Está en la página 1de 21

EL MANIFIESTO DE SANDHURST

“He recibido de España un gran número de felicitaciones con motivo de mi cumpleaños, y algunas de
compatriotas nuestros residentes en Francia. Deseo que con todos sea usted intérprete de mi gratitud y mis
opiniones.
Cuantos me han escrito muestran igual convicción de que sólo el restablecimiento de la monarquía
constitucional puede poner término a la opresión, a la incertidumbre y a las crueles perturbaciones que
experimenta España. Díceme que así lo reconoce ya la mayoría de nuestros compatriotas, y que antes de
mucho estarán conmigo los de buena fe, sean cuales fueren sus antecedentes políticos, comprendiendo que no
pueda tener exclusiones ni de un monarca nuevo y desapasionado ni de un régimen que precisamente hoy se
impone porque representa la unión y la paz.
No sé yo cuándo o cómo, ni siquiera si se ha de realizar esa esperanza. Sólo puedo decir que nada
omitiré para hacerme digno del difícil encargo de restablecer en nuestra noble nación, al tiempo que la
concordia, el orden legal y la libertad política, si Dios en sus altos designios me la confía.
Por virtud de la espontánea y solemne abdicación de mi augusta madre, tan generosa como
infortunada, soy único representante yo del derecho monárquico en España. Arranca este de una legislación
secular, confirmada por todos los precedentes históricos, y está indudablemente unida a todas las
instituciones representativas, que nunca dejaron de funcionar legalmente durante los treinta y cinco años
transcurridos desde que comenzó el reinado de mi madre hasta que, niño aún, pisé yo con todos los míos el
suelo extranjero.
Huérfana la nación ahora de todo derecho público e indefinidamente privada de sus libertades,
natural es que vuelva los ojos a su acostumbrado derecho constitucional y a aquellas libres instituciones que ni
en 1812 le impidieron defender su independencia ni acabar en 1840 otra empeñada guerra civil. Debióles,
además, muchos años de progreso constante, de prosperidad, de crédito y aun de alguna gloria; años que no
es fácil borrar del recuerdo cuando tantos son todavía los que los han conocido.
Por todo esto, sin duda, lo único que inspira ya confianza en España es una monarquía hereditaria y
representativa, mirándola como irremplazable garantía de sus derechos e intereses desde las clases obreras
hasta las más elevadas.
En el intretanto, no sólo está hoy por tierra todo lo que en 1868 existía, sino cuanto se ha pretendido
desde entonces crear. Si de hecho se halla abolida la Constitución de 1845, hállase también abolida la que en
1869 se formó sobre la base inexistente de la monarquía.
Si una Junta de senadores y diputados, sin ninguna forma legal constituida, decretó la república, bien
pronto fueron disueltas las únicas Cortes convocadas con el deliberado intento de plantear aquel régimen por
las bayonetas de la guarnición de Madrid. Todas las cuestiones políticas están así pendientes, y aun
reservadas, por parte de los actuales gobernantes, a la libre decisión del porvenir.
Afortunadamente la monarquía hereditaria y constitucional posee en sus principios la necesaria
flexibilidad y cuantas condiciones de acierto hacen falta para que todos los problemas que traiga su
restablecimiento consigo sean resueltos de conformidad con los votos y la convivencia de la nación.
No hay que esperar que decida ya nada de plano y arbitrariamente, sin Cortes no resolvieron los negocios
arduos de los príncipes españoles allá en los antiguos tiempos de la monarquía, y esta justísima regla de
conducta no he de olvidarla yo en mi condición presente, y cuando todos los españoles estén ya habituados a
los procedimientos parlamentarios. Llegado el caso, fácil será que se entiendan y concierten las cuestiones por
resolver un príncipe leal y un pueblo libre.
Nada deseo tanto como que nuestra patria lo sea de verdad. A ello ha de contribuir poderosamente
la dura lección de estos últimos tiempos que, si para nadie puede ser perdida, todavía lo será menos para las
hornadas y laboriosas clases populares, víctimas de sofismas pérfidos o de absurdas ilusiones.
Cuanto se está viviendo enseña que las naciones más grandes y prósperas, y donde el orden, la
libertad y la justicia se admiran mejor, son aquellas que respetan más su propia historia. No impiden esto, en
verdad, que atentamente observen y sigan con seguros pasos la marcha progresiva de la civilización. Quiera,
pues, la Providencia divina que algún día se inspire el pueblo español en tales ejemplos.
Por mi parte, debo al infortunio estar en contacto con los hombres y las cosas de la Europa moderna,
y si en ella no alcanza España una posición digna de su historia, y de consuno independiente y simpática, culpa
mía no será ni ahora ni nunca. Sea la que quiera mi propia suerte ni dejaré de ser buen español ni, como todos
mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal.
Suyo, afmo., Alfonso de Borbón.
Nork-Town (Sandhurst), 1 de diciembre de 1874
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

COMENTARIO

Ramón García Gómez


Profesor de Derecho Civil
Universidad de Salamanca

A.- INTRODUCCIÓN

El Manifiesto de Sandhurst fue un manifiesto de carácter político firmado el 1


de diciembre de 1874 por el entonces príncipe Alfonso de Borbón (futuro rey Alfonso
XII de España), mientras se encontraba en el exilio. En el documento mostraba su
disposición para convertirse en rey y partidario de una monarquía parlamentaria.

Fue firmado por el príncipe el 1 de diciembre de 1874, mientras realizaba sus


estudios en la academia militar de Sandhurst, en Inglaterra1. El manifiesto se redactó
formalmente con el pretexto de contestar a las felicitaciones recibidas al cumplir
diecisiete años, que significaba la mayoría de edad. El documento, en realidad, fue
concebido, ideado y elaborado por Antonio Cánovas del Castillo, por el cual daba a
conocer el nuevo sistema político que deseaba implantar: una monarquía
parlamentaria constitucional, es decir un nuevo régimen monárquico de tipo
conservador y católico que defendiese el orden social pero, a su vez, garantizase el
funcionamiento del sistema político liberal. El manifiesto acababa proclamando las
esencias fundamentales que han de regir su reinado: «…ni dejaré de ser buen español
ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo,
verdaderamente liberal».

El manifiesto se publicó por la prensa española el 27 de diciembre de 1874. Dos


días después, el 29 de diciembre, el general Martínez Campos realizó un levantamiento
militar en Sagunto, proclamando Rey de España a Alfonso XII2. Este levantamiento,
verdadero golpe de estado que puso fin a la decrépita I República, no encontró gran

1
La Royal Military Academy Sandhurst (RMAS), comúnmente conocida simplemente como Sandhurst, es
el centro inicial de entrenamiento de oficiales del ejército británico. Sandhurst es prestigiosa y ha tenido
muchos alumnos famosos, como Winston Churchill, Abdalá II de Jordania, Alfonso XII de España, Qabus
de Omán, y recientemente, los príncipes Enrique y Guillermo del Reino Unido, así como el gran duque
heredero Guillermo de Luxemburgo. Todos los oficiales del ejército británico y muchos de otras partes
del mundo son entrenados en Sandhurst. La Academia abrió sus puertas en 1947 en el anterior Royal
Military College (RMC) en Sandhurst. La Academia se ubica entre los condados de Berkshire y Surrey,
marcado por un pequeño arroyo que es conocido como el Arroyo de los Sueños, en cuyo honor el
periódico de la Academia es nombrado.

2
Recordemos que el futuro Alfonso XII era hijo de la reina Isabel II de España y había cumplido los 17
años el 28 de noviembre de 1874. Se encontraba exiliado tras la revolución de 1868 que destronó a su
madre. Había estudiado en varios países y terminó su formación en la Academia Militar británica de
Sandhurst. En España, tras la revolución de 1868, se habían sucedido distintos regímenes en un periodo
conocido como Sexenio Democrático. En 1874 había caído la Primera República, tras el golpe del general
Pavía y el poder se encontraba en manos del general Serrano.

2
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

oposición en el país. Cánovas del Castillo rápidamente asumió el ministerio-regencia a


la espera del rey, lo que supuso el nacimiento material de la Restauración borbónica3.

El texto es un manifiesto, y como tal pretende defender una postura de forma


pública. Es una fuente histórica, pues influyó directamente en el desarrollo de la
España de finales del siglo XIX. Posee naturaleza política, pues marca el programa de
actuación que, el entonces príncipe Alfonso, quería llevar a cabo cuando llegase al
poder. Por el hecho de estar dirigido a toda la nación española, se puede considerar un
texto público.

