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El Alba de los Aspectos

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El Alba de los Aspectos
La incertidumbre se cierne sobre los antiguos guardianes de Azeroth en su lucha por
encontrar un o propósito. El dilema afecta especialmente a Kalecgos, el más joven de los
antiguos Dragones Aspectos. Después de haber perdido sus grandes poderes, la pregunta es
cómo podrá él, o cualquiera de los de su especie, sobrevivir en el Mundo de Warcraft.
La respuesta está en el lejano pasado, cuando las bestias salvajes conocidas como
protodragones gobernaban los cielos. Por medio de un misterioso artefacto descubierto cerca
del corazón de Rasganorte, Kalecgos es testigo de aquellos tiempos violentos y de la
impactante historia de los Aspectos originales: Alexstrasza, Ysera, Malygos, Neltharion y
Nozdormu.
En sus formas más primitivas, los futuros protectores de Azeroth deberán
permanecer unidos contra Galakrond, una criatura sedienta de sangre que amenaza la
existencia de su raza. Pero ¿se enfrentarán en solitario estos meros protodragones a un
adversario tan poderoso, o contarán con una fuerza exterior que les ayude? ¿Serán capaces
de ganar con los poderes que les han convertido en seres legendarios… o tendrán que recurrir
a la sangre? Los descubrimientos de Kalecgos cambiarán todo cuanto creía saber sobre los
hechos que dieron origen a El Alba de los Aspectos.

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Richard A. Knaak

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PARTE I

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CAPÍTULO UNO
EL REPOSO DEL DRAGÓN
S u tenue sombra sobrevoló la inmensa estructura que yacía allá abajo mientras

trazaba un círculo para aterrizar. Pese a que había estado aquí anteriormente, la dimensión y
antigüedad de ese templo de piedra y su entorno lo sobrecogieron. El templo contaba con
varios pisos, cada uno de ellos construido para una raza que se hallaba, obviamente, por
encima de los humanos y los orcos. Las hileras de columnas estriadas que ocupaban la parte
exterior de la base circular hasta llegare la redonda cima se alzaban como un ejército de
centinelas que escrutaran en todas las desoladas direcciones del gélido Baldío del Dragón.
Unos largos colmillos de hielo envolvían el vetusto edificio y unas tremendas grietas
recorrían muchas de esas columnas y arcos curvos, pero a pesar de los estragos del paso del
tiempo y de los diversos y violentos conflictos que lo habían asolado, el Reposo del Dragón
se erguía desafiante y eterno.
Para él, estar ahí era todo un alivio tras haber sido testigo de las horrendas
transformaciones aparentemente sin fin que había sufrido el mundo de Azeroth.
Los demás ya deberían haber llegado. Escrutó los santuarios distantes que
correspondían a cada uno de los grandes Vuelos (Bronce, Esmeralda, Azul. Rubí y
Obsidiana) que rodeaban el Reposo del Dragón. Ahora, esos santuarios carecían de un
propósito, ya que los Vuelos se hallaban dispersos o habían sido diezmados. Incluso el
Reposo del Dragón, a pesar de que podría seguir en pie diez mil años más, corría el riesgo
de acabar siendo nada más que una reliquia del pasado y un símbolo de esperanza olvidado
hacía mucho tiempo.
El gran dragón azul suspiró e inició su descenso. Mientras hacía esto, desvió
brevemente la mirada hacia el norte, más allá del templo los santuarios, donde unos
montículos inquietantes plagaban ese paisaje helado. Rápidamente, apartó la vista de ahí.
Cada uno de esos montículos era el cadáver recubierto de hielo de un dragón; algunos de
ellos tenían una antigüedad de miles y miles de años. El Baldío del Dragón era el cementerio

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donde reposaban cientos de seres como él, sin importar el color, lo cual era un siniestro
recordatorio de que ni siquiera las criaturas más poderosas eran invulnerables.
El leviatán alado volvió a centrar su atención en su destino. Ante sus ojos, el Reposo
del Dragón pareció agrandarse. Cuando se aproximó a una de las entradas de la base del
templo, el dragón parecía apenas una mota en comparación. Tomó tierra y, acto seguido, tras
echar un último vistazo a su alrededor, entró en él.
Lo que vio en su interior no aplacó esa sensación de enormidad que lo abrumaba,
pues la primera cámara tenía una altura tres veces superior a la del dragón. Unas antorchas,
que llevaban milenios encendidas, iluminaban tenuemente la estancia. Unas tallas muy
antiguas se alzaban por encima de él, muchas de ellas representaban unas figuras poco
definidas que recordaban a humanos o elfos, pero que sin lugar a dudas no lo eran. El dragón
ignoraba si con ellas habían pretendido representar a los titanes, los seres divinos que habían
traído el orden al caos y habían moldeado Azeroth hasta darle su forma actual, o si habían
sido talladas con cualquier otro fin. Ese lugar había sido construido mucho antes de la época
concreta que a él le había tocado vivir y mucho antes de la época de los dragones en general.
Aunque nadie sabía por qué razón habían construido ese templo, mucho tiempo atrás
había sido el lugar donde se reunían los más grandes de sus congéneres, los Aspectos; los
guardianes no solo de todos los dragones, sino de todo Azeroth. Aquí, a lo largo de los
milenios, los cinco adalides se habían reunido para coordinar las acciones de los diversos
Vuelos. Aquí, durante la guerra de El Nexo (en la que el Aspecto de la Magia, el líder del
vuelo azul había intentado exterminar a todo taumaturgo de Azeroth que no se doblegara
ante su control absoluto), los líderes de los otros tres Vuelos habían sellado el Acuerdo del
Reposo del Dragón, por el cual se reunían una vez al año para debatir sobre qué tipo de
medidas iban a tomar respecto al futuro del mundo, el cual a menudo se hallaba en una
situación precaria. Aquí, después de la Guerra de los Ancestros (en la que los demonios
invadieron Azeroth y la antigua Kalimdor acabó destrozada), cuatro de ellos, entre los que
se encontraba en esa época Malygos, se habían reunido para determinar cuál iba a ser el
siguiente paso que dar para poder contrarrestar la traición de uno de los suyos. La lucha
contra el traidor acabó convirtiéndose en una de sus tareas más fundamentales, pero incluso
la importancia de esa larga lucha palidecía en comparación con la que realmente había sido
su meta principal desde el principio: ni más ni menos que evitar la llegada de la Hora del
Crepúsculo, que podría provocar la extinción de toda la vida en Azeroth.
Al final, los Aspectos habían logrado alcanzar esa extraordinaria victoria…, pero
pagando un alto precio por ello. Aquí y ahora, por primera vez desde que ese vetusto edificio
había sido escogido corno su lugar de reunión, los cuatro Aspectos que todavía quedaban
vivos se presentaban no como adalides del mundo, sino simplemente como ellos mismos.
El dragón descendió hasta el interior de un cañón abierto en el hielo para llegar hasta
la semienterrada sección inferior del templo. Aguzó los oídos, pero no oyó ninguna voz que

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se alzara desde ahí dentro. Al fin y al cabo, era probable que hubiera llegado antes que los
demás. Se planteó la posibilidad de marcharse del templo y buscar un lugar cercano donde
esperar hasta que alguno de los otros apareciese (seguía pensando que de ninguna manera
podía ser el primero de ellos en presentarse porque era el más joven, a pesar de que los demás
le habían dicho que no se preocupara por ello); sin embargo, al final siguió avanzando.
No obstante, cuando el coloso cubierto de escamas entró en el nivel inferior, oyó al
fin a uno de los otros. A Nozdormu. El dragón bronce seguía siendo el más puntual de todos
ellos, incluso ahora… El dragón azul no pudo entender qué decía el otro macho. Sin
embargo, escuchó con claridad la respuesta de aquel con quien estaba hablando Nozdormu.
—Esperaremos hasta que todos estemos aquí —contestó una hembra de voz suave a
la que vez que autoritaria—. Kalecgos se merece el mismo respeto que cualquiera de
nosotros.
Al oír su nombre, el dragón azul avanzó rápidamente. No solo no, era el primero,
sino que había hecho esperar a los demás, sin lugar a dudas.
—¡Estoy aquí! —bramó Kalec, quien se adentró en una ancha cámara circular, en
cuyo centro se encontraba una plataforma de mármol elevada, a la que se podía acceder por
medio de unas escaleras situadas en los puntos cardinales norte y sur. Cada esquina de esa
plataforma se hallaba también coronada por una enorme columna.
Nozdormu lanzó una mirada incisiva al recién llegado. El gigantesco dragón bronce
estaba flanqueado por dos hembras igualmente imponentes en cuestión de tamaño y
majestuosidad: La larga y elegante dragona verde esmeralda situada a la derecha de este
observaba fijamente y sin pestañear al dragón azul con unos ojos del color del arcoíris;
Ysera, conocida en su día como la Soñadora, había mantenido los ojos siempre cerrados
durante milenios, pero ahora nunca los cerraba ni por un instante siquiera. Aunque hizo un
gesto de asentimiento a Kalecgos, no habló.
Al otro lado de Nozdormu, se hallaba una majestuosa hembra carmesí que dio unos
cuantos pasos en dirección hacia el dragón azul. Por tamaño y corpulencia, superaba a
cualquiera de los otros tres, pero desprendía un aura de ternura que contradecía su aterrador
aspecto. Una larga cresta le recorría toda la espalda hasta llegar a la cola. El dragón azul era
consciente de que, si ella decidiera desplegar las alas, sería capaz de tapar a sus dos
compañeros con su amplia envergadura.
Otros tres dragones más de un tamaño ligeramente menor agacharon la cabeza al
verlo llegan. Cada de uno de ellos se encontraba sobre una plataforma ancha situada tras el
ex Aspecto con cuyo color coincidían. Habían sido escogidos entre los dragones de mayor
confianza y más curtidos en batalla que servían a las órdenes de estos adalides. Kalecgos los
conocía bien a todos: a la rápida y siempre preparada Chronormu (o Chromie, corno la
llamaban sus más allegados), así corno a la valiente Merithra, la hija de Ysera. Aunque de
los tres, con quien más relación había tenido era con el carmesí Afrasastrasz, quien había

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comandado las defensas del Reposo del Dragón durante la batalla contra el Martillo
Crepuscular, ese culto terriblemente fanático que había intentado acelerar el fin de Azeroth.
Estos tres dragones permanecieron callados y en un segundo plano. Estaban ahí para
escuchar. Su presencia le recordó una vez más que él también debería haber venido
acompañado.
Pero no había sido posible, ya que no había quedado nadie en el Nexo para poder
hacerlo.
—No tienes nada que temer, Kalecgos —afirmó la líder de los dragones rojos con
una voz melodiosa y serena, haciendo gala de una gran calma tras el exabrupto del dragón
bronce—. Sabíamos que llegarías en breve. Nozdormu, simplemente, expresaba su
preocupación por ti…, ¿verdad, Nozdormu?
—Lo que tú digasss —replicó el dragón bronce de manera distraída. Su tono de voz
denotaba sabiduría y revelaba su verdadera edad, a pesar de que, al igual que los demás,
parecía hallarse en la flor de la vida.
—Son muy amables. —El dragón azul agachó su larga cabeza coronada por una
cresta ante esos dragones que lo superaban en edad y, a continuación, añadió dirigiéndose a
la hembra carmesí—. Llámame Kalec, si quieres, Alexstrasza.
Nozdormu resopló y Alexstrasza asintió.
—Kalec. Perdóname por olvidarme de que prefieres ser llamado por… ¿cómo lo
llaman las razas jóvenes…?, por tu apodo. Creía que solo te gustaba utilizarlo cuando
adoptabas forma humanoide.
—Últimamente, prefiero usarlo siempre —aseveró Kalec, sin dar más explicaciones.
—Tal vez todos deberíamos contar con un apodo —apostilló Ysera, sin el más leve
atisbo de sarcasmo en su voz—. Después de todo, ahora este mundo les pertenece. De hecho,
últimamente, paso más tiempo con una forma humanoide que con esta, con la que nací. Tal
vez esa sería la forma mejor y más rápida de poner punto y final a nuestra era…
Esas palabras tan francas provocaron que los otros tres se callaran. Tras un momento
realmente incómodo para todos ellos, Alexstrasza se dirigió al mismo centro de ese amplio
estrado. Los otros tres la siguieron, Nozdormu se encaminó al lado que daba al sur, Ysera al
este y Kalec al norte. El oeste (el lugar que debería haber ocupado Neltharion) permanecía
vacío desde que este los había traicionado mucho tiempo atrás.
La dragona roja escrutó a los demás; acto seguido, alzó la vista por un momento y
exclamó:
—¡Que esta reunión del Acuerdo dé comienzo!
En su día, estas palabras habrían ido acompañadas por algún espectáculo de magia,
pero tales exhibiciones eran cosa del pasado. Por muy, temibles que pudieran ser aún esos
cuatro colosos, ya no eran los guardianes de Azeroth. Habían sacrificado su condición de
Aspectos para poder derrotar de una vez por todas al monstruoso dragón negro Deathwing.

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Deathwing…, quien antaño había sido su camarada Neltharion, quien, en su malvada locura,
había estado a punto de provocar la llegada de la Hora del Crepúsculo con éxito.
Aunque había sido un sacrificio que había merecido la pena, Kalec era perfectamente
consciente de que, en consecuencia, los cuatro habían cambiado para siempre.
Kalec observó disimuladamente a los tres antiguos dragones. Él había asumido el
papel de Aspecto de la Magia en los últimos tiempos, ya que había tenido que aceptarlo a
regañadientes, así como el mando del Vuelo Azul, tras la caída de Malygos, su predecesor y
señor. Malygos, también llamado el Tejehechizos, se había hartado de que las razas
inferiores utilizaran de mala manera la magia arcana, según su criterio, y por tanto había
decretado que tal poder solo podía ser confiado a los dragones y sus aliados. La guerra de El
Nexo había arrasado Azeroth y únicamente había concluido cuando, con la ayuda de
Alexstrasza y un puñado de sus dracos, un grupo de héroes había logrado entrar en el corazón
de su dominio (el propio Nexo) y había puesto punto final, con sumo pesar, a la vida de
Malygos y a su monstruosa cruzada. Corno tenían que buscar un nuevo líder, los dragones
azules tuvieron que recurrir al miembro de su Vuelo que, a lo largo de los últimos
acontecimientos, había demostrado ser aquel en quien más podían confiar, así que optaron
por Kalec.
El dragón azul aguardó sin hablar. Incluso Alexstrasza pareció muy poco interesada
en proseguir hablando después de haber invocado el Acuerdo. Daba la impresión de que la
Protectora estaba esperando a que alguno de los demás tomara la iniciativa, algo que ni Ysera
ni Nozdormu parecían dispuestos a hacer ni por asomo.
Pero algún otro de los ahí presentes sí parecía más dispuesto a hablar. En ese instante,
dominada visiblemente aún más por la impaciencia que Kalec, Chromie quebró ese silencio.
—Si me permiten, he de señalar que hay un asunto muy preocupante que debemos
tratar. ¡Al parecer, se han detectado ciertas turbulencias en los portales del tiempo! Quizá
eso se deba a que el Alma de Dragón fue…
Nozdormu la interrumpió.
—¡Los portales del tiempo ya no son de nuestra incumbencia! Ya no ejerzo ningún
control sobre ellos. A partir de ahora, las razas jóvenes, única y exclusivamente, tendrán que
lidiar con ellos y con los senderos futuros a los que lleven.
Pese a que era obvio que Chronormu quería decir algo más, se limitó a asentir. Sin
embargo, mientras esta retrocedía, la hija de Ysera se atrevió a alzar la voz. —Tal vez yo
también esté hablando cuando no debo, pero corren ciertos rumores que parecen indicar que
la Pesadilla merodea por la Falla de Aln. Quizá esté buscando un nuevo títere, otro Señor de
la Pesadilla que pueda ayudarla a salir del Sueño Esmeralda para adentrarse en el mundo de
la vigilia…
—Ya hemos discutido sobre eso —le espetó bruscamente Ysera a la otra dragona
verde. La expresión de la exAspecto cambió momentáneamente—. Creo que lo hemos

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hecho… ¡Sí, así! Los druidas se encargarán de esa falla y del mal que todavía desgarra el
Sueño Esmeralda… ¡sí, los druidas se ocuparán! El elfo de la noche Naralex ya ha
encabezado un intento que ha logrado aislar a la Pesadilla. Los druidas nos defenderán de
ella mucho mejor de lo que nosotros mismos podríamos hacer ahora.
Ese discurso era mucho más centrado, mucho más coherente que el que Kalec había
escuchado pronunciar a Ysera poco después de que la dragona verde dejara de desempeñar
el papel de Aspecto y de poseer sus poderes. En aquel momento, había dado la impresión de
que Ysera estaba distraída y era incapaz de expresar bien lo que pensaba. Sin embargo, desde
entonces, había progresado mucho y había recuperado gran parte de sus facultades, de eso
no cabía duda. Esas palabras parecieron desalentar a Merithra.
—Como desees, madre.
Una vez más, un silencio incómodo reinó entre los ahí reunidos. Afrasastrasz, que
era mucho más sabio que los otros dos subalternos, parecía muy tentado a expresar su
opinión. De repente, Kalec se dio cuenta de que realmente le faltaba alguien a su lado, un
subalterno propio.
Fue como si el tiempo se hubiera parado. Nadie se movió siquiera. Al final, a pesar
de que era consciente de que era su juventud lo que hacía que la impaciencia se impusiera
sobre su autocontrol, Kalec exclamó:
—¡Quiero hablar!
Con un muy leve destello de curiosidad en sus ojos, los demás colosos miraron en
su dirección.
Kalec se sintió intimidado, pero rápidamente se dio cuenta de que esa sensación tenía
su origen en su propia inseguridad y no en que los demás le estuvieran mostrando cierto
desdén. Su vida, por muy trágica que hubiera sido, no era nada comparada con el sufrimiento
que habían soportado esos venerables seres. El hecho de que hubiera sido considerado su
igual, aunque solo fuera por un tiempo, todavía lo sorprendía.
—¿Y bien? —respondió al fin Ysera—. Si deseas hablar, entonces deberías hacerlo.
Es bastante sencillo.
Kalec se vio un tanto sorprendido por su franqueza. Aunque Ysera había sido la
Soñadora en el pasado, ahora consideraba que soñar o incluso dudar era una pérdida de
tiempo.
—Los objetos que alberga el Nexo…
—¿De eso es lo único de lo que quieres hablar? —La dragona parecía incluso menos
interesada que antes en la conversación—. Las preocupaciones de cualquier Vuelo son
únicamente de su incumbencia, nada más. Ya lo sabes. ¿Acaso ese tema nos concierne al
resto de nosotros de alguna manera?
—Directamente, no…

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—«Directamente, no». Entonces, no nos incumbe, lo cual quiere decir que esta
discusión ha acabado. De hecho, por ahora, no parece que tengamos ningún tema relevante
sobre el que debatir. —Ysera se volvió hacia Alexstrasza y gruño—. E-Eso es algo que ya
te había comentado, ¿verdad? ¡Lo cierto es que recuerdo haber querido decirlo! Sí…
—¡Lo hice! Te comenté que creía que era un error que nos tomáramos siquiera la
molestia de reunirnos aquí, hermana mía…
—Siempre nos hemos reunido cuando las lunas gemelas se hallaban con esta fase de
su ciclo. Si no lo hubiéramos hecho, habríamos sido muy irrespetuosos.
Nozdormu volvió a resoplar.
—¿Irressspetuosos con quién? ¿Con Elune? La Madre Luna tiene a los elfosss de la
noche para venerarla. ¿O acaso habríamos sido irressspetuosos con los titanes o sus siervos,
los guardianes? ¡Si ni siquiera sabemos si los titanesss siguen existiendo! Lo único cierto es
que no nos habríamos faltado el ressspeto a nosotros mismos. Estoy de acuerdo con Ysera.
Esto ha sssido un error. El Acuerdo ya no tiene ningún sentido. Si esta reunión tiene algún
propósito, debería ser el de poner fin al Acuerdo para que cada uno de nosotros pueda seguir
adelante y ocuparse de sus propios asuntosss.
Kalec se encontraba atónito ante la deriva inesperada que estaba sufriendo esa breve
conversación. Contuvo la respiración y aguardó a que Alexstrasza calmara a los otros dos,
pero la Protectora no dijo nada. De hecho, dio la sensación de que Alexstrasza estaba
meditando sobre lo que Nozdormu acababa de sugerir, como si esas palabras merecieran una
gran consideración.
El dragón azul abandonó el lugar donde se hallaba y se dirigió hacia el centro, para
colocarse delante de Alexstrasza a la vez que se encaraba con el dragón bronce.
—¡El Acuerdo no nos afecta solo a nosotros! ¡Con el paso de los milenios, se ha
convertido en la piedra angular sobre la que se asientan todas las relaciones dracónicas! ¡El
Acuerdo ha mantenido el orden entre nuestros Vuelos, ha evitado una catástrofe en más de
una ocasión! Pues sabíamos que, si nos manteníamos unidos, siempre habría esperanza…
—«Unidos» —le interrumpió Ysera—. Sí, hemos permanecido muy unidos a lo
largo de milenios, ¿verdad? Acuérdate de Neltharion…, Malygos…
Pese a que dio la impresión de que pretendía decir algo más, se calló tras lanzar una
mirada teñida de arrepentimiento a Nozdormu.
—No me dejes fuera de esa lista —añadió con pesar el dragón bronce, el cual
extendió las alas—. No te olvides de Murozond, el señor del Vuelo Infinito. Ese maldito
dragón era mi yo del futuro, así que se me puede considerar culpable de sus maldades, al
igual que se le puede considerar responsable a Neltharion de lo que hizo más tarde come
Deathwing…
Alexstrasza se situó de nuevo en el centro.

