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Christ´s Teachings to Fit Us for Heaven

7
CAPÍTULO

ENSEÑANZAS DE CRISTO QUE


NOS PREPARAN PARA EL CIELO
En un capítulo anterior hablamos del terrible sufrimiento que Cristo experimentó
en el Getsemaní, durante sus pruebas y en la cruz. Pero él también sufrió durante la
mayor parte de su vida, porque Satanás lo odiaba más que a nadie y se esforzó en
hacer que fracasara. El futuro de Satanás dependía de derrotar a Cristo.

“Nadie, entre los hombres, fue calumniado más cruelmente que el Hijo del hombre.
Se lo ridiculizó y escarneció a causa de su obediencia inalterable a los principios
de la santa ley de Dios. Lo odiaron sin razón. Sin embargo, se mantuvo sereno
delante de sus enemigos, declaró que el oprobio es parte de la heredad del cristiano
y aconsejó a sus seguidores que no temieran las flechas de la malicia ni
desfallecieran bajo la persecución”.1 En este capítulo analizaremos las enseñanzas
de Cristo y cómo estas nos ayudan a prepararnos para el cielo.

Las bienaventuranzas

“Siglos antes de que Jesús naciera”,2 el Cristo preencarnado comunicó a través de


Moisés las maldiciones (Deut. 27: 9-26; 28: 15-68) y las bendiciones (Deut. 28: 1-
14) que caerían sobre Israel si el pueblo desobedecía u obedecía a Dios. Si era
obediente, se prometía que el Señor los exaltaría “sobre todas las naciones de la
tierra” (vers. 1).

Esto nunca sucedió, porque Israel no obedeció. Pero más tarde, en la ladera de un
monte, Cristo daría otro conjunto de bendiciones: las bienaventuranzas. Este
sermón constituye la mejor enseñanza que Cristo impartió sobre cómo prepararnos
para el cielo (Mat. 5-7). Pero antes de presentar algunas de las bienaventuranzas, es
importante que comprendamos su contexto y propósito.

Aunque aparte de los profetas hubo algunos buenos líderes en Israel, en tiempos del
Antiguo Testamento la mayoría de los líderes del pueblo de Israel lo llevaron a

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recibir las maldiciones que acarreaba la desobediencia. Esta situación continuaba


en los días de Cristo. En aquel entonces, los propios dirigentes sentían recelo de la
mayor bendición que Dios había enviado: Cristo; así que decidieron entregarlo a
los romanos para que estos lo crucificaran. Estaban cegados al hecho de que la
misión de Cristo era “hacernos partícipes de la naturaleza divina, ponernos en
armonía con los principios de la ley del cielo”.3 “Dios les ofreció, en su Hijo, la
justicia perfecta de la ley. Si consentían en abrir sus corazones para recibir
plenamente a Cristo, entonces la vida misma de Dios, su amor, moraría en ellos,
transformándolos a su semejanza; así, por el don generoso de Dios, poseerían la
justicia que exige la ley”.4 En este contexto, podemos apreciar mejor las
bendiciones que Cristo tuvo a bien darle tanto a su pueblo como a nosotros.

“Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación” (Mat. 5: 4).


Cristo está hablando de llorar a causa del pecado. Al ver a Cristo colgado en la cruz,
uno “comprende que es el pecado lo que azotó y crucificó al Señor de la gloria.
Reconoce que, aunque ha sido amado con indecible ternura, su vida ha resultado
un espectáculo continuo de ingratitud y rebelión. Abandonó a su mejor Amigo y
abusó del don más precioso del cielo. Él mismo crucificó nuevamente al Hijo de
Dios y traspasó otra vez su corazón sangrante y agobiado. Lo separa de Dios un
abismo ancho, negro y profundo, y llora con el corazón quebrantado”.5 Cristo
consuela nuestro dolor.

¿Necesita usted este consuelo? Cristo anhela dárselo. Piense en David saliendo de
Jerusalén cuando su hijo Absalón trató de usurpar su trono. “David subió la cuesta
de los Olivos, e iba llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos” (2 Sam.
15: 30). “David iba vestido de cilicio, y la conciencia lo atormentaba. Demostraba
su arrepentimiento por las señales visibles de la humillación que se imponía. Con
lágrimas y corazón quebrantado presentó su caso a Dios, y el señor no abandonó
a su siervo. Jamás estuvo David tan cerca del amor infinito como cuando,
hostigado por la conciencia, huyó de sus enemigos, incitados a rebelión por su
propio hijo”.6

“Dios no desea que quedemos abrumados de tristeza, con el corazón


angustiado y quebrantado. Quiere que alcemos los ojos y veamos su
rostro amante. El bendito Salvador está cerca de muchos cuyos ojos
están tan llenos de lágrimas que no pueden percibirlo. Anhela estrechar
nuestra mano; desea que lo miremos con fe sencilla y que le permitamos
que nos guíe. Su corazón conoce nuestras pesadumbres, aflicciones y
pruebas. Nos ha amado con amor eterno y nos ha rodeado de
misericordia”.7

“Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad” (Mat. 5:


5). La mansedumbre no es debilidad. Las Escrituras dicen que “Moisés era un

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hombre muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Núm.
12: 3). Moisés no era un hombre débil, pero era manso. “Jesús incluye la
mansedumbre entre los requisitos principales para entrar en su reino. En su vida y
carácter se reveló la belleza divina de esta gracia preciosa”.8 David dijo que “los
mansos heredarán la tierra y se recrearán con abundancia de paz” (Sal. 37: 11).

