Está en la página 1de 517

Melanie Klein
Su mundo y su obra
Conocida como la mujer que se atrevió a desafiar las
teorías tic Sigmund Freud. la importancia de Melanie
Klein en el terreno del primer psicoanálisis aún no ha
obtenido Inconsideración que merece. Basándose en
una gran cantidad de documentos inéditos y en amplias
entres islas con personas que conocieron a Melanio
Klein y trabajaron con ella. Phyllis Gross- kurth ha
escrito una biografía fascinante y compleja. una
soberbia relación de los acontecimientos externos o
internos que conformaron la existencia de esta
psicoanalista austríaca, autora, entre otros, de textos
básicos como El psicoanálisis de niños o Amor, culpa
y reparación (ambos editados también por Paidós, en el
marco de la publicación de sus obras completas).
Lo curioso de este libro es que. a graneles rasgos, la
biografiada se aparece como uno de esos poetas ro-
mánticos que lu tradición quiere condenados a la
desgracia y la tragedia. Víctima de una juventud
frustrante y de un matrimonio infeliz, ««redimida» por
la lectura de las obras de Freud. envuelta en un
torbellino de análisis y contranálisis. y amargamente
enfrentada a la hija del hombre que la «salvó» -Anna
Freud-. Klein parece casi un personaje ficticio
implicado en acontecimientos que continuamente le
superan, pero también hecho carne, realizado en la
tonalidad atrozmente sombría de sus concepciones
teóricas. Yendo mucho más allá que Freud, atribuyó
impulsos violentos y sádicos al universo infantil,
estudió la depresión, (a ansiedad y el complejo de
culpa, y se concentró en el concepto de agresividad,
que en sus estructuras teóricas venía a sustituir a la
libido freudiana. Esta visión sumamente pesimista de la
condición humana se basa en los impulsos destructivos
de la especie, pero también es consecuencia de una
mente atormentada desde la hez que Grosskurth se
dedica a explorar con curiosidad de entomólogo.
_

MELANIE KLEIN
________________
Su mundo y su obra
_
PHYLLIS GROSSKURTH

MELANIE KLEIN
______________________________________________________________________________________________________________________________________________

Su mundo y su obra

_________
PAIDOS
editorial

México — Buenos Aires — Barcelona


Título original: Melanie Klein - Her World and Her Work
Publicado en inglés por Hodder and Stoughton, Londres

Traducción de Eduardo Sinnot

Cubierta de Alfredo Astort

1.a edición, 1990

© 1986 by Phyllis Grosskurth


© de todas las ediciones en castellano,
Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona; y
Editorial Paidós, SAICF,
Defensa, 559 - Buenos Aires.
© de esta edición
Editorial Paidós Mexicana, S.A.
Guanajuato 202-302 06700 Col.
Roma México, D.F.
Tels.. 564-7908 • 564-5607

ISBN: 968-853-180-4

Impreso en México
Printed in México
A MI HIJO BRIAN,
CON AMOR Y GRATITUD
Nunca hemos presumido de que nuestro conocí-
miento y nuestra capacidad sean completos y
concluyentes. Estamos ahora tan dispuestos como
antes a admitir las imperfecciones de nuestra
comprensión, a aprender cosas nuevas y a
modificar nuestros métodos del modo como su
perfeccionamiento exija.
SIGMUND FREUD, Lines of Advance in
Psycho- Analytic Therapy (1919).
Estas fueron las primeras palabras que Melanie
Klein escuchó pronunciar a Freud.
INDICE
PROLOGO 11

PRIMERA PARTE; 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST


UNO. Recuerdos tempranos 15
Dos. Emanuel 35
TRES. Matrimonio 54
CUATRO. Crisis 74
SEGUNDA PARTE: 1920-1926: BERLÍN
UNO. La protegida 103
Dos. Limbo 129
TRES. Ostracismo 146
TERCERA PARTE: 1926-1939: LONDRES
UNO. La Sociedad Psicoanalítica Británica 169
Dos. Gallito del lugar 199
TRES. Duelo 229
CUATRO. La llegada de los Freud 250
CUARTA PARTE: 1940-1941: CAMBRIDGE Y PITLOCHRY
UNO. Dilación . 267
Dos. Richard 280
QUINTA PARTE: 1942-1944: LAS CONTROVERSIAS
UNO. Reinicio de las hostilidades 299
DOS. Mujeres en guerra 328
TRES. El pacto de damas 352
INDICE
10
SEXTA PARTE: 1945-1960: EL MUNDO DE POSTGUERRA
UNO. Aladres e bijas 383
Dos. La matriarca 405
TRES. Envidia 428
CUATRO. Lucha política 445
CINCO. LOS últimos años 456

CRONOLOGIA 485
APENDICES 491
REFERENCIAS 497
BIBLIOGRAFIA 509
AGRADECIMIENTOS 527

INDICE ONOMASTICO Y TEMATICO 531


PROLOGO

S
e ha asumido, en general, que Melanie Klein dejó poca documenta-
ción acerca de su vida. En realidad existe abundante material, conser-
vado en gran parte por la Asociación Melanie Klein. Inevitablemente
he experimentado la frustración de encontrarme con un completo silencio
a propósito de algunos episodios y de algunas de sus relaciones, pero creo,
en razón de los muchos documentos disponibles, que ahora estamos en
condiciones de valorar la relación entre la mujer y su obra. La
Asociación Melanie Klein ha depositado los papeles de Klein en el Instituto
Wellcome de Historia de la Medicina, donde otros estudiosos podrán
examinarlos y valorarlos por sí mismos.
No podría haber emprendido la elaboración de este libro de no
haber contado con las bases teóricas y biográficas establecidas por la
doctora Hanna Segal en su Introduction to the Work of Melanie Klein
(1978) y en su Klein (Fontana Modern Masters Series, 1979). Las notas
de Edna O' Shaughnessy acerca de las Collected Works han sido para mí
sumamente valiosas. La doctora Segal y la Asociación Melanie Klein me
han permitido consultar sin restricciones los papeles de Klein, y se han
esforzado de muchísimas maneras por ayudarme en mi trabajo. El hijo
de Klein, Eric Clyne, me ha permitido examinar documentación familiar,
me ha sugerido otras posibles fuentes de información, y ha respondido
pacientemente a mis persistentes preguntas. Tiene, afortunadamente, una
memoria extraordinaria para lo que él llama “trivialidades”; pero lo que a
él podría parecerle trivial, resulta de incalculable valor para el biógrafo.
También sus parientes me han ayudado muchísimo. Dispersos hasta los
más lejanos confines del mundo por las persecuciones, la guerra y la
revolución, su historia constituye una diáspora en miniatura.
Estoy también muy agradecida a la Sociedad Británica de Psicoanálisis.
Decenas de psicoanalistas me han concedido parte de su tiempo, por lo que
[12]
PROLOGO
me complacerá mencionarlos para manifestarles mi agradecimiento, junto a
muchas otras personas que me han ayudado, al final de este libro. El doctor
Dermis Duncan, que fue archivista del Instituto Británico de Psicoanálisis, me
permitió gentilmente consultar sus archivos. Pearl King, ex presidente de la
Sociedad Británica de Psicoanálisis, y su actual archivista, me han guiado a
través de su historia, y generosamente me han permitido citar material inédito.
Tanto John Jarrett, administrador del Instituto, como Jill Duncan, su
bibliotecaria, me han proporcionado una amabilísima e ilimitada ayuda.
Muchas personas han intervenido en la traducción del material en lengua
alemana, pero en su mayor parte esa traducción ha sido obra de Bruni Schling,
cuya precisa tarea ha sido invalorable, en especial para los capítulos referentes a
los primeros años de Melanie Klein.
También deseo agradecer a mis alumnos de los Women’s Studies at New
College, de la Universidad de Toronto, por haberme alentado y haber
contribuido con su discusión.
Ninguna biografía es definitiva. Otros estudiosos corregirán y trabajarán
mi interpretación de Melanie Klein. Este libro podría haberse enriquecido de
haber podido consultar la correspondencia entre Freud y Karl Abraham y entre
Freud y Joan Riviere, la cual permanece en la Biblioteca de) Congreso con una
prohibición que rige hasta el año 2000. Esta consulta me fue denegada por el
doctor K.R Eissler, que era entonces secretario de los Archivos de Sigmund
Freud. Su actitud ha sido una dramática excepción a la cooperación que recibí en
otros lugares.
El autor de una biografía sólo puede crear la figura aproximada de un ser
consciente; y si la mujer que emerge de ésta no.es la que algunas personas
recuerdan, invito al lector a que considere que en el curso de nuestras vidas cada
uno de nosotros representa distintos personajes en su relación con los demás.
Mi libro termina con la muerte de Melanie Klein en 1960, pero la historia
en modo alguno concluye allí. Elizabeth Bou Spillius ha escrito acerca de las
elaboraciones del pensamiento kleiniano en la Sociedad Británica (“Some
Developments from the Work of Melanie Klein”, International Journal of
Psycho-Analysis [1983]64, Tercera parte, 321-332).
Quedan por escribir muchos libros acerca de la difusión y el desarrollo de
las ideas kleinianas en todo el mundo.
Pocas profesionales se han visto sometidas a tanta malicia y a rumores,
aceptados como hechos, tan numerosos como los que debió soportar Klein
durante su vida y después de su muerte. Espero haber presentado en este libro
una valoración más equilibrada.
Phyllis Grosskurth
Toronto, 1985
PRIMERA PARTE

__________________

1882-1920
De Viena a Budapest
UNO

Recuerdos tempranos

M elanie Klein poseía la materia de la que están hechos los mitos.


Aparentemente reservada acerca de su pasado, inquebrantable-
mente segura de sí acerca de su presente, su mismo ser dio lugar
a la especulación y a la sospecha. En cierto sentido, ella se buscó ese enig-
mático papel; en otro sentido, le fue impuesto tanto por sus enemigos como
por sus amigos. Sus enemigos —que fueron muchos durante su vida y tam-
bién después— difundieron indecentes chismorrees de su persona. Sus
defensores aseguraban al mundo, con protector afecto, que ella era suma-
mente discreta con su vida privada. Era más transparente de lo que cualquie-
ra de ellos advirtió pero, en su turbulento paso, adquirió la cautela necesaria
para poner a salvo su obra, y durante la mayor parte de su carrera la mujer y
su obra fueron indistinguibles.
Melanie Klein fue una mujer que tenía una misión. Desde el momento
en que, en 1914, leyó el trabajo de Freud Sobre los sueños (1901),* se sintió
arrebatada y transformada por el psicoanálisis y se dedicó a él. Cautivada por
el concepto de inconsciente, marchó tras su seductor hechizo hasta pro-
fundidades especulativas ante las que el propio Freud había retrocedido. Ese
fue su error: por haberse atrevido a abrir sus propios senderos en la investi-
gación se la difamó, se la insultó y se la hizo objeto de burla. Al atacar a la
mujer sus detractores procuraron quitar valor a su contribución al conoci-
miento de la psique. Las insinuaciones acerca de un sombrío pasado se han
difundido tanto que proliferó toda una subliteratura acerca de la mujer, su
* Über den Traum.
[16] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
familia y su obra temprana. La verdad es a la vez más simple y más compleja
—y, por cierto, más elusiva— de lo que imaginaron sus difamadores.
Durante la última década de su vida Melanie Klein comenzó a recibir
muchas demandas, en especial desde los Estados Unidos, sobre la historia y el
desarrollo de sus conceptos. Le era grato ese interés porque temía que su obra
no sobreviviese, ansiedad que sus colegas le escucharon expresar. Ante las
preguntas que venían del extranjero ella enumeraba los hechos de su vida de
manera prácticamente rutinaria: la información de que su padre había sido
médico y de que también ella había intentado estudiar medicina, pero que un
temprano matrimonio se lo impidió; su ingreso en el psicoanálisis a partir de
sus lecturas de la obra de Freud mientras vivía en Budapest y su consiguiente
análisis con Ferenczi; el aliento que recibió de este último para que llevara a
cabo investigaciones acerca del análisis de niños; su ingreso en el grupo de
Karl Abraham en Berlín, en 1921; la invitación de Ernest Jones para que diera
un ciclo de conferencias sobre el análisis de niños en la Sociedad Británica de
Psicoanálisis en 1925, y su ulterior decisión de instalarse en Inglaterra el año
siguiente. A ello se añadía una bibliografía formada por sus obras
fundamentales: El psicoanálisis de niños (1932), Contribuciones al
psicoanálisis, 1921-1945 (1948), Desarrollos en psicoanálisis (1952),
Nuevas direcciones en psicoanálisis (1955),* y Envidia y gratitud (1957).
Relato del psicoanálisis de un niño se publicó en 1961, un año después de su
muerte.
En 1953 empezó a trabajar en una breve autobiografía que continuó,
con interrupciones, hasta 1959, año que precedió al de su muerte. Es ése un
escrito cauteloso, repetitivo, ingenuo, evasivo... y sumamente valioso para
comprender a la mujer. Hay también muchas páginas fragmentarias, como si
estuviese intentando reelaborar el documento hasta que alcanzase forma
definitiva y aceptable. De igual modo, durante toda su vida acostumbró a
escribir esbozos iniciales de sus cartas más importantes. Consciente de su
posición dentro del movimiento psicoanalítico, advertía la importancia de
consignar hechos elegidos entre los de su vida mis temprana. A través de la
implacable fachada de su imagen pública se transluce tanto una infantil vul-
nerabilidad como un maduro conocimiento de sí.
Melanie Klein fue la primera psicoanalista europea que se convirtió en
miembro de la Sociedad Británica de Psicoanálisis y al fin la suya pasó a ser
la influencia dominante. Figura algo exótica durante su establecimiento en In-
glaterra en 1926, de la cual se rumoreaba que no andaba en buenas relaciones
con los Freud, padre e hija, con mala fama en la Sociedad de Berlín, divorcia-
da en días en que el divorcio estaba aún envuelto en un aura de escándalo, se
convirtió inevitablemente en objeto de chismorreos. ¿Qué ha hecho, se pre-
guntaba, con su marido? Hasta hoy circula la historia de que lo devoraba.
* Desarrollos en psicoanálisis y Nuevas direcciones en psicoanálisis incluyen también
trabajos de colegas suyos.
RECUERDOS TEMPRANOS [17]

La Autobiografía inédita es propiedad de la Sociedad Melanie Klein. Su


historia, según ella la relata, es el registro “oficial”. No obstante, en 1983 se
descubrió en el desván de su hijo una amplia colección de cartas familiares.
Esas cartas revelan información que no concuerda con algunos de los hechos
narrados en la Autobiografía. ¿Por qué, entonces, no las destruyó, cuando sin
duda sabía que finalmente se descubrirían? Muchas explicaciones son
posibles. Acaso no se destruyen algunas cartas porque el sujeto quiere que
finalmente prevalezca la verdad, aun no siendo agradables algunos de sus
aspectos; se es, empero, ambivalente al exponer los deseos, los temores y las
dificultades a examen público.
En el caso de Klein es posible que ella simplemente no tolerase com-
partir con los demás las situaciones más importantes de su pasado. La mayo-
ría de las cartas de su madre y de su hermano parecen haber sido guardadas,
en tanto que de su marido subsiste sólo una carta. Las cartas reevocan a sus
parientes de forma muy concreta. Ante el biógrafo distante, su madre y su
hermano emergen de las cartas como personas muy diferentes de las retrata-
das en la Autobiografía; y es concebible que Klein los idealizara hasta el
punto de mezclar indisolublemente la figura real y la figura oficial.
En su Autobiografía ella retrocede y avanza en el tiempo y, al reflexio-
nar acerca del pasado y del presente, da forma a una novela familiar. Lo
mismo que el analista, el biógrafo descubre mitologías personales que son
reveladoras, porque ponen de manifiesto transformaciones, condensaciones y
evasiones. Pero, ¿cómo abarcar su turbulenta vida en una sola narración?
¿Cómo otorgar el peso correspondiente a cada uno de los hechos y a cada una
de las personas que conformaron el curso de esa vida? En sus antecedentes se
combinaban convencionalidad y rebeldía. Las primeras etapas de la vida de
su padre la fascinaban, pero los pormenores que ella presenta son
fragmentarios e inconexos. Ni siquiera menciona la fecha de su nacimiento
(1828), pero explica que Moriz Reizes procedía de una familia rígidamente
ortodoxa de algún lugar de Polonia: aparentemente ella considera irrelevante
la localización exacta. Se trataba en realidad de Lemberg (hoy Lvov), en
Galitzia, sede de una de las universidades europeas más viejas y distingui-
das.* Describe a su abuelo como “hombre de negocios”, posiblemente un
pequeño comerciante o un mercader de ganado o de madera. Durante años su
padre fue conocido como bocher, esto es, como estudiante del Talmud,
antigua codificación de la ley y la tradición judías en varios volúmenes. Pero
Moriz debe de haber tenido un mundo interior muy privado, en el que ali-
mentaba sus propios sueños y sus propias esperanzas, influido quizá por el
Haskalah, el movimiento judío de emancipación que halló una fuerte oposi-
ción tanto del rabinato ortodoxo como del Hasidim de Galitzia. Un día anun-

* En esa época Galitzia era parte del Imperio austro-húngaro. Como país independiente,
Polonia se formó después de la Primera Guerra Mundial. Tras la Segunda Guerra Mundial,
Lvov fue tomada por los rusos y es ahora parte de Ucrania.
[18] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
ció a sus piadosos y sencillos padres que había aprobado los exámenes pre-
vios a la matriculación y que, peor aún, se proponía estudiar medicina.
Mientras estuvo en la Escuela de Medicina (presumiblemente en Lvov) se
ganaba el sueldo haciendo de preceptor. Muchos años más tarde le contó a su
hija que cuando estaba haciendo sus primeros exámenes sabía que su madre,
en casa, rezaba para que le fueran mal. Cuando terminó sus exámenes había
roto completamente con la tradición ortodoxa, si bien nunca cortó los lazos
que lo unían a la familia.
Cuando era niña, a Melanie le agradaba escuchar acerca de la valentía
de su padre durante una epidemia de cólera. En respuesta a una demanda de
médicos para asistir a las aldeas polacas, no sólo lo hizo sino que, a diferencia
de otros médicos, que preferían explicar a las víctimas desde la ventana lo que
debían hacer, Moriz Reizes entraba osadamente en las viviendas y trataba a
los pacientes como lo hubiera hecho si ellos hubiesen padecido cualquier otro
mal. Al volver halló una carta de su madre en la que le rogaba que no
arriesgase la vida. Es irrelevante que ese acto de heroísmo realmente haya
tenido lugar o no: Klein creía que así había sido.
Moriz Reizes estuvo casado dos veces, pero Klein no precisa los
detalles del primer matrimonio. Probablemente tuvo lugar antes de iniciar él
sus estudios de medicina, puesto que se casó por el rito judío con una
muchacha a la que nunca había visto antes de la boda. El matrimonio no tuvo
éxito y “pronto se disolvió” cuando, según el cálculo de Klein, su padre tenía
unos treinta y siete años. No se consigna ninguna razón, pero ello es muestra
de su independencia y su rebeldía.
Promediaba los cuarenta cuando, de visita en Viena, conoció a una
belleza de negros cabellos, Libussa Deutsch, alojada en la misma casa de
huéspedes. Inmediatamente se enamoró de aquella “culta, ingeniosa e inte-
resante” joven de tez blanca, finos rasgos y ojos expresivos. El certificado de
defunción de Libussa revela que había nacido en 1852, veinticuatro años
después que su entonces futuro marido. Si era tan bella e hija de un rabino,
¿por qué se casó con ese polaco desconocido, de quien no hay indicios de que
estuviera locamente enamorada?
En realidad Reizes trabajaba como profesional en Deutsch-Kreutz,
una pequeña aldea (que más tarde se convertiría en la localidad austríaca de
Burgenland) situada a unos ciento treinta kilómetros de Viena, y a cuatro o
cinco kilómetros dentro de los límites de Hungría. Por otra parte, Libussa no
vivía en Deutsch-Kreutz (donde Klein la sitúa), sino en Warbotz (Verbotz),
en Eslovaquia. Se le dio el nombre de Libussa por el fundador mítico de
Praga, quien en el siglo XIX se convirtió en símbolo de la identidad nacional
checa. El que Klein omita el verdadero lugar de nacimiento de su madre
puede explicarse por el menosprecio que le inspiraban los eslovacos, en par-
ticular el modo como los judíos eslovacos hablaban el idish. Sin embargo, su
madre estaba orgullosa de sus orígenes y en una carta de 1911, dirigida a
RECUERDOS TEMPRANOS [19]

Melanie cuando ésta estaba de vacaciones en el Báltico, citaba palabras de su


nueva criada eslovaca: “Usted verá qué muchacha leal encontrará en mí, pues
sólo una muchacha eslovaca puede ser tan leal y fiel cuando es tratada tan
bien como yo lo soy. Los húngaros son todos pérfidos, sucios, ladrones e
irresponsables”.
Melanie se sentía muy atraída por el ambiente cultural de la familia de
Libussa, en la cual tanto el padre como el abuelo eran muy respetados por su
saber y su tolerancia. (El hermano de Libussa, Hermann, que había de
desempeñar un papel de importancia en sus vidas, asistía a una escuela de
jesuitas.) El bisabuelo de Melanie, el rabino Mandel Deutsch, era famoso por
su cortesía. Uno de los anhelos de la infancia de Melanie era el de haber
podido conocer a su abuela materna: “Me hubiese gustado que aún viviese,
porque nunca tuve una abuela y sabía que ella había sido una mujer delicada,
amable y agradable”. Es ésta una afirmación interesante, tratándose de una
mujer que parece haber tenido mucho más éxito como abuela que como
madre. También es interesante que nunca haya conocido o demostrado interés
alguno por su abuelo materno. Acaso haya tomado esa falta de interés de su
propia madre. En la familia se registraba ciertamente un esquema de
matriarcado. Pero Melanie jamás se forjó siquiera una imagen de la madre de
su padre, y manifiestamente desdeñaba a toda la familia de él. Dice de los
Deutsch: “A diferencia de lo que ocurre con la familia de mi padre, la
impresión que en general recibo de ella es la de una buena vida familiar, muy
sencilla, que se desenvolvía en circunstancias muy restringidas, pero con
mucho conocimiento y educación”. Setenta años más tarde Klein aún se
estremecía al recordar su irritación hacia la hermana de su padre y su marido
cuando aparecían vestidos con el kaftan ritual que los judíos polacos habían
tomado de los aristócratas del siglo XVIII.
De acuerdo con Klein, a Libussa y a sus dos hermanas les apasionaba
aprender, y ello hizo que estas jóvenes autodidactas adquirieran
conocimientos de la lectura y de la discusión con su padre. Melanie admiraba
el modo como su madre había aprendido por sí misma a tocar el piano.
Conservaba un vivido recuerdo de Libussa recorriendo de un lado a otro la
galería de una casa de verano que había alquilado en Dornbach, en las afueras
de Viena, enteramente concentrada en un libro de francés que estaba
aprendiendo de memoria. Para Klein eso era una demostración de pasión
intelectual, pues las oportunidades que su madre tenía de poner en práctica
esos conocimientos de lenguas eran casi inexistentes. Hay pruebas de que, en
su juventud, Libussa sentía cierto respeto por el saber: se sintió atraída por su
futuro marido en parte porque él dominaba diez lenguas. Otros parientes
recuerdan a Karoline como la hermana más inteligente, en tanto que Libussa
era reconocida como la belleza de la familia. En todo caso, las últimas cartas
de Libussa están escritas en un alemán que demuestra que la lengua no le
resultaba demasiado fácil.
[20] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
Las canas que en 1874 se intercambiaba la pareja, ya comprometida,
ofrecen un matiz ligeramente a. auto a la imagen que Melanie tenía de su
madre. Libussa admite abiertamente que redactaba con mucho cuidado las
cartas que dirigía a su novio, escribiéndolas en ocasiones dos o tres veces.
Moriz deseaba insistentemente que se escribieran en francés, sugerencia que
Libussa rechazaba tercamente aduciendo como excusa que no deseaba privar
a los demás miembros de su familia del placer de leer sus cartas. Las frases en
francés que, no obstante, incluye, están expresadas con poca fortuna. Moriz
escribe con florido ardor, Libussa con conscientes cortapisas.
“Desdichadamente advierto con claridad”, escribe en una ocasión, “que no
seré capaz de seguir tus elevados y entusiásticos vuelos, los cuales te man-
tienen en las más encumbradas alturas, a entusiásticas distancias siempre
crecientes. Mis alas están atadas. Estoy demasiado ligada a la tierra para
soñar siquiera con seguirte”.
Después de su casamiento en 1875, la pareja se estableció en
Deutsch-Kreutz. Allí nacieron tres niños en rápida sucesión: Emilie en 1876,
Emanuel en 1877 y Sidonie en 1878. En un determinado momento,
probablemente entre el nacimiento de Sidonie y el de Melanie, el 30 de marzo
de 1882, la familia se trasladó a Viena,* sin duda con la esperanza de mejorar
su modesta situación económica. No pueden haber sido tan ingenuos para
alentar la expectativa de que un maduro médico de origen judío pudiese
alcanzar éxito profesional.** El doctor Reizes se vio obligado a dedicarse a la
odontología (en realidad, al principio parece haber sido asistente de un
dentista) y a complementar sus ingresos trabajando como médico de un teatro
de vodevil.
La difícil situación económica hizo necesario que Libussa abriese un
negocio, lo que no sólo era algo humillante para la mujer de un médico, sino
algo personalmente muy infausto, porque, además de plantas, vendía reptiles,
ante los cuales temblaba de horror. Melanie no especula al respecto de que su
madre optase por un tipo de comercio algo extravagante, pero señala que era
la belleza de su madre lo que hacía que a los clientes les gustase entrar para
conversar con ella. Añade que los clientes de Libussa “comprendían” que ella
era una “dama”, no una común administradora de un comercio'. negación más
bien curiosa para que ella se sienta obligada a hacerla. Uno de los recuerdos
más tempranos de Melanie es el de cuando era llevada a visitar ese lugar en el
que su madre desaparecía todos los días. Ese comercio fue parte integrante de
sus vidas hasta 1907, cuando Libussa finalmente se libró de esa carga.

* Melania nació en Tiefer Graben 8.


** Fue en 1882, año del nacimiento de Melanie Klein, cuando las fraternidades estu-
diantiles germanoaustríacas promulgaron la insultante resolución de Waidhofer, la cual
declaraba que “todo hijo de madre judía, todo ser humano que tenga en sus venas sangre
judía ha nacido sin honor y por tanto debe carecer de todo sentimiento humano decente”.
RECUERDOS TEMPRANOS [21]

La fortuna de la familia cambió cuando apareció el padre de Moriz


Reizes (Klein no dice cuándo). Desde la muerte de su mujer había vivido con
la hija, quien un día le obligó a marcharse de su casa. La madre de Melanie
“rápidamente” acordó que se quedase con ellos y, al parecer, vivió
pacíficamente con la familia hasta su muerte, hecho que cambió sus vidas,
pues no sólo les dejó algunos ahorros, dice ella, sino también un billete de
apuestas premiado con diez mil florines.
En lo que se refiere a Melanie, su nuevo apartamento situado en la
medioburguesa Martinstrasse, le parecía lujoso. La Martinstrasse estaba en
Wachring, entonces un barrio periférico de Viena. Omite detalles acerca del
primero, el apartamento más bien escuálido de la Borsegasse en el que habían
estado viviendo,* mientras que todo lo del nuevo le agradaba: el balcón, el
brillo de la plata, el hecho de que tenía zapatos nuevos y de que su padre le
regaló a su madre aros de diamante para celebrar la ocasión. Al mismo tiempo
su padre compró la casa en la que ejercía la profesión de odontólogo. “Me
parecía algo grandioso que mis padres realmente poseyeran una casa. El
orgullo, la dicha que sentía por esos cambios me mostraban que estaba
descontenta con las dificultades económicas, con la pobreza, diría, que pre-
cedió a la mudanza.”
En este punto parece Klein haberse entrampado enteramente en la
novela familiar. En realidad el dinero era préstamo del hermano menor de
Libussa, un exitoso abogado que había vivido con ellos cuando era estudian-
te.** En una carta del 9 de septiembre de 1906 Libussa escribía a Melanie y
Arthur Klein que el tío Hermann “consideraba que lo mejor que había hecho
en su vida era haber intervenido en nuestro favor y habernos permitido vivir
libres de toda preocupación por el alquiler durante diecinueve años, lo cual
finalmente nos puso incluso en posesión de una propiedad. En esa ocasión se
recordaba que él reunía dinero cada vez que había que pagar el alquiler; él no
sacó provecho de ello en modo alguno. En esa época, dice, había ganado
veinte mil guldens,*** de los cuales invirtió nueve mil en la casa. Amueblarla
le había costado varios miles más; los restantes los necesitaba para sus
negocios. Si en ese momento hubiera comprado la casa en Brigittenau, su
valor ahora se habría triplicado. Pero, dice, no quiere agobiarme con todo eso
ahora; sólo se entregaba a pensamientos melancólicos. Ahora realmente le
preocupaba mucho que se le pague, tanto por nosotros como por él”.

* Este debe de haber sido su segundo hogar en Viena.


** No puede haber sido por mucho tiempo, puesto que había nacido en 1856.
*** De acuerdo con el doctor Michael Wagner, del Institut für Wirtschafts-und
-Sozialforschung de Viena, en 1900 diez mil guldens suponían aproximadamente el triple del
ingreso anual de un antiguo servidor civil en sus primeros cuarenta años. ¿De dónde obtuvo
Hermann este dinero? Probablemente de una inversión. De acuerdo con su hija, Trude Feigl,
habría resultado totalmente ajeno a la manera de ser de su padre el haber comprado un billete
de lotería.
(22) 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
Hermann nunca dejó que olvidasen la deuda que tenían con él y en una
carta del 10 de octubre de 1902 datada en Venecia el hermano de Melanie,
Emanuel, se enfada ante la noticia de que Libussa tiene que pedir prestado
dinero a Hermann para pagar el ajuar de novia de Melanie: “¡Que el tío tenga
que ayudamos otra vez es una cosa muy desagradable para mí! ¡Al diablo con
él por eso! Cuando escucho el nombre de ese buen hombre, deleznable y
presuntuoso, no puedo sino pensar en aquellos doce años de mi niñez y de mi
juventud que él obscureció y destruyó irreparablemente para mí, y cada vez
que eso ocurre siento que algo me oprime la garganta y mi corazón se llena de
amargura”. Klein, sin embargo, es reacia a decir algo desagradable acerca de
él porque le agrada saber que es la favorita de su tío. En su Autobiografía
recuerda: “Yo estaba muy encariñada con él y también él me malcriaba
mucho. Le escuché decir muchas cosas, entre ellas que siendo tan bella, un
joven Rothschild llegaría a casarse conmigo. Tenía también un cariñoso
perrazo en el que yo cabalgaba”.
Melanie tenía cinco años en la época en que cambió la fortuna de la
familia y la mudanza coincidió con el momento en que ella comenzó a asistir
a la escuela estatal de la Alsenstrasse. Desde el comienzo fue muy dichosa
allí. Hasta entonces no había tenido chicos de su edad con los que jugar, y
ahora gozaba inmensamente de su compañía. También había heredado de su
familia la pasión por el conocimiento y pronto se convirtió en una alumna
ambiciosa, muy consciente de sus notas; era especialmente importante para
ella recibir un informe con las palabras wurde belobt (muy loable).
Una vieja fotografía de Melanie, de cuando tenía unos seis años, la
muestra de pie junto a su hermano Emanuel y a su hermana mayor Emilie.
Todo su porte transluce una notable seguridad en sí misma. De mayor
contaba a la gente: “Yo no era en absoluto tímida”. Hablaba a sus amigos con
orgullo de un incidente ocurrido en su primer día de escuela. La maestra, para
reconocer a los chicos tímidos, les preguntaba: “¿Quién es María?”, para que
las pequeñas Marías levantasen la mano y dijesen: “Yo soy María”. Mientras
muchos de los demás niños se escondían tímidamente tras sus pupitres,
Melanie, estallando de impaciencia por hablar, levantó su mano. La maestra
dijo amablemente: “Ahora di: ‘Mi nombre es María”, a lo cual ella replicó:
“Mi nombre es Melanie”. Mirándola con expresión de reproche la maestra la
reprendió: “Aún no ha llegado tu tumo”. Melanie se sintió un poco incómoda,
pero sabía que tenía que levantar la mano, porque era la única Melanie y su
tumo no llegaría. Por nada del mundo Melanie habría dejado que se la pasara
por alto.
Claramente estimulaba su ambición el hecho de ser la menor de cuatro
niños, y rivalizaba mucho con sus hermanos. La mayor, Emilie, tenía seis
años cuando nació Melanie, su único hermano, Emanuel, cinco, y Sidonie
cuatro, así que los tres primeros siempre le parecieron mucho mayores y
unidos. No sólo era la menor y la más desvalida sino que tenía también
RECUERDOS TEMPRANOS [23]

otros motivos de queja. En determinado momento —“más tarde”— su madre


le dijo que era una hija inesperada, si bien Melanie parece haberlo percibido
casi desde el comienzo. “No creo que ello me resintiese particularmente”,
reflexiona, “porque había mucho amor hacia mí”. Escribió estas palabras
cuando ya había pasado los setenta, y se las debe considerar más adelante en
relación con sus teorías acerca de la emoción infantil.
Otro posible motivo de queja era que su madre había dado el pecho a sus
tres primeros hijos, mientras que Melanie tenía un ama de leche “que me
alimentaba cada vez que yo lo pedía”. ¿Cómo llegó a saberlo? No dice si su
madre era incapaz de amamantarla por sí misma o si estaba demasiado ocu-
pada atendiendo su negocio. La siguiente frase, que sigue a la afirmación
acerca de la feracidad del ama de leche, dice: “En esa época Truby King* no
había realizado aún su devastadora obra”. Abandona entonces abruptamente
el tema del amamantamiento y continúa, dentro del mismo parágrafo, deta-
llando la atención que el tío Hermann le prodigaba. La yuxtaposición es muy
reveladora.
En otras palabras: lejos de estar desvalida y descuidada era una hermosa
princesa judía, obviamente la favorita del hermano de su madre, y también
—hecho no mencionado en sus memorias— la hija favorita de su madre.
Debe recordarse una vez más que este relato se escribió al final de su carrera
en el psicoanálisis, en el cual su propia técnica se había vuelto famosa por sus
múltiples y profundas interpretaciones; pero no aplica a sus recuerdos
ninguno de sus propios conceptos para apoyar una comprensión de sí misma
como niña. Nada hay de la penetrante atención que ella hubiera aplicado a
uno de sus pacientes. Parece hallarse enteramente distante de la niña que ella
era y eliminar nerviosamente cuanto recuerdo encuentra que pudiera resultar
penoso o perturbador para la imagen que ella tiene de su niñez. Podría
interpretarse este hecho como una falta de valor pero en la situación analítica
ella ha insistido siempre en que el analista debe mantener distancia respecto
del analizando, sin permitirse jamás echar una mirada en su propia vida
privada. ¿Cómo podría, entonces, quebrar esa barrera entre ella y el supuesto
lector cuando ha pasado la mayor parte de su vida construyendo una imagen
distante de sí misma? Como en el caso de Freud, tenemos que volver a los
trabajos teóricos de Klein para hallar su agitación real reflejada en las
conclusiones que extrae de sus pacientes en el estudio de sus casos. El hecho
mismo de que se aferrara al psicoanálisis con tanta pasión indica que las
ansiedades que acosaban a la joven Melanie eran mucho más profundas de lo
que podría sugerir su blanda narración. Ya Freud había creado un modelo de
autobiografía pública para que otros analistas lo emulasen. Su Autobiografía
decepcionó a muchos por su autoprotección, mientras que La interpretación
de los sueños contiene al Freud íntimo, aunque, también aquí, el autor
enmascara algunos indicios que remitirían a él mismo.
* Un pediatra neozelandés que aconsejaba un régimen estricto para los bebés .
[24] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
En sus memorias autobiográficas, inmediatamente después de las líneas
referentes a la admiración que su tío sentía por ella, vuelve a las reflexiones
sobre su padre: “No creo haber entendido suficientemente a mi padre, pues en
esa época había envejecido mucho”. La imagen de su padre se introduce y se
aleja del relato: su temperamento, sus intereses, sus regalos y, ante todo, su
relativo descuido de ella. En eso residía quizás el principal motivo de queja.
No sólo era un error el haberla engendrado sino que su presencia apenas si
ingresaba en la conciencia de él. Era “un viejo de cincuenta años” cuando ella
nació. “No tengo recuerdos de que hubiese estado jugando siempre conmigo.
Era una idea penosa para mí el que mi padre pudiera afirmar abiertamente, y
sin reparar en mis sentimientos, que prefería a mi hermana mayor, a su
primera hija”.
Ella ansiaba algún signo de aprobación de parte de ese hombre que
siempre le impresionó como una persona inmensamente sabia. Cuando
Melanie le preguntaba por el significado de una expresión francesa o alema-
na, nunca necesitaba consultar el diccionario. Con el tiempo advirtió que su
francés era un poco extravagante y anticuado, como necesariamente debía
ser, pues lo había aprendido leyendo escrupulosamente a Molière y a Racine.
De todos modos, ello no disminuyó la admiración que ella sentía por sus
conocimientos.
Cabe preguntarse acerca de lo que Melanie —y Libussa— sentían res-
pecto de su incapacidad para establecerse profesionalmente. Despreciaba los
cafés cantantes en los que trabajaba como médico, no sólo por el hastío que le
provocaba sino también porque rechazaba la moral de los artistas ingleses.
Detestaba permanecer clavado como espectador de las representaciones
noche tras noche, pero el sueldo era necesario para completar el ingreso
familiar.
Ese café cantante figura entre los recuerdos más tempranos de Melanie
en relación con su padre y alude a un incidente que aconteció cuando ella
tenía unos tres años. Su madre estaba aún en el negocio y la sirvienta le
ofrecía las croquetas que él comía todas las noches antes de marchar al Orfeo.
La niña se subió a sus rodillas y él la apartó bruscamente. “Ese”, evoca ella
lacónicamente, “es un penoso recuerdo”. Su único recuerdo cariñoso son los
paseos en que él la llevaba de la mano, desde la colina hasta la casa de
Dornbach donde pasaban el verano.
Sin embargo, ella dice que, de regreso de la escuela, iba a buscar a su
padre al trabajo y volvían a casa juntos a almorzar. Una vez más, este detalle
es enigmático: el lugar de trabajo era el piso en que vivía la familia, de modo
que pareciera ser el padre, y no la hija a él, quien la iba a buscar.
(Probablemente traspone sus acciones porque desea sugerir que su padre
tenía su consultorio en un lugar distinto.)* Omite decir si ese hombre extra-
* Una antigua fotografía muestra el edificio de la Martinstrasse 1 con una placa que informa
que en 1849 se estableció allí un consultorio odontológico. Después se demolió la casa.
RECUERDOS TEMPRANOS [25]

ño y cerrado le dijo alguna vez algo durante esas caminatas cotidianas. Una
sola vez llegó a pegarle, incidente que manifiestamente ella provocó. Cuando
ella rechazaba una comida, él señalaba que en su época los niños comían lo
que se les daba. Ella le replicó descaradamente que lo que se hacía cien años
antes ya no se aplicaba entonces, sabiendo perfectamente bien cuáles serían
las consecuencias. Por otra parte, cuando tenía trece años escuchó a un
paciente decir con jactancia* que su hija menor iría al colegio secundario,
afirmación que motivó su voluntad de hacer eso mismo. ¿Quién sabe si no
estimulaba su ambición la ansiedad porque su padre le prestara cierta
atención? Retrospectivamente ella creía que no lo entendía suficientemente.
Acaso, según ella racionalizaba, no le prestó demasiada atención porque era
demasiado mayor cuando ella nació.
La buena fortuna de la familia no duró mucho tiempo. Antes de que
terminase el siglo los malos tiempos habían llegado nuevamente —en gran
medida Melanie lo atribuye a la “senilidad” de su padre— y su madre asumió
la responsabilidad de mantener la situación. Incluso tuvieron que tomar un
pensionista permanente.
Con su madre la historia es diferente. “Hasta el día de hoy”, recuerda
Klein, “pienso mucho en ella, preguntándome qué hubiera dicho o pensado, y
lamentando especialmente que no pudiera ver algunos de mis logros”. De
acuerdo con Klein, Libussa era una mujer amable, modesta. “En muchos
sentidos ella ha seguido siendo mi ejemplo, y recuerdo su tolerancia respecto
de la gente y cómo no le gustaba cuando mi hermano y yo, que éramos
intelectuales y por tanto arrogantes, criticábamos a la gente.” Es ésta una
asombrosa descripción de la testaruda y dominante mujer que emerge de las
cartas de Libussa. A la edad en que Klein escribía era particularmente penoso
para ella referirse a la relación entre madre e hija, de manera que es difícil
saber —aun después de transcurrido el tiempo— hasta qué punto dependía
del remordimiento o de la idealización. También parecía seguir estando
inquieta por la naturaleza del matrimonio de sus padres.
Moriz Reizes estaba obviamente enamorado de su mujer y también
sumamente celoso de ella, pero Melanie, aun sabiendo que su madre estaba
enteramente entregada a su familia, sospechaba que añoraba aún a un joven
estudiante de su pueblo natal que había muerto de tuberculosis. Por cierto, a
menudo Melanie advertía insatisfacción en su madre, y posiblemente su
desdén. “Nunca he sido capaz de saber”, reflexiona Klein, “si simplemente no
era apasionada o si no lo era en la medida en que se trataba de mi padre, pero
sí creo haber visto ocasionalmente en ella una ligera aversión por la pasión
sexual, lo cual podría haber sido expresión de su propio sentimiento o de su
educación, etcétera”. Nada dice acerca de si era una madre afectuosa y
amante; y la correspondencia revela que Libussa encontró siempre dificul-
tades para expresarle sus sentimientos.

* Inadvertidamente delata aquí que los pacientes iban a la casa familiar.


[26] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
Klein nunca pudo recordar alguna ocasión en que sus padres salieran
juntos y solos. Evoca una familia judía unida; aunque no era rígidamente
ortodoxa, la niñez de Melanie estaba impregnada del ceremonial judío y
siempre fue profundamente consciente de sus antecedentes judíos. Sus padres
conservaron un poderoso sentimiento hacia el pueblo judío, “aunque", señala
ella crípticamente, “soy plenamente consciente de sus faltas y de sus
defectos". Afirma que nunca hubiera sido capaz de vivir en Israel. En un
determinado momento su madre intentó mantener una vida doméstica de
acuerdo con el ritual judío pero pronto abandonó tal intento, en particular
cuando halló la oposición del vigoroso espíritu de su hija. Klein describe el
círculo en el cual se crió en Viena como “antiortodoxo".
No obstante, siempre se mantenían algunas celebraciones rituales.
Melanie sintió una duradera atracción por la pascua hebrea, sobre todo por-
que ella, por ser la menor, tomaba parte en el servicio tradicional. “Como
ansiaba captar la atención y ser más importante que los mayores, temo que
esta actitud influyera en mi gusto por aquella ocasión. Pero hay más. Me
gustaban las velas, me gustaba toda la atmósfera, y me gustaba la familia
sentada en tomo de la mesa y estar así junto a los demás".
También las ceremonias relacionadas con el Día del Perdón dejaron en
ella gratos recuerdos. Todos los detalles le resultaban interesantes: el café
negro que precedía a la comida festiva, el día de abstinencia que pasó con su
madre en la sinagoga: Igual que los otros niños, vestía sus mejores ropas y era
consciente de ser examinada por las madres, si bien la suya estaba demasiado
profundamente abstraída en sus plegarias para ocuparse de tal frivolidad.*
Además, en la noche del viernes, Libussa recitaba breves plegarias de un libro
de rezos encuadernado en terciopelo color morado claro que su marido le
había ofrecido como regalo de bodas. Después de sólo unos pocos minutos lo
cerraba y volvía a guardarlo en el ropero; a los ojos de Klein, esa atención
religiosa era expresión de una tradición familiar antes que de verdadera
piedad. Creyó confirmada esa impresión cuando su madre le contó de su
admiración por el condenado estudiante de su pueblo natal que, en su lecho de
muerte, declaró: “Moriré muy pronto y repito que no creo en Dios alguno." El
tono en que su madre le contó esa historia convenció a Melanie de que ella
había estado enamorada de él.
Durante el período en que su familia conoció la abundancia Melanie
tuvo lo que describe como “institutrices francesas". Como al mismo tiempo
asistía a la escuela, pareciera que eran más bien niñeras —o posiblemente
muchachas para todos los quehaceres— antes que institutrices en el sentido
propio del término. La palabra “institutriz” es producto de las fantasías
esnobs que están diseminadas en toda la Autobiografía. Indudablemente las
jóvenes contribuyeron al conocimiento que Melanie tenía del francés, len-
* Otro detalle sorprendente, pues las cartas de Libussa revelan que estaba muy
obsesionada con la ropa.
RECUERDOS TEMPRANOS [27]

gua que aprendió tempranamente. La primera, Mademoiselle Chapuis, fue


contratada en un convento, pero no permaneció durante mucho tiempo por-
que sentía mucha nostalgia por su lugar de procedencia. La segunda institu-
triz, Constance Sylvester, vino del mismo convento.*
Cuando Melanie tenía ocho o nueve años se “torturaba" ante la suposi-
ción de que un día se haría católica, lo cual sabía que atormentaría a sus
padres. Lo enigmático es cómo esos padres judíos de clase media pudieron
haberla expuesto a esa tentación. Cuando abrió su corazón a la amable
Constance, ésta habría dicho: “Bien, si tienes que hacerlo, no podrás evitar-
lo”. En la escuela se sentía excluida al ver a los chicos católicos correr al
encuentro del sacerdote y besarle la mano, recibiendo por ello una palmadita
en la cabeza. Una vez cobró ánimo e hizo lo mismo, secreto culposo que
revelaría mucho más tarde en su autobiografía.
Aunque siempre se sintió “judía”, nunca fue sionista y su modo de vida
no se distinguía del de un pagano. Pero como niña judía en la Viena católica
debe de haber tenido clara conciencia de que era una marginada y miembro
de upa minoría a veces perseguida. Para muchos judíos el psicoanálisis se
convirtió en una religión con sus propios ritos, sus secretos y sus exigencias
de estricta fidelidad. Melanie Klein, cuando llegó a descubrir el psicoanálisis,
lo abrazó ardientemente cual persona que se convierte a la Iglesia Católica.
La educación de Melanie en el sentido más amplio —acumulación de
informaciones, entrenamiento en el pensamiento analítico, comprensión de
los seres humanos— es difícil de estimar. Sus detractores la menosprecian
como a una “mujer sin instrucción”. Sus admiradores consideran esa
deficiencia como una ventaja, subrayando que no se veía trabada por las
pautas convencionales de la organización y la evaluación de datos, y que su
vigor estriba en sus opiniones espontáneas y originales. Aun cuando en
ambos pareceres haya algo de verdad, en modo alguno carecía de educación
en el sentido corriente del término.
En el colegio aprendió francés, inglés y “todo cuanto se espera que una
chica de buena familia (¡sic!) conozca”. También aprendió mucho de su
hermano y de sus hermanas, quienes estaban muy orgullosos de su
precocidad; si bien a menudo le hacían bromas por eso, se repetían los unos a
los otros las agudezas que ella decía.
Su relación con Emilie —la favorita de su padre— parece haber sido
ambivalente desde el comienzo. “Creo (sic) que siento gran afecto por mi
hermana mayor y que ella está muy encariñada conmigo y orgullosa de mí.
Recuerdo que cuando tenía entre diez y doce años me sentía muy desdichada
antes de irme a dormir,** y que Emilie tenía la amabilidad de acercar su
* ¿Se refiere en realidad a un orfanato en el que se podía obtener ayuda a bajo precio?
** Quisiéramos conocer la razón de ello. ¿Habrá sido el comienzo de la menstruación?
[28] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
cama a la mía y yo me dormía cogiéndola de la mano.” Pero es claro que
cuando Melanie se desarrolló intelectualmente, no hubo ninguna relación entre
ellas; y en las canas familiares se advierte que Melanie alentó sentimientos
malevolentes en su madre para con su envidiada hermana mayor.
La deuda que Melanie siente tener con su otra hermana merece cierta
reflexión. Sidonie muñó de escrófula en 1886, cuando tenía ocho años y
Melanie cuatro. Esta fue la primera de una larga serie de muertes que mar-
caron la vida de Klein, cada una de las cuales reactivaba el miedo, el dolor y
el aturdimiento originales. No está claro cuánto tiempo estuvo enferma
Sidonie antes de morir, pero puesto que su mal era una forma de tuberculosis,
es probable que ese tiempo fuera de por lo menos uno o dos años. En esa
época la tuberculosis era sumamente contagiosa (y se creía también que era
hereditaria), de manera que manifiestamente Melanie reprime un profundo
temor a la enfermedad que arraigó en ella desde la niñez temprana. Sus
recuerdos de Sidonie datan de la época en que su hermana regresó del
hospital.* Dice Klein: “No tengo dudas de que ella era la más hermosa de
nosotras; no creo que fuese una idealización que, después de su muerte 4 mi
madre lo afirmara; recuerdo sus ojos de color azul violáceo, sus negros bucles
y su rostro angelical”. No es sorprendente que Melanie “jamás haya sido
tímida”. Tema que valorarse, dado que su madre le había dicho que era una
hija no esperada, que Sidonie era la más bonita de la familia, que su padre
manifestaba abiertamente su preferencia por Emilie y que Emanuel era
considerado casi un genio. Sidonie debió ser el centro de la atención familiar
cuando yacía en la cama consumiéndose; no obstante, lo que Melanie
recuerda es el cariño de su hermana hacia ella. A Emilie y a Emanuel les
gustaba hacer bromas a la pequeña Melanie cuando ésta encontraba nombres
geográficos difíciles como Popocatepetl y la azorada niña no sabía si eran
auténticos o no. A la enfermiza chica le daba pena su hermana y le enseñó los
rudimentos de las matemáticas y de la lectura. “Es muy posible que la idealice
un poco”, reflexiona Melanie, “pero lo que siento es que si ella hubiese vivido
habríamos sido grandes amigas y aún experimento un sentimiento de gratitud
hacia ella por haber satisfecho mis necesidades intelectuales, sobre todo
porque pienso que en aquel entonces estaba muy enferma”. Y continúa:
“Siento que nunca superé el sentimiento de dolor por su muerte. También
sufrí por el dolor que manifestó mi madre, mientras que mi padre fue más
moderado. Recuerdo que sentí que mi madre me necesitaba a mí
especialmente entonces, cuando Sidonie se había ido, y es probable que en
parte el daño consistiera en que yo tenía que reemplazar a esa niña”.
* No hay en Viena registro oficial de la muerte de Sidonie. ¿Es posible que Melanie
fantaseara los recuerdos de su hermana y que ésta hubiese muerto antes del nacimiento de
Melanie? En tal caso, Melanie habría sentido que su propio nacimiento era de alguna
manera un sustituto del de su hermana.
RECUERDOS TEMPRANOS [29]

La de Emanuel fue indudablemente la principal influencia que recibió


Melanie en su desarrollo inicial.
Me parecía superior a mí en lodo sentido, no sólo porque a los nueve o diez
año parecía ya muy desarrollado sino también porque sus dotes eran tan
inhabituales que siento que cualquier cosa por mí realizada no es nada en
comparación con lo que él hubiera hecho. Desde muy temprana edad escuché la
más bella ejecución de piano, porque era profundamente musical, y lo he visto
sentado ante el piano componiendo lo que le venía a la mente. Era un chico
obstinado y rebelde y, creo, no suficientemente comprendido. Parecía estar en
desacuerdo con sus maestros en el colegio, o desdeñoso de ellos, y hubo también
muchas disputas entre él y mi padre... Mi hermano sentía un profundo afecto por mi
madre, a quien provocó muchísima ansiedad.
Melanie sitúa su adhesión a Emanuel en la época en que ella tenía nueve
años y escribió un poema patriótico que a él le impresionó gratamente y le
ayudó a corregir.
Al menos desde ese entonces fue mi confidente, mi amigo, mi maestro.
Sintió el mayor interés por mi desarrollo y sé que hasta su muerte esperó siempre
que yo hiciera algo grande, aunque en realidad no tenía razones fundamentadas
para ello.
Cuando tenía dieciséis años, Melanie escribió una breve composición
que él creyó que era el anuncio de sus latentes capacidades literarias pero,
aunque ella intentó escribir novelas y poemas (que afirma haber destruido
lamentablemente más tarde), muy pronto se dio cuenta de que su naturaleza
no era artística; pero Emanuel no estaba equivocado al reconocer su capaci-
dad creativa. Freud hablaba de la confianza que a un niño imparte una madre
que cree absolutamente en su destino. Sin duda, Melanie hubiese preferido
que fuese su padre quien expresara esa especie de fe en ella, pero Emanuel
sirvió como sustituto inspirador.
Sin embargo, la burla de su padre al decir ella que iría al colegio
secundario cuando era sólo una alumna de la escuela primaria, le inspiró la
determinación de ingresar en aquel, aun cuando era mediados de año. Su
hermano, aprobándolo totalmente, la preparó en latín y en griego, aunque era
un maestro impaciente. Cuando ella se embrollaba con las conjugaciones lati-
nas, él exclamaba tajantemente: *¡Tú una estudiante! ¡Debieras hacerte
dependienta de un comercio!” No obstante, ella se las arregló para aprobar los
exámenes de ingreso y “la vida cobró para mí un aspecto totalmente nuevo”.
La abrasaba la ambición. No sólo pretendía estudiar medicina, según
afirma, sino que proyectaba especializarse en psiquiatría: una ambición
extraordinaria para una chica judía de clase media si se piensa en las dificul-
tades que Freud encontraba en su profesión en la Viena de esa misma época.
Por entonces la salud de Moriz Reizes comenzó a deteriorarse rápidamente y
[30] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
la indomable Libussa se hizo cargo de sostener la casa. Raramente estrena
Melanie vestidos nuevos; la asistencia a un teatro o a un concierto era un
hecho infrecuente; pero se siente gloriosamente viva, poseída por la más
profunda de todas las pasiones: el fervor intelectual. A escondidas de su
madre, lee por las noches hasta muy tarde, indicio de que su madre no alienta
sus intereses intelectuales. Hace sus deberes en el camino desde su casa a la
escuela. Su hermano la presenta con orgullo a sus amigos y Melanie se
convierte en una vibrante joven.
Los ídolos de ese grupo eran el dramaturgo Arthur Schnitzler, el
filósofo Friedrich Wilhelm Nietzsche y el periodista Karl Kraus, director de
Die Fackel (“La antorcha”), que hizo su aparición en 1899. Tuvo éxito
inmediato entre la juventud progresista de Viena, que se identificaba con su
voz de protesta contra la corrupción y el letargo espiritual e intelectual del
Imperio Austríaco. Se deleitaban con el personal estilo de la prosa de Kraus.
Uno de sus aforismos más citados era: “El psicoanálisis es la enfermedad
mental (Geisteskrankheit) de la cual se dice que es la cura”. Según George
Clare en Last Waltz in Vienna, Kraus odiaba al judío que había en él y
anhelaba la desaparición de su raza a través de la asimilación y los
matrimonios mixtos. Emanuel estaba impresionado con la afirmación de
Nietzsche según la cual el superhombre debe abandonar la moralidad
convencional y vivir en el nivel de una intensa pasión y creatividad. Su propia
forma de escribir está modelada por el estilo aforístico de Nietzsche,
mezclado con el talento cáustico de Kraus. Melanie se sentía atraída por los
temas de amor y de (in)fidelidad sexual de las piezas de Schnitzler, en los que
posteriormente ella centró sus escritos de ficción.
Cabía esperar que padre e hijo no estuvieran de acuerdo. Klein
recordaba una vehemente discusión entre ambos acerca de quién era mejor
poeta, Goethe o Schiller. Emanuel sostenía que no había nada en Schiller, en
tanto que su padre declaraba que Goethe era un charlatán que se metía con la
ciencia y citaba un extenso fragmento de su poeta favorito para demostrar su
superioridad.
Las afiliaciones familiares pueden ser reconstruidas parcialmente a par-
tir de la Autobiografía y, con mayor seguridad, a partir de la correspondencia
recientemente descubierta. La imagen de Emanuel que emerge del relato de
Klein es la de un joven voluntarioso, inquieto, irritable, en desacuerdo con su
padre y fuente de permanente preocupación para su madre, por la que siente
de todos modos mucho cariño. A los doce años tuvo escarlatina, seguida de
una fiebre reumática, la cual afectó su corazón. Lo que Klein omite es
que también padeció tuberculosis. Probablemente esta enfermedad
precedió a la fiebre reumática, lo cual habría producido una endocarditis
bacterial subaguda.* Melanie sabía que su madre se reprochaba a sí misma
* Debo esta explicación al Doctor Ronald Mayor, especialista en tuberculosis. El que
Emanuel haya muerto de tuberculosis es algo que sé de Eric Clyne (hijo de Klein) y de la
nuera de Emilie, Hertha Pick.
RECUERDOS TEMPRANOS [31]

el haberle permitido durante su convalecencia participar en una excursión


familiar al Prater. A consecuencia de ello sufrió una recaída de la cual nunca
se repuso completamente; y su hermana estuvo siempre resentida porque “la
familia” la había obligado a acompañarlos.
De muy diversas maneras Libussa transmitió al resto de la familia el
desprecio que sentía por su marido. Erudito, retraído, inepto para los nego-
cios, dejó el manejo de la casa en manos de su esposa. Sólo podía afirmar su
superioridad mediante proezas intelectuales y le resultaba especialmente
irritante que su agudo y vanidoso hijo lo desafiara. Libussa no ocultaba su
orgullo por Emanuel y por Melanie, cuya belleza destinaba a atrapar un buen
marido. Emilie, sin embargo, es en cierto modo una nulidad: ni demasiado
bonita ni en absoluto inteligente. No obstante, su padre la protegía pre-
firiéndola a la dogmática Melanie. Fue manifiesto para padre e hija
—mediante las sutiles formas como las familias expresan tales cosas— que
ellos estaban excluidos de la húmeda y simbiótica maraña de Libussa,
Emanuel y Melanie.
Más tarde Klein sostuvo que Emanuel ingresó en la Escuela de
Medicina a pesar de las objeciones de sus padres, que estaban inquietos por
su salud. No obstante, en las cartas de aquél no se halla el menor indicio que
muestre interés alguno por la medicina; se imaginaba artista, escritor,
músico... no sabía con seguridad qué. Sea como fuere, su falta de ambiciones
prácticas llenaron de impaciencia a su madre. Continuó en la Escuela de
Medicina hasta octubre de 1900, cuando pasó a la Facultad de Artes. En su
Autobiografía Klein dice que Emanuel, sabiendo que no iba a vivir mucho,
“detuvo” sus estudios y obtuvo permiso para hacer algún viaje, pues se
proponía aprovechar sus dotes como escritor tanto cuanto pudiera. Agrega
entonces un críptico comentario: “Sé de otro factor que pudo haberlo alejado
de casa, pero volveré a hablar de ello más adelante”. Nunca retomó el tema.
Es probable que se refiriese a su molestia porque Emilie y su marido parecían
haber tomado posesión de la casa familiar de forma que ya no había lugar
para su hermano.
Emanuel se convenció a sí mismo de que su principal motivo para
abandonar los estudios y dejar Viena era su certidumbre de que estaba desti-
nado a morir joven; pretendía vivir la vida plenamente en el tiempo que le
quedaba. Su madre compartía su parecer de que el clima de Viena era dañino
para su salud y le concedió una pequeña asignación que le permitiese ir en
busca de tierras bellas y soleadas, de acuerdo con el modelo tradicional del
artista agonizante. Emanuel se veía a sí mismo en ese papel y dramatizó la
situación hasta el final. Sus cartas de los dos años siguientes están llenas de
quejas por la escasez de su asignación. El saber próxima su muerte dice
Klein, “de la cual nunca hablaba (¡sic!) debe de haber tenido mucho que ver
con el hecho de que fuera rebelde y, en ocasiones, difícil”. Es perfectamente
claro que toda la familia estaba tan aterrorizada por la tuberculosis-que la
temible palabra jamás se empleaba.
[32] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
En tamo Moriz Reizes fue desvaneciéndose gradualmente hasta que un
día advinieron que estaba realmente muerto. La causa de su deceso, ocurrido
el 6 de abril de 1900, fue oficialmente consignada como neumonía, pero,
puesto que Klein desde algunos años antes lo describe como “senil’*, es
probable que padeciese la enfermedad de Alzheimer o algún mal parecido.
No hay ninguna fotografía de él entre los abundantes recuerdos de familia.
Sea como fuere, su muerte precipitó una crisis; y los hechos ulteriores
revelan algo de la compleja dinámica familiar. En primer lugar, no se informó
a Emanuel de la muerte de su padre hasta dos meses más tarde, en junio
cuando regresó a Viena. Ello hace suponer que él y Moriz Reizes se habían
separado en malos términos. Aparte de sus aspiraciones románticas, que se
centraron en el Mediterráneo, estaba irritado por el constante lamentarse de
su madre. Un elemento más profundo y perturbador parece haber sido el
inminente casamiento de Melanie.
La situación familiar parece haber sido sumamente precaria, pero de
algún modo se halló dinero suficiente para algunas fotografías de Melanie
que se tomaron durante ese período. Es una belleza morena de ojos tristes,
perfectamente consciente ya de su llamativo perfil. Sabía, también, que era
-deseable, puesto que todos los amigos de su hermano parecen enamorados
de ella. Cuando sólo tenía diecisiete años conoció a su futuro marido (que
entonces tenía veintiuno, un primo segundo por parte de madre, que estaba de
visita en Viena llegado de su casa, localizada en lo que en ese tiempo era el
territorio eslovaco de Hungría).
Arthur Stevan Klein era un joven serio que estudiaba ingeniería
química en la exclusiva Escuela Superior Técnica Federal de Suiza, en Zurich
(una especie de M.I.T.). Su aspecto poco pretencioso —cabeza pequeña y
constitución endeble— carecía de importancia en comparación con sus dotes
intelectuales. Había impresionado a Emanuel, hecho que debe de haber
influido mucho en Melanie. Muy poco después de haber conocido a Melanie.
Arthur le propuso el matrimonio, o al menos así lo da a entender ella. ¿A qué
pudo deberse que esta ambiciosa joven lo aceptase tan rápidamente, cuando
ello significaba claramente el fin de sus ambiciones profesionales? Años más
tarde contaba a algunos de sus allegados que fue su “temperamento
apasionado”. Admite que al comienzo no estaba enamorada de él, pero afirma
que “no me llevó mucho tiempo enamorarme de él”. Agrega entonces:
“Desde ese momento le fui tan fiel que me retraje de toda distracción en la
que pudiera haber llegado a conocer a otros jóvenes, y jamás expresé el
sentimiento, que ya albergaba en mí, de que realmente no éramos compatibles
el uno con el otro. Pero, por una parte, la fidelidad a mi prometido, de quien
para entonces ya estaba enamorada y, por otra, las circunstancias, me
retrajeron de mencionar esto a mi madre o a mi hermano”. No hay ninguna
referencia sobre lo que hacían juntos, acerca de lo que hablaban, ninguna
sugerencia de la naturaleza de sus relaciones. Y ahí estaba el primer
RECUERDOS TEMPRANOS [33]

gran error de su vida. ¿Cuáles eran las “circunstancias” que le impedían


expresar sus recelos a su madre y a su hermano, quienes, sospecha ella,
advertían que su futuro marido era una persona muy “difícil”? No sólo no
estaba enamorada de Arthur sino que veía en él cierta rígida inflexibilidad y
una voluntad tan fuerte como la suya.
Melanie es parca en cuanto a la influencia que la situación económica
tenía en su elección: no habría sido fácil para mí volver a mis estudios, cosa
que anhelaba hacer. Si éste fue o no fue el principal factor que incidió en que
yo llevase a cabo algo que vislumbraba como un error —mi casamiento—, es
algo que no puedo decir, pero debe de haber sido una razón de importancia”.
Aun cuando el casamiento con Arthur hubiera de postergarse varios años, él
tenía al menos perspectivas, tal como a la familia de Libussa le había parecido
que Moriz Reizes las tenía. Dicho en términos mundanos, era con mucho el
más apropiado de sus admiradores.
Emilie, si bien no era tan bonita o avispada como su hermana menor,
atrajo a tantos pretendientes como ella con su suave y pasiva feminidad. Un
joven médico, Leo Pick, se enamoró locamente de ella. Con la muerte de
Moriz, su casamiento le pareció a Libussa sumamente apropiado. Según la
madre lo planeaba, Leo podía hacerse cargo del antiguo consultorio de su
suegro, así que el piso fue renovado para que Libussa pudiera tener sus pro-
pias habitaciones y compartir la cocina con la joven pareja. Leo accedió a
todo ello de mala gana y el casamiento tuvo lugar el 25 de diciembre de 1900.
Se alentó a Melanie a hacer una prolongada visita a su futura familia
política mientras Arthur realizaba un viaje de formación a América. Libussa
la equipó como a una mercancía deseable y la envió a Rosenberg para dar al
compromiso firme consolidación. Libussa se vio obligada a organizar la vida
de sus hijos como piezas en un tablero de ajedrez, pero cuando se es una viuda
pobre no le quedan a una muchas opciones. Emanuel, en su búsqueda de sol y
de creatividad, daba vueltas constantemente a la cantidad que se le daba como
asignación: el dinero que se le otorgaba era, desdichadamente, inadecuado
para mantener sus sueños de grandeza artística. Se le ajustaron las ropas de su
fallecido padre, otro de los motivos de queja que iba acumulando,
especialmente cuando veía los adornos cedidos a sus hermanas. El ajuar de
novia de Emilie debió costarle a Libussa bastante dinero y ahora se tenía que
equipar a Melanie de modo que en Rosenberg causara buena impresión. Se
llamó al quejoso tío Hermann (entonces con su propia familia) en ayuda para
pagar la renovación del piso y las dos dotes. No quedaba mucho para
Emanuel, que se sentía despojado, excluido y olvidado.
Fue una familia acribillada por la culpa, la envidia y, ocasionalmente,
las explosiones de cólera, caracterizada además por fuertes matices incestuo-
sos. El inminente casamiento de Melanie supuso el preludio de la muerte de
Emanuel, provocada por la inquietud, la desnutrición, el alcohol, las drogas.
[34] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
la pobreza y la voluntad de autodestrucción. A Melanie Klein se la hizo sentir
responsable de esa muerte, y cargó con esa culpa durante el resto de sus días,
tal como acaso Emanuel esperaba que ocurriera.
Dos
Emanuel

E n enero de 1902 Emanuel regresó a Italia en circunstancias, al pare-


cer, más bien sospechosas. Una joven, Irma Schönfeld, que algunos
años antes había conocido a Melanie y a Emanuel, intentaba deses-
peradamente escapar de un matrimonio concertado. No sólo eso: parece
haber estado muy enamorada de Emanuel, cuyos sentimientos hacia ella
aparentemente nunca fueron más allá de un benevolente afecto. No obstante,
sus cartas sugieren que había apoyado e instigado a la muchacha en su huida
de Viena —acompañándola, incluso, a Roma—, dando lugar así a una situa-
ción comprometida que la hizo objeto de escándalo en el círculo de sus ami-
gos de Viena. En una carta del 1 de febrero Emanuel informa a su hermana
que sólo debe comunicarse con Irma a través de él. Un mes después escribe al
padre de Irma una carta más bien atrevida en la cual admite igualmente que la
reputación de Irma en Viena estaba “irreparablemente dañada”. La
describe, además, diciendo que su temperamento es tal que no tolera las
limitaciones de la vida de familia y le propone aceptar el deseo de ella de
establecerse en Berlín. Sugería asimismo a Herr Schönfeld que visitase a su
hermana Melanie, una joven de diecinueve años, para que le aconsejara.
“Usted verá al menos”, pontificaba Emanuel al maduro señor, “un reflejo de
la situación en el espejo de sus ojos y de su clarividencia, la cual, creo, se
vuelve cada vez más penetrante. Y, con algo de fortuna, percibirá cómo se
vislumbra una gran obra de arte”. Lo mismo que Libussa y Melanie, Emanuel
se dejaba llevar manifiestamente por una tendencia a orientar la vida de los
demás.
[36] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
Pero para su “querida”* Melanie tenía en mente cosas más importantes
que la felicidad de Irma. En primer lugar, experimentaba “un arrebato de
bárbara furia” ante la noticia de que recibiría de su madre una asignación de
sólo ochenta guldens por mes.** Mantenía vivas sus esperanzas de ver pronto
el mar. En una incoherente carta le dice: “No tienes idea del tormento que ha
sido mi estancia en Roma y experimento un anhelo mortal por esa criatura de
la noche, y ella lo tiene también por mí, y por ti. Te abrazo con infinito amor
y cariño, a ti y a mamá”. En la posdata le pedía que le dijese cuándo tenía pre-
visto visitar Rosenberg y añadía una pregunta trivial sobre el estado de
Arthur.
También la vida de Melanie había llegado a un punto decisivo. En su
Autobiografía no hace ninguna referencia a la hermana de Arthur, Jolanthe
(Jolan), dos años menor que ella. Cuando tenía cerca de veinte años Jolan
visitó en varias ocasiones a sus futuros parientes de Viena. Era bella, educada
y con talento; y si bien las dos jóvenes trabaron una sólida amistad que duró
toda la vida, mantuvieron siempre una gran rivalidad. Es posible que el
compromiso de Melanie con Arthur estuviera motivado tanto por esa rivali-
dad con Jolan como por su reconocido interés en Arthur debido a la admira-
ción que su querido hermano sentía por la inteligencia de aquél. Para
Emanuel, Arthur y Leo eran figuras valiosas, probablemente porque asumían
la responsabilidad económica de sus hermanas, responsabilidad que en otro
caso habría sido suya. Podía tolerarse a Arthur siempre que el casamiento se
postergara para un futuro indefinido. Las cartas halladas en el desván de Eric
Clyne muestran que en abril de 1901, cuando estaba en Viena en casa de los
Reizes, Jolan asistió a varios cursos, no constando que Melanie también lo
hiciera o aun experimentara el dolor de la frustración al verse privada de su
carrera de medicina que, según dijo mucho después, siempre había deseado
concluir. Ello no quiere decir que en aquellos momentos, ella no alimentase
secretamente tales ambiciones.
Era necesario que el compromiso se prolongara, pues el muy ambicioso
Arthur debía completar su formación profesional a fin de establecerse como
ingeniero químico en la industria papelera. Las cartas de todos los miembros
de la familia atestiguan la aparente impaciencia de Melanie ante la demora en
alcanzar la única meta de su vida: su casamiento con Arthur. Tal concen-
tración en un solo propósito sugiere la desesperación de que sencillamente no
parece existir ninguna otra alternativa. Su vida se encontraba en estado de
moratoria. Hallándose enteramente bajo el dominio de su madre, debió haber
considerado prácticamente imposible aceptar la propuesta de libertad de Irma
Schünfeld. El matrimonio ofrecía la única solución; pero ¿qué iba a hacer
consigo misma entretanto?
* Utiliza la palabra “Schatz", expresión sumamente cariñosa.
** De acuerdo con el Dr. Michael Wagner, del Institut für Wirtschaftaund-
Sozialforschung. la asignación de Emanuel debe de haberlo mantenido muy cerca del límite
de la pobreza.
EMANUEL [37]

El 9 de abril Libussa escribió a Emanuel diciéndole que la visita que


Melanie pensaba hacer a Rosenberg, donde pasaría el verano junto a Jolan,
señalaba para ella el comienzo de una vida en soledad. Como si la idea se le
hubiera ocurrido repentinamente, le sugiere, a fin de conocer su reacción, la
posibilidad de que Leo y Emilie vayan a vivir con ellos. Después de todo, Leo
trabajaba ya todo el día en el consultorio dental y Emilie se quedaba con ella
hasta el anochecer, pues el piso que tenían en Dornbach era “incómodo, frío y
húmedo”. Los detalles de esta propuesta están tan cuidadosamente
elaborados que parece obvio que no se trataba de la idea impulsiva
que ella simulaba:
No utilizamos en absoluto el comedor. En realidad estamos sólo en el
dormitorio y en la sala... Pondré los muebles del comedor en la sala y venderé el
juego verde de la misma. Emilie tendrá nuestro comedor y tu habitación pasará a ser
consultorio... Cuando ni, querido, vengas a casa la tendrás nuevamente. Tendrás en
ella más tranquilidad que antes, pues al lado ya no está la cocina, y por tanto no es
necesario pasar por allí tan a menudo. Si quieres disponer de absoluta tranquilidad,
acaso podrías alquilar otra habitación del edificio, o estudiar durante el día en la
habitación y dormir en el dormitorio. Yo dormiré en la sala.
Leo pagará 400 florines por su departamento de aquí y —mientras Melanie
viva en casa o si tú regresas— podríamos compartir los gastos a partes iguales.
Cuando viva sola deberé calcular los gastos con mucha exactitud. Podremos
conservar una sola criada.
Emilie estaba esperando un niño y Libussa preocupada básicamente de
la renovación del piso, lamentándose continuamente por el dinero, especial-
mente cuando el negocio daba pocas ganancias. Expresa su satisfacción por el
hecho de que la salud de Melanie en Rosenberg sea floreciente y se lleve tan
bien con sus futuros familiares políticos mientras Arthur asistía en Italia a un
curso de formación antes de emprender un largo viaje de seis meses por los
Estados Unidos. En junio, antes de esa partida, se anunciaría por fin for-
malmente el compromiso para tranquilidad de todos. Libussa le subrayaba a
su hija que no sería factible una visita a Viena hasta después del nacimiento
del primer niño de Emilie, en octubre.
Mientras tanto Emanuel se había aburrido de Irma, a quien dejó en
Roma para partir hacia Santa Margherita, donde pensaba pasar algunos meses
por su cuenta. “Les tengo un miedo terrible a sus cartas” le confesaba a su
hermana en una carta de comienzos de junio de 1901:
me llegan como un líquido viscoso que se adhiere a mis alas y me abate... ¡Si pudiera
expresarte cuánto he sufrido en estos dos meses! ¡Desde el primer día!... Escríbeme a
menudo y háblame siempre de ti. Tu amor es para mí uno de los bienes más preciosos y
claros de mi vida.
Sus oscilaciones anímicas son dramáticas, en conformidad con los esta-
|
[38] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
dos hipomaníacos característicos de su inquietud. A los quince días de su
llegada a Santa Margherita escribía a Melanie desde Grotto del Niño, junto al
lago de Como, lamentándose de una “nostalgia por el hogar, el deseo de verte.
Madre, la plaza frente al ayuntamiento, la Plaza de San Esteban durante la
noche y el viejo bosque de hayas. Todos estos arrayanes, olivos y adelfas,
siempre tan verdes, son sólo una imagen de vida muerta”. ¡Y ése era el clima
meridional en el que creía que iba a hallar inspiración! En un claro intento de
despertar los celos de su hermana, habla de sus muchos encuentros con mujeres
para pasar a unas líneas incoherentes y enigmáticas que parecen referirse a
Melanie y a su futuro esposo:
¡Lo femenino! Acaso comprendas cuánto he bebido de esa copa y me he sumergido
en ella para alcanzar el placer de su alegre y espumoso borde. Sólo otra persona lo sabe, y lo
que sabe es erróneo, porque a traición lo ha hecho salir de mí con sus propias formas de
amar. Por tamo, debo apartarlo del camino... No pienses mal de mí por la vida que llevo;
dispensa toda la tolerancia que te permitan tus diecisiete años a ésta, mi breve vida... No me
es dado vivir hasta los setenta, así que permíteme inventarlo en la poesía... Adiós, ¡la más
bella para mí, tanto en esencia como en apariencia! Deseo que vivas los cien días de los que
el destino, furtivamente, me priva en años. Y a cambio de eso me •contarás cosas de la alta
sociedad de Rosenberg. ¿Lo harás?
Lo último es un comentario sarcástico acerca del provincialismo de
Rosenberg.
Su madre disuadió a Emanuel de regresar a Viena, manifiestamente
porque sería perjudicial para su salud pasar el verano en esa ciudad. El 16 de
mayo de 1901 Libussa le escribió una carta extraordinaria:
Querido y amado hijo:
Debo decirte que tu relación con Melanie a menudo me ha despertado muchos
celos. No obstante, con el paso del tiempo me he acostumbrado y resignado a ello, y así
lo haré siempre. Creo, querido hijo, que no hay lazo, ya sea de amistad o de amor, tan
fuerte y poderoso como el del amor de una madre.
He experimentado, he sido testigo y he visto que las amistades más leales y
fervientes desaparecían al convertirse en egoísmo. Aun el amor entre hermano y
hermana se enfría y se debilita si uno de ellos, o los dos, se encuentran en cir-
cunstancias diferentes, o si viven muy lejos uno de otro. Con ello no quiero decirte que
Melanie te quiera ahora menos. Pero cuánto te quiere mamá, que te quiere muchísimo,
seguramente no necesito decírtelo. En realidad nunca me permití, respecto de ti y de tus
hermanas, demasiadas manifestaciones externas de mi amor. Bien: es así como soy.
Puedes, entonces, querido hijo, contarme sin reservas todo cuanto tienes en tu corazón,
qué sientes y sobre qué necesitas hablar. Seré muy reservada y lo guardaré en mí. No
temas ninguna indiscreción. Rechazaré con frialdad a quien intente extraerme algo de
ti. Respecto de Emilie y Leo, la primera está bien adiestrada por Melanie, y Leo es
demasiado noble y delicado para hacer preguntas...
EMANUEL [39]

Debo interrumpir ahora, pues quiero enviar esta carta hoy mismo. Por favor,
escríbeme pronto y mucho.
Recibe muchos abrazos de quien mucho te quiere.
Emilia y Leo te envían sus saludos.
La renovación del piso por poco vuelve loca a Libussa. “Si conservo mis
cinco sentidos este verano”, se lamentaba, "seré inmune a todo. Esos albañiles,
carpinteros, fontaneros, cerrajeros, y demás trabajadores, se confunden
totalmente. ¡Y este lío! ¡Y, encima, los grandes gastos!... ¡Qué felices seríamos
si este horrendo verano ya hubiera pasado! Pero sería lo mismo: entonces viene
el invierno y quién sabe qué se trae”.
El 17 de mayo (día en que Leo partió por un mes al servicio militar en el
cuerpo médico), Emilie se trasladó a casa de su madre. El 26 de junio empezó
una carta: “Querida Melanie, verás que tengo valor y fuerzas, porque he
decidido escribirte una larga carta”. Le cuenta que el día en que ella y Libussa
decidieron compartir el sostén de la casa, ella compró un libro de contabilidad:
“Sabes cuán meticulosa soy: se da cuenta de cada cruzado”. Diferenciaba
cuidadosamente sus gastos de los de Libussa. Pasaba entonces a enumerar una
detallada lista, “escrupulosamente precisa”, del gas y de otros gastos
necesarios. “¿Cuenta esto con tu satisfacción, Vuestra Señoría?”, concluye.
Aparentemente Melanie esperaba que se le rindieran cuentas así. En una carta
posterior (del 2 de junio), Emilie le asegura a Melanie que si ese mes andaban
bien, Libussa empezaría a reservar algún dinero para el ajuar de su hermana.
Cada uno de los miembros de esta familia se mantenía a la expectativa para
asegurarse de que la madre no estuviera dando a uno más que al otro. (Emilie,
menos agresiva que las demás, era la que en este sentido ocupaba el escalón
más bajo.) De la envidia, la agresión y la rivalidad fraterna dentro de su propia
familia, Melanie Klein obtenía abundante material para formular después sus
teorías.
Libussa animó a Emanuel para que permaneciera con Melanie en Rosenberg
durante el verano de 1901. El lo hizo de mala gana y a comienzos de agosto le
escribía: “¿Cómo te sientes allí, Emanuel? Acaso fuera bueno —para no molestar
demasiado a la familia Klein— que buscaras una pensión cercana en la cual
pudieras permanecer hasta fines de septiembre o mediados de octubre. Espero que
el clima de allí sea mucho más beneficioso que el de Italia. Será también mucho
más barato para nosotros”. Al objetar Emanuel esta sugerencia, ella le replicaba el
17 de agosto: “Si tú, Emanuel, crees que el permanecer allí no te hace ningún bien
—aunque yo había esperado que te fuera muy beneficioso—, entonces ven a Viena.
Espero que el clima sea más apacible para entonces... Además, habrá que ocuparse
de tu vestimenta y tu ropa interior necesitará de algunos zurcidos...”. Al parecer,
[40] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
volvió inmediatamente y poco después de su llegada, en una carta de
comienzos de septiembre, Libussa le contaba a Melanie: “En lo que se refiere a
Emanuel, el resultado de sus viajes no es muy satisfactorio. Tiene mucho
entusiasmo y su humor es bueno, pero no pasa las noches muy bien. Duerme en
la misma habitación que yo y con frecuencia tengo que despertarlo porque se
entumece. El afirma que eso nunca le había ocurrido en Italia. Pero Leo piensa
que probablemente nunca lo había advenido mientras dormía porque nadie lo
había despertado...”. Después de la práctica inanición de los meses anteriores,
no es muy sorprendente que con la rica comida que Libussa le obligaba a
comer, haya tenido calambres de estómago. La familia continuó actuando como
si Emanuel no sufriera una enfermedad fatal. Ahora que Emilie estaba
embarazada, se ejerció sobre él una sutil presión para que reanudara sus viajes.
Pero el piso estaba por fin en orden y Emanuel gozaba de un letárgico
ocio en compañía de sus antiguos compinches. Descuidadamente se abstuvo de
contestar a las canas que Irma le enviaba desde Roma. La familia lo ator-
mentaba debido al apasionamiento que sentía por su hermana. Lo había, sin
duda, junto a una relación edípica entre madre e hijo, si bien Emanuel ali-
mentaba sentimientos de odio y de resentimiento hacia Libussa. A Melanie se
le presentaba muy quejoso por la insensibilidad de su madre hacia sus
necesidades reales: “No tiene una pizca de interés en mí y en mis aspiraciones.
No formula palabra alguna acerca de mis aspiraciones, al margen de sus
observaciones sobre ‘la juventud de hoy y sus ilusiones de grandeza’. Cada vez
más a menudo repite sus bromas respecto de la explotación financiera a través
de mis viajes como un ‘commis voyageur’.” Emanuel se ofendió ante la
manifiesta irritación de Libussa al rehusar él la oferta de que Leo intentara
conseguirle un trabajo en un periódico local. Vagamente consideraba la posi-
bilidad de regresar a la universidad.
En septiembre Melanie decía añorar mucho su casa, pero Libussa intentó
disuadirla de regresar antes del nacimiento del hijo de Emilie, a mediados de
octubre. “Hay muchas otras cosas, que no puedo contarte, que hacen que sea
más conveniente que permanezcas donde estás”. Al margen Melanie escribió:
“¡cuestiones de economía!”. Le preguntaba a su madre con resentimiento si no
la echaba de menos, a lo cual el 4 de octubre Libussa respondía: “A decir
verdad, ¡te extraño! Sólo que no sé qué hacer respecto de ti. Emilie no muestra
aün signo alguno... Así que ahora depende de ti: si deseas venir, escríbeme y te
enviaré el dinero. ¿Quieres esperar hasta después del 15 de octubre? No hay, sin
embargo, perspectivas de que Emanuel parta. Tenemos que esperar a ver cómo
se resuelve este mes. De algún modo pareciera que la permanencia en Viena le
está haciendo bien. Parece estar mucho mejor que cuando vino. Quiere
matricularse nuevamente. Pero temo que eso represente disipar otra vez el
dinero. Y los negocios no están marchando bien”. Emanuel añade una posdata:
EMANUEL [41]

Querida:
Te extraño muchísimo. Podríamos pasar una semana maravillosa jumos. Me
gusta estar aquí, y me gustaría aun más no ya si mi debilidad no persistiera, sino
si resultara algo menguada. Emmy no manifiesta aún signo alguno. Por favor,
escribe o, mejor, ven.
Mil cariñosos saludos para ti, querida.
Tuyo.
Emanuel
Se ponía claramente de manifiesto que sería muy incómodo para
Melanie regresar a casa mientras Emanuel permaneciera en ella. A comienzos
de 1902 reanudó su vida itinerante desplazándose incesantemente de un lugar a
otro de Suiza. Reaccionó con júbilo ante las noticias de los reiterados retrasos
de la boda de Melanie; y aunque ocasionalmente hiciera una observación
laudatoria de Arthur, es manifiesto que no estaba en modo alguno interesado en
él. ¿Por qué iba a hablar con entusiasmo del hombre que lo estaba despojando
de la que para él era la más valiosa de las mujeres, su confidente, su amiga? Ese
modelo de mujer, decía, era “una obra de arte que ya no podré volver a
contemplar en ninguna otra parte ni, naturalmente, en una imitación”.
Otto, el primer nieto de Libussa, nació el 16 de octubre. Se le permitía
a Melanie regresar a Viena inmediatamente antes de Navidad y permanecer allí
los cinco primeros meses de 1902, antes de hacer una nueva visita a Rosenberg.
La boda fue fijada para julio y postergada después para agosto y nuevamente
pospuesta con posterioridad hasta el año siguiente debido a que la gira de
Arthur por los Estados Unidos se prolongaba (casi un año más de lo previsto);
esa dilación se subrayaba una y otra vez, era absolutamente imprescindible para
su carrera. El no se mostraba precisamente como un novio anhelante. Melanie
procuró sacar el mejor partido de tales acontecimientos contándole cuán
sonrosadas devenían sus mejillas con el aire de la montaña y cómo se afanaban
sus futuros parientes políticos de la hermosa chica venida de la gran ciudad.
El 21 de mayo Emanuel le aconsejaba a Melanie ponerse “rolliza y
saludable” en Rosenberg, “y no te metas en un convento de monjas. ¡Recuerda
que sólo faltan unos pocos meses para marchar!”. La dilatación de la gira de
Arthur por los Estados Unidos le parecía una idea espléndida: “Dado su
carácter, su gira por los Estados Unidos le habrá dado el último brillo a una
personalidad práctica y enérgica, lo cual garantiza que tarde o temprano
alcanzará una elevada posición en la jerarquía industrial”. Libussa no veía con
tanta confianza la situación, según se lo indica a Emanuel en una carta que le
dirige el 11 de mayo:
[42] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
He equipado a Melanie con cosas muy bonitas. También yo he necesitado mucho
dinero desde la partida de Jolan. ¡Ojalá los meses de verano sean buenos! Entonces podría
marchar bien, esto es. podría ahorrar algo para empezar con el ajuar de Melanie. Ahora ni
siquiera puedo pensar en ello. Quisiera evitar contarte estas cosas, pero tú has estado
pidiéndome cartas pormenorizadas; también acerca del comercio... Arthur ha viajado desde
Ene hasta Chicago. Siento curiosidad por saber cuál será el resultado de ese viaje. Lo mejor
sería que regresase a Rosenberg, aun cuando su salario allí no sea tan grande. Y si se casan .
Pasaba entonces a una observación más personal:
¿Cómo estás tú, hijo? Ahora, desde que he estado durmiendo sola en la habitación (el
resto de la frase está borrado). Y a menudo, cuando no duermo, pienso mucho en ti: si estás
bien, si con este mal tiempo no vas a resfriarte sin un abrigo de invierno. Porque si aquí hace
frío y está lluvioso, en Suiza debe de estar aún más frío .
La dote de Melanie debía tener prioridad respecto de cualquier otra cosa.
Melanie parecía estar tan obsesionada por su ajuar como su madre, y
claramente le gustaba el papel de futura novia, aunque también estaba ansiosa
por pedirle a su madre algún dinero para sus gastos.
Querida mamá: aunque me resulte desagradable, debo pedirte un poco de dinero
para mis gastos. Me he comprado un par de guantes de cabritilla sin dedos por cuatro
guldens. He hecho una excursión y he tenido que comprar algunas cosas para zurcir mis
vestidos. Necesito disponer de una pequeña cantidad de dinero para tener en mi cartera;
por ejemplo, para sellos. No quise pedírtelo el mes pasado pues sabía lo mal que lo
estabas pasando. En total necesitaría doce guldens. Si puedes ahorrarlos, por favor,
envíamelos. No obstante, si por algún motivo te resulta difícil, no importará que me los
envíes el mes próximo.
Ayer me di cuenta de lo útil que me será aquí el vestido de batista. Por la mañana
salimos todos de visita. Se esperaba verme muy elegante y así sucedió al llevar yo mi
vestido de batista. Por la tarde nos reunimos en el jardín; todos estaban muy
elegantemente vestidos, pero mi vestido de batista era el mis bonito de todos. El detalle
significativo más reciente en Rosenberg es que la mamá de Arthur ahora me presenta a
todos como su futura nuera, de modo que nadie pueda especular nada al respecto. Entre
paréntesis: mis suegros están más bien orgullosos de mí. Ayer estuvo un señor que ha
vivido doce años en Nueva York. Conversé con él en inglés y le agradó mucho lo bien y
correctamente que hablo el inglés; también lo dijo en Rosenberg, así que se habla
mucho sobre lo culta, lo guapa que soy y Dios sabe acerca de qué más.
Libussa se sentía consumida por su familia; su única verdadera alegría
parece haber sido su recién nacido nieto; pero cada centavo que gastaba en
la manutención de la casa de Viena era tan cuidadosamente detallado como
las sábanas y la ropa interior de Melanie. La ansiedad de Libussa por la
salud de Emanuel estaba subordinada a su insistente preocupación por el
EMANUEL [43]

dinero que debía gastar en él, en particular cuando tenía que volver a dirigirse al
tío Hermann para pedirle prestado el dinero con que pagar la dote de Melanie.
Sus cartas están llenas de referencias a sus molestias estomacales y al
debilitamiento que le ocasionaban las muchas cargas que debía llevar.
Cuidadosa como era con los gastos, parecía ignorar deliberadamente los costes
de la manutención de Emanuel. “Después de haber aumentado su asignación de
ochenta a cien florines’1» le cuenta a Melanie, “no quiero que sufra privaciones,
pero si tiene demasiado dinero, puede invertirlo”. Entonces, en un acto de
locura autodestructiva, Emanuel perdió en Montreaux todo su dinero en el
juego, cosa que despertó los previsibles reproches de su turbada madre. “No es
sorprendente que haya perdido toda mi energía, toda mi estabilidad mental”,
exclamaba con desesperación. “Estas preocupaciones y estas eternas
dificultades debilitan mis fuerzas”. Entre tanto, tras apremiar a su madre
pidiéndole dinero, Emanuel escribía a Melanie:
No creo que le quede demasiado dinero para tus gastos del que recibes de casa. Pero
ninguna suma puede ser demasiado pequeña o demasiado grande en mis actuales cir-
cunstancias. Si puedes ayudarme, por favor, envíame algo en una carta certificada. No
necesito decirte que mamá y también el pobre Leo están fuera de consideración. En cuanto a
Mamá, te pediría solamente que le recuerdes en su momento mi asignación mensual.
La única y efímera idea que Emanuel tuvo para ganar algo de dinero fue la
de escribir el libreto para una ópera. Derramaba ante Melanie sus quejas por la
tacañería de Libussa: “Las suelas de mis zapatos se están volviendo
completamente transparentes. Se acerca el día del último contratiempo”.
Melanie, que llevada por un sentimiento de vergüenza le enviaba el dinero que
podía, recibía al mismo tiempo de su madre la advertencia de que la asignación
de Emanuel hacía reducir rápidamente el dinero reunido para su dote. Emanuel
no sólo hacía que ella se sintiese mezquina y egoísta, sino que constantemente le
recordaba su descuido de no escribirle con más frecuencia. Cada uno de los
miembros de esta narcisística familia parecía impelido a echar la culpa a los
restantes.
En julio Emanuel se enteró de que Arthur había conseguido trabajo en una
fábrica de papel de la que su padre era socio, de manera que la boda ya era
posible. Para felicitar a su hermana le escribió una carta cargada de envidia,
malevolencia e hipocresía:
Si tus noticias no fueran tan extraordinariamente gratas, tendría que hacer crujir
mis dientes, pues me siento empujado a expresar la felicidad más grande (que nos ha
sobrevenido y que puede servimos a todos) como parte del pago de la enorme deuda que
he adquirido con la paciencia y la voluntad de mamá para hacer sacrificios. Más concreta-
mente, sin embargo, me congratulo al saber que mamá será relevada ahora en la más
[44] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
pesada de sus amorosas cargas, que ella siempre ocultó con amor propio y discreción.
Te estoy casi tan agradecido por ella como por mí.

