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JOSE MARTI PROLOGO I En LAs MAS significativas paginas de José Marti, desde Ei presidio politico en Cuba (1871) hasta su ultimo Diario de campafia (1895), el contenido re- volucionario y [a creacién verbal resultan inseparables. Nace de este hecho la primera dificultad para presentar una seleccién de su obra especfficamente “literaria’, de la que deben excluirse aquellos textos politicos —semblanzas como la de Céspedes y Agraronte, articulos como “Nuestra América”, dis- cursos como “Con todos y para el bien de todos”, testimonios de su accién revolucionaria en cartas y diatios— donde sin embargo estd con frecuencia lo mds granado y perdurable de su expresién. Paraddjicamente, pues, debe- mos comenzar nuestra tarea remitiendo al lector a otros vohimenes de esta coleccién en que se recoja una muestra amplia de lo que Marti escribié sobre fos problemas politicos y sociales de Cuba y América Latina, en cuanto doc- trinario y protagonista de Ja revolucién cubana y latinoamericana en marcha hasta nuestros dias, como tinico medio para remediar las inevitables deficien- cias de la presente seleccidn. Por otra parte, realizada tan dolorosa renuncia, surge de inmediato otra dificultad no menor: la planteada por la enorme obra periodistica de Marti, en la que a su vez se halla, bajo la apariencia de meros reportajes o crénicas de sucesos, buena parte de su mejor creacidn [teraria. Comprendemos enton- ces que el verdadero obstdculo consiste en la esencia de Marti como escritor, caracterizado por una obra en la gue literatura y revolucién, literatura y servi- cio, literatura y redencién histérica del hombre, son elementos inextricable- mente unidos desde el arranque mismo de Ja palabra. En rigor no es pasible despojar a ninguna pagina de Marti de su cardcter nativamente stico, mora- lizador, y, en el sentido mds profundo, politico y revolucionario. Tal es la sustancia misma de su palabra, tanto en la obra lirica, como en la periodis- IX tica, como en la de propaganda y concientizacién para la guerra liberadora y antimperialista. Esto explica que su genio literario no se moviera tan a sus anchas en los géneros convencionales —teatro, novela— como en la evocacién de los héroes y en la prédica revolucionaria, o en la descripcién y comen- tario de fenémenos sociales —especialmente a través de sus pletéricas Esce- was Norteamericanas— que eran para él como las vertiginosas escenas del drama humano, fos capitulos en carne viva de una novela multitedinaria, en los que se encierran siempre una leccién y una clave para el porvenir del hombre. Sabiendo todo esto, fuerza es sin embargo que deslindemos el campo, cifiendo nuestra seleccién —que de otro modo desbordaria los limites de un volumen— a las p4ginas de género y tema especificamente literarios, entre las que hay también, desde luego, ejemplos de mdxima creacién podtica y critica. I Por LOS MISMOS afios en que Stéphane Mallarmé Jlevaba hasta sus ultimas consecuencias el sentido hierdtico de la escritura, José Marti daba un ejemplo magne de la escritura como encarnacién. Lo primero parece inscribirse en la linea iniciada para Occidente por el Ordculo de Delfos que, segin Herd- clito, “ni dice, ni oculta, sino hace sefiales": esencia del signo que va desde el jeroglifico hasta Ia letra impresa (y sus blancos) como idolo de la literatura. Lo segundo puede remontatse originariamente a la idea evangélica del verbo encarnado al servicio de los hombres. Gon independencia de su sentido teolé- gico, de esta idea se desprende una concepcién de la palabra humanizada como participacién y sacrificio que es, en el mundo laico y politico, exactamente el sentido de ia palabra de Marti. Su escritura no es portadora de una liturgia sino de una pasién; no se define por la espacialidad sino por la temporali- dad; no tiene un relieve icénico, sino un