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Moderación
Tessa

Traducción
ClauV PurpleGirl
Corazón_de_tinta RRZOE
Leidy Vasco Tessa
Lipi Sergeyev Walezuca
3 Luisa

Corrección
Cherrykeane Sibilor
ClauV Taywong
EstherC Tolola

Diseño
Bella’
Contenido
Sinopsis Capítulo 20
Capítulo 1 Capítulo 21
Capítulo 2 Capítulo 22
Capítulo 3 Capítulo 23
Capítulo 4 Capítulo 24
Capítulo 5 Capítulo 25
Capítulo 6 Capítulo 26
Capítulo 7 Capítulo 27
Capítulo 8 Capítulo 28
4 Capítulo 9 Capítulo 29
Capítulo 10 Capítulo 30
Capítulo 11 Capítulo 31
Capítulo 12 Capítulo 32
Capítulo 13 Capítulo 33
Capítulo 14 Capítulo 34
Capítulo 15 Capítulo 35
Capítulo 16 Capítulo 36
Capítulo 17 Capítulo 37
Capítulo 18 Epílogo
Capítulo 19 Sobre la Autora
Sinopsis
Era un lunes típico.
Hasta que el gran jefe me pidió que hiciera la propuesta para un nuevo
cliente.
Después de dos años en un terreno inestable en el trabajo debido a mi
metedura de pata, una oportunidad para impresionar a los socios
mayoritarios era justo lo que necesitaba.
O eso creía yo...
Hasta que entré en la sala de conferencias y choqué con el hombre al
que se suponía que tenía que convencer.
Mi café se derramó, mis archivos cayeron al suelo y casi pierdo el
equilibrio.
5 Y esa fue la parte buena de mi día.
Porque el hombre hermoso que se agachó y me miró como si quisiera
comerme viva, no era otro que mi ex, Gray Westbrook.
Un hombre del que acababa de empezar a salir.
Un hombre a quien mi corazón despreciaba; sin embargo, es obvio que
mi cuerpo todavía tenía otras ideas.
Un hombre que era tan carismático y seguro de sí mismo como sexy.
De alguna manera, logré sobrevivir a través de mi presentación
ignorando su intensa mirada.
Aunque era imposible ignorar todas las cosas sucias que me susurró
al oído justo después de que terminé.
Pero no había manera de que le diera otra oportunidad, especialmente
ahora que era un cliente.
Perdonar requiere fuerza
Cuando te enamoras de una mujer fuerte y lo jodes,
6 ella te va a perdonar… después de que termine de
patearte el trasero
1
Layla
—Lo siento. Olvidé llamarte. No voy a poder ir a almorzar hoy. —Suspiré
y señalé con la mano los papeles esparcidos por mi escritorio—. Pittman me
pidió que hiciera una presentación para un nuevo cliente.
—¿El Viejo Pittman o fue Joe quien te lo pidió?
—El Viejo, Pittman. Bien, pedir no es realmente la palabra correcta.
Abrió la puerta sin llamar mientras yo estaba en una conferencia telefónica,
me hizo poner en espera a mi cliente a mitad de frase, y luego vociferó algo
como a las tres en punto en la sala de conferencias ejecutivas y se fue. Tuve
que llamar a su secretaria Liz para que me diera los detalles.
7 —Eso es genial. Finalmente estás volviendo a estar en gracia con los
socios importantes. Sabía que lograrías llegar allí. —Oliver se acercó a mi
escritorio y me besó en la parte superior de la cabeza mientras salía—. Te
traeré los tacos de atún fresco que amas.
—Eres el mejor.
Había estado viendo a Oliver Blake durante aproximadamente un mes,
a pesar de que habíamos sido amigos durante casi cinco años. Era un socio
menor en la división de derechos de autor de mi bufete de abogados, y no
exageraba; en verdad era el mejor.
Cuando estuve enferma el fin de semana pasado, pasó a llevarme sopa
de pollo. Si estaba deprimida, me recordaba todas las cosas buenas de mi
vida. Él había sido mi mayor seguidor incluso antes de que comenzáramos
a salir, animándome a pasar la tormenta aquí en Latham & Pittman después
de que casi me expulsaron y despidieron hace un par de años. Inteligente,
guapo y con un gran trabajo: era el hombre soñado que a una chica le
encantaría llevar a casa para conocer a sus padres. Y totalmente opuesto a
los idiotas por los que normalmente me siento atraída.
La semana pasada mencionó que su contrato de arrendamiento
terminaría en unos pocos meses e insinuó que le encantaría que lo ayudara
a buscar un lugar más grande, ya que esperaba que pasara más tiempo allí
en el futuro. Inteligente, guapo, un gran trabajo, y... no le teme al
compromiso.
Hice una nota mental de revisar sus armarios en busca de esqueletos
ocultos la próxima vez que fuera a su apartamento, y luego volví a estudiar
mi presentación.
Había visto a los socios principales dar el discurso al cliente varias
veces, pero esta era la primera vez que yo lo daría. Y odiaba no tener más
que unas pocas horas para estudiar las diapositivas y escribir mis propias
notas. Sin mencionar que lo único que sabía sobre la empresa de inversión
que lanzaría era que era una start-up con un capital inicial masivo.
Probablemente algún comerciante arrogante que se fue de su empresa y se
llevó con él mil millones de dólares en inversores; justo el tipo de cuenta que
los socios principales amaban.
Las firmas de inversores de la vieja escuela eran buenos clientes:
facturación constante por revisar contratos, prospectos e innumerables
tratos con la SEC, pero las firmas de inversión jóvenes, arrogantes y de
nueva era dirigidas por yuppies acumulaban facturas legales como si
estuvieran pagando con dinero de Monopoly. Eran continuamente
demandadas por acosar a empleados, discriminación, incumplimiento de
contratos, violaciones de valores. Demonios, incluso nuestro departamento
de impuestos se involucraría, porque todos esos jóvenes creían que eran
8 más inteligentes que el IRS.
Un par de horas más tarde, cuando llegó la hora de mi presentación,
subí en el ascensor al último piso y atravesé las gruesas puertas de cristal
que conducían a las suites del nivel ejecutivo. Mi firma no era barata, mi
oficina personal era espaciosa y los muebles eran de alta gama. Pero la
planta ejecutiva apestaba a dinero, dinero viejo: mostrador de recepción de
caoba, araña de cristal, alfombras persas y obras de arte originales con
iluminación perfectamente posicionada.
No me pasó desapercibido que la última vez que me invitaron aquí fue
hace casi dos años, cuando me convocaron para explicar mis acciones, lo
que resultó en cargos en mi contra por parte del Comité Disciplinario de la
Asociación de Abogados del Estado de Nueva York. Que te invitaran al piso
superior significaba algo, bueno o malo, lo que me hizo sentir aún más
curiosidad acerca de por qué estaba haciendo la presentación de hoy.
Sarah Dursh, una de las socias principales, me recibió en el pasillo
mientras caminaba hacia la sala de conferencias.
—¿Estás lista?
—Tan lista como puedo sentirme sin saber mucho sobre el cliente.
Sarah frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con que no sabes mucho sobre el cliente?
—Sé lo básico. Pero el prospecto corporativo aún no estaba disponible,
así que no sé mucho sobre los actores clave. Me siento poco preparada.
—Pero has trabajado con el CEO antes. —Ella negó con la cabeza—. Es
por eso que solicitó que tú específicamente hicieras la presentación.
—¿Se me pidió que hiciera la presentación? No sabía eso. ¿Quién me
solicitó?
Al llegar a la puerta de vidrio de la sala de conferencias ejecutiva, pude
ver a Archibald Pittman de pie en el otro lado, riendo mientras hablaba con
un hombre. Estaba de espaldas a nosotros, así que no pude ver su rostro
de inmediato.
Tampoco sumé dos más dos inmediatamente cuando Sarah dijo:
—Ahí está. Ese es el Señor Westbrook. Él fue quien pidió que
encabezaras la reunión de lanzamiento.
Como tenía un montón de archivos, mi computadora portátil y un café
Starbucks, Sarah abrió la puerta, y di un paso adelante. Había hecho
exactamente dos pasos cuando el hombre con el que Pittman había estado
hablando, se giró. Entonces todo se vino abajo.
Literalmente. Me congelé.
Sarah, que estaba justo detrás de mí, caminó hacia mí, causando que
9 los archivos que sostenía se me escaparan de las manos. Me incliné para
atraparlos. Mi café se sacudió, y agarré el recipiente, lo que provocó que la
tapa se desprendiera. Cuando lo agarré, todo el café Venti se derramó por la
alfombra. Lo único que logré salvar del piso de la sala de conferencias fue
mi laptop.
Antes de que pudiera recoger mis cosas o incluso enderezarme para
levantarme, una mano fuerte encontró mi codo mientras me tambaleaba en
el suelo. El hombre se había agachado directamente frente a mí, y todo lo
que podía hacer era mirar.
Sin embargo, no podía creer lo que veía.
Tampoco podía imaginar cómo usar mi gran boca para decir una sola
palabra, y de repente nos encontramos cara a cara. La intensidad de nuestra
conexión me quitó el aliento. Mi pulso se aceleró, el corazón latió dentro de
mi pecho, y ni siquiera intenté recoger mis archivos o el café salpicado.
Manteniéndome sujeta por el codo, me tendió la otra mano para que la
tomara.
—Es bueno verte de nuevo, Pecas.

***
No tenía idea de cómo lograr superarlo hasta el comienzo de la
presentación. Al principio pensé que estaría nerviosa con el Señor Pittman
y los otros socios principales en la sala mientras hablaba. De nuevo, no tenía
idea de que Gray Westbrook estaría mirándome desde el otro extremo de la
mesa. Sus ojos eran penetrantes, y su sonrisa tanto me enfurecía como me
intimidaba al mismo tiempo.
Peor aún, él era más hermoso de lo que recordaba. Su piel estaba
bronceada, lo que hacía que el verde en sus ojos fuera mucho más
penetrante. A través de su traje, podía decir que se había vuelto más
voluminoso, que debajo de la costosa ropa a medida había un cuerpo tan
cincelado como su mandíbula. Y sentado en la cabecera de la mesa, exudaba
una potencia que golpeaba todos mis botones de excitación. Había olvidado
que un hombre podría afectarme físicamente de esa manera.
Intenté ignorarlo y atenerme a mis diapositivas. Pero fue casi imposible.
Desde el momento en que comencé, me había obligado a interactuar
haciendo preguntas. Mi presentación era de aproximadamente treinta
diapositivas, y hasta ahora había interrumpido al menos diez. Al principio
me puso nerviosa, a pesar de que sus preguntas eran básicamente bolas
suaves. Pero después de que recuperé el juicio, el que constantemente me
obligara a responderle había empezado a molestarme.
10 —Nuestra división de valores trabaja estrechamente con la SEC,
FINRA, DOJ y la División de Valores del Estado de Nueva York para
supervisar y...
Me interrumpió. De nuevo.
—¿Quién dirigirá mi equipo?
—Como iba a decir, la división de valores está compuesta por un socio
principal que trabajó en el Departamento de Justicia, litigando con el fraude
de valores durante once...
Mientras hablaba, Gray miró su reloj. Luego procedió a interrumpirme
por lo que tenía que ser la vigésima vez en menos de media hora.
—Lo siento. Tengo una reunión en la ciudad a la que tengo que correr.
Si los ojos dispararan dagas, el hombre se habría visto como una
rebanada de Lacey Swiss. ¿Qué demonios está haciendo? ¿Tratando de
desquitarse por cómo terminaron las cosas?
Doblé mis brazos sobre mi pecho.
—¿No estaba claro que nuestra presentación tardaría al menos una
hora?
Aunque mis ojos nunca abandonaron los de Gray, sentí que las cabezas
se movían en mi dirección. Probablemente, los socios mayores estaban
teniendo un ataque cardíaco ahora mismo.
No me importaba una mierda.
El labio de Grey se curvó. Él estaba divirtiéndose. El imbécil.
—Inicialmente reservamos una hora, pero ha surgido algo urgente que
requiere mi atención inmediata.
—¿De verdad? ¿Cuándo surgió?
—Layla, —advirtió el Señor Pittman, deteniéndose poco antes de eso
será suficiente. Pero no necesitaba decirlo; su tono lo decía todo.
Luego dirigió su atención a Gray.
—Lo siento, Señor Westbrook. Por supuesto, entendemos que esté
ocupado. Tal vez podamos reprogramar, y estaría más que feliz de terminar
la presentación y responder cualquier pregunta que pueda tener.
Grey se puso de pie y se abrochó la chaqueta del traje.
—Eso no será necesario.
El señor Pittman comenzó a hablar, pero Gray solo me habló al otro
lado de la mesa.
11 —Tal vez Layla pueda terminarla esta noche durante la cena.
Entrecerré los ojos.
—Tengo un compromiso previo con un cliente.
Los ojos de Pittman casi se salieron de su cabeza.
—Completaré lo que sea que tengas esta noche, Layla. Terminarás tu
presentación durante la cena con el Señor Westbrook.
El gran jefe no preguntaba; lo estaba afirmando. Ya había presionado
mi suerte hasta donde podía doblarla sin romperla, así que mantuve mi boca
cerrada y silenciosamente miré a Gray.
Todos los socios se dieron la mano con nuestro posible cliente e
hicieron una pequeña charla. No tenía intención de bajar al otro extremo de
la mesa. En cambio, empaqué mi computadora portátil y mis archivos para
ocuparme y esperar a que el Señor Westbrook simplemente desapareciera.
No tuve tal suerte.
Grey se acercó y extendió su mano.
—Señorita Hutton.
Al ver a mis jefes observando nuestro intercambio sobre el hombro de
Gray, coloqué mi mano en la suya, que luego usó para acercarme más. Sentí
su aliento caliente en mi cuello mientras me susurraba al oído.
—Puedes actuar como si estuvieras enojada todo lo que quieras. Pero
tu cuerpo me dice lo contrario. Estás tan feliz de verme como yo estoy de
verte.
Eché la cabeza hacia atrás, indignada.
—Estás loco.
Sus ojos se posaron en mi pecho, donde mis pezones prácticamente
perforaban mi blusa transparente. Traidores de mierda.
Gray sonrió.
—En Logan's, a las 7 p.m. Haré una reserva y enviaré un auto a
recogerte.
—Nos vemos allí.
Él negó con la cabeza y se rió.
—Extrañaba esa actitud, Pecas.
Bien, porque vas a obtener mucho más de eso.

***

12 Por supuesto, yo fui la única en llegar a tiempo. Revisé mi teléfono. Diez


minutos después de las siete. Decidiendo aplicar las reglas de la
universidad, prometí darle a Gray cinco minutos más para que apareciera
antes de abandonar el lugar y declararlo ausente.
—¿Puedo traerle algo para beber mientras espera? —preguntó el
camarero.
Normalmente esperaría para ver qué ordenaría el cliente y seguir su
ejemplo sobre el alcohol. Pero esta noche no era la norma.
Me froté la rigidez en el cuello.
—Un vodka de arándanos, por favor.
Esperaba que eso ayudara a calmar mis nervios y liberar parte de la
tensión en mi mandíbula antes de que me diera un gran dolor de cabeza. Al
sacar mi teléfono, comencé a desplazarme por los correos electrónicos para
distraerme mientras esperaba a mi compañero de bebidas y cena.
Mi cabeza se levantó con el sonido de la voz de Gray detrás de mí.
—Lamento llegar tarde.
Mi corazón revoloteó inesperadamente, y luché contra la sensación de
emoción.
—¿En serio? Porque tengo la sensación de que no tienes modales dada
la forma en que me interrumpiste un millón de veces hoy.
Ignoró por completo mi actitud cuando se sentó frente a mí.
—El tráfico es una perra en el centro de la ciudad en este momento. La
próxima vez cenaremos en mi casa.
—No habrá una próxima vez.
La boca de Gray se curvó en una sonrisa petulante cuando atrapó mi
mirada.
—Claro que la habrá. Habrá un montón de próximas veces. Y
finalmente dejarás de fingir que no disfrutas de mi compañía.
Odiaba que mi cuerpo reaccionara a él. Desde el principio, tuvimos una
química loca entre nosotros que era difícil de atenuar.
Suspiré.
—¿Qué estás haciendo, Gray? ¿Por qué viniste a mi empresa?
Levantó la servilleta de tela frente a él y la puso sobre su regazo.
—¿No es obvio? Necesito una nueva representación legal.
—¿En mi empresa? ¿Y prefieres que tu representante legal sea un
asociado en vez del jefe de mi jefe: el líder de nuestra división de valores? ¿O
13 incluso de Pittman, que con mucho gusto te tomaría de la mano y te
proporcionaría el asesoramiento legal que necesitas a partir de sus más de
cincuenta años de experiencia?
—La lealtad es importante para mí. Quiero a alguien en quien pueda
confiar con mi negocio.
—¿Y has decidido que soy yo? ¿Una asociada con cinco años de
experiencia que acaba de salir del período de prueba con el Colegio de
Abogados por violar el privilegio entre abogado y cliente?
El camarero llegó con mi bebida.
—Aquí tiene, señora. —Se volvió hacia Gray—. ¿Puedo traerle algo para
beber? ¿O le gustaría esperar hasta que su grupo esté completo esta noche?
—Seremos solo nosotros dos. Por favor, tomaré un Macallan, limpio.
—Inmediatamente. —El camarero caminó hacia el otro lado de la mesa
y comenzó a quitar la configuración del tercer lugar.
Extendí mi mano, deteniéndolo.
—De hecho, tenemos otra persona por llegar, así que puedes dejar eso.
—Muy bien. —Asintió.
Gray esperó hasta que el camarero estuvo fuera del alcance del oído.
—No invité a nadie más a cenar.
Bebí un sorbo de mi bebida y le ofrecí una dulce sonrisa falsa.
—Yo sí. Supuse que un cliente importante como tú debería tener más
de un abogado para responder sus preguntas.
Justo cuando bajé mi vaso, vi al otro hombre que estaba esperando
entrar al restaurante. Examinó la habitación, buscándome, así que levanté
mi mano y saludé.
—Justo a tiempo. Oliver acaba de llagar.
Gray miró al hombre que se dirigía hacia nosotros y de nuevo a mí. En
lugar de enojarse, el idiota se divirtió.
—Eso es lindo. Invitaste a un acompañante porque no confías en ti
misma cuando estás conmigo.

14
2
Gray
—Así que, ¿eres el jefe de Layla? —Tomé un trago saludable de la
bebida que nuestro camarero acababa de traerme.
—No, no soy su jefe. Estoy en la división de derechos de autor, en
realidad. Pero soy un socio menor en Latham & Pittman. He estado con la
firma por quince años. Puedo responder cualquier pregunta que tengas.
Quería que el molesto desorden entre Layla y yo se eliminara.
—¿Estás insinuando que Layla no es capaz de responder ninguna
pregunta que pueda tener?
—No, en absoluto.
15
—¿Entonces, porque estás aquí?
El cuello de lápiz miró a Layla para responder.
—Yo invité a Oliver, —dijo—. Como le dije, pensé que debería haber
más de un abogado disponible para responder sus preguntas, considerando
cuán valiosa sería su cuenta para nuestra firma.
—Pensaste mal. —Me volví hacia Oliver—. Puedes marcharte. Confío en
que Layla podrá manejar cualquier pregunta que pueda tener.
Layla habló con los dientes apretados, pero logró mantener un tono
nivelado.
—Oliver ya está aquí. Y aporta mucho valor. Estoy seguro de que lo
verá cuando terminemos la cena.
El mesero apareció sosteniendo los menús.
Refunfuñé para mis adentros.
—Estoy seguro de que no lo haré.
Después de ordenar la cena, el acompañante de Layla se excusó para
ir al baño.
Tan pronto como estuvo fuera del alcance del oído, le dije:
—Tenemos que hablar, Layla. Solos. Dile que dé un paseo.
—¿Qué? ¡No!
Me paré.
—Bien. Me encargaré yo mismo.
Ignoré a Layla gritándome mientras seguía al señor Socio Junior al
baño. Cuello de Lapiz estaba en el urinario. Aparentemente, su cuello no era
lo único que se parecía a un lápiz. Me puse de pie a su lado y busqué en mi
bolsillo. Sacando billetes de cien dólares de mi gruesa billetera, esperé hasta
que abrochó su cremallera. Luego extendí el efectivo.
—¿Cenas en otro lugar? Va por mi cuenta.
Cuello de Lápiz bajó la mirada hacia el efectivo, me miró y caminó hacia
los lavamanos. Esperé mientras se lavaba las manos.
Cuando terminó, se apoyó en el fregadero y cruzó los brazos sobre el
pecho.
—Supongo que estamos hablando de hombre a hombre aquí, no de
abogado en Latham & Pittman a posible cliente, ¿verdad?
—Por supuesto. —Asentí una vez—. De hombre a hombre.
Él sonrió.
—Bueno. Entonces déjame decirte, estás perdiendo el tiempo si estás
interesado en la Señorita Hutton.
16
—¿Por qué?
—Tres razones. Una, Layla nunca saldría con un cliente. Dos, hice mi
debida investigación de ti. Puedes ser un cliente que valga mucho dinero
para la empresa, pero también eres un ex convicto. Y tres, ella es mi novia.
Mi sangre comenzó a bombear más fuerte. No esperaba esa última
parte. Aunque, si Oliver pensaba que eso me asustaría, tenía otra cosa por
venir. Acababa de pasar tres años en prisión. Incluso si encontrara a este
tipo ligeramente intimidante (lo cual no hacía en lo más mínimo) nunca me
vería sudar.
En cambio, sonreí y le puse una mano en el hombro.
—Déjame ser honesto, ya sabes, de hombre a hombre: no encuentro
ninguna de esas tres razones como disuasiva.

***

Al menos fue lo suficientemente inteligente como para captar la


indirecta. Oliver, el novio, mantuvo la boca cerrada durante la mayor parte
de la cena, permitiendo que Layla tomara la delantera. A diferencia de esta
tarde, dejé que me contara todo sobre la empresa que ya sabía que estaba
contratando, sin interrumpirla. Realmente no me importaba ninguno de los
viejos compinches que supervisarían mis necesidades. Pero sentarme al otro
lado de la pequeña mesa, mirando la boca de Layla moverse mientras
hablaba, observar las pizcas de pecas que intentaba ocultar, dejando que
mis ojos se demoraran en sus labios cuando estaba prestando atención y
polla de lápiz no, se había convertido en un juego divertido: hacer que Layla
se retorciera en su asiento.
Había pasado más de un año desde la última vez que la vi, y si era
posible, se había vuelto aún más hermosa. Su cabello oscuro estaba más
largo, y estaba dejando que su onda natural se mostrara, en lugar de llevarlo
liso sedoso como lo había hecho un año atrás. Mirándola, lo único que veía
era cómo luciría ese cabello liso después de que nuestros cuerpos pasaran
horas golpeándose uno contra otro.
Ese había sido un maldito sueño recurrente después de que ella cortó
toda comunicación conmigo. Había llenado mis pensamientos en muchas
noches solitarias.
Esta noche, sus labios regordetes estaban pintados de un rojo brillante,
y el centro superior se hundía, formando una pequeña V perfecta. Quería
trazarlos con mi lengua. Su largo y femenino cuello necesitaba ser chupado
y mordido. Pero sus ojos eran los mejores. Eran de un azul verdoso pálido
17 que sabía de primera mano que se oscurecían cuando estaba excitada.
—¿Me estás escuchando? —Layla parpadeó dos veces.
Mierda. No había escuchado ni una palabra de lo que había dicho.
—Claro que sí.
Ella se inclinó hacia delante y bajó la voz.
—Entonces, ¿qué acabo de decir?
Bueno, sus ojos también se oscurecen cuando está enojada. No podía
esperar para follarla cuando estuviese enojada y ver cómo luciría eso.
—Estabas hablando de la empresa.
Ella miró de uno a otro de mis ojos y entrecerró los suyos.
—Lo que sea. He sido la única hablando esta noche de todos modos.
Dígame, Señor Westbrook, ¿qué tipo de servicios está buscando de una
empresa? Esta tarde mencionó su apelación de licencia SEC y su nueva
firma comercial. Pero no sé nada sobre sus planes ya que estuvo demasiado
ocupado para darnos esa hora completa hoy.
Polla de lápiz nos miró a los dos. Pude ver que no tenía idea de qué
hacer con la actitud de Layla. No me malinterpreten, estoy seguro de que lo
estaba disfrutando, ya que había tratado de comprarlo, pero tenía la
sensación de que no tenía idea de la historia entre Layla y yo. Decidí probar
esa teoría.
—Me pareces conocido, Oliver, pero no puedo ubicarte. ¿Alguna vez has
estado en el Centro Correccional Federal de Otisville?
Era la primera vez que hablaba con él directamente desde el baño.
—¿Yo? No, nunca. —Miró a Layla—. Pero fue ahí donde enseñaste la
clase de programas de apelación de prisioneros por un tiempo, ¿no es así?
—Sí. —Ella me mostró lo que pensé que podrían ser ojos de
advertencia.
Oliver fue obviamente rápido haciendo las matemáticas, sumando dos
más dos y todo.
—¿Es ahí donde cumpliste tu sentencia?
Levanté mi bebida a mis labios y sonreí.
—Así es.
Miró a su amorosa novia, luego a mí y luego a ella.
—¿Alguna vez se encontraron ustedes dos?
Y su amorosa novia mintió directamente en su cara.
—No.
18
Me hizo el maldito día. Le ofrecí a Oliver mi primera sonrisa genuina.
Pensaba que Polla de lápiz obstaculizaría mi capacidad de calibrar si Layla
tenía algún interés en tratar de resolver las cosas conmigo. Pero su mentira
decía más de lo que habría admitido por sí misma.
A menos que seas patológico, no mientes sin una razón. Y solo hay una
razón por la que le mientes al tipo con el que estás saliendo respecto a otro
hombre: para que no se ponga celoso. Lo que significaba que había algo allí
por lo que estar celoso.
Arqueé una ceja y le sonreí a Layla. Ella frunció el ceño, y sus ojos se
oscurecieron aún más.
—Por qué no nos informa sobre sus necesidades legales, Señor
Westbrook, —dijo—. ¿Qué tipo de negocio está comenzando?
—Una empresa de capital de riesgo. Planeamos enfocarnos en
inversiones en tecnología y comunicación. Así que necesitaré a alguien que
realice la debida diligencia sobre los requisitos de licencia de posibles
inversiones, maneje los acuerdos de compra, elabore acuerdos de préstamos
y se asegure de que no nos vayamos a la cama con ningún estafador.
—Esa última parte es interesante. —Layla dio un sorbo a su bebida—.
¿Y planea volver a solicitar su licencia de valores?
—Lo hago. Pero aún no. Me gustaría centrarme en la nueva empresa
por ahora mientras trabajo en algunas cosas que podrían ayudar a mejorar
mi solicitud de licencias.
—Saben, las posibilidades de que FINRA restablezca su licencia de
valores después de una condena por delito grave son muy escasas, —dijo
Layla—. Es una descalificación automática de diez años.
—Técnicamente no fui condenado. Acepté un acuerdo de culpabilidad
en lugar de arriesgarme a un juicio. En ese momento, era el menor de los
dos males.
—A los ojos de la ley, la aceptación de un acuerdo de culpabilidad es el
equivalente legal de una condena.
—Entiendo las consecuencias de aceptar el acuerdo. Sin embargo, he
escuchado que pueden conseguir un permiso especial para la consecución
de licencias a pesar de la descalificación.
—Las reglas dicen que puedes. Pero no es fácil. Hemos solicitado
algunos y nunca lo hemos logrado conseguir.
—Bueno, entonces, veo muchas primeras veces para nosotros en el
futuro. —Levanté mi vaso hacia ella.
Después de que terminó la cena, los tres salimos juntos al servicio de
estacionamiento. Me tomé mi tiempo buscando en el bolsillo el talón del
19
boleto que recuperaría mi auto. Por suerte para mí, el primer auto que llegó
pertenecía a Oliver, y otro auto que no era mío o el de Layla se detuvo justo
detrás de él, lo que significaba que no podía quedarse.
Se detuvo, tratando de esperar, probablemente esperando que el auto
de Layla llegara para no dejarnos solos a los dos. Pero no fue así.
Cuando una pareja se metió en el auto detrás de él, levanté la barbilla
para señalarlo.
—Parece que estás bloqueando un automóvil que está listo para partir.
Miró a Layla y luego a mí.
Sonreí y dije:
—No te preocupes. Me aseguraré de que se suba a su auto de forma
segura.
Si el zapato estuviera en el otro pie, de ninguna manera dejaría a mi
mujer sola afuera de un restaurante con un ex delincuente que ya había
dejado en claro que tenía un interés no comercial en ella, cliente potencial
o no.
A pesar de que parecía estar en conflicto, la decisión de Oliver cayó en
el lado equivocado de la virilidad.
—Te veré en la oficina mañana. —Apretó el hombro de Layla, luego
extendió su mano hacia mí. Sacudida suave... marica.
—Fue un placer conocerte. Espero que te unas a Latham & Pittman.
Mi respuesta fue un firme apretón de manos.
—Buenas noches.
Layla y yo miramos en silencio mientras su interferencia se alejaba.
—Oliver es mi novio, —dijo en un tono de advertencia.
—Lo sé. Lo mencionó en el baño cuando intenté pagarle para que diera
un paseo. Buen beso de despedida, por cierto.
Sus ojos se encendieron.
—No lo hiciste. ¡Dios, eres un idiota!
Mi mirada bajó a sus labios.
—Extrañaba esa boca malvada. —Y no puedo esperar a follarla, aunque
fui lo suficientemente inteligente como para saber que no era el momento
adecuado para mencionarlo.
—Estás loco. Y besarme frente a un cliente habría sido completamente
poco profesional, aunque no es sorprendente que no te des cuenta de eso.
—Creo que el loco es tu novio, que simplemente se fue y dejó a su mujer
20 con un hombre que claramente expresó interés en ella. Y, por cierto, me
importaría una mierda si fuera profesional o no, estaría marcando mi
territorio.
Las manos de Layla se posaron en sus caderas.
—Él confía en mí. ¿Y qué eres tú? ¿Un perro? Marcando tu territorio
¿Orinas en hidrantes también?
—¿Él confía en ti? Esa debe ser la razón por la que no vio tu mentira
cuando le dijiste que nunca nos habíamos visto antes.
Di un paso más cerca, justo en su espacio personal. En lugar de
retroceder, ella inclinó la cabeza para mirarme. Me encantó que se negara a
echarse atrás.
—No hay ninguna razón para que él sepa sobre nosotros. ¿Sabes por
qué? Porque nunca hubo un nosotros.
—Dite todo lo que necesites decirte.
—Dios, eres tan arrogante.
Le acaricié el cabello.
—Cambiaste tu cabello. Me gusta ondulado así. Es sexy. Pero estás
cubriendo esas bellas pecas en tu nariz otra vez.
Ella abofeteó mi mano.
—¿Me estás escuchando?
—Sí. Él confía en ti. Nada de nosotros. Soy un bastardo arrogante.
Me gruñó. Era tan jodidamente adorable.
—Sus llaves, señorita.
Ninguno de nosotros notó el auto siendo traído o las llaves colgando en
manos del valet de pie junto a nosotros.
Tomando sus llaves de la mano del valet, pisoteó hacia su auto. El chico
corrió a abrirle la puerta. Layla comenzó a entrar al auto y luego se detuvo
y habló por encima de la capota del auto.
—Contrata otra firma, Gray. Lo que sea que creas que pasará entre
nosotros, no pasará.

21
3
Layla
—Estas son hermosas.
Becca, la recepcionista quien también era mi amiga y compañera
frecuente para almorzar entró en mi oficina cargando un enorme ramo de
rosas amarillas. Tenían que ser unas dos docenas. Las colocó en el escritorio
y suspiró.
»Desearía poder encontrar un chico como Oliver. Ese hombre está loco
por ti.
Sonreí. Aunque tenía el ligero presentimiento de que tal vez no eran de
él. Esperaba estar equivocada.
22 —¿Almorzamos hoy? —preguntó.
—Seguro. ¿Cómo a la una?
—Te llamaré entonces. Si no lo hago, no aparecerás hasta que esté
oscuro afuera.
Ella tenía razón. Tenía la tendencia de sumergirme en un proyecto y
perder la noción del tiempo.
Becca estaba saliendo de mi oficina cuando Oliver entró.
—¿Por qué no tienes un hermano, Oliver? —bromeó.
Él sonrió. Entonces sus ojos se posaron en la enorme entrega en mi
escritorio, y su sonrisa juguetona se marchitó.
Mierda. Él no las envió.
—¿Admirador secreto del que debo preocuparme?
—Uh... Becca acaba de traerlas. Creí que las habías enviado.
Sacudió la cabeza.
—Quisiera.
Mientras Oliver y yo habíamos estado saliendo durante casi un mes,
nunca tuvimos la charla, más porque era innecesaria que por cualquier otra
cosa. Ninguno de los dos tenía tiempo de salir con otra persona. Demonios,
almorzábamos juntos cuando podíamos, pero en cuatro semanas, solo
habíamos estado en un par de citas oficiales. Ambos trabajábamos jornadas
de diez horas, seis días a la semana. Así que nunca me molesté en
considerar que Oliver podría estar saliendo con otras mujeres, y parecía que
él tampoco había pensado en esa posibilidad para mí, hasta ahora.
Él no preguntó, pero también se quedó allí esperando, sus ojos
parpadeaban ocasionalmente en la tarjeta sin abrir grapada al exterior de la
envoltura transparente de celofán. Las cosas se volvieron incómodas.
Oré silenciosamente porque el teléfono sonara, pero por supuesto que
no. Con el tiempo, separé la tarjeta mientras mi cerebro deliberaba sobre
cómo manejar esto si las flores fueran de hecho de Gray. Oliver vio como
deslizaba la pequeña tarjeta de su sobre rosa.
Al leerlo, forcé mi perfecta sonrisa falsa de tribunal a fijarse en mi
rostro.
—Una amiga. La ayudé con un trabajo legal, y las envió como
agradecimiento.
Oliver pareció aliviado. Doblé la tarjeta en la palma de mi mano, que ya
había empezado a sudar.
—Entonces, ¿qué te trae a mi piso? —le pregunté—. ¿Viniste a ver cómo
vive la otra mitad?
23
La oficina de Oliver estaba dos pisos más arriba que la mía. Había sido
recientemente renovada, y aunque mi piso era agradable para los estándares
de la firma de abogados, el suyo era lujoso.
—Pensé en darte los buenos días y contarte sobre una pequeña charla
que tuve con nuestro posible cliente anoche.
Mierda. Estaba cavando un gran agujero de mentiras, y todas tenían
que ver con Gray Westbrook. Ni siquiera estaba completamente segura de
por qué había empezado este lío fingiendo que no lo conocía. Pero las
mentiras siguieron llegando.
—¿Ah? —Técnicamente, esto no era una mentira; era una omisión
pretender que no sabía que Gray había tratado de perseguirlo en el baño de
caballeros. Aunque omisión o mentira, como sea que lo llamara, todavía se
sentía mal.
—Está interesado en algo más que un consejo legal tuyo. El idiota
realmente pensó que podría darme un fajo de dinero en efectivo y yo haría
una caminata antes de la cena.
—¿Qué dijiste?
—Le dije que nunca saldrías con un cliente o un ex convicto.
—Ya veo…
—De todos modos, fue el primer lanzamiento que te hicieron los socios
principales, por lo que sé que sería bueno que consiguieras la cuenta. Pero
el lado egoísta de mí espera que se vaya a otro lado para que no te ataque.
—Puedo manejarlo sola.
—Sé que puedes. Esa es una de las cosas que creo que es muy sexy
acerca de ti. Tienes bolas más grandes que la mayoría de los hombres que
conozco. Pero este tipo acaba de salir de prisión.
—Prisión federal por tráfico de información privilegiada. Él no es un
violador.
—Sí. Pero odio la idea de que estés cerca de un tipo sin moral ni ética.
—Si no pasara tiempo con personas que carecían de moral y ética,
tendría muy pocos clientes. ¿Sabes que trabajo para el lado de los valores
de la empresa, no para el departamento artístico y de derechos de autor
como tú?
—Triste. —Oliver sonrió—. Pero cierto. Tengo que irme, tengo que
prepararme para la cita de las diez en punto. ¿Cena esta semana?
—Por supuesto. Suena bien.
Le pedí a Oliver que cerrara la puerta antes de salir, fingiendo una
conferencia telefónica en la que necesitaba saltar. Una vez que estuve sola,
24 me recosté en mi silla, desdoblé la tarjeta arrugada en mi mano y la leí
nuevamente

Pecas
Te he echado de menos. Toma el riesgo y dame una segunda
oportunidad
X
Gray

Odiaba todo lo que este hombre había hecho en las últimas veinticuatro
horas. Había aparecido sin previo aviso en mi empresa e insistió en que
hiciera la presentación, exigió delante de los socios que asistiera a una cena,
una cena en la que fue grosero con Oliver, me hizo mentir sobre no conocerlo
y tuvo el descaro de enviarme flores. Pero sobre todo... odiaba tener
mariposas en el estómago cuando él estaba cerca.

***
El olor a rosas impregnaba el aire. Aunque no había quitado el celofán
ni había sacado el jarrón de la envoltura protectora de cartón en la parte
inferior, una dulce fragancia floral flotaba a través de mi oficina. Me
sorprendí mirando fijamente el arreglo en más de una ocasión mientras mi
mente vagaba. Me distraía mientras trataba de terminar de leer una oferta
de compra de acciones. Pasé toda la mañana y tres horas después del
almuerzo intentando terminar de revisar esa maldita cosa, cuando debería
haberme tomado una hora en total.
Frustrada, me arranqué las gafas de mi rostro, las arrojé sobre el
escritorio y me recosté en el asiento, mirando ceñudas a las malditas rosas
que estaban en la esquina de mi escritorio.
—Sabes, eres muy parecido a él. —Definitivamente me había vuelto
loca, considerando que ahora estaba hablando con un ramo de flores sin
abrir—. Muy bonito y con buen olor. Pero si cedo y agarro una, me pincharé
con una espina.
Estaba claro que no iba a lograr nada con las malditas cosas que se
burlaban de mí en mi escritorio. Respiré profundamente, me levanté, recogí
el ramo, caminé hacia mi cubo de basura y arrojé a la basura lo que
probablemente valía doscientos dólares en flores.
Tal vez fue simbólico, o tal vez solo estaba loca, pero pude concentrarme
después de eso. En menos de media hora, finalmente terminé con lo que
25 había estado trabajando y me fui donde mi asistente legal para que
escribiera mis notas manuscritas.
Regresé a mi oficina y estaba hurgando en mi archivador cuando
alguien llamó a mi puerta abierta. Alcé la vista y vi al viejo Pittman en la
puerta. Cerré el armario.
—Señor Pittman. ¿Cómo puedo ayudarle?
Era la segunda vez en dos días que bajaba de la torre de marfil para
hablar conmigo. Sabía que lo que quisiera tenía que estar relacionado con
cierto cliente potencial. Por primera vez, caí en la cuenta de que el golpe que
le había infligido al ego de Gray podría haberlo llevado a maldecirme ante
mis jefes. No sobreviviría en esta empresa si los socios principales pensaban
que había saboteado intencionalmente una gran cuenta potencial. El
terreno inestable de mi suspensión había comenzado a estabilizarse
recientemente.
—Pensamos en venir a darle las buenas noticias, Layla. —Pittman
esbozó una extraña sonrisa.
—¿Buenas noticias?
—Sí.
Dio unos pasos hacia mi oficina y, por primera vez, noté que no estaba
solo. Gray se pavoneó como si fuera el dueño del lugar. Él mostró una
sonrisa malvada.
Pittman le hizo un gesto.
—El Señor Westbrook acaba de contratarnos. Dijo que fuiste muy
persuasiva en la cena.
Luché contra la ostentación que sentía.
—Oh. Esas son... son noticias fantásticas.
Pittman le dio unas palmaditas a Gray en la espalda.
—Has tomado la decisión correcta. Layla aquí te cuidará muy bien.
Los ojos del hijo de puta brillaron.
—Con eso estoy contando.
—Bueno, los dejaré para que hablen. —Pittman me miró—. Sé que
necesitarás quien te cubra con la declaración Barag. Haré que Charles
asista por ti. El Señor Westbrook es un cliente VIP, por lo que necesitaremos
reorganizar algunas cosas para ver si estás disponible cuando lo necesite.
—¿La deposición Barag? Es mañana.
—No te preocupes. Si Charles no puede ponerse al día, lo
26 reprogramaremos. El viaje del Señor Westbrook tiene prioridad.
—¿Viaje?
—Lo acompañarás a Greensboro.

***

Permanecí en silencio con una sonrisa practicada pegada a mi rostro


hasta que cerré la puerta detrás de Pittman, Se fue con signos de dólar en
sus ojos, ignorando por completo mi deseo de estrangular al nuevo VIP.
Doblando mis brazos sobre mi pecho mientras me giraba para mirar a
Gray, susurré:
—¿Qué tipo de juego crees que estás jugando?
—¿Qué? Necesito un nuevo abogado.
—Pensé que había dejado en claro anoche que no estaba interesada en
representarte cuando te dije: “Contrata a otra firma”. ¿Qué parte de eso fue
vago?
—Soy un buen cliente. Tu firma te acredita para aterrizar el negocio.
Es bueno para ti.
Desafiante, saqué mi barbilla.
—No tienes idea de lo que es bueno para mí. Tú no eres bueno para mí.
Contuve la respiración mientras caminaba hacia mí. Las terminaciones
nerviosas en mi piel cobraron vida a pesar de que no me había tocado. Pero
no había forma en el infierno de que retrocediera o le dejara ver el efecto que
tenía en mí. Gray entró directamente en mi espacio personal.
Esperaba que el profundo vibrato de su voz intimidante me pusiera en
mi lugar. En cambio, me tomó por sorpresa cuando habló en voz baja.
—Lamento haberte mentido, Layla.
Me había endurecido cuando se trataba de este hombre. No podía
suavizarme.
—Lo que sucedió hace más de un año fue un error, —le dije—. Pero el
error no estuvo en tu mentira. El error fue involucrarme contigo.
El más leve movimiento en sus ojos fue la única indicación de que había
sentido mi golpe.
—Necesitamos estar en Greensboro al mediodía para reunirnos con mis
nuevos socios, —dijo—. Es mejor contar con tu opinión mientras se negocian
los términos de la asociación para que las cosas se suavicen cuando redacte
el acuerdo.
27 La solicitud en sí misma no era extraña. En ocasiones acompañaba a
los clientes a negociaciones de formación empresarial. Lo que estaba mal,
sin embargo, era que esencialmente estaba atrapada. Sin duda, Gray era
plenamente consciente de la situación en la que me había metido. Si fuera
a ver a los socios ahora y me negara a trabajar en la nueva cuenta, tendría
que darles una explicación.
¿Y qué diría? ¿Recuerdan cuando tuve que hacer servicios legales pro
bono como parte de mis sanciones por violar el privilegio de abogado-cliente?
Ya saben, ¿esa vez que casi me despiden? Bueno, mientras estaba
cumpliendo mi castigo trabajando en una prisión para hombres, conocí a
Grayson Westbrook y comencé a enamorarme de él. A veces nos
escabullíamos entre los estantes de la biblioteca y nos besuqueábamos. Todo
fue genial, hasta que me mintió. ¿Qué es eso? ¿Creen que debía haberlo visto
venir? Pero ¿cómo se supone que debo saber que involucrarme con un
prisionero arrestado por abuso de información privilegiada era una mala
idea?
Le disparé una mirada molesta.
—Pediré a mi asistente que haga los arreglos y te los enviará por correo
electrónico.
Una lenta sonrisa se extendió por su hermoso rostro. Yo quería pegarle
un puñetazo.
—Estupendo. Hazle saber que prefiero el Langham.
—¿Un hotel? ¿Pensé que la reunión era al mediodía?
—Lo es. Pero algunos de los inversores son de fuera de la ciudad,
también están volando. Esperarán cenar.
—Así que cena con ellos. No me necesitas para eso.
—La cena será una continuación de nuestra discusión comercial.
Cuadré mis hombros.
—Luego tomarás notas y me avisarás si algo cambia después de la
reunión de negocios real durante el día. Volaré a casa en un vuelo nocturno.
Para mi sorpresa, Gray cedió. Asintió, dio un paso atrás y extendió la
mano.
—Me alegra tenerte en mi equipo, consejera.
Mis ojos se posaron en su mano. Un recuerdo en el que no había
pensado en años brilló ante mis ojos. La primera vez que me besó, me tomó
la cara con sus grandes manos, y casi me derretí. Odiaba que ahora me
hiciera sentir vulnerable y con miedo incluso de tocarlo. Era una mala idea
dejar que el pasado tuviera poder sobre mí.
Esperando no temblar, puse mi mano en la suya. Una chispa me
atravesó. Fue como meter el dedo en una toma de corriente. Abruptamente,
28
deslicé mi mano de la de Gray y caminé alrededor de él hacia mi escritorio.
—Envíame los nombres de tus socios por correo electrónico para que
pueda hacer una búsqueda rápida con la SEC y nuestro investigador.
—Eso no es necesario.
Con el escritorio ahora actuando como una barrera, levanté un archivo
y le di mi atención mientras hablaba.
—Vamos a aclarar una cosa. Si soy tu abogado, las cosas se harán a
mi manera y con la debida diligencia adecuada.
No levanté la vista, pero escuché diversión en su voz.
—Sí, señora.
—Deja tu información de contacto con mi asistente legal en el camino
de salida. Ten un buen día.
Un minuto después, la puerta se abrió, así que eché un vistazo hacia
arriba. Por supuesto, encontré a Gray esperando mi atención. Señaló con
sus ojos hacia mi cubo de basura lleno de rosas.
—¿Alérgica?
No pude ocultar la sonrisa.
—Sí. Eso es.
Los ojos de Gray se arrugaron a los lados y me guiñó un ojo.
—La próxima vez enviaré caramelos.
—La próxima vez, envíaselas a tu esposa.

29
4
Layla
2 años antes
—Necesitas cambiarte los zapatos.
—¿Zapatos? —bajé la mirada a mis pies. Las sandalias de tiras Brian
Atwood de color rojo no iban exactamente con mi conservador traje de
abogado. Pero me obligaron a trabajar aquí un sábado. Necesitaba algo que
me hiciera sentir humana, Y ciertamente no estaban tan lejos de que
necesitara cambiarlos. Volví a mirar al oficial de correccional.
—¿Qué pasa con mis zapatos?

30 —No se permiten zapatos con punta abierta en una instalación


correccional federal.
Tienes que estar bromeando.
—Nadie me lo dijo. Manejé cuatro horas a las cinco en punto esta
mañana para llegar aquí. Es mi primer día de voluntariado.
Ella sonrió.
—¿Qué hiciste mal?
—¿Mal?
—Los abogados que trabajan como voluntarios aquí durante el fin de
semana generalmente no son realmente voluntarios.
—Oh.
La oficial de correccional levantó una ceja, estaba esperando una
respuesta real.
Suspiré.
—Doscientas horas de servicio comunitario por violar el privilegio de
abogado-cliente.
Ella silbó.
—Doscientas horas. Las sanciones repartidas aquí son más fáciles que
eso.
—Oh, ¿sí? ¿Qué pasa cuando alguien se mete en problemas aquí?
—Los soplones obtienen suturas.
Estupendo. Simplemente genial.
Ella me devolvió mi identificación.
—¿Entonces, tienes un par de zapatos extra o qué?
—No. ¿Hay alguna tienda por aquí donde pueda conseguir un par de
bombas o algo así?
—A diez kilómetros hay un Walmart.
Miré mi reloj.
—Se supone que debo comenzar en treinta minutos.
—Entonces, mejor muévete.

***

Estaba dentro de una prisión. No una de esas con una sala de visitas
31 como las que ves en la televisión, en las que el visitante está de un lado de
un grueso vidrio de seguridad y tienen que tomar un teléfono para
escucharse, sino una prisión en la que los hombres caminan por ahí
libremente. Diferente a la prisión de máxima seguridad vecina, el campo de
prisioneros de mínima seguridad de Otisville, donde impartiría clases todos
los sábados durante los próximos meses, se sentía como una universidad.
El perímetro de la instalación no tenía cercas. Los reclusos ni siquiera vivían
en celdas cerradas. En vez de eso, tenían viviendas y casilleros estilo
dormitorio. Si no hubiera sabido que era una prisión cuando entré, no
habría mirado dos veces a los hombres que caminaban tranquilamente con
pantalones de color caqui y botones. La mayoría podría haber pasado por
profesores. Parecían ser en su mayoría hombres mayores, de corte limpio, y
con un aire que los rodeaba y que decían que sus otras casas eran
penthouses.
—¿Cuántas personas tiene esta instalación? —le pregunté al guardia
que me llevaba a la biblioteca.
—Sube y baja un día cualquiera, pero generalmente un poco más de
cien.
Atravesamos una puerta y bajamos por un largo pasillo con ventanas.
Los hombres afuera sonreían y parecían divertirse.
—¿Es eso... una cancha de bochas?
Él se rió entre dientes.
—Sí. También tenemos un campo de béisbol mejor que la escuela
secundaria de mi hijo. No llaman a estos campos Club Fed por nada.
El lugar era mucho mejor de lo que esperaba, pero la biblioteca, la
biblioteca, era malditamente loca. Dos docenas de estantes contenían más
libros de los que mi biblioteca pública local había albergado durante su
crecimiento. Había grandes mesas con sillas de madera que me recordaban
a aquellas en las que me había sentado hasta altas horas de la noche en la
facultad de derecho. Una pared de vidrio separaba un gran salón de clases
con un monitor de computadora de pantalla plana en cada escritorio.
—Por Dios. —Miré alrededor.
—No es lo que esperabas, asumo.
—De ningún modo.
El guardia señaló hacia el salón de clases.
—La biblioteca estará cerrada para cualquier persona que no esté
registrada para tomar sus clases. Para que pueda usar el aula o la biblioteca,
lo que quiera. Creo que hay catorce chicos registrados en la clase que
comienzan hoy, sin incluir a Westbrook. Así que tendrás mucho espacio.
—¿Westbrook?
32 —Él coordina todas las clases que están sucediendo en este momento.
—Oh. Bueno.
—Hablando del diablo. —El guardia levantó su barbilla—. Aquí viene
nuestro chico guapo residente.
Me volví para encontrar a un hombre alto y de pelo oscuro que venía
hacia nosotros. Caminando con otro hombre, mantuvo su cabeza baja hasta
que llegó a la puerta de la biblioteca. Cuando la levantó, la vista hizo que mi
corazón hiciera un pequeño baile de dos pasos. "Chico guapo" no le hacía
justicia al hombre. Era hermoso. Ridículamente. El tipo de aspecto tosco,
oscuro y masculino que probablemente lo volvía completamente arrogante
y lleno de sí mismo. Mi debilidad.
Nuestros ojos se fijaron, y una sonrisa lenta y engreída se extendió por
su rostro. Fue entonces cuando salieron las armas grandes, los hoyuelos
más prominentes y profundos que había visto en mi vida.
Sí. Definitivamente está lleno de sí mismo.
Aunque... tal vez este castigo no sería tan malo después de todo.
El guardia hizo la presentación.
—Westbrook, esta es Layla Hutton. Ella estará enseñando la clase de
auto apelaciones para reclusos.
Él extendió su mano con un asentimiento.
—Encantado de conocerte. Grayson Westbrook. Los guardias aquí solo
llaman a las personas por su apellido. Los civiles me llaman Gray. —Sus
ojos se movieron rápidamente sobre mí—. Tendré que quedarme cerca.
Muchos de estos hombres no han visto a una mujer tan bella como tú en...
—negó con la cabeza—. Demonios, esto podría ser la primera vez para la
mayoría.
El guardia se rió entre dientes.
—Sí. Es por eso que te quedarás cerca, Westbrook. —Se volvió hacia
mí—. Como dije, este es un campamento de seguridad mínima. Nuestras
puertas no están cerradas, y los prisioneros están básicamente en el sistema
de honor. No hay delincuentes violentos aquí. Deciden irse, finalmente los
traen de vuelta, y ya no son huéspedes de esta agradable instalación. ¿Te
sientes bien si te dejo con Casanova un momento mientras tomo algo para
comer? Tenemos personal limitado y usualmente dejamos a los abogados y
contratistas regulares por su cuenta si se sienten cómodos. —Señaló las
cámaras en las paredes y el techo—. Siempre tenemos los ojos puestos en ti
y estaremos a un grito de distancia. Y la puerta de la biblioteca estará
bloqueada, dado que está cerrada hoy.
—Umm... claro. —Estaba bastante nerviosa, aunque algo de eso se
alivió cuando el magnífico coordinador del programa mostró sus hoyuelos
33 de nuevo.
Después de que el guardia desapareció, Gray me acompañó al aula
contigua.
—Entonces... ¿Sacaste la pajilla corta en tu firma y te toca hacer el
trabajo pro bono, o te metiste en problemas y esto es parte de tu castigo?
Creo que la mayoría de los abogados no se ofrecían como voluntarios
para conducir hasta el medio de la nada y enseñar a los criminales convictos
cómo revocar sus apelaciones por la bondad de sus corazones.
—Castigo. Hoy es el primer día de mi sentencia de prisión.
—Podría ser peor. En realidad, podrías ser residente aquí en lugar de
obligarte a trabajar aquí por un tiempo.
—Cierto.
—¿Qué hiciste que te metió en problemas?
—¿No sabes que no es cortés preguntarle a una mujer su edad, peso o
por qué casi la expulsan?
Sonrió. Dios, necesitaba dejar de hacer eso.
—Lo siento.
—Está bien.
Gray encendió la laptop en el frente del salón de clases.
—Esto tiene Wi-Fi, pero es limitado. Si necesitas ir a una página no
autorizada, solo avísame y te conseguiré acceso.
—Bueno. Estupendo.
—La clase no comienza hasta dentro de unas dos horas más o menos.
Voy a pasar el rato al lado, en la biblioteca para que puedas prepararte. Si
necesitas algo, solo toca el cristal.
Pasé la siguiente media hora asegurándome de tener acceso a todos los
recursos de investigación que revisaría durante mi primera presentación.
Luego revisé las diapositivas que había preparado.
Gray se había sentado en una silla de la biblioteca y estaba leyendo un
libro, llevando unas gafas que no había usado antes. Debían ser para leer.
Como me había preparado demasiado para dar clase hoy (como de
costumbre), tenía mucho tiempo que matar. Y... tenía curiosidad por ver
cómo se veía el Adonis con gafas de cerca. Así que fui al lado de la biblioteca.
—Arena movediza, ¿eh?
Gray había estado absorto en su libro y no me escuchó entrar.
—¿Es ficción o no ficción? —pregunté.
Levantó la vista. Las gafas cuadradas de montura gruesa que llevaba
34 le funcionaban realmente; funcionaban en mí. La nitidez de su forma
complementaba su mandíbula angular. Se los retiró de la cara y me encontré
debatiendo si me gustaba más con o sin ellas mientras hablaba.
—No ficción. Es una memoria escrita después de que el autor recibió
un diagnóstico de cáncer de pulmón. Es como su mirada hacia atrás
mientras todavía estaba aquí.
—Eso suena deprimente.
—Lo hace. Pero en realidad no lo es. Es gracioso. Él mira hacia atrás a
la mierda que tomó en serio con una perspectiva completamente nueva al
final. Y se da cuenta de que algunos de los días más importantes que tuvo
fueron simplemente días ordinarios pasados con las personas adecuadas.
Me senté en la mesa frente a él, y nuestros ojos se encontraron. Cerró
el libro. Acababa de conocer al hombre, no sabía nada de él aparte de que
trabajaba en una prisión, pero tenía la extraña sensación de que ese era uno
de esos días importantes. Era loco.
Nos sonreímos en silencio, nuestra química fuera de lugar ascendió a
un nivel incendiario, hasta que el guardia abrió la puerta de la biblioteca.
—Solo revisando. ¿Todo bien?
Saludé.
—Todo bien. Gracias.
—Regresaré más tarde, antes de que lleguen tus alumnos.
—Bueno.
Gray no me quitó los ojos de encima durante el intercambio con el
guardia. Ni siquiera fingió mirar a otro lado mientras yo me acomodaba en
mi asiento. Me hizo sentir como una adolescente al ser observada por el
chico guapo a mi lado en clase de matemática, una especie de emoción
nerviosa. Pero mi forma de lidiar con los nervios siempre fue frontal. Incluso
en la escuela secundaria, me volvía hacia el chico y le devolvía la sonrisa
hasta que retrocedía o hacía su movimiento. No era diferente ahora.
—Me estás mirando —dije.
Su sonrisa se ensanchó.
—Eres hermosa. ¿Te molesta que aprecie eso?
Sostuve su mirada.
—No. Y tú tampoco estás tan mal. ¿Te molestará si te miro?
El brillo en sus ojos fue un poco más brillante.
—Por supuesto que no, mira lo que quieras.
Pasamos los siguientes minutos solo mirándonos. Fue la interacción
35 más extraña que tuve con un hombre que acababa de conocer.
—Dime algo sobre ti, Layla Hutton. Además de tu edad, peso o razón
para una inhabilitación cercana, por supuesto.
—Tengo veintinueve, peso cincuenta y seis kilos y descubrí que un
cliente estaba abusando de su esposa, por lo que rompí la confidencialidad
y se lo comuniqué a la policía.
Él sonrió y se frotó la barbilla.
—Parece que deberías haber obtenido una medalla por esa última
parte, nada cerca de ser suspendida.
—Sí, bueno... así es como me siento. Pero el comité disciplinario y los
socios del bufete de abogados donde trabajo tienen una forma diferente de
pensar.
Suspiré. Realmente me sentí bien al conocer a alguien y sacar todo eso
de mi pecho de inmediato.
—¿Sabes? —dije—. Esta es la forma en que siempre debería ser.
Conoces a un hombre. Él te dice que piensa que eres atractiva. Le dices que
es mutuo. Luego ventilas tu ropa sucia. Si todavía te mira de la misma
manera, continúas. Si no, te vas. La vida es demasiado corta como para
perder el tiempo.
—Estoy de acuerdo. Dime, ¿cómo te estoy mirando después de que has
ventilado tu ropa sucia?
Lo estudié. Él arqueó una ceja cuando me incliné más cerca para
obtener una buena visión de lo que estaba pensando dentro de esa hermosa
cabeza suya. Lo que encontré me dio escalofríos. Los ojos realmente son las
ventanas del alma.
Me senté en mi silla.
—Me estás mirando como si quisieras verme desnuda.
Gray echó la cabeza hacia atrás en carcajadas.
—Muy bien.
Levanté mi barbilla.
—Tu turno. Cuéntame tu ropa sucia.
Sus ojos oscuros se ensombrecieron y su expresión se volvió seria.
—Tengo treinta y un años, pesé noventa y dos la última vez que revisé,
y... —Hizo una pausa y se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en
la mesa y mirándome directamente a los ojos—. Y fui enviado a prisión por
abuso de información privilegiada que no cometí.
Mi sonrisa se marchitó antes de que la última parte se registrara en mi
cerebro. Estaba confundida.
36
—¿Has estado en prisión?
—Soy el coordinador del programa, Layla. Es mi trabajo. Mi trabajo
como interno. —Gray se inclinó más cerca y buscó mis ojos—. ¿Cómo me
estás mirando ahora?
5
Layla
Había estado tratando de reducir mi consumo a una taza de café, pero
esta mañana definitivamente era necesaria una dosis doble. Había dado
vueltas y vueltas toda la noche, incapaz de apagar los pensamientos en mi
cabeza lo suficiente como para relajarme y dejarme llevar. Gracias a Dios
por el corrector.
Miré por la ventana del dormitorio de mi apartamento del tercer piso y
tomé mi café. Tenía media hora antes de que el automóvil me recogiera para
ir al aeropuerto, y todo lo que tenía que hacer era vestirme, lo que me dejó
aún más tiempo para pensar.
Un automóvil negro de la ciudad disminuyó la velocidad, luego se
37
detuvo en la acera de mi edificio. Eché un vistazo al reloj junto a mi cama
para ver si había perdido la noción del tiempo. Seis y media. El servicio de
automóviles llegó muy temprano. Por supuesto, podría haber hecho que el
conductor esperara hasta las siete, la hora que había programado, pero ese
no era mi estilo. Bebí el resto del café y me dirigí al armario para buscar el
vestido que había escogido para ponerme hoy, pero me detuve cuando sonó
mi timbre. Los conductores normalmente estaban inactivos hasta que salía,
en lugar de estacionarse y decirme que estaban aquí.
Tomé el intercomunicador.
—¿Hola?
—Buenos días preciosa.
Me quedé helada. La voz de Gray era profunda y distinta. No podría
confundirse con el de nadie más.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Estamos aquí para recogerte para ir al aeropuerto.
—¿Nosotros?
—Mi chofer y yo.
—Tengo programado mi propio vehículo. Te veré en el aeropuerto.
—Cancelé tu auto.
—¿Tú qué?
—Necesitamos tiempo para repasar algunas cosas antes de la reunión.
Además, no tiene sentido llevar dos autos para ir al mismo lugar. Tu
secretaria me dio tu itinerario, así que llamé al servicio de transporte y les
dije que el automóvil ya no era necesario.
—No puedes hacer eso.
—Estoy aquí en lugar de tu auto, ¿no?
Levanté la vista y conté hasta diez. Gray estaba tratando de hacer más
que compartir un auto al aeropuerto. Quería sacarme de mi juego. Se lo
hacía ocasionalmente a mis oponentes para hacerlos sentir desequilibrados.
Cambiaba aleatoriamente el tema de mi interrogatorio a mitad de camino,
codificaba el orden de mis testigos: cualquier cosa que los hiciera sentir
inquietos les permitía caer en un poco de vulnerabilidad.
No tenía intención de convertirme en un peón en los juegos que Gray
creía que podría jugar conmigo.
Presioné el timbre después de una larga pausa.
—Bajaré en un momento.
—Necesito usar tu baño.
38
—¡No!
—O es eso o tendré que encontrar un callejón en alguna parte.
—Busca un callejón. —Solté el botón del intercomunicador y fui a
vestirme. Desde la otra habitación, escuché su respuesta de voz en la
distancia, pero no pude entender lo que había dicho. No importaba.
Ciertamente no vendría a mi apartamento.
Por naturaleza, yo era una persona complaciente. Así que, sin pensarlo,
me apresuré a vestirme para no tener al conductor y a Gray esperando.
Cuando lo noté, disminuí la velocidad, pasé unos minutos más arreglando
mi cabello y añadiendo otra capa de mascara. Pero eso solo me molestó más,
porque sentía que estaba haciendo un esfuerzo extra en mi apariencia para
mi compañero de viaje.
Necesitaba dejar de pensar demasiado y tratar a Gray como cualquier
otro cliente.
Cargué mi bolso con los pocos archivos que tenía, agregué algunas
almohadillas y plumas legales, y respiré profundamente antes de dirigirme
hacia abajo. Gray estaba de pie justo afuera de la puerta principal de mi
edificio, apoyado contra la barandilla.
—¿Encontraste un callejón? —dije cortante.
—No. Lo pensé mejor. Estoy en libertad condicional. Volver a ir a
prisión por exposición indecente no está en mis planes.
—Hay una cafetería en la esquina.
—Traté. El propietario dijo que no funcionaba.
Puse los ojos en blanco y gemí antes de volver a subir las escaleras.
—Vamos. Solo el baño.
En el ascensor, miré al frente, a pesar de que veía sus ojos a través de
mi visión periférica. Sin embargo, mirar las brillantes puertas plateadas que
reflejaban casi tan bien como un espejo no hizo mucho para ayudarme a
evitar mirar a Gray. Iba vestido con un traje de Brioni a medida, de cinco
mil dólares, y el sastre había hecho un gran trabajo. Mostraba su delgada
cintura, abrazaba sus anchos hombros y lo hacía lucir elegante sin esfuerzo.
A algunas mujeres les gustaba una mirada de chico malo, todo James Dean
con una chaqueta de cuero. Pero un traje bien ajustado presionaba cada
uno de mis botones.
Admirar el paquete presentado ante mí casi me hizo olvidar sus
verdaderos colores. Casi.
Las puertas se abrieron y salí corriendo del carro, ansiosa por respirar
un aire que no fuera compartido con Gray Westbrook. Abriendo mi
apartamento, sostuve la puerta abierta y señalé.
39
—Al final del pasillo, primera puerta a la derecha. No curiosees.
Aparté mi mirada de él mientras caminaba, sin querer notar que el
sastre había hecho un trabajo tan bueno en la parte posterior como el que
tenía delante.
Mientras esperaba con impaciencia, sosteniendo la puerta de entrada
abierta, sonó un teléfono celular desde algún lado. Eché un vistazo a la
cocina antes de darme cuenta de que venía del baño.
Unos minutos más tarde, Gray caminó por el pasillo. El timbre comenzó
de nuevo cuando llegó a donde estaba parada en la puerta. Se sacó el
teléfono del bolsillo y levantó un dedo.
—¿Qué pasa? —respondió—. ¿Está todo bien?
Parecía preocupado. A través del receptor, escuché a una mujer
hablando, pero no pude entender lo que decía. Así que escuché un lado de
la conversación.
—Nunca estoy demasiado ocupado para ti. ¿Qué está pasando?
Sus ojos se cerraron cuando la mujer habló de nuevo.
—¿Estás herida? ¿Qué pasó?
La ansiedad en su voz se instaló en mi pecho mientras escuchaba
nuevamente.
Se pasó una mano por el cabello.
—¿Quién estaba conduciendo?
Otra pausa.
Gray negó con la cabeza.
—¿Dónde estás? ¿Ya llegó la policía?
Más sonidos apagados a través del teléfono.
—Estaré ahí. No hables con nadie, Etta. Ni una palabra.
Se movió para finalizar la llamada y me miró.
—Cambio de planes.
—¿Qué pasó?
—Un amigo de la familia tuvo un accidente. Tiene setenta y siete años
y el doctor le quitó la licencia el año pasado. Ella todavía conduce de todos
modos. Necesito llegar a Queens.
—Vámonos.

40 ***

Gray miró por la ventana mientras nos dirigíamos a Queens.