¡De modo que Melanie había sido el mayor peso que habían soportado los
hombros de la pobre y querida mamá! Y si tener que vivir en un remanso como
Rosenberg iba a ser aburrido terriblemente al menos Arthur tendría una
remuneración de 2200 guldens por año. En cuanto a él, Emanuel había
aceptado, contra su voluntad, la oferta de su madre de aumentar su asignación
mensual. Estaba obligado a hacer ese sacrificio, declaraba, porque advertía que
su vida estaría en peligro si no hacía una excursión a Corfú. Creía que sus
sufrimientos eran verdaderamente heroicos:
Estos sufrimientos me dan la oportunidad de transformarlos —viviendo entre ellos—
en algo grande y significativo. Y a pesar de lodo, todavía tengo esperanzas de Porgarles
grandeza e importancia aun cuando sus amargas consecuencias se opongan a este deseo
añadiendo constantemente más pesar físico a mi camino. Amo ese pesar como mi
sufrimiento, como mi destino, como mi vida. Como Vida. Pero ver cada noche mis zapatos
progresivamente más agujereados —no pudiendo reparar ya mi otro par—, ¡no sea que un
grave defecto en ellos provoque una catástrofe que me obligue a guardar camal ¡Que deba
evitar los conciertos en la sala de reuniones porque no puedo procurarme el vaso de cerveza
que es allí obligatorio! ¡Esas cosas son para mí demasiado insignificantes para poder
sobrellevarlas con ecuanimidad! ¡Pero lo más exasperante es que no pueda vivir una sola
hora' del día sin el temor de tener que hacer gastos imprevistos, y dio cuando vivo de la
manera más mezquina! Hay una objeción que me haría callar inmediatamente, pero tú no
quieres hacerme callar, ¿verdad?
Presumiblemente, su sufrimiento podía verse aliviado si la mimada
princesa compartiera con él alguna de sus dádivas, ahorrándole así a su amada
madre más preocupaciones. Además de sus exaltadas palabras comparándola
con una obra de arte, podía detallar los gastos familiares con la misma obsesiva
escrupulosidad que Libussa. Al cálculo de los gastos que debe hacer una
familia vienesa para poder vivir se yuxtapone la descripción de sus
sufrimientos físicos. Emanuel estaba particularmente alarmado por el
desagradable temblor que se había desarrollado en sus manos. Sólo con que
mamá lo dejara volver a casa por un par de meses, él podría ahorrar lo sufi-
ciente para retardar la muerte con otra escapada a las regiones soleadas. Esta
carta interesada, con sus páginas llenas de lamentos, concluye con una nota
amenazadora: o me ayudas, querida, o serás responsable de las consecuencias:
Sin embargo, no vas a decidir tú lo que es bueno para mí. Te pido que consideres
obviando tu amor por mí tanto como te sea posible, qué es lo que aliviará a Mamá. Sé
inflexible conmigo y ten consideración por mí sólo en la medida en que mi aflicción no se
tome tan pesada que ya no pueda tolerarla: dos meses —no importa cómo sean— puedo
soportar, pero no más. Recuerda ese "no más".
EMANUEL [45]

Una carta de Libussa a Melanie muestra que aquélla no tenía sospecha


alguna de los proyectos de Emanuel. En otras palabras, Emanuel había dele-
gado en Melanie la tarea de importunar a la madre para que lo ayudase. Las
referencias a su inminente muerte aparecen con frecuente regularidad en sus
cartas. El veintitrés considera que su vida está esencialmente concluida. A
finales de julio se-hace extraer un diente en Grotto del Niño. Después, para
amortiguar el dolor, se da inyecciones de morfina, “cosa que estimé necesaria
para tranquilizar mi corazón”. Como estudiante de medicina debió darse cuenta
de la gravedad de su estado. Agotado, mórbidamente deprimido, gastando más
dinero en tabaco, juego y drogas que en alimentos, su escritura revela, durante
1902, un notable temblor y a lo largo del año su tamaño es cada vez menor,
como si estuviese intentando borrar su existencia.* Sin duda, sus síntomas
físicos se exacerbaban debido a la tensión emocional que le provocaba el
inminente casamiento de Melanie.
Arthur partió finalmente de los Estados Unidos el 9 de septiembre; y
Melanie le preguntaba tímidamente a su madre si podría regresar a casa des-
pués de una visita de cuatro meses en Rosenberg, puesto que Arthur se disponía
a pasar algunos días con la familia en Viena ames de empezar con su nuevo
trabajo el 1 de octubre. La boda fue nuevamente postergada (¿a sugerencia de
Arthur?), esta vez hasta enero. Emanuel reinició sus intentos de avivar los
temores de Melanie. “Daré la bienvenida a Arthur tan pronto como llegue”,
anunciaba hipócritamente desde Grotto del Niño. “Por haber llevado a término,
malgré tout, esa gira por los Estados Unidos, el profundo respeto por sus
virtudes masculinas —escribo esta palabra con plena conciencia de su fuerte
impacto—, que siempre he tenido, ha aumentado.” Era un maestro en revolver
el cuchillo, palmo a palmo, hasta el corazón de esa chica, fundamentalmente
aterrorizada y sensible. Da a entender que Arthur se estaba divirtiendo tanto en
los Estados Unidos que alargaba el viaje cuanto le era posible. Su enfática
referencia a la “masculinidad” de Arthur era también una forma de crueldad
refinada. Melanie podría tener ya cierta idea de las libertinas costumbres de
Arthur; y la referencia a la “masculinidad” podría haber sido un eufemismo con
que aludir al acto sexual. Emanuel podría haber querido recordarle que a ella se le
exigiría mantener relaciones sexuales con ese hombre, someterse completamente
a él en el lecho conyugal, perspectiva que atormentaría su pensamiento e
incrementaría su fundamental temor al casamiento. En esta familia, tan pronta a
descubrir los matices emocionales, Emanuel sospechaba el temor de Melanie
ante la idea del casamiento, a la vez que él aborrecía la idea de que otro hombre la
poseyera. Para aumentar su desdicha, le cuenta de una mujer casada, a quien
había conocido en otro tiempo, y que en aquellos momentos reaparecía en su
vida. Ella había intentado suicidarse y se encontraba en Milán recuperándose de

* Para preservar el texto Melanie volvió a pasar la pluma sobre la tenue escritura.
[46] 1882-192U: DE VIENA A BUDAPEST
un estado de coma. “Si el azar —meditaba Emanuel—, como es muy posible,
me lleva a encontrarme con ella, cosa que no temo y que en parte deseo,
entonces sabrás que soy suficientemente humano para cualquier delicadeza y
suficientemente hombre para apañar todo obstáculo que se cruce en mi
camino.” Esta última noticia provocó una carta de Melanie, inusualmente
extensa, donde se pone de manifiesto mejor que en ninguna otra ocasión, la
naturaleza de los sentimientos que experimentaba hacia él. Ambos intentaban
desesperadamente hallar un término medio entre la relación que tiene lugar
entre hermanos y la de quienes son algo más que amigos:
Rosenberg, 31 de agosto de 1902
Querido amigo: ¡lo que me escribes sobre esa mujer me llena de recelo! Para no
mentirte debo reconocer que mi primera reacción hacia ti fue un sentimiento de
reproche semejante al que inescrupulosa conducta con las mujeres ha suscitado en mí
mucha veces en el pasado. No te juzgo desde un oculto punto de vista moral, sino a
partir de un interés humano que hace que toda persona de rasgos interesantes me
parezca valiosa. Sé, empero, de muchas cosas que podrían decirse en contra de ello.
Además, nadie puede formarse un juicio propio si desconoce los pormenores de todas
las circunstancias. Sea como fuere, soy suspicaz respecto de mi propio juicio cuando
hay algo en mí que reclama vehementemente una condena. He descubierto que
normalmente he sido menos capaz de condenar cuanto más he madurado, y que muchas
cosas exigen experiencia personal y sentido para que se tomen comprensibles. Por
tanto, no hay castigo si afirmo que “bien y mal” no existen (y no sólo en teoría) para mí,
porque alcanzo a ver en mí misma y a través de la observación hasta que punto esos
conceptos son inextricables e indefinibles, y porque están presentes acaso en igual
proporción, aunque en formas, manifestaciones y relaciones recíprocas diferentes, en el
más noble y en el más mezquino de los seres humanos. Mi fracturado sentido de la
seguridad se manifiesta en mis esfuerzos por el “tout comprenez”. Siento, pues, esa
desconfianza siempre que me propongo condenar a alguien severamente: que la falta
puede ser en realidad mía, y que carezco del fundamento necesario para cualquier clase
de juicios, esto es, la comprensión.
No obstante, no puedo aplicar enteramente este razonamiento a tu caso, porque
tengo suficiente entendimiento para no dudar de que la brutalidad es un elemento
constitutivo de la naturaleza de un hombre, y que (en la debida proporción, por
supuesto) pertenece esencialmente a la masculinidad, así como la inactividad yace
latente aun en la mejor mujer.
Pero lo que realmente quería decirte es: estoy alarmada ante tu idea de querer, de algún
modo, encontrarte con esa mujer. Convéncete: probablemente sólo lograrías herirla y herirte
a ü mismo. Te ruego por lo tanto con todo mi corazón: ¡evita reunirte con ella y deja Como!
¡Te imploro que sigas mi consejo, siquiera esta vez, te lo ruego sinceramente! Por más que el
deseo te empuje, es en gran medida sólo sed de emociones, curiosidad y compasión, y las
consecuencias pueden ser fatales si cedes a ese deseo. Sea cual sea tu resolución, te ruego
que me cuentes todo al respecto. Hay en mí un peculiar sentimiento que impide mi temor
EMANUEL [47]
por quienes amo en la medida en que me cuentan todo lo que les atañe
Compréndeme, pues. Por mucho que has aclamado tu confianza en mí, nada me
cuentas, querido amigo, precisamente sobre los hechos más importantes y signi-
ficativos de tu vida. Y lo que sé, lo sé por intuición y por observación. ¡Nunca he
podido ser más para ti, por más que le deseara! Nunca te he reprochado, aunque te
hayas quejado, con mayor o menor razón, de mi reserva. Pero acaso porque estás
ahora tan lejos, me siento tan desesperadamente llevada a reclamar tu confianza.
Estaría mucho más tranquila respecto de ti si supiera que puedo compartir contigo
cuanto te concierne. Creo que soy digna de tu confianza. No hace falta que te
asegure que cuanto me escribas quedará enterrado en mí. Pero, aparte de eso, creo
que no hallarás jamás una amiga o una persona más leal que te comprenda mejor
que yo. ¡Déjame ser tu confidente y te aseguro que será recíproco!
Que puedas imaginar —siquiera por un momento— que mi carta formal
(como tú la llamas), el supuesto silencio mío y de Mamá, pueda ser, si no resulta-
do de una intención premeditada, la expresión de nuestro resentimiento hacia ti,
que puedas pensar eso ¡me hiere y me sorprende! ¡Ni Mamá, especialmente des-
pués de tu carta anterior, ni yo, merecemos ese atrevimiento! Me resulta absolu-
tamente incomprensible cómo puedes haber concebido esa loca idea. Te he expli-
cado todo tan claramente en mi carta que nada tengo que añadir al hecho de que
mamá te enviará el dinero de que le hablo en mi carta... ¡No discutiremos más!
Estoy convencida de que sólo podrías haber expresado esos pensamientos en un
momento de mal humor o de nerviosismo... El amor, sincero y grande, que Jolan
siente por mí me hace mucho bien. Es ciertamente un signo de gran amor que
tales sentimientos hagan que una mujer olvide su propia vanidad. Y eso es lo que
he advertido muchas veces en ella; también en Losonez, donde ella retrocedía, sin
celos, a un segundo plano y se alegraba conmigo de mis triunfos. Su entusiasta
admiración llega a tal punto, que estuvo sumamente preocupada pensando que
alguien podría haber tenido el mal gusto de compararse conmigo y no notar la
diferencia: hablaba verdaderamente en serio, pues es además una persona sincera.
También yo estoy realmente orgullosa de ella y la quiero como si fuera mi
hermana.
Queridísimo Emanuel, quisiera que esta semana ya hubiera pasado. Dentro
de una semana me marcharé y dentro de quince días probablemente llegará
Arthur...
¡Cuídate, querido, y escríbeme pronto!
Con el abrazo más afectuoso.
tu vieja

Mela
Emanuel había provocado la respuesta que deseaba obtener de ella. Para
ella, él era su amor eterno y Arthur poco más que un aditivo necesario cuya
existencia bien podían obviar. Desde la Plaza de San Marcos él le aseguraba:
Realmente debes quererme si tienes una intuición tan sensible respecto de mí. No
[48] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
sé cómo puedo devolverte ese amor... Necesito repetirte que he concentrado todo el amor y
todo el cariño de que soy capaz, el cual necesito abrigar en mí, en ti y en mamá... Y que no
podría sobrevenirme desaíre más devastador que el de perder a una de vosotras de cualquier
modo.
En su siguiente carta, escrita desde Como el 10 de octubre, le contaba que
“durante el poco tiempo que tú y Arthur podréis pasar juntos no deseo distraerte
y llamar tu atención hacia otras cosas que bien pueden esperar". Pasa entonces a
enumerarle una larga lista de tareas que tendrían precisamente efecto. El 24 de
octubre afirma que se siente “vejado" al escuchar que, el casamiento ha
sido nuevamente pospuesto, ahora hasta febrero. Emprende entonces una larga
argumentación para que ella no vuelva a dirigirse a ¿i con el término “amigo":
No continúes: ¡“hermano” dice mucho más! Si, como en mi caso, ese lazo de sangre
se ve fortificado por la admiración, el respeto y la gratitud, entonces supone una relación que
no necesita de otro nombre que el de hermano y hermana.
Había decidido partir esa semana hacía Roma y Sicilia. “Esos lugares
nada significan para mí, al margen de ser paisajes conocidos y estimulantes, y
eso es lo que necesito.” Era el Judío Errante, que vagaba sin descanso para
dirigirse a su cita con la muerte, de la que llega a hablar con total tranquilidad.
Tales frases están diseminadas en medio de airadas protestas por amigos que en
el pasado lo traicionaron. Los sentimientos hacia su madre y su hermana no
eran de simple afecto sino de posesión. Era arrojado del universo porque las dos
únicas personas que significaban algo para él podían realmente continuar sus
vidas sin él. De repente recordó la existencia del niño de Emilie y le pidió a
Melanie que comprara para el niño un regalo de su parte: efectivamente un
regalo de despedida. Se le impuso descanso forzoso ante la evidencia de que él
sabía que estaba perdiendo la capacidad de asir.
Beryl Gilbertson, psicóloga especializada en el diagnóstico de la
escritura, ha examinado las cartas escritas por Emanuel en el año previo a su
muerte. Está convencida de que se hallaba bajo los efectos de la cocaína, cuyo
uso estuvo muy difundido desde la década de 1880 hasta comienzos del siglo
actual. Se vendían tónicos con alta proporción de cocaína para curar todo,
especialmente la fatiga, al descubrir los médicos militares que las tropas actuaban
con mis energías si se les administraba esa droga. Se utilizaba la cocaína pandémica-
mente para atacar el dolor y la adicción a la morfina. Freud, por ejemplo, reco-
mendó la maravillosa droga a Fleishl para apartarle de la morfina. En su último artículo
sobre la cocaína, escrito en 1887 para responder a la crítica de que era objeto, sostenía
que nadie se vuelve adicto a la cocaína menos en el caso de ser morfinómano, y
todas las pruebas apuntan al hecho de que Emanuel era adicto a la morfina. A
menudo hace alusión a su necesidad de dinero para comprar cigarros: presumible-
EMANUEL [49]

mente cigarros de hoja de coca, indicados en el siglo XIX para el tratamiento de


las dolencias respiratorias. La cocaína era lo peor indicado para Emanuel,
especialmente debido a que exacerba tendencias maníacas ya existentes y aun
en dosis pequeñas puede provocar muerte repentina por paro cardíaco.* Al
igual que la morfina, causa somnolencia, cambios del estado de ánimo y
embotamiento; también deprime los centros respiratorios que se hallan en el
cerebro, haciendo que la respiración se vuelva lenta e irregular. Todos esos
síntomas forman parte de las quejas habituales de Emanuel. Las fotografías que
le tomaron durante este período revelan un rostro atormentado, intemperante,
en el que los gruesos labios sugieren algo más que un indicio de crueldad. Las
manos, de las que siempre había estado orgulloso, permanecen en lánguida
quietud. Alto y de cabello negro y lustroso, tenía un cierto aire similar al de un
ave de rapiña.
No se conservan cartas del período entre octubre y diciembre de 1902:
una curiosa laguna. Uno siente la vehemente sospecha de que Klein las des-
truyó porque su contenido era especialmente doloroso. Todas las otras cartas de
Emanuel se han conservado en escrupuloso orden cronológico, mientras que las
de Libussa se dejaron en total desorden. Las cartas ausentes bien pueden haber
contenido alguna indicación del motivo por el que cambió su rumbo de Sicilia a
España. Arrastrándose de un lugar a otro, incapaz de regresar a casa para morir,
es probable que esas canas fueran desgarradoras. Si en sus últimos días tomaba
muchas drogas, la interacción de la morfina con la cocaína puede haberlo
convertido en psicòtico y agresivo. El cambio de plan, de Sicilia a España, pudo
ser muy repentino. Pero, ¿qué importa el rumbo?
Llegó a Génova el 1 de diciembre con una cegadora tormenta y pensaba
partir hacia Valencia con el primer día de buen tiempo. En su última carta a
Melarne, escrita sólo unas pocas horas antes de su muerte, se lamentaba
amargamente de la breve nota de ella que le estaba esperando: "Esa exigüidad
me ha puesto de mal humor, el cual continua”.
Al día siguiente el tío Hermann recibía un telegrama:
REIZES HA MUERTO DE ATAQUE CARDIACO - EL FUNERAL TENDRA LUGAR EL JUEVES
POR LA MAÑANA EN EL CEMENTERIO ISRAELITA - BUNSCHEN HOTEL GERMANIA.
A ello siguió una carta explicativa del administrador del hotel de Génova:

* Véase: Phillips, J.L. y Wynne, R.D., Cocaine - The Mystique and the. Reality, Nueva
York, Avon Books, 1980, y Julien, R.M., A Primer of Drug Action, San Francisco, W.H.
Freeman, 1981.
[50] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
Lloyd-Hotel Germania
Münschener Bierhaus
von
C.O. Bünsche-Genoa
Via Carlo Alberto 39 - Salita S. Paolo, 38
Telephon 1221
Génova, 4.12.1902

Al Dr. Deutsch:
Respecto de su telegrama del día 3 y de mi cablegrama, cumplo en informarle a
continuación de las circunstancias concretas de la muerte de Herr E. Reizes.
...Reizes se retiró a las nueve en punto después de haber tomado una taza de leche
caliente y haber escrito varias cartas. No dijo sentirse mal.
Puesto que el día anterior el mencionado caballero había dormido hasta el mediodía, me
pareció extraña su ausencia al mediodía del día siguiente.
Por la tarde alguien llamó a su puerta para preguntarle si deseaba algo, pero no hubo
respuesta. Se decidió entonces confirmar si R. había salido o si había ocurrido alguna otra
cosa, y con ese propósito se abrió la puerta. Se halló entonces el cadáver de Reizes, ya frío.
Inmediatamente se llamó al médico quien comprobó que la muerte debía haber ocurrido
poco ames de la medianoche y diagnosticó un ataque cardíaco.
He informado a las autoridades locales y al Consulado de Austria y tras haber dispuesto
por escrito todos los efectos personales de Reizes, se sellaron y enviaron al Consulado.
R. no traía consigo ninguna maleta ni se encontró resguardo alguno de equipaje; sólo un
pequeño maletín de mano. El dinero que se halló consistía en:
Francos franceses en billetes: 150.-
Francos franceses de oro: 80.-
Pesetas: 100.-
Liras italianas en billetes: 15.-
Liras italianas de cobre: 2.-
Había además un reloj y un revólver.
Después de todas las formalidades y de otro reconocimiento del médico municipal, se
vistió el cuerpo y el funeral tuvo lugar esta mañana. No se permitió conservar el cuerpo
durante más tiempo debido a su rápido deterioro.
Como usted comprenderá, he sufrido grandes perjuicios debido a este triste incidente ya
que la habitación necesita ser decorada y provista nuevamente, etcétera.
Me tomaré la libertad de enviarle en breve un detalle de mis gastos. Entre tanto,
expresándole mis condolencias a usted y a la familia del fallecido, quedo suyo.

C. Otto Bünsche

P.S.: Para que todo sea correcto, debo mencionar que tuve que llamar a tres médicos, en
conformidad con las reglamentaciones legales de aquí.
EMANUEL [51]

La brusquedad de esta concisa e irritada comunicación del administrador


del hotel fue mitigada por una carta de consuelo de su esposa, con la sincera voz
de una madre afligida que se dirige a otra madre.
Lloyd-Hotel Germania
Münschener Bierhaus
C.O. Bünsche-Genoa
Via Cario Alberto, 39 - Salita S. Paolo, 38
Génova, 4.12.1902

Estimada señora Reizes:


La lamentable y repentina muerte de su hijo hace que le exprese mi profundo
sentimiento de condolencia. Debe de ser tanto más penoso para usted al no haber podido
asistir al descanso de su amado muchacho y al llegarle a usted tan duro golpe de un
modo tan inesperado. Es muy triste perder a un ser querido que se encuentra en el
extranjero y entre gente extraña. Pero, querida señora, debe usted reconfortarse con el
hecho de que también en el extranjero hay personas que se •sienten con usted. Confíe en
Dios y considere que El, con su Sabiduría siempre atenderá nuestros mejores intereses.
No obstante, someterse a lo inevitable es una cosa más fácil de decir que de hacer, y el
corazón de una madre sentirá y se afligirá mucho más que cualquier otro. También yo
soy madre y he enterrado a un amado hijo. Así que puedo comprender su profunda pena
y reconocer su gran pérdida...
Quizá sirva de consuelo a su corazón el que su hijo se haya ido sin sufrir dolor
alguno. Yacía en su cama como si estuviera durmiendo; no puede haber padecido
agonía; ni siquiera se había estirado. Yacía de lado, con los ojos cerrados y la mano
derecha cerca de la cara, la izquierda bajo la manta, exactamente como se hace cuando
uno se acomoda en la cama para dormirse. De no haber estado frío y tieso, jamás se
habría creído posible mostrarse con tanta paz cuando se está muerto. Las autoridades
enviaron otros dos médicos, pero los tres estuvieron de acuerdo en que había sido un
ataque cardíaco lo que había puesto fin a su vida. Después de haber llamado a las
autoridades y al Consulado por teléfono, se organizó todo lo necesario en caso de
muerte. Esta mañana, a las cuatro, se recogió el cuerpo del hotel y a las siete se le dio
sepultura. Ahora que ha pasado el nerviosismo que provoca una muerte súbita
—especialmente en un hotel— he considerado que era mi deber, querida señora,
informarle más ampliamente sobre las últimas horas de su hijo, a quien Dios bendiga, lo
cual espero ayude a que su espíritu de usted encuentre mayor tranquilidad.
Expresándole mi más profunda condolencia,
quedo como su segura servidora.
Frau M. Bünsche

El hecho de que el patrón del hotel mencione el revólver de manera tan


directa excluye la posibilidad de un suicidio. En esa época los viajeros eran
[52] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
buena presa para los salteadores, porque se suponía que llevaban dinero en
efectivo; y Emanuel, que era muy atolondrado con el dinero, frecuentaba casas
de juego del más bajo nivel. Además, podía ser atacado en muchas regiones no
judías, ya que era aquélla una época en la que el antisemitismo se expresaba sin
tapujos. El revólver puede haber sido también un seguro contra un fin indigno.
Los gastos del patrón del hotel parecen inhumanos e interesados. No
obstante, es muy posible que poco antes de su muerte Emanuel se hubiese
purgado (un fenómeno muy común), lo cual habría hecho necesario un nuevo
colchón y nueva ropa de cama. Además, la superstición puede haber
desempeñado su parte en la redecoración de la habitación; y el patrón parece el
tipo de hombre que toma excesivo cuidado por evitar el escándalo.
De acuerdo con el Dr. Ronald Mayor, especialista en tuberculosis, las
víctimas de este mal suelen morir de una hemorragia pulmonar masiva cuando
se deteriora una arteria importante, pero la muerte con mucha calma es menos
común. Chejov, por ejemplo, murió de un agotamiento progresivo. Una noche,
tras la representación de una de sus piezas, tomó una copa de champán y
falleció. Durante mucho tiempo la expectoración de sangre se ha incluido en la
mitología asociada con la tuberculosis, lo mismo que el incremento de la
sexualidad de quien padece esta enfermedad. En opinión del doctor Mayor, los
médicos que examinaron el cadáver podrían haber reconocido la presencia de
tuberculosis a partir de su estado de extremo enflaquecimiento. (En ese caso
habría sido realmente necesaria una renovación general de la habitación.) Sin
embargo, no necesariamente faltaron a la verdad en el certificado de defunción;
parece probable que el corazón de Emanuel sencillamente renunciase a su larga
y fatigosa lucha.
Pudo, incluso, haberse matado a sí mismo accidentalmente. Había estado
profundamente angustiado por hallar a su llegada tan sólo una breve nota de
Melanie. En su enorme dependencia respecto de ella, le pareció que estaba
perdiendo el último vínculo que lo mantenía con vida. Era una ruina física que
se autoprescribía drogas, y pudo haber bebido vino durante la cena: una
combinación que podría haberle ocasionado la muerte a primera hora de la
mañana, cuando el metabolismo del cuerpo es mínimo. Sin los métodos
modernos de análisis químico, habría sido imposible para cualquiera identificar
su muerte con otra cosa que un paro cardíaco, aun habiéndose administrado una
sobredosis de drogas.
En su autobiografía, Klein escribe:
Tenía veinticinco años al morir. También esta vez (como en el caso de Sidonie)
tuve la sensación de que si se hubiera sabido algo más de medicina, se habría podido
mantenerlo con vida durante más tiempo, pero me han dicho que las enfermedades de
un corazón reumático, aun en la actualidad no siempre son curables. No sé si esto es
verdad o no, pero me deja con la misma sensación que experimenté con mi
hermanita: que se podrían haber hecho muchas cosas para prevenir su enfermedad y
su temprana muerte...
EMANUEL [53]

En mi memoria subsiste como un joven vehemente, tal como lo conocí, vehemente en sus
opiniones, sin preocuparse por la aceptación general, con una profunda comprensión ¿el arte
y una pasión por él que se manifestaba de muchas maneras, y como el mejor amigo que
jamás he tenido.
Esto es de alguna manera una defensa: él murió porque la medicina no
había progresado suficientemente, no por ser un maníaco depresivo que
deseaba la muerte o porque se le descuidaba o estaba mal alimentado. Hermano
y hermana eran almas gemelas que participaban de los mismos estados de
ánimo y de las mismas reacciones. El era el sustituto del padre, estrecho
compañero, quimérico amante... y nadie en toda su vida fue capaz de
reemplazarlo.
TRES

Matrimonio

D esde el día de la muerte de Emanuel, en 1902, desaparece toda


alusión a él en las cartas familiares, al margen de las referidas a los
esfuerzos de Melanie por publicar una recopilación de su obra,
objetivo que finalmente alcanza en 1906. En su Autobiografía, Klein omite
cuidadosamente los detalles relacionados con la muerte de su hermano, pero
no el importante papel de Arthur en la recuperación de los manuscritos de
Emanuel. Según su relato, en la mesa de la habitación del hotel se halló una
postal dirigida a Arthur. Al recibir la trágica noticia, Arthur viajó
inmediatamente a Génova en busca del equipaje de Emanuel, que estaba ya
en depósito para ser remitido por barco. Como no pudo encontrarse el res-
guardo de las maletas, Arthur debió recorrer un enorme edificio hasta que sus
ojos dieron con un maletín del que sobresalía un ejemplar de Die Fackel que
Emanuel había pedido a Melanie que le enviara. Arthur sabía cuánto
admiraba Emanuel a Kraus; al abrirse el maletín se vio que estaba repleto de
diversos manuscritos. Más tarde, cuando hubo leído detenidamente esos
apuntes medio novelescos, Melanie adoptó la firme decisión de publicarlos:
el único acto de reparación que ella podía tener con su hermano. A pesar de la
animadversión existente entre marido y mujer años más tarde, Melanie
siempre conservó un sentimiento de inmensa gratitud hacia Arthur por
haberse tomado tantas molestias en la recuperación de los manuscritos.
Y finalmente se casó, estando aún de luto, el 31 de marzo de 1903, al
día siguiente de haber cumplido los veintiún años. Nada se sabe acerca de la
ceremonia. El casamiento tuvo lugar en Rosenberg, y los recién casados via-
MATRIMONIO [55]

jaron a Zurich por Constanza en viaje de bodas. A pesar del prolongado


compromiso, ella y Arthur apenas se conocían mutuamente.
En un relato no fechado (de alrededor de 1913) y de carácter sin duda
autobiográfico titulado “Señales de vida”, Klein escribe acerca de la conmo-
ción sufrida por una joven, Anna, en su noche de bodas: “¿Y tenía que ser así,
que la maternidad comenzase con un disgusto?”. Anna se esfuerza en la medida
de lo posible por aceptar la convencional opinión de su esposo, según la cual
una mujer casta y honesta siente un natural desagrado por “esas cosas”, pero le
atormenta su indefinible deseo de una desconocida consumación. Es
sumamente posible que su rechazo al sexo se relacionase con la impresión de
haber traicionado a Emanuel. “A menudo me pregunto”, reflexionaba más
tarde, “si mi hermano, con quien me unía una relación tan profunda y estrecha,
no advertía que yo estaba cometiendo un error, y si inconscientemente él no
sabía que yo iba a hacerme infeliz a mí misma”.
Al regresar de su viaje de bodas, los recién casados se establecieron en
Rosenberg. Con una población de alrededor de ocho mil habitantes, de diversas
nacionalidades, esta localidad era la más importante de la provincia, entonces
húngara, de Liptau. Los húngaros predominaban en los servicios públicos, los
judíos se dedicaban al comercio, en tamo que los eslovacos estaban
representados por los campesinos y la clase media. La familia Klein parece
haber estado enteramente adaptada. Jakob Klein era miembro de la sinagoga,
mientras que Arthur había asistido a la escuela de los jesuitas. Con algo de
tirano doméstico, Jakob agobiaba a su familia con su irascible temperamento.
Era una figura muy respetada en su pequeña comunidad, donde durante muchos
años había sido a la vez alcalde del pueblo y gerente del banco local. Fue
también senador en representación de su pueblo —cosa por entonces poco
habitual en un judío— y condecorado con la Orden de Francisco José. Estaba
muy orgulloso de su hermano, quien se había incorporado al ejército
austro-húngaro y llegando a ser oficial, cosa también inhabitual para un judío
de esa época. El alemán, lengua franca del pueblo, era muy hablado por los
judíos. Arthur podía hablar húngaro, eslovaco y alemán; su padre, húngaro y
eslovaco y su madre, húngaro y alemán. Melanie, siempre dispuesta a aprender
lenguas, se puso a estudiar eslovaco.
A su regreso a Rosenberg, Melanie y Arthur se establecieron en un
bello apartamento (situado, al parecer, en el piso superior del banco), amue-
blado en gran parte con cosas enviadas desde la casa familiar de Viena.
Libussa hizo sugerencias para la decoración, “si puedes arreglártelas hasta
que yo llegue”. Había aún cuentas pendientes del ajuar y respondiendo a
preguntas de Melanie sobre las finanzas familiares, el 28 de mayo Emilie
aseguraba a su hermana que ella y Leo procuraban contribuir con algo cuan-
do les era posible. A los dos meses de la boda Melanie advirtió que estaba emba-
razada. Durante algunas semanas sufrió molestas náuseas. Al enterarse
[56] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
de que tendría un nuevo nieto, Libussa respondió muy contenta con una carta
llena de consejos maternales:
Puesto que ahora conozco el dulce secreto, ce deseo, querida hija, un niño tan dulce
como Orto. También puede ser una niña como tú... aunque no tan nerviosa. Me complace que
vayas a tomar “Somatóse1* pero debes beber por lo menos un litro y medio de leche, como
hizo Emilie; y dos o tres veces al día debes tomar dos cucharaditas rasas de Somatose. Toma
medio litro de leche cada mañana y come dos huevos y un bollo de mantequilla. Por la tarde
toma otro medio litro de leche con Somatose y otro medio litro más con Somatose antes de ir
a la cama. Si sientes rechazo por la carne de vaca, come carne de ave, muchos huevos y,
sobre todo, alimentos nutritivos. Debes esforzarte por hacerlo, aun cuando sea en contra de
tu estómago. Pero, lo que es más importante, no debes inquietarte, permítete distracciones,
mantente contenta, nunca melancólica o agita- da, puesto que eso no sólo es malo para tu
estado sino también, como bien sabes, para tu bebé. Por él debes ejercer la moderación. La
mente es como el ojo que sólo debe recibir bellas impresiones. Estoy firmemente convencida
de que, gracias a Dios, el embarazo de Emilie fue tan bueno sólo porque ella estaba
distendida, alegre y de buen ánimo, y porque todo el tiempo se alimentó bien. A final del mes
que viene iré a visitarte y continuaré aconsejándote personalmente .
Algunos aspectos de esta carta merecen comentario. En primer lugar, que
lo deseable sería un niño; y si el niño resulta ser una niña, debe ser una niña más
tranquila que Melanie. En segundo lugar, que el embarazo de Emilie —que
había dado a luz a un niño— fue bueno porque tenía sobre sí el vigilante ojo de
Libussa durante todo el período. Es verdad manifiesta una preocupación
maternal, pero es una preocupación en exceso solícita.
En una carta del 18 de junio de 1903 la única referencia al embarazo de
Melanie es que ésta no debe colgar cierto cuadro en el que se representan ninfas
y faunos. Aparentemente esa temática podría resultar perturbadora, ¿por sus
connotaciones sexuales? “Debes contemplar siempre cuadros bellos y no
asustarte por nada.” Pasa entonces a cuestiones más inmediatas como la
adquisición de un mantel para Melanie y, después, a informarle de algo más
apremiante: el tío Hermano acababa de comprar una hermosa casa de campo
con un gran parque en Gersthof, que le había costado 290.000 florines, cifra
que parecía inquietarle mucho. Hermann pensaba trasladarse a ella con su
familia en septiembre. El cambio en su forma de vida tendría considerables
repercusiones en la casa de Martinstrasse y también en el matrimonio Klein.
El 19 de enero de 1904 nació una niña, Melitta; Melanie afirmaba que
agradaba la maternidad, especialmente porque tenía como niñera a una
excelente campesina eslovaca. “Dada.” No obstante, su Autobiografía contiene
unas ominosas frases: “Me entregaba enteramente a la maternidad y al interés
por mi hija. Sabía en todo momento que yo no era feliz, pero no veía otra
opción”. Las cartas muestran que Melitta fue amamantada durante siete
meses, pero Klein no hace referencia a ello en su Autobiografía. Dada la
MATRIMONIO [57]

ulterior relación entre madre e hija, sería interesante saber cómo reaccionaron
ambas ante esta experiencia.
En agosto de 1904 Emilie visitó Rosenberg, mientras que Libussa se
dirigió a un balneario, Bad Reichenhall, donde le fueron prescritos baños de
ácido carbónico e inhalaciones para las anginas y las palpitaciones que padecía.
Su estancia allí parece haber sido la de unas vacaciones, si bien le asegura a su
hija que el médico deseaba que se quedase todo el mes por razones de salud. No
obstante, un mes más tarde estaba en condiciones de ascender por caminos
montañosos y gozar de la fragancia de los bosques de pino. La hermanastra de
Arthur, Iren,* y su marido, Karl Kurtz, llevaron a Libussa de excursión a
Salzburgo y los alrededores, y ella los hubiera acompañado también a
Berchtesgaden si no lo hubiese impedido su tratamiento.
Las cartas, dirigidas a las dos hermanas a la vez, ofrecen un interesante
contraste con las escritas sólo a Melanie. En sus observaciones a Emilie,
Libussa parece menos tensa que con su hija menor. Le da razonables consejos
sin abrumarla: “Tú, mi querida Emilie, debes considerar que sólo dispones de
un breve período para gozar del campo. Deja, pues, tu tonto bordado y
aprovecha el tiempo”. No obstante, la calma sería efímera.
En los primeros meses de 1905 Libussa empezó a abrumar a Melanie y a
Arthur con sus preocupaciones económicas. Según ella, el tío Hermann le
reclamaba el pago total de la casa; si no recibía el dinero en abril o en mayo, ella
se quedaría sin casa. ‘‘Para ser sincera”, les aseguraba, “estoy hecha un
verdadero lío” (“Shlemastik”). Según la descripción que ella hace de las
negociaciones, hermano y hermana parecen haber actuado en el trato de manera
despiadadamente inflexible. Como en su correspondencia hay tantos indicios
de que Libussa habitualmente eludía la verdad, una explicación más probable
sería la de que, ahora que Arthur se hallaba en buena posición, Libussa estaba
decidida a liberarse de sus cargas económicas. Hubo, sin duda, duras disputas,
pero unas líneas sugieren que Libussa no quería que Arthur escuchara la
versión que Hermann podía dar de la historia.
Querido Arthur espero que no se te ocurra escribir nada sobre esta cuestión al tío
Hermann, o lastimarlo de algún modo. Su noble y amable persona no merece en
absoluto que se la lastime. Tiene, evidentemente, sus extravagancias, pero es, después
de vosotros (y de Leo y Emmy), la persona que más quiero en el mundo.

Manifestaba sólo un escaso interés en el bebé, y la narración de sus pro-


blemas habría perturbado la calma de Melanie atendiendo a su pequeña hija.

* Iren era hija nacida de un matrimonio anterior de Jakob Klein. Se había casado con un
conocido abogado criminalista. Vivían en un pueblecito a casi cien kilómetros de Viena.
[58] 1882-1920: D E VIENA A BUDAPEST
Hubo empero, ocasionalmente, algunas agradables distracciones. En
1905, cuando Melitta tenía un año, marido y mujer viajaron a la costa del
Adriático, visitando Trieste, Venecia y Abbazia (hoy Opatija), conocido lugar
de reunión en lo que ahora es Yugoslavia. En febrero de 1906 se informó a
Arthur que en la primavera debería asistir a un congreso que tendría lugar en
Roma, y que Melanie podría acompañarlo. Proyectaron también dirigirse a
Nápoles y a Florencia, y visitar la tumba de Emanuel en Génova. Jolan había
estado allí durante la primavera anterior y les había enviado hierbas del lugar.
La carta que el 10 de febrero de 1906 Libussa escribió a Melanie en respuesta a
las noticias del viaje, revela quizá su carácter mejor que cualquiera otra carta
que haya escrito:
Arthur sabe dónde están sus ventajas y cómo alcanzarlas. Es evidente que ese viaje a
Roma representa el cumplimiento de vuestros más fervientes deseos. Pero lo que me
sorprende es que por estar demasiado contentos os habéis olvidado enteramente de mí. Dices
muy bien que difícilmente se presentará otra oportunidad de viajar a Génova. Yo digo que ni
siquiera merece la pena plantearse si yo finalmente alcanzaré lo que deseo. Hace veinticuatro
años que anhelo visitar la tumba de mi padre y nunca he podido hacerlo. Y lo mismo me
ocurrirá con Génova. No puedo hacer un viaje así por mi cuenta y nunca podré hacerlo. Creo
que mi única oportunidad sería poder viajar con vosotros.
Si considero que este mes cumpliré cincuenta y seis años* y que los años pasan tan
rápidamente y que con ellos vienen las dolencias, las cuales acaso me impidan después hacer
un viaje que deseo tan ardientemente, entonces veo como una gracia del cielo el que pueda
conseguirlo ahora. El dinero no es problema para mí en este caso. Si no lo tuviera, lo pediría
prestado. Pero para entonces tendré suficiente, dado que ya tengo ahorradas más de
trescientas coronas. Si deseas combinar este viaje con unas vacaciones, ésa será una decisión
bienvenida, y quién sabe si el pasar unos días junto al mar no haría que me recuperase
totalmente... El tener que hacer un gran gasto de dinero no me acobarda. Sólo me digo que el
tío Hermann deberá esperar seis meses más. Es posible también que, como persona que viaja
al congreso, el viaje me resulte más barato.
Arthur nada debe temer. No he de molestarlo. Llevaré sólo un pequeño equipaje: un
vestido más a la moda, una bata y mi vestido de viaje. Y en lo que concierne a otras cosas, ya
no estarás de luna de miel y no te molestaré en modo alguno.
En lo que atañe a Meta (Melitta), ni Leo ni Emilie objetarán nada si me marcho cuatro
semanas antes. Pero debo decirte que realmente estás exagerando al estar aún tan inquieta
por la niña. A los dos años Otto comía de todo. Ahora ya no tienes que temer que tenga
trastornos digestivos, especialmente teniendo a Dada... Dada cocina para ella, la baña, la
acuesta, etc., etc. Sin duda puedes confiársela a Dada.
Es extraño que Libussa nunca haya visitado la tumba de su padre; tam-
bién lo es que se las haya arreglado para ahorrar trescientas coronas cuando sus
cartas anteriores han estado llenas de quejas por sus penurias. En ningún

* Ello implicaría que nació en 1850, lo cual no concuerda con la fecha de nacimiento que
figura en su certificado de defunción, que es la de 1852. Tal discrepancia no está aclarada.
MATRIMONIO [59]

caso parece habérsele ocurrido que la joven pareja podría preferir estar sin
compás* A Melanie le preocupaba que el viaje le resultase demasiado fatigoso
por lo que le propone que haga una excursión más corta a Abbazia. Tras una
detenida reflexión”, responde Libussa, “he llegado a comprender que tienes
razón y que no sería capaz de enfrentarme con los grandes esfuerzos que exige
el viaje. Tantas noches sin dormir y el constante viajar no serían buenos para mi
estado.” En abril Libussa había decidido que no se hallaba en condiciones para
encontrarse con ellos en Génova. “Creo que si de tener vida, seguramente
hallaré otra oportunidad para ir a Génova”, les informaba. Finalmente también
Abbazia quedaba excluida y se acordó que visitaría Rosenberg durante la
ausencia de ellos. Acaso dudaba porque advertía que estaba empeñando
demasiado su suerte.
En Italia, las visiones de una vida más relajada contribuyeron sutilmente a
la insatisfacción general de Melanie. No obstante, ella y Arthur experimentaban
la misma incansable curiosidad por visitar lugares interesantes, y aquélla
parece haber sido la época más dichosa que pasaron juntos durante su
matrimonio. En su Autobiografía, Klein omite mencionar la visita a la tumba de
Emanuel. De acuerdo con la descripción de Jolan, estaba cubierta por un verde
recuadro de césped con una pequeña placa de mármol en la que simplemente se
leía: “Reizes Emanuel”. Melanie recogió un poco de la hierba que la cubría y la
guardó dentro del hato de cartas de Emanuel que conservaría durante el resto de
su vida.
En Viena, Emilie consideraba llena de encamo la vida de Melanie, en
contraste con su limitada vida de mezquinas economías y exceso de trabajo.
Una carta algo patética pone de manifiesto cierta envidia por la buena suerte de
su hermana, aunque también el reconocimiento de que su brillante hermana
menor estaba destinada a una vida más opulenta que la que ella podía esperar:
Al leer tu animada caita apenas pude reprimir cierta tristeza. No es que
sienta envidia; sabes que no siento gran inclinación por los viajes, aunque no
los rechazaría si se me ofreciera la oportunidad de hacerlos... Pero sí siento casi
envidia por el talento que tienes para expresar tan bellamente cuanto puedes
ven Bien: ésa es una vieja historia, la de que difícilmente haya alguien que te
quiera tanto como yo... ¿Cómo está nuestra querida Mamá? ¿Se la ve bien? Yo
la extraño muchísimo. Hace tanto tiempo que ha partido que a veces no puedo
recordar sus facciones. ¿Cuándo vendrá? ¿Cuánto tiempo permanecerá con
nosotros? Para entonces será primavera nuevamente y marchará a su amado
Rosenberg con su dulce Meta, Mela y Arthur. ¡Y se acabaron Emilie, Leo y
Otto! ¿Por qué nos descuida tanto?
También Emilie parece haber sido presa del esquema familiar de la cul-
pabilización. Si uno de ellos tiene buena suerte, el otro tiene que pagar por ello.
Desde Rosenberg, donde Libussa cuidaba de Melitta, la abuela infor-
[60] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
maba a la ausente Melanie de que su nieta estaba “feliz y alegre; ríe y canta todo
el día como un pajarillo. Parece echarte mucho de menos. Muchas veces al día
mira hacia el dormitorio y dice: 'Papá, mamá, cama’, y muy a menudo, sin que
se la incite, dice: ‘Mamá, dulce, guapa, buena, hermosa’. Tiene muy buen
apetito y no necesita de lavativas”. Libussa intenta convencerse de que el
matrimonio era la perfección absoluta, y de que algunos pequeños problemas se
debían a los desdichados “nervios” de Melanie, a ¡os que alude con mayor
frecuencia que en los años anteriores. En una carta del 25 de abril de 1906
(dirigida probablemente a Nápoles) Libbussa expresa su satisfacción por la
buena salud de Melanie y agrega: “Pero me aflige, querida Melanie, que nunca
estés libre de una gota de amargura, ¡aun en los momentos de alegría! Es tu
destino o, desdichadamente, tu disposición, que siempre haya algo que te
torture”.
Libussa estaba decidida a hacerle saber a Melanie lo mucho que su salud
había sufrido a causa del sacrificio de no haber viajado con ellos. De regreso a
Viena, el 17 de mayo le informa de que ha sido examinada por el profesor
Schlesinger. No tiene trastornos cardíacos, así que no necesita tomar baños de
ácido carbónico, y su catarro bronquial ha desaparecido. Sin embargo,
“necesito cambiar de medio: aire fresco —rico en ozono—, baños diarios de
pinochas, y él me garantiza una perfecta curación”. Halla todo eso en las aguas
termales de Karetnitza, excursión pagada probablemente por Artur.
El año 1906 fue importante debido a la publicación, largamente esperada,
del libro de Emanuel. En su Autobiografía Klein describe cómo
después de su muerte, cuando yo Lema veinte años, reuní sus escritos ayudada por la
gran amiga de él y mía, Irma Schönfeld, y procuré publicarlos. Por entonces yo esta- a casada
y esperaba mi primer niño, e hice un largo viaje para hablar con Georg Brandes, el
historiador de la literatura, a quien mi hermano admiraba, para lograr que escribiera el
prefacio del libro, pues por carta se había negado a ello. De hecho ya había dejado la casa
desde donde me había escrito diciéndome que ya estaba demasiado viejo y demasiado
cansado para continuar escribiendo prefacios y leyendo libros; pero entre sus amigos más
próximos —y cuyos nombres no puedo recordar: una escritora y su hija, escultora— causé,
al parecer, tal impresión, que sus canas a Brandes lograron el prefacio. En realidad empleó
en su redacción casi todo lo que yo le había dicho acerca de mi hermano. Después de mucho
batallar, intenté conseguir un buen editor... En realidad el libro no da una idea de lo que mi
hermano podría haber llegado a hacer, pues utilizamos para su composición todos los
materiales que se hallaban en sus cuadernos de apuntes, algunos de ellos no suficientemente
elaborados, así que constituye una débil imagen de lo que podría haber sido, si bien hay
algunas cosas muy bellas en él.
Es enigmática la vaguedad acerca del lugar al que Klein se dirigió en
busca de Brandes, tanto más cuanto que en la correspondencia familiar no
hay ninguna referencia a ese viaje. Hay empero una alusión posterior en una
MATRIMONIO [61]
de las cartas de Libussa a un viaje que en una ocasión hizo Melanie a Berlín,
mando Arthur le ordenó que regresara a Rosenberg. Por entonces Irma estaje
viviendo en Berlín, al parecer en feliz matrimonio, y sus canas sugieren que en
realidad fue ella la responsable de la tediosa tarea de ocuparse de la publicación
del libro. Aus meinem Leben (“De mi vida”), editado por Wiener Verlag,
recibió el 22 de abril de 1906 una crítica poco favorable de Sevacse, un famoso
crítico vienés de la Neue Freie Presse, irónicamente uno de los blancos de las
andanadas de Karl Kraus. Fue característico que Libussa no pudiera
permanecer al margen del drama: cuando, hallándose Melanie de viaje en Italia,
la publicación del libro debió postergarse debido a dificultades económicas de
los editores, Libussa se hizo cargo de escribir a Sevacse para pedirle que
aplazara su reseña.
El autor de esta última describía a Emanuel como un escritor más bien
decadente; indudablemente decadente, en todo caso, en sus relaciones con las
mujeres. “Es especialmente deplorable que se ofenda tanto por algunas
palabras indiferentes de Thea, con las cuales ella no se propone herirlo, que
decida romper con ella y después complacerse con su sufrimiento.” Sevacse no
podía comprender el gran desapego del joven respecto de su madre, si bien al
final de su vida se vuelve más auténticamente humano cuando le suplica que no
lo llore: “Madre, debes perdonar mi muerte, puesto que yo te he perdonado mi
vida”. Si Emanuel realmente dejó a su madre una anotación así, ello casi
sugeriría que pensaba suicidarse.
El objeto físico —el libro— le parecía a Libussa más importante que su
hijo. Estaba sumamente orgullosa por la reseña, hasta el punto de creer que en
Rosenberg todos estaban tan impresionados que guardaban silencio. Sin
embargo, a su regreso a Viena, se mostró contrariada porque en algunos
comercios no se hallaba el libro. En noviembre apareció otro comentario
(anónimo): “Nuestra excitación es tan grande que después de haberla leído
muchas veces, no sabemos si es favorable o desfavorable”, contaba Libussa. Al
menos la mujer del tío Hermann estaba impresionada por el libro. Desgarrada
por su contenido, se deshacía en lágrimas, reacción que a Libussa le parecía
misteriosa. Emilie, a petición de Libussa, le pidió a Melanie que le enviase un
ejemplar del libro de Emanuel para dárselo, en lugar del pago, al médico que la
estaba tratando por su cistitis.*
Emilie escribió a su hermana para felicitarla por los frutos de sus
esfuerzos:
Ahora que el libro está publicado y que por fin hemos alcanzado el objetivo
deseado, anhelado durante tanto tiempo, debo expresarte lo mucho que te admiro.
Sabes que comúnmente no soy muy inclinada a la alabanza, pero ahora estoy senci-

* Es ésta la única vez que aparece el nombre de Emanuel en la correspondencia después


de su muerte.
[62] 1882-1920: D E VIENA A BUDAPEST
llamente anonadada! Sólo tú podrías haber logrado esto, tú con tu inteligencia,
con tu férrea voluntad y tu perseverancia. ¿Créeme que si a veces he sido poco
expresiva, secretamente siempre he apreciado y admirado tu enorme voluntad!
Ahora, esperemos lo mejor para el libro. ¡Los que sean dignos de leerlo también
lo apreciarán!... Irma me cuenta cuánto te admira por haber batallado tan
duramente por el libro. Ella nunca habría sido capaz de llevar adelante la tarea,
pues su voluntad habría flaqueado. Habría renunciado hace tiempo.
Si la depresión de Melanie se hizo más notable tras la publicación del
libro, podemos pensar que este acontecimiento podría haber precipitado sus
ásperos sentimientos. Después de cuatro años de exhortar, aparentemente, a
Irma, la tarea estaba realizada, y ella era bastante inteligente para advertir las
reservas de la reseña. Además, la visita de la tumba en Génova debe de haber
ejercido un efecto traumático en ella.
Su segundo hijo, Hans, nació el 2 de marzo de 1907; las cartas ponen de
manifiesto que ella se encontraba en un estado de profunda depresión durante el
embarazo. Recordaba de Hans el poseer una inteligencia extraordinariamente
precoz en un niño. Parece significativo que lo mencionase en su Autobiografía,
pues Hans conservó siempre actitudes muy pueriles y en algunos aspectos
parecía más bien retrasado.
En su Autobiografía, Klein refiere un acontecimiento que en última ins-
tancia sería desastroso para su matrimonio: a fines de 1907 Arthur aceptó un
trabajo muy bien remunerado como director de una fábrica de papel del conde
Henkel-Donnersmarck en Silesia septentrional. A consecuencia de ello
tuvieron que mudarse a Krappitz, un pueblecito monótonamente provinciano
en el que no había siquiera un alma afín con la que Melanie pudiera conversar.
También Rosenberg le había parecido intolerablemente limitado después de
que Jolan se trasladara a Budapest al casarse, en 1906. En este momento
convencieron a Libussa, quien ofreció a ello poca resistencia, para que fuera a
vivir con ellos. Libussa lo hacía con muchísimo gusto porque Arthur estaba
ahora en condiciones de saldar con el tío Hermann la deuda por su inversión en
la casa así que Libussa, libre por fin del negocio, pudo alquilar un café. No
importaba que Melanie pudiera disponer de ayuda en las tareas de la casa y
Emilie, en cambio, no. El 18 de diciembre de 1905 había nacido el segundo hijo
de Emilie, Wilhelm Emanuel Pick, ella estaba i abrumada por las tareas
domésticas.
Durante las negociaciones de la venta de la casa, Libussa informó a
Arthur que la casa, de acuerdo con Hermann, debiera ser puesta a nombre
de Melanie. En una comunicación privada, Eric Clyne escribe: “Respecto
de la casa de Viena, creo que mi madre compró* a su hermana la parte que
ésta tenía en ella, y aunque poseía varios apartamentos, nunca obtuvo
ingresos de ellos. En todo caso, unos dos años antes de su muerte la vendió,
y cuando, hace algunos años, visité la Martinstrasse, encontré que la habían
derribado y que en el lugar habían construido una estación de servicio'’.
MATRIMONIO [63]

Hay mucha confusión y contradicciones en el modo en que distintas personas


valoran las gestiones relacionadas con la casa, como a menudo ocurre en las
facciones que suelen formarse en una familia a propósito de cuestiones de
propiedad. Walter Pick, hijo de Otto Pick, cree posible que más o menos desde
1927, su padre alquilase a Melanie la parte de la casa que le correspondía a ésta.
En esa casa vivió su familia y también en ella tuvo su famoso consultorio
dental. Uno de sus pacientes más distinguidos fue Sigmund Freud.* La casa
debió abandonarse para siempre en 1938, cuando la familia huyó a Inglaterra.
Según la hija de Hermann, Trude Feigel, las dos hijas heredaron la casa a la
muerte de Libussa y en su momento Emilie vendió su parte (ella pone en
cuestión que la casa fuera comprada por Otto). No sabe qué hizo Melanie con la
suya; la señora Feigel confirma que se habría obtenido un ingreso muy pequeño
por la casa, pues los alquileres estaban controlados.
Desde el momento en que se mudó a Krappitz, Libussa se hizo cargo de la
organización de la casa, llenando el vacío creado por la creciente irritabilidad,
la postración depresiva y la melancolía de Melanie. Se sentía incitada a pasar
mucho tiempo fuera de la casa en lugares tranquilos y sosegados, visitando
amigos y parientes, y su ansiedad afectaba incluso a Libussa. “No es
sorprendente que me haya hundido así escribe Libussa a su hija en febrero de
1908, mientras Melanie estaba en Budapest en viaje de visita, ‘‘cuando
presencio tu intenso sufrimiento y no puedo ayudarte”. Las fotografías tomadas
a Klein durante este periodo muestran la paralizante depresión en la que había
caído. En su Autobiografía, describe a Arthur como “difícil”. Casi no hay
durante este período carta de Libussa en la que no se haga referencia a los
“nervios”, los insomnios y las molestias digestivas de Arthur. A menudo estaba
demasiado cansado, demasiado exhausto, o demasiado miserable para
escribirle a su mujer, y Libussa transmitía los mensajes del uno al otro. Pero
Libussa deseaba ocupar un lugar especial en la vida de su hija por lo que
propuso un curioso procedimiento indirecto para que Melanie pudiera
comunicarse con ella de modo tal que Arthur no leyese la carta: sencillamente
dirigiéndola a Frau Melanie Klein.
Durante los dos años y medio que vivieron en Krappitz, Melanie
parece haber pasado casi tanto tiempo fuera de su casa como en ella. En
1908, cuando Hans no tenía aún un año, visitó Rosenberg y Budapest desde
finales de enero hasta mediados de abril, y pasó una semana en Abazzia. En
Rosenberg su suegra le aplicó paños calientes, como había hecho con
Arthur en el pasado. “Creo que su madre y yo somos todavía los mejores
médicos”, decía Libussa con satisfacción a su hija. Klara Vágó, hermana de
Gyula —el marido de Jolan—, acompañó a Melanie en su visita a Abazzia.
Esta es la primera muestra de que Klara, una mujer divorciada, algo mayor que

* Posiblemente Otto tuvo que ver con la factura de la prótesis de Freud. Freud escribió en
1938 una recomendación para Otto que le permitió a éste mudarse a Londres.
[64] 1882-1920: D E VIENA A BUDAPEST
Melanie, se había convenido en su amiga íntima. Libussa parece haber tenis do
sentimientos encontrados por el cambio en los acontecimientos al llegarle las
noticias previas a la partida: "Respecto de Klara, te agradará, sin duda, tener
una compañera de viaje. Pero no consideraría oportuno para ti compartir la
habitación con ella en Abazzia. Creo que puedes decirle que no es con-
veniente para tus nervios, que necesitas completa tranquilidad, y que no debes
hallarte bajo el apremio de obrar de acuerdo con alguien”. En los baños
termales Melanie se sometió a un tratamiento de ácido carbónico y de otros
remedios habituales para los nervios.
Durante esas ausencias Libussa abrumó a Melanie con cartas que narra-
ban su irreprochable forma de administrar las tareas domésticas y consejos
sobre los más nimios detalles de su vida, como si estuviera intentando reforzar
la dependencia de su neurasténica hija, aun en la distancia. Se le indicaba a
Melanie qué ropa debía usar, a quién debía ver, cuánto tiempo debía
permanecer en un lugar. Por la mañana tenía que usar vestidos livianos para no
sentirse incómoda e indiscutiblemente no tenía que tocar el piano o frecuentar
compañías que la excitasen. Cada uno de los consejos de su madre le ofrecía a
Melanie una reforzada autoconcepción de semiinválida permanente.
Lamentablemente se ha perdido la correspondencia de Melanie durante
este período, pero de las respuestas de su madre se hace evidente que se sentía
preocupada y culpable por el bienestar de sus hijos. Su ansiedad debe de
haberse incrementado al saber que Hans a menudo se dirigía a la puerta y
gritaba: "¡Mamá, mamá!”. Ella estaba ausente cuando le brotaron los dientes y
también en su primer cumpleaños. Y cuál pudo haber sido la reacción maternal
de Melanie al leer que su hijita decía: “¿Qué dirá mamá cuando sepa que estoy
tan bien?”. “¿Por qué te torturas tanto por los niños?”, le preguntaba Libussa.
“¿Por qué haces de cada minuto de tu vida una aflicción, y te privas de toda
alegría a causa de ellos? ¡Puedes estar completamente tranquila! Los niños no
pueden estar más saludables ni tener mejor aspecto que ahora.” En otras
palabras: ellos estaban mucho mejor sin su madre.
Para consolidar su objetivo, Libussa regaña a su hija porque sus propios
males físicos se deben a la preocupación por el estado de Melanie. ¿Y por qué
tendría que estarle Melanie tan agradecida? Después de todo, ella está haciendo
lo que cualquier madre decente haría.
¿Qué es toda esa ridiculez con mi gran amor maternal y mi sacrificio? ¿Piensas
que podría haber actuado de otro modo que como lo hago?... Debes concentrarte en una
sola cosa: que quieres volver a casa como una persona perfectamente sana y fuerte.
¡Que la nostalgia y el anhelo de ver a los niños no te impidan ser dueña de ti! Sabes que
Arthur, tus hijos y tu casa están en buenas manos, de manera que, en lo que respecta a
eso, puedes estar tranquila. Y para cuando regreses —sana, recuperada y fuerte—, Arthur
se habrá restablecido completamente; así lo espero confiadamente. ¡Y piensa sólo en la
nueva vida que tienes por delante! ¿Qué más podría pedirse de la vida? ¿No tienes todo
MATRIMONIO [65]
aquello por lo que la mayoría de la gente nene que pelear y batallar, y por lo que te
envidian?
Libussa parece haber tenido dominado también a Arthur, aunque de vez en
cuando él ofrecía hosca resistencia. El 2 de febrero de 1908 Libussa le dio una buena
lección, de la que informa puntualmente a Melanie, que se encuentra en Budapest:
Le dije: ‘‘Espero que no se le haya ocurrido hacer que Melanie regrese de Budapest a
Viena. ¡Lo hiciste cuando ella estaba en Berlín, la hiciste regresar entonces! Debieras estar
satisfecho con que ella se sienta mejor ahora y no tenga que ir a un sanatorio. Es mejor para
ti que ella regrese completamente curada y con buen estado de ánimo. Entonces también tú
perderás tu nerviosismo. ¿Qué ventaja tendría para ti que ella regresase y llorase y estuviese
enferma otra vez?”... Lo ha reflexionado: permanecerás en Budapest el tiempo que desees.
Dice que además debe asistir a muchas conferencias en Viena y estará muy ocupado. Ves,
pues, que Arthur me ha pedido que te escriba para decirte que puedes permanecer en
Budapest el tiempo que quieras. Y yo agregaría: ¡tu deber es permanecer allí por ti y también
por los niños y por Arthur! Porque yo realmente necesito mucho que vosotros dos estéis
bien. Por tanto, ce lo repito una vez más: ¡quédate, quédate, quédale, y ponte bien!
Libussa quería retirar a Melanie del camino. Intentaba crear situaciones
en las que marido y mujer se vieran lo menos posible. Es muy claro que lo que,
según sus informes, han dicho Arthur o el médico, son palabras que ella pone
en sus bocas. El detalle de que de cualquier modo Arthur estaría demasiado
ocupado en Viena para disponer de tiempo para Melanie, es un toque diabólico.
Le irritaba pensar que Arthur hiciera planes privados con su mujer y sutilmente
lo disuade de escribir a Melanie. Esta constantemente se lamenta de no saber de
él más a menudo.
En su devoradora necesidad de actuar como madre (¿de asfixiar?)*
respecto de su hija, Libussa perdió de vista —o era demasiado poco
inteligente para comprenderlo— lo que realmente se proponía. Consideraba
que era imperativo para Melanie permanecer durante el máximo tiempo
posible en Abbazia. Si Melanie y Arthur se reunían antes de su partida, se
interferirían sus planes de mandar a su hija rápidamente a tomar aires marinos.
Arthur debía esperar a encontrarse con ella en Abbazia. Probablemente los
motivos de Libussa eran mixtos: inadvertidamente pudo temer que Melanie
contrajese la tuberculosis, pero por otra parte pudo no haber tolerado que su
hija tuviese placeres que a ella le estaban negados. Por lo que respecta a los
costes de una larga estancia en Abbazia, el dinero no suponía dificultad.
Después de haberse atormentado por su propio dinero y de haberlo escati-

* La autora recurre aquí a un juego de palabras intraducible entre mother (“madre”) y


smother (“sofocar”). [T.]
[66] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
mado durante años, se mostraba sumamente generosa en cuanto al modo como
Arthur debía gastar el suyo:
Esta mañana me dirigí a Arthur, que estaba en su dormitorio, y le pregunté si cum-
pliría con tu deseo de ir a Rosenberg. Dijo que esta semana era imposible para él y que,
además, se senda cansado. Estuve de acuerdo con él, y le propuse mi proyecto para Abbazia.
Primero se regocijó mucho. Después dijo que le sería imposible, porque en ese caso no
tendría vacaciones de verano. Le dije: “Sólo necesitas solicitar ocho días de tus vacaciones
de verano. Tú y Melanie tendréis entonces únicamente tres semanas para vuestro viaje a las
montañas de Harz. Pero para entonces ambos habréis recuperado vuestra fuerza. ¿Qué hace
uno si enferma de gripe y tiene que permanecer en cama dos semanas? Bien, tú sabes cómo
es Arthur cuando uno le habla insistentemente durante un rato: “No se puede! ¡Déjame en
paz! ¡Déjame en paz!". Manifiestamente yo estaba en mejor posición que él, puesto que el
yacía en la cama y no podía escapar. ¡Yo ya he iniciado esta cuestión! El, por cierto, lo va a
pensar, ¡y el resto tienes que hacerlo tú! Creo que será la mejor solución. Vuestra separación
no será tan prolongada y ambos os restableceréis. Entonces podrás, al regresar de tu viaje,
quedarte en Budapest tanto tiempo como quieras, diviértete, sal de compras, y acaso
consigas tu conjunto de tafetán. También puedes quedarte tres o cuatro días en Viena. Puedes
hacer todo eso disponiendo de tiempo y cómodamente, y no necesitas precipitar el viaje.
Puesto que habéis estado juntos diez días, una separación de diez días no te parecerá tan
dura. Creo que mi plan te va a gustar.
Sin embargo, Arthur no estaba tan dispuesto a realizar sus planes como
ella suponía: se mostró muy ofendida dos días después, cuando él le dijo que
tenía un concepto completamente erróneo de cómo era en realidad Abbazia, y
que el largo viaje en tren sería muy fatigoso para su mujer (¡y para él!). En su
opinión, lo que Melanie necesitaba era la distracción que podía ofrecerle una
gran ciudad donde además, él pudiera visitarla más fácilmente. Libussa alzó sus
manos en un gesto de indignada autojustificación:
Lo escuché hasta que hubo terminado. ¡Estoy completamente confundida con
su cambio de opinión! Entonces dije: “Está bien: si tú te haces responsable, nada
puedo hacer al respecto”. Sin embargo, me doy cuenta de que los hombres sólo
piensan en sí mismos. Quise decirle: “¡Tú sólo te quieres a ti mismo!”, pero dado que
una separación de seis o siete semanas seria intolerable para él, y que él cree que ha
hecho el más grande sacrificio proponiendo una separación de cuatro semanas,
guardé silencio. Por supuesto, él estaba fuera de sí por mis palabras, pero no pude
evitarlo.
Sin decírselo a Libussa, Arthur hizo entonces planes para que su esposa
se reuniera con él en Breslau antes de que ella continuara su viaje hacia
Abbazia Al enterarse de ello, el 4 de abril, Libussa se salió de sus casillas:
Guardé mi compostura y respondí (aunque por dentro estaba hirviendo): “Este viaje
será tan perjudicial para ti como para Melanie. Si ella te ve así, con este aspecto tan mise-
rable, puede atemorizarse y sufrir una recaída. Y para ti sería mejor que regresaras a la
MATRIMONIO [67]

cama y descansaras". “No te hagas la sabihonda", fue su respuesta, y me callé. Bien: ¿qué
hubiera sacado de seguir hablando? Pero debo decirte, querida hija, que no te atrevas a
interrumpir tu cura y a regresar a casa como habitualmente ha ocurrido hasta ahora cuando se
entreveía el fin y él perdía la paciencia. ¡Todo tu tratamiento, todo ese dinero se habrá
desperdiciado! Y por el resto de tu vida seguirás desdichada y enferma. Y debes sanar, por ti
y por él.
Al cabo de una semana había aceptado la situación hasta el punto de lograr
algún consuelo: ‘Ten la amabilidad de entregar a Arthur tu cuello de zorro para
que lo traiga de vuelta. Tú puedes pasar sin él una semana y yo en Rosenberg lo
necesito, pues mi abrigo de zorro está muy gastado”. Aparentemente los
jóvenes no se hallaban sin ella en una situación tan desesperadamente penosa
que le resultara imposible marcharse a Rosenberg durante unos días por su
cuenta. Esto parece haber sido un acto de represalia de parte de ella por su
desafío a los padres.
Le pregunté a Meta si quería ir conmigo a Rosenberg, pero no obtuve respuesta aparte
de un marcado rubor. Cuando insistió en su negativa a darme una respuesta, le dije: “Pero
seguramente querrás venir si papá viene, ¿no?’*; y entonces ella replicó: “¡Pero mamá y mi
hermanito también tienen que venir!". Ves, pues, que conmigo no iría en modo alguno.

Este es sólo uno de los muchos indicios de que a Melitta quizá no le


agradase su abuela y sintiese desconfianza hacia ella, y Libussa aparentemente
no ocultaba su preferencia por Hans. Por otra parte, se le repetía
machaconamente a Melitta que su madre era una impedida emocional, tan
enferma que tenía que abandonarla permanentemente. La aturdida niña acu-
mulaba resentimientos que ulteriormente tendrían en su vida trágicas conse-
cuencias.
Libussa cerraba los ojos ante la posibilidad de que esas separaciones
estuvieran debilitando el matrimonio. Todo tenía que ajustarse a su concepción
de una situación familiar libre de conflictos. Cuando ya era anciana, Melanie
Klein le contó a Hanna Segal que Arthur le había sido infiel desde el primer año
de matrimonio. ¿No se le ocurrió que su madre había impedido que el
matrimonio evolucionara hasta convertirse en una relación madura? Es posible,
incluso, que Libussa, caracterizada por su envidia y malicia, hubiera hecho
surgir por venganza esa idea en el espíritu de su hija ya que Arthur se mostraba
cada vez más molesto por sus intromisiones. Sea como fuere, Arthur tenía que
hacer frecuentes viajes de negocios y contó con muchísimas oportunidades para
mantener amores ilícitos si estaba inclinado a ello, y bien podía estarlo,
teniendo en cuenta que su mujer permanecía separada de él en ocasiones
durante meses y encontraba el sexo desagradable incluso en las mejores épocas.
Es dudoso que lleguemos a saber alguna vez la verdad sobre el matrimonio.
[68] 1882-1920: D E V IENA A B UDAPEST

Sólo se ha conservado una carta de Arthur, escrita ames de que él par-


tiera para encontrarse con Melanie en Abbazia —puesto que» por supuesto,
Libussa tomó finalmente su propio camino—: la carta se escribió en la
primavera de 1908 en un café de Viena, y se refiere fundamentalmente a los
planes de Arthur para la semana que precedería al encuentro de ambos. Las
expresiones de afecto parecen convencionales y ya empleadas con anterioridad.
Mientras declara una preocupación sólo superficial por la salud de su mujer, se
queja mucho de sus propias dolencias:
No tengo nada nuevo que contarle, querida. Sólo deseo comentarte mi estado y que
estoy seguro de que el dolor radica en una neuralgia. El dolor cede por producirse cada vez
menos espasmódicamente. Espero que el viaje me haga bien, el cambio me renueva. Mi
amor, siento mucho afecto por ti, querida, te ruego que te cuides mucho.
Después de algunos otros detalles, concluye:
Y ahora, querida, buenas noches, duerme bien, se muy considerada contigo
misma, a quien tanto quiero: también conmigo, a quien tú también quieres un poco.
Recibe un tierno beso
de quien te considera única.
Cuando Melanie regresó de Abbazia, se encontró con que Melitta había
estado enferma un tiempo, noticia que su madre había omitido comunicarle.
Melanie se llevó entonces a Melitta a Rosenberg en un intento de devolverle la
salud. Durante su ausencia Libussa se había convertido en el ama de casa in
loco uxoris. Fue la anfitriona en un almuerzo de cuyo éxito le informaba con
placer a su hija. ¿Pero no se lo había contado "seguramente” Arthur? Los
huéspedes se mostraron sorprendidos de que ella fuera capaz de preparar una
comida tan elaborada contando con tan poco tiempo: prueba de las habilidades
domésticas que había descuidado enseñarle a su hija.* Con el orgullo de una
esposa contaba que el gerente general de la cadena de fábricas de papel había
elogiado a Arthur por haber transformado la arruinada fábrica de Krappitz en
un próspero comercio. “Cuando se fue, G. (el gerente) dijo a Arthur que le
costaba dejar un lugar en el que lo había pasado tan bien.”
Entre tanto, Libussa prescribía por correo la dieta diaria de Melitta. En
primer lugar, hay indicaciones de que su cuidado no había sido tan perfecto
como ella alardeaba. “Dale alimento nutritivo para que la pobre niña recupere
las fuerzas. Si le hubiéramos aplicado este tratamiento sistemáticamente, su
enfermedad no habría durado tanto tiempo, y no se habría ido cuesta abajo
como está”.