impulso misional y redentor. De este modo, Marti se sittia en las antipadas de Ja tendencia dominante en Jas décadas finales del siglo x1x —parnasianisma, decadentismo, modernismo en su primeta fase—, para convertirse en maestro y heraldo de una literatura de servicio y agonia cuyo fundamento no es el signa sino la voz, como ocu- rrird también, por ejemplo, en Miguel de Unamuno y en César Vallejo. Leemos y teleemos cientos, miles de paginas de Marti. Lo que esta pre- sente en todas ellas, lo que no falta nunca, se nos escapa. No se nos escapa por sutileza del contenido (su pensamiento es siempre claro) ni por oscuridad de Ja expresién (su palabra es siempre cenital). Se nos escapa por su misma presencia, como Ia luz en que estd inmerso un paisaje. Quisiéramos apresar esa luz, saber qué significa, qué nos dice. "El discurso del escritor —observa Roland Barthes— dice lo que dice pero también dice que es literatura.” | No asi en el caso de Marti. Su Hteratura no dice que es literatura (aunque tam- bién lo sea): por debajo de sus otros decires argumentales, dice que es vida, | Le degré xéro de Véeriture. Paris, Editions du Seuil, 1964, p. 5. x que es compasidn, que es hombre. O mds bien no lo dice en realidad: es vida, es hombre, es hambre y sed de justicia. Siendo se dice: no hay fisura para un distanciamiento del ser y el decir del dltimo plano, que es el mas evidente y totalizador, por eso el mds inapresable. Ni siquiera en sus secun- darias obras de teatro, en su novela, se percibe ese irdnico dambito segundo, esa autonomfa irreductible y latente de “lo literario” que se aviene con la buena definicién de Giambattista Vico: “ficcién del 4nimo conmovido”.? El dnimo conmovido aqui fulmina a la ficcidn, encarna lo que dice y nos remite siempre a un campo de lucha extraliteratio: el de la milizante eticidad. Ahora bien, esta esctitura tiene también sa propio “arte de bien decir”. Es evidente que hay en Masti una acepcién peyorativa de lo retérico, en cuanto sindnimo de artificioso, postizo, scbramte ¢ innecesario: antitesis, en suma, de lo ajustado y natural. Sabemos que Ja idea de ajuste es basica en su concepcién del estilo: "El que ajuste su pensamiente a su forma, como una hoja de espada a la vaina, ése tiene estilo". “El Jenguaje ha de ser mate- matico, geométrica, escultdrico. La idea ha de encajar exactamente en la fra- se, tan exactamente que no pueda quitarse nada de la frase sin quitar eso mismo de la idea.” “Debe ser cada pérrafo dispuesto como excelente maqui- na, y cada una de sus partes ajustar, encajar con tal perfeccién entre Jas ottas, que si se la saca de entre ellas, éstas quedan como pajaro sin alas, y no fun- cionan, o como edificio al cval se saca una pared de las paredes.” Se percibe aqui una inesperada analogia entre mdéquina o fabrica y naturaleza, patente en el ejemplo del pajaro. Lo fundamental es la exactitud y funcionalidad de la forma, tal como se da en la ecuacién, la figura geométrica, la escultura o la mdquina. Muchos afios después Alfonso Reyes (en El destinde}, al dis- tinguir el coloquio fungible de los paraloquios rigidos (tecnicismo, rito, lite- ratura), define a sta como “paraloquio de configuracién semdéntico-poética inseparable”? que viene a ser la férmula cientifica de la intaicién martiana. Pero en Marti lo basico es el ejemplo y la inspiracién de la Naturaleza, madre de todas las exactitudes y funcionalidades de la forma, y también de toda Ja fantasia del ornamenzo. Por eso cuando él dice: “Contra el verso retérico y ordenado, / El verso nazural...", en seguida vemos que ese verso tiene su propio ornamento necesario, su primor orgdnico, su retérica origi- nal. (En efecto, el poema continia: “Acd& un torrente: / Aqui una piedra seca. Allé un dorado / Pajaro, que en las ramas verdes brilla, / Como una matafiuela entre esmeraldas...”