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NARRATIVA BREVE

TEXTOS SELECTOS PARA TRABAJAR EN EL AULA

1 “El otro yo”


Mario Benedetti
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas,
hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando
Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente,
se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse
incómodo frente a sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando
no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de
los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó
el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero
después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana
siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó
que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa
vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente
estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor
de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía
tan fuerte y saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón
un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque
toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

2 “Celebración de la fantasía”
Eduardo Galeano
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca de Cuzco. Yo me había despedido de un grupo
de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque,
haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía,
porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la
mano.
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños
que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío,
pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quien una serpiente, otros preferían loritos
o lechuzas y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo
me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
-Y ¿anda bien? -le pregunté.
-Atrasa un poco -reconoció.

El libro de los abrazos (1989), Barcelona, RBA, 1995, pág. 22

3 “El cerdito”
Juan Carlos Onetti
La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la
sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín pardusco. Miró
el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No
eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita,
atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de
invierno.
Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de las aulas a
la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente
muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a
veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras, ella los descubría en
Emilio o Guido. Pero no transcurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán
del nieto.
Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panqueques que
envolvían el dulce de membrillo.
Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja, sino que golpearon con los nudillos
el cristal de la puerta de entrada. La anciana demoró en oírlos, pero los golpes continuaron insistentes
y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana
percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepado los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños
repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los
comprendía, pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; pero aquella tarde, después de observar
mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando al nieto mucho más que los
otros dos. Sobre todo, con el movimiento de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el
silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó
nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de la cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron
billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
-Dale otro golpe. Por las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio
miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde,
levantó ropas, chatarra, desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y
manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el
lomo.

Presencia y otros cuentos (1986)


Cuentos completos, Madrid, Alfaguara, 1995, págs. 429-430.
4 “El hombre muerto”
Horacio Quiroga
El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aun dos calles;
pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy
poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el
alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su
pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se
le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el
machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que
acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera
deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que, tras el antebrazo,
e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete,
pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete,
húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete
dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar
al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un
día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la
muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por
la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre
el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas
presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su
eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones
mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún…?
No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado
un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo
plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre
abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué
trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha
cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién
lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí
están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del mediodía;
pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo
rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero
sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que, en la dirección de su cabeza,
allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como
siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes
muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar…
¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa
con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a
cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí!
Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito
los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once
y media. Y siempre silbando… Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el
cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe
perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su
potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo…
Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad
viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses
consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado
bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos
minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir
un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la
hora: las once y media… El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado…! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por
otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de
púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está
solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La
prueba…? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes
de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal, y ése es su malacara, resoplando
cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina
del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos
oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande,
pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
…Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos
cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y
sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor
que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso…? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo… ¡Qué pesadilla…!
¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas,
calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
…Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado
volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía
entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.
Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver
desde el tajamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas
rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia
el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado,
echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede
verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy
cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al
hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están
próximas - ¡Piapiá! - vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se
decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.

Los desterrados,1926.
Los desterrados y otros textos. Antología, 1907-1937, ed. Jorge Lafforgue, Madrid, Castalia, 1990, págs. 239-243.
5 “Beatriz, una palabra enorme”
Mario Benedetti
Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en
libertad. Mientras dura la libertad, una pasa, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un
país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta
los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo, matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos
y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo, está prohibido robar, aunque no
es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna
compra. Por ejemplo, está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en este caso hay que hacer una
cartita, mejor dicho, la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra: justificando.
Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad.
Pero mi papá está preso y sin embargo está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace
ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que
la cárcel en que está mi papá se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho qué sarcasmo y a mi
amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre
Sarcasmo. Mi papá es un preso, pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela.
Graciela dice que mi papá está en Libertad, o sea preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso
por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en
Libertad, o sea que no estoy presa.
Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas
políticas. Porque a mí me gusta dormirme abrazada por los menos a la Toti. A la Mónica no tanto,
porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.
Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando
me pega o me rezonga, yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo
que estar muy alunada para llamarla Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está
tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si
no estoy alunada digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más
alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que
yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Sólo cuando la quiero
muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrujes así,
entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el
pelo, y eso no sería así ni sería tan bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada.
O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá
no es ninguna vergüenza. Que es casi un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría
que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo
muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá
seguirá teniendo ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga
de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven cómo es enorme?