* Libussa describe el “sencillo almuerzo” que preparó, consistente en “fricando con


pastel de carne, menudillos con alcachofas, zanahorias pequeñas, habas, arroz, ensalada de
pepinos, tres tipos distintos de compota y pastel de manzana”.
MATRIMONIO [69]

A pesar de manifestar no querer estropear un solo minuto de la visita de


hija, Libussa, a los cuatro días de la llegada de Melanie a Rosenberg, le lanzó
una histérica efusión de odio contra Emilie. Pareciera que Leo, a quién hasta
entonces la familia consideraba el ideal de humanidad, había usado a su mujer,
de hundir a la familia en la ruina económica con sus noches. Peor aún: Emilie
mantenía un amorío adúltero con un joven al que había conocido en sus
ocasionales visitas a la hermanastra de Arthur, Iren Kurtz, y a su marido.
(También los Kurtz, según Leo, estaban al borde del desastre debido a los
derroches de Tren.) Olvidándose de la consideración que en verano 1904 Iren
había tenido con ella, Libussa aceptó mediatamente la versión que Leo daba de
los hechos sin darle a su hija siquiera la posibilidad de defenderse. Emilie adujo
que no podía tolerar convertirse en el objeto del odio de Libussa y de Melanie,
pero Libussa fue inflexible. ¿Cómo se había atrevido Emilie a crear una
situación que perturbaba la tranquila estructura familiar que ella diligentemente
había establecido? Libussa dio entonces a su hija menor instrucciones sobre la
carta que debía escribir a Emilie: Melanie debía instarla a que rompiera su
amistad con una mujer que la alentaba en sus derroches y la llevaba a “la mina
moral y económica”. Libussa le aconsejaba a Melanie que citase palabras de
una carta que se superna que había recibido de ella, de Libussa: “¿Es posible
que se establezcan la paz y la tranquilidad en un matrimonio en el que hay
tantas acusaciones, tanta indiferencia y tanto odio, y tan poco respeto mutuo?”.
Debía subrayar que mamá no tenía intenciones de volver a pisar la casa de
Emilie hasta haberse asegurado de que Emilie había hecho un verdadero
esfuerzo por mejorar sus hábitos. Libussa llegó inclusive al extremo de dictar a
su hija las palabras exactas que debía escribir: “Desdichadamente no puedo
sino estar de acuerdo con mamá, porque comparto su manera de ver. Y tú sabes
que siempre he sido una persona recta y jamás he conocido mentiras y
dobleces. Nuestros caminos pueden separarse para siempre: la vida y la paz de
mi madre son, después de mi marido y de mis hijos, lo más importante del
mundo para mí. No quiero que esté expuesta a tales excitaciones y, por
consiguiente, no puedo alentarla a que te escriba”.
Libussa volvía entonces tranquilamente a los hechos básicos de la vida
doméstica en la que se sentía más cómoda. “No hay nada nuevo aquí. Acabo de
cocer los huevos en la olla. Puedes traer jugo de frambuesa, ciruelas y otras
frutas, pues aquí no tenemos nada para hacer compota.” A su modo de ver, ella
no debía experimentar otro sentimiento que la vanagloria de su propia rectitud,
como lo indica la afirmación que añade inmediatamente después de las líneas
antes citadas: “Se me ha ocurrido hace un momento que a todos ha de llegarles
su castigo. Me estoy volviendo otra vez religiosa”.
Completamente dominada por su madre como estaba, es probable que
Melanie hubiera escrito a su hermana una carta semejante. En una de finales de
agosto de 1908 Libussa decía:
[70] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
El que tenga listas esas cartas para Viena —después de aquel intercambio que
sabes—, lo debo sólo a tu ayuda. Quiera Dios que todo cambie para mejor —incluso el
negocio—, para librarme finalmente de tan grandes preocupaciones. Tengo mucha
curiosidad por ver cómo estarás a tu regreso: si te encontrarás tranquila, y no tensa y
nerviosa, y si los chicos tendrán buen aspecto. Arthur está de buen ánimo. El tiempo que
pasó en la Engandine* ha hecho maravillas en él.
Dados los hechos posteriores, Melanie Klein debe de haberse sentido pro-
fundamente desasosegada —aun cuando en ese momento creía en la historia de
su madre— por haberse dejado manejar y haber condenado a su hermana.
A finales de septiembre una Libussa moralmente superior condescendió a
visitar la desdichada casa de Viena. Describe el tráfago de la vida de Emilie y
concluye con presunción: “En principio, no la ayudaré; me digo: ‘Bien, déjala
fatigarse™. Es sorprendente el contraste entre su indiferencia por una de sus
hijas y su indulgente preocupación respecto de la que era su favorita. Ni
siquiera los mezquinos detalles de la vida que llevaban aleñaron a que Libussa
considerase la posibilidad de haberse equivocado en la interpretación de los
hechos. Leo se mantenía apartado y taciturno; Emilie economizaba hasta el
punto de pasar estrecheces.
Finalmente, a comienzos de octubre, Libussa le informa a Melanie que
ella y Emilie han mantenido una conversación en la que empezaron a emerger
las verdaderas circunstancias de la relación: Leo ignoraba enteramente a su
mujer y pasaba sus ratos libres leyendo, rehusando a menudo responder a sus
observaciones. Después del ajetreo de la semana, todo lo que Emilie deseaba
los domingos era descansar y cambiar de vida; visitaba entonces a sus amigas
casadas. Pero, sin asimilar aparentemente las implicaciones de lo que Emilie le
había contado, volvía a cuestiones que ella sin duda consideraba de gran
interés: “Anteayer fui con tu abrigo al pueblo. En esta temporada se llevan los
abrigos suaves y largos, hechos con un solo tipo de piel”.
En lo que atañe a Melanie, se hundía más que nunca en sus depresiones,
en especial cuando su madre estaba de visita. En mayo de 1909 sus accesos de
llanto y desesperación alcanzaron un punto tal que debió marchar a un
sanatorio de Chur, en Suiza, durante dos meses y medio, a fin de cambiar de
atmósfera y lograr una completa tranquilidad. Nuevamente a cargo de la
situación, Libussa señala que para Arthur el estado de cosas es “intolerable”
hasta que logre reunirse con Melanie durante sus vacaciones de julio. Es sig-
nificativo, no obstante, que todas las noticias de los sentimientos y las acti-
vidades de Arthur le fueran transmitidas a Melanie a través de Libussa, no
directamente por el propio Arthur.
Desde Chur, Melanie informa que su apetito ha mejorado y que está
comiendo bien. En junio se traslada a Saint Moritz; su madre se pone muy

* Aparentemente se fue de vacaciones (o a una “cura”) solo mientras Melanie


estaba en Rosenberg con los niños.
MATRIMONIO [71]

nerviosa por el dramático deterioro de su estado. Melanie tenía una afección en


la vejiga y quería que fuese una médica quien la revisase. El 6 de junio de 1909
Libussa le escribe una carta que arroja cierta luz sobre la situación:
¿Qué es lo que hace que estés otra vez tan abatida y nerviosa? ¿Es el tiempo?... ¿O tu
vejiga? ¿O más bien tu temor a estar otra vez embarazada?... ¡No debes desanimarte
¡Recuerda tu estado anímico cuando estabas embarazada de Hans, lo que ocurrió antes y lo
que pasaste, y que maravilloso niño es ahora! Todo lo que se refiere a Arthur ha mejorado
actualmente, así que serás la esposa y madre más feliz cuando tus nervios curados. Uno debe
soportar todas estas molestias de la vida sin turbarse. Debemos verlas como la oscuridad sin
la cual no podría haber luz. ¡Mira cómo ha cambiado Arthur! Yo misma no lo creería si no lo
viera con mis propios ojos. Siempre supe que su amor por ti no tiene límites y que
únicamente piensa en ti. Pero es la naturaleza misma ¿el amor lo que le conviene en un
hombre diferente; en otras palabras: lo que lo hace cambiar completamente y le convierte en
lo que tú siempre has anhelado... El descanso y el sosiego verdaderos llegan sólo si uno
puede vivir sin estímulo alguno, incluso sin estímulos placenteros, en completa soledad, y
pasa el día igual... aunque aburrido. El vivir con otras personas, incluso con las más cercanas
y queridas, como el marido, los niños y la madre, siempre acarrea cierto nerviosismo. El
doctor Lear dice risueñamente: “Si puedo opinar al respecto, diré que el doctor Klein vaya a
cualquier parte, menos adonde esté su mujer. La mejor cura para los nervios afectados son
algunas semanas de soledad*. No obstante, me sorprendería mucho si realmente estuvieses
embarazada sin haber enfermado aún. Creo recordar que desde el comienzo mismo lo
pasaste muy mal con Melitta y con Hans. ¿No puede ser que al final sea sólo anemia?
Es evidente que Melanie temía el embarazo; y su madre utiliza ese temor
para separarla al máximo de Arthur. Melanie no puede haber permanecido
completamente ciega a las maquinaciones de Libussa. ¿Su madre iba a
castigarla por medio del pene de Arthur? Al quedar embarazada se destrozarían
sus nervios, Libussa volvería a padecer males estomacales y se intensificaría su
culpa por quitarle a su madre algo que a ella no le pertenecía legítimamente. Es
una estremecedora conclusión que Libussa no quisiera que su hija fuese feliz,
que no quisiera la realización de su hija, que le envidiara las alegrías de las que
ella estuvo privada en su juventud. Alguien recuerda que cuando Melanie era
pequeña su madre le dijo que había sido una sorpresa, esto es, que no se la
esperaba. No es en modo alguno inverosímil que sutilmente estuviese
subrayando que nadie podía amarla: ni su padre, ni su marido ni ninguna otra
persona. Acaso fue la propia Libussa quien le había contado que Emilie era la
favorita de su padre. Libussa había competido duramente con Melanie por
Emanuel. Según Libussa, Arthur florecía cuando ella se marchaba, los hijos
estaban mucho mejor durante su ausencia y su propia madre necesitaba que ella
se marchase para lograr sosiego. Melanie no era objeto de mimos, no era una
hija amada, sino un perrito faldero al que se había enseñado a ponerse de pie y a
echarse pasivamente.
Hacia finales del verano de 1909 Arthur fue trasladado a otro pequeño
[72] 1882-1920: D E V IENA A BUDAPEST
pueblo de Silesia: Hermanetz. No obstante, por entonces las quejas de Melanie
llegaron a ser tan estridentes, que él advirtió que su mujer se convertiría en una
incapacitada si se la confinaba por el resto de su vida a un pequeño pueblecito.
Con sus excelentes antecedentes profesionales, Arthur no tuvo inconveniente
para obtener un traslado a Budapest. En ese momento parece haberse decidido
que Libussa fuera a vivir con ellos permanentemente. En una carta fechada el 3
de noviembre de 1909, un día antes de partir de Viena, Libussa se queja de estar
exhausta tras haber supervisado el traslado de sus pertenencias. Por entonces
Melanie estaba en Rosenberg con sus hijos. En una de las cartas de Libussa se
halla una observación casual que sugiere que también ella aborrecía los pueblos
pequeños, con lo cual pude haber contribuido a la desdichada situación.
No se conservan canas de 1910. Puede que Libussa haya estado con ellos
en Budapest o que simplemente las cartas se hayan perdido; pero es asimismo
posible que Klein las destruyera porque deseaba borrar ese año de su vida. Los
Klein se alojaron en un piso de Svabhegy, un elegante barrio de Budapest, hasta
que hallaron un sitio más apropiado. En el verano de 1910 y en el de 1911
Melanie y Klara partieron de vacaciones a Rügen, un balneario de las costas del
Báltico al norte de Berlín. El 8 de agosto de 1911, entras se renovaba una
vivienda más amplia a la que se mudaban los Klein, Libussa escribió a Melanie,
que se encontraba en Hermanetz con Klara tras haber regresado ambas de
Rügen. Libussa aseguraba a su hija la sabiduría que entrañaba su conducta:
“¿No veo acaso con mis propios ojos que los nervios que provocan los molestos
sirvientes todos los días y a cada hora, y que los destrozan, realmente te
enferman? El resultado habitual de ello es que debes marcharte por varios
meses, o por más tiempo”. El que Melanie tuviera motivos reales para
preocuparse cuando los niños se quedaban con Libussa se refleja en que Hans
sufría de pústulas, sarpullidos y eczema, y que ni siquiera su cariñosa abuela
podía controlarlo cuando se despertaba en él “un irreprimible deseo de rascar,
pellizcar, morder y golpear”.
La convivencia de Libussa y Melanie en la misma casa provocó el
desastre. Dos voluntades fuertes estaban destinadas a enfrentarse; y no es
inconcebible que Klara diera por entonces confianza a Melanie para que se
autovalorarse. Madre e hija estaban constantemente en desacuerdo sobre la
educación de los chicos y la administración de la casa. Melanie censuraba los
suaves modales de su madre con el servicio doméstico. “Ojalá no tuviera que
temer que estarás allí observando y te irritarás terriblemente por cada cosita que
no sea de tu gusto”, observa Libussa en la misma carta. Melanie estaba
comenzando a afirmar su dominio en la casa. Al parecer, en esa época era
Libussa la que padecía el quebrantamiento más serio por lo que se la envió a
Karlsbad para una “cura”. Madre e hija deben de haber intercambiado
correspondencia durante este período; las cartas pueden no haberse conservado
porque Melanie se sentía responsable del colapso de su madre.
MATRIMONIO [73]

Si bien Melanie ocasionalmente contrarrestó la fuerza de su propia


fantasía (phantasy),* nunca pudo aceptar la realidad de su madre. Nunca
advirtió lo que probablemente necesitaba: una analista capaz de interpretar el
temor, el odio y la culpa que experimentaba frente a su madre. Años más tarde,
poco antes de su muerte, dijo a su analizada Clare Winnicott: “Es inútil que
hable de su madre. Ella está muerta y nada puede hacer usted al respecto”. En la
época en que hizo esa observación estaba escribiendo su autobiografía, en la
cual se idealiza a Libussa hasta tomarla irreconocible. ¿Era ésa una defensa de
Melanie contra la desesperación metafísica que experimentó por no encontrar
entonces el modo de justificar a Libussa, muerta mucho ames? Sin embargo, la
última frase de “Amor, culpa y reparación” (1937) dice: "Si, en lo profundo de
nuestro inconsciente, nos hemos vuelto capaces de clarificar hasta cieno punto
nuestro sentimiento de ofensa respecto de nuestros padres, y los hemos
perdonado por las frustraciones que hemos tenido que soportar, entonces
podemos estar en paz con nosotros mismos y ser capaces de amar a otros en el
verdadero sentido de la palabra”.
En 1910 la defensa de Melanie consistía en encontrar un mentor con el que
Libussa no pudiera competir. También había hallado una mujer a la cual confiar
los secretos de su corazón. Klara, diez años mayor que Melanie, era del tipo de
personas que invita a la confidencia, debido a su gran discreción. Era famosa
por su excelente manejo de la casa y de su buen gusto culinario, y la hija de
Jolan, María Fazekas, la recuerda como persona “de disposición
excepcionalmente agradable, de buen humor siempre, inclinada a los chistes y a
la risa”. Era una bella mujer de negros cabellos, grandes ojos y rostro en forma
de corazón. Pudo haber comprendido la obsesión de Melanie por Emanuel,
pues ella y su hermano Gyula eran inusualmente íntimos. Para Melanie ella
representaba también la emancipación, porque realmente se había divorciado.
En una carta dirigida a Melanie del 18 de septiembre de 1911, Libussa
expresaba su alivio porque la salud de Melanie parecía muy mejorada. Le
proponía también que pidiera a Klara que la acompañara de compras para que
le aconsejase acerca de qué adquirir para los niños. Libussa comenzaba a
advenir que ya no era indispensable.

* En la terminología kleiniana "phantasy" designa un proceso inconsciente, mientras


que “fantasy” alude a un ensueño consciente (o preconsciente).
CUATRO
Crisis

U na de las razones más poderosas que Melanie adujo para conven-


cer a Arthur de que debían establecerse en Budapest era que allí
vivían unos encantadores parientes de él: el lío Samu y la tía Riza
(la hermana de su madre); su propia hermana, Jolanthe; el marido de ésta,
Gyula Vágó; su hermana Klara y sus oíros ocho hermanos y hermanas. Jolan
se había casado con Gyula en 1906 y ambos se habían mudado a la capital,
donde Vágó era gerente de una fábrica de sombreros que exportaba feces a
Montenegro. Arthur sabía que a Melanie le hacía mucho bien la estimulante
compañía de Jolan y la serenidad que le contagiaba Klara. Los Vágó, que
formaban un equipo unido, simbolizaban para Melanie la familia ideal con la
que siempre había soñado.
A mediados de agosto de 1911 la familia se trasladó a un próspero
sector de la ciudad conocido como Rozsdamb (“Colina de las Rosas”).
Budapest parecía tener más encanto que la solemne Viena. Había en toda ella
una intensa vida intelectual: cafés, conciertos, teatro, ópera y librerías. Sergei
Diaghilev se había hecho cargo de lo que sería su ballet ruso por primera vez,
fuera de Rusia; y sus bailarines se presentaban en Budapest antes de viajar a
París. Todo ese mundo tenía ante sí Melanio Klein, pero sus problemas
estaban demasiado profundamente arraigados para que se resolvieran
repentinamente a partir de un simple cambio de escenario.
Durante una visita a Viena a comienzos de 1911 Libussa continuó
intentando enredar a Melanie y Arthur en los problemas de sus parientes
vieneses. Hubo, naturalmente, abundantes informes acerca de lo que, en
contraste con el idealizado matrimonio Klein, parecía un caos conyugal. El
error lo había producido parcialmente la propia Libussa, quien había formu-
CRISIS [75]

lado a su nieto Otto preguntas sugerentes: obtuvo de él una versión de las


disputas familiares que ella entretejió con sórdidas implicaciones.
Libussa finalmente reconoció que ella y Melanie habían juzgado mal a
Emilie, cuya vida había sido durante años un silencioso martirio, y a quien las
ocasionales visitas a Iren y a su marido habían proporcionado nada más que una
evasión del áspero Leo. La “loca pasión” de Emilie por su amigo había sido
enteramente platónica. Leo era tan enfermizamente celoso que una vez, tras
haber mirado a Emilie y a Emanuel cuando jugaban con Otto en su cuna,
empezó a alimentar la sospecha de que Emanuel era el padre del niño. No había
permitido que su mujer lo ayudara en sus trabajos de odontólogo, por temor a
que su presencia pudiera suscitar una cuestión amorosa con su asistente. Todos,
salvo Karoline, la hermana de Libussa, habían aceptado la versión que Leo
daba de la historia, especialmente cuando se dejaron embaucar por “su doliente
aspecto y su martirizada expresión”, según lo describía Libussa. A pesar de la
prosperidad del consultorio dental de Leo, los Pick vivían en condiciones de
penuria, cosa que todos atribuían a los derroches, supuestamente desenfrenados
e insensatos, de Emilie, aunque no parecía haber pruebas de sus inexplicables
lujos. En la suposición de que fuera así, se había persuadido a Arthur para que
prestara dinero a Leo. Sin embargo, ahora Libussa se enteraba de que desde
1905 Leo había sido jugador empedernido y que había contraído inmensas
deudas. Dado que ella había vivido gran parte de los nueve años y medio
precedentes en la misma casa, parece increíble que no advirtiese cuál era el
verdadero estado de cosas. La conmoción que había producido el que Emanuel
perdiera todo su dinero en el juego en Montreaux la hizo incapaz, al parecer, de
hacer frente a la situación, hasta que ésta se volvió tan crítica que Leo debió
declararle la verdad al tener que afrontar el pago de alguno de los préstamos
que le habían hecho. También estaba sumamente irritada porque había
compuesto una pieza dramática en la que se representaba la situación de la
familia y aparentemente a ella no le correspondía el papel de heroína. Ella no
hizo caso del clamor de Emilie diciendo que no debieran haberla hecho casar
con ese monstruo; y nunca se le ocurrió a Libussa que ella misma había sido la
instigadora de los problemas de la familia al haber persuadido a Leo, que se
resistía a ello, para hacerse cargo del consultorio dental, cuando la de dentista
era una profesión por la que él no tenía el menor interés.
“Una cosa sí sé”, escribía Libussa a Melanie y a Arthur el 6 de febrero de
1911,
hemos cometido con Emilie una grave injusticia. Aunque, por una parte, la
culpa es de ella, por andar tras los placeres y por su carácter superficial y su
indolencia; por otra parte, ella ha sido víctima de una persona que es malvada
hasta la crueldad. La conducta de él nace de unos celos enfermizos que suelen
convertirse en manifiesta locura. Lo que dice y cuenta son engaños de su mórbi-
da fantasía. No conoce, pues, límites, y no puede distinguir entre lo correcto y lo
[76] 1882-1920: D E VIENA A BUDAPEST
erróneo, entre la verdad y la calumnia, y con ello tortura a su víctima hasta
matarla y arruinar su reputación, regocijándose sin piedad con sus tormentos, y la razón
de ello es que la ama aún con tanta intensidad como en los primeros años del
matrimonio.
Estarás fuera de ti porque he cambiado mi opinión respecto de Emilie, y
no me creerás, pues hay otros testigos, como Otto, que han hablado en contra de
ella, y también porque ella no quiere renunciar a aquella amistad. ¡Pero todos
esos hechos estuvieron tan enredados! Leo provocó escenas terribles, que
escucharon el niño y la criada. En presencia del niño y de la criada han hablado
de su amante y de divorcio, y él sigue haciéndolo.
¿Por qué adoptó Melanio una actitud de enjuiciamiento tan intransigente
con su hermana a no ser porque la envidiaba por haber alcanzado una vida
emocional plena como la que ella anhelaba para sí, y asimismo —a pesar de
todos sus problemas—, un cierto sosiego? Mis fundamentalmente: conservaba
la envidia de una hermana pequeña y débil. Melanie Klein era la encarnación de
las teorías que ella misma elaboró después: el mundo no constituye una realidad
objetiva, sino que es una fantasmagoría poblada por nuestros propios deseos y
temores.
En 1911 y 1912 se hicieron complicadas reformas en la casa de Viena,
todo lo cual tenía que estar supervisado por Libussa, en cuyas cartas alude,
quejosa, a la contusión y a la fatiga que experimenta. El 29 de mayo de 1912
Libussa escribe desde Viena diciendo que está satisfecha porque Arthur y los
niños están bien, pero “en lo que se refiere a ti, deduzco de lo que dices que
estás muy cansada y consumida. Puedo entenderlo perfectamente, puesto que
estás absorbida por las tareas de la casa y también tienes que dedicar tiempo a
tus invitados. Me preocupo al pensar en el mucho trabajo que aun tendrás
quitando los enseres de invierno y las alfombras, y que debes hacerlo sola, pues
no veo que mi trabajo en la casa de aquí se termine. Y ni siquiera sé cuándo
podré regresar”. ¿Podría quizás Arthur adelantarle dos meses de su asignación,
puesto que el dinero estaba mermando? ¿Y jugaba Melanie aún al tenis?
EL 10 de junio de 1912 Melanie le envió a su madre instrucciones de que
regresara a Budapest —para que atendiera a los niños mientras ella y Klara se
iban de vacaciones a Rügen— en una carta notablemente serena, teniendo en
cuenta que su madre la presenta como neurasténica crónica:

Querida Mamá:
No te enfades conmigo porque no te escribo con más frecuencia, pero real -
mente tengo mucho que hacer. Si bien he simplificado mucho el hacer las com -
pras, hay aún varias cosas que me mantienen ocupada. Con Klara he comprado un
precioso vestido de espumilla y un traje blanco y rojo, ambos ya hechos, todo
muy bonito y barato. Ya he guardado todos los enseres de invierno, salvo las
alfombras. Esta semana tendré que empezar con las alfombras, y también es el
momento de que inicie los preparativos de mi viaje. Hemos decidido partir el 24
CRISIS [77]
y debemos ajustamos a esta fecha, pues hemos tenido que reservar anticipadamente
los billetes para el coche cama. Por tanto, querida mamá, tienes que disponer tus
cosas de acuerdo con eso y estar aquí por lo menos 2 ó 3 días antes de nuestra
partida.
Hemos tenido ya días muy calurosos aquí. He adquirido la costumbre de salir a
pasear con Arthur todas las noches, cosa que me resulta muy agradable. Arthur va a
Braila el 19 o el 20, así que no habrá regresado para cuando yo me vaya.
Iremos directamente a Berlín y desde allí al Mar Báltico. En mi viaje de
regreso, a fines de agosto, deseo detenerme varios días en Rosenberg.
Dentro de poco te enviaré las 300 coronas para Emilie y las 70 para ti que aún
estaban en Budapest.
Todos estamos bien. Melitta concluye la escuela el 15, de manera que aún
podemos hacer algunos paseos con. ellos. En doce días habré terminado mi trata-
miento. Me siento en realidad muy sana y ahora debo mantenerme así, cosa que,
espero, lograré.
Afectuosos besos a todos vosotros.
Tuya,
Melanie
En una carta fechada el 22 de agosto de 1911, escrita inmediatamente
antes de que los Klein se mudaran al amplio apartamento de Budapest,
Libussa expresa su satisfacción porque Melanie y Arthur estén de acuerdo
con ella al menos en que los problemas de salud de Melanie derivan de los
nervios. “Si finalmente has llegado a comprender que lo más importante es
que te cures, todo lo demás tiene una importancia secundaria y tu mal real-
mente puede detenerse... (En Budapest) le pediremos al especialista en
enfermedades nerviosas más competente y de más prestigio que nos visite a
casa, para que podamos discutir todo y pueda examinarte exhaustivamente
(no como ese médico que hacía diez llamadas telefónicas durante cada con-
sulta). Y habrá que ajustarse exactamente a lo que él diga que debe hacerse.'’
La carta de Melanie de 1912 sugiere que ha estado recibiendo tratamiento de
parte de alguien. La carta manifiesta confianza e incluso satisfacción.
Aparentemente el “tratamiento” le estaba haciendo bien; pero el que parezca
estar dirigiendo las actividades de la casa sin experimentar por eso terror
alguno sugiere que en presencia de Libussa volvía a convertirse en una niñita
que dependía enteramente de mamá, estado que la dejaba desmoralizada y
ahogada por la depresión.
Los paseos nocturnos con Arthur apuntan la posibilidad de una relación
amistosa; pero con el regreso de Libussa ambos vuelven a hundirse en neu-
rosis que los aislaban mutuamente, a manos de una mujer aparentemente
indestructible que continuaba yendo y viniendo de una a otra de las dos casas,
las cuales, en su opinión, no podían funcionar si su mano no las gobernaba.
Con el inicio de la guerra en 1914 Libussa permaneció constantemente en la
casa de Budapest de los Klein.
En realidad, la guerra se hizo sentir muy poco en la capital de Hungría,
[78] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
donde el acomodado aun podía obtener todos los artículos de primera nece-
sidad e incluso los de lujo. Cuando, a fines de 1914. Arthur debió incorpo-
rarse al ejército austro-húngaro, la vida continuó en gran medida como antes.
No obstante, en Viena la situación era completamente distinta; allí Emilie
sufrió grandes privaciones desde el reclutamiento de Leo. En su
Autobiografía, Klein parece irritarse al recordar la ansiedad de su madre por
la seguridad de Leo cuando éste estaba estacionado en el fuerte Premsyl.
Libussa tenía razón al preocuparse, pues cuando el fuerte cayó, Leo fue cap.
turado por los rusos y enviado como prisionero de guerra a Siberia, donde
permaneció cuatro años.
Según Hertha Pick, que se casó con el hijo menor de Emilie, Willy
Pick, su suegra solía decir que éste había sido el período más feliz de su vida.
Emilie demostró que era una mujer de grandes recursos siempre que se
hallara libre de Leo y de Libussa. Contrató a un asistente dental para que
atendiera a los pacientes y, en lugar de pagarle dinero por su trabajo, estable-
ció un sistema de trueque de ropa y comestibles, aunque debía conseguir
dinero en efectivo para pagar los servicios. Todas las mujeres de la familia
mostraron sumamente capaces de adaptarse a las circunstancias cuando éstas
lo reclamaban.
La recuperación de Melanie en 1912 fue efímera; 1913 y 1914 fueron
años de increíble tensión. En las navidades de 1914 se enteró de que estaba:
embarazada. Dado el terror que había experimentado en 1909 al sospechar
que lo estaba, difícilmente pudo haber reaccionado con alegría por tener otro
niño cuando ya había pasado los treinta. Y ahora Libussa ya no representaba
la fortaleza protectora con la que siempre podía contar. Erich nació el 1 de
julio de 1914. Naturalmente, Libussa disfrutaba del niño, pero estaba cada
vez más delgada e indiferente. Melanie contrató a un ama de leche “debido a
circunstancias que acaso mencione más adelante”, cosa que no hizo. La mujer
“se portaba mal y aterrorizaba toda la casa”. Su madre le aconsejó que
tolerara la situación sin decir nada ¡y que tuviera al bebé amamantado sólo
durante nueve o diez meses!
A finales de octubre Arthur y Melanie llevaron a Libussa a una clínica
para que la examinaran con rayos X. La sala en la que se la examinó era
sumamente fría. Uno de los asistentes les aseguró que no había signo alguno
de cáncer, pero les sugirió que regresaran algunos meses después para reali-
zar un nuevo examen. Según opinaba Klein posteriormente, la dramática
pérdida de peso de su madre era un signo inequívoco de que, en efecto, tenía
cáncer. Klein nunca olvidó el regreso de la clínica a casa: Libussa y Arthur
caminaban delante, ascendiendo trabajosamente la colina, y ella un poco más
atrás, reprimiendo las lágrimas. Libussa cayó enferma de bronquitis casi
inmediatamente, cosa que ella atribuyó a la baja temperatura de la sala en la
cual la habían reconocido. Pronto cayeron en la cuenta de que se estaba
muriendo y Klein recuerda el tormento de “cierto sentimiento de culpa por
CRISIS [79]
que podría haber hecho más por ella, y sabemos que tales sentimientos
existen. Me arrodillé junto a su cama y le pedí perdón. Me respondió que yo
que tendría que perdonarle a ella por lo menos tanto como ella a mí. Me dijo
entonces: No te aflijas, no te duelas, pero recuérdame con cariño’”. El 6 de
noviembre murió.
No imaginé que pudiera morir con tanta paz, sin ansiedad y lamentación
alguna, sin abusar a nadie, con una actitud amistosa hacia mi hija, aunque realmente
tenía motivos para quejarse. Pero jamás la escuché quejarse de mi hija en los años
anteriores, y cuanto le sobraba del dinero personal que mi marido le daba, se lo
daba a mi hija, que lo necesitaba. En mucho sentidos ella siguió siendo para mí un
ejemplo y recuerdo su tolerancia con la gente...
Esta descripción de los últimos días de su madre que se narra en la
Autobiografía es tan discordante con la autoritaria y prosaica
pequeño-burguesa de la correspondencia, que uno se siente inclinado a
suponer que la conmovedora escena del lecho de muerte era la reparación
imaginada por Klein.
Melanie asistió a su madre durante las dos primeras semanas de su
enfermedad, pero la última semana llamaron a una enfermera. La única queja
de Libussa fue que era demasiado estricta. Al ver cómo apenaba a Melanie su
progresiva debilidad, Libussa le dijo que le gustaría tomar unas gachas y,
escribe Melanie, “como era una excelente cocinera, me indicó cómo debía
preparar el caldo de pollo y se obligó a tomarlo. Estaba muy claro que
intentaba seguir viviendo por mí”.
Al final la consentida de la familia tenía que cuidar a su sobreprotectora
madre y no era capaz de llevar adelante la tarea. Libussa le había asignado el
papel de niña mimada y Melanie debió pagar un terrible precio por ello. Podía
tenerlo todo en la medida en que hiciera exactamente lo que la madre le decía.
Libussa fortaleció su temor infantil al abandono subrayando que sin su madre
no era capaz de vivir, y la muerte de su madre confirmaba ese temor. ¿Se la
castigaba ahora porque su madre se había excedido en sus esfuerzos por
ayudarla? En lugar de plantearse las implicaciones de su aflicción, en su
Autobiografía pasa a formular inmediatamente una malhumorada diatriba
acerca de la innoble muerte de su hermana en contraste con la de la madre de
ambas. Hasta el día de su muerte, Melanie no pudo perdonar a Emilie el haber
sido la preferida de sus padres.
Hasta 1914 la mayor parte de nuestra información sobre Melanie Klein
procede de las cartas de Libussa, escritas por ésta desde Viena o durante el
tiempo en el que se ocupaba de la casa de los Klein mientras su hija estaba de
viaje en sus frecuentes y estériles ausencias en búsqueda de sosiego. Una
colección de alrededor de treinta poemas, varios fragmentos, bocetos en
prosa y cuatro relatos completos documenta el estado afectivo de Klein
durante los seis años que siguieron a la muerte de su madre. Como sólo
[80] 1882-1920: D E VIENA A BUDAPEST

algunas de esas piezas literarias están fechadas, no es posible ordenar crono


lógicamente todas ellas. Podemos suponer, sin embargo, que fueron escrita en
los siete años que van de 1913 (la fecha más temprana) al verano de 1920 (la
fecha más tardía). Las composiciones, tanto en verso como en prosa,
variaciones de un único tema: el anhelo de una vida mis rica y más plena en
especial, el anhelo de una gratificación sexual, experimentado por una mujer,
y el conflicto suscitado por esos deseos prohibidos. La poesía atiende a
modelos literarios y la prosa es lenta y prolija. Bruni Schling, el traductor de
Klein, cree, empero, que sus escritos revelan una gran sensibilidad creativa y
que los ecos de muchos poetas que se advierten en ellos son el reflejo de sus
amplias lecturas. De acuerdo con Schling, “a pesar de su carácter confesional,
nunca resultan arduos y jamás suenan a falso. Lo que eleva a los relatos y a
los poemas por encima del nivel de la literatura de revistas femeninas es su
absoluta sinceridad, una honestidad que cala en el alma y genuina expresión
de una mente torturada”.
Schling cree que en la poesía erótica expresionista de Klein hay remi-
niscencias de la de Else Lasker-Schüler (1869-1954), la gran sacerdotisa de la
poesía amorosa en lengua alemana, cuyo primer volumen de poesías, Styx, se
publicó en 1902 en Berlín, donde vivió hasta escaparse a Suiza en 1934
(emigrando en su momento a Israel). Uno de sus grandes admiradores fue
justamente Karl Kraus. No es en modo alguno improbable que al crear sus
poesías Klein se haya ajustado al modelo de Lasker-Schüler.
La correspondencia familiar entre 1901 y 1912 manifiesta la creciente
depresión de Klein, cuyas causas desconcertaban a su obtusa madre y a su
rígido marido, a quien ella una vez intentó abrirle el corazón cuando él la visitó
en Abbazia. Los experimentos literarios de Klein constituyeron sin duda el
cauce de su frustrada oscilación entre el anhelo de una vida más plena y un
esfuerzo constante por ajustarse a la realidad de su existencia. Están escritos
con la técnica consistente en seguir el flujo de la conciencia, de modo no
distinto del de Arthur Schnitzel y James Joyce, quienes escribían por esa misma
época. El deseo de muerte es a menudo tan vigoroso como su sed de vida y
ofrece una liberación de sus sufrimientos. Un apunte no fechado describe el
estado de ánimo de una mujer cuando se despierta en un hospital tras un
coma profundo, implicitando que ha intentado quitarse la vida.*
Experimenta su intensa sexualidad como algo a la vez preciado y prohibido,
y como causa de su sufrimiento: ”... vives por tu deseo y mueres por el
disgusto de su consumación”. La sublimación es una alternativa de la
consumación, según describe en una alegoría titulada “Primavera” (1916).
La primavera se representa como a un compañero alegre e inocente durante
el día; pero durante la noche se convierte en un seductor demoníaco y sen-
sual del que la persona poética huye con el propósito de librarse de sus pro-
-
* El modelo de ello habría sido la primera amante de Emanuel, la cual intentó
quitarse la vida en Milán en 1902.
CRISIS [81]
píos deseos en brazos de la Noche, quien resulta hallarse en connivencia con
la Primavera. “Cuando se abre la puerta de un jardín”, breve narración sin
fecha, alude también a una noche de primavera en la cual una vagabunda se
encuentra con un hombre que la contempla ardientemente; pero, tras apar-
tarse de él con indiferencia, ella es presa de una indefinible tristeza, “como si
algo hermoso que hubiese perdido y reencontrado, se hubiese perdido otra
vez”.
Por los detalles sexuales explícitos en los poemas escritos durante 1914
(y pasados a máquina en 1920),* Schling está convencido de que Klein
conoció el amor fuera del matrimonio en 1913 y en 1914. Uno de ellos,
fechado en 1914, es un ejemplo representativo de las descripciones de una
apasionada relación amorosa:
Estás junto a mí, mi mano se refugia
en la tuya. Mi cuerpo se aprieta estrechamente contra el tuyo.
Mi boca absorbe la tuya.
Somos un ser inescindible.
Es el latido de tu corazón, es el del mío: ¿cuál es el que siento?
Lo que resuena y se agita en mi sangre,
¿no es un eco de tu sangre?
No hay un yo, no hay un tú. Dichosos sean los límites.
Lo mismo que el mundo entero, está hundido en lo profundo
lo que siempre nos ha separado. Y hasta
que el dulce milagro se renueve, y soñando
es devorado también por el fuego... torbellino de deseo,
sueño que somos, hemos sido y seremos... para siempre uno solo.

Otro poema, fechado en marzo de 1914, se refiere a un sueño con su


hermano muerto. Le suplica que esté con ella, pero la aparición se desvanece
y ella queda con una sensación de vacío. Las cuatro narraciones presentan el
desengaño que la protagonista experimenta ante la vida y el matrimonio,
junto a la disyuntiva que forman la agonía de la negativa y la culpa de la
satisfacción. La única narración fechada, “Finale” (1913), está supuestamente
escrita por una mujer que se halla en el lecho de muerte, y se dirige a un
hombre al que confiesa su deseo e implora que pasen juntos una hora por
última vez. El deseo que él le inspira no sólo es sexual: también es el anhelo
de un ser amable y comprensivo que responda a las necesidades de su cora-
zón, a diferencia de su marido, el cual con su insensibilidad mató el incipiente
amor que ella sentía por él.
La narración más extensa, “Señales de vida”, es la historia de una
* El hecho de haberlos mecanografiado cuidadosamente con posterioridad puede indicar
que consideraba la posibilidad de publicarlos.
[82] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
mujer frustrada y dominada por la culpa, que reflexiona sobre su vida durante
una estancia en un balneario de la Riviera, al que ha sido enviada para
restablecerse de una dolencia nerviosa. En una visita de su marido, ella
intenta expresarle sus sentimientos más íntimos, pero él la rechaza; y, procu-
rando esconder el dolor que le causa la falta de comunicación entre ambos
ella decide regresar y asumir el papel de esposa obediente. No obstante, su
sosiego resulta efímero, al resultar truncado cuando su marido contrata a un
joven artista, llamado Georg, para que pinte un retrato de ella. Georg con-
prende sus secretos anhelos y se convierten en amantes. En sus brazos, ella
experimenta cuanto había soñado en sus fantasías. Ahora que comprende que
su marido la ha privado de la vida misma, no se siente culpable, sino que
adopta una actitud de desafío. El retrato concluido es el de una mujer que ha
despertado a la vida.
Sin embargo, para Georg el arte es más importante que cualquier rela-
ción, así que la deja. Ella hubiera estado dispuesta a sacrificar todo en la vida
por él, salvo a su hijo Gerti (que tiene cuatro años, la misma edad que Melitta
cuando en 1908 Melanie estaba en Abbazia). Considera incluso la posibilidad
de suicidarse, pero la vida se hace valer con demasiada fuerza. “Los enérgicos
labios” de Georg, “que en modo alguno son repulsivos”, se parecen
notablemente a los de Emanuel, quien también sacrificó sus relaciones con
los demás en favor de su “arte”, y para quien el idealizado Mediterráneo
suponía una gran fuente de inspiración. Además, la narradora se dirige a su
amante empleando la expresión “querido amigo”, tal como Melanie había
hecho con Emanuel en las últimas cartas que le envió: una forma de
tratamiento que a él le resultó muy irritante.
Hay otra referencia personal. En su Autobiografía, Klein cuenta de un
amigo de su hermano que la ayudó enseñándole geometría, materia que a ella
no le gustaba. “Se enamoró profundamente de mí, y por entonces tuve la
oportunidad de conocer también algunos otros jóvenes; cuando tenía
diecisiete años conocí a quien sería mi novio. En esa época eran en realidad
cuatro los jóvenes que estaban enamorados de mí, todos los cuales sé que se
hubiesen querido casar conmigo.” En el relato la narradora recuerda que
asistió a una representación de Wagner cuando era adolescente. Siente sobre
sí la mirada de uno de sus admiradores, Wilsky, y cuando él se le acerca, ella
se aleja resueltamente de él por sentirse incapaz de “interrumpir ese contacto
incomprensible, terriblemente dulce”. Inmediatamente después su padre
muere, por lo que tiene que apartarse de la vida social. Cuando vuelve a
encontrarse con Wilsky, ella ya se ha prometido para casarse y recuerda el
estremecimiento que le produjo entonces ver el sufrimiento en sus ojos. Se
produce a continuación el episodio de un joven oficial que la observa en el
tranvía. Ella recuerda, también, su primer baile, en el que tuvo un éxito sen-
sacional (Emanuel había hecho una celosa referencia a los oficiales de caba-
llería que se estacionaban en Rosenberg). La narradora tiene un sueño recu-
CRISIS [83]

rrente: es raptada semidesnuda por enmascarados, quienes resultan Wilsky y


el oficial:
Entonces el sueño se tomaba borroso. Y repentinamente aparecía ante
el Zar acusada de llevar a cabo actividades revolucionarias, junto con Wilsky.
Se los acusaba de haber cometido juntos un grave crimen. Y se los
sentenciaba a terribles torturas de las cuales ella se salvaba al despertarse.
La última historia, sin título ni fecha, tiene como tema el de la esposa
infiel vista desde la perspectiva del esposo abandonado. Alfred (= Arthur)
Weber no hizo nada por impedir que su esposa lo abandonara por otro
hombre. Sin embargo, después de tres encuentros casuales, Alfred empieza a
comprender por qué Marianne (= Melanie) huyó. Repentinamente recuerda la
expresión agonizante que ella a menudo le dirigía. Demasiado tarde cae en la
cuenta de que no puede enfrentarse a la vida sin ella y se mata pegándose un tiro.
Un sucinto esbozo de 1916 describe los sentimientos de una mujer
mientras vela el cadáver de su marido. Para su sorpresa, en lugar de aflicción
experimenta un sentimiento de triunfo. La muerte de su marido la ha liberado
de una vida de servidumbre. Un poema titulado “Canto fúnebre”,
evidentemente inspirado en aquel esbozo, pone de manifiesto un odio aun
nías intenso. En un poema sin fecha, una mujer decide abandonar a su marido
por otro hombre. Después de continuas súplicas, regresa para ver a su hijo.
Ella se deja seducir por su marido y al despertar se siente abrumada ante la
destrucción de su futuro: “nunca más tendrá valentía para marcharse, dada la
posibilidad de haber concebido un niño de quien él es el padre”. Uno se
pregunta si Klein hizo algún intento de dejar a Arthur cuando vivían en
Budapest. No habría tenido forma de arreglárselas económicamente, pero sin
duda deseaba acabar con su matrimonio.
En estas efusiones seminoveladas los sentimientos de hostilidad de
Melanie hacia Arthur son indiscutibles y parecen fundirse además con un
odio inconsciente hacia Libussa. Es posible que se descubriera incapaz de
afligirse por la muerte de Libussa y que, en consecuencia, su estado emocio-
nal fuese aún más alarmante. La idealización era una forma de defensa que le
permitía esconder sus verdaderos sentimientos. Es muy curioso que a los
setenta años escribiera: “la relación con mi madre ha sido uno de los grandes
apoyos de mi vida. La quise muchísimo, admiré su belleza, su intelecto, su
profundo deseo de conocer y, sin duda, no sin un poco de la envidia que
siempre existe en las hijas”. No obstante, ello nos parece probablemente
cierto si tenemos en cuenta su ambivalente actitud.
“Alrededor de 1914“, leyó el trabajo acerca de los sueños escrito por
Freud en 1901 (Über den Traum), y advirtió inmediatamente que “eso era
aquello a lo que yo me dirigía, al menos durante los años en los que yo
anhelaba intensamente hallar lo que pudiera satisfacerme intelectual y emo-
[84] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
cionalmeme. Inicié el análisis con Ferenczi, el psicoanalista húngaro más
sobresaliente”. No proporciona indicación alguna acerca de quién le sugirió
la lectura de Freud ni del modo en que entró en contacto con Sándor Ferenczi.
Sólo se conoce una conexión con él: cuando Arthur se trasladó a Budapest,
una de las distintas empresas con las que contactó fue Deutsche
Papierzeitung, publicación comercial de la industria del papel con asiento en
Berlín. Estaba dirigida por uno de los hermanos de Ferenczi a quien Arthur
sucedió en esa función años más tarde.
Por otra parte, no es en modo alguno sorprendente que Melanie tomase
contacto con la obra de Freud en Budapest, pues desde el comienzo hubo un
fervoroso grupo de intelectuales húngaros receptivos al psicoanálisis.
Budapest era la pequeña capital de un pequeño país, y las ideas al derniercri
se discutían en círculos cuyos miembros se veían con suma frecuencia.
Cuando Melanie Klein conoció a Ferenczi, éste había sido durante
algunos años el colaborador más estrecho de Freud y ocupaba una notable
posición en la sociedad de Budapest. Su padre, al igual que el de Melanie,
había emigrado desde Galitzia. En Hungría montó una librería y una
biblioteca. Ferenczi estudió Medicina en Viena (dado que había nacido en
1873, no coincidió con Emanuel en la Escuela de esa especialidad). Se
interesé mucho en las enfermedades nerviosas y, tanto como Freud en los
primeros años de su carrera, se sintió fascinado ante la posibilidad de utilizar
la hipnosis para curar los síntomas de histeria. En 1905 se le reconoció como
especialista en psiquiatría ante la Real Corte de Justicia de Budapest.
Al leer por primera vez La interpretación de los sueños, de Freud,
Ferenczi rechazó la obra, pero una ulterior lectura lo convenció de que supo-
nía un gran avance en la comprensión de las fuerzas psíquicas, y en 1908
escribió a Freud solicitándole una entrevista en Viena.
Freud se sintió cautivado por el espontáneo encanto de Ferenczi y poco
después se refería a él llamándolo “mi querido hijo”. Ferenczi comenzó a
acompañarlo en sus vacaciones anuales, en excursiones por la montaña y en
paseos para recoger setas, manteniendo ambos constantemente discusiones
infinitas que, según reconoce generosamente Freud en su obituario de
Ferenczi, fueron el germen del que surgieron sus trabajos posteriores. Según
Ernest Jones, Freud hubiese querido que Ferenczi se casase con su hija Anna.
Freud admiraba la rapidez y el entusiasmo con que el discípulo captaba sus
conceptos y la tenacidad con que aprovechaba su posición para difundirlos.
En 1908 Ferenczi dio una serie de conferencias sobre psicoanálisis en la
Sociedad Médica de Budapest. Durante una de ellas un colega se puso de pie
y gritó que las ideas de Freud eran pura pornografía y que debiera estar bajo
vigilancia policial.
En 1909 Ferenczi y Cari Jung acompañaron a Freud a los Estados
Unidos, donde Freud dio cursos en la Clark University. Todas las mañanas
Ferenczi acompañaba a Freud a sus paseos haciéndole sugerencias para la
CRISIS [85]

lección del día. No obstante, Ferenczi comenzó a ser considerado por los
demás colaboradores de Freud, especialmente por Ernest Jones, el poder
detrás del trono. En el Segundo Congreso Internacional de Psicoanálisis, que
tuvo lugar en Nürenberg en 1910, Ferenczi propuso que los psicoanalistas se
organizaran en una asociación internacional concentros en Londres, Viena,
Budapest y Berlín, proyecto que él y Freud habían elaborado juntos. El 19
mayo de 1913 fundó la Sociedad Psicoanalítica Húngara. Antes de Sándor
Radó (que entonces tenía sólo veinte años) recuerda haberse nido con
Ferenczi cada dos o tres semanas en tertulias donde se trataba la obra de
Freud. Freud enviaba a Ferenczi los originales de todos sus trabajos antes de
darlos a publicar, así que ser miembro de aquel grupo suponía gozar de un
enorme privilegio. “Ese grupo se reunía casi todos los primeros cristianos a
las catacumbas. En la ciudad nadie sabía que era el psicoanálisis”, recuerda
Radó años más tarde2. Las sesiones de control de Radó, según el mismo las
describe, no pudieron haber sido más casuales, pues se realizaban
habitualmente en un café.
En un principio el grupo estuvo compuesto sólo por los cinco miembros
fundadores: Ferenczi, el presidente; Radó, el secretario; el doctor Stefan
Hollós, Hugo Ignatus, escritor conocido, y Lajos Levy, director de la revista
médica húngara Terapia. Desde el comienzo las reuniones fueron sumamente
informales; las esposas y otros invitados asistían a ellas regularmente. No es
improbable que Melanie Klein asistiera a esas reuniones durante 1914.
(Acaso Ferenczi era “el mejor especialista en enfermedades nerviosas” de
Budapest a quien había comenzado a ver regularmente en 1912.)
Durante el verano de 1913 Jones, por consejo de Freud, permaneció en
Budapest realizando un primer análisis de formación con Ferenczi.* Volvió a
Inglaterra para fundar la Sociedad Psicoanalítica Británica en octubre;, más
tarde Ferenczi fue nombrado miembro honorario de la misma dada su
primacía en esta disciplina. Al regresar Jones a Inglaterra, Ferenczi marchó a
Viena para ser analizado por Freud cuando éste acababa con el análisis del
Hombre de los Lobos. El comienzo de la guerra interrumpió el análisis de
Ferenczi, a quien se llamó a filas como médico de los húsares húngaros,
permaneciendo dos años destacado en Pápá, una pequeña localidad militar
situada a unos ciento cincuenta kilómetros de la capital. El análisis continuó
por correo y Freud lo visitó una vez en Pápá. Ferenczi pudo enviar de vez en
cuando paquetes de cigarrillos y alimentos a la hambrienta familia Freud en
Viena. En Pápá, Ferenczi analizó al comandante de la compañía, que padecía
de neurosis de guerra: el primer análisis a caballo, según le informaba
humorísticamente a Freud. También dedicó su tiempo libre a traducir los
Tres ensayos sobre teoría sexual de Freud, al húngaro. Según Weston La
Barre, Ferenczi analizó a Géza Róheim en 1915 y 1916, lo cual sugiere que

* Es posible que Jones y Klein hayan sido analizados por Ferenczi en la misma época.
[86] 1882-1920: D E VIENA A BUDAPEST
ocasionalmente visitó Budapest y continuó los análisis esporádicamente
mientras permanecía estacionado en Pápá. En 1916 fue trasladado de regre-
so a Budapest, donde se hizo cargo de una clínica neurológica.
El 28 y el 29 de septiembre de 1918 tuvo lugar el Quinto Congreso
Psicoanalítico en la sede de la Academia Húngara de Ciencias. Todos los
hombres, salvo Freud (acompañado por su hija Anna), vestían uniforme. Este
congreso en tiempo de guerra suscitó gran interés; asistieron a él no sólo
cuarenta y dos psicoanalistas, sino también representantes de los gobiernos
austríaco, alemán y húngaro. Ferenczi, Karl Abraham y Ernst Simmel habían
realizado notables trabajos sobre la neurosis de guerra por lo que las
autoridades estaban interesadas en la creación de clínicas para veteranos. Era
un acontecimiento extrañamente festivo, si se considera la fase a la que la
guerra había llegado, lo cual muestra la posición aislada de Budapest, ciudad
que Freud definió en cierta ocasión como centro del movimiento
psicoanalítico. Los encuentros plenarios tuvieron lugar en un hotel nuevo, el
Gellert-furudo; los participantes quedaron abrumados ante las muestras de
hospitalidad y se puso a su disposición un vapor para navegar por el Danubio.
La primera vez. que Melanie Klein vio personalmente a Freud fue cuando
éste presentó “Lines of Advance in Psychoanalytic Therapy” (fue también
ésta la única ocasión, que se sepa, en que leyó una comunicación escrita en
lugar de exponerla improvisadamente). “Recuerdo nítidamente”, recuerda
ella, “cuán impresionada estaba yo y cómo esa impresión fortaleció mi deseo
de consagrarme al psicoanálisis.” ■
Ferenczi fue elegido presidente de la Sociedad Psicoanalítica
Internacional y, al mes siguiente, los estudiantes pidieron al rector de la
Universidad que lo invitara a dar un curso de psicoanálisis. Vilma Kóvacs,
madre de Alice Kóvacs, quien más tarde se casaría con Michael Balint, donó
la planta baja de una casa para que en ella se instalaran las oficinas centrales
de un instituto. La mayoría de los primeros analistas húngaros se reunieron en
una guarida psicoanalítica situada en una colina de Budapest llamada
“Naphagy” (“montaña del sol"), mientras sus colegas ingleses lo harían en
otra de Hampstead. Anton von Freund, cervecero y acaudalado benefactor,
apoyó a la nueva sociedad estableciendo una sólida editorial en la que se
publicaron las obras de Freud. La prematura muerte de von Freund en 1920
fue para Freud un penoso golpe.
Melanie Klein fue miembro de la Sociedad de Budapest durante el
breve período de esplendor. El hecho de que se permitiera a su hija Melitta, de
quince años, asistir a las reuniones muestra la permisiva atmósfera que
dominaba en aquella sociedad. Es dudoso que Arthur Klein estuviera
presente alguna vez en las reuniones; desde el comienzo mantuvo una actitud
crítica respecto del psicoanálisis. Al regresar a Budapest en 1916 como
inválido de guerra, herido en una pierna, se dispuso su ingreso en una
residencia. Klein había saboreado la libertad durante un año y medio y ya no
podía mantener la fachada del matrimonio.
CRISIS [87]

En las reuniones Ferenczi se comportaba como un patriarca y quería


introducir a todos en la discusión. A diferencia de lo que Klein acostumbró a
hacer con su vida posteriormente, no había una frontera estricta entre la vida
pública y la vida privada de Ferenczi, y todos sabían de su prolongado tanteo
a una mujer casada. En lo que respecta al análisis de Klein con Ferenczi, ella
misma dice:
En esa época la técnica era muy distinta de lo que es ahora y no se incorporaba el
análisis de la transferencia negativa. Yo tenía una transferencia positiva muy fuerte y
notaba que no se debían desestimar sus efectos, si bien, como sabemos, nunca pude
efectuar todo el trabajo.
Inicialmente Klein ingresó en el análisis debido a una depresión aguda,
gravada por la muerte de su madre. De acuerdo con Michael Balint, Ferenczi
fue “esencialmente un niño durante toda su vida", y “todo niño lo aceptaba
como un igual, de forma enteramente natural, y lo mismo ocurría con
aquellos desdichados niños, sus pacientes”.3 Ferenczi llegó paulatinamente a
la convicción de que si un paciente experimentaba ansiedad persecutoria, era
debido a que en una época temprana había carecido de amor. Más tarde acusó
a Freud de descuidar la transferencia negativa en su propio análisis y en un
trabajo de 1919* atiende a los peligros de la transferencia positiva. Quienes
fueron analizados por Ferenczi —como Sándor Lorand— han atestiguado su
permanente vigilancia del paciente: “su conocimiento al respecto de los
movimientos corporales, las posiciones, los gestos, las modulaciones de la
voz, entre otros”.4 Trataba a sus pacientes con amabilidad y afecto, como a un
niño impedido que anhelase recibir atenciones. Ferenczi fue el primer
analista que observó y comentó la tendencia de un analizando a quedarse
dormido durante la sesión o a sentir mareos tras concluirla. Klein deseaba sin
duda una atención tan penetrante después de los muchos años en que no contó
con nadie a quien abrir su corazón y, al mismo tiempo, proporcionaba a
Ferenczi valioso material. Ferenczi se esforzó por reproducir en la situación
analítica el trauma originario, para así crear idéntica tensión. No obstante, en
el caso de Klein, parece no haber sido capaz de recibir su transferencia
positiva. Pareciera que sus resistencias eran tan fuertes que él no pudo
penetrar en sus inflexibles defensas.
Freud advertía a Ferenczi de los peligros de abrazar y besar a los
pacientes. En el congreso de 1918 Freud llamó la atención sobre ese tipo de
analista que “debido, acaso, a la entereza de su corazón y de su disposición a
ayudar, extiende al paciente todo lo que un ser humano puede esperar recibir
de otro”.

* “Dificultades técnicas en el análisis de un caso de histeria”.


[88] 1882 -1920 : DE VIENA A BUDAPEST

Uno de sus objetivos es el de hacer que para el paciente todo resulte lo más
grato posible, que pueda sentirse bien y esté dispuesto de buen grado a refugiarse
nuevamente de las desdichas de la vida. Al proceder así, estos analistas no intentan
darle al paciente más fuerzas para enfrentar la5 vida y elevar su capacidad para llevar
a cabo las tareas deben desempeñar en ella.
Freud se refería explícitamente a los jungianos, pero parece probable
que expresase ya su inquietud ame la técnica “activa” de Ferenczi. En sus
primeras épocas Freud se relacionaba con sus pacientes; pero con el paso de
los años, desarrolló una concepción más austera de la relación entre el
paciente y el analista (con algunas excepciones, como su relación con Marie
Bonaparte). Ferenczi (y más tarde Winnicott) acompañaba a sus pacientes en
sus paseos y, en una ocasión, cuando él salió de vacaciones, un paciente lo
siguió en coche. (“Fueron unas vacaciones terribles”, comenta el doctor T.F.
Main.)6
Los defensores de Ferenczi sostienen que se ha exagerado muchísimo
su “técnica activa”. En su famoso artículo de 1913, “Estadios del desarrollo
del sentido de realidad”, el cual indudablemente produjo una honda influen-
cia en el pensamiento de Klein, Ferenczi sostiene que el niño adquiere el
sentido de realidad mediante la frustración de sus deseos omnipotentes.
Llama a los estadios de omnipotencia y de realidad “estadio de introyección”
y “estadio de proyección”, respectivamente, terminología y conceptos que
posteriormente Klein adoptó, modificó y elaboró. En sus artículos teóricos
Klein cita a Abraham con más frecuencia que a Ferenczi, aunque en sus notas
autobiográficas es más lo que tiene que decir acerca de su primer mentor.
Es mucho lo que debo agradecer a Ferenczi. Una de las cosas que me transmitió y
consolidó en mí fue la convicción de que el inconsciente existía y de su importancia en la
vida psíquica. Gocé también del contacto con alguien que poseía extraordinario talento.
Tenía también una vena de genio.
Así mismo estaba en deuda con Ferenczi por la importancia que éste
concedía a la vida emocional anterior y por su descripción de la actividad
simbólica en la que el niño “sólo ve en el mundo imágenes de su corporeidad
y, por otra parte, aprende a representar mediante su cuerpo toda la diversidad
del mundo externo”.7 Freud especulaba aun acerca del momento en que
cesaba el principio de placer, momento en el cual el niño alcanza su
distanciamiento físico definitivo respecto de sus padres. Ferenczi sostenía
que tal detalle variaba en cada niño y no estaba dispuesto a arriesgar una
explicación sexual. Para Freud se produciría finalmente con la resolución del
complejo de Edipo y el establecimiento del superyó, alrededor de los cinco
años. Klein lo situaba ocasionalmente a la edad de cuatro meses, cuando el
niño atraviesa lo que ella denominaría la posición depresiva. Sea cual fuere
CRISIS [89]

la edad en la que ello ocurriese, para los tres representaba el comienzo de la


aceptación de la “alteridad” de los padres, lo cual supone fundamentalmente
la aceptación de la realidad.
En su Autobiografía, Melanie Klein explicó el origen de toda su obra:
Durante el análisis con Ferenczi, éste me llamó la atención acerca de mis grandes
dotes para comprender a los niños y de mi interés en ellos, y alentó mucho mi idea de
dedicarme al análisis, en especial al análisis de niños. Yo tenía, por supuesto, tres niños
propios en ese momento... No he visto... que la educación pudiera cubrir la totalidad de la
comprensión de la personalidad y que, por tanto, tenga la influencia que uno desearía que
tuviera. Siempre sentí que detrás había algo que nunca llegué a percibir.
Ferenczi alentó también a otras colegas a que se concentraran en el
análisis de niños: a Ada Schott e incluso a Anna Freud. Parecía constituir un
trabajo apropiado para una mujer y en el caso de Klein es posible que
Ferenczi le sugiriera observar detenidamente a los niños como un medio para
penetrar en el núcleo de sus propios problemas.
El propio Ferenczi señaló la posibilidad de averiguar algo más acerca de
las neurosis del adulto a través del análisis infantil, al publicar el caso de un
niño de cinco años, Arpád, del cual le informó una paciente anterior.
Apareció publicado como “Un gallito”, en 1913. El niño había desarrollado
una fobia a las gallinas tras habérsele reprendido por masturbarse. Manifestó
una conducta sádica respecto de una gallina degollada situada en la cocina:
después de haber destrozado los dibujos de unos pájaros que halló en un libro,
se mostró muy trastornado y quería hacer revivir las criaturas.
Si tales síntomas se observaran en un paciente adulto (concluía Ferenczi), el
psicoanalista no dudaría en interpretar el amor y el odio excesivos a las aves como una
transferencia de los afectos inconscientes que en realidad apuntan a los seres humanos,
probablemente a los familiares cercanos, pero que al ser reprimidos sólo pueden
manifestarse de esa manera, desviada y distorsionada. A continuación interpretaría los
deseos de desplumar y cegar a los animales como símbolo de intenciones de castración, y
consideraría todo el síndrome como una reacción de temor del paciente ante la idea de su
propia castración. La actitud ambivalente suscitaría en el analista la sospecha de que en la
mente del paciente hay sentimientos contradictorios que se equilibran entre sí y,
atendiendo a muchos detalles experienciales, tendría que conjeturar que esa ambivalencia
probablemente alude al padre, el cual —aunque en otro sentido: honra y ama—, al mismo
tiempo odia por las restricciones sexuales que severamente le impuso. 8
Klein se analizaba aún con Ferenczi en 1919.* Michael Balint recuerda
estar en la sala de recepción, esperando para discutir una lección que le había
escuchado en la universidad, cuando se abrió la puerta de su despacho

* Ese año él le regaló una fotografía suya con la dedicatoria: "Para Mela, mi
querida alumna".
[90] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
privado y apareció Klein con el rostro cubierto de lágrimas, En una carta
fechada el 26 de junio de 1919, en la que Ferenczi informa a Freud de que
estaba ocupando a Antón von Freud tanto en su clínica como privadamente,
menciona por primera vez a Melanie:
La última tarea que le he asignado es la de organizar la enseñanza de psicoanálisis
en la “Sociedad de Investigación Infantil”, que se ha dirigido a mí solicitándome una
asistente psicoanalítica. Una mujer, Frau Klein (no es médica), que hace poco realizo
interesantes observaciones con niños, tras haber aprendido de mí durante muchos años
será la asistenta.9
Klein presentó el estudio de un caso de “análisis” de un niño ante la
Sociedad Húngara en julio de 1919,* a partir de lo cual se le otorgó la
condición de miembro, y sin inspección, según subrayó posteriormente. Este
artículo se publicó el año siguiente en la Internationale Zeitschrift für
Psychoanalyse con el título “Der Familienroman in statu nascendi”. El rasgo
anecdótico del artículo era que se trataba del análisis de su propio hijo Erich,
cuya identidad se suprimió en versiones posteriores del mismo.
Durante mucho tiempo Melitta y Hans se educaron bajo la vigilancia de
Libussa; pero una vez que Klein descubrió el psicoanálisis, sometió a Erich a
la más intensa observación por lo menos desde los tres años de edad. No hay
referencia a su primera infancia, omisión curiosa si se tienen en cuenta sus
teorías posteriores. Este primer artículo empieza explicando los milagrosos
resultados que se obtienen cuando una madre educa a su hijo de acuerdo con
las ilustradas opiniones del psicoanálisis. Manifiestamente el niño era más
bien retrasado, mostraba un bajo desarrollo, si bien tenía una memoria
extraordinaria. En el momento del análisis tenía cinco años. Siempre había
sido sano y fuerte, pero no había empezado a hablar hasta los dos años y no
pudo expresarse coherentemente hasta los tres y medio. No distinguió los
colores hasta los cuatro, y pasaron otros seis meses antes de que pudiera
diferenciar entre ayer, hoy y mañana. A los cuatro años y medio su curiosidad
manifestaba un notorio incremento y planteaba insistentes preguntas. Se
resistía a abandonar su creencia en el conejo de Pascuas y estaba convencido
de que había visto al diablo en un campo, aun cuando su madre le había
explicado que se trataba de un potrillo. (En una época posterior de su vida ella
comprendería la importancia de creer haber visto al diablo.)
También comenzó a querer quedarse en el jardín toda la noche con su
vecino, “el niño S.”. Su hermano y su hermana, mayores que él, parecen

* Freud es el único miembro de la Sociedad Húngara, además de Ferenczi, al que Klein


hace referencia. En su Autobiografía, lamenta su temprana muerte: “Lamento que haya muerto
joven —de cáncer—: siempre sentí que habíamos sido amigos y le considero una de las figuras
buenas de mi vida”. No sabemos cómo la consideraban los demás miembros de la Sociedad,
excepto el recuerdo de Balint de que se la conocía como “la belleza morena”.
CRISIS [91]
haber despertado su curiosidad sexual al hablar de hechos que ocurrieron
antes de que él hubiese nacido. “¿Dónde nací?” le preguntó repentinamente
su madre. Klein le explicó que el niño permanece dentro de su madre hasta
que está suficientemente desarrollado para existir independientemente. La
explicación del proceso de nacimiento no le interesa tanto como la evidencia
de que le parecía haber existido siempre. Una vez aclarada esta cuestión»
preguntó: “¿Cómo se hace una persona?” Klein dice que le dio una
explicación detallada y le dijo que en la madre había cuarenta huevecitos,
cada uno de los cuales se transformaba en un embrión, etcétera. ¿Significa
eso que le describió el coito? Ella continúa:
Pareció entender y no formuló más preguntas, comportándose, no obstante, de
manera extraña. Apenas yo había comenzado una explicación detallada, se mostró distra-
ído y perturbado, e inmediatamente empezó a hablar de otra cosa; era claro que deseaba
cambiar el tema que él mismo había introducido. 10
Tentó entonces un nuevo giro. “¿Y nunca crece un niño dentro de papá?
“Esa fue la primera vez que se refirió a la participación del padre, lo cual
sugiere que Klein había eludido la descripción del acto sexual. Erich no
continuó haciendo este tipo de preguntas a su madre, pero más tarde le pre-
guntó a su niñera, quien le dijo que a los niños los trae la cigüeña. Klein le
había dado instrucciones precisas de que no debía contarle historias seme-
jantes, a consecuencia de lo cual la niñera fue despedida.
Aproximadamente un día después Erich le dijo que se iba a mudar al
domicilio de la casera para ser hermano del niño S., que creía en el conejo de
Pascuas, en Papá Noel y en los ángeles. (Ya se había escapado cuando tenía
dos años y lo encontraron cuando inspeccionaba una relojería.) Su madre le
preguntó si entonces debía quedarse con su amiga Greta como hija en lugar
de él y, tras discutir, él le respondió afirmativamente, algo que a Klein le
sorprendió mucho, “pues el niño, muy afectuoso normalmente, se
desconcierta con la sola amenaza de que se le pueda querer menos”. También
le dijo que si ella intentaba impedir su partida, él se escaparía, y que estaba
seguro de que Frau S. lo querría más de lo que lo quiere su madre. Klein pidió
entonces a la familia S. que le aclarara la imposibilidad de permanecer con
ellos. Consiguientemente, cuando llegó a la hora de la cena, su madre simuló
estar muy sorprendida.
“Solamente quiero vivir aquí”, dijo él.
“¿Han dicho algo los S.?"
“Los niños dijeron que sólo era una broma", replicó Erich. No quise facilitarle
demasiado las cosas y le dije sin piedad que iría a hablar yo misma con Frau S.; acaso
entonces ella decidiera quedarse con él. Le aparecieron lagrimones en los ojos y dijo:
“Aunque ella esté de acuerdo, yo no quiero vivir allí”. “¿Por qué?", pregunté. ‘‘Porque te
quiero mucho, Mamá."
[92] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
Entonces lo besé, lo abracé y él se puso muy contento; más tarde le dijo a la
criada: “Mamá estuvo muy dulce. Tú no lo viste, pero nos besamos y nos hicimos
amigos otra vez”. Esto pareció ser para él el final del episodio.
En la versión corregida de este trabajo, aparecida en el número 7 de
Imago, en 1921 (fue la traducción de esa versión la que se publicó como
artículo inicial de Contribuciones al Psicoanálisis, en 1948), ella lo
presenta erróneamente como “conferencia leída ante la Sociedad Húngara de
Psicoanálisis en julio de 1919. Este artículo se preparó para la publicación en
ese momento, así que no he modificado las observaciones y las conclu-
siones, dejándolas tal como se me habían ocurrido entonces”. Es muy clara su
intención de distraer la atención respecto del artículo original.
Los dos artículos son trabajos de aficionada e intentos de demostrar que
el psicoanálisis es la panacea educativa. Se suponía que por no permitírsele
compartir la cama con sus padres, por no imponérsele reglas excesivamente
estrictas y dejar que se desarrollase a su propio ritmo, y, ante todo, porque se
respondía a todas sus preguntas, especialmente las referentes al sexo, el niño
se convenía en un chico “normal” de cinco años. Klein estaba especialmente
persuadida de que había vencido los sentimientos de omnipotencia del niño
explicándole que no hay Dios, ni magia, ni un mundo de fantasías, y capaci-
tándolo de ese modo para que aceptase la realidad. Esa formación asegura
“los fundamentos de un desarrollo de nuestra mente en todo momento per-
fecto y sin inhibiciones.” “Se abren nuevos horizontes ante mí”, exclamaba
extáticamente, “cuando comparo mis observaciones de los poderes mentales
de este niño considerablemente acrecentados, por la influencia de este cono-
cimiento recientemente obtenido, con mis observaciones y experiencias11
anteriores de casos de desarrollo más o menos desfavorable”.
Probablemente éste fue el apogeo del sentido optimista de omnipotencia de la
propia Klein.
Antón von Freund no se mostró impresionado. Le dijo a ella que en
modo alguno había llegado al inconsciente del niño y le sugería que dedicara
un determinado lapso diario para analizar al muchacho. Empezó entonces a
interpretar sus sueños, sus juegos y sus fantasías de forma tan osada como lo
haría con un adulto. En lugar de la mejora que, según sus afirmaciones, había
logrado con el niño, descubría ahora que tenía ante sí a un muchachito muy
perturbado: un muchachito que ya no le formulaba constantes preguntas, que
jugaba sólo esporádicamente, y que había perdido todo interés por los relatos,
especialmente por las atemorizadoras narraciones de los Grimm. Se
volvió cada vez más retraído. Klein logró saber que el niño sentía una
enorme curiosidad por lo que contenía el vientre de su madre. Le contó a
lo que él jugaba con tres automóviles: dos grandes y uno pequeño. Uno de
los grandes se subía al otro, y el pequeño se abre camino entre ellos. Ella
interpretó del juego que “él se ponía entre mamá y papá porque le gustaría
CRISIS [93]

mucho excluir a papá, y quedarse sólo con mamá y hacer con ella lo que sólo
a papá le está permitido hacer”12
Estaba empezando a darse cuenta poco a poco de que el problema que había
que aclarar era el de cierta ansiedad primaria, relacionada quizás ^-aunque no
necesariamente— con el sexo. En una de las anotaciones referidas a Erich se hace
una observación sobre la reacción del niño ante un pescado que es muy similar al
informe de Ferenczi respecto del temor de Arpád frente al gallo que se encuentra en
“Un gallito”:
Un niño que conocí manifestó ansiedad por primera vez a la edad de catorce meses.
Ocurrió cuando vio colgando de la mesa de la cocina un pescado al que se había cortado la
cabeza. Primero observó el pescado con vivo interés, pero repentinamente dio signos je
ansiedad, dejó escapar un alarido y salió corriendo de la habitación. Sin embargo, poco
después regresó, miró otra vez el pescado, comenzó a dar alaridos nuevamente y reiteró la
acción anterior. Desde entonces su primera respuesta al entrar en la tienda, cuando
acompaña a su madre a hacer la compra, ha sido la de correr hasta el barril de pescados,
donde demuestra el mismo grato interés que se transforma en ansiedad, como había
ocurrido antes. Cuando ya está en el negocio, sale afuera corriendo para regresar
inmediatamente después y contemplar de nuevo el pescado. Así pues, el pescado se ha
convertido en su primer objeto de ansiedad y desde entonces ha dado a todo lo que provoca
su ansiedad el nombre de “pescado”, que él pronuncia aún incorrectamente. Hace algunos
meses, cuando el ruido de las persianas al bajar despertar su temor, decía, por ejemplo, en
su todavía incompleta lengua, “pescado”. La palabra sirve también para disciplinar al
bullicioso y malcriado niño. Cuando su madre le dice: “Que viene el pescado”, él
enseguida empieza a portarse bien y se va a dormir. También en otras ocasiones la palabra
lo transforma inmediatamente en un buen chico. 13 *
Tanto Ferenczi como Klein estuvieron a punto de relacionar el sexo con
algunos de los temores primarios más comunes. En realidad Ferenczi le había
dicho que, en su opinión, las explicaciones sexuales que ella había dado a
Erich, por una parte habían satisfecho la curiosidad del niño pero, por la otra,
lo condujeron a algún tipo de conflicto interno.
En la segunda versión del artículo original, en la que Erich se transfor-
ma en Fritz, el disfraz es tan tenue que resulta increíble que alguna vez haya
engañado a alguien. Ya muchos comentadores han identificado los paralelos,
pero muchos kleinianos ingleses, cuando les mencioné la identidad entre
Erich y Fritz, se mostraron sorprendidos y consternados. Uno dice haber
tenido siempre la impresión de que, en el fondo, “la madre” deja que desear.
Otro, que no supo qué nombre aplicarle a ese tipo de análisis, pero que nada
tiene que ver con la maternidad. Un tercero confesó de forma más bien
apesadumbrada que la revelación lo llevaría a reexaminar la labor que
había estado desarrollando durante treinta años, pues ahora veía bajo una luz

* Este incidente queda relegado a una nota al pie de un caso “tomado de la observa-
ción directa” en El psicoanálisis de niños, págs. 149-150 de la edición inglesa.
[94] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
nueva por qué Melanie había subestimado el papel de la madre. Muchos
analistas conocían hace años el rumor de que ella había analizado a sus pro-
pios hijos, pero no lo habían relacionado con las historias de casos reales que
ella registró. Elliot Jaques parece adoptar un punto de vista razonable:
exploración de las raíces de la ansiedad pudo haber sido orientada por el
único camino que a ella le era accesible y es tarde ya para poner en cuestión
su valor. Pearl King (que no es kleiniana) tiene la impresión de que pudo
haberse establecido “una transferencia 14patológica”; pero añade: “para ser
honesto, todos lo hacían en ese tiempo”.
¿Era análisis o no? El relato de “El desarrollo de un niño” no sugiere
que haya habido un horario regular de análisis, sino una prolongada obser-
vación de la conducta del niño durante el día, de forma similar a como el
psicólogo Jean Piaget observaba a sus niños. No hay referencia a los juegos
de Erich con juguetes, conducta que más tarde ella consideró como equiva-
lente de la asociación libre. Eric Clyne recuerda que cuando él iba a
Rosenberg —ahora Ruzomberok, en la República de Checoslovaquia, cons-
tituida después de la guerra— en 1919, su madre reservaba una hora todas las
noches antes de que él se fuera a dormir para analizarlo, y que continuó
haciéndolo después de que se hubiesen mudado a Berlín, en 1920. Subraya
secamente que la experiencia no le resultaba agradable, pero que no le guarda
rencor por ello.
Se halla una interesante observación en una carta escrita desde Berlín
por Alix Strachey a su marido, James, el 1 de febrero de 1925, en un período
en el que la obra de Melanie Klein empezaba a fascinarla. La autora de la15
carta describe el libro de Hermine Hug-Hellmuth, recientemente aparecido,
* como
un revoltijo de sentimentalismo que encubre la vieja intención de dominar al menos
a un ser humano: el propio hijo. Realmente creo que un libro como el de ella podría hacer
más mal que bien. Proporciona a los padres y a los maestros un nuevo elemento de poder.
Ahora saben que todos los niños se mas turban y tienen fantasías, y serán así más perspi-
caces para identificarlos y entrometerse en general (con las mejores intenciones) en sus
vidas privadas. Gracias a Dios, Melanie es absolutamente firme en este terreno. Insiste
absolutamente en separar del análisis la influencia paterna y educativa, y en reducir la
primera a su mínima expresión, porque lo más que ello puede lograr, según ella cree, es
impedir que el niño llegue a envenenarse con hongos, mantenerlo razonablemente aseado
y enseñarle sus lecciones.16

* Neue Wege zum Verständnis der Jugend. Psychoanalytische Vorlesungen für Eltern,
Lehrer, Enzieher, Kindergarterinnen und Fürsorgerinnen (Nuevos caminos para la
comprensión de la Juventud. Lecciones de Psicoanálisis para padres, maestros, educadores,
maestras de jardín de infancia y trabajadoras sociales), Leipzig-Viena, Franz Deuticke,
1924.
CRISIS [95]

Podría argumentarse que con Erich, Klein fue más terapeuta que madre.
El no recuerda que ella haya jugado con él, pero sí que lo abrazaba. El único
juguete que recuerda es un muñeco vestido de arlequín que Melitta una vez
hizo para él. Cuando se le pregunta por los libros que su madre le leía,
responde: “No recuerdo que se me leyeran historias, pero sí recuerdo haber
conocido las de Grimm,* Andersen y viejos libros como Strawwelpeter.
Cuando empecé a leer, leía todo con voracidad. Pero debe usted tener
presente que soy anciano y aquello ha sucedido hace mucho tiempo” 17
Pero tiene tres recuerdos muy vividos. El primero es el de haber estado
enfermo de escarlatina en una habitación oscura, mientras todos a su alrede-
dor hablaban en voz baja y se desplazaban tan silenciosamente como les era
posible. El segundo es el de haber huido de su casa. Su hermano Hans lo
avistó desde un tranvía y con mucha amabilidad lo condujo a casa. El tercero,
cuando tenía más o menos tres años, es el de haber ensuciado los calzoncillos
mientras estaba sentado a la mesa, durante la comida, y haberse sentido
aterrorizado. Su madre y Melitta se rieron mucho de ello y, según recuerda,
“lo abundante de mi deposición hizo que el hecho fuera memorable”.
Con el tiempo Klein parece haber llegado a convencerse de que el niño
que ella analizó no era su hijo. En “La técnica psicoanalítica del juego: su
historia y su significado”, trabajo incluido en Nuevas direcciones en
Psicoanálisis (1955), describe el caso con distanciamiento clínico:
Mi primer paciente fue un niño de cinco años. En el primero de mis artículos me
referí a él con el nombre de “Fritz". En un principio, me pareció que bastaría con influir en
la actitud de la madre. Sugerí que ella debía estimular al niño a que discutiera abiertamente
con ella muchas cuestiones de las cuales no se hablaba, y que manifiestamente se hallaban
en el transfondo de su mente estorbando su desarrollo intelectual. Ello produjo buenos
resultados, pero sus dificultades neuróticas no se mitigaron suficientemente así que pronto
decidimos que yo debía psicoanalizarlo. Al hacerlo me aparté de algunas de las reglas
hasta entonces establecidas, pues interpretaba lo que me parecía más urgente en el material
que el niño me presentaba, y mi interés se centró en sus ansiedades y en las defensas
dirigidas contra ellas. Este nuevo enfoque pronto me colocó ante serios problemas. Las
ansiedades que descubrí al analizar este primer caso eran muy agudas, y si bien yo me
sentía alentada en la creencia de que estaba trabajando en la dirección conecta, al observar
la mitigación de la ansiedad producida una y otra vez por mis interpretaciones, por
momentos me inquietaba la intensidad de nuevas ansiedades que se ponían de manifisto.18

Indudablemente, Erich le permitió alcanzar cierta comprensión del ori-


* En una nota al pie de “El desarrollo de un niño”, Klein comenta: “Antes de iniciar-
se el análisis le desagradaban mucho los cuentos de hadas de los hermanos Grimm,16 los
cuales, al producirse una mejora, pasaron a ser objeto de una marcada preferencia".
[96] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST

gen y de la naturaleza de la ansiedad aunque, en conformidad con el pensa-


miento psicoanalítico domíname, Klein destaca su represión, no su ansiedad
Freud no modificó su concepción según la cual la represión causa ansiedad
hasta Inhibición, síntoma y angustia, de 1926. A Klein, como madre,
probablemente se le hacía difícil llegar a las raíces de la ansiedad de su hijo y
enfrentaba al problema de cómo darse a sí misma una personalidad ficticia El
hecho de que su imagen le inquietara es manifiesto en la segunda versión del
trabajo, donde omite que la niñera fuese despedida por haberle dicho al niño
que a los chicos los trae la cigüeña. También omite el tranquilizador abrazo
que le dio al niño cuando éste regresó de su intento de trasladarse a casa de
otra familia. ¿Había empezado ya a formarse la opinión de que sus problemas
tenían cierta base constitutiva? En “El desarrollo de un niño” escribe:
...del análisis de personas neuróticas aprendemos que sólo una parte de los
prejuicios que resultan de la represión pueden remontarse a las malas condiciones del
medio o a otras condiciones externas nocivas. Otra parte, muy importante, se debe a una
actitud del niño, presente desde los primeros años. Con frecuencia el niño desarrolla,
reprimiendo una poderosa curiosidad sexual, un invencible desapego a todo lo sexual que
sólo un cuidadoso análisis puede superar más tarde.19
Sea cual fuere el juicio que uno se haga del análisis hecho por Melanie
Klein a su propio hijo, debe recordarse que Freud le proporcionó el modelo
para ello en “Análisis de una fobia en un niño de cinco años” (1909), primer
caso publicado de análisis infantil. Según Freud, él vio al niño sólo una vez,
pero vigiló el caso a través del padre. Este último y su esposa (anteriormente
tratados ambos por Freud) creían firmemente en las ideas de Freud. Hans
había sido siempre un niño jovial hasta los tres años y nueve meses de edad,
cuando se suscitó en él un repentino miedo a los caballos tras haber visto una
caída en la calle. Esta fobia se desarrolló unos nueve meses después del
nacimiento de su hermanita.
Las insistentes preguntas de su padre mostraron en el chico todos los
signos de un complejo de Edipo, padecido a raíz de los temores de castración,
y que conocía muy bien las zonas erógenas extragenitales de su cuerpo:
aspectos que Freud bosquejó en Tres ensayos sobre la teoría sexual, de 1905.
Al llevarse a la luz el material reprimido y ponerse en relación la fobia con el
temor a la castración, la ansiedad del niño se mitigaba; lejos de considerarlo
un procedimiento discutible, Freud creía que el niño hablaba tan abiertamente
porque quien lo interrogaba era su padre.

