son abundantes los pecados de murmuración, son frecuentes las críticas, maledi-
cencias, calumnias, chismes, juicios y condenas. En estos casos, el otro, sea quien
sea, no es digno de respeto alguno, no se le tiene comprensión, tolerancias, mucho
menos amor ni se ora por él.
- ¿Critico, murmuro, me fijo en los defectos de los demás y los juzgo? ¿Diría
lo mismo si él estuviera presente? ¿Quién me ha constituido a mi juez de los
demás? ¿He negado la palabra a alguien? ¿La mantengo negada?
- ¿Rezo por quien me ha hecho algún daño o me quiere mal? ¿Le amo con el
amor de Cristo?
San Agustín: “Ante todo, por tu bien, sé juez para ti mismo. Ante todo, júzgate a
ti mismo […]. Penetra en tu interior, examínate, escúchate”214. “Sé cruel solamente
con el pecado, no con el hombre. Arranca de él lo que te desagrada a ti, pero no des-
truyas al que como tú fue creado”215. “Sé bueno y tolera al malo”216.

CAPÍTULO 13

Se traslada a Milán para ejercer de profesor de retórica. En esa ciudad se encuentra con el
obispo san Ambrosio. Reconoce la buena acogida que le ha brindado y acude frecuentemente a
oír sus sermones.

13. 23. Oyente de san Ambrosio


Llega de Milán, residencia entonces del emperador, una solicitud al prefecto de Ro-
ma para contratar un profesor de retórica. Aprovecha esta ocasión y se presenta, con el
apoyo de los maniqueos, para obtener el empleo.
Supera fácilmente la prueba que le exigían de dicción y oratoria ante el prefecto
Símaco, y se traslada a Milán. Era el año 384. Rondaba ya los 30 años de edad.
Obispo de Milán era san Ambrosio. Fue otro personaje providencial en la vida de
Agustín. Sus sermones estaban llenos de unción y de doctrina.
Ambrosio lo acogió paternalmente. Le preguntó sobre los pormenores de su viaje, y
Agustín comenzó a estimarle por la afabilidad que mostró al recibirlo.
Era asiduo a sus sermones, no tanto para oír lo que decía, cuanto para ver cómo ha-
blaba. Quería saber si correspondía a la fama que tenía el santo entre el pueblo.

214 S. 13, 7
215 Ib. 8
216 S. 15, 6

- 145 -
Nacido para amar

Agustín disfrutaba oyéndole hablar. Ambrosio era mucho más docto que Fausto, el
maniqueo. Quizás no tan ameno ni tan seductor, pero en cuanto al fondo no había com-
paración posible.
Fausto decía sólo falacias y aberraciones. Ambrosio hablaba de la salvación de ma-
nera saludable. La salvación, que está lejos de los pecadores, como Agustín. Sin embar-
go se iba acercando poco a poco a ella, casi sin darse cuenta.
__________________________

“La salvación anda lejos de los pecadores, y yo me encontraba entre éstos. Sin
embargo, me acercaba a ella poquito a poco, sin darme cuenta”. No se daba cuen-
ta de eso cuando era joven. Lo reconoce cuando ya es obispo. Si el pecador persiste
en su situación de pecado -y el pecado es, en definitiva, un rechazo de Dios- “anda
lejos de su salvación”.
Pero Dios no anda lejos de los pecadores. Se acerca a ellos de mil maneras. Los
busca, como Jesús a la oveja perdida. Se manifiesta misericordioso con ellos. Más de
uno, o muchos, por su ceguera y testarudez, no percibirán esta búsqueda amorosa.
Pero si tienen buena voluntad, que no se puede descartar de plano, abrirán en al-
gún momento los ojos, y podrán ver la luz. Y se irán “acercando poquito a poco y
sin darse cuenta” al Dios del amor y la misericordia.
Todos los creyentes debemos ser testigos de la luz para que los pecadores -y to-
dos somos pecadores- puedan ver; testigos de la verdad, para que puedan disipar sus
dudas; testigos del amor, para que se sientan atraídos por quien es el Amor; testigos
de Jesús, el amor encarnado, la misericordia sin límites, la salvación para todos.
Si al golpear la roca con un bastón brotó agua en el desierto (Ex 17, 1-7), ¿cómo
no irá abriendo Dios el corazón de “piedra” de muchos que se cierran en sí mismos,
cuya vida es un desierto porque está ausente la Vida? Y brotará dentro de ellos un
manantial, aunque muy pequeño al principio, porque irán recibiendo en sus entrañas
el agua de la vida, que es Jesús.
- ¿He perdido en algún momento la esperanza de ser perdonado del todo?
- ¿Siento en mí la cercanía de un Dios, Padre bueno, que me va llamando a
acercarme a él? ¿Vivo con gozo mi condición de testigo de Jesús entre los
que no creen?
- ¿Comunico a otros mi propia experiencia de ser salvado por la misericordia
de un Dios que es amor?
San Agustín: “No puede uno agradar a Dios sin presentarse como modelo para ser
imitado por aquellos que quieren sean salvados, por cuanto nadie pretenderá imitar a
aquel que no le agrada”217.

CAPÍTULO 14

A pesar de que su único interés era sólo fijarse en la oratoria y elocuencia de san Ambrosio,
juntamente con las palabras del obispo iba penetrando paulatinamente en él su contenido. Se
iniciaba así un proceso, que será largo, de acercamiento a la fe católica. Se interponía de mo-

217 De serm. in monte 2, 1, 3

- 146 -
Confesiones, libro V

mento su incapacidad de concebir una sustancia espiritual. Al fin tomó la decisión de abando-
nar la secta maniquea y hacerse catecúmeno de la Iglesia católica.

14. 24. Decide hacerse catecúmeno de la Iglesia católica


Pensaba que el camino del hombre hacia Dios estaba cerrado. Esto le producía in-
quietud y una cierta desesperación. De ahí que escuchaba a Ambrosio con interés, pero
negándose a admitir lo que predicaba.
Pero, sin querer ni pretenderlo, junto con las palabras iba entrando en él lo que ellas
encerraban, hasta el punto de no poder separar una cosa de la otra.
Comenzó a pensar que las ideas que exponía Ambrosio, no sólo eran aceptables, sino
también defendibles.
Un segundo paso en este proceso fue que no era absurdo afirmar la fe católica, en
contra de los que había sostenido hasta entonces en el sentido de que no podía defen-
derse de las objeciones de los maniqueos.
Su interpretación literal de la Sagrada Escritura va cediendo paso a la interpretación
espiritual de la misma. De esta forma, caía en la cuenta de que se podía rebatir a quie-
nes se mofaban de muchos pasajes del Antiguo Testamento.
A pesar de todo, no se decidía a abrazar la fe católica. También entre los maniqueos
había doctores que podían sostener razonablemente lo contrario. De momento, veía un
cierto equilibrio de fuerzas entre el maniqueísmo y la fe cristiana.

14. 25. Catecúmeno de la Iglesia


Decide buscar argumentos definitivos y pruebas claras para convencer a los mani-
queos de sus falsedades. Pero se encuentra una vez más con su incapacidad de concebir
una sustancia espiritual.
Comparando a este respecto las ideas de los maniqueos con las de los filósofos que
trataban del ser físico del mundo y su naturaleza, se convenció de que las opiniones de
estos últimos revestían mayor probabilidad.
Admitiendo como criterio válido en búsqueda de la verdad el principio de la duda de
los académicos218, comenzó a dudar de todo lo referente a la doctrina maniquea y deci-
dió abandonar la secta.
Pero tampoco quiso confiar a estos filósofos la salud de su alma. Seguiría buscando.
Como un paso más en este camino de búsqueda, tomó la resolución de hacerse catecú-
meno de la Iglesia católica, como se lo habían recomendado sus padres.
__________________________

“Tomé la resolución de ser catecúmeno de la Iglesia Católica, que me había si-


do recomendada por mis padres”. No se trataba todavía de una conversión a la fe
cristiana. El joven Agustín tenía que recorrer todavía un largo trecho del camino;
quedaban muchas dudas que no lograba resolver, y la lucha contra la concupiscen-
cia, y romper con ciertos amarres que tiraban de él. Pero su resolución de ser cate-
cúmeno era un primer paso.

218 Cf. Conf. 5, 10, 19

- 147 -
Nacido para amar

No es fácil para nadie ir recorriendo un camino de conversión o de seguimiento


de Jesús. Surgen las dudas, se producen tropiezos y caídas, añoranzas y nuevas ilu-
siones, desengaños y ánimos renovados. Es la cruz que debemos cargar.
El camino es largo y nada fácil, pero si la decisión de seguir es firme y la fe se
mantiene a pesar de todo, llegaremos, porque corremos hacia la meta “fijos los ojos
en el que inició y completa nuestra fe: Jesús” (Heb 12, 2). Él es nuestra garantía,
se hace camino para todos, anima nuestra esperanza de llegar y viene siempre en
ayuda de nuestra debilidad. Nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y
agobiados que yo os aliviaré” (Mt 11, 28).
Pero la fe, en muchos, por las circunstancias que sean, es débil y frágil. Es quizás
una fe heredada, no asumida del todo, apagada casi siempre, y nada o poco firme.
Pero, en ocasiones, queda una chispita de ella, que prendió de niño en el hogar pa-
terno, y que se ha mantenido, aunque vacilante, a través del tiempo.
Se trata en este caso de una fe “recomendada por los padres”, mantenida al me-
nos en la memoria a la espera de una luz en el camino y necesitada de un punto de
apoyo, para poder tomar una resolución definitiva y valiente de optar por Cristo y
seguirle. La chispita de fe mantenida entre cenizas se reaviva con el soplo del Espíri-
tu y se torna poco a poco en fuego que ilumina y purifica.
La fe es también como una semilla sembrada en alma del niño, y que ahí se man-
tiene como una pequeña raíz, sin brotar del todo, pero con vida propia, a la espera
del agua buena y del abono requerido para que pueda nacer, crecer y dar fruto. Dice
el santo: “La fe de tal modo se halla en el alma, que viene a ser la buena raíz que
convierte el agua en fruto219.
- ¿Ha ido creciendo en mí la fe que heredé de mis padres y a la que nací en el
bautismo? ¿Cómo la cuidado y cultivado?
- ¿Cuáles han sido los obstáculos que he tenido que ir superando, el cansan-
cio quizás, la rutina y las dudas que me han ido asaltando en el camino,
las tentaciones que me han tendido para apartarme de la fe?
- ¿Qué es lo que con más agrado recuerdo de la educación cristiana que recibí
en el hogar? ¿Me he encontrado con alguien, a lo largo de mi vida, que me
haya ayudado a reafirmarme en mi fe? ¿Podría recordar alguna expe-
riencia en este sentido?
Experiencia de san Agustín: “Lo único que aguaba en mí aquella hoguera tan
grande era el no hallar en aquel libro el nombre de Cristo. Este nombre, Señor, este
nombre de mi Salvador, de tu Hijo, lo había mamado piadosamente mi tierno cora-
zón con la leche de la madre y lo tenía profundamente grabado” 220. No cabe duda de
que este nombre guardado en su corazón influyó poderosamente en su proceso de
conversión a Cristo y en su resolución de ser catecúmeno en la Iglesia Católica.

219 En. in ps. 139, 1


220 Conf. 3, 4, 8

- 148 -
LIBRO VI

Agustín ha cumplido ya treinta años. Se ha establecido en Milán, sede en ese tiempo


del emperador Valentiniano II. Tiene asegurado un puesto de profesor de retórica.
Su madre, Mónica, había seguido sus pasos y llega a Milán. Estará cerca de su hijo y
también del obispo Ambrosio. No cejará en su empeño. Seguirá orando sin descanso,
derramará lágrimas abundantes y intercederá ante el obispo por su hijo.
Agustín sigue con sus dudas. Dejó de ser maniqueo y se ha ido acercando a la Iglesia
católica de la que es catecúmeno.
Dios le acompaña en su andadura, aunque su caminar sigue siendo lento y titubeante.
Si intelectualmente va percibiendo algo de luz, moralmente sigue arrastrándose tras
sus ansias de honores, de ambición y de placeres carnales.
En Milán se le unen los amigos sus amigos Alipio y Nebridio. Buscarán, juntamente
con él, la verdad.
CAPÍTULO 1

Después de una breve invocación a Dios, Agustín se refiere a la llegada de su madre a Mi-
lán. No nos cuenta nada de cómo fue el encuentro con ella después de haberla engañado deján-
dola en África mientras él emprendía viaje a Roma. Presenta a su madre llena de confianza en
su conversión.

1. 1. Llega Mónica a Milán


Si, según el salmo 70, 5, Dios era su esperanza desde su juventud, ¿por qué no sen-
tía su presencia? Agustín buscaba a Dios fuera de él y no lo encontraba Había perdido
la esperanza de hallar la verdad.
Su madre lo había seguido por tierra y mar. Muy segura frente a los peligros de la
travesía, era tal su ánimo y seguridad de llegar a buen puerto, que era ella la que ani-
maba a la tripulación en los momentos de mayor peligro.
Le comunicó su hijo que ya no era maniqueo, pero tampoco cristiano católico. Saltó
ella de gozo, pero no porque había escuchado algo inesperado. Estaba segura de que su
hijo volvería al buen camino. Pero seguía llorando ante Dios por su hijo muerto, para
que acelerara su “resurrección”.
Su hijo no era ya maniqueo, pero tampoco católico. No había encontrado todavía la
verdad, aunque ya se había liberado de la falsedad. Pero su madre le había asegurado
que se bautizaría antes de que le llegara la muerte.
Mónica acudía frecuentaba la iglesia donde predicaba san Ambrosio. Gozaba con su
palabra y su doctrina. Amaba al santo porque, por su medio, el hijo estaba entrando en
una crisis benéfica, de la que, con el paso del tiempo, saldría airoso.
__________________________
“Te buscaba, Señor, fuera de mí y no hallaba al Dios de mi corazón”. Dicen muchos,
y no es verdad, que san Agustín fue un gran pecador. Si vale la expresión, podría
decirse que fue un pecador “normal y corriente” en aquella época. Y de cualquier
otra época. Pero quienes lo tachan de gran pecador olvidan decir que nuestro santo
fue un buscador incansable de la verdad, un buscador incansable de Dios.
Pecador y buscador de Dios. ¡Ojalá fuéramos todos, que somos pecadores, bus-
cadores de Dios hasta encontrarlo! Buscamos nuestros pequeños dioses -poder, di-
nero, placer, figurar, etc.- y nos doblegamos a ellos. Pequeños dioses, ídolos, con
pies de barro, sin corazón, sin entrañas de misericordia, y así nos va.
Toda la vida de san Agustín podría sintetizarse en estas palabras: búsqueda y en-
cuentro. Búsqueda afanosa, constante, con tintes dramáticos a veces. Búsqueda de la
Verdad, más que de pequeñas verdades. Más de quince años ansiando toparse con
Dios.
Pero buscaba fuera de él. Quizás, como nosotros. El ruido, las imágenes, las
preocupaciones, el orgullo y la soberbia, nos alienan, es decir, nos alejan de nosotros
mismos. Nos sentimos, entonces, incapaces de meternos muy dentro de nosotros,
en nuestro interior, donde, según el santo, habita la Verdad.
Si buscáramos a Dios sólo por fuera, nos dispersaríamos en las criaturas, y difí-
cilmente lo podríamos encontrar. El encuentro con él se produce dentro de noso-
Nacido para amar

tros mismos, donde habita la Verdad. De ahí la necesidad de disponer de espacios y


lugares para la introspección, la reflexión sosegada y la meditación orante. Pero qui-
zás vivimos con muchas prisas, y no tenemos tiempo para “lo único necesario” (Lc
10, 42), nos movemos imparables por muchos lugares y no encontramos un sitio
apropiado para recogernos y meditar pausadamente.
- ¿Sigo buscando a Dios dentro de mí, aunque crea que ya lo he encontrado?
- ¿Qué es lo que más me impulsa hacia fuera de mí, buscando una felicidad
que no encuentro, un descanso y sosiego que no hallo?
- ¿Estoy convencido de que Dios es lo “único necesario? ¿Qué tiempo de dedi-
co a su “búsqueda”?
San Agustín: “No te desparrames en las cosas, entra dentro de ti mismo, en el
hombre interior habita la verdad”221. “¡Oh, hombre!, ¿hasta cuándo vas a estar dando
vueltas en torno a la creación? Vuélvete a ti mismo, contémplate, sondéate, examína-
te […] Busca en ti mismo”222.

CAPÍTULO 2

Mónica acata la orden del obispo Ambrosio que había prohibido ciertas prácticas devociona-
les, pero erróneas, en los cementerios.

2. 2. Mónica ante las tumbas de los mártires


Siguiendo la costumbre de su tierra, Mónica quería llevar a las tumbas de los márti-
res pan, vino y harina cocida. Era una práctica muy extendida y arraigada entre los
cristianos del norte de África.
Pero quien cuidaba el cementerio se lo impidió, diciéndole que lo había prohibido el
obispo. Y ella obedeció con espíritu de fe.
Agustín quedó admirado de la obediencia de su madre, quien supo repudiar además
una costumbre tan querida para ella, en vez de criticar la orden del obispo. San Ambro-
sio había prohibido esta práctica para evitar posibles casos de embriaguez. Había peli-
gro también de dejarse contagiar por las prácticas parentales de los paganos223.
No era el caso de Mónica. Ella no se dejaba llevar por la embriaguez ni el vino le
inspiraba odio a la verdad, como sucedía con tantos hombres y mujeres que rechazan la
sobriedad como los borrachos el vino aguado.
Mónica acató de buen grado la orden del obispo. Quizás no la habría acatado si la
orden hubiera emanado de otro. En adelante, en vez de llevar alimentos, llevaba un
corazón rebosante de amor y daba limosna a los pobres.
Celebraba de esta manera la comunión del cuerpo del Señor, por el que dieron su vi-
da los mártires.
Mónica amaba a san Ambrosio por todo lo que hacía por su hijo, y él la amaba por
su religiosidad, sus buenas obras y porque asistía frecuentemente a la iglesia.

221 De ver. rel. 39, 72


222 S. 52, 17
223 Las parentales eran unas fiestas paganas, que se celebraban del 13 al 21 de febrero, dedicadas
especialmente a los dioses de los padres. De ahí, el nombre. Tenían por finalidad aplacar las al-
mas de los antepasados.

- 152 -
Confesiones, libro VI

Siempre que el obispo se encontraba con Agustín prorrumpía en alabanzas a su ma-


dre. No debía conocer suficientemente al hijo, que dudaba de todo, para quien era im-
posible acertar con el camino de la vida.
__________________________

“Siempre que Ambrosio me veía, prorrumpía en alabanzas suyas, felicitándome


por tener una madre como ella”. La insistencia de Mónica en orar por su hijo es
admirable y ejemplar. Como ocurre, en general, con todas las madres cristianas.
Una madre cristiana, cuya fe es vida para ella, sufre y llora cuando uno de sus hi-
jos se aleja de Dios, abandona la Iglesia y pierde la fe. Ora por él insistentemente,
utiliza todos los medios a su alcance para lograr que el hijo recapacite y regrese, po-
ne toda su confianza en el Señor y a él acude frecuentemente para que, como en el
caso de Mónica, “no se pierda el hijo de tantas lágrimas”224.
Si Dios escucha la oración de todos los que acuden a él, una madre cristiana con-
sigue de Dios una audiencia especial. No pide para ella, ni para que el hijo prospere
en sus negocios, ni tampoco para su salud corporal. Le preocupa mucho más la sa-
lud espiritual del hijo. Por eso, sufre, llora y ora. Y espera y confía en el Señor.
Cuando una madre cristiana, por sus lágrimas y oración, logra de Dios el regreso
del hijo, se hace doblemente madre, como en el caso de Mónica, madre de Agustín
en la carne y en el corazón, que “lo alumbró en la carne para nacer a la vida tempo-
ral y lo dio a luz en el corazón para nacer a la luz eterna”225.
Son muchos los jóvenes quienes, a pesar de haber recibido en el hogar una edu-
cación cristiana, van perdiendo la fe influenciados, sin duda, por sus compañeros, el
ambiente de la calle, los medios de comunicación, la universidad y por otros moti-
vos. Si al menos fueran buscadores de la verdad, como Agustín… Se necesitan mu-
chas “Mónicas” que sepan rezar por ellos, aconsejarles y no dejarlos solos. Dios
pondrá el resto.
- ¿Qué influencia ha tenido mi madre en mi educación y formación cristiana?
¿Cuál era su actitud cuando yo, por las causas que fueran, me apartaba
de la Iglesia, abandonaba la oración y se enfriaba mi fe?
- Si tengo hijos, ¿cómo los educo en la fe, qué ejemplo de vida cristiana ven
en mí, rezo por ellos para que se reafirmen en su condición de cristianos o
regresen a la Iglesia, si de ella se han alejado?
San Agustín: “No tengo palabras para describir el gran amor que me tenía mi ma-
dre y con cuánto mayor empeño procuraba darme a luz en el espíritu, muy por enci-
ma del empeño con que me había dado a luz según la carne”226

CAPÍTULO 3

Agustín emite su parecer sobre la figura de san Ambrosio. No logra entender ciertas facetas
de su personalidad. Quiere entrevistarse con él, pero no lo consigue. Acude a su “escritorio” y se

224 Cf. Conf. 3, 12, 21


225 Conf. 9, 8, 17
226 Ib. 5, 9, 16

- 153 -
Nacido para amar

admira de que lea sus libros sin mover los labios, sin pronunciar en alta voz lo que va leyendo.
Acude a la iglesia para oírle predicar y su palabra le hacía bien.

3. 3. Visitas a san Ambrosio


Agustín sigue buscando la verdad. No es capaz todavía de acudir a la oración para
descansar en ella y pedir ayuda.
Pero acude frecuentemente a la basílica donde predica Ambrosio. Según sus criterios
humanos, considera que el santo es feliz por los honores que le tributan.
No logra entender Agustín algunos aspectos importantes de la personalidad de san
Ambrosio, ni el santo puede saber nada de los problemas que aquejaban al joven Agus-
tín.
Debido a los asuntos múltiples que debía atender, no le quedaba fácil a Ambrosio re-
cibir y atender a Agustín.
Acude frecuentemente Agustín a la casa del santo y se sorprende de que el obispo
leyera sus libros en silencio y sin mover los labios227. Quizás lo hacía así para tratar de
conservar la voz. Al rato se retiraba porque pensaba que Ambrosio necesitaba sus
tiempos para alimento de su alma.

3. 4. Efecto de las palabras de Ambrosio


Aunque no lograba Agustín la oportunidad de entrevistarse con el obispo para en-
contrar respuestas a sus inquietudes y problemas, seguía acudiendo frecuentemente a
oír sus sermones.
La palabra de Ambrosio iba calando poco a poco en su interior, hasta llegar a la
convicción de que sus dudas y dificultades tendrían solución, en contra de lo que le
proponían los maniqueos, sus engañadores.
Descubrió, entre otras cosas, que la idea que de Dios tenían los creyentes no era la
de un ser en forma corpórea, aunque no lograra entender todavía la verdadera entidad
de una sustancia espiritual.
Se avergonzaba por no haber luchado antes en contra de una concepción materialis-
ta de Dios. Se había limitado a acusar, en vez de haber preguntado para averiguar la
verdad.
__________________________

“Mi actitud había sido temeraria e impía, porque lo que debía aprender pre-
guntando lo había formulado acusando”. El joven Agustín está a punto de abando-
nar el maniqueísmo, en el que “vino a caer en manos de unos hombres de orgullo
delirante, carnales y charlatanes a más no poder”228. Confiesa que “iba detrás de ta-
les aberraciones y las practicaba con mis amigos, engañados conmigo y por mí”229.
Hay quien dice que la duda es un primer paso para alcanzar la sabiduría. Y no le
falta, en parte, razón. La duda no es principio de nada si se queda en ella misma, si a
ella no sigue la pregunta, la indagación, el interés por salir de ella. Cuando esto ocu-

227 Según parece, era costumbre en aquellos tiempos leer siempre en voz alta. Esto se debía, quizás,
a la dificultad que entrañaba la falta de signos ortográficos y también para acostumbrar el oído
a la armonía de la lectura y captar más fácilmente su contenido.
228 Conf. 3, 6, 10
229 Ib. 4, 1, 1

- 154 -
Confesiones, libro VI

rre, se instala la ignorancia en quien dudaba, la indiferencia suplanta al interés por


saber, y la opinión personal se hace criterio de verdad total.
De ahí a la toma de posturas radicales y fundamentalistas sólo hay un paso. Ya no
se pregunta nada, no se indaga el por qué o el para qué de muchas cosas o de lo que
acontece a mi alrededor. Y se acusa sin conocer los motivos o condicionantes de
otras “posturas” o de otros modos de pensar. Los demás están equivocados, dicen.
No admiten los dogmas, pero ellos se constituyen en dogmas rígidos e inflexibles.
Acusan, descalifican, critican y atacan a quienes no piensan como ellos. Se vuel-
ven intolerantes. Se niegan a dialogar, no saben escuchar con respeto y atención, no
ceden en nada, la discrepancia no es riqueza sino debilidad, acusan de intolerantes a
quienes son tolerantes con sus ideas, no admiten razones porque ni siquiera escu-
chan.
La duda positiva -valga la expresión- es apertura, busca y propicia el diálogo, res-
peta otros modos de pensar, pregunta porque quiere saber, indaga porque quiere
conocer más, sabe escuchar y sabe también que en el otro puede estar la verdad.
Esta duda es, sin duda, principio de sabiduría.
- - ¿Soy de talante dialogante o, más bien, me encierro en mí mismo y no ad-
mito opiniones distintas a la mía?
- - ¿Busco la verdad con otros, comparto con ellos mis inquietudes religiosas,
aprendo de experiencias ajenas y pido al Espíritu que me ilumine y mueva
mi corazón?
Palabras de Agustín: “La verdad es común para todos. Pues no es mía ni tuya, ni
de éste o de aquél; es común para todos. Y quizá se halla en medio para que alrededor
de ella estén todos los que la aman”230.

CAPÍTULO 4

De la duda pasa a la convicción de que lo que había sostenido y propalado hasta entonces
eran puras falacias. Pero necesitaba todavía ver con claridad que lo que veía y oía era la ver-
dad que buscaba.
Al oír a Ambrosio que muchos pasajes de la Escritura debían interpretarse en sentido espiri-
tual, caen por tierra muchos de sus prejuicios acerca de ciertos contenidos de la misma Escritu-
ra. Todo ello supone un paso más en su camino hacia la fe.

4. 5. Camina hacia la fe cristiana en la Iglesia Católica


Durante mucho tiempo le faltó la suficiente humildad para consultar acerca de por
qué creen los que creen, en vez de atacar insolentemente.
Tenía necesidad vital de contar con asideros seguros, a la vez que sentía vergüenza
por haber vivido tanto tiempo engañado. Y su vergüenza era mayor por haber sido un
engañador y un petulante, defendiendo y difundiendo cosas erróneas y falsas.

230 En. in ps. 75, 17

- 155 -
Nacido para amar

Había atacado a la “Católica”231, sin estar cierto de que lo que ella enseñaba era la
verdad. Pero llega también a la conclusión de que lo que ella enseñaba no era lo que él
había atacado.
De ahí que se sintiera confuso y, al mismo tiempo, contento porque veía que la Igle-
sia no sostenía que Dios tenía forma corpórea.

4. 6. Busca seguridad en sus juicios


Oyendo hablar a san Ambrosio, que decía que deben interpretarse muchos pasajes
de la Escritura en sentido espiritual, van cayendo por tierra las enseñanzas de los ma-
niqueos acerca del comportamiento y errores de los antiguos patriarcas y profetas.
A pesar de todo, se resistía a dar un asentimiento total a lo que decía Ambrosio por
miedo a caer en un nuevo error. De ahí que se mantenía en suspenso. Pero esta situa-
ción le mataba todavía más.
Ansiaba una total seguridad, como saber que siete más tres son diez. Su escepticis-
mo no era tal que le impidiera admitir con total certeza el resultado de esta operación
aritmética.
Reconoce, cuando escribe, que, creyendo, podía llegar a la salvación. Su entendi-
miento, purificado por la fe, lo podría enderezar con total seguridad hacia la verdad.
_______________________________

“Este estado de suspensión, este estar en el aire, me mataba aún más”. No en-
contraba la verdad el joven Agustín. Su búsqueda no se veía compensada con la luz
de la certeza. No podía dar todavía su asentimiento a lo que oía de boca de san Am-
brosio en la basílica de Milán. Se encontraba vacío y en el aire. Y sufría.
Pero seguía “caminando” a pesar de todo. Es un ejemplo para todos. Porque no-
sotros, quizás ni buscamos. Y si buscamos y no encontramos pronto, nos desani-
mamos. El desánimo no es “estar en estado de suspensión o en el aire”, en tensión
sufrida, insatisfechos, -que sería positivo-, sino indiferentes y resignados.
Y ¿qué buscar siempre?: La verdad, como nuestro santo. La Verdad-Dios. Porque
nunca la encontramos del todo. Dios, que se manifiesta y se oculta, que se nos reve-
la en Cristo y se nos hace lejano: Dios-misterio muy presente en nuestras vidas, en
el interior de cada uno de nosotros y que nos transciende totalmente.
Encontramos una veta de oro y buscamos más, seguimos buscando y es más lo
que vamos encontrando. Hasta dar con todo el oro. “Daremos con las Verdad-Dios
cuando lleguemos al final del camino. Entonces, gozaremos y descansaremos.
- ¿Me considero feliz y dichoso porque mi camino de búsqueda terminará un
día en encuentro con Dios? ¿Y una vez, encontrado, seguiré buscándolo pa-
ra conocerle más y mejor?
- ¿Soy consciente o estoy convencido de que Dios no me espera al final del
camino, sino que sale al encuentro en cualquier recodo del camino?
¿Acompaño a otros en este camino de búsqueda? ¿Me dejo acompañar por
ellos?

231 Así denomina frecuentemente el santo a la Iglesia Católica

- 156 -
Confesiones, libro VI

San Agustín: “Ahora, alabamos a Dios, pero también le rogamos. Nuestra alaban-
za incluye la alegría, la oración, el gemido. Es que se nos ha prometido algo que to-
davía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la
esperanza; porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena per-
severar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y sub-
sistirá únicamente la alabanza”232.

CAPÍTULO 5

Coherencia de la fe. Creer no es ningún absurdo. Todo lo contrario. Si hay que creer a los
hombres en muchas de sus afirmaciones, mucho más a Dios. Afirma esto cuando escribe, pero
estando todavía en Milán admite que la doctrina católica era muy creíble. No se debe pedir
certeza total, por ejemplo, del hecho de la inspiración divina de la Sagrada Escritura.

5. 7. Es razonable creer
Da un paso más en su caminar hacia la verdad. Decide acercarse a la doctrina católi-
ca, porque, al contrario de lo que ocurría en los maniqueos, se le permite creer, con
humildad y sencillez, en cosas que no se pueden demostrar y aunque las pruebas no
sean accesibles a todos.
Reconoce, cuando escribe, que era Dios quien iba plasmando y modelando su cora-
zón.
El mismo Dios le hizo ver que no era ningún absurdo creer lo que le decían acerca
de ciudades y acontecimientos que no conocía. Incluso admitía por fe que era hijo de
unos padres concretos.
Son culpables, no los que creen lo que dice la Sda. Escritura, sino los que no creen
en ella. No importa que no conste con certeza que ha sido inspirada por el Espíritu de
Dios.
Nada ni nadie podía apartarle de su fe en Dios, aunque desconociera todavía en qué
consistía su naturaleza.

5. 8. Valoración de la Escritura
Su caminar hacia la fe no era nada seguro, sino tambaleante. Sí era firme su fe en
Dios y en su providencia.
De ahí que deducía que el mejor camino para acercarse a Él eran las Escrituras san-
tas. Este era el plan o designio de Dios.
Después de oír las explicaciones verosímiles y coherentes que le daban, lo que antes
le parecía absurdo lo atribuía ahora a la profundidad de sus misterios.
La autoridad, digna de fe, de las Escrituras facilita el acceso a ellas a todos los que
las quieran leer, aunque reserva la comprensión de sus misterios más secretos a quie-
nes, no sólo se limitan a leerlas, sino que las estudian a fondo.
Es decir, se ofrecen a todos por su claridad y sencillez, pero estimulan el interés y la
atención a los sinceros de corazón. Acogen a todos en su seno y encamina a algunos
hacia Dios por estrechos senderos.

232 En. in ps. 148, 1

- 157 -
Nacido para amar

Son pocos los que se dedican al estudio profundo de las Escrituras. Serían muchos
menos si el prestigio de su autoridad no fuera tan alto y si no atrajera a las masas al
seno de su santa humildad.
__________________________

“pensaba yo en estas cosas y tú, Señor, estabas a mi lado; suspiraba y tú me


oías; zozobraba y tú eras mi piloto; caminaba por el camino real de este siglo y
tú no me dejabas solo”. Es una confesión muy hermosa y llena de confianza en el
Señor. Habla en pasado. Es ya obispo y reconoce que Dios estaba con él en aquellas
circunstancias, pero Agustín, joven entonces, no se percataba de ello.
Nosotros creemos en un Dios cercano, en un Dios muy dentro de nosotros, pre-
sente en el hermano que está a mi lado y en el que está lejos. En los acontecimientos
y en las distintas circunstancias de la vida. En su Palabra, en la Eucaristía. Cuando
dos o tres nos reunimos en su nombre. Siempre está a nuestro lado.
Aunque, como el joven Agustín, nuestra atención esté puesta en otras cosas, en
otros intereses, en las cosas del mundo. Él está ahí, muy dentro de nosotros. Muy
cerca de nosotros, aunque estemos en pecado. No nos deja ni nos abandona. Somos
nosotros quienes nos alejamos de él. Él no.
Y nos va llevando como de la mano, lo mismo que a Agustín, con tropiezos y
caídas quizás, sin darnos cuenta. Nos protege y es providente. Oye nuestras quejas y
necesidades, aunque no vayan dirigidas a él. Y escucha y las atiende cuando se las
presentamos. Comparte nuestros sufrimientos y “llora”, como lloró cuando la muer-
te de su amigo Lázaro.
Llegará un momento en el que, si no persiste el rechazo a él, se hará la luz en la
vida de los alejados y se toparán con él. Entonces revivirán la experiencia de su ale-
jamiento y de la cercanía de Dios, de la indiferencia propia y del amor de Padre, de
la inquietud y el gozo por el encuentro. Dios espera siempre y activa en todos el
deseo de él.
- ¿Me lleno de gozo saber que Dios está siempre a mi lado, conmigo, aunque
yo me alejara de él?
- ¿Me he sentido alguna vez abandonado de Dios? Si así fue, ¿por qué?
Palabras de Agustín: “Cuando te apartas del fuego, el fuego sigue dando calor, pe-
ro tú te enfrías. Cuando te separas de la luz, la luz sigue alumbrando, pero tú te cu-
bres de sombras. Lo mismo ocurre cuando te alejas de Dios”233.

CAPÍTULO 6

Agustín narra otro episodio que le hizo reflexionar sobre los motivos de la felicidad y la ale-
gría. Él anhelaba ser feliz y se encontró con un mendigo que derrochaba alegría y buen humor,
mientras que él, con toda su cultura, andaba angustiado con su ambición, sus fantasías y sus
mentiras.

233 S. 170, 11

- 158 -
Confesiones, libro VI

6. 9. Su encuentro con el mendigo feliz


Dios le ayudaba impidiéndole que gozara de todo aquello que no fuera Él mismo.
Agustín soñaba con el matrimonio, riquezas y honores, pero Dios le ponía zancadillas
en este camino para que pudiera soñar con Él y buscar sólo a Él.
Dios quería que Agustín cayera en la cuenta de su propia miseria y tropezara con
ella. Y se valió para ello de una escena callejera.
Se encaminaba un día por las calles de Milán para pronunciar un panegírico del em-
perador. Los panegíricos referidos a los grandes de este mundo suelen estar llenos de
mentiras camufladas de verdades que halagan a quien se dirigen y benefician a quien
los pronuncia. Así, el de Agustín.
Le acompañan varios amigos y ve, de pronto, un mendigo ebrio, que ríe y se carca-
jea. Y se compara con él. Compara su miseria con la alegría del mendigo.
Al mendigo le habían bastado sólo unas pocas monedas para reír y gozar. A Agus-
tín, en cambio, le costaba “sudor y sangre”, es decir, fatiga, desengaños y fracasos. Am-
bicionaba, aunque sólo fuera, la felicidad temporal.
Se encontraban y chocaban la alegría y buen humor del mendigo con la angustia de
Agustín. A pesar de ello, prefería ser él mismo, con sus preocupaciones y temores.
No le producía satisfacción alguna ser más culto que el mendigo. Con su cultura só-
lo pretendía halagar a los hombres.

6. 10. Compara su situación con la del mendigo


La causa de la alegría del mendigo era la borrachera. Agustín buscaba su alegría en
la gloria de sí mismo, no en la gloria que está en Dios. La borrachera del mendigo le
duraría sólo una noche. La borrachera de Agustín por la que buscaba su gloria era
permanente.
No le bastaba con conocer los motivos de la verdadera alegría, no la del mendigo,
que era vana. A pesar de ello, el mendigo era más feliz que él, puesto que se encontraba
roto por dentro.
Comenta todo esto con los amigos, evalúa con ellos su proceder, y encuentra que le
va francamente mal. Y esta consideración aumenta su angustia. Si algo le salía bien, se
desvanecía sin más y no dejaba rastro alguno.
__________________________

“Mi sueño dorado eran los honores, las riquezas y el matrimonio. Y tú, Señor,
te reías de mí”. Es una aspiración muy frecuente en los hombres y mujeres de nues-
tro mundo, particularmente entre los jóvenes. Muy común también entre los creyen-
tes. Se aspira a un mañana donde instalarse con dinero en el bolsillo o en los bancos;
estimados o envidiados por muchos y situados cuanto más alto mejor; en pareja,
casados o no; gozar al máximo de los bienes que vayan allegando, superfluos la ma-
yoría de ellos… Otros, más modestos, sólo aspiran a un mañana sin grandes preo-
cupaciones o necesidades serias, seguro y tranquilo.
Dios, Padre bueno, en expresión de Agustín, “se ríe” bondadosamente de todo
ello, o de ellos. Sabe que, si la única o más importante aspiración del hombre es la
expresada más arriba, quedará muchas veces frustrada y anulada.

- 159 -
Nacido para amar

Otros triunfarán, pero, ¿serán felices? ¡Ojalá lo fueran! Pero si Dios no ocupara el
primer lugar en sus deseos, esperanzas y aspiraciones, la felicidad se les escurrirá
entre las manos, o no la conocerán.
Sólo Dios es fuente de felicidad. Con él, todo lo demás. Sin él, nada. “El mismo
Dios, que es la fuente de la felicidad, es el colmo cumplido de nuestros deseos”, dice
san Agustín234. Pero son más claras de las palabras del Señor: “¿De qué le servirá a
un hombre ganar el mundo entero su pierde su alma?” (Mt. 16, 26).
Los bienes de la tierra, aun los más legítimos y necesarios, tienen fecha de cadu-
cidad. Sólo Dios permanece, y, desde él o con él, estos mismos bienes llenan más,
satisfacen más y mejor, porque Dios es lo primero y sustenta todo lo demás. Todo
lo creado es bueno porque es obra suya y lo entrega al hombre para que viva con
dignidad y comparta con quienes menos o nada tienen.
- - ¿A qué bienes, de los que dispongo, estoy más apegado? ¿Soy capaz de
prescindir de parte de ellos para compartir con los que tienen poco?
- - ¿Qué me hace más feliz: tener o dar?
San Agustín: “Dios es el bien perfecto, la suma de todos los bienes. No debemos,
pues, quedarnos cortos en conseguir ese bien ni empeñarnos en conseguir otro ma-
yor. Lo primero es peligroso; lo segundo, inútil”. Y añade: “La búsqueda de Dios es la
búsqueda de la felicidad. Y el encuentro con Dios es la felicidad misma”235.

CAPÍTULO 7

Nos presenta a su amigo Alipio. Habían nacido en el mismo pueblo. Era algo más joven que
Agustín y discípulo suyo. Muy aficionado a los juegos circenses, de los que Agustín logra apar-
tarlo. Será, en adelante su amigo más querido.

7. 11. Afición de Alipio a los juegos circenses


Sus amigos más íntimos eran Alipio236 y Nebridio237. Agustín, que no ahorra pala-
bras para hablar de sus propios errores y pecados, reconoce que Alipio tenía un buen
concepto de su bondad y preparación académica, y le amaba en verdad.

234 De civ. Dei, 10, 3, 2


235 De mor. Eccl. Cath. 11, 18
236 Alipio fue el amigo más cercano y querido de Agustín. Un amigo entrañable. Habían nacido los

dos en el mismo pueblo. Fue discípulo de Agustín en Tagaste. Pertenecía a una familia acomodada y rica.
Era muy aficionado a los juegos circenses. Agustín logrará liberarle de esa adicción.
Tenía un alma sensible. Estudió Derecho, y sobresalió en el ejercicio de esta profesión. Renunció a su
profesión y viajó también a Milán. Allí recorrerá el camino a la fe parecido al de Agustín. Regresó con él
a Tagaste para ser parte de la comunidad que el santo puso en marcha en su pueblo. Se distinguió en la
lucha antidonatista y llegó a ser obispo de Tagaste.
237 Nebridio fue otro de los amigos entrañables de Agustín. Mantuvo con él una nutrida correspon-
dencia. Había nacido en Cartago de una familia rica y acomodada. Perteneció también a la secta mani-
quea, donde se encontró con Agustín. Estaba dotado de una inteligencia brillante. Aunque no se bautizó
junto a Agustín y Alipio en Milán, murió cristiano.

- 160 -
Confesiones, libro VI

Él, a su vez, quería a Alipio por su buen natural y por su virtud, a pesar de su edad
joven.
Pero Alipio tenía un defecto. Un defecto grave, en opinión de Agustín. En Cartago
era muy aficionado a los juegos circenses. No asistía a las clases de Agustín por ciertas
diferencias que éste mantenía con su padre.
Agustín temía que el futuro de Alipio quedara truncado. No encontraba la oportuni-
dad de ayudarle, hasta que Alipio, haciendo caso omiso de la actitud de su padre, co-
menzó a asistir a las clases de Agustín.

