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La suma de los nombres: cómo nos llamamos los salvadoreños (II)

María Tenorio

Los apelativos procedentes del mundo anglosajón han calado hondo en las formas de llamarnos,
erigiéndose como una categoría amplia y variada en nuestra sociedad. Desde hace décadas se han
empleado nombres como Elizabeth, William, Jessica y Alexander. Sin embargo, en años recientes
aumenta su frecuencia de uso, al tiempo que la onomástica salvadoreña se nutre con más nombres de
origen y de apariencia inglesa o extranjera. De más reciente aparición son, por ejemplo, Bryan, Helen y
Kevin, para citar ejemplos tomados de los nombres de mis estudiantes de Lenguaje en la Escuela
Superior de Economía y Negocios.

My name is

La moda de los nombres en inglés –procedentes de tradiciones griega, germánica o latina muchos de
ellos– se debe al prestigio de la civilización al norte del río Grande. Queremos ser como ellos: si no
podemos tener su riqueza, apropiémonos de sus nombres. Un fenómeno semejante ocurrió en las tierras
ibéricas hace más de mil años, luego del despliegue de poder guerrero de los invasores bárbaros y la
consiguiente caída del Imperio Romano: los nombres de origen germánico (bárbaro) se propagaron e
incluso desplazaron a los hebreos, latinos y griegos que se habían popularizado con la tradición
cristiana.

Ejemplos de nombres anglosajones mezclados con nombres castellanos son Rocío Jeannette, Donovan
Josué, Marta Jaqueline, Steve Emerson y Jhonny de Jesús. También se encuentran los más anglófonos
Melanie, Milton Alexander, Jessica Lissette y Edwin William. En tanto, algunos hispanizan las grafías,
como ocurre con Franklin Yovani, Nubia Yaneth, Yessika Erlinda y Jeni Carolina. Están también los
que suenan como en inglés, aunque su origen no está comprobado. Ese es el caso de Yosabeth, Sulwil
Alexander, Lidisceth del Carmen y Selvin Ernesto. Como puede verse en estas muestras, tomadas todas
de la guía telefónica de Publicar 2010, entre los apelativos anglófilos hay algunos muy comunes y
frecuentes, y otros muy extravagantes y novedosos. Todo reside, como dijimos en la primera entrega de
este ensayo, en la frecuencia de uso: el oído se acostumbra; la tradición se construye por repetición.

No cabe duda de que una vía de entrada de la anglofilia que permea nuestras formas de llamarnos y, en
general, nuestra cultura es el enorme movimiento de población salvadoreña hacia el gran vecino del
Norte en busca de oportunidades de trabajo, de seguridad y de vida. Las migraciones han aportado
mucho más que dólares, ropa, educación, electrodomésticos y arquitectura en los últimos treinta años:
la remesa onomástica está transformando el panorama de los nombres propios salvadoreños,
naturalizando la oferta de apelativos en inglés.

A manera de hipótesis, se puede plantear que los nombres anglos irrumpen en el país a partir de las
clases menos educadas –entre las que han sido más fuertes las migraciones– en un movimiento que
tiende a propagarse en toda la escala social. La razón podría ser que quienes cuentan con menos
formación tienen menos tabúes para innovar, sobre todo en un terreno tan sensible como el de dar
nombre a sus hijos. Según algunos de mis alumnos de Lenguaje, los nombres más extraños “son de
personas que tuvieron padres con poca educación”. Las clases más favorecidas tienden a ser más
conservadoras en este ámbito.

Mamá, quiero ser artista

Además de las migraciones, la enorme producción cultural –en lengua inglesa– de cine, música,
revistas, libros, televisión y publicidad nos ha dotado con indicaciones sobre cómo llamarnos para ser
exitosos, bellos, valientes o dichosos. Algunos nombres de salvadoreños encontrados en el directorio
telefónico que relaciono con personajes del imaginario cultural y mediático de tradición anglosajona
son: Néstor Ivanhoe, asociado con el personaje de la novela histórica de Sir Walter Scott, Wilfredo de
Ivanhoe; Woody Rogelio, con el director de cine neoyorquino Woody Allen; Magnum Alexander, con
el programa televisivo Magnum P.I.; Dorian Armando, con el Retrato de Dorian Gray, novela de Oscar
Wilde; Barby Yessenia, con la famosa muñeca Barbie.

En la categoría de personajes famosos de origen anglosajón traigo a ustedes el poco usual nombre de
pila de un compatriota, Elvis Land, que literalmente significa la tierra de Elvis, posiblemente en alusión
a Elvis Presley, el Rey del Rock. El apelativo constituye una violación contra la Ley del Nombre de la
Persona Natural, vigente en el país desde 1991, por el uso de un nombre impropio de persona, la
palabra común land que significa tierra, terreno, país, nación o reino.

Si bien algunos casticistas (entre ellos, varios de mis estudiantes universitarios) objetan el uso de
nombres extranjeros por las dificultades para pronunciarlos, la Ley del Nombre no opone restricciones
a ese respecto. Aquí, sin duda, debería imperar el sentido común. Pero, en Ransey Ernesto, ¿se
pronuncia /Ranséi/ o /Ránsi/? Y en Orpha Lissete, ¿se dice /Orfa/ u /Orpa/?

La ley tampoco norma la manera de escribirlos, quedando a juicio de los padres o de los funcionarios
del Registro Civil. En la guía se encuentran nombres con hasta cinco grafías distintas, por ejemplo:
Marta Jaqueline, Jackeline Lisseth, Jaquelinne Grissel y Heidi Yaqueline; Freddy Konrad, Fredi
Antonio, José Fredis, Fredy Armando y Fredee Agustín; Rudy Cristian y Christian Manuel; Katherine,
Katherin Margarita y Rudit Katerin; Nancy Yoshie y Nansi del Carmen. Siempre he oído decir que hay
libertad sobre cómo deletrear los nombres propios, lo cual aplicaría a los de cualquier procedencia.

Algo más en cuanto a las grafías. Las letras “h” y “y” suelen actuar como marca de prestigio en
apelativos que, a veces, tienen equivalente en castellano: Martha, Rhina Elizabeth, Thelma, Gladys
Otilia, Doly Edita, Cecilia Yudith y Fany Esmeralda sirvan como ejemplos. Esta que escribe carga con
su propia “h” final en el nombre Ruth, del que podría prescindir con facilidad. Otra marca de prestigio
–también asociada con lo anglo y, en general, con lo extranjero– es la duplicación de letras. Esta
práctica sigue, muchas veces, las formas “originales” de escribir los nombres en otras lenguas; sin
embargo también se usa a discreción de los padres o los dadores de nombres. Además de los ejemplos
que puede hallar en el párrafo anterior, tenemos el caso de Bonnie Ailleen, Claudia Lissette, Ivonne
Desiree y María Haydeé.

En la próxima entrega lea sobre la tradición de inventar nombres, así como sobre los apelativos Santos,
Cruz, Jesús y Tránsito que en nuestro país se usan tanto para hombre como para mujer.

(Publicado en Contracultura, 9 diciembre 2010).


Ilustración: Tarjeta postal que muestra la alameda Roosevelt, San Salvador, fechada el 16 de junio de
1946 y firmada por Óscar A. Rodríguez. Publicada en el blog de Julio Martínez.