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SOBRE AMORES, DESEOS Y GOCES

LIC. OSCAR DE CRISTOFORIS

¿Desaparecerá el amor en el siglo XXI?

No sólo pienso que es bastante disparatada esa pregunta sino que me atrevería a decir
que el amor perdurará por muchos siglos más, como viene sucediendo a lo largo de la
historia de la humanidad. Lo que sí puede suceder (y de hecho ya sucedió) que varíen las
“formas del amor”, la manera de conceptualizarlo, de enunciarlo, de practicarlo. Así solemos
hablar de diferentes formas en que el amor fue nombrado a través de los siglos: amor
helenístico, amor medieval, amor cortés, amor gentil, amor galante, amor-pasión, amor
romántico, y hoy hablamos del amor confluente, amor consensual, amor contingente,
poliamor, etc. Revisar estas formas de amar, esas prácticas, o bien esos códigos amorosos,
resulta de mucha utilidad porque en general reconocemos en algunas de esas descripciones,
resabios de aquéllos códigos que cobran actualidad en la medida que están acumulados en el
imaginario cultural. Un ejemplo podría ser la media medalla que usan o usaban hasta hace
muy poco los amantes, que proviene, o es un lejano derivado, de la búsqueda de la otra mitad
que plantea la mitología griega en el amor, hace más de veinticinco siglos.

¿Se puede definir el amor?

Se lo intenta permanentemente, pero para mi gusto es una pretensión imposible, aunque


reconozco haber leído algunas definiciones que resultan muy atractivas y sugerentes. Pero
como la arena que se nos escapa de las manos, así nos sucede cuando queremos circunscribir
la palabra “amor” a una definición: terminamos dándonos cuenta que deberíamos hacer
tantas aclaraciones al respecto que la definición pierde sentido, que se desvanece… Y por
otro lado ¿de qué sirve definirlo, para qué lo haríamos? Sí me parece importante pensar sobre
el amor, discurrir sobre qué vivenciamos los humanos cuando decimos amar, o cuando
afirmamos que se terminó el amor que sentíamos por alguien, cuando estudiamos como eran
las costumbres amorosas en otras épocas, o cuando reflexionamos sobre los innumerables
mitos que nuestra cultura occidental construyó en torno y en nombre del amor.

Creo que una diferenciación muy conveniente es considerar al amor, además de cómo
un sentimiento, como un código simbólico, como lo hace el sociólogo alemán N.Luhman:
como una clave, un conjunto de signos, señales que permiten que se generen los sentimientos
correspondientes. En esa perspectiva se podría ubicar a La Rochefoucauld, quien decía que si
no existiera ese código la gente no podría amar, no sentiría eso que luego nombra como
amor. Porque ante un encuentro todos podemos “sentir”, la cuestión es cuando nombramos,
calificamos ese sentimiento. La otra conveniencia de verlo como código semántico, es que
nos permite hacer consideraciones históricas, sociales, culturales, psicológicas,
antropológicas acerca del amor sin tener que caer en definiciones atemporales, cerradas y
universales. Este código es cambiante en el tiempo y el espacio social y entonces nos permite
entender por qué en determinada época histórica se lo consideraba de tal o cual manera en
relación al contexto socio-cultural en el cual los individuos desarrollaban su vida. Hablar de
amor también es hablar de una práctica social, “de un código de comunicación de acuerdo
con cuyas reglas se expresan, se forman o se simulan determinados sentimientos”.

Otra forma de referirse al amor es nombrarlo en plural: amores. Esta forma es útil
porque es abarcativa, inclusiva, alude a las múltiples relaciones que se conforman bajo su

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nombre. Utilizamos el término “amores” para nombrar la relación social que se establece
entre dos personas, hombre y mujer, hombre y hombre, o mujer y mujer, y que tiene la
significación compartida del afecto como impulso de “interpenetración interpersonal” (el
concepto es del sociólogo alemán Niklas Luhmann) o, al menos, la caricia erótica, como lo
señala J.P. Sastre, que puede ir desde la mirada acariciadora hasta la compenetración genital.
Luhmann, habla del amor como de un medio generalizado de comunicación y del erotismo (o
sexualidad) como su soporte orgánico o “mecanismo simbiótico”. Más allá de la experiencia
subjetiva, este autor ubica, entonces al amor, como un vínculo social. Como señalaba más
arriba, este planteo es muy interesante porque nos permite alejarnos de esas definiciones que
parten desde la experiencia personal que se vivencian cuando se ama. Cada cual tendrá su
propia concepción y de esa manera puede haber infinitas definiciones con lo cual termina
siendo un tema inabordable. Si salimos de la experiencia subjetiva podemos reflexionar sobre
aspectos compartibles por conjuntos (sociales, culturales, epocales, etc.). Habría pues una
semiótica (social) de lo amoroso, del amar, desde la cual se construyen ideas, sentimientos o
conductas amorosas. Nadie podría hablar de amor o decir amar si no compartiera ese código
social. Digo semiótica porque es más abarcativo que el lenguaje, que el discurso amoroso, ya
que incluye todo tipo de signos, sistemas de signos, así como todos los procesos
significativos (moda, fotografía, cine, ritos, etc.). Por eso el amor puede expresarse a través
de la literatura, el cine, la música, la fotografía, el diseño, la pintura, etc.

El mundo de los amores, como anticipaba en el prólogo, es un mundo de


irracionalidades, de significaciones y comunicaciones en donde los códigos eróticos y
amorosos, que hacen posibles las relaciones que se negocian cada día, pueden ser aislados y
estudiados pero teniendo siempre en cuenta que pertenecen a un lugar y tiempo específicos.
Al construir sus amores (o sus odios) los seres humanos, hombres y mujeres, construyen un
mundo social o una red de significación-comunicación, con sus ámbitos especializados y
reglas de actuación. Podemos entender estos amores como “juegos” (los hay también de
trabajo, de poder, de palabras). ¿Por qué juegos? Porque tal vez sólo en ese espacio tanto
niños como adultos pueden ser creadores y usar toda su personalidad, “y el individuo
descubre su persona sólo cuando se muestra creador” como lo entendía el pediatra y
psicoanalista inglés D. H. Winnicott. Jugar es hacer, hacer creativamente.

Cuando convencidos que amamos a alguien, construimos en él, modelamos lo que


aspiramos, necesitamos, y por qué no, lo que soñamos, lo que ese otro “debe” tener para
satisfacernos. Muchas veces lo compelemos a ser de esa manera. A. Breton llamaba a ese
amor perfecto para uno, “amor admirable” y P. Eluard agregaba que “el amor admirable
mata”. Pero precisamente por esto último los psicoanalistas solemos decir que el amor es
siempre narcisista en la medida en que disimula el amor a sí mismo bajo la fachada del amor
al otro. Queremos nuestro propio bien al amar, con el pretexto del bien del otro. “Todo por
ti”, es en realidad “todo por mí”. Pero de todas maneras a pesar de ser un planteo bastante
crudo, y desencantador, porque arrasa con la postura romántica del amor, hay en esta forma
si se quiere egoísta de concebirlo, notables diferencias cuando lo que hago por y para el otro
(aunque sea para mi beneficio) le sirve y lo engrandece y cuando lo que hago lo coloca en
una situación incómoda, lo desvaloriza, lo molesta. Un ejemplo sería el regalo al amado. Una
cosa es regalarle lo que uno quiere para él porque a uno le gusta, y otra sería regalar algo
pensando en el gusto de él para que el agradecimiento y la alegría producida le sirva al que
regala. En la primera situación el egoísmo arrasa con la necesidad o gusto del otro, en cambio
en el segundo caso se lo considera y el “todo por mí” pasa a ser el estado de bienestar del
amado. Son estas sutilezas, apenas, alguna de las pocas cosas que podemos ir perfilando

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cuando nos adentramos en el campo del amor de pareja. Ya me referiré a otras como el
respeto, la alegría, la aceptación de las diferencias, etc.

Para que se produzca el encuentro amoroso, ese acto “mágico” entre dos personas,
encuentro que inaugura lo que será luego una relación importante, duradera tal vez, hace falta
que exista una disposición al hallazgo, surgida la mayoría de las veces desde lo recóndito del
inconciente. Entonces sí el azar hará que todo se torne sencillamente perceptible. Insisto: el
amor (de pareja) sería un discurso, aquél que surge de la atracción sexual (deseo) por otro.
La atracción sexual sería la puesta en acto del deseo. Por lo tanto la atracción sexual necesita
del discurso amoroso -es decir “amar”- para sostenerse en el tiempo. Después de lo reiterados
actos sexuales deviene el amor porque si no todo se diluye. (A veces puede manifestarse
antes del goce sexual). Ese concepto-valor da sentido a la reiteración del acto amoroso. La
manera en que se sostiene la atracción sexual se da a través del amor y del erotismo que
permite la continuidad de la ilusión. Esa atracción sexual que puede ir “in crescendo” con
posterioridad al encuentro [amoroso] es simbolizada por el amor. El amor como valor
establece entonces (de acuerdo a las distintas épocas) las prescripciones y prohibiciones
necesarias para sostener esa atracción. Hay toda una semiótica por donde se debe transitar
para decir que se ama. Mientras hago el amor, es decir tengo conductas amorosas (acto
sexual, discurso, valor) digo estar enamorado, me enamoro. “Hablando de amor nos
enamoramos”.

Se podría graficar esta idea en un esquema aproximado:

DESEO-ATRACCIÓN SEXUAL POR OTROGOCE


AMOREROTISMOILUSIÓNDESEO…….

Circuito que necesita ser repetido para que dos personas digan amarse como pareja.
Cuando en algún lado se corta, todo comienza a desmoronarse. Esa búsqueda de otro que se
plantea en el amor, y por supuesto también en el deseo, se da, ocurre, porque algo nos falta.
Ya está sostenido en el mito griego relatado por Aristófanes donde Zeus, viendo la osadía de
esos seres andróginos tan poderosos decide cortarlos en dos mitades, hecha esa división cada
mitad hará esfuerzo por encontrar la otra mitad. En el mito se da el nombre de amor a esa
búsqueda por encontrar esa mitad perdida y que lo lleve a la unidad primitiva. (De ahí
proviene el uso de la media medalla) Tanto Freud como Lacan retoman psicoanalíticamente
lo tratado por Platón en “El Banquete” y en “Fedro”. En el primero a través de la idea de
castración, en el segundo, con el concepto de falta. Incompletad, falta que nunca será
colmada. Hay en el enamoramiento, primer momento después del encuentro, una ilusión de
que esa completud podría ser lograda. Se idealizará a esa persona (ocupará el lugar del Ideal
del yo, dirá Freud) viviéndose momentos de exaltación amorosa, es como si esa plenitud de
completud mítica se hubiera logrado. Quien haya vivido esa experiencia podrá dar cuenta de
lo perfecto que se lo ve al otro, poseedor de todas las virtudes que provocan ese estado de
felicidad inigualable con otros. Pero durará sólo un tiempo. Inexorablemente ese estado
comenzará a disminuir en intensidad, a veces hasta convertirse en insoportable.

De alguna manera siempre vemos en el otro/a lo que deseamos ver, lo que nos muestra
a nosotros (y no a otro). Y a veces lo que el otro realmente es, se presenta como algo
profundamente disruptivo, en algún momento inesperado, causando extrañeza y dolor. Es que
siempre el otro es inaprensible, desconocido, aunque digamos conocerlo bien.

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Es famosa (tal vez por lo intrincada o esotérica) la frase de J. Lacan sobre el amor: “dar
lo que no se tiene a quien no es”. Se pone de manifiesto en esta afirmación el juego mutuo de
ilusiones que nos propone el amor, así entendido. Lo que prometería dar al otro, o lo que este
otro me pediría (su completud, ese objeto perdido por estructura) no lo tengo. Nos
ilusionamos ambos que así puede ser, pero en realidad es imposible. Y el otro tampoco es
quien me va a completar a mí, me ilusiono con que me va a dar lo que yo busco-perdido,
pero no. Lo que yo demando ella/él no lo posee. El amante busca siempre en el amado lo que
a él le falta, pero lo que le falta no es lo que está guardado ni escondido en el otro. Lo único
que puede hacer el otro es devolver amor: “te amo…yo también”

En toda elección de pareja sexual hay ingredientes, determinantes, fuentes inconcientes


provenientes de las imagos infantiles, es decir, de imágenes de otras personas (padre, madre,
hermanos) con sus respectivas representaciones visuales y sentimientos asociados. Encontrar
ese “amor” es de alguna manera reencontrar algo de aquel primer amor infantil. Reencontrar
en la pareja actual aquellos rasgos que quedaron como marcas en nuestro inconciente. Por
eso cuando decimos amar a alguien estamos aferrándonos a algo que ese otro dispara en
nuestra fantasía. Muchas veces no podemos explicar por qué amamos a quien amamos.
Habría un “entendimiento mutuo imaginario” que si lo tratamos de develar se diluye el amor.
Por eso solemos sostener que el amor no necesita de explicaciones. Cuanto más se trata de
entender más nos damos cuenta que el otro no es que lo suponíamos que era: “No puedo
creer lo que estás diciendo!” El discurso amoroso que sostiene al amor es el que insiste en
mantener la ilusión, la magia de lo inexplicable, la química del encuentro. La erotización del
vínculo colabora también para que el deseo circule.
A. Capellanus decía que el amor disminuye con “la excesiva facilidad para recibir los
placeres del amor, para ver a la persona amada y el tener muchas ocasiones para conversar”.
Siguiendo esta idea, otros autores plantean que el amor se sostiene con el silencio (o la
incomunicación y el malentendido) y la distancia. Por eso la convivencia (o por lo menos
muchos tipos de convivencia, especialmente la matrimonial) atempera el amor (y el deseo).
Edgard Morin, un eminente científico contemporáneo, señala certeramente que todo lo
que se instituye en la sociedad, todo lo que se instala en la vida comienza a soportar fuerzas
de desintegración o de insipidez. En el amor, el problema del apego es a menudo trágico,
porque el apego se ahonda a menudo en detrimento del deseo.
Da un ejemplo de algunos etólogos, quienes, tras haber señalado que el hijo adulto de
la chimpancé no copulaba con su madre, que no había atracción sexual entre ellos, han
pensado que la inhibición de la pulsión genital provenía sin duda del prolongado apego
madre-hijo. Un apego prolongado y constante hace más íntimo el lazo, pero tiende a
desintegrar la fuerza del deseo, que sería más bien exógama, vuelta hacia lo desconocido,
hacia lo nuevo.
Y agrega: “Se puede preguntar si el prolongado apego de la pareja, que la consolida,
que la arraiga, que crea un afecto profundo, no tiende a destruir de hecho lo que había
aportado el amor en estado naciente. Pero el amor es como la vida, paradójico; puede haber
amores que duren, de la misma manera que dura la vida. Vivimos de muerte, morimos de
vida. El amor debería, potencialmente, poder regenerarse, operar en sí mismo una dialógica
entre la prosa que se esparce en la vida cotidiana, y la poesía que le da savia a la vida
cotidiana”
En general lo que he constatado muy frecuentemente en la clínica de parejas, es
precisamente que después de muchos años de convivencia, con respeto y ternura, el deseo
por el otro decae notablemente. Esto hace que para algunos resulte, entonces, casi imposible
mantener la exclusividad sexual en la pareja estable.

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También la comunicación, con su intento de explicar, aclarar el malentendido,
apacigua, apaga el amor; el silencio une porque desarrolla lo imaginario que es fundamento
del amor. Cuando lo imaginario decrece se “cura” el enamoramiento, en una forma parecida
lo expresa R. Barthes en “Fragmentos de un discurso amoroso”. El otro acicate importante
que exalta el amor es el obstáculo, el impedimento para la consumación, los imposibles. Así
lo planteaba la poesía trovadoresca y todos los relatos de los grandes amores están plagados
de esas trabas e infortunios. Son los obstáculos que enardecen el deseo, la distancia que
alimenta el anhelo por el otro, que lo idealiza. Ese sufrimiento ennoblece el amor, lo hace
más fuerte, insistente, promueve la creatividad. No se trata del amor no correspondido (que
también causa dolor) sino del amor difícil de realizar, el que por diferentes razones no puede
consumarse. El amor de Tristán e Isolda, de Ginebra y Lanzarote, Abelardo y Eloísa, de
Romeo y Julieta, son amores plagados de dificultades, algunas tan tremendas que plantean
hasta la muerte de sus protagonistas. El amor sexual de pareja está casi siempre unido al
deseo, y cuando ambos se distancian aparece en forma predominante la ternura, el cariño,
pero entonces la pareja se parece más al hermandad o a la amistad.

Tanto el amor como el deseo se sostienen por un fantasma (fantasía). Pero el amor
comparte y de alguna manera va transformando esa fantasía con el otro, tiene aristas mucho
más concientes y racionales; en cambio el deseo es unidireccional y sus motivaciones
inconcientes. Además el deseo tiene siempre un carácter disruptivo, inestable, vicariante,
porque plantea constantemente “deseo de otra cosa”, con lo cual para el amor de pareja es un
permanente peligro, pero si se lo apaga también existe el peligro de malograr el vínculo.

“Te amo pero no tiene que ver contigo”, dice el poeta Javier Murcia. Esta aseveración
del poeta español es muy gráfica para mostrar que el otro del amor, de la pareja sexual, no es
nada más que un señuelo, el portador de todo ese imaginario que le adjudicamos, el que lleva
los rasgos que extrajimos de otro lado. Por eso, en algún momento de la vida en pareja
aparecerá el reproche: “ese/esa no es lo que yo creía”, esa extrañeza por el otro: “¿quién es,
por que me enamoré de él/ella?”.

Es como si dijéramos: “te amo a ti pero sólo para llenar lo que me falta, y tú en
realidad decís darme lo que nunca podrá colmarme”. He ahí la paradoja como lo plantea
J.Lacan: “dar lo que no se tiene a quien no es”. Nunca el otro de la pareja puede darme lo que
le demando, puesto que no lo posee, no está dentro de él, sólo puede pasar del lugar de
amado a amante y devolverme amor. Entonces el amor consiste en esa ilusión en donde dos
personas con su falta a cuestas se están dando algo que los calma….por un tiempo.

En el amor-pasión se sufre porque siempre aparece esa imposibilidad de conocer al


otro, de asirlo, de tenerlo de la manera en que uno quisiera. En ese sentido el amante bordea
la soledad y permanece en estado de frágil equilibrio. Por eso se dice que “amar duele”,
porque hay que aceptar lo que falta, lo que no se da, lo que el otro no tiene, justamente de esa
persona que esperamos “todo” (o que ilusionamos que puede darnos todo).

