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EL BASILISCO, número 4, septiembre-octubre 1978, www.fgbueno.

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ARTÍCULOS

SCHOPENHAUER
Y LA MÚSICA:
UN CASO DE «ROMANTICISMO
FORMAUSTA» MUSICAL
VIDAL PENA
Oviedo

aya por delante que soy ignorante cualifica- actjtud vital: la de Schopenhauer. Lo único que lamento
do en materia musical. Mi afición a oír mú- es que ésta charla no suene: pero mis facultades como
sica no mitiga esa ignorancia, como no la cantante son aún más limitadas que como teórico.
mitiga en tantos otros aficionados. Debe-
mos confesar que la afición a la música
puede ser sospechosa: oculta a veces no só-
lo ignorancia sobre la música, sino sobre Arturo Schopenhauer fue, como melómano, un caso
otras cosas. vEl modesto esfiíerzo de asistir a un concier- muy especial. Acaso sea lícito decir, en cierto modo, y
to, o el más oneroso —^para algunos— de soportar una forzando un poco las cosas, que edificó todo un sistema fi-
ópera, tienen sus compensaciones: uno puede exhibir losófico para «justificar» su afición a la música, empresa
una especie de certificado público de «preocupación por que no está al dcance de los melómanos ordinarios,
las cosas de* la cultura», sin que su conducta tenga que ser aunque a muchos nos gustaría a veces acometerla. Como
muy activa: en pocas ocasiones puede ser la pereza tan aquí ijó hay por qué suponer que todos los oyentes
gratificante. Ya sé que no es éste siempre el caso, aun- estén veráados en historia de la filosofía, habrá que
que muchas, veces me he preguntado si no será el mío. exponer ciertas líneas generales del pensamiento de
Pero este problema personal no importa aquí. Confesar Schopenhauer, hasta llegar al puesto que en él ocupa la
ignorancia es de todas maneras inútil, puesto que ya música,.para poder entender este último. Insisto que la
estoy hablando de algo que tiene que ver con la música: música no era algo marginal para nuestro filósofo, sino
«si no sabe nada de eso, ¿qué hace Vd. aquí.''», podrían una; parte central de su sistema. Recordemos, por citar
preguntarme con razón. Mi respuesta es la siguiente: de una cosa conocida, aquello de Beethoven: «la música es
una parte, que los directivos de la Capilla Clásica se han tíná revelación más alta que la filosofía». Pues bien: po-
empeñado en hacer caso omiso de esa ignorancia; por dría decirse que Schopenhauer, como filósofo (y esto es
otra parte, que algo sí puedo decir de música, aunque no lo interesante), significa en cierto modo ún comentario a
desde un punto de vista técnico-formal estricto. Puedo esía romántica proposición.
decir algo, en razón de mis ocupaciones más o menos
profesionales, de lo que alguien ha pensado acerca de la Intentaremos explicar en pocas palabras (y que me
música, no precisamente en términos técnicos, sino perdoiien t los posibles colegas, temibles colegas, que
desde ún punto de vista más general. La preocupación gueda haber en la sala) las líneas generales de la situa-
por la música'ha desbordado muchas veces el aspecto ar- éién que sirvió de estímulo histórico al pensamiento de
'tesasnal, de oficio, que ella tiene, para pensarla en más Sóhppénhauer, a saber: la del pensamiento alemán de fi-
amplios términos histórico-culturales. Yo. aquí voy a ha- nales del XVIII y principios del XIX. Seguramente todo
blar "de un episodio, no de la historia de la música, sino el mundp sabe que Schopenhauer, como filósofo, es una
de la filosofía musical, y debo suponer que algún meló- consecuencia de la filosofía de Kant; Kant lo fascina has-
mano, ál' menos, tendrá humor para aguantar una charla ta ;el .punto de que se declara su verdadero continuador,
en la gue ie habla más bien del valor y la significación frente a otras muchas secuelas de Kant que pueblan, en
de la música en una filosofía, o más bien en una entera su época, la Upiversidad alemana. A Schopenhauer le

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interesa de Kant la crítica de la razón ^ue éste ha hecho; lo cual no podríamos explicarnos de dónde procede el
crítica que significa, de una parte, declaración de lo que inagotable material que nosotros configuramos (ponemos
la razón puede hacer, y de Otra, de lo que no puede hacer, «forma») para constituir la experiencia. Decir que el
como tal razón. Schopenhauer halla en la Crítica de la ra- Noúmeno no existe porque está «más allá del alcance
zón pura que el entendimiento humano sólo conoce den- •del entendimiento», sería, para Schopenhauer, la carac-
tro de los límites de la experiencia, experiencia configu- terística pretensión de una filosofía pedante y medradora
rada según ciertas formas, categorías, esquemas, princi- (la académica alemana de su tiempo) que intenta adular
pios, que el entendimiento pone. Más allá de esos límites, intereses humanos (sean los de la nación alemana, sean
el entendimiento no puede conocer especulativamente. los de la burocracia prusiana, sean otros), haciendo creer
Conocemos bajo la forma del espacio y el tiempo, y en a los representantes de esos intereses que ellos son el
términos de causalidad, de afirmación y negación, de po- ombligo del mundo, que no hay instancia superior a
sibilidad o necesidad, etc., etc. Así conocemos los fenó- ellos, y que ellos pueden decidir de todo, como hombres
ímenos, así se conocen las ciencias: decimos que «X es libres, o por lo menos entenderlo todo como funcionarios.