.) Ya desde 1876 Marti habla advertido que "antes que la retérica oprimiese al talento, el talento fue el creador de la retérica”, y que: “No hay cdtedras para el genio: él no tiene reglas, él las crea”. Esa creacién genial surge siempre de lo nativo en el hombre, a imagen y semejanza de la naturaleza que lo sustenta. Hay, pues, también, una acep- cién no peyorativa de la retérica, y por eso en un concentrado apunte resumid Marti; “Los hombres nuevos. A la Academia de los Retéricos, !a Academia de la Naturaleza.” 2 Citado por Alfonso Reyes en El destinde, México, El Colegio de México, 1944, p. 161. 3) Op. cit, p. 235. XE Esta “academia” se funda en la originalidad, que a su vez corresponde a lo que viene de si: “sacudimiento del instante, y brisa o terremoto de las entrafias". En ella reside la tinica garantfa contra el] aspecto negativo de la retdrica, porque —advierte Marti— la lengua poética que hoy nos parece natural ' ‘parecer luego como ahora Ja gongdtica, cuando pasen las cosas pre- sentes que atin le sirven de razén, y dan cierta naturaleza a los modos vio- lentos y patafrasticos de interpretarlas” . Glosande otro apunte suyo, puede afiaditse que para “renovar {a forma po¢tica” {en verso o prosa) se hace necesatio “escribir viviendo”, lo cual significa, en el contexto martiano, es- cribir al dictado de Ja vida, con estricta fidelidad a sus formas surgentes, a su cambiante naturaleza y sentido; y también, asumiendo y amando, en pe- renne combustién de sacrificio. No olvidemos cémo sintetiz6 Marti su pro- pia vida: "He padecido con amor”. Esta identificacién de Arte y Vida, de forma y amoroso sacrificio, es su principal diferencia con el tipo de moder- nismo representado en Cuba por Julidn del Casal, y desde luego con las corrientes patnasianas, ésteticistas y artepuristas: lo que hace de <] un maes- tro de hoy y de mafiana. Dicha identificacién, a su vez, exige dos principios: “la expresién sincera” y “el pensamiento libre”. La sinceridad en Martf no es sdélo un valor ético, sino también estético, en cuanto incluye los valores de fidelidad y participacién. El ajuste intrinseco de contenido y forma se origina en Ja verdad del estilo, y esa verdad sélo puede alcanzarse mediante la participacién afectiva. La expresién fiel y par- ticipante sera, necesariamente, sincera; y cuando se trate de decir lo fntimo y taigal, lo que viene de si, sera, necesariamente, libre, porque lo que viene de si es la libertad misma. Esa libertad, con su retérica siempre en estado naciente v creador, tiene que romper sin cesar las trabas de la otra retérica, la anquilosada y esclavizadora. Su simbolo en el primer poema de Versos libres (“Académica”, referido precisamente 2 Ja “Academia de la Naturaleza”) serf el caballo desnudo que echa por tierra los emblemas pintados de la re- térica tradicional, "Y al sol del alba en que Ja tierra rompe / Echa arrogante por el orbe nuevo”. He aqui el “orbe nuevo” de Ja poesia renovada, que corresponde al “hombre nuevo” de la Academia de la Naturaleza y, sin duda, de la revolucién americana. He aqui el verso libre que corresponde al hom- bre liberador en su més vasto sentido, porque, afirma también Marti, “mien- tras mds trabas rompe el hombre, mas cerca estd de la divinidad (getmina- dora” —es decir, de] Gran Semf sembrador de “Ia Amética tmeva"™. Resumiendo, puntualizamos: 1. Su escritura de encarnacién y de pasién genera una retérica a ima- gen y semejanza de la Naturaleza. 2. Esa retérica se basa en la intuicién de una armonia césmica, y, pot lo tanto, en el ajuste perfecto de asunto y forma, donde se trasluce estilisticamente Ja ley de analogia, ley maestra de su pensamiente. 3. Cuando el asunto viene de afuera (crénica periodistica), el estilo tie- ne que encatnarlo mediante Ja participacién afectiva: de ahi la mul- tiplicidad de “estilos”. XII 4. Cuando el asunto es Ja propia intimidad, la forma debe irrumpir li- bremente desde la raiz, entera, stbita, acumulada, sin pulimento en frfo y “con el menor mimero de palabras posibles” (norma de con- crecién y sencillez, que no excluye, como él mismo advirtid, la abun- dancia natural). 