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PSICOLOGIAS

SOCIALES
APROXIMACION HISTORICA

Josep Ma BLANCH
PSICOLOGIAS SOCIALES

Aproximación Histórica
BIBLIOTECA "HORA"

PSICOLOGIA SOCIAL Y SOCIOLOGIA

RECONSTRUCCION DE LA PSICOLOGIA SOCIAL, N. Armistead.


Prólogo de Florencio Jiménez Burillo.

INTERCAMBIO Y PODER EN LA VIDA SOCIAL, Peter M. Blau.


Prólogo de José Ramón Torregrosa.

INTERACCIONISMO SIMBOLICO, H. Blumer.


Prólogo de Pedro Ridruejo Alonso.

PODER Y LIBERTAD, T.A. Ibáñez Gfacia


Prólogo de Robert Pages.

PSICOLOGIA DEL GRUPO Y CAMBIO SOCIAL, Silverio Barriga.

APUNTES PARA UNA PSICOLOGIA


BASADA EN LA RELACION, J.L. Tizón Garcia.

PSICOLOGIAS SOCIALES, Aproximación Histórica, Josep Ma Blanch.

ESTUDIOS BASICOS DE PSICOLOGIA SOCIAL, lose R.


Torregrosa y
Eduardo Crespo
JOSEP Ma BLANCH

PSICOLOGIAS SOCIALES

Aproximación Histórica

H^RA, s.A.
BARCELONA
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reproducida, almacenada en un sistema de informática o transmitida de
cualquier forma o por cualquier medio electrónico, mecánico, fotocopia,
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Impresión y Encuademación:
E.S.G., S.A.
Lisboa, 13
BARBERA DEL VALLES (3)
PRESENTACION

El motivo inicial del presente ensayo, de aproximación descriptiva a una serie


de significativos desarrollos contemporáneos en Psicología Social, surge de la reite¬
rada petición por grupos de alumnos de un instrumento material que facilitara el
seguimiento de mis clases de introducción a la disciplina, proporcionando marcos
conceptuales, contextos históricos y orientaciones bibliográficas sobre diversos
apartados del dilatado temario programado para un curso académico. Gracias a
ello, ei viejo monólogo magistral, dictado contra-reloj a un auditorio que trata de
convertirlo en página escrita de cuaderno de apuntes, podría ser sustituido por
una breve exposición de las claves de lectura de un guión, seguida de un sosegado

diálogo en torno a los ejes centrales del tema del día, efectuado sobre la base de
una
previamente asumida información al respecto.
Esa especie de urgencia didáctica se ve reforzada por una razón que emana de
la propia experiencia del estudioso atento al vertiginoso ritmo con que se suceden
los progresos y transformaciones en el área de su especialización. Se trata de orien¬
tar la docencia en orden a la superación de dos serios obstáculos epistemológicos

que podrían dificultar la marcha hacia el conocimiento psicosociológico: unas ve¬


ces, la primera toma de conciencia de esa dinámica de cambio inspira un complejo
de impotencia para sintonizar con la perspectiva actual desde tratados sistemáticos

(aparentemente nacidos con síntomas de vejez prematura), que acaba convirtién¬


dose en el lastre de una actitud fatalista de efectos desmotivadores. Otras, por el
contrario, cierta resistencia a la asunción del punto de vista histórico acaba culmi¬
nando en una cómoda inconsciencia de la relativa temporalidad de los procesos

psicosociales y de los saberes sobre los mismos, hasta el punto de que una lectura
ingenua de cualquier manual puede forjar la ilusión de que la "realidad" que éste
descubre debe resultar evidente para cualquier observador en no importa qué si¬
tuación. Ello hace especialmente deseable y oportuno un enfoque de los avances
en ese ámbito científico realizado desde ahora y aquí.

A las justificaciones anteriores subyace un inconfesable pseudoimperativo

vi i
burocrático: la"publicación" de una muestra de su quehacer profesoral puede fá¬
cilmente desempeñar, en el pequeño drama existencial de cualquier "penene" uni¬
versitario español encronizado en su sonrojante status, el
papel de fetiche autolegi-
timador de las íntimas aspiraciones a un reconocimiento "público" de su identi¬
dad como profesional. Sucumbí, pues, ante la tentación del publicacionismo,
desde la pasión por conjuntar dos objetivos mutuamente
incompatibles: la trans¬
parente simplicidad didáctica de unos apuntes de clase y la opaca densidad de un
contenido desarrollado sobre una tupida red de presupuestos y
sobreentendidos,
propia más bien de una producción académica concebida por y para iniciados. Ahí
están los discutibles resultados de ese modesto
empeño dialéctico, que espero
quiera juzgar con benevolencia el amigo lector.
Para la realización de ese trabajo
no me ha cabido la suerte de haber disfruta¬
do de soporte moral ni financiero de organizaciones importantes, ni el honor de la
participación en relaciones institucionales de intercambio cultural ni mucho me¬
nos el
privilegio del envidiable tránsito por un año sabático. De ello cabe deducir
que todo parecido éntre las condiciones materiales de elaboración del mismo y las
de otros de su género
que han visto la luz en otras latitudes no es —lamentable¬
mente— más que una pura coincidencia. Han
posibilitado la ejecución de la tarea,
como ocurre en esos
casos, los ratos sustraídos a la familia, a los amigos, al descan¬
so y
al ocio; habiéndola incentivado las interacciones cotidianas con alumnos y
colegas (a quienes no cabe, sin embargo, imputar la responsabilidad de ninguno de
los eventuales defectos, errores o
imprecisiones de mi labor).
Expreso mi reconocimiento a Wilma Tornamorell y a Juan Muñoz, por el
acierto con que han sabido descifrar
y poner en solfa mecanográfica mis manus¬
critos, al tiempo que agradezco a Fran Elejabarrieta y a Lupi Iñíguez el haber
accedido a ser los primeros lectores y críticos de los mismos, a Silverio Barriga
su activo interés en la
publicación de la obra, a Tomás Ibáñez lo que ésta debe
a sus sabias
sugerencias en los buenos ratos del café y, muy especialmente, a Isabel
y a nuestros hijos Elena y Joan lo bien y buenamente que han asumido el parénte¬
sis de mi sobrededicación al libro que acabo de presentar.

Josep M" Blanch

Albons, verano del 83.

viii
PROLOGO

Josep María Blanch me brindó la oportunidad de prologar esta obra,


Cuando
me proporcionando algo más que la satisfacción de poder expresar unas
estaba
cuantas reflexiones personales. Me estaba permitiendo tomar parte en uno de esos

acontecimientos que jalonan de forma significativa la paulatina institucionaliza¬


do n de una disciplina.
En efecto, son muchas las materias en las que se acoge la publicación de un
manual con sentimientos de saturación, y con exclamaciones escépticas y apesa¬
dumbradas: ¡otro manual! Esto ocurrirá algún día en Psicología Social; pero el
momento actual se define por muy distintas coordenadas, y si algo prevalece es
más bien un sentimiento de absoluta escasez. Abundan, por supuesto, los manua¬
les de procedencia norteamericana, inglesa o francesa, con sus inevitables "localis¬
mos" so ció culturales; pero si quisiéramos enumerar los manuales elaborados en
España pos sobrarían ampliamente los dedos de una sola mano.1 Es en este con¬
texto en el que conviene valorar, y en el que toma sentido, la aportación de Josep

María Blanch. Esta aportación es tanto más apreciable cuanto que es consciente,
como en este caso, de los peligros y de los límites implicados en la ardua y labo¬

riosa empresa de ofrecer un manual. Es precisamente la conciencia de estos peli¬

gros y de estos límites lo que conduce a Josep María Blanch a presentar su texto
como un mero instrumento de trabajo en necesaria relación de complementariedad

con los contenidos y las interacciones que estructuran las clases. Es también esta

conciencia, la que le conduce a adoptar un enfoque que contrarresta, en la medida


de lo posible, las limitaciones y las consecuencias negativas propias de todo ma¬

'l. algún texto de orientación marcadamente histórica, como el de L. Bu-


Si exceptuamos
ceta (1979), algunasmonografías de indudable interés, como la de F. Morales (1981) o la de
F. Munné (1982) y un excelente "reading" como el de J. R. Torregrosa (1974), tan sólo pode¬
mos citar dos manuales elaborados en el marco de la Psicología Social española: el de F. Jimé¬

nez Burillo (1981) para la UNED, y el de G. Pastor (1978) de la Universidad de Salamanca.

ix
nual, pero que adquieren aún mayor trascendencia en los manuales de psicología
social. Intentaré indicar, forzando un poco, solamente un poco, el tono, cuál es la
naturaleza de esos peligros y cómo han quedado parcialmente salvados
por el
autor.

¡■'.laborar un manual de
psicología social consiste básicamente en tratar de
algo existe, de algo que además está poblado de fantasmas y, por si fuera
que no
poco, de algo que se encuentra en profunda crisis.

1. 1.a psicología social rio existe

A fuerza de hablar de las teorías en psicología social, de los investigadores


en
psicología social, de las aportaciones de la psicología social o de la crisis
—tema actualmente de moda—
por la que atraviesa la psicología social, en defini¬
tiva, a fuerza de hablar de "la psicología social"se tiende inevitablemente a hipos-
tasiar el concepto, a reificar el término
y a creer que existe efectivamente "algo "
que "es" la psicología social, algo que está ahí y que casi se puede señalar con el
dedo como se señala un manual. Por
supuesto, casi nadie cae en la trampa del rea¬
lismo ingenuo, pero casi todos sucumbimos a los
efectos más tenues y más imper¬
ceptibles de esta tendencia a la reificación dejando que infiltre e invada nuestros
presupuestos epistemológicos implícitos. Sólo una postura decididamente nomina¬
lista puede prevenir los efectos de esta inclinación "natural". Es preciso tener
constantemente presente
que la expresión "la psicología social" es un simple nom¬
bre, una simple etiqueta que cumple las funciones de un operador cognitivo, pero
que no recubre, que no designa ninguna realidad concreta. No hay nada que co¬
rresponda ontológicamente a la psicología social. El referente de la etiqueta "psi¬
cología social" es un conjunto de prácticas de orden gnoseológico, desarrolladas
por un conjunto de individuos enmarcados en ciertas instituciones y, es también,
el "paquete" de resultados
científicos que estos individuos generan a través de sus
prácticas. Todo ello es sumamente evolutivo. Cambian las prácticas, se suceden los
individuos, se modifica sin cesar el paquete de los resultados La psicología social
no es la misma "cosa"
para McDougal a principios de siglo, para Lewin en los
años cuarenta o para Gergen en los ochenta. El concepto de
psicología social es
variable en
comprensión y en extensión.
Se dirá que
estas consideraciones no son específicas de la psicología social y
que atañen a cualquier disciplina. Por supuesto. Sin embargo, la propia naturaleza
del saber psicosocial agudiza la importancia de estos efectos. El saber p sic o social
no solamente está condicionado so ció históricamente, como todos los
saberes, sino
que versa, además, sobre fenómenos que están, ellos mismos, sociohistóricamente
determinados; se trata, por lo tanto, de una doble relatividad -uyas consecuencias
se adivinan inmediatamente. Sólo me
referiré a una de ellas.
Es ilusorio pensar que puede haber "una"
psicología social que sea "mejor"
que otra, en el sentido preciso en que "realizaría" mejor que otra la esencia de la

x
psicología social, o que se acercaría más a la "verdadera" psicología social. No
puede haber aproximación asintótica al "auténtico" saber psicosocial. Si la psico¬
logía social "no existe" es absurdo pretender acercarse más o menos a "ella"y es
absurdo tomarla a ella misma como criterio de idoneidad de los conocimientos
producidos en su campo. Esto no significa el abandono de toda postura valorativa,
e incluso de todo compromiso epistemológico¡ significa sencillamente que es im¬

prescindible explicitar los supuestos epistemológicos desde los cuales se procede a


juzgar, y que estos supuestos deben ser, en buena medida, externos a la psicología
social.
Un manual es dispositivo que genera fácilmente tendencias reificantes.
un

¿Cómo intenta reducirlas Josep María Blanch?


Creo que de dos maneras. Primero, adoptando un enfoque histórico, respal¬
dado por un sólido bagaje de historiador de la psicología, que subraya precisamen¬
te el aspecto evolutivo y cambiante de la psicología social. Segundo, incorporando

a su
presentación de la psicología social algunas facetas poco habituales en los ma¬
nuales de psicología social, por lo menos en cuanto al espacio que se les suele
asignar, y que están arraigadas en la sociología europea, franco-alemana básica¬
mente, y en el amplio abanico de orientaciones psic oanalíticas. Este ensancha¬
miento de las fronteras de la psicología social subraya las redes interdisciplinarias

que la estructuran y ayuda a percibir las fluctuaciones que ritman su desarrollo.

2. La psicología social está poblada de fantasmas


Para desarrollar esta idea preciso hacer referencia al concepto kuhniano
es

de "paradigma científico". En el sentido fuerte de este concepto es dudoso que


exista un paradigma en psicología social o que incluso el conductismo o el neo-
conductismo constituyan paradigmas de la psicología. En sentido fuerte hay muy
pocos paradigmas. Se podría hablar del paradigma aristotélico frente al paradigma
cuántico o al paradigma postmoderno de la complejidad y poco más. A un nivel
más débil del concepto, se puede hablar de micro-paradigmas que estructuran los

campos de las distintas disciplinas, por ejemplo, el cognitivismo, el conductismo,


el psicoanálisis, el gestaltismo... Bajando un escalón, también se podrían conside¬
rar como micro-paradigmas las teorías de la coherencia cognitiva, la teoría frustra¬

ción-agresión o la teoría del desamparo aprendido, por ejemplo. Nos vamos a


situar en este nivel débil y bajo pero aún es preciso afinar más, distinguiendo en el

concepto de paradigma dos componentes, que son el paradigma ejemplar y el pa¬


radigma comunidad.1 El paradigma ejemplar se refiere a todo lo que está relacio¬
nado con la teoría, los métodos, los dispositivos teórico/prácticos en un campo de

investigación y con todo lo que determina la naturaleza del conocimiento produ¬


cido en ese campo, los fenómenos seleccionados, etcétera.

1. Ver el excelente artículo de Apfelbaum y Lubek (1979) para una amplia exposición de
estos aspectos.

XI
El paradigma comunidad se refiere al conjunto de investigadores que se recla¬
man ie ese
paradigma ejemplar, a sus conductas científicas, a sus prácticas, a sus
creencias... El paradigma comunidad se estructura en una red de relaciones inter¬
personales fuertes y está atravesado por múltiples relaciones de poder que inciden
directamente sobre la propia producción de conocimientos de una
disciplina. Es¬
tas relaciones de poder se
expresan en términos de control sobre las plazas de pro¬
fesores en las universidades, o de investigadores en aquellos países donde hay real¬
mente instituciones de
investigación científica, se formulan también en el control
de los comités de redacción de las revistas, o en el control de la distribución de
créditos de investigación, etcétera. A titulo de
ejemplo se puede considerar el he¬
cho siguiente-, en Estados Unidos las cuatro
grandes revistas científicas más codi¬
ciadas por los investigadores que desean
publicar sobre el tema del aprendizaje, es¬
taban controladas en el
período 1954-1975 por 31 "editores", de los cuales 21
habían sido formados solamente en 7 universidades (Yale,
Stanford, Iowa...), que
son las
que constituyen el núcleo duro del micro-paradigma neo-conductista (Hull,
Spencer). Conviene relacionar esta cifra de 7 con los 300 departamentos de psico-
cologia existentes en EE. UU. para valorar el significado de estos datos; y conviene
saber que los "editores" juegan
un papel clave en el filtraje de los artículos publi¬
cados; por supuesto, la famosa locución "publica o muere" sigue siendo válida
para caracterizar la carrera de un universitario docente o investigador.
Varios estudios, entre ellos el más notorio es
quizás el de Revusky (1977),
coinciden en la siguiente descripción de lo
que podríamos llamar el "ciclo de
vida" de un micro-paradigma en ciencias humanas. Cuando
aparece un nuevo mi¬
cro-paradigma ejemplar, éste se revela cualitativamente productivo, es decir, gene¬
ra resultados "interesantes"
y "novedosos", durante un período de unos cinco
años. Si ese micro-paradigma
consigue efectivamente hacerse un hueco en la disci¬
plina, si atrae la atención, en definitiva, si tiene éxito, entonces transcurre un pe¬
ríodo de aproximadamente unos diez años
para que el paradigma comunidad teja
sus redes, se
constituya como grupo de presión y para que sus miembros alcancen
los lugares institucionales en los
que se toman decisiones (fondos de investigación,
comités de redacción, etcétera). A partir de estas
posiciones de poder, la supervi¬
vencia del paradigma ejemplar está
asegurada. Entonces afluyen los estudiantes de
doctorado que sirven de mano de obra para la
producción de datos y para generar
publicaciones. Pero durante el tiempo en que transcurre ese proceso, el paradigma
ejemplar ha dejado ya de ser productivo a nivel cualitativo. Al cabo de unos 20
años la cuasi totalidad de las investigaciones son
repeticiones, redundantes, y arro¬
jan resultados triviales. Es, sin embargo, el momento en que más se publica sobre
los temas propios del paradigma
ejemplar y es el período en que éste tiene más
importancia en los programas de las asignaturas. En resumen, es precisamente
cuando un paradigma ejemplar está ya agotado, muerto, acabado, en cuanto a
pro¬
ductividad científica, cuando más vivo y
resplandeciente lo encontramos en las re¬
vistas especializadas, en los programas de las
asignaturas y, por supuesto, en los
manuales.

xii
Esto explica en parte el carácter frecuentemente "fantasmal" que caracteriza
a la docencia universitaria. Tomemos el ejemplo de la teoria de la disonancia cog-
nitiva. Productiva e innovadora la
primera mitad de los años 60, se ha manteni¬
en

do (y sigue manteniéndose) en las revistas especializadas durante 20 años más, a


pesar de que ya no aportaba nada interesante, y de que la mayoría de las investi¬
gaciones sólo eran manifestaciones de un sofisticado ritualismo metodológico: el
caso de la teoría de la
frustración-agresión es aún más ejemplar y más... frustrante.
Está claro que un manual constituye una fabulosa residencia para fantasmas,
algo así como un museo de cera. La manera en que Josep María Blanch trata de
exorcizarlos de su libro es sencilla en su planteamiento, pero difícil en su realiza¬
ción. Consiste simplemente en integrar los puntos de vista y las investigaciones
más recientes que se han producido en el marco de cada micro-paradigma. El capí¬
tulo sobre el desamparo aprendido es especialmente ilustrativo a este respecto.

3. La psicología social: una crisis en la crisis

Sea cual el
significado de la palabra crisis en ciencias humanas y sociales,
sea

y sea cual la opinión que tengamos acerca de si son concebibles unas ciencias
sea
sociales que no estén en estado permanente de crisis, es un hecho innegable que
desde principios de los setenta se ha ido extendiendo la convicción de que la psi¬
cología social atraviesa una crisis de considerable magnitud. Muchos autores con¬
sideran que esta situación no es sino el contragolpe sufrido en psicología social a

partir del resquebrajamiento de los presupuestos dominantes en psicología y en


sociología, es decir, de los presupuestos neo-positivistas. Para ceñirnos a la psico¬
logía, es obvio que el micro-paradigma neo-conductista y su substrato epistemoló¬
gico neo-positivista han seguido dominando el campo y controlando la produc¬
ción/transmisión de conocimientos varias décadas después de que ya se hubieran

agotado como paradigmas plausibles, después de que hubieran dejado de ser per¬
tinentes para la empresa científica. La crisis era por lo tanto inevitable y se produ¬

jo efectivamente. Esta no es sin embargo la crisis de la psicología social. En efecto,


el conductismo nunca tuvo en psicología social la importancia que revistió en

psicología y la influencia gestaltista siempre estuvo en pie de igualdad, por no de¬


cir en relación de superioridad, con la orientación conductista. El cognitivismo,

que se presenta como la .opción de "salida de crisis" para la psicología y como


tabla de salvación para neo-conductistas conversos, ya lleva marcando con su
cuña, desde hace años, la investigación psicosocial. Por decirlo de alguna forma, la
psicología social está en avance de una crisis respecto de la psicología y sus dificul¬
tades actuales no son reductibles a las dificultades que conoce la psicología. Si de
algo tiene que ser reflejo la crisis de la psicología social, es de las contradicciones,
caducidad y limitaciones del paradigma general de las ciencias modernas, es decir,
del paradigma Galileo-Newtoniano. No es lugar para entrar en el desarrollo de este
tema; pero digamos, para ir deprisa, que la crisis de la psicología social es la crisis

xiii
del neo-conductismo y del cognitivismo. Es en psicología social donde se empieza
a considerar que la psicología no es ni la "ciencia de la conducta "l (a la que se
imputa despectivamente un modelo de hombre conocido como modelo de "hom-
bre^rata") ni tampoco la "ciencia de los procesos mentales" (a la que se imputa,
despectivamente aquí también, un modelo de hombre concebido como "hombre-
ordenador■"). La psicología es la ciencia de la acción, lo que significa que escapa
en buena medida a los métodos de las ciencias
paramétricas. Esto significa tam¬
bién que la epistemología que debe orientar la ciencia psicológica y en todo caso
la ciencia psicosocial es una epistemología que debería estar más cercana a la que
se está
forjando en el marco de las ciencias postmodernas. Hacer un manual en un
momento de revolución paradigmática
es sin duda una empresa arriesgada. Incluir,
como lo hace Josep Marta
Blanch, un capítulo acerca de "la crisis" es algo poco
habitual en un manual; creo que esta "anomalía" constituye la mejor manera de
reflejar la excepcionalidad de la situación.

T. Ibáñez
Coordinador del Departamento de Psicolo¬
gía Social y de la Organización, de la Sec¬
ción de Psicología de la Univ. Autónoma
de Barcelona.

1. La conducta es sin duda un


objeto de estudio mesurable, pero la ciencia que tiene
este cometido es la fisiología, o parte de ella.

xiv
BIBLIOGRAFIA

Buceta, L. Introducción histórica a la psicología social. Barcelona, Vicens Vives, 1979.


Jiménez Burillo, F. Psicología social. Madrid, UNED, 1981 (2 v.).
Lubek, I. y Apfelbaum, E. Analyse psycho-sociologique et historique de l'emprise d'un paradig¬
me: L 'apprentissage S-R, l hipothèse frustration-agression et l'effet Garcia. Recherches de

psychologie sociale. 1979,7, 123-149.


Morales, J .F .La conducta social como intercambio. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1981.
Munné, F. Psicologías sociales marginadas. Barcelona, Hispano Europea, 1982.
Pastor, G. Conducta interpersonal, ensayo de psicología social sistemática. Salamanca, Biblio¬
teca Salmanticensis, 1978.

Revusky, S. Interference with progress by the scientific establishment: Examples from flavor
aversion learning. In N.W. Milgram, L. Kramer & TM. Alloway (eds.). Food Aversion
Learning. New York, Plenum Press, 1977, pp. 53-71.
Torregrosa, J.R. Teoría e investigación en la psicología social actual. Madrid, Instituto de la
Opinión Pública, 1974.

xv
1. INTRODUCCION
I. 1. APROXIMACION AL OBJETO

I. 1. 1. Presupuestos

No resulta tarea fácil la de elaborar —al estilo aristotélico-tomista— una defi¬


nición sustancial de "lo psicosocial", adoptado como entidad metafísica. Tampo¬
co acaba proporcionando plena satisfacción el enfocarlo como un ámbito, una di¬

námica o un sistema de atributos meramente físicos, more galileo-newtoniano.


Podría reducirse el objeto de la "psicología social" a un mero proyecto abs¬
tracto —creación de los "psicólogos sociales"— (así concibe Deleule, 1972, el de la

psicología) o a la serie de productos concretos de las investigaciones "psicologico-


sociales" (en términos análogos presenta Ferrarotti, 1975, el propio de la socio¬
logía).
Los tradicionales estudios sistemáticos de "Psicología Social" ponen de ma¬
nifiesto una especie de compromiso ambiguo e inestable entre esas diversas alter¬
nativas, por el que parecen haberse inclinado los clásicos de la disciplina.
La actualidad de la cuestión parece caracterizarse por una vacilante tendencia
histórica hacia la construcción de un sistema "postmoderno" (Ibáñez, 1982) de
coordenadas filosófico-científicas que —más allá de la "filosofía perenne" y de la
"ciencia positiva"— ha de facilitar una mejor identificación del continente y de los
contenidos psicosociales. Entre tanto, no parece caber una opción más razonable
que el establecimiento de un marco de referencia precario para una definición pro¬
visional.
Desde los clásicos, se viene delimitando como para el análi¬
ámbito adecuado
sis psicologicosocial un complejo universo que incluye psique y sociedad, natura¬
leza e historia, personalidad y cultura, conducta y subjetividad. La adopción de un
objeto tan amplio parece sugerir la consideración de que, al igual que, en su tiem¬
po, "todos los caminos conducían a Roma", en la actualidad todos los métodos
(experimentación y correlación, medición y especulación, descripción e interpre¬
tación... etcétera) sirven para hacer psicología social.

3
Asimismo, ha llegado a constituirse en uno de los tópicos más significativos
de la historiografía de la disciplina el que hace referencia a su "pluralismo funda¬
cional" —simbolizado por el hecho de la publicación simultánea en 1908 de dos
importantes "psicologías sociales": An Introduction to Social Psychology del psi¬
cólogo McDougall y Social Psychology del sociólogo Ross— y a su carácter de
foco de convergencia eco-eto-psico-socio-antropológica.
Desde casi siempre, se le viene atribuyendo un carácter mediacional e "híbri¬
do" (Tolman, 1952), "interdisciplinar" (Allport, 1954), "intersticial" (Torregro-
sa, 1974) y "articulador" (Doise et. al., 1980).
El campo de esa especie de ciencia-bisagra es a menudo confundido con una
"zona neutral" e incluso con una tierra "de nadie" en particular y "de todos"
en
general. Por todo ello, se convierte en escenario privilegiado de encuentros ecu¬
ménicos, de síntesis dialécticas, de componendas eclécticas, de confrontaciones
imperialistas y en mercadillo de lo que Moscovici (1970) denomina "psicología
socializada" y "sociología personalizada"; eso es, de manufacturas caseras de "psi¬

cología para sociólogos" y de "sociología para psicólogos".


A tal lastre de indefinición puede imputarse una de las razones básicas del
carácter relativamente fragmentario y desigual de su desarrollo; así como de la rei¬
vindicación permanente de un estatuto de autonomía efectiva para sí misma, en
tanto
que modo específico de producción de conocimiento científico.

I. 1.2. Esbozo de definición


El carácter
transdisciplinar, multiescolar y preparadigmático (Kuhn, 1962.
1963. 1974) de la Psicología Social no permite establecer con la precisión desea¬
ble una topografía de su campo de investigación ni una genealogía de su progreso.
Tan sólo parece factible, en un primer momento, la composición de un mosaico
de representaciones fragmentarias de aquél y el trenzado de algunos de los hilos
conductores de éste.
Una
aproximación descriptiva facilita la ubicación en términos generales del
ámbito psicosocial, ya sea preguntando a los tratadistas de la materia cómo defi¬
nen abstractamente su
objeto (Buceta, 1979), buscando de qué tratan concreta¬
mente sus manuales (Jiménez Burillo, 1976) o
conjuntando una selección de apor¬
taciones relevantes sobre la materia (Torregrosa, 1974); por no citar más que algu¬
nos
ejemplos significativos de procedimientos adoptados recientemente por estu¬
diosos españoles.
Dado este paso, sólo cabe una vía de progreso hacia una idea más precisa de
lo psicosocial: la que conduce los resultados de tal estudio taxonómico por el ce¬
dazo de una crítica psicosocio-economicopolítico-epistemológica. Pues la produc¬
ción de conocimiento psicológico social se efectúa no sólo b jo el trazado de lo

que Moscovici (1970) concibe como "línea de tensión" teórica y metodológica;


sino también —como sugiere Ibáñez (1982)— entre los hilos de una tupida red de
relaciones de poder e influencia que atraviesa el esqueleto institucional de la aca-

4
demia y el gabinete de investigación y aplicación; todo ello en el seno de un Zeitgeist
totalizante y desde las background assumptions de los propios investigadores.
Con las reservas que esa perspectiva exige (y con la reiteración del compromi¬

so de una revisión final de la problemática acerca del objeto, método y conoci¬

miento psicologicosociales), cabe proceder a un boceto de abstracción de lo psico-


social, adoptando el procedimiento de Moscovici. Para él, cabe establecer desde un
principio que el objeto de la disciplina es "social y específico". Reconciliando el
psicólogo social contemporáneo con el Freud (1920-21) que proclama la absurdi¬
dad de la distinción entre una psicología "individual" y de otra "colectiva" o "so¬
cial", Moscovici identifica la situación "interactiva" como el medio "natural" de
desarrollo de la persona. Coincidiendo asimismo con Marx y Durkheim, sostiene
que si bien en el mundo humano el organismo biológico aislado no resulta ninguna
abstracción; sin embargo, el sujeto personal aislado sí lo es. Y siendo toda psicolo¬
gía per se "social", para el autor (Moscovici, 1970, 1972, Moscovici & Ricateau,
1975), cabe superar en psicología social el modelo "bipolar" de un sujeto reactor,
segregado de la sociedad, que responde a un estímulo objetivo a secas. Puesto que,
según él, el "objeto" de toda percepción, iniciativa, actitud o acción propiamente
humana es de carácter social (tratándose de tina persona, un grupo osociedad)
o está dealgún modo "socializado" (institución, valor, norma, moneda... et¬
cétera). En tal contexto, el "sujeto" no puede ser más que un "interactor"; es de¬
cir, alguien cuya experiencia está socialmente estructurada. 'Una "psicología"
sólo puede ser realmente "social" si adopta un modelo "tripolar" en el que quepa
un
Ego (sujeto individual o colectivo) en interacción con un Alter (personal o gru-
pal), ante un Objeto medioambiental. En suma, "la psicología social se ocupa de
los procesos culturales por los cuales, en una sociedad dada.- 1) se organizan los
conocimientos, 2) se establecen las relaciones de los individuos con su entorno,

siempre mediatizadas por los demás, 3) se canalizan las estructuras en que actúan
los hombres, 4) se codifican las relaciones interindividuales e intergrupales, 5) se
construye una realidad social común, originada tanto en las relaciones con los
otros como en los contactos con el entorno, alrededor del cual creamos reglas e

investimos valores" (1970, 62s.).


Pero, hasta la fecha, (aún) son pocos los trabajos "psicologicosociales" ajus¬
tados rigurosamente al modelo moscoviciano. Se trata más bien de aproximacio¬
nes tendenciales al mismo, las que se suele minimizar el factor Alter, al mismo
en

tiempo que se maximiza Ego (cuando se pretende identificar las diferencias inter¬
individuales de reacción ante un mismo fenómeno social) o el Objeto (si se investi¬
ga las distintas respuestas subjetivas provocadas por diversos tipos de estímulos
sociales). Como reconoce el propio Moscovici (1972), en la historia de la psicolo¬

gía social, coexisten y se superponen —a veces incluso en un mismo autor o traba¬


jo— tales enfoques bi y trifactorial.
Quede, pues, constancia de ese ensayo de definición, más como testimonio de
un
proyecto razonable y sugestivo que como expresión significativa de las realizacio¬
nes históricas en el dominio convencionalmente entendido como psicologicosocial.

5
I. 2. HACIA UNA HISTORIA DE LA TEORIA PSICOSOCIOLOGICA

/. 2. 1. Razones de un
enfoque histórico de la disciplina

La psicologia social constituye propiamente un sistema perfecto de adqui¬


no
siciones teóricas en torno a unos
objetos nucleares; pero tampoco es una simple
amalgama de elementos heterogéneos.
Aparece como una rama de la ciencia en proceso de constitución cuya com¬
plejidad temática, metodológica y teórica resulta expresión de un doble proceso:
por un lado, prolonga la multiplicidad de los puntos de partida (psicológico, socio¬
lógico, antropológico, etológico, filosófico, psiquiátrico, económico, ecológico...
etcétera) desde los que se ha acercado a unos focos centrales. Por otro, refleja la
tendencia hacia la diferenciación que experimenta toda labor científica.
De cualquier modo, la aparente falta de unidad del
panorama psicologicoso-
cial no resulta más acentuada
que la que se puede detectar en otros campos.
Atendiendo, por ejemplo, al mundo de la medicina, resulta observable el hecho de
que en el enfoque de las cuestiones relativas a la salud orgánica, han aparecido es-
pecializaciones tan diversas como la traumatología, la oftalmología, la otorrino¬
laringología o la neurología.
Por lo demás, existe un relativo consenso entre los psicólogos
sociales a la
hora de proponer el tema de la interacción humana como centro de su atención
teórico-práctica. De ahí el reconocido carácter de la psicología social como medio
de enlace entre la psicología y la sociología; hecho que no excluye,
por otra parte,
sus evidentes puntos de
contacto, convergencia y superposición con otras especia¬
lidades. Su propia historia refleja, condensa y cristaliza procesos típicos y a menu¬
do originarios de otras disciplinas con las que sostiene relaciones de
interdepen¬
dencia.
Para una introducción a la teoría psicológico-social existen dos alternativas
fundamentales: la sistemática y la histórica. La primera parece más bien propia y
característica de los períodos efe "normalidad", en que acontece la clara hegemo-

6
nía de paradigma definido; en tanto que la segunda puede resultar especialmen¬
un

te útil tiempos de "crisis", de búsqueda del rumbo perdido.


en

Ambos procedimientos ofrecen sus ventajase inconvenientes respectivos: un


enfoque sistemático facilita la visión panorámica de un mosaico de parcelas con¬
cretas
que componen un campo general; pero a veces conlleva el riesgo de la cap¬
tación ilusoria de falsas totalidades y organizaciones allí donde se dan sólo amalga¬
mas o conglomerados. Desde
un prisma histórico, se percibe en cambio la plurali¬
dad microparadigmática que caracteriza ciertas etapas del desarrollo de una disci¬
plina; así como la emergencia de las orientaciones teóricas, con sus paralelismos,
interacciones conflictivas y ritmos desiguales de progreso, en función de las cir¬
cunstancias de la respectiva gestalt en que cobran significado concreto. Este recur¬
so posibilita la
simplificación del tratamiento del material informativo, mediante
la exposición de cada una de las teorías de una vez por todas. Ello supone, en con¬
trapartida, una cierta renuncia a la estructuración de las aportaciones dispersas en
un
cuerpo de ideas convenientemente vertebrado.
La presente aproximación a la perspectiva teórica psicologicosocial adopta el

punto ¿le vista historicodescriptivo. Con ello se pretende proporcionar un medio


de complementación del tratamiento sistemático de la disciplina (realizado por la
mayoría de los manuales actualmente disponibles) y al tiempo, de sintonización
con una de las preocupaciones más propias del momento presente:
¿a dónde (y
desde dónde) va la psicología social?
Asumida la realidad de la "crisis" contemporánea en ese ámbito del saber, se
considera —con Torregrosa— prioritaria la tarea de una "reflexión crítica" sobre
"las distintas orientaciones teóricas en cuya confrontación se ha ido perfilando la
actual situación de la psicología social" (1981, IXs.).

I. 2. 2. Criterios básicos de procedimiento

estrategia orientada a la exposición de tendencias significativas del de¬


Toda
sarrollo teórico de la psicología social se apoya, inevitablemente, sobre una serie
de opciones epistemológicas, más o menos explicitadas. Las que resultan ineludi¬
bles para el presente caso se refieren tanto al carácter general de la labor científica
como a la naturaleza específica de aquella disciplina.

En lo relativo al primer punto, cabe definirse ante cuestiones como las plan¬
teadas por

las diversas concepciones alternativas del proceso cognoscitivo (el mode¬


lo lineal-acumulativo, el de la espiral dialéctica de rupturas epistemológicas, el de
las circunvoluciones aproximativas en una dinámica de relevos paradigmáticos...
etcétera),

la disyuntiva único modelo científico universal versus distinción cien¬


cias de la "naturaleza" y del "espíritu",

7

la delimitación ciencia-no ciencia,


el epistemológico de las proposiciones no refutables,


estatuto

teoría (espíritu del


el substrato metacienti'fico de toda tiempo y para¬

digma científico, investigación empírica e ideología subyacente, poder y saber,


análisis e intervención, tecnología y humanismo... etcétera).

Las concernientes al segundo se concentran en torno

al nivel de
integración y consistencia interna de esa rama científica,

al
tipo de interdependencia que sostiene con especialidades afines,

al dilema monismo-pluralismo teóricos y metodológicos,


a la forma de constitución del
objeto (a partir de proyectos abstractos

o de
productos concretos),

al grado de relatividad histórica atribuible a los conocimientos elabora¬


dos en el seno de la disciplina.

La selección y ordenación de los contenidos del trabajo se apoya sobre el


supuesto de que si la historia de los hombres no se reduce a un simple trenzado
de personajes y generaciones, ni mucho menos a una película de buenos y malos;
sino que consiste en una dinámica compleja de estructuras, relaciones y contextos

que determinan y condicionan su vida; así tampoco la de la ciencia puede consti¬


tuirse en inventario de descubrimientos definitivos, ni en relato de las batallas ga¬
nadas por la razón mítica lucha contra las tinieblas.
en su eterna y
Entre las luces y las sombras psicologicosociales, entre la ignorancia o el error
absolutos y la plenitud del saber en ese ámbito, se extiende un continuum de pe¬
numbra y ambigüedad en el que tal vez quepa situar cerca de su polo positivo los

típicos resultados del quehacer cientificopositivo. Pero en ese amplio margen, ca¬
ben asimismo las construcciones del sentido común y de la especulación ingenua,
arbitraria y gratuita, así como las de la reflexión que, apuntando decididamente
hacia el horizonte de la ciencia, no reúnen la totalidad de las condiciones exigidas

por la ortodoxia más rigurosa; sin dejar, no obstante, de constituir una fuente de
recursos
provisionalmente útiles —a falta de otros mejores— para el avance, lento y
vacilante, hacia la meta utópica del discurso perfecto sobre su objeto. En tal pro¬
ceso, se sustituye progresivamente el uso de viejos y venerables vehículos por
otros de nueva factura, de los
que se espera mejores prestaciones.
Aparte de los múltiples factores que condicionan la cientificidad de toda in¬
vestigación (relativos a objeto, método, sujeto y situación de la misma), la tarea
científica considerada como totalidad (que abarca desde la selección de los aspec¬
tos relevantes del objeto
hasta la aplicación técnica de los resultados del análisis)
constituye una práctica social impregnada de connotaciones ideoaxiológicas (ma¬
nifiestas o latentes): la "neutralidad" metodológica del momento analítico no al¬
tera el carácter "comprometido" del conjunto de la producción e instrumentali-

zación del conocimiento; del mismo modo que el diagnóstico médico cobra su

8
sentido total en el contexto de un plan orientado a una eventual intervención tera¬
péutica, en función de determinados valores, previamente asumidos por el profe¬
sional de la medicina. En definitiva, la producción de conocimientos sobre el hom¬
bre y la sociedad no acontece en sociocultural; sino dentro de un marco
el vacio
histórico existencial concreto del que se extrae y
al que se proyecta el saber.
Las precedentes consideraciones inducen a la confección de un temario en el

que tengan cabida modelos y nociones de diverso rango de "cientifícidad". Ello


ha de contribuir, de paso, a una adecuada representación de la naturaleza plural
y heterogénea de las orientaciones teóricas y metodológicas que configuran la
génesis y la misma actualidad de la psicología social.
Se ofrece, pues, un resumen cuasiesquemático y selectivo de una serie de
orientaciones teóricas consideradas especialmente significativas dentro del ámbito
psicológico social, adoptado en su sentido más amplio. En él se enfatiza el aspecto
de los contenidos y logros teóricos más que el de los métodos y técnicas utilizados

para el desarrollo de los mismos, que tienen menos de específicamente psicologi-


cosocial que aquéllos.

9
I. 3. PANORAMA ESQUEMATICO

La psicología social, en tanto que rama autónoma de las


disciplinas cientí¬
ficas, emerge gracias al empuje conjunto de dos tipos de factores: los de carácter
endógeno, relacionados con la tendencia evolutiva del pensamiento psicosocial
genérico hacia su autoconfiguración como modo de conocimiento diferenciado y
específico, por una parte y, por otra, los de carácter exógeno, vinculados a las cir¬
cunstancias sociohistóricas que, de algún modo, han facilitado y encauzado
aquel
progreso.
Puede decirse,
Proshansky & Seidenberg (1973) que "la psicología social
con
tiene una rica herencia y una
breve historia"; con Jodelet, Viet & Besnard (1970)
que constituye "una disciplina en movimiento"; con Sherif (1977) y tantos otros
que entró en "crisis" —tal vez de "crecimiento y dispersión" (Carpintero, 1977),
de "desarrollo" (Jiménez Burillo, 1977), de "cambio"
(Royce, 1982), de "con¬
fianza"(Elms, 1975), de "relevancia" (Silverman, 1971. 1977) o de "desorienta¬
ción" (Blanco, 1980)— y con Stryker (1981) que permanece en ella, probable¬
mente a causa de "propios problemas de carácter fundacional" (Ibáñez, 1982),
sus

de su carácter "preparadigmático" (Elms, 1975) y de su "búsqueda confusa de un


paradigma" (Blanco, 1980). (Sobre las cuestiones acerca de si la "crisis" de la dis¬
ciplina es un mito o un dato, un hecho accidental o consubstancial a su propia na¬
turaleza histórica, un indicio de la aurora o del
crepúsculo de la disciplina... etcé¬
tera, habrá que volver en el momento de la recapitulación final del trabajo.)
Como observa Moscovici (1970), la psicología social tuvo sus
patriarcas en
Europa; pero sus más significativos logros e instituciones llevan patente "made in
USA". Jiménez Burillo (1976. 1981) señala cuatro principales categorías "profe¬
sionales" de los "precursores" y "fundadores" de la disciplina: filósofos, antropó¬
logos, psicólogos y sociólogos. Según él, en el siglo XX puede hablarse propiamen¬
te de "constitución" de la
especialidad científica psicológico social con el acuña-
miento de la etiqueta en inglés, luego de los Etudes de Psychologie
Sociale de Tar¬
de (1898) —y de otros usos más o menos vacilantes de la
expresión— a la par por
10
Ross y McDougall. Su "arranque" se produce en los veinte y la "madurez" tiene
lugar alo largo de los decenios siguientes, ya en la meca norteamericana (una vez
desarticulados los círculos europeos como consecuencia del "push" nazi y tam¬
bién del "pull" USA), en un medio sociocultural especialmente favorable para el
desarrollo de la disciplina.
.Blanco (1980) identifica como "década dorada" de la disciplina la compren¬
dida entre las aportaciones de Festinger (1957) y de Kelley (1967). Luego, emerge
el fantasma de la "crisis", que aún no se ha desvanecido del todo.
La psicología social no ha sido ni es una disciplina unitaria ni homogénea. Su

pluralismo constituyente parece indisociable de su constitución. Desde McDougall


y Ross, se puede hablar con propiedad de dos psicologías sociales: la "psicológi¬
ca" y la "sociológica" (Stryker, 1977, 1981; Liska, 1977 a.b.; Blank, 1978; Semin
& Manstead, 1979; Taylor & Brown, 1979; Boutillier, Roed & Svedsen, 1980; Pe-

pitone, 1981... etcétera); con sus respectivos énfasis en lo "individual" y lo "rela¬


cional" y sus correspondientes sesgos "psicologista" y "sociologista", según sus
mutuas
perspectivas.
La llamada "psicología social psicológica" adopta un esquema "bipolar"

(Moscovici, 1970, 1972, 1975), tratando básicamente de las reacciones de indivi¬


duos a estímulos sociales. Por otra parte, la "psicología social sociológica" se cen¬
tra más bien en lo que Stryker (1977) presenta como los aspectos estructurados

de la interacción social.
En su desarrollo
independiente y paralelo, cada una de esas corrientes se sus¬
tenta sobre respectivos microparadigma teórico y marco institucional, objeto y
sus

método, "crisis" y "alternativas".


No resulta cuestionable el hecho de que, en el período de desarrollo y dora¬
do, la hegemonía ha correspondido a la "psicología social psicológica": ha produ¬
cido, efectivamente, mayor impacto social, cantidad de investigaciones, consenso
entre los expertos
e imagen de respetabilidad "científica".
Mientras tanto, la "psicología social sociológica" ha seguido su curso en un
discreto segundo plano, en cierto modo eclipsada por los mismos macroparadig-
mas dominantes en el ámbito estrictamente sociológico. Sin embargo, parece
como si, por sus especiales características, hubiera notado en menor intensidad los

efectos de la "crisis" que las macroteorías y monometodologías de sus competido¬


res en la
propia psicología social y en la sociología. Por todo ello, si bien a partir
de los sesenta no se puede hablar de una inversión en la correlación de fuerzas tí¬

pica del período anterior, sí que resulta apropiado constatar un nuevo status quo
en el mundo de la tradicional dialéctica entre las dos psicologías sociales.

A través de la "criáis" se hace patente no sólo la lejanía de una "síntesis"

psicológico social; sino, además, el hecho de la multiplicidad consubstancial a la


naturaleza de esa especie de disciplina de disciplinas: al lado de las "dos" consa¬
bidas psicologías sociales, House (1977) detecta la "tercera cara" de la "psicolo¬

gía sociológica", al tiempo que se reconstruyen —no se sabe bien si en los confu¬
sos bordes o en el no menos impreciso centro de la perspectiva psicológico social—

11
las quepueden ser "cuartas vías", de la mano de las orientaciones eco y etológicas.
A todo ello cabe añadir la consideración de los notables proyectos recientes
de construcción de puentes interdisciplinares de comunicación efectiva y mutua

complementación teórica y metodológica entre las dos grandes corrientes ya tra¬


dicionales; sin olvidar, por otra parte, el importante resurgimiento de temas y en¬
foques consagrados por algunos "fundadores" de la sección filosófico-antropológi-
ca, cuyo desarrollo había discurrido por cauces semisubterráneos, en las etapas
inmediatamente anteriores y a los que las grietas producidas por el terremoto crí¬
tico han facilitado un nuevo curso por la superficie.
Ante este complejo panorama, no resulta nada fácil la tarea de categoriz.ar las
diversas aportaciones históricas a la psicología social. Aquí, se procederá a una se¬
lección de teorías significativas de cada uno de los tipos clásicos y centrales de la
psicología social —los de bases "psicológica" y "sociológica" respectivamente—;
dejando, asimismo, un espacio para otras aportaciones que no encajan en las ante¬
riores categorías estrictas, sin dejar por ello de constituir referencias importantes
de cara al establecimiento de una visión panorámica de la disciplina. Siguiendo la
pauta de anteriores ensayos similares de categorización (Mannheim, 1953; House,
1977), se les ha aplicado la ambigua y genérica denominación de "psicologías so¬
ciológicas".

12
II. LA PSICOLOGIA SOCIAL PSICOLOGICA
II. 0. LA PLATAFORMA PSICOLOGICA DE LA PSICOLOGIA SOCIAL

Aproximación general

La teoría psicológica actual no constituye propiamente un cuerpo integrado


de conocimientos en torno a unos temas reconocidos umversalmente como centra¬
les endisciplina y elaborados a partir de la aplicación de un método de acepta¬
la
ción general. Tampoco resulta posible constatar hasta el presente la realidad de
unos modelos básicos, de un mosaico de conceptos ni de un vocabulario de térmi¬

nos específicos constituidos en patrimonio común a todos los estudiosos de la

materia.
Tampoco es una torre de Babel; sino el resultado de una serie de orientacio¬
nesdiversas y heterogéneas que convergen en el enfoque de algo tan complejo
como el
psiquismo.
El hecho de que el presente nivel de madurez de la psicología no parezca
equiparable, por ejemplo, al de las llamadas ciencias de la naturaleza, no represen¬
ta un obstáculo para el reconocimiento de los avances realizados en el largo proce¬
so de desarrollo que ha experimentado esta disciplina, desde sus primeros balbu¬
ceos en el Occidente moderno hasta las múltiples conjunciones actuales de ele¬
mentos originarios de distintas perspectivas teóricas.
descubrir las fuentes remotas de la psicología científica cabe remon¬
Si para
tarse a la mitología, la magia, la tradición esotérica, la teología, la filosofía y el

mismo sentido común de las más diversas culturas, la prehistoria inmediata de


esta rama del saber se inscribe en el contexto europeo y, más concretamente, en

el de la revolución de la modernidad.
Desde Platón hasta la escolástica, la
"psicología" se reducía a un estudio del
"alma". A partir del siglo XVIII, el objeto de este análisis se centra básicamente
en la "mente", como ámbito de la "consciència" y
sede de conocimiento "inna¬
to" o "empírico".
El estudio de los procesos "mentales" tiene lugar en el marco casi exclusiva-

15
mente europeo; consiste en una tarea más bien contemplativa y se realiza desde
una doble óptica filosófica y fisiológica. En efecto, el desarrollo de la filosofía
moderna plantea cuestiones (relaciones cuerpo-mente, sujeto-objeto, ego-mundo,

organismo-ambiente... etcétera), delimita el campo de análisis (conciencia, senso-


percepción, aprendizaje, motivación... etcétera), ofrece alternativas metodológi¬
cas (inducción-deducción, extro-introspección),
sugiere hipótesis (innatismo, am-
bientalismo, asociacionismo, hedonismo, evolucionismo... etcétera) y ofrece recur¬
sos de vocabulario; en tanto
que la fisiología, por su parte, proporciona un mejor
conocimiento de las infraestructuras y mecanismo biológicos de los procesos psí¬
quicos.
Todo ello abona el terreno para el florecimiento, en un clima intelectual

impregnado de positivismo y materialismo, de una psicología constituida como


rama autónoma del saber científico, diferenciada de sus fuentes filosóficas
y fisio¬
lógicas.
Dentro del ya complejo mundo de la teoría psicológica de fines del siglo
XIX, cabe mencionar, por su especial relevancia, la contraposición entre la llama¬
da psicología del "contenido" y ciertos ensayos de alternativas a la misma, como
la psicología del "acto" y la funcionalista. W. Wundt es la figura clave de este

período. Su creación, en 1879, de un laboratorio experimental de psicología,


constituye uno de los más significativos momentos del período fundacional de la
psicología científica. Influenciado por las concepciones materialistas del "hombre-
máquina" de De la Mettrie, de la "química mental" de J. S. Mili, de la "física
social" de Comte, de la "psicofísica" de Weber, así como por la metafísica kantia¬
na, el profesor de Leipzig analiza los "contenidos" (elementales y asociables) de
la "experiencia" traducidos en forma de "estados de conciencia".
La metodología concreta para el análisis de estos acontecimientos mentales

depende, según el autor, del tipo de estímulo que desencadena el proceso nervio¬
so: cuando el
agente es "externo" (físico), provoca un proceso sensorial que da
lugar a "sensaciones" analizables por "experimentación". Si aquél es "interno"
(mental), acciona una dinámica cognoscitiva inmediata, productora de "imáge¬
nes", que sólo resultan susceptibles de análisis por "introspección".
Por otra parte, en la última fase de su obra, considera que los procesos de la
mente son también analizables mediante la
"psicología de los pueblos", basada en
la "interpretación" de sus cristalizaciones culturales en forma de lenguaje, mitos,
instituciones... etcétera.
En el transcurso del siglo XX se opera no sólo una extensión y ampliación
del campo de la psicología teórica y aplicada (psicología animal y comparada, di¬
ferencial y psicométrica, psicofísica, psicopatológica, psicotecnología orientada a
diversos ámbitos de intervención: clínico, social, educacional... etcétera); sino
una auténtica revolución múltiple, hasta el punto de que se puede afirmar que de
la psicología wundtiana, hegemònica a fines del siglo XIX, casi no queda piedra
sobre piedra, a partir de la segunda década del nuevo siglo.
Es en esta época cuando se puede hablar por primera vez de intfentos de ex-

16
plication global de lo psíquico, de escuelas psicológicas concretas con ambiciones
de establecer paradigmas, que acaban convirtiéndose en "ismos".
Iín efecto, psicoanálisis, gestalt y conductismo ya 110 representan la aporta¬
ción de simples agrupaciones de estudiosos en torno a alguna notable personalidad
especializada en ¡a investigación acerca de una temática particular; sino más bien
bloques 1 "óricos relativamente integrados, con una amplia base filosófica, una
orientación metodológica general y una extensa oferta de posibilidades de aplica¬
ción en el ámbito de la práctica.
Freud, Wertheimer y Watson (presentados por orden cronológico, si se consi¬
dera La interpretación de los sueños, publicada en 1900, como punto de arranque
definitivo del psicoanálisis; la divulgación por el segundo, en 1912, de los resulta¬
dos de sus investigaciones sobre el "feriómeno FI", como plataforma de lanza¬
miento del movimiento gestaltista y el manifiesto de 1913 sobre "La Psicología
tal como la ve un conductista" como el momento decisivo de la irrupción del con¬
ductismo en la psicología) encarnan tres intentos de superación del wundtismo.
La fase constituyente de estas orientaciones abarca el primer tercio de siglo.
Las tres conjuntamente salvan de Wundt tan sólo el proyecto de partir de la reali¬

dad empírica. Sus respectivos planteamientos se acercan mucho más a los de la

psicología del "acto" (Brentano) —en el caso de las dos primeras, de origen euro¬
peo— y de la "funcionalista" (Dewey) —la tercera, de patente USA— que a los del
"contenido" (Wundt). Como conjunto, representan una superación-hacia-delante
de la psicología de la "mente consciente" y la constitución de una línea base para
el estudio científico de la "dinámica de la persona", de la "actividad del sujeto" y
de la "conducta del organismo" humanos.
El psicoanálisis, que en sus inicios como corriente teórica centra su atención
clínica en los factores motivacionales del dinamismo psicopatológico, reacciona
contra la reducción wundtiana de lo psicológicamente relevante a la consciència,

destacando la trascendencia de lo inconsciente.


Su modelo de conflicto psíquico, de los mecanismos de defensa ("represión"
y otros) y del modo de producción de los síntomas y de su función, proporciona
bases para una nueva etiología de las neurosis, así como para un diagnóstico de la
vida cotidiana del individuo "normal" y de la propia dinámica sociocultural.
Por su parte, la Gestalt, en base a descripciones fenoménicas e investigaciones

experimentales sobre la percepción, rechaza el asociacionismo atomista como pos¬


tulado por la psicología del contenido, afirmando la totalidad estructural del acto
perceptivo.
Si el freudismo recibe la herencia de la tradición "irracionalista" del pensa¬
miento centroeuropeo, el gestaltismo (así como las tendencias que le son afines y
sus prolongaciones)
recoge el testigo de las tradicionales orientaciones "racionalis¬
tas" en la filosofía del conocimiento, que destacan el papel de la "subjetividad"
humana en la organización (captación, construcción perceptivo-cognitiva de los
datos de la realidad objetiva y la importancia de la situación total para la actividad
de los sujetos.

17
Tras los pasos de Pavlov, la obra de Watson, en una línea "empirista", parte
de la crítica de toda referencia a lo mental-consciente, como consecuencia de la
descalificación de la validez del método
introspectivo en la psicología científica.
Propone la experimentación objetiva como única vía de análisis de la conducta
manifiesta del organismo, en tanto que reacción adaptativa
("respuesta") más o
menos mecánica a modificaciones ("estímulos") observadas en el ambiente. Atien¬
de básicamente los procesos de
a
aprendizaje, sobre loS que aporta modelos teóri¬
cos (asociación S-R, condicionamiento, refuerzo... etcétera) y técnicas de inter¬
vención práctica la formación
en y modificación de conducta.
Los tres movimientos orientan
a la construcción de una física
se
psicológica,
si bien cada de ellos elabora
uno
propio modelo determinista de los procesos
su

psíquicos: el primero parte de una concepción hidráulica y energética de la moti¬


vación inconsciente y de la atribución de causalidad al pasado infantil; el
segundo
de una representación del campo
psicológico de fuerzas, del poder determinante
de estructuras y mecanismos innatos, así como del contexto
situacional, y del pa¬
radigma E-R sustentado sobre el postulado de la trascendencia del presente am¬
biental y de la experiencia adquirida el tercero.
La psicología contemporánea puede ser calificada de "neo" y
"post" con-
ductista, gestáltica o psicoanalítica. Si bien no ha logrado consensuar un paradig¬
ma
integrador, la dialéctica constante entre los sistemas ha ensanchado y consoli¬
dado la plataforma básica que subyace a las diversas orientaciones actuales.

18
II. 1. APRENDIZAJE, REFUERZO Y CONDUCTA SOCIAL

II. 1. 0. LA PERSPECTIVA CONDUCTISTA

II. 1. 0. 0. Presentación

producto más típico y exportado de la psicología USA nace, propiamente,


El
en segunda década del presente siglo, en un ambiente general impregnado de los
la

principios funcionalistas y caracterizado por el fuerte empuje del pragmatismo,


que induce notable desarrollo de la vertiente aplicacional de la tarea científi¬
a un
ca. En ese resulta en absoluto extraño el hecho de que las líneas de
contexto, no
vanguardia de la investigación psicológica en general estén desplegadas en las áreas
psicométrica, diferencial, animal y experimental.
La obra de Watson, verdadero impulsor del conductismo, constituye una per¬
fecta cristalización de la mentalidad del ambiente en que aparece. Sus precedentes
más lejanos se remontan al mecanicismo neocartesiano y al materialismo natura¬
lista de De la Mettrie, al empirismo ambientalista lockeano y al asociacionismo
británico, al positivismo comteano, a la tradición darwiniana y al experimentalis-
mo centroeuropeo.
Pero una parte notable del impacto global del conductismo en la psicología
norteamericana y mundial se debe a la relativa vinculación de esta orientación a la
reflexologia rusa.

II. 1.0. 1. La base reflexológica

I. Pavlov (1849-1936) ha construido uno de los pilares más sólidos de la psi¬

cología científica, mediante su contribución al desarrollo del proyecto de su maes¬


tro I. M. Sechenov, médico fisiológico, de formación centroeuropea, que se había

propuesto analizar los movimientos voluntarios en base a los modelos de la con¬


ducta refleja y, en definitiva, los procesos psíquicos —en tanto que relaciones

19
adaptativas del organismo al ambiente—, desde el prisma de la actividad nerviosa
superior, como "reflejos del cerebro" (1879).
Partiendo de una metodología rigurosa, centrada en la inducción
empírica,
Pavlov (1967. 1973. 1974) establece los fundamentos de una
disciplina que se si¬
túa en el umbral de la psicología, justo
en el punto de articulación entre lo fisioló¬
gico y lo psicológico.
Desde su óptica- de monismo materialista, el ser humano
aparece como un
organismo que mantiene su propia integración dinámica, al tiempo que su inter¬
acción adaptativa con el ambiente
por medio del sistema nervioso. Esa actividad,
regida en último término por el cortex cerebral, resulta según él definible en tér¬
minos de materia y energía, descriptible mediante el modelo asociacional
y expli¬
cable en base a los postulados
del determinismo físico (según el modelo decimo¬
nónico).
El fisiólogo considera el "reflejo"
ruso la unidad básica de la conducta.
como
Ya el mecanicismo cartesiano acude cierta
a
acepción de lo reflejo
para explicar el
comportamiento animal y las acciones humanas involuntarias. Posteriormente,
una tradición
que, originada en el asociacionismo británico, acaba arraigando en la
psicofisiología continental y se extiende hasta el propio marxismo, suele utilizar
la misma
terminología para referirse, por un lado, a la mecánica asociativa de los
"arcos" y "actos" reflejos y, por otro, a la dinámica de la transformación del
mundo (material, externo) en objeto de
representación consciente. Sin embargo,
había que esperar propiamente a Pavlov
para ver en cierto modo generalizado el
ámbito de los procesos reflejos a la totalidad de la conducta.
El conjunto de las nociones
pavlovianas en torno a los componentes neuro-
fisiológicos del arco y los mecanismos funcionales del acto reflejo, a los procesos
nerviosos de excitación e inhibición, generalización
y discriminación, al condicio¬
namiento, refuerzo y extinción, a la tipología reflexual y a los sistemas de señali¬
zación de la realidad, constituyen una parte
importante de las bases fisiológicas de
un modo
psicológico de enfocar la salud y la neurosis, la motivación y el aprendi¬
zaje y, en último término, la socialización y la cultura.
II. 1. 0. 2. La orientación de Watson

J. B. Watson (1878-1958) propone como objetivo de la psicología el análisis


experimental de toda "conducta" de cualquier "organismo" (no percibe indicios
de discontinuidad entre los otros animales
y el hombre) entendida como "respues¬
ta" observable, mecánica,
adaptativa, total a un "estímulo" dado.
El autor (1913. 1919. 1930) concibe su
disciplina como una rama de las
ciencias naturales que persigue un conocimiento
objetivo (empírico, positivo)
como base
para una eficaz "predicción" (nivel teórico-cognitivo) y un adecuado
"control" (nivel práctico-aplicado) de la conducta.
Por ello, rechaza
metodológicamente el subjetivismo de la psicología in-
trospeccionista, así como el supuesto básico de la misma (la "mente") y su campo
y medio de observación (la "consciència").

20
Los postulados básicos del conductismo watsoniano como conjunto teórico
se reducen esquemáticamente a los siguientes :

determinismo. Afirmación de la conducta como reacción consecuencial


a un estímulo causal; como base para la mferencia de R a partir de E y viceversa.
Contraposición al indeterminismo y a ciertos supuestos ontológicos del "idealis¬
mo" ("libertad", "voluntad", "responsabilidad"... etcétera).

monismo. Concepción del hombre como organismo material; opuesto a


la que sostiene la dualidad mente-cuerpo.

ambientalismo. Atribución de las causas estimulantes de la respuesta


conductual a factores del entorno externo o modificaciones actuales de los teji¬
dos. (La enfatización del aspecto situacional no supone en principio una negación
abstracta de los elementos "innatos"; sino más bien la afirmación fundamental de
la relevancia del aprendizaje en la génesis y modificación de las conductas.)

funcionalismo. Postulación del carácter "adaptativo" ("valor supervi¬


vencia") de toda reacción conductual del organismo como totalidad.

asociacionismo. Consideración del "reflejo" como unidad de conducta


y del "hábito" como base del aprendizaje.

Según sus críticos, Watson ha conferido a su opción metodológica —el análi¬


sis experimental de la conducta observable, mediante técnicas usuales en psicolo¬
gía animal— un carácter ontológico latente, que consistiría en la negación apriorís¬
tica (por desconsideración absoluta) de "lo" que supone como trascendente al
ámbito abarcable por su método (lo "mental", "consciente", "superior", "huma¬
no", "interior" a la "caja negra" organísmica... etcétera).
Desde esta óptica, el rechazo positivista de la "conciencia" como recurso

metodológico del análisis introspectivo se transforma en eliminación de la misma


como objeto de análisis.

Asimismo, desde ciertos puntos de vista, se ha detectado en la obra del autor


una tendencia hacia un múltiple reduccionismo (de lo "humano" a lo "animal",

de lo "psíquico" a lo "físico", de lo "racional" a lo "mecánico"... etcétera) al


tiempo que, por otra parte, se ha considerado el modelo E-R como una sobresim-
plificación del complejo entramado de las interacciones organismo-ambiente y una
minimización de los componentes sociales y simbólicos del entorno, así como del
aspecto significativo y autopoyético de las acciones del sujeto humano.
De cualquier modo, el conductismo watsoniano ha infundido un aire nuevo a
la psicología del siglo XX y ha contribuido de forma notable a su constitución
como ciencia.
parte, su concepción de la "personalidad" como sistema de hábitos
Por otra

y su explicación de los procesos "emocionales" y "perceptivos", del "lenguaje"


y del "pensamiento", en base a la mecánica del condicionamiento, constituye
un manifiesto optimista acerca de las posibilidades de la psicología del aprendiza¬

je en orden a la ingeniería humana, a la planificación y control de individuos y


sociedades; en síntesis, a la creación y reorientación de conductas.

21
II. 1. O. 3. El neoconductismo

Las teorías de Watson sirven de molde para


las de muchos de sus contempo¬
ráneos -(Lashley, Weiss, Kuo, Holt, Hunter, Guthrie... etcétera); pero, ya a partir
de los años 30, el conductismo como sistema
experimenta innovaciones importan¬
tes, que permiten a los historiadores hablar de "neo" e incluso de
"post" conduc¬
tismo.
En ese complejo movimiento se entrecruzan
y amalgaman tendencias psico¬
lógicas diversas (la creciente presencia en USA de teorías de matriz psicoanalítica
y gestaltista, el renovado auge de las ideas de Pavlov y de Thorndike, la escuela de
Lewin, la irrupción de tendencias filosóficas como el positivismo lógico, el opera-
cionismo o la misma fenomenología... etcétera)
que atentan contra la rigidez dog¬
mática del conductismo ortodoxo del período fundacional
y contribuyen a la gé¬
nesis de modelos teóricos
y metodológicos que, conservando un cierto arraigo en
aquella tradición, abren para la misma nuevas perspectivas de cara al análisis y la
intervención.
Del conjunto de ese panorama cabe destacar la complexificación del modelo
E-R la introducción, especialmente de la mano de Tolman Hull, de las
con
y varia¬
bles "intervinientes" entre la independiente y la
dependiente; del método "hipo-
tético-deductivo", al lado del empírico-deductivo, en el análisis de la conducta por
Hull; del condicionamiento "operante", al lado del "respondiente",
por Skinner,
de las definiciones "operacionales" y del
desplazamiento temático hacia lo moti-
vacional y cognitivo (a los ya clásicos
tópicos de la "recompensa" en Thorndike,
del "refuerzo" en Pavlov
y del "hábito" en Watson, se añaden la "propositividad"
en Tolman, la "reducción del
impulso" en Hull, el "refuerzo positivo" en Skinner,
el "motivo de logro" en McCleland y Atkinson, la "frustración" en Dollard
y Mi¬
ller, la "aspiración" en los lewinianos, el "incentivo" en Hovland, Young y otros,
el "temor al fracaso" en Heckhausen, la "expectativa" o
"respuesta anticipatoria
de meta", enSpence... etcétera).
Entre tanto,
objetivismo, experimentación animal y aprendizaje por condi¬
cionamiento se mantienen como pilares constantes de la orientación neoconduc-
tista.
Más recientemente, resultan destacables ciertos intentos de armonizar el ar¬
mazón técnico (neo) conductista con los modelos cibernético e informacional; al
tiempo que, por otro lado, parecen encontrar eco las propuestas de identificar
"análisis de la conducta" y "psicología
experimental".

II. 1. 0. 4. Del análisis de la conducta la


a
psicología social

El conductismo más ortodoxo, por


el hecho de basarse habitualmente en
observaciones realizadas en el marco de un laboratorio
experimental, sobre indivi¬
duos animales no humanos, atendiendo a la mecánica
simple y elemental de fenó¬
menos y procesos típicos de reacciones adaptativas naturales y primarias, suscita,

22
en
principio, ciertas reservas a propósito de su capacidad de ofrecer teorías de la
dinámica interactiva propia del medio cultural humano.
Si las perspectivas psicologicosociales menos representativas de la puesta en
práctica del principio evolucionista de la parsimonia son criticables por su bajo ni¬
vel de ajuste a los criterios de la positividad, la conductista plantea cuestiones a

propósito de los riesgos de la extrapolación, la analogía y, en definitiva, de la re¬


ducción de los "hechos" que se desarrollan en el medio "natural" de los hombres
"in vivo" a los "datos" registrados en el contexto "artificial" de los animales "in
vitro".
Todo ello no obstante, cabe constatar que, desde la herencia del conductis-
mo, se ha construido una base sólida para el análisis científico de ciertos mecanis¬
mos
importantes implicados en la dinámica de la interacción humana y sugerido
medios de intervención práctica en ese campo, que han llegado a hacerse extensi¬
vos incluso al del mismo diseño cultural.

Su teoría de la conducta social se basa en fa aplicación de dos modelos com¬

plementarios de aprendizaje asociativo: el del condicionamiento "clásico" —res¬


pondiente, que funciona según el principio de la contigüidad (Pavlov-Watson)— y
el que desde la perspectiva de Thorndike se viene llamando condicionamiento
"instrumental" (cuya ley más significativa es la del efecto-recompensa), que Skin¬
ner ha relanzado y perfeccionado con su concepción del condicionamiento "ope¬

rante", el núcleo teórico de la cual gira en torno de la noción de refuerzo.


La psicología social conductista se asienta no tanto sobre las bases del mo¬

mento fundacional watsoniano como sobre las de las sucesivas ampliaciones y re¬

visiones de aquélla por parte de los teóricos "neo" y "post" conductistas. En cier¬
to modo, aparecen tantos desarrollos psicologicosociales de la óptica conductista

cuantas abiertas correcciones e incluso descalificaciones de la watsoniana se han

dado. Como viene a decir F. Jiménez Burillo (1980), un investigador cuanto más
propiamente psicólogo social tanto menos estrictamente conductista resulta ser:
cabía, pues, que el germen de Watson muriera para el feliz nacimiento del árbol
del conductismo psicologicosocial. Al igual que con la gestaltista sólo una cierta

desintegración formal de la propia óptica conductista ha facilitado su sutil transfi¬


guración en componente esencial de la atmósfera psicoso ció lógica. Tal es el con¬
texto en que cobra sentido la cuestión planteada por el mismo Jiménez Burillo
sobre "¿quién no es conductista?".
Woodward (1982) distingue cuatro fases en el "conductismo social": la cons¬
tituyente (1870-1900) y la primera (1900-1930), la segunda (1930-1960) y la ter¬
cera generaciones (1960-1980). Según él, en el seno de cada uno de tales momen¬

tos se ha establecido notables controversias acerca del número y la naturaleza de

los factores precisos para una definición de la conducta social.


Por lo que se refiere al panorama actual, el autor destaca especialmente dos
líneas principales de teorización: el "Conductismo Social", encarnado especial¬
mente por Staats (1975. 1981) y la "Teoría del Aprendizaje Social", con Bandu-

ra (1977. 1980) como exponente más significativo.

23
Según él, "conductistas sociales" y teóricos del "aprendizaje social" conver¬
gen en un múltiple empeño común:

partir de un modelo de "Feedback Funcional", que incluye Estímulo,


Respuesta y Refuerzo,
desarrollar modelos ya propuestos y
perfeccionados por las anteriores
generaciones de funcionalistas y conductistas,
conectar con
hipótesis relevantes de otras tradiciones psicológicoso-
ciales,
y atender preferentemente a procesos simbólico-cognitivos,

todo ello sin olvidar el hecho de la interacción


persona-ambiente ni la presencia
efectiva de variables intervinientes en esa dinámica.
Los
principales puntos de discusión entre esas orientaciones están relaciona¬
dos con la
concepción de la naturaleza de tales variables intervinientes y con la
adopción de un modelo general de "parsimonia teorética" capaz de dar razón de
procesos ya objeto de un previo conocimiento descriptivo.
La polémica se centra en torno al
eje bifactorialismo versus trifactorialismo:
mientras Staats propone un clásico modelo bifactorial, remozado
con su Sistema
ARD ("Attitude-Reinforcer-Discriminative System"), base para una teoría
como
del "condicionamiento" en la
que se articulan los principios
y mecanismos del
"clásico" y del "operante", Bandura
incluye en el suyo, además de los dos facto¬
res identificados por las tradicionales teorías del refuerzo, el "observacional" o
"vicario".
Entre las
múltiples aportaciones de la perspectiva conductista (considerada
en
acepción más amplia) se ha seleccionado como objeto de presentación las
su

referidas a los siguientes ejes temáticos:


aprendizaje imitativo, frustración y agre¬
sión, comunicación persuasiva, interacción como intercambio, motivo del logro,
indefensión aprendida e ingeniería
psicosocial.

II. 1. 1. EL APRENDIZAJE IMITATIVO

Aprincipios de los cuarenta, Dollard & Miller (1941) destacan la importancia


de la imitación en el
aprendizaje social y, por tanto, en el proceso de socialización.
El fenómeno imitativo constituye,
según ellos, una modalidad específica de
condicionamiento instrumental, cuya singularidad consiste en el hecho de
que la
propia interacción social proporciona, a la vez, el modelo y el refuerzo para la
conducta objeto de aprendizaje. Desde su punto de vista, la secuencia del
proceso
imitativo incluye los siguientes momentos:


motivación en el observador como base de la atención,
percepción de la conducta-estímulo de

otro,

24

comportamiento- respuesta según el modelo propuesto, y


refuerzo positivo subsiguiente a la acción imitativa.

La dinámica de la imitación no es concebida como una mera repetición de las


conductas de un modelo; sino también como la base para una generalización a si¬
tuaciones nuevas.

Los autores abren una nueva la tradicional psicología social es¬


perspectiva a
peculativa sobre la imitación que, desde Tarde y McDougall, atribuía un cierto ca¬
rácter instintivo a este fenómeno; al tiempo que activan la discusión sobre los mo¬
delos de conducta social que intervienen en la adquisición de los patrones compor-
tamentales de las nuevas generaciones.
Por parte, Skinner (1953) considera suficientes los principios teóricos del
su

condicionamiento operante (modelo Estímulo-Respuesta-Refuerzo) para explicar


toda forma de aprendizaje de un organismo humano.
Las contingencias de refuerzo constituyen, ajuicio del autor, el determinante
fundamental de la adquisición de conductas; por lo que resulta supèrflua la consi¬
deración de otro tipo de factores al margen de las mismas.
Otrosinvestigadores, en cambio, descubren nuevas dimensiones de la imita¬
ción: ese esel caso de Milgram, Bickman & Berkowitz (1969), quienes demuestran
experimentalmente la propensión espontánea a adoptar la conducta de otros
como modelo de la propia, especialmente ante situaciones nuevas, inesperadas y

ambiguas.
En una serie de experimentos de campo, presentan la conducta de sujetos

cómplices como estímulo para la esperada respuesta imitativa de los transeúntes


de una calle concurrida de New York, quienes tienden, en mayor o menor propor¬
ción (en función de variables controladas por los investigadores), a detenerse y a
volver la mirada hacia una cierta ventana del sexto piso de un edificio a la que diri¬
gen la propia los modelos.
Sin discutir la validez de las teorías ortodoxas del condicionamiento para ex¬

plicar la adquisición de patrones de conducta que el propio organismo haya sido


capaz de poner en práctica antes de la aparición de un refuerzo, Bandura & Wal¬
ters (1963) sostienen que las mismas no dan razón de la emergencia de habilidades

conductuales que no sean meramente autorrepetitivas. En otros términos, tales


teorías no descubren el mecanismo del aprendizaje de comportamientos nuevos
(que no han posido ser "reforzados" por no formar parte del anterior repertorio
del organismo).
Su concepción del "modelling" —del aprendizaje por imitación de modelos
(físicos: la presencia de otro que ejecuta ante ego una secuencia conductual, o
simbólicos: intrucciones verbales, escenas filmadas... etcétera)— se basa en el reco¬
nocimiento de la importancia de los factores cognitivos y sociales en el apren¬
dizaje humano. Tomando distancias respecto de ciertas perspectivas radicales
que se les antojan hipermecanicistas o subjetivistas, presentan al hombre como
un ser interactivo, capaz de aprender por observación y de hacer intervenir en

25
cl modclamiento de su conducta factores simbólicos, vicarios y
autorregula¬
dores.
lin efecto, para Bandura & Walters, el organismo humano, por su aptitud
cognitiva, relativamente capaz de autoeontrolarse influyendo en las contingen¬
es
cias de las que su conducta es función, anticipando simbólicamente la solución de-
problemas que aún no se le han planteado materialmente y aprendiendo "vicaria¬
mente" de experiencias que no son
propiamente suyas, sin necesidad de realizar
personalmente un largo y vacilante proceso asociativo por ensayo-error.
La obra de Bandura, en general, insiste en la tesis de
que el aprendizaje social
produce en el observador no sólo un enriquecimiento de la propia gama de aptitu¬
des de respuesta sino, además, la predisposición a ejecutar
imitativamente la se¬
cuencia observada y a modificar, si cabe, pautas preexistentes; todo ello en fun¬
ción del tipo de consecuencias que haya percibido como derivables de la conducta
según el modelo.
F.sa perspectiva no sólo supone una decidida incorporación de
procesos per-
ceptivo-cognitivos y sociales a la psicología del aprendizaje, sino también una
compleja articulación de teorías del condicionamiento, de la imitación y de la in¬
fluencia sociales. K1 modelado sociocultural de los individuos
depende, según tal
concepción, de los atributos de los modelos que éstos contemplan, de las caracte¬
rísticas del marco situacional en que realizan la observación
y de sus propios ras¬
gos personales en tanto que observadores.
Staats (1975) subraya el valor reforzante del modelo en la medida en
que
éste suscita una respuesta emocional positiva en el imitador. Con ello reactualiza
una tesis ya establecida
por Lefkowitz, Blake & Mouton (1955), quienes demos¬
traron el diferente impacto imitativo
provocado por modelos violadores de señales
de tránsito, según los respectivos indicadores externos de status social
que los
adornaran, y por Epstein (1966), quien demuestra también la importancia del sta¬
tus social de los modelos en orden a la inducción a la conducta imitativa de agre¬
sión a
exogrupo. El propio Staats (1975) sugiere que el valor emocional del
un

modelo puede resultar negativo para el imitador, lo que provoca respuestas no


imitativas o de signo manifiestamente contrario al apuntado por aquél.
La teoría del aprendizaje social representa no tanto un correctivo cuanto un

complemento de las del refuerzo y de la reducción del impulso, que mantienen


toda su vigencia en lo relativo a la adquisición de pautas de conducta para
las que
no se
requiera un proceso imitativo, a la consolidación de las adquiridas por imita¬
ción o a la facilitación de la atención al estímulo-modelo y en la misma selección
de respuestas previas al proceso de
aprendizaje propiamente dicho.
Para Bandura, en definitiva, el desarrollo personal y la conducta social huma¬
na son el producto de una compleja interacción de estímulo, refuerzo
y sistemas
mediacionales sociocognitivos (entre los que sobresale el de la imitación).
Reactualizando y profundizando una tradición que se remonta a las tesis de
Blumer (1933) acerca de la modelación cinematográfica de las conductas de los
espectadores, Bandura se cuenta entre los notables psicólogos sociales norteame-

26
ricanes que lian impulsado campañas contra la exposición de escenas de violencia
y la mitifieación de personajes agresivos por el cine y la televisión.
Ya en sus primeras investigaciones (Bandura & Walters, 1959) trata del

aprendizaje imitativo de conductas agresivas, habiendo insistido en el tema en nu¬


merosos trabajos posteriores (Bandura et al., 1961. 1963a. b. c., Bandura, 1973.

1975). Con ello ha suscitado una notable polémica entre quienes, partiendo del
modelo psicoanalítico de la catarsis, sostienen que la canalización (sublimación)
simbólica de la agresividad instintiva, constituye una excelente defensa contra la

agresión física y quienes (como Bandura) afirman el carácter incitante de todo


modelo violento de cara a la práctica de la conducta violenta aprendida.
La lectura de Fromm (1974) permite establecer una especie de puente entre
una concepción
instintivista de la agresividad "benigna" y la teoría ambientalista
del aprendizaje de la agresividad destructiva ("maligna").
A. Bandura ha aplicado su teoría del modelling a las más diversas facetas del
desarrollo personal y de la modificación de conducta (Bandura et al., 1963.
1964. 1966. 1967. 1977; Bandura, 1969. 1971. 1977 a. b. ...). Recientemente
(1976. 1977a. b., 1980) el autor ha revisado y ampliado su modelo del aprendiza¬
je social, concediendo una importancia decisiva a la variable cognitivade la "self-
efficacy" en orden al cambio conductual. Según él, el grado de convicción acerca
de la propia capacidad de ejecución de una tarea (nivel de autoeficacia) constituye
un
importante factor de referencia en orden a la predicción de la conducta.