—Todo va a estar bien. Le darán una multa por conducir sin licencia.
Asintió.
—¿Cuál es su nombre? ¿Dijiste Etta? Recuerdo que la mencionaste
algunas veces.
—Abreviatura de Henrietta. Pero no la llames así. Lo odia. Etta podría
tener setenta años, pero todavía da miedo como una mierda.
Empecé a reír hasta que me di cuenta de que no estaba bromeando.
—¿Quién es ella?
—Fue ama de llaves de mi padre durante casi treinta y cinco años.
Cuando era pequeño, solía cuidarme, básicamente me crió porque mi padre
nunca estuvo cerca.
—Oh. Guau. ¿Y vive en Queens?
—Sí. En uno de los edificios de alquiler que poseía mi padre. Él no hizo
bien a la mayoría de las mujeres, pero se ocupó de Etta.
Dos carros de policía estaban estacionados diagonalmente en la calle,
rodeando el accidente cuando nos detuvimos. Los técnicos de emergencias
médicas levantaron a un caballero mayor en una camilla hacia la parte
trasera de una ambulancia.
Gray saltó del automóvil casi antes de que nos detuviéramos y corrió
hacia el auto de Etta. Seguí detrás tan rápido como pude. La puerta del lado
del conductor estaba abierta, y ella estaba sentada detrás del volante con
las piernas sobresaliendo del automóvil. Un oficial estaba parado junto a
ella, escribiendo algo en su pequeño bloc de notas.
—Etta. ¿Estás bien?
—Estoy bien, Zippy. No quería tener que llamarte. Simplemente no
estaba segura de si necesitaría ayuda con la policía.
¿Zippy?
Grey se arrodilló y miró a Etta. Parecía estar evaluando su salud.
—¿Le dieron atención médica? —le preguntó al oficial.
—Los paramédicos la revisaron. Todo estaba bien, y ella no quería ir al
hospital.
—¿Te duele algo? —le preguntó.
—Nada que no haya dolido antes.
41
—De todos modos, debes ir al hospital, Etta. Solo como precaución.
Ella lo desechó con la mano.
—Disparates. La gente de mi edad ingresa en el hospital por unos pocos
puntos y termina muerta una semana después de una infección por
estafilococo que contrajeron allí.
—¿Te golpeaste la cabeza o algo así?
—Fue un toque ligero. Mi Henry solía hacer más daño golpeando mi
cabeza contra la cabecera en el día. El hombre era un león.
El oficial enarcó las cejas y sacudió la cabeza con una sonrisa.
Etta levantó los ojos hacia mí.
—Hablando de golpes en la cabecera, ¿quién tenemos aquí?
—Esta es Layla Hutton. Ella es...
Di un paso adelante.
—Soy la abogada de Gray.
Los ojos de Etta brillaron.
—Layla. Es muy agradable conocerte, querida. —Se giró hacia Gray—.
Y luce muchísimo mejor que el imbécil que te dijo que tomaras ese mal trato.
—Sí, es cierto, —dijo Gray—. ¿Qué pasó con el accidente, Etta?
—Estaba de camino a casa después de recoger una nueva Guía de TV.
Creo que el cartero está robando la mía.
Gray interrumpió.
—¿A las seis y media de la mañana?
—Cuando llegas a mi edad, Dios deja de requerir sueño para no tener
que perder el poco tiempo que te queda.
Gray respiró hondo y cerró los ojos por un momento. Me di cuenta de
que estaba frustrado y molesto, pero hizo todo lo posible para no mostrarlo.
—Continua. Cuéntame sobre el accidente.
—No hay mucho que contar. Me detuve en la señal de stop en la
esquina, y un tipo que no debía haber tenido licencia me chocó.
El policía dejó de escribir en su bloc de notas y apuntó con su pluma a
Etta.
—Tenía una licencia, Sra. Bell. A diferencia de usted.
—Lo que sea. —Etta puso los ojos en blanco.
Dirigí mi atención al oficial.
—¿Podríamos hablar por un minuto?
42
El policía inclinó su cabeza hacia su auto patrullero.
—Por supuesto. Solo déjeme llamar para avisar que la ambulancia está
a punto de salir.
Me llevó diez minutos convencer al oficial para que no le emitiera una
boleta a Etta. Tuve que decirle que tenía problemas para recordar que ya no
tenía licencia y prometerle que me llevaría las llaves tan pronto como la
llevara a casa.
Caminé de regreso al automóvil con el informe del policía en mi mano.
—Lo va a dejar pasar esta vez. Pero tiene que obtener una licencia o
dejar de conducir, señora Bell.
—Llámame Etta. Y tenía licencia por más años que los que lleva vivo
ese idiota. Y el oculista que me delató al DMV, también, para el caso. Creo
que, si una persona va a quitarte la licencia o darte una multa, al menos
deberían tener la decencia de tener más de treinta.
Gray negó con la cabeza.
—Gracias por cuidar de eso. Parece que su auto todavía es manejable.
Es solo una abolladura en el parachoques trasero. Por qué no conduzco Etta
a casa, y puedes seguir con mi chofer.
—Claro. —Eché un vistazo a la hora en mi teléfono—. No vamos a llegar
a tiempo a nuestro vuelo.
—Llamaré a la aerolínea y veremos si podemos pasar al siguiente
cuando lleguemos a casa de Etta.
Cuando volví a acomodarme en el auto y le hice saber al conductor lo
que estaba sucediendo, me di cuenta de que no había ninguna licencia o
información de licencia de alquiler de autos en la parte posterior.
—Umm... discúlpeme, ¿trabaja para un servicio de autos?
—No, trabajo para el Señor Westbrook. Mi nombre es Al, señora.
Gray solo había sido liberado hace dos semanas. Lo había verificado
—Hola, Al. ¿Cuánto tiempo ha trabajado para el Señor Westbrook?
El conductor me llamó la atención en el espejo retrovisor. Era un
hombre mayor, con el cabello plateado, probablemente en sus sesentas.
—He entrado y salido durante ocho años.
—¿Entrado y salido?
—Sí, señora. Mientras el Señor Westbrook estaba... fuera de la ciudad...
Hice un poco de conducción independiente. Pero ahora que ha regresado,
he vuelto.
43 No sé por qué, pero lo encontré interesante. Gray había estado en
prisión durante tres años, apenas habían pasado dos semanas, y ya estaba
salvando a su antigua niñera de una multa y volviendo a contratar a su
chofer.
La casa de Etta estaba a solo unas pocas cuadras del accidente. El
chofer se detuvo en la acera mientras Gray aparcaba en el camino de
entrada. Salí para ver qué podía hacer para ayudar.
Resultó que Etta no necesitaba mucha ayuda. Abrió la puerta de su
automóvil y salió antes de que Gray pudiera apagar el motor y correr para
ayudarla.
Entramos a su casa juntos.
—Toma una taza de té conmigo, Layla —dijo.
Gray cerró la puerta principal detrás de nosotros.
—¿Qué? ¿No estoy invitado para el té?
—Estás invitado a hacer el té. Dejó de ser un invitado en mi casa
cuando estaba en pañales. Ahora cuida tus modales y ve a poner la tetera.
Sírvenos algo para tomar con nuestro té. Creo que hay algunos biscotti en
el armario a la izquierda del refrigerador.
Gray miró a Etta hacia mí y luego a Etta.
—Bien.
Me pareció divertido cómo una presencia tan grande y dominante como
Gray se transformaba fácilmente en algo totalmente diferente por esta
mujer. Sus interacciones eran interesantes, por decir lo menos.
Etta se acercó a una silla que estaba frente a un sofá.
—Ven querida. Siéntate. No tenemos mucho tiempo.
Algo me dijo que no quería decir que el tiempo era limitado porque Gray
y yo teníamos que irnos a trabajar. Curiosamente, tomé asiento frente a ella.
Me sonrió cálidamente antes de comenzar a hablar.
—Vamos a sacar lo obvio del camino. Gray puede ser un verdadero
imbécil.
Mis cejas saltaron.
—Wow. —Me reí—. No estoy segura de lo que esperaba que dijeras, pero
ciertamente no era eso.
—Pasé la edad en la que te paras a pensar si es apropiado decir algo o
no hace mucho tiempo.
—Soy consciente de eso. En realidad, soy bastante directa.
—Lo sé. Esa es una de las cosas que atrajo a Zippy al principio.
44 Por su reacción sospeché cuando nos presentaron que sabía algo sobre
mí, y algo sobre mi historia con Gray.
—¿Gray te habló de mí?
Abrió el cajón de la mesita contigua y sacó un grueso paquete de sobres
con bandas de goma.
—Estabas en todas las cartas desde el día en que entró a la biblioteca
y te vio. No puedes visitar a un prisionero a menos que to incluyan en su
lista de visitantes. La pequeña mierda no agregaría mi nombre; él no quería
que lo viera en esa luz. Pero me escribió todas las semanas.
—No lo sabía. Eso es muy dulce.
—De eso es de lo que quería hablarte. Grayson es dulce. Tomó algunas
malas decisiones, no tuvo los mejores modelos a seguir en la vida, pero no
es el hombre que crees que es.
—No quiero ser irrespetuosa, Etta, pero ¿cómo sabes quién creo que
es?
Asintió con una sonrisa.
—Estuve casada por más de cuarenta años antes de que mi Henry
falleciera. —Miró hacia un cuadro de boda enmarcado en la pared, y sus
ojos se suavizaron—. Era un hombre encantador. Podría quitarle los
pantalones a cualquier mujer. Esta mujer incluida. Nos conocimos en The
Plaza Hotel, literalmente nos encontramos en el vestíbulo. Él era nuevo en
la ciudad, y los dos nos llevamos bastante bien. Me dijo que nunca antes
había tenido una novia seria. Alrededor de un mes después de que nos
volviéramos inseparables, descubrí que había estado casado. Yo diría que
era una novia lo más seria posible, ¿no?
—Absolutamente.
—De todos modos, para abreviar, dejé de ver a Henry después de
descubrir que me había mentido. Más tarde, descubrí que Henry había
tenido un accidente automovilístico con su esposa. Él estaba al volante, y
ella había muerto en el accidente. Solo habían estado casados unas
semanas. Él se hizo responsable de eso, a pesar de que el accidente no fue
su culpa. Incapaz de sacudir los recuerdos en la pequeña ciudad en la que
habían vivido, se había trasladado a Nueva York, donde había crecido, y
había dejado todo atrás. Era demasiado doloroso para él hablar, así que solo
fingió que nunca sucedió.
—Eso es tan triste.
Lo es, ¿verdad? Lo mejor que hice fue darle una oportunidad a Henry y
escucharlo. Me había mentido. Pero a veces las personas dicen mentiras por
razones distintas a la verdad. A veces esas mentiras son para protegerse a
sí mismas.
45
—No lo sé, Etta. La esposa de Gray no murió. No puedo imaginar qué
razón podría tener para justificar una mentira así. No era como si
tuviéramos una relación normal. No pudimos salir a cenar o al cine. Todo lo
que tuvimos fueron conversaciones largas y verdad. Es por eso que
realmente me dolió cuando descubrí que estaba casado. Pasé todos los
sábados visitándolo por un año después de que mi asignación de docencia
de seis meses había terminado. Tuvo todas las oportunidades para hablar
conmigo. —Respiré hondo—. Además, he seguido adelante. Honestamente,
me llevó mucho tiempo hacerlo. Pero lo hice. Y ahora estoy saliendo con un
tipo genial.
Ella se acercó y palmeó mi rodilla.
—Muy bien, cariño. No quiero molestarte. Solo quería que supieras que
conozco al hombre toda su vida. Y es tan leal como es posible. De hecho,
eso fue lo que lo metió en problemas. Eres tan adorable como dijo en sus
cartas. Espero que estés feliz, cariño.
Gray entró con dos tazas de té y vio nuestras caras serias.
—Oh Jesús. No creas nada de la mierda que Etta te dice.
Etta lo regañó por su uso de la palabra mierda, pero vi la luz en sus
ojos cuando habló. Ella amaba al hombre ferozmente.
Nos sentamos y tomamos el té con Etta antes de que Gray dijera a
regañadientes que teníamos que irnos. Él la abrazó y le dijo que volvería a
visitarla durante el fin de semana.
Cuando llegó el momento de despedirme, ella me abrazó.
—Fue maravilloso conocerte finalmente, Layla.
—A ti también, Etta.
—Gray, ¿te importaría sacar mi guía de TV del auto antes de irte?
Una vez que estuvimos solas otra vez, me apretó la mano.
—Veo la forma en que te mira. Él se preocupa mucho por ti. Estoy feliz
por ti de que hayas avanzado. Pero conozco a mi Zippy; él es fuerte de
voluntad. No avanzará si cree que tiene la más mínima posibilidad de
arreglar las cosas contigo. Acaba de perder tres años de su vida que no
merecía perder. Si lo tienes en tu corazón, solo escúchalo. Deja que
finalmente te cuente su historia. Ver que no estás interesada después de
saber todo puede ayudarlo a seguir adelante también. Ha perdido suficiente
tiempo.

46
6
Layla
—Gracias por esta mañana —dijo Gray mientras tomábamos asiento
en el avión, uno al lado del otro, en primera clase.
Supuse que era otro detalle en mi itinerario que Gray había elegido
arreglar, porque la asignación de asiento que mi asistente había
proporcionado estaba en la fila veintitrés. Al menos, de este cambio no me
quejé.
—En cualquier momento. Etta es genial. Ella se preocupa mucho por
ti.
—Es más como una madre para mí que la que tenía. La mayoría de mis
47 maestros en la escuela primaria pensaban que ella era mi madre después
de que mi mamá murió. Etta fue la única que se presentó a las conferencias
de padres y maestros y conciertos de coro. Mi padre nunca lo hizo.
Me sentí suavizarme, volviendo al tipo de conversaciones de corazón a
corazón que habíamos tenido por más de un año. No quería ser mala cuando
hablaba tan bien de una mujer que obviamente era importante para él, pero
tampoco quería que usara esta situación para volver a estar conmigo.
Ofreciendo una sonrisa comprensiva, me volví para mirar por la
ventana. Gray podría ser un montón de cosas, pero en la parte superior de
la lista, era perspicaz. Tomó la indirecta, y los dos estuvimos en silencio por
el resto del abordaje y despegue. Me había traído mis auriculares y había
planeado ponérmelos para evitar una pequeña charla con Gray, pero
después de esta mañana, se sentía más rudo de lo que quería.
Quince minutos después de alcanzar nuestra altitud de crucero, se
movió en su asiento para mirarme.
—Ahora que tus opciones son saltar treinta y cinco mil pies o
escucharme, quiero explicarme.
Estábamos en la fila dos, así que podía ver la puerta del avión. Lo miré.
—Dame un minuto; estoy sopesando mis opciones.
Sonrió antes de que su rostro se pusiera serio.
—No voy a irme por las ramas con lo que tengo que decir. He estado
esperando mucho tiempo para sacarlo de mi pecho.
Nuestras miradas se quedaron atrapadas, y leyó mi silencio como un
permiso para proceder.
—Estuve casado. Brevemente. Pero técnicamente, no te mentí cuando
me lo preguntaste. Anulé el matrimonio. Lo que significa que nunca existió.
Sentí una repentina y abrumadora oleada de náuseas. En algunas
ocasiones, pensé en volver y confrontarlo por su mentira, pero estaba tan
dolida y me sentía tan estúpida por enamorarme de un tipo que estaba en
la cárcel.
Había sido un año de malas elecciones para mí, y había llegado al punto
en el que dudaba de todas mis decisiones. Si Gray hubiera sido un tipo
normal con quien estaba saliendo, y hubiera descubierto que estaba casado,
habría marchado a su casa para cantarle las cuarenta respecto a sus
mentiras. Pero con Gray, en el fondo creo que tenía un poco de miedo de
darle la oportunidad de explicarse. Mi corazón se había enamorado rápido
y duro, pero mi cabeza seguía gritando que era una mala idea.
—Ella firmó como tu esposa en el registro de visitantes.
—No puedo explicar eso sino diciendo que cuando hice mi lista de
visitantes, las cosas eran muy diferentes, y ella todavía era mi esposa.
48
—¿Por qué no simplemente me dijiste que estabas casado, y el
matrimonio había sido anulado, cuando te pregunté si alguna vez estuviste
casado? También me dijiste que nunca antes habías tenido una relación
seria. Creo que el matrimonio califica como bastante serio.
Gray pasó sus dedos por su cabello.
—Tenía miedo.
—¿Por qué? Ser divorciado o anular un matrimonio no me hubiera
asustado. Pero que me mintieras y me hicieras sentir como si hubieses
jugado conmigo por más de un año... eso fue horrible.
—Lo sé. Recibí ese mensaje cuando devolviste mis cartas sin abrir y
dejaste de visitarme.
—No entiendo. ¿Por qué tenías miedo de decirme todo esto?
—Porque harías preguntas, y no quería explicar lo idiota que era. Sabía
que estabas asustada acerca de lo que estaba pasando entre nosotros, para
empezar. Enfrentémoslo, me conociste mientras estaba en la cárcel. La
baraja ya estaba contra mí.
Miré por la ventana por unos momentos mientras los pensamientos
giraban en mi cabeza. ¿Le creo? ¿Importa si lo hago? ¿Qué hubiera pasado si
hubiera sido honesto conmigo hace un año? ¿Dónde estaríamos hoy? ¿Qué
hay de Oliver?
Una parte de mí no quería escuchar la historia de Gray. La mujer en
mí no quería darle la oportunidad de aclararlo todo. Nunca más volvería a
confiar en él de todos modos. Había roto más que mi confianza; había roto
mi corazón.
Pero el abogado en mí necesitaba llegar al fondo de lo que había pasado.
Y si iba a trabajar con él, necesitábamos pasar este desastre. De lo contrario,
habría algo pendiente de nosotros para siempre. Etta parecía pensar que
ayudaría a Gray a seguir adelante si pudiera contar su historia y ver que no
cambiaba las cosas entre nosotros. Tal vez los dos necesitábamos que
finalmente lo hiciera.
No podría poner más tensión en nuestra relación para escuchar y
aceptar su disculpa.
Respiré profundamente, puse mi cara de póquer, cambié de posición
en mi asiento y le presté a Gray toda mi atención.
—Comienza desde el principio.
Gray me estudió por un momento y luego asintió.
—Max y yo comenzamos la compañía de inversión juntos.
49 —Me contaste sobre él. Dijiste que tu compañero te engañó.
Negó con la cabeza y cerró los ojos.
—Max no es un él. Asumiste eso y te dejé hacerlo al evitar decirte la
verdad. Max es una mujer. Ella fue mi compañera y mi esposa por un
período de tiempo.
—¿La socia que te embaucó fue tu esposa?
Gray miró hacia abajo.
—Sí. No vi nada de eso.
—¿Cuánto tiempo estuviste casado?
—Suficiente tiempo para joderme la vida. —Hizo una pausa—. Dos
años después de que comenzamos la firma, ya estábamos gestionando más
de medio billón de dólares en inversiones. Cuando cerramos la cuenta más
grande que habíamos conseguido, Max y yo hicimos un viaje a la República
Dominicana para celebrar. Ambos éramos adictos al trabajo. Pasábamos
doce horas al día juntos, pero las cosas entre nosotros fueron estrictamente
comerciales hasta ese viaje.
—Bien.
—Celebramos durante un fin de semana largo, y la mierda pasó entre
nosotros. La noche antes de regresar, nos emborrachamos y terminamos
casándonos. Fue algo de lo más espontáneo, o al menos en ese momento
pensé que lo era. —Gray negó con la cabeza—. No tenía idea de que era el
comienzo de una puesta en escena que literalmente me robaría años de mi
vida.
—¿Y lo anulaste cuando llegaste a casa?
—No. Eso es lo que debería haber hecho. Pero en cambio, comencé a
sentirme feliz con la idea de estar casado. Trabajaba largos días y no tenía
el tiempo o el deseo de tener una relación. Cada vez que salía con una mujer,
sería sincero sobre no querer un compromiso. Dirían que estaban bien con
eso, pero eso siempre cambiaba después de unas pocas citas. Estar con Max
lo hizo fácil.
—¿La amabas?
—No lo sé. Pensé que lo había hecho. No tanto como a una esposa, sino
como una compañera y amiga, al menos.
—¿Cuánto tiempo te quedaste casado?
—Casi dos años.
—Me dijiste que tu socio te embaucó y aceptaste un acuerdo de
culpabilidad porque la evidencia era tan fuerte contra ti que podrías haber
obtenido diez años más que el trato que te ofrecieron. ¿Entonces sabías que
era ella y no podías probarlo?
50
Gray soltó una respiración profunda.
—Tomé el trato por ella. Es una larga historia. Pero ella hizo parecer
que uno de los tipos que trabajaba para nosotros nos había embaucado a
los dos. Ambos estábamos siendo investigados. Fui acusado primero. La
suya supuestamente estaba en camino. Tomé el trato porque nuestro
abogado dijo que había una buena posibilidad de que ambos obtuviéramos
más de diez años. Habría corrido el riesgo por mí. Era jodidamente inocente.
Pero no podía dejar que Max, mi esposa, fuera a prisión. Mi abogado pudo
negociar un acuerdo en el que pagaría un par de años si me echaba la culpa
de todo. Max obtuvo inmunidad judicial. —Negó con la cabeza—. La traición
no viene de tus enemigos. Viene de las personas que te importan.
Mis ojos se agrandaron.
—¿Entonces aceptaste un acuerdo para que la persona que te embaucó
no fuera a la cárcel?
Sonrió tristemente.
—¿Qué tal la ironía?
La emoción surgió dentro de mí. Tristeza. Culpa. Enfado. Lástima.
Sorpresa. Miedo. Tenía miedo de creerle, aunque en el fondo, sabía que me
estaba diciendo la verdad.
—Podrías haberme dicho…
—Estaba avergonzado. Y, para empezar, estabas nerviosa acerca de
acercarte demasiado a mí. No quería asustarte con nada de esta mierda,
una ex esposa, qué ingenuo fui. Solo quería seguir con mi vida y no mirar
hacia atrás nunca más.
—¿Cuándo te diste cuenta de que fue Max quien te embaucó?
—Alrededor de un mes después de comenzar mi sentencia, un amigo
mío vino a visitarme. Había estado en el metro y había visto a Max, pero ella
no lo había visto. Estaba demasiado ocupada chupando la cara de Aiden
Warren.
—¿Así que sospechaste porque ella te estaba engañando?
—Aiden Warren era el hombre que pensábamos nos había embaucado.
Mis ojos se abrieron de nuevo.
—Mierda. ¿Entonces los dos te inculparon juntos?
—Más de diez millones de ganancias provenientes de operaciones con
información privilegiada entraron y salieron de una cuenta con mi nombre,
ninguna de ellas se encontró ni recuperó. Hice que mi amigo contratara a
un investigador y cavara sobre Aiden. Al parecer, los dos habían sido pareja
desde antes de que lo contratara como empleado.
51 —¿Puedes probar todo esto? ¿Consultaste con tu abogado acerca de
retirar la declaración de culpabilidad?
—Mi abogado dijo que es difícil anular una declaración de culpabilidad
una vez que has sido condenado, incluso más difícil después de que
cumpliste la sentencia. Tenemos algunas pruebas, y todavía estoy
trabajando en ello, pero ni siquiera estoy seguro de querer perder el tiempo
luchando esa batalla.
—Pero lograr que se anule significa que no tendrás la batalla cuesta
arriba para recuperar tu licencia de la Serie 7.
—Lo sé —asintió—. Tuve treinta y nueve meses para hacer nada más
que pensar en mi vida. Nací con dinero. Mi padre tenía una empresa de
inversión exitosa, y estaba en camino de seguir sus pasos. Siempre
trabajando. Nunca en casa. Ninguna cantidad de dinero era suficiente. Me
casé con una mujer porque era conveniente para mi trabajo. Mi padre no
eligió a las mujeres con las que trabajó. Después de que mi madre murió,
escogió mujeres a las que no les importaba si él estaba en casa y eran felices
gastando su dinero. Pero finalmente se aburrirían de estar solas, y él se
divorciaría nuevamente. Se había casado cinco veces para cuando tenía
cincuenta. Murió solo de un ataque al corazón a los cincuenta y nueve años
mientras cumplía mi último mes en prisión.
—Lo siento.
Gray me dio una sonrisa triste.
—Gracias. Esos años en Otisville me hicieron darme cuenta de que no
quiero terminar como él. El mercado quema a la gente de todos modos,
estaba a mitad de camino. Mi padre me dejó suficiente dinero para pagar la
restitución y aun así crear mi propia empresa. Tengo la oportunidad de
comenzar de nuevo y voy a aprovecharla.
—Vaya. Parece que realmente has buscado mucho en el alma.
—Es increíble qué años de no tener nada que hacer, sino reproducir tu
vida una y otra vez en tu cabeza, haga que te des cuenta de lo que es
importante.
Me dolió el pecho por él. Si todo lo que decía era verdad, lo que mi
instinto me decía que así era, había perdido tres años de su vida, su negocio,
su padre, y había sufrido la traición definitiva de la mujer con la que se
había casado y en la que obviamente confiaba. Sin embargo, no parecía
amargado. Mientras que el dicho es que cuando la vida te da limones, haces
limonada, estoy bastante segura de que usaría los limones para pegarle a la
gente en la cabeza si estuviera en su lugar.
Me apoyé en el reposabrazos entre nosotros. Grey se acercó y acarició
suavemente mi brazo.
—Lamento haberte lastimado, Layla. Sé que tomará tiempo para que
52 confíes en mí. Pero voy a ganármelo.
No supe cómo responder, así que elegí no hacerlo. Aunque quitar mi
brazo del apoyabrazos probablemente dijera más de lo que cualquier palabra
podría hacer.
El pesar nubló sus ojos.
—¿Amas a este chico Oliver?
—Es un buen tipo. Estamos bien juntos.
Buscó mi rostro.
—No escuché la palabra amor.
—No importa. —Agité mi mano hacia adelante y hacia atrás entre los
dos—. No vamos a pasar, Gray.
Una lenta sonrisa se extendió por su hermoso rostro.
—Sí lo haremos. Puedes pelear todo lo que quieras. —Apoyó su rostro
en el mío.
Nuestras narices prácticamente se tocaron. Mi cuerpo hormigueaba
sintiendo su aliento caliente sobre mi piel.
—De hecho, quiero que pelees. Lucha con uñas y dientes. Lo hará
mucho mejor para los dos cuando finalmente te rindas.
7
Gray
Fue imposible concentrarse todo el día.
La mitad del tiempo, miré a Layla a través de la mesa mientras ella
hablaba, sin escuchar ni una palabra, pero sabiendo que cada vez que
pronunciaba una zeta, podía ver su lengua húmeda y rosa mientras se
asomaba entre sus brillantes labios pintados de rojo y sus dientes blanco
nacarado. Cuando sonreía a medias, siempre era con el lado izquierdo, y las
más pequeñas patas de gallo abollaban su piel de porcelana.
Afortunadamente, uno de mis dos socios tenía la capacidad de
concentrarse. Franklin Marks había sido un asociado vitalicio de mi padre
y tenía sesenta y tantos años. Asociarse conmigo para comenzar esta
53
empresa de capital de riesgo fue un pasatiempo para él. Ya tenía más dinero
del que las próximas dos generaciones de niños Marks podrían gastar.
Franklin trajo a la mesa años de experiencia en finanzas, del tipo que no se
enseñaba en los programas de maestría de la Ivy League. Estaba del lado
conservador, pero estaba bien porque ayudaría a equilibrar a Jason, mi otro
socio.
Jason y yo habíamos sido amigos desde niños. Confiaba mi vida en él.
A lo largo de los años, habíamos invertido juntos en pequeños proyectos
para divertirnos. Pero tenía cierta tendencia a arriesgarse, en los negocios y
en su vida personal. Trabajaba duro y jugaba aún más duro. Por eso lo llevé
aparte después de nuestra reunión para decirle que la abogada por la que
estuvo salivando todo el día estaba fuera de los límites.
Había planeado la reunión de hoy mayormente como una excusa para
viajar con Layla, tenerla a solas por un tiempo. Esta noche incluso me había
saltado la cena con mis socios, solo para tener unas pocas horas más en un
vuelo a casa juntos. Pero el viaje resultó ser productivo. Layla ahora tenía
todo lo que necesitaba para finalizar los acuerdos que necesitábamos, y
Franklin quedó tan impresionado con la forma en que nos manejó a los tres
todo el día, que le dijo que la llamaría para otro trabajo.
En el automóvil en el camino de regreso del aeropuerto, mi teléfono
sonó. Lo levanté para encontrar el mejor maldito texto que había recibido.
Incapaz de contener mi sonrisa, le mostré a Layla el mensaje de American
Airlines.
El vuelo fue cancelado.
—¿Qué? ¡No! —Ella agarró el teléfono de mi mano para verificar la
autenticidad de mis noticias—. ¿Nos reservaron un vuelo para mañana?
Necesitamos llamar. Debe haber un vuelo esta noche que podamos tomar.
Negué.
—Cuando retrasé nuestros planes debido al accidente de esta mañana,
mi asistente dijo que era el último vuelo del día.
—Eso es imposible.
—Volaremos desde Greensboro, no desde Atlanta. No hay vuelos dentro
y fuera cada tres minutos todo el día y la noche.
Sacó su propio teléfono y revisó en internet para verificarlo. Mientras
hacía su inútil intento de escapar de mi compañía, aproveché la oportunidad
para buscar un hotel cercano con un buen restaurante, preferiblemente algo
romántico.
Me había alojado en el Hotel O. Henry antes. Era muy agradable, y
recordé pasar a un restaurante contiguo. Llamando por mi teléfono, revisé
las fotos. El hotel se veía tan bonito como lo recordaba, y mejor aún, el
54 restaurante parecía tranquilo, con un ambiente agradable. Layla todavía
estaba buscando cuando reservé dos suites.
Ella bufó.
—No puedo creer que realmente no haya otro vuelo esta noche.
—Nos reservé habitaciones en un hotel en el que me he alojado antes.
—Dejé pasar el hecho de que había pedido que estuvieran una al lado de la
otra.
—Ni siquiera tengo una muda de ropa o un cepillo de dientes.
—Hay un pueblo comercial al otro lado de la calle, un centro comercial
al aire libre con cadenas de tiendas y un restaurante en el hotel.
Frunció el ceño.
—¿Al menos puedes pretender que no estás feliz con esto? Tu sonrisa
realmente me está molestando.
—Me prometí a mí mismo que si conseguía que me volvieras a hablar,
nunca existiría otra mentira. Así que ni siquiera estoy escondiendo que estoy
jodidamente emocionado de que estemos atrapados aquí.
Le dije al conductor que nos llevara al Hotel O. Henry, y Layla llamó a
su oficina para informarles sobre el cambio de planes. Cuando llegamos a
la recepción, ya era bastante tarde, y las tiendas iban a cerrar pronto.
—Deberíamos correr a las tiendas antes de que cierren.
—Bueno.
La primera tienda en la que tropezamos resultó ser Victoria's Secret.
Me sentí como si hubiera salido con esta mujer por más de un año, sin
embargo, no tenía idea de qué tipo de lencería era su favorita. Si hubiera
tenido la esperanza de descubrirlo pronto, ese pensamiento fue rápidamente
aplastado.
Se detuvo frente a la tienda.
—¿Por qué no vas a buscar lo que necesitas? No necesito ayuda aquí.
—¿Estás segura? Es posible que necesites una segunda opinión
cuando estés en el probador.
Señaló hacia un Gap.
—Ve.
Sonreí.
—Nos registraré después de tomar algunas cosas y nos encontraremos
en el hotel.
Ella abrió la puerta de la tienda.
—Puedo registrarme sola.
55 Le hablé mientras me alejaba.
—Mi color favorito es el rojo…
Al menos no me mostró el dedo. Progreso.

***

Sabía que se llamaba Layla porque su madre había sido una gran fan
de Clapton. Sabía que en tercer grado había tenido una pelea con un chico,
le había dado un puñetazo y le había roto la nariz. Sin embargo, nunca la
había visto en jeans o compartido una comida decente con ella. Me senté en
el bar del restaurante, disfrutando de la vista de sus caderas bien formadas
que se deslizaban hacia adelante y hacia atrás, vestida con mezclilla
apretada mientras caminaba hacia mí.
—No me mires así.
Bebí el whisky escocés y la soda que había pedido. Otra cosa que me
había perdido.
—¿Mirarte cómo?
—Ya sabes.
—¿Como si prefiriera comerte para la cena que cualquier cosa en el
menú en este lugar?
La anfitriona se acercó para decirme que nuestra mesa estaba lista,
reduciendo la respuesta malvada que Layla había estado a punto de
entregar. Eso me decepcionó.
Me levanté y tendí mi mano.
—Después de ti.
Entrecerró los ojos.
—Bien. Pero no mires mi trasero.
Como si hubiera la oportunidad de que surgiera una bola de nieve en
el infierno de que eso sucediera.
Una vez que estuvimos sentados, Layla pidió vino, y rechacé una
segunda bebida. Tres años sin alcohol disminuyeron mi tolerancia, y quería
que mi mente se mantuviera clara como el cristal mientras pasaba tiempo
con esta mujer.
La miré a través de la mesa. Se sentía como una extraña de muchas
maneras ahora. Aún más extraña o no, me sentí más conectado con ella que
cualquier otra persona en mi vida. Había una cadena entre nosotros, y
mientras ella intentaba cortarla, planeaba seguir tirando.
56 —Entonces... tus nuevos socios parecen agradables —ofreció.
—Sí. Ciertamente mejores que la última. —Sabiendo que mi tiempo a
solas con ella era limitado, mi mente solo tenía una pista—: ¿Cuánto tiempo
has estado viendo a cuello de lápiz?
Ella frunció el ceño, así que aclaré. Aunque pensé que era
perfectamente claro a quién me estaba refiriendo.
—El abogado con el que trabajas. ¿Su empresa no tiene una política
contra salir con compañeros de trabajo?
—Sabes que su nombre es Oliver. Y no es asunto tuyo cuánto tiempo
lo he estado viendo o qué políticas tiene mi empresa.
La camarera trajo el vino de Layla y tomó nuestra orden de cena. Ver a
Layla llevándose la copa a los labios y seguir su esbelta garganta mientras
tragaba era una visión extraordinaria.
Captó la mirada en mi rostro y se movió en su asiento.
—Tienes razón —le dije—. Cuantos menos detalles conozca, mejor.
Mientras no estés follándolo.
—Dormiré con quien quiera.
—¿Has dormido con alguien desde que comenzamos a tener citas?
Se burló.
—¿Citas? ¿Así es como llamas a mi servicio comunitario obligatorio que
me obligó a trabajar contigo?
—No. Pero así es como llamo a las tres horas que pasamos juntos cada
semana antes de que “fuera hora” de tu servicio comunitario obligatorio. Y
todos los sábados que pasamos juntos cuando ya no tenías que venir. Y las
largas cartas que intercambiábamos todas las semanas. Por supuesto que
no era lo ideal, no podía compartir un vino contigo ni invitarte a cenar o
desvelarte al final de la velada, pero aún así lo consideraba citas.
—Lamento decir que estás solo en eso.
Sabía que estaba mintiendo. Ella había estado allí conmigo. Pero era
más fácil seguir adelante si no admitía la verdad.
—Cuéntame acerca de tu trabajo. ¿Cómo están las cosas para ti ahora?
Cuando estábamos... —sonreí— ...saliendo, estabas en un terreno inestable.
Supongo que las cosas funcionaron bien ya que todavía estás allí.
—Facturé tres mil horas el año pasado, más que cualquier otro
asociado por al menos doscientas horas. Hice financieramente estúpido que
se deshicieran de mí.
Hice algunos cálculos rápidos.
57 —Tres mil horas son sesenta horas a la semana de facturación.
Considera las horas de almuerzo y traslado, un par de descansos en el baño,
y debes haber estado trabajando doce horas al día, siete días a la semana.
—Lo hice. Este año me he reducido a seis días, así no me voy a quemar.
—Al menos eso te dejó poco tiempo para tener citas.
Rodó sus ojos antes de tragar el resto de su vino. Terminar la copa
pareció relajarla un poco. La conversación se hizo menos adversa.
—Entonces, has estado fuera por qué, ¿dos semanas?
—Quince días. Necesitaba poner algunas cosas en orden antes de
aparecer en tu empresa. Estuve fuera de la ciudad por una semana,
ocupándome de algunas cosas para mi padre.
—Lamento nuevamente tu pérdida. Eso debe haber sido duro para ti.
—Mi padre y yo tuvimos una relación tensa. Pero sus últimos deseos
fueron honorables. Tuvo cinco esposas, pero quería ser enterrado con mi
madre.
—Ella murió cuando eras pequeño, ¿verdad?
—Sí. Cáncer de mama a los treinta y ocho. Fue enterrada en California
con su madre y su hermana, quienes murieron antes de los cuarenta por la
misma causa.
—Guau.
—Ella era florista, de hecho, conoció a mi padre cuando vino a enviarle
flores a su novia. —Negué con la cabeza—. Eso debió haber sido una
bandera roja allí para ella.
—¿Entonces lo enterraste junto a tu madre?
—Probablemente va a patearme el trasero algún día, pero sí. Hice esos
arreglos mientras todavía estaba encerrado.
Layla sonrió.
—Solo tenía nueve años cuando ella murió. Pero habían estado viviendo
separados por unos años ya. Aunque nunca se divorciaron. Ella decía que
él era el amor de su vida, y que cuando encontrabas tu único y verdadero
amor, no podías reemplazarlo, porque habías entregado tu corazón.
—Guau. Y supongo que él sintió lo mismo, dado que tuvo otras cuatro
esposas, ¿pero quería ser enterrado con ella?
—Supongo. No podrían estar juntos, pero nunca dejaron de amarse.
Nuestros ojos se encontraron, pero Layla rápidamente desvió la mirada.
—¿Así que fuiste a California para visitar su lugar de descanso? —
preguntó.
—Sí. Y plantar un jardín gigante.
58
Su frente se arrugó.
—¿Un jardín?
Me reí de la mierda que había hecho mi primera semana completa como
un hombre libre.
—Cuando se casaron, ella quería una casa en los suburbios. Él quería
estar cerca de su oficina y vivir en el penthouse que ya poseía. Acordaron
que se quedarían en la ciudad por unos años y luego se mudarían a
Westchester o Long Island. Ella tenía un gran plan para un jardín en el patio
para cuando eso sucediera, con todas sus flores y árboles favoritos.
Recuerdo que trabajaba en eso todo el tiempo. Estaba en un gran borrador
del tamaño de un plano, con todo tipo de detalles. Trabajó en él una o dos
veces por semana durante años, constantemente añadiendo cosas y
rediseñando. Después de que nos mudamos del penthouse de mi padre,
nunca volví a ver esos planos. Ella se enfermó poco después de que se
separaron.
—¿Así que le plantaste un jardín?
—No solo cualquier jardín, su jardín. El abogado de mi padre tenía esos
viejos planos con su testamento y documentos legales. Había guardado sus
planos durante todos estos años y había dejado instrucciones para contratar
a alguien que plantara el jardín donde estaban enterrados.
—Eso es extrañamente romántico.
—Me llevó una semana encontrar todas las cosas que quería plantar.
Mi cuello todavía está quemado por el sol al cavar esa cosa.
—¿Lo plantaste tú mismo?
Asenti.
—El plan era que mi madre y yo lo hiciéramos juntos. Nunca tuvimos
la oportunidad. Era lo menos que podía hacer. Y por mucho que despreciara
a mi padre por muchas cosas, espero que mis padres se reúnan y disfruten
juntos del jardín.
La camarera interrumpió trayendo nuestra cena. Después de que se
fue, Layla me estaba mirando divertida.
—¿Qué? —dije.
—Nada. —Negó—. Solo come y no hagas que me gusten más las cosas
que salen de tu boca.
Sonreí.
—Creo que te gustarían todavía más las cosas que puedo hacer con mi
boca.
59
8
Layla
Había estado callada desde que llegamos al aeropuerto. Mientras
esperábamos en el salón para comenzar el abordaje, me ocupé en mi
computadora portátil con correos electrónicos. Podría trabajar 24/7 y nunca
terminar de tener cosas de la empresa por hacer. Pero hoy, si fuera sincera,
mi cabeza se quedó abajo con la nariz enterrada en el trabajo porque no
quería hablar con Gray.
Anoche, habíamos planeado encontrarnos para desayunar antes de
nuestro vuelo. Pero después de horas de permanecer despierta,
concentrándome en el hombre que había visto la noche anterior,
sintiéndome como si me hubiera arrullado al ver al hombre que había
60 conocido hace dos años, un hombre que me había aplastado, necesitaba
usar mi cabeza en vez de mi corazón para poner las cosas en una perspectiva
adecuada.
Convenientemente, tuve un dolor de cabeza esta mañana y no me uní
a él para el desayuno. No necesitaba más tiempo personal a solas con Gray.
Acababa de recuperar mi capacidad de llevar mi vida por el buen camino, y
lo último que quería era volver a abrir viejas heridas.
Después de escucharlo, me sentí mal. Realmente lo hice. Pero me había
llevado casi un año seguir adelante, y ni siquiera habíamos llegado a lo
físico. La conexión que habíamos compartido era diferente a todo lo que
había experimentado alguna vez, y su mentira -técnica o no-, junto con su
pasado loco y el hecho de que ahora era un cliente, era demasiado.
No tenía un buen historial respecto a elegir al tipo correcto. Tampoco
mi madre. Y estaba decidida a no convertirme en ella, una mujer que pasó
su vida con un hombre que nunca fue realmente suyo, sin importar cuánto
sintiera la tentación de roerme.
Cuando nuestro vuelo de regreso a casa alcanzó la altitud de crucero,
saqué mi computadora portátil en un intento por ignorar a Gray.
Suavemente se acercó y lo cerró.
—Me va a salir demasiado caro si tengo que encerrarte a treinta y cinco
mil pies cada vez que quiera hablar contigo —dijo.
—Lo siento. Me pongo al día con algunas cosas a las que no llegué
anoche. ¿Querías hablar sobre su acuerdo de asociación?
Sacudió la cabeza.
Tomé una respiración profunda y exhalé audiblemente.
—Gray, estás comenzando una nueva compañía. Recuperaste tu vida.
Deberías seguir adelante. Estoy segura de que todo lo que tendrías que
hacer es chasquear los dedos para conseguir una cita. ¿Notaste la manera
en que la azafata te miraba cuando venía a darnos las toallas calientes? Ella
es atractiva. ¿Por qué no la invitas a salir?
Me lanzó una mirada molesta.
—¿Sales con todos los hombres de aspecto decente que están
interesados en ti?
—No. Pero estoy viendo a alguien.
—Él no es adecuado para ti.
—¿Y lo sabes basado en una cena en la que le faltaste el respeto, y se
vio obligado a ser educado contigo por su trabajo?
—No. Lo sé porque él no soy yo.
61
Nos embarcamos en una larga mirada. Tenía la sensación de que nada
de lo que había dicho en este viaje lo había disuadido en lo más mínimo.
—He seguido adelante, Gray. Tienes que aceptar eso si vamos a trabajar
juntos.
—¿Y si no estuvieras viendo al polla de lápiz?
—¿Pensé que su apodo era cuello de lápiz?
—Lo seguí al baño. Créeme, el cuello delgado es representativo de toda
su anatomía.
—Eres un idiota.
—No estás defendiendo su honor para decir que estoy equivocado. Lo
que significa que solo uno de nosotros ha tenido la desafortunada
experiencia de ver su pequeño pene, o sabes que es verdad y el tema es
indefendible.
—Creo que has perdido la cabeza. No voy a discutir sobre los genitales
de otro hombre contigo.
—Eso es bueno. Porque preferiría que discutiéramos el mío.
No pude evitar reír.
—En serio, Gray. ¿Qué tal si no discutimos respecto a la polla de nadie,
y en su lugar me dices qué más puedo hacer por ti, aparte de redactar el
acuerdo de asociación?
—No me puedes hacer la pregunta “¿qué otra cosa quiero que hagas
por mí?” y esperar una respuesta legítima.
—Veré mi fraseo en el futuro.
La cara juguetona de Gray se transformó en algo más serio.
—En realidad, hay una cosa que puedes hacer por mí.
—¿Qué cosa?
—Comencemos de nuevo. Sin mencionar el pasado ni nada.
Totalmente no era lo que esperaba que dijera.
—Bueno. Creo que es una gran idea. Lo revisamos y cerramos el caso.
Creo que seguir adelante con un borrón y cuenta nueva, si vamos a trabajar
juntos, es algo bueno. —Incliné la cabeza—. Aunque, estoy un poco
sorprendida de que lo sugieras ya que has pasado la mayor parte de las
últimas veinticuatro horas tratando de hacerme recordar lo que sucedió
entre nosotros en el pasado.
Mi mano izquierda había estado sentada en el apoyabrazos entre
nuestros asientos. Gray la cubrió con la suya y me miró a los ojos.
62
—Solo quería aclarar las cosas. Ya lo hice. Pero estoy dispuesto a
comenzar de cero para volver a ganarte.
—Gray…
—Te daré un poco de espacio ahora. Sé que lo necesitas. —Captó mi
mirada—. Pero ya no habrá más mentiras ni omisiones. Dicho eso, no hemos
terminado. Recién estamos comenzando. Porque lo que teníamos era real, y
lo real no desaparece, no importa cuánto lo desees.
9
Layla
2 años antes
—Cuéntame algo sobre ti que nadie más sepa.
Gray se rascó la barbilla. Habíamos estado sentados en la mesa de la
biblioteca durante horas, supuestamente preparándonos para la clase que
tenía que enseñar en una hora, que es la forma en que nos escapábamos
pasando tanto tiempo juntos los sábados durante las últimas ocho semanas.
—No como sandía —dijo.
Entrecerré los ojos.
63 —¿Cómo eso puede ser un secreto?
—No lo es. Pero nadie sabe la razón por la que no la como.
Apoyé los codos sobre la mesa.
—Continua…
Gray me señaló en señal de advertencia.
—Sin reírte.
—No estoy segura de poder hacer esa promesa.
Negó con la cabeza con una sonrisa fácil.
—En la guardería, mi maestra nos leyó Jack y las Habichuelas Mágicas.
Supongo que de alguna manera me llevó a pensar que cosas gigantes
podrían crecer a partir de las semillas, si se plantan en el lugar correcto. En
casa, tuvimos una sandía redonda en el mostrador de la cocina por un
tiempo, y un día mi madre decidió abrirla. Dijo que no tenía semillas, y no
vi ninguna de las semillas negras regulares, así que comí. En mi tercer
pedazo, le dije a mi mamá que me gustaban más las sandías redondas que
las ovaladas que generalmente compraba porque eran más crujientes.
—¿Era crujiente? ¿Tu sandía estaba mala?
—No, había pequeñas semillas blancas adentro que eran suaves, pero
los bordes tenían un crujido, sin saberlo mastiqué las semillas. Mi madre
las sacó de un pedazo y me las mostró. Dijo que eran inofensivas. Pero tenía
en la cabeza que una sandía gigante iba a crecer en mi estómago y
terminaría explotando. Todas las noches me acostaba y sacaba mi estómago
para ver si estaba creciendo. Y estaba tan seguro de que iba a suceder, que
creí ver que mi estómago se agrandaba.
Cubrí mi boca y me reí.
—Oh Dios mío. ¿Y dejaste de comer sandía después de eso?
Asintió.
—Llevo veinticinco años sin sandía hasta ahora.
—Eso es una locura.
Señaló.
—Y esa es la razón por la que nadie sabe por qué no como sandía.
Vi como los ojos de Gray vagaban por mi rostro, parpadeando hacia
mis labios, luego volvían a subir para mirarme a los ojos.
—Tienes pecas en la nariz —dijo—. Pero tratas de encubrirlas.
Levanté mi mano a mi cara.
—Aparentemente no estoy haciendo un muy buen trabajo.
—Me gustan. Me recuerdan que eres real. A veces, después de que te
64 vas, empiezo a preguntarme si te he imaginado.
Por alguna razón, eso hizo que mi corazón se hinchara.
Un guardia interrumpid asomando la cabeza para su control ocasional.
—¿Todo bien por aquí?
Saludé y asentí.
—Todo bien. Gracias, Marcus.
—Regresaré en media hora para el comienzo de la clase.
Mi rostro cayó. Las pocas horas a solas con Gray cada sábado se habían
convertido en el punto culminante de mi semana. Pero parecían ir cada vez
más rápido. Cuando me relajaba lo suficiente como para volver a
convencerme de que no estaba loca por comenzar a enamorarme de un
hombre que vivía en una prisión federal, resultaba que era hora de comenzar
las clases. Empecé a llegar tres horas antes cada semana, fingiendo la
necesidad de preparar el curso con Gray. Pero los dos realmente nos
sentábamos el uno frente al otro y nos conocíamos todo lo que podíamos en
el tiempo que teníamos. Era como una cita: pasaba tiempo extra
preparándome de antemano, sentía la adrenalina cuando entraba a la
habitación y quería saber más y más sobre él. La parte más difícil, sin
embargo, era tratar de ignorar nuestra conexión física. Siempre estaba
presente, y la semana pasada, nos aventuramos en un nuevo territorio
cuando Gray describió el beso que quería darme. Nunca supe que hablar de
ser físico podía ser tan erótico.
—Tu turno —dijo Gray.
Mi mente había saltado las huellas.
—¿Para qué?
Los ojos de Gray se posaron en mis labios, y la comisura de su boca
tembló como si supiera dónde se había metido mi cabeza.
—Tu turno de decirme algo que nadie más sabe.
Cuando no respondí de inmediato, volví a mirar y descubrí que la
sonrisa de Grey se había convertido en una sonrisa en toda regla. Negué con
la cabeza en un intento de aclararme.
—Ummm... —Pensé en algo que ni siquiera mi mejor amiga conocía,
pero podría ser demasiado loco como para compartirlo—. Tengo un
cuaderno yeahway.
Sus cejas se juntaron.
—¿Un qué?
—Un cuaderno yeahway. Bueno, en realidad, son más como siete
cuadernos yeahway ahora.
65
—¿Qué es exactamente un cuaderno yeahway?
—Es una lista de cosas que analizo para decidir si haré o no. No golpees
el nombre. Lo comencé cuando tenía siete años. Le pregunté a mi padre si
podíamos conseguir un perro, y me dijo que un perro necesitaba hacer
mucho ejercicio, ser limpiado con frecuencia y que era caro. Le dije que eran
buenos como perros guardianes y que me enseñarían de responsabilidad.
Se rió y me dijo que era un buen intento, pero los pros no superaron a los
contras. Entonces, esa noche, saqué un cuaderno nuevo, lo abrí a la primera
página y dibujé una línea en el medio. Escribí todos los pros y los contras
en los que podía pensar, y luego di otra oportunidad a mi padre. Por
supuesto, se me ocurrieron veinticinco pros y solo diez contras.
Gray sonrió.
—Ya veo que la abogada en ti salió temprano.
—Sí. Mi lista no cambió su opinión, pero mi madre lo hizo, así que
terminamos teniendo el perro de todos modos. Y descubrí que me gustaba
escribir los pros y los contras de las cosas. Como que me ayudaba a
organizar mis pensamientos.
—¿Para qué otro tipo de cosas haces listas?
—Cualquier cosa. Todo. ¿Debo besar a Danny Zucker en octavo grado?
¿Debo irme a la universidad? ¿Vale la pena gastar mil cuatrocientos dólares
en un par de botas de cuero?
Los ojos de Gray brillaron.
—¿Besaste a Danny Zucker?
Levanté mi mano izquierda y comencé a marcar los pros.
—Era popular. Tenía buenos labios. Tenía experiencia besando. —
Levanté la mano derecha y marqué los contras—. Su experiencia incluía
intercambiar saliva con... —Arrugué mi nariz—. Amanda Ardsley. —Hice
más contras—. Todo el mundo conocía a todas las chicas a las que había
besado antes, por lo que la gente probablemente sabría que yo también lo
hice. Gérmenes. Brakets. —Marqué mi último dedo en mi mano derecha y
sin expresión—. Halitosis.
Gray echó la cabeza hacia atrás en carcajadas.
—Supongo que el pobre Danny perdió.
Sonreí.
—Lo hizo.
—¿Fuiste a la universidad?
—Si. Esa fue probablemente mi lista más desigual. Las desventajas
66
incluían que extrañaría a mi madre y mis amigos. Y que tenía miedo. Los
pros llenaron una hoja por ambas caras.
—¿Botas? —dijo.
—Las usaré para ti la próxima semana.
Realmente me encantaron las pequeñas patas de gallo alrededor de sus
ojos cuando sonrió.
—¿Y guardaste todos los cuadernos donde haces estas listas de pros y
contras?
—Sí. Siete cuadernos completos que datan de hace casi veinte años. Se
han convertido en mi propia versión peculiar de un diario.
—¿Todavía lo haces? ¿Hacer listas?
Me mordí el labio inferior y debatí sobre decirle en el que había
empezado a trabajar la semana pasada.
—En ocasiones. Me resulta tranquilizador por alguna razón.
Sus ojos vagaron por mi rostro. El hombre tenía una extraña habilidad
para leerme. Me desconcertaba casi tanto como me parecía fascinante.
Cuando nuestros ojos se encontraron, supe que tenía la respuesta incluso
antes de hacer la pregunta.
—¿Has hecho una para involucrarte conmigo?

***

La clase había terminado hace diez minutos, pero todavía tenía algunas
personas esperando para hablar conmigo. Cuanto más les enseñaba sobre
el proceso de apelación y la investigación de casos precedentes, más
suscitaron preguntas sobre la viabilidad de anular sus propios casos.
Un guardia que había visto una o dos veces, pero que nunca me había
hablado, se detuvo en el aula.
—Se acabó el tiempo, muchachos —dijo desde la puerta.
Mis ojos se iluminaron con los de Gray. Caminó hacia el guardia, y los
dos hablaron durante unos minutos. Sus ojos de vez en cuando
parpadeaban hacia donde estaba parada. Cuando terminaron, Gray regresó
al frente de la habitación y habló con los rezagados que daban vueltas.
—Kirkland tiene que limpiar la habitación antes del final de su turno.
Van a tener que hacer sus preguntas la próxima semana.
Sin mucha queja, el último de los estudiantes caminó hacia la puerta.
Tratar con la mayoría de los muchachos alojados aquí no era diferente a
67 tratar con personas en el trabajo. Estos hombres eran de cuello blanco,
muchos de ellos educados mejor que yo.
El guardia le gritó a Gray con un tono de advertencia.
—Tienes diez minutos, Westbrook. Eso es. Luego de eso tengo que
llevarla a la salida.
Esperé hasta que la puerta se cerró para hacer cualquier pregunta.
—¿Que está pasando?
—Cuarto librero desde la puerta de la biblioteca. Es un punto ciego
para las cámaras. —Gray levantó la barbilla—. Lleva ese libro que usaste
para la clase como si necesitaras guardarlo.
—Pero es de la biblioteca de mi empresa. Lo traje conmigo.
Me miró a los ojos.
—Confía en mí. Nos encontraremos allí en dos minutos.
Por cierto, sus pupilas negras apartaron casi todo el verde de sus ojos,
y sospeché que sabía lo que estaba a punto de suceder. Y a pesar de que
hace apenas treinta segundos me había sentido completamente normal,
todo mi cuerpo cambió inmediatamente con anticipación. Asentí y caminé
hacia la biblioteca contigua, contando los libreros a medida que avanzaba.
La piel de mi cara ardía, pero mis dedos de manos y pies parecían enfriarse
y perder la sensibilidad. La cabeza me daba vueltas mientras trataba de
caminar normalmente con las piernas temblorosas y actuaba de manera
natural, sabiendo que las cámaras tenían ojos en todas partes.
Insegura de qué hacer conmigo misma cuando llegué al cuarto librero,
traté de parecer ocupada hojeando los títulos de los libros en el lomo. Si
alguien hubiera aparecido, sostenido un arma en mi cabeza, y me hubiera
dicho que leyera las palabras, habría muerto. Estaba demasiado encendida
como para ver directamente.
Olí a Gray antes de verlo. Tenía un olor limpio, fresco, pero masculino.
Estaba de espaldas a él mientras caminaba por el pasillo detrás de mí, y
una de sus grandes manos se agarró a mi cadera mientras la otra me
apartaba el cabello hacia un lado. Jadeé. Si hubiera estado en una montaña
rusa, ascendiendo poco a poco hasta la cima, este momento se cernía sobre
la cumbre; mi sangre bombeó más rápido, llena de adrenalina, temor y
anticipación, esperando a que bajara la espeluznante colina.
Su voz baja hizo cosquillas en mi cuello.
—Detenme ahora, Layla, si no quieres esto.
El carro de la montaña rusa se balanceaba hacia adelante y hacia atrás
en el precipicio.
—¿Qué pasa con las cámaras? —Mi voz era tan ronca y sin aliento,
68 apenas la reconocí.
—Confía en mí —dijo.
Confía en mí.
Tan loco como era, lo hice. Y tal vez ni siquiera me importaban las
consecuencias, si las hubiera. Quería tocar a este hombre más que
cualquier otra cosa que hubiera deseado. Me volví, y la mirada acalorada de
Gray atrapó la mía. Me miró a los ojos, parecía darme una última
oportunidad para detenerlo. Incapaz de hablar, le hice un leve gesto de
asentimiento mientras mi pecho subía y bajaba.
Antes de que pudiera prepararme para lo que acababa de acordar, Gray
me agarró el rostro con ambas manos y me apoyó contra la estantería detrás
de mí. Su cabeza se inclinó, y plantó sus labios sobre mi boca.
La sacudida de sentir su cuerpo presionar contra el mío me hizo olvidar
que existía algo más. Se pasó la lengua por los labios, instándome a abrir,
y gimió en mi boca cuando su lengua encontró la mía. Gemí en respuesta.
Nunca en mi vida había sentido tanta hambre, un deseo tan profundo. Un
fuerte latido entre mis piernas me empujó hacia él, pero todavía no podía
acercarme lo suficiente.
Como si sintiera lo que necesitaba, Gray puso sus manos alrededor de
mi trasero y tiró de mis muslos, guiándome a envolver mis piernas alrededor
de él para poder presionar más profundo. Aplastó su erección contra mi
dolorido clítoris y la tierra se sacudió. La fricción me excitó tanto que pensé
que era posible que me hiciera acabar solo frotándonos.
Mis dedos se entrelazaron a través de su sedoso cabello, jalando y
tirando de los suaves mechones. Él gimió de nuevo, y el sonido causó una
onda que partió de nuestros labios unidos directamente hacia abajo entre
mis piernas. Una de las manos en mi trasero se movió hasta mi cuello y se
tensó cuando su pulgar inclinó mi cabeza más hacia un lado y profundizó
el beso.
La sensación de ingravidez golpeó mi vientre, y comencé a caerme. Mi
carro de la montaña rusa se balanceó hacia adelante y hacia atrás una
última vez antes de descender por la larga pendiente. Mientras jadeábamos
y nos agarrábamos el uno al otro, levanté mis manos imaginarias en el aire
y disfruté el loco, aterrador y maravilloso paseo.
Cuando nuestro beso se rompió, quedé hipnotizada por el efecto que
este hombre tenía sobre mí. Las manos de Gray volvieron a mi rostro
mientras ahuecaba mis mejillas, acariciando suavemente con su pulgar
mientras arrastraba besos suaves como plumas desde un extremo de mis
labios hasta el otro.
Su voz era ronca.
69 —Esto es real.
Tragué saliva, sin entender lo que quería decir en ese momento.
El crujido de la puerta al abrirse y la fuerte voz del guardia me hicieron
saltar.
—¡Se acabó el tiempo, Westbrook!
Gray apoyó su frente contra la mía.
—Me tengo que ir. Recuerda lo que acabo de decir cuando empieces a
dudar de ti misma para el martes.
10
Gray
2 años antes
—El saldo de mi cuenta de la tienda de alguna manera pasó de cero al
máximo de doscientos noventa dólares —anunció Rip, mi compañero de
litera—. No sabrías nada sobre eso, ¿verdad?
Me alegré de que mi espalda estuviera frente a él. Continué doblando
la ropa que acababa de lavar encima de mi litera.
—¿Cómo diablos sabría de dónde vino el dinero en tu cuenta? —mentí.
Le escribí una carta a Etta y le pedí que llenara su cuenta hace algunas
70 semanas. Ella tenía acceso a todos mis fondos personales en el mundo real.
Me había estado preguntando si lo había conseguido.
—¿Tal vez mi Katie lo hizo?
Me sentí mal por darle la esperanza de que su hija hubiese venido. Pero
él no me aceptaría el dinero, y sabía que tenía una pila de cartas que le
había escrito, pero que no podía permitirse comprar ni un sello postal. Rip
y yo habíamos sido compañeros de literas desde el día en que llegué. Él ya
llevaba aquí unos meses, así que me mostró las cuerdas.
—Tal vez. Pero al menos ahora puedes conseguir algunos alimentos
gourmet que tanto te gustan —bromeé—. Fideos Ramen, ciruelas pasas,
Pop-Tarts.
—No todos crecieron comiendo caviar en una cuchara de plata, chico
bonito.
Me reí.
—¿Qué hay en tu agenda para hoy después de la diálisis?
—Probablemente mire algo de televisión. Tienen una maratón de
películas de John Wayne en la sala de actividades esta tarde.
—Ah. ¿una buena siesta larga, entonces?
Arrojó una toalla a mi espalda.
El verdadero nombre de Rip era Arthur Winkle. Pero había sido
apodado Rip por su inclinación a la siesta. Rip Van Winkle. El tipo
cabeceaba en medio de las conversaciones, durante la cena e
inevitablemente durante la hora del televisor. Siempre negaba estar
dormido, diciendo que estaba "descansando los ojos". Cada vez que los
reclusos se reunían para mirar algo, todos gemían cuando Rip se unía a
ellos porque estaría roncando a los diez minutos de comenzar el espectáculo.
—¿A qué hora viene tu amiga? —preguntó.
—A las Diez.
Rip sabía todo acerca de Layla y de mí. Principalmente porque no
dejaba de hablar de ella, nunca. Los días de semana eran básicamente una
cuenta regresiva para el fin de semana. Y aunque los sábados siempre eran
increíbles, los domingos apestaban porque tardaba demasiado en volver a
verla. Llevando ya seis meses de servicio a la comunidad solo le quedaban
otras dos semanas, y había dudado en mencionarlo porque no era correcto
pedirle que siguiera conduciendo aquí cada semana solo para visitarme,
aunque la idea de no verla por más de un año hasta que saliera me mataba.
—Creo que voy a escribirle una carta a Katie y darle las gracias por el
dinero, luego le enviaré todas estas cartas atrasadas. —Rip le escribía a su
hija todas las semanas, como un reloj. Ella nunca le había respondido, ni
una vez.
71
—Suena como un plan. —Miré la hora -diez para las diez- y luego tomé
la manzana que había guardado del almuerzo de ayer para mancillar a la
maestra—. Mejor dirígete a la clase.

***

—Dime algo que odiaste sobre tu infancia.