Como se puede ir apreciando a medida que se avanza en explicaciones que nos aporta el
psicoanálisis sobre la pareja sexual adulta, se produce la desilusionante constatación de la
tremenda dificultad que existe para que estos tres aspectos, amor, deseo y goce puedan
funcionar armoniosamente, a los fines de lo que corrientemente se suele llamar una “pareja
feliz” o “armoniosa”. El hecho que el otro/a de la pareja sea al mismo tiempo destinatario y
protagonista del amar, del desear y del gozar, complica tremendamente las cosas a tal punto
que hasta se podría afirmar, ya sólo por esta razón, que la vida en pareja es por estructura,

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un conjunto de paradojas o imposibles o malos entendidos que nunca pueden
solucionarse, y que esa pretendida armonía se verá constantemente frustrada. De ahí mi
posición contraria con los libros de autoayuda que proponen soluciones, recetas, fórmulas
para lograr el buen entendimiento y la felicidad en la pareja. Todos esos esfuerzos pueden
servir en un determinado momento para lograr o restablecer determinados equilibrios, que
irremediablemente volverán a romperse con cierta inmediatez. Porque si hay un equilibrio en
la pareja es el de la inestabilidad, lo cual suena paradojal. Pero sigamos viendo por qué y
cómo se dan estos “imposibles” por estructura. Antes señalaba que el otro nunca podrá darme
lo que pueda colmarme. De ahí que montones de reclamos que en general le hacemos al otro,
nunca terminen por contentarnos, Se suele exclamar: “¡nada te viene bien!” o “¡nada te
conforma de lo que hago!”, y es cierto porque en realidad no es “eso” que se pide sino lo
“otro” que nuestro par no tiene, ni me lo puede dar. Es esa falta, eso que nos falta, que
creemos que nuestra pareja nos tendría que (en algunos casos “debería”) dar.

Veamos ahora lo que sucede con el goce, que tiene que ver con lo que solemos llamar
“las relaciones sexuales en la pareja”. Se goza de un cuerpo, del cuerpo del otro, pero ese
goce es absolutamente individual, de cada uno, y el objeto de ese goce no es ese otro real de
la pareja, apenas podrá ser un pedazo, una porción, una mera parcialidad. En cambio en el
plano del amor se establece una relación entre dos sujetos. Entonces entre goce y amor hay
una fractura irreductible, una línea de separación que a veces creemos que se junta por
ejemplo en la pasión amorosa. Pero goce y amor están separados y son heterogéneos. No es
el amor el que permite gozar del cuerpo del otro/a. Por esta razón a veces se da con bastante
frecuencia alguien para el goce y otro para el amor. La esposa a quien se ama, la amante con
quien se goza.

El goce autoerótico del cuerpo propio y las representaciones que proceden de la


relación de amor, esa soldadura, constituye el fantasma. Cuando el otro/a de la pareja habita
ese fantasma está asegurada la unión, el lazo, y cuando es recíproco hay lazo para rato,
aunque esto último no es tan fácil, tan habitual que se produzca. También hay que destacar
(como lo hacía J. Lacan), que es por el amor que el goce se puede acomodar al deseo. Debe
existir siempre algo de renuncia del goce para que el deseo se sostenga como tal. Como
podemos ver, esta relación deseo, goce, amor, es harta compleja.

Desde otra vertiente teórica, Robert J. Sternberg propuso tres componentes del amor de
pareja:

1. La intimidad, entendida como aquellos sentimientos dentro de una relación que


promueven el acercamiento, el vínculo y la conexión.
2. La pasión, como estado de intenso deseo de unión con el otro, como expresión de
deseos y necesidades. (Creo que siempre cuando se hace referencia al amor-pasión se
establece una soldadura entre amor y deseo)
3. La decisión o compromiso, la decisión de amar a “esa” persona y el compromiso por
mantener ese amor.

Estos tres componentes se pueden relacionar entre sí formando diferentes formas,


cualidades de amor según cual de ellos prevalezcan: intimidad + pasión, pasión +
compromiso, intimidad + compromiso, etc.

Algunos idiomas, como en el griego antiguo, distinguen entre los diferentes sentidos del
amor mejor que el español. Por ejemplo, en griego antiguo existen las palabras filia, eros,

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ágape y storge, las cuales significan amor entre amigos (amor-amistad), amor sexual, amor
incondicional y reflexivo, y amor afectivo o familiar, respectivamente. Sin embargo, tanto en
griego como en muchos otros idiomas, históricamente ha resultado muy difícil separar los
significados de estas palabras totalmente, por lo que es posible encontrar la palabra ágape
(amor incondicional) siendo utilizada, a veces, con un significado similar al amor romántico
actual.

S. Freud afirma en “El Malestar en la cultura” que el amor sexual genital asegura al
hombre las más poderosas vivencias de satisfacción. Es el método privilegiado para lograr la
felicidad y se espera la máxima satisfacción al amar y al ser amado. Y esto impulsa
irresistiblemente al hombre a elevarlo al rango de “modelo de toda felicidad” y a “buscar la
satisfacción de felicidad en la vida en el terreno de las relaciones sexuales”. Pero esta
dependencia de la satisfacción por el amor, en general se paga muy caro, en la mayoría de los
casos con síntomas y sufrimientos. Porque cuando comienzan “las cuestiones del amor”, al
amar y ser amado, aparecen los fantasmas de los celos, las infidelidades, las angustias de
intrusión, de abandono, de pérdida, de muerte…del amor. Por eso el hombre busca en ese
terreno de las relaciones sexuales, y no se da tiempo hoy, para que aparezca el amor: cambia
rápidamente, reprime el temor a la pérdida, al rehusamiento, reprime el afecto, trata de evitar
la dependencia que el amor crea. Se buscan otras formas de goce tratando de no hacer
intervenir al amor. No sería desacertado decir que hoy lo que se reprime no es el sexo sino el
amor.

Podemos comprobar que el amor, capaz de ofrecer la más intensa “alegría” posible,
pone triste. Ocurre así en la experiencia del alejamiento y de la separación. El otro no está
nunca lo bastante presente. Más, se podría decir que en realidad no es el que debería estar. En
el amor de pareja hay un contrato tácito (inconciente) de hacerse objeto del otro, en una
forma recíproca. Esta cuestión de “propiedad” donde el otro pasa a ser de uno, y a su vez el
uno del otro, traerá siempre malestares entre las intenciones de los “propietarios”.

No es la pulsión que ama al objeto. Es el yo que ama al objeto-otro sexual (por eso se
puede hablar de decisión en el amor, por que lo es de ese yo) Por eso además decimos que es
narcisista, que quiere incorporar, devorar al objeto.

Nunca nos hallamos menos protegidos contra el dolor que cuando amamos, nunca
somos más desvalidamente desgraciados que cuando hemos perdido el objeto amado o su
amor. (S.Freud).

Algunas razones por las cuales es difícil definir el concepto amor sexual o amor de
pareja, o por lo menos consensuar acerca de su alcance.

Ya hemos visto que hablar sobre el amor es sumamente complicado, por la vastedad del
tema, porque se ha dicho tanto a lo largo de tanto tiempo, porque cualquiera al sentir, tiene
algo para decir al respecto y se siente precisamente por eso, autorizado. Correré el riesgo,
como dice J. Lacan en el Seminario XX, de descender a la imbecilidad, ya que “nada sensato
o significativo se puede decir sobre el amor”, (aunque siempre le dedicó múltiples espacios
para hablar sobre él, hasta llegar a decir que “lo único que hacemos en el discurso analítico es
hablar sobre el amor”). Ya S. Freud había dicho en 1907, en las famosas reuniones de los
miércoles, “nuestros tratamientos son tratamientos por el amor”. Pero a pesar de ello creo que
es bueno insistir en esta temática, escribir, pensar, conversar, investigar......es casi seguro que
en algún momento de nuestras vidas (o en varios) necesitaremos aclararnos algunos

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aspectos, preguntar a otros sobre sus vivencias, porque estaremos disfrutando o sufriendo por
amor, o porque no conseguimos amar como otros dicen que pueden hacerlo.....Si convenimos
en aceptar que el amor es constitutivo y constituyente del vínculo de pareja tal cual lo
entendemos hoy, vale la pena entonces detenerse a menudo en su consideración, tratando de
bordear alguna de sus múltiples aristas. Bordearlo no significa explicarlo, es tan solo eso,
aproximarnos a su misterio, a sus paradojas, razón por la cual despierta tanta confusión,
desasosiego, sorpresa, cuando se lo afirma o se lo niega.
Además se hace difícil:

• Porque como vivencia personal, experiencia íntima, cada cual tiene derecho a
adjudicarle un sentido diferente, que es aquél que prioriza desde esas vivencias.
• Porque usamos la misma palabra amor para diferentes formas y usos: amor sexual,
fraternal, paternal, erótico, maternal, amor-pasión, amor-amistad, amor divino, etc. En
cambio, como ya señalé, los griegos tenían varias palabras para enunciar lo que ahora
nosotros englobamos en un mismo concepto.
• Porque al agregarle calificativos (amor loco, infantil, platónico, perverso, romántico,
etc.) modificamos su significado en forma sustancial y por lo tanto se crea una situación de
“vale todo”.
• Porque se lo suele mezclar, confundir, asociar con deseo y con otros fenómenos
psicológicos, religiosos y sociales (sexualidad, narcisismo, matrimonio, valores morales) que
si bien en la mayoría de los casos lo acompañan, conllevan una marcada diferencia. No es lo
mismo amor como concepto, idea, que amar como puesta en acto o “sentimiento amoroso”
que es aquello que a cada uno le pasa (siente) cuando dice amar. (Si alguien dice que cuando
ama siente mariposas en su estómago, no se puede tomar a eso como generalidad y enunciar:
“Amar es sentir mariposas en el estómago”.
• Porque se suele tender a dar definiciones atemporales y permanentes, cuando en
realidad la concepción amorosa está atada a procesos epocales, y por lo tanto su sentido fue
cambiando a lo largo de la historia.
• Porque es uno de esos conceptos que no se dejan aprehender en una definición y que
pueden ser considerados desde muchas perspectivas a la vez, y todas guardar algo de verdad
y sentido.
• Porque como en el siglo XX el amor pasa a ser el cemento de todo tipo de relación de
pareja, incluso la matrimonial, las explicaciones sobre el amor de pareja pasan a ser más que
nada, expresiones de deseos de cómo se quiere establecer esa relación. Se le incluyen a la
idea de amor todos los elementos necesarios que se piensan como necesarios para una buena
vida matrimonial, cuando sabemos que en otras épocas, del amor que se hablaba, se
explicaba y se debatía, era del que se practicaba por fuera del matrimonio. Hoy, las
reflexiones sobre el amor quedan soldadas a todo lo que contribuya a sostener y salvaguardar
el vínculo matrimonial.

Además, cuando citamos algún tópico y reflexionamos sobre él, generalmente nos
toparemos con que las afirmaciones que emitimos carecen de un sentido global, generalizable;
no sólo porque habrá siempre excepciones, sino porque nunca se puede abarcar todas las
condiciones de variabilidad que la realidad presenta. Hablemos de lo que hablemos siempre
habrá alguien que nos agregará “sí…pero en oriente…” o “en el siglo pasado”…o bien “en
clases sociales más pobres”…y así hasta el infinito. Pero eso no inhibe, o no debería inhibir, el
hecho de que igualmente emitamos nuestro pensamiento, con la salvedad que siempre éste será
irremediablemente parcial, temporario, relativo a determinadas circunstancias y contextos y,
por sobretodos las cosas, accidentalmente verdadero. Lo que quiero destacar con esto es que a
partir de lo que se enuncia en una manera, digamos, formal por ejemplo a través de la escritura,

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conforma “saber”, y hay saberes que se sostienen a lo largo de siglos en lo que suele llamarse
“el acervo cultural”, que han sido emitidos por un puñado de personas que en ese lugar y
tiempo se arrogaban y les otorgaban el papel de “voceros de época”, es decir con la suficiente
autoridad, intelectual, moral, política para poder ejercerlo. Tal es el caso cuando solemos
afirmar: “los griegos pensaban que el amor….”. ¿Qué griegos? ¿Todos lo griegos, de los
distintos estratos sociales, de qué siglos, de todos los lugares de Grecia? Es apenas el pensar de
algunos pocos que suponemos tenía la autoridad que les delegaban sus coetáneos: Sócrates,
Aristófanes…… a través de la pluma de Platón, etc. El famoso Diálogo que se sostiene en el
Banquete pasa a ser algo así como la idea que occidente sostuvo durante siglos acerca del
amor, y es citado y retrabajado hasta el cansancio por quienes en algún momento nos
interesamos sobre este tema. Nadie podrá negar, entonces, que el “saber”, es decir cualquier
tipo de conocimiento aceptado y luego transmitido a través de generaciones, ha sido, y creo
seguirá siendo, el producto de pocos, de una elite, que representa el poder, en este caso
intelectual. Por supuesto que dentro de esa elite, o conjunto de pensadores, figuran también los
que avalan que esas ideas son las más adecuadas, justas, veraces o mejor logradas. Así,
siguiendo con el tema del amor que me ocupa en este caso, se puede comprobar cómo cada uno
de los conceptos clave han sido definidos en cada momento por algunos pocos y luego
aceptado por muchos seguidores que le siguen dando fuerza de verdad, casi absoluta, diría.
Tal vez esté diciendo algo así como una verdad de Perogrullo, pero me ha sucedido que en
las lecturas sobre este tema (y seguramente me sucedieron y sucederá con otros) se sigue lo
afirmado en cuatro o cinco textos por otros tantos autores y no aparecen (o casi no aparecen)
puntos de vista disidentes, diferentes, novedosos, planteos que por lo menos pongan en duda lo
que se va instituyendo como verdad casi absoluta, y es nada más que la manera como alguien
lo pensó en determinado momento y así lo expresó. Me pasó esto con “Amor y occidente” de
Denis de Rougemont, citado hasta el cansancio por infinidad de autores (yo mismo lo cito
bastante) que tratan el tema del amor, como si fuera la Biblia del amor. No niego que es una
obra interesante, inteligente, pero ahí se afirman determinadas posiciones que son altamente
discutibles, pero que además pasaron a ser como definiciones de lo que fue el amor cortés en la
edad media, o luego el amor romántico, perdiéndose de vista que solamente se trata de la
manera en que este autor trató de sintetizar lo que él pensaba sobre el tema.

Los Mitos del Amor

A lo largo de todos los tiempos se han sostenido mitos con respecto al amor. Algunos
provienen de épocas muy remotas, otros desaparecen o caen en desuso, pero lo cierto es que
aquellos que guardan vigencia, influyen notablemente sobre los individuos.

Según Mircea Eliade, el mito es una historia sagrada que narra un acontecimiento
sucedido durante un tiempo primigenio, en el que el mundo no tenía aún su forma actual. Los
acontecimientos de la naturaleza que se repiten periódicamente se explican como consecuencia
de los sucesos narrados en el mito. Agrega: "el mito se refiere siempre a una creación, cuenta
como algo ha empezado a existir, o como un comportamiento, una institución... han sido
fundados". Eliade descubre en el mito la estructura de la realidad que es inaccesible a la
investigación racional y empírica; efectivamente, el mito transforma el suceso en categoría y
hace capaz de percibir la realidad trascendente; no es sólo símbolo de los procesos interiores
(como afirma Jung que lo sigue a él), sino un acto autónomo y creativo del espíritu humano
mediante el cual se actúa la revelación. Los mitos nos permiten captar relaciones constantes y
nos traducen ciertas reglas de conducta de diferentes grupos sociales. En general son anónimos
y eso los diferencia de las obras literarias que son de creación individual.

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El amor también tiene sus mitos, y de los que más se hablan son de los que provienen
de la antigua Grecia. Por ejemplo, Eros engendrado por Poros (representante del ingenio y el
recurso) y Penia (de la indigencia y la necesidad), en un banquete en que los dioses festejaban
el nacimiento de Afrodita (diosa de la belleza) y en donde Poros estaba borracho y por lo tanto
poco conciente de lo que Penia se atrevió a hacer. Así, en este brevísimo relato, se condensan
muchas de las ideas que durante siglos se sostuvieron sobre el amor. Eros emparentado con la
pobreza, y con la necesidad que tiene el amante de su amado, de la que siempre se habló hasta
el cansancio. Además, el encanto, la astucia, el ingenio que conllevan las acciones amorosas. Y
por otro lado se remarca la inconciencia, y hasta el “engaño” en que se produce el
“nacimiento” del amor.

El mito Griego sobre Eros.

Eros es un demon. (Se han traducido los vocablos griegos daímón y daimónios por
«démon» y «demónico», en lugar de «genio», «espíritu», etc., ya que estas traducciones son
más usuales en la moderna investigación de la demonología platónica. Se trata de uno de los
términos más complejos del vocabulario filosófico y religioso griego.)
Todo lo demónico está entre la divinidad y lo mortal. Un demon interpreta y comunica
a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de
los unos y de los otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de unos y
otros llena el espacio entre ambos, de suerte que el todo queda unido consigo mismo como un
continuo. La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon
como se produce todo contacto y diálogo entre dioses y hombres, tanto como si están
despiertos como si están durmiendo. Por otro lado, estos démones son numerosos y de todas
clases.
El mito cuenta: “Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre
otros, estaba también Poros (que representa el recurso, el ingenio). Después que terminaron de
comer, vino a mendigar Penía (que es la personificación de la Pobreza, la indigencia, la
necesidad). Como era de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras,
Poros, embriagado de néctar -pues aún no había vino-, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido
por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de
recursos, hacerse un hijo de Poros, se acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón,
precisamente, es Eros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la
fiesta del nacimiento de la diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un amante de lo bello, dado
que también Afrodita es bella.

Veamos las características asignadas a Eros:


1. es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es, más
bien, duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se
acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre
inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre.

2. de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es


valiente, audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de
sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida,
un formidable mago, hechicero y sofista.

3. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces
florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de
nuevo gracias a la naturaleza de su padre.

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4. lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de
recursos ni es rico, y está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia.

5. La idea de que Eros actúa como un vínculo (syndesmos) que mantiene unido el
universo recuerda la de Platón, donde se afirma que la amistad es una de las cosas
que mantienen en cohesión al universo.

