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MITOS

El Tótem del Guanaco (Yestay)


Sobre el Yestay (también conocido como Yastay) existen diferentes versiones, tanto acerca de
su forma como de su origen, las que a continuación te mostraremos.
De acuerdo con algunas tradiciones, el Yestay sería un guanaco protector de las manadas,
especialmente de las vicuñas y guanacos, que resalta sobre los demás por su gran tamaño y
belleza. Se cree que este animal sería el jefe de todos los demás y que tiene la particularidad
de aparecer en los momentos más inesperados.
Sin embargo, su apariencia no siempre es agradable de ver, porque, en ocasiones, desata
toda su furia contra los cazadores mostrándose con una cabeza de demonio y lanzando
lenguas de fuego por su boca. Ni siquiera las balas son capaces de derrumbarlo y, menos, la
fuerza humana.
No obstante, en otras oportunidades se presenta con un rostro angelical. Incluso, puede hacer
las veces de guía en medio del desierto, cuando capta la bondad en quienes se aproximan de
manera tranquila y pacífica a la manada.
Su alimento predilecto es el cocho (harina de maíz tostado) con harina de quintitaco (algarrobo
dulce).
Los que desean cazar, deben pedirle permiso al Yestay, para lo cual le dejan una ofrenda
entre las piedras del cerro. Este animal protege a los cazadores pobres que atrapan animales
solo para alimentarse, y castiga a los que lo hacen sin necesitarlo. En ocasiones asume la
forma humana para hacer tratos con las personas.
Otra versión apunta a que es hijo de la Pachamama (madre tierra) y que por encomienda de
ella debe cuidar a los animales silvestres. En muchas ocasiones se presenta como un anciano
de barba blanca que lleva consigo un cetro y una flauta con la cual toca suaves y dulces
melodías, logrando de esa manera amansar a las fieras.
El Alicanto
El Alicanto es, en esta zona del país, el sueño de muchos mineros, que esperan que algún día
este personaje se les aparezca y les muestre el sendero hacia una veta de oro o plata. Se
trata de un enorme pájaro, de grandes alas color metálico, pico encorvado y patas alargadas
con enormes garras. Se alimenta de oro o de plata y sus alas fosforecen durante la noche. Si
el animal come oro, despide destellos dorados; o argentados si su alimento fue la plata.
Las personas que lo han podido ver han dejado todo de lado por seguirlo, pues se dice que el
ave se ubica en el lugar exacto de la riqueza. Pero quien sigue al alicanto repentinamente, al
llegar al lugar del supuesto tesoro, el ave lo abandona, dejándolo sin agua y sin comida. Sólo
una plegaria a la virgen de Punta Negra le puede mostrar el camino de regreso.
Los brujos de Salamanca
Se dice que en una cueva de Salamanca, donde se aprende el arte de la brujería, viven las
almas de los brujos fallecidos, quienes les entregan poderes a los que se inician en este arte.
Esta cueva tiene varias entradas y están cuidadas por culebrones.
Además, en este lugar se rinde homenaje a Satanás, se efectúan misas negras y se realizan
las confesiones de brujos y brujas. Solo una palabra religiosa o la señal de la cruz puede
disolver, rápidamente, una asamblea, y al canto del gallo, los brujos vuelven a sus casas
escurriéndose por la chimenea, por el ojo de la cerradura o por alguna rendija.
Cada cierto tiempo, en la cueva se organizan fiestas a las que asisten los maestros. En ellas
se usan servicios de oro y plata, pero ninguna de estas piezas puede ser sacada de la
guarida, ya que en el exterior se convertirá en algo de poco valor. Cuentan que un brujo invitó
a un joven a la cueva mientras se realizaba allí una fi esta y cuando nadie lo veía, este
escondió una cuchara de plata en su bolsillo.
En ese momento, vio que una niña se le acercaba, perdió el sentido y despertó en la plaza del
pueblo. Rápidamente se llevó la mano al bolsillo buscando la pieza robada, pero sólo encontró
una bolita, sin ningún valor, de las que usan los niños para jugar
LA LLORONA

Aproximadamente en el año 1800 llegó a la villa de San José de Maipo, desde Santiago, acompañada por su esposo y sus

hijos, una mujer llamada Norma. San José era un pequeño y tranquilo poblado en el que vivían unas pocas familias campesinas y los
mineros del yacimiento de San Pedro Nolasco. Norma y su familia se instalaron en una pequeña casita cerca del río, en lo que hoy
llamamos “Camping del Río”. Allí, como cualquier mujer de la época, se dedicó a criar a los hijos y a plantar y cuidar su huerto, mientras
su marido trabajaba en la mina y se aparecía muy de vez en cuando por casa. Se sabe, sin embargo, que la soledad, la paz, suele hacer
surgir desde lo más hondo de la psique humana aspectos desconocidos y a veces siniestros de la personalidad. Eso fue lo que aconteció
con Norma.

