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Los Virus como Motor de la Evolución

Los virus son los agentes más activos de la diversificación de la vida Nuevas
investigaciones revelan que originaron las mutaciones adaptativas y la
especialización Los virus pueden ser parásitos con tal capacidad de simbiosis
que acaban formando parte del ADN de sus huéspedes, ya sean éstos
microorganismos como las bacterias u organismos superiores. Esta invasión ha
sido la causa de una gran parte de las mutaciones adaptativas producidas en
los últimos 500 millones de años, como, por ejemplo, la de la aparición de la
placenta, indispensable para la reproducción de los mamíferos modernos. Las
últimas investigaciones relativas a los virus restan además importancia a la
competición entre los genes como motor de la evolución. Por Jean-Paul
Baquiast.

Los virus son los agentes más activos de la diversificación de la vida De


un tiempo a esta parte, los biólogos han lanzado nuevas hipótesis relativas a la
importancia de los virus en la evolución. Por un lado, un número creciente de
virólogos han resaltado no sólo la increíble cantidad de virus presentes en la
Tierra, sino también el papel increíblemente activo de los virus en la evolución,
en el pasado y en el presente. Por otro lado, los virus son bien conocidos por
su responsabilidad en la propagación de enfermedades a menudo mortales,
contra las que existen pocas vacunas. Se conocen también sus modos de
reproducción y de transmisión, por intrusión en las células y apropiación de sus
mecanismos bioquímicos. En este sentido, los virus son considerados como
parásitos que dependen enteramente de sus huéspedes para su propia
supervivencia. Pero el carácter singular del mundo de los virus, o de la
virosfera, es cada vez más objeto de numerosas investigaciones. Los virus se
encuentran en todos los medios terrestres existentes, desde glaciares y
desiertos hasta cuevas profundas.

De hecho, donde quiera que haya una vida celular cualquiera, allí
abundan los virus. Información genética arcaica Además, se estima que son 10
millones de veces más numerosos de lo que se creía hace algunas décadas.
Un milímetro del agua de un lago puede contener más de 200 millones de
virus, por ejemplo. Los virus bacteriófagos, que infectan a las bacterias, podrían
alcanzar de hecho, colocados longitudinalmente, la distancia de 100 millones
de años luz. Por si todo esto fuera poco, la diversidad vírica es considerable: se
piensa que existen 100 millones de tipos diferentes de virus. Sus formas son
múltiples. Algunos, por ejemplo, son muy grandes, como en el caso del
Mimivirus descubierto por un equipo europeo, y cuyas partículas maduras
miden 400 nanómetros.

Los virus conservan su información genética aprovechando una gran


variedad de ADN y de ARN. Pero lo más sorprendente es que, cuanto más se
estudian sus genomas, se encuentran más nuevos genes no identificados con
anterioridad. El biólogo Luis Villareal, director del Center for Virus Research de
la Universidad de California, calcula que los genes nuevos, aquéllos cuya
función es desconocida, representan un 80% del número de genes virales
identificados. Todo esto hace suponer que su material genético no está
constituido por pequeñas porciones de ADN extraído del ADN de sus
huéspedes, sino que parece asociado a formas de vida primitivas anteriores a
las bacterias, es decir, arcaicas. Mundialización vírica El estudio de la evolución
genética de un gran número de bacteriófagos ha demostrado que éstos no
pueden ser conectados a ancestros comunes.

Cada virus bateriológico o fag parece disponer de una muestra de


fragmentos de ADN aparentemente tomados y reunidos al azar. En el interior
de un mismo huésped, los genomas de todos los virus que en él se encuentran
parecen mezclarse entre ellos, de manera permanente. Pero este
supermercado de genes virales no funciona solamente en el interior de un
huésped único. Se manifiesta en otra escala, la de la Tierra entera, en el seno
de medios muy diversos. Los virus inventaron la mundialización mucho antes
de que nosotros la conociéramos. Las nuevas secuencias de ADN se extienden
por todo el globo muy deprisa, considerando la rapidez de las mutaciones, la
variedad de las recombinaciones, y la cantidad ingente de especies virales en
contacto. Los bacteriólogos hablan de redes bacterianas para explicar la
omnipresencia y las virulencias súbitas de las especies de bacterias. Pero este
término resultaría aún más apropiado para la descripción del mundo de los
virus.