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—¡No, Nozdormu! ¡Nadie puede responsabilizarte de algo que no has hecho!


¡Combatiste junto a los demás contra Murozond y cambiaste ese futuro para siempre! ¡Si,
de alguna manera remota, hubieras sido culpable de todo eso, ese pecado fue borrado al ser
destruido Murozond!
Kalec e Ysera asintieron con la cabeza para mostrar así que estaban de acuerdo. El
dragón bronce agitó lentamente su cola adelante y atrás, en señal de gratitud por esas
palabras. Entonces, volvió a adoptar una actitud sombría.
—Sí… luché contra mi yo del futuro… cuando tenía poder para luchar. Ahora, yo…
nosotros… somos corno cualquier otro dragón. La época de los Aspectos ha quedado atrás
y, por eso, afirmo que también ha llegado la hora de dejar atrás del Acuerdo del Reposo del
Dragón.
Una vez más, Kalec se percató de que las hermanas estaban de acuerdo con él.
—¡Pero ustedes tres son los depositarios de la sabiduría de nuestra raza! Los
Aspectos siempre han…
Ysera le clavó el hocico en la cara.
—Ya… no somos… los Aspectos.
—Pero ustedes tres siguen siendo…
—Comprendemos tu preocupación, Kalec —dijo Alexstrasza con un tono tan
indudablemente compasivo que Kalec esbozó un gesto de contrariedad—. Pero nuestro
tiempo ha pasado y Azeroth debe buscarse otros que la defiendan.
En cuanto ella terminó de hablar, Nozdormu dejó a los demás atrás para dirigirse
hacia una de las salidas. Ysera hizo lo mismo.
Kalec no podía creer lo que estaban viendo sus ojos.
—¿Adónde van?
El leviatán bronce miró hacia atrás.
—A casa. Aquí ya no tenemos nada que hacer. Ni siquiera deberíamos habernos
molestado en celebrar esta reunión.
—En el fondo, tiene razón —admitió la Protectora a regañadientes. En ese instante,
Kalec se dio cuenta de que seguía pensando en ellos como unos líderes que poseían un cargo
y unas responsabilidades que ellos claramente ya no creían tener, pues consideraban que
ahora solo eran otros tres dragones más de los muchos que existían.
—¡Alexstrasza! Seguro que tú al menos…
Fue como si su propia madre hubiera agachado la cabeza para clavarle su mirada, en
la cual el sentimiento de compasión había sido reemplazado por la preocupación.
—Azeroth sobrevivirá sin nosotros. Tú… tú te has visto involucrado en esto hace
tan poco que… que podrás sobrevivir sin nosotros. —Alexstrasza dirigió entonces su mirada
al dragón bronce que se marchaba—. ¡Nozdormu! ¡Espera un momento! ¡Volveremos a

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reunirnos una vez más, dentro de un mes! ¡Si vamos a romper el Acuerdo, tendremos que
hacerlo de una manera respetuosa, como es debido!
Él se detuvo y miró hacia atrás.
—Tienes razón. Se merece un entierro adecuado. De acuerdo. Nos veremos dentro
de un mes; a contar desde este día.
Acto seguido, la gigantesca dragona roja centró su atención en su hermana.
—¿Ysera?
—De acuerdo. Tiene su lógica.
Alexstrasza se encaró con Kalec, quien estaba tan conmocionado que era incapaz de
hablar y se limitó a sacudir la cabeza vehementemente.
—Tres contra uno —murmuró la hembra roja—. Así que… la decisión está tomada.
Nozdormu ni siquiera se dignó a esperar a que ella pronunciara esas palabras, pues
tanto él como su subalterno ya se marchaban. Ysera y su hija los seguían de cerca.
Alexstrasza los observó por un momento y, a continuación, se giró y, con una gracia
impropia de un dragón, salió de la estancia por detrás de Nozdormu y su hermana. Antes de
seguirla, Afrasastrasz titubeó lo suficiente como para brindar al dragón azul un gesto de
compasión.
A Kalec no le quedó más remedio que seguirlos si no quería quedarse ahí solo. Aun
así, a pesar de su juventud y velocidad, para cuando alcanzó el exterior, los demás ya se
encontraban siguiendo cada uno so propio camino.
—¡Por favor, reconsidérenlo! —bramó, de modo que su niego reverberó por todo el
baldío. Un torbellino se había adueñado de los pensamientos de Kalec. Se había presentado
ahí para plantear una serie de problemas que le afectaban con la esperanza de debatir sobre
ellos con alguno de esos vetustos dragones y, en vez de eso, había acabado intentando salvar
desesperadamente el Acuerdo, que en su día había parecido eterno.
Nozdormu extendió las alas en toda su envergadura y se elevó hacia el cielo sin ni
siquiera echar un vistazo hacia atrás, hacia el joven dragón. Para cuando Ysera se dignó a
hablar por una última vez, el dragón bronce era ya una 'notita en el cielo.
—En verdad, ya lo teníamos pensado… Sí… sí, así es…, desde hacía mucho tiempo.
Solo necesitábamos que uno de nosotros se atreviera a decirlo en voz alta. —La gigante
esmeralda se elevó hacia el firmamento de un salto. Ha sido solo una casualidad que haya
ocurrido aquí, poco después de tu llegada. Te pido perdón por ello, joven Kalec.
Ahí ya solo quedaban Alexstrasza y él.
—Adiós, Kalec. Lamento que hayas tenido que venir desde tan lejos para irte de
vacío…, para vivir un giro inesperado de los acontecimientos que no te merecías sufrir.
Tras pronunciar esas palabras, la gran dragona roja despegó, dejando solo a un Kalec
sin palabras, que contemplaba cómo los tres se desvanecían entre las nubes oscuras que
envolvían no solo el baldío, sino casi todo el sombrío continente de Rasganorte.

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Pero ¿qué ha ocurrido aquí?, se preguntaba el dragón azul y oirá vez. ¿Qué acaba
de suceder?
Durante un breve tiempo, Kalec había pensado que todo podría ir a mejor si hubiera
aceptado quedarse en Dalaran y, tal y como el mago Khadgar había sugerido, haberse unido
al Kirin Tor. Pero enseguida, Kalec había visto la desconfianza reflejada en la mirada de los
demás magos. A ellos lo Único que les importaba era que él era un dragón azul. Al final, se
había excusado, ante Jaina, con la disculpa de que tenía supervisar los conjuros defensivos
del Nexo, ya que se estaban desmoronando, y ocuparse de una importante colección de
poderosas reliquias.
Kalec había ansiado acudir a esa reunión, pues había albergado la esperanza de hallar
cierto apoyo y ánimo en diversas cuestiones por parte de los otros exAspectos. Su propio
Vuelo se había venido abajo. Tras la debacle provocada por el robo del Iris de Enfoque, se
habla sentido como si hubiera fracasado en todos los sentidos como líder y que eso había
tenido como consecuencia el éxodo masivo del resto de dragones azules. El Nexo se había
convertido en un lugar vacío y, a veces, Kalec se había sentido tentado a evitar la marcha de
sus congéneres.
Sin embargo, ahora, aquellos a los que había pretendido recurrir desesperadamente
en busca de ayuda habían decidido dar la espalda al mundo.
Pero lo más irónico de todo era que, a pesar de lo mucho que había deseado ir al
templo, Kalec se había planteado la posibilidad de no hacer ese viaje, pues se sentía tan
avergonzado por su fracaso a la hora de dar con el Iris de Enfoque y por los espantosos
acontecimientos que ese descalabro había acarreado, sobre todo por el hecho de que
Theramore, el reino de Jaina, había acabado arrasado. En un principio, Kalec no había
querido admitir lo humillado que se sentía por todo eso ante aquellos que lo habían
considerado su igual, a pesar de la increíble diferencia de edad y experiencia que los
separaba. Aun así, al final, Kalec había decidido venir…, solo para encontrarse con otra
nueva debacle.
Un escalofrío le recorrió la espalda, un escalofrío que no estaba provocado por las
condiciones atmosféricas. El dragón azul miró hacia atrás, hacia el Templo del Reposo del
Dragón, que en su día había sido un lugar legendario para él. Ahora, sospechaba que estaba
contemplándolo, si no por última vez, sí por penúltima vez, probablemente. Sin el Acuerdo,
solo había una razón para visitar esa tierra inhóspita…, para morir.
Aunque se sentía muy triste; Kalec no estaba todavía preparado para morir. Tal vez
el hecho de ser tan joven justificara sus fracasos, pero también le impulsaba a seguir
adelante, aun cuando no tuviera ni idea de qué iba a hacer a continuación.
El viento arreció y, al atravesar el templo, generó un aullido espantoso que,
finalmente, espoleó al dragón azul a marcharse de ahí. Con un Solo batir de sus alas, se elevó
hacia lo alto. Una vez ya estaba volando, sintió una necesidad aún mayor de alejarse del

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Reposo del Dragón. Kalec se concentró en el camino que debía recorrer para volver a casa
e incrementó el ritmo de sus aleteos.
Pero justo cuando dejaba atrás el Reposo del Dragón, algo atrajo su atención
sutilmente. Pese a que ya no era un Aspecto, Kalec seguía siendo un dragón azul y, por tanto,
era capaz de percibir con facilidad la magia arcana en todas sus diversas formas. El rastro
era tan peculiar que, a pesar de su pésimo estado de ánimo, Kalec decidió buscar la fuente
de ese poder.
A primera vista, el dragón no pudo detectar nada allá abajo, en ese paisaje, que le
revelara su origen. Kalec tuvo que concentrarse para poder rastrear mejor esa zona. El dragón
azul acabó descendiendo para poder echar un vistazo más de cerca y se olvidó
momentáneamente de los catastróficos sucesos acaecidos en el templo.
A lo largo del camino, se topó con los restos de más de un dragón. Pese a que el
constante tiempo gélido que reinaba en ese lugar contribuía a conservar los cadáveres, el
viento y los demás elementos acababan haciendo irreconocibles esos restos mortales. Algún
día, nadie podría imaginarse que incluso aquellos que habían quedado ya reducidos a meros
huesos habían sido unas enormes y orgullosas bestias en su momento. Después de lo
ocurrido en el templo, volvió a ser tremendamente consciente de la irreversibilidad de ciertas
cosas en esta vida, como lo que contemplaba allá abajo; no obstante, siguió descendiendo
con cieno recelo.
Entonces, detectó por fin de dónde procedían exactamente esas emanaciones
mágicas. Kalec viró en esa dirección… y se detuvo en el aire bruscamente. Estaba tan
estupefacto ante lo que contemplaba que lo único en que pudo pensar fue en seguir batiendo
las alas.
Quizás su colosal tamaño había permitido que ese esqueleto permaneciera
prácticamente intacto tras tanto tiempo. Aun así, tan sobrecogedor como sus increíbles
dimensiones era el ángulo en que yacía. Casi todos los demás restos congelados yacían
esparcidos por esa vasta y aislada región, como si esos dragones simplemente se hubieran
echado a dormir. De hecho, eso era justo lo que la mayoría de ellos había hecho; tras
aterrizar, habían exhalado su último suspiro, con la ayuda consuelo de otros de su especie,
sin apenas sufrir.
Pero ese no había sido el caso de esa criatura descomunal. Ese leviatán había muerto
violentamente.
Y muchos, muchísimos otros habían perecido del mismo modo en esa cruenta lucha.
El hocico fracturado de su calavera mostraba parte de unas enormes fauces que
podrían haberse tragado a Kalec entero, aunque carecía de mandíbula inferior. Tenía la zona
del cuello retorcida de un modo muy extraño que revelaba que el impacto contra el suelo
debía de haber sido devastador. El torso también yacía retorcido de un modo violento y la

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El Alba de los Aspectos

columna vertebral se arqueaba en un ángulo imposible. Las costillas semienterradas


formaban un túnel sinuoso que rivalizaba en altura con las grandes cámaras del templo.
En el interior de ese macabro pasaje, Kalec dio con el punto de origen de esas
misteriosas emanaciones. El dragón se estremeció, pues intuía que ahí había algo espantoso.
Entonces, el leviatán azul se armó de valor y descendió en picado entre esos gigantescos
huesos congelados.
Descendió entre los huesos del Padre de los Dragones… de Galakrond.

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CAPÍTULO DOS
ENTRE LOS MUERTOS
K alec aterrizó entre las costillas con cierta inquietud. Aunque sabía que era solo

producto de su imaginación, no dejaba de tener la sensación de que esos huesos podrían


agitarse en cualquier instante y de que Galakrond se alzaría para devorarlo de un momento
a otro. Incluso el aullido del viento al atravesar los huesos parecía dotado de un carácter
sobrenatural, como si los espíritus de todos los dragones fallecidos ahí intentaran advertirle
de que estaba cometiendo una estupidez.
No obstante, Kalec seguía viéndose arrastrado por la curiosidad. Además, en esos
momentos, solo le esperaban problemas en casa.
El dragón azul se tuvo que agachar al acercarse al lugar que buscaba, ya que el
cadáver de Galakrond se había hundido mucho en esa tierra tan dura, lo cual añadió el factor
de la claustrofobia a una situación ya de por sí muy incómoda; sin embargo, Kalec no
flaqueó. Jamás había percibido un rastro de magia como aquel y lo más curioso de todo era
que lo había detectado cerca de un lugar que había visitado en más de una ocasión.
Al principio, pensó que eso podía deberse a que alguien había colocado ese objeto
mágico ahí hacía poco; al fin y al cabo, los siervos putrefactos de la Plaga no-muerta habían
estado excavando ese esqueleto durante mucho tiempo, ya que su líder esperaba poder dotar
de vida a esos huesos para poder crear una monstruosa vermis de escacha. Sin embargo, los
habían expulsado de ahí antes de que pudieran excavar demasiado. Por lo que percibía Kalec,
lo que buscaba estaba enterrado muy, pero que muy abajo. Teniendo eso presente, el dragón
azul no pudo evitar pensar que fuera lo que fuese lo que lo había arrastrado hasta ahí debía
de haber yacido sin ser tocado en ese lugar durante mucho, muchísimo tiempo;
probablemente, desde que esos restos mortales habían caído ahí.
El dragón se concentró y, a continuación, exhaló. Una esfera púrpura cobró forma
en el aire y, acto seguido, se dirigió con delicadeza hacia el lugar en cuestión. Al tocar el
suelo, se levantó una tenue neblina. Bajo la guía de Kalec, el globo mágico derritió varias

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El Alba de los Aspectos

capas de hielo y escarcha que se habían ido acumulando ahí durante miles y miles de años;
después, excavó lentamente en la tierra que había debajo.
Cuando el hechizo de Kalec apenas había logrado atravesar la superficie, la esfera se
desvaneció. A pesar de los esfuerzos del dragón azul por mantener el conjuro intacto, el
globo se disipó al fin un poco lejos de su meta.
Presa de la frustración, Kalec escudriñó el agujero y extendió sus zarpas delanteras
a los lados. Al instante, unas bandas de energía arcana envolvieron el agujero y excavaron
la tierra. Como si unas manos invisibles las guiaran, las bandas prosiguieron cavando en ese
lugar mientras Kalec observaba. El dragón azul entornó los ojos satisfecho al comprobar que
el agujero era cada vez más y más profundo…
De improviso, una serie de imágenes pasaron a gran velocidad por su mente.
Un protodragón amarillento discutía con otro naranja.
Un protodragón gris como el carbón estalló en carcajadas.
Una figura encapuchada y ataviada con una túnica…, que parecía humana y a la
que solo podía vérsele un brazo.
Un protodragón blanco chillando al transformarse en un esqueleto.
Otro dragón, al que aún le quedaban algunas trazas de verde, que volaba hacia
Kalec. La criatura que se aproximaba poseía una piel seca que pendía muerta de sus huesos
podridos y sus ojos eran de un blanco lechoso carente de vida…, aun así. se abalanzaba
sobre él, dispuesto a atacar.
Dando un rugido, Kalec se trastabilló hacia atrás. Se chocó contra las costillas, que,
al hallarse sujetas por una capa tras otra de hielo, no solo fueron capaces de soportar el peso
del dragón azul, sino que este se quedó momentáneamente conmocionado tras el impacto.
¿Qué… qué acaba de pasar? Kalec sacudió la cabeza y, a continuación, posó la
mirada en el agujero. En algún momento, el segundo conjuro también se había desvanecido,
pero por el momento, a Kalec lo único que le importaban eran esas visiones. Habían sido tan
reales que se había sentido como si hubiera estado realmente ahí, formando parte de esas
breves escenas. No obstante, ninguna de esas imágenes tenía sentido, sobre todo la última,
por no hablar de que las dos últimas eran especialmente funestas.
El dragón azul volvió a agitar la cabeza e inspeccionó el agujero. Ahora más que
nunca, era capaz de percibir muy cerca las emanaciones de esa fuente. Aunque todavía tenía
que hacer un gran esfuerzo para seguir cavando, logró excavar un tramo más que respetable.
Y si bien las emanaciones se tomaron más intensas, no lo asaltaron más visiones.
Entonces, un aura tenue de color lavanda se alzó del agujero. Al instante, las dudas
se apoderaron de Kalec. Sin embargo, al comprobar que no sucedía nada más, siguió
cavando con cautela alrededor de los bordes de este.

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El Alba de los Aspectos

Al principio, la única recompensa que obtuvo Kalec fue más tierra, pero cuando
centró su atención en la parte central, sus garras entraron en contacto por fin con algo muy
distinto al suelo.
Con una delicadeza impropia de su forma de reptil, el dragón extrajo un pequeño
objeto octogonal forjado en algún metal que Kalec no pudo identificar. Le recordaba al oro,
pero si lo sostenía de un modo distinto, daba la sensación de que era mero hierro. Aunque si
lo giraba en otra dirección, adquiría el brillo blanquecino de ese metal tan escaso llamado
paladio.
Mientras tanto, el aura lavanda rodeaba al objeto…, aunque al mismo tiempo parecía
separada de él, como si se tratara de unas nubes que envolvieran un mundo diminuto y de
forma extraña.
Fascinado, Kalec intentó sondear la misteriosa reliquia. Sin embargo, en cuanto lo
intentó, el aura se esfumó. Si bien el dragón azul abandonó rápidamente el sondeo, el aura
no regresó. De hecho, las emanaciones también cesaron.
El dragón gruñó. Estuvo a punto de dejar en el suelo la pequeña reliquia, pero al final
optó por agarrarla con fuerza. Kalec retrocedió y localizó un lugar entre las costillas bastante
ancho como para poder salir por él; Mientras salía de ahí a campo abierto, se adueñó de él
la sensación de que estaba siendo observado. Kalec miró hacia su derecha.
Su mirada se clavó en las cuencas vacías del Padre de los Dragones. Kalec soltó una
carcajada siniestra para reírse de su momentánea paranoia. Posó la vista sobre la reliquia una
vez más para cerciorarse de que la tenía bien sujeta y, acto seguido, ascendió hacia el cielo.
Mientras iba dejando atrás ese paraje desolado, se fue dando cuenta de que cada vez
respiraba mejor. Kalec gruñó y centró su atención en el Nexo. Pensaba que ahí sería capaz
de descubrir más cosas sobre el objeto que ahora portaba. Los dragones azules habían
acumulado un gran conocimiento sobre lo arcano a lo largo de los milenios que Malygos
había sido el Aspecto de la Magia y, aunque el propio Kalec ya no ostentaba ese título, ese
conocimiento aún era accesible para él.
No obstante, seguía teniendo presente en sus pensamientos que tenía otros asuntos
mucho más urgentes que atender, como la disolución del Vuelo Azul. Sin embargo, la
reliquia le proporcionaba la excusa perfecta para no pensar en sus últimos fracasos, al igual
que haber asumido el peligroso papel de Aspecto le había permitido olvidar a Anveena de
vez en cuando.
El dragón azul esbozó un gesto de contrariedad y, a continuación, intentó librarse de
esos pensamientos. Kalec trazó un arco en el cielo. El Templo del Reposo del Dragón fue
visible allá abajo fugazmente. El dragón azul siseó. Al igual que esa cosa que sostenía en su
garra, ese edificio era una reliquia del pasado, pero al contrario que ese objeto, el templo ya
no tenía ningún interés para Kalec. Para él, era algo que había muerto, como los huesos que
acababa de dejar atrás.