5. Cuando el asunto es su relacién trdgica con la historia y con los hom- bres (discursos, cartas, Ultimos Diarios), irrupcién y participacién se funden entrafiablemente. i Como ES NATURAL en todo escritor, estas principios tienen un desenvolvi- miento que, de la adolescencia a la madurez, y siguiende el curso de los via- jes, quehaceres y experiencias, los afina y los depura. Estén presentes, sin em- bargo, en cada pdgina creadora de Marti, en cualquier fecha y cizcunstancia, y muy especialmente a partir de su viaje a Caracas en 1881, afio que parece marcar su toma de conciencia estilistica y el comienzo de su mayor plenitud expresiva. Baste recordar su articulo sobre “El cardcter de la Revisia Vene- zolana” , su prélogo al Poewma del Nidgara, de Juan Antonio Pérez Bonalde, y su primer libro de versos publicado, Ismaeliilo, para situar entre el 81 y el 82, aunque hubiera desde luego sintomas y semillas anteriores, el arranque de ese movimiento de libertad, enriquectmiento y universalizacién de la pa- labra hispancamericana, que tuvo en José Marti su primer y mayor maes- tro, péstumamente reconocido por Dario, y que Hega hasta nuestros dias con el nombre, casi indtil ya, de modernismo, Casi imitil, decimos, como una bandera hecha jirones por encarnizadas y absurdas batallas, dignas de mejor causa. Por la bandera misma no vamos a abogar: ya lo han hecho dectos profesores a quienes respetamos; ni mucho menos gastaremos fuerzas en cubrir la obra de Marti con ese agujereado pabellén literario, que él nunca empufid con tal nombre. En un apunte sobre La Espatia Moderna, observé: “cuando, si lo fuese de veras, no le habrian llamado asi, con un vocablo in- directo, que huele a polvos de arroz, sino La Espaia Nueva a secas, que es mds viril y castizo"; y en su juicio antolégico sobre Casal, que fo es sobre el modernismo a la alrura de 1893, tampoco fo nombré as(, prefiriendo de- cir: “Y es que en América esté ya en flor la gente nueua...". De esa “gente nueva” fue y es Marti, o debiera ser, un capitan vigente, mientras buena parte de la obra de los calificados “modernistas” incluyendo al profundo y matavilloso Dario, va quedando atrdés como legado noble o Ilama hermosa del pasado, sin contar las letras caedizas que toda época con- Heva. No queremos con esto decir que la literatura martiana sea toda de igual calidad y toda igualmente perdurable: sus ocasionales ensayos teatrales nos desmentirian; mi que dejara de pagar tributo a su época, fatalidad que él mismo advirtié. La estructura oratoria de buena parte de su expresidn es suficiente ejemplo de este tributo, que é] Hevd a grados de elocuencia incan- descente. Juan Marinello y Juan Ramon Jiménez sefialaron el exceso de XHL casticismo que hay a veces en su prosa, rasgo que él justificé al defender su condicién simultdnea de “arcaico” y de “nedlogo": “no hay por qué invalidar vocablos dtiles, ni por qué cejar en Ja faena de dar palabras nuevas a ideas nuevas’. Amistad fanesta, la novela por encargo (que en una proyectada edi- cién pensaba Hamar Lucia ferez, titulo que aqui preferimos) despide sus pre- ciosas luces de pequefia obra maestra, desde la fecha en que fue escrita, no mds acé. Pero sus mejores versos, desde el minimo, primoroso y encendido Ismaelille, pasando por la abrupta y pluténica agonia de los Versos libres, hasta la gota de oro popular y gndmica de los Versos sencillos, escala de Jacob por la que bajan y suben los dngeles que mds tarde visitarfan con men- sajes afines a Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Gabriela Mistral y César Vallejo; La Edad de Oro, pedagogia en estado de gracia, joya mayor de la literatura para nifios en nuestra lengua; muchisimas cartas de