causa de Y», o que no lo es, o que es causa «necesaria», En cambio, conservar la idea de Noúmeno, significaría
*o «posible», etc. Pero no podemos decir que conocemos reconocer que más allá de nuestra conciencia y nuestra
él Universo como un Todo, ni que el alma inmortal, ni voluntad hay algo, y eso significa a su vez conservar el
que un «Dios» personal existe. Más allá de la experien- sentido critico de la filosofía, de una filosofía que no sea,
cia así constituida está lo incognoscible, lo que Kant firente o bien ingenua (por una creencia excesiva en sus propias
al fenómeno llamó noúmeno: La. «Cosa-en-sí», de la cual posibilidades, sin conciencia de sus límites) o bien intere-
no hay ciencia, aunque Kant nunca dice que no exista; sólo sada en adular, por una u otra vía, las aspiraciones de los
dice que no se la conoce como conocemos el mundo de hombres.
la experiencia, no se la conoce «racionalmente», en tér-
minos especulativos. Pero si no se debe prescindir de esa «Realidad en
sí», y si a la vez se reconoce que de ella nada puede de-
ciirse según el modo ordinario de entender, y si a la vez
. Pues bien: la cuestión del Noúmeno (de la Reahdad
se descree -como describe Schopenhauer- en la reUgio-
«eñ-sí», no «para nosotros») preocupó mucho a los filó-
sidad ordinaria, que también apela a un «más allá» pero
sofos alemanes de la época kantiana y postkantiana. Al-
para satisfacer intereses humanos, ¿cómo tener acceso a
gunps pensaron que conservarlo era inútil: si era incog-
ella de algún modo?. Como no es suceptible de Entendi-
noscible, ¿para qué seguir hablando de él?. Pareció en-
miento, Schopenhauer la piensa bajo la forma de otra
tonces que prescindir del Noúmeno era atenerse a lo
noción, ella misma -no inteligible, pero no «irreal»: la de
único <iue está al alcance del hombre, y eso sería lo ver-
Voluntad. Esto no lo decía Kant; pero así interpreta
daderamente humanista y revolucionario: la «fidelidad a
Schopenhauer el Noúmeno: el Noúmeno es Voluntad
la tierra», como se dijo. Así ocurrió, p. ej., con Fichte;
infinita; la Realidad última consiste, al no ser materia
para Fichte, atenerse a los fenómenos y olvidarse del
inteligible, en una Fuerza que es la Voluntad. Ella pro-
Noúmeno significaría, no ya sólo sobriedad científica
porciona el material, con el que construímos el mundo
frente a una metafísica imposible, sino colocación, en
de los fenómenos.
general, del hombre en el centro del mundo, como due-
ño, de sus destinos, tanto para hacer ciencia como, sobre
todo, para actuar en todos los órdenes, el político incluí- Así, el mundo queda dividido para Schopenhauer en
do. La desaparición del Noúmeno se entendía así como dos «regiones» (por así Uaniarlas para simplificar): la de
una filosofía de la libertad humana: lo decisivo era la lo inteligible según formas racionales, que es llamado
acción humana sobre el murido que lo consideraban mundo de la Representación (Vorstellung), y aquella otra
«tejas arriba», nada había que importase, nada había, en tierra, en principio incógnita, independiente de nuestras
suma. Hegel también prescindió del Noúmeno, aunque representaciones, que es en realidad en-sí, incomprensi-
su filosofía volvió a introducir la necesidad objetiva por ble en principio y, para nuestro entendimiento, arbitra-
encima de la libertad del hombre, en él propio mundo ria; la Voluntad (^ille). Al primero se accede mediante
de los fenómenos, mundo que él expuso como sujeto a las categorías y principios racionales, y eminentemente
las leyes de carácter lógico, a las que estaba sometido el mediante el llamado principio de razón (o de causalidad),
hombre mismo como resultado del mundo que era, que adopta diversas manifestaciones o modalidades. Es el
aunque fuese capaz de conocer el proceso y, por ello, de mundo de la ciencia ¿Puede tenerse acceso al mundo de
ajustarse a esa necesidad y reconocer como «buena» esa lá Voluntad?. '
realidad que lo desbordaba.