Primavera con una esquina rota (1982), Barcelona, Edhasa, 1994, págs. 105-107.
6 “Cleopatra”
Mario Benedetti
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero
especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante
pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se
intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían,
especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían:
Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban
con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba
todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin
ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y
cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que,
una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos
a ver cuándo venían a buscarme para la vuelta a casa.
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos
enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre
todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición
deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis
pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría
poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de
mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de
edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra,
y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de
plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la
serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía
el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir
tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno
estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa,
hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera
áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de
asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo
me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De
pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa,
me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos,
más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock-and-roll.
Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento
estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi
corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas,
pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían
advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y
abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno
al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura
ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido
en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con
hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra.
Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con
la secreta esperanza de que asustara a alguien.
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez
en cuando, y yo diría que, con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le
parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno
de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo
Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo
recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado:
no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había
puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho
tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una
casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.

Despistes y franquezas, 1990


Cuentos completos, Madrid, Alfaguara, 1994, págs. 537-539

7 “Homero”
Eduardo Galeano
No había nada ni nadie. Ni fantasmas había. No más que piedras mudas, y alguna que otra oveja
buscando pasto entre las ruinas.

Pero el poeta ciego supo ver, allí, la gran ciudad que ya no era. La vio rodeada de murallas, alzada en
la colina sobre la bahía; y escuchó los alaridos y los truenos de la guerra que la había arrasado.

Y la cantó. Fue la refundación de Troya. Troya nació de nuevo, parida por las palabras de Homero,
cuatro siglos y medio después de su exterminio. Y la guerra de Troya, condenada al olvido, pasó a
ser la más famosa de todas las guerras.

Los historiadores dicen que ésa fue una guerra comercial. Los troyanos habían cerrado el paso hacia
el mar Negro, y lo cobraban caro. Los griegos aniquilaron Troya para abrirse camino al Oriente por
el estrecho de los Dardanelos. Pero comerciales fueron todas, o casi todas, las guerras que en el
mundo han sido. ¿Por qué habría de hacerse digna de memoria una guerra tan poco original?

Las piedras de Troya iban a convertirse en arena y nada más que arena, cumpliendo su destino
natural, cuando Homero las vio y las escuchó.

Lo que él cantó, ¿fue pura imaginación?

¿Fue obra de fantasía esa escuadra de mil doscientas naves lanzadas al rescate de Helena, la reina
nacida de un huevo de cisne?
¿Inventó Homero eso de que Aquiles arrastró a su vencido Héctor, atado a un carro de caballos, y le
dio varias vueltas alrededor de las murallas de la ciudad sitiada?

Y la historia de Afrodita envolviendo a Paris en un manto de niebla mágica cuando lo vio perdido, ¿no
habrá sido delirio o borrachera?

¿Y Apolo guiando la flecha mortal hacia el talón de Aquiles? ¿Habrá sido Odiseo, alias Ulises, el creador
del inmenso caballo de madera que engañó a los troyanos?

¿Qué tiene de verdad el final de Agamenón, el vencedor, que regresó de esa guerra de diez años para
que su mujer lo asesinara en el baño?

Esas mujeres y esos hombres, y esas diosas y esos dioses que tanto se nos parecen, celosos,
vengativos, traidores, ¿existieron?

Quién sabe si existieron. Lo único seguro es que existen.

Espejos. Una historia casi universal, Salamanca, Siglo XXI de España Editores, 2008, págs. 47-48

8 “El ahogado más hermoso del mundo”


García Márquez
Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se
hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni
arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los
matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que
llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los
vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más
próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se
dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de
los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los
hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo
después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la
forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una
coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas
veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo
desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se
llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados.
Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se
encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban
completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien
en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones
de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros
de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos
y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre
laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el
semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de
los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase
de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más
viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía
en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida
para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas
dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su
desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un
pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte
con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada,
les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso
como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que,
si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas,
el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con
pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que
hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño
en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido
sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando
que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y
terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos
de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres,
que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro
nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle
la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una
ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron
estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la
media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio
acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado,
las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de
compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando
comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de
muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a
descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus
tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y
le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las
paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas
escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo
para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían
no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después
susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las
mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un
pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan
parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una
de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros
a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba
volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la
tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con
la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo
entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de
las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del
intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas
con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el
peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque
mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y
los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la
orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les
ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos
de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del
buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto
quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los
hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta
ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima
se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y
trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los
hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete,
un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le
quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh,
quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro,
con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba
tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que
sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de
que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y
si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en
serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como
quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de
miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene
nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más
suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se
cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se
estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado
expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras
que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron
más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora
les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y
otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo
terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron
la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas
fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente
escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación
de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura
de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos
retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo.
No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban
completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces,
que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que
el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie
se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso,
porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se
iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados,
para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran
sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su
uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el
promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el
viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto
que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1968), Barcelona, Barral Editores,
1972, págs. 47-56.