esas cuyas palabras, segdn dijera Unamuno, “parecen creaciones, actos”; inmumerables paginas de sus crénicas y todas las de sus des ultimos Diarios, pueden leetse hoy como literatura contempordnea. E] estilo participante, la poesia de lo simultaneo, ef arte pictérico del retrato y cinematografico en la captacién de Jas multitudes (cuando todavia el cine no existfa}, junto con el don miste- rioso de las imagenes y el nervio de Ja frase incidental dandole vida nueva al periodo y color imprevisible al juicio, explican quizd lo que sea explicable en la vitalidad de la obra periodistica de Marti. Obra enorme, incomparable en nuestro idioma, que no puede en rigor conocerse por fragmentos ni antolo- gias. Todo ello, sin embargo, palidece cuando entramos en el reino de los Ultimos Diarios, alli donde la crénica y el poema, asumidos al nivel de la naturaleza patria, la accién revolucionatia del pueblo y el destino petsonal del agonista, cobran los fulgores mas intensos ¢ interminables de !a palabra martiana. Volvemos, pues, al punto de partida. Para conocer de veras la “obra lite- raria” de Marti, hay que leerlo todo, y en primer término su epistolario com- pleto, sus alegatos, discursos y ersayos politicos, y sus Diarios de guerra, y sus cr6nicas periodisticas, y sus apuntes fatimes. Comprendemos entonces que no hay tal obra literaria aislable, sino una sola obra revolucionaria en ef mas creciente sentido: liberaci6n de Cuba, liberaci6n de América, liberacién del hombre de sus trabas seculares, epifania de un mundo nuevo. Y com- prendemos que ia calidad del hecho literario en él, su inconfundible hechizo, depende precisamente de ese estar su palabra tensionada desde otro sitio que no es la literatura, que es el sitio del héroe moral, de la transformacién del mundo, de Ja suerte echada con “los pobres de la tierra”. Peto eno serd ese otro sitio entonces, también, el centro vital de Ja mejor literatura? IV Para LA RESPUESTA a esta pregunta —la pregunta por lo que después se lamaria “literatura comprometida”— la obra critica de Marti, como sus cuadernos de apuntes, ofrecen importantes elementos de juicio. De una parte hay que recordar su enorme aprecio de la creacién literaria, y especialmente XIV de la poesia, por si misma. Compara la forma a un céliz “donde se alberga el pensamiento hermoso como para los catélicos se alberga en el cdliz el cuerpo de Cristo”. Considera que “en todo gran escritor hay un gran pintor, un gran escultor y un gran musico”. Se interesa profundamente en las operacio- nes rigurosamente artisticas de la palabra escrita, dejando de ello testimonios tan ricos como el articulo en defensa de su propio estilo en la Revista Ve- nezolana (1881) y el comentario a las poesias de Francisco Sellén (1890), don- de expone su personal poética, que en [o que a recursos expresivos se refiere ne andaba lejos de la poética de la sinestesia ejemplificada en Francia por los sonetos “Correspondances” de Charles Baudelaire y “Voyelles” de Ar- thur Rimband. En ef discurso sobre Heredia (1889) advierte categéricamente que “a Ja poesia, que es arte, no vale disculparia con que es patridtica o filo- sdfica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana”. Dos afios atrds, a propdésito de Walt Whitman (de quien hizo una critica de primera magnitud que significd, seguin el testimonio de Rubén Darfo y de Juan Ramén Jiménez, la entrada de lo norteamericano mejor en las letras hispano- americanas y espajiclas), postulé la importancia suma de la poesfa para la vida misma de los pueblos: ¢Quién es el ignorante que mantiene que la poesia no es indispensable a Jos pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, gue creen que toda la fruta se acaba en la cdscara. La poesia, que congrega o disgrega, que fortifica o an- gustia, que apuniala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es mds necesaria 2 los puebles que