El tiempo pasaba. Ella no lo notó al principio, pero de pronto un día se dio cuenta que su marido cada vez venía menos a casa.
Comprendió que su ausencia se debía al mucho trabajo que él tenía, pero eso no la consoló. La mujer entristeció al principio, mas
quizás qué defensa interior oculta hizo que se fuera poniendo cada vez más agresiva, y nadie sabe cómo, terminó mezclándose en
magia negra. Esto último fue la gran noticia-copucha que comenzó a rumorearse por esos días por San José, que la tal Norma que vive
cerca del río practica la magia negra y todo tipo de asuntos raros con el fin de dominar a las personas. Se decía que cuando sus hijos se
dormían, ella iba río arriba, hacia el sur, y sacrificaba guaguas al mismísimo Satanás, a quien también se ofrecía en cuerpo y alma.
Asimismo, contaban que encendía una hoguera y cumplía extraños ritos con los animales.

Fue un largo tiempo el que pasó mientras Norma se dedicaba a sus oscuras actividades y su esposo no se aparecía, hasta que un buen o
mal día, éste llegó de visita. Antes de ir a casa, en un lugar de mal beber, se puso al tanto de todas las atrocidades que se rumoreaban
sobre su mujer. Cuando llegó al hogar a orillas del río conversó con ella, pero ésta negó todo. Sin embargo, la intranquilidad ya se había
apoderado del corazón del hombre. Por eso, un día, después de que su mujer se levantó a medianoche, él la siguió hacia el lugar donde
practicaba sus ritos oscuros, y vio, con horror, cómo quemaba unos bebés en la hoguera y luego se entregaba a juegos prohibidos con
un macho cabrío negro de ojos rojos mientras invocaba al Señor de la Oscuridad.

Presa del pánico, el esposo huyó del pueblo junto a sus hijos esa misma noche, antes de que su mujer regresara, al amanecer. Nadie lo
vio desaparecer y nunca más se supo de él. En cuanto a Norma, cuando volvió a casa y no encontró a sus hijos, enloqueció de pena,
gritando de rabia y dolor. Sus gritos fueron tan desgarradores y fuertes, que hasta los mismos demonios que vagan constantemente por
la tierra para aquejar a los seres humanos, se espantaron al oírla. Y sucedió que después de los lamentos, la piel de Norma se secó y su
cuerpo se marchitó, y comenzó a llorar de una forma horrenda y escalofriante por siempre jamás.

La gente que salía a altas horas de la noche contaban que oían a una mujer llorar a lo lejos. Unas pocas personas que en aquellos
tiempos la pudieron ver, luego enloquecieron, gritando que habían visto un cadáver caminar flotando por el aire, hirviente de gusanos y
envuelto en jirones de ropa manchada de sangre negra. También gritaban que el espectro de esa mujer preguntaba con lastimera voz
por sus hijos, tragándose el alma de aquel que le respondiera. Por eso, todos huían de ella En aquellos tiempos fue cuando se la bautizó
como la Llorona, mujer de la noche, tragadora de almas.

La gente comenzó a temerla, y cuando se escuchaba su llanto se cerraban las puertas y ventanas de todas las casas. Pero algo bueno
debe tener su espíritu, pues se dice que si alguien tiene pacto con el diablo no puede sufrir daño por ella, porque huye, sin querer
mezclarse con Satanás, ya que de él vendría toda su desgracia, que se inició el día en que ella lo prefirió ante la ausencia de su esposo.

Otra forma de hacerla huir es gritarle su nombre –Norma-, y entonces ella se esfuma. También se dice que la Llorona busca raptar niños
para absorberles el alma y dejar sus cuerpos tirados cerca del río o en los cerros.
La Lola
Del origen y el porqué del actuar de la célebre Lola o mujer de los cerros se cuentan distintas versiones. Hay alguna que dice que era
una de las hijas de la Llorona, quizás la más hermosa. Los que esto aseguran cuentan que La Lola, cuando ya era más grandecita, al
saber que su madre había desaparecido, la fue a buscar por todo el valle del Maipo, hasta que una noche unos campesinos la
encontraron muerta en la ribera del río. Desde entonces habría empezado a aparecerse como espíritu. Otros cuentan que era una niña
lindísima que se iba a casar a temprana edad, pero su novio la abandonó. Ella habría jurado, entonces, vengarse de todos los hombres
por el daño que su prometido le había causado.