Aquí la cuestión se complica. Schopenhauer, quizá
La posición de Schopenhauer debe verse en ese empeñado ser la inversa de Hegel (a quien tanto odia-
cofitexto. Schopenhauer no quiere prescindir del Noú- ba, como se sabe), no dice que ambas regiones estén ab-
meno, y por eso se considera más fiel a Kant. Pero al solutamente separadas. Así como para Hegel el mundo
mismo tiempo querrá decir algo sobre él, sobre eso que de los fenómenos está penetrado de racionalidad, de
. era incognoscible, y éste será el esfuerzo principal de su lógica, Schopenhauer -que en principio, y de acuerdo
filosofía (en cuyo esfuerzo aparecerá la música, digámos- con Kant, no debería saber nada de la Volutad, pues es el
lo de antemano). Schopenhauer no qmere prescindir del noúmeno mismo incognoscible- pretende que el mundo
noúmeno por la razón siguiente: porquex reconocer el de la representación está todo él penetrado de Voluntad.
Noúmeno, la Realidad en sí, aunque no esté sujeta a las Es decir, penetrado de un principio no racional, pero
formas de conocer propias del entendimiento, aunque se que, al. expresarse en todo lo que hay, nos hace posible
algo amorfo, indeterminado, significa reconocer que hay «conocerlo» del algún modo, paradójicamente (conocer
«algo» (aunque no se sepa muy bien qué) que no depen-. lo no-racional), pues en cualquier lugar del mundo de la
de de la conciencia ni de la voluntad humanas, algo sin representación debemos hallar la huella de la Voluntad

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que lo preside todo. Para Schopenhauer, en efecto, si situación. Ese remedio empieza a aparecer con la exis-
nosotros conocemos, si entendemos, ello se debe a que tencia de la contemplación estética: con el arte. ¿Cómo el
la Voluntad se manifiesta en nosotros bajo la forma de arte puede ayudar a liberarnos del dolor, y por qué?.
un querer conocer; y .así el entendimiento humano no hace
sino seguir los dictados ocultos de la Voluntad; la Repre- Sabemos que la Voluntad, fuente del deseo, es
sentación misma -que constituye la «realidad» del mun- fuente de dolor. Sabemos que ella se expresa en el mun-
do de la experiencia- está sometida, no ya a la «astucia do: en todas sus partes. Para liberarse del dolor, será,
de la Razón» como Hegel decía, sino a la astucia de la pues, preciso tratar con la Voluntad de un modo tal que,
Voluntad, una astucia paradójica, pues la Voluntad, al no reconociéndola como principio de todo (y poseyendo así
ser un principio de naturaleza lógica, ha de ser ciega, la verdad), sin embargo procuremos anular sus compo-
arbitraria (no «astuta»). Lo curioso es que Schopenhauer, nentes «pe,rversos» («perversos» con relación a nosotros,
por así decirlo, «cayó en la trampa» hegeliana, y en su pues, en sí, la Voluntad no es perversa, es meramente
esfuerzo por probar que él era mejor que Hegel llegó ciega). Para ello, es necesario librarse de las expresiones
incluso a intentar demostrar, en los últimos años de su demasiado concretas de la Voluntad (librarse de las voli-
vida, que la marcha de las ciencias y de la historia en ciones particulares) y enfocarla lo más en abstracto posi-
general daba la razón a su sistema: el mundo cada vez ble despegándose de sus manifestaciones individualizadas,
expresaría mejor la presencia en él de la Voluntad, con que nos ligan demasiado al mundo de lo inmediato y nos
lo cual Schopenhauer se embarcó en la empresa de «pro- empujan, entonces, de volición en volición, de deseo en
bar» (racionalmente) que un principio no-racional era el deseo, en un proceso constantemente doloroso. En esa
que iba dando «sentido» al mundo (al confirmarse en él), superación de las manifestaciones individualizadas de la
y así llegó a parecer un Hegel patas arriba. Pero esto nos Voluntad, condición para librarnos del dolor, encuentra
interesa poco aquí. Schopenhauer el arte, como contemplación desinteresada,
que suprime los deseos concretos para limitarse a obser-
Lo que nos importa es subrayar que entre la Volun- var las manifestaciones de la Voluntad en lo que tienen
tad y la Representación admite Schopenhauer la existen- de más abstracto, de más separado de las vicisitudes de
cia de una relación, según la cual la segunda -la Represen- la experiencia cotidiana. Así iremos a parar a la música, a
tación- expresa la primera -La Voluntad-. La representa- la que alguna vez llegaremos, no se preocupen.