Como puede apreciarse del relato de este mito, que por otra parte tiene más de
veinticinco siglos de existencia, se desprenden muchas de las ideas que se siguen sosteniendo
aún hoy, acerca del amor, por supuesto, de una manera metafórica. Que el amor puede
asociarse con la pobreza, “contigo pan y cebolla”, dice el refrán; que amando mucho a alguien
se puede llegar a la ruina o caer en la indigencia; que cuando uno está enamorado se encuentra
vacío por haber depositado todo en la otra persona, se dice también “mendigar amor” o
“mendigo de amor”, es decir que por amor uno puede estar en esa posición de mendicante. A
su vez, el amor, siguiendo la herencia de Poros, es recurso, y esto se puede asociar a todas las
creencias que sostienen que cuando se está en amor se siente más pleno, más capaz de
realizaciones, más seguro, es decir, cuenta con más posibilidades, más “recursos”. Siguiendo
el sentido planteado en 2) se asocia también amor con hechizo y con magia, y además con la
belleza. Con 3) se aprecia la idea fluctuante del amor, su decadencia en los momentos difíciles,
y la manera de ver al amor como inmortal: “el amor nunca muere”. Por otro lado se remarca la
inconciencia, y hasta el “engaño” en que se produce el “nacimiento” del amor, o más bien el
momento de “concepción”. ¿Acaso será siempre un engaño en el que nos embarcarnos al amar
a alguien?
Este mito, como el del andrógino también planteado en el Banquete, conserva la
importancia para poder reconocer de donde provienen ciertas creencias y conjeturas que se
sostienen acerca del amor.

El mito de Aristófanes

El otro mito importante, el de Aristófanes, también relatado en El Banquete”, alude a la


manera en que el Dios Zeus decide cortar en dos a aquellos seres primitivos de dos caras,
cuatro brazos, cuatro piernas, dos órganos sexuales, que al ser tan completos eran tan
poderosos que resultaban una amenaza para los dioses.
“En los orígenes existían solamente seres dobles: estaban los andróginos (con una parte
masculina y otra femenina), descendientes de la luna; también estaban los dobles-machos (con
dos sexos masculinos), y descendientes del sol; y también estaban las dobles-hembras (con los
dos sexos femeninos), descendientes de la tierra. Cierta vez estos seres, debido a su soberbia,
fueron cortados en dos mitades por Zeus, creando así los hombres y las mujeres, es decir, seres
con un solo sexo. El rey de los dioses les advirtió que si perseveraban en su impiedad podían
volver a ser cortados en dos mitades, pero que si eran piadosos, serían recompensados
permitiéndoles reencontrar su mitad perdida. El amor no es más que este deseo por encontrar la
otra mitad, restituyéndose así la unidad original: si un hombre ama a una mujer es porque
busca unirse a ella y formar nuevamente el andrógino; si un hombre ama a otro hombre, es
porque busca la restitución del doble-macho, etc., y lo mismo pasa con el amor lesbiano. Todas
las formas del amor (pederastia, tribadismo, heterosexualidad) son entonces legítimas, porque
todas tienden a restituir la unidad original”.
Platón señala en los Diálogos que precisamente el amor es el deseo y prosecución de
ese antiguo estado de completad. El mito del andrógino da cuenta de los encuentros y

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desencuentros del amor, pero también ubica allí que en el amor hay una experiencia de la falta
de objeto, que desde un principio hay una ausencia que determina el juego de los amantes. El
mito de la búsqueda de la mitad sexual en el amor queda sustituido por la búsqueda, por el
sujeto, no del complemento sexual, sino de la parte de sí mismo perdida para siempre. Esta
búsqueda no está exenta de encuentros y desencuentros, y está marcada siempre por el hecho
de que el humano al ser sexuado, esta afectado por la muerte.
Aristófanes hace un mito al modo del síntoma del amor, la ilusión del retorno a la
unidad perdida, es ésta la razón por la que Lacan sostiene que el mito del andrógino ha
triunfado en la civilización occidental. Es el mito que le ha dado un sentido, aunque ilusorio o
fantástico, al vacío que implica la imposibilidad de la fusión entre los sexos (lo que Lacan
designa como “No hay relación sexual”, como bien lo señala en Los Mitos del amor, Pablo
Fridman).
Este planteo del mito griego sobre el amor, perdura a través de los siglos en la búsqueda
ya no tal vez, de la mitad perdida, sino en la idea de completamiento que tantos insisten al
hablar de la pareja humana. (La idea de la media naranja, o el uso de la media medalla tienen
esa procedencia, al unirse ambos seres en la pareja “se daría la completad”).
El mito permite captar de un vistazo ciertos tipos de relaciones constantes y destacarlas
del revoltijo de las apariencias cotidianas. En un sentido más estricto, los mitos traducen las
reglas de conducta de un grupo. El mito se deja ver en la mayor parte de nuestras películas y
novelas, en su éxito entre las masas, en las complacencias y los sentimientos que despiertan, en
nuestros sueños de amores milagrosos. El mito de la pasión actúa en todos los lugares en los
que ésta es soñada como un ideal y no temida como una fiebre maligna; en todos los lugares en
que su fatalidad es requerida, imaginada como una bella y deseable catástrofe. Vive de la
misma vida de los que creen que el amor es un destino, que nos ha de consumir con el más
puro y más fuerte y más verdadero fuego, que arrastra felicidad, sociedad y moral.

Desde otra perspectiva el filósofo griego Cornelius Castoriadis nos habla de imaginario
social, lo que de alguna manera pone en evidencia es que no existen significados en la sociedad
ni intuitivos ni naturales. Nuestra libertad en realidad es aparente en la medida que nuestras
opciones y elecciones están marcadas por dicho imaginario. En este sentido, las significaciones
sociales imaginarias son aquellas "ideas", "conceptos", "mitos" que circulan en una sociedad
determinada y que condicionan lo que es real y lo que no es real, lo que tiene sentido y lo que
carece de sentido, articulando en una serie de tensiones y torciones el imaginario de una
sociedad y de una época. Las significaciones sociales imaginarias instituyen lo "histórico-
social".

El mito del amor pasional es una construcción de Occidente. En Oriente y en la Grecia


contemporánea de Platón el amor es concebido como placer, como simple voluptuosidad
física. Y la pasión, en su sentido trágico y doloroso, no solamente es escasa, sino que
además, y sobre todo, es despreciada por la moral corriente como una enfermedad frenética.

Algo parecido sucede con el concepto de amor en China muy distinto al occidental. El
verbo amar es empleado sólo para definir las relaciones entre la madre y los hijos. El marido
no ama a la mujer, “tiene afecto por ella”. A los chinos se les casa muy jóvenes y el problema
del amor no se plantea. No comparten las eternas dudas europeas: ¿es amor o no esto que
siento?, ¿amo a esta mujer, a este hombre o siento sólo afecto?, ¿amo a ese ser o amo al
amor? Tampoco sienten desesperación o dolor cuando descubren que han confundido el amor
con las ganas de amar. Un psiquiatra chino consideraría síntomas de locura estas cuestiones.

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No nos olvidemos que en Oriente, tanto el budismo como el hinduismo, ven el
sufrimiento humano centrado esencialmente en el apego. Su prédica es precisamente eso, la
búsqueda del desapego, y la práctica para el desapego es la meditación. Siddharta (Buda)
había comprendido que el deseo era la causa del sufrimiento. El deseo crea apego y éste ata a
la existencia, fomenta la ilusión del yo y sume a los seres en un estado de ignorancia en que
no reconocen la naturaleza de su mente y que los condena a vivir en el samsara. Como puede
apreciarse es un planteo muy diferente al occidental.

Desde los inicios de la historia del Hombre, se admite la necesidad de formar pareja, de
vivir con otro, de compartir, como modo de satisfacer necesidades de afecto, de contención,
biológicas y de reproducción. Sin embargo, a pesar de la intención de compartir y de vivir
juntos, en la mayoría de los casos (por no decir siempre) las parejas se ven enfrentadas a
transitar momentos conflictivos, que a veces se superan y que también pueden llegar a ser
motivo de ruptura del vínculo. Orientales y occidentales han vivido y vivirán aún en pareja.
Pero la manera de hacerlo, de entender el amor, el deseo, el apego puede ser diferente,
aunque en los últimos tiempos esas diferencias comienzan a disminuir.

Mitos y metáforas más frecuentes

“El amor todo lo puede”. Tiene su raíz bíblica, pero en la actualidad se sigue pensando que
cuando se ama con “amor verdadero” se puede soportar casi todo y perdonar también casi
todo. Su correlato sería el trillado dicho “contigo pan y cebolla”. Se le adjudica al amor un
papel redentor: nos hace más buenos, nos acerca a la perfección, nos cura… “El amor como
discurso y como acto transforma al humano hasta el más alto exponente de su sublimación”.
La “bestia” se vuelve casi bella cuando ama… Muchísimos autores caracterizan el verdadero
amor como la experiencia existencial más gratificante del ser humano. Ortega y Gasset la
compara incluso con la experiencia mística. Esta manera de entender al amor nos lleva al
mito de la Panacea, un mito que nos habla de la maravilla que supone encontrar al ser amado,
ya que éste cambiará la vida, resolverá los problemas, terminará con la soledad, curará las
enfermedades, y dará significado y seguridad a la existencia.

“El amor es para siempre”- Responde al mito del amor como eterno o infinito. Si se tuvieron
“amor verdadero éste no puede terminarse porque sí. En eso se basan los amantes para insistir
cuando alguno de los dos plantea el fin de la relación. El verdadero amor dura para siempre.
Sólo se ama una vez en la vida: es el concepto del “amor de mi vida”. Uno solo y verdadero.
“Donde hubo fuego, cenizas quedan”.

“La fuerza del amor”. La fuerza del amor derriba muros, se impone a pesar de todas las
dificultades y contradicciones. Las historias de amor discurren por circunstancias dramáticas,
sufrientes, pero finalmente el amor se impone y la felicidad se consigue…

“El amor como remedio” Curas los males, tanto del cuerpo como del espíritu.

“El amor como completud”. El encontrar “la persona justa” nos completa, nos agrega eso que
nos falta. El otro pasa a ser el complemento necesario en nuestra vida. Es, como señalaba más
arriba, una derivación del mito de Aristófanes. Es una idea muy arraigada a la hora de hablar y
reflexionar sobre la pareja y su elección.

“El amor como una búsqueda de belleza y perfección”. Autores como O. Paz, Ortega y
Gasset, D.Rougemont, y Stendhal son herederos de la teoría platónica del amor. Desde luego

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que más son las semejanzas entre ellos que las diferencias. Todos los autores mencionados
coinciden con Platón en afirmar que el amor es una búsqueda de belleza y perfección. Están
de acuerdo cuando dicen que el amor es una concentración en una persona determinada que
acapara toda nuestra atención y entusiasmo. El amor no es bello; pero desea la belleza, la
perfección. El amor busca lo bello.

“Amor es sufrimiento”. El unir amor y sufrimiento es una de las tradiciones más antiguas, tal
vez unida a la historia de la religión judeo-cristiana. Cuando se ama “de veras”, se sufre.
Cuando se ama existe la posibilidad de sufrir, porque cuando estamos al lado del ser querido,
siempre le pasarán o nos pasarán cosas que lamentaremos o que nos despierten sentimientos no
gratos. “Amar-te duele”. Desde Platón hasta O. Paz los estudiosos del amor han coincidido en
asociar a éste con el sufrimiento. "El amor dichoso no tiene historia. Sólo pueden existir
novelas del amor mortal, es decir, del amor amenazado y condenado por la vida misma. Lo que
exalta el lirismo occidental no es el placer de los sentidos, ni la paz fecunda de una pareja. No
es el amor logrado. Es la pasión del amor. Y pasión significa sufrimiento. He ahí el hecho
fundamental." Con estas breves líneas, Denis de Rougemont, en "Amor y Occidente",
introducía cierta idea que (aunque de buenas a primeras uno quiera con fervor desmentir) se
instala en toda nuestra herencia narrativa del amor. Lo que ambos personajes aman no es tanto
al otro en sí, sino al otro en tanto es aquel del cual estoy separado, por fuerzas inmanejables.
Lo que posibilita una gran pasión es, después de todo, lo que la obstaculiza. Aún en el siglo
XXI sigue siendo así. Para el sujeto, esta dependencia de la satisfacción por el amor, si bien es
compensada con el sentimiento de lo incomparable e incluso de lo mejor, se paga muy cara en
síntomas y sufrimientos. Está claro que, en cuanto se pone uno a amar y, más todavía, en
cuanto es amado, “empiezan los problemas”. Asoman entonces la sombra de la muerte o de la
infidelidad, que laceran al enamorado.

“El amor es creación y destrucción”. Es vida y muerte. El amor en Platón es un delirio,


también un demonio, hijo de la Riqueza y de la Pobreza y por eso nunca satisfecho. Decía
Denis de Rougemont que “La perfección del amor es morir por amor”; también decía en su
obra Amor y Occidente: “La concordancia entre amor y muerte despierta en nosotros las más
profundas resonancias. El amor feliz no tiene historia. Sólo el amor mortal es novelesco; es
decir el amor amenazado y condenado por misma vida”. Hay una “credulidad del amor que
llega a la ceguera. El objeto puede entonces matar y la “ceguera amorosa” hace “de un
enamorado un criminal sin remordimientos” (S. Freud). La pasión da testimonio de que el
amor es ciego hasta el crimen.

“El amor es fiel”. Para O. Paz, Ortega y Gasset, Rougemont y Stendhal, el amor es por
definición fiel, es un arrebato que concentra toda nuestra energía en una sola dirección; es
demasiado poderoso para bifurcarse. Para Platón no. El amor en Platón nos impele a buscar
la belleza y ésta no es exclusiva; se halla en diferentes cuerpos hermosos.

“Amor y matrimonio son incompatibles”. Octavio Paz afirma rotundamente que el amor
es prácticamente imposible en una sociedad como la nuestra, porque el amor no se explica
sin la libertad y nuestra sociedad reprime la libertad y más bien promociona el matrimonio
que no es una institución libre. Ortega y Gasset considera también que el matrimonio no
necesariamente coincide con los propósitos del amor. Rougemont con respecto a este punto
decanta el matrimonio basado en el amor de aquél basado en conveniencias sociales.
Stendhal dice que la fidelidad de la mujer en un matrimonio sin amor es contra-natura. El
matrimonio es la manera de acabar con el amor; porque el amor de pareja pertenece a la
lógica de dos sujetos, pero el matrimonio pertenece a la lógica social, a las herencias, a la

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casa, a la crianza de hijos, a la educación, a lo obligatorio socialmente prescrito. Son dos
realidades que no viven bien juntas. En general, históricamente siempre se mantuvieron
separados y en los siglos XIX y XX (en forma más directa) se lo trató de unir, aunque los
resultados no han sido tan buenos.

“Amor (no) es sexo y erotismo”. Siempre estuvieron asociados. Octavio Paz vincula amor,
sexo y erotismo utilizando una imagen muy visual: “el sexo es la raíz, el erotismo es el tallo,
y el amor la flor. ¿Y el fruto? Los frutos del amor son intangibles. Éste es uno de sus
enigmas. “El amor sexual genital asegura al hombre las más poderosas vivencias de
satisfacción”. Cuando Freud hace esta afirmación, no está entonando un himno al amor o a la
genitalidad. Se trata, ante todo, de una sucinta constatación: el amor aparece encabezando el
examen de los “métodos para lograr la felicidad”; encontramos entonces “esa dirección de la
vida que toma al amor como punto central y espera la máxima satisfacción del amar y el ser
amado”. El amor aparece, pues, primeramente como la principal “técnica de felicidad”. Y
esto impulsa irresistiblemente al hombre a elevarlo al rango de “modelo de toda felicidad” y
a “buscar la satisfacción de felicidad en la vida en el terreno de las relaciones sexuales”. La
mayoría de los autores si bien aceptan la asociación entre erotismo y amor, lo describen
como diferentes. El amor tiende a la exclusividad porque es elección. El erotismo, como dice
Paz: “es aceptación” y no necesita ser exclusivo. El amor es una atracción hacia una persona
única: a un cuerpo y a un alma. El amor es elección; el erotismo aceptación. Sin erotismo
-sin forma visible que entra por los sentidos- no hay amor; pero el amor traspasa al cuerpo
deseado y busca al alma en el cuerpo y, en el alma, al cuerpo, a la persona entera. Una
diferencia que Ortega y Gasset postula entre el erotismo y el amor es que, el erotismo
implica atracción y el amor incluye además de atracción, interés hacia la persona que nos
atrae. El erotismo nos permite trascender la soledad por un instante, el amor lo hace por
momentos más largos e intensos; El erotismo es fusión del instante, el amor es comunión
durable. El erotismo representa el momento culminante del cuerpo y también la pérdida de
ese cuerpo porque la unión erótica es una comunión donde se pierde la identidad. Bataille
nos dirá que el erotismo consiste en romper la discontinuidad (aunque sea en forma pasajera)
a la cual estamos condenados como humanos. Amar es volver a la unidad, anular la escisión,
la separación a la que estábamos condenados; la soledad.

“El amor es un código y/o un discurso”. Así como el lenguaje configura el mundo,
también configura al amor y doblemente porque el amor es ya una creación humana, es decir
es parte del mundo configurado por el lenguaje y los detalles del amor- “el amor vive de los
detalles” dice Ortega y Gasset-se van configurando a través de la imaginación y de la poesía.
El amor es poesía, es verso. “El amor cortés era en suma un ejercicio poético, un modo de
jugar con cierto número de temas convencionales, idealizados, que no podían tener ningún
equivalente real concreto. Sin embargo esos ideales, en cuyo primer plano se encuentra la
Dama, vuelven a encontrarse en épocas posteriores, incluso en la nuestra. Sus incidencias en
la organización sentimental del hombre contemporáneo son totalmente concretas y perpetúan
en él sus huellas. La poesía del Amor Cortés exalta el amor por fuera del matrimonio. El
amor, eros supremo, es el arranque del alma hacia la unión luminosa, más allá de todo amor
posible en esta vida. El poeta gana a la dama por la belleza de su homenaje musical. Le jura
de rodillas eterna fidelidad, como se hacía con el señor feudal. Es realmente sorprendente el
nacimiento, en el espacio de una veintena de años, de una concepción de la mujer
enteramente extraña a las concepciones tradicionales medievales, ya que se eleva a la mujer
por encima del hombre y se convierte en un nostálgico ideal. Y es, además, el nacimiento de
una poesía con formas fijas muy complicadas y refinadas, sin precedentes en toda la
Antigüedad.

