Está en la página 1de 3

Emiliano Zapata

Líder de la revolución mexicana


Fue uno de los mayores revolucionarios de la historia. Este campesino mexicano, que luchó
hasta la muerte por la justicia social y la libertad, fue víctima de la persecución del poder.

Emiliano Zapata Salazar nació el 8 de agosto de 1879 en Anenecuilco, en el estado mexicano de


Morelos. Fue el noveno de los 10 hijos de Gabriel Zapata y Cleofas Gertrudis Salazar, dos humildes
campesinos. Emiliano estudió en la escuela de su aldea, donde recibió una formación muy limitada,
y compaginaba los estudios con su trabajo en el campo para ayudar a la familia. Emiliano llevaba la
revolución en la sangre: su abuelo había participado en la toma de Cuernavaca durante la guerra
contra el emperador Maximiliano I, pero lo que hizo que dedicase toda su vida a la lucha por la tierra
fue ver llorar a su padre de impotencia cuando los caciques del pueblo le despojaron de parte de sus
escasas tierras. Airado por esa injusticia, le dijo: «Cuando sea mayor haré que te las devuelvan».
Pero Gabriel Zapata no pudo ver cumplida la promesa de su hijo. Murió cuando Emiliano tenía 14
años, sólo 11 meses después de que hubiera fallecido su esposa.

Murieron seis de sus nueve hermanos


Él y su hermano mayor, Eufemio, heredaron el escaso patrimonio familiar –un poco de tierra y unas
cuantas cabezas de ganado–, con el que consiguieron mantener a la familia, de la que ya sólo
quedaban cuatro hermanos, ya que seis habían muerto. Mientras Eufenio se fue a buscar trabajo
fuera del pueblo, Emiliano se quedó en Anenecuilco cuidando de sus tierras. En las épocas en las
que el trabajo del campo disminuía, se dedicaba en una finca vecina a comerciar con caballos,
animales que eran su gran pasión. Desde joven, fue testigo de las injusticias que sufrían los
campesinos, sometidos a la explotación de los grandes propietarios y con sólo 17 años el futuro
revolucionario tuvo su primer encontronazo con las autoridades. Se vio forzado a abandonar el
estado de Morelos y vivió durante un tiempo escondido en el rancho de unos amigos.

«Mejor morir de pie que vivir toda la vida arrodillado»


En 1902, Emiliano Zapata empezaba a ser conocido por sus ideales y su valentía plantando cara a
poderosos y a terratenientes, como cuando ayudó al pueblo de Yautepec, en Morelos, a enfrentarse
con el cacique Pablo Escandón acompañando a una comitiva del pueblo hasta Ciudad de México
para pedir justicia. Cuatro años después, asistió a una junta de campesinos de otra localidad del
estado para defender sus tierras frente a otros grandes propietarios. Así fue creciendo, poco a poco,
su fama de hombre comprometido con la lucha por los derechos de los campesinos. Una de sus
frases era: «Es mejor morir de pie que vivir toda la vida arrodillado».
En 1909, una ley promulgada por el presidente Porfirio Díaz amenazaba con empeorar la ya
miserable situación de campesinos e indígenas en un país donde terratenientes y grandes compañías
eran los dueños de casi toda la tierra fértil. En vista de la situación, en septiembre de ese año, los
habitantes de la aldea de Zapata fueron convocados a una reunión clandestina para hacer frente al
problema. Todos estaban convencidos de que parte de la solución pasaba por elegir a Zapata como
presidente del nuevo consejo municipal. Y fue lo que pasó.

Emiliano con el característico sombrero mexicano, rifle, canana de balas y sable.

«La tierra, para quien la trabaja»


Su fama no paraba de crecer y, al año siguiente, con la consigna de «tierra y libertad», se unió al
movimiento revolucionario de Francisco Ignacio Madero, que pretendía acabar con el régimen de
Porfirio Díaz. En 1911, tras el triunfo de los maderistas, se negó a dejar las armas, ya que Madero no
había devuelto las tierras a los indígenas. Con una visión mucho más avanzada que otros líderes de
la revolución mexicana, Emiliano Zapata formuló su propia reforma agraria –el Plan Ayala– con la
que buscaba la colectivización de las grandes haciendas y liberar a miles de campesinos e indígenas
de la opresión latifundista. Así pensaba ser consecuente con su célebre y reivindicativo lema: «La
tierra para quien la trabaja».

