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“Sí. La maté. Pero yo no fui.

Gerónimo Martínez García


gmgcia@yahoo.com
Dos encinos, Surutato
Los crotos, San Pedro de Rosales
24 de enero-4 de febrero de 2020

Cuando al entrar en la recámara la mucama vio el cadáver de su


patrona entró en pánico y salió gritando de la casa desaforadamente.

Era temprano y los vecinos se aprestaban a vivir el día. Las


empleadas domésticas barrían las banquetas. Los jardineros regaban
los prados. Y los chicos desayunaban apresuradamente antes de salir
para la escuela.

Respondiendo a los alaridos de la muchacha, algunos residentes


salieron a la calle. Alguien que alcanzó a entender lo que pretendía
explicar tomó la iniciativa y llamó a la policía. Informado del caso,
Eulogio España le ordenó telefónicamente a Genoveva Rentería Ruiz
que se presentara en el domicilio reportado y realizara las primeras
diligencias.
Así lo hizo.

Cuando llegó a la casa, un grupillo de personas se arremolinaba


a la puerta sin atreverse a entrar. Algo les decía que no estaría bien
que lo hicieran. De camino, la RS había solicitado el apoyo de agentes
de la corporación. Llegaron casi al mismo tiempo que ella. Les ordenó
que guardaran el acceso y que invitaran a la gente a despejar el área.
Cuando arribaron los técnicos del equipo forense, que también había
convocado, los hizo pasar delante de ella. Se enfundó los pies en unas
botas de plástico blanco y siguiendo las instrucciones del perito en
jefe se internó en la habitación donde yacía la muerta.

A la vista del cuerpo la impresión le provocó una arcada que a


duras penas pudo controlar.

En la cama, en posición supina, con los tendidos cubriendo el


cuerpo hasta los hombros, el cráneo lucía abierto como una sandía que
hubiera sido golpeada con gran violencia. Los ojos estaban fuera de
las órbitas y colgaban como piezas de un reloj de cuerda que hubiera
sido estrellado contra el suelo.

La metáfora de la sandía era apropiada porque la sangre


derramada cubría el rostro, las sábanas y la colcha. Genoveva cerró
los párpados e imaginó la escena: el cuerpo quieto, respirando
acompasadamente, la cara volteada al techo, mientras los brazos de
alguien se alzaban lentamente hasta arriba de la cabeza para luego
descargar con gran violencia el golpe mortal sobre la cara y el cráneo.

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Pudo ver en su imaginación la sangre brotando como un alarido
acuoso y las esquirlas óseas disparadas en cualquier sentido.

El forense la sacó de sus lucubraciones cuando le dijo,


confirmando lo que su mente había imaginado, que la mujer había
recibido un golpe mortal en la cabeza, propinado probablemente por
un objeto largo, como un barrote, un leño o un madero de los que usan
los jugadores de beisbol. El golpe había sido dado con tanta fuerza
que había destrozado el cráneo y comprimido la masa encefálica. Y
aun habría cercenado alguna arteria, conjetura sustentada en la gran
cantidad de sangre que había emanado por la herida.

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Las primeras hipótesis de investigación giraron en torno de

algunas preguntas simples. De rigor. El móvil y el agresor.

Se descartó de inmediato el robo, porque no había evidencia de


que hubiera algún faltante, hecho corroborado por la empleada, y se
concluyó que el atentado había sido perpetrado por alguien que
conocía a la víctima y que tenía acceso a la casa.

Si el robo no había detonado el asesinato, ¿qué otra razón pudo


haberlo motivado?

Se investigó a la mucama y a sus familiares y amigos, pero no


se encontró a nadie que pudiera considerase sospechoso. La
muchacha frisaba los 17 años y procedía de La Noria, un poblado

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cercano, donde vivía con sus padres y dos hermanos menores. La
familia procedía de Santiago Papasquiaro, Durango, de donde habían
llegado un año atrás. El jefe de la familia trabajaba en una ladrillera y
la esposa se ocupaba de las tareas de la casa; los chicos asistían a la
escuela primaria del lugar. La mucama cursaba el segundo de
secundaria cuando dejaron la tierra natal y acuciada por la necesidad
se vio obligada a buscar trabajo. Sólo había podido emplearse como
doméstica en la casa de la muerta. Tenía diez meses trabajando a su
servicio.

Descartada esa hipótesis, se procedió a investigar a la anterior


mucama. Se localizó a la familia y a su través se supo que había
trabajado para la familia durante 20 años y que se había mudado a
Tijuana, Baja California; se solicitó la colaboración de la ministerial
de esa entidad para su localización y detención con fines de
investigación.

Los papeles encontrados en el escritorio del despacho familiar


mostraron a la mujer como una persona sumamente ordenada. Los
papeles contables condujeron al contador que llevaba los asuntos de
la muerta, y al notario, que resultó ser su hermano.

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Interrogado en las instalaciones de la policía, el contable refirió


que el matrimonio había sido cliente del despacho desde que se

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establecieron en Culiacán, aproximadamente 21 o 22 años atrás. Lo
habían contactado a través del colegio de contadores de la ciudad
capital del estado, al que acudieron en busca de asesoría para
establecerse como empresarios en el ramo de los bienes raíces.

El contador mostró no sólo una franca disposición para


responder a las preguntas que le fueron formuladas, sino que hizo gala
de muy buena memoria.

― Empezaron por adquirir un edificio de departamentos vacío


y casi en ruinas. Lo habilitaron con buenos acabados, lo que les
permitió ofrecerlos en venta a precios redituables. Fue el punto de
partida. Ésa fue su estrategia: comprar a precios bajos edificios
deteriorados, mejorarlos y ganar la plusvalía. El negocio era
beneficioso para todos. Los vendedores se deshacían de un inmueble
que les significaba solamente costos, los compradores lo adquirían a
precios bajos y el gobierno recaudaba impuestos. Y estimulaban el
empleo. En algunos casos se mejoraba la zona porque de pronto surgía
un inmueble que elevaba el valor de todo lo demás: casas y terrenos.
Incursionaron también en la construcción de edificios nuevos, tanto
para vivienda como para oficinas y negocios. Fue notable el rescate
de casonas viejas en el centro histórico. Compraban barato y a cambio
de que preservaran las fachadas el municipio les daba beneficios
fiscales. Con esa estrategia, los caudales que traían de su tierra
aumentaron substancialmente. Se enriquecieron, pues. Sin embargo,

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mantuvieron un nivel de vida austero, sin ostentaciones. Se
mantuvieron siempre en el marco de las leyes y reglamentos. Nunca
buscaron eludir sus responsabilidades fiscales. Era un deleite trabajar
con ellos. Las relaciones de trabajo nos llevaron a las relaciones
personales. Nos hicimos amigos. Hasta llegar al nivel familiar. Fue
así como conocimos los antecedentes de las familias. Supimos de la
muerte de la primera esposa del señor, de su segundo matrimonio y
de lo bien que éste había resultado, a pesar de que había surgido como
una relación de circunstancias. No sólo eran pareja; eran más que eso:
esposos leales, amorosos, solidarios. Y finalmente, compañeros de
empresa. Trabajaban juntos en emprendimientos visionarios y en la
administración de la riqueza inmobiliaria. La fortuna era de los dos.
Sin celos, sin desconfianzas. Compartían todo. Hasta la educación de
un chico, que no era hijo carnal de ella, pero que había adoptado como
si hubiera salido de su vientre.