7. 12. Deja el circo y se hace maniqueo


Pero, entonces, Agustín había olvidado ya el problema de Alipio. Pero Dios vino en
su ayuda, sin que él se diera cuenta de ello.
Un día, estando, presente Alipio, Agustín le adujo el símil de los espectáculos del
circo para explicar el tema que traía entre manos. Se refería a ellos con expresiones
mordaces y sarcásticas para dejar en ridículo a todos los que se dejan esclavizar por
tales juegos. No pensaba en ese momento en su amigo.
Alipio tomó las palabras de Agustín como referidas a él. Cualquier otro se hubiera
molestado, pero él no. Todo lo contrario, desde entonces comenzó a acentuarse su
amistad con el maestro.
El santo reconoce que fue Dios quien, valiéndose de él mismo, sanó el alma de Ali-
pio. Su corrección, hecha con amor, surtió el efecto deseado. Tomó la resolución de no
volver más al circo, y, de momento, la cumplió.
A raíz de este hecho, su padre cedió en su actitud y permitió que Alipio volviera a
las clases de Agustín.
En su propósito de seguir e imitar a su maestro, lo llevó a hacerse maniqueo con él y
como él. Contribuyó a ello también la apariencia de austeridad, engañosa y falsa, que
veía en los miembros de la secta.
_________________________

“(Los maniqueos) engañaban fácilmente con las apariencias superficiales de una


virtud postiza y simulada”. ¡Guardaos de los falsos profetas, que se acercan vestidos
con piel de oveja y por dentro son lobos rapaces! (Mt 7, 15). La advertencia es de
Jesús. Pululan en nuestras calles, de dos en dos, abordan a cualquiera que se cruza
con ellos, rebosan simpatía y educación, bien vestidos y con folletos en la mano.
¿Quiere conocer usted la palabra de Dios? ¿Sabe quién es Jehová? Venimos a
ayudarle a ser feliz. Así se presentan. Callan respetuosamente si son rechazados. Son
afables en las respuestas si se les pregunta. Y toman la iniciativa si perciben en el
abordado un gesto de curiosidad, y hablan, invitan, adoctrinan. Y regalan folletos
muy bien impresos con la dirección adonde se puede ir para conocer mejor su iglesia
y sus propuestas.
Y los incautos caen. Caen también otros porque se despierta en ellos en ese mo-
mento una religiosidad casi apagada, o porque estos, y no otros, se han acercado a
ellos para hablarles de Dios y les interesa saber algo de él, o porque les pica la curio-
sidad. Caen y pican por ignorancia o porque su formación religiosa es deficiente. Y
no faltan quienes han sufrido alguna experiencia molesta en la Iglesia Católica y ne-
cesitan vivir de otra manera su fe. De todo hay.

- 161 -
Nacido para amar

No podemos juzgar de entrada a quienes, a nuestro entender, propalan ideas


erróneas y falsas en materia de religión. Mucho menos, condenar. Hay que presumir
en ellos, al menos en los predicadores de calle, buena fe. Quizás son otros, los diri-
gentes, quienes se “visten con piel de oveja y por dentro son lobos rapaces”.
Preciso es recibir una sólida formación cristiana, tener una fe firme y vivir cohe-
rentemente con ella, ser testigos de Jesús, respetar a quien no piense o no crea como
nosotros, rezar por la unidad de las Iglesias.
- ¿Me han abordado en la calle o han llamado a mi casa algunas personas
para invitarme a conocer la Biblia o a Jesucristo? Si así ha sido, ¿cómo los
he recibido? ¿Me he mostrado respetuoso con ellas pero firme en mi fe?
- ¿Soy capaz de hablar públicamente de mi fe, de invitar a algunos a acer-
carse a la Iglesia para conocer mejor a Jesucristo?
- Si observo que un hermano camina por senderos equivocados, ¿tendría la
suficiente valentía y caridad para hacerle ver que le conviene enderezar su
camino? ¿Qué le podría decir desde mi experiencia personal?
San Agustín: “Ama a los hombres, pero combate sus errores. Enséñales la ver-
dad, pero sin orgullo. Lucha con ellos por la verdad, pero sin resentimiento. Rogad
por aquellos de quienes disentís. Vivid y perseverad en Cristo”238

CAPÍTULO 8

Alipio vuelve a las andadas. Cae de nuevo en su afición a los espectáculos de los gladiadores.

8. 13. Cae en la tentación arrastrado por un grupo de amigos


Alipio se había desplazado a Roma para realizar el estudio de derecho. Mantenía su
propósito de no acudir nunca más al circo.
Si su propósito era firme, su espíritu no lo era tanto. Un grupo de amigos le invita-
ron a asistir a un espectáculo de gladiadores. Se resistió tenazmente a ello. Al final,
dada la presión tan fuerte que sobre él ejercen sus amigos, cedió.
Cerró sus ojos para no ver nada, pero no sus oídos. Y oyó el griterío clamoroso del
público, abrió sus ojos, y quedó embelesado y seducido por lo que veía y oía.
Su herida moral fue más grave que la del mismo gladiador. Había sido más atrevido
que fuerte, y más débil que seguro de sí mismo. Se llenó de placer y se dejó arrastrar de
nuevo por un impulso interior que no pudo controlar.
Pero la misericordia de Dios vino en ayuda de su debilidad, y lo liberó de nuevo de
su postración. Con el tiempo se daría cuenta de que no debía confiar nunca en sí mismo,
sino sólo en Dios.
__________________________

“Tú, Señor, con tu mano poderosísima y misericordiosísima le liberaste, ense-


ñándole a no confiar en sí mismo, sino a poner su confianza en ti”. Se refiere a su
amigo Alipio, a quien Dios liberó de su pasión por el circo. Pero lo podría decir
también de cada uno de nosotros. Es verdad que somos creyentes, pero no es me-

238 Cont. lit. Pet. 1, 29, 31

- 162 -
Confesiones, libro VI

nos cierto que a veces confiamos sólo en nuestras propias fuerzas para levantarnos,
si hemos caído. O para no caer.
Somos débiles, pero quizá también presuntuosos. Caemos, y son otros los culpa-
bles. Nos arrastra el pecado, y hasta nos sentimos a gusto con él, cuando es verdad,
más bien, que es el pecado que nos esclaviza de manera muy sutil. No desconfiamos
de nosotros mismos, ¿cómo vamos a confiar en Dios? No reconocemos nuestra
fragilidad porque nos creemos fuertes.
Y cuando queremos liberarnos del pecado, ¿en quién confiamos? ¿En Dios? Oja-
lá. Confiamos sólo en nuestras propias fuerzas, y el intento es vano. O queremos
salir de la mediocridad de nuestra vida, y la costumbre nos lo impide. Se está bien en
ella, decimos o pensamos.
San Pablo vivió una experiencia muy fuerte en su propia carne, y la dice as: “¡Mi-
serable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rm 7, 24) “Para que
no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que
me abofetee y no me envanezca Tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de
mí y me ha respondido: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” 2
Cor 12, 7-9).
Esa es, debe ser, el camino a seguir por todos: Vernos débiles, quizás en pecado,
y acudir a quien es la fuerza y la gracia. No hay otra posibilidad. Desconfiar de noso-
tros mismos, hacer todo lo que dependa de nosotros para salir de nuestra postración
o para no caer en ella, y confiar totalmente en Dios. Fue también la experiencia de
Agustín.
- ¿Estoy plenamente convencido de mi debilidad en lo que a la vida de fe se
refiere? ¿Confío demasiado en mis propias fuerzas para seguir a Jesucris-
to?
- ¿En qué momento he sentido especialmente la fuerza y la ayuda de Dios
para levantarme y seguir caminando?
San Agustín nos invita a acudir a Dios y a confiar siempre en él: “Pecadores, vol-
ved al corazón y adheríos a Aquel que os ha creado. Manteneos en su compañía y
alcanzaréis estabilidad. Descansad en él y hallaréis sosiego. ¿Adónde vais por cami-
nos impracticables? ¿Adónde vais? El bien que amáis procede de él. Todo cuanto ha-
ce referencia a él es bueno y suave”239.

CAPÍTULO 9

Acusan a Alipio de un robo que no cometió. Este incidente le podría ayudar en el futuro a
ejercer su profesión de abogado contrastando debidamente las pruebas sin tener en cuenta sólo
las apariencias.

9. 14. Detienen a Alipio


Caminaba un día por una de las calles de la ciudad, abstraído con el tema de la clase,
cuando un estudiante, ladrón por más señas, arremetió con un hacha contra los barro-
tes de plomo en el barrio de los plateros para cortar el metal.

239 Conf. 4, 12, 18

- 163 -
Nacido para amar

Pudo huir el ladrón antes de que llegara la guardia. Alipio, ingenuo e inocente, se
acercó, encontró el hacha abandonada por el ladrón y se puso a examinarla. En ese
momento llegaron los guardias y lo hallaron con el instrumento del delito en la mano.
Lo detuvieron para llevarlo ante el juez

9. 15. Le sirvió de experiencia


Tuvo la fortuna de que un arquitecto, que lo conocía sobradamente, pasara por el
lugar. Alipio le contó lo que había visto. Fueron a la casa del ladrón, acompañados por
el pueblo, y comprobaron los hechos.
Alipio, que sería con el tiempo obispo y juez de muchas causas, pudo aprender con
ese hecho a no juzgar sólo por apariencias, sino con base en hechos debidamente con-
trastados.
__________________________

“Al punto saliste en defensa de la inocencia, Señor […]. Alipio, que un día iba a
ser dispensador de tu palabra […], salió más experimentado y aleccionado”. Agus-
tín ve la mano de Dios en los acontecimientos y en las distintas circunstancias de la
vida. Como en este caso. Alipio era inocente de lo que le acusaban, y Dios se valió
del testimonio de un hombre honrado para que brillara su inocencia.
Es bueno, y aprovecha mucho, percibir y experimentar la presencia de Dios en
los distintos acontecimientos de la vida. En los buenos y en los que, a nuestro pare-
cer y según nuestro sentir, no son tan buenos.
¿Quién no es capaz, por ejemplo, de ver “la mano de Dios” en el nacimiento a la
vida de un niño, en el compromiso de amor de por vida de los que así se quieren, en
la curación sorprendente de un enfermo grave, en el regalo de una madre a quien no
la tenía, en el fallo de la justicia a favor de un inocente, y mil más?
Y muchos enfermos descubren su presencia amorosa junto a ellos, y se sienten
confortados y esperanzados. Y hay quienes encuentran a Dios en el fallecimiento de
alguien a quien han querido mucho porque han visto que ha muerto feliz con la es-
peranza puesta en el Dios de la vida. Y quienes se han sentido golpeados por la gra-
cia con un fracaso económico porque han caído en la cuenta de que el motor de su
vida era la ambición y la avaricia. Y muchos más.
Dios respeta, como podía ser menos, la libertad del hombre para actuar y tomar
decisiones personales. Pero ilumina su mente para que pueda discernir con más cla-
ridad; mueve su voluntad, sin forzarla, para optar por lo mejor; actúa con su gracia
para que el hombre ponga amor donde hay odio o resentimiento; alivia y consuela a
quien está triste y angustiado; protege al débil y doblega la soberbia de los prepoten-
tes…
Así actuó en el caso de Alipio. No permitió que fuera condenado quien era
inocente. En sus planes estaba llamarlo más adelante para prestar un servicio a la
Iglesia como pastor de la comunidad cristiana. Sería obispo de la Iglesia de Tagaste.
Y proclamado santo.
- ¿He sentido y experimentado que Dios ha salido a mi encuentro en algún
acontecimiento importante de mi vida?

- 164 -
Confesiones, libro VI

- ¿”Veo la mano” de Dios providente que se hace presente en los problemas y


en los logros de muchos hermanos? ¿O pienso, más bien, que todo es pro-
ducto del azar?
- ¿Conozco algún caso de alguien que ha vuelto o acercado a Dios porque lo
ha sentido en algún momento muy cerca de él?
San Agustín: “Dios todopoderoso y bueno, que te preocupas de cada uno de noso-
tros como si fuera el único objeto de tus cuidados, y cuidas de todos como si cada
uno fuera un ser único”240. “Dios te beneficia, te ayuda, te da lo que te es necesario,
te defiende de la adversidad. Te consuela con sus dones para que perseveres, te corri-
ge para que no perezcas; el Señor te cuida, estate tranquilo El lleva en sus manos al
que hizo; no caigas de las manos de tu Creador; si caes de sus manos, te quebrarás 241.
“Por todas partes te rodea misericordiosamente la providencia divina”242.

CAPÍTULO 10

Agustín nos presenta a sus dos amigos más entrañables: Alipio y Nebridio. Los tres vivirán
experiencias parecidas en la búsqueda de la verdad.

10. 16. Integridad y honestidad de Alipio


De origen africano los tres, dejaron su tierra y se trasladaron a Milán. Alipio quería
estar cerca del amigo y, al mismo tiempo, poder ejercitarse en el Derecho.
Causaba admiración su integridad y entereza en la práctica de su profesión. Su ho-
nestidad estaba por encima de todo. No cedió a los chantajes ni a los halagos a que le
sometían los poderosos.
Su afición a las letras puso a prueba su probidad. Podía haber aprovechado la facili-
dad que le proporcionaba el tribunal para adquirir copias de códices a precio muy reba-
jado.
Pero no cayó en la tentación. Prefirió el bien de la justicia y la equidad antes que ce-
der a manejos deshonestos.
Ambos amigos compartían las mismas dudas acerca del rumbo que debían dar a sus
vidas.

10. 17. Nebridio


También Nebridio había ido a Milán para estar cerca de Agustín y compartir con él
la búsqueda de la verdad. Era de familia rica y oriundo de una ciudad cercana a Carta-
go.
Gozaba de una inteligencia brillante. Investigaba con ahínco los caminos para una
vida feliz y escrutaba con dedicación y empeño las cuestiones más difíciles.
Los tres amigos hambreaban la verdad. Los tres se sentían atrapados por la angus-
tia. Pero las tinieblas se cernían sobre sus vidas mundanas. Y se preguntaban hasta
cuándo duraría su situación.

240 Conf. 3, 11, 19


241 En. in ps. 39, 27
242 S. 20, 4

- 165 -
Nacido para amar

Pero no se decidían a dejar su modo de vida mundana. No encontraban un asidero


seguro al que aferrarse.
__________________________

“¿Hasta cuándo va a durar esta situación? Una y otra vez nos repetíamos esta
misma pregunta, pero sin acabar de decir adiós a la clase de vida que llevába-
mos”. Agustín, Alipio y Nebridio. Los tres amigos africanos vivían ya en Milán.
Compartían y sufrían una misma angustia sin saber el porqué. Quizás debían dejar la
vida que llevaban, pero no eran todavía capaces de dar ese paso.
Pero su angustia era positiva, valga la expresión. No estaban satisfechos con lo
que eran o hacían. Sentían dentro de sí una inquietud que los hacía sufrir. Tienen
sentido aquí para los tres, las conocidas palabras del santo: “Nos hiciste, Señor, para
ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”243. Pero no lograban
encontrar todavía la verdad para poder descansar.
Sí es totalmente negativa la indiferencia, pues quien vive -o mejor, quien malvive
en ella- no se angustia por nada. Nada necesita, a nada aspira, nada le inquieta. Vive
en la mentira y no le interesa la verdad. Tiene la conciencia adormecida. Y también
su ánimo. Se acomoda, sin ni siquiera proponérselo, a la vida del animal, que se con-
tenta con comer, procrear, dormir y poco más.
El ser humano es capaz de mirarse a sí mismo, oír la voz de su conciencia, reco-
nocer sus errores y enmendar sus pasos, para “volver y dar la cara a Dios”, que es
otra de las acepciones de la conversión, a la que todos estamos llamados.
- ¿Me angustio y decae mi ánimo en ocasiones porque no encuentro en mí la
paz que necesito, la luz que me ilumine en mis dudas, la verdad para des-
cansar en ella?
- ¿Me siento capaz de superarme dejando de lado ciertos apegos que me en-
cadenan? ¿Qué me dicen los ejemplos de muchos santos y, en particular,
de san Agustín?
Palabras de Agustín: “Somos caminantes, peregrinos en tránsito, Debemos, pues,
sentirnos siempre insatisfechos con lo que somos si queremos llegar a lo que aspira-
mos. Si nos complace lo que somos, dejaremos de avanzar. Sigamos, pues, marchan-
do, yendo para adelante, caminando hacia la meta. El que se para no avanza. Es me-
jor ser un cojo en el camino que un buen corredor fuera de él” 244.

CAPÍTULO 11

Cumplidos los treinta años, Agustín sigue buscando incansable y angustiosamente la verdad.
Se debate entre sus aspiraciones terrenas y la necesidad vital de encontrarla.
Seguía en el “barro” de siempre: los placeres y bienes efímeros que lo apartan y distraen de lo
verdaderamente importante. Pasaba el tiempo y no se decidía. ¿Hasta cuándo?

243 Conf. 1, 1, 1
244 S. 169, 15, 18

- 166 -
Confesiones, libro VI

11. 18. Sigue buscando inquieto y angustiado


Hacía ya unos doce años que el joven Agustín, motivado por la lectura del Hortensio,
había decidido dedicarse a la búsqueda de la verdadera sabiduría. Al recordarlo, siente
una cierta turbación.
Se muestra preocupado y nervioso, pues a los treinta años seguía con sus dudas y
entregado al goce de las realidades temporales. Nunca llegaba el “mañana” definitivo.
Era inútil esperar a Fausto. La única solución era entregarse de lleno y sin desani-
marse a la búsqueda de lo que más ansía: la verdad.
Ha dado ya un paso muy significativo: vía razonables los pasajes de la Escritura que
antes, mientras militaba en la secta maniquea, consideraba absurdos. Era necesario
avanzar en el camino en el que le iniciaron sus padres.
Pero no encontraba la manera ni el tiempo. No podía contar con el obispo Ambro-
sio. Y él, Agustín, se encontraba muy ocupado. No tenía tiempo ni dinero para comprar
códices para leer.
Tenía que organizarse. Ante él se abría un horizonte nuevo: Encuentraba que el
Dios que representan en la Iglesia católica no tiene figura humana. Pero le costaba dar
un paso más.
Empleaba gran parte del tiempo en preparar y dictar las clases, en las relaciones
humanas con amigos que podrían ayudarle y en otras preocupaciones.

11. 19. Dudas y vacilaciones


Vale la pena renunciar a todo y optar por lo único que permanece. Al fin y al cabo, la
vida es efímera y la muerte, aunque segura, es incierta. Sería una desgracia que la
muerte nos cogiera de improviso sin haber intentado nada.
Lo más razonable sería acogerse a la autoridad de los que enseñan la fe católica. Se-
ría absurdo que todo lo dicho por Dios quedara en nada si junto con el cuerpo muriera
también el alma.
Entonces, ¿por qué vacilar tanto en dejar lo efímero y dedicarse por entero a la bús-
queda de Dios y la vida feliz?
Pero no convenía ser radicales en tomar esta opción. Hay cosas que hay que atender:
Un próximo título honorífico, amigos influyentes, un posible matrimonio… Todo ello
constituiría la culminación de un sueño dorado.

11. 20. No hay vida feliz sin Dios


Pero el tiempo iba pasando y, con él, la falta de una decisión definitiva. Su conver-
sión a la fe para vivir en Dios se iba aplazando. Pero no el morir en sí mismo cada día.
____________________________

“Iba aplazando día tras día vivir en ti, Señor, pero no aplazaba morir en mí
mismo cada día”. Indeciso para dar el paso, y muere por no darlo. Dios ya había de-
jado de ser un fantasma para él, o una masa incorpórea. Era Alguien que lo iba atra-
yendo. Y el joven Agustín sentía la necesidad vital de volverse a él, pero no se deci-
día.
Quien no va hacia la Vida, que es Dios, muere. En el desierto más árido, desfalle-
ce y muere quien no camina hacia el oasis que se adivina en la lejanía. Y puede morir

- 167 -
Nacido para amar

también de hambre quien, por pereza e indolencia, rehúye trabajar para ganarse el
pan.
Es fatigoso caminar por el desierto. Requiere esfuerzo y tesón el trabajo de cada
día. No es fácil “vivir en el Señor”, como dice el santo. No es fácil volver y caminar
hacia él si se cuenta sólo con las propias fuerzas. Más bien, es imposible. Pero Dios
sale siempre al encuentro.
Sale a nuestro encuentro en su Hijo Jesús, que se hizo camino para llegar al Pa-
dre. Y se hace nuestro compañero de viaje para que el camino sea más suave o no
tan fatigoso.
- ¿Cómo es mi andar por el camino de la fe? ¿Cansino, gozoso, firme, dis-
traído, con la mirada puesta en el que inicia y confirma nuestra fe, en Je-
sús (Heb. 12, 2)?
- ¿Animo a otros a ser creyentes en Jesús y caminar con ilusión en su segui-
miento?
San Agustín: “¡Viandante perezoso!, puesto que no querías venir al camino, vino
el Camino a ti. Buscabas por donde ir: "Yo soy el camino". Buscabas a donde ir: "Yo
soy la verdad y la vida". No te extraviarás si vas a él por él”245. “Camina seguro en
Cristo; camina; no tropieces, no caigas, no mires atrás, no te quedes parado en el ca-
mino, no te apartes de él”246. “¿Tú quieres andar? El camino soy yo. ¿No quieres caer
en el error? La verdad soy yo. ¿No quieres morir? La vida soy yo. Esto es lo que te
dice tu Salvador”247.

CAPÍTULO 12

Agustín y Alipio expresan sus puntos de vista sobre un posible matrimonio. Para Agustín, el
matrimonio vendría a satisfacer y calmar sus apetitos carnales. Alipio, que descartaba el ma-
trimonio, lo aceptaría por simple curiosidad.

12. 21. Diálogo de Agustín y Alipio sobre el matrimonio


En ambos existía ya un deseo común: dedicarse a la búsqueda de la verdad y al amor
de la sabiduría. Pero en opinión de Alipio, dominados en gran manera sus apetitos car-
nales, este objetivo no se podría lograr si Agustín contrajera matrimonio. E intentaba
disuadirle de ese empeño.
Agustín aducía en su favor la vida de muchos estudiosos, amigos de Dios y de los
hombres, que vivían con normalidad su vida matrimonial.
Las palabras y comportamiento de Agustín iban despertando en Alipio la tentación
y la duda.

12. 22. Motivaciones extrañas para un posible matrimonio


Alipio no salía de su asombro de que el amigo del alma siguiera tan apegado a los
placeres de la carne. Mucho más cuando le oía decir que era incapaz de llevar una vida
célibe.

245 S. 150, 8, 10
246 S. 170, 11
247 In Jn. ev. 22, 8

- 168 -
Confesiones, libro VI

Había una gran diferencia entre las experiencias sexuales de Alipio cuando era muy
joven, ya olvidadas, y las de Agustín, que seguía enfrascado en ellas. De ahí que Agus-
tín siguiera aspirando a la vida matrimonial.
Y Alipio, también. Pero, más por curiosidad que por otros motivos. Le motivaba el
deseo de experimentar en carne propia los motivos por los que Agustín deseaba el ma-
trimonio. Pero hubiera significado para él una verdadera esclavitud.
Los objetivos en ambos eran rastreros, puesto que excluían los verdaderamente vá-
lidos: formar una familia y procrear hijos.
__________________________

“Tal era nuestra situación, Señor, hasta que tú te apiadaste de nuestra mise-
ria y nos socorriste con procedimientos maravillosos y ocultos”. Una de las carac-
terísticas más clara del libro “Las Confesiones” es la confianza que Agustín tiene en
Dios, que es amor y misericordia. Lo confiesa en muchas de sus páginas. Ahora ha-
bla en nombre de los tres amigos, porque los tres están viviendo juntos un momen-
to crucial en sus vidas.
Dios es misericordioso con todos. Sin excepción. Con los buenos y con los que
no lo son. “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las
edades”, dice el salmo (100,5). Y en otro salmo la misericordia tiene nombre de ter-
nura. Después de proclamar que “Dios es compasivo y misericordioso”, dice: “Co-
mo un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles” (103,
13).
Si preguntamos la razón de por qué nos ama, la única respuesta es su misericor-
dia. Podría pensarse en un amor que se ajustara a la justicia, que favoreciera a cada
uno según sus méritos. El amor de Dios rompe estos esquemas. Toda la tierra está
regada de la ternura y misericordia de Dios.
Una de las experiencias más gratificantes en todo creyente es sentir que Dios tie-
ne misericordia con él siempre y en todo. Al fin y al cabo la misericordia es la expre-
sión más hermosa del amor.
Y en la medida en que sintamos la misericordia de Dios para con nosotros, po-
dremos ser misericordiosos con todos. Que buena falta hace en este mundo inmise-
ricorde con los más débiles.
- ¿Me cuesta ser comprensivo y misericordioso con quienes viven alejados de
Dios o sufren por los golpes de la vida?
- ¿Soy misericordioso por mi condición de seguidor de Jesús o me contento
con hacer sólo algunas obras de misericordia?
San Agustín: “Que nadie se jacte de sus obras de misericordia como si por ellas,
cual cosa propia, hubiese merecido el favor de Dios. Incluso para practicar las obras
de misericordia necesita y recibe la misericordia de aquel que la reparte según su be-
neplácito”248

248 De div. quaest. ad Simpl. 1, 2, 9

- 169 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 13

Mónica no cede en su empeño de trabajar para que su hijo contraiga matrimonio. Prepara
la boda de Agustín, aunque no se lleva a cabo de momento.

13. 23. No había llegado todavía el momento


Agustín, presionado sin duda por su madre, llegó a pedir la mano de la mujer que
podría ser su esposa. Para Mónica, el matrimonio de Agustín facilitaría la recepción del
bautismo.
Ambos deseaban al respecto alguna indicación del cielo. Pero no se producía. Tan
sólo visiones irreales y fantásticas, fruto de un espíritu muy tenso por el problema. Ella
misma las desestimaba.
Por una sensación muy especial, sabía distinguir y discernir entre una revelación re-
cibida de Dios de los propios sueños.
Como la joven prometida no tenía todavía la edad requerida, había que esperar.
__________________________

“Ella -Mónica- se alegraba de verme cada día mejor dispuesto, viendo en mi fe


la realización de sus deseos y de tus promesas”. Mónica, cuya confianza en Dios
no decaía un momento, iba percibiendo en el hijo pequeños pasos hacia la fe. Y se
llenaba de gozo. Abrigaba, al fin, la esperanza del regreso del hijo a la “casa pater-
na”.
Muchos jóvenes se alejan hoy de la Iglesia, pierden la fe o la arrinconan, no sien-
ten necesidad alguna de Dios y hasta pierden algunos de ellos la conciencia de peca-
do. Y sus madres, cristianas si lo son “de cuerpo entero”, sufren por ellos y rezan
para que enderecen el camino y regresen. Y al tiempo, algunos de ellos regresan. Y
se hace fiesta en el corazón de la madre.
Otros, no. Son la oveja perdida el evangelio. Una pena. Pero siempre queda la es-
peranza, porque para Dios nada hay imposible. Cristo, el Buen Pastor, necesita
nuestros pies para ir en su busca. Necesita nuestras manos para acogerlo con cariño.
Necesita también nuestra oración incesante al Padre.
Y nos pide que nosotros, quienes estamos o queremos estar en “la casa paterna”,
seamos ante los jóvenes testigos del evangelio, coherentes con nuestra fe, compren-
sivos y acogedores, gozosos con nuestra condición de creyentes y con una buena
carga de amor de Dios en nuestro corazón. Y paciencia, mucha paciencia, como la
que tiene Dios con nosotros. Y orar por ellos.
No perdamos nunca la esperanza. Dejemos en las manos de Dios y que sea él
quien actúe de verdad. Con todo ello, Dios obrará maravillas en muchos jóvenes.
Sin duda alguna. Y la alegría de sus madres, y la nuestra, será grande.
Mónica es un ejemplo. Si Dios escuchó sus ruegos y ella se llenó de gozo, ¿por
qué no va a escuchar las súplicas de cualquier madre cristiana que ora y llora por su
hijo?
- ¿Hago un juicio de valor sobre todos los jóvenes en general porque se han
alejado de Dios y de la Iglesia? ¿Tienen ellos la culpa de su

- 170 -
Confesiones, libro VI

alejamiento?¿No habremos fallado nosotros por falta de testimonio o de


coherencia entre lo que somos y creemos?
- ¿No veo que muchos de ellos mantienen una fe viva, bien probada, com-
prometidos en el servicio a los demás, solidarios y con aspiraciones muy
nobles?
- ¿Rezo por ellos?
Palabras de santa Mónica poco antes de morir: “Hijo, por lo que a mí respecta,
nada en esta vida tiene ya atractivo para mí, No sé qué hago aquí ni por qué estoy
aquí, agotadas ya mis expectativas de este mundo. Una sola razón y deseo me rete-
nían un poco en esta vida, y era verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha
dado creces, puesto que, tras decir adiós a la felicidad terrena, te veo siervo suyo.
¿Qué hago aquí?249.

CAPÍTULO 14

Primer intento de vivir en común con un grupo de amigos. Pero surge un impedimento in-
salvable.

14. 24. Fracaso de un proyecto de vida en común


Aparece ya una característica muy propia de Agustín, que, a su vez, es expresión de
su necesidad de “amar y ser amado”. La vida para él no tendrá sentido si no se compar-
te con otros, amigos o hermanos.
Un grupo numeroso, dice él, habían acordado retirarse de las molestias de una vida
turbulenta y de la masa de gentes, y vivir un “ocio” tranquilo, es decir, dedicados a la
reflexión, al estudio y a la búsqueda de la verdad.
Todo sería común. Habría un patrimonio único. Nada sería de nadie, sino de todos y
de cada uno.
El grupo lo formarían unas diez personas. Todos amigos. Entre ellos Romaniano,
gran amigo de Agustín y rico.
Pero surge una dificultad insalvable: ¿qué hacer con las mujeres? Algunos ya las te-
nían. Otros aspiraban a tenerlas. Tuvieron que desistir del proyecto.
De nuevo el retorno a la vida agitada, a las preocupaciones y las lamentaciones. Los
planes de los hombres no son muchas veces los planes de Dios.
__________________________

“Tú, Señor, te burlabas de nuestros proyectos e ibas preparando tus planes,


dispuesto a darnos alimento a horas oportunas y a abrir tu mano para colmar
nuestras almas de bendición”. “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos
no son vuestros caminos, dice el Señor” (Salmo 55, 8). Se cumplía esto en el joven
Agustín y sus compañeros. No era suficiente su buena voluntad ni la recta intención.
El Señor “se burlaba” de su proyecto, bueno en sí, pero llamado al fracaso.
El Señor tiene sus planes para cada uno de nosotros. No los impone, pero quiere
que cada cual los descubra. Emprendería un camino equivocado, por ejemplo, quien

249 Conf. 9, 10, 26

- 171 -
Nacido para amar

pretendiera ser sacerdote si Dios lo llamara a formar una familia. O quien pretendie-
ra contraer matrimonio si el plan de Dios fuera ser religioso o religiosa para entre-
garse por entero al servicio misional o de los más necesitados. Torcer una vocación
implicaría un desajuste personal permanente.
Se requiere, por tanto, una tarea de discernimiento para conocer su voluntad, que
es siempre salvífica. ¿Y cómo discernir la voluntad de Dios? San Agustín nos da la
clave; dice: “Si alguno anhela conocer la voluntad de Dios, hágase amigo suyo”250.
La amistad no puede existir sin un conocimiento mutuo. Que Dios me conoce,
está fuera de toda duda. Imprescindible es, por nuestra parte, conocer a Dios, en lo
que humanamente se pueda. Para ello, el medio mejor es la oración. Así oraba san
Agustín a Dios: “Noverim me, noverim te”251. Traducido: Que yo me conozca, que
yo te conozca.
Ser amigos de Dios implica conocerle, sintonizar con él, amarle, discernir su vo-
luntad y cumplirla. Entonces, mis proyectos serán sus proyectos y sus planes serán
mis planes. Y Dios, en expresión de Agustín, no se “burlaría de nuestros proyectos”.
Los bendeciría y los llevaría a buen puerto.
- ¿Qué medios utilizo para conocer y discernir la voluntad de Dios sobre mí?
¿He desechado en alguna ocasión la llamada del Señor a una vocación
concreta?
- ¿Estoy plenamente disponible a lo que Dios quiera hacer de mí? ¿O me
puede el miedo o el apego a otros intereses o planes que previamente me he
propuesto?
San Agustín: “No basta la misericordia del que llama, si no responde con su obe-
diencia el llamado”252 De quaest. Div. ad Simpl. 1,2, 13.

CAPÍTULO 15

Rompe su convivencia con la mujer con la que había convivido más de quince años. Su cora-
zón queda desgarrado y roto.

15. 25. Ruptura definitiva


Según parece, en aquella época no podían contraer matrimonio válido los dignata-
rios del imperio que vivían en concubinato si el hombre y la mujer eran de distinto
rango.
Quizás fue esto último la causa de la separación de Agustín y la mujer con la que
había convivido más de quince años253.

250 De gen. cont. man. 1, 2, 4


251 Sol. 2, 1, 1
252 De div. quaest. ad Simpl. 1, 2, 13
253 No conocemos más datos de esta mujer. Ni siquiera su nombre. La resolución que tomó de no
vivir en adelante con hombre alguno y de separarse de hijo Adeodato, tuvo que constituir un ac-
to heroico e indica, además, que estaba dotada de un alma muy noble y que su amor a Agustín
llenaba su vida. El mismo Agustín reconoce que era superior a él. Quedan en el misterio las
verdaderas razones de la separación. En este caso el santo no se acusa de pecado alguno.

- 172 -
Confesiones, libro VI

En vista de este impedimento, la arrancaron de su lado. Se vio forzado a separarse


de ella.
La convivencia entre ambos, a lo largo de más de quince años, había sido normal,
tranquila y, en lo que cabe, feliz. Había amor entre los dos. De ahí que el corazón de
Agustín quedara herido y chorreando sangre.
Ella regresó a su África natal, dejando con Agustín al hijo de los dos, de nombre
Adeodato, y con la promesa de no vivir en adelante con otro hombre.
Agustín fue incapaz de imitar a esta mujer, ya que, movido por la pasión y sin pen-
sar en otro posible matrimonio, se procuró pronto otra.
Pero la herida por la separación seguía abierta. Sufría con un dolor inaguantable.
____________________________

“Entretanto iban multiplicándose mis pecados”. El joven Agustín sufría dentro de


sí la lucha de las dos voluntades254: Una, lo impulsaba hacia lo alto, Dios; la otra se-
guía arrastrándolo por las cosas de la tierra. Las apetencias de la carne podían con
los anhelos de una vida limpia de pecado.
No somos impecables. Deseamos vivir en gracia, sin pecado, pero nuestra volun-
tad es débil y la fuerza de la tentación nos supera. No queremos pecar, y, quién más
quién menos, pecamos. Acudimos al sacramento de la reconciliación con el propósi-
to firme de no volver a pecar, y caemos en los mismos pecados.
No caemos quizás en pecado grave -¡Dios no lo quiera!-, pero abundan y se mul-
tiplican las faltas que llamamos pecados veniales. Nos cuesta superar ciertas actitu-
des de pecado que han ido arraigando en nosotros -el egoísmo, la soberbia, la pere-
za, las críticas al hermano, la indiferencia ante los problemas de los que sufren, etc.-
y sufrimos por ello.
Pero la gracia de Dios sobreabunda donde abunda el pecado (Rm 5, 20). Y su mi-
sericordia es infinita. Y su perdón, total. Tenía razón el paciente y sufridor Job
cuando decía que la vida en la tierra es una milicia255, una lucha constante. No hay
victoria sin lucha. Por eso no pedimos a Dios que nos libre de las tentaciones, sino
que nos preserve del mal.
- ¿Me desanimo porque, a pesar de mi confesión frecuente, caigo siempre en
los mismos pecados? ¿Desconfío, entonces, de la ayuda del Señor y de la
fuerza que da el sacramento?
- ¿La repetición de los mismos pecados va creando en mí un hábito o una
costumbre que me es difícil erradicar?
San Agustín: “Nadie se conoce a sí mismo si no es tentado; ni puede ser coronado
si no vence; ni vencer si no pelea; ni pelear si le faltan enemigos y tentaciones”256.

254 Cf. Conf. 8, 5, 10


255 Cf. Job 7, 1
256 En. in ps. 60, 3

- 173 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 16

Los tres amigos dialogan sobre el bien y el mal, la muerte y la inmortalidad.

16. 26. Miedo y angustia ante la muerte


Cuanto más iba cayendo Agustín en su condición pecadora, más cercano a él se hacía
Dios. Pero no lo sabía entonces. Sólo el miedo a la muerte y al juicio futuro frenaba en
parte su derrumbamiento.
No era fácil para él alcanzar la felicidad por el camino de la Verdad y la Sabiduría..
El desarrollo del diálogo con sus amigos acerca del sumo bien y el sumo mal lo fue
llevando hasta encontrarse con la filosofía de Epicuro.
Le tentaba adherirse a su teoría de que la felicidad estaba en el placer, y que en ello
consistía el sumo bien. Pero la creencia de Agustín de que el alma sobrevive a la muer-
te y al el juicio subsiguiente impidió que diera ese paso.
Se preguntaba sobre la posibilidad de ser siempre felices con el placer corporal con-
tinuo, sobre la hipótesis de no morir nunca.
Desconocía entonces que pensar así era el colmo de la miseria. Era incapaz de ima-
ginarse y de concebir la luminosidad y calidad de la virtud y la belleza. Solamente con
los ojos del espíritu se puede captar ambas realidades.
La relación con los amigos le producía una felicidad mayor que la abundancia de los
placeres carnales. Era un amor correspondido por ellos.
Al final reconoce que el único lugar de descanso es Dios. Fuera de Él, todo sería dar
vueltas inútiles y agotadoras. Y es el mismo Dios quien le señala el camino y le invita a
correr por él, para llegar a Él mismo.
________________________

“Ay del alma temeraria que, al apartarse de ti, confió en que iba a hallar
algo mejor… El único descanso mío eres tú”. Habla Agustín, una vez más, desde su
experiencia personal. Se apartó de Dios, del Dios que había conocido siendo niño, y
se volcó a las cosas de este mundo, buscando en ellas su realización personal o la
felicidad. Fue un temerario. No encontró descanso en ellas.
Su testimonio: “Me sentía atraído hacia ti por tu belleza, pero pronto me veía
arrancado de ti por mi propio peso, y, en medio de lamentos, volvía a desplomarme
sobre las criaturas. Este peso era mi querencia carnal”257.
Nadie puede descansar en las criaturas ni ser feliz. Aunque sean muy buenas y
necesarias. Pero son caducas, inestables y efímeras.
Se suele decir que en el pecado está la penitencia. Es verdad. Porque pecado es,
según el santo, apartarse de Dios y volcarse a las criaturas. Y en ellas no encuentra
descanso pleno y permanente. Ni felicidad duradera.
Engaño o inconsciencia, no lo sé. Pero nos atraen y nos volcamos a ellas buscan-
do lo que ellas no nos pueden dar. Y cuando abundan y las poseemos, se suele per-
der u opacar la idea de un Dios vivo, fuente única de toda felicidad, que permanece

257 Conf. 7, 17, 23

- 174 -
Confesiones, libro VI

por sí mismo, y satisface plenamente a quien lo acoge o, mejor, a quien es acogido


por Él.
- ¿Puede haber alguien más feliz que quien vive en Dios y desde Dios? Lo
dudo. Mejor, rechazo esa posibilidad.
- Entonces, ¿qué?: ¿Habría que decir que, si el pecado consiste en dar la es-
palda a Dios y volcarse a las criaturas, deberíamos dar la espalda a las
criaturas, menospreciándolas, y volver a Dios? No. Sí, volver a Dios y,
desde Él o con Él, amar las criaturas y utilizarlas para una vida más
digna personal, familiar y comunitaria.
San Agustín: “Señor Dios, ya que nos lo has dado todo, danos la paz: la paz del
reposo, la paz del sábado, la paz sin ocaso. Pues todo este orden bellísimo de las cosas
extraordinariamente buenas, una vez que colmen su medida, pasarán”258.

258 Ib. 13, 35, 50

- 175 -
LIBRO VII

Agustín ha rebasado ya la edad de los treinta años. Ha entrado en la madurez de la


vida.
Atrás quedaron las veleidades juveniles, las dudas sin sentido, los errores y caídas
motivados por las pasiones y las rebeldías.
Con la madurez ha llegado la etapa de la reflexión, la búsqueda razonable de la ver-
dad, la inquietud sosegada, aunque siempre insatisfecha, la necesidad vital de encauzar
su vida por caminos más seguros.
Se va esfumando la idea de un Dios “corpóreo” o en forma humana, para dar paso,
progresivamente, a la concepción del ser espiritual de Dios.
Se atisba también el encuentro con Cristo.
Este libro contiene una serie de reflexiones sobre la idea de Dios y su incorruptibili-
dad, la existencia del mal, la filosofía neoplatónica, el pecado y sobre Cristo camino.
No aparecen en el libro apuntes significativos que añadir a su autobiografía. Pero
no deja de ser importante y decisivo el hallazgo de “la verdad intelectual que brilla en el
alma como el sol”
CAPÍTULO 1

No concebía a Dios en forma humana, pero ¿qué era entonces? ¿Era la nada provista de es-
pacio, como cuando se sustrae un cuerpo del lugar que ocupaba y queda el vacío? ¿La nada ab-
soluta? ¿Algo grande, extendido por los espacios infinitos? ¿Un ser sin límites que penetra todo
lo que existe?

1. 1. ¿Qué o cómo es Dios?


Entra en la madurez de la vida, pero a la vez que los años crecía también en él su
vanidad. Por eso no podía concebir que existiera algo que no entrara por los ojos.
Pero también era verdad que desde que inició el camino de búsqueda de la sabiduría
iba desprendiéndose de la idea de un Dios en forma corpórea. Su alegría era grande al
ver que iba acercándose a lo que sostenía la Iglesia católica.
A pesar de todo no tenía todavía claridad total en este punto. Trataba de concebir -y
era mucho- un Dios sumo, único y verdadero, incorruptible, inviolable e inmutable.
Su mente y su corazón no estaban de acuerdo. A su mente venían las imaginaciones
de la época maniquea acerca de Dios. Pero su corazón protestaba. Trataba de ahuyen-
tarlas de un “manotazo”, pero volvían de nuevo para impedirle ver la sustancia divina.
No concebía a Dios en forma humana, pero sí lo imaginaba todavía como algo cor-
póreo que se extendía por un espacio concreto, esparcido por el mundo o extendido
fuera de él por espacios infinitos.
La razón era porque, en su opinión, lo que carecía de dimensión espacial era nada, ni
siquiera el vacío que deja un cuerpo cuando se retira de un lugar concreto.