“El más precioso fruto de la santificación es la gracia de la


mansedumbre. ... La verdadera mansedumbre suaviza y subyuga el
corazón, y adecúa la mente a la palabra injertada. ... La mansedumbre
es el adorno interior, que Dios estima de gran valor. ... Los ángeles del
cielo registrarán como mejor adornados a aquellos que se vistan del
Señor Jesucristo, y anden con mansedumbre y humildad”.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mat.


5: 7). «Dios mismo es la fuente de toda misericordia. Se llama "clemente y
misericordioso” (Exo. 34: 6). No nos trata según lo merecemos. No nos pregunta si
somos dignos de su amor; simplemente derrama sobre nosotros las riquezas de su
amor para hacemos dignos».10 ¡Cuán misericordioso es Cristo, que estuvo
dispuesto a sufrir toda la culpa de la humanidad para salvar a los que aceptan su
regalo! ¿Somos misericordiosos con los que no han mostrado misericordia hacia
nosotros? El Cristo que mora en nosotros revela misericordia a través de nosotros,
porque él se deleita en ser misericordioso.

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios” (Mat. 5: 8).


Vivimos en un mundo lleno de pecado. La impureza está a nuestro alrededor y
Satanás usa todos los medios a su disposición para arrastrar a la humanidad hasta
las profundidades más bajas.

¿Cuál es la definición de Cristo de pureza? ¿Qué implica? Podría sorprendernos que


«las palabras de Cristo: “Bienaventurados los de limpio corazón”, tienen un
significado mucho más profundo. No se refieren únicamente a los que son puros
según el concepto del mundo, es decir, que están exentos de sensualidad y
concupiscencia, sino a los que son fieles en los pensamientos y motivos del alma,
libres del orgullo y del amor propio; humildes, generosos y como niños».11

Esta pureza de mente y corazón solo se encuentra a través de Jesús. “Ahora, pues,
ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan
conforme a la carne, sino conforme al Espíritu, porque la ley del Espíritu de vida
en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom. 8: 1, 2).
¡Alabado sea Dios!

La perfección no es un logro, sino depender completamente de Cristo, Él y solo él


puede hacer por nosotros lo que jamás podremos hacer por nosotros mismos. Sin

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Cristo, no tenemos esperanza. Él murió en nuestro lugar, llevando nuestra culpa; él


intercede en el cielo por el perdón de nuestros pecados; y él reina dentro de nosotros,
si estamos dispuestos a recibirlo, y nos da la victoria sobre el pecado. Cuando nos
volvemos totalmente dependientes de Cristo, él transforma nuestro corazón y
nuestros deseos. ¡Es por ello por lo que el cielo comienza ahora al vivir en él y por
él!

Hay quienes se excusan y dicen: «Yo soy joven. Tengo toda mi vida delante de mí.
Tengo mucho tiempo para pensar en serio sobre este asunto de la salvación». Pero
retrasar una decisión tan importante no es prudente. La Escritura dice: “Ahora es el
día de salvación” (2 Cor. 6: 2). ¡Aprovechemos la oportunidad mientras se pueda!

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque


de ellos es el reino de los cielos” (Mat. 5: 10). Meditemos en esta maravillosa
verdad: «Por las pruebas y persecuciones se revela la gloria o carácter de Dios en
sus elegidos. La iglesia de Dios, perseguida y aborrecida por el mundo, se educa y
se disciplina en la escuela de Cristo. En la tierra, sus miembros transitan por sendas
estrechas y se purifican en el horno de la aflicción. Siguen a Cristo a través de
conflictos penosos; se niegan a sí mismos y sufren ásperas desilusiones; pero los
dolores que experimentan les enseñan la culpabilidad y la desgracia del pecado, al
que miran con aborrecimiento. Siendo participantes de los padecimientos de Cristo,
están destinados a compartir también su gloria».12

Las enseñanzas de Cristo sobre las señales del tiempo del fin

Pasamos ahora de las bienaventuranzas, que fueron dadas al principio del ministerio
de Cristo, al Monte de los Olivos (Mat. 24: 3), cerca del final de su ministerio en la
tierra. Los discípulos le preguntaron a Cristo: “¿Qué señal habrá de tu venida y del
fin del siglo?” (vers. 3). Ellos esperaban una respuesta específica y Cristo les dijo:
“Mirad que nadie os engañe” (vers. 4). Él usa el verbo engañar cuatro veces en
Mateo 24. Estaba preocupado porque “grandes señales” podrían “engañar, si es
posible, aun a los escogidos” (vers. 24).