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Los esposos llegaron al notario por mediación del contador, su


hermano como ha quedado dicho. Fue un paso natural. Cuando las
necesidades de los empresarios reclamaron un actuario que diera fe
de las actividades que así lo requirieran nada más natural que el
contador recomendara a una persona de todas sus confianzas. Aquí
también las relaciones de trabajo llevaron a las relaciones personales
y familiares. Fue al notario que correspondió procesar el cambio del

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segundo apellido del niño, para poner en lugar del de la madre natural
el de la madre adoptiva. Todo con el mayor de los sigilos para que las
habladurías no lastimaran de ninguna manera al chico. Se hizo antes
de que ingresara a la escuela inicial, por lo que nunca hubo conflicto
burocrático.

Este profesional proporcionó a los investigadores una narración


más completa que la que les había proporcionado su hermano, el
contador. Con una memoria tan buena como la de su consanguíneo, y
mostrando buenas dotes narrativas, puso a disposición de los
investigadores lo siguiente:

― La pareja no era originaria de Culiacán. Procedían de


Villahermosa, Tabasco. El marido había hecho fortuna como
contratista al servicio de Pemex, la importante empresa petrolera
mexicana. Estaba casado con una joven de la alta sociedad local y
habían procreado un hijo. La señora murió en un accidente
automovilístico que sucedió en condiciones extrañas. La pareja había
reñido y la mujer había salido violentamente del hogar; había
abordado un auto, y manejando a velocidad excesiva terminó
muriendo al chocar por alcance con un vehículo que sin luces traseras
transitaba lentamente por una calle insuficientemente iluminada. El
motivo de la discusión había sido el irrefrenable tren de gastos de la
joven señora. El marido fue señalado como responsable de la muerte
y fue víctima de acoso por parte de la familia de la difunta, que lo

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hacía responsable por su tacañería. Parte del asedio se centró en la
custodia del bebé, de escasos 8 meses entonces. La familia exigió la
patria potestad, aduciendo que un hombre solo no podía atender a un
pequeño como sí podría hacerlo la familia de la muerta. El ardor con
que la parentela peleaba la custodia del pequeño se explicaba porque
la difunta había sido hija única y los padres deseaban conservar al
niño como parte de la hija ida. En esas circunstancias, y deseando
conservar a su hijo, el viudo urdió un plan. Se había percatado de que
su secretaria, una mujer guapa y soltera, se había enamorado de él. Le
hizo una proposición: casarse y que se hiciera cargo del cuidado del
pequeño como si se tratara de un hijo propio. Así lo hicieron. La chica
puso todo de su parte para que el proyecto concluyera en los mejores
términos. Sin embargo, la familia de la muerta no cejó. El dinero de
la familia compraba todo lo que se podía comprar y elevó la presión.
En esas circunstancias, el hombre canceló sus negocios y con los
recursos que obtuvo se trasladó a Culiacán a iniciar una nueva vida.
Compraron una casa en el exclusivo fraccionamiento Chapultepec y,
discretamente, se acomodaron a las circunstancias. La distancia y el
tiempo atemperaron, hasta hacerlo desaparecer, el pleito por la
custodia del pequeño. El chico creció conociendo la historia de su
origen. Y nunca aceptó completamente la versión de que su madre
había muerto en un accidente provocado por ella misma. En el fondo
de su mente, se había formado la idea de que su madrastra había

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tenido que ver con el accidente, aunque nunca atinó a armar una
explicación razonable, ni para él mismo. En acatamiento del
compromiso adquirido, la madrastra lo crio como si hubiera sido su
propio hijo. Además, habían decidido no tener más hijos. El
muchacho creció rodeado de todo tipo de comodidades. Fue a las
mejores escuelas y sus amistades fueron las propias de muchachos de
su clase. Le gustaba la buena vida y el padre lo complacía. Tal vez
como una forma de compensarlo por la pérdida de su madre
verdadera. Al término de la preparatoria, quiso hacer la profesional en
la ciudad de México. Y para allá lo mandaron. Fue inscrito en la
escuela de ingeniería de la universidad nacional. Y hospedado en una
casa de asistencia para estudiantes. Una pensión de muy buena
factura. Disponía de cuarto para él solo, buena alimentación y los
demás servicios que hacen la vida estudiantil más que llevadera. Y
una mesada para gastar. El privilegio, pues. Cada semestre ponía en
manos de su padre el reporte escolar que daba cuenta de su buen
desempeño. Sin embargo, los temas de conversación del chico no
incluían nada que sustentara los estudios que sus calificaciones
reportaban. Algunas sospechas surgieron en la mente del intrigado
padre. Sin que el chico lo supiera, se trasladó a Ciudad de México y
tras realizar unas cuantas pesquisas, descubrió la realidad. En
servicios escolares de la escuela le informaron que sólo había cursado
el primer semestre y que no había vuelto más. Cuando les refirió que

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semestre tras semestre el chico le había entregado la boleta de
calificaciones, un empleado, con un tonillo burlesco, le dijo que bien
podía haberlas obtenido en la Universidad de Santo Domingo. El
padre entendió. Alumnos que habían sido sus condiscípulos lo
informaron de lo demás: se había aficionado a las carreras de caballos
y pasaba buena parte de su tiempo en el Hipódromo de la Américas.
En el último año, había conocido a una chica colombiana que le había
absorbido el seso al grado de que gastaba en ella la mesada. En la
pensión le habían informado que ya no vivía ahí y que no tenían
noticias de su nuevo domicilio. Lo buscó en el hipódromo y lo
encontró, pero no se le presentó. En cambio, lo siguió hasta el
domicilio que ocupaba: un departamento mediocre en un edificio
igualmente mediocre de las calles de Dr. Lavista en la colonia
Doctores. Cuando tocó a la puerta y entró, se percató de la magnitud
del desastre: desorden, pobreza, ropa regada por el piso, loza sucia en
el fregadero, botellas de cerveza y licor, ceniceros rebosantes de
colillas. Una distancia absoluta con respecto de las condiciones de
vida que había pagado para su hijo. Y una realidad que distaba
radicalmente del futuro que había imaginado para él. Lo miró a los
ojos. Con tristeza. Con decepción. Con frustración. Se volvió y
regresó a Culiacán. Una semana después, el hijo se presentó en la casa
paterna. Se disculpó y le explicó que iba a casarse con la colombiana.
El padre lo increpó. Le explicó que aquella mujer buscaba dos cosas:

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sus bienes y un matrimonio que le permitiera vivir legalmente en
México. El joven le dijo que era una decisión tomada. El padre le
respondió que, si era ésa su decisión, se olvidara de que aquella casa
era su hogar. El muchacho dejó la residencia. Al día siguiente el
hombre amaneció muerto en su cama. Un ataque fulminante al
miocardio había acabado con su vida.

::::::

Dos días después de que se hubiera hecho el exhorto a las

autoridades policíacas bajacalifornianas, el jefe de la ministerial de


aquel estado le habló a Eulogio España por teléfono y le proporcionó
un parte muy sintético. “A reserva de enviarte el expediente
completo”, le había dicho.