El documento aparece firmado por el príncipe de Asturias, el futuro Alfonso XII,


que reinará de 1874 a 1885. Alfonso XII, era hijo de Isabel II y había cumplido el 28 de
noviembre de 1874, 17 años. Siendo aún un niño, sus padres, Isabel II y su primo, el
príncipe don Francisco de Asís de Borbón, fueron destronados por la Revolución "La
Gloriosa", y se les obligó a exiliarse, por lo que se educa en varias ciudades europeas
como París, Viena. Terminó su formación en la Academia Militar británica de
Sandhurst, lugar donde firmó, el 1 de octubre de 1874, este texto en el que proponía
un cambio en España. Sin embargo, casi con total seguridad, se puede afirmar que fue
redactado por el malagueño Antonio Cánovas del Castillo (n. Málaga, 8 de febrero de
1828 - † Mondragón (Guipúzcoa) 8 de agosto de 1897) uno de los políticos más
destacados de finales del S. XIX, que ocupó varios cargos con los gobiernos de Unión
Liberal, en el reinado de Isabel II.

Durante el Sexenio Democrático (1868-1874), creó el partido alfonsino, y a


partir de 1873 pasó a dirigir una vuelta en toda regla de los Borbones a España.
Cuando el general Martínez Campos proclamó rey a Alfonso XII, Canovas rápidamente
asumió el ministerio-regencia a la espera del rey. Fue varias veces presidente del
consejo de ministros durante el reinado de Alfonso XII, y jefe de Estado durante la
regencia de María Cristina. En consecuencia fue una de las figuras más influyentes de
la política española de la segunda mitad del siglo XIX al ser el creador del sistema
político de la Restauración y convertirse en máximo dirigente del Partido Conservador.

3
Antonio Cánovas del Castillo había colaborado en la redacción del Manifiesto de Manzanares (1854) y
había ocupado varios cargos con los gobiernos de la Unión Liberal. Durante el Sexenio Democrático,
creó el Partido Alfonsino, y a partir de 1873 pasó a dirigir la vuelta en toda regla de los Borbones a
España, convirtiéndose en el verdadero artífice de la Restauración borbónica. El contexto histórico de
este Manifiesto de Manzanares hay que situarlo desde la caída de Bravo Murillo en diciembre de 1852 a
causa de la política autoritaria de sus gobiernos y la llegada al poder de los progresistas con Espartero en
julio de 1854. Tras la caída de Bravo Murillo se produjo un periodo de crisis de los distintos gobiernos
hasta julio de 1854 marcados por la corrupción, debilidad política, enfrentamiento con el sector militar y
los liberales en general. Esta situación va a provocar una doble conspiración, una militar encabezado por
O’Donnell y los sectores más liberales del partido moderado, y otra de los progresistas y demócratas. El
28 de junio de 1854 se subleva O’Donnell en Alcalá de Henares, a las afueras de Madrid, y la reacción de
gobierno llevará al enfrentamiento o batalla de Vicálvaro, de resultado indeciso y pocas víctimas, que
provocó un momento de indecisión en el movimiento revolucionario. Por eso reunidos los conspiradores
en Manzanares Cánovas del Castillo redacta este manifiesto que según algunos autores invitaba a una
rebelión más amplia de los sectores progresistas. Este rebelión se fue produciendo en los siguientes
días, hasta que a finales de julio de 1854 la reina Isabel II, tuvo que llamar para forma gobierno al
progresista General Espartero, iniciándose el bienio progresista (1854-1856) de su reinado.

3
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

El texto se redactó en 1874, año en el que termina la I República y se inicia la


etapa conocida como la Restauración. Tras seis años de inestabilidad política, en el que
se habían sucedido una regencia, una monarquía democrática y una república, además
de varias guerras como la de Cuba, la carlista, o el conflicto cantonal; la agitación era
tal que las clases más conservadoras apostaron por una reinstauración de la
monarquía. El elegido para llevar a cabo esta reinstauración fue el político Antonio
Cánovas, que decidió a Alfonso como el mejor candidato para ser rey de España.

B.- EL MANIFIESTO COMO DOCUMENTO


BASE DE LA RESTAURACIÓN

El texto de una carta abierta, escrita por Cánovas del Castillo y firmada por el
príncipe Alfonso de Borbón, heredero de la Corona española depuesta en el año 1868,
y fechada el día primero de diciembre del año 1874, precede exactamente en 29 días
al pronunciamiento del general Martínez Campos, en el que se restauraría la
Monarquía en la persona del joven heredero. Con ello, el sentido común recogía una
característica comunicativa de este texto, que lo convierte en prototipo del género.

Generalmente, cuando nos referimos al manifiesto como modalidad de


escritura, hablamos de aquel tipo de texto que, siendo él mismo una acción, tiene la
virtud de producir otras acciones. Buena prueba de ello la tenemos en los 29 días que
transcurren entre Sandhurst y Sagunto -por más que la concatenación de hechos deba
matizarse y sustraerse del puro mecanismo-, la tenemos también en la Constitución
del año 1876 -redactada casi ya enteramente por el espíritu de Sandhurst- y en
muchos acontecimientos del largo período conocido como la Restauración, hasta entra
en la dictadura de Primo e, incluso, en el derrocamiento de la Monarquía en el año
1931.

Además del carácter ejemplar del texto de Sandhurst, concurren en él algunas


otras circunstancias que lo hacen especialmente idóneo para la reflexión sobre el
lenguaje político en España, pues en la carta del príncipe se puede localizar uno de los
nudos ideológicos de la España contemporánea4. Como la Constitución de Cádiz para el
pensamiento liberal, o la Carta de los Persas para el tradicionalista, el Manifiesto de
Sandhurst vendría a significar la síntesis del esfuerzo centrista entre ambas corrientes
dentro del discurso burgués del siglo XIX5.

4
El desmoronamiento de este esfuerzo sintético y centrista vendría a producir de nuevo, ya en el año
31, la reaparición con toda su fuerza de las corrientes del liberalismo gaditano, expresado en el
republicanismo, y del tradicionalismo, manifiesto no tan sólo en el resurgimiento carlista, sino incluso en
los tintes corporativistas y tradicionalistas que toman grupos como la CEDA o quienes se organizan en
torno a Acción Española.
5
No es de extrañar tampoco que mucho después, en las postrimerías del franquismo, surjan alternativas
dentro e incluso en las fronteras del sistema, que quieren inspirarse en el gesto conservador liberal,
tradicional y progresista, democrático y autoritario, nacional y europeo -como mínimo todo ello en la
manifestación de intenciones- que supuso el texto de Sandhurst. Sin ir más lejos, desde Manuel Fraga
hasta el grupo Tácito han querido en algún momento inspirarse en el canovismo, aunque en ningún caso

4
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

Del análisis pormenorizado de este manifiesto puede surgir, y ésta sería la


intención o el propósito de este trabajo, un cuerpo de argumentos y un repertorio de
recursos retóricos correspondientes a una acción concreta -la de Sandhurst- pero con
vocación de verificación en el centrismo, entendido como la posición política e
ideológica de la derecha española más resuelta a producir alternativas duraderas,
basadas en el funcionamiento de un sistema político –y no en un sistema puramente
represivo- y en la creación de situaciones persistentes de consenso. Seguramente, una
ampliación de este planteamiento al estudio de los más importantes manifiestos
políticos de la historia contemporánea de España nos llevaría a conocer la retórica de
la práctica globalidad del sistema político, que es una forma distinta de expresar la
propuesta de una historia semántica del lenguaje político español y de intuir la
posibilidad de un conocimiento de nuestra cultura lingüístico-política actual6.

La redacción y difusión del Manifiesto de Sandhurst es la acción que culmina


toda una serie de procesos, en buena parte estrictamente persuasivos, que
comenzaron realmente en el preciso instante en que la Unión Liberal abandona el
poder -después de la intentona del día 22 de junio del año 1866. Isabel II contaba ya
únicamente con Narváez, cuyo fallecimiento el día 23 de abril del año 68 deja a la
monarquía sin personajes de talla que puedan enderezar su prestigio y, entonces,
alienta la revolución ya en marcha.