Comentario al cuento “El ahogado más hermoso del mundo” de García Márquez

La entrada del elemento fantástico en la vida diaria del pueblo protagonista pone de relieve la falta de
conciencia del pueblo tanto individualmente como colectivo.

El elemento mágico no hace sino poner de manifiesto la escisión existente entre los tres colectivos (niños,
mujeres y hombres) que se hallan en el pueblo. El disloque de las tres diferentes perspectivas que cada
uno de los colectivos evoca a partir de la aparición del ahogado nos muestra un pueblo anónimo y
fragmentado, subordinado a la esclerosis de la rutina y de lo predecible. El acontecimiento fantástico de
la llegada del ahogado al pueblo va a suponer la ruptura de todo esto. El ahogado fabuloso les va a dar la
oportunidad de reafirmarse y unirse, ofreciendo al pueblo instrumentos colectivos de concienciación que le
van a capacitar para vencer esa sumisión aparentemente fosilizada a la rutina y a la división que había
acuciado al pueblo del ahogado.

Paradójicamente, será el elemento fantástico (personaje creado y bautizado por el propio pueblo) quien
dará identidad y conciencia al pueblo anónimo. El pueblo se identificará con Esteban, y Esteban generará
la identidad y la singularidad al pueblo.
El ahogado más hermoso del mundo irrumpirá en la cotidianeidad del pueblo, romperá el orden fáctico
establecido, producirá el asombro y la recuperación de la conciencia individual y colectiva, y después de
destapar el auténtico problema de un pueblo enfermo de soledad, desaparecerá.

Y es cuando el ahogado desaparece cuando realmente se produce el desvelamiento del verdadero eje de la
acción. El final nos desvelará que no es la historia de Esteban, el ahogado más hermoso del mundo lo que
don Gabriel escribió, sino que bajo esta aparente historia sencilla subyace la narración principal, es decir,
el redescubrimiento de sí mismo del pueblo y su revitalización y unión posterior.

Miguel Díez

9 “La siesta del martes”


Gabriel García Márquez
(Colombia, 1928)

El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano,
simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una
humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea
había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos
espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y
residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las
once de la mañana y todavía no había empezado el calor.
—Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
La niña trató de hacerlo, pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora
siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que
llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de
periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas
guardaban un luto riguroso y pobre.
La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser
su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en
un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el
espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado.
Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para
abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto
limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se
detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la
cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a
poner en agua el ramo de flores muertas.
Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo
de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras
comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los
anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza
alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban
las plantaciones.
La mujer dejó de comer.
—Ponte los zapatos—dijo.
La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba
a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los
zapatos. La mujer le dio la peineta.
—Péinate —dijo.
El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la
grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras
casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
—Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo
de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el
pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de
los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso
martes de agosto, resplandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos
empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una
expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros,
sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer y la niña descendieron del
tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de
la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las
oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco
antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la
estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su
mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro
y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros
recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin
perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa curial. La mujer raspó con la uña la red metálica de
la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
—Necesito al padre —dijo.
—Ahora está durmiendo.
—Es urgente —insistió la mujer.
—Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.
La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La
puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
—Que se les ofrece? —preguntó.
—Las llaves del cementerio —dijo la mujer.
—Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol —La mujer movió la cabeza en
silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de
hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le
sobraba en las manos.
—¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.
—La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
—¿Quién?
—Carlos Centeno —repitió la mujer.
El padre siguió sin entender.
—Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su
madre.
—De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
—Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.
—Firme aquí.
La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió
a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
El párroco suspiró.
—¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
La mujer contestó cuando acabó de firmar.
—Era un hombre muy bueno.
El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso
estupor que no estaban a punto de llorar.
La mujer continuó inalterable:
—Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En
cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
—Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
—Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que
le daban a mi hijo los sábados a la noche.
—La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia
adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se
abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
—Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el
cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
—¿Qué fue? —preguntó el.
—La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
—Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
—Es lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red
metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
—Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
—Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una
sombrilla.
—Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