― Colega, las cosas van así: El joven no tenía acceso a la casa:


se lo había negado su propio padre la víspera de su muerte. Para
conseguir una llave que le permitiera ingresar al inmueble, se valió de
una empleada doméstica de la casa. La mujer había servido por
muchos años a la familia. Conocía al joven desde niño. Éste la
convenció de que le proporcionara un duplicado arguyendo que había
perdido la propia. La mujer sabía que no era verdad, ya que estaba
enterada de que no le estaba permitido entrar en el domicilio. Además
de que la madre había hecho cambiar la cerradura. Sin embargo, la
atractiva recompensa que le fuera ofrecida la hizo entrar en razón.

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Después se arrepintió. Ya sabes cómo es la culpa. Pero en lugar de
confesar su falta, renunció al empleo. Haya sido como haya sido, el
caso es que con dicha llave el joven habría ingresado al domicilio la
noche del crimen. Cuando la noticia de la muerte de la mujer se dio a
conocer, sobre todo la forma violenta como tuvo lugar, la mucama
había entrado en pánico y se había trasladado a la frontera norte, a
Tijuana, y se había refugiado en casa de familiares cercanos. La
muerte de su antigua patrona la había confirmado en sus sospechas de
que había cometido una falta que la convertía en cómplice de un
crimen. Todo por la necesidad siempre presente en su casa como en
todos los hogares de las familias pobres.

― Vaya ingratitud ―exclamó Eulogio España, dejando escapar


lentamente el aire retenido mientras escuchaba el parte.

― Colega: la gratitud no existe. Ni la lealtad. No las hay.


Desengáñate. No importa cuánto hayas recibido. Según nos refirió,
tenía un sueldo bueno, si comparas lo que ganaba con lo que reciben
otras empleadas de su tipo, estaba asegurada y disfrutaba de períodos
vacacionales. Pero sus afectos estaban en otra parte.

― ¿A qué te refieres?

― Te va a sorprender lo que descubrimos. Te lo adelanto,


aunque lo vas a leer detalladamente en el informe. Aceptó el soborno
porque necesitaba el dinero para algo muy importante para ella. No
para pagar una operación quirúrgica o cosa de semejante gravedad.

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Qué va. Agárrate. Para comprarle un Tablet a su nieto mayor. ¿Cómo
la ves? Traicionar a tu jefe, echar a rodar un futuro, simplemente para
satisfacer el capricho de un chamaco.

― Así va el mundo ―fue lo único que Eulogio España pudo


decir, sorprendido por la levedad de la empleada. Pero no tuvo tiempo
para agregar nada más, porque enseguida recibió otra andanada. El
jefe policíaco que le hablaba al otro lado de la línea era el decano de
los funcionarios de ese mundo. De hecho, ya se había retirado, pero
había sido sustraído del descanso por el gobernador para que le
ayudara en la que era sin duda la más difícil de las áreas del gobierno
estatal.

― Toma nota, colega: la deslealtad y la ingratitud no caminan


sólo de abajo para arriba. También circulan al revés. Los jefes suelen
también ser desleales e ingratos con sus colaboradores. No te
enamores del puesto. Ten en tu escritorio muy pocas cosas personales.
Porque un día cualquiera te pueden avisar que va en camino tu relevo.
Sé lo que te digo. Sé también que has hecho muy buen trabajo. Pero
eso no vacuna para nada. Sobre todo, con el jefe que tienes. Suerte,
amigo.

::::::

Como ha sido dicho, la esposa del joven era colombiana. Según


refirió en algún momento de la investigación, se habían conocido en

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casa de un senador de origen sinaloense que aspiraba a ser
gobernador. En favor de su objetivo, realizaba diversas actividades
proselitistas, como visitar, en compañía de su mujer, la entidad, que
recorría para sostener reuniones con grupos de personas de diferentes
clases sociales, a saber, campesinos, maestros, académicos, políticos,
funcionarios. Los fines de semana se trasladaba al estado. Volaba de
Ciudad de México a Mazatlán, Los Mochis o Culiacán. De ser
necesario, se desplazaba, vía terrestre, a los lugares donde sus
representantes y operadores le hubieran concertado las citas o
reuniones.

Ciudad de México era también escenario de sus trabajos


políticos en pro del objetivo señalado. Sus operadores locales le
organizaban encuentros con sinaloenses avecindados en la ciudad
capital.

Se habían conocido en un encuentro convocado para que el


precandidato se reuniera y conversara con estudiantes de nivel
superior. Los organizadores eran alumnos de diversas escuelas que
veían en el senador posibilidades de volver a la tierra con el candidato
y ocupar una vez aquel en el poder alguna posición suficientemente
remunerada como para que redituara la inversión.

La reunión de marras concentró a estudiantes de la UNAM y el


IPN. Tuvo lugar en la casa que el senador poseía en un exclusivo
sector de Coyoacán. En el jardín, para ser precisos. Un universitario

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se hizo acompañar de un grupito de colombianos, estudiantes de la
carrera de ciencias políticas, que habían expresado su interés por
conocer los modos de la política de a pie, es decir, la real, no la que
describían los libros y sus profesores. La chica no era estudiante, pero
se movía en los círculos juveniles de compatriotas avecindados en
México. El senador sabía halagar y en esa ocasión complació a sus
compatriotas con una caguamada y una camaroniza de antología.
Había hecho llevar varias hieleras de camarón fresco y tres caguamas
vivas desde el campo pesquero la Reforma, lo mismo que los
pescadores que prepararían las viandas. Caguama estofada,
chicharrones de pecho de caguama, tortillas hechas a mano por
tortilleras que también había hecho trasladar desde el campo pesquero
mencionado, y camarones cocidos y en aguachile. Y toda la cerveza
que quisieran beber.

El senador iba de un grupo a otro haciendo sentir a los jóvenes


que eran muy importantes para él.

En los grupitos los jóvenes alardeaban de conocer la mejor


manera de taquear o de camaronear. De súbito, el joven se vio
abordado por la colombiana que, con un camarón entero en la mano
y al tiempo que lo mostraba a sus ojos, le pidió: ¿me enseñas? El “me
enseñas” no era otra cosa que le mostrara una forma particular de las
varias que el culichi tiene de comer camarón cocido, sobre todo los
de buen tamaño, consistente en desprender la cabeza del crustáceo, y

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vaciar en el hueco, vuelto hacia arriba, un chorrito de limón y algunas
gotas de salsa “guacamaya”, llevarlo a la boca, morder hasta romper
el cascarón y chupar el contenido. Halagado, le mostró cómo se hacía.
Luego la invitó a hacerlo. Y entre risa y risa repitieron la práctica
hasta que la joven se volvió una experta. Ya no se separaron y juntos
salieron de la reunión.

Asimismo, la chica había confesado que nada había sido casual.


Sus paisanos la habían puesto al tanto de que el chico pertenecía a una
acaudalada familia de Culiacán y que, aunque oficialmente pasaba
como estudiante, en realidad se daba la gran vida. Le informaron
también que era hijo único y que todo apuntaba a que en algún
momento entraría en posesión de la riqueza inmobiliaria de sus
padres.

Con esa información se trazó un plan, que siguió punto por


punto: Casarse con él y hacerse con sus bienes. Sin embargo, el padre
adivinó sus intenciones y así se lo hizo saber al hijo.