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El Alba de los Aspectos

Estaba tan muerto como el futuro que, en su momento, había creído que lo aguardaba
como Aspecto.
El Nexo era mucho más que el reino del Tejehechizos y el Vuelo Azul. Era un lugar
dotado de un inmenso poder mágico, donde se congregaban las fuerzas arcanas de todo
Azeroth. Aunque por su aspecto físico parecía una fortaleza helada en la que el tiempo había
hecho estragos, el Nexo era en realidad una formación plagada de túneles y cuevas, que en
su día había sido protegida por una serie de vastos e intricados conjuros de protección que
únicamente permitían entrar sanos y salvos a los dragones azules. Sin embargo, ahora que
esos encantamientos se estaban desvaneciendo tenía mucho más mérito que regresara a ese
lugar, aunque fuera con una excusa, de lo que había pensado en un principio.
Dos dragones azules surcaban el aire a cierta distancia. Ambos se dirigieron al sur,
sin que Kalec supiera si pretendían regresar algún día. intentó no pensar en su marcha
mientras se aproximaba al templo. A pesar de que Kalec había llegado tarde a la reunión en
el Reposo del Dragón, su retraso no se había debido a haber tenido que volar una distancia
mayor que la que habían recorrido Alexstrasza y el resto. El Nexo estaba ubicado en la isla
helada de Gelidar, situada cerca de la frontera noroeste de la Tundra Boreal, que formaba
parte de Rasganorte, el mismo continente que albergaba el Baldío del Dragón. Lo cierto era
que el viaje había sido relativamente corto. Kalec había llegado el último a la reunión del
Acuerdo por razones que consideraba que habrían dejado estupefactos incluso a esos tres
seres de leyenda.
Pero todo pensamiento sobre ella o el Acuerdo se disipó de su mente en cuanto Kalec
se adentró en el perímetro protegido del Nexo. Notó un leve cosquilleo al atravesar esa red
invisible de hechizos, que por ahora aguantaban, pero que se hallaban más debilitados que
cuando se había marchado para acudir a la reunión.
Kalec entró por el pasaje que llevaba a su santuario. Una y otra vez, percibió la breve
y prácticamente desdeñable caricia de los conjuros activos. Era incapaz de saber cuánto
tiempo más durarían en pie. Aunque no sería mucho.
Entonces, oyó un ruido por delante de él. De repente, otro macho se cruzó en su
camino. Kalec, que no esperaba hallar a nadie en el Nexo, se detuvo con brusquedad.
—Saludos, Tejehechizos —dijo el dragón más viejo, a la vez que agachaba la cabeza.
El hecho de que fueran incapaces de colocarse uno frente al otro con comodidad decía mucho
sobre el tamaño de esos corredores; no obstante, ambos habrían podido pasar de lado si
hubiera sido necesario.
Kalec negó con la cabeza y replicó:
—Ya no poseo ese título, Jaracgos.
—Como desees. Me alegro de que hayas vuelto justo ahora, ya que, si no, me habría
sentido extremadamente culpable.
Kalec intentó adelantarse a lo que sabía que se le venía encima.

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El Alba de los Aspectos

—Jaracgos, no…
—Por favor, permíteme hablar —Aunque el otro dragón azul tenía más edad que
Kalec, era más pequeño que él—. He seguido lealmente al Tejehechizos durante toda mi
existencia, daba igual que quien ostenta ese título fuera Malygos o tú. He participado en
feroces batallas he llevado a cabo peligrosas misiones y nunca he eludido ningún deber.
—Lo sé. Eres uno de los pocos a los que siempre he admirado. Nunca has buscado
la gloria personal. Y eso es algo que he intentado emular.
El viejo dragón se aclaró la garganta y su tos reverberó por todo el pétreo corredor.
Acto seguido, miró al suelo.
—Así solo vas a conseguir que esto me resulte más difícil. Kalec, hace tiempo que
ansío cumplir ciertos deseos, satisfacer cierto interés en cuestiones arcanas que nunca he
tenido la oportunidad de estudiar. Pero para poder hacerlo, he de viajar lejo…
—No tienes que sentirte culpable por decirme esto, Jaracgos —lo interrumpió Kalec
con delicadeza—. Respeto tu decisión y te doy las gracias por presentarte ante mí, en vez
de, simplemente, partir sin mediar palabra. Para ser sincero, la otra vez que te marchaste,
pensé que ya nunca volverías.
El otro dragón agachó la cabeza en señal de respeto.
—Volveré de vez en cuando.
—Gracias. Buen viaje.
Tras volver a inclinar la cabeza, el otro coloso prosiguió su camino. Kalec lo observó
por un momento y, a continuación, siguió caminando en silencio hasta su santuario.
Albergaba muchas dudas sobre si Jaracgos volvería o no algún día. Después de todo, Kalec
había alentado a sus compañeros dragones azules a hacer lo que deseaban, aunque eso
supusiera seguir para siempre un sendero que los llevara cada vez más lejos del Nexo…
—¡No discutas, Neltharion!, —bramó una voz entre siseos en la mente de Kalec.
—¡Yo no discuto! ¡Yo lucho!
Una abrumadora sensación de vértigo se apoderó de Kalec mientras esas misteriosas
voces continuaban discutiendo. Unas imágenes se sumaron a ellas. Vio a una joven dragona
amarillenta que se parecía en cierto modo a una que ya conocía. Vio un pico muy alto que
le recordó a uno que había en el este, pero era más puntiagudo y estaba menos castigado por
el paso del tiempo.
A través de ese bombardeo incesante de voces entremezcladas e imágenes fugaces,
oyó que una dragona azul lo llamaba. Su voz sonaba distante y tenue, mientras que las demás
cobraban fuerza e intensidad.
Un dragón rugió… y, justo cuando perdía el sentido, Kalec se dio cuenta de que era
él mismo.
La caza había sido buena. El gélido mar rebosaba de grandes criaturas repletas de
carne sabrosa y grasa. Algunos de su raza preferían cazar animales de tierra (los cuales

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El Alba de los Aspectos

también eran un gran festín), pero por el momento, a Malygos le encantaba localizar esas
siluetas que entreveía en las profundidades y planear qué iba a hacer en el momento en que
se acercaran a la superficie. Le gustaban esos desafíos mentales, mucho más que a la mayoría
del resto de protodragones. Malygos se enorgullecía especialmente de eso; para él, eso
significaba que era mucho más listo que los demás.
El protodragón blanquiazul se fijó en una última presa y extendió las alas, que tenía
recubiertas de copos de nieve. Su raza en particular estaba muy bien adaptada al clima de
esa región, mucho mejor que otras. Aunque otras «familias» se aventuraban de vez en
cuando hasta ese lugar, la mayoría solía quedarse en climas más cálidos.
No obstante, hoy iban a recibir una de esas visitas tan poco frecuentes. Una sombra
planeó rápidamente sobre Malygos, surcando el cielo a una velocidad que a él le habría
costado mucho igualar. Kalec alzó la mirada hacia el cielo en busca de ese otro congénere.
Kalec. Me llamo Kalec, pensó súbitamente una parte de un Malygos presa de la
conmoción. ¿Qué… qué está pasando?
Quiso girarse para dirigirse corriendo hacia el Nexo, pero su cuerpo no lo obedeció,
sino que se elevó hacia el cielo, en busca de ese misterioso protodragón cuya sombra había
visto pasar. Pese a que era raro que los miembros de una raza atacaran a otro de una familia
distinta se habían dado algunos casos. Entre los protodragones, la cuestión del dominio era
siempre muy importante.
¿Eso como lo sé?, se preguntó un impotente Kalec. ¿Dónde estoy?
Kalec era incapaz de recordar nada de lo sucedido tras lanzar ese agónico rugido. Al
parecer, se había sumido en un estado de inconsciencia. No sabía ni cómo ni por qué había
aparecido después ahí, sobrevolando esas aguas y viendo las cosas a través de los ojos de
Malygos. Kalec ni siquiera entendía cómo era capaz de saber que ese cuerpo era el de su
predecesor o como era capaz de reconocer también que se trataba de un Malygos muy joven,
que vivía en una época anterior a que surgieran los verdaderos dragones, muy anterior a la
ofensiva de los Grandes Aspectos.
Kalec/Malygos se elevó hasta adentrarse en las nubes. El protodragón olisqueó el
aire, lo que permitió a Kalec detectar la presencia de esa otra criatura. Por lo visto, el dragón
azul podía experimentar todo cuando sucedía en ese lugar, pero carecía de la capacidad de
moverse o hablar. Era como si fuera un fantasma que compartía la forma de Malygos, aunque
la verdad era mucho más complicada. En realidad, Kalec sospechaba que ese joven Malygos
formaba parte de una visión…, así como todo el mundo que los rodeaba.
De improviso, una silueta de un color tan naranja como el fuego pasó junto a él a una
tremenda velocidad, distrayendo tanto a Malygos como a Kalec. Una protodragona titubeó
a poca distancia del macho blanquiazul.
—¡No quiero pelear! —bramó—. ¡No quiero hacerte daño!

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El Alba de los Aspectos

Hubo varias cosas que sorprendieron a Kalec. En primer lugar, lo poco que sabía
sobre los protodragones le había llevado a creer que estos eran incapaces de hablar. Había
dado por sentado que solo habían sido los primitivos y bestiales ancestros de su raza, nada
más.
Sin embargo, en algún momento de su evolución, algunos habían cruzado cierto
umbral…
La hembra aguardó ansiosa una respuesta. Kalec recordó que había visto de manera
fugaz a una protodragona tan naranja como el fuego en una de las visiones que había tenido
antes y sospechaba que se trataba de la misma. Además, tuvo la sensación de nuevo de que
esa hembra le resultaba muy familiar.
—Yo tampoco —contestó Malygos, para alivio de ella y también de Kalec, quien se
percató de que no le sorprendía que Malygos también supiera hablar, ya que el dragón azul
estaba dentro de ese macho y conocía sus pensamientos.
Aunque este no era el Malygos que él conocía, esta versión menos sofisticada de él
seguía poseyendo una inteligencia muy vivaz. Malygos escrutó el cielo en busca de otras
siluetas naranjas y, al no hallar ninguna, se colocó por encima de la hembra, adoptando así
una posición más dominante. Ella, a su vez, no se mostró incómoda ante su reacción, lo cual
podía ser una señal de cabalidad o ingenuidad, eso Kalec aún no lo sabía.
—Vengo sola —añadió la protodragona—. Buscó a otro. A un macho de mi raza. A
un hermano de camada.
Hermano de camada. Kalec conocía este término Los dragones que nacían de la
misma puesta de huevos eran considerados hermanos y mantenían una relación muy
estrecha. Kalec había tenido cuatro hermanos, pero solo él había sobrevivido. Supuso que
los protodragones ponían más huevos que los dragones y, por tanto, había más posibilidades
de que algún cachorro sobrevivera; además, era evidente que entre ellos también se
establecían lazos familiares, al menos entre los que eran como esa hembra.
Malygos no vaciló.
—Aquí no hay ninguno de los tuyos.
La hembra pareció decepcionada.
—Ya no tengo otro sitio donde buscar.
Kalec pudo percibir los pensamientos de Malygos. Como esa hembra no era de la
raza de su anfitrión, este no tenía ningún interés en ella, pero, aun así, disfrutaba aguzando
su ingenio con ella. Asimismo, como no estaba ni hambriento ni cansado en ese momento,
un poco de acción le venía bien.
—Hay otros sitios. ¿Él suele cazar?
La protodragona se quedó pensativa por un instante.
—Le gusta descubrir nuevos lugares.

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El Alba de los Aspectos

Eso despertó la curiosidad de Malygos, pues a él también le gustaba mucho hacer


eso.
—Si no está aquí, debe de estar en el sur. ¿Sigues su rastro?
—Sé dónde estaba. Pero no sé a dónde ha ido.
—Muéstrame ese sitio.
Pero en cuanto la hembra viró y Malygos hizo un ademán de seguirla, el mundo de
Kalec pareció dar un salto hacia delante de una manera tan brusca que perdió la consciencia.
Mientras se recuperaba mentalmente comprobó que la pareja sobrevolaba ahora un paisaje
rocoso y más cálido.
—¿Estaba aquí? —preguntó al fin Malygos—¿Tu hermano de camada estaba aquí?
—Sí.
Una vez más, a Kalec le sorprendió la gran capacidad de hablar y expresarse de la
protodragona, pero antes de que pudiera hace alguna pregunta más, un tercer protodragón
de color gris como el carbón apareció en su campo de visión volando al oeste. La criatura
gris divisó a la pareja y, de inmediato, se acercó velozmente hacia ellos.
Malygos profirió un leve gruñido. Kalec, que esperaba que eso fuera un mero
encuentro entre unos congéneres, se dio cuenta de que los dos protodragones estaban a punto
de enzarzarse en un combate.
—¡Nada de peleas! —exclamó la hembra—. ¡No somos enemigos!
—¡Es escoria! —le espetó Malygos a la vez que ascendía para batallar con el recién
llegado—. ¡Un estúpido nada inteligente!
De repente, el protodragón gris abrió sus amplias fauces y un sonido atronador brotó
de ellas. Al igual que Malygos, Kalec recibió el impacto de la onda expansiva, que los golpeó
como un martillo y lanzó el cuerpo que ocupaba hacia atrás dando vueltas en el aire.
Sin ninguna vacilación y presa de la impaciencia, el dragón gris fue tras él. Al
contrario que los dos primeros protodragones que había hallado en esa visión, este era tal y
como lo había descrito Malygos, tal y como Kalec había creído que eran: una bestia
irracional.
Malygos consiguió recuperarse justo a tiempo y exhaló un chorro de gélido hielo que
envolvió al protodragón gris que se aproximaba. Su atacante giró en el aire, con la cabeza y
las alas congeladas y, acto seguido, cayó a una altura situada por debajo de Malygos.
El protodragón blanquiazul se lanzó en picado sobre él, lo cual resultó ser un error.
La bestia gris logró librarse del hielo lanzado por enemigo y, sin parar de dar vueltas sobre
sí mismo, logró alcanzar con su cola a Malygos directamente en el pecho de manera fortuita.
Kalec intentó respirar desesperadamente dentro del cuerpo que ocupaba al notar que
el aire abandonaba los pulmones de Malygos. El protodragón de color azul como el hielo
tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantenerse flotando en el aire y no perder la

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El Alba de los Aspectos

consciencia. Kalec intentó en vano alentarlo, a pesar de que también estaba perdiendo el
conocimiento.
Entonces, unas llamas alcanzaron a la bestia gris en la cara, la cual rugió de dolor,
ya que esa llamarada había impactado muy cerca de sus ojos. Cegada, sacudió la cabeza.
Tras recuperarse. Malygos le lanzó otra gélida descarga justo cuando otra llamarada
lo alcanzaba. Ante ese doble y encarnizado ataque, el protodragón gris se retiró. Mientras
huía de la pareja, siguió rugiendo presa de la agonía y la frustración.
Malygos alzó la vista hacia la hembra, de modo que Kalec hizo lo mismo. La
protodragona parecía aliviada y confusa.
—Estaba asustado. Yo no quería pelear. Pero no nos ha quedado más remedio.
— «¿Asustado?». —Malygos resopló, mientras Kalec se quedaba estupefacto ante
las explicaciones de ella, ya que compartía la mala opinión de su anfitrión sobre su
atacante—. ¡Humf! ¡Era una bestia muy estúpida! ¡No era tan listo como yo! ¡No era tan
listo como Malygos!
—Sí, eres muy listo Malygos —admitió la hembra—. Mucho más que yo.
Aunque Malygos aceptó esas palabras como una mera constatación de algo
incontestable, Kalec sospechaba que la protodragona naranja como el fuego era mucho más
inteligente de lo que hasta el momento había dejado entrever.
—Soy muy listo —repitió Malygos, enorgulleciéndose del cumplido—. Te prometo
que daré con tu hermano de camada, Alexstrasza.
¡Alexstrasza! Kalec observó a la joven hembra a través de los ojos de su anfitrión y,
al fin, reconoció los rasgos de esa cara, que era más suave y fina que la que conocía. Sí, era
Alexstrasza, pero él jamás se había imaginado a la Protectora tan joven. Al parecer, ambos
se debían se debían de haber presentado en algún momento de ese espacio de tiempo perdido
que se había dado entre las dos partes de esa demencial visión.
Curiosamente, Alexstrasza se limitó a asentir con cierta desgana. Seguía mirando en
la dirección por la cual su adversario había huido.
—Estaba tan asustado. Nos ha atacado porque tenía miedo. Pero ¿por qué lo tenía?
Malygos, que no se había planteado esa cuestión, simplemente se encogió de
hombros. Una vez más, Kalec compartió el desinterés que el asunto suscitaba en su
predecesor. Solo quería escapar de esa locura. Además, se preguntó qué le estaría pasando a
su verdadero cuerpo en esos momentos.
Entonces, sufrió otro ataque de vértigo que lo abrumó. Kalec se halló flotando en la
oscuridad por un momento y, una vez más, regresó a un lugar que no era el Nexo, sino a
alguna otra visión que veía a través de los ojos del joven Malygos.
Se encontraban en lo que, a juicio de Kalec, era alguna otra parte de ese paisaje
escabroso, pues el cielo estaba tan nublado como el de Rasganorte.

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El Alba de los Aspectos

De repente, oyó cómo alguien lanzaba un aullido pesaroso a su lado (o, más bien, al
lado de Malygos).
Malygos pareció saber qué significaba, pero por mucho que lo deseaba Kalec, su
anfitrión no se giró inmediatamente hacia el lugar del que provenía ese chillido. Sin
embargo, como el aullido no cesó, este al fin decidió mirar.
Entonces, Kalec pudo contemplar por fin a Alexstrasza, la cual señalaba con su
hocico hacia el cielo mientras lanzaba un grito plagado de una enorme tristeza. Kalec era
consciente de que, si hubiera tenido un cuerpo propio, habría sentido que un escalofrío le
recorría la espalda, ya que así de horrendo era ese chillido.
Las alas de Alexstrasza envolvían el suelo como una mortaja. Se mecía adelante y
atrás al mismo tiempo que arañaba ese suelo rocoso una y otra vez con su cola.
Tal y como Malygos había prometido, había localizado a su hermano de camada…,
o más bien lo que quedaba de él. A pesar de que Kalec deseó en ese instante que su anfitrión
apartara la mirada, Malygos observó el cadáver con un interés cada vez mayor mientras
intentaba comprender cómo había muerto.
El hermano de Alexstrasza había perecido de un modo violento (lo cual no era muy
sorprendente en ese mundo), pero no había sido asesinado al participar en algún duelo con
otro protodragón. Kalec no conocía a ninguna bestia capaz de lanzar algo por la boca que
pudiera haber dejado el cadáver en un estado tan horriblemente decrépito, Malygos tampoco.
El macho naranja como el fuego no era más que un amasijo de piel y huesos resecos.
Y lo que era aún peor, su horrendo semblante indicaba que el hermano de Alexstrasza
había sufrido mucho a lo largo de todo ese monstruoso calvario.
Alexstrasza seguía llorando su muerte. Malygos, sin embargo, se estremeció
súbitamente. Una sensación de intranquilidad se adueñó del anfitrión de Kalec, aunque para
Kalec no cabía duda de que Malygos no comprendía por qué esa sensación lo abrumaba
precisamente ahora.
Una vasta sombra cubrió toda esa zona y se desvaneció con la misma celeridad con
la que había aparecido. Malygos se elevó y giró en el aire para poder echar un vistazo
rápidamente en todas direcciones, pero lo único que divisó fue una gruesa capa de nubes.
No. Había algo allá en lo alto, algo que Kalec pudo discernir solo por un momento. Al
instante, intentó conminar a Malygos a mirar en esa dirección.
Al final, su anfitrión miró hacia allá. En ese mismo momento, algo que merodeaba
por allá arriba, fuera lo que fuese, surcó velozmente la parte inferior de ese manto de nubes.
Sin embargo, antes de que Kalec pudiera fijarse mejor, su entorno se transformó en
una vorágine caótica compuesta de voces y rugidos ininteligibles, así como de imágenes tan
fugaces que fue incapaz de encontrarle un sentido a todo aquello.
Entonces…, la oscuridad lo envolvió una vez más.

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CAPÍTULO TRES
EL PADRE DE LOS
DRAGONES
¿K alec? ¿Kalec?