Apodado por sus leales «el caudillo del sur»


Hombre de fuertes convicciones –abogó por el derecho de huelga y la emancipación de la mujer–,
nunca modificó su forma de pensar y ni siquiera los sucesivos cambios de gobierno en México le
hicieron desviarse un ápice de sus ideales. Desde 1911 hasta 1919, año de su muerte, continuó su
lucha por los derechos de los pobres en los estados del sur de México, se alió con Pancho Villa y se
ganó el apodo de «Caudillo del Sur». En 1915, el presidente mexicano Venustiano Carranza le
encargó al general Pablo González, uno de sus hombres de confianza, que aplastara la Revolución
del Sur, movimiento de liberación liderado por Zapata, que el 2 de mayo de 1916 había ocupado
Cuernavaca. Se dice que en esa época el revolucionario usaba un doble para asistir a eventos
públicos por los numerosos atentados de los que fue víctima.

Uno de los hombres de González, el coronel Jesús Guajardo, se ganó su confianza y le hizo creer que
estaban descontentos con el Gobierno. Zapata le pidió pruebas y Guajardo se las dio al fusilar, con el
consentimiento de González, a 50 soldados federales y ofrecerle al revolucionario armamento y
municiones para continuar la lucha. Entonces, Emiliano aceptó reunirse con él en la Hacienda
Chinameca el 10 de abril de 1919. Cuando entró en la finca acompañado de 10 de sus hombres, los
soldados que fingían presentarle las armas lo acribillaron a balazos. El general Pablo González
ordenó fotografiar y filmar el cadáver para evitar que se dudase de que había muerto. Con esta
traición se puso fin a la vida de uno de los mayores revolucionarios de la historia.

Una detallada investigación del historiador Francisco Pineda ha mostrado ahora que Zapata, ya
siendo un mito en vida, fue perseguido con saña por el régimen de Venustiano Carranza, que desató
una guerra de exterminio con armas químicas, torturas indiscriminadas y esclavización de los
prisioneros para doblegar a un hombre que había dicho: «Quiero morir siendo esclavo de los
principios, no de los hombres».

Zapata (sentado a la derecha) con Pancho Villa al lado.

Su vida sentimental
Además de ser un revolucionario, un icono universal de la lucha contra la injusticia, de inspirar 147
canciones y corridos mexicanos y ser el protagonista de numerosas series y películas (ha sido
interpretado en el cine por Marlon Brando y Anthony Quinn, entre otros), Emiliano Zapata fue un
hombre muy atractivo. Según su bisnieto, el historiador Edgar Zapata, el Caudillo del Sur mantuvo
relaciones sentimentales con 28 mujeres, con las que tuvo 30 hijos, aunque sólo 10 alcanzaron la
edad adulta. Sin embargo, hay otras versiones que rebajan esta cifra a 9 mujeres y 16 hijos.
En 1908, se enamoró de Inés Alfaro Aguilar, con la que se escapó para poder vivir su pasión lejos de
la oposición de los padres de la joven. Pero fue acusado de raptarla y, como castigo, le obligaron a
incorporarse al ejército, algo que no impidió que siguieran juntos y tuvieran dos hijos, Nicolás y
María Elena.

Josefa Espejo, su esposa oficial


La segunda mujer importante en la vida de Emiliano fue Josefa Espejo, hija de buena familia que,
como en el caso de Inés, se opuso a aquella relación desde el primer momento. «¡Emiliano no te
conviene! ¡Es un barrendero, jugador, mujeriego y no tiene ni burro que montar!», le advirtió a la
joven enamorada su padre, don Fidencio Espejo. Pero nada pudo detener el amor de la pareja. Y es
que Emiliano era un hombre muy romántico. Quienes le conocieron contaban que, cuando Josefa iba
al río a lavar la ropa, el revolucionario colocaba una carta de amor en su sombrero que echaba al
agua para que, flotando por la corriente, llegara al lugar donde ella estaba.
Cuando murió don Fidencio, la pareja pudo por fin contraer matrimonio. Se casaron el 20 de agosto
de 1911 y tuvieron dos hijos: Felipe, que murió a los 3 años por la mordedura de una serpiente
cascabel, y Josefa, que también falleció a temprana edad por una picadura de alacrán. Josefa Espejo,
conocida como la Generala, fue la única esposa legal de Zapata. Además de ella e Inés, Emiliano
tuvo relaciones con Margarita Sáenz, Petra Portillo, María Jesús Pérez Caballero, Georgina Piñeiro,
Gregoria Zúñiga, Matilde Vázquez y Luz Zúñiga, entre otras.