― Esa mujer busca tu nombre y mis bienes ―le había dicho,


con un tono de voz inusualmente destemplado en él, lo que acusaba
su profundo desconcierto y desencanto―. ¿Qué sabes de ella?
¿Conoces a su familia? ¿Sabes por qué está aquí, en México? ¿Cómo
llegó? Te estás involucrando a ciegas. No puedo aceptarlo. Estás mal.
Muy mal.

No se equivocó.

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La madre también lo había sospechado.

Por esa razón, cuando a la muerte del padre se presentó ante ella
en busca de la herencia paterna, le advirtió que mientras viviera no
vería un centavo de la herencia. Le dijo también que lo apoyaría con
una cantidad de dinero para que se estableciera y partiera de ahí para
hacer su vida.

Con gran visión y con algún plan alternativo en la mente, la


chica lo animó a que aceptara. Se establecieron en Culiacán y lo hizo
buscar trabajo. Lo obtuvo como agente de ventas de una pequeña
compañía que producía golosinas diversas, muy del gusto de la
población infantil de las escuelas.

::::::

Desahogadas las suposiciones que habían hecho sospechar de


las trabajadoras domésticas, se hizo indispensable ampliar el círculo.
La documentación contable encontrada en el despacho de la mujer
hizo pensar a los investigadores que el contador podría dar
información sobre móviles y responsables.

El contador les refirió las frustraciones que la conducta del hijo


había producido en la mente y el corazón del padre y que, a decir de
la esposa, habrían provocado su muerte.

El notario había referido que el chico, acompañado con su


esposa, la chica colombiana, se había presentado en su despacho a

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inquirir sobre los términos del testamento. Le explicó que sus padres
habían testado uno en favor del otro y que había sido señalado como
heredero universal de todos los bienes, pero que obtendría dicho
beneficio hasta que los dos hubieran muerto. Pero que si quería
obtener algo tendría que hablar con su madre. Ésta le dijo que entraría
en posesión de todo cuanto hubiera ―inmuebles, inversiones
accionarias, saldos bancarios― cuando ella muriera, pero que hasta
entonces no vería ni un centavo. Le dijo que mientras ella viviera la
mujer a la que llamaba su esposa no disfrutaría de la fortuna que
habían amasado ella y su esposo.

La conversación había sido sumamente ríspida y habría


transcurrido en los siguientes términos:

― Reclamo lo que me pertenece ―le había dicho.

Ante la negativa de la mujer, insistió con coraje y grosería.

― La fortuna era de mi padre. No tuya. Mataste a mi madre. Y


ahora robas lo que me pertenece.

― Voy a ignorar eso que acabas de decir. Estás ofuscado.


Desesperado.

― No quiero que lo ignores. Sé que provocaste la muerte de mi


madre. Que sedujiste a mi padre para obtener su fortuna. Todo mundo
en Tabasco conoce la historia.

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― No sé quién te metió esas ideas en la cabeza. Yo trabajaba
para tu padre desde antes de que contrajera matrimonio con tu madre.
Era su asistente. Llevaba sus asuntos personales. Bancos, cobranzas,
nóminas, impuestos. Confiaba plenamente en mí. Era un hombre
extraordinario. Fino. Educado. Responsable. Admirable, en una
palabra. Lo seducía a uno con su encanto. A hombres y mujeres. Sus
empleados lo querían. Yo también. Como jefe y como varón. Él lo
sabía. Pero jamás traspusimos la relación jefe-empleada que nos unía.
Acepté su propuesta cuando perdió a su mujer. Y te acepté. Es fácil
decirlo. Pero es muy difícil hacerse cargo del hijo que no es de uno.
Sin embargo, te acepté como hijo propio. Y así te crie. Y eduqué.
Como hijo salido de mi entraña.

― No quieras envolverme. Buscabas su dinero. Y lo


conseguiste.

― Te equivocas doblemente. No me interesaba su dinero. Eso,


por un lado. Y, por otra parte, una porción muy considerable de la
fortuna la hicimos juntos. Es un patrimonio común.

― Si es así, razón de más. Quiero su parte.

― ¿Para qué? ¿Para despilfarrarla?

― Eso no te importa. Exijo la herencia de mi padre.

Ante su insistencia, le explicó:

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― No eres hombre de responsabilidades. Lo tuyo es el
despilfarro. Como tu madre. Traes sus genes. Por eso malgastaste los
dineros que te enviamos a México durante tantos años. En el
hipódromo, en comidas, en fiestas. Y seguramente con esa
colombiana. Tendrás que esperar.

― No estoy dispuesto a esperar ―le había gritado fuera de sí.

― No veo alternativa.

― Tiene que haberla.

― No hay.

― La voy a encontrar ―le gritó de nuevo.

― Espero que la encuentres.

― La conocerás antes que nadie ―le respondió con un tono que


escondía una amenaza.

Tales cosas la mujer les había confiado a su contador y a su


notario.

::::::

Con esos datos, las principales sospechas cayeron en el

muchacho. Las pesquisas descubrieron que la situación económica de


la pareja era precaria. Vivían en un departamento de clase baja y
vivían con el sueldo y comisiones que obtenía el joven de la empresa

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dulcera para la que trabajaba. Ocasionalmente, recibían fondos de la
casa paterna de la chica.

Su centro era Culiacán y tenía diferentes rutas. Pueblos y


rancherías. Surtiendo productos y cobrando las ventas.

Algunas veces, cuando los circuitos eran extendidos, se quedaba


a dormir en algún pueblo grande. Los investigadores descubrieron que
la noche del asesinato, había pernoctado en Guamúchil, en el
conocido hotel Boston. Se trataba de un hotel de edificios de un nivel
que se desparramaban sobre una extendida superficie. Prácticamente,
los huéspedes podían aparcar a la puerta de su cuarto.

Al joven le gustaba ese hotel.

Tenía una cocina famosa por sus carnes asadas al carbón y por
su bar, muy bien surtido y servido por un barman experimentado,
dispuestas las dos cosas para que los huéspedes, muchos de ellos
hombres de negocios jóvenes, pudieran disfrutar de estancias
placenteras. Si los visitantes requerían cosas que no aparecían en el
menú, los meseros disponían de los medios adecuados para
satisfacerlos. Todo era cuestión de preguntar. Y pagar.

Cuando las sospechas cayeron sobre el muchacho, Eulogio les


dijo a sus investigadores.

― Soy de Guamúchil y sé que es posible ir y venir entre ese


punto y Culiacán en 3 horas a lo sumo. Sobre todo, de noche, ya que

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el tráfico es menos denso. El chico pudo salir de Guamúchil a la 9 de
la noche, hacer el trabajo y estar de regreso en su cama hacia la una,
cuando mucho. Busquen evidencia.

El razonamiento del jefe policíaco fue acertado. El vigilante del


hotel informó que, a bordo del vehículo utilitario que usaba, el
muchacho había dejado el hotel a las 10 de la noche y que había
regresado a las dos menos cuarto.

Las cámaras de vigilancia de la caseta de cobro del Limón de


los Ramos habían captado el paso del vehículo en los dos sentidos. Es
decir, de ida y vuelta. Y las cámaras del estacionamiento de Fórum,
como era conocido un espacioso emplazamiento comercial ubicado
en la margen norte del río Tamazula, habían captado el ingreso y la
salida.