1. 2. Su idea acerca de Dios


Sigue con sus dudas y vacilaciones. Si las cosas no tienen una dimensión espacial son
nada. Luego, ¿qué es Dios, que es el ser por sí y en sí mismo, y no es la nada?
Su mente era incapaz de comprender las realidades espirituales porque se movía só-
lo entre imágenes percibidas por los sentidos. No advertía que la atención que prestaba
a todo ello era muy distinta a las imágenes que iba formando con ella. Y no podría for-
marlas si no fuera superior a ellas.
Se imaginaba a Dios un ser grande, que se extendía por espacios infinitos y que pe-
netraba todo lo que existía. Un ser sin límites en el que están contenidas todas las co-
sas.
Dios franquea y penetra la tierra, como la luz que invade y penetra el aire sin rom-
perlo ni rasgarlo, y lo ilumina y le da calor. Así también todo queda penetrado, dirigido
y gobernado por Dios.
Pero este modo de imaginar no responde a la realidad. Es falso porque Dios no pue-
de dividirse en partes, mayores o menores, según el volumen de las cosas en que se
hace presente.
_________________________

“Ya había muerto mi juventud mala y repugnante, y me iba adentrando en la


madurez. Cuantos más años tenía, más atolondrada era mi vanidad”. La vanidad es
la nada inflada de vacío. Como el globo de colores que se arranca de las manos del
Nacido para amar

niño y se eleva, porque nada pesa y nada tiene. Por eso sube. Y se pavonea, porque
se cree hermoso. Pero no aguanta ni resiste la picadura de un insecto cualquiera.
Explotaría y quedaría reducido a lo que es: nada.
Así, el vanidoso. Alardea de lo que no es, se hincha con lo que no tiene, y sube
porque nada pesa. Peso específico, se entiende. El vanidoso se engalana sólo por
fuera, porque por dentro no hay con qué. Es una mentira andante. No sólo porque
pretende engañar a otros, sino porque se engaña a sí mismo.
Pero no resiste la prueba: se desinfla cuando alguien lo enfrenta con la verdad,
como el globo con la picadura del insecto o la punta de un alfiler. Es incapaz de mi-
rarse por dentro. No se atreve. Se desinflaría también al encontrarse vacío y falto de
lo que alardea.
Por eso Agustín la llama atolondrada, es decir, una vanidad desquiciada y alocada.
Sin sentido, sin un porqué que le dé algún valor o utilidad. Nada. Y lo malo, que esta
situación sin sentido puede ir creciendo con la edad. Le pasó al joven Agustín.
- ¿Soy vanidoso en ocasiones, me gusta presumir de lo que no tengo, aparen-
to lo que no soy, me considero un sabelotodo o un dechado de virtudes?
- ¿Cómo me quedo cuando alguien descubre mi nada, mi vacío, mi ignorancia
y mi pecado?
San Agustín: “He aquí la vanidad, enfermedad propia de los que se engañan a sí
mismos, juzgando que son algo, no siendo nada”259.

CAPÍTULO 2

Desbarata la doctrina de los maniqueos que sostenían que el príncipe del reino del mal podía
inferir un daño a Dios, principio del bien. Dios es inviolable e incorruptible.

2. 3. Argumento de Nebridio
Evoca Agustín el argumento de Nebridio en contra de lo sostenido por los mani-
queos, que causó sensación cuando era estudiante en Cartago260. Era éste: “¿Qué daño
podría haber sufrido Dios si se hubiera negado a pelear contra el poder de las tinie-
blas?”. Ninguno.
¿Y si se hubiera prestado a pelear? Tampoco ninguno. Concluye diciendo que si
Dios hubiera sufrido un daño por el hipotético ataque infligido por el príncipe del reino
del mal, hubiera dejado de ser inviolable e incorruptible.
En uno u otro caso, no había motivo alguno para entrar en combate. Mucho menos
todavía, consideradas las consecuencias que podían derivarse de él.
¿Cuáles? Entre otras: una parte de Dios, según los maniqueos, terminaría mezclada
con el mundo del mal, no creado por Él. Esta parte o porción de Dios habría quedado
contaminada por el mal, en la más absoluta miseria y necesitada de purificación.

259 De sp. et lit. 12, 19


260 Según los maniqueos, Dios habría sufrido un ataque por parte del príncipe de las tinieblas. En
este ataque Dios había perdido una parte de su sustancia, aprisionada y retenida desde entonces
por el reino del mal.

- 180 -
Confesiones, libro VII

Sería la Palabra, Cristo, quien la purificaría, aunque también esta Palabra era co-
rruptible, al estar formada por la misma sustancia “divina” contaminada. Absurdo.
Se advierte una contradicción en la doctrina maniquea: Si afirman que la sustancia
divina es incorruptible, no podría ser contaminada por el mal. Si, por el contrario, sos-
tienen que es corruptible, no sería Dios.
__________________________

“Engañadores y engañados y charlatanes mudos”. Se refiere Agustín a los mani-


queos que defendían una idea de Dios totalmente errónea. En el mundo abunda, es
cierto, la verdad. Abundan las personas coherentes, los sinceros de mente y alma, los
nobles de corazón, el sí, sí y el no, no, como lo pide el evangelio de Jesús (Cf. Mt 5,
37). Equivocados, posiblemente, pero transparentes en decir y expresar los que
piensan.
Pero abundan también los engañadores y mentirosos. La mentira es, para mu-
chos, un medio muy eficaz para sus trampas y sus aspiraciones más viles. Y consi-
guen a veces su propósito porque saben mentir “muy sinceramente”. Saben engañar
a los incautos.
Y así trepan en la política y en los negocios, consiguen ganancias suculentas, se
sientan en puestos reservados a los mejores sin ellos serlo, imponen sutilmente sus
ideas y saben maquillar sus grandes mentiras con pequeñas verdades.
Pero están engañados. Quizás, ni lo saben. Peor todavía si son conscientes de sus
malos manejos. La verdad no está en ellos, porque ellos son, en sí mismos, mentira.
Y se convierten en charlatanes mudos. Es decir, la verdad no está contenida en lo
que dicen, luego lo que dicen o afirman es vacío. Como si fueran mudos.
Los engañados de “buena fe” no son engañadores. Creen decir la verdad, aunque
no lo sea. Estos no forman parte de los “engañadores y engañados” de Agustín. Di-
ce el santo: “Quien expresa lo que cree u opina interiormente, aunque sea ello un
error, no miente”. En efecto, no todos los que dicen falsedades mienten. Es el caso
de quien cree o supone ser verdad lo que afirma261.
- ¿Miento para ganar más, para conseguir un buen trabajo, para tapar los
problemas que me aquejan, para engañar a los incautos y aprovecharme
de ellos, para aparentar lo que no soy, para dañar el buen nombre de al-
guien?
- ¿Amo la verdad en mis relaciones con los otros, en mi familia, en mi vida de
fe, en el desempeño de mi trabajo, en los momentos en los que se pone a
prueba mi condición de creyente?
San Agustín: “Mas los que mienten se perjudican a sí mismos, unos porque
abandonan la verdad para gozarse con los embustes y otros porque prefieren agradar-
se ellos antes que hacer agradable la verdad”262.

261 De mend. 3, 3
262 Ib. 11, 18

- 181 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 3

Agustín ha superado la doctrina del dualismo maniqueo. Por otra parte, sostiene y afirma
que Dios, no sólo es bueno, sino el mismo bien. Pero el mal y el pecado existen. Entonces, ¿dónde
o cómo encontrar una explicación razonable y satisfactoria sobre el origen del mal y la causa del
pecado?

3. 4. Dudas y vacilaciones
A pesar de creer y sostener que Dios es incorruptible, inmutable y creador de todo
lo que existe, no tenía ideas claras acerca de la causa del mal. Había que buscarla por
otros derroteros, sin contradecirse a sí mismo.
La doctrina de los maniqueos acerca del mal era falsa. Había malicia en lo que soste-
nían, puesto que preferían afirmar que era Dios, y no ellos, quien sufría el mal. El hom-
bre no es responsable del mal, sino Dios.

3.5. El libre albedrío como origen del mal


Se abre una pista nueva para tratar de comprender el problema del pecado: es el li-
bre albedrío de la voluntad la causa por la que el hombre obra el mal. Y si sufre el mal
es por el justo castigo de Dios.
Trataba de entender todo esto, pero vacilaba. No lograba salir del abismo de la du-
da.
A pesar de todo, estaba tan seguro de tener voluntad libre como de vivir. Por eso,
era él, y no otro ni otra causa, quien quería o no quería. En esto radicaba la causa del
pecado. El bien o el mal moral dependían de él.
Pero cuando hacía algo que no quería, se consideraba víctima y no autor. Allí no ha-
bía culpa, sino castigo. Dios permanecía siempre justo.
En búsqueda de la causa última del mal, se plantea una serie de interrogantes que, al
no poder resolverlos, acrecentaban sus dudas. Vacilaba, pero no volvía a caer en el
error maniqueo, en el se echaba la culpa de todo a Dios y no al hombre.
__________________________

“Yo no tenía suficientemente aclarada y averiguada la causa del Mal” ¿Y


quién la tiene? En este punto hay más preguntas que respuestas: ¿Por qué las catás-
trofes en las que mueren tantos inocentes? ¿Por qué las guerras en las que no suelen
morir los verdaderos culpables? ¿Por qué los sutnamis que arrasan y destruyen todo
a su paso? ¿Por qué tanta hambre en el mundo, los terremotos que matan a miles
generalmente pobres? ¿Por qué…?
Mucho se ha escrito sobre este tema, y no seré yo quien lo aborde en toda su
amplitud o profundidad. Imposible hacerlo en unas pocas líneas. Presento sólo unas
breves consideraciones para la reflexión personal o en grupo.
Gran parte de los males son causados por el hombre. Me refiero al mal originado
por el mal uso del libre albedrío. Por tanto, más que preguntar sobre la causa del mal
en general -pregunta siempre legítima-, deberíamos mirarnos a nosotros mismos y
ver si, en ocasiones, somos los causantes de ciertos males: calumnias, críticas, co-

- 182 -
Confesiones, libro VII

rrupción en los negocios, indiferencia ante el sufrimiento ajeno, infidelidad matri-


monial, maltrato físico o moral, y muchos más. La lista sería muy larga.
Esta debe ser nuestra preocupación primera. El mundo sería otro si el ser hu-
mano erradicara de sí mismo el mal uso de la libertad, causante de muchos sufri-
mientos en otros. No podemos ni debemos caer en la tentación fácil de culpar a
otros de tanto sufrimiento y tanto dolor en muchos inocentes. ¿De dónde, sino del
hombre, le viene al hombre el mal?263.
- ¿Me pregunto a veces si la causa del mal en mi familia, en mi trabajo, en
alguna enfermedad, etc., no estará en parte en mí?
- ¿Qué hago para afrontar, aliviar y superar el mal que puede aquejar a
otros: enfermedad, problemas familiares, hambre y carencia de muchas
cosas, maltrato personal, soledad de muchos, etc?
- ¿Me siento responsable del mal que hago? ¿En qué momentos o circunstan-
cias se siente condicionada mi voluntad cuando hago el mal? ¿Cuál es en
mi vida la raíz del pecado que cometo? ¿Qué hago para extirpar esta
raíz?
San Agustín: “No sé por qué, cuando le sucede al hombre algún mal, va en segui-
da a echar la culpa a Dios, en lugar de echársela a sí mismo. Cuando obras algo
bueno, te alabas a ti mismo, y, cuando padeces algún mal, echas la culpa a Dios”264.

CAPÍTULO 4

Dios es incorruptible y el sumo bien. En él no puede radicar la causa del mal. Es preciso in-
dagar por otros caminos.

4. 6. Dios no es corruptible ni por voluntad, ni por necesidad, ni por acciden-


te
Lo incorruptible es mejor que lo incorruptible. Aunque Agustín no tenía todavía
una idea clara de la naturaleza de Dios, afirma categóricamente que Dios es incorrupti-
ble. Y, además, el bien sumo y perfecto.
Si Dios fuera corruptible, habría la posibilidad de hallar algo mejor que Dios. Pero
esta hipótesis es inadmisible.
¿De dónde proviene entonces la corrupción? No de Dios, que es el sumo y perfecto
bien. Él es Dios, y lo que para sí mismo quiere es bueno. Y nadie ni nada es mejor que
Él.
No hay posibilidad alguna de que la corrupción pueda violar o perjudicar a Dios,
pues Él es el bien mismo y la corrupción no es ningún bien.
Dios no está sujeto a necesidad alguna. Si lo estuviera, su poder sería limitado. Por
eso, nada ni nadie puede obligarle a querer algo contra su voluntad. Su voluntad es
omnímoda, lo mismo que su poder. La voluntad y el poder de Dios son el mismo Dios.
Siendo omnipotente, no habrá fuerza alguna que pueda obligarle a nada.

263 S. 297, 9
264 In Jn ev. 28, 7

- 183 -
Nacido para amar

Y nada le puede suceder de improviso, porque lo conoce todo. Dios no sería Dios si
fuera corruptible.
__________________________
“Dios es el bien mismo”. Es la Bondad. Como es también la Belleza, la Verdad, el
Amor, la Vida, la Misericordia. Todas estas cosas -por llamarlas de alguna manera-
se identifican en Él. Todo es una misma cosa. No hay partes en Él. Es todo uno.
Porque es la misma Bondad, y además Amor, no puede estar en Él el origen del
mal. Todo lo que hizo al principio era bueno. Lo afirma repetidamente el Génesis
según pasaban los días de la creación. Y cuando culmina su obra con la creación del
hombre y la mujer, dice: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”
(Gen 1, 31).
Dios es un padre bueno, un padre que quiere lo mejor para nosotros, sus hijos. Y
nos quiere tanto, que nos entregó a su Hijo para que, creyendo en él, tengamos vida,
vida en abundancia, vida eterna. “El Señor es bueno con todos, cariñoso con todas
sus criaturas”, dice el salmo (145, 9). Nos ha hecho hijos suyos, hijos muy queridos.
Por eso podemos decirle: “Padre nuestro”. Y llamarle cariñosamente “Abbá”, papá.
(Cf. Rm. 8, 14, 15)
Jesús, el Hijo, hasta dio su vida por nosotros. ¿Cabe más amor? Curaba a los en-
fermos, se acercaba a los leprosos y a los excluidos de entonces, perdonaba a los
pecadores, los acogía y comía con ellos, predicaba siempre amor, bendecía a los
niños, pasó haciendo el bien y murió perdonando a quienes lo estaban matando.
Quiere que seamos felices y nos da la clave para serlo: Las bienaventuranzas, la es-
cucha y práctica de su palabra, la fe en él aunque no lo veamos… Nos hace herede-
ros de Dios y coherederos con Él (Cf. Rm. 8, 17).
El Espíritu Santo es el Consolador, el Defensor o Abogado ante el Padre (Cf. Jn
14, 16. 26), “el Espíritu que da vida” (J 6, 63), es quien envía a Cristo a “anunciar a
los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos” (Lc 4, 18-19), de Él estaba llena María y por Él concibe a su hijo Jesús. Nos
guía hacia la verdad plena (Jn 16, 13) y nos enseña todo y nos recuerda todo lo que
dijo Jesús (Ib. 14 26).
Todo es bondad en Dios. O, lo que es lo mismo, Dios es todo bondad.
- ¿Cuál es la idea que tengo acerca de Dios? Este modo de concebir a Dios
¿me produce sólo temor, respeto reverencial, lejanía, o, más bien, experien-
cia de amor, cercanía y confianza?
- ¿Me dirijo a Dios como Padre bueno, lleno de ternura y no castigador, mi-
sericordioso siempre, amoroso con todos a pesar de nuestros pecados? ¿Me
siento realmente amado por él? ¿Cuál es mi experiencia en este sentido?
San Agustín: “Nosotros somos los malos; él, el bueno; nosotros somos buenos
por él y malos por nuestra culpa. El es bueno con nosotros cuando somos buenos, y
también lo es cuando somos malos. Nosotros nos ensañamos con nosotros mismos, y
él con nosotros se muestra compasivo 265.

265 S. 29 A, 2

- 184 -
Confesiones, libro VII

CAPÍTULO 5

Sige buscando la causa del mal, pero busca mal. Plantea unas hipotéticas, pero erróneas, re-
laciones del mundo con Dios. Parte del hecho de la creación desde un punto de vista equivocado,
ya que admite la posibilidad de una materia eterna donde estaría la raíz del mal. Una vez más,
abundan los interrogantes acerca del misterio del mal.
Busca mal, y no cae en la cuenta de que era un mal el método que usa para encon-
trarlo.
Pone ante sus ojos todo lo creado, lo visible y lo invisible, los cuerpos y los espíritus.
Pero éstos están dotados de materia imaginaria. Todo forma una masa enorme. Tan
grande como él quería, pero limitada por todas sus partes.
Dios, al modo de una esponja que empapa todo, rodea y penetra todo lo que existe,
permaneciendo infinito. Así concibe la creación: finita, pero llena de un Dios infinito y
bueno.
Pero si Dios es incorruptible, infinito y bueno, ¿dónde está el mal? ¿Será que no
existe? Y si no existe, ¿por qué lo tememos? Si lo tememos, aunque no exista, ya es un
mal el mismo temor.
Si un Dios bueno hizo bueno todo lo que existe, ¿dónde está la raíz del mal que
también existe? Quizás en la materia, ciertamente mala, de donde hizo todas las cosas.
¿Por qué no trasformó la materia en bien? ¿Será porque no pudo?
Y sigue preguntándose: ¿Por qué no trasformó la materia en buena? ¿Por qué no la
aniquiló del todo para quedar sólo Él como bien total y único? Y si era eterna, ¿por
qué permitió que lo fuera? ¿Por qué no creó una materia buena para sacar de ella todas
las cosas?
Al verse acorralado por tantos interrogantes sin respuesta, todo ello le producía te-
mores de muerte. A pesar de todo, se mantenía en el nivel de fe al que había llegado e
iba creciendo en ella.
__________________________

“Iba adquiriendo estabilidad en mí la fe de tu iglesia católica en tu Cristo…


Era una fe sin forma definida y fluctuante… Pero mi espíritu no la abandonaba”.
Se van despejando las dudas. Agustín tira por la borda la idea de Dios que los mani-
queos le habían inculcado. Dios ni tiene forma corpórea ni es el autor del mal. Se
acerca paso a paso a la fe total. Cristo va apareciendo en el horizonte de su vida co-
mo la verdad encarnada. No da el paso definitivo, porque su voluntad es todavía
débil.
Es un vivo retrato de lo que ocurre en muchos que se consideran creyentes.
Creen mentalmente en una serie de verdades contenidas en el credo, pero su vida
camina por otros derroteros. No hay coherencia entre lo que dicen creer y la vida.
No convergen su fe y su voluntad. Su fe es fluctuante y su voluntad, débil.
La fe, cuando no es adhesión a la persona de Jesús, queda circunscrita al campo
de las creencias. Es un contenido de unas ideas más o menos claras, heredadas, qui-
zás, pero no asumidas, que nada o poco influyen en la vida. “Sin forma definida”,
dice el santo.

- 185 -
Nacido para amar

Pero, cuando es sobre todo adhesión a la persona de Jesús, la vida del creyente
queda configurada por Cristo. Es otra, sin dejar de ser ella misma. Queda plenificada
o henchida de un espíritu nuevo. Hasta poder decir como san Pablo: “Es Cristo que
vive en mí” (Gal 2, 20).
Entonces, serán otras las actitudes, los gestos, las palabras, el comportamiento,
los criterios, el espíritu de servicio, el testimonio de vida, el amor… todo. Y unido a
todo ello, el gozo de una nueva vida. Es la invitación de san Pablo: “Tened entre
vosotros los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús” (Fil. 2, 5).
Y perseverar en una fe viva, a pesar de las pruebas y los contratiempos que se
puedan presentar, o los problemas que nunca faltan, o los desengaños que sobrevie-
nen a veces, o las bajadas de ánimo muy propias de la condición humana.
Si fallara la roca, todo el edificio se vendría abajo. Perseverar a ejemplo del joven
Agustín, que dice: “Pero mi espíritu no la abandonaba”. Si él se mantenía firme en
su fe fluctuante (valga la aparente paradoja), mucho más si la fe es firme y sólida.
- ¿He analizado el nivel y hondura de mi fe? ¿Es débil, anquilosada, no cre-
cida e inmadura, o firme, adherida a la persona de Jesús, consciente y go-
zosa?
- -¿Flaqueo en ella cuando llegan las pruebas, o crece precisamente porque
la prueba la reafirma y potencia?
- -¿Persisten en mí todavía algunas dudas que debo aclarar? ¿Suelo rezar
con las palabras del evangelio: “Creo, Señor, pero aumenta mi fe”?
San Agustín: “Con razón fluctúas: Cristo se ha dormido en tu alma. Cristo se
durmió, y la barca fue zarandeada por las olas y los vientos. De la misma forma tu
corazón vacila cuando Cristo duerme. ¿Qué significa “Cristo duerme?” Que duerme
tu fe en Cristo. Quieres dejar de agitarte en medio de las tempestades de tus dudas?
Despierta a Cristo. Despierta tu fe”266.

CAPÍTULO 6

Desaparece su afición a la astronomía. Sólo Dios es fuente de iluminación y de verdad. Los


acontecimientos ocurren, no porque lo digan los astros, sino por su propia dinámica o por azar.
Una anécdota con un tal Fermín le da la razón.

6. 8. Encuentro de Fermín con Agustín


No han sido sus propios razonamientos sino Dios, quien le ha librado de su obstina-
ción en seguir sosteniendo la capacidad de los astros para predecir el futuro. Tenía ra-
zón Vindiciano y su amigo Nebridio.
Los acontecimientos ocurren, no porque lo digan los astros, sino por otras causas.
No existe la ciencia de predecir el futuro. Y si las cosas sucedieran según lo afirmado
previamente por alguien, sería por azar o pura casualidad.
Narra a continuación lo ocurrido con un amigo llamado Fermín. A pesar de que
Agustín no creía ya en las predicciones de los horóscopos, accede a escucharle.

266 En. in ps. 147, 3

- 186 -
Confesiones, libro VII

6. 9. Falsedad de los horóscopos


La anécdota contada por Fermín le lleva a la conclusión de que todo lo relativo a los
horóscopos era falso, pues una misma conjunción de los astros debería haber producido
un mismo pronóstico para los dos niños que nacieron el mismo día y a la misma hora.
Pero los resultados fueron diferentes.
Si dos niños nacen al mismo tiempo bajo una misma constelación, ¿cómo es que,
después, tienen una suerte tan diversa en la vida?
Trató entonces de apartar a su amigo Fermín de tales creencias. Le presentó la con-
tradicción que aparecía. Para predecir con verdad el futuro de ambos niños, no bastaba
el hecho de una misma posición de los astros, sino, sobre todo, era preciso conocer la
condición socioecnómica y cultural de ambas familias.
Concluye su argumentación diciendo que lo que se afirma con base en lo que dice la
constelación de los astros no se ajusta a la verdad, a no ser que se produzca por azar.

6. 10. El ejemplo de Esaú y Jacob


De la convicción personal pasa al ataque. Piensa qué armas debería emplear para re-
batir a quienes defienden la validez de tales predicciones. Deseaba dejarlos en ridículo y
refutar sus errores.
En la hipótesis de que le dijeran que había sido falso todo lo relatado por Fermín, se
puso a estudiar lo que puede ocurrir con dos hermanos mellizos.
La casi simultaneidad en su nacimiento dificulta o imposibilita diferenciarlos y sepa-
rarlos a la hora de pronunciar un horóscopo verdadero. Es decir, tendría que aplicarse
a ambos una misma predicción.
Pero el pronóstico basado en el horóscopo no será verdadero. La prueba está en
Esaú y Jacob: Tendría que haber pronosticado lo mismo para ambos hermanos, cuando
lo cierto es que sus vidas fueron muy diferentes.
Pero si el astrólogo lograra acertar, no sería en base a su ciencia, sino al azar.
Dios obra de manera oculta, sin que lo sepan los que consultan los astros, y hace que
el consultante oiga lo que lo que le conviene oír, según los méritos de las almas.
__________________________

“Por otra parte, también había dado carpetazo a las predicciones falaces y a
los impíos delirios de los astrólogos”. Fue un paso más en su acercamiento a Cris-
to. Sabe el joven Agustín que para proseguir en un camino tan largo era preciso ir
despojándose de todo lo que pesaba o estorbaba para alcanzar la meta. Como san
Pablo (Cf. 1 Cor. 9,24.25). En este caso, abandona los delirios de los astrólogos y las
predicciones falaces.
Los creyentes confiamos solamente en el Dios vivo. Sólo Él tiene “todo poder en
el cielo y en la tierra” (Mt. 28, 18). Y sólo él conoce nuestro futuro. Este futuro no
está escrito en unas cartas -tarot lo llaman-, ni está marcado en nuestras manos co-
mo afirman los adivinadores, ni depende de la conjunción de los astros, ni hay me-
diuns que puedan evocar y hacer presentes los espíritus de los que han muerto, ni
horóscopos que nunca aciertan, a no ser por azar, ni…
Todo eso es mentira, embustes y patrañas. Negocio para unos pocos, y desenga-
ño siempre en los incautos. Incautos de buena fe, movidos por una necesidad grave,

- 187 -
Nacido para amar

temerosos de un futuro incierto porque no viven un presente esperanzador, quizás


también curiosos, de fe débil o carentes de ella…, engañados todos.
Son otros los engañadores. Son otros los embaucadores. Han montado su pe-
queño negocio en mesitas instaladas en parques públicos, en emisoras de radio y
cadenas de televisión, en consultorías personales, y no les va mal. O muy bien en
algunos casos, con ganancias suculentas. Que de todo hay.
Quien no cree firmemente en el Dios vivo, se arrima a lo que sea porque no pue-
de prescindir del mundo del misterio; confía en la palabrería de ciertos charlatanes,
se cree la farsa de los falsos adivinadores y se planta a la espera de lo que nunca su-
cederá. A no ser, repito, que el azar haga su juego.
“Quien practica todo eso, se hace abominable a los ojos de Dios”, dice la Biblia
(Dt. 18, 10-12). Y en otro lugar nos invita a rezar aí: "Yo, señor confío en ti, Señor;
te digo: ¡Tú eres mi Dios! En tus manos están mis azares" (Salmo 31, 15)
- En nuestro mundo abundan los videntes, los echadores de cartas, el uso de
los horóscopos, etc. ¿Suelo acudir yo a estos medios o manejos de embau-
cadores para adivinar mi futuro, conseguir suerte en mis negocios, prevenir
contratiempos graves?
- Y si lo hago por simple curiosidad, ¿no estaré propiciando que estas artes,
que llaman adivinatorias, se extiendan cada vez más? ¿Estoy plenamente
convencido de que sólo Dios puede prever el futuro?
San Agustín: “Por otra parte, no dejé de consultar expresamente a aquellos em-
busteros llamados matemáticos, estimando que en sus horóscopos no se servían de
sacrificios ni de conjuros a los espíritus. Estas prácticas son asimismo objeto de re-
chazo por parte de la auténtica piedad cristiana”267.

CAPÍTULO 7

A pesar de su fe firme en la existencia de Dios y en Cristo como camino de salvación, Agus-


tín se debate todavía en la duda, muy dolorosa para él, acerca del origen del mal. Sufre porque
no atisba todavía una explicación adecuada. Es su orgullo el que le impide avanzar hasta lo-
grar su descanso.

7. 11. Cree y sufre. Lucha y sigue dudando.


Dios le ha ayudado a deshacerse de su afición a la astrología y los horóscopos. Sigue
buscando ansiosamente la causa u origen del mal. Esta búsqueda no le impide seguir
creyendo firmemente en un Dios inmutable y providente, y en Cristo, su Hijo.
Cree también en una vida después de la muerte.
Lucha y sufre porque no encuentra la verdad que busca: dónde está o cuál es el ori-
gen del mal. Sólo Dios conoce su sufrimiento. Ni siquiera lo saben los más íntimos a él.
Se sentía en la oscuridad, le faltaba la luz para ver con claridad. Sólo veía lo corpó-
reo, lo tangible, pero no hallaba descanso en ello.

267 Conf. 4, 3, 4

- 188 -
Confesiones, libro VII

Se imaginaba ser o estar entre Dios y las cosas. Por encima de ellas y por debajo de
Dios. Allí encontraba un cierto equilibrio.
Pero le domina el orgullo que le impedía acercarse a Dios. No encontraba descanso
alguno. Las mismas cosas que contemplaba, con su vista o con su imaginación, le impe-
dían también su vuelta a Dios.
____________________________

“Sólo tú sabías cuánto sufría yo… Yo me fijaba en las cosas que ocupan lugar,
pero no hallaba en ellas sitio donde descansar”. Agustín buscaba donde descan-
sar, anhelaba ser feliz. El descanso en él, era o suponía estabilidad. Pero “edificaba
sobre arena”, en expresión del evangelio (Cf. Mt 7, 26). Es decir, buscaba el descan-
so y la estabilidad en las cosas de la tierra, buenas, muchas de ellas, pero efímeras y
frágiles. No encontraba la felicidad en ellas.
Y sufría. Se “tambaleaba” su espíritu. No se aquietaba.
Es, o puede ser, también nuestra misma experiencia. Nos afanamos por tener y
poseer, por comprar y acumular, con el fin de vivir mejor y asegurarnos un futuro
consolidado y tranquilo. Si el objetivo es digno y legítimo, no lo es los medios que
empleamos, porque el tener y el acumular no garantizan nada. Son arenas movedizas
y nada firmes.
Y al no lograr lo que ardientemente deseamos, sufrimos. Sólo Dios sabe cuánto.
Las cosas deben estar a nuestro servicio, y no al revés. Hacemos de ellas la meta
deseada, el objetivo primero, el medio o instrumento más adecuado para descansar
en ellas y ser felices. Y entonces, nuestra “casa interior” se tambalea y podría des-
plomarse.
No ha habido en la tierra hombre y mujeres más felices que los santos, aun en
medio de tormentos, persecuciones e incomprensiones. Supieron y saben -porque
hay muchos santos entre nosotros- construir su vida sobre la única roca que pro-
porciona estabilidad y firmeza, Dios. “Tan sólo el que hizo al hombre hace feliz al
hombre”.
- ¿Cuál es hoy mi mayor anhelo, mi deseo más ferviente, el objetivo de mi vi-
da?
- ¿Me considero feliz? ¿Por qué? ¿En qué baso la felicidad que busco y de-
seo?
San Agustín: “El hombre es verdaderamente feliz, no porque tenga lo que ama,
sino porque ama lo que debe ser amado. Pues muchos son más miserables teniendo lo
que aman que si careciesen de ello”268.

CAPÍTULO 8

Seguía inquieto y sufriendo. Pero era Dios quien fomentaba su inquietud como medicina y
estímulo para que siguiera buscándole.

268 En. in ps. 26, 2, 7

- 189 -
Nacido para amar

8. 12. Dios se hacía presente en su dolor e inquietud


Con el salmista reconoce que no hay enojo permanente en Dios, sino piedad y mise-
ricordia. Y esta misericordia era medicinal y correctiva para que el mismo Agustín sin-
tiera el vacío interior y la necesidad de llenarlo con el Dios de la vida.
Si en el capítulo anterior reconocía Agustín que le faltaba la luz de los ojos, ahora
siente que su visión va sanando progresivamente con el colirio de saludables dolores.
__________________________

“Pero tú, Señor, permaneces para siempre y no estás eternamente enojado”. Él


es la roca firme, el único que da estabilidad, la única fuente de la total felicidad, el
descanso del alma. Agustín conocía y rezaba así, con el salmo: “Descansa sólo en
Dios, alma mía, porque él es mi esperanza, sólo Él es mi roca y mi salvación” (Sal-
mo 62, 6).
Cuando el creyente se adhiere por su fe a Jesucristo, encuentra la paz, la fortaleza
de espíritu, la firmeza en el obrar, la seguridad que ningún otro le puede dar y el
amor. No le faltarán contratiempos y dificultades, problemas y persecución por la
causa del evangelio, pero nada ni nadie lo podrá separar del amor de Cristo (Cf. Rm.
8, 35).
Él es lo único que permanece. Todo lo demás pasa, porque es efímero y caduco.
Porque es amor, no defrauda nunca. Porque es misericordia, acoge a todos. Porque
es la Bondad, atrae a todos hacia Él. Porque es la Verdad, da seguridad. Porque es el
Camino, llegamos al Padre.
Y no está nunca enojado. Ni eternamente ni momentáneamente. ¿Por qué lo va a
estar si, ante todo y sobre todo, es Padre bueno, lleno de ternura para con todos,
que nos ama con amor total, hasta darnos a su Hijo para que, por Él, nos podamos
salvar? Es el hombre quien, por el pecado, se aleja de Él. No es Él quien se aleja del
hombre.
No cabe el enojo, mucho menos el eterno, en quien es la Bondad en sí y el Amor
siempre.
- ¿Qué idea tengo de Dios?: ¿Juez castigador, misericordia infinita, fiscal de
mi vida, creador, omnipotente, Padre siempre bueno, enojado cuando pe-
co…?
- ¿Me siento inmensamente amado por Él, o creo a veces que me deja de lado,
que no me escucha, que me impone cruces que no puedo soportar? ¿Cómo
vivo mi relación con Él en la oración y en la vida?
San Agustín: “Dios, de quien separarse es morir, a quien acercarse es resucitar,
con quien habitar es vivir. Dios, de quien huir es caer, a quien volver es levantarse,
en quien apoyarse es estar seguro”269.

CAPÍTULO 9

269 Sol. 1, 1, 3

- 190 -
Confesiones, libro VII

La lectura de unos libros de los platónicos significó para Agustín un impulso nuevo en su
búsqueda de la verdad. Hasta entonces no era capaz de concebir una sustancia espiritual, mucho
menos a Dios en su verdadera naturaleza. Estos libros, que alguien puso en sus manos, fueron el
medio oportuno para conocer mejor a Dios.

9. 13 y 14. Lectura de algunos libros platónicos


Para poder acercarse al conocimiento de Dios tenía que apearse de su soberbia y
emprender el camino de la humildad. Es el camino indicado por la misericordia de
Dios, que así se revela a los humildes.
Un individuo, soberbio y fatuo, proporciona a Agustín unos libros de los platóni-
cos270, traducidos del griego al latín271. La lectura de estos libros produjo un efecto
extraordinario en el alma de Agustín272.
En el momento en que escribe las Confesiones, siendo ya obispo, le permite ver una
cierta coincidencia entre estos escritos platónicos y algunos párrafos del capítulo 1º del
evangelio de san Juan.
Pero cuando leyó estos libros en su juventud no pudo ver tales coincidencias. Él
mismo dice que los leyó, no literalmente sino en esencia.
Por una parte, presenta Agustín algunas concordancias entre ambos escritos refe-
rentes a la Palabra de Dios y, por otra, se refiere también a algunos puntos del evange-
lio que no aparecen en dichos libros platónicos. Entre otros: los misterios de la Encar-
nación y la Redención, y su amor inmenso a los hombres.
Y la razón que aporta es que Dios escondió estos misterios a los sabios y entendidos
y los reveló a la gente sencilla.
Sí encontró algunas ideas referentes al Logos, la Palabra. Entre otras: que estaba
junto a Dios y que era Dios, que es creadora de todo lo que existe, que es vida y luz de
los hombres, que las tinieblas no la acogieron y que el mundo no la reconoció, etc.

9. 15. Representaciones idolátricas


Se decepciona al ver en aquellos libros que la divinidad, sustancia espiritual e inco-
rruptible, queda plasmada en imágenes o ídolos en forma humana y de animales.
Así era el culto pagano en Egipto. Fue también el culto del pueblo judío, cuando, en
vez de a Dios, rindió culto al becerro de oro.
Muestra su gratitud a Dios por no haber “comido del alimento de la idolatría” que le
presentaban en estos libros.
__________________________

“Tú escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelaste a la


gente sencilla”. Son palabras de Jesús (Mt. 11, 25), que Agustín hace suyas. Única-

270 Según parece el autor de algunos de estos libros era Plotino. Así lo da a entender Agustín en su
obra La vida feliz, 4.
271 El autor de esta traducción fue Mario Victorino, a quien se referirá Agustín en el Libro VIII 2,
3, de estas Confesiones.
272 En su obra Contra los academicos II, 5, dice: “Es increíble el incendio que (estos libros) concitaron
en mí, mucho más grande de lo que tú, Romaniano, puedes imaginar de mí, que es cuanto se
puede decir. No había entonces ni honores, ni gloria, ni gloria humana, ni deseo vano de adqui-
rir fama; nada, en una palabra, de cuanto hace dulce la vida y nos atrae a ella que pudiera ha-
cerme impresión”

- 191 -
Nacido para amar

mente los sencillos y humildes de corazón son capaces de acoger y vivir el evangelio.
Únicamente ellos pueden vivir al estilo de Jesús. La revelación de Dios llega sólo a
quienes tienen siempre abierta la puerta del corazón para recibir su Palabra.
La soberbia es cerrazón a todo, menos a uno mismo. Es estiramiento de una
mente vacía de ideas nobles y de un corazón que no sabe amar. Es, en palabras de
Agustín, hinchazón y arrogancia: “La soberbia no es grandeza, sino hinchazón”273 (S
380,2).
La sencillez es apertura al otro con mirada limpia. Es conciencia de las propias
limitaciones y necesidad sentida de una relación de amistad o amor. Necesita del
otro y aporta lo que es y tiene, aunque sea poco y pobre.
La sencillez es verdad, como la humildad. No es apocamiento ni debilidad de ca-
rácter. Es, más bien, fortaleza de ánimo desde la verdad de sí, autenticidad y sensa-
tez. No se considera nunca más que nadie, pero valora lo que es y tiene como don
de Dios. Y lo agradece.
Es, sobre todo, apertura a Dios desde su pobreza, sentir necesidad de Él, confiar
en Él porque es un Pare lleno de ternura para con todos y vivir en esperanza. Úni-
camente el sencillo y el pobre saben amar con amor del bueno.
El soberbio sabe también amar, pero sólo a sí mismo. Ha construido en torno a
sí un caparazón duro e impenetrable. Por eso Dios no se revela a ellos.
- ¿En qué momentos o circunstancias aflora la soberbia que todavía anida en
mí? ¿Qué hago para eliminarla?
- ¿Soy consciente de que debo confiar siempre en Dios, de estar abierto a Él y
de sentir necesidad de su gracia, su ayuda y su misericordia? ¿Cómo es mi
relación con los demás? ¿Soy arrogante, respetuoso, altivo, amigable, y
honrado con todos?
- ¿Y mi relación con Dios? ¿Es confiada, humilde, o más bien fría y desga-
nada?
San Agustín: “Los que creen ser algo, no siendo nada, se engañan a sí mismos;
pues no son grandes porque estén hinchados, ya que la hinchazón y la arrogancia
imitan sólo la grandeza, pero carecen de firmeza”274.

CAPÍTULO 10

La lectura de estos libros le impulsa a emprender un camino hacia dentro de sí. Penetra en
su alma y descubre una luz potente. Descubre a Dios. Reconoce que se encuentra en la región de
la desemejanza, lejos de Dios.

10. 16. Una luz sobre toda luz


Una vez más, Dios lo va llevando por caminos imprevistos, pero certeros. Se sirve
de la lectura de los platónicos para intimar a Agustín a retornar a sí mismo.

273 S. 380, 2
274 En. in ps. 38, 8

- 192 -
Confesiones, libro VII

Entra en su intimidad y ve una luz inmutable. Una luz sobre toda luz, superior a
cualquier luz creada. Una luz capaz de iluminar todo lo que existe.
Esta luz no estaba en él, sino sobre él. Era una luz creadora, y Agustín, criatura su-
ya. Y percibe que esa luz es Dios mismo. “Quien conoce la verdad, la conoce, y quien la
conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce”.
Y añade un verdadero acto de fe en la divinidad: “¡Oh eterna Verdad, verdadera ca-
ridad, amada eternidad! Tú eres mi Dios”. Lo mismo que en Tomás apóstol. Descubre,
al fin, la incorporeidad de Dios, su sustancia espiritual incorpórea.
Pero ha sido Dios quien lo ha elevado a Él. No es Agustín quien ha ascendido.
Agustín no ha encontrado a Dios, sino Dios quien se le ha mostrado para que pudiera
entrever lo que todavía no era capaz de ver o contemplar.
La luz que emanaba de Dios era tan potente que golpeó la debilidad de sus ojos.
Agustín se llenó de amor y terror. Logró verse a sí mismo muy lejos todavía de Dios,
“en la región de la desemejanza”.
Y oyó en su interior la voz de Dios que le decía: “Yo soy manjar de adultos. Crece y
comerás. Pero no me transformarás en ti como asimilas corporalmente la comida, sino
que tú te transformarás en mí”.
Cayó en la cuenta de que Dios alecciona al hombre en sus maldades. Dios le hizo ver
que su alma estaba consumida como una tela de araña.
Como había sido incapaz hasta entonces de concebir la Verdad incorpórea, se pre-
gunta si tal Verdad es nada. Pero oye en su corazón la voz de Dios que le dice “Yo soy
el que soy”. En este momento desaparecieron todas sus dudas.
__________________________
“Penetré en mi intimidad, siendo tú mi guía”. Otro paso definitivo en la vida de
Agustín. Después de haberse desembarazado de ciertas aficiones y apegos que le
impedían ir al encuentro con la verdad, penetra dentro de sí. Es el primer paso de
un nuevo camino. Ahí, dentro de sí, encontrará la verdad.
Vivimos en el exterior de nosotros mismos, con las antenas desplegadas hacia los
encantos de sirena que nos ofrece el mundo, con apegos a las cosas creadas más que
al Dios de la cosas, incapaces de encontrar espacios o momentos para el silencio,
absortos por todo lo que ocurre a nuestro alrededor, molestos con nuestra soledad
no buscada…
Ya sé que hago un juicio general no aplicable a muchos que saben gozar de la
gran riqueza que se encuentra en el interior de ellos. Y su vida tiene más sentido y
valor.
Este camino de interioridad fue el gran hallazgo de san Agustín. Unas palabras
conocidísimas del santo: “No te desparrames hacia afuera. Entra dentro de ti mis-
mo. En el interior del hombre habita la verdad”275.
- ¿Soy capaz de entrar dentro de mí mismo para conocerme mejor, reflexio-
nar a fondo sobre mi vida y encontrar a Dios en mi interior? ¿Cuál es mi
experiencia en este sentido?
- ¿Pido luz y ayuda a Dios para que me guíe en este camino de interioridad?

275 De ver. rel. 39, 72

- 193 -
Nacido para amar

- ¿Qué cosas, momentos o circunstancias me impiden recogerme para orar y


meditar? ¿Sé “luchar” contra ellas”.
San Agustín: “Si un hombre excavara en la tierra para buscar un filón de oro, na-
die lo llamaría necio, más bien lo considerarían sabio por haber cavado para conse-
guir oro. “¡Cuántas riquezas atesora el hombre en su interior! Pero, ¿de qué sirven si
no se sondea ni investiga?276.