Los funerales de la Mamá Grande (1962), Barcelona, Bruguera, 1986, págs. 7-17

Comentario
Es un relato contado en tercera persona, con parcos elementos descriptivos y pequeños toques de sabor
local, ubicado en algún lugar de la Colombia costera, el que en Cien años de soledad será el mítico y
fabuloso Macondo, inspirado en Aracataca, el pueblo natal de García Márquez. Aparentemente nada
sucede, y concluye con un final abierto, muy distinto de los finales imprevistos e impactantes de tantos
relatos famosos. Es un ejemplo de relato de situación, de ambiente, de atmósfera más que de acción y
que, sin embargo, ha sido unánimemente valorado como uno de los mejores de su autor, y es que, gracias
a un artificio literario apenas perceptible, García Márquez ha conseguido que esa mujer y esa niña, ese
pueblo, ese sacerdote y esa siesta, ese mundo evocado, permanezcan y vivan eternamente en la memoria
de todo buen lector. En palabras de Mario Benedetti, “un relato de una concisión admirable y, sobre todo,
de un excepcional equilibrio artístico”. En una conversación con Plinio Apuleyo Mendoza, García Márquez
decía: “Yo siempre parto de una imagen visual. «La siesta del martes», que yo considero mi mejor cuento,
surgió de la visión de una mujer y de una niña vestidas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo
un sol ardiente en un pueblo desierto”.
Miguel Díez R

10 “Un día de éstos”


Gabriel García Márquez
El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escobar, dentista sin título y buen madrugador, abrió
su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y
puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una
exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los
pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces
correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a
pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación,
pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos
que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del
almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
-Papá
-Qué
-Dice el alcalde que si le sacas una muela.
-Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio
cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
-Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados,
dijo:
-Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente
de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-Papá.
-Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró
del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El
alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y
dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de
desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
-Siéntese.
-Buenos días -dijo el alcalde.
-Buenos -dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentales, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió
mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal y
una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de
un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
Don Aurelio Escobar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la
mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
-Tiene que ser sin anestesia – dijo.
- ¿Por qué?
- Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
- Está bien - dijo, y trató de sonreír.
El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos
y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la
punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el
alcalde no lo perdió de vista.
Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente.
El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado
en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con
una amarga ternura, dijo:
- Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció
tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado
sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el
bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-Séquese las lágrimas - dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso
desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó
secándose las manos. “Acuéstese – dijo - y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se
despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse
la guerrera.
- Me pasa la cuenta -dijo.
- ¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:
- Es la misma vaina.

Los funerales de la Mamá Grande (1962), Barcelona, Bruguera, 1986, págs. 19-23

Comentario del cuento “Un día de éstos”, de Gabriel García Márquez


Este relato sorprende por su capacidad de síntesis, de economía de medios tan perfectamente calculada
que nada le sobra ni nada le falta como sucede en los buenos cuentos. El autor es un observador externo
que, mediante breves pinceladas narrativas, descriptivas y la transcripción de escuetos diálogos presenta
una pequeña y aparentemente sencilla anécdota, recogida de la vida cotidiana de un pueblo colombiano.
Un día tibio sin lluvia, un dentista trabajando en su gabinete, la irrupción del alcalde atormentado por un
dolor de muelas, la intermediación del hijo mediante un rápido y burlesco diálogo, la extracción como
núcleo central del cuento y el final de la escena con la despedida del alcalde.
El cuento ofrece diversos y oportunos matices significativos que delatan la atmósfera de violencia y tensión,
la intimidación, el mutuo recelo y, en fin, el odio, la desconfianza y la enemistad en que se mueven los dos
personajes. La clave explicativa de la situación tensa y dramática del relato es la frase del dentista en el
momento de la dolorosa extracción: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente”, en clara alusión a la
represión política violenta dirigida por el alcalde que por primera y única vez recibe el tratamiento militar.
El cuento de García Márquez se relaciona muy directamente con el anterior cuento recogido en esta
sección de Cuentos Breves Recomendados, “Espuma y nada más” de Hernando Téllez. Los dos transcurren
durante la misma época colombiana, allí aludida, la de La Violencia. El barbero y el capitán de aquel relato
son ahora un dentista y un alcalde militar. Si allí se planteaba en toda su crudeza el conflicto moral del
protagonista entre el cumplimiento de su labor profesional y su deber como revolucionario, “En un día de
estos” todo queda mucho más aminorado, en una escena menos trágica y con ciertos tintes irónicos. Lo
que sí, tal vez, se pueda afirmar es que este relato del premio Nobel de Literatura colombiano es, doce
años después, un implícito homenaje al de su compatriota Téllez.
Miguel Díez R.