Me recosté en mi silla y crucé las manos detrás de mi cabeza. Dime algo
se había convertido en un ritual semanal para Layla y para mí. Cada
semana, uno de nosotros haría una pregunta aleatoria sobre el otro. La
experiencia de querer saber todo sobre una mujer era extraña para mí.
No me malinterpreten: no era el tipo de persona que tenía una cita y
solo hablaba de mí. Había tenido conversaciones, pero la mayoría hablaban
superficialmente sobre trabajos, vacaciones, ese tipo de cosas. Nunca quise
saber sobre la infancia de una mujer. Nunca me había dado cuenta de que
podía hacer esa clase de pregunta.
Pero quería saber todo sobre Layla, es decir, qué hacía funcionar a esta
mujer.
—Jueves. Odiaba los jueves mientras crecía.
Arqueé una ceja.
—¿Gran día de exámenes en la escuela?
—No. Era el día que mi padre se iba todas las semanas.
Ella había mencionado que ya no hablaba con su padre, pero evitó dar
más detalles. Solo pasábamos unas pocas horas juntos cada semana, y no
quería usarlas para entrometerme en una mierda que podría ser un mal
recuerdo si no estuviera lista para compartirlo.
—¿Cada semana? ¿Dividía su horario de trabajo o algo así?
—Dividía su tiempo entre sus familias.
—¿Tenía una ex mujer e hijos?
Ella bajó la mirada y negó.
—No, tenía esposa e hijos. Pasaba con nosotras desde el lunes por la
noche hasta el jueves por la mañana. Su esposa y sus hijos lo tenían los
otros cuatro días en la costa oeste.
—Jesús. ¿Entonces tu madre era su amante?
—Sí.
—¿Cuánto duró eso?
—Más de veinte años. Hasta que mi madre murió.
72
—Eso es jodido. ¿Y ella sabía que estaba casado?
—Sí. Y su esposa sabía que tenía novia. Todos, excepto yo, parecían
estar bien con el arreglo. Y no comencé a pensar que algo andaba mal hasta
que fui adolescente, porque extrañamente, mi papá fue un gran padre para
mí. A pesar de que solo estaba allí por unos días cada semana, pasó más
tiempo conmigo que cualquiera de los padres de mis amigos que estaban
todo el tiempo con ellos. Papá solo tenía dos familias, y no hablábamos sobre
eso. Pero una vez que fui un poco mayor, no pude comprender el hecho de
poder amar a dos personas y necesitar dos familias.
—¿Creció siendo mormón?
—No. Católico.
Negué con la cabeza.
—Bueno, puedo ver por qué odiarías los jueves.
Layla soltó una respiración profunda.
—Eres la única persona que sabe eso además de mi mejor amiga de la
infancia.
Sostuve su mirada.
—Me siento honrado de que lo hayas compartido.
Ella sonrió, luego se relajó en su silla.
—Mi turno.
—Estoy bastante seguro de que cualquier cosa que comparta después
de eso te parecerá aburrido.
—Bueno, creo que podríamos apreciar algo menos deprimente después
de esa parte. Déjame pensar. —Se llevó el dedo a los labios.
Dios, quería tanto chupar esas cosas.
—Dime la última mentira que dijiste.
—Fácil. Le mentí a mi compañero de literas hace unas horas.
—¿Rip?
—Sí. Puse algo de dinero en su cuenta de la tienda y dije que no lo
había hecho. Él no me los aceptaría.
Sonrió.
—Eso es dulce.
—Excepto que ahora tiene la esperanza de que su hija lo hizo.
—¿Están en malas condiciones?
—No ha hablado con él desde que fue arrestado. Nunca vino de visita,
73 ni una vez. Nadie, hasta donde sé. Su esposa falleció unos años antes de su
arresto.
—Eso es triste.
—Sí. Él es un buen tipo. La mayoría de los muchachos están aquí por
codicia. Él entró porque es desinteresado.
—Dijiste que estaba haciendo y vendiendo tarjetas de Seguridad Social.
Entró porque hizo falsificación federal, ¿verdad?
—Sí. Fue propietario de una imprenta durante cuarenta años. Tenía
una nieta realmente enferma con gastos médicos, por lo que comenzó a
fabricarlas para un tipo que vendía pasaportes, licencias y todo tipo de
documentos falsos. Él le enviaba a su nieta el dinero de forma anónima
porque no habría tenido el dinero para dárselo por ningún medio legal.
—Oh, vaya. ¿Y su hija no habla con él por eso?
Asenti.
—Las familias hacen cosas locas cuando la mierda golpea el ventilador.
—Ni que lo digas.
De repente sentí su pie descalzo en mi pantorrilla. Se quitó el zapato y
levantó la pernera de mi pantalón, uno de los pocos toques que podíamos
disfrutar sin la cámara. Me encantaba la forma en que sus ojos brillaban
cuando decía o hacía algo que no debería estar haciendo. Mis ojos se
posaron en su nariz. Lo había notado mientras ella estaba hablando, pero
no había dicho nada.
—No cubriste tus pecas hoy. ¿Hiciste eso por mí?
Sonrió.
—Tal vez. ¿Te gusta?
—Me encanta. Son sexys como el infierno, pero el hecho de que hayas
hecho eso por mí es más excitante que cualquier otra cosa.
Frotó los dedos de los pies más arriba en mi pantorrilla, y gemí.
—Me vas a dar una erección por un maldito pie en mi pierna.
La luz en sus ojos bailaba.
—Bueno, tenemos otra hora antes de que comience la clase. Bien
podría ser una buena opción.
Entrecerré los ojos, sin saber qué tenía bajo la manga.
—¿Recuerdas cuando jugamos ese pequeño juego en el que describiste
cómo me besarías?
—Sí, pecas. No olvido mucho de tus visitas.
—Bueno, ¿qué tal si jugamos eso otra vez, pero te describo cómo te
74 besaría debajo del cinturón?
11
Layla
—Necesito una bebida como no te lo creerías.
—Y yo aquí que pensando que habías venido a visitarme por mi
encantadora personalidad.
Mi mejor amiga, Quinn, tenía un bar a menos de cuatro cuadras de mi
oficina. O'Malley era un pub local que su padre había tenido desde que podía
recordar. Después de que decidió mudarse a Florida hace unos años, Quinn
lo mantuvo funcionando mientras lo tenían a la venta. Seis meses después,
ella había descubierto lo que a su padre le había encantado hacer durante
toda su vida y había decidido quedarse con el lugar.
75 En su mayor parte, era el bar diurno de un anciano. Pero era el lugar
perfecto para pasar el rato después del trabajo: no había jóvenes asumiendo
que una mujer sentada sola en el bar estaba buscando sexo. Era bueno que
fuera adicta al trabajo, o podría haber pasado todo el tiempo en este lugar y
convertirme en otro tipo de adicta.
Quinn sacó dos vasos de chupito del estante y se agachó debajo de la
barra para buscar una botella de algo. Al no ver ninguna etiqueta, supe lo
que estaba tratando de darme.
Cubrí el diminuto vaso con mi mano.
—De ninguna manera. Tuve un dolor de cabeza durante una semana
después de beber esa cosa.
—Es nuevo.
—¿En verdad?
Quinn sonrió con orgullo.
—Claro que sí.
—Entonces no, gracias.
Después de ver uno de los episodios de Moonshiners, Quinn había
decidido que podía hacer su propio licor. Y podía, solo que era imposible de
beber y sabía a esmalte de uñas.
Quinn hizo un puchero y se sirvió uno antes de alcanzar el alijo privado
de mi vino favorito que guardaba detrás de la barra.
—¿Día ocupado en la oficina, cariño? Espera, vamos a empezar con las
cosas buenas. ¿Ya terminaste tu sequía y te acostaste con el nuevo chico
con el que estás saliendo? ¿Cuál era su nombre otra vez?
Tracé el borde de mi copa de vino con mi dedo.
—Oliver. Y no. Pero tenemos una cita esta noche. Se encontrará
conmigo aquí en una hora.
Ella arqueó una ceja.
—No pareces muy emocionada.
Quinn me conocía bien. Habíamos sido inseparables desde el 2 de
febrero de cuarto grado. Ese fue el día en que me enviaron a la oficina del
director para traer a la nueva chica de la clase. Llevaba unos calcetines que
no coincidían y tenía una rana en su lonchera rota: su emparedado de
mantequilla de maní y jalea había sido aplastado en el fondo de su mochila
en una bolsa de papel marrón.
Suspiré.
—Lo estoy. Tal vez no tan emocionada como debería, pero disfruto
pasar tiempo con Oliver.
76 Quinn colocó los codos en la barra y apoyó la cabeza sobre sus manos.
—Escúpelo. ¿Qué está pasando? Estabas emocionada por la primera
cita que tuviste con este chico hace un mes. Espera... déjame adivinar. ¿Mal
aliento? ¿Habla de su madre todo el tiempo? ¿Animales de peluche en la
ventana trasera de su auto?
Me reí.
—Nada como eso. Es solo que... bueno... en cierto modo tengo un nuevo
cliente.
Los ojos de Quinn se iluminaron. Se había casado con su novio de la
preparatoria a los diecinueve años, por lo que vivía indirectamente a través
de mí, no es que hubiera escuchado algo emocionante durante el último
año.
—¿El cliente es un él, supongo?
Asentí.
—Bueno, sigue. ¿A quién se parece?
—Es alto, tiene los ojos verdes más impresionantes, el tipo de color que
te mantiene caliente en el invierno mientras recorres la nieve porque te
recuerda que la hierba primaveral volverá a crecer pronto.
Quinn frunció el ceño y su sonrisa se volvió burlona.
—Esa es una descripción muy elaborada. Sigue.
—Estructura ósea como un dios griego, cuerpo delgado y musculoso,
antebrazos que te hacen babear, y apesta totalmente a confianza.
Quinn dejó escapar un suspiro de ensueño y cerró los ojos.
—¿Antebrazos venosos?
—Un poco. Lo suficiente como para decirte que hace mucho ejercicio,
pero no tanto como para que haga parecer que al ponerle una intravenosa
causaría que un géiser saliera a chorros.
Ella abrió los ojos.
—Tengo esta teoría. La gente dice que tener pies grandes significa una
polla grande. Pero creo que se trata de los antebrazos. Básicamente son un
sustituto visual: antebrazos gruesos y venosos, ¡oh Dios! Antebrazos
delgados, ¿Ya se acabó?
Me reí.
—Tendré que tomar uno por el equipo y comprobar esa teoría.
La cara de Quinn estaba repentinamente decaída.
—¿Es casado? ¿Es ese el problema?
—En realidad, resulta que no lo es.
77 —Entonces, ¿por qué te encuentras con Oliver y no con el chico nuevo?
¿Cuál es su nombre?
La miré directamente a los ojos.
—Grayson.
Su frente se arrugó.
—¿Grayson? ¿Como el cretino?
Asentí lentamente y esperé, sabiendo que ella lo resolvería.
Sus ojos se agrandaron.
—¿Tu nuevo cliente es Gray? ¿El chico de la prisión?
Incliné mi copa de vino hacia ella antes de tomar un buen trago.
—Uno y el mismo.
Durante la siguiente hora, le dije a mi amiga todo lo que paso en los
últimos diez días, desde que Gray había regresado a mi vida. Había mucho
que contar: la presentación, la cena, las flores, nuestro viaje, su matrimonio.
Afortunadamente, ella ya conocía el resto de nuestra historia, lo que
también significaba que sabía lo devastada que había estado cuando
descubrí que estaba casado y acabó con todo. Así que no tenía que explicar
cómo se sentía mi corazón ahora, qué tan en conflicto había estado.
—Entonces, ¿qué pasó después de que llegaste a casa de tu viaje?
—Nada. —Mis hombros se desplomaron—. No he escuchado de él.
Gray había cumplido su palabra de darme espacio. En los ocho días
transcurridos desde que regresamos, no había escuchado nada de él, más
que un breve intercambio de correos electrónicos después de haber enviado
el borrador del acuerdo de asociación que había escrito.
Y odiaba que una parte de mí lo extrañara.
Al menos esta semana había estado ocupada. Me había quedado en la
oficina hasta tarde todas las noches porque el trabajo en mi agenda antes
de que Grayson Westbrook regresara a mi vida no había sido reasignado,
excepto por una deposición.
—¿Qué vas a hacer? ¿Le vas a dar otra oportunidad?
—No puedo. Paso de Gray. He seguido adelante.
La cara de Quinn gritaba que lo que dije era mentira.
—Déjame preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que viste a Oliver?
—¿Quieres decir desde nuestra última cita?
78 —No. Me refiero a poner los ojos en él. ¿Fue hoy? ¿Hace cuatro días?
¿Cuánto tiempo?
Hmm… Oliver y yo trabajamos en la misma oficina, pero tenemos suerte
si nos encontramos en un almuerzo o hablamos en el ascensor durante tres
minutos algunas semanas.
—Bueno, ayer estuve fuera de la oficina todo el día por un juicio. Así
que el jueves, supongo. —Hice una pausa—. Espera. No. Él no estaba el
jueves, tenía una conferencia a la que asistir. Debe haber sido el miércoles.
O tal vez el martes. Almorzamos en el restaurante griego uno de esos días.
Quinn volvió a llenar mi copa de vino.
—¿Y qué hay de Gray? ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—Hace una semana el jueves.
—¿Estás segura?
—Positivo. Jueves por la mañana sobre las nueve y media para ser
exactos. Aterrizamos en el aeropuerto. ¿A dónde diablos quieres llegar?
Colocó la botella de vino en la parte superior de la barra y golpeó el
corcho.
—No superaste a Gray. Todavía estás colgada de él.
—¿De qué estás hablando?
—Cuando sabes exactamente cuánto tiempo ha pasado desde la última
vez que viste a alguien, no lo has superado.
—Eso es ridículo.
—¿Tiene tu número de celular?
—Sí. Está en mi tarjeta de presentación. Todos mis clientes lo tienen.
Pero nunca me ha llamado.
Una sonrisa de complicidad se extendió en la cara de Quinn.
—¿Verificas tu teléfono por llamadas perdidas o mensajes de texto de
él antes de irte a la cama?
Fruncí los labios.
Ella se acercó y tomó mis manos.
—Está bien, cariño. Lo resolverás.
Quinn se movió hacia el otro extremo de la barra para ayudar a un
cliente. Cuando regresó, preguntó:
—¿Oliver tiene el cabello rubio obscuro y se ve como un chico guapo en
la escuela preparatoria, pero todo mayor?
—Supongo que sí.
79
Ella miró por encima de mi hombro.
—Entonces creo que el hombre que superaste se dirige hacia nosotros.
—Oye. —Oliver ahuecó mi mejilla para un tierno, pero rápido beso.
Es un chico tan dulce. Me di la vuelta y le presenté a Quinn justo cuando
noté que mi teléfono vibraba con un texto entrante en la parte superior de
la barra. Viendo el nombre de Gray, lo agarré rápidamente y miré a Oliver
para ver si él también había captado el nombre. No lo hizo.
Pero mientras él estaba sonriendo y prestando atención a Quinn, un
rápido vistazo a la sonrisa en su rostro me dijo que lo había visto. Dejé mi
celular en mi bolso y prometí silenciosamente ignorarlo durante mi cita de
esta noche.
Los tres hicimos una pequeña charla mientras terminaba mi vino, y
Oliver tomó una cerveza. Después de veinte minutos, miró su reloj.
—Lo siento. No sabía que tu amiga trabajaba aquí. Pensé que nos
estábamos reuniendo para tomar un trago rápido, así que hice reservaciones
para las ocho en Gramercy Tavern.
Mi amiga silbó.
—Gramercy Tavern. Lujoso. Vayan. Ustedes dos deben tener diversión.
Tengo que volver al trabajo de todos modos.
Oliver buscó en su bolsillo y sacó algo de dinero para cubrir nuestras
bebidas. Antes de que pudiera colocarlo en la barra, Quinn levantó la mano.
—Layla no paga aquí, y tampoco su invitado.
Él sonrió cálidamente.
—Gracias.
Me incliné sobre la barra y besé a mi amiga en su mejilla.
—Te veré el jueves por la noche para cenar, ¿verdad?
—Sí. Puede que sea macarrones con queso, a menos que Brian llegue
temprano a casa del trabajo. Pero es una cita. Tu ahijada tiene grandes
planes para pintarte las uñas. Lo que significa que la mayoría de tus dedos
también estarán pintados. Por lo tanto, es posible que desees obtener una
cita de manicura para el viernes.
Me reí.
—Está bien. Gracias por la advertencia.
Oliver se estiró sobre la barra para estrechar la mano de Quinn.
—Fue un placer conocerte.
—Igualmente. —Mientras que su mano todavía estaba en la de ella, ella
usó la otra para subir la manga de su chaqueta deportiva, exponiendo su
80 antebrazo.
Oliver parecía confundido y con razón, pero la dejo examinar su brazo
de todos modos.
—Oh. —Ella negó con la cabeza—. Lo siento. Creí ver un poco de tinta
asomándose. Estaba siendo entrometida.
Siempre siendo el buen chico, Oliver sonrió.
—No. No hay tinta en mí.
Cuando mi cita se volvió hacia la puerta, la miré con reproche. Ambas
sabíamos exactamente lo que había estado haciendo. Pero en caso de que
no me hubiera dado cuenta, se tocó el pulgar y el índice, formando un
pequeño círculo, y moduló: “Antebrazos delgados”.

***

El maldito mensaje estaba chupando mi capacidad para concentrarme.


Imaginé que mi celular estaría caliente si lo sacaba de mi bolso. Era el
proverbial latido del corazón de mi pasado debajo de las tablas del suelo que
solo yo podía escuchar. Y al mismo tiempo, el hecho de que me distrajera
también me hizo enojar, lo cual tenía que sacudirme. Porque mientras más
dejara que alguien de mi pasado adquiera residencia en mi corazón, más
sentía que no tenía espacio para alguien nuevo.
Teniendo que lidiar con el teléfono burlándose de mí, y darme cuenta
de que esta era mi tercera cita oficial con Oliver, me sentí al borde.
Quería lanzarme de lleno a la noche y olvidarme de todo lo demás y
pasar un buen rato con este dulce chico. Pero cuando logré concentrarme
en Oliver, en lo único que pude pensar era en que me había invitado a su
casa para ver una película después de la cena, lo cual supuse que era un
código para sexo.
En su mayor parte, no era fácil. Probé una aventura de una noche o
dos en la universidad y me di cuenta rápidamente de que no era para mí. Y
aunque la tercera cita podría ser un punto común para que las parejas
salten a la cama, a menudo me tomaba más tiempo. Necesitaba conocer al
tipo y generar confianza, algo que no era fácil para mí. Pero conozco a Oliver
desde hace años, por lo que la tercera cita ya tenía la comodidad que a veces
solo se obtenía después de seis meses de citas.
Entre la anticipación de lo que vendría después, el desalentador
mensaje de texto que me esperaba y la conversación que había tenido con
Quinn en el bar antes, una incomodidad se instaló en el aire durante la
cena. Oliver también tenía que sentirlo. Hubo momentos de calma en
nuestra conversación y parecían alargarse. Las cosas entre nosotros
81 siempre habían sido fáciles. Sin embargo, de repente sentí que había abierto
el cajón de chatarra de mi cerebro y había empezado a tirar para sacar
basura inútil al azar.
—Entonces... ¿qué artista musical crees que es el más sobrevalorado?
Oliver me lanzó una mirada inquisitiva.
—¿Artista musical?
Tomé el capuchino que la camarera acababa de traer después de la
cena y asentí.
—Supongo que Blake Shelton.
Más silencio.
—¿Has visto alguna película buena últimamente?
Oliver dejó el café que acababa de levantar.
—¿Está todo bien, Layla?
—Sí. ¿Por qué? —respondí demasiado rápido como para haber dado a
la pregunta una consideración real.
—No lo sé. Pareces... algo en el borde. Casi nerviosa. ¿Está todo bien
en el trabajo?
—Sí, las cosas están bien.
—Es solo... tus preguntas, aunque no son preguntas inusuales, pero
si... eso de preguntarme sobre películas que vi recientemente... ellas... —
Oliver se calló. Las líneas en su rostro se suavizaron cuando una mirada de
reconocimiento se apoderó de él—. Películas... ¿Tal vez te sientes incómoda
de ir a mi casa después de cenar?
Oliver era un buen abogado. Estaba acostumbrado a seguir la línea de
pensamiento de una persona a partir del interrogatorio. Los dos lo éramos.
Dedujo que estaba asustada por esta noche. Lo que... no estaba del todo
mal.
Decidí ser honesta. Soltando una ráfaga de aire, dije:
—No estoy lista para tener relaciones sexuales contigo todavía.
Oliver tomó un sorbo de su café.
—Tampoco estoy listo para tener relaciones sexuales contigo.
Mis ojos se agrandaron.
—¿No lo estás?
Él sonrió tímidamente.
—Nah. Sólo bromeo. Pero está bien. No quise hacerte sentir ninguna
presión invitándote a mi casa.
82
—¿Puedo preguntarte algo?
—¿Qué?
—¿Era la película un código para sexo?
Me miró a los ojos.
—Estaría mintiendo si dijera que no esperaba que las cosas
progresaran. Pero en realidad renté algunas películas que pensé que te
gustarían.
Le ofrecí una sonrisa triste.
—Lo siento.
—No lo hagas. Está bien. —Se inclinó sobre la mesa y tomó mi mano—
. Disfruto de tu compañía, Layla. No importa cuánto tiempo nos tome.
Me sentí más relajada después de esa conversación. Incluso
disfrutamos el postre que compartimos. Fuera del restaurante, Oliver le dio
su boleto de valet al asistente y tomó mis manos.
—¿Quieres volver a mi casa para esa película? Y por película, me refiero
a película. —Sonrió.
Deseaba que mi corazón estuviera en eso.
—¿Podemos dejarlo para otra ocasión? En realidad, estoy bastante
cansada.
—Por supuesto. —Trató de cubrir la decepción, pero todavía la vi en su
rostro—. Déjame al menos llevarte a casa.
Oliver vivía en Westchester y yo en la ciudad, en la dirección opuesta a
la que iba a ir. Sin embargo, no podía negarme, sentía que lo había insultado
lo suficiente por una noche.
—Por supuesto. Eso sería genial. Gracias.

***

Finalmente pude rascar ese maldito picor. Pero no antes de verter una
gran copa de merlot, deshacerme de mi vestido y sujetador a favor de los
pantalones cómodos y una camiseta universitaria desgarrada, y poner
música suave. Me dejé caer en el sofá, levanté mi celular e ingresé mi
contraseña para finalmente leer el mensaje que Gray había enviado hacía
horas. Mi patético corazón se aceleró al ver su nombre iluminarse.
Tomé un gran y saludable trago de vino y me acomodé para leer la larga
cadena de mensajes.
83 Gray: Ey. Perdón por molestarte. A menos que estés fuera en una
cita. Entonces no lo siento.
Unos minutos más tarde, otro texto había llegado.
Gray: Tal vez estoy llevando esto de la honestidad demasiado lejos.
Déjame empezar de nuevo. Etta se metió en problemas con la policía
hoy. Una multa por exceso de velocidad y conducción sin licencia.
También me dijo que era su segunda multa. Lo que Google dijo podría
significar que ahora es un delito grave. Le dije que no habías hecho
ningún trabajo en la corte de tráfico, pero ella no me dejó llamar a nadie
más. Tal vez, ¿podrías hablar con ella al menos? Llámame.
Mierda
No podía arrastrar el bienestar de Etta por las cosas entre Gray y yo.
Eso no sería justo. Así que tenía que llamarlo.
Al menos así es como justifiqué mi dedo sobre su nombre y el debatirme
si le devolvía el mensaje de texto a las once de la noche del sábado.
12
Gray
Mi tarde había estado ocupada entre la entrega de un nuevo colchón y
revisar obsesivamente mi teléfono en busca de mensajes de texto.
Acababa de pasar tres años encerrado en un lugar del cual no podía
irme, sin mujeres y comiendo comida de mierda. Y aquí estaba, solo, un
sábado por la noche, comiendo comida china de mierda en mi apartamento,
solo con mi soledad.
Después de revisar mi teléfono una vez más, lo tiré en el sofá y solté un
suspiro de frustración.
Debería estar en un bar, conociendo a una mujer que no quisiera nada
84 más que mi polla dura entre sus piernas. Pero en cambio, estaba en casa
siendo leal a una mujer que probablemente estaba en una jodida cita.
Layla Hutton.
Una parte de mí pensó que tal vez mi obsesión desaparecería una vez
que la viera de nuevo y le dijera mi versión, después de un año de tener que
recordar cómo se veía, a qué olía.
No tuve tal suerte. La mujer estaba muy debajo de mi piel y no podía
sacudirla, a diferencia de la mujer cuya máquina de café espresso Breville
de dos mil dólares estaba guardada en una caja para enviarla a la tienda
local de artículos de segunda mano.
Esperaba que el condominio que tenía y compartía con Max estuviera
vacío cuando entrara después de tres años de ausencia. Pero fue todo lo
contrario. Ella había dejado absolutamente todo como estaba cuando
comencé mi sentencia. Incluso su ropa todavía estaba en el armario. Aunque
con la cantidad de dinero que había estafado, estoy seguro de que no tendría
reparos en comenzar de nuevo con su colección de productos finos.
Como mi tarde estaba libre, había decidido hacer limpieza, básicamente
deshacerme de toda su mierda. No me importaba si era nuevo o algo que se
pudiera usar. Quería que todo lo que ella había traído a mi vida se fuera.
El pasillo a mi penthouse ahora estaba lleno de cajas y bolsas de
donaciones.
Zapatos Prada.
Bolsas Hermes.
Gafas de sol Cartier.
Max tenía un gusto caro. Probablemente estaría donando más de
cincuenta mil dólares de mierda cara. Pero la purga de los remanentes de
mi vida con ella valía cualquier precio.
Tirando un mezclador KitchenAid que había comprado y nunca usó,
miré alrededor de mi apartamento medio vacío. Fuera lo viejo, dentro lo
nuevo. Aparte del colchón nuevo que habían entregado hoy, no tenía
muchas ganas de reemplazar las cosas de inmediato.
No estaba seguro de si Max había escogido la botella de whisky de
treinta años que tenía en mis manos, pero bueno, me desharía de ella esta
noche, después de que estuviera vacía.
Me senté en mi vieja silla favorita de cuero, que estaba acomodada
frente a un sofá de diseño, y bebí un sorbo de whisky añejo mientras miraba
la ciudad. Mi apartamento Tribeca daba a la parte baja de Manhattan desde
la sala de estar y tenía una vista del río Hudson desde mi dormitorio. La
ciudad estaba oscura, pero el horizonte nítido y brillante iluminaba la
85
noche. Cuanto más lo miraba, más me encontraba preguntándome dónde
estaría Layla esta noche.
No era tan estúpido como para pensar que recuperarla sería rápido y
fácil. Pero el pensamiento de ella allí afuera con algún otro tipo no era algo
que pudiera manejar por mucho tiempo. Incluso si no podía tenerla,
necesitaba encontrar una manera de asegurarme de que nadie más lo
hiciera.
Mi teléfono zumbó desde donde lo había tirado en el sofá. Mirando mi
reloj, eran poco después de las once, así que pensé que probablemente era
uno de mis socios comerciales. Ambos vivían en la costa oeste y tampoco
dormían.
Pero un poco de sol se asomó desde el oscuro horizonte cuando vi el
nombre de Layla en mi pantalla.
Layla: Lamento escuchar lo de Etta. Por supuesto que la ayudaré.
Agite el hielo en mi vaso, decidiendo una respuesta. Me había portado
bien y no había hecho contacto últimamente, dándole espacio para que se
diera cuenta de que aún no habíamos terminado. Si bien la situación de
Etta no era algo de lo que me hubiera alegrado, solo con ver la respuesta del
mensaje de Layla me sentí aliviado de que no hubiese decidido cortarme por
completo.
Gray: Gracias.
No pude evitar enviar otro.
Gray: Es tarde. ¿Acabas de llegar?
Layla: Si.
Gray: ¿Cita?
Observé los puntos aparecer en señal de que estaba respondiendo,
luego detenerse, luego comenzar de nuevo.
Layla: No es que sea de tu incumbencia, pero sí. Estaba en una cita
con Oliver.
La idea de que saliera con otro hombre debería haberme enojado, pero
en lugar de eso sonreí y terminé el resto de mi bebida.
No está en una fiesta de pijamas. Esa es mi chica.
Le devolví el mensaje de texto.
Gray: Yo tampoco he estado durmiendo con nadie.
Estuvo en silencio durante cinco minutos completos. Tal vez la había
empujado demasiado lejos. La burla sobre sexo en los textos no era lo mismo
que en persona. Pasé mis dedos por mi cabello y volví a enviarle mensajes.
Gray: Lo siento. Estaba bromeando.
86
Pasaron otros diez minutos, pero esta vez, observé los puntos aparecer
y detenerse. Aparecer y parar. Aparecer y parar. Claramente, algo estaba en
su mente, y tenía reservas acerca de compartirlo conmigo. Estaba a punto
de enviar un mensaje de texto nuevamente cuando llegó su respuesta.
Layla: Estás arruinando mi oportunidad de tener una relación
agradable y normal.
Mierda.
Comencé a responder el texto y luego lo pensé mejor. En su lugar, la
llamé. Respondió al primer tono.
—Oye —suspiró.
Una palabra, y supe que estaba más sensible que enojada. Necesitaba
ir con cuidado.
—Extrañé tu voz.
—¿En apenas una semana? —dijo—. No la escuchaste en todo un año
y lo hiciste bien.
Puse mis pies descalzos sobre la mesa de café frente a mí.
—Ah. Pero escuchaba tu voz. Leía tus cartas todos los días. Estoy
bastante seguro de que memoricé alguna de ellas. En mi cabeza, escuchaba
tu voz diciendo todas las cosas que escribiste en ellas.
—Tal vez deberías desenterrarlas si aún las tienes. Puedes usarlas
cuando sientas la necesidad de escucharme, en lugar de llamarme.
Me reí.
—Solo eran un sustituto porque era físicamente imposible tener algo
real.
—Todavía es físicamente imposible. —Escuché la sonrisa en su voz.
—De ningún modo. Solo dilo, y estaré en tu puerta en veinte minutos.
Ella se quedó en silencio por un minuto, por lo que bromeé:
—Si lo estás pensando, iré a tu casa para no perder el tiempo en la
remota posibilidad de que digas que sí.
No esperaba la confesión que vino después.
—No he tenido relaciones sexuales desde antes de conocerte.
—¿Por qué no lo has hecho?
Ella estuvo en silencio por unos momentos mientras mis esperanzas se
elevaron. Entonces dijo:
87 —No quería.
—¿Porque quieres tenerlas conmigo?
—No. No quiero tenerlas contigo.
—No quieres o no quieres querer tenerlas conmigo. Hay una gran
diferencia, pecas.
Más silencio.
—No quiero querer. Ni siquiera quiero querer hablar contigo.
Escuchar eso dolió como el demonio. Pero era comprensible que tuviera
miedo. Necesitaba ganarme su confianza.
—Si te hace sentir mejor —dije—, yo tampoco he tenido relaciones
sexuales desde que te conocí.
Por su tono, la imaginé rodando los ojos.
—Pobre bebé. ¿Has estado libre por tres semanas y no puedes
encontrar a nadie que satisfaga tus necesidades?
—No te engañes. Conseguir un culo también es fácil para mí, Layla.
Pero solo hay un trasero que quiero, y ese es el tuyo.
La escuché suspirar, así que supe que no había colgado. A la mierda.
También podría lanzarme de lleno. No había pensado que esta conversación
estaría sucediendo tan pronto. A veces es necesario empujar la puerta para
abrirla y correr hacia adentro antes de que te golpee en la cara.
—¿Cenas conmigo? Almorzar incluso. ¿Desayuno? Voy a tomar lo que
estés dispuesta a dar.
—No lo sé, Gray. —Se calló de nuevo—. Me tengo que ir. Envíame un
mensaje de texto con el número de Etta y la llamaré por la mañana.
—Buena noche, hermosa.
Esperé hasta que ella colgó para mover el teléfono de mi oído.
—No dijo que no —murmuré para mí mismo. Progreso.

***

—¿Hola?
Rodé sobre mi espalda con mi celular presionado en mi oreja. La luz de
la mañana entraba por el pequeño espacio donde a las persianas les faltaba
un listón. Eso me recordó que también necesitaba tirar esas mierdas. El
listón se había caído la primera noche en que mi nueva esposa y yo
habíamos regresado de República Dominicana, cuando en una sesión de
besos borrachos había incluido hacerla recargar contra la ventana.
88
—No me digas que todavía estás en la cama, muchacho. Acabas de
perder tres años de tu vida. Deberías levantarte en la madrugada, con
muchas ganas de hacer cosas.
Etta.
Me froté el sueño de los ojos con una mano.
—¿Qué hora es?
—Son más de las siete de la mañana.
—Las cuatro de la tarde es después de las siete de la mañana, Etta.
¿Qué tal algo más específico?
Ella me ignoró.
—¿Estás libre más tarde?
—Si más tarde significa horas después de las siete de la mañana, sí.
—Mi cerradura de la puerta no funciona.
Me senté en la cama.
—Bueno. Dame unos minutos y voy para...
—No. No. Tengo el bloqueo superior y mi vecindario sigue siendo
seguro. Las chicas vendrán a jugar mahjong hoy. ¿Por qué no vienes a eso
de las cuatro? Te haré tu comida favorita.
Mi boca se hizo agua.
—¿Gumbo?
—Y pastel de melocotón casero, solo si te paras en la tienda y recoges
algo para mí.
—Robaré una tienda si me haces gumbo y pastel de melocotón, Etta.
—Ahora, ahora... Creo que podría ser demasiado pronto para ese tipo
de bromas, sobre todo después de salir de prisión. Nunca se sabe quién
puede estar escuchando en los teléfonos en estos días.
Me reí.
—¿Qué necesitas que recoja?
—Un poco de vino. Tinto.
—Odias el vino.
—Bueno, estoy ansiosa por un poco, y no sé cómo andar por la sección
de vinos de una tienda de licores.
—No hay problema. Te recogeré algo en el camino.
89 —Nos vemos esta tarde.
Desde que me levanté, pensé que Etta tenía razón. Había cosas por las
que habría dado cualquier cosa por hacerlas en los últimos tres años. Sin
embargo, ahora que podía, no había apreciado la oportunidad que tenía. Así
que saqué mi perezoso trasero de mi cómoda cama nueva y comencé mi día
con una larga carrera por Central Park. Luego fui al refugio de animales.
Había tenido que entregar a mi perro en adopción cuando Max se mudó
porque era alérgica.
Todavía me sentía culpable por eso, aunque había examinado a fondo
a la pareja que lo había adoptado. En retrospectiva, debería haberme
deshecho de Max y haber mantenido a mi perro.

***

—Sí amigo. Sé cómo te sientes. —Metí los dedos a través de la jaula


para acariciar una extraña mezcla de Basset Hound y... algo.
—Señor, por favor no meta sus manos en la jaula. Algunos de los perros
se ponen agresivos cuando están en jaulas. Si desea conocer a uno de
nuestros perros, simplemente hágaselo saber a uno de nuestros voluntarios,
son los que tienen camisas azules.
—Está bien. Lo siento.
Saqué mis dedos de la jaula. Agresivo cuando estás encerrado, ¿eh?
Escuché eso. Parece que ustedes no tienen un gimnasio alrededor para
quemar la agresividad. Tampoco hay cancha para jugar.
Continué mi paseo. Había un montón de jaulas, cada una con una
tarjeta de información colgada de la parte superior.
Polly. Edad: Dos. Raza: mezcla de terrier. Ella se escondió en la parte
posterior de la jaula. Dije hola y seguí adelante.
Buster Edad: doce. Mezcla Pug/Pekinés.
—Oye, amigo, —le dije. No pareció impresionado por mi saludo.
Snowy. Edad: ocho semanas. Mezcla de Sfaffy.
—Eres jodidamente adorable. Una niña pequeña va a convencer a su
padre para que te lleve a casa en unos días. No me necesitas.
Snowy levantó su nariz al aire como si él ya lo supiera.
Caminé dos filas más de jaulas, buscando a mi perro. Ninguno me
llamó la atención, hasta que llegué a la última jaula en la parte inferior de
la última fila. A diferencia de todos los demás, no había ninguna señal de
90
información colgando de la jaula. Cuando me agaché para mirar dentro, la
cara más sucia me saludó. Estaba acostado en un zapato y levantó la
barbilla en el lenguaje universal que decía “qué hay”.
Yo correspondí.
—¿Qué demonios te pasó, amigo? —Pensé que podría haber un
Springer Spaniel debajo de todo ese lodo enmarañado.
Paré a una voluntaria que caminaba por allí
—¿Qué le pasó a este chico?
—Él acaba de llegar hoy. Así es como se ve después del baño. Historia
triste. Era la mascota de un señor mayor que vivía solo. Murió en la casa
mientras trabajaba en el jardín, y este pequeño no pudo hacer que nadie
escuchara sus ladridos durante días. No tenía comida, así que masticó una
botella de pegamento y, de alguna manera, se cubrió con él y aparentemente
se revolvió en la tierra, haciendo barro. Está todo cubierto, la piel y pelo. No
queríamos molestarlo demasiado hoy, ya que acaba de llegar. Mañana lo
afeitaremos e intentaremos sacar el resto.
—¿Puedes sacarlo de la jaula por mí?
Las cejas de la mujer bajaron.
—¿Quieres que ponga a este chico sucio en la sala de visitantes?
Sonreí.
—¿Por qué no? Acabo de regresar de una carrera. Él podría estar igual
de desilusionado por la forma en que luzco y huelo.
Cara de barro y yo nos dirigimos a una de las pequeñas habitaciones
privadas donde las personas que quieren adoptar podían jugar con los
perros y conocerlos. El voluntario trajo el zapato y lo dejó a su lado.
—¿Qué pasa con el zapato?
—Era de su dueño. Él gruñe si alguno de nosotros intenta quitárselo.
Pero aparte de eso, es realmente adorable. Creemos que solo está vinculado
porque extraña a su dueño.
Me agaché y le ofrecí mi mano para que la olfateara. Cara de barro dio
un paso y se inclinó para olerme. No queriendo asustarlo, pensé que lo
dejaría tomarse su tiempo. Sólo que cara de barro tenía otros planes.
Después de unos veinte segundos de olfatear, echó la cabeza hacia atrás y
la inclinó, estudiándome. Luego, de repente, se me hecho encima, tirándome
sobre mi trasero, y comenzó a lamer mi cara.
Me reí.
—Jesús, perro. Tu aliento es casi tan malo como tu pelo. —Continuó
de pie sobre sus patas traseras, con una pata en cada uno de mis hombros,
para seguir lamiendo.
91
—¡No! —La voluntaria que nos había traído se puso de pie y caminó
desde donde estaba sentada jugando con su teléfono. Ella tiró del collar del
perro—. No, pecas.
Levanté la mirada hacia ella.
—¿Qué acabas de decir?
—Estoy tratando de quitártelo de encima.
—Pero ¿qué dijiste?
—Le dije: 'No, pecas'.
—¿Pecas?
—Ese es su nombre. Si te fijas bien, enterrado debajo de todo ese barro
y pegamento, su nariz blanca tiene un montón de puntos marrones. —Ella
se encogió de hombros—. Se ven como pecas. Probablemente por eso el
dueño lo llamó así.
Miré más de cerca al perro. Efectivamente, había manchas debajo de
ese lío.
—Pecas, ¿eh?
Él respondió lamiéndome otra vez.
Asentí. —Está bien, amigo. Si eso no sella el trato, no sé qué lo hará.
—Miré a la voluntaria—. Quiero adoptar a pecas.

***

Me sorprendí silbando mientras tocaba el timbre de Etta. Era un


hermoso día de primavera, mañana iría a buscar a mi nuevo amiguito al
refugio, Etta me estaba haciendo gumbo y pastel de melocotón, y Layla no
había dicho que no a almorzar o cenar conmigo. ¿Qué más podía pedir?
La puerta se abrió, y esa pregunta fue definitivamente, jodidamente
respondida. Había sido un muy buen día, pero la perspectiva de que fuera
aún mejor había crecido exponencialmente.
Porque fue Layla quien abrió la puerta de Etta.

92
13
Layla
—¿Qué estás haciendo aquí? —Mi tono fue más que un poco
acusatorio.
—Etta me pidió que viniera y arreglara la cerradura de su puerta —
respondió Gray.
—Ella quería hablar conmigo sobre sus infracciones. Dijo que era difícil
para ella moverse tan bien sin conducir, y me preguntó si podía pasar esta
tarde. —Entrecerré los ojos—. Pusiste a Etta en esto, ¿verdad?
Levantó su mano derecha como si estuviera haciendo un juramento.
—No tenía idea de que estarías aquí. Lo juro. —Una expresión de
93 comprensión cruzó su rostro. Dejó las bolsas que llevaba, junto con una
pequeña caja de herramientas—. Déjame mirar la cerradura.
Grey se arrodilló y agitó el pomo de la puerta varias veces. El cerrojo se
movió dentro y fuera. Parecía funcionar bien. Luego, colocó un
destornillador en la placa de apoyo en el otro lado de la jamba de la puerta,
y algo salió.
—¿Qué es eso? —dije.
Lo levanto del suelo y comenzó a desplegarlo.
—Parece que una caja de fósforos vacía y doblada evitó que cerrara
correctamente.
—¿Una caja de fósforos doblada?
—Sí. Creo que jugó con ambos. —Grey cerró su caja de herramientas y
se levantó, levantando la otra bolsa que había traído con él—. También me
pidió que trajera vino tinto, a pesar de que a ella nunca le ha gustado el
vino. Dijo que estaba ansiosa por probarlo.
—Ella me preguntó ayer por teléfono qué tipo de vino me gustaba. Dije
algo rojo.
—¿Quién está en la puerta, Layla? —llamo Etta desde el piso de arriba.
Si tenía alguna duda sobre si Gray decía la verdad, el tono de Etta
confirmó que ella era la orquestadora de esta noche. Era unas octavas más
alto de lo normal y casi cantaba. Sabía que llevaba una gran sonrisa arriba.
Grey negó con la cabeza y puso los ojos en blanco.
—Soy yo, Etta. Estoy revisando tu puerta. —Bajó la voz y me habló—.
Lo siento. Ella tiene buenas intenciones.
La impenetrable pared que había construido alrededor de mi corazón
sufrió una fisura pensando por qué se disculpó en su nombre y la defendió,
en lugar de regañar a Etta por sus pequeñas mentiras blancas. Él no la
avergonzaría. Era dulce. Maldición.
—Oh, eso es genial —dijo Etta de nuevo—. Acabo de hacer gumbo.
Layla accedió a acompañarme a cenar. Tú también deberías quedarte.
La mirada de Gray se puso seria, y mantuvo su voz baja.
—¿Estás bien con eso?
Mis entrañas estaban bailando un poco, incluso si mi cerebro todavía
no se había unido a la fiesta.
—Sí, está bien.
Levantó su caja de herramientas y extendió su mano hacia las
escaleras.
94
—Después de ti.
La cara de Etta se iluminó cuando Gray entró en la cocina.
—Zippy. Gracias por venir a mi rescate.
Gray sonrió y sacó de su bolsillo la caja de fósforos doblada que había
empujado dentro de la puerta. Sosteniéndola en la palma de su mano, dijo:
—La cerradura está arreglada. —Me guiñó un ojo—. El viento debe
haber lanzado algunos escombros, y esto se atascó en ella.
Etta dirigió su atención al horno.
—Genial. Eso es maravilloso. Ahora todos podemos sentarnos y cenar
temprano. ¿Sabías que el gumbo es uno de los platos favoritos de Layla?
Grey capturó mi mirada.
—Sí. A ella también le gustan los caracoles. Aunque con eso voy a tener
que estar en desacuerdo.
Estaba empezando a pensar que no estaba exagerando cuando dijo que
recordaba todo sobre nuestro tiempo juntos.
—Si recuerdo bien —le dije—. Grey tiene espaguetis con salchichas en
su lista de comidas favoritas. Así que creo que tendremos que estar de
acuerdo en no estar de acuerdo con las mejores comidas.
Etta colocó un pastel de melocotón encima de la estufa y se quitó los
guantes.
—Le gusta más cuando asas la salchicha y la rebanas muy delgada,
luego lo agregas a una lata de espaguetis regulares. ¿Alguna vez te contó
sobre el momento en que los hizo para su amigo Percy mientras yo estaba
en la tienda de comestibles?
Gray se acercó a un cajón y sacó un abridor de vino. Tomó el vino que
había traído de la bolsa de papel marrón.
—Si vamos a compartir las historias de mi infancia, creo que voy a
necesitar esto.
Etta me tomó del brazo.
—Vamos, cariño. Vamos a sentarnos en la sala mientras Gray nos trae
un poco de vino. Por cierto, antes de que lleguemos a la historia de las
salchichas y lo olvide, déjame contarte en qué consistió el pequeño asunto
de Gray mientras llamó a Percy su mejor amigo durante años.
Grey gimió y apretó la botella de vino sobre la mesa mientras
murmuraba en voz baja:
—Joder.
95 —El pobre chico no pudo pronunciar la “errr” durante mucho tiempo,
así que todo salía como si fuera un uhh. Era lindo, excepto que Percy se
convirtió en, una palabra que las mujeres no suelen decir, ya sabes un
gatito1. —Ella se rio entre dientes—. Lo gracioso es que resultó que tenía
razón. Ese Percy creció para ser un gran pelele.
Etta y yo fuimos a sentarnos a la sala de estar, y finalmente Gray se
unió a nosotras con dos copas de vino y una bebida que trajo para Etta sin
tener que preguntar qué quería. Me contó una historia tras otra sobre el
joven Grayson, cada una más embarazosa que la anterior, hasta que las
lágrimas corrían por mi cara.
—Oh, Dios mío —Me reí—. Detente. Ni siquiera puedo beber un sorbo
de vino porque temo que salga por mi nariz y manche tu sofá.
Gray sacudió la cabeza, pero no estaba molesto. Tenía la sensación de
que nada de lo que Etta podría decir o hacer lo haría enojarse realmente con
ella.
—Creo que deberíamos rellenar la cara de Etta con un poco de gumbo
ahora para mantenerla en silencio por un tiempo.
—Oh, Zippy. Es por diversión. No te estoy avergonzando, ¿verdad?

1
Según la historia, el niño diría Pussy en vez de Percy, que si bien significa “gatito” también se usa para
referirse a la Vagina, o como insulto hacia alguien (marica)
Su uso de su apodo me hizo darme cuenta de que todavía no sabía el
origen. Tomé un trago de mi vino, que era mi segunda copa y estaba casi
vacía, antes de preguntar:
— ¿De dónde viene tu apodo para Gray, Etta? ¿Por qué lo llamas Zippy?
Los hombros de Gray se encogieron, y su cabeza colgó.
—Mierda —murmuró.
Parecía haber renunciado a tratar de mantener a Etta en silencio
diciendo su nombre en un tono de advertencia y repartiendo miradas
sutiles. En cambio, se preparó para ello.
Los ojos de Etta bailaban con diversión.
—Era el verano entre el jardín de niños y primer grado. Uno realmente
caliente, pero Gray no era de quedarse dentro y jugar en el aire
acondicionado, incluso cuando estaba a cuarenta grados. Así que sufrió una
quemadura por calor —se inclinó y bajó la voz—. En sus testículos.
Me tapé la boca e intenté no reírme.
—Oh Dios mío.
—Así que ese verano se conoció como verano de comando. Gray decía
que era más cómodo para él ir sin ropa interior, y Dios sabía que estaba lo
suficientemente irritado allí, así que no forcé el problema. Todo estuvo bien
96 hasta el incidente de la cremallera.
El resoplido que había estado tratando de contener se escapó, y luego
Etta se echó a reír junto a mí. Tuvo que contar el resto de la historia a través
de ataques de risa.
—Estaba poniéndose un par de jeans y atrapó una pequeña parte de la
piel de su tercera pierna —Etta negó con la cabeza y se rió—. Le puse una
curita. Afortunadamente, no sangró demasiado, a esa edad, la sangre no
siempre corre hacia el sur. Creo que ese fue el final del verano de comando.
Gray era bueno. Nos miró a las dos riendo a sus expensas y se inclinó
para llenar mi copa de vino.
—Sigue bebiendo. Tal vez no recuerdes nada de esto mañana.
Me limpié las lágrimas de los ojos.
—No es posible, Zippy.
Se levantó, tomó la botella de vino, ahora vacía, y me miró mientras
hablaba con Etta.
—Esto no es algo que realmente quisiera escucharte repetir, Etta, pero
te he oído contar esta historia antes, y te estás perdiendo una parte que creo
que es esencial para restaurar mi virilidad después de la última media hora.
Las cejas de Etta se unieron y luego sonrió. Inclinándose hacia
adelante, susurró:
—Probablemente tiene una pequeña cicatriz, pero por George, el chico
tenía un gran cañón para ser tan pequeño.
Miré a Gray, que tenía una sonrisa maliciosa en su rostro. Sintiéndome
sonrojada, aparté mis ojos, y ya que él estaba de pie, aterrizaron cara a cara
con el tema de nuestra conversación. Tenía un par de jeans con cremallera,
pero fue el bulto lo que me llamó la atención.
Me levanté bruscamente y tomé la botella de vino vacía de su mano.
—Voy a tirar esto.
Necesitando un minuto, me quedé mirando por la ventana de la cocina
sobre el lavabo de Etta. Estaba tan perdida en mis pensamientos que no
había escuchado pasos entrar a la cocina. Pero definitivamente sentí el
cuerpo parado detrás de mí.
No me di vuelta cuando Gray comenzó a hablar. Su voz era baja.
—Cuando estuve en Otisville, tuve que comer cuando me dijeron,
ducharme a una hora determinada y no pude salir del mismo edificio gris
durante tres años. Sin embargo, lo que me hizo sentir prisionero, más que
cualquier otra cosa, fue no poder tocarte como quería cuando estabas cerca
de mí. Y ni siquiera me refiero a sentirte excitada o algo sexual. Solo quería
97
poner mi mano sobre la tuya cuando te movías cada semana cuando el
guardia te decía que era hora de irte, frotar mi pulgar por tu brazo para
llamar tu atención cuando apartaste la vista de mí después de que dije algo
que te tocó cerca, quitarte el cabello de la cara cuando te reíste y un mechón
se atascó en tus largas pestañas. —Hizo una pausa—. Ahora estoy libre,
pero una gran parte de mí todavía se siente como si estuviera en la cárcel.
Cerré mis ojos. Recordé no querer nada más que me tocara durante
todos esos meses en los que vivía para los sábados. La verdad era que no
quería nada más que me tocara ahora mismo. No podía negar que la
atracción todavía estaba allí. El aumento de mi temperatura cuando él se
paró detrás de mí fue algo más que la radiación del calor del cuerpo.
Finalmente me di la vuelta. Gray no hizo ningún intento de retroceder,
permaneció firmemente plantado en mi espacio personal y me miró
fijamente. Cuando por casualidad miré hacia arriba, nuestros ojos se
encontraron y me permití perderme por un minuto. De la nada, me encontré
preguntando algo que me había estado molestando desde que empujó su
camino de regreso a mi vida.
—El último día que te visité, me registré en tu hoja de registro y vi una
firma sobre la mía. No pude descifrar la letra del nombre, pero la palabra
escrita en la columna de relación con el recluso era clara como el día:
esposa. Así es como me enteré. Para entonces, era amigable con todos los
guardias, así que cuando le pregunté si era un error, me confirmaron que
no, y me dijeron que no había ido a visitarte por un tiempo.
Hice una pausa, recordando cómo me sentí como si me hubieran
pateado en el estómago ese día.
—¿Por qué Max fue a verte si ya estabas divorciado... o anulado?
Grey me miró a los ojos.
—Mi padre se había desmayado en la oficina. Al día siguiente, hicieron
el diagnóstico de un aneurisma cerebral inoperable. Uno de sus amigos se
acercó a Max para intentar enviarme un mensaje. No tenía idea de lo que
había pasado entre nosotros dos. Ella apareció. Era la primera vez que la
veía desde que le dije que sabía lo que había hecho y que anularan nuestro
falso matrimonio. Tenía curiosidad por ver qué demonios la haría mostrar
su rostro. Entró en la sala de visitas. Le dije que no se molestara en sentarse
y que dijera lo que iba a decir. Ella me sonrió y me dijo "El imbécil de tu
padre tiene un aneurisma cerebral. Estará muerto antes de que salgas".
Luego se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta por la que entró. No la he
visto desde entonces.
Miré a mis pies.
—Así que el día después de que la mujer que robó tres años de tu vida
apareciera y te dijera que tu padre se estaba muriendo, te dije que te fueras
98 a la mierda y te alejaras.
Cuando levanté de nuevo la mirada, un mechón de cabello cayó en mi
cara. Gray extendió la mano para apartarlo y se detuvo, retirando su mano.
—No es tu culpa. Debí haber sido sincero contigo sobre Max desde el
principio. Entonces me habrías dado la oportunidad de explicar su visita ese
día.
Asentí, pero su intento de aceptarlo no me hizo sentir mejor por lo que
debió pasar.
—Lo siento, Gray. En verdad.
Etta entró en la cocina. Casi había olvidado que estaba aquí. Grey dio
un paso atrás.
—Lamento interrumpir, pero si no apago el fuego del gumbo, estaremos
comiendo afuera. —Se acercó a la estufa y sacó la enorme bandeja del calor.
—¿Qué puedo hacer para ayudar, Etta?
—Eres una invitada. Ve a tomar asiento y Grey pondrá la mesa.
No necesitaba que se lo dijeran dos veces. Metió la mano en el armario
y bajó los platos antes de sacar los utensilios. Claramente, él sabía cómo
andar por la cocina, y eso calentó un poco mi corazón. Un hombre adulto
que todavía escuchaba y obviamente amaba a su niñera de la infancia era
leal. Y eso significó más para mí que toda la química que aún surgía entre
nosotros.

***

No podía recordar la última comida que había disfrutado tanto. Sí, la


comida era fenomenal, pero la compañía era aún mejor. Durante la cena,
Etta continuó contando historias vergonzosas de la infancia de Gray, y Gray
pareció relajarse más de lo que nunca lo había visto. Sonrió con toda la cara,
mostrando sus hoyuelos, y se rió desde un lugar profundo que estaba
reservado para la verdadera felicidad. Nuestros ojos se encontraron varias
veces, y no alejé los míos. En su lugar, permití que la velada simplemente
pasara y tuve un mejor momento del que me gustaría admitir.
Cuando Etta comenzó a quedarse dormida en su silla mientras Gray y
yo compartíamos la limpieza, me di cuenta de cuánto tiempo me había
quedado.
—Debería irme. Llevo ocho horas aquí y Etta está cansada.
La cara de Gray cayó.
—Te acompañaré.
99 Los ojos de Etta se abrieron cuando fui a buscar mi bolso. Me incliné y
besé su mejilla.
—Gracias por una comida increíble y una compañía maravillosa, Etta.
Me pondré en contacto con mi amigo en el tribunal de infracciones de tráfico
para ver si podemos ocuparnos de tu multa sin que tengas que aparecer.
—Gracias cariño. Espero que vuelvas a verme pronto.
—Eso me encantaría.

***

Grey me detuvo en el porche delantero.


—Gracias por ser tan amable con Etta.
—De nada. Ella realmente es genial.
—Lo es. Lo mejor que tuve en mi vida al crecer. Incluso como adulto,
creo que ella podría haber sido la única que nunca creyó que había hecho
la mierda de la que me acusaron. Bastante seguro de que mi propio padre
pensó que lo había hecho. Una de las peores partes de aceptar el trato fue
sentir que la decepcioné.
Negué con la cabeza.
—No hay manera de que puedas decepcionar a esa mujer.
Gray asintió, pero me di cuenta de que no me creía.
Caminamos hasta la calle donde estaba estacionado mi auto.
Desbloqueé la puerta y Gray la abrió para mí, pero me demoré antes de
entrar. ¿Cómo se suponía que iba a despedirme? ¿Un abrazo? ¿Un beso en
la mejilla? Un apretón de manos se sentía incómodo.
—Layla... —Me detuvo antes de que lo resolviera en mi cabeza.
—¿Sí?
—¿Almorzarías conmigo?
—¿Quieres decir como una cita?
—O una no-cita. Llámalo como quieras. Solo pasa tiempo conmigo.
Bajé la mirada.
No debería. Pero eso no significaba que no quisiera hacerlo.
A la mierda.
No. ¡Piensa con tu cabeza, Layla!
Pero es sólo un almuerzo.
100 No había tal cosa como solo algo con este hombre.
Sí.
No.
Sí. ¿Por qué no? Se merece una segunda oportunidad.
No. Sólo terminarás herida.
¿Qué hay de Oliver?
La mano de Gray en mi barbilla detuvo mi debate interno. No estaba
acostumbrada a su toque, ni estaba acostumbrada a la forma en que mi
cuerpo reaccionaba ante un gesto tan simple de parte de él. Mis
respiraciones aumentaron, y me di cuenta de mi rápido latido del corazón.
Él inclinó suavemente mi cabeza hacia arriba, obligando a nuestros ojos a
encontrarse.
—Quieres lo que tuvimos que terminar, eso está bien. Pero dame una
oportunidad. Empecemos algo nuevo.
Quería... realmente quería.
—¿Sólo un almuerzo...?
—Si eso es lo que quieres, solo un almuerzo.
Sabía sin lugar a dudas que lo más tonto que podía hacer era decir que
sí. Lo que por supuesto, no me detuvo.
—Bien. Sólo un almuerzo.
Su rostro se iluminó como un niño viendo regalos debajo del árbol en
la mañana de Navidad.
—Te recogeré mañana a las once.
—Te veré allí.
Sonrió.
—Ni siquiera sabes a dónde vamos.
—Envíeme un mensaje de texto con la dirección. —Comencé a subir a
mi auto, pero Gray me agarró de la muñeca y me detuvo.
Me miró a los ojos.
—Te prometo que no estarás cometiendo un error.
No estaba segura de que eso fuera cierto, pero asentí de todos modos.
Al entrar en mi auto, de alguna manera logré maniobrar en la cuadra
sin golpear nada. Pero una vez que estaba fuera de la vista de Gray
Westbrook, tuve que detenerme para recuperar el aliento. Al estacionar mi
auto, apoyé la cabeza en el volante. Acababa de decir que sí hacía treinta
101 segundos, y ya no tenía idea de lo que me había poseído para hacerlo.
¿Dónde había ido mi sentido común? Oh espera, lo sabía. Había sido
silenciado por mi cegador deseo por el hombre, lo mismo que me había
hecho hacer estupideces hace poco más de un año, incluso bajo los ojos
vigilantes de las cámaras.
Solo que esta vez... era un hombre libre, y no había cámaras... y nada
nos impedía hacer todas las cosas que queríamos hacernos el uno al otro en
ese entonces.
14
Gray
Me presenté ante un juez y acepté pasar años encerrado en un centro
de detención federal, pero no estaba tan nervioso como cuando caminaba
por la calle para encontrarme con Layla. Tal vez era porque entonces sabía
que cuando finalmente me fuera, volvería a ser un hombre libre, listo para
comenzar de nuevo con una pizarra limpia.
Con Layla, sin embargo, no estaba tan seguro. Si lo arruinaba esta vez,
no habría otra oportunidad. Y no estaba seguro de sentirme libre de ella,
incluso si terminara conmigo.
Llegué quince minutos antes al Starbucks, a la vuelta de la esquina,
desde donde había planeado llevarla a casa y comprarnos un café, otra cosa
102
que nunca habíamos compartido, una simple taza de jodido café, aunque
sabía exactamente cómo lo toma, porque lo había escrito en una de sus
cartas.
Llegó justo a tiempo, y me paré al lado del sofá, me aseguré de agarrarlo
porque era pequeño y significaría que tendríamos que sentarnos cerca.
—Oye.
Parecía tan nerviosa como yo. Me incliné y besé su mejilla. El olor de
su piel tuvo más efecto sobre mí que cuando era un adolescente caliente y
llegaba a la segunda base.
Le dije que se vistiera de manera informal debido a dónde íbamos, pero
al verla vestida con unos vaqueros, una camiseta azul pálida ajustada y una
especie de sandalias de tacón alto con una cinta atada alrededor del tobillo
confirmó que mi idea, que hacer esto, era correcto por más de una razón.
Su cabello oscuro y ondulado enmarcaba su hermoso rostro, y en lugar del
habitual lápiz de labios rojo, su hermosa boca tenía su tono natural, pero
más brillante. Pero nada de eso importaba cuando vi su nariz.
Tuve que tragar para evitar que mis ojos se abrieran como un maldito
marica.
—Tus pecas están de vuelta.
Ella parecía nerviosa de que me hubiese dado cuenta y miró hacia otro
lado.
—Me gusta darle un descanso a mi piel el fin de semana. Voy a tomar
un café. ¿Quieres algo?
Levanté las dos tazas altas de la mesa y extendí una hacia ella.
—Latte de vainilla rubia con jarabe de vainilla extra.
—Oh. Gracias.
Mi cita no era hasta dentro de media hora, así que le indiqué que
tomara asiento.
—Tenemos un poco de tiempo antes de irnos.
—¿Irnos? Pensé que estábamos a dónde íbamos. Dijiste que nos
encontráramos en Starbucks.
—Cierto. Encuéntrame en Starbucks. Tenemos un lugar al que ir desde
aquí.
—¿Dónde?
Sonreí.
—Eso es un secreto.
Se mordió el labio, un raro signo de nerviosismo, y tomó un sorbo de
103 café. No pude evitar mirarla.
—¿Tienes que dejar de hacer eso? —dijo ella.
—¿Qué?
—Mirarme. Eso me asusta.
—Está bien. —Me senté de nuevo en mi silla y giré mi cabeza lejos de
ella—. Entonces, dime qué ha estado pasando durante el último año.
Ella me dio un codazo en las costillas juguetonamente.
—Sabes a lo que me refiero.
Me di la vuelta para enfrentarla.
—Sí, lo hago. Quieres que actúe como si no fueras lo único en lo que
pienso, y que cuando te veo no hace falta ni una pizca de fuerza para evitar
que te agarre el cabello y te haga recordar lo que nuestros labios sintieron
al presionarse el uno contra el otro.
Layla tomó la más mínima bocanada de aire, apenas tímida, pero más
que una inhalación regular. Quería ocultar cualquier efecto que tuviera
sobre ella. Miró hacia otro lado para romper el momento antes de volverse,
sacudiendo la cabeza.
—Hice una lista, ya sabes.
Tomé un sorbo de mi café, sabiendo exactamente lo que quería decir.
Todo lo necesario para analizarlo a fondo.
—Dímela.
—Pros —comenzó y sonrió—. Déjame pensar. Esa fue una lista mucho
más corta.
—Ahora es fácil. Estoy seguro de que te estás perdiendo algunos. Esa
es otra razón por la que necesitamos pasar algo de tiempo juntos hoy. Así
puedo ayudarte a equilibrar esa cosa.
—Tal vez me vaya con un montón de nuevas desventajas que no había
pensado después de esto.
—No lo harás.
Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió.
—Tan engreído.
Le guiñé un ojo.
—Mi polla definitivamente va del lado de las ventajas.
—Eso me recuerda, necesito agregar pervertido al lado de los contras.
Me incliné más cerca.
—Dame la oportunidad de hacer bien las cosas sucias que digo. Lo
104 moverás al lado pro. Lo prometo.
—¿Alguna vez volveremos a tener una conversación normal?
Sonreí.
—¿Volver? ¿Alguna vez tuvimos una conversación normal?
Ella suspiró.
—Tienes un punto.
—Sólo bromeo. Tuvimos buenas conversaciones, Layla. Eres hermosa,
pero no soy célibe después de más de tres años porque no puedo conocer a
una mujer. Nos conectamos en un nivel diferente. Quiero que le des una
oportunidad otra vez.
Ella asintió, pero no parecía muy convincente.
—¿Te haría sentir mejor si te dijera que también me asustas?
Sus labios se separaron, y esta vez se cubrió llevando el café a la boca.
Noté a una mujer esperando su café mirándonos fijamente. Levantando
mi barbilla en su dirección, le pregunté a Layla:
—¿Amiga tuya?
Cuando se volvió para mirar, su cara y su postura cambiaron. Parecía
que quería agacharse y esconderse debajo del asiento. La mujer saludó, y
Layla le devolvió el saludo vacilante. —Mierda.
—¿Alguien a quien no quieres ver?
—Es mi media hermana.
—De tu padre, de su otra...
—Familia. Sí.
—¿Vive en Nueva York?
—Se mudó aquí hace unos meses. Y piensa que deberíamos ser mejores
amigas.
Miré a la mujer que ahora caminaba hacia nosotros con su café.
—Bueno, no mires ahora, pero tu mejor amiga viene hacia acá.
La mujer tenía una voz irritantemente aguda.
—¡Layla! No puedo creer que finalmente me encontré contigo. Te dejé
mensajes. Estaba empezando a pensar que me estabas evitando.
—No. Solo ocupada. —Ella me señaló—. Incluso los fines de semana
trabajo. Estoy en una reunión con un cliente.
—¡Oh! —Ella me miró, su interés despertado—. Eres afortunada.
105
—Pero fue genial verte —cortó Layla.
—Igualmente. Voy a cenar con papá el próximo fin de semana. Deberías
unirte. Le encantaría verte.
Layla fingió decepción como una campeona.
—Oh. Lo siento. Estaré fuera de la ciudad.
La mujer sacó su labio inferior.
—Bueno. Bueno, te dejaré volver al trabajo —Se inclinó para recibir un
incómodo abrazo y un beso al aire—. ¡Te llamaré!
—Hazlo —dijo Layla—. Cuídate.
Cuando ella se dio la vuelta, sus hombros se desplomaron.
—Espero que dondequiera que me lleves, haya alcohol.
Miré mi reloj.
—Es aún mejor. Te encantará. Pondrá una sonrisa en tu cara y te hará
olvidar todo sobre tu loca familia. Y mañana no tendrás resaca.
—No estoy segura de que deba confiar en ti por el sonido de eso...
Guiñé un ojo.
—Me gusta la forma en que estás pensando. Pero puedes confiar en
mí—. Me levanté y extendí la mano para ayudarla a levantarse—. ¿Lista para
irnos?
Me miró por unos segundos, dudando antes de poner su pequeña mano
en la mía. A pesar de que la soltó apenas se puso de pie, mientras yo quería
mantenerla, lo sentí como un progreso.
Pequeños pasos.
Progreso.
Estuvimos callados mientras salíamos de la cafetería y subíamos por
la calle. Estaba a punto de contarle a dónde nos dirigíamos para animarla,
cuando ella me sorprendió abriéndose.
—Ella es muy buena. Me siento mal por no querer tener nada que ver
con ella. Pero simplemente no puedo pasar el tiempo con ella.
—Es comprensible —le dije—. Es un recordatorio constante de algo que
te duele.
—Pero ¿Por qué no le molesta? ¿No debería verme de la misma manera
que yo la veo? El solo hecho de que quiera ser mi amiga me hace sentir que
algo anda mal conmigo por no sentir lo mismo.
—No todos manejan las cosas dolorosas de la misma manera. —Hice
106 una pausa y pensé en si debía compartir el ejemplo que pensé de inmediato.
Decidiendo que tal vez ayudaría a mi caso, lo hice—. Mira lo que hice con
Max. Podría haber sido tan simple como decirte que estuve casado una vez
y que lo anularon cuando preguntaste. Pero ni siquiera quería admitirlo.
Estaba avergonzado, y no había hecho nada malo. Probablemente hay una
parte de ti que siente lo mismo por lo que hizo tu padre.
Asintió.
—Sí. Todos estos años y solo Quinn sabe la verdad de la extraña
relación de mis padres. Y si soy sincera, nunca había planeado decírselo.
Su vuelo a casa en mi decimosexto cumpleaños se canceló, y estaba molesta
porque él iba a estar con su otra familia en mi día. Quinn y yo nos
emborrachamos y terminé diciéndole todo. Para entonces, yo había sabido
lo que estaba pasando desde hacía años, pero nunca había dicho una
palabra.
La miré y asentí.
—Olvida los errores que otros cometen; sólo aprende de ellos. Ese fue
uno de los mantras de Etta al crecer. Da miedo lo apropiado que es para mi
vida en este momento.
Llegamos al edificio que albergaba el refugio de animales, y me detuve.
—Llegamos.
—¿Dónde? —Miró a su alrededor, y sus ojos se iluminaron cuando se
elevaron hasta el letrero en lo alto del alto edificio de ladrillos: New York City
Animal Care—. ¿Estamos visitando perros?
—Podemos visitarlos a todos. Pero estoy aquí por uno en particular.
Adopté un perro, y hoy es mi cita para recogerlo.