CAPÍTULO 11

Agustín ha descubierto por fin a Dios Verdad. Ahora, desde esa Verdad, observa las cosas
que le rodean y a sí mismo.
11. 17.
Observa las cosas exteriores y percibe dos aspectos diferenciados:
Uno, que su existencia no es total. No lo es por la sencilla razón de que su ser lo han
recibido de Dios y de Él dependen. Dos, tampoco su no existencia es total, porque no
son lo que es Dios, inmutable y existente en sí mismo.
Son porque han recibido de Dios el ser. Pero no son, por cuanto no son lo que es
Dios. Sólo lo que permanece inmutable es verdaderamente.
Se mira a sí mismo y concluye que, puesto que es mudable e inconsistente, su bien
está en unirse a Dios y adherirse a Él. No podría permanecer si no permaneciera en
Dios.
Dios, en cambio, al permanecer en sí mismo, sustenta y renueva todas las cosas. No
necesita nada de nadie.
__________________________

“Mi bien es mantenerme unido a Dios, porque, si no me mantengo en él, tampoco


podré mantenerme en mí”. Afirma esto ya convertido. Por el bautismo se ha injerta-
do en Cristo, y ha quedado como el sarmiento unido a la vid. Nunca más se desgaja-
rá de la vid, que es Cristo. Permanecerá siempre en Él, y de Él recibirá permanen-
temente la vida nueva. Ese es su bien.
Nada, fuera de Dios, tiene consistencia en sí. Todo es efímero, endeble y caduco.
Vivimos en la precariedad. Las criaturas, por muy valiosas que sean, son perecede-
ras. Las cosas están configuradas por la temporalidad. Ni el mismo ser humano es-
capa de esta condición. No se mantiene en sí, si no está unido a Cristo.
Quien está unido a Cristo tiene vida y da fruto abundante. Vida siempre nueva y
da fruto de buenas obras. Ni la misma muerte podrá destruir esa unión. No tiene
fecha de caducidad, sino que es garantía de vida para siempre, porque vive en Cristo,
de Él y por Él.
Y puede decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo
quien vive en mí” (Gal 2, 20). O como san Agustín: “Tú estabas dentro de mí, más
interior que lo más íntimo mío”277.

276 En in ps. 76, 9


277 Ib. 3, 6, 11

- 194 -
Confesiones, libro VII

San Pablo, desde la firmeza de su fe, predicó incansablemente a Cristo. San


Agustín, desde su amor inquebrantable a Cristo y a la Iglesia, fue un pastor
entregado totalmente a la causa del evangelio. Ellos, y muchísimos miles más a
través de los siglos, permanecieron y están unidos vitalmente a Cristo, y por eso
tienen vida en abundancia.
- ¿Qué significa Cristo para mí? ¿Siento que estoy unido a Él y que recibo de
Él una vida nueva por la que soy hijo de Dios y hermano de todos?
- ¿Cómo me he sentido cuando, por el motivo que fuera y ojalá que no, me he
desgajado de Él, como el sarmiento de la vid? ¿Qué riqueza supone para
mí estar unido a Cristo?
- ¿Podría hacer mías las palabras de san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo el
que vive, es Cristo quien vive en mí”? ¿Por qué?
San Agustín: “Esto sólo sé: que me va mal lejos de ti, no solamente fuera de mi,
sino aun en mí mismo; y que toda abundancia mía que no es mi Dios, es indigen-
cia”278.

CAPÍTULO 12

Todo este capítulo es una argumentación que lo va acercando a la solución del pro-
blema del mal.
12. 18. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gen 1,
31)
Las cosas, por ser creadas por Dios, son buenas porque participan de su bon-
dad. Y son también corruptibles. No serían corruptibles si fueran sumamente
buenas. Y sumamente bueno sólo es Dios. Por lo tanto, sólo Él es incorruptible.
Si las cosas no fueran buenas, no serían incorruptibles, puesto que ya estarían
corruptas, es decir, serían ya malas. Y lo que es malo no puede corromperse,
porque ya está corrupto.
La corrupción es un daño por cuanto priva de algún bien, pues si no fuera así
a nadie dañaría. En consecuencia, o bien la corrupción no implica ningún daño,
lo cual es totalmente falso, o bien nos daña porque nos priva de algún bien, lo
cual es ciertísimo.
Si las cosas fueran privadas de todo bien, dejarían de existir. Existen en cuan-
to han sido creadas por Dios y participan de su bondad.
Por otra parte, si existieran y no pudieran corromperse, serían mejores por-
que permanecerían incorruptibles. Pero, ¿hay mayor absurdo que decir que han
mejorado después de perder todo bien?
Luego si fueran privadas de todo bien, no existirían. Y si existen, es porque
son buenas.
El mal, que es la ausencia de todo bien, no es sustancia alguna. Si fuera una
sustancia, sería un bien. Entonces, o sería una sustancia incorruptible si fuera un

278 Conf. 13, 8, 9

- 195 -
Nacido para amar

sumo bien, o sería una sustancia corruptible que no podría corromperse si no


fuera buena.
Agustín reconoce que Dios hizo todas las cosas buenas y que no hay sustancia
alguna que no la haya hecho Él. Y como no hizo todas las cosas iguales, si exis-
ten y son, es porque cada una de ellas es buena y todas ellas en su conjunto son
muy buenas.
Como conclusión de todo lo anterior: el origen del mal no está en Dios, por-
que todo lo que hizo, lo hizo bueno.
__________________________

“Pude ver de forma patente que tú hiciste todas las cosas buenas”. “Vio Dios
todo lo que había hecho, y era todo muy bueno”, afirma el Génesis (1, 31). Ahora lo
reconoce también el joven Agustín. Y dirá también: Todo lo que hizo Dios es un
bien. Algunos bienes son grandes, otros son pequeños, pero todo son bienes...279.Si
Dios es la misma Bondad, necesariamente todo lo que Él haga será bueno. Dios no
es el autor del mal.
El mal moral es causado por el hombre con el mal uso de su libertad. El mal físi-
co proviene de la misma naturaleza de las cosas. Hay otra clase de males que esca-
pan a nuestra capacidad de entender: es el misterio del mal.
Es buena la naturaleza, llena de vida y belleza. Es buena la luz del sol, que alum-
bra, calienta y da vida a las plantas. Es buena el agua, necesaria para la vida, la lim-
pieza y la sed. Es bueno el mundo animal, tan rico y variado, en la tierra, en el mar y
en el aire. Es bueno todo lo que Dios ha creado.
Es bueno el tiempo, en el que nacemos, nos desarrollamos y maduramos.
Es bueno, muy bueno, el ser humano, hecho a imagen y semejanza del mismo
Dios, dotado de inteligencia, memoria y voluntad, capaz de amar y con necesidad de
ser amado. Es buena la libertad, uno de los regalos más hermosos, para poder elegir
y optar.
Es bueno todo lo que Dios ha creado. Es el ser humano, quien lo debe ir re-
creando o lo puede deteriorar. Dios ha puesto todo en nuestras manos. Somos, en
cierto modo, cooperadores suyos para que todo lo que Él ha creado se conserve
bueno y se desarrolle como bien.
- ¿Defiendo y propicio la vida de todo ser humano desde el momento de su
concepción hasta su muerte natural?
- ¿Cómo cuido la naturaleza? ¿Coopero para que se conserve limpia y llena
de vida, o la deterioro con desechos que la ensucian y la empobrecen?
- ¿Cómo uso de mi libertad? ¿Suelo optar siempre por el bien o lo mejor?
¿Respeto la libertad de los otros?
San Agustín: “Buscamos un ánimo que no adore al mundo como a su dios, sino
que alabe por Dios al mundo como obra de Dios, y, purificado de las inmundicias
humanas, llegue limpio a Dios, que hizo el mundo”280.

279 S. 21, 3
280 De civ. Dei 7, 26

- 196 -
Confesiones, libro VII

CAPÍTULO 13

No existe el mal en cuanto realidad ontológica exterior, considerada en sí misma, sin princi-
pio ni fin, que pueda invadir y atacar la creación y corromperla.

13. 19. La armonía de todo lo creado


Entra en diálogo con Dios para decirle que, para Él, no existe ningún mal, ya que
todo lo que existe tiene entidad propia, creada por Dios, y todo lo que ha hecho Dios es
bueno.
Tampoco existe el mal para el conjunto de lo creado, porque fuera de Dios nada hay
que pueda irrumpir en él y perturbar el orden que Él mismo ha establecido en la crea-
ción.
Hay cosas que se consideran malas, pero, miradas en su conjunto y teniendo en
cuenta la debida adecuación entre ellas, no lo son.
El mismo santo pone un ejemplo que ilustra su afirmación. Dice: “Si el veneno del
escorpión fuera malo en sí, dañaría primero y principalmente al escorpión mismo; al
contrario, si se le quitara no podría vivir”281. El veneno es bueno para el escorpión, lue-
go no es malo en sí mismo.
No vale la pena decir que ojalá no existieran estas cosas que consideramos malas. Si
sólo existieran estas cosas desearíamos que existieran otras mejores. Pero con las que
existen hay motivos suficientes para alabar a Dios por todo lo que ha hecho.
Siguiendo hilo del salmo 148, Agustín se une a todo lo creado para entonar un cán-
tico de alabanza al Señor. Todo el conjunto de la creación es muy bueno, aunque den-
tro de él haya cosas que se consideran superiores a otras.
__________________________

“Que te alabe, Señor, todo lo creado. Que todas tus criaturas prorrumpan en
alabanzas a tu nombre”. El contenido de este capítulo es similar al cántico de las
criaturas de San Francisco. Y ambos son eco del cántico de los tres jóvenes del Li-
bro de Daniel. (3, 57-87).
San Agustín ama la naturaleza y todo lo que en ella hay o habita. Para él, la natu-
raleza es un libro abierto en el que leemos la presencia amorosa de un Dios creador.
Y exclama: “Tus obras te alaban para que nosotros te amemos. Y nosotros te ama-
mos para que te alaben tus obras”282. Y decimos con el dibujante y humorista Cor-
tés: “¡Qué difícil debe resultar ser no creyente cada vez que llega la primavera!”.
En el canto de los pájaros et alabamos, Señor,
- en la belleza de las flores te bendecimos,
- en cada amanecer te agradecemos el don de la vida,
- en el verde de los campos palpamos tu presencia,
- en la aridez del desierto te añoramos,
- en los ríos de agua abundante nos llega tu derroche de amor generoso,
- en las fuentes tranquilas saciamos nuestra sed de ti,
- en la quietud de la noche encontramos reposo,

281 De mor. Ec. Cath. e de mor.manich. II, 8, 11


282 Conf. 13, 33, 48

- 197 -
Nacido para amar

- en los rebaños de ovejas que vemos pasar percibimos y seguimos al Buen Pas-
tor,
- en el mar ancho y dilatado contemplamos tu inmensidad,
- con la luz del sol calentamos la vida que tú nos das,
- en el fulgor de las estrellas observamos tu mirada limpia,
- en la fuerza del viento experimentamos el poder de tu Espíritu,
- y en la brisa suave el frescor de la gracia siempre nueva.
Es incomprensible la actitud de muchos que explotan indiscriminadamente la na-
turaleza, la destrozan y la afean. No la respetan, no la cuidan, la deterioran poco a
poco a golpes de hacha o con incendios devastadores.
El creyente, además de seguidor de Jesús, o por eso mismo, es re-creador de todo
lo que Dios ha creado. Él ha puesto el mundo en nuestras manos para hacer de él,
en lo humanamente posible, un paraíso del que fue expulsado y al que debe volver.
- ¿Cómo cuido la naturaleza?: ¿Con respeto, con indiferencia y desidia, con
amor y delicadeza?
- ¿Veo en ella la mano del Creador, le alabo con ella, le agradezco por tanta
belleza, percibo su presencia en la vida que palpita en todo lo que veo?
San Agustín: “Vemos todas estas cosas, y son muy buenas, porque tú, Señor, las
ves en nosotros, tú que nos diste el Espíritu para verlas y para amarte en ellas” 283.

CAPÍTULO 14

En medio de su indecisión y de sus dudas en sus tiempos de maniqueo, Agustín se había in-
ventado un dios difuminado por todo el espacio. Este dios no era el causante de las cosas que le
desagradan. Ahora ha encontrado al Dios único y verdadero

14. 20. Al encuentro del Dios único y verdadero


Todas las criaturas son buenas en sí. Quienes opinan o afirman lo contrario, no es-
tán en su sano juicio284. Pero hubo un tiempo en que, por el temor a desagradar a Dios,
no quería atribuirle lo que consideraba malo o dañino.
Esta fue la razón por la que, siendo maniqueo, sostenía que había dos sustancias, una
buena y otra mala, que eran origen o principio de todo lo creado.
Pero este modo de pensar no le tranquilizaba. De ahí que sostuviera y dijera tantos
desatinos. Quizás el desatino más grave fue creer en un dios difuminado por los espa-
cios infinitos de todo lo creado.
Había levantado en su corazón un altar a este ídolo o falso dios.

283 Conf. 13, 34, 49


284 “Los maniqueos suelen sostener lo siguiente: “qué necesidad había de que Dios crease tantos
animales no necesarios al hombre, algunos de ellos dañinos?... Cuando dicen esto no caen en la
cuenta de que todos son hermosos por razón de su Creador, que se sirve de todos ellos para el
gobierno del mundo…Yo no sé por qué han sido crea das las ranas, y los topos, y los gusanillos.
Sin embargo, veo cómo todos son bellos en su así género, si bien a causa de nuestros pecados
muchos de aquellos son enemigos nuestros” (De gen. contra manich. I, a6, 25).

- 198 -
Confesiones, libro VII

Pero el Dios vivo y verdadero iluminó su mente, eliminó de sí esa falsa creencia y
Agustín halló la paz. Había encontrado a Dios de otra manera, al Dios único y verda-
dero.
__________________________
“No están en su sano juicio aquellos a quienes desagrada alguna de tus cria-
turas”. De entrada, dos observaciones: 1ª. Con estas palabras se refiere Agustín a los
maniqueos a quienes desagradaba alguna parte de la creación de Dios. 2ª. Algunas
las criaturas pueden ser molestas, pero son criaturas de Dios y, en cuanto tales, bue-
nas, porque todo lo que ha hecho Dios es bueno (Gen 1, 1-31).
La naturaleza tiene sus limitaciones, los animales son incapaces de hacer el mal
consciente, libre y voluntariamente, el ser humano puede usar desordenadamente
del gran don de la libertad que Dios tuvo a bien dárselo… Y se producen sufrimien-
tos, molestias, enfermedades, hambre, miedo y muerte.
Pero lo creado no es malo. Todo lo contrario. Si así fuera, también sería malo su
autor.
Le corresponde al hombre, nos corresponde a todos, “dominar” la naturaleza
(Gen 1, 27.28), pero no para degradarla, deteriorarla y destruirla. Todo lo contrario.
Es el mismo Génesis el que insiste en el capítulo 2, 15: "Tomó, pues, Yahveh Dios
al hombre y le dejó en el jardín del Edén para que lo labrase y lo cuidase". Dominar
la tierra cuidándola y trabajándola en colaboración con la naturaleza.
Ecología es un término muy utilizado en estos tiempos, que proviene del griego
"oikós", que significa "casa". La naturaleza es nuestra casa, y nadie en su sano juicio
destruye su casa o la ensucia, sino que la cuida, la conserva y, si fuera necesario, la
reconstruye y decora.
Ninguna criatura es mala, aunque nos pueda hacer algún daño. Nos estaríamos en
nuestro sano juicio si pensáramos o dijéramos lo contrario.
- - ¿Qué diferencias encuentro entre contemplar todo lo creado “desde los ojos
de Dios” y verlo sólo desde mí mismo? ¿O no encuentro diferencia alguna?
- - ¿Cómo puedo fomentar en otros (hijos, amigos, compañeros, etc.) el amor
y respeto a la naturaleza?
- - ¿Soy responsable en el uso del agua, selecciono y separo los residuos de
la casa para que se pueda proceder a su debido tratamiento, reciclaje, etc.?
San Agustín: “A través del Espíritu vemos que es bueno lo que de cualquier mo-
do existe, porque proviene de aquel que existe no de cualquier modo, sino que es “el
que es”285.

CAPÍTULO 15

La cosas, las criaturas todas, existen porque Dios las ha creado y las sostiene. Y todas y cada
una de ellas se adecuan al tiempo y lugar en que las ha colocado Dios.

285 Conf. 13, 31, 46

- 199 -
Nacido para amar

15. 21. Sólo Dios es eterno. Todas las criaturas están sometidas al tiempo y al
espacio
Todos los seres son finitos en el tiempo y en el espacio. No son eternos. Existen
porque Dios los ha creado y en Él están, no como en un lugar -Dios no es ningún lu-
gar-, sino porque Él, que es la verdad, las abarca y las sostiene.
Todas las criaturas son verdaderas porque existen y son lo que son286. No hay false-
dad en ellas sino cuando nosotros afirmamos que son lo que no son. (Sería falsedad
decir que un elefante es un árbol, o que el ser humano es sólo un animal).
Cada criatura se adecua a su lugar y a su tiempo. Está limitada por un espacio, y
existe en un momento determinado. (Las pirámides de Egipto ocupan un lugar concre-
to y se iniciaron en un momento concreto. Un árbol cualquiera germinó y nació en un
momento dado y está arraigado en su propio lugar).
En todas las criaturas hay un antes y un después. Sólo Dios es eterno, sin principio
ni fin, y no ocupa lugar alguno.
Dios no obró según un tiempo preexistente, porque también creó el tiempo, y con él
toda la creación. El único que permanece, sin un antes y un después, es Dios.
____________________________

“La falsedad no es otra cosa que atribuir entidad a aquello que no la tiene”.
Todas las cosas son verdaderas por el mero hecho de ser o existir. Cuando se aplica
la certeza a algo que no existe, deviene falsedad. Y surgen entonces los errores en
todos los campos de la ciencia. Y en el terreno de la filosofía y la teología.
Y también en las relaciones humanas. Afirmamos lo que no es verdad o negamos
lo que sí lo es. Dogmatizamos lo que es relativo nada más. Identificamos muchas
veces nuestra opinión con la verdad y nos equivocamos otras tantas. Abundan entre
nosotros las medias verdades, y son mentiras o engaños. Hay quien miente “muy
sinceramente”, es decir, dice lo que es falso dándole carácter de absoluta veracidad,
y suele convencer a los incautos.
Sonreímos con un apretón de manos mientras en nuestro ánimo hay rechazo o
antipatía al otro. Aplaudimos, eso sí desganadamente, para no quedar en evidencia o
por mero compromiso. Disimulamos para aparentar lo que no somos. Decimos que
hay oposición entre ciencia y fe, cuando eso no es verdad. Manipulamos las palabras
para expresar lo que ellas no quieren decir, y nos engañamos a nosotros mismos.
Sólo Dios es la Verdad. Nuestras verdades serán también verdad si se adecúan a
la Verdad de Dios, a las leyes de la naturaleza que Él ha creado o a las operaciones
matemáticas.
- ¿En qué ocasiones suelo ocultar la verdad para no quedar mal ante los
otros? ¿Cómo me siento cuando afirmo algo con intención de engañar?
- ¿Procuro discernir lo verdadero de lo que no lo es en el campo de la políti-
ca, la economía, las relaciones humanas e incluso en nuestra vida cristia-
na?

286 Para san Agustín la verdad se identifica con el ser. Dice: “La verdad es lo que es, y así todo lo
que es, es verdadero” (Soliloquios II, 5, 8)

- 200 -
Confesiones, libro VII

San Agustín: “Tú eres la Verdad. Ocupas un puesto de preferencia en todas par-
tes para responder a los que te consultan. Tus respuestas son claras, pero no todos las
oyen con claridad. Todo el mundo te consulta sobre lo que quiere, pero no todos oyen
oyen siempre lo que quieren. Tu mejor servidor es aquel que no tiene sus miras
puestas en oír de tus labios lo que él quiere, sino en querer, sobre todo, aquello que ha
oído de tu boca”287.

CAPÍTULO 16

La maldad no es sustancia alguna, sino perversión de la voluntad o libre albedrío

16. 22. El origen del pecado radica en el mal uso de la libertad


Lo que es bueno en sí, porque debe su ser a Dios, puede ser dañino por nuestra pro-
pia debilidad.
Dos ejemplos: El pan, alimento excelente, puede ser un tormento para quien tiene
un estómago enfermo. La luz, necesaria para todo ser humano, puede perjudicar a
quien tiene los ojos enfermos.
Ocurre lo mismo con la justicia divina, que es la bondad en sí, o sea, Dios mismo:
desagrada a los malvados, mucho más que la víbora y el gusano, que Dios creó buenos
y aptos para lo más bajo de la creación.
A lo más bajo de la creación se adecuan los malvados cuanto más desemejantes se
hacen de Dios por sus maldades. Pero aquellos que más se asemejan a Dios se adecuan
a lo más alto y mejor de la creación.
De ahí que la maldad no es sustancia alguna, sino consecuencia del uso perverso de
la voluntad, que así se aparta de Dios y se acerca, sin Él, a las criaturas.
__________________________

“Vi que la maldad era la perversidad de la voluntad que se aparta de ti,


Dios mío, y que se desvía hacia las realidades inferiores”. Se va abriendo poco a
poco la mente del joven Agustín a la luz de la verdad. Dios ya no es una masa in-
forme, etérea o vaporosa, sino una sustancia espiritual, real y concreta. Es Alguien y
no sólo algo. Es Alguien que ama. Nos ha creado porque nos ama.
El hombre, hecho a imagen y semejanza del Creador, dotado de libre albedrío, es
libre para elegir entre el bien y el mal, entre lo bueno y lo mejor. Es libre para vivir
en unión con quien lo ha creado, o para emprender otros rumbos apartándose de
Él. Si optara por esto último, sería una acción perversa.
Porque perversión es, por etimología, dar la vuelta o volverse hacia otra parte.
Quien está de cara a Dios porque vive en él la gracia, se encuentra en la buena direc-
ción. En la mejor. En la única que merece la pena. De Él recibe la luz que lo inunda
y purifica, el amor que ennoblece las relaciones humanas, la vida en abundancia, el
ser y el existir.
Quien da la vuelta y se aparta de Él, se encamina hacia la nada, queda sumergido
en la tiniebla del pecado, se dispersa en las criaturas que con nada lo pueden llenar

287 Conf. 10, 26, 37

- 201 -
Nacido para amar

ni satisfacer. Se produce en quien “ha dado la vuelta” una ruptura interior y queda
disgregado todo él por el pecado.
- ¿He vivido en algún momento esta clase de perversidad, aunque fuera en
grado menor? Si así fue, ¿cómo me sentí?
- ¿Qué límites podría poner al uso de mi libre albedrío? ¿Qué cosas me
atraen más y que podrían separarme de Dios?
- ¿Me considero plenamente responsable del mal que hago, el pecado, o bus-
co excusas fáciles, atenuantes falsos y explicaciones que no convencen?
¿Suelo echar a otros la culpa mis actos?
San Agustín: “No abuses, pues, de la libertad para pecar libremente, sino usa de
ella para no pecar”288. “¡Oh pernicioso libre albedrío sin Dios! Hemos experimentado
lo que vale sin él. Porque hemos experimentado lo que vale sin Dios, hemos sido
hechos desgraciados”289.

CAPÍTULO 17

Para Agustín, Dios ha dejado de ser un fantasma. Es un ser personal digno de amor, aun-
que se deja arrastrar todavía por las realidades terrestres. Pero ascenderá hacia Dios desde las
mismas criaturas.

17. 23. Hacia Dios por las criaturas


Agustín se sorprende gratamente, no sólo porque Dios ha dejado de ser un fantas-
ma, fruto de su imaginación, sino de que lo ama. Pero es un amor que todavía no le
produce descanso pleno ni gozo verdadero.
Se siente atraído por la belleza de Dios, pero se ve arrastrado todavía por su propio
peso hacia las criaturas.
Como contrapeso a la fuerza de este arrastre, tiene el recuerdo o la memoria de
Dios. No tiene la menor duda acerca de la existencia de Dios, pero carece en ese mo-
mento de la fuerza necesaria para adherirse a Él.
Evoca lo que dice san Pablo en su carta a los Romanos, para decir que está conven-
cido de que se puede llegar a Dios desde lo creado290.
Busca el fundamento o criterio último con el que él juzga la belleza de las criaturas y
encuentra que por encima de su mente limitada y finita existe una verdad eterna e in-
mutable.
E inicia aquí una gradual escalada hacia Dios desde la contemplación de las criatu-
ras: el cuerpo, el alma, la razón, la inteligencia, el discernimiento entre lo mudable y lo
inmutable, hasta llegar, en un golpe de vista estremecedor, a “lo que es”, a la esencia en
sí misma, a Dios.
Recibe una luz interior por la que puede “ver” lo invisible de Dios, pero no puede fi-
jar sus ojos en ello, por su debilidad, y retorna de nuevo a las cosas ordinarias.

288 In Jn. ev. 41, 48


289 S. 26, 3
290 Cfr Rm 1, 20

- 202 -
Confesiones, libro VII

A pesar de todo, le queda un recuerdo amoroso de lo que “ha visto”. Este recuerdo
aviva sus ansias seguir deseando aquellos manjares que aún no podía comer.
__________________________

“Pero no gozaba de estabilidad en el disfrute de mi Dios”. Dios, para el joven


Agustín, ya no es solamente una sustancia espiritual, al contrario de lo que pensaban
y sostenían los maniqueos. Es ya la Belleza suma y Alguien que lo ama inmensamen-
te. Goza sabiendo que es amado por Dios, pero su espíritu inquieto no halla todavía
la estabilidad deseada, la felicidad que anhela. No es plenamente feliz porque en este
balanceo de su vida tiran con fuerza de él los apetitos desordenados de la carne y se
deja caer.
“Mi amor es mi peso”, dirá en otra ocasión. Pero también es peso el amor malo,
que lo empuja a seguir amando “lo que no es”, las criaturas, y apartarse de “lo que
es”, Dios291. Por eso no gozaba de la belleza de Dios y de su amor.
Y es peso el amor que nos aparta de Dios y que nos impulsa y arrastra a buscar el
descanso y el placer en las cosas que no tienen consistencia ni estabilidad.
Sabemos y estamos plenamente convencidos de que Dios es la única fuente de
felicidad plena, pero a veces preferimos, consciente o inconscientemente, el placer
inmediato.
Sabemos y estamos plenamente convencidos de que Dios es lo primero en la je-
rarquía de nuestros valores más nobles, pero “el peso del amor malo” nos inclina tal
vez hacia lo más fácil y cómodo, a lo que nos compromete menos.
Sabemos y estamos convencidos de que Dios es la meta final de un camino que
iniciamos con nuestro bautismo, pero nos desviamos posiblemente de él para em-
prender rutas placenteras que a nada conducen, y en ellas nos perdemos.
Sabemos y estamos convencidos de que Dios es el Todo, el único bueno (Cf. Mc.
10, 18), el Padre que nos ama con amor de ternura (Cf. Salmo 103, 13), pero quizás
lo dejamos de lado y nos apegamos a muchos pequeños dioses, -”ídolos de barro”-
que, a la larga, nos esclavizan y dominan.
- ¿Soy en realidad consciente y estoy plenamente convencido de que Dios es
la única fuente de felicidad, lo primero de todo, la meta final, el único
bueno, el Todo, el Padre que me ama con ternura infinita?
- ¿Me quedo, como el hijo de la parábola, con “las bellotas que comen los
cerdos” lejos de la casa paterna, y me siento a gusto con ellas porque sa-
cian momentáneamente mi estómago?
San Agustín: “Padre, que yo te busque sin caer en el error. Que, al buscarte a ti,
nadie me salga al paso en vez de a ti. Sal a mi encuentro, pues mi único deseo es po-
seerte. Y si hay en mí algún apetito superfluo, elimínalo tú para que pueda alcanzar-
te”292.

291 Cf. Conf. 12, 11, 11


292 Sol. 1, 1, 6

- 203 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 18

El gozo en Dios lo encontrará Agustín en Cristo camino. Camino del Padre hacia nosotros y
de nosotros hacia el Padre.
18. 24. Cristo, Palabra, hecho carne y alimento para todos
Quiere dar el paso del reconocimiento de su fe en un Dios único al gozo de poder
descansar en Él. Y lo consigue abrazándose a Cristo, Mediador entre Dios y los hom-
bres.
Reconoce cuando escribe sus Confesiones que es Cristo quien le llama a aceptarle co-
mo camino, verdad y vida.
Comer su carne es alimentarse del mismo Cristo, que es la Palabra, pero el joven
Agustín no podía todavía acceder a ese alimento, aunque reconoce que, al hacerse hom-
bre, facilitó, aun a los más sencillos y humildes, poder alimentarse de él.
Agustín joven, al no ser humilde, era incapaz de reconocer que Cristo era Dios. Ni
tampoco comprendía por qué o para qué asumió una naturaleza humana, frágil y débil.
Siendo ya obispo, afirma que la Palabra atrae hacia sí todas las cosas. Sin embargo, a
pesar de estar por encima de todo lo creado, asumió nuestra pobre naturaleza humana.
Esta realidad debería servir para que los orgullosos y soberbios se abajaran para
atraerlos hacia sí. Y también para que estos mismos, confiando excesivamente en sí
mismos, se alejaran mucho más de él.
Los orgullosos y soberbios deben reconocer su propia debilidad, contemplar el aba-
jamiento de quien, siendo Dios, se hizo hombre, postrarse ante él para ser levantados
por él.
__________________________

“Al no ser humilde, no me cabía en la cabeza que ese Jesús humilde fuera mi
Dios”. Sigue caminando Agustín al encuentro de la verdad. Ya creía en Dios e iba
aceptando a Cristo, como mediador entre Dios y los hombres. El nombre de Cristo
lo llevaba grabado en su corazón desde niño. Pero ese Cristo no podía ser Dios,
porque, a su entender, era muy poca cosa, demasiado humilde, muy pobre y débil.
Su soberbia le impedía reconocer a Cristo Dios.
Dios se revela o manifiesta sólo a los humildes y sencillos de corazón. No a los
arrogantes ni a los soberbios. Los engreídos y los orgullosos niegan veracidad a
quienes no piensan como ellos. Su soberbia les impide ver, mucho menos apreciar y
valorar, lo que ocurre en el mundo de los sencillos, los pobres y los humildes.
Si nos creemos más que los otros, nos cegará la soberbia para ver en ellos bon-
dad, belleza y verdad, fiel reflejo de lo que Dios. Cuando la soberbia se adueña de
nuestros actos, porque ha tomado cuerpo en nosotros, nos impedirá conocer a Cris-
to en lo que verdaderamente es.
Sólo el humilde y sencillo puede ser sabio. “Sé humilde para evitar el orgullo. Y
vuela muy alto para alcanzar la sabiduría”293, dice Agustín. Los otros, soberbios o
no, podrán ser científicos y muy expertos en los distintos campos del conocimiento.

293 En. in. ps. 130, 12

- 204 -
Confesiones, libro VII

De ahí que sólo el humilde y sencillo podrá conocer a Cristo como mediador entre
Dios y los hombres, Dios también y hombre entero y cabal.
Sólo el humilde y sencillo podrá ver y apreciar la presencia de Dios entre noso-
tros, el mensaje del evangelio, el valor y riqueza de la fe, la vida en el Espíritu, la sal-
vación ofrecida y garantizada, la gratuidad y grandeza del amor de Cristo, su huma-
nidad y divinidad…
- ¿Qué es lo que más me cuesta creer de todo el contenido del Credo? ¿Por
qué?
- ¿Qué hago para conocer más y mejor a Cristo? ¿Qué es lo que más me
agrada de Él? ¿Por qué?
San Agustín: “Por eso únicamente los niños alaban al Señor, puesto que los so-
berbios no saben alabarle… Que vuestra sabiduría no se junte con la soberbia, ni
vuestra humildad esté desprovista de sabiduría”294.

CAPÍTULO 19

Pero entonces, siendo joven, pensaba de otra manera. Cristo era, para él, un hombre extraor-
dinario, tanto por su vida cono por sus enseñanzas. Agustín era incapaz de comprender el al-
cance de la afirmación “la Palabra se hizo carne”. También era errónea y falsa la concepción
de Alipio acerca de Cristo.
19. 25. Acercamiento al conocimiento de Cristo
Cristo era un hombre “fuera de serie”. Inigualable. Pero hombre nada más. Nadie
podía compararse a él en sabiduría. Su nacimiento de una virgen fue una lección magní-
fica para apreciar y desear la inmortalidad, y no tanto las cosas temporales: honores,
riquezas, etc.
La expresión “la Palabra se hizo carne” constituía un misterio para Agustín. A pesar
de ello, reconocía que la carne se había unido a la Palabra con el alma y la mente hu-
mana.
La humanidad de Cristo se manifestaba de la misma manera que en el resto de los
humanos. No tenía la menor duda de ello. Si no fuera así -afirma esto siendo ya obispo-
todo lo demás sería mentira, y no quedaría en los libros sagrados esperanza alguna de
salvación.
Cristo, para Agustín joven, no era la Verdad personal, sino un ser humano extraor-
dinario, por encima del común de los hombres. Un hombre completo y cabal.
Alipio opinaba erróneamente que, según los católicos, en Cristo no había alma ni
mente humana. Según esta opinión, Cristo era un Dios revestido de carne.
Pero como aceptaba que todo lo que había oído de Cristo no podía darse sino en una
criatura viva y racional, pensaba que eso no era posible sino en un ser dotado de alma y
razón. De ahí que su camino hacia la verdad era muy lento.
Sólo cuando se dio cuenta de que eso era lo que afirmaban los herejes apolinaris-
tas295, se alegró sobremanera y aceptó la fe católica.

294 Ib. 112, 2

- 205 -
Nacido para amar

Las herejías, según el santo, pueden ser muy útiles, ya que, al ser condenadas por la
Iglesia, quedan más claros los contenidos de la fe.
__________________________

“La idea que yo tenía de Jesucristo era la de un hombre extraordinariamente


sabio, de un hombre inigualable”. Y lo sigue siendo hoy para muchos. Vivió apenas
cerca de treinta y tres años; de los cuales, treinta en que no se dio a conocer. Tres
años sólo de “vida pública”. Y sin embargo, es el hombre más nombrado en la his-
toria de la humanidad, sobre quien más se ha escrito a través de todos los tiempos,
el que cambió el curso de la historia, el referente obligado.
Fue un hombre extraordinariamente sabio, pero no solamente eso. Jesús es el
amor encarnado del Padre, “en Él reside corporalmente la plenitud de la divinidad”
(Col. 2, 9) y también la plenitud de la humanidad, es la vida para todos, la puerta
para llegar a la salvación y, con amor, a todos los seres humanos, el único Pastor, la
Palabra del Padre. En él se humanizó Dios y en Él se “divinizó el hombre”296.
Sabio, más que nadie, porque, por su humildad, se hizo el servidor de todos. Li-
bre, también más que nadie, porque era la Verdad. Ya nos lo dijo Él mismo: “La
verdad os hará libres” (Jn 8, 32).
Inigualable, aunque sí imitable. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón” (Mt 11, 29), nos dice. Y también, que nos amemos unos a otros como Él
nos ha amado (Jn 13, 34). Y san Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de
Cristo (Cf. Fil 2, 5).
Hay muchos que han oído hablar de Él, lo admiran, pero no todos lo conocen. O
tienen una idea equivocada de Él. Nosotros, los creyentes y seguidores suyos, esta-
mos llamados a ser sus testigos ante el mundo, es decir, a reflejar claramente en
nuestra vida su misma vida. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os
amáis como yo os he amado”.
- ¿Qué tendría que hacer para conocer más y mejor a Cristo? ¿En qué aspec-
tos de mi vida me cuesta más imitarle? ¿Por qué?
- ¿Procuro, en lo que cabe, ser testigo de Jesús ante los que no lo conocen o lo
conocen poco? ¿Qué podría decir de Él si alguien me lo preguntara?
San Agustín: “Cristo te dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. ¿Quieres ca-
minar? Yo soy el camino. ¿Deseas no equivocarte? Yo soy la verdad. ¿No quieres
morir? Yo soy la vida. No hay adónde ir sino a mí; no hay por dónde ir sino por
mí”297.

CAPÍTULO 20

Influido por los libros de los platónicos, no duda Agustín de la existencia de un Dios inmu-
table, infinito, creador de todo, pero su corazón estaba lejos, porque no gozaba de Él. Su orgullo

295 “Decían estos herejes que nuestro Señor Jesucristo no había tenido mente humana… y racio-
nal… Y no faltaron quienes, provenientes del mismo error, afirmasen que no sólo no había en
Cristo mente humana, pero ni aun alma” (San Agustín, En. in Ps. 2, 29, n. y 3)
296 S. 371, 1
297 In Jn. ev. 22, 8

- 206 -
Confesiones, libro VII

le impedía reconocer a Cristo como camino y salvador. Fue un acierto haber leído estos libros
antes de escudriñar las Sagradas Escrituras.

20. 26. Efectos que le produce la lectura de los libros de los platónicos
La lectura de los libros de los platónicos le impulsó a buscar la verdad espiritual, no
una verdad difusa en una cierta corporeidad. Y comenzó a vislumbrar lo invisible de
Dios a través de lo creado.
Repelido o rechazado por los maniqueos, había llegado a comprender qué era lo que
las tinieblas de su alma dejaban conocer.
No dudaba ya de la existencia de un Dios infinito, verdadero, inmutable, creador de
todo cuanto existe. Pero este conocimiento intelectual no era suficiente para poder go-
zar de Dios.
Y comenzó a hablar de Dios como un charlatán, dándoselas de sabio, pero la reali-
dad era otra. Como no reconocía todavía a Cristo como camino, no podía conocer al
Padre. Por eso, de creerse entendido pasaría a ser ignorante.
Hacía ostentación de ser sabio. Pero la vanidad era su castigo. En vez de llorar, se
hinchaba con su ciencia. Lloraría momentos antes de su conversión.
Su ciencia acerca de Dios carecía de amor. Y este amor no se produciría hasta que no
partiera del cimiento de la humildad que es Cristo. Y esto no lo encontraba en los li-
bros de los platónicos.
Fue providencial para él haber encontrado estos libros antes de leer las Sagradas
Escrituras. De esa manera, los conocimientos adquiridos en ellos y los sentimientos
que le produjeron, quedaran subsanados y curados al leer después las Sagradas Escri-
turas y bucear en ellas.
Había una diferencia entre ver la meta sin conocer el modo para llegar a ellas, en
los platónicos, y saber el camino que lleva a la salvación en la Iglesia Católica.
Si hubiera conocido previamente la Sda. Escritura, y haberla saboreado, y después
los libros de los filósofos platónicos, se habría apartado tal vez del verdadero camino. O
quizás, pensaría que también en ellos podría encontrar la verdad que buscaba.
__________________________

“Si yo no buscara el camino de la verdad en Cristo, Salvador nuestro, de ser


instruido iba a pasar a ser destruido”. Puede parecer un juego de palabras, pero
no lo es. Agustín es un maestro en decir mucho con pocas palabras, como en esta
ocasión. Es que no hay un término medio, una tierra de nadie. Lo afirma también el
mismo Jesús: “Quien no está conmigo, está contra mí; quien no recoge conmigo,
desparrama” (Lc 11, 23).
En Cristo, sólo en él, está “el camino de la verdad”. No tanto de las pequeñas
verdades que manejamos a diario, sino de la verdad total, la que es también vida pa-
ra todos. Y Cristo, sólo él, es el camino para llegar a esa verdad.
La Verdad, Cristo, nos instruye, nos transforma, nos configura a Él, nos hace
nuevos. En Él, como sobre roca, edificamos nuestra personalidad de creyentes. En
Él se hace firme el amor generoso y entregado, gratuito y total. En Él está fundada
nuestra esperanza. En Él adquiere solidez nuestra fe. Somos construidos en Él.

- 207 -
Nacido para amar

No buscar el camino que nos pueda llevar a esta Verdad, sería perderse en lo mil
vericuetos de la vida. No recogernos en Él, equivaldría a desparramarnos. Sería la
dispersión interior, la inquietud permanente sin esperanza de sosiego alguno.
Desorientados de por vida.
Eso quiere decir la palabra “desparramar”, que aparece en el evangelio. O “des-
truir”, en expresión de san Agustín.
- ¿Creo y siento que estoy firmemente arraigado en Cristo? ¿Lo busco como
camino para llegar al Padre?
- ¿Hacia qué cosas de este mundo suelo “desparramarme”? ¿Me va bien en
ellas? ¿Por qué?
San Agustín: “Acércate (a la fuente, Cristo) bebe y vive; es luz: acércate, ilumí-
nate y ve. Sin su influencia estarás árido” 298.

CAPÍTULO 21

21. 27. Agustín lee con avidez la Sagrada Escritura


Una vez leídos los libros de los platónicos, Agustín se entregó con avidez a la lectu-
ra de la Sda. Escritura, en especial a san Pablo.
Y cayó en la cuenta, con gozo, de que no había contradicción alguna entre el Anti-
guo y el nuevo Testamento, sino coherencia e relación íntima.
Lo que había de verdadero en los libros de los platónicos lo encontró en los libros
santos. Pero con una diferencia sustancial: Pablo recomendaba la gracia iluminadora.
Advierte el santo que si alguien “ve” a Dios, no debe gloriarse de haberlo consegui-
do por su cuenta. Ha recibido el objeto de la visión y la facultad para ver. Es decir, la
gracia iluminadora.
De ahí que todo hombre que quiera “ver” y poseer a Dios es sanado previamente. Y
quien no logre “ver” a Dios debe ponerse en camino para llegar hasta Él, verlo .y po-
seerlo.
“Ver” a Dios, poseerlo y gozar de Él, no es óbice para que la ley de la carne siga lu-
chando contra la ley del espíritu. ¿Qué podrá hacer el hombre contra esa ley?
Esta situación es fruto de la justicia de Dios y del pecado del hombre. Es decir, el
hombre, por haber pecado, había sido entregado al poder del príncipe del mal en los
orígenes del mundo.
Pero la misericordia de Dios está por encima del juicio. Para sacar al hombre de esta
situación, Dios envió a su Hijo Jesucristo quien, con su muerte, anuló la sentencia ante-
rior condenatoria.
Los libros de los platónicos callan todo esto. El santo enumera a continuación una
serie de verdades fundamentales que no encontró en tales libros.
Una cosa es contemplar “estáticamente” la meta, y otra ponerse en camino para lle-
gar a ella. Todo esto lo fue descubriendo leyendo a San Pablo.
__________________________

298 S. 284, 1

- 208 -
Confesiones, libro VII

“Aquel que se halla lejos de ti y no puede verte, que ande por este camino
que le permitirá llegar, ver y poseer”. El camino, una vez más, es Cristo. “Nadie
va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6). El mismo Jesús excluye cualquier otra posibili-
dad, si no es por Él mismo. “Yo soy la puerta”, dirá en otra ocasión (Jn 10, 8-9).
En cristiano, quien busca a Dios de todo corazón lo encuentra (Jer 29, 13; Dt 4,
29; Lc 11, 1). Quien se pone en camino con Cristo, llega. Quien ama como Cristo
nos ama, ya ha llegado. ¿Cabe mayor garantía y seguridad?
Y quien llega, verá y gozará, porque ver a Dios produce gozo pleno y duradero.
Pero también en este mundo podemos “ver” a Dios, aunque confusamente, co-
mo en un espejo, nos dice san Pablo (Cf. 1 Cor 13, 12). Y para poderlo ver de esta
manera y gozar de Él, nos conduce Jesucristo, camino y compañero de viaje. Pero
también es verdad que quien ve al Hijo ve al Padre (Cf. Jn 14, 9).
No cabe gozo mayor que poseer a Dios. O mejor, el gozo pleno consiste en de-
jarnos poseer por Él. No ha habido en la tierra, ni podrá haber, hombres y mujeres
más felices que los santos. Toda su vida ha sido un caminar con Cristo al encuentro
con el Padre. Lo encontraron y entregaron a Él.
No importa que hayan sufrido persecución y martirio. Su vida ya estaba en Dios y
en él encontraban la paz y el descanso. Hay muchos santos anónimos entre nosotros
que podrían contarnos esta misma experiencia.
¿Qué dificultades o impedimentos encuentro para seguir a Cristo como camino
que me lleva al Padre? ¿Qué otros caminos suelo recorrer a veces en busca de cosas
que me puedan llenar y satisfacer? ¿Soy feliz en estos casos?
- ¿He tenido la oportunidad de presentar a otros a Cristo como camino?
- ¿Me siento feliz cuando, con la ayuda de la gracia, sigo a Jesús, me en-
cuentro con Él y en Él veo al Padre?
San Agustín: “El Hijo de Dios…, asumiendo la naturaleza de hombre, se ha hecho
camino. Camina por este hombre y llegarás a Dios. Vas a él, pero vas con él. No
pierdas el tiempo buscando otro camino. Si él no hubiese accedido a ser camino, to-
dos nos hubiéramos extraviado. El Camino ha venido hasta ti. ¡¡Levántate y anda! 299.