La voz de ella fue lo primero en rasgar la oscuridad y lo que le trajo de vuelta al


mundo de la vigilia. Masculló lo que debería haber sido su nombre, a pesar de que incluso
esos sonidos carecían de sentido en sus propios oídos. El exAspecto abrió los ojos, esperando
hallarse todavía tumbado en el túnel y encontrarse con ella inclinada sobre él, sin saber cuál
de ambas cosas le iba a hacer sentirse más avergonzado.
Sin embargo, en cuanto miró a su alrededor se percató de que se hallaba solo… y de
que no estaba ya en el corredor. De algún modo, había sido transportado hasta la gigantesca
caverna que era su santuario. Y lo más desconcertante de todo era que se encontraba tumbado
en su lugar favorito para dormir.
Pero la cuestión de cómo había logrado llegar hasta ahí no tenía mucha importancia
para el dragón azul. Lo más importante era saber qué había ocurrido después de que hubiera
perdido el conocimiento. Si bien Kalec ignoraba cuánto tiempo había estado inconsciente,
sí sospechaba con cierto fundamento cuál era la fuente de esas asombrosas visiones.
El dragón estiró unos dedos anquilosados y contempló esa reliquia aparentemente
insignificante. Se le escapó una maldición al verla y estuvo a punto de arrojarla contra una
de las paredes de la caverna. No obstante, se lo pensó mejor y se dirigió hacia una parte de
su santuario envuelta en sombras.
Kalec agarró un fragmento de esas sombras, de cuyo interior emergió una enorme
forma cónica que se expandió ante sus ojos, que creció hasta ser lo bastante inmensa como
para contener a un elfo de la noche en su interior. Si Kalec hubiera deseado que fuera más
grande, podría haberla expandido con un mero pensamiento. Las prisiones arcanas habían
sido creadas con diversos fines, entre ellos, el que indicaba la primera parte de su nombre.
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El Alba de los Aspectos

Esta era una de las muchas escondidas en el Nexo y, Kalec la había escogido porque estaba
más vacía que la mayoría.
Una energía azul crepitante rodeaba ese colosal cubo que flotaba levemente por
encima del suelo. A un curioso le habría recordado a una caja enorme hecha, al parecer, de
madera y piedra, cuyos bordes estaban forrados con unos ribetes metálicos de color bronce.
Una serie de sellos de un intenso color azul recorrían el centro de cada una de las cuatro
caras desde la parte superior a la inferior, donde sus dos mitades permanecían unidas
únicamente por esos sellos y ribetes.
Los sellos cayeron y el ribete metálico se desvaneció al obedecer una orden del
exAspecto que este no pronunció. Acto seguido, la parte superior se abrió y ladeó, como si
fuera una tapa. No todas las prisiones arcanas funcionaban de esa manera; esta, como había
sido diseñada específicamente para el almacenamiento, también se podía abrir de otras
maneras distintas, dependiendo de las necesidades de Kalec.
El dragón introdujo una zarpa en su interior y depositó la reliquia. Ahí dentro, no
solo estaría a salvo de ojos curiosos, sino que no sería capaz de perturbar sus pensamientos.
En cuanto volvió a sellarla, la prisión arcana se esfumó de nuevo. Kalec suspiró
aliviado y se acordó de la voz que lo había traído de vuelta de la oscuridad. No era la primera
vez que ella había contactado con él desde que este se había marchado de Dalaran. Sin lugar
a dudas, tras su último encuentro, la archimaga había dado por sentado que él intentaría
contactar con ella; sin embargo, el dragón siempre había hallado muchas razones para no
hacerlo, sobre todo porque tenía la certeza de que incluso ella lo culpaba en parte de no haber
hallado el iris.
Kalec decidió que no podían proseguir con esa charada, aunque no era la primera
vez que pensaba así, pues ante ellos no había ningún sendero que pudieran recorrer juntos…
Aun así, una vez más, su voz lo alcanzó. Kalec, Kalec, háblame… quería ignorarla,
pero su voluntad se hallaba muy debilitada por culpa de las visiones. Además, Kalec se dijo
a si mismo que, como archimaga que era (tal vez la más poderosa entre aquellos por cuyas
venas no coma la sangre de un dragón), quizá supiera algo sobre qué tipo de magia era capaz
de crear un objeto como el que él había descubierto. Después de todo, Jaina era quien lo
había ayudado a detectar el Iris de Enfoque cuando todos sus esfuerzos anteriores habían
sido en vano. Solo por eso, la consideraba, en muchos sentidos, mucho más astuta y más
flexible que él…, lo cual hacía que se sintiera aún más avergonzado de sus propios fracasos.
Cuando lo llamó de nuevo, Kalec respondió al fin. Estoy aquí, Jaina. Mientras
contestaba, sucedieron dos cosas. La menos llamativa fue que se abrió un agujero en el aire
justo delante de él, un agujero en cuya parte central se formó una enorme imagen circular en
la que aparecía una cámara amurallada que sabía que se hallaba a cientos de kilómetros de
distancia. En esa imagen, una figura femenina fue cobrando forma.

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El Alba de los Aspectos

Pero antes de que eso tuviera lugar, el mismo Kalec sufrió una transformación. Se
encogió hasta quedar reducido a una mera fracción de su tamaño original. Las patas traseras
de dragón, sobre las que soportaba su peso, se dieron la vuelta a la altura de las rodillas y se
transformaron en las piernas de un hombre, al mismo tiempo que sus patas delanteras se
convertían en brazos. Las alas y la cola de Kalec se encogieron y, por último, se
desvanecieron. El hocico se le hundió en la cara, que perdió las escamas y su color azulado,
de tal modo que sus facciones se retinaron hasta transformarse en el pálido y apuesto rostro
de un joven, digno de cualquier miembro de las razas élficas.
Los rasgos que aún conservaba de su verdadero ser y que lo revelaban de un modo
más obvio eran su larga melena azul y negra y el atuendo de cazador que ahora portaba,
donde también se combinaban el azul oscuro y el negro. Kalec se enderezó; en muchos
sentidos, se sentía más cómodo ahora que cuando era un dragón. Con esta forma, había
aprendido lo que era realmente vivir, había entendido de verdad la felicidad… y el dolor. De
hecho, a menudo deseaba haber nacido como la criatura humanoide que fingía ser ahora.
Mientras se completaba su transformación, la figura de la imagen también se definió
completamente. Sin embargo, al contrario que Kalec, la mujer que tenía ante él era
exactamente lo que parecía ser: una humana muy hermosa y muy poderosa.
A pesar de todo lo que se había visto obligada a experimentar en su vida seguía
siendo muy joven. Kalec pudo percibir cómo los recientes acontecimientos la habían curtido
aún más, aunque intentaba actuar como si no hubiera cambiado. Jaina Proudmoore no había
buscado convertirse en la líder del Consejo de los Seis (el consejo de magos que gobernaba
el reino de Dalaran), pero el resto de poderes fácticos habían recurrido a ella después de que
su predecesor, Rhonin, se sacrificara. Jaina, la hija del difunto, legendario (aunque algunos
añadirían infame) y grandioso almirante Daelin Proudmoore, también había tenido que
intentar hallar el equilibrio a la hora de atender sus obligaciones con el consejo y con el
gobierno del reino de la isla de Theramore.
Si bien todo eso habría sido demasiado para muchas criaturas (incluso aunque fueran
dragones), además, Jaina había tenido que asumir su parte de responsabilidad en la muerte
de su propio padre y en su fracaso a la hora de salvar a Theramore de su destrucción total a
manos de la brutal Horda.
Somos tal para cual, pensó Kalec mientras la contemplaba.
Se mantuvo impertérrito al comprobar que la archimaga se fijaba en él. Jaina, por el
contrario, sonrió agradecida, como si Kalec le hubiera concedido un favor especial al
dignarse a responder por fin, lo cual hizo que él se sintiera aún peor.
—Empezabas a preocuparme.
Si bien su voz era suntuosa y melodiosa (al menos para Kalec), estaba teñida por el
dolor y los remordimientos del pasado.

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El Alba de los Aspectos

Lo maravillaba que ella tuviera la capacidad de seguir adelante, a pesar de lo mucho


que sentía la muerte de todos los que habían perecido en Theramore y de que los
remordimientos la reconcomían por lo que había planeado hacer contra Orgrimmar con el
Iris de Enfoque robado. Claro que por eso mismo la admiraba y se sentía tan unido a ella.
—Aprecio tu preocupación, Jaina, pero estoy bien.
—Ah, ¿sí?
—Se inclinó aún más cerca, de modo que parecía que iba a tocarlo. Acto seguido,
clavó su mirada en Kalec, quien se sintió como si la maga fuera capaz de ver todo lo que
ocultaba en su alma de dragón—. No duermes mucho. Puedo verlo. Te exiges demasiado.
Esta tarea puede esperar un poco más.
—He de llevarla a cabo —le espetó con demasiada brusquedad.
Él se sorprendió tanto como ella por la nada disimulada amargura que había teñido
sus palabras. Jaina recuperó la compostura casi de inmediato y la sorpresa dio paso a la
compasión. Y esa compasión hizo que Kalec se sintiera aún más avergonzado.
—¿Cómo estás? —preguntó él para poder cambiar de tema—. ¿Cómo van las cosas
con el Kirin Tor?
A pesar de que la archimaga se dio cuenta perfectamente de qué intentaba hacer, le
siguió la corriente.
—Seguimos aunando esfuerzos para que las cosas no se desmoronen, pero lo
estamos consiguiendo. Sabes tan bien como yo que, desde tu última visita, todo está patas
arriba. Me he visto obligada a hacer algunos cambios que no quería, pero eran necesarios.
Como Jaina no se explayó más al respecto, Kalec prefirió no presionarla. Deseaba
ayudarla con toda su alma, pero ¿qué podía hacer él por ella cuando era incapaz de ayudarse
a sí mismo?
Tal vez haya llegado el momento de poner punto y final a esto, decidió el dragón.
Tal vez no podamos hacer nada el uno por el otro…
De repente, una imagen de la joven Alexstrasza irrumpió en su mente.
Kalec no pudo evitar estremecerse ni dar un grito ahogado. Por desgracia, Jaina se
percató de ambas cosas.
—¡Kalec! ¿Estás enfermo…?
El rugido de un dragón (o, más bien, el de un protodragón) ahogó el resto de sus
palabras. Aun así, el dragón azul logró esbozar un gesto de fortaleza ante la maga.
—Como bien dices, no he descansado suficiente. Discúlpame por haberte asustado.
Hizo un gran esfuerzo por transmitir una sensación de indiferencia, con la esperanza
de que ella creyera que estaba bien. Kalec no estaba seguro de si estaba pensando con
claridad o no, pero esperaba que así fuera, ya que otra serie de ruidos e imágenes estaban
asaltando su mente.
Jaina permaneció donde estaba con un semblante indescifrable.

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El Alba de los Aspectos

—¿Estás seguro de que estás bien? Súbitamente, la imagen de otro cadáver de


protodragón captó toda su atención. Aunque había algo aún más perturbador en este, la
imagen se desvaneció antes de que Kalec pudiera saber exactamente qué era lo tanto lo
inquieta a él. Los ruidos sobre todo las voces subieron hasta alcanzar un volumen
ensordecedor.
—¡Sí! —exclamó demasiado alto—. ¡Perdóname! ¡Tengo que convocar una
reunión!
Kalec, a quien no le importaba si sus excusas tenían sentido o no, dio por concluida
su conversación con la archimaga. La imagen de Jaina se disipó justo cuando parecía
dispuesta a decir algo. El exAspecto se dirigió trastabillando a la parte central de su santuario
tambaleándose por la culpa del violento asalto de ese caos de voces e imágenes. No obstante,
se alegró de que ni Jaina ni nadie de su vuelo pudiera verlo en ese estado.
Kalec cayó de rodillas. Logró apoyar una mano sobre el suave suelo de piedra, una
mano cubierta parcialmente de escamas que poseía unas uñas largas y afiladas. Como era
incapaz de concentrarse. Kalec se retorció mientras su cuerpo intentaba hallar un equilibrio
entre su verdadera forma y la forma humanoide que había adoptado en deferencia a Jaina.
La boca y la nariz se le extendieron hacia delante y le crujieron las piernas, como si estas
chillaran de dolor, cuando las rodillas se le giraron hacia delante y atrás. Una cosa era
cambiar de una forma a otra de una manera normal, pero estar continuamente mutando de
una a otra conllevaba una agonía que nunca antes había sufrido.
Al final, fue demasiado. Kalec se cayó de bruces…
Y una vez más se vio surcando el aire como una parte más del joven Malygos.
Había vuelto a saltar en el tiempo. Si bien Alexstrasza ya no acompañaba a Malygos,
había otros protodragones en el cielo, unos protodragones de al menos seis colores distintos.
A ser tan diferentes, no parecían dispuestos a combatir entre ellos. Aunque Kalec sospechaba
que eso podría cambiar en cualquier momento.
Malygos se encontraba muy nervioso, y esa inquietud se apoderó a la vez de Kalec.
Sin embargo, no estaba claro qué era lo que tanto preocupaba a Malygos. El protodragón
había enterrado sus pensamientos en lo más profundo de su mente, como si no quisiera tener
que enfrentarse a ellos.
La razón que había motivado que muchos protodragones distintos se encontraban en
la misma región resultó obvia, al menos en parte, al ver que una vasta manada de enormes
bestias (semejantes a los peludos caribúes marrones) corrían por las bajas colinas cubiertas
de hierba situadas allá abajo. Dos protodragones ya habían descendido en picado para coger
su comida, pero una hembra más pequeña y de color amarillento o no había calculado bien
su descenso y había estado a punto de estrellarse contra el suelo.
Mientras esta ascendía de nuevo, se le unió Alexstrasza, ni más ni menos, quien
acababa de dar caza a otro de esos rumiantes. Al contrario que el resto de cazadores, la

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El Alba de los Aspectos

hembra naranja como el fuego había mordido rápidamente al animal en el cuello, justo donde
se hallaba la vena principal, matándolo así instantáneamente. Kalec pudo notar que esa
táctica le hizo gracia a Malygos; la mayoría de los protodragones preferían que su presa
siguiera viva hasta el último momento.
Alexstrasza, sin embargo, parecía sentirse un tanto culpable por tener que cazar.
Aunque intentó ofrecerle esa comida a la hembra más pequeña (que, sin ningún
género de dudas, necesitaba alimentarse), la protodragón amarillenta reaccionó de una
manera furiosa y la amenazó mordisqueando el aire. Pero en vez de enfadarse con ella,
Alexstrasza siguió intentando ayudar de manera muy paciente a su compañera.
Incluso ahora, se preocupa por los más necesitados, pensó Kalec con admiración
mientras pensaba en Alexstrasza como el Aspecto de la Vida. Aquí, a pesar de ser tan joven,
mostraba una compasión por los demás que sobrepasaba a cualquiera.
Por un momento, Malygos perdió el interés en ambas hembras, obligando así a Kalec
a observar a los demás cazadores. La técnica que un tosco macho marrón empleaba para
cazar llamó levemente la atención del protodragón. Este otro macho planeaba sobre la
manada que huía y, entonces, como si fuera clarividente, descendía en picado hacia ella justo
cuando esta giraba bruscamente con el fin de esquivar a esos depredadores alados. Sin
embargo, no lograban engañar así al macho marrón. De hecho, este parecía saber en qué
dirección y a qué velocidad esos rumiantes iban a girar. Mientras más de uno del resto de
cazadores acababa capturando únicamente montones de tierra y hierba destrozada, él era
capaz de hacerse con dos sabrosos bocados rápidamente, uno tras otro.
Pese a que Malygos admiraba la inteligencia y precisión de ese otro macho perdió el
interés en él cuando dos de los cazadores que habían fallido en su intento de hacerse con una
presa se enzarzaron en una pelea y se escupieron mutuamente. No se dirigieron ni una sola
palabra. Al igual que el macho gris con el que Kalec y su anfitrión se habían topado antes,
estos protodragones no eran mucho mejores que los gatos salvajes o los lobos que
deambulaban por otras partes del mundo. Malygos contempló con desprecio cómo luchaban
furiosamente, al mismo tiempo que Kalec se preguntaba una vez más por qué algunos
protodragones habían evolucionado hasta tener conciencia y otros no.
Unos pocos protodragones más, que se hallaban devorando su comida, también los
observaron; algunos eran inteligentes, indudablemente; otros eran meras bestias a las que
solo les preocupaba que los que se peleaban pudieran intentar luego robarles la comida. Un
macho de color verde azulado contemplaba con desagrado a esa pareja y, a continuación,
lanzó una mirada iracunda a Malygos cuando se dio cuenta de que el anfitrión de Kalec lo
miraba.
Coros. Ese nombre le vino a la cabeza a Kalec como si él mismo conociera a ese otro
macho. Era obvio que Malygos sí le conocía y, sin duda alguna, eran enemigos. Coros lanzó
varios siseos a su rival y, acto seguido, enterró su hocico en su presa, a la que acababa de

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El Alba de los Aspectos

matar. El macho verde azulado le arrancó una considerable porción de carne cruda y después
la masticó sin dejar de mirar fijamente a Malygos, como si en realidad esa carne la hubiera
arrancado de la garganta de este último.
Kalec se percató de que Malygos se estaba planteando la posibilidad de pelear con
Coros, pero ese razonamiento tan peligroso se vio interrumpido por el aterrizaje de una
pequeña hembra de color amarillento cerca de él, la cual resopló presa de la frustración, a la
vez que Alexstrasza, que seguía sosteniendo el cadáver de su presa, se posaba cerca de ella
y delante del anfitrión de Kalec.
—Mi hermano… —acertó a decir la pequeña protodragona de un de modo
titubeante—. Mi hermana me ha dicho que diste con él.
Tanto a Malygos como a Kalec les sorprendió que esa fuera la hermana de
Alexstrasza, ya que tenía un color distinto, aunque ese amarillo tampoco se asemejaba al de
las otras dos familias que Kalec sabía que existían gracias a Malygos. El único parecido
entre ambas hembras era su piel suave, casi como el cristal, que era muy distinta a la áspera
y dura piel de la mayoría de los protodragones.
—Éramos tres en nuestra camada. Tres supervivientes. Ahora, solo somos dos.
Malygos agachó la cabeza para indicar que la entendía. Desde el punto de vista de
los protodragones, que solo sobrevivieran tres huevos de una misma puesta era una señal de
mal agüero para esa familia. De hecho, en muchas familias sanas de protodragones, un
descendiente tan enfermizo como esa hembra amarilla habría sido asesinado nada más
eclosionar del huevo.
Al parecer, ella estaba esperando a que Malygos se diera una respuesta más
elaborada, así que este se vio obligado a hablar al fin:
—La muerte de tu hermano de camada fue rara. Kalec no habría contestado así si
estuviera en el lugar de Malygos, pero esa respuesta pareció satisfacer a la hermana de
Alexstrasza.
—¡Oh, así que murió de forma rara! ¿Cómo?
—No lo sé.
La pequeña hembra se acercó aún más.
—¿Hubo otro…?
—¡No, Ysera! —la interrumpió Alexstrasza bruscamente—. Acordamos que…
Fuera lo que fuese lo que dijera a continuación Kalec no lo oyó, pues estaba mirando
asombrado, a través de los ojos de Malygos, a otra de los Grandes Aspectos. Como había
conocido a Ysera recientemente (cuando era ya Ysera la Despierta), era incapaz de
imaginarse cómo era posible que esa criatura tan frágil pudiera haberse convertido en uno
de los seres más poderosos de Azeroth.
Una serie de siseos y chasquidos volvieron a atraer la atención de Kalec hacia lo que
Malygos estaba percibiendo en esos momentos. Alexstrasza e Ysera, que habían echado el

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El Alba de los Aspectos

cuello hacia atrás, actuaban como si pretendieran pelearse. Cada una de ellas mostraba sus
puntiagudos dientes y afiladas garras de manera muy ostensible, de tal modo que incluso
Ysera demostró ser capaz de mostrarse increíblemente amenazante. Varias veces
arremetieron velozmente con sus cabezas contra su adversaria, aunque las retiraban de
inmediato.
Kalec había sido testigo de tales confrontaciones entre los de su raza y, generalmente,
era capaz de reconocer cuando la pelea iba enserio y cuándo solo era un mero alarde, pero
con esas hermanas resultaba difícil saberlo. Las fauces tanto de Ysera como de Alexstrasza
se cerraron peligrosamente cerca de la garganta de su rival y arañaron con sus garras la piel
de su adversaria en más de una ocasión. Entonces…, un ruido más potente que el trueno
calmó no solo a las hermanas, sino a todo protodragón de los alrededores.
Ese ruido volvió a estallar, sacudiendo las cimas de las rocosas montañas sobre las
que estaban posados Malygos y muchos de los demás cazadores. Varios de los
protodragones se encogieron de miedo, y Kalec llegó a notar que incluso Malygos tuvo que
hacer un gran esfuerzo para no echarse al suelo.
Solo entonces Kalec se dio cuenta de que ese increíble ruido era un rugido
gigantesco.
De improviso, una vasta región de ese cielo cubierto se rasgó y algo descendió con
una velocidad tan asombrosa que las nubes se disgregaron rápidamente, dejando a la vista
algo que no solo podía acobardar a un protodragón, sino incluso a los dragones más
poderosos de la propia raza de Kalec.
Se suponía que eso era un protodragón, pero era de un tamaño tan inmenso que habría
hecho palidecer a un dragón normal por comparación. Kalec creía que solo había otra
criatura capaz de compararse con ella… el mismo Galakrond.
A pesar de que Kalec nunca había visto al gigantesco Galakrond de carne y hueso,
la remota posibilidad de que lo hubiera reconocido a ese ser titánico había quedado
descartada en cuanto el nombre de Galakrond empezó a dar vueltas una y otra vez por la
mente de Malygos. Además, gracias a que su anfitrión dejó de mirar al Padre de los Dragones
y desplazó brevemente la vista hacia los demás protodragones, Kalec pudo comprobar que
ninguno de los cazadores surcaba ya el cielo. Galakrond reinaba en el firmamento y no había
ningún protodragón lo bastante necio como para desafiar su autoridad.
Galakrond descendió bruscamente, sobrevolando toda la región en cuestión de
segundos Tras él, llegó un viento tan terrible que incluso arrastró a varios protodragones del
lugar donde se habían posado y arrojo a más de una presa al suelo, allá a lo lejos. El rugido
de Galakrond siguió provocando que el suelo temblara a pesar de hallarse ahora a kilómetros
de distancia, lo que obligó tanto a Malygos como a las hermanas a aferrarse aún más al sitio
donde estaban posados.