11. 1. 2. FRUSTRACION Y AGRESION

A finales de la década de los treinta, Dollard, Miller y otros (1939)psicólo¬


gos de Yale, en el marco de una serie de tentativas de articular psicoanálisis y teo¬
rías del aprendizaje (Dollard & Miller,1950) y, más concretamente, los postulados
freudianos con los de Hull y Thorndike, publican el resultado de una serie de in¬
vestigaciones basadas en la aplicación del modelo E-R, en las que se intenta expli¬
car la conducta agresiva como reacción a una situación frustrante.

Definida la agresividad como conducta hostil e importado del psicoanálisis


el concepto de frustración como interposición de un obstáculo en el camino hacia
la realización de un objetivo —placentero en Freud, reductor de ansiedad en Hull,
de efecto recompensante en Thorndike, dotado de valencia positiva en Lewin—,
se diseña un conjunto de observaciones empíricas conducentes al establecimiento

de una entre frustración y agresión: toda conducta


relación de causalidad lineal
agresiva surge de alguna situación frustrante; todo organismo frustrado tiende na¬
turalmente a agredir.
Los sujetos experimentales eran, en unos casos, ratas y, en otros, seres huma¬
nos (niños o adultos).
Excépcionalmente, en algunas investigaciones, el modelo se
aplica a situaciones históricas concretas vividas por colectivos sociales. En este
sentido, Dollard y su equipo atribuyen el antisemitismo nazi, al igual que ciertas

27
campañas de especialmente intensa opresión racial sobre la minoría negra por par¬
te de la mayoría blanca norteamericana, al "desplazamiento"
—he ahí la aplica¬
ción de otro concepto freudiano— de la agresión motivada
por la frustración (ge¬
nerada, a su vez, por una situación de crisis socioeconómica) hacia un elemento
sustitutivo del auténtico frustrador, hacia un inocente, débil e inofensivo "chivo
expiatorio" sobre el que se descarga la energía agresiva acumulada.
Hovland & Sears (1940) (en una tesis luego revisada por Minz, 1946),
por su
parte, observan una correlación entre el nivel de frustración derivado de las caídas
de los precios del algodón en ciertos estados del sur de los USA, durante un
perío¬
do histórico determinado, y
el número de linchamientos (habitualmente de ne¬
gros) realizados en estas coordenadas de tiempo y lugar, en tanto que indicadores
de conducta agresiva.
Los juicios que se han emitido
posteriormente a propósito de esta serie de
aportaciones neoconductistas, valoran positivamente el poder sugestivo de la hipó¬
tesis frustración-agresión; ajustada, por lo demás, a los
principios del sentido co¬
mún. Pero las teorías surgidas de la misma son sometidas a un tratamiento correc¬
tivo tal que impide el mantenimiento de la formulación de
aquéllas en sus térmi¬
nos
categóricos iniciales. Por lo que se refiere concretamente al ensayo de estable¬
cer vías de comunicación entre
psicología del inconsciente y ciencia de la conduc¬
ta (o, si se
prefiere, entre constructos psicoanalíticos y extrapolaciones a partir de
la psicología animal), se reconoce el mérito de la
apertura intelectual exhibida por
los promotores de la
empresa; pero se critica su supuesta estrategia eclecticista
orientada a la homogeneización de elementos que
parecen más bien heterogéneos:
"los experimentalistas —afirma Wolman (1972, 404s.)—, utilizando ratas
para el
estudio de conceptos psicoanalíticos, difícilmente
pueden llegar a averiguar en
qué medida está relacionado esto con la teoría de la personalidad de Freud".
Entre las primeras revisiones experimentales de la
hipótesis Frustración-Agre¬
sión, se cuentan la del propio Sears (1941), quien detecta modos de reacción no
agresivos a situaciones de frustración; la de Bateson (1941), que verifica una nota¬
ble y significativa variedad intercultural de
patrones de reacción espontánea a las
frustraciones, y la de Barker, Dembo & Lewin (1941) quienes descubren que en
niños la frustración puede desembocar tanto en agresión como en regresión, en
incremento de productividad e incluso en pasividad. Lewin (1951) critica la "va¬
guedad" conceptual del término "frustración", que no remite a las propiedades
estructurales de la "situación", sino a "incidentes" de naturaleza
heterogénea, que
no
pueden ser reducidos a un solo "tipo" de "objeto" mediante una adecuada
combinación de "constructos conceptuales". Recientemente, Seligman (1975) ha
sostenido que la frustración derivada del aprendizaje de la "incontrolabmdad",
deriva en "indefensión aprendida", lo cual produce, a su vez, una disminución de
las conductas agresivas.
Sin haberse definido con
precisión acerca del tipo de vínculo (innato o
aprendido) entre frustración y agresión y sin renunciar a la búsqueda de nuevos
posibles puntos de contacto entre psicoanálisis y psicología experimental, el pro-

28
pio Miller (1941) reduce la frustración a la condición de uno de los varios posibles
factores de la agresión. Con ello, contemporiza con los críticos de su primera
aportación, quienes, desde las más diversas posiciones (instintivistas, ambientalis¬
tas, cognitivistas... etcétera), concuerdan en sostener que no toda frustración pro¬
duce agresión ni toda agresión deriva de una frustración. Desde esa óptica, la psi¬

cologia abre las puertas a las más diversas hipótesis: reácción a la provocación, a
la ansiedad, al dolor, a la inseguridad, al miedo al fracaso... etcétera, sin olvidar el
instinto, el carácter, la estrategia instrumental y el aprendizaje. Asimismo se cons¬
tata una variabilidad interindividual humana de los tipos de respuesta a un mismo

estímulo de frustración, lo que es atribuido a factores diversos como los patrones


de conducta adquiridos, la autoestima, la seguridad en sí mismo, la tolerancia a la
situación frustrante, la incidencia de elementos cognitivos (como la presencia de
objetos, representaciones o modelos de conducta relacionados con la agresión),
tipología caracterial... etcétera. {Cf. por ej., Buss, 1961, 1963; Fromm, 1974;
Geen & O'Neal, 1976... etcétera). En ese campo destaca la aportación de L. Ber-
kowitz (1960. 62. 64. 65. 71. 72. 74. 78. 81; Berkowitz et al., 1959. 60. 63. 66.
67. 71. 81 ... etcétera).
Sin abandonar el sistema de coordenadas neoconductistas, Berkowitz revisa
a fondo la teoría F-A, en de las grandes controversias motivacionales
el marco

(impulso versus situación, repetición vs. anticipación... etcétera).


Su punto de vista no coincide en principio con el de las tendencias innatistas
(de Freud a Lorenz); pero tampoco se identifica del todo con el énfasis radical en
el aprendizaje (Skinner-Bandura). Más bien se inclina a aceptar la posibilidad de

algún modo de interacción entre lo congénito y lo adquirido, sin que ello implique
un nexo causal necesario entre F y A o excluya la posibilidad de modificación

por aprendizaje de mecanismos socioconductuales de origen eventualmente in¬


nato.

En síntesis, sus observaciones experimentales le permiten constatar los si¬


guientes hechos:

de una situación frustrante puede, pero no debe necesariamente, derivar


una conducta agresiva,

no toda conducta agresiva resulta de una situación frustrante,



la relación F-A puede tener cierta base congènita; si bien puede ser tam¬
bién consolidada y modificada por la experiencia.

En algunas de sus primeras aproximaciones al fenómeno de la conducta agre¬


siva, Berkowitz subraya la importancia de un factor mediacional (condicionante y
facilitador) —la "ira"— como variable interviniente entre la F y la A. Coincidiendo
con Buss (1961), percibe ese estado emocional (de irritabilidad, enojo, rabia... et¬

cétera) como el efecto de una situación frustrante; eso es, del bloqueo de una res¬
puesta anticipativa de meta. Según él, ésta es la clave de la predisposición inmedia¬
ta ala conducta agresiva.

29
Asimismo presenta como especialmente
significativa la adecuación de ese
modelo a la teoría de la revolución
propuesta por Davies (1962), quien sostiene
que los movimientos agresivos de transformación sociohistórica no surgen de unas
condiciones objetivas de simple indigencia (privación), sino de situaciones de crisis
de progreso, que impiden la materialización de expectativas forjadas anteriormen¬
te (frustración).
Asimismo invoca como
apoyo a su tesis las investigaciones de los Feierabend
(1966) apropósito de la relación entre el ritmo de modernización y la inestabili¬
dad política: según ellos, las expectativas generadas
por el desarrollo socioeconó¬
mico rápido superan la
capacidad del sistema establecido para proporcionar satis¬
facciones actuales de necesidades nuevas; lo
que genera frustración que se traduce
en
agitación social. Esa concepción concuerda con la "anatomía de la revolución"
de Brinton (1952) basada en la teoría de las
"expectativas ascendentes" y que Se-
ligman (1975) invoca a propósito no de la reacción a la frustración de una expec¬
tativa, sino de la perspectiva abierta por la "controlabilidad" de la situación.
En otra serie de trabajos, el autor, sin olvidar el
papel del aprendizaje de los
patrones conductualés ni el de esa posible función facilitadora, activadora y ener-
gizante de la ira generada por una frustración de cara al comportamiento agresivo,
enfatiza especialmente la virtud instigadora y desencadenante de las
propias seña¬
les estimulantes (indicios situacionales) medio-ambientales,
llegando, finalmente,
a reconocer la relevancia de las variables atribucionales (Berkowitz, 1981).
Según él, los factores inmediatos de algunas conductas hostiles consisten
principalmente en la percepción de modelos de violencia (Berkowitz, 1971; Ber¬
kowitz, et.al., 1963, 1966; Geen & Berkowitz, 1967), de actitudes negativas hacia
el objeto verbalmente condicionadas (Berkowitz, 1970), de
objetos asociados a la
agresión (Berkowitz, 1962; Berkowitz & Le Page, 1969), de víctimas propiciato¬
rias (Berkowitz & Green, 1971) o de la
simple posibilidad material de dañar a
alguien (Berkowitz, 1978). En tales casos, la ira y la experiencia resultarían nuevas
funciones subsidiarias de la variable fundamental de la señal estimulante.
Ese acercamiento a posiciones
cognitivistas le sitúa cerca de las tesis de Ban-
dura sobre el aprendizaje social de la agresión, sin llegar por ello a una plena coin¬
cidencia de puntos de vista con el mismo, al descalificar
aquél (Bandura, 1973.
1975) la noción de frustración como cajón de sastre semántico. Berkowitz (1978)
responde la cuestión sobre "¿qué fue de la hipótesis frustración-agresión?" sos¬
a
teniendo que esa noción, a pesar de su alta dosis de ambigüedad y de su relativo
eclipse por modelos de cuño cognitivista, sigue siendo una referencia útil y un fir¬
me
punto de apoyo para la investigación en psicología social experimental.
En ese mismo sentido, Ahmed (1982)
recupera el espíritu de los primeros
trabajos sobre el tema, poniendo a prueba una serie de microhipótesis en una serie
de experimentos de campo efectuados con sujetos
canadienses. En ellos, la situa¬
ción frustrante (en tanto
que variable independiente) manipulada por el investiga¬
dor, consiste en el efecto de la acción de un cómplice del mismo al "colarse" ante
una hilera de
sujetos que aguardan civilizadamente su turno ante una taquilla (de

30
una oficina de registro, de una sala de espectáculos... etcétera). Sus resultados le
permiten establecer la predicción de que, en situaciones análogas a la experimen¬
tal, los individuos canadienses serán más agresivos cuando sean frustrados:

hallándose cerca de la meta, que cuando lo sean hallándose lejos de


ésta,

por un cómplice indio del Este que cuando lo sean por uno de aspecto
europeo,

por un joven que cuando lo sean por un anciano,


alguien que no se disculpe que cuando lo sean por alguien que dice "ex-
cuse-me",

un varón que cuando lo sean por una dama,


hallándose cerca de la meta, siendo varones, que si lo son siendo muje¬


res o, siendo del sexo que sean, lo son hallándose aún lejos de la meta.

II. 1. 3. LA COMUNICACION PERSUASIVA

Siguiendo la teoría del aprendizaje de la tradición hulliana, el Grupo de Co¬


municación de Yale (Hovland, Lumsdaine & Shefield, 1949; Hovland, Janis &
Kelley, 1953; Hovland & Janis, 1959; Hovland &-Weiss, 1952; Janis & Feshbach,
1953...) inicia, en los años cincuenta, una serie de investigaciones experimentales
sobre el efecto de los incentivos (gratificaciones anticipadas) en el cambio de ac¬
titudes, en el marco de un proceso comunicació nal.
En base a un clásico modelo E-R, desde el que las predisposiciones actitudi-
nales son concebidas como producto de un proceso de condicionamiento, los au¬
tores analizan las eventuales modificaciones de las mismas (en forma de cambios

de opinión, como base para una modificación de conducta) atribuibles a la fun¬


ción incentivadora de variables estímulo que han sido objeto de manipulación ex¬
perimental.
La enorme cantidad de investigaciones sobre el tema, realizadas en el marco
de una más o menos estricta ortodoxia neoconductista, gira en torno a la conside¬
ración de los siguientes conjuntos de variables fundamentales:

características del emisor: credibilidad (confiabilidad, legitimidad, sta¬


tus, atractivo... etcétera), competencia, cantidad de cambio propuesto... etcétera.
rasgos del receptor (auditorio): inteligencia, instrucción, autoestima,

autoritarismo-conformismo-sugestionabilidad, sexo, aislamiento, imaginación,,


orientación ética, tipo de predisposición y de interés hacia el tema, distancia de la
propia posición respecto de la del comunicador, percepción de las intenciones de
éste, grado de voluntariedad de la exposición a la información... etcétera.

forma y contenido del mensaje: exposición uni o bidireccional (con o


sin contraargumentos, efecto de inoculación), incorporación (o no) de elementos

31
emocionales al lado de los racionales, orden (climático o anticlimático) de la expo¬
sición de los argumentos,
presencia (o no) de argumentos atemorizantes, explici-
tación o no de las conclusiones, radicalismo o moderación del tono... etcétera.

Lógicamente, los resultados de la investigación proporcionan recursos ins¬


trumentales básicos para el "buen persuasor" (por cj.: la argumentación impregna¬
da de connotaciones emocionales puede resultar efectiva ante un auditorio poco
cultivado intelectualmente; las personas autoritarias son
hipersensibles a la in¬
fluencia por el prestigio del comunicador... etcétera).
La retórica, en tanto que arte de persuadir a los demás mediante el ejercicio
del verbo, no ha perdido ni un ápice de su actualidad desde la
lejana época de los
sofistas. El grupo de Yale ha contribuido al establecimiento de
algunas de las con¬
diciones de eficacia y, en definitiva, a la determinación del alcance
preciso de lo
que denomina "nueva retórica científica" (1953).
Otras aportaciones (Katz & Lazarsfeld, 1955); Berelson & Janowitz, 1955-,
Packard, 1957; Janowitz & Schultze, 1961; Klapper, 1960. 1967; Bell, et al.,
1969; De Fleur, 1972; Clarke, 1973, Blunder & Katz, 1974; Statera, 1976;Hirsch,
Miller & Kline, 1977; Moragas, 1979... etcétera) han ayudado a relativizar los mo¬
tivos de esperanza y de temor
respectivos de los populistas (ingenuamente ilusio¬
nados ante las expectativas de "educar" a las "masas" y "democratizar" el "mun¬
do", gracias a una eficaz instrumentalización de los media) y de los apocalípticos
(obsesivamente recelosos frente a las supuestamente inmensas posibilidades de
"lavado" y "modelado" de cerebro y de "manipulación" sutil de las conciencias
y
conductas de televidentes, radioyentes, lectores, espectadores, ciudadanos y con¬
sumidores, por entes sociales maquiavélicos).
Más allá del paradigma metodológico
del equipo de "comunicación y persua¬
sión" (análisis del cambio de opinión operado en un receptor de información
como reacción determinada
por la variable independiente estímulo-emisor); así
del Lasswelliano ("¿quién dice qué, qué canal,
como
en a quién y con qué efec¬
to?", 1955, 159) y del de Tchakhotine (la "violación de las masas por la propa¬
ganda política" nazi —1952— como un hecho explicable de acuerdo al modelo
pavloviano de los reflejos condicionados), esa perspectiva descubre la persuasión
como un efecto mediatizado
por unas variables psicosociales que intervienen el
proceso relacional emisor-receptor. Entre ellas cabe destacar, siguiendo el balance
de Klapper (1960. 1967), por una parte, las predisposiciones personales del propio
destinatario de la información, que le inducen a una "exposición", "percepción"
y "retención" selectivas del mensaje. Por otra, se señala la inserción del mismo in¬
dividuo en grupos primarios como el fundamento psicosocial de su propensión a
conformarse a las normas internas de los mismos, acatando las directrices de sus
líderes de opinión, anclando en el mismo colectivo las propias actitudes personales
y amoldando efectivamente la conducta al modo definido por el todo grupal (ello
significa, ni más ni menos, que el individuo resulta persuadióle en la medida en
que lo sea el grupo con el que se identifica).

32
Todo ello induce a concluir

que un orador —o los "media" en general— logra normalmente consoli¬


dar, reforzar o encauzar las actitudes preexistentes en los receptores de su mensaje
y sólo excepcionalmente produce una modificación de las mismas,
que para un persuasor resulta más fácil cambiar la intensidad de una

actitud los aspectos secundarios de un modelo de comportamiento que invertir


o

el sentido de la orientación actitudinal o convertir el núcleo central de un modo


de comportarse,

que las técnicas depersuasión resultan especialmente efectivas en orden


a la creación de actitudes y hábitos nuevos, en comparación con los resultados
que producen cuando tratan de intervenir sobre objetos ante los que existen dis¬
posiciones previas,
y que en ningún caso el mensaje persuasivo se transmite a través del va¬

cío social, sino que pasa siempre por el filtro grupal.

Al margen de la estricta perspectiva de la "Mass Communication Research"


en
que se inscribe en definitiva la aportación del grupo de Yale (así como la de
muchos de sus contemporáneos, continuadores y críticos), cabe contar en la Psi¬

cología Social actual con el relativamente reciente modo de aproximación "semi-


ótico" (Greimas, 1968; Moragas, 1976; Eco, 1977. 1979) a los fenómenos y pro¬
cesos comunicativos. Su originalidad e interés radica en su desplazamiento de la

atención desde el significante y el código hacia el universo de la significación y la


producción de sentido en la comunicación.
En esa línea, Eco (1979) invierte la tópica pregunta sobre qué Ies hacen los
media a las masas: "¿Qué hace el público a las (o de las) comunicaciones de ma¬
sas?" (1979, 219). En un lúcido análisis de la primera "generación televidente"
italiana, formada "en un país administrado por el partido mayoritario, que expre¬
sa los valores fundamentales de una civilización católico-popular inscrita en las

filas ideológicas y políticas de la Alianza Atlántica", descubre un hecho significa¬


tivo: se trata precisamente de "la generación de mayo del 68, la de los grupúscu-
los, del repudio a la integración, de la ruptura con los padres, de la crisis de la fa¬
milia, de la suspicacia contra el 'latin lover' y de la aceptación de las minorías
homosexuales, de los derechos de la mujer, de la cultura de clase opuesta a la
cultura de las enciclopedias ilustradas". De haberse cumplido las expectativas de
los "teóricos apocalípticos de las comunicaciones de masas", según Eco, "en
1968, este muchacho habría tenido que buscarse un digno cargo en la Caja de
Ahorros, tras haberse graduado con una tesis sobre 'Benedetto Croce y los valores
espirituales del arte', cortándose los cabellos una vez a la semana y colgando, el
Domingo de Ramos, la rama de olivo bendecida sobre el calendario de la Familia
Cristiana, junto a la imagen del Sagrado Corazón (...)" (1979, 221).
Aportando bases para un enfoque semiótico de la temárica Comunicación-
Persuasión, el profesor bolonés subraya el supuesto de que un mensaje constituye

33
de hecho un "texto" complejo
que incluye diversos mensajes basados en códigos
diversos. De ello deduce que los "media" no pueden producir la "cultura de
masa" homogénea y uniforme imaginada por los apocalípticos. Y,
relativizando
scmióticamcnte las posibilidades de la retórica científico-tecnológica, establece
que "comprender lo que comprenden los otros puede servir, desde luego, para
obligarlos a comprender sólo lo que comprendemos nosotros; pero, por fortuna,
la vitalidad de la audiencia desmiente (...) ciertos
proyectos de 1984" (1979,
234).
En la actualidad, se sigue atendiendo a los contenidos de la influencia de los
media (política, violencia, salud... etcétera) y a los destinatarios más sensibles a la
misma (niños, ancianos, amas de casa... etcétera) (Kraus & Davis, 1976; Comstock
et. al., 1978).
Pero, más allá de las posturas "optimistas" o "pesimistas" de antaño con res¬
pecto a los efectos de los media, se ha convenido en reconocer "que la comunica¬
ción de masa desempeña un importante papel en nuestro sistema social;
pero que
no
constituye más que un elemento en este sistema" (Roberts & Bachen, 1981,
346).

II. I. 4. INTERACCION COMO INTERCAMBIO

Uno de los más notables ensayos de construcción de un modelo


general in¬
tegrador de las diversas microteorías psicologicosociales sobre la interacción hu¬
mana, es el del "Intercambio Social". En esa tarea convergen sociólogos como
Homans y Blau y psicólogos como Thibaut &
Kelley. Desde su óptica común, en
la noción de intercambio se combinan el principio económico de la conducta
como función del
propio interés, la lógica hedonista de la persecución del placer
y la axiología pragmatista de la utilidad.
Tal visión, de inequívoco sabor norteamericano, resulta consistente con el

"Zeitgeist" liberal, en el seno del cual se constituye el individuo como soporte


fundamental de toda realidad social.
El
objeto central de la psicología social del intercambio se concentra en la
interacción personal cara a cara, en el seno demicrogrupos.
Su más significativa plataforma metodológica
de análisis está constituida por
la psicología neoconductista del condicionamiento operante.
El principio de reciprocidad es invocado por primera vez con decisión
por
las ciencias sociales no económicas en el ámbito de la
antropología cultural, a tra¬
vés de los estudios de Malinowski (1922) sobre el "Kula" (forma de intercambio
practicada por habitantes de la Melanesia) y de Mauss (1924) sobre el "Potlatch"
(institución típica de culturas indígenas asentadas en la costa del Pacífico america¬
no). Es, sin embargo, C. Levy-Strauss (1949) quien, en su análisis de la estructura
cultural de sociedades primitivas, recurre al paradigma del "intercambio generali¬
zado" para la explicación macrosociológica de la relaciones de reciprocidad que

34
caracterizan, según él, toda forma de interacción social. El autor subraya la rele¬
vancia antropológica, más que del contenido (personas, bienes, servicios...) mer¬
cantil de tal actividad, de la realidad misma de la interacción recíproca en tanto

que "hecho social total".


Luego, aparece el sociólogo Homans (1958), forjador de la expresión "in¬
tercambio social". Después de una primera aproximación descriptiva a la interac¬
ción grupal en situaciones naturales (1950), elabora una teoría explicativa de las
"formas elementales" de la "conducta social" (1961), tomando prestada la base
empírica de las investigaciones (de campo o de laboratorio) de otros estudios y los
presupuestos metodológicos del neoconductismo skinneriano.
Su paradigma del "intercambio restringido" atiende a los efectos resultantes
de la conducta individual, dejando a un lado la consideración de las instituciones
sociales.
Frente de la conducta social parte
a los supuestos estructuralistas, su enfoque

de una consideración de la sociedad no como modo de organización de las relacio¬


nes humanas, sino como escenario de la conducta desarrollada por organismos in¬

dividuales y del supuesto de que la "estructura" de las relaciones sociales resulta,


en último término, explicable en base a principios psicológicos.

Su modelo del organismo humano corresponde al de una máquina de dar y


recibir, cuyo funcionamiento está determinado por la dinámica de un sistema de
costos y recompensas.
Ese conductismo sociológico concibe la interacción diádica humana como
intercambio de gratificaciones, la conducta interpersonal como función de su pro¬
pia retribución. Su base motivacional no puede consistir más que en el poder re¬
forzador de una respuesta —eso es, de las consecuencias de la conducta evaluadas
en términos de esfuerzo-refuerzo o, si se prefiere, según la lógica del mecanismo

mercantilista (inversión-beneficio, gasto-ganancia, riesgos-ventajas)—. Del mismo


modo, la "socialización" (como modo de ajuste del organismo individual al am¬
biente social) es presentada como un proceso de aprendizaje por condicionamien¬
to operante.
De la mano de Skinner, Homans se esfuerza en dar cuenta de una serie de
fenómenos y procesos intragrupales (influencia, conformidad a las normas, obe¬
diencia a la autoridad, atracción interpersonal, estratificación social...) en base a la
consideración de la conducta social de todo individuo en el seno de un grupo
como función de los refuerzos contingentes a la misma (por ej., se comportará

como un súbdito obediente en la medida en que el "valor" de los beneficios de su

sumisión a la autoridad resulte positivo —las recompensas excedan a los costos—).


Homans detecta, en base a sus observaciones empíricas y a sus reflexiones
teóricas, serie de patrones normativos de la interacción humana. De ellos pue¬
una
de entresacarse, a modo de ejemplo, los siguientes:

cuanto más frecuentemente la conducta de una persona haya recompen¬


sado la de otra, en un período concreto, tanto mayor será la frecuencia con que
ésta realizará esa actividad.

35
cuanta similitud existe situación presente y otra ante¬

mayor entre una


rior ante la cual la conducta de una
fue recompensada, más probabilidad
persona
existe de que se repita ahora aquella conducta u otra parecida.
cuanto más valiosa sea la
recompensa de una actividad, mayor será la

frecuencia con que ésta se repetirá.

Según el autor, estas reglas básicas de la conducta social elemental, han de


resultar aplicables, por extensión, a los dominios más amplios de la poh'tica y la
cultura.
Por parte, Thibaut y Kelley (1959), articulan imaginativamente el supues¬
su

to psicológico hedonista con la toma en consideración gestaltista de los factores


perceptivo-cognitivos de la situación y la insistencia neoconductista en el poder
del refuerzo como variables de la interacción humana, tanto en lo referente a la
relación interpersonal como a los procesos grupales. Los autores'focalizan, sin
embargo, su análisis en la mínima expresión de lo microsocial: la interacción diá-
dica. Desde su perspectiva todo interactor se comporta como un comerciante tra¬
tando de adoptar en cada situación la alternativa
estratégica que le ha de propor¬
cionar los mayores beneficios.

Según ellos, la génesis, el mantenimiento y la eventual conclusión de una


conducta interactiva, resulta explicable en términos conductistas de consecuen¬
cias ("outcomes") de la misma, y predictible desde idéntica
lógica (será probable¬
mente repetida si en
general resulta gratificante y tenderá a la extinción o al cam¬
bio si genera experiencias
desagradables). En una matriz de resultados, describen
las posibles modalidades de intercambio en una relación dual, atendiendo a lo
que
implica de costo ("cost", entendido como el conjunto de las dificultades inheren¬
tes a su desarrollo) y
de ganancia ("reward" o efecto hedónicamente apetecido de
la misma).
El componente gestáltico del modelo consiste en el criterio evaluativo de los
resultados, que no puede aplicarse más que en el contexto de un proceso percepti¬
vo realizado
por cada una de las personas interactuantes.
Ese esquema subjetivo de referencia —el "nivel de comparación" (C.L.
"com¬
parison level") del "atractivo" de una relación— varía relativamente tanto a nivel
intraindividual (según momentos y situaciones) como interindividual (en función
de rasgos de personalidad, experiencia, espacio vital... etcétera).
En teoría, si en el balance de los costos y recompensas
pesa más el platillo de
los primeros, la conducta será percibida como insatisfactoria y, por tanto, sin ra¬
zón para ser prolongada. Si ocurre lo contrario, en buena lógica económica,
per¬
manecerán los motivos reforzantes para el mantenimiento de
aquélla.
De hecho, sostienen los autores, la decisión de continuar o extinguir una
conducta está también función de escala —la del "nivel de
en otra
comparación
para alternativas" (CL ait.)—, en base a la cual el sujeto debe juzgar las consecuen¬
cias de la finalización de un comportamiento y las derivadas de la
adopción de
alternativas al mismo (que podrían llegar a suponer una mayor insatisfacción que

36
la que implicaría el hecho de alargarlo —que aparecería así como una especie de
mal menor—.).
Enfocada desde esa perspectiva economicista, la vida cotidiana presenta con¬
textos de relaciones de mutua gratificación o de recíproca insatisfacción (relativa¬
mente fáciles de resolver mediante estrategias de "regateo"). Pero la estructura de
las relaciones sociales puede determinar la existencia de ciertas situaciones inter¬
activas caracterizadas por una desigual distribución de los medios de mutua re¬
compensa. En éstas, el individuo peor dotado no dispone de fáciles alternativas
para los altos costos que le pueden venir impuestos por quien detende el "poder"
de "controlar" su "destino" (A controla el destino de B, cuando A, sin modificar
la propia conducta, es capaz de obtener respuestas obedientes de B).
Aparte de esas relaciones de dominación-dependencia social basadas en el
poder de "control de destino", resultan especialmente significativas para la psico¬
logía social las situaciones de interdependencia, caracterizadas especialmente por
el poder de control de la "conducta" (A controla la conducta de B si, mediante
una modificación de la propia, es capaz de influir en la de éste en el sentido desea¬

do. En esta situación, la conducta de B no será autónoma ni plenamente heteróno-


ma, sino función de la situación creada en la relación A-B, por iniciativa de A.

Lógicamente, A estará en condiciones de influenciar la conducta de B, siempre


que los resultados de ésta se mantengan por encima del CL alt. de B).
Thibaut y Kelley expresan en términos de intercambio ciertas formas de in¬
teracción que French & Raven conciben como de dominación en su teoría del po¬
der social. Estos destacan el aspecto de la dependencia (de B en relación al poder
de A); mientras que el modelo de aquéllos permite captar también la dimensión de
la interdependencia social. En definitiva, su perspectiva constituye una especie de
puente múltiple entre las teorías del "pacto", las del "poder" y las de la "negocia¬
ción" social.
El mercado de la interacción social no consiste en una mera realidad econó¬
mica, sino que es también política: los valores de cambio constituyen instrumen¬
tos de poder. Desde esa óptica, los recursos disponibles por los pocos que suelen

estar en condiciones de imponer su ley a los muchos, en el comercio de los mu¬

tuos refuerzos, pueden ser, por su naturaleza y ámbitos de aplicabilidad, de diver¬

so orden: físico, económico, social, simbólico... etcétera (todo lo que puede ser

traducido a términos de gratificación-aversión, placer-dolor, premio-castigo, dine¬


ro, bienes, prestigio, información, habilidad, aprobación... etcétera). Del mismo
modo, la gama de los que están en manos de la otra parte resulta también extensa
y compleja (trabajo, conformidad, lealtad, reconocimiento, estima, obediencia-
sumisión... etcétera y sus contrarios).
Los autores aplican su modelo económico de evaluación de los resultados a la

explicación de los procesos de establecimiento y cambio de normas grupales, lide-


razgo, coaliciones, conflictos de intereses, negociaciones... etcétera.
Si Thibaut & Kelley proceden del grupo hacia la diada, Blau (1964) apunta
en sentido contrario: de lo micro a lo macro, de lo simple a lo complejo, de lo

37
psíquico a lo social, de las formas elementales de la interacción a los amplios con¬
juntos de relaciones sociales.
Partiendo del supuesto de que la mayor
parte de las conductas sociales tienen
carácter de intercambio, el autor intenta liberar el modelo intercambista de un
doble lastre: del meeanicista, acentuando el
componente racional de la percepción
de los resultados esperados de las acciones
voluntarias, y el psicologista, que con¬
llevan las teorías de Homans y de Thibaut &
Kelley. El intercambio social es pre¬
sentado como un proceso subsiguiente
a la acción de una serie de factores "psico¬
lógicos" (atracción interpersonal, autopresentación, deseo de aprobación por los
demás... etcétera), que estimulan y facilitan el hecho asociativo
propiamente
dicho.
Homans estudia los fenómenos de intercambio en diversos
tipos de asociacio¬
nes, de cada una de las cuales
"emerge" alguna cualidad especi'fica. Esta cadena
evolutiva incluye desde las más
simples relaciones interpersonales fundadas sobre
la mutua atracción, pasando
por la dinámica del poder en el grupo, hasta los más
complejos sistemas sociales con entes colectivos como protagonistas.
La teoría del intercambio social ha servido también
para explicar ciertas re¬
laciones entre el individuo
y el grupo. En este sentido, Nord (1969) ha puesto de
manifiesto el valor mercantil del conformismo ofrecido
por cada individuo al gru¬
po como totalidad.
Morales (1981) destaca entre los más significativos desarrollos teóricos de la

psicología social del intercambio, los ensayos de conductismo sociológico promo¬


vidos por Burgess & Bushell (1969) como
prolongación de la obra de Homans; las
investigaciones sobre los procesos de negociación en base al paradigma del "Dile¬
ma del Prisionero"
(Kelley et. al., 1970), en la línea de Thibaut & Kelley (1959) y
los desarrollos de la
perspectiva de Blau (1964) por la teoría de los "recursos" de
Foa & Foa (1975).
Por otra parte, entre las teorizaciones de algún modo inspiradas en la psicolo¬
gía social del intercambio, destaca el propio Morales (1981) la de la "Elección Ra¬
cional" de Heath ( 1976) y la de la
"Inequidad" de Adams (1963. 1965 ; Adams &
Freedman, 1976). Para Heath, la conducta social resulta explicable
acudiendo no
a la
psicología del refuerzo, sino a la lógica económica de la persecución de la ra¬
cionalidad y el beneficio.
Por su parte, Adams, partiendo de una combinación de elementos de los
modelos del refuerzo y de la consistencia
cognitiva, trata de explicar la tensión
psicológica provocada por la experiencia de la desproporción entre el esfuerzo
realizado y el fruto obtenido de un proceso interactivo
y que se manifiesta en for¬
ma de sentimiento de
injusticia.
Según el autor, la persona que se halla en esta situación, puede tratar de re¬
ducir su irritación emocional de modo práctico,
procurando ajustar sus "inversio¬
nes" (aumentándolas o disminuyéndolas)
al "resultado" real conseguido, o inten¬
tando adecuar éste a aquéllas, o
bien mediante simples operaciones cognitivas
(reorganización perceptiva de la situación, cambio del modelo de comparación,

38
"olvido" o minimización de la situación incómoda... etce'tera) o, en último térmi¬
no, renunciando a participar en la conducta a la que va asociado el sentimiento de
inequidad.
Por su afinidad temática, más que con el principio de la reciprocidad o el de
la equidad, con el de la "justicia", cabe citar aquí la teoría psicologicosocial de
Lerner & Simmons (1966. 1968) sobre la necesidad psíquica de creer en un mun¬
do justo y ordenado, que afecta, según prueban los experimentos de los autores,
à las cogniciones, actitudes y conductas de los individuos, hasta el punto de que

éstos tienden a acomodarlas a los imperativos de esta necesidad subjetiva más que
a los
que emanan de la realidad subjetiva.
En un primer ensayo de valoración de la psicología social del intercambio,
cabe reconocer, con Morales (1981, 220), "que la teoría ofrece una serie de expli¬
caciones plausibles sobre los fenómenos más importantes de la interacción grupal,
que estas explicaciones permiten conectar entre sí fenómenos que originalmente
no se consideraban relacionados y que ha ejercido una gran influencia en el estu¬

dio de las relaciones interpersonales, tanto desde el punto de vista teórico como
empírico".
La contrapartida de tal plausibilidad, amplitud de perspectiva y poder suges¬
tivo, consiste, según el mismo autor, en la imposibilidad de traducción de las "ex¬
plicaciones" que ofrecen las "teorías" en predicciones precisas, de opcracionaliza-
ción de sus conceptos teóricos centrales, de transformación de sus nociones des¬
criptivas en variables experimentales y de exclusión de hipótesis alternativas
igualmente razonables. Por lo que respecta al enfoque típico de los teóricos del
intercambio social, las críticas se han centrado, como también apunta Morales,
en su premisa "individualista", que adopta en Homans la forma de "reduccionis-

mo" (de lo social a lo psíquico), en Thibaut & Kelley de "individualismo metodo¬

lógico" (que conduce a la definición de conceptos referidos a procesos colectivos


en términos de conductas individuales) y en Blau de "emergentismo" (basado en

la apelación a procesos morfogenéticos en calidad de hipótesis ad hoc).


Asimismo en esas teorías, se minimiza la importancia de los procesos percep-
tivo-cognitivo-simbólicos; así como la de fenómenos como el conflicto o la ambi¬
valencia psicológica. Los críticos no discuten, en ese sentido, acerca de la realidad
de la mecánica mercantil del intercambio de refuerzos; sino sobre si ésta es razón
suficiente de toda relación social (de tamaño macro o micro, directa o indirecta...
etcétera) y si los humanos en interacción son reductibles a organismos regulados
por la simple ley de la recompensa.
Atendiendo a las premisas metateóricas que subyacen al paradigma del inter¬
cambio, Torregrosa (1981) desvela el "modelo de hombre" sobre el que se apoya
(el propio del "economicismo individualista" que arraiga en el substrato ideoló¬
gico del capitalismo); así como su "naturalismo ahistorizante" (asociado al es¬
tilo skinneriano de analizar la conducta social de'los organismos) y su "microfun-
cionalismo psicologista" (como ensayo de alternativa al macrofuncionalismo so¬
ciológico de Parsons).
39
//. /. 5. EL MOTIVO DEL LOGRO

Desde enfoques neoconductistas, ha llegado a entender ciertas modalida¬


se
des de comportamiento humano algo más que meras reacciones mecánicas
como
a estímulos objetivos del ambiente presente: como acciones orientadas hacia una
meta.

Este supuesto componente direccional, incentivador e intencional de la con¬


ducta motivada resultaría especialmente relevante en el ámbito de la acción social.
Ya Ortega sostiene "un pueblo vive de lo mismo
que que le dio la vida: la aspira¬
ción" ( 1922, 75).
En los círculos familiarizados con el análisis motivacional en términos de
Estímulo-Respuesta, suscita lógicamente notables resistencias epistemológicas
toda hipótesis acerca de la causación de la conducta por factores a
primera vista
tan inmateriales,
intangibles e ideales como los proyectos, los valores o los fines
propuestos. De hecho, la subordinación al imperativo metodológico de separar
los juicios factuales de los axiológicos conlleva, a menudo, la
práctica descalifica¬
ción metafísica de la "realidad" (psicosocial) de los valores mismos.
Un determinado grado de apertura a lo cognitivo permite conceptualizar
los "incentivos" —al igual
que las actitudes— como variables motivacionales inferi¬
das a partir del análisis de la
propia conducta objetiva. Las teorizaciones neocon¬
ductistas del "motivo del logro" tienen un claro precedente en la obra
sociológica
de Max Weber.

II. 1. 5. I. La ética como


factor de cambio social en Max Weber

Tras los pasos de la teoría brentaniana del "acto", Weber (1864-1920)


per¬
sigue la comprensión interpretativa y la explicación causal de la "acción social",
concebida como conducta intencional dotada de sentido
por los interactores so¬
ciales.
Ese difícil ensayo de armonización de lo
subjetivo y lo objetivo y lo natural
y lo cultural, realizado desde la herencia del criticismo kantiano, constituye una
especie de correctivo del enfoque positivista del "hecho social" y de la perspectiva
historicista sobre la mecánica del desarrollo sociocultural.
El afán de atender el ethos
subjetivo y el componente significativo y teleoló-
gico de la acción social, induce al autor a preguntarse "qué serie de circunstancias
ha determinado que precisamente sólo en Occidente hayan nacido ciertos fenó¬
menos culturales que (...) parecen marcar una dirección evolutiva de universal
alcance y validez" (1901-1905, 5). A principios del siglo XX, Occidente encarna,
a los
ojos del autor, un modo especial y cualitativamente único de desarrollo
científico-tecnológico y de organización socio-económica-política. Según él, el fe¬
nómeno más característico de la era moderna es el
"Capitalismo", cuya substancia
no se reduce a un nuevo orden económico asentado sobre el "afán de lucro" o la
"tendencia a
enriquecerse" (orientaciones más bien universales en cuanto a tiem-

40
po y lugar); sino
que incluye, además, un sistema de "actos" basados "en la expec¬
tativa de ganancia debida al juego de recíprocas probabilidades de cambio"
una

que sólo se da "cuando se aspira de modo racional al lucro" (id., 9s.).


Si bien, en este sentido
general, se puede constatar expresiones de "capi¬
talismo" en prácticamente todas las civilizaciones de la historia humana, tam¬
bién es cierto que en el Occidente Moderno el fenómeno cobró unas "carac¬
terísticas y direcciones que no se conocen en ninguna otra parte" (id., 11). Tal

especificidad no consiste en la simple organización racional de la producción


industrial o del intercambio mercantil; sino en las "características
peculiares
del racionalismo occidental y, dentro de éste, del moderno" (id., 17).
Si Marx (1859) subraya las condiciones socioeconómicas del
ejercicio de
la racionalidad, Weber enfoca las premisas "psicológicas" de la "racionaliza¬
ción de la conducta económica", entre las que destaca el factor
ético-religioso.
Más '-oncretamente, se propone "determinar la influencia de ciertos ideales

religiosos en la formación de una 'mentalidad económica', de un ethos econó¬


mico", atendiendo al "caso concreto de las conexiones de la ética económica mo¬

derna con la ética racional del


protestantismo ascético" (1901-5, 18).
Para ello, establece una especie de tercera vía entre el materialismo eco-
nomicista, que pretende explicar la Reforma Protestante por la Revolución
Industrial, y el idealismo —igualmente "doctrinario"—, que reduciría ésta a un
subproducto de aquélla. Partiendo del supuesto de "la variedad de recíprocas
influencias entre los fundamentos materiales, las formas de organización político-
social y el contenido espiritual de las distintas épocas " (id., 107), afirma que
algunos componentes de un sistema ideológico pueden convertirse en valores
inspiradores de la acción social y orientadores del cambio cultural, por su capaci¬
dad de activar, impulsar y encauzar la conducta de los actores individuales. A este
respecto, el autor se pregunta "qué contenidos característicos" de la "civilización
capitalista" cabe "imputar a la influencia de la Reforma" (id., 106).
Atendiendo a las "afinidades electivas" entre "ciertas modalidades de la
fe religiosa y la ética profesional" (id., 107), descubre la emergencia, al compás
del desarrollo de la modernización, de dos fenómenos estructuralmente homó¬
logos: los modos de organización de los medios y los fines por el asceta pro¬
testante y por el
empresario capitalista, respectivamente. Esa constatación induce
a Weber a
preguntarse si esa similitud y simultaneidad de la configuración histó¬
rica de la "ética protestante" y del "espíritu del capitalismo" no encierra, en
definitiva, una relación de causalidad de éste por aquélla.
Como "tipo ideal", el "espíritu capitalista" consiste en un modo peculiar
de actuación económica caracterizado por la persecución de la ganancia, basada
en el uso racional de los medios de
producción y de intercambio, así como por
una
especial orientación ante los "últimos problemas de la vida"; lo que hace
de él un "caso especial de la total evolución del racionalismo" (id., 79).
Una primera aproximación comparativa pone al descubierto el contraste
entre el ethos religioso "católico" de la
próspera Florencia renacentista, en la que,

41
sin embargo, se contempla eon recelo el mercado de dinero y capital, con el
"protestante" de la pequeña Pensilvània dieciochesca, en donde no existe un
notable grado de desarrollo económico; pero en el que la actividad "capitalis¬
ta" aparece como una especie de imperativo moral.
Para el autor, no siempre está justificado explicar la economía desde ella
misma ni el referirse a lo ideológico como simple reflejo de lo socioeconómico.
Sin minimizar la trascendencia de los factores "materiales" como causas nece¬

sarias del desarrollo capitalista, Webcr imputa la razón suficiente del mismo a
la racionalidad activada por la etica calvinista: "han sido siempre los protestan¬
tes (...) los que, como oprimidos u opresores, como mayoría o como minoría, han

mostrado singular tendencia hacia el racionalismo económico" (id., 32).


Ese impulso hacia la racionalidad sería el efecto motivacional de la creen¬
cia religiosa protestante basada en la teología de la predestinación. Calvino,
más allá de Lutero, enseña que sólo Dios salva, que la suerte escatològica del
individuo humano está echada, en virtud de un designio arbitrario e inescruta¬
ble de la Gracia Divina y que, en consecuencia, la conducta del "santo" (predes¬
tinado a la salvación) no constituye un "medio" para merecer la "elección";
sino un "signo" de la propia salvación Mientras el creyente católico dispone de
todo un bazar eclesial de recursos salvíficos para eludir la angustia generada por
la incertidumbre del destino, procurándose la suficiente evidencia subjetiva de la
viabilidad de la propia salvación (en base al "mérito" de las "buenas obras" y
a los
procedimientos institucionales de purificación de los efectos de las "malas"),
al protestante calvinista no le sirve la mala conciencia cotidiana del pecador
arrepentido que acude a los sacramentos para restablecer su especie de seguro
de salvación.
El supuesto —psicológicamente consistente— de que el elegido se comporta
como un santo y nunca como un pecador le induce, según Weber, a elaborar una
estrategia global, coherente y racional de su acción histórica, una metodología de
ascesis integral que le facilite la ilusión de la mayor probabilidad de contarse entre
los justos. Desde esa óptica, el destino mundano personal del justificado no puede
ser más
que una "misión" impuesta por Dios; lo que, según Weber, supone una
"valoración ética de la vida profesional" (id., 93). En definitiva, la "herencia
permanente que el Calvinismo legó a la posteridad" es, precisamente, la "orien¬
tación racional de la vida por voluntad divina" (id., 120); eso es, el fundamento
religioso del ascetismo laico.
En definitiva, la Reforma de cuño calvinista traslada a la vida profesional
mundana la austeridad y la disciplina que el monacato había inventado para el
claustro extramundano. Mediante la racionalización ascética de la conducta secu¬

lar, el protestantismo hace del "profesional" una especie de monje moderno,


que practica la santidad laica del trabajador virtuoso. Para Weber, la doctrina de
la predestinación constituye el paradigma dogmático de la ética puritana que,
a su vez, actúa de generador psicológico del impulso a la racionalización ascética

de la vida profesional. La élite de los puros calvinistas, mirando activamente hacia

42
la eternidad, iba a convertirse históricamente en la aristocracia empresarial y en la

vanguardia de la civilización capitalista. Para Weber, pues, la racionalidad capitalis¬


ta no representa una cristalización del ejercicio del logos iluminista —una expre¬

sión del "espíritu positivo" comteano—; sino el efecto de un ethos irracional, de


un motivo psicológico surgido de la asunción religiosa de la teologia calvinista

de la gracia. La "ética del trabajo" emanada de la doctrina de Calvino viene a


ser una especie de imposición, por precepto divino, del "estilo de vida capitalista";

eso es, del trabajo como vocación, del crecimiento como mayor "gloria de Dios",

del ahorro como virtud cardinal y de la prosperidad como señal de "elección"


(id., 232 ss.).
En el protestantismo ascético aparece como la condición psico-
resumen,
social básica para el despegue capitalista y como el motor de su desarrollo. El
asceta protestante es el individuo trabajador, esforzado, racional, constante,

eficaz, ahorrador e inversor que no utiliza sus obras como bonos de salvación;
sino como modos de ahuyentar el miedo a la condenación, asegurándose la secre¬
ta convicción de que quien vive como un justo no puede estar predestinado a

la triste suerte de los condenados.


Otros autores han ampliado y revisado la tesis de Weber:
Merton (1957) detecta una homología estructural de los respectivos ethos
del protestantismo pietista y del espíritu cientifista; lo que le induce a corroborar
las tesis weberianas sobre la constitución del protestantismo ascético como motor
del desarrollo de la ciencia moderna.
Lenski (1963) descubre la presencia efectiva de la motivación religiosa en
la mentalidad, actitudes, decisiones y actuaciones cotidianas de individuos y en
la dinámica de las instituciones sociales, en el mundo secular de Detroit de los
sesenta.

Por parte, Rocher sostiene que la teoría weberiana sobre la eficacia de


su

los motivos religiosos y morales como fuerzas motrices de la cultura, son válidas
con la condición de que sean pasadas por el cedazo del "principio de la relatividad

histórica de los factores del cambio social" (1973, 472), según el cual la influencia
de un factor varía en función de cada coyuntura en que interviene.
Parsons (1951) y Parsons & Shils (1951) han elaborado un concepto próxi¬
mo al de la ética según Weber: el de la "consecución de metas" (Goal-attein-

ment). Lo mismo cabe decir del "Nivel de Aspiración" de Lewin (1951) o de la


necesidad de "realización" de Murray (1938) o de "autorrealización" de Maslow
(1954). Pero la aportación más significativa al respecto es la de McClelland y sus
colaboradores sobre el "motivo del logro" (achievement motive).

II. 1. 5. 2. La sociedad ambiciosa según McClelland

Influido por la tradición hulliana abierto a la perspectiva psicoanalítica,


y
McClelland (como Atkinson y sus otros colaboradores) se propone replantear
el tan relevante como complejo tema de las "razones del desarrollo y la decaden-

43
cia económica" (1961, 36). Desde el supuesto de que estos fenómenos resultan
del interjuego de múltiples factores, centra su atención en los que "yacen en gran
parte en el hombre mismo, en algunos de sus móviles fundamentales y en la for¬
ma en
que organiza sus relaciones con sus semejantes". De algún modo pretende
saber "de qué manera la psicología moderna
puede contribuir al conocimiento
de la razón por la que algunos hombres se concentran en la actividad económica
y evidentemente alcanzan el éxito en ella" (1961, 39).
Su obra encarna "el intento de un
psicólogo, versado
en los métodos de las
ciencias de la conducta, al pretender aislar ciertos factores psicológicos y demos¬
trar por métodos
rigurosamente cuantitativos que estos factores son, por lo ge¬
neral, importantes en el desarrollo económico" (1961, 25). Viene a ser una
especie de correctivo del "modelo racional" según el cual la mayoría de la gente
de cualquier universo cultural tiende a maximizar sus intereses ante las naturales
condiciones de escasez a que se enfrentan. Para el autor, tal concepción no permi¬
te reconocer el hecho de la diversidad de intereses,
estrategias, perspectivas
cronológicas y percepciones de la situación por los individuos; de modo que, por
el contrario, se puede establecer que "hay evidencia generalizada de
que el desa¬
rrollo económico no avanza siempre ni en todas partes de acuerdo con las predic¬
ciones hechas con el modelo racional" (McClelland & Winter 1969, 21). La
adecuada explicación de tales "diferencias de respuesta a condiciones similares"
implica el recurso a algún "concepto psicológico" como el de "motivo de logro"
(J. Cazorla traduce "achievement" —realización exitosa— por "logro", que im¬
plica primariamente "consecución" y secundariamente "lucro").
Enlazando con la tradición weberiana, se pregunta el autor si "fue el
pro¬
testantismo como tal lo que condujo al desarrollo económico, y quizás
a un
aumento del móvil del
logro, o fueron ciertos valores, que resultaron ir unidos al
protestantismo en Occidente" (1961, 135).
Basándose en la investigación de Winterbottom (1953) sobre el modo cómo
los padres inducen el interés por el logro en los hijos, McClelland intuye el medio
psicológico por el que el hecho cultural de la Reforma se traduce en mentalidad
capitalista y, consiguientemente, en motor de la revolución industrial: de la fami¬
lia protestante surgen los individuos con alto motivo de logro que han de encar¬
nar el
prototipo del empresario cuya actuación constituye la clave del nuevo
orden económico. En otros términos, el protestantismo ascético habría generado
una verdadera "revolución en la familia", haciendo de ella la matriz ideal pa¬
ra la socialización de unos
"hijos con intensos impulsos interiorizados de
logro" (1961,123).
Así, pues, para McClelland, "el móvil del logro es en parte responsable del
desarrollo económico" (1961, 99) ; es decir, algunos de los aspectos del "sín¬
drome de conducta" vinculado a tal motivo son los factores "necesarios
para
hacer funcionar el modelo racional de modo que promueva el desarrollo económi¬
co" (McClelland & Winter 1969, 25).
Desde esa
óptica, el "motivo" del logro (y su indicador de "nivel") no

44
seria una más las numerosas variables psicologicosociales (actitud de aper¬
entre

tura al mundo, la gente, a las ideas nuevas, al futuro; sentido de la organización,


a
de la planificación y de la eficacia, valoración positiva del trabajo, confianza en el
progreso científico-técnico... etcétera) concomitantes de la modernización; sino
la base sobre la que se construyen las que toma en consideración
características
el "modelo racional" (cosmovisión utilitarista, afán de lucro, estrategia de maxi-
mización de beneficios... etcétera).
El de "achievement" aparece como un motivo de conducta "operante";
puesto que la medida de su nivel "registra la frecuencia con que una persona pien¬
sa espontáneamente en mejorar las cosas; no el interés que dice tener en el mejo¬

ramiento, en respuesta a la pregunta de otra persona" (McClelland & Winter


1969, 11).
El autor y sus colaboradores acuden a imaginativos procedimientos —que in¬

cluyen desde técnicas proyectivas hasta estudios de casos, análisis de contenido


de cuentos infantiles o investigaciones en antropología comparada— con el fin
de detectar diferencias interindividuales e interculturales en el nivel motivacio-
nal del logro para, a partir de tales registros, facilitar la explicación de las diferen¬
cias entre personalidades y entre comunidades en el plano de los logros efectivos.
Las "evidencias empíricas" obtenidas apoyan la impresión de que ciertamen¬
te "el móvil del logro constituye un importante factor que influye en el grado de

desarrollo económico" (1961, 144). Mientras las investigaciones de "laborato¬


rio" demuestran que "diferentes niveles de N logro (y temor al fracaso) conducen
a respuestas muy diferentes a situaciones e incentivos que son idénticos externa¬

mente", los trabajos de "campo" aducen una "evidencia impresionante de que


la N logro se asocia con el esfuerzo más riguroso y el mejor éxito en la actividad
económica" (McClelland & Winter 1969, 22).
El descubrimiento de que "una elevada N logro lleva a la gente a compor¬
tarse en generalmente lo haría si hubiera de desempeñar con
la forma en que
acierto el rol empresarial, según lo han definido economistas, historiadores y
sociólogos", induce al autor a considerar que "el paralelismo entre la conducta
resultado de una elevada N logro y la exigida por el rol empresarial es tan comple¬
jo que resulta mucho más fácil comprender ahora cómo un elevado nivel de N
logro en una sociedad puede producir un desarrollo económico mucho más
rápido" (1961, 453s.) y, viceversa, cómo un bajo nivel al respecto puede dificul¬
tar el éxito de proyectos de desarrollo que, basándose en el "modelo racional",

no apunten a la intervención directa sobre las variables motivacionales de la

conducta económica.
McClelland & Winter (1969) sugieren que un programa político-económico
de desarrollo no objetivo automáticamente, mediante la sola mejora
alcanzará su

de los incentivos y oportunidades situació nales. El plan debe atender también,


según ellos, a la estructura motivacional de la respuesta a Ja situación; es decir,
tiene que apuntar asimismo a un incremento de la N logro. Su aportación trata
de los problemas y de los medios prácticos de actuar en tal sentido. Desde un
45
planteamiento próximo y paralelo al que realiza Seligman (1975) sobre la "inde¬
fensión", sostiene que "un campesino o un pequeño comerciante no ahorrarán
ni invertirán su dinero a menos
que crean en lo futuro y en la posibilidad de
controlarlo" (1969, 3).
Cantidad de ejemplos extraídos de las ejecuciones prácticas de proyectos
desarrollistas en
del llamado "tercer mundo" da cuenta de que gentes del
países
campo, pescadores, obreros industriales o incluso especialistas de notable cualifi-
cación técnica sólo se
constituyen en eficaces factores de progreso económico
en la medida de sus recursos motivaeionales. A menudo tales
programas suelen
reducirse a una modificación de las condiciones técnicas de
trabajo (mediante
la aportación de más eficaces instrumentos de producción
y la creación de ser¬
vicios de preparación y asistencia
tecnológica) y a la producción de " efectos de
demostración", ante los que se supone que los observadores (nativos) experimen¬
tarán un empuje "ineentivador" a actuar en el
propio "interés", a la vista de los
resultados constatados. Pero, en tales contextos, pueden
producirse fenómenos
insólitos e insospechables desde el punto de vista etnocéntrico de los
promotores
del plan, como los que refieren los propios autores:

doce de los aparatos de una nueva linea aérea del sur de Méjico
trece

fueron estrellados por sus pilotos en el primer año de funcionamiento de la com¬


pañía. Aún disponiendo de la suficiente capacitación técnica para conducir los
aviones, tales profesionales no habían asumido el sistema de actitudes, valores
y motivos adecuado para el correcto ejercicio de su función. Por ello ponían
en riesgo constante su propia vida y
la del pasaje, al permitir sobrecarga en los
aviones o al competir con sus colegas a la hora de despegar o de tomar tierra en
el aeropuerto.

el gobierno de la India proporciona a unos pescadores del Golfo de


Bengala redes de nylon, mayores y más resistentes que las que habían
nuevas
venido utilizando tradicionalmente. Con ellas, como era de suponer, los
pesca¬
dores obtienen mayores capturas en menor
tiempo que antes. Pero, ante la nue¬
va situación de crecimiento, una
parte de los pescadores interrumpe la labor de
pesca cuando ya han obtenido la cantidad de producto que habitualmente les
ha bastado para sobrevivir en condiciones de miseria. La otra, incrementa sus
capturas, pero invierte sus beneficios en alcohol y no en la mejora de la estruc¬
tura
productiva o comercial (según habían esperado los patrocinadores del plan
de desarrollo).

Una vez más, los autores vuelven a la tesis de "The


achieving society" so¬
bre la importancia de la educación directa como medio de producción del motivo
del logro: a la posibilidad estructural de la
mejora económica debe acompañarle
la motivación de lograrla. Sin este desencadenante
psíquico, aquélla no se hace
efectiva. En definitiva, "las ayudas materiales y la educación
psicológica deben
ir de la mano" (1969, 386).

46
McClelland & Winter aportan la verificación empírica de que el incremento
en N logro redunda directamente en crecimiento económico (y, de paso, relati-
vizan el valor del tópico sobre la adquisición infantil de los motivos psicológicos).
Su experiencia consiste en el adiestramiento de empresarios, hindúes a desenvol¬
verse
según un N logro superior al que los caracterizaba anteriormente. Concre¬
tamente, se trata de verificar si tal adiestramiento se traduce en un incremento del

"espíritu empresarial" de los individuos que lo han recibido y si ello redunda,


en definitiva, en una mejora económica de la colectividad en que ellos actúan.

La prueba se desarrolla en el marco del Instituto hindú del SIF.T (centro de


adiestramiento de personal patrocinado por el gobierno hindú y la Fundación
Ford y dirigido técnicamente por expertos de la Universidad de Harward). Si
bien los autores reconocen que "los hallazgos son más sugerentes que concluyen-
tes" (1969, 100), creen que se puede resumir los efectos económicos del curso
de adiestramiento en los términos siguientes: "El análisis de varias medidas de
la conducta individual y los efectos económicos demostró que los participantes
en cursos de motivaciór del éxito presentaban mejoría significativa en muchos
aspectos de la actuación empresarial, tanto en comparación con ellos mismos
antes del curso como en comparación con tres grupos igualados de controles.

Los participantes en los. cursos muestran una conducta más activa en los nego¬
cios. Especi'ficamente, trabajan más horas. Hacen esfuerzos más definidos por em¬
pezar nuevos negocios, y en verdad comienzan más de tales empresas. Hacen
inversiones más específicas en capital productivo fijo nuevo. Emplean más tra¬

bajadores. Por último, tienden a tener aumentos porcentuales relativamente


mayores en el ingreso bruto de sus firmas. Así, por medidas de todos los aspec¬
tos básicos de la función empresarial, se han convertido en empresarios mejo¬

rados" (1969, 239).


McClelland & Winter concluyen su exposición con una proclama contra el
mecanicismo historicista: su trabajo demuestra, según ellos, que "el hombre no
está tan predeterminado en cuanto a lo que puede hacer como piensan a veces
los científicos sociales y los historiadores. Tiene más libertad de actuar, de cam¬
biar la estructura de su respuesta y de hallar más oportunidades en su medio de
lo que las formas tradicionales del análisis social lo llevarían a pensar" (1969, 398).

Balance

aportación de McClelland y colaboradores se presta como pocas a toda


La

suerte dereservas críticas-, tanto en relación a su base epistemológica como a su

metodología o a sus implícitos ideológicos.


Ha sido tildada de "psicologista" por sociólogos, de "ecléctica" por adictos
a ciertas ortodoxias teóricas, de minimizadora de la relevancia de otras muchas va¬

riables psicosociales que concurren con la N logro, de descubridora de efectos per¬

seguidos desde los propios prejuicios... etcétera.


Los propios autores manifiestan reiteradamente su consciència de los innu-

47
mcrables riesgos de deficiencia que conlleva su labor investigadora. Sin embargo,
todo ello no
empaña el valor de su aportación en los ámbitos de la psicología
social pura y aplicada, que viene de algún modo reforzado por los numerosos desa¬
rrollos recientes al respecto (Cf. Brody, 1980; Fyans, 1980).
Entre ellos cabe destacar los trabajos de Weiner (1974)
quien, sobre la
base de una articulación de las teorías sobre el "motivo del
logro" y de la "atri¬
bución", constata que la atribución de causalidad de éxito-fracaso constituye
un
componente cognitivo del motivo general del lograr el éxito y de eludir el
fracaso, hallando una significativa correlación entre el tipo de tales atribuciones
y el nivel de motivación para el logró. Eiling & Frieze (1979) han efectuado medi¬
das de las atribuciones causales de éxito-fracaso.
Otrostrabajos han puesto de manifiesto la relación de N logro, por una par¬
te, con predisposiciones generales a la acción y, por otra, con determinadas
conductas específicas (Atkinson & Raynor, 1974); los efectos conductuales
(especialmente en contextos competitivos) del "miedo al éxito" en las mujeres
(Florner, 1974; Peplau, 1976); las diferencias en cuanto a N logro según la edad
(Smith, 1970; Maher & Kleiber, 1981), el contexto cultural (Maher, 1974;
Feather & Raphelson, 1974; Maher & Nicholls, 1980) o las clases sociales
(Infante, J. & I.F. de, 1980); así como la articulación entre los motivos de "lo¬
gro" y de "poder" en intelectuales radicales (Winter & Wieckine, 1971) o la
"política del motivo del logro" a propósito de las relaciones entre la N logro y
la ideología socialista (Ray, 1981).
Turner (1970), por su parte, descubre la relación entre el nivel de motiva¬
ción de logro por parte de los hijos y el tipo de carácter
—"emprendedor" versus
"no emprendedor"— de sus padres.
Especial significación al respecto tiene tam¬
bién la aportación de Rotter (1966) sobre el
"lugar del control" ("interno"
versus "externo"), en base al cual De Charms (1968. 1972) correlaciona "moti¬
vo del logro" y localización del control "interno". Según éste, la persona alta¬
mente motivada hacia el logro es aquella que se siente responsable de sus propios
éxitos o fracasos.
En suma, parece razonable concluir que si, por un lado, es fácil criticar
"la sociedad ambiciosa", por otro, "es difícil ignorar la importancia del logro en
cualquier sociedad" (Maher & Kleiber 1981, 792).

II. I. 6. LA INDEFENSION APRENDIDA (LEARNED HELPLESSNESS)

Introducción

A lo largo de los últimos lustros, una serie de


psicólogos experimentales y
comparativos han elaborado un modelo teórico del complejo de impotencia in¬
ducido; esto es, de la asunción de la experiencia de "Helplessness" (indefensión,
desamparo, desvalimiento).

48
Entre ellos sobresale la figura de M.E.P. Seligman, investigador en el labora¬
torio y la clínica, quien se propone contribuir a un mejor "conocimiento de la
especie humana" (1975) mediante una profundización en el análisis del fenómeno
de la "indefensión". Para ello, pone especialmente de relieve los paralelismos y

analogías entre los descubrimientos experimentales sobre el efecto "learned hel¬


plessness" producido en el laboratorio, los conocimientos sobre psicopatología de
la depresión aportados por la práctica clínica y las observaciones cotidianas so¬
bre las consecuencias perturbadoras de la ansiedad en la vida de individuos y co¬
lectivos humanos.
En una primera fase, iniciada a mediados de los sesenta y que culmina en
1975, investiga —en colaboración con colegas y discípulos— el fenómeno de la
"indefensión aprendida" en animales (perros, ratas, monos, gatos, palomas, peces,
cucarachas... etcétera). A mediados de los setenta, trata de complementar su pers¬
pectiva en psicología comparada con la producción de ese fenómeno en humanos
normales. Ello le conduce, en 1978, a refo'rmular y superar su viejo modelo,
echando mano asociación con Abramson y Teasdale.
de la teoría atribucional, en
Esa fecha marca, en opinión del propio Seligman (1978), el punto de arranque de
una tercera y prometedora etapa, centrada en el análisis de la "indefensión apren¬

dida" como modalidad de depresión reactiva, al calor de la controversia suscitada

por las aportaciones a un número monográfico del Journal of Abnormal Psycho¬


logy (el vol. 87 n° 1) sobre el tema.
Entre los más notables precedentes de la investigación experimental sobre la
Learned Helplessness, destacan la clásica inducción de zoofobia en el pequeño Al¬
bert, por Watson (1924), la provocación de "neurosis experimentales" en anima¬
les, por Paulov (1927), el descubrimiento por McCulloch & Bruner (1939) de los
efectos del electroshock sobre el aprendizaje de las ratas, la inducción experimen¬
tal de fobia a la comida en gatos hambrientos, por Maserman (1943), el condicio¬
namiento del miedo en la rata, por Dollard & Miller (1950) y el de las respuestas
de evitación en ratas, por May (1948) y en perros, por Solomon & Wynne (1954).
Como ejemplos de investigaciones en una línea paralela a la adoptada por

Seligman y colaboradores, cabe citar los trabajos de Glass & Singer (1972) y Ave-
rill (1973) sobre la incidencia de la creencia en la incontrolabilidad de ciertos es¬
tímulos aversivos en la producción y reducción de stress; así como los clásicos
de Dembo (1931) sobre los efectos de la interrupción de tareas "imposibles".
La aportación seligmaniana parte de un claro hecho de "serendipity": in¬
tentando entrenar perros la evitación de electroshocks, descubre, sin
expertos en
habérselo propuesto, que aquellos sujetos que, en la fase de pretratamiento, han
asumido la "experiencia" de la incontrolabilidad del estímulo aversivo, exhiben
un modo dé comportamiento (totalmente imprevisto por el experimentador) con¬

sistente en la abstención de elaborar cualquier tipo de estrategia encaminada a un


control efectivo de la situación desagradable. En otros términos, han realizado un
"aprendizaje de la indefensión".

49
Concepto

En losprimeros esbozos de la teoría, Seligman & Maier (1967) y Overnier &


Seligman (1967) conciben el fenómeno de la Learned Helplessness como una per¬
turbación general de la conducta adaptativa de
evitación-escape producida por la
experiencia repetida de la incontrolabilidad de un evento aversivo (un electro-
shock inescapable para perros).
La clave de la cristalización de tal síndrome
inadaptativo consiste en el
aprendizaje de la no contingencia entre los ensayos conductuales de elusion del
estímulo aversivo y el desarrollo de la situación.
Contemplada desde el primer mo¬
delo teórico, la indefensión aparece como
un "estado psicológico que se produce
frecuentemente cuando los acontecimientos son incontrolables"; eso es, cuando
"nada sepuede hacer" para modificarlos o, si se prefiere, cuando ninguna respues¬
ta
operante resulta eficaz en orden a evitar ciertas consecuencias aversivas o a es¬
capar de las mismas. En definitiva, "una persona o un animal están INDEEENSOS
frente a un determinado resultado cuando éste ocurre
independientemente de to¬
das sus respuestas voluntarias". En tal caso,
"aprenden que ese acontecimiento es
independiente de sus respuestas" (Seligman 1975, 27. 37. 74).

Presupuestos

El modelo de la Indefensión
Aprendida se apoya sobre la premisa de que
"un organismo puede aprender cuándo un resultado es incontrolable" (1975,
38).
La noción seligmaniana de controlabilidad se inscribe en el marco de una

superación-hacia-delante de la tópica distinción entre los modelos de aprendizaje


por condicionamiento clasico-respondiente (Paulov, Watson) y por condiciona¬
miento instrumental-operante (Thorndike, Skinner), que remite, en último térmi¬
no, a un anacrónico y desacreditado distingo (propuesto por la psicología
especu¬
lativa y asumido por la tradicional fisiología del sistema nervioso) entre conducta
"voluntaria" e "involuntaria".
Durante largo tiempo, se ha venido partiendo efectivamente del supuesto de
que el modelo pauloviano de condicionamiento de respuestas a estímulos propios
del primero de los "sistemas de señalización de la realidad" es el más adecuado
para la explicación, predicción y control de las llamadas conductas "involunta¬
rias"; al tiempo que se asumía como razón suficiente del comportamiento "volun¬
tario" el condicionamiento operante de las actividades cuya probabilidad de re¬

petición aumenta al ser recompensadas y disminuye si son castigadas. La ambigüe¬


dad de la distinción entre voluntariedad e in voluntariedad se hace patente ya
desde una lectura en profundidad de las implicaciones de trabajos como el de
Paulov sobre las "neurosis experimentales" o el de Skinner sobre la "conducta

supersticiosa", a lo que cabe añadir la consideración de las investigaciones en


psicosomática, corticovisceralidad y bio-feedback.

50
Seligman aporta al progreso de la investigación sobre el tema el concepto
de "independencia respuesta-resultado". Su teoría se apoya no sobre la distinción
entre actos "voluntarios" e "involuntarios"; sino sobre la que se da entre efectos

"incontrolables" y "controlables"; eso es, sobre la polaridad "dependencia"-"in-


dependencia" de la "respuesta" en relación al "resultado".
Según él, cabe considerar que "cuando la probabilidad de un resultado es
la misma, ocurra o no una determinada respuesta, el resultado es independiente
de esa respuesta. Si la respuesta en cuestión es voluntaria, el resultado es incontro¬
lable. Inversamente, si cuando ocurre una respuesta la probabilidad de un resulta¬
do es diferente de su probabilidad cuando la respuesta no ocurre, entonces el re¬
sultado es dependiente de esa respuesta: el resultado es controlable" (1975, 37).
Desde su óptica, la "indefensión" es un estado que se adquiere cuando se da
(o simplemente se percibe) una "independencia respuesta-resultado"; es decir,
"cuando un organismo no puede realizar una respuesta operante que controle un
cierto resultado" (1975, 31). Enfrentándose a las pretensiones omnicomprensivas
de la teoría skinneriana del condicionamiento operante y aún sin negar la posibi¬
lidad de la conducta supersticiosa en el hombre, Seligman concluye que "en cir¬
cunstancias muy específicas, la presentación independiente de resultados puede
llevar al condicionamiento clásico de respuestas específicas de la especie que se
han desarrollado expresamente cara a este resultado. Tales respuestas pueden ser
confundidas fácilmente con respuestas instrumentales 'supersticiosas'. Sin embar¬
go, (...) el resultado más normal es la indefensión; las personas y los animales inde¬
fensos no dan signos de haber aprendido una conexión supersticiosa entre respues¬
tas y reforzadores; por el contrario, parecen haber aprendido a ser sumamente
pasivos." (1975, 40).
En un principio, el autor considera que tal aprendizaje "no tiene por qué
ser un proceso consciente, ni aún cognitivo" (1975, 38). Sin embargo, al tratar

de la "indefensión aprendida en humanos", acaba reconociendo sin reservas la


trascendencia de los procesos cognitivo-atribucionales desarrollados en el sujeto
"indefenso"; con lo que se ve obligado a una severa "crítica y reformulación"
de su modelo original. Por otra parte, resulta destacable el hecho de que ya en
la "vieja hipótesis" se distingue la acción del "control" de la previsión de la
"controlabilidad". En otros términos, para Seligman (1975), la simple emisión
de conductas instrumentales orientadas a repetir determinados efectos grati¬
ficantes (Thorndike) o a operar en función de contingencias de refuerzo
(Skinner) ya implica el aprendizaje (cognitivo) de que cada conducta (pulsar la pa¬
lanca) controla cierto efecto (aparición de la bola de comida) y el de que otras
conductas (p. ej., menear la cola) no la controlan. Mientras las teorizaciones neo-
conductistas han centrado exclusivamente su atención en el aspecto de la "contra-
bilidad", Seligman basa su modelo de la Indefensión Aprendida sobre el supuesto
de la experiencia menos mecánica y más cognitiva de la "incontroiabilidad" de
ciertos acontecimientos.

51
El paradigma metodológico

Las primeras investigaciones de Seligman y colaboradores suelen consistir


en series de ensayos de entrenamiento de animales a la evitación adaptativa de
estímulos aversivos y de medición de su capacidad de resistencia a tales situacio¬
nes. Tienen
lugar en el marco de estudios más globales, como el de la relación
entre el condicionamiento del miedo
y el aprendizaje instrumental.
En un esquema de "diseño triádico",
que servirá de molde para toda suerte
de investigaciones posteriores, tanto en animales como en
humanos, los sujetos
experimentales son sometidos al siguiente proceso: en una fase de pretratamiento
se divide a los
sujetos en tres grupos, siendo sometidos los del primero a series
de acontecimientos aversivos controlables, mientras
que los del segundo pasan
por la misma experiencia, pero sin disponer de posibilidad de control de la situa¬
ción y los del tercero no son sometidos a
ningún entrenamiento previo. En la de
tratamiento propiamente dicho, todos
pasan por el mismo trance experimental,
consistente en una prueba de
evitación-escape en la que el estímulo aversivo va
precedido de una señal de alerta ante la cual cada sujeto puede intentar (y, even-
tualmente, lograr) una conducta efectiva de evitación-escape.
Mientras el estímulo aversivo más frecuentemente utilizado en la
investiga¬
ción con animales es el
electroshock, al tratar con humanos se recurre a shocks;
pero también ruidos, luces y sonidos, elementos de comida o bebida,
otras veces a
música rock, crucigramas... etcétera.
Las investigaciones parten de la
hipótesis de que "no es la descarga en sí
misma, sino el haber aprendido que es incontrolable, lo que produce la indefen¬
sión" (1975, 47). Los resultados de sus
investigaciones descubren diferencias
significativas entre la actuación experimental de los sujetos del grupo entrenado
a la
experiencia de incontrolabilidad de situaciones traumáticas y la de los encua¬
drados en las otras categorías: mientras
aquéllos en su mayoría no aciertan a
eludir la situación aversiva controlable, éstos no muestran
especiales problemas
para conseguirlo.
El aprendizaje por los
sujetos del grupo de entrenamiento a una aversión
inevitable e inescapable consiste en la
adquisición de la experiencia de "indefen¬
sión" ante circunstancias adversas y difíciles. Sus
consecuencias psíquicas se
manifiestan no sólo en forma de una incapacidad
posterior para resolver situacio¬
nes efectivamente controlables, sino también a través de una serie de
rasgos
actitudinales y conductuales que Seligman
y sus colegas acaban asociando a los
típicos del síndrome de la depresión reactiva.

El síndrome "Helplessness Depression"

Contemplado desde la revisión de 1978, el "resultado paradigmático" de


los experimentos de laboratorio sobre la indefensión aprendida consiste en un
"síndrome" —el de la "Helplessness Depression"—
compuesto por cuatro ejes

52
sintomáticos principales de "déficits depresivos": motivacional, cognitivo, auto-
estimativo y afectivo. El "déficit motivacional" se expresa en forma de retraso en
el inicio y de lentitud en el desarrollo de respuestas voluntarias encaminadas a
controlar una situación y, en general, en una actitud de "pasividad". A ese sín¬
toma va asociada una "disposición cognitiva negativa" que distorsiona la percep¬
ción de controlabilidad y dificulta la capacidad paja aprender (reconocer) que una
respuesta es (o puede resultar) efectiva. Una disminución (típicamente depresiva)
de la autoestima y una perturbación del equilibrio emocional completan el cuadro

patológico generado por el aprendizaje de la indefensión.


Seligman (1975) descubre asimismo una serie de efectos sintomáticos secun¬
darios vinculados a ese síndrome general: pérdida de peso y de fuerza; diminu¬
ción del caudal emocional que energiza las tendencias de hambre, sexo, ira, agre¬
sión, defensa y competición o las reacciones evitativas y escapatorias ante efectos
frustrantes o traumatizantes; dificultad de solución de problemas discriminatorios
sencillos, de coordinación de movimientos y de ejecución de tareas instrumenta¬
les; aumento de los sentimientos de tristeza, desánimo y culpabilidad; pérdida del
interés social; reducción de la norepinefrina y propensión a fenómenos de patolo¬
gía psicosomática como úlceras de estómago... etcétera.
Según el autor, la indefensión constituye "una característica general de va¬
rias especies, incluido el hombre" (1975, 54). Sin embargo, consciente de los ries¬

gos que conlleva la extrapolación, la analogía y la generalización gratuita (Seligman


& Hager, 1972; Seligman, 1975), considera urgente focalizar los análisis sobre la
indefensión aprendida en el campo humano.
Pero, por otra parte, la "generalización"no sólo incluye la dimensión inter¬
específica, sino también la intraorganísmica: el aprendizaje de la incontrola-
bilidad ¿genera "un hábito ¡imitado a circunstancias semejantes a aquéllas bajo las
que se aprende la indefensión o produce un rasgo más general? (...) ¿es la indefen¬
sión un conjunto aislado de hábitos o supone un cambio más básico de la persona¬
lidad?", se pregunta Seligman (1975, 55). A ello responde que "cuando un orga¬
nismo aprende que está indefenso en una situación, puede verse afectada una gran
parte de su repertorio conductual adaptativo" (1975, 62).

Etiologia
Para Seligman el aprendizaje de la indefensión es un problema "de tipo psico¬

lógico" (1975, 44. 46); puesto que afecta a organismos físicamente capaces de
defenderse.
Aún cuando reconoce que la "información" acerca de la contingencia entre
respuesta y resultado propiedad del ambiente y no del organismo percep¬
es una
tor, el autor se distancia de las formulaciones más ortodoxamente conductistas,

que inducen a explicar toda conducta como función de los "estímulos de la situa¬
ción" (Staats, 1975); eso es, de las actuales "contingencias ambientales" (Skinner,
1977) y atribuir una importancia secundaria a las condiciones del aprendizaje y a
los repertorios conductuales básicos.