En los ocho años que separan la quiebra real de la monarquía y la publicación


del manifiesto de Sandhurst, hay varias cuestiones que deben aparecer como
“aceptables” para distintos actores de este proceso político. Isabel II debe convencerse
de la aceptabilidad del planteamiento de Cánovas, que la lleva primero a abdicar,
luego a confiarle su representación política y, finalmente -después de Sandhurst ya-
incluso a permanecer en la sombra para no desprestigiar con su presencia el nuevo
rumbo de la monarquía. Los monárquicos, desengañados de Isabel II y de la
experiencia de don Amadeo, deben convencerse asimismo de la necesidad de un
Borbón en el trono, por más que la juventud del príncipe colabora a no vincularle con
el talante de sus inmediatos antecesores; y deben convencerse también de que
Cánovas es el hombre idóneo para poner en práctica el plan de la Restauración, cosa
por lo demás nada difícil, pues basta con analizar su trayectoria desde el año 1866 para
percibirse de que el primero en presentarse a sí mismo como “restaurador”y en cuidar
su imagen con tal fin es el propio Cánovas. Toda la clase política burguesa, incluyendo
en ella buena parte de la opinión republicana unitarista, debe convencerse, al fin, de

puedan establecerse estos paralelismos tan gratos al periodismo pero no muy gratos a la historia. En
cualquier caso este hecho apunta al lugar que ocupa el texto del año 1874 en cuestión, como clave de
bóveda no ya del pensamiento sino de la acción centrista en la historia española. Y en esta idea sí que
sería posible y deseable analizar las continuidades y las acciones y reacciones producidas hasta el
centrismo político actual.
6
Así, en el texto de Sandhurst podemos leer el pensamiento que animó a la Restauración, su programa
político. El texto aparece entonces como un testigo mudo de la historia, al que cabe únicamente
interrogar sobre los hechos que sus ojos han podido contemplar. Pero esta historia se queda a medio
camino. Es cierto que todo texto es una expresión, una manifestación, pero antes que nada es una
forma material producida con una “intención”, que se erige ella misma en “acontecimiento” y que está
destinada a producir un “efecto”.

5
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

que la monarquía es aceptable por reducción al absurdo, pues ninguna otra alternativa
aparece como tal fuera de ella después de la entrada de Pavía en la Cortes y la
implantación de la dictadura de Serrano.

Todos estos niveles conseguidos por Cánovas se reflejan perfectamente en el


texto de Sandhurst, pero analizarlos con detalle significa analizar gran parte de los
procesos de opinión producidos en los ocho años mencionados. El Manifiesto es, pues,
la culminación de un proceso en el que se ha pactado desde posiciones distintas
cuando no encontradas -como es el caso de doña Isabel y Cánovas- y surge con
voluntad de incidir en el proceso de hacer aceptable el lenguaje de Cánovas a todo el
espectro político que luego será el de la Restauración, y que añada sectores tanto al
tradicionalismo como al republicanismo7.

Desde el punto de vista comunicativo, sin embargo, sus efectos no pueden


limitarse a la creación de más opinión monárquica, ni a la incitación efectiva aunque
contrariada al pronunciamiento, sino que llegan de forma muy directa hasta la
redacción de la Constitución y la negativa de Cánovas a permitir que los artículos
referentes al Rey sean discutidos por las Cortes. Con lo que será denominada como
teoría de la Constitución interna -el Rey y las Cortes, en quienes reside el poder
legislativo, están por encima de cualquier constitución por una cuestión de derecho
adquirido históricamente-, el manifiesto de Sandhurst deviene discurso explícitamente
codificante.

C.- LOS PUNTOS BASILARES


DEL MANIFIESTO

El texto del Manifiesto suele dividirse en cuatro partes, coincidiendo cada una
con un párrafo:

1º.- El rey señala que son los mismos españoles quienes se dirigen a él
describiendo las difíciles circunstancias que atraviesa la España republicana dirigida
por Castelar, más vinculado a la derecha y que tenía el apoyo del ejército. La
incertidumbre y la opresión a las que hace referencia el rey no son otras que los graves
problemas a los que República tuvo que hacer frente: el estallido de una nueva guerra
civil carlista; las sublevaciones cantonalistas (rebeliones federalistas contrarias al
centralismo gubernativo formadas por la burguesía de izquierdas que querían una
República federal); la guerra de Cuba.
Dice el texto:

7
Hasta tal punto deviene codificante que don Alfonso XIII parte de España en el año 1931 siguiendo el
esquema de Sandhurst, que exige sensación de consenso, se muestra contrario a la imposición militar, e
imprime una regla de buena conciencia al monarca. El análisis del efecto Sandhurst en toda la historia
contemporánea de España sería un estudio de semiótica histórica más trabajoso aún que la historización
de la producción de /a acción a lo largo del sexenio revolucionario. Uno y otro esperan de la atención de
alguien que quiera contribuir decisivamente a la historia del lenguaje político en España.

6
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

“Cuantos me han escrito muestran igual convicción de que sólo el


restablecimiento de la monarquía constitucional puede poner término a la
opresión, a la incertidumbre y a las crueles perturbaciones que experimenta
España”.

A pesar de tratarse de una manifestación de terceros, véase lo retórico de la


afirmación “sólo el restablecimiento”. Además de su rotundidad, la enumeración que le
sigue corrobora la fuerza de esta expresión, así como el recurso a la autoridad, en este
caso, de la mayoría, una mayoría determinada sólo por el propio discurso:
“Dícenme que así lo reconoce ya la mayoría de nuestros compatriotas y que
antes de mucho estarán conmigo todos los de buena fé, sean cuales fueren sus
antecedentes políticos...”

Se trata, no obstante, de una mayoría atemperada por los de buena fe que aún
no están con el príncipe. Surge así una de las claves del lenguaje persuasivo,
consistente en convertir un enunciado desiderativo -que todos los españoles de buena
fe estén con el príncipe- en un enunciado constatativo -la mayoría está ya o estará muy
pronto con el príncipe. La pluma hábil y profundamente pesimista de Cánovas no se
atreve, sin embargo, a escribir “muy pronto” y dice “antes de mucho”. Este tipo de
inversiones es muy frecuente en el Manifiesto, y viene condicionado, también, por el
interés de Cánovas en dar una imagen lo más alejada posible de la incitación al golpe
militar.

2º.- Se promete que el futuro monarca hará todo lo posible para restablecer la
monarquía constitucional, entendiendo este sistema como el único posible de la
época.
En este segundo párrafo de estilo indirecto un tanto confuso, se desliza la
primera promesa en clave elíptica y la primera afirmación rotunda, no ya de la
necesidad de la monarquía, sino de su fatalidad:
“… comprendiendo que no pueda tener exclusiones ni de un monarca nuevo y
desapasionado ni de un régimen que precisamente hoy se impone porque
representa la unión y la paz”.

Vemos así como el futuro rey se compromete a no ser excluyente respecto al


pasado político de quienes le apoyan. Ahora bien, tal promesa se realiza por boca de lo
que sus corresponsales comprenden que debe suceder. Pero más interesante que esta
promesa tan velada, es la afirmación que se podría resumir como que a la monarquía
se impone hoy precisamente porque representa la unión y la paz, pues se trata de un
ejemplo excelente de silogismo donde alguna de las premisas o la conclusión se
encuentran ausentes. El esquema del razonamiento complejo sería como sigue:

a) La unión y la paz se imponen (en un país con desunión -sucesión de


regímenes, federalismo, carlismo- y en guerra -insurrección cantonal, guerra civil).

b) La monarquía representa la unión y la paz.

7
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

c) La monarquía se impone.

Precisamente la premisa mayor, que es la más indiscutible, es la que se


entiende como presuposición. En cuanto a la segunda, para ser cierta debería
formularse como que a la monarquía “quiere representar la unión y la paz”. Es
necesario notar el doble sentido del verbo “imponerse”. A pesar de que no hay duda
de que aquí es sinónimo de necesidad, su origen es obligatoriedad -alguien impone
algo a alguien- y por tanto le confiere una connotación de determinismo respecto al
advenimiento de lo que es necesario8.

El defensor indiscutible de esta posición, Cánovas, aparece en toda su habilidad


dialéctica, donde trata de mostrar a un príncipe por encima de la política y casi
desdeñoso con las felicitaciones políticas a las que da respuesta. Y es que la posición
de Cánovas debiera ser reconsiderada en lo que se refiere a su más que proclamada fe
en la opinión pública9. Una vez más, la emisión de opiniones se convierte en acción de
alcance histórico tanto o más importante que unas voces de mando y unos vivas al rey
dados ante una compañía de soldados en las cercanías de Sagunto.

Precisamente porque parece verosímil esta conciencia de Cánovas de que sería


un militar quien daría la vuelta a la situación, y precisamente porque todo el
Manifiesto es una llamada a ello, el restaurador debe poner en boca del joven de
Sandhurst estas palabras:
“No sé yo cuándo o cómo, ni siquiera si se ha de realizar esa esperanza”.