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“Amor y tiempo se repelen”. El amor en tanto experiencia humana está hecho de tiempo y
por eso todos los amores son a la larga desdichados porque no pueden ser eternos y están
condenados a desaparecer. El tiempo puede causar grandes estragos en el amor, sobre todo si
se carece de imaginación, el amor puede volverse monótono y aburrido y morir
paulatinamente. Además el paso del tiempo destruye la belleza física y si el amor sólo estaba
basado en ella, desaparecerá junto con la atracción sensual. Dice un refrán anónimo: “El
amor hace pasar el tiempo, y el tiempo hace pasar el amor” “El amor es eterno hasta que
termina”.

“El amor es sacrificial”. Casi todos los autores coinciden en asociar amor y sacrificio. El
amor es oblativo: está preparado para todos los sacrificios; se abastece de nada. No está
interesado en los objetos que el otro pueda dar. En cambio el deseo no es sacrificial. (En el
fondo el deseo lo que plantea es el goce del objeto).

“Amor como dinero”. (Algo así como valor de cambio). Es importante anotar que la
metáfora del amor como moneda no es exclusiva de Occidente. En un bello artículo sobre
Eros, Affect and Pao (eje de la reciprocidad en intercambios con otros seres humanos y
sobrenaturales), el profesor de Northwestern, F. L. K. Hsu, dice que también en China Eros
es oro en bruto y Afecto, papel dinero. N. Luhmann también equipara amor con dinero,
poder, verdad, como medios de comunicación intersubjetivos. “Amor y desamor son ambos
lados de una moneda” cuyo medio de cambio es el deseo. Pero al igual que las monedas, se
devalúa y finalmente muta, encontrándose con cierta frecuencia que hay amor con un deseo
adormecido. Llega un momento en que el valor de ese amor está en el contenido metálico
más que en el valor de cambio, el deseo.

“El amor como caída” Es la idea que el amor “arriba a nosotros desde afuera”. Es el
flechazo de Cupido, como plantea el mito. El “fall in love” de los ingleses. “Tomber
amoroux”, dicen los franceses para referirse al “enamorarse”. Caer enamorado es
experimentar el sentimiento nuevo que hace creer en el antiguo (el amor de la infancia).

“Amor es sentir lo mismo recíprocamente”. Pensar que todo lo que siente alguno de los dos
también lo siente o lo “debe” sentir el otro: “si a mí no me pasa lo mismo que a ti, entonces
ya no te amo o nunca te amé”. Cuando en realidad, al ser dos seres distintos con experiencias
e historias diferentes, nunca podrán amar de la misma manera. Se ama con lo que uno
dispone, fue, es, con las capacidades y discapacidades con las que cuenta, con lo que quiere y
con lo que cree y crea. Y esto siempre es diferente en cada uno.

“Amar el amor”. “Amar de veras supone gozar simultáneamente del amor. El objeto amado
es tal que provee razones concretas para “gozar del amor”. El encuentro amoroso provee la
coyuntura en la que deviene posible gozar del amor. El amante “ama amar”. El objeto, por
ser amado, le suministra la ocasión en carne y hueso”.

“Amor como enfermedad” “El amor es el principio y el origen de todas nuestras alteraciones,
y el compendio de todos nuestros trastornos del alma, pues si deseamos gozar de lo que nos
agrada lo llamamos avidez y concupiscencia, si no podemos gozar de ello es dolor y
desesperación... la sangre se vuelve seca, terrestre y melancólica... Es muy difícil curar a los
enfermos de enfermedades de las cuales no desean sanar pues la cura [de las enfermedades]
depende tanto del enfermo como del médico.” Esto lo decía Jacques Ferrand, en su tratado
“Melancolía Erótica o la Enfermedad del Amor”, en el año 1610. En el siglo I de nuestra era,
después de su famosa Ars Amandi (El arte de amar), Ovidio escribió “Remedia Amoris”, un

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poema de 814 líneas escrito en latín . En el poema, de carácter estoico, Ovidio ofrece consejos
y estrategias para evitar los daños y/o perjuicios que nos pueda producir el amor. El objetivo
del poema es enseñar, en particular a hombres jóvenes, cómo evitar la idealización de las
mujeres amadas y procurarle ayuda en caso de que el amor les traiga desesperación y
desgracia. Ovidio asegura que los suicidios que son producto de amores desafortunados pueden
ser evitados mediante el cumplimiento de sus consejos. Amor es locura: Barthes nos indica que
el sujeto amoroso es atravesado por la idea de que está o se vuelve loco. Añade, «se cree que
todo enamorado está loco”. ¿Pero se imaginan un loco enamorado? De ningún modo. “El amor
me vuelve como loco, pero no me pongo en relación con lo sobrenatural; no hay en mí nada
sagrado; mi locura, simple sinrazón, es plana, hasta invisible; por lo demás, totalmente
recuperada por la cultura: no da miedo. (No obstante, es en el estado amoroso donde algunos
sujetos razonables adivinan de pronto que la locura está ahí, posible, muy cercana: una locura
en la que el propio amor zozobraría)”

“El hambre de amor” El amor se inicia por la búsqueda que la pulsión sexual (atracción
sexual) establece. Y esa pulsión sexual a su vez está condicionada, apuntalada dice Freud,
sobre la autoconservación, sobre la necesidad de alimento, sobre la madre y su pecho. Por lo
tanto el amor tiene siempre una vertiente de nostalgia, es de alguna manera un “reencuentro”,
agrega Freud, donde la madre es protagonista. La historia amorosa de la persona humana está
marcada por esa primera relación. Ivonne Bordelois en su libro “Etimología de las pasiones”
nos aclara sobre la palabra amor. “Su raíz se encuentra en el indoeuropeo ma , madre , raíz
imitativa de la voz infantil, que reproduce el balbuceo del bebé al mamar. Su derivado es
amma, voz familiar, que también significa madre. El español, con su habitual fidelidad y
transparencia, guarda esta raíz prácticamente intacta, en expresiones como ama de leche, es
decir, la que amamanta. Amita significaba, dentro del recinto indoeuropeo, hermana de la
madre o tía, es decir, persona que puede ocuparse de un recién nacido o eventualmente actuar
como nodriza. De amma proviene amor. Muchas de las figuras (metáforas) que se usan en los
actos de amor están emparentadas con la alimentación: devorarte, comerte a besos, tragarte,
incorporarte, etc. Agrega Bordelois “Las lenguas del mundo evidencian una amplia gama de
metáforas donde el acto sexual y las expresiones afectivas que lo rodean y preparan se
designan con imágenes alimenticias: sólo en español encontramos "me gustas", "me lo comí a
besos". Hay numerosas comprobaciones independientes en este sentido: por ejemplo, Eduardo
Galeano menciona que entre los guaraníes la palabra “che ha u” designa a la vez el acto de
comer y el de hacer el amor; numerosas metáforas populares y coloquiales corroboran esta
identificación”.

“Si no perdura la intensidad se acabó el amor”. Hay en la continuidad de un vínculo


amoroso diferentes períodos y estados que dependen de innumerables factores como para
pretender que “siempre” se pueda sentir al otro con la misma intensidad de los primeros
tiempos. Se confunde muy frecuentemente el período de “enamoramiento” con lo que sigue
luego donde hay un decrecimiento de la atracción, del deseo, de la idealización del otro y de la
situación en general. El no aceptar esa “caída”, esa pérdida, hace muchas veces que se lo
confunda con que “ya nada tiene sentido”. No es que no exista la posibilidad de que a veces el
intento de estar con alguien no prospere, sino que en estos casos lo que no se tolera es que eso
“fuerte” que se sentía deje paso a un sentimiento más calmo y sereno. Pero este mito de
perdurabilidad es, a veces, la causa de rupturas amorosas.

“Amar es extrañar”. La manera en que alguien se posiciona ante el otro es muy variable. No
existe la forma “correcta” o “ideal”. Hay personas que necesitan más la presencia del otro
que otras que pueden prescindir de ello y no por eso no amarlo. Lo que en general este mito

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plantea es que ante la ausencia del ser amado hay que extrañar y por que no, sufrir su
ausencia. Puede suceder eso, pero también puede pasar que alguien sienta la presencia de ese
ser querido en su interioridad y no lamente su ausencia.

Estos mitos o metáforas se fueron construyendo a lo largo de la historia de la


civilización occidental y conviven incluso a veces en forma contradictoria, no sólo en el
imaginario social, sino en nuestro propio inconciente. Tienen mucho peso cuando sobreviene el
malestar en las parejas.

Si tomamos una línea conductora que va desde Grecia con El Banquete y Fedro de
Platón, pasando luego por Ovidio, Virgilio, Andrés de Chapelin en el siglo XII (representante
del amor cortés), Dante y Petrarca durante los años del “dolce stilo novo”, Sthendal, y en el
siglo XX Denis de Rougemont, J. Barthes, Ortega y Gasset y O.Paz; y si a esos autores
representativos le agregamos aquellos otros que se refirieron al tema del amor desde una
vertiente más científica (psicoanalítica, sociológica, antropológica) como S.Freud, J.Lacan y
todos sus discípulos, Giddens, E. Fomm, Alberoni, Luhman, Bataille, sería suficiente para
tener un panorama bastante claro de lo que ha sido y continua siendo, la concepción del amor
en Occidente. Por supuesto que engrosarían esa lista la cantidad de poemas, novelas, ensayos,
películas que se han realizado en nombre del amor, pero creo que sobre ese eje de autores
mencionados están plasmadas las ideas con que hoy nos manejamos a la hora de tener que
poner nombre y explicaciones a los sentimientos de atracción hacia otra persona.

Para Ortega el amor es por esencia, un error, no es que yerre a veces. Dice: “Nos
enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes
perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece y con ella muere el amor” por eso la
metáfora que el amor es ciego, porque en realidad no está en condiciones, la persona
enamorada, de ver los defectos del otro. Al referirse a la teoría de la cristalización de Stendhal
la define como idealista porque hace del objeto externo hacia el cual vivimos una mera
proyección del sujeto. Es algo que arranca con el Renacimiento. Las perfecciones fantaseadas
son las que suscitan el amor. Pero muy sagazmente se pregunta Ortega, entonces, de donde
surgen las perfecciones que se le adjudican por ejemplo, a la mujer, si eso no existe en
realidad, de qué se alimentó la fantasía, donde se conoció a esa mujer imaginaria. Lo que sí
acepta de Stendhal es su planteo de que hay amores que no lo son. Eso para mí es tan válido en
la época d ese autor como en la actualidad. Muchas veces me ha pasado con mis pacientes que
después de nombrar atrocidades que le suceden con sus parejas dicen que las aman. En ese
sentido Stendhal diferencia cuatro tipos de amor: el amor pasión (el de Eloísa y Abelardo, o el
de Tristán e Isolda), el amor placer (el de la época galante), el amor físico (pura sexualidad), el
amor vanidad (del lujo, de la moda).
El amor puede “falsificarse”, falsearse. Los poetas pueden ornarlo, pulirlo, exaltarlo,
hasta tal punto de que antes de sentirlo ya lo conocemos, lo estimamos y nos disponemos a
ejercitarlo, a practicarlo. De ahí lo que decía Rochefoucauld que nadie sentiría amor si antes no
se lo hubiesen nombrado como tal. Se puede amar el amor, siendo el amado sólo un pretexto.
Pero Ortega criticando la teoría de la cristalización de Stendhal, nos presenta una idea
acerca del amor puro o verdadero, es decir ese tipo de amor en que un ser queda adscrito de
una vez para siempre y del todo al otro ser, especie de metafísico injerto. Dice que un amor
pleno que haya nacido en la raíz de una persona, no puede verosílmente morir (acá se
visualizaría el mito de la perdurabilidad). Siempre la persona que amó se siente en un contacto
y proximidad con su amado a pesar de las distancias espaciales, lejanías u obstáculos. Es, para
él, estar ontológicamente con el amado, fiel al destino de éste, sea lo que sea. Aquí yo
vislumbro la intensa raigambre cristiana de Ortega. Perfectamente esto coincide con las

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propuestas religiosas judeocristianas. Sigue a Platón al pensar que el amor es un movimiento
hacia el otro en búsqueda de perfección (él homologa la idea de belleza a la de perfección), de
superación, y llega a decir que no podría existir sentimiento erótico -amor sexual- hacia alguien
sin ver en ese alguien un haz de excelencia. Amor es para él, impulso de, o hacia la perfección
Aquí se nota la idea de amor como algo universal, que no cambia con las épocas. Hay un amor
verdadero que siempre tiene que manifestarse de la misma manera. Si se distancia de ese
supuesto entonces es pseudo amor, o sea, ese amor que se construye y que además concluye. Si
viviera hoy Ortega no podría afirmar que en nuestros días puede existir un amor confluente,
contingente, muy diferente al de los siglos XIX y parte del XX. Él simplemente diría que eso
no es amor.
El otro supuesto importante que cita, como lo hacen quienes sostienen el amor
romántico, es el anhelo de fusión. Si bien el erotismo conlleva esa propuesta de romper la
discontinuidad como lo plantea Bataille, esa tendencia a la continuidad, esa fusión, es para este
autor algo pasajero, en la unión genital, en la experiencia orgásmica, mientras que para Ortega
y otros como él, esa tendencia fusional es una condición “sine quanon” del verdadero amor,
(lo mismo se sostiene en el amor romántico). Y agrega a esa “urgencia de disolver la
individualidad en la del otro y viceversa”, la idea del hijo, donde los amantes se prolongan y
afirman la perfección de uno y de otro. Como se verá, esto se ajusta bastante a la idea que tiene
por ejemplo, la Iglesia, acerca de la unión matrimonial bajo el signo del amor, que, a la vez, es
una visión neoplatónica del amor.
Sobre el enamoramiento plantea que “es un estado de miseria mental en el que la vida
de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza”. Me parece siempre aclarar que en
general, entre escritores y científicos, hay bastante consenso en diferenciar enamoramiento de
amor. Por eso a mí me gusta usar la expresión “estar en amor” (que no es pura pasividad sino
que implica actividad, actuación, hacia lo amado), cuando alguien ama a una persona y no se
encuentra en el estado de enamoramiento (ese primer estadio). De todas maneras es evidente
que la palabra amor es un término muy equívoco ya que con esa misma palabra se nombran
fenómenos muy disímiles, posee, por lo tanto, un alto valor polisémico.
Decía más arriba que en el amor el sujeto entra en relación con la falta de un objeto en
sí mismo, entonces, anhela poseer a ese otro, que sea enteramente suyo. Por eso no es seguro
que en el amor se quiera siempre el bien del otro; a partir de un punto dado, se quiere algo en el
otro más allá del otro mismo, se quiere arrebatar eso del otro que no se atrapa. Todos sabemos
que en nombre del amor, por el supuesto bien del otro que parte del amor que se le profesa -y
que además se considera que debe ser mutuo y equivalente- se imponen al otro una serie de
condiciones o de mandatos. Quiero decir, en nombre del amor uno también pretende imponerse
sobre el otro y someterlo a la propia voluntad. Es por eso que aquí no se trata muchas veces del
“bien supuesto del otro”, sino que éste es el pretexto para defender el bien propio.
El problema de la relación dual es que la diferencia del otro me excluye. En el deseo de ser
amado hay un intento de surgir para el otro como aquello de lo que el otro no puede prescindir,
ser lo que le hace falta al otro para ser feliz. Efectivamente, no hay amor sino cuando se cede al
otro esta falta, es decir, cuando uno no puede dejar de reconocer ante otro “tu eres lo que me
hace falta”.

Amor y deseo.

En el amor sexual adulto (amor erótico), amor y deseo siempre han sido un par que,
asociados o disociados, ha intervenido para todo tipo de explicaciones que se vienen
haciendo sobre la vida de las parejas (sean éstas heterosexuales u homosexuales). Y muy
especialmente para historizar, describir, explicar la institución matrimonial: matrimonios sin

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amor, amor por fuera del matrimonio, matrimonios con amor pero sin deseo, etc. Momentos
en el desarrollo cultural donde se decía “la amo” para poder decir en verdad “la deseo”; o
como pasa más en la actualidad que se dice más fácilmente “te deseo” y se reprime
frecuentemente el discurso amoroso. ¿Por qué? Se pueden ensayar muchas respuestas ya que
el tema es muy complejo. Creo que mucho tiene que ver con la manera en que en diferentes
épocas se encara la sexualidad que está a su vez relacionada con el orden social imperante,
las instituciones religiosas, el poder político, en fin, con la mentalidad de las distintas épocas.
Entiendo mentalidad como todo aquello que tiene que ver con la intimidad de los seres, su
interioridad, sus emociones, cómo se representan el mundo, cómo establecen su sistema de
preferencias y estimaciones. Así como hay diferentes maneras de entender el amor, también
las hay para comprender el deseo humano.

Thomas Hobbes decía en su Leviatán, que aquello que los hombres desean, dicen
también que lo aman, y que odian aquellas cosas por las que sienten aversión. De ahí deducía
que el deseo y el amor son la misma cosa; salvo que por deseo queremos siempre decir
ausencia del objeto, y por amor casi siempre presencia del mismo. Sabemos que desde el
psicoanálisis se lo plantea distinto, pero en general, en la vida corriente, esa confusión es
muy frecuente.

B. Spinoza, afirmaba que " el deseo es la esencia misma del hombre,…el esfuerzo de
alma y cuerpo por perseverar en el propio ser". Para el psicoanálisis el deseo es enteramente
sexual. El objetivo de la cura, es que el sujeto reconozca la verdad sobre su deseo, lo cual es
posible cuando se lo articula con la palabra y en presencia de otro: "Al nombrarlo, el sujeto
crea, engendra, una nueva presencia en el mundo".

El deseo aparece asociado con la falta de su objeto (objeto perdido e irrecuperable). El


deseo adviene más allá de la demanda como falta de un objeto. No es la búsqueda de un
objeto o de una persona que aportaría satisfacción. Es la búsqueda de un lugar de
reencuentro, de un momento de felicidad sin límites, la búsqueda del "paraíso perdido". No
es una relación con un objeto, sino la relación con una falta. (Así lo entiende una corriente
dentro del psicoanálisis, la lacaniana, pero hay otras posturas que no lo consideran de esa
manera).

La necesidad se dirige a un objeto específico (y ahí se satisface). La demanda (que es


siempre de amor) se dirige a otro (para obtener algo de alguien). Pero ambas son irreductibles
al deseo, ya que éste nace de la separación entre necesidad y demanda. El deseo es
irreductible a la demanda porque intenta imponerse sin tomar en cuenta el lenguaje y el
inconciente del otro.