53
Ya su primer
enfoque "cognitivo-conductual" atiende al "procesamiento"
y "transformación" de dicha "información" en "representación cognitiva de la
contingencia", la cual constituye un hecho subjetivo. Según la "teoría cognitiva
del aprendizaje", la "condición causal" del síndrome de indefensión es la
"expec¬
tativa" subjetiva (en tanto que
'percepción' o 'creencia') y no las "condiciones
objetivas de controlabilidad" de los acontecimientos aversivos. Traducido a tér¬
minos cognitivos, el contenido del
"aprendizaje" de la indefensión consiste en el
"descubrimiento de que el responder es inútil"
(Seligman & Cook 1977, 277) y
de que por tanto la situación es "incontrolable"
(Seligman 1975, 46).
Desde el supuesto de
que "para que ocurran respuestas voluntarias debe
estar presente algún
incentivo en forma de expectativa de que la respuesta puede
ser eficaz", el autor
concluye que "en ausencia de tal expectativa, es decir, cuan¬
do un organismo cree
que responder es inútil, no ocurrirán respuestas volunta¬
rias" (1975, 80).
La primera formulación de la teoría de la indefensión
aparece en los siguien¬
tes términos: "la
expectativa de que un determinado resultado es independiente
de las propias
respuestas (1) reduce la motivación para controlar el resultado;
(2) interfiere el aprender que las respuestas controlan el resultado;
y si el resulta¬
do es traumático (3)
produce miedo durante el tiempo que el sujeto no esté segu¬
ro de la controlabilidad del resultado
y, luego, depresión" (1975, 88).
Posteriormente, asumiendo críticas y sugerencias que le llueven desde todas
partes, Seligman (en colaboración con Abramson y Teasdale) reconoce
que la
aplicación de esa "vieja hipótesis" en la investigación de situaciones humanas
plantea numerosos problemas. Entre ellos destaca el de que no permite distinguir
los casos en que los acontecimientos
aparecen como incontrolables para todo el
mundo (indefensión 'universal') de
aquéllos en que la incontrolabilidad se mani¬
fiesta como un problema individual (indefensión
'personal'), ni explicar las razo¬
nes
por las que los déficits de la indefensión resultan, según los casos, "generales"
o
"específicos", "crónicos" o "agudos".
Articulando la teoría "cognitiva" del
aprendizaje de pautas de conducta con
la de la "atribución"
subjetiva de causalidad, los autores —siguiendo la senda
abierta, entre otros, por Dweck & Reppucci (1973), Weiner (1974), Klein et al.
(1976), Tennen & Eller (1977) y contemporáneamente a la propuesta de Miller
& Norman (1979)— sostiene
que la percepción de no contingencia va acompañada
de una atribución de causalidad
y que la causa a que se imputa la no contingencia
respuesta-resultado puede tener las características atribucionales de "interna" o
"externa", "global" o "específica" y "estable" o "inestable".
En efecto, adoptando el modelo de Rotter (1966)
y remitiendo, en último
término, a Heider (1958), Abramson et al. (1978) postulan que las creencias acer¬
ca de la causalidad de la indefensión
pueden ser clasificadas en referencia a las dos
vertientes de la dimensión "lugar de control": "interna" (creencia de
que los acon¬
tecimientos son consecuencia de las propias cualidades o
ejecuciones y, por tan¬
to, imputables a la incompetencia o impotencia personal) y "externa"
(captación
54
de los hechos como causas ajenas a la propia manera de ser o de actuar
efectos de
e incontrolables también por los demás sujetos —ya se trate del "destino", la
"suerte", el "azar"... etcétera—.) A ese respecto, los autores constatan la íntima
relación la "expectación" de no-contingencia respuesta-resultado y la
entre
"creencia" la incontrolabilidad: cuando la no contingencia es atribuida a cau¬
en
sas "internas", la indefensión tiene carácter "personal"; mientras que en los
casos en que aquélla se imputa a factores "externos", ésta aparece como "uni¬
versal". ».

Por otra parte, la dimensión "generalidad" se refiere a la amplitud de los


efectos de la indefensión: cuando éstos se extienden a una pluralidad de situacio¬
nes diversas, la indefensión es "global" y será, en cambio, "especifica" si sólo

acontece dentro de un estrecho margen de situaciones análogas. Asimismo, la de


"estabilidad" remite al marco temporal de la indefensión: cuando los déficits per¬
sistena lo largo del tiempo, ésta debe ser considerada "crónica" ("estable") y si se
extinguen en poco tiempo será denominada "transitoria" ("inestable").
El modelo presenta la universalidad, generalidad, cronicidad
y subautoesti-
macionalidad de los déficits de la indefensión como rasgos derivados respectiva¬
atribuciones
mente de la externalidad, globalidad, estabilidad e internalidad de las

que el sujeto deprimidamente indefenso realiza ante su situación. Los autores con¬
sideran que un estudiante que tenga la impresión de haber realizado un mal ejerci¬
cio de matemáticas, puede efectuar ocho tipos de atribución de la causalidad de su
bajo rendimiento en la prueba (interna-externa x estable-inestable x global-especí-
fica) y que las características de tal atribución afectarán la cualidad de la ejecu¬
ción por el mismo sujeto de una inmediatamente posterior prueba verbal: aten¬
diendo, por ejemplo, a la dimensión "generalidad", puede imputar su deficiente
resultado en matemáticas a su "escasa inteligencia" (atribución interna, estable y
global), a su "estado de cansancio" (atribución interna, inestable y global), a las
"características especiales de la prueba" —construida con "mala fe", de cara a
confundir o inducir al error a los que la pasan— (atribución externa, estable y glo¬
bal). Cada una de estas atribuciones "globales" implica el que cuando el individuo
se enfrente a una situación de características similares —la prueba verbal subsi¬

guiente— percibirá igualmente los efectos como independientes de sus actos, sin-
tomatizando así los déficits de su indefensión.
En el caso de que haya efectuado atribuciones "específicas" —como "poca
aptitud para las matemáticas" (atribución interna, estable y específica), "saciedad
de problemas matemáticos" (atribución interna, inestable y específica), especial
"mala fe" por parte de los constructores de los ejercicios de matemáticas (atribu¬
ción externa, estable y específica) o "mala suerte" particular en el examen de ma¬
temáticas (atribución externa, inestable y específica)—, no tendrá por qué mostrar
déficits típicos de indefensión en el desarrollo de la prueba verbal.
De modo similar, la "cronicidad" de los déficits dependerá del grado de "es¬
tabilidad" de las atribuciones causales operadas a propósito de la ejecución del
examen de matemáticas. Asimismo, el problema será visto como "uniyersal" en

55
la medida en
que se impute a agentes "externos" y
la "autoestima" tenderá a dis¬
minuir tanto cuanto de "interno"
tenga el origen de
la deficiencia.
Desde esa nueva
perspectiva, sigue explicándose el aprendizaje de la indefen¬
sión y el múltiple déficit depresivo del mismo como un
proceso basado y "deter¬
minado" por la asunción de la
"expectativa" subjetiva de no contingencia y la
consiguiente convicción de que todo esfuerzo por controlar la situación ha de re¬
sultar inútil. Lo genuinamente "nuevo" del modelo es el
valor "predictivo" que se
concede a la "atribución" en relación a la ocurrencia de esa
expectativa.
En definitiva,
Seligman (1978) mantiene la vigencia de la variable psicológica
postulada en la primera teoría considerándola un simple "constructo
tico" basado en cierta "evidencia"
hipoté¬
empírica y, sin embargo, al tiempo, la clave del
"mecanismo causal" de la
"Helplessness Depression". Tal factor no es otro que la
múltiple "expectación" de que los efectos más deseables son muy improbables, de
que los más aversivos son muy probables y de que la ocurrencia de
unos y otros
resulta independiente de las
propias acciones.
La inclusión de variables atribucionales en su modelo
permite, según el autor,
predecir aspectos como la intensidad, la generalidad y la cronicidad del estado de¬
presivo generado por las "cogniciones causales de la depresión".
La obra colectiva editada
por Garber & Seligman (1980) efectua un balance
reactualizado de la "teoría y
aplicaciones" de la "indefensión humana". No cons¬
tituye una revisión del modelo "reformulado" en 1978-, sino más bien un conjun¬
to de
aportaciones orientadas al reexamen de aspectos específicos del modelo.
Entre ellas destacan las consideraciones en torno a la naturaleza
y características
de los diversos
tipos de "déficit" y a la primacía del "motivacional" (base de la
"pasividad"), alas relaciones "indefensión"-"ansiedad" e
sión" (tal
"infelicidad"-"depre¬
vez más evidentes que las que
Seligman establece entre indefensión y
depresión) y al eventual nivel "óptimo" de la creencia en la eficacia del esfuerzo.
El propio Seligman (1981) insiste en su
"punto de vista" sobre la "terapia conduc-
tual de la depresión".

Tratamiento

Trenzando diversas
analogías entre hallazgos del experimentador y observa¬
ciones del terapeuta,
Seligman establece que el ser humano depresivamente inde¬
fenso se
comporta como otros animales que han aprendido la indefensión y
que,
además, personasdiagnosticadas como "normales" (en base a sus resultados ante
el Inventario de Depresión de Beck) a quienes se les haya inducido expefimental-
mente la "learnedhelplessness", acaban presentando idénticas "deficiencias" que
pacientes afectados por una "depresión reactiva" (típica de las consecuencias de
la pérdida irreparable de seres
apreciados, de separación o rechazo afectivo, o de
experiencias como el envejecimiento, la progresión en una enfermedad física o el
fracaso escolar o profesional).
Es ahí donde establece un
puente entre el laboratorio y la clínica (que algu-
56
nos de sus seguidores prolongan, con cierta precipitación, hasta la sociedad y la

política): si las respectivas conductas inadaptadas de los "indefensos" y los "de¬


primidos" son objeto de idéntico diagnóstico psicopatológico ¿por qué no habrán
de ser susceptibles de un mismo tratamiento terapéutico y preventivo? En caso
afirmativo, los descubrimientos acerca de la génesis y eliminación de la indefen¬
sión aprendida en el marco del laboratorio (más precisos y operativos que los de
la perspectiva clínica y social) pueden (y deben) ser utilizados de cara a la pre¬
vención y curación de la depresión reactiva y de toda suerte de fenómenos aná¬
logos.
Para Seligman (1978), la experiencia confirma sus expectativas positivas al

respecto. La mayoría de las investigaciones citadas por Abramson, Seligman &


Teasdale (1978) convergen en la tesis de que los "depresivos" tienden a atribuir la
causalidad de sus fracasos a factores internos, globales y estables y la de sus éxitos
a circunstancias externas, específicas y transitorias. Asimismo, los autores sostie¬

nen
que los déficits derivados de la depresión son más notables (menor autoesti¬
ma, perturbaciones generalizadas y encronizadas, etcétera) y más difícilmente so¬
lubles cuando son atribuidos a causas internas, globales y estables que cuando son

captados como consecuencias de agentes externos, específicos e inestables. Tam¬


bién asumen que la "intensidad" de las deficiencias depende de la "fuerza" y
"certeza" de la expectación de incontrolabilidad y que las de carácter afectivo
a autoestimativo en particular van asociadas a la "importancia" concedida a la

respuesta efectuada.
Ante tal panorama se ofrece como estrategia terapéutica y preventiva la

(re)generación de expectativas de controlabilidad, acompañada de una adecuada*


canalización de las imputaciones de fracaso hacia factores externos, específicos e
inestables y de las de éxito hacia la causalidad interna, global y estable. En térmi¬
nos del propio Seligman "la teoría sugiere una forma de curar la indefensión una

vez que
se ha establecido, y una forma de impedir que ocurra. Si el problema
central de la no iniciación de respuestas es la expectativa de que las respuestas no
van a ser eficaces, al invertir la expectativa debería producirse la curación" (1975,

88). Por otra parte, no cabe para él otra opción preventiva razonable que la de
inmunización contra las creencias patológicas típicas de la indefensión, mediante
un eficaz entrenamiento a la experiencia de la controlabilidad.

Perspectivas

Seligman (1975) concibe la "learned helplessness" como un rasgo de perso¬


nalidad adquirido a lo largo del proceso de socialización y sostiene que las dife¬
rencias interindividuales en cuanto al aprendizaje de la indefensión en la vida adul¬
ta resultan en parte imputables a los respectivos substratos históricos personales
al respecto.
El autor lamenta el hecho experimentado un notable
de que, mientras se ha
progreso en el conocimiento del desarrollo cognitivo, resta (según él) prácticamen-
57
te inexplorado el ámbito del desarrollo motivacional. Desencantado del mito em-
pirieista sobre la plasticidad humana que, desde Locke a Watson, tanto y tan bien
se ha acomodado a los nobles ideales humanistas, democráticos
y progresistas,
reconoce la solide/ de los fundamentos de ciertas teorías
psicogenéticas de las ap¬
titudes cognitivas (elaboradas por figuras de prestigio como
Piaget y Chomsky,
Eyscnck, Jensen, Hernstein y Garrett), desde las que aparece como relativamente
secundaria la función de la experiencia en la dinámica emergente autoestructu-
y
rante de cualidades intelectuales de
algún modo predeterminadas innata(hered¡-
taria)mcnte,
Esc principio de plasticidad, tan devaluado en el ámbito del desarrollo cog-
nitivo, resulta sin embargo —a los ojos de Seligman— plenamente válido en rela¬
ción al desarrollo motivacional: "ciertas disposiciones de
contingencias ambienta¬
les originarán un niño que crec que está indefenso, que no puede tener éxito,
y
(...) otras contingencias harán que un niño crea que sus respuestas son útiles, que
puede controlar su pequeño mundo" (1975,194).
A esc respecto, Dweck & Reppueci (1973) realizan una
investigación sobre
dos grupos de alumnos de un mismo centro y nivel escolar, a uno de los cuales
el profesor presenta problemas insolubles, mientras
que al otro el suyo se los plan¬
tea solubles.
Según los autores, el primero de los dos grupos, cuando ha asumido
la experiencia de la indefensión, acaba
comportándose ante posteriores proble¬
mas solubles con la misma ineficacia
que anteriormente ante los insolubles, a di¬
ferencia del otro grupo, que los resuelve con normalidad.
El propio Seligman, reconociendo
que el "rendimiento académico de los
niños negros norteamericanos 'es inferior al normal" y
que "frecuentemente se
ha argumentado que ello es debido a un Cl
genéticamente inferior", sostiene
que "tanto el CI como el rendimiento escolar pueden disminuir debido a la in¬
defensión" (1975,228).
Terciando a su modo en el eternamente renovado debate sobre la incidencia
respectiva de la herencia y del medio cl desarrollo psíquico (Cf. Deutsch, Katz
en
& Jensen, 1968) el autor se muestra convencido de que "un eficaz
desempeño
cognitivo requiere la presencia de dos factores: una adecuada capacidad cognitiva
y motivación para actuar", de que "en la medida en que un niño crea que está
indefenso y que el éxito es independiente de sus respuestas voluntarias, será me¬
nos probable
que realice aquellas respuestas cognitivas voluntarias que (...) dan
como resultado una alta
puntuación de CI y un buen rendimiento escolar" y de
que ninguna de las investigaciones sobre el tema inducen a excluir tal "creencia
en la indefensión como causa del inferior CI
y el poco rendimiento escolar de los
niños negros norteamericanos de familias pobres" (1975,228).
Para Seligman las expresiones cotidianas de la indefensión aprendida por in¬
dividuos y colectivos nò se limitan al ámbito del fracaso o del retraso escolares".
Desde su óptica se da una espiral viciosa de indefensión
y pobreza, en virtud de¬
ia cual el pobre, que ha aprendido su condición de indefenso, se
comporta como
tal. Consciente del riesgo de instrumentalización de su discurso como arma dema-

58
gógica enforma de ideologia psicologista —algunos de los divulgadores de su teo¬
ría, como Ardila (1979), no parecen haber tomado tantas preocupaciones al res¬
pecto— Seligman afirma que "cuando la economía o la política parecen explicarlo
todo, muchas veces se olvidan las explicaciones psicológicas. Sin embargo, los fac¬
tores económicos y sociales sólo pueden surtir su efecto a través de una mediación

psicológica" (1975, 225). En un enfoque que recuerda la reivindicación freudo-


marxista de las instancias caracterológicas de articulación de la existencia material
y las formas de conciencia, Seligman critica el abuso de pseudoexplicaciones re¬
duccionistas como la que establece una relación simple y lineal entre depresión
económica y suicidio, sin tomár en consideración el supuesto hecho mediador de
una depresión psíquica. Por la misma razón, concibe la típica conducta de los

"pobres" como función de las repercusiones psíquicas de sus condiciones de vida:


"la pobreza trae consigo frecuentes e intensas experiencias de incontrolabilidad; la
incontrolabilidad produce indefensión, que a su vez produce la depresión, pasivi¬
dad y derrotismo tan frecuentemente asociados a la pobreza" (1975, 225s.).
Ese sugestivo modo de plantear la problemática psicosocial de la pobreza ha
inducido a más de una reflexión crítica a propósito de los eventuales efectos de

legitimación y enmascaramiento de una teoría casi capaz de reducir a mera cues¬


tión de cambio de actitudes (mediante una terapéutica psicofisiosocial) lo que
desde otro ángulo se percibe como pura consecuencia de un determinado orden
socioeconómico. Lógicamente, si se "descubre" que los pobres (como todos los
más directamente afectados por una desigual distribución del poder) son agentes
—víctimas y responsables— de su propia condición social, la sociedad desigualita-
ria no aparece como la causa exògena de la indefensión de tales individuos, sino
su medio natural de expresión: si el pobre es el causante de la pobreza, el rico está

libre de cargos. Tal procedimiento conduce, según Maritza Montero (1981) a un

"desplazamiento de la responsabilidad" y, en definitiva, a una "culpabilización de


la víctima".
Sin embargo, el modelo de la "Learned Helplessness" resulta también instru-
mcntalizable para usos ideológicamente contrarios a los anteriormente expuestos:
la terapia "cognitiva" (la modificación de "expectativas" y "atribuciones") orien¬
tada a la ejecución de la "creencia en la controlabilidad", como base para una ac¬
ción competente y eficaz sobre la situación, constituye una especie de puesta en
práctica de la consigna fundamental de Nietzsche (1970) de asunción maníaco-
dionisíaca de la "voluntad de poder" como único modo de superación de las ten¬
dencias depresivo-apolíneas subyacentes a la "moral de esclavos". Asimismo, la
teoría marxista-leninista de la "revolución" se apoya sobre la premisa (creencia)
de que ésta es posible y de que toda acción "revolucionaria" inspirada por ella
presupone una cierta "toma de conciencia" histórica acerca de la transformabili-
dad (controlabilidad) de la situación. En definitiva, se puede reducir el núcleo cen¬
tral de todo discurso radical o revolucionario al mensaje sobre la evitabilidad-esca-

pabilidad de una presente situación aversiva y, por tanto, a un juego de expecta¬


ciones y atribuciones acerca de la controlabilidad de la misma.

59
De cualquier modo, los hallazgos experimentales sobre el aprendizaje de la
indefensión han sido aplicados, más allá del ámbito psicopatológico de la depre¬
sión reactiva, al enfoque de problemas relacionados con el fracaso
y el retraso es¬
colar, la pobreza económica, la apatía política, el stress urbano, el hospitalismo y
la reclusión, el desarrollo de la autoestima, la muerte psicosomática... etcétera.

Balance

El de la LearnedHelplessness destaca como uno de los modelos que mayor


impacto han ocasionado en los medios especializados a lo largo del último dece¬
nio, como lo demuestra la ingente cantidad de réplicas, apologías y ensayos divul-
gativos de que ha sido objeto.
Desde sus primeras formulaciones de mediados de los sesenta, no ha
dejado
de desarrollarse, adquiriendo nuevos fundamentos
empíricos y asumiendo elemen¬
tos de la crítica interna y externa.
Lo que se inició el marco del laboratorio se ha ido desplazando hacia la
en
clínica, lo cotidiano la sociopolítica. Ello ha comportado un proceso paralelo
y
desde la investigación pura hacia la aplicada, desde la
psicología animal compara¬
tiva a la humana social y desde el neoconductismo hasta
enfoques más propiamen¬
te
cognitivistas.
Entre las reservas generales
que ha suscitado la teoría seligmaniana figuran
las que cabía esperar de toda aquella que, habiendo
surgido del laboratorio de
psicología animal, se aplica a fenómenos humanosociales relevantes:

se
pone entre interrogantes el de

"La Indefensión Aprendida como


Modelo de Depresión" en humanos (Journal of Abnormal Psychology,
1978, n° 87 ; Garber & Seligman, 1980),
se
sospecha acerca de la parsimoniosidad y el reduccionismo en el punto

de vista y de la extrapolación en el procedimiento adoptado


por el
autor (Wortman & Brehm, 1975),

se duda de la validez
ecológica de los contenidos aportados (Costello,

1978),
airean los problemas relativos a la ética de la experimentación;

y se a los
que se enfrente el propio Seligman (1975. 1978).

Asimismo, se subraya cierta ambigüedad en los terrenos conceptual y meto¬


dológico:

no se
distingue precisión las carencias fundamentales de sus reflejos

con
sintomáticos ni las dificultades en la
ejecución de tareas de los déficits
que las generan ni de las creencias que les van asociadas; lo que permite
una
multiplicidad de usos y significados de la expresión "indefensión
aprendida" (Costello, 1978; Buchwald, Cole & Coyne, 1978),

60

no se excluyen explicaciones motivacionales alternativas (Costello,


1978; Snyder, 1982) como la del simple modelo ortodoxo S-R (Lewis,
1976), la de la "cognición depresogénica" según Beck, 1967. 1972.
1976 (Rizley, 1978), la de los efectos distractivos de la "ansiedad"
(Coyne, Metalsky & Lavelle, 1980), la de la estrategia del bajo esfuerzo,
orientada a reducir la autoatribución de inhabilidad (Snyder et al.,
1981).
ni se toman en consideración los casos en que, ante la perspectiva de in-

controlabilidad, los seres humanos reaccionan hiperactivamente (Sny¬


der, 1982).

Wortman & Brehm (1975) proponen una síntesis de las teorías de la Inde¬
fensión Aprendida y de la Reactancia Psicológica, en tanto que Montero (1981)
incorpora elementos de la aportación seligmaniana a su propio modelo de la "De¬
pendencia".
La "reformulación" por Abramson, Seligman & Tcasdalc (1978) es, a su vez,
criticada por Wortman & Dinzer (1978), quienes la califican de redundante y dis¬
cuten la significatividad de las dimensiones atribucionales destacadas por aquéllos,

señalan la importancia de otros posibles factores cognitivos distintos de las atribu¬


ciones y expectaciones acerca de la incontrolabilidad y lamentan la ausencia de re¬
ferencias a las relaciones entre los diversos tipos de déficit, a las situaciones en las
que la creencia en la incontrolabilidad no tiene lugar y a la dirección de causalidad
entre atribuciones, expectaciones y depresión.

Por su parte, Miller & Norman (1979), al tiempo que se suman a la larga lista
de promotores de la articulación de las teorías de la Indefensión Aprendida y de la
Atribución, subrayan la importancia de variables atribucionales como la de la re¬
levancia de la tarea (dimensión "importancia" versus "no importancia"), así como
la urgencia de tomar en consideración el tipo de instrucciones dadas por el experi¬
mentador a los sujetos experimentales, de precisar operacionalmente las estrate¬
gias preventivo-terapéuticas y de detallar el margen de variabilidad interindividual
(en lo relativo a sexo, edad, status, raza... etcétera) en cuanto al aprendizaje de la
indefensión.
De la productividad del modelo de la Learned Helplessness deja constancia
no sólo el sinnúmero de aplicaciones de que está siendo objeto a los más diversos
ámbitos, sino también el hecho de la construcción de paralelos del mismo, como
el de la "Indolencia Aprendida" (Engberg et al., 1973) —ensayo de teorización
sobre la conducta del animal (niño) "mimado" y sobre la del organismo (ciudada¬
no) en un "estado providente" que han aprendido, a su modo, la no-contingencia
respuesta-resultado— o los de la "Competencia Aprendida" (Benson & Kennedy,
1976) y de la "Industriosidad Aprendida" (F.isenberger, Park & Frank, 1976) que.
en lugar de atender a la
independencia respuesta-refuerz.o, destacan la importancia
del refuerzo social en orden a la adquisición de determinados rasgos de personali¬
dad que se expresan de modo particular en la cualidad de la ejecución de tareas.

61
definitiva, mientras hay quien juzga que, al margen de su "popularidad",
lin
las investigaciones seligmanianas sobre la indefensión ofrecen unos diseños y
hallazgos experimentales "más complejos y confusos que la misma depresión"
(Costello 1978, 31), otros subrayan que la teoría de la Indefensión Aprendida
se desarrolla "en un intento de ser cada vez más
precisa, más científica y de adap¬
tarse más a la realidad de los seres humanos" (Buceta & Polaino 1982, 25).
De
cualquier modo, todo induce a considerar con Snyder (1982) que, a pesar
de todas las reservas que suscite, la teoría de la "indefensión humana" merece un
destacado "lugar en la historia de la
psicología", por su "valor heurístico" y por
haber llamado la atención científica sobre un asunto humano tan relevante como

el de las reacciones ante los incontrolables, cristalizando cuestiones de or¬


eventos
den "teorético y
práctico" sobre el mismo, inspirado e impulsado al respecto una
notable cantidad de investigación empírica en el laboratorio
y en el campo y des¬
tacado el valor de la intervención cognitivo-conductual.

II. 1. 7. INGENIERIA PSICOSOCIAL

Ya Ortega estaba convencido de


que "tanto vale decir que vivimos como de¬
cir que nos encontramos en un ambiente de
posibilidades determinadas. A ese
ámbito suele llamarse 'las circunstancias'. Toda vida es hallarse dentro de la
'circunstancia' o mundo"
(1930, 71).
Skinner, por su parte, sostiene asimismo que "las variables de las qué la con¬
ducta es función radican en el ambiente" (1977, 71)
y que, por tanto, "el medio
ambiente determina al individuo; aunque éste altere el medio
ambiente"(1953,
411).
Desde la premisa del determinismo ambientalista, el autor establece una

analogía entre la realidad cultural y el espacio experimental: ambos consisten en


conjuntos de "contingencias de reforzamiento". En definitiva, para él, "la hipóte¬
sis de que el hombre no es libre es esencial
para la aplicación del método cien¬
tífico al estudio de la conducta humana" (1953, 411).
Si el marco del laboratorio permite explicar y predecir,
controlar y progra¬
mar, eso es, conocer e intervenir sobre las conductas individuales, debe resultar
asimismo viable el diseño y montaje de ambientes sociales en base a la elabora
ción de los correspondientes "programas de refuerzo"
y la aplicación de las téc¬
nicas experimentales del "control de variables",
que han de extender el ámbito
de la "ingeniería de la conducta" a la
"planificación y control" políticos.
La lógica de su salto de la ciencia a la técnica y del conocimiento al control
social no puede ser más transparente. Coherente con su posición, Skinner plastifi¬
ca literariamente su
proyecto en "Walden Two".
En esta obra, describe el marco
utópico en el cual la tecnología conduc-
tista ha establecido un sistema de convivencia humana en donde los individuos
ya no se hallan permanentemente expuestos a las eventuales "consecuencias aver-

62
sivas" de sus actos, gracias a un adecuado control de las contingencias de re¬
fuerzo.
Con ello, elexpresa su convencimiento de que "necesitamos cambiar
autor
nuestra conducta ypodemos hacerlo sólo cambiando nuestros ambientes físicos
y sociales" (1977, 28). Para él, llegada la plenitud de los tiempos de là "ciencia
de la conducta", no cabe otra opción histórica razonable que la "planificación
intencional de una cultura y el control de la conducta humana" (1953, 218).
El autor de "Walden Two" hace un acto de fe en nuestro poder para "cam¬
biar la conducta humana" (1948, 238) y de esperanza en las posibilidades de
utilización de la "ciencia" para el "bien de la humanidad" (1948, 307). Según él,
"al identificar el papel del medio ambiente, particularmente del medio ambien¬
te social, el conductismo hace posibles el logro de las metas del humanismo en

forma más eficaz" (1978, 5).


Contemplando su proyecto Walden desde tres décadas de distan¬
del nuevo
cia, lo percibe como "un experimento de diseño de un medio ambiente social"
pensado en orden a la "supervivencia de la cultura y de la humanidad". Su funda¬
mento radica en la
posibilidad de "una vida mejor aquí y ahora" y su contenido
no puede ser otro que "una sociedad consumista y contaminante al mínimo y

socializante al máximo"; eso es, "una forma de vida mejor" (1978, 192. 197.
191. 5. 7).
Desde
su óptica, la llamada "lucha por
la libertad" de ningún modo ha redu¬
cido eliminado el control; simplemente lo
o ha corregido", conduciendo la huma¬
nidad "hacia una cultura en la cual es cada vez menos probable que el poder de
control caiga grupos o individuos que lo usen de forma tiránica"
en manos de
(¡Sic!) y en la que, por el contrario, cada vez se muestra más eficaz el "contra¬
control" de los ciudadanos "sobre quienes usan el control 'equivocadamente'
En tales circunstancias, debe procederse, según él, al "diseño explícito de una cul¬
tura que vaya más allá de los intereses inmediatos de quienes están a cargo del

control y del contracontrol" (1978, 195. 197).


El "profesor Burris" de la novela reduce la "amenaza de despotismo" a un

"problema práctico de definir las funciones de los administradores" (1948, 331).


Con respecto a la cuestión planteada desde la "ceguera histérica" de algunos
"críticos" sobre "¿quién tendrá el control?", Skinner sostiene que "no debe
contestarse con un nombre propio o con la descripción de una clase de persona

(por ejemplo un dictador benevolente) o de sus habilidades (por ejemplo un


ingeniero de la conducta)". Haciéndolo así, se cometería el error de "ver la
persona en lugar de ver el medio ambiente que determina su condu< " " (1978,
197): "el mal uso de la tecnología de la conducta es asunto serio —reconoce—;
pero la mejor forma de guardarnos de ello, dice, no consiste en prestar atención
a los
supuestos controladores; sino más bien a las contingencias bajo las cuales
ellos ejercen ese control" (1953, 227). Considerando suficientemente precisa
su respuesta
para quien no se halle cegado por su criticismo histérico, el autor da
por zanjado el problema, ante la impotencia de los "ciegos", incapaces de conce-

63
bir cómo un
pez puede avanzar en línea recta sin dejar de morderse la cola o, lo
que viene a ser lo mismo, de imaginar —haciendo abstracción de la figura de un
ingeniero-dictador— un ambiente diseñado libremente por personas determinadas
por el producto de su propio diseño. Esa especie de humanismo mecanicista
ingenuamente utópico de Walden Dos sólo resulta equiparable al ultime sueño
skinneriano (1978) de una sociedad ideal de "gente libre, feliz
y acaudalada"
y, sobre todo, "libre de impuestos", realizable mediante la implantación de un
complejo sistema de "loterías" (ya desde el nivel preescolar) con el que los ni-
ños-ciudadanos-jugadores-libres de impuestos financiarían alegremente la ges¬
tión estatal.
De vuelta de lo queconsidera la mitología precientífica sobre la "democra¬
cia" y la "libertad", supuestamente basada en una antropología ignorante del
hecho empírico de la determinación ambiental de la conducta, el autor,
juzga
inconcebible la vida humana en sociedad sin algún determinado
tipo de control
social de la conducta. De ahí que, según él, el compromiso más humanitario
asumible por el científico conductista ante sus
contemporáneos es el de procu¬
rarles los medios adecuados para el
mejor de los controles posibles, para la más
perfecta estructura condicionante de la conducta humana.
Su ejercicio en ese peculiar género literario del futurismo
sociológico pare¬
ce constituir un
ejemplo más de una especie de tentación paradigmática irresis¬
tible para muchos científicos que han llegado a ser relevantes en el ámbito de
su especialidad.

En opinión de Fromm (1974), Skinner se ha hecho


popular mediante la
combinación de ciertos elementos de la tradición optimista liberal con otros de
la estructura cultural y mental de la sociedad cibernética; así como
por el reves¬
timiento de su diseño utópico de sociedad con la aureola de "cientificidad",
en un tiempo de crisis de alternativas "revolucionarias".
Por su parte, Chomsky
sostiene que "no hay nada en el punto de vista de Skinner
que sea incompati¬
ble con un estado policial, en el que rígidas leyes sean reforzadas
por la gente
misma que está sujeta a ellas y en
que la amenaza de terribles castigos penda
sobre todos" (1975, 189).
Skinner se limita a reiterar su oferta
"tecnológica" de una "ingeniería de
la conducta", que en sí resulta "éticamente neutra", siendo utilizable por "un
villano o un santo"; puesto que "nada se da en una
metodología que determine
los valores que dirigen su uso" (1971, 189).
La aportación skinneriana es el resultado de un notable
empeño en purifi¬
car el discurso, el método
y la técnica psicológica de connotaciones ideológi¬
cas e idealistas. Como contrapartida, resulta palpable el hecho de que el autor,
en sus incursiones porla psicología social, no parece haberse desprendido de
ciertas "background assumptions", ni ha conseguido
superar las limitaciones
formales de la "ingeniería social" proyectada por los llamados "socialistas utó¬
picos" de principios del siglo pasado.
Su actitud de relativo consenso con el status
quo se refleja en la ausencia

64
de su obra de un concreto modelo histórico de transición desde el orden actual
a lautopía proyectada y en la ambigüedad de su pseudosolución del enigma po¬
lítico de quién diseña el diseño y, en definitiva, planifica los planificadores, con¬
trola los controladores e ingenia los ingenieros de la conducta de los individuos
del segundo Walden.
Quizás ello sea debido a que el autor no ha sido capaz de formalizar con
precisión el proceso mediante el cual los hijos de un sistema cultural (que han
llegado a ser lo que son gracias a lo que han aprendido en el seno del mismo)
devienen aptos para diseñar alternativas radicales.
Un discípulo de Skinner, Rubén Ardila, noveliza un "Walden Tres", adap¬

tando también el análisis experimental de la conducta como tecnología del


cambio social a nivel ya no de una pequeña comunidad, sino de un país entero.
La obra de Ardila (1979) describe la empresa "quijotesca" de "cambiar el mun¬
do" y construir una "sociedad ideal" de espaldas a los "grandes poderes" esta¬
blecidos. La historia, escrita por un hispanoamericano y referida a un país del
caribe, no tiene un la del norteamericano Skinner: una "po¬
"final feliz" como
tencia extranjera" restablece la normalidad en la zona, actuando como factor

exógeno que cierra el paréntesis del experimento de la utopía nacional.


La "ingeniería humana" constituye una tarea en la que se sienten impli¬
cadas todas las ciencias que permiten algún tipo- de control del hombre, desde
la física y la ecología a la biología genética. En ese contexto, entre las perspec¬
tivas ingenieriles más próximas y articulables a la establecida por Skinner, figu¬
ra la del neurofisiólogo José Manuel Rodríguez Delgado.

Tras las huellas del psicólogo de Harvard, el científico español considera que
la evolución humana ha llegado a un punto crítico en el que el homo sapiens,
dueño ya de su medio externo natural, está en condiciones de acceder a un nue¬
vo estadio de su desarrollo filogenético, mediante el dominio de su propio orga¬

nismo .

Esa "posibilidad" de "liberación mental y de autodeterminación"


mera

constituye "responsabilidad" "deseable" e "inescapable": "hemos civilizado


una
nuestra ecología; pero seguimos bárbaros en nuestra psicología" (1972, 288).

El actual estado del conocimiento de la estructura y de la mecánica cere¬


brales empuja, según él, a la sublime tarea de civilizar la mente humana y de
elaborar una estrategia profiláctico-terapéutica de la conducta individual y co¬
lectiva. A ello habría que añadir, lógicamente, el diseño de una futura cultura

"psicocivilizada", en base a un plan de ingenería social orientado ya no tanto a


la manipulación del entorno estimular externo cuanto a la de las contingencias
de la misma "caja negra", que el conductismo ortodoxo habría dejado intacta.
El "control físico de la mente" supone la intervención directa en el mismo san¬
tuario del substrato orgánico de la conducta; en el nivel estrictamente "bioló¬
gico intracerebral" (1977, 27).
La "ingeniería del cerebro", combinando la "ciencia" y el "arte", permite
la "intervención del hombre en la estructuración material y en la organización

65
funcional de cerebros individuales" (1978, 10) y proporciona, con ello, "las bases
biológicas realistas para solucionar el problema Je las relaciones humanas" (1973,
34), para reforzar el "poder de la razón" (1972, 290) y para construir "un hom¬
bre menos cruel, mejor adaptado y más feliz" (1972, 265) y una "nueva sociedad
con s'"*es más libres, más
responsables y más felices" (1978, 11).
En tales condiciones, la "libertad" se enfrenta a la situación li'mitede la de¬
cisión sobre qué. hacer con su propio órgano. El presente civilizacional ofrece al
hombre la oportunidad de decidir libremente la modalidad de su sumisión a un
nuevo orden
biológico que debe hacerlo más "libre". La tecnología implicada en
el engendro de ese nuevo prototipo de "self-made-man", dueño de su ecosistema

organísmico, proporciona básicamente instrumentos de normalización electrónica


("estimoceptores" aplicables a zonas específicas del cerebro) de conductas diag¬
nosticares biopsicosociopatológieamente como "desajustadas" y fuente de pro¬
blemas en las "relaciones humanas".
Con experimentos de intervención sobre las condiciones biológicas de la
sus

conducta agresiva y de la estructura jerárquica de un grupo animal, Delgado apor¬


ta recursos tecnológicos de indudable valor estratégico en el terreno del control de

la conducta humana. Ese saber sobre determinaciones biológicas de la conducta se


convierte en poder para manipularlas; eso es, en definitiva, para modelar los facto¬
res
y las condiciones de la propia modelación.
Delgado es consciente de que la tarea tecnocràtica de sustitución del "ciego
determinismo natural" por el establecimiento de "planes evolutivos inteligentes"
(1978, 1) está sembrada de "riesgos" de "abuso" en la "manipulación eléctrica de
la psique" (1979, 26). Pero, aferrándose a la presunción de la independencia de la
razón técnica con respecto del mundo de los valores metacientíficos, se tranquili¬
za parafraseando al autor de Mas allá de la
libertad y la dignidad al proponer que
"el cuchillo en sí no'es bueno ni malo y puede ser usado por un cirujano o por un
asesino" (1979, 27). Para el autor, la eterna cuestión "inquietante y fundamental"
de "quién controla" resulta "fácil de contestar": "todos los que adquieran el co¬
nocimiento de los elementos determinantes y que comprendan sus mecanismos
tendrán ese poder y también adquirirán una defensa contra el poder de los demás"
(¡sic!) (1972,291)'.
Impulsado por su optimismo antropológico, Delgado ofrece la tecnología
básica para la "solución biológica" de diversas formas de crisis sociales y de anta¬
gonismos humanos, interviniendo directamente sobre la misma "fuente del bien y
del mal, del goce y del sufrimiento, del amor y del odio" (1972, 295). Su "inge¬
niería cerebral", que debe conducir a la "psicocivilización", a un mundo de razón

y paz en el que serán posibles mayores cotas de libertad, responsabilidad y felici¬


dad que en el presente, está inspirada por nobles ideales humanitarios, al tiempo
que se asienta sobre una indiscutible cualificación científico-técnica. Tan sólo
aparece —como la de Skinner— vaga políticamente, susceptible de producir efec¬
tos de enmascaramiento y rellenablc de contenido
ideológico de corte teenocratis-
ta. Por ello, la
perspectiva del "control físico de la mente" suscita recelos no sólo

66
al observador romántico decadente, sino también en el que, comprometido (como
Delgado) en la causa del progreso, sabe de los profundos lazos de unión entre el
saber y el poder.
Para este último, ni el carácter sugestivo de tal empresa de descubrimiento de
nuevas fronteras de la ciencia del hombre y de la técnica del biopsicocontrol ni el

cthos humanista que impulsa a sus realizadores, empañan la impresión producida

por la experiencia cotidiana de la creciente instrumentalización, en régimen cuasi-


monopolistico, de los conocimientos científicos por parte de los poderes estable¬
cidos y de la progresiva transformación del poder.
Desde esa perspectiva, la sociedad psicocivilizada podría constituir el resul¬
tado final de una larga metamorfosis de la estructura de las relaciones de poder
que, desde las "bárbaras" formas "coercitivas" del pasado, habría accedido al es¬
tadio reciente de la "civilización", caracterizado por su relativa "legitimidad" ra¬
cional (en el que cabía, al menos, un estrecho margen de resistencia, conflicto, ne¬

gociación, contestación, libertad, autonomía... etcétera), para proyectarse hacia


un nuevo orden de coerción tecnológicamente pura.de neodeterminismo biológi¬

co, en el que ya no habría lugar para estrategias alternativas.


Cierta futurología crítica ha descrito el panorama de ese avenir posible a
través de una involución cultural en términos de "barbarie civilizada", "totalita¬
rismo tecnocrático", "tecnoautoritarismo", "biopsicocratismo"... etcétera. De
cualquier modo, un análisis riguroso de aportaciones como las de Skinner y Del¬
gado sugiere una serena reflexión acerca de la posible ambivalencia del progreso y
de la responsabilidad política del científico.

67
II. 2. GEST ALT, CAMPO Y COGNICION PSICOSOCIALES

II. 2. 0. INTRODUCCION

II. 2.0. 1. Bases conceptuales del Gestaltismo

Contexto

El gestaltismo constituye un movimiento teórico de origen centroeuropeo


que encarna una reacción sincrónica y paralela a la del conductismo norteame¬
ricano contra la síntesis wundtiana de la psicofilosofía empirista británica y la
psicofisiología experimentalista germana.
Asumiento, por una parte, el valor cognitivo de la experiencia positiva, la
psicología de la Gestalt restablece, por otra, el punto de vista Kantiano según el
cual el universo fenoménico traduce automáticamente
no se en
objeto de con¬
ciencia, sino través de la mediación de las formas "a priori" de la mente, inde¬
a

pendientes del propio hecho empírico y preexistentes al mismo. En otros térmi¬


nos, los datos sensoriales no se convierten, desde esa óptica, en unidades percep¬
tivas por una simple asociación (agregación, combinación) mecánica; sino sólo
por una elaboración (construcción, categorización) mental de la materia prima
experiencial. En virtud de ello, la percepción, más que como una mera datación
(impresión, grabación) pasiva de mensajes del medio, aparece como una capta¬
ción activa; eso es, como una configuración psíquica de la realidad.
Entre los más claros precedentes próximos de ese enfoque alternativo al ato¬
mismo asociacionista y sensacionista destaca La psicología desde un punto de
vista empírico de Brentano (1874), según la cual la totalidad subjetiva de un
"acto" psíquico (p. ej., la visión) trasciende la elementalidad de los "contenidos"
de la experiencia (visual del tamaño, color... etcétera) del
objeto. El análisis de las
sensaciones por Mach (1886) conduce a la identificación de la "forma espacial"
(p. ej., un círculo) y de la "forma temporal" (p. ej., una melodía) como sensacio-

68
ncs
independientes de los elementos sensoriales objetivos. Con ello, prepara la teo¬
ría de V. Ehrenfels Acerca de las cualidades de la forma (1890), según la cual,
las "gestaltqualitàten" son características inmediatamente perceptibles en un
todo y, asimismo, sin relaciones de dependencia con las de las partes que lo inte¬

gran; es decir, creadas por la mente en el acto perceptivo.


Si bien esas aportaciones de la "Escuela Austríaca" constituyen uno de los
más precisos anticipos del punto de vista gestáltico, cabe reconocer también el va¬
lor al respecto de aportaciones como las de la de Würzburg sobre el pensamiento
sin imágenes —contenido de sensaciones— (Külpe, 1895) y Góttingen sobre la
constancia del tamaño (Jaensch, 1911); la conexión entre las percepciones del co¬
lor y del espacio (Katz, 1911) y sobre la relación figura-fondo (Rubin, 1915).
A todo ello se une el hecho de una cierta predisposición favorable por parte de los

círculos especializados centroeuropeos de principios de siglo a la elaboración y


acogida de teorías como las mencionadas. Entre las razones de tal actitud cabe
destacar la del auge general de los círculos neokantianos y el impacto particular de la

fenomenología como modo de aproximación a la experiencia subjetiva inmediata,


así como la decadencia de la anacrónica perspectiva atomística bajo los embites de
las tendencias funcionalistas y, de un modo más global, como consecuencia de la pro¬

gresiva pérdida de confianza por la comunidad científica en las recetas de la física


decimonónica, forzada a ceder terreno a nuevas orientaciones como la teoría de
los "campos de fuerza" (que ha de prestar una sólida plataforma de sustentación a
la psicología gestaltista de Kohler y al conjunto de la perspectiva lewiniana).
Es desde la asunción de tales consideraciones que buena parte de los historia¬

dores de la psicología, desde Boring (1950) a Schultz (1981), presentan la revolu¬


ción gestaltista como una especie de imperativo del "Zeitgeist" de la situación
en
que aparece. La psicología de la percepción se desplaza desde el supuesto de la
acumulación de contenidos elementales de sensaciones asociadas hasta la conside¬
ración de las totalidades perceptuales como fenómenos cualitativos irreductibles a
un mero efecto de la cantidad de sus partículas aglomeradas, gracias a la acción

concertada de un importante triunvirato: Max Wertheimer (1880-1943), Wolfang


Kohler (1887-1967) y Kurt Koffka (1886-1941) que, agrupado en torno al prime¬
ro de ellos, se lanza a la empresa de "salvar la psicología del elementalismo, el sen-

sacionismo y el asociacionismo" y conducirla "a un estudio libre de los todos fe¬


noménicos" (Boring, 1950, 617).

La Gestalt como totalidad psicológica

El arranque definitivo del movimiento de la psicología de la "forma" (Ges¬


talt), como frente de reacción contra la del "contenido" (Inhalt) tiene lugar con la
publicación por Wertheimer, en 1912, de sus Estudios experimentales sobre la vi¬
sión del movimiento. El "fenómeno phi" demuestra, según el autor, que el subs¬
trato de toda experiencia compleja de "movimiento" (con base objetiva o simple¬

mente subjetiva) consiste en un acontecimiento "psicológico", un hecho primario

69
de organización cualitativa
que no puede resultar de un combinado de sensaciones
de posición estática asociadas. Tampoco, según él, las formas de un árbol o de un
rectángulo son el efecto cuantitativo de un mosaico de impresiones, producidas
por un conglomerado de datos sensoriales sobre las propiedades de sus componen¬
tes, sino realidades captadas de modo inmediato.
Tres decenios más tarde, Michotte (1946) descubre un correlato fenomeno-
lógico del "movimiento aparente": el de la "causalidad aparente". Asi como aquél
es
percibido a partir de la sucesión de imágenes estáticas, ésta consiste en la capta¬
ción de un nexo causal donde no se dan
objetivamente más que dos acontecimien¬
tos independientes, cercanos
y sucesivos.
Si el análisis wundtiano parte del (y conduce al) descubrimiento de elemen¬
tos sensoriales asociables, la
fenomenología gestaltista atiende a totalidades cuali¬
tativas estructuradas y significativas. Wertheimcr (1938)
expresa la "fórmula" fun¬
damental de su teoría en los siguientes términos: "hay totales cuya conducta
no
está determinada por sus elementos individuales, sino donde se determinan los
procesos parciales mismos por la naturaleza intrínseca del total" (in Sahakian
1982,472).
En síntesis, desde su perspectiva, Wertheimcr presenta los
"datos" de "con¬
ciencia" (ámbito de la "experiencia fenoménica") como

totalidades cualitativas (irreductibles a Ja condición de suma, producto


o mera función de los factores que las integran),

primarias (preexistentes a sus partes y captables de modo inmediato),


autónomas (emergentes por sí mismas y regidas por sus propias leyes de


estructuración), y

determinantes, a su vez, de algunas de las propiedades de las microuni-


dades elementales que las componen (la naturaleza de las cuales depende de la po¬
sición que las mismas ocupan y de la función que desempeñan en el
conjunto).
Ahí radica uno de los principales motivos de la controversia gestaltismo ver¬
sus asociacionismo. Para éste la modificación de un estímulo elemental determina
la de lapercepción —en base al supuesto de la constancia en la correlación entre
estímulo y sensación—. Aquél, en cambio, presupone la posibilidad de la persisten¬
cia de un mismo cuadro perceptivo, aun a pesar del cambio operado en ciertas cir¬
cunstancias estimulantes elementales.
A este factor psicológico unificante, organizador e integrador de la pluralidad
de partículas elementales en un todo cualitativo, se le ha llamado "gestalt".
Wertheimer afirma el carácter
gestáltico de las unidades perceptivas y cogniti-
vas; partiendo de que todo de estímulos es percibido como un conjunto de
campo
elementos interconectados y no de simples unidades independientes
susceptibles
de entrar en relación asociativa. Kohler, por
su parte, aplica el modelo gestáltico
al terreno del aprendizaje (entendido como
proceso de estructuración cognitiva a
base de "einsicht" —"invisión", "perspicacia" o "discernimiento"— de las relació -

70
nes necesarias entre el todo), marcando asi'su oposición al análisis
los elementos y
de datos aislados combinables por asociación. Por otro lado, si los asociacionistas
(como Thorndike) conciben el aprendizaje como un desarrollo gradual y conti¬
nuo, que da lugar a cúmulos asociativos, los gestaltistas no pueden verlo más que
como un efecto repentino y discontinuo.

Lo innato y lo situado nal: la organizadón del campo psicológico


En la linea atribuye una impor¬
cartesiano-kantiana, la psicología gestaltista
tancia decisiva a los actos perceptivo-
los mecanismos innatos que intervienen en
cognitivos, organizando (categorizando) los datos de la experiencia fenoménica en
totalidades significativas.
Pero, por otra parte, sostienen, en armonía con la sociología del conocimien¬
to, que las operaciones intelectuales no se realizan en el vacío social, sino en un
contexto determinado. En este sentido, y en contraste con la importancia que el

empirismo conductista y el psicoanálisis atribuyen a los factores del pasado, la


gestalt concede una atención relativa a la experiencia anterior, mientras que subra¬
ya fundamentalmente la incidencia del presente situacional en la dinámica psí¬
quica.
Koffka y Lewin incorporan a la psicología el modelo físico del campo de
fuerzas, enfocando los procesos mentales como la dinámica de un conjunto inte¬
grado de factores interdependientes: el ambiente, el individuo y la interacción de
éste con aquél. En este sentido, Koffka utiliza el modelo de campo psicológico
como base para su teoría de las emociones (concebidas como estados de tensión

surgidos a raíz de un desequilibrio entre el individuo y el ambiente, que empujan


al restablecimiento del status quo anterior).

Lo psíquico y lo físico: el isomorfismo psicofisiológico


Los teóricos de la gestalt matizan su kantismo al sostener que la organización

perceptiva no es el mero resultado de una propiedad de la mente, sino la dimen¬


sión subjetiva de un proceso de captación de la realidad objetiva, estructurada ella
misma gestálticamente. Esta cualidad propia de la naturaleza física se presentaría
igualmente en el plano de la fisiología de los organismos y, finalmente, en los mis¬
mos procesos psicológicos.

Kóhler realiza ese difícil equilibrio entre subjetivismo y objetivismo, al soste¬


ner que la experiencia psicofenomenológica sigue un proceso correlativo al de la

dinámica fisiológica cerebral que le sirve de soporte orgánico, funcionando como


una verdadera gestalt física.

Así como el asociacionismo tiende a representar esta correspondencia psico-


física con su clásica teorización de los "actos" y "arcos" reflejos, estableciendo un
paralelismo entre las asociaciones psicológicas de elementos simples y el funciona¬
miento estructural del cerebro en base a conexiones neuronales, el gestaltismo

71
postula una correspondencia "isomórfica" entre la estructura y la dinámica del
acto psíquico
y la de los todos funcionales del sistema nervioso. Desde esa óptica,
conciencia y cerebro se rigen por los principios generales de todo
campo dinámico
(totalidad, simplicidad, equilibrio, simetría, cierre... etcétera). Todo ello, desde el
supuesto de que "isomórfico significa correspondencia topológica, pero no topo¬
gráfica. Las formas no se preservan, pero su orden sí" (Boring 1950, 703). Para
ejemplificar la naturaleza del isomorfismo gestáltico, "se ha comparado el campo
psicológico a un mapa geográfico y su contrapartida neurològica a un territorio
representado en el mapa" (Wolman 1972, 512).

Leyes de la Gestalt (de la formalization de todo campo perceptual)


En base al supuesto de la conjunción de factores innatos y situacionalcs, los
psicólogos gestaltistas enumeran una extensa lista de principios rectores del proce¬
so
perceptivo, que de algún modo se suponen también vigentes en otros dominios
del psiquismo.
Aparte de los conceptos generales a propósito de la tendencia espontánea a la
organización "formal" de los fenómenos de un campo perceptual y del carácter
emergente de los todos en cada una de las situaciones concretas, destacan como
constantes más
importantes la relativa al primer nivel de estructuración de los da¬
tos perceptivos
en dos subconjuntos contrastados ("figura" y "fondo"), así como
la de la "pregnancia" (o "buena
gestalt"; eso es, la forma más equilibrada, regular,
ordenada, sencilla, estable, simétrica... etcétera, posible en el marco de cada situa¬
ción concreta), de la cual derivan las demás leyes secundarias, entre las
que cabe
contar las de proximidad, semejanza, cierre, continuidad, asimilación
y contraste,
familiaridad... etcétera.

Balance del periodo clásico

Laaportación fundamental de la psicología gestaltista consiste en su afirma¬


ción del carácter cualitativo de la
percepción como proceso irreductible a la pura
suma de elementos sensoriales, frente al supuesto reduccionismo atomista del
aso-
ciacionismo.
Asimismo, resulta destacable de esta orientación su insistente empeño en ar¬
monizar lo subjetivo y lo objetivo, lo innato y lo situacional, lo mental y lo orgá¬
nico, lo especulativo y lo experimental.
Han sido motivos especiales de crítica de esta
psicología la vaguedad de sus
construcciones teóricas, su relativa desatención a la
génesis de las estructuras cog-
nitivas, su subordinación del componente operatorio a la mera recepción pasiva
de los fenómenos y su despreocupación
por la cuantificación.
En definitiva, para observadores como Woodworth (1964), la clave de la re¬
volución gestaltista, que arranca del tan sencillo como trascendental descubrimien¬
to del "fenómeno phi",
consiste en la supuesta verificación de que un todo no se
reduce a una mera suma de partes.

72
II. 2. O. 2. La teoría del campo psicosocial

Aproximación general

Uno de los puentes más sólidamente establecidos entre la física y la psicolo¬


gía, entre esta las ciencias sociales, entre la filosofía de patente centrbeuropea y
y
la mentalidad típicamente norteamericana y entre la macroteorizaeión y la inter¬
vención práctica sobre la realidad psicosocial, es el que cristaliza en la obra de
Kurt Lewin (1890-1947).
Si bien puede exagerada la consideración de la psicología
parecer un tanto
social USA como
simple desarrollo de la "herencia lewiniana" (Marx & Hillix,
el
1976), una simple enumeración de quienes fueron estudiantes y colaboradores
del profesor exiliado alemán en la universidad estatal de Iowa y en su Estación

Investigadora del Bienestar Infantil (Barker, Bavelas, Cartwright, Dembo, Festin-


ger, French, Lippit, White, Wright, Zander... etcétera) o de personajes que recibie¬
ron su influencia directa en el Centro de Investigación sobre Dinámica de Grupo,

del Instituto Tecnológico deJVlassachusetts (Deutsch, Kelley, Pepitone, Schach-


ter, Thibaut... etcétera) hace pensar que todos ellos, "en conjunto, constituyeron

por lo menos la mitad de los psicólogos sociales americanos más relevantes de las
décadas de los 50 y de los 60" (Schellenberg 1978, 84).
De cualquier modo, hay que convenir con Cartwright en que Lewin es "uno
de los pocos hombres cuya obra cambió fundamentalmente el curso de la ciencia
social en su más crítico período de desarrollo" (1951, 7).
Fuertemente influenciado por la filosofía de Cassirer y atraído por la orien¬
tación teórica en física dinámica inspirada por Maxwell y Planck, Lewin colabora
con el círculo berlinés de los promotores de la psicología gestaltista, con quienes

comparte el enfoque holístico de los fenómenos y procesos psíquicos. Ya desde


un principio, sin embargo, dedica su atención no tanto a la dinámica de la per¬

cepción, el aprendizaje o el pensamiento —al modo de Wertheimer y sus seguido¬


res— como a la temática motivacional y de la personalidad. Luego, durante su

fecundo exilio americano, se ocupa sobre todo de los fenómenos de la conducta


social e intenta aplicar la teoría del campo al análisis de la dinámica grupal y, en
definitiva, a la intervención práctica sobre conflictos y otros problemas de la vida
colectiva.
El propone establecer el paradigma conceptual y metodológico que,
autor se

a su juicio, necesita la psicología para su constitución como disciplina científica.


Para ello, acude a construcciones del sentido común y a operaciones formales de
la lógica matemática, a vocabulario de extracción psicoanalítica y a procedimien¬
tos de la tradición experimental, al enfoque "idiográfico" de los fenómenos men¬

tales y sociales, al principio gestaltista de la "contemporaneidad" y a la noción


fisicodinámica de "campo de fuerzas".
De hecho, la concepción de un campo físico como conjunto de hechos coe-
xistentes y mutuamente interdependientes, constituye el "marco teórico sistemá-

73
tico" (Cartwright, 1959) de la psicologia lewiniana. Como gestaltista "sui generis"
el atiende al modo cómo se organiza la experiencia. Pero sus "principios de
autor

psicología topológica" se basan sobre una noción de gestalt en tanto que campo
de fuerzas más que como totalidad perceptiva.
Lewin fundamenta su "teoría del campo" sobre los supuestos de "que la
conducta debe derivarse de la totalidad de hechos coexisientes" y de "que estos
hechos coexistentes tengan el carácter de un 'campo dinámico' en tanto
que el es¬
tado de cualquier parte del campo dependa de todas sus otras partes" (1951, 37).

Enfoque situacional. Para el autor, los fenómenos que se desarrollan en


un campo psicosocial están determinados por el interjuego de fuerzas propio de la


situación total. En otros términos, la actividad de un individuo no es la respuesta
específica estímulo elemental; sino la participación de una región diferencia¬
a un
da en un sistema de hechos contemporáneos y mutuamente interdependientes; eso
es, una "función del espacio vital" (1951, 137). El "espacio vital" constituye la
totalidad de circunstancias determinantes de la actividad de un sujeto y está com¬
puesto por "la persona y el ambiente psicológico tal como existe para ella" (1951,
55).
El núcleo de especie de mundo psicológico "subjetivo" (1951, 29) con¬
esta

siste en la "estructura
cognitiva" de la experiencia de ese campo vivido (1951,
226). Al sostener que "la objetividad en psicología exige representar correctamen¬
te el
campo tal como existe para el individuo en cuestión en este momento deter¬
minado" (1951, 223), Lewin adopta un punto de vista
pseudofenomenológico,
que remite no tanto a la experiencia subjetiva consciente cuanto a la "realidad
psíquica" (consciente o no, intra o intersubjetiva: p. ej., la creencia en Dios o en
la proximidad del apocalipsis) no necesariamente reductible a fenómenos física¬
mente objetivables. Esa estructuración
cognitiva del entorno depende del estado
de la persona como parte del campo afectada por el mismo. Tal
compleja interac¬
ción persona-ambiente configura la situación de la que la conducta es función.
En suma, para el autor, el "campo" psicosocial es más una "realidad" vivida¬
mente subjetiva que un conjunto de fenómenos positivamente
objetivados. Desde
ese
supuesto, puede entenderse su formulación del concepto de "ambiente psico¬
lógico" como "una parte del campo interdependiente, cuya otra parte es la perso¬
na. Este hecho fundamental es la clave de la teoría del
campo (...) Conducta =
Función de la persona y el ambiente = Función del espacio vital (C = F (P.A.) =
F (Ev.) )" <1951, 137).

Enfoque dinámico. El campo psicosocial, esa constelación dinámica dé


factores interdependientes, es descrita por Lewin con ayuda de medios geométri¬


cos: la "topología"
constituye su medio de representación de la estática del cam¬
po; eso es, de la estructura del conjunto y de las posiciones relativas de los compo¬
nentes. La perspectiva
"hodológica", por otra parte, permite simbolizar la dinámi¬
ca de los cambios
operados en el campo, así como las direcciones de los mismos.

74
El sistema teórico lewiniano incluye conceptos estructurales (persona, am¬
biente psicológico, espacio vital, región, posición, meta, vía, cauce, puerta, barre¬
ra, límite, distancia... etcétera), dinámicos (energía, tensión, fuerza, intensidad,
necesidad, valencia, vector, dirección, locomoción, proceso, estructuración, comu¬
nicación, equilibrio... etcétera) y evolutivos (organización, integración, diferen¬
ciación, regresión... etcétera).
Esa concepción de los fenómenos psicologicosociales como funciones del

equilibrio dinámico de un sistema en tensión, remite, en definitiva, según Deutsch


(1968), más a lo "subjetivo" que a lo "objetivo" Y es que, de hecho, la perspecti¬
va lewiniana arraiga en el "Zeitgeist" de la física contemporánea.

Como observa Schultz (1981), si el modelo mecanicista del universo propio


de la tradición galileo-newtoniana ha servido de plataforma para las posiciones

"objetivistas" de la psicología, que se extienden desde Wundt hasta Skinner, la


física heredada de Planck, Einstein, Bohr y Heisenberg ha moderado sensiblemen¬
te las arcaicas pretensiones de una objetividad basada en la mítica separabilidad

del observador y lo observado, del vidente, la visión y lo visto. De aquella cosmovi-


sión derivaba la creencia en la perfecta reproductibilidad del mundo en imagen
mental o en contenido perceptivo. Hoy, en crisis la tradicional convicción de la

posibilidad de un análisis no perturbador de la naturaleza del fenómeno, arraiga el


temor de que la investigación física sea poco más que una "observación partici¬

pante", de la que quepa esperar un conocimiento de la "realidad" más próximo a


la recreación pictórica que a la reproducción fotográfica del mundo (Matson,
1964; Schultz, 1981). Todo ello parece avalar el punto de vista adoptado por
Kurt Lewin.

Motivación de la conducta personal

Lewin (1936) atribuye la motivación conductual a la "tensión" psíquica en


tanto queacumulación "energética" generada por el determinado estado de una
región particular en relación al "campo". La "dinámica de la personalidad"
(1935) se explica precisamente como función de los "sistemas psíquicos de ten¬
sión" y se describe en términos de "locomoción".
Marrow (1969) presenta como una de las fuentes de inspiración de esa teoría
una
experiencia del propio Lewin.- en una de sus habituales tertulias con alumnos,
en un café cercano al Instituto de Psicología de la Universidad de Berlín, observa

la sorprendente facilidad y extraordinaria precisión con que uno de los camareros


recuerda, a la hora de pedir la cuenta, todo lo que cada uno de los numerosos
contertulios ha llegado a tomar durante la larga charla, así como la igualmente
pasmosa rapidez con que lo olvida una vez que los clientes han satisfecho el im¬
porte de sus consumiciones. Ello le proporciona la base para el diseño de una in¬
vestigación experimental destinada a suplir las supuestas deficiencias de la teoría
tradicional de los "lazos asociativos" como determinante fundamental del acto de
recordar.

75
Una de sus más notables colaboradoras del período berlinés iba a darle la ra¬
zón mediante un experimento que marca un hito en la historia de las teorías mo-
tivacionales: la tensión producida de cara a la realización de una actividad que se
interrumpe antes de la prosecución de su objetivo, se mantiene como una fuerza
motivadora latente (como estado de "necesidad" generador de "tensión"), que
persistirá hasta que la tarea haya sido (eventualmente) completada. El "efecto
Zeigarnik" consiste en la mayor facilidad para la memorización de las tareas in¬
completas que para la de las completas.
El paradigma experimental de la investigación de Zeigarnik (1927) se puede
describir en los términos siguientes: se induce a lo sujetos a efectuar una serie de
tareas en
alguna de las cuales se les interrumpe el ejercicio antes de que hayan con¬
seguido finalizarlas. Con posterioridad, se les invita a recordar todo lo que se les
había propuesto hacer. La autora constata como resultado una mayor capacidad
de recuerdo de las tareas inconclusas.
Sin embargo, Rosenzweig (1943) detecta experimentalmente un efecto de
signo contrario: las "reacciones ego-defensivas a la frustración" inducen a una
"represión" de la representación de experiencias frustrantes; lo que determina
consiguientemente una memoria más completa y perfecta de las tareas exitosas
que de las fracasadas. Algo parecido viene a confirmar Glixman (1949) al relacio¬
nar la "memoria de las tareas
completas e incompletas" con los "grados de stress".
Por su parte, Atkinson (1953), asociando "el motivo del logro y la memoria
de las tareas interrumpidas y acabadas" establece una
especie de síntesis entre ta¬
les hallazgos en apariencia mutuamente incompatibles: según el autor, los sujetos
altamente motivados hacia el logro tienden a recordar más las tareas incompletas
que las completas (siempre que ambas hayan sido realizadas en contextos de
orientación hacia el éxito); en tanto que los de baja motivación hacia el logro sue¬
len recordar más fácilmente las tareas completadas.
Weiner, Johnson & Mehrabian (1968) verifican la teoría de Atkinson en un
experimento de campo: se mide el "nivel de aspiración" de un grupo de alumnos
varones antes de
participar en un examen final. Una vez han terminado la prueba,
se les
pide que memoricen los ítems de la misma; lo que permite descubrir que los
sujetos altamente motivados tienden a recordar un mayor porcentaje de ítems
fallados que de acertados y que, además, recuerdan mayor número de ítems falla¬
dos que los sujetos de bajo nivel de motivación.
Otra investigadora rusa del círculo Lewiniano de Berlín, María Ovsiankina
(1928) experimenta sobre la reanudación espontánea de las tareas interrumpidas
en la línea de la verificación de la
hipótesis sobre los sistemas de tensión iniciada
por su colega y compatriota Bluma Zeigarnik. Según sus resultados, puede estable¬
cerse
que la culminación de una tarea previamente interrumpida implica la satisfac¬
ción de una necesidad y la liberación de un estado de tensión. Lo que
equivale a de¬
cir que se dan fuerzas que empujan hacia la reanudación de tareas
interrumpidas.
Por su parte, Vera Mahler (1933) demuestra el valor
psicológico de la ejecu¬
ción de tareas sustitutivas, al canalizar la
descarga de la tensión acumulada por la

76
interrupción de una actividad. Si la paralización de la tarea equivale en cierto
modo al efecto energético de lo que Freud denomina "represión", la ejecución de
tareas sustitutivas viene a ser algo similar a la "sublimación".

En la misma orientación, una más de las brillantes disci'pulas del Privatdozent


de la Universidad de Berlin, Kate Lissner (1933) mide el "valor sustitutorio" de
la alternativa, poniendo de relieve que su cualidad correlaciona positivamen¬
tarea

te con el nivel de dificultad queentraña la tarea efectivamente realizada y con el


grado de similitud de la misma con aquélla de la que se convierte en sustituto.
Unos años más tarde, Adler & Kounin (1939) descubren el componente cognitivo
del valor sustitutivo, que se expresa en el hecho de que cuanto más capaz es la per¬
sona de relacionar cognitivamente (categorialmente) la tarea original con la susti-
tutiva, mayor será el valor de ésta y que el valor de la tarea sustitutiva depende de
su
grado de relación con el fin propuesto para la original. Lewis (1944) demuestra
que el valor sustitutivo de la completación de la tarea por otro, es bajo si la origi¬
nal era un proyecto individual y alto si era de carácter cooperativo.

Entre otras investigaciones impulsadas por Lewin, durante su etapa europea,


a propósito de la temática motivacional, se cuenta la de Karsten (1928) sobre los

resultados de la "saturación psfquica": según él, la repetición reiterada de deter¬


minados efectos produce en los sujetos que la experimentan una especie de sín¬
drome de "saciedad", de consecuencias contrarias a las de la repetición moderada;
los estudios sobre "frustración" y "regresión" (Barker, Dembo & Lewin, 1941) y
las exploraciones sobre los "conflictos" de los que da cuenta el propio autor
(1948. 1951).
Una de las líneas de investigación más importantes entre las desarrolladas por
Lewin y sus colaboradores —arrancando desde el período europeo y extendiéndo¬
se
por el americano (Lewin et al., 1943)— en el ámbito motivacional es la referida
al "Nivel de Aspiración". El autor entiende por "aspiración" respecto de una ac¬
ción la consideración del resultado de ésta "como un logro que refleja la propia
habilidad" (1951, 260). Cuando dicha realización implica diversos grados de difi¬
cultad, puede hablarse de "nivel de aspiración" en tanto que "grado de dificultad
de la meta hacia la cual una persona se está esforzando" (1951, 86).
Sus trabajos ponen de manifiesto que en la fijación del nivel de aspiración
intervienen varios factores: por un lado, el triple imperativo individual de lograr
el éxito más difícil posible, de prevenir y evitar las consecuencias de un eventual
fracaso y de procurar la mejor dosis de realismo. Por otro, la presión sociocultural,

que se hace notar en la selección de los objetivos propuestos y en el poder atracti¬


vo de los mismos.
Lewin y suequipo sostienen que la valencia de un nivel de dificultad (V)
equivale al producto de la valencia de éxitos conseguidos (Vex) por la probabili¬
dad subjetiva de éxito (PSex), menos el producto de la valencia de experiencias
de fracasos (Vf) por la probabilidad subjetiva de fracaso (Psf).

V = (V ex . PS ex) — (Vf Psf)


.

77
I.os estudios sobre el nivel de
aspiración han permitido detectar en general
los tactores sociales de esc rasgo, asi' como los aspectos de la variabili¬
personales y
dad interindividual y también calibrar con cierta precisión la influencia de los
gru¬
pos de referencia y del marco social global en la determinación de las expectativas
existenciales de los individuos y en la cristalización de valores culturales
específi¬
cos, en el grado de asunción colectiva de riesgo, en las consecuencias
psicológicas
de la experiencia de éxito o de fracaso o en la adopción de actitudes
políticas
(participatividad, apatía, conformismo, radicalismo... etcétera).
De tales investigaciones resulta
representativa la aportación de Cantril (1965)
sobre la psicología diferencial intercultural en relación al Nivel de
Aspiración. Por
otra parte, las teorizaciones lewinianas sobre el N.A. han influido
especialmente
en los análisis neoconductistas sobre el "Motivo del
Logro" (McClelland, 1961;
McClelland et al., 1953).

La dinámica de grupo

Tal vez el ámbito en


hace notar la omnipresència lewinia-
que mayormente se
na en la psicología social
el de los fenómenos y procesos grupales. Concibiendo
es
el grupo como un "todo dinámico"
que "posee propiedades definidas propias"
diferentes de las de sus partes o de las de la suma de éstas (1951, 142), el autor lo
presenta como un "campo social" cuya estructura y funcionamiento (a nivel cog-
nitivo, afectivo y conductual) han de ser explicables y predictibles mediante la
aplicación de conceptos topo y hodológicos. Según él, "parece imposible pronos¬
ticar la conducta del grupo sin tener en cuenta sus metas, sus normas, sus valores
y el modoen que 've' su propia situación y la de otros grupos" (1951, 186).
Al enfocar el todo no se olvida de las partes, sino que toma en consideración
el "efecto del grupo
sobre el individuo". Para Lewin, la conducta del miembro de
un
grupo es función de dos situaciones superpuestas: "una corresponde a las pro¬
pias necesidades y metas de la persona; la otra a las metas, normas y valores que
existen para ella como miembro del grupo". El
grado de adaptación del individuo
al colectivo grupal depende de su
capacidad de integración de las fuerzas que le
mueven como
persona singular y como parte de un todo. (Lewin, 1951, 249.)
Su "ecología psicológica" constituye un hito importante en la historia de las

investigaciones sobre la "dinámica de grupo"; no tanto por las teorías específicas


que aporta al respecto cuanto por lo que significa de empeño en conjuntar las no¬
tables aportaciones dispersas existentes ya en su tiempo sobre el tema, en
atraer
la atención psicologicosocial hacia ese
campo, en impulsar nuevos frentes de aná¬
lisis empírico del mismo, desde el Research Center for Group
Dynamics del Ma¬
ssachusetts Institute of Technology, y en potenciar la aplicabilidad de los cono¬
cimientos adquiridos a los más diversos ámbitos de la práctica social. (Cf. Lewin,
1947.)
Cartwright & Zander (1972, 35s.) sintetizan los presupuestos fundamentales
del análisis de la dinámica de grupos en cuatro
proposiciones fundamentales:
78
1 ) "Los grupos son inevitables y ubicuos".
2) "Los grupos movilizan fuerzas poderosas que producen efectos de la
mayor importancia para los individuos".
3) "Los grupos pueden producir consecuencias buenas o malas".
4) "Un correcto entendimiento de la dinámica de grupo (...) posibilita el
aumentar deliberadamente las consecuencias deseables en los grupos".

Entre las investigaciones sobre dinámica grupal que más de cerca ha seguido
Lewin, figuran las relativas al clima ya los procesos de decisión grupal.

Clima grupal. El trabajo de investigación iniciado durante el periodo 1937-


40 por Lewin, Lippit & White (1939) y posteriormente desarrollado por estos
autores en el Iowa Child Welfare Research Station, sobre los efectos del estilo de

liderazgo (autoritario y democrático, al que luego se añade el liberal) en la dinámi¬


ca general de grupos y en los procesos cognitivos, actitudinales y conductuales de

los individuos pertenecientes a los mismos, representa un notable esfuerzo de ex¬

perimentación psicosociológica de campo, a propósito de un tema socialmente


relevante (Lippit & White, 1947; White & Lippit, 1960. 1968).
En síntesis, se constata que los diversos tipos de liderazgo —el "autoritario"
(el líder monopoliza la información y las decisiones, define los objetivos, estrate¬
gias y tácticas, ordena, controla y sanciona la conducta de los individuos), el "de¬
mocrático" (el líder informa, asiste, cataliza y facilita los procesos de decisión y
ejecución del grupo) y el "liberal" (lidçrazgo inconsistente, imperceptible, ausen¬
te, indiferente)— producen efectos diferenciados en la dinámica de los grupos en
que se desarrollan.
Bajo el régimen autocrático, se observa conducta dependiente, sumisa, uni¬
forme, predominio de lo cuantitativo sobre lo cualitativo en la ejecución de las
tareas, fenómenos de frustración, descontento, hostilidad, agresión desplazada y
rebelión, escaso sentimiento de pertenencia al grupo, ambivalencia, desorden y
caos en los momentos en que el líder desaparece de la escena.

En la condición democrática, se constata alta motivación y acentuado senti¬


do de pertenencia al grupo, cordialidad y coordinación efectiva, aun en ausencia
del líder, creatividad, cantidad y calidad de trabajo.
En el contexto de laissez-faire, se realiza poca actividad y de poca calidad,

probablemente a causa de la falta de motivación, de definición de fines y medios


y de cohesión grupal. La ausencia del líder provoca una búsqueda de información
por parte de los componentes del grupo.
Esa aparente "superioridad" del modelo democrático ha sido atribuida en

parte al hecho de que la población que sirve de sujeto experimental para la prue¬
ba vive y se ha iniciado en un contexto social "democrático" y ha aprendido a

apreciar los valores de este sistema y a funcionar socialmente dentro del mismo.
De cualquier modo, aparte de las indudables implicaciones ideológico-polí-

ticas de los resultados de la investigación, motivo de lógicas controversias, ningún

79
crítico ha puesto seriamente en cuestión la
importancia del tipo de liderazgo en la
dinámica general de un grupo.

Decisión en grupo.
Lewin (1943. 1947) aporta una serie de sugerencias a
propósito de los efectos de las decisiones adoptadas en grupo sobre las actitudes
individuales comparándolos con los de las propuestas, consejos e instrucciones
dirigidas directamente a los sujetos en forma de conferencias o de diálogo inter¬
personal.
Entre las investigaciones experimentales más
significativas al respecto, figu¬
ran las
que realiza con sus múltiples colaboradores sobre el cambio de actitudes
de las amas de casa con respecto al consumo doméstico de
partes "menos nobles"
y "despojos" (ríñones, mollejas, corazones de vaca... etcétera) o de leche en pol¬
vo, así como sobre el cumplimiento de programas dietéticos para bebés (zumo de
fruta, aceite de hígado de bacalao...) por madres de ambiente rural.
La conclusión
general que se desprende de los resultados de esas observa¬
ciones es la de que existe una mayor probabilidad de inducción de cambio de ac¬
titudes cuando se trata a los individuos
integrados en un grupo que cuando se les
atiende aisladamente.
Paraél, la comparación entre los "procedimientos individuales y grupales
para cambiar la conducta social" induce a sostener que "habitualmente es más
fácil cambiar a los individuos constituidos en
grupo que a cualquiera de ellos por
separado. En tanto los valores del grupo no se cambien, el individuo resistirá más
poderosamente a los cambios cuanto más pueda alejarse de los estándares de
grupo. Si el estándar de grupo en sí cambia, la resistencia debida a la relación
entre el individuo y el estándar de
grupo se elimina" (Lewin, 1951, 212. Cf.
Lewin, 1948).
El autor y su escuela constatan la
aplicabilidad de ese descubrimiento no
sólo en la modificación de hábitos alimenticios; sino también en la formación de

dirigentes, en el fomento de productividad laboral, en la facilitación del proceso


adaptativo al cambio social y a la innovación tecnológica, en la reeducación de
delincuentes y criminales, en el tratamiento de alcohólicos, en las
campañas de
reducción de prejuicios, en la fijación del nivel de aspiración individual... etcétera.
Algunos críticos, como Pelz (1973), sostienen que ciertos fenómenos de
cambio de actitud constatados por Lewin
y sus colegas, no se explican tanto por
la decisión adoptada en
grupo o por el compromiso público que ella comporta,
como por el
hecho del mismo "acto de decisión" y por el del grado de "consenso
de grupo" percibido.

Comentario

Para Lewin, nada hay más práctico que una buena teoría, si se asume que
ninguna teoría es buena si se desentiende de la práctica (actionresearch).
Al autor se le el mérito de haber
reconoce ensayado, con mayor o menor

80
fortuna, la incorporación a la psicología de conceptos físicos, matemáticos y filo¬
sóficos, realizado una notable cantidad de investigaciones experimentales, aporta¬
do teorías sobre los más diversos ámbitos temáticos de la psicología, abierto nu¬
merosas líneas de investigación, impulsando notables trabajos concretos al respec¬
to,articulado de modo atractivo la producción de conocimientos con la inter¬
vención en la práctica y contribuido a la apertura de vías de comunicación entre
diversas orientaciones psicológicas.
Algunos de sus críticos se preguntan, por otra parte, si no sería posible sepa¬
rar todo el rico contenido de la investigación experimental proporcionada por el

autor y derivada de su obra, de la supuesta nebulosidad especulativa de sus cons¬

trucciones metateóricas sobre el campo, la topología y el espacio hodológico.