Así, el firmante de la carta sigue sin comprometerse, pues expone sólo hechos -
que en algunos casos son opiniones ajenas-; niega, explícitamente, el carácter de
manifiesto a su carta, al poner en duda incluso la posibilidad de la restauración, y lo
hace precisamente porque lo es. A continuación, después de tanto escepticismo, el
príncipe plantea su compromiso:
“Sólo puedo decir que nada omitiré para hacerme digno del difícil encargo de
restablecer en nuestra noble nación, al tiempo que la concordia, el orden legal y
la libertad política, si Dios en sus altos designios me lo confía”.

Para tal compromiso el autor utiliza una modalidad que permite una gran
distancia. El “sólo puedo decir”. El príncipe tiene, pues, capacidad de decir, pero no
voluntad de decir, aunque ésta de hecho está incluida o presupuesta en la anterior,

8
En la ambigüedad de esta frase, así como en algunos otros párrafos del Manifiesto, toma aliento la
posición de Martínez Campos y de los militares partidarios, como él, del pronunciamiento y no de un
proceso pacífico de maduración de la opinión.
9
Nadie ha podido explicar hasta ahora, ni el propio Cánovas, cómo se representaba una transición
desde la República unitaria y dictatorial de Serrano hasta la monarquía de Alfonso XII. La hipótesis más
sugerente creo que apuntaría a pensar que la posición de Cánovas respecto a la opinión pública era ni
más ni menos que una posición discursiva, verbal, pues sin los militares mal se podía hacer el cambio.
Pero como contrapartida, sin la ficción de opinión pública, sin el ambiente monárquico que ciertamente
sus partidarios saben crear mediante la prensa y los círculos políticos; sin ello, el golpe militar podría
convertirse en un segundo golpe de Pavía, en que los militares toman el poder para retenerlo en sus
manos con ese carácter provisional tan peligroso en la historia de España.

8
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

pero produce así el mencionado efecto de pasividad. Este efecto se reproduce en toda
la oración: “nada omitiré”, que es una promesa pero en forma negativa, no de acción
sino de omisión; “hacerme digno”, que refuerza también la pasividad; “difícil encargo”,
que no tarea. Todo ello, además, matizado por el condicional: se comprometerá, “si
Dios en sus altos designios....

Este juego de equilibrios entre una suficiente distancia y pasividad como para
permitir la representación de la Restauración como movimiento espontáneo de la
opinión pública, y un suficiente compromiso como para no desalentar a los partidarios
alfonsinos que trabajan y conspiran, encuentra en este párrafo su mejor ilustración;
pero es de hecho toda una imagen del esfuerzo político de Cánovas y de su filosofía
política respecto a la monarquía10.

Será en los tres párrafos siguientes donde la carta, aún sin romper esta lógica
inicial, encuentra el tono propio del Manifiesto. En ellos justifica la modalidad del
discurso anterior.
“Por virtud de la espontánea y solemne abdicación de mi augusta madre, tan
generosa como infortunada, soy yo único representante del derecho
monárquico en España”.

Obsérvese la claridad sin matizaciones ni adornos retóricos de su reivindicación


como Pretendiente. No así, en la frase subordinada, donde la abdicación de Isabel II es
calificada de espontánea -cuando precisamente no fue muy espontánea- y de solemne
-a pesar de la reina y gracias a la opinión de Cánovas, que con este adjetivo empieza a
capitalizar aquella solemnidad. En la misma tónica, la reina merece los calificativos de
generosa e infortunada, eufemismos que sirven para evitar un juicio preciso sobre su
madre. La palabra infortunio, que se repite más adelante, es muy útil para presentar el
destino de la monarquía como resultado de circunstancias adversas y evitar, por tanto,
la exigencia de responsabilidades11.

Tras la justificación histórica -que es de hecho una afirmación de derechos sin


argumentación-, la justificación política:
“Huérfana la nación ahora de todo derecho público e indefinidamente privada
de sus libertades, natural es que vuelva los ojos a su acostumbrado derecho
constitucional”.

10
Nótese, por lo demás, que hasta este punto el Manifiesto sigue de forma muy ceñida la lógica
epistolar: al final de este tercer párrafo está aún desarrollando el tema de las felicitaciones a su
cumpleaños.
11
Prosigue, luego, el tono absolutamente seguro en la reivindicación de la legitimidad de la corona -de
hecho, la idea defendida con más rotundidad en todo el manifiesto: “Arranca éste de una legislación
secular, confirmada por todos los precedentes históricos, y está indudablemente unida a todas las
instituciones representativas, que nunca dejaron de funcionar Legalmente durante los treinta y cinco
años transcurridos desde que comenzó el reinado de mi madre hasta que, niño aún, pise yo con todos los
míos el suelo extranjero”.

9
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

3º.- La monarquía constitucional parlamentaria es el único sistema que disfruta


de los mecanismos de solución de conflictos por medios pacíficos. Para ello Cánovas
diseñó un nuevo sistema político estable y sólido que superase la confusión y desorden
que caracterizó gran parte del siglo XIX, por el que se regiría la monarquía. Su fuente
de inspiración era el modelo inglés, según el cual se basaba en el equilibrio de las
fuerzas opuestas de igual poder: Corona y Parlamento; partido gobernante y partido
en la oposición12.

Cuando el monarca habla de la nación “huérfana”, Cánovas se permite jugar


con la ambigüedad de la orfandad. En la frase es efectivamente huérfana de todo
derecho público, pero la orfandad significa inmediatamente la ausencia de padre y, en
una nación, de rey. La calificación de las instituciones monárquicas como libres debe
explicarse en términos de la máxima arbitrariedad del discurso persuasivo, que
permite utilizar los significantes más oportunos, pero inexactos. La selección de hechos
históricos es muy interesante en esta frase. De toda la desgraciada historia de la
monarquía durante la guerra de la Independencia, lo único que se destaca es una
virtud negativa o pasiva: no haber impedido defender la independencia en 1812,
cuando difícilmente hubiera podido impedirlo.

Por otro lado, el Manifiesto no habla de la llamada segunda guerra carlista,


porque ésta no terminó con una paz política como la primera sino militar. Para una
monarquía que quiere encontrar adhesiones entre los tradicionalistas ésta es una
forma de destacar el papel conciliador y de ocultar el papel represor de la monarquía
isabelina.
“Debióles (a las instituciones), además, muchos años de progreso constante, de
prosperidad, de crédito y aun de alguna gloria; años que no es fácil borrar del
recuerdo cuando tantos son todavía los que los han conocido”.

Al autor del Manifiesto le interesa hacer un balance positivo del reinado de


Isabel II, pero ni puede hacerlo totalmente positivo -dado el final de desprestigio de
todos conocido- ni quiere hacerlo claramente positivo -por la necesidad de una cierta
ruptura formal con aquel período y por la aversión personal que se profesaban
mutuamente Isabel II y Cánovas. En esta conclusión, superada ya la lógica inicial de la
carta, aparece con toda su rotundidad la médula del Manifiesto:
“Por todo eso, sin duda, lo único que inspira ya confianza en España es una
monarquía hereditaria y representativa”,

12
El proyecto político de Cánovas tenía tres vértices: el Rey y las Cortes como instituciones
fundamentales; el bipartidismo como sistema idóneo de alternancia en el poder; la Constitución
moderada como marco jurídico del sistema. El Rey y las Cortes formaban la columna vertebral de la
nación y debían ejercer la soberanía conjuntamente. Cánovas retornaba así a los planteamientos del
liberalismo doctrinario y su defensa de la soberanía compartida. Siguiendo el modelo bipartidista inglés,
Cánovas pretendía que la labor de gobierno recayera en exclusiva en dos partidos, que se alternarían en
el poder y en la oposición. Para poner este sistema en práctica, no sólo configuró su propio partido, el
Partido Conservador, sino que también organizó su oposición, con la colaboración de Sagasta, que creó
el partido Liberal. Estos partidos eran de élites, sin masas. Excluidos del proyecto de Cánovas quedaron
los Carlistas (muy escasos) y los Republicanos (muy divididos).

10
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

Eso sí, mirándola como irremplazable garantía de sus derechos e intereses


desde las clases obreras hasta las más elevadas. Pero lo más interesante del caso es
que, cuando el máximo representante de la monarquía se manifiesta explícitamente
sobre la validez y vigencia de la institución, lo hace aún en términos de opinión pública:
lo único que inspira “confianza”. La autoridad que debe esgrimir en su esfuerzo
persuasivo es la misma opinión de quienes quiere convencer13.