11 “Viendo llover en Galicia”


Gabriel García Márquez
Mi muy viejo amigo, el pintor poeta y novelista Héctor Rojas Herazo -a quien no veía desde hacía
mucho tiempo- debió sufrir un estremecimiento de compasión cuando me vio en Madrid abrumado
por un tumulto de fotógrafos, periodistas y solicitantes de autógrafos, y se acercó para decirme en
voz baja: “Recuerda que de vez en cuando debes ser amable contigo mismo”. En efecto, fiel a mi
determinación de complacer todas las demandas sin tomar en cuenta mi propia fatiga, hacía ya varios
meses -quizá varios años- en que no me ofrecía a mí mismo un regalo merecido. De modo que decidí
regalarme en la realidad uno de mis sueños más antiguos: conocer Galicia. Alguien a quien le gusta
comer no puede pensar en Galicia sin pensar antes que en cualquier otra cosa en los placeres de su
cocina. “La nostalgia empieza por la comida”, dijo el Che Guevara, tal vez añorando los asados
astronómicos de su tierra argentina, mientras se hablaba de asuntos de guerra en las noches de
hombres solos en la Sierra Maestra. También para mí la nostalgia de Galicia había empezado por la
comida, antes de que hubiera conocido la tierra. El caso es que mi abuela, en la casa grande de
Aracataca, donde conocí mis primeros fantasmas, tenía el exquisito oficio de panadera, y lo practicaba
aun cuando ya estaba vieja y a punto de quedarse ciega, hasta que una crecida del río le desbarató el
horno y nadie en la casa tuvo ánimos para reconstruirlo. Pero la vocación de la abuela era tan definida,
que cuando no pudo hacer panes siguió haciendo jamones. Unos jamones deliciosos, que, sin
embargo, no nos gustaban a los niños -porque a los niños no les gustan las novedades de los adultos-
, pero el sabor de la primera prueba se me quedó grabado para siempre en la memoria del paladar.
No volví a encontrarlo jamás en ninguno de los muchos y diversos jamones que comí después en mis
años buenos y en mis años malos, hasta que probé por casualidad -40 años después, en Barcelona-
una rebanada inocente de lacón. Todo el alborozo, todas las incertidumbres y toda la soledad de la
infancia me volvieron de pronto en ese sabor, que era el inconfundible de los lacones de la abuela.
De aquella experiencia surgió mi interés de descifrar su ascendencia, y buscando la suya encontré la
mía en los verdes frenéticos de mayo hasta el mar y las lluvias feraces y los vientos eternos de los
campos de Galicia. Sólo entonces entendí de dónde había sacado la abuela aquella credulidad que le
permitía vivir en un mundo sobrenatural donde todo era posible, donde las explicaciones racionales
carecían por completo de validez, y entendí de dónde le venía la pasión de cocinar para alimentar a
los forasteros y su costumbre de cantar todo el día. “Hay que hacer carne y pescado porque no se
sabe qué le gusta a los que vengan a almorzar”, solía decir cuando oía el silbato del tren. Murió muy
vieja, ciega, y con el sentido de la realidad trastornado por completo, hasta el punto de que hablaba
de sus recuerdos más antiguos como si estuvieran ocurriendo en el instante, y conversaba con los
muertos que había conocido vivos en su juventud remota. Le contaba estas cosas a un amigo gallego
la semana pasada, en Santiago de Compostela, y él me dijo: “Entonces tu abuela era gallega, sin
ninguna duda, porque estaba loca”. En realidad, todos los gallegos que conozco, y los que vi ahora
sin tiempo para conocerlos, me parecen nacidos bajo el signo de Piscis.