II. 2. 1. LA PREGNANCIA COGNITIVA

El cognitivismo

Cada vez existe menos explicaciones de la interacción


consenso en torno a
social humana basadas en una psicología mecanicista sobre el organismo concebi¬
do como caja negra entre estímulos y respuestas, tubo por el que se deslizan flu¬

jos informativos o placa fotográfica sobre la que se imprimen huellas de la rea¬


lidad.
Para Fodor (1980), el conductismo —no siendo la única forma posible de

psicología materialista y empirista ni tampoco la sola alternativa viable al dualis¬


mo y al escepticismo— resulta incapaz de explicar fenómenos como la constancia

perceptiva o la captación de pausas en una oración hablada. Si la razón de tales


hechos psicológicos no resulta imputable a las características del estímulo, sólo

puede hallarse, sostiene el discípulo de Chomski, en el modo de organización de


los datos; eso es, asumiendo la facticidad de un dinamismo mental autónomo.
Consideraciones como las precedentes inducen a investigadores como Zimbardo
a buscar "una nueva psicología cognoscitiva que se interese más particularmente

por la manera en que el hombre se define en relación con su medio físico y so¬
cial", cuyo campo de problemas se defina "por la cuestión de saber cómo todos
los organismos intentan afrontar el medio y cómo se esfuerzan por dominarlo
(...) por el conocimiento" (1975, 112).
Según Eiser (1980), la "psicología social cognitiva" asume que la interac¬
ción humana resulta de procesos decisionales cuya premisa es el procesamiento de
lainformación social. Más que de la conducta reactiva de organismos, trata de la
acción significativa e intencional de sujetos.
Desde esa óptica, el ser humano es un actor y cognitor social cuya naturaleza
le induce no sólo a adaptar su comportamiento a los imperativos del entorno, sino
también a orientarse intelectualmente en el mismo, en un esfuerzo de compren¬
sión del mundo, que ha de cristalizar en una especie de mapa mental significativo
81
de la realidad. Considerado de modo, el "ambiente"
esc
ya no consiste sólo en un
mareo externo, sino en un entorno internali/.ado (Zavalloni & Gucrin, 1979).
lisa tarea de
procesamiento y organización de material informativo, de atri¬
bución de causalidad y de creación de sentido, no es concebida como una simple
reconstrucción "lógica" de la realidad observada; sino, más bien, como una ela¬
boración "mítica" de la experiencia vivida. Ciertamente, el
punto de vista cogniti-
vista presupone la. entidad físicamente objetiva de un mundo como
paisaje de co¬
sas; por lo que le confiere un nivel de "realidad" superior al de la simple nominali-
dad, ilusión o idealidad. Pero sólo asume como realidad psicosociológicamcnte
relevante aquélla que lo
asimismo para el sujeto que la vive: si "para un indi¬
es
viduo, la representación cognoscitiva del tiempo, del espacio, del movimiento, de
las causas, de los agentes y de las consecuencias
que rige es lo que constituye ver¬
daderamente para él esa entidad mítica, 'la realidad' ",
apunta Zimbardo, "ésa es
la única realidad psicológica que importa" (1975, 120).
Mientras el conductismo atiende básicamente a las características de los
estímulos medioambientales como referentes clave para una
explicación de la
conducta, el cognitivismo de corte postgestaltista trata de dar razón de la activi¬
dad humana localizando más bien los procesos mediadores del conocimiento del
entorno. Desde esa
óptica, el acto cognitivo se rige por principios gestáltico-diná¬
micos; es decir, la "realidad" en un sistema que persi¬
estructura pregnantcmente
gue constantemente su más plena armonía y estabilidad. Considerado en ese sen¬
tido, el paradigma cognitivista incluye no sólo un modelo de la aprehensión inte¬
lectual de la realidad, sino además una especie de teoría de la motivación
psíqui¬
ca; al tiempo que sugiere una posible estrategia de intervención práctica sobre el
medio humano —la del "control cognoscitivo"— (Zimbardo, 1969).
La concepción del carácter motivacional de los procesos
cognitivos parte del
supuesto de que una representación de la propia situación personal y del contexto
social como realidad pregnante, proporciona una
experiencia de la vida como
dotada de sentido, al tiempo que una sensación permanente de seguridad y de
placer. De acuerdo con esa lógica, la impresión de dispregnancia —por insuficien¬
cia de datos o por confusión o contradicciones en los mismos— debe producir
tensión emocional y malestar, suscitando la
exigencia de mejores condiciones para
la comodidad y el sosiego mental, mediante una adecuada movilización de las
defensas cognitivas contra tal situación irritante. Una cierta solución de ese estado
problemático puede consistir en la reconstrucción del mismo campo cognoscitivo
en función de
aquel imperativo psicológico (en el supuesto de la inviabilidad de
otras alternativas en el
plano de la intervención sobre la propia realidad material
constituida en foco de datos generadores de tensión
cognitiva).
En suma, la relevancia
psicosociológica de la estructuración cognoscitiva de
la realidad deriva, según el cognitivismo, de la incidencia decisiva de ese
proceso
en la
génesis y modificación de motivaciones, decisiones y comportamientos de
los interactores sociales.

82
II. 2. I. 1. La percepción de lo social
Como sostiene Macleod (1951) y asume el propio Heider (1965), la expre¬
sión "percepción social" es susceptible de dos usos distintos, según sea referida a
la psicología de la percepción de lo social (lo social aquí' es considerado como
objeto de captación psíquica) o a la sociología de la dinámica perceptiva (que
adopta lo social como factor determinante de los procesos y contenidos de la
percepción). De esa segunda acepción se tratará implícitamente en el apartado
dedicado a la "categorización social", dentro del marco de lo que se ha conside¬
rado psicología social sociológica. Aquí se expondrán unos ejemplos significati¬
vos de la psicología social neogestaltista referente al modo cómo las personas

organizan perceptualmente los fenómenos sociales.


La formación de impresiones
Fiel a
principios gestaltistas, Asch afirma que "la impresión que tenemos
los
de una persona posee las propiedades de una estructura cuyas partes colaboran
para producir una determinada organización" (1975, 153). Según ese punto de
vista, las características de una persona serán captadas no como elementos aisla¬
dos, sino como partes interdependientes de una unidad pregnante. En un experi¬
mento (1946), lee a dos grupos de sujetos sendas listas de rasgos caracterizadores

de un supuesto "personaje": al grupo A, se le describe una persona "inteligente,

competente, laboriosa, cálida, decidida, práctica y prudente"; mientras que al


grupo B se le presenta la misma lista sustituyendo solamente el atributo "cálida"
por el de "fría". A continuación se ofrece a los componentes de cada uno de los
grupos una lista de adjetivos de la que pueden extraer los items que se les antojen
oportunos y adecuados en orden a una caracterización más detallada de la
perso¬
nalidad que se les ha descrito en trazos generales.
Los grupos A y B no ofrecen atribuciones diferenciales por lo que respecta a
cualidades como honradez, seriedad, fuerza o constancia entre las personas "cáli¬
da" o algunas significativas divergencias: la perso¬
"fría". En cambio, sí presentan
na "cálida" percibida, asimismo, muy generosa, feliz, juiciosa, agradable, labo¬
es

riosa y divertida; cualidades que en cambio resultan imputadas en grado ínfimo a


la persona "fría". Asch observa además que otros pares de adjetivos no llegan a te¬
ner el carácter figurativo que asume el de cálido-frío por lo que respecta a la for¬

mación de una impresión de conjunto de una persona.


Sus observaciones le permiten confirmar efectivamente que un solo atributo
diferencial puede afectar a la percepción del conjunto y que a base de combinar
breves series de impresiones fragmentarias, los sujetos construyen una imagen to¬
tal de la personalidad del sujeto a quien corresponderían tales rasgos parciales. El
autor (1952. 1975) considera que el conjunto de sus investigaciones sobre el tema

aporta evidencia empírica de la aplicabilidad al terreno de la percepción de lo so¬


cial de los postulados gestaltistas a propósito de la múltiple tendencia psíquica
hacia

83

la organización figura-fondo (estructuración de las características perso¬


nales en ejes centrales y zonas periféricas),

la coherencia (buena forma de la personalidad, interrelación de los ras¬


gos que la caracterizan),

la determinación de las partes por el todo (cada rasgo acaba siendo


percibido como componente de un conjunto),

el equilibrio (tendencia a reestructurar los elementos que parecen entrar


en
colisión),

el cierre (formación de una impresión global, llenando vacíos),


la familiaridad (las primeras impresiones predisponen para las siguien¬


tes: efecto de primacía).

A propósito del descubrimiento por Asch del carácter "central" (figurai) de


la variable "frío-caliente" en orden a la formación de impresiones de la personali¬
dad, Kelley (1950) manipula ese mismo factor en forma de
"perspectiva sobre la
persona-estímulo" real introducida por el propio experimentador y confirma las
previsiones de Asch. En este caso, los sujetos experimentales son alumnos de un
colegio y la persona-estímulo un "nuevo instructor", presentado a un subgrupo
como un
personaje "frío" y a otro como "cálido". La conducta mantenida por
los subgrupos de alumnos ante él,
responde significativamente a las expectativas
inducidas en cada uno de ellos por
el experimentador.
En investigaciones posteriores en la misma línea, se ha detectado entre las
dimensiones centrales de los procesos de formación de
impresiones, los ejes de
evaluación (bueno-malo), potencia (fuerte-débil)
y actividad (activo-pasivo). Asi¬
mismo, se ha puesto de relieve la importancia de efectos como los de "primacía"
y "recencia"; así como la incidencia de otros factores en el proceso perceptivo,
como las cualidades
objetivas de la persona observada, los rasgos de la situación
total en
desarrolla el perceptivo
que se proceso y las características de personali¬
dad del observador.
A ese
respecto, Kaplan (1976) descubre y
mide el nivel de predisposición a
valorar positivanegativamente a los demás en general, variable que lógicamente
o
debe influir en la percepción de las
personas particulares. En una sencilla prueba,
propone a sus sujetos que seleccionen la docena de calificativos para ellos más
usuales dentro de una lista de 36
que se les expone (y que contiene una tercera
parte de atributos positivos, otra de negativos y otra de neutros)..
El modelo gestaltista de Asch ha sido
torpedeado por Gollin (1954), quien
diseña una situación en la que se hace muy difícil formar una
impresión coherente
de una personalidad de la
que se han ofrecido unos trazos de sentido contradicto¬
rio. Ante tal situación resulta poco frecuente
que los individuos logren armonizar
en una visión
integral las dos caras mutuamente incompatibles de la persona. Lo
más habitual en este caso suele ser el decantamiento hacia una de las vertientes de
la contradicción, que adquiere
así una cierta dimensión de centralidad, dejándose
de lado la consideración de la Al
otra. enfoque holista de la formación de impre-
84
siones se ha contrapuesto el atomista; según el cual ese proceso consistiría en el
efecto cuantitativo de la suma de rasgos elementales, ya sea por el método "aditi¬
vo" o por el "promediado" (Cf. Anderson, 1974).
La comprensión de afirmaciones

propio Asch (1952) insiste en que, desde un punto de vista gestaltista, un


F,1
mismo enunciado será objeto de juicios distintos en función del marco en que se
ubique. Para él, "un acto o afirmación no posee un carácter fijo cuando es referi¬
do a dos orígenes distintos, sino que funciona como parte dependiente de su con¬
texto, variando en contenido y significado cuando se le refiere a fuentes dife¬
rentes" (1975, 154).
Presentando a dos grupos de sujetos un mismo texto, atribuido en un caso
a J. Adams y en otro a K. Marx, el autor demuestra empíricamente la disparidad
de connotaciones que en el mismo descubren uno y otro grupo. En suma, Asch
afirma con ello la determinación por el contexto del significado concreto de una
frase y, por tanto, la multiplicidad de acepciones posibles de una misma proposi¬
ción, según el modo como se articula a su entorno semántico.
La psicologia del rumor
Otro ejemplo de la psicología de la percepción social neogestaltista aparece
en Allport & Postman (1947) sobre el rumor. Los autores prolongan
el estudio de
una tradición iniciada por el análisis de Bartlett (1932) sobre "los factores sociales

del recuerdo", en el que aplica la técnica de la "reproducción serial". En el


mismo, se constata la múltiple tendencia a la transformación del material mnémi-
co, a través de unos procesos de simplificación, racionalización y centralización,

que expresa una "búsqueda de significación".


El "rumor" consiste en un relato propuesto para ser creído, del que no exis¬
ten garantías de evidencia, que se propaga en función de la importancia subjetiva
y de la ambigüedad objetiva de su contenido y que, en su proceso de expansión,
experimenta una transformación explicable en base a los principios gestaltistas de
la percepción de las cosas.

Según los autores, el interés de un rumor radica en su conexión con los moti¬
vos personales (deseo, miedo, hostilidad, inseguridad, ambivalencia, interés... etcé¬

tera) de los individuos potencialmente receptores y transmisores del mismo. Por


otra ambigüedad puede derivar del carácter fragmentario, inarticulado,
parte, su
descontextuado, disperso o contradictorio de sus componentes.
La función psicológica que atribuyen a este fenómeno (la de gestalt proyec-

tiva) coincide con la que Freud y el propio Marx descubren, cada uno a su modo,
en la "ilusión" en tanto que distorsión cognitiva: a nivel intelectivo, proporciona

una pseudoexplicación del fenómeno enigmático en cuestión; mientras que a nivel

emocional permite una cierta descarga de la tensión generada como consecuencia


del desconocimiento acerca de algo que se experimenta como vital.

85
Las observaciones de campo a propósito de los bulos en torno a Pearl Har¬
bour, surgidos en USA a principios de los cuarenta y sus propias investigaciones
experimentales (basadas en la exposición de diapositivas referentes a asuntos con¬
siderados significativos e interesantes para los
sujetos y confusos en su exposición)
les inducen a concluir que en la transmisión del rumor se
produce una dinámica
de organización cognitiva orientada a "reducir" la situación estímulo inicial a una
estructura pregnante,
significativa y acorde a las motivaciones de los sujetos que
la perciben.
Esa "buena forma" resultaría de un
"proceso subjetivizador" de unificación
gestáltica, en un conjunto armónico, de la "selección" de elementos aislados de
aquella situación. La "integración" sería el efecto final de una dinámica de "nive¬
lación" (simplificación gestáltica) y "acentuación"
(organización de figura-fondo),
en función de la "asimilación" a las
predisposiciones actitudinales de los sujetos.
Los autores se ven
obligados a reconocer que su situación experimental no
reproduce la complejidad de la vida real; pero mantienen que su teoría aporta luz
no sólo
para la comprensión del rumor, los bulos políticos o el cotilleo cotidiano,
sino también para la de otros fenómenos
psicosociales como la memoria colectiva,
los prejuicios o los estereotipos.
El propio Allport (1954. 1962) mantiene esos puntos de vista en sus consi¬
deraciones posteriores sobre el prejuicio. A ese respecto, resultan
significativas las
observaciones de Allport & Postman (1947) a propósito de la
diapositiva en la que
aparece un hombre blanco sosteniendo una navaja en una mano, mientras parece
discutir con uno negro: en numerosos
experimentos (cuyos sujetos son blancos
norteamericanos), al final del proceso de transmisión informativa acerca de la ima¬
gen captada directamente sólo por el primer miembro de la cadena, el instrumento
cortante ha
pasado de las manos del blanco a las del negro (...).
La estereotipación consiste, a los
ojos de los autores, en un proceso de asimi¬
lación de cualidades psicológicas a grandes colectivos humanos, cuya función
—se¬
gún precisa Allport (1954)— sería la producción de estructura y simplicidad a par¬
tir de una materia prima compleja y confusa. Para ellos, buena
parte de los este¬
reotipos sociales resultan de la organización cognitiva de información gratuita,
fragmentaria o parcial sobre características atribuidas desde un endogrupo a los
miembros de un
exogrupo.
Tal ordenaciónperceptual (en forma de selección, acentuación e interpreta¬
ción de los aspectos captados de la realidad) es presentada como el núcleo del
componente cognitivo de las actitudes intergrupales. Tajfel y otros cogerán el tes¬
tigo de Allport y progresarán en la línea de investigación sobre la "categorización
social".
La Psicología del Rumor de Allport & Postman (1947)
constituye un clásico
del género de las teorías gestaltistas sobre la percepción de lo social. Recientemen¬
te, Rosnow (1980) ha propuesto una "reconsideración" de la "ley básica del ru¬
mor" tendente a relacionar la fuerza del rumor no tanto con los factores "inte¬
rés" y "ambigüedad" cuanto con los de "incertidumbre" y "ansiedad".

86
II. 2. 1. 2. La consistencia cogniúva

Aproximación general

La concepción cognitivista del hombre como "actor" —en contraste con la


del conductismo ortodoxo, que lo presenta más bien como "reactor"— que orga¬
niza de modo significativo y consistente sus acciones, se apoya sobre la premisa
fundamental de la homeostasis cognitiva.
Este mecanismo es considerado como la clave de la supuesta armonía tenden-
cial entre elementos cognitivos relevantes para el sujeto, tanto si se trata de fac¬
tores homogéneos (p. ej., creencias) como heterogéneos (p. cj., conocimientos,

informaciones, juicios, percepciones, opiniones, expectativas, valores, normas,


convicciones... etcétera).
La dinámica homeostática induce, según este punto de vista, tanto al mante¬
nimiento de la consonancia existente como a la reducción de la disonancia que de¬
terminadas situaciones hayan podido generar.
Las teorías que serán objeto de mención especial en el presente apartado se
refieren a los siguientes aspectos principales:

tendencia del sujeto p al equilibrio cognitivo intraindividual entre sus


percepciones sobre la propia orientación con respecto al sujeto o y el objeto x y
sobre la relación ox (Heider);

presión hacia la simetría interindividual de los puntos de vista de los


sujetos A B sobre el objeto X (Newcomb);
y

urgencia de armonización entre juicios evaluativos articulados mediante


una afirmación; de modo que se dé coincidencia entre los respectivos tipos de eva¬

luación (positiva o negativa) y el carácter del vínculo entre los mismos (asociativo
o disociativo) (Osgood & Tannenbaum);

necesidad de coherencia intraactitudinal entre elementos cognitivos y


emocionales (Abelson & Rosenberg);

búsqueda de la consonancia cognitiva perdida como consecuencia de


un acto de decisión (Festinger).

El equilibrio cognitivo (Balance Theory)

Presentación. Según Heider (1944. 1946. 1958. 1959. 1960), al igual que en
la percepción gestáltica de los objetos, el hombre tiende, espontánea e ingenua¬
mente, a organizar su experiencia cognitiva del mundo sociocultural buscando

(procurándose) una armonía entre los elementos de la misma. En ello encuentra


la causa de que, ante situaciones de conflicto cognoscitivo entre elementos incom¬

patibles, se produzca una reacción homeostática encaminada a reducir la tensión


(stress) producida por el desequilibrio, mediante una reorganización del campo
cognitivo.
87
El modelo de Heider destaca la
importancia de tres elementos:

p: la
sujeto de la experiencia fenomenológica del equilibrio.

persona

o : otro individuo
percibido.
X: una tercera entidad
(persona, acción, acontecimiento, objeto, situa¬

ción, representación...) con la que p y o sostienen relación psicológica, en un con¬


texto dado.

Las relaciones de los


sujetos Con x pueden girar en torno a dos ejes básicos de
coordenadas:

(Like): afecto de atracción o rechazo.


L

U
(Unit): lógica cognitiva de la asociación en base a rasgos de semejan¬
za, proximidad, causalidad y pertenencia.

Atendiendo al punto de vista de


p, la teoría del equilibrio permite represen¬
tar formalmente series de relaciones propias de una situación
equilibrada (que el
sujeto tratará de conseguir, mantener o restablecer); como por ejemplo pLo, o\Jx,
pLx; p-Lo, o\Jx, p-Lx. Un ejemplo de una situación desequilibrada
o esta otra:
(que el sujeto se sentirá movido a reorganizar) puede ser el siguiente: pLo, o-\Jx,
pLx, o el de p-Lo, oUx, pLx. (El signo - antes de L o de U indica relación
nega¬
tiva).
El autor (1958) concibe los siguientes tipos posibles de relaciones pox:

Situaciones de
equilibrio

Situaciones de
desequilibrio
0

Valoración. La cantidad de investigaciones y teorías


que adoptan como re¬
ferencia fundamental el modelo de Heider sobre el
equilibrio cognitivo,
el me¬ es
jor indicador del grado de importancia atribuido al mismo. Como todo trabajo
pionero, ha dado lugar a las más diversas criticas. Entre ellas sobresalen las referi¬
das a los siguientes aspectos:

dicotomismo (equilibrio-desequilibrio), que no deja espacio para posi¬


bles zonas neutras,

88

incapacidad de predicción del grado de cambio necesario para el resta¬


blecimiento del equilibrio en cada situación dada,

consideración de las eventuales situaciones en que se den más de tres


elementos en interacción simultánea, de la posibilidad de relaciones asimétricas
entre p y o y de las determinaciones macrosociales de las cogniciones intra o inter¬

individuales,

indistinción entre lo "complementario" y lo "antagónico" en las rela¬


ciones de pertenencia,

tipo ideal (puro y abstracto) de la forma pregnante de


referencia más al
organización cognitiva que a los procesos reales concretos de cognición,
mayor aplicabilidad a la experiencia de individuos caracterizados por un

alto nivel de aptitud intelectual, de control emocional y de independencia de cri¬


terio que a la de los demás.

La aportación inicial de Heider ha sido objeto de múltiples ensayos de co¬


rrección, matización, revisión, desarrollo y aplicación. Lo que en principio consis¬
tió en una teoría más bien centrada en el análisis de la dinámica cognitiva intrain-
dividual ha sido extendida luego por otros autores —Cartwright & Harary (1956),
De Soto & Kuethe (1958), Rosenberg & Abelson (1960), Zajonc(1960. 1965)...
etcétera— a ámbitos como los de la motivación de la conducta social, el cambio de
actitudes, la percepción de personas y situaciones sociales, la atracción interperso¬
nal, la comunicación interindividual, la afiliación, la formación de sistemas de
creencias, el aprendizaje social... etcétera. Sin embargo, el modelo original, más
allá de simples cambios superficiales a nivel terminológico o de sofisticaciones en,
cuanto a
procedimientos de medida, operacionalización y control, no ha experi¬
mentado innovaciones sustanciales.
En general, hoy se tiende a considerar el modelo heideriano como un instru¬
mento de aproximación descriptiva más que de explicación causal propiamente di¬
cha de la dinámica psi coso ció cognitiva.

Teoría de los actos comunicativos en función de la simetría

Newcomb (1953. 1956. 1961) aplica los principios del equilibrio cognitivo al
ámbito de las relaciones interpersonales y concretamente al de los procesos de
atracción y comunicación. Según él, se da una presión hacia la uniformidad o si¬
metría (en la coorientación) entre las actitudes respectivas de dos personas (A y

B) en interacción relativas a un factor externo a las mismas (X).


Enfocando la experiencia cognitiva del sujeto A en situación interactiva, des¬
cubre que su percepción de la semejanza de la propia actitud con la de B con res¬

pecto a X es experimentada con agrado y se traduce en un efecto de atracción;


mientras que la impresión de desacuerdo genera incomodidad y repulsión y, por
tanto, una tendencia hacia la superación de esa situación. Para ello imagina tres
posibles alternativas a disposición de A:
89

cambio de la propia actitud objeto de la tensión (reestructuración cog-


nitiva),

modificación de la de B (por la prc.ión ejercida sobre el mismo en un


proceso comunicativo), y
ruptura de las relaciones con el otro.

lil autor
atribuye a la afinidad de orientaciones el carácter de factor de
"atracción interpersonal".

Teoría de la congruencia

Osgood & Tannenbaum (1955) rcforntulan desde una óptica neoconductista


la teoría heideriana, sustituyendo la noción de "equilibrio" por la de "congruen¬
cia" entre los elementos de juicio relacionados; así como las de "afecto"
y "uni¬
dad" positivos por la de "asertos" "asociativos"
y las de "afecto" y "unidad" ne¬
gativos por la de "asertos" "disociativos".
Desde su punto de vista, un sujeto experimentará
incongruencia y, por tanto,
la necesidad de cambiar su actitud en
algún sentido, por ejemplo, cuando una per¬
sona a la
que juzga favorablemente emite un juicio positivo sobre algo considerado
negativo por él mismo.
Los autores proporcionan unas técnicas matemáticas con las
que pretenden
predecir no sólo la orientación del cambio, sino también la magnitud del mismo,
de cara al establecimiento de la
congruencia apetecida. No existe unanimidad con
respecto a la eficacia de tales procedimientos.

Teoría de la coherencia cognitivo-afectiva

Abelson & Rosenberg (1958) partiendo del supuesto de que en toda estruc¬
tura actitudinal resultan
distinguibles una predisposición afectiva básica (favora¬
ble o contraria a algo) y un elemento
cognitivo instrumental, postulan que la ac¬
titud funciona como un sistema homeostático que mantiene el equilibrio entre sus
factores integrantes y que, caso de producirse una tensión entre los mismos
que desborde la capacidad de autorregulación de esa estructura, se desarrollará un
proceso de reorganización reequilibradora de las relaciones entre tales compo¬
nentes.
Por otra
parte, sostienen la posibilidad de predecir la orientación actitudinal
favorable o
respecto a un objeto por parte de una persona (o de un colectivo),
no

mediante la medida (con técnicas que se han manifestado de fiabilidad relativa)


de los valores afectivo y
cognitivo correspondientes.
Rosenberg (1973) constata que habitualmente en el cambio de actitud la
reorientación cognitiva suele preceder a la afectiva (como sucede, por ejemplo,
según él, en el ámbito de la comunicación persuasiva).

90
La disonancia cognitiva

EL MODELO

Festinger (1957. 1964) se propone explicar y predecir ciertos hechos psico-


sociológicos en base a una consideración de los efectos de la inconsistencia cogni¬
tiva. Concibiendo tres posibles tipos de relación entre pares de elementos cogniti-
vos —consonancia (uno "deriva" del otro), asonancia (inexistencia de "deriva¬

ción" de uno con respecto al otro) y disonancia (lo contrario de uno "deriva"
del otro)—, el autor sostiene que los factores implicados en un proceso de disonan¬
cia no pueden ser más que fenómenos relevantes de la experiencia vital del sujeto
(no simples datos objetivos de la realidad externa positiva).
Consiguientemente, esa dinámica está, según él, determinada menos por las
reglas formales de la lógica científica que por imperativos psicológicos; eso es, por
la necesidad subjetiva de organizar, en un todo pregnante y significativo, no sólo
los conocimientos objetivos; sino también, y muy especialmente, las creencias,
opiniones, sentimientos, afectos, mitos, expectativas, deseos y percepciones de los
demás, de uno mismo y del mundo y la vida en general.
En síntesis, el autor establece que el ser humano procura obtener la máxima
consonancia y reducir al mínimo la disonancia en la estructuración fcnomenoló-
gica de sus experiencias cognitivas.
En su primera aproximación al tema, Festinger (1957) concibe la disonancia

cognitiva como un simple estado de tensión generado por la experiencia subjetiva


de la adhesión simultánea a dos cogniciones psicológicamente incompatibles (lógi¬
camente inconsistentes, por proporcionar una imagen de la realidad como algo

inarmónico, contradictorio, conflictivo). Tal sensación displacentera inducirá al in¬


dividuo a enfrentarse al atentado a su "buena" organización cognitiva, procurando
eliminar o al menos reducir la disonancia, mediante innovaciones o modificaciones
en las propias cogniciones, buscando nuevas
referencias, evitando informaciones y
situaciones que pudieran incrementarla o bien interviniendo activamente sobre los
mismos elementos psicológicos objeto de asociación disonante o sobre ciertos
componentes del entorno cognitivo cuya transformación puede facilitar la conso¬
nancia.
Como el propio autor llega a reconocer, su concepto del ejercicio de la racio¬
nalidad humana se acercamás al del ego "racionalizador" freudiano ("racionaliza¬
ción" como mecanismo de defensa del yo, generador de representaciones formal¬
mente coherentes y psíquicamente aceptables; pero a menudo estructuralmente
distorsionantes de la imagen de un objeto rechazada y alejada de la conciencia por
"represión") que al del animal "racional" de la tradición iluminista (el sujeto ple¬
namente capaz de ordenar su vida, percibir su situación existencial y lograr una

evidencia objetiva de la realidad que le envuelve, mediante operaciones lógicas de


su
aparato intelectivo).
La presión hacia la consonancia es, según Festinger, proporcional a la mag-

91
nitud de disonancia. Pero, para que ésta tenga lugar, no basta con la simple tras¬
cendencia psicológica de los elementos cognitivos en contraposición; sino que se
requiere, según apuntan Brehm & Cohen (1962), un acto de "elección", en un
contexto conflictivo, asi' como la asunción de un
"compromiso" con la opción
realizada y un control responsable por el sujeto —"volición"— de las consecuen¬
cias de las propias decisiones. En esa misma línea apuntan otros autores, al impli¬
car en los estados de disonancia el
"autoconcepto" (Aronson, 1968), la "autorres-
ponsabilidad" (Wiclund & Brehm, 1976; Greenwald, 1978) o la "autoestima"
(Montané, 1982). Festinger (1964) distingue entre el "conflicto" prcdccisional
(como motivo de tensión para el sujeto que se halla ante la difícil tarea de tener
que optar entre diversas alternativas posibles, en alguna de las situaciones descri¬
tas
por Lewin (1948): "aproximación-aproximación", "alejamiento-alejamiento"
o
"aproximación-alejamiento") y la "disonancia" postdecisional: según él, el pro¬
ceso
cognitivo inherente a la experiencia del conflicto se distingue del que se da
en la disonancia
por el hecho de que éste es más racionalizador, impregnado de
connotaciones emocionales distorsionantes de la realidad; mientras que aquél
resulta más racional, objetivo y realista.
Las formas principales de reducción de la disonancia postdecisional consisten
en la infravaloración de la
opción rechazada, la maximización de las cualidades de
la elegida, la degradación de los elementos disonantes persistentes a la condición
de irrelevantes, el recurso al
apoyo social para la propia opción, el revocamiento
(en casos extremos) de la decisión adoptada... etcétera.
Entre los tipos de situaciones corrientes consideradas como
generadoras de
disonancia y que mayormente han atraído la atención de los investigadores, se
cuentan, por ejemplo, los de libre elección, acuerdo forzado, frustración de expec¬
tativas, desenlace imprevisto, conducta contraactitudinal, mentira interesada, pro-
selitismo religioso, ritual de iniciación, transgresión moral, lesión de la autoestima,
ejercicio de la violencia, resistencia a la tentación, amenaza de castigo, consecuen¬
cias del esfuerzo, enfrentamiento a lo inevitable, arrepentimiento
postdecisional...
etcétera. Sobre todos ellos y otros varios, se han realizado, a lo largo de los últi¬
mos lustros, numerosas
investigaciones experimentales, que han sido objeto de ex¬
tensas y oportunas referencias en revistas
especializadas, readings y manuales
generales de psicología social.

ILUSTRACIONES

La disonancia y el cambio de actitud

Festinger Carlsmith (1959) inducen experimentalmente un efecto de so¬


y
borno como marco del ejercicio de un rol contractitudinal (la mentira).
La prueba consiste en la realización, durante una hora, de una tarea
poco
creativa, monótona y aburrida, percibida como tal por los sujetos experimentales.
Una vez terminada, éstos son invitados por los experimentadores
a contarles a

92
otras (cómplices, que parecen prepararse para participar en otra sesión)
personas
que lo han estado realizando resulta interesante. Los sujetos acceden a la pe¬
que
tición. A algunos de ellos se les proporciona, como compensación, un dólar;
mientras que a otros se les da 20 $ por lo mismo.
Desde una perspectiva basada en el sentido común (y también en el modelo
del intercambio) se tiende a creer que los que hayan recibido un dólar mienten
con menos decisión que los que hayan recibido veinte. La teoría de la'disonancia

predice lo contrario; que es lo que confirma precisamente el experimento: el suje¬


to que ha optado por mentir y ha recibido luego la relativa insignificancia de un

dólar, tiene mayor necesidad de justificar su decisión (creyendo en su propia men¬


tira) que el que ha recibido veinte. Para aquél la forma más fácil de resolver su
conflicto interno consiste en modificar la propia impresión de la tarea (cambiando
su actitud respecto a la misma), convenciéndose de que en realidad había sido in¬

teresante; lo que le dispone además favorablemente a aceptar la propuesta que le


hace el experimentador de participar en otra similar. Por el contrario, el que ha

experimentado menos disonancia después de la mentira, por el más fuerte contra¬


peso de los veinte dólares, se muestra menos propenso a autoconvencerse del in¬
terés objetivo de la prueba en la que ha participado y acaba reconociendo fácil¬
mente ante el experimentador el hecho de que, en realidad, aquélla le había resul¬

tado pesada y poco atractiva.


Desde cierto ángulo, el mismo sentido común apunta a la consideración de

que la persona aprecia aquello por lo que ha luchado, independientemente de las


gratificaciones o sinsabores que la propia tarea en sí le haya comportado. Y en eso
parece que una parte de la psicología ingenua se ponga del lado del modelo de
disonancia, contradiciendo frontalmente ciertos postulados de las teorías del re¬
fuerzo, que tienden a explicar y predecir conductas atendiendo a la pura correla¬
ción esfuerzo-recompensa.
En realidad, la teoría de Festinger, el propio autor reconoce, no supo¬
como
ne una solución de interrogantes que
alternativa al conductismo, sino un medio de
aquel enfoque deja irresueltos. No se trata, por tanto, según él, de modelos incom¬
patibles, sino complementarios.
Con el presente experimento, los autores pretenden haber demostrado que la
cantidad de incentivo aplicado de cara a la obtención de una conducta disonante
(dinero a cambio de mentira) resulta inversamente proporcional al cambio de acti¬
tud obtenido en relación al objeto de la disonancia (cuanto más dinero, menos
cambio de la actitud —desfavorable— ante la tarea aburrida).

La manipulación cognitiva de la experiencia de hambre

Brehm (1962) adopta como sujetos experimentales unos alumnos de psicolo¬


gía, que se presentan al lugar del experimento a la hora convenida, hacia el medio¬
día, completamente en ayunas, cumpliendo la condición estipulada para participar
en la prueba. Ha dispuesto que para trasladarse desde el punto de concentración
93
hacia cl laboratorio deben pasar necesariamente por el comedor, en donde se les
muestra la comida que tienen preparada para después de la realización de la tarea
experimental.
Antes de iniciar la"prueba" propiamente dicha, se invita a los participantes
a
precisar escala el nivel de hambre que experimentan en ese momento.
en una
Una vez realizada la tarea (a cambio de la cual se les da, como estaba
previsto,
unos créditos de estudios), se les
pide participar (esta vez gratis) en otra serie de
experimentos previstos para la noche, para la realización de los cuales se exige
igualmente el estado de ayuno.
A una parte de los sujetos que han decidido inscribirse efectivamente
para
participar en el experimento nocturno se les ofrece una compensación monetaria;
mientras que al resto no se le ofrece nada a cambio de su
compromiso (se supone
que estos últimos experimentan mayor disonancia que los primeros).
A todos ellos, una vez ya han formulado la
inscripción para la sesión noctur¬
na, se les vuelve a pedir que definan el grado de hambre que experimentan.
Como sugiere el modelo de la disonancia, la sensación de hambre se manifies¬
ta más
baja en los individuos que se hallan sometidos a una mayor presión para
reducir su tensión (los que no han recibido nada a cambio) que en los
que han po¬
dido justificarse de algún modo (aquellos que han recibido dinero),
quienes asi' no
tienen tantos motivos para resistirse a reconocer el alto nivel de hambre
que deben
estar notando.

La disonancia como medio de reducción de la sensación de dolor

En una
investigación dirigida por Zimbardo (1966. 1969. 1975), la tarea ex¬
perimental consiste básicamente en la memorización de una lista de palabras en un
contexto de estímulos
generadores de dolor (mediante choque eléctrico).
Después de haber participado todos los sujetos en una primera parte de! ex¬
perimento, son distribuidos de cara a la segunda básicamente en dos grandes sub-
conjuntos: el grupo control y el experimental —que se diferencia del primero por
el hecho de que a los individuos que lo
componen se les induce la "ilusión de elec¬
ción" (respecto a la posibilidad de proseguir o interrumpir su colaboración en el
experimento) y, por tanto, se les enfrenta a una situación de disonancia (motivo
de evitar el dolor versus voluntad de continuar aportando
su contribución perso¬
nal a la investigación)—. La reducción de la disonancia debe conducir a una dismi¬
nución de la importancia atribuida al dolor.
Los miembros del grupo control no manifiestan
ninguna diferencia significa¬
tiva entre la primera y la segunda fase (las características del desarrollo de las cua¬
les son análogas), tanto
por lo que se refiere a la sensación de dolor por los cho¬
ques recibidos y a la reacción fisiológica a los mismos como al grado de eficacia en
el aprendizaje de la tarea propuesta. En ambas fases, las reacciones conductuales
de los individuos resultan adecuadas a la cantidad e intensidad de los estímulos a
los que están expuestos.

94
Por otra parte, aquellos sujetos que han experimentado la "ilusión de elec¬
ción" y proceso de disonancia consiguiente, que les obliga a atenerse a las con¬
el
secuencias de su decisión, sometidos a unas circunstancias paralelas a las del otro
grupo, no sólo infraestiman la intensidad del dolor, sino que además experimentan
menor trastorno fisiológico, al tiempo que ven menos alterado su proceso de
aprendizaje.
Zimbardo preserta estos resultados como una prueba de la eficacia de las
operaciones cognitivas en orden al control de las conductas, mediante el de los
motivos asociados a las mismas. En otras investigaciones, como observa el propio
autor, se ha tratado de evidenciar los efectos de la manipulación de variables cog¬
nitivas sobre el control no sólo de estados motivacionales biofisiológicos como
dolor, hambre, sed, cansancio, stress, ansiedad, frustración, miedo... etcétera; sino
también de procesos más estrictamente psicológicos, como percepciones, actitu¬
des, hábitos, aspiraciones, memoria... etcétera. A ese respecto, Zimbardo sugiere
que, si bien, por una parte, las técnicas de control cognitivo pueden ser aplicadas
de cara al dominio del hombre sobre el hombre; no obstante, por otra, resulta
posible también el recurso a las mismas de cara al desarrollo de las potencialidades
individuales en la vía de la autonomía y la libertad, así como en orden a la mejora
de las condiciones de la existencia social de la misma humanidad.

BALANCE

La teoría festingeriana de la disonancia cognitiva constituye, por sus efectos


cualitativos (capacidad de integración de micromodelos sobre aspectos particula¬
res, amplitud del campo de aplicación...) y cualitativos (poder de inspiración de
nuevos conceptos y de estimulación de numerosas investigaciones), una de las más

notables contribuciones al desarrollo de la psicología social.


Partiendo del sentido común, desemboca en una superación de ciertos tópi¬
cos del mismo, proporcionando
medios de explicación y predicción acerca de he¬
chos conductuales difícilmente tratables desde otras perspectivas (algunos aspec¬
tos de la génesis y modificación de actitudes, opiniones y prejuicios, de la atrac¬

ción interpersonal, de la afiliación, de la percepción social, de la elección, deci¬


sión y autojustificación... etcétera).
Las críticas al modelo han girado en torno a los siguientes ejes principales:

Subjetivismo fenomenologista. Trata de una supuesta experiencia cog¬


nitiva interna difícilmente traductible a conceptos positivos, formalizable en tér¬

minos operacionales y referible a procesos conductuales objetivamente verificables

y manipulables en un medio experimental.


Reduccionismo psicologista. Limita su foco de análisis al ámbito intra-


individual, haciendo vagas e insuficientes referencias al marco interindividual y
macrosocial; eso es, a la situación total en el seno de la cual se produce la diso¬
nancia.

Funcionalismo cibernetista. Explica mejor los fenómenos derivables

95
del imperativo homeostático del mantenimiento y recuperación del equilibrio que
los que parecen implicar una cierta dialéctica psíquica generadora y no reductora
de tensión (por ejemplo, el anhelo utópico,
la esperanza, el deseo, la búsqueda del
riesgo y del vértigo, la pasión por la aventura y las experiencias excitantes... et¬
cétera).

Deficiencias epistemológicas y metodológicas. Padece de una relativa


indefinición de supuestos básicos, vaguedad conceptual, imprecisión terminológica
e inadecuada definición de variables
implicadas; ausencia de instrumentos de me¬
dida del quantum de disonancia, de formalización del mecanismo de reducción y
de identificación de criterios básicos para la delimitaciónde una sola interpreta¬
ción posible de la conducta de los sujetos experimentales;
problemas derivados de
la exclusión de determinados sujetos que no han experimentado disonancia en

pruebas diseñadas para confirmarla y de la minimización de la significatividad de


datos que parecen contradecir la teoria; de la metodología general empleada en
ciertos experimentos, de la posibilidad de explicaciones alternativas de los resul¬
tados aportados como base para la confirmación de la teoría... etcétera.

A los pocos años de la formulación inicial de su modelo, el autor confiesa


que con él parece haber contribuido más a plantear que a resolver cuestiones psi-
cosociológicas.
Urïo de sus críticos, R. B. Zajonc (1968) establece, a
propósito de la apor¬
tación global de las teorías de la consistencia, una
analogía entre el modelo psi¬
cológico en que éstas se basan y la arcaica concepción física del "horror vacui".
Esa comparación, al lado de una metáfora del nivel de solidez epistemológica de
la teoría, sugiere que ésta cumple, al igual que el mito del horror del vacío, una*
función necesaria —aunque provisional— en el progreso del conocimiento de lo
humano. El propio Zajonc concluye su balance de la aportación
festingeriana co¬
mentando que "es especialmente el carácter abierto de la teoría de la disonancia
lo que la hace un viable y altamente productivo instrumento científico" (1968,
360).

II. 2. 1. 3. La atribución de causalidad

La "Psicología ingenua "

Heider (1958) ofrece una "descripción de modelos teoréticos


implícitos de
percepción, motivación, sentimientos y normas" en orden a facilitar la compren¬
sión del componente "intelectualista" de las "relaciones interpersonales" y, en un
plano más general, las bases de la propia psicología (pág. 298). Su análisis se cen¬
tra en la interacción de "pocas, normalmente dos
personas", en su "vida cotidia¬
na", a "nivel consciente", dentro de lo "intuitivamente comprendido" y "obvio";
eso es, de lo fenomenológicamente "real",
captado por el "sentido común" y ex¬
presado en el "lenguaje" corriente (pág. 2ss.).

96
Partiendo del supuesto de que "la persona está ubicada en la compleja
trama causal del entorno" (pag. 296), constata que "en la vida cotidiana, forma¬
mos ideas acerca de los demás y de situaciones sociales. Interpretamos las accio¬
nes de los otros y predecimos lo que harán én ciertas circunstancias", en una espe¬
cie de "psicología naïve" (pág. 5) que, en definitiva, induce a captar pregnante-
mente "los acontecimientos como causados por partes particulares del relativa¬
mente estable entorno" (pág. 297).
Según el autor, ese permanente intento de "dar sentido" a la experiencia,
de reducir los mensajes del mundo físico y social a "unidades significativas",
todo "este ordenar y clasificar puede ser a menudo considerado un proceso de
atribución" (pag. 296).
Por atribución entiende "el modo de anclaje de las impresiones en el mundo
social" (1965, 149); eso es, la asignación de cualidades semánticas al entorno, en
un intento de
organización cognitiva de las causas y consecuencias, condiciones e
implicaciones de los acontecimientos personalmente experimentados o simple¬
mente observados".
Fiel gestaltista, el autor presenta como función básica de los
a la tradición

procesos atributivos el mantenimiento del equilibrio perceptivo-cognitivo: "la


atribución ayuda a conseguir un medio estable y coherente, proporciona una
descripción económica, y a la vez adecuada, de los acontecimientos y determina
lo que esperamos que va a ocurrir y lo que haríamos cuando ocurriera" (1965,
150).
En definitiva, la atribución es un mecanismo de construcción psíquica de
una incompletos extraí¬
realidad pregnante a partir de datos múltiples, confusos e
de Heider al respec¬
dos de la propia experiencia de lo real. La aportación general
to sugiere la importancia psicologicosocial de este mecanismo, no sólo por que

es dictado "por preferencias personales, hábitos de pensamiento o necesidades


y da lugar a puntos de vista distorsionados" (1958, 297); sino también por las
profundas repercusiones del mismo en los niveles cognitivo, motivacional, emo¬
cional, actitudinal y conductual.

Las teorías de la atribución

Para Kelley & Michela (1980), no existe una sola, sino múltiples teorías
sobre la "atribución" relacionadas con distintos modos de enfoque de proble¬
mas concretos. Siguiendo a esos autores, pueden distinguirse las "attribution

theories" —que estudian la percepción de causalidad desde la perspectiva de


sus "antecedentes" (interjuego de informaciones, creencias y motivos)— y las
"attributional theories" —que atienden a las atribuciones desde la óptica de
sus "consecuencias" en los ámbitos de la conducta, de los afectos y de las expec-

tancias—. Ambas líneas de investigación adoptan como núcleo de su enfoque


las atribuciones causales de la gente común como factores relevantes de toda
suerte de manifestaciones de la interacción humana.

97
Por lo que respecta a las "attribution theories", destaca
especialmente la
aportación teorética de Kelley (1967) sobre los antecedentes informacionales
de la atribución, liste autor
parte de la hipótesis de la "covariación", según la
cual la causa de un efecto será atribuida al factor con el
que ésta covaria: "el
efecto es atribuido a aquella condición
que está presente cuando el efecto lo
está y que está ausente cuando lo está el efecto" (1967, 194).
Si ya Heider reconoce que "de
especial importancia para la interpretación
del mundo social es la
separación entre los factores ubicados en la personas
y los que tienen su fuente en el ambiente de esas personas" (1958, 297), Kelley
(1967) se pregunta qué criterios informacionales concretos adopta la gente
(todo observador-actor social) para elegir entre una atribución de causalidad
"externa" (ambiental; esto es, referida a las
propiedades especificas del estimulo
o a las circunstancias
generales) o "interna" (personal) de los fenómenos de la
experiencia propia o ajena.
El autor descubre tres claves de
respuesta principales:

Consensus. Cuando muchas personas actúan de modo idéntico ante una


misma situación, su acción está caracterizada
por un "alto" consenso.

Consistencia. Una acción será consistente en la medida en


que se repi¬
te ante los mismos estímulos situacionales.

Distintividad. El nivel de distinción de una acción será alto si sólo res¬

ponde específicamente a unos determinados estímulos y bajo si aquélla es em¬


prendida en diversas situaciones.

Según Kelley, es el interjuego de estas tres variables lo que da lugar


a la
atribución de causalidad de una acción al entorno al
sujeto. o

Los resultados de su aplicación del método de


Kelley a la investigación
empírica conducen a McArthur (1972) a concluir que un patrón de conducta
se
atribuye

al estímulo, si es altamente consensuado, consistente y distinto,


a la persona, si tiene bajo consenso, alta consistencia y baja distinti¬


vidad y
las circunstancias si presenta bajo
a
baja consistencia

consenso, y alta
distintividad.

Por su
parte, Zuckerman (1978) sostiene que el modelo kelleyniano sirve
más para comprender la atribución de las causas de conductas involuntarias que
para la de las voluntarias.
Aparte de la hipótesis de la covariación, Kelley & Michela (1980) señalan en¬
tre las más relevantes normas de
procesamiento de información básica para la
atribución, las de "semejanza", "contigüidad", "saliencia" y "primacía". Asi¬
mismo, dan cuenta de cómo numerosos investigadores recientes tratan de la

98
incidencia en todo proceso atributivo de las "creencias" —ya sea en forma de "su¬

posiciones" acerca de las causas, ya de "expectaciones" sobre los efectos ( en base


a las que el observador concede además relevancia a
los contenidos informativos)—
y de los "motivos" personales del observador (que, a su ve/., también afectan al
uso de la información).
Según Kelley Se Michela (1980), en relación a las "attributional theories", la
"investigación atribucional muestra que las atribuciones afectan a nuestras capta¬
ciones de los acontecimientos pasados y nuestras expectaciones de los futuros,
nuestras actitudes hacia las demás personas y nuestras reacciones a su conducta,
así como nuestras concepciones acerca de nosotros mismos y nuestros esfuerzos
para mejorar nuestra suerte" (pág. 489).
Las "teorías atribucionales" parten, en definitiva, de la consideración de las

percepciones causales realizadas por los actores sociales como una variable intervi-
niente cognitiva cuyas consecuencias resultan palpables en la observación de la
conducta de los mismos. Entre los varios ejes de distinciones sobre las atribuciones
subrayados por Kelley & Michela como especialmente relevantes en la reciente in¬
vestigación atribucional, destacan las siguientes: persona versus ambiente, motiva¬
ción intrínseca versus extrínseca, competencia versus casualidad (estabilidad-ines¬
tabilidad, internalidad-externalidad, globalidad-especificidad, alta-baja autoesti¬
ma), intencionalidad versus inintencionalidad, causas de la activación... etcétera.
Como ejemplos significativos de los desarrollos teoréticos en el análisis de la

atribución, puede citarse algunos de los referidos a la "intencionalidad", que el


propio Heider concibe como "el factor central de la causalidad personal" (1958,
100). Jones & Davis (1965) presentan como modelo de perceptor competente
aquel que sabe "inferir" las intenciones de los actores a partir del análisis de las
consecuencias perseguidas por sus acciones. Buss (1978) propone distinguir la
"causa" de la "razón": la primera se refiere al acontecimiento que tiene como
consecuencia un cambio (la causa del incendio de un bosque puede ser una cerilla
encendida). La segunda remite al acontecimiento cuya consecución implica un
cambio (la razón del incendio de un bosque puede ser la de dejar un terreno en
condiciones de ser declarado zona urbanizable). Las causas explican conductas en
tanto que reacciones "incidentales"; las razones proporcionan el sentido de las ac¬

ciones "intencionales".
Jones & Nisbet (1971. 1972) profundizan en la consideración de la subjetivi¬
dad del punto de vista atributivo, al distinguir la disparidad de las atribuciones
respectivas del "actor" y del "observador" respecto de un mismo acontecimiento.
Siguiendo el hilo del propio estudio heideriano sobre la causalidad "personal" o
"ambiental" (sobre la "autonomía" y "heteronomía" de los eventos o sobre las
fuentes "disposicionales" y "factuales" de los mismos) y en una línea próxima a
la de los trabajos de Rotter (1966) sobre el "locus of control" —"interno" vs:
"externo"—, los autores sostienen una tesis sugestiva: el "actor", autoobserván-
dose, tiende a remitir las causas de sus experiencias a factores situaciónales; mien¬
tras que el
"observador"-atribuidor es más propenso a percibir el origen de los
99
hechos que presencia disposiciones personales de quien los protagoniza. A ese
a
respecto (y siguiendo unejemplo sugerido por Lambert, 1980) resulta significa¬
tivo constatar la frecuencia con que numerosos observadores tienden a
juzgar que¬
ia causa de la situación general de quienes, estando en paro laboral, viven del sub¬
sidio de desempleo es más bien de tipo "interno" ("no
quieren trabajar") que
"externo" ("no pueden trabajar"). Obviamente, muchos de los actores
implicados
en tal
coyuntura crítica atribuyen la causalidad de su estado al marco "externo".
Miller (1976), por su parte, descubre la vertiente intrapersonal de la atribu¬
ción diferencial de causalidad: el sujeto tiende a
autoimplicarse en la responsabi¬
lidad del éxito ("¡hemos ganado!") y a desentenderse de la del fracaso ("han per:
d ido").

Balance

Aquello que Heider (1958), en pleno apogeo de la psicología social de labo¬


ratorio, denomina "Psicología Naïve", ha acabado convirtiéndose en uno de los
focos centrales del quehacer de los psicólogos sociales de los últimos lustros. Casi
en todos los
tipos de procesos de la interacción social se ha detectado el efecto de
componentes atribucionales: el estado emocional (Schachter, 1964), la conducta
motivada en general (Zimbardo et al., 1969), la respuesta al stress
(Calvert-Boya-
nowski & Levental, 1975), el control del dolor (Nisbet & Schachter,
1966), la
reducción del miedo (Ross, Rodin & Zimbardo, 1969), la excitación sexual (Can¬
tor, Zillman & Bryant, 1975), la atracción heterosexual (Cunningham, 1976), la
agresión (Tedeschi, Smith & Brown, 1974), la depresión (Rizley, 1978), la inde¬
fensión aprendida (Abramson, Seligman & Teasdale, 1978), la motivación del lo¬
gro (Weiner & Kukla, 1970), la experiencia del crowding (Worchel & Teddlie,
1976), la autopercepción (Bern, 1972), la autodefensa (Shawer, 1970), la auto-
presentación (Bradley, 1978), el egocentrismo (Ross, Greene & House, 1977), el
altruismo (Batson, 1975), la soledad (Peplau et al., 1980), la percepción
personal
(Jones & Davis, 1965), las relaciones personales (Kelley, 1979), el control perso¬
nal (Wortman, 1976'), la creencia en la
justicia (Lerner & Miller, 1978), el prejui¬
cio (Tajfel, 1969), las relaciones intergrupales (Mann
& Taylor, 1974), el conflicto
matrimonial (Orwis, Kelley & Butler, 1976), el rendimiento escolar (Dweck,
1975), la formación profesional (Cooper & Lowe, 1977)... etcétera.
Kelley & Michela registran 900 aportaciones relevantes sobre el tema en el
período de los setenta. Por su parte, Harvey, Ickes & Kidd (1976. 1978) dedican
dos amplios volúmenes a las Nuevas direcciones en la
investigación sobre Atri¬
bución.
Se discute (Nisbet & Wilson, 1977; Harvey et al., 1978) el
bajo nivel de for-
malización del modelo de la atribución que, en su estado actual de definición, re¬
sulta poco más que un
haz de hipótesis sobre la mediación cognitiva que no da
una razón
precisa del interjuego de los procesos implicados en la percepción de
causalidad ni de las condiciones de activación de la misma ni de sus consecuencias

100
a largo plazo; como tampoco del peso específico de lo atribucional en el procesa¬
miento general de información del ambiente ni aun del de las cogniciones cons¬
cientes en el conjunto de la dinámica psicosocial.
AI mismo tiempo, se reconoce que la investigación de los procesos atribucio-
nales padece de las típicas deficiencias de los trabajos fenomenológicos y de cam¬

po, así como de la crónica fragilidad de los esbozos de paradigmas psicológicos


que deben proporcionar una oportuna representación de las interarticulaciones de
las dinámicas cognitiva, motivacional y conductual.
Todo ello, por lo demás, no deja de ser lo que cabría esperar de un campo
temático en fase de desarrollo teorético y de fundamentación empírica.

II. 2. 2. LA DINAMICA PSICOSOCIAL

II. 2. 2. 1. Desarrollos en dinámica de grupos

Mientras Cartwright & Zander (1968, 7) afirman la "omnipresente influen¬


cia" de Lewin en las investigaciones sobre dinámica grupal, Deutsch (1968,446)
le reconoce el mérito de haber contribuido decisivamente a la aceptabilidad teóri¬
ca del concepto de "grupo" en los medios psicológicos, en su tiempo mayorita-
riamente adheridos a la idea de que sólo el individuo merece la consideración de

entidad psicológica real. Desde la presunción de la existencia de totalidades socia¬


les dinámicas puede hacerse frente a la solución de problemas humanos (como el
del prejuicio social) ante los que el tratamiento individualizado parece destinado
al fracaso: si se percibe que el cambio de actitudes del miembro de un grupo será
facilitado u obstaculizado por la evolución al respecto del colectivo con el que se
identifica, no cabe alternativa más razonable que la intervención sobre el conjunto
de los individuos interdependientes que forman un grupo.
Ese punto de vista, reforzado por la convicción de que "una sociedad demo¬
crática deriva su fuerza del funcionamiento efectivo de la multitud de grupos que
contiene", impulsa, como observan Cartwright & Zander (1968, 5), a la definitiva
expansión de las teorías sobre "dinámica de grupos", que esos mismos autores de¬
finen como "un campo de investigación dedicado a incrementar los conocimientos
sobre la naturaleza de los grupos, las leyes de su desarrollo y sus interrelaciones
con individuos, otros grupos e instituciones superiores", caracterizado por "a) su

hincapié en la investigación empírica teóricamente significativa; b) su interés por


la dinámica y la interdependencia entre fenómenos; c) por dar importancia a to¬
das las ciencias sociales y d) la aplicabilidad potencial de sus hallazgos a los es¬
fuerzos de mejorar el funcionamiento de los grupos y sus consecuencias sobre los
individuos y la sociedad" (1968, 17).
Entre los exponentes significativos de los avances realizados en ese ámbito

general, figuran los trabajos de Festinger, Schachter & Back (1950) sobre los efec¬
tos de las "presiones sociales en los grupos informales" y, en definitiva, sobre la

101
"cohesividad" grupal en tanto que resultante del
conjunto de fuerzas operantes
dentro del campo total sobre cada uno de los miembros,
presionándoles a mante¬
nerse en el mismo. Schachter et
al., (1951) ponen de manifiesto la correlación
positiva entre el nivel de cohesión y el de productividad grupal. En la misma linea,
Deutsch (1953, 1962, 1968) trata de los "efectos de la
cooperación y la compe¬
tencia en los procesos de
grupo", entre los que destaca la clara incidencia de la
cooperatividad sobre la cohesividad (interdependencia positiva) y la productividad
(logro efectivo de las metas propuestas), observaciones que concuerdan con las de
Sherif (1958. 1966), Sherif & Sherif (1953)
y Sherif et al., (1961) a propósito de
las relaciones de conflicto y
cooperación intergrupales, en las que, además, se
pone de manifiesto la importancia social del establecimiento de "metas extraor¬
dinarias" (que impliquen la acción coordinada de los
grupos interactuantes) como
medio eficaz de prevención o reducción de conflictos entre
grupos. Thomas &
Pondy (1977) asocian el grado de hostilidad mutua entre competidores al modo
como cada uno de ellos
percibe las intenciones de los demás.
Por su parte, Bavelas (1951) y Leavit
(1951) detectan el influjo del tipo de
red comunicacional sobre la eficacia en el funcionamiento de
grupos orientados a
la tarea, sobre el surgimiento del líder
y sobre la satisfacción individual de cada
uno de los miembros.
Asimismo, según Kelley (1951), la estructura jerarquizada
se hace notar en la
propia dinámica comunicacional de un grupo; mientras que
para Korten (1962) el mismo tipo de liderazgo depende de factores situacionales.
Wallach, Kogan & Bern (1962) inician una importante línea de investigación sobre
la influencia grupal en la
adopción individual de riesgo, poco antes del balance por
Zajonc (1965) de las tradicionales investigaciones sobre "facilitación social". En¬
tre las más recientes teorizaciones sobre
procesos grupales destacan las referencias
a la toma de decisiones, de las
que Janis & Mann (1977) ofrecen una excelente
síntesis.
Además de las series de teorizaciones relevantes sobre la dinámica de
poder e
influencia intragrupales y sobre las relaciones
intergrupales (que serán objeto de
atención particular en otros apartados), han adquirido especial relevancia de cara
al desarrollo posterior de la psicología social las aportaciones de
Festinger sobre la
"comunicación social informal" (1950) y la
"comparación social" (1954).
Haciendo una perfecta síntesis del modelo físico-dinámico del
campo de
fuerzas tendente al equilibrio y del psicogestáltico de la
organización de la reali¬
dad en unidades de buena forma, todo ello en el momento de
auge del paradigma
funcionalista en el conjunto de las ciencias sociales,
Festinger concibe el grupo
humano como una realidad social que se manifiesta pregnante y como un sistema
que se mantiene dinámicamente armónico gracias a un juego interno de factores
de unificación.
La primera de las mentadas teorías
—apoyada sobre series de observaciones
experimentales a propósito de los objetivos, circunstancias y destinatarios de las
iniciativas de comunicación intragrupal, así como de las condiciones
y causas de
los cambios cognitivos operados en los individuos
y en sus interrelaciones en el

102
proceso comunicativo— establece que en todo grupo se da una "presión hacia la
uniformidad", que se pone de manifiesto cada vez que el consenso entre sus
miembros se halla alterado o amenazado, mediante una dinámica (locomoción)
comunicacional orientada a recomponer su "buena forma" como "realidad"
social.
Esaespecie de necesidad social de mutuo acuerdo se expresa, según el autor,
siempre que el individuo carece de patrones objetivos de la realidad física para
orientarse en el mundo. Esto induce al sujeto a "comparar" sus puntos de vista y
experiencias con los de los demás, en un proceso de creación grupal de realidad
social. En tales circunstancias algo le empuja a armonizar sus cogniciones, actitu¬
des y conductas con las de sus socios, hasta el punto de modificarlas —si es pre¬
ciso—, en función de su mejor ajuste al grupo o de influir en los otros para acer¬
carlos a la propia posición; si bien, ante ciertas coyunturas críticas, le cabe la posi¬
bilidad del abandono del grupo adoptado como base de referencia para la compa¬
ración y de la subsiguiente afiliación a otro de características más similares a las
de uno mismo.
La teoría festingeriana de la "comparación social" ha sido utilizada como
medio de explicación de los procesos de formación y de disolución grupales. En
esa línea, Schachter (1959) extiende el modelo comparativo al ámbito de los pro¬

cesos afectivos. Desde su perspectiva, entre los criterios decisivos de la afiliación

social destacaría el de la concordancia emocional. Una vez construido, el grupo


sería también fuente social de realidad en orden a la interpretación de estados
emocionales.
En suma, las teorizaciones sobre la comparación social intragrupal pretenden
dar cuenta de la tendencia individual a establecer a los demás como criterio para
una definición de las propias características personales y, en definitiva,
como pa¬
trón normativo y objeto de identificación. Pero esa dinámica de adaptación fun¬
cional del individuo al ambiente grupal da cuenta mejor de la presión hacia las si¬
militudes interindividuales social que de la ten¬
constatable dentro de todo orden
dencia de signo contrario hacia la diversificación interpersonal en un medio que
sea, además, pluralista e individualista como el occidental. En otros términos,

Festinger no da razón de la supuesta orientación de las personas hacia un desarro¬


llo diferencial, sin dejar de adoptar a las demás del grupo propio como referencias
comparativas.
Es Codol (1975) quien sintetiza en un único modelo explicativo la doble
tendencia a la autoafirmación comparativa mediante una dinámica simultánea de
identificación y diferenciación.
Según él, ese complejo proceso consiste en una orientación hacia la "confor¬
midad superior del sí-mismo", caracterizable en términos de "Efecto P. I. P."
(Primus Inter Pares).
En base a una serie de investigaciones experimentales, Codol confirma la
tendencia de todo individuo a valorarse, tomando como término de comparación
las normas establecidas en el grupo que lo acoge y a reivindicar como rasgo dife-
103
rcnciador de sí mismo un mayor nivel de conformidad
que los demás a dicha nor¬
mativa. Lo que le permite,
según el autor, conservar la aprobación social y auto-
afirmarse como diferente, sin salirse de la normalidad.
En posteriores trabajos aún no publicados, el autor francés descubre una asi¬
metría en las relaciones de similitud establecidas en el proceso
comparativo. Se¬
gún él, el punto de referencia para la comparación (Ego o los otros) determina el
resultado de la misma comparación:
Ego tiende a reconocer fácilmente lo que los
demás tienen de similar a uno mismo y,
en cambio, a resistirse a la evidencia de lo
que él ostenta de parecido a los otros. Tal proceso atribució nal conduce, en defini¬
tiva, a los ojos de Codol, a la peculiar construcción personal de una realidad social
en la cual otro sería más
semejante a uno que viceversa.
Otros desarrollos teóricos
recientes, como las teorías de la "Categorización
Social" y de la "Diferenciación
Categorial" (Tajfel 1978. 1981; Doise 1979.
1980; Turner & Giles, 1981) presentan procesos de
comparación social en los que
se tiende a acentuar
por un lado los factores de similaridad intragrupal y, por
otro, los de diferenciación intergrupal.
II. 2. 2. 2. Relaciones de
poder e interacción social
Poder, influencia y control sociales

Desde cierto punto


de vista, poder, influencia y control constituyen tres ni¬
veles de expresión del mismo fenómeno de la presión social, que se extienden por
un continuum entre el máximo
grado de generalidad y abstracción y el de mayor
inmediatez y concreción. El primero equivale a la potencia,
el segundo al acto y el
tercero al efecto. Desde otros
enfoques, en cambio, se distingue el poder de la in¬
fluencia por el tipo básico de control
que suscitan: obediencia a las órdenes y su¬
misión a la autoridad el primero;
normalidad, conformidad o innovación el se¬
gundo .

Las relaciones de poder


y de influencia han sido concebidas a menudo como
dos formas de la misma dinámica, dos momentos de un solo
proceso, dos caras de
una única realidad. Aun cuando tales
concepciones acerca de esos tipos de relacio¬
nes sociales varían notablemente
según autores, orientaciones y períodos históri¬
cos, no obstante parece dibujarse una cierta línea de demarcación de los ámbitos

respectivos de estos fenómenos; al menos en lo referente a algunos de sus aspec¬


tos
significativos.
En efecto, los estudios tradicionales de la influencia tienden a situar esta
modalidad de interacción social más bien en una
especie de plano horizontal, en
el cual la relación parece desarrollarse entre individuos de algún modo iguales
(grupo-individuo, mayoría-minoría); mientras que los que tratan de las de poder,
sin excluir en nodo alguno la posibilidad de la simetría en muchos sentidos entre
las posiciones respectivas de los agentes, suelen destacar el
aspecto vertical de la
distinción de rangos (dominante-dominado,
superior-inferior) en lo relativo al
ámbito particular en torno al que gira
propiamente la interacción.
104
La respuesta adaptativa a la influencia
concebida habitualmente en térmi¬
es
nos de "conformidad" a las normas establecidas;
en tanto que la que se da al po¬
der aparece más bien como "obediencia" a las órdenes recibidas. En la conformi¬
dad, se da una respuesta de ajuste a un modelo, bajo el efecto de un imperativo
latente, del que el sujeto influido raramente tiene plena conciencia. En la obedien¬
cia, predomina el mecanismo de subordinación a un dictado manifiesto, en el
contexto de una relación asumida conscientemente por el agente. La disconformi¬

dad no supone necesariamente una colisión con la mayoría. La desobediencia, por


el contrario, crea un conflicto abierto con la autoridad.
De cualquier modo, los psicólogos sociales no han logrado imponer un voca¬
bulario básico que contribuya a clarificar el panorama conceptual al respecto.
French & Raven (1959), por ejemplo, se proponen tratar del poder en términos
de influencia, de ésta en términos de "cambio psicológico" y de éste en términos
de "fuerza de poder", para acabar definiendo el mismo poder como "influencia

potencial" y la influencia como "poder cinético". En una linea de ambigüedad


similar parece orientarse Kelman (1971) cuando presenta como fenómeno psicolo-
gicosocialmente relevante el de la "influencia social" bajo las condiciones de un
régimen de "autoridad legitima", en el cual la "legitimidad" estaría constituida
como especifica "base de poder" subyacente a todos los "fenómenos de influen¬

cia". Desde esa óptica, una conducta como la de acatamiento de la autoridad,

aparece, al tiempo, como respuesta obediente al poder legítimamente establecido


y de sumisión a la influencia de otro.
Cuando poder e influencia se utilizan como sinónimos, suele pensarse en de¬
terminadas situaciones en que efectivamente la cantidad de recursos en uno y otro
sentido van parejos (como les ocurre, a veces, a determinados individuos y movi¬
mientos sociopolíticos). Pero ello supone olvidar las circunstancias en que se pro¬
duce gran acumulación de recursos de "poder" en manos de unos pocos sin que
ello implique necesariamente un correlativo incremento de su capacidad de "in¬
fluencia" (como acontece en tos sistemas totalitarios) o, viceversa, aquéllas en que
la aptitud para influir no va necesariamente ligada a los medios de poder formal¬
mente disponibles (ese es el caso de los "grupos de presión", que pueden actuar

como "poderes fácticos").

Tales distinciones pedestres se apoyan en las mencionadas acepciones con¬


vencionales del "poder" como eje de relaciones sociales "verticales" entre desigua¬
les, en el que el control de la situación aparece como una propiedad de la instancia
superior, y de la "influencia" como modo de relación "horizontal", entre iguales.
Desde esa óptica, el "poder" aparece ante el psicólogo social como un fenómeno
superficial, sin secretos; en tanto que la "influencia" resulta algo "más penetrante
y más decisivo", por tratarse "de una acción recíproca primaria, de un inquietante
predominio del hombre sobre el hombre" (Moscovici, 1981, 22).
En tal caso, las relaciones de poder constituirían el objeto específico de la

sociología política; mientras que la psicología social, siguiendo las directrices de


Allport, trataría de "comprender y explicar cómo el pensamiento, el sentimiento

105
y la conducta de los individuos son influenciados por la actual, la imaginaria o la
implícita presencia de otros" (1954, 3). Sin embargo, no parece fácilmente sepa¬
rable esa noción de la influencia de la que ha elaborado Foucault (1978) a propó¬
sito de la consubstancionalidad de poder y sociedad.
ror todo ello, los materiales de los próximos apartados han sido ordenados

atendiendo a los implícitos criterios personales de autoubicación al respecto de

algún modo sugeridos por sus autores, antes que a otros esquemas más abstractos
de categorización.
En cualquier caso, la selección de modelos teóricos sobre las relaciones inter¬

personales de poder y las modalidades de influencia social que en ellos se ofrece


remite a uno de los ejes centrales en torno a los que se mueve el conjunto de la

psicología social. Esa disciplina, así como, cuando se enfrenta a los procesos cog-
nitivos, tercia en la tradicional controversia epistemológica entre objetivismo posi¬
tivista y subjetivismo fenomenológico (al descubrir la articulación de factores so¬
ciales y psíquicos en la percepción y el conocimiento), cuando analiza la dinámica
del poder, de la influencia y el control, interviene en el no menos clásico debate

ontológico acerca de la libertad y la determinación (de la responsabilidad moral


planteada en términos de autonomía versus heteronomía) y pone de manifiesto la
incidencia de lo social en la génesis de juicios, actitudes y conductas. Sus aporta¬
ciones al respecto inducen a suponer que ciertos actos individuales aparentemente
libres y autónomos del sujeto sólo resultan, en realidad, explicables como función
del contexto interactivo en que se producen; eso es, conceptualizables "en térmi¬
nos de
propiedades del sistema social" (Kelman 1971, 520).
Para Tomás Ibáñez (1983) tales teorizaciones han podido culminar sólo en la
medida en que sus realizadores han soltado lastre ante un importante obstáculo

epistemológico: la represión de la supuestamente metafísica noción de "libertad",


como sacrificio ritual ofrecido al superyo del determinismo cientifista y el no me¬

nos sintomático olvido de la de "autonomía", tampoco encajable en un modelo

funcionalista de la interacción social.


Tampoco parece, por otra parte, que el importante y sugestivo análisis de
Milgram sobre la obediencia a la autoridad haya conseguido eliminar los riesgos de
distorsión cognoscitiva que conlleva un análisis del poder desde el poder (una cien¬
cia del poder establecida desde el ejercicio del poder de la ciencia).
Las investigaciones sobre la influencia y el poder de las minorías activas, más
abiertas a la explicación de los fenómenos del conflicto y del cambio, constituyen
un ensayo de alternativa a la perspectiva funcionalista. Si bien, como sugiere el

propio Ibáñez, la atribución del efecto innovador a la acción de una minoría pue¬
de inducir a la concepción del cambio como resultado de las fuerzas antagónicas
de lo 'nstituido, engendrado desde la periferia de lo social; cuando en realidad, a
su juicio, la innovación
procede del centro y no de los márgenes (1980. 1983).

106
El poder social
En el presente apartado, se expondrá algunas de las más representativas apor¬
taciones, ya clásicas, a la psicología social de los fenómenos de poder.
Aun en algunos de los más recientes estudios sobre el tema se insiste en el
contraste entre la complejidad del sistema real de las relaciones de poder y la sim¬

plicidad de aquellas representaciones del mismo. Sin embargo, ello no constituye


un obstáculo
para el reconocimiento del valor de la aportación neolewiniana al
respecto, que ha venido a llenar un importante vacío en el ámbito psicologico-
social.
Desde óptica, el dinamismo del poder interpersonal es analizado según el
esa

modelo del campo de fuerzas social, en base al cual el poder de A sobre B aparece
como la capacidad del primero para inducir al segundo a una locomoción hacia
determinada meta. En esa línea destaca aquí la clásica teorización de Cartwright y
Zander sobre el poder y la influencia en los grupos, así como la de French y Ra¬
ven sobre las "bases" del
poder social. En un segundo momento, se presenta los
nuevos interrogantes en torno al tema planteados por la filosofía foucaultiana.

Finalmente, se expone, con cierto detalle, una de las aportaciones más relevantes
a la
psicología social experimental: el trabajo de Milgram sobre la obediencia a la
autoridad.

Poder e influencia interpersonales según Cartwright & Zander


Los autores subrayan la importancia psicologicosocial de un tema que pare¬
cía monopolio de la filosofía social y de la teoría política. Concibiendo las rela¬
ciones de poder como la dinámica que se desarrolla entre dos entes sociales —el in¬
fluyente (O) y el influido (P)— y que se refiere siempre a unos contenidos concre¬
tos, Cartwright & Zander (1968) analizan especialmente la "fuente" del poder de
O sobre P y las alternativas estratégicas de que aquél dispone en orden a la utiliza¬
ción de este recurso.

La fuente. El poder de O sobre P deriva, según los autores, de la adecuación


de los recursosde O a las bases-motivo de P. En otros términos una propiedad par¬
ticular de O sólo constituye un recurso efectivo de poder de O sobre P en la medi¬
da en que P tiene una necesidad adecuada a aquel recurso. Ello significa, en otros
términos, que las virtualidades del poder no emanan propiamente de atributos
personales de los actores sociales, sino más bien de la naturaleza de su interacción.
Entre las posibles propiedades (recursos) de O destacan las de riqueza, infor¬

mación, fuerza, habilidad, prestigio, capacidad de gratificar y de conceder afecto,


respeto, éxito... etcétera.
Las necesidades o valores (bases-motivo) de P pueden destacar las de traba¬

jo, salario, educación, deseo de obtener recompensa y de evitar castigo, de imita¬


ción de modelos, de actuar de acuerdo a los propios valores, de estar en lo correc¬
to, de contribuir al bienestar del grupo... etcétera.

107
El método. Entre las posibles formas de ejercieio de influencia sobre P por
una personadotada de poder (O) señalan las del control de ganancias y costos,
persuasión, uso de las predisposiciones favorables a la influencia, control ambien¬
tal, redistribución de los recursos mediante intercambio... etcétera. La elección del
método depende, por lo general, según los autores, del marco social dentro del
que se debe producir el proceso de influencia, así como de ciertas variables de per¬
sonalidad propias del sujeto influyente.
Caitwright y Zander sostienen que la eficacia del ejercicio del poder está
también condicionada por la distancia entre el estado que O pretende inducir en
P y el tipo de situación preexistente al intento, así como por las características del
marco grupal en el seno del cual se realizan las relaciones de poder.

"Bases" del poder social según French & Raven


La
aportación de los autores (1959) consiste en un intento de identificación
y de definición sistemática de los principales tipos de ejercicio de poder, enfocan¬
do este fenómeno en tanto que relación (diádica) entre dos "agentes":

P (persona influida, sobre la que se ejerce poder)


O (instancia influyente —persona, grupo, institución, norma, rol... etcé¬


tera— que ejerce el poder sobre P).
Para ello, se sitúan en el punto de vista de P, para considerar el tema desde
las bases-motivo de las relaciones de este agente.

French define la "base" del poder interpersonal como la relación más o me¬
nos durable O y
P que hace surgir la aptitud de O para movilizar a P en la di¬
entre

rección propuesta. El poder de O sobre P consiste en la fuerza máxima


que el pri¬
mero es
capaz de inducir sobre el segundo, menos la fuerza máxima de resistencia
que éste puede oponerle.
French y Raven destacan la importancia de referir las relaciones de poder al
sistema específico (a) respecto al cual aquéllas se desarrollan; partiendo del su¬
puesto de que la capacidad de O para "controlar" la conducta de P es variable, se¬
gún el ámbito particular a que se refiere.
Entre las nociones básicas implicadas en su teoría merecen ser subrayadas las

siguientes:

poder. "Influencia potencial". La "fuerza de poder O/P" consiste en el


máximo potencial de influencia de 0 sobre P en a ("región" de su "espacio vital").


influencia. "Poder cinético". Se refiere a la fuerza resultante en el'"sis¬


tema a" de P inducida por O.

control,
"poder efectivo". Su resultado consiste en un "cambio psicoló¬
gico" operado en el "sistema a" de P, como consecuencia de la fuerza ejercida por
O (independientemente de los efectos de otras posibles fuerzas —las propias de P
o las inducidas
por otros agentes sociales—).

108
Ese "cambio" en el estado de un sistema « puede afectar a cogniciones, acti¬
tudes, conductas, metas, motivos, necesidades, valores... etcétera, o a cualquier
otra parcela del "campo psicológico" de P.
Además del efecto puntual de la fuerza ejercida por O sobre P en un momen¬
to dado, los autores tratan de prever las secuelas (estabilidad o precariedad) del

cambio operado como consecuencia del ejercicio del poder, atendiendo al concep¬
to de "conformidad", el cual, a su vez, es puesto en relación con los de "grado de

dependencia" (del estado de un "sistema a" de P con respecto a O) y "observabi-


lidad" (como base de la dependencia P/O derivada de la probabilidad percibida

por P de que O observe el estado de su "sistema a" y su propio nivel de confor¬


midad).
Entre las múltiples "bases" de las relaciones de poder O/P, los autores seña¬
lan, por su carácter general, las siguientes:

Tipo de poder Base


de recompensa P percibe que O puede administrar sus recompensas.
legítimo P reconoce el derecho de O de ordenar sus cogniciones y con¬
ductas.
coercitivo P está convencido de que O es capaz de mediar sus castigos.
referente P está dispuesto a identificarse (o se siente ya efectivamente
unido) con O.
de experto P atribuye una superioridad a O en el dominio del saber o del
hacer.

De las
hipótesis que establecen los autores en base a su análisis destacan los
siguientes elementos:

mayor "base" corresponde mayor poder. Entre los diversos tipos ex¬
a

puestos, el "referente" es el que dispone en general de una base más amplia.


todo intento de ejercer el poder más allá del campo de acción que le es
específico tendrá como efecto una reducción del mismo poder.

el poder de recompensa incrementa la atracción y disminuye la resis¬


tencia de P en relación a O; mientras que el coercitivo da lugar a los efectos con¬
trarios.
Asimismo, cuanto más legítima aparece la coerción, menor resulta la resisten¬
cia y la repulsión que genera.

el estado del "sistema a" de P sobre el que se


ha ejercido el poder de O,
en
cualquiera de las formas del mismo, es de relativa dependencia con respecto
de O.
En los tipos de recompensa y coercitivo, el "grado de dependencia" es de por
sí fuerte y aumenta en función de la "observabilidad". En los restantes, el grado
de dependencia no está afectado por el nivel de perceptibilidad.

109
Latipología de las bases del poder soeial establecida por French y Raven ha
servido de referencia obligada para numerosos ensayos posteriores de aproxima¬
ción al tema, en los que aquélla ha sido
objeto de los más diversos retoques, mati-
zacioncs, ampliaciones, condensaciones y desarrollos.

El punto de vista de Foucault



El
paradigma jurídico. Buena parte de las teorizaciones psicologicoso-
eiales sobre las relaciones de
poder se basan en una representación de este fenóme¬
no como una dinámica
lineal, vertical, descendente de A a B. Al primero compete,
desde esa óptica, ordenar y sancionar; al segundo, responder
y atenerse a las con¬
secuencias de sus actos.
El poder atributo o propiedad de A, encarnación -sujeto-
aparece como un
de la autoridad (el padre, Dios, el Estado, la ley, el capital, el príncipe, el amo, el
experto... etcétera). La dinámica A-B es percibida como un sistema de autoridad
no en base a la naturaleza misma de la relación, sino al
supuesto de que A es A y
de que, en su precisa identidad, radica su complejo potencial de seducción, persua¬
sión, represión, gratificación, modelación.
B ostenta, en tanto que sujeto individual, una relativa capacidad de desobe¬
diencia, transgresión, resistencia, negación, rebelión; al tiempo que, considerado
como ente colectivo (el
pueblo, la masa, la mayoría, los más... quienes soportan el
peso del poder de A), figura como potencial protagonista de la conquista, trans¬
formación o abolición del supuesto aparato del poder.