***

—Oh, Dios mío —Layla aterrizó de plano sobre su culo y se rió. Igual
que la primera vez que conocí a Pecas, actuó con timidez e indecisión,
olfateando hasta que decidió que estaba bien, y luego saltó y la golpeó para
lamerle la cara. Esta vez agarré su collar, como lo había hecho la voluntaria
cuando lo conocí.
—Relájate, muchacho. Tómalo con calma. Sé que ella huele bien, pero
nos avergüenzas a los dos. Además, podría estar un poco celoso.
La sonrisa de Layla era amplia cuando puso los ojos en blanco y me
permitió ayudarla a levantarse. Se quedó agachada a mi lado, cuando Pecas
finalmente desvió su atención hacia mí.
—Ahí tienes. Ya es hora de que te dieras cuenta de que estaba aquí.
107 Ella miró mientras rascaba detrás de sus orejas y le daba un buen
frotamiento con las dos manos.
—Y yo aquí asumí que te referías a la atención que le estaba prestando
al perro cuando dijiste que estabas celoso —bromeó Layla—. Ahora no estoy
tan segura. Creo que podrías haber estado celoso de que el perro me
prestara atención.
—Me dejas lamerte la cara, y ni siquiera recordaré que tengo un perro.
Ella rió.
La voluntaria había dicho que el Wi-Fi del centro no funcionaba esta
mañana, por lo que se retrasaron un poco en la aprobación de la adopción.
Nos sugirió que pasáramos un rato en la sala de juegos para mascotas
mientras ellos trabajaban para finalizar todo.
Me quedaría todo el día en esta habitación de olor putrefacto solo para
mantener esa sonrisa en la cara de Layla. Parecía tan despreocupada en
este momento.
Pecas corrió y sacó su zapato. Supongo que esa cosa vendría a casa
conmigo si todavía no la había abandonado. Layla tomó el zapato y tiró de
un extremo mientras él tiraba felizmente del otro.
—¿Esto es lo que están usando como juguetes ahora? Cualquiera que
sea la tarifa por adoptarlo, creo que necesitas duplicar tu donación.
Dios, esa maldita sonrisa.
—Es de su anterior propietario. Historia triste. Murió... —Extendí la
mano y acaricié la espalda del perro mientras los dos jugaban al tira y
afloja—. Y este pequeño se metió en problemas en la casa por unos días
antes de que alguien los encontrara. Por eso lo afeitaron. Cuando lo vi ayer,
estaba cubierto de pegamento y barro. Pero ese zapato es de su dueño, y
parece estar atado a él.
—Awww. Pobre bebé. —Layla soltó el zapato y tomó a Pecas en sus
brazos, acurrucándolo contra su pecho.
Podría jurar que el perro me miró y sonrió. Tal vez lo imaginé.
—Tuve un perro cuando era pequeña.
—Lo sé. Ese fue el comienzo de tus listas de pros y contras. Tenías un
perro que llamaste Muffin el Mutt.
Ella me miró divertida, con la nariz arrugada.
—¿Recuerdas el nombre de mi perro?
—¿Demasiado espeluznante?
Su labio se contrajo.
108
—Tal vez un poco.
Diez minutos después, Carol, la voluntaria que nos ayudó cuando
entramos, apareció en la puerta.
—Parece que le ha gustado la señora.
Vi en mi visión periférica que Layla estaba a punto de corregirla, así
que me adelanté.
—¿Puedes culparlo? El perro tiene buen gusto.
Le guiñé un ojo cuando mi supuesta esposa me dio una mala mirada.
—Estamos listos con el papeleo. Lamento la espera. Solo necesitamos
que firme algunos formularios y podrá irse.
Levanté al perro de los brazos de Layla y le ofrecí una mano para
ayudarla a levantarse.
—Estaré justo al lado cuando estén listos —dijo Carol. Comenzó a
alejarse y luego se dio la vuelta y señaló al holgazán mordido en el suelo—.
No olviden el zapato de Pecas.
Layla había estado cepillando el pelo de perro de sus pantalones. Su
cabeza apareció.
—¿Qué es lo que acaba de decir?
—Dijo que estaría justo al lado cuando estemos listos.
Ella entrecerró los ojos.
—Después de eso.
—Que no olvidáramos su zapato.
—Sí, ¿Y cómo llamó al perro?
—Por su nombre, por supuesto.
Ella juguetonamente me golpeó el brazo.
—¿Cuál es el nombre del perro, Westbrook?
Sonreí
—Pecas.
—¿Ese era su nombre o así es como lo llamaste?
—No tuve nada que ver con eso —Señalé su nariz. Las pequeñas pecas
estaban al frente y en el centro con su nueva cabeza rapada—. Pero ahora
sé por qué nos unimos tan fácilmente. Pecas y yo. Era cosa del destino.
Ella negó con la cabeza, pero la sonrisa que llevaba no había
desaparecido. Extendí mi mano para que caminara por la puerta delante de
mí, pero la detuve antes de que pasara para susurrar:

109 —Me refería a ambas pecas, en caso de que te lo estuvieras


preguntando.
15
Gray
No estaba listo para finalizar el día.
Pero después de un viaje a una tienda de mascotas cercana para
abastecernos de suministros, Pecas me dijo que estaba listo para irse a casa.
Él realmente se recostó mientras yo esperaba en la fila de salida.
Layla colocó los cuencos para perros en sus manos en la cinta
transportadora mientras yo añadía una bolsa de comida, galletas, algunos
palos para masticar y un zapato de plástico que tenía la sensación de que
me haría volver loco.
Ella miró a Pecas mientras él bostezaba y se acomodaba.
110 —Creo que tienes un perro perezoso.
—No te metas con tu tocayo. —Pagué la factura por mis compras y
agarré la comida para perros y una de las bolsas. Layla recogió las otras
dos, y salimos juntos a la calle.
—Mi pequeño amigo ha desaparecido, y realmente podría necesitar algo
de ayuda para llevar toda esta basura a mi casa.
Layla me hizo una cara que decía estás lleno de mierda.
—Podría atar estas bolsas a las trabillas de tu cinturón y hacerte
caminar a casa como una mula de carga mientras voy a la oficina por unas
horas, como debería haber hecho hoy.
Sonreí.
—O… podrías venir a casa conmigo y dejarme intentar impresionarte
con la vista desde mi sala de estar.
—Si te ayudo, ¿prometes tener un buen comportamiento?
—Lo prometo. —Miré a mi nuevo perro—. Pero no puedo hablar por
Pecas aquí. No soy el único que quiere lamerte.
—¿Por dónde? Antes de que cambie de opinión.
***

Mis palmas comenzaron a sudar cuando abrí la puerta principal de mi


apartamento. No tenía ni puta idea de por qué. Vivía en un gran edificio, las
vistas eran espectaculares, y antes de mi desastrosa relación con Max, no
era ajeno a entretener a otra persona. Pero con Layla, todo se sentía
importante.
No podría haber pedido un mejor recibimiento aún si yo mismo hubiera
ordenado la puesta de sol. Las ventanas del piso al techo en la sala de estar
revelaron el atardecer más colorido y nebuloso, con rayas anaranjadas,
amarillas y púrpuras en el cielo. No estaba completamente oscuro, pero
estaba lo suficientemente oscuro como para que las luces de Manhattan
brillaran en toda la ciudad.
—Santa mierda. —Layla hizo una línea recta hacia la pared de vidrio—
. Asumí que tú diciendo que tenías una gran vista era solo una manera de
atraerme a tu apartamento.
Me acerqué y me paré detrás de ella. Dios, lo que no hubiera dado por
tirar de su cabello hacia un lado y devorar su hermoso cuello. Juntos
miramos en un cómodo silencio hasta que lo rompió.
—Debes haber extrañado esto.
111
La miré de pie tan cerca y comencé a salivar.
—Ni siquiera puedes imaginarlo.
Si no ponía un poco de espacio entre nosotros, estaba a punto de
arruinar las cosas. Me aclaré la garganta.
—Necesito darle un poco de agua a Pecas. ¿Te traigo una copa de vino?
—Me encantaría.
Layla se quedó en las ventanas mientras llenaba el nuevo tazón de
Pecas y abría una botella de vino. Estaba oscureciendo rápidamente, y
cuando me uní a ella, la luz del día casi había desaparecido.
—Cuando era pequeña y la gente me preguntaba cuál era mi color
favorito, decía “arco iris” porque me encantaba la forma en que todos los
colores se veían juntos y no podía elegir uno solo —dijo—. Creo que eso ha
cambiado.
—Ah, ¿sí? —Extendí la copa de vino hacia ella—. ¿Cuál es tu nuevo
color favorito?
Sonrió. —Puesta de sol. Ese es mi nuevo color favorito.
—Vamos. Déjame mostrarte la vista desde mi habitación antes de que
se oscurezca completamente. Es diferente, pero igual de buena.
—Ni siquiera me importa si eso es una línea. Quiero ver la vista.
—¿En serio? —dijo mientras caminaba. Las dos ventanas de mi
habitación eran más pequeñas que la ventana de la sala de estar, pero
enmarcaban una vista del río Hudson, que actualmente reflejaba lo último
de la puesta de sol y las luces de la próxima noche—. Estas son las mejores
vistas que he visto en un apartamento. No creo que me fuera nunca si viviera
aquí.
—Estoy seguro de que podría arreglarse.
Justo como lo habíamos hecho en la sala de estar, nos quedamos en
las ventanas de la habitación mirando afuera por un tiempo. No estoy seguro
de cuánto tiempo estuvimos allí, pero cuando Layla se dio la vuelta, estaba
completamente oscuro.
Sus grandes ojos verdes me miraron.
—¿Qué es lo que más extrañaste?
Antes de que pudiera responder, levantó un dedo, aclarando su
pregunta.
—Y no puedes decir que a mí.
Lo pensé por un momento.
—Extrañe querer tiempo para frenar.
112
—¿Qué quieres decir?
—Quería que todos los días pasaran rápido. Básicamente estaba
deseando mi vida fuera. Extrañaba los momentos en la vida cuando quería
detenerme.
—No estoy segura de entender.
—¿Cómo te sentiste viendo la puesta de sol en la sala de estar? ¿Como
si estuvieras disfrutando el momento, y tal vez sería bueno estirarlo unos
minutos más?... ¿Hacer que el tiempo disminuyera?
—Sí. Así es exactamente como me sentía.
—Extrañé ese sentimiento. Extrañé tener cosas que eran tan
importantes para mí, que disfrutara tanto, que quería que duraran un poco
más.
Me miró a los ojos.
—Esa es una muy buena respuesta. Supongo que puede abarcar
muchas cosas diferentes: una puesta de sol, un momento especial con
alguien, escuchar una canción antigua, un arco iris.
Quería decirle que este era uno de esos momentos de la peor manera.
Pero me contuve por miedo a asustarla. En su lugar, ambos bebimos
nuestro vino. Tensión construyéndose dentro de mí. Ella también tenía que
haberlo sentido. Estábamos en mi habitación, en la oscuridad, en silencio.
Miré hacia la cama a dos metros de distancia, y mis pensamientos no
pudieron evitar moverse hacia lo que sería estar dentro de ella. Quería
follarla por todo mi apartamento, una especie de bautizo. Contra las
ventanas de la sala mientras ella miraba la puesta de sol, en el dormitorio a
cuatro patas mientras veía salir el sol. En el mostrador de la cocina, en la
ducha, en el piso, frente a la chimenea, en el comedor, en la parte superior
de mi escritorio, en el dormitorio de invitados que usaba como oficina.
La voz de Layla me sacó de mi fantasía erótica.
—¿Qué estás pensando ahora? Pareces tan enfocado en algo.
Tomé un sorbo de mi vino.
—No creo que deba decirlo.
Inclinó su cabeza. Aunque ahora estaba oscuro, el verde en sus ojos
brillaba.
—¿Por qué no?
—Porque me prometí a mí mismo que nunca volvería a hacer algo tan
estúpido como mentirte.
—¿Por qué tendrías que mentirme?
Apunté mis ojos a la cama antes de encontrarme con los de ella otra
113 vez.
—Oh —dijo.
La tensión que habíamos logrado mantener a fuego lento se intensificó
repentinamente. El aire se espesó a medida que pasaban los segundos,
ninguno de los dos intentaba salir de la habitación oscura. Oí que su
respiración se hacía más pesada mientras miraba hacia el suelo, evitando
mi mirada. Cuando levantó la vista de debajo de las pestañas gruesas y
nuestros ojos se conectaron, pensé que podría perderlo.
Tan jodidamente hermosa.
Tan jodidamente sexy.
En mi dormitorio…
Pero no podía hacer el primer movimiento, aunque hubiera dado
cualquier cosa por tomar esa boca, devorar ese cuello, escucharla gemir
como sabía que lo hacía cuando la besaba. Era un sonido que nunca había
olvidado.
Su voz era tan baja que casi pensé que la había imaginado al principio.
—Dime lo que estabas pensando.
—¿No lo mantendrás contra mí?
Tragó y sacudió la cabeza.
—Me estaba imaginando despertar a un amanecer en mi cama contigo.
Me estaba imaginando que el sol salía sobre el río y todos los hermosos
colores. —Mi voz era grave y esperé a que me detuviera. No lo hizo—.
Estarías a cuatro patas en el centro de mi cama mientras te follaba desde
atrás, lentamente, mientras observabas la salida del sol.
Sus labios se separaron. Sin embargo, todavía no me detuvo, así que
tomé eso como una señal para continuar.
—Quiero follarte contra el vidrio en la sala para que toda la ciudad sepa
que eres mía.
Su respiración se volvió más trabajosa.
—Quiero levantarte en el mostrador de la cocina, abrirte las piernas y
comerte de desayuno.
—Jesús, Grey.
Un zumbido llamó nuestra atención a la puerta, y nos giramos justo
cuando mi nuevo perro entró en el dormitorio. El zapato grande que llevaba
golpeó contra la jamba de la puerta cuando entró. Honestamente, me había
olvidado de él. Pecas corrió y saltó hasta mi cama. Dio una vuelta en círculo
unas cuantas veces antes de caer en el centro en un punto muerto en el
medio.
114
Eso efectivamente rompió el momento. Tal vez conseguir un perro no
fue una gran idea después de todo.
Layla parpadeó un par de veces. Me dio la sensación de que estaba
aliviada de tener una interrupción. Se acercó a la cama y se sentó.
—Hola, pequeño amigo. ¿Qué te parece tu nuevo hogar?
Me quedé en la ventana y observé su interacción.
Pecas se levantó y caminó hasta el borde donde estaba sentada. Layla
le extendió la mano para que oliera, y él se aprovechó al máximo, incluso
agregando algunas lamidas. Luego, de la nada, justo como me había hecho
la primera vez que lo conocí y luego a Layla el día de hoy, saltó sobre ella.
Solo que esta vez, no la hizo caer sobre su culo. Ella se dejó caer sobre la
cama y se echó a reír mientras él se cernía sobre ella a cuatro patas,
lamiéndole el rostro.
En lugar de detenerlo de inmediato, disfruté el momento. El cabello
oscuro de Layla estaba extendido sobre mi edredón, y estaba riendo y
sonriendo, tan despreocupada. Al final, me sentí culpable por no haberle
quitado a mi perro, así que caminé hacia la cama y le di un pequeño tirón
al cuello.
—Está bien, amigo. Tómalo con calma —bromeé—. Guarda algo de eso
para mí.
Layla se incorporó con una sonrisa genuina y se limpió la baba de
perrito de su rostro.
Todavía no podía apartar mis ojos de ella.
—¿Qué? —Se palmeó el cabello y se enderezó la camisa, que se había
resbalado por un hombro—. ¿Mi maquillaje está por todo mi rostro o algo
así?
Negué con la cabeza.
—¿Recuerdas lo que me preguntaste antes? ¿Qué es lo que más
extrañaba?
—Sí.
Miré entre sus ojos.
—Ese fue uno de esos momentos. Solo viéndote disfrutar del perro.
El calor llenó sus ojos.
—Es un perro dulce.
—¿Qué hay de su dueño?
Sonrió.
115
—Él tiene sus momentos. —Mirando alrededor de la habitación, debió
darse cuenta de que se había oscurecido—. Deberíamos volver a la sala de
estar. Pero gracias por compartir la vista.
—Mi vista es tu vista. Ven al atardecer, quédate para él amanecer.
Se rió, y la seguí a la cocina, disfrutando de mi propia vista
espectacular de su culo. Cuando se dio la vuelta en el baño en el pasillo, me
atrapó, pero no pidió que no lo hiciera.
—¿Está bien si uso este baño?
—Por supuesto. Hay uno fuera del dormitorio, también, si quieres.
—Gracias. Este está bien.
Pecas se acercó a la puerta principal y la arañó.
—¿Necesitas salir, amigo?
Respondió persiguiendo su cola en un círculo en la puerta principal.
—Voy a tomar eso como un sí.
Layla entró en la cocina mientras intentaba unir la correa al collar de
Pecas.
—Creo que necesita ir a dar un paseo.
—Guau. Es genial que te lo haga saber. Nos tomó meses entrenar al
perro de nuestra familia. Aunque era un cachorro, y supongo que el dueño
anterior de Pecas lo habría entrenado. Pero aún. Será agradable no tener
que pasar por eso.
—¿Por qué no te relajas? Quédate aquí. Toma otra copa de vino
mientras lo saco.
Caminó hacia su bolso.
—En realidad, creo que debería irme de todos modos.
Habíamos pasado todo el día juntos, y todavía no quería que terminara.
—¿Estás segura? Hay un gran pequeño lugar italiano arriba de la
cuadra. Se suponía que te iba a llevar a comer hoy, y nunca lo logramos.
Podemos ordenar. O ir a comer algo, si quieres.
—Gracias. Pero creo que es lo mejor. Además, tengo un montón de
trabajo que hacer.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra en el ascensor. Una vez que
estábamos en la calle, Pecas me llevó a un árbol para aliviarse.
—Perro inteligente —dijo Layla.
—Sí. Creo que podría haber tenido suerte.
Bajó la mirada.
116
—Gracias por llevarme contigo hoy para recogerlo. Pase un muy buen
rato.
No podía dejarla ir sin presionar. Extendiéndome, metí dos dedos
debajo de su barbilla y la levanté para que nuestros ojos se encontraran.
—Déjame llevarte a cenar. En una cita real.
Vi como las ruedas en su cabeza giraban. Se mordió el labio y miró
hacia otro lado antes de mirarme.
—Nos lo tomaremos despacio.
—Puedo ir despacio —respondí demasiado rápido. Era obvio que si ella
hubiera dicho “Está bien, pero primero tienes que comer una bolsa de
mierda”, habría aceptado.
Sacudió su cabeza.
—Espero no arrepentirme de esto.
Mi rostro se iluminó en lo que probablemente era la sonrisa más
desagradable, más extravagante y cursi.
—¿Eso es un sí?
—Bien. Sí. —Levantó un dedo de advertencia—. Pero es la cena.
Despacio, Grey.
Envolví un brazo alrededor de su cintura y la atraje hacia mí.
—Puedo ir despacio.
Entrecerró los ojos.
—Pensé que habías dicho que no había mentiras.
—Lo hice. Eso no significa que quiera hacerlo lento. Pero puedo, y lo
haré, si eso es lo que se necesita.
Apoyó una mano en mi pecho, aplicando una ligera presión que
sospechaba me estaba diciendo que mantuviera la distancia.
—Necesito ocuparme de algunas cosas. ¿Me llamas durante la semana?
—¿Envolverte en mis brazos y abrazar la mierda fuera de ti en este
momento es demasiado rápido?
Se rió.
—Un abrazo está bien.
Tiré de Layla en un fuerte abrazo y hundí mi rostro en su cabello. Olía
tan jodidamente bien.
—No tienes idea de lo feliz que me hiciste.
—Ummm… Si lo que se me está clavando en la cadera es una
indicación, creo que sé lo feliz que eres.
117
Nos reímos, y mientras odiaba dejarla ir, intenté ser bueno. Ni siquiera
intenté chuparle el rostro, aunque eso era solo la punta del iceberg de lo que
quería chupar. Aunque tuvo que tirar de su mano de la mía cuando era hora
de alejarse. No pude dejarme ir voluntariamente.
16
Layla

—¿Estamos realmente en el edificio el mismo día? —Oliver entró a mi


oficina el miércoles por la mañana con su sonrisa brillante de siempre.
El lunes estuvo en la corte todo el día y el martes salí con un cliente a
Nueva Jersey hasta la noche. Habíamos intercambiado algunos mensajes
de texto y le dije que no podía cenar el miércoles por la noche, pero sugerí
que almorzáramos. Era definitivamente más fácil romper durante un
118 almuerzo rápido que en una cena más larga, y no iba a pasar tiempo con
Gray hasta que terminara con Oliver. A pesar de que Oliver y yo nunca
hubiéramos hablado de ser exclusivos, simplemente no me sentaba bien.
Mi teléfono vibró en mi escritorio, y me alegré de que estuviera boca
abajo. Gray me había estado mandando mensajes esta mañana y no quería
mostrarle a Oliver ninguna falta de respeto. Era un gran tipo, una parte de
mí deseaba estar con él en lugar de con Gray, pero el corazón lo sabía,
aunque el cerebro no se hubiese puesto al día aún.
—Me sorprende haber conseguido llegar a trabajar hoy. —Cerré el
archivador en el que había estado hurgando—. El señor Kwan no dejó de
hablar hasta las ocho anoche.
Oliver y yo teníamos pocos clientes cruzados, y Kwan Enterprises
usaba servicios legales de casi todos los departamentos de nuestra firma.
—¿Trajo a Jin Me o Song? —preguntó Oliver.
—Jin Me. ¿Quién es Song?
Sonrió.
—Su esposa.
—¡Oh, Dios mío! ¿Está casado? No tenía ni idea. Pensé que Jin Me era
su hija al principio. Tiene unos treinta años, y él probablemente tenga más
de sesenta. Así que me asusté cuando le puso la mano en el muslo.
—Sí. El tío es un semental. Ha sido cliente mío casi desde que comencé
a practicar. Ha habido una docena de Jin Mes.
—Dios, nunca lo habría tomado por infiel, por alguna razón.
—Siempre son los que menos esperas. —Sabía que Oliver no se refería
a mí, pero aun así me sentía culpable por haber pasado tiempo con Gray.
—Um… sí. Tengo que correr a una llamada. ¿Almuerzo a la una?
—¿Griego?
—Claro. —Forcé una sonrisa—. Eso suena genial.
Después de que Oliver desapareciera, me senté y miré por la ventana
un rato. Sabía que terminar las cosas con él era lo correcto, tanto si las
cosas funcionaban con Gray como si no. Porque, si mi corazón hubiera
estado con Oliver, no se habría desviado tan fácilmente. Pero nunca era fácil
romper con una buena persona.
Mi teléfono sonó en mi escritorio, y trajo mi atención de vuelta de
pensar en mi próximo almuerzo. Por supuesto que era Gray. Como lo fue el
texto anterior que no había visto cuando Oliver entró.
Gray: Esta noche volaré a Chicago para una reunión temprano con una
potencial inversora tecnológica.
Gray: ¿Qué tal almuerzo hoy?
119
Le mandé un mensaje en respuesta.
Layla: Lo siento. No puedo hoy. Tengo una cita para almorzar.
Después de escribir el texto, repensé mis palabras y modifiqué antes
de pulsar enviar.
Layla: Lo siento. No puedo hoy. Tengo planes para el almuerzo.
Gray: ¿Puedes reprogramar? Haré que valga la pena. Un amigo mío va
a abrir un restaurante francés al norte y está organizando un almuerzo de
críticos, todos los aperitivos en miniatura, una muestra de todo el menú.
Debatí qué decirle unos minutos y decidí ir con la verdad.
Layla: Estoy almorzando con Oliver hoy.
Archibald Pittman entró en mi oficina e interrumpió el resto de lo que
estaba por enviar en el mensaje de texto. Sus visitas siempre me ponían
nerviosa.
—Señorita Hutton. Acabo de revisar las horas facturables. Buen trabajo
al traer a nuestro nuevo cliente al servicio y promover nuestro otro trabajo
especializado.
No tenía ni idea de qué demonios hablaba.
—Uh. Gracias.
—Siga con el buen trabajo. —Desapareció.
Todavía insegura de a qué se refería, le escribí a Gray.
Layla: ¿Le diste algún otro trabajo legal a la firma, fuera de mi
departamento?
Gray: No comparto, Layla.
Hmmm. Esa fue una respuesta extraña.
Layla: No estoy segura de entenderlo.
Esperé su respuesta como un mensaje, pero, en su lugar, el teléfono
me sonó en la mano.
—Sé que dijiste que tenemos que tomarnos las cosas con calma, pero
no puedo compartir, Pecas.
—¿De qué estás hablando?
—Tú cita para almorzar.
—¡Oh! —Me reí—. Lo siento, estaba perdida en nuestra conversación.
Mencioné mi almuerzo con Oliver y luego Pittman interrumpió y mencionó
algo sobre un cliente que le da más negocios a la empresa. Pensé que podrías
ser tú. Debe haber sido otra persona con la que trabajo.
—Le di más negocio a la firma. Manejan el testamento y última
120 voluntad de mi padre y una transacción de bienes raíces que necesito hacer.
Llamé a Pittman y le dije que me habías vendido traer ese trabajo a tu firma
en lugar de dejarlo con el abogado de mi padre.
—Oh. Guau. No tenías que hacer eso. Pero gracias.
—De nada. ¿Me puedes hacer un favor a cambio?
—Por supuesto. ¿Qué?
—No vayas a almorzar con Polla de lápiz. Puedo esperar once meses a
verte. Puedo contenerme para no atacarte cuando estés en mi apartamento.
Puedo ir tan lento como quieras. Pero no puedo lidiar en pensar en ti con
otro hombre.
Por mucho que odiara admitirlo, su actitud posesiva y sus celos eran
sexis en esta situación, aunque no pude evitar molestarlo un poco.
—Pero ya rompí con Jared.
—¿Quien?
Tuve que taparme la boca para contener mi risita.
—Jared. Y estaba planeando dejar ir a Trent, también. Aunque pensé
que tal vez me acostaría con él al menos una vez más antes de terminarlo.
—¿Me estás jodiendo? Por favor, dime que me estás jodiendo.
Le dejé escuchar mi risa esta vez.
—Voy a almorzar con Oliver para terminar las cosas. Estaba planeando
decírtelo, pero luego Pittman me interrumpió y olvidé mencionar esa parte.
Gray dejó escapar un fuerte suspiro.
—Crees que eres graciosa, ¿cierto?
—Sí. De hecho, estoy bastante entretenida ahora mismo. —Me recliné
en mi silla.
—Me alegra que te estés divirtiendo. Pero eso merece un bofetón en el
culo, y disfrutaré de la recompensa la próxima vez que te vea.
—Yo también podría disfrutar eso.
Gray gimió.
—Cristo. —Entonces lo oí cubrir el teléfono—. ¿Puedes dar la vuelta a
la cuadra una o dos veces, por favor?
Escuché los débiles sonidos de lo que debía haber sido un conductor
diciendo “Claro, señor” antes de que Gray volviera a la línea.
—Ahora voy a llegar tarde a mi cita en el banco gracias a ti.
—¿A mí? ¿Qué hice?
—Acabas de decirme que podrías disfrutar de que te azotara, y ahora
121 no puedo pensar en nada más que en el aspecto que tendrá tu trasero con
la huella de mi mano. No puedo entrar allí con la polla hinchada.
Me moví en mi asiento.
—Oh.
—¿Ten una cena temprana conmigo? No puedo esperar a verte después
de que seas oficialmente mía.
—No te adelantes. Dije que iba a romper las cosas con Oliver. No dije
que era oficialmente de nadie.
Me ignoró.
—Cena a las cinco. Retrasaré mi vuelo de las siete a las nueve.
—No puedo. Tengo un cliente a las cuatro y necesito prepararme para
un caso para mañana. ¿Cuándo vuelves de tu viaje?
—Mañana por la noche. ¿Viernes, entonces?
—Tengo una fiesta de cumpleaños para niños el viernes por la noche.
¿Sábado?
—Un evento con el antiguo compañero de mi padre. ¿Domingo por la
noche?
—Tengo una deposición anticipada el lunes para la que tendré que
prepararme.
—Jesucristo. Y vuelo a la costa oeste el lunes por la mañana. No puedo
esperar dos semanas para besarte.
Sonreí.
—Siempre podrías venir conmigo a la fiesta de los niños. Es para mi
ahijada.
—¿Habrá un rincón tranquilo o un armario en el que empujarte unos
minutos y besarte hasta volverte loca?
Me reí.
—No puedo garantizar uno. Pero podría haberlo.
—Bien. ¿A qué hora debo recogerte?
—¿De verdad vas a venir a una fiesta infantil?
—¿Me estas invitando?
—Claro, si quieres. Estoy segura de que a Quinn le encantaría
conocerte. Es la fiesta de la hija de mi mejor amiga. —Hice una pausa—.
Pero, siendo sincera, no estoy segura de que sea tu mayor admiradora. Lo
compartimos todo, y probablemente te mirará mal y te interrogará.
122 —Todavía vale la pena solo por la oportunidad de conseguirte aunque
sea unos minutos. Además, voy a tener que ganarme a tu amiga tarde o
temprano.
Me encantó que estuviera dispuesto a trabajar con cualquier cosa que
pudiera darle.
—Te diré algo: lo haremos interesante. Si logras que mi ahijada te dé
un abrazo de despedida y su mamá te dé el visto bueno, te dejaré meterme
mano en el auto de camino a casa.
Por supuesto no tenía idea de que mi ahijada odiaba a los hombres en
general y Quinn había considerado visitarlo en la cárcel para cortarle las
pelotas en un momento dado. Pero, ¿cuán divertido sería explicarle eso?
—Cariño, no tienes idea de todo lo que haría para ganar esa apuesta.
—A las seis de la tarde del viernes.
—No puedo esperar.

***

El sonido de mi timbre me hizo saltar. No podía recordar el momento


en que había estado tan nerviosa por una cita, si así era como llamarías a
llevar a Gray conmigo a una fiesta de cumpleaños infantil a las seis de la
noche del viernes. Presioné el intercomunicador.
—Llegas media hora antes. ¿Por qué creo que lo hiciste a propósito para
que no estuviera lista y tuviera que pedirte que subas en lugar de bajar?
—Porque eres inteligente. —Su voz ronca y su honestidad me hicieron
reír.
—Vamos, sube.
Esperé en la puerta el ascensor. Llegué a casa un poco temprano para
ducharme y prepararme, pero aún necesitaba otros quince minutos más o
menos para maquillarme. Gray bajó del ascensor y se dirigió hacia mí.
Caminaba con confianza y con un propósito, lo cual me parecía sexy. Algo
acerca de la forma en que un hombre se para y camina siempre ha dicho
mucho sobre él, en mi mente. Podría ser algo insignificante, pararse con las
piernas abiertas, con los pies separados un poco más ancho que sus
hombros, o cómo mantenía la cabeza erguida y mirando directamente al
frente.
Gray se comió la distancia hasta mi puerta con sus pasos largos y
equilibrados. A pesar de que me desconcertaba, me mantuve firme cuando
no parecía que fuera a parar.
Se metió en mi espacio personal y me envolvió la cintura con una mano.
123
—Busqué la definición de despacio en el camino aquí.
Levanté una ceja.
—¿Lo hiciste? ¿Qué aprendiste?
—Moverse o proceder con una velocidad menor o inferior a la habitual.
—Muy bien. Has aprendido la definición de despacio. ¿Qué tal
pulcritud? Lo memoricé para el SAT hace años.
Gray usó la mano envuelta alrededor de mi cintura para presionar
nuestros cuerpos con más fuerza.
—Listilla. Quiero decir… despacio no significa parar. Despacio significa
seguir avanzando, solo a un ritmo más lento.
—Sí, eso es correcto.
Juro que vi un brillo en sus ojos cuando una sonrisa astuta se extendió
por su rostro.
—Me alegra que estemos de acuerdo. Ahora dame esa boca para que
podamos seguir avanzando.
Abrí la boca para responder, pero sus labios se estrellaron contra los
míos antes de que saliera alguna palabra. Me había olvidado de cuán suaves
eran los suyos y cuánto contradecían directamente la dura necesidad de su
beso. Gray no perdió el tiempo, su lengua se hundió para saborearme. Gemí
contra nuestras bocas unidas, y él respondió con un gruñido que vibró en
algunos lugares interesantes.
Gray me apoyó contra la puerta de mi apartamento y de repente mis
piernas se envolvieron alrededor de su cintura. No estaba segura de si él me
había levantado y guiado mis acciones o si lo había hecho yo todo por mi
cuenta. La loca velocidad de los latidos de mi corazón hacía que todo fuera
mucho más febril. Mis dedos se cerraron en puños en su cabello,
acercándolo más. Gray apoyó sus caderas contra mí, y se me pusieron los
ojos en blanco. Estaba muy duro y mis piernas abiertas me dejaron expuesta
a la fricción abrasiva. Qué decadentemente expuesta.
Gemí contra nuestras bocas otra vez, y Gray empujó con aún más
fuerza. Agarró un puñado de la carne en mi culo y apretó hasta el punto del
dolor. Pero ese poco de dolor solo sirvió para excitarme aún más. Estaba
absolutamente jodida cuando se trataba de ir despacio con este hombre.
Porque, en ese momento, si se hubiera abierto la cremallera y empujado mis
bragas hacia un lado, lo habría dejado follarme justo contra la puerta de mi
apartamento para que todos los vecinos lo vieran.
Afortunadamente, aunque se le daba muy bien descifrarme, no podía
leerme la mente. Así que, cuando rompió el beso, estaba sin aliento y
jadeando, pero al menos seguía vestida.
124 Mantuve los ojos cerrados mientras intentaba frenarme, luchando
contra mis hormonas para volver a tener algo de autocontrol. Así que no
esperaba el fuerte golpe de la mano de Gray contra mi trasero. Mis ojos se
abrieron de golpe.
—¿Qué demonios?
—Te lo debía por el otro día por teléfono, por joderme hablando de tu
almuerzo con Oliver y ver a otros hombres. —Gray frotó la punzada de dolor
en mi trasero con la mano.
No había una maldita forma de que estuviera a punto de decirle que
mis bragas acababan de ponerse un poco más húmedas. En cambio, tomé
el momento para romper el contacto, porque no confiaba en mí misma para
cumplir mi petición de ir despacio.
Tragué y bajé de él.
—Debería dejarte en el pasillo mientras termino de prepararme,
después de eso.
—Si eso es lo que necesitas hacer para mantener el control sobre ti
misma, por supuesto. —Tomó mi nuca y rozó sus labios con los míos—. Pero
no te olvides de cambiarte las bragas mojadas.
Negué con la cabeza y no le cerré la puerta de golpe cuando entré.
—Qué arrogante.
Lo escuché reírse mientras lo dejaba en la cocina para terminar de
prepararme.
Gray no intentó entrar a mi habitación durante los veinte minutos que
tardé en maquillarme y cambiarme, lo que me sorprendió un poco. Pero
tenía la sensación de que, aunque jugara con la línea ir despacio, sabía que
había límites que pondrían en peligro las cosas si los pasaba.
Cuando terminé, lo encontré en la sala de estar, mirando las fotos
enmarcadas en mi estantería. Tenía una en la mano. Me acerqué y me paré
a su lado, mirando una vieja foto de mi familia con mis padres.
—Ni siquiera sé por qué mantengo eso fuera. Tal vez es porque estoy
entrenada para mantener la farsa de una familia normal.
—Puedes amarlos a ambos a pesar de no aprobar su estilo de vida.
Tomé el marco de su mano y lo puse de nuevo en el estante. Prefiriendo
un cambio de tema, levanté una mía y de Quinn en la secundaria.
Llevábamos ropa a juego en la foto.
—Esta es Quinn. No tengo idea de por qué, pero solíamos llamarnos los
domingos por la noche y planear un atuendo a juego para usar los lunes,
cada semana.
125 Gray sonrió.
—Eras sexy incluso en la escuela secundaria.
—Estoy segura de que tú no estabas tan mal.
El resto de las fotos en el estante eran de mi ahijada, Harper. Gray
señaló una.
—Supongo que esta es la invitada de honor de esta noche.
—¿Cómo pudiste adivinarlo? —dije sarcásticamente.
En la foto, Harper se encontraba acostada, viendo la televisión desde
dentro de una larga caja. Estaba obsesionada con las cajas desde que podía
caminar, y sus padres le hicieron varios muebles, incluida la cama en la
foto. La vieja cama de caja se asentaba junto a la hermosa y vacía cama con
dosel que sus padres le habían comprado.
Mirando mi reloj, me di cuenta de que teníamos que salir.
—Solo necesito agarrar mi teléfono y luego podemos irnos.
—¿Me das el tour primero?
—¿De mi apartamento? No hay mucho que ver. A diferencia de ti, no
tengo una vista de la ciudad. Pero si miras por la ventana de mi habitación
sobre las dos de la mañana a veces el tipo que está en el edificio de enfrente
está haciendo yoga desnudo.
—Genial —se quejó Gray. Puso su mano en mi espalda baja y me guio
hacia mi habitación—. De todos modos, haré un recorrido por la habitación
en la que puedes ver yoga al desnudo. —Me detuve antes de ir a mi
habitación, principalmente porque todo era colchón. Tenía una cama de
matrimonio en una habitación que debería haber tenido una doble. Pero
tenía un sueño inquieto y tendía a rodar mucho. Señalando la cama y la
cómoda, dije:
—Esto es todo. Habitación pequeña, pero tiene un gran vestidor.
Gray se volvió, abarrotado entre la puerta, y yo.
—¿Cómo fue romper con Oliver?
Incliné la cabeza.
—¿Te muestro mi habitación y piensas en Oliver?
Gray me pasó el pulgar por los labios.
—Pienso en cuánto no puedo esperar para follarte en esa gran cama
tuya, y quiero asegurarme de que ya no haya más obstáculos en mi camino.
Dios, me gustaba cuando decía que quería follarme. Sabía sin lugar a
dudas que nuestra primera vez sería exactamente eso: follar. No hacer el
amor o ir a ello. Sería jodido, crudo, primitivo cuando los dos finalmente nos
juntáramos.
126 Me aclaré la garganta.
—Fue bien. Deberíamos irnos.
En la planta baja me sorprendió encontrar el auto de la ciudad de Gray
esperando. Asumí que quería conducir a una fiesta de niños, no tener un
auto con chofer que nos llevara.
—¿Un conductor para una fiesta de niños?
Le hizo un gesto al conductor, que había comenzado a salir cuando nos
vio y caminó delante de mí para abrir la puerta trasera.
—He pensado en ello. Pero necesito dos manos para meterte mano en
el camino a casa… después de que gane nuestra apuesta.
17
Layla
—¿De verdad no me dirás qué es esto tan gigantesco?
—Te mostraré algo gigantesco…
Puse los ojos en blanco.
—Si en algún momento veo eso que hay en tus pantalones, será mejor
que sea espectacular, dado todo el fanfarroneo sobre él. Ahora, dime qué
hay en la caja.
—Te lo diré a cambio de un beso.
—Ya te besé.
127 —¿Hay un límite diario? —Gray me levantó hasta que estuve en su
regazo en el asiento trasero del auto.
Solté una risita y pensé para mí misma: nunca suelto risitas, joder.
—Te extrañé, Pecas. Extrañé esto: sentir que eres mía. —Empujó mi
cabello a un lado y me besó el cuello. Suspiré y cerré los ojos. Yo también lo
había extrañado. Sin embargo, a diferencia de Gray, iba de poco a poco y no
me zambullía de golpe en esta relación, por lo que mantuve el pensamiento
para mí misma.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije.
—Lo que sea. —Inhaló profundamente y mantuvo la cabeza enterrada
en mi cuello—. Dios, me encanta cómo hueles.
—¿Crees que se puede amar a más de una persona a la vez?
Lo sentí tensarse.
—¿Hay algo que quieras decirme?
Reí.
—No. No hablaba de mí. Pero cuando te vi mirar la foto de mis padres,
me hizo pensar en lo posesivo que pareces ser. ¿Aceptarías que saliera
contigo y con Oliver al mismo tiempo?
Alejó la cabeza de mi cabello y me miró a los ojos.
—Esto es hipotético, ¿verdad? ¿Rompiste con polla de lápiz el otro día
en el almuerzo?
—Sí, chico loco. No se trata de nosotros, lo prometo. Toda la vida
intenté comprender cómo mi madre pudo aceptar que mi padre tuviera otra
mujer, otra familia. Y cómo mi padre podía decir que amaba a sus dos
familias de la misma manera.
Gray parecía aliviado de que no estuviera enamorada de otro hombre.
Su postura cambió y miró por la ventana, pensando en mi pregunta.
Volviendo a mirarme, dijo:
—Es una pregunta difícil de responder. No quiero herir tus
sentimientos diciéndote que no creo que se pueda amar a dos personas de
la misma forma.
Suspiré.
—Está bien. Yo tampoco lo creo. Pero hay muy pocas personas que
saben sobre mi vida familiar, y nunca lo he analizado con un hombre. Creí
que tu perspectiva podría ser diferente a la mía, por algún motivo.
—Creo que hay distintas formas de amar a las personas. Pero, si de
verdad amas a alguien, como un hombre debería amar a su mujer, tu
corazón no tiene espacio para amar a alguien más de la misma manera.
—Entonces, ¿por qué alguien no se divorciaría?
128
Gray niega con la cabeza.
—No tengo idea. Mi instinto me dice que esa persona ve a las mujeres
como posesiones.
—Pero tú también pareces bastante posesivo.
—Hay una diferencia entre querer poseer a alguien y ser posesivo.
—¿Cómo?
—La posesividad proviene del miedo de perder algo que te importa.
Querer poseer algo significa que quieres tener el control sobre ello, quitarle
su libertad.
Sonreí.
—Qué sabio, cuando normalmente suenas como un imbécil inteligente.
El rostro de Gray se volvió serio.
—Ninguno de los dos tuvo arquetipos ideales de relaciones cuando
crecimos. Pero me gusta pensar que al menos aprendí qué no hacer. La
lealtad de mi padre iba dirigida a su trabajo, no a sus esposas. La mía no
será así. Ya no. Creo que, a veces, cuando tu vida está paralizada mucho
tiempo, te da la oportunidad de mirar atrás. Las cosas se ven más claras
cuando miras por encima del hombro y sigues adelante.
Por primera vez, inicié yo el contacto físico. Me incliné y rocé con mis
labios los suyos. Cuando me alejé, nos miramos un largo tiempo.
—Gracias —susurró Gray.
—¿Por el beso?
—No. Por la segunda oportunidad.

***

Harper corrió a toda velocidad hacia mí cuando entré. Envolvió sus


pequeños brazos alrededor de mis piernas y saltó, señalando la enorme caja
en las manos de Gray. Todavía no sabía qué contenía.
—¿Eso es para mí? ¿Eso es para mí?
Grey se puso sobre una rodilla para estar a la misma altura que ella.
—¿Tu nombre es Harper? —preguntó.
Ella asintió rápidamente.
—¿Hoy cumples seis años?
Más asentimientos.
129 Gray echó un vistazo a la caja y se encogió de hombros.
—Bueno, supongo que es para ti, entonces.
—¿Puedo abrirla?
Él me miró, esperando una respuesta.
—Oh, no —dije—. Tú trajiste esa cosa gigante. No vas a hacerme decirle
que no puede abrirla.
Quinn se acercó, afortunadamente. Me besó en la mejilla y le habló
directamente a Gray con un rostro y actitud estoicos.
—Intentas comprarte a mi hija, ¿eh? Espero que me hayas traído algo
valioso a mí. Cuesta mucho comprarme.
Gray se inclinó y besó a Quinn en la mejilla. Habló con su voz ronca y
sexy:
—Te traje lo mejor en el universo: Layla. Es un placer conocerte, Quinn.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Diría que es recíproco, pero el jurado todavía lo está considerando.
A Gray pareció gustarle su respuesta.
—Tienes todo el derecho a ser escéptica. Me gusta que Layla tenga
amigos protectores.
Quinn entrelazó su brazo con el mío.
—¿Por qué no llevas al amigo de la tía Layla a la sala? Y puedes abrir
el regalo con papi allí, Harper. —Se giró hacia Gray—. Llevaré a Layla a la
cocina para que abramos un vino y hablemos sobre ti. ¿Qué puedo traerte
de beber?
Él le ofreció una sonrisa deslumbrante.
—Una cerveza sería genial.
La puerta de la cocina apenas se había cerrado cuando Quinn comenzó:
—Jesucristo. Dijiste que era guapo. No eso. Es sexy, nivel Brad Pitt
antes de Angelina.
Agarré dos copas de vino del gabinete.
—Realmente podría enamorarme de él, Q. Es aterrador.
Quinn sacó una botella de vino de un estante en la alacena y el abridor
del cajón en la isla central.
—¿Todavía no confías en él?
—No es eso. Estoy asustada. Honestamente, el por qué de cómo es tiene
sentido. Y, técnicamente, ni siquiera mentía: su matrimonio estaba anulado.
Él se encontraba en desventaja, y nuestra conexión fue muy, muy rápida.
Por ello, parte de mí entiende por qué no quiso asustarme con su loca
130
historia. Y creo que su disculpa es sincera y que se preocupa por mí.
Un “pop” llenó el aire cuando Quinn sacó el corcho de la botella.
—¿Entonces por qué dudas?
—Podría devastarme.
Quinn mantuvo el vino en alto.
—También podría perder sus bolas con la parte dentada de una botella.

***

—Oh, Dios mío. —Le entregué la cerveza a Gray y me quedé de pie junto
a él mientras las personas se arremolinaban alrededor de Harper, que
arrasaba su regalo—. No me digas que esa cosa gigante es una caja de cajas.
Mi ahijada acababa de abrir la caja cuadrada de un metro cúbico que
Gray le trajo solo para encontrar otra caja envuelta y ligeramente más
pequeña dentro.
Gray sonrió y bebió su cerveza.
—Dijiste que tenía una obsesión con las cajas.
Sí le había dicho eso, pero hacía un año y medio.
—¿Cómo diablos lo recuerdas?
—Te lo dije, recuerdo cada minuto que pasamos hablando.
Dios, en verdad lo hace. Y que recordara algo tan aleatorio que le conté
sobre mi ahijada hacía tanto tiempo de verdad hacía que quisiera encontrar
ese armario vacío en el que amenazó con meterme.
—Fue muy dulce de tu parte. Yo solo le compré un candado en forma
de corazón. Estará decepcionada después de esto, lamentablemente.
Él sonrió con orgullo.
—Y la última caja tiene un regalo de verdad. Es una caja tallada de
madera y para poder abrirla tiene que armar un rompecabezas.
Lo miro con el ceño fruncido.
—Esto es casi un soborno y podría ser considerado una trampa a
nuestra apuesta.
—Todo mi regalo costó menos de veinte dólares. ¿Cuánto gastaste en el
tuyo?
Llevé el vino a mis labios.
—Que me jodan.
131 Echó un vistazo a la habitación con una sonrisa engreída en el rostro.
—Me encantaría. ¿Hay un armario cerca?
Negué con la cabeza.
—Vamos, tramposo, déjame presentarte al resto.
La fiesta no era muy grande, básicamente la familia de Quinn y su
esposo Brian y algunos empleados del pub. Brian, siendo el desconfiado
policía de la ciudad de Nueva York que era, exhibió una máscara hostil en
su rostro mientras le estrechaba la mano a Gray. Cuando Quinn le contó
que había conocido al hombre en prisión, había sido bastante contundente
al decir que me había vuelto loca. Cuando se enteró que todo terminó como
lo hizo, no hizo falta que me dijera “te lo dije”.
Brian miró fijamente a Gray durante el saludo.
—Layla es como una hermana pequeña para mí, y tengo un arma.
—¡Brian! —lo regañé.
Gray alzó una mano, indicándome que lo dejara encargarse de ello.
Tragó y asintió hacia Brian.
—Entendido.
Es gracioso. Desde que decidí perdonar a Gray y seguir adelante,
realmente me sentía mal por todo lo que tuvo que pasar y quería que todos
los demás también siguieran adelante. La gente seguía viéndolo como un
exconvicto y un futuro sospechoso por más que conocieran la verdad de su
historia. Por ello, aunque en parte comprendía el recelo de Brian, también
hacía que quisiera defender a Gray.
—¿Sabes qué, Brian…?
Gray deslizó una mano por mi cintura y me dio un apretón discreto.
Mis ojos se encontraron con los suyos, y supe que quería que lo dejara estar.
Así que lo hice… por el momento.
Señalando a Brian con un dedo, dije:
—Hablaremos más tarde.
Regresamos afuera y terminé de presentar a Gray. Al menos el resto de
las personas fueron más amables. Cuando terminé, nos sentamos en una
tumbona al sol. Era un maravilloso día de primavera. Apoyé la cabeza en su
hombro.
—Lamento lo de Brian y Quinn.
—No lo hagas. Si no fueran protectores, no serían buenos amigos. Me
alegra que lo sean.
132 —Lo sé. Pero quiero que les agrades.
—No planeo irme a ningún lado, Pecas. Déjalos que se tomen su tiempo
y será sincero. No puedes obligarlos a bajar la guardia. —Me besó la
coronilla—. Tengo que ganarme su confianza de la misma forma en que me
gané la tuya.

***

Unas horas más tarde, a medida que la fiesta llegaba a su fin, observé
desde la distancia mientras Gray hablaba con Brian. Jugaban a la
herradura bajo las luces, y Gray se había unido a ello. Sospechaba que lo
había hecho para pasar más tiempo con Brian y no por querer jugar.
Quinn se acercó y se sentó en la silla de madera junto a mí.
—¿Asumo que cortaste con el Señor Twist?
Tardé un minuto en darme cuenta de que se refería a Oliver.
—Sí. Es un buen tipo, pero cuando Gray regresó a mi vida me di cuenta
que Oliver no era eso. Incluso si Gray tampoco termina siéndolo… lo que
siento me recordó lo que debería ser.
Un grito fuerte me hizo volver la atención al juego. Algo bueno debía
haber pasado porque Brian lanzó un puño al aire y luego observé cómo él y
Gray chocaban los cinco.
—La forma de ganarse a mi marido es ser bueno en los juegos tontos
que le gustan.
Me giré hacia ella.
—¿Y qué tiene que hacer Gray para ganarse la aprobación de la esposa?
—Es simple: hacer feliz a mi chica y no lastimarla.
Harper vino corriendo desde dentro con su prima y saltó a mi regazo.
—Tía Layla, ¿quieres jugar con mis cajas?
—Claro, mocosa.
No estaba segura de cómo jugar con cajas, pero dejé que la pequeña
tirana me llevara a la terraza posterior hasta que el juego terminó y los
chicos se aproximaron. Brian alzó a Harper de la caja donde se había
sentado y la lanzó al aire. Ella chilló como una niña pequeña debería hacer
cuando su papi juega con ella.
—Es tarde —dijo él—. ¿Qué te parece si las llevo a ti y a tu prima a la
cama, pero dejo que tengan la luz encendida y lleven alguna de esas cajas?
—¡¡Sí!!
133
Dejó a Harper en el suelo y ella bostezó en el momento justo.
—Da las buenas noches y agradece a todos por haber venido.
Harper hizo las rondas, abrazando a todas las mujeres, pero
manteniéndose alejada de la mayoría de los hombres, como siempre. Fui
recompensada con un abrazo enorme con dos brazos y luego se detuvo y
alzó la vista hacia Gray, que estaba de pie junto a mí.
Él se agachó para estar a su altura.
—Fue muy lindo conocerte, Harper.
—Gracias por las cajas —dijo ella.
Ella dudó y luego nos sorprendió a todos cuando saltó a los brazos de
Gray a por un abrazo.
Quinn y yo seguíamos negando con la cabeza cuando Brian la llevó a
su habitación.
Gray me habló al oído, lo que me provocó piel de gallina en los brazos.
—Una menos, queda una.
Volvió a levantarse y comenzó a desenrollarse las mangas de la camisa,
que debía haber enrollado mientras jugaba con los chicos. Quinn me dio un
codazo en las costillas.
—Ay. —Me giré hacia ella, que agrandó los ojos en dirección a los brazos
de Gray, sus enormes y gruesos antebrazos.
Dios, espero que su analogía sea cierta.
Una vez las chicas estuvieron en la cama, Brian, Quinn y yo nos
sentamos en el jardín con Gray, contándole historias de los tres de
pequeños. Reímos y bebimos. Creí que pasaría mucho tiempo hasta que
ellos aceptaran a mi nuevo… ¿Qué es Gray? Supongo que había aceptado a
mi nuevo novio. Era casi medianoche cuando decidimos darlo por finalizado.
En la puerta, abracé a mi mejor amiga y le prometí que iría a cenar a
su pub esa semana. Brian y Gray se estrecharon las manos, esta vez sin la
mirada helada. Cuando Gray abrazó a Quinn, ella me guiñó un ojo sobre su
hombro antes de hacerme un gesto con los pulgares arriba.
Los pulgares arriba.
Por supuesto que Gray tuvo que girar la cabeza en ese preciso
momento, pero no podía estar segura si lo había visto; hasta que se giró. El
brillo en sus ojos me confirmó que lo había visto todo.
El hombre había hecho lo imposible en seis horas: recibido un abrazo
de la cumpleañera y el sello de aprobación de mi mejor amiga.
Y yo…
134 Estaba a punto de ser manoseada en el auto de camino a casa.
18
Gray
Una limusina esperaba en la acera.
—¿Una limusina? ¿Dónde está tu auto? —preguntó Layla.
Le hice señas al conductor y le abrí la puerta trasera, sin contestar.
Ella me miró, todavía esperando una respuesta, mientras me acomodaba a
su lado en los asientos de atrás y cerraba la puerta. Hablé con el conductor,
dándole la dirección de Layla, y terminé con:
—Toma el camino largo. Haré que valga la pena.
Presioné un botón en el panel de control superior y el vidrio de
privacidad comenzó a elevarse. Una vez estuvo subido del todo, tiré de Layla
135 desde su asiento a mi lado hasta mi regazo.
—Creo que he ganado una apuesta, y estoy listo para recoger mi
premio.
El olor de su perfume, o tal vez su champú, me volvía loco. Me sentía
como un adolescente a punto de tocar por primera vez a la chica sexy a la
que había adulado durante todo el año. Sólo que era un hombre de treinta
y un años que estaba a punto de avergonzarme al venirme en mis
pantalones.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando alcancé el dobladillo inferior
de su blusa, y me excito ver cómo crecía el jadeo de su pecho. Esperé mucho
tiempo para ver sus hermosas tetas. Ahora que por fin había llegado el
momento, quería memorizar cada cambio en su respiración, cada sonido
que hiciera, para saber lo que le gustaba.
Levanté la tela hasta su ombligo y bajé la cabeza para lamerle el
ombligo antes de mordisquear a un lado de su cintura y luego al otro.
Levantando la mirada para poder verle el rostro, me di cuenta de que
sus hermosos ojos verdes azulados se habían vuelto de un azul océano
profundo. Se oscurecían cuando estaba enojada o cachonda, y yo estaba
jodidamente emocionado de ver finalmente este color por la razón correcta
otra vez. Levanté su blusa un poco más, hasta justo debajo de su esternón.
Acercándome para un beso suave, dije:
—Busqué la definición de meter mano.
Su voz era una mezcla de diversión y sarcasmo, con un lado de
excitación áspera.
—No me di cuenta de que meter mano estuviera en el diccionario.
—Tuve que usar Urban Dictionary.
—Oh, ¿en serio? ¿Y qué decía exactamente Urban Dictionary?
Pasé la lengua a lo largo de la piel en la parte inferior de la copa de su
sostén, trazando la forma de su pecho. Primero uno, luego el otro.
Mis labios vibraron contra su piel mientras hablaba.
—Decía que meter mano significa ser tocada en tus partes íntimas.
Tirando hacia atrás para volver a mirarla a los ojos, levanté lentamente
su blusa más, exponiendo su sostén. Era casi imposible, pero no permitiría
que mis ojos cayeran para mirarla mientras hablaba.
—Ya que es ambiguo en cuanto a qué debería estar tocando tus partes
privadas, voy a ir con lengua.
—Y yo que creía que el que te metieran mano significaba que un chico
pusiera la mano bajo el sostén de una chica... —Su voz se acalló cuando
136 acaricié con mi boca su hermoso escote y lamí en una línea desde los senos
hasta el cuello.
Layla se movió de cómo la había colocado sobre mi regazo. La falda que
llevaba se abrió, y pude sentir el calor de su coño caliente a través del
material de mis pantalones y su ropa interior. Gemí y usé mis pulgares para
empujar hacia abajo las copas de su sostén antes de sumergir la cabeza
hasta un pezón endurecido. Ella estaba ahí conmigo cuando mordía,
manteniendo el capullo entre mis dientes mientras tiraba de él antes de
soltarlo y moverme hacia el otro. Me ahuecó las mejillas mientras chupaba,
pasando las uñas a lo largo del contorno de mi mandíbula. Mis caderas se
elevaron para empujar contra ella, para que sintiera lo que me estaba
haciendo.
Cuando gimió mi nombre, casi me vuelvo loco. No había querido nada
más que oír ese sonido durante tanto tiempo. Gimiendo. Mi nombre. Su
respiración era irregular mientras se mecía en mi contra. No había planeado
nada más que una sesión de besos y chupar sus hermosas tetas, pero,
cuando se estrelló contra mi pene duro como una roca por segunda vez, me
di cuenta de que necesitaba un alivio.
Pero tenía miedo de presionarla demasiado, demasiado rápido. Así que
probé las aguas, frotando suavemente mi pulgar sobre el exterior de sus
bragas.
Que me jodan.
Estaban empapadas.
La mierda empezó a salirse de mi control después de eso. Agarré un
puñado de su cabello y bajé su boca a la mía. A diferencia de la última vez,
no tuve que animarla que se abriera para mí. La lengua de Layla se deslizó
dentro de mi boca con un afán que me hizo gemir. Su blusa seguía
levantada, y sus tetas tan apretadas contra mí que la dureza de sus pezones
contra mi pecho, incluso a través de mi camisa, era como pedernal raspando
contra el acero. Las chispas volaban.
Pero no era suficiente; necesitaba prenderle fuego.
Levantándola suavemente, le ahuequé el coño con la palma de la mano.
A pesar de que se frotó contra ella, quería oírla decirlo.
—Dime que quieres que te haga venir.
Empezó a responder, pero sus palabras fueron cortadas por un grito
ahogado cuando mi pulgar presionó su clítoris hinchado a través de sus
bragas resbaladizas.
—Sí. Sí.
—Sí, ¿qué?
—Hazme venir —jadeó—. Por favor.
137
La agarré de la cadera con mi mano izquierda, la levanté un poquito y
le arranqué las bragas de la piel con la derecha. Los sonidos de mi
desesperación la hicieron gemir de nuevo.
Puede que me corra antes que ella me toque la polla.
Cuando le metí dos dedos dentro, su espalda se arqueó. Usé mi otra
mano para tirarle del cabello, y la eché hacia atrás para exponer su cuello.
Chupando con fuerza su delicada piel, quise dejar una marca para
recordarle lo que se sentía al tenerme follándola con el dedo.
Su coño era muy apretado. Saqué los dedos y los empujé más fuerte de
lo que esperaba. Jadeó, y mi boca se hundió más para encontrar su pezón
otra vez.
—Qué mojada estás para mí. Qué hermosamente apretada. Me encanta
ser tu primera vez en mucho tiempo. Y tú la mía. —Aumenté la velocidad a
la que movía los dedos. Ahora se deslizaban suavemente hacia adentro y
hacia afuera, su cuerpo relajándose un poco y aceptando el placer. Sus
caderas comenzaron a mecerse.
—¿Tomas la píldora, Layla?
—Sí —gimió.
—Bien. Fui al médico la semana pasada, para un reconocimiento. Estoy
limpio. Te traeré los papeles para que los veas, si quieres. —Añadí un tercer
dedo en el momento exacto en que le di a su cabello otro tirón fuerte y bueno,
y su gemido sonó como una canción.
—Hemos tenido barreras entre nosotros durante años. No quiero nada
entre nosotros cuando estés lista. Quiero que estés desnuda para que pueda
llenarte con mi corrida.
Estiré el pulgar para presionarle el clítoris, lo cual había estado
ignorando a propósito, y cuando empezó a cantar sí, sí, sí, no estuve seguro
si le gustaba lo que estaba haciendo o si ella tampoco podía esperar a que
me corriera en ella. Me gustaba pensar que eran las dos cosas.
Sentí su coño apretándome los dedos y eché la cabeza atrás para ver el
momento mágico de su explosión. La vista era más cautivadora que
cualquier otra cosa que hubiera visto. Sus músculos palpitaron mientras
gritaba mi nombre, y luego su cara se tensó ante un resplandor de
relajación. Sus ojos se cerraron, y cabalgó en una ola de euforia.
Hermosa.
Jodidamente hermosa.
Eventualmente, solté mi apretado agarre de su cabello, y ella se
desplomó contra mí. Con la cara presionada contra mi hombro, su
138 respiración se mantuvo irregular durante un tiempo. Cuando se estabilizó,
giró la cabeza para mirarme a la cara, y capté la mejor sonrisa perezosa en
sus labios.
Sonreí de oreja a oreja. Había tenido un orgasmo, pero esa cara feliz
fue el mejor regalo que me podía haber dado. La abracé, le besé la coronilla.
Este... este fue otro de esos momentos en los que quise que el tiempo se
detuviera.
—Dios, creo que realmente necesitaba eso. —La voz de Layla ya estaba
atontada.
—Yo también lo creo.
—Maldita sea. Los chicos de la secundaria no tenían ni idea de lo que
hacían al tocarme.
Me reí.
—¿Es una locura que tenga ganas de darle una paliza a un puñado de
deportistas de instituto sin rostro que pudieron tocarte las tetas antes que
yo?
Se río.
—¿Loco? Sí. Pero también muy dulce.
Sentí que el auto iba lento y miré por la ventana. Ya habíamos
atravesado el túnel y regresado a Manhattan. No tenía sentido del tiempo
cuando se trataba de esta mujer. Desde el primer día que la conocí, las horas
parecían pasar volando.
—Ya casi llegamos a tu casa —le susurré, y le besé la frente.
Se levantó y miró afuera.
—Vaya. Eso fue rápido.
Miré mi reloj.
—Dejamos la casa de Quinn hace casi una hora.
Ella se alisó el pelo y sonrió.
—Maldita sea. Supongo que el tiempo vuela cuando te diviertes.
Unos minutos más tarde, justo cuando nos habíamos recompuesto,
nos detuvimos fuera de su apartamento. Mi erección no iba a desaparecer
por sí sola, pero al menos había bajado lo suficiente como para poder
caminar.
—Te acompaño arriba.
Layla se mordió el labio, y sus ojos se apartaron de los míos mientras
deliberaba sobre algo.
139 —No me he encargado de ti. ¿Quieres pasar un rato?
Fue una invitación por la que habría dado mi brazo izquierdo hacía
unas semanas. Sin embargo, cuando la miré a los ojos y vi que tenía dudas,
supe que no estaba preparada para eso.
—Por mucho que quiera decir que sí... —Le pasé dos dedos por debajo
de la barbilla y la levanté para que nuestros ojos se cruzaran—. Por mucho
que, de verdad, quiera decir que sí, debo irme.
Parecía aliviada y decepcionada, pero asintió.
Decidí que era más seguro despedirse en la puerta. Después de que
abriera su apartamento, agarré el marco de la puerta con ambas manos.
—Ven conmigo a una fiesta mañana por la noche. Es el cumpleaños
número 60 del compañero de mi padre, así que no será tan divertido como
el de una niña de seis años, pero me encantaría llevarte y presumir de ti.
Grant también es mi padrino.
La cara de Layla se suavizó.
—Me encantaría eso.
—¿Seguirás sintiéndote así si te digo que es de etiqueta?
Sonrió.
—Estoy segura de que puedo sacar algo elegante de mi armario.
Asentí.
—Siete en punto.
—De acuerdo.
Inclinado, rocé con mis labios los suyos, aunque realmente quería
volver a devorar esa boca.
—Gracias por esta noche, Pecas.
Se sonrojó.
—Estoy segura de que soy yo la que debería darte las gracias después
del viaje a casa.
—Fue un placer para mí. No puedo esperar a hacerlo de nuevo muy
pronto… sólo que, la próxima vez… con mi lengua.

140
19
Layla
Es grande.
Y duro.
Y ha pasado mucho, mucho tiempo.
Mordí la tapa de mi pluma y bajé la mirada a mi libreta.
Muy, muy duro, agregué. Tanto que al parecer merecía dos espacios en
la columna de los pros. Y subrayé el muy. Ambas veces.
Me había preparado temprano, así que todo lo que tenía que hacer era
ponerme el vestido. Dado que no esperaba a Gray en otra media hora, había
141 comenzado un análisis de pros y contras de acostarme con él. Después de
veinte minutos, mi lista de pros era bastante larga; sin embargo, mi lista de
contras tenía un solo elemento. Pero si hubiera dejado caer mi lista de pros
y contras en una báscula, estaba bastante segura de que el peso de ese
contra aún podría inclinar la báscula hacia su lado.
Podría romperme el corazón de nuevo.
Esa era realmente mi única reserva ya. Lo había perdonado. Había
aceptado todo lo que me había dicho como la verdad. Incluso me había
admitido que éramos un asunto pendiente que no podía superar, sin
importar cuánto lo hubiera intentado.
Sin embargo, seguía aterrorizada. En el fondo, una parte de mí se
preocupaba de que no fuera diferente de mi madre, que no fuera capaz de
ver una situación por lo que realmente era y que aceptaría a un hombre que
era algo distinto de lo que realmente quería.
Recordé el día en que me di cuenta de que mi madre se encontraba en
negación. Tenía quince años y mi padre se había ido el día anterior a sus
habituales cuatro días en la costa oeste, con su verdadera familia. Mi madre
se hallaba sentada a la mesa de la cocina, tomando una taza de té mientras
miraba folletos de viaje para Hawaii. Me emocioné y le pregunté si nos
íbamos de vacaciones.
Ella sonrió y dijo que sí.
—Tu padre nos iba a sorprender, pero los encontré en su maleta
cuando la desempacaba de su viaje de negocios.
Viaje de negocios. Así es como siempre llamaba el tiempo que pasaba
con su esposa y su otra hija.
Mi sonrisa se había desvanecido. Claro. Nos iba a sorprender con un
viaje. No eran folletos que su esposa había guardado allí para que eligiera
un lugar agradable para su verdadera familia. Sacudí la cabeza y dije:
—Mamá... no hay viaje.
—Por supuesto que lo hay —dijo ella.
Le examiné la cara, pensando que no había manera de que lo creyera.
Pero lo creía.
Me entristeció.
Nunca fuimos a Hawaii ese verano. Pero papá tuvo una ausencia de
dos semanas y, cuando llamó para hablar con nosotras, el código de área
para su viaje de negocios era 808. Maui.
¿Cómo podría no haberlo visto? Yo era solo una niña, y lo vi claro como
el día. La única explicación lógica era que justificara todo en su cabeza
porque quería estar con él. Y admitir que el hombre que amaba era un
mentiroso habría significado que estaba mal que estuviera con él. Se supone
142 que el amor es ciego, pero no se supone que te haga sordo, tonto y estúpido
también.
Guardando mi libreta, decidí vestirme. Si realmente planeaba darle una
oportunidad a esta relación, no podía pasar el tiempo antes de mi cita
recordando el pobre ejemplo de relación de mis padres y todos mis
problemas de confianza.
Decidí usar un traje, en lugar de un vestido de cóctel. El traje de
etiqueta podía ir por uno u otro camino, y estaba de humor para arreglarme.
Gasté una cantidad excesiva de dinero en esta cosa y solo la había usado
una vez, para un evento de caridad al que asistí para un cliente junto con
algunos de mi firma. Era del más hermoso y profundo matiz de azul
medianoche. Tenía una silueta sencilla y elegante, con un escote bajo, pero
aún así conseguía cubrirlo todo y lograr un estilo elegante. Las delicadas
cuentas de perlas se ceñían a mi cintura en un patrón similar a un cinturón
y hacían que mis curvas destacaran. Cuando lo usé para el evento anterior,
recibí un montón de cumplidos, de hombres y mujeres.
Mi timbre sonó justo a tiempo y le dije a Gray que subiera mientras me
delineaba los labios de un tono rojo extra brillante. Salió del ascensor justo
cuando yo abría la puerta principal y dejé escapar un pequeño suspiro. Dios,
estaba guapísimo.
Su cabello normalmente desordenado estaba peinado hacia atrás y
hacia un lado, y su traje le quedaba perfectamente. Parecía una estrella de
cine antiguo, un caballero. Aunque, cuando anduvo hacia la puerta y
envolvió su brazo alrededor de mi cintura, su boca fue cualquier cosa menos
caballerosa.
—Estás tan hermosa que te comería.
Apoyé las manos en su pecho y bromeé:
—Tal vez tenga que perder otra apuesta en la fiesta de esta noche.
Gray gruñó y tomó mi boca con un beso. Me encantaba que sus manos
siempre encontraran mi cara cuando me besaba. Ahuecó mis mejillas y me
ladeó la cabeza mientras me chupaba la lengua. Me imaginé cómo se sentiría
si su cabeza estuviera entre mis piernas y chupara allí con la misma
intensidad. Antes de que rompiera el beso, su lengua se retiró y luego volvió
a revolotear contra la mía.
Oh, Dios mío.
No me había imaginado cómo se sentiría su lengua sobre mí; me lo
estaba mostrando.
—No tienes que ganar o perder una apuesta, cariño. Solo dilo. Estoy
salivando ante la oportunidad de meter mi lengua en ese apretado coño
tuyo.
143
Me estremecí. Dios, me encantaba esa sucia boca suya.
—Creo que será mejor que te quedes aquí mientras agarro mi bolso.
Cuando me di la vuelta para entrar, Gray se quedó firmemente
plantado en la puerta.
—Estaba bromeando, sabes. Entra.
Sacudió su cabeza lentamente mientras sus ojos se movían de arriba a
abajo.
—Créeme. Tengo que quedarme aquí afuera.

***

—Debería haber traído tarjetas de visita. Guardarlas en mi vestido.