Ia industria misma, pues ésta les proporciona el mode de subsistir, mientras que aquélla les da ef deseo y la fuerza de la vida Por otra parte, cuando comenta “La exhibicién de pinturas del ruso Ve- reschagin” (889), no vacila en exclamar ante el espectdculo del régimen de explotacion e infamia en que vivia aquel “pueblo espantade y deforme”: jLa justicia primero, y el arte después! ”. Le que se conjuga con otras de- claraciones conexas y can vatios enérgicos apuntes, el mas violento de les cuales dice: “En los paises donde se padece, el caracolear con la mera fan- iasia es un delito publico. La inteligencia se ha hecho para servir a la patria. Y la que no sirva para esto, hasta que toda la justicia no sea cumplida, fusti- gada y echada sea del cerco, como un perro ladrdn.” Y sin embargo en otro apunte préximo elogia “la locura fortuniana de la fantasia, propia del genio”, y en otro sentencia: “Preservad la imaginacidn, hermana del cora- zén, fuente amplia y dichosa. Los pueblos que perduran en la historia son los pueblos imaginatives.” No se trata de ideas contradictorias sino comple- mentarias dentro de un pensamiento dialéctico y muy atento a la realidad sucesiva y multiple: pensamiento cuya prueba de fuego es el caso concteto y cuya clave interpretativa esta dada quizds en otro apunte: “Todo lo desequi- librado irrita. Esta es la gran ley estética, la ley matriz y esencial.” Veamos cémo funciona esta ley en el caso concreto mds antitético de Marti, el caso dei esteticista y decadentista Julian del Casal, sobre cuya muer- te escribié en Patria el 31 de octubre de 1893. gAcaso lo condena sin apela- clones? XV Ciertamente no; incluso justifica el “poco apego que artista tan deli- cado habia de sentir pot aquel pais de sus entrafias, donde la conciencia oculta o confesa de la general humillacién trae a todo el mundo como acorralado, o come con antifaz...”. Si unimos “poco apego” (lo que después se lamard “evasién”) y “pais de sus entrafias’, tenemos apresados por dentro todo el desgarramiento de Casal. Mayor comprensién, y amor, es imposible. Pero éacaso aprueba Marti a Casal totalmente? Tampoco, pues reconociendo sus valores artisticos y su mérito estético principal, que fue abortecer “Io falso y lo pomposo”, le opone delicadamente su propia poética de raiz moral y vocacién autéctona. Pero Casal, sin ser un patadigima, se salva a sus ojos como prenda pteciosa de la cultura cubana, como testimonio paraddjicamente fiel de wn pais deformado, y por una virtud fundamental en la estimativa mattiana: la sinceridad. “La América lo quiere, por fino y por sincero. Las mujeres lo Ioran.” De este modo Marti, mds allé de la justificada diversidad de sus enjuicia- mientos y de sus desahogos intimos, en plena madurez, nos da un ejemplo de equilibrio critico. Para él, personalmente, la literatura es un oficio con leyes tigurosas y un quehacer de creacién o critica militantes, siempre al servicio de los hombres; pero lo primero que los hombres de bien necesitan, y entre ellos los artistas y escritores honrados, es la comprensién didfana, el corazén abierto, el amor como conccimiento justiciero. Por eso afirmé en su Revista Venezolana: “Amar: he aqui la critica’. Vv En ex centro de las letras martianas esta su pasién por “nuestra América”. Esa pasién no puede medirse sdlo por los escritos de tema americanista, sino ademas, y sobre todo, por la intencién de la mayor parte de sus escritos a partir de su Hegada a México en 1875. Asi lo que escribié sobre autores y sucesos norteamericanos y europeos esta dirigido, en gran medida, al aleccio- namiento de nuestros pueblos a través de su vanguardia lectora. Tanto pien- sa en Latinoamérica cuando escribe sobre “Autores americanos aborigenes” como cuando escribe scbre Emerson, Oscar Wilde, los pintores impresionis- tas o "Un pases por la tierra de los anamitas”. Para la ilustracién, el rescate