El paradigma estratégico. Para Foucault, "el poder no es una institución
y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es
el nombre
que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad
dada" (1978b, 113).
Esta
multiplicidad de relaciones de fuerza se manifiesta, según él, en una di¬
mensión horizontal, como un fenómeno emergente, ascendente, inmenso, inma¬
nente, coextenso, coexistente, constitutivo, consubstancial y endógeno a la rela¬
ción A-B. En otros términos, sociedad es poder. Este no es un elemento de la su¬
perestructura de aquélla, sino un componente principal de su modo de producción.
Desde la perspectiva parcial que Foucault llama
jurídica, la ley constituye el
fundamento del poder, el dominio de la muerte su última baza, el saber su medio
de reproducción privilegiado, la obediencia su efecto más notorio.
El enfoque alternativo global que él propone presenta la naturaleza como la
base del poder, el control de la vida como su recurso dominante, el saber como su
modo de ejercicio, la normalización como su consecuencia definitiva.
La sociedad disciplinaria", etiqueta
que aplica el autor al modelo surgido de
la civilización burguesa, cuya
"genealogía" trata de construir, adopta, ante sus
ojos, la forma de un sistema de saber-poder, generador de norma y de control: el
desarrollo científico produce efectos de verdad, al tiempo que el avance tecnoló-

110
gico orden. El primero —en contraposición al derecho, que enuncia lo que
crea
debe pretende descubrir lo que es, la norma física natural. El segundo (re)
ser—

inserta en las propias estructuras vivientes (biopoder, biopolítica, biocracia) la


normativa que se les supone propia y controla su correcto cumplimiento.
En un modelo mixto, el juez decreta que el ladrón ha actuado contra la le¬

galidad y que por ello merece una sanción; mientras el oftalmólogo, a su vez, dic¬
tamina que el miope está fuera de la normalidad y que por ello precisa de un tra¬
tamiento correctivo-normalizador.
La sociedad disciplinaria tiende a inducir efectos de normalización sobre
toda suerte de conducta desviada (no resulta extraño, por ejemplo, que en ciertos
contextos la disidencia ideológica no sea juzgada como violación de la ley, sino
diagnosticada y tratada como síntoma de anormalidad).

Sugerencias. No compete propiamente (o, mejor dicho, específica ni


exclusivamente) a la psicología social la consideración acerca de la función social
de la ciencia del hombre o de la tecnología del control (físico o químico, ecoló¬
gico o genético, social o político, orgánico o psíquico) del ser humano como in¬
dividuo, como colectivo y como especie.
No obstante, en la medida en que se conceda visos de realidad a la tesis de
Foucault acerca de la disciplinarización social, al psicosociólogo le corresponde
adoptar, al menos, ciertas conclusiones provisionales:

el "sistema de autoridad", como modo de producción de obediencia,

puede llegar a convertirse en un anacronismo cultural, un agradable recuerdo, una


regresión imposible, un "demasiado bueno para ser cierto". La misma noción de
"obediencia" puede devenir "caduca", como observa Ibáñez, a causa de un "des¬
plazamiento del punto de impacto del poder desde el área del control de la elec¬
ción de las alternativas por los sujetos (...) hasta el área-de elaboración de los cri¬
terios mismos de la decisión" (1980, 39s.).
a las tradicionales estrategias orientadas, en último término, a la des¬

trucción de las relaciones de poder les restaría tan sólo el recurso que les reconoce
el mismo Ibáñez: imaginar "modalidades menos insoportables de la dominación o
concebirse como un contrapeso, dique y antídoto al imperialismo propio del po¬
der"; puesto que "el sueño de una sociedad sin poder ni dominación debe acari¬
ciarse sólo como un sueño, bello sin duda, pero sueño en última instancia" (1980,
172).

Obediencia a la autoridad

Introducción

La investigación de Milgram (1974) sobre obediencia a la autoridad ocupa un

lugar relevante en el ámbito de la psicología social experimental. Incluye elemen¬


tos de patente neoconductista (esquema básico S-R, variable interviniente del "es-
111
tado agéntico"...), neolewiniano (enfoque de la situación experimental total, re¬
curso a nociones como tensión, conflicto, distancia... etcétera) y cognitivista
(atención a mecanismos de percepción social y de atribución de responsabilidad...
etcétera).
El autor incorpora al de análisis psicológico experimental el fenóme¬
campo
no de la sumisión a una forma de
poder "legítimo" (contrapuesto al que Weber
(1925) denomina poder "coercitivo" o "dominación") del tipo
"racional-legal".
Milgram no descubre nada nuevo al presentar la "autoridad" como un factor
de control social y la "obediencia" como un motivo de conducta. La
originalidad
radical de su empeño consiste en su
enfoque del "sistema de autoridad" como
modo de transformación personal del individuo de la condición de
sujeto autóno¬
mo a la de
"agente" heterónomo.
Con ello reactualiza una de las eternas cuestiones
antropológicas a las que la
sabiduría humana ha ofrecido las más diversas
respuestas (desde Abraham y Pla¬
tón a Hobbes y Bakunin, Marx
y Weber, Freud y Skinner, Fromm y Delgado,
Nietzsche y Foucault).

Objetivo

Milgram se propone trabajar científicamente el tema, haciendo abstracción


metodológica del punto de vista moral; pero sin cerrar los ojos al contexto socio-
ideológico en que se desenvuelve, ni reprimir la visión humanista de la vida, pero
al tiempo convencido de las
posibilidades de progreso cognoscitivo que ofrece el
marco
experimental de control de variables conductuales.
El autor parte del
supuesto implícito de la irreductibilidad del fenómeno de
la autoridad a la dimensión
psicológica de la obediencia; del mismo modo que
considera insuficiente una
explicación de la conducta obediente en base a una
mera
sociología de las instituciones jerárquicas. Por ello, no persigue tanto una
aproximación a las características de personalidad del sujeto sumiso o una des¬
cripción de las formas de ejercicio de la autoridad en el seno de una sociedad
como un análisis de la naturaleza de las relaciones
jefe-subordinado. Según él,
sólo este último
enfoque proporciona los medios teóricos adecuados para la com¬
prensión de hechos tan "normales" y contrarios al sentido común como el de que,
en un
régimen político "democrático", personas educadas y dotadas de un culti¬
vado sentido "moral" ejecuten "responsablemente" acciones como el tráfico de
esclavos o el bombardeo con
napalm de civiles indefensos.
Una vez ha orientado el punto
de mira hacia la dimensión relacional del "sis¬
tema de autoridad", le cabe adoptar la precaución de no limitar el análi¬
entonces
sis a la consideración de un
simple circuito cerrado bipersonal (autoridad-súbdito)
e
incorporar al campo de observación tanto los factores estrictamente psicológicos
del individuo obediente como las características de las relaciones sociales vertica¬
les reguladas institucionalmente y definidas ideológicamente.
Las condiciones experimentales han sido diseñadas de cara a la medición del

112
alcance y límites de la obediencia; lo que equivale a la evaluación del potencial de
la autoridad como fuente de poder.
La como test de obediencia, consiste básica¬
situación-estímulo, concebida
mente en generación de un conflicto motivacional entre dos imperativos mora¬
la
les fuertemente arraigados en los individuos de todas las culturas: la obediencia a
la autoridad (honor al padre, cuarto precepto de la ley mosaica) y el amor al pró¬
jimo (no matar, quinto mandamiento de Moisés, consejo evangélico).
Con ella, Milgram pretende detectar el nivel observable de acatamiento a una
autoridad que ordena la ejecución de una conducta tan contraactitudinal como la
de dañar a una víctima inocente: ¿qué ocurre cuando el individuo Y recibe de la
autoridad X la orden de dañar al prójimo Z?

La experimentación

a) Tiempo. La fase experimental se desarrolla básicamente durante el pe¬


ríodo comprendido entre 1960 y 1963. El final de la elaboración teórica acontece
en 1973.
b) Lugar. El flamante Interaction Laboratory de la prestigiosa Universidad
de Yale, New Haven.
c) Sujetos. Adultos (n = 500), de edad comprendida entre los 20 y los 50
años, de los más diversos status socioprofesionales (estudiantes de liceo y univer¬
sitarios excluidos), procedentes básicamente de New Haven.
d) Reclutamiento. Mediante anuncios de prensa, se ofrece retribución por
participar en un experimento sobre "Memoria y Aprendizaje", de unos sesenta
minutos de duración aproximada. El interesado en el mismo podrá elegir el hora¬
rio de su conveniencia.
e) Convocante. Elprofesor Stanley Milgram, del Departamento de Psicolo¬
gía de la Universidad de Yale.
f) Personal. En cada prueba, intervienen básicamente tres personajes: el
"experimentador" (la autoridad), el "aprendiz" (la víctima) y el "enseñante" (el
agente).
Los dos primeros están casi siempre encarnados por las mismas personas,
verdaderos actores especialmente adiestrados para ello. El último es el central de
la investigación y está interpretado por cada uno de los sujetos experimentales.

g) Preparación. (Según el patrón del experimento príncipe: el n° 2). A la


hora convenida, se reúne el "experimentador" con los dos sujetos que habían sido
convocados para la prueba. Uno de ellos es el centro del experimento propiamente
dicho (el "ingenuo") y el otro el cómplice que realiza habitualmente la función de
"aprendiz".
El "experimentador" expone brevemente los pretendidos objetivos de la in¬
vestigación (un análisis minucioso de los efectos del castigo sobre el aprendizaje) e
instruye a los sujetos acerca de las características de la prueba.
Mediante un sorteo trucado, se asigna al sujeto ingenuo el papel de "enseñan-

113
te" y al cómplice el de "aprendiz". Repartidos los papeles, se invita al aprendiz a
sentarse en una "silla eléctrica" colocada en la habitación
contigua a la que ocupa¬
rán el enseñante y el experimentador. Se le ata eon unas correas
y se fija a una de
sus muñecas un electrodo
supuestamente conectado a un generador de descargas
(la máquina de castigar) que habrá de manipular el enseñante.
h) Instrumental. El tablero del "generador" electrónico está dotado de
treinta teclas dispuestas en linea horizontal, con sendos indicadores numéricos de
voltaje, ordenados desde 15 hasta 450 voltios. Cada serie de conmutadores va
acompañada de un rótulo señalizador de la intensidad de los efectos correspon¬
dientes ("descarga ligera"; "choque intenso"; "peligro:
descarga intensísima"...
etcétera).
i) Tarea. Al enseñante le corresponde leer ante un micrófono la "lección"
que el aprendiz debe memorizar, consistente en series de pares de palabras asocia¬
das. A continuación, repite el primero de cada uno de los pares
y formula cuatro
alternativas de respuesta entre las que el aprendiz ha de elegir la
correspondiente a
la asociación realizada en la primera lectura y señalizar su decisión, apretando un
botón que debe encender una de las cuatro luces indicadoras de la respuesta.
Cuando el aprendiz se "equivoca" (según un plan establecido por el investi¬
gador) el enseñante administra el "castigo" pertinente, de intensidad creciente
después de cada respuesta errónea.
El enseñante está persuadido de la autenticidad del
generador, puesto que él
mismo ha experimentado, a indicación del
experimentador, antes del inicio de la
lección, una "muestra de descarga" real de 45 voltios.
Durante el desarrollo de la sesión, el
experimentador asiste al enseñante ante
sus eventuales vacilaciones, incitándole
(ordenándole) a continuar la tarea, me¬
diante consignas estándar como las de "por favor,
prosiga", "el experimento exige
que usted prosiga", etcétera, y pseudoaclaraciones a propósito de la tarea o del
estado físico del aprendiz, como la de que
"aunque las descargas puedan ser dolo-
rosas, no producen daño permanente en los tejidos. Siga, pues".
Asimismo, está previsto, además del feedback del experimentador, el del
aprendiz, quien, en su papel de víctima de los castigos, emite respuestas orales (en
realidad, se trata de grabaciones) proporcionadas a la intensidad de la supuesta
descarga, que oscilan entre los pequeños quejidos hacia los 75 voltios, los gemidos
de dolor hacia los 135, los gritos de protesta
y los alaridos de desesperación que
crecen hasta los 315 y los silencios inalterables a
partir de los 330.
j) Medida. El grado de obediencia (acatamiento-resistencia) del sujeto ex¬
perimental —el agente enseñante— a la autoridad del experimentador, viene deter¬
minado por la descarga máxima administrada al
aprendiz-víctima.
k) Terminación. Finalizada la sesión, se somete al sujeto ingenuo a un me¬
ticuloso tratamiento postexperimental, consistente en una entrevista con el
expe¬
rimentador, en la que se le informa de que, en realidad, las descargas no han teni¬
do lugar. Se tranquiliza su conciencia mediante un acto de "reconciliación" con la
"víctima". Se le comenta que su actitud y su conducta han resultado de lo más

114
"normal" y se le promete una posterior información detallada del resultado global
de lainvestigación en curso, a la que ha prestado su valiosa colaboración.
1) Variables. Entre los estudios-guia previos a la fase experimental y el ex¬
perimento n° 18, Milgram manipula una gran cantidad de circunstancias, en orden
a definir, con mayor precisión, las condiciones de la sumisión y de la resistencia

del individuo a la autoridad.

Los principales factores de variación entre los sucesivos experimentos se re¬


ducen a lossiguientes:

relación de proximidad enseñante-aprendiz (agente-victima): feedback


a distancia (1), oral (2), espacial (3) y táctil (4);

otras condiciones, manteniendo constante el feedback oral: traslado de¬


ia sede del experimento a los sótanos del laboratorio (5), cambio del personal
cómplice (6), lejanía del experimentador (7), mujeres como sujetos (8), contrato
limitado de la víctima (9), cambio del marco constitucional (10), libertad de elec¬
ción del nivel de descarga (11), petición de castigo por el aprendiz (12), órdenes
impartidas por individuo ordinario (13), la autoridad como víctima (14), contra¬
dicción entre las órdenes emitidas por dos autoridades (15), dos autoridades; una
como víctima (16), rebelión de dos iguales (17) y un igual administra las descar¬

gas, relegado el enseñante a una función subsidiaria (18).

Resultados

plantearse la cuestión acerca de si algún indivi¬


Si el sentido común induce a
duo corriente administrar descargas eléctricas a un semejante, la rea¬
se atreverá a
lidad de los experimentos muestra que nadie se resiste a ello.
Las previsiones de muestras de psiquiatras, estudiantes y adultos de clase
media coincidían en predecir que ningún americano iba a ser capaz de obedecer
voluntariamente al experimentador hasta el final. Tan sólo una insignificante mi¬
noría patológica se acercaría a los 300 voltios mientras que la mayoría de los su¬
jetos experimentales no iría mucho más allá de los 150; supuesta su fuerza moral,
autonomía personal y solidaridad con toda suerte de víctima inocente.
En síntesis, la obediencia total de los sujetos (la que les induce a llegar por
tres veces hasta la cota de los 450 voltios) oscila, según las diversas condiciones

de lejanía de la víctima en relación al agente, entre un máximo de un 65°/o en la


condición de feedback a distancia y un mínimo del 30°/o en la de proximidad
táctil.
Los resultados de la investigación, calificados por el autor de "sorprendentes
y desanimadores a unno podrían resultar más extraños para la lógica
tiempo",
convencional: la agresión (peligro para la supervivencia colectiva)
amenaza de
puede venir no sólo desde los "extremos" (radicales, desviados, perversos, anémi¬
cos... etcétera); sino también del propio centro, de la gente "normal", de ciudada¬

nos educados, corrientes, ajustados al orden establecido.

115
Las otras variables manipuladas en el resto de
experimentos permiten preci¬
sar
algunas importantes previsiones para el incremento o disminución del nivel de
obediencia. Así, se confirma que la eficacia de la autoridad es función de su
pro¬
ximidad y vigilancia con respecto al agente (exp.
7), de su coherencia (15), de los
atributos de la persona que los encarna más que del contenido de las órdenes
que
dicta (13, 14), de ciertas circunstancias concurrentes en la situación de la vícti¬
ma (ló), del institucional (10), de la distancia psicológica de los actos
contexto
del agente con respecto a las consecuencias de los mismos sobre la
víctima, de
los efectos de fragmentación de la responsabilidad moral implicados en la división
técnica del trabajo dirigido por la autoridad (18).
Por otra parte, se constata que el
grado de obediencia guarda poca relación
con las características
personales del experimentador o de la víctima (6, 8, 9, 12)
o físicas del
espacio marco de la investigación (15). También se observa que, ante
la misma situación, la conducta del individuo
puede variar en función de si se
siente con facultad de decisión acerca de sus actos o
bajo los imperativos de la
autoridad de otro (11). Asimismo, se
puede comprobar los efectos de desobe¬
diencia derivados de la presencia de iguales
que se rebelan contra la autoridad (17).
Cabe señalar, además, que los resultados de
investigaciones paralelas realiza¬
das en otras coordenadas
geográfico-socioculturales, resultan significativamente
próximos a los establecidos por Milgram.
El autor considera que el fondo de sus observaciones viene reforzado no
sólo por las expectativas que habían en
cierto modo despertado ciertas intuiciones
de la psicología de masa
y por los resultados de recientes estudios experimentales
(aquí podrían servir de ejemplo los de Latane & Darley (1970) sobre la "difusión
de responsabilidad" o de Zimbardo (1969) sobre la "desindividualización"); sino
también por la misma práctica cotidiana de la reciente guerra de Viet-Nam.
Esforzándose en hallar puntos de coincidencia entre sus
hallazgos y los de
otro tipo
de investigaciones psicologicosociales, Milgram cuenta que Allport aplica
a su aportación
la significativa etiqueta de "experimento Eichmann" (1974, 166).
Asimismo, cita a Dycks (1972) quien observa ciertos paralelismos entre los meca¬
nismos psicológicos-detectados en miembros de las S.S. de un
campo de concen¬
tración nazi y de unidades de la Gestapo y los del típico "enseñante"; a Elms
(1972) que descubre una correlación positiva entre el nivel de "obediencia" de los
sujetos de Milgram y la puntuación en la escala F de "Autoritarismo" de Adorno
y colaboradores (1950); a Holfling et al. (1966) que constatan la sumisión acrítica
de enfermeras a las prescripciones de doctores
que ordenaban la administración de
dosis excesivas de un medicamento peligroso, y a
Kelman & Lawrence (1972),
quienes en su análisis de las actitudes del público norteamericano a propósito de la
masacre de My
Lay, obtiene que el 51°/o de los escuestados reconoce que, de ha¬
llarse en la situación de los soldados de la
tropa, habría obedecido las órdenes dic¬
tadas por el teniente Calley (lo
que hace presagiar que, en la realidad, el número
de los sujetos obedientes habría sido
probablemente bastante mayor).
De cualquier modo, el autor da
por resuelto el tema al comentar que "el

116
proceso básico de la combustión es el mismo cuando arde una cerilla que en el in¬
cendio de un bosque" (1974, 163).

Elementos para una teoría de la obediencia

Milgram, la "esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una


Para

persona viene a considerarse a sí misma como un instrumento que ejecuta los de¬
seos de otra persona y que, por lo mismo, no se tiene a sí misma por responsable

de sus actos" (1974, 10).

El estadoagéntico. Sin minimizar el posible valor explicativo de ciertas hipó¬


tesis etológicas, funcionalistas, cibernéticas, conductistas, cognitivistas y psicoana-
líticas, y reconociendo explícitamente la deuda de su obra hacia aportaciones de
la psicología social del poder y la influencia, el autor establece como piedra angu¬
lar de su teoría la noción de "estado de agencia". Con ella remite a la condición
de la persona incardinada a un "sistema de autoridad" en el que se percibe como

agente (ejecutor) de la realización de los imperativos de otro (decisor).


El "estado agcntico" es definido desde dos puntos de vista complementa¬
rios:

"cibernético". "Cuando una entidad autorreguladora es modificada in¬


ternamente de suerte que permita su funcionamiento dentro de un sistema de con¬
trol jerárquico" (1974, 127).

"fenomenológico". Cuando una persona "se define a sí misma en una


situación social de una manera que la hace abierta a la regulación por parte de una

persona de estado superior" (1974, 127).


Desde ambos enfoques, la "clave " de la conducta de los sujetos de sus expe¬
rimentos aparece en la "naturaleza de su relación con la autoridad".
A la noción de "agencia" contrapone el autor la de "autonomía": una per¬
sona es "autónoma" en la medida en que "se considera a sí misma como actuando
por propia iniciativa" (1974, 127).
El paso de la persona del "modo autónomo" de actuación al "modo sistemá¬
tico" de conducta en función de los fines establecidos por otro supone para ella
una "mutación crítica" que, en el actual estado de la ciencia, resulta sólo analiza¬

ble al nivel de su "expresión fenomenológica".


La condición básica para la posibilidad de la "mutación agéntica" consiste en
la práctica —usual en todas las estructuras socioculturales— de la inserción del in¬
dividuo a tin "sistema institucional de autoridad" (familia, escuela, iglesia, empre¬
sa, ejército... etcétera) que le proporciona modelos de acción, recompensas y la

plataforma cognitiva para la internalización del orden social.


El estado agéntico implica un previo reconocimiento de la autoridad a la que
someterse libremente. Para el caso concreto de los sujetos de sus experimentos,

117
Milgram atribuye la ideología ambiental la legitimación institucional de un siste¬
a
ma de relaciones sociales en cl
que se asigna al científico-técnico el desempeño de
un rol dominante y dentro del que aquéllos encuentran buenas razones
para pres¬
tarle obediencia voluntaria.
La capacidad de poder de unaautoridad y la energía necesaria para motivar
a un subdito la obediencia
a no
pueden determinarse, desde esta óptica, en el va¬
cío social; sino sólo mediante un análisis de la estructura de relaciones en la que
jefes y subordinados se hallan inmersos.
Las consecuencias más destacablcs del estado de
agente en una persona, con¬
sisten en su
aceptación de la definición de la situación que le dicte la autoridad,
su asunción del rol de instrumento al servicio de los fines
impuestos por el supe¬
rior y en sutransformación moral, por la que se siente responsable no tanto de las
consecuencias de sus actos como del
cumplimiento estricto de las órdenes que le
han sido dadas.
En términos, la obediencia no elimina la moral; sino que desplaza el
otros

centro de
gravedad de la misma, en el contexto de una "reestructuración del cam¬
po social e informativo". De este modo, su componente cognitivo confiere
mayor
relevancia al imperativo ético de la subordinación
y al aspecto técnico de la ejecu¬
ción que al elemento interpersonal de la relación
agente-víctima implicado en la
acción.
Esa nueva moralidad reduce el bien a la
ley y el amor al deber-, al tiempo que
establece la sumisión como base de las virtudes cardinales.

Otros mecanismos implicados en la situación experimental

Defensa. Entre los hechos observados el autor acerca de las formas de so¬
por
lución del conflicto al que se ven enfrentados los
sujetos experimentales, destacan,
además de las conductas simples de obediencia o
desobediencia, aquellas que cons¬
tituyen indicadores sintomáticos de un proceso "defensivo" (Milgram no se resiste
a
emplear una terminología freudiana cuando lo juzga oportuno) contra la ansie¬
dad suscitada por la situación.
Entre ellas, destacan las de evasión,
negación, conversión física, sometimien¬
to mínimo,
subterfugio, búsqueda de afirmación social, juicio de la víctima, disen¬
sión puramente especulativa... etcétera.

Compromiso. En un discurso que recuerda a la teoría festingeriana de la di¬


sonancia cognitiva, Milgram constata la hegemonía de la decisión de asumir la es¬
tructura total de la relación
autoridad-agente sobre las opciones particulares rela¬
tivas a la conveniencia de obedecer órdenes concretas: en el marco del
compromi¬
so con la situación de
subordinación, la disonancia derivada de efectos singulares
de la misma se verá reducida.
Entre los numerosos precedentes de la investigación de Milgram que podría
traerse a colación a
propósito de este punto, merece ser destacada la realizada por
Frank (1944) sobre la resistencia a la autoridad.

118
Una de las observaciones interesantes de ese trabajo es la diferenciación de
los niveles de obediencia de los sujetos ingenuos al experimentador a propósito de
consignas relativas a comer galletas: el grado de resistencia de los individuos apare¬
ce como cualitativamente distinto según si perciben la realización de la tarea que

se les
impone como parte del compromiso que han contraído formalmente al
optar por la partic'pación en el experimento o si se les antoja como un capricho
arbitrario. En el primer caso, la obediencia es prácticamente absoluta (lo contrario
equivaldría a una violación del pacto); mientras que en el segundo las manifesta¬
ciones de resistencia al imperativo se hacen notorias (acatar la orden equivale a su¬
misión gratuita).

Distancia. Los experimentos sobre las condiciones de la lejanía de la víctima


inducen a considerar que la sumisión o la rebelión contra la autoridad que ordena
un acto "injusto" no depende tanto de la conciencia moral del
agente cuanto de
su estructuración del campo cognitivo en el contexto interactivo.
En conflicto experimentado y expresado por el sujeto ex¬
efecto, el grado de
perimental ante la misma tarea fundamental resulta distinto según las diversas con¬
diciones de su distanciamiento respecto de la víctima (en base a las cuales ésta
aparece como más o rríenos abstracta y, por tanto, su dolor como más o menos
real).
Estos resultados ponen lo "lógico" y lo "psi¬
de manifiesto el contraste entre
cológico", al tiempo que permiten identificar las diferencias en cuanto a experien¬
cia personal y estructura del campo cognitivo entre el artillero de un superbom-
bardero que apunta hacia un determinado "objetivo" y el soldado de infantería
enfrentado a un "enemigo" cara a cara: "desde un punto de vista meramente
cuantitativo, es más perverso matar a diez mil personas, disparando obuses sobre
una ciudad, que matar a un solo hombre aporreándole con una piedra y, sin em¬

bargo, esta última acción es, con mucho, más difícil desde un punto de vista psi¬
cológico" (1974, 148).
Según el autor, las diferentes formas de distanciamiento entre el agente y la
víctima, entre la acción y sus efectos, "neutralizan el sentido moral", desactivan¬
do los inhibidores que entran en funcionamiento sólo en interacciones cara a cara.
A ese respecto, Milgram se une a la pléyade de científicos sociales que llaman
la atención a propósito del "decalage" progresivo entre el nivel de desarrollo tec¬
nológico del potencial destructivo humano y el de los mecanismos de inhibición
biopsicológicos.
En el mismo sentido, no puede dejar de sugerir el peligro para la misma su¬

pervivencia humana que encierra el propio "sistema de autoridad", ante el que el


individuo autónomo deviene capaz de abdicar de su humanidad para reducirse al
puro "estado de agencia".

119
Comentario

"...hemos podido comprobar un nivel


preocupante de obe¬
diencia a las órdenes. Con una
regularidad paralizante, veía¬
mos
quelas mejores personas se sometían a las exigencias de
la autoridad y realizaban acciones crueles e
inexorables. Per¬
sonas
que en su vida cotidiana son responsables y honradas
quedaban reducidas por la trampa de la autoridad, por sus
arreos, por el control de sus percepciones y por la
aceptación,
exenta de toda crítica, de la definición hecha
por el experi¬
mentador de la situación
que conducía a una realización de
acciones inhumanas" (1974, 119).

La
perspectiva ofrecida por Milgram sugiere las siguientes consideraciones:
La
"autoridad" no constituye una abstracción ni una cualidad
personal, sino
el conjunto de atributos de
quien juega un rol definido en un sistema de relaciones
sociales (en el presente caso, se ha tratado de un
régimen de poder legitimo-racio¬
nal). Por lo mismo, el alcance y los límites de la "obediencia" son también fun¬
ción de un sistema interactivo.
Los
experimentos citados tienden a demostrar que cuando dos valores éticos
como el del amor al
prójimo y el de la obediencia a la autoridad entran en conflic¬
to, en un contexto de interacción jerárquica, el
segundo tiende a imponerse.
La diferencia entre las
"previsiones" y los "resultados" obtenidos por Mil¬
gram indica que los mecanismos psicologicosociales de la obediencia se
rigen por
patrones que trascienden el ámbito estricto de la lógica convencional. Entre estos
patrones normativos de la conducta obediente cabe destacar los
siguientes:

cuanto más próximo, concreto y perceptible parece el dolor de la vícti¬


ma, tanto mayor tiende a ser la resistencia a la autoridad que ordena incremen¬
tarlo.

cuanto más cercana y vigilante permanece la autoridad en relación al


agente, mayor obediencia obtiene de él.
cuanto más solo se halla el individuo frente a la

autoridad, menos pro¬


bable resulta su resistencia a la misma. Por el
contrario, si puede formar coalición
con ésta aumenta.
otros,

la
"moral", la "razón", la "conciencia", la "responsabilidad"... etcétera,
individuales, ofrecen relativamente poca resistencia a la autoridad establecida en
un contexto de relaciones
asumido, mediante un compromiso personal con la si¬
tuación, por el propio individuo.
El escándalo que suscitan las tesis extraídas
Stanley Milgram de los resul¬
por
tados de sus experimentos (tal vez sea más
digno de escándalo la ingenuidad que
haya dado pie á este tipo de reacción) le hacen aproximarse —como él mismo re¬
conoce— hacia
controvertidas, por igualmente provocativas, posiciones como las
de Arendt (1963) acerca del
perfil simplemente burocrático (con nada en común

120
con el de un sercruel, sádico, sanguinario... etcétera) de una personalidad como la
de Eichmann olas sostenidas por psicoanalistas sociales sobre el carácter simple¬
mente "autoritario" de ciertos ejecutores —"en cumplimiento del deber"— de
acciones destructivas calificadas unánimemente de monstruosas y atribuidas, con
la misma unidad de criterio, a factores psicopatológicos extremos y raros. "Acon¬
tecimientos como los de Holocausto pueden explicarse sin tener que atribuir a

Alemania ninguna característica psicológica que no esté ampliamente en otras cul¬


turas-, la nuestra incluida" (Simón 1981, 17). Tales barbaridades no serían ya ne¬
cesariamente imputables banda de psicópatas, sino a una legión de burotec-
a una
nofascistas: a un colectivo de ejecutivos eficientes y disciplinados, algunos con só¬
lida formación "científica", bastantes con notable capacitación "técnica", mu¬
chos con profundas convicciones morales.
Si individuos comunes se manifiestan capaces de realizar acciones convencio-
nalmente diferenciales de monstruos inhumanos, pueden igualmente explicarse
ciertas monstruosidades inhumanas como efectos del comportamiento de indivi¬
duos comunes. Este sencillo razonamiento resta seguridad al presente y consisten¬
cia epistemológica a estrategias como la armamentista, basadas en la lógica racio¬
nal de la disuasión y en el presupuesto de la capacidad humana igualmente racio¬
nal de controlar la propia conducta. En este sentido, el eco y la resistencia susci¬
tados por la obra de Milgram resultan equiparables a los provocados por otros
"descubrimientos" que ponen de manifiesto la fragilidad de algún mito antropoló¬
gico como el de la "racionalidad" humana (Freud, Festinger...) o el de la capaci¬
dad "autonómica" del propio hombre (Skinner, Delgado...).

Milgram, por su parte, pone el dedo en la llaga de la ilusión acerca del carác¬
ter acentuadamente "moral" (en el sentido más sublime del término) del compor¬
tamiento humano. Por otra implícita afirmación de que las relaciones
parte, su
sociales sostenidas en el seno de una de poder "legítimo"-"racional"
estructura

(autoridad-obediencia) resultan significativamente próximos a los que el propio


Weber atribuye al tipo "coercitivo" (dominio-sumisión) constituye otro atentado
de primera magnitud contra el núcleo de la moderna mitología acerca del progreso
de la barbarie a la cultura.
De cualquier modo, el autor invita a considerar con ecuanimidad sus conclu¬
siones, que no inducen a descartar en absoluto la presencia de elementos raciona¬
les en la obediencia ni a la capacidad de resistencia humana (autonomía, libertad)
a una autoridad cuyas órdenes contradigan normas morales de sus subditos: la

"•auténtica posibilidad" de la desobediencia "en manera alguna queda excluida


por la estructura general de la situación experimental" (1974, 183).
En efecto, sus experimentos demuestran precisamente que, aun en las situa¬
ciones en que el individuo está solo ante la autoridad, el "estado agéntico" no eli¬
mina del todo la aptitud autonómica de una parte significativa de sujetos.

Tampoco es razonable derivar de los resultados de la investigación la tesis de


que el progreso cultural implique necesariamente un incremento de heteronomía.
Tal vez resulta más de acuerdo con la perspectiva que sugiere el autor la idea de

121
que cl mejor conocimiento de las bases psicosociológicas de la obediencia a la
autoridad proporciona los elementos teóricos adecuados para el desarrollo del
componente racional que puede existir en las relaciones sostenidas dentro de un
sistema de autoridad y, al tiempo, para reforzar la autonomía de los individuos
hasta el punto de capacitarlos para la eventual resistencia a una autoridad que
ordenara dañar a víctimas inocentes.
En síntesis", para el autor, la psicología social ha puesto de manifiesto que
las relaciones de autoridad constituyen el efecto social de simples predisposi¬
no

ciones personales al "autoritarismo" ni tampoco el puro resultado institucional de


un
régimen político "totalitario". Consisten, a su juicio, en un tipo de situación
que puede afectar también el comportamiento de individuos "normales" y que es
susceptible de darse en contextos "democráticos".

Valoración

Nadie ha puesto razonadamente en cuestión el hecho de que Milgram haya

conseguido introducir en el ámbito del laboratorio un tema social de interés rele¬


vante, incorporar hipótesis y modelos intcrdisciplinares y extraídos de una plurali¬
dad de orientaciones teóricas y combinar sugestivamente investigación y humanis¬
mo, rigor metodológico y apertura intelectual, en uno de los trabajos experimen¬
tales de mayor trascendencia en el campo de la psicología social.
Como es lógico suponer, una aportación como la presente ha debido suscitar
las más diversas reacciones, tanto por lo que se refiere a los aspectos ideológico y
ético como epistemológico y metodológico. Así, algún que otro literato moraliza-
dor se resiste a tomárselo en serio, a la vista de la distancia que separa sus conteni¬
dos de los propios mitos sobre la moralidad humana. Otras reservas apuntan hacia
los problemas de la representatividad de la muestra de sujetos experimentales, de
los efectos extraños que haya podido inducir el experimentador en el laboratario
o de los contrastes entre las situaciones artificiales observadas y los procesos reales

de la vida social o hacia la cuestión de si el fenómeno investigado consiste propia¬


mente en la obediencia individual a la autoridad o si se trata más bien de un ejer¬

cicio de agresión en un contexto institucional.


Son también frecuentes los comentarios deontológicos en torno al problema
de la relación medios-fines, planteado a propósito del posible carácter "traumati¬
zante" de la experiencia de tensión emocional a que son sometidos los sujetos in¬
genuos, quienes además son objeto de "engaño". A ello responde Milgram preci¬
sando la calidad del tratamiento pre y postexperimental que se da a los sujetos y
presume del caso de uno de ellos (joven) que no dudó en llegar al límite máximo
de la obediencia en el proceso experimental y que, a consecuencia de la reflexión
a propósito
de esta experiencia, persigue y consigue el estatuto de "objetor de
conciencia" (1980, 187).
Desde una
posición sociológico-crítica (Poitou, 1973; Mugny, 1980) se acusa
a
Milgram de no haber tomado suficientemente en cuenta el hecho de la inserción

122
social de la institución científica en un sistema de autoridad,
el que el experi¬
en
mentador ostenta el rango
de experto legitimado para exigir respuestas obedientes
dentro del ámbito de su competencia. Ello suscita dudas acerca de la validez de un
análisis de relaciones de poder realizado desde una situación de ejercicio de poder.
Por su parte, Doise (1982) critica en la obra de Milgram un típico desfase en

psicología social experimental: las "operacionalizaciones" se apoyan sobre varia¬


bles "intrasituacionales", la "teorización" remite a procesos "intra e interindivi¬
duales" y la referencia al marco "ideológico" no va más allá de la mera "..lusión".
Harre (1979) presenta el experimento de Milgram como un ilustrativo ejem¬

plo de la dificultad de comprensión de los fenómenos observados en el laboratorio


"cuando no se atiende a las interpretaciones y creencias de los actores". Desde un
punto de vista etogénico, la situación experimental permite detectar no la "obe¬
diencia" a una autoridad, sino la "confianza" en un experimentador —que se esta¬
blece, negocia y renueva a lo largo de la interacción sostenida entre el sujeto inge¬
nuo y el que desempeña el rol de "investigador"—. Harre se apoya en la réplica

experimental de Mixon (1971) a Milgram, según la cual la manipulación de las


creencias e interpretaciones de los sujetos induce a demostrar el importante papel

que juega la confiabilidad percibida en el experto (a través de sus gestos y actitu¬


des) en orden a la determinación del nivel de obediencia manifiesta al mismo.
En cambio, Aronson (1972) entiende que el experimento en cuestión, estan¬
do saturado de "realismo experimental" (en él, el sujeto se toma realmente en se¬
rio la situación; así respuestas a los estímulos manipulados por el investi¬
como sus

gador), padece, sin embargo, de un importante déficit de "realismo mundano", al


no existir
—según ese autor— relaciones significativas entre la situación vivida por
el sujeto en el laboratorio y las que vive en su medio social cotidiano. El valor pre-
dictivo de la teoría de la "obediencia a la autoridad" se restringiría a las supuesta¬
mente escasas ocasiones "reales" de estructura similar a la diseñada en el laborato¬
rio milgramiano.
de confianza que lleguen a instaurar¬
Pero, aparte de las relaciones de poder y
se en los dominios del
investigador, cabe considerar también las "reglas implíci¬
tas" de la interacción experimentador-sujeto experimental, que inducen a plantear
razonables dudas acerca del grado de "validez ecológica" de los experimentos de
Milgram; no por el mero hecho de haber sido realizados en el marco del laborato¬
rio, sino por la estratagema que en ellos se ha empleado de cara a conferir "plausi-
bilidad" y "realismo" a la situación.
Orne & Holland (1968) sugieren que lo que tal vez haya demostrado Milgram
en sus
primeros trabajos (1965) no es tanto la "obediencia" del ciudadano común
a la autoridad
que reconoce como legítima, cuanto la "complacencia" del sujeto
participante a las "demandas características" de la situación experimental.
Orne (1962. 1969) demuestra que en el laboratorio los sujetos se someten a
la realización de unas tareas extraordinariamente pesadas y absurdas, tratando de
mostrarse serviciales ante un investigador que "bien debe saber lo que se trae entre

manos". Según él, ello no supone ninguna garantía de que los mismos sujetos se

123
comportarán de modo similar en su vida cotidiana. Consideradas las homologías
estructurales entre la conducta antihedónica de sus sujetos y la antimoral de los
de Milgram, sugiere que éste no debe extrapolar lo que ha observado en el contex¬
to
experimental a las situaciones de la vida real. (Quien comparte el punto de vista
de Milgram podría argüir que la vida real está llena de casos de gente que, en con¬
textos institucionales —"legitimados"—, realiza tareas penosas,
absurdas, violentas
y destructivas y que, si de algún modo la "obediencia" es reductible a "compla¬
cencia" ¿por qué no ha de serlo, a su vez, el "efecto Orne" al "efecto Milgram"?)
De cualquier modo, para Orne & Holland, la relevancia antropológica, políti¬
ca
y moral de la investigación de Milgram ha eclipsado la problemática metodoló¬
gica que la misma plantea: "Gran parte de la aceptación depende de la medida en
que los resultados se adecúan al 'Zeitgeist' y a los prejuicios de la actividad cien¬
tífica. El talento con que Milgram presenta sus resultados y los efectos que origi¬
nan tienden a oscurecer serios
problemas acerca de su validez" (1968, 242). La
más seria de las reservas de procedimiento que suscita, a su juicio, es la de la "ma¬
nipulación del engaño": "el engaño es un intento por parte del investigador por
eludir aquellos procesos cognoscitivos del sujeto que interferirán con su investi¬
gación, pero cuando tal experimento se realiza, resulta vital que el investigador
determine si es el sujeto o él mismo el engañado" (1968, 245).
Orne & Holland, intentando ponerse dentro de la piel del
sujeto experimen¬
tal, consideran que lo que éste hace está en función de su modo de captar la situa¬
ción, en virtud del cual realiza su composición de lugar atendiendo a las "instruc¬
ciones" que le proporciona el experimentador y a toda otra suerte de "indicios"
(Garfinkel, 1967). Y que, cuando resuelve un conflicto situacional, lo que aparece
en
primer término como una respuesta a instrucciones recibidas, puede resultar en
realidad una conducta orientada por indicios
percibidos.
A ese respecto, la coyuntura más "incongruente" vivida por el sujeto experi¬
mental será la del contraste entre la gravedad de los acontecimientos desarrollados
y el tranquilo comportamiento del experimentador. Ante ella, según los autores,
se
comportará no sólo en función del reconocimiento explícito de la autoridad le¬
gítimamente ostentada por el director del experimento, sino también convencido
de la operatividad de la "regla implícita" de que
nada grave puede acontecer en el
marco
experimental. En tal caso, la propia conducta del experimentador es capta-
ble como un comunicado expreso de que en realidad no es importante lo que está
ocurriendo al aprendiz-víctima. Por ello, "el paradigma de Milgram desemboca en
una
paradoja inevitable. Existen algunas cosas que el sujeto no haría, pero hay
comportamientos que sabe que el experimentador no le pedirá que realice; por
tanto, cuando el experimentador le pide que emprenda una acción que conducirá
a un serio
perjuicio para él o para alguien más y le comunica que el sujeto va a rea¬
lizar esos actos, le comunica también que esto no conducirá a sus consecuencias

aparentes. Que el sujeto en un experimento ponga en práctica comportamientos


que parecen destructivos para él mismo o para otro, refleja más su disposición de
confiar en el experimentador y en el contexto experimental que lo que haría
fuera de la situación experimental" (1968, 255).

124
Orne 8c Holland concluyen que "los estudios de Milgram sobre obediencia,
aunque no logran proporcionar un modelo viable para la investigación científica
de la violencia, constituyen con todo una piedra miliar en la psicología social. Al
demostrar que es posible permanecer dentro de convenciones actualmente acepta¬
das y, sin embargo, llevar al experimento psicológico más allá de sus límites, los
estudios sobre la obediencia nos obligan a considerar cuáles son estós límites y a
apresurar la llegada del día en que los problemas de validez ecológica recibirán la
clase de atención cuidadosa que actualmente se dedica a la inferencia estadística.
Finalmente, Milgram se ha atrevido a intentar el estudio científico sistemático de
un
problema urgente al que actualmente se enfrenta nuestra sociedad. Si bien se
necesitarán rruevos medios para alcanzar esta finalidad, al concentrarse en los
problemas vitales, Milgram ha dado un nuevo ímpetu a un campo sumamente
atractivo" (1968, 257).
F.l trabajo clásico de Milgram (1965. 1974) permanece como un camino
abierto por el que se ha avanzado aún cortos pasos. Probablemente esto sea debi¬
do al hecho de que constituye una especie de momento álgido de la época dorada
de la psicología social psicológica experimental. La "crisis" que ha caracterizado
la autoconsciència de la disciplina a lo largo de los setenta, avivada por las contro¬
versias en torno a la validez de los trabajos de laboratorio en las ciencias humanas
y por el creciente consenso en torno a la necesidad de incorporar a la investigación
psicologicosocial una mayor dosis de variables cognitivas y macrosociológicas, ha
frenado sin duda el empuje que el autor hubiera podido dar a las investigaciones
en la línea por él emprendida.

En ese sentido, los numerosos ensayos de validación transcultural realizados


a
propósito de los hallazgos de Milgram en suelo norteamericano no resuelven los
problemas de fondo planteados por la crítica de que éstos han sido objeto. Resul¬
tan más bien dignos de mención ciertas aproximaciones a aspectos parciales del

modelo original como los estudios sobre la relación del grado de obediencia con
variables como personalidad (Elms & Milgram, 1966), inteligencia (Burley & Mc-
Guinnes, 1977), sexo (Kilmam 8c Mann, 1974) o edad (Punch 8c Rennie, 1978);
sobre el nivel de obediencia obtenido según si el sujeto desempeña el rol de agente
"transmisor" o "ejecutante" de las órdenes recibidas del experimentador (Kilham
8c Mann, 1974); sobre la servicialidad del sujeto experimental (Crano 8c Brewer,
1977); sobre el efecto del engaño en el desarrollo del experimento (Bickman 8c
Zarantonello, 1978) o sobre la ética de la investigación (Kelman, 1969) —tema al
que vuelve el propio Milgram (1977).

II. 2. 2■ 3. La influencia social

Influencia y orden social. Análisis funcionalistas

Si el conocimiento no se produce en el vacío social, una psicosociología tam¬

poco resulta posible fuera del universo de las ciencias sociales y humanas. Por

125
esto, a lo largo del peri'odo caracterizado por la indiscutible hegemonía del para¬
digma funcionalista, los actos de subordinación y conformidad a la presión social
han sido considerados como modos de integración del individuo a la sociedad, y
de su adaptación a las organizaciones c instituciones del medio en que le "corres¬
ponde" desenvolverse.
En ese contexto, las teorías cognitivas, motivacionales y conductistas han in¬
sistido en el carácter pregnante, necesario y gratificante del consenso social. Así,
ya no cabe recurrir a los tradicionales postulados acerca de la hipnosis, la suges¬
tión, la imitación, el contagio o el deseo para explicar los efectos de la influencia:
en tanto
que cambio de conducta socialmente inducido, la normalización sería el
resultado de una tendencia básica a la uniformidad y el conformismo la expresión
de una inclinación universal al consenso.

Como arquetipos de esa orientación se presentará los trabajos de Sherif sobre


la génesis de las normas sociales y los de Asch sobre el efecto del grupo en la dis¬
torsión de los juicios perceptivos de los individuos.

NORMALIZACION SOCIAL

Introducción

Jenness (1932 a. b.) realiza una serie de experimentos en los que se invita a
los sujetos estimar el número de judías contenidas en una botella. El autor ob¬
a
serva
que, puestos en situación de grupo, tienden a reducir los contrastes entre sus
respectivos juicios individuales hasta conseguir una evaluación estándar de grupo.
Es, sin embargo, Sherif (1935) quien ha pasado a la historia como constructor del
paradigma clásico de los estudios sobre la influencia social. Este autor adopta el
grupo como factor social de la situación-estímulo de un proceso perceptivo y
como referencia básica para la
explicación de la organización individual de la ex¬
periencia cognitiva.
Sherif parte de la constatación del hecho de que la vida cotidiana de los indi¬
viduos está regida por patrones cognitivos y conductuales (explícitos o tácitos) so¬
cialmente establecidos. Reconocida la dificultad de un estudio de campo en la
propia realidad sociocultural sobre la génesis de las normas sociales, se propone el
objetivo temerario de observar, dentro de las condiciones espaciotemporales de un
experimento de laboratorio, el complejo proceso de la uniformización de criterios
normativos de los integrantes de un grupo.
Para ello, imagina como medio más adecuado para la producción artificial de
normas sociales, la creación de una situación nueva,
ambigua, inestable y suscepti¬
ble de ser estructurada cognitivamente por los individuos, en base a evaluaciones
intersubjetivamente establecidas.

126
Situación experimental

Inspirándose en un hecho familiar para los astrónomos, consistente en la


ilusión de movimiento producida por la observación de la figura de un cuerpo ce¬
leste estático que brilla en un fondo de oscuridad tal que impide la adopción de
los puntos de referencia indispensables para determinar las características de su

situación, Sherif diseña el siguiente experimento:


Los sujetos experimentales están sentados, en fila, en una habitación com¬

pletamente oscura. En la pared del fondo, a cinco metros de distancia de ellos,


aparece un minúsculo punto luminoso (el rayo de luz de una bombilla, que se
proyecta a través del pequeño agujero de una caja inmóvil). Como resultado de la
falta de un adecuado sistema de coordenadas espaciales, los sujetos experimentan
una
vaga sensación de movimiento errático del punto luminoso.
En las diversas condiciones experimentales (aislamiento, interacción), los in¬
dividuos son invitados a emitir sus respectivos juicios acerca de la "trayectoria"
del supuesto desplazamiento del punto.
Sherif pretende haber demostrado "el proceso psicológico básico implicado
en el establecimiento de normas sociales", mediante la "extensión al campo social

de un fenómeno psicológico general que se encuentra en la percepción y en mu¬


chos otros campos de la psicología", en virtud del cual "nuestra experiencia se
encuentra organizada o modificada por marcos de referencia que participan como

factores en cualquier situación de estímulo dada" (1958, 674).


Los juicios personales tienden a acomodarse a la norma que emerge del grupo
como resultado de la confrontación de criterios individuales. El patrón común no

resulta inferible a partir de simples operaciones matemáticas a base de sumas, pro¬


ductos, cocientes o promedios de las normas individuales, sino que procede de las
características del procesó interactivo desarrollado en el seno del grupo.
Cuando se reúnen en grupo los individuos que han establecido previamente
una "norma subjetiva" y un "margen de variación", tienden a elaborar colectiva¬

mente una norma de grupo y un margen de variación fruto de la convergencia de

las informaciones individuales. Si los sujetos se enfrentan al estímulo directamen¬


te en grupo, definen una norma y un margen de variación que persisten en ellos

cuando luego son invitados a enfrentarse individualmente a la situación ambigua.

Comentario

Según Sherif, la situación experimental suele inducir en un individuo una es¬


pecie de conflicto entre la propia percepción y la de los demás (o, mejor dicho,
entre la experiencia de la adecuación de las propias percepciones a la realidad, y

la experiencia de la objetividad de las de los demás) que se resuelven habitualmen-


te mediante la elaboración de un consenso.

Al concebir la presión hacia la uniformidad como fruto de una necesidad de


apoyo social y de evitación de conflicto, el autor adopta una posición decidida-
127
mente funcionalista. Asimismo, su constatación experimental de una cierta unidad
psicológica del grupo le acerca a la psicología del campo-, al igual que su postulado
del carácter organizacional del proceso perceptivo |c hace participar del movimien¬
to
gestaltista y que su concepto de la normalización como proceso de construc¬
ción social (resultado de la acción colectiva de búsqueda de información y de sen¬
tido) le convierte en fenomenólogo.
Su imaginativa articulación de los fenómenos perceptivos y los de la influen¬
cia social provoca la desmonopolización del análisis de la percepción, considerado
anteriormente como de la competencia exclusiva de la psicología general.
El efecto de la normalización ha sido estudiado experimentalmente a propó¬
sito de otros estímulos, en contextos igualmente inestructurados (estimaciones
de movimiento, peso, tamaño, temperatura, número, olor... etcéterá) con resulta¬
dos semejantes a los de Sherif. También se ha analizado la incidencia de factores
como amistad, status, jerarquía, afiliación ideológica, etcétera, en la norma¬
lización)
Como todo trabajo pionero, el de Sherif ha suscitado toda suerte de críticas.
Entre ellas destacan las referidas a la ausencia de norma
previa y de mayoría pre¬
establecida en la situación experimental, a la ambigüedad del estímulo, a la coac¬
tividad de la situación, a la intrascendencia del objeto y, por supuesto, a la falta
de realismo mundano.
Los estudiosos clásicos de la normalización, observa Deschamps (1980),
atendiendo exclusivamente al efecto intragrupo sobre las cogniciones del sujeto,
han sido incapaces de descubrir, explicar y predecir las situaciones en que no llega
a consumarse tal hecho de normalización. El autor, basándose en una serie de in¬
vestigaciones experimentales, afirma que en algunos contextos de percepción am¬
bigua, el proceso de normalización —considerado por Sherif como una tendencia
universal— no tiene lugar. Uno de los factores que se han hecho notar en ese blo¬
queo de la normalización consiste, según él, en la divergencia ideológica (efecto
intergrupo) en un contexto interactivo.

EL CONFORMISMO SOCIAL

Introducción

Durante la década de los cincuenta, Asch (1952) investiga experimentalmen¬


te los efectoscognitivos de la presión social, partiendo de estímulos definidos, en
el marco de una situación estructurada. En ella, los efectos de la influencia social
sobre los juicios individuales no pueden ser debidos (como ante el efecto autoci-
nético de Sherif) a la búsqueda de información, sino a la presión normativa de la

mayoría, bajo la que el sujeto —según se supone, desde una óptica funcionalista—
procura acomodarse a los criterios grupales, en un proceso de "conformismo con¬
vergente" (Hollander & Willis, 1967).
Por este procedimiento, el autor trata de analizar las formas de reacción in-

128
dividual ante expresión mayoritaria de juicios contrarios a la realidad, en diver¬
la
sas Según él, este fenómeno va íntimamente asociado al de la
condiciones sociales.
génesis y modificación de las actitudes sociales y constituye, por ello, un objeto
de análisis de indudable trascendencia psicosociológica y política.

El experimento
En cada prueba cabe un solo sujeto experimental, que es incluido en un gru¬
po formado por "cómplices" (preinstruidos) del experimentador. Al igual que en
la situación de Sherif, la tarea consiste en la emisión de juicios perceptivos y es
presentada a los sujetos como un test de discriminación visual. Está integrada por
una serie de ítems ante cada uno de los cuales se debe elegir, entre tres líneas ver¬
ticales de distinta longitud que aparecen dibujadas en un tarjetón, la que resulta
idéntica al modelo estándar mostrado en otro tarjetón.
Los individuos están sentados, en semicírculo, frente a un caballete que sos¬
tiene los tarjetones, y estratégicamente distribuidos de modo tal que al sujeto
"ingenuo" le corresponda uno de los últimos lugares a la hora de emitir el juicio.
Cada uno oralmente su posición en presencia de los demás.
de ellos expresa
Cuando, siguiendo un plan establecido por el investigador, los cómplices
concuerdan en proponer una respuesta errónea, el sujeto experimental se halla
ante un dilema: o manifiesta lo que estima objetivo o se adapta al juicio de los

demás, cediendo así a la presión de la mayoría.

Los resultados

La conducta observada por los sujetos ingenuos en el proceso experimental


(éstos llegan a plegarse a los dictados del juicio erróneo de la mayoría unánime
hasta en el 32% del total de las estimaciones efectuadas) da cuenta de la facilidad
con
que individuos "normales" (que en la condición control han mostrado su ple¬
na
capacidad de juzgar correctamente) se someten a los dictados de otros, distor¬
sionando los propios juicios para ajustarse a la norma establecida por el colectivo
al que se encuentran incorporados.
El autor descubre que, en algunos casos, el individuo que cede a la mayoría
no ha experimentado propiamente una "distorsión de juicio" (consideración de

que las propias estimaciones son inexactas y las de los demás son correctas); sino
de "percepción" (adecuación inconsciente de la propia a la de los demás) o de
"acción" (asunción del criterio grupal, sabiendo que se incurre en el error).
También ha podido constatar, por otra parte, que otros sujetos se muestran
capaces dé mantener su autonomía de criterio, a pesar de enfrentarse a la presión
grupal. En opinión de Asch, el grado de conformidad observado en su laboratorio
viene dado por la interacción de diversos factores:

estímulo: a mayor ambigüedad, mayor susceptibilidad individual a la


influencia mayoritaria.

129

situación: la respuesta
de un sujeto es función del tamaño del grupo al
que está integrado, así como del grado de unanimidad existente en el mismo.
personalidad: la variabilidad interindividual en cuanto a independencia-

heteronomía de criterio va ligada a la incidencia de componentes


caracterológicos
específicos.

Balance

A partir de los primeros


trabajos sobre el tema, el propio Asch y otros inves¬
tigadores han confirmado, revisado, matizado y ampliado el contenido de las tesis
surgidas de aquéllos, definiendo así los medios para un análisis más adecuado de
diversos aspectos del conformismo, como los siguientes:

modalidades (descritas, según diversas tipologías, en términos de compla¬


cencia, oposicionismo, identificación, introyección, sumisión... etcétera),
grados y niveles (total, parcial; cualitativo, cuantitativo... etcétera),

significación, en función de diversas variables


que incurren en cada si¬


tuación concreta. Entre ellas cabe destacar:

características de la mayoría (unánime o relativa —en el segundo


caso,el sujeto experimental puede contar con eventuales "aliados" En
cualquier modo, la totalidad aparece como fraccionada—, tamaño y na¬
turaleza del grupo, carácter de las relaciones intragrupales, grado de co¬
hesión... etcétera),

elementos concurrentes en la personalidad de los


sujetos experi¬
mentales (aprendizaje, inteligencia, edad, sexo, profesión, raza, status,
autopercepción, seguridad en sí mismo, tolerancia al stress, sugestiona-
bilidad, meticulosidad, introextraversión... etcétera),

naturaleza del contenido sobre el que se ejerce la presión (discri¬


minación perceptiva, información, opinión, evaluación estética, ideolo¬
gía o moral... etcétera),
tipo de situación experimental (interacción cara a cara o en condi¬

ciones de relativo aislamiento, emisión de juicio oral o por escrito, en


condiciones de publicidad o de anonimato... etcétera),
además de otras, como quantum de la
presión ejercida, importan¬

cia del grupo para el sujeto experimental y tipo de


percepción de los
componentes de la mayoría o de los eventuales aliados por aquél, con¬
texto social general (tolerancia-totalitarismo), cantidad de
ensayos "crí¬
ticos" en comparación con la de "neutros", número de posibles alterna¬
tivas de respuesta... etcétera.

Al lado del reconocimiento del relativo poder explicativo, predictivo y suges¬


tivo de la aportación de Asch, se ha criticado el carácter "artificioso" de la situa-

130
ción por él diseñada (el grupo como marco estático en el que no cabe la posibili¬
dad de discusión ni de retroalimentación), centrada en el desarrollo de una tarea

poco vital para los individuos, la imposibilidad de cuantificación de la presión


ejercida sobre éstos, la duración de los efectos de la misma, el recurso obligado a
los cómplices... etcétera. A ello se unen las reservas generales suscitadas por los

presupuestos func'onalistas sobre los que se apoya la investigación en su conjunto.


Un nuevo marco experimental

Crutchfield (1955) modifica la situación de Asch para hacer posible, sin ne¬
cesidad de recurrir cómplices, el análisis del efecto de la presión social sobre¬
a

todo un grupo de sujetos experimentales simultáneamente.


Los individuos son distribuidos en cabinas personales, dispuestas para que
desde cada una de ellas sea posible contemplar una pantalla sobre la que se pro¬
yectan los estímulos (agrupados en varias series de items: imágenes visuales, te¬
mas de vocabulario, elementos de información, objetos de opinión...); pero inco¬

municadas de modo que ninguno de sus ocupantes pueda observar directamente


las respuestas de los demás (con lo que se pierde el efecto de la interacción cara a
cara).
Cada sujeto dispone en su cabina de un panel con una fila de clavijas nume¬
radas, que le permite transmitir al exterior su juicio acerca del contenido que le es
expuesto en la pantalla. Asimismo, cuenta con un sistema de indicadores eléctri¬
cos (botones luminosos que hacen la función de los compañeros) mediante el

cual puede percibir lo que supone que son las señales de los juicios de los demás
(A, B, C, D). En realidad, quien decide lo que aparece en los mismos es el propio
experimentador, que está asi en condiciones de controlar los diferentes tipos de
situaciones que él mismo ha diseñado. El interior de cada una de las cinco cabinas
está marcado con la letra "E"; lo que induce a pensar a cada sujeto que le ha co¬
rrespondido el último lugar para expresar su juicio.
Los resultados de la investigación de Crutchfield ratifican en términos gene¬
rales las tesis de Asch acerca de la respuesta conformista al estímulo de la presión
grupal.
Crutchfield traza un perfil del conformista en el que destaca los rasgos de es¬
caso nivel intelectual y de madurez social, necesidad de apoyo, desconfianza, rigi¬
dez y autoritarismo.

La tipología de Deutsch & Gerard

En base a las conclusiones obtenidas de la aplicación de estímulos tipo Asch


a diversas situaciones experimentales, les autores (1955) distinguen un doble tipo
básico de influencia social:

la informativa. En situaciones ambiguas y confusas, el individuo tiende

131
a
adoptar el criterio de los demás comoreferencia informativa sobre la situación y
al grupo en general como fuente social de la realidad física. En ese caso, la asun¬
ción de un criterio mayoritario expresa la búsqueda de orientación, para lo que el
grupo proporciona recursos apreciables (efecto Sherif: el grupo como medio de
conocimiento).

lanorrpativa. En contextos estructurales y definidos, el sujeto experi¬


menta un
empuje hacia el acuerdo con la perspectiva establecida por la mayoría,
no a causa del valor instrumental de la información
aportada por el grupo, sino
por la satisfacción afectiva que deriva de la misma adaptación grupal (efecto Asch:
el grupo como fin. Consecuencias afectivas de la conformidad).
En la influencia normativa, el sujeto persigue más la realidad social
que la fí¬
sica, más el apoyo emocional que el acceso a la verdad. Según los autores, cuanto
mayor sea el grado de incorporación afectiva del individuo a un grupo, mayor será
su nivel de conformidad a los criterios normativos
vigentes en el mismo.

Influencia y cambio social. Innovación

Limitaciones del paradigma funcionalista

Los estudios clásicos en


psicología de la influencia social tienen lugar en un
momento de franco predominio del funcionalismo en las ciencias sociales. El an¬
tropólogo Malinowski (1944) concibe la cultura como una gestalt cuyos rasgos
elementales sólo cobran sentido en tanto que funciones de un todo; eso es,
según
la posición que ocupan en un conjunto y el modo cómo se articulan entre sí. Esa

concepción es ampliamente desarrollada por una generación de sociólogos norte¬


americanos, quienes, bajo la batuta de Talcott Parsons, proyectan un ambicioso
plan de estudio interdisciplinar de la "acción social" (Parsons, 1951; Parsons &
Shils, 1951). Herederos del viejo sueño comteano de la sociología como ciencia
del "consensus universalis", del productivo recurso, spenceriano a la analogía or¬
gánica —fuente de las nociones de "adaptación" e "integración" social—, de la re¬
presentación paretiana de la sociedad como "sistema" en equilibrio dinámico, de
la insistencia durkheimiana en el enfoque "positivo" de las instituciones como
hechos sociales fundamentales, del descubrimiento weberiano de la importancia
social de la ética y los valores, del análisis freudiano del proceso de socialización
y del pragmatismo funcionalista de la Escuela de Chicago (James, Dewey, Mead...
etcétera), construyen la atmósfera intelectual que habrán de respirar Asch y sus
próximos continuadores.
Su teoría general contempla la "acción" desde una óptica "sistemática", que
abarca el conjunto de los actores, situaciones y orientaciones, en sus vertientes
"estructural" y "funcional".
La convergencia de los puntos de vista bio, psico, socio y antropológico, per¬
mite distinguir los diversos "subsistemas de la acción" (orgánico, personal, social

y cultural), así como los "elementos estructurales" del "sistema" (roles, institu-

132
ciones, normas yvalores) y los "imperativos funcionales" del mismo (adaptación
al ambiente, integración por consenso, eficacia en la persecución de los objetivos
y homeostasis garantizadora del equilibrio y estabilidad del conjunto).
El orden sociocultural se desarrolla, según Parsons, como un todo integrado

gracias a la organización consensuada de la interacción humana, que se autorre-


produce por medio del mecanismo de la "socialización" y de su indispensable
complemento: el "control social". Arraigado en él, el individuo no ptiede menos
que sentirse movido a "internalizar" los valores culturales y a exteriorizar su "con¬
formidad" con el status quo, asumiendo los modelos institucionales de conducta.
El paradigma de la integración normativa, establece, en definitiva, la propia
estructura cultural como fuente determinante principal de la orientación de la ac¬

ción social. Los factores motivacionales que de aquélla dimanan —los valores— son
concebidos como materializaciones culturales de las auténticas necesidades na¬
turales.
Talopción normativista vuelve en definitiva la espalda a la obsesión darwinia-
na
porel hecho del cambio y orienta fundamentalmente su atención hacia el cró¬
nico "problema hobbesiano del orden social" (Parsons, 1951). Así, al tiempo que
descuida el protagonismo del "actor" weberiano, enaltece el de la facticidad de lo
instituido y sistematizado, al estilo de Durkheim y Pareto. Por ello, confiriendo
relevancia teórica a determinadas cuestiones y minimizando la de otras, se hace
acreedora de una crítica, que se intensifica notablemente en los efervescentes se¬
senta. Los comentarios de sus detractores (Mills, 1959; Gouldner, 1970, entre

otros) giran en torno de los siguientes ejes-clave:


Formalismo. La macroteoría funcionalista del sistema social tiene algo


de la metafísica del mejor estilo platoniano, en la medida en que su contempla¬
ción de las esencias ideales, ahistóricas y universales del orden distrae de la consi¬
deración de los problemas sociales concretos y supone una cierta evasión de los
ineludibles compromisos morales del científico, cuando no una complicidad
—como lógica instrumental— con el status quo.

Tautologismo. El análisis "estructural-funcional" de lo que funciona


dentro de una estructura dada, resulta impotente para captar lo que de inestructu-

rado, desestructurante o disfuncional pueda haber en una sociedad concreta, así


como las eventuales alternativas de reorganización de la misma. Ello supone un

círculo vicioso en el que unos aprioris metacientíficos reaparecen como deduccio¬


nes
lógicas, al tiempo que se "descubre" el fundamento empírico de ciertos
axiomas.

Conservadurismo. La clave de la enfatización funcionalista de los crite¬


rios axionómicos de la interacción social radica en el "ethos burocrático" que la
mueve
y, en en la plataforma metateórica implícita que la sostiene. Si
definitiva,
bien la naturaleza de tal actitud conservadora no consiste tanto en un maridaje
ideológico con una determinada modalidad de sistema económico, social, político
o cultural cuanto en una orientación normativista en forma de predisposición ge¬
neral favorable ante cualquier orden establecido.
133
Kl funcionalismoconstituye, desde esa perspectiva, simplemente la racionali¬
dad social de todo quo. Esa fascinación por lo instituido, indica Gouldner
status

(1970) conlleva una doble inclinación: por un lado, a enaltecer las virtudes de la
integración orgánica y del equilibrio mecánico; por otro, a revestir de connotacio¬
nes
negativas tanto el "desorden" cotidiano como los proyectos de "reordena-
ción" profunda.
Kn efecto, el funcionalismo de
patente USA, que no obstante ha enraizado
también, a partir de los sesenta, en los países del Este, reúne las principales carac¬
terísticas que el autor de La crisis de la
sociología occidental atribuye a todo con¬
servadurismo:

consideración de las instituciones de una sociedad en un momento de¬


terminado "dadas" y prácticamente "inmutables",
como

ausencia de concepciones alternativas del orden presente y, por tanto,


descalificación de las bases para una estrategia utópica,
propuesta de medios operativos para el mantenimiento

y mejora de la
funcionalidad del orden establecido

e invitación (abierta o latente) a la conformación a lo dado y a no em¬


peñarse en resistirlo, ignorarlo, negarlo o combatirlo (Goulder 1970, 360ss.).

En síntesis, el funcionalismo, en su vertiente teórica, ofrece un marco de ra¬


cionalizaciones de lo establecido y como sociotecnología aporta soluciones a sus
problemas de funcionamiento. Por ello, ha sido considerado como una prolonga¬
ción en clave secular de la
concepción neorreligiosa comteana de la sociología
como instrumento de
producción del consenso social.
La óptica funcionalista experimenta notables revisiones desde dentro: el
pro¬
pio Parsons (1974a, b, 1978) se enfrenta al tema del cambio social echando mano
de viejos esquemas evolucionistas.
Algunos de sus discípulos se lanzan a la remo¬
delación de la teoría de la acción social tratando de descubrir la vertiente funcio¬
nal de los conflictos sociales y de la
irrupción de nuevos fenómenos históricos que
no emanan necesariamente de la fecundidad creadora de los sistemas establecidos.
Uno de sus más brillantes colegas, Merton (1957. 1967. 1976) reconoce abierta¬
mente que las sociedades modernas generan factores de tensión,
conflicto y trans¬
formación, "ambivalencia sociológica" y "comportamiento anómico"; dada su
estructura "polifilética
y polimorfa". Al tiempo que propone complementar la
macroteoría con "teorías de alcance medio", operacionaliza la noción biológica
de "función", al definirla en términos de "consecuencias observables" de la acción,
entre las que distingue las de tipo "eu"
y "dis" funcional. Afirma, asimismo, la
posibilidad de "equivalente" sustituto funcional y detecta freudianamentc, más
o
allá de la función "manifiesta" (identificable desde el punto de vista de los actores
en situación), la "latente"
(sólo al alcance del experto observador). Para Merton,
el análisis estructural-funcional, siendo el menos inadecuado de los
enfoques so¬
ciológicos, resulta, sin embargo, hoy por hoy, incapaz de ofrecer una razón sufi-

134
cíente y exhaustiva de la pluralidad y complejidad de fenómenos y procesos so¬
ciales.
En el ámbito psicológico social, desde la óptica funcionalista, se capta asimis¬
mo lo socialmente establecido como un hecho positivo y como una especie de

valor absoluto, en base a lo cual los cauces institucionales de las cogniciones, ac¬
titudes y conductas individuales no pueden aparecer más que como datos norma¬
tivos y factores adaptativos.
Los procesos de influencia social, en ese contexto, son concebidos como mo¬
dos de contribución a la supervivencia del propio status quo mediante la produc¬
ción de consenso y uniformidad ideológica, en base a ia reducción de incertidum-
bres y divergencias, y de orden y control, gracias a la inducción de conformidad a
las normas sociales y al reajuste homeostático de elementos disfuncionales. Nord
(1969) presenta el conformismo como un valor de cambio (sumisión al grupo a
cambio de paorbación social), en tanto que McGuinnes (1970) lo ve como expre¬
sión de éxito-logro de la socialización. Consiguientemente, la independencia de
criterio o la disconformidad con lo normal no puede ser diagnosticada más que
como
expresión de la inadaptación personal al sistema y de la impotencia integra-
dora de éste; en definitiva, como síntoma de patología psíquica y social. Por la
misma razón, el proceso de influencia sólo puede tener una dirección: de la cús¬

pide a la base, del centro a la periferia, de la norma a la desviación, de los influ¬


yentes (dotados de autoridad, prestigio, competencia, poder) a los simplemente
influibles (dependientes de aquéllos y subordinados a los mismos).
También surgen desde dentro los primeros ensayos de revisión del funciona¬
lismo psicologicosocial:
McGuire (1962. 1964. 1968; McGuire & Papageorgis, 1961), apoyándose en
la analogía de la inmunización como procedimiento terapéutico destinado a po¬
tenciar las defensas de un organismo contra una enfermedad, concibe un medio de
resistencia a la influencia social basado en la inoculación de contraargumentos re¬
futados, que habrán de provocar una reacción en forma de refuerzo a la actitud
que podría verse atacada por agentes externos no debilitados.
Brehm (1966. 1974), por su parte, descubre un modo de reacción contraía
influencia social que denomina "reactancia psicológica", consistente en un estado
de excitación que experimenta un sujeto cuando, en una situación interactiva,

pierde simplemente ve restringida o amenazada su capacidad de realizar determi¬


o
nados libres. Tal coyuntura induce a perseguir el restablecimiento de la si¬
actos

tuación anterior al atentado contra la propia libertad; así como a la prevención del
riesgo de repetición futura del mismo. Mugny (1980) sostiene que el estado de
reactancia psicológica no resulta concebible en términos de simple motivación in-
traindividual, sino sobre todo como efecto de un conjunto de relaciones interindi¬
viduales surgidas en el marco de la dinámica de un sistema social determinado.

Aparte de esas modalidades de influencia social negativa, la psicología social


135
de cuño neofuncionalista ha descubierto la "innovación" desde arriba
(Hollander
1958. 1964. 1975; Hollander & Willis, 1967).
Hollander destaca como uno de los
primeros psicólogos que pretendieron to¬
marse en serio el inconformismo y
la independencia como actitudes sociales. Su
punto de vista pionero induce a considerar la introducción de lo novedoso como
una de las funciones
propias de todo líder quien, antes de verse facultado para
asumir el rol de agente innovador, habrá tenido que acumular, a base de una tra¬
yectoria de conformación a la normativa grupal, el "crédito idiosincrásico" que le
ha de permitir la inducción, desde Su status
privilegiado —eso es, desde arriba y
desde dentro— de las "reformas" oportunas
para la mejor adaptación del sistema á
la coyuntura.
Pero la línea de ruptura con el modo funcionalista de enfocar la influencia
social pasa por el trabajo de Moscovici, Lage
& Naffrechoux (1969), que inicia
una serie de
exploraciones del propio Moscovici y sus colaboradores, centradas
básicamente en tareas de percepción del color y en las que se trata de descubrir el
eventual impacto de la presión minoritaria sobre un grupo (mayoritario numérica¬
mente). En ellas, se construyen situaciones estructuradas, en una de las cuales,
por ejemplo, son expuestas varias imágenes de color azul agrupadas en dos catego¬
rías de distinta intensidad luminosa (la tarea de los
"cómplices" minoritarios —dos
entre los seis miembros del
grupo experimental— consiste en dar la respuesta de
"verde" ante algunos de los ítems). En otra, se
propone la discriminación percep¬
tiva entre una serie de ítems dispuestos
en un continuum verde-ambiguo-azul
(aquí los cómplices "ven" más "verdes" de los que se dan en realidad).
Los resultados de esas investigaciones demuestran
que, en la primera condi¬
ción experimental, los cómplices logran arrastrar hacia su posición errónea a más
del 8°/o de los juicios de los sujetos
ingenuos. En la segunda, una porción también
significativa de sujetos desplaza su umbral perceptivo hacia el polo en que se ha¬
bían situado los cómplices. En ambas situaciones, los miembros del
grupo control
no
experimentan prácticamente desviación alguna con respecto a la norma física.
G. de Montmollin (1977. 1980) realiza una sugestiva variación de algunas de
las situaciones diseñadas por Moscovici en orden a la investigación del "efecto del
modo de respuesta" a una tarea en un contexto de relaciones de influencia.
Según
la autora, cuando el número de alternativas de
respuesta es de 2 (ej.: verde-azul),
la cantidad de sujetos influidos es reducida,
pero en ellos la "conversión" es total
(cambio cualitativo). Cuando el número de respuestas es de 5 (ordenadas en una
escala continua), la influencia es notable en cuanto a la cantidad de
sujetos afecta¬
dos y débil por lo
que a la profundidad del cambio se refiere (los sujetos ingenuos
se acercan a los disidentes;
pero no se identifican con ellos).

La influencia de las minorías activas

Moscovici & Ricateau (1972) señalan tres modalidades de influencia social:


"conformidad" (efecto de la mayoría sobre la minoría), "normalización" (conver-

136
gencia interindividual en la creación de una norma) e "innovación" (efecto de la
minoría sobre la mayoría). Para Moscovici (1978. 1980), el modelo funcionalista,
gracias a su "simplicidad", ha servido para el arranque de-la psicología de la in¬
fluencia social de la "primera generación". Pero su "sesgo conformista" le impide
reconocer la innovación como un "proceso fundamental de la existencia social"

(1978, 17).
Partiendo del doble supuesto de que se dan cambios de normas en cualquier
sistema social y de que éstos no pueden ser atribuidos a la consistencia interindi¬
vidual de la mayoría que se adapta a la norma establecida, el autor sostiene la tesis
de que el efecto de la innovación sólo puede ser explicado como resultado de la
influencia ejercida por una minoría activa (disidente, antinómica, rupturista) y
consistente (sincrónicamente unánime y diacrónicamente persistente).
El modelo que propone ("genético", "interaccionista", de "negociación de
los conflictos") ofrece una imagen de todo el sistema social como entidad históri¬
camente relativa, resultante de un determinado compromiso —negociación— entre

las fuerzas interactuantes en una situación dada.


Desde esa óptica, el valor supervivencia de! sistema radica ya no sólo en la
norma, el control y la conservación; sino también en la desviación, el cambio y la
transformación. La minoría y su orientación ya no aparecen como un obstáculo,
sino como un posible agente del progreso.
Desarrollando la teoría de que la influencia de una minoría activa radica no
en la naturaleza de su en la magnitud de la presión que ejerce; sino,
orientación ni
básicamente, en su "estilo de conducta" (consistente o no), Moscovici reinterpreta
el modelo de Asch: lo que se demuestra en esa investigación y en otros análisis, se¬

gún él, es que la clave de la respuesta conformista no radica en el tamaño del gru¬
po, en la cantidad de presión ejercida por éste, en el tipo de apoyo social que pue¬
de recibir el sujeto ingenuo ni en la relación entre el número de pruebas "críticas"

y el total de las realizadas; sino en la consistencia de la propia mayoría. Eso es, en


el consenso sincrónico (unanimidad de la mayoría) y en la constancia diacrònica

(persistencia de cada uno de los sujetos en la posición anteriormente adoptada).


En efecto, en la situación de Asch, la ruptura del consenso interindividual o de la
coherencia intraindividual determina una sensible disminución de la conformidad.
Desde su nueva óptica, reinterpreta la normalización como efecto no de una

simple presión hacia la uniformidad, sino de una estrategia de evitación de conflic¬


to postnegociacional; la conformidad no como efecto numérico, sino de la consis¬

tencia de la mayoría, a la que se somete la minoría para resolver o reducir un con¬


flicto creado con ella, y la innovación como efecto de la presión de una minoría
"nómica" ^-consistente— activa sobre una mayoría numérica.
Para él, "hasta ahora, la psicología de la influencia social ha sido una psicolo¬

gía de la mayoría y de la autoridad que supuestamente la representa" que se ha in¬


teresado habitualmente "por los fenómenos de conformidad, que implica a un
tiempo sumisión a las normas del grupo y obediencia a sus mandatos" y ha trata¬
do "de las resistencias al control social, de los alejamientos de la norma (...) como

137
tonnas de desviación, sin más". Según él, "ha llegado la hora de cambiar de orien¬
tación, de buscar una psicología de la influencia social
que sea también una psico¬
logía de las minorías consideradas como fuente de innovación y de cambio so¬
cial" (1978, 23). Puesto que "una sociedad sin minorías activas y sin desviantes es

algo tan imposible y tan irrealizable como un cuadrado redondo. Y los esfuerzos
empleados en evitarlas o reprimirlas cuestan, a la larga, más caro de lo que costaría
paliar sus consecuencias, igual que cuesta más caro a una persona defenderse a ul¬
tranza contra sus conflictos o sus
pulsiones que mirar de frente algunos de sus
efectos desagradables" (1978, 260s.).
Moscovici (1978) sintetiza los contrastes entre los modelos "funcionalista" y
"genético" de la influencia social en los siguientes puntos fundamentales:

Elprimero presenta unas relaciones entre la "fuente" (emisor de in¬


fluencia, según la analogía comunicacional) y el "blanco" (receptor de influencia
en forma de información normativa) de naturaleza "asimétrica": "en un
grupo, la
influencia social está desigualmente repartida y se ejerce de modo unilateral" (pág.
33). F.l segundo, en cambio, percibe tales relaciones como "simétricas": "cada
miembro del grupo, independientemente de su
rango, es una fuente y un receptor
potenciales de influencia" (pág. 94).
Para aquél, "la influencia social tiene por
función mantener y reforzar

el control social" (pág. 37); mientras que para éste "el cambio social, al
igual que
el control social, constituye un
objetivo de influencia" (pág. 122).
Desde la pcrpectiva funcionalista, "las relaciones de
dependencia deter¬

minan la dirección y la importancia de la influencia social


ejercida en un grupo"
(pág. 41). Desde la genética, "los procesos de influencia están directamente unidos
con la producción y la reabsorción de los conflictos"
(pág. 127).

Con respecto al factor interaccional, una postula que "las formas adop¬
tadas por los procesos de influencia están determinadas
por estados de incertidum-
bre y por la necesidad de reducir ésta" (pág. 48); en tanto que la otra sostiene que
"cuando un individuo o un subgrupo influye en un grupo, el principal factor de
éxito es el estilo de comportamiento" (pág. 138).