Huyó a los cerros, y allí vivió esperando a los arrieros, baquianos, cabreros y excursionistas para hechizarlos con la mirada de unos ojos
verdes profundo y extraviarlos luego por precipicios y quebradas con el fin de eliminarlos. La forma más usual de guiarlos hacia la
muerte era mediante el hondo eco de su voz, que resonaba en las quebradas produciendo en los que la oían un irresistible efecto de
atracción.

En la muerte de esta hermosísima niña jugó un rol un joven cazador de conejos que solía aventurarse por los parajes que La Lola
frecuentaba. Secreta e involuntariamente, el cazador la descubrió postrada bajo un árbol, contemplando la luna llena, vestida con un
sudario blanco de nieve, y entonces se enamoró perdidamente de ella. Teniéndola fija en su memoria, y con esa fuerza que el amor da
a los corazones enamorados, en otra noche de luna el joven cazador se atrevió a salir en busca de su pretendida amada para expresarle
su pasión. El cazador de conejos quería cazar a su conejita. La buscó y la buscó, hasta que la encontró, pero ella huyó como gacela
herida profiriendo maldiciones contra el intrépido cazador que había osado aproximársele tanto. El joven le declaró su amor a gritos,
mas por respuesta sólo obtuvo una lapidaria frase por parte de la amada: “ ¡Nunca más amaré a un hombre, morirás por haber tratado
de llegar a mí!”.

Pasó el tiempo, y como la pasión es más poderosa que toda resistencia, nuevamente en una noche de luna, el joven cazador, no
resistiendo su soledad, salió a buscar a la mujer que le quitaba el sueño. Pero así como la pasión triunfa ante toda resistencia, también
cae derrotada frente a su propio poder; pues ciego, ciego de pasión, el muchacho cazador se fue caminando por los peñascos como
quien fuera por las nubes, hasta que tropezó y cayó a lo hondo de un precipicio, donde perdió su vida sin remedio. La niña Lola, al verlo
muerto, rió y se alegró.

Pero ella era también una chica ingenua. Aconteció que justamente en los momentos en que celebraba la muerte de su pretendiente,
se dio cuenta que un viejo ermitaño que habitaba esos lugares, habiendo tomado la forma de árbol, le hablaba a través de sus ramas,
diciéndole: ”¡Tu muerte, pequeña, será similar a la que has hecho sufrir al joven enamorado!”. La hermosa niña rió de la sentencia, mas
una noche en que encantaba a un arriero conduciéndolo hacia una muerte segura a través de una quebrada casi inaccesible, fue ella la
que tropezó con una roca filosa, se cortó una de sus piernitas y cayó hacia el vacío y hacia el fin de su vida. Pero aún tuvo la entereza de
gritar, mientras caía, que volvería desde más allá de la muerte para terminar de vengarse de todos los hombres.

El espíritu de la pequeña Lola cumplió su promesa. Después de mucho tiempo comenzó a vagar por cerros y montañas, por precipicios y
quebradas, encaminando a los arrieros y baquianos hacia una muerte segura en la boca de un acantilado o en las entrañas de un
desfiladero. De su belleza, hasta versos le han recitado los brutos y duros arrieros, que la describen como una linda muchacha de
cabellos negros y ojos verdes, tez pálida, frágil y delgada, volátil, que va suspendida por los aires sin tocar el suelo, con sus pies de plata,
rodeada de murmullos suaves al principio, como el rumor del agua de un manantial, y luego de fuertes gritos, como de miles de almas
espantadas de soledad y frío. Como clave para salvar la vida, los arrieros recomiendan no mirarla y huir de su presencia que encanta.
Pero al mismo tiempo advierten que no es fácil escapar de esa voz cristalina, que se despliega cuando la tempestad azota, y que
penetra hasta el más rígido tímpano pronunciando un nombre masculino para guiar a quien así se llame a su desaparición, allá en las
montañas insondables.
:: La Pata del Diablo
Esta leyenda surge desde de una antigua historia, que habla de un singular personaje, un extraño hombre, que llegó hace

muchísimos años a la región del Cajón del Maipo. Era alto como un roble, apuesto, y vestía todo de negro. Tenía una mirada que
espantaba a los hombres e intrigaba a las mujeres. Su pasatiempo favorito era enamorar a las bellas muchachas, que siempre lo
miraban, las cuales eran muchas, ya que la inconfundible figura de este macho las atraía como un difunto atrae a las mosquitas. Era
difícil que una niña pudiera resistírsele, tan difícil, que un día de sol ardiente lo encontraron seduciendo a la hija del alcalde de ese
entonces. El mayor problema es que esa muchacha estaba destinada, por su padre, para ingresar en un convento de monjas.