La argucia de Sandhurst es la creación de un consenso ficticio. En él se sintetiza


el juego semántico que permite presentar a la monarquía como lo único que inspira
confianza; pero dentro de un proceso que va desde la pérdida de la misma, hasta su
presentación como única alternativa: la “irremplazable garantía”. Ésta es la segunda
vez en que la argumentación de la monarquía como deseable, y aún en el siguiente
período argumentativo volverá sobre el mismo tema, aunque desde otro nuevo ángulo
retórico. Por ello se llega a esta conclusión a partir de la opinión expresada por los
corresponsales del príncipe; en el segundo, a partir de dos consideraciones de
derecho, como son la abdicación de Isabel II y la necesidad del derecho constitucional
y de las libres instituciones tradicionales; y en el tercero será a partir de unas nuevas
consideraciones jurídicas sobre la legalidad del régimen republicano, aún entonces
vigente.

Además, establece una relación directa entre el parlamentarismo a instaurar y


las viejas cortes medievales. Pero supone, a la vez, la implicación directa del príncipe
en su discurso:
“No hay que esperar que decida yo nada de plano y arbitrariamente… sin Cortes
que no resolvieron los negocios arduos los príncipes españoles allá en los
antiguos tiempos de la monarquía…”.

Se trata de una declaración en forma indirecta “No hay que esperar”. Pero en
todo momento cuida extraordinariamente los términos, con vistas a evitar un
compromiso que sometiera al Rey en el futuro a las Cortes. Así será como Cánovas
podrá redactar los artículos de la Constitución que versan sobre la monarquía y
pasarlos a su aprobación sin discusión ni consideración alguna por parte de las Cortes.
En definitiva, el Manifiesto está codificando para que luego el Rey pueda actuar
siguiendo reglas de conducta y costumbres, pero nunca deberes constitucionales.

13
En esto, seguramente, reside la grandeza y la miseria de la Restauración: teóricamente quiere basarse
en el consenso popular, en el funcionamiento de instituciones libres -nadie se atreve a hablar de
democracia- pero prácticamente se trata de un consenso construido desde arriba, a partir de la ausencia
de alternativas, del vacío político, y de la disuasión del ejército. En cuanto la ficción de consenso popular
se derrumbe totalmente, en cuanto no existan ya voces autorizadas que sigan simulando esa confianza
en la monarquía, ésta se derrumbará por sí sola, sin que nadie la empuje. Ésta es, seguramente, una de
las resonancias de más largo alcance y más ruidosas de la acción de Sandhurst. Cuando Cánovas
utilizaba el terreno de juego para casi sesenta años de política española, al escribir la carta que firmaría
el príncipe, estaba también contribuyendo a delimitar el terreno de juego de unas elecciones
municipales celebradas en abril del abril de 1931, en las que la izquierda burguesa y proletaria jugó a
demostrar la ausencia de confianza, así como la institución jugaba a exonerarse de cualquier
responsabilidad “culpa mía no será ni ahora ni nunca”.

11
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

La última frase del párrafo, sin embargo, es la que ofrece mayor interés por
cuanto en ella casi quedan desveladas algunas de las condiciones de producción de
este período del discurso: “porque todos los españoles están ya habituados a los
procedimientos parlamentarios” “Llegado el caso, fácil será que se entiendan y
concierten las cuestiones por resolver un príncipe leal y un pueblo libre”.

En ella queda presupuesto que la relación Rey-Cortes está aún por resolver y
que sobre ella deben ponerse de acuerdo el Rey y el pueblo. Con ello aparece
claramente la contradicción que significa la creación de consenso desde arriba, o de
alegar consenso para crear consenso. De hecho, la quiebra de la Restauración vendrá
determinada por esta cuestión de las relaciones del Rey con las Cortes. “Nada deseo
tanto como que nuestra patria lo sea de verdad”.

La huella personal de Cánovas aparece más nítidamente ahora. Desde su pasión


por la historia -historia que proporciona duras lecciones- hasta su ideología derechista
en la que se combinan el pesimismo y el populismo paternalista. En la medida en que
es obvio el deseo de que España sea una nación grande y próspera, queda
argumentada la necesidad de respetar la propia historia que, en este caso, quiere decir
la monarquía tradicional.

A continuación, la manifestación tradicionalista viene matizada, si bien con


matices bien elegidos que atemperan el progresismo. Es, una vez más, el mecanismo
del balanceo tan útil en el discurso político.
“No impide esto, en verdad, que atentamente observen y sigan con seguros
pasos la marcha progresiva de la civilización”.

Así, se trata de ser progresista pero observando atentamente y con pasos


seguros. En las siguientes frases, en las que se invoca a la Providencia dentro de una
tradición discursiva también muy española, se establecen perfectamente los tantos de
culpa para el futuro histórico. Es decir, que quien necesita de la Providencia para
inspirarse en buenos ejemplos es el pueblo, mientras que el futuro soberano ya
establece su exculpación por el eventual fracaso del proyecto, a la vez que califica
como infortunio lo que no es más que la consecuencia de las responsabilidades de la
monarquía representada por su madre. La nueva referencia a la historia, funcionando
en este caso como mito de los orígenes, matiza a la vez este modelo europeo que el
infortunio ha proporcionado al príncipe.

4º.- Finalmente, el Rey advierte que en nunca dejará de ser ni católico, ni,
acorde con la época que vive, liberal.
Nótese cómo el ideal de la monarquía a restaurar, realmente bastante débil, es
que la posición de España resulte “independiente y simpática”. Tal como manifiesta el
tono de toda la carta, la monarquía regresa acomplejada, desde una posición de
debilidad casi fatalista, que queda corroborada por la clausura:
“Sea la que quiera mi propia suerte, ni dejaré de ser buen español ni, como
todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo,
verdaderamente liberal”.

12
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

Queda además perfectamente retratada la imagen del futuro rey: español,


católico y liberal, suponiendo que los tres sintagmas deben entenderse también en su
significación connotada: para español, la significación de tradicional; para católico, la
significación de conservadurismo; y para liberal, ese leve progresismo mezclado de
constitucionalismo tradicional y sufragio censitario que resulta de un proceso de
desemantización del significado de liberal) más que de un significado añadido o
connotación.

Desde luego, el Manifiesto es un texto auténtico, en el que no hay error, ni


omisión. Sin embargo, es un texto subjetivo, pues, deliberadamente preparado por
Cánovas, no hace otra cosa que dar publicidad del rey y al sistema que defiende. Todo
ello hace que el manifiesto de Sandhurts se convierta en un texto de vital importancia
en la Historia de España, pues constituyó la base político-filosófica de la Restauración
Borbónica, instaurando un sistema político que, lleno de lagunas, duró hasta el 14 de
abril de 1931, momento de proclamación de la II República Española.

En definitiva, un análisis certero del contenido del texto permite al lector


observar cuatro ideas principales que justifican las razones del un cambio de sistema
político:

1º.- Alfonso se reconoce como el legítimo heredero de la corona española, por


efecto de la abdicación de su madre en 1870, en un documento que firmó en París y
por tanto defiende su derecho a gobernar España.
De hecho, el manifiesto comienza con el reconocimiento de Alfonso como
legítimo heredero de la corona española. Cánovas, a quien se le había planteado dos
posibilidades (la vuelta de Isabel II o la proclamación de Alfonso como rey), resolvería a
favor de aquel como mejor candidato a la corona española. Las razones son varias.

- En primer lugar, porque en 1872 abdica Isabel II, tal y como se cita en el texto,
a sabiendas de que su vuelta al poder era casi imposible.

- En segundo lugar porque consideraba necesario conseguir el apoyo de


Inglaterra a la Restauración y de imponer el bipartidismo como modelo a seguir, para
lo que se da un giro en los estudios del príncipe Alfonso, enviándolo a estudiar a
Inglaterra, concretamente a Sandhurst, lugar donde se publica el manifiesto.

- Derrocada Isabel II y obligada a exiliarse a Francia, Alfonso compartió este


exilio “debo del infortunio estar...” lo que permitió, como señala el texto, “estar en
contacto con los hombres y las cosas de la Europa moderna” y consecuentemente
adquirir una formación política y cultural más que aceptable, puesto que se educa en
varias ciudades europeas como París, Viena, terminando su formación en la academia
militar británica de Sandhurst (Inglaterra). El resultado es un hombre joven, educado,
de su tiempo.

13
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

2º.- Afirma el fracaso de los gobiernos que han dejado al margen a la


monarquía, defendiendo así su papel14.

3º.- Se instauran una serie de promesas de un programa político que garantice


la estabilidad de España15
4º.- Se realiza una declaración de principios: "(...) ni dejaré de ser buen español,
ni como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre de siglo,
verdaderamente liberal".