El modelo dominante induce a considerar que "el consenso perseguido


por el proceso de influencia se funda en la norma de la objetividad" (pág. 55). Por
otra parte, Moscovici propone
que "el proceso de influencia está determinado por
las normas de objetividad, las normas de preferencia y las normas de originalidad"
(pág. 185).

En un enfoque funcionalista, "todos los procesos de influencia se consi¬


deran desde el ángulo del conformismo y se supone que el conformismo es la úni¬
ca base de sus características esenciales"
(pág. 61). El punto de vista genético, en
cambio, hace suponer que "las modalidades de influencia incluyen, además de lá
conformidad, la normalización y la innovación" (pág. 200).

138
Tendencias del desarrollo del modelo de la influencia minoritaria

Entre las figuras representativas de los numerosos investigadores que intentan


avanzar por el camino iniciado por Moscovici, se halla la de G. Mugny (1981). El
autor suizo analiza el fenómeno de la influencia minoritaria en el contexto de una
concepción de la psicología social como modo de articulación de modelos referen¬
tes a diversos niveles de análisis (intraindividuo, interacción, ¡ntergrupo, ideolo¬

gía). Ese punto de vista constituye la plataforma para su crítica de ciertos enfo¬
ques de la influencia social que considera reduccionistas.
Su opción por el análisis experimental del "poder de las minorías" expresa
una orientación al tiempo epistemológica c histórica: la de investigar con rigor el

presente social de cambio desde un compromiso definido con el proceso, huyendo


de la artificialidad de ciertas situaciones de laboratorio y del distanciamiento pseu-
doneutral de la deontologia positivista.
Mugny entiende por "minoría" una entidad social cuya naturaleza está de¬
terminada no por el número de sus componentes, sino pt>r el lugar que ocupa su
sistema normativo en la estructura de las relaciones sociales de poder y su corres¬

pondiente dimensión ideológica. En otros términos, según él, la diferenciación de


los estatutos respectivos de la mayoría y de la minoría no se establece en base a
criterios cuantitativos (los más-los menos), sino cualitativos (criterio socialmentc
dominante-perspectiva antagonista).
El aparente contradicción entre la tesis moscoviciana so¬
autor constata una

bre la consistencia de una minoría activa como base de la influencia social deter¬
minante del efecto de innovación y el dato real de que ciertas formas de consisten¬
cia radical (intransigencia) suelen generar más rechazo (efecto "boomerang") que
aceptación social.
En base especificación de tres ejes de relaciones de influencia: Poder-
a una

Población (dominio), Poder-Minoría (antagonismo), Minoría-Población (conflicto


negociado), distingue el "estilo de comportamiento" (consistencia versus inconsis¬
tencia) —definido por Moscovici— del estilo "de negociación" (flexibilidad versus
rigidez).
F.1 "estilo de negociación" hace referencia al "grado de extremización de
ciertas posiciones defendidas por la fuente minoritaria". De ello depende su efec¬
to (de atracción o repulsión) sobre la población (que no deja de captar y atribuir

rasgos característicos de la minoría).


El estilo de negociación "flexible" se caracteriza por la adaptación elástica
de la minoría a la población, de modo que, sin renunciar a la propia consistencia
(ruptura con lo establecido), pueda adoptar ciertos "compromisos" con aquélla.
Por el contrario, el estilo de negociación "rígido" consiste en el bloqueo sistemá¬
tico de cualquier fórmula de concesión a las posturas ajenas.
Mugny, apoyándose en los resultados de una serie de investigaciones experi¬
mentales (Nemeth et al. 1974, entre otros), precisa ciertos requisitos para el
cumplimiento de las predicciones iniciales de Moscovici y sus colegas: la "consis-
139
tencia" como
del "estilo de comportamiento" de la minoría
rasgo es condición
necesaria, pero por sí sola insuficiente para producir el resultado de la "innova¬
ción". Para ello resulta
indispensable, además, la concurrencia de un "estilo de
negociación flexible".
En otros términos, Mugny la influencia minoritaria resulta de la con¬
para
sistencia conductual del grupo que pretende ejercerla,
pero pasa por la mediación
de ciertos "mecanismos de categorización",
por los modos cómo la población per¬
cibe el comportamiento minoritario. También en ese
sentido, apunta que la propia
"rigidez" del estilo de negociación eje la minoría es captada de modo diferente por
la misma población, según si la actitud de
bloqueo aparece como consecuencia de
la situación social objetiva (antagonismo
estructural) o como un reflejo de predis¬
posiciones psicológicas subjetivas (dogmatismo mental).
De cualquier modo, el autor considera
que el efecto definitivo de los estilos
de comportamiento y de
negociación en orden a la difusión minoritaria de la inno¬
vación depende, además, de otras variables del contexto social en
que se inscribe
esa dinámica. Una de ellas
consiste, lógicamente, en el impacto de la estrategia
ideológica del "poder" (grupo dominante) que el autor supone orientada a neutra¬
lizar la influencia minoritaria mediante el "enmascaramiento" de la realidad social
de antagonismo y dominación. La forma más habitual de esa estrategia consiste,
según Mugny, en la "naturalización"; eso es, en la difusión de una interpretación
de la conducta minoritaria en tanto
que expresión de características "naturales"
de la misma, haciendo abstracción de la situación social en
que aquélla se produce.
Esa imagen induce a atribuir los
rasgos de la actuación minoritaria a la natu¬
raleza (y no al mensaje) de los individuos
que componen esa facción de la pobla¬
ción ("individualización") o a sus
propiedades biológicas (ej.: "son gitanos": "bio-
logización"), psicológicas (ej.: "son psicópatas": "psicologización"), psicosociales
(ej.: "son adolescentes": "psicosociologización") o sociales (ej.: "son terroristas":
"sociologización").
Mugny concibe la influencia minoritaria como una dinámica que no suele ser
"directa e instantánea", sino más bien "latente
y, a veces, retardada".
Por otra parte, situada en un contexto
intergrupal, la influencia comporta
una redefinición de la "identidad social" ("autoatribución" de características este¬

reotípicas de un exogrupo) y, por tanto, la intervención de un mecanismo de "ca¬


tegorización social" y, en última instancia, un funcionamiento "ideológico".
En este sentido, apunta como característico de la influencia en la relación
intergrupo el "estilo de negociación flexible"; mientras que define como propio
de la influencia intragrupo el "estilo de
negociación rígido".
Las investigaciones sobre la influencia minoritaria están en
pleno auge. Una
buena muestra de ello la constituye el contenido de las
aportaciones al Simposium
Internacional sobre los Procesos de Influencia, celebrado en Barcelona en 1980.
Al margen del reconocimiento del sentido y oportunidad del desarrollo de
esa línea de
investigación, no faltan las reservas que suscitan algunos de los presu¬
puestos básicos de la misma. En este sentido, Ibáñez (1983), en el contexto de la

140
explanación de una hipótesis colateral de la hobbesiana sobre la "expansividad del
poder", sostiene, contra los teóricos institucionalistas, que "lo instituido" —el
"poder establecido"— es también "instituyente". De ahí deduce que el impulso de
la innovación por una vanguardia minoritaria no implica necesariamente un "po¬
der" de la propia minoría en tanto que alternativa real al status quo. Para Ibáñez,
el supuesto carácter "productivo" del poder, permite explicar la innovación no
como resultado de la presión minoritaria, sino del proceso de producción de nove¬

dad inherente a la misma dinámica de las relaciones de poder.

141
LA PSICOLOGIA SOCIAL SOCIOLOGICA
Presentación

Al contrario que la psicología social de base propiamente psicológica, que


ocupa una posición relevante en el marco general de la psicología teórica y aplica¬
da, la de extracción sociológica ha venido constituyendo tradicionalmente una es¬
pecie de subproducto residual de la ciencia de lo social (más decididamente
atenta a la dimensión de lo macro de lo que la minoría de los microsociólogos

considera como adecuado).


Si bien, alo largo de los últimos lustros, se han operado cambios notables al
respecto, no puede decirse que la psicología social sociológica haya dejado total¬
mente de constituir una orientación en cierto modo marginal.

En el presente capítulo se brinda una muestra de lo que esa línea de teoriza¬


ción ofrece de significativas realidades y de sugerentes vías de desarrollo futuro.

145
III. 1: PSICO SOCIO FENOMENO LOGIAS

III. 1. 0. EL PUNTO DE VISTA EENOMENOLOGICO

Al modelo mecanicista de ser humano como organismo reactor, cuya dinámi¬


ca obedece aleyes de la causalidad objetiva, dentro de los dominios de la nece¬
las
sidad, Brentano C1874) contrapone el de sujeto-actor que se mueve según la lógica
de la intencionalidad (dominio de la finalidad). Su psicología de los "actos" empí¬
ricos presupone que los "fenómenos psíquicos" (juicios, recuerdos, expectativas,
convicciones, dudas... etcétera) por contraposición a los "físicos" (tamaño, figura,
color, dureza... etcétera), que resultan "observables", son tan sólo internamente
"perceptibles";por lo que su "existencia real" aparece como una "evidencia in¬
mediata". De ahí deduce que la ciencia de los fenómenos mentales, debiendo ser
empírica, tiene sin embargo que abstenerse de la aplicación del método experi¬
mental o fisiológico (de probado valor operativo en el estudio de las reacciones
conductuales elementales).
Su discípulo Husserl (1913) propone un "retorno a las cosas mismas"; eso es,
al fenómeno no como impresión sensible, sino como realidad "sui generis", expe¬

riencias "intencional" y realidad de "sentido", en la que se conjuntan la mirada, el


mirante y lo mirado.
El método "fenómenológico" representa una vía de acceso descriptivo a la

experiencia subjetiva, voluntaria y consciente. Si el "fenomenalismo" positivista


atiende a lo objetivamente observable, verificable y controlable ("datum"), el "fe-
nomenologismo" trata, por el contrario, de aquello que es subjetivamente percibi¬
do y construido ("captum"). El primero nace de la postulación lockeana de la ma¬
terialidad objetiva de las cosas como origen de la experiencia. El segundo emerge
de la exaltación kantiana cjel sujeto como productor de conocimiento y, en defini¬
tiva, de la propia realidad del ego pensante cartesiano.
Fenomenología y ciencia natural constituyen, pues, dos modos de acerca¬
miento a lo fenoménico en parte complementarios y en parte incompatibles. Esta
147
en fat i/.a el aspecto de la
regularidad de los hechos'observados; aquélla, por el con¬
trario, remite al carácter singular, histórico, diferencial e irreductible de cada acto
empírico y al protagonismo de forjador de realidad.
su agente como soporte y
El fenomenólogo lo empírico "puro" a ningún proceso de depura¬
no somete
ción epistemológica, sino que renuncia, mediante la "abstención de
juicio" a la
comprensión causal del fenómeno; hasta el punjo en que, poniendo "entre parén¬
tesis" toda ontologia acerca del
"cogitatum" (objeto) y del "cogitator" (sujeto),
centra su atención en el
"cogito" (acto).y en su manifestación como "cogitatio"
(realidad). Desde esa óptica, un hecho psicosocial es susceptible de una lectura vá¬
lida sólo atendiendo al código inmanente de su
propio universo autónomo de
"sentido". A ese respecto, cobra
especial relevancia fenomenológica la "palabra"
(algo más que un simple instrumento neutro como el número) en tanto que ve¬
hículo de expresión (denotativo y connotativo) relevante de la
"experiencia" y
medio de "construcción"
(definición) de la "realidad".
Uno de los principales puentes de enlace entre la filosofía
fenomenológica
centroeuropea y el pensamiento social norteamericano, lo constituye la aporta¬
ción de Schutz (1972. 1974a. b.) a la
fenomenología de la vida cotidiana.
Para él, "la finalidad de las ciencias sociales es la
explicación de la realidad
social tal como la experimenta
el hombre que vive cotidianamente dentro del
mundo social" (1974a, 60).
Enfocando los fenómenos de la experiencia intersubjetiva "como" objetos,
este autor articula imaginativamente la metodología husserliana aplicada a las
ciencias sociales con el modo de
comprender (verstehen) la realidad social por
Weber (1972) y de aprehensión "empática" de las expresiones de sentido
subjeti¬
vo
por Scheler (1957).
Su sociología de lo cotidiano
constituye un ensayo de captación del signifi¬
cado que los actores sociales confieren a sus acciones. Por las
especiales caracte¬
rísticas de su objeto, esa forma de
investigación requiere, según él, una fundamen-
tación epistemológica particular; así como la instrumentalización de unos recursos

metodológicos específicos, distintos de los típicos de las ciencias naturales.


Para el autor germano-americano, el
objeto central de las ciencias sociales es
el hecho "presupuesto" del
"mundo de la vida" (lebenswelt) —la asunción implí¬
cita de lo cotidiano como real—, establecido como tal
por el "sentido común".
Desde esa base, establece como tarea del
fenomenólogo social el análisis de esa
fundamentación de la "realidad" empírica de la vida cotidiana, en tanto
que esce¬
nario de la interacción social (ámbito de la
intersubjetividad).
Uno de los frutos maduros de esa perspectiva lo constituye la aportación de
Berger & Luckmann (1966) la sociología del conocimiento, consistente en un
a
análisis de lo cotidiano tal como
aparece cristalizado en el "sentido común".
Habiendo previamente descalificado la metafísica idealista
y el hiperrealismo
empirista, los autores parten de un combinado de la tradicional sociología del co¬
nocimiento y la psicología social del interaccionismo simbólico
para afirmar que
la "realidad" —así como su traducción a términos de "conocimiento"— consiste

148
en una "construcción social". Ese producto adquiere, a su juicio, una dimensión
"objetiva" en los procesos de "institucionalización" y de "legitimación" y enti¬
dad "subjetiva" en los de "internalización".
Confiriendo un enfoque "humanista" a su sociología, aspiran a contribuir no
sólo a la reconstrucción teórica del sentido común de lo cotidiano, sino a la misma
"liberación" del hombre de las "ficciones" que distorsionan su conocimiento de la
realidad, para hacerle capaz de una vida más "auténtica".

III. 1.1. INTERACCIONISMO SIMBOLICO

Introducción

Interaccionismo Simbólico es la etiqueta aplicada por Blumer (1937) a una


corriente psicosociológica caracterizada por un modo particular de entender y en¬
focar la interacción social, que emerge en los USA de entreguerras y que experi¬
menta una notable revitalización a partir de los años 60.

Suele atribuirse a G. H. Mead la paternidad fundamental de esa orientación,


al tiempo que se considera a la "Escuela de Chicago" (Dewey, Cooley, Thomas...
etcétera) como el contexto fundacional de la misma y se reconoce a Blumer el
carácter de heredero principal de la tradición meadiana.
En la actualidad, siguiendo el criterio propuesto por Meltzer & Petras (1970)

y Meltzer, Petras & Reynolds (1975), suele distinguirse dos suborientaciones bá¬
sicas: la de Chicago y la de Iowa (entendidas más como tendencias teóricas que
como escuelas constituidas sobre un concreto emplazamiento geográfico) entre los

representantes respectivos de las cuales aquí se destacará el propio Blumer (1969),


Shibutani (1961), Lindesmith et al. (1975) y Manis & Meltzer (1978), para la pri¬
mera, y Heiss (1981), Kuhn (1964), Stryker (1977. 1980. 1981) y Rose (1962.
1974), para la segunda.
Sus diferencias básicas radican en el enfoque meramente inductivo, idiográ-

fico, de situaciones naturales de interacción cara a cara, y en la aplicación de téc¬


nicas de análisis cualitativo y de observación participante y descripción etnográ¬
fica, por parte de los de Chicago; por contraposición a un punto de vista más
ecléctico, más macrosociológico, más propenso al recurso metodológico a las téc¬
nicas "científicas" convencionales, a los procedimientos hipotético-deductivos, al
análisis causal y cuantitativo y, en definitiva, a los supuestos nomotéticos, que ca¬
racteriza el modo de hacer de los de Iowa.

El legado de Mead

La obra de G. H. Mead (1863-1931), influida por las teorías evolucionistas

(Darwin, Spencer), pragmatistas (James), funcionalistas (Dewey), interaccionistas


(Simmel, Ross y Cooley), conductistas (Watson) y, en último término, por la psi-

149
cología del acto (Brentano) y la fenomenología (Husserl), representa —como su¬
giere el subtítulo que propone Morris a la edición de los apuntes de clase de su
maestro— un ensayo de "conduetismo social".
En efecto, se
propone tratar de la conducta de los organismos humanos en
tanto
que proceso .observable de sus respuestas adaptativas al ambiente social.
Pi.a Mead (1934), la conducta social es "interacción"
que, al acontecer en un me¬
dio básicamente de "sentido" (eso es, en un ambiente
cuyos estímulos están satu¬
rados de contenidos semánticos
y axiológicos) adopta la forma de "comunica¬
ción"; es decir, de un proceso en que las partes dialogantes se perciben, interpre¬
tan
y valoran mutuamente, impregnando, por ello, de significado no sólo su defi¬
nición de la realidad general y de su marco concreto de
actuación; sino también
sus formas de relación
(cooperación-competencia, solidaridad-conflicto, intercam¬
bio-influencia... etcétera) y de organización.
La interacción comunicativa se realiza mediante un
diálogo "gestual" (propio
del nivel inferior de la evolución) y
"simbólico" (característico de organismos su¬
periores).
Sin desconsiderar el hecho de que el hombre
comparte con otros animales
ciertas propiedades de sus patrones conductualcs, Mead
subraya la trascendencia
de los rasgos específicos
que le diferencian de aquéllos. Contraponiéndola al mo¬
delo elaborado por el naturalismo
meeanicista, que ofrece una imagen del ser hu¬
mano como
organismo reactor-autómata, construye una representación del mismo
como
sujeto consciente; eso es, como actor simbolizador.
La "interacción simbólica" exige
que el sujeto A sea capaz de captar el signi¬
ficado de la acción significante de B (eso es, de "situarse en el
lugar" de éste) y vi¬
ceversa, como condición para el establecimiento de un verdadero circuito comuni-
cacional.
Ese modelo de "toma de rol" (Role
Taking) meadiano deriva del que ya pro¬
pone Cooley (1902) del "yo-espejo", configurado como reflejo de las miradas
(evaluativas) de los demás. Según el autor, el individuo humano se hace persona en
el proceso de socialización, a través de las dos fases
principales siguientes: prime¬
ro, en el juego espontáneo (play), mediante el "gesto", adopta
(por empatia) el
"rol" de otro individuo, captando sus actitudes hacia uno mismo.
Luego, por el
juego organizado (game), asume las "reglas del juego" de la interacción grupal
("otro generalizado"), como base de la organización de la propia conducta social.
Así, pues, el comportamiento humano aparece como una expresión de la calidad
de ese ser como actor.

Esa concepción "activa" presupone, según Mead, una personalidad constitui¬


da como "self" (sí-mismo); eso es, capacitada para interactuar consigo mismo
simbólicamente, como base de su atribución de sentido al mundo y de la orienta¬
ción de su propia acción hacia él.
El "self" (sí-mismo, totalidad
personal, voidad) surge en un contexto social;
eso es, de un
proceso autointeractivo establecido en forma de dialéctica entre el
"me" ("mi": organización de las actitudes de los otros hacia uno
mismo) v el "I"

150
("yo": organización de las propias reacciones de uno mismo ante las actitudes de
los demás hacia él).
Como observa Rosenberg (1979), a la noción de self subyace una antropo¬

logía de la personalidad humana como producto y al tiempo productora de la in¬


teracción social. Con todo ello, Mead logra establecer un difícil equilibrio en re¬
lación a una cadena de binomios a propósito de los que se han suscitado las más
enconadas controversias en el ámbito de las ciencias sociales:

el hecho social (determinante de la formación de la personalidad) y el


actor individual (sujeto, protagonista y reordenador de la dinámica de la socie¬
dad),

el orden (el sistema de "reglas del juego" objetivamente establecido, en


forma de principio de realidad al que debe adaptarse funcionalmente la conducta
de los organismos individuales) y el cambio (como resultado de la interacción in¬
tencional de los actores sociales),

el conductismo (atención al comportamiento externo y al papel de la


experiencia en la configuración del actor-personaje individual como tal) y el cog-
nitivismo (atribución de relevancia al factor simbólico en el orden personal, social
y cultural y apertura hacia el "interior" de la "caja negra" organísmica del actor-
creador como ámbito de operaciones psicosoeiales significativas).

En suma, con su interaccionismo simbólico, Mead contribuye a la emergencia


al primer plano de la atención psicosociológica de nociones como las siguientes:

la naturaleza social del ser humano,


el hombre como organismo simbolizador y como sujeto activo y cons¬


ciente,

la conducta social humana como interacción comunicativa,


el sentido como cualidad eminente del medio sociocultural,


el lenguaje (constelación de símbolos) como vehículo de la socializa¬


ción y plataforma de las operaciones cognitivas,

la toma lúdico-lingüística de roles como base del desarrollo personal.

Supuestos fundamentales

Blumer (1969, 2) resume en tres las "premisas" de la orientación teórica y


metodológica del interaccionismo simbólico:

1) "el serhumano orienta sus actos hacia las cosas en función de lo que
éstas significan para él",
2) "el significado de estas cosas se deriva de o surge como consecuencia
de la interacción social que cada cual mantiene con el prójimo",
3) "los significados se manipulan y modifican mediante un proceso inter-

151
pretativo desarrollado por la persona, al enfrentarse con las cosas que va
hallando a su
paso".

Por "cosas" entiende el "todo


autor
aquello que una persona puede percibir
en su mundo" y que, por tanto, resulta susceptible de ser señalado; eso es, objetos
físicos, otras personas, categorías de seres humanos, instituciones sociales, ideales
de moralidad, actividades, interpelaciones por parte de los demás y todo tipo de
situaciones que la misma debe afrontar en su vida cotidiana. Partiendo de la consi¬
deración del carácter eminentemente social de este mundo del
individuo, sostiene
que "la vida de un grupo humano consiste en la acomodación de la línea de acción
de cada uno de los participantes a lás de los demás" (1969, 36).
A aquellas premisas asocia Blumer, en un discurso
que se desarrolla en forma
de espiral, cuatro
"conpeptos centrales", que enuncia en los términos siguientes:

1) "individual o colectivamente, las personas están preparadas para actuar


en función del significado de los objetos que configuran su mundo",
2) "la asociación de las personas adopta necesariamente la forma de un
proceso en el curso del cual cada una formula indicaciones a las demás e
interpreta las que recibe de éstas",
3) "los actos sociales, tanto individuales como colectivos, surgen de un
proceso en el que la gente advierte, interpreta y enjuicia las situaciones
con las
que tropieza",
4) "la compleja concatenación de los actos
que configuran las organizacio¬
nes, instituciones, división del trabajo y redes de
interdependencia no
constituye algo estático, sino dinámico" (1969, 37).

Esas suposiciones básicas, explícitas y compartidas por todas las subtenden-


cias del interaccionismo simbólico, se
apoyan —según Heiss (1981)— sobre asun¬
ciones implícitas, entre las que destaca la del carácter social de la condición hu¬
mana y del propio hombre como actor racional, capaz de establecer proyectos de
acción, por su cualidad de único animal dotado de la aptitud para un verdadero
lenguaje (el ejercicio del cual constituye, a su vez, la clave de la compleja organi¬
zación social, cultural, personal e intelectual de lo humano).
Por ese hecho general de
tomarse en serio lo "subjetivo" —como observa
Stryker (1977. 1981)—, el interaccionismo simbólico comparte con las orientacio¬
nes
fenomenológicas en general el postulado de que la conducta humana sólo re¬
sulta compensible a partir de la consideración de la
experiencia consciente del su¬
jeto; eso es, de la definición que el actor hace de su situación (de su construcción
de la realidad en que desarrolla la
propia actuación).
F.s en este sentido
que el propio Stryker (1981, 25s.) constata el significativo
paralelismo entre la aserción, desde la óptica interaccionista simbólica meadiana,
de Thomas (1937) "si los hombres definen las situaciones como
reales, son reales
en sus consecuencias"
y la que Heider (1958) realiza desde la herencia fenomeno-

152 i
lógica, el marco de su teoría de la atribución: "si una persona cree que las lí¬
en
neas de lapalma de su mano prefiguran su futuro, esta creencia ha de ser tenida
en cuenta a la hora de explicar algunas de sus expectativas y acciones". Hechos

como el del suicidio masivo de Guyana o el que llevan a cabo, por ayuno volun¬

tario hasta la muerte, dos hombres de mediana edad, en Madrid, en agosto de


1982, por su manifiesto convencimiento de que había llegado "su hora", según les
habían prescrito algunos "médicos naturistas", así como los siempre sorprenden¬
tes casos de muerte vudú, se hacen más comprensibles desde esa perspectiva.

En otros términos, cabe considerar el interaccionismo simbólico de Mead


como uno de los factores de inspiración directa tanto de la formulación por Ber¬

ger & Luckmann (1966) de su teoría de la "construcción social de la realidad"


como del modelo de Heider (1958) sobre la organización psíquica de la expe¬

riencia; supuestas, por otra parte, las respectivas conexiones de esas aportaciones
con las tradiciones fenomenológica y gestaltista respectivamente.

La controversia epistemológica y metodológica

La ortodoxia

La Escuela de con Blumer a la cabeza, presenta el interaccionismo


Chicago,
simbólico como esfuerzo científico de cara al cumplimiento del pre¬
el supremo
cepto de "respetar la naturaleza del mundo empírico y organizar un plan metodo¬
lógico que la refleje" (1969, 44). Ese portavoz resume en tres los principios meto¬
dológicos de esa orientación:

1) "la metodología abarca la investigación científica en su totalidad y no


sólo un sector o seleccionado de la misma",
aspecto
2) "los métodos de estudio están subordinados (...) al mundo empírico
(...) y han de ser verificados por éste",
3) "el mundo empírico sometido a estudio, y no un modelo de pesquisa
científica, es el que proporciona la respuesta decisiva sobre la investi¬
gación emprendida" (Blumer 1969, 18).

Desde talespresunciones, arremete críticamente contra la sociología y la


psicología "científicas" convencionales que, según él, desde un punto de vista
teórico,

importancia del "significado" para la interacción social,


minimizan la

atribuyendo la "causalidad" de la conducta a factores del substrato social o psí¬


quico, cuya eficacia se supone independiente de su significación para el ser hu¬
mano como agente social,

restringen la importancia del hecho interactivo; eso es, de que los gru¬
pos y sociedades constituyen sistemas de relaciones de reciprocidad interpersonal;
153
cuando la "interacción" no es un
simple contexto de la conducta social, sino la
matri/. en que ésta se conforma,
desconocen, por tanto, el caráctc; de entorno significativo (de mundo
simbólico) interactivamente construido del ambiente social en
que se desenvuelve
la conducta,
ignoran el carácter "autointcractivo" (actuante más que respondiente)

del organismo humano provisto de un "sí-mismo"; es decir, su capacidad para


adoptarse como "autoobjeto", estableciendo una interacción consigo mismo,
autoindicándose objetos percibidos como
significativos y autoproponiéndose ac¬
ciones sobre ellos, previa interpretación
do los mismos (todo ello resulta válida¬
mente
aplicable, según el autor, tanto a la acción social individual como a la co¬
munitaria),
reducen el
grado de flexibilidad y variabilidad intra e interindividuales o

intergrupales lo que se refiere al tipo de acción ejecutable por un agente ante


por
cada situación, previo proceso de
designación e interpretación de los elementos
significativos de la misma.

Por lo que atañe a la orientación metodológica, la práctica "científica", se¬


gún el autor,

reduce la totalidad del método de la ciencia al


componente parcial de
la tecnología investigacional (por ejemplo, enfatiza lo cuantitativo del objeto,
tratable mediante modelos matemáticos, dejando de lado la consideración en tor¬
no a las
premisas, problemas y conceptos del acto investigador en sí),

establece "míticamente" la "validez


empírica" de los datos, relaciones,
interpretaciones, esquemas... etcétera, manejados en la investigación, no sobre re¬
sultados de la prueba directa del propio mundo
empírico concreto; sino sobre el
grado de ajuste de la estrategia del estudio a unos criterios formales de la metodo¬
logía "positiva" considerada en abstracto ("sujeción a un protocolo científico",
"reproducción de estudios de investigación", "verificación de hipótesis", "proce¬
dimientos supuestamente operacionales"),

"esquemas teoréticos a priori"; en lugar de acudir, "en prime¬


recurre a

ra
y última instancia", al mismo "mundo empírico".

Pasando al terreno de las recomendaciones prácticas, Blumer considera


que el
"retorno al mundo social empírico" y a su "examen
directo", mediante una "in¬
vestigación naturalista" exige que el investigador

vea el mundo como lo


percibe el actor (colocándose en su lugar); no

sustituyendo las percepciones de éste por las propias,


tenga presente que la vida de un grupo humano es un proceso de aco¬

modación de la línea de acción de cada individuo a la de los demás


y que, por tan¬
to, la interacción social no es sólo el ámbito de la confluencia v
expresión de fac-
154
tores psíquicos (impulsos, estímulos, motivos, actitudes... etcétera) y sociales (ro¬
les, normas, valores, ideología., etcétera), sino también un "proceso formativo"
de modelos de acción,

conciba la acción social atendiendo al modo cómo se forma; eso es, no


como sistema de respuestas a factores causales
un (objetivos, externos, indepen¬
dientes del sujeto que recibe su influjo) propias de organismos reactores, sino de
construcciones íealizadas por organismos actores (que construyen su objeto y su
realidad significativa, marco de referencia de su acción).

considere las "grandes organizaciones sociales" como ordenaciones de


"personas vinculadas recíprocamente en sus actos respectivos".
La crítica

Esa orientación del interaccionismo simbólico ha sido criticada por sus im¬

plicaciones metodológicas, teóricas e ideológicas.


Por una parte, el radical rechazo blumeriano de los presupuestos determinis¬
tas y nomotéticos, d; los procedimientos de análisis positivista de la interacción

social y de la macroteoría de la sociedad implica, según críticos como House


(1977), llevar la denuncia de los excesos behavioristas, estructuralistas o idealis¬
tas hasta el punto de la desnaturalización de sus eventuales aportaciones positivas

al conocimiento, arrojando al mismo bebé con el agua sucia de la bañera.


El que una perspectiva como la meadiana se presente como valorable sólo en
base al criterio del "uso pragmático", pero no al de la "verificación empírica",
suscita lógicamente toda suerte de recelos en el ámbito "científico" (Schellenber-

ger, 1979).
Desde un punto de vista psicológico, Heise (1979) lamenta la concepción
hiperracionalista del ser humano subyacente a la óptica general del interaccionis¬
mo simbólico, con la consiguiente minimización del factor emocional de la con¬

ducta social.
Los sociólogos (Meltzer, Petras & Reynolds, 1975) en general han destacado
su desconsideración del contexto macroestructural de la propia interacción hu¬
mana.

Desde una perspectiva filosófico-crítica (Gouldner, 1970; Habermas, 1981),


se
pone al descubierto las fuentes del pragmatismo y funcionalismo en que bebe la
Escuela de Chicago y se relaciona un cierto aire ideológicamente conservador que
caracteriza la perspectiva teórica de la misma con la implícita asunción de un mo¬
delo de macrosociedad abstracto y ahistórico, que la presenta como pregnante y
sistémica, en la línea del explícitamente elaborado por Parsons (1951) con su con¬
cepción del "action frame of reference".
En otros términos, el énfasis en la dimensión racional, simbólica, comunicati¬

va, consensual de las relaciones sociales es susceptible de interpretación como sos¬


pechoso "olvido" de lo infraestructural, económico-político, irracional, competiti¬
vo, conflictivo... etcétera, que otras ópticas subrayan como especialmente signifi¬
cativo.

155
Las propuestas alternativas

Por su parte, Heiss (1981), declarándose identificado con el


espíritu de la
Escuela de lowa, destaca, en el capítulo dedicado al resumen de "lo esencial de
la teoría interaccionista", entre otras cosas
comunes, ciertas "premisas" que le dis¬
tancian de la óptica de los de
Chicago: según él, la conducta humana, "aunque va¬
riable, muestra una consistencia considerable en situaciones similares"; es decir,
sigue orden que permite cierto establecimiento de leyes y predicciones, me¬
un
diante la aplicación de los "métodos básicos de la ciencia". Asimismo, sostiene
que, aunque lo humano tiene algo de original e irreductible, el conocimiento de
las pautas de conducta de otros animales resulta un medio útil
para el progreso de
la psicología de la conducta social del hombre.
En la misma línea, Stryker (1981) —resumiendo anteriores
aportaciones
propias (1977. 1980) e identificándose con las de otros colegas como Turner
(1978) y Burke (1980)— propone un "Interaccionismo Simbólico Estructural"
que, al tiempo que adopta lo subjetivo como algo "respetable", atiende al con¬
texto macrosocial de la interacción humana
y a los imperativos genéricos del que¬
hacer científico.
No cabe duda de que esto
supone un abierto enfrentamiento a los modelos
de sociedad y de ciencia propuestos por
la Escuela de Chicago. Según Stryker,
Blumer habría disuelto la "realidad" social (las estructuras
objetivas) al hecho
subjetivo de su "definición" por los actores (las formas simbólicas) y reducido el
sistema de la macrosociedad (lo colectivo) al subsistema interaccional
(lo interin¬
dividual); confundiendo, al tiempo, la práctica del método científico con la mera
observación fenomenológica.
El proyecto
strykeriano se concreta, por una parte, en la articulación de ele¬
mentos de las teorías del rol y del interaccionismo simbólico ortodoxo en un mo¬
delo que le ha de permitir el enfoque de la interacción social como doble función
de las estructuras de la vida colectiva y
de las posibilidades creativas de los acto¬
res. Conello, pretende corregir las deficiencias del microsociologismo interaccio¬
nista (que minimiza el impacto de la organización social en el self, en la dinámica
interactiva y en la propia construcción de la conducta) y
del macroestructural-
sociologismo (que no percibe adecuadamente la fluidez de la propia organización
social, como consecuencia de la actividad de "sí-mismos" individuales
y del carác¬
ter psicosocialmente "construido" de su interacción). Ese supuesto único modo
de "teorizar en serio sobre la
reciprocidad del self y la estructura social, de la per¬
sona y la sociedad"
(Stryker 1981, 46) conlleva una atención simultánea a múlti¬
ples factores:

a los "nombres", como continentes de significados


y expectativas de
conducta social,
a los "símbolos" utilizados

para designar "posiciones" sociales que con¬


llevan "roles" (en tanto que expectativas de conducta),

156

al mutuo reconocimiento por los actores sociales como ocupantes de


"posiciones" y portadores de "roles",

a las definiciones de la situación por los actores, como modo de organi¬


zación de su conducta interactiva,

al proceso de producción de rol (Role-Making) como base de la propia


conducta,

a los condicionamientos y determinaciones macroestructurales de la


producción de roles y, por extensión, de las propias definiciones situa-
cionales, de los nombres utilizados en las mismas y, en definitiva, de las
posibilidades generales de la interacción.

Por otra parte, el autor, convencido de la existencia de un "cierto orden y re¬

gularidad en la conducta humana", considera justificada la pretensión de una psi-


cosociología "científica" capaz de proporcionar modelos teóricos avalados por
un "grado razonable de precisión y control" (Stryker 1981, 42). A ese respecto,

atribuye viabilidad incluso a la aplicación de procedimientos experimentales


(siempre que atiendan a las relaciones rol-estructura social) en orden a la obten¬
ción de resultados replicablcs y generalizables.

III. 1. 2. MICROSOCIOLOGIA DRAMATURG1CA

La obra de I. Erwing Goffman resulta difícil de categorizar atendiendo al


estilo de su exposición, al enfoque de su objeto y a la naturaleza de su contenido.
En efecto, lejos de adoptar el género literario propio de los tratados académicos o
el de los informes científicos, el autor presenta sus teorías en un discurso satura¬
do de metáforas, aforismos, ejemplos y divagaciones; por lo que éste resulta sus¬

ceptible de diversas lecturas y merecedor de múltiples y dispares calificativos.


El estilo d es cri pt ivist a de las acciones del hombre común y la carencia de

juicios valorativos, acercan el opus goffmaniano a la perspectiva fenomenológica


(Blanco, 1980); al igual que su especial atención al aspecto comunicacional de la
interacción le asemeja al Intcraccionismo Simbólico (Eisenstadt & Curelaru, 1976;
Habermas, 1981). Por otra parte, el énfasis en el aspecto reactivo ante las acciones
de los demás, más que en la definición-construcción por el actor social de la reali¬
dad situacional, hace de él más bien una forma particular de microsociología de la
interacción (Stryker, 1981) o de sociología de la vida cotidiana (Wolf, 1982).
Desde el punto de vista psicosocial, lo más significativo del pensamiento de
Goffman tomado como totalidad es la cimentación de su teoría sobre la analogía
sociedad-teatralidad. En ella basa sus nociones de la persona humana como "per¬
sonaje" y de su actuación como "representación", de la interacción social como
"ritual interpretativo" y del marco de la misma como "escenario".
Renunciando a toda psicología de lo individual y a toda sociología de lo

157
colectivo, cl actor focaliza su atención en los "encuentros" (1961a) en forma de
interacciones cara a cara, en las "ocasiones"-y "situaciones" (1967-69) en
que
estos se desarrollan
y en los "marcos" (1974) en el seno de los que se definen las
situaciones, acontecen las ocasiones y se experimentan como significativos los en¬
cuentros.

Desde su óptica (1959. 1974), el actor social (self) es, al tiempo, actuante
(alguien representante como sustancia individual) y actuado (algo representado
como
producto social). F.l primer aspecto, el "sujeto", no constituye más que una
especie de condición material o soporte biopsíquico, una percha, maniquí o ma¬
rioneta de carácter "a" o "pre" social, que no merece, a su juicio,
ninguna consi¬
deración por parte de una sociología de la interacción. Resta,
por tanto, la natura¬
leza de la persona en tanto que "personaje" (interpretación de
papel, desempeño
de rol, hipóstasis, apariencia, fachada, máscara, forma,función...etcétera;ensuma,
autoproducción de un sí-mismo como ser y valor) como objeto de esta ciencia.
Además de esa afirmación radical de la esencia social de la
persona-personaje,
la obra de Goffman establece, entre otras, tesis
psieosociológicas tan significativas
como la de la naturaleza normativa de los encuentros sociales (1967-69. 1971.
1974); toda interacción cara a cara está, según el autor, sujeta a una sintaxis so-
cialmente construida y reglamentada. No sólo no existe una "individualidad" aso¬
cial, sino que tampoco se da un ámbito de "privacidad" que permita un tipo de
relaciones "naturales", "espontáneas" y "libres" de la influencia de las normas pú¬
blicamente establecidas.
En otros términos, la estructura codificada de toda forma de comunicación

y el complejo ceremonial propio de cualquier interacción cotidiana reflejan, de al¬


gún modo, su carácter informalmente consensuado, ordenado y controlado; eso
es, la inmanencia y consubstancialidad de lo social a lo interindividual. El "mar¬
co" no aparece, pues, como un simple fondo decorativo de la acción social, sino
como el entorno
paradigmático que confiere sentido y valor al rito más aparente¬
mente intrascendente
y ordena las relaciones entre los personajes.
Pero esta afirmación descriptiva de la importancia del marco normativo en el
desarrollo de la interacción social no presupone la postulación del "orden" desde
un punto
de vista filosófico, político o sociológico (Platón, Hobbes, Parsons); sino
un
simple juicio fáctico de la omnipresència emergente del mismo. Tampoco tiene
base la asociación del marco de la "interacción ritual" goffmaniano
con el "mar¬
co de referencia valoral"
postulado por la macroteoría estructural-funcionalista.
Goffman establece que, como producto social, la "identidad"
personal no
resulta definible mediante atributos sustanciales, sino ocasionales;
que el actor
se desarrolla como "estratega" (forjador de
impresiones y mercader de moralidad)
y que, en definitiva, su naturaleza consiste en su "estilo" (1959). Por eso, cuando
su "representación" debe
ajustarse a las peculiares características de una "institu¬
ción total" (por ejemplo, un "asilo" manicomial), sus recursos
estratégicos se ven
notablemente limitados, estando sus conductas de rol mayormente sobredetermi-
nadas por el propio contexto institucional en que han de desarrollarse (1961b).

158
El status de "interno" en una de tales instituciones conlleva no sólo la segregación
de exterior; sino la "mutilación" de un personaje, que se ve "despojado" de
un

ciertos atributos caracterizadores de su comportamiento extramuros y forzado a


asumir los que conlleva su nueva situación espaciotemporalmente restrictiva.
análogos motivos, cuando un "self", en virtud de sus peculiares rasgos
Por
físicos, psíquicos, sociales o biográficos, es objeto de "etiquetación" social, expe¬
rimenta un "deterioro" de su "identidad", una desvaloración como ser humano y
un cambio desfavorable en el carácter de su interacción con los demás, al sentirse

objeto de actitudes de distanciamiento, rechazo y marginació'n, a causa de esc


"estigma" (1963).
No existe consenso entre los críticos acerca del grado en que los procedi¬
mientos goffmanianos de observación de fenómenos se a|ustan a los cánones de la
"ciencia" social. Por lo que respecta a los contenidos teóricos, se observa, desde
un punto de vista psicológico, que el autor -al igual que Marx o Durkhcim— deja
a un lado al individuo concreto. Y ello es interpretado como expresión de lo que

Wrong (1961) presenta como una "concepción sobrcsociali/ada del hombre" o,


siguiendo el criterio propuesto por el propio ( ioffman. como efecto lógico del
supuesto de que tal referencia no forma parte del campo específico de los "en¬
cuentros" cara a cara.

Desde una óptica opuesta, se constata una total ausencia en la perspectiva


del autor de consideraciones en torno a las estructuras y procesos macrosociales,
en el seno de los cuales se desarrollan todas las formas concretas posibles de inter¬
acción. Goffman aduce que tampoco esa dimensión constituye el objeto de su en¬
foque, dando lugar a que sus críticos (Gouldner, 1970; Strykcr, 1981 ; Habcrmas,
1981) le acusen de microsociologista, por considerar negligente su desatención
del supermarco de las relaciones sociales de producción, poder y prestigio, en tan¬
to que supuesta fuente última de ciertos efectos observables al nivel de lo interin¬

dividual.
de vista eminentemente situacionista, ha sido juzgado como indi¬
Su punto
cador de relativismo cultural (que imposibilitaría la fijación de reglas generales de¬
ia interacción) y de ahistoricidad (por falta de atención a los estudios comparati¬
vos interculturales). En este sentido, Friedrichs (1970) presenta la obra de Goff¬

man como el resultado del análisis específico de la sociedad norteamericana con¬

temporánea. Este mismo autor detecta la subyacencia a las descripciones goffma-


nianas de una crítica del modelo de sociedad mitad mercado mitad farsa que ob¬
serva; eso es, de la condición humana en un mundo en que la actividad social ha¬

bría dejado de ser un "valor de uso" para convertirse en un mero "valor de


cambio".
Ello no (Gouldner, 1970; Oltra, 1981) perciban aquel
obsta para que otros
mismo descriptivo como vehículo de una apología indirecta del orden micro
tono

y macro-social y al autor como un sutil ideólogo neofuncionalista del consenso en


torno a todos los rituales establecidos, al derivar de la necesidad general de cere¬

monial la supuesta racionalidad de las formas concretas de "urbanidad" descritas.

159
Kntrc quienes descalifican la aportación golfín.miaña por su "olvido" de lo
(maero)social en mayúscula, se tiende a
presentarlo a si' mismo como un típico
exponente de la regresión sociológica —en tiempos de crisis macroparadigmática
a lo cotidiano comosinónimo de lo obvio, trivial e irrelevante, a lo micro en tanto
que minisocial, lo intersubjetivo como sustitutivo de lo estructuralmentc objeti¬
a
vado, a lo presente situaeional conto refugio contra las tempestades de lo cambian¬
te y al tratamiento
fcnomcnológico de las apariencias como expresión de la impo¬
tencia teórica para explicar los hechos.
Otros (Harrc, 1979; Wolf, 1982) lo conciben,
simplemente, como un modo
sociológicamente válido de aproximación al fenómeno de los encuentros cara a
cara como microunidadcs de análisis de la vida social
y, en definitiva, como "el
producto más logrado de una de las maneras más originales y raras de practicar
la sociología" (Bourdieu, 1982).

III. 1.3. ETNOMETODO LOGIA Y ETOGF.NIA

Stryker (1981) califica la ctnomctodología y la etogenia de versiones socio \


psicológica, respectivamente, de la "perspectiva fenomenológica radical".

Etnometodologia

l.os etnometodólogos, con Garfinkel (1967) a la


eabe/.a, tras las huellas de
Mead, Schut/. y Goffntan, desplazan su interés desde el ámbito de la macrosocial-
sistémico al de laintersubjetividad. Al contrario que los macrosoeiólogos, conside¬
ran que esel propio "actor" (y no el marco estructural de las relaciones sociales)
quien confiere sentido a la propia acción y que es, por tanto, función de la socio¬
logía el estudio de los significados que la gente atribuye a lo que hace en el curso
de la interacción.
Gomo Parsons (1951), tratan de analizar las formas de conciencia comunes a
los miembros de un colectivo humano y los criterios normativos que ordenan la
convivencia de los mismos. Sin embargo, concentran su atención no en supuestos
supremos "valores" culturales (imaginarias bases de la moralidad profunda); sino
en las
expresiones "indicíales" de los aparentemente intrascendentes elementos
"implícitos" (presupuestos cognitivo-afcctivos) del "sentido común" de lo "co¬
tidiano" que constituyen, según ellos, la auténtica plataforma motivacional de la
interacción social.
Si elparadigma normativista ofrece una imagen del ser humano como "ma¬
rioneta cultural" sujeta a un contexto "moral" de imperativos subjetivos (predis¬
posiciones psíquicas adquiridas en el proceso de socialización) \ objetivos (cauces
institucionales de la conducta social), desde un
punto de vista etnometodológico
si considera que el único fundamento de la ética es la "convención": eso es, la
adhesión a unos "supuestos tácitos".

160
La ctnometodología se propone detectar ese componente de realidad que

subyace a las expresiones verbales de los individuos en interacción. Para ello no


puede servirse de las técnicas habituales de análisis de las formas de conducta so¬
cial. Su alternativa, la "demostración", consiste en una especie de irrupción en la
esfera de la vida cotidiana de los sujetos en observación, que implica una cierta
alteración de las condiciones "normales" de su práctica rutinaria, ante lo que
aquéllos se ven obligados a reaccionar de modo que se pongan de manifiesto los
verdaderos criterios de su conducta interactiva, que no preexisten a la interacción,
sino que emergen de ella misma.
A esc respecto, observa Cicourel (1973) que si tales reglas no se dan fuera
del marco socioespaciotemporal de los procesos interactivos concretos, ni el cien¬
tífico debe acercarse a los mismos con esquemas conceptuales establecidos de an¬
temano ni, de hecho, la misma tarea científica puede distinguirse de la práctica

cotidiana. Por ello, la tarea que se impone el etnometodólogo no es otra que la


de descubrir y desenmascarar, tras la fachada de los tópicos cotidianos, esos fac¬
tores ocultos, mostrando (activa y provocadoramente) las verdaderas reglas del

juego y del orden social, desnudándolas de connotaciones ontológicas. En último


término, persigue la desmarionetización de los individuos sometidos al yugo de la
moral convencional.
(ionio propia etiqueta indica, la etnometodología.tiene más de sociogra-
su

tía que de sociología propiamente dicha. Las críticas más frecuentes a esa orien¬
tación se refieren a su renuncia a una ciencia del "observador" que trascienda el
punto de vista del "aetor" y a su disolución de las estructuras sociales "objetivas"
en la construcción
"intersubjetiva" de la realidad.

Ftogcnia

La perspectiva etogenista parte de la crítica frontal de Harre & Secord

(1973) al positivismo psicosociológico: según ellos, siendo la cuantificación y la


experimentación medios indispensables y adecuados para la ciencia de los fenó¬
menos físico-mecánicos, constituyen en cambio recursos no sólo ineficaces sino

incluso inconvenientes en las ciencias de la conducta social; porque desnaturalizan


el objeto de las mismas, al reducir el actor a un simple reactor, la acción racional

significativa a una respuesta mecánica causal, la compleja trama situacional de la


interacción social a un juego elemental de determinación de una variable depen¬
diente por una variable independiente, la riqueza de la vida en su entorno natural
a la miseria de un ambiente artificial.
Como alternativas a la medida cuantificativa, al modelo paramétrico y al

experimento de laboratorio proponen el examen de significados, el enfoque es¬


tructural y la observación descriptiva naturalista. A todo ello, Harre añade su im¬

presión de que "gran parte de la psicología social experimental tradicional se ha


basado en una sociología de sentido común, inarticulada, de origen y aplicación
frecuentemente muy locales, en la que se incluyen, sin examinarlos, muchos de

161
los presupuestos sociales y de los ideales morales y políticos de los americanos de
clase media" (1979, 154) y de que, encima, el propio substrato epistemológico de
la misma no
representa más que una venerable reliquia de un modo de fundamen-
tación de la ciencia ya "superado" en el propio ámbito filosófico en que nació
(1981).
Por todo ello, Harré (1979) propone un paradigma alternativo de ontologia
sobre "el sersocial", según reza el título de la obra y, al tiempo —como sugiere el
subtítulo—, "una teoría para la psicología social". El autor recurre, en orden a la
realización de su proyecto, fundamentalmente a la microsociología del interaccio-
nismo simbólico, a la analogía dramatúrgica goffmaniana, al enfoque etnometodo-

lógico y al análisis lingüístico.


La etogenia trata del acto social moral humano, del cual el actor puede "dar
cuenta" (narrar responsabilizándose del mismo, razonándolo y racionalizándolo).
Harré fundamenta su aportación sobre una serie de distinciones dicotómicas, en¬
tre las que se cuentan las
siguientes:

1) Automatismo — Autonomismo

Frente los
enfoques del comportamiento del ser social humano como
a

"autómata" —conducta controlada por factores externos (Skinner, 1978) o inter¬


nos (Freud, 1930)—, Harré
propone un modelo de actor "autónomo": "el requisi¬
to más general para que se
pueda considerar a cualquier ser como agente es que
tenga cierto grado de autonomía" (1979, 257); eso es, que sea relativamente
capaz

de adoptar diversas estrategias de acción,


de identificar puntos de elección,


de resistir a presiones internas o externas,


de sustituir "libremente" un modo específico de determinación por


otro,

de actuar según sus propias intenciones racionalmente definidas.

En definitiva, para el autor, si la agencia implica autonomía, ésta presupone

"reflexividad"; eso es, una cierta aptitud de "autoconocimiento", "autosupervi-


sión" y "autointervención" (1979, 292s.).
El postulado de automatismo remite a la "conducta" reactiva y el de auto¬
nomismo a la "acción" intencional. La psicología social etogenista no se ocupa de
conductas, sino tan sólo de "actos"; eso es, de "acciones" de un actor (por ejem¬
plo, un beso) que llegan a ser socialmente eficaces cuando otro las interpreta
como tales
(gesto de afecto). Las secuencias de los procesos interactivos humanos
tienen poco de "automático" (de ello corresponde ocuparse a la psicofisiología) y
bastante de "autonómico" (ámbito de la microsociología y la antropología).
Harré propone como objeto específicamente psicosociológico un género es-

162
pedal de comportamiento interactivo que no encaja ni en la categoría de lo auto¬
mático ni en la de lo autonómico: el de los "episodios enigmáticos" en tanto que,
"secuencias" de "actos" cuyos protagonistas son capaces de aducir algún tipo de
"razón" (account) de los mismos.

2) Orden práctico — Orden expresivo

Sin discutir la trascendencia de los diversos motivos


"práctico"-superviven-
ciales en la interacción social, Harré reivindica,
contraposición al énfasis reduc¬
en
cionista de tipo socioeconomicista (Marx y Engels, 1845), socioecologista (Harris,
1974; Goody, 1976) o sociobiologista (Wilson, 1975. 1978; Dawkins, 1976)—que
refuerza la idealización del ser social "autómata"—, el lugar que corresponde en
psicología social a la consideración de los factores "expresivos" (propios de un
ser "autónomo"), como los referentes a dignidad, fama o reconocimiento social

de la propia valía y de la frecuente primacía que los mismos adquieren sobre los
demás: "el honor es más importante para mucha gente que el tener suficiente co¬
mida" (Harré 1981, 10).

3) Explicación paramétrica — Análisis estructural

Descalificados, por fuera de lugar, los métodos experimentales aplicables al


análisis de "automatismos", Harré enfoca las "estructuras-acto de un episodio" y
sus
correspondientes "secuencias-acción" (que incluyen discursos hablados y ex¬
presiones no verbales), encuadrándolas en la "escena social" en que se desarrollan
y registrando las "versiones" que de ellas realizan los interactores. La etogenia se
presenta, en este sentido, como "una teoría del sentido social" basada en el su¬
puesto de que "la interacción social está mediada por actuaciones públicas que
son tratadas como signos por los actores sociales" (1979, 80).

El que tales signos sean "convencionales" (es decir, no "naturales") indica la


existencia de una "semántica social" (relativa a los significados de las "acciones"
como "actos") y una "sintaxis social" (que remite
a un sistema de invariantes es¬
tructurales manifiestas en diversos tipos de episodios sociales). A ese respecto,
etogenistas (Harré, 1979) y etnometodólogos (Cicourel, 1973) convergen en la
afirmación de una especie de gramática generativa emergente de la misma vida
social, en base al código de la cual los psicosociólogos deberían analizar su objeto
de modo análogo a como los lingüistas operan con el suyo.
Para esos "nuevos psicosociólogos" (Musitu, 1981), los actores sociales pro¬
ducen sus conocimientos y orientan y confieren significado a sus acciones en fun¬
ción de un "sistema implícito" de reglas de la ^da social; eso es, de un "marco"

que la ciencia debe descubrir. Con ello no hipostasían ninguna estructura objeti¬
vamente independiente de los sujetos interactuantes, sino que establecen el carác¬

ter contextualmente determinado de la semántica de las actuaciones de los mismos.

163
4) Competencia — Ejecución

Inspirándose en la distinción realizada por lingüistas entre teorías de la


"competencia" (relativas a los conocimientos y habilidades requeridos para una
correcta
ejecución) y las que se refieren al modo concreto en que se aplican las
aptitudes en las "ejecuciones" concretas, Harré (1981) distingue la psicología so¬
cial que atiende a los "recursos" generales para una acción socialmente adecuada
de la que trata de la "producción" concreta de la acción. La
etogenia adopta el
segundo punto de vista.

La orientación etogenista ha sido criticada por la relativa desproporción

(perceptible hasta el presente) entre las dimensiones de su montaje epistemoló¬


gico y las de sus logros empíricos efectivos; así como por su tendencia a disociar
la explicación causal de la intencional.

164
III. 2. SOCIEDAD Y COGNICION

La captación humana de los hechos naturales acontece en un contexto cultu¬


ral; por lo que la percepción del mundo por ese animal socializado que es el
"homo sapiens" resulta indisociable de su experiencia social: su cognición de las
cosas, acontecimientos, personas... etcétera, esta mediatizada por un múltiple fil¬
tro
que incluye códigos lingüísticos, categorías mentales y sistemas ideoaxiológi-
cos producidos por
la sociedad en que se ha desarrollado. En suma, sus actos
cognoscitivos —que tienen tanto de operaciones mentales como de hechos socio-
culturales— son, por su propia naturaleza, psicosociales. Lo psíquico tiende a
condicionar el modo de adquisición de los conocimientos; en tanto que lo social
incide más bien sobre los contenidos de los mismos.
Si desde la psicología social de orientación neogestaltista se enfoca particu¬
larmente la vertiente intrapsíquica de la producción de conocimiento, otros pun¬
tos de vista dan cuenta del carácter eminentemente social de la misma construc¬
ción cognitiva de la realidad.
En la presente sección, se ofrecen unos botones de muestra de las múltiples

aportaciones a la psicosociología cognitiva realizadas en esa segunda dirección.

III. 2. 1. SOCIOGENESIS DE LOS FENOMENOS COGNITIVOS

A lo largo del presente siglo, se han desarrollado significativos intentos de


articulación de psicología y materialismo dialéctico-histórico y, por ello, de supe¬
ración del reduccionismo socioeconomicista derivado de ciertas versiones cate¬

quísticas del pensamiento fundacional de Marx y Engels. El llamado "Freudo-


marxismo" y la "Reactología" constituyen muestras significativas de tales ensayos
en la fase prestaliniana. Por
lo que se refiere a los últimos lustros, han pasado a
ocupar un lugar preferente en este sentido las aportaciones del neuro y sociopsicó-
logo Luria (1977. 1979a. b., 1980a. b. c.) — y su colega Leontiev (1983)— al aná¬
lisis de los fenómenos cognitivos.

165
Fíl punto de vista Luriano debe ser encuadrado en el mareo general
del ma¬
terialismo histórico y referido particularmente a la filosofía de Lenin, a la fisiolo¬
gía de Pavlov y a la psicología de Vigotsky.

Los textos fundamentales del materialismohistórico, convergen en se¬


ñalar lo sociohistórico como ámbito de la
génesis del hombre en tanto que natura¬
leza, individuo y sujeto; la praxis como base de la gnosis, el acto como origen del
pensamiento, el homo faber como camino hacia el homo sapiens, la necesidad
como fuente del sentimiento, la estructura material como
plataforma de la vida
espiritual, la existencia social como punto de arranque de la experiencia conscien¬
te. El hombre es, desde la
óptica marxista, el animal que realiza el salto biocultu-
ral desde la historia natural a la social.

Del autor de Materialismo y


Empiriocriticismo (Lenin, 1909) asume Lu-
ria el postulado acerca de la doble base orgánica
e histórica de los fenómenos de la
conciencia: contra los intentos por Avenarius y Mach de superar la problemática
kantiana del dualismo sujeto-objeto por medio del empiriocriticismo (combinado
ecléctico de materialismo e idealismo, que reduce la realidad a la sensación, mini¬
mizando la consideración del sujeto y del
objeto), Lenin propone un "monismo
materialista" que entiende el "pensamiento" (y los "estados mentales" en
general)
como "función del cerebro"
y "reflejo del mundo exterior" objetivo, por medio
de las "sensaciones" del sujeto.

Con el descubridor de los mecanismos de los


"reflejos condicionados"
(Pavlov, 1927) en base al análisis materialista del "primer" sistema de "señales de
la realidad" entra en contacto Luria
justo en el preciso instante en que la neorre-
flexología tiende a establecer las líneas generales de una posible aproximación al
estudio del "segundo" de aquellos sistemas de señalización (la codificación lin¬
güística de la realidad) y base del "tercero" (el "pensamiento" como producto
del uso social del lenguaje).

Si la filosofía leniniana del


"reflejo" trata de las determinaciones sociales
externas de la
conciencia, la fisiología pavloviana de los "reflejos" se refiere a la
mediación orgánica interna entre el estímulo ambiental y la respuesta conductual.
El primero, en síntesis, trata de la causalidad ecosocial de los
procesos cognitivos;
mientras que el segundo atiende a las condiciones y mecanismo somáticos
implica¬
dos en los mismos.

Demaestro Vigotsky (1934) conserva el interés


por el análisis del

su

psiquismo superior, así como las teorías acerca del carácter biosocial de la psico¬
génesis y de la singularidad del fenómeno humano (en base a la articulación de los
conceptos de mediación instrumental y sociocultural) y su concepción del bino¬
mio lenguaje-pensamiento como modo de reflexión de la realidad
análogo a la
percepción y como referencia clave para la definición de la naturaleza de la con¬
ciencia.

166
Concibiendo lapsicología como una ciencia bisagra entre las biológicas y las
sociales, Luria se resolver los viejos y enigmáticos tópicos sobre la "liber¬
propone
tad" y la "conciencia" (a los que se concede importancia teórica desde el marxis¬
mo), inadecuadamente tratados, a su juicio, por los mecanicismos e idealismos,
ya sean tradicionales o de nuevo cuño. A ese respecto, sostiene que "la conducta
del hombre basada en el conocimiento de la necesidad es libre" (1977, 101).
Como estudioso del cerebro humano, detecta en los lóbulos frontales del
mismo el fundamento orgánico de la capacidad de elección, cualidad indisociable
de la aptitud intelectual para la realización de estrategias complejas —programa¬
ción, regulación, control— de la conducta. Según él, la exclusiva perspectiva bio¬
lógica (desde la que aparece el cerebro humano —especialmente sus áreas fronta¬
les— como "sistema nervioso conceptual") suscita fundadas reservas acerca de la
utilidad de ciertas analogías etológicas y sociobiológicas y extrapolaciones con-
ductistas de las ratas al hombre. Sólo si aparece asociada a una óptica sociohistóri-
ca, añade, proporciona elementos explicativos suficientes del salto cualitativo que
se da entre los otros animales y el hombre (única especie capaz de conductas no

necesariamente determinadas por puros motivos biológicos primarios, por sensa¬


ciones directas, por patrones filogenéticamente preestablecidos o por aprendizajes
individuales).
La clave de filo, explica el autor, radica en que esas condiciones cerebrales
hacen un tipo particular de experiencia sociohistórica cuya singularidad
posible
consiste en aptitud para el uso social de "instrumentos" (herramientas de traba¬
la
jo para manipular cosas y signos lingüísticos para construir socialmente el universo
semántico).
El trabajo social y la comunicación lingüística reestructuran según el autor
las formas de actividad psíquica y propician la emergencia de los procesos cons¬
cientes. El marxismo institucional soviético nunca ha puesto reparos dogmáticos
a actividad productiva como matriz de la vida social y fuen¬
la consideración de la
te de la dinámica psíquica. Pero no siempre ha facilitado, en cambio, la considera¬
ción de la interacción lingüística como praxis material. El asunto quedó definiti¬
vamente resuelto, sin embargo, después del contencioso Stalin-Marr (1950), en
base a se estableció que los fenómenos lingüísticos no consti¬
la solución del cual
tuyen simples factores "superestructurales" (de serlo, el idioma ruso habría desa¬
parecido a raíz de las supuestas transformaciones estructurales operadas a partir
de la "Revolución de Octubre"), ni tampoco propiamente "infraestructurales", ni

simplemente "mediacionales"; sino algo (como la lógica matemática o la filosofía


de la ciencia) independiente de las fluctuaciones histórico-sociales. En ese sentido,
Luria ya no teme inquietar a la ortodoxia kremlinista al sostener que el lenguaje
humano no sólo proporciona una nueva dimensión a la interacción comunicativa,
sino que aparece íntimamente vinculado a los procesos del desarrollo psíquico

(personal y cultural).
A los ojos de Luria, en síntesis, mediante el uso social del lenguaje, el ser hu¬
mano deviene capaz de:

167
designar, objetos y fenómenos,

retener y evocar

elaborar y potenciar el pensamiento sobre una base lingüística,


reorganizar los procesos psíquicos superiores (atención, percepción, me¬


moria, imaginación, abstracción... etcétera),
regular la conducta, flexibilizándóla y proporcionándole mayores cau¬

ces de
plasticidad (las instrucciones verbales sugieren pautas menos rí¬
gidas que los preprogramas genéticos),

construir, fijar, transmitir y asimilar información (base e instrumento de


comunicación como relación social y de la cultura como
patrimonio co¬
lectivo) y

formar y cambiar la propia conciencia a nivel de nociones, mecanismos


de estructuración y formas de actividad.

Luria ofrece una


de alternativa psicológica al naturalismo ahistó-
propuesta
rico y subjetivista según él, late en planteamientos gestaltistas (el organismo
que,
que "estructura"), conductistas (el organismo que "asocia") o psicoanalíticos (el
organismo que "proyecta") a propósito de los fenómenos del conocimiento, pre¬
sentando la conciencia como producto sociohistórico: "las raíces del
surgimiento
de la conciencia del hombre
hay que buscarlas no en las singularidades del 'alma'
ni tampoco en las reconditeces de su
organismo, sino en las condiciones sociales
de vida históricamente formadas" (1977, 104).
Un estudio de campo realizado hace ya medio siglo en las regiones del Uzbe-
quistán, en un momento privilegiado de cambio radical en las estructuras sociales
y culturales, parte, según hace constar el propio autor en sus recuerdos autobio¬
gráficos (1979b), de la hipótesis de que sólo un enfoque histórico de las formas
de vida social permite descubrir las
leyes de "los procesos cognitivos". Los resul¬
tados del mismo confirman efectivamente la suposición de
que la revolución so¬
cioeconómica y politicocultural genera también una profunda transformación
de la actividad cognoscitiva: "Los hechos obtenidos en nuestra
investigación (...)
han demostrado (...) que la estructura de la actividad cognoscitiva
en las distintas
etapas del desarrollo histórico es variable y que las formas más importantes de los
procesos cognitivos, que son la percepción y la generalización, la deducción y el
razonamiento, la imaginación y el análisis de la propia vida interna, tienen un ca¬
rácter histórico y cambian de acuerdo con la modificación de las condiciones de
la vida social y con la adquisición de una base de conocimientos" (1980 a, 203
Cf., 1980c, 11.24).

III. 2. 2. FACTORES SOCIALES DE LA PERCEPCION

El "New Look "del estudio de la


percepción

La obra de Bruner y sus colegas (1947. 1956) ha contribuido notablemente

168
a
despertar gl interés psicosociológico por el análisis de las variables sociocultura-
les del proceso perceptivo-cognitivo. Con ello, rellena un vacío teórico importan¬
te. En efecto, el tratamiento que, desde diversas orientaciones psicológicas, se

había venido haciendo de la antigua problemática en torno a la percepción y el co¬


nocimiento, había dejado múltiples lagunas: el análisis gestaltista trataba de los
factores vinculados estrictamente a los procesos individuales, la epistemología
piagetiana consideraba predominantemente el aspecto ontogenético de las estruc¬
turas cognoscitivas y el experimentalismo clásico se centraba sobre todo en los

aspectos psicofisiológicos de la dinámica sensoperceptiva.


Su "nuevo enfoque" sociológico de la percepción, que inducea "ir más allá
de la información efectivamente dada" sintoniza con los estudios neogestaltistas
sobre la influencia social y converge y se complementa en cierto modo con ele¬
mentos de diversas tradiciones: la vigotskiana (prolongada especialmente por Lu-

ria y Leontiev), que subraya la "producción social" de los fenómenos de la con¬


ciencia; la neofenomenológica de Schutz (luego desarrollada por Berger y Luck-
man) sobre la "construcción social" del sentido común de la realidad; diversas
orientaciones socioantropológicas que postulan la importancia de la estructura de
las relaciones sociales de producción, de poder o de prestigio en la organización
cognitiva de los sistemas de valores, actitudes, normas, metas, creencias, necesi¬
dades... etcétera; los trabajos pioneros de Freud sobre la distorsión cognitiva resul¬
tante del funcionamiento de los mecanismos psicológicos de "defensa" y, por su¬

puesto, con la misma tradición gestaltista sobre la percepción.


Superponiendo su punto de vista con el del psicologismo gestáltico, Bruner
no excluye la posibilidad de explicar correctamente ciertos procesos perceptivos

en base a los principios generales de la psicología individual. Pero, por otra parte,

asume también presupuestos sociologistas al considerar que la adecuada compren¬

sión de ciertos fenómenos perceptivos implica el previo reconocimiento de la na¬


turaleza específicamente social de algunos de sus componentes.
La originalidad de su contribución radica precisamente en su ensayo de veri¬
ficación experimental de la incidencia de los factores sociales en la percepción de
ciertos estímulos físicos.
Bruner & Goodman (1947) impulsan una serie de investigaciones en el cam¬

po general de los factores motivacionales de la percepción y en el particular del


"registro selectivo".
El primer fruto de ese empeño se concreta en el descubrimiento de la predis¬
posición subjetiva a la "acentuación" de ciertas características físicas de un obje¬
to-estímulo investido de trascendencia social. Según ellos, factores en última ins¬
tancia de carácter sociogenético (como "valores y necesidades" vinculados a inte¬
reses sociales) pueden realizar una función de variables intervinientes en un proce¬

so de distorsión perceptiva. En síntesis, para los autores, los juicios perceptivos

reflejan convenciones sociales.


Los resultados de su clásico experimento sobre la percepción del tamaño de
monedas por parte de niños de diverso status socioeconómico familiar, confirman
sus primeras
intuiciones:
169

los
sujetos experimentales reproducen la magnitud de las monedas que
les han sido mostradas en unas dimensiones
significativamente diferentes de las
reales, sobreestimando las de las más valiosas e infraestimando las de las que lo son
menos;
los del grupo control evidencian un mayor
grado de ajuste a la realidad

cuando deben representarse la medida del diámetro de unos discos de cartón de


dimensiones idénticas a las de las monedas presentadas a los demás;
la tendencia la deformación
a
perceptiva se hace más ostensible en los

niños procedentes de "barrios humildes" que en los de "casas ricas";


esa distorsión resulta también mayor en los sujetos que operan de me¬
moria que en los que han sostenido la moneda en sus manos.

Las
múltiples investigaciones realizadas posteriormente sobre el tema, indu¬
cen a
algunos autores a atribuir un carácter universal a la inclinación a supra o in¬
fravalorar ciertos aspectos de un objeto
impregnado de connotaciones axiológi-
cas; mientras que otros, representados por Tajfel (1957), han venido sosteniendo

que tal supuesto sólo se cumple —en la situación de Bruner y Goodman— cuando
se da una correlación
precisa entre las variaciones de tamaño (característica físi¬
ca) y de valor (relevancia social) del mismo.
Asimismo, Tajfel & Wilkes (1963) demuestran la "acentuación perceptiva"
en la estimación de la
longitud de líneas, sin intervención de factores sociales o
emocionales, sino simplemente cognitivos (rotulaciones).
En la misma dirección de la teoría de la "acentuación
perceptiva", se inscri¬
be la controvertida aportación de McGuinnies (1949) sobre la "defensa
percepti¬
va" motivada por factores sociales. Su análisis del
tiempo necesario para la identi¬
ficación de palabras y de las reacciones emotivas asociadas a este
proceso le induce
a afirmar
que, a diferencia de lo que ocurre con los ítems "neutros", los indivi¬
duos experimentan una especial tensión emocional ante palabras socialmente esta¬
blecidas como "tabú". Este estado se traduce, según el autor, en forma de "defen¬
sa" (análoga a la "represión" según
el modelo freudiano) contra estos estímulos
inquietantes, manifestada en una resistencia a identificarlos.
Tampoco en lo relativo a este punto existe consenso entre los investigadores,
que polemizan en torno a cuestiones generales sobre fiabilidad, validez y crite¬
rios de interpretación de los resultados. Pero la propia persistencia de la contro¬
versia sugiere que nadie pone en duda la trascendencia teórica de las
hipótesis
planteadas.
Por su parte, Postman, Bruner & McGuinnies (1948) sostienen
que la "selec¬
ción perceptiva" no depende de los puros "determinantes
primarios de la aten¬
ción" asociados a ¡as cualidades intrínsecas de los estímulos del
campo (como se
afirma desde la psicología general tradicional); sino que va subordinada tarnbién a
ciertas "variables de personalidad" como son los intereses, necesidades
y valores
del sujeto perceptor.
En una
investigación sobre "selección temporal" analizan la rapidez diferen-

170
cial conque los sujetos experimentales "reconocen" diversos tipos de estímulos
verbales proyectados mediante un taquistoscopio. Los autores constatan que la
"función sensibilizadora" de los valores se manifiesta en forma de predisposicio¬
nes
generales a la selección perceptiva.
Según ellos, al lado de la función "selectiva", aparece en los procesos per¬
ceptivos también la de "acentuación", así como la de "fijación", como resultado
de la presión de los intereses y necesidades subjetivos, que inducen a evaluar y a
retener ciertos elementos percibidos. En términos generales, concluyen que el sis¬

tema de valores del sujeto desempeña una función sensibilizadora, rebajando

(mecanismo de "sensibilización selectiva") el umbral perceptivo para los estímulos


aceptables y elevando el de los inaceptables (mediante el mecanismo de "defensa
perceptiva").
Entre los precedentes experimentales de este trabajo se cuenta el de Levine
et al. (1942) sobre la asociación selectiva de imágenes ambiguas a contenidos te¬

máticos vinculados a un determinado estado de necesidad (p. ej.: a un estado de


privación de alimentos corresponde la "percepción" de imágenes asociadas a la
acción de comer).

La categorización social

Zajonc (1968) presenta la "categoría" como una "unidad de organización


cognitiva". Por su parte, Tajfel (1975. 1978. 1981. 1982) entiende por "categori¬
zación" la organización cognitiva de los datos empíricos de una situación social
(personas, cosas, hechos, acontecimientos y significados o atributos de los mis¬
mos) mediante una distribución de estos elementos en subconjuntos. Estos se esta¬
blecen atendiendo a las relaciones de semejanza o equivalencia entre sus compo¬
nentes respectivos, consideradas en función de las actitudes, intenciones o accio¬

nes del sujeto que las percibe.

El modelo tajfeliano de la "categorización social" remite a una articulación


psicosociológica por la cual la aprehensión gestáltica de la realidad acontece en
un marco de determinaciones sociales. Por ello, aparece también como una pers¬

pectiva alternativa de los tradicionales estudios psicologistas de la percepción


social. "

Según el autor, la dinámica general de la categorización incluye, en tanto que


ordenación intelectual del entorno, dos niveles de desarrollo interdependientes:

por un lado, presenta una labor "sistematizadora" de las cogniciones,


que se concreta prácticamente en la estructuración y clasificación de los datos
perceptivos;

conlleva una inevitable contrapartida de "simplificación" (o


por otro,
de "inferencia" perceptiva), consistente en el moldeamiento de esos contenidos
en función de los imperativos de la propia mecánica de su ordenación, por medio
de una doble operación combinada:

171

"inducción" (asignación de un ítem a una determinada clase, en base a


la observación de ciertos rasgos
parciales del mismo) y

"deducción" (atribución a ese ítem de todas las características genera¬


les de la clase a la que ha sido incorporada).

La "categorización social" cumple, desde ese punto de vista, en síntesis, las


siguientes funciones:

Adaptativa. La construcción de un marco categorial del entorno facilita


el ajuste de los entes sociales (individuos o grupos) a ese ambiente cognitivamente


ordenado.

Evaluativa. Cada posición en la escala categorial conlleva un determina¬


do rango axiológico. Por ello, al categorizar, la gente valora la suya propia y la de
los demás.

Identificativa. Al definirse como miembros de una categoría,


el sujeto
toma conciencia de su propia identidad social; al tiempo que tiende a atribuir sus
cualidades al hecho de la pertenencia a su
grupo.

Diferenciativa. La enfatización de las propiedades características de los


miembros de cada categoría social supone al tiempo una acentuación de los su¬
puestos rasgos distintivos intercategoriales.
Comparativa. El reconocimiento de las distintas identidades categoria-

les induce a la comparación de las cualidades


respectivas.

Defensiva. La atribución de identidad categorial fundamenta y


legitima
los sistemas ideoaxiológicos asociados a la misma, al
tiempo que justifica el esfuer¬
zo de mantenimiento de sus
propiedades diferenciales.

Orientativa. La categorización social constituye para los autores sociales


no sólo un marco de referencia
para definir la propia situación, sino además una
especie de cauce normativo para sus propias acciones.

Atendiendo al descubrimiento de la tendencia la acentuación perceptiva de


a

las semejanzas intracategoriales y de las diferencias intercategoriales (Tajfel & Wil¬


kes, 1963), el prppio Tajfel (1975. 1978. 1981. 1982) —al igual que otros inves¬
tigadores (Cf. Austin & Worchel, 1979;Turner & Giles, 1981)— constata que este
fenómeno se aprecia más acusadamente en el caso de la
categorización social. Se¬
gún estas observaciones, la conciencia de identidad de endogrupo induce, en el
contexto de una relación
intergrupal, a subrayar los contrastes entre las supuestas
propias cualidades y las que se atribuye a un exogrupo.
Ello supone un proceso de signo contrario al
que Festinger (1954) descubre a
propósito de la relación interindividual en el seno de un mismo grupo, caracteri¬
zada —a su juicio— por la fuerte inclinación a buscar
semejanzas y a limar diferen¬
cias. En otros términos, la "comparación social"
intragrupos se realiza (según el
modelo festingeriano) en el marco de una
presión hacia la uniformidad; eso es,
hacia la homogeneización identifícadora por la acentuación de las similitudes in-

172
tracatcgoriales; mientras que, en cambio, en la percepción intcrgrupal se experi¬
menta —según Tajfel— un empuje hacia la captación de la heterogeneidad (hacia
la diferenciación por la exageración de las disimilitudes intercategoriales).
Siguiendo a Allport (1954), Tajfel concibe la categorización social como un
proceso básico en la génesis, desarrollo y arraigo de los prejuicios y estereotipos
sociales en particular (1969) y como el substrato cognitivo fundamental de las
actitudes y actuaciones intergrupales en general (1981. 1982).
Por su parte, Turner (1981) concibe el autoestereotipo como una definición
categoria! de la identidad social generadora de una modalidad específica de cogni¬
ción que denomina "información referencial".
Diferenciación cat ego rial y efecto intergrupo
Doise (1979. 1980. 1982) elaborar una "psicología del intergru¬
se propone
po", mediante una articulación de los puntos de vistapsicológico y sociológico en
el análisis de las relaciones entre grupos, convencido de que el análisis psicosocial
de procesos "intraindividuales" (1er nivel de análisis), "interindividuales" e "in-
trasituacionales" (2o nivel) no debe ignorar ni minimizar las vinculaciones de los
mismos al ámbito de las relaciones entre "clases y categorías sociales" (3er nivel)
ni con el de las "ideologías" y "representaciones colectivas" (4o nivel) y de que a
las investigaciones sobre objetos ubicados en esos últimos niveles les urge el esta¬
blecimiento de referencias a procesos desarrollados en los primeros.
Para ello, propone una ampliación del modelo tejfeliano de la categorización
social, en el que descubre dos vertientes:

la personal, que remite a la organización subjetiva de la experiencia de


las relaciones sociales, y

la social, referente a la dinámica socioinstitucional de estructuración,
diferenciación y modelación de las conductas de los actos sociales.

Apoyándose "analogía estructural" entre lo individual y lo


en una supuesta
colectivo, el autor trata de Jas conductas de diferenciación social en términos de
"diferenciación categorial". Esa noción remite a la traducción cognitiva (según el
modelo de la categorización) de la diferenciación fàctica existente en el plano de
etcétera.
las relaciones sociales entre clases, sexos, razas...
Los procesos intergrupales aparecen, desde esa óptica, como diferenciaciones
en función de pertenencias categoriales. Doise percibe una triple dimensión dife-

renciacional (conductual, evaluativa y representacional), así como una tendencia


a la consistencia entre las diferenciaciones realizadas en los diversos niveles, y una

especial hegemonía de las diferenciaciones operadas en el nivel conductual. Según


él, la diferenciación intergrupal se desarrolla en una dinámica espiral: "las diferen¬
ciaciones comportamentales.en función de pertenencias categoriales, acarrean di¬
ferenciaciones evaluativas y representacionales que, a su vez, facilitan diferencia¬
ciones comportamentales" (1982, 118).

173
La categorización aparece, pues, como un mecanismo fundamental de la
construcción individual y colectiva de la realidad social, tanto en el plano mera¬
mente cognitivo como en el de la práctica conductual: en otros términos: "las
conductas en función de pertenencias compartidas o contrapuestas estructuran y
transforman la realidad social" (1982, 118).