Acabábamos de terminar de hablar con la tercera pareja a la que Gray
básicamente les había dicho que deberían trasladar sus asuntos legales a
mi empresa. Ni siquiera me había dado cuenta de que la mayoría de las
personas con las que me reuniría esta noche eran clientes potenciales de
valores, a pesar de que tenía mucho sentido ya que había sido el negocio del
padre de Gray y estábamos en una fiesta para su socio.
Miró el escote de mi vestido.
—Estoy bastante seguro de que no tienes dónde esconder nada debajo
de eso.
Gray nos llevó a la pista de baile y me abrazó. No me sorprendió
descubrir que bailaba como besaba, agresivamente, manteniéndome
presionada contra él. Tenía gracia y ritmo y lideraba con mano fuerte.
—¿Dónde aprendiste a bailar? —le pregunté.
—No de las clases de baile de salón en las que una de mis madrastras
me inscribió cuando tenía once años.
Fruncí el ceño.
—No fuiste, ¿pero aprendiste a bailar?
—Etta me enseñó. Fue parte del trato que hice con ella. Quería tomar
clases de karate, no bailes de salón. Mi madrastra insistió en que bailar era
una habilidad necesaria para un hombre que crecería yendo a compromisos
sociales. Etta usó el dinero de las clases de baile para pagar las clases de
karate que nadie sabía que tomaba, pero tuve que dejar que me enseñara a
bailar.
La visión más adorable de un Gray de once años bailando con Etta me
hizo sonreír.
144 —Me encanta eso. E hizo un buen trabajo enseñándote. También tienes
cierta asertividad que te hace naturalmente un buen compañero.
Gray me acarició el cabello y usó su mano en mi espalda para
acercarme más.
—No puedo esperar a bailar contigo horizontalmente.
Olía tan bien, bailaba maravillosamente, me besaba como si fuera el
último, y supe por sentirlo debajo de mi cuando estaba sentada a horcajadas
en la limusina la noche anterior, que también estaba bien dotado. Era
discutible que uno de nosotros no pudiera esperar más que el otro.
Después de que la canción terminara, nos sentamos en nuestra mesa
asignada. Habíamos estado sentados con las hijas de Grant, dos mujeres de
mi edad, o quizás un poco más. Ambas fueron muy amistosas cuando Gray
nos presentó más temprano en la noche.
—Entonces, ¿qué haces, Layla? —preguntó la que se llama Chelsea.
—Soy abogada de Latham & Pittman.
—¿Cuál es tu especialidad?
—Hago principalmente trabajo de seguridad y transaccional.
—Oh. Entonces, ¿estás familiarizada con la jerga que usan todas estas
personas?
—Me temo que sí. —Sonreí.
—Soy tasadora de arte. —Vertió vino de una de las botellas colocadas
en la mesa—. Lo que significa que todo lo que escucho cuando la mayoría
de estas personas hablan es bla, bla, bla.
Me reí.
—Las personas en la industria tienden a usar muchas siglas y les gusta
hablar de negocios.
—¿Cómo se conocieron tú y Gray?
—Umm...
No estaba totalmente preparada para esa pregunta y no tenía idea de
cómo hacer que nos conocimos en la cárcel no sonara a locura.
Tal vez porque sí era un poco loco.
Gray debía haber escuchado por casualidad y visto mi cara mientras
trataba de encontrar una respuesta apropiada.
—Ella enseñó una clase que tomé —dijo con un guiño—. Estaba
cachondo por la profesora.
Nos sentamos a hablar un rato. A veces, Gray estaba en una
conversación y yo en otra con alguien más; sin embargo, su mano siempre
se encontraba en el respaldo de mi silla o su muslo apoyado contra el mío.
145
Me encantaba el hecho de que pareciera necesitar estar conectado a mí de
alguna manera, porque yo sentía lo mismo.
Al final, un caballero se acercó y pidió robarme a Gray unos minutos
para hablar de trabajo. Mientras él se fue, aproveché la oportunidad para
encontrar el baño de mujeres y refrescarme. Me arreglé el cabello, me
apliqué lápiz labial y, justo antes de irme, decidí ir al baño antes de volver a
la fiesta.
Me encerré en la cabina y junté todo el material de mi traje a un lado
antes de colocarme encima del inodoro con mis tacones altos. Escuché
tacones en el suelo de baldosas y voces, pero no presté atención mientras
me recomponía, alisando mi vestido. Justo cuando fui a abrir la cerradura
del puesto, oí a una mujer decir el nombre de Gray. Me quedé quieta para
escuchar.
—¿Y la mujer que trajo? Es abogada de seguridad. Que conveniente.
Supongo que la próxima vez que lo descubran mintiendo a un cliente, al
menos tendrá representación gratuita. —Reconocí la voz como Chelsea, la
hija de Grant, y la misma mujer que había sido tan agradable frente a él.
La otra mujer se rio.
—Ojalá yo fuera abogada. Puede ser un criminal, pero todavía es
jodidamente sexy. Le dejaría que me perforara a cambio de algunos servicios
legales gratuitos.
—Mi padre cree que es inocente. ¿Puedes creerlo? Por otra parte,
también era socio del padre de Gray. Tal vez solo le gusten los imbéciles.
Las dos se quedaron criticando a alguien más y luego volvieron a la
fiesta. Me quedé congelada en el lugar, todavía encerrada en la cabina. Esa
mujer había sonreído y se había mostrado amistosa ante nosotros. Había
estado tan consumida en mis propios pensamientos sobre Gray que nunca
me detuve a pensar que había perdido más de tres años de su vida.
Ese tiempo en prisión lo seguiría para siempre. La gente fingía que lo
superaba, pero siempre habría una sombra de sospecha. Había visto que les
ocurría a clientes criminales, un hombre inocente acusado erróneamente de
violación. Incluso después de limpiar su nombre, la gente todavía lo miraba
raro. Siempre había una pizca de duda. Tal vez, solo tal vez, lo había hecho
y se había salido con la suya. Solo que, en el caso de Gray, no solo no lo
había hecho, sino que tampoco se había salido con la suya, y había perdido
su libertad durante años.
No estaba muy segura de cómo manejar lo que acababa de escuchar.
¿Debería decírselo? ¿Es posible que ya lo sepa? Mi instinto me decía que no
tenía idea de que estas personas eran falsas y que hablaban de él a sus
146 espaldas. Me quedé en el baño unos minutos más para ordenar mis
pensamientos, y luego volví a la fiesta.
Gray venía por el pasillo hacia el baño cuando salí.
—Ahí estás. Estaba a punto de enviar un grupo de búsqueda por ti.
Forcé una sonrisa.
—Lo siento. Las mujeres tardan una eternidad en el baño.
Estudió mi cara.
—¿Está todo bien?
—Sí. Claro —mentí.
—Baila conmigo otra vez. —Puso su brazo alrededor de mi cintura y me
guio a caminar con él—. Es la única manera en que puedo tener mis manos
sobre ti en público sin hacer una escena.
Una vez estuvimos en la pista, abordé el tema de las hijas de Grant
para ver si se daba cuenta de que eran unas imbéciles de dos caras.
—La familia de Grant parece agradable.
—Sí. Grant fue una de las pocas personas que nunca dudó de mí
cuando dije que era inocente. Y sus hijas también son geniales.
Me dolía el corazón. Dios, odiaba que hubiera hecho algo tan admirable
para salvar a una mujer que le importaba, y la gente siempre tendría dudas.
Supongo que no se me daba muy bien ocultar mi cara.
—¿Estás segura de que todo está bien?
—Sí, bien.
No tenía sentido decirle en este momento lo que había escuchado. Estoy
segura de que solo dolería. Pero darme cuenta de que la gente dudaría de él
durante mucho tiempo me hizo darme cuenta de que tenía que dejar de
dudar de mí misma. O lo quería o no. No era justo para él que fuera como
esas mujeres.
En ese momento, decidí arriesgarme, arriesgarme de verdad. Saltar con
los dos pies.
—¿Cuánto tiempo tenemos quedarnos? —pregunté mientras nos
balanceábamos en la pista de baile.
Gray parecía decepcionado.
—¿Necesitas llegar a casa temprano?
—Sí.
—¿Trabajas un domingo?
—Bueno, tal vez, pero no.
147
—¿No estás disfrutando de la fiesta?
—Realmente ya no estoy de humor para una fiesta.
Echó la cabeza atrás.
—¿Te gustaría ir a otro lugar?
Capté los ojos de Gray y los miré profundamente antes de rozar
suavemente con mis labios los suyos.
—Tu casa.
Gray se congeló. Exmainó mis ojos, y tuve la sensación de que tenía
miedo de creer lo que le estaba diciendo.
—¿Mi casa?
Me incliné y susurré:
—¿Qué fue lo que dijiste que querías hacerme mientras salía el sol?
Un minuto estábamos en la pista de baile, y al siguiente nos dirigíamos
hacia la puerta. Me reí mientras trabajaba para mantenerme en pie. Gray
estaba prácticamente corriendo hacia la salida.
Afuera, se apresuró a la acera y levantó la mano con un silbido que
rompía los oídos, haciendo señas a un taxi que pasaba y abriéndome la
puerta.
No podía dejar de reír.
—Pero vinimos en tu limusina.
—No hay tiempo para esperarlo. Entra.

148
20
Gray
Joder, no quería decepcionarla.
A mitad de camino a mi apartamento, empecé a darme cuenta de que
necesitaba tomar una ducha rápida para tener unos minutos de privacidad
cuando llegara a casa. Mi polla estaba haciendo un esfuerzo por liberarse,
sentado en la parte de atrás de la cabina y sosteniendo su mano. No había
manera de que pudiera satisfacerla así. Mi actuación rivalizaría con la
mierda de la primera vez de un adolescente. Tendría suerte si no me venía
en mi propia mano tratando de sacarme la polla de los pantalones.
Me mantuve alejado, sin querer que las cosas se calentaran solo para
verme obligado a salir a refrescarme. En el ascensor, puse las manos en los
149
bolsillos para no tocarla. Estaba tan cerca, olía como el puto cielo, y la idea
de presionarla contra el cristal del pequeño carro era insoportable. Quería
que se mirara en el espejo y viera su reflejo cuando la tomara por detrás.
Pero una vez entramos en mi apartamento, evitarla se convirtió en un
desafío. Pecas se encontró con nosotros en la puerta y me ignoró para lamer
a Layla. Perro inteligente.
Pensé que la distracción podría ser la excusa perfecta para
escabullirme unos minutos.
—Voy a darme una ducha rápida.
Layla se puso en pie y agarró las solapas de mi chaqueta.
—¿Quieres compañía?
Mierda.
Tal vez si me llenara la polla de espuma no se daría cuenta de que me
corrí antes de que me tocara.
Me pasé los dedos por el pelo.
—Pensándolo bien, ¿qué tal un poco de vino?
—Claro. El vino suena bien. —Layla caminó hacia las ventanas abiertas
en la sala de estar contigua para observar la vista. Era una noche clara, y
la ciudad se encontraba iluminada por la oscuridad.
Me tomé mi tiempo abriendo una botella de su favorito y sirviendo dos
vasos. Le pasé uno cuando me uní a ella en las ventanas, y otra brillante
idea me golpeó. Si pudiera tomar unas copas, podría ralentizar un poco mi
libido.
Me tragué medio vaso y me desaté la pajarita, dejándola suelta
alrededor de mi cuello. Traté de evitar mirar a la hermosa mujer que se
encontraba a mi lado, pero no pude evitarlo.
Dios, ¿por qué tiene que ser así su clavícula? Ese cuello... Quería
morderlo de la peor manera posible.
Sin darme cuenta, terminé la otra mitad de mi vino. Pero Layla sí se
dio cuenta. Miró el vaso vacío que tenía en la mano, todavía sosteniendo del
que aún no había sorbido.
—¿Pasa algo, Gray?
Se volvió hacia mí, y el brillo de la luna le iluminó la cara. Parecía un
ángel al que quería hacerle cosas malas. Metí las manos en los bolsillos otra
vez para protegerme, y casi olvido que me había hecho una pregunta.
—No. Todo está bien.
150
Entrecerró los ojos.
Maldita sea.
—Bien. —Sacudí la cabeza y dejé escapar una fuerte ráfaga de aire—.
No he estado con una mujer en mucho tiempo.
Sonrió.
—¿Te preocupa haber olvidado cómo se hace?
—Listilla.
—Es como montar en bicicleta. Estoy segura de que lo harás bien.
Montar. ¿Tenía que usar esa palabra? No podía esperar a que me
montara. Me decidí abruptamente por otra copa de vino. Cuando volví a las
ventanas, Layla me dio la espalda. Se apartó el cabello a un lado.
—¿Podrías ayudarme con la cremallera? Quiero quitarme este vestido.
Levanté la vista y hablé en silencio con Dios. ¿No he tenido mi parte de
vergüenza? Sólo dame esto. Diez minutos sin avergonzarme. ¿Es mucho
pedir? Acabo de donar tres malditos años.
La habitación estaba tan silenciosa que cada diente que se separaba de
la cremallera hacía eco. Se le puso la piel de gallina en el cuello a Layla, y oí
el traspiés en su respiración cuando mi mano llegó al final de la cremallera,
cerca de su precioso trasero.
Se dio la vuelta y me miró a los ojos antes de quitarse lentamente el
vestido del cuerpo. Se arrugó en un gigantesco mar azul a sus pies. Cerré
los ojos y conté hasta diez antes de levantar la mirada. Pero nada pudo
detenerme cuando vi lo que había frente mí. Dios, es preciosa. Layla no
llevaba nada más que bragas de encaje negro, un sujetador sin tirantes a
juego, del que se le estaban saliendo las tetas, y un sexy par de tacones de
aguja. Su cintura era tan pequeña que podía cubrirla envolviendo las dos
manos. Y sus piernas, un kilómetro de suavidad sedosa que mi lengua no
podía esperar para lamer de dedo a dedo.
—Joder. —Agité la cabeza y di un paso atrás, incapaz de apartar los
ojos de ella—. Layla... vas a tener que prometerme que me darás múltiples
oportunidades para compensar mi pobre actuación la primera vez que esté
dentro de ti. Estoy a unos treinta segundos de terminar, y aún no hemos
empezado. Eres hermosa.
—Creo que puedo ayudarte. —De repente se arrodilló.
Y, si antes me había parecido hermosa, esto… nada podría compararse
a esta vista. Qué. Hermosa. Joder. Definitivamente iba a ponerme en
evidencia, pero al menos podría tener una oportunidad si ya hubiera dejado
ir uno.
151
Layla tomó mi cinturón, y gracias a Dios sus dedos aún funcionaban,
porque yo era completamente incapaz de hacer otra cosa que no fuera
mirarla fijamente. A diferencia de su vestido, cuando me bajó la cremallera
de los pantalones, no pude oír los dientes que se separaban porque el único
sonido que escuchaba era el torrente sanguíneo que pasaba por mis oídos.
El latido de mi corazón estaba fuera de control.
—Jesús —susurró mientras mi polla era liberaba—. Ahora creo que soy
yo la que está un poco nerviosa.
Layla se mojó los labios pintados de rojo y levantó la vista de debajo de
sus gruesas pestañas.
—No te detengas. Tragaré por ti.
Jodido.
Jesus.
Cristo.
Ella se inclinó hacia delante, lamiendo el reluciente líquido preseminal
de mi corona, y me mostró la sonrisa más taimada antes de abrirla más y
succionarme en su boca. Sentí que todo el autocontrol al que me había
estado aferrando se me escapaba de las manos.
Mis dedos se cerraron en su grueso cabello, y algo sobre sentir la
sacudida de su cabeza en mis manos me hizo explotar. Gemí y apreté mi
agarre en su pelo con un pequeño tirón. Me dejó marcar el ritmo con las
manos y, de alguna manera, milagrosamente, me abstuve de convertir lo
que era la mejor sensación que había tenido en mi vida en follarle la cara
hasta que su garganta estuviera en carne viva.
La visión de su cabeza moviéndose cada vez más rápido, cada vez
llevándome un poco más profundo, era la cosa más sexy que había visto en
mi vida. Cuando sentí que su mano comenzaba a masajearme las pelotas,
me di cuenta de que por este momento valió la pena esperar tres años.
Demonios, podría haber dado otros tres si esto me estuviera esperando
cuando saliera.
Estoy tan cerca.
Tan cerca.
Olvida la vergüenza. Olvida la dignidad.
Gemí y Layla respondió con un sonido que era casi un zumbido y luego,
de repente, tragó, y le di en la garganta.
—Joder.
»Sí.
152 »Mierda. Tómalo todo...
En cuestión de segundos, sentí que se me tensaban las bolas, y supe
que estaba a punto de explotar. Aunque me dijo que no me detuviera, me
sentí obligado a advertirle. Puede que quisiera follarme su cara, su culo, sus
tetas, su coño y cualquier otro sitio en el que me dejara meter la polla, pero
no era un animal, después de todo.
—Nena... —Me las arreglé para gemir—. Voy a ...
Respondió clavándome las uñas en el culo, y rápidamente perdí la
batalla. Chorros de semen salieron disparados mientras todo mi cuerpo
temblaba. Ni siquiera estaba seguro de cómo me mantenía de pie con la
intensidad de mi orgasmo.
Después de tomarme un minuto para reunir un poco de fuerza, levanté
a Layla de sus rodillas y la puse en mis brazos. Me acarició el pecho, que
seguía vestido.
—Jesús, eso fue... —Me quedé sin palabras—. Eso fue...
Layla me colocó las manos en el cuello.
—Sólo el principio. Eso es lo que es.
21
Layla
El dormitorio estaba a oscuras.
Gray no me había tocado desde que entramos, pero podía sentirlo
detrás de mí. Su aliento caliente me hacía cosquillas en el cuello mientras
hablaba.
—Quiero ver tu cara mientras estoy dentro de ti, pero privarte de la
vista aumentará tus otros sentidos, así que eso tendrá que esperar. —Pasó
sus dedos a lo largo de uno de mis brazos, y cada vello de mi cuerpo se erizó.
Dios, no bromeaba, mis otros sentidos se intensificaron.
La cruda química sexual que había estado chispeando entre nosotros
153 desde la primera vez que nos vimos creció como un reguero de pólvora. Mi
cuerpo estaba tan al límite que cuando Gray agarró mi cadera, que salté un
poco. Su otra mano apartó a un lado mi cabello y luego su boca comenzó a
chupar el pulso en mi garganta.
—Levanta las manos. Ponlas juntas detrás de mi cuello.
Levanté los brazos e hice lo que se me ordenó. Las manos de Gray
acariciaron mi cuerpo. Cuando llegó a mis pechos, apretó con fuerza, y solté
un pequeño gemido.
—He estado soñando con esto durante años —susurró—. Tantas
fantasías. No puedo esperar a realizarlas todas contigo. —Empujó hacia
abajo las copas del sostén y me pellizcó los dos pezones.
—Háblame de ellas. —Mi voz sonaba sensual. Casi no sonaba como
yo. Por otra parte, nunca había estado tan excitada en mi vida.
La boca de Gray se detuvo en mi oreja mientras sus manos
masajeaban los pezones que acababa de despertar con un delicioso dolor.
—Quiero que te pares frente a un espejo y juegues con tus tetas
mientras te chupo el cuello, con mis dedos dentro de tu coño y mi polla
enterrada en tu culo.
Me quedé sin aliento.
—¿Qué más?
Sus manos viajaban lentamente y con mucho esfuerzo por mi cuerpo
y se deslizaron dentro de mis bragas.
—Quiero que te sientes en mi cara y la montes. Quiero mi nariz
enterrada en tu coño mientras chupo tu clítoris.
Metió un dedo y luego un segundo.
—Oh Dios.
—Estás tan mojada por mí.
Recosté mi cabeza contra su pecho.
—Cuando te veo en tu oficina, detrás de ese gran escritorio tuyo,
tienes tanto control y poder. Quiero quitarte eso, hacer que te arrodilles y
me chupes la polla.
Dejé salir una risa nerviosa. Pero no estaba bromeando.
Gray usó una mano para apretarme contra él mientras sus dedos se
deslizaban hacia adentro y hacia afuera. Su erección estaba completamente
dura de nuevo y presionada en dirección a mi espalda baja. Podía sentir la
suave y caliente piel de su polla contra mí.
—Quiero llenar cada parte de tu cuerpo. —Metió otro dedo en mí—.
154 Con mi lengua, mis dedos, mi polla... quiero tener tu coño, tu culo, tus tetas,
tu boca.
—Dios, Gray.
Sacó sus dedos y me hizo girar. Me sentí mareada, y mis rodillas
estaban débiles. Me bajó las bragas y me quitó el sostén antes de dar unos
cuantos pasos. Mis ojos aún no se habían ajustado a la oscuridad total lo
suficiente como para ver frente a mí.
—La cama está frente a ti. Dobla la cintura y apoya la cabeza en ella.
Abre bien las piernas para mí.
Gray se puso de rodillas y luego su boca apareció directamente entre
mis piernas abiertas. No empezó despacio. Enterró su cara en mi humedad,
chapoteando como si no pudiera conseguir lo suficiente y luego chupó fuerte
mi clítoris. Mi orgasmo comenzó a crecer y me preocupaba que pudiera caer
sobre él.
—Tan dulce...
Metió un dedo en mí.
—Tan apretado...
Gimió y golpeó mi clítoris con su lengua.
—Tan jodidamente húmedo para mí...
La ola que había estado amenazando en la distancia se estrelló
repentinamente sobre mí sin previo aviso. Me quejé cuando mi cuerpo
empezó a latir por sí solo.
Justo cuando empecé a bajar, Gray me levantó y me colocó en la
cama. Su cuerpo vino sobre el mío, luego sus labios. Me devoró la boca en
un beso lleno de más pasión de la que jamás había experimentado. Su tacto
era fuerte y dominante, con un control perfecto y poco contundente.
Compuestos, pero necesitados, nuestros labios entrelazados, las lenguas
entrelazadas, y los cuerpos envueltos uno alrededor del otro. Nos separamos
brevemente, solo lo suficiente para que Gray pudiera quitarse la camisa que
aún llevaba puesta.
Se movió un poco, alineando su gruesa cabeza en mi abertura. Pero
luego se detuvo.
—¿Puedo tomarte sin protección?
Ya habíamos tenido esta discusión, pero me encantó que me lo pidiera
de todos modos.
Envolví mis piernas alrededor de su cintura, animándolo.
—Sí, por favor.
155 Así de cerca, pude ver el blanco brillante de sus ojos y observé cómo
se cerraban por un minuto mientras él empujaba en mí.
Con su circunferencia, debe haber sido consciente de que necesitaba
ir despacio. Sin apartar nunca la mirada, se tomó su tiempo, entrando y
saliendo, y luego empujando un poco más con cada nuevo empuje. Una vez
que estaba casi completamente asentado, se detuvo y murmuró contra mi
boca.
—Joder. Te sientes tan jodidamente bien.
Después de que mi cuerpo comenzó a relajarse y a aflojarse, Gray
reclamó mi boca y empezó a empujar más duro. Más rápido. Más profundo.
Los golpes se convirtieron en empujones giratorios, y cada vez se hundía
más y más profundamente hasta que la base de su polla estaba moliendo
contra mi clítoris. Nada se había sentido tan bien, ciertamente no la primera
vez. Y esto era solo el principio.
Mi orgasmo comenzó a crecer de nuevo, con músculos que latían a su
alrededor.
—Gray...
Aceleró su ritmo.
—Joderrrr. Justo ahí contigo, nena.
El sonido de nuestros cuerpos húmedos aporreándose resonó en la
habitación. El olor del sexo impregnaba el aire, y mi cuerpo tarareaba al
tocarlo. Me sentí total y completamente consumida por este hombre. Esa
sensación me empujó al límite, y mi orgasmo palpitó a la vida. Gray mantuvo
el ritmo perfecto mientras yo cabalgaba en una ola larga y dichosa. Me
susurró al oído mientras gemía, diciéndome lo bien que se sentía dentro de
mí, cómo le pertenecía mi cuerpo y lo duro que iba a venirse. Después de
que finalmente empecé a sentirme débil, Gray aceleró su ritmo antes de
hundirse profundamente y llenarme con su liberación.
Me besó durante mucho tiempo después de eso. Besos lentos,
hermosos, románticos y sensuales con los que soñaba una chica joven.
Besos que sentías en tu corazón.
Si no hubiera estado tan embelesada por el momento, me habría
preocupado que lo que sentía en mi corazón era mucho más que un beso.

***

Gray se me unió en la ducha a la tarde siguiente. Entró sin nada más


que con lo que estaba empezando a pensar era en una erección perpetua y
una cara que me decía que planeaba hacer buen uso de ella.
156
Su cabello, que había sido peinado hacia atrás para la fiesta, estaba
ahora despeinado de la manera en que solo un hombre podía lucir sexy
después de una maratón de una noche y una mañana de sexo. No pidió
acompañarme y, curiosamente, eso me excitó muchísimo.
Había estado frente al chorro de agua y no me moví cuando él abrió
la puerta de vidrio y entró. Gray me envolvió con sus brazos por detrás, con
una mano apretando mi pecho y la otra palmeando mi estómago mientras
presionaba su polla contra la hendidura de mi trasero.
—Buenos días —gimió. Su cabeza se inclinó hacia abajo para morder
mi hombro.
—Creo que técnicamente es por la tarde.
—Sea lo que sea, es un buen día cuando me despierto y te encuentro
ya desnuda y mojada.
Me reí.
—Lo dices como si estuviera húmeda por algo más que el agua de la
ducha.
Su mano serpenteó entre mis piernas, y empujó dos dedos en mí
interior.
—¿No es así?
Tuve que poner mis dos manos contra el azulejo.
—Creo que podrías ser un adicto al sexo.
—Creo que soy adicto a ti. —Movió su boca hacia mi oído, y su voz se
volvió áspera—. ¿Estás adolorida?
Estaba un poco adolorida. Pero sus dedos se deslizaban dentro y fuera
de mí, y no dolía demasiado.
—Tal vez un poco.
Gray se detuvo y se retiró.
—Lo siento.
—Está bien. —Me di la vuelta y coloqué mis brazos alrededor de su
cuello.
—Valió la pena.
Sonrió y apoyó su frente contra la mía.
—Ah, ¿sí?
Asentí.
—Es un buen tipo de dolor. Del tipo que me hace sonreír cuando lo
157
siento en vez de hacer un gesto de dolor, porque recuerdo cómo me sentí
anoche.
—Gracias. Es bueno escuchar eso, Pecas. Realmente lo es. —Me besó
suavemente los labios—. Date la vuelta. Déjame lavarte.
Suspiré con verdadera satisfacción y le di el jabón antes de volver a
enfrentarme al cálido chorro de agua.
Él se enjabonó y empezó a lavarme la espalda. Rápidamente, sus
manos se concentraron en mi parte baja, con los dedos penetrando la
hendidura de mi trasero.
—Sabes, si te duele... —Su voz era sulfuro, sexo puro a medida que
sus dedos se inclinaban hacia abajo, deteniéndose en mi entrada trasera
para frotar un círculo y aplicar un poco de presión— …hay otras formas en
las que podría darte placer.
—Diablillo. Creo que hoy nos limitaremos a lavarnos la espalda.
Necesito ir a casa y trabajar. Has sido una distracción todo el fin de semana.
Una buena distracción, pero necesito ponerme al día antes de llegar a la
oficina mañana.
Las manos jabonosas de Gray subieron a mis hombros y frotó.
—¿Podemos hacerlo juntos?
—¿Qué? ¿Trabajar?
—Tengo que ir a la costa oeste mañana por la tarde, y no estoy listo
para dejarte ir todavía.
—Claro. Pero puede que te canses de mí. Hemos estado juntos todo el
fin de semana.
—Cariño, planeo que estemos juntos mucho más tiempo que un fin
de semana.

158
22
Layla
Gray: Creo que me estás ablandando.
Lancé las gafas al escritorio y me recliné en la silla con una sonrisa
de colegiala.
El mensaje fue una pausa bienvenida después del lunes que había
tenido. Había pasado la mañana en una dura declaración y la primera hora
de la tarde leyendo un caso aburrido en mi oficina. Lo que debería haberme
llevado media hora ya me había llevado dos. Realmente necesitaba terminar,
porque pronto vendría un nuevo cliente.
Layla: Espero que no sea en una parte que me gusta dura…
159
Gray: Mierda. No digas duro. Acabo de aterrizar en Los Ángeles y
estoy en un taxi de camino a conocer a un potencial socio comercial.
Ahora voy a tener que hacer primero una parada en el hotel.
Layla: JA. ¿Qué parte se está suavizando, diablillo?
Gray: La interior. ¿Pude haber perdido la masculinidad después
de solo estar dentro de cierto coño dos días? Escuché una maldita
canción de Taylor Swift mientras caminaba por el aeropuerto de Los
Ángeles y pensé en ti.
Suspiré.
Layla: ¿Qué canción era?
Gray: Al carajo si lo sé. Dije que había perdido la masculinidad,
no que era gay.
Layla: creo que necesitas terapia. ¿A qué hora son tus citas hoy
y mañana?
Gray: Hoy a las cinco y otra a las ocho de la noche, hora de Los
Ángeles. Será tarde en tu horario después de que termine mi cita en la
cena, así que te llamaré mañana. Moví mis citas de la tarde a la mañana,
así puedo tomar un vuelo temprano a casa. Quiero volver para llevarte
mañana a cenar.
Layla: Está bien. ¿Alguna razón en especial?
Contestó:
Gray: Sí. Te extraño.
El hombre podía hacer que me desmayase. Justo cuando iba a
contestarle, mi secretaria avisó:
—Tu cita de las tres ya está aquí.
Pulsé el intercomunicador en el teléfono de mi escritorio.
—De acuerdo. Gracias. Dale el contrato de representación estándar
para que lo lea mientras espera. Necesito diez minutos para despejar mi
escritorio y correr al baño.
—Entendido.

***

Me permití otro minuto para releer mis mensajes con Gray, tratando
160 los mensajes como gasolina para atravesar el día agotador. Para ser una
mujer que había estado aterrorizada de una relación con él no hace mucho,
ciertamente parecía como si lo hubiese superado. Habíamos pasado las
tardes del viernes y el sábado juntos en diferentes fiestas, luego pasamos la
noche del sábado hacia la tarde del domingo teniendo tanto sexo como era
humanamente posible. La tarde del domingo nos habíamos puesto al día en
el trabajo mientras nos sentábamos uno frente al otro en mi sala de estar.
Nos habíamos pasado recipientes de comida para llevar y compartimos
sonrisas silenciosas hasta que terminamos a las once de la noche y volvimos
juntos. Se sentía lo mejor de los dos mundos: la excitación de algo nuevo, y
a la vez la comodidad de algo familiar. Incluso me quedé con su perro
cuando dejó la ciudad esta mañana, en lugar de enviar a la pequeña cosa
dulce a un hotel de perros.
Realmente necesitaba ponerme en marcha y no mantener a mi cita
esperando mucho tiempo. Mis dedos se cernían sobre las teclas, debatiendo
mi respuesta a su mensaje durante unos cuantos latidos. A la mierda. El
que no arriesga, no gana.
Layla: Yo también te extraño

***
Mackenzie Cartwright, mi consulta de la tarde, entró a mi oficina con
uno de esos cochecitos de lujo y una niña pequeña durmiendo. No podía
decir que eso pasase antes.
Además de que el ochenta por ciento de mis clientes eran hombres,
las mujeres a las que ocasionalmente les ofrecía mis servicios mantenían
sus negocios y vida personal muy separados. No tenía ni idea si la mayoría
de ellos incluso tenían familia.
Extendí la mano.
—Layla Hutton. Es agradable conocerla, señorita Cartwright.
Me corrigió.
—Es señora.
—Oh. Sí. Por supuesto. —Le señalé las tres sillas de invitado al otro
lado de mi mesa—. Por favor, tome asiento. ¿Puedo conseguirle algo de
beber?
—No, gracias. Pero si podemos por favor mantener esta conversación
en voz baja para que mi hija no se despierte, sería genial.
—Claro —contesté, dándome cuenta de que no había bajado el tono
161 en lo absoluto—. Lo siento —susurré—. Por supuesto.
Rodeé la mesa y esperé a que la señora Cartwright se acomodase.
Vestía una chaqueta ligera, aunque hoy probablemente hacía unos
veinticinco grados afuera, y llevaba lentes oscuros de sol. Pero tomó asiento
sin quitárselas.
De acuerdo. Como sea.
—Entonces… ¿el asistente con el que hizo el primer contacto y
estableció la cita dijo que tenía un desacuerdo entre socios sobre el que
quería asesoría?
Parecía estar mirándome. Esperé en un incómodo silencio hasta que
finalmente respondió:
—Eso es correcto.
—¿Por qué no empieza por el principio? —Bajé la mirada a la
información del cliente que los asistentes tomaban durante una entrevista
telefónica antes de que aceptásemos un cliente nuevo—. ¿Dice que sospecha
que su socio malversó fondos?
Me miró un poco más. Esta era la cita inicial con un cliente más
extraña de todas.
De nuevo, esperé por su respuesta a través de un largo silencio
incómodo.
Me dio la oportunidad de echarle un buen vistazo. Era atractiva, pero
demasiado delgada. Sus pómulos, que podían haber parecido de modelo con
otros seis o nueve kilos, en cambio sobresalían de su pálida piel cenicienta.
Con una inspección mayor, pensé que su grueso cabello oscuro, que cubría
una buena parte de su pequeño rostro con gruesos mechones, en realidad
podía ser una peluca. Intenté ver sus ojos, pero estaban ocultos tras los
oscuros cristales de sus lentes de gran tamaño.
En algún momento, la espera y la comprobación de la otra solo se
convirtió en extraña, y sentí la necesidad de buscar su respuesta de nuevo:
—¿Ya ha hablado con su socio por el problema?
—Sí.
Muy bien, entonces. Aparentemente solo iba a conseguir respuestas
de una palabra. Normalmente estas eran las respuestas que conseguía del
cliente del abogado contrario durante una declaración, no del mío. Clientes
buscando ayuda normalmente no podían esperar a contarme sus historias.
—¿Y cuál es la posición de su socia en la malversación? ¿Ella admitió
haber tomado los fondos?
162 —Él.
—Oh, de acuerdo. ¿Él admite haber tomado los fondos?
—No.
—¿Todavía tiene firma autorizada en las cuentas bancarias de la
sociedad?
—Sí.
—De acuerdo. Bueno, lo primero que podemos hacer es ir a la corte y
presentar una demanda que le impida retirar dinero o cobrar algún cheque
sin la firma de ambos. De ese modo, usted todavía será capaz de utilizar los
fondos de la asociación para un propósito legítimamente de negocios en la
que ambos coincidan, pero ninguno será capaz de tomar una decisión
unilateral de retirar dinero para un uso personal.
—Bien.
—¿Tiene idea de la cantidad de fondos que cree que ha malversado?
—No.
—¿Qué tal una idea general?
Me miró un poco más.
Frustrada, hice un gesto con las manos para que hable.
—Es… ¿mil, diez mil, cien mil? No tiene que ser exacto. Podemos hacer
una estimación aproximada…
—Seis millones.
Arqueé las cejas.
—¿Seis millones?
—Sí.
Me sentí como si se estuviese burlando de mí. ¿Quién viene a la oficina
de un abogado para discutir sobre su socio robándole de su negocio, pero
sin querer realmente dar alguna información, y cuando se le arranca la
estimación de lo robado… resultan ser seis millones de dólares?
Solté el bolígrafo y dejé de tomar notas. Definitivamente algo era
extraño.
—Y esos fondos… ¿fueron tomados de los beneficios del negocio?
Negó.
—Eran fondos con los que ambos contribuimos de un negocio previo
del que éramos parte. Los transferimos de nuestra anterior firma.

163 —¿Una inversión inicial, entonces?


—Sí.
—¿Cada uno contribuyó con un monto igual de los fondos de la
inversión inicial?
—No estoy segura.
Entrecerré los ojos.
—De acuerdo. Entonces, si fuésemos a juicio o algo así, tendríamos
que probar quién puso qué y de dónde vino. ¿Eso sería un problema?
Una pequeña voz dulce llamó nuestra atención.
—Mamá.
Con un gran estirón, la pequeña belleza en el cochecito se despertó.
La niñita era hermosa. Una gran cabeza llena de rizos oscuros, una pequeña
nariz respingona y unos pálidos ojos verdes. Le sonreí, y me lanzó una
mueca dentada antes de taparse el rostro con la manta, haciéndose la
avergonzada.
Aparentemente la actitud extraña y de pocas palabras de su madre
solo se extendía a mí. La mujer se inclinó sobre su hija con una amplia
sonrisa brillante y bajó la manta un poco para exponer los ojos de su hija.
—Te veo —dijo ella con voz cantarina.
La niña pequeña chilló y bajó la manta, revelando la misma amplia
sonrisa que su madre. Las observé a ambas, fascinada por el repentino
cambio en la mujer. Su frialdad se había derretido como si su hija fuese el
sol que la calentaba. Jugaron por un minuto, y luego la mujer desabrochó
el cinturón de seguridad del coche y alzó a la niña pequeña hasta su regazo.
Sus hermosos ojos verde pálido estaban enmarcados con gruesas
pestañas negras.
—Los ojos de su hija son fascinantes —comenté.
—Los obtuvo de su padre.
No podía dejar de mirar a la pequeña. Con unos ojos pálidos como los
de Gray y un cabello oscuro como el mío, parecía como el hijo que ambos
podíamos tener juntos algún día.
Sacudí la cabeza ante ese pensamiento. El hecho de que mi cerebro
incluso se dirigiese allí me enervaba un poco.
—Di hola, Ella. —Mi extraña clienta se había convertido en una
persona diferente. Era como si hubiese olvidado cómo ser amigable hasta
que tuvo la sonrisa de su hija como recordatorio.
—¡Hola! —Saludó ella con la mano.
164
—Hola, Ella —contesté—. ¿Cómo estuvo tu siesta?
La pequeña sonrió y se llevó la mano a la barbilla, casi como si me
lanzase un beso.
Su madre le colocó uno de sus rizos rebeldes tras la oreja, y noté que
llevaba un audífono. Ah. Lenguaje de signos. No me había lanzado un beso.
—Bueno, probablemente debería irme —indicó la mujer—. ¿Qué
necesita para comenzar?
—El nombre y la dirección del socio, y el nombre del banco y el número
de cuenta donde fueron robados los fondos. Eso sería suficiente para al
menos conseguirnos una demanda temporal para el banco.
Numeró dos cuentas de banco casi más rápido de lo que yo podía
anotar los números. La mujer de una palabra ahora ciertamente podía
lanzar información como una metralleta.
—Genial. ¿Y el nombre de su socio y dirección? —pregunté.
Se levantó abruptamente y comenzó a asegurar a la niña de nuevo en
su sillita.
Una vez que terminó se ajustó los lentes en el rostro y me miró.
—Aiden Warren.
Aiden Warren… ¿Por qué me era tan familiar el nombre?
Incliné la cabeza.
—El nombre me es familiar. ¿Sabría si alguna vez fue cliente de aquí?
Necesitaré comprobar un potencial conflicto de intereses si lo fue.
—No lo creo. Pero creo que podemos tener un socio comercial en
común.
De repente, un recuerdo surgió en mi mente. Fue una conversación
que había tenido con Gray.
—¿Cuándo te diste cuenta que Max te había tendido una trampa? —
había preguntado yo.
—Alrededor de un mes después de que hubiese comenzado mi condena,
un amigo vino a visitarme. Había estado en el metro y resultó que vio a Max,
solo que ella no lo vio. Estaba demasiado ocupada enrollándose con Aiden
Warren.
—¿Así que tuviste sospechas de que te estaba engañando?
—Aiden Warren era el tipo que pensábamos que tendió la trampa.
Pestañeé un par de veces.
165
—Eres…
Su rostro permaneció sin expresión.
—Mackenzie Cartwright Westbrook. Mis amigos me llaman Max. Y, sí,
ella es su hija.
23
Gray
¿En dónde diablos estás?
Había encendido mi teléfono tan pronto como aterrizamos, pero aun
así no recibí respuesta de Layla. Después de que mi vuelo se retrasó, ya eran
casi las ocho de la mañana aquí en la costa este. Asumí que cuando no
había respondido al principio del día era porque había estado ocupada con
el trabajo. Pero mis mensajes se veían como leídos, y debía haber tenido dos
minutos para enviarme una respuesta rápida a estas alturas.
Al bajar del avión con mi equipaje de mano, una mala sensación me
invadió mientras me dirigía a la salida del aeropuerto. Marqué el número de
166 Layla. Sonó una vez y fue directo al buzón de voz, lo que significaba que
había presionado ignorar.
Quería pensar lo mejor de lo peor, la había enojado de alguna manera,
y ella me lo estaba haciendo saber. Pero la parte protectora de mí no podía
evitar preocuparse. ¿Y si hubiera ido caminando a almorzar y un conductor
imbécil hubiera estado mandando mensajes y se hubiera saltado la luz roja
mientras ella estaba cruzando el paso peatonal? O se enfermó a mitad del
día y estaba sentada en una sala de emergencias en algún lugar. Mis
zancadas devoraron el camino fuera del aeropuerto. Al iba a pasar a
recogerme. Estaría en algún lugar cercano ya que no podías sentarte afuera
de JFK esperando a un pasajero, así que le mandé un mensaje para que se
acercara a la terminal de llegadas.
—El apartamento de Layla —hablé incluso antes de cerrar la puerta
de golpe.
—Entendido, jefe.
Al miró por el espejo retrovisor antes de alejarnos, pero también me
miró a mí.
—¿Buen viaje?
Me acomodé de nuevo en el asiento.
—Sí. Solo un largo día.
El tráfico era ligero, así que cuando llegamos al lugar de Layla, eran
solo las nueve.
—Dame unos diez minutos, y te haré saber lo que haré.
—Entendido —dijo Al.
Miré a la ventana de Layla cuando salí del automóvil. Estaba oscuro
y no mostraba ninguna señal de que alguien estuviera en casa.
Su edificio tenía un vestíbulo con una puerta cerrada. Un inquilino
tenía que telefonear para abrirla. Presioné el timbre y esperé a que su voz
llegara por el intercomunicador.
Pero nunca llegó. Tres zumbidos y un último intento desesperado de
llamarla por teléfono fueron infructuosos. Me pasé los dedos por el cabello,
el nudo en el estómago tirando más fuerte.
—1275 Broadway, Al. —Cerré la puerta del auto con un portazo—.
Oficina de Layla.
Al volvió a mirar hacia atrás.
—¿Todo bien?
—Eso espero.
167

***

Archibald Pittman salió por la puerta principal con otro hombre justo
cuando mi auto se detuvo en la acera. Lo más inteligente hubiera sido
esperar a que se fuera, pero el viaje desde el apartamento de Layla había
elevado mi ansiedad a un nivel completamente nuevo. No había manera de
que perdiera 30 segundos solo para evitar a su jefe.
Caminando hacia la puerta, miré mi teléfono para evitar hacer
contacto visual. Eso no impidió que Pittman se fijara en mí.
—¿Grayson? —detuvo su conversación y me llamó mientras trataba
de pasar.
Levanté la vista.
—Archie. Me alegro de verte.
—¿Vas a subir a esta hora tan tarde?
Me saqué una excusa del culo.
—Contrato urgente, tiene que ser enviado de vuelta a la costa oeste
esta noche.
—Me alegra ver que mi personal se ocupa de tus necesidades.
—Sí. —Le hice un breve asentimiento, ansioso por entrar en el
edificio—. Bueno... el tiempo corre. Que tengas una buena noche.
Ya estaba cuatro pasos más cerca del edificio antes de que pudiera
terminar de despedirse.
El elevador se abrió en el piso de Layla, y me sentí aliviado al ver que
las puertas dobles de vidrio seguían abiertas. Por supuesto, la recepción
estaba vacía a las diez de la noche, así que entré en las oficinas interiores.
Los pasillos estaban iluminados, pero la mayoría de las puertas de la oficina
estaban cerradas. Hice el último giro, a la izquierda, y vi que la cuarta puerta
de abajo, la de la oficina de Layla seguía abierta, aunque las luces estaban
apagadas.
No esperaba ver a nadie, y como estaba oscuro, casi me pierdo cuando
entré a su oficina. Pero las luces se encendieron de repente. Debían haber
tenido un sensor de movimiento que activé al entrar. Encontré a Layla
sentada en su escritorio mirándome.
Fruncí el ceño.
168 —¿Estabas durmiendo?
—No.
—¿Qué pasa? —Los papeles estaban esparcidos por todo su escritorio,
que normalmente estaba pulcro y organizado. Algunos incluso estaban en
el suelo.
Di unos pasos más cerca y vi mejor su cara. La piel alrededor de sus
ojos estaba hinchada y roja. Había estado llorando.
—Layla, contéstame. ¿Alguien te lastimó? —Mi sangre empezó a
bombear con lo que podría haber sucedido. Todos los peores pensamientos
empezaron a pasar por mi mente. Ella estaba sola en la oficina por la noche
sentada en la oscuridad… su escritorio era un desastre desordenado...
había estado llorando... ¿Alguien la atacó?
Me miró fijamente, sin decir nada. Caminé detrás de su escritorio y
giré su silla para mirarla. Agachado, traté de mantener la calma y mi voz
firme.
—Layla. Háblame. ¿Qué pasó, cariño?
Una página en el borde de su escritorio me llamó la atención, y giré la
cabeza, seguro de que estaba viendo cosas. Pero no lo estaba.
Recogí el periódico. La foto tenía unos pocos años, pero no había duda
de que era Max. Recordé bien el artículo. Kiplinger's había hecho una
historia sobre el auge de las mujeres comerciantes, y Max había aparecido,
junto con algunos otros emergentes de la industria. La pieza había salido
unos meses antes de que abriéramos nuestra firma.
Mis ojos viajaron sobre el resto de su escritorio.
¿Qué demonios...?
Recogí otro periódico, un artículo sobre nuestra sociedad.
Otro documento: la presentación de la UCC sobre nuestra sociedad.
Otra copia de mis documentos de sentencia de la corte criminal.
Todo el escritorio estaba cubierto de papeles sobre mí, Max, o sobre
nuestra desaparecida firma.
Layla me miraba cuando volví a prestarle atención.
—Qué pasó. ¿Por qué estás investigando a Max?
Miró hacia otro lado, mirando por la ventana de su oficina hacia la
oscuridad exterior durante un minuto antes de regresar.
—La conocí hoy.

169 Busqué en sus ojos, tratando de evitar hacer un millón de preguntas


porque vi que había algo más que necesitaba decir.
Cerró los ojos por un rato, respirando profundamente antes de
reabrirlos y luego me miró directamente a los ojos.
—Ella vino a mi oficina… con tu hija.

***

—Comienza desde el principio, Layla.


Tuve que tomar asiento después de que le hice repetir lo que había
dicho tres veces y le dije que no tenía ni idea de que Max tenía una hija, y
mucho menos una que pudiera ser mía.
—Tenía una cita en el calendario con una nueva cliente llamada
Mackenzie. No sabía que Max era el diminutivo de Mackenzie, así que no le
di importancia. —La voz de Layla era inquietantemente tranquila—. La
mujer apareció y actuó de forma muy extraña. Tenía una niña pequeña
durmiendo en el cochecito. Dijo que su socio le robó seis millones de dólares.
Entonces su hija se despertó y... era hermosa... tenía exactamente tus
mismos ojos verdes. Solo que al principio no me di cuenta de que eran tuyos.
Cuando los alabé, dijo que la niña tenía los ojos de su padre.
—¿Y dijo que era mi hija?
—¿De verdad no tenías ni idea? —Recorrió mi rostro con la mirada.
—¡Por supuesto que no! —Me paré y comencé a caminar—. Esto es
una jodida locura. No puedo tener una hija con ella.
—¿Por qué no?
—¿Por qué me lo habría ocultado?
—¿Por qué iba a robarte y tenderte una trampa cuando ambos
tuvieran más dinero del que podrían gastar en una vida?
Me senté de nuevo. Con los codos en las rodillas, sostuve la cabeza
mientras me frotaba las sienes.
—No puedo responder a eso. Porque nada de esto tiene sentido para
mí.
Layla se quedó callada por un momento. Su voz sonaba tan vulnerable
y asustada cuando habló.
—¿De verdad no lo sabías?

170 Fue al menos la tercera vez que me hizo esa pregunta. Jesucristo.
Estaba tan ocupado superando la conmoción de lo que me había dicho, que
ni siquiera había empezado a pensar en lo que esto significaba para nosotros
dos si fuera cierto. Alzando la mirada, vi tanto dolor en sus ojos. De repente,
todo lo que había esperado durante más de dos años parecía que se me
escapaba de las manos.
Me levanté y volví a caminar detrás de su escritorio, en donde ella
todavía estaba sentada en su silla.
Agachado de nuevo, sujeté su rostro.
—No he visto a Max en más de un año. Lo último que supe es que se
había mudado a Florida. Ni siquiera sabía que estaba en Nueva York, y
ciertamente no que iba a venir a verte y a jugar algún tipo de juego
enfermizo. No tenía ni idea de que ella tenía una hija, y no la hubiera dejado
salirse con la suya en todo esto, Layla. Tienes que creerme. —Acerqué mi
cara para que solo pudiéramos vernos a los ojos—. No tenía ni idea de nada
de esto. Ni idea.
Ella buscó en mi cara y asintió.
Di un suspiro de alivio, aunque sabía que era solo temporal.
El sonido del tintineo de llaves me obligó a prestar atención desde
Layla hasta el vestíbulo, justo cuando un guardia de seguridad uniformado
se detuvo en la entrada.
—El edificio se cierra en quince minutos, Layla.
Ella asintió.
—Oh. Está bien, Frank. Gracias.
El guardia la miró a la cara y me agaché a su lado.
—¿Todo bien?
—Sí. Todo está bien. Todo está bien. Nos iremos en unos minutos.
Asintió.
—Que tengas una buena noche.
Cuando se alejó, le quité el cabello de la mejilla.
—Pareces exhausta. Ven a casa conmigo.
Agitó la cabeza y comenzó a barrer con las manos todos los papeles
esparcidos sobre su escritorio en un montón.
—Tengo a Pecas en mi casa, ¿recuerdas? Además, estoy exhausta.
Realmente quiero dormir en mi propia cama esta noche.
171
Ya se me estaba escapando mentalmente. No podía dejar que la
distancia física se sumara a eso.
—¿Puedo ir a casa contigo, entonces?
Vi la vacilación en su rostro.
—Dormiré en el sofá si necesitas espacio. No me empujes y cierres la
puerta, Layla. Por favor.
A regañadientes, asintió.
Esa noche, me dejó dormir en su cama. La abracé y la sostuve con
fuerza, aferrándola a mi vida. Porque lo sabía. Lo sabía. La mierda estaba a
punto de golpear al ventilador mañana.
24
Layla
La cama estaba vacía junto a mí por la mañana. Fría también.
La luz del día todavía no estaba brillando a través de las cortinas, pero
no tenía ni idea si era la mitad de la noche o la primera hora de la mañana.
Alcanzando mi teléfono para comprobar la hora, vi la luz de la cocina por
debajo de la puerta cerrada de mi habitación.
Las cinco de la mañana. No era una dormilona, pero me había tomado
mucho tiempo quedarme dormida, incluso después de que me hubiese dado
la vuelta y fingido que me había quedado dormida. Así que esta mañana,
estaba agotada. Parte de mí quería girarse y olvidarlo todo, pero sabía que
172 no podría dormir. Necesitaba levantarme y tomar una ducha, pensar en todo
lo que había ocurrido con la mente clara de un nuevo día. Pero también
necesitaba saber si Gray todavía estaba aquí. Sentía que lo estaba, así que
salí de la cama y de la habitación.
Lo encontré con una taza de café en la mano, mirando la pantalla de
su laptop en la sala de estar. La luz del techo estaba apagada, pero el brillo
de la pantalla iluminaba su rostro. Gray siempre era hermoso. Sería
imposible no ver eso con cualquier emoción que mostrase, su estructura
ósea cincelada no permitía que la belleza escapase como lo hacía con otros
hombres, dependiendo de su humor.
Pero esta mañana se veía casado. Sus ojos verdes reflejaban las ojeras
bajo ellos y se veían cansados por la falta de sueño.
—¿Hace cuánto que has estado levantado? —Caminé hacia la cocina
y tomé una taza de café del armario.
Gray dejó la laptop en la mesita de café y se movió en su asiento para
enfrentar la cocina.
—¿Una hora o dos?
Me preparé un café y me apoyé en la encimera para beberlo.
—¿Dormiste algo?
—Creo que fue más como una pequeña siesta. ¿Tú?
—Un poco más que eso. —Miré hacia su laptop—. ¿En qué estás
trabajando? No parecías muy emocionado de leer lo que fuese.
—Algunas revisiones de la oferta a la firma tecnológica cuyo contrato
reparaste. Mis socios quieren hacer una oferta hoy. Creen que hacer otra
aventura económica es interesante, y si extendemos la oferta con una
pequeña ventana de aceptación, no tendrán tiempo de terminar sus debidas
diligencias o hacer una oferta competitiva.
Asentí.
—Hazme saber si necesitas que haga algo.
Ninguno dijo nada más durante unos extraños minutos después de
eso. Odiaba la sensación de no mencionar lo obvio y preferiría desahogarme.
—¿Vas a contactar hoy con ella?
Dio palmaditas en el sofá junto a él.
—Ven a sentarte.
Esto iba a ser un tira y afloja. Ya podía verlo. Yo intentaría poner un
poco de espacio entre nosotros —físico o mental—, y Gray lucharía conmigo
por ello.
173 —Prefiero quedarme de pie mientras bebo el café.
Frunció el ceño, luego se levantó y caminó hacia la cocina para
permanecer frente a mí. Mi cocina en forma de U era pequeña, así que la
distancia entre nosotros era solo de unos centímetros.
Tira.
Afloja.
Bajó la mirada.
—Busqué en internet su información de contacto esta mañana y
conseguí su dirección de correo electrónico y número de oficina que parece
actual. Ni siquiera tengo su número de teléfono.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo no puedes tener su número de teléfono?
—Intenté llamarla una vez después de que averigüe lo que había
hecho. Pero había cambiado de número de teléfono, y mi correo electrónico
se regresó sin enviar.
—Oh. —Dudé por un momento—. Yo lo tengo. Quiero decir, me dio su
información de contacto cuando mi asistente preparó la cita. Si lo
necesitas…
Gray fijó la mirada en la mía.
—Ya te ha arrastrado lo suficiente a su juego. Pero gracias.
—¿Qué vas a decir cuando contactes con ella?
Gray negó.
—No tengo ni una jodida idea. Pero supongo que debería comenzar
con: ¿Tengo una hija?

***

A las dos de la tarde, había tenido el día menos productivo de toda mi


carrera.
Leí un contrato cuatro veces y me senté en una reunión de equipo en
donde un abogado a mi lado literalmente tuvo que patearme bajo la mesa
cuando alguien me había hecho una pregunta directa, y ni siquiera los había
escuchado hablar. Intenté pedir comida con mi asistente, pero no podía
decidir qué comer, así que había mentido y dicho que recordaba que había
traído un poco de sobras.
Un golpe en la puerta interrumpió mi larga sesión de mirar por la
ventana.
174 Oliver sonrió y permaneció en la puerta.
—Hola. ¿Cómo van las cosas?
Incluso aunque trabajábamos para la misma firma, en el mismo
edificio, no lo había visto desde que tuvimos una comida y yo había roto las
cosas.
—Bien. Ocupada.
Asintió.
—No estoy seguro de si lo escuchaste, pero Elizabeth Waring se
marcha.
—¿Oh? No. No lo había escuchado. ¿Va a algún lugar mejor? —
Elizabeth era una buena amiga de Oliver, una abogada en la división de
propiedad intelectual con la que él trabajaba a menudo. Habíamos comido
juntos unas cuantas veces.
—Se está retirando.
—¿Retirando? Tiene qué, ¿treinta y cinco?
Sonrió.
—Así es como llamamos a la gente que deja la práctica privada y va a
trabajar para el gobierno. Tomó un trabajo en la Oficina de Derechos de
Autor de los Estados Unidos.
—Oh. Bien por ella. Había dicho que quería tener hijos. Eso le hará la
vida más fácil; trabajar en un horario regular de nueve a cinco y no tener
que preocuparse por las horas facturables.
—Sí. Está feliz. No va a conseguir eso aquí a ninguna edad. ¿conoces
la diferencia entre Pittman y una sanguijuela?
—No. ¿Cuál?
—Después de que mueres, una sanguijuela deja de chuparte la
sangre.
Me reí.
—Eso es muy cierto.
—De cualquier modo. Solo quería saludar y hacerte saber que vamos
a salir con ella un último día por si te gustaría unirte. El próximo viernes
por la noche en el Bar The Rodeo en la esquina.
Arqueé la ceja.
—¿El lugar con el toro mecánico?
175 —Ese mismo.
—Y pensé que el departamento de derecho de familia tenía a los
salvajes.
Sonrió.
—Deberías venir. Será divertido.
—Gracias por la invitación. Lo intentaré.
Después de que Oliver se fuese me recliné en mi silla, porque no había
holgazaneado lo suficiente durante el día. Es un tipo tan agradable. Y
apostaría a que él no tenía ninguna hija secreta sobre la que no sabía. Y
considerando el tipo de bar que le permitía el acceso, estaba muy segura de
que tampoco era un ex convicto. Pero por supuesto, no podía enamorarme
de él. Eso habría sido demasiado fácil. Aparentemente, lo complicado era
más mi estilo.
Mi teléfono vibró en la mesa. Hablando del diablo.
Gray: ¿Cena esta noche?
Solo ver su nombre iluminando el teléfono me sobresaltó. Por
supuesto que quería ver a Gray. Ese era parte de mi problema. No sabía
cuándo era momento de alejarme del hombre. O en cambio, lo sabía, solo
que no podía hacerlo cuando estaba cerca de él. Me hizo preguntarme si era
así como se había sentido mi madre, dejando que su corazón controlase su
cabeza cuando se refería a mi padre y su familia secreta.
Necesitaba ser más fuerte de lo que ella lo fue, así que decidí darle
una pequeña mentira.
Layla: Lo siento. Tengo planes esta noche.
Tira.
Afloja.
Imaginé a Gray sentado en su escritorio, el músculo de su mandíbula
apretándose mientras leía mi declinación a su oferta. Sabía que el siguiente
mensaje que llegase no sería un simple “de acuerdo”. Necesitaba un poco de
espacio ahora mismo, y él quería juntarnos en una pequeña habitación y
encerrarnos dentro.
Gray: ¿Trabajo?
Si respondía un simple no, sería vago y dudoso. Pero no quería mentir.
Así que, en cambio, decidí convertir una mentira en una verdad. En lugar
de mandarle un texto a Gray, se lo envié a Quinn.
Layla: Mi día necesita un licor hecho en casa. ¿Conoces algún
lugar?
176
Ella respondió.
Quinn: Tienes suerte. Acabo de hacer un nuevo lote. Esta vez le
añadí un poco de ácido acetilsalicílico.
Me reí.
Layla: ¿No es de lo que están hechas las aspirinas?
Quinn: Jodidamente correcto. Matas dos pájaros de un tiro. ¿A
qué hora vas a venir?
Layla: Pronto.
Quinn: ¿Pronto? El reloj tras el bar dice que no son ni las tres.
¿Necesito cambiarle las pilas? ¿O tenemos alguna mierda seria sobre la
que discutir que estás dejando la oficina antes de las siete de la noche?
Ella me conocía muy bien.
Layla: No tires las pilas. Puede que las necesite pronto para mi
vibrador. Besos.
Ahora no estoy mintiendo.
Cambiando de conversación, abrí la de Gray.
Layla: No. Planes con Quinn.
Gray: De acuerdo. Ten cuidado.
Quería dejar la conversación así, pero tenía curiosidad de si se había
puesto en contacto con Max y quería hablar de ello durante la cena. Sería
justo como Gray se asegurase de dar ese tipo de información en persona.
Layla: ¿Te pusiste en contacto con Max?
Gray: Todavía no. Dejé dos mensajes. La recepcionista dijo que
hoy estaba fuera de la ciudad.
Tomé una respiración profunda y lancé el teléfono sobre la mesa. A la
mierda.
¿Qué estaba esperando? ¿Que sonase el silbato de las cinco?
Abrí el cajón del escritorio y saqué mi bolso. Sin molestarme si quiera
en alejar el archivo en el que había estado trabajando, decidí que mi día
había terminado.
En algún lugar eran las cinco de la tarde.

***

177 Quinn se quedó boquiabierta. Y eso era indicativo de algo. Mi mejor


amiga tenía un padre irlandés y poseía un bar. No había muchas cosas que
la sorprendiesen.
—¿Entonces ella tuvo a su bebé mientras él estuvo en prisión por el
crimen que ella cometió y en cuanto él volvió a tener su vida en orden ella
apareció para soltar la bomba?
—Eso parece. —Tomé mi tercer chupito de whisky casero y me
estremecí por la quemazón que viajaba por mi garganta.
Un hombre mayor que debe haber sido un cliente frecuente —me
parecía familiar incluso a mí—, tendió su jarra de cerveza vacía desde el otro
lado de la barra.
—Oye, Q. ¿qué tal si me lo vuelves a llenar en algún momento de hoy?
Quinn lo desestimó con un gesto de la mano sin tan siquiera girar la
cabeza en su dirección.
—Ve y sírvete tú mismo, Frank. Va por mi cuenta, pero esta tarde es
autoservicio.
El viejo casi saltó del asiento para servirse.
Quinn apoyó los codos en la barra y colocó la cabeza en sus manos.
—Entonces, continuemos y resolvamos esto. Por alguna razón, ella no
le contó que tenían una hija. Pero resulta que realmente es de él. ¿Eso qué
significa para ti y Gray?
—No tengo ni idea.
Quinn inclinó la cabeza.
—Tener un hijo no es el fin del mundo. Por supuesto, es el fin de tu
vida sexual, el dinero, una buena figura y piel joven, pero no es el fin del
mundo.
Me reí. E hipé. Un combo de risa e hipo, lo que hizo que Quinn
también estallase en risas. Ni siquiera era realmente graciosa, pero creo que
simplemente ambas necesitábamos la risa.
Quinn se limpió las lágrimas.
—Sabes, piensa en ello, tener una relación con un tipo que tiene una
hija no es tan malo. Generalmente solo tienen a los monstruos cada dos
fines de semana y pueden ser el tipo bueno de los dos padres. No tienen que
despertarlos para ir a la escuela o sujetarlos de sus pequeños cuellos para
que se cepillen los dientes por la noche. Es como lo mejor de ambos mundos.
Llegas a tener hijos sin la responsabilidad a tiempo completo.
—¿Tienes que pellizcarle el cuello para que se cepillen los dientes por
178 la noche?
—Solo un poco en la nuca. Pero es más para mí que para Harper.
Algunos clientes de verdad comenzaron a entrar en el bar, unos a los
que Quinn no podía ofrecerles el autoservicio. Así que fui dejada para
sopesar y ahogar mis penas en alcohol sola por un tiempo. Y sopesar fue lo
que hice.
¿Qué haría si esa niña pequeña era la hija de Gray?
Una vez había salido con un tipo que estaba divorciado. Y tenía un
hijo de cuatro años. No lo había descartado porque tenía un hijo, entonces
¿por qué sería Gray diferente?
Porque el tipo con el que salí era solo eso… un tipo con el que salí.
No el hombre del que estoy enamorada.
El hombre.
Del que estoy.
Enamorada.
Eso se repitió en mi cabeza.
Lentamente.
Supongo que realmente no era tan sorprendente. Me había
enamorado de Grayson hacía dos años y medio. Simplemente era la primera
vez que en realidad me lo admitía a mí misma. Lo que significaba… Tragué
el resto de mi bebida.
Después de cinco horas sentada en el bar y revolcándome en la
autocompasión, finalmente me dirigí a casa. Quinn se aseguró de que
llegaba a salvo en la parte trasera de un taxi y tomó el número de
identificación del conductor —haciéndole saber que lo tenía—, para
asegurarse de que me llevaba directamente a casa.
Una vez aquí, me fui directamente a la cama, sin tan siquiera quitarme
los zapatos y caí bocabajo. Justo me acababa de quedar dormida cuando mi
teléfono sonó, indicando un nuevo mensaje.
Rebusqué en la mesilla sin alzar la cabeza y tuve que entrecerrar los
ojos para entender las palabras. Era un mensaje de Gray.
Gray: Vine a tu casa hace un rato, pero logré persuadirme de tocar
el timbre. Ni siquiera sé si estabas en casa, pero se sintió bien estar en
el mismo lugar en el que podías estar tú. Te voy a dar el espacio que
quieres, pero eso no significa que no quiera estar contigo. Por favor,
entiende eso, Pecas.
Lo amé incluso más al leer ese mensaje. Aun así, no podía dejarlo
179 presionarme. Apenas habíamos resuelto las cosas y no creía que nuestra
relación estuviese preparada para añadir una hija. Ignorando sus palabras,
contesté.
Layla: ¿Hablaste con Max?
Gray: Me llamaron de su oficina y me informaron de que podía
encontrarme con ella mañana a las nueve de la mañana.
Los celos enviaron una flecha a mi corazón ante el pensamiento de
ellos juntos en una habitación. Lo sabía. El hombre la detestaba. Pero yo
sentía lo que sentía. El amor era posesivo. No importaba quién fuese el
intruso, solo importaba que alguien estaba merodeando lo que yo
consideraba mío.
Tragué el nudo de recelo en mi garganta y respondí con todo el
entusiasmo que pude reunir.
Layla: Buena suerte mañana.
25
Gray
Tamborileaba con mis dedos en el brazo de la silla, y cada minuto que
pasaba me ponía más inquieto.
La secretaria de Max me había llevado a una sala de conferencias, una
con una mesa larga y más de una docena de sillas. Pero lo más importante,
una que tenía paneles de vidrio, que permitía a todos los que caminaban
por el pasillo ver hacia adentro. Al principio pensé que tal vez era el
procedimiento operativo estándar, la secretaria no sabía quién era yo o tenía
alguna razón para pensar que mi negocio con Max requería hoy en día algún
tipo de privacidad. Pero a medida que pasaban los minutos, me di cuenta
de que Max no dejaba nada al azar. Ella le habría ordenado a su personal
180 que me pusiera exactamente en donde ella quería, así que el hecho de que
estuviera sentado en una pecera no fue definitivamente un accidente.
Max estaba nerviosa por mi reacción. Considerando que me sentía
como una bomba de tiempo, su evaluación era probablemente acertada.
Pensé que en cualquier momento que podría explotar. ¿Y quienquiera que
se interpusiera en mi camino? Que Dios nos ayude a los dos.
A las nueve y diez, la puerta de la sala de conferencias se abrió y Max
entró. Si estaba nerviosa, no se le notaba inmediatamente. Caminó hacia el
lado opuesto de la mesa, colocó un archivo grande envuelto con una banda
elástica y su teléfono celular, y se sentó frente a mí. Puso sus manos encima
de la carpeta y me miró sin decir una palabra.
Hacía más de un año que no la veía, y ese tiempo no había sido
amable. Max siempre fue alta y delgada. Por las mañanas, se iba a correr
largas distancias, y a veces, cuando estaba estresada, la distancia de un
corredor de maratón que se preparaba para una carrera. Durante el tiempo
que estuvimos siendo investigados, perdió mucho peso, corriendo dos o tres
horas al día, pero aun así se veía saludable, aunque fuera por el lado
delgado.
Pero la mujer sentada frente a mí parecía que había estado muy
estresada. Sus mejillas estaban hundidas, sus hombros parecían la mitad
de lo que solían ser, y el cuello en V de su camisa mostraba clavículas que
sobresalían de una manera más esquelética que sexy. Si no estuviera tan
furioso, su aspecto hubiera sido alarmante.
—Me alegro de verte, Gray. Te ves bien —dijo ella finalmente.
Golpeé mi mano contra la mesa, haciendo que todo rebotara, y ella
saltó.
—¿Qué clase de juego enfermizo estás jugando ahora? —El veneno
goteaba de mi voz.
Ella se tranquilizó rápidamente, enderezando su columna vertebral.
—Sé que eres un buen hombre, pero necesitaba saber con quién iba
a estar nuestra hija antes de decidir decírtelo.
—¿Nuestra hija? Si es mi hija, ¿por qué carajos esperaste más de tres
años para decírmelo?
Un hombre abrió la puerta de la sala de conferencias y miró a Max.
—¿Está todo bien aquí?
La mano de Max fue a su oreja. Siempre había tenido el hábito de
jugar con su pendiente cuando estaba nerviosa. Bien. Deberías estar
jodidamente nerviosa.
181 —Todo está bien, Jack. Gracias por comprobar.
El hombre me miró por segunda vez, y probablemente viendo dagas
en mis ojos, dudó y volvió a mirar a Max.
Ella tuvo que tranquilizarlo.
—De verdad. Estamos bien. Estamos bien. Gray y yo nos conocemos
desde hace mucho tiempo. Estábamos teniendo una acalorada discusión
sobre el futuro mercado.
El tipo asintió, aunque parecía que no creía ni una palabra de lo que
ella había dicho, y lentamente cerró la puerta.
Max se aclaró la garganta.
—Si te hubiera dicho que estaba embarazada hace tres años, habrías
luchado más por tu libertad, y entonces no habría tenido mi inmunidad.
La miré fijamente. Básicamente, había admitido que todo lo que yo
había descubierto era cierto. No es que lo dudara, pero nunca esperé que
confesara.
—¿Por qué de repente me estás contando todo esto? He estado fuera
casi dos meses, y vas al lugar de trabajo de mi novia fingiendo ser un cliente
para poder presentarle a una niña que dices es mía.
Max deslizó la carpeta frente a ella sobre la mesa. No me moví para
recogerla.
—No tenía planes de decírtelo nunca. Conseguí lo que quería y me
mudé para empezar mi vida en Key West.
—¿Y qué cambió?
Ella movió sus ojos a la carpeta.
—Está todo ahí dentro.
Mi voz estaba espeluznantemente tranquila.
—No más juegos. ¿Qué hay en la carpeta, Max?
Ella se alejó de la mesa y caminó hacia la ventana. Mi paciencia se
agotó durante los largos minutos que ella miró afuera, pero de alguna
manera me las arreglé para esperar hasta que hablara.
No paraba de mirar por la ventana mientras empezaba.
—Tengo cáncer de mama metastásico en fase cuatro. Se ha extendido
a mis pulmones, hígado, huesos y cerebro. Mi resonancia magnética, mi
tomografía por emisión de positrones y mis documentos médicos están todos
en esa carpeta, junto con una prueba de ADN que prueba que Aiden no es
el padre y otra que prueba que tú lo eres. Les envié tu cepillo de dientes y
182 afeitadora para que tomaran una muestra.
Regresó a la mesa, sostuvo la parte superior de la silla en la que había
estado sentada y me miró directamente a los ojos.
—También hay una carta que te escribí incluida en esa carpeta.
De toda la mierda que imaginé que diría hoy, eso no estaba incluido.
La miré fijamente a los ojos. Era una mujer que me alimentó con mentiras
durante años, y me enamoré de todas ellas. Había perdido tres años de mi
vida por su experiencia en mentir…. Y aun así... podría jurar que me estaba
diciendo la verdad.
Deslicé la gruesa carpeta a mi lado de la mesa y quité la goma elástica.
Con una respiración profunda, la abrí y empecé a tamizar entre la pila de
papeles. La mayor parte era parafernalia médica que no entendía. Las
palabras saltaban de la página como si estuvieran resaltadas y
parpadeando, aunque no lo estuvieran.
Tratamiento paliativo.
Histopatología.
Neutropenia.
Una sección en particular en el fondo de un estudio del Memorial
Sloan Kettering PET CT parecía leerse en español más que las otras.
Confirmaba todo lo que había dicho, citando grandes tumores en la cabeza,
los pulmones, el hígado: el sitio de una doble mastectomía.
Miré de nuevo. Mi evaluación original de su pérdida de peso de repente
se hizo clara. Sin grasa corporal, cara delgada... empecé a notar cosas que
antes no había notado. Su piel era de color amarillo grisáceo pálida, su
rostro delgado había envejecido veinte años, y su cabello era de un color
diferente y mucho más grueso de lo que había sido: llevaba una peluca. Una
vez ella fue voluptuosa, con curvas incluso cuando estaba demasiado
delgada, ahora no tenía pechos.
Cerré los ojos por un momento y tragué. No hizo nada para despejar
mi mente confusa. Al abrirlos, miré a la mujer que me había robado años de
mi vida, junto con mi reputación y dignidad. No quería verla como humana.
Quería verla como el monstruo por el que había pasado tres años cultivando
mi odio, pero no podía. Todo lo que vi fue a una persona frágil. Una mujer.
Una madre. La hija de alguien que tenía treinta años y estaba muriendo.
El interior de mi pecho se sentía hueco. Mi voz se suavizó.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Seis meses... quizás.
Dejé caer la cabeza en mis manos. Se sentía como si la habitación
hubiera empezado a girar.
183
—Lo siento.
Ella se sentó frente a mí otra vez.
—Yo también, Gray. Yo también. Sé que no es suficiente. Y no espero
tu perdón. A veces se necesita mirar a la muerte a la cara para recordar tu
vida y darte cuenta de que no la viviste de una manera de la que estás
orgullosa. No estoy orgullosa de mucho de lo que he hecho. Vivía por dinero
y poder, sin tener en cuenta a nadie que cayera a mi paso. Pero estoy
orgullosa de Ella. Es inocente, dulce, y está llena de amor y vida. —Se
detuvo—. Supongo que tengo suerte de que se parezca a su padre y no a mí.
La miré.
—¿Estás segura de que es mía? ¿Cómo sé que estas pruebas no están
manipuladas?
Max sonrió con tristeza y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.
Deslizó una foto por la mesa.
Levantarla me dejó sin aliento. La niña pequeña era toda mía. Grandes
ojos verdes, pestañas oscuras, hoyuelos hendidos que marcaban su sonrisa
torcida. Un pensamiento jodido me vino a la cabeza. Se parece a mi padre.
Tragué y probé sal en mi garganta.
—Necesito algo de tiempo para digerir todo esto.
—Por supuesto.
Me quedé mirando la foto de la hermosa niña.
—¿Puedo quedarme con esta?
—Por supuesto.
De pie, me sentí entumecido. Tomé la carpeta y asentí a Max antes de
salir. Con mi mano en la puerta de cristal, le pregunté:
—¿Algo más que quieras confesar antes de que me vaya? —Era mi
idea de una broma triste.
Pero Max miró bajó la mirada.
Negué.
—¿Ahora qué demonios?
—Aiden me robó todo el dinero que te robamos a ti. Realmente me
gustaría que tu amiga intentara recuperarlo. Es la herencia de Ella.
Increíble. Abrí la puerta y hablé sin mirar atrás:
—Eres una verdadera joya.