Todos esos movimientos estaban perfectamente acomodados a


la información que había proporcionado el vigilante del hotel Boston.

Las cámaras de Fórum mostraron que del asiento del copiloto el


joven había sacado una maleta alargada, como las que utilizan los
aficionados a la práctica del beisbol para llevar sus arreos deportivos,
a saber, pelotas, manoplas y bats.

La evidencia era contundente: el chico era culpable del asesinato


de su madre-madrastra. Bajo ese cargo fue capturado y remitido a los
separos de la ministerial.

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Sin embargo, negó los hechos.

Aun ante la contundencia de las palabras del vigilante y las


imágenes de las videocámaras.

Y en abono de su defensa proporcionó un testimonio muy


sólido. La noche de marras, había contratado los servicios de una
sexoservidora que había amanecido con él en el cuarto. Su dicho fue
confirmado por el mesero que había servido de intermediario.

Las dos versiones eran igualmente correctas. Eran igualmente


válidas, por tanto.

Con las reservas de ley, el chico fue puesto en libertad. Había


que analizar otras posibilidades.

El razonamiento cayó por sí solo.

Era verdad que el coche había salido del Boston a la hora que el
vigilante había registrado y que había regresado al estacionamiento
en la hora asentada en el control de entradas y salidas. Era verdad
también que el vehículo había pasado la caseta de cobro y que había
aparcado en el aparcamiento del centro comercial culichi.

Sólo que no habría sido movido por el joven, quien, a las horas
en que sucedieron los hechos narrados, dormía abrazado a una
prostituta, sino por otra persona. ¿Un cómplice? Quizás. De ser éste
el caso, habría que apuntar una rayita a la astucia del muchacho. “Sí.
La maté. Pero yo no fui.”

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Se ordenó un registro minucioso de la vivienda del chico y de
su armario en la empresa. Nada se halló en ésta. Pero la indagatoria
en la vivienda encontró un teléfono, tipo lamparín, que dio pistas
prometedoras. Registros de llamadas a dos números. Uno
internacional. A Colombia. A Cúcuta y Bogotá, concretamente.
Después, en México, a la capital nacional y Culiacán.

La compañía telefónica dio el nombre de la persona involucrada.


Llevaba los mismos apellidos de la mujer del joven. Localizado en un
hotel medio de Culiacán, fue capturado e interrogado.

No opuso resistencia.

A las primeras preguntas, informó que, bajo la dirección de su


hermana, habían llevado a cabo el plan. Aceptó que había suplantado
a su cuñado. El día del crimen se había hospedado en el Boston. Con
un par de llaves que su hermana había puesto en sus manos, había
substraído el vehículo del estacionamiento y había perpetrado el
crimen. Había llevado el carro de regreso y lo había puesto en su
lugar.

Confesó que, con un auto rentado, había realizado un par de


ensayos para estar seguro de que podía hacer todo lo planeado en el
tiempo estimado. De las dos rutas posibles, escogieron la de Nogales,
Sonora, sobre la conocida como “la costera”, por parecerles menos
transitada de noche.

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En su turno, la chica confesó que la idea era que culparan al
marido y lo encerraran por una larga temporada. Lo haría asesinar en
la cárcel, para reclamar los bienes. Previsoramente, le había pedido al
joven casarse bajo el régimen de bienes mancomunados. Y bajo ese
régimen se habían casado.

::::::

Los hermanos colombianos eran hijos de un importante

comerciante avecindado en Cúcuta, propietario de un centro


comercial integrado, lo que significaba que ofrecía todo tipo de
productos para el hogar, tales como alimentos, ropa, menaje de casa,
herramientas y utensilios; poseía también un expendio de gasolina.
Recibía en pago de sus productos efectivo, consistente en pesos
colombianos, dólares y bolívares, y tarjetas de crédito.

Es necesario decir que en los pagos hechos con moneda


venezolana y dólares solía castigar el tipo de cambio a su favor, en
forma usurera. No hacía en este caso algo distinto de lo que hacían los
otros comerciantes de la ciudad. Era una regla aceptada por todos, a
saber, vendedores, compradores y aun por las autoridades de la
municipalidad.

Los chicos idearon llevar dichas prácticas al mercado negro.


Tomaban del negocio del padre dólares americanos y pesos
colombianos para cambiarlos por bolívares, igualmente a precios de

25
usura. La necesidad angustiosa de los venezolanos de aquellas divisas
para adquirir casi toda clase de cosas de consumo, medicinas
incluidas, ante el desabasto de los establecimientos de la vecina San
Antonio de Táchira, la ciudad venezolana fronteriza, y de casi todo el
territorio nacional, hay que decirlo, convertía aquella actividad en un
negocio altamente lucrativo.

El plan de los chicos no terminaba ahí. Los bolívares obtenidos


eran utilizados inmediatamente, en un movimiento circular, para
adquirir productos venezolanos ―fueran producidos en el país o
adquiridos del exterior― y vendidos en Cúcuta, tanto a colombianos
como a venezolanos. Éstos terminaban comprando sus propios
productos, pero en el extranjero.

¿Qué lo hacía posible?

Muy simple: la corrupción aduanera de los dos países.

Unos no miraban lo que salía. Otros no miraban lo que entraba.


Lo mismo fueran gandolas cargadas de arroz, azúcar o harina, que
tractomulas repletas de gasolina.

Lo hacía posible principalmente la absoluta descomposición del


gobierno venezolano, concentrado en mantener el poder y llenarse los
bolsillos al tiempo que se desentendía de las necesidades de la
población. La guardia venezolana ganaba igualmente
contrabandeando directamente que vacunando a los contrabandistas.

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La diáspora venezolana que encontraba destino inmediato en los
países vecinos, como Colombia, Perú, Ecuador y Brasil, y más
lejanamente México, Europa y Estados Unidos de América
encontraba explicación en dicha degeneración y en la brutal opresión
del pueblo.

El desempleo y los bajísimos salarios agravaban la situación de


los trabajadores. Se trasladaban a Cúcuta en busca de empleo. Que no
encontraban. Y si lo hallaban, debían aceptar condiciones de trabajo
inferiores a los que su preparación haría esperable. Era el caso de
maestras dispuestas a trabajar como afanadoras y meseras para
completar el magro salario que les granjeaba su sueldo como
docentes. Algunos empleadores requerían de las mujeres favores
personales como condición para conservar el trabajo.

Otras no tenían otro recurso que abrirse a la prostitución. Lo


mismo solteras que casadas, jóvenes, muchas de ellas casi niñas, que
mayores, profesionistas que mujeres sin estudios. Cualquier cosa que
ayudara a obtener algo de dinero para paliar el hambre del hijo o
comprar la medicina que requería el padre enfermo. Hasta el comercio
de cabelleras. “Chica: te compro el cabello”, se escuchaba en el
puente Simón Bolívar, que unía Cúcuta con San Antonio de Táchira,
como una transacción comercial cualquiera.

La necesidad llevada al extremo de unos, aprovechada por la


codicia, la ambición y los apetitos de los otros.

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La gente abandonaba el país desesperadamente, llevando
consigo apenas lo indispensable. Y su angustia. Y sus necesidades.
Y su desesperanza.