III. 2. 3. PSICOSOCIOLOGIA DE LOS SISTEMAS DE


CREENCIA

El dogmatismo

Rokeach (1973) hace profesión de skinnerismo cuando afirma abiertamente


que las autoconcepciones
y los valores vienen determinados por el entorno. Pero
se sitúa "más allá de Más allá de la libertad
y de la dignidad"
(Skinner, 1971) al
sostener, con la misma convicción, que los seres humanos nos diferenciamos
unos de otros
precisamente a la hora de gestionar nuestra propia libertad, digni¬
dad y otros "valores" y que tales diferencias
presentan un notable grado de esta¬
bilidad, tanto si se establecen en el plano de lo interindividual como en el de lo
intergrupal.
El autor concibe el valor como la firme "creencia" la
en
superioridad de un
modo de conducta o de un estado final de existencia con
respecto a sus contra¬
rios. A tal creencia le atribuye la
múltiple furición de ajuste, egodefensa, conoci¬
miento y autoactualización. Los "antecedentes" de los valores se
hallan, según
él, en la cultura, la sociedad y la personalidad; en tanto que sus "consecuentes"
se manifiestan en las actitudes y la conducta. De ahí relevancia
su psicosocio-
lógica.
En este sentido, Rokeach observa que, mientras
en antropología y sociología
los valores deben tratados variables
ser
dependientes, en psicología merecen
como
la consideración de variables
independientes: "muchas formas de conducta son
determinadas por sistemas de creencia" (1973, 338). La creencia
axiológica "tras¬
ciende las actitudes hacia objetos y
situaciones; es un patrón que orienta y deter¬
mina la acción, actitudes hacia objetos
y situaciones, ideología, autopresentacio-
nes, evaluaciones, juicios, justificaciones, comparaciones de sí mismo con los de¬
más y que induce a influir a los otros" (1973, 25). Los "sistemas de creencia" son
conjuntos de "autoconcepciones, valores intrumentales y finales, actitudes, cogni¬
ciones sobre la conducta y sobre las
cogniciones de otra gente interrelacionados
funcionalmente" (1973, 3 38).
El interés del autor por el tema viene
ya de lejos: ya en 1948 publica un resu¬
men de su tesis doctoral sobre la
"rigidez mental generalizada como factor en el
etnccentrismo",tema sobre el que volverá en algunas de sus siguientes
publicacio¬
nes(1949. 1951. 1952. 1954), en las que ya introduce las nociones de "dogmatis¬
mo" y "obstinación" como instrumentos
para un análisis científico de sistemas
ideológicos.

174
Es en esos primeros esbozos que el autor tercia en la contro¬
el desarrollo de
versia sobre el color ideológico del "autoritarismo" suscitada a partir del trabajo
de Adorno et al. (1950) y que alcanza sus mismitas cotas con las aportaciones de
Eysenk (1954. 1956 a. b.), Christie (1956 a. b.) y Rokeach & Hanley (1956). Para
Rokeach (1960. 1963), la "Escala F" construida por el equipo de Adorno no es
un instrumento eficaz de medición del autoritarismo en general, sino más bien del

que está impregnado particularmente de derechismo ideológico (eso es, de "poten¬


cial fascista"). Tampoco cree que Eysenck haya demostrado que "fascistas" y
"comunistas" sean igualmente "duros" (Rokeach & Hanley, 1956) ni que sean
científicamente sostenibles sin matices tópicos como el de que "los extremos se
tocan" —tan frecuentemente utilizados en el Occidente de la "Guerra Fría"— o
los que puedan derivar de lecturas descontextuadas de tesis como la reichiana so¬
bre el común denominador de "plaga emocional" que subyace a los "fascismos",

ya sean de color "negro" o "rojo" (Reich, 1953).


El autor propone que la psicosociología del fenómeno autoritario debe aten¬
der no al contenido ideológico de los sistemas de creencia, sino al modo cómo éste es
estructurado en ellos; eso es, al "estilo cognitivo" que les caracteriza. Y el estilo

cognitivo autoritario tiene un nombre: "dogmatismo". Si la Escala F nunca per¬


mitió detectar la base empírica de la razonable sospecha de que el autoritarismo
atraviesa sutilmente todas las posiciones del espectro ideológico, extendiéndose
más allá del escenario de la confrontación política o religiosa, el análisis del estilo
cognitivo (mediante la "Escala D") conduce, según Rokeach, efectivamente a la
evidencia de la infiltración de "dogmatismo autoritario" en toda suerte de sectas
y partidos, así como en escuelas filosóficas, círculos artísticos, fundamentalismos
científicos... etcétera.
El marco conceptual ubica el constructo "dogmatismo" se sustenta
en que se
sobre los supuestos el estilo cognitivo dogmático implica ciertas uniformi¬
de que
dades estructurales y funcionales independientes del contenido ideológico y de

que tal característica puede emerger incluso fuera de los marcos institucionales en
que se suelen desenvolver los individuos. El dogmatismo es concebido en una pri¬
mera aproximación como una forma intelectualizada de "resistencia al cambio",

que se distingue de la "rigidez" por su mayor nivel de organización formal, por


abarcar un más amplio repertorio conductual y por caracterizar las relaciones in¬
terpersonales (en tanto que ésta remite más bien a un modo personal de enfrentar¬
se a las cosas).
Rokeach (1963) supone asimismo que "la realidad objetiva está representada
en una ciertas creencias y expectativas que, en un grado u otro, se
persona por
aceptan como ciertas y otras creencias o expectativas que se aceptan como falsas";
lo que equivale a considerar que todos los "sistemas cognitivos" están organizados
en dos partes interdependientes: un "sistema de creencias" y uno de "descreen¬

cias" (1963, 978).


Elprimero define positivamente la identidad y el segundo la diferenciación.
La mente abierta y cerrada (1960) se presenta, según el propio subtítulo, como
175
un estudio de los "sistemas de creencia". Un sistema de
creencias-descreencías es
descrito como una "estructura" extensible a lo
largo de un doble continuum entre
un "sistema abierto" y un "sistema cerrado"
y entre un núcleo "central" y una
"periferia", al tiempo que como un conjunto de "contenidos" centrados en torno
a la "autoridad".
Desde tales consideraciones, el autor define el
dogmatismo como "a) una or¬
ganización cognoscitiva relativamente cerrada de creencias y descreencias sobre la
realidad, b) organizada alrededor de un conjunto central de creencias sobre la
autoridad absoluta
que, a su vez, c) proporciona un marco de referencia para pau¬
tas de intolerancia
y tolerancia cualificada respecto a los otros" (1963, 978s.)..
Un sistema de creencias-descreencias "cerrado" cuando presenta "a) aisla¬
es
miento de partes en el sistema de creencias
y entre los sistemas de creencias y des¬
creencias ; b) una discrepancia en el
grado de diferenciación entre los sistemas de
creencias y descreencias; c) indiferenciación dentro del sistema
de creencias; d)
alto grado de
interdependencia entre las creencias centrales y periféricas; e) bajo
grado de interdependencia entre las creencias periféricas, y 0 estrechamiento de la
perspectiva temporal" (1963, 979).
Sobre la base de tal esbozo
conceptual, el autor desarrolla una serie de postu¬
lados sobre la estructura y el contenido
cognitivos del dogmatismo. En lo que con¬
cierne al componente estructural, los
puntos concretos del discurso se organizan
en torno a la
premisa genérica de que "la realidad puede ser constreñida a ser co¬
herente con el sistema de creencias-descreencias
por medio de una ordenación de
las partes dentro de los sistemas de
creencias-descreencias, dentro entre
y las regio¬
nescentrales y periféricas de los mismos, y en virtud de su organización en la di¬
mensión de la perspectiva
temporal" (1963, 980).
Por otra parte, se supone que los contenidos de toda
organización cognitiva
dogmática, si bien pueden corresponder a distintas y contrarias orientaciones, no
obstante, por el hecho de formar parte de un sistema cerrado, presentan
siempre
unos
componentes formales comunes que constituyen, en definitiva, el substrato
cognitivo del "autoritarismo" y la "intolerancia".
De este modo, en contraste con el
punto de vista del grupo de Berkeley, que
presenta la inflexibilidad mental y la intolerancia como expresiones de una
perso¬
nalidad autoritaria básica (Adorno et al., 1950), Rokeach (1960.
1963) presenta
la cerrazón dogmática como clave
para el diagnóstico del síndrome autoritario y
de la conducta intolerante.

La ortodoxia

Deconchy (1970, 1980) reconoce que el enfoque rokeachiano de la estructu¬


ra de los sistemas de creencia ha
supuesto un notable estímulo para el progreso en
el análisis científico de las
ideologías. Si bien critica, por otra parte, el que haya
emplazado el lugar de elaboración teórica del constructo "dogmatismo" en una
especie de tierra de nadie entre el "sujeto" y el "grupo", en la que acaba apare-

176
riendo, como "una especie de forma a priori de la manipulación de los objetos

ideológicos, extraterritorializada con respecto a la singularidad del contenido e


implantación cultural de los mismos" (1980, 10).
En este proceso vacilante, según el psi coso ció logo francés, Rokeach habría
acabado decantándose por el lado del psicologismo adorniano, quien percibe el
autoritarismo como una disposición caracterial del sujeto a asumir determinados
contenidos ideológicos. Con ello, deja "inexplotada" una parte del potencial de la
primera intuición y "demasiado corta" la noción final de dogmatismo para dar
cuenta de "fenómenos psicosociales de contenidos cognitivos complejos" (1980,

9). A esa objeción teórica, Deconchy añade la de la resignada opción rokeachiana


de no experimentar y, en definitiva, de refugiarse en un enfoque dominantemente
clínico.
Deconchy se acerca resueltamente a los sistemas socio cognitivos desde un
punto de vista experimentalista, creyendo, en la aplicabilidad de la metodología
experimental al análisis de sistemas sociales complejos y de su dinámica ideológica
subyacente, en el mçdio natural de su funcionamiento (1981, 1982).
Esforzándose en producir una definición no ideológica de "ideología" y apo¬
yándose en el ensayo de traducción de esa noción en términos psicosociales por
Pages (1972), Deconchy concibe como ideológico "todo sistema de representa¬
ciones y de explicaciones de una realidad social que, a los ojos de cierto número
de individuos, introduce una información que juzgan potencialmente universal en
función de criterios que, para ellos, no derivan, en principio y ante todo, de nin¬
gún deseo ni de ningún móvil verificador" (1980, 11).
La noción clave instrumentalizada por el autor en su análisis de los sistemas
ideológicos —no en tanto que cuerpos doctrinales, sino como modos de organiza¬
ción y regulación social— es la de "ortodoxia", que remite a una cualidad atribui-
ble a un sujeto, a un grupo y a un sistema:

Un sujeto es ortodoxo "en la medida en que acepta e incluso pide que


su pensamiento, su lenguaje y su comportamiento sean regulados por el grupo
ideológico del que forma parte y particularmente por los aparatos de poder de
este grupo".

Un "grupo" es ortodoxo "en la medida en que asegura efectivamente


tal tipo de regulación y que su fundamentación tecnológica y axiológica forma

parte de la 'doctrina' profesada por el grupo".



Un "sistema" ortodoxo es "el conjunto de dispositivos sociales y psico¬
sociales que regulan la actividad del sujeto ortodoxo en el grupo ortodoxo"
(1980,7).

Para Deconchy, el concepto de ortodoxia articula las nociones de sujeto y de


grupo ortodoxos en una "totalidad conceptual" susceptible de aplicación a una
extensa y heterogénea gama de complejos ideológicos. Desde un principio precisa

que ni toda ideología se organiza necesariamente en corpus ortodoxo ni la noción

177
de ortodoxia abarca la totalidad de un fenómeno socioideológico : "al estudiar
(...) los comportamientos ortodoxos, tenemos conciencia de no tratar más que
una
parcela del inmenso problema que plantea el funcionamiento de las ideolo¬
gías" (1980, 15).
En realidad, concibe la ortodoxia más bien como la cara que presentan en
algunos momentos los sistemas ideológicos. Al componente de la regulación orto¬
doxa el autor contrapone dialécticamente ef de la desregulación "efervescente"
(el clima de alteración informacional y estructural). En el ámbito religioso, señala
como
exponente de tal funcionamiento crítico el "mesianismo". Ortodoxia y
efervescencia no representan estadios alternativos o sucesivos, sino más bien polos
en tensión, entré los
que oscila la dinámica de un sistema socioideológico.
De cara a facilitar la realización de su plan
de investigación en medios natu¬
rales, el autor ha centrado su atención en la "ortodoxia religiosa" y, dentro de ese
campo, en el caso típico del Catolicismo.Romano. Según él, entre todas las orto¬
doxias ideológicas, las religiosas se distinguen
especialmente por su vigorosa pro¬
clamación de que las informaciones en torno a las
que se organizan, trascienden
las normas de la racionalidad y son irrecuperables racionalmente, hasta el punto
de que la inverificabilidad de su objeto ideológico
se constituye en una clave deci¬
siva de su funcionamiento social. A ese respecto, la Iglesia Católica encarna la má¬
xima expresión de esa lógica al integrar a su cuerpo
de creencias dos elementos
doctrinales que refuerzan notablemente su cualidad ortodóxica: el
principio de la
"infalibilidad informacional del jefe supremo" y el de la verificabilidad racional
de la existencia del Dios en quien se cree desde la fe. Por sus
peculiares caracte¬
rísticas, la Iglesia Católica se constituye, pues, en la máxima expresión de los
"lazos dialécticos" establecidos en determinados "campos de poder" entre "lo
inverificable y la regulación social".
Deconchy se propone analizar el conjunto de operaciones psicosociales que
inducen, por un lado, a una persona a considerar "verdaderas" ciertas proposicio¬
nes inverificables
empíricamente e incitan simultáneamente por otro, a que un
sistema social construya un cuerpo de creencias tal que resulta irrevisable en lo

que respecta a su significado último.


En tal contexto, atribuye especial relevancia a los
procedimientos por los
que se establece un campo de poder sociocognitivo, se inmuniza la creencia contra
la crítica "racional" y se incorpora selectivamente ciertas aportaciones de las cien¬
cias humanas. El autor pretende, en definitiva, precisar la "lógica psicosocial"
(contrapuesta a la "racional") por la que se rigen tales funcionamientos.
De cara a la investigación de las "leyes" de esos mecanismos, implanta "dis¬

positivos experimentales" en el seno de instituciones ("agrupaciones naturales")


integradas en el cuerpo de la Iglesia Católica. En su recopilación de 1980, el autor
presenta los resultados de 28 experimentaciones efectuadas en el medio natural,
distribuidas en tres capítulos.
En el primero de ellos, expone la formulación y verificación de la
hipótesis
central de la obra: "en un sistema ortodoxo, la fragilidad racional de la informa-

178
ción es compensada por el vigor de la regulación". En definitiva, un conjunto de

14 ingeniosos y sutiles experimentos, distribuidos según tres climas (el de "orto¬


doxia amenazada", el de "ortodoxia tranquila" y el de "ortodoxia reforzada"),
ponen en evidencia que la fuerza de las creencias en un sistema ortodoxo radica
no en significado de las mismas, sino en la regulación de que son objeto. En
el
virtud de ello, para un "doxema" (mínima unidad informativa de un corpus orto¬
doxo), cuanto mayor sea su déficit de racionalidad convencional y su centralidad
en el cuerpo ideológico, tanto mayor será su probabilidad de adquirir un nivel de

"objetividad" superior como proposición dogmática.


En el segundo capítulo trata de poner al descubierto las reacciones de los

sujetos que, deseando permanecer en la ortodoxia, son enfrentados a la evidencia


de la lógica ("psicosocial") que regula su funcionamiento cognitivo: en tal caso,
al no parecerles ya razonable el refugio en la regulación, inician un proceso efer¬
vescente cognitiva y socialmente cuyos resultados (en forma de efectos de inno¬

vación en los que cristaliza la "utopización", la "escatologización" y la "mistici-


zación") deberá finalmente reincorporar el sistema sociocognitivo, en su propia
dialéctica histórica, de cara a su supervivencia como tal. En este sentido, la lógica
ortodoxa se constituye en ley de la pregnancia de los sistemas ideológicos.
Finalmente, en el tercero, se demuestra que no todos los tipos de discurso
científico producen efectos efervescentes en sistemas ortodoxos: mientras la "in¬
yección" de un discurso "empiricopositivista" suscita en un grupo ortodoxo tan
sólo actitudes de conciliación ecuménica, el de corte "teórico experimental" in¬
troduce un tipo de contrainformación tal que vacía, según indica Deconchy, el
sistema ortodoxo de toda su fundamentación epistemológica, al tiempo que de¬
sorganiza su juego de regulación.
La aportación del autor encarna un género poco común de trabajo en psico¬

logía social: la amplitud y profundidad del campo que abarca, así como la canti¬
dad y calidad de evidencia que aporta, en una investigación apoyada sobre una
serie de sugestivos, difíciles y notables experimentos de campo, hacen de ella un
capítulo aparte y una prometedora vía de penetración hacia los oscuros dominios
de lo ideológico. Su lectura suscita en el lector numerosos interrogantes de orden

epistemológico y metodológico e incluso (casi imperceptible e inevitablemente)


ideológico (sobre todo en los temas relativos a efervescencia y cambio). Sin em¬
bargo, en definitiva, tales reservas pesan poco en comparación con el enorme res¬
peto que impone la consideración de la obra como conjunto.

179
PSICOLOGIAS SOCIOLOGICAS
IV. 1. PSICOLOGIA DE MASA

Aproximación general
Desde fines del siglo XX, el de la "masa" constituye uno de los tópicos cen¬
sociales. Con toda su ambigüedad semántica y
trales de la reflexión en las ciencias
su densidad ideológica, la metáfora física de la masa psicosocial es invocada como
una especie de panacea universal, capaz de iluminar los más diversos aspectos del

mundo de lo humano: un estadio cultural (la "era de las masas"), un proceso his¬
tórico (la "masificación"), un fenómeno antropológico (el "hombre masa"), un
punto de articulación de lo individual y lo colectivo (la "psicología de masa"),
una circunstancia política (la "masividad"), un tipo de estructura social (la "so¬

ciedad masa")... etcétera.


Utilizado en funciones de sustantivo, adjetivo o verbo, el término aparece
asociado a las más diversas realidades de lo cotidiano: cultura, comunicación,
consumo, necesidades, deseos, movimientos... etcétera. Al hilo de cada discurso

particular en que aparece, se suele definir su contorno semántico específico por


contraposición al de otros referentes de significado más preciso, como, por ejem¬
plo, "sociedad" (organización-desorganización), "élite" (los pocos-Ios muchos),
"individualidad" (diferenciación-indiferenciación) o, en fin, otros vocablos del
lenguaje común, como pueblo, comunidad, clase, raza, grupo y, aún, razón,
moral, progreso... etcétera.
De cualquier modo, los masólogos suelen asociar el objeto de su estudio a
una serie de fenómenos relevantes de la modernidad: sistema industrial, sociedad

capitalista, democracia liberal, racionalidad instrumental, superpoblación, movili¬


dad social, socialismo, prbanización, consumismo, burocratización... etcétera.
Si bien, como ha expuesto Salvador Giner (1979), el tema en general viene
ostentando un rango eminente en la tradición fílosófico-sociológica desde los mis¬
mos orígenes de la civilización occidental, los tratados contemporáneos sobre el

mismo remiten —manifiesta o tácitamente— al ensayo instituyente de Gustave Le


Bon (1895) al respecto.

183
Un cl fondo de ia obra del autor francés, laten dos obsesiones: una eminente¬
mente psicológica —la extinción del individuo— y otra sociológica —la de la élite—,
ante la "irrupción de la masa" homogeneizante
y uniformizadora, en el proceso de
la modernización. La carencia de una adecuada distinción entre tales dimensiones
del supuesto hecho que describe, facilita el que algunos de sus lectores descalifi¬
quen, tal vez precipitadamente, la psicografía de la desdiferenciación interpersonal
en situaciones de "masa" tomando como base la crítica
sociológica de ciertos fun¬
damentos ideológicos subyacentes a la teoría de la
igualación social (tal vez pueda
ser el caso del
propio Giner, 1979). Otras veces, por el contrario, se llega a la asun¬
ción implícita de la plausibilidad de esas tesis
sociológicas a partir del reconoci¬
miento de la de las más propiamente
psicológicas (véase Moscovici, 1981). A esa
especie de confusión ha contribuido ciertamente el propio Le Bon —y sobre todo,
posteriormente, Ortega (1930)— al establecer que el hombre más individualmente
diferente de los demás se da precisamente en la élite social; mientras
que el más
idéntico al patrón común aparece entre los
componentes de las mayorías.

IV. 1. 1. PSICOGRAFIA DE LA DESINDIVIDU


ACION, SEGUN LE BON

Presentación

El impacto intelectual de la
Psychologie des Foules (1895) de Gustave Le
Bon (1841-1931) —como el de otros ensayos posteriores del mismo género, entre
los que destaca el de Ortega (1930) sobre La rebelión de las masas— resulta expli¬
cable sólo si se reconoce la relevancia del objeto y la calidad del tratamiento del
mismo, que parecen reafirmarse con el paso del tiempo.
La clave del éxito de este best-seller, traducido a la mayoría de los idiomas
cultos, consiste en la conexión de su temática no sólo con las
inquietudes de la
opinión pública occidental de finales del siglo XIX ante la emergencia de algo
'históricamente nuevo, sino con un conjunto de
preocupaciones de los pensadores
contemporáneos relativas al sentido profundo de la modernidad.
Entre ellos, destacan los focos de la eterna tensión
razón-pasión, individuo-
colectividad, civilización-barbarie, minoría-mayoría..., que han seducido la aten¬
ción de ilustrados, liberales y románticos,
positivistas y vitalistas, psicoanalistas y
marxistas..., de filósofos y antropólogos, psicólogos y sociólogos, historiadores,
literatos y políticos.
En definitiva, se trata de juzgar los efectos
psicosociales de la compleja revo¬
lución cultural, industrial y democrática y de fenómenos
que le van asociados: ur¬
banización, racionalización burotecnocratizante, economización, secularización...
etcétera. Y el juicio tiene lugar en una atmósfera
ideológicamente saturada de los
"ismos" liberal, conservador y radical; eso es, de las
preocupaciones por el desa¬
rrollo de la libertad individual, por el mantenimiento de valores tradicionales
y
por la plena instauración de la igualdad social. Cualquier vacilación, tropiezo o re-

184
troeeso en de tales objetivos ha hecho
la vía de la conseeución histórica de alguno
recaer razón y el progreso modernos, a menu¬
las más diversas sentencias sobre la
do calificados de vehículos de alienación, decadencia y regresión.
Le Bon contrapone el "alma de las razas", en tanto que constitución mental
hereditariamente impuesta a los individuos de una misma categoría social, al
"alma de las masas" entendida como conjunto especial de rasgos psicológicos que,
superponiéndose a los propios de aquel "substrato" categorial, los modifica pro¬
fundamente en el proceso histórico.
Ese interés por ubicar la psicología en el ámbito de lo transindividual, no
constituye tanto una concesión gratuita a tesis sociologistas (al estilo de las de
Marx, 1844. 1857 o Durkheim, 1893, acerca del sinsentido de una ciencia de lo
individual reducido a algo aislado de la dinámica social) como una muestra de sin¬
tonización con el "Zeitgeist" configurado por los ensayos etnopsicológicos centro-
europeos de aproximación a una ciencia de los procesos mentales "colectivos" o
"populares" (que, contando entre sus expresiones más significativas los trabajos
de Lazarus & Steinthal, 1860, llega a su culminación con la obra del último
Wundt, 1900-1909). Son igualmente significativos de la mentalidad de la época los
desarrollos por Tarde (1890) de la noción de "imitación universal" y del propio
Durkheim (1893) sobre la de "consciència colectiva", así como aportaciones pos¬
teriores sobre lo "inconsciente colectivo" (Jung, 1912. 1921. 1954...), el "instin¬
to gregario" (Trotter, 1916), la "mente de grupo" (McDougall, 1920), la "psicolo-_

gía de masa" (Freud, 1921; Reich, 1933), cl "carácter medio" (Freud, 1921), el
"carácter social" (Fromm, 1932. 1941. 1947. 1955. 1974... etcétera), la "estruc¬
tura caracterial de las masas" (Reich, 193 3)... etcétera.

La masa psicológica

El distingue las masas "homogéneas" (sectas, clases, castas... etcétera)


autor
de las heterogéneas (aglomeraciones callejeras, jurados, asambleas parlamentarias...
etcétera). Su interés se polariza en estas últimas. Recurriendo analógicamente al
modelo de la integración de las células elementales en la totalidad de un organis¬
mo, concibe la "masa psicológica" no como un simple mosaico de individuos aglo¬

merados, sino como una "muchedumbre organizada".


La "ley psicológica" fundamental del "alma" de tal muchedumbre no puede
ser otra, pues, que la de la "unidad mental". Es precisamente en ese carácter de

todo cualitativo donde el autor halla la clave del hecho de que en una colectivi¬
dad de tal naturaleza, "cualesquiera que sean los individuos que la componen y
por semejantes o desemejantes que sean sus géneros de vida, sus ocupaciones, su
carácter y su inteligencia, por el solo hecho de transformarse en muchedumbre,
poseen una clase de alma colectiva que les hace pensar, sentir y obrar de una ma¬
nera completamente diferente a aquella como pensaría, sentiría u obraría cada

uno de ellos aisladamente" (1895, 42). En otros términos, inserto en la masa, el

individuo se cscaquea y enmascara, eliminando sus distintivos personales, para

185
confundirse con el terreno social que lo alberga, asumiendo propiedades formales
del mismo.
Entre las características psicológicas de la masa destaca, en síntesis, las si¬
guientes.-

Uniformidad. Desvanecimiento de las diferencias interindividuales, a


causa de una disolución de los yoes
personales en tanto que soportes de
cogniciones, actitudes y conductas subjetivas, así como de una extin¬
ción de sentimientos particulares de responsabilidad, autoconsciència,
miedo, impotencia, inseguridad, indefensión, indigencia... etcétera.

Totalidad. Empuje hacia la "igualdad mental"; participación de un sen¬


tido de identidad colectiva y de entidad omnisciente y todopoderosa;
emergencia de una especie de sujeto transindividual, anónimo v com¬
pacto .

Irracionalidad. Restricción de la actividad intelectual e intensificación


de la emocional. Predominio de lo inconsciente social sobre lo conscien¬
te individual.

Primariedad. Orientación por sugestión, contagio e imitación.


Compulsividad. Tendencia la traducción inmediata de los afectos

a en
actos.

En suma, disuelto en la masa, el individuo ostenta, según el autor, rasgos psí¬


quicos propios de las "formas inferiores de la evolución", tal como aparecen —a su
juicio— en "la mujer, el salvaje y el niño" (1895, 55). En términos más concretos,
se torna autómata, bárbaro,
primitivo, infantil, inconsciente, impulsivo, irritable,
versátil, crédulo (incapaz de duda, incertidumbrc, crítica o relativización), conser¬
vador, autoritario, intolerante, sumiso, dócil, gregario, ambivalente ante el poder,
sensible a la magia de la palabra y a las "ilusiones" más
que a las "verdades"
(como expresión de la creencia animista en la omnipotencia de las ideas), movido
por -sentimientos simples, exaltados y radicales, capaz de las conductas más des¬
tructivas y de los sacrificios más sublimes.
Le Bon atribuye a esa supuesta modificación psíquica experimentada
por los
individuos en la situación "masa" la razón última de hechos tan aparentemente in¬
sólitos como el de "jurados que dictan veredictos que cada uno de ellos
desapro¬
baría individualmente; asambleas parlamentarias que adoptan leyes y medidas que
cada uno de los miembros que las
componen reprobaría en particular". Así, "los
hombres de la Convención —comenta a modo de
ejemplo—, considerados separa¬
damente, eran burgueses ilustrados muchos de ellos. Reunidos en muchedumbre,
no dudaron en
aprobar las más feroces proposiciones, enviar a la guillotina a indi¬
viduos manifiestamente inocentes y ponerse en
pugna con todos sus intereses, re¬
nunciar a su inviolabilidad y diezmarse a sí mismos" (1895, 49s.).
Pero el protagonismo de la masa no se manifiesta sólo en actos criminales o
absurdamente inhumanos como los mencionados. Muchas "grandes páginas de la

186
historia" en forma de "cruzadas", luchas por la "independencia", gestas colecti¬

vas designo "heroico"... etcétera, han acontecido, asimismo, gracias a la acción de


tales procesos "un poco inconscientes" (1895, 51). En términos generales, pues, la
transformación del individuo en el medio masivo puede "convertir al avaro en
pródigo, al escéptico en creyente, al hombre honrado en criminal, al cobarde en
héroe" (50), al hombre común en "verdugo" o en "mártir" (56).
De todo ello, el autor extrae un sugestivo recetario de criterios prácticos de
cara a la vida cotidiana sobre la poca confiabilidad en el "testimonio de la muche¬

dumbre" (53) o de un "niño" (69) o en la "unanimidad de muchos testigos" (53),


la independencia del "papel social de las ideas" con respecto de la "verdad que

puedan contener" (85), la seductibilidad y dominabilidad de la "masa" por una


"autoridad fuerte" (78), la resistencia de las muchedumbres a todo lo nuevo
(92)... etcétera.

Presupuestos metapsicológicos

Entre las premisas implícitas de la teorización leboniana destacan especial¬


mente el psicologismo y el irracionalismo.

Psicologismo

Al contrario que su compatriota Durkheim —quien, simultáneamente a la pu¬


blicación de la Psicología de las multitudes expone en I.as reglas del método socio¬
lógico su perspectiva sociologista, basada en la consideración fundamental de los
"modos de actuar, de pensar y de sentir exteriores al individuo y que poseen un

poder de coerción en virtud del cual se le imponen" (1895, 35)—, Le Bon sostie¬
ne
que los "hechos" o "instituciones" sociales son más bien "efectos y no cau¬
sas"; algo así como "un ropaje casual, un disfraz transitorio" del "alma de los pue¬
blos" (1895, 127).
Ese contraste de puntos de vista pone de relieve la vinculación de la contro¬
versia que, por esta época, proporcionan especialmente Durkheim y Tarde (con¬
vertida en paradigma "sociologismo versus psicologismo") a un mar de fondo que
remite a los propios orígenes de la filosofía psicológica y social y que late, asimis¬
mo, en el seno de las modernas ciencias humanas: el eterno debate subjetivismo
versus objetivismo.

Para Le Bon, "lo que gobierna a los hombres son las ideas, los sentimientos y
las costumbres; cosas que están en nosotros mismos. Las instituciones y las leyes
son la manifestación de nuestra alma-, la expresión de sus necesidades" (1895, 15).

Prolongando el discurso comteano, el autor afirma que "los grandes cambios de


civilización son consecuencia de cambios en el pensamiento de los pueblos"
(1895, 21) y que, por tanto, "las transformaciones importantes en que se opera
realmente un cambio de civilización son aquellas realizadas en las ideas, las con¬

cepciones y las creencias" (1895, 22). Por ello mismo, en la línea antipositivista
187
de Tònnies (1887) y anticipándose de algún modo a Max Weber (1901.1904), des¬
califica la viabilidad de la
aplicación a la ciencias sociales del "método descriptivo
de los naturalistas",
que no permite el descubrimiento de las "fuerzas morales", a
su entender, "el verdadero móvil de la historia"
(1895, 32).

Irracionalismo

Enlazando con la tradición agustino-pascaliana acerca de las razones


y pode¬
res del "corazón" inaccesibles e incontrolables
por el "cerebro" y, de modo inme¬
diato, con el voluntarismo de Schopenhauer y Nietzsche, Le Bon se constituye en
el precursor más cualificado de la
psicología freudojungiana de lo inconsciente:
"no solamente en la vida orgánica
juegan un papel completamente preponderante
los fenómenos inconscientes, sino también en el funcionamiento de la
inteligencia.
La vida consciente del
espíritu no es sino una débil parte de la vida total de éste,
junto a la vida inconsciente" (1895, 43).
El tópico de la racionalidad humana
y la desatención iluminista a la estrechez
de los límites de la consciència inciden,
según el autor, en el hecho de que la ma¬
yoría de sus contemporáneos no quieran reconocer que "los hombres no se mane¬
jan nunca con las prescripciones de la razón pura" (1895, 32) ni escuchar los to¬
ques de atención de románticos, voluntaristas y vitalistas, quienes recuerdan
que
"el sentimiento no ha sido jamás vencido en su lucha eterna contra la razón"
(id.,
105).
En definitiva, el
espíritu positivista, con su énfasis en lo racional-legal-mer-
cantil, minimiza, a los ojos del pensador francés, la trascendencia histórica de los
rasgos psíquicos más característicos de la masa: lo pasional, natural y dionisíaco;
así como el enorme "poder" de su realidad "inconsciente" —el "secreto de su
fuerza" radica, precisamente, en su propia inconsciencia" (1895, 18).

IV. 1. 2. DIAGNOSTICO FREUDIANO

El
padre del psicoanálisis —"discípulo aventajado" de Le Bon (Moscovici
1981, 289)— concede, por su parte, una gran importancia a la figura y al papel del
"jefe" en toda situación de "masa psicológica" (de la que señala como ejemplos
contemporáneos significativos "masas artificiales" como las Iglesias y los Ejérci¬
tos).
Concordando con sus
contemporáneos, diagnostica el hecho de la masa como
síndrome de patalogía social, "regresión" a la "barbarie" precultural y, al tiempo,
"retorno" histórico de la "horda primitiva" (Freud, 1921).
Las analogías normalidad-neurosis
y onto-filogénesis, así como el mito psico¬
lógico de la trascendencia del complejo edipiano en el desarrollo personal y cultu¬
ral, constituyen el soporte metateórico de tal interpretación psicoanalítica.
El cemento psicosexual cohesiona la
que masa, tanto al nivel de las relaciones

188
interindividuales como al de la vinculación de cada miembro con el jefe, no puede

ser otro que la "libido" característica de un estadio infantil-primitivo.


La "identificación" —esa forma arcaica de enlace afectivo intersubjetivo (pa¬
dre-hijo) que, mediante un proceso de interiorización acaba tranformándose en
simple dinámica intras.ubjetiva— determina la asunción del jefe común como
sustituto sintomático del "protopadre" de la horda, cristalización del "superhom¬
bre" ideal y encarnación del "Dios" patriarca y providencia. En la masa, este
"ideal del yo" colectivo dicta aquello que "desea" el "ello" de todos y cada uno
de los componentes del todo social. De ahí deriva un "sentimiento social" de soli¬
daridad fraterna y de amor al líder, reforzado por el efecto de la "sublimación" de
pulsiones sexuales "reprimidas".
Así, pues, la "masa primaria" no es más que un colectivo humano que ha
asumido un mismo objeto como "ideal del yo" universal y en cl que la mimètica
identificadora (el empuje a parecerse al modelo) interactúa con la erótica libidino¬
sa (el deseo de poseer el objeto), confiriendo al grupo-masa una unidad radical y

sin fisuras, basada en la comunión imitativa y amorosa.


A nivel cognitivo el proceso se traduce en la "ilusión" ("proyección" del
"deseo") de que el jefe (y mediante la "identificación" con él, todos) tiene poder
para superar toda situación de "indefensión" real (auténtico punto de arranque de
un
proceso "regresivo").
En definitiva, según Freud, la "ilusión" compartida proporciona a los miem¬
bros de la masa una representación sustitutiva (delirante) de la realidad (que ha
perdido su aspecto amenazante), consuelo (analgésico) al dolor del desamparo
existencial ante un mundo difícil y hostil y una válvula de escape ideológica ante
cualquier tipo de crisis sociohistórica.

IV. I. 3. PSICOPATOl.OGIA DE LA IGUALACION SOCIAL. DE TOC-


QUEVILLE A ORTEGA

El substrato metateórico del enfoque

Le Bon (1895), como casi un siglo más tarde Moscovici (1981), experimenta
su
presente histórico como un tiempo de agonía de viejas formas de vida, de
emer¬
gencia de nuevas condiciones de existencia social y, en definitiva, como un "pe¬
ríodo de transición" hacia la "era de las muchedumbres" (1895, 23).
A un observador comprometido con su época como él no le basta la simple

contemplación estática de "uno de esos momentos críticos en que el pensamiento


de los hombres estáen vías de transformarse" (id., 22); sino que se siente, además,

profundamente afectado -por el hecho de que las nuevas "ideas" que están forjan-,
do las "masas" se constituyen en las fuerzas históricas destinadas a dominar la so¬
ciedad del próximo futuro.
La presunta emergencia de la masa representa para el sociopsieólogo francés

189
un proceso vinculado al desarrollo del capitalismo y la consiguiente dinámica de
urbanización en torno a los focos
industriales, a la expresión y consolidación de la
democracia de patente liberal-burguesa y al avance del movimiento socialista; todo
lo cual conduce, a sus ojos, a una igualación social masificante. F.l autor es cons¬
ciente de que el igualitarismo constituye uno de los
componentes nucleares del
espíritu de la contemporaneidad: la Revolución Francesa establece como uno de
sus tres mitos fundamentales el de la
"égalité", supuesto sobre el que se asienta,
asimismo, el contenido de la Declaración de la Independencia de los USA. Por su
parte, el Manifiesto Comunista lo asume no sólo como premisa dogmática sino,
además, como proyecto histórico.
En síntesis, igualitarismo ha
llegado a ser sinónimo de democratismo, de
socialismo y, en definitiva, de progresismo. Ninguno
de quienes se han atrevido, a
lo largo de los últimos siglos, a referirse a eventuales factores innatos o heredita¬
rios de las desigualdades humanas —desde el clásico lissai sur
l'inégalité des races
humaines de Gobineau (1853) hasta las recientes consideraciones de
F.yscnk
(1973) sobre The inequality of man—, independientemente del grado de funda-
mentación científica de sus teorías, se ha librado de
etiquetas como la de "clasis¬
ta", "racista", "elitista"... "fascista" o, simplemente, "reaccionario".
Ciertamente, el enfoque, el acento, el tono y el mismo contenido de ciertas
expresiones literarias de la obra de Le Bon sobre las "clases inferiores", la "opi¬
nión colectiva", la "soberanía
popular", el socialismo, la mujer, la cscolarización...
etcétera, sugieren al lector suspicaz sobrados motivos para ceder a la tentación de
descalificar ideológicamente el "espíritu" del autor
y, al tiempo, la relevancia de
su aportación teórica. La mutua
interpenetración de lo epistemológico y lo ideo¬
lógico en sus pensamientos, que tiñe también su misma relación con el lector, di¬
ficulta en éste la tarea de valorar en su justa medida la trascendencia científica de
las observaciones de aquél.
Y esa mezcla también parece
caracterizar la obra de su más ilustre predece¬
sor
—Tocqueville (1835-1840. 1856)— y de la heterogénea pléyade de sus suce¬
sores (Freud, 1921;
Ortega, 1930; Reich, 1933; Mannheim, 1935. 1940. 1943.
1950; Tchakhotine, 1939; Lederer, 1940; Fromm, 1941. 1947. 1955; Neumann,
1943. 1957; Adorno et al., 1950; Riesman et al., 1950; Mills, 1951. 1956. 1963 ;

Arendt, 1952; Kornhauser, 1959; Bettelheim, I960; Marcuse, 1964; Horowitz,


1970; Moscovici, 1981... etcétera).
Más que un manifiesto de la reacción antiprogresista, la obra de Le Bon apa¬
rece como una reflexión argumentada en torno a la ambivalencia del igualitarismo
democrático. Los prejuicios desde los que se la ha calificado de expresión del pre¬
juicio antidemocrático —estereotipo que se ha hecho extensible al conjunto de la
masología— han inducido a veces a la precipitada categorización del legado lebo-
niano en la casilla de la literatura romántica de género
apocalíptico, simplificación
que no parece favorecer el progreso en el conocimiento de lo psicosocial. En reali¬
dad, la obra de Le Bon cobra sentido en tanto que prolongación de la senda inicia¬
da por su compatriota y precursor Alexis de Tocqueville.

190
El legado de Tocqueville

Alexis de Tocqueville (1805-1859), de raigambre aristocrática, al igual que


tantos otros prohombres del pensamiento social decimonónico, convencido de la
inevitabilidad y deseabilidad histórica de la democratización, observa atentamente
el fenómeno y reflexiona sobre las previsibles consecuencias del mismo. A ese res¬

pecto, el relativo optimismo que le infunde la percepción de los efectos de la de¬


mocratización sobre las estructuras tradicionales de la sociedad norteamericana
(183540) se torna expectación recelosa a la vista de la resaca social que, en su
opinión, deriva del proceso revolucionario europeo (1856).
Según él, el peligro de catástrofe cultural no deriva de la asunción formal dé¬
los principios democráticos, sino de cierto modo de aplicación histórica de los
mismos: una insistencia compulsiva y unilateral en la instauración de la "igual¬
dad" a toda costa puede inducir a un desarrollo monstruoso del organismo demo¬
crático en forma de "masa uniforme" y bárbara, paralizadora de la emergencia
espontánea de diferencias interindividuales y de la necesariamente desigual distri¬
bución de responsabilidades sociales.
En suma, para él, el igualitarismo a ultranza constituye una amenaza real

para el propio liberalismo que lo promueve, al condenar a una forzada "nivela¬


ción" a individuos adornados de talentos desiguales y privarles, consiguientemen¬
te, de la "libertad" de ser ellos mismos.
Si, por una parte, la "igualdad" puede, a la larga, conducir a una disolución
del individuo en la masa igualizada, por otra, la "uniformidad" constituye un serio

peligro de desnaturalización de la propia democracia, como producto combinado


de la burocracia y de la "tiranía de la mayoría". En efecto, anticipándose —como
Marx— a hechos que sociólogos de generaciones posteriores (Tónnies, Weber... et¬

cétera) habrán de constatar sobre el terreno, Tocqueville detecta la degradabilidad


burocrática del ejercicio del poder del-para-por el pueblo, como consecuencia de
la delegación de soberanía por una "masa estúpida" en un cuerpo de funcionarios.
Si, además, la mayoría establecida sucumbe a la tentación de constituir su cosmo-
visión particular en ortodoxia y su voluntad política en criterio normativo de la

ortopraxis universal, en la "democracia" ya no habrá lugar para lo minoritario, di¬


ferente, excepcional, creativo, individual. En suma, en la democracia pueden en¬
trar en contradicción sus dos principios fundamentales: la igualdad y la libertad.

Esa consideración de los aspectos oscuros, regresivos e indeseables del Nuevo


Régimen —de la cruz de la democracia— parece ser el hilo conductor de la refle¬
xión no sólo de Tocqueville, sino también de buena parte de los masólogos poste¬
riores. Si en la prevención de consecuencias negativas de la "democracia" para el
individuo y la minoría ("selecta" o no) coincide en cierto modo un reformismo
progresista con el reaccionarismo más recalcitrante, ello no justifica de ningún
modo el presentar a ciertos críticos de la democracia como simples "compañeros
de viaje" de los antidemócratas. Encuadrada en sus adecuadas circunstancias de

tiempo y lugar, de la tradición masológica que, arrancando de Tocqueville y Le


191
Bon, pasa por Freud y Ortega, para llegar a la actualidad a través de los cauces más
diversos, no puede derivarse
mensaje ideológico implícito que el de que el
otro
movimiento democrático hacia la
"igualación social" de làs condiciones de vida
económico-político-culturales no conlleva de modo automático un aumento de las
cotas de "libertad" de los individuos
singulares, ni de determinados colectivos mi¬
noritarios.

El hombre-masa, tipo psicológico


como en Ortega

Le Bon presenta el "advenimiento de las muchedumbres" como un "síntoma


universal" (1895, 27) de patología social caracterizado
por el dominio irracional
de unos procesos que la mentalidad corriente
y la misma ideología que inspira la
Revolución Francesa suponen bajo el control de la razón. La "masa"
constituye
para él —como la "neurosis"— un peaje de la "civilización".
Tras los pasos de Tocqueville, no vislumbra
ningún modo efectivo de compa-
tibilizar lo que se le antoja como aristocracia natural (la eminencia de los
superio¬
res) con la democracia legal (la igualdad de todos en cuanto a condición
jurídica).
La democratización parece conducir,
según él, a una especie de disolución de las
élites en una masa uniforme,
homogénea y mediocre. La contemplación del ocaso
del individuo y de las minorías excelentes ha de resultar
deprimente para quien
sostiene que "la muchedumbre es
siempre intelectualmente inferior al hombre
aislado" (1895, 50), que en ella "lo que se acumula no es el talento, sino la estu¬
pidez" (id., 45) y que "la civilización es obra de un corto número de espíritus
superiores, que constituye la cima de la pirámide" (id., 242). Sólo resta el "resig¬
narnos a sufrir el reinado de las multitudes" (id., 28).
Por su parte, Ortega (1930)
compara la historia social a un macrolaboratorio
en el que se ha realizado los más diversos
ensayos en orden a potenciar el desarro¬
llo de la "planta" hombre. El experimento "moderno" ha consistido, según él, bá¬
sicamente en el tratamiento de la "simiente humana" a base de democracia liberal
y de técnica. La cara del resultado es el "tipo superior de vida pública hasta ahora
conocido". La cruz, el advenimiento de "una casta de hombres —los hombres-
masa rebeldes— que ponen en peligro inminente los mismos
principios a que
debieron la vida". La identificación de las "constitutivas insuficiencias" del
pro¬
greso induce a "conocer a fondo a este hombre-masa, que es una pura potencia del
mayor bien y del mayor mal" (1930, 81).
La rebelión de las masas desarrolla la tesis —ya esbozada
en LaEspaña inver¬
tebrada— según la cual "la acción recíproca entre masa y minoría selecta (...) es
(...) el hecho básico de toda sociedad y el agente de su evolución hacia el bien
como hacia el mal" (1922, 86).
Esa
interacción, según el autor, se expresa en todo cuerpo social sano no sólo
en su cutis
"político" —la división en mandantes y obedientes—, sino también en
forma del debido "influjo o cracia" de los eminentes sobre la masa, dentro de un
orden social aristocrático, sustentado sobre "ese
poder de atracción psíquica, es-

192
pecie de ley de gravitación espiritual, que arrastra a los dóciles en pos de un mo¬
delo" (1922,89).
Para él, "la sociedad humana es aristocrática (...) hasta el punto de que
pues,
es sociedad en la medida
en que sea aristocrática y deja de serlo en la medida en

que se desaristocratiza" (1930, 53s.). Al sutil analista de su tiempo no le pasa de¬


sapercibido el hecho de que "vivimos en sazón de nivelaciones" (1930, 59) de
fortunas, cultura, clases, sexos y continentes, hasta el punto de que el concierto
social, que tradicionalmente se ha venido desarrollando en base a una correcta ar¬
ticulación de las acciones respectivas de los pocos y los muchos, ha degenerado en
un
galimatías en el cual "ya no hay protagonistas; sólo hay coro" (1930, 48).
Y esa especie de patológica subversión de lo que concibe como sana norma¬
lidad sociocultural es lo que hiere la sensibilidad del filósofo: "cuando, en una
nación, la masa se niega a ser masa —esto es, a seguir a la minoría directora—, la
nación se deshace, la sociedad se desmembra y sobreviene el caos social, la inver-
tebración histórica" (1922, 76). La teoría orteguiana de la nivelación social se
inscribe en la tradición decadentista que establece los supuestos efectos degra¬
dantes de la "mezcla" de lo "superior" y lo "inferior" a nivel racial (Gobineau,
1853) y cultural (Spengler, 1919-1922).
Pero, en su descripción del tipo humano surgido de esa desvertebración de
un
cuerpo social —el "hombre-masa"—, el pensador español trata de distanciarse
de una tradición claramente reaccionaria, obsesionada por la infiltración —"inva¬
sión vertical", a través de la democracia, la ciudad y el socialismo— del hombre
de la horda (vulgar y plebeyo, ignorante y proletario) en ámbitos "natural" y se¬
cularmente reservados para los nobles y superiores. Para él, el sujeto de este pro¬
ceso no se caracteriza por su calidad de miembro de una casta, clase social o grupo

ideológico, sino por el hecho de encarnar una categoría antropológica. El "hom¬


bre-masa" es el perfecto "hombre medio" ("l'homme moyen" de Quételet); eso
es "todo aquel que no se
valora a sí mismo", sintiéndose —en su medianía y me¬
diocridad, indiferenciación y vulgaridad— mera "cantidad", expresión de la
"mayoría", repetición del "tipo genérico". Es el que vive "como todo el mundo",
experimentándose como "idéntico a los demás" (1930, 48s.). Por todo ello,
constituye un ser "previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de
pasado", reducido a puro "caparazón", sin "dentro" ni "intimidad", negación del
"yo", fantasma humano "a la deriva", carente de "proyectos" y de "destino
propio", simplemente "snob" (sine nobilitate) (1930, 21s. 79).
Por el contrario, el "hombre selecto" en vías de extinción, aparece como la

persona "especialmente cualificada", que no se confunde con "el petulante que se


cree
superior a los demás", sino que se identifica con "el que se exige más que los
demás; aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores"(1980,49).
A los ojos de Ortega, todo parece conducir a una situación en que "el hom¬
bre medio sea señor" (1930, 57), hasta el punto de que ese "tipo humano hoy do¬
minante" se ha erigido ya en una grave amenaza de "aniquilación de Occidente"
(1930, 33s.).

193
Civilización y barbarie en la era de las masas

Existe una
especie de sistema de vasos comunicantes entre los respectivos dis¬
cursos de los diversos masólogos. En el fondo de cada uno de ellos, late una sutil
reducción de una serie de dicotomías (masa-individuo, masa-élite, masa-civiliza¬
ción, masa-sociedad... etcétera) a una polaridad fundamental: razón-irracionali¬
dad. Le Bon la sugiere, Freud la explicita, Ortega la supone, todos los demás la
asumen. Y en ella radica el substrato psicológico del asunto.

Para Ortega, la dinámica sociocultural resulta de la dialéctica "minorías-ma¬


sas". Un cuerpo social experimentará un sano desarrollo cultural en la medida en
que se organice de modo natural; eso es, en tanto en cuanto la masa, en sus pocas
luces, se deja "vertebrar" por la minoría de individuos lúcidos y eminentemente
competentes. Si la masa se resiste a asumir su propia condición y su misión histó¬
rica, sobrevendrá una "crisis" de desnaturalización (desorganización, invertebra-
ción, desintegración). El autor se erige en testigo de una "rebelión de las masas",
de la instauración de una "hiperdemocracia", en un tiempo en que "el hombre
vulgar", antes dirigido, ha resuelto "gobernar el mundo", imponiendo su propia
"vulgaridad" y arrollando "todo lo diferente, egregio, individual, calificado y se¬
lecto" (1930, 51s. 118).
Mayoritariamente presente en todas las clases sociales, siendo sólo "número"
(Le Bon 1895, 242) y "apetito" (Ortega 1930, 51), tal tipo de hombre se con¬
vierte en
ejecutor de la "decadencia" —por des vert ebración y desvitalización—
occidental. Su nuevo destino histórico consiste en empujar la "civilización" hacia
el borde del abismo de la "barbarie".
Los masólogos del siglo XX no tratan de prevenir —como en su momento
Tocqueville— de los peligros que se ciernen sobre la evolución de la democracia
occidental, ni se refieren a simples fenómenos ocasionales alteradores de la inercia
sociocultural contemporánea: afirman referirse a un proceso en vías de consuma¬
ción, que afecta a los mismos cimientos del orden social y del progreso cultural.
Las masas cuya "irrupción" contempla Le Bon y de cuya "ira" se convierte en

profeta, no son unos "bárbaros" que acosan desde fuera las fronteras del Impe¬
rio; sino, más bien, los "centauros" que ya han conquistado la ciudadela de la civi¬
lización y saqueado el templo de Apolo, santuario luminoso de la racionalidad
moderna.
Pero el autor no se limita la
simple constatación de un "hecho", sino que
a

apunta criterios de interpretación del mismo: su obra, más que una mada de
"¡atención! ¡Ya están aquí, entre nosotros!" es la insinuación de que los bárbaros
componentes, de la masa "¡somos nosotros mismos!"
Según los masólogos en general, la razón moderna está preñada de irraciona¬
lidad, como la humanidad, en general, lo está de brutalidad y la civilización occi¬
dental de barbarie. Asimismo, la modernización aparece como la matriz del indi¬
viduo, pero también de la masa, al igual que la burguesía engendra proletariado,
la libertad soledad e inseguridad y la igualdad uniformidad opresiva.

194
Freud marcará la pauta de los desarrollos teóricos posteriores
al.respecto: la
clave de la salud sociocultural no puede ser otra que la que rige
los procesos intra-
personales —la adaptación del "placer" a la "realidad", mediante la subordinación
de lo inconsciente, éllico, pulsional a lo consciente, yoico, racional—. Para el psi¬
cólogo vienés, sólo cabe una alternativa viable a la instauración catastrófica del
dominio de la masa: "la situación ideal sería (...) la de una comunidad de hombres
que hubieran sometido su vida instintiva a la dictadura de la razón" (1932b,
3.214). Desde su óptica, las formas de barbarie moderna no constituyen meros
accidentes históricos, sino que —al igual que la permanente presión de lo éllico en
la esfera de la vida psíquica individual— expresan la
impotencia del yo cultural
para controlar con eficacia la presión de lo instintivo. Por ello invita a sus lectores
a hacerse a la idea de la
persistencia de este hecho y, en consecuencia, a reconocer
la lógica de la necesidad de mantener el "dominio de la masa
por una minoría"
(eso es, del control de lo "irracional" por lo "racional" en la propia sociedad)
(1927, 2.963; Cf: 1932a, 3.202; 1932b, 3.213).
Y en eso consiste precisamente su mensaje ideológico: "El hecho de que los
hombres se dividan en dirigentes y dirigidos —le comenta a Einstein— es una ex¬
presión de su desigualdad innata e irremediable. Los subordinados forman la in¬
mensa mayoría. Necesitan una autoridad
que adopte para ellos las decisiones a las
cuales se someten incondicionalmente" (1932b, 3.213).
La responsabilidad de estos sabios dictadores —extraídos de una "capa supe¬
rior de hombres dotados de pensamiento independiente, inaccesibles a la intimida¬
ción, que breguen por la verdad" (1932b, 3.214), "superiores, prudentes y desin¬
teresados", provistos del "profundo conocimiento de sus propios deseos instin¬
tivos"— sería la de "actuar como conductores de las masas y educadores de las ge¬
neraciones futuras" (1927, 2.963).
A partir del auge histórico de los fascismos, la tradicional psicología de masa
evoluciona simultáneamente en varios frentes. Poruña parte, mantiene su recono¬
cido status de aproximación psicosocioantropológica a un "fenómeno" permanen¬
temente de actualidad
y, por otra, tiende a concentrarse en análisis específicos de
parcelas incluidas en su campo general, como el hecho autoritario y otras similares
manifestaciones empíricas de psiquismo "colectivo" que, en algunos casos, se con¬
vierten en objeto de investigación experimental.

IV. 1. 4. BALANCE

Como sugiere Alberoni (1971), se da una cierta coincidencia entre los respec¬
tivos puntos de vista de la psicosociología norteamericana de la postguerra (Ries-
man et al., 1950; Blumer, 1951; Brown, 1954. 1965; Turner & Killian, 1957;
Lang & Lang, 1961; Smelser, 1963. 1964. 1972; Evans, 1969; Milgram & Toch,
1969; Horowitz, 1970; Nye, 1974; Freedman, 1975 ; Wallace, 1975; Perry & Pugh,
1978; Wright, 1978; Pugh, 1980... etcetera) y de la tradición marxista en general

195
con la clásica teoría sobre la "masa",respecto a la consideración de los fenó¬
con
menos de la "conducta colectiva" reflejos sintomáticos de procesos de diso¬
como

lución de viejas estructuras y de emergencia de nuevos esquemas de orden cultu¬


ral, en períodos de "transición"; eso es, de "crisis" propiamente "pre" o "post-
sociales".
Por "conducta colectiva"(expresión acuñada por Park, 1924) se viene enten¬
diendo, sentido estricto, todo comportamiento social protagonizado por una
en
multitud en situaciones problemáticas y que presenta un carácter relativamente
espontáneo, efímero, no institucionalizado y poco estructurado, pudiendo cobrar
formas de pasividad (p. ej.: el síndrome de desastre) o de hipcractividad —de tipo
agresivo (p. ej.: motín, linchamiento, revuelta...), expresivo (p. cj.: mitin, fiesta,
manifestación...), evasivo (p. cj.: pánico), adquisitivo (p. ej.: saqueo)... etcétera.
Lo "colectivo" aparece como un retorno de lo "natural" en contextos de

vacío "cultural", como un modo estereotípico de reacción al cambio crítico y a la


correspondiente inseguridad, incertidumbre e incomodidad que el mismo genera.
Así se prolonga la vieja acepción del "efecto masa" como característica psicoso-
cial de los comportamientos manifiestos de un mismo "sujeto" plural.
Desde esa óptica, masogénesis implica cierto grado de desdiferenciación y
desindividuación, igualación e identificación, uniformización y unidimcnsionaliza-
ción. Masividad supone, en definitiva, algo de impersonalidad, inconsciencia e
irresponsabilidad. Por ello el fenómeno "masa" suscita la atención e inquieta el
ánimo del observador fascinado, que lo percibe como expresión de subdesarrollo
humano, barbarie social y decadencia cultural; como caldo de cultivo de actitudes
y comportamientos políticamente problemáticos; como posible objeto de seduc¬
ción, violación, manipulación y dominación por poderes fácticos.
En todo ensayo de valoración actual de la masología psicosocial debe consi¬
derarse el impacto de la reflexión impulsada por Le Bon en el pensamiento con¬
temporáneo, desde la filosofía de la historia a la psicología social de laboratorio.
Atendiendo a la vertiente más ideológica, las teorías de la masa aparecen
como una
especie de precedente del soporte "científico" a la llamada "Nueva De¬
recha" que, en casos como el del Nobel australiano Mac Farlane Burnet (1980),
llega a denunciar los supuestos excesos igualizadores como factor de degradación
antropológica y de regresión filogenética, al proponer la democracia como modelo
de sujeto de derecho el componente de la mayoría numérica de los "inferiores" y
minimizar el valor jurídico del individuo perteneciente a la élite de los "supe¬
riores".
En realidad, tal concepción parece más emparentada con la abierta y reitera¬
da crítica nietzscheana de la democracia (como "farsa moral" y atentado mons¬
truoso contra el orden fundado sobre la "aristocracia natural") que con la actitud

ambivalente de Le Bon ante los efectos de la modernización. Por otra parte, resul¬
tasignificativo el hecho de que el propio diagnóstico freudiano de la psicología de
masa
haya servido para que, desde una especie de "Nueva Izquierda", Bernard
Edelman (1981) contrapusiera, por su parte, al modelo de "hombre de las masas"

196
—carne de cañón de los sistemas totalitarios yverdadera cristalización de la "ser¬
vidumbre voluntaria" pintada por La Boetie (1574)— el de "hombre de derecho"
(tipo ideal de individuo libre y racional) como la otra cara (positiva) de aquél, in¬
ventado asimismo por Occidente. En realidad, teóricos de la masa como Le Bon,
Freud y Ortega encarnan más bien puentes de unión entre las intuiciones de la
crítica aristocrática del igualitarismo y las de la crítica democrática del totalitaris¬
mo. El valor de su psicosociopatología de la masa va asociado no a sus incrustacio¬

nes
ideológicas, sino al fundamento objetivo del diagnóstico que aportan.
La masología lebonista constituye una tan importante como frecuentemente
olvidada fuente de hipótesis, sugerencias y anticipaciones para las más diversas
teorías en psicología social:

la relevancia atribuida a los factores "inconscientes" de la dinámica so¬


cial (Le Bon, 1895,18. 43s.) prefigura los desarrollos freudianos al respecto,

el análisis de la significación psicosocial de los mitos e ilusiones religio¬


sas, sociales y políticas en tanto que verdades profundas, vividas, existenciales, en¬
trañables (1895, 106. 153. 197. 245) señala el camino que habrán de seguir el
propio Freud (1927), Jung (1940. 1944. 1962), Cassirer (1972), Eliade (1968)...
etcétera,

La suposición del papel decisivo del "alma de la raza (...) substrato for¬
mado por residuos de antepasados (...) lazo de semejanzas de todos los indivi¬
duos" (1895, 44), de los "instintos" en tanto que "residuos de edades primitivas
que duermen en el fondo de cada uno de nosotros" (1895, 81) y de las mismas
"ideas hereditarias" como "móviles de conducta" (1895, 89); en contraste con la

intrascendencia de las adquisiciones personales (conscientes, morales, culturales)


del individuo —mera superestructura frágil construida sobre aquella base filoge-
nética— incluye buena parte de los ingredientes de la noción jungiana de "arque¬
tipo" (Jung, 1954 a. b.),

la idea del arraigo caracterial de las actitudes (algo más que in¬
acerca

crustacionesideológicas) —"los jacobinos del Terror eran tan esencialmente reli¬


giosos como los católicos de la Inquisición, y su ardor derivaba de la misma fuen¬
te" (1895, 103)— será desarrollada décadas más tarde por Erich Fromm (1941.
1947. 1950. 1955. 1976... etcétera),

la consideración de que"la intolerancia y el fanatismo constituyen el


acompañamiento necesario de un sentimiento religioso (...) no solamente se es
religioso por la adoración de una divinidad; se lo es también cuando se emplean
todos los recursos de la imaginación, todas las sumisiones de la voluntad, todos los
ardores del fanatismo, al servicio de una causa o de un ser, que se convierte en
límite y en guía de los pensamientos y de las acciones" (1895, 103) representa un
esbozo de la psicología social del "autoritarismo" (Adorno et al., 1950), del "dog¬
matismo" (Rokeach, 1960) y de la ortodoxia" (Deconchy, 1980),

la misma noción de "masa" (situación social determinante de una modi¬


ficación psíquica de los individuos que la viven) constituye un claro precedente de

197
las teorizaciones sobre la "influencia" social (cambio
en la conducta personal so-
cialmentcinducido) (Moscovici, 1978) y de la "facilitación social" (repercusión
del marco colectivo contemporáneo en las ejecuciones individuales)
(Zajonc,
1965),

el sofisticado diseño experimental que permite aMilgram (1974) descu¬


brir las características del "estado agéntico" del sujeto "obediente a la autoridad",
parece inspirarse tácitamente en tesis claramente lebonianas, como la de que un
acto puede resultar "criminal legalmente" y no serlo "psicológicamente" (Le Bon
1895, 217), si constituye una forma de "obediencia a una sugestión" (id., 216).
Así, la conciencia social del cumplimiento de un "deber patriótico" por parte de
la "masa" parisina que realizó la siniestra carnicería humana de la Noche de Saint-

Barthélemy actúa como disolvente de cualquier sentimiento personal de culpa;


aun siendo individualmente muchos de los
improvisados "verdugos" de aquella
ejecución religiosa gentes de exquisita "moralidad" cristiana, puesta de manifies¬
to en la
perfección y eficacia que adornaron su empeño (id., 217-220),
la perspicaz observación de
que ante las masas "los oradores que saben

impresionarlas sólo invocan sus sentimientos y nunca su razón" (1895, 156) se


convierte en un criterio cuyo fundamento habría de
poner a prueba el binomio
Goebbels-Hitler y en una hipótesis que verifican estudiosos de las técnicas de de¬
magogia nazi (Lowenthal & Guterman, 1949) y algunos de los investigadores del
grupo de Yale (Janis & Feshback, 1953),
en el mismo sentido cabe referirse
larga serie de desarrollos psico-

a una

logicosociales de concepciones latentes en la masología de inspiración leboniana,


entre los que resultan
especialmente significativos los que detectan

la atribución delegitimidad para ciertas conductas destructivas protago¬


nizadas por masas (motines, linchamientos... etcétera), aun mantenién¬
dose como tabú para los individuos singulares (Miller & Dollard, 1941),

la presión hacia la conformidad con el juicio del grupo (Asch, 1952),


la relativa persuadibilidad de la masa (Hovland et al., 1953),


la emergencia del componente
irracional en la reacción de colectivos

ante situaciones de pánico (Fritz, 1961),


la sugestionabilidad de una "masa" peatonal (Milgram, Bickman & Ber-


kowitz, 1969),

la tendencia a la reacción circular imitativa


por interestimulación simul¬
tánea (Miller & Dollard, 1941),

las consecuencias anomizantes de la situación "masa" (Calhoun, 1962),


la "desindividuación" y el anonimato como circunstancias desactivado-


ras del autocontrol personal y eventualmente desencadenantes de com¬
portamiento violento y antisocial (Festinger et al., 1953; Zimbardo,
1969; Diener, 1976. 1979; Prentice-Dunn & Rogers, 1980),

la "difusión deresponsabilidad" en situaciones de emergencia vividas en
medio de otra gente (Latane & Darley, 1970) y la
consiguiente posibi-

198
lidad de incitación a la "conducta extrema" (Mattes & Kahn, 1975),

el marco
grupal factor del aumento del "riesgo asumido" (Kogan
como
& Wallach, 1964), de la "decisión y polarización colectiva" (Doise,
1980) y de la "radicalización" conductual (Johnson et al., 1977).

Sin embargo, la psicología social experimental ha ignorado formalmente el


legado de la tradición masológica. Los comentarios críticos de esta aportación
provienen especialmente del campo sociológico y se han organizado en torno a
tres ejes centrales:

acientificidad, por el carácter eminentemente ensayístico, especulativo,


amateur y naïve de los tratados sobre la masa psicosocial y la arbitrariedad, vague¬
dad, gratuidad y superfluidad de sus contenidos teóricos,

redundancia, en virtud de la cual supuestas deducciones lógicas resultan


ser
peticiones de principio que remiten, en definitiva, a presunciones metacientífi-
cas de quienes las formulan. Ese substrato sobre el que arraiga la teoría incluye
una
premisa psicosociopatologista y un prejuicio antipopular,

unilateralidad, que distorsiona la captación del conjunto de fenómenos


del campo observacional y dificulta la atención a ciertos factores relativizadores
de los perceptos finales, como

los equivalentes en otras épocas históricas de rasgos supuestamente ca¬


racterísticos de la "era de las masas",

la función mediadora de los grupos primarios en la relación individuo-


masa,

el relativo carácter normalizador y socialmente organizado de ciertos fe¬


nómenos de conducta colectiva,

la tendencia moderna a la racionalidad, la diferenciación y al pluralismo


sociocultural como contrapeso de la presión hacia la irracionalidad, la
homogeneidad y la uniformidad,

la dinámica de individuación moderna, que incrementa el alcance de la


privacidad, autonomía e intimidad personales, de signo contrario al de
la masificación,

los límites de la eficacia masificadora de los "media" y otros vehículos


de socialización.

El peso específico de tales consideraciones induce a valorar en su justa relati¬


vidad el alcance y los límites de la aportación masológica a la psicología social.
Salvador Giner, al igual que otros notables críticos de los usos y abusos de la no¬
ción de masa en la teoría social (Cf. Shils, 1962; Bell, 1976; Eco, 1974; Pinillos,

1977), sostiene que el rechazo de la teoría como totalidad no implica el de "con¬


ceptos útiles y significativos que'nacieron con la teoría o quedaron íntimamente
vinculados con ella en el curso del tiempo" en orden a la construcción de una

199
"teoría viable y no ideológica de la modernización y de la modernidad" (1979,
403). Asimismo, admite que ciertos fenómenos resultan susceptibles de categori-
zación como manifestaciones de "masa". Entre ellos, destaca los "éxtasis comuni¬
tarios, públicos, concentraciones políticas, multitudes en acontecimientos depor¬
tivos, muchedumbres revolucionarias, ciertas manifestaciones políticas"... etcé¬
tera, en las que ciertamente se observa una reducción de la identidad y autonomía
de los individuos (1979, 329).
Asimismo resulta significativa la toma de posición de Moscovici al respecto :
sin precipitarse hacia apología de la sustancia de las teorías lebonianas, hace
una
un acto de reconocimiento
explícito de su identidad y actualidad. Según él, en
cierto modo, el advenimiento de la "era de las masas" a escala planetaria resulta
ya un proceso en marcha. Por ello, y supuesto que una de las funciones encomen¬
dadas a la ciencia es la de anticiparse al desarrollo de los acontecimientos (como el
canto del gallo anuncia el alba), sostiene sin
complejos que los más o menos vagos
y precientíficos conocimientos de la psicología de masas del pasado constituyen
en el
presente una referencia obligada en orden a la adecuada comprensión de un
futuro que ya está empezando (Cf. 1981, 500).
En general, la psicosociología de la "conducta colectiva" tiende a
desplazar
el tradicional acento psicologista leboniano hacia el análisis de los determinantes
situacionales (micro y macrosociales) (Smelser, 1963. 1964. 1972), su típico énfa¬
sis del componente emocional e irracional hacia la consideración de la actividad

espontánea y no exenta dé racionalidad (Berk, 1974; Granovetter, 1978) y su pre¬


supuesto del carácter anómico y anomizante del fenómeno hacia la consideración
de la emergencia de normas (Turner & Killian, 1957).
De Le Bon se mantiene claramente en pie su insistencia contra Spencer en
que un colectivo humano no se reduce a un simple agregado físico, mera suma o
promedio cuantitativo de individuos, sino que constituye un combinado "quími¬
co"; eso es, algo cualitativamente nuevo, específico y distinto de lo que se da en
los individuos separados, entidad que Brown (1965) caracteriza como "matriz de
resultados".
En los enfoques contemporáneos del comportamiento colectivo (Pugh,
1980), al tiempo que se subraya la permanente relevancia del tema, se observa una
significativa insistencia en la necesidad de un tratamiento interdisciplinar del
mismo.

200
IV. 2. SOCIOLOGIA DEL VINCULO COMUNITARIO Y DEL
GRUPO PRIMARIO

Introducción al tema

El pensamiento social decimonónico está organizado en torno a la temática


evolucionista. De dónde venimos y a dónde vamos son sus motivos de atención
preferente. El modo habitual de respuesta a esa doble cuestión suele consistir en
un
esquema dicotómico construido sobre la base de un continuum cuyos polos
aparecen como los términos "a quo" y "ad quem" del cambio social. Los diferen¬
tes modelos señalan una transición de lo antiguo a lo moderno, de la barbarie a la

civilización, de lo rural a lo urbano, del régimen caracterizado por las relaciones


basadas en el parentesco y la tradición, al centrado en el contrato y la ley positiva,
del medioevo oscuro e irracional a la era luminosa de la razón... etcétera.
Tal filosofía de la historia se asienta sobre un doble supuesto fundamental:

historicismo : el curso de los acontecimientos presenta un orden y un


sentido que la ciencia puede y debe señalar y la técnica encauzar.

iluminismo: la lógica interna de ese desarrollo evidencia el carácter ra¬


cional de la propia realidad observada.
Si Vico (1725) representa un claro precursor de ese punto de vista, Condor-
cet (1794) divulgador, en tanto que Comte (1844) encarna la figura de su
es su

portavoz más significativo. La mentalidad nacida de esa comunión historicismo-


iluminismo tiene un nombre: "progresismo". Ese es el denominador común de
perspectivas sociológicas postcomteanas tan aparentemente divergentes como el
evolucionismo organicista del liberal Spencer (1876-1896) o el materialismo dia¬
léctico-histórico de los radicales Marx & Engels (1848). Los hechos "descubier¬
tos" desde esa óptica no constituyen simples datos empíricos sujetos a una
regularidad; sino básicamente acontecimientos necesarios, valores positivos y
soportes de sentido.

201
En contraposición al pensamiento de esas generaciones fundacionales de la
ciencia social contemporánea, el del siglo XX —asociado a aportaciones patriarca¬
les como las de Tônnies, Durkheim, Weber,
Cooley, Freud... etcétera— supone una
notable revisión de tales tesis "progresistas". Las nuevas teorizaciones del
progreso
ya no realizan optimistas descubrimientos científicos, que son al tiempo encubri¬
mientos ideológicos, de una supuesta dinámica espontánea y natural de la historia
social. Señalan más bien los aspectos ambivalentes del mismo, enfatizan la relevan¬
cia de sus puntos oscuros, previenen contra sus ^eventuales efectos
regresivos e
identifican la cruz de alienación que se oculta tras la cara de la emancipación
hu¬
mana asociada al desarrollo de la modernización.
La progresología decimonónica prolonga la herencia del iluminismo y refleja
el espíritu del tiempo de encendido y arranque a gran escala del orden industrial.
La relativización de
que es objeto en el umbral del siglo XX representa un presagio
de los inmediatos apagones y vaivenes
que habrá de experimentar ese artefacto
cultural. En realidad, la teoría social se constituye precisamente en
disciplina
autónoma como modo de reacción a la
primera "crisis de legitimación" (Haber-
mas, 1981) de la estructura social capitalista.
Uno de los ejes centrales de la reflexión
sociológica del momento es el relati¬
vo a los efectos de la revolución industrial-democrática-urbana sobre
aquellas tra¬
dicionales formas de organización de la vida social que ya no
encajan en el marco
de la nueva racionalidad moderna. A ese
respecto, Nisbet (1953. 1966. 1970) se
esfuerza en presentar el redescubrimiento de la "comunidad" como el núcleo de
la reflexión
sociológica del pasado siglo, al igual que la referente al "contrato"
habría caracterizado el pensamiento ilustrado (de algún modo, viene a
sugerir que
la conciencia de la "crisis de la comunidad" surge del reconocimiento de la conso¬
lidación del "orden contractual").
La noción de "Comunidad" remite a "todas las formas de relación caracteri¬

zadas por un alto grado de intimidad personal, profundidad emocional,


compro¬
miso moral, cohesión social y continuidad en el
tiempo" que se apoyan sobre el
ser humano como un todo más
que como simple portador de unos roles determi¬
nados y que extraen su virtud integradora no de actos aislados y ocasionales de
decisión voluntaria o de nuevos
juicios de conveniencia por interés, sino de un
sólido substrato afectivo (Nisbet 1966 I, 71s.).

IV. 2. I. COMUNIDAD Y ASOCIACION

Teoría de la voluntad

Si el marxismo en general rompe con el "Zeitgeist" sociológico liberal, al


atribuir la primacía a la historia sobre la naturaleza y al conflicto sobre el con¬
senso, Tonnies (1887) hace lo propio con respecto al mito compartido por los
primeros evolucionistas (burgueses y socialistas) referente al carácter ascenden¬
te del devenir cultural
y simbolizado por la noción de "progreso".

202
Su ensayosobre Comunidad y Asociación encarna —como apuntan S. Giner
& Ll. Flaquer en el prólogo a la edición en castellano de la obra— una profunda
revisión de importantes tópicos de su tiempo y lugar y un perspicaz anticipo de
líneas de teorización inmediatamente posteriores acerca del sujeto, la razón y la
acción social. "Comunidad" y "Asociación", en tanto que modos fundamentales
de agrupación humana son presentados como elementos de una tipología social y,
al tiempo, de una teoría del cambio cultural.
Según el autor, cada una de tales formas de vinculación del individuo al me¬
dio colectivo arraiga en el subsuelo de una determinada "voluntad" (Wille). En la

acepción Tónniesiana, "voluntad" no remite propiamente a una simple tendencia


irracional contrapuesta al intelecto, ni al pathos dionisíaco en eterna dialéctica
con el
logos apolíneo, al estilo de los filósofos voluntaristas; sino, más bien, al
complejo motivacional de la interacción social. Tónnies distingue dos formas bá¬
sicas de tales motivos psicosociales:

"Wesenwille", o voluntad caracterizada por el predominio del compo¬


nente "natural" o "esencial"; eso es, del deseo, la emoción y la espon¬
taneidad cuasiinstintiva. Deriva del pasado y tiene carácter "orgáni¬
co", hasta el punto de que incluye al pensamiento como el propio cuer¬
po a las corticales.
neuronas
"Kürwille", en el que destaca el factor "racional-instrumental"
o querer

de la decisión "arbitraria". Apunta estratégicamente al futuro como ar¬


tificio "mecánico" construido por la mente como medio para la conse¬
cución de fines externos.

Las situaciones sociales concretas resultan función del predominio de una de


tales modalidades de voluntad. Asimismo, el contacto entre voluntades humanas
genera interacciones sociales de recíproca afirmación o negación. A su vez, las de
carácter afirmativo —las que convergen, creando "ligamen" (verbindung)— pueden
dar lugar a dos tipos de sociabilidad.

"Comunidad" (Gemeinschaft) o sistema de relaciones que funciona se¬


gún el modelo "orgánico", y

"Asociación" (Gessellschaft), conjunto social cuya dinámica se desarro¬


lla de modo análogo al de un artefacto "mecánico".

perspectiva de Tónnies representa una síntesis sui generis de organicismo


Esa
naturalista (base del modelo de comunidad natural) y de racionalismo culturalista
(matriz de la concepción de sociedad contractual).

Tipología social

Comunidad y Asociación no constituyen hechos sustanciales, a los ojos de

203
Tònnies, sino "conceptos normativos"; eso es, lo que Simmel (1908) denominará
"formas" de la "geometría del mundo social" y Weber (1925) "tipos ideales".

La Gemeinschaft. Tònnies concibe el modo de vida comunitario como


un régimen de convivencia profunda, íntima y estable en el cual la integración dé¬
cada uno de los individuos en el todo social resulta comparable a la de una célula
en un
organismo. La comunidad aparece como un imperativo de la naturaleza hu¬
mana
y, por tanto, como un fin en sí misma. La voluntad comunitaria induce a la
posesión y al placer mutuos, a la protección y la defensa recíprocos (en lo relativo
a
personas, bienes y habitat), a la actividad cooperativa y, en definitiva, a toda
forma de solidaridad afectiva y efectiva intragrupal. Entre los ejemplos de
agrupa¬
ción comunitaria el autor destaca los colectivos de "parentesco" (surgidos de la
necesidad, basados en la sangre y establecidos en el marco de la casa-hogar fami¬
liar), de "vecindad" (creados por el hábito, apoyados en el hàbitat y desarrollados
en la aldea o el barrio)
y la "amistad" (emergentes de la libertad, fundados en la
solidaridad espiritual y realizados en encuentros gratuitos).

La Gessellschaft. "Asociación" es una forma de interacción racional-ins¬


trumental, una compañía de intereses basada en un contrato público establecido
en orden a la consecución de un
objetivo exterior preciso. En tanto que "cons¬
trucción artificial de una amalgama de seres humanos", la Gessellschaft se
asemeja
superficialmente a la Gemeinschaft; pero, mientras en ésta los individuos "perma¬
necen unidos a pesar de todos los factores
que tienden a separarlos", en aquélla
"permanecen esencialmente separados, a pesar de todos los factores tendentes a su
unificación" (1887, 67).

Las acciones realizadas èn el contexto asociacional presuponen una inten¬


no

cionalidad comunitaria preexistente, sino que surgen como recursos instrumenta¬


les susceptibles de ser utilizados ante situaciones concretas como nuevos valores
de cambio. Ello es debido a que una asociación emerge del mero cruce de unas vo¬
luntades individuales previamente no convergentes; eso es, de un contrato mercan¬
til la vigencia del cual se prolonga el justo tiempo en que se desarrollan las transac¬
ciones entre las partes implicadas. Si en la moral comunitaria tiene un peso consi¬
derable la tradición, los procesos asociacionales se rigen por meras convenciones
asociadas a la lógica del mercado.
La visión que Tònnies ofrece de la asociación constituye una especie de sim¬
biosis de elementos inspirados básicamente en la racionalización hobbesiana del
orden social, centrada en la idea de un pacto entre los "lobos" humanos en perma¬
nente interacción conflictivá, en la descripción por Adam Smith del estatuto del

hombre-comerciante en la sociedad surgida de la revolución industrial y en la crí¬


tica marxiana del mercantilismo que impregna y deshumaniza las relaciones socia¬
les en el seno del capitalismo.
El autor llega a presentar la dinámica asociacional como una propiedad dife¬
rencial de las clases ilustradas, al tiempo que señala como características de la

204
"gente común" (así como de las mujeres y niños) las relaciones comunitarias; si
bien deja constancia, como buen simpatizante con la causa socialista, de la posibi¬
lidad histórica de que el mismo "pueblo llano", y en definitiva el "proletariado",
asuma ventajas del modo de vida asociacional en tanto que vehículo de organi¬
las
zación, promoción y, en último término, emancipación.