y el crecimiento de “nuestra América” escribe siempre. Su palabra es en todo momento un instrumento educador de primer or- den, y la educacién que le interesa es la que conduzea al hombre latinoame- ticano a ser duefie de si, univetsal y libre por su cultura, autéctono por sus valores, licido ante tedos los peligros, fraterno para todos los hombres de buena voluntad. - Su acercamiento entrafiable a los dolores y virtudes de Ja raza negra en América y al esplendor destruido de las culturas indfgenas, esté en la base de su profundo americanismo literario, pues ello le permitié sentirse espi- ritualmente mestizo, hermano del esclavo, del preso y del paria. Entendid a la América por dentro, lo que se ve en sus asombrosas evo- caciones de “Las muinas indias” o “La pampa’. Partiendo de esa capacidad XVI de identificacién a través del tiempo y del espacio, pudo Negar a ser el primer latinoamericano cabal, hijo de todos los pueblos del continente y de las islas del Caribe, primogénito de Bolfvar y padre de David, de las islas Turcas, que lo despidié llorando. Una vez dijo: “No hay letras, que son expresidn, hasta que no haya esencia que expresar en ellas. Ni habrd Literatura Hispano Americana, hasta que no haya Hispano Amética”. En é se dio el modelo vivo de lo que ha de ser nuestra literatura cuando Ia justicia y el arte puedan realmente con- sumarse y coincidir, Una literatura descolonizada, autdctona, libre y univer- sal, dueiia de la imaginacién como de la realidad, cuyo centro sea el hombre entero y nuevo, trabajador y artista, amoroso y justiciero: el hombre ame- ticano por el que claman como armas wibrantes todas las palabras de José Marti. VI DuRANTE LOS DIEZ afios anteriores a la fundacién del Partido Revolacionario Cubano (1892), los grandes periddicos en que colaboraba Marti —La Nacidu de Buenos Aires, Ef Partido Liberal de México, La Opinién Nacional de Ca- racas, y otros de Latinoamérica y Estados Unidos— dieron a su palabra una telativa difusidn continental que no pasé inadvertida por los espiritus més alertas. Hubo entonces una voz, la de Sarmiento, que Ilamé la atencién sobre la excelencia de la prosa martiana (no sin disentir, como era previsible, de ta actitud cada vez mds critica de Marti ante el “modelo norteamericano”). Pidiéndole a Paul Groussac la traduccién de fa crénica sobre la inauguracién de Ja estatua de la Libertad en Nueva York, escribié: “En espafiol nada hay que se patezca a la salida de bramidos de Marti, y después de Victor Hugo nada presenta la Francia de esta resonancia de metal”. Y mds adelante: “Deseo que le [legue a Marti este homenaje de mi admiraciém por su ta- lento descriptivo y su estilo de Goya...”.' gran acierto intuitive, pues Sar- miento ne podia saber que Marti, et efecto, consideraba a Goya uno de sus maestros, junto a los genios literarios del Siglo de Oto espafiol como Que- vedo, de quien dijo “que ahondé tanto en lo que venia, que los que hoy vivimos, con su lengua hablamos”, El elogio de Sarmiento, publicado en Le Nacién el 4 de enero de 1887, de seguro no sorprendié a escritores como Manuel Gutiérrez Néjera, que dos afios después escribirfa un precioso atticulo sobre La Edad de Oro} o como Rubén Dario, principal beneficiario de la prosa martiana, quien desgarrado desde Ja orifla literaria por Ja cafda del Maestro en Dos Rios, esctibié: “para acompafiar, americanos todos que ha- bldis idioma espafial, el entietro de José Marti, necesitariase su propia len- 4 “La libertad iftuminanda al mundo” (La Nacién, 4 de enero de 1887} en Obras de D. FE, Sarnsiento, tomo XLVI, Buenos Aires, Imprenta y Litograffa Mariano Moreno, 1900, pp. 173-176. 5 "La Edad de Oro, de José Marti”, en Manuel Gutiérrez Ndjera, Obras, Critica {i- teraria, 1, México, Universidad Nacional Auténoma de México, 1959, pp. 369-373. (Se publicé en E! Partido Liberal, de México, el 25 de septiembre de 1889). XVIL