Sólo porque la autoridad de un padre y la de un médico se hallaban unidas en una


sola persona, y porque en él se combinaban la preocupación afectiva, y el interés
científico, fue posible en este ejemplo aplicar el método para un uso al que de otro modo
no se hubiera prestado.20
C RISIS [97]
No es posible especular acerca del modo como se habría desarrollado el
pensamiento de Klein en caso de haber continuado trabajando con Freud y
con Ferenczi. A mediados del verano de 1919, con el apoyo de esas dos
poderosas figuras tras de sí, su futuro en la Sociedad Húngara debe de haber
parecido asegurado. Pero entonces, todo cambió con asombrosa rapidez. Con
la derrota del Imperio austro-húngaro y la caída del gobierno del conde
Michael Karolyi, Béla Kun, que se había convertido al comunismo durante
su estancia en Rusia como prisionero de guerra, instauró en Hungría una
dictadura del proletariado. Los bolcheviques, que todavía no consideraban el
psicoanálisis como una desviación burguesa, nombraron a Ferenczi primer
profesor de Psicoanálisis en la Universidad. Al invadir Kun Eslovaquia, se
suscitó una contrarrevolución y penetró en el país un ejército rumano de
intervención. Al terror rojo sucedió el violento terror blanco antisemita. La
situación de los profesionales judíos se hizo intolerable. Géza Róheim debió
abandonar el Departamento de Etnología del Museo Nacional de Hungría;
durante cierto tiempo Ferenczi temía correr riesgo por salir a la calle y se le
excluyó de la Sociedad Médica de Budapest, de la cual había sido miembro
distinguido. Se impidió a los judíos el ingreso a las universidades y no
pudieron incorporarse a los regimientos más selectos del ejército salvo como
comisarios ordenadores o como médicos.
La situación política afectó asimismo a la familia Klein. Hans, que tenía
doce años, encontró un cartucho en el jardín y, cuando lo estaba examinando,
fue abordado por un soldado que intentó arrestarlo y que sólo lo dejó en paz a
instancias del cocinero. Arthur Klein no pudo continuar trabajando como
gerente en Budapest. En el otoño de 1919 partió hacia Suecia, donde pronto
encontró un empleo igual como asesor técnico de una fábrica de papel en
Säffle y pudo obtener la ciudadanía sueca. Melanie y los niños se refugiaron
en casa de sus suegros, en Rosenberg. Pero todo lo que Klein tiene que decir
acerca del modo en que la situación política afectó a su familia es lo
siguiente:
Cuando, en 1919, al finalizar la guerra, se inició ei efímero pero duro régimen
comunista, dejamos Budapest y nos fuimos a vivir por un año a Eslovaquia junto a mis
suegros, con quienes mantuve siempre muy buenas relaciones, especialmente en el caso de
mi suegra, y mi marido halló un puesto en Suecia. Habiendo sido súbdita austríaca por
nacimiento, me convertí ahora en súbdita checoslovaca. Mi marido, que se había
establecido en Suecia, logró convertirse en súbdito sueco, pues no le entusiasmaba ser
checoslovaco. De esa forma me convertí en ciudadana sueca, lo cual posteriormente me
resultó muy útil.
La confusión respecto de la nacionalidad estriba en que Moris Reizes
nació en Galitzia, se estableció en Hungría y se mudó a Viena; Libussa nació
en Eslovaquia, se trasladó a Viena y murió en Budapest; Arthur se
consideraba austríaco, se convirtió en ciudadano sueco y murió en Suiza; y
[98] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
Klein nació en Viena y, tras haberse desplazado por gran parte de la Europa
Central, se estableció en Inglaterra. ^
Los judíos eran gentes cosmopolitas a quienes unía un transfondo reli-
gioso común. Hubo muchos judíos que, como Melanie Klein, carecían de
religiosa pero se consideraban no obstante judíos; y, como los demás, esta-
ban obligados a hacer transacciones para vivir en una sociedad antisemita La
familia Ferenczi había hungarizado su apellido, que era Fraenkel, cuando se
trasladaron a Hungría desde la Europa Oriental. Los niños de la familia Klein
recibieron su instrucción en húngaro en 1912. Jolan, la hermana Arthur, se
convirtió al catolicismo, al igual que la familia Vágó.* Melanie nunca
divulgó el que en Budapest la familia Klein se había incorporado a la Iglesia
Unitaria y que todos sus hijos fueron bautizados. (Eric Clyne describe a sus
hermanos como los “bautizados errantes” en la época de su nacimiento.) Para
algunos judíos la Iglesia Unitaria era la más aceptable debido a que rechazaba
el concepto de la Trinidad. Según Eric Clyne, el instigador de la conversión
fue su padre, pero su madre debe de haber accedido a ello En su
Autobiografía, trata ampliamente de su sentimiento de culpabilidad cuando
de niña, en Viena, se sintió atraída por la Iglesia Católica Romana; pero
parece estar desplazando su culpa posterior por una acción llevada a cabo
cuando era adulta, a una situación anterior en la que los sentimientos de una
niña impresionable podían ser gobernados por la influencia de una institutriz.
El hecho mismo de que se abstenga de todo comentario acerca de la época de
turbulencias políticas es indicación de su inquietud ante una conducta que
podría suscitar una fuerte condena moral. A la luz de esto, un párrafo de sus
notas autobiográficas merece alguna reflexión:
Siempre he odiado el que algunos judíos, sin respetar para nada sus
principios religiosos, se avergüencen de su origen judío y, siempre que se ha
suscitado la cuestión, he tenido la satisfacción de confirmar mi origen judío,
aunque temo que carezco de toda fe religiosa.
En mi actitud de simpatía con Israel incide también un sentimiento que, aunque
puede haberse originado en el estado de persecución de los judíos, se extiende a todas las
minorías y a todos los pueblos perseguidos por fuerzas más poderosas. ¡Quién sabe! Eso
podría haberme fortalecido a fin de que el hallarme siempre en minoría respecto de mi
abajo científico no me importase, y para estar dispuesta a oponerme a una mayoría por .me
siempre experimenté cierto desprecio, mitigado, a veces, por la tolerancia.
En la segunda versión de su temprano trabajo acerca de Erich, escrito en
invierno de 1919 a 1920, añadió una extensa sección que trataba de los males
de la religión, que ella relaciona con las concepciones de Freud y de Ferenczi
sobre los sentimientos de omnipotencia.

* Incluso el héroe de Emanuel, Karl Klaus, se convirtió al catolicismo no por


conveniencia, sino porque veía en ello una defensa ante la amenaza sufrida por los valores
éticos y espirituales.
CRISIS [99]

Es verosímil que, mientras vivía en Budapest, Klein se sintiese vehe-


mentemente tentada —concretamente a partir de su relación con la familia a
convertirse al catolicismo. Sus teorías posteriores acerca de la envidia
constitutiva, la importancia primaria de la madre y la reparación, guardan un
estrecho paralelismo con las doctrinas del pecado original, la Inmaculada
Concepción y la expiación en el cristianismo.*
Klein se habría sentido particularmente atraída por la fe católica en caso
de recibir la influencia de alguna persona a la que ella amase y respetase
Manifiestamente la había hallado en Constance Sylvester en Viena, cuando
era niña; y estoy tentada de creer que halló otra persona así en su íntima
amiga Klara Vágó. En 1908 la relación entre ambas fue suficientemente
estrecha para que compartiesen una habitación en Abbazia y continuaran
juntas las vacaciones en el Báltico. En agosto de 1911, cuando Klara estaba
con ella en Hermanetz y Libussa supervisaba la mudanza a un apartamento
más grande en Budapest, su madre comentaba:
En realidad es obvio que, para que recuperes tus fuerzas y sanes gradualmente, tus
nervios necesitan sólo paz y tranquilidad y que nada los irrite. Me hace inmensamente feliz
el hecho de que Frau Klara con su quietud, su dulzura, con su carácter amable y afectuoso,
no podrá menos que ejercer la mejor influencia sobre tu agitado espíritu. Aunque no he
tenido oportunidad de conocer a Frau Klara tanto como tú la conoces ahora, causó en mí
una agradable impresión desde el primer momento de nuestra amistad. A medida que
nuestro trato ha continuado mi estima por ella ha ido siempre en aumento.
Entre los poemas de Klein figura uno que alude a una relación con una
mujer mientras vivía en Budapest. El poema no está fechado y el preámbulo,
que tiene aparentemente una estructura epistolar, dice: “¡Eva! El recuerdo de
ayer ha hecho que se reunieran en mi cabeza aquellas estrofas con las que en
su momento intenté sepultar solamente esos recuerdos, aunque nunca han
estado más vivos”. Sigue un poema inspirado por la pasión del Cantar de los
Cantares. Melanie está destinada a ser mantenida y venerada por los hombres
y por el amor ideal. Su educación le ha enseñado a reprimir su propia energía
sexual. Es posible que a través de Klara empezase a preguntarse si sus
fantasías novelescas eran falsas, hostiles a su verdadera naturaleza y a su
verdadera evolución, y si, por tanto, un matrimonio basado equivocadamente
en esas concepciones falsas no era una parodia. Pudo haber recibido de Klara
el afecto que anhelaba y que le había sido negado por su padre, por su madre,
por su marido y aun por su narcisista hermano.
Es evidente que su relación con la misteriosa mujer tenía un aspecto
tumultuoso, según el poema, en el cual los ojos de la persona amada son
“¡sueños de oscuras distancias, que consumen enteramente, crueles como la

* Agradezco al Dr. Hans Thorner el haberme señalado estas analogías.


[100] 1882-1920: DE VIENA A BUDAPEST
noche!”. En el relato titulado “Señales de vida”, la cuñada de la protagonista
acompaña a ésta en un principio en sus visitas al pintor. Más tarde va sola,
creando así una situación en la que pudiese desarrollarse una salvación
amorosa (ello pudo haber ocurrido, lo más temprano, poco después de que
Jolan se casase y se mudase a Budapest, en 1906). En la sala de su casa estaba
colgado un retrato de Klara, pintado por un destacado artista, y Melanie haber
creado una relación imaginaria a partir de estos elementos.
Klara se divorció por aquellos años y tras la Primera Guerra Mundial
se volvió a casar, esta vez con un corredor de Bolsa llamado Sándor Klein (sin
parentesco alguno con Melanie), el cual perdió todo su dinero en el crack de
1929. Ella murió en Budapest en 1945. En aquella extraña pausa de 1920 en
Rosenberg, Klein escribió un poema cuyas estrofas finales dicen (en traduc-
ción libre):

¿Nunca más volveré, de tu mano,


a caminar por prados verdes y floridos
al sol?

¿Nunca más volveré, de tu mano,


a afrontar deseosa las aflicciones de la vida
porque estás a mi lado?
Una vez más, de tu mano,
deja que lamente sobre tu hombro
cuán amargamente solitaria estoy
SEGUNDA PARTE
1920-1926
Berlín
UNO

La protegida

l único lugar en el que Melanie Klein hizo constar ocasionalmente


E algún detalle sobre su divorcio es su Autobiografía, en la cual dice
que en 1919 Arthur Klein se marchó a vivir a Suecia para trabajar
allí, y que ella regresó de Budapest a Rosenberg con los niños. Había agita-
ción en Budapest y ella sólo podía plantearse su propio futuro en términos
negativos: según su testimonio, parecía no haber posibilidades de que ella y
Arthur pudieran volver a unirse de nuevo.
Esos fueron los preliminares de nuestra verdadera separación, que duraron hasta
1922, cuando nos divorciamos. Llevé conmigo a mi hijo menor, que entonces tenía sólo
ocho años, y aunque formalmente tenía yo el derecho de tutela de mis otros dos hijos, ello
no era momentáneamente viable debido a que yo aún dependía económicamente de mi
marido.
Algunas páginas más adelante continúa:
Llegué así a Berlín a comienzos de 1921. Mi hija, que había aprobado su
examen de matriculación en aquel pueblo eslovaco donde yo había vivido con mis
suegros, se reunió conmigo, y yo tema así a mis tres niños. Ella marchó a la
Universidad de Berlín para estudiar Medicina, mientras que yo poco a poco
comencé a ganar terreno como psicoanalista.
No se indica ninguna fecha en relación con el momento en que los tres
niños vivieron nuevamente con ella. Lo que se deduce es que estuvo sepa-
rada de ellos durante muy poco tiempo aunque, según recuerda Eric Clyne,
[104] 1920-1926: BERLIN
Hans permaneció en un internado hasta que toda la familia volvió a reunirse,
en 1923. Ello podría considerarse el error cometido por una mujer anciana al
ordenar hechos pasados, pero lo que dice es erróneo también en otro sentido.
Ella parecía sentirse culpable de que no todos los niños estuvieran con ella, la
misma culpa que había experimentado años antes cuando dejaba a Hans y a
Melitta varias semanas con su madre. Durante 1921 Melitta permaneció en lo
que hoy se conoce como Ruzomberok, para presentarse al examen de
matriculación. Debía realizarlo en eslovaco, lengua que nunca había
aprendido. Esa disposición la había impuesto el nuevo Estado checoslovaco
como represalia por los años en que se había obligado a los eslovacos a
emplear el alemán como lengua oficial. Enfrentada a un desafío que ofrecía
dificultades tan extraordinarias, Melitta pudo haber sentido que ello
provocaría otro abandono. Hans fue internado en las montañas de Tatra. Se
acordó que los dos hijos mayores se reunirían con su madre en Berlín al
finalizar el año escolar, pero en modo alguno podían arreglárselas sin la
ayuda económica de Arthur. La familia pasó las navidades de 1920 en el
Hotel Praga, en Somnitz, lugar de descanso de las montañas de Tatra y a
comienzos de enero, Klein, acompañada por Erich, se trasladó provisional-
mente a Berlín, donde se establecieron por un tiempo en una pensión que no
distaba mucho de la casa de Karl Abraham en Grunewald.* Más tarde se
mudó a un piso amueblado en la Cunostrasse, sector muy poco poblado de
una ciudad cuya densidad era notablemente baja durante los años que
siguieron inmediatamente a la guerra.
Por segunda vez Klein señala 1922 como año en que tuvo lugar el
divorcio:
Desde 1922, cuando el divorcio se hizo efectivo, mi consultorio de Berlín creció y
tuve oportunidad de analizar a niños y asimismo a algunos colegas; en parte, el enfoque
fundamental al que recurría ha continuado manteniendo su vigencia hasta la actualidad.
¿Por qué insiste Melanie Klein en que el divorcio tuvo lugar en 1922
(en otro lugar señala como fecha 1923) si, de acuerdo con el testimonio de
Eric Clyne, no pudo haberse hecho efectivo hasta 1925 ó 1926?** La fecha
que ella asigna al divorcio no se debe a un error de su memoria, sino a un
deliberado intento de arrojar un velo sobre los hechos que se produjeron en el
intervalo. Ella deseaba recordar que Berlín había representado un punto de
partida enteramente nuevo en su vida; sin embargo, ése fue en realidad un
período extraordinariamente desdichado. Esta notable mujer era capaz de
superar dificultades personales y profesionales, y emprender sin temores sus
* Uno de los recuerdos más tempranos de Berlín que conserva Eric Clyne es el de
haberle contado a un compañero de juegos que su madre era psicoanalista, a lo cual el otro
niño repuso que tenía un tío llamado Paul Federn que también era analista.
** Es imposible verificar la fecha real, pues los registros se destruyeron durante la
Segunda Guerra Mundial.
LA PROTEGIDA [105]
propios senderos creativos aun cuando ello costase mucho a algunas personas
de su entorno.
Antes de marchar a Berlín, debe haber reflexionado seriamente acerca su
vida. El movimiento psicoanalítico húngaro se había malogrado debido a la
revolución antisemita y el futuro de Klein debe haberse mostrado oscuro. Ella
reconoce haber sido siempre muy ambiciosa, así que la perspectiva de pasar
el resto de su vida en Ruzomberok era intolerable. Para Establecerse en la
comunidad psicoanalítica se requería calificación. Debía lograr un nombre
mediante la publicación de artículos; el consecuente reconocimiento le daría
entonces libertad para trasladarse a otros centros. Tal pudo haber sido la
razón que la movió a analizar formalmente a Erich —no había otros posibles
analizandos en Ruzomberok— y publicar los resultados. Y fue durante su
estancia en Ruzomberok cuando, con mucha prudencia, decidió enmascarar
la identidad de Erich.
El 14 de diciembre de 1920 escribía a Ferenczi:
Estimado Doctor:
Después de nuestra última conversación se me ocurrió una idea que me gustaría
discutir con usted. Como le dije, considerando los detalles más íntimos, conside-
ro oportuno ocultar que el sujeto del segundo estudio es mi hijo. Sin embargo,
ello romperá la conexión con el primer estudio, lo cual quizá sea una lástima.
Aun cuando los dos estudios no se publiquen simultánea o consecutivamente,
acaso sea interesante y plausible ver de qué modo el mismo niño, cuyo rápido
desarrollo intelectual mediante el esclarecimiento sexual se presenta en el primer
estudio, ofrece resistencia, en el segundo estudio, a un mayor esclarecimiento
sexual; y que ello sólo puede tratarse analíticamente y así se ha hecho.
Quizá pudiera asegurarse la unidad si se puliera del mismo modo el primer
estudio, “Acerca de la influencia del esclarecimiento sexual en el intelecto”. Para
lograrlo, sea necesario hacer los cambios correspondientes en la introducción
(que hasta ahora es idéntica al contenido de la edición de julio), de manera que en
ella se oculte que el niño es el mismo del primer estudio. Además, quisiera
convertir a mi hijo Erich en el pequeño Fritz, el hijo de unos conocidos míos,
cuya madre ha seguido fielmente mis instrucciones y a quien a menudo he tenido
la oportunidad de ver informalmente. Creo que si en el estudio se sustituye
“Erich” por “Fritz” y “yo” por “la madre”, el enmascaramiento será perfecto y
podré tratar el segundo estudio de la misma manera. Tal unidad es tanto más
deseable cuanto que no he concluido todavía con las observaciones de mi hijo, y
los estudios basados en la experiencia continuada con un niño serán ciertamente
más instructivos que cieno número de observaciones inconexas.1
En la misma carta señala que aún no ha recibido los ejemplares de
Psicopatología de la vida cotidiana que había solicitado o las últimas
ediciones de La interpretación de los sueños y Tres ensayos sobre teoría
sexual, que estaba esperando con ansiedad.
Antes de tomar esta decisión asistió al Primer Congreso Internacional
[106] 1920-1926: BERLIN
de postguerra, celebrado en La Haya en septiembre de 1920. Ernest Jones
señalado que el problema económico fue resuelto por los analistas
holandeses, quienes reunieron cincuenta mil coronas para pagar los
gastos de viaje de sus colegas de Europa Central; también acordaron
alojar a veinte de ellos durante su estancia en Holanda: siete de Austria,
otros tantos de Alemania y seis de Hungría. Esta podría ser la única
explicación de que Melanie Klein estuviera presente en esa ocasión.
Erich se quedó con su tía Emilie, en Viena.
Karl Abraham. ignorante de la intensidad del sentimiento
antigermánico, deseaba originariamente que el congreso tuviera lugar en
Berlín. El 16 de enero de 1920 Jones, apoyado por Rank, le escribió para
disuadirlo de su intransigencia en contra de que el congreso se celebrase
en La Haya:
Imagínese cómo se sentirían los alemanes pasando unos días en París, en
hoteles restaurantes, etc., y recuerde que Berlín es para nosotros lo que París sin duda
es para usted. Hay muy pocos judíos internacionales en la Asociación Americana de
Psicoanálisis y ninguno en Inglaterra. Es difícil precisar hasta qué punto ese
sentimiento operará de hecho, pero existe... El mayor costo e inquietud del viaje sería
también impedir que algunos ingleses vayan a Berlín: así me han dicho... La principal
objeción que formulan (los miembros ingleses) es que celebrar en Berlín el primer
congreso después de la guerra haría mucho daño al movimiento en Inglaterra, donde
existe ya suficiente oposición al propio psicoanálisis para que ésta se acreciente por
involucrarlo en un prejuicio nacional. A menudo ha sido condenado por sus
vinculaciones con Alemania por lo que pienso que es muy deseable hacer que el
movimiento y la Asociación en su conjunto sean tan internacionales como fuera
posible; se haría mucho en ese sentido celebrando nuestro congreso en un país
neutral.2
De mala gana, Abraham se dio por vencido. Freud, aleñado por
Ernest Jones, era más sensible a esta atmósfera tan cargada y, apenas una
hora antes de que se iniciaran las actividades, le solicitó a Abraham, que
era entonces secretario de la Asociación Psicoanalítica y reconocido
como políglota de talento, que pronunciara el discurso de bienvenida en
latín. Abraham, para admiración general, despachó el discurso con gran
facilidad.
Fue en ese congreso donde Melanie Klein conoció a Hermine
Hug-Hellmuth,* quien ya había empezado en Viena a analizar niños
observándolos jugar, método que ella describió en un artículo titulado
“Acerca de la técnica de análisis infantil”. Klein intentó comprometerla
en una discusión pero su intervención se recibió con mucha indiferencia.
Más tarde, Klein atribuyó este hecho a que Hug-Hellmuth veía en ella la
amenaza de una competencia y algunas referencias que hace a este
respecto tienden a ser sumamente condescendientes. En su Autobiografía
escribe:
La doctora Hug-Hellmuth estaba haciendo por aquel entonces análisis infantil en
* Su nombre completo era en realidad Hermine von Hugh-Hellmuth.
LA PROTEGIDA [107]

Viena, pero muy restringidamente. Evitaba formular interpretaciones, aunque


utilizaba materiales consistentes en juegos y en dibujos; nunca logré tener una impresión
de lo que realidad estaba haciendo; tampoco analizaba niños de menos de seis o siete años.
No que sea excesivamente presuntuoso decir que fui yo quien introdujo en Berlín los
inicios del análisis infantil.
Es probable que Melanie Klein haya consultado a Ferenczi si debía
pablar a Abraham en La Haya sobre el trabajo que estaba realizando. Era aún
una desconocida, por más que se la pueda ver de pie, con un porte que asunta
mucha seguridad, en la segunda fila de una fotografía del grupo. Era
Hug-Hellmuth, y no ella, quien presentaba una comunicación de manera que
sólo mediante el respaldo de Ferenczi pudo centrarse en ella la atención de
Abraham. Es, una vez más, típico de ella el omitir una de las razones básicas
que le impedían regresar al grupo de Budapest, a saber, el brote de
antisemitismo surgido en Hungría.
Suele hablarse de Abraham como de uno de los más leales entre los pri-
meros colegas de Freud, y habría sido digno sucesor de éste. ¿Por qué entonas
Freud no lo veía como tal, a no ser porque nunca se sintió atraído por la
actitud distante y reservada de Abraham? Ernest Jones lo describe como “el
más normal” de los hombres que rodeaban a Freud. Había nacido en 1877 en
Hamburgo, en el seno de una familia judía establecida desde hacía mucho
tiempo. Al terminar sus estudios de medicina pasó seis años de intensa for-
mación en hospitales para enfermos mentales, tres de ellos en Burghölzli con
el grupo de C.G. Jung. Abraham y Freud se convirtieron en buenos amigos,
aunque no íntimos, desde su primer encuentro en 1907; Abraham era,
además, miembro del organismo interno llamado “La junta de los siete ani-
llos”, formado por quienes estaban autorizados a usar las preciosas entalla-
duras. Los otros miembros eran Sándor Ferenczi, Ernest Jones, Hanns Sachs,
Otto Rank y Max Eitingon.
Abraham era muy importante para Freud por ser el primer médico ale-
mán con experiencia psicoanalítica. Abraham deseaba convertirse en profe-
sor de psicoanálisis en la Universidad de Berlín en época de Karl Bonhoeffer,
pero la opinión conservadora le era adversa; fundó así en 1910 la Sociedad e
Instituto Psicoanalíticos de Berlín. En febrero de 1920, con la ayuda
económica del inmensamente rico Max Eitingon, se abrió una clínica en la
Postdamerstrasse, ahora situada en Berlín Oriental. Ella sería el modelo de
todas las clínicas futuras.* Debido al retomo de veteranos que padecían
neurosis de guerra, la clínica estaba colmada de pacientes, aunque en un
Berlín desgarrado por la inflación pocos podían pagar algo más que una suma
simbólica por el tratamiento.
Abraham era hábil diplomático; muestra de su tacto es el hecho de

* Debido a la oposición de Freud a la idea de una clínica, no se fundó ninguna en


Viena hasta mayo de 1922.
[108] 1920-1926: BERLIN
habérselas arreglado para mantener la amistad tanto de Wilhelm Fliess como
de Freud después que ambos rompieron sus relaciones. Pero por leal que haya
sido con Freud, tenía un pensamiento personal y vigoroso; la última parte de
la correspondencia de ambos (aun depurada) pone de manifiesto a un hombre
que transita por un terreno delicado, decidido a desarrollar sus propias ideas,
aunque con cautela, para no ofender el susceptible ego de Freud. En la clínica
puso en práctica su concepción, entonces incipiente, de que era menester
reforzar las normas profesionales: un analista no estaba habilitado para el
ejercicio del análisis hasta haber sido él mismo analizado Por otra parte,
Ferenczi no veía diferencias entre un análisis de formación y un análisis
terapéutico, pero Abraham, Eitingon y Ernst Simmel, con germana tenacidad,
hicieron del análisis de control parte integrante del Instituto de Berlín,
práctica atacada por Ferenczi en Entwicklungsziele der
Psychoanalyse, de 1924. La sola existencia de la clínica otorgó a Berlín el
carácter de una rival de Viena e inmediatamente atrajo hacia sí a promisorios
analistas. En 1920 Hans Sachs se trasladó a ella desde Viena y en 1921
Sándor Radó* y Franz Alexander, escapando del clima antisemita de
Budapest, hicieron otro tanto. El grupo inicial incluía a Alix Strachey y a los
hermanos James y Edward Glover, de Gran Bretaña; Theodor Reik, de Viena;
Karen Horney, Ernst Simmel, Therese Benedek y, por breve tiempo, Helene
Deutsch. La Sociedad de Berlín parecía tener ante sí un futuro más brillante
que el que Freud había previsto para Budapest en 1918.
Lo que resulta enigmático son las disposiciones que precedieron al
traslado de Klein a Berlín. En una carta fechada el 14 de diciembre de 1920,
Klein informa a Ferenczi que proyecta permanecer con sus hijos en las
montañas de Tatra hasta Finales de diciembre, y concluye diciendo: “A
finales de enero estaré de vuelta en Berlín por lo que le rogaría que a partir
del 24 de diciembre me envíe cartas y mensajes a mi dirección en el
Policlínico”. Esta carta es un fuerte indicio de que entre septiembre y
diciembre de 1920 había establecido una relación momentánea con la
Sociedad de Berlín, y de que Ferenczi tenía completo conocimiento de lo que
ella hacía. En su Autobiografía, ella manifiesta que Abraham la invitó a
unirse a su grupo cuando se encontraron en el Congreso de La Haya. Sin
embargo, se conserva una carta de Ferenczi dirigida a Jones, fechada el 12 de
junio de 1921, en cual aquél escribe: “Frau Klein debiera habernos informado
también de su abandono del grupo de Budapest y habernos dado razones más
detallabas. A este respecto he consultado con el doctor Radó”.3 Este detalle es
curioso, atendiendo a la clara prueba que contenía la carta dirigida por Klein

* En una entrevista hecha el 16 de marzo de 1963, Radó explicó a Bluma


Swerdloff que él se marchó a Berlín por hallarse demasiado estrechamente relacionado
con Ferenczi, y porque Abraham era el único analista de orientación clínica que conocía
(Oral History Research Library, Universidad de Columbia).
LA PROTEGIDA [109]
a Ferenczi en diciembre de 1920, donde se pone de manifiesto que él cono-
cía las intenciones de ella. Además, el 14 de noviembre de 1920, Jones
escribía al doctor E. G. von Emden, presidente de la Sociedad Holandesa,
diciéndole que mientras el grupo de Budapest pasaba por una gran inquie-
tud, la Sociedad de Berlín, en cambio, prosperaba e “incorporaba dos médi-
cos que según creo, son húngaros. También Frau Klein se traslada allí para
analizar niños; es pedagoga”.4 Como Jones sugiere, otros húngaros se unían
al grupo de Berlín. Pero si Ferenczi se sentía ofendido por Klein, ello no era
manifiesto en el Congreso de Berlín, en 1922, donde se les vio caminar del
brazo y conversar con animación. Inmediatamente después del Congreso de
Salzburgo en 1924, Ferenczi escribía a Freud expresándole su satisfacción
por las comunicaciones presentadas en el congreso y añadiendo: “¡Frau Klein
estuvo bien!”5
Hubo mucha envidia y una gran rivalidad entre aquellos primeros pre-
cursores del psicoanálisis. Jones, cuyos sentimientos hacia Ferenczi eran muy
ambivalentes, podría haber intentado suscitar dificultades, sabiendo que
Abraham había reemplazado a Ferenczi en el papel de mentor de Klein.
Muchos años más tarde (en 1965), uno de los colegas ingleses de Klein,
Elliott Jaques, describió, en un artículo que marcó una época titulado “Death
and the Mid-Life Crisis” (“La muerte y la crisis de la mitad de la vida”), las
diferentes formas en que puede producirse una crisis creativa en tomo a los
treinta y cinco años de edad. La carrera de Klein corresponde a la categoría
de aquellos “cuya capacidad creativa puede empezar a manifestarse y expre-
sarse por primera vez”.6 Ella tenía treinta y ocho años al llegar a Berlín. Su
potencial creativo, ahogado durante tantos años, se encontraba finalmente
libre de toda sujeción, pero tenía que afrontar oposiciones en cada uno de los
pasos que daba. Para el registro histórico, Klein sostuvo que tras su llegada a
Berlín amplió pronto su clientela; pero la verdad es que suscitó actitudes de
desdén en algunos de sus colegas. Había diferencias en cuanto a la
conveniencia de penetrar tan profundamente en el inconsciente de un niño
(los colegas de Budapest como Radó, Alexander y Ada Schott conocerían ya
su trabajo analítico de Erich). Aparte de la consideración que Abraham
manifestó con ella, siempre le resultó desagradable el modo como la trataba
la Sociedad de Berlín. Poco a poco algunos de sus colegas permitieron que
analizase a sus niños en lo que se conocía como “análisis preventivos”. En
momentos posteriores de su vida lamentó que los únicos pacientes que le
enviaban fuesen los niños y pacientes profundamente perturbados de otros
analistas. Sin embargo, de no haber sido así, jamás habría tenido la oportuni-
dad de realizar una intensa observación de niños.
En cierta ocasión, un colega que se disponía a salir de vacaciones dejó a
su cargo a un paciente de doce años que, como ella advirtió más tarde, era
esquizofrénico. Estaba indudablemente asustada, pero advirtió que su
paciente también lo estaba así que le preguntó si temía que ella lo internase
[110] 1920-1926: BERLIN
de nuevo en el asilo. Expresar verbalmente la razón de su terror mitigó la
ansiedad del paciente. Cuarenta años después ella evocaba: “Fue uno de mis
primeros casos, y al echar una mirada al pasado me doy cuenta de que ese
paciente podría haber sido para mí una gran fuente de información si yo
hubiera entendido más. Pero aun así aprendí mucho de él”.7
Los niños que ella analizaba en Berlín son los descritos después en El
psicoanálisis de niños (1932). No obstante, sus casos fundamentales (no
mencionados en esa obra) fueron sus propios hijos, “Fritz” y “Félix” (Erich y
Hans), a los que en Amor, culpa y reparación y otros trabajos (1921-1945)
dedica más espacio que a cualquier otro niño. En El psicoanálisis de niños
omite asimismo a una chica de diecisiete años, Lisa (protagonista de “El
desarrollo de un niño”), quien recibe menos atención que los niños. Esa chica
parece ser Melitta. Sólo puede conjeturarse que dichos casos se omitieron en
el volumen de 1932 por temor a que se suscitaran difíciles cuestiones a
propósito de la conveniencia de que una madre analizase a sus propios hijos.
La identidad de Erich es segura, y las edades de información respecto
de los otros niños concuerdan demasiado bien con las de Hans y Melitta para
que se trate de una mera coincidencia. Se conservan aún abundantes
anotaciones acerca de los casos de Erich y Melitta. El hermano de Fritz,
“Félix”, aparece con trece años (esto es, en 1920, el año que pasaron en
Ruzomberok).* Erich ignoraba que su madre analizaba también a sus her-
manos.
La decisiva carta dirigida a Ferenczi (el 14 de diciembre de 1920)
indica que Klein se proponía continuar el análisis de Erich aun antes de su
llegada a Berlín, si bien en “Análisis infantil” sólo dice que lo reanudó debido
a la reaparición de la intensa ansiedad de “Fritz” (lo cual es verdad). “El chico
había sufrido una recaída, cosa en parte debida a que, en mi deseo de ser
prudente, no había emprendido el análisis con suficiente profundidad.8 No
obstante, parte del resultado obtenido se ha demostrado duradero.” En
aquella época ella se esforzaba por penetrar en el núcleo de sus problemas,
pero se alarmó cuando él no sólo se resistía al análisis, sino que su estado
nervioso empeoraba. Abraham sabía que Klein estaba analizando a su propio
hijo,** y cuando ella le contó que el estado del niño se había deteriorado,
él la urgió a que continuara poniendo al descubierto material reprimido,
pues creía que ese enfoque mitigaría la ansiedad del niño, lo cual pareció
tener ese efecto, según Klein. Fritz también tenía “una leve fobia” a andar

* “Inhibiciones y dificultades en la pubertad” (1922) pareciera basarse en sus obser-


vaciones de Hans. “Fritz” bien podría ser el mismo niño que “Ernst” en “El papel de la escuda
en el desarrollo libidinal del niño” (1923), y “Grete” podría ser Melitta.
** Aparentemente, Abraham, siguiendo recomendaciones de Freud, “analizó”
ocasionalmente a su propia hija. Véase “Little Hilda: Daydreams and a Symptom in a
Seven-Year-Old Girl”, Int. Rev. Psycho-Anal (1914), I, 5-14.
LA PROTEGIDA [111]
por la calle, donde, se quejaba, había sido atormentado por niños groseros.
Klein descartó este detalle para concentrarse en el itinerario que realizaba al
dirigirse a la escuela, un camino bordeado de árboles: itinerario que ella
interpreta simbólicamente como expresión del deseo del coito, al que sucede
entonces la ansiedad de la castración.
Muy influida aún por Freud, Klein adjudicaba los problemas de su hijo
la represión de deseos incestuosos dirigidos a ella misma. ¿Estaba tan fas-
cinada que no veía el bosque por ver los árboles? Había en la vida de Erich
otros rasgos que ella ignora. Fue un niño no deseado y su madre se mostraba
sumamente deprimida cuando lo tema consigo. Su abuela había muerto poco
después de su nacimiento y el estado de Klein era de una ansiedad tan intensa
que había tenido que buscar ayuda en Ferenczi. Además, el niño debió sentir
la permanente tensión entre sus padres. Cuando Erich tenía tres años, su padre
marchó a la guerra y a su regreso, un año más tarde, el niño manifestaba por él
un exagerado afecto. Cuando tenía cinco años su padre desapareció
nuevamente —esta vez para dirigirse a Suecia— y el resto de la familia se
mudó a Ruzomberok, donde su madre temía que él se retrayese y no
manifestase interés por su entorno. Un año después se trasladaron a Berlín,
donde los chicos en la calle se burlaban de él por ser judío. (Esto no lo
menciona Melanie Klein.) Según Eric Clyne, fue su hermano quien le reveló
por qué los chicos lo trataban con tanta crueldad. En realidad, no tuvo
conciencia de ser judío hasta un incidente ocurrido cuando tenía diez años: él
y su niñera entraron en la Kaiser-Wilhelmsgedächtniskirche y un joven les
dijo que los judíos debían sentarse atrás. La niñera, que no era judía, declaró
indignada que ellos no lo eran.
Durante los cinco años que permanecieron en Berlín cambiaron de do-
micilio casi una vez por año. En 1923 o 1924 Arthur Klein regresó a Berlín.
En el lapso de un año Melanie Klein se trasladó permanentemente, llevándose
a Erich consigo. Primero lo internó en el sur de Alemania; después lo envió a
Francfurt para que Gara Happel lo analizara.* Allí vivió con un maestro de
escuela y su familia, y fue profundamente desdichado. “Debe de ser hermoso
pertenecer a una familia normar’, observaba Eric Clyne años después; y
agregaba filosóficamente: “pero dudo que haya muchas familias normales”.
No es sorprendente que el niño tuviera perturbaciones, aunque Melanie Klein
no considerara ninguno de estos factores externos y, al redactar la historia del
caso, adjudica su ansiedad a deseos libidinales reprimidos.
El caso de “Félix” (Hans), un niño que sufría de un tic nervioso, presenta
asimismo signos de perturbación. Los primeros detractores de Klein señala-
ban, como una objeción, el peligro de indagar en el inconsciente de un niño
pequeño; ¿pero no era aún mayor el peligro de que una madre analizase a su

* Happel escribió acerca de la pederastia, homosexualidad, masturbación y complejo de


Edipo.
[112] 1920-1926: BERLIN

hijo adolescente? Ella utiliza la expresión de Franz Alexander “un carnet


neurótico” para describir a Félix en la época en que empezó a analizarlo y
considera necesario subrayar el primer estadio significativo de su desarrollo.
A los tres años de edad se le practicó un estiramiento del prepucio, y la relacé entre
ese estiramiento y la masturbación causó en él una impresión especial. También padre le
había hecho repetidas advertencias y hasta lo había amenazado; a consecuencias de esas
amenazas Félix concluyó por renunciar a la masturbación. 9
El análisis de Félix tenía lugar tres veces por semana, pero al interru-
pirse en varias ocasiones se extendió durante tres años y tres meses, y duró en
total trescientas setenta horas. Ello sugeriría que el análisis se realidad
durante las vacaciones escolares del afio en que la familia estuvo viviendo en
una casa que hicieron construir en Dahlem. Sus problemas se originaron
porque hasta los seis años ocupó una camita en el dormitorio de sus padres y,
consecuentemente, se desarrolló en él un temor al escuchar el acto que
reiteradamente tenía lugar en la cama grande.* Nos comunicaron también
que al regresar su padre de la guerra, solfa golpear al muchacho por su
cobardía en los juegos. Félix centró su interés en los deportes, hasta perder
todo interés por la escuela. Exacerbó su inactividad el que su padre insistiera
en vigilar los deberes que el niño hacía en casa. Su padre también lo ace-
chaba para descubrirlo masturbándose, en cuyo caso lo golpeaba. Estos
detalles sugieren que a Melanie Klein le irritaba el trato que su marido daba al
niño, y que atribuía a éste muchas de sus dificultades.
Comenzó a desarrollarse en Félix un interés crítico por la música y por
los compositores. “Sus análisis mostraban”, concluye Klein, “lo que otros
análisis confirmaron: que la crítica siempre tiene su origen en la observación
de las actividades genitales paternas.”10 Manteniendo con total franqueza sus
creencias, analizaba repetidamente las fantasías masturbatorias del niño.
Este análisis es importante en la medida en que revela que Klein se
dirigía más a Abraham que a Ferenczi en busca de una orientación intelectual.
Ella está de acuerdo con una observación hecha por Ferenczi en
“Observaciones psicoanalíticas acerca del tic” (1921), a saber, que el tic es el
equivalente de la masturbación; pero no coincide con él en calificarlo de
síntoma narcisístico primario, pues por entonces estaba convencida de que
“el tic no es accesible a la influencia terapéutica hasta que11el análisis ha
logrado descubrir las relaciones de objeto en las que se basa”. (Esta parece

* Puede parecer extravagante que una madre discuta esta situación sexual con su hijo.
No obstante, en 1912 (Zbl. Psycho-anal., 2, pág. 680) Freud había formulado el siguiente
consejo: “Me agradaría que aquellos de mis colegas que ejercen el psicoanálisis reuniesen y
analizasen cuidadosamente los sueños de sus pacientes cuya interpretación justifique la
conclusión de que el que los ha soñado ha sido testigo de una relación sexual en sus
primeros años”.
LA PROTEGIDA [113]

haber sido su primera referencia a las relaciones de objeto.) Sus observacio-


nes de Félix confirman las conexiones sadicoanales que Abraham había des-
ojo en su trabajo “Contribuciones a la teoría del carácter anal” leído ante,
sociedad de Berlín en 1921.
El informe del análisis de Lisa es mucho más breve, y atiende básica-
mente a la actitud de la niña ante los números y las letras. Califica la letra de
seria y digna; le impresionó, y las asociaciones condujeron a una clara
imagen del padre, cuyo nombre comienza también con la letra “A”. Klein
atribuye la ineptitud de la chica para las matemáticas a su complejo de
castración. Para ella la historia era esencialmente “el estudio de las relaciones
de los padres entre sí y con el hijo, en el cual las fantasías infantiles sobre
batallas, matanzas, etcétera, desempeñaban también un papel importante, de
acuerdo con la concepción sádica del coito”.12
Cualquier analista moderno se horrorizará, por supuesto, ame la idea de
madre que analiza a sus propios hijos. Como Klein era la madre real,
podía ejercer las prerrogativas propias de una madre. En determinada oca-
sión, por ejemplo, prohíbe a Félix que vea a una chica mayor que él debido a
que estaba identificando fantásticamente a su madre con una prostituta. “La
transferencia”, dice, “puso de manifiesto con suficiente vehemencia que era
indispensable una interrupción momentánea de esa relación”; no obstante,
jeja ver inadvertidamente la verdadera relación que existía entre ambos:
Esta elección de objeto supuso una huida de las fantasías y deseos dirigidos directa-
mente a mí (sic), y que sólo en esta fase pasaron a ocupar plenamente el primer plano del
análisis. Se observaba entonces que el apartar a la madre, originariamente amada pero
temida, había influido en el fortalecimiento de la actitud homosexual y en las fantasías
acerca de la temida madre castradora.13
En otra ocasión le obliga a interrumpir la relación homosexual que
mantenía con un compañero de colegio. El muchacho debe haber sentido que
no disponía de ámbito alguno de privacidad respecto de su madre, la cual
conocía los secretos más íntimos de su alma. Había aun otro problema. A
menudo ella relaciona su tic y sus problemas de homosexualidad con su
sentimiento de inferioridad respecto de su padre. Arthur Klein desconfiaba
mucho del psicoanálisis, al que consideraba introductor de una cuña entre él y
su hijo, e interpretaba la obsesión de su mujer por esta disciplina como un
factor con influencia destructora sobre la familia.
Cabe preguntarse cómo podría establecerse una transferencia en una
situación así.* En su mayor parte las objeciones se relacionan con un nivel
* Muchos freudianos se han sentido sumamente confundidos ante la revelación de
que Freud analizaba a Anna. Se discute raramente y algunos desearían disponer de esta
información que nunca ha sido dada a conocer. Por otra parte, Freud parece no haber
publicado nunca los análisis como historia de un caso.
[114] 1920-1926: BERLIN
profundo, originario a saber, el temor al incesto. Tal penetración en la mente
de un niño no es sólo un abuso de poder, sino una intromisión en el ámbito del
tabú. Sería posible aducir que la transferencia podría producirse cuando el
niño imponía a su madre la percepción interna, producto de su fantasía que
tenía de ella. ¿Pero cómo podría la analista/madre distinguir entre realidad de
la percepción que el niño tenía de ella y su propia percepción sí misma?
Uno se pregunta si alguna vez Melanie Klein dudó de la razonabilidad
de lo que estaba haciendo. Al principio, ella realmente creía poder aliviar en
parte la intensidad de una depresión que también ella había experimenta
reiteradamente desde su infancia. Sus notas aclaratorias de los problemas de
los tres niños, suscitan la impresión de haberse producido en ellos una gran
mejoría, aunque no la total recuperación que Freud describía en el pequeño
Hans. No obstante, el remitir posteriormente a los niños a otros analistas
—Melitta a Horney, Sharpe y Glover; Hans a Simmel, y Erich a Happel,
Searl, Winnicott y Joseph— pudo proporcionarle una pausa para reflexionar.
Cuando no estaba satisfecha con un análisis, racionalizaba diciendo que había
concluido precipitadamente. Por las noches, podría habérsele ocurrido que,
analizando a sus niños, podía haberles causado realmente un daño irreparable
ya fuese en sus psiques o en sus relaciones con ella. El hecho es, empero, que
toda su obra posterior se basó no sólo en sus indagaciones sobre la ansiedad
de sus niños, sino también en el descubrimiento de los errores que había
cometido mientras los analizaba.
Los problemas de estos tres niños están narrados con distanciada y
clínica objetividad. En “Fragmentos del análisis de una histeria” (1905)
Freud dice: “Un hombre puede hablar a muchachas o a mujeres sobre todo
tipo de cuestiones sexuales sin herirlas ni suscitar sospechas respecto de sí
mismo, en la medida en que, en primer lugar, adopte un determinado modo de
hacer, lo y, en segundo lugar, pueda hacer que sus interlocutoras se sientan
convencidas de que ello es inevitable... La mejor manera de hablar de tales
cosas consiste en ser frío y directo; ése es, al mismo tiempo, el método más
alejado del prurito con que esos mismos temas se tratan en ‘sociedad’.
...J'appelle un chat un chat”.14 Melanie Klein cita estas líneas en una nota al
pie de “La técnica del análisis temprano”, y añade: “Esta actitud es, mutatis
mutandis, la que yo adopto en el análisis infantil. Hablo de cuestiones
sexuales con las palabras simples que mejor se adaptan al modo de
pensamiento de los niños*’.15 Y ése fue, sin duda, el método que empicó con
sus propios hijos.
Supongamos que efectivamente utilizó a sus propios hijos como
conejillos de Indias. Mediante la rigurosa observación de su conducta ella
descubrió mucho detalles sobre los orígenes de la ansiedad y del modo como
ésta obstaculiza el desarrollo, conocimientos que indudablemente
contribuyeron a su comprensión de otros pequeños pacientes —Rita, Trude,
Dick, Richard—, niños atormentados a los que evidentemente ayudó.
LA PROTEGIDA [115]
Durante aquellos años que pasó en Berlín, Klein refinó su técnica y dará
sus conceptos. En aquel entonces no consideraba sus opiniones como
heterodoxas; y es posible rastrear sus ideas advirtiendo que se desarrollaban
paralelamente a las preocupaciones de Freud y de Abraham. Freud, como se
recordará, formuló su última tesis fundamental sobre la ansiedad en
“Inhibiciones, síntomas y ansiedad” (1926), donde modifica su concepción
primera según la cual la represión conduce a la ansiedad; y a partir de su
artículo de 1925 sobre la negación (“Tomaré esto; excluiré aquello”) Ríanle
Klein desarrolló sus conceptos de introyección y proyección.* Depresión,
ansiedad, culpa, naturaleza compulsiva de la fantasía: ésos eran los
problemas a los que progresivamente se dirigió. La agresión, y no la libido
empezó a cobrar una importancia central en la ansiedad, y gradualmente
Conoció la interrelación entre realidad y fantasía.
Abraham le enseñó a redactar las historias de los casos. A diferencia de
oscuras descripciones de sus propios hijos, las de los niños que analizó en
Berlín (descritas en El psicoanálisis de niños) son inolvidables. Están libidos
para los juegos, son lentos, callados, incontinentes, sumamente “perversos”.
Padecen obsesiones, pesadillas, berrinches. Trude, de tres años y nueve
meses de edad, está rebosante del más terrible sentimiento de destrucción.
Rita experimenta desde los ocho meses graves ataques de ansiedad, expresión
de la culpa por sus sentimientos edípicos. En estos momentos, Klein —que se
adhiere aún a la idea freudiana ortodoxa de que el complejo de Edipo culmina
durante el cuarto año y el superyó emerge como su consecuencia final—
empezó a ver, a consecuencia de la observación de esos niños, que la
superación del complejo de Edipo requiere varios años, y que el superyó
infantil es mucho más punitivo que el que se enfrenta a un adulto, hallándose
en mejores condiciones para hacerlo.
Con estos pequeños pacientes, en su mayoría hijos de colegas, Melanie
Klein elaboró poco a poco una técnica que parte de situaciones específicas.
En el caso de Rita, aparecían subterfugiamente una tía y una madre vigilan-
tes que creaban una tensión adversa al análisis. En consecuencia, Klein
insistió en realizar el análisis fuera de la casa de la niña, cuestión en la que
estuvo de acuerdo con Hug-Hellmuth. En cierta ocasión, Rita, que entonces
tenía siete años, pintó de negro una hoja de papel, la rompió en pedacitos
que arrojó en un vaso de agua y, haciendo como si bebiese, murmuró:
“Mujer muerta”. En ese momento Klein comprendió hasta qué punto el
dibujo, el papel y el agua podían resultar reveladores en la expresión simbó-
lica de la ansiedad. Rita, a quien le desagradaba mucho la escuela, no había
manifestado el menor interés por el dibujo; pero cuando Klein, en una cora-
* “Introyección” es el proceso por el cual se internaliza un objeto externo. En la
“proyección" se imagina que objetos internos se hallan situados en algún objeto externo a
uno (véase: Charles Rycroft, A Critical Dictionary of Psychoanalysis, Penguin, 1979).
[116] 1920-1926: BERLIN
zonada, le trajo algunos juguetes de sus propios hijos —cochecitos, figuritas,
un tren, algunos cubos—, la niña comenzó inmediatamente a jugar, y a partir
de las muchas catástrofes a que sometía a los cochecitos, Klein interpretó que
había mantenido algún tipo de actividad sexual con otro niño de la escuela.
Rita se alarmó ante esta interpretación pero, tras un primer acceso de
ansiedad, permaneció en un estado de apaciguamiento. Esta experiencia,
sumada a otras, convencieron a Klein de que era esencial disponer de
pequeños juguetes, no mecánicos, que variasen sólo en el color y la inedia y
donde la figura humana no representase ninguna profesión determinada. La
sencillez de los juguetes posibilitaba al niño a expresar una amplia gama de
fantasías o evocaciones de experiencias reales. El material que poco a poco
empezó a reunir para las sesiones consistía en hombres y mujeres de madera
en dos medidas, coches, carretillas, columpios, trenes, aeroplanos animales,
árboles, cubos, casas, vallas, papel, tijeras, un cuchillo, lápices tizas o
pinturas, pelotas, bolitas, arcilla para modelar y cintas. Además, el niño podía
traer algunos de sus propios juguetes, aunque ella prefería que se concentrase
en los reunidos en su propio cajón.
Con ocho o nueve años, Melanie Klein se había sentido fascinada por
el juego de los niños más pequeños. Cuando tuvo sus propios hijos, la
observación que hizo de ellos le proporcionó cierta base a partir de la cual
desarrollar sus teorías. Reconocer que puede establecerse una transferencia
tuvo una importancia inmensa en la elaboración de su técnica más depurada.
Al experimentar una transferencia negativa, el niño podía asignar a Klein el
papel de un niño, mientras él asumía el de una figura con autoridad, atribu-
yéndose por tanto el poder de castigarla o lastimarla. Esta agresividad se
moderaba sólo debido a la insistencia de Klein en mantenerla a raya, sin que
se pasase al abuso físico:
Esta actitud no sólo protege al psicoanalista, sino que es asimismo importante para
el análisis. Pues tales acometidas, de no mantenerlas en sus límites, pueden despertar en el
niño excesiva culpa y ansiedad persecutoria, e incrementar así las dificultades del tra-
tamiento. Se me ha preguntado en ocasiones el método con que me prevengo de los ata-
ques físicos; creo que la respuesta es que he procurado cuidadosamente no inhibir las
fantasías agresivas del niño, dándole, en efecto, la oportunidad de actuar de otras maneras,
incluyendo los ataques verbales contra mi persona. Cuanto más capaz fui de interpretar a
tiempo los motivos de la agresividad del niño, tanto más me fue posible mantener la
situación bajo control.
Escudriñando el rostro de sus pacientes advirtió que se caracterizaban
por una notable gama de expresiones; y observó que si se interpretaban
coherentemente sus juegos, su ansiedad decrecía. Llegó a reconocer “la
mirada cognoscente”, el momento de la percepción y, sorprendentemente,
descubrió que en niños muy pequeños solía registrarse una capacidad de
comprensión mayor que en adultos. Creía que, hasta cierto punto, ello podía
LA PROTEGIDA [117]
explicarse porque, en el niño, las conexiones entre lo consciente y lo incons-
ciente son mucho más estrechas y, en un estadio preverbal, el juego puede
revelar mucho más que la asociación libre.
Le interesaba especialmente la actitud del niño ante un juguete roto. A
menudo el juguete representa a uno de los padres o a un hermano. Presa del
persecutorio, el niño podía llegar a arrojarlo en un cajón, temeroso de acción
retaliatoria. La ansiedad puede ser tan intensa que llega a sofocar el
sentimiento de culpa. Entonces un día abrirá el cajón y lo revolverá en busca
del juguete roto. Este acto de restitución (o de reparación, como ella lo
describirá posteriormente) permitiría a Klein interpretar la actitud del niño
respecto de uno de sus familiares. “Este cambio confirma nuestra impresión
de que la ansiedad persecutoria ha disminuido y de que, junto con el senti-
miento de culpa y el deseo de reparación, pasan a primer plano los sentimien-
tos de amor que habían resultado menoscabados por la excesiva ansiedad.”17
En esas situaciones era esencial que el analista se abstuviese de expresar
cualquier censura por haber roto el juguete o de sugerir el deber de repararlo,
en Más allá del principio del placer Freud había notado que el niño experi-
menta un placer mucho mayor en la recuperación de un tambor de madera
que haciéndolo desaparecer. A partir de estos análisis precursores hechos en
Berlín ella comprendió que su papel no consistía en ejercer una influencia
moral o educativa, sino en proporcionarle al niño libertad para expresar sus
emociones y sus fantasías, y a continuación darle una interpretación de ellas.
Un niño, Peter, de tres años y medio de edad, manifestó una intensa
ansiedad tras el nacimiento de un hermanito. Había compartido con sus
padres el dormitorio por la época de la concepción del bebé, durante unas
vacaciones. En su primera sesión con Klein se limitó a un esquema repetitivo
de juego. Hacía chocar entre sí dos caballos y repetía ese proceso con todos
los juguetes que cogía. Cuando se le explicó que representaban a personas,
rechazó primero la idea, pero tras una breve reflexión estuvo de acuerdo con
la sugerencia. En la siguiente sesión se alcanzó cierto progreso. Continuó el
destrozo de juguetes, y esta vez Klein sugirió que estaba representando a sus
padres mientras hacían chocar sus genitales para producir al hermanito por el
que tenía sentimientos tan ambivalentes. El trato que ulteriormente Peter dio
a los juguetes fue aún más explícito. Colocaba un muñeco sobre un cubo al
que llamó “cama” y lo declaró “muerto y destrozado”. Hizo entonces lo
mismo con dos muñecos, eligiéndolos de entre los juguetes que había roto. En
este caso Klein interpretó que una de las dos figuras era su padre y la otra el
propio niño, a quien su padre a su vez había hecho daño. Fue de una
extraordinaria inteligencia por su parte el advertir que la razón por la que
Peter había elegido dos figuras rotas era su sentimiento de que tanto él como
su padre resultarían dañados si él atacaba a su padre; y el hecho de que el niño
estuviera en condiciones de jugar sin inhibiciones supuso para ella la
confirmación de que se hallaba en el rumbo correcto.
[118] 1920-1926: BERLIN
En el análisis de Rita le impresionó particularmente la rudeza del
superyó de la niña, el cual se mostraba muy activo en una etapa mucho
temprana a la supuesta por Freud. Reconocido este hecho, advirtió entonces
que en un niño el superyó opera internamente de forma concreta; a saber, el
superyó adopta la apariencia de una multiplicidad de Figuras construida a
partir de experiencias y de fantasías derivadas de los estadios en los que el
niño ha internalizado (introyectado) a sus padres.
Notó que en niñas pequeñas se produce la ansiedad más aguda cuando
se siente como perseguidora a la madre, como figura externa y, asimismo
como objeto internalizado, cuya meta es atacar el cuerpo de su hija y despejar
a ésta de sus hijos imaginarios. Estos sentimientos persecutorios de depresión
y culpa conducen al deseo de reparación, no en el sentido de la “anulación”
freudiana en el neurótico obsesivo,18 sino en la variedad de procesos mediante
los que el yo anula en la fantasía el daño cometido, restaurando, preservando
y reviviendo objetos. Este impulso, unido a un sentimiento de culpa,
contribuye a todas las formas de sublimación y, en última instancia, a la salud
mental.
Con estos primeros pacientes realizó otros descubrimientos
importantes. Advirtió, por ejemplo, que Trude, al destrozar y ensuciar trozos
de papel, recreaba temores por ataques de naturaleza específicamente sádica
anal y uterina. Tales observaciones confirmaron las teorías de Abraham en
“Breve historia del desarrollo de la libido a la luz de las perturbaciones
mentales” (1924) sobre la naturaleza del sadismo. En un niño al que analizó
entre 1924 y 1925, cuya perturbación era mayor que la de Rita o la de Trude,
comprobó la naturaleza oral y anal de los procesos introyectivos del niño. Al
niño le atormentaban perseguidores internos y externos, siendo estos últimos
imagen de su propia proyección y derivados de su relación sádico anal con las
fantasías del pecho de su madre, combinadas a su vez con el inicio del
complejo de Edipo. Klein percibió cada vez más las complejidades
simbólicas del mundo del infante. Por ejemplo, cuando le cementó a Peter
que el haber roto un juguete representaba un ataque a su hermano, él protestó
diciendo que jamás haría tal cosa a su hermano real. Por su parte, ella le hizo
la observación de que ese acto simbólico era su único modo de expresar los
sentimientos destructivos respecto de su hermano. Por último, analizando
adultos al tiempo que observaba niños, pudo comprobar de qué modo las
fantasías y las ansiedades infantiles continúan actuando en el adulto.
Melanie Klein no perdió oportunidad de hacer notar su presencia. El 3
de febrero de 1921, poco después de su llegada a Berlín, entregó un artículo
sobre análisis infantil (basado en las inhibiciones de Félix para el aprendiza-
je), al que siguió, una semana más tarde, un comentario general de los
miembros de la Sociedad sobre las cuestiones que planteaba el artículo. El
19 de mayo leyó otro trabajo, nunca publicado, con el título de “Über die
LA PROTEGIDA [119]
Orientierungsinnes” (Perturbaciones de la orientación en los niños). En éste
comienza a formular su concepción de que el instinto epistemológico se
desarrolla a partir de la curiosidad por el contenido del cuerpo materno,
interés reprimido porque, en el inconsciente, la exploración tiene lugar bajo la
forma del coito. Abraham objetaba tal detalle señalando que el interés por el
cuerpo de la madre es precedido por una concentración en el cuerpo del pro-
pio chico. Ella no estaba convencida, recordando a Eric (“Fritz”) explorar su
cuerpo con un perrito al que deslizaba a lo largo de aquél e imaginando al
hacerlo que viajaba por países en los que los pechos eran montañas y la
región genital un gran río. Todas esas observaciones eran exploraciones ten-
cas de las fuentes de la ansiedad infantil.
Debe subrayarse que la mayoría de los casos presentados en El psicoa-
nálisis de niños (1932) se redactó algunos años después, a la luz del
desarrollo posterior de sus teorías. Los recuerdos de la hija de Karen Horney,
doctora Manarme Horney Eckhardt, son interesantes como testimonio de su
verdadero procedimiento en esa época. En 1923, a los diez años de edad,
Marianne comenzó con Klein un análisis que duró por años. Visitaba a Klein
dos veces por semana en su vivienda de Dahlem, y recuerda lo novedosa que
era la entrada superior de la casa y los muebles de estilo Bauhaus,
confortables aunque no elegantes. El análisis tuvo lugar en dos fases: la
primera parte, durante el último año del matrimonio de Klein, y la segunda,
tras haber ella dejado a su marido. Marianne no sabía por qué Klein se había
mudado repentinamente; a la jovencita le gustaba mucho más pasear en
bicicleta por las bellas calles de Dahlem que ir al oscuro apartamento que
posteriormente debió visitar.
Retrospectivamente la doctora Eckhardt considera ridícula la idea de un
análisis “preventivo”. En aquel momento la mayoría de los analistas parecían
sostener la idea de que tal análisis era importante para el sano desarrollo del
niño.* El procedimiento, según ella lo recuerda, era extremadamente
mecánico. Ella se tumbaba en el sofá y relataba todo cuanto le había ocurrido
durante la semana; en los diez minutos finales, Klein resumía e interpretaba
lo que ella había dicho. No discutían mutuamente; tampoco existía entre ellas
un sentimiento de cordialidad. No recuerda haber visto a Klein sonriente, o
preguntándole cómo estaba. Al ver fotografías suyas de diez años más tarde,
Eckhardt la encontró mucho más elegante y atractiva que la mujer que ella
había conocido. La doctora Eckhardt cree que Klein cobró vida al mudarse a
Inglaterra.
En 1922 Melanie Klein se convirtió en soda de la Sociedad de Berlín.
Continuó exponiendo ante sus miembros artículos y comentarios sobre la

* En 1922, en Budapest, Peter Lambda fue “analizado” por Stephen Hollos, quien
intentó hacerle asociar palabras. No se recurrió a juegos y la experiencia en su conjunto
desorientó eternamente a Lambda.
[120] 1920-1926: B ERLIN

ansiedad infantil, y ofreció una comunicación mucho más elaborada ante el


Séptimo Congreso Psicoanalítico, celebrado en Berlín en septiembre.* Fue
éste el último congreso al que Freud asistió. Es improbable que estuviera
presente cuando Klein expuso un trabajo, pero sin duda tenía conocimiento
de todos los trabajos que se estaban produciendo. Presto a descubrir cualquier
herejía, debe haber advertido que esta mujer manifestaba su deseos tentó a
propósito del complejo de Edipo como fundamento de la neurosis. El análisis
había mostrado, según sus declaraciones, que las inhibiciones descritas por
Freud se suscitan a partir de una concepción infantil del nacimiento del bebé
por el ano, fijación que se inicia mucho antes de que el niño llegue al nivel
genital.
En febrero de 1923 Klein fue designada miembro pleno de la Sociedad
de Berlín; ese mismo año apareció por primera vez un artículo de ella,
desarrollo de un niño”, publicado por Ernest Jones en el International
Journal of Psycho-Analysis. También en ese año presentó Freud en El yo y el
ello, una teoría estructural de la psique según la cual ésta se compone de yo,
ello y superyó, y formuló una teoría de la culpa como derivada del instinto de
muerte. Esta obra ejercería un profundo efecto en Melanie Klein en el sentido
de tener confianza en las conclusiones que extraía de sus observaciones.
Abraham, al informar acerca de las actividades del grupo de Berlín en una
carta dirigida a Freud el 7 de noviembre de 1923, señalaba que Frau Klein
daría un curso sobre sexualidad infantil para maestras de jardín de infancia;
continúa comentando su trabajo, “Breve estudio del desarrollo de la libido a
la luz de las perturbaciones mentales”, que se publicaría el afio siguiente.
He supuesto que la presencia de una depresión precoz en la infancia es el prototipo
de toda melancolía posterior. En los últimos meses la señora Klein ha llevado adelante
hábilmente el psicoanálisis de un niño de tres años con buenos resultados terapéuticos. El
niño presentaba un verdadero cuadro de depresión básica que yo interpretaba en estrecha
combinación con el erotismo oral. El caso ofrece sorprendentes descubrimientos acerca de
la vida instintiva infantil.1*
En el Congreso de La Haya, Abraham se había negado a presentar una
comunicación sobre la psicosis maníaco-depresiva debido a la falta de expe-
rimentación. Ahora Klein parecía proporcionársela. Como era normal en él,
Freud no se dignó a considerar los descubrimientos de sus discípulos como
nuevos objetos de admiración; ni lo hizo en realidad con idea alguna que él

* El trabajo original se titulaba “Análisis infantil o Desarrollo e inhibición de las dotes


naturales”. Cuando lo publicó, en 1923, como “Análisis infantil” en Imago, 9, incluía muchos
otros trabajos inéditos.
LA PROTEGIDA [121]
no hubiese pensado previamente, como se lo explica, burlándose un poco de
sí mismo, a Ferenczi en febrero de 1924.
Sé que no soy muy accesible y que me cuesta asimilar pensamientos ajenos que no
encuentren del todo en mi propia senda. Me lleva bastante tiempo formarme un juicio
sobre ellos, así que entre tanto debo suspender el mismo. Si usted tuviera que esperar tanto
tiempo en cada caso, cesaría su productividad.20
Tanto Abraham como Freud habían estado trabajando durante años en el
problema del origen de la depresión. En su trabajo de 1911 titulado “flotas
sobre la investigación psicológica y del tratamiento de la enfermedad
maníaco-depresiva y las condiciones relacionadas con ella” Abraham esta-
bleció un nuevo vínculo entre la depresión neurótica y la psicotica. En la
primera, el paciente “siente que no es amado y 21se siente incapaz de amar” y
por ello desespera de su vida y de su futuro. A Freud le había llamado
mucho la atención la ambivalencia del neurótico obsesivo (1909), y Abraham
descubrió que tanto en los que padecen depresión psicótica como en los que
padecen depresión neurótica se era presa del odio hasta el punto de anularse la
capacidad de amar. Los pacientes proyectaban ese odio y se sentían a su vez
despreciados. Inconscientemente estaban convencidos de que realmente
padecían los actos destructivos que imaginaban. Esto es a lo que Freud
denominó la “omnipotencia dei pensamiento”, expresión y concepto que
Melarne Klein tomaría de él.
Después, en 1916, Abraham publicó sus investigaciones ulteriores sobre
las hipótesis que Freud había postulado en Tres ensayos sobre teoría sexual
(1910), respecto de un estadio pregenital oral de la vida sexual.* Abraham
había observado que en pacientes con perturbaciones profundas un síntoma
frecuente era la negativa a tomar alimentos y el temor simultáneo a la
inanición. En su clásico artículo Aflicción y melancolía (1917) Freud dis-
tinguía la melancolía de los normales procesos de dolor por la pérdida de una
persona amada. “Los rasgos psicológicos distintivos de la melancolía son un
abatimiento muy doloroso, anulación del interés por el mundo externo,
pérdida de la capacidad de amar, inhibición de toda actividad y un descenso
de los sentimientos de autoestima hasta un grado que se manifiesta en los
reproches y la denigración dirigidos a uno mismo y culmina en una engañosa
expectativa de castigo.”22 Una de las interesantes observaciones que Freud
había hecho a partir de la comprobación de este fenómeno del castigo de sí
mismo era que la melancolía se registra en personas especial- mente
predispuestas. Aquello de lo que el melancólico se duele, no es tanto la
pérdida de una persona amada cuanto un yo herido al que reprocha y
humilla: una actividad dirigida hacia sí mismo antes que una actividad
dirigida hacia la realidad externa. Abraham había sugerido que los reproches
* “El primer estadio pregenital de la libido.”
[122] 1920-1926: BERLIN
que el melancólico se dirige a sí mismo eran reflejo de la proyección de su
odio, pero para Freud “los reproches dirigidos a sí mismo son reprocha contra
un objeto amado introducido dentro del propio yo del paciente, mujer que
clamorosamente expresa conmiseración por su marido al haberse unido a una
criatura tan miserable como ella, está en realidad acusando a su marido de ser
una criatura miserable en un sentimiento o en otro”.23 Freud concibe esta
especie de identificación como una regresión a la fase narcisista oral de la
libido. La considera narcisista ya que la única relación del paciente con el
mundo externo consiste en objetos que coloca en su boca incorporándolos o
“introyectándolos”. Freud disiente de Abraham al entender que el elemento
relevante en la melancolía es la introyección antes que la proyección, pero
admite que es mucho lo que aún debe investigarse en relación con este
problema.
Apareció entonces en 1924 el trabajo fundamental de Abraham “Breve
estudio de la libido a la luz de las perturbaciones mentales”. Abraham
comenzaba a descubrir similitudes cada vez mayores entre la neurosis obse-
siva y la psicosis maníaco-depresiva. La pérdida de un objeto es una repro-
ducción del estadio anal del desarrollo psicosexual, cuyo mecanismo es
comparable, en el inconsciente, con la “expulsión de este objeto en el sentido
de una expulsión física de heces”.24 Además, el melancólico puede retroceder
más allá de la fase sádico anal, esto es, hasta la fase oral temprana, en sus
fantasías canibalísticas. Un paciente, por ejemplo, manifestó la fantasía de
comer excrementos. Tales ejemplos proporcionan la corroboración clínica de
la concepción de Freud según la cual la introyección tiene lugar a través de un
mecanismo oral. Abraham propendía mucho más que Freud a la idea de que
la melancolía tenía su origen en una excesiva acentuación constitucional del
erotismo oral, y que el problema se produce en una etapa muy anterior a la
crisis que se presenta con la resolución del complejo de Edipo. La actitud
profundamente ambivalente del melancólico en relación con el perdido
objeto de amor se pone de manifiesto cuando está tan abrumado por el odió
que abandona el objeto como si fueran heces, sólo para reintroyectarlo en su
yo, pasando a identificarse narcisísticamente con él. En un momento decisivo
de su carrera, Klein estuvo fuertemente influida por las ideas de Abraham, en
particular la del conflicto generado en la vida psíquica por las funciones de
proyección y de introyección.
Es curioso que Abraham no haga referencia alguna a Más allá del
principio del placer (1920), cuyos originales había leído en 1919.* En esa
obra, con su postulado del instinto de muerte, Freud inauguraba, de acuerdo
con Ernest Jones, “su reconstrucción de la teoría psicoanalítica” (Vida y obra
de Sigmund Freud, III). En un párrafo fundamental Freud señala:
* Sin embargo ya en 1911 Abraham hablaba de “una tendencia a negar la vida”, de
“negación de la vida” y de “muerte simbólica”.
LA PROTEGIDA [123]
Partimos de la gran oposición entre el instinto de vida y el de muerte. Ahora, el
propio objeto de amor se nos presenta con un segundo ejemplo de una polaridad similar: la
que forman amor (o afecto) y odio (o agresividad). ¡Si tan sólo pudiéramos poner esas
polaridades en relación recíproca y derivar la una de la otra! Desde el comienzo hemos
reconocido un componente sádico en el instinto sexual. Como sabemos, puede tomarse
independiente y, bajo la forma de una perversión, dominar toda la actividad sexual de un
individuo. También aparece como componente instintivo predominante una de las
“organizaciones pregenitales” como las hemos denominado. Pero, ¿cómo es posible
derivar ahora en Eros, esto es, del preservador de la vida, el instinto sádico, cuya meta es
dañar el objeto? ¿No es plausible suponer que ese sadismo es en realidad un instinto de
muerte, el cual, bajo la influencia de la libido narcisistica, se ha apartado del yo y
consiguientemente ha emergido en relación sólo con el objeto? 25
Para Freud esa concepción dualista era hasta entonces
“provisional”. Relame Klein aceptó el desafío planteado por Freud, aunque
no elaboró plenamente sus implicaciones hasta después de su llegada a
Inglaterra. Sin el trasfondo biológico que se hallaba en su raíz, interpretó el
instinto de muerte en términos estrictamente psicológicos;* no disponía de
concepción alguna de la conducta que no fuera intencional. Hablaba de
constelaciones de impulsos mentales, de la destrucción del objeto mediante la
incorporación o a través de otros medios. En el niño, el instinto de muerte
opera como una proyección de la agresión por temor a la aniquilación,
mientras que para Freud el niño desconoce la muerte como tal. Ella siempre
creyó estar siguiendo una dirección sugerida por Freud, pero, a diferencia de
éste, ella no atendía a la biología mecanicista del siglo XIX, y no tenía la
concepción de instinto en el sentido señalado por Freud. Lo que Klein
comprobó es que el niño que estaba tratando desarrollaba una actividad
destructiva, lo que caracterizó como operación del instinto de muerte. Para
ella, un impulso no era un estímulo carente de dirección y productor de una
tensión que sólo secundariamente se relaciona con un objeto. Ella entendió la
libido y la agresión como tendencias intrínsecamente direccionales, y los
impulsos eran, en substancia, relaciones.
Entre los papeles inéditos de Melanie Klein se hallan los siguientes
apuntes:
Nunca se ha considerado a Abraham herético. Se admite que su obra forma parte de
lo clásico de la teoría, pero en el psicoanálisis nunca se ha utilizado plenamente. Abraham,
que había descubierto la primera fase anal y la vinculaba con cierto trabajo hecho por
Ophuijsen, se aproximó a la concepción de los objetos internos. Su obra sobre los
impulsos y las fantasías orales va más allá que la de F. En modo alguno tanto como la
* Su concepto de “Trieb” era el de Bruno Bettelheim y Hanna Segal, quienes consi-
deran que la palabra más apropiada para traducir ese término es la francesa “pulsión” y que
su equivalente más cercano en inglés es “drive”. Charles Rycroft cree que “no tiene
ninguna utilidad intentar distinguir entre un instinto y un impulso (drive)”.
[124] 1920-1926: BERLÍN
mía, pero está en la misma línea, y hay aquí otra persona que ha recurrido a cienos pen-
samientos y descubrimientos de F. adoptándolos y desarrollándolos. Habría que decir que
A. supone el nexo entre mi propia obra y la de F. Por supuesto, sus opiniones no avanzan
tanto y permanecen aún muy cerca de algunas conclusiones de F., y no causan la impre-
sión de una desviación, como ahora parece ocurrir con mi obra. 26
Las observaciones hechas por Klein de los niños parecían confirmar las
teorías de Abraham. Hubo también una época en la que se sentía muy
deprimida a causa de una crisis personal. Según su Autobiografía, en 1923 se
acercó a Abraham solicitándole que la analizara.
Al acercarme a Abraham solicitándole un análisis, me dijo que había decidido no
analizar a nadie que permaneciera en Berlín. Refería algunas situaciones muy desafortu-
nadas provocadas por la interrupción de análisis con colegas que se habían vuelto hostiles
hacia él. No sé de dónde cobré ánimos, pero repuse: “¿Puede decirme de alguien Berlín a
quien pueda ver para que me analice?”. Nunca respondió a esa pregunta, pero aceptó
analizarme. Debía esperar algunos meses: el análisis se inició a comienzos de 1924 y
concluyó cuando Abraham cayó muy enfermo, en el verano de 1925, muriendo finalmente
durante las navidades de ese año; me causó un gran pesar y debí atravesar una situación
muy penosa.27
Atendiendo a la ficción creada en su Autobiografía, su divorcio ya había
tenido lugar cuando se dirigió a Abraham. Los hechos fueron distintos. Cuando
Arthur Klein se marchó a Suecia (acaso temporalmente), Melanie explicó a Eric
que su padre mantenía “una relación afectiva” de la que le resultaba muy difícil
zafarse. Sea como fuere, se decidió que marido y mujer intentarían una
reconciliación a causa de los niños. Probablemente Melanie accedió a ello por
razones económicas; deseaba tener a los niños consigo, pero posiblemente no
podía mantenerlos sin la ayuda de Arthur. El hecho mismo de que Arthur
estuviera dispuesto a regresar a Berlín indica su deseo de preservar el matrimonio.
No podía tener dificultades para encontrar trabajo como asesor en Berlín tras
haber colaborado con la prestigiosa Billeruds AB en Säffle. También pasó a ser
entonces uno de los propietarios y directores del Deutsche Papierzeitung.
Decidieron construir una casa en la elegante zona de Dahlem, pero debido a la
inflación desenfrenada y la escasez de materiales de construcción en el Berlín de
postguerra, pasaron casi dos años hasta que la familia se trasladó a una
impresionante residencia, en Auf dem Grat 19.* Se alcanzó cierto grado de
normalidad y Eric Clyne recuerda su excitación mientras esperaba, fuera del
comedor, a que su hermana Melitta terminara de decorar el árbol de Navidad.
“Yo diría que mi madre formó parte de la unidad familiar mientras vivíamos
todos allí, en Dahlem, aproximadamente durante dos años. Mi padre se reunió
* En la actualidad Departamento de Egiptología de la Universidad de Berlín.
LA PROTEGIDA [125]

con la familia cuando terminó de construirse la casa de Dahlem. Conservó


casa tras el divorcio y la vendió posteriormente en beneficio de los tres
chicos.
Sean cuales fueren las esperanzas que albergó la familia al empezar a
vivir en la nueva casa, pronto se puso de manifiesto que los casi cuatro años
de separación no habían mitigado las tensiones entre marido y mujer. Arthur,
impaciente por recuperar la autoridad que, tal como temía, había perdido
durante su estancia en Suecia, se convirtió más que nunca en un tirano
doméstico. Las intimidaciones de que hacía objeto a Hans están documenta-
das con penoso detalle en “Contribución a la psicogénesis del tic”. (No
podemos precisar cuándo Simmel comenzó a analizar a Hans, pero Eric
Clyne cree que alrededor de 1925.) Para Melanie, la época en que vivió en la
casa de Dahlem —cuando solicitó ser analizada por Abraham— debe de
haber sido una de las más turbulentas de su vida. Además de la reiniciada
tiranía de Arthur, tanto su “relación afectiva” en Suecia como la nueva
carrera de ella fueron incentivos para lograr la independencia que, más o
menos conscientemente, ella siempre había buscado. Pronto advirtió que se
imponía una separación definitiva. Sin embargo, abandonar al marido era
algo económicamente arriesgado, a lo cual se sumaba la posibilidad de perder
la custodia de Erich. Hubo amargas disputas. Un día Erich vio un documento
sobre el escritorio de su padre y no pudo resistir la tentación de leerlo. Al
parecer, Arthur procuraría obtener la custodia del niño alegando que su madre
lo utilizaba como conejillo de Indias en sus experimentos psicoanalíticos.
Cuando Erich se lo contó a su madre, ésta le dijo que Arthur había dejado
deliberadamente el papel sobre la mesa sabiendo que Erich lo leería.
Había asimismo problemas con Melitta. Por entonces ella había ingre-
sado en la Universidad de Berlín como estudiante de medicina. A pesar de las
diferencias que después hubo entre ambas, en ese momento apoyó a su madre
contra su padre. El rencor entre padre e hija aumentó al rechazar Arthur al
pretendiente de la misma, Walter Schmiedeberg, un hombre catorce años
mayor que ella. Las disputas se relacionaban especialmente con los
problemas de alcoholismo de Schmiedeberg y, según afirmaba Arthur, tam-
bién con su adicción a las drogas. Eric recuerda que se le llevó a visitar a
Schmiedeberg en 1924 o 1925 al sanatorio de Schloss Tegel, donde era tra-
tado por adicción. Schmiedeberg, un cultivado vienés, se había educado en
Karlsburg, un distinguido colegio jesuita reservado a hijos de familias ricas y
aristocráticas. Destinado a convertirse en oficial permanente del ejército
austro-húngaro, alcanzó el grado de Reitmaster (capitán) en un desbaratado
regimiento. Pero era un joven raro, profundamente interesado en la psicolo-

* Según esta versión, la familia se habría mudado a la casa de Dahlem antes del final
de 1923 y Melanie Klein se habría marchado a finales de 1924. Yo calculo que vivió allí
más o menos un año.
[126] 1920-1926: BERLIN

gía; en 1907 sus maestros jesuitas le incautaron sus libros de hipnosis por ser
“obras del diablo” y los quemaron ante todo el colegio.
Por consiguiente cuando, durante la guerra, conoció a Max Eitingon, por
entonces psiquiatra del ejército en un pueblecito húngaro, fue inevitable su
acercamiento al psicoanálisis. Eitingon a su vez se lo presentó a Freud y lo
puso en contacto con Ferenczi. Eran días de privación en Viena, días en que
la familia Freud sufría de deficiencias alimentarias; Schmiedeberg actuó
como correo entre Ferenczi y Freud, transportando bienvenidas raciones de
comida. Después de la guerra se convirtió en visitante habitual de la casa que
los Freud y asistió a reuniones de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.
En 1921 se trasladó a Berlín, donde se hospedó junto a los Eitingon en
el elegante apartamento de éstos. Actuando por un tiempo como secretario de
la Sociedad de Berlín, ayudó a Eitingon a montar el Policlínico Desempeñó
también un papel de importancia en la organización del Congreso
Psicoanalítico Internacional celebrado en Berlín en 1922. Fue en ese
congreso donde conoció a Melitta, una bella estudiante de medicina de ojos
negros que entonces tenía dieciocho años.
Los sentimientos de Melanie Klein respecto del romance de su hija
eran complejos. Ella era aún una bella mujer consciente de haber desperdi-
ciado su juventud. Era aún relativamente desconocida dentro del movimiento
psicoanalítico y se sentía manifiestamente agraviada por coetáneos que
habían alcanzado una posición mucho más firme que la suya. Y he aquí a
Melitta, una jovenzuela que se formaba para ser la médica que ella había
vehementemente deseado ser. Además, estaba realizando un análisis de for-
mación con Eitingon, y más tarde con Karen Horney, una competente médi-
ca. Por último, su hija mantenía un romance con un hombre atractivo y ele-
gante, vinculado por una íntima amistad tanto con los prósperos Eitingon
como con la familia Ur de Viena. En una época posterior de su vida Klein
escribiría mucho sobre la envidia de una hija por su madre. Dada la rica vida
imaginativa de la propia Klein, es probable que las semillas de la envidia de
una madre hacia su hija hubieran estado ya sembradas en su antiguo temor de
que Melitta pudiera usurpar el lugar de Melanie frente a su madre y su
esposo; y aunque ella pudo alentar el matrimonio por el prestigio que, en
consecuencia, le supondría, es probable que no reaccionase con sincero
placer.
La relación entre Melanie Klein y su hija es enigmática y perturbadora.
En su trabajo “El desarrollo de un niño” (la historia de Félix) Klein discute
también, tácitamente, el caso de otro niño ayudado mediante el análisis pre-
ventivo. Este niño tiene un hermano y una hermana, y pertenecen a “una
familia que conozco muy bien, así que dispongo de un conocimiento deta-
llado de su desarrollo”. Traza una descripción idealizada del ambiente de esos
niños:
LA PROTEGIDA [127]