Modelo de cambio cultural

Atendiendo a los "tipos de organización social externa", el autor distingue-


dos "épocas históricas" en el desarrollo cultural:' "un período de Asociación sigue
a un
período de Comunidad; la comunidad se caracteriza por la voluntad social
como armonía, ritos, costumbres y religión; la asociación mediante la voluntad

social en calidad de convención, legislación y opinión pública" (1887, 227). F,n


otros términos, para él, las sociedades modernas, nacidas de pactos destinados a

conjuntar intereses, de reivindicaciones ideológicas sobre el derecho a la igualdad


y de proyectos socializantes, emergen, en definitiva, de una cierta disolución de
formas de vida comunitaria.
Tônnies establece una analogía entre la dinámica sociogenética y el desarro¬
llo personal de los individuos que él puede observar en su momento y lugar: a un
primer estadio caracterizado por una especial intensidad de las relaciones intrafa-
miliares, la dedicación a la economía doméstica y el peso de la tradición en las
pautas morales sucede otro en que predominan las relaciones comerciales, la pro¬
fesión remunerada v la convención como norma de la conducta social. Sin embar¬
go, se ve obligado a matizar esos trazos esquemáticos de sociografía evolutiva y a
reconocer que los mismos no son más que abstracciones referidas a ciertos rasgos

dominantes del devenir sociocultural, que comunidad y asociación no representan


modos incompatibles de organización de la vida colectiva (en la tribu son posibles
ciertas formas de relación contractual, al igual que en el seno de una sociedad anó¬
nima, de una ciudad o de un estado pueden establecerse vínculos afectivos de tipo
grupal), que la tendencia al predominio de lo asociacional no implica la total ex¬
tinción de lo comunitario y que, en definitiva, más que la pugna por la implanta¬
ción exclusiva de uno de los dos tipos, parece observarse una tendencia hacia la
mutua penetración de componentes significativos de ambos.
Decualquier modo, comunidad y asociación no dejan de significar dos mo¬
dos de organización social y dos estadios culturales y, asimismo, dos sistemas de
valores en cierto modo alternativos. En efecto, el tránsito a la primacía desde la
consanguinidad al contrato, del seno familiar a la organización burocrática, de la
simpatía al mercado, del trueque al dinero, de la gratuidad a la utilidad, del re¬
cuerdo al acuerdo, del memorial al proyecto, de la aldea a la ciudad, de la tribu al
estado, de la religión a la'política, de la inercia a la estrategia, de la razón sustan¬
cial a la formal... etcétera, supone no sólo una mutación cultural, sino también

una vedadera metamorfosis humana en los planos personal y social.


El autor no oculta su seducción por el modo de vida comunitario ni sus rece-

205
los anteciertos supuestos efectos
patológicos de lo asociacional (individualismo,
insolidaridad, distanciamiento, soledad, despersonalización... etcétera). Según él,
la descomposición de ciertos valores
propios de la comunidad en el marco de la
asociación constituye un síntoma
inequívoco de "decadencia" —de degeneración
de la cultura en civilización— y una amenaza
para la supervivencia del propio sis¬
tema asociativo. Sin
embargo, su actitud ante lo asociacional no es de franco re¬
chazo, sino de simple ambivalencia: al lado del mencionado componente de valo¬
ración negativa, destaca el carácter
progresivo del régimen contractual y de la ad¬
ministración burocrática de los asuntos colectivos;
por lo que la propia voluntad
racional-instrumental debe ser concebida, según él, también como
expresión del
desarrollo de la libertad y autoconsciència humanas.
Por todo ello, resulta evidente
que las coincidencias entre la perspectiva ton-
niesiana y la cosmovisión romántica y reaccionaria de
algunos de sus contemporá¬
neos no pasan de la mera
superficie. En el fondo del punto de vista del autor late
el espíritu ascendentista del militante humanista convencido
no sólo de la
posibi¬
lidad, sino también de la necesidad histórica de revitalización de lo comunitario
en un marco asociacional regenerado por el socialismo.

IV. 2. 2. DE LA COMUNIDAD AL GRUPO PRIMARIO

El impacto, directo o indirecto, de la teoría de Tónnies


sobre los clásicos del
pensamiento social del siglo XX es más que notable. Entre sus compatriotas ale¬
manes, Simmel (1908) presenta la generalización del uso del dinero en tanto
que
medio de intercambio social como el
reflejo de una dinámica profunda de reem¬
plazo de lo orgánico-cualitativo por lo mecánico-cuantitativo en el ámbito axio-
lógico. Asimismo, al tiempo que Spengler (1919-1922) describe la transición de¬
cadentista de la "cultura" a la "civilización", Weber (1925)
incorpora a su obra
una serie de elementos centrales de "Comunidad
y Asociación":

la distinción entre "acción social" comunitaria


y asociacional (que am¬
plía ala cuádruple modalidad de "tradicional", "afectiva" y "racional"
en cuanto a los "valores"
y en cuanto a los "fines"),

el modelo de transición desde la arcaica "comunidad


doméstica" a las
"modernas sociedades mercantiles" y del
régimen de autoridad "tradi¬
cional" al "racional legal"
la noción de "racionalidad instrumental",

y que aplica a su análisis del


fenómeno burocrático.

A ese respecto,
presenta la burocracia como un "producto reciente del de¬
sarrollo", de consecuencias "revolucionarias" en la medida en que "ha destruido
estructuras de dominación desprovistas de
todo carácter racional" (1972, 289).
El efecto burocrático de la "nivelación de diferencias económicas
y sociales" en la

206
"moderna democracia de masas" (1972, 275) basa su "superioridad meramente
técnica sobre cualquier otra forma de organización" —por analogía a la de la "má¬
quina" respecto a los "modos de producción no mecánicos" (1972, 263)— en su
plena "deshumanización", eso es, en "la eliminación del amor, del odio y de todos
los elementos sensibles puramente personales, de todos los elementos irracionales

que se sustraen al cálculo"; en el hecho de centrarse "en la norma, la finalidad, el


medio y la impersonalidad objetiva" (1925, 732. 752). Según Weber, las conse¬
cuencias finales de esa modalidad menos imperfecta de "administración de masas"
(1925, 741) dependen "de la orientación que den al aparato los poderes que lo
utilizan"; no resultando descartable, en ese sentido, el hecho de una "distribución
criptoplutocrática del poder" (1972, 282).
Se dan asimismo significativos puntos de coincidencia (de fondo más que de

forma) entre las ideas sobre las repercusiones psíquicas del proceso de moderniza¬
ción contenidas en Gemeinschaft und Gessellschaft (1887) y las vertidas al respec¬
to por Le Bon (1895) en Psychologie des Foules. El pensador francés capta el me¬

dio asociacional como un perfecto caldo de cultivo social para los fenómenos de
masa
psicológica.
Por su parte, el análisis por Durkheim (1893) De la división del trabajo so¬

cial trata sobre la extinción de los vínculos de solidaridad de tipo comunitario en


las "sociedades superiores". El sociólogo alsaciano recurre, asimismo, a la doble
analogía "mecánica" y "orgánica"; si bien invierte el esquema de Tónnies para
contrapesar el modelo conflictivista marxiano (la "división social del trabajo"
como motivo de la "lucha de clases"), presentando el aspecto socialmente inte¬

grador de la moderna división del trabajo en tanto que fuente de "solidaridad or¬
gánica". Donde se observa una mayor coincidencia teórica entre ambos autores
es en la
acepción de la comunidad como fuente de moralidad y, consiguientemen¬
te, en la interpretación de la conducta "anómica" —como en El Suicidio (Durk¬
heim, 1897)— como efecto relacionado con el desarraigo individual de vínculos
comunitarios.
El pensamiento de Tónnies late también en la obra de muchos teóricos de la
modernización anglosajones. Así, el ruso-norteamericano Sorokin (1947) trata del
continuum solidaridad-antagonismo entre las formas de relación social "familísti-
ca" (de solidaridad), "mixta" (contractual) y "coercitiva" (de antagonismo). Sin
embargo, las correspondencias se estrechan especialmente cuando se ponen en re¬
lación la noción tónniesiana de "comunidad" con la de "grupo primario" de
Cooley (1910).
Si bien establece una analogía sociedad-organismo (basada en el supuesto
carácter adaptativo de las estructuras y funciones del sistema social), Cooley pre¬
senta la "naturaleza humana" como algo no biológicamente dado, sino sócialmen-

te construido. Si para Tónnies el punto de partida de las interacciones e institucio¬

nes sociales es la "voluntad", para Cooley resulta serlo la "mente" en tanto que

propiedad de la "naturaleza humana" (1902). Adoptando una postura conciliado¬


ra entre los puntos de vista
radicales del "psicologismo" y del "sociologismo",
207
presenta la sociedad como un organismo y, al tiempo, como una psique; de modo
que tanto la génesis de las personalidades individuales como la de las instituciones
sociales arrancan —desde ese punto de vista— fundamentalmente de procesos "in¬
teractivos" (básicamente comunicacionales) desarrollados el de los
en seno "gru¬
pos primarios".
A ese
contrario que otros "organicistas" —como, por un lado
respecto, al
Spencer (1876-1896), atribuye primacía al individuo sobre la sociedad o, por
que
otro, Durkheim (1895), para quien aquél resulta inconcebible como algo separa¬
do de ésta— Cooley establece la interacción como referencia básica de los
proce¬
sos
psíquicos y sociales y objeto central de la psicología social. Concibe el grupo
primario como la menor, básica y más universal unidad de "organización social"
(1910), consistente en un microsistema celular de relaciones íntimas e
inmediatas,
lugar de encuentro de los individuos (en personalidades totales) en in¬
tanto que
teracción y de integración de los mismos en la unidad superior del "nosotros". En
esa "comunidad
moral", la relación con el otro constituye un fin en sí misma. El
grupo primario es, pues, un ámbito suficientemente reducido como para que la
totalidad de las interacciones desarrolladas en su seno tengan el carácter de "vis a
vis". En tanto que "organización", mantiene la necesaria estabilidad como
para
servir de vehículo de socialización
para sus miembros.
La familiaridad y la amistad destacan entre los motivos fundamentales de la
formación de los grupos primarios, que pueden surgir, asimismo, para breves
pe¬
ríodos temporales o de modo estable, con estructura más o menos
formal, del
seno de estructuras asociacionales (o
"grupos secundarios" como empresa, ejérci¬
to, iglesia, partido... etcétera).
Cooley imagina la comunidad democrática ideal como aquella que resulta de
la extensión a escala macrosocial del modelo
microorganizacional del grupo prima¬
rio. También en clara correspondencia con el punto de vista de Tónnies, considera
deseable la consolidación y potenciación de los grupos primarios; sin que ello su¬
ponga una renuncia a los beneficios aportados por los grupos secundarios al ciuda¬
dano de la polis moderna, industrial y democrática.

Después de Cooley, la noción de grupo primario se ha constituido en uno de


los tópicos centrales de la psicología social, por su ubicuidad,
por su condición de
escenario privilegiado de procesos psicosociales básicos como los de la socializa¬
ción, percepción, comunicación, influencia... etcétera y, en definitiva, por su ca¬
rácter de "nursery" de la propia "naturaleza humana". Tônnies y Cooley han lega¬
do a las ciencias sociales dos categorías analíticas de primer orden: "comunidad"
y "grupo primario" respectivamente. De sus postulaciones más propiamente psi¬
cológicas (la "voluntad", la "mente"), en cambio, queda poco más que el simple
recuerdo entre los círculos eruditos. A ambos autores se les critica en general un
cierto lastre de idealismo que habrían heredado de los evolucionismos (de Comte,
Spencer y Marx) que ellos mismos se habían esforzado en corregir y superar. Tam¬
bién se ha acusado la fragilidad epistemológica y ambigüedad semántica de sus
constructos teóricos en torno de
aquellas nociones centrales de "comunidad" y

208
"grupo primario", a causa del status vacilante de las mismas, entre el nivel del
"tipo ideal" y el de "referente empírico".
La tradición ulterior ha tratado de subsanar algunas de tales deficiencias a
base de operacionali/.ar los conceptos y de aplicar instrumentos de medida de los
fenómenos a los que remiten. Pero lo que realmente constituye un logro sustan¬
cial es el impulso que cobra a partir de tales estudios el proceso de revisión de la
metafísica del progreso: comunidad y grupo primario se refieren —con mayor o
menor precisión— a un sistema de necesidades y a un modo de vinculación social

que la lógica de la modernidad no ha conseguido captar del todo ni incorporar


satisfactoriamente a la dinámica de su desarrollo.
La macroagrupación asociacional (forma "racional" de conjunto social), al

igual que las "masas" (totalidades "irracionales") aparece, en una visión integra-
dora, como contrapartida de la relativa disolución de las formas "comunitarias".
De lo que no cabe duda, como sugiere Nisbet, es de que tales nociones relativas al
vínculo social comunitario representan la máxima expresión de una sociología de
la causalidad social de lo social (1966 I, 110); por contraposición a tantos otros
modelos teóricos del cambio histórico-cultural que privilegian factores exógenos
(economía, técnica, ideología... etcétera) en tanto que variables independientes
del efecto de la modernización.
Para Tónnies yCooley, en efecto, algunos de los problemas sociales del mun¬
do moderno derivan de la transición desde un modo de agrupación social predo¬
minantemente comunitario a un régimen básicamente contractual. Sus aportacio¬
nes teóricas al respecto han pasado a formar parte del núcleo del pensamiento

social contemporáneo, más como fuentes de sugerencias que como logros teóricos
acabados.

IV. 2. 3. PSICOSOCIOGRAFIA DE LO COMUNITARIO


EN EL MUNDO MODERNO

ejemplos del rastreo de las sutiles huellas de la comunidad en las so¬


Entre los
ciedades industriales avanzadas destacan ciertos clásicos estudios sobre el grupo
primario (informal) —en tanto que factor de mediación entre la sociedad y el indi¬
viduo— como los siguientes:

Thomas & Znaniecki (1918-21). La emigración del mundo rural al me¬


más que una disolución, una especie
dio urbano industrial conlleva, de reorganiza¬
ción de las formas de vida comunitaria, en función de las nuevas circunstancias
socioculturales.
Lynd & Lynd (1929. 37). Contra la tópica identificación pequeña ciu¬
-

dad provinciana = ambiente neocomunitario y diferenciación interindividual, por


una
parte y, por otra, metrópoli = macroasociación y masificación, no se observan
diferencias significativas respecto a una serie de indicadores entre un ejempjo de la
primera y otro de la segunda.
209
Mayo (1933). El "efecto Hawthorne"

o importancia de la atención a las


"relaciones humanas" en el grupo de
trabajo de cara a la motivación y productivi¬
dad laboral (independientemente de la racionalización de las condiciones técnicas
de producción: horario, descansos, incentivos, luz, decoración, sonido...).

Moreno (1934). Más allá de la división funcional de roles, de la estruc¬


tura de los procesos de comunicación, de los modos de participación orgánica en
el poder... etcétera, existe en todo
grupo un sistema de interacción emocional
(una tupida red de relaciones interpersonales afectivas de atracción, rechazo, indi¬
ferencia... etcétera), medible mediante técnicas sociométricas
y cuya toma en con¬
sideración resulta indispensable para la adecuada comprensión de ciertos fenóme¬
nos que aparecen tanto en la dinámica personal como en la vida del mismo grupo.

Warner & Lund (1942). Trascendencia del


grupo primario (pandilla,
banda, club...) en la moderna ciudad —independientemente de las variables "es¬
tructurales": hàbitat, status, movilidad... etcétera—, tanto por lo que respecta a la
vida de los individuos como por lo que se refiere a la dinámica de funcionamiento
de la organización social más
general.

Katz & Lazarsfeld (1955). Presencia mediadora del grupo primario en la


relación de influencia entre los media y los individuos
receptores de sus mensajes,
entre los líderes
políticos y cada uno de sus electores.

Merton (1950). Relevancia de la estructura informal de las relaciones


interpersonales de cara a las actitudes y conducta del "soldado americano" (ade¬
más de la que pueda tener al respecto la estructura formal del
ejército: jerarquía,
disciplina, preparación técnica, adoctrinamiento...).

Hovland et al. (1953). Incidencia de las variables


grupales del auditorio
en el efecto de persuasión.

La obra de Adorno et al. (1950) constituye un hito en las investigacio¬


nes sobre ciertas formas de representación ideológica del endogrupo en tanto que
matrices de prejuicios hacia el exogrupo, de actitudes etnocéntricamente intole¬
rantes y,
en definitiva, de relaciones conflictivas intergrupales. Sherif et al. (1961)
y Levine (1963) proponen el establecimiento y la persecución cooperativa de me¬
tas comunes
transgrupales como modo de prevención o solución de tales situacio¬
nes problemáticas. En definitiva, Adorno
y colaboradores han puesto al descubier¬
to la cara oculta del sentido comunitario: la fuente de
moralidad y el espíritu que
inspira la mentalidad y la práctica social autoritaria de miembros de colectivos de
tipo ghetto, clan, mafia, secta, casta u horda mesiánica.

Otra de las series de ilustraciones al


respecto, puede hallarse en las también
ya tradicionales investigaciones sobre el "grupo de referencia", en base a las cuales
se ha constatado
que, al contrario de lo que inducen a suponer ciertos puntos de
vista mecanicistas, las creencias, actitudes, motivos, valores
y conductas sociales
de los individuos
dependen no sólo de su pertenencia objetiva (membrecía) a un
determinado grupo social (por parentesco, sexo, clase, status, etnia, raza... etcé¬
tera); sino también, y muy especialmente, de la unidad
que adoptan subjetiva-

210
mente como base de comparación e identificación. Son también, numerosas las
aportaciones en este sentido :

objetivo de un individuo
Hyman (1942. 1960). Distingue entre status
(medible por indicadores convencionales: títulos, ingresos, profesión...) y status
subjetivo (autoevaluativo, término de aspiraciones y expectativas).

Newcomb (1943. 1948. 1950) extrae de un análisis diacrónico (período


1935-39) del proceso de cambio de actitudes políticas en estudiantes pertenecien¬
tes a un medio familiar conservador e incorporados al ambiente liberal del colegio

mayor universitario, la tesis de la determinación de las actitudes por el grupo de


referencia.

Centers (1949) detecta la influencia de la identificación con una clase
social (psicología de clase) en la formación y cambio de actitudes políticas.

Merton & Kitt (1950), Merton (1957) observan
una diversidad de expe¬
riencias de la misma situación de privación relativa impuesta por el estado de gue¬
rra, según el grupo de referencia adoptado (raza, estado civil, profesión...).

Kelley (1952) capta una doble función del grupo de referencia —compa¬
rativa (fuente de modelos de creencias, actitudes, valores y conductas, para la
autoidentificación y diferenciación de los demás) y normativa (estímulo para la
conformidad con el criterio colectivo).

hace notar la estrecha correspondencia entre desem¬


Lieberman (1956)

peño de rol, grupo de referencia y actitudes sociales.


Warren (1972) pone de manifiesto la incidencia del grupo de referencia


(raza blanca o negra) en la percepción diferencial de las circunstancias de un acon¬
tecimiento —incidente entre policías blancos y gentes de color.

El tema comunitario está asimismo en la base de la lógica de los "grupos de


encuentro" (Lieberman, Yalom & Miles, 1972), al igual que de un complejo de
tendencias de análisis y tratamiento de problemas relacionados con la salud men¬
tal, la "terapia de grupo", la "terapia familiar", la propia "antipsiquiatría"
como
o
"psiquiatría social" (Slavson, 1943; Moreno, 1945. 46; Bion, 1963; Jones,
la
1970; Cooper, 1971; Martí-Tusquets, 1976... etcétera) y se hace patente en la
"psicología de la comunidad" y en la noción de "comunidad terapéutica" (Max
& Specter, 1978).

IV. 2. 4. PSICOSOCIOPATOLOGIA DEL MUNDO ASOCIACIONAL

sociología de la Gessellschaft ha producido numerosos tratados sistemá¬


La
ticos sobre la organización, la institución o la burotecnocracia. Pero entre los más
significativos apuntes acerca de las repercusiones psicosociales del hecho asociacio-
nal se cuentan los que aparecen en forma de consideraciones marginales en ensa¬

yos de aproximación general a fenómenos relevantes de la modernidad.

211
A través de algunas de tales sugerencias, se refleja una cierta buena concien¬
cia acerca de efectos favorables de la reciente dinámica sociocultural. Así, Weber
(1925) reconoce la superioridad técnica de la administración burocrática en tanto

que modelo racional de organización de relaciones sociales; Adorno et al. (1950)


no ven con malos
ojos una relativa tendencia a la extinción de cierto comunitaris-
mo etnocéntrico, de
arraigadas connotaciones autoritarias y de carácter regresivo;
Schoeck (1974) vislumbra la contribución positiva del desarrollo
tecnológico al
combate contra el aislamiento y la soledad del individuo
arraigado en el medio
asociacional, en la medida en que ofrece nuevos recursos (como el teléfono) para
la interacción comunicativa. En semejante orientación alternativa al Kultur-

pessimismus decadentista, se ha llegado a considerar el característico anonimato


urbano como caldo de cultivo
específico para el desarrollo de nuevas dimensiones
de la privacidadautonomía individuales, así como de la relación interpersonal
y
(Gusficld, 1963;Cox, 1968; Sennet, 1970; Pinillos, 1977... etcétera).
Por otra parte, no faltan las observaciones críticas sobre el
peaje que impone
la modernización ni sobre el carácter
pseudoprogresivo de ciertos rasgos de la con¬
temporaneidad en Marx (1867) el hombre moderno toma conciencia de su acti¬
vidad como valor de cambio; en Nietzsche (1866) de su cultura como negación
île la vnla en I ukucs ( 1 923) de su personalidad como cosa; en Freud (1930) de su
moral como represión; en Reich (1927-49) de su carácter como camisa de fuerza;
en (intiman (1959) de su interacción social como mcrcantiliz.ación de sí mismo;

en Marcuse (1964) de su racionalidad como perspectiva unidimensional; en


Fromm (1976) de su ser como tener; en Foucault (1978) de su
propia vida como
objeto de poder. Tales percepciones vienen de algún modo reforzadas gracias a
una serie de
aportaciones a propósito de la condición del individuo en el medio
urbano, que reflejan y condensan un conjunto de interrogantes psicologicosociales
sobre la vida asociacional. Desde un enfoque psicosociopatológico,
la teenópolis
aparece como un ecosistema inhóspito (Mitscherlich, 1969), modelador de las per¬
sonas a la imagen
y semejanza del sistema social establecido (Sennet, 1970), jungla
de cemento y asfalto, poblado por urbanitas solitarios (Slater, 1971); Amin,
1975), generador de anomía (Park, 1952) y de conducta antisocial (Calhoun,
1962; Griffit & Veitch, 1971) y disolvente de lo comunitario (Stein, 1960), factor
de alienación (Eaton & Weil, 1955;Musil, 1970; Seeman, 1971) y de dcsindividua-
ción (Jorgenson & Dukes, 1976).
En los últimos lustros, entre los diversos intentos radicales de redefinición de
proyectos comunitarios superadores del actual estado de cosas en la civilización
industrial avanzada, destacan los que emergen de la propia autocrítica del movi¬
miento comunista.

IV. 2. 5. COMUNISMO Y COTIDIANIDAD

En los tiempos modernos, el aliento comunitarista ha caracterizado no sólo

212
el ánimo de agrupaciones tradicionales como iglesias y sectas religiosas, sino tam¬
bién el de los más diversos movimientos sociopolíticos y culturales de nuevo cuño
—anarquismos, socialismos, nacionalismos, fascismos, hippysmos, ecologismos...
etcétera—. Ello ha ido frecuentemente asociado a la denuncia de los obstáculos
que impone la actual civilización a la construcción de comunidades genuinas y a
la crítica de las formas de organización social pseudocomunitaria, que mantienen
la ilusión de la cercanía dela comunidad.
El "comunismo" ha presentado como un paradigma del despliegue históri¬
se

co hacia la consumación de la utopía comunitaria, hacia la sociedad postrevolucio-


naria, sin clases ni estado, en que se ha de pedir de cada cual según sus posibilida¬
des y darle según sus necesidades (Marx, 1875); hacia un mundo sin explotación
ni dominación, patria de una humanidad desalienada, matriz de un comunismo
realizado, meta del "retorno del hombre para sí en cuanto ser social" (Marx
1844, 143).
Sin embargo, tanto la observación de la práctica institucional de regímenes
que invocan el espíritu marxista como la consideración de ciertos aspectos de las
sociedades contemporáneas en general, suscitan serias reservas con respecto a la
viabilidad de los comunismos basados en puras estrategias economicopolíticas. En
definitiva, se reconoce que la Gessellschaft ha extendido sus dominios más allá de
lo que Hobbes, Smith y Marx juntos pudieron imaginar: la lógica instrumental de
la propia sociedad industrial trasciende al espacio-tiempo de la mera actividad
económica (la jornada laboral en el marco de la empresa) y la política (la adminis¬
tración burocrática), abarcando la totalidad de lo humano; la ciudad y el ecosiste¬
ma, el sexo y el cuerpo, los medios de información y de comunicación... etcétera.
Por ello, ante "el advenimiento de la sociedad postindustrial" (Bell, 1974) en "la
era tecnotrónica" (Brzezinski, 1979), y sus sofisticados medios de "remodela¬
ción" del hombre (Packard, 1978) y de "informatización" de la misma humani¬
dad (Nora & Mine, 1980) se definen nuevas teorizaciones posttònniesianas desde
la heterodoxia del mismo marxismo. Ya Reich (1929-34) había propuesto ampliar
los márgenes de acceso al comunismo en su "economía sexual", integradora de los
componentes sexual ypolítico (sex-pol) de la revolución, mucho antes de que
Marcuse (1955) exigiera la incorporación de la "lucha por eros" a la tarea propia¬
mente histórico-política. Pero en ese empeño de superación del economicismo

marxista se han hecho notar especialmente, a lo largo de los últimos lustros, voces
como las de Henry Lefèbvre y de Agnes Heller ("desviacionistas" del oeste y del

este, respectivamente), quienes han reincorporado lo comunitario como eje cen¬


tral de una teoría de la revolución que se extiende hasta la misma vida cotidiana.
La cotidianidad había sido ya adoptada como objeto de psicoanálisis por
Freud, de tratamiento literario por Joyce y de atención particular por parte de so-
ciofenomenólogos e interaccionistas simbólicos y, dentro de ópticas próximas al
marxismo, por las escuelas de Frankfurt y de Budapest. Pero es en la obra de la
discípula de Lukacs (Heller, 1977. 78. 79. 80. 81) donde emerge lo cotidiano
como "totalidad" específica, matriz de un género de "necesidades" y soporte de

213
nuevos "valores", de una nueva "sensibilidad", de una nueva "estética", de una
nueva "crética", de una nueva "utopía" y de una nueva dimensión de la "revolu¬
ción". También para el
pensador francés (Lcfèbvre, 1972. 1980) el ámbito de lo
cotidiano constituye actualmente el escenario
principal del desarrollo de la "re¬
presión", que antes había adoptado básicamente las formas de "explotación" en
el marco de las relaciones
políticas de poder. Según él, ese nuevo "principio de la
realidad" se impone bajo la forma de
complejos efectos de ocultamicnto, distrac¬
ción, enmascaramiento e ilusión; así como de incitación al
al "discurso sobre el discurso", en el
"metalenguaje", eso es,
que "la función metalingüística (centrada en
un
código) desplaza y suplanta a la función refcrencial (centrada sobre lo denota¬
do)" (1980, 47). Consecuentemente con ese punto de vista,
sugiere que una es¬
trategia "revolucionaria" realista debe focalizar su atención sobre esa dimensión
de lo real.
Ambos autores revitalizan el mito de la
"revolución", desactivado por la
"clase obrera", desnaturalizado
el "reformismo" de la izquierda moderada y
por
reducido a nuevo fetiche verbal
por ciertos discursos pseudo-"izquierdistas". Un
mito que Marcuse (1967) destierra, al haber
percibido en las prácticas revolucio¬
narias la arcaica semántica astronómica latente en tal noción
(el eterno retorno
mecánico al origen, en un ordenado discurrir cíclico-natural
por el cauce orbital),
así como la profundidad de sentido de su
análogo gastronómico (giro de ciento
ochenta grados, a golpe de sartén, de una tortilla que, sin alterar un ápice de su
sustancia, experimenta la simple inversión topográfica de sus estructuras). Un
mito del que los llamados "nuevos filósofos"
(ex marxistas) —como otros intelec¬
tuales de su generación— han
renegado, habiéndolo "desenmascarado" como legi-
timización del totalitarismo "marxista". A ese
respecto, así como la barbarie
nazi, que culmina en Auschwitz, es percibida por Lukacs (1953) como una
tica lógicamente consistente con la irracionalidad
prác¬
subyacente a la mentalidad
burguesa, por Horkheimer & Adorno (1947) como efecto final de la "dialéctica
del iluminismo" y por
Popper (1943) como responsabilidad moral de los "histori-
cistas" (entre los que no se salvarían ni Platón ni
Marx, predicadores de un "desti¬
no" histórico legitimador de la
imposición coercitiva de modelos de "sociedad ce¬
rrada"), Henry-Levy (1978) y Glucksmann (1978), en su exploración de los orí¬
genes ideológicos del Gúlag, se remontan no sólo a los acontecimientos del Octu¬
bre Rojo, sino a las mismas fuentes marxianas del Stálinismo.

La "metamorfosis de lo cotidiano"en Lefèbvre


El filósofo neomarxista.se
pregunta (1969. 1971) por las posibilidades de
autoapropiación por el hombre de su humanidad en el marco de un nuevo siste¬
de relaciones
ma
industrialización-urbanización, cotidianidad-festividad, sexo-so¬
ciedad... etcétera. Según él, en Ja "sociedad burocrática de consumo
dirigido" y
regida por la "Ley del desarrollo desigual", la vida cotidiana constituye un sector
subdesarrollado y en esto radica la amenaza de
irrupción del "cibernántropo"
(1981,21).

214
Por ello, considera que la sustancia de la "revolución" que ha de conducir a
una sociedad comunista no es reductible a una simple expropiación de medios de

producción destinada a eliminar la "explotación" por el capital ni culminable en


un nuevo
"golpe de estado" como medio de liquidación de los poderes del prínci¬
pe y, con ello, de las formas de "dominación".
La "idea de revolución", sostiene, sólo resulta concebible como "total"
(1972, 238); eso es, desarrollada a un triple nivel: "revolución cultural permanen¬
te al lado de la revolución económica (planificación orientada hacia las necesida¬

des sociales) y la revolución política (control democrático del aparato estatal,


autogestión generalizada)" (1969, 169). Esa recuperación de las propias condicio¬
nes de vida como medio de acceso a la "comunidad" humana, no implica una re¬

nuncia a los logros de la racionalidad "asociacional", sino sencillamente, una "me¬


tamorfosis de lo cotidiano" (1980, 48) como efecto de un "programa" a largo
plazo de inversiones de la técnica en la vida cotidiana" (1980, 45).

Las "necesidades radicales", según Heller

En unalínea próxima a la de otros críticos de la "racionalidad tecnológica"


como mera "conciencia tecnocràtica" y en definitiva "ideología de la domina¬
ción" (Marcuse, 1964; Habermas, 1970), la pensadora húngara se propone desper¬
tar la filosofía del "sueño dogmático" y del "letargo universal" en que la había

sumido su reducción burguesa a pura "fechitización" de lo establecido y autenti¬


ficarla, infundiéndole un renovado carácter vivencial, ilustrado, democrático,
peligroso, utópico y, en definitiva, radical.
Ser "radical" según la acepción que le da Marx en su "Introducción" a la
Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1841) "significa tomar las cosas por
la raíz, y la raíz de las cosas (...) es el hombre mismo" (1980, 11). Concebida así,
la práctica filosófica es "crítica de una forma de vida" y "recomendación de otra
forma de vida" (1980, 27); al tiempo que búsqueda de la unidad de "pensamiento
y acción", que sólo halla su plenitud en el ámbito de la vida cotidiana, verdadero
"fundamento de nuestro saber, de nuestro comportamiento y de nuestro mundo
afectivo" (1980, 48s.). Tal "filosofía radical" —o "teoría social crítica"— está
llamada a iluminar una "utopía racional" en tanto que proyecto de un "mundo
como lugar de la humanidad". Su tarea consiste, por tanto, en la mediación entre

el ser y el deber, entre el saber y el hacer, "entre los movimientos radicales y la


utopía radical" (1980, 115ss.).
Ese discurso, expuesto en forma ensayística y en tono profético y militante,
contrasta notablemente con el amaneramiento de los tratados académicos y con

la obsesión por el rigor metodológico de las investigaciones positivistas. En él late


el espíritu de la tesis XI de Marx sobre Feuerbach relativa a la doble función (in¬

terpretativa y transformadora) de la filosofía y los ideales del intelectual "com¬


prometido" (Sartre), "orgánico" (Gramsci) y "humanista" (Moreno) y del vínculo
"investigación-acción" (Lewin).
215
Al tiempo que nutre su reflexión de su
personal experiencia histórica en el
régimen de "socialismo" burocrático húngaro, Heller se inspira básicamente en la
estética Lukacsiana y en la
fenomenología de Husserl. Su obra reactualiza, asimis¬
mo, la temática de la Crítica de la Razón Práctica Kantiana, y establece ciertas

correspondencias con los contenidos de la psicología humanista de corte from-


miano, del pensamiento crítico de la tradición frankfurtiana y de los puntos de
vista de Lefèbvre sobre la cotidianidad moderna.
Su orientación supone por otro lado un abierto enfrentamiento a la escolás¬
tica marxista-leninista y una toma de
postura ante la ontologia de Hegel y la filo¬
sofía de la existencia Heideggeriana.
En efecto, por una parte, constituye un in¬
tento de
aproximación desde el materialismo histórico hacia ámbitos tan ajenos a
la ortodoxia socioeconomicista como la
antropología social y el humanismo, la
ética y el sentido, la necesidad
y el valor, el placer y el ocio, la historia y la con¬
ciencia, así como hacia los complejos ejes de confrontación dialéctica entre sujeto
y objeto, individualidad y sociedad, autorrealización y alienación, racionalidad y
sensibilidad, libertad y control, igualdad y dominación, progreso y barbarie, pro¬
ducción material y calidad de la vida... etcétera.
Tal filosofía se presenta como una
respuesta alternativa a la reducción hege-
liana de lo individual al rango de mera
participación en la única sustancia del espí¬
ritu universal y a la asociación
heideggeriana de la cotidianidad ("ser y tiempo") a
la alienación y el absurdo.
Prolongando ciertos planteamientos teóricos de Lukacs
y metodológicos de Husserl, reivindica el valor de la identidad individual frente al
hegelianismo infiltrado en el seno del propio marxismo, al tiempo que la posibili¬
dad de una existencia "auténtica" y de
una vida cotidiana autorrealizadora y do¬
tada de sentido, ante el derrotismo histórico del
inspirador del existencialismo.
Es precisamente desde ese
enfoque del "sujeto" humano particular y del
marco "cotidiano" de su existencia social
que la autora descubre la emergencia de
un
tipo de "necesidades" que no pueden ser satisfechas dentro del actual orden
de cosas (Cf. 1981, 141), sino sólo "a través de la
superación de esa sociedad con¬
creta". Entre tales "necesidades radicales" destaca la de una "comunidad ideal
comunicativa" (arquetipo de la "democracia total"), la de la "generalización de
las comunidades elegidas libremente" y la de la realización de una "humanidad
unitaria" (1980, 112s. 140), al lado de las necesidades de amistad, solidaridad, li¬
bertad, autonomía, desarrollo personal y social, sentido de la vida, felicidad... et¬
cétera.
La
originalidad de la perspectiva de Heller no consiste tanto en la reiteración
de la utopía marxista de la "comunidad" universal ideal cuanto en el diseño de la
vía "revolucionaria" particular de acceso a la misma: "la transformación comunis¬
ta de las relaciones de
producción y la transformación de las estructuras de poder
alienadas (...) pueden alcanzarse si también nuestras intenciones revolucionarias
conscientes están dirigidas a la transformación de la vida cotidiana"
(1979, 241).
Los "valores" de la "sociedad comunista"
proyectados por la "utopía radical",
sin dejar de ser los clásicos de la tradición marxista,
reaparecen no como logros

216
estructurales de una sociedad abstracta, sino como metas al alcance de cada sujeto
desde su marco cotidiano.
A propósito de la "revolución", la disidente húngara sostiene tesis tan "razo¬
nables" como "peligrosas": aun siendo actualmente "utópica", es "necesaria" y

"racional", y sólo será "verdadera" en la medida en que sea decididamente "acti¬


va" y "total". Ese punto de vista supone una osada descalificación de las tesis
oficiales del "socialismo ya realizado". Al respecto, la autora no se enzarza en la
espiral viciosa de un discurso sobre la revolución activada-abortada-traicionada-
pendiente o sobre el inevitable carácter "permanente" de la misma (temas que
tanto han seducido a toda suerte de pensadores "izquierdistas"). Simplemente, es¬

tablece una tipología de los "movimientos sociales", categorizándolos en función


del rango de "necesidades" (en tanto que referentes axiológicos) que pretenden
satisfacer (desde las "primarias", de carácter meramente supervivencial, hasta las
más propiamente "humanas", en sus diversos niveles "cuantitativo", "cualitativo"

y "radical"): los reformismos ("parcial" y "total") y los révolu ció narismos "po¬
lítico" y "social total").
Desde su óptica, las "revoluciones" históricamente consumadas hasta la fe¬
cha no han sobrepasado el nivel meramente "político". La "revolución del modo
de vida", como camino hacia el comunismo real total (hacia la satisfacción de las
necesidades radicales), siendo posible y necesaria, está según ella simplemente por
hacer. De ello deduce que la incompletud de los logros revolucionarios de los pro¬
cesos consumados debe imputarse no tanto a una ineficacia de los procedimientos

estratégico-tácticos adoptados cuanto a la insuficiente definición de las metas per¬


seguidas; eso es, a un déficit de fundamentación filosófica del mismo proyecto de
revolución. Sobre ese vacío de racionalidad se habrían construido los modelos
economicopolíticamente reduccionistas de sociedad comunista.
Y si los viejos proyectos comunistas padecen de insuficiencias estructurales,
en la actualidad pan e haberse llegado a una crisis del "proyecto" mismo, deriva¬

da de la aparentemente más profunda crisis del "protagonista" que debería reali¬


zarlo. Efectivamente, un estandarte pierde relevancia si carece de portador. Y por
ello, algunos "revolucionarios" andan actualmente desorientados, a la búsqueda
del sujeto perdido de la revolución, suponiendo que sin éste, no hay meta, ni es¬
trategia, ni sentido.
Para algunos, restaría sólo la "dialéctica negativa" (Adorno, 1966) o el
"Gran Rechazo" (Marcuse, 1967). Pues "la teoría crítica de la sociedad no posee
conceptos que puedan tender un puente sobre el abismo entre el presente y su fu¬
turo: sin sostener ninguna promesa ni tener ningún éxito, permanece siendo nega¬

tiva" (Marcuse 1964, 274). Del arcaico aliento revolucionario quedaría tan sólo
la utopía como negación. Para Heller, en cambio, la razón de la "revolución social
total", proclamada por la "filosofía radical" como vía hacia la comunidad ideal,
no emana tanto del sujeto agente del proceso revolucionario cuanto del hecho

"objetivo" de un "estado de necesidad" (del que algun sujeto social habrá de to¬
mar conciencia práctica) que la hace necesaria, razonable, legítima y (desde una

cosmovisión historicista) viable.

217
IV. 2. 6. BALANCE

Nisbet sostiene que, a pesar de que "muchos de nosotros nos simamos incó¬
modos" ante talrealidad, "hoy somos urbanos, democráticos, industriales, buro¬
cráticos, racionalizados, seres que viven 'en gran escala', formales, seculares y tec¬
nológicos". En virtud de ello, las clásicas antinomias del pensamiento social con¬
temporáneo (civilización-barbarie, sujeto-objeto, individuo-masa, comunidad-aso¬
ciación... etcétera) mantienen toda su
vigencia y relevancia. Pero se torna cada
vez más ardua la tarea de extraer de las
mismas nuevas hipótesis, distinciones
y
conclusiones operativas. En todo caso, a su
juicio, cualquier "nuevo sistema" teó¬
rico que dé mejor razón del panorama
actual "no será, por cierto, como conse¬
cuencia de la metodología, ni mucho menos de las
computadoras; no resultará de
recoger y acumular datos masivos; tampoco de la definición de los problemas,
por
rigurosa que sea, ni de la adopción del más aséptico diseño concebible de investi¬
gación. Será consecuencia más bien de procesos intelectuales comunes al hombre
de ciencia y al artista:
imaginación iconística, intuición audaz, disciplinadas ambas
por la razón y enraizadas en la realidad" (1966. II, 188).

218
IV. 3. PSICOANALISIS CULTURAL

IV. 3. 1. INTRODUCCION GENERAL

Más queninguna otra de las grandes corrientes de la psicología contemporá¬


nea, la psicoanalítica aparece asociada a la obra de un autor — Sigmund Freud
(1856-1939)—, tan apreciado y discutido como genial e innovador.
Consagrado, exploración del dinamismo inconsciente, como uno de
por su
los más eminentes clásicos del pensamiento del siglo XX, no sólo ha revoluciona¬
do el panorama de la psicología, abriendo para esta disciplina nuevos horizontes
temáticos, metodológicos y teóricos; sino que ha hecho sentir además su influjo
en las más diversas ramas del saber sobre el hombre, desde la psiquiatría, la antro¬

pología, la sociología y la pedagogía a la teoría del arte, de la literatura y de la


comunicación, pasando por la medicina, la filosofía, la economía, la política, la
teología y la historia.
Mientras un notable historiador de la psicología experiifiental como Boring
(1978), al tiempo que califica de "precientífica" la teoría psicoanalítica, recono¬
ce
que no le parece probable que en los próximos siglos pueda describirse una
perspectiva general de la psicología eludiendo el nombre de Freud, otros estudio¬
sos del desarrollo general del conocimiento en esa área, como Wolman, no dudan
en sostener que, hoy por hcy, la de Freud constituye "la mayor aportación que

un solo hombre haya realizado nunca a


la psicología" (1972, 331). Para el soció¬
logo Birnbaum (1982), representa el máximo trabajo sociológico del siglo. En sus
lecciones introductorias al psicoanálisis, Freud compara la revolución cognitiva y
la conmoción cultural provocadas por su obra a los efectos antropológicos induci¬
dos por Copérnico (con quien el hombre descubre que ya no habita en el centro
del universo) y por Darwin (a partir del cual no cabe duda de que el animal hu¬
mano ha accedido a su pretendido rango de rey de la creación no descendiendo

desde arriba, sino emergiendo desde abajo). Al homo sapiens, que ya se reconoce
como animal habitante de un rincón del cosmos, en plena crisis de la mitología

219
iluminista de la razón y del progreso (de la industrialización
y la democracia), lue¬
go de que Marx, Bakunin y Nietzsche le recordaran su condición de esclavo del
capital, del estado y de la moral, sólo le faltaba que alguien le mostrara que "no es
ni el amo de su propia casa". Freud se atreve a violar el
supuesto santuario del es¬
píritu y en él no halla más que la sede de potencias ocultas que escapan al control
de la conciencia.
El psicoanálisis se identifica
primer lugar como técnica terapéutica espe¬
en
cial, desarrollada en un contexto de relación
bipersonal. De ese marco práctico,
Freud extrae elementos de diagnóstico, una
metodología de análisis clínico y un
modelo de etiología general de ciertos cuadros
psicopatológicos. Posteriormente,
elabora un sistema teórico general que pretende dar
cuenta tanto de problemas
que afectan al paciente reclinado sobre el sofá de su consultorio como de fenóme¬
nos característicos de la
experiencia cotidiana del hombre "normal".
Finalmente, el autor realiza un salto desde el enfoque del psiquismo indivi¬
dual al de la sociedad y la cultura, en un ensayo de reflexión sobre el mundo hu- '
mano
y el momento histórico que le ha tocado vivir, a la luz de un supuesto pasa¬
do y a la vista de un previsible
futuro.
La obra de Freud, inconclusa, original,
compleja, sugestiva, ha sido objeto de
múltiples intentos de prolongación y corrección que, en su conjunto, han contri¬
buido a llenar vacíos, precisar insuficiencias y eliminar
ambigüedades ostensibles
de la misma.
La psicosociología que incluye se inserta en la constelación teórica del Psico¬
análisis, emerge de la experiencia profesional del autor en el ámbito de la psicopa-
tología y se desarrolla al margen de los dictados de la ortodoxia académica.
A la perspectiva psicoanalítica le son
imputables determinadas cualidades
formales de cientificidad la medida
en en
que implica un método general y unas
técnicas concretas de observación de la realidad,
sistema conceptual y un campo
un
práctico —el clínico— de extracción y de aplicación de la misma teoría. Pero, por
otra parte, resulta que su ámbito específico de
investigación se define por un sis¬
tema de coordenadas —lo "inconsciente"—
que no puede ser calificado de "posi¬
tivo", sino, a lo de plausible. El propio autor reconoce la imposibilidad de
sumo,
"verificación objetiva" y de "demostración" de la "verdad" de sus
proposiciones
basadas en el modelo de lo "inconsciente", mediante el cual
pretende dar razón de
"aquellas representaciones latentes de las que tenemos algún fundamento para
sospechar que se hallan contenidas en la vida anímica" (1912, 1.697) —eso es,
de los "procesos y contenidos
psíquicos" que no tienen acceso "fácil a la cons-
cienciación, sino que es preciso inferirlos, adivinarlos y traducirlos a la expresión
consciente" (1938b, 3.388).
Así, pues, los resultados de sus "tentativas de enlazar más estrictamente la
psicología social y la psicología individual" (1924e, 2.797) no son homologables
a los de las "ciencias naturales"; sino
que corresponden al especial dominio de lo
que él mismo no duda en denominar "metapsicología", "mito científico" y "mi¬
tología" pura y simple (Cf: 2.507. 2.604. 3.154. 3.213).

220
Sin embargo, Freud no oculta por otra parte su indignación ante el hecho de
que la noción de lo "inconsciente" —tan extraña al "cuerpo" de los médicos, al
"alma" de los filósofos, a la "conducta" de los empiristas y a la "responsabilidad"
de los moralistas (Cf: 1924e, 2.802ss.)— suscite un "prejuicio intelectual" contra
el reconocimiento de que "la aceptación de los procesos psíquicos inconscientes
inicia en la ciencia una nueva orientación decisiva" (1915-17, 2.130).
Admite, además, que las nociones básicas de esa disciplina (inconsciente, ins¬
tinto, libido, angustia, represión... etcétera) resultan notablemente imprecisas.
Pero no por ello deja de reivindicar enérgicamente la pertenencia de su psicología

al ámbito de las "ciencias naturales": "La Zoología y la Botánica no han comen¬


zado con definiciones correctas y suficientes del animal y de la planta y la Biolo¬
gía no ha establecido aún un concepto fijo de lo animado. La Física hubiera sacri¬
ficado todo su desarrollo si hubiese tenido que esperar, para emprenderlo, a dar
claridad y precisión a los conceptos de materia, fuerza y gravitación. Las represen¬
taciones básicas o conceptos siempre
superiores de las ciencias naturales aparecen
al principio muy imprecisos, quedando determinados interinamente por la mera
indicación del campo de fenómenos a que pertenecen, y sólo el progresivo análisis
ulterior del material de observación llega a darles la precisión deseada" (1924d,
2.791. Texto añadido en 1935).
El autor la aparición de nuevos medios y mo¬
invita a "ser pacientes y esperar
tivos de investigación; pero permaneciendo siempre dispuestos a abandonar, en el
momento en que veamos que no conduce a nada útil, el camino seguido durante

algún tiempo" y se deja consolar por el poeta Rückert: "si no se puede avanzar
volando, bueno es progresar cojeando, pues está escrito que no es pecado el co¬
jear" (1920, 2.541).
Se ha criticado (Eysenk, 1977; Rachman, 1975) de la psicología freudiana
como conjunto supuestas deficiencias que le darían un carácter acientífico: el

dualismo mentalista ("fantasma de la máquina"), la imprecisión terminológica y


la vaguedad conceptual, los defectos de formalización de los modelos y la ambi¬
güedad de las hipótesis y teorizaciones, además de su inadaptabilidad a un sistema
lógico regido por los imperativos de la matemática y la verificación.
La cuestión del psicoanálisis" no
epistemológica sobre "el carácter científico
está resuelta. Aquí se opta por incluir la aportación de Freud a la psicología social
en base al postulado de su calidad de pre o proto (pero no anti) ciencia (Caparros,
1980) y al de la equivalencia del nivel de plausibilidad de sus teorías al de las obje¬
ciones a 1976).
las mismas (Kolteniuk,
En el terrenoideológico, Freud ha sido acusado de radical por conservadores
y de conservador por radicales; como lo ha sido de mecanicista por especuladores
y de especulativo por mecanicistas, de hedonista por ascetas y de asceta por h'edo-
nistas o de psicologista, ignorante de los factores orgánicos, culturales y éticos por
biologistas, sociologistas y moralistas, respectivamente.
No sorprende el que ideólogos hayan destacado los factores ideológicos del
freudismo. Dentro del círculo de sus seguidores, Marcuse y Jaccoby detectan su

221
vena radical, mientras que Adler, los neofreudianos y los freudomarxistas lamen¬
tan su componente reaccionario. Los más perciben en él una cierta ambivalencia
ante el status quo.
El autor de El porvenir de una ilusión
y de El problema de una concepción
del universo procura distanciar su teoría de una
Weltanschaung, si bien se sabe
atrapado ortodoxia teórico-ideológica y deja constancia de sus dudas acer¬
en una
ca de si él mismo no corre tras una ilusión
y el ejercicio de una función pontifical
con su
psioología. Por otra parte, desde sus reflexiones sobre la cuestión del "aná¬
lisis profano", se
niega a reducir el psicoanálisis a una simple terapia médico-tec¬
nológica de disciplinarización social.
En términos generales, cabe destacar
que en el ámbito del diagnóstico, Freud
se manifiesta
como un intelectual crítico contra el medio
sociocult.ural que se apo¬
ya sobre la represión; mientras que en el de la terapia aparece como un
profesional
conformista que colabora en la
adaptación del neurótico a aquella estructura re¬
presiva.
El psicoanálisis constituye
una innovación algunos de cuyos componentes bá¬
sicos sonproducto de las tradiciones que han configurado el universo intelectual
del que emerge.
Entre los más significativos puntos de articulación de la óptica
freudiana con modelos filosóficos, científicos
y culturales en general de su época,
destacan su positivismo (racionalidad
neoilustrada-liberal), materialismo (concep¬
ción monista y
energetista del ser humano), determinismo (presupuesto de la cau¬
salidad física), mecanicismo (modelo hidráulico del
funcionamiento psíquico),
evolucionismo (énfasis en lo arcaico, instintivo,
adaptativo y en el paralelismo on-
to-filogenético), hedonismo (principio de placer como primer criterio rector del
psiquismo) y naturphilosophismo (cosmovisión místico-vitalista de la confronta¬
ción mítica de fuerzas irracionales en el mundo natural
y del desarrollo del univer¬
so
según un proyecto predeterminado).
A estas referencias cabe añadir la herencia
que Freud recibe de la fenomeno¬
logía, de la antropología anglosajona, del romanticismo, del pensamiento conser¬
vador y reaccionario
centroeuropeo... etcétera, además, por supuesto, de las nue¬
vas orientaciones en su
tiempo dentro de las perspectivas psicológica, biológica y
psiquiátrica. Si el conjunto de la obra teórica de Freud llama la atención por su
relativa imprecisión terminológica y ambigüedad
conceptual —lo que la hace espe¬
cialmente susceptible de diversas posibles "lecturas"—; los
apartados de la misma
más especialmente vinculados a la temática de las relaciones entre
personalidad,
sociedad y cultura son los que más
se caracterizan por las típicas virtudes y limita¬
ciones del género literario
ensayístico.
Bases teóricas

la determinación inconsciente del dinamismo


psíquico
En el
lenguaje cotidiano, los vocablos "consciente" e "inconsciente" son uti-

222
lizados para significar cualidades de los fenómenos perceptivos, si son utilizados
como adjetivos, y niveles de desarrollo de las representaciones en tanto que sus¬
tantivos. Según Freud, si la "tradición" induce a "identificar lo psíquico con lo
consciente (...) la consciència como la característica definicional de lo psíquico y
la psicología como la ciencia de los contenidos de la conciencia" (1915-17,2.129),
"el psicoanálisis no ve en la consciència la esencia de lo psíquico, sino tan sólo una
cualidad de lo psíquico, puede sumarse a otras o faltar en absoluto" (1923,
que
2.701). Desde su punto de vista, lo "inconsciente" determina la mayor parte de
los procesos psíquicos, de los que constituye la base oculta —la masa de hielo su¬
mergida bajo la superficie de las aguas, según la analogía del iceberg—. Su omni¬
presència se hace perceptible en las "resistencias", los sueños, la heterogénea y
compleja psicopatología de la vida cotidiana, los chistes, las fantasías, los símbo¬
los, la religión, la moral, las ideologías y, por supuesto, los "síntomas" propiamen¬
te dichos.
El fundador del psicoanálisis, adorador racionalista de Apolo, levanta tam¬
bién un altar al rival Dionysos, al reconocer la fuerza de lo irracional. Ahí radica
uno de los núcleos de la revolución freudiana. Si la tradición iluminista concibe la
mente como el funcionamiento psíquico como puro ejercicio
la sede de la razón y
de la racionalidad, Freud postula no sólo que lo alógico es también psicológico;
sino, además, que lo irracional-inconsciente constituye un determinante funda¬
mental (oculto, profundo) de las cogniciones, actitudes y conductas humanas, tan¬
to de las consideradas convencionalmente como "normales" como de las "anor¬

males".
A nivel de lo "inconsciente", Freud (1923) distingüelo "preconsciente" (lo
inconsciente en el sentido "descriptivo", pero no "dinámico"; eso es, la cualidad
de las representaciones "latentes", capaces de aflorar a la "consciència") de lo
"inconsciente" propiamente dicho como sustantivo (lo inconsciente en sentido
"descriptivo" y "dinámico", regido por los mecanismos del "proceso primario",
ámbito de los productos de la "represión" —entre los que se pueden incluir tanto
las imágenes asociadas a pulsiones instintivas como las que lo están a tendencias
"actuales"— cuyos contenidos sólo pueden hacerse perceptibles al campo de la
conciencia a través de los "síntomas"; eso es, de los vehículos del "retorno de lo
reprimido").
En el marco de su segunda definición del modelo de personalidad, Freud
asocia lo inconsciente a lo éllico: "originalmente todo era Ello" y "lo inconsciente
es la única cualidad dominante en el Ello"; de modo que el funcionamiento de esa

instancia del "aparato anímico" no puede más que regirse por los mecanismos del
"proceso primario" (1938b, 3.381).
Reconociendo que "nos aproximamos al Ello por analogías, designándolo
como un caos o como una caldera, plena de hirvientes estímulos", el autor sostie¬

ne
que el Ello "se carga de energía emanada de los instintos; pero carece de orga¬
nización, no genera una voluntad conjunta y sí sólo la aspiración a dar satisfacción
a las necesidades instintivas conforme a las normas del principio del placer. Para

223
los procesos desarrollados en el Ello no son válidas las leyes lógicas del pensamien¬
to
ninguna, el principio de contradicción (...) No hay er. el Ello nada
y, menos que
equivalente a la negación (...) nada que corresponda a la representación del tiem¬
po (...) el Ello no conoce juicio de valor alguno, no conoce el bien ni el mal ni
moral alguna (...) todo lo que el Ello contiene son
cargas de instinto que deman¬
dan derivación" (1932a, 3.142s.).
Si bien Freud ha interpretado la psicología de los fenómenos colectivos por
analogía a la de los individuales y no ha disimulado sus reservas hacia el concepto
jungiano de lo "inconsciente colectivo"; no obstante, admite que, "de por sí, el
contenido del inconsciente es ya colectivo, es patrimonio universal de là humani¬
dad" (1934-38, 3.321). Ya en Totem y Tabú postula "la existencia de un alma colec¬
tiva en la que se desarrollan los mismos procesos que en el alma individual"
y la
"herencia de las disposiciones psíquicas", como base para la "necesaria continui¬
dad de la vida psíquica en las sucesivas generaciones"; la
cual, sin embargo, necesi¬
ta "de ciertos estímulos en la vida individual
para desarrollarse" (1911-13,1.848s.
Cf: 1923,2.716; 1938b, 3.292. 3.418).
En su intento de articular Freud
y Marx, Fromm afirma que, al lado del "ca¬
rácter social" —en virtud del cual los individuos tienden a
ajustarse a los principios
de funcionamiento de su ambiente
social—, existe un "inconsciente social":
"cada sociedad determina cuáles son los pensamientos y sentimientos
que pueden
llegar al nivel de la consciència y cuáles deben permanecer inconscientes" (1962,
103). Asociando el postulado marxiano de la determinación social de la conscièn¬
cia y el freudiano del carácter represivo de la sociedad,
supone que el contenido
de lo "inconsciente social" no
puede ser más que "aquella parte específica de las
experiencias humanas que una sociedad determinada no permite que llegue a la
consciència" (1962, 131).

La energética instintiva: libido y agresividad

Freud define su "teoría de los instintos" como "nuestra


mitología. Los ins¬
tintos son seres míticos, magnos en su indeterminación. No
podemos prescindir de
ellos ni un solo labor, y con ello ni un solo instante estamos
momento en nuestra

seguros de verlos claramente" (1932a, 3.154).


López Ballesteros traduce los términos freudianos de "trieb" e "instinkt"
recurriendo al vocablo castellano de "instinto". Otros autores, en
cambio, sugie¬
ren reservarlo exclusivamente
para el segundo y reservar el de "pulsión" para el
primero de aquéllos.
El "trieb" es definido como "un concepto límite entre lo anímico
y lo somá¬
tico, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del
cuerpo, que arriban al alma y como una magnitud de la exigencia de trabajo im¬
puesto a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático" (1915a,
2.041) y el "instinkt" como "una tendencia propia de lo orgánico vivo a la recons¬
trucción de un estado anterior" (1920, 2.525). En términos
generales, para el
224
autor los "instintos" son "las fuerzas que suponemos tras
las tensiones causadas
por las necesidades del ello. Representan las exigencias somáticas planteadas a la
vida psíquica, y aunque son la causa última de toda actividad, su índole es esen¬
cialmente conservadora: de todo estado que un vivo alcanza surge la tendencia a
restablecerlo en cuanto haya sido abandonado" (1938b, 3.381).
A lo largo de su obra, Freud realiza "sucesivos tanteos" en su enfoque de los
instintos, hasta llegar al decisivo "giro teórico" de los años 20, a la "nueva solu¬
ción" del tema, por la que completa la primitiva concepción de los instintos de
vida (al servicio de la conservación del individuo y de la especie) con la afirma¬
ción de un "instinto agresivo particular e independiente", como "disposición
(...) innata y autónoma del ser humano" que, "descendiente y principal represen¬
tante del instinto de muerte", comparte con "Eros" (instinto de vida) "la domi¬

nación del mundo" (1924d, 2.790; 1930a, 3.049. 3.052).


En la primera teoría de los instintos, Freud considera la libido como "la

energía de los instintos sexuales" en general (1924d, 2.777), a partir de la diferen¬


cia entre los "instintos libidinales, dirigidos a objetos, o pulsiones amorosas en el
más amplio sentido" —cuya "función primordial (...) reside en la conservación de
la especie"— y los "instintos del yo" (como el hambre) "que tienden a conservar
el individuo" (Cf: 1905, 1.222; 1930a, 3.049); mientras que en la segunda consi¬
dera libidinosas "las manifestaciones del Eros, para distinguirlas de la energía in¬
herente al instinto de muerte" (1930a, 3 .052).
Freud resume su concepción acerca de las relaciones de la libido con las di¬
versas instancias de la personalidad, de
su papel en el desarrollo psicosexual, de las
características de su funcionamiento, de sus bases de asentamiento orgánico y de
su vinculación al instinto erótico en los siguientes términos: "Sería difícil precisar

las vicisitudes de la libido en el Ello y en el Super-Yo. Cuanto sabemos al respecto


se refiere al Yo, en el que está originalmente acumulada toda la reserva disponible

de la libido. A este estado lo denominamos narcisismo absoluto o primario; subsis¬


te hasta que el yo comienza a catectizar las representaciones de los objetos con li¬

bido; es decir, a convertir libido narcisística en libido objetal. Durante toda la


vida el yo sigue siendo el gran reservorio del cual emanan las catexias libidinales
hacia los objetos y al que se retraen nuevamente (...) Una característica de la libi¬
do importante para la existencia, es su movilidad, es decir, la facilidad con que

pasa de un objeto a otros. Contraria a aquélla es la fijación de la libido a determi¬


nados objetos que frecuentemente puede persistir durante la vida entera (...) Las
más destacadas de las regiones somáticas que dan origen a la libido se distinguen
con el nombre de zonas erógenas, aunque en realidad el cuerpo entero es una zona

erógena semejante. La mayor parte de nuestros conocimientos respecto del Éros


—es decir, de su exponente,-la Libido— los hemos adquirido estudiando la función

sexual, que en la acepción popular, aunque no en nuestra teoría, coincide con el


Eros"'(1938b, 3.383).
Por lo que
respecta a la relevancia psicosocial de la libido, el autor sostiene
que "determinados impulsos instintivos, que únicamente pueden ser calificados de

225
sexuales (...) desempeñan un papel (...) en la causación de las enfermedades ner¬
viosas y psíquicas y, además, coadyuvan con aportaciones nada despreciables a la
génesis de las más altas creaciones culturales, artísticas y sociales del espíritu hu¬
mano" (1915-17, 2.130).
La introducción, a partir de los años veinte, de un nuevo instinto — al que
P. Federn propone denominar "Thanatos"— induce al autor de El malestar en la
cultura a concebir la dinámica histórica como una "lucha entre eros y muerte,
instinto de vida e instinto de destrucción" (1930a, 3.053).
Freud imagina ese instinto como una "especie de residuo o remanente
se

oculto tras el eros,


sustrayéndose a nuestra observación, toda vez que no se mani¬
fiesta en la amalgama con el mismo" (1930a, 3.052).
El efecto del instinto de muerte se deja notar, según el autor, en el doble pla¬
no cultural e individual. Por lo
que hace referencia al primer aspecto, ese instinto
constituye, según le cuenta a Einstein, uno de los motivos de las guerras y de los
conflictos sociales en general. Por ello califica de "ilusión" el proyecto histórico
de "eliminar la agresión humana asegurando la satisfacción de las necesidades ma¬
teriales y estableciendo la igualdad entre los miembros de la comunidad" (1932b,
3.213).
Por otra través de la acción de la sociedad, "la agresión es introyec-
parte, a
tada, internalizada, devuelta, en realidad, al lugar de donde procede: es dirigida
contra el propio Yo, incorporándose a una parte de éste que, en calidad de Super-

Yo, se opone a la parte restante y, asumiendo la función de conciencia (moral),


despliega frente al Yo la misma agresividad que el Yo, de buen grado, habría satis¬
fecho en individuos extraños. La tensión creada entre el severo Super-Yo y el Yo
subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se manifiesta
bajo la forma de necesidad de castigo. Por consiguiente —concluye Freud— la
cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo, debilitando a éste,
desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como
una
guarnición militar en la ciudad conquistada" (1930a, 3.053).

Sexualidad infantil, familia y personalidad

El "terriblecomplejo de Edipo", representa para Freud la traducción psico-


patológica de la trama argumentai de aquella tragedia de Sófocles en la cual el
protagonista, Edipo, "condenado por el destino a matar a su padre y desposar a
su madre, hace todo lo
que es posible para escapar a la predicción del oráculo;
pero no lo consigue y se castiga, arrancándose los ojos, cuando averigua que, sin
saberlo, ha cometido los dos crímenes que le fueron predichos" (1915-17, 2.329).
Ante el drama de Sófocles —como ante la literatura del parricidio en gene¬
ral—, el hombre de todos los tiempos reacciona "como si encontrase en sí mismo,
por autoanálisis, el complejo de Edipo, como si reconociese en la voluntad de los
dioses y en el oráculo representaciones simbólicas de su propio inconsciente y
como si recordase con horror haber experimentado el deseo de alejar a su padre y

226
desposar a su madre" (1915-17, 2.339). En el fondo, "el rey Edipo, que ha mata¬
do a su
padre y tomado a su madre en matrimonio, no es sino la realización de
nuestros deseos infantiles" (1900, 507).
Según el autor, el Complejo Paterno constituye un fenómeno normal en de¬
terminado estadio del desarrollo psicosexua! del individuo, y juega un rol decisivo
en la formación de la
personalidad : al constituir la etapa edipiana la culminación
de la "sexualidad infantil", la "disolución del complejo" determina el desarrollo
de la vida sexual posterior. Por ello, todo eventual proceso de formación de "neu¬
rosis" debe ser referido a su "nodulo" edipiano. Ahí radica la importancia de ese
modelo de la psicología individual en orden a "la inteligencia de la historia de la
humanidad y del desarrollo de la religión y la moral" (1900, 508. Nota 280).
En una "solución" común, a los ojos de Freud, "las tendencias libidinosas

correspondientes al Complejo de Edipo quedan en parte desexualizadas y sublima¬


das, cosa que sucede probablemente en toda transformación en identificación y,
en
parte, inhibidas en cuanto a su fin y transformadas en tendencias sentimenta¬
les". En tal caso, "la autoridad del padre o de los padres introyectada en el Yo,

constituye el nodulo del Super-Yó, que toma del padre su rigor, perpetúa su pro¬
hibición del incesto y garantiza así al Yo contra el retorno de las cargas de objeto
libidinosas" (1924c, 2.750). El Super-Yo aparece, desde esa óptica, como el "pa¬
dre personalizado" (1925, 2.858), como el "heredero del Complejo de Edipo y el

representante de las aspiraciones éticas del hombre" (1924d, 2.791) y, en defini¬


tiva, como la internalización del control social: "en la influencia parental no sólo
actúa la índole personal de aquéllos; sino también el efecto de las tradiciones
familiares, raciales y populares que ellos perpetúan, así como las demandas del
respectivo medio social que representan. De idéntica manera, en el curso de la
evolución individual el Super-Yo incorpora aportes de sustitutos y sucesores
ulteriores de los padres, como los educadores, los personajes ejemplares, los
ideales venerados en la sociedad" (1938b, 3.381. Cf: 2.033).
perpetuadora de la "influencia parental" confluyen la pro¬
En tal instancia

longación del narcisismo a través del "Yo-ldeal" y los productos de las "identifica¬
ciones" con los padres y sus derivados y sustitutos ("Ideal del Yo"), fruto de la
"disolución del complejo de Edipo" (1932a, 3.137).
Freud sintetiza su concepción de la estructura y funcionamiento del sistema

personal y de sus relaciones con el proceso de desarrollo psicosexual: "la noción


de un Yo que media entre el Ello y el mundo exterior que asume las demandas
instintuales del primero para conducirlas a su satisfacción; que recoge percepcio¬
nes en el segundo y las utiliza como recuerdos;
que, preocupado por su propia
conservación, guiándose en todas sus decisiones por los consejos de un principio
del placer modificado, esta noción sólo rige, en realidad, para el Yo hasta el final
del primer período infantil, alrededor de los cinco años. Flacia esa época, se pro¬
duce una importante modificación. Una parte del mundo exterior es abandonado,

por lo menos parcialmente, como objeto y en cambio es incorporada al Yo me¬


diante la identificación; es decir, se convierte en parte integrante del mundo inte-

227
rior. Esta nueva instancia psíquica continúa las funciones que anteriormente de¬

sempeñaron las personas correspondientes del mundo exterior: observa al Yo, le


imparte órdenes, lo corrige y lo amenaza con castigos, tal como lo hicieron sus pa¬
dres, cuya plaza ha venido a ocupar. A esta instancia la llamamos Super-Yo, y en
sus funciones
judicativas la sentimos como conciencia" (1938b, 3.417. Cf: 1932a,
3.137ss.).

Conflicto y defensa. La represión


Nuestra actividad psíquica tiene, según Freud, la función de "procurarnos
placet y evitarnos displacer", y se rige por el "Principio de Placer" (1915-17,
2.344).
Según esta misma concepción, el "Principio de Realidad" orienta la tenden¬
cia adaptativa del psiquismo a las condiciones exteriores. Asociado al "instinto de
conservación del yo", persigue la "final consecución del placer", mediante el
"aplazamiento de la satisfacción" y la aceptación del displacer "durante el largo
rodeo necesario para llegar al placer" (1920, 2.509).
Desde tales supuestos, el autor considera que "una acción del Yo es correc¬
ta si satisface al mismo tiempo las exigencias del Yo, del Super-Yo y de la Reali¬

dad; es decir, si logra conciliar mutuamente sus demandas respectivas" (1938b,


3.381). En determinadâs coyunturas conflictivas, el Yo, amenazada su función
mediadora y aun su propia integridad, moviliza ciertos dispositivos defensivo-
adaptativos, entre los que destaca el de la "represión" (al que pueden comple¬
mentar, en general, las formaciones "reactiva" o "sustitutiva", según los casos y,
en sentido más
específico, modalidades como las de "sublimación", "racionaliza¬
ción", "negación", "proyección", "introyección", "regresión"... etcétera).
Freud concibe la represión como un "proceso merced al cual un acto suscep¬
tible de devenir consciente y que, por tanto, forma parte del sistema preconscien-
te, deviene inconsciente y es retrotraído, así, a este último sistema. Hay también
represión cuando un acto psíquico inconsciente no es ni siquiera admitido en el
vecino sistema preconsciente; sino, por el contrario, rechazado por la censura, al
llegar a los umbrales de la preconciencia" (1915-17, 2.3 36).
El autor distingue dos tipos de represión: la "primitiva", consistente en la

privación del acceso de la "representación psíquica del instinto" a la conciencia, y


la "propiamente dicha" —la que recae sobre las "ramificaciones psíquicas de la re¬
presentación reprimida" o sobre otras "series de ideas procedentes de fuentes dis¬
tintas", pero que han entrado en "conexión asociativa" con aquélla (1915b,
2.054).
La energía que sirve de motor de las representaciones vetadas no resulta eli¬
minada por la represión, añade Freud; sino tan sólo relativa, parcial y provisional¬
mente bloqueada. Una parte de la misma puede ser liberada a través de la "an¬

gustia". Mientras tanto, si la carga energética consigue asociarse a una imagen tole¬
rable, puede abrirse paso hacia la consciència, mediante una fórmula de "compro¬
miso" con la "censura": el "síntoma".

228
compleja dinámica "exigencia instintiva" — "represión" — búsqueda de
Esa
"satisfacción sustitutiva" "síntoma" justifica, según Freud, la relevancia que el

psicoanálisis concede a la "represión" tanto en el ámbito personal como en el so-


ciocultural.

IV. 3. 2. LA LIBIDO Y LO DIVINO

Lo religioso"es objeto de permanente atención psicosociológica. Las razones


habitualmente aducidas para justificar esta realidad, suelen ser de un doble orden :
por una parte, se tiende a reconocer la fascinación que suscita en el científico
todo aquello que se constituye como ámbito de epifanía de lo irracional, así
como el poder de seducción de lo que se presenta como respuesta a cuestiones

"últimas", relativas al "sentido" de la existencia, a menudo olvidadas y acalladas


por la epistemología positivista.
Por otra, al lado de este componente subjetivo, se subraya el supuesto de que
la religión constituye un hecho significativo por sí mismo y, además, un modo pa¬
radigmático de condensación, cristalización, reflexión y refracción de formas de
funcionamiento psicosocial más difícilmente identificables y transparentables en
base a la observación dirigida a otros niveles de la experiencia humana. En defini¬
se supone que todo progreso en el
tiva, conocimiento de la naturaleza de este fe¬
nómeno conlleva el relativo al del propio sujeto (individuo, grupo o sociedad) que
piensa, siente, actúa y existe "religiosamente".
Ahí radica la posible trascendencia de las teorías al respecto elaboradas desde
perspectivas psicológicas que adoptan el paradigma de "lo inconsciente" como ras¬
go definitorio común. Sus contenidos fundamentales se refieren a la motivación
"oculta", de la religiosidad y a las consecuencias de ésta en el desarrollo psíquico,
así como a la significación "latente" y a la función sociocultural de las doctrinas

teológicas.
Destacan por su singular relevancia, entre una pluralidad de aportaciones, las
de Freud, Jung, Reich y Fromm, autores que comparten su fascinación por lo re¬
ligioso —atribuible a diversos factores de sus respectivas circunstancias biográfi¬
cas— y su profundo y creciente interés por el análisis científico del tema, al tiem¬

po que su condición de agnósticos ante las pretensiones epistemológicas de los


enunciados de las creencias religiosas y de críticos frente a lo que califican de re-
duccionismo falseador de la naturaleza de la religión por parte de ciertos enfoques
mecanicistas; todo ello en el preocupación global por la investiga¬
contexto de una
ción de las bases psicosociales de la conducta irracional y de los enigmas generales

que plantea la situación humana actual, así como por la imaginación de posibles
alternativas a la misma.

229
IV. 3. 2. 1. El análisis freudiano de la religion

Bases generales

Freud se
propone aplicar los "hallazgos del psicoanálisis" a la solución de
"problemas no resueltos de la psicología social", como el religioso (1911-13,
1.745).
Su punto de partida consiste en el establecimiento de una doble analogía:
religión-neurosis y onto-filogénesis. Su procedimiento analítico se concreta en una
lectura sintomal de las ideas teológicas, para la que utiliza como instrumentos

principales los modelos psicopatológicos de la "obsesión" y la "ilusión".

La analogía

La observación de correspondencias entre las formas religiosas en tanto que


fenómenos socioculturales "normales" y rasgos de psicopatologfa personal (Cf:
1911-13, 1.849s.; 1927a, 2.985; 1930a, 3.066; 1934-38, 3.283...) y entre expre¬
siones de "primitivismo" colectivo y de "infantilismo" individual (Cf: 1910,
1.597; 1911-13, 1.747; 1920-21, 2.609; 1924d, 2.799; 1927a, 2.990; 1930a,
3.064; 1934-38, 3.298; 1938c, 3.431...) induce al autor a considerar la neurosis
como una
religión particular y la religión como una neurosis universal y a ofrecer
una teoría genealógica del hecho religioso según el modelo de su psicopatología
analítica.

La sintomatología

Según Freud, "todos los fenómenos de la formación de síntomas pueden ser


descritos muy justificadamente como 'retornos' de lo reprimido" (1934-38,
3.318); eso es, como procesos de lenta, parcial y transfigurada reaparición de con¬
tenidos que han visto bloqueado su acceso a lo consciente.
El autor concibe el "síntoma psicógeno" como un modo de eludir la "angus-

tia" generada por la "solución" de un conflicto psíquico mediante una "transac-


ción" entre fuerzas contrapuestas ("deseo" versus "defensa") y, por tanto, como
"un signo y un sustitutivo de una expectativa de satisfacción de un instinto"; eso
es, como el "resultado de un proceso de represión" (1925, 2.836).
Desde su perspectiva, esta fórmula de compromiso —de "reacción" contra la
represión y de "sustitución" de lo reprimido— refleja, al tiempo, la eficacia y el
fracaso del proceso represivo. Le atribuye una doble función: semántica (sirve de
vehículo de expresión del deseo, en forma de significante de recambio del que ori¬
ginalmente ha sido objeto de "censura") y homeostática (aplaca el dolor de la
frustración, proporcionando un cierto grado de placer alternativo del que en el
inicio del proceso fue prohibido).
También por lo que se refiere a la idea de Dios, Freud se atreve a sostener

230
que, "partiendo del síntoma, el camino psicoanalítico nos condujo a lo incons¬
ciente, a lo instintivo,a la sexualidad" (Cf: 1924e, 2.804; 1932a, 3.1 32; 1934-38,
3.284SS.).

La etiología. Obsesión e ilusión

La "Obsesión" constituye un efecto de tipo psiconeurótico cuyos síntomas


(pensamientos, sentimientos, prácticas... de carácter compulsivo) manifiestan, se¬
gún el punto de vista psicoanalítico, el "retorno" de representaciones reprimidas y
relativas a alguna experiencia infantil.
Los "síntomas de la neurosis obsesiva" pueden ser "de dos géneros de ten¬
dencia opuesta": por una parte, "prohibiciones, medidas preventivas y peniten¬
cias, esto es, síntomas de naturaleza negativa"; por otra, "satisfacciones sustituti-
vas simbólicamente disfrazadas muchas veces" (1925, 2.848).
Las ideas teológicas, en tanto que "representaciones obsesivas", no pueden
ser
para el autor más que "reproches transformados (...) retorno de la repre¬
sión" (1896b, 289).
La teoría freudiana del desarrollo onto y filogenético de la noción de Dios-
Padre-Patriarca, base al patrón de la neurosis obsesiva, se apoya en la conside¬
en
ración del "Complejo de Edipo" como clave de la sexualidad infantil, etapa cru¬
cial de la formación de la personalidad, eje normativo de la vida psíquica y nodulo
de la neurosis (Cf: 1900, 508; 1923, 2.716).
expresión de la semántica del "deseo", con¬
Freud califica de "Ilusión" toda
siderada independientemente de su relación con la realidad; eso es, toda "realiza¬
ción" fantástica (signo y efecto sustitutivo) de una tendencia inconsciente (Cf:
1900, 689; 1915-17, 2.353; 1924d, 2.774; 1927a, 2.977). Su contenido no con¬
siste, pues, necesariamente en una falsa conciencia (en el sentido de representa¬
ción errónea) de la realidad; sino, básicamente, en la "proyección" de lo incons¬
ciente en forma de creencia (...) engendrada por el impulso a la satisfacción de
un deseo" (1927a, 2.977).
Tanto la"etiología de la neurosis" como la "interpretación de los sueños"
freudianas del "descubrimiento" de la conexión entre los contenidos del
arrancan

"deseo" y los de la represión y de las representaciones infantiles: el deseo del


adulto aparece como el impulso a la reconstrucción actual de la secuencia de la
primitiva satisfacción, en la que el niño supera todo estado de necesidad gracias al
concurso providencial de una instancia parental.

El Dios-Providencia es identificado, desde el prisma de Freud, como un


"mito" religioso susceptible de reducción "metapsicológica" a su condición de

"psicología proyectada" al mundo exterior, de acuerdo al modelo de la "ilusión",


que tiene como premisa una "regresión" al pasado infantil (Cf: 1901, 918; 1927a,
2.973SS.).

231
La expresión de lo inconsciente a través de la obsesión y la ilusión

El "curso clínico" de los procesosde obsesión y de ilusión sigue, en el para¬


digma freudiano, las líneas generales del desarrollo de toda neurosis: Trauma (pre¬
coz) — Defensa (latencia, síntoma primario: angustia) — Desencadenamiento de
la neurosis (retorno de lo reprimido y reacción contra el mismo) (Cf: 1896a,
3.535; 1934-38, 3.289).
En el fondo de toda neurosis late, desde la
interpretación freudiana, una de¬
ficiente solución a un conflicto entre las diversas instancias de la