“El deseo del hombre es el deseo del Otro” es otra de las resonantes frases de Lacan, y
podemos encontrarle por lo menos dos grandes significaciones:

1) Desear al otro, que es inaccesible; 2) no sólo deseo al otro, sino lo que el otro desea, y
busco su deseo hacia mí, así como su reconocimiento. El campo del deseo está bañado por la
identificación: me identifico con lo que supongo que es le deseo del otro a fin de hacerme
desear por ella/él (el psiquismo siempre será tributario del deseo de "algún otro"). El deseo
sufre mediación. Es siempre "deseo de alguna otra cosa", puesto que es imposible desear lo
que uno ya posee, siempre se pospone el objeto del deseo, por eso se dice que es una
metonimia.

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El deseo se cumple, se realiza, se elabora, (no se satisface, sino que se reproduce como
deseo) con la identidad de percepción; no apunta a la percepción sino a la identidad, lo
buscado es lo idéntico y es imposible (imposible por estructura, y por lo tanto lo imposible es
tener un objeto complementario del sujeto). El deseo es la insatisfacción que permanece
como resto después que la necesidad fue colmada; vive de esa insatisfacción, podríamos
hablar de función de insatisfacción (Freud decía que ningún objeto puede coincidir con el
objeto buscado).

Muy cercano al deseo se encuentra el erotismo que necesita para su despliegue,


trasgresión, creatividad, juego, inestabilidad, misterio. En la vida cotidiana de la pareja,
plagada de certezas, rutina, estabilidad, el erotismo tiende a apagarse.

El deseo se elabora, se da tiempo, se articula en el sueño (mucho mejor que en la


conciencia, por ejemplo en actos fallidos); encuentra sus eslabones, se constituye en
secuencia de sus representaciones; y su objeto tiene que ver con el objeto del deseo del otro.
También se realiza en los síntomas y en las fantasías Siempre cuando se trata del deseo hay
"pluralidad de personas psíquicas", y el acceso al objeto del deseo es otorgado por un tercero.

Merece atención destacar esta importante noción lacaniana sobre el deseo entendido
como un producto social: siempre se construye con los deseos percibidos de otros sujetos, no
es tan privado como parece; y la primera que ocupa el lugar del Otro es la madre quedando el
hijo a merced de su deseo. Algo parecido planteaba ya Hegel cuando decía que lo social no
es sino una red de deseos.

Felix Guattari, desde otra posición, denomina deseo a todas las formas de voluntad de
vivir, de crear, de amar; a la voluntad de inventar otra sociedad, otra percepción del mundo,
otros sistemas de valores. El deseo es siempre el modo de producción de algo, el deseo es
siempre el modo de construcción de algo. Dice: “La concepción de deseo en el campo social
que Gilles Deleuze y yo intentamos desarrollar, tiende a cuestionar la idea de que el deseo y
la subjetividad estarían centrados en los individuos y resultarían de la interacción de hechos
individuales en el plano colectivo. Partimos de la idea de una economía colectiva, de
agenciamientos colectivos de deseo y de subjetividad que en algunas circunstancias, en
algunos contextos sociales, pueden individualizarse”.

J. Allouch, otro destacado psicoanalista francés, sostiene que el amor no es un asunto de


“pactos” pues ello implicaría confundirlo con el matrimonio, el cual, precisamente, puede
significar el fin del amor. En el amor no hay un pacto que ofrezca seguridad: “el amor esta
lleno de temor inquieto”, decía Ovidio. Allouch afirma que para Lacan el amor es un asunto
del orden del ser, una cuestión ontológica: amor-odio-ignorancia constituyen la expresión de
las “pasiones del ser”. Señala que, para Lacan, amar no es ni desear, ni pedir ser amado ni
gozar del amado, y agrega: “el sexo es para consolarnos por el fracaso del amor”.

Entonces, cuando hablamos de amor y de odio hablamos de las pasiones del ser;
decimos que son pasiones del ser para distinguirlas de las pasiones del alma, que responden a
un concepto diferente y respecto de las cuales Descartes hizo un tratado. Las pasiones del alma
son algo así como los estados del humor más o menos constantes en su sujeto. En ese sentido,
son afectos que no guardan relación con un otro específico, con el semejante, sino que son
modos de relacionarse con lo que sucede en uno mismo, digamos. Las pasiones del ser, en
cambio, se distinguen por estar en estrecha relación con un otro, con alguien en especial, y se
desatan ante esa presencia. Puede decirse que son tres: el amor, el odio y la ignorancia.

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Estas pasiones, que llamamos del ser, se caracterizan porque imponen una acción sobre
el sujeto, que requiere del otro para colmarse o para calmarse. Además, tanto el amor como el
odio se sostienen en una certeza, una certeza que se apoya en los efectos que esas pasiones
producen sobre el cuerpo. La pasión amorosa, tanto como el odio, no son ideas ni
pensamientos solamente; en lo principal, son sensaciones que se padecen en el cuerpo; de allí
precisamente la certeza que producen. Jacques Lacan usó la palabra odiamoramiento porque le
parece más precisa que aquella de ambivalencia. Ambivalencia es una palabra ambigua que
parece querer decir que en todo vínculo hay una suerte de equilibrio entre el amor y el odio, y
que ambos conviven. No es necesariamente así porque cuando se ama se ama y, especialmente,
cuando se odia no se ama. Pero es verdad que no hay amor que no suscite eventualmente el
odio y que el odio pueda ser la otra cara del amor, una cara que puede surgir y desbordarse.
Al amor también se lo considera como sentimiento. Al igual que los celos, la ira, la
alegría, etc., solemos agruparlo en los que se denominan “sentimientos”. Del latín sentire es
experimentar sensaciones producidas por algo externo o interno a uno. Por lo tanto, además de
tener una explicación o definición, cada uno de esos sentimientos carga los las infinitas
apreciaciones que cada individuo pudiera enunciar de los mismos. Es decir, habría siempre una
manera particular de experimentar, de vivenciar, cada uno de los sentimientos que conocemos.
Y cada individuo podrá decir y afirmar que es de la manera que lo dice porque “él” así lo sintió
en determinadas circunstancias, porque “le pasó”, porque “sabe” a partir de su experiencia
personal. Como dice el tango: “que me van a hablar de amor si yo siempre anduve en
amores…” El hecho de haber tenido varios o muchos amores parece que habilitaría a un
individuo para ser un experto en el tema, y eso obturara toda posibilidad de reflexión por parte
del erudito, filósofo, psicólogo o pensador.

Además a veces no nos damos cuenta que lo que solemos sostener sobre esos “estados
sentimentales” que vivimos, están teñidos de lo que históricamente se viene diciendo y
afirmando sobre ellos. Hay, por lo tanto, un “colectivo que propone definiciones,
construcciones conceptuales sobre lo que es “sentir eso”, y por otro lado las variantes
particulares a partir de esa concepción. Esto hace a la intangible manera, por ejemplo, de
cómo se conceptualizó el amor a lo largo de todas las épocas. Sobre él se ha dicho de todo:
desde posturas ampliamente optimistas que recalcan su valor y le adjudican un papel casi
redentor, hasta las más pesimistas e incrédulas.

Pero lo que quiero recalcar es que el concepto amor, la idea que se tenga sobre el amor,
está intrínsecamente condicionado por las mentalidades imperantes en cada época y por las
maneras en que se pone en práctica ese ritual amoroso. Entonces, esa maneras de amar son
reflejo de cómo se vive en ese período, qué valores e ideales se sostienen, qué costumbres se
practican, etc. Diría que hasta se podría hacer una historia sobre el amor, cómo se lo practicó
y cómo se lo concibió a lo largo del decurso histórico.

Amor y sexualidad

Así como el significado de la sexualidad ha cambiado en nuestra época contemporánea,


ya que durante largo tiempo estuvo encerrada en la historia de la reproducción y ahora se
despliega en gran medida fuera de ella, así también parecería que el concepto de amor se
viene transformando, abandonando, aunque lentamente, su veta romántica.

La sexualidad, plantea el sociólogo inglés Jeffrey Weeks, se ha vuelto en nuestra época


un terreno de experimentación. Esto se relaciona estrechamente con la cuestión de las
relaciones, porque si el compromiso, la intimidad, los nuevos intentos, se han vuelto claves

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en la vida privada moderna, otro tanto sucede con su logro a través de la satisfacción sexual,
lo que crecientemente significa la exploración de lo erótico, según modelos cada vez más
exóticos y confusos. Existen por supuesto muchos tipos de relaciones sin sexo, y mucho sexo
sin relaciones. Pero no es fortuito que la intimidad, como término, se relacione estrechamente
con la actividad sexual. La intimidad moderna se vincula muy de cerca con la exploración y
satisfacción del deseo sexual.
¿En dónde queda entonces el amor? Es fácil hablar de sexualidad sin amor, y de amor
sin sexualidad. Pero es claro que el amor es algo que de modo creciente se moldea
fortuitamente, como un foco para las relaciones íntimas. El amor, como la sexualidad, se ha
vuelto más fluido, menos una receta para la devoción eterna, más una cuestión de elección
personal y autorrealización, una forma de comunicación más que una verdad eterna. Sus
significados se construyen para y en circunstancias específicas. Eso no significa que sea
menos importante; por el contrario, su propia movilidad, su potencialidad para trascender la
división entre individuos autónomos, lo vuelve un ingrediente cada vez más vital de la vida
privada y social. Pero no podemos asumir su forma, ésta debe negociarse de nuevo cada vez.

El mito de que el amor y el deseo siempre están orientados hacia el sexo opuesto va
lentamente retrayéndose. Crecientemente la autenticidad de ambos va haciéndose más
transparente y las demandas de reproducción de la sociedad sobre el universo social van
haciéndose más tímidas. Así, las personas, hombres y mujeres, son más libres para escoger y
vivir, explorar y revalorar el modo como quieren llevar a buen puerto su destino íntimo. Este
proceso de transformación de la intimidad, proceso social al mismo tiempo que muy
personal, ha tomado fuerza en América Latina donde la demanda y obsesión católica por la
reproducción, y el pecado por la infertilidad, se deshilacha al mismo tiempo que los pecados
se van haciendo cada vez más relativos para los pecadores. La sanción social sobre la no
reproducción se esfuma ante la evidencia de otras formas de vivir, mientras la amenaza del
SIDA regresa un cierto temor a la exploración.
Al paisaje sexual contemporáneo, dice J. Weeks, lo recorre un fantasma de dos cabezas:
la incorregible diversidad de sexualidades, la realidad de la otredad que nos confronta en todos
nuestros tratos con individuos y colectividades, y la necesidad de elección. En un sentido muy
importante, estos fantasmas han estado en el centro de los debates sexuales por muchas
generaciones, y han moldeado los diversos discursos en torno de lo sexual de maneras
profundas (y por lo general contradictorias). Lo que considera nuevo es que la caparazón de la
certidumbre moral (y subsecuentemente) científica, que controlaba a la diversidad y delimitaba
la elección, está ahora resquebrajada, de modo tal vez irreparable. Así como la sexualidad es
un fenómeno profundamente social, que lleva la huella de historias complicadas, de
moralidades impuestas, y el juego infinito del poder, así debemos colocar nuestras elecciones
sobre la sexualidad y el cuerpo en un marco político y ético más amplio. La variedad de
posibilidades sexuales de las que el cuerpo es heredero no son, por sí solas, ni buenas ni malas.
La sexualidad no posee un significado intrínseco, no puede decir su propia verdad porque sus
manifestaciones sólo pueden siempre ser culturalmente mediadas.
El significado de la sexualidad ha cambiado. Durante largo tiempo encerrada en la historia de
la reproducción, ahora flota en gran medida fuera de ella, en un proceso que tuvo un fuerte
desarrollo mucho antes de que la píldora prometiera, de una vez por todas, una seguridad
tecnológica. Sigue evocando imágenes de pecado para muchos, de violencia, particularmente
para los niños y las mujeres, y tal vez para todos nosotros, de poder. Aún se le asocia con la
amenaza de enfermedad, que trae a la mente la epidemia del VIH. Es, como lo señaló Carole
Vance en 1984, un lugar de peligro y a la vez de placer. Pero en un proceso complejo, sus
significados se han ampliado. Para la mayoría se ha vuelto lo que siempre fue en teoría,

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polimorfa o "plástica". Al menos en principio, están abiertas para todos nosotros las artes
eróticas, ya sea por los miles de manuales sobre los goces del sexo, o por el floreciente
mercado de las representaciones sexuales, o por una explosión del discurso en torno del cuerpo
y sus placeres.

Con menos palabras y más libertad que antes, Oscar Ugarteche, psiconalista peruano, nos
señala que el amor es el amor y el deseo es un tranvía que nos lleva por los caminos más
enrevesados hasta que descubrimos el que pensamos que será el paradero final. Con más
libertad, las expresiones del ser sexual se van manifestando sin preocupación sobre los
componentes de bisexualidad, heterosexualidad y homosexualidad que van pasando a ser
categorías anacrónicas. En estos tiempos hay que tener conciencia que ese paradero final no
debe ser la muerte sino la felicidad, parafraseando a Freud.

Amor hoy

Creo que no sería desacertado afirmar un estatuto contemporáneo del amor, o si se


prefiere posmoderno. Un estatuto que pone en revisión los dichos y mitos que la modernidad
viene sosteniendo por lo menos casi más de un siglo. Si bien aún tienen vigencia las
“historias de amor” y los planteos románticos, hoy, con una idea sobre la sexualidad diferente
a la que se sostenía pasada la mitad del siglo XX, el encuentro amoroso asume otras
características impensables para otras épocas. Por ejemplo, se admite (y de hecho sucede)
que a partir de relaciones sexuales placenteras puede arribarse al amor, planteo totalmente
inaceptable antes donde primero debía sentirse el enamoramiento para luego consumarse el
acto sexual. Esta es precisamente la propuesta de un film como “une liaison
pornographique” donde a partir de actos supuestamente “pornográficos se llega al amor: más
allá de la originalidad de la propuesta: que sólo se trate de, como manifestó la protagonista,
“una relación pornográfica”, sólo sexual, finalmente al ser interrogada por la especificidad
del fantasma sexual secreto y compartido, termina expresando que no importa, que se trataba
de “un acto de amor”.

En un artículo del diario La Nación del 7/5/2006 titulado “Cómo se ven los adolescentes a sí
mismos”, comenta un joven de veinte años que para él la fidelidad pasa más por el lado
afectivo que por el físico. Y dice: “…es preferible que tu pareja te engañe con otro, pero que
te ame a vos, a que cuando está con vos piense en otro”. Se desliza en este razonamiento que
para los jóvenes actuales el amor de pareja puede no incluir en todos los casos la
exclusividad sexual, y que se puede tener un encuentro sexual con alguien sin que quede
cuestionado o se pierda el amor de pareja. Como si lentamente, esos preceptos de “fidelidad
basado en la exclusividad sexual” estuvieran cambiando, Considero además que este giro se
debe a un debilitamiento de lo que solemos llamar coloquialmente “machismo”, y que está
relacionado con el deterioro permanente del patriarcado.

A lo largo de toda la historia de la civilización, la vida amorosa ha inquietado,


desvelado, convertido a reyes y esclavos a hombres y mujeres. Esta vida amorosa que en
algunas circunstancias se reduce casi sólo a “sexo”, a veces es algo más porque la
imaginación y la sensibilidad desbordan el sexo para convertirlo en erotismo, y puede incluso
revestir otra forma, porque el afecto y relación existencial de persona a persona permite
hablar de amor. Atracción sexual, erotismo, amor, una tríada que dio y dará mucho que
hablar y pensar.

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Todas las culturas han elaborado discursos sobre el amor. Algunas en favor de, otros en
contra de, el amor siempre ha sido polémico. Desde hace casi dos siglos, y aún hoy, aunque
en descenso, prevalece esa visión romántica en la cual el matrimonio, la pareja y la familia se
fundan sobre los “lazos del amor”. Sin embargo no en todos los tiempos esto fue así, remarco
esto, y tal vez tampoco lo sea en el futuro.
En la Europa premoderna, por ejemplo, el matrimonio siempre ha sido cosa de
negocios, acuerdos entre familias, intereses económicos, etc. Aún en pleno apogeo del amor
cortés, a los esposos correspondía la affectio dilectio, pero sin amor pasional, puesto que en
el matrimonio radicaba todo lo serio, lo severo, lo devoto, prudente y concienzudo.
Los eclesiásticos del siglo XII destacaban la importancia de no mezclar el amor, en
aquello sobre lo que se sustentaba el orden social, la sucesión de los linajes, y la distribución
de la riqueza. Por mal camino se llevaría al matrimonio y la familia si se intentaba
entremezclar en ellos el amor-pasión. La única consecuencia predecible de tal situación era la
de su disolución. El amor debería reservarse a dios, el único digno de merecerlo.
Con el amor romántico, heredero del amor cortés, invento de la modernidad, la pasión,
antes reservada a Dios a lo largo de todo el medioevo, pasa a formar parte constitutiva de los
ideales del amor matrimonial.
La modernidad, con su errada ligazón del matrimonio y el amor romántico, baña la
época actual. Pero tal vez lo que se trata de practicar hoy es que ese amor, incluso el
pasional, puede sostenerse pero por fuera de la atadura matrimonial, y si no, pensar en otro
tipo de amor. (La pasión exhalta al deseo en la relación de amor)
Con la devaluación del matrimonio en la época actual, ¿Dónde queda su compañero de ruta,
ese amor romántico? Se hace necesario pensar el amor de otra manera. Aparecen nuevos
términos para emparejarse con amor: “realista”, “consensuado”, “confluente”.
Una nueva forma de amor en que los términos “para siempre”, “único”, parecen ya no
tener sentido. Confluente, forma del amor que no espera ya de la misma manera la validación
del yo en el otro, e introduce las necesidades de la ars erotica en el seno del mismo, esas de
las que ya hablaba Ovidio, hace veinte siglos atrás.

Una frase de nuestra época: “te quiero… pero no te amo….”