Los que salían animados por la idea de ya no volver, sobre todo


los pobres y los clasemedieros venidos a menos, cruzaban la frontera
con las manos vacías.

::::::

En ese ambiente lucraban los hermanos. No se habían lanzado


solos a la aventura. Habían reclutado a otros jóvenes ambiciosos e
insensibles como ellos. Compañeros de la exclusiva universidad
privada en la que estudiaban.

Lo mismo por los pasos fronterizos que por las trochas, se


traficaba gasolina comprada en Venezuela a precios irrisorios y
vendida en Cúcuta y otras poblaciones colombianas a precio de
mercado. En cien mil barriles diarios se estimaba el contrabando de
un combustible que lo mismo abastecía el consumo vehicular que
satisfacía las exigencias de la producción de cocaína y la explotación
minera ilegal, particularmente de oro.

Apenas un escalón abajo se hallaba el contrabando de carne.

El 80% de la carne consumida en Cúcuta era adquirida en


Venezuela. A un tercio de su valor, fuera en canal o en pie. Sin control

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sanitario alguno. Lo importante era la ganancia, no la salud de la
gente.

El mercado era altamente generoso, como para dejarlo ir.

Cómo no iba a serlo si mercancías llegadas de Venezuela eran


vendidas a precios hasta 50 veces más altos que en su lugar de origen.

::::::

Las primeras semanas les fueron a los jóvenes emprendedores


generosamente productivas.

Hasta que fueron prendidos por la policía venezolana y puestos


a buen recaudo.

Porque habían incursionado en campos que ya pertenecían a


otros.

Las mafias antiguas de contrabandistas que no vieron con


buenos ojos que aquellos mequetrefes participaran del pastel que
consideraban propio. Ellos, los sindicatos, como eran conocidos
coloquialmente, habían abierto en una lucha feroz contra las
autoridades y su propia competencia las más de 150 trochas o pasos
ilegales por donde circulaba el contrabando y no estaban dispuestos a
compartirlos gratuitamente con nadie. Pidieron pues a sus cómplices,
los cuerpos policíacos, que los sacaran del negocio. Cosa que hicieron
con sólidos fundamentos jurídicos. Porque habían transgredido

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algunas de las disposiciones legales más presumidas por el gobierno
bolivariano, entre ellas la pureza de su moneda sacrosanta.

Fueron pues a parar a la cárcel en donde pasaron varios meses,


hasta que los abogados de su padre pudieron convencer a los jueces,
muy comprensivos, hay que decirlo, de que conmutaran la
clasificación de los delitos a una clase que les permitiera obtener la
libertad mediante una multa compensatoria del mal provocado a la
nación.

La prisión dejó a los chicos varias cosas, todas muy valiosas


para sus fines ulteriores. Es decir, para cuando recobraran la libertad.

Dureza de carácter.

Insensibilidad ante el dolor ajeno.

Disposición para hacer cosas sin parar en escrúpulos de ningún


tipo.

Y amigos que les proporcionaron listas de contactos en varios


países. Particularmente en México en donde pensaban sentar
residencia. Fue por eso por lo que, apenas traspuestas las rejas de la
cárcel, tomaron la ruta Cúcuta-Panamá-Ciudad de México. En esta
ciudad activaron los contactos colombianos. Sus amigos carcelarios
les habían dicho: “Donde estés, siempre habrá un paisano que verá
por ti.”

::::::

30
Eulogio España acostumbraba a conversar con los detenidos
antes de enviarlos a la prisión donde deberían permanecer en espera
de la disposición del juez quien tras el juicio de rigor decidiría sobre
su situación. A veces los hacía llevar a su despacho. Otras veces los
visitaba en la celda.

Al asesino material lo visitó en la cárcel. No tenía estómago para


sentarlo en una silla ante el escritorio de su despacho. Cuando llegó a
la crujía el muchacho estaba sentado en un banco de piedra adosado
al piso. Sostenía la cabeza con las manos, los codos encajados en los
muslos, y miraba al suelo.

― Hola ―lo saludó, como lo hubiera saludado usando cualquier


otra expresión parecida.

El muchacho tardó en reaccionar. Como si su mente hubiera


estado ausente y hubiera sido arrancada de donde estaba y traído a la
realidad. Se incorporó lentamente y correspondió al saludo. Un “hola”
desmayado. Era evidente que no había dormido bien. El rostro
demacrado hablaba de su estado de ánimo. Los ojos se hundían en el
rostro y las ojeras oscurecían sus ojos claros. Se enderezó
dificultosamente. Cuando lo hizo completamente, España reconoció
la buena estampa del chamaco. Casi uno ochenta. “Un buen ejemplar
criollo de las llanuras colombianas”, pensó. Blanco, macizo, digno
heredero de los antiguos pobladores de las riberas de los ríos

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Pamplonita y Táchira. “Es una lástima que vaya a terminar en prisión,
pero él se lo buscó.”

― Vine a despedirte. En un rato serás trasladado a la


penitenciaría del estado ―le dijo porque sentía que debía decir algo
antes de hacerle la única pregunta que lo había llevado ante él.

― Se agradece ―repuso el preso con un tono de voz suave,


educada, como correspondía a la clase social y económica en la que
se había formado.

“Su padre será un usurero, pero es indudable que en esa casa


había buenos modales”, se dijo Eulogio en silencio.

― Aparte de informarte que vas a ser trasladado, quiero hacerte


una pregunta. Sé, como lo sabes tú, que no estás obligado a
contestarme. Pero me gustaría conocer la respuesta.

― Diga. Estoy atento.

― Gracias. El asesinato fue brutal. Le destrozaste la cabeza.


¿Por qué esa saña? La pudiste haber matado de otra manera. Un
balazo. Una cuchillada. Ahorcamiento. ¿Por qué así? Huesos rotos,
masa encefálica desparramada, ojos desorbitados, sangre por doquier.
Seguramente, resultaste salpicado. ¿Cómo te protegiste? ¿O no te
importó?

El joven se detuvo un instante. Era evidente que conocía la


respuesta o las respuestas. Pero lo que no esperaba era que le hicieran

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la pregunta o las preguntas. Después de unos segundos durante los
cuales pareció hundirse en sus recuerdos para armar una contestación
adecuada, dijo:

― Escogimos esa por dos razones: a pesar de las apariencias es


muy humana. La víctima no sufre. Claro, a condición de que el golpe
sea definitivo. Es indoloro. Una cuchillada causa dolor. Más aún el
ahorcamiento. En estos casos, además, la víctima toma conciencia de
que la están matando. Es más traumático. La señora estaba dormida.
No sintió.

― ¿Sabías que la ibas a encontrar dormida?

― Sí. Su hijo informó que la señora tomaba un té especial para


conciliar el sueño. Lo bebía hacia las nueve y antes de una hora caía
en un sueño profundo. Dormía hasta el día siguiente. No me sintió
entrar.

― ¿La otra razón?

― Queríamos que fuera brutal.

― ¿Por qué? ―se apresuró Eulogio a preguntar.

La respuesta llegó de inmediato.

― Por la razón que usted acaba de mencionar. Fue brutal.


Queríamos que pareciera brutal. Porque queríamos que la opinión
pública y la policía y los jueces así lo vieran. Para predisponerlos
contra el asesino.