ción es apariencia, bajo la cual está la realidad de la
Voluntad: Schopenhauer utiliza aquí la dicotomía plató- Schopenhauer dispone su sistema filosófico de
nica a su manera. Pero en cierto modo, esa Representa- acuerdo con esa finalidad última: librarse del dolor. Y
ción, aunque se refiere a apariencias, es también necesa- así, nos dice que el mundo de la Representación sólo está
ria, pues sin ella la Voluntad quedaría inexpresada. Y así, regido por el principio de razón en un sentido: en otro
«entender» según la Representación es, a la vez, sufrir puede no estarlo. La Representación humana obedece al
engaño y conocer la verdad; engaño, en cuanto que la principio de razón, o de causalidad, cuando considera el
Representación no es lo que cree ser, es decir, no es mundo como compuesto de fenómenos múltiples, cuando
especulación autónoma, pues obedece al secreto dictado considera las expresiones individualizadas de la Volun-
de la Voluntad, de la cual procede; pero a la vez, y tad. Pero es que la Voluntad se expresa también en el
entendida según la representación es verdad, porque a mundo -y mejor- a través de Ideas generalísimas y abs-
través de ella podemos, en parte, conocer lo que hay, tractas (las «propiedades inmutables de todos los cuer-
que es la Voluntad misma. pos, o las fuerzas generales que obran en la naturaleza,
como leyes naturales», según dice Schopenhauer). Pues
Aquí se presenta, por otra parte, otra cuestión que bien: esas Ideas (que él identifica con las ideas platónicas)
es el meollo áe\ pesimismo de Schopenhauer. Al entender no son cognoscibles a través de la representación ordinaria,
que la raíz de nuestro conocimiento es algo que perte- presidida por el principio de causalidad o razón suficiente,
nece al mundo de la volición, entendemos que en el fon- ya que mediante este principio sólo captamos conexiones
do de nuestro propio ser está el deseo, el cual lo entre objetos individuales, en el mundo de la multiplicidad
estimula todo, incluido el conocimiento, y entonces, mientras que las Ideas generales son principios o fuerzas
como el deseo jamás puede ser satisfecho por entero, en que desbordan toda individualidad. Ahora bien, como
la raíz de nuestro ser está el principio mismo del dolor. son la expresión más abstracta y general de la Voluntad,
El dolor no es, pues, algo accidental, sino que es el re- quien desee conocer la Voluntad deberá conocer esas
sultado inevitable de que el mundo sea como es, es Ideas; y, al propio tiempo, al liberarse de la sujeción a lo
decir, de que el mundo consista en ser Voluntad, que en concreto e individual, quien se introduzca en ese mundo
nosotros se manifiesta como deseo nunca satisfecho. El se librará en lo posible del dolor, ligado a las manifesta-
resultado pesimista es el siguiente: que conocer la ver- ciones individuales de la Volutad, es decir, al mundo co-
dad sólo nos sirve de algo si a la vez tratamos de eli- tidiano de la experiencia. Conociendo las Ideas nos acer-
minar el dolor, es decir, si tratamos de eliminar aquello camos más a la Voluntad, pues ésta, aunque se exprese
mismo que posibilita nuestro conocimiento, a saber, el en la multiplicidad, en el fondo no es múltiple, sino una.
deseo. Si queremos evitar el dolor, debemos suprimir en Cuanto más verse sobre lo genérico nuestro conocimien-
lo posible el deso, pero sin el deseo ni siquiera empeza- to mejor será, por tanto. Abandonar el principio de ra-
ríamos a ser conscientes del modo de suprimir el dolor... zón es, a la vez, además abandonar el reino del dolor.
El pesimismo, pues, parece que se impone; estamos en la
trampa. Ahora bien: se trata, entonces, de abandonar el princi-
pio de razón; por lo tanto al conocer las Ideas no se trata
Sin embargo, Schopenhauer concede que existe al- ya, a fin de cuentas, de conocimiento «científico», presi-
gún remedio, muy difícil de alcanzar desde luego, a tal dido por aquél. Por eso Schopenhauer recurre al arte,

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que nos proporciona, nó el conocimiento racional-causal, Voluntad. Y la poesía, será tanto más perfecta cuanto
de las Ideas, sino su intuición, en el fondo sólo accesible menos contaminada de subjetividad esté: así la tragedia
a las personalidades dotadas para ella (aristocratismo in- será superior a la poesía lírica. La tragedia es el arte lite-
telectual). Esas Ideas, pues, ya no son objetos del enten- rario por excelencia, pues expresa, por decirlo así, la
dimiento al modo ordinario «racional»: son accesibles misma condición humana: el dolor necesario que.está en
mediante- la intuitiva contemplación estética. Esta ya no es- el fondo de la vida misma, el pesimismo radical, el triun-
tudia el dónde, el cuándo, el por qué y el para qué de las fo de la voluntad pura frente a la razón aparente, y, ade-
cosas (que es lo que hace la representación presidida por más, no nos presenta este o aquel hombre,, sino ideas de
el principio de razón) sino, simplemente, intuye esencias: ellos, símbolos de valor universal.
contempla lo que las cosas son.