Los niños de los que aquí se trata tienen muy buena disposición y Kan sido criados
con sensibilidad y amor. Por ejemplo, uno de los principios básicos en su educación fue
permitírseles formular todas las preguntas, respondiéndoles con agrado; también en otros
aspectos se les permitía un grado de espontaneidad y de libertad de opinión más elevado
de lo habitual; pero se los guiaba con firmeza, aunque no sin afecto. 28
Considera brevemente a la hija, entonces con catorce años (exactamen-
te edad de Melitta al redactarse este trabajo), la cual en su más temprana
infancia había manifestado dotes extraordinarias.
No obstante aproximadamente a partir del quinto año de vida, la tendencia
investigadora de la niña decreció muchísimo y devino gradualmente superficial, no
hallando placer en el aprendizaje ni manifestando intereses profundos, aun cuando
indudablemente su capacidad intelectual era buena y, al menos hasta ahora (tiene
actualmente catorce años) ha manifestado tan sólo una inteligencia media.29
Esta condescendiente afirmación es extraordinaria, considerando que en
1921 Melitta aprobó su examen de matriculación en eslovaco, lengua que no
había aprendido de niña, lo que nos permite suponer que debe haber sufrido
intensa presión; y su éxito en condiciones tan dificultosas era notable.
¿Intentaba conseguirlo para agradar a su madre? En el otoño de 1921 ingresó
en la universidad de Berlín para estudiar filosofía, cambiando después a
medicina. Durante la Semana Santa de 1922 reforzó sus estudios con un curso
sobre las dificultades de la lengua, y se graduó con distinciones en 1927.
Tras la llegada de Melitta a Berlín, su madre reanudó su costumbre de
llevarla consigo a las reuniones relacionadas con el psicoanálisis: de ahí su
encuentro con Schmiedeberg en el Congreso de Berlín. Hubo un vínculo
estrecho entre madre e hija, pero posiblemente desde muy pequeña, Melitta
no tuvo seguridad de la consistencia del amor de su madre, dadas las fre-
cuentes ausencias de Klein. La historia de la relación entre ambas indica que
Melanie Klein estaba repitiendo el esquema de su propia madre al intentar
reducir a la joven a un estado de servidumbre emocional.
En abril de 1924 Melitta se casó con Walter Schmiedeberg en Viena.
¿Sus motivos para casarse eran semejantes a los de Melanie cuando se casó
con Arthur? Hans tenía por aquel entonces quince años y se disponía a iniciar
un curso de ingeniería química. Pareciera que Melanie abandonó finalmente
la casa, llevándose a Erich consigo, más o menos coincidiendo con la fecha
de la boda, indicando con ello que se había quedado sólo mientras los niños la
necesitaban. Primero se alojó durante poco tiempo en la Pensión Stossinger,
en Augbwigerstrasse 17.* Más tarde, en 1924, volvió a mudarse, esta
vez al apartamento de una persona mayor, en la Jeanerstrasse donde dis -

* Es probablemente ése el período al que se refiere Helene Deutsch en


Confrontations with Myself (Nueva York, W.VV. Norton, 1973, pág. 141): "Mi relación
[ 1 28 ] 1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN
ponía de tres habitaciones amuebladas. Se ha difundido la creencia de que
Arthur Klein se marchó a Suecia para no regresar jamás. En realidad, conti-
nuó viviendo en la casa de Dahlem hasta 1937, fecha en que se trasladó a
Suiza, donde murió en 1939. No mucho tiempo después del divorcio volvió a
casarse (“desastrosamente”, según Eric Clyne, puesto que volvió a divor-
ciarse al cabo de algunos años), y tuvo una hija del nuevo matrimonio Según
su hijo, Arthur Klein fue atendido después por sucesivas amas de llaves.
Erich no permaneció mucho tiempo con su madre tras la separación
final. Se le envió a un colegio, primero en el sur de Alemania y después en
Francfurt. Cuando Klein se trasladó definitivamente a Inglaterra en 1926,
Erich no se reunió con ella hasta que concluyeron los detalles del divorcio' A
Arthur se le otorgó la custodia de Hans y la situación era tan tensa que Erich
se enteró de que si su padre obtenía su custodia, su madre, según había
concertado con un amigo, haría que se apoderaran de él sacándolo del país y
llevándolo junto a ella en Inglaterra. El divorcio, pues, no tuvo lugar a
comienzos de su estancia en Berlín, como ella lo consigna en su
Autobiografía, sino en vísperas de su partida hacia Inglaterra.

relación personal con Melanie Klein fue muy intensa en el período en el que ambas éramos
analizadas por Karl Abraham en Berlín. Pienso que Abraham alcanzó éxito terapéutico en
el tratamiento de los problemas de neurosis de Klein, pero su análisis no tuvo influencia
duradera en su concepción extremadamente especulativa, del análisis de niños. Escuché a
menudo sus teorías» pues durante nuestro análisis vivimos en la misma pensión, cerca del
consultorio de Abraham”.
Dos

Limbo
E rnest Jones consideraba a Karl Abraham y a Sándor Ferenczi
los mejores analistas clínicos de entre sus contemporáneos.
Alix Strachey, cuyo primer analista había sido Freud, estimaba a
Abraham superior a Freud. Melanie Klein tuvo, pues, el privilegio de estar
en contacto con dos hombres sobresalientes.
Según la estimación de la propia Klein, su análisis con Abraham se
inició a comienzos de 1924 y finalizó en mayo de 1925, cuando éste enfermó.
Consiguientemente, el análisis de Klein habría durado por lo menos quince
meses. No deben desatenderse, por otra parte, las razones que hacían nece-
sario un análisis más prolongado; su propio testimonio no es del todo fiable.
Reanudó el análisis de Erich en 1922; y, desorientada por la creciente ansie-
dad del niño como resultado de sus interpretaciones, se dirigió a Abraham en
busca de una certeza, hecho que sugeriría que confiaba en él dentro aun de la
reserva de la situación analítica.
De acuerdo con el testimonio unánime, Abraham era, como clínico,
sereno y distante. El analista inglés Edward Glover apreciaba su '‘alto grado
de equilibrio y objetividad... Era un buen ejemplo del llamado analista nor-
mal que puede abordar cualquier perturbación”.1 Es probable que fuera
exactamente la persona indicada para Melanie Klein durante esa crisis de su
vida, en tanto que Ferenczi le había proporcionado el afecto que ella anhelaba
tras la muerte de su madre. Ella nunca hizo comentarios sobre las técnicas de
uno y otro, apane de observar que Ferenczi no analizaba su transfe -
rencia negativa lo cual parece implicar que Abraham lo hacía. Grant
Allan, hijo de Abraham, tema la impresión de que se trataba más bien de un análi-
[130] 1920-1926: BERUH
sis de formación que de un análisis terapéutico. Como prueba de ello aduce
que, en contraste con la reserva que rodeaba a los otros pacientes de
Abraham, Melanie Klein iba y venía de manera muy pública y manifiesta
Describe el nato que ella tenía hacia él como pomposo y condescendiente (En
ese sentido encontraba también a Anna Freud “retraída ”.)2 Está claro que
Abraham le proporcionaba un enfoque y un marco teórico enteramente
distintos de los que ella había recibido de Ferenczi; sus trabajos más tempra-
nos reflejan la tensión entre sus divididas lealtades.
Grant Alian recuerda un incidente muy elocuente en relación con su
padre. En 1921 Edward Glover, analizado por Abraham, los acompasó sus
vacaciones a los Alpes austríacos. Por la noche llevaron a su chalet a
montañés que se había fracturado una pierna a causa de un alud. Abraham y
Glover, que era cirujano, se dispusieron a amputarle la pierna. Abraham
permitió que su hijo —que entonces tenía catorce años de edad— presenciara
la operación, advirtiéndole que si se desmayaba tendría que recuperarse solo.
El doctor Herbert Rosenfeld narra una interesante anécdota que
ilumina un aspecto generalmente poco conocido de Abraham. En 1946,
cuando Rosenfeld se analizaba con Klein, ella le pidió que postergara la
publicación del artículo en el que él estaba trabajando —“Análisis de un
estado de esquizofrenia con despersonalización”— hasta que aparecieran sus
“Notas sobre algunos mecanismos esquizoides”. Al solicitarle tal cosa le dijo
que mientras era analizada por Abraham, éste no le había revelado
interpretaciones para que no las utilizara antes de que él publicase sus
descubrimientos.* (Suele decirse que Abraham consideraba la oralidad como
su propio coto privado.) Klein daba a entender que ella era más generosa que
Abraham, pues al menos ella no le regateaba a Rosenfeld sus
interpretaciones. Rosenfeld no se sintió molesto en absoluto; recuerda el
incidente como un hecho más bien divertido, al que añade un enorme respeto
por las elaboradas experiencias presentadas en “Notas sobre alguno.;
mecanismos esquizoides”.
Es indudable que Abraham ayudó a Melanie Klein a superar el período
más difícil de su vida. Sus actividades en 1924 atestiguan tanto la eficacia del
análisis de Abraham como su propia capacidad de recuperación. Frente a su
relativa poca producción durante los años anteriores, en los cuales su vida
emocional se hallaba en estado de agitación, 1924 fue una especie de annus
mirabilis.
El 22 de abril presentó en el Octavo Congreso Internacional de
Salzburgo una ponencia muy polémica sobre la técnica de análisis infantil, la
cual en su momento aparecería, fórmula más moderadamente, como segundo
capítulo de El psicoanálisis de niños. El trabajo suscitó polémicas

* Si se estaba refiriendo a “La influencia del erotismo oral en la formación del


carácter” o a “Breve estudio de la libido a la luz de las perturbaciones mentales”
(publicados ambos en 1924). artículos que ejercieron una enorme influencia en su obra,
ello también sugeriría que su análisis se inició a lo sumo en 1924.
LIMBO [131]
reacciones ya que comenzaba a poner en tela de juicio la definición del
momento en que aparece el complejo de Edipo, piedra angular de las teorías
sexuales de Freud. Afirmaba que en sus análisis infantiles había observado
clara preferencia por el padre del otro sexo ya a comienzos del segundo año.
En el caso de las niñas, el inicio del complejo de Edipo es producto del
destete y del adiestramiento para hacer sola las necesidades. Cuando esta
perdida se produce el vínculo que la une a la madre se afloja, y la niña se
dirige entonces al padre como objeto de amor. En los niños el desarrollo del
complejo de Edipo es tanto inhibitorio como estimulante. La inhibición se
manifiesta en el trauma que experimenta el niño cuando intenta escapar de su
obsesión por la madre; pero, con la privación oral del amamantamiento, el
niño se ve empujado a cambiar la posición de su libido formándose un deseo
por la madre como objeto genital de amor. El desarrollo constitutivo del sexo
se inicia con esos dos traumas tempranos. La identidad sexual es en última
instancia la aceptación de la propia realidad de uno mismo. El acto sexual se
concibe por ambas partes en términos orales; y en el nivel más profundo la
madre se considera la temible castradora. Ello realmente suponía una herejía:
la madre reemplazaba al padre como fundamento de la neurosis.
Si estas observaciones inquietaron a algunos de los miembros de la
audiencia, no ocurrió así con Ernest Jones, quien las escuchó con absorta
atención. Siendo presidente del Simposio de Técnica Psicoanalítica celebrado
durante el congreso, Jones declararía que pensaba sugerir a Freud que
escuchase a Melanie Klein con imparcialidad: “En todas estas cuestiones
fundamentales, por tamo, tanto teóricas como prácticas, yo propondría esen-
cialmente moderación y equilibrio, sin rechazar nada que la experiencia
muestre como provechoso, a fin de corregir al mismo tiempo un incremento
ulterior de nuestro conocimiento y de nuestra capacidad“.3 Sin desanimarse
por la crítica adversa de que fue objeto en Salzburgo, Melanie Klein expuso
uno de sus artículos más emocionantes en la Primera Conferencia de.
Psicoanalistas Alemanes que tuvo lugar en Würzburg en octubre. Era la his-
toria de Erna, hilo conductor del tercer capítulo de El psicoanálisis de
niños, titulado “Una neurosis obsesiva en una niña de seis años”.
En sus observaciones de Erna —una niña de seis años con graves per-
turbaciones a quien le solicitaron que analizara, análisis que se extendió
durante dos años y medio— Melanie Klein llegó a un nivel de comprensión
que no había alcanzado en sus trabajos anteriores. Si Freud logró la com-
prensión del desarrollo de la libido a partir de la conducta de un sujeto histé-
rico, Melanie Klein comprendió el conflicto psíquico temprano a partir de la
observación de un niño con graves perturbaciones. Más que en cualquiera
de sus casos anteriores se percibe una voluntad de calmar los sufrimientos
de una niña con una madurez superior a la normal para su edad, una niña
que se quejaba diciendo: “Hay algo en la vida que no me gusta”. Su rostro
[132] 1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN

reflejaba una expresión de visible sufrimiento, y en una fotografía suya a


cuando sólo tenía tres años se manifiesta ya la misma expresión
Evidentemente la niña advertía que estaba enferma y al comienzo del trata-
miento le rogó a Klein que la ayudara. Percibía cada acto de su madre como
destinado a herirla de algún modo, y en la transferencia de Klein pronto se
mostró que Erna reorientaba sus ataques de odio y de depresión contra su
madre. Desde el comienzo de las sesiones mostró un curioso esquema juego
en el cual Figuraban tres personas. Normalmente, una de ellas resultaba
destruida. Con frecuencia adoptaba el papel de madre y ordenaba a Klein que
asumiera el de un niño que se succiona el pulgar. En una ocasión le ordenó
que se introdujera en la boca una locomotora de faros brillantes que
anteriormente le había causado gran admiración: “Son tan bonitos, todos
rojos y ardientes”. En esta reacción de Erna ante la locomotora, Klein dio uno
de esos repentinos golpes de intuición que sus críticos consideran tan
desconcertantes. Los faros que la niña admiraba y chupaba ‘‘representaban
para ella el pecho de su madre y el pene de su padre ”.4 Asimismo, en las fan-
tasías de Erna, el coito representaba la incorporación que su madre hacía del
pene de su padre y, a su vez, su padre incorporaba el pecho y la leche de su
madre, actos que en la niña suscitaban envidia y odio. Su feroz reacción
consistía en cortar papel, llenarse la boca con los pedazos y masticaría hacía
entonces como si estuviese defecando o vomitando. El consultorio parecía un
campo de batalla después de que Erna hubiese dado rienda suelta a su furor.
Tras estos actos canibalísticos y agresivos, se hundía en un estado de
profunda depresión.
Suele acusarse a Melanie Klein de tratar exclusivamente la vida
interior del niño y atribuirle complejos increíbles y avezadas percepciones.
Se le acusa también de subrayar excesivamente los impulsos agresivos de un
niño muy pequeño. Se escucha una y otra vez que desconocía los factores
ambientales. Sin embargo, durante estos dos años, Melanie Klein se esforzó
por liberar a Erna de sus tormentos interiores y por llevarla al mundo real,
donde encontraría una madre amante que en nada se parecía a las furias ven-
gadoras de sus fantasías.
Habían enseñado a Erna a hacer sus necesidades sola, sin recurrir a
severidad alguna, pero se había detenido en ese punto y nunca se había recu-
perado del destete. Un factor que incidió en ese defecto, según afirmaba
Klein, era que tenía “una disposición constitutiva sadicooral y sadicoanal
muy marcada”. Como ocurre con el Hombre del saco, las fantasías de Erna se
habían activado al presenciar la cópula entre sus padres, en su caso cuando
tenía dos años y medio. (En otras palabras, su neurosis situaba el complejo de
Edipo de Freud en un momento más temprano.) Freud también había
considerado el superyó como la introyección de las figuras paternas y
coincidiendo con la resolución del complejo de Edipo; pero en este caso Klein
observaba un superyó increíblemente cruel que proyectaba su hostilidad
LIMBO [133]
hacia una figura extrema. El objeto de odio de Erna aparecía a menudo bajo
una hermana imaginaria (ella era hija única), y temía el cuerpo de su madre
como receptáculo de un niño no nacido.
En este trabajo Klein comenzó a teorizar acerca de la etiología de la
homosexualidad, fenómeno Que había tratado sólo incidentalmente en el
análisis de Félix. Los deseos amoroso-anales de Erna respecto de su madre se
manifestaban en su juego, donde al mismo tiempo se ponía de manifiesto
gran odio hacia ella. Aquí, Klein estaba de acuerdo con el argumento
sostenido por Abraham en su “Breve estudio del desarrollo de la libido”, a
saber, que en la parodia del perseguidor puede remontarse a las imágenes
conscientes que el paciente tiene de sus heces en su intestino, las cuales él
identifica con el pene del perseguidor, que es en realidad la persona de su
propio sexo a la cual él ha amado originariamente.
Melanie Klein no se hubiera sentido segura para continuar SU obra como
lo hizo de no haber sido por el aliento de Abraham.
Era muy cauteloso (recuerda Klein), el verdadero científico, que estima
cuidadosamente los pros y los contras, sin dejarse influir por las emociones, pero parecía
sentir que aquí estaba surgiendo algo que podía ser de gran importancia. Fue inolvidable
cuando, al final de la comunicación que yo presenté (la historia de Erna) en un congreso
ocurrido en 1924* y que después constituiría uno de los capítulos de El psicoanálisis de
niños, dijo que el futuro del psicoanálisis era el análisis de niños. Nunca se había
expresado su opinión tan categóricamente y, como en aquellos años yo desconocía
realmente la importancia de mi propia contribución al psicoanálisis, lo que dijo fue una
sorpresa para mí.5
Debe subrayarse que tanto “La técnica del análisis temprano”
(Salzburgo) como “Una neurosis obsesiva en una niña de seis años” se
escribieron mientras era analizada por Abraham.
En esa época ella creía que estaba tratando a niños de la única forma
posible atendiendo a los principios psicoanalíticos. Al extraer sus
conclusiones de la observación (como había aconsejado Freud) y al leer los
trabajos de éste tan pronto como iban apareciendo, ella ignoraba que en
realidad se estaba apartando de algunos de los dogmas fundamentales del
psicoanálisis. Con cierta perspectiva temporal —en 1932, cuando finalmente
publicó el caso de Erna en El psicoanálisis de niños— advirtió que era
precisamente en ese momento cuando se había alejado de Freud. Esto
manifiesta en algunas de las notas al pie:
En su Inhibición, síntoma y angustia (1926) Freud afirma que es la cantidad de
ansiedad existente lo que determina el brote de una neurosis. En mi opinión, las ten-
dencias destructivas liberan la ansiedad, de modo que, en realidad, el brote de la neurosis
sería consecuencia de un incremento excesivo de tales tendencias destructivas. En el

* En Würzburgo.
[134] 1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN

caso de Erna era su odio, avivado por haber sido testigo de la escena primaria lo acarreó
la ansiedad y condujo a su enfermedad.6
El que Abraham aprobara este artículo no fue un incentivo para futuras
relaciones con Freud. Forma parte de la mitología que rodea a los primeros
miembros del movimiento la creencia de que Abraham era el discípulo más
leal de Freud. Ciertamente, el afecto personal que Freud sentía hacia
Abraham no tenía nada que ver con el que sentía por Ferenczi, especialmente
le molestaron las críticas de Abraham contra Jung y sus advertencias respecto
de Ranke. Es, una vez más, Edward Glover quien hace una penetrante
observación sobre la diferencia entre los dos hombres:
Freud era un hombre muy tímido, tanto como un graduado que está haciendo los
estudios superiores: sumamente inseguro de sí mismo. Sus seguidores no eran tan tímidos.
En la correspondencia entre Abraham y Freud, por ejemplo, Abraham se mucho más
categórico y convencido de los descubrimientos de Freud que el propia Freud.7
Freud objetaba vehementemente a Abraham su colaboración con un
realizador cinematográfico precursor, G.W. Pabst, en un filme que describía
la evolución de una neurosis, Geheimnisse einer Seele (“Los secretos de un
alma”).* Es significativo que en la correspondencia entre Abraham y Freud
no se halle referencia alguna a la aparición de Melanie Klein ante la Sociedad
de Viena en diciembre de 1924. Es muy probable que las diferencias entre
ambos se hubieran profundizado de vivir Abraham durante más tiempo.
Es posible hacerse una cierta idea de cómo era Melanie Klein durante
aquellos años, a partir de los recuerdos de sus colegas. Uno de ellos era Nelly
Wollfheim, terapeuta de niños que se analizaba con Abraham al mismo
tiempo que Klein. En 1939 Nelly marchó a Inglaterra y al poco tiempo de la
muerte de Melanie Klein escribió un artículo sobre Klein que presentó a
Donald Winnicott, quien se opuso a verlo publicado por considerarlo más
bien difamatorio.
Poco después de la llegada de Klein a Berlín, Abraham le sugirió que
visitase el jardín de infancia de Wollfheim. Rápidamente se puso de
manifiesto que Klein no era como los anteriores visitantes: no iba para
informarse del método de trabajo empleado por Wollfheim con los niños, sino
que evidentemente deseaba utilizar la guardería para sus propias investiga-
ciones. No obstante, Wollfheim se sintió profundamente impresionada por esta
* No fue ésa la película originariamente sugerida a Freud por Sam Goldwyn. Cuando
Abraham llegó a estar demasiado enfermo para influir de algún modo en su desarrollo, Hanns
Sachs se hizo cargo de ello. Se proyectó en Berlín en enero de 1926, inmediatamente después de
la muerte de Abraham.
LIMBO [ 1 35 ]

mujer que ya era analista y, a la vez, analizanda predilecta de Abraham.* Se


sintió perpleja ante aquella hermosa, inteligente y segura criatura que
permanecía sentada, enhiesta en el sofá, y hablaba ininterrumpidamente
sobre sus opiniones en materia psicológica infantil. Atónita, Wollfheim le
escucho decir: “Cuando un niño, jugando, hace que dos vehículos choquen el
uno con el otro, está representando simbólicamente el coito de sus padres”.
No se atrevió a mostrar su escepticismo, ya que consideraba a la visitante una
figura con autoridad, una “transferencia transferida”, actitud que marcaría
todo el curso la relación entre ambas.
La siguiente ocasión en que se encontraron fue durante el Congreso de
Berlín de 1922. Aquí Wollfheim contemplaba envidiosa cómo Klein paseaba
del brazo de Ferenczi, su primer analista. No obstante, aceptó la invitación de
Klein a que la visitara en su casa. Nuevamente se convirtió en oyente pasiva
mientras la otra exponía teoría copiosa y mezcladamente. De repente, Klein
se puso de pie de un salto y anunció que debía salir, conducta parece que su
huésped consideró ofensiva.
Parece haber habido poco contacto entre ambas durante los dos años
siguientes, hasta que en 1924 Otto Fenichel (recientemente llegado a Berlín
desde Viena) sugirió que un grupo, del que formaban parte Wollfheim y
Berta Bornstein, propusiera a Melanie Klein que diese un curso público sobre
análisis de niños.** Fenichel era el encargado de la publicidad del curso, pero
los carteles que colocó en los escaparates de comercios eran tan poco
afortunados que se retiraron. A pesar de ello, a la primera conferencia asistió
bastante público. Sin embargo, repentinamente, el curso tuvo que
suspenderse debido al aturdimiento y sorpresa del auditorio, al negarse Klein
a traducir la terminología psicoanalítica a un lenguaje que el público no
especializado pudiera entender. Pero de camino hacia la estación de metro
después de las conferencias, los organizadores la bombardearon con
preguntas, y Nelly Wollfheim advirtió que empezaba entonces a comprender
de qué hablaba Klein. A partir de entonces, decidieron encontrarse regular-
mente para pasear los domingos por el Grunewald y continuar con sus dis-
cusiones.
Nelly Wollfheim invitó también a su amiga a escuchar su conferencia
“Los trabajos manuales como ayuda en el tratamiento de niños nerviosos” en
la Berliner Psychologische Gesellschaft. A Nelly no iba a permitírsele
alcanzar su momento de gloria. En la discusión que siguió a la conferencia,
Melanie Klein se puso en pie y emprendió un extenso esbozo de sus propias
ideas, interrumpida finalmente por el doctor Albert Molí, famoso neurociru-
jano que presidía la reunión. Tras acometer una furiosa diatriba contra el
* También eso sugeriría que el análisis comenzó antes de 1924.
** Este parece ser un curso distinto al mencionado por Abraham en una carta dirigida a
Freud del 7 de noviembre de 1923, y que estaba organizado por el Instituto.
[ 1 36 ] 1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN

psicoanálisis, Moll de repente tomó la cartera de la mujer que tenía enfrente y


gritó: “¡Y esto es descrito por Freud como símbolo del órgano sexual
femenino!”. La reunión se convirtió en un tumulto, impidiéndose constante-
mente a Klein sus intentos de replicar.
Entre ambas mujeres llegaría a producirse un contacto personal aún
más estrecho. Varios de los niños a los que Klein analizaba asistían al jardín
de infancia de Wollfheim. Uno de ellos era Erna. Melanie Klein llamaba
constantemente por teléfono para preguntar por los cambios en las pautas de
conducta de Erna conforme avanzaba el análisis. Wollfheim se ofendió al
comprobar que en la versión publicada de la historia del caso no aparecía
referencia alguna a la vida de Erna en su guardería. Lo consideraba una
notoria omisión, debido a que la vida en el jardín de infancia y las relaciones
de Erna con los otros chicos parecían tener una importancia enorme.
Cada vez me resulta más evidente que Melanie Klein estaba interesada principal,
mente en los procesos y las relaciones inconscientes prestando poca atención a la vida real,
a la vida cotidiana de los niños.
Antes de comenzar el análisis, Erna era apacible y se comportaba bien
en el jardín de infancia. Sin embargo, unas dos semanas después del comien-
zo del análisis, Wollfheim observó que la niña se volvía repentinamente
agresiva: golpeaba a los otros niños sin razón aparente y se irritaba muchísi-
mo por pequeñeces. Siempre se había masturbado abiertamente pero enton-
ces la masturbación decrecía. Normalmente había evitado a los otros niños y
durante los paseos siempre quena estar con su maestra, enfrascada en con-
versaciones íntimas, adultas. Comenzó a apartarse de Wollfheim, manifes-
tando por primera vez un interés por los otros niños, dedicándose en particu-
lar a una niñita a la que parecía dominar. Esa niña, que había mostrado hasta
entonces una conducta excepcionalmente buena, se volvió directamente
desobediente, y Nelly Wollfheim advirtió que cesaba su influencia sobre ella.
Wollfheim parecía desgarrada entre la admiración y la desaprobación
hacia Klein. Se oponía completamente a la idea de Klein de análisis preven-
tivos para todos los chicos y confiaba a Abraham su inquietud por ello.*
Abraham le daba confianza: “No debe preocuparse por eso. Nunca habrá
suficientes analistas de niños para realizar esa propuesta”. Nelly Wollfheim
nos proporciona algunas informaciones de Klein en otro contexto. Durante
dos años y medio ella fue secretaria de Klein tras separarse ésta de Arthur.

* Más tarde supo que Freud apoyaba la idea de los análisis preventivos en Nuevas
conferencias de introducción al psicoanálisis (1933): “Podría plantearse la cuestión de
si sería oportuno ayudar a un niño con un análisis aun cuando no manifieste signos de
perturbación, como una medida de proteger su salud, tal como hoy vacunamos a los
niños contra la difteria sin esperar a que sea atacado por ella" (pág. 148).
LIMBO [137]

Tres tardes por semana, al final de su jomada laboral, Klein solía dirigirse al
apartamento de Wollfheim para dictarle. Empezaban por tomar una taza de y
charlar de cuestiones cotidianas, mientras Klein degustaba los pasteles que le
ofrecía su “secretaria”. Después, mientras iba y venía haciendo sus dictados,
se detenía momentáneamente para recoger cuanto bocado aun subsistiese. A
la mañana siguiente, la huraña criada debía limpiar de la alfombra las migas
que Klein había dejado caer.
Klein dictaba sin anotaciones, dejando fluir sus pensamientos. Sólo se
detenía cuando se le ocurría una nueva idea, a la que ella inmediatamente
denominaba “descubrimiento”. (Más tarde Donald Winnicott la describiría
como “una gritadora de Eureka”.) Para Wollfheim, el método de trabajo de
Klein en modo alguno podía considerarse científico, sino más bien creación
artística. Aquellos dictados constituirían posteriormente la base del material
incorporado a El psicoanálisis de niños.
Durante aquellas sesiones Wollfheim conoció otro aspecto, más perso-
nal, de Klein. Además de sus trabajos, dictaba cartas personales, algunas de
ellas referentes a la ruptura definitiva de su matrimonio. Nunca discutía esos
temas, pero a Wollfheim le parecía claro que la consumían temores y preo-
cupaciones de todo tipo.
Según Wollfheim, después de la muerte de Abraham los detractores de
Klein la atacaron mucho más abiertamente. Recuerda en particular una reu-
nión en la que Sándor Radó criticó a Klein tan salvajemente y, a su modo de
ver, tan deslealmente, que Wollfheim no pudo menos que sentir conmisera-
ción por ella. “Le había llegado el momento (1926) de dejar Berlín y atender
la petición de Ernest Jones para dirigirse a Inglaterra.”
Algunos miembros del grupo de Berlín consideraron siempre a Klein
como a una intrusa. Todos sabían también que su padre era polaco y los
polacos ocupaban un lugar bajo en la rígida estratificación social judía. Se
aceptaba a Eitingon porque tenía dinero; pero él siempre manifestó amabili-
dad hacia Klein debido a que reconocía su mutua ascendencia polaca.
La creciente hostilidad hacia ella en el seno de la Sociedad de Berlín la
atestigua Michael Balint quien, jumo con su esposa Alice, se contaba entre
aquellos que en 1921 habían dejado Budapest por Berlín para escapar del
antisemitismo de Hungría. Balint, al que estaba analizando Hanns Sachs
(Ferenczi sería su segundo analista) vivía a sólo dos puertas de la casa de
Melanie Klein. La describe en Berlín como siendo
ya una analista famosa, a la que se escuchaba con atención, aunque a veces con
ironía. Debía aún enfrentar una difícil lucha, por ser la única sin formación académica y
también la única analista infantil en una sociedad alemana muy “ilustrada”. Una y otra vez
presentaba su material clínico y utilizaba, muy valientemente y con el objeto de ofrecer
mayor fidelidad, las ingenuas expresiones del jardín de infancia tal como sus pequeños
pacientes hacían, causando a menudo molestia, incredulidad y hasta risas sardónicas en su
ilustrada e incluso renuente audiencia.9
1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN
[138]

La Sociedad de Berlín estaba formada por personas enérgicas y decidí-


das, muchas de ellas atraídas a ella tras la apertura del Policlínico en 1920.
En los encuentros semanales, los personajes importantes se sentaban alrede-
dor de una larga mesa, situándose las figuras menores detrás de ellos y con-
tra la pared, si bien no había un orden de jerarquía rígido. El silencioso pero
entusiasta Eitingon contrastaba especialmente con el locuaz Hanns Sachs,
feo hasta casi provocar repelencia: tan poco atractivo era que su aspecto difi-
cultaba a Sylvia Payne cuando era analizada por él. A pesar de eso era un
notorio mujeriego que, para sorpresa de todos, se las arreglaba para conquis-
tar a muchas señoras extraordinariamente bellas. Estaba Otto Fenichel,
conocido por su enciclopédico conocimiento de la literatura psicoanalítica.
Para escapar del antisemitismo de Hungría, Sándor Radó y Franz Alexander
se habían unido al grupo. Ambos eran inconstantes y emotivos, pero posee-
dores de excelentes inteligencias. A Paula Heimann, Alexander siempre le
recordaba a un pistolero, pero su bóllame inteligencia desmentía tal aparien-
cia. Muchos de los miembros continuarían haciendo destacables contríbu-
ciones originales, tales como las investigaciones de Félix Boehm sobre el
componente femenino en los hombres. Karen Horney insinuaba ya la idea de
que la envidia del pene era-un simple fenómeno cultural. Ello era tanto
manifestación de su propia osadía como ejemplo de la libertad existente en el
grupo; su pensamiento se había orientado de tal modo como reacción a la
comunicación presentada por Abraham en el Congreso de La Haya de 1920,
“Manifestaciones del complejo femenino de castración”. Hans Liebermann
era considerado especialista en compulsiones obsesivas y Ernst Simmel lo
era en neurosis de guerra, aunque por aquel entonces estaba tan obsesionado
por el erotismo anal, que todo lo interpretaba desde esa perspectiva. Las pri-
meras analistas de niños estaban representadas por Ada Schott,* Josine
Müller y Melanie Klein. Heinz Hartmann (que en esa época era analizado por
Radó) recuerda que Klein se distinguía de las demás porque comenzaba a
desarrollar sus propias teorías. Años más tarde Edward Glover recordaba a
Klein como “todo un símbolo” al verla por primera vez en los encuentros en
Berlín, en 1921: “Se podría haber hecho un retrato de ella, sentada a la mesa
y cavilando sus propias ideas... tenía personalidad, aunque no la personali-
dad que ella quisiera hacerme aceptar. Esa es la razón por la que logró tener
tal influencia en la Sociedad Británica”.10
Además de Edward Glover, el grupo británico incluía a su hermano,
James Glover, a Sylvia Payne, y a Ella Sharpe. Las discusiones de Berlín les
parecían libres y animadas; la serena calma con que Abraham dirigía los
encuentros impedía toda tendenciosidad. En cierta ocasión Simmel expuso
un trabajo que estaba muy por debajo de su nivel habitual. Al terminar,
Abraham lo llamó aparte y ambos dialogaron en susurros al regresar a la

* También en Budapest.
LIMBO [139]
mesa, Abraham anunció que a la exposición no seguiría discusión alguna.
Mientras Abraham presidió los encuentros, la hostilidad manifiesta hacia las
ideas de Melanie Klein era muy escasa. Michael Balint describía a Abraham
como “el mejor presidente que jamás haya conocido. Era sencillamente
magnífico. Ecuánime y absolutamente firme. Ningún desatino. Dominaba
muy bien la situación. Tenía, empero, sus limitaciones. No le gustaba mucho
la fantasía. El mismo no tenía mucha fantasía; era sumamente realis-
ta excelente clínico, perfecto presidente de reuniones y en verdad un buen
hombre”.11 Sabiendo que Abraham estaba en realidad muy interesado por la
fantasía, cabe preguntarse si acaso Balint afirmaba esto para socavar su aso-
lación con Klein.
No parece haber existido entre los berlineses una oposición al análisis
de niños como tal. Por ejemplo, el 14 de junio de 1924 Melanie Klein,
Josine Müller y Ada Schott presentaron ante la Sociedad una interpretación
conjunta de dibujos infantiles. Pero en septiembre Hermine Hug-Hellmuth,
directora del Centro de Orientación Infantil de Viena, fue asesinada por su
sobrino de dieciocho años, al que ella había criado. El juicio y la consecuen-
te publicidad perjudicaron mucho al incipiente movimiento y, cuando final-
mente se liberó de la prisión, el joven se dirigió a Paul Federn solicitándole
dinero por haber sido utilizado sistemáticamente como materia prima en la
obra de su tía. Entonces, ni siquiera la presencia de Abraham podía frenar a
los críticos de Klein en la expresión de su inquietud por los peligros de inda-
gar tan profundamente el inconsciente del niño. Alix Strachey llegó de
Inglaterra en ese crucial momento.* Ella y su marido, James, habían sido
analizados por Freud; pero creyendo que requería de ulterior análisis, en
septiembre de 1924 Alix se convirtió en paciente de Abraham. Las cartas
que dirigió a su marido ofrecen una incomparable relación de la atmósfera
de la sociedad de entonces. El 13 de diciembre Alix escuchó una conferen-
cia de Klein sobre los principios psicológicos del análisis de niños:
... finalmente la oposición mostró su canosa cabeza; y era en realidad demasiado
canosa. Las palabras que empleaban eran, por supuesto, psicoanalíticas: peligro de debi-
litar el Yo ideal, etcétera. Pero el sentido era, pienso, puramente antianalílico: no debemos
contar a los niños la terrible verdad de sus tendencias reprimidas, etcétera. Y ello pese a
que la Klein demostró con absoluta claridad que esos niños (de dos años y diez meses en
adelante) estaban ya destrozados por la represión de sus deseos y por la más espantosa
Schuldbewusstsein (opresión excesiva o injustificada por el Überich). La oposición la
formaban los doctores Alexander y Radó, y era puramente afectiva y “teórica”, pues
aparentemente nadie sabía nada del tema aparte de Melanie y Fräulein Schott, muy
recatada en el hablar, pero que está de acuerdo con ella. Abraham se dirigió tajantemente

* Alix Sargent-Florence, su nombre de soltera, estaba casada con James Strachey,


hermano de Lytton Strachey. Graduada en Newnham, Alix fue fugazmente miembro del
grupo de Bloomsbury.
[ 1 40 ] 1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN
a Alexander, y el doctor Boehm... (posiblemente un analista muy hábil, de maneras muy
aniñadas y raras ) se lanzó también a defender a la Klein. En realidad todos acudieron en
su ayuda y atacaron a los dos húngaros de piel morena. 12
El hecho de que los principales ataques de la oposición procediesen
húngaros, suscita interesantes cuestiones. El problema se acrecentaba con el
modo rápido e ininterrumpido de exponer que tenía Klein, debido probable-
mente a la inexperiencia, ya que en años posteriores hablaba lenta y comedi-
damente.
A Alix Strachey le impresionaron los ejemplos, dados por Klein, de
niños que sufrían de ansiedad aguda. Creía que “la Klein” había hecho trizas
el argumento de Alexander de que los niños no podrían comprender las
explicaciones sexuales o desfallecerían de horror ante ellas, con el relato
acerca de un niño con quien no podía contactar o crear una transferencia
hasta que finalmente, en su desesperación, le dijo que cuando rompía sus
juguetes, en realidad estaba intentando romper el “culebreo” de su hermano
La discusión general que siguió a la exposición de Klein fue importante ya
que le dio oportunidad de subrayar que sólo podía lograrse una verdadera
comprensión de la mentalidad de un niño si se partía de los datos directos,
obtenidos del análisis real del niño, en lugar de hacer deducciones basadas en
los conocimientos existentes sobre la estructura de la psique del adulto Alix
mantenía a James au fait de los acontecimientos:
Ella se dispone a marchar a Viena para leer su trabajo donde se espera que hallará
oposición en Bernfeld y Aichhorn, esos desesperantes pedagogos, y, me temo, en Anna
Freud, esa sentimental manifiesta o encubierta. Otras dos mujeres apoyaban a Melanie *
Una era Horney la otra una tal Frau Mülller, la cual decía algo bastante interesante: que los
niños a menudo proyectaban sus Überich ya formados, [los cuales]... en el individuo
infantil no se desarrollan lentamente (quiero decir, desde el punto de vista ontogenético)
de la debilidad a la fuerza..., sino que aparecen en distintas partes, de manera aún no
orgánica (esto es, en relación con el asco, después en relación con la crueldad, y así suce-
sivamente) con total fuerza, de manera que aunque el niño pueda estar desinhibido en lo
relativo a algunas tendencias, su desdichado Ich puede deshacerse más allá de lo tolera-
ble en otra dirección. Melanie estaba de acuerdo en esas dos cuestiones. Bien, fue muy
estimulante y se manifestó más sentimiento de lo que es habitual.
Entretanto, en Londres, el 25 de octubre de 1924 Nina Searl había pre-
sentado ante la Sociedad Británica una comunicación titulada “Una cuestión
técnica en el análisis de niños en relación con el complejo de Edipo”, en la
cual indagaba el problema de lo consciente y lo inconsciente en la mente del
niño mientras se formaba el complejo de Edipo. Sylvia Payne señalaba sus
dificultades de concreción debido a la inactividad del impulso instintivo del

* Alix Strachey suele anotar el nombre de Klein en su forma francesa .


[

LIMBO [141]

niño y a la imposibilidad de alcanzar una transferencia. Joan Riviere creía


que la fuerza de la inhibición heredada era suficiente para asegurar un
moderado control de los deseos edípicos y que, en un contexto equilibrado,
el niño es susceptible de un análisis adecuado. Esta discusión y las siguientes
parecen apuntar en todas direcciones, y Ernest Jones se abalanzaba corita
toda alusión a la herencia arcaica como sospechosa de jungianismo. No
estante, las reuniones en las que se discutía la posibilidad del análisis infantil
eran tan animadas que James Strachey, movido por John Rickman, escribió a
Alix pidiéndole un ejemplar del trabajo de Melanie para leerlo en ja siguiente
sesión de la Sociedad Británica el 7 de enero. Klein ya le había jostrado su
interés por la situación del análisis de niños en Inglaterra. Alix contestó a su
marido que ella podía hacer un resumen de seis o siete páginas sin dificultad,
pero que tendría que pedirle a Klein que pusiese por escrito para ella los
ejemplos reales, por temor a distorsionarlos.
Desdichadamente, Melanie Klein había partido hacia Viena. Abraham
dio a Alix la dirección de aquélla y se ofreció, en el caso de que no pudiese
dar con ella, a hacer las correcciones necesarias, pues él conocía el trabajo
original.* Mientras tanto, James abrumaba a Alix con preguntas.
¿En qué sentido podemos decir que la situación edípica se presenta en la mente de un
niño de tres años? ¿En qué sentido es verdad que un muchachito de esa edad quiere
introducir su pene en la vagina de su madre? Ciertamente, el deseo no está presente en su
conciencia.
Los trabajos más recientes de Freud habían sugerido que un niño de tres
años, atravesando la etapa fálica y creyendo que todas las personas tienen
pene, ignora que existe la vagina. Aceptando la hipótesis de Freud como un
hecho evidente, Strachey se sentía perplejo ame la pretensión de Klein de que
el niño, en su inconsciente, deseaba introducir su pene en la vagina de su
madre. Hallándose Klein ausente, Alix sólo podía abordar los conceptos de
aquélla de la forma como ella misma los entendía. Respondía que en el
inconsciente del niño había “una actitud hostil sádica, agresiva y libidinal
respecto del padre”. Ahí residiría el origen de una imagen sádica de la copu-
lación.
Melanie concede gran importancia a esa teoría sexual sádica según la cual la cópula
supone infligir daño a la mujer, castrarla, etcétera. Y probablemente también para el varón
(pérdida del pene). Acentúa considerablemente la importancia de la escena primaria ya sea
que se trate de alguna observación rea] del acto de la copulación por parte del niño, o de
algún sustituto de ello, que pone en movimiento esas fantasías sádicas y estimula las
Triebregungen (impulsos sádicos) estéticas del niño con todas sus consecuencias, así
como sus teorías intelectuales.

* El que Abraham le permitiera presentar su trabajo en Viena implica que aceptaba sus
ideas.
[ 1 42 ] 1910-1926: BERLIN

Alix Strachey era una mujer sumamente inteligente y es destacar


cómo logró captar tan brevemente la esencia de las teorías de Melanie Klein.
Es también un signo de que las teorías de Klein no eran fragmentarias y
radicales como sus críticos las describían, puesto que Alix Strachey no tuvo
dificultades en suponer un período pregenital activo en la vida psíquica del
niño.
Si Melanie Klein había demostrado valentía al discutir sus teorías la
escéptica audiencia de Berlín, era un verdadero Daniel que entraba en la
guarida del león al osar dirigirse a la vienesa. “No soy para nada tímida”
había dicho en su primer día de escuela. Durante algunos años se mostró
extraordinariamente ingenua al creer conmovedoramente que si explicaba
sus teorías a Freud, él inmediatamente vería en ellas el lógico desarrollo de
sus propios postulados.
Anna Freud ha dicho lacónicamente que la respuesta de la Sociedad
Vienesa al trabajo de Klein fue muy crítica. Uno puede imaginarse la atmos-
fera de aquel encuentro del 17 de diciembre de 1924. El asesino de
Hug-Hellmuth estaba en la mente de todos; había una nerviosa agitación por
la aparente herejía que representaba la publicación de El trauma del naci -
miento, de Otto Rank; y recientemente Anna Freud había abordado el campo
del análisis infantil aceptando sin discusión todas las ideas de su padre.
En la Autobiografía inédita de Melanie Klein no aparece referencia
alguna a su aparición ante la Sociedad de Viena o a encuentro alguno con
Freud; sólo contiene algunos amargos comentarios sobre sus relaciones con
Anna Freud. Pero en 1958, durante un té en el Hotel Connaught, le contó al
doctor James Gammill su primer encuentro con Freud, probablemente en el
Congreso de Berlín de 1922. Sólo podía abordar a Freud atravesando la pan-
talla protectora erigida por su vigilante secretario, Otto Rank, según le dijo a
Gammill. Para ella aquello resultó una experiencia humillante: “una herida
narcisística”, como la describe Gammill. Estaba amargamente decepcionada
cuando se le brindó la posibilidad de expresar a la ilustre personalidad sus
teorías sobre la psique infantil. No parecía interesado en lo que ella le estaba
diciendo, y tuvo la impresión de que su mente estaba ocupada en otra cosa.
Klein estaba más cerca de Rank de lo que probablemente reconocía.
Dijo al doctor Gammill que nunca había tenido de él una buena opinión; no
obstante, en las notas al pie de sus primeros trabajos hay referencias a las
obras de Rank: todo ello antes de la publicación de El trauma del nacimien-
to. Tamo Rank como Klein buscaban un prototipo de la ansiedad; Rank la
encontró en la separación del útero, Melanie Klein en la ambivalente rela-
ción del niño con el pecho materno. Los detractores de Melanie Klein la han
acusado de no estar nunca dispuesta a aprender de nadie. Es improbable que,
en una etapa en la que estaba enteramente obsesionada por su propia aventu-
ra intelectual, concentrada en el mundo originario del niño, hubiese estado
dispuesta a modificar significativamente sus ideas; y es improbable que
LIMBO [143]
Hubiese continuado leyendo la obra de Rank tras caer éste en desgracia.
según las cartas de Alix Strachey, la situación de Rank era permanente tema
discusión. Abraham consideraba la teoría de Rank una amenaza al núcleo
de la teoría de la neurosis. No es sorprendente, entonces, que Klein ya no lo
citara en sus trabajos. Rank también le sirvió como tema de lecciones años
más tarde. Si uno se aparta de una institución, el precio que debe pagarse por
el aislamiento es la pérdida de una tribuna desde donde hacer oír su voz, de
una revista en la cual publicar artículos y de discípulos que propaguen las
ideas de uno.
No obstante, si ella hubiese continuado leyendo a Rank, podría haber
descubierto que las concepciones de ambos estaban más cercanas de lo que
ella advertía. Ellos fueron las primeras figuras del movimiento psicoanalíti-
co que subrayaron la importancia de la relación entre la madre y el hijo. El
propio Freud había dicho que la separación del niño respecto de la madre
era el paradigma de todas las situaciones de ansiedad futuras, pero Freud, al
hacerlo, hablaba exclusivamente en términos físicos. Sus vacilaciones en
reconocer las implicaciones de El trauma del nacimiento pueden atribuirse a
que el mismo Rank lo reconoció, y sólo gradualmente pasó a describirlo en
términos psicológicos como comienzo de un proceso de separación que se
extiende durante toda la vida. Para Freud, el individuo era empujado a la
formación de un yo, fundamentalmente por la necesidad de reducir la ten-
sión energética, esto es, por la vía del principio de placer y de su modifica-
ción, el principio de realidad. En ningún sentido psicológico fundamental
divergen Rank y Klein del concepto de tensión subsistente y ambos enten-
dían que las identificaciones parentales tempranas modifican el núcleo del
yo. No obstante, parten del concepto freudiano de conciencia como crítica
de sí, de acuerdo con conceptos de moralidad socialmente determinados.
Para Rank y para Klein, la culpa no era una herencia del triángulo edípico,
sino que surgía en el más temprano estadio oral del desarrollo, cuando los
sentimientos hostiles del niño contra su madre se volvían contra el propio
niño. Rank nunca investigó el proceso a través de las fases evolutivas de la
infancia y de la niñez como hizo Klein pero debe destacarse que, en esta
etapa, las formas de pensar de uno y otro estaban mutuamente más próximas
que respecto de las de Freud.
Lo notable es que Klein se aventurase en la Sociedad de Viena. Sea lo
que fuere lo ocurrido —y hay pruebas de que debió ser una experiencia
desagradable—, recibió a tiempo la carta de Alix Strachey solicitándole las
aclaraciones necesarias a fin de enviar un informe a la Sociedad Británica.
Tal solicitud debe haberle sonado realmente a música celestial, habiéndose
sentido dolida por su humillación en Viena. Respondió inmediatamente.
[144] 1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN
24 de diciembre de 1924
Querida señora Strachey:
Respondo con ésta a la caita de usted que he recibido hoy. Ante todo, le agradez-
co que se haya tomado el trabajo de comentar mi conferencia y, ciertamente
—según deduzco de la formulación de sus preguntas— de manera sumamente
inteligente.
1) Expliqué que inicialmente el niño no asimila conscientemente la interpreta-
ción, aunque al mismo tiempo los efectos de la misma se advierten claramente,
por ejemplo, en la modificación de la manera de jugar. Esto se identifica con la
aparición de un nuevo material y hace posible alcanzar los niveles subconscien-
tes; por consiguiente, trae al mismo tiempo unida una consolidación de la transfe-
rencia positiva.
No obstante, después de algún tiempo, el niño comienza a mostrar una asimila -
ción consciente. Por eso cité como ejemplo el niño (de cuatro años de edad) que
dice que está haciendo eso al hermanito de madera, no al real, al que quiere. O
bien: una niña de cuatro años dice que le ha hecho eso a la muñequita del juego,
no a la madre real. Todavía es necesario para el niño superar una gran resistencia
antes de reconocer que se trata de objetos reales.
De esa forma se sigue el reconocimiento consciente de una relación emocional,
que gradualmente cambia, respecto de los padres, antes de que el niño pueda asi-
milar el conocimiento.
Una niña de cuatro años dijo (éste es el ejemplo por el que usted preguntaba):
“Pero sería terrible si yo realmente le arrancara a dentelladas el pene a Papá”.
Escucho a menudo tales observaciones.
Erna de seis años, dijo repetidamente tras haber manifestado una y otra vez los
celos que siente por el placer oral de su madre mientras copula: “Pero Mami en
realidad no podría darme eso”.
2) Esa es la misma niña (observación de Frau doktor Müller) que reiteradamente
dijo, muy sorprendida, tras describirle a la cruel madre que la tortura:* “Pero mi
verdadera madre nunca me ha hecho eso”.
Observaciones semejantes, aunque no formuladas exactamente así, he escuchado
de niños pequeños, de eres, cuatro y cinco años.
3) Una paciente de cuatro años que me trajeron durante tres semanas con un
acompañante para que la analizara, me ignoró, a pesar de todos mis esfuerzos.
a) Revolvió dentro de la cartera de la persona que la acompañaba; después la
cenó, según dijo, para que no se cayese nada de ella.
b) Hizo lo mismo con la billetera y el dinero que había en ella.
c) Acercó una jama de vidrio en la que había bolitas (bolitas coloreadas de
cristal, etcétera); colocó encima una tapa para cenar la jarra y que las bolitas no
cayeran afuera.
En ese momento, cuando formulé mi primera interpretación, esto es, que ésos
eran excrementos que ella no quena que su madre hiciera, y que no hicieran, ade-
más, otros niños, se estableció entre nosotras una relación diferente.
Naturalmente, con ello sólo se había iniciado un contacto analítico. Más tarde

* En el juego, la madre le pega y reprende a la niña, le da comida podrida, la encie-


rra en el sótano y al final a menudo la mata.
LIMBO [ 1 45 ]

tuve que luchar aún con la más severa resistencia y hasta, se produjeron ataques de
pánico cuando el acompañante dejó de venir, y sólo tras su análisis se creó una
situación analítica apropiada,
Espero haber hecho las aclaraciones que usted deseaba.
Llegaré a Berlín el 3 de enero por la noche Si lo desea, llámeme por teléfono el 4
entre las nueve y las nueve y media de la mañana. Estaré encantada a su disposi-
ción. (Teléfono: Pfalzburg 96-46.)
Con afectuosos saludos,

Melanie Klein
TRES
Ostracismo

A
fortunadamente, el correo funcionaba bien en aquellos días. Alix
Strachey recibió la carta el 1 de enero de 1925, envió inmediatamen-
te su informe a James Strachey y, al día siguiente, añadió algunas
correcciones tras haber leído cuidadosamente la carta de Melanie Klein.
James Strachey la recibió el 3 de enero: “Es exactamente lo deseado”.1 El 5
de enero se lamentaba: “Su escrito me ha conmovido. Qué tremenda mujer
debe de ser. Me dan lástima los pobres niñitos que caen en sus garras”. A
pesar del desordenado texto de Klein, el resumen de Alix le permitió a
Strachey presentar ante la Sociedad Británica un extracto del articuló, el 7
de enero. Salvo Ernest Jones, casi todos los restantes miembros (incluyendo
a los que la habían conocido en Berlín) desconocían el revolucionario avan-
ce que suponía su obra. La reunión tuvo una buena concurrencia: alrededor
de cuarenta personas, todo un logro en aquellos días. Strachey informaba a
Alix que la reacción había sido buena (en perfecto contraste con la
respuesta de los vieneses a las teorías de Klein):
Lo que se decía de Melanie entre bastidores era que no podían creer que ella
pudiera estar haciéndolo todo atendiendo a sugerencias. (Entiendo que Ferenczi lo dijo
inicialmente.) Pero, por supuesto, nadie tiene razones para pensar que es así y en la
discusión pública se la ha aclamado unánimemente. Jones, por supuesto, está en cuerpo
y alma inclinado en favor de Melanie a más no poder. ...Me parece que Riviere, Glover,
Rickman y Tansley* mantienen algunas reservas.

* El profesor Tansley (1871-1955) conocido como el fundador de la ecología, publicó en


1921 The New Psychology and its Relation to Life, donde interpretaba la teoría de Freud en
termines biológicos.
OSTRACISMO [ 1 47 ]

Según las actas del encuentro, pareció haber acuerdo general en que
solo era posible llegar a conclusiones fiables sobre la validez del análisis
infantil reuniendo más datos originales, más que basándose en deducciones
fricas. Sean cuales fueren las reservas internas que Strachey percibió en
piover, en las actas se recoge su crítica a la afirmación de que el hacer cons-
iente lo reprimido, en cualquier estadio del desarrollo, puede tener resulta-
dos perjudiciales, aunque considera una posible excepción todo niño desti-
nado a desarrollarse con una orientación psicótica. Este reparo inicial ten-
dría importantes consecuencias en su ulterior relación con Klein.
En Berlín, durante el encuentro de la semana siguiente, el 10 de enero
de 1925 Alix Strachey le contó las noticias a Klein, quien manifestó con-
tentísima que tenía “proyectos” en relación con Inglaterra. Le propuso que los
discutieran la tarde siguiente, cosa que Alix aguardaba con sentimientos
ambiguos.
Como persona, Melanie es más bien fastidiosa —una especie de ex beldad y
hechiza— y no cae simpática a determinado sector de la [Sociedad], que sostiene que es
muy hábil en la práctica, pero con dotes insuficientes para la teoría.
A Alix le parecía que entonces la oposición estaba encabezada por Hans
Lampi, un vienés.
La reacción de Alix Strachey aquí es característica de toda su relación
con Melanie: alternativamente afectuosa, divertida e irritada, pero cada vez
más fascinada por sus ideas. Melanie le aseguraba ser absolutamente la pri-
mera en su terreno y que Hug-Hellmuth sólo se había dedicado al análisis
pedagógico con el carácter de una aficionada, y que nunca había tenido éxito
en desenterrar el complejo de Edipo. En lo referente a su excursión a Viena.
Aparentemente logró allí mayor aliento del que esperaba, y Anna prácticamente se
ha convertido; el Profesor estuvo sumamente afable (parece encontrarse perfectamente
bien). Por cierto, M. es un poco exagerada, así que uno no sabe exactamente qué es lo que
piensan en realidad esos astutos vieneses.
¿Estaba Melanie dando a Alix Strachey un informe retocado de su visi-
ta Viena a fin de impresionarla? Klein le dijo que le gustaría dar un ciclo
de conferencias en Inglaterra en julio, y que también proyectaba dar otro en
Suiza en agosto.* Se proponía presentar una introducción general al tema, la
historia detallada de un caso, una lección sobre su técnica del juego, una
acerca del análisis de niños de tres a cinco años, una sobre el período de
latencia desde los seis a los ocho y una lección final acerca de los niños de
nueve a doce años.
* Al parecer, este otro proyecto nunca se concretó.
[148] 1920-1926: BERLIN
Al plantearle Alix la cuestión del inglés de Klein, ella le replicó confi-
dencialmente que pensaba repasarlo un poquito. “Formuló varias preguntas:
¿Había suficiente interés entre los analistas ingleses? ¿Estaría Ernest Jones
dispuesto a apoyar? Estaba ansiosa por saber cuánto se le pagaría.” (Alix
tenía la impresión de que estaba más bien en apuros.) Llevada por el entu-
siasmo, Alix le prometió que persuadiría a su marido para que hablase con
Jones en su favor:
¿Lo harás? Estoy segura de que será algo grande. Por alguna razón, ciertas
personas de aquí la desdeñan un poco y, supongo (pero no estoy muy segura) que no se la
ha alentado a dar un curso; de manera que sería un acierto conseguirle el primero...
Desde entonces hasta que abandonó definitivamente Berlín en octubre
de 1925, los pensamientos de Alix Strachey parecen haberse centrado en
Melanie Klein tanto como en su propio análisis. Pero mientras discutían
incesantemente sobre psicoanálisis, o visitaban juntas galerías de arte, con-
ciertos, representaciones y bailes de máscaras, Alix Strachey no manifestó
interés en la vida privada de Melanie ni aventuró ésta información alguna al
respecto. En sus canas a James Strachey, que se encontraba en Inglaterra, no
hay referencia al apartado marido de Klein o a sus hijos.* Klein parece haber
decidido dejar atrás el pasado.
A pesar del entusiasmo de Alix, James Strachey dudaba todavía de la
capacidad de Klein para exponer en inglés: “Lo que me parece terrible es la
jerga. ¿Realmente pude hacerlo suficientemente bien para resultar tolerable
durante seis conferencias enteras?”. Alix aceptó el desafío y el 25 de enero
anunció que enseñaría inglés a Melanie. Decidieron reunirse lodos los jue-
ves por la tarde para leer en voz alta “El pequeño Hans” en inglés y discutir
posteriormente el caso. A Alix le alegró descubrir que Melanie también no
encontraba la explicación de Freud “sehr lückenhafi” (muy incompleta).
Alix consideraba a Melanie un anuncio andante de los beneficios del psicoa-
nálisis: sin él habría sido insoportable. Creía que la conversación de Klein
era un poco divagatoria; pero advertía que ella ansiaba ser agradable y razo-
nable. Alix era consciente de que su apoyo a Melanie podría provocarle la
oposición de los miembros masculinos de la Sociedad de Berlín; lo que no
podía descubrir era si la hostilidad de aquéllos derivaba de una oposición al
análisis de niños en sí, o de un desagrado personal hacia la propia Klein.
Las lecciones de inglés se llevaron a cabo según lo planeado. Alix esta-
ba impresionada por la comprensión que Klein tenía de la lengua, pero su
acento era tan terrible que decidieron dirigirse a un verdadero profesor de

* En una cana de 1926. Carrington, amigo de Alix, señalaba su indiferencia


respecto de la gente. (Véase Michael Holroyd, Lytton Strachey, I., Londres,
Heinemann, 1968, pág. 522).
OSTRACISMO [149]
Inglés para aprender conversación. Alix advirtió que ella a su vez estaba
Riendo un curso privado de análisis infantil.
Le pregunté al respecto de la transferencia, y dijo, 1. que era tan marcada y tan
importante en los niños como en los adultos; 2. ella la "deutet" (explica) preferentemen-
te remontándola a la relación originaria con los padres. La única diferencia era que 3. Los
niños resuelven su transferencia al final del análisis más fácilmente que los adultos. No
dicen si porque “tienen el mundo entero ante sí” o porque ellos mismos están en perma -
nentemente cambio:
El 31 de enero Melanie arrastró a una Alix reacia a un baile de másca-
ras organizado por un grupo de socialistas. Después de sus años inactivos,
habían decidido gozar plenamente de la vida. Si bien Alix describe a su oca-
sional compañero como alguien que bailaba “como un elefante”, danzaron
durante toda la noche hasta las seis de la mañana siguiente. Alix evoca el
aspecto de Melanie en un tono divertido propio de Bloomsbury:
Estaba primorosamente vestida cual Cleopatra —terriblemente escotada— y
cierta de brazaletes y colores, exactamente como me imagino el aspecto de Cleopatra
época de Marco Antonio. Estaba sumamente excitada y decidida a vivir mil aventu-
ras; pronto me contagió con su espíritu... Es realmente de buena índole y no esconde
sus esperanzas, sus temores y sus placeres, que son de lo más sencillo.
Mientras daban vueltas por la pista de baile, Alix podía ver de vez en
cuando a una Melanie dichosa, radiante. Las actividades sociales del grupo
de Berlín contrastaban significativamente con las de la Sociedad Vienesa,
vigilada por el puritano ojo de Freud, o la de Londres, dominada por serios
academicismos. En el baile, Ernest Simmel se disfrazó de diminuto vigilante
nocturno, y al terminar la noche apareció de la mano de una joven anuncian-
do solemnemente: “Wir sind verlobt” (“Estamos comprometidos”). Alix
espió a distancia al coqueto Sachs pero, ocupada en sus propias cosas, se
mantuvo alejada de los otros analistas.
El 14 de febrero de 1925 el Policlínico celebraba su quinto aniversario,
Eitingon, “la Madre absoluta del lugar”, ofreció “casi un manjar ruso”; hubo
brindis y un sentimiento general de que la Sociedad de Berlín estaba bien y
verdaderamente impulsada. Algunas noches después, tras haber ido a ver
juntas película, Melanie y Alix fueron a un café en donde la admiración de
Alix continuó creciendo a medida que escuchaba parlotear a su increíble
amiga:

No sólo dispone de un gran cúmulo de datos, sino de muchísimas ideas, todas más
vagas y mezcladas, pero que claramente pueden concretarse en su mente. Tiene una
creativa y eso es lo principal.
[150] 1920-1926: BERLÍN
Las dos disimiles amigas —una alta, angulosa y de Bloomsbury; la otra
regordeta, judía y de clase baja— debieron formar una curiosa pareja. Alix se
dejaba atrapar por la alocada vida del Berlín de postguerra y, en lugar de
preocuparse por el inglés de Melanie, comenta que durante la semana
siguiente pensaban asistir a otros tres bailes.
El sábado voy otra vez a remolque de Cleopatra, que está presa de furor por ellos.
Es una Kunst Akademie de baile, muy amplia y oficial. El asunto de mañana se relaciona
con el Romantisches Cafe, muy barato comunista y acaso vulgar... Dios mío, cuando me
acuerdo de las conversaciones en Bloomsbury, Virginia, Charly [Sanger], Lytton... ¡A
dónde me han llevado!
Alix hizo una escapada sola a un baile, viéndose por una noche libre de la
compañía de Klein. Melanie era extremadamente aguda en cuestiones de
análisis, pero Alix la encontraba limitada como persona:
Me alegré de no estar con Melanie, pues adopta la actitud más convencional: una
especie de Semíramis ultraheterosexual con provocativo vestido de fantasía que espera a
que se la asalte, etcétera, etcétera, y sin interrumpir su conducta y su conversación de
aficionada...
Entre tanto, James Strachey informaba desde Londres sobre cuestiones
de la Sociedad, tales como el proyecto de abrir una clínica y la discusión
acerca de la posibilidad de analistas legos, cuestión que estaba causando
importantes desacuerdos en el seno de la Asociación Psicoanalítica. El 14 de
enero se dirigió al presidente de la Sociedad Británica, Ernest Jones, para
tantear la sugerencia de que Melanie diera una serie de conferencias ante el
grupo de Londres. Jones pareció favorable a la idea, formulando únicamente
el reparo de que a ella no se le podría pagar tamo como a Hanns Sachs, quien
el año anterior había recibido una guinea y media por conferencia; en su
opinión, una guinea sería suficiente. Strachey comprobó que otros miem-
bros recibían la idea de las conferencias con “unánime entusiasmo”. Sugirió
que Klein escribiese directamente a Jones.
Las cartas de Alix seguían llegando rebosantes de las notables cosas que
estaba aprendiendo de Klein. James Strachey estaba particularmente fas-
cinado por la idea de Klein de la madre como castradora originaria; en reali-
dad, él mismo había pensado en plantear la cuestión en alguna reunión.
El 1 de marzo Alix sostuvo una discusión con Melanie sobre un caso de
“tic” (¡ignorando completamente, al parecer, que Klein estaba discutiendo
acerca de su propio hijo!). Melanie estaba “absolutamente ansiosa por ganar a
Inglaterra para su causa”; pero a finales de abril, al no haber recibido res-
puesta de Jones, vociferaba sus quejas a Alix durante la sesión semanal.
“Creo que es demasiado descortés por su parte”, escribía Alix a James.
“Después de todo, la condenada Sociedad Inglesa debiera estar realmente
OSTRACISMO [151)
agradecida por algunos pequeños favores hechos desde aquí.” Klein se
negaba preparar las conferencias hasta recibir una oferta definitiva desde
Londres. A pesar de que Jones era un entusiasta de su obra, su primera
“invitación” supuso en realidad una respuesta a una “sugerencia” de ella
(trasmitida a través de los Strachey), y ella se sintió muy ansiosa hasta que la
respuesta finalmente llegó.
En la reunión británica del 6 de mayo, Jones anunció finalmente que
había recibido una carta de Frau Melanie Klein en la que ofrecía dar una
serie de conferencias sobre el análisis infantil a comienzos de julio. Muy
vacilante, leyó en voz alta la carta ante los miembros y después murmuró:
“Un programa muy interesante”. James informaba: “Pero en general mani-
festo muy poco entusiasmo y una actitud dubitativa. Tuve la impresión, que
después resultó cierta, de que deseaba intensamente que se llevara a cabo,
pero dudaba de lo que otros pensarían”. No obstante, cuando todos los asis-
tentes de aquella reunión —que en esta ocasión fue pequeña— levantaron sus
manos para indicar que concurrirían, Jones se deshacía en sonrisas. Ella
Sharpe ofreció su casa para que las conferencias se realizasen en ella.
Strachey lo entendió erróneamente, creyendo que ofrecía hospedar a
Melanie, lo cual provocaría una gran confusión. Ahora que el problema
estaba solucionado, se mostraba más preocupado que nunca por el inglés de
Klein, especialmente considerando que su visita había suscitado tanto interés.
Melanie no debe tener en realidad inquietud alguna. Tiene la posibilidad de con ver-
se en un succès fou. Mi único miedo es ahora que pueda perder la reputación, e inci-
dentalmente hacemos quedar mal si el público nos identifica, sin posibilidad de recupe-
ración.
En este sentido Alix no compartía la preocupación de James. La fideli-
dad de Alix hacia Melanie se había fortalecido tras haber leído a
Hug-Hellmuth —“una masa de sentimentalismo”— y, en especial, tras haber
conversado, en febrero, con Lou Andreas-Salomé (considerada la segunda
analista de Anna Freud), que estaba en casa de los Eitingon.
Por supuesto, la conversación derivó hacia el Frühanalyse; sus ideas son sumamen-
te anticuadas y se derivan del Freud de la época del “Pequeño Hans”. Cuando dijo que
los padres son las únicas personas apropiadas para analizar al niño, me corrió un escaló-
frío por la espina dorsal. Me parece que es el último bastión del deseo de los adultos de
dominar sobre los demás.
La última frase es fríamente irónica.
Por último, en la mañana del 9 de mayo, Alix salió al encuentro de
Melanie cuando ésta iba a su casa de regreso del análisis, para comunicarle
buenas noticias de Londres. Inicialmente, Alix había decidido traducir las
[152] 1920-1926: BERLÍN
conferencias pero a sólo tres días de iniciado el esfuerzo empezó a desespe-
rar de la tarea. En sus cartas empiezan a aparecer palabras como “espantoso”
y “horror" cuando se plantea la necesidad de tener las conferencias listas a
principios de julio, cuando se suponía que la Klein las expondría. “No podré
hacerlo", se lamentaba. Sugirió que James se encargara de la primera
—“porque se debe dar una buena impresión"— y preguntaba si Joan
Riviere, Marjorie Brierley o Ella Sharpe aceptarían hacerse cargo de otras
dos.
James accedió a traducir la primera, pero contaba que Joan Riviere
estaba demasiado ocupada en la traducción del cuarto tomo de las obras de
Freud para aceptar algún otro encargo. Entre tanto, Alix estaba sumida en la
traducción de la segunda conferencia, sobre la neurosis compulsiva de una
niña de seis años (Erna). Una de sus dificultades fundamentales se deriva
de la falta de equivalentes ingleses apropiados para los términos empleados
por Melanie Klein en el análisis de niños. No obstante, algunos días se sen-
tía más optimista: “No creo que esta traducción sea tan penosa como la de
Freud; puede ser un poco menos aterradora; y buena parte de ella es pura
anécdota". (En medio de todo esto, James descubrió que la señorita Sharpe
había ofrecido su casa sólo para las conferencias; no pretendía hospedar a
Frau Klein.)
Retrospectivamente, la tarea de traducir “El pequeño Hans" (realizada
por los Strachey a comienzos de aquel año) habría de parecerle muy sencilla
en comparación con la de aquellas conferencias. Nina Searl aceptó hacerse
cargo de una (la cuarta). El doctor Rickman avisó que el copiado de la
sinopsis de las conferencias debía ser deducido de los honorarios totales de
31/6. Entonces Klein mostró el sombrero que llevaría en las conferencias.
Alix predijo que sería un golpe mortal para el público:
Es una cosa enorme, voluminosa, de color amarillo brillante con un ala colosal y un
ramillete, un jardín entero, de flores diversas por atrás, por el lado y por delante. El efec-
to que produce en su conjunto es el de una rosa-té florecida en exceso con un centro lige-
ramente encarnado (su cara): y la ψ se estremecerá. Parece una prostituta rabiosa —o,
no— es realmente Cleopatra (cuarenta años más tarde) porque entre todo eso hay algo
bello y atractivo en su rostro. Es una chiflada. Pero es indudable que su cabeza está llena
de cosas de apasionante interés. Y tiene buen carácter.
Las dos mujeres estaban tan ocupadas pensando en la traducción de
las conferencias y en el inminente viaje a Inglaterra que no tuvieron conoci-
miento de la gravedad del estado de Abraham al caer enfermo a mediados de
mayor. Supusieron que sus análisis se interrumpían sólo momentáneamente.
Nadie hubiera podido creerlo en aquel momento, pero el 9 de mayo hizo su
última aparición en el marco de la Sociedad. Abraham y su mujer pertenecí-
an a una asociación para la salud que periódicamente hacía excursiones al
campo. En una de ellas, Abraham se clavó una espina de anguila en la gar-
OSTRACISMO [153]
ganta. Se produjeron complicaciones: fiebre constante, neumonía doble,
nececidad de una operación de vesícula y la molestia de un hipo persistente,
Frau Abraham o la muchacha daban informes diarios a la multitud de visi-
tantes. Klein advirtió que no había posibilidad de que su análisis se reinicia-
ra antes de su partida hacia Inglaterra; y los planes de Alix se alteraron por
tanto en el último momento, así que en lugar de permanecer en Berlín durante
julio, como inicialmente había planeado, se marchó a Inglaterra a finales de
junio, algunos días antes de la partida de Klein.
La última conferencia se entregó a Alix el 17 de junio. Dio a James ins-
trucciones para que abreviara las conferencias si le parecía oportuno (“es
una zorrita condenadamente holgazana”, estallaba Alix, cansada). Al final
James Strachey tradujo la primera, la tercera y la quinta conferencia; Nina
Searl la cuarta, y Alix la segunda y la sexta.
En Londres Klein no se alojó en casa de los Strachey, en Gordon
Square 40, donde ocupaban los dos pisos superiores de la casa, dejando
habitaciones para los otros miembros del grupo de Bloomsbury, sino en un
pequeño hotel cerca de Bloomsbury Square. Por aquel entonces la Sociedad
Británica tenía veintisiete miembros y veintisiete asociados, pero se
permitía visitantes concurrir a las reuniones; y fueron tantas las personas que
expresaron su deseo de asistir a las conferencias, que en lugar de la habita-
ción ofrecida por Ella Sharpe se tuvo que utilizar la sala de Karin y Adrián
Stephen (el hermano de Virginia Woolf), en Gordon Square 50. Karin
Stephen dijo que necesitaría una mujer para hacer la limpieza después de
cada conferencia, por lo que se dedujo un chelín de los honorarios de
Melanie Klein.
Esas tres semanas de julio estuvieron entre las más felices de la vida de
Klein. Finalmente era el centro de atención y se la escuchaba con respeto.
En su Autobiografía señala:
En 1925 tuve la maravillosa experiencia de hablar en Londres ante una audiencia,
interesada y apreciativa; todos los miembros estaban presentes en la casa de Stephen,
pues por entonces no había aún instituto en el que pudiera dar aquellas conferencias.
Ernest Jones me preguntó si respondería durante la discusión. Aunque yo había aprendi-
do mucho inglés por mi cuenta y en la escuela, mis conocimientos no eran todavía muy
buenos; recuerdo perfectamente que adivinaba la mitad de lo que se me preguntaba, pero
me pareció que ése era el mejor modo de satisfacer a mi audiencia. Las tres semanas que
pasé en Londres, dando dos conferencias por semana, fueron una de las épocas más feli-
ces de mi vida. Encontré mucha cordialidad, hospitalidad e interés; tuve también oportu-
nidad de ver algo en Inglaterra y me aficioné intensamente por el inglés. Es verdad que
después las cosas no siempre fueron fáciles, pero aquellas tres semanas fueron muy
importantes para mi decisión de vivir en Inglaterra.2
Entre quienes escuchaban sus conferencias había Figuras que desempe-
ñarían un papel importante en su vida: Ernest Glover, Sylvia Payne, John
[154] 1920-1926: BERLIN
Rickman, Joan Riviere, Ella Sharpe y, por supuesto, los Strachey. Durante
estas tres semanas también se puso en contacto con Susan Isaacs, una bri-
llante mujer que más tarde se convertiría en una de sus colegas más cerca-
nas. Tres años más joven que Melanie Klein, Isaacs había hecho ya una inte-
resante carrera en psicología infantil. Se había formado en Manchester y en
Cambridge y era en aquellos momentos tutora en psicología en la
Universidad de Londres, donde permaneció hasta 1933. En 1924 se convir-
tió en la primera directora de la Malting House School de Cambridge. Fue
esa una efímera escuela experimental dedicada a niños de dos y medio
siete años. El fundador de esa escuela, Geoffrey Pyke, creía en la importan-
cia de la fantasía como experiencia psíquica en el desarrollo de la mente del
niño, aunque esa fantasía debía controlarse haciendo que el niño se interesa-
se por la realidad objetiva. La escuela se esforzaba por ofrecer al niño un
ámbito de juego imaginativo, y la tarea del maestro consistía en registrar lo
que se observaba en el niño sin interferir. Durante su visita a Inglaterra, se
llevó a Melanie Klein a que conociera la Malting House School; y ella y
Susan Isaacs, que ya era miembro de la Sociedad Psicoanalítica Británica
advirtieron entonces que tenían mucho que aprender la una de la otra. La
única persona entre los miembros de la Sociedad que parecía mal predis-
puesta respecto de ella fue Barbara Low,* quien más tarde sería una de sus
más firmes oponentes durante las polémicas de 1942 a 1944. La razón no
era difícil de descubrir: en Más allá del principio del placer Freud había
adoptado, aprobándolo, el “principio del Nirvana” de Low; “el esfuerzo por
reducir, mantener constante o eliminar la tensión interna debida a los estí-
mulos” —esto es, el retomo a un estado de tranquilidad—, tomándolo de su
Psycho-Analysis: A Brief Account of the Freudian Theory (1920). En otras
palabras, Low se adhería totalmente a la teoría freudiana de los instintos.
Ernest Jones sabía que Freud no veía-con buenos ojos la presencia de
Melanie Klein en Inglaterra. No obstante, tan pronto como el curso hubo
concluido, le envió un fidedigno informe a Viena, sin hacer intento alguno de
ocultar su entusiasmo por la obra de Klein. El 17 de julio escribía:
Melanie Klein acaba de ofrecer un ciclo de seis conferencias en inglés ante nuestra
sociedad acerca de la “Frühanalyse". Causó una muy profunda impresión en todos noso-
tros y se ganó el más alto aprecio tanto por su personalidad como por su obra.
Personalmente, he apoyado desde el principio sus opiniones sobre el análisis temprano y
si bien no tengo experiencia directa del análisis por medio del juego, me inclino a consi-
derar el desarrollo que ella ha hecho de él como sumamente valioso. 3

* Low había sido analizada primero por Sachs y después por Jones. Era amiga de D.
H. Lawrence, quien le había dado el manuscrito de Sea and Sardinia para pagar su aná-
lisis formativo con Jones. (Véase: Barbara Guest, Herself Defined the Poet H. D. and Her
World, Garden City, Nueva York. Doubleday, 1984, pág. 203).
OSTRACISMO [155]
el 31 de julio, respondiendo a las objeciones formuladas por Freud, replica
breve, Firme y diplomáticamente:
Se que la obra de Melanie Klein encuentra una considerable oposición en Viena y
también en Berlín, aunque más en aquella ciudad que en ésta. Considero ese hecho como
indicador de una resistencia a aceptar la realidad de las conclusiones de ella* usted sobre
la vida infantil. Me parece que el análisis preventivo de niños es el resultado lógico del
psicoanálisis.4
Nelly Wollfheim se sorprendió de la transformación que observó en
Klein al encontrarse con ella durante sus vacaciones de agosto. De camino
hacia Engadine (elegido debido al amor que Abraham tenía a ese lugar)
Wollfheim se detuvo en el Walensee ames de tomar un nuevo tren para visi-
tar a Klein, quien se hospedaba en un hotel junto con Erich. El tiempo era
frío y húmedo cuando dejó Berlín, y descendió del tren con brillante luz del
sol, calzando aún sus pesadas e inapropiadas botas de agua. Deslumbrada,
pasó junto a una elegante dama situada en la plataforma, no reconociendo
en ella a la cotidiana Frau Klein de Berlín. Probablemente ya había empeza-
do a cambiar su imagen. Wollfheim descubrió que su amiga había reservado
una habitación para ella en el hotel. La cena fue muy molesta. No sólo Frau
Klein estaba bellamente vestida, sino que también lo estaban los demás
huéspedes, la mayoría de los cuales eran ingleses. Erich, que entonces tenía
once años, conocía bien a Wollfheim. La había visitado a menudo en su jar-
dín de infancia durante las vacaciones, y en cierta ocasión había atravesado
Berlín para verla, sin contárselo a su madre. Ahora tenía muchas ganas de
hacer travesuras y la lisonjeaba para molestar a su madre. “Tía Nelly viste
mucho mejor que tu”, le dijo; y después: “Está mucho más bonita que tú.
¿Es mucho más joven?” El rostro de Klein era una máscara inexpresiva.
“Por decoro, no podía contradecirlo hallándome yo presente”, escribe
Wollfheim. “Era una perfecta madre analizada y Erich se hallaba en una
típica ‘oposición’ en sentido psicoanalítico. Por razones de discreción no
puedo ser más clara al respecto de las circunstancias.” Esto sugeriría, evi-
dentemente, que sabía del análisis de Erich. El incidente permite compren-
der también las dificultades que se presentan cuando una madre alterna los
papeles de madre y de analista de su propio hijo.
Melanie Klein no era tan compleja como parecía. Cuando regresó a
Berlín, a finales de julio, se encontró con que el estado de Abraham había
empeorado. Al hacerse más grave la situación, Félix Deutsch hizo varios
viajes desde Viena para examinarlo, aunque su médico era ordinariamente
Wilhelm Fliess. Hubo días en que Abraham se sentía suficientemente bien
para ver a sus pacientes, por lo que en septiembre de 1925, Alix Strachey

* La palabra tachada es un lapsus revelador.