No sé de dónde viene la vergüenza de ser turista. A muchos amigos, en pleno frenesí turístico, les he
oído decir que no quieren mezclarse con los turistas, sin darse cuenta de que, aunque no se mezclen,
ellos son tan turistas como los otros. Yo, cuando voy a conocer algún lugar sin disponer de mucho
tiempo para ir más a fondo, asumo sin pudor mi condición de turista. Me gusta inscribirme en esas
excursiones rápidas, en las que los guías explican todo lo que se ve por las ventanas del autobús, a la
derecha y a la izquierda, señores y señoras, entre otras cosas porque así sé de una vez todo lo que
no hay que ver después, cuando salgo solo a conocer el lugar por mis propios medios. Sin embargo,
Santiago de Compostela no da tiempo para tantos pormenores: la ciudad se impone de inmediato,
completa y para siempre, como si se hubiera nacido en ella. Siempre he creído, y lo sigo creyendo,
que no hay en el mundo una plaza más bella que la de Siena. La única que me ha hecho dudar es la
de Santiago de Compostela, por su equilibrio y su aire juvenil, que no permite pensar en su edad
venerable, sino que parece construida el día anterior por alguien que hubiera perdido el sentido del
tiempo. Tal vez esta impresión no tenga su origen en la plaza misma, sino en el hecho de estar -como
toda la ciudad, hasta en sus últimos rincones- incorporada hasta el alma a la vida cotidiana de hoy. Es
una ciudad viva, tomada por una muchedumbre de estudiantes alegres y bulliciosos, que no le dan ni
una sola tregua para envejecer. En los muros intactos, la vegetación se abre paso por entre las grietas,
en una lucha implacable por sobrevivir al olvido, y uno se encuentra a cada paso, como la cosa más
natural del mundo, con el milagro de las piedras florecidas.

Llovió durante tres días, pero no de un modo inclemente, sino con intempestivos espacios de un sol
radiante. Sin embargo, los amigos gallegos no parecían ver esas pausas doradas, sino que a cada
instante nos daban excusas por la lluvia. Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicia sin
lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico -mucho más de lo que los propios
gallegos se lo imaginan-, y en los países míticos nunca sale el sol. “Si hubieran venido la semana pasada,
habrían encontrado un tiempo estupendo”, nos decían, avergonzados. “Este tiempo no corresponde
a la estación”, insistían, sin acordarse de Valle-Inclán, de Rosalía de Castro, de los poetas gallegos de
siempre, en cuyos libros llueve desde el principio de la creación y sopla un viento interminable, que
es tal vez el que siembra ese germen lunático que hace distintos y amorosos a tantos gallegos.

Llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre de la ría de Arosa y en
la ría de Vigo, y en su puente, llovía en la plaza, impávida y casi irreal, de Cambados, y hasta en la isla
de la Toja, donde hay un hotel de otro mundo y otro tiempo, que parece esperar a que escampe, a
que cese el viento y resplandezca el sol para empezar a vivir. Andábamos por entre esta lluvia como
por un estado de gracia, comiendo a puñados los únicos mariscos vivos que quedan en este mundo
devastado, comiendo unos pescados que siguen siendo peces en el plato y unas ensaladas que seguían
creciendo en la mesa, y sabíamos que todo aquello estaba allí por virtud de la lluvia, que nunca acaba
de caer. Hace ahora muchos años, en un restaurante de Barcelona, le oí hablar de la comida de Galicia
al escritor Álvaro Cunqueiro, y sus descripciones eran tan deslumbrantes que me parecieron delirios
de gallego. Desde que tengo memoria les he oído hablar de Galicia a los gallegos de América, y
siempre pensé que sus recuerdos estaban deformados por los espejismos de la nostalgia. Hoy me
acuerdo de mis 72 horas en Galicia y me pregunto si todo aquello era verdad, o si es que yo mismo
he empezado a ser víctima de los mismos desvaríos de mi abuela. Entre gallegos -ya lo sabemos-
nunca se sabe.

(11 mayo 1983)


Fuente: El País

Sorprende leer las reiteradas afirmaciones de Gabriel García Márquez sobre sus antepasados gallegos, pero
ahí están, en artículos o en declaraciones, como las anotadas por su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en El
olor de la guayaba (1982). «Mis abuelos eran descendientes de gallegos, y muchas de las cosas
sobrenaturales que me contaban provenían de Galicia», decía García Márquez. Y, por si quedaba alguna
duda, tras recibir el Premio Nobel de Literatura en 1982 confesó que había escrito Cien años de soledad
(1967) «usando el mismo método de mi abuela», es decir, el de narrar las historias más extraordinarias,
inverosímiles y conmovedoras con la «cara de palo» con que las contaba su «abuela gallega», Tranquilina
Iguarán Cotes. Descubrió entonces que ese modo imperturbable de contar y esa riqueza de imágenes era
lo que más podía contribuir a la verosimilitud de sus historias.