Y así llega Schopenhauer, y llegamos nosotros por
El arte es, así superior a la ciencia: no es de extrañar fin, a la música, arte el más elevado de todos y, de algu-
que la filosofía de Schopenhauer sea, como se ha dicho, na manera, cualitativamente distinto a todos los demás.
una «filosofía para artistas, y una 'filosofía' para estetas». Schopenhauer profesa por la música una especie de ve-
y el acto es superior porque su objeto -las Ideas- tras- neración y, como ya dijimos, su romanticismo básico se
ciende el mundo del por qué y,el espacio y el tiempo. desborda al tratar de ella. Pues la justifica nada menos
N o hará falta insistir en el componente romántico de que como el modo más elevado de captación de la Voluntad,
esta actitud ante el arte como expresión eminente de la muy por encima de las demás artes. En seguida veremos
realidad; recordamos casi inevitablemente el final de la que este romanticismo está curiosamente matizado, sin
«Oda a una urna griega» de Keats, que dice poética- embargo, y quizá en esos matices reside su principal in-
mente lo mismo que Schopenhauer, aunque en Keats la terés.
idea de belleza se ligare a la individualidad: «Verdad es
belleza y belleza es verdad; eso es cuanto sabemos y La música, en efecto, no puede ser medida con el
cuanto nos importa saber»... a los poetas, claro está mismo rasero que las demás artes, en la cuales, según
(habría quizá que añadir). La filosofía, actitud, en principio veíamos, su mayor o menor excelencia se apreciaba se-
racional, reclama desde su propio interior la ayuda de un trá- gún expresasen las Ideas, expresiones a su vez de la
mite no-racional -no orientado por el principio de razón- para Voluntad, en sus grados más altos o más bajos. Porque
comprender, precisamente, el mundo.- El arte se hace, él mismo, la música, estrictamente, no es un medio de intuir Ideas, y
filosofía. sin embargo, es el mejor modo de entrar en contacto
con la verdad. N o imita ni reproduce Ideas sobre la
Pero no todas las artes revelan las Ideas del mismo esencia del mundo: ninguna puede serle atribuida, pues
modo. Schopenhauer hace una serie de curiosas disquisi- es demasiado genérica e inconcreta. Y, sin embargo, dice
ciones sobre la jerarquía artística: disquisiciones que, Schopenhauer, «repercute en el hombre de manera tan
paradójicamente una vez más, tratan de introducir un potente y magnífica, que puede ser comparada a una
orden «racional» en un dominio donde el principio de lengua universal, cuya claridad y elocuencia supera a to-
razón ha sido abandonado. La arquitectura, la escultura y dos los idiomas de la tierra» (II,'52). En ella hay, sí, por
la pintura, la poesía lírica y la tragedia trazan jerárquica- una partea' un «exercitium arithmeticae occultum», en la
mente, de abajo arriba, un camino en el cual el individuo expresión dé Leibniz: una grata combinación formal.
va olvidándose de sí mismo, como subjetividad anhelante Pero no por ello puede asimilarse sin más a la niatemáti-
y atormentada, haciéndose sujeto puro, contemplativo: ca, pues produce un goce específico que la matemática no
mero espejo del objeto, no deseoso de él. Y así, eman- produce. Dice Schopenhauer: «Las relaciones numéricas
cipándose en lo posible de la Voluntad, que es de lo que en que se resuelve la música no deben considerarse como
se trataba. Dice Schopenhauer: «El arte considera la ver- lo significado, sino como el signó». Esta declaración parece
dadera esencia del mundo... fuera de toda relación parti- mostrarnos una vez más a Schopenhauer como prototipo
cular (i.e., fuera de la ciencia), considera el contenido de romántico: la música sería, al parecer, un lenguaje
real no sujeto a cambio alguno, y, por tanto, conocido en que expresa un contenido, más allá de sus significantes
todo tiempo con la misma verdad» (E/ mundo, II, párr. traducibles a relaciones «numéricas». Ahora bien, como
36). El arte nos pone en presencia de lo no individual, la música expresa un contenido, cómo expresa el mundo,
de las constantes que presiden el mundo. Y así, la arqui- es algo que Schopenhauer reconoce ser sumamente mis-
tectura (aquí empieza un proceso algo pintoresco quizá) terioso. La música, por supuesto, no es Representación,
hace intuitivas algunas de aquellas Ideas generales que pero ni siquiera representación al margen del principio de
son los grados más bajos de expresión de lá Voluntad: la razón, como lo son las otras artes, que intuyen Ideas genéri-
pesantez, la cohesión, la solidez, la dureza, mostrándo- cas. Esas intuiciones de las artes todavía consienten cierta