[156] 1920-1926: BERLIN
regresó a Berlín suponiendo que su análisis se reanudaría. Inmediatamente
después de su llegada, la Klein la llamó por teléfono para sugerirle que
hiciesen algo juntas. De mala gana Alix le sugirió que se encontraran en la
Opera de Königsplatz para asistir a Cosi fan Tutte. Melanie llegaba normal-
mente tarde a las citas, así que Alix le dijo que la ópera comenzaría quince
minutos más temprano que su horario real; la estratagema tuvo éxito; Klein
llegó sólo cinco minutos tarde, salvándose así de padecer la mordaz lengua
de Alix. Pero la parlanchina no podía permanecer en silencio por mucho
tiempo:
Fue un torrente de palabras desde que las luces se apagaron: todo lo referente a
sus planes de la vida social durante el invierno. Después, tras una pausa momentánea,
cuando el auditorio hizo silencio y el director alzó la batuta, se volvió hacia mí y empezó
nuevamente (Und wie geht es ihrem Mann?) (¿Y cómo está su marido?)... Siguió luego
una sucesión de observaciones de naturaleza psicoanalítica sobre el desarrollo del
argumento y así sucesivamente. Pero, a pesar de todo, tiene un carácter simpático.
Más tarde fueron al Romantisches a tomar un café; Melanie estaba
extraordinariamente impresionada por un estúpido inglés que había sido
miembro del Club 1917. ¿Se baila en el Club 1917?* “Oh, querido, su cora-
zón es demasiado bueno para mi gusto”, suspiraba Alix.
Ahora que la excitación y el fervor iniciales habían pasado, Alix tuvo
que admitir que tenían muy poco en común.
No obstante, me gusta, y es muy impresionante dentro de su estilo, eso es induda-.
ble. (Creo ahora que Anna Freud la odia simplemente por razones personales, porque
piensa que es una mujer “vulgar”. Alguien debería hablarle de su habitual arrogancia, ¿no
crees?)
En el tiempo que la enfermedad de Abraham les dejaba libre, las dos
mujeres iban a visitar juntas galerías de arte. En un principio Alix solía mos-
trarse condescendiente con el indiscriminado gusto de Klein, pero llegó a
observar que sentía verdadero amor por Cézanne, lo cual hablaba muy bien
de ella a los ojos de Bloomsbury.
Abraham estaba suficientemente bien para asistir al Congreso de Bad
Homburg a comienzos de septiembre, pero a medida que avanzaban los días
de otoño, fue cada vez más manifiesto que ya no se recuperaría. El 1 de
octubre Alix Strachey partió finalmente para Inglaterra, donde James Glover

* El Club 1917, fundado por Leonard Woolf, adoptó este nombre por la Revolución
Rusa de febrero de ese año y tenía como finalidad proporcionar “un lugar de encuentro para
las personas interesadas en la paz y en la democracia: pronto atrajo como socios a políticos
radicales y a intelectuales impopulares” (The Diary of Virginia Woolf, vol. II, Londres,
Hogarth, 1977, pág. 57).
OSTRACISMO [157]
se convirtió en su analista al año siguiente. El día de Navidad Abraham
murió. Su muerte, según la evoca Melanie Klein en su Autobiografía fue
para mí un gran dolor y una situación muy difícil de superar. Cuando finalicé
abruptamente mi análisis con Abraham, había quedado mucho sin analizar y continua-
mente he avanzado en dirección de un mayor conocimiento de mis ansiedades y mis
defensas más profundas.
Klein siempre sostuvo que, de haber vivido Abraham, el análisis de
niños que ella practicaba habría llegado a establecerse firmemente en
Berlín. Es un punto discutible: el permanente apoyo de Abraham probable-
mente la hubiera conducido a un enfrentamiento con Viena aún más agudo
que el que Jones había emprendido desde Londres. Sea como fuere, la opo-
sición contra ella que Abraham había refrenado, se manifestó con toda su
fuerza después de su muerte. El 2 de marzo de 1926 presentó una doble
ponencia ante la Sociedad de Berlín acerca de dos errores similares en un
ejercicio escolar y de las ideas que un niño de cinco años asociaba con los
métodos con que había sido educado. El claro rechazo que salió al encuen-
tro de su trabajo le convenció de que ya no había lugar para ella en Berlín.
Simmel, el nuevo presidente, simpatizaba con ella, pero le faltaba autoridad
para frenar a Radó. Este se consideraba un hijo de Freud, ya que Ferenczi le
pasaba todos los trabajos de Freud para que los leyera. Tras la caída de
Rank, Freud había nombrado a Radó director de la Zeitschrift (Eitingon y
Ferenczi tenían simplemente una función “decorativa”, según Radó), y tam-
bién de Imago, publicación suplementaria dedicada a la aplicación del psi-
coanálisis a las humanidades. Radó rehusó aceptar artículos de Klein para su
publicación en la Zeitschrift, y se volvió cada vez más ofensivo con ella al
dirigirle la palabra en las reuniones. Se jactaba de su poder como nuevo
secretario de la Sociedad de Berlín y era ferozmente contrario al análisis
por profanos. La humillación que Klein experimentó bajo su poder fue tan
grande que provocó la compasión de otros miembros.
La vida de Melanie Klein nunca estuvo libre de complicaciones. A
comienzos de la primavera de 1925, momento en que se la suponía entera-
mente dedicada a las preparaciones de las conferencias que iba a dar en
Inglaterra, empezó a asistir a clases de baile. Los bailes de máscaras y las
clases de baile eran manifestaciones de su romántico anhelo de “aventuras”,
y no es sorprendente que pronto mantuviera una relación amorosa con su
compañero. C.Z. (Chezkel Zvi) Kloetzel era periodista del Berliner
Tageblatt especializado en artículos de viajes y que, como entretenimiento,
escribía libros infantiles. Nueve años más joven que Klein, estaba casado y
tenía una hija. Era también un conocido Don Juan. Tenía una sorprendente
semejanza física tanto con Emanuel como con el demoníaco amante imagi-
nario de Klein. Parece que iniciaron inmediatamente un amorío. En mayo él
[158] 1920-1926: BERLIN
le regaló un libro para enamorados en el que escribió: “¡En todas partes hay
un Rheinsberg para nosotros!” Su nombre secreto como amante fue Hans.
(Es curioso que eligiera el nombre de su hijo mayor.)
Kloetzel marchó entonces a Bohemia de vacaciones con su familia
Desde Trautenau (adonde le había dicho que escribiera a poste restante),
Kloetzel le preguntaba en su primera nota: “¿Cómo estáis ni y el psicoanáli-
sis a l'anglaise?”5 También le aseguraba su amor, le deseaba ánimo y “un
mínimo de pensamientos perturbadores”. De su segunda carta parece dedu-
cirse que ella le había reprochado la frialdad de la primera nota.
Melchen: así es, (le respondía) escribir cartas es algo estúpido cuando uno no puede expresar
las cosas verbalmente... Sabes que en cuestiones de importancia soy más reticente con las
palabras de lo que normalmente gusta a las mujeres; disculpa, por favor, si el escribir me
resulta aún más arduo. Por favor, lee entre líneas; ¿lo harás? Permíteme decirte, querida
Mel, que aquí cada palabra austríaca, cada “tengo el honor” y cada “beso su mano” me
recuerda a ti, lo cual, por supuesto, en ningún caso sería necesario; no hace falta una
técnica para la memoria. Estoy pensando en ti con frecuencia, querida, y a veces creo que
tus sentimientos son semejantes. Te tengo presente en especial cuando trabajo, ¡mi
ambiciosa musa!
Aparentemente, la única confidente de Klein era su colega Ada Schott;
Kloetzel sentía curiosidad por saber cuánto le había contado de “nuestro
secretito”. En lo que se refiere a la “ética” de la situación, él estaba deseoso
de postergar la discusión indefinidamente. Se quejaba del aburrimiento. Para
compartir con ella su interés por el inglés, estaba leyendo Back to
Methuselah, de Shaw. El 23 de mayo recibió finalmente noticias de ella:
Por dispensarme un beso de más, muchas gracias. Te retribuiré plenamente. Después de
codo, Mel, lo mejor de un viaje es el regreso a casa. Y ello ocurrirá, a más tardar, aproxi-
madamente en dos semanas, y hasta hoy ha transcurrido la mitad de ese tiempo, ¡Dieu soil
benit! Acaso halle alguna excusa para liberarme, lo cual me permitiría escapar antes.
Hoy, querida, piensa en todo lo que no he puesto por escrito. Los abogados sólo aceptan
lo que está escrito en un documento: es casi a la inversa de nosotros. Te deseo lo mejor y te
envío todos los besos que momentáneamente puedas recibir .
Hans
En el diario el bolsillo de Klein consta que Kloetzel se las arregló para
regresar a Berlín el 29 de mayo. No obstante, en una breve nota del 4 de junio
él le informa que se reúne con su mujer.
Querida Mel:
Acabo de llegar a casa. Encuentro cartas de mi esposa anunciándome que no se siente bien.
Padece de cansancio nervioso, etcétera.
Por razones que serán para ti tan claras como lo son para mí, estoy muy inquieto y depri-
mido. Comprenderás que te suplique que me dejes solo hasta que haya recuperado de
OSTRACISMO [159]
algún modo mi equilibrio y tenga noticias más gratas. Si es necesario, partiré pasado
mañana para Trautenau. No obstante, le mantendré informada.
Hasta entonces,
Afectuosamente,
H.
En las anotaciones de su diario correspondiente a junio —tituladas
“¡Depresión!”— se registra la ruptura de la relación, aunque Kloetzel regre-
só de las vacaciones antes que su mujer y los amantes se vieron casi todos
los días. El 13 hicieron una excursión a Dahlem, pero normalmente se
encontraban en el apartamento de Klein, donde tuvieron su última cita el 27
de junio, un día antes de que ella partiera hacia Inglaterra.
También Kloetzel se disponía a partir para realizar un encargo periodís-
tico en Africa del Sur. El 4 de julio le envió unas líneas, señalándole que sabía
que ya había dado sus primeras conferencias en Londres, y “estoy seguro de
que han sido un éxito. Con cada éxito adquirirás más confianza; iodo Londres
celebrará tu fama y el Lord Mayor te invitará a cenar”. Inmediatamente antes
de partir, él le envió una larga carta. Tres días después volvió a escribirle:
- Querida Mel:
He recibido, hace más o menos una hora, tus dos queridas canas del 2 y del 3 y, ante
todo, estoy orgulloso de ti. En ningún momento dudé que tuvieras éxito en Londres.
Pero, al parecer, ese éxito ha ido más allá de nuestras expectativas; y estoy muy feliz por
ello. Porque, tú, mi querida criatura, mucho mereces lo que ahora cosechas. Conozco
muy poca gente, y entre ella difícilmente una mujer, que esté tan profundamente compro-
metida con su trabajo. Y lo más hermoso de todo es que cuando, en un futuro no muy
lejano, todo tipo de personas hablen de ti y de tus logros, yo podré decir: “Sé todo al res-
pecto”. Y por eso, primero un beso para felicitarte y después un beso de admiración...
Me complace mucho que sean tan amables contigo allí y que pases horas tan gratas; la
naturaleza humana desempeña un gran papel en tales ocasiones. Espero que tengas
varios fines de semana dichosos (sin disculpas frívolas) y dejes que tu vitalidad fluya
plenamente. Con vestidos, sombrero y zapatos como marco de tu atractiva personalidad,
tendrás no poco éxito, lo mismo que con tus [ilegible; ¿“observaciones”?] acerca del
juego infantil.
Bien, querida Mel, sin muchas palabras pero con todo mi corazón, adiós. Te diré el adiós
definitivo cuando llegue a Lisboa. Los meses que fallan para Navidad pasarán pronto y
ambos sabemos cómo ocupar el tiempo hasta entonces.
Entre tanto, para Londres, muchísima suerte, éxito y alegría.
Y un beso con mucho amor para la amada mujer y el maravilloso ser humano de tu
Hans.

A finales de julio, iras regresar de Inglaterra, Klein llevó a Erich de


vacaciones a Suiza. Allí recibió una cana de Kloetzel, enviada en Tenerife,
[160] 1 9 2 0 - 19 2 6 : BERLIN

que debe de haberle resultado desoladora, especialmente después de la afectuosa


que había recibido en Londres.
S.S.Tanganyka
20 de julio
Querida Mel:
Tu carta dirigida a Lisboa llegó ayer a bordo y, si no respondí a ella a vuelta de correo
porque hubo una revolución y partimos inmediatamente.
Ahora debo por fin decirte algo que debiera haberte dicho hace mucho tiempo. Debemos
separamos, Mel, no sólo físicamente sino también espiritualmente. Eres demasiado inte-
ligente para no haberlo previsto. No se debe sólo a que hayan aumentado mis temores por
una relación que implique ciertas obligaciones. Debo añadir que me he enamorado loca-
mente aquí, a bordo, y tanto más irracionalmente cuanto que no hay posible futuro en ello.
Pero uno no piensa en eso. Estoy sumido en un torbellino y no puedo tolerar ocultártelo.
No estoy seguro de lo que pueda acarrear el futuro. No estoy hecho para los vínculos y sólo
me reprocharía a mí mismo haber permitido que ello ocurriera.
Querida Mel, no es necesario que recurramos a largas explicaciones. Te estoy muy agra-
decido. Estoy seguro de que no necesito pedirte que me des libertad.
De todo corazón te deseo todo lo mejor.
Hans.

Enredado ya en un romance de abordo, Kloetzel intentaba abandonarla del


modo más rápido posible. Las correcciones que aquí se muestran hechas en el
bañador de la respuesta de Klein muestran su herida.
Weeten, 9 de agosto de 1925
Querido Hans:
Ayer recibí la carta que enviaste en Tenerife. Quizá no requería una respuesta, pero obe-
deceré a mi sentimiento, que me indica que debo decir algunas palabras de despedida.
Estás en el comienzo de un largo viaje, Hans, y frente a ti hay muchas horas solitarias y
difíciles. Si entonces has de pensar en mí sé que yo era también una persona valiosa para
ti, ello no debiera deprimirte. Escribes: “No estoy hecho para los vínculos y sólo me
reprocharía a mí mismo haber permitido que ello ocurriera". Bien al recuerdo que tengas
de mí no debe nublarse con ningún reproche, no has hecho nada por lo que debas repro-
charte. Y —déjame decir esto en nuestra despedida— ciertamente yo no me lamento ni
siquiera ah, puesto que ahora, establecido un vínculo contigo. Lo que tuvimos juntos, se
quedará en mí como algo muy hermoso. Y nada, ni siquiera esta forma de terminar,
hará que ese cambio.
Algo más permanece inalterado: el cálido sentimiento que siento hacia ti como persona.
No me entiendas mal, Hans. Admito totalmente tu carta tal y como la expresas. En la
medida en que una persona pueda tomar la libertad de otra y devolvérsela, te devuelvo
totalmente la tuya. También yo quiero romper los lazos —y lo haré— que me ligan a ti y
hallaré fuerzas suficientes para llevarlo a cabo. Pero más allá de esta relación, y quizá
puedo decirlo ahora, hubo una relación muy rica entre una persona y otra, que permane-
cerá conmigo para siempre, Eso es lo que deseaba decirte, Hans, en nuestra despedida.
OSTRACISMO [161]
Quiero que sepas que también yo seré siempre para ti una buena amiga que se interesa por
que estes bien. Debes saber que podemos seguir siendo amigos, si deseas que así sea.
Adjunto una carta escrita anteriormente que escribí anteriormente. Vacilaba en enviártela,
debido a que la situación ha cambiado. Pero una vez más he obedecido a mi intuición que
me dice y espero que no interpretes mal este gesto. Escribí estas líneas algunos días antes
de recibir tu carta de adiós. Nada contiene que yo quisiera cambiar, ni siquiera ahora.
Estaban destinadas sólo para ti cuando las escribí: acéptalas como el saludo de un tiempo
ya pasado.
Si deseas escribirme desde Ciudad del Cabo, esto es, si nada en tu interior te dice otra
cosa, como un buen amigo le escribe a otro buen amigo, y si surgen otras posibilidades,
entonces yo sería muy feliz. Si, en cambio, tu voz interior te dice que no, entonces no te
fuerees a hacer lo contrario. No lo tomaré a mal.
¿Deseas saber algo acerca de mis planes futuros? Inglaterra. Londres, aunque
completamente satisfactorio, no fueron unas vacaciones. Las dos semanas y media fueron
demasiado breves. Por tanto, me tomaré unas vacaciones después del congreso y regresaré
a Berlín a primeros de septiembre. Tras haber dejado a Erich en la Escuela de Oldenwald,
puedo quedarme en Taunus y quizá me encuentre allí con mis amigos.
Algo más: como tengo pocos ejemplares del libro de mi hermano, te agradecería que me
devolvieses el que está en tu poder. Por supuesto, no hay prisa para eso; puedes esperar
hasta tu regreso a Berlín.
Cuando esta carta te llegue, tendrás ante ti el viaje a través del Africa. Espero que la
excursión sea para tu satisfacción. Las novedades interesantes, que ocuparán tu atención,
compenarán todo pesar, por fuerte que sea.
Y ahora adiós, querido Hans; con todo mi corazón te deseo lo mejor.

Mel.

Kloetzel le escribió nuevamente algunos días después de su regreso a


Berlín
Berlín
Sábado 17 de enero de 1926
Querida Mel:
... Verdaderamente he intentado desde hace algún tiempo dirigirme a ti, hablarte, pero,
Mel, no puedo. No te enfades... No puedo vivir así.
Debemos hallar otro modo. Te propongo lo siguiente: No volveremos a vemos temporal-
mente hasta que me sienta más seguro de mí mismo. Entonces andaremos con cautela y
nos encontraremos en un territorio neutral. Todo depende de que yo aprenda a mantener-
me libre en tu presencia, tal como lo exige mi reserva frente a las relaciones estables. Si
eso no es posible —y saldrá bien si somos inteligentes—, entonces tendremos que renun-
ciar.
Sé que tú eres la más fuerte de nosotros dos y también eso me entristece. Tiendo mucho
más al equilibrio en una relación espiritual y cualquier voluntad más fuerte que la mía
me lanza fuera de la balanza. No puedo mantener un vínculo, pero tampoco puedo sopor-
tar que otras personas se vinculen a mí. Eso ha sido así incluso tratándose de mi madre,
si bien, a pesar de todo, ella ha sido la única persona del mundo de la cual me hallé muy
[162] 1920-1926: BERLIN

cerca.* Querida Mel, sé que es una locura, pero es así como lo siento: el día en digas que
tienes un amante, estaré más cerca de ti que nunca.
Cuando todo está dicho y hecho, estoy seguro de que tendrás mejores cosas que hacer que
agobiar tus pensamientos con mi patología, especialmente cuando no son de interés
científico. Atengámonos a mi propuesta. Estoy seguro de que nos encontraremos otra vez.
Beso tus manos.
Hans
Un borrador de su respuesta revela su confusión.
Berlín, 18 de enero de 1926
Querido Hans:
Al comienzo de estas-mis líneas desearía asegurarte que no pretenden no están destinadas
a unimos de nuevo si tú no lo deseas, ni a contener algo desagradable para ti.
Mi carta tiene como fin responder a una pregunta que en realidad no me formulo, pero
que, quizá, te formules a ti mismo: la pregunta de cuál es mi situación / que ocurrió
conmigo / cómo me veo / cómo estoy qué me ha ocurrido. Yo no estaba muy bien la
última vez que nos vimos. Nadie, ni siquiera tú mismo, podría hacerme creer que eres
cruel y que no te importa cómo no veo qué me ocurrió. A partir de este sentimiento por
tanto pienso que lo que pueda decirte de mí misma te dará podrá proporcionarte alguna
alegría. Estoy bien, querido Hans, y he dominado enteramente el pesar que sufría. Me he
sobrepuesto a él. Estoy bien, querido Hans, lo he combatido enteramente, pero eso no
significa, sin embargo, que haya resignado me haya cobijado en la resignación. Esto no
No: me he sobrepuesto a ella; soy dichosa y estoy afrontando la vida plenamente como en
mis días dichosos y llena de confianza en que me traerán muchas alegrías de diversas
maneras. Estoy llena de confianza / llena de confianza también respecto de mí misma. Lo
que llamas mi “vitalidad” en los días buenos ha vuelto a mí y con ello también la segura y
dichosa confianza en mí misma y en mi vida, y la expectativa cierta de que ha de traerme
muchísima felicidad por diversos cauces.
Afortunadamente, las circunstancias personales me dan oportunidad para emplear una
renacida vitalidad. Iré a Londres en agosto después de la excursión de verano oon… hasta
el próximo invierno, primavera donde encontraré mucho trabajo con favorables
perspectivas materiales, científicas y personales. Enseñar Además de enseñar a los niños
del profesor Jones, se me ha pedido que analice muchos otros hijos de colegas. Me espera
un cargo decente especialmente atractivo con mis colegas-además de una gran cantidad de
trabajo científico.
También un Además puedo dar por segura una intensa actividad científica y de enseñanza
dentro del marco de nuestro acuerdo y también quizá, -fuera-de ese acuerdo He recibido
una invitación para dar una charla en la Sociedad Británica de Psicología; también una
demanda de una revista médica de Nueva York para la publicación de un libro mío. Mi
auténtico libro —que significa mucho para mí— empieza a tomar forma-definida plan
general y forma, y acaso pueda escribirlo en Londres.

* Posteriormente, Klein contó a Erich que Kloetzel se había criado en un orfanato judío.
OSTRACISMO [163]
Es un / Tengo ante mí un trabajo muy arduo pero muy prometedor /Si es éxito. Si es
exitoso —y espero que lo sea— sin duda avanzaré considerablemente seguiré avanzando
Mi espíritu, nuevamente estimulado, asegurará que he de gozar la vida y no ahogarme de
trabajo.
Te adjunto envío mi última obra, que es puramente analítica, pero puede resultarte
interesante.
Por último, querido Hans, permíteme decir Algo más, querido Hans: permíteme
decirte que la última frase de tu carta: “así pensaremos el uno en el otro sin amargura”, no
es demasiado pertinente, en mi opinión, ya que no es suficientemente ilustrativa. Sin
amargura, por supuesto pero más que ese con mucha amistad y sinceridad / Un Nuestra
relación, que ha sido tan hermosa que o hubiese querido pasarla por alto en mi vida, a pesar
del dolor que exige que produce especialmente cuando el dolor ya ha desaparecido sólo ha
dejado amista, hermosa amistad y sinceros sentimientos para ti… Espero y deseo con todo
mi corazón que tu camino conduzca también hacia lo alto.
Adiós,
Afectuosos saludos, Mel,
Deseo de corazón, querido Hans, que tu camino te conduzca cada vez a sendas más
elevadas y que sigas dichoso y bien.
Afectuosos saludos.
Mel

El invierno de 1925-1926 fue para ella particularmente cruel. No es


sorprendente que Alix Strachey la haya encontrado relativamente apagada, en
contraste con su exuberancia anterior. Con Abraham enfermo, se sintió
totalmente aislada y los paseos con Alix la ayudaron a librarse de la soledad.
Alix regresó a Inglaterra a comienzos de octubre. Abraham murió el día de
Cavidad; y el rechazo de Kloetzel supuso el golpe de gracia. Klein no pudo
resistir la tentación de aprovechar el cumpleaños de Kloetzel en febrero de
1926 como excusa para contactar nuevamente con él; y tras haber cedido a
sus ruegos de mantener un encuentro, Kloetzel advirtió que debía adoptar una
actitud dura a fin de hacerle enfrentar la realidad de la situación.
Berlín, 19 de febrero de 1926
Querida Mel:
Tu misma te darás cuenta de que lo mejor es separarse definitivamente. Fue un error
olvidar una decisión tomada dos veces.
Muchísimas gracias y no te enfades. Creo que no necesito decirte que te deseo lo mejor de
todo corazón. Es mejor ser duro que llevar adelante una situación insoportable. Pues en ese
caso nos acordaremos el uno del otro con amargura.
Adiós.
Hans.

Desesperada, lo llama otra vez por teléfono, y lo cortante de su nota posterior


no deja la más mínima esperanza.
[164] 1920-1926: BERLÍN
...Una conversación no podría modificar las cosas y sería, para nosotros dos, un inútil
esfuerzo nervioso.
Te suplico, en beneficio de los dos, que te abstengas de todo nuevo intento de hablarme.
Por favor, dile a Frau Herz que debería tener una nueva compañera si tú piensas continuar
con las clases de baile ... Si tienes intenciones de continuar, me iré.
Por favor, deja las cosas como están
Hans.
Ella redactó dos cartas antes de decidirse a enviarle la siguiente:

Berlín, 21 de febrero de 1926


Querido Hans:
Como has interpretado mal mi demanda de una conversación (por supuesto, fue un error
por mi parte llamarte por teléfono en lugar de escribirte), me preocupa ante todo aseguran-
te que de ningún modo o manera intentaré provocar una ocasión para que nos encontre-
mos, cosa que tú no deseas. Si añado que no recibirás ninguna otra comunicación escrita
mía, puedo suponer que aceptarás, sin impaciencia, lo que te estoy escribiendo hoy.
De algún modo esta carta ocupará el lugar de la conversación que tanto he deseado pero
que he solicitado en vano. No necesito decir, como en el pasado, que estas líneas tampo-
co son una coerción de ningún tipo, sino una explicación y un cambio de impresiones.
Querido Hans: (leseo decirte que has actuado correctamente al transformar nuestra rela-
ción en una relación de amistad, porque ésa era la forma apropiada de reconstruir y rete-
ner algo valioso entre nosotros. Pero fue también amable por tu parte, desde un punto de
vista personal, porque por medio de esa ayuda has mitigado la inevitable pena a la que
debo sobreponerme, y que se ha originado a consecuencia de este proceso. Tu reiterada
conclusión, muy reciente, de que toda la fase fue, para nosotros dos, buena mientras fun-
cionó, no es un engaño. Alguna pequeña vacilación, la recaída más bien prolongada la
última vez que nos vimos, no contradicen aquella conclusión. Especialmente esa recaída y
su rápida recuperación (mi depresión, dicho sea de paso, tiene otras causas), han mostrado
cuánto he avanzado en comparación con los meses anteriores. Tú mismo habrás notado
que lentamente me vuelvo más tranquila y feliz. Tienes razón, querido Hans, no se debe
prolongar una situación insostenible. Pero, ¿era nuestra situación así? Hasta nuestro
último encuentro no lo sentiste así, evidentemente, y las conclusiones que extrajiste de mi
depresión eran erróneas. Soy, como siempre, honesta conmigo misma y contigo cuando
afirmo que el proceso de separarme de ü del modo como ni deseabas estaba funcionando
bien gracias a tu ayuda. Y es bueno y reconfortante, querido Hans, ser capaz de estarte
agradecida por esa ayuda: fue un consuelo proyectar el afecto personal en lugar de nuestra
relación anterior.
Según las noticias que recibo de Londres, existe la posibilidad de llevar a cabo mis planes
en relación con Inglaterra. Tu partida hacia Suecia significa posiblemente una despedida
por tiempo indefinido: un tiempo en el que muchas cosas pueden cambiar. Estoy segura de
que habría sido más sencillo y más reconfortante si hubiera podido verte de vez en cuando
durante estas semanas que restan antes de tu partida. Sería una forma más gentil, más
amistosa de decir adiós a una bella y rica relación: la posibilidad de conservar en la
memoria de uno algo enteramente maravilloso, lo cual supondría una gran ayuda para
afrontar sin amargura y de manera más grata lo que está ocurriendo. Es muy duro, y para
mi mente innecesariamente penoso, ser tachada de tu vida y no tener ya importancia.
OSTRACISMO [165]
Nunca te he pedido nada en contra de tu voluntad: ni durante la mejor época ni en estos
difíciles momentos. Si no puedes darme la oportunidad de una despedida más grata, sién-
dome de gran ayuda y consuelo, entonces no te urgiré, ni siquiera ahora. Pero debo supli-
carte algo. Me gustaría verte antes de tu partida. Debo decirte, después de todo lo que
sabes de mí, y de las situaciones en que me has visto, que no será una despedida llorosa,
nada que pueda agobiarte. No: un adiós serio, pero tranquilo, entre dos personas que se
amaron y entendieron mutuamente lo suficientemente bien para no tener que separarse
sin una despedida... antes de que los caminos se separen, una despedida sincera y cálida
de quienes han compartido un trecho breve, pero bello y significativo del camino. Por
favor, no me hagas suplicar en vano, querido Hans.
Mel
Respecto de la cuestión de las clases de baile: como la señora Herz estaba muy dolida
por la cancelación de la señora Munk, no quise lastimarla más con una cancelación que
mal podría interpretarse. Por lo tanto, continuaré con las lecciones de baile. Para que la
situación no sea tan manifiesta, te aconsejaría que te excuses de algún modo antes de la
próxima lección, y piensa entonces cómo hacerlo menos evidente que mediante una can-
celación definitiva. Te diré que la señora Munk espera que la llames por teléfono. Si ya
no necesitas el ejemplar de Imago, por favor, devuélvemelo pronto.
Melanie Klein era demasiado intensa, demasiado seria, y estaba dema-
siado deprimida para aceptar una relación frívola como la que Kloetzel pre-
tendía. No obstante, ella parece haber continuado ejerciendo una fuerte
atracción sexual en él, pues, según Eric Clyne, realizaba viajes periódicos a
Inglaterra para visitarla. Ella era una mujer inteligente capaz de perder la
cabeza. El hombre a quien ella siempre consideró el amor de su vida, parece
haber considerado esta relación como una más de una serie de aventuras
superficiales.
Disponía de una ayuda, esta vez, en forma de una auténtica invitación de
Ernest Jones para dirigirse a Inglaterra durante un año y analizar a sus hijos.
Nunca más volvió a ver Berlín o Viena.
TERCERA PARTE

1926-1939
Londres
UNO

La Sociedad Psicoanalítica
Británica

M elanie Klein llegó a Inglaterra en septiembre de 1926. Durante


sus primeros meses en el que sería su país de adopción, vivió,
como había sucedido en Berlín, en varios domicilios temporales.
El primero fue un piso amueblado en el Temple, cuyo propietario era una
periodista del Times. Antes de que finalizase el año había encontrado un
lugar algo más amplio, una maisoneite de dos pisos en Crawford Street 129
(después el número fue el 96), no lejos del Instituto de Psicoanálisis en
Gloucester Place. Allí fue donde tres meses más tarde, el 27 de diciembre,
Erich se reunió con ella.* Se alojó en casa de una familia en Swiss Cottage
durante una semana y visitaba a su madre los fines de semana. Al preguntár-
sele recientemente si en Inglaterra extrañaba su casa, respondió que no, que,
“por así decirlo”, nunca había tenido una auténtica casa. De sentirse algo, se
sentía austríaco y pasó un año hasta que pudo hablar inglés con cierta flui-
dez. Klein consideraba la maisonette de la Crawford Street una solución
temporal hasta poder hallar un lugar suficientemente amplio que dispusiera
de habitaciones para el consultorio y para vivienda. Lo encontró poco des-
pués en Linden Gardens 17, en Notting Hill, y ofrecía también la ventaja de
tener un bonito jardín. La desventaja, según advirtió después, fue la gran
cantidad de prostitutas que había en el sector.
Su primera aparición en las reuniones de la Sociedad Británica está
registrada en las actas del 17 de noviembre de 1926, donde se la caracteriza
* Klein dijo a Erich que Kloetzel la llevaría a Londres si concedían su custodia a su
padre. Dada la naturaleza de sus relaciones con Kloetzel en ese momento, esto parece
haber sido una pura fantasía.
[170] 1926-1939: LONDRES
como "visitante”. En esa ocasión expuso un trabajo sobre el análisis de un
niño de cinco años, Peter, cuyo complejo de castración se deriva tanto de las
fantasías sadicoanales relacionadas con el adiestramiento para hacer las
necesidades solo, como al trauma de haber presenciado el coito entre sus
padres. También informó sobre la conferencia de Bad Homburg celebrada el
año anterior, en la que se había discutido la decisiva cuestión de los requisé
tos mínimos y convenientes para la formación de analistas.
La Clínica Londinense de Psicoanálisis se había inaugurado para el
cumpleaños de Freud, el 6 de mayo de 1926. Las crecientes inquietudes de la
Sociedad Británica estaban más o menos superadas cuando llegó Klein, y su
presencia se uniría estrechamente al destino de aquélla. Con la amargura de
la vejez, Edward Glover le contó en 1965 a Bluma Swerdloff que, en un
principio, la Sociedad Británica “padecía muchos complejos de inferior-
dad”. En contraste con Viena, Berlín y Budapest, era poco el trabajo activo
que allí se realizaba. Pero después de la llegada de Klein, desde 1926 a 1931.
la sociedad experimentó un sentimiento de triunfo por estar desarrollando realmen-
te nuevas ideas y como tales aceptaron las opiniones de ella. Los miembros estaban
impresionados por la fuerza de la recomendación de Jones, pero en aquel entonces las
opiniones de ella no eran tan exageradas. Eran en realidad derivadas... Algunos han
dicho que lo eran totalmente. No lo creo; pienso que ella tenía muchas ideas brillantes en la
misma lítea [que Abraham].1
El que el grupo británico lograse alcanzar un estadio de confianza en sí
mismo, se debió a los infatigables esfuerzos de Ernest Jones, un perseverante
y tenaz galés que fue el transmisor del movimiento psicoanalítico al mundo
de habla inglesa. El 20 de noviembre de 1926 Freud le escribía a Jones:
¿Hace realmente veinte años que usted está en la causa? Ha pasado a ser entera-
mente suya, puesto que usted ha logrado todo lo alcanzable de ella: una Sociedad, una
Revista, un Instituto. La importancia que usted ha tenido en ella es algo que dejaremos
determinar a los historiadores.2
La última es una observación algo ambigua y Freud tenía razones para
ser escéptico en cuando a la continuidad de la lealtad de Jones.*
Jones había nacido en el seno de una familia galesa de clase media. Su

* Jones se ofendió mucho cuando Freud caracterizó a David Eder como “el primero y,
por ahora, el único médico que practica la nueva terapia en Inglaterra” en el prefacio de
David Eder, Memories of a Modern Pioneer, editado por J.B. Hobman (Londres, Víctor
Gollanez, 1945). El 26 de agosto de 1945 Anna Freud tuvo que recordarle a Jones que Eder
fue el único representante del psicoanálisis en Inglaterra mientras Jones estaba en Toronto
(JA).
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [171]

Padre, un hombre que se labró su propia posición, se abrió camino pasando


de empleado de oficina a gerente de una mina de hulla y después a jefe con-
table de la fábrica de acero del pueblo de Gowerton. Alentado por el ejem-
plo de su padre. Jones hizo también una brillante carrera como estudiante de
medicina en el University College Hospital de Londres. En 1903 conoció la
obra de Freud por recomendación de su futuro cuñado, Wilfred Trotter,
quien le llamó la atención acerca de la reseña de Mitchell Clark de La histe-
ria, publicada en Brain en 1898; siguió avanzando, leyendo la exposición de
Frederic Myers en Human Personality y la discusión de Havelock Ellis en el
primer volumen de Studies in the Psychology of Sex. El análisis de Dora fue,
en realidad, la primera de las obras de Freud que leyó; y (según su propia
afirmación) inmediatamente se dispuso a aprender alemán para leer a Freud
en su lengua original. En septiembre de 1907 se encontró con Jung en el
Congreso Internacional de Neurología de Amsterdam. En noviembre visitó a
Jung en el Hospital Burgholzli tras haber asistido durante dos meses a un
curso especial de psiquiatría para graduados, en la clínica de Emil Kraepeli en
Munich. (También visitó la Clínica Kraepelin el año siguiente.) El 30 de
noviembre Jung le escribía con entusiasmo a Freud:
El doctor Jones, de Londres, un joven muy talentoso y activo, ha estado conmigo
durante los últimos cinco días principalmente para hablar sobre las investigaciones de
usted. Debido a su “espléndido aislamiento” en Londres, aún no ha penetrado muy pro-
fundamente en los problemas, pero está convencido de la necesidad teórica de sus
opiniones. Será un fuerte colaborador de nuestra causa, pues además de sus dotes
intelectuales, está lleno de entusiasmo.3
Freud, feliz ante la posibilidad de un nuevo converso, en particular si
era inglés y no era judío, respondió: “Su inglés me interesa por su nacionali-
dad: creo que en cuanto los ingleses tengan conocimiento de nuestras ideas,
nunca las abandonarán”.4 El optimismo de Freud parece irónico, dada la
larga lucha de Jones contra el orden establecido en la medicina inglesa, cuya
aceptación reclamó todas sus considerables habilidades diplomáticas.
El año siguiente Freud y Jones se encontraron en el Congreso de
Salzburgo y Jones visitó a Freud, en Viena, en mayo de 1908. Sus relaciones
fueron siempre prudentemente reservadas. Aunque Freud comunicaba a
Jung que Jones le parecía “muy inteligente”, desconfiaba de lo que pudiera
esconderse tras el interés del galés en el psicoanálisis. Freud se lo describe a
Jung a la vez como un fanático y un enigma: “La mezcla racial de nuestro
grupo me parece interesante; él es celta y, por tanto, no demasiado accesible
para nosotros, el teutón y el mediterráneo”.5
No obstante, Jones cobró progresiva importancia para Freud después de
la deserción de Jung en 1911, puesto que aquél pasó a ser entonces el único
no judío que quedaba en el grupo; y circunstancias fortuitas hicieron que se
convirtiera en el principal portavoz de las ideas freudianas en los Estados
[172] 1926-1939: LONDRES

Unidos. Su carrera médica en Inglaterra se detuvo cuando dos pequeños


pacientes suyos dijeron que había usado con ellos un lenguaje indecente. En
1908, por temor a un escándalo, optó por un exilio voluntario en Canadá
donde, según afirma en su autobiografía Free Associations, se le ofreció un
cargo de Profesor Asociado de Psiquiatría en la Universidad de Toronto. El
relato del propio Jones sobre sus actividades en Canadá es sumamente sos-
pechoso. Manifiesta que C.K. Clarke, superintendente médico del Asilo de
Enfermos de Toronto lo contrató como director de un nuevo hospital psi-
quiátrico.* Sin embargo, por muchas razones, especialmente políticas,
Clarke nunca pudo realizar su ambicioso proyecto. Es asimismo sumamente
dudoso que Clarke proyectase dar tal responsabilidad a un hombre que care-
cía totalmente de experiencia administrativa. En realidad, tras su llegada a
Toronto se convirtió en una especie de aprendiz de todo y oficial de nada:
especialista en patología a tiempo parcial y asistente clínico en el Asilo de
Toronto; mozo de laboratorio de sesiones en fisiología y psicología aplí-
das en la Universidad de Toronto, y asistente del Departamento de Psiquiatría
del Hospital General de Toronto.
El mito creado en tomo a la importancia de Jones en Toronto se ha
aceptado como un hecho... basado sólo en las exageraciones del propio
Jones. Llegó a la ciudad creyendo que su conocimiento de las técnicas de
Kraepelin le ayudaría a progresar. Se encontró, sin embargo, en un callejón
sin salida. En enero de 1910 Jones había publicado “The Oedipus Complex
as an Explanation of Hamlet’s Mystery” en el American Journal of
Psychology. (Dicho sea de paso, este artículo, corregido, se convirtió en 1949
en Hamlet and Oedipus, incorporando las investigaciones de Klein sobre los
niveles más profundos del inconsciente.)
Jones ya había comenzado a establecer importantes contactos con la
comunidad médica de los Estados Unidos. En diciembre de 1908 aceptó una
invitación del doctor Morton Prince, destacado psicoterapeuta norteamerica-
no, para ir a Boston a discutir los recientes desarrollos en el campo de la psi-
cología; convenció allí al doctor James Putnam, Profesor de neurología en
Harvard, de que en mayo de 1909 debiera celebrarse un simposio norteame-
ricano de psicoterapia en New Haven.
Contento, escribió a Freud para comunicarle que había expuesto el pri-
mer trabajo sobre psicoanálisis en los Estados Unidos; pero también añadía:
Un hombre que escribe siempre del mismo tema tiende a ser visto aquí
como un chiflado... si el tema se relaciona con el sexo, simplemente se le
* A.A. Paskaukas ha señalado en un artículo inédito, “C.K. Clarke y Ernest Jones:
The Rise and Fall of a Kraepelin Clinic in Toronto, 1907-1909“, 6 que en esa etapa ambos
hombres se adherían fervientemente al sistema de Kraepelin (detalle alegremente omitido
posteriormente por Jones); y Clarke vio que el enérgico joven podía serle útil en el
establecimiento de un hospital concebido según el modelo de Kraepelin, en el cual había
una clara división entre neurosis y psicosis.
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [173]

declara tabú por ser un neurasténico sexual. Por eso combinaré mis artículos
sobre sexo con artículos de otros temas”.7 Freud estaba nervioso, preocupado
porque Jones estuviese aguando los elementos sexuales de la teoría psicoa-
nalítica a fin de hacerla más aceptable a la audiencia de los Estados Unidos.
(Dada la propia historia de Jones, Freud podría haber sospechado también
en él una general tendencia a evitar las controversias.) Jung estaba de acuer-
do: “Por naturaleza no es un profeta ni un heraldo de la verdad, sino alguien
comprendido8 con ocasionales flexiones de conciencia que pueden apartar a
sus amigos”.
En septiembre de 1909 Jones se reunió con Jung, Ferenczi y Freud en
Worcester, Massachusetts, donde la Clark University otorgaba a Freud un
grado honorario. En ese momento, Freud provocó un cortés enfrentamiento
entre ellos, como manifiesta Jones en su biografía de Freud:
En la época dé Worcester, Freud tenía una idea exagerada de mi independencia y
temía, muy injustificadamente, que yo podría no resultar un estrecho discípulo. Por eso
tuvo el gesto especial de ir a la estación para despedirse de mí cuando me marchaba a
Toronto, al final de nuestra estancia, y de expresar la cálida esperanza de que me manten-
dría con ellos. Sus últimas palabras fueron: “Verá que merece la pena”. Naturalmente fui
capaz de ofrecerle mi seguridad más plena y nunca volvió a dudar de mí.9
Atendiendo a la verdad, ulteriormente se originó tensión entre ellos,
especialmente a partir del patrocinio de Melanie Klein por Jones. No obstan-
te desacuerdo tendría lugar muchos años después, y en aquel momento Freud
tenía razón al creer que Jones se convertiría en un adherido a la causa.*
Los colegas canadienses de Jones recelaban en un principio del impe-
tuoso joven de Londres, pero él prosiguió con energía su inicial conquista de
Putnam y de otros médicos norteamericanos. En 1910 Freud le subrayaba la
importancia de establecer en los Estados Unidos una filial de la Asociación
Psicoanalítica Internacional, la cual se había fundado en el Congreso de
Nürenberg, en marzo. Jones desempeñó entonces un importante papel en la
formación de la Asociación Psicoanalítica Americana en 1911, cuando
Putnam se convirtió en su presidente y Jones en secretario tesorero, cargo
que conservó hasta su regreso a Inglaterra en 1913. Durante este período
continuó haciendo viajes regulares a Europa; y en 1912 fue él quien propuso
la formación de “un pequeño grupo de analistas dignos de confianza,
actuando como una especie de Vieja Guardia’ alrededor de Freud”.10
Para un hombre con el temperamento de Jones, Ontario constituía un
medio inhibidor. Sus maneras ásperas y que abiertamente hiciera vida
|común con su querida, hicieron de él una especie de enfant terrible ante la

* Jones siempre prefirió el término “causa" al de “movimiento”, término este último


que tenía para él claras connotaciones religiosas.
[174] 1926-1939: LONDRES
comunidad médica de la Universidad de Toronto. Pronto se metió nueva-
mente en problemas. Una de sus pacientes se dirigió al Presidente de la
Universidad, Sir Robert Falconer, y acusó a Jones de haberla agredido
sexualmente. Jones explicó a Putnam que la mujer le había hecho “inequí-
vocas insinuaciones”; pero Putnam debió quedarse perplejo ante el hecho de
que un hombre que aseguraba su total inocencia “pagara 500 dólares de
soborno para impedir un escándalo que hubiese sido igualmente dañino de
cualquier modo... Puede usted 11imaginar que estoy en realidad muy preocu-
pado y terriblemente cansado”. Falconer mantuvo la intriga en secreto, pero
nunca se investigó ni se clarificó completamente. °*
No fue ése, al parecer, el único escándalo en que el Jones se vio envuel-
to en Toronto, y la abundancia de tales incidentes hace difícil aceptar como
explicación que se tratase de coincidencias o de mala suerte. Según Jones, él
y la Universidad se separaron en 1913 porque la institución no podía seguir
tolerando sus prolongadas ausencias en Europa; pero su presencia sólo hacía
aguardar a la administración nuevos problemas. Un Freud inquieto le sugi-
rió un análisis con Ferenczi como conditio sine qua non para ser aceptado en
los círculos oficiales del psicoanálisis.
Poco después del regreso de Jones a Londres, el 30 de octubre de 1913
ante una asamblea de colegas de su misma orientación reunida en su casa, fun-
dó la Sociedad Psicoanalítica [Psycho-Analytical] de Londres. Se nombró se-
cretario a David Eder, el primero en practicar el análisis en Londres, y el pro-
pió Jones se convirtió en presidente. (Havelock Ellis rechazó la invitación de
Jones a ser uno de los miembros.) No era aquél el mejor momento para poner
en marcha un movimiento tan revolucionario, y durante la guerra, que se de-
sencadenó poco antes de un año, la comunicación con los analistas continenta-
les fue, en el mejor de los casos, intermitente. Entre Jones y Eder comenzaron
a perfilarse muchas diferencias doctrinales, manifestando el primero opiniones
característicamente jungianas. A consecuencia de ello, Jones disolvió la socie-
dad originaria y el 20 de febrero de 1919 inauguró un nuevo grupo de doce
miembros con requisitos de admisión más estrictos: esto es, todo miembro de-
bía estar totalmente respaldado por Jones. Este cuerpo se convertiría en la sép-
tima sociedad integrante de la Asociación Psicoanalítica [Psycho-Analytic]
Internacional.* Durante el año siguiente fundó el International Journal of
Psycho-Analysis como órgano oficial de la Asociación.
* La diferencia entre las dos palabras se aclaró en 1949 en la rectificación de los
estatutos de la Asociación Psicoanalítica Internacional, International
Psycho-Analytic(al) Association: “Se utiliza aquí el paréntesis para dar a los miembros
que así lo deseen la posibilidad de distinguir entre las dos formas. En el uso literario el
sufijo ‘-ic’ expresa ‘de la naturaleza de’, y el sufijo ‘-al’ ‘perteneciente a’. Hablamos
así de ‘una pieza histórica’ ('an historical play'), esto es, de una pieza que tiene un con-
tenido histórico. Podría hablarse así de ‘psycho-analytic therapy’ y de una
‘psycho-analytical society’ ”.
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [175]
La dedicación de Jones al psicoanálisis ponía de manifiesto algo similar a
la desesperación del náufrago. Como observaba D.W. Winnicott en un dis-
curso conmemorativo del 28 de febrero de 1958, a principios de la década
de los veinte, los médicos eran tan hostiles a él que hubo una postergación
casi indefinida en su elección como miembro del Royal College of
Psysicians. En 1923, entre los miembros de la Sociedad figuraban ya perso-
nalidades de la intelligenzia británica tales como Edward Glover, Sylvia
Payne, John Rickman, Joan Riviere, Ella Sharpe, James y Alix Strachey y
Susan Isaacs; también Eder volvió al redil en 1923 tras un análisis con
Ferenczi. Gracias a los esfuerzos de Rickman, un cuáquero de fuerte con-
ciencia social, se estableció en 1924 un Instituto; ese mismo año, la Hogart
Press de Leonard Woolf pasó a ser, junto con el Instituto, editora de las
colecciones de la International Psycho-Analytical Library. La Sociedad de
Londres tenía también un benefactor en la figura del próspero norteamerica-
no Pryns Hopkins, quien donó dinero suficiente para instalar una clínica en
Gloucester Place, la cual se utilizaría principalmente en beneficio de pacien-
tes necesitados y como centro de formación para futuros analistas.
Todos estos desarrollos resultaban muy prometedores para el futuro ins-
titucional del psicoanálisis, pero Jones comenzó a manifestar desde las fases
iniciales de su carrera marcadas divergencias respecto de Freud en relación
con el origen de la ansiedad. Para Freud, la ansiedad, el resultado de la frus-
tración, era la expresión de una descarga de deseo sexual insatisfecho. Ya en
1911, en un trabajo que Jones expuso en los Estados Unidos (“The
Pathology of Early Anxiety”) comenzaba a teorizar acerca de las relaciones
entre ansiedad y miedo:
El deseo que no puede hallar una expresión directa es introvertido, y el temor
que surge es, en realidad, el temor del paciente ante una erupción de su deseo enterrado. En
otras palabras: la ansiedad mórbida desempeña la misma función biológica que el temor
normal en cuanto protege al organismo contra procesos que teme. 12
En 1926 Jones publicó “The Origin and Structure of the Super-Ego”,
que Elizabeth13Zetzel (una de sus analizandas) caracteriza como “un hito en
su carrera".* En este trabajo, que él define como puramente aproximativo a
sus teorías, intenta reconciliar su supuesto inicial de la existencia de
impulsos agresivos innatos, con la afirmación de Freud del papel desempe-
ñado por los factores del medio que contribuyen al superego postedípico.
Jones sugiere aquí que los toscos impulsos pregenitales están en última ins-

* Freud no aprobaba el trabajo, lo que puede deducirse de que, de una carta de


Freud del 20 de noviembre de 1926 citada por Jones, éste omite las líneas en las que Freud
comenta el trabajo (Jones, Vida y obra de Sigmund Freud, III). Jones lo escribió después
de haber escuchado la exposición del trabajo de Melanie Klein sobre la técnica del análisis
temprano en el Congreso de Salzburgo de 1924.
[176] 1926-1939: LONDRES

tancia incorporados al superyó: “El concepto de superyó es un punto nuclea r


en el que cabe esperar hallar todos los oscuros problemas del complejo14 edí-
pico y del narcisismo, por una parte, y, por otra, el odio y el sadismo“.
Para entonces ya había escuchado a Melanie Klein describir al niño
atormentado por un superego pregenital punitivo. El y su esposa Katherine
que era austríaca, creían que a dos de sus niños (Mervyn, nacido en 1923, y
Gwenith, nacida en 1921) les favorecería el análisis, y él empezó a conside-
rar a Londres como un centro precursor del análisis de niños. Ya en 1920
Jones había pedido a los miembros de la sociedad comentarios psicoanalíti-
cos sobre sus observaciones con niños; además, se iniciaron en la sociedad
series de trabajos y de discusiones sobre el análisis infantil, en especial
abordando la cuestión de hasta qué punto es posible aplicar en los niños los
métodos analíticos. Jones se interesaba especialmente en la cuestión ya que
su propia mujer experimentaba grandes dificultades en la educación, y en el
trato para que Klein fuera a Inglaterra se convino que analizase a la señora
Jones tanto como a los niños.
El diario de Melanie Klein indica que el análisis de Mervyn Jones
comenzó el 15 de septiembre, el de Gwenith el 27 y el de la señora Jones el 4
de octubre de 1926. El 24 de octubre de 1926 Klein informa a Jones acerca de
los progresos de su esposa:*
La primera sesión del análisis tras aquella tarde critica me causó la impresión de
que el análisis difícilmente llegaría al final. Opino que la señora Jones estaba más
'bien jugando... con la idea, pero, aunque sea por razones de autoestima (esto
significa un error en ese punto), no dejaría el análisis sin concluir. En esta sesión
ya era accesible a mis razonamientos. En las dos siguientes sesiones ya estába-
mos trabajando duramente de nuevo; y la sesión de ayer ofreció especialmente la
oportunidad de dilucidar sus reacciones del miércoles y, en general, su relación,
con los niños. No creo que hayan razones para ser pesimista en este aspecto. El
análisis de la señora Jones no es, por cierto, fácil; requiere gran capacidad de dis-
cernimiento, tacto y constantemente tropiezo con grandes ambivalencias. No
obstante, considero que la transferencia muestra suficientes signos de viabilidad, y
estoy satisfecha con el progreso y el desarrollo del análisis. Reconozco tam-
bién, con usted, que la relación con los niños habría conducido a la larga a serios
problemas y que —por diversas razones— el análisis es absolutamente indispen-
sable para la señora Jones. Necesito de su ayuda al respecto de lo que ya hemos
discutido varias veces. Puede conducir a graves perturbaciones que la señora
Jones le escuche decir algo susceptible de interpretarse como una crítica dirigida
a ella y una alabanza de mí; me refiero a cuanto concierne a los niños, a su desa-
rrollo y a su análisis, etcétera. Lo mejor sería que usted me mantuviera totalmen-
te al margen de su conversación, pues ella recibiría la alabanza y la crítica de
forma completamente distinta. También considero aconsejable explicarle mis
* La traducción (al inglés) pertenece a Bruni Schling. Todas las cartas dirigidas por
Klein a Jones antes de 1930 están escritas en alemán.
LA SOCIEDAD PSICOANALITICA BRITÁNICA [177]
planes, de los que trataré en la segunda parte de mi carta. Creo que la
perspectiva de que yo me quede aquí definitivamente tendría, ahora, un efecto
muy negativo en ella.
Entre tanto, Klein, desesperada por dejar Berlín, había estado discutiendo
con Joan Riviere, entonces una firme aliada suya, la posibilidad de esta-
blecerse definitivamente en Inglaterra. Riviere comunicó a su vez la idea a
jones, quien respondió favorablemente. A la luz de estos hechos Klein con-
tinuaba:
Es muy importante para mí que no me interprete erróneamente por no haber sido
usted la primera persona con la que he hablado a este respecto. Durante mi con-
versación con la señora Riviere expresé mis inquietudes por las dificultades en la
educación de mi hijo. Era una cuestión importante pues precisamente en ese
momento yo había observado otras dos pruebas de la influencia, muy perturbadora
y dañina, de su padre. Expresé mi preocupación por sentirme incapaz de continuar
del mismo modo como hasta el momento por tener que buscar la oportunidad de
tener al muchacho permanentemente conmigo, pero, lógicamente, esa oportunidad
tendría que ser compatible con la posibilidad de hacer mi trabajo. La señora Riviere
compartió amablemente mis inquietudes y ocurrió así que surgió en nuestra
conversación la idea de que yo me estableciese permanentemente en Londres. No
obstante, he señalado inmediatamente que sólo lo consideraré tras saber qué piensa
usted de esta posibilidad. Yo me hubiera acercado a usted en un futuro muy cercano
solicitándole al respecto una sincera conversación. No obstante, entre tanto, la
señora Riviere ha aprovechado la oportunidad de considerar la cuestión con usted.
Me gustaría ofrecerle una explicación más precisa de mi actitud. En cuanto a
perspectivas profesionales. Londres podría resultar un sustituto perfecto de Berlín.
Me parece que se da aquí una base analítica viable no . sólo para mi trabajo sino
también para colaborar en favor del establecimiento y expansión del análisis
infantil. Lo que pude iniciar en Berlín con el apoyo ferviente y activo de Abraham
puede continuarse y completarse en Londres, si usted me ayuda. Puedo contribuir al
movimiento psicoanalítico, cosa que deseo fervientemente, tanto en Londres como
en Berlín. Seguramente estoy en un suelo más firme en Berlín, pero creo que esto
sólo es cuestión de tiempo, hasta que me establezca por mí misma también en
Londres. Es obvio que nadie puede garantizar tal éxito; pero uno tiene que correr
cienos riesgos en empresas de esta naturaleza. Sin embargo tengo mucha fe en mi
trabajo, en su éxito, y si sé que usted ha de apoyarme, tendré confianza suficiente
para animarme a ello. El gran afecto con que usted, querido doctor Jones, me
asegura su asistencia, fortalece esa confianza y complace mi corazón... me he hecho
a la idea de hacer de Londres mi nuevo hogar.
Los puntos a favor en el plano personal son la gran simparía que siento por el país y
por la gente, y que incluso experimenté en estos últimos meses, esto es, en la época
en que más me agobiaban las dificultades iniciales. En ninguna parte he
experimentado este sentimiento de fuerte simpatía y capacidad de adaptarme a lo
extraño y desconocido. No creo en modo alguno que la adecuación a un nuevo
[178] 1926-1939: LONDRES
clima sea un problema; en este sentido no soy muy sensible ni física ni psicológi-
camente. La idea de educar a mi hijo en Inglaterra me resulta muy atractiva. Es
bueno en el aprendizaje de lenguas y siento que rápidamente se adaptará. Así
pues, si debo tomar la decisión de renunciar a Berlín en interés de la educación de
mi hijo, todo en mí habla en favor de Londres; realmente, habla más en favor de
Londres que de todas las demás posibilidades discutidas con la señora Riviere.
Sería esencial para mí, hasta hallar suficientes pacientes para el análisis de niños,
tratar también a adultos. Espero que el doctor Glover me ayude también, por lo
que me gustaría comunicarle mis planes.
Por diversas razones considero oportuno que por el momento no se hagan saber
estos planes y que a nadie, salvo al doctor Glover, se le hable de ellos. ¿Piensa
usted que si el Ministerio pone dificultades podrán resolverse fácilmente? ... No
puedo concluir esta larga carta sin agradecerle una vez más, querido doctor Jones,
el valioso apoyo que me ha brindado hasta ahora y por la amabilidad con que me
promete más ayuda en el futuro. Suya,
Melanie Klein 15
A finales de 1926 Klein tenía, además de la familia Jones, seis pacien-
tes más, entre ellos un adulto. Gwenith murió trágicamente en febrero de
1928 y la última cita con su madre fue el 12 de marzo, tras lo cual su marido
la envió temporalmente a Viena para que escapase de las amistades habitua-
les que agudizaban su aflicción. El análisis de Mervyn se interrumpió a fina-
les de 1928 pero se reanudó el 5 de octubre de 1931, continuando en 1932 y
posiblemente en 1933 (aunque el diario de estos años se ha perdido).
Hacia el 3 de julio Klein había superado su agradecimiento inicial por
Jones y se permitía ofrecerle sugerencias acerca de su artículo “The Origin
and Structure of the Super-Ego”:
...acaso debiera usted aludir, en pocas palabras, a que su hallazgo respecto del yo
del niño más pequeño, y las conclusiones que se siguen de ello, se aplican también al niño
mayor. Por evidente que pueda parecer, una alusión directa a ello acaso no esté fuera de
lugar en este caso. De hecho, la difundida resistencia ante el análisis infantil no sólo se alza
contra el análisis real y más profundo del niño mayor. No obstante, su argumento parece
refutar estas concepciones erróneas pues, obviamente lo que el yo del niño pequeño es
capaz de resistir, no resultará excesivo para el yo del niño mayor. Me parece que podría
añadirse fácilmente una afirmación más explícita en ese sentido.
Sus observaciones siguientes indican que se necesitaban mutuamente:
Sé que es una buena e importante causa, y la posteridad reconocerá la legitimidad
de su inteligencia y de su juicio. Jamás he dudado del éxito final. Pero no cabe duda de que
lo acelerará su muy efectivo apoyo y, entre tanto, ese apoyo ampliará mi entusiasmo por
usted, y nunca olvidaré que usted ha apoyado mi causa.)*
Se sentía aún temerosa de provocar los celos de la señora Jones y en la
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [179]
postdata añade: “Creo que sería mejor, para evitar perturbaciones en el aná-
lisis de su esposa, no comunicarle de momento el contenido exacto de esta
caria”.
Después de visitar Londres en junio de 1927 Ferenczi escribía a Freud
expresándole su consternación al descubrir
la dominante influencia que Frau Klein ejerce sobre todo el grupo. Jones no sólo
está adoptando el método de Frau Klein, sino también sus relaciones personales con el
grupo de Berlín. Aparte del valor científico de su obra, la considero una influencia dirigida
directamente a Viena. También a este respecto Jones me pide que tome partido, pero me
negué diciendo que ésta era una cuestión científica y no una cuestión de partidismos;
habría que esperar el desarrollo.17
Posteriormente, Jones le comunicó a Freud que ya antes de la llegada de
Melanie Klein a Londres, él 18había cobrado “un benevolente interés por la
cuestión “del análisis infantil. Su conducta mostraba algo más que benevo-
lencia: invitar a Melanie Klein a establecerse en Inglaterra era, en realidad, un
acto político, y las repercusiones políticas se pusieron de manifiesto antes de
un año, a principios de 1927, con la publicación de la Einführung in die
Technik der Kinderanalyse de Anna Freud.
Nacida en 1895, la última de los hijos de Freud, Anna, nunca había
recibido de su padre el afecto que otorgaba a su hermosa hermana Sophie, su
“hija dominical”, como él la llamaba, cuya repentina muerte en 1920 lo afli-
gió muchísimo. Anna, aunque era muy inteligente, ni siquiera se había gra-
duado en el Gymnasium. El trabajo con niños, considerado menos duro que el
de adultos, se consideraba una ocupación apropiada para mujeres. Anna, la
hija soltera, fue puesta bajo la guía de Hug-Hellmuth, cuyas opiniones
asimiló.
Tuvo que ver también con el Kinderheim Baumgarten de Sigfried
Bernfeld, una escuela rural para niños judíos sin hogar que los
norteamericanos apoyaban como obra de compensación tras la Primera
Guerra Mundial, y después trabajó en dos clínicas de orientación infantil, una
para niños pequeños y otra para adolescentes, patrocinadas por la Sociedad
Psicoanalítica de Viena.
En junio de 1922 pasó a ser miembro de la Sociedad de Viena tras leer
su trabajo de ingreso “La relación entre la fantasía de golpear y un sueño
diurno”, aunque había asistido a reuniones antes de esta fecha. Por entonces,
Freud empezaba a sufrir de cáncer y Anna dio inicio a su vida profesional
como su consuelo, su enfermera y su protectora. Hacia 1926, tras la muerte de
Abraham, la deserción de Rank y la perturbadora “falta de fiabilidad” del
último de los discípulos de Freud, Ferenczi, sus presuntos sucesores* habían

* No parece haberse considerado a Jones.


[180] 1926-1939: LONDRES
desaparecido de la escena, y ninguno de los hijos camales de Freud parecía
siquiera remotamente interesado en el psicoanálisis. Además, no se suscitó
ninguna atracción especial entre Anna y alguno de los seguidores de Freud,
por más que el padre fomentara una boda de este tipo.
A medida que la salud de Freud empeoraba, la relación entre el padre y
la hija se hacía progresivamente más simbiótica. Analizada por Freud,19
recibía también de él sus atribuciones y no tenía más alternativa que asumir
el papel de alter ego. Para una joven inexperta, hacerse cargo de tan abru-
madoras responsabilidades en un momento decisivo de su vida, explica su
temor a aventurarse en aguas profundas, su insistencia en ceñirse a situacio-
nes manejables en las que pudiera llevarse a cabo el trabajo con niños y su
adhesión a una psicología del yo estructurado. Esta cautela supuso una
defensa contra el caos que, de otro modo, amenazaba con devorarla.
También sus celos de Sophie y el temor por la muerte de su padre pueden
haber provocado su rechazo del instinto de muerte, postulado por primera
vez por Freud en Más allá del principio del placer, en 1920, tras la muerte de
su hija.*
Era necesario asegurar rápidamente la reputación de Anna. En el prólo-
go a la edición de 1946 de su primer libro, The Psycho-Analytical
Treatment of Children comenta con cierta amargura que el libro fue en prin-
cipio rechazado cuando ofrecía su edición en inglés a la International
Psycho-Analytical Library. “No es culpa del autor”, señala cáusticamente,
“que el antiguo material contenido en esta publicación le sea presentado al
lector inglés en fecha tan tardía”.** 20 Dice también que la primera parte del
libro comprende un ciclo de conferencias realizadas en el Instituto de
Psicoanálisis de Viena en 1926 y que, la segunda parte, se leyó como comu-
nicación en el décimo Congreso Psicoanalítico de Innsbruck, en septiembre
de 1927. Podría haber añadido que el 19 de marzo de 1927 y ante la
Sociedad de Berlín, habló de la técnica de análisis infantil, lo que suponía
realmente un ataque a Melanie Klein. Klein, en aquellos momentos en
Inglaterra, era aún miembro de la Sociedad de Berlín por lo que envió una
contribución escrita para que se leyese en dicho encuentro en Berlín, pero
ésta no se hizo circular.
En Londres, Bárbara Low presentó el 14 de mayo un extracto del libro
de Anna Freud: “una reseña excelente y amplia, casi una traducción”, le ase-
guraba Jones a Freud. Las actas consignan que “la señora Klein hizo algu-
nas observaciones críticas”; y Eder, Glover, Riviere, Searl y Sharpe —a
quienes Jones caracterizaba ante Freud como “distintos e independientes

* Agradezco a una de mis alumnas, Ruth Fry, por haber ampliado mis
conocimientos de Anna Freud. Fry también me ha señalado que “The Relation of
Beating-Phantasies to a Day-Dream” es mucho más libre que su obra posterior.
** En los Estados Unidos apareció en 1929 como número 48 de la "Nervous and
Mental Disease Monograph Series”.
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [181]
entre sí”— desaprobaron unánimemente “el freno que la actitud de Anna
Freud imponía al desarrollo del análisis infantil”. En respuesta a las conside-
raciones de Freud, Jones manifestaba su pesar porque “Anna haya sido tan
apresurada y haya publicado sus primeras conferencias de forma tan inflexi-
ble y sobre una base empírica tan endeble. Advertí que podría lamentarlo más
tarde y que dar un paso tan precipitado le haría más difícil adoptar pos-
teriormente una posición más avanzada”.
Ofendida por el ataque que se le había dirigido, Melanie Klein le pidió a
Jones una oportunidad para responder los cargos de Anna. El le respondió
organizando un simposio sobre análisis infantil entre los miembros de la
Sociedad Británica. Cuando, más tarde, Freud mandó sus protestas por
escrito, Jones le explicó que anteriormente había escrito a Radó, el director de
la Zeitschrift, solicitándole que
el libro de Anna se reseñase a la vez por dos personas atendiendo a criterios dife-
rentes, tal como se había hecho en otras ocasiones, y su respuesta indicaba que únicamente
podría publicarse una reseña favorable. Sólo quedaba el Journal. Yo debiera haber
publicado en el Journal la traducción de la reseña de la Zetischrift, pero prometí a la
señora Klein que nuestras páginas estarían abiertas a cualquier contribución de su parte
en la que se determinasen sus puntos de discrepancia con Anna y se clarificara en general
la situación. Como usted supondrá, jamás se me ocurrió que Anna reclamase inmunidad
en cuanto a la crítica de sus escritos, y mucho menos que usted esperase que se le fuera
concedida tal inmunidad. Estaban en juego cuestiones científicas sumamente importantes
y, obviamente, me pareció que lo procedente era una discusión abierta en cualquier senti-
do. Evidentemente, no puedo simpatizar con la posibilidad de que se obstruya artificial-
mente una de las partes en cuestión, en especial cuando me pareció que era la más reno-
vadora y prometedora de las dos.
No se puede sino admirar el vigor con que Jones se enfrenta aquí con
Freud.
La Sociedad Psicoanalítica Británica celebró el 17 de enero de 1979,
muchos años después de su muerte, una sesión especial en memoria de Ernest
Jones en ocasión de su centenario. Entre quienes rendían homenaje a Jones
estaba Anna Freud, la cual atribuyó el juicio de las diferencias entre las
sociedades de Viena y de Londres a la llegada de Melanie Klein a Londres.
“Ernest Jones desaprobó mis primeras conferencias sobre el análisis infantil”,
decía, “y en una carta dirigida a mi padre lamentó su publicación”.21 Anna
Freud puede haber intentado saldar viejas deudas, pero la situación no fue
exactamente tal como ella la describe. Fue Freud el primero en escribir a
Jones objetándole la crítica del libro de Anna formulada en el simposio-de
mayo y aparecida en la edición del Journal de agosto de 1927.
En sus conferencias, Anna Freud no alude a Klein meramente en pas-
sant, sino que le dirige un ataque frontal, directo. Melanie Klein había afir-
mado que todos los niños debieran ser objeto de análisis como parte de su
[182] 1926-1939: LONDRES
educación general, mientras que el grupo vienés creía que el análisis era
necesario sólo en el caso de una neurosis infantil y que era “arriesgado” en
casos normales. |
Anna Freud reunió su experiencia de dos años y medio previos al reali-
zar diez “prolongados”* análisis de niños. A diferencia de Klein, creía que
las dificultades de los niños se debían a menudo a factores externos, y que
eran los padres, que sufrían ante la “perversidad” del niño, quienes busca-
ban un alivio tanto para sí mismos como para el niño. En otras palabras: ya
que desde el inicio se producía una diferencia esencial respecto del análisis del
adulto: en este último, el adulto toma deliberadamente la decisión de iniciar
un análisis.
En consecuencia, el analista infantil debe iniciar un período preparato-
rio, un “proceso lento y cauteloso para lograr una confianza que no podía
ganarse directamente”.22 Presenta a continuación una serie de ejemplos de los
distintos modos como logró que el niño le resultara accesible; en otras
palabras: sus distintos modos de establecer un estado de dependencia y una
transferencia positiva.
Al respecto del intento Melanie Klein por interpretar simbólicamen-
te todo lo que se registra en el juego del niño como expresión de la agresión
o de la unión sexual, ¿no puede tener una explicación simple? ¿No puede
tratarse de la representación de algo que el niño ha observado durante el día,
por ejemplo?
Pasa a considerar entonces las razones que, a su juicio, justifican la
necesidad de ganarse la confianza del niño. Cree que el análisis infantil
tiene una finalidad “educativa”, y que el analista sólo puede orientar al niño
del modo deseado si dispone de su confianza. Los impulsos negativos contra
el analista son “esencialmente inadecuados. 23 A diferencia de Melanie
Klein, quien opina que el comportamiento hostil del niño frente al analista
es reflejo de sus sentimientos hacia la madre, Anna Freud creía, lo contrario:
cuanto más afectuoso sea el vínculo del niño con la madre, tanto mayores
serán los recelos que manifestará a los extraños. Es imposible una transfe-
rencia interpretable ya que, para el niño, el analista no es una pantalla en
blanco en la que inscribir sus fantasías, sino alguien que posee un código de
conducta que comunica al niño.
Es, además, imposible llegar al inconsciente del niño pequeño, porque
el niño es incapaz de libre asociación, y sólo en el período de latencia tienen
lugar recuerdos de solapamiento. El niño todavía no ha experimentado la
elaboración de un superyó, y el posible yo ideal resulta ser sólo una identifi-
cación con los padres. “El analista debe 74lograr situarse en el lugar del yo
ideal del niño mientras dura el análisis.” El analista, en tanto que mentor
del niño, debe asumir aún más autoridad que los padres.
* Es imposible estimar qué entendía ella por análisis “prolongado”.
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [183]
Podemos suponer que el grupo inglés había leído cuidadosamente las
conferencias de Anna Freud y había llegado a la reunión del 4 y el 18 de
mayo con los argumentos en contra bien ordenados, aunque Jones asegura a
Freud que la reunión “no estuvo en modo alguno organizada ni influida”. La
discusión podría haberse centrado en el libro de Anna, pero “se discutió
ampliamente todo el ámbito del análisis infantil y los problemas relaciona-
dos con él, y se adujeron, desde distintas perspectivas, tantos puntos de vista
específicos y tantas consideraciones, que consideramos de interés publicar la
discusión en su totalidad”. Destaca que el propio grupo de Viena había sen-
tado ya un precedente en ese tipo de discusiones extensas.
El libro de Arma Freud era deliberadamente provocativo; y aunque
Jones admitía que Melanie Klein le había solicitado una oportunidad para
refutar los cargos que se le atribuían, él no se limitó a apoyar su oposición,
sino que le movió un espíritu inglés de juego limpio. Por esto sugirió que
quien deseara presentar en el simposio una contribución, sería bienvenido.
Cuando Freud reprochaba a Jones haberse apresurado a publicar las réplicas
en el Journal tres meses más tarde, Jones le contestaba que consideraba
agosto el momento idóneo para incluir les comentarios porque había escasez
de materiales para esa edición, mientras que, si hubiera esperado hasta el
congreso bianual de septiembre, se habría visto inundado con las comunica-
ciones del congreso. Era una explicación razonable; pero no hay duda de
que consideraba el Journal un foro para el debate científico: si Freud se que-
jaba de los puntos de vista contrarios a los suyos o a los de su hija, tant pis.
Joan Riviere, que se había analizado con Freud y que durante algunos
años se había encargado de traducir sus obras al inglés, tradujo la aportación
de Melanie Klein del alemán al inglés. Los argumentos están ordenados tan
clara y coherentemente, que cabe considerar su participación asimismo en la
organización del artículo.
Anna Freud había sugerido que el papel del analista debía limitarse a
ejercer una influencia educativa. En el simposio, Klein se propuso demostrar
que esa posición era exactamente contraria al precedente ya establecido en
el análisis infantil. En el más temprano de los casos registrados, el del
pequeño Hans en 1909, Freud se había adelantado a posibles objeciones en el
sentido de que se pudiera dañar al niño colocándolo ante aspectos de su
inconsciente:
Pero debo ahora indagar qué daño se ha hecho a Hans llevando a la luz complejos
tales que no sólo son reprimidos por el niño, sino temidos por sus padres. ¿Pasa el
¿muchachito a emprender alguna acción seria en relación con lo que deseaba de su madre?
¿O provocan estas intenciones contra su padre malas acciones? Sin duda, tales recelos
habrán acudido a la mente de muchos médicos que entienden mal la naturaleza del psico-
análisis y piensan que se fortalecen los malos instintos al hacerlos conscientes.25
Por otra parte, H. Hug-Hellmuth, que rechazaba la idea de analizar a
[184] 1926-1939: LONDRES
niños muy pequeños, rehuía enteramente penetrar en profundidad en
complejo de Edipo por temor a despertar tendencias reprimidas que el niño
era incapaz de asimilar, y consideraba el papel del analista atendiendo a una
influencia educativa, opiniones que Anna Freud evidentemente hizo suyas.
No obstante, Klein, en el primer artículo que publicó. “El desarrollo de
un niño” (1921) —el análisis de un niño de cinco años y tres meses
había observado que investigar el complejo de Edipo en profundidad era a la
vez posible y saludable.
Compruebo que, en un análisis llevado a cabo de este modo, no sólo era innecesario el
esfuerzo del analista por ejercer una influencia educativa, sino que ambas cosas eran
incompatibles.26
La conclusión implícita era la siguiente: ella había seguido la tradición
de Freud, mientras que Anna se había sometido al enfoque, más tímido, de
Hug-Hellmuth. A Klein no le sorprendía que en un intervalo de dieciocho
años en el análisis infantil el progreso hubiese sido lento, puesto que el
grupo de Viena parecía convencido de que “al analizar a niños no sólo no
podemos descubrir más, sino en realidad menos del primer periodo de vida
que cuando analizamos a adultos”.27 Estos prejuicios habían provocado,
según Klein, la resistencia interna a hallar una técnica adecuada. Klein enu-
mera entonces los cuatro puntos principales del libro de Anna Freud y pasa
a desarticularlos uno por uno: que no era posible el análisis del complejo de
Edipo del niño, puesto que podría interferir en las relaciones del niño con
sus padres; que el análisis de niños debe ejercer en éstos sólo una influencia
educativa; que no puede efectuarse una transferencia de neurosis debido a
que los padres ejercen aún un papel dominante en la vida del niño; y que el
analista debe hacer cuanto pueda para ganarse él la confianza del niño.
Ante todo Klein dirige su crítica a “los artificiosos y molestos medios”
a través de los cuales Anna Freud se convierte en aliada del niño: mecano-
grafiar letras, hacer vestidos para las muñecas, etcétera.* Por otra parte,
Klein se abstiene de mencionar cualquier medio de persuasión, como los
regalos o los halagos. Según ella, es necesario analizar constantemente por
qué el paciente caracteriza a uno como una figura investida de autoridad,
amada u odiada.
La diferencia más importante entre ambas estriba en el hecho de que
Anna Freud veía a los niños como seres totalmente distintos de los adultos,
mientras que Klein, convencida de que los niños se encuentran aún en gran
medida bajo el imperio del inconsciente, considera que el análisis del
inconsciente es su tarea principal. Debe aceptarse que el sufrimiento es parte

* El Profesor Peter Heller recuerda que durante su análisis con Anna Freud, cuando él era
niño, desde 1929 hasta 1932, ella estaba “siempre tejiendo”.
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITANICA [185]

necesaria del análisis y que la ansiedad puede mitigarse sólo si se obliga al


sufrimiento y a la culpa a emerger a la conciencia; Arma Freud rehúye pene-
trar en los niveles más profundos del inconsciente por temor a que el niño
enloquezca.
Lo que Alix Strachey señalaba como el lado “sentimental” de Arma
Freud confirmaba que Melanie Klein no tenía justificación para concluir
que, si el niño reacciona de manera hostil, ello indica que está obrando una
transferencia negativa, porque ‘‘cuanto más afectuoso es el vínculo que une
al niño con su madre, menos son los impulsos amistosos que quedan en él
para los extraños”.28 En la contraria experiencia de Klein, cuando la hostili-
dad se remontaba a la madre, la ansiedad del niño disminuía. También había
comprobado que, como en el caso de los adultos, intentando resolver alguna
parte de la transferencia negativa, a la transferencia positiva sucede a su vez
una reemergencia de la negativa. La reaparición de la ansiedad es un signo de
que el inconsciente es más libre para expresarse en la fantasía.
Anna Freud había atacado la interpretación que Klein hacía del conteni-
do simbólico del juego, considerando que la naturaleza del juego muy bien
puede estar determinada por acontecimientos reales de la vida cotidiana. “Si
un niño destruye una farola de la calle o una de las figuras de un juego, ella
[Klein] interpreta que probablemente se deba a tendencias agresivas contra
el padre, mientras que si el niño hace que dos carritos choquen, considera
que ello implica la observación del coito de sus padres.”29 Klein responde
indignada que Anna Freud entiende mal todo el planteamiento. Si tales acti-
vidades estaban acompañadas por ansiedad o por culpa, entonces las vincu-
laba con el inconsciente, dirigiendo esta interpretación por las mismas
consideraciones teóricas que en el caso del análisis de un adulto. Su meta
última era conseguir que el niño se expresase hablando —en la medida en
que era capaz de ello—, porque la meta de todo análisis es poner al paciente
a contacto con la realidad.
La técnica del juego, subrayaba, es el medio esencial para llegar al
inconsciente del niño. Usando del modo correcto, inevitablemente conduce al
complejo de Edipo; afirmaba:
El análisis de niños muy pequeños ha mostrado que, aun en el niño de tres años, la
parte más importante del desarrollo del complejo de Edipo ya ha transcurrido. Por tanto,
está muy alejado —mediante la represión y los sentimientos de culpa— de los objetos
originariamente ha deseado. Sus relaciones con ellos han sufrido distorsión y trans-
formación, por lo que sus actuales objetos de amor son imagos de los objetos originarios.30
No sólo se estaba apartando de la concepción ortodoxa según la cual el
superyó es el residuo de la superación del complejo de Edipo, sino que, a
partir de las observaciones que había hecho en niños pequeños, reconocía un
complejo de Edipo de “fantástica severidad” que derivaba de los impulsos
[ 186] 1926-1939: LONDRES

canibalísticos y sádicos del propio niño. Según ella consideraba, el complejo


de Edipo sobreviene de la experiencia del destete, esto es, a finales del pri-
mer año o a comienzos del segundo. En la vida ulterior, cuando el adulto
sufre de ansiedad por las autoridades que teme, ello se debe a que “se reacti-
van o31se refuerzan los antiguos conflictos a partir de la aspereza de la reali-
dad”. En el curso de su desarrollo el niño erigirá todo tipo de yos ideales,
pero en el fondo hay “ un 32superyó que está firmemente arraigado en él y cuya
naturaleza es inmutable”.
Klein compara su propia paciente de seis años, Erna, con la de Anna
Freud, “una niña de siete años neuróticamente perversa”. Las dos niñas
padecían neurosis obsesiva. Más que profundizar al respecto, Anna Freud
intentaba persuadir a su pequeña paciente de que ella no podía odiar a su
madre, que evidentemente la quería tanto. Para Klein, la compulsiva perver-
sidad de Erna era manifestación de su necesidad de castigo, vinculada con
sus fijaciones orales y anales más tempranas y con los sentimientos de culpa
relacionados con ellas. Lo que Anna Freud hacía era procurar reforzar el
superyó, mientras que Klein se c forzaba por modificar su severidad punitiva.
El largo artículo de Klein se proponía no sólo refutar las críticas de
Anna Freud y desacreditar su procedimiento, sino subrayar una y otra vez
que su propio método era verdadero psicoanálisis. Los demás trabajos pre-
sentados en el simposio eran relativamente breves, pero todos ellos apoya-
ban en gran medida las opiniones de Klein. El argumento de Joan Riviere es
importante ya que destaca un aspecto del inconsciente del niño que iba a
desempeñar un papel de importancia en las formulaciones de Klein, a saber,
el papel de la fantasía. Los objetos de las fantasías pregenitales no son los
padres reales sino imagos inconscientes de ellos, las cuales son a su vez
transferidas más tarde a los padres reales y elaboradas en ellos. Basadas en
identificaciones, no tienen, prácticamente, implicaciones morales. Concluye
con una aguda observación:
El psicoanálisis es el descubrí miento hecho por Freud de lo que acontece en la ima-
ginación de un niño y provoca una gran repulsión en todos nosotros; esa “puerilidad”,
esas fantasías inconscientes son aborrecidas y temidas —y, sin saberlo, añoradas— por
nosotros aún ahora; y por esa razón los analistas dudan en sondear esas profundidades.
Pero el análisis no se ocupa de nada más; no se ocupa del mundo real ni de la adaptación
del niño o del adulto al mundo real, ni de la enfermedad ni de la salud, ni de la virtud ni
del vicio. Le importa única y simplemente la imaginación de la mente del niño, los pla-
ceres imaginados y las retribuciones temidas.33
Anna Freud no podía haber recibido una reprimenda más gentil.
Nina Searl, una mujer moderada según la opinión general, atestigua que
tras aprender los métodos de Klein en las conferencias de Londres de 1925,
le fue posible desarrollar una técnica de juegos que le ofreciese confianza;
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [187]

una técnica que considerase las diferencias del yo en el niño y en el adulto,


pero que reconociese similitudes libidinales y fuese susceptible de adaptarse
a diferentes edades. Ella Sharpe era aún más clara que Joan Riviere en cuan-
to a las resistencias de algunos analistas:
El problema del análisis de niños parece hallarse más sutilmente relacionado con
las profundas e inexploradas represiones del propio analista que el análisis de adultos.
Racionalizaciones que manifiestan que el niño es demasiado joven, que la debilidad del
superyó del niño hace indispensable una simbiosis entre pedagogía y psicoanálisis,
etcétera, se fundan en la inquietud de ése mismo superyó infantil del analista que tiene
que tratar con el niño que tiene ante sí. 34
Edward Glover expresaba su consternación por el hecho de que mien-
tras que Melanie Klein había realizado casi exclusivamente su trabajo en el
ámbito del análisis de niños, otros analistas, sin experiencia, se atrevían a
criticarla; aun la posición de Anna Freud era débil, pues su experiencia ana-
lítica se había limitado al período de latencia. Veía una similitud entre la
“fantasía forzada*' de Ferenczi y el uso que Melanie Klein hacía de los jue-
gos y, en situaciones en las que el analista se sentía sin posibilidades de
avanzar en relación con su paciente, cabía la posibilidad de recomenzar
siguiendo el método kleiniano de observación directa.
Por último, Ernest Jones habló sólo en términos generales, por limitarse
su experiencia a dos chicos de nueve años. Fue el único participante que no
nombró directamente a Anna Freud; pero afirmó su opinión de que se había
reunido suficientes pruebas "no sólo para justificar la continuación de tales
investigaciones con niños, sino para sustentar que los temores de los críticos
son aquí en realidad tan infundados35como se ha demostrado hace tiempo que
le son en relación con los adultos”. Las conclusiones sobre las neurosis en
todo el espectro de la vida humana, sólo pueden verificarse mediante la
experiencia, no desde la especulación, y, considerando las evidencias reuni-
das hasta el momento, expresaba su esperanza de que “experimentaremos
este último triunfo de la teoría y de la práctica psicoanalíticas”.
No es sorprendente que Freud sospechara que Jones estaba organizando
una “campaña formal” contra Anna, en especial cuando cada uno de los
expositores se habían dirigido a uno de los aspectos concretos de la discu-
sión; pero difícilmente podía quejarse de que Jones no lo hubiese mantenido
al tanto de los desarrollos acaecidos en Inglaterra. Jones mantenía un lado
astuto que no había pasado desapercibido a Freud. Freud, por otra parte, era
quisquilloso, y sus colegas, cuando se producía un desacuerdo, no tenían
más remedio que acercarse con guante blanco. La carta que Jones le envió el
16 de mayo de 1927 es un modelo de astuta adulación. Comienza por expre-
sar la gratitud que siente por Freud a medida que pasan los años; y añade
que se siente impulsado a expresarla una vez más debido al maravilloso pro-
greso que han hecho sus dos niños en sus análisis, que empezaron en sep-
[188] 1926-1939: LONDRES
tiembre anterior. “Los cambios que se han producido son ya tan sorprenden-
tes y tan importantes que me siento lleno de gratitud hacia quien los ha
hecho posibles, esto es, hacia usted.” Pasa entonces a describir detallada-
mente las neurosis que ellos habían estado padeciendo: caprichos, proble-
mas con la comida, berrinches e inhibiciones para el juego. “Es claro que
estaban luchando con conflictos infantiles que de otro modo sólo habrían
concluido con un compromiso insatisfactorio, con un alto precio para la per-
sonalidad.” (Omite decir que los niños estaban en el período de prelaten-
cia.)
Expresando ingenua ignorancia acerca de la actitud de Freud respecto
del tema, afirma su propia opinión según la cual es preferible tratar las neu-
rosis cuando se hallan
aun en estado de ductilidad, y no después que la mente se ha fijado y se ha organi-
zado sobre una base enfermiza y con graves consecuencias. No sé qué piensa usted exac-
tamente, pero, en mi opinión no hay duda alguna al respecto. Las objeciones puramente
teóricas académicas que suelen formularse —por ejemplo, sobre la estabilidad del super-
yó del niño, etcétera— tienen una perfecta respuesta en la piedra de toque de la experien-
cia, y me pregunto si algunas veces no son expresión encubierta de una duda persistente
acerca de la realidad de los fenómenos y acerca de la riqueza y la capacidad de la mente
del niño. Toda nuestra experiencia pone de manifiesto hasta qué punto eran conectas sus
conclusiones al atribuir al niño una madurez mucho mayor de la que se había sospechado.
Jones no refiere ni una sola vez que era Klein la persona que estaba
analizando a sus hijos.* Es significativo también que la carta se escribiera
dos días antes de que tuvieran lugar las discusiones consagradas por la
Sociedad Británica al libro de Anna Freud; y en ese momento Jones debe
haber decidido que las publicaría in toto en el Journal, sabiendo muy bien que
serían sumamente críticas. No obstante, concluye su carta muy sinceramente:
Lamento no poder estar de acuerdo con algunas de las orientaciones expresadas en
el libro de Anna Freud, y no puede menos que pensar que se deben en parte a algunas
resistencias imperfectamente analizadas;** en realidad, creo que esto puede demostrarse
detalladamente. Es una pena que publicase el libro tan pronto —sus primeras
conferencias—, aunque espero que pueda mostrarse tan abierta como su padre a las
ulteriores experiencias. Incrementa esta esperanza mi admiración por todas sus otras
cualidades, incluidas las analíticas.
* Parece que nunca le dijo a Freud que Klein analizaba también a su mujer.
** ¿Sospechaba Jones que Freud había analizado a Anna? Jones podía haberle
recordado a Freud que este último, en una alocución que dirigió a sus discípulos, el 16 de
mayo de 1926, en ocasión de su retiro del movimiento psicoanalítico, les recordaba que
‘'difícilmente puede exagerarse el poder de las resistencias internas contra la aceptación de
las tendencias inconscientes”. (Ernest Jones, Vida y obra de Sigmund Freud, III.)
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [189]
Freud le respondió que había intentado, en la medida de lo posible, no
tomar partido. La obra de Anna era totalmente independiente de la suya, y
todas las conclusiones que extraía se basaban en su propia experiencia. En
cuanto al punto de vista de Freud mismo: “la opinión de la señora Klein sobre
la actitud del yo ideal en el niño me parece enteramente imposible y está en
contradicción con todos mis presupuestos”. A Freud le molestaba claramente
la insinuación de Jones en el sentido de que Anna no había sido
suficientemente analizada:
Cuando los analistas sostienen opiniones diversas respecto de un punto, lo que se
supone es que la opinión errónea de uno puede originarse por no haber sido
completamente analizado, de manera que se (leja influir por sus complejos en perjuicio de
la ciencia. Pero considero que en la polémica práctica tal argumento no es admisible, pues
cada una de las partes puede hacer uso de él y ello no permitiría llegar a un juicio en cuanto
a cuál de las partes está en el error.
Jones replicaba tranquilamente que no entendía por qué Freud objetaba
tan vehementemente la opinión de Melanie Klein acerca del superyó:
La única (sic) diferencia de que tengo conocimiento es que ella sitúa tanto el con-
flicto edípico como la génesis del superyó un año o dos antes del momento en que usted lo
ha situado. Como uno de los principales descubrimientos que usted ha hecho es que, tanto
sexualmente como moralmente, los niños son mucho más maduros de lo que generalmente
se ha supuesto, he considerado las conclusiones empíricas de Frau Klein como simples
continuaciones directas de las de usted.
Jones le pedía por tanto a Freud que le dijera dónde estaban las
diferencias.
La réplica de Freud era evasiva. Respaldaba la creencia de Klein de que
los niños pequeños son más maduros de lo que él había advertido; pero se
manifestaba ahora con notable franqueza para un hombre que se abstenía de
tomar partido:
Yo contradiría a la señora Klein en cate punto: que ella considera el superyó del niño
Independiente del de los adultos, mientras que a mí me parece que Anna está en lo conecto
al subrayar que el superyó infantil está aún bajo la influencia directa de los padres.
Que el ánimo de Anna era belicoso es algo que se confirma en el hecho
de que años después recordase: “Desde 1927 en adelante, en Viena, un
grupo de analistas a los que más tarde se unieron colegas de Budapest y de
Praga, mantuvieron conmigo reuniones regulares para discutir la técnica de
análisis infantil. Yo sugería informar de los casos tratados con ese método,
comparar resultados y aclarar el trasfondo teórico de nuestros hallazgos clí-
nicos”.36 Ese era el comienzo de la Conferencia Anual de los Cuatro Países.
[190] 1 9 2 6 - 19 3 9 : LONDRES