299 S. 141, 4

- 209 -
LIBRO VIII

Última etapa en su camino de búsqueda de la verdad. Ha rebasado ya los treinta


años de edad. Dios lo ha ido llevando poco a poco, veladamente, pero con seguridad,
hacia el encuentro con Él.
Pero todavía tiene que seguir buscando. Las dudas van dejando paso a la luz. Agus-
tín ha reconocido a Dios como sustancia espiritual, creador de todo, infinito y eterno. Y
ha descubierto que Cristo es camino, pero no es capaz todavía de seguirle.
En Milán, donde sigue trabajando como profesor de retórica, encontró en san Ambro-
sio un pastor modelo y lleno de sabiduría. Con su testimonio de su vida y su palabra lo
fue acercando a la Iglesia Católica.
Pero aparecerán dos personajes más, Simpliciano y Ponticiano, con quienes entrará
en relación personal. Ambos influirán notablemente en su andadura hacia el encuentro
con Cristo.
Por ellos conocerá la vida de Mario Victorino y de los monjes del desierto. Serán in-
dicadores que Dios ponía en su camino de búsqueda.
Su entrada en la Iglesia para formar parte de ella está “a la vuelta de la esquina”. Se
vislumbra la salida del túnel por el que ha caminado a lo largo de más de quince años.
Ha superado ya su ansia de dinero y su afán por los honores, pero le retiene todavía
su apego a la carne. La lucha será dura y desgarradora, pero triunfará en el intento. O
mejor, será la gracia de Dios, su fuerza y su misericordia, quien lo llevará a buen puerto.
Ya no habrá un “mañana, mañana”, sino un “hoy”, un “ya, ahora mismo”.
“Al punto, escribe el santo, nada más acabar la lectura de este pasaje (Rom 13, 13 ss),
sentí como si una luz de seguridad se hubiera derramado en mi corazón, ahuyentando
todas las tinieblas de mi duda”.
Había regresado a la casa del Padre, como el hijo de la parábola. Y hubo fiesta, en el
cielo y también en la tierra.
CAPÍTULO 1

Invocación y acción de gracias al Señor. Tenía certeza total de Dios y de su naturaleza espi-
ritual, pero no había logrado todavía afirmarse en Él. Reconoce que Cristo es el camino, pero
no se decide a caminar por él.

1. 1. Simpliciano
Si a lo largo de los capítulos anteriores Agustín suplicaba a Dios su ayuda y su luz,
ahora, siendo ya obispo, le agradece que haya roto las cadenas que lo tenían amarrado a
sí mismo y a las criaturas.
Se propone narrar en este libro el proceso de su conversión para que todos los que
lo lean puedan alabar a Dios y bendecirle.
Es una constante a lo largo de sus Confesiones afirmar que Dios lo asediaba por todas
partes y así lo iba llevando al encuentro con Él.
Muchas de sus dudas acerca de la naturaleza de Dios se han ido disipando. A pesar
de todo, no había logrado todavía pasar de la certeza de Dios a su estabilidad en Él.
Tenía certeza en el orden intelectual. Pero en su vida personal dominaban las vaci-
laciones y las dudas. Reconocía que Cristo era el camino, pero no se decidía a caminar
por él.
Pero Dios, que lo va cercando por todas partes y atrayéndolo poco a poco a Él, le
presenta a Simpliciano300, clérigo muy piadoso, anciano ya y, por tanto, rico en expe-
riencias de vida cristiana. Es tenido como santo en la Iglesia.

1. 2. Avance lento, pero seguro


Agustín mira a la Iglesia y la ve llena de fieles, y, dentro de ella, carismas distintos.
Es decir, cristianos unidos en una misma fe, pero con vocaciones variadas o múltiples.
Al mismo tiempo, se mira a sí mismo y siente hastío de su comportamiento anterior.
Este mal comportamiento es, para él, una carga que no puede soportar. Era más lleva-
dera dicha carga cuando estaba motivada por la gloria y el dinero.
Ahora, ni la gloria ni el dinero le deleitan tanto como la dulzura del Señor y la be-
lleza de su casa. Sin embargo, arrastra todavía el deseo de la mujer.
Sabe que san Pablo no le prohíbe contraer matrimonio, aunque le aconseja a optar
por el celibato como cosa mejor. En su opinión, será más feliz quien no se casa.
Pero Agustín, débil según él y propenso a la vida fácil, seguía inclinándose por el
matrimonio. Aunque sabe también que sus aspiraciones más profundas podrían quedar
trucadas por las obligaciones de la vida matrimonial.

300 Simpliciano fue maestro de san Ambrosio, y santo también. Muy amigo y discípulo de Victo-
rino, eminente profesor de retórica. Era uno de los cristianos más sabios del siglo IV en Italia.
A pesar de ser en edad mucho mayor que san Ambrosio, le sucedió en la diócesis de Milán. Mu-
rió hacia el año 400. Contribuyó decisivamente a su conversión de san Agustín. Por eso lo llama
“Padre espiritual de mi propia alma”.
Nacido para amar

Conocía el texto evangélico que hablaba de la vida célibe, pero también su conclu-
sión: “El que pueda con ello, que lo acepte” (Mt. 19, 12).
Hay dos clases de impiedad. Una, la de aquellos que no son capaces de conocer a
Dios partiendo de la contemplación de lo creado. Agustín había dejado de ser “impío”
en este sentido, puesto que había conocido a Dios, creador de todo y a su Hijo Jesucris-
to, por quien creó todas las cosas.
Otra, la de quienes han conocido a Dios y no le glorifican ni le dan gracias. Él había
sido uno de ellos, pero Dios lo liberó de esta impiedad y le había colocado en una situa-
ción donde pudiera convalecer y sanar.
Había hallado la perla preciosa. Merecía la pena abandonar todo para hacerse con
ella. Pero seguía dudando.
__________________________

“Lo que ahora andaba buscando no era una mayor certeza de ti, sino una ma-
yor estabilidad en ti”. Agustín no tenía ya duda alguna acerca de la existencia de
Dios. Estaba firmemente convencido de eso. Se había producido en él una conver-
sión intelectual acerca de Dios. Sin embargo, no encontraba todavía el descanso que
anhelaba.
Creemos firmemente en todo lo contenido del credo. Pero la fe cristiana no es
sólo admitir como verdad cúmulo de creencias. Es muy pobre la definición que se
encuentra en alguno de los catecismos antiguos: “Fe es creer lo que no vemos”. Esta
fe no produce vida: el justo no podría vivir de ella (Cf. Heb 10, 38). O lo que es lo
mismo, nadie podrá encontrar estabilidad en esta clase de fe.
La estabilidad deseada por Agustín y anhelada también por todos los creyentes se
alcanza cuando nuestra fe en Jesús supone una adhesión vital a su persona.
Porque la fe cristiana no es una teoría, sino una experiencia del espíritu, una vida
injertada en Cristo, un “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,
20). Esta es la fe que da estabilidad, la estabilidad “agustiniana”, que viene a ser des-
canso garantizado, gozo íntimo, paz interior, seguridad y apoyo firme.
Ocurre quizás que nosotros andamos inquietos sin encontrar descanso en nada,
tensos por problemas que se acumulan, desasosegados por temores infundados, in-
tranquilos por miedo a un futuro incierto. No excitamos fácilmente y no encontra-
mos la calma necesaria para pacificar nuestro espíritu.
En estos casos nos podrán ayudar los siquiatras y sicólogos, pero la solución está
en Cristo. “Nuestra paz es Cristo”, dice san Agustín301. Él es la estabilidad para to-
dos.
- ¿Qué es lo que le falta a mi fe para que pase de la teoría o conjunto de
creencias, a la vida en cuanto adhesión a la persona de Cristo? ¿Mi fe en
Jesús me proporciona paz, estabilidad y gozo?
- ¿Qué es lo que más me preocupa hoy, por qué vivo tenso o muy nervioso en
ciertas ocasiones, cómo encontrar la serenidad de ánimo que me falta a ve-
ces y la paz como don del Espíritu?

301 S. 47, 22

- 214 -
Confesiones, libro VIII

San Agustín: No temeré los males porque tú, Señor, habitas en mi corazón por la
fe, y ahora estás conmigo, a fin de que, después de morir, también yo esté contigo302.

CAPÍTULO 2

Simpliciano presenta a Agustín el ejemplo de Victorino, célebre profesor de retórica en Roma,


cuya conversión a la fe cristiana produjo una reacción violenta de parte de sus antiguos amigos
y gran asombro en el pueblo.

2. 3. Relato de la conversión de Mario Victorino


Impulsado por una luz interior, Agustín busca a Simpliciano, de quien tenía muy
buenas referencias. Ambrosio lo amaba en verdad y lo consideraba su padre espiritual.
Agustín le cuenta todos sus avatares y alternativas de su error. Le habla también de
los libros de los platónicos que ha leído, traducidos del griego al latín por Victorino.
Felicita a Agustín por haber leído estos libros, y no los de otros filósofos, llenos de
falacias y mentiras. En los platónicos, aun siendo paganos, aparecen muchas alusiones a
Dios y a su Verbo.
Ya que ha salido a luz el nombre de Mario Victorino, aprovecha para presentar a
Agustín su vida y su conversión a la fe. Con ello pretendía indicarle el camino de la
sencillez y la humildad para acoger la verdad de la Palabra.
Al fin y al cabo, Dios se revela sólo a los sencillos y humildes de corazón, y no a los
sabios y entendidos. Y quizás Agustín se presentó a Simpliciano como sabio y entendi-
do.
Sigue el relato de la vida y conversión de M. Victorino: Sabio, maestro de muchos
senadores en Roma, gran conocedor y crítico de filósofos, pagano también e idólatra.
Por todo ello había merecido una estatua en el foro, privilegio reservado a personalida-
des muy selectas.
Anciano ya, había iniciado con sencillez y humildad un camino de conversión. Reci-
bió el bautismo y entró en la Iglesia.

2. 4. Cobardía de Victorino
Victorino había iniciado y completado su camino de conversión estudiando la Sa-
grada Escritura y leyendo libros de contenido religioso.
Se sentía cristiano antes de recibir el bautismo. Así se lo comunicó a Simpliciano.
Pero sentía reparo en expresar públicamente su fe para no ofender o molestar a muchos
amigos nobles. Temía que reaccionaran duramente contra él.
Simpliciano le decía que lo consideraría cristiano sólo cuando lo viera en la Iglesia.
Según Victorino, “las paredes no hacen cristiano” a nadie. Es cierto, pero un cristiano
de verdad no oculta su fe, sino que la manifiesta públicamente.
Su fe inicial se iba consolidando por el estudio de la Sagrada Escritura. Y, como co-
menzó a temer por su propia salvación, depuso su cobardía y decidió recibir el bautis-
mo. La reacción de la nobleza romana fue violenta.

302 En. in ps. 22, 4

- 215 -
Nacido para amar

2. 5. Bautismo de Victorino
No dudó un solo momento en hacer públicamente profesión de su fe. Si en otro
tiempo se manifestaba ante el pueblo adorador de falsos dioses sin rubor alguno, no
tenía por qué temer hacerlo ahora como cristiano ante creyentes reunidos en el templo.
Fue aclamado y coreado su nombre por los que oyeron. La comunidad cristiana, lle-
na de gozo y amor, lo acogió en su seno.
__________________________

“Pero tu siervo había puesto su esperanza en el Señor, y ya no reparaba en


vanidades ni en locuras engañosas”. Se refiere, no a sí mismo, sino a Victorino, cé-
lebre retórico en su tiempo y recién convertido a la fe cristiana.
Poner la esperanza en el Señor significa, entre otras cosas, confiar plenamente en
Él, tener la seguridad de que Dios es la salvación para todos, apoyarse en su miseri-
cordia303, creer firmemente en su palabra, fiarse de Él como el niño se fía de sus
papás y los ama.
Quien así espera, mira sólo a lo que espera, mira en primer lugar a Dios. Si mira
para atrás, a lo que dejó, será sólo para afianzarse en su decisión de buscar a quien lo
puede llenar, de esperar más firmemente en quien es el Todo.
“Nada hay tan opuesto a la esperanza como el mirar atrás, es decir, poner la con-
fianza en las cosas que se deslizan y pasan”304, afirma san Agustín, que vivió la expe-
riencia de dejar todo por seguir a Cristo, y le fue bien.
Quien así espera, si mira a las cosas que le pueden halagar, a las criaturas que lo
pueden atraer, será sólo para ver en ellas a quien las hizo o de quien dependen, y
esperar sólo en su autor de quien procede todo bien.
Mirar hacia otra parte marginando a Dios, poner la esperanza sólo en lo inestable
y efímero, aunque sea bello y bueno, producirá a la larga y a la corta, quizás- sensa-
ción de vacío y frustración. Es la experiencia también del santo: “Sólo sé una cosa:
que me va mal lejos de ti, y no solamente fuera de mí, sino incluso en mí mismo; y
que toda riqueza que no es mi Dios es pobreza”305.
- Si pudiera aplicar un termómetro a mi corazón, ¿cuál sería el nivel de mi
esperanza en Dios? ¿Cómo relaciono mi fe en Dios y mi esperanza en Él?
¿Qué función desempeña el amor en mi esperanza cristiana?
- ¿Por qué pongo mi esperanza en Dios? ¿Qué es lo que Él me puede dar o
hacer de mí o en mí? ¿Cómo me va cuando, marginando a Dios, pongo mi
esperanza en las cosas de este mundo?
San Agustín: “Busquemos a Aquel en quien encontramos la seguridad de todas
las cosas; contemplemos a Aquel en quien todas son ciertas; amemos a Aquel en
quien tenemos la suprema rectitud”306.

303 Conf. 19, 29, 40


304 S. 105, 7
305 Conf. 13, 8, 9
306 De civ. Dei 8, 4

- 216 -
Confesiones, libro VIII

CAPÍTULO 3

Cuanto mayor es el sufrimiento por cualquier motivo, mayor también será la alegría al reco-
brar la paz o la sanación.

3. 6 y 7. Desgracia y gozo
La alegría del pueblo cristiano por la conversión de Victorino le sirve a Agustín pa-
ra formular algunas reflexiones. Estas reflexiones giran en torno a una pregunta pri-
mera y básica: ¿Por qué es mayor el gozo cuando sigue a una carencia o necesidad gra-
ve resuelta satisfactoriamente?
Y presenta variedad de ejemplos o casos que suelen ocurrir en la vida normal de to-
da clase de personas.

3. 8. Dios se hace cercano, aunque el hombre se aleje de Él


Todo esto ocurrió en el caso de Victorino. Había muerto y resucitado. Se había per-
dido y fue hallado. El gozo fue tanto más desbordante cuanto más grave había sido la
desgracia o el tormento.
Si en Dios no se da esta clase de alternativas, porque su gozo es eterno, ¿por qué se
producen en las criaturas? ¿Por qué dispuso Dios que sucediera todo esto?
Agustín se responde apelando al misterio, aunque sabe con certeza que las criaturas,
por su propia naturaleza, son mudables y limitadas.
Esta mutabilidad y limitación encuentran su fuerza y estabilidad en la cercanía de
Dios, aun en el caso de que el hombre no buscara su apoyo en Dios.
__________________________

“No te alejas nunca de nosotros, y, sin embargo, apenas si conseguimos dar un


paso de retorno hacia ti”. Vayan por delante algunas referencias bíblicas y unos
textos breves de san Agustín: Está en el hermano, en todos y cada uno, de manera
señalada en el hermano que sufre (Mt. 25, 31-46). Su presencia es real y personal.
Está en medio -dentro- de los que se reúnen en su nombre (Mt. 18, 20). Habita en el
corazón de quien lo ama (Jn 14, 23).
“Tú eras más íntimo a mí que mi propia intimidad”307. “Él, la Verdad, habita en
el hombre interior”308, y no se aleja de él. “Tú estabas dentro de mí y yo fuera”309.
Y no se aleja de nosotros. Somos nosotros los que nos alejamos de Él con el pe-
cado. Somos nosotros quienes dejamos la casa paterna, como el hijo de la parábola,
en busca de una libertad irresponsable, de unos momentos de placer, que no de feli-
cidad. Somos nosotros quienes, por despiste, como la oveja perdida de evangelio,
tomamos otros rumbos y otros pastos, y nos encontramos con la soledad, el cansan-
cio y el hastío.
Nos alejamos de Él cuando pasamos de largo del hermano que tiene hambre o
sed, del emigrante y de quien está desprovisto de ropa, del enfermo y del encarcela-
do (Cf. Mt. 25, 42-43).

307 Conf. 3, 6, 11
308 De ver. rel. 39, 72
309 Conf. 10, 27, 38

- 217 -
Nacido para amar

Dios no se aleja de nosotros. Lo asegura el mismo Jesús: “Yo estoy con vosotros
todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 21). Nunca nos abandonará (Is.
49, 15).
Para volver a Él, si de Él nos hemos alejado, necesitamos su gracia y su fuerza.
Sin esta gracia y esta fuerza, somos desvalidos e impotentes. Pero Él nos anima y
atrae. Ilumina nuestra mente para reconocer nuestra penuria y hambre de Él, y “en-
sancha” nuestro corazón para poderlo acoger.
Sin su amor y su fuerza no podemos dar un paso de retorno hacia Él. Porque sin
Él no podemos hacer nada (Cf. Jn 15, 5). Nos perdona el pecado en sacramento de
la reconciliación, y nos acoge y entramos en comunión con Él en la eucaristía. Y en
ambos sacramentos nos da la gracia y la fuerza necesaria para no apartarnos más de
Él.
- ¿En qué momentos me ha parecido sentir que Dios me había abandonado?
¿Y en qué otros, quizás, yo lo he abandonado a Él?
- ¿Siento en verdad que me alejo de Él cuando paso de largo del hermano
que sufre o que pasa necesidad? ¿Qué siento en mi interior cuando soy
consciente de que Dios está muy dentro de mí?
San Agustín: “Alguno tal vez dirá que mi presencia está más próxima que la de
Dios. No es verdad. Es mucho más íntima la presencia de Dios. Mi persona sólo está
delante de vuestros ojos de carne. Dios rige vuestras conciencias”310.

CAPÍTULO 4

Si grande es el gozo de quien saliendo de la miseria vuelve a Dios y se acoge a Él, igual-
mente grande será la alegría si, además, quien regresa goza de celebridad entre el pueblo.

4. 9. Repercusión de la conversión de quienes gozan de mucha celebridad


Pide a Dios que despierte, llame y arrastre hacia sí a todos. Que todos corran a Él y
le amen. Son muchos los que retornan a Él desde situaciones o modos de ser más bajas
y alejadas.
Cuando esto ocurre, reciben de Dios el poder de hacerse hijos suyos.
Si quienes se acercan o regresan a Dios son poco conocidos entre el pueblo, el gozo
compartido es menor, aun en aquellos que han conocido la conversión. Al contrario, si
fuera compartido por muchos, el gozo sería mayor. En este caso, al ser muchos, el gozo
se haría más contagioso.
Si los convertidos gozan de mucho prestigio, podrán arrastrar a muchos a la salva-
ción. Por lo tanto, el gozo es todavía mayor por un doble motivo: por quien se ha con-
vertido y porque, con su ejemplo, pueden convertirse otros. Fue el caso de Mario Vic-
torino.
Lo anterior no quiere decir que en Dios o en la Iglesia haya acepción de personas o
una preferencia de los ricos sobre los pobres, o de los cultos sobre los incultos.
Ocurre, más bien, lo contrario, pues Dios ha escogido lo débil del mundo para con-
fundir a los fuertes. Ejemplo de todo ello es Pablo, según su propio testimonio311.

310 In ev. Jn. 1, 7

- 218 -
Confesiones, libro VIII

Si el diablo tenía tan agarrado a Victorino y por su medio atraía a muchos a él, el
triunfo por su conversión tuvo una mayor resonancia entre el pueblo. Fue una victoria
de la gracia.
Las armas y medios que había utilizado Victorino con el fin de ganar adeptos para el
paganismo, en adelante serían utilizadas para atraer a muchos a la salvación de Jesu-
cristo.
__________________________

“¡Hala, Señor, actúa! ¡Despiértanos e insiste en tu llamada, entusiásmanos y


arrástranos, deslúmbranos, que trasciendan tus dulzuras, amemos, corramos!”. Ya
que sin el Señor nada podemos hacer, Agustín se dirige a Él para pedirle que inicie y
lleve a buen término nuestro retorno a “la casa del Padre”.
Para ello utiliza una serie de verbos que indican la acción de la gracia: actuar, lla-
mar, entusiasmar, arrastrar, deslumbrar… De todo se vale el Señor para atraernos a
Él.
Nuestro pecado o alejamiento de Dios nos ha adormecido y es preciso que Él
nos despierte.
Somos, quizás, sordos a su llamada y tiene que insistir en ella. O distraídos con
mil preocupaciones que a nada conducen, y nos llama de nuevo. O rebeldes, y sigue
insistiendo, porque no quiere empujarnos; sólo atraer.
Nos domina tal vez la apatía que impide levantarnos y comenzar a caminar, y nos
anima, embelesa y enardece, y pone entusiasmo en nuestro corazón para abrirnos a
Él.
Nos arrastra, no a la fuerza, sino con amor. Como a la oveja perdida, nos busca y
nos lleva a la comunidad de los hermanos, a la que nunca debiéramos haber aban-
donado.
Y quedamos deslumbrados con su luz, que es vida; con su amor, que es sin límite;
con su verdad, la única que no engaña; con la donación y entrega de su Hijo, único
Pastor bueno.
Y entonces, sí, corremos a sus brazos y amamos. Corremos a sus brazos que nos
acogen reconciliándonos, y amamos con el amor que Él mismo nos da.
- ¿Siento en mi interior la llamada del Señor a dejar el pecado, cuando de
Él me alejo, y acercarme a él? ¿Qué es lo que me impulsa a levantarme
cuando he caído?
- ¿Soy instrumento del Señor, con mi palabra y el testimonio de vida, para
animar a otros a acercarse a Dios? ¿Qué siento dentro de mí cuando me re-
concilio con Dios a través del sacramento del perdón o confesión?
San Agustín: “¿Cómo hubieras podido convertirte si no hubieras sido llamado?
Por ventura aquel que te llamó apartado no te ayudó para convertirte? No te arrogues
la misma conversión, porque, si no te hubiese llamado él a ti que huías, no hubieras
podido convertirte”312.

311 Cf. 1Co 1, 27 s; 15, 9


312 En in ps. 84, 8

- 219 -
Nacido para amar

CAPÍTULO 5

Hasta ahora la lucha de Agustín para conocer y alcanzar la verdad había sido más bien in-
telectual. Ahora comienza o se incrementa la lucha interior, de carácter moral, entre dos volun-
tades, una vieja y otra nueva, una carnal, la otra espiritual. La primera lo tenía encadenado,
con la segunda aspiraba a ser libre.

5. 10. Encadenado y esclavizado. Antagonismo de dos voluntades


La narración de la conversión de Victorino removió el interior de Agustín y le im-
pulsó a imitarle. Simpliciano añadió otro detalle importante y muy significativo: Victo-
rino había acatado la orden del emperador Juliano que prohibía a los cristianos enseñar
literatura y oratoria.
Esta actitud de Victorino indicaba dos cosas: una gran fortaleza interior, y, sobre
todo, era ocasión propicia para consagrase más libremente al Señor.
A esto mismo aspiraba Agustín, pero no se sentía suficientemente libre. Su voluntad
seguía encadenada. Primero por la pasión, después por la costumbre y, por último, por
la necesidad. De ahí que su voluntad estaba pervertida.
Pero comenzaba a nacer una voluntad nueva para entregarse a Dios y servirle, pero
incapaz todavía de vencer a la pervertida. Ambas voluntades peleaban entre sí. Se sen-
tía interiormente destrozado por el antagonismo entre las dos.

5. 11. Fragmentado en su yo
Agustín, lo mismo que san Pablo313, sentía que dentro de él la carne luchaba contra
el espíritu, y el espíritu contra la carne. Influenciado quizás por la doctrina maniquea,
dice que se encontraba en ambas partes.
La “mayor parte de su yo” estaba en lo que aprobaba en él, es decir, en su acerca-
miento a Dios.
La “parte menor de su yo” estaba en lo que desaprobaba, es decir, en su vida carnal.
Esto último lo sufría en contra de su voluntad. Llega a decir que, en este caso, él no era
él, porque no lo hacía voluntariamente.
La razón era porque la costumbre podía más que él: por propia voluntad había lle-
gado a donde nunca habría querido llegar. Es bueno recodar lo que dice un poco antes:
“De la voluntad desordenada procede la lujuria, de la lujuria nace la costumbre, y de la
costumbre surge la necesidad”.
No había razón válida alguna para excusarse y decir que, si todavía no se había en-
tregado a Dios, era porque no tenía un conocimiento claro de la verdad. Conocía ya le
verdad, pero, amarrado a las criaturas, rehusaba entregarse a Dios y servirle.
Más todavía: temía quedar libre de tales amarres, cuando debía temer, más bien, a
los mismos amarres.

5. 12. La ley del pecado y la de la gracia


Parece que con la expresión “la carga del siglo” se refiere su dependencia de la mu-
jer. Era una carga dulce para él.

313 Cf. Ga 5, 17

- 220 -
Confesiones, libro VIII

Sus pensamientos acerca de la necesidad de acercarse a Dios los compara a los inten-
tos de quien quiere despertarse de un sueño profundo y cae vencido por la modorra.
Nadie quiere estar siempre dormido, pero en ocasiones puede más la pesadez del
sopor, que le impide despertarse del todo. Incluso suele disfrutar sobremanera mientras
dura la duermevela.
Es lo que le ocurría a él. Estaba convencido de que debía “despertar” para entregarse
al amor de Dios, pero seguía “adormilado”, entregado a sus apetitos. El amor le agra-
daba y se imponía, pero los apetitos también le agradaban, pero lo encadenaban.
Tenía la certeza de que era el mismo Dios quien le intimaba a “despertar y levantar-
se”, pero no podía dar un sí rotundo. Respondía tan sólo con palabras vagas, ni sí ni no,
y daba largas a una decisión definitiva.
No podía gozar, en su interior, de la ley de Dios, puesto había otra ley, la del peca-
do, que lo amarraba y encadenaba.
El sentirse amarrado y encadenado constituía para él un justo castigo por haber caí-
do voluntariamente en la ley del pecado.
__________________________

“Mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, una carnal y otra espiritual, pe-
leaban entre sí. Este antagonismo destrozaba mi alma”. Agustín conocía, siendo ya
obispo, lo que dice san Pablo de sí mismo: “No entiendo mi comportamiento, pues
no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco” (Rm 7, 15), pues “la carne
tiene deseos contrarios a los del Espíritu y el Espíritu contrarios a los de la carne”
(Gal 5, 17). Esta misma esta misma experiencia la vivía y sufría el joven Agustín.
Son, en expresión suya, las dos voluntades y el antagonismo que existía entre
ellas. Un antagonismo que lo destrozaba por dentro. Desea lo bueno y no lo realiza;
rechaza lo malo y cae en él.
Es también nuestra lucha y nuestra propia experiencia. Y ha sido también la de
todos los santos; y la de todos los que desean seguir a Jesucristo y ser fieles a Él.
Muy dentro de nosotros hay una cierta tendencia al mal y un deseo de hacer el bien.
Hay una cierta tendencia:
- Al egoísmo -primero yo y después quizás los otros-, pero también el deseo
impulsado por el Espíritu de solidaridad y de amor compartido.
- Al placer desmedido, pero también, siguiendo la bienaventuranzas, el deseo de
una vida limpia y felicidad plena que sólo en Dios se encuentra.
- A la vanidad y el engreimiento, pero también, imitando a Cristo, el deseo de
ser sencillos y humildes de corazón de corazón.
- A poseer y acumular, al margen de la necesidad de muchos, pero también el
deseo, en cuanto seguidores de Jesús, a ayudar y compartir con los que tienen
menos o carecen de todo.
- A prescindir de Dios en muchas ocasiones, pero también la necesidad sentida
de acercarse a Él en todo momento.
Hay una cierta tendencia a ser servido y no a servir, pero también el deseo de imi-
tar a Jesucristo que vino, no a ser servido, sino a servir.

- 221 -
Nacido para amar

- ¿Puedo hacer también mía esta experiencia de Pablo y Agustín? ¿En qué
momentos o circunstancias siento que la lucha entre mis “dos voluntades”
es mayor?
- ¿Y en qué otros momentos o circunstancias me inclino por una de las dos?
Cuando triunfa el deseo del bien, ¿qué siento en mi interior? ¿Y cuando
triunfa la tendencia del mal?
San Agustín: “Qué me ayudará, ¡pobre de mí!, a odiar el mal y amar la virtud, si
hago de buena gana lo que odio y por mi pereza no me esfuerzo de hacer sobre todo
lo que amo? Siento la lucha interior que me destroza por ser incoherente. ¡Pobre de
mí! ¿De qué me sirve odiar la iniquidad y amar la virtud, cuando más bien hago lo
que odio y soy indolente para hacer lo que amo?”314.

CAPÍTULO 6

Dios sigue presentando a Agustín ejemplos de conversión y de vida cristiana. A las persona-
lidades de Simpliciano y Mario Victorino, se añaden ahora Ponticiano y unos compañeros su-
yos.

6. 13 .Un grupo de amigos


Agustín había superado ya su afición a los honores y riquezas, pero se sentía todavía
esclavo del deseo de la mujer.
Desde la angustia vivida o sufrida por esta esclavitud elevaba frecuentemente súpli-
cas a Dios y frecuentaba la iglesia siempre que podía.
Le acompañaba Alipio, su amigo del alma, quien, después de haber trabajado como
asesor jurídico, se encontraba entonces sin empleo fijo.
Otro amigo, Nebridio, era profesor auxiliar de Verecundo, amigo íntimo también del
grupo. Había accedido a este trabajo, no por un interés económico, sino por pura gene-
rosidad y amor a los amigos.
Trabajó sin hacer alarde ni ostentación. Deseaba tan sólo tener tranquilidad y so-
siego para dedicarse a la lectura y reflexión personal.

6. 14 y 15. El relato de Ponticiano


Entra en escena “un tal Ponticiano”, africano también, cristiano y, según parece,
mayordomo de palacio. Llega a la casa, donde están Agustín y Alipio, y se sorprende al
ver un códice con las cartas de san Pablo.
Aprovecha el interés que muestra Agustín por los escritos del apóstol para presen-
tarles la figura de Antonio, monje en Egipto315. Los dos amigos quedan gratamente
sorprendidos y maravillados oyendo los portentos que Dios había realizado en este
monje.
Aprovecha Ponticiano el interés con que le escuchan y les habla de las comunidades
monásticas, algunas de ellas cercanas a Milán.

314 Epist. 186, 12, 40


315 Se trata de san Antonio, monje en un monasterio de Egipto. Se le considera el padre del mona-
cato de occidente. Nació el 251 y murió el 356.

- 222 -
Confesiones, libro VIII

A continuación les cuenta una experiencia vivida por él y unos compañeros. La lec-
tura de la Vida de Antonio, escrita por san Atanasio, cambió sus vidas y se convirtieron
a la fe cristiana, abandonando todo lo demás.
__________________________

“Yo actuaba como de ordinario, pero con una angustia progresiva. Diariamente
dirigía mis suspiros hacia ti y frecuentaba tu Iglesia”. Y seguía la lucha. E iba a
más cada día. La lectura de la Sagrada Escritura, los ejemplos de algunos converti-
dos, los consejos de quienes lo conocían y lo querían y, sobre todo, la gracia de
Dios, iban abriéndole los ojos y encendían su corazón.
Su deseo de entregarse a Dios se acrecentaba de día en día, y, por eso mismo, la
lucha interior era progresiva; también iba a más.
El tentador no cesa de actuar, nunca se amilana. “Ronda siempre buscando a
quien devorar”, dice san Pedro (1 Pe 5, 8). Y su empeño es mayor, cuanto mayor es
también el empeño de quien se quiere librar de él. Y esta guerra se libra en el interior
de todo creyente que quiere ser fiel al Señor.
Pero Dios no permite que seamos tentados por encima de nuestras posibilidades.
Pero la lucha seguirá. Y será ardua en ocasiones. Pero vencerá quien empuñe las
armas apropiadas: la oración, los sacramentos, la ayuda y el poder del Espíritu, y
también el esfuerzo personal.
A la larga será gratificante haber luchado porque se ha vencido. Nuestro espíritu
quedará fortalecido, nuestro corazón descansará aunque continúe la lucha, y el deseo
de seguir caminando en pos de Jesús será más firme.
- ¿Ante qué tipo de tentación soy más débil? ¿Suelo perder la confianza en el
Señor cuando la lucha en mi interior es ardua y difícil?
- ¿Qué medios utilizo para vencer o contrarrestar mi tendencia al mal o al
pecado? ¿Supone un crecimiento para mí el haber vencido al mal, siempre
con la ayuda del Señor?
San Agustín: “Nuestra vida, mientras dura esta peregrinación, no puede verse li-
bre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie
puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido,
ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentacio-
nes”.

CAPÍTULO 7

Hermosa oración de Agustín en la que, además de reconocer la acción de Dios en él, expresa
el impacto que produjo en su vida el relato de Ponticiano.

7. 16. Encuentro consigo mismo


Mientras iba escuchando el relato de Ponticiano, el Señor retorcía a Agustín, que se
replegaba sobre sí mismo, para mirarse por dentro. Su interior, su alma, lo tenía insta-
lado a sus espaldas. Tuvo que “retorcerse” para encontrarse y colocarse ante sí.

- 223 -
Nacido para amar

Así pudo contemplar con total claridad la fealdad y el pecado que había en su inte-
rior. Se llenó de horror, quiso escapar de sí mismo, pero no tenía a donde huir.
Mientras seguía Ponticiano con relato, Dios enfrentaba a Agustín consigo mismo
para poner ante sus ojos su pecado y lo odiase. Es verdad que ya conocía el pecado,
pero lo tenía muy oculto y hasta lo olvidaba.

7. 17. Más de doce años a la deriva


Su odio a sí mismo crecía en la medida en que se acrecentaba el amor a quienes Pon-
ticiano estaba presentando en su relato.
Más de doce años habían pasado desde que con la lectura del Hortensio de Cicerón
había sentido el impulso de dedicarse al estudio de la sabiduría. Pero pasaba el tiempo y
daba largas a su búsqueda.
La búsqueda de la sabiduría debería haber sido el objetivo prioritario frente a todo
lo demás: placeres, honores, riquezas.
En un primer impulso había pedido a Dios que le concediera el don de la castidad y
la continencia, y añadía “pero todavía no”. En realidad, no quería verse libre de la con-
cupiscencia, sino satisfacerla.
Había emprendido entonces una andadura por el maniqueísmo, aunque nunca había
encontrado seguridad en la secta. Sin embargo, en vez de investigar piadosamente la fe
católica, la había combatido con hostilidad.
7. 18. Se enfrenta consigo mismo
No veía claro a donde dirigir sus pasos. De ahí que no se decidiera a seguir única-
mente a Dios abandonando todo lo demás. Pero Dios le pone ante su conciencia para
escuchar el reproche que ella le hace.
Y la conciencia le dice, entre otras cosas, que deje de lado la vanidad, porque ya co-
noce la verdad. Y también, que hay y ha habido otros que, sin buscar por tanto tiempo
la verdad y con tanto ahínco como él, ya han emprendido el vuelo hacia Dios.
Y “oyendo” lo que le decía su conciencia, Agustín, lleno de confusión, se recomía por
dentro.
Al acabar Ponticiano su relato y marcharse, se enfrentó consigo mismo y reprochó a
su alma porque no se decidía a acompañarle al encuentro con Dios. Encontró una resis-
tencia tenaz y totalmente ilógica.
Su alma se llenó de temor y se negaba a dejar las malas costumbres que todavía la
amarraban.
__________________________

“Y tú, Señor, entre palabra y palabra, hacías que me replegara y me retorcie-


ra sobre mí mismo, arrancándome de detrás de mis espaldas, que era donde me
había instalado para no verme, y poniéndome ante mis ojos, para carearme conmi-
go mismo…” No sé si se puede decir tanto con tan pocas palabras. Más tarde recono-
cerá Agustín que Dios estaba dentro de él, y él fuera de sí mismo 316. Ahora dice que
se ha colocado a sus espaldas para no verse.
No andaba todavía por dentro. Un día descubrirá este camino, el de la interiori-
dad, caminará por él y será feliz.
316 Cf. Conf. 10, 27 38

- 224 -
Confesiones, libro VIII

Andamos o caminamos por fuera de nosotros mismos cuando rehuimos mirar-


nos al espejo de nuestra conciencia. Nos da temor o reparo vernos como somos,
reconocernos quizás en la fealdad del pecado, y nos “desdoblamos” hacia afuera,
echando nuestra conciencia a nuestras espaldas, y en ella nos instalamos. Ahí ni la
vemos ni la oímos.
Pero la gracia del Señor, además de fuerte, es tenaz. Quizás suave, pero constan-
te. Hasta lograr su propósito. Si por el pecado nos hemos “desdoblado” para no
vernos, Dios nos doblará del todo para que nos encontremos con nosotros mismos.
Nos doblará y nos pondrá cara a cara. Y nos veremos, no como en un espejo, sino
tal cual somos.
Y surgirá el careo y la confrontación: ¿Por qué me encuentro en esta situación?
¿Por qué estos pecados? ¿De dónde proviene la deformidad que veo en mí? ¿Soy
feliz así? ¿Cómo limpiarme de esta fealdad?
- ¿Por qué rehúyo mirarme por dentro? ¿Qué temo encontrar dentro de mí?
¿Suelo apagar o adormecer mi conciencia ante ciertos pecados?
- ¿He vivido en algún momento la misma experiencia de Agustín, tal como
aparece en el encabezamiento de este apartado? Si así ha sido, ¿cuál ha
sido el resultado?
San Agustín: Quítate a ti mismo de tus espaldas, donde no quieres verte, donde
escondes tus malas acciones, y ponte a ti mismo delante de tu rostro. Preséntate en el
tribunal de tu conciencia y sé allí juez de ti mismo… . Lo que estaba detrás de ti coló-
calo a tu vista, si no quieres que sea Dios quien te juzgue y no tengas adonde huir317.

CAPÍTULO 8

El enfrentamiento con su propia alma ha devenido en lucha dramática. El desasosiego inte-


rior lo llena de angustia y excitación. Sus gestos y sus ademanes dejan al descubierto la agita-
ción que no puede controlar318.

8. 19. Se produce la crisis


El relato de Ponticiano ha conturbado su espíritu. El enfrentamiento dialéctico con
su propia alma, mantenido hasta ahora, ha pasado a ser a una lucha violenta con ella.
Alterado y confuso se acerca a Alipio para gritarle y gritarse a sí mismo: “¿Pero, qué
es lo que nos pasa? … Se levantan los indoctos y conquistan el cielo”. Y nosotros…
Alipio lo contempla desconcertado y en silencio. Todo en Agustín refleja descon-
cierto y excitación interior. Sobran las palabras y basta ver su aspecto. Todo indica un
estado de ánimo agitado, en crisis, alterado, a punto de estallar.

317 En. in ps. 49, 28


318 Los capítulos 8 al 12 de este Libro VIII no necesitan presentación, glosa o comentario. Nada de
esto último hace falta, más bien, sobraría, ya que los textos de las Confesiones son muy expresi-
vos a la vez que profundos, fácilmente inteligibles y muy hermosos. Revelan con total claridad y
trasparencia los sentimientos y vivencias de Agustín momentos antes de su conversión. A pesar
de todo, se han colocado a continuación para seguir con el esquema trazado desde el principio.
Podría decirse lo mismo en otros capítulos de las Confesiones.

- 225 -
Nacido para amar

Se retira a un pequeño huerto anejo a la casa donde estaban alojados, buscando algo
de soledad. Reconoce, cuando escribe, que estaba muriendo para vivir. Pero en ese
momento no lo sabía. Era Dios quien lo iba llevando a la luz.
Los amigos lo son especialmente en los momentos más dramáticos. Alipio, el amigo
del alma, no lo deja solo. Va con él.
Agustín mira a lo alto, a Dios, a donde se llega sólo con el corazón, con total y ente-
ra libertad, sin vacilaciones ni zarandeos.

8. 20. Querer y poder


Preso de nerviosismo, gesticula, se tira de los pelos, se golpea la frente, se aprieta las
rodillas con las manos. Muchos de estos gestos no los pueden hacer otros por distintos
motivos.
Agustín quería y pudo hacerlos. No hubiera podido si sus miembros no le hubieran
desobedecido. Por tanto, no era lo mismo querer y poder. Pero no hizo algo que, de
quererlo, lo hubiera hecho: entregarse a Dios. En este caso se identificaban el querer y
el poder.
El cuerpo obedece al alma o a la voluntad de quien manda. Pero el alma no obedece
siempre a sí misma para conformar una sola voluntad.
__________________________

“Estaba muriendo para vivir”. Se va acercando la crisis definitiva. En la lucha a


muerte de las “dos voluntades”, triunfará la buena. Dios lo “doblará” del todo para
que pueda verse tal cual es o cómo está: indignado consigo mismo, lleno de agita-
ción y desconcertado, tenso y con los nervios a flor de piel, vacilante y necesitado de
paz y consuelo.
Estaba muriendo a sí mismo. Pero moría para vivir. No es ninguna paradoja. Mo-
ría al pecado y a las malas tendencias o apetitos desordenados fuertemente incrusta-
dos en él, moría a una vida que era un “sin vivir” en sí, para vivir en otro o para
otro. Iba a vivir para Dios.
En esto consiste la conversión que nos pide el evangelio de Jesús y que nos re-
cuerda varias veces san Pablo (Cf. Rm 6, 4): morir al pecado para resucitar a una
vida nueva. Toda muerte es dolorosa: cuesta dejar el pecado, es difícil abandonar
ciertas costumbres, se hace muy cuesta arriba cambiar radicalmente de modo de ser,
pensar y actuar.
Es necesario matar todo aquello que nos impida acercarnos a Dios y a los herma-
nos con un espíritu purificado y renovado. Hay que morir al “hombre viejo” despo-
jándonos de él, para revestirnos del “hombre nuevo”, que es Cristo en nosotros (Cf.
Ef 4, 22-26). Nada podrá renacer si antes, como el grano de trigo, no es entregado a
la muerte. Muere para vivir. Esta es una de las paradojas -que no lo es- más hermo-
sas del evangelio.
- ¿Vivo con sentido pascual el paso de la muerte a la vida cuando dejo el
pecado y me acerco al Padre que me acoge y perdona?
- ¿Qué diferencia encuentro entre la vida humana, fuerte y vigorosa, y la vi-
da nueva en Cristo?
- Cristo resucitó para no volver a morir (Rm 6, 9-11) ¿Y yo?