las en su lucha (pesantez contra solidez, etc.): intuímos claridad más o menos intuitiva en su exposición, como
ahí las expresiones aún no orgánicas de la Voluntad. La cuando Schopenhauer hablaba de ellas según las diversas
escultura y la pintura van expresando también la Volun- clases de Ideas expresadas, etc: -Pero con la música eso
tad (desde el grado inferior de la pinmra paisajística has- es imposible, porque no puede hacérsela corresponder
ta el más alto de la pintura o escultura históricas, donde con Idea alguna determinada, por genérica que sea. No
el goce aparece ya desprovisto de subjetividad, pues dan hay en ella ni expresión de las ideas generales que rigen
a lo efímero carácter intemporal, inmovilizándolo y de- el mundo inorgánico ni el orgánico ni el humano. La mú-
sindividualizándolo). La poesía está en un plano más alto, sica está en cierto modo más allá del mundo: Schopen-
pues usa ya el material de la palabra, y no representa ya hauer dice con máximo fervor que «podría subsistir aca-
organismos como la pintura y escultura, sino las pasiones so cuando el mundo no subsistiese». Consecuencia inme-
fundamentales del ser orgánico más elevado: el hombre. diata es la siguiente: si la música no expresa objetivacio-
Representa las fuerzas fundamentales -siempre las mis- nes de la Voluntad, si siquiera generalísimas, entonces es
mas- del hombre, que es la expresión más acabada de la que expresa algo más allá de las Ideas: pues bien, lo que

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expresa es la Voluntad pura misma; esto es, nada menos entregada a la inspiración de la fantasía, conservando
que la raíz última del mundo, y fuera de toda organiza- siempre un pensamiento significativo, yo veo el grado de
ción ideal concreta. Ni copia objetos singulares, ni copia objetivación de la Voluntad que se da en el hombre... la
Ideas: copia en todo caso la Voluntad en sí. Por ello, su melodía nos cuenta,.pues, la'historia de la voluntad hu-
efecto «es mucho más poderoso y pene'trante que el de mana, iluminada por la reflexión, pero hace aún más, nos
las demás artes». Y así Schopenhauer, desde las pautas refiere su historia secreta, nos pinta cada agitación, cada
propias de su peculiar sistema filosófico, sigue el impulso anhelo, cada movimiento de la Voluntad, todo aquello
romántico de atribuir a la música una «revelación más al- que la razón concibe bajo el nombre vago de sentimiento,
ta que la filosofía», según la frase de Beethoven que an- sin poder ir más allá de esta abstracción...».
tes recordábamos, sólo que reconocida por la filosofía Según los términos de esa alegoría analógica con
misma corno parte suya. Oír música sería, pues -no hay el mundo de la representación, la música es expresión
exageración en decir esto- hacer filosofía en su momento de la Voluntad y, sobre todo, manifestación del senti-
más supremo: aquel en que se patentiza misteriosamente miento sobre todo a través de Xd. melodía, como manera de
el Noúmeno, el trasmundo, la Voluntad, «Casi nada», captar, más adecuada que el concepto, la marcha misma
que diría el castizo. de la Voluntad. «Romanticismo puro», se dirá. Y, rema-
Ahora bien: eso parece llevar a decir que la música chando el clavo, Schopenhauer nos dice que «en la mú-
es asunto inefable, ya que desborda cualquier intento de sica el concepto es estéril»; «el compositor nos revela la
representación, convirtiéndose en estricta cuestión místi- esencia interior del mundo y expresa la más honda sabi-
duría en un lenguaje que su razón no comprende».
ca. Sin embargo, Schopenhauer ha intentado decir algo
Schopenhauer se maravilla, pues, de las posibilidades
de ella, bien que por la vía imperfecta de la simple ana-
expresivas de la música, superiores a las del concepto.
logía, como él mismo confiesa. Analogía establecida res-
Dice muchas cosas a ese respecto; por ejemplo, ésta:
pecto al mundo de la representación; y, en esos térmi- «¡cuan maravilloso el ver que el cambio de un semitono,
nos, cabe «intuir» que la música represente más comple- la sustitución de una tercera mayor por la menor nos
tamente que ningún otro arte la esencia misma del Mun- produce instantánea e indefectiblemente un sentimiento
do (la Voluntad) por medio de una alegoría, que no nos penoso de angustia, del que nos libera el tono mayor
resistimos a transcribir por expresar muy bien el entu- también súbitamente!». Y muchas cosas, como decimos,
siasmo schopenhaueriano, explicando así el que hayamos por el estilo.