El período isabelino significó la hegemonía del partido moderado, que defendía


el nuevo régimen liberal surgido tras la crisis del Antiguo Régimen, pero en sentido
restrictivo, siguiendo lo que se conoce como liberalismo doctrinario. Este régimen, que
significaba el predominio político de los propietarios agrarios beneficiados por la
desamortización y las clases conservadoras, bloqueaba el acceso al poder de los
partidos de oposición, para quienes no quedaba otro recurso que el pronunciamiento
o la revolución16.

En esas circunstancias se presenta el texto a finales de año. Cánovas se dirige a


Sandhurst, la prestigiosa academia militar inglesa donde estudia el joven príncipe y le
expone que el país está maduro para aceptarle, proponiéndole que asuma el cargo de

14
Para lo cual aduce tres ejemplos: - La Guerra de la independencia y el fracaso del régimen emanado
de la Constitución de Cádiz de 1812; - Las diversas Guerras carlistas, especialmente la última. Y el caos
que vive el país en el contexto de la I República, con el reflejo "sin derecho y sin libertad".
15
Es decir, una monarquía hereditaria y constitucional con flexibilidad y ausencia de autoritarismo; la
aceptación de la voluntad nacional a través del sufragio, el papel dirigente de las Cortes, la consagración
del liberalismo parlamentario, pero sin mencionar la democracia. Y la necesidad de que España se
localice entre las potencias europeas liberales.
16
Esta situación se quebró en 1868, dando paso a una agitada etapa que se prolongó durante seis años y
que conoció varios regímenes políticos: regencia, monarquía democrática de Amadeo de Saboya,
república federal y república conservadora, en los que fueron poniéndose en práctica los diferentes
proyectos de la coalición que hizo posible la Revolución. Desde 1873, la situación del Sexenio era
insostenible. Al mismo tiempo, la abdicación de Isabel II, y su renuncia a sus derechos dinásticos a favor
a Alfonso de Borbón, su hijo, abría la posibilidad de restauración de la monarquía, al quedar fuera la
odiada reina. Alfonso era un hombre joven, de su tiempo, de formación política y cultural más que
aceptable, y educado en Inglaterra, uno de los países más avanzados de su época. Además desde 1870,
Antonio Cánovas del Castillo, político liberal y conservador había ido tejiendo una hábil propaganda a
favor del joven rey, que le presentaba ante la opinión pública española como un hombre actual,
comprometido con el orden y la seguridad, con el progreso económico y social, y respetuoso con la
legalidad y los avances políticos del Sexenio. Solo era cuestión de paciencia. Y Cánovas, su mentor la
tuvo. El sexenio, termina a finales de 1874 debido a diversas causas que no pudieron solucionar ninguno
de los sistemas políticos establecidos: - El cantonalismo, expresión de la radicalización del federalismo y
del movimiento obrero - La III Guerra Carlista - Conspiraciones alfonsinas - La Guerra de los diez años
contra los independentistas cubanos. Todos son algunos ejemplos de la inestabilidad vivida. En este
clima, el general Pavía disuelve las Cortes republicanas, que pretendían buscar un sustituto a Emilio
Castelar. El 4 de enero de 1874 el general Serrano instaura una República autoritaria, que se mantuvo
nominalmente, pero que en realidad significaba el punto final de la experiencia republicana, Durante los
meses siguientes se produjeron numerosos contactos entre líderes conservadores y representantes de
los poderes económicos, eclesiástico y militar en los que se imponía la idea de propiciar el retorno de la
dinastía borbónica en la persona de Alfonso, hijo de la destronada Isabel II.

14
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

rey y reinstaura la monarquía. El documento tiene en parte esta misión: la aceptación


del joven rey. Pero no es la única intención. Debemos entender el documento no solo
como una aceptación, sino como un manifiesto tendente a presentar al rey con una
imagen determinada ante el pueblo. No es el típico monarca autoritario y doctrinario
que España ha padecido. El manifiesto, redactado por Cánovas le presenta como un
hombre moderno, flexible, liberal y que acepta las conquistas de los últimos años. Es
además un compromiso con la nación, de restablecer el orden y la monarquía y de
respetar la legalidad y los procedimientos parlamentarios. Un compromiso de
gobernar con firmeza, sin aceptar más desordenes y con una ácida critica a un sistema
representativo que no había impedido tanta guerra y rebelión. Pero con una
aceptación expresa a la moderación, el dialogo, la integración de las fuerzas políticas y
la modernización. Quien quiera participar en este sistema será bien recibido, quien se
oponga, no tendrá cabida en el país. Es por tanto el programa político que dibuja los 50
siguientes años de la vida española.

El Manifiesto en el contexto político de la época


Tomado de http://cmapspublic.ihmc.us/

En definitiva, se manifestaba la necesidad de restaurar la dinastía borbónica


por varias razones de contexto histórico:

1º.- El gobierno actual, el del General Serrano, se mantiene solo por la fuerza y
es ilegítimo ya que tiene su origen en la disolución de las Cortes protagonizada por el
general Pavía. También fue ilegítima la República ya que se proclamó por una parte de
las Cortes sin que hubiera un proceso constituyente. Ninguno de los sistemas políticos
ensayados en el Sexenio, incluida la monarquía de Amadeo I, ha sabido dar respuesta a
los problemas de España.

2º.- Los españoles carecen de garantías constitucionales ya que no hay ninguna


constitución vigente.

15
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

3º.- La monarquía constitucional y liberal es la única que puede garantizar la


reapertura de las Cortes y el imperio de la ley sobre la dictadura militar y sobre el
desorden revolucionario.

4º.- Alfonso es el único representante de la dinastía que detenta todos los


derechos históricos para ocupar el trono de España

5º.- Que, desde 1833, con su abuela María Cristina y su madre Isabel II, siempre
la monarquía se ha apoyado en las Cortes para gobernar.

6º.- Es precisa, desde la óptica española, una fusión del liberalismo con el
catolicismo. Así se presenta como una opción moderada y de centro frente a los
extremismos, el de los revolucionarios internacionalistas y republicanos y frente a los
carlistas ultracatólicos.

7º.- Representa por tanto el sentir de la mayoría de los españoles, tanto los
monárquicos moderados como de todos los españoles "de buena fe"
independientemente de donde hayan militado anteriormente. Incluso hay una alusión
a la clase obrera, a la que promete garantizar sus derechos tanto como a las "clases
elevadas", aunque esta clase obrera nunca se había sentido representada por los
partidos liberales y tenía ya en esta época su propia representación política y sindical a
través de la AIT anarquista y la AIT marxista.

D.- EL FRACASO DE LOS GOBIERNOS


EXTRAMONÁRQUICOS COMO BASE DEL MANIFIESTO

El segundo de los argumentos ofrecidos por Alfonso para su reconocimiento


como rey de España es el fracaso de los gobiernos que han dejado al margen a la
monarquía. El texto hace referencia al caos que vive el país tras la caída de la República
“sin derecho y sin libertad”. La crítica situación del país durante la fase final de la
República es el fruto de varias guerras: la de Cuba, la carlista o el conflicto cantonal, sin
olvidarse del aislamiento internacional, el radicalismo obrero, la división de los
partidos republicanos y la oposición de alfonsinos, carlistas y la iglesia. Añade, además,
otros ejemplos.

El primero se remonta al inicio de la revolución liberal, la guerra de


Independencia, como si Cádiz fuera el culpable y no la monarquía de aquella invasión y
el segundo a las guerras carlistas, como si este no fuera un problema monárquico17.

17
Hay que recordar que los Borbones una dinastía de origen francés que se implantó en España tras la
guerra de Sucesión (1700-1712) sustituyendo a los Habsburgo, se dividió en dos ramas enfrentadas a la
muerte de Fernando VII en 1833, la legitimista de los carlistas y la liberal de los isabelinos. La pretensión
al trono de Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, desencadenaría las Guerras Carlistas. En 1840
se produce el final de la Primera Guerra Carlista, además del fin de la Regencia de Mª Cristina, abuela
del Príncipe Alfonso XII, y el principio de los tres años de Regencia de Espartero, tras la cual se produciría
la mayoría de edad de Isabel II y ésta asumiría el control del país. Su abdicación convertía a Alfonso,
según sus palabras, en el único y legítimo heredero.