- 226 -
Confesiones, libro VIII

San Agustín: “Para llegar a la resurrección de la gracia del Señor tenemos que pa-
sar primero por la crucifixión de nuestros pecados en la penitencia”319.

CAPÍTULO 9

Reflexión de Agustín sobre el conflicto interior que hay en todo ser humano. Considera un
absurdo el hecho de que cualquier miembro del cuerpo obedezca sin más a lo que le manda la
mente y, sin embargo, el alma no obedece al alma cuando ésta le manda algo.

9. 21. Querer en parte y en parte no querer


Se pregunta el santo de dónde procede este absurdo o incongruencia. Como es difí-
cil la respuesta, pide a Dios la luz de su misericordia.
Envía una orden el alma -la mente- a cualquier miembro del cuerpo, y éste le obe-
dece sin más. Sin embargo, manda el alma al alma, -a ella misma- y ésta se resiste. Es
como decir: “yo quiero y mando, y no quiero y desobedezco”.
El mismo san Pablo sufrió este problema cuando decía: “No entiendo lo que me pa-
sa, pues no hago lo que quiero; y lo que detesto, eso es justamente lo que hago”320. Y
añadía: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago”321.
(A modo de ejemplo: La voluntad de cualquier ser humano quiere y manda que su
alma, él mismo, opte por ayudar o prestar un servicio determinado a quien lo necesita,
y puede encontrar dentro de él mismo un no rotundo. Quiere y manda que su alma
opte por lo mejor en el plano de la ética cristiana, y ella misma puede resistirse a ello).
La respuesta está en que el alma ni manda totalmente ni quiere totalmente cumplir
lo que se le manda. No hay voluntad plena. Esto es propio de la condición humana.
Pero no es ningún absurdo que sean así las cosas. Es, más bien, una enfermedad del
alma, ya que en ella puede más la fuerza de la costumbre que la misma verdad.
De ahí que se pueda hablar de dos voluntades en el ser humano, porque ninguna de
ellas es total y lo que está presente en una le falta a la otra.
__________________________

“De lo que se trata más bien es de una enfermedad del espíritu, porque no se
levanta todo él empujado por la verdad, sino avasallado por la costumbre”. Es
verdad. Aquí habría que decir que, en este caso, el espíritu es débil, y la carne, fuerte.
No como en Getsemaní. Es una debilidad del espíritu enfermiza por la costumbre, y
una fortaleza de la carne robustecida por el mismo motivo.
Hay quien dice que el hombre es un animal de costumbres. Y es verdad, en par-
te, en todos los aspectos de la vida. En lo bueno, en lo malo y en lo que no lo es.
Quien pasea todas las mañanas, lo hará siempre sin apenas proponérselo. Quien
ora a diario durante unos cuantos minutos, sacará tiempo para la oración cada día
sin mayor esfuerzo. Quien maltrata durante años a su esposa, difícilmente dejará de
hacerlo de un día a otro. San Agustín va más allá cuando dice: “Si ha caído en la ma-

319 De Trin. 4, 3, 6
320 Rom 7, 15
321 Rom 7, 19

- 227 -
Nacido para amar

la costumbre, ya lo considero enterrado”, aunque afirma también en el mismo lugar


que “una cosa es pecar y otra hacerlo por costumbre”322.
Los actos repetidos amortiguan o disminuyen el ejercicio del libre albedrío. Lo
expresa así el santo: “Ley del pecado es la fuerza de la costumbre, por la que es
arrastrado y retenido el ánimo, aun contra su voluntad, en justo castigo de haberse
dejado caer en ella voluntariamente”323.
Y si estos actos son pecado, en algún momento habría que romper la cadena en-
tre ellos para restaurar, con la ayuda de la gracia y el esfuerzo personal, la fidelidad al
evangelio de Jesús en lo cotidiano de cada día.
- ¿Cuál es el pecado en que más suelo caer? ¿Este pecado va creando en mí
una costumbre que me va avasallando?
- ¿Qué podría hacer para que mi espíritu fuer cada día más fuerte frente a
las tentaciones y malas tendencias que quizás todavía hay en mí?
San Agustín: “El alma llega a la costumbre como en cuatro etapas. La primera
consiste en la seducción del placer en el corazón. La segunda en el consentimiento.
La tercera es ya la realización y la cuarta la costumbre324.

CAPÍTULO 10

Agustín rebate con ejemplos la teoría o doctrina de los maniqueos de que en todo ser hu-
mano hay dos naturalezas o dos almas, una buena y la otra mala.

10. 22. Dos voluntades y una sola alma


El hecho de que haya dos voluntades325, en el sentido en que las presenta Agustín
en el capítulo anterior, no se desprende que tenga que haber dos naturalezas, una bue-
na y otra mala.
Son fanfarrones, embaucadores y malos, quienes así piensan. Es preciso que estos
sean iluminados por la luz de la verdad. Pero si no son luz en el Señor, sino en sí mis-
mos, se convertirán en tinieblas, porque se han distanciado de Dios.
Agustín vivía el conflicto interior de querer y no querer al mismo tiempo. Quería
entregarse a Dios y no quería. Su querer no era total, y su no querer tampoco.
Se sentía fragmentado o dividido por dentro, porque quería y no quería a la vez. Su-
fría un destrozo interior.
No quiere decir esto que hubiera en él otra alma de otra naturaleza. Había una sola
alma, pero castigada por el pecado que había en él, que procedía del mismo Adán.

10. 23. Diferentes voluntades y una sola naturaleza

322 In ev. Jn. 49, 3


323 Conf. 8, 5, 12
324 S. 98, 6
325 La voluntad es una de las tres potencias del alma, junto al entendimiento y la memoria. Viene a
ser la capacidad de elegir entre dos o más opciones y querer cumplirla. Así entendida, es preciso
hablar de una sola voluntad en el ser humano. Agustín habla más adelante de una sola voluntad
dividida en muchas.

- 228 -
Confesiones, libro VIII

Cuando se da el caso de elegir entre dos posibles opciones, p. e., querer ir al teatro o
querer ir a una de las reuniones de la secta, los maniqueos afirman que la primera es
mala y la segunda buena.
Agustín afirma que ambas pueden son malas, al contrario de los maniqueos que
consideraban buena la segunda.
¿Y si fuera un católico quien tuviera que deliberar entre ir al teatro o a la iglesia?
La respuesta maniquea tendría que ser una de estas tres: a) es buena la opción de ir
a la iglesia; b) dentro del hombre hay dos naturalezas o almas malas; c) su conversión a
la verdadera fe. Ellos no admiten ninguna de las tres.

10. 24. Una sola naturaleza, una sola alma


Por tanto, no se puede afirmar que, aunque se pueda hablar de dos voluntades
opuestas, que hay dos almas, una buena y otra mala, procedentes de dos principios con-
trarios
Presenta Agustín varios ejemplos con dos o más opciones, cuando las dos volunta-
des son malas. Habla hasta de cuatro posibles voluntades, todas ellas malas. Si las op-
ciones se presentaran con la misma intensidad, el alma quedaría destrozada.
Ocurre lo mismo con las voluntades buenas. Según los ejemplos que propone, estas
voluntades luchan entre sí hasta que la única voluntad, en cuanto potencia del alma,
opte por una de ellas.
La vida eterna deleita y atrae desde arriba, y el deseo de los placeres de la vida te-
rrena retiene desde abajo.
En este caso una misma alma quiere una cosa y la otra. De ahí que quede desgarra-
da cuando tiene que elegir la verdad, la vida eterna, y la costumbre tira de ella misma
para que no la deje.
En el caso de Agustín, quería la vida eterna, pero no la quería totalmente porque
no estaba decidido a dejar ciertas costumbres u otras opciones.
__________________________

“Cuando yo deliberaba sobre mi entrega al servicio del Señor mi Dios…, era yo


el que quería y el que no quería. Era yo mismo”. Plantea de nuevo el problema de
las dos voluntades que luchan dentro de él. En realidad hay solamente una, pero es
una voluntad que se balancea entre el sí y el no, entre el querer y, al mismo tiempo,
el no querer. Le cuesta abandonar sus apegos y tendencias, y se resiste a tomar una
decisión de entrega definitiva a Dios.
Y no estaría mal que también sucediera esto en el interior de cada uno de noso-
tros. Porque peor sería no luchar, dejar las cosas como están, amoldarnos a los
acontecimientos y… “a verlas venir”.
El conflicto entre las “dos voluntades” viene a ser el resultado de un avance en la
búsqueda de la verdad, en el deseo de la auténtica felicidad, y de querer ir al
encuentro de Dios, como bien único. Cuando esto ocurre, la “otra voluntad” se
revela, y surge el conflicto.
Y también es verdad que cuando se lucha con denuedo y no se rinde la “voluntad
buena”, se robustece el espíritu, madura la fe, se afianza y crece el deseo de supera-

- 229 -
Nacido para amar

ción y, con la ayuda de la gracia, llega el triunfo y la victoria. Ocurrió esto en san
Agustín, ¿por qué no también en nosotros?
- ¿Qué es lo que más deseo en este momento, en el orden de la gracia o de mi
vida fe? ¿Lucho dentro de mí para alcanzarlo o desisto por indolencia y
falta de ánimo?
- ¿He vivido en alguna ocasión una experiencia parecida a la de san Agus-
tín? Si así ha sido, ¿con qué resultado?
- ¿Mi fe ha quedado estancada en un nivel que considero bueno, o va crecien-
do y madurando con las dificultades que se me presentan o con los retos
que me propongo? ¿Siento en estos casos la ayuda de Dios?
San Agustín: “Tal es el combate que tienes que sostener: una lucha continua con-
tra la carne, el demonio y el mundo. Pero no temas: porque aquel que nos manda
pelear no es un espectador indiferente, ni tampoco te ha dicho que confíes en tus
propias fuerzas”326.

CAPÍTULO 11

Se acerca el final de una larga etapa de búsqueda incansable de la Verdad, para entregarse
a ella Agustín como siervo de Dios. Sigue luchando todavía y va ganando batallas, pequeñas
pero decisivas. El triunfo final será obra de la gracia y de la tenacidad tesonera de Agustín.

11. 25. Los últimos eslabones de la cadena


El conflicto interior de voluntades opuestas lo ha dejado agotado y dolido. Tiene
que romper del todo los lazos que lo atan a sus apetitos y concupiscencias, aunque se
van debilitando poco a poco.
Dios lo aguijoneaba interiormente con severa misericordia. Lo azotaba con los azo-
tes del temor y la vergüenza, para reforzar su voluntad y evitar que flaqueara de nuevo.
Era necesario que se rompiera el último eslabón de la cadena, ya bastante debilita-
do.
De su corazón brotaban palabras de ánimo y de decisión contenida. Aunque no caía
en errores pasados, no lograba arrancarse de sí mismo hacia entre lo alto. Lo intentaba
de nuevo y seguía avanzando. La meta se hallaba a su alcance.
Pero persiste la duda entre quedarse en la muerte del espíritu o lanzarse a la vida
en Dios. La costumbre podía más que lo nuevo a que aspiraba. A todo ello se unía el
temor y el horror a lo que significaría una vida nueva.
A pesar de todo, no se desanimaba, pero su decisión seguía en suspenso.

326 S. 344, 1

- 230 -
Confesiones, libro VIII

11. 26. Las “viejas amigas”


Se sentía atado y retenido por unas “viejas amigas”: las frivolidades y vanidades con
las que había convivido durante tanto tiempo. Eran sus “amantes”, a quienes tenía que
abandonar para adherirse al Amor más fiel.
Y ellas se aferran a él y no lo quieren soltar. Se dirige a Dios y le pide que sea Él
quien las aleje de su alma. Ellas insisten con susurros a media voz y por detrás, a sus
espaldas.
Siente que no tiene fuerzas para deshacerse de ellas y dar el salto hacia donde oía
que le llamaban. Y de nuevo la duda: ¿podrá vivir sin ellas?

11. 27. Diálogo con las frivolidades y la continencia


Pero la duda es ya muy débil. Poco a poco va descubriendo el valor de la continen-
cia, serena, y alegre sin malicia.
Si un poco antes personificaba las vanidades y frivolidades en un diálogo con ellas,
ahora entra en escena otra figura, la continencia, que, cual si fuera una persona, le invi-
ta a acercarse con amor a ella y abrazarla.
En ella veía toda clase de creyentes que habían vivido castamente: niños, jóvenes,
mayores, viudas, vírgenes, etc. La continencia en ellos era fecundidad por obra del es-
poso, Cristo.
Y en diálogo con él, le viene a decir: Si tantos y tantas han podido, ¿por qué tú no?
Todo es posible con la gracia y la fuerza de Dios. En este intento fracasa quien se apo-
ya en sí mismo. Es preciso acogerse a las manos de Dios.
Sigue la lucha en su interior. Siente vergüenza de sí mismo. Oye de nuevo la voz de
la continencia que le dice que haga oídos sordos a los impulsos de la carne, porque en
ella hallará sólo placeres, pero no la voluntad de Dios, que es la única fuente de felici-
dad.
La lucha era de sí mismo contra sí mismo. A su lado se encontraba Alipio, esperan-
do en silencio el desenlace de la agitación del amigo.
__________________________

“Yo decía para mis adentros: ‘¡Rápido! ¡Ya! ¡Ahora mismo!’ y de la palabra ya
me encaminaba a la ejecución. Ya estaba casi a punto de hacerlo, pero no lo ha-
cía”. Indeciso, todavía. O mejor, decidido en su voluntad, pero dejándose llevar por
la inercia o falta de energía suficiente.
Es posible que hayamos superado en ciertos momentos el problema de las “dos
voluntades en conflicto” y que hayamos tomado la decisión de dar un paso adelante
en el servicio al Señor y a los hermanos. Pero, la desidia acumulada y crecida, la falta
de energía personal y la costumbre, nos impidan avanzar.
Y nos estancamos. Queremos y no podemos. ¿Qué no podemos? Claro que se
puede. Para ello hay que contar, además del querer y de un primer intento, con la
gracia de Dios, con su poder, con su Espíritu. Recordemos: “Sin mí no podéis hacer
nada”. Y es verdad. Quienes lo han intentado sin Él, han fracasado. Quienes per-
manecen unidos a Él, recibirán la capacidad de dar fruto abundante.
El “¡Rápido! ¡Ya! ¡Ahora mismo!” lo solemos pronunciar, en una u otra forma,
en silencio, a raíz de unos ejercicios espirituales, de un momento de oración intensa,

- 231 -
Nacido para amar

de una palabra del evangelio escuchada y acogida, del ejemplo de algún hermano o
de un acontecimiento vivido, bueno o menos bueno, vivido como experiencia de fe.
- Y no damos el paso. ¿Inseguridad o debilidad? ¿Miedo al compromiso
que de ahí se podría derivar? ¿Convicción de que estoy bien como estoy,
aunque no sea lo ideal ni lo mejor?
- ¿Me contento con el nivel de fe en que vivo actualmente? ¿Me planteo si-
quiera la posibilidad de entregarme más al servicio de Dios y de los her-
manos?
San Agustín: “Habiendo salido libre de otros peligros, cuida de que no sea causa
de tu ruina el tedio y el fastidio de las cosas espirituales” 327. “Asísteme, ¡oh Señor
Jesús!, dime, te lo ruego: ‘No te desalientes en la senda estrecha; yo he pasado antes
que tú; soy el camino, soy el guía, y llevo sobre mis hombros al que guío y le llevo
hasta mí”328.

CAPÍTULO 12

¡Al fin! El “mañana, mañana” ha dejado paso al “hoy, aquí, ahora, ya”. Dios sale a su en-
cuentro, como el padre del hijo de la parábola, y lo acoge con un abrazo tierno y fuerte. El en-
cuentro con el Dios de la vida lo llena de en gozo inenarrable. Y se hace fiesta. Una luz de se-
guridad se había derramado en su corazón. Agustín encuentra la paz, el gozo y el descanso.
Para siempre.

12. 28¿Por qué esperar a mañana? ¿Por qué no ahora?


Si antes sus errores y pecados los tenía a sus espaldas y no se veía en ellos, ahora
los coloca delante de sus ojos. Al verlos, se estremece y queda aterrado. Su tormenta
interior se desborda en un torrente de lágrimas.
Le acompaña Alipio, pero necesita estar solo. Busca un poco de soledad para dar
rienda suelta a sus gemidos, y se aparta de él. Pero Alipio advierte o intuye, por alguna
expresión de Agustín, el estado de turbación del amigo, y lo deja ir.
Agustín, aturdido y abatido, no puede más y se deja caer al pie de una higuera. Y
llora. Llora amarga y dulcemente, hasta convertir sus ojos en dos ríos que lo desbor-
dan. Y con sus lágrimas pide, suplica y pregunta al cielo: ¿Hasta cuándo?
Y dirige a sí mismo la misma pregunta: ¿Cuándo llegará el mañana tan suspirado?
¿Por qué no ahora?

12. 29- ¡Tolle, lege! ¡Toma y lee!


En esta situación de llanto y turbación oye unas palabras, en forma de estribillo, de
algún niño o niña de la vecindad que dice o canta: ¡Toma y lee! ¡Toma y lee! (¡Tolle,
lege! ¡Tolle, lege!).
Reconoce que Dios le está invitando, por esta voz infantil, a levantarse, tomar el
códice que tiene cerca y leer lo primero que apareciera escrito. Recuerda en ese mo-
mento que Antonio, el santo monje, también había oído por casualidad unas palabras de
la Sda. Escritura y se convirtió.

327 En. in ps. 106, 6


328 Ib. 70, 1, 9

- 232 -
Confesiones, libro VIII

Se levanta Agustín, acude a donde estaba Alipio, toma el códice, lo abre al azar y
lee el párrafo de la Carta a los Romanos 13, 13s: “Procedamos con decencia, como de
día; no en comilonas y borracheras, no en orgías y desenfrenos, no en riñas y contien-
das, sino revestíos del Señor Jesucristo y no satisfagáis los deseos del instinto”.
Y se hace la luz. Y le invade una total seguridad, Y las tinieblas desaparecen de su
corazón y de su mente para siempre. No necesita leer más ni era preciso.

12. 30. Alegría de Mónica


A continuación, y sin perder la página del libro, le cuenta a Alipio todo lo que le ha
ocurrido. Y Alipio le cuenta, a su vez, lo que le estaba pasando a él. Lee lo que seguía a
lo que había leído Agustín y lo aplica a su vida.
Si hasta entonces habían vivido muy unidos por la amistad, en ese momento lo es-
tarán por vivir una misma fe.
La alegría de los dos es incontenible. Y la primera en saberlo tenía que ser la ma-
dre. A ella acuden llenos de gozo. La alegría de Mónica es también desbordante. Salta
de gozo, celebra el triunfo de la fe, bendice a Dios.
Su gozo es doble: su hijo ha abrazado la fe católica y será siervo de Dios abando-
nando todo lo demás. Era mucho más de lo que ella deseaba y por lo que tanto había
suspirado y llorado.
Agustín se dirige a Dios para agradecerle su conversión. Alude a la visión que su
madre había tenido referente a una regla de fe en la que un día estarían los dos.
_________________________

“Tolle, lege. Tolle, lege” “¡Toma y lee! ¡Toma y lee”. Estas palabras fueron dar-
dos que llegaron a los oídos de Agustín en el pequeño jardín de Casiciaco y pasaron
al corazón. Mejor, lo traspasaron. En ese momento se debatía en una lucha dramáti-
ca, con lágrimas y suspiros, y dudaba “entre morir a la muerte y vivir a la vida”329.
Supusieron también para él la última sacudida o empujón para levantarse, abrir la
Sda. Escritura al azar, leer un párrafo de la carta a los Romanos, ver la luz de la ver-
dad, saltar de gozo, correr al encuentro de Alipio y de su madre y estallar los tres en
alegría desbordante.
Todos estamos invitados a leer, al azar o no, la Sda. Escritura, dejarnos iluminar
por ella, acoger su verdad, llenarnos de gozo y cambiar de vida o reafirmarnos en
ella.
Toma en tus manos la Biblia y lee, aunque sea al azar. Ora al Espíritu antes de
abrirla para que ilumine tu mente y mueva tu corazón. Rumia en tu interior lo que
vas leyendo. Medita y reflexiona, y deja al Espíritu que actúe en ti.
Lee especialmente el Nuevo Testamento. Todo do él. Y en particular el evange-
lio de Jesús. Hazlo con sencillez y humildad, sin prejuicios, ya que Dios se revela a
los sencillos y humildes.
Si lees así, Jesús, que es la Verdad, habitará dentro de ti. Y porque es el Camino,
por él llegarás al Padre. Porque es la Vida, te alimentará y comunicará su propia vida.

329 Conf. 8, 11, 25

- 233 -
Nacido para amar

Y porque es amor, serás amado como nadie lo ha sido sin él, y podrás darte a otros
con el mismo amor.
- ¿Siento en mi interior la necesidad de acudir a la Sda. Escritura para cono-
cer mejor a Jesucristo? ¿Leo frecuentemente la Biblia?
- ¿La leo hago con espíritu de fe, pidiendo antes la ayuda del Espíritu para
captar mejor su contenido y acogerlo para que se haga vida en mí? ¿La
escucho con atención y sumo interés en las celebraciones litúrgicas?
San Agustín: “Os hablo yo que, engañado en otro tiempo, siendo aún jovenzuelo,
quería acercarme a las divinas Escrituras con el prurito de discutir, antes que con el
afán de buscar. Yo mismo cerraba contra mi la puerta de mi Señor con mis perversas
costumbres: debiendo llamar para que se me abriese, empujaba la puerta para que se
cerrase. Me atrevía a buscar, lleno de soberbia, lo que no se puede encontrar sino des-
de la humildad”330.

330 S. 51, 6

- 234 -
LIBRO IX

El final del Libro VIII ha sido, al mismo tiempo, un punto de llegada y de partida.
Búsqueda, encuentro y nuevos caminos de búsqueda con la gracia ya “encontrada”. En
este punto no ha habido parada ni descanso, como tampoco lo hubo a lo largo de todo el
camino. Ni lo habrá nunca. “Hasta que descanse en ti”.
Este mismo año, 386, él cumplirá 32. Una edad lo suficientemente madura como pa-
ra tomar una decisión responsable, determinante y definitiva. Abandonará todo para
entregarse del todo a Dios junto con otros amigos.
Si hasta ahora había sido encadenado o esclavo de sus pasiones, en adelante será li-
bre. Juntamente con la fe y la gracia, ha recuperado la libertad. Toda su vida estará
referida a Dios, con todo lo que ello significa.
Todo lo narrado en este Libro IX transcurre en Milán, Casiciaco, Roma y Ostia
Tiberina. Recibirá el bautismo de manos de san Ambrosio, después de una preparación
prolongada en Casiciaco con otros compañeros, e irá a Roma para proseguir viaje a su
tierra natal.
La última etapa de su viaje será Ostia Tiberina, el puerto de Roma, donde esperará
la oportunidad de cruzar el mar para llegar a África. En Ostia morirá su madre.
Si en una primera parte del Libro habla sobre todo de sí mismo, en la segunda se re-
ferirá de modo especial a su madre.
CAPÍTULO 1

Agustín comienza el Libro con una oración muy hermosa de agradecimiento y alabanza al
Señor por todo lo que ha hecho con él. La gracia de Dios ha ido transformando su corazón,
arrancando de él los placeres de la carne y otras tendencias malignas, y llenándolo de paz, amor
y gozo.

1. 1. Libre, al fin
Todo este capítulo es una oración al Señor. Alaba, agradece y bendice con palabras
de algunos salmos.
Y se pregunta quién era él y cómo había sido. Reconoce y confiesa sus errores y pe-
cados. Pecados de hecho, pecados con la lengua y pecados con su voluntad. Había sido
un abismo de maldad.
Pero Dios, bueno y misericordioso, había sanado su corazón librándolo del abismo y
de la muerte.
Hasta este momento su problema, o su miseria, había consistido en no querer lo que
Dios quería y querer en cambio lo que no quería Dios.
No había sido libre a lo largo de tanto tiempo. Su libre albedrío estaba oculto en el
escondite más profundo de sí mismo y de ahí lo había sacado Cristo Jesús, a cuyo yugo
suave y su carga ligera se le sometía.
Si en su vida pasada sus frivolidades habían sido dulces y atractivas para él, ahora
era mucho más dulce estar libre de ellas. Antes le agradaba tenerlas, ahora su gozo
consistía en haberlas dejado.
Cristo ocupaba, con plenitud y gozo, el lugar que antes ocupaban sus frivolidades.
Anticipándose a la recepción del bautismo, el hombre viejo daba paso al hombre nuevo.
Se había liberado de las cadenas que lo amarraban a la ambición, al dinero y a las pa-
siones, y que tanto le hicieron sufrir. Ahora podía, con entera libertad, invocar al Señor
y platicar con él.
__________________________

“Has roto mis cadenas y voy a ofrecerte un sacrificio de alabanza”. Libre, al


fin. Libre de todas las ataduras al pecado. Libre de la esclavitud a que le sometían
sus apetencias nocivas. Libre de miedos y temores. Libre de sí mismo, porque,
abandonada la soberbia, emprendía un camino de sencillez y humildad para seguir a
Jesucristo y no a sí mismo.
Dios había roto, al fin, las cadenas que lo tenían amarrado hasta entonces. Lleno
de gozo y de paz, quiere ofrecer al Señor un sacrificio de alabanza.
Quizás no hemos llegado nosotros a este extremo de liberación tan clara y defini-
tiva. Pero sí hemos podido vivir la experiencia de algún pecado que nos amarraba y
esclavizaba.
Nacido para amar

En este caso, ha sido Dios quien, por el sacramento del perdón y por su gran mi-
sericordia, ha roto la cadena que nos ataba a ese pecado. Y le hemos cantado, agra-
decidos, un cántico de alabanza, con música sin sonido, muy dentro del corazón.
O quizás no se ha roto del todo la cadena que nos amarra todavía a una situación
de pecado, sea el egoísmo, la soberbia, la frialdad e indiferencia ante los problemas
de los demás, la lujuria, el deseo de poseer por el placer de poseer y tener cada día
más, la fijación en los defectos ajenos para criticar a quien los tiene, el apego a lo
caduco y efímero como si en ello nos fuera la vida…
En estos casos, si se dieran en nosotros, no conoceríamos el gozo de la liberación
ni la experiencia de un perdón generoso y total.
Que no sea así entre nosotros. Que el Espíritu actúe con su fuerza para romper
cadenas y abrir caminos nuevos hacia la libertad, para ser verdaderamente hijos de
Dios y hermanos en Jesús.
- ¿Cuál es mi actitud o experiencia personal a raíz de la celebración del sa-
cramento de la penitencia? ¿Suelo confesarme de manera rutinaria, o vivo,
más bien, el sacramento como un encuentro gozoso con Dios, Padre bueno y
misericordioso, que me perdona y me libera de ciertas ataduras o actitudes
de pecado?
- ¿Sé agradecer a Dios su perdón y su amor?
San Agustín: “La justificación es un don de Dios, pero no se nos concede sin
nuestra colaboración. Nuestra es la voluntad, suya es la gracia. La justicia de Dios
existe en nosotros, pero no se nos aplica sin nuestra colaboración” 331.

CAPÍTULO 2

Se acercan las vacaciones de la vendimia y Agustín decide renunciar a su cátedra de docente


para entregarse por entero a Dios, lo “único necesario”. Se sentía preparado interiormente para
defenderse de las críticas de quienes no comprendían el paso que había dado. Cae enfermo y vive
esta circunstancia, aparentemente molesta, con gozo y paciencia.

2. 2. Abandono de su cátedra
Considera que no era prudente dejar bruscamente su cátedra. De haberlo hecho, hu-
biera dado pie a que surgieran críticas. Llama mercado de la palabrería al ejercicio de la
elocuencia, aplicable también a la abogacía.
Sí era necesario dejar de ejercer el magisterio por varios motivos: para dedicarse por
entero a Dios y para que sus discípulos no creyentes no aprendieran de él la habilidad
oratoria para sus mentiras y falacias.
Opta, por tanto, esperar a que lleguen las vacaciones de la vendimia ya próximas332.
Él y sus amigos acuerdan no comunicar a nadie su decisión. Descansarían en este pe-
riodo y ya no volverían al ejercicio de su profesión.

331 S. 169, 11, 13


332 Las vacaciones de la vendimia solían comenzar el 23 de agosto y duraban hasta el 15 de octubre.

- 238 -
Confesiones, libro IX

2. 3. Actitud ante posibles críticas


No tienen miedo a las críticas que puedan surgir, pues llevan dentro de sí la fuerza y
el poder de Dios.
Por otra parte, los ejemplos de siervos de Dios, muchos de ellos convertidos a la fe,
eran para ellos como un fuego abrasador que nadie ni nada podría extinguir.
Otro motivo para no retirarse bruscamente era no dar ocasión a que lo tildasen de
pedante algunos que se decían amigos suyos, puesto que se habría constituido en cen-
tro de todas las miradas y comentarios.

2. 4. Enfermedad de Agustín
Se enferma Agustín. Siente un fuerte dolor en el pecho y respira fatigosamente333.
Lo atribuye al exceso de trabajo. Es profesor y le cuesta mucho hablar en público.
Aunque se resiste a abandonar su cátedra, encuentra en su enfermedad una excusa
para hacerlo y dedicarse por entero al Señor. Los padres de los alumnos admitirían esta
excusa como válida.
Pero, lleno de gozo, seguía con su trabajo. Confiesa que no le resultaba fácil, porque
había desaparecido la ambición del dinero que le ayudaba a soportarlo mejor. Pero la
paciencia, que ocupaba ya el lugar de la ambición, le impedía caer en el desánimo.
No quiere discutir el hecho de que algún siervo de Dios pudiera pensar que pecaba
al seguir con su trabajo, ya que su corazón estaba dirigido sólo a Dios. Deja esto en
manos de Dios misericordioso.
__________________________

“Habías asaeteado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras


clavadas en nuestra entrañas”. Uno de los símbolos con que se representa la ima-
gen de san Agustín es con el corazón en la mano atravesado por un dardo o flecha.
Es el dardo del amor. Ha habido santos en la Iglesia que han vivido y sufrido esta
misma experiencia. Entre otros, San Teresa de Jesús, cuyo corazón fue transverbe-
rado y, según confiesa ella, la “dejaba abrasada en amor grande de Dios”.
Sólo el amor de Dios es capaz de penetrar en un corazón de piedra para cambiar-
lo en un corazón de carne (Ez 11, 19). Mucho más cuando el corazón, como en el
caso de Agustín, se iba esponjando y abriendo a ese mismo amor.
Eso sí, se acerca a nosotros y nos pide que le abramos la puerta. No entra a la
fuerza. Si oímos su voz y le invitamos a pasar, entrará, y el encuentro de Dios con
quien le acoge, será una fiesta llena de gozo (Cf. Ap. 3, 20).
Herirá nuestro corazón con el dardo del amor, que es dulzura, suavidad y delica-
deza exquisita. Y dejará impresa su imagen viva. O mejor, quedará Él, que es Amor.
Quedarán grabadas sus palabras, que son vida. Y la Verdad habitará allí, en el hom-
bre interior334.

333 Parece ser que se trataba de una disnea o dificultad para respirar. Se refiere a ella en varios de
sus libros. Esta misma enfermedad aquejaba a Agustín con cierta frecuencia a lo largo de su vi-
da. Así lo da a entender cuando predicaba al pueblo.
334 Cf. De ver. rel. 39, 72

- 239 -
Nacido para amar

Será Él, Dios Amor, quien transforme nuestra vida, con nuestra pobre pero nece-
saria colaboración, para vivir en conversión permanente a Él mismo, dando la es-
palda al pecado y a todo lo que nos lleve a él.
La piedra endurecida de nuestro corazón se derretirá con el fuego de su amor,
que es el más vivo y “abrasador”, que purifica y lo recrea. Ocurrió así en san Agus-
tín, ¿por qué no también en nosotros?
- ¿Cuál y cómo es la experiencia del amor de Dios hacia mí? ¿Es un amor
que me transforme y me compromete, o es sólo un calmante o lenitivo en
mis preocupaciones y situaciones difíciles y embarazosas?
- ¿Qué le falta a mi corazón para que se ablande del todo y se abra de par
en par al amor de Dios? ¿Sé acoger al otro, quienquiera que él sea, con el
mismo amor con que Dios me acoge a mí?
San Agustín: “Para que tú ames a Dios es necesario que more Dios en ti, que su
amor te venga de él y se vuelva de ti a él; o sea, que recibas su moción, ponga en ti su
fuego, te ilumine y levante a su amor”335.

CAPÍTULO 3

Dos amigos, Verecundo y Nebridio, se acercan también a Cristo, se bautizan y mueren cris-
tianos. Por diferentes motivos, ninguno de los dos pudo seguir a Agustín en su aventura mona-
cal en Tagaste.

3. 5. Verecundo
Agustín se refiere a Verecundo como “íntimo amigo nuestro”336. Regentaba la cáte-
dra de gramática en Milán y estaba casado con una mujer creyente, pero él no lo era
todavía. Veía a sus amigos Agustín y Alipio muy felices por su conversión a la fe.
Conocía el proyecto de los amigos de vivir en adelante dedicados únicamente al Se-
ñor, libres de cualquier otro compromiso. Anhelaba unirse a ellos en este proyecto co-
mún, pero su matrimonio se lo impedía. Y se resistía a ser cristiano de otro modo que
no fuera el de Agustín y Alipio.
Verecundo poseía una finca no muy lejos de Milán, y la ofreció generosamente a sus
amigos para que pudieran retirarse a ella, por el tiempo que fuera necesario, con el fin
de prepararse para recibir el bautismo. El nombre de la finca era Casiciaco337.
Agustín, agradecido, pide a Dios que premie a Verecundo por este gesto tan genero-
so. Verecundo murió mientras Agustín y sus amigos estaban en Roma, esperando su
regreso a África. Recibió el bautismo antes de morir.
Dios fue misericordioso con él, con Agustín y sus amigos, ya que su conversión a la
fe les ahorró el sufrimiento de no haber podido contarlo entre los fieles de Cristo.
El santo agradece al Señor por haber sido misericordioso con Verecundo y está se-
guro de que lo recibirá en el cielo después de haberle perdonado sus pecados.

335 S. 128, 4
336 Conf. VIII, 6, 13.
337 Según parece, se trata de la actual Cassago, situada a unos treinta y tres kilómetros de Milán,
en Brianza.

- 240 -
Confesiones, libro IX

3. 6. Nebridio
Si Verecundo estaba triste por no poder unirse al grupo de Agustín, Nebridio com-
partía el gozo de los amigos. No era todavía cristiano, aunque ya había salido del error
de los maniqueos que afirmaban que Cristo era hombre sólo en apariencia.
Investigaba incansablemente la verdad. Recibió el bautismo y regresó a África. Vi-
vió en castidad y continencia, y murió después de haber convertido a la fe a toda la fa-
milia. No formó parte del grupo de Agustín en Tagaste.
Ahora vive en el seno de Abrahán. Ya no tiene que aprender nada de Agustín, sino
que aplica el oído a sólo Dios, que es la Verdad. Es infinitamente feliz. Espera Agustín
que se acuerde de él, allí donde está.
Mientras estaban en Milán consolaban a Verecundo, triste porque no podía seguir-
les en el nuevo estado de vida, y le animaban a que se bautizara y viviera cristianamen-
te en su estado matrimonial.
Por otra parte, esperaban que Nebridio se decidiera a seguirles. Le hubiera quedado
fácil hacerlo.
Entretanto pasaban lentamente los días y llegó el momento de trasladarse a Casicia-
co. Deseaban todos con ansia dedicarse a cantar las alabanzas del Señor, libres de toda
otra preocupación.
__________________________

“Mi corazón te ha dicho: He buscado tu rostro; tu rostro buscaré, Señor”. El


rostro del Señor es su presencia338. Agustín, siempre fiel a sí mismo, seguirá buscan-
do a Dios mientras viva. Sin descanso ni tregua. Descansará en su búsqueda cuando
su encuentro con Él sea definitivo. Mientras tanto, seguirá un camino de búsqueda
incansable.
Recordemos: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta
que descanse en ti”339.
Es tarea también para todo seguidor de Jesús. La fe es un camino de búsqueda
del Señor. Lo encontramos, es verdad, en muchos momentos de la vida, pero su
hallazgo nos impulsará a seguir buscándolo siempre con más ahínco. Como el bus-
cador de oro, que encuentra una veta de ese metal, y sigue buscando, y encontrando
más oro, y sigue buscando para enriquecerse.
Es el consejo de san Agustín: “Busca a Dios para encontrarlo con mayor dulzura,
encuéntralo para seguir buscándolo con mayor ardor”340.
Sabemos que antes de iniciar un camino de búsqueda, hemos sido buscados por
Él. Hemos sido llamados para poderlo llamar.
- A Dios lo buscamos y encontramos en el hermano, porque Él nos ha dado la
capacidad para amar.
- Lo buscamos y encontramos en la Eucaristía, porque nos ha hecho hambrientos
de Él.

338 Cf. En. in ps. 104, 3


339 Conf. 1, 1, 1
340 De Trin. 15, 2, 2

- 241 -
Nacido para amar

- Lo buscamos y encontramos en la naturaleza, porque nos ha dado un corazón


capaz de contemplar la belleza de las cosas creadas.
- Lo buscamos y encontramos en los acontecimientos de la vida, porque Él es
providente.
- Lo buscamos y encontramos en nuestro interior, porque Él ha plantado su mo-
rada en nosotros.
A ello nos invita Él mismo. Nos dice: “Buscarás al Señor, tu Dios, y lo encontra-
rás si lo buscas de todo corazón” (Dt. 4, 29).
- ¿Busco al Señor en muchos momentos de mi vida o creo que ya lo he encon-
trado del todo? ¿Qué es lo que me anima a seguir buscándolo?
- ¿Qué sensación produce en mí un encuentro con el Señor en la oración o en el
hermano?
San Agustín: “¿Qué significa buscad siempre su rostro? Sé que la unión con Dios
es un bien para mí; pero si siempre se busca, ¿cuándo se encuentra? Si la fe ya encon-
tró a Dios, aún lo busca la esperanza. La caridad también lo encontró por la fe, pero
quiere poseerlo por la visión, en donde entonces de tal modo será encontrado, que
nos bastará, y no se le buscará ya más”341.

CAPÍTULO 4

Agustín se dirige a Casiciaco con sus amigos y su madre. Rebosa de gozo y paz. Alaba al
Señor con los salmos y le canta agradecido por todo lo que ha hecho con él. Quisiera tener cerca
de sí a sus antiguos compañeros maniqueos para que oyeran sus gritos de júbilo y fueran testigos
del cambio que se ha producido en su vida. Repasa su vida anterior y se horroriza de sus peca-
dos, pero al mismo tiempo se alegra del perdón obtenido.

4. 7. Actividad literaria en Casiciaco


Libre ya de su actividad docente, se dirige a Casiciaco lleno de gozo y bendiciendo al
Señor. Le acompañan su madre, su hijo Adeodato, Alipio, su hermano Navigio, sus
primos Lartidiano y Rústico, y sus alumnos Licencio y Trigecio.
Conviven todos en una granja agrícola, propiedad de Verecundo. Allí leen y estu-
dian, reflexionan en común, trabajan y oran. Mónica cuida de ellos y los atiende con
solicitud maternal. En ocasiones interviene también en los diálogos.
Prosigue la actividad literaria de Agustín. Reconoce que, al poner por escrito las re-
flexiones y diálogos que se hacían en común, subyace todavía un cierto orgullo propio
de la escuela clásica.
Pero su actividad literaria tenía ya otro aire. La pone toda ella al servicio de Dios y
de los hermanos. Varios de sus libros tuvieron aquí su origen: Los soliloquios, Contra los
académicos, La vida feliz, El orden, además de algunas cartas al amigo Nebridio.
Lamenta no disponer de tiempo suficiente para expresar por escrito los grandes be-
neficios otorgados por Dios en el tiempo que duró la permanencia en Casiciaco.
Con base en un texto de Isaías, recuerda cómo el Señor le estimulaba interiormente
para nivelarle, abajando los montes y colinas de su orgullo y enderezando sus caminos.

341 En. in ps. 104, 3

- 242 -
Confesiones, libro IX

Recuerda también cómo Dios sometió a Alipio para que aceptara a Jesucristo, Señor
y Salvador, puesto que en un principio se resistía a que el nombre del Señor figurara en
los escritos de esos días.

4. 8. Oración sálmica
Era todavía catecúmeno y gozaba recitando los salmos. Eran salmos de alabanza, de
agradecimiento, de petición de perdón. Salmos sencillos que echaban por tierra todo
posible brote de soberbia. Y a él se sumaban Alipio, también catecúmeno, y Mónica,
mujer fuerte, piadosa y con amor de madre.
Ansiaba recitarlos ante todo el mundo. Al mismo tiempo, para derribar el orgullo y
la soberbia de muchos. Su indignación contra los maniqueos se tornaba en compasión
por su ignorancia de los misterios cristianos.
Deseaba también que estuvieran a su lado para que lo vieran y lo oyeran, especial-
mente en la recitación del salmo 4. Se darían cuenta del efecto maravilloso que produ-
cía en él.
Pero sería mejor que él no se diera cuenta de que ellos estaban ahí, viéndole y oyén-
dole. Así no podrían pensar que sus palabras estaban dirigidas a ellos. Porque, de sa-
berlo, no podría ser del todo espontáneo y sincero consigo mismo.