dicho que su filosofía era, en cierto modo, una justifica-
ción de su melomanía. Se trata nada menos que de esto Ciertamente, esa manera de hablar de la música no
(Cfr. II, 52). recoge bien lo que la música es, pues la música no
expresa propiamente fenómeno alguno,, sino el en-sí de
En los tonos más bajos de la armonía -el bajo funda- todo fenómeno, es decir, la Voluntad. Vero aquí viene
mental -vé Schopenhauer el grado más bajo de objetiva- entonces una consecuencia muy importante y que matiza de
ción de la Voluntad, a saber, la naturaleza inorgánica manera especial ese «romanticismo» de Schopenhauer
que es condición de todo el resto de la naturaleza, a la que parece haber quedado tan patente en todo lo que
vez que lo más grosero de ella («La naturaleza inorgáni- hemos citado de él (romanticismo que, confesémoslo,
ca, en la cual, siendo la materia más grosera, todo des- aún no ha desaparecido ni mucho menos del ámbito de
cansa y de la cual nace todo»). Además, «en el conjunto los aficionados a la música: alguna de esas posibles extra-
de voces que componen la armonía, desde el bajo a la vagancias se nos ha ocurrido a todos alguna vez, segura-
más aguda que dibuja la melodía, veo yo» -dice Scho- mente). Me refiero a la consecuencia «formalista musí-
penhauer- «la serie gradual de Ideas en que se objetiva cal» que, en principio paradójicamente, obtiene Scho-
la Voluntad. Las voces que están más cerca del bajo son penhauer a partir de esa afirmación suya de que la músi-
los grados inferiores, los cuerpos aún inorgánicos, pero ca expresa la Voluntad pura, en-sí y no fenómenos. En
que ya se manifiestan de muchas maneras; las más altas efecto, dice Schopenhauer con entera claridad: «Puesto
me recuerdan las plantas y el mundo animal. Los inter- que la música expresa el en-sí de todo fenómeno, enton-
valos regulares de la escala son paralelos a los grados ces, por tanto, no expresa este o aquel determinado goce, ni
determinados de la objetivación de la Voluntad, alas tal o cual amargura o dolor, o terror o júbilo o alegría o cal-
especies fijas de la naturaleza. Las derivaciones de la ma, sino esos sentimientos, por así decirlo, en abstracto; expre-
proporción aritmética de los intervalos, producidas por la sa su esencia sin ningún atributo circunstancial, sin sus mo-
medida o por el modo, se parecen a las desviaciones del tivos siquiera. Y sin embargo, la comprendemos perfectamente
tipo de la especie en el individuó, y las disonancias abso- en esa quintaesencia sutil». \J!L declaración nos parece, in-
lutas que no producen intervalo alguno regular pueden sistimos, del mayor interés. Porque lo que de ella se in-
ser comparadas a los monstruos que tienen miembros de fiere inmediatamente es que todo intento por dotar a la
dos especies de animales, o de hombre y animal. Pero el música de un «contenido representativo concreto» rebaja
bajo y las voces intermedias -sigue diciendo-... carecen inmediatamente su valor: una consecuencia -para él-, es
de aquella continuidad de la voz superior que canta la que p. ej-, la ópera sea un género inferior, ai intentar
melodía, la cual se mueve libre y ágilmente, ejecutando poner palabras determinadas a la música, al intentar con-
modulaciones y escalas mientras que las otras se mueven cretar lo que sólo actúa en abstracto, al querer individua-
más lentamente... El bajo, representante de la materia lizar aquello cuyo valor se debe a su absoluta generici-
bruta,' es el que se mueve con más dificultad... con gran- dad.
des intervalos, por terceras, cuartas y quintas (las voces
La grandeza de la música está, entonces, en que nos
intermedias tienen un movimiento más rápido, pero sin
ofrece hi forma pura del sentimiento, pero no ningún sen-
continuidad melódica ni significación... como los seres sin
timiento determinado, «empírico». Y esa forma pura del
razón... que no pueden dar a su vida un sentido de con-
junto). En la melodía, en la voz cantante, la que marcha sentimiento expresa la Voluntad de un modo inmediato.
Pero entonces se nos plantea, al interpretar a Scho-

EL BASILISCO 33
EL BASILISCO, número 4, septiembre-octubre 1978, www.fgbueno.es

penhauer, un curioso problema: es cierto que él ha dicho a decir algo por nuestra cuenta. Yo creo que éi formalis-
que la música expresa, pero también ha dicho que no mo musical, que es, por así decirlo, la actitud aristocrática
expresa ningún contenido individualizado; si esto es así, hacia la música, la actitud del «entendido» frente al
entonces lo que la música expresa con sus signos no pue- «ingenuo», el cual cree que la música expresa algo dis-
de ser dicho de otro modo más válido que como lo hacen tinto de ella misma, el formalismo musical -digo- acaso
los signos mismos; y entonces el significante musical de- oculte en su trasfondo, como actitud, algo similar a lo
que Schopenhauer hablaba, la «formalidad» de la música, que oculta en Schopenhauer: y así la paradoja del roman-
al no significar nada en concreto, y sí sólo meras formas ticismo formalista podría acaso estar más generalizada de
generales y abstractas del sentimiento, modulaciones de lo que en un principio cabría suponer. Diríamos que la
la Voluntad, se transforma así en la única determinación filosofía de Schopenhauer es una filosofía de melómano; al
capaz de superar las determinaciones. La función expre- decir que la música no expresa ninguna pasión concreta,
siva de la música está dada inmanentemente en el signifi- y no debe rebajarse a acompañar servilmente estados de
cante mismo, pues al intentar «traducirlo» a fenómenos ánimo, eso se dice probablemente porque se quiere sal-