Normalmente, el desarrollo de los conceptos psicoanalíticos se ha ajus-


tado a un esquema de respuesta y contrarrespuesta. Las cartas de Freud a
Jones son interesantes como muestra de la reacción de Freud a las opiniones
de Melanie Klein, puesto que son muy pocas las referencias que hace a ella
en su obra publicada.* Empero, mientras que las influencias no siempre son
fáciles de identificar absolutamente, es posible sustentar que Klein pudo
conducir a Freud a la revisión de algunas de sus opiniones anteriores. Es una
cuestión que podría ser estimada en relación con uno de sus trabajos más
importantes: “Inhibiciones, síntomas y angustia”. Escrito en julio de 1925
—el mismo mes en que Klein daba sus conferencias en Londres—, se publi-
có a comienzos del año siguiente. Sería la última expresión fundamental de
su concepción sobre la ansiedad, aun cuando volvió sobre el tema siete años
más tarde en sus Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis.
“Inhibiciones, síntomas y angustia” se escribió como refutación a la
teoría de Rank sobre el trauma del nacimiento, que Freud inicialmente se
había inclinado a considerar favorablemente; no incluye ciertamente nada
de la agria polémica relacionada con sus ataques contra Adler. El tono es
reflexivo, casi triste. No sólo invierte su idea anterior de que la ansiedad
resulta de la represión, sino que considera a aquélla ahora simplemente
como una de las muchas defensas empleadas por el yo. Está dispuesto a
admitir que el acto de nacer es el prototipo de la ansiedad, pero no está de
acuerdo con que los accesos posteriores de ansiedad sean simplemente repe-
tición de aquella experiencia originaria, porque en su mayor parte aquellos
accesos indican la aproximación de un peligro. La ansiedad mórbida puede
emanar del ello o del superyó. Como en el pasado, continuaba insistiendo en
que en los varones es el temor de ser castrado y en las mujeres el temor a la
pérdida de amor.
Freud parece estar pensando en voz alta debido al tono de melancólica
perplejidad con que formula una serie de preguntas retóricas:
...muchas personas siguen siendo infantiles en su conducta respecto del peligro y
no superan las causas determinantes de la ansiedad que han surgido posteriormente.
Negar tal cosa sería negar la existencia de la neurosis, porque son precisamente esas per-
sonas las que llamamos neuróticas. Pero, ¿cómo es esto posible? ¿Por qué no son todas
las neurosis episodios del desarrollo del individuo que concluyen cuando se alcanza la
fase siguiente? ¿De dónde proviene el elemento de persistencia en esas reacciones al
peligro? ¿Por qué sólo el afecto de ansiedad parece gozar, frente a todos los otros afec-
tos, de la prerrogativa de suscitar reacciones que se distinguen del resto por ser anorma-
les y que, por su inconveniencia, se oponen al movimiento de la vida? En otras palabras:
una vez más llegamos inadvertidamente a enfrentamos con el enigma que tantas veces
nos ha salido al paso: ¿de dónde proviene la neurosis? ¿Cuál es su raison d’être última y

* El índice de la edición inglesa registra tres referencias en notas al pie, pero hay en
realidad un importante comentario en “Sexualidad Femenina” (1931).
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [191]
peculiar? Tras muchos años de trabajo psicoanalítico nos hallamos en una ignorancia tan
grande en relación con este problema como lo estábamos al comienzo.37
Freud, con agudos dolores por su cáncer en la mandíbula, se hallaba en
un estado de pesimismo y desesperación. Advenía que no se había aproxi-
mado a la comprensión de los orígenes de la ansiedad; no así Melanie Klein,
quién llegaba al Décimo Congreso Internacional de Insbruck a comienzos de
septiembre de 1927 rodeada, por primera vez, de un círculo de discípulos
leales y optimistas.
El 3 de septiembre, Anna Freud trascendió los seguros parámetros
familiares en cuanto al modo de ejercer el análisis infantil. Destacó que
Melanie Klein había afirmado que ella —Anna— no penetraba en el com-
plejo de Edipo de sus pacientes. Se disponía ahora a mostrar que sí lo hacía:
dentro de la escala temporal y de los presupuestos del esquema tradicional
que Freud había señalado. Su paciente de siete años de edad temía perder el
amor. Anna concluía con dos cuestiones: la diferencia entre el superyó del
niño y el del adulto, y el papel educativo del analista. Si las exigencias del
superyó del niño disminuyeran (Melanie Klein consideraba ésa su meta fun-
damental), el niño podría llegar a radicalismos y a permitirse cosas más allá
de lo que aun el enlomo más libre podría tolerar. Y, puesto que el superyó del
niño depende tamo de factores externos, es esencial que el analista se
responsabilice de la educación del niño durante el período del análisis. En
otras palabras: su comunicación era sólo una confirmación más vehemente-
mente de lo expresado de sus trabajos iniciales.
Al mismo tiempo, Melanie Klein exponía “Estadios tempranos del con-
flicto edípico”, comunicación cuyas ideas eran más provocativos que las :
presentadas anteriormente. Por primera vez aclara aquí que en algunos pun-
tos se aparta radicalmente de Freud: en la determinación del momento de
aparición del complejo de Edipo; en su opinión de lo que éste constituía; en
la diferencia psíquica entre niños y niñas, y en el comienzo de sus respecti-
vas neurosis.
Empieza por remitir a su anterior trabajo de Salzburgo, “Principios psi-
cológicos del análisis infantil” (1926), con el cual había suscitado olas de
sobresalto al esquematizar la siguiente secuencia: (1) las tendencias edípicas
se liberan por la frustración del destete; (2) aparecen por primera vez a fina-
les del primer año o a comienzos del segundo; (3) se refuerzan mediante la
frustración anal producida durante el adiestramiento para hacer las necesida-
des solo.
Pasa entonces a ocuparse de la influencia determinante en la diferencia
anatómica entre los sexos y a los temores que consecuentemente experimenta
uno y otro; todo ello conforma una serie de reflexiones que se oponen clara-
mente a las opiniones, tenazmente sostenidas por Freud, acerca de la ansie-
dad masculina de la castración y del temor femenino a la pérdida de amor.
[192] 1 9 2 6 - 19 3 9 : LONDRES

Ferenczi consideraba que la culpa se remonta a la “moralidad esfinte-


riana” y Abraham que a la temprana fase sadicoanal que sigue al nivel cani-
balístico en el que la ansiedad aparece por primera vez. Klein está dispuesta
ir aún más allá: la culpa se sigue del complejo de Edipo, en el que los
objetos de amor se han introyectado: y en un niño de un año “el comienzo
del complejo de Edipo adquiere la forma del temor a ser devorado o destruí
do”.38 En oirás palabras: cuando el bebé está aún en la etapa oral, ya ha for-
mado una imago, un superyó que lo castiga de la única forma comprensible
para su experiencia pregenital.*
Freud estaba de acuerdo con Rank en que el nacimiento es el prototipo de
toda ansiedad. Klein toma un camino diferente: las frustraciones oral y
anal son el prototipo de toda otra frustración ulterior y, en tanto también
significan castigo, suscitan la ansiedad.
La curiosidad infantil es incapaz de expresarse verbalmente, y su frus-
tración se expresa en una sorprendente proporción de odio. De ahí, Klein
concluía que la conexión temprana entre el impulso epistemofílico y el odio
es importante para todo el desarrollo mental. Desde el momento en que las
tendencias edípicas han devenido operativas, el niño siente curiosidad por el
cuerpo de su madre y desea apropiarse de sus contenidos, deseo que se une a
sus sentimientos edípicos de modo tal que provoca la culpa. Este esquema es
común a los dos sexos hasta la fase sadicoanal.
El niño comienza a convertir a su madre en objeto de amor, de manera
que, además de la culpa por sus fantasías sádicas, empieza a temer la castra-
ción a manos de su padre. Las conclusiones que Klein extraía de esto tendrían
importantes consecuencias en su comprensión del desarrollo mental: el
momento en que el niño supere las frustraciones orales para alcanzar la
situación genital, dependerá en parte de su capacidad de tolerar la ansiedad.
Si el bebé desea despojar el cuerpo de su madre de sus contenidos,
éstos serían sus heces; pero en la medida en que el bebé pasa a lo que Klein
describe como la “fase de la femineidad”, desea entonces sustraerle los bebés
así como los pechos que le han proporcionado alimentación; su voracidad
abarca el pene del padre, que él supone absorbido por el cuerpo de su madre.
Tiene la fantasía de que su madre lo castigará con la castración por lo que él
desea hacerle. De ahí que el superyó formado en este período esté constituido
por la combinación de las figuras persecutorias del padre y la madre.
¿Cómo afronta el niño la dificultad de su complejo de femineidad? Su
incapacidad de tener un bebé es recompensada con la superioridad que él

* Según el doctor James Lieberman, Rank empleó el término “preedípico” en 1927 y


posiblemente antes. En su “Literary Autobiography” (1930) Rank habla de “la fuente
primaria del superyó en las inhibiciones preedípicas (maternas). El superyó preedípico ha
sido más tarde notablemente destacado por Melanie Klein (sin referencia alguna a mí)”.39
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [193]
asume por poseer un pene. Su orgullo masculino arraiga básicamente en el
temor de la retaliación. Las dificultades neuróticas futuras suelen ser expre-
sión de una incapacidad para resolver los conflictos relacionados con la fase
de la femineidad.
La contribución de Klein a la explicación de la sexualidad femenina
nunca ha sido suficientemente reconocida. Digamos» primero, una palabra
sobre la discusión en tomo del “falocentrismo” freudiano, cuestión muy
debatida por Freud y Abraham en su correspondencia. En el trabajo de
Abraham de 1924, ‘'Manifestaciones del complejo femenino de castración”,
en el que prosigue su interés por el período preedípico, hace algunas obser-
vaciones interesantes sobre la reacción de la niña ante el reconocimiento de
que ella nunca ha tenido un pene. ¿Cómo producirlo entonces, o cómo le
puede ser dado? Un niño. Ahora comienza a envidiar a su madre y a desear un
niño de su padre. En última instancia, esos sentimientos deben sublimarse
mediante el cultivo de una receptividad femenina pasiva.
Karen Horney entró valientemente en la polémica oponiéndose a su
propio analista, Abraham, presentando en el Congreso de Berlín de 1922 su
trabajo “Acerca de la génesis del complejo de castración en las mujeres”.*
Inicia su exposición con un resumen de las opiniones de Abraham. Pasa
entonces a explicar lo que realmente ocurre en la vida de una niña pequeña.
Como la falta de pene la coloca en situación de desventaja, se identifica con
su madre, pero el inevitable rechazo por parte de su padre hace que regrese a
la fase pregenital de la envidia del pene, lo cual significa que su futura rela-
ción con los hombres estará teñida de venganza y engaño. La mujer que ella
presenta es una rebelde y no el tipo de mujer pasiva, sumisa, que Freud y
Abraham consideran como la mujer “normal”.
En el trabajo de Helene Deutsch, “La psicología de las mujeres en rela-
ción con las funciones de reproducción” (1925), se recoge la posición orto-
doxa, prestándose gran atención a la inferioridad del clítoris en comparación
con el pene. En “The Phallic Phace” (1933), Ernest Jones comenta que
quienes han escrito amablemente sobre la sexualidad femenina se han preo-
cupado por subrayar los puntos de acuerdo con sus colegas, de manera que la
divergencia de opiniones no siempre se ha expresado plenamente”.40 En el
trabajo presentado por Melanie Klein en Innsbruck “Estadios tempranos del
complejo edípico“, la autora afirma que está de acuerdo con Helene Deutsch
en cuanto a que el desarrollo genital de la mujer se completa sólo con la
evolución exitosa de la libido oral a la genital. No obstante, ella cree que el
proceso comienza con “las primeras excitaciones de las pulsiones genitales,
y que el objetivo oral, receptivo, de los genitales ejerce una influencia deter-

* Abraham escribió su trabajo en 1919, lo expuso en La Haya en 1920 y lo publicó


en 1922. Horney lo expuso en 1922, lo publicó en alemán en 1923 y en el International
Journal of Psycho-Analysis en 1924.
[194] 1926-1939: LONDRES
minante en la tendencia de la niña hacia su padre ”.41 A diferencia de todos
sus predecesores, afirma su convencimiento de que las niñas tienen un cono-
cimiento innato de su vagina. Está implícitamente de acuerdo con Horney en
cuanto a que la masturbación no le proporciona a la niña nada similar al
placer que proporciona a los niños, y que su frustración constituye otra razón
de las dificultades de su desarrollo. Aunque no tienen que luchar contra la
ansiedad de la castración que experimentan los niños, tienen sus propios
problemas. Su impulso epistemofílico aparece por primera vez durante el
complejo de Edipo, cuando descubre su falta de pene, cosa de la que culpa a
su madre, mezclándose por tanto con el temor causado por sus impulsos de
despojarla y a destruirla.
Según Freud, la niña, al descubrir su carencia de pene, se dirige a su
padre. Melanie Klein estaría de acuerdo en que ello refuerza su complejo de
Edipo en este estadio de su desarrollo, pero considera “el destete la causa
fundamental de que se dirija hacia su padre’’.42 Tal identificación con el padre
está menos cargada de ansiedad y, debido a su difícil relación con su madre,
el odio y la envidia se convierten en poderosos motivos para desear poseer al
padre. La madre que frustra persiste en la vida mental del niño como la madre
que es objeto de temor. Si la niña es capaz de superar sus obsesiones sádicas y
desarrolla una relación más positiva con su madre, podrá finalmente
fortalecer mucho el amor por su marido, “puesto que para la mujer, él
representa al mismo tiempo a la madre que da lo que desea y al niño
amado”.43
La ansiedad y la culpa pueden, sin embargo, perjudicar la capacidad
maternal de la mujer. Desde el momento en que ha tenido la fantasía de des-
truir el interior del cuerpo de su madre, teme inconscientemente un castigo en
sus propias funciones maternas. Por eso, tras el constante acicalarse de
algunas mujeres, está la voluntad de restauración del encanto perdido. La
ansiedad de la niña por su capacidad de maternidad es análoga al temor del
niño por la castración; la ansiedad de la niña está determinada por el super-yó
materno y la del niño por el paterno.
Si bien estaría de acuerdo con Freud en que el superyó de la niña se
desarrolla por caminos diferentes a los del superyó del niño, Melanie Klein
observa la incidencia del superyó paterno en las metas inalcanzables a que
una niña ambiciosa es empujada. Cuando éstas se combinan con la propia
capacidad de sacrificio y con dotes intuitivas procedentes de la madre, la
mujer es capaz de alcanzar la plenitud. En el caso del niño, en cambio, es el
superyó paterno el que obra con más fuerza y el que da cuenta del “trabajo
creador, más constante y objetivo”.44 ¿Creía que la niña debía luchar más
duramente porque durante años sus propias cualidades habían quedado en
suspenso por habérsele impuesto el sacrificado papel de mujer y madre
ejemplares y, según las pautas convencionales, había fracasado lamentable-
mente? Klein rinde homenaje a Karen Horney, “que fue la primera en inves-
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [195]
tigar los orígenes del complejo de castración en45las mujeres en la medida en
que éstos permanecen en la situación edípica”. Estas mujeres analistas no
podían superar totalmente las costumbres de su tiempo, pero debe recordarse
que fueron notables en las cuestiones que deseaban revisar y en la profesión
misma a la que consagraron su vida:*
Melanie Klein concluye afirmando que no cree haberse opuesto esen-
cialmente a Freud al situar los procesos relacionados con el complejo edípi-
co en un momento anterior al aceptado, o al describir las diferentes fases
fusionándose unas con otras de una manera menos rígida de lo que anterior-
mente se había admitido. (Sin embargo, comparada con sus concepciones
posteriores, la que sostenía entonces estaba aún relativamente enraizada en
los estadios libidinales estratificados de Abraham.) Es posible reconocer cla-
ramente el complejo de Edipo entre los tres y los cinco años, pero lo que
ocurre en el oscuro período pregenital adquiere un papel determinante en el
desarrollo del superyó, en la formación del carácter y en la sexualidad. En
“Situaciones infantiles de angustia” (1929) reitera de una manera enfática que
va más allá de las antiguas situaciones de ansiedad descritas en
“Inhibiciones, síntomas y ansiedad”, para llegar hasta los “deseos sádicos”
de la niña, “que se originan en los estadios tempranos del conflicto de Edipo,
de despojar el interior del cuerpo de la madre, a saber, el 46pene del padre, las
heces y los niños, y de destruir a la madre misma”. No obstante, el
reconocimiento del daño que está causando conduce a la reparación y a todos
los actos creativos, que son en realidad formas de sublimación. Klein tendía a
una interpretación cada vez más constructiva del proceso.
Aunque Freud no asistió al Congreso de Innsbruck, la sombra de su
presencia se proyectaba sobre aquél. Eitingon, que había asumido la presi-
dencia de la Asociación Internacional tras la muerte de Abraham, deseaba
abandonar el puesto. Freud, temiendo que a Eitingon le reemplazase Jones, y
advirtiendo que su candidato favorito, Ferenczi, resultaría inaceptable,
convenció al opaco pero fiable Eitingon para que continuara en su puesto.
Tras el congreso, los delegados hicieron su peregrinación para comparecer
ante el enfermo, de vacaciones en el Semmerig, y rendirle homenaje.
El encuentro entre Jones y Freud se caracterizó por una fría cortesía y
ambos eludieron temas polémicos. No obstante, Anna debió informar a su
padre acerca de la naturaleza de la comunicación de Melanie Klein,** por-
que a los pocos días de partir Jones hacia Londres le envió una furiosa carta.
En Freud había revivido la indignación ante la “campaña formal” emprendi-
da por el grupo inglés contra Anna. Freud nunca había dejado de plantarse la
* Deutsch, Klein y Horney eran analizadas por Abraham, pero llegaron a
concepciones significativamente distintas de la sexualidad femenina.
** Lo mismo que del trabajo del propio Jones “Early Development of Female
Sexuality”, que apoyaba las relaciones de Klein entre los estadios anal y edípicos.
[196] 1926-1939: LONDRES
sugerencia de Jones de que algunas resistencias de Anna no se habían anali-
zado suficientemente. “¿Quién está suficientemente analizado?”, pregunta-
ba. “Puedo asegurarle que Anna se ha analizado durante más tiempo y más
exhaustivamente que, por ejemplo, usted mismo. Toda la crítica se apoya en
un endeble prejuicio que se puede evitar fácilmente con un poco de benevo-
lencia.”*
En lo que respecta a la afirmación de Frau Klein de que Anna no anali-
za el complejo de Edipo del niño, ¿cómo lo sabe ella? Freud suponía que toda
la campaña se fundamentaba en esa errónea concepción de Melanie Klein. ¡Y
aparentemente Jones deseaba darle la máxima publicidad posible! Había oído
rumores de que Jones se proponía publicar el simposio en forma de folleto.
Freud insistía en que se le diese una explicación.
Jones repelía su confianza respecto de Melanie Klein:
Existe una confianza general en su método y en sus resultados, que muchos de
nosotros hemos podido comprobar en sus aspectos más íntimos, además de ofrecer
impresión de ser una persona sana y equilibrada. Estamos un poco perplejos tras haber
sabido de la poca simpatía con que se considera su obra en el continente, pero hemos
decidido prestarle oído y formamos nuestro propio juicio sobre ella. Ese juicio ha resul-
tado tan favorable que hemos llegado a considerar su ampliación del psicoanálisis en este
nuevo campo no sólo como un valioso incremento de nuestras posibilidades, sino como la
apertura de una prometedora incursión en la investigación directa de los problemas más
primarios y profundos. Al adoptar tal actitud, como usted comprenderá muy bien, sólo
podemos considerar desafortunado todo intento que se haga de cerrar dicha incursión .
Atestiguaba tal confianza el hecho de que hubiesen elegido a Melanie
Klein miembro de la Sociedad Psicoanalítica Británica el 2 de octubre de
1927.** Freud podía haber hablado de una “campaña formar’ contra Anna;
pero el “inesperado ataque” contra Melanie Klein provocó inquietud en los
analistas ingleses, que consideraban su método muy valioso, a pesar de que
Anna lo rechazase por “no fiable”. “Un libro editado por el Verlag”,
continuaba Jones,
y con un nombre que no puede sino tener un peso excepcional, a pesar del hecho,
que muy bien reconozco, de la independencia personal de Anna respecto de usted; y
demuestra que tiene ese peso el que en el continente se piense que la obra de Klein ha sido
desacreditada por él.

* Freud era especialmente sensible a esa cuestión porque, al parecer, Anna se hallaba
en su segundo análisis con él precisamente en esa época. Véase: Uwe Henrik Peen, Anna
Freud: A Life Dedicated to Children, Londres, Weidenfeld y Nicolson, 1984 págs. viii y ix.
** En octubre de 1929 se nombró también a Klein miembro del Instituto.
LA SOCIEDAD PSICOANALÍTICA BRITÁNICA [197]
Jones señalaba a Freud que no se habían mantenido las reglas del juego
limpio. Radó sólo permitía que en la Zeitschrift apareciese una crítica
favorable del libro de Anna, así que no pudo sentirse sino con el derecho de
publicar otros puntos de vista en el Journal:
Si en el artículo de la señora Klein hay alguna crítica ilegítima en contra de Anna,
soy, ciertamente, técnicamente responsable, aunque no lo leí hasta después de que su caita
llegara esta semana. Me parece que lo mejor será que dejemos los posibles mal entendidos,
a las personas a quienes atañe más directamente. Anna debe saber que cualquier respuesta
o contribución suya será muy bienvenida al Journal y se la considerará un honor. Por mi
parte, no vislumbré crítica ilegítima alguna en lo que la señora Klein dijo en el encuentro,
ni observo que se haya incluido algo así en la versión escrita. Naturalmente, al decir esto
no pretendo defender todo lo que ella escriba: ésa es una cuestión personal de ella y yo,
como director de la publicación, cuanto tengo que ver es que el tono y el contenido de una
contribución así estén dentro de los límites habituales; del debate científico .
Respecto del folleto al que aludía Freud, Jones hizo notar que la
defensa que Klein hacía de sí misma debía ser leída también por los
analistas de habla alemana. Radó le dijo que no tenía espacio en la
Zeitschrift para trabajos sobre análisis infantil, pero le ofreció publicar un
resumen, de dos páginas de extensión, de la discusión, y le sugirió que se
publicara completa mediante el Internationaler Psychoanalytischer Verlag.
Por último, Jones le aseguraba a Freud que el simposio había albergado,
únicamente consideraciones científicas y que “aquí el estado de ánimo es el
de una entera devoción a su personalidad y a los principios del
psicoanálisis”.
Freud se ablandó ligeramente por el tono conciliatorio de Jones.
Expresó total ignorancia del hecho de que Melanie Klein fuera insuficiente-
mente apreciada en Berlín, y le aseguró a Jones que procuraría que tuviese
total libertad para publicar sus opiniones en alemán:
Por otra parte, cree que es injusto subrayar del libro (de Anna) su carácter de ataque
a Melanie Klein. Ella ha desarrollado su concepción sobre la base de su propia y muy
amplia experiencia, y sólo de mala gana alude a cuestiones polémicas. Dos cosas siguen
siendo imperdonables en el grupo inglés, a saber, la acusación, a la que habitualmente se
recurre, contraria a toda buena costumbre, de que no se ha analizado suficientemente,* y
la observación hecha por Melanie Klein de que Anna elude sistemáticamente el análisis
del complejo de Edipo. Esa errónea concepción podría haberse evitado con un poquito
de buena voluntad.
La discusión continuó en términos razonablemente amistosos, desvián-
dose la descarga de Melanie Klein y dirigiéndose contra la concepción de

* La cuestión del análisis de Arma nunca se planteó, salvo en una carta de Jones a
Freud.
[198] 1926-1939: LONDRES
Joan Riviere de las imagos paternas introyectadas en el niño, punto discutido
en el capítulo siguiente.
Freud continuó insistiendo en que las opiniones de Anna eran entera-
mente independientes de las suyas, pero en una carta dirigida a Jones el de
febrero de 1928 se reveló la verdad de las cosas:
Su demanda de que el análisis infantil debiera ser un análisis real, independiente de
toda pauta educativa, me parece tanto teóricamente infundado como impracticable en la
realidad. Cuanto más escucho al respecto, tanto más creo que Melanie Klein anda por el
camino erróneo y Anna por el correcto. Todo lo que sabemos del desarrollo femenino
temprano me parece insatisfactorio e incierto. Sólo veo dos puntos con claridad: que la
primera idea de la relación sexual es oral: la succión del pene y, previamente, del pecho
de la madre, y la detención de la masturbación del clítoris debido a la inferioridad, peno-
samente reconocida, del mismo. En lo referente a cualquier otra cosa, tendré que
reservarme el juicio.
En marzo, Jones le comunicaba la muerte de su hija Gweinith, de siete
años y medio de edad. En respuesta a ello Freud comentaba que él y Jones
sólo habían tenido “una ligera disputa familiar”, y le aseguraba que su pro-
pio pesar había sido mayor que el de Jones, porque su hija y su nieto habían
muerto cuando él era demasiado viejo y débil para asumir el pesar. “Usted y
su esposa son, por supuesto, suficientemente jóvenes para recobrar la sereni-
dad en sus vidas.” Para distraerlo, Freud le sugirió que pensara en su nueva
teoría favorita, esto es, la hipótesis de J.T. Looney de que Shakespeare era en
realidad el Conde de Oxford.
El 12 de diciembre de 1928 Jones anunciaba orgulloso que su hijo había
concluido su análisis, el cual le había llevado dieciocho meses (aparte de las
vacaciones). Estaba sumamente satisfecho con los resultados. Jones debía
suponer que esas noticias irritarían a Freud, pues probablemente sospechaba
que Mervyn era analizado por Klein.
Por el momento no hubo más discusión a propósito de Melanie Klein,
pero Freud seguía teniéndola en cuenta. En “Sexualidad Femenina” (1931)
aprobó la aptitud de Otto Fenichel de hacer caso omiso del desplazamiento
del complejo de Edipo, preconizado por Melanie Klein, a comienzos del
segundo año:
La determinación del momento en que se forma el complejo de Edipo, la cual
también implicaría necesariamente una modificación de nuestra concepción del resto del
desarrollo infantil, no se corresponde en realidad con lo que aprendemos del análisis de los
adultos, y es en especial incompatible con mis hallazgos respecto de la larga duración del
vínculo preedípico de las niñas con su madre. 47
Dos

Gallito del lugar

L a década que va de 1928 a 1939 fue, comparativamente, la más apa-


cible y la más productiva en la agitada vida de Melanie Klein. Había
salido de su altercado con los Freud en una posición más fortalecida.
Durante un tiempo la mayoría de los miembros de la Sociedad Británica
parecen haberla respaldado firmemente. Tenía la custodia de Erich, que
estaba en la escuela de Si Paul. Su consultorio crecí a, podía disponer de
cocinera y doncella, y pasar las vacaciones de verano en Francia o en
Austria.
Arthur Klein tenía la custodia de Hans, quien estaba en Berlín estudiando
ingeniería química y, en su momento, debido a la nacionalización de su
padre, hizo el servicio militar en Suecia. Con el tiempo, la hostilidad moti-
vada por el divorcio cedió; Hans pasaba las vacaciones con su madre en el
continente y Erich viajaba regularmente a Berlín para ver a su padre y a
Eslovaquia para visitar a sus abuelos.
En agosto de 1927 Melitta se graduó con distinciones en la
Friedrich-Wilhelms-Universität de Berlín. Pero en 1928 marchó a Londres
con su madre —dejando a su marido en Berlín— para escribir su tesis,
Geschichte der homöopathischen Bewegung in Ungarn (“Historia de la
Homeopatía en Hungría”). La explicación más obvia sería que dependía tanto
de su madre que estaba convencida de necesitar de su consejo en la
preparación de su tesis. El año siguiente regresó a Berlín para presentarla, y
se la dedicó a su padre (Meinem Vater gewidmet). Podría haberse tratado de
un gesto convencional, pero todo apunta a que se había producido algún tipo
de reconciliación. En 1929 estaba en análisis formativo con Karen Horney
[200] 1926-1939: LONDRES
en Berlín y, en julio, asistía al Congreso de Oxford. Presumiblemente regre-
só entonces a Berlín; pero desde mayo de 1930, las actas de la Sociedad
Británica registran regularmente su presencia en las reuniones científicas
donde pronto empezó a presentar comunicaciones cuyos presupuestos con-
cordaban en gran medida con los de su madre. Como miembro de la
Sociedad Británica, uno de los primeros artículos que publicó en el
International Journal of Pyscho-Analysis (1933, 14, 225-260), "Some
Unconscious Mechanisms in Pathological Sexuality and Their Relation to
Normal Sexual Activity” se basaba en un trabajo leído en la Sociedad
Alemana el 18 de noviembre de 1930. Entre las muchas referencias a su
madre figura una comunicación personal: “Melanie Klein ha descubierto
que el embarazo se equipara con la introyección del pene: el niño puede
suponer el significado ‘malo’ de pene, el elemento peligroso” (pág. 237).
Muchos de los analistas europeos iniciaban ya su éxodo al extranjero
especialmente a los Estados Unidos. Los que marcharon a Inglaterra, fueron
pocos y ello por varias razones: desconfianza ante Jones, que hacía poco por
alentarlos, la presencia de Melanie Klein y las grandes posibilidades econó-
micas de los Estados Unidos. Con un pasaporte sueco, Melitta no tuvo difi-
cultades para entrar en Inglaterra, pero no ocurrió así con Walter
Schmiedeberg, cuya entrada Jones no pudo asegurar hasta 1932. Hasta la
llegada de su marido, Melitta vivió con su madre y con Erich en Linden
Gardens, donde se transformó la sala de espera en su dormitorio. Podría
argumentarse que cuando ella llegó a Inglaterra precediendo a su marido, no
podía imaginar que pasarían dos años hasta que pudiera entrar en el país.
Por otra parte, ella pasó 1928 separada de él; y es curioso que no permane-
ciera en Berlín con Schmiedeberg hasta que él obtuviese el visado.
En cuanto a Klein, año tras año sus pacientes le ofrecían la posibilidad
de llegar a una comprensión más profunda de los procesos psíquicos.
Algunos de los trabajos que presentó en la Sociedad Británica llegaron a
incluirse en El psicoanálisis de niños (1932); otros se presentaron en con-
gresos internacionales. En 1929 leyó ante la Sociedad Británica “La personi-
ficación en el juego de los niños", donde describe la transferencia como un
proceso complejo en el cual se proyectan en el analista escisiones e imagos
de figuras internas. El artículo aborda una miscelánea de ideas diversas, que
reflejan la creatividad de su pensamiento, que se desarrollaba sin trabas en
una atmósfera que le era propicia. Aventurándose en azarosas profundida-
des, sugiere que la neurosis está marcada por la influencia de un superyó
temprano cruelmente atormentador, contrapartida de las opiniones que for-
mula en “Tendencias criminales en niños normales” (1927).
Entre los niños de este artículo hallamos por vez primera a la hiperan-
siosa Rita, de dos años y nueve meses, quien antes de irse a dormir lleva a
cabo un complejo ritual. Debía recogerle el vestido a su muñeca y colocar
junto a la cama un elefante de juguete. El anima] guardián (el superyó) esta-
GALLITO DEL LUGAR [201]
ba allí para asegurar que la niña (el ello) no se levantara durante la noche y
se dirigiera al dormitorio de sus padres a fin de dañarles robando los niños
contenidos dentro de su madre u ofenderlos para que no se produjesen más
niños. En las primeras etapas del análisis, la excesiva severidad del superyó
prohibía todo juego de imaginación. Se progresó con un juego en el que se
representaba un viaje: Rita y su oso de juguete (que simbolizaba el pene)
viajaban en tren para visitar a una señora buena que iba a darles regalos,
Durante meses el viaje no llegaba a buen término porque lo interrumpían las
disputas entre Rita y el conductor del tren debido a una mujer mala que
impedía el avance o, finalizado el viaje, debido a la transformación de la
mujer buena en una figura amenazante.*
Uno de sus trabajos más relevantes, “La importancia de la formación de
símbolos en el desarrollo del yo”, se expuso ante la Sociedad Británica el 50
de febrero de 1930. Ernest Jones había publicado en 1916 “The Theory of
Symbolism”. Escrito como respuesta a las nuevas teorías de Jung sobre la
libido y el inconsciente, en él se intenta diferenciar entre el verdadero sim-
bolismo y el simbolismo en su sentido más amplio. Este último puede apli-
carse a casi todas las cosas del mundo, mientras que “el verdadero simbolis-
mo surge como resultado del conflicto intrapsíquico entre las tendencias a la
represión y lo reprimido”. Las ideas básicas de la vida —las que conciernen
al cuerpo, a la familia, al amor y a la muerte— conservan su importancia
originaria en el plano más profundo del inconsciente: y la energía que
fluje de ellas se reviste de símbolos. “Sólo se simboliza lo reprimido; sólo lo
reprimido requiere simbolización”.**1
Klein —basando su trabajo hasta cierto punto en las premisas de Jones
y en su propio artículo de 1923, “Análisis infantil”, donde llega a la conclu-
sión de que “el simbolismo es el fundamento de toda sublimación”— des-
cribe su análisis de un niño psicòtico en lo que sería su primer intento por
especificar el origen de la esquizofrenia.
Seis meses antes le habían llevado a Dick, un niño de cuatro años.***
Por entonces ella había analizado gran cantidad de niños con perturbaciones,
pero Dick presentaba síntomas que nunca antes había observado. El niño no
* En El psicoanálisis de niños se subrayan otros aspectos del carácter obsesivo de
Rita. Se presenta a Rita lavando y cambiando repetidamente a su muñeca, y se señala
que por las noches deben tapar a la niña apretadamente. Tenemos una imagen más plena
de la naturaleza caleidoscòpica del análisis. Casualmente, el elefante desempeña un
papel menos importante que en el artículo original: “Una vez, durante la sesión analítica,
colocó un elefante de juguete en la cama de su muñeca como para impedirle que se
levantase y fuera al dormitorio de los padres ‘para hacerles algo o quitarles algo’”.
** Marión Milner considera que la concepción del símbolo como defensa que sus-
tenta Jones está estrechamente relacionada con la de Klein. En su propia obra ha
examinado la estética de la formación de símbolos como base del talento.2
*** El diario de Klein indica que el análisis de Dick comenzó el 7 de enero de 1929.
[202] 1926-1939: LONDRES
expresaba sus emociones; no manifestaba afecto hacia nadie ni interés por
los juegos. Suele acusarse a Klein de prestar poca atención al entorno del
niño; pero en este caso, ella registra que cuando era bebé Dick tuvo proble-
mas de lactancia y que ni su padre ni su madre le habían prestado suficiente
atención. A los dos años pasó casi todo el tiempo con su abuela, cuyo cariño
había tenido manifiestamente un efecto en él. Una nueva niñera, que por lo
demás lo trataba afectuosamente, lo castigó por masturbarse, cosa que le
provocó un sentimiento de culpa. Rechazaba casi toda la comida sólida.
Klein advirtió inmediatamente que el niño era enteramente incapaz de
soportar la ansiedad y que había alcanzado el nivel genital prematuramente.
Tras un débil comienzo, su capacidad de simbolización se había detenido,
excepto en lo referente a trenes, estaciones, puertas y manillas, y el abrir y
cerrar puertas.
El procedimiento habitual de Klein, según ella explica, consistía en abs-
tenerse de interpretar el material hasta que éste hallara expresión en diversas
representaciones; pero en el caso de Dick tuvo que modificar su técnica. Para
contactar con su inconsciente se dispuso inmediatamente a activar su ansie-
dad reprimida. A diferencia de otros pequeños pacientes, Dick observaba los
juguetes que tenía ante sí con absoluta indiferencia. Klein colocó entonces
dos trenes uno junto a otro, y le dijo que el más largo era el “Tren papá” y el
más corto era el “Tren Dick”. Dick tomó este último y lo hizo rodar hacia la
ventana diciendo: “Corta”. Klein le dio entonces unas tijeras; pero, ante la
torpeza del niño, las cogió ella y separó la carbonera, tras lo cual el niño
arrojó el juguete roto al cajón mientras exclamaba: “Se ha ido”. Ella le
interpretó esto como el acto de separar las heces de su madre cortándolas.
El niño manifestaba también un temor irracional al agua. Ella lo
consideró una indicación de que en la fantasía del niño las heces, el agua y
el pene eran objetos con los cuales atacar a su madre. Después de recibir
estas explicaciones, el niño se mostró muy angustiado; ella había
descubierto con Erich, muchos años antes, que la aparición de la ansiedad
no debía ser motivo de preocupación, porque constituía un indicio de que se
había puesto en movimiento una fase necesaria del desarrollo. A los seis
meses, Dick comenzó a manifestar afecto por sus padres y deseos de
hacerse entender y ampliar su pobre vocabulario. La conclusión de Klein
marca un momento esencial en la historia del psicoanálisis: “debe
ampliarse el concepto de esquizofrenia en particular y de psicosis en
general como fenómenos que tienen lugar en la infancia, y creo que una de
las primeras tareas del3 análisis infantil es el descubrimiento y cura de las
psicosis en la niñez”. La enfermedad de Dick difería de la esquizofrenia
infantil habitual en que su problema era una inhibición en el desarrollo, más
que la regresión a un punto de obsesión anterior. El desarrollo de su yo, su
creciente relación con la realidad, se habían detenido por una “defensa”
contra sus propias tendencias sádicas.
GALLITO DEL LUGAR [203]
Una de las críticas fundamentales a las conclusiones de Klein es que
ella usa términos como ‘'esquizofrenia” sin comprender totalmente la natu-
raleza médica de la perturbación. Los analistas suelen aludir a “Dick” lla-
mándolo “el niño aurista”.* En el imprescindible Dictionary of
psychoanalysis de Chatarles Rycroft se define el autismo como “una psicosis
infantil en la que el paciente carece de toda capacidad de confiar en cual-
quier otra persona o de comunicarse con ella, es mudo o tiene complejas
perturbaciones en el habla, y al que se consideraría deficiente mental si no
fuera por su capacidad de manejar objetos inanimados”. En 1943, la des-4
cripción que Leo Kanner hizo de este síndrome en “Early Infantile Autism”
marcó dos tendencias interpretativas. Los rasgos característicos del niño
autista son “una profunda carencia de contacto con las personas y un deseo
obsesivo de preservar la mismidad”. El niño mantiene una fisonomía pensa-
tiva e inteligente, pero se halla impedido por el “mutismo o una forma de
lenguaje que no parece tener como objeto servir al propósito de la comuni-
cación interpersonal”. Kanner distinguía el síndrome que él llamaba “autis-
mo infantil precoz” (expresión acuñada por él) de la deficiencia mental, la
falta de atención o el daño cerebral identificare.
Al releer el artículo de Klein, Francés Tustin, una autoridad en autismo,
cree que aquélla estaba varios años adelantada a su época: “Era muy valiente
y veía muy por delante de sí”.5 Como destaca Tustin, era lo bastante pers-
picaz para caer en la cuenta de que “Dick” se diferenciaba de los niños
esquizofrénicos que había analizado anteriormente. “En contra del diagnós-
tico de una demencia praecox está el hecho de que el rasgo 6característico de
Dick era una inhibición en el desarrollo, y no una regresión.” Tustin admira a
Klein por haber sido la primera en creer que un chico así podía curarse; y
piensa que, si bien el de Dick era un caso relativamente leve, Klein “lo liberó
del lazo autista”.
El análisis de Dick con Klein continuó (con una interrupción desde
1941 a 1944) hasta 1946, cuando lo trasladaron a Beryl Sandford durante
tres años. Según Sandford, cuando él lo conoció, Dick no era autista sino
“un terrible conversador”. Su cociente intelectual, medido por Ruth
Thomas, era de alrededor de 100; era, obviamente, bastante esquizofrénico,
pero también tenía una memoria extraordinaria, leía a Dickens y poseía
muchísimos conocimientos técnicos de música que había recibido de una
maestra de piano. En una oportunidad llevó a Sandford a un concierto y le
explicó todas las cuestiones técnicas relativas a los cambio de clave y demás
cuestiones.
Al conocer a “Dick”, cuando éste tenía ya unos cuarenta años, lo
encontré sumamente amistoso, aunque pueril, informado, capaz de realizar

* En Empaty Fortress (1967) la posición de Bruno Bettelheim es que el niño autista


se aísla porque se encuentra con un mundo hostil. En su opinión, tales niños son víctimas
de los deseos de muerte que sus madres experimentan hacia ellos.
[204] 1926-1939: LONDRES
un trabajo que no suponía exigencia excesiva para él. Era hijo de uno de los
colegas de Klein. Debe haber alarmado a los miembros de la Sociedad
Británica escucharla hablar enérgicamente de la deficiencia de sus padres en
darle el verdadero amor que él necesitaba. . J|
Al preguntarse cómo supo que él era “Dick”, respondió que Klein solía
leerle los párrafos más destacados de su artículo.* Hojeó las páginas excla-
mando cada tanto: “¡Oh, Dios!” Respecto de que el pene del padre se halla
en el interior del cuerpo de la madre, comentó: “Pienso que podría haber
evitado tantas tonterías”; y respecto de la agresión del pene: “Bien, yo no
hice eso”. Klein afirmaba que él consideraba la orina como una sustancia
peligrosa y él subraya reflexivamente: “Lo cual es verdad".** “Si Melanie
aún viviera”, concluye, “la llamaría para decirle: ’Te has pasado’”. Pero con-
firma que solía encerrarse en el armario. “¿Por qué?” “Para vengarme,
supongo.” ¿De quién? “De mis padres.”
Colocaba los juguetes de Klein en hilera y podía llevar sus propios osi-
tos de peluche. “Solía tener con ellos imaginarias reuniones para tomar el té.
Solíamos hacer barquitos de papel y colocarlos en una fuente.”
“Yo era muy amigo de Melanie”, me dice expresivamente. En su sim-
posio de respuesta a Anna Freud, Klein insistía en que ella se abstenía de
mimar a los niños, pero, según “Dick”, ella siempre lo consolaba cuando llo-
raba, cosa que hacía frecuentemente. “La vida no es tan mala”, le decía.***
Durante aquellos años hubo entre las ideas de Freud y las de Klein una
mayor fecundación recíproca que la reconocida, especialmente respecto de
las conclusiones que ella estaba extrayendo en relación con la agresión inna-
ta y la obra de Freud El malestar en la cultura (1930),**** en la cual rela-
ciona el superyó con la agresión innata del propio niño.***** Muchos freu-
dianos tienden a pensar que esa imagen del lado oscuro de la naturaleza
humana era expresión del creciente pesimismo que Freud experimentaba al
* Tustin considera esto muy “akleiniano”.
** De niño, “Dick” tenía una lactancia muy dificultosa. En El psicoanálisis de
niños (1932) Klein señala: “Las observaciones han confirmado que las fantasías infantiles
de inundar y destruir con grandes cantidades de orina, empapando, anegando, quemando y
envenenando, son una reacción sádica ante el hecho de ser privados de líquido por su
madre y se dirigen en última instancia contra su pecho”.
*** Tustin cree que el niño autista necesita afecto. Frecuentemente “Dick” se reunía con
Erich y Melitta en el vestíbulo y recuerda los ladridos del pequinés de Klein, Nanky Poo.
**** James Strachey destaca que El malestar en la cultura se publicó en realidad a
finales de 1929, aunque el pie de imprenta es de 1930. Klein habría tenido tiempo de leerlo antes
de escribir su artículo “La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo”.
***** Strachey subraya que ya en 1905, en Tres ensayos sobre teoría sexual, Freud
escribía: “Del niño civilizado se obtiene la impresión de que la construcción de esos
diques es producto de la educación, y sin duda la educación tiene mucho que ver con
ello. Pero en realidad, su desarrollo está determinado y fijado por la herencia, y ocasional-
mente puede tener lugar sin ayuda alguna de la educación”.
GALLITO DEL LUGAR [205]
enfrentarse a la enfermedad y a la vejez. Cuando Freud describe la agresión
como “una disposición originaria, autónoma e instintiva del hombre”,7 con-
ya la cual el yo se protege internalizándola en algo llamado superyó o con-
ciencia, y afirma que la culpa surge de la tensión entre la agresión y la con-
ciencia vigilante, podría parecer que cita la página de un libro de Melanie
Klein. Para Freud hay un antagonismo irreconciliable entre el instinto del
hombre y las exigencias de la civilización. No obstante, es para él una cues-
tión fundamental que “en la bibliografía analítica más reciente se advierte
una predilección por la idea de que toda frustración, toda satisfacción instin-
tiva obstaculizada, da por resultado una sublimación del sentimiento de
culpa. Incurriríamos, pienso, en una gran simplificación teórica si considerá-
ramos que esto se aplica sólo al instinto agresivo, y es poco lo que puede
hallarse en contradicción con esta suposición”.8 En una nota al pie de página
añade: “Esta opinión la admiten Ernest Jones, Susan Isaacs y Melanie Klein,
y creo que también Reik y Alexander”.*9
Para Freud la culpa comienza con el temor a perder el amor o la apro-
bación; y Klein la asocia además con el temor de que uno haya dañado el
objeto de amor. Al discutir la cuestión de la conciencia Freud escribe: “. . .
La agresividad, vengativa del. niño estará parcialmente determinada por la
cantidad de agresión punitiva que él espere de su padre. La experiencia
muestra, sin embargo, que la severidad del superyó que el niño desarrolla no
se corresponde en modo al gimo con la severidad del trato que él mismo ha
padecido”.10 A ello añade en nota al pie: “Como11 han subrayado perfecta-
mente Melanie Klein y otros escritores ingleses”. ¿Quién sabe el grado de
armonía que habrían alcanzado Klein y Freud de no haber sido por la revo-
loteante presencia de Anna? Ferenczi, al leer el manuscrito, se mostró suma-
mente inquieto por el acuerdo de Freud con Klein. “¿No habría sido más
correcto“, le escribe desde Budapest el 11 de noviembre de 1930, “en lugar
de aceptar la opinión de Melanie Klein, adherir a la naturaleza (esto es, al
origen) individualmente adquirida (esto es, traumática) de la conciencia, y
mantener que una conciencia tan estricta (esto es, la tendencia a la autodes-
trucción) es consecuencia de un trato demasiado estricto, comparativamente
hablando, es decir, demasiado estricto si se 12relaciona con la necesidad de
amor, cuya fuerza varía individualmente?”.**
En 1931 Melanie Klein realizó su primer análisis de formación. El ana-
lizando era un canadiense, el doctor W. Clifford M. Scott. Tras graduarse en
Medicina en Toronto de 1927, Scott fue a estudiar a la Johns Hopkins y se

* Se refiere al trabajo de Jones “Fear, Guilt and Hate” presentado en el Undécimo


Congreso Internacional de Psicoanálisis, el 27 de julio de 1929. Las teorías de
Theodoro Reik sobre la sumisión voluntaria del hombre al castigo se publicaron en
The- Compulsión lo Confess and the Need of Punishmeni (1925), y las ideas de Franz
Alexander en “The Neurotic Character” J., 1930, 11:, 291-311.
** Freud no parece haber seguido el consejo de Ferenczi.
[206] 1926-1939: LONDRES
trasladó después a Harvard, donde le concedieron una beca para estudiar en el
extranjero. En 1931 viajó a Londres para estudiar neurología y formarse
como analista de niños y de adultos. A su llegada. Jones lo asignó a Klein.
Estuvo analizándose con ella durante dos años, incluyendo el verano de
1931 en el que se dirigió a la Selva Negra, donde ella pasaba sus vacaciones,
a fin de continuar su análisis. Se alojó en Bad Wildbad y diariamente toma-
ba el Bergbahn desde el valle hasta la cima del Sommerberg para realizar
una sesión de dos horas en la habitación del hotel. A lo largo de todo el aná-
lisis convinieron, como dice ella, “estar en desacuerdo” acerca del narcisis-
mo primario al que él consideraba con base biológica. El aspecto para él
más conmovedor del análisis se manifestó un lunes por la mañana, cuando
ella le leyó una extensa interpretación que había escrito durante el fin de
semana respecto del material que él le había proporcionado. “Eso fue una13
prueba”, recuerda, “de que yo estaba en ella tal como ella estaba en mí”.
Gran conversador, Scott advirtió que en ocasiones Klein debía interrumpirlo
para hacer sus interpretaciones.
Durante el verano siguiente (1932) también un norteamericano, el doc-
tor David Slight la acompañó en sus vacaciones en Saint Jean-de-Luz para
no interrumpir el análisis (igualmente en sesiones de dòs horas). Se atribuye
a Slight la frase: “Freud hizo respetable el sexo y Melarne Klein hizo respe-
table la agresión”. Slight, al que ya había analizado Franz Alexander, era
profesor clínico de psiquiatría en la Universidad McGill de Montreal. Sus
experiencias clínicas estimularon su interés por los procesos evolutivos y
consideró la posibilidad de viajar a Viena para trabajar con Anna Freud. En
Londres habló con Edward dover, quien le dijo que no necesitaba ir a
Viena debido a la reciente llegada a Inglaterra de “una persona maravillosa”,
la cual estaba aceptando nuevos pacientes. Era Melanie Klein. Tras regresar
de su análisis con ella en Francia, trabajó en Londres, bajo su supervisión,
con dos niños pequeños y quedó asombrado ante los resultados. El doctor
Slight fue el primero en ejercer el psicoanálisis en Canadá antes de trasladar-
se a Chicago, en 1936.
Slight presenta a Klein como una persona totalmente dedicada a su tra-
bajo. Cuando él realizaba ocasionalmente una 14broma, ella reía recatadamen-
te y decía: “Esta es una cuestión muy seria”. A Slight le resultaba difícil
aceptar su inclinación a lo que él llama “fantasía filogenètica”. Intentaba que
precisara la edad en que el niño tenía una imagen del padre como un hombre
con pene. ¿Cuán temprano? ¿A los seis meses? “Yo procuraba explicarle
que en el cerebro, los nervios no están cubiertos por capas que los aíslen
entre sí, por lo que el niño no puede tener imágenes formadas en ausencia de
una percepción real.” Un niño de dos años y medio que aún no podía hablar
y manifestaba problemas con la comida, estaba obsesionado con el aseo.
Ella hacía que Slight le quitara incluso los calcetines para lavarle los pies.
“¿Para qué sirve esto?” le preguntaba Slight a Klein. Por toda respuesta ella
GALLITO DEL LUGAR [207]
ofrecía una de sus sonrisas oblicuas. El niño también hacía que él se fuese a
dormir. No se pronunciaba palabra alguna. “Era un verdadero análisis
mediante el juego. Fue la cosa más espectacular que yo jamás haya visto.”
La mejoría del niño era tan extraordinaria que, a pesar de su escepticismo
Slight debió admitir: “Ella abrió mi mente”.*
Durante algunos años Klein estuvo proyectando publicar un libro con
sus teorías.** En enero de 1928 presentó parte del original a Max Eitingon,
director del Internationaler Psychoanalytischer Verlag; él le respondió el 1 de
febrero insistiendo con firmeza en que debía disponer de todo el original:
Los redactores de la Zeitschrift y de lmago me han dicho que usted acostumbra a
modificar constantemente sus textos, incluso en la etapa de corrección de pruebas, con-
virtiéndose así en la colaboradora más cara de estas revistas. Con un libro eso sería abso-
lutamente imposible porque el editor requiere hacer cálculos precisos... creo que tendría
mucho valor y mucha importancia para todo el público analítico poder acceder a los
métodos y a los resultados de su labor conjuntamente, a fin de posibilitar una presentación
de los mismos detallada y fructífera.13
Durante los tres años siguientes Klein trabajó intensamente en la des-
cripción teórica del desarrollo sexual del niño y de la niña, que correspondía
a la última parte del libro. Fue traducido por Alix Strachey y publicado en
Londres en 1932 por Hogarth Press con el título de The Psycho-Analysis of
Children (El psicoanálisis de niños); el Verlag lo publicó simultáneamente
como Die Psychoanalyse des Kindes.
El libro fue un hito ya que incluía las conclusiones derivadas, de años
de experiencia y exponía las bases teóricas de algunos de los más dramáti-
cos de sus conceptos ulteriores: las posiciones esquizoparanoide y depresi-
va. Se describe la realidad del niño como la interacción de figuras internali-
zadas, que han sido introyectadas y proyectadas, con objetos reales. El niño
padece ansiedad como consecuencia de los impulsos sádicos experimenta-
dos respecto de sus objetos. Si es excesiva, la ansiedad puede ejercer un
efecto inhibitorio en el desarrollo pero, si se supera satisfactoriamente, es un
estímulo para el crecimiento.
La compleja cuestión de la etiología de la homosexualidad fue también
objeto de examen. En opinión de Klein, durante el desarrollo del niño, la

* Scott realizó una experiencia similar con un niño de veintiséis meses bajo la
supervisión de Klein. “Aprendí mucho del análisis de este niño en los nueve meses
siguientes, sin que el niño dijera una sola palabra. Habían traído al niño porque no había
empezado a hablar, pero durante el análisis comenzó a hablarles mucho a sus padres...
Debería haber permanecido en el análisis por muchos años hasta que su capacidad de hablar
llegara a ser equivalente a su capacidad de jugar- Podía mostrarme mucho más de lo que
podía decirme.”
** Basado en las conferencias que había dado originariamente en Londres en 1925.
[208] 1926-1939: LONDRES

fijación oral al pezón puede transformarse en una fijación oral al pene del
padre. La base de la homosexualidad masculina está constituida por una fija-
ción de succión al pene demasiado poderosa. Si un niño padece hambre
durante el período de lactancia, es amamantado sólo con biberón, o si sus
sentimientos respecto del pecho de la madre son excesivamente sádicos, no
puede introyectar satisfactoriamente la imago de una madre buena, y el
temor a la madre mala dominará su desarrollo. Como en su fantasía la madre
incorpora el pene, el niño escapa de ese objeto misterioso y destructivo para
dirigirse al pene visible y real de otro hombre; y el acto homosexual supondrá
una protección ante el pene “malo” del padre que se encuentra dentro de la
madre así como ante el pene “malo” del padre que el niño ha introyectado en
su propio cuerpo, expresado en la “preferencia narcisística por el pene de otro
hombre”.16
Aquí adopta Klein explícitamente y por vez primera la noción freudiana
de los instintos de vida y muerte, una estructura dialéctica de opuestos, el
amor y el odio, sobre la cual apoyó más tarde las conductas esquizoparanoi-
de y depresiva. Aunque remite continuamente -r-con más frecuencia que en
sus artículos anteriores— a los estadios- psicosexuales de Freud y de
Abraham, en el momento de formular con más claridad su concepción de la
ansiedad, va internándose en su propio camino. Ahora considera que la
ansiedad se origina por la presencia y la amenaza del instinto de muerte
dentro del yo.
Jones siempre insistía en que nunca había aceptado la idea freudiana de
instinto de muerte, lo cual sugiere una diferencia fundamental entre él y
Klein. No obstante, en el capítulo “Metapsicología” de su obra relativa a la
vida de Freud, Jones aclara cómo éste y Klein interpretaban el instinto de
muerte. Jones destaca que en un principio Freud utilizaba indistintamente las
expresiones “instinto de muerte” e “instinto de destrucción”, pero en una
discusión con Einstein le hizo diferenciar ambas cosas, matizando que el
primero se dirige contra el yo, mientras que el segundo, derivado de éste, se
dirige hacia el exterior. En Los instintos y sus vicisitudes (1915) Freud
sugiere por primera vez que podría haber un masoquismo primario (hasta
entonces lo había considerado derivado del sadismo) y que la tendencia a
dañarse a sí mismo era expresión del instinto de muerte. Estaría nuevamente
dirigido hacia el exterior, hacia otras personas como medio de protección de
sí mismo.
El 22 de marzo de 1935, Jones expuso ante la Sociedad Psicológica
Británica un artículo titulado “Psycho-Analysis and the Instincts”. Durante el
mes siguiente estuvo en Viena para dar una conferencia con el título “Early
Female Sexuality”. En el curso de esta estancia dejó a Freud su trabajo acerca
de los instintos. El 2 de mayo, respondiendo a una carta de Freud, escribe:
GALLITO DEL LUGAR [209]
Me complace que & usted le haya gustado mi trabajo sobre los instintos, pero me
asombra que piense que he incurrido en el error de suponer que usted había partido de
una de las obras de Melanie Klein en la conformación de sus propias ideas. Sé muy
bien, por supuesto, que su exposición sobre el tema fue anterior al escrito de aquélla...
creo haber pensado que usted haya sido influido por nadie y, ciertamente, menos que por
nadie por Melanie Klein. He revisado, pues, mi trabajo con curiosidad y creo haber
gallado la frase que le resultó confusa. Viene a continuación de una exposición acerca del
superad y su severidad, y dice así:
“Estudios analíticos pormenorizados, en especial los llevados a cabo con niños
pequeños por Melanie Klein y otros, han arrojado mucha luz sobre los orígenes de esa
severidad, y han conducido a la concepción de un instinto de agresión primitivo, de
carácter no sexual.”
Para evitar cualquier posible ambigüedad volveré a redactar estas líneas antes de
publicarlo.* Aparece, es verdad, como una interpolación en el desarrollo, pero mi propó-
sito era abarcar todas las contribuciones hechas por el psicoanálisis, no sólo las suyas. Al
escribirlas no pensaba en usted, pues no le atribuiría a usted la creencia en un instinto
primario de agresión (ésa es más bien opinión mía); describiría la suya como una creencia
en un Todestrieb interno que secundariamente se exterioriza bajo la forma de un impulso
de agresión.
En todo caso, difícilmente podría existir riesgo de una interpretación errónea, pues
casi a continuación se dice:
“Pero —cosa extraña— no fueron esa concepción y los estudios que acabo de
resumir los que le condujeron a su actual idea de la dualidad de la estructura mental”.
Jones dice “casi a continuación’', pero en realidad hay en medio tres
frases decisivas:
Al menos aquí, pues, hay algo que puede contraponerse al aspecto sexual de los
conflictos mentales. Antes de avanzar en su consideración, empero, tendremos que vol-
ver atrás nuestros pasos; Freud publicó su iluminador concepto de superyó en un libro
aparecido en 1923 (El yo y el ello).17
Jones pasa entonces a mostrar que Freud elaboró sus ideas de instinto
de muerte a partir de la repetición-compulsión, la cual parecía preceder
temporalmente al principio de placer y dolor, (aunque Jones especifica que él
no resolvió totalmente este punto, como lo hizo Klein). Al volver a publi-
car. el artículo en la quinta edición de Papers on Psycho-Analysis en 1948,
Jones incluyó de nuevo el párrafo referente a Klein reforzándolo:

*Estudios analíticos pormenorizados, notablemente corroborados por los llevados


a cabo por Melanie Klein y otros... (La cursiva es nuestra.)18
En su carta a Freud, tan cuidadosamente elaborada, Jones sin duda
* Jones nunca modificó la formulación ni en la versión inglesa ni en la alemana
[ 210 ] 1926-1939: LONDRES
intentaba apaciguarlo. Hacia 1930 Freud admitía su antigua reticencia a
aceptar la existencia independiente de un instinto de agresión, y en El
malestar en la cultura finalmente confesaba: “No puedo comprender cómo
hemos pasado por alto la ubicuidad de la agresividad y la destructividad no
eróticas y no les hemos dado el lugar que les corresponde en nuestra inter-
pretación de la vida”.19
La mayoría de los colegas de Freud estaban sumamente confundidos
por este cambio fundamental en su pensamiento. Freud había tenido la espe-
ranza de convencerlos apelando a la segunda ley de la termodinámica, pero
se ha argumentado que la ley de la entropía vale únicamente en un hipotéti-
co sistema cenado, no en uno existente en la naturaleza, y menos en los seres
vivos. Tampoco puede recurrirse a la biología en apoyo de un instinto
primario de agresión.
Los únicos analistas que, según Jones, respaldaban la idea eran Karl
Menninger, Hermann Nunberg y Melanie Klein;* pero su apoyo tenía un
sentido clínico, basándose su aceptación en las observaciones, no en deduc-
ciones teóricas.
En consecuencia, contábamos con observaciones puramente psicológicas de
las fantasías agresivas y canibalísticas del bebé, seguidas después por las fantasías
homicidas, pero no podíamos inferir a partir de ellas, en cuanto a las células del
cuerpo, la existencia de una voluntad activa de conducir el cuerpo a la muerte. La
propia expresión “deseos de muerte”, esto es, deseos homicidas, ineludible en el
trabajo psicoanalítico, parece haber suscitado aquí mucha confusión en virtud del
equívoco de la palabra “muerte”. El hecho de que en raros casos de melancolía tales
deseos, mediante complicados mecanismos de identificación, etcétera, puedan
derivar hacia el suicidio, no constituye prueba alguna de que surjan de un deseo
primario de autodestrucción de parte del cuerpo; las pruebas clínicas apuntan
claramente en la dirección contraria.20
Es comprensible que Melanie Klein, ignorando totalmente la biología,
no se inquietara ante la idea de un “instinto de muerte” y hallara en ella una
expresión útil para aplicarla al temor del niño por ser dañado, oprimido o
aniquilado. A su vez, ella lo relacionó con el superyó, que constituye en rea-
lidad el mecanismo de defensa más fundamental en tanto representa una
protección contra el potencial destructivo del ello. En este punto, ella inten-
taba además adherirse a la noción freudiana de la formación del superyó
* Jones podría haber añadido a Ernst Simmel quien, en “Self-Preservation and the
Death Instinct” (PQ, 1944, 13, 160-175) explicaba las energías destructivas del hombre como
un instinto de autoconservación relacionado con impulsos orales canibalísticos en los que el
objeto se destruye por incorporación. Su posición se sitúa entre la de Freud y la de Klein.
Jones se refiere al artículo de H. Nunberg “The Sense of Guilt and the Need for
Punishment” 2 (J., 1926, 7, 420-433) y al de Karl Menninger, “Characterologic and
Symptomatic Expression Related to the Anal Phase of Psychosexual Development”
(PQ, 1943, 12, 161-193).
GALLITO DEL LUGAR [211]
mediante la introyección de los objetos edípicos, pero es evidente que le
resultaba cada vez más arduo conciliar tal cosa con sus propias opiniones
sobre la naturaleza de la ansiedad. Consideraba todavía que los omnipotentes
impulsos restitutivos eran el mejor método para apaciguar la ansiedad. El
salto imaginativo al concepto de reparación se mostraría pronto como su
contribución más original y positiva al psicoanálisis.
El 9 de noviembre de 1932 Ernest Jones le escribía para felicitarla por la
publicación de El psicoanálisis de niños:
Querida señora Klein:
Hoy ha aparecido finalmente el libro, acontecimiento trascendental en la
historia del psicoanálisis* y particularmente en pro de nuestra Sociedad, donde
tenemos el orgullo de contarla a usted como honroso miembro. Le escribo
ahora para felicitarla por la conclusión definitiva de lo que reconozco como una
tarea enorme. Veremos ahora sus resultados, que irán expandiéndose durante
muchos, muchos de los años por venir, y probablemente para siempre.
Con la más distinguida consideración le saluda
Ernest Jones21
Respondía Klein:
...No sé si lo hubiera escrito de haber permanecido en Alemania. Tengo en tal
alta estima la colaboración con usted y con muchos de mis colegas ingleses, que me
siento orgullosa de ser miembro del grupo británico, y me hace muy dichosa que
usted me considere un miembro útil de nuestro grupo.
Poco antes de la publicación del libro, Ernest Jones se las había
arreglado para hacer entrar a Schmiedeberg a Inglaterra. Schmiedeberg
organizó una comida en el Hotel Mayfair para celebrar la aparición del libro.
Además de los Schmiedeberg y Klein, entre los invitados-figuraban Erich
Klein, Edward Glover y su señora. Jones y la suya, Joan Riviere y su marido,
y Alix y James Strachey. Glover ideó una bonita tarjeta con el dibujo de un
bebé que estudiaba en su enorme libro y bajo el cual se leía: “En celebración
del primer nacimiento inglés de El psicoanálisis de niños de Melanie Klein,
14 de noviembre de 1932”. Los presentes rubricaban debidamente este certi-
ficado de nacimiento.
El libro era la obra más importante de las publicadas hasta entonces por
un miembro de la Sociedad Británica. En su larga reseña en el International
Journal, Edward Glover subrayaba su importancia:
No dudo en afirmar que en dos cuestiones principales su libro es de importancia
fundamental pan el futuro del psicoanálisis. No sólo contiene un material clínico único,
* Las ventas iniciales apenas superaron las de La interpretación de los sueños. En
1933 se vendieron 198 ejemplares; en 1934, 159, y en 1935,108 .
[212] 1926-1939: LONDRES
reunido a partir de la observación directa y analítica de niños, sino que posee
conclusiones destinadas a influir en el futuro tanto en la teoría como en la práctica del
psicoanálisis. Ciertamente, ya en- una primera lectura puede decirse que, aun cuando
sus opiniones susciten—como indudablemente lo harán— diverso grado de
disentimiento en los círculos analíticos, la discusión sucesiva a la publicación de
libros nos ayudará a elimina muchas divergencias registradas en el movimiento
analítico, las cuales hasta ahora han estado oscurecidas por una interpretación
precipitada de los aspectos difíciles de la teoría clásica. Y esto mismo constituye un
aporte nada despreciable a la ciencia psicoanalítica. 22
Estaba particularmente entusiasmado por la explicación de Klein sobre
el complejo edípico y la formación del superyó. “Una vez más no dudo en
afirmar que supone un hito en la bibliografía analítica que puede
colocarse al mismo nivel que algunas de las contribuciones clásicas del
propio Freud.”23
A menudo, los escritos de Melanie Klein se han considerado ampulo-
sos, y se han comparado, para su detrimento, con la claridad, de Freud; y,
aunque Glover intenta explicar sus ideas con-la mayor claridad posible, la
naturaleza del material señala las profundas diferencias existentes en la
manera de pensar de Freud y de Klein. Sus críticos la califican a menudo de
“intuitiva” más que “científica”, y a veces como “deductiva” más
“inductiva”, pero la diferencia es más compleja de lo que todo eso pudiera
sugerir. Freud tiende a describir un modelo de la psique con estadio de
desarrollo claramente diferenciados, mientras que la concepción que Klein
tiene de la psique es la de un proceso dinámico en la que muchos procesos
emocionales y mentales operan simultáneamente: amor y odio, proyección e
introyección, desdoblamiento, interacción de la fantasía con la realidad. Su
problema no era simplemente poder expresarse con claridad o luchar con una
lengua que no era la suya materna. Si en el agitado yo del niño se expe-
rimentan simultáneamente muchos sentimientos complejos, el resultado es
un confuso mosaico; pero la estructura lineal del lenguaje sólo permite de-
cribir impulsos contradictorios en una secuencia por lo que Glover no podía
reducirlos a simples hechos. Observando niños muy pequeños, Klein había
comprendido que la mente del bebé era una compleja masa de conflictos en
la que la ansiedad era el principal problema por superar; y ésa es la tarea del
analista: hacer que la ansiedad salga a la superficie, ayudar al niño a diferen-
ciar la realidad de la fantasía. En el plano práctico, las interpretaciones “pro-
fundas” inmediatas constituían el único medio para alcanzar, aquella ansie-
dad. :
En general, Glover está de acuerdo con las teorías que, hasta entonces,
habían hecho de Melanie Klein una figura polémica: que la ansiedad proce-
de de la agresión: que la frustración oral suscita un conocimiento incons-
ciente de que los padres disfrutan de un placer mutuo, y que la envidia oral
del niño impulsa a éste a dirigirse al cuerpo dé su madre y, a la vez, activa su
GALLITO DEL LUGAR [213]
curiosidad epistemofílica; y que tanto en el niño como en la niña los impul-
sos de odio dan lugar a la formación de la situación edipica y a la formación
del superyó. Estas fases pueden suponer los puntos de fijación de las psicosis.
El desarrollo del niño depende del éxito de la libido en su lucha con los
impulsos destructivos.
Las objeciones de Glover eran mínimas. Advierte que Klein se ha ajus-
tado demasiado a la idea de Abraham al respecto de un estadio oral pream-
bivalente, y que ya en ese temprano momento el niño emplea diversos artifi-
cios, defensivos. El caracterizaría la formación temprana del superyó como
“yo esencialmente originario”, y, por último, le parecía que, intentando no
apartarse demasiado radicalmente de la teoría clásica, Klein adoptaba dema-
siado rígidamente un “superyó esencialmente paterno”. 24 En general, pues,
Glover estaba de acuerdo con las teorías de Klein; pero el párrafo último era,
cuanto menos, alarmante:
Se advierte que la señora Klein está en favor de un uso más amplio de sus métodos
onuel análisis de adultos. El caso decisivo es, por supuesto, el análisis del psicòtico. Y aun
cuando es probable que a propósito de esta cuestión surjan agudas diferencias de
opinión, cuanto más pronto se haga la prueba, tanto mejor será para los métodos técnicos
Sí general.25
En cuanto a si es posible aplicar a los niños las técnicas habituales para
los adultos: “Dudo de que la comparación de resultados terapéuticos sea el
greco criterio válido. He observado que en casos graves de retraso infantil
logran notables progresos mediante un sistema de cuidadosa influencia
ambietal”.26
Glover era brillante, pero como expositor de las ideas de Klein no era fui
claro como Jones, Riviere o Susan Isaacs: quizá porque ya empezaba a
ponerlas en tela de juicio. Era un aliado poderoso con el que convenía con-
tar. En esa época —y visto retrospectivamente— Glover apoyaba casi abso-
lutamente la obra de Klein. Aparece, sin embargo, esa curiosa afirmación de
que la validez definitiva de sus teorías vendría dada mediante el análisis de
un psicótico. ¿Ya eran ambivalentes los sentimientos de Glover hacia ella?
¿Estaba empujándola hasta un punto en que él sabía que ya no podría podría
seguirla?.
Glover era, después de Jones, el hombre más poderoso de la Sociedad
Británica. Se necesitaba de un hombre fuerte para que fuese el segundo en el
mando después de Jones, a quien, cuando él no estaba, los demás miembros
llamaban “Napoleón”. Glover, nacido en 1888, procedía de una familia de
rígido puritanismo. Su padre, maestro de una escuela rural, adoraba a su hijo
mayor, a quien se consideraba el miembro brillante de la familia, mientras
que Edward era más bien despreciado. Glover se caracterizaba a sí mismo
en su época de escolar como “reacio, rebelde, testarudo y obstinado”, 27 y
[214] 1926-1939: LONDRES
siguió siendo siempre así. Su vida parece haber sido una competición, en la
que superar a James. Ambos se graduaron en medicina en la Universidad de
Glasgow. Edward siguió el consejo de James, que le aconsejó dedicarse a los
problemas psiquiátricos, y marchó a analizarse con Abraham en 1920.
Describe su análisis como “de aprendizaje” más que de formación (dando a
entender con ello que era demasiado “normal” para necesitar analizarse), y
algunas de las sesiones tuvieron lugar bajo los olivares de la Gardone, en la
Riviera, mientras Abraham estaba de vacaciones. Al regresar a Londres se
convirtió en miembro de la Sociedad Psicoanalítica Británica, de la que su
hermano ya era miembro. Cuando su hermano James murió, repentinamen-
te, en 1926, la intensidad de la aflicción de Edward fue evidente; mostraba
signos más característicos de melancolía que de duelo. Solicitó a Jones que
se hiciese cargo de las tareas de su hermano en la Sociedad Británica: un
papel sustitutivo cuyas implicaciones podrían examinarse. Siguiendo los
pasos de su hermano fue secretario científico y después director de investi-
gación en el Instituto, director adjunto de la Clínica de Londres, presidente
de la Comisión Científica, a lo que siguió el influyente puesto de secretario
de la Comisión de Formación de la Asociación Psicoanalítica Internacional.
Cuando Jones lo nombró en ese puesto, en 1934, él le escribió agradecién-
dole: “Siempre ha sido un placer para sí actuar como su28 lugarteniente.
Confío en que haya advertido junto a mí a un leal servidor”. Cáustico, bri-
llante, muy atractivo para las mujeres, sufrió una gran tragedia personal con
el nacimiento de una hija mogólica en 1926. Muchos analistas han comenta-
do su aparente negativa a aceptar jamás que en la niña había algo anormal, y
ella lo acompañaba incluso a los congresos internacionales.
Mientras que El psicoanálisis de niños señaló el apogeo del prestigio de
Klein en la Sociedad Británica antes de la Segunda Guerra Mundial, el libro
sólo sirvió para incrementar la antipatía que por ella sentían sus detractores
Franz Alexander, que había emigrado a Chicago, escribió la resella del libro
en Psychoanalylic Quarterly. La criticaba por haber interpretado errónea-
mente el instinto de29muerte de Freud y por su “exagerado énfasis en el con-
tenido ideacional”. Anna Freud había manifestado “indudablemente” la
importancia del entorno doméstico, pero Klein parecía una artista:
“Habitualmente los artistas no saben cómo crean, aunque sus creaciones
pueden ser buenas. En realidad, cuanto más grande es un artista, tanto menos30
capaz es, quizá de dar cuenta de la naturaleza de su actividad creadora”.
Le resultaba sospechoso que no informara de errores (¿lo hacían Anna
Freud u otros analistas?), estaba convencido de que su enfoque era sugeren-
te, y de que su tono no emocional era el de una “tía amable”. Todo lo que
podía decir en favor de ella era que no eludía las polémicas. A esta reseña
seguía otra, de Gregory Zilboorg, en la que se exaltaba la lucidez de la
Introduction to Psycho-Analysis for Teachers de Anna Freud.31
GALLITO DEL LUGAR [215]
Por 1934 Melanie Klein estaba indignada porque el Internationaler
Psychoanalyscher Verlag no le hubiese enviado el dinero que le debería, aun
habiendo ella pagado todos los gastos de publicación de la edición alemana,
Martín, el hijo de Freud, se había hecho cargo de la dirección del Verlag y,
sin asustarse por el ilustre apellido, le escribió una dura carta de protesta
el 2 de enero de 1934:
En esta ocasión deseo también expresarle cuánto me sorprende que el editor, hasta
donde puedo juzgar, no haga en absoluto promoción de mi libro. Sólo tengo conocimien-
to de esos anuncios insertos en la revista psicoanalítica. Hasta donde puedo recordar, se
incluyó en las revistas un anuncio de mi libro tan sólo poco tiempo antes de su publica-
ción e inmediatamente después de la misma. Aun entonces, mientras se anunciaban otros
libros de psicoanálisis juvenil e infantil, el mío quedaba excluido. Como prueba de tal
omisión, adjunto los anuncios del último número de la Zeitschrift für Psychoanalytische
Pädagogik, donde se anunciaban los libros de Aichhom, Anna Freud, Nelly Wollfheim y
Bernfeld, pero no se mencionaba el mío.
Si comparo la publicidad de mi libro (en la medida en que se ha hecho por este
medio) la publicidad que se hace, por ejemplo, del libro de Anna Freud, no puedo
realmente comprender por qué el editor está ayudándome tan poco. 32
Además, 1932 parecía ser en mucho sentidos el año del triunfo y la rei-
vindicación de Melanie Klein, a lo cual se añadía que Jones se convirtiera
en presidente del Duodécimo Congreso, celebrado en Wiesbaden (la última
vez que se celebró un congreso en Alemania antes de la guerra). Sin embar-
go, fue el año en que todo empezó a fallar en la vida personal de Melanie
Klein. Con la llegada de Walter Schmiedeberg a Inglaterra, Melitta se trasla-
dó de casa dé su madre en Linden Gardens a su propia casa en Gloucester
Place. La pareja organizó una gran fiesta de inauguración a la que invitaron a
todos los miembros de la Sociedad Británica. Los Schmiedeberg y Klein
compraron a medias un Sunbeam de segunda mano al que llamaban
“Sunny”, y los fines de semana solían salir los tres juntos de excursión por
Inglaterra. Pero ésa era una situación que no podía durar indefinidamente.
Melitta le envió a su madre un cheque* para pagarle su parte del coche. En
una carta sin fecha, escrita probablemente a. finales del verano de 1934, la
hija declaraba categóricamente su independencia. Advertía que en los últi-
mos años había permanecido en estado de dependencia neurótica respecto
de su madre, y que tras haber decidido iniciar un análisis con Edward Glover,
su madre, debía enfrentarse, ante la evidencia de que la relación se
modificaría irrevocablemente; y que se podría mantener una situación amis-
* Según Eric Clyne, el acuerdo de divorcio obligaba a Arthur Klein a pagar a
Melanie una asistenta, pero ella se negó a aceptarla. Al parecer, se reservó cierta suma los
niños; probablemente de ahí provenía el dinero que Melitta le envió.
[216] -
1926 1939 : LONDRES
tosa si Klein la reconocía, no como una aprendiz, sino como una colega de
igual a igual. Esperaba que su madre se comprara un coche pequeño, porque
ella y Walter consideraban que la propiedad en común limitaba su libertad.
Espero, asimismo, que me permitas darte un consejo. No des tanta importancia a que yo
sea muy diferente de ti. Te dije hace ya años que nada causa en mí una reacción peor que
el intento de forzar mis sentimientos. Es la mejor manera de matarlos por completo.
Desafortunadamente, tienes una tendencia excesiva a hacer que tu forma de ver, de sentir
tus intereses, tus amigos, etcétera, sean los míos, líe crecido y debo ser independiente;
tengo mi propia vida;’ mi maridó; se me debe permitir tener intereses, amigos, sentimien-
tos y pensamientos diferentes de los tuyos y aun contrarios a ellos. No creo que la rela-
ción con su madre, aunque sea buena, debe ser el centro de la vida de una mujer adulta.
Espero que no tengas la esperanza de que el análisis me haga adoptar hacia ti una actitud
similar a la que he tenido hasta hace algunos años.
Esa fue una relación de dependencia neurótica. Puedo, por cierto, con tu ayuda, mantener
contigo una relación buena y amistosa, si me permites disponer de suficiente libertad,
independencia y diferencia, y si intentas ser menos susceptible en muchas cosas.
Además, no olvides que debido a que Compartimos la misma profesión, se crea una situa-
ción difícil; ello podría muy ciertamente resolverse si me tratas como a otro colega y me
permites la misma libertad para pensar y para expresar mi opinión que concedes a los
otros.
Con amor, tu
Melitta33
En una primera lectura, estas líneas pueden parecer muy severas; pero
acaso la severidad era para Melitta el único modo de expresar con suficiente,
energía lo que se proponía. La había analizado Ella Sharpe, pero había deci-
dido pasar a Glover: un acto en sí mismo significativo. Glover debió tener
conocimiento de la carta; en realidad, debió ayudar a Melitta a redactarla,
como se sabe que hizo en el caso de otras que ella escribió.
A finales de 1933 era evidente para otros miembros de la Sociedad que
Glover y su analizanda habían unido fuerzas en lo que cada vez parecía más
una campaña para obstaculizar y desacreditar a Melanie Klein. “Edward
Glover y34 yo habíamos acordado aliamos para luchar”, escribió más tarde
Melitta. Reunión tras reunión, Glover y Melitta comenzaron a atacar a
Klein abiertamente, hasta el punto que incluso hoy los miembros de la
Sociedad Británica continúan preguntándose los motivos de esa súbita vio-
lencia. Como los ataques coincidían can el análisis, es indiscutible que tení-
an que ver con el material que emergía durante el mismo o con la transferen-
cia y la contratransferencia.
El mundo de Melanie Klein estaba cambiando. El 22 de mayo de 1933
murió Ferenczi, su primer mentor.* La precaria situación de los analistas