16
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

En cualquier caso, el futuro Rey entiende que sólo la monarquía devolverá la


necesaria paz al país, cansado de los excesos del Sexenio Revolucionario, sobre todo
por lo que respecta a las clases medias y altas, quienes se han ido incorporando a la
causa alfonsina defendida por Cánovas. Éste había conseguido que Isabel II abdicara a
favor de su hijo, quien, por tanto, representaba a la institución monárquica y ésta,
junto con las Cortes, constituyen, según se afirma en el documento, las dos
instituciones tradicionales y esenciales de la historia de España. Refleja esta idea la
base del pensamiento canovista, para quien la monarquía estaba por encima del
devenir histórico y, por tanto, está fuera de toda discusión. Las Cortes, desde su origen
medieval y en su evolución dentro del parlamentarismo, han compartido siempre con
el rey la toma de decisiones, de ahí que Cánovas asuma el principio del liberalismo
doctrinal: la soberanía compartida.

El golpe de Estado del general Pavía abrió el paso a una serie de gobiernos
reaccionarios, que a lo largo del año 1874 liquidaron los últimos residuos de la
fracasada República y favorecieron la restauración monárquica en la persona de
Alfonso XII, hijo de Isabel II, con gran satisfacción por parte de la Santa Sede. Particular
interés encierra, en el clima que caracterizó la política prerrestauradora de dicho año,
el cambio de actitud recíproco entre la Iglesia y el Estado, que se manifestó durante las
conversaciones mantenidas entre el encargado pontificio en España y el ministro de
Gracia y Justicia. Durante doce meses —desde el 3 de enero de 1874, caída de la
República, hasta el 29 de diciembre del mismo año, proclamación de Alfonso XII— se
sucedieron tres gobiernos, presididos por los generales Serrano y Zavaia y por el
político Sagasta, que estuvieron en el poder cuatro meses cada uno. El interlocutor
director de Mons. Bianchi fue el ministro Manuel Alonso Martínez (1827-91), titular de
Gracia y Justicia en el Gabinete que el general Zavaia formó el 13 de mayo de 187418.

18
Aunque Bianchi no podía negociar oficialmente, porque carecía de representación diplomática y de
instrucciones precisas, escuchó al ministro en vía confidencial, y el cardenal Antonelli le autorizó a
proseguir los contactos. La Santa Sede cambió de actitud, porque le inspiraba mayor confianza la
composición de un Gobierno integrado en buena parte por elementos moderados que habían
contribuido al golpe de Estado del general Pavía. Sin embargo, no faltaron obstáculos difíciles de
superar, ya que el nuevo Gobierno no admitió el sistema de nombramientos episcopales adoptado por
Pío IX en el consistorio del 16 de enero de 1874, porque violaba los derechos del patronato al haber sido
hechos motu proprio, sin referencia en el acta de preconización a la presentación de las autoridades
republicanas. En consecuencia, negó el exequátur a las bulas de los nuevos obispos, y las diócesis
siguieron vacantes de hecho durante todo el año 1874. El nuevo arzobispo de Tarragona aprovechó esta
circunstancia para renunciar a su traslado y siguió en Málaga. La Santa Sede aceptó esta renuncia no
sólo por las razones objetivas expuestas por el interesado, sino también porque su traslado a la sede
tarraconense había suscitado comentarios negativos por parte de la prensa y de amplios sectores de la
opinión pública, que lanzaron acusaciones, no infundadas, contra el obispo Pérez Fernández. La Santa
Sede deseaba llegar a un acuerdo provisional con el nuevo Gobierno, sin tocar la cuestión del patronato
hasta que se aclarase la situación política española y el nuevo régimen militar fuese reconocido por las
potencias extranjeras, ya que no se podía admitir el ejercicio de un privilegio pontificio de tanta
importancia, concedido a la Corona española, a un Gobierno sin definir, como era el de 1874, pues ni
podía considerarse republicano, aunque en los papeles de la Administración pública figurase todavía el
membrete «República Española», ni tampoco monárquico, ya que la proclamación de Alfonso XII aún
estaba lejana y el desarrollo de la guerra carlista no dejaba ver con claridad el horizonte político. Siguió
un intenso intercambio de proyectos entre el Gobierno español y la Santa Sede, pero sin llegar a
conclusión alguna, aunque por ambas partes se mostró siempre buena voluntad y deseos de llegar a la
total normalización de los asuntos eclesiásticos. El Gobierno Sagasta cayó pocos días antes de finalizar el

17
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

E.- LAS INTENCIONES POLÍTICAS DEL MANIFIESTO Y


SU EVOLUCIÓN POSTERIOR

A partir de aquí el Manifiesto ofrece el programa político a realizar en el caso


de que se produzca la Restauración. Y ésta se produjo gracias por un lado a la
aglutinación de las fuerzas defensoras de la Restauración Borbónica, que no fue fácil y
que tuvo como hito la publicación por parte del príncipe Alfonso de su programa como
rey.

Esta unión de monarquía y liberalismo, de la tradición y la actualidad histórica,


se pone de manifiesto en el documento en la defensa del catolicismo, tan tradicional
en la monarquía hispánica.

Vemos enunciados en el texto los principios esenciales del régimen canovista,


así llamado porque el pensamiento político del líder conservador se convirtió en el
fundamento ideológico de la Restauración. La inestabilidad política que caracterizó al
Sexenio Democrático y la indefinición del gobierno de Serrano, junto con la pérdida de
apoyo de las clases bajas y del incipiente movimiento obrero hacia la república,
facilitaron el retorno a la monarquía. Aunque Cánovas preparaba una restauración
pacífica y confirmada por las Cortes, el pronunciamiento de Martínez Campos en
diciembre de 1874 precipitó los acontecimientos. Ni el gobierno ni la población
opusieron resistencia y Canovas asumió la regencia hasta la llevada del Alfonso XII en
enero.

El nuevo gobierno, presidido por Canovas, afrontó la búsqueda de soluciones


para los problemas inmediatos: integrar en el régimen monárquico a las dos grandes
corrientes del liberalismo (doctrinario y progresista), alejar de la vida política a los
militares (acabar con los pronunciamientos como vía de acceso al poder) y finalizar las
guerras carlista y de cuba.

La pugna entre moderados y alfonsinos por controlar el proceso de instauración


del nuevo régimen se manifestó inmediatamente después del golpe de Martínez
Campos. La primera tarea de Cánovas en el mismo desarrollo del pronunciamiento
será afirmar su jefatura política amenazada brevemente por los moderados, que
pretenderán usufructuar el golpe de su general. A partir de este momento Cánovas
tuvo que ejercer una difícil función de arbitraje entre las dos tendencias, para ampliar
el máximo de apoyos, según su proyecto conciliador, pero sin romper la unidad del
movimiento alfonsino.

La constitucionalización y consolidación política del nuevo régimen, de acuerdo


con las directrices anunciadas en el Manifiesto de Sandhurst, se convierte en la
primera y difícil tarea de Cánovas en los dos primeros años de la Restauración. Junto a

año 1874, tras haber concedido el exequátur a las bulas de los obispos que las esperaban desde enero
de dicho año 41. La proclamación de Alfonso XII abrió un nuevo período en la historia de España. La
Santa Sede siguió negociando con los gobiernos presididos por Cánovas del Castillo, bajo el signo de la
moderación restauradora.

18
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

esta consolidación política y estrechamente vinculada a ella, era igualmente urgente la


pacificación militar en el norte de la Península y en Cuba19.

La definición y consolidación política del nuevo régimen pasaba por la


elaboración de unas bases constitucionales que se encarga redactar a una comisión de
39 notables, sacados de una asamblea de ex diputados y ex senadores. Elaboradas las
bases en el verano de 1875, era preciso elegir unas nuevas Cortes constituyentes
(elecciones de enero de 1876) que aprobarían la nueva Constitución (febrero a junio
de 1876). Este proceso político se desarrolló de acuerdo con los planes y directrices de
Cánovas, pero con fuertes resistencias de los moderados, principales opositores, junto
con los carlistas, al carácter tolerante y abierto de la Constitución que se trataba de
implantar. De esta manera el proceso político señalado sirvió también para depurar las
posiciones políticas personales y para configurar definitivamente el nuevo partido
liberal-conservador sobre la ruina del viejo partido moderado.

Esta configuración del partido conservador habría de ser el pilar fundamental


del nuevo régimen, y constituyó, por tanto, en la atención de Cánovas, el principal
objetivo de la transición política, la garantía de la consolidación del nuevo régimen.

Cánovas se vio obligado, para desarrollar su proyecto, a maniobrar hábilmente


a derecha e izquierda. Hasta abril-mayo de 1875, tomó una serie de medidas
tendentes a contentar a los moderados, para dividirlos y atraérselos a su proyecto.
Entre esas medidas destacan las destinadas al control de la prensa y el orden público, y
a la recuperación de la posición de la Iglesia20.