Los discípulos preguntaron por una «señal», en singular. Pero Cristo comenzó a
hablar de varias señales del tiempo del fin. Pareció ignorar su pregunta específica.
El la abordaría más tarde, pero primero estaba preocupado por diversas mentiras
que podían arrebatarles a sus seguidores la vida eterna.

Además de la advertencia contra el engaño, Cristo mencionó las crisis que


ocurrirían antes de su venida: guerras (vers. 6), hambrunas y terremotos (vers. 7),
persecuciones (vers. 9) y una apostasía generalizada (vers. 10, 12). También
exhortó a sus seguidores a guardar el sábado (vers. 20) y a estudiar la abominación
mencionada en Daniel (vers. 15; ver Dan. 9: 27; 11: 31; 12: 11).

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Finalmente, después de mencionar todo esto, Cristo respondió la pregunta de los


discípulos. Dijo: “Entonces aparecerá la señal (en singular) del Hijo del hombre
en el cielo, y todas las tribus de la tierra harán lamentación cuando vean al Hijo
del hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mat. 24: 30,
la cursiva es nuestra). Su gloria resplandecerá como un relámpago a través de los
cielos (vers. 27). Un Cristo falso, sea en el desierto o en un recinto cerrado, no puede
llegar de los cielos con gloria cegadora (vers. 15-26). Sin embargo, un Cristo
falsificado engañará poderosamente a la gente y los privará de la salvación (vers.
24).

Cristo descenderá del cielo, su pueblo ascenderá para encontrarse con él en el aire,
y juntos irán a la patria celestial (1 Tes. 4: 16, 17). Esta es la señal que Cristo desea
que sus seguidores conozcan. Esta señal es más importante que todas las demás,
porque esta señal en los cielos distingue radicalmente la venida genuina de Cristo
de la falsificación terrenal.

Elena G. de White detalla un poco más la señal del regreso de Cristo:

“El acto capital que coronará el gran drama del engaño será que el
mismo Satanás se dará por el Cristo. ... No se le permitirá a Satanás
contrahacer la manera en que vendrá Jesús. ... Si ello le resulta posible,
Satanás les impedirá que logren la preparación necesaria para estar
firmes en aquel día. Dispondrá las cosas de modo que el camino les
esté obstruido; los aturdirá con bienes terrenales, les hará llevar una
carga pesada y abrumadora para que sus corazones se sientan
recargados con los cuidados de esta vida y que el día de la prueba los
sorprenda como ladrón”.13

Qué triste sería pasar toda la vida llevando cargas innecesarias. Si el peso que
llevamos por los trajines de la vida es muy grande, Cristo nos invita: “Venid a mí
todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mat. 11: 28).

La parábola de las diez vírgenes

En la parábola de las diez vírgenes, cinco vírgenes eran prudentes y cinco insensatas
(Mat. 25: 1-13). Todas eran vírgenes; todas tenían lámparas; todas tenían aceite en
sus lámparas; todas esperaban con ansia la llegada del novio; y todas se quedaron
dormidas. Pero las vírgenes insensatas no tenían aceite adicional como sus
prudentes compañeras. Esa fue la diferencia crucial.

Al igual que las diez vírgenes, vivimos un tiempo en el que el Novio, Cristo, está
por llegar. Las vírgenes de Cristo necesitan la plenitud de la lluvia tardía. Las
vírgenes insensatas no se han preparado para recibir este influjo. Son creyentes

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superficiales a los que en realidad no les interesa estar preparados para el cielo ni
ayudar a otros a estar listos. Las vírgenes insensatas tienen “apariencia de piedad”,
pero niegan el poder de Dios que está a su disposición (2 Tim. 3:5).

¿Qué deben aprender las vírgenes insensatas? La batalla por la victoria no es sobre
los pecados (ni siquiera descubrir aquello que hacemos mal sin darnos cuenta); más
bien, es conectarnos y permanecer conectados con Jesucristo, que nos salva del
pecado. Entonces Dios nos dará la victoria. “Gracias a Dios, que nos lleva siempre
en triunfo en Cristo Jesús” (2 Cor. 2: 14).

Las vírgenes insensatas estaban satisfechas con un poquito de aceite cuando


pudieron haber tenido abundante. ¡Qué tragedia! Un caudal de lluvia tardía está
disponible para los creyentes a través de una relación de dependencia con Cristo;
pero al igual que la iglesia de Laodicea, los insensatos escuchan al Señor tocando a
su puerta y nunca le abren. Cristo anhela entrar y les suplica de corazón: “Yo estoy
a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con
él y él conmigo” (Apoc. 3: 20).

1. El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, p, 56.


2. Ibíd., cap. 1, p. 11.
3. Ibíd., cap. 3, p. 85. 4.
4. Ibíd., p. 91.
5. Ibíd., cap. 2, pp. 24, 25.
6. Ibíd., p. 27.
7. Ibíd., p. 28, 29.
8. Ibíd., p. 31.
9. Reflejemos a Jesús, p. 264.
10. El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, p. 42.
11. Ibíd., p. 46.
12. Ibil, pp. 54, 55.
13. El conflicto de los siglos, cap. 40, p. 608-610.

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