El hecho de que éstos puedan difundirse tan fácilmente se debe a una


propiedad que, de hecho, comparten con las bacterias. Simbiosis versus
agresión Los virus no matan sistemáticamente a sus huéspedes, que son
organismos multicelulares o bacterias. Cierto es que los hay que, como el virus
de la fiebre del Ébola, provocan enfermedades mortales condenándose ellos
mismos a una vida difícil, e incluso a la desaparición. Pero la mayoría de los
virus han preferido la simbiosis a la agresión. Así, se integran en la maquinaria
celular de sus huéspedes, en la se convierten en pasajeros simbióticos
permanentes. En el caso de las bacterias, estos virus son denominados
“profags " (genoma de fag insertado como parte de la estructura lineal del ADN
de una bacteria), y parece que componen el 20% de los genomas de estos
microorganismos. Además, en los genomas de las bacterias se ha identificado
alrededor de un 10% de genes que no se parecen a nada conocido. Son los
llamados ORFans.

El profesor Patrick Forterre, de la Université Paris-Sud 11, especialista


en bacterias extremófilas, calcula que el 90% de estos ORFans son de origen
vírico. ADN de origen vírico en humanos Pero las bacterias no son las únicas
que han integrado virus antiguos. Las eucariotas, o células con núcleo celular,
se encuentran en todos los animales superiores, entre ellos los humanos, y
también están dotadas de ADN cargado de restos de antiguas infecciones
virales. Se ha descubierto, por ejemplo, que los retrovirus, que son virus
contagiosos no permanentes y los ERV o retrovirus endógenos están en
nuestro ADN. Investigaciones llevadas a cabo desde el año 2000 han ido
revelando que el 8% del ADN humano está formado por ERV. Forterre señala
que los genomas de especies superiores sufren una lluvia continua de genes
víricos cuya función no es fácilmente reconocible.

Algunos que no sirven para nada son eliminados, pero parece que la
mayoría de ellos quedan en reserva para hacer frente a fuerzas evolutivas aún
no afrontadas por la célula, desde el funcionamiento del sistema inmunitario.
Este mecanismo, practicado en el nivel de las bacterias patógenas, podría
generar las epidemias más mortales y difíciles de combatir. Pero, a la inversa,
los órganos infectados pueden, gracias a sus profags, adaptarse más
rápidamente y mejor a estos cambios. Virus y especiación Se cree, por
ejemplo, que la placenta indispensable para la reproducción de los mamíferos
modernos apareció gracias a la acción de un gen llamado syncitin proveniente
de un ERV. De hecho, una gran parte de las mutaciones adaptativas
producidas en los últimos 500 millones de años podrían deberse a la acción de
los virus y los ERV.

Estos últimos parecen implicados masivamente en el funcionamiento de


las redes de regulación de la expresión genética. Se sabe que hay diferencias
en la expresión de los genes que provocan las divergencias en la especiación
responsable de la aparición de especies nuevas, a partir de troncos comunes.
Los trabajos de Patrick Forterre y su equipo se han centrado en comparar los
procesos bioquímicos de la replicación del ADN en el seno de tres familias:
bacterias, archaea (organismos unicelulares) y eucariotos. Estas tras familias
no son consideradas hoy procedentes de un tronco evolutivo común. La
hipótesis es que podrían ser las supervivientes de formas primitivas muy
diversas pobladoras de la biosfera primitiva. Patrick Forterre ha demostrado
que la vida naciente fue el resultado de un intenso periodo de experimentación
bioquímica al azar, con numerosos fallos y éxitos que resultaron en formas
cada vez más complejas.

De estas múltiples formas de los sistemas vivos que aparecieron a


continuación, sólo han sobrevivido las tres familias mencionadas. La
importancia de los virus en la evolución Dado que los virus, tanto en aquella
época como ahora, eran mucho más abundantes que las células, fueron los
agentes más activos y eficaces de la diversificación de la vida y de sus
extensiones geográficas. Fueron asimismo responsables de lazos evolutivos
determinantes, como el paso del mundo del ARN al del ADN, y también de la
invención del núcleo celular. Estas investigaciones restan en parte importancia
a la competición entre genes (genes egoístas) como motor de la evolución,
presentada por Richard Dawkins. O, al menos, la sustituyen.

Por otro lado, la idea que encanta a los genetistas de que los
genomas de todas las especies podrían derivar de una fuente común única
debería, también, ser sensiblemente matizada. Nosotros añadiremos por
nuestra parte dos cosas. Por un lado, las investigaciones sobre los virus
arcaicos iluminan, de una manera interesante, las hipótesis relativas a las
formas de vida rudimentarias existentes en la Tierra antes de la aparición de la
vida. Los virus primitivos podrían ser los descendientes lejanos de moléculas
bioquímicas replicantes. Por otro lado, en lo que respecta a la exploración de
medios prebióticos, como aquéllos que pudiera haber en Marte, no se debería
pensar solamente en buscar bacterias, sino también virus, seguramente
patógenos para los humanos.

Artículo de Jean-Paul Baquiast