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― De acuerdo con sus planes, sería tu cuñado.

― Sí, señor.

― Pero no resultó como esperaban. ¿Por qué? ¿Qué salió mal?

El muchacho hizo intento de contestar. Seguramente se había hecho


esas preguntas. Y se las había contestado. Pero se contuvo. ¿Quién
sabe por qué? Y se limitó a decir:

― ¿Qué caso tiene?

Y no quiso hablar más.

::::::

A la hermana la hizo llevar a su despacho. Sin saber por qué, la


esperó de pie. En una esquina, lejos de la puerta de acceso. Quería
mirarla en plenitud.

La chica entró con las manos esposadas. Desde ahí ordenó que
la liberaran. Mientras lo hacían, la chica lo miró a los ojos. Él le
sostuvo la mirada por un segundo, y luego la barrió de arriba abajo.
Reconoció en ella la misma estampa de su hermano. Una hermosa
morena clara de ojos grandes y apacibles. La imaginó igual que sus
ancestros que habían llegado de la madre patria a ese rincón de
Colombia que figuraba en el mapa en la frontera con la República de
Venezuela.

Con una indicación, le señaló un sillón para que tomara asiento.

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― Cúcuta, Casa de duendes ―le dijo para sorpresa de la
chica―. Eso significa en lengua barí. Era asimismo el nombre del
cacique que gobernaba la región antes de la conquista. Pero sé que se
la conoce con otros nombres.

― Sí. La perla del norte, Portón de la frontera, La ciudad verde,


La ciudad de los árboles, La capital basquetera de Colombia.

― ¿Por qué Ciudad verde?

― Después del terremoto de 1875, que destruyó Cúcuta y otros


poblados de la región, sus pobladores tomaron la decisión de sembrar
un árbol nativo por cada recién nacido. Actualmente el área urbana de
Cúcuta tiene más árboles que habitantes.

― El árbol simbólico de Cúcuta es el cují.

― Correcto. Aquí lo llaman mezquite.

― No lo has extrañado.

― Para nada. Una aquí se siente en casa. Éste es un gran país.


A pesar de sus muchos y muy grandes problemas, aquí se puede
prosperar. Sólo hay que empeñarse.

España cambió el rumbo del discurso.

― Tengo entendido que la ciudad tiene un importante valor


histórico.

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Un destello de orgullo iluminó por un momento los ojos de la
chica.

― Del más alto valor para nosotros. En nuestra ciudad, tras el


llamado Congreso de Cúcuta, se redactó y promulgó, en 1821, la
constitución que creó la Gran Colombia, integrada por los actuales
Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador. Por eso es conocida
también como Cuna de la República.

― ¿Qué explica la fortaleza económica de Cúcuta?

― Sus recursos económicos y su ubicación geográfica. Y de


manera muy importante, el Tratado de Libre Comercio entre
Colombia y Estados Unidos de 2007. Cúcuta tomó ventaja de su
condición de ciudad fronteriza. Doblemente. Atrajo inversionistas
venezolanos deseosos de producir para exportar a Estados Unidos
como si fueran colombianos y recibe todo tipo de productos que los
venezolanos quieren comprar.

― Qué interesante. Cúcuta ha dado gente muy reconocida.

― Sí, señor. Virgilio Barco, presidente de la nación, y James


Rodríguez, futbolista de fama internacional. Entre otros. ¿Ha estado
allá, en Cúcuta, señor?

― Para nada. Leí un poco para poder charlar contigo. Las


descripciones de la ciudad y los videos me dejaron la impresión de

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que es una ciudad bonita y tranquila. Muy limpia y ordenada. Un lugar
que uno escogería para vivir.

― No se engañe. Todas las ciudades lanzan al aire mensajes


publicitarios que muestran un rostro idílico. Lugares bonitos, limpios,
rostros amables, gastronomía exquisita. Hay algo de eso. Pero hay
también cosas que no se cuentan porque crearían un sentimiento
contrario del que se busca. En Cúcuta hay mucho dolor. Mucha
violencia. Es una de las ciudades más violentas del mundo. Es un paso
sumamente importante entre mi país y Venezuela. Un incomparable
puente para el comercio ilegal de todo lo que se quiera imaginar.
Gasolina, en primer lugar. También drogas, armas, alimentos,
medicinas, divisas. Es también una arena donde el corrompido
régimen bolivariano inventa enemigos para desviar la atención del
pueblo de los grandes problemas nacionales, como el desabasto, la
corrupción y la hiperinflación. Un expediente muy socorrido es el
cierre de la frontera. Con cualquier pretexto, que no razón. El cierre
de la frontera significa el rompimiento de lazos antiguos, muy fuertes
e íntimos entre los pueblos vecinos. La separación entre hermanos. El
cierre fronterizo convierte a nuestros vecinos venezolanos en
damnificados de la política. Nadie como ellos padece tanto el dolor
de la necesidad. Se vuelcan sobre la frontera en busca de alimentos y
medicinas. Pero se encuentran con una barrera de soldados. Milicias
destacadas para detener a gente indefensa. Que quiere llegar a

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nuestras tiendas que rebosan de los bienes que hace tiempo
abandonaron los estantes de sus tiendas y almacenes. El mundo no
tiene idea de lo que se sufre en esas latitudes. Mientras el presidente
habla de los enemigos de una revolución que nadie ve, el pueblo
muere de hambre y de enfermedad.

Eulogio echó el cuerpo contra el respaldo, como acostumbraba


a hacer cuando quería lograr distancia. Y como sucedía siempre en
esos casos, el sillón respondió con un chirrido.

― Te agradezco que me hayas mostrado ese rostro de tu ciudad


que desconocía. Me apena que no hayamos tenido oportunidad de
conversar en otras circunstancias. Como has sido informada, en un
rato serás trasladada al penal donde permanecerás hasta que un juez
determine tu situación. Quiero hacerte una pregunta. No tienes que
contestar.

Antes de que Eulogio España pudiera justificar la pregunta, la


chica se adelantó:

― Escucho.

El jefe policíaco fue al grano.

― ¿Por qué querías culpar de la muerte de la señora a tu marido?

― Para que terminara en la cárcel.

― ¿Qué lograbas con ello?

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― ¿De verdad no lo comprende?

Eulogio España hizo un gesto de ignorancia.

― Para hacerme de sus bienes.

― Entiendo. Pero aun preso, continuaría siendo el propietario.

― Mientras viviera ― repuso la muchacha con una frialdad que


sacudió al jefe policíaco.

― ¿Entiendo bien? ¿Pretendías hacerlo matar?

La chica lo miró en una forma que encerraba una respuesta


muda, pero de una elocuencia total.

― ¿Quién lo haría? ¿Cómo?

― En todas partes hay un paisano dispuesto a ayudar a alguien


de la tierra. En las cárceles también.

::::::

El juicio fue breve. El veredicto fue contundente. Culpables. El


alegato del fiscal fue exacto, demoledor. Se esforzó en destacar dos
puntos: la crueldad con que había sido ejecutada la señora y la
descarnada intención de la esposa colombiana de inculpar a su marido
para hacerlo asesinar en la cárcel, aparentemente por algún paisano
recluido en el penal donde éste cumpliría la condena.