4. 9. Recuerda su pasado maniqueo


Le horrorizaba el recuerdo de sus pecados, pero era grande su esperanza en la mise-
ricordia de Dios. Todo ello trascendía al exterior impulsado por la fuerza del Espíritu
que hablaba a través del salmo.
Le dolía haber vivido en la vanidad y la mentira de los maniqueos, que negaban la
acción del Espíritu Santo, a quien había suplantado Manés. El Espíritu había venido ya,
después de la resurrección y glorificación de Jesucristo.
Por eso se llenó de temblor cuando leyó las palabras del salmo: “¿Hasta cuándo”? y
también “Sabed”. Se consideraba destinatario de este mensaje. Recordaba con horror
haber vivido tantos años en la mentira.
Deseaba que los maniqueos oyeran sus gritos de dolor y arrepentimiento. De haber-
lo oído, cabría la posibilidad de que también ellos salieran de su error. Habrían invoca-
do al Señor y habrían sido escuchados.

4. 10. Dios, el único bien


Al leer en este mismo salmo “Enojaos y no pequéis”, sentía una gran turbación inte-
rior, a pesar de que ya había aprendido a hacerlo. Ya se había enojado consigo mismo al
reconocer sus pecados.
Era él quien pecaba y no una naturaleza extraña, como enseñaban los maniqueos.
Por eso, ellos no se pueden enojar consigo mismos.
Su único bien era Dios, no las cosas caducas. Merece la pena citar textualmente las
siguientes palabras de este mismo capítulo: “Cuantos pretenden placeres y los buscan fuera
de sí mismos fácilmente se dispersan por las cosas que se ven y son temporales”. Y añade: “No
hacen sino lamer con imaginación famélica meras apariencias”.
Quienes así se comportan deberían preguntarse, acosados por el hambre, dónde está
el bien que satisface plenamente. Este bien es la luz del rostro del Señor. Pero él, a pe-
sar de saborearla, se ve incapaz de mostrársela.

- 243 -
Nacido para amar

Dentro de sí, en lo más profundo de su interior, donde se había enojado por sus peca-
dos, experimentaba ahora la dulzura de Dios y mucha alegría en su corazón. Esta era la
experiencia que le hubiera gustado presentar a los maniqueos.
No deseaba ya bienes terrenales y caducos, pues poseía ya, y saboreaba con gozo, los
bienes que no perecen. Dios mismo.

4. 11. La verdadera paz y el descanso pleno


Sólo en Dios se encuentra la verdadera paz. Y esta paz será estable, plena y durade-
ra cuando la muerte sea absorbida por la victoria. Sólo en Dios se encuentra el verda-
dero descanso. Sólo en Dios está puesta la esperanza que no defrauda.
Su corazón ardía cuando leía todo esto. Pero se lamentaba, una vez más, de no poder
comunicar a los maniqueos todo cuanto sentía en esos momentos.

4. 12. Sanado portentosamente


Nunca podrá olvidar la dureza de un azote de Dios junto con su admirable miseri-
cordia. El azote era un intenso dolor de muelas que le impedía hablar.
Le vino entonces el pensamiento de pedir a sus compañeros que rogaran a Dios por
él. Rezaron todos y, ante el asombro de Agustín, desapareció el dolor. Lleno de gozo
en la fe, alabó al Señor por el don de la curación.
Pero esa fe no era lo bastante fuerte en relación con sus pecados pasados ya que no
se le habían borrado todavía con el bautismo.
__________________________

“Mis bienes ya no eran externos ni constituían objeto de búsqueda por parte


de mis ojos carnales bajo este sol”. Si durante muchos años el joven Agustín había
vivido volcado a las criaturas dando la espalda a Dios, en delante dará la espalda a
las cosas creadas para vivir de cara a Dios que las creó. Fue una verdadera conver-
sión.
El término “conversión” significa dar la vuelta, poner delante lo que estaba de-
trás, un cambio de mente y de corazón, dejar el pecado y adherirse a Jesucristo. To-
das estas expresiones son muy agustinianas.
Si Dios es lo primero, lo absoluto, lo único necesario, todo lo demás, aun lo más
valioso y necesario, es relativo y efímero.
Toda opción por Dios implica relegar a un segundo lugar las cosas creadas. Y
cuando más radical sea tal opción -como fue en el caso de Agustín y de muchos san-
tos-, más radical será también el desapego de todo lo que no es Dios.
Es la invitación de Jesús para todos: “A sólo Dios adorarás y sólo a Él darás cul-
to” (Mt 4, 10). “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y sígueme” (Ib. 19, 21).
“Quien ame a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Ib. 10, 37).
No se nos prohíbe amar lo que Dios ha creado, sino amar, por encima de todo, a
quien ha creado todo. No se nos manda despreciar los bienes de la tierra, sino apre-
ciar en primer lugar al Señor, a quien queremos imitar y seguir.
- ¿A qué cosas o bienes de la tierra estoy más apegado? ¿Qué es lo que más
me costaría dejar o posponer?

- 244 -
Confesiones, libro IX

- ¿Es Dios a quien busco por encima de todo? ¿Qué supone para mí mi en-
cuentro con Él? ¿Tengo la convicción de estar en proceso permanente de
conversión? ¿Por qué?
San Agustín: “Busquemos a Dios para hallarle. Y hallémosle para seguir en su
búsqueda… Él satisface al buscador según la capacidad de su búsqueda, y hace mayor
la capacidad de quien lo encuentra para que aún tenga que seguir buscándole” 342.

CAPÍTULO 5

Deja la cátedra de retórica. Su intención ahora es prepararse debidamente para recibir el


bautismo

5. 13. Primeros pasos para recibir el bautismo


Al final de las vacaciones, y antes de trasladarse a Casiciaco, comunica al centro de
estudios que busquen otro profesor de retórica, que él denomina vendedor de palabras.
Presenta dos motivos: quiere dedicarse por entero al servicio de Dios y, además, tie-
ne dificultad para respirar y sufre un constante dolor en el pecho.
Como desea recibir el bautismo, se dirige a San Ambrosio para darle a conocer su
vida pasada y su voluntad de prepararse debidamente para la recepción del sacramento.
Pregunta a San Ambrosio qué libro de la Sda. Escritura podría ayudarle a preparar-
se mejor. El santo le aconseja que lea el Libro de Isaías, ya que es el profeta que
preanuncia con más claridad el evangelio y la vocación de los gentiles.
No le quedó fácil la comprensión de lo que comenzó a leer, y optó por postergar su
lectura hasta cuando estuviera más preparado para entender el estilo o el lenguaje bí-
blico.
__________________________

“Yo había optado por dedicarme a tu servicio”. Todavía no había recibido el


bautismo y ya ha decidido entregarse por entero al Señor, que eso significa dedicarse
a su servicio. Bastaba con hacerse cristiano, pero él quería “ir más allá”. Era el “sí” a
la llamada del Señor que le pedía dejar todo y seguirle.
En su mente, y también en su corazón, estaba grabada la imagen de los monjes
que así vivían cerca de Milán y lo narrado por Ponticiano acerca del monje Antonio
en Egipto343.
La llamada del Señor, o vocación, puede ser múltiple o variada. Además de la
fundamental o el bautismo, a todos nos llama una determinada forma de vivir la fe y
trabajar por el evangelio.
Son llamadas, entre otras, a vivir un laicado cristiano comprometido, a contraer
un matrimonio según el plan de Dios, a una vida consagrada laical, a la vida religiosa
o consagrada, al sacerdocio, etc.

342 In Jn. ev. 63, 1


343 Cf. Conf. 8, 6, 14-15

- 245 -
Nacido para amar

Se nos pide sólo estar atentos, sintonizar con la voluntad del Señor, discernir la
posible llamada o vocación, acogerla con generosidad y seguirla con amor y sin mie-
dos. Dios pondrá el resto, que es casi todo.
Muchas llamadas del Señor caen en el vacío. Una pena. Dios quiere que seamos
felices y nos propone un camino concreto para serlo. Y quizás desperdiciamos más
de una ocasión.
Nos pide, además, comprometernos en un servicio concreto: un servicio al evan-
gelio y al mundo. Y se lo negamos, quizás no de palabra, pero sí con otras decisio-
nes personales. O lo aceptamos y nos realizamos según el plan que tiene para con
nosotros.
- ¿He percibido en alguna ocasión la llamada de Dios para vivir mi fe de
una manera determinada o en un servicio concreto? Si así ha sido, ¿cuál ha
sido mi respuesta?: ¿Mirar para otro lado, miedo a comprometerme, un sí
decidido, desconfianza en mis posibilidades, etc.?
- ¿Siento ahora en mi interior la voz del Señor para crecer en mi fe, reafirmar
mi amor a Él y a todos, esperar con gozo en sus promesas, ser testigo suyo
con la vida y de palabra?
San Agustín: “¿Cómo hubieras podido convertirte si no hubieras sido llamado?
¿Por ventura aquel que te llamó cuando lo abandonabas no te ayudó para convertirte?
No te arrogues la misma conversión, porque, si no te hubiese llamado él a ti que
huías, no hubieras podido convertirte”344.

CAPÍTULO 6

Termina la estancia en Casiciaco y regresa a Milán con el fin de inscribirse para recibir el
bautismo. Alipio se bautizará con él. Y también su hijo Adeodato. Lo presenta como un mucha-
cho dotado de una gran agudeza mental y con otra serie de cualidades intelectuales y morales.

6. 14. Adeodato
Llegó la hora de solicitar el bautismo para él, Alipio y Adeodato. Alipio, revestido de
humildad, había querido domar cu cuerpo con penitencias que él consideraba saluda-
bles. Entre otras, caminar descalzo a pesar del frío en el norte de Italia.
Les acompaña Adeodato, “carne de su carne y fruto de su pecado”. Era un adolescen-
te dotado de una gran inteligencia. Dios lo había hecho bueno. Aventajaba en ingenio a
muchos hombres juiciosos y doctos. Fue instruido por el mismo Agustín en la verda-
dera doctrina.
Ya en Tagaste, Agustín escribió un libro, titulado El Maestro345, en el que dialoga
con su hijo. A pesar de tener tan sólo dieciséis años de edad, sus aportes eran sorpren-
dentes. El padre afirma que todas las ideas o pensamientos más importantes son pro-
pias del hijo.

344 En. in ps. 84, 8


345 En este libro Agustín afirma que el verdadero maestro interior es Dios: “En él se discute, y se
busca, y se demuestra que no hay ningún maestro que enseñe al hombre la ciencia sino Dios,
según aquello: Uno solo es vuestro maestro, Cristo” (Retr. I, 12).

- 246 -
Confesiones, libro IX

Pero murió muy pronto. Tenía apenas unos diecisiete años de edad. A pesar de su
dolor por su muerte, lo recuerda con serenidad, porque no teme ya nada de los peligros
que acechan a la niñez, adolescencia y el resto de su vida.
Acerca del bautismo Agustín hace una relación muy escueta, pero que lo dice todo:
“Recibimos el bautismo y huyeron de nosotros todas las inquietudes de la vida pasada”. En el
momento de su conversión habían huido de él las tinieblas de su duda.
La celebración tuvo lugar en la Vigilia Pascual, celebrada por san Ambrosio en la
noche del veinticuatro al veinticinco de abril del 387.
Los ocho días siguientes fueron para él una auténtica fiesta346. Derramaba abundan-
tes lágrimas de gozo escuchando los himnos y los cánticos de los fieles. Su letra y mú-
sica penetraban muy dentro de él, y con ellas la verdad y la dicha.
__________________________

“Recibimos el bautismo y huyeron de nosotros las inquietudes de la vida pasa-


da”. Si su corazón estuvo inquieto y a la deriva durante tantos años, pudo al fin des-
cansar en quien era la Verdad tanto tiempo buscada. Encontró la paz y el descanso
en el bautismo. Con él desaparecieron sus inquietudes, angustias, tropiezos y amar-
guras. Dios estaba con él y él en Dios. Y para siempre.
Fuimos bautizados siendo niños. Pero ahora, ya adultos, tarea nuestra es ir ratifi-
cando en la vida nuestro bautismo, sus exigencias y compromisos. Y en la medida
en que lo hagamos, encontraremos paz y descanso en nuestro corazón.
Porque el bautismo no es sólo un encuentro con el Señor, sino una presencia real
suya dentro de nosotros. La gracia que recibimos es Él mismo. Por eso nacemos a
una vida nueva: para ser hijos de Dios, miembros de la comunidad de creyentes y
hermanos de todos. Él es nuestro descanso.
Donde hay descanso, no hay inquietudes que nos conturben seriamente, ni an-
gustias que no se puedan superar, ni lucha sin victoria entre las “dos voluntades”, ni
sufrimientos alejados de la cruz redentora, ni un caminar sin rumbo y sin luz.
La vida de fe seguirá siendo un camino de cruz, pero también, y especialmente,
de vida nueva, de gozo a pesar de todo, de amor generoso compartido, de entron-
que permanente en el Señor, como los sarmiento en la vid.
El bautismo se recibe para vivirlo día a día, en todo momento. No es para meter-
lo en la más escondido del baúl de los recuerdos y que duerma allí en la desmemoria
de los espíritus olvidadizos.
El bautismo es vida y no se le puede dejar morir. El bautismo es gracia, y dejaría
de serlo con el pecado grave. El bautismo es nuevo nacimiento, y para muchos - no
es nuestro caso- fue un aborto. El bautismo es fuente de gozo, nunca una carga in-
soportable. Por el bautismo fuimos injertados en Cristo, y nunca debemos desgajar-
nos de él. Sería la muerte, Como el sarmiento separado de la vid.
- ¿Qué he hecho a lo largo de mi vida para ir ratificando el bautismo que re-
cibí siendo niño?

346 Era el tiempo en que se atendía de manera muy especial a los neófitos o recién nacidos” por el
bautismo. Estos iban vestidos de blanco y ocupaban el lugar de honor en la iglesia.

- 247 -
Nacido para amar

- Si el bautismo es, entre otras cosas, un nuevo nacimiento, ¿cómo vivo mi


condición de hijo de Dios, nueva criatura en Cristo y miembro de la comu-
nidad cristiana?
- ¿Cuáles son, en mi opinión, las exigencias más importantes del bautismo?
¿A qué me compromete mi condición de bautizado?
San Agustín: “No basta el bautismo solo para llegar al reino; se precisa también la
justicia. Al que le falten los dos elementos o uno solo, no puede llegar”347.

CAPÍTULO 7

San Ambrosio introdujo el canto de himnos religiosos y salmos en la basílica de Milán. Esta
práctica se extenderá después a todas las comunidades cristianas.

7. 15. Cánticos e himnos en las celebraciones litúrgicas


El origen o la causa primera de los cánticos en la Iglesia parte de un hecho histórico.
La madre del emperador, Justina, miembro de la herejía arriana, odiaba a Ambrosio y
lo perseguía.
El pueblo se mantenía fiel al obispo y, dispuesto a morir por él si fuera preciso, pa-
saba la noche en la basílica católica que ella quería para sí. Mónica era la primera y la
más asidua en las vigilias para apoyar al obispo.
Agustín y sus compañeros, lejos aún de la fe católica y no tocados todavía por el ca-
lor del Espíritu, estaban impresionados al ver que toda la ciudad estaba agitada y con-
movida por este hecho.
Y fue aquí, en esta basílica y en medio de acontecimientos tan graves, donde se insti-
tuyó la costumbre de cantar himnos y salmos durante las celebraciones. El motivo era
evitar que los fieles se cansaran o se aburrieran.
Esta práctica ha continuado hasta hoy y se ha extendido a todas las comunidades
cristianas.

7. 16. Protasio y Gervasio, mártires


Se encontraron providencialmente los cuerpos de dos mártires, Protasio y Gervasio,
después de estar ocultos durante muchos años. El hecho, además de que sirvió para
reprimir la rabia de la emperatriz, causó mucho júbilo en la ciudad.
Fueron trasladados solemnemente a la basílica y durante el trayecto se produjeron
curaciones de personas atormentadas por espíritus inmundos.
Al enterarse de ello, un ciudadano conocidísimo, que llevaba varios años ciego, pidió
que lo llevaran donde los cuerpos. Cuando hubo llegado, tocó el féretro con un pañuelo
suyo, se lo aplicó a los ojos y quedó curado.
La noticia causó una profunda impresión entre el pueblo, y cantaba y alababa a Dios
por lo acontecido. La rabia de la emperatriz se calmó en parte y siguió en su fe arriana.
Este hecho ocurrió antes de la conversión de Agustín, pero su recuerdo acrecentaba
el fluir de sus lágrimas en las celebraciones después de su bautismo. Si antes suspiraba
por Dios, ahora lo saboreaba y gozaba de Él.

347 De unit. Eccl. 22, 62

- 248 -
Confesiones, libro IX

__________________________

“Se iban intensificando progresivamente mis lágrimas durante el canto de tus


himnos”. Poco antes dice: “Cuántas lágrimas derramé escuchando los himnos y cán-
ticos que dulcemente resonaban en tu Iglesia!348. Esta experiencia, vivida por él con
tanto gozo a raíz de su bautismo, la quiere transmitir, siendo ya obispo, a los recién
bautizados por él. Les pide que ellos sean, con su conducta, un cántico siempre nue-
vo al Señor. Les dice:
"Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fie-
les. Se nos exhorta a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo sabe lo que
significa este cántico nuevo. Un cántico es expresión de alegría y, considerándolo
con más atención, es una expresión de amor. Quien sabe amar la vida nueva, sabe
cantar el cántico nuevo”.
“¡Oh, hermanos, oh hijos, oh retoños católicos, oh semillas santas y sublimes, oh
regenerados en Cristo y nacidos de lo alto! Escuchadme, mejor aún, cantad al Señor,
junto conmigo, un cántico nuevo. «Ya lo canto», me respondes. Sí, lo cantas, es ver-
dad, ya lo oigo. Pero, que tu vida no dé un testimonio contrario al que proclama tu
voz”.
“Cantad con la voz y con el corazón, cantad con la boca y con vuestra conducta:
Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis cuáles son las alabanzas que hay
que cantar? Habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué ala-
banzas? Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Su alabanza son los mis-
mos que cantan”.
“¿Queréis alabar a Dios? Vivid de acuerdo con lo que pronuncian vuestros labios.
Vosotros mismos seréis la mejor alabanza que podáis tributarle, si es buena vuestra
conducta”349.
- ¿Procuro alabar al Señor no sólo con palabras sino también con mi vida?
¿Cuándo o en qué momentos “desafina” mi canto?
- ¿Participo activamente en la celebración de la Eucaristía dominical cantan-
do con la asamblea? ¿Lo hago interiorizando lo que la letra del canto dice
y exteriorizando sentimientos de gozo, súplica, perdón, alabanza, etc.?
San Agustín: “Nadie rinde alabanzas a Dios, o le entona un himno, a no ser que
vayan concordes las palabras y las acciones, amando a Dios y al prójimo”350.

CAPÍTULO 8

Emprenden viaje a Roma y se instalan en Ostia Tiberina, junto al mar, a la espera de po-
der zarpar a África. Ahí muere Mónica. Agustín presenta la figura de madre y hace un panegí-
rico de los dones con que Dios la adornó.

348 Conf. 9, 6, 14
349 S. 34, 1, 6
350 S. 33, 5

- 249 -
Nacido para amar

8. 17. Educación de Mónica


Se une al grupo Evodio, compueblano de Agustín y convertido antes que él a la fe.
Viven ya juntos, como un anticipo del estilo de vida que llevarán a cabo en Tagaste.
Cuando se hallan en Ostia Tiberina, puerto Roma, en la desembocadura del Tíber,
muere Mónica.
No puede callar lo que en ese momento le dice el corazón referente a su madre. No
es su propósito hablar de sus cualidades, sino de hacer un panegírico de los dones con
que la adornó el Señor.
De Dios, a través de sus padres, recibió una muy buena educación humana y cristia-
na. Servía en la casa una señora muy anciana, respetada y querida por todos. Se le en-
cargó la custodia y cuidado de las hijas de las hijas de la casa, y cumplía su misión con
esmero y rigor.
Fuera de las comidas en familia, no les permitía ni siquiera tomar un sorbo de agua,
con el fin de que no se acostumbraran a malos hábitos. Porque, pensaba ella, con el
tiempo en vez de agua se acostumbrarían a tomar vino.
Obraba así para que las niñas pudieran apreciar y valorar lo mejor para ellas y
desechar lo que no les convenía.

8. 18. Un defecto de Mónica oportunamente corregido


No se calla Agustín una debilidad que tuvo Mónica. Le mandaban sus padres a sacar
vino de la cuba que había en la bodega, y ella aprovechaba para sorber un poquito con
la punta de los dedos, aunque le repugnaba el sabor.
Pero comenzó a sacarle gusto al vino, hasta tomar las copitas llenas. Pero en una
ocasión surgió una disputa con la sirvienta que la acompañaba. Esta, estando a solas, le
recriminó su gusto por el vino y le echó en cara el vicio.
Mónica, profundamente herida por el insulto, recapacitó y abandonó el gusto por el
vino. Una vez más, Dios se sirvió del enfado de la criada para salvar a la niña.
__________________________

“Mi madre me alumbró en la carne para nacer a la luz temporal, y me dio a


luz en el corazón para nacer a la vida eterna”. Va esta vez para las madres cris-
tianas. También, en lo que cabe, para los padres, ya que son igualmente progenitores
o engendradores. Pero nos referimos particularmente a ellas. Como lo hace Agustín.
Muchas madres dan a luz a sus hijos una sola vez. De ellas nacen los hijos a la vi-
da humana. Una verdadera maravilla. La vida nueva llega a ellas por caminos miste-
riosos, y no solamente por su unión con el esposo. La vida, en últimas o muy al
principio, viene de Dios. Como la tierra que da su fruto, pero la vida ha llegado a la
semilla, no de la tierra, sino de otra vida.
La madre es verdaderamente madre, es verdad, porque ha engendrado en su seno
y da a luz un nuevo hijo. Y este nuevo hijo inicia una andadura por este mundo que
durará unos años, los que sean, y su vida humana acabará.
Pero muchas de ellas se olvidan de un segundo parto: dar a luz también al hijo a
una vida nueva, que será eterna ya desde aquí, en la tierra. A este segundo nacimien-
to se refiere Jesús en su diálogo con Nicodemo (Cf. Jn 3, 3-6). Y de él habla Agustín

- 250 -
Confesiones, libro IX

cuando dice que Mónica, su madre, le “dio a luz en el corazón para nacer a la vida
eterna”.
Este segundo parto tiene lugar dando al nuevo hijo una formación cristiana sólida
y en el bautismo. La vida humana, por muy buena que sea la salud física del hijo a lo
largo de toda ella, acabará porque es mortal, pero la vida nueva o eterna, si se man-
tiene saludable, no terminará nunca, porque es inmortal.
Dios cuenta con las madres para esa doble tarea. Les encomienda una misión de-
licada, difícil y muy hermosa. Ninguna otra se le puede equiparar. Tienen “en sus
manos” un cometido o función que exige mucho amor: un amor fecundo en hijos,
sacrificado porque es muy difícil, generoso más que cualquier otro y fuente de felici-
dad.
- ¿Por qué será que la formación cristiana de muchos hijos de hogares que se
consideran cristianos es bastante deficiente o nula?
- ¿Por qué será que muchas madres se contentan sólo con el primer parto?
- ¿Por qué será que la felicidad en el hogar es mayor o más firme cuando en
él se respira y se vive una fe sólida, un amor compartido en Cristo y un
gozo grande a pesar de los problemas o dificultades que nunca faltan?
- ¿Cómo describiría, en breves palabras, la figura de mi madre? ¿Cómo ha
influido en mi formación humana y cristiana? ¿Qué aspectos positivos o
cualidades personales resaltaría de ella? ¿Qué elogio podría hacer de ella
como ser humano y como creyente?
- Si ya ha fallecido, ¿la recuerdo frecuentemente ante el Señor, rezo por ella
y doy gracias a Dios por el regalo de una madre que me quiso con inmenso
cariño y que se sacrificó tanto por mí?
San Agustín: “Este nombre, Señor, este nombre de mi Salvador, de tu Hijo, lo
había mamado piadosamente mi tierno corazón con la leche de mi madre, lo había
mamado por tu misericordia y lo tenía profundamente grabado” 351.

CAPÍTULO 9

Prosigue el recuerdo y presentación que hace de su madre.

9. 19. Difícil convivencia con su esposo Patricio


Fue educada en para una vida modesta y sobria. Estuvo sometida a sus padres por la
gracia de Dios, más que sometida a Dios por obra de sus padres.
Siguiendo la costumbre de entonces, al llegar a la edad núbil la entregaron a un
hombre en matrimonio. Le sirvió y atendió como esposa ejemplar. Patricio, su esposo,
no era cristiano y ella se propuso ganarlo para Dios con su palabra y su ejemplo.
Confiando siempre en Dios, toleró pacientemente sus infidelidades. Patricio, aunque
afectuoso, se dejaba llevar fácilmente por la ira. Mónica optó por no contrariarle cuan-
do se airaba. Sí aprovechaba los momentos de calma y sosiego para recordarle lo que
había hecho.

351 Conf. 3, 4, 8

- 251 -
Nacido para amar

Muchas mujeres llevaban el rostro marcado con señales de violencia causada por sus
esposos. Mónica les recordaba que, debido al contrato matrimonial, quedaban someti-
das a ellos. De ahí que debían cuidar su comportamiento con sus esposos.
Sus amigas estaban sorprendidas y maravilladas al saber que Patricio nunca había
pegado a Mónica, ni siquiera que hubiera entre ellos discusiones violentas.
Cuando le preguntaban cuál era el secreto, ella les explicaba su modo de proceder
con él. Algunas le imitaban, y quedaban muy agradecidas por el resultado. No así las
que no seguían sus consejos.

9. 20. Relaciones con la suegra


También logró vencer con mucha paciencia y afabilidad la animosidad de su suegra,
que al principio estaba irritada contra ella por los chismorreos de algunas vecinas.
Logró que cambiara de parecer, de tal forma que denunció a su hijo las habladurías
de las criadas y le pidió que las castigara. Patricio acató la orden de la madre y las hizo
azotar.
Esa sería la paga que recibirían las que hablaran mal de la nuera. Se corrigió el pro-
blema y en adelante las dos, suegra y nuera, vivieron en armonía y afecto mutuo.

9. 21. Mónica, agente y constructora de paz


Dios otorgó a Mónica el don o la capacidad de pacificar a personas en discordia. Es-
cuchaba las recriminaciones que alguna mujer profería de otra, y Mónica nunca decía a
la ausente lo que había oído. Sólo decía aquello que podría reconciliarlas.
No daría Agustín tanta importancia a lo anterior si, lleno de tristeza, no lo hubiera
experimentado él en muchas ocasiones a lo largo de su vida.
Llama epidemia terrible al hecho de que muchísimas personas no se limitan sólo a
referir a uno de los enemigos irreconciliables lo que el otro ha dicho, sino que además
añaden cosas que no dijo.
Cualquier persona honesta debería pensar que lo importante no consiste sólo en no
atizar la enemistad entre dos personas, sino tratar de eliminarla y superarla. Esto es lo
que hacía su madre, enseñada por el mismo Dios.

9. 22. Conversión de Patricio poco antes de morir


Patricio, además de su carácter violento y sus infidelidades, no era cristiano. Pero
Mónica logró que se convirtiera antes de morir. Una vez bautizado, Ella no tuvo que
llorar por el mal comportamiento de su esposo antes del bautismo. Sólo quedó el gozo
y agradecimiento al Señor por su conversión.
Mónica no se preocupó sólo de los problemas de su familia, sino que era también
sierva de los siervos de Dios. Quienes la conocían alababan a Dios porque percibían
que estaba presente en ella.
Los hechos lo confirmaban: Mujer de un solo hombre, muy atenta con sus padres,
administradora fiel y prudente de su casa y el testimonio de sus buenas obras.
En palabras de Agustín, “había criado a sus hijos tantas veces cuantas les veía apartarse”
de Dios.
Por último, Agustín confiesa que su madre cuidó amorosamente de quienes, después
del bautismo, se habían unido a Agustín para vivir juntos para Dios. Cuidó de todos
como si fuera su madre, y sirvió a todos como si fuera su hija.

- 252 -
Confesiones, libro IX

__________________________

“Se esforzó en ganar a su esposo para ti, hablándole de ti con el lenguaje de


las buenas costumbres”. Y esta va para las casadas. Admirable la figura y santidad de
vida de Mónica. Engendró dos veces a su hijo Agustín y ganó a su esposo Patricio
para Dios. ¿Sus armas?: la oración, sus lágrimas y el testimonio de una vida cristiana
ejemplar. Y el perdón siempre y en todo.
No es fácil construir y mantener una familia unida, a pesar de todo. No es fácil
formar un hogar cristiano donde se sienta y se palpe la presencia de un Dios que es
amor. Tampoco es fácil dar amor cuando se recibe maltrato. Mucho menos si se es
infiel al matrimonio de forma reiterada. No le era fácil a Mónica ni a muchas “móni-
cas”.
Pero si la fe es firme y sólida; si el amor es paciente y no es egoísta; si no se irrita
ni lleva cuentas del mal, si lo excusa todo y todo lo soporta (Cf. 1 Cor. 13, 4-7); si se
apoya firmemente en Dios, que es fuerza y consuelo; si de Dios recibe un amor a
toda prueba para amar de la misma manera, la gracia hará maravillas.
Hay y ha habido muchas “mónicas” que han logrado, con su oración, sus lágri-
mas y su comportamiento ejemplar y talante pacífico, salvaguardar el matrimonio
que estaba en peligro y construir un hogar cristiano y unido.
Quizás falta en muchas la capacidad requerida para superar las pruebas que se
van presentando en la vida matrimonial. Quizás no hay la suficiente hondura y fir-
meza en la fe, que es capaz de mover montañas. Quizás se ha llegado a una situación
límite ya insuperable. Quizás no tienen la culpa de nada, pero son víctimas inocen-
tes. Nuestra comprensión y apoyo a quienes viven y sufren de esta manera. Y tam-
bién nuestra oración por ellas.
- Si soy una mujer casada, ¿cómo vivo mi matrimonio? ¿Qué medios utilizo
para mantenerlo unido y en paz?
- ¿Cómo he ido superando los momentos más difíciles, las situaciones más
complicadas y disparidad de criterios y modos de pensar y actuar?
San Agustín: “Porque Cristo habla en el corazón de las mujeres buenas, habla en
el interior, donde no oye el marido, pues no es digno de oír si es fornicario”352 (S 9,
11).

CAPÍTULO 10

En este capítulo narra Agustín lo que se conoce como el éxtasis de Ostia. Es una de las esce-
nas más conocidas de las Confesiones y aun de toda la vida de Agustín. La estancia en Ostia se
prolonga porque no se dan las condiciones propicias para poder embarcar a África. Además -y
ellos no lo saben- Mónica morirá pronto. Ambos se han encontrado en el camino del Señor, en
su vida de fe y piedad, sus corazones palpitan al unísono y se elevan hasta “la región de la
abundancia inagotable…, hasta casi tocarla”353.

352 S. 9, 11
353 Es aplicable a los cuatro últimos capítulos de este Libro, en todos sus términos, lo que se dice
en la nota 113

- 253 -
Nacido para amar

10. 23. El éxtasis de Ostia


Mónica y Agustín se encuentran en la casa asomados a la ventana que daba al jar-
dín. Se establece entre los dos un diálogo dulcísimo y lleno de ternura. Se olvidan del
pasado y se preguntan cómo sería la vida eterna.
Su corazón se abre del todo a Dios para beber a raudales del agua de la fuente de la
vida, que es Cristo.

10. 24. Subida interior hacia Dios


Por muy grande que sea el placer de los sentidos por las cosas terrenales, nada se
puede comparar con el gozo de aquella vida. Ni valdría la pena mencionar la compara-
ción.
Y ambos inician el camino de la “ascensión” hacia el que es siempre el mismo, Dios,
subiendo, desde las realidades corporales, hasta más allá de los astros.
Pero recorren este camino desde el interior de ellos mismos, hablando y admirando
las obras de Dios. Adentrándose, llegaron hasta sus almas y las sobrepasaron “hasta
llegar a la región de la abundancia inagotable”, la vida eterna.
En esta vida todo es presente y fuente de todo lo creado.
En este camino de ascensión interior, hablando y suspirando por esta vida, llegaron
hasta casi tocarla con todo el ímpetu de su corazón. Allí dejaron “algo de su espíritu”,
como anticipo de una vida plena y feliz después de la resurrección final.
Y volvieron a bajar adonde se oyen los sonidos de la boca, cuya palabra, al contrario
de la Palabra que es Cristo, no es eterna sino que tiene un antes y un después.

10. 25. Regreso y diálogo de los dos


Hasta este momento ha hablado el corazón de los dos. Ahora lo harán los la lengua
y los labios.
Y se decían: Si hubiera alguien en que callara todo…, y si escuchara sólo a la verdad,
todas las realidades de este mundo le dirían: No nos hemos hecho a nosotras mismas, sino
que nos ha hecho el que permanece eternamente.
Y seguían diciendo: si alguien aplicara el oído sólo a quien creó todas las cosas para
escuchar su palabra inarticulada pero muy clara… Si, además, se prolongara esta situa-
ción y se eliminaran todas las demás visiones de menor importancia…
Y si ese alguien fuera arrebatado y absorbido en los gozos más íntimos…, esto sería
entrar en el gozo del Señor y de la vida eterna. Todo esto se realizará después de nues-
tra resurrección.

10. 26. Palabras de Mónica


Este era su razonamiento, expresado quizás con otras palabras. Ambos experimen-
taban en esos momentos la ruindad y pobreza de este mundo, a pesar de todos sus
atractivos.
Después de una experiencia tan intensamente vivida y gozada, Mónica dijo que ya
nada le podía retener en este mundo. Había conseguido de Dios mucho más de lo que
tanto deseo y suspiró. Ya había cumplido con su misión en este mundo.

- 254 -
Confesiones, libro IX

_________________________

“¿Qué hay semejante a tu Palabra, nuestro Señor, que es estable en sí misma


sin envejecer y que es renovadora de todas las cosas?”. Acaban de vivir Mónica y
Agustín una experiencia inolvidable, que se conoce como el Éxtasis de Ostia. Se han
elevado, interiormente, hasta “tocar la gloria”.
No encuentra palabras para expresar adecuadamente el hecho. Sus palabras son
limitadas y al tiempo desaparecer, no así la Palabra de Dios que permanece en sí
misma. Lo afirma el mismo Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán” (Mt 24, 35).
Y la Palabra no puede desaparecer porque, entre otras razones, es el Verbo de
Dios, su Hijo Jesucristo. Esta Palabra, también la pronunciada por él, es siempre
viva, actual, verdadera, creadora y salvífica. Comunica vida, alimenta el espíritu, re-
afirma la fe, fortalece el amor y mantiene viva la esperanza.
Es actual y no envejece. Es siempre la misma y renueva todo lo que “toca”. Santi-
fica a quien la acoge con fe y la vive con amor. Penetra como espada de doble filo
en el interior del hombre (Heb 4, 12,), sale de la boca de Dios y no vuelve a Él vacía
(Is 55, 11).
Se lee en la Biblia, se proclama en la celebración litúrgica, se difunde con nuestras
palabras y con nuestro testimonio de vida, la guarda y la interpreta la Iglesia, hace
felices a quienes la escuchan y la ponen en práctica (Lc 11, 28).
Es el libro de los libros. De ahí la palabra “biblia”, que en griego es plural. Es el
más publicado en toda la historia de la humanidad. El libro de cabecera de todos los
creyentes; si no lo es, debería serlo. Es el libro que contiene la historia de la salva-
ción. Y esta historia sigue, porque la Palabra sigue salvando.
- ¿Es, en realidad, la Biblia mi libro de cabecera? ¿Veo en ella una palabra
de Dios para mí?
- ¿Cómo escucho la proclamación de la Palabra que se hace en la celebración
de la eucaristía? ¿Con atención, con una cierta indiferencia, como quien oye
llover, con verdadera fe?
- ¿Estoy realmente convencido de que, cuando leo o escucho el evangelio, es
Cristo quien me habla? ¿Suelo comentar y reflexionar con algún grupo la
Palabra de Dios?
San Agustín: “Dios nos habla por medio de la lectura de su Palabra. Y nosotros
hablamos a Dios con nuestras preces. Si escuchamos con espíritu de obediencia sus
palabras, en nosotros habita aquel a quien dirigimos nuestra oración” 354.

CAPÍTULO 11

Muere Mónica en Ostia a la edad de 56 años. Será enterrada en esta ciudad. Había dicho
días antes de morir: “Para Dios no hay distancias. No hay miedo de que en el fin del mundo no
sepa el lugar donde estoy para resucitarme”.

354 S. 219, 1

- 255 -
Nacido para amar

11. 27. Enfermedad de Mónica


Apenas cinco días después del llamado Éxtasis de Ostia, Mónica cayó en cama con
fiebre. Al recuperar el sentido después de un desvanecimiento, pregunta dónde había
estado.
Sabe que va a morir y manda a sus hijos Agustín y Navigio que la entierren en Os-
tia, a pesar de que ella misma había manifestado tiempo atrás su deseo de ser enterrada
en África, su tierra, junto a Patricio, su esposo. Sólo pide a sus hijos que la recuerden
siempre ante el altar de Dios.

11. 28. Su muerte


Agustín se pregunta cuándo y por qué cambió de idea acerca de su enterramiento.
Posiblemente fue a raíz de lo ocurrido días atrás en la ventana de la casa en Ostia.
Ella misma había hablado de la caducidad de esta vida y del bien de la muerte. No
daba, por tanto, importancia al lugar de su sepultura, porque para Dios no hay distan-
cias geográficas y Él sabe muy bien dónde están los restos de los que han muerto.
A los nueve días de su enfermedad y a los cincuenta y seis años de edad entregó su
alma a Dios, Padre misericordioso355.
___________________________

“Depositad este cuerpo en cualquier sitio, sin que os dé pena. Sólo os pido que
dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor”. Había muerto
Mónica. ¿Qué importaba el lugar de su enterramiento, si su cuerpo no se iba a que-
dar aquí para siempre y, además, creía en la resurrección final?
El cuerpo merece todo nuestro honor porque es parte de nuestra persona. No
somos sólo espíritu, somos alma y cuerpo. De ahí que la Iglesia reza ante el cuerpo
de quien ha muerto, porque sabe que, en la resurrección final, será también asumido
en gloria. Pero debe ser enterrado y quedarse aquí en la tierra, donde sea, con tal de
que sea un lugar digno.
“La divina Providencia, dice san Agustín, se interesa también por los cuerpos de
los difuntos y se complace en todos estos deberes de piedad para con ellos, porque
van reafirmando nuestra fe en la resurrección”356.
Y mientras llega ese momento, se nos pide que recemos por los que han muerto
que ofrezcamos sufragios por su alma, para que sean purificados de sus pecados y
puedan entrar limpios de toda mancha en el Reino que Dios ha preparado para los
que le aman.
La muerte de alguien a amábamos debe alentar nuestra fe en el Dios de la vida.
Nunca debe ser motivo de aflicción como los que no tienen esperanza (Cf. 1 Tes 4,
13). No se dice que no quedemos tristes y afligidos, sino que nuestra aflicción y tris-
teza no sea como los que no esperan en nada. En ellos, la pena es sin consuelo. La
de los creyentes es pasajera y esperanzada.

355 El cuerpo de santa Mónica fue enterrada en la cripta de la iglesia de santa Áurea en Ostia. Ac-
tualmente sus restos reposan en la iglesia de san Agustín de Roma.
356 De civ. Dei 1, 13

- 256 -
Confesiones, libro IX

- ¿Cómo me enfrento a la muerte que un día ha de llegar? ¿Con miedo, con


paz y serenidad, con dudas acerca del “más allá”, con resistencia tenaz,
con tristeza, con esperanza firme?
- ¿Cuál o cómo ha sido mi reacción ante la muerte de una persona muy que-
rida? ¿Con angustia “como los que no tienen esperanza”? ¿Con dolor y
tristeza pero con esperanza firme en una vida feliz con Dios? ¿Con la se-
guridad de que la muerte no trunca nada, sino que es sólo un “hasta pron-
to”, hasta que se realice el encuentro en una vida para siempre? ¿He reza-
do por ella?
San Agustín: “No se puede negar que las almas de los difuntos son aliviadas por
la piedad de sus parientes vivos, cuando se ofrece por ellas el sacrificio del Mediador
o cuando se hacen limosnas en la Iglesia. Pero estas cosas aprovechan a aquellos que,
cuando vivían, merecieron que les pudiesen aprovechar después”357.

CAPÍTULO 12

Tristeza y hondo pesar invade el corazón de Agustín. Contiene sus lágrimas porque no quie-
re llorar delante de los demás. Al reprimir su llanto, se produce en él un dolor interior agudo y
fuerte. Cantan o recitan salmos y es enterrada piadosamente. Al fin da rienda suelta a sus lá-
grimas y pide comprensión por ello.
12. 29. Los cristianos no deben entristecerse como los que no tienen esperan-
za
Muere Mónica y al corazón de Agustín afluía una tristeza grande y mucho dolor.
Brotaban en él lágrimas en abundancia, pero él lograba reprimirlas, impidiendo que
corran por su rostro. Esa lucha consigo mismo le hacía mucho mal.
No ocurre lo mismo en su nieto, Adeodato, que rompe a llorar a gritos, hasta que
lograron todos calmarle. Así reprimía también Agustín con la mente el sentimiento de
niño que había dentro de él y que quería expresar con lágrimas.
No era conveniente celebrar el funeral con lamentos y gemidos. Así evitaban dar la
sensación de que lloraban por la desaparición total de la madre muerta.
Mónica no había muerto miserablemente ni del todo. Resucitaría en Cristo. De ello
estaban totalmente seguros, y apoyaban su seguridad en la vida ejemplar de Mónica y
en su fe no fingida, sino verdadera

12. 30. La fe no elimina el dolor


El dolor de Agustín se acrecentaba con la muerte repentina de su madre, porque se
había roto la convivencia muy dulce y gratísima con ella.
Recuerda emocionado los momentos en que su madre, durante su enfermedad, se
había mostrado muy cariñosa con él. Ella, viendo las atenciones llenas de ternura de
Agustín para con ella, le decía que era bueno y piadoso.
Le recordaba, además, que nunca le había oído una sola palabra ofensiva hacia ella.

357 De octo Dulcitii quaest 2, 4

- 257 -
Nacido para amar

No podía compararse el trato respetuoso del hijo con la entrega y servidumbre con
que ella se había sometido a él. De ahí que la herida por su desaparición fuera más gra-
ve, pues su vida había sido una sola con la de ella y se había roto.

12. 31. Dolor contenido


Porque había fe en los presentes, todos rompen a cantar con el salmo 100, que co-
mienza así: “Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música, Señor”. A la celebra-
ción se unen muchas personas buenas de la ciudad.
Después, mientras los encargados del sepelio cumplían su oficio, Agustín se retira a
atender a quienes habían acudido a consolarles y a rezar con la familia.
Mitigaba su dolor con el bálsamo de la verdad. Sólo Dios conocía su dolor, ellos no.
De ahí que todos pensaban que era insensible al sufrimiento.
Ante Dios, que conocía su sentimiento, reprochaba su debilidad con palabras que
ellos no podían oír, y trataba de contener la tristeza que había en él. Esta cedía un poco
y volvía con nuevo empuje, sin que nada se notara al exterior.
A su dolor por la muerte de la madre se unía uno nuevo: le producía mucho descon-
cierto el hecho de que estas situaciones influyeran tanto en él, aunque considera que
son comprensibles y muy propios de la humana naturaleza.