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El Alba de los Aspectos

A pesar de ser una criatura tan colosal, Galakrond se giró de un modo


extraordinariamente ágil. Una vez más, sobrevoló a esa manada dominada por el pánico,
pero esta vez con una intención muy clara. Galakrond cogió dos de esos caribúes con cada
una de sus descomunales patas traseras y cazó otro con sus gigantescas fauces; a
continuación, se elevó. El rumiante que tenía en la boca desapareció de la vista al caer por
su garganta y, un momento después, los dos que sostenía en su garra trasera izquierda
siguieron el mismo camino. Para cuando Galakrond se estabilizó a cierta altura, sus cinco
capturas ya iban de camino a su estómago.
Pero cinco bocados no eran suficientes. Galakrond viró y se lanzó en picado sobre
esas presas que se dispersaban. Esta vez, sin embargo, se detuvo súbitamente. Kalec, que en
un principio se sintió confuso, observó cómo el mero hecho de que esas vastas alas se
doblaran al frenar había generado un vendaval que provocó que decenas de esas bestias
rodaran por el suelo de manera descontrolada.
Antes de que varios de esos caribúes pudieran ponerse en pie, Galakrond los atrapó.
El Padre de los Dragones se elevó de nuevo entre las nubes con al menos ocho capturas, por
lo que Kalec pudo ver.
Los primeros protodragones que se atrevieron a moverse lo hicieron varios segundos
después de la partida de Galakrond. No reanudaron la caza; y no solo porque los caribúes se
habían desperdigado tanto que ahora se hallaban muy lejos y hubieran tenido que realizar un
gran esfuerzo para poder perseguirlos, sino porque la mayoría de los protodragones seguían
demasiado conmocionados por la reciente aparición de Galakrond. Algunos se elevaron
hacia el cielo y volaron hacia climas más cálidos. Otros permanecieron quietos y
acobardados.
El Padre de los Dragones… Kalec no podía creerse lo que acababa de ver. Nunca
hubiera podido imaginarse que algún día iba a poder ver a Galakrond vivo, en carne y hueso.
El dragón azul sabía muy poco sobre Galakrond, salvo que había sido unos de los
más colosales que jamás había deambulado por Azeroth y que representaba el gran paso
evolutivo de protodragón a dragón propiamente dicho. En realidad, Galakrond no había
engendrado a todos los dragones de verdad (eso era un mito que se había extendido hacia
milenios) sino que después de él, habían aparecido los cinco Aspectos, y sus respectivos
Vuelos. Tras eso, los protodragones se habían esfumado.
También circulaban otras leyendas sobre Galakrond, aunque Kalec era consciente de
que únicamente sus tres contrapartidas conocían la verdad. Aunque nunca se había planteado
la posibilidad de interrogarlos acerca del Padre de los Dragones, ahora deseaba haberlo
hecho.
Aun así, el sobrecogimiento momentáneo que estaba experimentando dio paso muy
pronto a la ira y la frustración (y a una inquietud cada vez mayor) provocada por el hecho
de hallarse atrapado en esas visiones de tiempos remotos. Cada una de ellas parecía cada vez

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El Alba de los Aspectos

más real, como si su verdadera época fuera una fantasía y lo que vivía ahora fuera el presente
de verdad.
Entonces, intentó volver a su tiempo haciendo uso de su gran fuerza de voluntad; no
era la primera vez que lo intentaba, pero no sucedió nada. Seguía siendo un fantasma
insignificante e imperceptible atrapado en el interior de Malygos. Ni siquiera Alexstrasza o
Ysera (las cuales poseían en el futuro unas habilidades que les habrían permitido percibir su
presencia) lanzaban alguna mirada plagada de curiosidad al macho que se encontraba junto
a ellas.
¡Me liberaré!, bramó Kalec repentinamente, a pesar de que nadie oyó sus palabras,
salvo él mismo. Como carecía de garganta (o de cuerpo), se sentía como sí no fuera más que
un mero recuerdo del que nadie se acordaba.
En ese instante, unas carcajadas alcanzaron sus oídos (o, más bien, los de Malygos).
Al principio, Kalec pensó que alguien se estaba burlando de él. Sin embargo, esa risa iba
dirigida a otro de los protodragones y surgía de la garganta de un macho gris como el carbón
que era un poco más grande que el resto y se mofaba de los demás.
—¡Pobres cachorritos! —exclamó—. ¡Cuánto les asusta el cielo! ¡Y el suelo!
¡Galakrond se burla de su miedo, y yo, Neltharion también!
Alguno de los protodragones le lanzaron varios siseos amenazadores a ese macho
gris, pero ninguno se atrevió a desafiarlo. Por lo que se veía reflejado en sus ojos, sabían que
era muy fuerte y más que capaz de estar a la altura de sus bravatas burlonas, incluso los
protodragones que claramente poseían una inteligencia levemente superior a la de sus presas
sabían que más les valía no luchar con él…
¿Neltharion? Al fin, fue consciente de quién era. Kalec intentó en vano hacerse con
el control del cuerpo de Malygos, mientras el recién llegado, que seguía riéndose, se alejaba
volando. Si bien Galakrond era un ser de leyenda perturbador y sobrecogedor, ese macho
gris representaba un peligro para toda la vida futura de Azeroth. Kalec no conocía a ninguna
otra criatura más malévola que Neltharion.
Claro que, en la época del dragón azul, ese macho gris era más conocido por el título
que se había ganado con creces… como Deathwing.

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CAPÍTULO CUATRO
EXTRAÑOS ALIADOS
E n verdad, Azeroth había sufrido muchas épocas terribles, por lo cual los

demonios de la Legión Ardiente y el Cataclismo solo habían sido dos de las amenazas más
devastadoras a las que se había tenido que enfrentar. Aun así, para los dragones, para los
muchos habitantes de este mundo, no había existido un peligro mayor que el que había
supuesto el Aspecto demente. Desde la Guerra de los Ancestros, hacía diez mil años, a
tiempos recientes, aquel que en su día había sido el Guardián de la Tierra siempre había
buscado la destrucción de todas las cosas.
Si bien Deathwing ya no existía, pues se había hecho un tremendo sacrificio para
lograr su destrucción, Kalec, que todavía era capaz de ver a Neltharion volando entre las
nubes a través de la mirada de Malygos, se preguntaba cómo le habría ido a Azeroth si
Deathwing nunca hubiera existido.
¡Síguelo!, le conminó a Malygos en vano. ¡Síguelo y acaba con el horror antes de
que empiece!
Pero su anfitrión no hizo nada. Malygos perdió todo interés no solo en Neltharion,
sino también en todo cuanto lo rodeaba. Sin decir una sola palabra a Alexstrasza o Ysera, se
elevó en el aire de un salto y se dirigió al norte. Aunque un puñado de protodragones
cercanos le lanzaron varios siseos a Malygos al verlo pasar, el macho azul como el hielo los
ignoró. Ahora que tenía la barriga llena, lo único que quería era acurrucarse en su remota
caverna para disfrutar de una larga y agradable siesta mientras digería la comida. El
protodragón no fue consciente de que, como era habitual, Kalec no deseaba lo mismo.
De repente, algo duro golpeó a Malygos por la espalda. Giró sobre sí mismo en el
aire de un modo descontrolado y, al instante, inició una caída en picado. Mientras hacía todo
lo posible por intentar recuperar el control, tanto él como Kalec atisbaron cuál era la causa
de que se hallara en tal apuro.

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El Alba de los Aspectos

Coros y otro macho del mismo color descendieron para atacarlo. Si bien Malygos
logró ralentizar su caída, no consiguió enderezarse. Coros y su camarada sisearon
intensamente mientras se acercaban.
Malygos abrió la boca y una lluvia de carámbanos salió disparada de ahí. Coros los
esquivó, pero el otro protodragón no pudo evitarlos del todo y algunos lo alcanzaron. Los
carámbanos le atravesaron un ala.
Sin embargo, una vez más, Malygos fue atacado por la espalda al incorporarse un
tercer adversario a la refriega. Kalec, que observaba impotente la escena, supuso que Coros
había preparado este ataque antes incluso de que Galakrond hiciera acto de presencia. De
los caóticos pensamientos de Malygos, Kalec extrajo ciertos fragmentos de información que
le revelaron que ambos rivalizaban desde hacía tiempo por ciertos territorios y ciertas presas,
así como sobre quién era más astuto. En ese momento, daba la impresión de que Coros le
llevaba ventaja en ese último aspecto.
Coros exhaló y lo que parecía ser una nube de humo envolvió a Malygos. El macho
de gélido color azul jadeó en busca de aire mientras el humo le taponaba las fosas nasales y
la boca.
A pesar de sus heridas, el secuaz con el que Coros se había presentado primero volvió
a sumarse a la lucha. Una expresión de impaciencia se dibujó en la cara de ese protodragón
a la vez que abría sus fauces de par en par en busca de la garganta de Malygos. Un trueno
resonó…, o más bien un estruendo que recordaba a un trueno. Al instante, el lastimado
atacante de Malygos descendió como si lo hubieran golpeado con un millar de martillos
enanos.
—¿Quieres pelea? ¡Pues pelea conmigo! —gritó Neltharion a la vez que forcejeaba
con el rival de Malygos.
Pese a que Coros no había contado con enfrentarse a ese enemigo, no se amilanó. El
protodragón azul verdoso abrió la boca todo lo posible… y, de repente, Neltharion le propinó
un fuerte golpe en la mandíbula, obligándolo a cerrar la boca en el momento más crítico.
Coros se apartó violentamente de su oponente. El macho verde azulado se arañó la
boca, arrancándose piel y escamas hasta lograr abrirla de nuevo. El ataque de Neltharion
había logrado que el aliento del otro protodragón se volviera en su contra, una estrategia que
tanto a Malygos como a Kalec les pareció admirable.
Sin embargo, el macho gris se estaba regodeando tanto en su exitosa estratagema que
había bajado la guardia ante el tercero de los atacantes. El otro protodragón azul verdoso en
liza aterrizó sobre Neltharion y lo agarró del cuello con sus patas traseras. Al mismo tiempo,
intentó morderle un ala al protodragón gris.
Pero al instante siguiente, Malygos, quien por fin había podido recuperarse, liberó a
Neltharion de las garras de su enemigo. Malygos arremetió contra las alas y el cuello del

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El Alba de los Aspectos

otro protodragón, alcanzándolo con dos fuertes y desgarradores golpes. La sangre le empapó
el hocico al dar en el blanco.
Su rival batió descontroladamente las alas y acertó con una de ellas a Malygos en
plena cara, lo cual lo sobresaltó tanto como para que aflojara. Su adversario aprovechó ese
instante de momentánea debilidad para soltarse; no obstante, en vez de volverse para luchar,
el leviatán herido se retiró lo más rápido posible.
Entonces, otro de los atacantes pasó volando junto a Malygos. Kalec y su anfitrión
se dieron cuenta demasiado tarde de que esa silueta a la fuga pertenecía a Coros. Del último
miembro de ese trío de traidores no había ni rastro.
—¡Ha sido una pela muy breve! ¡Cobardes! ¡Vuelvan! ¡Vuelvan a luchar! —bramó
Neltharion a esas dos siluetas que se perdían en la lejanía.
A pesar de su clara victoria, Malygos no tenía mucho interés en infligirle más daño
a su viejo rival. Observó en silencio cómo el protodragón gris continuaba vituperando a los
derrotados hasta que desaparecieron de su vista.
En cuanto se aburrió de insultarlos, Neltharion se giró para mirar a Malygos, quien
le dijo:
—Has luchado muy bien. Malygos te da las gracias.
Esas palabras de agradecimiento fueron recibidas con unas sonoras carcajadas.
—¡No me las des! ¡Ha sido una buena pelea!
Aunque Malygos no rehuía las batallas, tampoco disfrutaba de ellas, al contrario que
Neltharion. Por dentro, Kalec se debatía entre dos sentimientos encontrados: el alivio por el
hecho de que Neltharion hubiera acudido en su ayuda y la ansiedad por el hecho de saber
que el futuro Deathwing se encontraba flotando en el aire por encima de ambos.
—Sí, lo ha sido —admitió el protodragón azul como el hielo.
—Somos hermanos de sangre —prosiguió diciendo Neltharion mientras se acercaba
aún más—. ¡Ambos también somos más listos que los demás!
El otro protodragón no se mostró en desacuerdo. A pesar de sus baladronadas,
Neltharion era muy inteligente. En ese instante, Malygos centró su atención en otro asunto
sorprendente que el comentario casual del macho gris le había recordado.
—Galakrond nunca ha cazado por aquí. ¿Sabes tú por qué ahora sí?
—¡Ja! ¡Galakrond caza allá donde Galakrond desea! —Aun así, justo después de
pronunciar esas palabras, Neltharion se calló. Tras meditar durante un rato de un modo
ostensible, añadió—: Es porque aquí hay comida. Sí, por eso.
—Sí, hay más comida —admitió Malygos. Entonces, un pensamiento horrendo
cruzó la mente del protodragón—. ¡Nuestra comida!
Neltharion comprendió enseguida lo que quería decir.
—Nuestra comida, sí…, mal asunto.
—Sí, así es…

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En ese instante, algo captó la atención de Malygos, algo que se hallaba en una de las
colinas cercanas situadas a su derecha. El protodragón miró inmediatamente en esa
dirección, permitiendo así que Kalec también mirara hacia allá.
—¿Vuelven? —preguntó el macho gris con impaciencia, refiriéndose a Coros y los
otros dos.
—No.
Si bien Malygos seguía distraído por lo que fuera que había visto, Kalec era incapaz
de atravesar el velo de sus pensamientos. De repente, Malygos trazó un arco en el aire en
dirección hacia esas colinas, acompañado por un curioso Neltharion. Pocos segundos
después, alcanzaron su destino, desde donde Malygos escrutó los alrededores.
—Aquí no hay nada —concluyó Neltharion mucho antes de que su compañero se
sintiera satisfecho con su examen del terreno—. No hay ningún enemigo contra el que
luchar. Qué pena.
—Ningún enemigo, ya… —Malygos admitió a regañadientes—, Pero…
Una vez más, el futuro Aspecto percibió algo en la periferia de su campo de visión,
pero esta vez, reaccionó más rápido.
—¿Ves algo? —inquirió el macho gris con renovado interés.
Malygos entornó los ojos. Aunque Kalec no vio nada a través de su anfitrión, sí notó
que cierta tensión se apoderaba tanto de Malygos como de él.
Qué percepción tan aguda…
Esas palabras no eran de Kalec. Ni tampoco eran pensamientos de Malygos.
A pesar de que era perfectamente consciente de que ahora carecía de una voz de
verdad, Kalec no pudo reprimir un grito ahogado ante el descubrimiento que acababa de
hacer. Tuvo la sensación de que una parte de ese paisaje se movía; se trataba de un fragmento
difuso un poco más grande que un ser humano alto. Solo se desplazó un poco hacia un lado
y muy lentamente, casi como si previera lo que podría llegar a pasar. Sin embargo, a los ojos
de la mayoría, ese movimiento habría sido imperceptible, como demostraba el hecho de que
Neltharion no lo hubiera visto. El futuro Deathwing resopló y escrutó en otra dirección
mientras aguardaba pacientemente a que Malygos acabara de examinar el terreno.
¡Mira ahí! ¡Mira ahí!, exclamó Kalec infructuosamente. Entonces le quedó muy
claro que Malygos no veía lo mismo que él. Al final, Malygos desistió y se volvió hacia
Neltharion…
En ese preciso instante, Kalec (pero no su anfitrión) vio que era eso que los
observaba.
Y en cuanto fue consciente de ello, el mundo se puso a girar de manera enloquecida.
Kalec se sumió en una tenebrosa vorágine, donde no tenía nada a qué aferrarse, ya fuera
física o mentalmente. El dragón azul se hundió en un oscuro agujero sin fin… Y se despertó

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después en el suelo de su santuario empapado de sudor mientras seguía retorciéndose bajo


una forma semiélfica y Semi dracónica.
Gruñendo, Kalec se arrastró hasta una pared cercana. Mientras se aproximaba a ella,
una pequeña y brillante fuente de agua plateada apareció de la nada. Ella sola se dirigió hacia
el dragón que se estaba transformando lentamente, el cual abrió esa boca que se expandía a
lo ancho para tragar esa agua tan fresca y refrescante. Mientras ese líquido mágico lo recorría
por dentro, se fue recuperando mentalmente.
Lo primero en que pensó no fue en lo que había visto en ese último instante, sino en
ese objeto que le estaba amargando la vida. Tras lograr ponerse en pie, el dragón azul regresó
al escondite donde había dejado la reliquia.
No le sorprendió del todo que ahora refulgiera, tal y como lo había hecho en el baldío.
Aunque el fulgor se desvaneció de inmediato, eso no engañó a Kalec. La reliquia seguía
activa y, probablemente, lo había estado desde el mismo momento en que había detectado
su existencia.
A Kalec ya no le importaba con qué propósito había sido diseñado ese objeto. Solo
quería destruirlo o lanzarle un hechizo que lo enviara muy, pero que muy lejos.
Como era perfectamente consciente de las consecuencias desastrosas que podrían
producirse con cualquier objeto mágico si optaba por la primera opción, Kalec optó por la
segunda. Se imaginó un ignoto lugar donde casi nadie podría localizarla y se valió de un
conjuro para enviar ahí esa maldita reliquia.
Una inmensa sensación de alivio lo invadió. Kalec se dejó caer hacia atrás,
agradecido por la paz de la que gozaba en ese momento.
Sin pretenderlo, volvió a centrar su atención en lo más importante de esas visiones.
En Malygos, Alexstrasza, Ysera y Neltharion. Los cuatro cambiarían Azeroth para siempre
al convertirse en sus guías, en los Aspectos. Kalec dio por sentado que, en algún momento,
en esas visiones, también había visto a un joven Nozdormu. La parte más racional del
cerebro de Kalec se preguntó qué significaban esas visiones, la parte más emocional no
quería saber nada de ellas. Cada visión había afectado más y más a la mente del dragón azul.
Kalec temía que, si hubiera seguido sufriéndolas, habría acabado perdiendo la cabeza.
Regresó a la fuente mágica, una creación suya que acababa de demostrar ser
tremendamente útil. Una vez saciada su sed, Kalec intentó olvidarse de esas visiones, pues
tenía preocupaciones más importantes, más inmediatas…
De repente, una cosa espantosa se alzó ante él, un dragón cadavérico con unos ojos
blanquecinos y hundidos y la carne hecha jirones cuya lengua putrefacta sobresalía
sobremanera por la comisura de sus labios, y que se abalanzó sobre Kalec…
Entonces, se desvaneció.
Kalec se estremeció. El corazón le latía desbocado. El hedor a podredumbre
impregnaba sus fosas nasales, a pesar de que, poco a poco, se fue dando cuenta de que lo

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El Alba de los Aspectos

que acababa de ver no se había hallado ante él realmente en ningún momento, sino que todo
había sido producto de su imaginación. Se necesitaba algo realmente espeluznante para
perturbar así a uno de su raza, aunque solo fuera por un instante, pero esa visión tan horrenda
lo había logrado, sin lugar a dudas. Kalec no podía librarse de la sensación de que había
olido de verdad esa aparición, aunque eso era imposible…
En cuanto Kalec recuperó la calma, lo primero en que pensó fue en la reliquia, que
se encontraba a cientos y cientos de kilómetros de distancia. Kalec no podía creerse que
pudiera afectarlo desde tan lejos. Aun así, cuanto más recordaba fragmentos de ese macabro
espejismo, más detalles lo llevaban a concluir que la reliquia estaba relacionada con él.
Además, no se había tratado de un dragón, sino de un protodragón cuyo tamaño había sido
moldeado por la propia mente de Kalec. Por otro lado, el dragón azul jamás había pensado
siquiera en los protodragones hasta que había dado con esa maldita cosa bajo los huesos
helados de Galakrond…
Galakrond…
Aunque unas voces se alzaron alrededor de Kalec, este supo al instante que procedían
de su propia mente y no del exterior.
¡Esa cosa está muerta! ¡Esa cosa no debería poder pelear!
Kalec rugió y su grito retumbó por todo su santuario; sin embargo, el bramido no
consiguió acallar esas voces cada vez más potentes. El dragón se giró a la desesperada, de
modo que su cola impactó contra una pared con tal fuerza que agrietó la piedra.
—¡No voy a escucharlos! ¡No voy a sucumbir!
Tantos muertos…
No podemos luchar…
Hay que hacerlo, da igual el precio a pagar.
Esa última voz se impuso al resto y otra manifestación la acompañó en la mente de
Kalec, una imagen tan real que creyó de nuevo que esa cosa se hallaba delante de él.
Se trataba de una figura encapuchada y ataviada con una túnica. El fantasma se
desvaneció en la oscuridad. Kalec permaneció completamente inmóvil, temeroso de que, si
se movía, toda esa locura podría volver a comenzar. En cuanto comprobó que eso no iba a
ser así, respiró hondo y se devanó los sesos. Solo se le ocurría una solución.
Tendría que ir en busca de Alexstrasza una vez más.
Para la mayoría, el mero hecho de intentar dar con ella, con la que en su día había
sido la Protectora, habría sido una tarea casi imposible. Alexstrasza no permanecía en el
mismo sitio mucho tiempo, quizá porque si lo hiciera, acabaría mortificándose demasiado al
pensar en todo lo que había perdido. Kalec comprendía que ella tenía que afrontar el hecho
de que los dragones ya no eran una raza viable, de que los últimos huevos ya habían sido
puestos y de que, a partir de ahora, cada vez habría menos dragones a medida que el paso
del tiempo y las circunstancias fueran causando estragos en ellos.