concretos lo degradamos. De ahí que el expresivismo de vaguardar, precisamente, la importancia suprema de la
Schopenhauer, tan romántico sin duda, acaba por consis- música; porque esa asepsia pasional es fruto ella misma
tir en un formalismo, una defensa de la música como for- de una pasión: la de la música, la melomanía o el melo-
ma pura, pues la expresión y lo expresado confluyen centrismo, si se permite el término. En el caso de Scho-
inseparablemente en las variedades del significante mu- penhauer, esta consideración podría abonar las tesis típi-
sical mismo. «Expresa sentimientos», la música, sí, pero ca de su egoísmo, de su individualismo rabioso, el del
ninguno en concreto, sólo en abstracto: luego expresa hombre que' como difamó célebre y eficazmente Lukács,
lo que su forma misma declara por sí sola, sin ayuda de se refugia en un pesimismo e irracionalismo conforta-
«interpretaciones» que sólo dirían peor aquello que la bles, «como si viviese en un córriodo chalet al borde de
forma dice. un vasto abismo que se complace en contemplar». Ese
psicoanálisis lukacsiano parece siempre peligroso, por-
Y aquí queríamos llegar, tras nuestro enojoso reco- que también quien hace esos análisis podría ser a su
rrido por fílosofemas más o menos arduos y gratuitos. A vez, psicoanalizado. En todo caso, y frente a las críti-
que una actitud romántica es compatible con el formalis- cas, conviene recordar que lo que Schopenhauer dice no
mo musical, formalismo que en principio podría ser pen- es explícitamente individualista, más bien todo lo con-
sado como el prototipo de actitud antirromántica, anti- trario. El escepticismo nihilista que se refugia en la músi-
«contenidista», antiexpresivista. La música, sí revela el ca para huir del dolor, o para complacerse en su for-
trasmundo: afirmación entusiásticamente romántica. Pero ma pura, al margen de las vicisitudes del mundo, es una
lo revela en la inmediatez de su forma pura: no es un suce- posición que, al margen de su verdad o falsedad co-
dáneo ni auxilar de la literatura, ni de otra manifestación mo doctrina, tiene el mérito de describir muy bien una
cultural cualquiera. Resulta curioso, como alguien ha de las formas que la melomanía adopta más frecuente-
subrayado muy bien (Fulini), que Schopenhauer acabe mente, aún en el caso de que no se desee ser romántico. Pues
por coincidir en cuanto a sU visión de la música con el disfrute de \Í pura forma sin contenido, ¿qué vendría a
hombres como Hanslick, el prototipo de la reacción ser sino la complacencia en el hecho de que ello nos
antirromántica en el siglo pasado, el formalista a ultran- gusta, aquello de lo que gozamos, carece en último tér-
za. Hanslick pretendía positivizar el fenómeno musical, mino de sentido al margen de ello mismo. .
librarlo de mitificafiones «trascendentes», y así lo redujo
a «pura forma del sentimiento»; pero Schopenhauer,
que no pretendía tal cosa, sino más bien absolutizar la
música, convirtiéndola en religión hace lo mismo. El vi- El formalismo se dibuja probablemente sobre ese
cio capital del oyente sería para él tratar de acoplar la vacío, aún cuando renuncie púdicamente a hablar de él
audición musical a contenidos emotivos concretos, inten- e invoque meras y modestas razones «artesanales» o
tando hacer de la música un mero telón de fondo para de oficio respecto a este nihilismo, ya Settembrini, aquel
estados subjetivos de ánimo provocado por circunstan- dernócrata liberal, progresista, de La montaña mágica
cias determinadas. Diríamos que, para él, la forma de la de Thomas Mann, decía que la música tal como la oían
pasión no es ninguna pasión en concreto. Así abandonar- los alemanes era «políticamente perniciosa», por ador-
se en brazos de la Voluntad, al oír música, significaría mecedora del sentido de la realidad inmediata, del espí-
entregarse al entramado de formas que la manifiestan, ritu crítico político, porque instaura una especie de des-
seguir su fluencia pura, pues incluso la propia melodía dén por la «representación» racional. El último argu-
expresa contenidos humanos pero no los de Juan ni Pe- mento del nihilista, sin embargo, podría ser esta pregun-
dro, sino los de una subjetividad que no es la de nadie. ta: ¿se ha encontrado una justificación absoluta para la
Aparte la música se hace así la manera más refinada de representación racional?. Aunque muchos piensan que la
descompromiso con la realidad cotidiana: bajo su variedad justificación de la razón hace mucho que no está en la
de formas subsiste siempre la mismo, su eterna Volun- razón pura sino en la práctica todavía hoy subsiste el pro-
tad. Y así, aunque nos ofrezca la forma misma del dolor blema, y los nihilismos no han desaparecido en absoluto,
(como Schopenhauer subraya en alguna ocasión, al lo que probaría que Schopenhauer, gratuito y místico si
hablar de la manera maravillosa e infalible con que el se quiere, expresaba en todo caso no una corriente pode-
modo menor expresa tristeza) nos aparta de todo ese do- rosa de nuestro pensamiento, que acaso subsista siempre,
lor concreto, nos hace disfrutar de su quintaesencia no y por la cual se sentirán -nos sentiremos- tentados a ve-
individual, y, por tanto, nos hace no «sufrir» con él, sino ces los melómanos, en nuestro fuero interno, aún cuan-
contemplarlo. do descreamos de los argumentos qué la mantienen. Mu-
chas gracias.
Una observación final. Aunque aquí estamos para
hablar de lo que piensa Schopenhauer, no nos resistimos (•*•) Conferencia pronunciada en Septiembre, 1978.

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