Es muy frecuente escuchar por estos tiempos esa frase, pronunciada tanto por mujeres
como por varones. Como desde hace tiempo me viene interesando el tema del amor en las
parejas, siempre trato de indagar que quieren trasmitir cuando se refieren de esa manera. Y
debo decir que me llevo grandes sorpresas. Desde confusiones exageradas, distinciones
incoherentes, hasta planteos realmente interesantes para ser pensados.
Si bien el tema del amor ha sido fundamental en todas las épocas, diría que hoy es
primordial en la continuidad o interrupción de las parejas constituidas. No sólo es un
componente esencial para la conformación de la pareja matrimonial (o sus subrogantes),
cosa que no sucedió en todas las épocas, sino que además la falta de amor se ha convertido
en uno de los factores más frecuentes para la disolución de las mismas, justificando muchas
veces todas las vicisitudes adversas por ese motivo.
Rastreando diccionarios y enciclopedias compruebo que en general querer y amar
aparecen como sinónimos, si bien querer tiene también como acepción “ tratar de obtener o
ejecutar algo”, “aceptar, apetecer, desear”, finalmente se refiere a “tener cariño” y “ amar” .
En la entrada “amar” aparece: “tener amor”, “desear”, y como sinónimo, “querer”. Por lo
tanto no aparecen hasta ahí dos categorías diferentes de sentimientos, ni siquiera con respecto
a la intensidad; aunque algunas personas así lo usan: querer sería menos intenso, menos
importante, cualitativamente inferior a amar, sentimiento “más elevado” este último. Pero
esto se parecería a decir por ejemplo: “te amo mucho” o “te amo poco”, lo cual sería un

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absurdo porque si se ama, ¿qué significa el mucho o el poco? ¿Y qué significa en la
corriente de sentimientos en una pareja que haya un valor menor que otro? cualitativamente
distinto ¿que no se llegó aún al amor? ¿Qué nunca se establecerá ese sentimiento amoroso?;
o que si se tuvo ¿se perdió?...
Es cierto, por otro, lado que J. Corominas (en su Diccionario etimológico) señala que
querer como sinónimo de amar “aparece en el siglo XII probablemente debido al deseo de
evitar una expresión demasiado solemne y enfática de un sentimiento íntimo” como lo es la
palabra amor. Pero el hecho de que le reste “solemnidad” no cambiaría el sentido del
término, es decir su sinonimia.
En muchos casos he notado que cuando se emplea esa “fórmula” lo que tratan de
trasmitir es que el sentimiento amoroso no está presente en el momento de enunciarlo, pero
que puede existir otra corriente afectiva que por supuesto no es para nada despreciable pero
que no es asimilable al amor. Puede consistir en simpatía, ternura, confianza, aseguramiento
recíproco, confraternidad, conformados a lo largo de la vida en pareja o atracción, deseo, en
las relaciones nuevas, pero que aún no se constituyó en “amor”. En ese caso se podría
entender que alguien “quiere” estar con el otro, no perderlo, pero no lo ama, porque dejó de
amarlo, o nunca lo amó, o aún no se conformó, no se plasmó el amor.
También creo que la palabra “amor”-y por lo tanto amar, como puesta en acto- conserva
en el imaginario social una marcada idealización a lo cual se aspira, (vigencia, tal vez, del
“amor romántico”) pero que, dadas las condiciones de vida que se desarrollan en la sociedad
actual, dificultaría su concreción.
Hasta acá parecería razonable mantener entonces una diferencia siempre y cuando el
que lo enunciara tuviera cierta claridad acerca de lo que él considera que es amar. Pero lo
más frecuente es que no aparecen en la mayoría de los casos, ideas más o menos claras que
marcaran rasgos definitorios de lo que es amar. Se niega por lo tanto lo que no se tiene claro.
Se lo confunde muy a menudo con que ya no se siente lo mismo que en el período de
enamoramiento, como si ese estado pudiera sostenerse inmodificado a lo largo del tiempo.
Cuando alguien enuncia que “está enamorado”, en general no queda claro si se refiere a ese
estado originario de enamoramiento, o al otro que lo sucede cuando la idealización
disminuye, cuando se produjo ya la caída de la fascinación, cuando el sentimiento se
atempera. A este estado, que se manifiesta posterior al de enamoramiento, sería conveniente
nombrarlo de otra manera, por ejemplo “estar en amor”, (o “con amor”) o simplemente
enunciar que uno “ama a alguien”, que significaría que uno está “implicado” en un discurso
amoroso con ese otro sujeto.
R Barthes, en su libro “Fragmentos de un discurso amoroso”, diferencia encanto de
encuentro amoroso. El encanto es el momento en que uno queda apresado por la imagen del
otro, lo que comúnmente se llama el “flechazo”. Es el “fall in love”; es un momento único y
a veces puede ser reconstruido “après coup”; esa “caída depende fundamentalmente del
registro imaginario. En cambio, el encuentro, es un período que sigue al encanto, se lo puede
llamar también “idilio” donde se torna maravilloso descubrir al otro, y hay una esperanza de
felicidad con ese otro. Lo que no quita que haya además, angustia, sufrimiento, celos,
dudas…

El sentimiento amoroso se sostiene en un discurso y hasta me arriesgaría a decir que eso


que llamamos amor es puro discurso (“puro verso...”), enunciación de un entramado de
deseos, ficciones, ilusiones, fantasías, quimeras, supuestos, fabulaciones.... Como nos dice R.
Barthes, el discurso amoroso está compuesto de figuras, que para él son retazos del discurso,
o más precisamente: son las palabras puestas en acción, dichas en sentido coreográfico. Se
crea un “campo amoroso” donde se mueven los amantes, donde se realizan las “figuras”,

26
donde se expresa el amor como “valor” (así como tenemos construidas las ideas de libertad o
igualdad, de la cuales podemos decir bastante pero que cada uno las siente y las vivencia a su
manera).
Valor que además sufre embates permanentes de depreciación: se siente que el
sentimiento amoroso es herido, dañado, mal compartido o por el contrario sostenido,
ensanchado. Porque no importa saber si el otro ama de la misma manera que uno
(cualitativamente), sino en apreciar “signos” de que esa acción (amar) se está
realizando...desplegando.
Este discurso amoroso, y por lo tanto el enamorado que lo enuncia y es protagonista del
mismo, se mueve en una constante oscilación entre una pletórica alegría y la desesperada
desdicha. “El amar-te duele”. Se suele escuchar a menudo que si se ama se sufre (tal vez por
eso para algunos sea difícil la enunciación del amor, su sostenimiento) porque siempre hay
momentos de abismo, dolor; se padece la distancia (que siempre marca la alteridad), la
extrañeza, la incertidumbre, la duda, los celos, la imposibilidad de la completud....pero
también se puede gozar de momentos de alegría, felicidad, atracción, deseo, expansión del
ser. La desdicha se centra en la distancia que inexorablemente se ubica entre los amantes, ese
espacio que marca la alteridad, la imposible aprehensión del otro, el frustrado anhelo de la
unión plena, la conjunción, el hacer uno de los dos, la mítica fusión...Aunque en general,
cuando la pareja convive, esa desdicha se minimiza o se desplaza a otros contenidos del
vínculo.
Esa distancia, ese hiato, ese paréntesis que hace doler, a veces se necesita para poder
renovar el sentimiento amoroso, para poder apostar a su continuidad. Es afirmar de nuevo lo
que se afirmó por primera vez en el enamoramiento; aquélla fue una afirmación inmediata,
deslumbramiento, entusiasmo, exaltación.... pero sin repetirlo: se busca su regreso, no su
repetición. (Algo parecido sucede con el goce sexual: no es pura repetición tanática, es volver
a sentir una plenitud, es su regreso pero en la diferencia). Hay parejas que buscan
voluntariamente ese paréntesis: “tomémonos un tiempo...” donde se apuesta a que si se da el
reencuentro se re-afirmará lo afirmado en la primera vez. Es tratar de producir el
“recomencemos”, que por otro lado, existe siempre aunque no haya habido interrupciones
reales. Es precisamente ese “corte” que puede hacer que la repetición no sea “compulsión a la
repetición”, sino una repetición “en diferencia”.

“El discurso amoroso, por lo general, es una envoltura que se ciñe a la imagen, un
guante muy suave en torno al ser amado”. Ese guante al que se refiere Barthes, puede
rasgarse, se rompe el encanto incluso hasta por un hecho mínimo. Se produce entonces, una
“contraimagen del amado”, se altera esa buena imagen; el valor amoroso puede sufrir de
depreciación, aparece la duda ante el primer sí. Yo diría que esto es casi siempre inevitable
luego del período de enamoramiento, con la caída de la fascinación inicial. Milan Kundera
habla de la lítost para referirse a ese estado de padecimiento cuando alguien se enfrenta con
su propia miseria, y que el remedio para poder superarla es, precisamente, el amor; por el
contrario, entonces si percibimos que carecemos de él o si notamos su pérdida, nos
convertimos en pura lítost.
A veces puede amarse el amor, y no a determinado sujeto. Tal vez por la frustración y
la insatisfacción a que ese sujeto expone al amado: nunca puede alcanzarse esa total
completud a que se aspira. Y aquél que no puede tolerar esa falta reiterada, preferirá amar al
ideal amoroso más que al sujeto de la realidad.

El encuentro amoroso.

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¿Qué es lo que se juega en ese acontecimiento: atracción pulsional, inicio del proceso
de enamoramiento, fascinación narcisista? ¿Es posible ya ahí hablar de “amor” o éste
habremos de entenderlo como un punto de llegada, una construcción vincular, que incluye un
mayor conocimiento del otro a diferencia del momento en que se empezaron a “conocer”?
El filósofo francés A. Badiou, al abordar la cuestión del amor dice que éste comienza
por un acontecimiento que llamaremos el encuentro, y que sólo hay amor a condición de un
encuentro, que corresponde a las dos posiciones (H y M). Al preguntarse qué es un encuentro
se lo contesta diciendo que se define por la aparición de U. “Un encuentro es cuando, para un
hombre y para una mujer, el U hace contacto, aparece. El U siempre está presente, puesto que
la humanidad existe. Pero el encuentro es la aparición de U. Y el amor es la consecuencia de
esta aparición. El amor es qué hacer con U cuando apareció. ¿Qué haremos con ese punto de
contacto? Punto de contacto que, en el estado corriente de las cosas, permanece invisible; o
que está disuelto en la socialidad”.
Cuando hay amor se planteará la doble función de U: unidad, identificación, fusión y
por otro lado la diferencia. En Badiou el amor no es sexual, no es una manifestación
encubierta de lo sexual. “Un vínculo debe ser una relación real entre dos términos. Si estos
términos son realmente diferentes la relación debe contener esa diferencia. Si se suprime la
diferencia la relación ya no es real”. “Llamaré amor a esta experiencia de encuentro en la que
se hace visible a la vez el contacto de los sexos y su irreductible diferencia” “El amor es el
dos que se piensa a partir de sí mismo, de su propia experiencia” Allí donde dos se
encuentran en su diferencia, dos aparece”.
Que el amor de pareja tenga que incluir sexualidad, o deba ir acompañado de erotismo
no quiere decir que el amor en sí mismo sea sexo, sexualidad, erotismo. Ambos son cosa
diferentes.

Recordemos que para Badiou el amor no consiste sólo en mirar al otro, sino en mirar
otra cosa con el otro, viajar juntos, vivir juntos, tener hijos, discutir juntos, etc. No es
simplemente decir “tenemos U en común”, es proyectar la diferencia en el mundo, proyectar
y construir el dos, de hacerlo existir en un escenario real. El amor así entendido no es una
mística sino que es un trabajo.

¿Por qué si lo quiere, no lo ama?...

¿Porque tal vez en la actualidad se siga entendiendo el amor desde la perspectiva


romántica, propuesta que resulta muy difícil de sostener en parejas que conviven durante un
tiempo más o menos prolongado, y que se ven acosadas por otro gran número de exigencias
que lo tornan imposible?
¿Porque solamente se vivencia el amor por lo que suele sentirse en el período de
enamoramiento, que, como sabemos, no es muy duradero?
¿Por qué el amor como “valor” reviste una complejidad un tanto incomprensible, y
porque el acto de amar está plagado de contradicciones, paradojas, conflictos…?
Los interrogantes podrían continuar. Lo cierto es que los planteos que suelen hacerse
los integrantes de una pareja oscilan frecuentemente entre la aceptación del otro y el rechazo,
entre admitir la existencia de sentimientos cariñosos pero al mismo tiempo negarles la
condición de “amor”, o simplemente en afirmar que “eso que sienten” podrá llamarse de
muchas maneras, pero que no es amor. Por lo tanto hay una reiteración permanente en tratar
de diferenciar en forma bastante rotunda “querer” y “amar”.

La condición de amor puede ser discutida en tres niveles: tiene un aspecto simbólico: es
necesario un sistema, la presencia de ciertos rasgos sistematizados; segundo: tiene un aspecto

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imaginario, es necesario la presencia de una imagen, de un espectáculo; tercero: tiene
también un aspecto de goce, asegura el goce, es una modalidad de goce.

Al ser el otro de la pareja lugar de convergencia de la necesidad, del goce, del deseo y
del amor, convierte al vínculo de pareja en un espacio de encrucijada –encuentro y también
extravío y confusión (enredo, vacilación, desconcierto)- de constante malestar e
inestabilidad. Lo podemos pensar, incluso, como una paradoja, como algo contradictorio,
que afirma cosas contrarias al mismo tiempo. (La paradoja no se resuelve, sólo puede
sostenerse…).

“Te quiero…pero no te amo”, tal vez quiera expresar: “te amo…pero no te deseo”, o
“te amo…te deseo…pero no puedo gozarte”, o “te deseo…pero no te amo” o simplemente
“ya no te amo”. Y acaso ¿siempre el amor debería salir airoso en su tarea de anudamiento del
deseo y el goce? En muchas situaciones el goce puede quedar desanudado, el deseo
escindido, el amor confundido con enamoramiento. Con respecto a esto último, si esa
confusión no se esclarece, la etapa inevitable del desenamoramiento puede comprenderse y
vivenciarse como pérdida, ruptura, disolución.”. Pero este proceso no siempre se lleva a cabo
con éxito. Muchas parejas consultan precisamente cuando, quebrada esa ilusión fusional, ese
“antídoto contra la falta” que resulta ser el enamoramiento, no encuentran la forma de crear
un campo amoroso.
Esa frase “te quiero pero no te amo” podría expresar también la dimensión paradojal del
amor, e incluso aquélla en que constantemente navega el vínculo de pareja; o una forma de
reprimir el amor en estos tiempos, ya que aparecería como una exigencia difícil de sostener
ante el rígido mandato de cumplir con el proyecto individual; o una manera, también, de
rechazar la vigencia que aún tiene la corriente romántica en el amor, sin tener claridad en
otras formas posibles. La vida amorosa, además, se encuentra plagada de tropiezos. Entre
ellos, los “celos normales”, que constituyen una forma corriente de padecimiento. La
sospecha del celoso es inevitable en la medida que está ligada a la “falta”, a lo que “no se
tiene”, a lo cual el amor remite. Y el amor ilusiona la creencia de que esa falta puede ser
completada. Otra gran desdicha la provoca la ausencia, ausencia del otro amado, que remite,
nuevamente, a esa falta que instala el deseo. El amor está a mitad de camino entre la
sabiduría y la esperanza, decía Sócrates. El amor es, además, una conjetura, ya que puede ser
destituido por la misma razón de lo que procura, o por la constante variabilidad del deseo que
porta anudado a él.
Por otro lado, como se desprende de los conceptos que J. P. Sastre, en “El Ser y la
Nada”, el amor guarda en sí mismo esa dimensión paradojal que más arriba señalara para la
pareja: el amante pretende la libertad del amado pero a condición que esa libertad pueda ser
usada para hacer de él una elección absoluta. “Esto significa que el ser-en-el-mundo del
amado debe ser un ser-amante. Este surgimiento del amado debe ser libre elección del
amante. Y, como el otro es fundamento de mi ser-objeto, exijo de él que el libre surgimiento
de su ser tenga por fin único y absoluto su elección de mí, es decir, que haya elegido ser para
fundar mi objetividad y mi facticidad”. El ideal, entonces, de la empresa amorosa es una
libertad alienada. “Así, en la pareja amorosa, cada uno quiere ser el objeto para el cual la
libertad del otro se aliene en una intuición original: pero esta intuición que sería el amor
propiamente dicho no es sino el ideal contradictorio del para-sí; de modo que cada uno es
alienado sólo en la medida exacta en que exige la alienación del otro”. El amar, puesta en
acto del amor, exige entonces, elección. Ahora, “amas porque eliges y eliges porque pierdes,
y por tanto amas porque pierdes”. Ganando se pierde y perdiendo se gana.

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Y si además el amor es tiempo, ya que nunca podrá ser eterno, y sufrirá los avatares de
extinguirse o trasformarse en otros sentimientos. Y entonces el enunciado podría ser: “te
quiero…retener, conservar de alguna manera, te respeto por lo que fuiste para mí…pero ya
no te amo….”. Se estará, entonces, en presencia del desamor. El desamor no es la ausencia
de amor, no es la indiferencia; no es la vuelta a lo neutro. Es el amor en aflicción, amor en
nostalgia, (¿”amor en fuga”?) podríamos decir “amor en sufrimiento”. Es por esto que en el
desamor encontramos las mismas características del estado amoroso, pero el placer de
indiferenciación de los dos Yo se ha vuelto sufrimiento, nostalgia de esta indiferenciación.
Lo que era conyugal-placer mutuo de estar juntos bajo el mismo yugo- se ha vuelto
“subyugal”, sentimiento del yugo-horca, sumisión insoportable que se experimenta como un
ataque a la individualidad.

Coincido con autores que afirman que tal vez ya no contemos con modelos o
paradigmas del amor lo suficientemente claros, y que esto inclusive, sea bueno. Con
entusiasmo plantean que tal vez se trate ahora, más que nunca, de inventar el amor. Con la
clara conciencia que se trata de un encuentro extraño, oscuro, difícil, pero no obstante,
efectivo entre dos seres.
El amor está a merced de los encuentros, a merced del azar, dice la psicoanalista C.
Soler.

***
Tal vez resulte repetitivo pero sigo insistiendo que el amor, la pasión amorosa, está
mediada por la cultura y que las personas se constituyen sólo en el contacto con sus propios
universos de valores. El sentimiento amoroso tiene siempre un discurso que pertenece a una
época. En la nuestra, se ha puesto permanentemente en jaque la durabilidad de las relaciones
de pareja, debido creo yo, entre muchas razones, a las tremendas exigencias que se pretende
que la misma sostenga: que perdure el amor, el deseo, que se mantenga el erotismo, además
del compañerismo, la estabilidad económica, etc., etc.
¿Cuál es la causa de que las relaciones sexuales empeoren en parejas que dicen quererse
más que nunca? ¿Se puede desear lo que ya se tiene? ¿Por qué el aumento de la intimidad no
garantiza una buena sexualidad en la pareja?