184
26
Gray
Revolviendo los cubitos de hielo en mi vaso vacío, miré el desastre de
mi vida esparcido sobre todo el sofá del salón y el suelo. La carpeta que Max
me había dado lo contenía todo: sus papeles médicos, su testamento
declarándome a mí como tutor de Ella, una carta de siete páginas que
detallaba todos los por qué, cómo y cuándo de su enfermedad y embarazo,
y el certificado de nacimiento de mi hija y archivos médicos.
Incluso había admitido su culpa escribiendo los detalles de la estafa
de la que me había culpado. Era un montón de información. Pero era a la
fotografía de mi hija colocada sobre los papeles a la que seguía volviendo.
185 Mi hija.
No estaba seguro de si alguna vez me acostumbraría a incluso pensar
en esas palabras, mucho menos decirlas en alto. Ella Kent Cartwright había
nacido el día de San Valentín hacía casi tres años. Max había inscrito el
nombre del padre como desconocido en el certificado de nacimiento, pero le
dio a Ella el apellido de soltera de mi madre como segundo nombre: Kent.
Tomé la fotografía de Ella para estudiarla por centésima vez. No tenía
ni idea de cómo ocuparme de una niña; una hija, nada menos. Pero mi
corazón se hinchaba cada vez que miraba su adorable pequeño rostro.
Sentía como si mi vida una vez más hubiera sido atrapada en un tornado, y
dónde me escupiría estaba fuera de suposición. Pero sabía una cosa segura:
necesitaba conocer a Ella lo antes posible.
Tambaleándome hasta la cocina, rellené mi vaso, maldiciendo la
botella vacía mientras me servía las últimas gotas.
Necesitaba hablar con Layla. Me había enviado un mensaje hacía una
hora y todavía no podía obligarme a responder. ¿Qué demonios le
respondía?
Sí, tengo una hija.
Y… muy pronto seré un padre soltero de una niña de casi tres años a
la que nunca he conocido.
Lo que quería hacer era mentir, decirle que Max no se había
presentado a nuestro encuentro y solo pasar una noche más en negación.
Pero… nada de mentiras. Así era como la había perdido en primer lugar.
La discusión ciertamente no era una que debería desenvolverse vía
mensaje. Eran casi las ocho, así que me imaginé que Layla ya debería estar
en casa.
Gray: ¿Está bien si me paso por tu casa para que podamos hablar?
Su respuesta llegó rápido.
Layla: No.
MI corazón comenzó a latir con fuerza y jugueteé con mi teléfono,
dejándolo caer cuando comencé a contestarle. Escuché otro sonido del
teléfono en el fondo mientras recuperaba el teléfono del suelo. Estaba tan
centrado en la razón por la que no quería que pasara por su casa que no me
di cuenta de que era el teléfono de mi casa.
Gray: ¿Todavía estás en el trabajo? Podría ir por ti e ir juntos a
tu casa.
Layla: Ya no estoy en el trabajo
Mierda. Simplemente no quería que fuera.
186 Gray: ¿Demasiado cansada?
Mi teléfono sonó de nuevo. Esta vez lo escuché alto y claro, pero elegí
ignorarlo.
Quien estuviera llamando no era tan importante como Layla.
Layla: En realidad no lo estoy.
Mierda.
Volví a mirar el teléfono y luego lo pensé mejor. En su lugar, pulsé
Llamar.
Respondió al primer timbre.
—Necesitamos hablar, cariño —dije.
—Coincido. ¿Entonces por qué no respondiste ya al teléfono de tu
casa?
Por unos instantes estuve totalmente confundido.
—¿Cómo sabes que mi…
—Porque estoy abajo, esperando a que le digas a tu encantador
portero que me permita subir.
Tomé el teléfono de mi casa y lo sostuve en la otra oreja.
—¿Norman?
—Sí, señor Westbrook.
—¿Puedes dejar subir a la señorita Hutton?
—Lo haré.
—Y para situaciones futuras, la señorita Hutton es bienvenida en
cualquier momento que ella desee.
—Entendido.
Colgué el inalámbrico y regresé a mi teléfono móvil.
—Trae tu trasero aquí, listilla.

***

Esperé frente a las puertas del elevador. Pecas, por otra parte, tomó
su zapato de confianza y entró directamente cuando las puertas se abrieron.
Layla se inclinó para tomarlo.
—¿Estás contento de verme o intentas escapar en el elevador?
187 Quería mantener esa sonrisa en su rostro para siempre. De repente,
un triste pensamiento me golpeó. No había querido tener una conversación
seria por mensaje.
Lo mismo podría haber sido cierto para ella. Podía estar aquí para
abandonar mi trasero en persona.
Intenté sacarme el pensamiento de la cabeza y permanecer positivo.
—Esta es una agradable sorpresa.
Terminó de acariciar a Pecas y lo dejó en el suelo.
—Me imaginé que me habías estado evitando todo el día porque tenías
noticias que no querías compartir y no me mentirías cuando te preguntara.
Forcé una sonrisa.
—Me conoces bien.
En el interior, era un maldito desastre, incapaz de pensar
correctamente, pero eso no me detuvo de meterla dentro. Vestía un traje de
negocios rojo: falda y chaqueta, con una camisola blanca de seda debajo.
Sosteniendo a Pecas, la fina tela se apretó contra su sujetador, y pude
vislumbrar el patrón del encaje debajo. Sus largas piernas tonificadas, eran
torneadas y suaves, y llevaba tacones negros que habría optado por tener
clavados en mi espalda solo para sentirlos punzando mi piel. Pero fue su
nariz lo que me atrapó. No se había tapado las pecas. De algún modo eso
me dio un faro de esperanza al que aferrarme.
Mientras estaba ocupado comiéndomela con los ojos, aparentemente
ella había estado haciendo lo mismo conmigo. Excepto que lo que encontró
no fue un placer.
—Te ves terrible —comentó.
—Entonces es algo bueno que tú te veas tan hermosa y puedas tomar
el relevo.
—¿Vas… vas a invitarme a entrar para que podamos hablar? ¿O solo
vamos a permanecer frente al elevador y mirarnos el uno al otro?
—¿Cómo te sentirías sobre permanecer aquí?
Forzó una sonrisa.
—Vamos. Dame algo de beber. Por cómo te ves, tenemos mucha charla
por delante.
Después de que le sirviera un vaso de vino y tomara una botella de
agua para mí —había tenido suficiente—, fuimos a la sala de estar. Había
olvidado el desastre por todo el lugar. Apartando los papeles del sofá, le hice
sitio para que se sentara.
188 Layla puso la mirada en la fotografía de la que hoy no había podido
apartar la mirada. La tomó y la observó mientras bebía de su vino.
—Es hermosa. La fotografía ni siquiera le hace justicia —dijo
suavemente.
—No he hecho otra cosa que mirarla durante horas.
Giró la mirada para encontrarse con la mía.
—¿Es tuya?
Dejé salir un profundo suspiro.
—Max me dio las pruebas de ADN que muestran que Aiden no es el
padre y el examen que ella asegura que hizo con muestras de mi cepillo de
dientes y cuchilla de afeitar, que es positivo en paternidad.
—¿Le crees?
Miré la foto que todavía tenía en las manos.
—Creo que la habría creído solo con esa fotografía.
Layla sonrió con tristeza. Nos miramos el uno al otro en completo
silencio durante un largo momento. No sabía qué decir y pensé que lo mejor
era dejar que ella lo digiriera y no forzarla.
Con el tiempo apartó la mirada.
—¿Por qué la mantuvo lejos de ti?
—Dijo que averiguó que estaba embarazada justo antes de que
aceptara el trato y pensó que posiblemente no lo aceptaría si sabía que tenía
una hija en camino. Puede que hubiera luchado por mi libertad y eso habría
puesto en peligro su trato de inmunidad.
—Dios —dijo con un jadeo—. Eso es despiadado.
Negué y me miré los pies.
—No creía que nada más pudiera sorprenderme.
—¿Te quiere de vuelta? ¿Por eso te lo dijo como lo hizo… a través de
mí? ¿Apareciendo en la oficina de ese modo?
—No. Dijo que quería ver con quién iba a estar pasando el tiempo su
hija.
—Obviamente hay más formas normales por las que decantarse en
ese sentido. ¿Como tal vez dejar que el padre supiera que tiene una hija
antes de espiar a su novia?
—No hay nada normal en Max. Lo aprendí de la manera difícil.
De nuevo nos quedamos callados durante unos minutos. Necesitaba
contarle el resto, pero no estaba seguro de cómo decirle que la vida que
189 acababa de recuperar estaba a punto de dar un giro. Aunque su siguiente
pregunta abrió la puerta.
—¿Entonces qué pasa ahora? ¿Va a permitir que la veas? ¿Luchará
contigo por las visitas y tus derechos legales?
Esperé hasta que Layla bebió su vino y alzó la mirada para
encontrarse de nuevo con la mía.
—Max se está muriendo. Etapa cuatro de cáncer de mama que se ha
extendido a… todas partes.
Se quedó boquiabierta y se llevó la mano al pecho.
—Oh Dios mío, Gray.
—Decidió decírmelo porque se está quedando sin tiempo y quiere
ayudar a hacer más fácil la transición.
—¿La transición?
—Para que yo tenga la custodia.
—Caray. —Layla se frotó la sien—. Yo… yo ni siquiera sé qué decir.
Le quité el vino y lo dejé en la mesa de café, así podía tomar sus manos
en las mías.
Mirándola a los ojos, indiqué:
—Di que saldrás con un padre soltero que no tiene ni maldita idea de
qué hacer con un niño. Di que no va a hacer que huyas asustada de nuevo.
Bajó la mirada.
—Gray… esto es mucho.
—Lo sé. Y no te estoy pidiendo que lo aceptes todo ahora mismo.
Joder, ni siquiera yo me he permitido asimilarlo.
Levantó la mirada hacia mí. Su mente parecía estar dando vueltas a
toda velocidad como había hecho la mía todo el día, colocando las piezas de
rompecabezas en su lugar.
—Esa es la razón por la que está tan delgada. La peluca. Las grandes
gafas de sol.
Asentí.
—No se ve bien.
—¿Llegaste a conocer a Ella hoy?
Fruncí el ceño.
—No. Dejé la oficina de Max con la cabeza dándome vueltas y vine a
casa para leer una carta de siete páginas que me había dado en un archivo
lleno de documentos legales. La carta tenía su número de teléfono en ella y
190 decía que le enviara un mensaje cuando estuviera preparado para ver a Ella.
Le envié un mensaje más temprano, pero aún no he recibido respuesta.
—Ella lleva un audífono. Lo noté el otro día cuando Max movió su
cabello. Se me olvidó por completo.
Asentí.
—También tenía archivos médicos de Ella en el archivo. Tiene
Connexin 26. Es una condición genética que puede causar la pérdida parcial
o total de la escucha. En su caso es parcial, pero ha empeorado
progresivamente, así que Max le está enseñando lenguaje de signos por
precaución. Mi padre también lo tenía. No llevaba audífono, pero debía
haberlo hecho. Solo hacía que todo el mundo se repitiera todo el tiempo.
—Jesús, Gray. No sé qué decir. Te has perdido casi tres años de la
vida de tu hija.
—Tendré que corregirlo.
Me miró a los ojos y observé los suyos llenos de lágrimas. Pensé que
estaba triste por este último cambio en las cosas. Una sola lágrima se deslizó
por su mejilla y la sequé con mi pulgar.
—Siento tener todo este equipaje. Si fuera un hombre mejor, me
alejaría de ti y no dejaría todo esto a tus pies. Pero cuando se refiere a ti,
soy completamente egoísta. No puedo evitarlo. Siento estar molestándote.
Pero no puedo dejarte ir de nuevo. No tuve elección la última vez cuando te
alejaste.
Comenzaron a caer más lágrimas. Dejé salir un suspiro y limpié de
nuevo sus mejillas.
—Lo siento. Por favor no te enfades. Arreglaré esto. Arreglaremos esto.
Me mata verte llorar porque te decepcioné de nuevo.
—No estoy llorando porque me decepcionases. —Sorbió por la nariz—
. Estoy llorando porque perdiste años con tu hija y ni siquiera las has
conocido todavía.
La acerqué a mí y la abracé. Se sentía como si finalmente pudiera
respirar de nuevo. Acaricié su cabello.
—Es mucho, lo sé. Y no espero que digas nada hoy. Necesitas algo de
tiempo. Pero hay algo más que necesito decir.
Echándose atrás, una sonrisa triste apareció en sus labios.
—No estoy segura de que pueda soportar mucho más.
Tomé su mano en la mía y la llevé a mis labios para un beso.
—Esto no tiene nada que ver con Max. Pero es importante que lo
191 sepas.
—¿Qué es?
—Mañana o cuando reflexiones en todo, cuando pienses en todo este
desastre que te eché encima, necesito que también recuerdes otra cosa. —
Me detuve y esperé hasta que realmente me miró a los ojos antes de
continuar—: Estoy enamorado de ti, Layla Hutton, tan jodidamente
enamorado de ti que duele pensar en perderte.
Sonrió.
—Gray…
Llevé mis labios a los suyos para detenerla de hablar.
—Shhh. Hemos hablado de demasiada mierda por una noche. ¿Qué
tal si te sirvo otro vino y tomamos un baño caliente juntos?
—No sé, Gray. Debería ir…
—Si te vas, voy a ir contigo. No vas a deshacerte de mí tan fácilmente.
Podemos ir a tu casa si quieres, pero no voy a dejarte sola… no esta noche
después de echarte toda esa mierda encima.
Parecía en conflicto, pero después de unos minutos finalmente
asintió.
Layla aceptó mi oferta de vino, pero rechazó mi sugerencia de
bañarnos juntos.
Esa noche cuando nos metimos en la cama, la sostuve en mis brazos
tan apretadamente como pude sin hacerle daño. Pero incluso con mi agarre
de hierro, la sentí apartarse.

192
27
Layla
Me desperté con la vista de un Gray dormido. Parecía tan tranquilo.
Me dolía el corazón por todo lo que había perdido: tres años de su vida, su
negocio, su reputación, el nacimiento de su hija, sus primeros pasos, su
primer corte de cabello, sus primeras palabras, su primer... todo. Así que
quería estar aquí para él, aguantarlo hasta el final. Pero la idea de construir
una nueva vida que ahora incluía a una niña de tres años y su madre que
estaba a punto de morir me asustaba mucho.
El mecanismo de autoprotección en mi corazón quería que corriera
hacia otro lado tan rápido como pudiera. Pero la parte que palpitaba
salvajemente cada vez que Gray entraba en la habitación me mantenía aquí
193 mirándolo dormir.
La noche anterior no pude dejar de pensar en algo que mi madre
siempre había dicho. Después de darme cuenta de que no éramos la única
familia de mi padre, que en realidad ella era la otra mujer y que yo era su
hija bastarda, le pregunté a mi madre en más de una ocasión cómo podía
soportar algo así. Su respuesta siempre fue la misma “Cuando amas a
alguien, a veces necesitas poner primero sus necesidades”.
Siempre había pensado que era una salida, que aceptar que mi padre
necesitaba tener dos familias era una tontería. Sin embargo, siempre
mantuve mi lengua bajo control, sin querer molestarla ni hablar mal de mi
padre, que era tan bueno conmigo... cuando estaba cerca.
Pero dentro, cada vez que ella decía que el amor significaba tener que
poner sus necesidades antes que las suyas, todo lo que podía pensar era Sí
y simplemente le enseñaste que tus necesidades siempre están en segundo
lugar. Al crecer, me había prometido poner primero mis propias necesidades
si alguna vez me enamoraba.
Los ojos de Gray se abrieron de golpe ante ese pensamiento.
—Oye. —Extendió la mano y pasó un pulgar por mi mejilla—. Todavía
estás aquí.
—¿Pensaste que me habría ido?
Me dio una suave sonrisa.
—Tenía miedo de quedarme dormido y que el agarre sobre ti se aflojara
por miedo a que te escabulleras.
—Bueno, tengo que levantar el culo e ir a trabajar. También necesito
ir a mi departamento para bañarme y conseguir ropa. Así que mejor me
muevo.
Se acercó a mi espalda y me arrastró contra él.
—Dúchate conmigo.
—Eso no es exactamente propicio para llegar al trabajo a tiempo.
Gray enterró su cabeza en mi cabello.
—Podemos ser rápidos.
La forma en que su aliento caliente en mi cuello me hizo excitarme al
instante, me hizo saber que era un montón de mierda.
—¿Qué tal si me baño aquí y nos preparas algo para desayunar?
—Vamos a negociar —se quejó contra mi piel antes de arrastrar una
línea de besos en mi cuello—. Nos bañamos juntos y te comeré de desayuno
194 mientras te lavas. Multitarea.
Incliné la cabeza hacia atrás para permitirle un mejor acceso y sonreí.
—Buen intento. Pero tengo una deposición a las diez en punto que
durará la mayor parte del día, así que necesito algo para llenar mi vientre.
—Te daré algo para llenar tu vientre.
Riendo, lo empujé lejos para poder levantarme.
—Tendré que dejarlo para otro día.
Después de una ducha rápida, envolví mi cabello en una toalla y me
puse la camisa que Gray había usado ayer. Colgaba sobre mis rodillas como
un vestido mientras seguía el olor a tocino a la cocina. Gray estaba parado
frente al horno sin camisa, vestido con un pantalón negro. Los músculos de
su espalda estaban marcados sin que los flexionara, y se estrechaban hasta
una delgada cintura. No importaba cuán confundida estuviera mi cabeza en
ese momento, mi libido sabía exactamente lo que quería.
Caminé detrás de él y rasqué las uñas en su espalda, no tan
suavemente.
Gray gimió.
—No tienes idea de la fuerza de voluntad necesaria para permanecer
aquí, sabiendo que estabas desnuda en la otra habitación. Rasgúñame otra
vez, y voy a mandar a la mierda al autocontrol, y vas a estar arriba en el
mostrador de la cocina con las piernas abiertas y tarde para ir a trabajar.
Puso el tocino en el plato, tomó un poco de pan tostado cuando saltó
de la tostadora y se giró para mirarme. Sus ojos miraron hacia un bulto
notable en sus pantalones.
Me tapé la boca y reí.
—¿Eso acaba de pasar ahora?
—Me desperté en la cama junto a ti. Había empezado a bajar un
minuto antes de que clavaras esas uñas en mi espalda. Ahora has hecho
que vuelva a levantar su cabeza necesitado.
Tomé el plato de sus manos e intenté ignorar mi propia cabeza
necesitada, aunque la mía estaba al norte de mi cintura.
—¿Tocino y tostadas?
—Estoy sin huevos. Era eso, mantequilla de maní o un bistec.
—Buena elección.
—Siéntate. El café acaba de terminar de preparase. Nos serviré a los
dos un poco.
Aunque Gray había colocado una segunda porción de tocino, lo dejó
195 en la estufa y se sentó frente a mí solo con su café.
—¿No vas a comer tu tocino y tostadas?
—Después de volver de una carrera. No puedo comer antes de llegar
al pavimento.
Tomé un sorbo de mi café. No me había preguntado cómo tomaba,
pero lo hizo perfectamente. Mi corazón se calentó.
—¿Qué hay en tu agenda para hoy?
Su sonrisa tranquila cayó.
—Revisé mi teléfono mientras estabas en la ducha. Max escribió de
nuevo tarde anoche. Dijo que podía conocer a Ella esta tarde. Sugerí el
parque al otro lado de la calle. Hay una zona de juegos para niños y un
parque para perros. Voy a reorganizar mi horario para trabajar desde casa
hoy. Le dije que me enviara un mensaje con la hora, que estaría disponible
tan pronto como pudiera llegar allí.
—Guau. Bueno. ¿Estás nervioso?
Se pasó una mano por el cabello.
—Estoy aterrorizado. Se supone que un hombre no debe mostrar
miedo, pero tengo miedo de que esta niña me mire y empiece a llorar.
—Oh, Dios mío. —Su vulnerabilidad tocó un punto débil dentro de mí.
Me levanté y me arrodillé junto a él. Tomando su mano, le dije—: Ella te
amará, Gray. Los niños tienen un sexto sentido cuando se trata de saber
quién es una buena persona. Y te vi con la hija de Quinn. Te dije que Harper
no es una fanática de los hombres en absoluto, sin embargo, te aceptó.
—La soborné con un regalo que sabía que amaría.
—Tal vez. Pero confía en mí, no habrías recibido ese abrazo si no
tuviera la sensación de que eras una buena persona. Y si lo sabes o no,
fuiste bueno con ella. Eres natural. Cuando hablaste con ella, no bajaste la
mirada. Te miré. Te agachaste y le hablaste al nivel de los ojos. La trataste
como una persona, no como un niño pequeño, y realmente escuchaste
cuando ella habló. Eso es prácticamente todo lo que necesitas para
comenzar. El resto vendrá a ti.
—Nunca he cambiado un pañal en mi vida. Vi videos de YouTube
silenciados anoche después de que te quedaste dormida.
Sonreí.
—Estarás bien. Lo resolveremos. Además, la mayoría de los niños ya
no usan pañales cuando tienen tres años. Así que eso es una cosa menos
de qué preocuparse.
Él había estado mirando nuestras manos unidas, pero sus ojos
196
saltaron a los míos. Su mirada era intensa.
—¿Qué? —dije.
—Dijiste Nosotros.
Mi frente se arrugó.
—Nosotros. Dijiste Nosotros lo resolveremos.
Ni siquiera me había dado cuenta, pero él tenía razón.
—Supongo que lo hice.
Gray empujó su silla hacia atrás y me levantó en su regazo. Ahuecó
mis dos mejillas en sus grandes manos.
—De cualquier cosa que puedas decir para tratar de hacerme sentir
que no iba a arruinar esto, eso me da más esperanza que cualquier otra
cosa. Porque contigo a mi lado, puedo hacer cualquier cosa.

***

—Llamé a Al. —Gray terminó de atarse las zapatillas y se puso de pie


justo cuando salía del baño, me vestí y cepillé mi cabello mojado—. Estará
abajo en cinco minutos. Te llevará a tu casa para vestirte y luego te dejará
en el trabajo.
—Oh. No necesitabas hacer eso. Pude haber tomado el tren.
—Es un placer.
Mis ojos barrieron rápidamente las ropas que Gray se había puesto
para correr. Una camisa de compresión negra de Under Armour y un par de
pantalones cortos para correr.
—Me gusta tu ropa.
—Ah, ¿sí? —Se acercó a mí y envolvió sus manos detrás de mi
espalda—. La usaré todos los días, entonces.
—Creo que podría comenzar a oler después de un tiempo.
—Compraré múltiples.
Una mano se deslizó debajo de la parte de atrás de mi camisa y
comenzó a acariciar mi piel. Se quedó congelada donde debería haber estado
mi sostén, y luego palpó alrededor, como si estuviera verificando su
conclusión inicial.
—No llevas sujetador.
—Lo metí en mi bolso. Me lo puse ayer.
197
Su mano viajó de mi espalda a mi frente y ahuecó un pecho desnudo.
—Me gusta esto. Fácil acceso. Pero no me gusta pensar que viajas así
en el tren.
—No voy a tomar el tren. Acabas de decir que Al vendrá por mí.
—Sí, pero no lo sabías cuando te vestiste.
—Bueno, entonces funcionó muy bien, ¿no?
Gray entrecerró sus ojos hacia mí y pellizcó mi pezón.
—Listilla.
Me puse de puntillas y me incliné para susurrar en su oído.
—Si no te gusta la idea de que viaje en el tren sin sostén,
probablemente habrías odiado que tampoco tuviera ropa interior.
Gray murmuró algo sobre el autocontrol justo antes de que sus labios
cayeran sobre los míos. Me besó apasionadamente, y fue la primera vez
desde que Max entró en mi oficina que las cosas se sintieron normales
nuevamente entre nosotros. Suspiré en su boca, y me hizo retroceder hacia
la cama. Apenas registré mi espalda golpeando el suave colchón, pero
definitivamente sentí la erección pinchando en mi cadera. Por mucho que lo
odiara, me obligué a interrumpir las cosas antes de seguir adelante.
Colocando dos palmas en su pecho, di un suave empujón.
—Tengo que ir a trabajar.
—Llamaré a Pittman y le diré que tuve una emergencia que tenías que
atender esta mañana.
—Entonces tendría que facturarte por las horas.
—Factúrame por un mes. Me importa una mierda, siempre y cuando
no tenga que dejarte ir.
Reí y le empujé un poco más fuerte.
—No, en serio. Tengo que irme.
—Bien. —Hizo un puchero, pero se levantó.
En el elevador, la alegría continuó. Mis bragas habían estado
sobresaliendo de mi bolso abierto, y Gray y yo tuvimos una pelea por ellas.
Él tiró y yo tiré. Quería quedarme en esta pequeña caja, nuestro pequeño
mundo en el que habíamos olvidado brevemente cualquier otra cosa que
existiera.Pero demasiado pronto, las puertas se abrieron en el vestíbulo. Una
pareja mayor estaba esperando para entrar, y Gray pensó que podía usar
eso a su favor. Sus ojos brillaron con la victoria, asumiendo que lo dejaría
ir, avergonzado de que estuviéramos peleando por una tanga de encaje
negro.
198
En cambio, aclaré mi garganta y di un paso adelante, todavía
negándome a renunciar a las bragas. Miré a la mujer.
—Lo siento. Mi hermano es un travesti, y a veces lo sorprendo robando
mis bragas.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par mientras Gray soltaba
la ropa interior. Le lancé una sonrisa malvada de victoria sobre mi hombro
mientras salía del elevador.
—Linda. Muy linda —me gritó mientras las puertas se cerraban detrás
de él—. Esa es la señora Elsworth. Es la presidenta de la junta de
propietarios. Estoy seguro de que mi travestismo estará en la agenda en la
reunión de la junta directiva del próximo mes.
Reí a través del vestíbulo y todo el camino hasta la puerta principal.
Pero mi risa terminó abruptamente cuando salí a la calle.
Parándome, hice que Gray se estrellara contra mí. Nos estabilizó a los
dos y evitó que casi me cayera. Pensando que todavía estaba jugando, me
apretó y me levantó de mis pies, girándome hasta que llegó al círculo y miró
a las dos personas que estaban frente a su edificio.
Max y Ella.
28
Layla
Ninguno de los dos sabía qué decir o hacer. Gray se aferró a mi
hombro con tanta fuerza que estaba segura de que tendría un moretón más
tarde.
—¿Qué estás haciendo aquí? —espetó a Max, quien enderezó su
columna vertebral ante su tono.
—Te envié un mensaje hace veinte minutos. La niñera de Ella se
enfermó, así que decidí traerla a la oficina conmigo. Tu casa está en camino,
así que pensé... —Max miró de un lado a otro entre nosotros—. Si este no
es un buen momento, podemos regresar después.
199 Gray no respondió. Me giré para verlo mirando a Ella. La hermosa
niñita lo miraba fijamente con sus impresionantes ojos verdes. El ver a su
hija en persona por primera vez, parecía haberle enviado una especie de
shock. Cuando solo la siguió mirando sin decir nada, tomé su bíceps
despreocupadamente y apreté en un esfuerzo por sacarlo de su
ensimismamiento antes de que asustara a Ella y su peor miedo se hiciera
realidad, que ella comenzara a llorar.
—Gray…
Parpadeó un par de veces y miró a Max. Sus ojos eran una mezcla de
perdidos y aterrorizados. Me recordó a un niño pequeño que no se levantaba
de la cama, por temor a que hubiera un monstruo debajo de ella, así que no
sabía cómo salir de su habitación.
Max se arrodilló a la altura de Ella y comenzó a hablar, mientras
también señalaba con sus manos.
—Cariño, este es el amigo de mamá, Gray. Di hola.
Ella extendió los dedos y cruzó el pulgar frente a la palma de la mano,
luego hizo un gesto de saludo desde su frente mientras decía. “Hola”. El
movimiento apareció como si fuera un lenguaje de señas y no un saludo.
Gray me miró, completamente perdido sin saber qué hacer, cómo
responder. Asentí hacia la niña y apunté mis ojos hacia ella.
Afortunadamente, siguió mis silenciosas instrucciones.
Arrodillándose al nivel de sus ojos, se aclaró la garganta.
—Hola, Ella.
Ella señaló algo sin agregar las palabras esta vez.
Max le dijo:
—Ella, agrega las palabras, cariño.
Hizo la misma señal y luego dijo:
—Parque.
Max miró a Gray.
—Le dije que íbamos a ver a mi amigo y luego los tres iríamos al
parque.
Gray asintió. Y luego la incomodidad que había empezado a
desaparecer volvió, al menos para mí de todos modos. Max se giró en mi
dirección. Su mirada afilada me comunicó en silencio que un cuarto
integrante no era bienvenido en su salida familiar.

200 Me lanzó una sonrisa Botox.


—Te acuerdas, de la Señorita Hutton, ¿verdad, Ella? Es la abogada de
mamá.
La escuché fuerte y claro.
Por suerte, el conductor de Gray se detuvo en la acera en ese
momento. No podía esperar a huir.
—Ahí está mi viaje. Debería irme a trabajar. —Le sonreí a la niña—.
Adiós, Ella. —Apretando el brazo de Gray, forcé una media sonrisa—.
Hablaré contigo más tarde.
Luego corrí al auto antes de que alguien tuviera la oportunidad de
decir algo más.
Cerré la puerta de golpe, dejé escapar un suspiro pesado mientras los
observaba en la calle. Nunca me había alegrado tanto por los vidrios
tintados.
Ella extendió las manos hacia su madre y Max se inclinó para soltar
a la niña y ayudarla a salir del cochecito. No podía apartar la vista de los
tres, incluso cuando Al comenzó a alejarse de la acera. Mi cuello se estiró
para mirar por la ventana trasera. Solo avanzamos algunos metros antes de
llegar a una larga línea de tráfico, así que tuve mucho tiempo para estudiar
su interacción.
Max terminó de doblar el cochecito y Ella tomó una de sus manos.
Luego habló a su hija, quien extendió su otra mano hacia Gray. Mi corazón
se rompió al verlo luchar por cómo reaccionar. Tomar la mano de su hija
debería ser la cosa más natural del mundo. Sin embargo, se veía rígido y
aterrorizado. Después de unos pocos latidos, él tomó su pequeña mano.
Gray no podía dejar de mirar a su hija, lo que entendí completamente.
Después de un minuto o dos, los tres finalmente comenzaron a caminar en
dirección al parque.
El auto avanzó a paso lento, con una larga fila de taxis delante de
nosotros esperando para girar a la izquierda. Eventualmente, ya no tuve que
estirar mi cuello ya que los tres nos pasaron. Gray parecía no darse cuenta
de que incluso había tomado su propio auto.
Me quedé mirando sus espaldas mientras caminaban. Con la
diminuta y pequeña Ella en el medio sosteniendo sus manos, se veían como
cualquier otra familia caminando en la ciudad de Nueva York. Mientras más
observaba, más mis ojos empezaban a perder el foco.
Dios... una familia.
No estoy lista para eso.
201
No estamos listos para eso. Apenas habíamos superado nuestros
propios problemas y comenzamos a avanzar. Se suponía que las parejas
debían pasar por etapas para prepararlas para estar listos para una familia.
Incluso si hubiera quedado embarazada, hubiéramos tenido nueve meses
para hacernos a la idea.
Mis ojos comenzaron a enfocarse a medida que avanzaban por la calle,
pero mi visión también comenzó a jugarme trucos. Mientras que Ella y Gray
eran nítidos en mi línea de visión, Max comenzó a desvanecerse. Poco a
poco, observé a la mujer convertirse en una sombra y luego desaparecer por
completo. Borrada de la foto, desapareció. Cuando mi vista volvió a
enfocarse unos segundos después, contuve el aliento. Ya no vi a Max...
había sido reemplazada por... mí. Mirando fijamente, la visión parecía tan
real, Gray y yo caminando de la mano con Ella entre nosotros.
Así es como sería, ¿no?
Se desvanecería Max.
Se desvanecería en Layla.
Cerré los ojos para deshacerme de la visión, solo para darme cuenta
de que no desaparecería. Todavía lo veía.
Se desvanecería Max.
Se desvanecería en Layla.

***

Apagué mi teléfono durante el juicio. Había sido difícil concentrarme


toda la mañana, y diez minutos después de interrogar al acusado, me di
cuenta de que seguía mirando a mi celular, esperando que Gray dijera algo.
Mi cliente merecía una mejor representación que esa, y tenía que dedicarme
a mi trabajo para mantener mi cordura por lo menos hoy.
Eran casi las cinco en punto cuando lo volví a encender. Los mensajes
comenzaron a inundarlo, la mayoría de ellos de Gray. La mayoría habían
sido enviados a un minuto de diferencia, capturando su flujo de
pensamientos.
Gray: Es increíble. Tan inteligente.
Gray: No lloró.
Gray: Puede que yo lo haya hecho cuando llegué a casa.
Sonreí tristemente a mi teléfono, leyendo ese.
Gray: Tenías razón ya ha aprendido a ir al baño.
202
Gray: No más vídeos de pañales de YouTube. Gracias a Dios. Se
sentía jodidamente raro ver a un bebé desnudo.
Gray: Me abrazó al decir adiós.
Gray: No quería dejarla ir.
El tiempo en sus mensajes tuvo un largo lapso, entonces...
Gray: No puedo esperar a que tú también la conozcas.
Nunca había sido una gran bebedora, pero en ese momento deseaba
tener una botella de algo en mi escritorio. Podría venirme bien un trago
gigante para calmar mis nervios.
El último mensaje de Gray había llegado hacía aproximadamente una
hora.
Gray: Espero que tu día haya sido bueno. ¿Cena esta noche?
Evité responder a eso y, en cambio, exploré mis otros mensajes
perdidos. Había uno de Quinn, uno de un cliente y otro de Kristen... mi
media hermana. Por alguna extraña razón, elegí abrir ese, que generalmente
evitaría como la plaga.
Kristen: Acabo de pasar por un pequeño gran restaurante coreano.
El favorito de papá. Deberíamos cenar allí todos juntos. ¡Hablamos
pronto!
Escuché su aguda voz, incluso en un mensaje.
Mi escritorio tenía un montón de notas de llamadas perdidas, así que
me concentré en ellas por un rato. Pero a las seis, mi teléfono había
empezado a sonar de nuevo, y realmente no tenía que mirar el nombre en él
para saber quién sería.
Gray: Leíste mis mensajes hace una hora. ¿Qué está pasando en
esa cabeza tuya, Pecas?
Sonreí.
Layla: Lo siento. El juicio duro todo el día, y luego tuve que
devolver algunas llamadas de negocios antes de que fuera demasiado
tarde. Me alegra que todo haya funcionado con Ella.
Vi como mi mensaje se entregó y luego lo leyó. Los puntos comenzaron
a saltar mientras respondía, luego se detuvo. Un momento después, mi
celular sonó en mi mano.
Gray respondió a mi hola en un tono sexy y gutural.
—Necesitaba escuchar tu voz.
203
—Parece que acabas de despertar.
—No. Acabo de regresar de una carrera.
Había olvidado que su carrera había sido interrumpida esta mañana.
—Oh.
—¿Entonces estabas realmente ocupada o simplemente evitándome?
Respondí por reflejo.
—Estaba ocupada.
—Layla...
Puse mis ojos en blanco.
—Bien. Te estaba evitando. Pero también estoy ocupada.
Oí el regocijo y la sonrisa en su voz.
—¿No te has dado cuenta de que ahora no puedes evitarme? Si no
hubieras respondido pronto, estaría en tu oficina viendo que estuvieras
bien. No me voy a rendir tan fácilmente, cariño. Entiendo que es mucho al
mismo tiempo, y te daré el tiempo para que lo asimiles si lo necesitas. Pero
quiero saber que no me estás alejando, y que solo es tiempo lo que necesitas.
En medio de todo, de que su vida estaba de cabeza, él era el sensato.
Sentí que debería estar allí para que él se apoyara en mí. Pero estaba
asustada. Esta vez tomé la decisión de seguir adelante, aprovecharía la
oportunidad de estar al tanto, no quería ser rechazada. Lo menos que podía
hacer era ser honesta.
—Los observé a los tres caminando hacia el parque esta mañana.
Simplemente me golpeó... ahora tienes una familia.
—Max no es mi familia.
—Lo sé. Solo quise decir... ustedes tres parecían una familia. Y me di
cuenta de que estar contigo, significaba...
—No espero que sustituyas a Max en la vida de Ella, si eso es lo que
estás pensando.
En cierto modo lo hacía. Suspiré.
—Es difícil. Estoy... estoy... asustada, Gray.
—Yo también, nena. Yo también. Pero tengo más miedo de perderte
de nuevo que de toda la otra mierda que está en mi camino. Lo resolveremos.
Dios, era tan dulce.
—Está bien.
204 —¿Cena esta noche?
Simplemente no estaba en condiciones de hacerlo. Los últimos días
habían tenido un costo mental. Mi primer instinto fue mentir y decir que
tenía planes. Pero fui con honestidad porque él merecía al menos eso.
—Necesito una noche sola en casa Gray.
Se tomó un minuto antes de contestar:
—Lo entiendo.
Odiaba el dolor en su voz.
—¿Verás a Ella pronto?
—Pasado mañana. Mañana tengo que volar a Chicago por el día para
reunirme con mis socios y el CEO de una empresa en la que estamos
invirtiendo. No volveré hasta tarde. Pero Max y yo tuvimos una conversación
civilizada mientras Ella jugaba en el parque. Voy a pasar todo el tiempo que
pueda con las dos, para que Ella pueda conocerme. Una vez que esté más
cómoda, Max abandonará la imagen para mis visitas. También quiero que
la conozcas, si puedes manejar eso.
—Vamos a tomar las cosas un paso a la vez. Enfócate en ti y Ella. No
necesitas preocuparte por mí ahora mismo.
—Puedo hacerlo mejor si me dices que no me estás dando una patada
en la acera.
Sonreí.
—Todavía estoy contigo.
—Podría hacerte repetir eso todos los días, Pecas. Como un mantra.

205
29
Gray
Google se había convertido en mi mejor amigo.
Cómo comunicar en señas “¿cómo estás?”
¿Qué comen los niños de tres años?
Juguetes apropiados para una niña de tres años.
Qué juguetes comprar a una niña de tres años.
Cosas para hablar con una niña de tres años.
206 Cáncer de mama en etapa cuatro.
¿Qué diablos es Yo Gabba Gabba?2
Hoy iría al departamento de Max para pasar tiempo con Ella en casa.
Cuando me sugirió que fuera a su casa, automáticamente quise decir que
no. De ninguna manera quisiera estar atrapado dentro de las mismas cuatro
paredes que tú, incluso si el lugar es del tamaño de un palacio. Pero después
de pensarlo un poco, me di cuenta de que necesitaba ser más flexible y hacer
lo mejor para Ella. Tenía que hacer lo que fuera para ayudarla a abrirse, y
eso probablemente sucedería mejor en su propio terreno, en lugar de hacerlo
en el apartamento de un extraño. Así que no luché contra eso. Mis
sentimientos por Max, mi instinto de lucha, tenían que ocupar un segundo
plano por mi pequeña niña.
Mi pequeña niña.
Era realmente surrealista.
Max había dicho que lo que más le gustaba a Ella era dar largos
paseos. Le encantaba mirar alrededor de la ciudad sentada en el interior de
su cochecito. Así que cuando me detuve en la tienda de juguetes en la calle

2 Yo Gabba Gabba: Es una serie de televisión infantil estadounidense transmitida


originalmente en Nick Jr.
82, por la que pasaba todo el tiempo, pero que nunca entré, supe qué
comprarle en el momento en que mis ojos se posaron en ella.
La Radio Flyer 4-en-1 Stroll’N Trike, en color rosa. Era como un
cochecito y un triciclo, todo en uno. Podría aprender a pedalear si quisiera,
pero tenía un reposapiés para cuando estuviera demasiado cansada. Me
encontré tirando del arnés de tres puntos y haciendo preguntas de
seguridad a un empleado de una tienda que hacía que su rostro se arrugara
como si acabara de lanzarle un cuestionario de física sobre él.
Llegué a la dirección que Max me había dado y me sorprendió
descubrir que era una casa de piedra rojiza en Brooklyn en lugar de un
lujoso pent-house en el Upper East Side. Personalmente me gustaban las
calles tranquilas de esta zona, pero Max siempre había estado a la altura
del ajetreo y el bullicio de Manhattan.
Llamé al timbre y Max abrió la puerta. Estaba vestida con una
camiseta sin mangas blanca, y realmente me impactó cuánto peso había
perdido. Cuando la había visto el otro día, tenía puesto un suéter. Por
supuesto que había visto su rostro delgado, pero eso no era ni la mitad. La
visión completa era bastante alarmante. Sus clavículas y omóplatos
sobresalían, toda la carne había desaparecido. Era poco más que un
esqueleto con piel, y esa piel era cetrina.

207 Se hizo a un lado para que entrara. Aparentemente no había hecho


un buen trabajo ocultando mis pensamientos.
—Es por la quimioterapia. Por eso la detuve. Vómitos frecuentes. La
medicina contra las náuseas y vómitos dejó de funcionar. No podía hacerlo
más. Quiero disfrutar el tiempo que me queda con mi hija, no pasarlo con
la cabeza colgada en el inodoro.
Asentí y entré.
Max miró su reloj mientras estábamos parados en el vestíbulo.
—Ella se está levantando tarde de su siesta. Por lo general, solo
duerme durante una hora, pero ahora se ha pasado un poco. No la despierto
si se pasa de la hora. Siento que su cuerpo sabe cuándo es tiempo de
levantarse. ¿Pero puedo despertarla si quieres?
Sí. No puedo quedarme aquí solo contigo.
—No. Está bien. Deja que se despierte sola.
Nota para mí mismo, la duración de la siesta está determinada por el
niño, no por el adulto. Una cosa menos para Google. Sentí que debería tener
una libreta y un bolígrafo.
—Justo iba a hacer un poco de té. Me siento cansada por la tarde. Por
eso solo trabajo por las mañanas ahora. La cafeína me ayuda a estar lo
suficientemente alerta como para ver jugar a Ella. ¿Qué puedo ofrecerte?
—El té está bien.
Realmente no quería estar dentro de la casa de Max, y definitivamente
no quería hacer una pequeña charla. ¿Pero qué demonios se suponía que
debía hacer?
De camino a la cocina, eché un vistazo alrededor. La casa de piedra
rojiza en la que vivía era muy bonita: carpintería a medida, techos altos,
tablones anchos, suelos de roble blanco, ventanas de cristal con vitrales,
una tonelada de luz.
—Bonito lugar —dije.
Max llenó una tetera de hierro fundido con agua del grifo.
—Gracias. Será tuyo pronto. Te lo dejé en mi testamento.
—¿Qué?
Puso la tetera en la estufa y encendió la llama.
—Lo compré con el dinero que te robé. Es lo menos que puedo hacer.
No aceptes menos de dos millones cuando lo vendas. No tiene hipoteca.
208 Me había sorprendido dos veces en el lapso de dos minutos.
—No sé cómo responder a eso. ¿Gracias, supongo?
Max se apoyó contra el fregadero de la cocina, mientras yo me
quedaba al otro lado de la espaciosa isla central. La distancia entre ella y yo
fue bienvenida.
—También hay noventa mil de mis ahorros y una póliza de seguro de
vida a término. Dejé los beneficios de la póliza a Ella, pero tú eres el
fideicomisario, así que puedes manejarlo por ella.
Estaba jodido por tener esta conversación. Pero, ¿cuándo tienes este
tipo de conversación si solo tienes unos pocos meses de vida? Nunca se sabe
qué día terminará siendo el último. No tiene sentido esperar.
—Bueno. ¿Alguna otra cosa legal que deba saber?
Me miró directamente a los ojos. Era la primera vez que había dejado
que eso sucediera desde que había descubierto lo que había hecho. Incluso
cuando había venido a la prisión para decirme que mi padre había muerto,
no la miré. Tampoco pude hacerlo el otro día en el parque. Pero lo hice hoy
por alguna razón. Tal vez verla desvaneciéndose físicamente me había dado
una onza de compasión.
—Cuando fui a ver a Layla, sentía curiosidad por ella, incluso celos.
Pero tampoco estaba mintiendo. Aiden se quedó todo el dinero que te
robamos. Deberías recuperarlo.
Negué con la cabeza con una risa sardónica.
—Realmente eran dos gotas de agua, ¿eh?
—Lamento lo que te hice, Gray. Sé que no hay una disculpa lo
suficientemente grande como para perder años de tu vida. Dios sabe que
veo eso ahora. Pero realmente lo siento.
La miré fijamente. La mujer me había engañado para que me casara
con ella, me había robado millones de dólares, me había encarcelado por un
crimen que ella había cometido y había ocultado el hecho de que había
tenido una hija durante años. Y sin embargo... una parte de mí la creía.
¿Qué diablos está mal conmigo?
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté.
Esa había sido lo que me había preguntado una y otra vez durante los
primeros meses de mi sentencia, hasta que decidí que no importaba, y que
nunca seguiría adelante centrándome en la mierda que no podía cambiar.
Max bajo la mirada por unos minutos. Cuando levantó la vista, había
lágrimas en sus ojos.
209
—Realmente no me amabas.
—¿De qué diablos estás hablando?
—Yo te amaba.
—Tienes una forma jodidamente divertida de mostrarlo.
—Durante años te quise, y no me viste. Me viste como tu pareja, como
una de las mujeres con las que salías y te acostabas.
—¡Me casé contigo!
—Y todavía no me amabas como yo te amaba a ti.
—¿Así que decidiste follar con uno de nuestros empleados, robar
dinero y echarme la culpa? ¿Para qué? ¿Castigarme?
—Pensé que Aiden realmente me amaba.
—No puedes estar tan jodidamente desesperada porque un hombre te
ame.
—Lo siento. Sé que no tiene sentido. Pero estaba enojada porque
después de todos esos años de amarte, todavía no me amabas como
deberías. Una vez que nos casamos, pensé en retirarme de lo que Aiden y yo
habíamos planeado. En el fondo, aún te amaba y pensé que tal vez
finalmente me amarías. Pero no me viste como el amor de tu vida.
La miré, completamente estupefacto, y demasiado enfadado para
continuar esta conversación. Cuando sus lágrimas comenzaron a caer, me
enojé aún más conmigo mismo. No debería haberme sentido mal por ella.
Sin embargo, lo hice.
¿Qué diablos está mal conmigo?
—Necesito dar un paseo. Volveré en un momento.

***
Caminé durante una buena hora por el paseo marítimo cercano. De
hecho, en algún momento, empecé a trotar, luego a correr, luego a correr lo
más rápido posible. No fue hasta que me incliné, con las manos en las
rodillas jadeando por aire, que me di cuenta de lo que había hecho. Había
necesitado todo de mí para alcanzar la velocidad de la mierda volando por
mi cabeza.
¿Qué diablos estaba mal con Max? ¿No la había amado lo suficiente?
Éramos malditos amigos, socios de negocios. Nunca había tenido una
210 maldita pista de que ella tenía sentimientos por mí. No era como si me lo
hubiera dicho, ni siquiera había hecho ninguna insinuación en ese sentido.
Pensé que nos habíamos casado por capricho, mientras estábamos
borrachos en una celebración de vacaciones en una isla. Fue una broma al
principio, hasta que sugirió que lo intentáramos. Después de un poco,
comencé a instalarme en el arreglo. Parecía conveniente para los dos.
Entonces tal vez no la amaba como un hombre debería amar a una esposa,
¿pero era esa una razón para arruinar mi vida?
Todo este tiempo, cuando reflexioné de nuevo, asumí que ella era pura
maldad. No tenía idea de que era una loca y malvada. Estamos hablando de
Glenn Close, de Atracción Fatal3, una completa locura.
Después de haberme calmado, me di cuenta de que necesitaba
sacarme esta mierda de la cabeza por el bien de mi hija. Ella tenía que ser
mi prioridad ahora. No podía dejar que Max me robara más tiempo. Así que
volví a su casa, respiré hondo y toqué el timbre.
La carita que gritó mi nombre cuando se abrió la puerta me dio fuerzas
para volver a entrar.

***

3 Atracción Fatal: película estadounidense de género suspenso psicológico de 1987.


—Hoy es miércoles —señaló Ella mientras hablaba. Realmente
necesitaba aprender un poco más el lenguaje de señas. Aprendí algunas
palabras y oraciones en varios videos de YouTube, pero Ella parecía que
tenía todo el lenguaje.
—Sí. Hoy es miércoles. ¿Me puedes enseñar cómo señalar eso?
Max nos había dejado solos una vez que Ella pareció estar cómoda
conmigo. Estaba agradecido de concentrarme en ella y no tener otro pow
wow con su madre.
Ella asintió y repitió los movimientos para señalar las palabras de
nuevo.
—¿Así?
Hice las señas, y ella rio.
—No. Así, tonto.
Lo hizo de nuevo, y que me condenarán de nuevo si vi alguna
diferencia. Pero le di otra oportunidad de todos modos.
Río de nuevo. Al parecer, todavía lo había hecho mal. Ella dobló mi
pulgar y meñique hacia abajo, haciéndolos tocar, y luego se detuvo y me
211 mostró la misma posición de su mano. "M"
—Ah. Ahora lo entiendo. Los tres dedos mirando hacia abajo forman
la letra M.
No tenía idea de cuándo empezaban a deletrear los niños, pero estaba
bastante seguro de que no era antes de los tres años. Sin embargo, mi hija
sabía que miércoles comenzaba con M. Mi pecho se expandió un poco.
Ella sostuvo mi mano, guiándola para dibujar un círculo con mis tres
dedos.
—Miércoles. —dijo mientras cerramos el círculo.
Golpeé su nariz con el dedo.
—¿Cómo te volviste tan inteligente?
—De mi papi.
Me quedé helado. ¿Qué... le había dicho Max? Pensé que habíamos
acordado que era mejor esperar un poco, dejar que me conociera antes de
decirle quién era yo. O... tal vez se refería a Aiden como su padre. Ese
pensamiento me hizo sentir enfermo.
—¿Tu papi?
Asintió rápido.
—Mami dice que soy inteligente como mi papá.
Cuando no agregó nada más, pensé que era mejor cambiar el tema.
—Así que... es miércoles. —Lo señalé, y al parecer esta tercera vez lo
hice bien, porque por mi actuación me gané una gran sonrisa dentuda—.
¿Haces algo especial el miércoles?
Rio de mí otra vez.
—Blanco. Usamos todo blanco. —Ella giró, mostrándome su atuendo.
Llevaba una camisa blanca con letras doradas y brillantes que decían Vida
de Sirena, junto con un par de shorts blancos. Sus sandalias también eran
blancas.
—Oh. —Miré mi ropa. Tenía un par de kakis y un polo azul marino—
. Debo haber mezclado mis días.
Arrugó su pequeña nariz de botón y comenzó a marcar los días de la
semana con sus pequeños dedos. Su índice fue el primero.
—Lunes, magenta. —Dedo medio—. Martes, turquesa. —Dedo
anular—. Miércoles, Blanco.
La interrumpí al señalar la palabra miércoles y luego le guiñé un ojo.
Su sonrisa creció.
212 Siguió avanzando, marcando con una mano y comenzando con la
siguiente.
—Jueves, azul. Viernes, fucsia. —(El cuál adorablemente pronunció
foo-sha.)—. Sábado, salvia. ¡Domingo, Zafiro! —Se dio una palmada en los
costados cuando terminó.
—¿Siempre vistes un color para combinar el día?
Asintió.
Realmente necesitaba ese maldito cuaderno.
—¿Cuál es tu color favorito?
—¡Zafiro! ¡Azul, azul, azul!
—El azul también es mi color favorito. —Al menos ahora era después
de ver lo feliz que la hacía. Un pensamiento apareció en mi cabeza—. ¿Te
acuerdas de Layla?
Asintió.
—Su color favorito es el arcoíris.
Ella rio.
—¡El arcoíris no es un color!
—Tal vez no. Pero cuando te gustan muchos, ¿por qué elegir solo uno?
Las chicas especiales pueden tener cualquier favorito que quieran.
Max asomó la cabeza en la habitación.
—¿Todo está bien aquí?
—¡Mami, mami! —Ella saltó arriba y abajo—. ¡Mi color favorito es el
arcoíris!
Max me miró y le devolvió la sonrisa a su hija.
—Lo es, ¿verdad?
—¡Es el de Layla, también! ¡Somos especiales, así que podemos tener
más de un color como nuestro favorito!
La sonrisa de Max se desvaneció.
—Eso es bueno, cariño. ¿Quieres tu merienda ahora?
—¡Sí! —Saltó arriba y abajo, dando su respuesta. Su energía la hacía
brillar.
—Haré dos platos.
Unos minutos más tarde, Max regresó con dos platos pequeños, uno
para cada uno de nosotros. Miércoles. Blanco. Rebanadas de manzana y
213 mantequilla de maní. Tal vez debería haber tomado esas notas en mi
teléfono.
Nos sentamos juntos en el suelo en la sala de estar, con nuestros
platos en la mesa de café. Mientras estábamos comiendo nuestras
manzanas, noté que Ella estaba usando su mano izquierda para comer.
—¿Con qué mano sostienes el crayón, cariño?
Levantó su mano izquierda.
—También escribo con mi izquierda. La mayor parte del mundo
escribe con la otra mano.
—Mamá escribe con una mano diferente.
Eso es porque lo heredaste de tu papá.
Cuando terminamos de comer, Ella preguntó si podíamos salir a
caminar. Me había olvidado por completo del cochecito de paseo que le había
comprado. Lo dejé en el vestíbulo cuando entré. Recogí nuestros platos y
Ella y yo fuimos a buscar a su madre.
La encontramos en la cocina, tomando un batido de proteínas.
—Ella quiere salir a caminar.
—Ah, vale. Ustedes dos diviértanse.
Ella corrió hacia su madre y tiró de su camisa.
—Tú también vienes, mamá.
Los ojos de Max brillaron hacia mí. Ella primero, me recordé. Le di un
asentimiento silencioso.
—Bueno. Déjame conseguir un suéter.
Mientras Max conseguía su suéter, le mostré a Ella su nuevo cochecito
de paseo. Literalmente chilló. Luego se fue corriendo a la sala de estar. La
observé desde el pasillo mientras abría el cajón de la mesa, sacaba algo de
una caja y lo metía en un sobre. Ella regresó a mí justo cuando Max
regresaba con su suéter.
Entregándome el sobre, Ella dijo:
—¡Gracias!
Con curiosidad por saber qué demonios estaba pasando, saqué la
tarjeta del sobre. Era una pequeña tarjeta de notas con un “Gracias”
plateado impreso en el frente y el interior estaba vacío.
Max se echó a reír.
—Ella, cariño, se supone que debemos llenarlas antes de dárselas a
la gente.
214 Ella frunció el ceño.
Max explicó:
—No la dejo usar los juguetes que recibe como regalo hasta que
escribimos una nota de agradecimiento.
La niña era muy inteligente. Y no necesitaba nada escrito. Me arrodillé
ante ella.
—Mi tarjeta de agradecimiento es perfecta como es. De nada, Ella.
—¿Puedo probarlo?
Miré a Max, quien asintió.
—Absolutamente. ¿Qué tal si te empujo alrededor de una cuadra y
luego salto y me paseas alrededor?
Ella dejó escapar una carcajada ruidosa. No podría imaginarme tener
un mal día si pudiera despertarme con el sonido de eso.
—¡Eres demasiado grande!
Me di unas palmaditas en la cintura.
—Gané un kilo o dos.
Max cerró la casa mientras yo ataba a Ella a su nuevo triciclo. Guie
sus pies hacia los pedales y le mostré dónde colocarlos si se cansaba.
En el momento en que comenzamos a caminar, podría haber soltado
el asa que empujaba esa cosa. Ella pedaleo casi de inmediato. El cochecito
de paseo tenía una capota para protegerla del sol, y Ella estaba en su
pequeño mundo, pedaleando. No nos oiría hablar, pero hablé en voz baja de
todos modos.
—¿Tiene alguna alergia?
La merienda de mantequilla de maní me había hecho pensar en
cuántos niños parecen tener alergias a las nueces en estos días.
—Plumas. Le hice una prueba de alergia porque le salió una erupción
de una almohada. Lo único a lo que dio positivo fue a las plumas.
—¿Alguna medicación?
—No. Solo una vitamina para niños todos los días.
—¿A qué le tiene miedo?
Max me miró y bajó la mirada con un gran suspiro.
—A que me vaya.
—¿Te vayas?
215
—He leído una docena de libros sobre cómo preparar a un niño para
la muerte de un padre. Los niños de su edad no entienden realmente el
concepto de muerte. Lo ven como temporal o reversible. Creo que tiene
sentido, ya que ven caricaturas donde los personajes son aplastados por un
automóvil y luego regresan a su tamaño normal y caminan de nuevo. Traté
de explicarle la muerte diciendo que a veces las mamás y los papás tienen
que irse, incluso cuando no quieren. Pensé que lo entendería, pero unos
días más tarde, tuve que ir a la oficina por la tarde a una reunión de
negocios, y cuando le dije que me iba, ella comenzó a sollozar. Así que creo
que jodí esa lección bastante bien.
Sonreí tristemente.
—Me dijo que su papá es inteligente. ¿Supongo que cree que Aiden es
su padre?
—¿Qué? —Max arrugó el rostro—. No. Nunca presenté a Aiden como
su padre. Rompimos cuando ella tenía menos de un año. Dudo que lo
recuerde.
—Entonces, ¿de quién estaba hablando?
—De ti. Hablo de su padre en el sentido general de vez en cuando. Ella
piensa que su papá está lejos en un largo viaje de negocios. Ella no tiene
idea del tiempo y en realidad nunca lo ha cuestionado.
Pasé los dedos por mi cabello.
—Jesús.
Después de una caminata de veinte minutos, Ella se había cansado
de pedalear tanto. Max parecía había gastado toda su energía. Las
acompañé a la casa y las dos fueron al baño. Mientras esperaba, saqué mi
celular. Me sorprendió descubrir que eran casi las cinco y media. Parecía
que acababa de llegar.
—¿Te gustaría quedarte a cenar? —preguntó Max cuando regresó.
La verdad era que todavía no estaba listo para dejar a Ella. Había
mucho que aprender, tanto que ponerse al día. Sin embargo, tampoco quería
tomar el control de la rutina de Ella y desecharla. Google había dicho que la
introducción de una pareja debería hacerse de forma gradual, no es que yo
fuera la pareja de Max. Pero pensé que el concepto era el mismo.
—Probablemente debería irme. No quiero presionar mi suerte y
superar mi bienvenida con Ella. Probablemente esté bastante acostumbrada
a tener su tiempo contigo.
216 —Oh. Está bien.
—¿Cuándo puedo volver a verla?
—El viernes es mi último día de trabajo. Tengo medios días hasta
entonces. Así que mi horario es bastante flexible.
—¿Te estás tomando un descanso?
—Me voy. Me encanta trabajar, las altas y bajas del mercado fueron
una parte importante de lo que soy. Pero desde mi diagnóstico, he sabido
que eventualmente me iría para pasar lo último de mi tiempo con mi hija.
Puedo sentir que los cambios en mí vienen más rápido. Mis fuerzas se están
yendo, y las cosas simples se están volviendo más difíciles.
Lo último de su tiempo.
Sentí una pesadez en mi pecho. Mi hija pronto no tendría madre. Sin
mencionar que, tan horrible como era para mí, Max solo tenía treinta años.
Asentí.
—Está bien.
—¿Qué tal pasado mañana? Ella tiene un chequeo médico a la una,
pero ¿podríamos reunirnos después?
—¿Puedo ir al chequeo?
—Umm... claro. Por supuesto. Tendrá que acostumbrarse a eso de
todos modos.
Ella salió corriendo del baño, y de repente la imaginé más grande, tal
vez de ocho o nueve años. No querría a un hombre en sus chequeos para
entonces.
—Ella, Gray ya se va. Pero lo veremos de nuevo muy pronto.
—¿Qué día?
Las comisuras de mis labios se contrajeron. Incluso si no fuera mía,
creería que esta chica es bastante increíble.
Me arrodillé para hablar con ella.
—Viernes. ¿Puedo adivinar qué llevas puesto?
Sonrió con suficiencia.
—¡Fucsia! ¡Rosa!
Acuné su mejilla con una mano, acariciando la suavidad de su piel de
bebé con mi pulgar. Lo había hecho sin pensarlo, pero no la asusté. Mi hija
parecía cómoda con mi toque. Me preguntaba si eso era algo fisiológico.
Estaría buscando en Google eso más tarde con seguridad.
—Te veré pronto, cariño.
217
Sin previo aviso, saltó a mis brazos y envolvió los suyos alrededor de
mi cuello. Me sofoqué cuando me permitió envolverla en un fuerte abrazo.
Cuando terminó, se alejó, tan despreocupada como antes de darme el
abrazo, felizmente inconsciente de que había sacudido todo mi maldito
mundo.
Max sonrió cálidamente.
—Creo que esta fue una gran visita.
Me paré.
—Yo también. Cuídate mucho, Max.
30
Layla
No había notado la cita en mi calendario hasta después del almuerzo.
—Oye, Peggy. —Hablé a mi asistente a través del teléfono del
intercomunicador—. ¿Acabas de añadir la cita para hoy a las cuatro?
—La añadí esta mañana. El señor Westbrook llamó y pidió si podía
hacer un hueco para él en la última cita del día. Estabas en el teléfono, así
que no lo revisé contigo. Pero no había nada en tu calendario. ¿Necesitas
que la cambie?
—No. Está bien. Simplemente pensé que no la había visto ahí.
Gracias.
218
Gray y yo no nos habíamos visto en unos cuantos días. Había estado
pasando tiempo con su hija y me había mantenido ocupada con lo que hacía
mejor, trabajar quince horas al día. Lo extrañaba, pero las cosas eran mucho
más complicadas ahora que simplemente tener novio.
Una parte de mí había pensado que podría dar un paso atrás a donde
estábamos en nuestra relación, pero mientras más tiempo estábamos
separados, más me daba cuenta que no había manera de regresar a lo
casual y tomar las cosas lentamente, no que Gray y yo alguna vez
hubiéramos hecho lo casual. Tuvimos esa conexión especial desde la
primera vez que nos conocimos.
Cuando hablamos al teléfono anoche, no había mencionado que
necesitara hablar conmigo acerca del trabajo, así que saqué mi teléfono para
enviarle un mensaje y ver si todo estaba bien. Pero mientras hacía eso, sonó
mi teléfono de la oficina y fui llamada hacia las oficinas de uno de los socios
para discutir un nuevo caso. Era típico para los asociados que tuvieran que
dejar lo que estuvieran haciendo y pasaran algunas horas en la oficina de
un socio cuando los necesitaban. No sentían la necesidad de agendar un
momento que podría ser conveniente para todos. Es esa la razón por la que
conozco el nombre de pila de los guardias de seguridad que cierran el
edificio. Cuando fuera que a un socio me necesitara simplemente era la
prioridad por encima de cualquier cosa que yo necesitara hacer.
No regresé a mi escritorio hasta justo antes de las cuatro. Había hecho
un fútil intento por no revisar la hora cada poco minuto durante mi reunión.
Peggy me habló antes de que siquiera pudiera terminar de poner una capa
nueva de labial.
—Tu cita de las cuatro está aquí.
—Puedes dejarlo pasar.
Metí mi bolso en el cajón de mi escritorio y doblé mis manos sobre mi
regazo, esperando a Gray. Mi corazón se aceleró al escuchar sus pasos
viniendo por el pasillo. Definitivamente tenía una zancada distintiva y
estaba caminando a un paso rápido, que no aceptaba tonterías.
Atravesó mi puerta con una sonrisa engreída y ladina. Deteniéndose
para mirarme mientras entraba en mi oficina, no dijo ni una palabra.
También permanecí en silencio, pero maldita sea si mi cuerpo no dijo
mucho. Mis pezones se endurecieron, el vello de mis brazos se levantó y mi
pulso comenzó a acelerarse. Me moví en mi asiento y la luz en los ojos de
Gray resplandeció.
Cerró la puerta detrás de él y muy lentamente bloqueó la cerradura.
Cuando se giró de nuevo, levanté una ceja.
—¿Nuestro asunto es tan sensible que mi puerta necesita ser
219 bloqueada?
Gray vestía un traje oscuro de tres piezas, el tipo que le acomodaba
en todos los lugares correctos y hacía que su ya confiada persona creciera
exponencialmente. Su corbata era de un hermoso color azul que
normalmente habría reflejado el color de sus ojos, solo que estaban
oscurecidos justo enfrente de mí.
—Si fuera por mí, dejaría la puerta abierta mientras te hago venir. De
hecho, preferiría si la oficina lo escuchara. Pero pensé que preferirías tener
privacidad.
Dios, era tan arrogante. Y me encantaba. Me encantaba tanto.
Doblé mis brazos sobre mi pecho.
—Bastante seguro de ti mismo, ¿cierto?
—¿Qué puedo hacer que te vengas? Absolutamente.
—No me refería a eso. Me refería al hecho que piensas que te voy a
dejar intentarlo, en la mitad del día, en mi oficina.
Sonrió engreídamente. Esa sonrisa.
Me preparé cuando caminó hacia mí. Agarrando un brazo de mi silla
alta, la giró y luego me sorprendió levantando mi trasero fuera de ella y
colocándolo encima de mi escritorio. Levantó una rodilla y la utilizó para
separar mis piernas, luego empujó sus caderas entre ellas mientras
presionaba un beso en mi mandíbula.
—Te extrañé.
Su sola voz podía ponerme húmeda. De hecho, ya podría haberlo
hecho.
—¿Viniste...? —Mi voz se apagó cuando su boca se movió hacia mi
garganta—. ¿Viniste a hablar de negocios?
Besó el camino hasta mi oreja.
—Vine a hacer que te vinieras.
Una de sus manos se deslizó entre nosotros y bajo mi falda, acceso
fácil. Sentí mi rostro calentarse mientras lo dejaba que frotara de arriba
abajo por la seda de mis bragas. No debería estar haciendo esto. Aun así, no
hice nada por evitar que sucediera.
—No deberíamos. —Un débil intento, si acaso.
Sus dedos se deslizaron por debajo de la seda de mi ropa interior.
—¿Estás segura? —Encontró mi clítoris y comenzó a masajearlo—. Ya
estás mojada. Puedo hacerlo rápido.
220 Antes de encontrar las palabras para responder, un dedo se deslizó
dentro de mí.
Mis ojos se cerraron y tragué cualquiera que fuera la respuesta que
había estado a punto de darle. Ni siquiera podía recordar de qué se trataba.
Bombeó gentilmente dentro fuera unas cuantas veces, luego lo sacó y
empujó de nuevo con dos dedos. Gemí y me silenció con un beso.
—Shhh. Quería lamerte primero, pero no quiero meterte en
problemas. Así que tendremos que hacerlo de esta forma antes de que pueda
probarte, así estarás más relajada.
Su mano se puso a trabajar. Curveando sus dedos dentro de mí justo
lo necesario para frotar ese punto sensible, implacablemente empujó dentro
y fuera. El hombre tenía dedos magníficos. No hacía ni tres minutos antes
que había estado resuelta en cuanto a que estábamos jugando un juego de
gato y ratón y que nunca iba a tontear con él en mi oficina en mitad del día.
Ahora estaba subida en mi escritorio, estirando el material de mi falda
mientras intentaba abrir más mis piernas y gimiendo sin vergüenza en su
boca.
—Eso es. Vente para mí, nena. No puedo esperar a lamerte para
dejarte limpia.
En ese momento, honestamente no me importaba cuán imprudente
era, la escalada había comenzado y todo lo que pude hacer fue aguantar y
esperar hasta que estuviera del otro lado. La mano de Gray, la que no estaba
ocupada haciendo milagros, se enredó en mi cabello y jaló mi cabeza hacia
atrás así estábamos nariz a nariz.
—Quiero verte venir. Muéstrame, hermosa. Muéstramelo.
Su pulgar presionó firmemente en mi clítoris y todo dentro de mí se
enrolló. Sentía como si pudiera explotar si no encontraba liberación.
Sintiendo mi desesperación, Gray empujó dentro y fuera más fuerte y más
rápido, llevándome por encima del borde. Me agarré de mi escritorio con
todas mis fuerzas y floté mientras viajaba por las olas pulsantes del placer.
Los ojos intensos de Gray me observaron entrar y salir de mi concentración
mientras llegaba al punto máximo. Nuestras miradas se encontraron; no
podría haberla apartado si hubiera querido hacerlo.
En mi camino de bajada, jaló del borde de mi falda y levantó mi trasero
así pudo empujar la tela hacia arriba hasta mi cintura. Todavía en una
completa neblina, no tenía idea de lo que estaba haciendo, solo que las
mejillas expuestas de mi trasero ahora estaban sentadas sobre el frío
recubrimiento de mi escritorio de madera. Gray se dejó caer de rodillas y
comenzó a chupar mi hinchado botón. Mi cuerpo rugió de regreso a la vida.
Había estado lista para acurrucarme y hacer la siesta, pero un movimiento
221 de su lengua me hizo darme cuenta de que la fiesta apenas había
comenzado.
Cediendo por completo, me acosté sobre mi escritorio y disfruté la
sensación de su lengua moviéndose, chupando, penetrando y prometiendo.
Cuando llegó mi orgasmo, no estaba segura si era un segundo o si el primero
simplemente había menguado hasta que tuvo la fuerza suficiente para
formar la próxima gran ola.
Gray no se detuvo hasta que estuve débil. Agotada, miré hacia el
techo, recuperando mi respiración mientras quitaba mis bragas y
enderezaba mi falda. Luego me levantó en sus brazos, tomó asiento en mi
silla y me dejó caer en su regazo. Mi cabeza estaba girando.
Gray besó mi frente.
—Esta ha sido una reunión productiva. Eres muy eficiente. Me alegra
haber venido.
—Diría algo ingenioso, pero no creo que mi cerebro ya esté
funcionando de nuevo.
Rio.
—Eso es bueno. Porque pensé que ha estado funcionando tiempo
extra y necesitaba el descanso.
Incliné mi cabeza contra su pecho.
—He estado trabajando mucho.
—Me refería a tu cerebro pensando en exceso todo lo que se refiera a
nosotros.
—Ah.
Unos minutos más tarde, Gray dijo:
—Odio comer e irme, pero de hecho tengo una cita con un abogado
del otro lado de la ciudad en media hora, el abogado de la compañía en la
que vamos a invertir. Aparentemente es un viejo amigo de mi padre.
—Me alegra que dijeras viejo y amigo... considerando como acabas de
tratar a esta abogada cuando entraste en su oficina.
Gray me levantó de su regazo y acomodó mi trasero de nuevo en mi
silla. Besó mis labios.
—Voy a ver a Ella mañana en la tarde. La recogeré al medio día y la
llevaré de paseo por primera vez sola. Me encantaría que vinieras conmigo.
—No lo sé, Gray. Tal vez deberías hacerlo solo si es la primera vez.
Buscó en mis ojos.