El tiempo pasaba y el hombre de negro seguía haciendo de las suyas. Cualquiera habría dicho que había venido hasta estas tierras sólo
atraído por la belleza de sus mujeres, ya que solamente se dedicaba a conquistarlas, y, al parecer, con mucho éxito, para desgracia y
malhumor de los hombres. Hasta que una noche de fuerte temporal, en que los cielos del Cajón del Maipo parecían desmoronarse
sobre sus cerros, por el sector de El Toyo, un hombre abandonado de suerte golpeó con fuerzas a las puertas de un convento de monjas
de claustro que por ese entonces había en la zona. Rogó que le dieran alojamiento por esa terrible noche, ya que era imposible seguir
su marcha con esas condiciones climáticas.

La madre superiora del convento, dado el verdadero diluvio que se dejaba caer sobre las almas y los cuerpos del lugar, consintió en que
el forastero pasara la noche en un cuarto detrás de la despensa. Le llamó la atención a la superiora, sin embargo, el riguroso negro con
que vestía el forastero, y también el hecho de que durante todo el tiempo que tuvo al personaje frente a ella, éste permaneció con el
rostro oculto tras una bufanda. Pese a la desconfianza de la madre superiora, el hombre fue conducido a la habitación en que pasaría la
noche.

Pero ocurrió lo que tenía que ocurrir. Cuando todas las religiosas habían caído en un sueño profundo, el hombre de negro se levantó y,
como si supiera muy bien hacia dónde dirigirse y como si fuera inmaterial, atravesó la gruesa pared, llegando de inmediato a la
habitación de una de las novicias del convento, nada menos que la joven hija del alcalde. La pequeña iniciada despertó asustada, y al
ver entre las tinieblas aquella figura aparecida de la nada y al sentir un fuerte olor a azufre, se le escapó un gritito. De inmediato el
hombre se le acercó, le tapó la boca con una mano y huyó con ella en brazos, rodeado de una nube espesa en la que se escuchaban
infernales gritos de almas capturadas.

Pero la madre superiora, una monja de gran carácter, había oído el grito de su iniciada. Se sentó en su cama y, afinando el oído,
escuchó los ruidos de las botas del diablo huyendo por el patio. Salió y no tardó en darse cuenta de que una novicia era raptada por el
misterioso varón. Rápida como un rayo, de seguro guiada por su fe, tomó un frasco de agua bendita de la capilla y salió tras el demonio
que poseía a la niña, le dio alcance y, gritando vade retro Satanás, invocando a Dios y haciendo la señal de la cruz, lanzó el agua
bendita. El diablo, liberando con rapidez a su presa, se transformó de inmediato en una enorme sombra con alas y pies gigantes y huyó
saltando el tramo que separa el río de los cerros. Al hacerlo, su fuerza y rabia eran tales, que dejó impresa en una roca de un cerro,
donde hoy se encuentra una parada para tomar el autobús que recorre desde San Alfonso hasta Santiago, frente al puente colgante de
El Toyo, la huella de uno de sus pies, estampa que hasta el día de hoy podemos contemplar.

Muchos años han pasado desde entonces. El tiempo, que todo lo muele, lo traga y lo digiere, y lo vuelve a moler, a tragrar y digerir, ha
formado de tales hechos esta leyenda sobre la pata del diablo, de la cual hay diferentes versiones. Para terminar ésta, sólo resta decir
que del convento nunca más se supo, de las monjas tampoco, y aún menos de las novicias. Hasta el mismo diablo desapareció del lugar,
al parecer herido dolorosamente por el agua bendita.

Sin embargo, dicen que el Maligno siempre reaparece. Aquel ángel caído nos atrae de alguna u otra forma, con su aire perverso, quizás
como reflejo inconsciente de nuestros retenidos e inconfesables deseos. Por eso aparece y vuelve a aparecer, porque está oculto,
soterrado en lo más profundo de la psique humana.