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El Alba de los Aspectos

Aun así, tal vez debido a que se sentía especialmente unido a ella porque ambos
habían sido Aspectos o, simplemente, porque la comprendía mejor de lo que él creía, Kalec
la localizó tras haber seguido solo unos pocos rastros falsos. Sobrevoló a baja altura esa
tierra boscosa y, al final, adoptó su forma humanoide cuando todavía se hallaba a una buena
distancia de su meta. Hizo esto último no porque pretendiera sorprenderla, sino porque no
quería asustar a los habitantes de la aldea humana que había divisado en la lejanía.
Un hombre ordenó a gritos a unos niños que volvieran a la aldea. El peligro que
representaban los lobos y otras amenazas siempre estaba presente, aunque esa tierra parecía
bastante tranquila en comparación con muchas otras de ese mundo que tanto había cambiado.
Además, gracias a los dos visitantes que se hallaban ahora por ahí cerca, los niños y la aldea
se encontraban a salvo de casi cualquier cosa, al menos por un breve espacio de tiempo.
—Parecen muy felices —comentó Kalec.
Entonces, una parte del árbol que se hallaba a su izquierda se separó. La corteza falsa
se desvaneció, dejando a la vista a una hermosa mujer pelirroja ataviada con una armadura
dorada y carmesí muy ajustada. Cuando se acercó a Kalec, este tuvo la impresión de que ese
ser era alguien de presencia imponente que pertenecía a una rama gloriosa y misteriosa de
la raza élfica. En cuanto llegó a su altura, comprobó que portaba una capa carmesí que
ondeaba a su espalda.
—Son tan jóvenes —murmuró Alexstrasza, con unos brillantes y sombríos ojos
rojos—. Poseen tanta vitalidad. Ya entiendo por qué a Korialstrasz le encantaba tanto esta
raza en particular.
Kalec agachó la cabeza breve y respetuosamente al recordar al tal vez más legendario
consorte de Alexstrasza, a pesar de que la relación que él había mantenido con Korialstrasz
(quien había colaborado con las razas jóvenes bajo la identidad del mago Krasus) había sido
a veces tempestuosa, como mínimo. Si bien habían llegado a congeniar mucho antes de que
el macho rojo muriera, Kalec se sentía en cierto modo culpable por las rencillas del pasado
siempre que Alexstrasza mencionaba a su amada pareja.
—Los humanos son un gran rayo de esperanza, pero también pueden suponer una
gran amenaza —no pudo evitar replicar Kalec al final—. En su momento, el Rey Exánime
era un ser humano.
—Y muchos de los que lucharon contra él ferozmente también lo eran. —Entonces,
Alexstrasza volvió a posar su mirada sobre la aldea—. ¿Querías algo?
De repente, Kalec se sintió muy joven, muy pequeño, casi tanto como los niños que
había estado observando.
—Quería… Quise hacerte algunas preguntas cuando nos reunimos en el Reposo del
Dragón, pero como la reunión acabó de manera tan abrupta y rápida…
Alexstrasza miró hacia atrás.

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—Lo siento mucho. No te tratamos con el respeto debido. Nos dejamos llevar por la
emoción del momento. Pero eso no es excusa. Fuimos negligentes.
—Soy consciente de que ustedes tres comparten un vínculo que yo apenas alcanzo a
entender. Sigo sintiéndome honrado por haber sido elegido para ser uno de los suyos, aunque
fuera por un corto espacio de tiempo. —Kalec suspiró hondo—. Alexstrasza, después de que
los tres se marcharon del Reposo del Dragón, di con una inquietante reliquia. Necesito tu
guía…
—¿«Guía»? —por primera vez, ella no parecía sentirse a gusto con la presencia de
su congénere ahí—. Mi consejo no te servirá de mucho, Kalec. Pensaba que tú, que eres un
dragón azul, sabrías descifrar mejor que yo cuál es la naturaleza y propósito de una reliquia.
De hecho…
Los niños aparecieron corriendo de nuevo. Aunque permanecían dentro de los
confines de la aldea, se les podía ver jugando desde el lugar donde ambos se encontraban,
por lo que atrajeron la atención de Alexstrasza, quien dio una palmada alborozada al ver
cómo una niñita dejaba de jugar para darle un abrazo al que, probablemente, era su hermano,
quien era un poquito mayor que ella.
Kalec empezó a hablar y, acto seguido, se percató de que la sonrisa que esbozaba su
interlocutora era muy forzada. Pensó en todas las vidas que se habían perdido, sobre todo
las de aquellos que habían muerto siendo tan jóvenes como esos niños, y en cómo eso debía
de haber afectado a la ex Aspecto en su fuero interno. La propia Alexstrasza había sufrido
mucho más que la mayoría. Korialstrasz no solo había destruido todos los huevos de la
hembra (al mismo tiempo que se sacrificaba él mismo) para evitar que de ellos nacieran unos
monstruosos dragones crepusculares, sino que la dragona también había perdido para
siempre su capacidad de poner más; además, vivía con la pesada carga de saber que los
demás Vuelos también habían sufrido mucho. Tal vez hubiera sido capaz de llegar a aceptar
que había perdido su antiguo poder, pero era incapaz de aceptar que su raza no tuviera un
futuro. Después de todo, había sido la Protectora de todos los seres vivos.
Kalec retrocedió y dejó a Alexstrasza disfrutando de la escena. No era capaz de
presionarla en esos momentos. En silencio, se adentró aún más en el bosque y aguardó a
hallarse lo bastante lejos como para no asustar a los humanos para adoptar su verdadera
forma e irse volando.
En dos ocasiones, sus esperanzas de obtener comprensión y guía por parte de alguno
de los antiguos dragones se habían visto ilustradas. Alexstrasza incluso le había dado la
espalda a propósito en cuanto había mencionado ese misterioso hallazgo. Aunque era cierto
que al ser él un dragón azul estaba más preparado para enfrentarse a la magia en todas sus
diversas facetas, la valiosa experiencia de ella en ese campo le podría haber sido de gran
ayuda.

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El Alba de los Aspectos

Ella… ellos… han dado la espalda al mundo, pensó, mientras asimilaba esa verdad.
Han aceptado que han perdido sus poderes, al igual que yo, pero ahora ya no se consideran
parte del futuro de Azeroth… Kalec, que apenas era capaz de imaginarse cómo Alexstrasza
y los demás habían sido capaces de soportar la pesada carga que durante miles de años habían
llevado sobre sus hombros, se sentía…
¡Muerto! ¡Está muerto! ¡No debería ser capaz de luchar!
¡Ahí viene otro! ¡Cuidado! Otro…
Súbitamente, una tremenda sensación de vértigo se adueñó una vez más de Kalec. El
dragón azul se tambaleó hacia delante y cayó de bruces con fuerza. Pese a que se estrelló
contra las copas de varios árboles, fue capaz de remontar el vuelo.
Las voces fueron perdiendo fuerza. Kalec, exhausto por el esfuerzo, realizó un
aterrizaje forzoso violentamente y perdió el conocimiento.
Se despertó después de lo que, para él, fueron solo unos segundos. Las voces habían
desaparecido del todo y ya no le asaltaba ninguna visión. Kalec se puso en pie aliviado y
echó un vistazo a su alrededor mientras intentaba orientarse.
El dragón abrió sus relucientes ojos de par en par. Ya no se encontraba en la región
donde había dejado a Alexstrasza. Los árboles que lo rodeaban se hallaban mucho más
dispersos y un cañón sinuoso se extendía varias millas al norte. Este lugar desconocido se
encontraba muy lejos de cualquier zona civilizada bajo el dominio de la Alianza o la Horda.
Muy pocos debían de conocer esa región siquiera un poco, pero de esos pocos, Kalec
sospechaba que era él quien mejor la conocía.
Alguna fuerza lo había transportado muy lejos de Azeroth… El dragón no tuvo que
mirar muy lejos para dar con el responsable: la maldita reliquia, que, de repente, yacía ante
él a solo unos metros, refulgiendo ominosamente una vez más.

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CAPÍTULO CINCO
GALAKROND
E l dragón azul exhaló furioso una amarga ráfaga de escarcha sobre la reliquia y

dejó caer una de sus pesadas zarpas sobre el objeto que ahora brillaba. Allá donde un buen
acero se habría vuelto quebradizo por culpa de ese frío mágico y se habría resquebrajado, la
extraña némesis de Kalec mantuvo intacta toda su esencia, dejando al dragón con una
extremidad muy dolorida.
—¡No vas a ser mi amo! —bramó el macho azul, sin que le importara que alguien
pudiera oír el eco de su voz—. ¡Maldice a otro, juguete inmundo!
La reliquia octogonal brilló con más intensidad si cabe. Como esperaba lo peor,
Kalec retrocedió de inmediato.
Pero no ocurrió nada. Si bien Kalec acarició el objeto con una de sus garras, la
reliquia siguió sin reaccionar. Incluso entonces, el dragón azul no pudo evitar tener la
sensación de que a cada segundo ese misterioso objeto se iba adentrando más y más no solo
en las profundidades de su mente, sino en las del alma de cualquiera de los de su raza.
Kalec agarró la reliquia y se dispuso a lanzarla hacia lo más profundo del valle. Sin
embargo, nada más alzar el brazo, sintió un terrible dolor en esa extremidad. De hecho, justo
en ese momento, notó que la tensión y el agotamiento se adueñaban de su cuerpo. Kalec se
sintió como si hubiera recorrido medio mundo volando… Volando…
Kalec batió las alas y se percató de que al moverlas también sentía dolor. Las llamas
de la ira del leviatán se reavivaron de nuevo. Había llegado hasta esa tierra lejana utilizando
su propia magia y sus propios músculos. No podía imaginarse cómo había hecho ese viaje.
¿Acaso había volado inconsciente en todo momento?
¡Eso no importa!, se recordó a sí mismo de manera imperiosa. Lo único que importa
es que he de liberarme de este nauseabundo objeto…

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El Alba de los Aspectos

Sin embargo, no sabía responder a la pregunta de cómo iba a hacerlo. En vez de


mandar muy lejos la reliquia con un hechizo, Kalec optó por apretarlo con fuerza contra su
pecho para, a continuación, elevarse de un salto en el aire.
Acto seguido, Kalec viró hacia el norte de forma abrupta. De un modo casi
milagroso, tuvo la sensación súbitamente de que sabía cómo iba a poder desembarazarse de
esa monstruosa reliquia. Batiendo sus alas con fuerza, el dragón azul se dirigió al mismo
lugar donde había desenterrado el objeto.
A los huesos helados de Galakrond.
Aunque se encontraba agotado, Kalec continuó volando a un fuerte ritmo y logró
alcanzar el Cementerio de Dragones cuando ya estaba oscureciendo. El baldío y el
camposanto de los dragones fueron visibles poco después. Kalec divisó la silueta del templo
y, acto seguido, ajustó su rumbo.
A pesar de la penumbra reinante, el esqueleto del antiguo coloso resultaba visible
allá donde ahora los restos de centenares de otros dragones fallecidos a lo largo de muchos
milenios no eran más que unos montículos oscuros. Kalec aterrizó silenciosamente, pues
tuvo la impresión de repente de que podía perturbar su descanso eterno. No obstante, el
dragón azul no tenía ninguna intención de echarse atrás después de haber viajado tan lejos.
Tras recordar dónde había desenterrado la reliquia, Kalec se transformó y, acto
seguido, generó un tenue globo dorado con el que poder iluminar el camino. Ahora, el falso
semiélfico sostenía el objeto con la cara interna del codo del brazo izquierdo mientras se
acercaba al imponente esqueleto. El viento soplaba con fuerza por el cementerio y el suelo
helado crujía bajo el peso de sus botas.
Un largo y retumbante gemido hizo que un escalofrío le recorriera la espalda, un
escalofrío no provocado por la baja temperatura precisamente. Se detuvo, y el orbe flotante
se movió empujado por su voluntad en la dirección de la que provenía ese terrible grito. Al
no ver nada, Kalec dio un paso hacia allá. Un momento después, se dio cuenta al fin de que
ese gemido era cosa del viento que atravesaba la cuenca del ojo del cráneo de la gigantesca
criatura.
Un nuevo escalofrío atravesó a Kalec al recordar esa visión en la que se le había
aparecido Galakrond vivo. El mero hecho de que tal ser, un protodragón ante el cual los
dragones eran meros enanos en comparación, hubiera existido lo sobrecogía sobremanera.
Galakrond era una leyenda, pero verlo con sus propios ojos en carne y hueso…
Entonces, sus pensamientos adoptaron un curso perturbador. Kalec se preguntó
cómo encajaba Galakrond en toda esa locura, ya que esa visión parecía estar centrada en él.
Kalec juró que en cuanto hubiera acabado con esa cosa infecta que llevaba en el brazo,
intentaría averiguar más cosas sobre él con la ayuda de los demás ex Aspectos. Además, el
dragón azul tenía muy pocas cosas que hacer ahora que no era un Aspecto.

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El Alba de los Aspectos

Al contemplar esa zona desde una perspectiva mucho más baja, Kalec se fijó en
ciertas cosas en las que no había reparado antes. Bajo el fulgor del globo, divisó unas huellas.
Nunca se le había ocurrido pensar que ese lugar sagrado podría haber sido visitado también
por otras criaturas. Algunas de esas huellas eran enormes, aunque no tanto como las de los
dragones. Su forma basta y redondeada indicaba que ahí habían estado unos magnatauros;
unos cazadores enormes y salvajes cuya parte inferior recordaba al cuerpo de un mamut
lanudo, mientras que la parte superior era, más bien, la versión bestial de un elfo de la noche
o un humano con colmillos gigantes.
Pero no obtuvo una respuesta satisfactoria para la pregunta de por qué y qué habían
estado cazando los magnatauros en el baldío, a pesar de que Kalec divisó otros rastros
repletos de unas huellas de pezuñas más pequeñas. Al menos dos taunka, esas criaturas
similares a los bisontes, habían atravesado también esa zona, que se encontraba bastante
lejos de su territorio habitual. Los taunka, además, eran más civilizados que los magnatauros
y respetaban más a los muertos, lo cual hacía que el hecho de que hubieran estado ahí fuera
aún más extraño.
Algo largo y fino yacía en el borde de la zona iluminada por el globo. Kalec acercó
el orbe aún más hacia ese objeto y comprobó que se trataba de una lanza de magnatauro. La
punta, que resultaba parcialmente visible, estaba manchada de sangre, y el dragón azul se
percató de que parte del hielo cercano a la punta tenía un color oscuro. Aunque el
magnatauro había dado caza a su presa, no había ni rastro del cuerpo de esta. Kalec supuso
que las bestias se habían llevado el cadáver del desafortunado taunka para comérselo.
Asqueado, Kalec se giró hacia las costillas. Se aproximó hasta el más cercano de
esos altos huesos con forma de arco y, tras titubear un poco, se adentró en el Padre de los
Dragones.
Nada más hacerlo, Kalec tuvo la sensación de que no estaba solo. Rápidamente,
envió el globo hacia delante.
Una taunka de espeso pelaje se hallaba de pie bajo el arco de otra costilla. Estaba
apoyada sobre una lanza primitiva, hecha con un largo hueso, en cuya punta había una piedra
afilada.
—Saludos, dragón —dijo con una fuerte voz la cazadora blanca con cabeza de
bisonte a la vez que hacía una reverencia. Iba ataviada con unos ropajes de cuero muy
sencillos que, sin duda alguna, había confeccionado con las presas que había cazado—. Soy
Buniq. No pretendía cometer ningún sacrilegio.
A Kalec no le sorprendió que ella lo hubiera visto transformarse a pesar de la
oscuridad. En una tierra donde el día era a menudo tan oscuro como la noche, una buena
cazadora taunka debía tener una buena visión nocturna.

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El Alba de los Aspectos

—No tengo nada que reprocharte, Buniq —replicó el dragón azul, que mantuvo la
reliquia lo mejor escondida posible bajo el brazo e incluso inclinó sutilmente el reluciente
orbe para que cegara levemente a la taunka.
La taunka alzó la otra mano para protegerse los ojos.
—Ni yo busco hacerte ningún mal. Mi raza no suele venir aquí a menudo, pero estaba
buscando una reliquia que debo llevar a mi hogar para demostrarme a mí misma que soy
digna de aquel que me ama.
Si bien Kalec logró disimular la sorpresa que se había llevado al conocer la razón
por la que ella estaba ahí, dio por sentado que no podía estar buscando el mismo objeto que
él portaba. Como se estaba impacientando, ya que quería enterrar cuanto antes ese objeto
nauseabundo, contestó bruscamente:
—Entonces, no voy a impedir que prosigas tu búsqueda.
—Esta tierra es tan sagrada para nosotros como para ustedes —continuó diciendo la
taunka, como si no lo hubiera escuchado—. A los magnatauros no les importa nada. Solo
buscan llenarse el estómago. —Tras bajar la mano, Buniq dio un paso hacia él—. Pero desde
que existimos, los taunka siempre hemos respetado el lugar de reposo eterno de los
grandiosos dragones.
—Me alegra oír eso, pero…
Volvió a posar la parte posterior de la lanza en el suelo…, junto al mismo agujero al
que Kalec se encaminaba.
—Un mundo sin dragones sería un lugar muy extraño. No sería nada bueno. No
habría… armonía. Y aun con ellos resulta muy difícil sobrevivir en este mundo tan duro. El
mundo necesita a los dragones.
Kalec prefirió no hacer ningún comentario sobre la mala influencia que Deathwing
y Malygos habían ejercido sobre Azeroth. En vez de eso, buscó otra manera de darle a
entender a esa taunka tan parlanchina que debía marcharse.
De repente, se percató de que Buniq ya no se hallaba delante de él.
Kalec se giró… y se la encontró cerca de la costilla por la que él acababa de entrar.
El dragón azul no recordaba haberla visto pasar junto a él, pero Buniq, que ahora estaba de
espaldas a él, debía de haberlo hecho, no cabía duda. La esfera iluminó varias de las huellas
que la taunka había dejado en el gélido suelo.
Entonces, ella miró hacia atrás, como si hubiera intuido que la estaba observando.
Los grandes ojos marrones de la taunka no se posaron en Kalec, sino, más bien, en la cara
interior del codo de este.
—Algunas cosas no deberían permanecer enterradas —comentó en voz baja
Buniq—. Adiós, gran dragón.
Kalec notó que la reliquia se le estaba resbalando. Bajó la mirada y pudo cogerla
antes de que cayera al suelo.

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El Alba de los Aspectos

Tras volver a enderezarse, preguntó con tono apremiante:


—¿Qué quieres decir con…?
Pero Buniq había desaparecido de su vista. Pese a que Kalec dirigió la esfera hacia
el lugar donde la había visto por última vez, ni siquiera pudo hallar el más mínimo rastro de
las huellas que había atisbado un momento antes.
El dragón azul retrocedió. Se negaba a aceptar que la taunka había sido un producto
de su imaginación. En realidad, sospechaba que esa inmunda reliquia se la había jugado una
vez más. Entonces, Kalec se concentró en volver a enterrar la reliquia para poder dejar atrás
toda esa locura. Se dispuso a dejarla de nuevo en el agujero y.… entonces, bajo la luz de la
esfera, se fijó en que había algo allá donde, momentáneamente, Buniq había dejado posada
su lanza.
Era una mano.
El dragón azul soltó una maldición. A pesar del lugar donde yacía, la mano estaba
casi intacta por entero. Y aunque tenía un aspecto similar a la de un humano o un enano, esa
extremidad perdida era claramente más grande. Tenía un peculiar color gris que también
inquietó a Kalec. Sin embargo, tras examinarla más detenidamente, lo que había creído que
era algo de piel resultó ser nada más que los restos de un guante.
Kalec descubrió enseguida cómo era posible que no hubiera reparado en la mano
antes. Un trozo de suelo helado lo había cubierto hasta que la lanza de Buniq había quebrado
esa capa. El dragón azul miró hacia atrás, casi seguro de que se la iba a encontrar ahí de pie,
pero la taunka siguió sin aparecer.
Kalec estuvo a punto de hacer caso omiso de ese hallazgo macabro, pero entonces se
percató de que había algo en la palma de esa mano. Algo pequeño y redondo, que en un
principio parecía ser de cristal. Sin embargo, cuando Kalec se atrevió a tocarlo, notó que
estaba extrañamente caliente.
El objeto octogonal brilló con un fulgor azul. No, azul no, lavanda. Kalec retrocedió
trastabillándose y soltando un epíteto bastante fuerte. No sabía qué significaba eso. La
reliquia se le cayó del brazo y fue a aterrizar encima de la mano enguantada…
El mundo centelleó con un resplandor cegador.
—Esto no puede ser cierto —dijo alguien al que Kalec reconoció como la joven
Ysera—. Se equivocan…
—Él no es muy inteligente —replicó Malygos—. Pero sí lo bastante como para…
De repente, Kalec pudo volver a ver… y lo que vio fue el cadáver decrépito de otro
protodragón. Este había sido en su momento de color marfil, pero ahora tenía una tonalidad
blanquecina. Al igual que el anterior, mostraba una mueca de dolor, como si hubiera sufrido
una muerte agónica.
Malygos dejó de mirar a Ysera y vio fugazmente a otra figura de color naranja como
el fuego que Kalec supuso que era su hermana, quien se encontraba en otro sitio un poco

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El Alba de los Aspectos

más alejado. Ahí, yacía tirado un segundo cadáver. A este todavía le quedaba algo de esa
tonalidad azul como el hielo que indicaba que pertenecía a la raza de Malygos.
Y, al parecer, el protodragón Malygos era perfectamente consciente de ello. Diversas
emociones lo embargaron, algunas de ellas vinculadas a ciertos recuerdos de juventud. Un
nombre (Tarys) irrumpió en la mente de Kalec. Cuando eran jóvenes, Malygos y Tarys
habían cazado juntos mientras aprendían las estrategias más adecuadas para ello.
Kalec se dio cuenta de que ahora sentía las emociones de su anfitrión con más
claridad que nunca. Además, la naturaleza de la visión había cambiado, ahora era más vivida,
como si Kalec fuera ahora más parte de ella que nunca.
En las actuales circunstancias, ese no era un pensamiento que lo reconfortara
precisamente.
Los pensamientos de Malygos se le presentaban tanto en palabras como en imágenes.
Así supo que circulaban ciertas historias sobre esas muertes realmente increíbles. Malygos
no sabía si darles credibilidad o no. Ysera las consideraba falsas, mientras que Alexstrasza
creía que al menos deberían tenerlas en cuenta.
Galakrond, supuestamente, había asesinado a estas criaturas y a otra decena más,
cuando menos.
El protodragón que había hecho ese descubrimiento se encontraba hecho un ovillo
junto a Alexstrasza, de modo que parecía más pequeño que Ysera, a pesar de que no lo era.
Era de color púrpura y tenía aspecto de estar medio muerto.
—¡Se los ha tragado enteros! ¡Enteros! —repetía una y otra vez.
—Pues a estos no los ha engullido —señaló Ysera, quien seguía mostrándose muy
incrédula—. ¿Acaso no le gustaron a Galakrond?
—¡Se los ha tragado enteros!
Ysera frunció el ceño. El macho púrpura se encogió de miedo aún más. Con un tono
de voz sereno, Alexstrasza murmuró algo reconfortante a su oído. Ysera desplazó su mirada
enojada hacia su hermana, pero Alexstrasza la ignoró intencionadamente.
Gracias a su anfitrión, Kalec comprendió que las hermanas se habían topado por
casualidad con los restos de un protodragón y, tras escuchar al macho púrpura (que para
Malygos solo había soltado meros balbuceos incoherentes, aunque había preferido no hacer
ningún comentario al respecto en voz alta), habían ido en busca del macho azul como el
hielo. Malygos no sabía exactamente por qué habían decidido recurrir a él, quizá porque era
muy inteligente.
Contempló los cadáveres e intentó seguir demostrando lo listo que era.
—¿Hay más por aquí?
—Más… sssí… ¡hay más! —contestó el macho púrpura, que miró nerviosamente
hacia el oeste, hacia donde la tierra se elevaba primero en una cumbre para descender luego
de nuevo en la lejanía. El grupo había llegado hasta ahí procedente del este, por lo que aún