Cuando hacía estas afirmaciones, el escritor colombiano aún no había estado en Galicia. Pero en 1983,
literalmente extenuado por el ajetreo de ganar el Nobel, visitó en La Moncloa a Felipe González, recién
elegido presidente del Gobierno, y le confesó su necesidad inaplazable de tomarse un descanso. García
Márquez lo contaba luego con las siguientes palabras: «Decidí regalarme en la realidad uno de mis sueños
más antiguos: conocer Galicia». Quien le facilitó el viaje fue el joven presidente español, que le encomendó
a Domingo García-Sabell, por entonces delegado general del Gobierno en Galicia y presidente de la Real
Academia Galega, que recibiese al escritor, que lo guiase y, sobre todo, que lo liberase de toda exposición
pública. García-Sabell cumplió a rajatabla. De la visita de García Márquez, que duró 72 horas del mes de
mayo de 1983, solo quedaron dos fotos de la Agencia Efe y unas dedicatorias en el único momento en que
fue reconocido por un profesor del Instituto Rosalía de Castro, al salir de un restaurante y dirigirse a la
plaza del Obradoiro. El resto fue una visita de riguroso incógnito por las calles compostelanas, con epílogo
en las Rías Baixas.

Aquella visita fructificó en un artículo revelador e inolvidable del escritor titulado “Viendo llover en Galicia”,
que, contiene una de las más felices y atinadas visiones de Compostela y del ser gallego. «La ciudad -dice
el escritor- se impone de inmediato, completa y para siempre, como si se hubiera nacido en ella». García
Márquez buscaba literalmente sus raíces ¡y las encontró! Por ello empezó su artículo con una frase
inequívoca del Che Guevara: «La nostalgia empieza por la comida». Porque también para él «la nostalgia
de Galicia había empezado por la comida, antes de que hubiera conocido la tierra». Es decir, por la comida
que hacía su abuela, los panes del viejo horno y los «jamones deliciosos» cuyo sabor se le «quedó grabado
para siempre en la memoria del paladar». Un sabor que volvió a encontrar en Galicia. Por ello terminaba
preguntándose si no había empezado «a ser víctima de los mismos desvaríos de su abuela. Entre gallegos
-ya lo sabemos- nunca se sabe».

Fueron estos reconocimientos los que me llevaron en su día a buscar al escritor e intentar dilucidar su
vinculación personal y literaria con Galicia. Los resultados están en el libro La Galicia mágica de García
Márquez. Cuando aún lo estaba haciendo, me encontré con él en Los Ángeles (Estados Unidos), me miró
fijamente y me dijo: «¿También tú por aquí? Ah, gallego, gallego. ¡Los gallegos somos los seres más
testarudos del mundo! Se lo he dicho muchas veces a Fidel Castro, que, como buen gallego, es de una
terquedad ilimitada». Entendí perfectamente lo que me quería decir: que ya le habíamos dado bastantes
vueltas a la «abuela gallega». Los dos. ¿Dónde está Galicia en su obra? «En la forma de contar». Lo dijo él.
Carlos G. Reigosa, La Voz de Galicia
12 “Emma Zunz”
Jorge Luis Borges
El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal,
halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había
muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida.
Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido
por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un
compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía
saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego
de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo
comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido
en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó
en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a
vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en
los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay,
recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los
amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con
el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última
noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente
de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había
revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía
que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz
derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba
perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la
fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis,
concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron;
tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que
comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían
el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría
diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó
una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso
y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en


aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la
simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del
dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las
otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el
temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó
hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó
después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa
final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la
justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato
de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto;
la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de
lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo
hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos
que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers;
nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en
espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar
que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina
o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió
que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza
del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y
después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges
idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los
hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado
del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces,
pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó
una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su
padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil
asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue
una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.
Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que
había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper
dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia
y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la
encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban
colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina
subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que
no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no
había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el
acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza,
pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los
altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de
la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había
llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer – ¡una Gauss, que le trajo una
buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto
para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que
lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de
quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la
obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer
un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien
reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había
soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable
culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia
humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.)
Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no
ocurrieron así.

Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el
ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía
tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de
delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó
como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste,
incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón
el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los
estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y
cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo
que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca
sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había
preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”), pero no la acabó, porque el señor
Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el
saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono
y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es
increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta.
Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también
era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres
propios.

El Aleph (1949)