222 —Quiero que puedas conocerla.


—Lo hago... lo haré. Simplemente... no todavía.
Asintió y forzó una sonrisa, pero sabía que lo había lastimado.
—Está bien. ¿Entonces, cena mañana en la noche?
—Suena bien.

***

La culpa me mantuvo girándome y revolviéndome durante toda la


noche. El sábado en la mañana me levanté super temprano para trabajar
desde casa, pero no podía concentrarme. El recuerdo de la sonrisa de Gray
cuando me preguntó si quería pasar la tarde con su hija y la forma en que
había desaparecido cuando le dije que no estaba lista para eso, me estaba
agobiando.
Lancé el bolígrafo hacia la mesa del comedor y me recosté en mi silla.
¿Una tarde con una niña pequeña? Pasaba tiempo con la hija de Quinn,
Harper, todo el tiempo. ¿Por qué estaba haciendo que fuera un gran
problema esta vez?
Porque nunca me pregunté si Quinn iba a estar en mi vida para
siempre, es por eso. Creciendo de la forma en que lo hice, aprendí que los
niños necesitaban consistencias. Entrar y salir de sus vidas envía un
mensaje que no puedes deshacer con palabras: no eres mi prioridad. Así que
dudaba en ahora dar ese paso.
¿Pero qué pasaba si quitaba a una niña del panorama? Estaba loca
por Gray de una forma en que nunca experimenté con un hombre. Algo
dentro de mí simplemente sabía que lo que teníamos era algo especial y eso
me asustaba de muerte. Así que, ¿era Gray quien se estaba moviendo
demasiado rápido? ¿Era llegar a conocer a Ella y que ambas nos
encariñáramos? ¿O era que simplemente estaba evitando entrar de lleno en
esto, aun cuando no tenía dudas en la forma que me sentía, debido a que
tenía miedo de ser lastimada de nuevo?
Maldita sea.
Soy tan idiota.
Levanté mi teléfono para llamar a Gray y me di cuenta de que ya eran
las once y media.
Mientras sonaba, corrí hacia mi habitación y me eché un vistazo en el
espejo.
Bastante Aterradora
223
Respondió mientras quitaba el elástico de mi cabello con mi celular
acunado entre mi hombro y mi oreja.
—Hola, hermosa. —Sonaba genuinamente feliz de escuchar mi voz.
Confirmó que finalmente había tomado la decisión correcta.
—¿Estás en camino para recoger a Ella?
—Lo estoy.
—Si la invitación todavía está abierta, me gustaría ir con ustedes.
—¿Estás segura?
—Estoy segura.
—Bueno, me encantaría. Acabamos de cruzar el puente de Brooklyn,
pero puedo regresar.
—No, está bien. —Brinqué sobre un pie mientras me quitaba mis
pantalones de chándal—. Te encontraré ahí. Será más rápido. Simplemente
tomaré un taxi. No quiero que llegues tarde.
—Podemos dar la vuelta e ir por ti. No me hará llegar tan tarde.
—No, Ella te está esperando. Envíame un mensaje con la dirección.
Te encontraré ahí tan pronto como pueda.
Rio.
—Está bien, chica loca. Lo que digas.

***

Mi taxi se detuvo frente a la casa de Max ocho minutos después de las


doce. Gray salía de su auto de lujo de siempre cuando salí. Debo haber
lucido frenética.
—Lamento llegar tarde.
—No te preocupes. —Acunó mis mejillas—. Simplemente estoy feliz
que decidieras venir.
Exhalé y tomé sus muñecas.
—Yo también.
Se inclinó y colocó un suave beso en mis labios.
—Significa mucho para mí.
Sabía que lo hacía.
—Llegamos tarde.
224
—Max me tuvo esperando alrededor de tres años completos. Creo que
puede manejar algunos minutos de retraso.
Sonreí.
—Eso es cierto.
Gray extendió su mano hacia mí y puse la mía en la suya para caminar
hacia la puerta.
—Este es un vecindario realmente bonito. Me encantan las casas
viejas de piedra rojiza.
—La compró con el dinero que me robó.
—Mierda. Eso apesta. Lo siento.
Gray tocó el timbre y un minuto después, Max abrió la puerta. Su
sonrisa se desvaneció tan pronto como vio que no estaba solo. No estaba
segura de qué tenía en mi contra, pero claramente no estaba feliz de que
hubiera venido.
—No me di cuenta de que traerías a alguien para tu visita con Ella.
—No a alguien —dijo con un tono severo—. Layla. Estoy seguro de
que la recuerdas de cuando la molestaste en su oficina.
Max forzó una sonrisa y jaló de su suéter de cárdigan para cerrarlo.
—Entren. Ella se está lavando.
Por suerte, no tuvimos que quedarnos ahí parados y hacer plática.
Ella vino volando por el pasillo portando una enorme sonrisa.
—¡Gray!
Se detuvo frente a él e hizo algunas señas.
Su emoción debía ser contagiosa, me encontré sonriendo tanto como
lo hacía ella, aun cuando no tenía idea de lo que estaba sucediendo.
Gray me sorprendió haciendo señas en respuesta. Su desempeño le
ganó un aplauso y chillido de parte de Ella.
—¡Cordaste!
Su madre la corrigió.
—Es recordaste, Ella.
Gray se giró hacia mí.
—Es sábado. —Jaló el material de su polo verde claro y luego comenzó
a hacer señas—. Sábado. Salvia.
Me golpeó que los dos estaban vistiendo el mismo tono de verde salvia.
225 Ella tenía una camiseta verde claro.
Fruncí mi ceño con una mirada curiosa.
—No me di cuenta de que los días de la semana tenían código de
colores.
Ella jaló de la camiseta de Gray y le pidió que la ayudará a ir por su
nuevo cochecito al armario, lo que me dejó ahí parada a solas con Max.
Ni siquiera fingió sonreír. En cambio, comenzó de inmediato.
—Pronto será mucho para manejar, intentar llenar los zapatos de una
mujer muerta cuya hija estará devastada.
Mi boca se abrió y permaneció de esa manera. Había esperado que
fuera una perra, pero Jesús... ¿en serio? ¿Qué demonios decía a eso? Me
quedé callada porque me dejó sin palabras, no porque la respetara.
Resolvió que debía continuar dado que, aparentemente, era toda
oídos.
—Necesita relacionarse con su padre. No interrumpir eso para jugar
a la casita. Si no vas a ser una madre para ella, déjalos ser. Para un niño,
una pérdida por una ruptura no es menos que una pérdida por una muerte.
La devastarás cuando decidas alejarte.
Gray y Ella regresaron, sonriendo. Me miró y su sonrisa se desvaneció.
—¿Está todo bien?
Max respondió.
—Simplemente estábamos discutiendo mi diagnóstico.
El rostro de Gray se tornó sombrío y asintió como si entendiera.
—Oh. —Frotó mi brazo—. ¿Estás lista para irnos, nena?
Asentí.
Afuera, retrocedí y observé mientras Gray amarraba a Ella en el
asiento para niños en la parte trasera del auto y subía el cochecito rosa en
la cajuela. Cuando los tres estuvimos a solas en el asiento trasero. Ella dijo
algo que no escuché y Gray lanzó su cabeza hacia atrás para reírse. Los dos
definitivamente ya habían conectado de alguna manera. Repentinamente
me sentía como la tercera rueda y pensé que tal vez no había sido tan buena
idea haber venido.
Había estado perdida en mis pensamientos y escuché la voz de Gray,
aun así, las palabras que dijo estuvieron fuera de mi alcance.
Apretó mi mano.
—¿Estás bien? Parece como si estuvieras en otro lugar.
226
Miré por la ventana y noté que ya nos habíamos ido de regreso por el
puente hacia Manhattan. Los primeros diez minutos del trayecto ya habían
transcurrido.
—Sí. Estoy bien. Lo siento. ¿A dónde vamos, de cualquier forma?
—Pensé en que podríamos salir hacia la Calle 72 y caminar hacia el
Conservatorio de Agua.
—Ese es el lugar donde llevan a cabo la carrera de...
Gray me silenció y guiñó.
—Es una sorpresa para ella.
Sonreí.
—Supongo que necesito acostumbrarme a deletrear las cosas.
Ella había estado balanceando sus piernas y mirando por la ventana
mientras cruzábamos el puente. Pero escuchó la palabra deletrear.
—¡Puedo deletrear mi nombre! —Hizo señas mientras decía las letras
en voz alta—. E-L-L-A.
Gray sonrió.
—No estoy seguro de que aprender Hindi para conversar en privado
importaría. Lo aprendería más rápido que nosotros. Es increíblemente
inteligente.
Ella apuntó hacia su cabeza.
—Papá me dio mi cerebro.
Mis ojos se agrandaron. Gray bajó su voz y me susurró.
—No es lo que piensas. Te explicaré más tarde.
El tráfico era ligero, así que llegamos rápidamente al parque. De nuevo
observé la interacción entre Gray y Ella, fascinada por cuán relajado ya
parecía estar con su pequeña niña. Una vez que sacó el cochecito rosa con
pedales del auto y amarró a Ella en él, le dijo a Al que nos encontrara de
regreso en este punto dentro de dos horas.
Ella miró todo lo que pasaba alrededor de nosotros mientras
caminábamos hacia el agua, lo que nos dio a Gray y a mí una oportunidad
para hablar.
—Está obsesionada con el libro de E.B White Stuart Little y con la
película —dijo—. Su madre mencionó algunas de sus cosas favoritas en la
carta que me escribió. Así que la vi la otra noche para tener algo de qué
hablar con ella y me di cuenta de que una gran parte de la película tiene
227 lugar en este parque en el Conservatorio de Agua, el lugar donde todos
navegan botes a control remoto. Max dijo que nunca había estado ahí, así
que pensé que podría reconocerlo por la historia.
Sonreí.
—Eso es realmente dulce. Apuesto a que le va a encantar.
En cuanto las palabras salieron por mi boca, Ella validó mi
pensamiento. Gritó y apunto hacia el lago lleno de botes cuando quedó a la
vista en el momento en que rodeamos la esquina.
—¡Stuart, Stuart! —gritó.
Me recordó al tipo de cosas que mi papá hubiera hecho cuando estaba
creciendo, en los días en que era mi papá y de nadie más.
Durante la próxima hora, Ella permaneció pegada en su asiento,
observando los cientos de botes motorizados flotando por todas partes. Aun
cuando Gray había sido claro al decir que Stuart Little realmente no estaba
en alguno de ellos, estaba bastante segura de que estaba revisándolo por sí
misma. En un punto, se subió al regazo de Gray y se puso cómoda. La
mirada en el rostro de él fue invaluable. Felicidad irradiaba de él.
Después de que almorzáramos, Gray sugirió que consiguiéramos algo
de helado, así que caminamos hacia un puesto y luego nos sentamos en la
banca del parque.
Ella lamía su cono y se giró para hablar conmigo.
—¿Sabías que mi mamá tiene cáncer?
Tosí cuando mi helado bajó por el lado equivocado.
Gray se aseguró de que estuviera bien y entonces se hizo cargo de la
conversación.
—Sí. Sabemos acerca de eso.
Ella lamió su helado y reflexionó por un momento.
—Va a morirse.
Esta vez fue Gray quien se atragantó. Caminé hacia el carrito de
helado y nos conseguí tres botellas de agua. Gray se tomó la mitad de una
botella y su voz todavía sonó extraña cuando habló.
—Eso sucede algunas veces cuando la gente está enferma, cariño.
Desafortunadamente.
—¿Vas a morir?

228 Dios, esta es la conversación más extraña. Y me alegró enormemente


que Gray se hubiera apresurado a taclearla.
—No por un largo tiempo, espero. —Gray jaló de su cola de caballo—.
Ni siquiera he conseguido todos mis colores para cada día de la semana. Así
que espero que tenga un largo tiempo antes de irme.
Ella rio y regresó a su helado. Para Ella, la conversación podría haber
sido acerca del clima. Aun así, Gray lucía como si necesitara un trago y
pensé que yo necesitaba más de uno.

***

El sol había comenzado a ponerse cuando viramos hacia las calles


laterales que llevaban a casa de Ella. Se había quedado dormida en el auto
y apoyé mi cabeza en el hombro de Gray y cerré mis ojos. Todo el día había
sido bastante surreal. Tan aterrorizada como había estado sobre venir hoy,
observar a Gray con su hija, pudiendo pasar tiempo con los dos, de hecho,
había aliviado algunas de mis preocupaciones.
En mi mente, pude vernos a los tres juntos. Mientras eso todavía me
aterrorizaba, podía visualizar superar las cosas a medida que pasara el
tiempo. Eso era todo lo que necesitaba, ponerme en el camino que pudiera
llevarme hasta ahí.
—Luces cansada. —Gray apartó el cabello de mi rostro cuando nos
detuvimos en el camino de la entrada de la casa de piedra rojiza de Max y
Ella.
—¿Qué te hizo pensar eso? ¿El hecho de que mis brazos estuvieran
flojos a mis costados y babeara tu hombro en el camino aquí?
Gray miró de reojo hacia Ella, quien todavía sonaba dormida.
—Por qué no te quedas en el auto y te relajas mientras la llevo adentro.
—Se inclinó más cerca para que nuestros labios se estuvieran tocando y
pudiera sentirlos mientras hablaba—. Vas a necesitar tu energía para
cuando te lleve a casa.

229
31
Gray
Me tomé mi tiempo caminando hacia la puerta.
Las pequeñas y dulces respiraciones de Ella soplaban en mi mejilla con
cada exhalación mientras su cabeza descansaba en mi hombro. Hace unas
cuantas semanas, nunca hubiera pensado que esta sería mi vida. Si alguien
me hubiera dicho que estaría haciendo tiempo antes de tocar el timbre para
regresar a mi hija a su madre moribunda, les hubiera dicho que estaban
malditamente locos.
Y la locura no habría sido que tuviera una hija, sino que llegara a
querer tanto y tan rápido a una niña que ni siquiera había sabido que existía
no mucho tiempo atrás.
230
Pero Ella era especial. Inteligente, divertida, con una alegría de vivir
que había olvidado que existía, además de —miré hacia su rostro dormido—
adorable, incluso cuando estaba babeando mi camiseta. Todavía estaba
aterrorizado y una parte de mí no podía comprender completamente la
magnitud de lo que sucedería en el futuro cercano, pero lo quería. Quería
encargarme de esta pequeña niña, protegerla de todos los males del mundo
y ser un padre que estuviera ahí para ella. Dicen que los niños aprenden de
ver a sus padres, no por lo que sus padres digan con palabras. Bueno, lo
mismo aplica para los niños que no tienen los mejores modelos a seguir.
Había aprendido de mi padre qué no hacer.
Soy un firme creyente de que todo sucede por una razón. Si hubiera
descubierto que iba a tener un hijo tres años atrás, cuando mi trabajo era
lo más importante en mi vida, podría haber seguido los pasos de mi viejo y
querido padre, dejando que todos los demás criaran a mi hijo, enfocándome
en el dinero y el poder. Pero los años sin nada que hacer excepto pensar me
habían orientado. Las necesidades de Ella vendrían primero... sin importar
qué. También lo harían las de Layla.
Toqué el timbre y esperé para devolver a mi bella durmiente. Después
de unos minutos, toqué por segunda vez. Seguía sin haber respuesta, así
que comencé a buscar mi teléfono en el bolsillo cuando la puerta finalmente
se abrió. Max se veía como mierda en comparación a esta mañana. Y esta
mañana se había visto bastante mal.
—¿Qué está pasando? ¿Estás bien?
Tenía una manta envuelta en su cuerpo.
—Sí. Solo tengo frío. Me quedé dormida en el sillón.
Entrecerré mis ojos
—Afuera hace casi treinta grados. ¿Tienes el aire acondicionado
demasiado alto?
—No. Es un efecto secundario de algunas de mis medicinas. Frío y
somnolencia.
Estiré la mano y toqué su frente. No estaba caliente.
Max intentó sonreír, pero parecía que no tenía la energía. Se hizo a un
lado para que entrara.
—¿Cuánto tiempo ha estado durmiendo?
—Tal vez una media hora. Se quedó profundamente dormida camino a
casa.
—¿Puedes ponerla en su habitación?
—Claro.
231
Llevé a mi princesa a su habitación y la acosté en la cama. Se revolvió,
pero giró sobre su costado y nunca abrió sus ojos. Arropándola, besé su
frente antes de salir de su habitación, intentando no hacer ni un sonido.
Que me importara el bienestar de Max me ocasionaba un montón de
emociones encontradas. Quería pasar de largo junto a ella, donde estaba
sentada en la sala de estar, que me importara tan poco como a ella le había
importado yo mientras estuve pudriéndome en prisión durante tres años.
Pero era humano. Por no mencionar que se encargaba de cuidar a mi hija.
Así que necesitaba asegurarme de que fuera capaz de hacerlo.
—¿Vas a estar bien? —Me paré en el arco entre el pasillo y la sala de
estar.
Antes de que pudiera responder, una tetera silbó.
—No quiero que eso despierte a Ella. —Se puso de pie y entró en la
cocina.
La seguí.
—¿Tienes a alguien que te ayude? ¿Que te cuide?
Sacó la tetera del fuego y la puso en otro quemador.
—No tengo muchos puentes que no haya quemado ya. Tengo a Paula,
que trabaja para mí. Se encarga de cuidar a Ella mientras trabajo.
Sabía que Max era hija única igual que yo; ella y su madre no eran
cercanas. Hasta donde recordaba, tenía una tía en Connecticut con quien
se llevaba bastante bien. ¿Cuál era su nombre? Betty, Betsy... Su apellido
era Potter, y recordaba que era similar al de la autora de esos libros para
niños sobre conejos. Beatrix4. Eso era.
—¿Qué hay sobre Beatrice?
—Murió el año pasado. Un derrame cerebral. —Max abrió un gabinete
y se estiro para alcanzar una taza—. ¿Te gustaría algo de té?
—Lamento escuchar eso. Té, no. Gracias.
Sirvió una taza llena de agua caliente y hundió una bolsita de té.
Girándose, dijo:
—Estaré bien. Todavía puedo manejarla, si eso es lo que te preocupa.
—Puedo llevármela por esta noche si es demasiado.
—No. —Negó con la cabeza y bajó la mirada—. Sabré cuando sea
demasiado. No la pondré en riesgo, aunque quiero pasar con ella tanto
tiempo como sea posible.
Asentí.

232 Max dejó salir un gran suspiro.


—Necesito decirte algo que podría no gustarte.
¿Qué pensaba exactamente que me había gustado de lo que salió de su
boca en los últimos años? ¿Las mentiras, la manipulación? Me mordí la
lengua.
—¿Qué tienes en mente, Max?
—Estoy preocupada por Layla.
—¿Qué pasa con ella? —dije bruscamente.
—Ella va a perder a su madre. Eso va a devastarla. Pero no hay nada
que alguno de nosotros pueda hacer al respecto.
—Entiendo. ¿Pero eso que tiene que ver con Layla?
—Ella va a encariñarse con ella. Buscará a otra mujer. Es natural.
Querrá una figura materna.
Apreté mi mandíbula.
—¿Y?
—Y cuando Layla se vaya, no será diferente a una muerte en la mente
de Ella, otra pérdida cuando esté tan vulnerable.

4 Beatrix Potter (1866-1943): Escritora, fabulista e ilustradora infantil. Su personaje

más famoso es Peter Rabbit.


—Suenas bastante segura de que ella se irá.
—Eres un hombre difícil de dejar atrás, Gray. Pero todavía no está lista
para tener una familia.
—¿Pasaste cuánto? ¿Media hora en su oficina hace algunas semanas?
¿Fingiendo ser un cliente cuando lo que realmente querías era meter tu
maldita nariz en mis asuntos? ¿Y sabes todo esto sobre ella?
—Pasamos algunos minutos juntas hoy, hablando. La observé contigo
y con Ella.
Negué con la cabeza.
—Eres malditamente increíble.
—Ves lo que quieres ver en las mujeres, Gray. Siempre lo has hecho.
Supongo que tiene algo que ver con tu amable madre y perderla a tan tierna
edad.
—¿Quién eres tú, el maldito Sigmund Freud? No tienes idea de lo que
estás hablando.
¿Y qué demonios estaba haciendo todavía ahí? Giré y comencé a
caminar hacia la puerta, sin mirar atrás mientras hablaba.
—Estaré aquí el domingo al mediodía para recoger a Ella.

233
***

Layla había estado callada durante todo el camino de regreso a


Manhattan. No lo había notado durante tres cuartas partes del viaje porque
todavía estaba furioso por mi pequeña conversación con Max. Esa mujer
tenía valor para intentar hablarme sobre mi vida amorosa. Decidí mantener
sus pensamientos para mí, en lugar de descargarlos en Layla. No tenía
sentido empeorar la tensión entre ella y Max.
—Estás callada. —Entrelacé mis dedos con los suyos mientras
salíamos del puente—. ¿Está todo bien?
Sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus hermosos ojos.
—Sí. Solo estoy cansada.
—¿Todavía tienes ganas de salir a cenar?
—De hecho, preferiría quedarme en casa, si no te importa.
Levanté su mano hasta mi boca y la besé.
—Lo que sea que prefieras. Si bien me encanta la idea de mostrarte en
un vestido sexy, también soy un gran defensor de la comida china sin ropa.
Ni siquiera estaba seguro de que me hubiera escuchado. Layla parecía
estar en otro lugar. Miró por la ventana y luego se volvió hacia mí.
—Ella es maravillosa.
Sonreí ampliamente, lo suficiente por ambos.
—¿Soy un bastardo engreído si digo que estoy de acuerdo?
Sonrió genuinamente esta vez.
—De ningún modo.
Nos detuvimos en el exterior de su edificio de apartamentos y troté
alrededor del auto para abrirle la puerta. Luego le dije a mi conductor que
se tomara el resto de la noche libre.
Ayudando a Layla a salir del auto, expliqué:
—No planeo irme esta noche, a menos que me eches. Y si eso sucede,
puedo tomar un taxi.
Cuando llegamos arriba, Layla desapareció en el baño, y yo abrí una
botella de vino y serví dos copas. Algo sobre la forma en que estaba actuando
me parecía extraño, pero pensé que, en este punto, tal vez estaba sobre-
analizando todo debido a la mierda que Max había plantado en mi cabeza.
Esa mujer era pura maldad.
Cuando regresó a la cocina, le entregué a Layla una copa de vino.
234
—¿Tienes hambre? No comiste casi nada esta tarde, solo ese helado.
¿Por qué no pido algo de comer?
Bebió.
—Seguro. Eso suena bien.
—¿Qué te gustaría?
—Lo que sea. Puedes elegir.
Agarré la copa de vino de su mano y la apoyé sobre la mesada de la
cocina, junto con la mía. Envolviendo mis brazos en su cintura, la apreté
contra mí.
—Si vas a permitirme elegir lo que me gustaría, podrías quedarte con
hambre.
Aparté el cabello de su rostro y esperé hasta que nuestros ojos se
encontraron.
—Gracias por hoy. Significó mucho para mí poder pasar el tiempo con
mis dos chicas juntas. Pero admitiré que, por que por mucho que lo
disfrutara y que no lo cambiaría por nada en el mundo, me alegra tenerte
toda para mí en este momento.
—No será de esa manera si... es decir, no será de esa manera cuando
Ella esté viviendo contigo.
—Tendré que insonorizar las paredes del dormitorio. —Cuando no
sonrió, me aparté para poder examinar mejor sus expresiones—. Háblame.
¿Qué te está molestando?
—Nada. —Negó con la cabeza—. No lo sé. Acabo de tener mi período,
así que me siento un poco malhumorada, supongo. Además, estoy cansada.
Probablemente mi hierro esté un poco bajo.
Quise creer que no era nada, así que no presioné. Después de nuestro
vino, Layla se dio una ducha y me dejó eligiendo algo para la cena. Me había
guiado hacia un montón de menús en el cajón de su escritorio y me dijo que
tuviera cuidado porque el cajón algunas veces se tambaleaba.
Tambalearse era una subestimación. Tiré del cajón y todo se desvió del
carril. El fondo de madera se soltó y el contenido se desparramó por todo el
suelo. Al menos diez kilos de basura había sido metida en ese cajón que solo
estaba pensado para sostener algunas carpetas colgantes. Me reí y fui a la
cocina a buscar un destornillador y unas pinzas.
Fue sencillo arreglarlo. Dos de los tornillos que sostenían el fondo se
habían aflojado y el cajón se había vuelto “tambaleante” debido a que una
de las ruedas que se suponía que rodara a lo largo del riel se había caído.
235 Lo armé todo nuevamente y comencé a apilar la basura que tenía otra vez
en el interior. Había algunos papeles, carpetas de manila y un montón de
libretas. La libreta de arriba se había caído del montón y se había dado
vuelta, aterrizando con la hoja de la parte de atrás a la vista. Sin pensar en
ello, fui a tomarla, pero una de las oraciones en la página captó mi atención.
Él miente.
¿Qué demonios era esto ahora?
Debería haber simplemente cerrado la libreta y mantenido mi nariz
fuera de los asuntos de Layla. Pero no pude cerrarla después de ver la
palabra Él. Soy un hombre, uno posesivo y celoso, ni más ni menos. Así que,
como un idiota, seguí leyendo.
No es confiable.
Mi corazón se hundió. Mierda.
Aterricé justo en una de sus listas de pros y contras. Que tenía ser lo
que había en todas las libretas. Esta estaba justo arriba y era la última
maldita página. Tenía que ser reciente.
Razoné conmigo mismo. Probablemente sea sobre otra cosa. Estoy
adelantando conclusiones.
Nunca seré su prioridad.
Mi esperanza disminuía a medida que continuaba.
Terminaré lastimada de nuevo.
Mierda.
Cualquier esperanza de que la lista no fuera sobre mí se fue por la
ventana cuando leí las dos últimas oraciones.
Realmente nunca quise hijos.
Me merezco más.
Mierda. Miré fijamente el papel y volví a leer la última parte.
Me merezco más.
Era cierto. Layla merecía más que un ex convicto con una ex esposa a
quien acababa de aparecerle una hija.
Miré una vez más hacia la lista y me di cuenta de que era la última
página de una libreta y que todo lo que había sido escrito estaba del lado
derecho de la página. Había una línea dibujada en la mitad, pero todo el
lado izquierdo estaba vacío.
No había pros.
Siendo masoquista, di vuelta la página para ver del otro lado y observé
los títulos. Pros en el lado superior izquierdo, contras en el lado superior
236 derecho. Solo que, en este lado de la página, el lado de contras no estaba
medio lleno, estaba lleno hasta el borde. Y el lado de los pros tampoco estaba
vacío. Había una sola entrada en la columna derecha.
Lo amo, incluso cuando no debería querer hacerlo.
—¿Gray? —La voz de Layla llamó desde su dormitorio.
Ni siquiera me había dado cuenta de que el agua se había cerrado.
Cerré torpemente la libreta y la metí de nuevo en el cajón.
Cerré mis ojos.
—¿Sí?
—¿Ya ordenaste?
—No.
—¿Qué te parece sushi? Umi entrega bastante rápido y tienen el mejor
sashimi de atún. No creo que tenga el menú, pero tienen todos los platos
clásicos.
—Claro. Está bien.
Me levanté de dónde había estado sentado para arreglar el cajón y
curiosear en él, queriendo pensar un poco en cómo manejaría lo que había
leído antes de hablar con Layla acerca de eso. La botella de vino que abrí
todavía estaba en el mostrador, pero la pasé de largo y fui hacia las pocas
botellas de licor que sabía que guardaba en su armario. Me serví un trago
doble de Jack de una botella polvorienta, me lo tomé de un trago. Tenía un
sabor de mierda, pero el ardor se sintió bien mientras bajaba.
Me tomé otra y me serví una copa de vino antes de que Layla saliera de
la habitación. Encendió la luz de la cocina.
—¿Estás aquí parado en la oscuridad?
No había notado que el sol se había puesto, llevándose toda la
iluminación que entraba por la ventana. Debía haber estado bastante
oscuro.
—Perdido en mis pensamientos, supongo.
Layla inclinó su cabeza.
—¿Algo sobre lo que quieras hablar?
—No. ¿Qué hay de ti?
Sus ojos se apartaron.
—No. Creo que simplemente ha sido un largo día para ambos.
Asentí.
Jugueteó con su teléfono y luego caminó hasta pararse junto a mí.
237 —Encontré el menú en línea.
Su cabello estaba mojado y su rostro estaba sin maquillaje. Miré hacia
ella mientras se desplazaba por la pantalla y leía el menú. Las pecas que me
encantaban tanto eran más pronunciadas desde este ángulo. Quería
memorizar el patrón por alguna razón.
—Aquí. —Me pasó su teléfono—. Voy a querer el atún ahi5 sellado. Si
quisieras el Amazing roll, también lo compartiría contigo.
Mis ojos apenas podían enfocar el menú en su teléfono. Simplemente
seguían vagando para estudiar sus pecas. Ni siquiera podía precisar qué era
lo que me gustaba de ellas, pero mirándola en este momento, decidí que
podría haber sido que le daban un toque juvenil, que se contraponía con la
mujer fuerte. Layla las ocultaba como si no quisiera que alguien viera nada
más que la fuerza en ella.
Dios, es tan malditamente hermosa. Tan real, tan inteligente, tan...
todo.
—¿Qué opinas? —dijo—. ¿Te gusta lo que lleva el Amazing roll?
No había leído ni una palabra en el menú.

5Atún ahi: es el nombre hawaiano del atún de aleta amarilla.


—Sí. Eso suena bien. Simplemente pediré lo mismo que tú. —Toqué el
número en la pantalla de su teléfono y saqué la billetera de mi bolsillo.
—¿Puedo hacer un pedido para entregar a domicilio?
La mujer me preguntó que quería. Pero ya lo había olvidado.
Cubrí mi teléfono.
—¿Qué era lo que querías?
El rostro de Layla se arrugó.
—Ahi sellado y el Amazing roll. ¿Pensé que querías lo mismo?
—Sí. Es correcto.
El resto de la noche no fue muy distinta a mi intento de pedir comida.
No podía seguir el ritmo de nuestra conversación o incluso mi propio hilo de
pensamiento. La maldita lista de pros y contras seguía regresando para
atormentarme, así como las palabras de Max.
Solo quería tomar a Layla y abrazarla, decirle que su lista estaba mal.
Pero cuanto más pensaba en su lista, más me daba cuenta de que no estaba
demasiado errada.
Él miente.
No había forma de negar que había jodido las cosas con ella al no
238 contarle sobre Max de inmediato. La confianza tomaba un largo tiempo para
construirse y dos segundos para derrumbarse. Pensé que habíamos hecho
algún progreso, pero...
—Ves lo que quieres ver en las mujeres, Gray. —Eso es lo que había
dicho Max.
Nunca seré su prioridad.
Si bien me gustaría pensar que ella y Ella serían mis prioridades
principales, ¿a quién estaba engañando? Muy pronto, sería el papá soltero
de una pequeña y devastada niña. ¿Cuál sería mi prioridad: llevar a Layla a
cenar o quedarme en casa con mi hija?
Realmente nunca quise niños.
Nunca habíamos siquiera discutido una familia. Estúpidamente, había
asumido que querría tener niños. Pero ¿Cuál era la base de esa suposición?
Carecía de respeto por su propia madre y padre y la situación en que la
habían criado.
—Ves lo que quieres ver en las mujeres, Gray.
Cállate, Max.
Me merezco más.
No podía discutir eso. Layla merecía que el mundo estuviera a sus pies.
Extrañamente, lo que más dolía ni siquiera era un contra. Era la única
cosa en la que pudo pensar como un pro.
Lo amo, incluso cuando no debería querer hacerlo.
Para el momento en que Layla y yo estuvimos listos para acostarnos,
había bebido mucho y quería dormir solamente para poder fingir que esta
noche nunca había sucedido. Deslizándome en la cama detrás de ella,
envolví todo mi cuerpo alrededor del suyo. Mis brazos se aferraron
apretadamente a su cintura, mientras mi cuerpo se curvaba para rodear el
suyo. Podía no haber sido demasiado cómodo para ella, pero lo necesitaba.
Realmente lo necesitaba.
Presionando mis labios en su hombro, quise decirle que todo sobre lo
que estaba preocupada iba a estar bien. Pero no podía ser tan egoísta.
En cambio, susurré:
—Quiero que seas feliz por encima de todo.
Se giró en la cama para mirarme. Estaba oscuro, pero podía ver su
rostro.
—Gray... yo...
Un teléfono celular sonando la interrumpió. Me tomó un momento
darme cuenta de que venía desde la mesa de noche de mi lado. Mi primera
239 reacción fue ignorar la llamada, dejar que se fuera al buzón de voz. Pero
entonces recordé que ahora tenía una hija.
Estirándome y agarrando el teléfono, me tense al ver el nombre de Max
en la pantalla. Eran las once de la noche. Me senté mientras deslizaba la
pantalla para contestar.
—¿Qué pasa?
Su voz estaba temblorosa.
—Acabo de llamar a una ambulancia. Estoy teniendo muchos
problemas para respirar.
32
Gray
—Está bien, cariño. Shhh... —Acaricié el cabello de Ella y me balanceé
hacia adelante y hacia atrás con ella hasta que sus gritos comenzaron a
disminuir. La parte delantera de su cabello estaba empapada con las
lágrimas que había derramado. Me mataba verla tan molesta. Y no me
gustaba tenerla en la sala de espera de un hospital infestado de gérmenes
mientras los médicos terminaban con las pruebas de Max. Pero ¿qué otra
opción tenía a la una de la madrugada?
Layla había venido conmigo, aunque le había dicho que no era
necesario. Mirando su rostro, desearía haber insistido un poco más en que
se quedara. Parecía asustada, y no podía culparla. Yo también estaba
240 jodidamente asustado.
Cuando llegamos a la sala de emergencias, la ambulancia ya había
traído a Max, y una mujer de Servicios Sociales estaba sentada con Ella.
Camino al hospital, Max había dejado de respirar dos veces en la
ambulancia, entrando en paro cardiorrespiratorio. Pudieron revivirla, pero
la realidad de la situación me golpeó de lleno. Esto realmente está
sucediendo. Tal vez no hoy, tal vez no mañana. Pero muy pronto. Y no estaba
preparado para ello. Ni tampoco la pobre niña en mis brazos.
—¿Señor Westbrook? —llamó un médico con uniforme azul desde la
puerta de la sala de espera.
—Soy yo. —Me acerqué, y Layla se paró y se unió a mí.
—Soy el Doctor Cohen, uno de los cirujanos oncólogos del equipo. Su
esposa está estable ahora. Hemos insertado un tubo en su garganta para
ayudarla a respirar. Uno de sus tumores está localizado cerca del esófago,
lo que causó que algunas partículas de comida se atascaran. Con el tiempo
se han acumulado y han causado hinchazón, lo que ha comprometido aún
más su paso de aire.
—¿Entonces va a estar bien?
El doctor frunció el ceño.
—Por ahora. Esperamos que ahora que el pasaje ha sido despejado, la
hinchazón baje, y el tubo pueda retirarse en un día o dos. Pero debo hacerle
saber que es solo una bandita, Señor Westbrook. —Sus ojos se dirigieron a
Ella en mis brazos.
Tenía los ojos bien abiertos, pero miraba al espacio sin parpadear. No
estaba seguro si estaba escuchando, mucho menos entendiendo de qué
estábamos hablando, pero obviamente él quería ser franco y sentía que no
podía.
Dirigí la mirada al doctor, luego a Ella, y de vuelta a él, indicándole así
que haríamos todo lo posible por hablar en clave.
—¿Se puede eliminar la obstrucción de forma permanente?
—Tiene una testamento vital6. Los métodos típicos que podríamos
intentar no están disponibles para nosotros.
Traducción: Max había renunciado legalmente a ellos.
—De acuerdo.
—Hemos tenido algún éxito con la terapia fotodinámica PDT. Se inyecta
un medicamento activado por luz, que recoge más células cancerosas que
241 las normales. Luego, se introduce un endoscopio por la garganta y dentro
de los pulmones, y una luz láser mata las células que hemos recolectado.
Unos días después, volvemos a entrar y recogemos esas células muertas. Es
una opción, pero a partir de ahora, no una para la que tengamos
consentimiento. Tal vez pueda hablar con ella una vez que deje de usar el
respirador. Por ahora, tendremos que tomarlo día a día. Como dije, su
esposa está estable, así que debería irse a casa y descansar un poco. Tiene
algunas pertenencias personales que puede llevarse o dejar en la caja fuerte
del hospital antes de irse.
—Max es mi ex esposa. Pero gracias por todo, doctor.
Cuando se fue, Layla miró a Ella en mis brazos.
—Se quedó dormida durante la conversación.
—Oh bien.
Layla seguía mirando a Ella mientras negaba con la cabeza.
—Sabía que sería duro para ella. Pero viéndola hoy... —Se detuvo—. Va
a estar devastada. Te vas a convertir en su mundo, Gray.
El contenido de ese maldito cuaderno volvió a mí.

6 Testamento vital: Documento en el que un individuo explicita las instrucciones

que deberán tenerse en cuenta cuando su estado de salud no le permita expresarlas él


mismo, especialmente en lo relativo a tratamientos médicos y al posterior destino de su
cuerpo y órganos.
Nunca quise tener hijos.
Nunca seré su prioridad.
Miré hacia abajo.
—Lo sé.
Revisé a Max una vez más y recogí los pocos objetos personales que
tenía: las llaves de su casa, una billetera pequeña y un collar que le habían
quitado del cuello. Después de las últimas semanas, no creí que nada
pudiera conmocionarme más. Pero sostener lo que Max llevaba alrededor de
su cuello me dejó sin palabras una vez más. Su anillo de boda. Habíamos
comprado unas alianzas al tipo que nos casó en la República Dominicana.
Después, tomamos un taxi y me las arreglé para subir sin despertar a
Ella. Los tres estábamos callados mientras nos alejábamos de la acera. El
peso de todo era demasiado como para abrirme paso a través de cualquier
tipo de discusión significativa.
—Estoy pensando que debería llevarla a su casa a dormir. Nunca ha
estado en mi casa, y podría ayudar si se despierta en su propia habitación.
Las llaves de la casa de Max estaban en el sobre con sus otras pertenencias.
—Oh. Sí. Es una buena idea.
Lo último que quería hacer era separarme de Layla. Podía sentir la
242 distancia entre nosotros incluso en el asiento trasero del taxi. La separación
física solo empeoraría las cosas, le daría tiempo para pensar en lo jodida
que estaría su vida si se quedara conmigo. Pero pedirle que durmiera en
casa de mi ex mujer era mucho.
Fui con cuidado.
—¿Deberíamos dejarte en casa?
—Sí. Gracias.
El silencio alargó el resto del viaje hasta la casa de Layla. Su mano
estaba en la manija de la puerta incluso antes de que nos detuviéramos
junto a la acera.
—Tengo una reunión mañana en Connecticut. Pero hazme saber cómo
están las cosas.
—Lo haré.
Se inclinó y me besó en la mejilla. No era como si pudiera moverme con
un pequeño humano abrazándome.
—Buenas noches.
Layla estaba a mitad de camino cuando empecé a entrar en pánico.
—Layla, espera...
Volviéndose, me miró. Si hubiera tenido alguna duda de que la amaba
antes, estaba seguro en este momento. Por alguna razón, sentí que no debía
dejarla salir del auto.
Recuérdale que la amas.
Recuérdale que la amas, cobarde.
—Yo... yo... Gracias por lo de hoy. Y esta noche. Aprecio que te hayas
quedado conmigo en el hospital.
Sonrió con tristeza.
—Por supuesto.
—Buenas noches, Pecas. Enciende la luz del dormitorio para que sepa
que estás bien.
Hice que el conductor se quedara hasta que se encendió la luz, y luego
hice algo que nunca soñé que haría.
Llevé a mi hija a casa a dormir, a la casa que mi ex esposa había
comprado con el dinero que me había robado.

***

243 —¿Puedo ayudarla? —Corrí a la puerta principal sin camisa cuando


sonaba el timbre, sin querer que Ella se despertara. En realidad,
aterrorizado de que lo hiciera. Da igual. Semántica.
—Soy Paula.
—¿Puedo ayudarte, Paula?
—Yo cuido de Ella.
Había olvidado por completo que Max dijo que tenía una niñera por las
mañanas cuando trabajaba.
—Encantado de conocerte. Soy Gray.
El rostro de Paula cayó.
—Oh. ¿Todo está bien con Max?
—¿Por qué no entras?
Agarré mi camiseta de la sala de estar y me la puse, luego pasé diez
minutos poniendo a Paula al día sobre la salud actual de Max.
Aparentemente, Max ya había informado a Paula sobre la situación conmigo.
Ella sabía que yo era el padre de Ella y que Max me lo había ocultado. No
estaba seguro de cuánto más le había contado Max de nuestra historia.
—¿Así que cuidas a Ella por las mañanas? ¿Incluso ahora que Max ya
no trabaja?
—La estuve cuidando desde las siete hasta el mediodía, pero Max me
pidió que me quedara hasta las cinco de la semana pasada. Las tardes se
ponen duras para ella ahora.
Asentí.
—¿Puedes mantener ese horario por mí? Creo que a Ella le vendría muy
bien tener la mayor parte de su rutina sin cambios mientras Max está en el
hospital. Por eso me quedé aquí anoche con ella.
—Por supuesto. Max y yo ya hemos hablado de que me quede...
después... —Su rostro cayó, y luego pensó en algo que hizo que las
comisuras de sus labios se levantaran en una sonrisa—. He estado con Ella
y Max desde que Ella nació. Bromea diciendo que me dejará a ti en su
testamento.
Fue un gran alivio saber que tenía ayuda, al menos hasta que resolviera
las cosas. Cuando Ella se despertó y corrió a los brazos de Paula, mi cuello
se desanudó por primera vez en dos días.
Me froté la parte de atrás y las vi interactuar. Ella tardó un par de
minutos en darse cuenta de que había alguien más en la habitación. Me
arrugó la nariz, pero sonrió.
244
—¿Tuviste una fiesta de pijamas?
—Lo hicimos. —Le toqué la nariz con un dedo—. Pero te quedaste
dormida.
Ella se rio.
—¿Mami sigue en el hospital?
—Sí, cariño.
—¿Se está arreglando?
Mis ojos se fijaron en Paula.
—Sí. Se está arreglando.
—¿Vas a quedarte conmigo hasta que mami vuelva a casa?
—Lo estaba planeando. Pensé que tal vez podrías quedarte en mi casa
una noche. —Me incliné hacia adelante y le susurré al oído—. Tengo un
perro.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Podemos irnos ya? ¿Podemos irnos ya? ¿Por favor?
—Necesito hacer algunas cosas. Pero podemos ir más tarde. ¿Cómo
suena eso?
Paula llevó a Ella a la cocina para ayudarla a preparar el desayuno, y
aproveché el tiempo para reorganizar algunas de las reuniones que había
programado para ese día. Cuando fui a ver cómo iban las cosas, Paula me
ofreció café.
Los dos hablamos en voz baja mientras Ella estaba ocupada
removiendo la masa de panqueques.
—Max ha tenido algunas internaciones en el último año. Normalmente
no deja que Ella la visite. Pensó que sería muy difícil verla con todas las
agujas y monitores puestos. Por supuesto, no te estoy diciendo qué hacer.
pero me imaginé que querrías saber lo que Ella espera.
—Guau. De acuerdo. Eso es grandioso. Gracias. Se lo tomó muy mal
en el hospital anoche. Supuse que debía llevarla de visita hoy. Pero me
preocupaba que volviera a ser duro para ella. Max está intubada. —Miré a
Ella y sorbí mi café—. Parece estar mucho mejor esta mañana, pero
probablemente sea mejor que no la lleve.
—Estaré aquí todo el día. Puedes seguir con tu día normal, si quieres.
Si te detienes a ver a Max, por favor dale mis saludos.
El desayuno con Paula y Ella me tranquilizó aún más. Tenían una
rutina que incluía a Ella parada en un taburete y enjuagando los platos. Me
di cuenta de que estaba loca por Paula. Cuando la cita que había llamado
245 antes para cancelar me llamó de vuelta, decidí reprogramarla un poco más
tarde en lugar de cancelarla por completo. Ella tenía su horario, y yo iba a
tener que aprender a equilibrar las cosas en algún momento. Además, el
hospital estaba cerca de la cita, así que pude comprobar las cosas con Max
de antemano.

***

Esa noche, me serví un vaso de whisky y me recosté en el sofá. Ella


finalmente se había quedado dormida, y estaba agotado. Ser padre soltero
no era un trabajo fácil.
Tuve dos reuniones hoy, me detuve en mi oficina para hacer unas
horas de papeleo, visité a Max y hablé con sus doctores, regresé a Brooklyn
para empacar las cosas de Ella y llevarla a mi casa, luego nos preparé algo
de cena y jugué con ella y con Pecas hasta que empezó a bostezar.
En ese momento, mi perro y su fiel zapato me habían abandonado. No
pude conseguir que dejara los pies de la cama en la habitación de huéspedes
donde Ella se estaba quedando. No podía culparlo, supongo. Últimamente
había pasado más tiempo con el chico de abajo que contraté para pasearlo
que conmigo. Además, a las ocho y media de la noche, Ella estaba mucho
más emocionada de rodar por el suelo y dejar que le lamiera el rostro que
yo.
Tomé unos tragos de mi vaso y agarré mi celular. Layla y yo habíamos
intercambiado algunos textos durante el día, pero necesitaba escuchar su
voz.
Respondió al tercer timbre.
—Hola. ¿Puedes darme un segundo? Tengo a alguien en mi oficina.
Miré mi reloj. Las nueve en punto.
—¿Todavía estás en el trabajo?
—Sí. Dame un minuto. Enseguida vuelvo.
Escuché voces a través del receptor apagado, y justo antes de que
volviera a la línea, debió haberlo descubierto, porque oí una voz de mujer
que decía:
—Si cambias de opinión, ya sabes dónde estaremos.
—Gracias, Maryanne.
Volvió a la línea.
—Lo siento. Algunos de los asociados van a salir a tomar algo, y una
amiga estaba tratando de arrastrarme.
246 Me recordó una vez más lo diferente que sería su vida conmigo ahora.
Aunque odiaba la idea de su hermoso trasero sentado en un bar sin mí, no
podía ser un idiota.
—¿Por qué no vas? Lo que sea que no hayas hecho en la oficina hasta
ahora, puede esperar hasta mañana.
Suspiró.
—Supongo. Pero también estoy cansada. En realidad, estaba deseando
ir a casa y tomar un baño. No dormí muy bien cuando llegué a casa anoche,
así que vine a la oficina al amanecer para ponerme al día.
Otra cosa que fue mi culpa. La vida de un padre soltero era
básicamente inexistente. Alguien que salía con esa persona no recibía el vino
y la comida que se merecía. Y eso era en el mejor de los casos.
—Lo siento —dije—. Aparte de eso ¿cómo fue tu día?
—No tan mal. ¿Cómo va todo por allí? ¿A Ella le gustó Pecas?
Cerré los ojos, apoyé la cabeza contra el sofá y puse los pies sobre la
mesa de café.
—El traidor está durmiendo a los pies de su cama ahora mismo.
—Bueno, estoy segura de que es más divertida que tú para él, viejo.
—No seas tan dura con el viejo. Solo soy unos pocos años mayor que
tú.
—¿Tienes los pies en la mesa de café y un trago en la mano a las nueve
de la noche ahora mismo?
Sonreí.
—Listilla.
Hacia el final de nuestra llamada, dije:
—Te extraño. Es una situación jodida en la que estoy ahora mismo.
Siento no poder llevarte a una buena cena después del trabajo. O sentarme
detrás de ti en la bañera después de un largo día. No tienes idea de lo que
daría por eso.
Layla estaba callada.
—Lo sé. Entiendo. Tienes que hacer lo que tengas que hacer, Gray.
Ahora tienes una niña pequeña. Cuando amas a alguien, pones sus
necesidades primero, antes que las tuyas. Así son las cosas. Mirando hacia
atrás, creo que es por eso que nunca perdoné a mi padre cuando crecí. No
puso nuestro bienestar en primer lugar, el bienestar de mi madre. Se puso
a sí mismo primero. Y nunca superé eso. Vas a ser un gran padre. Ya lo sé.
Después de colgar, terminé mi bebida y miré al techo durante mucho
247 tiempo. Layla tenía razón. Cuando amas a alguien, pones sus necesidades
primero. Era un cliché, pero a veces eso significaba dejarlos ir. Creo que por
un tiempo supe lo que tenía que hacer, pero no quería admitirlo.
Admitirlo significaba que tendría que actuar en consecuencia. Y actuar
en consecuencia iba a matarme. Pero ¿qué más necesitaba que me arrojaran
a la cara para decirme que estaría haciendo lo correcto?
La lista que encontré…
Nunca quise tener hijos.
Nunca seré su prioridad.
Los comentarios de Max:
—Aún no está lista para una familia.
—Ves lo que quieres ver en las mujeres, Gray.
Las propias palabras de Layla.
—Cuando amas a alguien, pones sus necesidades primero, antes que
las tuyas.
—Por eso nunca perdoné a mi padre...
33
Gray
Me paré frente al edificio de Layla y miré hacia la ventana de su
habitación. La luz estaba encendida, y había visto su sombra pasar hace un
rato, así que sabía que estaba en casa. Solo que no tenía las bolas para
entrar todavía.
Layla no tenía ni idea de que iba a venir. Había pasado las últimas
cuarenta y ocho horas pensando en lo que le diría. Si le dijera que había
leído su lista y quería poner sus necesidades en primer lugar, solo la haría
sentir mal. La conocía, se sentiría culpable de no estar ahí para apoyarme
cuando la necesitara. Era ese tipo de mujer.
Y no era lo suficientemente fuerte para pelear con ella si decía que
248
quería soportarlo. Porque yo no quería nada más en este mundo que luchar
con uñas y dientes por nosotros.
Así que decidí absolverla de toda culpa y dejarla pensar qué era lo que
yo realmente quería. Rompería mi promesa de no volver a mentirle, pero ya
había perdido suficiente tiempo conmigo, más de un año de viajes de
sábados, no pudiendo seguir adelante durante mucho tiempo después de
haber dejado de visitarla, y luego los últimos meses. No sería justo retenerla
más. Limpio y rápido, así tenía que ser. Probablemente se enoje. Pero es más
fácil seguir adelante cuando estás enojado que cuando te sientes culpable
por querer cosas diferentes a las de alguien que te importa.
Miré por última vez a la ventana, endurecí mi corazón y me dirigí a la
puerta. Toqué el timbre y empecé a sudar, esperando su respuesta.
—¿Hola?
—Hola. Soy yo. Siento no haber llamado antes.
—Hola. Está bien. Sube. —La puerta zumbó y el cerrojo se abrió.
Pensé en cambiar de opinión diez malditas veces en el corto viaje en
ascensor. Y luego dudé antes de bajar.
Layla estaba esperando en la puerta de su apartamento cuando salía.
—Esta es una linda sorpresa —dijo.
Repite eso en diez minutos.
Me resultó difícil hablar y tuve que toser para aclararme la garganta.
—Necesito hablar contigo.
Su rostro se volvió preocupado.
—¿Está todo bien? ¿Max...?
Negué con la cabeza.
—No. Nada de eso.
Dudó antes de abrir la puerta y hacerse a un lado. Normalmente, la
agarraba en cuanto me acercaba, la envolvía en mis brazos y la besaba. Por
mucho que quisiera hacer eso por última vez, solo empeoraría las cosas.
—¿Ella está bien? ¿Dónde está?
—Ella está bien. Durmiendo. Le pedí a Paula que trabajara unas horas
esta noche en vez de durante el día para poder venir.
Layla me rodeó el cuello con sus brazos.
—Entonces, ¿esto es una llamada para sexo?
Mierda. Quería sexo, sin duda. Mi maldito cuerpo reaccionó en cuanto
me tocó. ¿Cómo diablos iba a decir las palabras cuando todo en mí la
deseaba? Miré hacia abajo.
249
No seas marica, Gray.
Hazlo. Termina con esto.
Suelta tu lengua. Ya habrá suficiente tiempo para lamer mierda en casa,
como tus heridas.
Respiré hondo, tragué y la miré a los ojos. Dios, era preciosa. Tan
hermosa y llena de todo lo que era bueno.
Presionó sus pechos contra mí. Podía sentir sus duros pezones a través
de nuestras camisas.
—¿Te comió la lengua el gato?
Incluso me encantaba su sarcasmo.
Puse mis manos en sus brazos y se las quité. La mirada en su rostro
era como si la hubiera abofeteado físicamente. Dio un cauteloso paso atrás
y cruzó los brazos sobre su pecho en una postura de autoprotección.
—¿Qué está pasando, Gray?
—Tengo mucho en mi plato ahora mismo.
—Sé que lo tienes. —Su voz tenía un toque de ira. Siempre estaba dos
pasos por delante de sus clientes y sabía cómo leer una situación mejor que
nadie que hubiera conocido. El resto de la conversación que estábamos a
punto de tener era una formalidad. Sabía lo que venía.
—Entre el nuevo negocio, tratar con Max, conectar con Ella, es
demasiado.
—Bueno, no es como si pudieras hacer algo al respecto. Es lo que te
tocó. Tratarás con ello.
Miré hacia otro lado.
—Sí. Lo haré. Y ese es mi punto. Tengo mucho de lo que ocuparme. Así
que no tendré mucho tiempo libre. Tuve que barajar mi día y arreglar con la
niñera solo para tener tiempo de llegar aquí esta noche.
Sus brazos en el pecho se desplegaron, y sus manos se dirigieron a sus
caderas. Layla estaba enojada.
—Escúpelo, Gray.
—No tengo tiempo para nada más. Necesito terminar las cosas entre
nosotros.
—Mi padre tenía tiempo para una esposa y una hija y un hijo bastardo.
Cuando quieres algo lo suficientemente, te haces tiempo para ello.
Como un cobarde, miré hacia abajo.
—Lo siento.
250
No iba a dejarme ir tan fácilmente.
—Mírame.
Levanté la cabeza, pero dejé los ojos cerrados durante unos segundos
antes de abrirlos.
—¿Ni siquiera quieres intentarlo? Entiendo que no tendremos mucho
tiempo por ahora. Pero las cosas se calmarán con el tiempo.
Su voz quebró, mínimamente, pero lo noté. Sin pensarlo, la busqué
para consolarla. Ella dio un paso atrás.
—Contéstame.
La miré a los ojos y nos rompí el corazón a los dos.
—No. Ni siquiera quiero intentarlo.
Recorrió mi rostro con la mirada como buscando algo. Luego se dirigió
a la puerta y la abrió.
—Vete.
Caminé hacia la puerta y me detuve frente a ella.
—Layla… estoy...
Me interrumpió y señaló hacia el pasillo.
—¡Solo lárgate de aquí!
Los pasos que di para salir de su casa fueron los más difíciles que he
tenido que dar. Me había dado una segunda oportunidad cuando no me la
merecía. No había manera de que consiguiera una tercera. Esto era todo.
Mis piernas se sintieron como plomo al dar los últimos pasos. Me di la
vuelta para verla por última vez, pero no tuve oportunidad. Me cerró la
puerta en la cara.
***

Si alguien podía animarme, era mi antiguo compañero de celda, Rip.


Era lo único que esperaba desde que salí del apartamento de Layla hace
cuatro noches.
Paula tenía a Ella. Max ya no tenía el tubo en la garganta y había
mejorado tanto que los médicos hablaban de darle el alta en pocos días, y
Rip estaba a punto de ser un hombre libre. ¿Qué más podría pedir hoy?
Layla, eso es lo que podría pedir.
Los guardias me saludaron como si fuera un viejo amigo, en lugar de
un antiguo prisionero.
—Mírate, chico lindo. —El oficial Kirkland silbó—. ¿Cuánto cuesta ese
251 traje? Más de lo que gano en un mes, apuesto.
—Cállate, Kirkland. —Sonreí—. Estás celoso porque me soltaron.
¿Cuánto tiempo te queda? ¿Veinte, veinticinco años hasta que puedas
jubilarte?
Negó con la cabeza.
—No me lo recuerdes.
—¿Cómo está Rip? ¿Está emocionado por lo de hoy?
—Debe estarlo. Oí que se mantuvo despierto esperando las noticias de
esta mañana.
Desde detrás de Kirkland, se abrió una puerta y O'Halloran, otro
guardia decente, escoltó a Rip por el largo pasillo.
O'Halloran levantó la barbilla.
—¿Te mantienes alejado de los problemas, Westbrook?
—Aún no he asesinado a mi ex esposa. Si puedo manejar esa mierda,
puedo mantenerme fuera de este lugar.
Sonrió.
—Cuídate. Y tú también Rip.
Rip estrechó la mano de ambos guardias y luego abrió bien los brazos,
con la más impresionante sonrisa en su rostro. El momento fue más emotivo
que cualquier otro que hubiera tenido con mi propio padre. Nos abrazamos
con un montón de palmadas en la espalda.
—¿Cómo te va, viejo? —pregunté—. ¿Me extrañas?
—Claro que sí. El tipo que ocupó tu litera roncaba como una moto y es
un maldito vago.
Mi sonrisa se sintió bien.
—No estoy seguro de que puedas quejarte de los hábitos de dormir de
alguien, Van Winkle7. —Asentí hacia la puerta—. Vámonos de aquí antes de
que decidan quedarse con uno de nosotros.