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El Alba de los Aspectos

no habían explorado en esa dirección. Malygos había estado en esa zona antes (ya que ahí,
en primavera, la caza del rumiante era excelente) y recordó entonces que allá abajo había un
río, un detalle que sin duda era irrelevante en esos momentos.
Aunque no estaba muy seguro de qué esperaba encontrar, Malygos se encaminó en
esa dirección. Kalec también se dejó llevar por la curiosidad y se alegró de que su mente y
la del protodragón parecieran hallarse en tal armonía. Kalec observó detenidamente todo
cuanto se hallaba en el campo de visión de su anfitrión y, de improviso, reparó en ciertas
huellas que había en el suelo; daba la impresión de que una criatura del tamaño de Malygos
se había arrastrado hasta esa cumbre.
Sin embargo, su anfitrión no se había fijado en lo que él acababa de ver, al menos no
en un principio. Solo cuando alcanzó la cima, Malygos se giró bruscamente y se fijó en ese
rastro con sumo interés. Se agachó sobre esas marcas y las olisqueó. Un hedor muy peculiar
(pero que no le resultaba totalmente desconocido) inundó sus fosas nasales.
Al otro lado de esa cumbre, unas piedras se desplazaron estruendosamente. Malygos
se giró bruscamente.
La espantosa visión que Kalec había sufrido en el Nexo se acababa de alzar en esa
cima dispuesta a atacar a su anfitrión. Esa carne putrefacta, esos blancos ojos hundidos… A
pesar de haber visto a ese repulsivo adversario antes, Kalec no pudo evitar desear retroceder.
No obstante, Malygos se abalanzó sobre esa monstruosidad, al mismo tiempo que
exhalaba su aliento helado, que envolvió al protodragón no-muerto y lo congeló.
Pero solo por un segundo. El ataque apenas ralentizó su avance, ya que el cadáver
decrépito se sacudió el hielo de encima y prosiguió su ataque. El hedor a carne descompuesta
provocó náuseas tanto a Kalec como a su anfitrión al chocar con esa espantosa criatura.
Unos colmillos amarillentos buscaron la garganta de Malygos y unas garras le
desgarraron el pecho. De cerca, el semblante del protodragón no-muerto era todavía más
horrendo, pues gran parte de su piel se había abrasado en algún momento. Las zonas
quemadas, al ser más proclives a la putrefacción, se habían hundido en muchas zonas, lo
cual permitía a Malygos y Kalec ver el interior destrozado y ensangrentado de la cabeza de
su adversario.
Mientras Malygos tomaba aire para lanzar una segunda descarga, el no-muerto lo
sorprendió haciendo justo lo contrario. Una nube verde hedionda le cubrió la cabeza de
Malygos; acto seguido, se le metió en la boca y el hocico y le quemó los ojos. Las náuseas
lo dominaron y, en consecuencia, también a Kalec. Ambos se sintieron como si sus entrañas
se estuvieran descomponiendo. A Malygos lo abandonaron las fuerzas y cayó de rodillas
hacia delante.
Un tremendo zumbido, seguido de un intenso calor, logró que Kalec y su anfitrión
recuperaran la conciencia del todo. Unas garras apartaron a Malygos de esa fuente de calor

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El Alba de los Aspectos

y se recuperó la vista lo suficiente como para que ambos pudieran ver lo que había ocurrido
a través de unos ojos llorosos.
Alexstrasza se hallaba ante el necrófago, lanzando más y más fuego contra el
protodragón no-muerto. Pese a que la criatura ardía sin parar, seguía sin caer y se acercaba
a la hembra naranja como el fuego.
—¡Suéltame! —le ordenó Malygos a Ysera, que era quien lo había apartado de su
enemigo para salvarlo. Ella lo obedeció inmediatamente. Aunque todavía seguía sufriendo
las secuelas del espantoso ataque anterior del no-muerto, Malygos sabía que tenía que ayudar
a Alexstrasza.
Malygos exhaló con fuerza. El esfuerzo provocó que cabeceara hacia delante y que
incluso Kalec llegara a pensar que iban a perder el conocimiento, pero de algún modo
Malygos logró mantenerse consciente al mismo tiempo que su aliento gélido se sumaba al
ataque de la hembra.
Debido a las llamas, el protodragón no-muerto se había debilitado tanto que se
resquebrajó y desmoronó ante el asalto adicional de esa fuerza totalmente opuesta. Primero
se le cayó un ala ya fragmentada y, a continuación, una extremidad anterior. No obstante,
siguió avanzando, pero entonces perdió la cola y una pata trasera.
El cadáver se vino abajo y se hizo añicos al estamparse contra el duro suelo.
Si bien Alexstrasza miró aliviada a Malygos, el anfitrión de Kalec ya se había girado
en dirección hacia Ysera. Lo primero que pensó Kalec fue que Malygos se había vuelto loco,
pero entonces se percató de qué era lo que le preocupaba.
Malygos aleteó y se elevó para flotar en el aire por encima de Ysera. No había ni
rastro del protodragón que había permanecido encogido de miedo; sabiamente, Malygos y
Kalec dieron por sentado que había huido. Aun así, ese no era el objetivo de Malygos…,
sino el primer cadáver con el que se habían topado.
Un cadáver que, como Kalec pudo apreciar, ahora se estaba moviendo.
El protodragón azul como el hielo cayó sobre ese cuerpo que se agitaba. Para horror
de Kalec, su anfitrión hundió sus dientes en la garganta del cadáver de manera muy profunda.
Malygos le arrancó la carne y le destrozó los huesos de manera salvaje mientras ese cuerpo
desprovisto de vida intentaba librarse de sus fauces.
Con un último y violento tirón, Malygos le arrancó la parte superior del cuello. La
cabeza se agitó y sus mandíbulas buscaron la garganta del protodragón vivo. Malygos giró
la cabeza y, acto seguido, soltó a su enemigo.
La cabeza decapitada dio vueltas en el aire y acabó aterrizando a varios metros de
distancia. Su boca se abrió y cerró ruidosamente varias veces antes de quedarse por fin
inmóvil.

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El Alba de los Aspectos

El resto del cuerpo dejó de moverse un instante después. Malygos sacudió la cabeza
para librarse de los nauseabundos restos de carne que le quedaban aún en la boca y se volvió
hacia el otro cadáver que todavía quedaba.
Pero Alexstrasza e Ysera ya habían hecho picadillo ese cuerpo.
—Este no se ha movido —dijo Ysera tras sacudirse también los restos de carne
podrida que le quedaban en la boca—. No queríamos que lo hiciera.
Malygos asintió, pero entonces se percató de que una honda preocupación se había
adueñado del rostro de Alexstrasza, la cual, tras escrutar el paisaje, miró a los demás.
—Él nos dijo que había más muertos —les recordó la hembra naranja como el
fuego—. ¿Dónde están?
Entonces, oyeron un grito lastimero muy lejano, que hizo que el invisible Kalec
pensara en el asustado protodragón. Malygos se volvió al instante…
Kalec se halló no solo de vuelta en su propia época, sino siendo de nuevo un dragón.
Además, estaba surcando el cielo nocturno y aferraba con fuerza la reliquia y ese fragmento
redondo y cristalino. Esa segunda pieza se encontraba colocada sobre la parte superior de la
reliquia octogonal, lo cual dejaba claro que ambos objetos habían sido uno solo desde el
principio y que, simplemente, el tiempo y las circunstancias los habían separado… hasta
ahora.
Aun así, eso no inquietó al dragón azul tanto como descubrir que o bien su cuerpo
había desarrollado una voluntad propia o bien se hallaba bajo el control de otra mente. Kalec
se detuvo y se quedó flotando por encima de un paisaje oscuro (un instante después, se dio
cuenta de que se trataba de las escarpadas montañas de Rasganorte, situadas en la frontera
del Cementerio de Dragones) mientras intentaba pensar en qué podía hacer.
Entonces, rápidamente, se le ocurrió una idea a la desesperada que le hizo albergar
algunas esperanzas. ¡Si no puedo enterrarla, quizá pueda hacerla… o hacerlos… añicos!
Sin dudarlo un segundo, Kalec soltó el objeto. Las reliquias unidas cayeron a plomo
hacia esas hambrientas montañas.
Súbitamente, el dragón azul tuvo un mal presagio y descendió en picado a por ambos
objetos, que allá abajo brillaron con más intensidad.
Kalec rugió a modo de protesta al sentir que su vínculo con el mundo de la vigilia se
rompía, al cual acababa de regresar. Alcanzó a atisbar cómo ese suelo escarpado y rocoso se
elevaba velozmente hacia él antes de volver a sumirse en la oscuridad de su fuero interno.
Durante un solo latido reinó un silencio total. Entonces, unas voces surgieron de la
oscuridad. Rápidamente, pasaron de ser unos susurros a una enloquecedora cacofonía que
amenazó con ensordecer al dragón azul. Las voces se transformaron en unos gritos
frenéticos.
El mundo volvió a cobrar forma.

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El Alba de los Aspectos

Unos protodragones chillaban mientras surcaban a gran velocidad un cielo nublado.


Un rugido estruendoso sacudió esa cálida región, que seguía siendo bastante montañosa,
donde Kalec (o, más bien, Malygos) se hallaba ahora.
Súbitamente, algo bloqueó la poca luz que ahí había.
Malygos alzó la vista y tanto él como Kalec pudieron contemplar la parte inferior de
un titánico protodragón que no podía ser otro que Galakrond.
Kalec notó cómo el miedo se adueñaba de Malygos, pero se trataba de un miedo
mezclado con una férrea determinación de sobrevivir. No había que avergonzarse de tener
miedo, no cuando uno se enfrentaba a una amenaza tan horrenda. Malygos mantuvo la calma
y se lanzó en picado hacia una grieta justo cuando ese monstruo se abalanzó sobre un dragón
azul plateado demasiado asustado como para escoger lo suficientemente rápido por qué
dirección debía huir para evitar a ese coloso más veloz que él.
Para horror de Kalec, Galakrond se tragó entero al pequeño protodragón.
Solo entonces reparó Kalec en algo del Padre de los Dragones que le resultó incluso
más desconcertante. El cuerpo de Galakrond parecía haberse dilatado de un modo extraño
aquí y allá, sobre todo en la zona de la garganta.
¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué está haciendo esto?, se preguntó Kalec.
Pero no tuvo la oportunidad de dar con una respuesta a través de Malygos, ya que,
en ese preciso instante, algo se fue a chocar contra el anfitrión de Kalec. Sorprendido,
Malygos se limitó a aletear agitadamente mientras intentaba recuperar el control de la
situación. A través de sus ojos, Kalec pudo ver fugazmente que Coros planeaba cerca de esa
zona, lo vio antes de que las continuas vueltas que estaba dando Malygos en el aire hicieran
desaparecer de su vista al despectivo protodragón. A Kalec se le contagió la furia de su
anfitrión y, mientras este se enderezaba, aguardó con impaciencia a que se ocupara de su
rival.
Pero antes de que Malygos pudiera reaccionar, una sombra espantosa lo envolvió. El
protodragón alzó la mirada… y vio directamente la enorme garganta de Galakrond.
Cuyas mandíbulas se cerraron en tomo a Malygos.
A Malygos… y Kalec.

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PARTE II

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CAPÍTULO UNO
EL NEXO MANCILLADO
E n cuanto esas fauces se cerraron, un aliento caliente y fétido atormentó a Kalec

y su anfitrión. Kalec se preguntó si tal vez no sería mejor que Malygos dejara que ese hedor
les hiciera perder el sentido, para así no sentir como esos dientes monstruosos aplastaban los
huesos y la carne que compartían.
De repente, una violenta y abrasadora ráfaga de viento lanzó hacia fuera a Malygos.
Esa descarga se vio acompañada de un extraño trueno ahogado. Al mismo tiempo,
Galakrond abrió sus fauces de par en par, permitiendo que Malygos pudiera salir de ahí
tambaleándose.
Cuando se halló ya fuera de su alcance, el protodragón blanquiazul se enderezó de
un modo frenético. Mientras hacía esto, tanto el como Kalec vieron a su salvador.
Con unas carcajadas desafiantes, Neltharion paso raudo y veloz per debajo de la
garganta de Galakrond, el cual tosió, generando otra potente explosión de viento que hizo
retroceder no solo a Malygos, sino también a los demás protodragones que halló en su
camino.
Neltharion le había golpeado en su punto más débil en el momento preciso,
realizando así un ataque que Kalec habría considerado una temeridad en el mejor de los
casos. Mientras recuperaba el aliento, un furioso Galakrond fue lo bastante hábil y artero
como para reaccionar a tiempo con el fin de intentar agarrar a su diminuto atacante justo
cuando el protodragón gris como el carbón descendía en picado. Unas garras tan enormes
como el propio Neltharion se cerraron a su alrededor, pero en el último segundo, una temible
salva de alga que a Kalec le pareció arena ceg6 a medias a Galakrond.
Un macho marrón como el polvo viró y se alejó. Galakrond sacudió la cabeza para
quitarse la arena de los ojos, y su presa aprovechó ese momento para escaparse.
Neltharion voló directamente hacia Malygos.
—¡Vuela o muere!

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El Alba de los Aspectos

Esas palabras eran un gran consejo para Kalec y Malygos. Sin embargo, en cuanto
Malygos se volvió, Galakrond rugió a sus espaldas. El bramido vino acompañado de un
zumbido y enfatizado por un fuerte golpe sordo, así como por un gruñido de dolor de
Neltharion.
Malygos miró hacia atrás y comprobó que, allá donde las garras del titánico monstruo
habían fallado, su larga y gruesa cola había acertado. Como era varias veces más larga que
la pata trasera de Galakrond, pudo alcanzar con facilidad a Neltharion en un costado con
suma fuerza.
Conmocionado, el macho gris descendió trazando espirales en el aire hacia el duro
suelo que lo aguardaba allá abajo. Tal vez Galakrond pretendiera seguirlo en su caída, pero
una hembra amarilla en estado de pánico eligió ese momento precisamente para pasar cerca
del campo de visión del gigantesco protodragón, atrayendo así su atención. Tras lanzar un
rugido ansioso, el coloso hambriento fue a por ella.
Malygos, que ignoraba la suerte que acababan de tener, se encontraba ya bajando en
picado para coger a Neltharion. El otro macho había puesto en peligro su vida para salvar a
Malygos, y Kalec comprobó que su anfitrión no podía hacer menos por él, lo cual no le
sorprendió. Pese a que el protodragón blanquiazul se estiró todo lo que pudo para agarrar a
esa silueta que caía a plomo y descendía muy rápido, estaba muy claro tanto para Malygos
como Kalec que no iban a poder coger al dragón gris antes de que este se estrellara contra el
suelo.
Entonces, una silueta de color naranja como el fuego se elevó des, de allá abajo y
colisionó contra el macho conmocionado. Alexstrasza lanzó un fuerte gruñido cuando ella y
Neltharion, que era más corpulento que la protodragona, chocaron, pero la hembra logró
mantener el control de la situación de algún modo. Durante unos segundos vitales, consiguió
detener el descenso mortal de Neltharion el tiempo suficiente como para que Malygos les
diera alcance a ambos.
Sin mediar palabra, agarró a Neltharion de los hombros, alzando así al enorme macho
y liberando a Alexstrasza de esa pesada carga. Ella, a su vez, se elevó y lo ayudó a llevar a
Neltharion lejos de aquel lugar.
A través de Malygos, Kalec observó la zona y descubrió que, sorprendentemente,
ahí no había ni rastros de sangre ni de carne desgarrada. Se dio cuenta entonces de que
Galakrond se había tragado enteras a casi todas sus víctimas. En cierto sentido, eso le
resultaba aún más espantoso al dragón azul, pues era capaz de imaginarse lo que esos
protodragones debían de haber sentido al desaparecer dentro de la garganta de ese coloso.
—Tantos… —dijo Alexstrasza entrecortadamente mientras volaban—. Tantos…
Si bien Malygos no habló, sus pensamientos eran un reflejo de las palabras de la
protodragona. El anfitrión de Kalec estaba tan conmocionado por el curso de los
acontecimientos como ella.

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El Alba de los Aspectos

Un nuevo ruido retumbó por toda la zona, un mido tan extraño, tan perturbador que
los dos protodragones estuvieron a punto de soltar a Neltharion.
El ruido se volvió más fuerte, más gutural… y, por tanto, más aterrador. Aunque
Kalec no tenía ni idea de qué podía ser, Malygos lo identificó con algo conocido. Unas
imágenes cruzaron fugazmente la mente de Kalec, en las que su anfitrión regurgitaba trozos
de hueso y otras partes indigeribles de varias presas.
Dominado por una sensación de repugnancia cada vez mayor, Kalec comprendió
que, en algún lugar, Galakrond estaba haciendo algo similar, aunque lo que estaba
vomitando no eran los restos de algún búfalo o un pez…
De repente, el mundo de Kalec volvió a venirse abajo. Su consciencia perdió todo
vínculo con Malygos. Unas imágenes en las que Galakrond se daba un festín recorrieron los
pensamientos de Kalec a gran velocidad y, acto seguido, esa maldita oscuridad se adueñó de
nuevo del dragón azul.
No obstante, una vez más, una voz familiar lo llamó desde esas tinieblas. Kalec…
¿Kalec?
El dragón ignoraba por qué lo llamaba Jaina en esta ocasión, pero con las pocas
fuerzas que le quedaban, Kalec bloqueó sus pensamientos para que ella no pudiera leérselos.
Mientras hacía esto, notó que el mundo cobraba de nuevo forma a su alrededor. Un viento
muy violento lo golpeó en la cara. De manera instintiva, Kalec cambió de posición y se dio
cuenta de que se estaba resbalando.
El dragón azul fue al menos capaz de abrir los ojos para ver cómo dejaba atrás una
colina rocosa por la que se deslizaba. Kalec fue consciente de que se estaba cayendo. Clavó
una de sus garras en la tierra y descenso, pero no detenerlo. Kalec la piedra, logrando así
ralentizar su intentó hacer lo mismo con la otra zarpa, pero no pudo abrirla a pesar de que lo
necesitaba desesperadamente.
Cayó hacia atrás y se dio cuenta entonces de que no se había resbalado por una colina
sino por una montaña. Kalec intentó enderezarse, pero solo logró golpear con un ala la
ladera, lo que provocó que cayera dando tumbos aún más rápido. Allá abajo, aguardaban al
dragón azul unas rocas melladas que le recordaron mucho a los dientes de Galakrond.
Kalec consiguió concentrarse para lanzar un conjuro, con el que logró que su
descenso descontrolado prácticamente se detuviera. Aunque solo era una solución a corto
plazo, esperaba no necesitar más que linos instantes para actuar.
El dragón azul contuvo la respiración y se giró para tumbarse boca abajo. Como notó
que el hechizo se disipaba rápidamente, Kalec batió las alas con fuerza. Nada más elevarse,
el encantamiento se disipó. El dragón azul se posó sobre otra montaña. Ya no percibía las
continuas llamadas de Jaina y esperaba que hubiera desistido. De todos modos, Kalec ahora
solo estaba interesado en un objetivo, en esa cosa horrenda que todavía sostenía en su garra.
Esa reliquia ahora completa parecía mofarse de él con su persistente fulgor.