* El único congreso ti que Klein no asistió fue ti de Wiesbaden de 1932. En él pre-


sentó Ferenczi su polémico artículo “The Confusión of Tongues” el cual habría provoca-
GALLITO DEL LUGAR [217]
judíos bajo el régimen nazi era objeto de continua discusión en las reuniones
de la Sociedad Británica. Jones informó que los doctores Maas, Haas, Coen,
Fuchs y Jakobson —un grupo muy poco favorable a las ideas de Klein—
probablemente se establecerían en Inglaterra. Entre los que llegaron tras el
incendio del Reichstag en 1933 se encontraba Paula Heimann, quien
desempeñaría un importante papel en la vida de Klein. La viuda de
Abraham llegó en situación precaria y abrió una pensión en Hampstead. La
situación era difícil también para los analistas ingleses porque se temía que no
hubiese suficiente trabajo para todos. Max Eitingon dejó repentinamente
Berlín para establecerse en Palestina. Y el primer amor de Klein, Kloetzel,
que en vano buscó trabajo en Inglaterra, no tuvo más remedio que emigrar a
Palestina en 1933, donde más tarde pasó a ser redactor de artículos del
Jurusalem Post, principal diario en lengua inglesa del país. Melanie Klein
nunca volvería a verlo.
Ese mismo año Klein se mudó de la maisonette de Linden Gardens a
una valiosa casa, situada en Clifton Hill 42, en St. John’s Wood. Las umbrí-
as y tranquilas calles suponían una gran mejora en relación con el sector de
Notting Hill, donde pululaban las prostitutas. Consciente del cambio de
posición, Klein solicitó a Ernst, el hijo arquitecto de Freud, el primer encar-
go que tuvo en Inglaterra: la decoración del interior de la casa. Fue una
decoración en la que dominaban las líneas de la Bauhaus, muy bonita en su
estilo, aunque a algunos les parecía inadecuada para una casa cuya arquitec-
tura correspondía al período de la Regencia. A comienzos de 1939, el escul-
tor Oscar Nemon esculpió en el jardín de esta casa un busto de Melanie
Klein del doble del tamaño del modelo, cano era costumbre de aquel artis-
ta. Nemon había hecho ya bustos de Freud y de Jones, y Klein manifestó la
misma sorpresa que había expresado Ernest Jones al verse frente a una ima-
gen agrandada de sí mismo. “Mi impresión”, recuerda el escultor, “era que
Melanie Klein tenía una notoria tendencia a la pomposidad y que fácilmente
incurría en el fariseísmo. Acaso se percibían esas características en mi obra y
por ello le causó cierto desagrado”.35 Klein aborrecía aquella cabeza, que
escondió en el desván durante algunos años antes de destruirla.
Aparte de la polémica sobre el análisis de niños, la discusión acerca de
la formación médica continuó ocupando a los analistas tanto a nivel nacio-
nal como internacional. Los estadounidenses insistían en que sólo los médi-
cos podían ejercer el psicoanálisis. En 1926 Freud publicó “La cuestión del

do un enfrentamiento, pues era contrario a todo lo que ella creía. Klein sabía también que
fue Ferenczi había invitado a Anna Freud a Budapest en 1930 para que diese conferen-
cias, y que en la Circular del 30 de noviembre de 1930 había comentado públicamente:
“Sin negar en principio la importancia de la valentía con que M. Klein ha abordado estos
problemas (los del análisis de niños), las observaciones de nuestro grupo apoyan en genera
la concepción vienesa”.
[218] 1926-1939: LONDRES
análisis hecho por legos”, trabajo escrito en defensa de Theodor Reik, a quien
en Viena se perseguía por curanderismo. El tema tenía para Freud cierta
importancia personal: estaba la cuestión de la situación profesional tanto de
Anna como de Mane Bonaparte, quien, según esperaba Freud, con sus
relaciones y riqueza lograría que el psicoanálisis se asentase firmemente en
Francia.
En 1927 se realizó una encuesta entre los miembros de la Sociedad
Británica, la cual acordó que debía “instarse” a los candidatos que no fueran
médicos “a obtener la licenciatura de médicos, pero que no se los debía
excluir por la sola razón de que no la obtuviesen”. No obstante, los psicoa-
nalistas que no fuesen médicos debían admitir que los colegas que lo fuesen
entrevistaran a los pacientes y asumieran la responsabilidad médica antes de
que se iniciara el tratamiento.
En 1926, debido a las quejas provocadas porque muchos curanderos se
hacían pasar por psicoanalistas, la Asociación Médica Británica nombró una
subcomisión para que llevase a cabo una investigación sobre el particular. Se
designó a Ernest Jones miembro de aquella comisión, y gracias a sus per-
suasivas argumentaciones, el cuerpo estableció que sólo quienes se formasen
de acuerdo con los métodos de Freud en el Instituto de Psicoanálisis tendrían
derecho a llamarse psicoanalistas. El reconocimiento de la respetable
posición del psicoanálisis fue un gran logro para Jones. La Sociedad Vienesa,
sin embargo, estaba sometida a las reglamentaciones más humillantes por
parte de las autoridades médicas: y se amenazaba con la clausura de la clínica,
que se ocupaba únicamente de necesitados, si en su trabajo colaboraban
legos. Ello significaba que, de hecho, a Anna Freud se le impedía llevar a
cabo sus actividades, aun cuando daba conferencias sobre análisis infantil en
el Instituto y era también vicepresidente de la Sociedad.
El trabajo en el ámbito del análisis de niños continuó expandiéndose en
Inglaterra bajo la dirección de Melanie Klein, Melitta Schmiedeberg, Nina
Searl y, más tarde, D.W. Winnicott. El 7 de julio de 1930 la Comisión de
Formación estableció ciertas condiciones:
1. El análisis personal y otros estadios de la formación deben ser los mismos para
los analistas de niños y para los demás analistas.
2. El primer estadio de análisis controlado debe consistir en el análisis de dos
adultos bajo control durante, por lo menos, un año.
3. Después de los controles de adultos, el candidato debe emprender el análisis de
control de niños de la siguiente forma; tres casos; uno de adolescencia, uno del período de
prevalencia y uno del período de latencia. El período mínimo de esta fase ha de ser de un
año.
Las actas del 4 de julio de 1930 registran que “La señora Klein trae a
colación la cuestión de las condiciones para los candidatos que aspiren a la
formación en análisis de niños: recomienda que en el próximo Congreso se
GALLITO DEL LUGAR [219]
acentúe la necesidad de que todos los candidatos se ajusten a las pautas del
análisis de adultos y pasen por la formación en análisis de adultos antes de
hacerse cargo del análisis de niños”. ¿Era ése el modo de averiguar si Anna
Freud realmente se había sometido a un análisis de formación? Melanie
Klein tenía el respaldo oficial de la Sociedad Británica, mientras que los
analistas continentales apoyaban firmemente a Anna Freud. En el
Duodécimo Congreso Internacional celebrado en Wiesbaden en septiembre
1932, una subcomisión de la Comisión Internacional de Formación
comunicaba que “no se han discutido las cuestiones de la formación de ana-
listas, infantiles, las consignas para los pedagogos y las conferencias para el
público general o para algún grupo en especial. Parecieran hallarse fuera del
ámbito de sus intereses y estar también parcialmente sujetas aún a opiniones
diversas para que resulte por ahora oportuno establecer normas internacio-
nales que las regulen”. Ello podría ser un intento de evitarle molestias a
Anna Freud.
Jones se pronunció otra vez con firmeza por Melanie Klein en la
comunicación que presentó en el congreso, que era en realidad un respaldo
a El psicoanálisis de niños. “The Phallic Phase” era una declaración de su
divergencia respecto de Freud aún más notoria que su anterior trabajo,
“Early Development of Female Sexuality”, expuesto en el Congreso de
Innsbruck de 1927, donde afirmaba audazmente que “existe la creciente y
sana sospecha de que los analistas varones han acostumbrado a adoptar una
indebida concepción falocéntrica de los problemas en cuestión, subes-36
timándose en consecuencia la importancia de los órganos femeninos”.
Los análisis de Klein confirmaban la observación de que había entre los
estadios oral y edípico más transiciones directas que las que anteriormente se
habían reconocido; en este trabajo introducía además el concepto de
“afánisis”, temor caracterizado por “la extinción total y, por supuesto, per-
manente,37 de la capacidad (incluyendo en ello la oportunidad) de placer
sexual”. Esto correspondía a aquella situación descrita por Klein en la que
la niña teme que su madre la despoje de sus capacidades sexuales y
maternales.
En su artículo de 1931, “Sexualidad femenina”, Freud rechazaba la
sugerencia de Jones de que “la fase fálica represente la solución secundaria
de un conflicto psíquico, de38 naturaleza defensiva, antes que un simple y
directo proceso evolutivo”. Jones declara entonces que tiene otras dudas
que se había abstenido de expresar. De acuerdo con la teoría psicoanalítica
generalmente admitida, el temor a la castración es común a los dos sexos
—y las experiencias clínicas lo atestiguan— pero “la interpretación de los
hechos es, por supuesto, una cuestión diferente y nada fácil”. 39 La con-
cepción ortodoxa dice que el complejo de castración despierta la relación
edípica del niño y fortalece la de la niña. Jones cree no poder acordar con
Freud que la fase fálica alcance su apogeo a la edad de cuatro años. ¿Y
[220] 1926-1939: LONDRES

cómo se entienden los casos en los que el varón continúa obsesionado por su
pene? Jones alude a El análisis de niños, donde se sostiene que “la exagera-
ción narcisística del falicismo... se debe a la40 necesidad de luchar contra un
cúmulo especialmente grande de ansiedad”. Jones está dispuesto a conce-
der a Klein que en el niño la sensibilidad al peligro surge en una etapa nota-
blemente temprana, con el conocimiento inconsciente que él posee de la
existencia de la vulva, su deseo de penetrar en ella y el terror que experi-
menta ante las consecuencias sobrevinientes. Jones cree que Melanie Klein
proporciona la explicación de ese hecho (“Estadios tempranos del conflicto
edípico”), a saber, que el temor del niño deriva de sus impulsos sádicos con-
tra el cuerpo, con independencia de toda consideración de su padre o su pene,
aunque, ciertamente, este último aviva su sadismo.
Jones admite que es arduo comprender cómo el niño (en el plano de la
apariencias) efectúa la transición del pezón al pene; pero no tiene dudas sobre
la actitud ambivalente del niño hacia el pezón ni sobre la fantasía o la
aniquilación oral en el niño durante el conflicto edípico. Coincide con Klein,
efectivamente, en cuanto a que el niño; en el proceso del desarrollo masculi-
no, pasa por un estadio femenino básicamente oral. “En la imaginación del
niño, la idea de los genitales de su madre se mantiene durante tanto tiempo
inseparablemente unida a la idea del pene de su padre en el interior de ellos;
que nos centraríamos en una perspectiva falsa si limitáramos nuestra aten-
ción a la relación con su padre ‘externo’ real; ésa es quizá la verdadera dife-
rencia entre el41estadio preedípico de Freud y el complejo de Edipo propia-
mente dicho.” En opinión de Jones, la fase fálica es “un obstáculo neuróti-
co para el 42desarrollo, no un estadio natural de la evolución de ese
desarrollo”.
Hay dos concepciones dominantes sobre la sexualidad de la niña: la de
que es impulsada a la femineidad por su incapacidad de ser varón, y la de
que es mujer desde el comienzo. Jones disiente cíe Freud y coincide con las
observaciones de los analistas ingleses de niños, según las cuales desde un
estadio muy temprano la niña tiene la idea definida de que el pene se deri-
va del padre, pero se incorpora a la madre, noción que fundamenta su fan-
tasía acerca del coito. Ajustándose a la posición de Klein en El psicoaná-
lisis de niños, Jones explica que, a partir de la frustración oral, la niña con-
cibe un objeto más placentero, a saber, el pene. Si el pene está en el inte-
rior de la madre, ello debe ocurrir en el supuesto acto de fellatio entre los
padres; y, como sugiere Klein, el deseo que la niña tiene de poseer un pene se
relaciona con su deseo de gozar de una posesión valiosa contenida dentro
de su madre, más que de poseer realmente uno. La madre está negándole
algo a la niña —y el destete intensifica su envidia—, pero en esta pugna la
niña es inevitablemente la perdedora. En Sexualidad femenina (1931) Freud
había sustentado que “sólo en el niño varón hallamos la fatal combina-
ción del amor hacia uno de los padres y el simultáneo odio hacia el otro
G ALLITO DEL L UGAR [221]
tanto que rival”.43 Klein y Jones se manifiestan como plus royale que le
roi.*
Ambos entienden que la envidia de la niña se dirige exclusivamente
contra la madre. Aparentemente, la madre amamanta al padre; y, en su fan-
tasía, la pareja se procura una increíble satisfacción mutua. Si la niña se
siente indefensa por no tener pene, ello es así porque lo considera también
un arma destructiva. Tales complejos sentimientos conducen al temor a la
venganza; y Jones subraya que “parece difícil sobreestimar la profundidad y
la intensidad del temor en los niños pequeños”.44 Jones comparte el escepti-
cismo de Klein respecto de la concepción del desarrollo sexual sostenida
por Freud, el cual ignora la culpa y el temor que el niño debe superar.
Tres mujeres analistas habían expresado otras tantas opiniones, total-
menté diferentes, acerca del papel de la niña en el complejo de Edipo.
Helene Deutsch se habían ajustado a una línea estrictamente freudiana: “Mi
opinión es que el complejo de Edipo se inicia en las niñas con el complejo de
castración.”45 Karen Horney habla de “esos motivos típicos para refugiar-
se en el46rol masculino: motivos cuyo origen se encuentra en el complejo de
Edipo”. Melanie Klein, en cambio, afirma que “en mi opinión, la defensa
de la niña contra su actitud femenina no47surge tanto de sus tendencias mas-
culinas cuanto del temor a su madre”. En este caso, la madre se siente
ofendida por haber obstaculizado las verdaderas necesidades femeninas de
la niña y porque amenaza con destruirla si persiste en ella. No es extraño
que se estremezca ante el pensamiento de una unión con su padre. Jones
reconoce que esta explicación de la fase deuterofálica, la envidia del pene,
que él vislumbró en el Congreso de Innsbruck, la había anunciado por vez
primera Karen Horney, y que Melanie Klein la había desarrollado más deta-
lladamente en El psicoanálisis de niños. Esa envidia del pene es la defensa
fundamental que una niña puede manifestar porque, al negar su femineidad,
cree protegerse tanto de un ataque de su madre como de un ataque del peli-
groso pene del varón. El proceso, si avanza suficientemente, puede desem-
peñar un papel fundamental en la formación del lesbianismo. Jones respalda
completamente la opinión de Melanie Klein al respecto de que el odio de la
niña no es resentimiento por estar privada de un pene, como Freud había
sostenido, sino esencialmente por la rivalidad con el pene del padre.
Finalmente, Jones observaba que en la etapa deuterofálica, la renuncia
experimentada tanto por el niño como por la niña consiste en una misma
ansiedad por proteger sus respectivos órganos sexuales. La ignorancia relati-
va a los órganos reproductores puede obrar en un nivel consciente, pero

*En su obra acerca de la vida de Freud dice Jones: “No estuve totalmente de acuer-
do con algunas de estas conclusiones, lo cual provocó una extensa discusión entre Freud y
yo, tanto en nuestra correspondencia como en nuestras publicaciones. Varias de las
cuestiones en disputa no han sido aún satisfactoriamente resueltas”. (III pág. 263)
[222] 1926-1939; Londres
¿como desestimar la importancia de lo que ocurre en el inconsciente? En
conclusión, Jones rinde tributo a Freud, si bien da a entender que Freud no
advierte las implicaciones que posee su gran descubrimiento en relación con
las niñas.
Creemos haber certificado las razones que existen para reconocer más que nunca
el valor de lo que acaso ha sido el más grande descubrimiento de Freud: el complejo
Edipo. No hay motivos para poner en duda que para las niñas, no menos que para los niños,
la situación edípica, en48 su realidad y en su fantasía, es el acontecimiento psíquico más
irrevocable de la vida.
Lo mismo que Huxley en relación con Darwin, Jones siguió actuando
como perro guardián de Melanie Klein; y es fácil comprender la consterna-
ción de Freud ante la “Escuela Inglesa” cuando, número tras número el
International Journal of Psycko-Analysis aparecía colmado de artículos
de Riviere, Isaacs, Searl y Sharpe, todos los cuales apoyaban las posiciones
teóricas de Ernest Jones y Melanie Klein sobre la etiología de la ansiedad
y la naturaleza de la sexualidad femenina. Incluso James Strachey, analizando
y traductor inglés de Freud, consideraba que el impulso epistemofílico del
lector omnívoro se correspondía con el acento que Klein otorgaba a los
impulsos sádicos incorporativos y con los comienzos del desarrollo intelec-
tual. En “Some Unconscious Factors in Reading” (1930) señala:
La base sadicooral que me he esforzado por rastrear en la lectura, sería sencillamen-
te una continuación y una derivación del proceso que ella ha descrito. Pero hay un parale-
lismo aún más completo, que es posible perseguir muy detalladamente entre los deseo"
inconscientes que he atribuido a las personas que leen libros y las fantasías que Melanie
Klein ha descubierto en los niños durante las fases sadicooral y sadicoanal: fantasías
infantiles de penetrar en la madre, ensuciarla, devastarla interiormente y devorar sus con-
tenidos, entre ellos el pene del padre y también bebés y heces. 49
A pesar de este apoyo, se empezaba a atacar a Melanie Klein no sólo
por sus teorías sino también por la aplicación que hacía de las mismas. A
Strachey no le agradaba la polémica, pero se vio obligado a responder a las
críticas que Glover y Schmiedeberg dirigían a la técnica de Klein* y a las
cuestiones subyacentes tras un cuestionario que Glover estaba haciendo cir-
cular entre los miembros de la Sociedad acerca del problema de la técnica.
Entre 1932 y 1933 Glover, ayudado por Marjorie Brierley, realizó una inves-
tigación sobre las diversas técnicas empleadas por los miembros de la

*Strachey criticaba concretamente la comunicación de Melitta Schmiedeberg


Reassurance as a Means of Analytic Technique", expuesta ante la Sociedad el 17
de febrero de 1934, y el artículo de Glover “The Therapeutic Effect of Inexact
Interpretation” (J., 1931, 12,397-411).
G ALLITO DEL L UGAR [223]
Sociedad Británica, con la oculta intención de poner en tela de juicio los
métodos de Klein. Como no se publicó hasta 1940 debemos postergar hasta
el momento oportuno la discusión de sus consecuencias. No obstante , si
bien cuestionario puede parecer una forma “objetiva" de reunir informa-
ción, las conclusiones tendenciosas que Glover extrajo de éste ponen clara-
mente de manifiesto su intención: deliberadamente se había propuesto mos-
trar que el número de analistas que apoyaban la técnica de Klein era mucho
menor que el que generalmente se suponía. Ante todo, procuró restar apoyo
a la afirmación de. Klein de que las técnicas para adultos también podían
aplicarse a los niños, y que se debe intentar inmediatamente poner al descu-
bierto los niveles más profundos de la psique. “Ella se dirigía precipitada-
mente a lo demasiado profundo” me dijo Marjorie Bierley.
En un artículo clásico del psicoanálisis. “The Nature of the Therapeutic
Action of Psycho-Analysis”. Strachey aduce su conocimiento de las ideas
de Freud para apoyar su tesis de que Freud no alcanzó a captar los niveles
más profundos de la ansiedad. La transferencia, un descubrimiento de
Freud, consideraba un fenómeno libidinal. Ciertos párrafos de
Psicología de las masas (1921) sugieren que Freud empezaba a advertir
que el analista puede influir en su paciente mediante su superyó. Adoptando
idea, Strachey hace explícitas sus implicaciones en términos de cura:
Si, por ejemplo, se pudiese conseguir que el paciente temiese menos a su superyó o
a su objeto introyectado, proyectaría imagos menos terribles en el objeto externo y ten-
dría por tanto menos necesidad de sentir hostilidad hacia él; a su vez, el objeto que él
introyectó, sería menos brutal en su presión sobre los impulsos del ello, el cual podría
perder algo de su ferocidad primitiva. En pocas palabras: se instituiría un círculo benig-
no en lugar de un círculo vicioso; en última instancia, el desarrollo libidinal del paciente se
produciría en el nivel genital cuando, como en el caso del adulto normal, su superyó se
torne relativamente moderado y su yo tenga un contacto relativamente no distorsionado
con la realidad50
Strachey propone una interpretación “mutativa” mediante la cual el
analista, actuando como superyó auxiliar, haga ver al paciente la diferencia
que existe entre “el objeto de la fantasía arcaica y el objeto externo real”.51 No
es posible lograrlo repentinamente, sino a través de interpretaciones gra-
duales y profundas, como Melanie Klein había mostrado en El psicoanáli-
sis de niños. Debe orientarse hacia lo que Klein caracterizaba como “punto
de hurgencia”,52 momento advertido por un analista que posee excepcional
capacidad 53de captación; la interpretación “mutativa” debe ser “detallada y
concreta”.
En la discusión que siguió a la comunicación de Strachey, Klein subra-
*Primero se leyó ante la Sociedad Británica, en. junio de 1933, y apareció con
ampliaciones en J., 1934,15, 127-159.
[224] 1926-1939: Londres
yó que la interpretación mutativa incluye el análisis del yo, el superyó y el
ello, en caso de ser realmente completa. Riviere apoyó esta idea, destacando
que la actitud hacia el analista debe ser el núcleo de toda situación analítica
Ernest Jones se manifestó, en cambio, escéptico en cuanto a que los impul-
sos del ello que emergen estén siempre dirigidos al analista, y sugería que
las interpretaciones no basadas en la transferencia también debieran ser
mutativas. Glover sencillamente no podía aceptar el lugar central que se
otorgaba a la transferencia y observaba la dificultad terminológica que con-
llevaba la palabra “profundidad”. Se trataba de un concepto topográfico,
pero también podía tener connotaciones dinámicas. Sostenía que alrededor de
1933 vio que un grupo, cuyos miembros empezaban a definirse como
“kleinianos”, intentaba “adjudicarse el uso de la palabra ‘profundo’ dando a
entender con ello que otros tipos de interpretación eran a la vez superficiales
y terapéuticamente ineficaces”. “Es obvio —concluía incisivamente—que el
adjudicarse derechos de propiedad, por eficaz que pueda resultar como
procedimiento político, se opone a cualquier criterio de objetividad. Puede
intimidar al oponente, pero no elimina- su punto de vista.”54 Ese era el
comienzo de una polémica cuestión que reaparecería en las controversias
que tuvieron lugar de 1942 a 1944. No obstante, el 18 de septiembre de
1933 Jones escribía a Freud: “La Sociedad Británica sigue siendo uno de los
puntos luminosos en el horizonte y no creo que Brill exagere al afirmar, en
una carta reciente, que es ‘el verdadero bastión del movimiento psicoanalíti-
co’. Hemos contrarrestado aun la más leve tendencia a la formación de
camarillas y trabajamos juntos muy armónicamente”.
La “escuela inglesa” comenzaba a definirse claramente como “escuela
kleiniana”. Los miembros freudianos iniciales de la Sociedad, Stoddart,
Fluegel y Bryan, participaron cada vez menos en la misma. Pero había
detractores más explícitos. Desde el principio, Barbara Low no había oculta-
do su hostilidad y Marjorie Brierley mantenía gran distancia respecto del
grupo que parecía establecer un vínculo de adhesión con Melanie Klein.
Entre los partidarios de Klein, Susan Isaacs, analizada inicialmente por
Rank, era analizada ahora por Joan Riviere, quien a su vez había empezado a
analizar a Winnicott. Nina Searl parecía ser enteramente fiel: un alter ego.
Jones, como presidente, procuraba mantener una posición políticamente
independiente, pero Glover y los suyos lo miraban con sospecha puesto que
Klein había analizado a su esposa y a sus dos hijos, y sus opiniones parecían
coincidir totalmente con las de ella.
Evidentemente, Freud no deseaba enfrentarse con Melanie Klein en sus
escritos públicos. En la correspondencia privada con Jones expresa su insa-
tisfacción hacia él y su molesta colega. La posición de Jones es comprensi-
ble. Desde el comienzo, Freud había sospechado de él; y tras los distintos
escándalos con los que había estado involucrado, le habría resultado difícil
establecer en Inglaterra un consultorio médico convencional. El psicanáli-
G ALLITO DEL L UGAR [225]
sis, parecía sospechar Freud, ofrecía una alternativa; e inconscientemente
Jones pudo aferrarse al psicoanálisis de Melanie Klein, que no se centraba
básicamente en el elemento libidinal, como a su salvación. Pero ¿qué haría
Freud con Joan Riviere, una mujer sumamente inteligente que había sido su
propia analizanda? En sus cartas, Freud fue concentrando progresivamente
toda su indignación y su frustración en la figura de Joan Riviere.*
Joan Riviere era una de las inteligencias más brillantes e incisivas del
grupo inglés. Sobrina del gran filólogo clásico A.M. Verrall, se movía con
soltura en el mundo de la intelectualidad inglesa de la clase media alta,
Pertenecía a esa tradición de aficionado talentoso que seguía sus intereses
con el aparente desapego que encubre una pasión real. Su educación fue tan
irregular como la de cualquier otra joven de su clase nacida en 1883. A los
diecisiete años se la envió a Alemania, donde aprendió perfectamente la len-
gua de ese país. Se casó con un abogado, Evelyn Riviere. Strachey pensaba
que ella debió iniciar su interés por Freud a través de la Sociedad de
Investigación Psicológica (como ocurrió en su primer caso) tras haber leído
un artículo con el que Freud colaboró en las Actas de aquella Sociedad.**
Sean como fuere, en 1916 empezó su análisis con Ernest Jones y se convirtió
en la primera analista no médica de Inglaterra. Inició la traducción de las
obras de Freud, especialmente de las Lecciones introductorias, por lo que
su importancia en la introducción de Freud en el mundo de habla inglesa no
puede exagerarse, sobre todo tras su designación como directora de traduc-
ciones del International Journal of Psycho-Analysis. Como dice
Strachey, “tenía tres dotes valiosísimas: un perfecto conocimiento del
alemán, un elevado estilo literario y una penetrante inteligencia”. En 1922
marchó a Viena para que Freud la analizase. Hasta 1925 fue la responsable
principal de la traducción de los cuatro volúmenes de ensayos, tarea en la que
los Strachey colaboraron ocupándose de las historias de casos. Después de
esa fecha pasó a ser directora general de la edición de las obras completas
(Riviere tradujo El yo el ello y El malestar en la cultura) pero continuó
como directora de traducción del Journal hasta 1937.***
* Había, al parecer, algo más que eso. En una carta del 14 de febrero de 1954 dirigi-
da ( Jones, Anna Freud, en respuesta a un comentario de aquél manifestando que Riviere
había sido una de las mujeres que había habido en la vida de Freud, admite que ella,
cuando estaba en Viena, había despertado sus celos (archivos de Jones). Jones
menospreciaba constantemente a Riviere ante Freud deseando demostrar que era una
mujer histérica. ¿Por qué? Porque indudablemente Riviere (en su análisis con Freud) le
había contado a éste de su anterior relación con Jones.
** Se refiere a Note on the Unconcious in Psycho-Analysis (1912).
*** Cuando Freud formulaba alguna queja respecto del Journal, Jones intentaba eludir
las responsabilidades adjudicándoselas a Riviere, según lo indica su afirmación de que ella se
negaba categóricamente a publicar artículos de autores estadounidense. Ello era sumamente
tendencioso por su parte, pues él era totalmente responsable de las decisiones editoriales.
[226] 1926-1939: LONDRES

Joan Riviere y Melanie Klein se conocieron intelectualmente en el


Congreso de Salzburgo de 1924, si bien ya se habían conocido formalmente
el Congreso de La Haya de 1920. Riviere empezó a asimilar las ideas de
Klein durante el verano siguiente, en Endelberg, donde ambas pasaron sus
vacaciones tras el Congreso de Bad Homburg. Su hija, Diana Riviere,
recuerda a Klein como una persona que estaba siempre en un estado de
ensoñación, ocupada tan permanentemente en sus pensamientos que durante
los paseos parecía hallarse a kilómetros de distancia. Si se le dirigía la pala-
bra, reaccionaba como si la hubieran arrancado de un estado de trance. En
una fotografía de las dos mujeres tomada en el Congreso de Innsbruck de
1927, Klein aparecía como un “fardo desaliñado”, recuerda Diana Riviere en
contraste con la sencilla elegancia de su madre. Hasta a un niño le par**
Klein “muy poco sofisticada”.
Era muy improbable que dos temperamentos tan diferentes, que proce-
dían de mundos tan distintos, fueran compatibles; pero Riviere reconoció
que Klein tenía le feu sacré. Melanie Klein sentía un ligero temor a la
señora Riviere al llegar por primera vez a Inglaterra y preguntarle cuestiones
tales como a qué consideraría ella un discurso epistolar aceptable. Por más
que Riviere admiraba a Freud, pertenecía a una clase social a la que nadie
jamás había intimidado y, en 1936 en Viena, se hizo cargo de su tarea de
conferenciante invitado con todo el aplomo del mundo. Creía que tras su
principal operación de cáncer en 1924, la vida creativa de Freud había
llegado a su fin. Aunque después Freud objetó las teorías de Riviere sobre el
inconsciente, había sido él quien primero le indicó que explicitara las
implicaciones de dicha noción.
Un día, durante mi análisis él formuló una interpretación a la que yo respondí con
una objeción. Entonces me dijo: “Es ín-consciente”. Me sentí entonces anonadada al
advertir que no sabía nada de eso: -no sabía nada de eso. En ese instante hizo que descu-
briera ese poderoso inconsciente que se halla en nuestra mente y del que nada sabemos,
aunque sin embargo nos empuja y nos gobierna.
Nunca he olvidado su advertencia al respecto del significado de inconsciente.55
El le había hecho comprender lo que es el inconsciente, pero no estaba
dispuesto a aceptar sus consecuencias, según manifestarían suficientemente
las futuras relaciones entre ambos. Ella56 tenía la seguridad de que él podía ser
“colérico, rencoroso e implacable”. Nunca le perdonó su adhesión a
Melanie Klein, su contribución al Simposio de análisis infantil y sus trabajos
posteriores de orientación kleiniana, que deben haberle parecido especial-
mente ofensivos después de haberla analizado. Además de la disputa entre
Melanie y Anna, le decía Freud a Jones el 9 de octubre de 1927: “Más
lamentables que esas tormentas en un vaso de agua son las afirmaciones teó-
ricas de la señora Riviere, sobre todo cuando siempre he tenido muy alta
G ALLITO DEL L UGAR [227]
opinión de su inteligencia.57En este sentido debo reprocharle a usted haber
sido demasiado tolerante”. ¿Cómo podía Jones darle oportunidad de difun-
dir ampliamente “ideas fundamentales tan erróneas y equívocas”?
Jones la defendía, pero —y ello es característico— no de la forma más
valiente. Algunos años más tarde, al discutir ambos sobre Joan Riviere, tam-
bién discutían en realidad tácitamente sobre Melanie Klein. “Ella
(Riviere) insiste”, decía Jones, “en que la imagen inconsciente que el niño
tiene de los padres, y ante la cual reacciona de múltiples maneras dista de ser
una foto- grafía de ellos, sino que se halla enteramente coloreada con
aportaciones totalmente individuales procedentes de los instintos
constitutivos del propio niño; por ejemplo, la idea del padre puede ser
mucho más sádica de lo que en realidad es, etcétera, etcétera”*. Esto le
suena a Jones como una teoría psicoanalítica perfectamente correcta,
aunque “le dije que estaba cometiendo un error al limitarse a lo que se
podría considerar la mitad fantástica de la imagen”. El que Freud tienda a esa
extraña ficción de atacar a Riviere e ignorar a Klein, ofrece un interesante
tema de especulación.
Freud comenzó a caracterizar la postura de Riviere como herética:
“Tiene una molesta similitud con la de Jung y, al igual que la concepción de
éste, representa un paso de importancia que se dirige a convertir el análisis
en irreal e impersonal”. No podía aceptar su versión de la culpa como defen-
sa contra impulsos internos tales como los deseos canibalísticos. Impasible a
las críticas de Freud, quien se aseguraba de que le llegaban por medio de
Jones, Riviere continuó publicando artículos que se oponían a las ideas de
aquel.
Tras ocupar la presidencia de la Asociación Internacional, Jones pensó
que era posible evitar una ruptura entre Londres y Viena organizando un
intercambio de conferenciantes. Debido en parte a ello, se dirigió a Viena en
Pascuas durante la Semana Santa de 1935 para discutir la idea con el vice-
presidente, Paul Federn. En su biografía de Freud dice Jones:
Mis propias diferencias consistían parcialmente en una duda sobre la teoría de
Freud acerca del “instinto de muerte'* y, por otro lado, en una concepción algo diferente
del estadio fálico del desarrollo, especialmente en el caso de la mujer. Leí, pues, un tra-
bajo al respecto de este último tema ante la Sociedad de. Viena el 24 de abril de 1935.
Freud nunca estuvo de acuerdo con mis opiniones, y acaso eran erróneas; no creo que la
cuestión haya sido dilucidada todavía. Mas inquietantes fueron las opiniones que
Melanie Klein había estado exponiendo en contraposición con las de Anna Freud, y no
siempre con delicadeza. En una prolongada discusión con Freud defendí la obra de
Melanie Klein, aunque no cabía esperar que, en momentos en que él dependía tanto de la
atención y del afecto de su hija, tuviera la mente muy receptiva respecto del tema. 58
Jones escribió este párrafo como biógrafo oficial de Freud. Se expresa
artificial y perifrásticamente. Se ha adherido casi totalmente a las ideas de
Klein pero, al decir que se oponía al instinto de muerte de Freud, se abstiene
[228] 1926-1939: Londres
cautelosamente de añadir que no rechaza La interpretación que Klein hace de
él. Insinúa asimismo que Freud, viejo, enfermo y del todo dependiente de
Anna, difícilmente podía mantener una actitud imparcial. De todos modos,
es comprensible que otra generación de analistas, en especial estadouniden-
ses, manifieste su asombro al escuchar que Jones era un "kleiniano” temero-
sísimo de las herejías. Parecen suponer que por ser Jones el biógrafo "ofi-
cial", sus opiniones debían ser totalmente “ortodoxas”. Poco después de
regresar de Viena, aún en 1935, Jones recibió de Freud la siguiente carta.
No considero leves nuestras diferencias teóricas pero» en la medida en que no
esconden malos sentimientos, no pueden acarrear resultados molestos. Puedo decir defi-
nitivamente que en Viena no hemos introducido mala idea alguna en nuestra diferencia, y
que su amabilidad ha enmendado el camino por el que Melanie Klein y su hija se han
descarriado en relación con Anna.* Ciertamente soy de la opinión de que su Sociedad ha
seguido a Frau Klein equivocadamente, pero la esfera de la que ella ha extraído sus
observaciones me es enteramente extraña, así que no tengo derecho a mantener una opi-
nión al respecto.
Concluía Freud: “Con paciencia y dedicación superaremos sin duda
nuestras diferencias teóricas actuales. Nosotros —Londres y Viena— debe-
mos mantenemos juntos, pues el resto de sociedades europeas apenas
desempeñan un papel y las tendencias centrífugas son, en este momento, muy
fuertes en nuestra asociación internacional. Sería una gran lástima si no
sobreviviesen a mi existencia personal”. Cuando Freud supo de la muerte de
Adler en Aberdeen, en 1937, le escribió a Stefan Zweig diciéndole: “No
entiendo su simpatía por Adler. Para un muchacho judío surgido de un
suburbio de Viena, una muerte en Aberdeen representa de por sí una insólita
carrera y una prueba de cuán lejos llegó. El mundo lo recompensó en reali-
dad abundantemente por su servicio de oposición al psicoanálisis”. ¿Estaba
dispuesto a decir lo mismo de una mujer judía surgida de un suburbio de
Viena que más o menos había logrado tener a la Sociedad Inglesa en la palma
de su mano?

* Melitta atacó a Anna Freud, sólo indirectamente, en la reseña de un libro de uno de


sus colegas. Véase J., 1934, 15, 470. Se abstenía de una crítica más abierta, salvo en los
enfrentamientos durante los congresos
TRES

Duelo

D urante algunos años el enfrentamiento había estado agitándose bajo


la superficie, pero finalmente se iniciaron los combates abiertos
entre Glover y Melitta de un lado, y Melanie Klein del otro. Si es
posible señalar una fecha de inicio, posiblemente sería el 18 de octubre de
1933, cuando en una reunión del consejo de la Sociedad Británica se decidió
la elección de Melitta Schmiedeberg como miembro del Instituto. Glover
informó que Melitta Schmiedeberg, la única aspirante, había obtenido el
Premio de Ensayo Clínico* por su disertación de ingreso en el Instituto, “The
Play-Analysis of a Three-Year-Old Girl”.
No se mencionan el nombre de Klein en ningún lugar del trabajo, pero
la discusión desarrollada en él se inspira en conceptos kleinianos. Las difi-
cultades de Vivían con su madre toman la forma de un reproche inconscien-
te por no darle un pene o por despojarla de uno, lo cual es “proyección 1de su
propio sadismo y defensa contra su propio sentimiento de culpa”. Sin
embargo, Schmiedeberg no atribuye los problemas de Vivian con la comida a
factores constitucionales, como hubiera hecho Klein, sino que la; refiere al
severo adiestramiento al que su madre la había sometido para que hiciera sola
sus necesidades cuando la niña tenía seis meses.
Podría considerarse probable que los conflictos puestos al descubierto por el aná-
lisis de un niño de tres años hayan estado produciendo síntomas desde que era un bebé de

*El premio lo instituyó el doctor L.S. Pentose y Glover, James Strachey y el profe- sor
A.G. Tansley formaban el jurado.
[230] 1926-1939: LONDRES
pocas semanas o meses, en caso de que ulteriores estudios analíticos de niños y la obser-
vación de la conducta de los niños pequeños indique conclusiones similares.2
Un problema en el labio hizo que la lactancia resultara dificultosa; y
Schmiedeberg considera la neurosis de Vivían resultado a la vez de elemen-
tos constitucionales y hechos externos. Lo más importante de todo.
Parte de la desconfianza de Vivían hacia su madre era una reacción directa a la
propia actitud ambivalente de ésta, pues parece ser, en efecto, un elemento importante del
carácter de la madre el mentir y dar excusas. Al mismo tiempo, atendía a la niña y la
malcriaba bastante.3
El caso concluye con una nota que sugiere que podrían tomarse en
consideración otros factores:
Las siguientes observaciones, hechas por la madre, son interesantes. Mientras que,
desde su nacimiento, Vivían fue una niña difícil y nerviosa, su hermanita era un bebé feliz
y satisfecho que no mostraba síntomas nerviosos. La madre explica la diferencia diciendo
que cuando estaba embarazada de Vivían sufrió muchos sustos y el parto fue difícil. 4
Esta conclusión con un final abierto es coherente con sus anteriores
observaciones en el sentido de que para que se pudieran formular teorías más
definidas sobre las neurosis de los bebés sería necesaria “la observación de la
conducta de los niños pequeños".
Años más tarde, Melitta recordaba que al principio ella era “bastante
popular”* entre los miembros de la Sociedad Británica; sus artículos se tení-
an en alta estima, se le solicitaba que diera conferencias y se convirtió en
analista formada a una edad relativamente temprana.
Pero pronto las cosas se tomaron difíciles. Se me criticaba por prestar más atención
al entorno real de los pacientes y a su verdadera situación, y por considerar que la con-
fianza y una cierta imparcialidad eran partes legítimas de la terapia analítica. Pero siem-
pre sentí que la principal objeción procedía de haberme alejado de la línea kleiniana (por
entonces se consideraba a Freud más bien obsoleto). La señora Klein había postulado
fases y mecanismos psicóticos para los primeros meses de vida, y había sostenido que el
análisis de esas fases suponía esencialmente la teoría y la terapia analítica. Sus afirmacio-
nes se volvieron cada vez más extravagantes, y ella exigió una lealtad incondicional sin
tolerar desacuerdos. 3
Si la popularidad de Melitta declinaba, se debía en gran medida a la
molestia y el bochorno que causaban en sus colegas la vendetta que libraba

* En 1942 Klein escribía a Susan Isaacs: “La gente recordará perfectamente que
en los años que transcurrieron hasta que la doctora S. se volvió contra mí, su crítica era
temida en la Sociedad”.
D UELO [231]
contra su propia madre. Melitta pudo haber pensado que ella era “más bien
popular”, pero los miembros de la sociedad la recuerdan como una persona
violenta y malhumorada. Aunque parecía extraordinariamente joven para su
edad, era tensa y dogmática. En el Congreso de Oxford de 1929 se le enco-
mendó a Diana, la hija de Joan Riviere, que le mostrara los colegios. Al
concluir la excursión, Melitta señaló ásperamente: “Ha sido interesante, pero
científico”.6
Los problemas que se suscitaban en el seno de la Sociedad Británica no
concordaban con la imagen que esa sociedad ofrecía al mundo. Ernest Jones
se enorgullecía de que Freud la hubiese reconocido como la primera socie-
dad. En su informe anual, dirigido a los presidentes de las sociedades miem-
bros, escribía Jones el 19 de diciembre de 1932: “En lo que se refiere a esta
localidad, es poco, y bueno, lo que tengo que informar. Nuestra sociedad
está trabajando bien y armoniosamente”. Cuando, en 1931, Clifford Scott
escribió desde Boston para solicitar un análisis de formación, recibió una
carta de Jones en la que éste descalificaba a los analistas estadounidenses.
Al regresar William Gillespie en 1932 de Viena, donde le había analizado
Edward Hitschmann. Jones le preguntó severamente por qué había preferido
ir a Viena antes que a Londres. Gillespie no advertía qué era lo que Jones le
quería decir, a saber, que él había preferido el análisis vienés al análisis
ingles. Y pronto descubrió que eran realmente muy diferentes. Jones tam-
bién le dijo que Freud tenía genio pero no talento. En Viena, Gillespie nunca
había oído hablar de Melanie Klein, pero en Londres advirtió que los miem-
bros de la Sociedad Británica consideraban su obra como “una Biblia”,
Ignorando cuáles eran los problemas, la agria atmósfera que sintió en las
reuniones lo dejó totalmente perplejo. En relación con los ataques de Melitta
dice, estremeciéndose: “A veces era horrible, realmente horrible”.7
En una reunión científica, Melitta sostenía que su madre había analiza-
do a niño de un año, mientras que Melanie negaba haber analizado a
niños menores de dos años y medio. Otra vez la acusó de intentar despojarla
de su clientela psicoanalítica; y gritaba: “¿Dónde está el padre en tu obra?”
En una grosera escena, pateó violentamente el suelo y abandonó rápidamen-
te la reunión. Normalmente Melanie Klein tendía a mantener un digno silen-
cio durante estas embestidas, dejando que peleasen sus partidarios: Riviere,
Isaac y,: después, Paula Heimann. Gillespie la recuerda rodeada de una
especie de falange, totalmente vestida de negro, sentada en un lugar destaca-
do frente a la oposición.
Como dos furias vengadoras, Melitta y Glover acechaban la vida de
Klein. Según la última versión de Melitta, Jones proponía que ella y Walter
emigrasen a los Estados Unidos. Fanny Wride recuerda haber visto a Glover
y a Melitta en un congreso internacional públicamente cogidos de las
manos.8 Wride creía que Glover veía en Melitta la hija que él debiera haber
tenido en lugar de su verdadera hija mogólica. La conducta de Melitta indi-
[232] 1926-1939: LONDRES
ca que tenía una no resuelta obsesión con su padre. Glover, profundamente
resentido con Klein, utilizaba a Melitta para herir a la madre de esta manera
más cruel posible. s
La reacción de Melitta ante la muerte de su hermano Hans, en abril de
1934, muestra lo profundo del rencor que le tenía a su madre. Hans trabaja-
ba en una fábrica de papel fundada por su abuelo, no lejos de Ruzomberok.
Le gustaba caminar por las montañas de Tatra, que habían formado parte del
escenario de su vida cuando era un muchachito. Pero durante una excursión,
súbitamente se hundió el sendero por el que paseaba y se cayó por un preci-
picio. El funeral se realizó en Budapest, donde Erich se encontraba visitando
a su tía Jolan. Arthur Klein llegó desde Berlín, pero Melanie estaba tan atur-
dida que no pudo dejar Londres. Eric Clyne sostiene que la muerte de Hans
fue para su madre motivo de pesar durante toda su vida.
La reacción inmediata de Melitta fue decir que había sido un suicidio y,
ciertamente, muchos miembros de la Sociedad Británica mantienen esa
impresión. Eric Clyne niega categóricamente la posibilidad de que haya sido
así, considerando las circunstancias de la muerte de Hans y que, poco des-
pués de su muerte, su madre recibió una carta de una mujer checa informán-
dole que ella y Hans habían pensado en casarse después de que ella obtuvie-
se el divorcio. Eric conoció después a aquella mujer. La relación también
parecía demostrar que Hans había superado sus antiguas tendencias homose-
xuales después de su análisis con Simmel, a finales de la década de los vein-
te. No obstante, dada la falta de pruebas documentales, todo lo que se refiere
a Hans permanece inquietantemente en las sombras. o®
Una carta de Hans a su madre, con fecha del 22 de marzo de 1933, indi-
ca que tenía dificultades para conseguir trabajo en Checoslovaquia debido a
su nacionalidad sueca. La carta es sencilla, ingenua y sincera. Describe con
mucho detalle un vestido de cosaco que había usado en un reciente baile de
disfraces en. Plesivec. Continúa: “Adjunto una muestra de mis versos. Por
supuesto, sólo se entienden si se conoce a las personas y los hechos mencion-
nados en ellos. ¡Pero tú eres muy imaginativa y podrás relacionarlos entre sí,
y ver por fin una muestra de mi poesía!”9
Klein, para quien era importantísimo no dejar de asistir a una reunió
científica, no estuvo en condiciones de aparecer en público hasta el 6 de
junio, cuando Edward Glover habló sobre algunos aspectos polémicos de la
técnica psicoanalítica.* Era una notable falta de sensibilidad elegir para
* Sin embargo, Glover sostiene que él no se opuso abiertamente a Klein hasta el 3
de octubre de 1934, cuando leyó un artículo titulado Some Aspects of Psycho-Analytical
Research, en el que afirmaba categóricamente que “la actividad investigadora que existía
en la Sociedad se estaba congelando debido a la propagación de concepciones dogmáti-
cas en temas a propósito de lo» cuales era esencial tener la mente completamente abier-
ta” (An Examination of the Klein System of Child Psichology, 13).
D UELO [233]
aquella ocasión un tema tan polémico. El 21 de noviembre Melitta expuso
comunicación sobre el suicidio en la que decía:
La ansiedad y la culpa no son las únicas emociones responsables del suicidio. Por
mencionar sólo un factor más, sentimientos de disgusto suscitados por un profundo
desengaño, por ejemplo, con personas amadas o la destrucción de idealizaciones resultan
ser un incentivo que conduce al suicidio.10 *
Estas observaciones respondían al análisis del impulso al suicidio
hecho por Klein en su decisivo artículo “La psicogénesis de los estados
maniacodepresivos”, que ella expuso en el Congreso de Lucerna en agosto
de 1934, y ante la Sociedad Británica el 16 de enero de 1935. Su “trabajo”,
como ella lo llamaba, pronunciando la palabra con fuerte acento alemán,
había sido en el pasado la salvación de Klein y volvería a serlo en este
extenso elaborado artículo. Durante el resto de su vida dirigiría su aten-
ción a las cuestiones de la pérdida, la aflicción y la soledad, experiencias
que constituyeron un elemento recurrente en su vida. La muerte de Hans
representaba la culminación de un año de pesares: primero la traición de
Melitta y ahora la muerte de Hans, cuyos problemas —debe haber sentido
ella— se habían exacerbado debido a la depresión crónica de su madre
cuando él era niño. Una aflicción tan devastadora hacía renacer dolores del
pasado: la preferencia de su padre por Emilie, la muerte de Sidonie, sus
angustias y su culpa por Emanuel, su derrumbe tras la muerte de su madre,
sus sentimientos ambivalentes respecto de Arthur, su desolación tras la
muerte de Abraham; y el difícil decurso de su relación con Kloetzel. En
“Situaciones infantiles de angustia reflejadas en una obra de arte y en el
impulso creador” (1929) presenta la necesidad creadora como algo que
deriva del impulso por restaurar y reparar el objeto dañado tras un ataque
destructivo. Este nuevo artículo, en el que se otorga a la conducta depresiva
un lugar central, le permitía sublimar su sufrimiento, de modo tal que no
sólo lograba convivir con su aflicción, sino que comprendía que esa aflic-
cción podía ser un escalón hacia la madurez y el desarrollo. Así como la más
grande obra de Freud, La interpretación de los sueños, era resultado del
análisis de sí mismo, “Contribución a la psicogénesis de los estados mania-
codepresivos” es una exploración de la psique de Klein. Ella advertía que
había realizado un descubrimiento fundamental; y sabía, también, que su
obra, sólo podría difundirse a través de los esfuerzos de discípulos fieles e
inteligentes. Lo mismo que Freud, ella exigía una lealtad plena; y lo mismo
que Freud, podía excluir sin piedad a aquellos que expresaran dudas o que
parecieran seguir líneas de pensamiento que se apartaban de la suya. Al
envejecer, muchos la consideraron una fanática absorbida totalmente por su

*Se convirtió para ella en una especie de idée fixe. El 18 de mayo de 1938 expuso
otro trabajo titulado Technical Problems in a Suicidal Case.
[234] 1926-1939: LONDRES
obra. “Era absolutamente imposible escapar de ella”, me dijo Margaret
Little. “Si alguien se iba, era porque ella lo había expulsado del grupo.” 1
Durante años, Klein había intentado mantener una concepción del desa-
rrollo en términos de estadios libidinales, y a causa de ello se expresaba con
grandilocuencia o se enredaba en contradicciones al esforzarse por ajustar a
una estructura rígida las cambiantes relaciones del yo con sus objetos ínter-
nalizados y externalizados. El núcleo de su nueva teoría era que a la edad de
cuatro o cinco meses se produce en la vida del bebé un importante cambio
evolutivo: un cambio en el cual se pasa de la relación con sólo una parte del
objeto, al reconocimiento del objeto en su totalidad: del prototipo del pecho
materno a la madre como persona. Este cambio acarrea toda una nueva serie
de sentimientos y de ansiedades ambivalentes. El niño teme perder el objeto
bueno; al mismo tiempo, al experimentar culpa por los sentimientos agresi-
vos que podrían haberlo dañado, procura restituirlo a su integridad. ¿Era el
anterior derrumbamiento de la propia Klein consecuencia de que se hubiera
logrado superar lo que llamaría “la posición depresiva”?
Distingue ahora entre la ansiedad y los estados paranoides (que más
tarde denominó habitualmente “persecutorios”) y depresivo. La salud mental
depende de la internalización del objeto bueno, cuya preservación equivale a
la subsistencia del yo. No crear una situación así, es el germen de las ansie-
dades psicóticas posteriores. En la enfermedad maníaco-depresiva se da el
temor de contener objetos nutrientes o muertos, y la defensa contra el reco-
nocimiento de esta situación consiste en negar valor al objeto internalizado,
esto es, el rechazo de la propia realidad psíquica. El niño pequeño busca
protegerse de esos perseguidores internos mediante la expulsión y la proyec-
ción. En “Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresi-
vos” (1935) Klein no sólo supone que el superyó se funda en los objetos
parciales incorporados más tempranamente. Como si esta teoría no fuese
suficientemente polémica, continuaba:
Mis propias observaciones y las de muchos de mis colegas ingleses nos han llevado
a la conclusión de que la influencia directa de los procesos tempranos de introyección
tanto sobre los desarrollos normales como sobre los patológicos tienen una importancia
mucho mayor a la aceptada hasta el momento en los círculos psicoanalíticos, y difiere en
muchos aspectos en relación con lo admitido en esos mismos círculos.12
Es muy claro que la conducta depresiva ha sustituido al complejo de Edipo como
problema central por superar en el desarrollo.
Por lo pronto, el mundo del niño pequeño está lleno, por una parte, de
objetos idealmente buenos y, por otra, de objetos detestablemente malos. El
niño procura mantenerlos separados en su mente. Con el tiempo, la situación
se complica al mezclarse los objetos buenos con los malos y al temer el bebé
que los malos destruyan a los buenos. Esto es lo que ocurre en la enferme-
D UELO [235]
dad depresiva cuando el niño, que se ha identificado con el objeto bueno,
teme que la destrucción de éste suponga asimismo su propia destrucción.
Por eso el paciente depresivo puede formarse una idea de perfección a fin de
excluir la posibilidad de un daño irreparable.
En el caso de algunos pacientes que se han apartado de su madre por disgusto o por
odio que han empleado otros mecanismos para apartarse de ella, he descubierto que en
gentes existe, no obstante, una bella imagen de la madre; pero una imagen que se
manifestaba como sólo eso, una imagen, no su yo real. Se percibió que el objeto real no
era atractivo: una persona en realidad lastimada, incurable y, por tanto, temida. La imagen
bella había sido disociada de su objeto real, pero nunca se había renunciado a ella y
empeñaba un papel de mucha importancia en los modos específicos como se produce la
sublimación en los sujetos.13
¿No estaba pidiéndole indirectamente a Melitta que intentara conside-
rarla una persona entera, y deduciendo que Melitta nunca había superado la
etapa depresiva? En las acusaciones que Melitta dirigía a su madre, lo
mismo que en su sospecha de que estaba intentando quitarle los pacientes, la
hija retrocedía a una fase infantil en la que “se reforzaban sus temores y sus
sospechas paranoides para defenderse de la posición depresiva”.14 La aflic-
ción se compone de pesar, culpa y desesperación. En un estado así se empie-
za a poner en duda la bondad del objeto amado. Klein cita la afirmación de
Freud según la cual una duda tal es una duda del amor de uno mismo, y “un
ser humano que duda de su propio amor puede o, más bien, debe dudar de
todas las cosas más insignificantes”.15
Puede considerarse el suicidio como un mecanismo de defensa.
Abraham, como ella recuerda, lo había interpretado como un ataque contra
el cuerpo introyectado, “pero, mientras que al cometer suicidio el yo se pro-
pone matar el objeto malo, apunta, en mi opinión, al mismo tiempo a salvar
sus objetos amados, sean internos o externos. Resumiendo: en algunos casos
las fantasías que subyacen al suicidio tienen como objetivo la preservación
de los objetos buenos internalizados y, también, la destrucción de la otra
parte del yo que se identifica con los objetos16malos y con el ello. Así se
posibilita que el yo se una a un objeto amado”.
Un párrafo como ése sugeriría que, inconscientemente, Klein podría
sospechar que Hans, consciente o inconscientemente, se había suicidado. En
una de sus notas, Hans describe su propio estado mental “entre regular y
hecho”. En su aflicción por las perturbaciones de su hijo (y el análisis de
Félix revela que Hans probablemente era depresivo), intentaba comprender.
Aparentemente, ni Hans ni Melitta habían superado la etapa depresiva; y en
su propia aflicción Klein había regresado a una anterior fase maníaca. Sabía
que la primera pérdida dolorosa que se padece tiene lugar con el destete. La
reacción ante la pérdida de un objeto parcial de la libido y la aceptación de
la madre como un todo, amado pero no idealizado, supone la condición
[236] 1926-1939: LONDRES
necesaria del desarrollo normal y de la capacidad de amar. Negaba aún toda
culpa o toda responsabilidad en lo que había ocurrido con su hijo; de hecho
utilizaba todavía la defensa de la “anulación”. El concepto de reparación
—que más tarde desempeñaría un papel fundamental en su obra— se intro-
duce como medida prácticamente ineficaz debido a su naturaleza imaginaria
Aún no había aclarado el modo como se logra la totalidad interior, pero el
hecho mismo de que a partir de su angustia creara un modelo de desarrollo.
una Weltanschauung, era una afirmación de su confianza en sí misma y en
el análisis.
¿Esperó alguna vez que Melitta se arrodillara ante ella y le pidiera per-
dón, tal como ella misma había hecho cuando Libussa agonizaba? Por
entonces Melitta omitía deliberadamente referirse a la obra de su madre,
pero Klein cita trabajos de Melitta y de Glover de 1931 y 1932 en apoyo de
su caso. Ello puede explicarse de diversas maneras: como una afirmación de
que la ciencia está por encima de mezquinas rencillas, y como insinuación
de que hasta muy poco tiempo antes —hasta el reciente análisis de Melitta
con Glover— los dos se adherían a sus opiniones.
“Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos”
parece haberse escrito en un estado de depresión maníaca durante el vera-
no de 1934. En los dos años siguientes no publicó nada. No obstante, con-
tinuó asistiendo regularmente a las reuniones y aportando siempre sus
opiniones a la discusión. Sus partidarios coinciden en que durante ese
período estaba muy deprimida, pero niegan que se tratase de una depre-
sión clínica; pero posteriormente, Sylvia Payne explicó a Pearl King que
Jones, preocupado por Klein, le había pedido a ella que la atendiera profe-
sionalmente.
En la agenda de Klein correspondiente a 1934 constan encuentros con
Payne de dos horas (a veces una hora y media) los lunes desde enero hasta
julio. (Como la de 1933 se ha perdido, es posible que viese a Payne antes de
1934.) Sin embargo, Hans no murió hasta abril de 1934. Ello sugeriría que
lo que provocó la profunda depresión de Klein fue la partida de Kloetzel a
Palestina, a finales de 1933. Esta partida suponía prácticamente una muerte,
puesto que sabía que no volvería a verlo nunca más, y esa muerte simbólica
reactivaba sus sentimientos experimentados tras la muerte de Emanuel, a
quien Kloetzel tanto se parecía. También Hans le recordaba a Emanuel, así
que por la época de la muerte de Hans, debió sentir que el duelo era una
carga permanente impuesta por los hados. Que consiguiera arreglárselas
para sobrevivir fue un triunfo de la capacidad de adaptación y de la com-
prensión de sí misma.
Las consecuencias de las polémicas ideas de Melanie Klein continuaron
influyendo en una esfera más amplia. Durante los últimos años de la década
de los veinte, Jones había intentado apaciguar a Freud desviando su atención
desde Klein a Joan Riviere en tanto exponente de sus teorías. Ahora, en la
D UELO [237]
década del treinta, se proponía coquetear con Anna Freud utilizando a
Melitta Schmiedeberg como chivo emisario.
Anna estaba enfadada porque la Sociedad Británica no había publicado
aún su primer libro. El 1 de abril de 1930 escribió a Jones diciéndole que
Allen y Unwin publicarían su Einführung in die Psychoanalyse für
Pädagogen (traducido por su aliada, Barbara Low, en 1931 como
Introduction to Psycho-Analysis for Teachers). Anna añadía
irónicamente que consideraba de su incumbencia todo cuanto ocurriese en
Inglaterra en relación con el psicoanálisis... aun cuando se tratase de la
publicación de cuatro breves conferencias de ella. Poco a poco fue
estableciéndose una relación epistolar —a veces de dos cartas al mes— entre
ambos. En marzo 1934 Jones envió a Anna un lote de artículos entre los que
figuraban algunos de Klein y de Melitta. En el International Journal
publicó varias reseñas de análisis infantiles de figuras como Heinrich Meng y
Richard Sterba, en quienes destacaba la pedagogía curativa en la cual se
insertaría el análisis de niños. Evidentemente, Jones intentaba reforzar sus
defensas.
En agosto, durante el Congreso de Lucerna, Melitta atacó violentamen-
te a Anna. Jones le comunicaba a ésta que Federn se había negado a publi-
car un artículo de Melitta en la Zeitschrift a menos que se omitiesen todas
las referencias a Anna y a su obra.* “Me indigné al principio con él al escu-
char eso”, decía Jones
pero al leer el artículo no pude sino reconocer que tenía razón. Sean o no correctas
deducciones que ella extrae a propósito de su obra, no creo, ciertamente, que ésa sea la
manera de exponerlas. Si ella desea hacerlo así, debiera escribir una monografía en la que
trate más sinceramente los escritos de usted. Por eso, con mucha dificultad la he
introducido a eliminar esta parte de su comunicación para el Congreso, y aparecerá así
tanto en el Journal como en la Zeitschrift. Posiblemente, los tiempos estén maduros para
algún simposio de análisis infantil en el próximo Congreso.17
Anna Freud se quejaba de que Melitta no le otorgase el beneficio de la
duda respecto de si ella podía distinguir entre el consciente y el inconscien-
te. Su labor tenía un fundamento teórico diferente, pero Melitta simplemente
daba por supuesto que ella era una tonta. Se evitaba escrupulosamente el
nombre de Melanie Klein. Cuando Jones le contó que el hijo de Klein había
muerto trágicamente, Anna respondió que lo sentía muchísimo por ella y
pasó a tratar de otra cosa. Al separarse en la primavera de 1934, Freud y Jones
habían llegado a un amistoso acuerdo respecto al intercambio de con-
ferenciantes entre Viena y Londres. En el intervalo, en el Informe Anual de
la Sociedad Británica correspondiente a los años 1933-1934 se declaraba

* Se refiere al trabajo de Schmiedeberg The Mode of Operation in Psycho-Analitic


Theory. Se publicó en una versión resumida como The Psycho-Analysis of Asocial
Children and Adolescents en J., 1935, 16:6, 22-48.
[238] 1926-1939: LONDRES
que el acontecimiento más destacado era la ampliación de una sección de la
clínica dedicada a la formación en el análisis infantil; los seminarios estarían
dirigidos por Melanie Klein. Llegó entonces el artículo de Lucerna, “La psi-
cogénesis de los estados maníaco-depresivos”, que despertó en Viena sospe-
chas e inquietud. Ernest Jones llegaba incluso a mencionar a Melanie Klein
como posible sustituta de Radó en la Comisión Internacional de Formación,
dedicada a resolver los problemas de afiliación de los analistas que por razo-
nes políticas se habían visto obligados a emigrar de sus países. Las únicas
posibilidades en relación con Inglaterra que podía sugerirle a Eitingon eran
Melanie Klein y Ella Sharpe: “La primera, al margen de lo que pueda pen-
sarse de sus teorías, ha manifestado sin duda el mayor interés por todos los
problemas de formación”.18
“Early Female Sexuality" (1935), trabajo presentado por Jones en
Viena, en el que se retoma la cuestión del desarrollo sexual femenino, es un
modelo de lucidez. El tono es fundamentalmente prudente, pero no intenta
restar magnitud a las diferencias entre Londres y Viena. Comienza enume-
rando las divergencias: “el desarrollo temprano de la sexualidad, especial-
mente en la mujer, la génesis del superyó y-su relación con el complejo de
Edipo, la19 técnica del análisis infantil y la concepción del instinto de
muerte”. Recurriendo a todas sus habilidades diplomáticas asegura a sus
oyentes que distintos enfoques no suponen diferencias irreconciliables. El
problema era carecer de una comunicación adecuada debido a la lengua y a la
distancia geográfica, al que se sumaban las recientes dificultades políticas y
económicas. Eran pocos los analistas ingleses que leían la Zeitschrift y aun
menos los lectores alemanes del International Journal of
Psycho-Analysis. Su impresión era, en realidad, que los analistas no leían
tanto como solían hacerlo antes. ‘Tengo la impresión de que hoy en día son
más los psicoanalistas formados a través de la palabra oral que a través de la
escrita.”20
Reitera las cuestiones planteadas en sus trabajos de Innsbruck y de
Wiesbaden, apoyados en análisis de niños hechos por Klein; en particular,
en la medida en que atañía al desarrollo de las niñas. Freud había más o
menos abandonado la cuestión de la relación temprana entre madre e hija al
decir: “Todo lo que se relaciona con este primer vínculo con la madre me
carece tan evasivo, hasta tal punto perdido en un pasado tan confuso y oscu-
ro, tan difícil de resucitar, que pareciera haber sufrido una represión espe-
cialmente inexorable”.21
Melanie Klein no manifestaba incertidumbre alguna: la niña pequeña
ve su madre como a una persona que la ha llenado con todas las cosas líqui-
das y sólidas que la niña anhela. El padre es un rival, también, porque la
madre priva a la hija, de esas preciosas sustancias dándoselas a él. La niña
me que luchar con una ansiedad mucho mayor que el niño, debido a las
fantasías que ella tiene de cortar, despojar y quemar del cuerpo de la madre
con excremento y orina. Envidia el pene porque lo considera un arma de
D UELO [239]
destrucción y a la vez un arma de defensa. Pero hay una solución para este
callejón sin salida. Jones remite el artículo de Klein “La psicogénesis de los
estados maníaco-depresivos”, en el que se describe una actitud emocional
más que un estadio del desarrollo de la libido. La niña, al ir reconociendo
que no puede tener el objeto originario de su deseo y que sus impulsos sádi-
cos son estériles, pasa a la fase edípica, en la que mantiene una relación de
rivalidad con su madre. Su madre no ha cedido su pecho o el pene incorpo-
rado del padre, y de ese modo la niña permanece transitoriamente en lo que
podría llamarse el estadio fálico de su arduo camino hacia la femineidad.
“La cuestión última es la de si la mujer nace o se hace.”22
Concluye Jones: “Dicho más genéricamente, creo que la Sociedad
Vienesa nos reprocharía que otorguemos demasiada importancia a la vida
más temprana de la fantasía en detrimento de la realidad externa. Y nosotros
responderíamos que no hay peligro serio de que algún analista descuide la
realidad externa, mientras que siempre cabe la posibilidad de que los analis-
tas subestimen la doctrina de Freud sobre la importancia de la realidad psí-
quica”.23
El 18 de noviembre de 1935 Robert Waelder, como representante del
grupo vienés, expuso ante la Sociedad Inglesa “Problems in
Ego-Psychology”.* La actitud arrogante y condescendiente de Waelder no
le resultó atractiva a la Sociedad Británica; y en 1938, cuando se suscitó la
cuestión del lugar al que Waelder iría al escapar de Viena, Jones le dijo a
Anna Freud: “Coincido con25 los demás en que su personalidad no se presta
mucho a la asimilación“. Lo enigmático es que el trabajo original de
Waelder nunca se publicara. La respuesta de Joan Riviere, “On the Genesis
of Psychical Conflict in Earliest Infancy”, se expuso ante la Sociedad de
Viena el 5 de mayo de 1936, la víspera del cumpleaños de Freud.*
Freud había prohibido estrictamente que se celebrase el día en que
cumpliría los ochenta años. Atendiendo afectuosa, pero maliciosamente a
sus deseos, el Instituto de Viena se inauguró el día anterior a su cumpleaños,
esto es, el 5 de mayo. Asistieron a la ceremonia analistas de los Estados
Unidos, Francia, Checoslovaquia, Holanda y Palestina. Ernest Jones, como
* En The Thecnique of Psycho-Analysis Glover incluye una reveladora nota al pie:
“Es bastante interesante que los críticos ingleses de Melanie Klein y de su grupo no se
unieran a Waelder, probablemente porque notaban que se excedía al restar importancia a
todo lo que ocurría antes de la clásica situación edípica, en particular a los factores pre-
genitales. Aunque no coincidieron con la orientación posterior de Klein, no objetaban
algunos de sus primeros hallazgos, aquellos que podían insertarse en el entramado de
otras reconstrucciones 24analíticas y que básicamente atendían a las opiniones aceptadas de
Freud y de Abraham”.
* El trabajo de Riviere se publicó en el International Journal de octubre de 1936,
mientras que un artículo de Waelder completamente distinto, The Problem of the Génesis
of Psychical Conflict in Earliest Infancy, con el subtítulo de Remarks on a Paper by Joan
Riviere apareció en el International Journal en 1937, 18, 406-473.
[240] 1926-1939: LONDRES
presidente de la Asociación Internacional, pronunció el discurso inaugural,
“El futuro del psicoanálisis**. Les recordaba a los vieneses la pérdida de
muchos de los miembros de su sociedad debido a la muerte, la deserción o la
emigración. Tocó la espinosa cuestión del análisis realizado por quienes no
son médicos, destacando que, salvo casos de personas especialmente dota-
das, ha estado en favor de una base médica para que el psicoanálisis ganara
respetabilidad ame el público general. Se volvió entonces una vez más al
desdichado problema relativo a los analistas más jóvenes y con exceso de
trabajo, que desconocían la historia de la bibliografía psicoanalítica, situa-
ción que “hace que disminuyan muchísimo las posibilidades de desarrollar
una perspectiva crítica y expone a muchas falacias que podrían evitarse de
otro modo”.26
Pasaba a ocuparse del futuro del psicoanálisis: “El riesgo más común
que corre el investigador es la tentación de exagerar unilateralmente los ele-
mentos que le hayan interesado”.27 Sin dejar dudas a su audiencia de que
estaba refiriéndose a Melanie Klein, continuó: “Por otra parte, no siempre
debe suponerse que el investigador que abre un nuevo sendero, necesaria-
mente ha cometido un error”.28 Freud ha proporcionado el “andamio”, decía
Jones, preveía “cambios muy considerables en los próximos veinte años”.29
El discurso fue digno, respetuoso, pero en ningún momento servil.
Aquella noche Joan Riviere dio su conferencia ante una audiencia
numerosa. Estaba molesta porque Jones había asumido el papel de honesto
intermediario, dejándole a ella todos los temas polémicos. No podría haber-
se elegido una mejor representante inglesa: alta, elegante, absolutamente
segura. El contenido de su trabajo, “On the Genesis of Psychical Conflict in
Earliest Infancy”, era agresivamente kleiniano. Klein y sus partidarios conti-
nuaban afirmando que su obra suponía un desarrollo de las ideas de Freud,
mientras que para los vieneses era una desviación; la cuestión era: ¿de qué
aspecto de Freud? Los vieneses se habían aferrado a Psicología de las
masas (1921), donde Freud retiraba la atención del inconsciente para dirigir-
la al modo como el yo se esfuerza por dominar y regular sus impulsos
inconscientes y recurre a diversos mecanismos para defenderse de lo que
ahora se llamaba “el ello*’. Klein, por otra parte, se sentía atraída por las
ideas expuestas en El yo y el ello (1923), especialmente por la teoría freudia-
na de la culpa y del instinto de muerte. En consecuencia, Riviere afirma ini-
cialmente que toda pretensión de comprender la estructura del yo del adulto
exige que se remonte el desarrollo genéticamente hasta sus raíces últimas.
La repetición de algunos materiales en el análisis del adulto representa un
testimonio de los sentimientos preverbales. Añade, subrayando que la ansie-
dad más profunda del ser humano es el desamparo: ‘Tenemos razón para
pensar, tras la obra más reciente de Melanie Klein sobre los estados depresi-
vos, que todas las neurosis son variedades diferentes de la defensa contra esa
ansiedad fundamental, englobando cada una de ellas los mecanismos de los
D UELO [241]
que el organismo dispone sucesivamente a medida que avanza su
desarrollo”.30 El yo requiere un objeto en el que proyectar su ansiedad.
Riviere escribe más eficazmente que cualquier otro miembro de la Sociedad
Británica; en un dramático párrafo describe la turbulenta vida imaginativa del
bebé:
Los miembros pisotearán, golpearán y darán puntapiés; los labios, los dedos y las
manos amamantarán, se enroscarán, pellizcarán; los dientes morderán, roerán, lacerarán y
cortarán; la boca devorará, deglutirá y “matará” (aniquilará); los ojos matan al mirar,
perforan y penetran; el aliento y la boca hieren con el ruido, como han experimentado los
sensibles oídos del propio bebé. Puede suponerse que antes de llegar a tener algunos meses
de edad el niño no sólo se sentirá realizando tales acciones, sino que tendrá algún tipo de
ideas de estar haciéndolo.31
No obstante, la agresión era sólo una parte de la historia. “Los sentí-
mientos de amor originan la32diferencia esencial entre las relaciones del obje-
to parcial y el objeto total.” La internalización de una madre protectora es
el núcleo de un superyó saludable. El niño anhela reparar el daño que pueda
haber infligido y restaurar la bondad dañada.
La importancia de las fantasías de reparación es acaso el aspecto esencial de la obra
de Klein; por eso, no debiera considerarse que su contribución al psicoanálisis se limita a
la investigación de los impulsos y las fantasías agresivas.33
Sería fascinante saber algo de la discusión que siguió a la exposición
de Riviere, pero desafortunadamente no es posible consultar las actas de la
Sociedad de Viena a partir de 1920.
El trabajo de Waelder titulado “The Problem of the Genesis of
Psychical Conflict in Earliest Infancy” (1937) que constituye explícitamen-
te una respuesta a Riviere, es una exposición, hecha con gran lucidez y
coherencia, de la posición de la escuela de Viena. El aspecto característico
del artículo es el escepticismo respecto a que durante el primer año de vida
tenga lugar una actividad mental. Cita la afirmación de Freud de que todas
las experiencias de la fase preedípica son “remotas y muy oscuras”.
Haciendo a un lado la tesis de Riviere de que los análisis infantiles reunidos
proporcionan la prueba de un intenso conflicto en la primera infancia,
Waelder no está dispuesto a aceptar datos no verificables y que no se refle-
jen en la conducta. Rechaza la palabra “fantasía” en favor de los impulsos.
Apoya firmemente la teoría según la cual el superyó se forma durante el
quinto año de vida; y entiende que la diferencia entre el superyó masculino
y el femenino se corresponde con una diferencia entre la fijación, a través de
una conclusión abrupta del complejo de Edipo, y un componente más bien
frágil, sometido a la aprobación social. Está dispuesto a admitir que la culpa
el remordimiento pueden preceder temporalmente a la superación del
[242] 1926-1939: LONDRES
complejo de Edipo, pero si se procura una reparación, se traía de restaurar lo
que realmente se ha dañado, y él no acepta que esos impulsos puedan regis-
trarse antes del segundo año de vida, cuando el yo se esfuerza por emanci-
parse de las fuerzas del ello.
Esta explicación, argumenta, es infinitamente más productiva que la de
Klein, quien parece equiparar el conocimiento de la realidad con la disminu-
ción de la ansiedad. Lo que Joan Riviere34ha presentado es “un desarrollo
prácticamente automático de la ansiedad”, desvinculado de las condiciones
reales de la vida del niño.
Waelder reserva su crítica más convincente al concepto de transferencia
de Klein. Esta describe normalmente la ansiedad del niño durante el análisis
como transferencia, desatendiendo totalmente los comprensibles temores
que un niño puede experimentar ante una situación extraña, en la que no
sabe si se revelarán sus secretos, si se informará de ello a sus padres y si se
le castigará. En otras palabras: lo más probable es que su ansiedad proceda
del análisis mismo. Se ha entendido erróneamente a Anna Freud, asegura
Waelder al lector, a juzgar por el modo como se ha criticado el factor peda-
gógico; en opinión de ella “un adulto no puede evitar situarse como educa-
dor frente al niño, ya que toda situación en la que adulto y niño están en
contacto es una situación pedagógica; por tanto, parece razonable hacer el
mejor uso práctico de lo que no es posible evitar”. 35 Waelder cree que el
analista debe adiestrar la parle sana del yo contra el enemigo neurótico.
El artículo incluye dos interesantes ironías. Aunque sólo hace una refe-
rencia a la fase de “ansiedades paranoides y depresión melancólica”, 36 utiliza
a Glover, no a Melanie Klein, como víctima propiciatoria. Cita reiterada-
mente la obra escrita por Glover durante los cinco años precedentes, incluso
su contribución al simposio sobre enfoques terapéuticos en el análisis reali-
zado en el Congreso de Marienbad de 1936, caracterizándola de “repugnan-
te” cuasibiología, en la cual Glover describía los llamados modos psicóticos
de conducta que pertenecen a la primera infancia, las “reacciones psíquicas,
a menudo psicóticas, y los sistemas mentales característicos de la infancia y
la niñez tempranas”; y su descripción del “niño pequeño”, que pasa por sus
fases esquizofrénica y obsesiva a partir de la edad de un año aproximada-
mente”.37 Aparentemente, el vienés ignoraba la división existente dentro de la
Sociedad Británica.
La segunda ironía es el caso, narrado por Waelder, de una madre que
casualmente era analista (¿Jenny Waelder?), observaba cuidadosamente a su
hija y advirtió que, a los tres años de edad, ésta empezó a manifestar una
profunda ansiedad, manifiestamente relacionada con su complejo de castra-
ción y la envidia del pene. Ignorando aparentemente que las teorías de Klein
provenían del análisis de sus propios hijos, Waelder comenta:
Seguramente la observación del niño desde sus primeros días realizada por quien
D UELO [243]
era a la vez madre y analista, junto con su íntimo conocimiento de todos los hechos de la
vida del niño y la discusión, en completo acuerdo con sus principios analíticos, de lo que
hasta ahora no se ha entendido, proporciona un material equivalente al que obtendría un
^alista ajeno al niño. Acaso la madre sepa realmente más de lo que cualquier analista
podría fácilmente descubrir.38
En un Simposio sobre resultados terapéuticos del psicoanálisis realiza-
do en el marco del Decimocuarto Congreso Internacional celebrado en
Marienbad en agosto de 1936, Edward Glover ya se había distanciado públi-
camente de Klein (¡aunque Waelder no lo percibiera claramente!). “Si bien”,
declaraba, “no he intentado presentar bibliografía tradicional sobre el tema,
se ha recurrido a algunas de las concepciones expresadas recientemente por la
doctora Melitta Schmiedeberg en el análisis de los mecanismos de pro-
yección, acerca de la importancia del instinto de negación y del papel de la
confianza”.39
Siguieron otras humillaciones. En 1937 apareció la traducción inglesa
del libro de Anna Freud con el título de The Ego and the Mechanisms of
Defence, recibiéndose con el esperado espaldarazo. Jones, tras haber leído la
edición alemana, le había escrito el 28 de junio de 1936 diciéndole que
había disfrutado mucho con la lectura del libro, estaba “de acuerdo con sus
conclusiones” y lo consideraba “un bello escrito”. “Tiene usted el don de
escribir ordenadamente y sin forzar la organización del material. Me gusta-
ría hacer la reseña del libro.”40 Escribió en el International Journal una
breve reseña (con menos grosera sumisión que su carta), a la que seguían
largas críticas laudatorias de Otto Fenichel y