***

Rip me hizo hacer tres paradas en la primera hora de nuestro viaje de


vuelta a la ciudad. La primera vez, quiso almorzar en McDonald's, la
segunda necesitaba ir al baño y la tercera quería ir a Walmart a recoger un
252 teléfono celular. Lo llevé a una tienda de Verizon en su lugar.
Mientras examinaba los teléfonos, llamé a un vendedor y le dije que me
configurara el último iPhone y lo agregara a mi plan mensual.
—Aquí tienes. Feliz día de la libertad. —Sostuve la bolsa.
Rip bajó la vista hacia lo que le ofrecía.
—¿Qué es esto?
—Es un teléfono celular, uno de verdad. —Hice un gesto hacia los
teléfonos que había estado mirando—. A diferencia de esas cosas.
—No puedo permitirme eso.
—No tienes que hacerlo. Lo pago yo. Lo añadí a mi factura mensual.
Una vez que estés recuperado, puedes devolverlo.
—No puedo aceptarlo. Esas cosas son caras. Debe costar más de cien
dólares.
Me las arreglé para contener mi sonrisa. Intenta con mil dólares.
—Estaba de oferta. Además, te lo debo.
Agarró la bolsa.

7 Van Winkle: La expresión “Rip Van Winkle” en la cultura anglosajona se refiere a

una persona que duerme por un largo período, o a alguien que, por una razón desconocida,
no se entera de lo sucedido.
—¿Por qué me lo debes?
—Tres años de escuchar mi mierda.
—Tu mierda era más interesante que la mía. De hecho, no tengo
ninguna mierda —rio.
—Vamos. Volvamos a la carretera.
No había mucho tráfico, así que nos relajamos mientras viajábamos y
conversábamos. No tardé mucho en ponerme al día con la vida de Rip. Todo
lo que le quedaba era su única hija que vivía en Seattle.
—¿Cómo está tu abogada? —preguntó—. ¿Ya la has atado?
Mi última carta a Rip había sido unos días antes de que todo ocurriera
con Ella y Max. Obviamente, tenía un montón para ponerlo al día. No me
apetecía hablar de ello, pero no había manera de esconderme estando solos
en el auto.
—Es una larga historia —le advertí.
Se recostó en su asiento.
—Tengo unas horas más que matar. Empieza por el principio.
Así que lo hice. El pobre Rip pasó la siguiente hora moviendo la cabeza.
La mayoría de las veces se quedó callado, con algunas respuestas de "tienes
que estar bromeando", hasta que llegué a la parte en la que rompí con Layla.
253
—Nunca te dije por qué mi Laura ya no me habla.
Laura era la hija de Rip. Mis ojos se fijaron en él y volvieron a la
carretera.
—No. Nunca lo mencionaste.
Conocía la historia de por qué lo habían enviado a la cárcel: quiso
ayudar con las cuentas médicas de su nieta, por lo que había usado su
antigua impresora para hacer tarjetas de Seguro Social falsas. Por cien
dólares cada una, había forjado más de mil impostores, mientras enviaba a
su hija el dinero en efectivo de forma anónima. Cuando lo arrestaron, su
hija se dio cuenta y dejó de hablar con él. Él nunca mencionó por qué, y no
presioné.
—La dulce Daniella, que en paz descanse, tenía dieciséis cuando su
corazón empezó a fallar. Dieciocho cuando su condición se volvió demasiado
crítica como para levantarse de la cama. Había tenido una docena de
cirugías desde que nació, y no pudieron arreglarlo. Necesitaba un
trasplante. La mayoría de la gente piensa que hay una gran lista de espera
para los órganos. La hay, pero no la hay. Te registras en tu centro de
trasplantes. Pero puedes registrarte en más de un centro de trasplantes para
tratar de aumentar tus probabilidades de obtener un órgano, lo que se llama
listado múltiple. Pero el seguro médico solo paga por una serie de pruebas,
y luego están los viajes, los hoteles y todo lo que viene con el transporte de
un niño enfermo a un lugar diferente. Necesitas dinero.
—No tenía ni idea.
—Sí. Yo tampoco. Sabía que mi hija no aceptaría el dinero si sabía cómo
lo había conseguido. Así que se lo envié anónimamente. La gente rica hace
eso a veces. Los hospitales los llaman ángeles de la medicina.
—¿Usó el dinero?
Rip miró hacia abajo y negó con la cabeza.
—Daniella había empezado a involucrarse realmente con el grupo de
su iglesia el último año de su vida. Y había hecho muchos amigos en el
hospital de niños, niños que también estaban en las listas de órganos. Ella
no quería que su madre tomara el dinero porque pensaba que el dinero no
debía dar a una persona una ventaja sobre otra. Tenía amigos en la misma
lista que ella que no podían permitirse el lujo de estar en múltiples listas.
Así que mi hija terminó donando el dinero al fondo de niños no asegurados
del hospital.
—Mierda.
—Sí. Laura tuvo que pasar por la pérdida de Daniella sola mientras yo
estaba en prisión por un crimen que no necesitaba cometer. Tarde o
temprano ella volverá a hablarme, espero. Pero está enojada porque no me
254
comuniqué con ella, ni siquiera le pregunté cómo se sentía Daniella acerca
de ser agregada a otras listas. Dice que tomé la decisión por ella, como si
supiera lo que quería. —Se detuvo—. ¿Te suena familiar?
Suspiré.
—Entiendo tu punto de vista. Pero es diferente. Estoy tratando de hacer
lo mejor para Layla.
—Y estaba tratando de hacer lo mejor para Daniella y Laura. Pero no
podemos decidir qué es lo mejor para otros adultos, hijo. Ellos deciden por
sí mismos.
Entendí lo que estaba diciendo. Realmente lo hice. Pero a veces las
personas que amas no hacen lo que es mejor para ellas si eso significa
lastimar a alguien que les importa.
—Déjame preguntarte algo. ¿Lo harías todo de nuevo?
—¿Qué? ¿Meterme en problemas para salvar a mi nieta? Por supuesto.
Pasaría el resto de mi vida en ese agujero de mierda del que me acabas de
recoger si eso significara que podría haber vivido más tiempo. Pero...
hablaría con ella antes de hacerlo esta vez. Tal vez no le cuente mi plan,
pero al menos averiguaría sus deseos. Si lo hubiera hecho, nos habría
ahorrado muchos dolores de cabeza.
Estuvimos callados por un tiempo después de eso. Rip miró por la
ventana, perdido en sus pensamientos y sin duda disfrutando de su nueva
libertad. Hice lo que había estado haciendo durante una toda la semana,
reflexionar sobre mi decisión de terminar las cosas con Layla.
Cuando nos acercamos a la ciudad, Rip dijo:
—No pude conseguir lugar en la Y8 de Queens. Estaban llenos. Tengo
uno en la del Bronx. Puedes dejarme dondequiera que vayas. Tomaré un
tren al Bronx.
Casi había olvidado que no le había contado a Rip los arreglos que
había hecho.
—Te conseguí un lugar.
—Gracias. Pero no puedo quedarme contigo. Necesito valerme por mí
mismo. Tengo suficiente dinero para uno o dos meses.
—No te estaba invitando a quedarte conmigo —bromeé—. Te conseguí
tu propia casa. En Queens. Planta baja de una casa de dos familias, no muy
lejos de donde vivías antes. El primer mes es gratis. Si te gusta el lugar,
podemos ponernos de acuerdo para que trabajes en la casa y ayudes al otro
inquilino aquí y allá a cambio del alquiler.
255 —Eso suena demasiado bueno para ser verdad.
—No has conocido al otro inquilino todavía...

8 Y: Se refiere a la Young Men's Christian Association (YMCA), a los albergues o

residencias a bajo costo que esta asociación ofrece.


34
Layla
—La Ley y El Orden es mucho más interesante —dijo Etta—. Sin
ofender.
Me reí.
—No me ofende. No pasa nada demasiado emocionante en el juzgado
de tránsito.
La cajera llamó al siguiente, y Etta y yo fuimos a la ventanilla a pagar
sus multas. La ayudante del fiscal había acordado retirar los cargos por
conducir sin licencia a cambio de que Etta se declarara culpable de abrir
256 imprudentemente la puerta y llevar la luz trasera rota, ambas infracciones
con fuertes multas, pero no delitos de tránsito.
Etta había puesto tanto empeño en su actuación de anciana
confundida, que la asistente del fiscal se disculpó por tener que castigarla
con algo. El juez, por otro lado, vio a través de la farsa de Etta y le dio un
sermón de veinte minutos. Estaba bastante segura de que el juez Peterson
podría ser uno o dos años mayor que Etta. Pero al menos se encargó de ello.
Al salir de la corte, nos encontramos con Travis Burns, un abogado que
no había visto en unos años. Nos detuvimos a hablar, y le presenté a Etta.
—Te ves genial —dijo.
—Gracias. Y tú también. ¿Qué estás haciendo en el tribunal de tráfico?
—El hijo de un cliente VIP tiene un DWI9. ¿Tú?
Miré a Etta y sonreí.
—Etta también es un VIP.
Después de unos minutos de charla, Travis inclinó la cabeza.
—Salgamos juntos un día de estos. ¿Para ponernos al día con unos
tragos?

9 DWI: cargo por conducir intoxicado.


—Claro. Me gustaría.
Etta no perdió el tiempo comentando cuando nos alejamos.
—Es realmente atractivo.
—Travis es un buen tipo. Buen abogado, también.
—Maldición, Gray es un idiota.
Cuando recogí a Etta esta mañana, me dijo que Gray la había visitado
el otro día y le había hablado de nosotros. Había dicho que no era asunto
suyo, pero pensaba que era una lástima. Creí que tal vez había evitado una
conversación más larga sobre lo que había ocurrido entre Gray y yo. Pero
parecía que ese pensamiento había sido prematuro.
A pesar de que creía que la razón por la que rompió era mentira, traté
de fingir que lo entendía.
—No era un buen momento —le dije a Etta—. Él tiene muchas cosas
que hacer.
—Perdona mi lenguaje, pero esa es una enorme estupidez. El hombre
tiene la cabeza en el culo. La vida le lanzó una bola curva. Lo entiendo. Pero
cuando eso pasa, no detienes tu balanceo. Reafirmas tu agarre y bateas un
cuadrangular.
Bajamos los escalones del juzgado y nos dirigimos al estacionamiento.
257 Normalmente tomaba el tren a la corte en Queens, pero quería recoger a
Etta, así que conduje.
—Tienes que querer estar con alguien lo suficiente para superar
cualquier obstáculo —le dije—. Gray no lo quiere.
Etta dejó de caminar.
—¿Es eso lo que piensas? ¿Que no te amaba lo suficiente?
—Creo que está claro por su elección, Etta.
Ella agitó la cabeza.
—Querida, sabes que conozco a ese chico desde que usaba pañales. Ha
amado a tres mujeres en su vida: a su madre, que en paz descanse, a mí y
a ti. Pasó tres años en la cárcel por una esposa que le importaba pero que
nunca amó y con la que se casó por conveniencia. El hombre se sacrifica
por las personas de su vida como ningún otro que haya visto. Eso es lo que
hizo al romper contigo, cariño. Tiene en la cabeza que retenerte no es justo
para ti, por alguna razón.
Terminamos de caminar hasta el estacionamiento, encontramos mi
auto e iniciamos el regreso a casa de Etta. Lo que dijo seguía dando vueltas
en mi cabeza. Estaba tan sorprendida y enojada por lo que Gray había hecho
que nunca me había detenido a pensar que tal vez lo estaba haciendo para
liberarme. Un acto desinteresado como ese parecía más una cosa de Gray
que una huida porque estaba “demasiado ocupado”.
Conduje todo el camino hasta la casa de Etta perdida en mis
pensamientos. Ella debió darse cuenta de que necesitaba reflexionar sobre
lo que había dicho, porque me dio espacio. Me detuve en la entrada de su
casa justo cuando un hombre salía. Parecía tener más o menos su edad y
usaba un par de pantuflas para sacar una bolsa de basura.
Oh wow. Etta tiene novio.
Sonreí.
—Parece que tienes mejor suerte con los hombres que yo.
Etta frunció el ceño y luego se dio cuenta de lo que yo pensaba.
—Ése es Rip —dijo riendo—. Está alquilando el apartamento de abajo.
—¿Rip? ¿Como el viejo compañero de celda de Gray?
—El único e inigualable.
Rip saludó con la mano y caminó hacia el lado del pasajero de mi auto,
abriendo la puerta a Etta.
Él extendió una mano para ayudarla, y yo salí del auto para
despedirme.
258 —Rip, ella es...—dijo Etta.
Caminó alrededor del auto y me capturó en un abrazo de oso.
—Sé quién eres. Tuve que oír hablar de ti todos los días durante mucho
tiempo.
Sonreí. Gray había compartido la historia de Rip conmigo. Los dos
hombres tenían mucho en común, ambos castigados por cosas que hicieron
otras personas.
—Yo también he oído hablar mucho de ti. Gray había dicho que te
liberarían pronto. No me di cuenta de que ya había sucedido.
—Sí. Chico Bonito me recogió hace unos días. También me ubicó en un
bonito apartamento donde quedarme.
—Oh. Wow. Bueno, bienvenido a casa.
Rip le dijo a Etta que iba a limpiar su jardín y me dio otro abrazo.
—Fue un placer conocerte finalmente, Layla. Supongo que nos veremos
pronto.
Asentí, sin querer explicar que probablemente no lo haríamos. Una vez
que estuvo fuera del alcance del oído, le dije a Etta:
—Supongo que él no lo sabe.
Ella sonrió.
—Oh, él lo sabe. Cenamos con Gray la otra noche.
Agité la cabeza, confundida.
Etta agarró mi mano.
—Déjame contarte una pequeña historia. Creo que ya te he contado
cómo mi marido y yo nos conocimos, nos chocamos en el vestíbulo del Hotel
Plaza, y cómo una vez le di una patada por una mentira en la que lo había
pillado. Bueno, es un hombre, así que por supuesto que no fue la única vez
que la cagó.
»En 1967, Henry fue reclutado para la guerra de Vietnam. Unas
semanas antes de que se marchara, rompió conmigo, me dijo que se había
enamorado de otra mujer y que ya no me amaba. Me rompió el corazón. Me
tomó como un año antes de empezar a seguir adelante. En aquel entonces,
las mujeres eran solteronas si no se habían casado antes de los veinticinco
años, y mi madre había empezado a presionarme para que volviera al mundo
de las citas. Eventualmente, conocí a Fred. —Etta miró hacia abajo y sonrió
como si lo recordara con cariño—. Fred era un hombre maravilloso. Me trató
como a una reina y me hizo sonreír en un momento en que no quería
hacerlo. Lo adoraba. Pero... nunca lo amé tanto como a Henry.
—Pero te casaste con Henry, no con Fred, ¿verdad?
259
Etta asintió.
—Dos años después de que empecé a salir con Fred, me pidió que fuera
a un restaurante elegante a cenar en mi cumpleaños. Tenía el
presentimiento de que me propondría matrimonio. Realmente me
preocupaba por él. Sabía que sería un marido maravilloso. Pero eso no me
pareció bien, porque no amaba a Fred como amaba a Henry.
—¿Fred te pidió que te casaras con él?
—No tuvo la oportunidad de hacerlo. La noche antes de mi cumpleaños,
fui al Hotel Plaza. Es donde vi a Henry la primera vez. Su padre era portero
allí, y yo había ido a almorzar cuando mi abuela estaba en la ciudad.
Siempre pensé que el lugar era mágico. El solo hecho de estar en el vestíbulo
me ponía la piel de gallina, era tan hermoso. Así que me vestí como si fuera
a tener una cita, y me senté en el vestíbulo por unas horas, pensando en lo
que haría si Fred me lo propusiera la noche siguiente. Decidí en ese
vestíbulo que no podía casarme con él, por muy buen partido que fuera. Me
habría conformado con Fred, y ninguno de nosotros se lo merecía. Después
de unas horas, creí que podría irme a casa. Pero ¿sabes lo que pasó?
—¿Qué?
—Salí por la puerta en el mismo momento en que entró cierto hombre
de uniforme.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿Henry entraba cuando tú salías?
—Verdaderamente lo hizo. Le habían dado la baja y ese mismo día
había regresado a casa. Su padre ya no trabajaba en la puerta. Sus rodillas
se habían dañado. Resultó que se había convertido en el operador del
ascensor del hotel. Pasaba las noches sentado en una silla, así que no lo
había visto, pero Henry venía a ver a su padre.
—Vaya. Eso es una locura.
—Lo es, ¿verdad? Ocho millones de personas en la ciudad, y ambos
estábamos en el mismo lugar en ese momento. Henry me preguntó qué
estaba haciendo allí. Y le expliqué que vine a pensar seriamente en un
hombre con el que había estado saliendo por un tiempo. Me saltaré la parte
en la que lo hice arrastrarse y te diré que Henry había roto conmigo porque
iba a la guerra y no quería que desperdiciara años esperándolo cuando no
sabía lo que podía ofrecerme en caso de regresar a casa. Los hombres no
regresaban bien en aquel entonces, o peor aún, no volvían en absoluto.
—Así que te casaste con Henry.
—Con el tiempo. Lo perdoné porque en el fondo era lo mejor para mí, a
pesar de que actuó como un imbécil tomando esa decisión por los dos. La
próxima semana hubieran sido cuarenta y cinco años. No podíamos
260 permitirnos casarnos en el Plaza, por supuesto. Pero íbamos a tomar algo
todos los años en nuestro aniversario.
Sonreí.
—Gracias por compartir eso, Etta. Pero la situación con Gray no es la
misma, aunque sé adónde quieres llegar.
—Realmente espero que funcione para ustedes dos, porque una vez que
han tenido amor verdadero, cualquier otra cosa se siente como un acuerdo,
y nadie debería conformarse con un acuerdo en lo que al amor se refiere. —
Me apretó la mano—. Gracias por lo de hoy, cariño.
—Cuídate, Etta. Tienes mi número si necesitas algo.
35
Gray
Finalmente, todo estaba empezando a suavizarse, pero la calma sólo
me hizo más miserable. Max regresó a casa del hospital, Ella y yo habíamos
desarrollado una rutina y dos de las primeras inversiones de mi compañía
iban muy bien.
Por supuesto que era un paso adelante temporal en aguas suaves,
porque cuando Max se fuese, las olas rocosas volverían. Había tenido una
prueba de ser padre, pero que no implicaba la muerte del único padre que
mi hija había conocido. En algún momento sería el sustituto a tiempo
completo, sin importar lo que pasara.
261 Pero por ahora, la tregua de la navegación me pensar dos veces lo que
había hecho con Layla. O tal vez novecientos noventa y siete veces podría
ser más exacto. Había visto a Ella como una carga para Layla, pero la verdad
es que, cuando conocí a mi hija y aprendí el truco, empecé a preguntarme
si quizás con el tiempo Layla tampoco la vería como una carga.
Era una bendición. Claro, habría muchos momentos difíciles por
delante. Pero ayer habíamos pasado todo el día juntos y de alguna manera
mi pequeño ángel mantuvo a raya la miseria dentro de mí. Hoy estaba solo
y quería matar a alguien. No había considerado que ella podría mejorar mi
vida, mejorar mi vida y la de Layla.
Esta mañana, no estaba de humor para compañía, pero Etta me había
invitado a cenar con ella y Rip tres veces en la última semana. No quería
insultarlos.
Entré con mi llave y me detuve en las escaleras, escuchando a los dos
hablar por casualidad.
—Es muy guapa —dijo Rip—. Probablemente tiene una fila alrededor
del bloque de hombres que quieren sacarla ahora que está de vuelta en el
mercado.
—Inteligente, también. No vi a ninguna otra mujer en el juzgado que
se pareciera a ella. El hombre era muy guapo. Tenía una buena postura. No
hay nada como un hombre que pueda comportarse bien.
Subí las escaleras de dos en dos.
—Tengo una idea bastante buena respecto a de quienes están
hablando, basado en inteligentes, muy guapos y del juzgado, pero me
gustaría saber quién es el imbécil con buena postura.
Etta y Rip se veían como si hubieran sido atrapados en medio de un
robo. Con los ojos muy abiertos, Etta intentó quitar lo que había oído bajo
la mesa.
—Zippy. —Se acercó y besó mi mejilla mientras estaba tenso,
esperando una respuesta—. Estoy tan feliz de que los tres hayamos podido
encontrar tiempo para otra cena.
Le di la mano a Rip, mirándolo a los ojos.
—¿Cuál es la historia aquí, Rip?
Miró a Etta y se encogió de hombros disculpándose antes de volverse
hacia mí.
—Etta fue a la corte con tu chica la semana pasada. Un tipo de traje
intentaba hacer tiempo con ella en el pasillo del juzgado, le pidió que
262 salieran a tomar algo.
Apreté tanto los dientes que de inmediato me dio dolor de cabeza.
—¿Quién?
Etta negó con la cabeza.
—No recuerdo su nombre. Pero era guapo. Sonaban amigables. Era
abogado.
—¿Y ella hizo planes para salir con él?
—Lo evadió en el juzgado.
Los músculos de mis hombros se aflojaron marginalmente. Pero
entonces tuvo lugar una especie de extraña y silenciosa comunicación entre
Etta y Rip.
—¿Qué? —dije.
—Nada. —Etta señaló hacia la cocina—. Creo que huelo a pan
quemado.
Después de que corrió a la cocina, miré a Rip otra vez.
—¿Qué más hay que ustedes dos no me estén diciendo?
Respiró profundamente.
—Ayer, Etta recibió una declaración por correo de la firma de tu chica.
Las tarifas fueron reducidas a cero. Layla se había encargado de sus cosas
pro bono. Etta llamó a la oficina para discutir la verdadera cuenta y cuando
Layla no accedió a darle una, Etta le dijo que al menos quería hacerle una
buena cena para darle las gracias.
—Está bien. ¿Y qué?
Rip frunció el ceño.
—Aparentemente, Layla tenía planes... con el tipo del juzgado. Un
gran gastador. La llevará al Plaza mañana por la noche a cenar.
La miserable sensación que había tenido todo el día de repente brotó
a través de mi cuerpo. Mi cabeza dolió, mi estómago se enredó y sentí como
si un elefante hubiera sentado su trasero sobre mi pecho, lo que dificultaba
mi respiración. Fui a la cocina, tomé el alcohol que Etta tenía en su gabinete
y llené medio vaso. El impulso de aplastarlo en mi mano era abrumador.
Rip se sentó en la sala de estar.
—Lo siento, Gray. No quería darte esa noticia.
Bebí la mitad del líquido de sabor amargo de un trago, esperando algo
que me ayudara a sentirme más tranquilo, algo que me adormeciera.
—Sé que se merece una buena vida. Odio que no pueda ser yo quien
263 se lo dé. La idea de que esté con alguien más me da ganas de golpear la
cabeza de todos los abogados contra la pared.
Rip se rio.
—Bueno, eso no sería necesariamente algo malo. —Negó con la
cabeza—. Malditos abogados. Sin ofender a tu chica.
—¿Cómo seguiste adelante? —La esposa de Rip llevaba cuatro o cinco
años desde que falleció—. ¿Se hace más fácil?
—¿Pasó un solo día sin que escucharas el nombre de mi Eileen cuando
estuvimos encerrados?
Pensé en ello. Estaba bastante seguro de que sabía más de Eileen que
de Rip. Mi cabeza cayó en mis manos.
—Mierda.
Rip se inclinó hacia adelante, tomó el vaso medio vacío de mi mano y
se tomó el resto.
—Háblame de ello.
Fui una compañía miserable durante la cena y después. Tendría que
enviarle a Etta unas flores para compensarlo. Al menos Etta y Rip parecían
llevarse bien. Los dos eran realmente muy entretenidos juntos. Entre mi
humor amargo y los tragos adicionales que tomé, me fui sintiéndome listo
para irme a la cama.
Recosté la cabeza contra el asiento del auto durante todo el viaje de
vuelta a casa y cerré los ojos. No esperaba que Layla permaneciera célibe ni
nada. Pero ¿qué había sido? ¿Dos malditas semanas enteras y ya estaba
siguiendo adelante? ¿Y el Hotel Plaza? El cabrón probablemente también
tenía una habitación para pasar la noche. Conocía ese movimiento. Una
buena cena, un par de tragos, estás preciosa esta noche... y oye, mi
habitación está arriba.
Mierda.
El auto había dejado de moverse, así que abrí los ojos para ver dónde
estábamos. Tuve que parpadear unas cuantas veces para asegurarme de
que no estaba viendo cosas. Estábamos parados en el tráfico justo enfrente
del Hotel Plaza. El mismo maldito lugar donde la mujer que amaba tendría
una cita mañana por la noche.

***

A la mañana siguiente, me desperté con los dientes todavía apretados,


264 un fuerte dolor de cabeza y mis palmas sudando. La sensación de
condenación inminente me recordaba cómo me había sentido el día antes
de que comenzara mi maldita sentencia en prisión. Pero en mi mente, la
idea de que Layla siguiera adelante tenía ramificaciones a largo plazo. Esta
pérdida no terminaría en unos pocos años, porque cuando conoces al amor
de tu vida y lo pierdes, ¿qué te queda? Sólo la vida sin amor. Antes de
conocer a Layla, ni siquiera me había dado cuenta de que faltaba algo. Sin
embargo, ahora sin ella, me sentía totalmente incompleto.
Había experimentado celos antes, pero venían de un lugar muy
diferente: el monstruo de ojos verdes que levantaba su fea cabeza, una
especie de posesividad arcaica sobre una mujer que provenía de una mierda
hormonal alfa masculina que se alimentaba de la inmadurez. Pero lo que
hoy era totalmente diferente. Claro, quería darle una paliza al tipo con el
que Layla tenía planes esta noche. Pero también sentí otras emociones que
eran nuevas para mí: miedo, pena y pérdida. Aunque pareciera una locura,
es probable que no fuera tan diferente a luchar con la muerte de alguien a
quien amabas.
Afortunadamente, hoy tenía una razón para levantarme de la cama.
De lo contrario, podría haberme quedado todo el día sin moverme y
revolcándome en mis idiotas pensamientos, lo cual era demasiado cobarde.
Pero tenía responsabilidades que tenían prioridad sobre mi autocompasión.
Mi hija me esperaba.
Llegué un poco antes a casa de Max y Ella para mi visita. Paula ya
estaba ahí y estaba ayudando a Ella a vestirse porque era viernes.
—¿Cómo te sientes?
De alguna manera, había llegado a un acuerdo con ser cortés con Max.
Aunque nunca entendería la mierda por la que me ha hecho pasar o
probablemente nunca la perdonaría por ello, había visto durante su estancia
en el hospital que no tenía a nadie. Y la humanidad me hacía imposible
torturarla durante el poco tiempo que le quedaba.
—Bien. Débil, pero feliz de estar en casa.
Metí las manos en mis bolsillos y asentí.
—¿Cómo van las cosas entre Ella y tú? —preguntó Max—. No ha
dejado de hablar de ti desde que llegué a casa.
—Es una gran chica. —Me detuve y pensé en no decir lo que tenía en
la punta de la lengua. Pero luego pensé que tal vez le ofrecería paz a Max—
. Hiciste un gran trabajo criándola. Ella es inteligente, feliz, educada y muy
establecida para ser una niña que está pasando por su madre entrando y
saliendo del hospital.
265 Sonrió.
—Gracias. Me arrepiento de muchas cosas en mi vida. Pero lo que más
lamento es que hayas perdido años con ella por mis acciones. Ella te merece.
Y tú te la mereces. El tiempo es un regalo y espero que tengas muchos años
con ella, Gray. Lo digo en serio.
—Gracias.
Max respiró profundamente.
—Creo que deberíamos decírselo.
Mis ojos se abalanzaron para encontrar los suyos.
—No me queda mucho tiempo y podría hacer la transición más fácil
si sabe que todavía tiene un padre, que no está sola en este mundo.
De repente me puse nervioso.
—¿Crees que está preparada para eso?
—Sí.
Asentí.
—Muy bien. Entonces lo haremos cuando estés lista.
La sonrisa de Max era triste.
—El tiempo no es algo que pueda permitirme perder. Ahora, mi
mantra más o menos es: “No dejes para mañana lo que se puede hacer hoy”.
Ella entró corriendo a la habitación y me arrodillé rápidamente para
atraparla. Dios, necesitaba ese abrazo. Chica hermosa. La apreté tan fuerte
como ella me apretó a mí. Sus pequeños brazos no se envolvían
completamente a mi alrededor y me encontré pensando que realmente
esperaba que siguiera haciendo esto cuando lo hicieran.
—¿Hoy podemos ir a ver otra vez a Stuart?
Las cejas de Max se fruncieron, así que le expliqué:
—Central Park. La llevé al lago donde filmaron a Stuart Little. —Miré
a Ella—. Claro. ¿Por qué no paramos a buscar a Pecas? Estoy seguro de que
le gustaría venir al parque.
Ella saltó arriba y abajo.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
Max se inclinó.
—Cariño, antes de que te vayas, hay algo de lo que Gray y yo queremos
hablarte.
Ella miró a su madre e hizo muchas señas que no entendí.
266 Max se rio.
—Sí. Tienes que poner los oídos atentos.
Paula parecía sentir que necesitábamos un tiempo a solas.
—Le dije a tu mamá que volvería esta noche para ayudar con la cena
y el baño —le dijo a Ella—. Te veré más tarde, enana. No puedo esperar a
escucharte hablar del parque. —Besó la cabeza de Ella y se despidió de Max
y de mí.
—¿Por qué no vamos a la sala de estar? —Asintió Max.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. ¿Y si descubrirlo la
decepcionaba? ¿Y si pensara que sabía desde el principio que era mi hija y
decidí no quedarme? ¿Cómo diablos le dices a una niña que un hombre que
acababa de conocer era realmente su padre? Esperaba que Max tuviera un
plan, porque yo no lo tenía.
Max y Ella se sentaron en el sofá juntas. Me senté en la silla en
diagonal frente a ellas. Max me miró, sus ojos buscando aprobación para
empezar. Sólo que en lugar de confirmar que deberíamos empezar, debo
haber ofrecido una mirada de ciervo atrapado por los faros.
»Todo va a estar bien —susurró Max antes de moverse para enfrentar
a nuestra hija.
—Ella, ¿recuerdas cuando te dije que eras inteligente como tu papá?
Señaló a su cabeza.
—Saqué el cerebro de mi papá.
Max sonrió.
—Así es. Bueno, tengo algunas noticias para ti.
Contuve la respiración.
Dijo algo que hizo reír a Max. Realmente necesitaba aprender ese
idioma rápidamente.
—No creo que Gray entendiera eso, Ella. Díselo con tus palabras y tus
manos.
Ella fue despacio, mostrándome cada palabra con sus manos. “Gray”.
Movió sus manos en un movimiento circular. “Inteligente”. Se dio un
golpecito en la frente con un dedo y luego levantó la mano con la palma
hacia mí.
Miré a Max en estado de shock. ¿Está preguntando lo que creo que está
preguntando?
Al ver mi rostro, Max se rio.

267 —Ella, ¿estás diciendo que Gray es listo como tu papá porque quieres
que sea tu papá?
Ella sonrió y puso sus manos sobre su rostro, cubriéndolo como si se
avergonzara. Abrió dos dedos para exponer un ojo y me miró, asintiendo.
Tragué un par de veces para combatir un torrente de lágrimas
inesperadas.
—Ven aquí. —Envolviendo un brazo alrededor de su pequeña cintura,
levanté a Ella del suelo y la subí a mi regazo. Aparté las manos del rostro y
sonreí.
—Me alegra que quieras eso, Ella. Porque soy tu papá. Siento no haber
podido estar aquí cuando eras una bebé, pero te prometo que siempre estaré
aquí de ahora en adelante.
Ella me miró fijamente y luego buscó en su madre algún tipo de
afirmación. Max asintió.
—Puedo llamarte...
Levantó la mano, extendió los cinco dedos y se dio dos golpecitos con
el pulgar en la frente. Me recordó a un pavo. Mi habilidad para el lenguaje
de señas era una mierda, pero me había topado con la palabra papá en mi
primera noche tratando de aprenderlo en línea. Esa se me había quedado
pegada.
—Me sentiría honrado si me llamaras... —Imité la señal y agregué la
palabra con una grieta en la voz—. Papá.
Su sonrisa me emocionó. Pero entonces su dedo índice se acercó a su
labio y parecía estar pensando en algo. Miré a Max, que se encogió de
hombros y esperamos.
—¿Eso significa que voy a vivir contigo y no con mamá?
Negué con la cabeza, pero luego me di cuenta de que algún día sería
el caso, y no quería que mi primer acto como su padre oficial fuera una
mentira. Miré a Max y le di la señal no verbal de: ¿cómo responder a esta
pregunta?
Max tomó la mano de Ella.
—Tienes dos lugares a los que llamar hogar. Uno con mamá y otro con
papá. Y eso es genial porque si uno de nosotros alguna vez necesita... irse...
siempre tendrás un lugar al que llamar hogar.
Se giró hacia mí.
—¿Te vas a ir otra vez?
268 —Nada en el mundo podría hacerme dejarte ahora que voy a ser tu
papá.
Ella sonrió.
—De acuerdo.
—¿Y sabes qué más? —dije.
—¿Qué?
—¿Recuerdas la habitación en la que dormiste en mi casa?
Asintió.
—Esa va a ser tu habitación de ahora en adelante. Así que siempre
tienes un lugar al que llamar hogar cuando estamos juntos. Y te diré algo,
puedes elegir tu propio color de pintura y podemos comprar algunas
decoraciones para que se sienta como tu habitación.
Los ojos de Ella se abrieron de par en par.
—¿Puedo pintarlo de mi color favorito?
—Podemos pintarlo del color que quieras.
Sonrió.
—Mi color favorito es el arco iris, igual que el de Layla.
36
Gray
Después de eso, el día siguió como cualquier otro día con Ella. Nos
detuvimos y recogimos a Pecas, que llevó con él su zapato viejo todo el
camino al Central Park y luego los tres pasamos la tarde mirando maquetas
de barcos. Mientras Ella buscaba a Stuart Little, yo me obsesioné con la cita
de Layla esta noche y recordé que la última vez que estuvimos juntos fue
una tarde muy agradable.
Ella y yo incluso compramos helado al mismo tipo y nos sentamos en
el mismo banco donde los tres habíamos comido la última vez. Debe haber
hecho que Ella pensara también en Layla.
269 Ella lamió el cono mientras el helado de chocolate goteaba por los
dedos por el otro lado.
—¿Puede Layla venir al parque con nosotros la próxima vez?
No creí que debiera explicar que habíamos roto. Hoy ya había
sobrecarga de información.
—No lo sé, cariño.
Ella lamió un poco más.
—¿Mamá y tú están casados?
Tosí mientras tragaba mi helado.
—No, mamá y yo ya no estamos casados.
—Entonces, ¿eso significa que puedes casarte con Layla?
Eso quisiera.
—Eso significa que podría volver a casarme. Técnicamente. tu madre
también podría hacerlo.
—¿Qué significa tecn-icamente?
—Significa que podría pasar, pero no necesariamente va a pasar.
Ella volteó su mano, examinó sus dedos cubiertos de helado derretido
y mojó su punta para lamerlos.
—Como encontrar a Stuart Little ahí fuera.
Me reí.
—Supongo que sí, claro.
—¿Por qué se casa la gente?
Buena pregunta. Llevo años intentando averiguar por qué me casé con
tu madre.
—Se casan porque se aman.
—¿Amas a Layla?
Mierda.
Bueno, esa fue al menos una pregunta a la que pude responder de
todo corazón.
—Sí, cariño, amo a Layla.
Estuvo callada durante mucho tiempo después de eso. Miré un
montón de veces mientras lamía el cono en silencio, sabiendo que las ruedas
de su cabecita giraban rápidamente.
270 —¿Cómo se siente el amor?
Jesús, ella hacia preguntas difíciles.
—Se siente como si hicieras cualquier cosa en el mundo para que esa
persona fuera feliz. Te pone feliz y cálido por dentro.
Ella se río.
—Mi helado me está haciendo sentir fría por dentro. Pero me encanta
el helado.
Terminó su cono y compré una botella de agua para mojar las
servilletas y así poder limpiarle las manos, a pesar de que Pecas parecía más
que dispuesto a ocuparse de ello por nosotros. Pensé que nuestro pequeño
corazón a corazón abierto había terminado.
—¿Te hago sentir feliz y caliente por dentro? —preguntó.
Mi corazón se hinchó.
—Lo haces. Y haría cualquier cosa en el mundo para hacerte feliz.
Me regaló su sonrisa dentuda.
—Eso significa que me amas.
Froté la nariz contra la suya.
—Desde luego que sí. Te amo demasiado, cariño.
Su cara se puso muy seria.
—¿Te quedarás aquí?
—Me voy a quedar para siempre, Ella.

***

No dejaba de pensar en mi conversación con Ella, incluso horas


después de haberla dejado. Quise decir cada palabra que le dije. La amaba
y haría cualquier cosa en este mundo para hacerla feliz. Hace un mes, si
alguien me hubiera preguntado si quería tener hijos probablemente habría
dicho que no. Mis experiencias de vida me habían amargado la vida familiar.
Pensé que conocía el camino que quería seguir. Sin embargo, hoy no sólo
acepté que este era mi destino, sino que quería a Ella en mi vida. A veces
las cosas más inesperadas redirigen nuestro curso y nos damos cuenta de
que no teníamos ni idea de a dónde íbamos antes.
Lo que me hizo pensar… si hace no mucho tiempo no había querido
una familia y ahora no podía imaginar mi vida sin Ella, ¿no podría Layla
sentir lo mismo? El amor lo cambia todo.
271
Si Ella no me quisiera como su padre, ¿no lucharía por su amor? ¿No
era eso lo que esencialmente le había dicho hoy?
¿Cómo se siente el amor?
Se siente como si hicieras cualquier cosa en el mundo para que esa
persona sea feliz.
¿Cómo podía decidir qué podría hacer feliz a Layla si hace un mes ni
siquiera sabía qué me hacía feliz a mí?
Mierda.
La había cagado. A lo grande. Otra vez.
Puede que Layla no quisiera estar conmigo, pero Rip, Etta, todo el
mundo tenía razón, esa no era mi decisión. Era de ella.
Tomé mi celular y miré la hora. Siete y cuarto. Desplazándome con
manos temblorosas, me levanté y tomé mi billetera y mis llaves. Encontré el
número que necesitaba y presioné llamar.
—Etta, ¿a qué hora es la cita de Layla?
37
Gray
Tráfico. Salté del taxi a dos cuadras del Plaza y le tiré uno de cincuenta
al conductor. Era más rápido caminar. Qué es lo que empecé a hacer, hasta
que mi caminar se convirtió en un trote, y el trote se convirtió rápidamente
en una maldita carrera.
El portero no sabía si levantar la mano para detenerme o abrir la
puerta.
—¿Dónde está el restaurante? —pregunté.
—¿Cuál, señor?

272 Mierda.
—Todos ellos.
Empecé por abajo. Palm Court estaba lleno de gente, pero ninguno de
ellos era Layla. Luego fui a The Champagne Bar, aunque también estaba
vacío. Esperé el ascensor al Rose Club, pero me desesperé y fui en busca de
escaleras. Subiéndolas de dos en dos pasé junto al maître mientras él
intentaba ayudarme.
No había rastro de ella en el bar.
Me dirigí a un tramo interior de escaleras, lo que me llevó a una
configuración de sala de estar de gran tamaño. Escaneando la habitación
grande, estaba a punto de pasar a mi siguiente parada cuando vi la parte
superior de la cabeza de una mujer sobre una silla alta y roja en un rincón
privado de la habitación. Estaba sentada sola.
Mi corazón se descontroló. Tenía que ser ella. Al acercarme, me di
cuenta de que no tenía ni idea de lo que iba a decir. Sondeando los muebles,
vi un par de piernas. Piernas preciosas, sexys, espectaculares. Las
reconocería en cualquier parte.
Me detuve detrás de su silla y respiré profundamente antes de dar el
paso.
Layla tenía la cabeza agachada y estaba enviando mensajes de texto
en su teléfono mientras me acercaba. Le tomó unos segundos darse cuenta
de que alguien estaba parado frente a ella. Cuando levantó la mirada,
parpadeó un par de veces.
—¿Gray? ¿Qué estás haciendo aquí?
—Necesito hablar contigo.
La sorpresa en su rostro se transformó en ira.
—¿Aquí? ¿Ahora? No parecías muy preocupado cuando quería hablar
contigo. —Se puso de pie y cruzó los brazos sobre su pecho—. Haz una cita
el lunes con mi secretaria para lo que necesites.
—No.
Sus cejas se levantaron.
—¿No?
—Esto no puede esperar.
Negó con la cabeza y se acercó. El fuego en sus ojos debería haberme
hecho retroceder, pero en vez de eso me excitó. Me recordó la primera vez
que nos vimos. Su boca me había atraído a ella incluso antes de que me
diera cuenta de lo perfectos que eran sus labios. Esa había sido nuestra
273 regla: absoluta honestidad sin adornos.
Sus manos volaron a sus caderas.
—Tienes pelotas, ¿lo sabías? Me dejas, me descartas como si nunca
hubiera existido y luego apareces aquí mientras espero para cenar y
¿esperas que deje todo y hable contigo?
—No hables. Sólo escucha.
El fuego en sus ojos se encendió. Abrió la boca para decir algo, luego
la cerró y levantó el brazo para mirar su reloj.
—Tienes un minuto.
No podía resistir la tentación de seguir tocándola. Alargando la mano,
acuné su rostro en mis manos. No les dio una bofetada, lo que me pareció
una buena señal.
—Lo jodí. Lo sé. Terminé las cosas porque pensé que era lo mejor para
ti. Hoy me di cuenta de que ni siquiera sabía qué era lo mejor para mí, así
que, ¿cómo demonios podría haber sabido qué era lo mejor para ti?
Su rostro se suavizó.
—Sé que no quieres tener hijos. Hace un mes podría haber dicho lo
mismo. Ambos venimos de familias jodidas. Pero a veces lo inesperado llega
y nos hace darnos cuenta de que nunca supimos lo que queríamos.
—Ni siquiera me preguntaste si quería tener hijos.
Había olvidado que no sabía que había leído su lista. Miré mis pies.
—Cuando estaba buscando menús para llevar, estabas en la ducha.
Vi lo que escribiste.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Qué escribí? ¿De qué estás hablando?
Tenía la maldita cosa memorizada después de tantas veces de volver
a ponerla en mi mente.
—Nunca seré su prioridad... Me lastimará de nuevo... Nunca quise
tener hijos... Merezco más.
La miré y asentí.
»Sé que mereces más. Te mereces exactamente lo que quieres. Pero tal
vez haya una posibilidad de que lo que quieres pueda cambiar.
Los ojos de Layla parecieron desenfocarse por un minuto, como si
estuviera buscando algo. Entonces se formó una mirada de reconocimiento.
274
—¿Leíste uno de mis cuadernos?
—No fue intencional. Pero sí, lo hice.
—¿Y por eso rompiste conmigo? ¿Por la lista?
Negué con la cabeza.
—Debería haber hablado contigo de ello.
—Sí. Debiste hacerlo. ¿Sabes por qué?
Asentí.
—Porque no tenía derecho a tomar una decisión por ti.
—Eso es cierto. Pero también me habría dado la oportunidad de
decirte que lo que leías no era sobre ti.
—¿Qué?
—Así es. Me gustaría tener hijos algún día. Si me hubieras preguntado,
te lo habría dicho. Lo que leíste fue una lista que hice hace quince años,
sobre si debía perdonar a mi padre.
La miré con incredulidad.
Marcó la lista con una cruz en los dedos.
—Nunca seré su prioridad. Saldré lastimada de nuevo. Nunca quiso
tener hijos. Me merezco más. Creo que eso fue escrito cuando no se presentó
a la ceremonia de graduación de mi escuela secundaria después de haber
prometido que estaría allí. Si mal no recuerdo, también había algo de que
no era de fiar. Porque no lo era. Nunca.
Me pasé una mano por el cabello.
—Jesucristo. ¿Hablas en serio?
—Basado sólo en eso, te alejaste de mí. ¿Sin luchar?
—Max dijo que cuando hablaste con ella...
Layla levantó una mano.
—Ni siquiera termines esa frase.
Mierda.
Levantó la muñeca y miró su reloj.
—Cinco segundos. ¿Algo más?
Mierda.
Era ahora o nunca. Extrañé todo sobre esta mujer. Desde la forma en
que olía, pasando por la actitud que me daba, hasta la sensación cálida que
275 tenía en el pecho al estar cerca de ella de nuevo. Mis ojos se posaron sobre
su nariz y me di cuenta de que no se había cubierto las pecas. Me dio el
valor que necesitaba para poner mi corazón en juego.
—Te amo. Nunca he estado más seguro de nada en mi vida. Te amo,
Layla. Estamos destinados a estar juntos. Ambos lo supimos desde el primer
día. Amarte es como respirar; no puedo parar.
Sus fruncidos labios se inclinaron hacia arriba, pero luego volvieron
a caer.
—Me lastimaste, Gray. Dos veces. No puedo pasar por eso otra vez.
—Lo sé. Y si me dejas tener otra oportunidad, te prometo que te
compensaré. No volveré a dudar de las cosas entre nosotros. No puedo. No
puedo. Porque quiero envejecer contigo, pecas. Ambos crecimos mirando las
relaciones de nuestros padres y no queriendo repetir lo que vimos. Ella
crecerá queriendo lo que ve que tenemos. Podemos romper el ciclo y hacerlo
bien.
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—Tengo miedo, Gray.
—¿Me amas?
Asintió.
—No podía seguir adelante después de que nos separamos la primera
vez porque no sabía cómo dejarlo ir. Todavía no lo hago.
—Entonces no lo hagas, cariño. Sólo aguanta un poco. Y haré lo
mismo. —Mi pulgar atrapó una lagrima que caía.
—Extraño a Ella —dijo.
Era mi turno de ahogarme. Lo único que me hizo más feliz que
escuchar que me amaba, era escuchar que también amaba a mi hija.
—Quiere pintar su habitación de mi casa de arco iris.
Layla sonrió.
—Podemos hacer eso. Cuando era niña, siempre quise paredes
blancas con un gran arco iris pintado.
Ella dijo nosotros. Rocé mis labios contra los suyos. Cuando no me
detuvo, seguí adelante. Lamí sus labios, instándola a que la abriera y gimió
en mi boca. El beso fue más apasionado que cualquier cosa que hayamos
compartido. Tanta emoción acumulada entre nosotros que era imposible no
sentir la quemadura. La envolví en mis brazos, sosteniéndola contra mí. El
olor de su perfume y el sabor de su dulce beso me habían hecho perder
noción hasta de dónde estaba. Cuando la levanté en el aire, queriendo
envolverme con sus piernas y ponerla contra la pared más cercana, Layla
276 recobró el sentido común.
—Gray…
—¿Mmmm? —Jalé su cabello y mi boca empezó a explorar su cuello.
—Estamos en un lugar público.
Mordisqueé su oreja.
—Baño. ¿Dónde está el baño más cercano?
Se rio. El sonido era mejor que cualquier melodía para mis oídos.
—No creo que debamos ir al baño. Pero... estamos en un hotel.
—Demonios, sí. —A regañadientes, la dejé ir, pero sólo para salir
corriendo del bar y dirigirme a la recepción. Prácticamente tuvo que correr
con los tacones para seguirme el ritmo. Esas cosas definitivamente se
quedarían puestas.
Gracias a Dios, el hotel tenía una habitación.
Una vez que estuvimos en el ascensor, finalmente pude presionarla
contra la pared. Agarré su trasero y guie sus piernas por mi cintura, a
ninguno de los dos nos importó que llevara un vestido. Luego chupé su
clavícula y le dije todas las cosas que no podía esperar para hacerle.
—No puedo esperar a estar dentro de ti. Me importa un carajo que sea
primitivo y chovinista. Quiero marcar cada parte de tu cuerpo como mía.
Voy a dejar marcas de mordeduras en tus muslos antes de chuparte el coño
y que te vengas en mi boca. Voy a venirme en tu dulce coño y luego en tu
boca. Cuando termine, te doblaré sobre la cama y te follaré con mis dedos
hasta que también ruegues por mi polla.
—Dios, Gray.
Las puertas del ascensor se abrieron y una pareja que parecía
asustada nos obligó a separarnos. Por suerte, era nuestro piso.
Nuestra única pausa fue para entrar en la habitación del hotel como
adolescentes cachondos. Y eso fue sólo porque no podía decidir dónde quería
follarla la primera vez, contra la puerta, en el costoso escritorio de la esquina
de la habitación, o en la lujosa cama king. Pero el brazo del sofá tenía la
altura perfecta para doblarla... A la cama. La cama tiene que ser lo primero.
De alguna manera me las arreglé para quitarnos la ropa mientras
manteníamos nuestras lenguas enredadas. Me eché para atrás para mirarla
cuando estaba desnuda. Su cabello negro se extendía sobre la ropa de cama
blanca y su cuerpo naturalmente bronceado tenía un brillo de sudor que
quería lamer de pies a cabeza. Pero su belleza me mantuvo ahí parado,
mirándola.
277 —Tú eres... —Me quedé sin palabras—. Quiero decir hermosa, pero
no parece suficiente. Eres... el amor de mi vida.
Levantó la mano, extendiéndola hacia mí. Besé la parte superior y la
palma de su mano antes de enredar nuestros dedos y trepar por encima de
ella. Tirando de nuestras manos unidas sobre su cabeza, alineé mi polla con
su entrada resbaladiza. Frotando hacia arriba y hacia abajo, la sensación
de su calor húmedo fue casi suficiente para hacerme correr.
Tomé su boca en un beso mientras empujaba hacia adentro. Mis
brazos temblaban mientras me estabilizaba.
—Te amo, Layla.
—Yo también te amo, Gray. —Sonrió y envolvió sus piernas alrededor
de mis caderas.
Quería quedarme aquí, decirle más sobre lo que sentía por ella, pero
el impulso de moverme era demasiado grande. Me deslicé hacia adentro y
hacia afuera, chupando cada parte de su cuerpo; sus tetas, su garganta y
sus deliciosos labios. Pero cuando nuestros ojos se bloquearon, empezamos
a hacer el amor. Amor real, verdadero, crudo y dolorosamente bello. Como
nada que yo haya experimentado.
Quería seguir avanzando despacio, conservar este momento en el
tiempo y no abandonarlo nunca, pero cuando tu mujer pronuncia las
palabras “Vente dentro de mí. Por favor, vente dentro de mí” cualquier
oportunidad de ser lento y constante se fue por la ventana.
Mi ritmo se aceleró y cuando apretó sus piernas alrededor de mi
cintura, me hundí profundamente, rozando contra el lugar que tanto
amaba. Sus ojos se giraron hacia atrás en su cabeza y gimió.
—Eso es todo. Vente para mí, nena. Voy a llenar tu coño... Voy a
venirme tan duro...
Su cuerpo se apretó y empezó a tener espasmos a mi alrededor. Dijo
mi nombre en una mezcla de gemidos y gritos mientras juntos montamos
su ola. Cuando empezó a bajar, me apresuré y la follé aún más fuerte.
Nuestros cuerpos golpeándose entre sí era el sonido más erótico que jamás
había oído. Me enterré tan profundo y estaba tan abierta para mí, que mis
bolas empezaron a golpear entre sus nalgas. Incapaz de contenerme más,
me vine entrando largo y profundo dentro de ella.
Nos tomó mucho tiempo recuperar el aliento. La llevé conmigo, me
acosté de espaldas con ella sobre mí. Su cabeza descansaba sobre mi
corazón.
—Tu corazón late tan rápido.
278
—Eso es lo que me haces.
Sentí su sonrisa contra mi pecho mientras acariciaba su cabello
húmedo.
Unos minutos más tarde, giró la cabeza y apoyó la barbilla en su mano
para mirarme.
—Mierda. Necesito hacer una llamada.
Mi cuerpo se tensó. La única persona a la que podría tener que llamar
en este momento sería a su cita. Mis brazos se envolvieron a su alrededor y
afirmé mi agarre. Lógico o no, estaba celoso del hombre al que había dejado
plantado esta noche por el mero hecho de que casi había salido con él.
—¿Podríamos al menos esperar a que mi polla se desinfle antes de que
te levantes para llamar a otro hombre?
Sus cejas se fruncieron.
—¿Otro hombre? ¿De qué estás hablando?
—¿No ibas a llamar a tu cita y disculparte por haberlo dejado
plantado?
Levantó la cabeza.
—Espera. ¿Cómo sabías que estaba aquí esta noche?
—Etta me lo dijo.
Layla empezó a reírse.
—¿Qué es tan gracioso?
—Etta. Nos engañó a ambos. Se supone que tengo que encontrarme
con ella para cenar aquí esta noche. Me dijo una historia sobre cómo se
encontró con su esposo aquí y dijo que regresaban todos los años en su
aniversario; cómo cuando era niña siempre pensó que el lugar era mágico y
luego cuando se encontró con el hombre con el que se casó aquí, eso lo
confirmó.
—Recuerdo vagamente que hace años. Ambos se disfrazaban y venían
aquí todos los años.
—Así que no fue que de repente te diste cuenta de que me amabas y
no podías vivir sin mí, fueron más bien los celos los que te sacaron de tu
trasero para tratar de ganarme de nuevo.
—¿Importa lo que haya costado?
—Normalmente eres una persona celosa, ¿no?
—Sólo soy celoso cuando la gente toca lo que es mío, cariño.
279 —Pero no era tuya cuando pensaste que había hecho planes para una
cita con un hombre esta noche.
Me agaché y saqué a Layla de mi pecho, de manera que estuviésemos
frente a frente.
—Has sido mía desde el día que nos conocimos. Puede que no siempre
hayamos estado juntos, pero eso no te hizo menos mía.
Epílogo
Layla
Dos años después

Volví a casa para encontrar algo poco común: una casa tranquila.
Cuando salí esta mañana para desayunar con mi padre y mi media
hermana, la casa ya era un caos. Gray y Ella estaban en el patio a las ocho
de la mañana, trabajando en el jardín del infierno. Pecas había rodado en la
pila de estiércol que habían planeado esparcir hoy en un lado del patio y
luego se empapó gracias al aspersor en el otro.
Nada como tomar un café con el olor a mierda de vaca y perro mojado
antes de ir a compartir una comida con dos personas que todavía me ponían
280
nerviosa.
Hace unos meses, salí con Ella y me encontré otra vez con mi media
hermana, Kristen. Se auto invitó a almorzar con nosotras y cuando
terminamos, me di cuenta de que la había pasado muy bien. Había abierto
una puerta que creía que estaba permanentemente cerrada y desde
entonces nos hemos estado tomando las cosas con calma.
Dejé caer mi bolso en la mesa de café de la sala de estar y salí al patio
trasero. Tampoco había nadie allí, pero no pude evitar reírme de la locura
que vi.
La casa que habíamos comprado en Brooklyn hace seis meses estaba
a unas cuadras de donde Ella había vivido con su madre. Me había
enamorado del vecindario durante el año y medio que habíamos visitado con
frecuencia al recoger a Ella. Max había sorprendido a todos, incluyendo a
los médicos y vivió dieciocho meses más en lugar de los tres a seis que le
habían dicho que era probable. Algunas partes de ese largo viaje estaban
pavimentadas con duras y frecuentes hospitalizaciones y dolores de cabeza
para Ella a medida que se hacía mayor y empezaba a darse cuenta de lo que
estaba pasando.
Ella había experimentado tantos cambios, que parecía una cosa
menos con la que tendría que lidiar si nos quedábamos en el vecindario con
el que ya estaba familiarizada.
Así que, compramos una hermosa y vieja casa de piedra rojiza con un
pequeño patio en una calle llena de árboles y decidimos llamarla nuestra
casa en Brooklyn. Ella se había cerrado por un tiempo después de la muerte
de su madre y Gray estaba desesperado por conectarse con ella. Ambos lo
estábamos. Les sugerí que tal vez los dos deberían idear un proyecto en el
que trabajar, lo que les daría una razón para pasar tiempo juntos. Gray
había sacado los planos del jardín de su madre, el que nunca habían tenido
la oportunidad de plantar juntos y había volado a California para plantar
alrededor de su parcela funeraria.
Miré alrededor de nuestro patio. En una esquina estaba el jardín de
su madre, completo con todos los árboles, flores y plantas que había
diseñado hace veinticinco años. Ese proyecto había hecho que Ella saliera y
Gray quería seguir adelante. Así que los dos habían decidido diseñar su
propio jardín, como lo había hecho con su madre cuando era pequeño.
Habían pasado diseñándolo la mayoría de las noches durante más de
un mes. Los fines de semana, habíamos caminado por los viveros y los
espectáculos de jardinería, lo que con frecuencia nos llevó a rediseñar los
planes. Ahora estaban en la fase tres de la plantación. Ni siquiera quería
281 saber el valor de todo lo que se ha plantado en este loco jardín. Estaba
bastante segura de que teníamos al menos un auto aquí atrás. Pero lo que
le había dado a Gray y Ella, no podías ponerle precio. Su curación y sus
lazos afectivos valían cualquier cantidad de dinero.
Eché otro vistazo a la jungla y volví a entrar. ¿Dónde estaban todos?
Me di cuenta de que ni siquiera Pecas estaba por aquí. Su confiable zapato
estaba sobre su cama de perro, no el original por supuesto. El mocasín
desgastado de su antiguo dueño, que había llevado consigo durante casi dos
años, estaba ahora enterrado en nuestro patio. Alrededor de una semana
después de que Ella se había mudado, Gray y yo lo atrapamos poniendo su
mocasín para que descansara cerca del gran árbol en el medio del patio. Esa
noche, había robado una de las zapatillas con luces de Ella y eso fue todo.
Su viejo zapato había sido finalmente reemplazado. Estos días rara vez
viajaba sin el zapato de Ella.
Subí a cambiarme y me detuve en la puerta de Ella para apagar la luz.
Las paredes blancas con un enorme arco iris nunca dejaban de hacerme
sonreír. Hace unos meses le leí Stuart Little en la cama por lo menos por
centésima vez, y me preguntó si su mamá podía ver el arco iris desde arriba.
Le dije que creía que podía. Dios sólo pone arco iris en el cielo después de
una tormenta, y siempre pensé que era para recordarnos que las cosas
volverán a brillar.
Apagué la luz de la habitación de Ella y me dirigí a nuestra habitación.
El segundo piso de la casa podía calentarse durante el día, especialmente
en nuestra habitación, ya que mi novio loco había aislado doblemente las
cuatro paredes con aislamiento acústico cuando volvimos a hacer el piso de
arriba. El hecho de que ahora fuéramos padres de tiempo completo no
significaba que Gray se lo tomara con calma en el dormitorio por la noche.
Entré en nuestro armario y cambié la ropa por una camiseta sin
mangas y pantalones cortos. Al salir, noté algo en el medio de la cama.
Un cuaderno rojo en espiral. En la portada, con la letra masculina y
tajante de Gray, había escrito Cuaderno de pros y contras de Gray. Me reí y
me senté para ver qué estaba tramando.
Al igual que mis libros, la página estaba dividida en pros y contras
con una línea de pluma en el medio. Su lista no tenía un encabezado en la
parte superior, así que traté de desentrañar el misterio.
La lista de pros era enorme, y la primera entrada me dejó
boquiabierta.
Polla grande.
No pude descifrar de qué se trataban las siguientes.
Mando a distancia.
282 Café programado.
Tomates cherry frescos.
Rip y Etta. ¿En serio?
¿Qué demonios estaba tramando este loco? Seguí leyendo la lista.
Lengua mágica.
El amor de mi vida.
Arco iris.
La lista seguía y seguía y ocupaba casi todo el anverso y el reverso de
una página. La última entrada hizo suspirar a mi corazón.
Porque tiene la otra mitad de mi corazón, y juntas nuestras almas laten
como una sola.
Había estado tan absorta en entender la lista que no había oído a
nadie entrar. La voz grave de Gray me hizo saltar de la cama, y el cuaderno
se fue volando por los aires.
—¿Fisgoneando?
—Dios, Gray. —Sostuve mi mano sobre mi corazón, que se sentía
como si se saliera de mi pecho—. Me has dado un susto de muerte.
Se quedó en la puerta, llenándola con su imponente figura. Sus brazos
se extendieron sobre su cabeza agarrándose a la parte superior. Todo lo que
necesitaba era una mirada a la sexy media sonrisa en su rostro y supe que
estaba tramando algo malo. El latido entre mis piernas esperaba que lo que
fuera, sucediera en esta habitación.
Sus ojos apuntaron al cuaderno que estaba en el suelo.
—¿Lo resolviste?
—Sí, creo que sí. El título de la lista es Gray está loco.
Su labio tembló y entró en la habitación. Tomó el cuaderno y me lo
dio.
—¿Por qué no lo hacemos juntos?
Me di cuenta de que Ella no había entrado en la habitación.
—¿Dónde está Ella?
—Con los abuelos por esta noche.
Traducción: con Etta y Rip.
Ella había empezado a llamarlos abuelos hace un año. La habían
llevado a pasar la noche varias veces por nosotros, una vez cuando tuvimos
que salir de la ciudad para una reunión de negocios juntos, y otra vez la
283 noche en que Gray me pidió que me mudara con él.
—¿Me dijiste que se la llevaban y me olvidé?
Negó con la cabeza.
—No. Pensé que podríamos hablar sin interrupciones. También tienen
a Pecas.
A mi cuerpo le encantaba pensar en una noche entera a solas con
Gray.
—¿De qué quieres hablar?
Sus ojos volvieron a apuntar a la lista.
—Empieza a leer.
Estaba intrigada, por no decir más. Bajando la mirada, leí el primero.
—¿Polla grande?
—Diría que está por encima de la media, ¿tú no?
—¿Entonces esto se refiere a tu anatomía?
—Por supuesto.
Me reí.
—¿Mando a distancia?
Se sentó en la cama.
—¿Sabes cómo funciona?
—No.
—Bueno, yo sí.
Fruncí las cejas.
—Está bien...
Volvió a mirar la lista.
—Sigue adelante.
—¿Café programado?
—¿Qué tan importante es el café para ti cuando te despiertas?
—¿Qué tan importante es el número uno en tu lista para ti? —dije.
Ese labio sexy tembló de nuevo.
—Sigue adelante.
Bajé la mirada.
—¿Tomates cherry frescos?
284
—Son buenos del jardín del infierno, ¿no es así?
—Mmmm. Como comer bolas de azúcar.
Continuando con el rompecabezas.
—¿Rip y Etta?
—¿Cuánto tiempo llevan casados?
—No lo sé. ¿Unos meses?
Rip y Etta se habían reunido en secreto como pareja a las pocas
semanas de que Rip se mudara. Esa parte no nos había impresionado. Eran
dos gotas de agua. Pero nos habíamos sorprendido cuando Rip se lo
propuso. Si se volviera a casar, perdería parte de las prestaciones de
supervivencia que recibía de la pensión de su esposa fallecida. Cuando
mencionamos eso, dijo que estaba completamente consciente y que prefería
estar quebrado y hacer de Etta una mujer honesta que tener algo de dinero
en el bolsillo, aunque ya no tenían que preocuparse por el dinero.
Gray les había regalado la casa en la que vivían como regalo de bodas.
Bueno, ese y el otro regalo sorpresa que había preparado. De alguna manera
Gray había convencido a la hija de Rip para que viniera a su boda. Rip había
llorado como un bebé cuando la vio entrar. Y el resto de nosotros no pudimos
evitar seguir su ejemplo.
Gray miró la lista.
—Más vale que la próxima sea auto explicativa.
Lengua mágica.
Me moví en mi asiento y sonreí.
La siguiente era El amor de mi vida.
—¿Me amas? —dijo.
—Por supuesto. Más que nada.
—Sigue adelante.
—¿Arco iris?
—¿Qué me dijiste cuando terminamos de pintar la habitación de Ella
con ese arco iris gigante como sorpresa? —Lo recordaba.
—Dije que eras el arco iris de mi vida. Despejaste el camino para que
dejara de llover.
Tomó mi mano y la apretó. Juntos repasamos el resto de la lista de
pros.
285
—¿Ya lo descifraste? —preguntó.
—Tal vez necesite leer las contras.
Sólo había una cosa en la lista de contras. Lo leí en voz alta.
—Atascada conmigo para siempre.
Gray se puso de pie. Se arrodilló y me tomó la mano.
—Quería estar preparado por si necesitabas debatirlo antes de
responderme. Conocimientos de cómo usar el control remoto y programar la
cafetera, la lengua mágica, Rip y Etta venciéndonos a llegar al altar... son
sólo algunas de las interminables razones por las que deberías casarte
conmigo.
Metió la mano en su bolsillo y sacó una hermosa caja. Abriéndola,
reveló el anillo de compromiso más increíble que jamás había visto. La
piedra central tenía que ser de tres o cuatro quilates, y había dos piedras a
cada lado, cada una lo suficientemente grande como para ser un anillo de
compromiso por sí sola.
—Cuando le dije a Etta que planeaba pedirte que te casaras conmigo
y que quería incorporar la piedra del anillo de mi madre en el escenario,
insistió en que también tomara su anillo de bodas original y usara esa piedra
en el diseño. Así que este anillo está hecho de tres piedras de las mujeres
más increíbles de mi vida. La piedra grande en el centro es sólo para ti. Y
los de los lados son la de mi madre y la de Etta. Mientras trabajaba con el
joyero en el diseño, me di cuenta de que también era simbólico tener tres
piedras, porque llevas a dos de nosotros, a mí y a Ella.
Las lágrimas caían por mi rostro. Miré nuestras manos juntas y noté
que las de Gray estaban temblando. El hombre nunca mostraba sus nervios.
—Es hermoso, Gray. Ni siquiera sé qué decir.
—Podría haber reforzado un poco la lista de pros a mi favor. Y la única
contra, que te quedarías conmigo para siempre, podría superar las dos
páginas de los pros. Pero si aceptas ser mi esposa, te prometo que todos los
días trabajaré para añadir algo nuevo a esa lista de pros. Podría decir que
me devolviste la fe en el amor. Pero hiciste más que eso, Layla. Me trajiste
de vuelta a la vida. Así que, por favor, cásate conmigo. Por favor, dime que
pasarás el resto de tu vida como mi esposa.
Estaba tan emocionada que apenas podía pronunciar las palabras.
—Sí. Sí. Dios, sí.
Gray tomó mi rostro en sus manos, ahuecó mis mejillas y me besó
suavemente en los labios.
—Casi lo olvido. Le dije a Ella que hoy te iba a pedir que fueras mi
286 esposa y me dijo que te dijera algo.
—¿Qué?
Gray se inclinó hacia atrás y colocó el pulgar contra la mano, abriendo
los dedos de par en par.
—Mami —dijo—. Dejará de llamarte Layla y te llamará mami, si te
parece bien.
Las lágrimas de felicidad inundaron mis ojos después de eso. Agarré
a Gray en un abrazo y no lo dejé ir por mucho tiempo. Era bueno que me
hubiera hecho la lista, porque enlistar todas las razones por las que debería
casarme con este hombre podría haber llevado años y muchos cuadernos.
Pero al final, sólo necesitaba una verdad en la lista de pros: Cada pedazo de
mí amaba cada pedazo de él.
Sorbí las lágrimas.
—Cometiste un error en tu lista pros, señor Westbrook.
Alejó un mechón de cabello de mi mejilla y sonrió.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál, Pecas?
—Atrapada para siempre contigo está en el lado equivocado de la
página.
Sobre la autora

287

Vi Keeland, autora número uno en las listas de best seller del New York
Times, Wall Street Journal y USA Today.
Con millones de libros vendidos, sus títulos aparecen en más de cien
listas internacionales y han sido traducidos a veinticinco idiomas. Vive en
Nueva York con su esposo y sus tres hijos, mientras vive su propio felices
para siempre con el niño que conoció cuando tenía 6 años.
288