AMOR Y NARCISISMO.

Toda elección de pareja se hace bajo la influencia del narcisismo, entendiendo por éste
al amor, valoración y autoestima que toda persona tiene de sí mismo. Trataré de marcar
algunas diferencias que podrían darse alrededor de este fenómeno:

Que ese factor narcisista sea predominante, exagerado, muy marcado, en uno o ambos
integrantes de la pareja.

Que existiendo esos elementos narcisistas, predominen otros factores en la elección


(por ejemplo búsqueda de una madre nutricia, o un hombre protector que sería una elección
que Freud llama por oposición o apoyo).Aquí habría un reconocimiento y aceptación más
amplio del otro, una mayor alteridad.

Que la predominancia narcisista se base en “a imagen y semejanza de uno”


(identificaciones narcisistas) donde se hace casi imposible ver al otro realmente como otro.

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Que la predominancia se base en lo que “uno quisiera ser”, y entonces visualiza al otro
como alguien fuertemente idealizado.

Que el factor narcisista consista en la forma intensa en que uno fue amado
(principalmente por uno o ambos padres), y/o haya sido altamente valorado.

Seguramente podrían enumerarse otras formas en que se plasma el narcisismo en el


momento de constituirse la pareja, pero lo destacable es que tanto la exageración de este
rasgo como la carencia, y las posibles combinaciones que se producen entre los miembros de
la pareja al portarlos, crean situaciones que en la mayoría de los casos son sumamente
conflictivas. Para decirlo de una manera rápida: se necesita de un equilibrio narcisista de
ambos para un buen funcionamiento vincular. En realidad toda elección de pareja es
narcisista. Cada uno de nosotros se dirige a ese objeto de amor, a ese otro, con intenciones de
beneficios personal. Pero además uno se ama en el otro. De esa manera el narcisismo no es
sólo libido investida sobre el propio cuerpo sino una relación imaginaria central en las
relaciones interhumanas.

En general, los terapeutas solemos llamar pacientes narcisistas a los que se caracterizan por
una aguda sensibilidad a los contratiempos vinculares, los fracasos, los desaires y las
desilusiones, y por sus respuestas de profunda ira y desesperación.

El narcisismo está emparentado con el egoísmo. Al respecto dice Freud: “Un fuerte
egoísmo protege del amor (lo aleja, también no permite, obstaculiza el amor) pero se debe
comenzar a mar para no caer enfermo y se ha de caer enfermo si, a consecuencia de la
frustración, no se puede amar” (Freud: introd….). El amor no es bueno para la salud del ego, lo
debilita. El egoísmo es el preservativo más eficiente del amor. Pero ese intenso narcisismo que
lo hace prescindir del “otro”, marchita y vacía el ego, entonces debe comenzar a amar. Debe ir
en busca de ese objeto-otro, lo cual es un acto (amor es sentimiento, es acto, y es expresión-
discurso- de ese sentir). Pero al salir en esa búsqueda queda vulnerable a que ese otro se le
rehúse (se niegue, le falte). De ahí el síntoma del neurótico, amor reprimido, amor frustrado,
rehusado. Es un “enfermo del amor” (que tal vez él mismo ignora). En cambio el apasionado es
“enfermo de amor” (“te amo como un enfermo”).

Para S. Freud, en las investiduras narcisistas se proyecta sobre el objeto una imagen de
sí mismo, de lo que se ha sido, lo que se quería ser o lo que fueron las figuras idealizadas.
El amor narcisista, en todas sus variantes, se caracteriza por no investir al objeto más que en
función de la indiscriminación que éste tiene con el sujeto, sea que se manifieste por el exceso
de proyección de problemáticas yoicas, sea en la búsqueda de un ideal o de una representación
nostálgica. La proyección permite evitar la confrontación con la alteridad. Deponer la
omnipotencia narcisista bajo la coacción de la realidad implica un trabajo que no se realiza sin
sufrimiento. Enfrentado al mundo, el sujeto lo aborda tratando de reencontrar en él (o incluso
de imprimir en él) su propia imagen, con el fin de salvaguardar ese estado de supuesta
autonomía del que obtenía toda la satisfacción.

Al negar al objeto como otro se preserva la ilusión de que el objeto no se puede perder
ni destruir. Se niega tanto el vínculo con el objeto como su alteridad para defender la
vulnerable representación del yo. (Sea en su consistencia, sea en su valor).
Freud nos abre la primera puerta al narcisismo y luego numerosos autores postfreudianos
dedicaron extensas investigaciones a este tema desde distintas vertientes teóricas.

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Por supuesto que también existe un narcisismo positivo, por el que la libido del yo - en
tanto se opone a la libido de objeto - procura alcanzar cohesión yoica: este narcisismo tiende
a la unidad. Y es contrarrestado por un narcisismo negativo que brota de las pasiones de
muerte, que actúa en la dirección inversa y cuya tendencia es reducir a cero las investiduras
yoicas.

El narcisismo es una organización psíquica que funciona no sólo en oposición a la relación


de objeto, sino también en forma paralela o conjunta. Aparece con dos fases contradictorias,
narcisismo retraído y narcisismo expansivo, o también, a un nivel diferente, narcisismo
destructor y narcisismo trófico. Es difícil actualmente ver sólo uno de estos aspectos. En la
elección de pareja, en general, uno elige su pareja bastante condicionado por los amores
infantiles es decir, con un notable sesgo edípico y narcisista: “La elección de una persona se
basa en la relación con uno mismo. Se ama lo que uno es en sí mismo; lo que uno ha sido; lo
que quisiera haber sido; a la persona que fue una parte de la propia persona; o a la cualidad que
uno quisiera tener". Esto lo dice Sigmund Freud en "Introducción al narcisismo" en el año
1915.
Reflexionar sobre el narcisismo es también reflexionar sobre el sujeto.
Existe además un aspecto trófico (que es positivo) del narcisismo por el cual la actividad
psíquica mantiene la cohesión organizacíonal, la estabilidad temporal del sentimiento de sí y la
coloración positiva del sentimiento de estima de sí.

Sobre el amor romántico

Todo amor es fantasía;


Él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
Inventa el amante y, más,
la amada. No prueba nada
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.
(A.Machado).

El amor romántico (tal cual se lo practica hoy) y el amor pasión aparecen, en general,
muy confundidos en muchísimos escritos y tratados que versan sobre el amor. A mí me gusta
hacer una distinción al respecto. Considero que el amor pasión es un tipo de amor con un
grado marcado de intensidad que escapa a lo largo de la historia de cualquier tipo de
institución reglada similar al matrimonio. Es el amor de Tristán e Isolda, el de Abelardo y
Eloísa, el de Lancelot y Geneve, el de Romeo y Julieta. Son amores intensos, en general
trágicos, de difícil plasmación, signados por importantes limitaciones e impedimentos, pero
que por lo general tienen, a pesar de todo, algún tipo de ejecución y despliegue. El otro rasgo
destacado es que son amores que se desenvuelven por afuera del matrimonio, en algunos
casos hasta ilícitos, prohibidos, o de muy difícil realización. Es el amor que se plasma como
código en el siglo XII, el amor cortés, el fin amour. En cambio el amor romántico lo ubicaría
como un producto de la modernidad muy unido a los objetivos sobre la familia que traza la
burguesía en ascenso, cuando estalla la revolución industrial en el siglo XVIII hasta la
consolidación del estado liberal burgués. Es el amor que las religiones monoteístas aceptan
finalmente para unirlo al matrimonio. De alguna manera pasa a ser el amor aceptado para
normalizarse bajo los preceptos de las leyes del estado y las religiones. Hasta me arriesgaría a

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decir que es un producto del capitalismo y del neoliberalismo que a través de sus propuestas
fabrica mundos, mundos de signos a través de la publicidad y la cultura de masas. Las
comedias románticas, las baladas, el bolero latino, propician un tipo de modelo de amor
“romántico” que inunda el imaginario del siglo XX.

Para el filósofo francés Luc Ferry, también el capitalismo fue el inventor del
matrimonio por amor y del amor familiar. Según él cuando el capitalismo inventó el
asalariado, los individuos dejaron sus comunidades rurales de origen para ir a trabajar a la
ciudad, y al mismo tiempo se emanciparon del peso de la tradición y de la religión y
adquirieron una inédita libertad. Esa autonomía material (o seudo autonomía agregaría yo)
daba a la gente la libertad de casarse con quien quisiera, porque hasta el momento los
casamientos eran arreglados por los padres, por el cura o por la comunidad. Ese es el
momento, para este autor, de la invención del “matrimonio por amor”, una institución que
aún hoy no existe en muchos países del mundo, donde todavía se casa a los jóvenes por la
fuerza. Dejó de tener peso el linaje, el patrimonio, la economía y pasó a ser lo más
importante el amor. Como corolario de esto aumentaron los divorcios ya que cuando el amor
se acaba, o se descubre que en realidad no existe, la unión se desvanece. Comenzó también
en esa época, un amor más profundo por los hijos y el alejamiento del hecho religioso. En la
edad media como el matrimonio no estaba fundado en el amor, no había transferencia de
amor hacia los hijos: el amor hacia los hijos es un reflejo del amor matrimonial.
Creo que el amor romántico hereda ciertos rasgos del amor cortés, como su estilo
literario, su permanente adoración a la mujer, algunos aspectos sublimatorios, pero el hecho
que haya permanecido el segundo, libre de las ataduras de las reglas sociales e incluso
religiosas, lo distancia bastante del primero.

¿Pero para qué nos puede servir hoy este rastreo histórico de los tipos o modelos de
amores? En primer lugar porque es una manera de entender qué se transmite desde el
contexto sociocultural a los individuos en cada época, como se conforma lo que después pasa
a ser un valor, qué se conserva y qué se modifica con los cambios que se van operando hasta
llegar a nuestros días. Hoy sigue permaneciendo la idea de que el verdadero amor pasional
sólo puede darse al margen del matrimonio (o de relaciones similares a él). Esta idea está
avalada además porque el deseo que prevalece como un factor muy importante en ese tipo de
vínculo pasional se agota, decrece, en la rutina cotidiana. Esto además sucede en parte
también con los supuestos del amor romántico, que pueden prevalecer en la etapa que
solemos llamar de enamoramiento. Entonces lo que aparece como conclusión es que estos
tipos de amores, tan evocados por la literatura universal, son muy difíciles de encajar en la
vida matrimonial. De ahí que los vínculos conyugales actuales si se pretenden desplegar y
conservar con esos modelos de amores, sufrirán, como ya lo sufren, de las separaciones y
divorcios que están sucediendo en la actualidad. Ni lo pasional ni lo romántico puede
compatibilizarse sostenidamente en el matrimonio. No es que no pueda darse ninguna forma
de amor, sino que habría que considerar al amor de una manera distinta a las anteriores, cosa
que en parte ya está sucediendo. Por eso se habla de amor realista, confluente o consensual.
Lo específico no es el término que usemos para describir esa manera diferente, sino los
contenidos, los presupuestos que supone ese nuevo punto de vista, esa nueva manera de
posicionarse ambos miembros de la pareja.
Para entender mejor esto que puede parecer demasiado drástico es necesario analizar
con más detenimiento cuales son los principios sobre los que se basa el amor romántico,
relacionarlos luego con la subjetividad imperante hoy y tratar de constatar las contradicciones
que surgen al respecto. A partir de ahí pensar en lo posible, en lo realizable, de donde
surgirían esa nuevas formas de amar y de pensar el amor.

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Un poco de historia

El amor romántico es uno de los modelos de amor que fundamenta el matrimonio


monogámico y las relaciones de pareja tradicionales de la cultura occidental, entre otras.

Muchas corrientes del pensamiento coinciden en que la concepción de amor que ha


predominado en los siglos XIX y XX, y que tal vez continua aún vigente, ha sido la del
amor romántico; por lo menos en el mundo occidental.

La otra coincidencia es la de sostener que el amor de tipo pasional estuvo a lo largo


de siglos vivenciado y descrito por fuera de la institución matrimonial y a veces hasta
enfrentada con la religión oficial, y que sólo el que ahora llamamos romántico, arriba a ella
alrededor del siglo XIX, o finales del XVIII.
Por supuesto que tratar de explicar el origen, desarrollo, transformaciones de esta
forma de amor, implica adoptar posiciones que en la literatura sobre el tema aparecen como
divergentes .Y una de esas posiciones básicas es la de entender el amor como una invención
humana surgida en un momento de la historia, en lugares determinados y que ha sufrido
transformaciones acompañando los cambios socioculturales. Se podría agregar, además que
hay diferentes ideologías del amor, algunas con diferencias tan marcadas como las de oriente
y occidente.

Pese a su nombre, algunos autores sostienen que este modelo de amor no procede del
romanticismo (un movimiento cultural y estético del siglo siglo XIX) sino de la edad media,
como lo plantea Denis de Rougemont en El amor y Occidente, quien identifica el
surgimiento del modelo de amor romántico en el entorno de la literatura medieval y lo
relaciona luego con las transformaciones sociales que dieron lugar al surgimiento de la
intimidad y a cierta liberación de la mujer, al establecer medios de superación de las barreras
morales o convencionales que separaban a los enamorados.

Pero a pesar de lo anterior, hay que tener en cuenta que el romanticismo, movimiento
que nació en Alemania a fines del siglo XVIII y se propagó en la primera mitad del siglo
XIX, buscó su inspiración en la edad media, en las literaturas romances, en los cantos épicos,
baladas y leyendas cristianas y caballerescas. Hacía prevalecer entre otras cosas, el
predominio de la sensibilidad y la imaginación sobre la razón y una marcada tendencia hacia
el individualismo que hace concebir al hombre la ilusión de que puede disponer de su vida
libremente. Y es precisamente este movimiento el que actualiza la forma del amor que se
denominó como cortés. Ese “fine amour”, amor purificado, refinado que surgió alrededor del
siglo XII.
No se trata de citarlo solamente como el origen del amor romántico, sino de extraer al
máximo la mayoría de las premisas que este hito histórico-social plantea y tratar de resaltar
lo que aún perdura y continúa influyendo desde la realidad social en la conformación de la
pareja actual.
Con el amor cortés en Francia, apareció un nuevo modo de plantear el problema de las
relaciones entre hombres y mujeres. Se trata de un nuevo “arte de amar”, pero también de un
arte de vivir, y de un código simbólico para aprender a amar. Plantea, como señala Jean
Markale, un problema de metafísica ontológica a la época. Efectivamente a partir del siglo
XI, la élite intelectual de Europa, ya liberada de sus terrores de fin del milenio, comienza a
preguntarse si el amor es un simple juego, una simple cópula destinada a perpetuar la
especie, o si no será un medio de llegar a la trascendencia, un medio para superar lo humano
hacia lo divino. Entonces aparece la mujer en primer plano, que hasta ese momento, y

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principalmente a causa de los Padres de la Iglesia, había sido objeto de desprecio y
desconfianza; y aparece el culto a la mujer, a la Madre, a la Virgen.
O. Paz dirá que la aparición del amor cortés, que asoma como ideal de vida superior
tiene algo de maravilloso pues no fue la consecuencia de una prédica religiosa ni de una
doctrina filosófica. Y acá se opone a Denis de Rougemont quien sí plantea que el lirismo
cortés fue al menos inspirado por la atmósfera religiosa del catarismo, (oposición de la
“Iglesia de Amor” a la Iglesia de Roma) como una de las repercusiones del cristianismo y
especialmente de su doctrina del matrimonio; que el vocabulario de la galantería se rige por
el de la devoción, es decir que las teorías amorosas de la Edad Media no son más que un
reflejo de sus ideas religiosas. Para este autor además, el amor cortés sería amor-pasión
(pasión, sufrimiento, cosa padecida, preponderancia del destino sobre la persona libre y
responsable; amar más al amor que al objeto del amor); idealización del amor carnal, ya que
las virtudes de la “cortesía”: humildad, lealtad, respeto, y fidelidad respecto a la Dama, están
referidas en innumerables casos, al rechazo del amor físico. Es, en síntesis, una religión, y
una herejía históricamente determinada por el cristianismo.
Herejía porque los moralistas de la Iglesia consideran en esa época, que ese
sentimiento distinto de la “dilectio”, que en latín se lo llama amor, debía ser excluido de la
relación conyugal; todo lo que fuera sensualidad, impulso del cuerpo, deseo, debía ser
rechazado fuera del marco matrimonial. El matrimonio es una cosa seria, reclama austeridad,
y por lo tanto la pasión no tiene lugar en los asuntos conyugales (G. Duby).
Así las cosas, esta forma del amor que con el correr de los siglos perdura, se asemeja a
lo que va a constituir el amor romántico en Occidente, aunque en sus comienzos se practicó
fuera del matrimonio, pasa a ser con la modernidad un ideal social a ser alcanzado y
sostenido , ahora también en el seno de la institución matrimonial.
De todas maneras no debemos dejar de advertir que este amor que nació en la riqueza
de los palacios parecería que aún hoy es un lujo que sólo algunos pueden darse y el cual se
venera y se persigue, se promociona desde la publicidad comercial, y participa como
premisa en la formación de las parejas pero también como motivo de permanente malestar y
frustración.
Leyendo el Diccionario etimológico de Joan Corominas, la palabra romántico tendría su
raíz en su par “romanice” con que por el año 1140 se aplicaba al habla de los romanos y
posteriormente al lenguaje hablado por las naciones romanizadas o neolatinas, de donde
procede la expresión “hablar romance” (equivalente de “hablar latinamente”) y luego el
sustantivo romance como nombre de la lengua. Se aplicó luego a los escritos en esta lengua, y
especialmente a las formas en verso narrativo, adquiriendo en el siglo XV el nombre de
romance para los antiguos poemas épicos, a los que después se los llamaría novela. Roman,
(novela), sería la forma francesa tomada del latín romanice, “romantic” en Inglaterra pasó a
Alemania como “romantisch” donde así se llamaba en el siglo XVIII a ciertas tendencias
literarias opuestas a las clásicas, pasando del alemán esta acepción al francés y de ahí al
castellano, como “romanticismo”.
Así, desde el siglo XVIII se llamaba románticos a las narraciones o romances de
aventuras que semejaban a los romances medievales, y así se plasmaba la asociación entre
romanticismo y un relato maravilloso o fantasioso, extendiéndose esta tendencia por Francia,
Inglaterra y Alemania, llegando también al Río de la Plata. Como señala Ferrater Mora en su
Diccionario de Filosofía, el romanticismo sostiene con primacía la intuición y el sentimiento
frente a la razón y el análisis. Hay una predominancia de ciertos componentes medievales. Lo
irracional le atrae indudablemente más que lo racional, lo trágico más que lo cómico, lo
imprevisible más que lo previsible, lo multiforme más que lo uniforme, lo oculto más que lo
presente, lo sublime más que lo bello, lo aristocrático y lo popular más que lo burgués, el