12. 32. El sueño mitiga su dolor


No llora durante todo el tiempo que duró el funeral. Ni siquiera cuando se elevaban
a Dios oraciones por ella, aunque sí le invade una gran tristeza interior. Pedía a Dios
que aliviara su dolor.
Pero Dios no atendió su ruego. Quizá quería que recordara para siempre cómo toda
costumbre se convierte en una cadena que amarra incluso al creyente.
Piensa que darse un baño podría eliminar su angustia y tristeza. Se lo dio, pero sin
resultado alguno. Puede conciliar el sueño y, al despertar, nota que su dolor se ha miti-
gado. Recuerda en esos momentos un himno compuesto por san Ambrosio en el que se
dice que el sueño alivia la aflicción y la tristeza.

12. 33. Da rienda suelta a sus lágrimas


Vuelve a recordar a su madre, su actitud piadosa ante Dios y la ternura y delicadeza
para con ellos, y de quien se había visto privado de repente. Y le vinieron ganas de llo-
rar, por ella y por él mismo.
Y llora abundantemente con lágrimas reprimidas hasta entonces. Encuentra descan-
so y alivio en sus lágrimas. Dios escuchaba y acogía el sentimiento que acompañaba a
sus lágrimas. Un hombre cualquiera habría interpretado torcidamente su llanto.
No le importa que quien lea lo que escribe interprete como le parezca lo que dice.
No debe reírse de él por haber llorado una hora por la muerte de su madre, cuando ella
lloró por él durante tantos años.
En vez de reírse debería llorar ante Dios por sus pecados de Agustín.
__________________________

“Ella (Mónica) no se moría miserablemente ni moría totalmente. Estábamos ple-


namente seguros de ello por el testimonio de sus costumbres y por su fe no fin-
gida”. La muerte es parte de la vida. Por eso, quien vive bien, muere bien. Quien,

- 258 -
Confesiones, libro IX

por la fe “no fingida” sino sincera, vive unido al Señor, la muerte no será separación
sino encuentro con el Dios de la vida.
No puede morir “miserablemente” quien ha vivido la riqueza de un amor, que es
unión con Dios y servicio al hermano. Pero quien vive “miserablemente” por el pe-
cado porque así lo ha querido, pone en riesgo la riqueza de una vida para siempre.
No puede morir “totalmente” quien ha vivido toda una vida animada por la fe
“no fingida”, alimentada por el amor de Cristo y sustentada por la esperanza en
Dios, Padre bueno. Pero quien vive “a medias”, con una vela a Dios y otra al diablo,
¿encontrará en la hora final una vida “total” y plena? A pesar de todo, y para no
perder la esperanza, sabemos que “la misericordia de Dios triunfa sobre el juicio”
(St. 2, 13).
Cristo murió y resucitó, y nosotros hemos resucitado con él (Cf. Ef. 2, 6; Col. 3,
1). La resurrección de Cristo es nuestra garantía y seguridad. Si hemos resucitado
con Él al dejar el pecado, la vida nueva que Dios nos ha otorgado traspasará las
fronteras de la muerte para sea plena y permanente.
Es propio de la condición humana temer la muerte, y es propia de nuestra condi-
ción de cristianos aceptarla con serenidad. No se excluyen estas dos actitudes, sino
que se integran en una misma esperanza.
- ¿Pienso en la muerte con esperanza o sólo con miedo? Si la muerte no es el
final, sino una puerta que se abre, ¿por qué no vivo “totalmente” para po-
der pasar por ella, con seguridad, a la vida feliz para siempre?
- ¿Cómo ha influido en mía la muerte de algún familiar o amigo muy queri-
do? ¿Ha reanimado mi fe o me ha hecho dudar de un Dios que llama
siempre a la vida?
San Agustín: “Todos temen la muerte del cuerpo, pero pocos temen la muerte del
alma. Todos se afanan por evitar que llegue la muerte de la carne, que inevitablemen-
te ha de llegar, y por eso trabajan. Se trabaja para que no muera el hombre que ha de
morir, y nada se hace para que no muera el hombre que ha de vivir eternamente”358.

CAPÍTULO 13

Agustín reza por su madre. Aunque sirvió al Señor de modo ejemplar y sus obras daban tes-
timonio de su fe firme y recia, posiblemente pudo pecar con la lengua. Desea que descanse en paz
con su esposo a quien sirvió con fidelidad. Pide a quienes lean sus Confesiones que de acuerden
de los dos, Mónica y Patricio, ante el altar del Señor.

13. 34. Tristeza de Agustín por los pecados de los hombres


Ha superado Agustín en gran medida el dolor y tristeza por la muerte de su madre.
Admite que habrá quien le pueda reprochar lo carnal de sus afectos para con ella. Pero
ahora llora y se entristece por los peligros a que se enfrenta toda persona que muere en
Adán, es decir, todos los afectados por el pecado de Adán.
Su madre, que procuró vivir siempre con fidelidad su compromiso bautismal, pudo
haber pronunciado alguna palabra contraria a los preceptos del Señor. Es bueno

358 In Jn. ev. 49,2

- 259 -
Nacido para amar

recordar la advertencia del Señor cuando afirma que si alguien llama a otro “imbécil”
merecerá la pena del fuego.
¡Ay de la vida de los hombres si el juicio de Dios se hiciera sin misericordia! Pero,
como la misericordia triunfa sobre el juicio359, hay motivos sólidos para esperar ser salva-
dos por el Dios de la misericordia.
Quien tiene en cuenta ante Dios sus propios méritos, no hace otra cosa sino apreciar
y valorar los dones de Dios en él. Sería saludable para todos reconocer la acción de
Dios en él y gloriarse siempre en Él.

13. 35. Reza por su madre


Prescinde en este momento de las buenas obras de su madre y ruega por ella para
que se le perdonen sus pecados. Lo pide en nombre de Jesucristo. Ya que ella supo per-
donar las ofensas recibidas, Dios le perdonará los pecados que hubiera podido cometer.
Confía en la misericordia de Dios que sobrepasa la justicia. Mónica fue misericordio-
sa por el don recibido de Dios. Y además, Dios es misericordioso con los que han sido
misericordiosos.

13. 36. Certeza de que Dios la ha acogido en su seno


Está seguro de que ha sido así. Mónica había dispuesto que su funeral fuera sencillo.
Y pidió además que se acordaran de ella ante el altar, en la celebración eucarística.
Vivió su fe alimentándola frecuentemente en la eucaristía. Por tanto, nada ni nadie
podrá apartarla de Dios. Al fin y al cabo, nada puede el enemigo en aquel por quien es
vencido.

13. 37. Descansen en paz Mónica y Patricio


Si al principio de su Confesiones Agustín afirmaba que el corazón del hombre encon-
trará su descanso sólo en Dios, ahora está seguro de que su madre goza de un descanso
total y feliz en Él junto con su esposo. A él sirvió siempre con amor hasta conquistarlo
para Dios.
Pide Agustín que todos los suyos y quienes leyeren sus Confesiones se acuerden de
sus padres con sentimientos de piedad ante el altar.
__________________________

“A este sacramento de nuestra redención (el sacrificio de la eucaristía) ligó


tu sierva su alma con el vínculo de la fe. Que nadie la aparte de tu protección”.
Poco antes de morir Mónica pidió a sus hijos que la recordaran siempre ante el altar
del Señor.
Ella sabía, y creía firmemente, que la celebración de la eucaristía recordaba y ac-
tualizaba el sacrificio redentor de Cristo. De ahí su eficacia redentora. Por eso acudía
ella frecuentemente al templo para participar en la misa.
Sin una fe viva y profundamente arraigada en el corazón del creyente, más que
participación activa en la eucaristía, sería asistencia nada más. Sería sólo, usando una
expresión muy pobre, “ir a misa”. Participar en ella es lo propio.

359 St 2, 13

- 260 -
Confesiones, libro IX

Y se participa, no sólo con las respuestas, con los gestos o el canto, sino con espí-
ritu de fe. Como Mónica, que ligó su alma al sacramento de nuestra redención con
el vínculo de la fe. Como debe ser.
Se va a la iglesia, no “a oír misa”, sino a dar y recibir. A dar lo que uno es y tiene,
sobre todo amor. A recibir el inmenso regalo de Jesús que se hace presente en el
altar y en la comunidad reunida, y se nos da en alimento. Su alimento es su Palabra y
su mismo Cuerpo.
“Este es el sacramento de nuestra fe”, dice el sacerdote después de la consagra-
ción. Sin una fe viva, no tendría sentido el sacramento. Un sacramento sin fe, sería
un rito vacío de sentido, un conjunto de ceremonias monótonas y aburridas. Un
sacramento con fe, es vida y comunica nueva vida. Es experiencia gozosa, porque,
como en un banquete de bodas, se comparte el gozo de la presencia real y personal
de Dios, que santifica y renueva todo.
Ante tanta maravilla, dice san Agustín: “¡Oh sacramento de piedad!, ¡oh símbolo
de unidad!, ¡oh vínculo de caridad! Quien quiera vivir, aquí tiene dónde vivir, tiene
de dónde vivir. Acérquese, crea, forme parte de este cuerpo para ser vivificado”360.
- ¿Cómo suelo participar en la misa dominical? ¿Voy a ella sólo por cumplir
con un deber, con interés y gozo, por costumbre, para participar en ella ac-
tivamente, con verdadera fe y amor, para entrar en comunión con Cristo y
los hermanos…?
- ¿Qué provecho o beneficio aporta la misa a los difuntos? ¿Qué sentido tiene
aplicar la misa por ellos?
San Agustín: “No se puede dudar que ayudan a los difuntos las oraciones de la
Iglesia, el sacrificio de salvación y las limosnas que se ofrecen en sufragio de sus al-
mas, para que el Señor use una misericordia mayor de la que merecen sus pecados. La
Iglesia universal observa esta ley, transmitida por nuestros Padres, que se debe ofre-
cer oraciones por los que han muerto en la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo,
cuando se conmemoran en el momento apropiado del sacrificio y que se recuerde que
el sacrifico se ofrece por ellos”.

360 In Jn. ev. 26, 13

- 261 -
LIBRO X

En este Libro Agustín se sitúa en el presente de su vida. En los nueve primeros libros
de sus Confesiones se ha colocado ante Dios para confesar su pasado y ha dado gracias a
Dios, y le ha alabado, por todo lo que ha hecho en él.
Ahora se dirige a Dios desde su presente. Confesará ante Él su vida interior, su expe-
riencia personal en cuanto convertido y como obispo.
En el Libro no aparecen datos autobiográficos ni de cualquier otra índole. Sólo su
vivencia personal llena de Dios, su fe afianzada y robustecida, su amor, en lo que cabe,
sin límites, su esperanza en un Dios, que ya no es promesa sino realidad cierta.
Escribe este Libro a petición de quienes ya han leído los nueve libros anteriores. Quie-
ren saber cómo vive hoy quien, después de una búsqueda afanosa de la Verdad, ya la ha-
bía encontrado.
En un primer momento expresará su deseo de conocer a Dios más a fondo. Después
intentará conocerse a sí mismo en el aspecto moral para responder con más fidelidad a lo
que Dios quiere y espera de él.
Para lograr ambos deseos o inquietudes, presentará a Cristo como el verdadero puen-
te entre Dios y él, el mediador único y verdadero que le posibilitará el encuentro pleno
con Dios.
--------------------------------------------
Nota: Me limitaré a presentar solamente los primeros seis capítulos, a tenor
de lo señalado en la página 10, “Algunas notas previas”, d).
CAPÍTULO 1

Plegaria de Agustín.

1. 1. Deseo de conocer a Dios y entregarse a Él


Dios conoce a Agustín a fondo y el santo desea conocer también a Dios. No de la
misma manera o con el mismo alcance de totalidad y plenitud, sino con un conocimien-
to veraz, sin mentira ni engaño. Si lograra este deseo, podría conocerse a sí mismo de
la misma manera.
Dada su incapacidad, por su condición humana, para lograr un verdadero conoci-
miento e Dios, le pide que entre dentro de sí y amolde o configure su alma a Él.
Una vez que su alma esté configurada a Dios, su alegría será completa. Lo espera y
lo desea.
Todos los bienes de la tierra son relativos y efímeros. No merece la pena llorar y
angustiarse de manera desconsolada cuando no se tienen, ni alegrarse plenamente
cuando se tienen.
Desea Agustín que su corazón vea la luz de la verdad y pueda gozar en ella.
____________________________

“Señor, virtud de mi alma, entra en ella, amóldala a ti para tenerla y po-


seerla sin mancha ni arruga”. San Agustín conocía, siendo ya obispo, el versículo
del Apocalipsis, que dice: “Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha
mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).
A la puerta de su corazón estuvo el Señor durante bastantes años, llamando y es-
perando que la abriera. Y no se abría. Había otras puertas por las que el joven Agus-
tín salía de sí mismo, en busca de unos horizontes siempre falsos, empujado por
unas apetencias siempre fallidas. No vivía dentro de sí. Salía de sí mismo y no se
encontraba361.
Al fin oyó la voz de la Verdad que llamaba, y le abrió de par en par la puerta de
su corazón. Y cenaron juntos, es decir, celebraron la fiesta del encuentro, compartie-
ron con gozo la fiesta del amor. A la casa de su corazón entró, como en la casa de
Zaqueo, la salvación. Nunca más saldría de ella. Allí se quedó para siempre.
Y su alma quedó amoldada a Cristo, quedó configurada con él, revestida de Cris-
to. Cristo fue el vestido nuevo, el molde vivo, Agustín vaciado en él para ser por él
llenado. Hasta poder decir con san Pablo: “¡Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien
vive en mí!” (Ga 2, 20). Conoció la Verdad y fue acogido por ella con amor. Ya na-
die ni nada podrá separarle de ese Amor, que es Cristo (Cf. Rm 8, 35).
Y en adelante fue feliz. No podía ser menos, ya que había encontrado la fuente de
la verdadera felicidad. En ella abrevaría toda su vida, en ella saciaría siempre su sed
de verdad, a ella acudiría en busca de un amor estable y verdadero. Agustín, cris-
tiano, porque se amoldó a Cristo. Mejor, fue Cristo quien lo amoldó a él, y quedó
“poseído sin mancha ni arruga”.

361 Cf. Conf. 10, 27, 38


Nacido para amar

- ¿Qué “zonas” de mi interior no están todavía convertidas a Cristo? ¿Qué


“manchas y arrugas” afean aún mi alma en la que Cristo quiere entrar?
- ¿Percibo o siento dentro de mí la llamada de Cristo para entrar en mi vida?
¿Le abro de par en par la puerta, o apenas un resquicio nada más por
falta de una determinación personal y decidida?
- ¿Abro la puerta de mi vida al hermano que sufre, en quien viene también
Jesús?
San Agustín: “Hay quienes solamente se han revestido de Cristo por haber reci-
bido el sacramento, pero están desnudos de él por lo que se refiere a la fe y las cos-
tumbres”362.

CAPÍTULO 2

Prosigue la plegaria de Agustín. Se presenta ante Dios, aunque sabe que Dios conoce hasta
lo más íntimo de si mismo. Su confesión es verdadera; no oculta nada.

2. 2. Se presenta ante Dios arrepentido y agradecido


Dios conoce hasta lo más profundo del corazón. No hay en el hombre nada oculto
para él. Y nada puede ocultar el hombre a los ojos de Dios. Dios podría esconderse del
hombre, pero no el hombre de Dios.
El reconocimiento de su propio pecado y la tristeza que ello le causa le lleva a desear
a Dios, y a reconocer y agradecer su amor. Se avergüenza de sí mismo en cuanto peca-
dor y opta por Dios como lo único que vale la pena, lo único digno de todo amor.
Agustín se agradará a sí mismo sólo cuando agrade a Dios con su vida.
Ya había dejado claro cual era el objetivo que se propuso al escribir sus Confesio-
nes363. Todo lo que expresa en ellas, lo dice de corazón, con palabras que le salen del
alma.
Si confiesa en ellas sus pecados, siente disgusto y vergüenza. Si confiesa lo bueno
que encuentra en sí mismo, lo atribuye a Dios. Es decir, él es responsable de lo malo
que hace. Lo bueno en él proviene de Dios, quien lo capacita para obrar libremente el
bien.
Su confesión a Dios es callada, porque Dios la conoce antes de que Agustín la pueda
decir o escribir. No es callada cuando la presenta por escrito para que la conozcan los
hombres. Y dirá la verdad, porque es Dios mismo quien pone palabras en su corazón.
__________________________

“Tú, Señor, resplandeces, me agradas y te conviertes en objeto de mi amor y


de mi deseo”. Desaparecieron las tinieblas de su vida y una luz nueva brilla, resplan-
dece e ilumina corazón. Dios será siempre, para él, lo único necesario, el único obje-
to de su corazón.
Gracias a Dios nosotros no vivimos ni estamos en las tinieblas del pecado -eso
espero y deseo-, pero sí quizás en una cierta penumbra, en un amanecer que no

362 S. 260 a, 2
363 Cf. Conf. II, 3, 5

- 266 -
Confesiones, libro X

acaba de clarear del todo, en un conformismo que opaca la luz. No dejamos que la
luz de la Verdad resplandezca del todo e inunde nuestro corazón de claridad.
O, también quizás, -y ojalá que así sea- vivimos y caminamos en la luz, porque,
como dice san Juan en una de sus cartas, amamos al hermano (1 Jn 2, 9-11). Y quien
ama al hermano, ama a Dios, que es la luz indeficiente, en la que hay vida, la luz
verdadera que ilumina a todo hombre (Cf. Jn 1, 4. 9).
Si en nuestra vida hay y comunicamos amor, somos luz. Una luz quizás pequeñi-
ta, pero que unida a otras muchas, a todos los creyentes en Jesús y amadores como
él, iluminan nuestro mundo y lo hacen más amable, más justo, más humano, más
solidario.
Pero para poder iluminar antes tenemos que ser iluminados por la única luz que
es en sí misma, que permanece siempre, que nunca se apaga. Somos lámparas o ci-
rios que necesitan arrimarse a una luz siempre encendida, Cristo, para prenderse en
ella.
Y así, siendo lámparas encendidas en Cristo, seremos prolongación de él mismo,
y él comunicará una vida nueva a muchos con nuestra luz, tenue pero poderosa,
porque la mantiene él.
- ¿Soy consciente de que, por mi condición de cristiano, soy en cierta forma
prolongación de Jesús en el mundo? ¿Los otros notan en mí esa “prolonga-
ción” ¿Por qué?
- ¿Qué tendría que hacer para dejarme iluminar plenamente por Cristo? ¿Es-
toy dispuesto a hacerlo?
- Si amar al hermano es estar en la luz, ¿dónde me encuentro yo?
San Agustín: “Amad a Dios, puesto que nada encontraréis mejor que él […].
Amad a Cristo, desead la luz que es Cristo. Si aquél (el ciego) deseó la luz corporal,
¡cuánto más debéis desear vosotros la del corazón! Gritemos ante él, no con la voz,
sino con las costumbres. Vivamos santamente”364.

CAPÍTULO 3

Sabe Agustín que muchos lectores de sus Confesiones no le creerán o dudarán de su testi-
monio. Por eso, aunque su intención es que los cristianos de su tiempo puedan conocer y aceptar
su testimonio como verídico, presenta su confesión a Dios “para que la oigan los hombres” y la
tengan por cierta.

3. 3. No todos pueden admitir como verdadero el testimonio de Agustín


La curación de las dolencias de Agustín no depende de los hombres, conozcan o no
su confesión, sino de Dios. Son curiosos para conocer la vida de los demás, no así para
conocer la propia, ni quieren oír de Dios quiénes son ellos.
No pueden saber si Agustín dice la verdad porque nadie conoce lo que ocurre en el
interior del hombre, sino el espíritu que mora en él.

364 S. 349, 5

- 267 -
Nacido para amar

Pero si es Dios quién les dice quiénes o cómo son ellos, lo acogen como verdad, por-
que saben que Dios no puede mentir. La verdad dicha por Dios es el medio más ade-
mado para conocerse a sí mismos.
Apela Agustín a “la caridad que todo lo cree”365 para afirmar que le creerán quienes
le aman sinceramente.

3. 4. Espera que su confesión sea provechosa a otros


Agustín quiere saber cuál será el fruto de su confesión. El conocimiento de sus ma-
les pasados, perdonados por Dios, ayudará a otros a no caer en la desesperación.
Se sentirán, más bien, estimulados por la misericordia de Dios a dejar el pecado. Su
gracia será la fuerza de su propia debilidad.
Quien ha sido liberado de sus males pasados goza recordándolos, no por ser males,
sino porque ya se ha visto libre de ellos.
Se pregunta el santo acerca del fruto que pueda producir su confesión, no tanto de lo
que hizo, cuyo fruto ya conoce, sino de lo que es ahora.
Hay muchos que quieren conocer cómo es Agustín siendo ya obispo. No pueden co-
nocer su interioridad, pero están muy interesados en conocerla. ¿Lograrán conocerla,
aunque él la exprese con toda claridad? Le creerán si les mueve el amor a él.
_________________________

“Me confieso a ti para que me oigan los hombres”. Dios es el primer destinata-
rio del libro de las Confesiones. Lo ha escrito para alabar y agradecer a Dios por su
misericordia a su perdón. Confiesa en todas sus páginas las maravillas que ha obrado
en él, atrayéndolo poco a poco a la luz de la verdad.
Pero también le interesa que sus enemigos, los maniqueos, conozcan el camino
que ha ido recorriendo en busca de la verdad y su sincera y total conversión a la fe
cristiana. Además, queda la posibilidad de que más de uno se mueva a seguir el
mismo camino.
No debemos ocultar la luz que llevamos dentro de nosotros ni acallar la verdad.
Ser testigos de Jesús implica y exige dar a conocer las maravillas que Dios ha hecho
y hace con nosotros, con sencillez y humildad, pero también con sinceridad. Pero
antes es preciso reconocer y agradecer a Dios por todo ello.
“Brille vuestra luz ante los hombres, de modo que, al ver vuestras buenas obras,
glorifiquen a vuestro Padre del cielo”, nos dice el mismo Jesús (Mt 5, 16). Un peca-
do muy frecuente en muchos cristianos es ocultar su fe y disimular su condición de
creyentes, por un falso miedo al qué dirán, por vergüenza, por cobardía y, lo que es
peor, por falta de convicción.
Se requiere valor para vivir la fe y también para proclamarla. Para ello tenemos la
asistencia del Espíritu que es fuerza y eficacia.
“Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar
explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con
delicadeza y respeto” (1 P. 3, 15). Nuestra esperanza es Cristo y nadie más. Es la

365 I Co 13, 7

- 268 -
Confesiones, libro X

recomendación de san Pedro en su carta. Se nos pide ser testigos de Jesús con
nuestra vida y nuestra palabra.
- ¿Estoy dispuesto a manifestar siempre mi condición de creyente en Jesús
con claridad, sencillez y respeto? ¿Qué miedos o impedimentos tendría que
erradicar de mí para ser y actuar de esa manera?
- ¿Qué aspectos de mi vida cristiana no están todavía suficientemente ilumi-
nados por Cristo por dejadez o porque me he resistido a ello?
- ¿Tengo algún pariente, amigo o conocido que necesitaría dar un paso hacia
la fe y quien yo podría ayudar?
San Agustín: “Debemos hacer el bien, no sólo delante de Dios, sino también de-
lante de los hombres. No bebamos el agua clara en nuestra conciencia, mientras se
nos acusa de obrar con pie incauto, para que las ovejas del Señor la beban turbia”366
(Ep 125,2).

CAPÍTULO 4

Sus hermanos en la fe le piden que les amplíe todo lo relacionado con su vida en relación con
Dios. Se muestra a ellos para que se alegren de lo bueno que hay en él y se entristezcan por sus
males. Se manifiesta no como ha sido antes, sino como es ahora.

4. 5. Agustín abre su corazón a sus hermanos creyentes


Como son muchos los hermanos que quieren felicitar a Agustín por su experiencia
religiosa, orar por él y dar gracias al Señor, se confesará también ante ellos.
Se siente amado por ellos en aquello que Dios enseña que hay que amar y sabe que
lamentan en él lo que es deplorable ante Dios.
Lo bueno que hay en él es obra y don de Dios. Sus males son obra suya. Pide al Se-
ñor que broten del corazón de estos hermanos himnos de alabanza y derramen lágri-
mas por los males pasados.
Que Señor tenga misericordia de él y no lo abandone. Que lleve a buen término la
obra comenzada en él.

4. 6. Siervo de sus hermanos


Se presentará en sus confesiones como es ahora, no como ha sido antes. Las presenta-
rá a Dios, con gozo y temblor, con tristeza y esperanza, y también a sus hermanos cre-
yentes, partícipes de su alegría, mortales como él, conciudadanos y compañeros.
Se declara siervo de ellos. Así se lo enseña la Palabra, Cristo, con su vida y su doc-
trina. Se siente frágil y pequeño y necesita la ayuda de Dios para servir de la misma
manera.
Considera un servicio de caridad manifestarse a los hermanos con su confesión. Deja-
rá que sean ellos quienes le juzguen.

366 Ep. 125, 2

- 269 -
Nacido para amar

__________________________

“Me manifestaré a aquellos a quienes ordenas servir”. También a los suyos di-
rige o dedica sus Confesiones. Quiere que lo conozcan y que sepan el camino que ha
recorrido hasta encontrar la Verdad. Desea que su experiencia, dura y difícil como
pecador y gratísima como convertido a la fe, pueda animar a otros a recorrer tam-
bién su propio camino de búsqueda, encuentro y conversión.
Nosotros formamos parte de alguna comunidad cristiana. No somos islas, sino
parte de un cuerpo vivo. Pertenecemos a una comunidad parroquial o somos miem-
bros de algún grupo de oración o formación cristiana. Debemos, por tanto, conocer
la experiencia de fe de cada uno, aprender de ella e incorporarla, si es del caso, a
nuestra propia vida.
No importa que la trayectoria como creyentes o convertidos que hemos recorrido
no sea brillante o extraordinaria. Siempre tendremos algo positivo que aportar, y
mucho que aprender de los otros. Y nuestra experiencia puede haber transitado por
un camino de altibajos, de cansancio y nuevos ánimos, de ilusiones truncadas y de
encuentros que nos han enriquecido.
Lo importante y decisivo no son los logros, sino la experiencia vivida. Y ver en
todo ello la mano amorosa de Dios, que nunca abandona a nadie, mucho menos a
quien quiera o intente acercarse a él.
De nuevo se nos pide aquí dar razón de nuestra esperanza y ser lámparas que bri-
llan. Sin alardes, porque la obra no ha sido nuestra, y con respeto al proceso de fe de
los otros. El miembro de cualquier cuerpo o agrupación no está sólo para recibir,
sino para aportar vida desde su ser y la función que le corresponda. Con humildad y
sencillez.
- ¿Me considero miembro activo dentro de la comunidad parroquial? ¿O más
bien, mi pertenencia a ella es pasiva, solamente para recibir y no aportar?
- ¿Formo parte de algún grupo de fe, oración o trabajo? Si así es, ¿qué apor-
to desde mi experiencia de fe? ¿Qué recibo o en qué me enriquezco espiri-
tualmente?
San Agustín: “No seáis sabios para vosotros solos. Recibe el Espíritu. En ti debe
haber una fuente, nunca un depósito, de donde se pueda sacar algo, no donde se acu-
mule”367.

CAPÍTULO 5

Declara Agustín que no se conoce del todo a sí mismo. Sólo Dios conoce lo íntimo de nuestro
ser.

5. 7. Conocimiento de Dios y desconocimiento de sí mismo


Ningún hombre puede conocer la intimidad de otro hombre, sino el espíritu del
mismo hombre. Aún así, hay aspectos de su interior que se le ocultan. Sólo Dios conoce
los secretos del corazón humano.

367 S. 101, 6

- 270 -
Confesiones, libro X

Aunque por su condición humana, sea pobre y limitado, se atreve a decir que conoce
de Dios algo que desconoce de sí mismo. Dice y afirma que Dios es absolutamente in-
violable, mientras que él no sabe qué clase de tentaciones puede o no puede superar.
Pero confía totalmente en Dios, quien no permite que sea tentado por encima de sus
fuerzas, sino que, junto con la tentación, le ofrece la posibilidad de superarla.
Su confesión se moverá en dos sentidos: confesará lo que sabe de sí mismo y también
lo que no sabe. Hará lo primero iluminado por Dios. Lo segundo seguirá desconocido
hasta que sea iluminado.
_________________________

“Tú, Señor, eres fiel y no permites que seamos tentados por encima de nuestras
fuerzas, sino que, junto con la tentación, nos ofreces la posibilidad de hacerle
frente”. Este es uno de los pensamientos más conocidos de san Agustín. Son pala-
bras que consuelan y pacifican el corazón del creyente. Son expresión de la miseri-
cordia de Dios que no abandona nunca a quien cree en él, a quien lucha contra la
tentación y el pecado.
Tenemos siempre la posibilidad de vencer y superar la tentación. Siempre. Tene-
mos los medios necesarios para ello. En primer lugar, la asistencia y ayuda del Espí-
ritu, la fuerza y eficacia de la gracia, María la madre buena, la oración humilde y con-
fiada, los sacramentos, todos, en particular el del perdón y la eucaristía. Y el empeño
y esfuerzo personal.
Es verdad que el maligno, que tiene nombre conocido, nos acosa y tienta en mu-
chos momentos. Es su trabajo. Para eso está. Es preciso estar atentos y vigilantes. A
ello nos invita la Escritura: “Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo el diablo,
como león rugiente, ronda buscando a quien devorar; resistidle firmes en la fe” (1 P
5, 8-9).
Sobriedad, vigilancia, resistencia y firmeza en la fe. Esta son las armas para luchar
y vencer. Sobriedad o vida sencilla y humilde, confiando siempre en Dios que lo
puede todo y nos ama. Vigilancia o estar atentos. Dicen, y es verdad, que hombre
prevenido vale por dos. Resistencia para afrontar la tentación de cara y luchar con
los medios arriba indicados. Firmeza en la fe o confianza plena en el poder de la
gracia, en el poder del Espíritu.
A pesar de todo, caeremos en más de una ocasión, porque somos débiles por
nuestra condición humana. Pero lo peor no es caer, sino no levantarse. Y podemos
levantarnos siempre, con la ayuda de Dios. La caída y levantada irá forjando nuestra
personalidad de cristianos, haciéndola más fuerte y madura. Quizás, la característica
más clara de Jesús era y sigue siendo su cercanía a los pecadores. En él encontraban
y siguen encontrando el gozo de algo nuevo.
- ¿Qué clase de tentación me ha costado más superar? ¿Por qué? ¿Me des-
animo a caer frecuentemente en las mismas faltas?
- ¿Cómo lucho contra la tentación? ¿Me dejo llevar? ¿Me enfrento a ella?
- ¿Cuáles son las tentaciones con que más me suele atacar el maligno?
San Agustín: “Cristo era tentado por el diablo y en Cristo eras tentado tú, porque
Cristo tomó tu carne y te dio su salvación, tomó tu mortalidad y te dio su vida, tomó
de ti las injurias y te dio los honores, y toma ahora tu tentación para darte la victoria.

- 271 -
Nacido para amar

Si fuimos tentados en El, vencimos también al diablo en El”368 (SAN AGUSTIN,


Coment. sobre el Salmo 60).

CAPÍTULO 6

Todo invita a amar a Dios. La belleza de todo lo creado, su originalidad y desarrollo, el


orden y armonía del universo…, todo habla del autor que las ha formado. Además, no sólo in-
vitan a conocer al Creador sino a amarlo.

6. 8. “¿Qué amo cuando amo a Dios?”


Agustín, siente que ama a Dios con total certeza, con exclusión de toda duda La se-
guridad y certeza de este amor le viene de haber sido herido con el dardo de la palabra
de Dios369. Dios llenó de amor el corazón de Agustín y le capacitó para amarle de ver-
dad.
Porque la naturaleza es un libro abierto que Dios “ha escrito”, todos, sin excusa al-
guna, pueden conocer y amar a Dios. Sin la misericordia de Dios y su compasión, nadie
podría oír la voz de la naturaleza que habla de su autor.
Se pregunta el santo qué es lo que ama cuando ama a Dios. No ama lo que no es en
sí: fragancia, armonía, luz, abrazo amoroso, etc. por muy hermoso que sea todo. Pero
ama también todo esto cuando ama a Dios.

6. 9. Busca dentro de sí para mirar “más arriba”


Nada de lo que hay en la naturaleza es Dios. Las criaturas lo remiten al autor de to-
do, a Dios, y le invitan a buscarlo “por encima” de ellas.
Pide con su mirada que le hablen y le responden con su belleza, y le dicen: “Él nos
hizo”.
Se dirige a sí mismo y encuentra que es un hombre, dotado de cuerpo y alma. Pre-
gunta a su alma sobre Dios. Hasta su interior, a través de su cuerpo, habían llegado las
“voces” de las criaturas y su invitación a buscar más arriba.

6. 10. Quiénes pueden “oír” el mensaje de la naturaleza


El mensaje de la naturaleza llega a todos. Los hombres, al contemplar y admirar la
belleza en la naturaleza, pueden hacer preguntas sobre Dios, ya que lo invisible de Él
se manifiesta a la inteligencia humana a través de todo lo creado.
Los animales, al carecer de razón, pueden ver, pero no preguntar.
Cuando el hombre ama a las criaturas sin referirlas a Dios, se hace esclavo de ellas y
se hace incapaz de juzgar o discernir.
De ahí que la “voz” de la naturaleza que remite o refiere a Dios no llega a quienes se
someten o esclavizan a las cosas creadas. Oyen esta “voz” sólo los que son capaces de
mirar más arriba o más allá de las cosas.
La belleza de la naturaleza se presenta a todos de la misma manera. Pero para unos
es muda y para otros es hablante y se deja oír. Estos confrontan lo que “oyen” con la
verdad que está en su interior, en su alma. Los primeros son sordos porque no

368 En. in ps. 60, 3


369 Cf. Conf, IX, 2, 3

- 272 -
Confesiones, libro X

quieren “oír”. Por el cuerpo el mensaje llega al alma, pero es el alma quien da vida a
cuerpo y Dios es la vida del alma.
__________________________

“Soy plenamente consciente y no tengo la menor duda de que te amo, Señor”.


Estas palabras de Agustín un hermoso final para esta serie de reflexiones. El mejor
colofón o remate de todas ellas. Agustín había nacido para amar, su búsqueda de la
verdad estaba impulsada siempre por el amor, aunque entonces no sabía a quién o a
qué. Y su conversión fue el encuentro definitivo con el Amor que es Cristo.
Este último apartado podría llevar por título “Nacido para amar”. El mismo que fi-
gura en la portada de este libro. Confiesa el santo que necesitaba amar y ser amado. El
amor era su razón de ser, su sustento, su ideal, su vida.
Convertido, se encontró con Cristo, el Amor encarnado. Y, después, siendo monje y
obispo, era lo único que sabía hacer, porque todo lo demás - tarea pastoral, escritos,
disputas con los herejes, la comunidad de hermanos, todo-, estaba impulsado, sostenido
y animado por el amor. Era el motor de su vida.
Por eso se le representa con el corazón en la mano, un corazón en llamas, un cora-
zón ardiente que purifica y da calor, un calor que se expande y llega a muchos. Aquí
tiene su origen la familia agustiniana. El servicio a la Iglesia será consecuencia necesa-
ria e ineludible.
Un amor, además, acrecentado siempre por la oración asidua, por la unión íntima
con Cristo, en el diálogo con los hermanos que compartían la misma mesa, la eucarísti-
ca y la otra, con la lectura frecuente de la Sagrada Escritura. Había encontrado el amor
que no falla y llena, y era feliz.
Agustín es ejemplo y modelo para todo seguidor de Jesús, más que por sus escritos -
admirables todos ellos- , por su vida entregada de lleno a Dios y al servicio de la Igle-
sia. O también, por el amor que ponía en todo lo que era y hacía. Porque había abierto
la puerta de su corazón a Cristo que llamaba, y se había dejado llenar de su amor.
- ¿Cuál es en estos momentos el mayor amor de mi vida? ¿Me llena de ver-
dad?
- ¿Soy consciente y estoy plenamente convencido de que Dios me ama inmen-
samente? ¿Podría comunicar a otros mi experiencia del amor de Dios?
¿Cómo correspondo a este amor?
- ¿Qué tendría que hacer para luchar contra el egoísmo, siempre latente en
mí?
San Agustín: “Has herido mi corazón, Señor, con tu palabra y te he amado. Pero
también el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos me andan diciendo desde todas par-
tes que te ame”370. “¡Oh Verdad, lumbre de mi corazón, no me hablen mis tinieblas!
me incliné a éstas y me quedé a oscuras; pero desde ellas, sí, desde ellas te amé con
pasión”371.

370 Conf. 10, 6, 8


371 Ib. 12, 10, 10

- 273 -
APÉNDICE

Algunos pensamientos agustinianos


Al prescindir en este trabajo de los últimos capítulos de las Confesiones por
carecer de datos autobiográficos, no conoceríamos algunos pensamientos suyos,
casi siempre breves, pero de un contenido espiritual muy rico.
Presento a continuación algunos de estos pensamientos. Podrían ser muchos
más. Invito a los lectores a que hagan su propia selección. Al margen de cada
uno de ellos añado la cita correspondiente.
Se desplaza la gente para admirar los picachos de las montañas, las gigantescas olas
del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, el perímetro del océano y las órbitas de los
astros, pero pasan de largo de sí mismos (10, 8, 15).
Señor, quiero contactar contigo hasta donde lleguen mis posibilidades. Quiero unirme
a ti íntimamente y en la medida en que esto me sea posible (10, 17, 26).
¿Cómo te busco, Señor? Porque al buscarte, Dios mío, busco la felicidad. Te buscaré,
Señor, para que viva mi alma (10, 20, 29).
¿No es precisamente la felicidad eso que todo el mundo busca, y que no hay absoluta-
mente nadie que no la quiera? (10, 20, 29).
La felicidad no la conocemos ni experimentamos mediante los sentidos corporales (X
21, 30).
¡Lejos, Señor, lejos del corazón de tu siervo que te confiesa a ti, lejos de mí la idea de
considerarme feliz con los goces de que disfruto! (10, 22, 32)
La felicidad consiste en el gozo que viene de ti, que va a ti y que se motiva en ti. Esta
es la felicidad, ni más ni menos (10 22, 32).
No es cierto que todos quieran ser felices, ya que los que no quieren gozarse de ti, que
eres la única felicidad, en realidad no quieren la felicidad (X 23, 33).
He conocido a muchas personas con deseos de engañar, pero a ninguna que quiera ser
engañada (10, 23, 33).
Donde he encontrado la verdad, allí he encontrado a mi Dios, que es la mismísima
Verdad (10, 24, 35).
Señor, desde el día en que te conocí, no encuentro nada de ti que no sea un recuerdo
personal mío. Desde el día en que te conocí, no te he olvidado (10, 24, 35).
Tus respuestas, Señor, son claras, pero no todos las oyen con claridad. Todo el mundo
te consulta sobre lo que quiere, pero no todos oyen siempre lo que quieren (10, 26, 37).
Nacido para amar

Tu mejor servidor es aquel que no tiene sus miras puestas en oír de tus labios lo que él
quiere, sino en querer, sobre todo, aquello que ha oído de tu boca (10, 26, 37).
Señor, cuando me haya unido a ti con todo mi ser, habrán acabado para mí los dolo-
res y los trabajos. Mi vida, toda llena de ti, será algo vivo (10, 28, 39).
Toda mi esperanza está depositada sólo en tu misericordia, que es inmensamente
grande. Da lo que mandas y manda lo que quieras (10, 29, 40).
Espero, Señor, que lleves a buen término tus misericordias en mí hasta lograr la paz
completa que en ti alcanzará mi ser interior y exterior cuando la muerte haya sido ab-
sorbida en la victoria (10, 30, 42).
En el comer y en el beber las riendas del apetito han de manejarse con equilibrio y
moderación (10, 31, 47).
Los ojos aman las formas bellas y variadas, los colores nítidos y frescos. Que mi alma
no quede cautivada por estas cosas. Que sea Dios quien la cautive, que fue quien las creó
y indiscutiblemente son muy buenas (10, 34, 51)
Tus años, Señor, son un solo día, y tu día no es cada día, sino hoy, porque tu día de
hoy no cede el paso al día de mañana ni es una continuación del día de ayer. Tu día de
hoy es la eternidad (11, 13, 16).
No hubo tiempo alguno en que no hicieras nada, puesto que el tiempo mismo es hechu-
ra tuya. Y no hay ningún tiempo que pueda ser coeterno contigo, porque tú eres estable,
porque si el tiempo fuera algo estable ya no sería tiempo (11, 14, 17).
Que no sea yo mi propia vida. He vivido mal al querer vivir de mí. He sido perso-
nalmente el causante de mi muerte. En ti estoy comenzando a vivir (12, 10, 10).
Sólo sé una cosa: que me va mal lejos de ti, y no sólo fuera de mí, sino incluso en mí
mismo. Y que toda riqueza que no es mi Dios es pobreza (13, 8, 9).
Mi amor es mi peso, él me lleva adonde soy llevado. Es tu don el que nos enciende y
nos lleva hacia lo alto; nos enardecemos y avanzamos. (13, 9, 10).
Mi alma es como tierra reseca frente a ti, porque así como no puede iluminarse con su
propia luz, tampoco puede saciarse de sus propios recursos. Como en ti está la fuente de
la vida, así en tu luz veremos la luz (13, 16, 19).
Señor, ya que nos has dado todo, danos la paz: la paz del reposo, la paz del sábado, la
paz sin ocaso (13, 35, 50).
Nosotros, una vez realizadas nuestras obras, que son muy buenas porque tú nos las
has dado, descansaremos en ti en el sábado de la vida eterna (13, 36, 51).
_________________________

Oración de san Agustín: ¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te
amé! El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y fuera te andaba buscan-
do y, como un engendro de fealdad, me abalanzaba sobre la belleza de tus criatu-
ras. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me tenían prisionero lejos de ti
aquellas cosas que, ni no existieran, serían algo inexistente. Me llamaste, me gri-
taste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste tus perfumes,

- 276 -
Apéndice

respiré hondo, y suspiro por ti. Te he paladeado, y me muero de hambre y de sed.


Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz (10, 27, 38).

- 277 -
ÍNDICE

PRESENTACIÓN ......................... 5
LIBRO I............................................ 15
LIBRO II .......................................... 53
LIBRO III ........................................ 71
LIBRO IV ........................................ 93
LIBRO V .......................................... 123
LIBRO VI ........................................ 149
LIBRO VII ....................................... 177
LIBRO VIII ..................................... 211
LIBRO IX ........................................ 235
LIBRO X .......................................... 263
APÉNDICE .......................................... 275