La pugna moderados-canovistas, siguiendo a VARELA ORTEGA, se fueron a centrar


durante la transición política (1875-76) en dos cuestiones:

1º.- El retorno de Isabel II, bandera desde el comienzo de la Restauración de los


moderados y de los cruzados de la unidad católica.21

19
La pacificación civil y militar eran objetivos prioritarios y para su logro iba a utilizar dos instrumentos
básicos: Un nuevo partido liberal-conservador, con la izquierda de los moderados, los unionistas y la
derecha de los constitucionales, y un rey-soldado, que asumiría protagonismo directo en la guerra
carlista para reforzar su imagen, y subordinar cualquier nuevo intento de pronunciamiento.
20
La más significativa, aunque no contó con el beneplácito del jefe de Gobierno, fue el polémico decreto
de Orovio sobre la ortodoxia moral y política de las enseñanzas impartidas por los profesores del Estado,
que provocó la llamada segunda cuestión universitaria: la expulsión de sus cátedras de los profesores
krausistas, que dio lugar a la fundación de la Institución Libre de Enseñanza. Pero Varela Ortega ha
situado el episodio en su verdadero contexto: la pugna moderados-canovistas por la definición del
nuevo régimen. Cánovas, a pesar de sus esfuerzos para llegar a un acuerdo de facto con los krausistas
para no hacer efectivo el castigo, se habría visto obligado a encajar de momento esta situación tan
contraria a sus proyectos. Sin ninguna dificultad en la fundación de la ILE y en el amplio desarrollo de sus
actividad es e influencias, dentro y fuera de la enseñanza pública, durante toda la Restauración.
21
Cánovas logrará retrasarla hasta julio de 1876, cuando la transición política estaba prácticamente
concluida, con la nueva Constitución ya promulgada y la guerra carlista terminada.

19
RAMÓN GARCÍA GÓMEZ

2º.- El restablecimiento de la Constitución de 1845, y por tanto, de la unidad


católica en ella proclamada, constituía la mejor expresión de proyecto restaurador de
los moderados, exclusivista y revanchista, a diferencia del proyecto canovista, abierto y
conciliador. La causa de unidad católica era enormemente popular. De hecho, la última
guerra carlista se alimentaba ampliamente del sentimiento neocatólico y
ultramontano. La cuestión religiosa fue la más delicada que tuvo que afrontar Cánovas
para sacar adelante su proyecto22.

Sin embargo, el sistema político de la Restauración se basó, no sólo en una


nueva Constitución (la de 1876)23, sino también en el bipartidismo político y el turno
pacífico en el ejercicio del poder. Se consiguió así eliminar el intervencionismo militar
mediante pronunciamientos e integrar en el ejercicio del poder, y por tanto en el
sustento del sistema, al conjunto de los liberales monárquicos, desde moderados a
demócratas. Estas tendencias se agruparon en dos partidos. El Partido Liberal
Conservador, presidido por Cánovas, se constituyó con moderados y unionistas;

22
Desde el primer momento, la unidad católica fue la causa de la propaganda y movilización de los
moderados contra los canovistas, pero especialmente a partir del momento en que sus criterios fueron
claramente derrotados en las bases constitucionales preparadas por la Comisión de Notables en el
verano de 1875. Perdida la batalla en la alta esfera política, se intensifica la movilización y la protesta en
la prensa, recogida de firmas, manifestaciones y peregrinaciones, con el apoyo y las directrices de la
Santa Sede. La permanencia de la guerra carlista añadía un factor más de riesgo que la diplomacia
pontificia utilizaba como instrumento de presión. Para Cánovas, sin embargo, la respuesta a este reto, es
decir, la afirmación de su proyecto conciliador (tolerancia de cultos frente a unidad católica), con todos
los riesgos políticos mencionados, se convirtió en la clave para la disolución de los moderados como
grupo, y la configuración definitiva de su partido político, el liberal-conservador.
23
La Constitución de 1876, por su larga vigencia, ocupa un lugar destacado en la historia del
constitucionalismo español. La mejor expresión del proyecto canovista: su pragmatismo, su flexibilidad,
su carácter ecléctico y ambiguo. Y, por todo ello, su capacidad de ser aceptable y adaptable por unos y
otros. La mayoría la ha valorado como una mezcla dosificada de las Constituciones de 1845 (moderada)
y de 1868 (liberal radical). Concretamente la Constitución canovista asumiría casi íntegramente los
derechos y libertades proclamados en la del 69, aunque algunos de esos derechos, como la libertad de
asociación, serían regulados mucho más tarde. Sin embargo, en lo esencial, la Constitución de 1876
recogía la base doctrinaria moderada de la del 45. Un riguroso análisis comparativo de la Constitución
del 76 con todas las anteriores, desde la de Cádiz, como el que ha hecho el profesor Manuel Martínez
Sospedra que ha cuestionado este punto de vista, subrayando por una lado la inspiración burkeana
(inglesa) más que doctrinaria (francesa) en el proyecto de Cánovas, y por otro, la estrecha dependencia
del articulado del 76 respecto de toda la tradición constitucional española del siglo XIX. Según este
estudio, los dos puntos quizá más novedosos de la Constitución del 1876, los que mejor expresan el
pacto conciliador, la regulación de la tolerancia de cultos (art. 11) y la composición del Senado (en parte
electivo, en parte vitalicio por derecho propio y en parte por nombramiento real), no son tampoco
originales. El régimen de tolerancia estaba regulado de forma análoga en la nonata Constitución de
1856; y el modelo de Senado, en el voto particular presentado por el puritano Pacheco, antiguo jefe de
Cánovas, a la reforma constitucional de 1845. Según el citado estudio, en la Constitución de 1876
influyen no sólo las del 45 y del 69, sino también, y de una manera más fundamental, la de 1837: La
Constitución de 1837 proporciona no sólo el modelo político y la arquitectura de la Constitución
canovista, sino también en lo referente a la organización y funcionamiento de las Cámaras, las Fuerzas
Armadas y Ultramar. En suma, todos los estudios sobre la Constitución de 1876 insisten en su
fundamental continuismo con la tradición constitucional española que arranca de Cádiz. La originalidad
de la de 1876 y la base de su larga vigencia sería esa mezcla realista de fórmulas ya ensayadas, que de
forma tan conspicua se manifiesta en los temas ya citados de la regulación de la cuestión religiosa y la
composición del Senado.

20
EL MANIFIESTO DE SANDHURST

mientras que en el Partido Liberal Fusionista, bajo presidencia de Sagasta, se


integraron antiguos progresistas y demócratas.

El país vivió la más larga etapa de estabilidad de su historia contemporánea y su


constitución ha sido la que más años se ha mantenido en vigor hasta la fecha. Sin
embargo, dicha estabilidad se basaba en la exclusión de los grupos opositores
(republicanismo, nacionalismo y movimiento obrero) además de en el fraude electoral.
Para que el sistema funcionara se sacrificó la democracia. Eran los propios líderes
políticos los que pactaban su alternancia en el poder y fabricaban la mayoría
parlamentaria indispensable para gobernar (el “encasillado”). Esto se lograba
falseando las elecciones, para lo que era necesario el concurso de los “caciques”,
quienes se encargaban de que se cumplieran los resultados previstos mediante la
coacción, la compra de votos o el “pucherazo”. El analfabetismo y la red de
clientelismo de una sociedad rural permitieron el funcionamiento del sistema hasta
principios del siglo XX.

La Restauración tuvo como opositores movimientos de todo tipo, como el


republicano federal, los carlistas o los partidos y sindicatos obreros. La Restauración es
el momento de consolidación de los regionalismos periféricos, que en muchos casos
derivan hacia posturas nacionalistas. España es un país con un centralismo legal, pero
con un localismo real, que se hizo especialmente evidente en Cataluña y en las
Vascongadas, precisamente las dos regiones con mayor independencia económica; y
en menor medida en Galicia y Valencia24.

24
El partido Carlista tardó bastante en organizarse, ya que éstos fueron derrotados en 1876 y no
concurrieron a unas elecciones hasta 1890. Dirigidos por Cándido Nocedal, a pesar de sus divisiones, que
originaron el nacimiento del partido Tradicionalista dirigido por Ramón Nocedal. Tuvo siempre cierta
fuerza en las provincias de Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya. El movimiento obrero cobró cada vez
más importancia, sobre todo los sindicatos anarquistas, aunque también el Socialismo tuvo gran
difusión, tras la fundación del PSOE en 1879 por Pablo Iglesias.

21