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espíritu colectivo más que lo individual, lo anónimo más que lo nombrable, lo interno más que
lo externo y lo dramático más que lo apacible.
Con todas estas características aparecen las obras literarias, primero, y luego toda clase
de publicaciones que van perdurando y multiplicándose en el siglo XX para expresar
precisamente ese amor que va a rotularse como romántico, y que aún hoy continúa
sosteniéndose. En los últimos cien años, el cine, la literatura llamada “rosa”, un tipo especial de
música popular, la televisión, a través de tiras y novelas, exaltaron este tipo de amor
conservando sólo algunos rasgos del auténtico arte romántico, y en la mayoría de los casos
hasta degradándolo en sus contenidos esenciales.
Esther Diaz en su artículo “Posmodernidad y vida cotidiana”, señala que el lenguaje
del romanticismo, es utilizado comúnmente para dar cuenta de nuestra emotividad, y el
lenguaje del modernismo, es al que apelamos para determinar nuestra condición de seres
racionales. Para ella, ambos son productos de la modernidad. Pues el romanticismo es una
contracultura moderna (crítica de la modernidad) de fuerte influencia cultural y cotidiana
expandida a comienzos del siglo XIX y con ramificaciones hasta la actualidad, mientras que el
modernismo responde a una corriente artístico-científica, es decir cultural, que se afianza en el
paso del siglo XIX al XX y sigue marcando todavía su impronta en nuestra autoidentificación
como seres organizados racionalmente. Y destaca: “Durante buena parte del siglo XX la
subjetividad se constituyó con los dos lenguajes que llamo “heredados”: el romántico para la
emotividad, el moderno para la racionalidad. Desde el discurso racional, cada uno es
responsable de sus propios actos. Esto conlleva la obligatoriedad de los deberes respecto de
uno mismo y de los demás. Por otra parte, desde la emotividad, se constituyó una idea del amor
por otro, en una relación de pareja, con la idea de una inmoralidad raigal para censurar a quien
pretendiera estar vinculado a más de una persona sentimentalmente. Además, la modernidad,
en cualquiera de sus dos versiones (romántica o modernista) ha invertido mucho, demasiado
quizá, en la singularidad indeclinable de cada individuo. Y hemos terminado creyendo que esto
es sustancial y universalmente así. No obstante, existen culturas en las que, de hecho, se dan
otras formas de sensibilidad respecto de la persona y de las relaciones. Hasta la sensibilidad es
una construcción social, no siempre coherente con las prácticas que la genera o, tal vez,
complementaria de algunas de ellas. Respecto de esto, es digno destacarse que el romanticismo
y su ensimismamiento en la interioridad es contemporáneo nada menos que de la gran
expansión económico industrial de principios del siglo XIX”.

Pero la pregunta insiste: ¿hay un lugar posible dentro del matrimonio actual para esta
concepción romántica del amor, o es radicalmente incompatible? ¿La marcada inestabilidad
y ruptura de las parejas tendrá que ver con el haber querido instalar como premisas básicas
este tipo de amor y la elección dentro de la conyugalidad?, ¿o será que la “posmodernidad”
está exigiendo nuevas formas de amor diferentes al legado “cortés-romántico” que ha
predominado en el último milenio?
Aunque la fusión del amor y el matrimonio es de reciente data y está geográficamente
circunscrita (ya que existen hoy culturas que sostienen que el amor es un sentimiento
demasiado aleatorio como para ser el fundamento del matrimonio), en la sociedad occidental
actual ya casi nadie concibe la familia más que apoyada en la existencia de una pareja
enamorada.
Por otro lado, la familia ya no es sólo una unidad económica; esta tendencia que se
había iniciado hace tiempo se termina de concretar en el siglo XX. El matrimonio se
convierte en un lugar de refugio donde uno se escapa de las miradas del exterior. Privada de
funciones económicas y educativas, se mueve alrededor de los afectos, del respaldo afectivo.
Por lo tanto pareciera que hoy se tornara imprescindible que las relaciones estables de
pareja se sostuvieran por el amor, ¿pero amor de qué tipo? ¿Con qué características? Y

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habría que preguntarse entonces, qué formas de vinculación facilita la cultura actual que
influyen sobre las formas del amor.
¿Ha pasado también este sentimiento a manejarse con las leyes del mercado? Porque el
modelo del “consumismo a ultranza”, obturante, no es sólo una opción más sino una
cosmología...Tiempos del zapping, de la superficialidad, lo “light”, la trivialización, la
brevedad, de un conformismo generalizado, de una banalización del erotismo, de la liviandad
de los encuentros, de un individualismo extremo... Y si consideramos que el discurso cultural
de cada época favorece ciertas formas de subjetividad y propicia condiciones para que se
establezcan determinadas formas de sufrimiento mental, al proponer valores, ideales,
modelos identificatorios, ¿cuál es hoy, entonces, la forma posible de amor? Un poco más
adelante intentaré contestar esta pregunta.

Faltaría, tal vez, una aclaración quizás necesaria y reiterativa: pienso que cuando
tratamos este tema de las formas de amor, tenemos que considerar siempre la estrecha
vinculación que el mismo tiene con las prácticas sexuales y la idea de sexualidad en general
imperante en cada época, así como las formas del erotismo y sus manifestaciones. De ahí que
cambiando uno de los polos de esa relación inexorablemente cambiará el otro. Y sabemos
que en las últimas cinco décadas esos cambios en las prácticas sexuales fueron muy
marcados.

Características del amor romántico

El “amor romántico”, es un tipo de amor que tiende a la unidad, a la completud,


depende de la identificación proyectiva, creando un sentimiento de plenitud y de
complementariedad con la otra persona de la cual no se puede separar porque aporta
identidad. La fusión es la base de la búsqueda de unión entre un hombre y una mujer. Esta
propuesta romántica conlleva una marcada idealización del amor, una perfección
inalcanzable, que por supuesto frustrará en algún momento a la pareja dejándola insatisfecha.
Este concepto de amor trasladado al matrimonio lo complicó bastante. Así planteado, el
matrimonio tiene que servir para todo: ser compañero de sexo, de juegos, de vacaciones, de
cenas, de ocio, de todo… algo imposible que se cumpla.

Nace en la expectativa de que un ser humano cercano colme a uno de satisfacción y


felicidad existencial. Este sentimiento idealiza en cierto grado a la persona objeto de dicha
expectativa. Muchas veces se lo distancia, como sentimiento superior, de las meras
necesidades fisiológicas, como el deseo sexual o la lujuria, y generalmente implica una
mezcla de deseo emocional y sexual, otorgándole, eso sí, más énfasis a las emociones que al
placer físico, a diferencia del llamado amor platónico, que se centra en lo espiritual.

Entre los elementos distintivos suelen señalarse: inicio súbito (amor a primera vista,
flechazo, “fall in love”); sacrificio por el otro; pruebas de amor; fusión con el otro; olvido y/o
renuncia de la propia vida; expectativas mágicas, como la de encontrar un ser absolutamente
complementario (la media naranja como idea de complementariedad perfecta); la tendencia
fusional llega a conformar con mucha frecuencia, vínculos simbióticos; idea de perpetuidad:
es un amor “para toda la vida”; exclusividad sexual (fidelidad a ultranza); incondicionalidad
casi absoluta; existe una hiperidealización del amor y de la persona amada.

Muchas de las características más señaladas de este tipo de amor se confirman y


difunden a través de relatos literarios, películas, canciones o por medio de la socialización.
Esos referentes actúan como ideales a los cuales los individuos deben adecuar sus conductas.

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Si no se respetan y cumplen esos requisitos, muchos de los cuales son pura publicidad, se
puede llegar al extremo de determinar “que el amor entre tales personas se ha acabado”.
Pasa a ser por lo tanto, también este amor, un bien de consumo. Un ejemplo de esto último
sería la incorporación a nuestra costumbre del día de los enamorados, San Valentín, tan ajeno
antes a nuestra ideosincracia, pero que cada año que pasa aumenta su festejo ya que es una
buena oportunidad para el mercado.

Muchos somos los que pensamos que este modelo de amor idealizado crearía falsas
expectativas y conduciría irremisiblemente a la frustración y al fracaso afectivo, al confundir
apego (que es un estado afectivo perdurable) con enamoramiento (que es un proceso previo
al apego, y de menor duración). Según esta perspectiva de análisis psicosocial, el amor
romántico se basaría en la anulación a través de la renuncia de uno mismo, y sería la base, en
cierta medida, de la violencia de género. Así, y según estas teorías, aunque originalmente el
amor romántico habría supuesto un estímulo para la emancipación femenina, al haber la
mujer interiorizado un rol social incompatible con la felicidad terminaría atrapada en una
maraña invencible de obligaciones que le dificultaría finalizar la relación o aceptar el duelo
que supone la ruptura, debido a presiones de la sociedad, de la familia o de ella misma.

En importantes obras literarias, como señala Pilar Sanpedro que trabajó sobre este tema,
se puede apreciar como el amor romántico impacta de manera distinta en la mujer que en el
hombre. Para las protagonistas (como madame Bobary, la Regenta, Julieta, Melibea, la Dama
de las Camelias, Ana Karenina...) es la vida entera, viven el amor como proyecto
fundamental de su vida. En cambio, para el personaje masculino es sólo una parte de su
existencia, aunque Werther, agrego yo, el personaje de la obra de J.W. Goethe, llega hasta el
suicidio. Ya que cito esta obra me parece oportuno marcar que el impacto que tuvo en
Europa fue espectacular: se derramaron mares de lágrimas por el trágico fin de Werther, los
jóvenes escribían encendidas cartas de amor en estilo wertheriano, se cometieron muchos
suicidios similares al novelesco, hasta el mismísimo Napoleón le confesó a Goethe que leyó
el libro siete veces y lo llevó en sus campañas militares. Con este ejemplo se puede apreciar
la poderosa influencia que tiene la literatura (como así también otras producciones culturales)
en las prácticas sociales, en este caso sobre la práctica amorosa. El mismo Goethe, quien
además se hizo famoso por este libro, confesó que mientras él se sentía aligerado y liberado
luego de haber transformado la realidad en poesía (ya que el argumento tenía que ver con su
vida real), había muchos jóvenes que se confundieron creyendo que había que transformar la
poesía en realidad, en referencia a cómo estos individuos pretendieron ajustar su vida a la
planteada en la ficción. La presentó en 1774 diciendo que era “la vida de un joven que,
dotado de un sentimiento profundo y puro, se extravía en sueños fantásticos, consume con el
pensamiento su esencia, hasta que, destruido por una infeliz pasión amorosa, se dispara un
tiro en la cabeza”. Fue tal el grado de penetración en la vida sentimental de casi todos los
jóvenes de la época (a pesar deque no existía el cine ni la televisión) que Goethe se alarmó
por la acción corrosiva que ejercía su novela epistolar, sobre exaltados y débiles, además de
la influencia “romántica” en otro tipo de personalidades.

F.Novalis es otro de los grandes escritores románticos alemanes, discípulo de Shiller y


de Fitche, que le escribe a la mujer y bajo las leyes del amor romántico, amor que es el
corazón y la identidad misma de dicho movimiento. Para los románticos, el amor, entre
hombre y mujer, entre amigos, el amor a paisajes e ideales será sagrado, mágico, un
sentimiento que se proyecta hacia el infinito. El amor, será una vía para rozar la unidad
perdida del hombre, la reconciliación mente y cuerpo, la razón y sentimientos, fantasía y
realidad. El amor romántico acariciará el límite entre lo finito y lo infinito, entre lo religioso

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y lo prohibido, lo físico y lo trascendental. Se caracteriza por ser un amor doloroso, posesivo,
oscuro como el goce entre amantes, y melancólico, porque conoce las limitaciones del
hombre y sospecha que sólo será completamente amado después de la muerte.
También en Wagner encontraremos en el tema de Tristán e Isolda el paradigma de la
pasión amorosa. No es casual que retome un tema que se había exaltado en el tiempo del
amor cortés. Por eso a veces se lo ve al amor romántico como heredero de él. Pero en
realidad el capitalismo junto con la religión judeocristiana terminan de darle a ese “amor
pasión”, la fisonomía que adopta en el siglo XX.

Como bien señala Estefanía Romano, el sentimiento romántico se identifica con épocas
antiguas, con su necesidad de invención y se emprende en la búsqueda de la expresión
filosófica, para contar el mundo como tal. Retoma de los mitos griegos, la idea de héroes, de
dioses que velan, castigan o preparan los destinos del hombre. Al acercarse a ellos, ven lo
trágico en nuestro tiempo que sin haber podido responder a las preguntas universales, se ha
desencantado y desprotegido de la mirada de los dioses. En sí, el movimiento romántico se
caracteriza por estar siempre a la búsqueda de la inspiración o de imágenes que recuerden a
otros mundos, o al de sus sueños, por eso evocan tanto mitos, fábulas y cuentos épicos de la
edad media. Lo importante es poder ver en lo romántico, ese trasfondo antiguo, como de
escenografía fantasmal, la nostalgia de otro tiempo, y que brota de ello una crítica a la
pérdida de los sentimientos en las relaciones humanas, a la particularización del hombre y a
la falta de divinidad.

Los poetas románticos, pretenden suturar las distancias que separan al mundo, al
lenguaje, de la felicidad del hombre, y se aventuran a ir más allá de la razón, encontrar signos
de infinitud, ya sea con nuevos mitos o con el arte. La pasión existe en el sujeto normal, tanto
como en el neurótico y perverso. El sujeto romántico suele elegir un objeto de amor, a
menudo ligándose a él de manera exclusiva; a través de él organiza su percepción de la
realidad y lo tiñe de una perfección idealizada que lo emociona y lo cautiva, pero a su vez lo
aliena y le impide desprenderse de éste. Los amantes se sienten aislados del mundo; sólo
ellos comprenden el significado de su entrega; sólo les importa su deseo eternidad.

De modo que, puede ocurrir que las pulsiones de destrucción triunfen sobre la pasión,
en afán de terminar con el dolor; allí solo la voz de la muerte podría ponerle fin y decidir la
separación. Las tramas románticas entienden que la muerte es la regresión a los orígenes, y es
la incapacidad de vivir en este mundo con o sin el ser amado. La enajenación pasional se liga
más a la nostalgia del paraíso perdido que al placer.
Novalis, dirá que "…para el hombre que ama, la muerte es una noche nupcial". Porque
la vida es trágica, y está en la esencia del deseo fracasar al verse colmado. Para el romántico
no hay amor consumado como tampoco hay ópera con final feliz. El arte es una
compensación a dicha carencia, al deseo y la renuncia. Un canto a las complejidades
humanas
El amor como proyecto prioritario y sustancial sigue siendo fundamental para muchas
mujeres, sin el cual sienten que su existencia carece de sentido. A pesar de los cambios
profundos conseguidos en el siglo XX por el movimiento feminista, las mujeres, en mayor
medida que los hombres, asumen ese modelo de amor y de romanticismo que nos hace
ordenar nuestra biografía y nuestra historia personal en torno a la consecución del amor.
Muchas mujeres buscan aún la justificación de su existencia dando al amor un papel
primordial de la misma, concediéndole más tiempo, más espacio imaginario y real, mientras
que los hombres conceden más tiempo y espacio a ser reconocidos y considerados por la
sociedad y sus iguales.

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Desde un análisis antropológico, se podría pensar que existe en la actualidad un
desfasaje cultural en el concepto de amor romántico. Según este planteo, este desajuste
cultural vendría derivado de la no evolución del concepto de amor, frente a enormes
divergencias que se han erigido entre el entorno socio cultural de las cortes en la Edad Media
y los tiempos que corren.

Si nos situamos en una perspectiva racional, sabemos que la pasión y el deseo se


acaban, que la vida en común es complicada e implica negociaciones permanentes, que la
convivencia, y la rutina que esta impone, arrasa con el deseo; pero a pesar de esto, vivimos
aún en la idea mítica del amor-pasión que modela un prototipo de vínculo. Vamos en
búsqueda de un amor eterno, único y permanente en el tiempo, cuando por otro lado sabemos
que es pura fantasía. Hay por lo tanto una idealización del amor- pasión que no cede terreno.

Al margen de que deben de existir múltiples maneras de vivir la experiencia amorosa en


nuestra época, es cierto que luego de la caída de las utopías, una de las últimas que nos resta
es la utopía del amor romántico: esa forma de entender la relación amorosa como una unidad
perfecta de opuestos complementarios que, más tarde o más temprano, nos llevará a palpar la
felicidad. No sólo la fuerza del deseo y la curiosidad por el otro mueren mientras el apego y
el cariño crecen: la "utopía del amor" en tanto tal también disminuye durante la vida real de
pareja. La cotidianidad es la asesina de la ilusión: la perfección de la utopía no resiste el
tráfago del día a día porque no resiste el juego de dominación que también se pone en
funcionamiento dentro del encuentro amoroso.

El amor romántico tuvo mucho que ver con la desigualdad hombre-mujer, en una
ecuación dominante-dominada, con la imagen de una mujer-niña inocente, muy encerrada en
el ámbito hogareño, con poca solvencia para resolver “problemas de la vida”, práctica pero
poco pensante, con casi un único objetivo vital: casarse, tener hijos y conducir una familia.
Esa imagen de la mujer tan empobrecida, se fue haciendo añicos a lo largo del siglo XX, y
simultáneamente con ella también la “novela de amor-rosa” pasó a ser solamente un suspiro
frente al trajín de una realidad constantemente cambiante, y muchas de sus propuestas un
tremendo absurdo en los albores de nuestro siglo.

Hoy cada vez más la gente acepta que es imposible dejar de ser feliz por otro como es
imposible ser feliz a causa de otro. Soy feliz contigo es distinto de soy feliz por ti. Pueden
coadyuvar, asistir, alimentar, pero la felicidad, como la dignidad es de cada uno y es la parte
de la individualidad que todos reclamamos que se nos respete, cada cual a su estilo. Se
aprendió también, que nada es eterno y nadie es perfecto, ni siquiera el ser amado. El amor,
como tantas otras cosas, también se acaba… y también puede reiniciarse en otros escenarios.

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