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El padre de los muchachos comprometió fuertes sumas de
dinero para obtener su absolución. Contrató al mejor despacho de
abogados de la ciudad. Fue inútil.

El marido ofendido había asistido a todas las audiencias. Se


presentaba puntualmente portando un juego de gafas oscuras que
escondían los ojos de las inquisiciones de los curiosos y se había
dejado crecer la barba a grado tal que era imposible detectar en el
rostro la mínima emoción. No face diría alguien afecto a la
expresiones absolutas y efectistas.

::::::

Algunos meses después, el joven salía del despacho del notario


que lo había sido de sus padres. Se detuvo brevemente en la banqueta.
Vestía fundamentalmente de blanco. En una forma que remitía a las
indumentarias típicas de los varones de Tabasco y Veracruz. La línea
del pantalón lucía nítidamente resaltada. Una guayabera de lino
presumía, a la altura del corazón, en el borde superior de la bolsa
izquierda, para ser precisos, las letras iniciales de su nombre. Zapatos
y cinturón de cuero café oscuro Louis Vuitton abonaban al ajuar. Y
un fino sombrero panamá ponía un punto especial a la elegante
vestimenta. La barba había desaparecido, no así los lentes obscuros,
que llevaba en la mano izquierda. Con la derecha sostenía un
portafolio de la misma marca y color que el cinturón y el calzado. En

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él llevaba la documentación que daba fe de las propiedades que había
heredado. Cuentas bancarias, bienes raíces y contratos accionarios.

El sol brillaba intensamente. Como correspondía a la media


mañana de un día de mayo. Alzó la vista, pero hubo de cerrar los
párpados. Recordó a su mujer. La imaginó en la celda. O por la hora,
quizá estuviera en el patio común, caminando de un lado a otro. Sin
rumbo, en un deambular mecánico, simplemente para matar el
tiempo. O sentada en algún lugar apartado mirando al vacío, con la
mente puesta en algún lugar lejano. Cúcuta, tal vez.

Parsimoniosamente se puso los lentes. Miró a derecha e


izquierda. Y se enfiló en el primer sentido. Una sonrisa pícara, como
de burla, afloró de su boca de labios finos. Y una chispa de contento
iluminó sus ojos entrecerrados. Se alejó caminando pausadamente.
Rítmicamente. Con seguridad. Como cumplía a un hombre que
después de muchos infortunios se había alzado con el triunfo.

Luego recordó el encuentro. La vez cuando se conocieron. Allá,


en la ciudad capital, en casa del senador que quería ser gobernador.
Posición que no logró porque aun cuando cosechó todas las simpatías
y adhesiones que se propuso, no consiguió la única que contaba: la
del presidente de la república. Vino a su memoria cuando la chica le
dijo, con la coquetería que sólo las mujeres poseen y manejan con
inigualable maestría: “me enseñas”. Ella. Tan joven. Tan bella. Tan
atractiva. Lo había deslumbrado entonces. Y enamorado en un dos

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por tres. Por eso aceptó, en una tarde de acercamiento, y cuando él se
dolía por la negación absoluta de su padre a perdonarlo por el engaño
de que lo había hecho víctima y de su terminante oposición a que se
casara con ella, la proposición que la chica misma le hiciera:
“casémonos entonces”. Recordó que la boda había tenido lugar en un
juzgado civil, cuyo juez pasó por alto ciertas formalidades a cambio
de alguna compensación en efectivo.

Eran tiempos felices, a pesar de los tragos amargos que tuvo


que pasar por la escasez de recursos, paliados por las remesas que la
chica recibía desde la lejana Colombia de casa de su padre.

Sonrió, pero ahora de una manera distinta.

Luego, un rictus de amargura pintó su cara cuando recordó el


despertar. Cuando intuyó que algo inconfesable le ocultaba su mujer.
Que algo tramaba. Cosas que no iban en su beneficio.

Primero fue su insistencia en que le platicara la forma como


transcurría la vida diaria de su madrasta. Sus hábitos. Sus
pasatiempos. Su trabajo. ¿Por qué ese interés?, se había preguntado.
Luego cuando descubrió que su esposa guardaba entre sus cosas
personales un teléfono tipo lamparín. A pesar de que había mantenido
una conducta respetuosa sobre los asuntos personales de su mujer,
algo lo indujo a hurgar en la memoria del aparato. Fue cuando
descubrió que mantenía comunicación con un hermano. Las llamadas
le mostraron un recorrido extraño, por decir lo menos. Cúcuta,

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Bogotá, Ciudad de México, Culiacán. ¿Por qué su mujer no le había
informado de un hecho tan importante?

Se permitió sospechar que tal ocultamiento debía de encubrir


algo de más fondo.

Dicha sospecha se vio reforzada cuando descubrió que algo no


encajaba con una manía que cargaba desde su adolescencia. Era una
ridiculez que le había ganado mofas de sus amigos.

Tenía la costumbre de colocar las llaves en el llavero en función


de su tamaño. La de mayor tamaño primero, luego las demás, de tal
manera que formaran, según imaginaba, una escalera. Para subir o
para bajar. Y para que el efecto fuera completo, las acomodaba con
los dientes orientados en la misma dirección. No había, pues, llaves
chicas revueltas con otras de mayor tamaño, ni unas con los dientes
encontrados con respecto de los de las otras.

Por eso, cuando descubrió que la llave de la casa de su madrastra


no sólo no estaba en el lugar que debía ocupar y que su dentadura
tenía una orientación contraria a la de las demás, sus alarmas se
prendieron. Y alcanzaron nivel de angustia cuando se percató de que
otro tanto había ocurrido en el llavero que guardaba las llaves de su
clóset y del vehículo de la empresa que tenía asignado
permanentemente, que incluía la del encendido del motor, la de la caja
de carga y una especial donde guardaba facturas, constancias de
entregas y pedidos, y el dinero cobrado por las ventas. Aquí, había

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sido la del encendido la que denunciaba la manipulación que había
tenido lugar.

Cuando las alarmas bajaron de nivel, tomó conciencia de que


algo muy grave planeaba su mujer, que sólo podía tener dos objetivos:
su madrastra y él mismo, aunque no alcanzaba a desentrañar los
propósitos finales. Pero intuyó que podía obtener provecho, a
condición de que se protegiera de los efectos que pudieran dañarlo.
Por eso se cuidó la espalda en cada acto que realizaba. En todo lugar
procuraba dejar constancia de su estancia y testigos que lo
respaldaran.

Como sucedió en el Boston.

Por la ventanilla de la habitación vio cuando un joven de buen


cuerpo sustraía la camioneta y miró cuando la hubo regresado a su
lugar. Hizo cuentas y concluyó que algo definitivo había tenido lugar.

Por eso le pidió a su compañera de ocasión que después de la


medianoche le había expresado su intención de dejar la habitación que
esperara hasta la mañana, para lo cual le ofreció una atractiva cantidad
de dinero que pagó por adelantado.

Fue así como volvió contra su mujer la trampa que ésta le había
tendido. Recordó asimismo la única conversación que habían
sostenido en la prisión.

― ¿Por qué? ― le había preguntado.

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― ¿No lo entiendes? ― le había contestado la muchacha
mirándolo fría y directamente a los ojos.

― No. Explícamelo.

― Por dinero. Sólo por eso. Así fue desde el principio. GMG.

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