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El Alba de los Aspectos

Aunque, claro, intentar deshacerse de ella era absurdo, pues, de algún modo, lograría
volver para acosarlo. También dudaba de que intentar destruirla fuera una decisión sabia.
Kalec se dejó acariciar por el viento para aclararse las ideas mientras n las intentaba decidir
qué iba a hacer a continuación. Si no hubiera sido si do por la voz de Jaina, el dragón ni
siquiera habría estado seguro de época y en su propio cuerpo. Cada si se encontraba en su
propia vez le resultaba más difícil distinguir entre la realidad y las visiones.
Tras pasar varios minutos cavilando infructuosamente, Kalec se dirigió hacia el
Nexo. Cada instante de ese vuelo resultó muy estresante, ya que el dragón azul esperaba
verse arrastrado de nuevo a esas visiones en el peor momento posible. En cuanto tuvo que
sobrevolar el mar, Kalec prestó especial atención a los hechizos con los que se protegía.
Pero para su alivio y consternación, la reliquia le permitió llegar al Nexo sin ningún
problema. Kalec decidió entonces centrarse en algo distinto al objeto de sus pesadillas. Tenía
que organizar la colección del Nexo, aunque lo cierto era que, en un principio, se había
planteado esa posibilidad como una mera excusa con la que distraerse, no porque realmente
deseara realizar esa tarea.
No obstante, antes de poder empezar con ello, se dio cuenta de que tenía que reforzar
los hechizos de protección del lugar. Si no se ocupaba de eso ahora, sería imposible que
pudieran seguir protegiendo el Nexo y todo cuanto este contenía por mucho más tiempo.
Adoptó su forma humanoide y, al instante, se encontró extrañamente más cómodo
que con su verdadero cuerpo. Kalec invocó un simple estrado de mármol acompañado de
una columna estriada y, con cautela, colocó la reliquia encima de esa plataforma que le
llegaba hasta la cintura; acto seguido, centró su atención en los conjuros de protección. Cerró
los ojos y se concentró. Incluso con los ojos cerrados, el dragón azul podía ver el mundo que
lo rodeaba, pero se trataba de un mundo entrecruzado por diversas líneas ley multicolores.
Si bien toda Azeroth estaba envuelta en esta compleja red de líneas de energía mágica, estas
que veía ahora cumplían un propósito muy concreto: procuraban energía a los diversos
hechizos de protección del Nexo. Entonces, se dispuso a examinar cada sortilegio siguiendo
las líneas ley.
Kalec comprobó enseguida cuál era el más débil de todos. Extendió una mano hacia
delante, que en este mundo refulgía con una energía lavanda, y señaló a la línea ley que
necesitaba. Con la otra mano cogió otra de las líneas ley de Azeroth y unió las dos allá donde
la parte central de la primera línea resultaba visible…
Pero antes de que pudiera hacer nada más, el mismo Nexo brilló.
Kalec dejó de tejer el hechizo y abrió los ojos. De inmediato posó la mirada sobre la
reliquia. No le sorprendió del todo descubrir que ahora relucía con un fulgor diferente, que
imitaba la gama de colores mágicos asociados a las inmensas fuerzas esotéricas que se
hallaban en el interior del Nexo y a su alrededor. Cuanto más brillaba el objeto, menos
intenso era el resplandor de todo cuanto rodeaba a Kalec.

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El Alba de los Aspectos

El hecho de que la reliquia pudiera afectar de esa forma al Nexo dejó estupefacto a
Kalec. La última vez que la había traído hasta ahí apenas había hecho nada, pero entonces,
la reliquia no estaba completa. La pieza que le había faltado anteriormente no solo había
aumentado los poderes manifiestos del objeto, sino que probablemente había despertado
otros anteriormente latentes.
Kalec agarró la reliquia y se transformó. La acercó a su pecho y el exAspecto
atravesó el Nexo volando lo más rápido posible. Las energías del Nexo siguieron fluctuando
mientras cruzaba raudo y veloz un túnel tras otro, hasta que por fin dio con la salida.
Una vez fuera, Kalec se elevó muy alto en el firmamento. A sus pies, pudo distinguir
el Nexo en su totalidad. El dragón percibió que sus diversas energías estaban interactuando
de un modo que le resultaba completamente desconocido. Kalec (quien debería haber
entendido mejor que nadie el cómo y el porqué de esas interacciones mágicas) era incapaz
de adivinar cuál era el propósito de todo aquello.
Esos intensos colores que normalmente solo estaban reservados para las fuerzas del
Nexo eran irradiados ahora con fuerza por la reliquia. Mientras tanto, el Nexo volvió a
centellear abrupta e intensamente, tanto que el dragón azul se vio obligado a apartar la vista
para no quedarse ciego.
Entonces, ese tremendo torbellino de energía mágica fue perdiendo fuerza.
Como Kalec era incapaz de imaginarse qué se iba a encontrar la próxima vez que
contemplara el Nexo, lo que vio lo dejó tan perplejo como sorprendido.
El Nexo tenía el mismo aspecto y transmitía las mismas sensaciones exactamente
que antes. Tras sisear cautelosamente, el dragón sobrevoló en círculo su santuario, en busca
de algún cambio, por muy sutil que fuera. Por mucho que lo intentó, Kalec siguió sin hallar
ninguna diferencia.
—Todo esto no ha podido ser para nada —masculló al enervante objeto que sostenía
en su garra—. ¿Qué has hecho?
La reliquia, que ahora volvía a tener su brillo normal, no le dio ninguna pista.
El dragón resopló y descendió hacia el hueco por el que antes había salido. Nada más
entrar, posó la vista sobre la reliquia. Sin embargo, su fulgor no cambió.
Kalec regresó a sus aposentos, esperando que ese objeto infecto volviera a
desencadenar el caos en cualquier momento. El hecho de que no hubiera ninguna señal que
indicara que eso fuera a ser así no calmó sus miedos ni lo más mínimo. Aunque Kalec era
consciente de que podría estar dejándose llevar por la paranoia, aún cabía la posibilidad de
que la reliquia pudiera estar tramando algo, a pesar de que se encontraba, aparentemente,
inactiva.
Más decidido que nunca a dar con alguna otra reliquia que pudiera ayudarlo a
combatir la que sostenía ahora, Kalec invocó un objeto antiguo en el que tenía depositadas
muchas esperanzas. Se trataba de un cristal ovalado de una intensa tonalidad aguamarina y

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El Alba de los Aspectos

del tamaño de su zarpa que se materializó de la nada delante de él. Pese a que Kalec no
estaba seguro de conocer todas sus propiedades, por los conocimientos que le habían
transmitido al respecto, tenía la impresión de que podría anular la magia de la reliquia
octogonal.
Pero en el mismo instante en que tocó el cristal, su intenso color se apagó. Kalec
sondeó mentalmente la reliquia, que se hallaba desprovista totalmente de cualquier rastro de
energía mágica. Al dragón azul se le escapó una maldición en la que se mezclaba lo mejor
(o lo peor) de los insultos dracónicos, humanos y enanos. Encolerizado por esta última y
rápida derrota, Kalec arrojó esa antigualla octogonal sin importarle qué pudiera ocurrir. Esta
voló con una velocidad tremenda hacia la pared y, entonces, se detuvo a solo un par de
centímetros de su más que probable final. Después, descendió hasta el suelo sin hacer ni un
solo ruido.
El dragón rugió. Incapaz de controlarse, Kalec lanzó una salva de conjuros sobre la
reliquia. Un fuego intentó consumir ese objeto. Unos rayos de energía arcana también lo
asaltaron. Una lanza de hielo intentó horadar su superficie. Un relámpago impactó sobre él.
Ninguno de esos ataques dejó el más mínimo arañazo sobre la reliquia.
Kalec se desplomó jadeando por culpa del tremendo esfuerzo que acababa de hacer.
La reliquia continuó brillando tenuemente y, una vez más, pareció burlarse de él.
El dragón azul rumió su derrota durante un rato y, de repente, se quedó petrificado.
Tal vez… tal vez he afrontado este problema de una manera equivocada.
Kalec nunca había intentado comprender de verdad a esa reliquia. Desde el principio,
la había considerado algo malévolo. No obstante, ahora se preguntaba para qué iba a querer
volverle loco.
El dragón se aproximó al objeto y, sin tocarlo, examinó todos los recovecos de su
parte exterior que fue capaz de ver, pero no notó ningún cambio en él. Pese a que luego
realizó otro sondeo con sus poderes mágicos, no obtuvo ningún resultado distinto. Aun así,
Kalec no estaba satisfecho. Incluso en ese mismo momento, la reliquia podía estar
preparando un conjuro que sus agudos sentidos no eran capaces de detectar, puesto que ya
había demostrado que era más que capaz de actuar sin que él se diera cuenta.
Se centró entonces en esa pequeña pieza extra que había encontrado durante su
segunda incursión en el esqueleto. Por muy sencilla que pareciera, no cabía duda de que era
una parte integral de la reliquia. Hasta ahora, le había dado la sensación de que amplificaba
los poderes originales de la misma, pero creía que era capaz de mucho más.
Un leve brillo en el centro de la pequeña pieza llamó su atención. El dragón entornó
la mirada.
Una joven humana de pelo rubio se hallaba ante él, una mujer a la que conocía
perfectamente. Un halo de inocencia la envolvía, una inocencia que lo atraía tanto como su
belleza.

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El Alba de los Aspectos

—Anveena… —dijo el dragón azul entrecortadamente. Acto seguido, alzó una garra
hacia ella, la cual atravesó la mano que ella le había tendido.
De repente, Kalec se encontró en un bosque y ya no era un dragón, sino, más bien,
un semielfo. Portaba la misma forma que había llevado cuando había conocido a Anveena.
Kalec… Anveena lo llamaba cada vez más lejos, y su silueta se difuminó y se
distanció. Ella seguía tendiéndole la mano, como si le estuviera indicando que la siguiera.
Kalec…
De repente, se llevó un gran sobresalto. Anveena no era quien lo había llamado la
segunda vez, sino Jaina, lo cual bastó para devolverle la consciencia.
Kalec se apartó con brusquedad de la reliquia. Estaba empapado de sudor. También
se percató de que, al igual que en el sueño, tenía manos y no garras. En algún momento,
había cambiado de forma sin ser consciente de ello.
En ese momento, Kalec percibió la presencia de otro dragón azul. De algún modo,
saber que ya no se hallaba solo en el Nexo lo ayudó a recobrar la compostura. Tras darle la
espalda a la reliquia, Kalec abandonó la cámara para ver quién había regresado y por qué.
Hasta que no se encontró cerca de una de las entradas, no detectó movimiento. Kalec
se dirigió hacia el recién llegado sin mediar palabra.
La pequeña dragona azul estaba de espaldas a él. Kalec vaciló.
—¿Tyri?
La hembra se giró, pero no resultó ser quién él creía. El exAspecto se regañó a sí
mismo en silencio por haber esperado ver a esa hembra azul a la que se había prometido en
su día.
La dragona azul situada delante de él miró fijamente a Kalec, como si hubiera visto
a un orco. Entonces, se acordó de que se había transformado; a pesar de que eran criaturas
mágicas, los dragones azules solían mantener normalmente sus formas dracónicas cuando
estaban en el Nexo.
—Tejehechizos —dijo ella al reconocerlo al fin—. Creía que ya habías partido.
Kalec hizo caso omiso al hecho de que se dirigiera a él con ese título que ya no poseía
y volvió a adoptar su forma de dragón. Ahora, tuvo que agachar la cabeza para poder
escrutada y, a continuación, no pudo evitar espetarle:
—¿Acaso pretendías hacer algo aquí e irte antes de que yo regresara?
La dragona adoptó la máxima expresión de espanto que un miembro de su raza podía
adoptar.
—No… ¡No, Tejehechizos! En verdad, me alegro de que estés aquí. Quería hablarte
de una anomalía que he detectado recientemente cerca del Cementerio de Dragones, muy
cerca del Templo del Reposo del Dragón…
Kalec se dio cuenta de inmediato de que se refería a las perturbaciones que había
causado la reliquia.

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El Alba de los Aspectos

—Sé a qué te refieres. No es un asunto de tu incumbencia.


La hembra pareció avergonzarse un poco.
—Debería haberme imaginado que ya lo sabrías.
Ahí debería haber concluido la conversación, pero la dragona azul se limitó a
quedarse donde estaba, sintiéndose visible y terriblemente incómoda.
Kalec se imaginaba qué clase de pensamientos debían de estar cruzando su mente en
esos momentos.
—Agradezco tu preocupación. Ibas de camino a otra parte, ¿verdad?
—Sí. Había pensado ir a explorar…
Pero no la dejó continuar.
—Entonces, deberías seguir tu camino, por supuesto. Una vez más, te doy las gracias
por haber regresado para avisarme.
La dragona le lanzó otra mirada incómoda y, a continuación, partió tras agachar
respetuosamente la cabeza.
Kalec se detuvo a pensar por un momento y se alejó de la entrada. En ese preciso
instante, atisbó una figura envuelta en sombras del tamaño de un elfo de la noche o de un
humano alto en el oscuro corredor por el que había llegado hacía poco hasta ahí.
El dragón corrió hacia ella, moviéndose con la rapidez necesaria para alcanzar a
cualquier intruso. Sin embargo, aunque logró llegar hasta una zona de ese largo pasillo donde
nadie habría podido esconderse o escaparse por un túnel lateral, no vio a nadie. Kalec sondeó
el lugar con sus poderes mágicos, pero no había ni rastro de ese otro ser, de eso no cabía
duda.
Mientras aceptaba ese hecho incontestable, el dragón azul fue reconstruyendo
mentalmente una imagen más definida de ese intruso que iba más allá de su mera altura. La
imagen que cobró forma hizo que Kalec tuviera la certeza de que su cordura se estaba
viniendo abajo y, además, muy rápido.
Era la misma figura encapuchada y envuelta en una capa de sus visiones.

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CAPÍTULO DOS
LA REUNIÓN
K alec no intentó negar lo que había visto. O bien todo había sido producto de su

extremadamente estresada imaginación o de alguna nueva faceta de la magia de la reliquia.


Ninguna de las dos era una alternativa agradable. Si se daba el primer caso, era una señal de
lo mentalmente inestable que podría encontrarse ya; si se daba la segunda opción, significaba
que ese maldito objeto probablemente quería jugar a un juego nuevo con él.
Optó por escoger la última e, inmediatamente, volvió corriendo al lugar donde había
dejado la reliquia.
Por desgracia, la oscuridad lo atrapó primero, empujando al tambaleante dragón azul
contra las paredes del pasadizo. Mientras unos enormes fragmentos de piedra llovían sobre
Kalec, el dragón (que apenas permanecía consciente) se impulsó hacia delante cuando aún
se hallaba a medio camino de su santuario.
No obstante, incluso antes de que su cuerpo se estampara contra el suelo, su mente
se halló surcando el cielo. Kalec era una vez más parte de Malygos, pero esta vez se trataba
de un Malygos mucho más encerrado en sí mismo, mucho más decidido.
En la distancia, resonó un rugido atronador, que solo podía haber brotado de las
fauces de Galakrond y que estremeció a Kalec y su anfitrión. Por suerte, el rugido fue
perdiendo intensidad, lo que dejó bien claro que el gigantesco protodragón se dirigía en otra
dirección.
Malygos, cuyos pensamientos se encontraban enterrados por ese asunto tan urgente
que Kalec no lograba descifrar, siguió avanzando. Entonces, Kalec entrevió, Alexstrasza e
Ysera y a un puñado de protodragones de la misma familia que Malygos en la neblina de su
memoria y también experimentó unas visiones fugaces en las que Neltharion luchaba contra
algo que era muy pequeño para ser Galakrond. Tras mucho escarbar en la mente de su
anfitrión, Kalec descubrió que al menos en uno de esos recuerdos aparecía Malygos
manteniendo a raya a un protodragón de un tono rojizo desvaído.

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El Alba de los Aspectos

Kalec se acordó de la pelea anterior y se dio cuenta de que ahí no había habido ningún
otro protodragón rojo aparte de Alexstrasza, por un momento, temió que ella hubiera
perecido en algún momento y se hubiera alzado como una no-muerta, tal y como habían
hecho otros cadáveres, pero entonces se percató de que ese no podía ser el caso, por razones
obvias.
Aun así… si ese protodragón no-muerto no era Alexstrasza, eso seguía queriendo
decir que los muertos se habían alzado una vez más. Kalec ignoraba por qué, pero estaba
seguro de que, de algún modo, la respuesta la tenía Galakrond.
Un momento después, percibió que Malygos compartía esa opinión. De hecho, Kalec
al fin supo que Malygos acababa de huir (sí, huir) de ese no-muerto. Y sí, se trataba de más
de uno. Eran siete. Y lo que era aún peor, Malygos no era el único que se había enfrentado
a ellos. Dos protodragones de su familia lo habían acompañado en ese momento.
Y ninguno había logrado escapar.
La culpa se apoderó de Malygos, y Kalec comprendió que consideraba que debería
haberse quedado con ellos. No obstante, tenía claro, por lo que había atisbado en los
recuerdos de su anfitrión, que Malygos había huido únicamente cuando los otros dos ya no
podían esquivar su funesto destino.
Lo más curioso de todo (y lo más preocupante para Kalec) era que su anfitrión había
bloqueado todo recuerdo sobre cómo habían perecido los otros dos.
A lo largo del rumbo que seguía Malygos, no detectaron a ningún otro protodragón.
Si bien eso no llamó la atención de Kalec en un principio, poco a poco fue notando lo mucho
que eso preocupaba a Malygos.
Unos minutos después, otra figura alada apareció a la vista, para alivio de ambos. Se
trataba de Neltharion, quien todavía hacía cierta gala de su fanfarronería, aunque incluso él
observaba el cielo a su alrededor con suma cautela.
—¡Amigo Malygos! ¡Ja! ¡Has venido! ¡Hemos sobrevivido! ¡Somos supervivientes!
A pesar de su arrogancia, el tono de voz de Neltharion denotaba que saber que
Malygos seguía vivo había supuesto un gran alivio para él. Kalec se preguntó cuántos otros
no habrían logrado sobrevivir.
¿Qué está sucediendo aquí?, preguntó Kalec, aunque, claro, nadie podía oírlo. Las
leyendas de los dragones no contaban nada acerca de ese periodo de tiempo tan
evidentemente crítico para los protodragones. La era de los dragones todavía estaba por
llegar; además, como Malygos y los demás futuros Aspectos estaban vivos en esos instantes,
el paso del reino de los protodragones al de los dragones debía de ser inminente. Sin
embargo, por lo que Kalec había visto parecía más bien que todos iban a extinguirse. Incluso
un verdadero dragón habría sido incapaz de enfrentarse a un horror como Galakrond.
—¿Y los demás? —inquirió Malygos.

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El Alba de los Aspectos

—La de color de fuego está bien, aunque su hermana pequeña se queja mucho.
—Neltharion se calló y, a continuación, añadió de un modo menos presuntuoso—: Zorix…
ha caído.
En la mente de Malygos surgió la imagen de un protodragón macho de ojos inquietos
y reluciente piel dorada. A pesar de que Kalec nunca antes había visto a ese macho, tanto
Malygos como Neltharion parecían haberlo conocido en ese periodo de tiempo indefinido
que había transcurrido desde la última visión. Su muerte conmovió tremendamente al
anfitrión del dragón azul.
—Talonixa habla igual que él. Habla tan bien como hablaba él.
Sobre la tal Talonixa, Kalec únicamente pudo leer en la mente de su anfitrión que
había sido la pareja de Zorix y era una protodragona con una voluntad férrea. Era evidente
que entre los protodragones que habían dado el salto súbitamente a la inteligencia, ella era
considerada una de las más listas.
A pesar de su supuesta astucia, el anfitrión de Kalec no confiaba demasiado en
Talonixa, lo cual no tenía nada que ver con el hecho de que fuera hembra (el valor y el
ingenio de Alexstrasza habían hecho que Malygos la tuviera en muy alta estima), sino con
que consideraba muy peligrosos otros aspectos de su personalidad. Sin embargo, Kalec no
pudo extraer más información al respecto. Neltharion entornó los ojos. Estaba mirando algo
situado más allá de Malygos. El otro protodragón dirigió rápidamente la vista hacia el lugar
al que miraba su compañero, pero solo divisó un cielo vacío.
El macho gris suspiró.
—Nada. No es él. No son ellos.
Aunque el anfitrión de Kalec se estremeció, bloqueó todo pensamiento acerca de la
causa de esa reacción.
—¿Los demás se han reunido?
—Sí. Sígueme.
Ambos protodragones volaron a gran velocidad, como si tuvieran al mismo
Galakrond detrás intentando morderles las colas. A Kalec se le contagió esa sensación de
urgencia que impulsaba a los dos, a pesar de que solo sabía la mitad de lo que estaba pasando,
como mucho. Malygos miraba a su alrededor continuamente, centrándose a menudo en la
tierra que se extendía allá abajo, a lo lejos. Poco a poco, Kalec comprendió qué era lo que
preocupaba tanto a Malygos: en ese paisaje no había ninguna fauna visible, salvo unos pocos
pájaros. Ninguna bestia de tamaño considerable deambulaba por ninguno de los lugares que
sobrevolaban los protodragones.
Malygos clavó su mirada en Neltharion y preguntó:
—¿Estamos cerca?
—Aún debemos volar más. Ha habido que descartar el otro lugar.

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El Alba de los Aspectos

A Kalec le llevó un rato descifrar esa última frase. Cualquiera que fuera el sitio donde
los protodragones habían decidido reunirse anteriormente estaba claro que se había vuelto
muy peligroso, por lo que se habían visto obligados a alejarse aún más.
Entonces, a cierta distancia, resonó un estruendo que inquietó a ambas bestias
voladoras. El protodragón gris miró hacia atrás. Malygos hizo lo mismo de manera
instintiva. A pesar de que ahí no había ni rastro de Galakrond, incluso Kalec era consciente
de que su gigantesco adversario era capaz de recorrer unas distancias tremendas en un abrir
y cerrar de ojos.
Malygos siseó presa de la frustración y volvió a centrar su vista en el camino que
tenían por delante. Cuatro siluetas aladas que venían del norte llamaron su atención. Malygos
entornó la mirada y observó detenidamente a los protodragones que se aproximaban.
—Otros más —le advirtió a Neltharion.
Su compañero clavó los ojos en los recién llegados.
—Nadie viene del norte. El norte es peligroso.
—Sí… —siseó Malygos de nuevo.
Los cuatro protodragones se acercaron lo suficiente como para que pudieran tener
una visión más detallada de ellos. Para alivio de Kalec, no eran lo que había esperado. Se
trataba de unos protodragones que seguían vivitos y coleando.
Pero Malygos no se sentía satisfecho del todo, y Kalec enseguida comprendió por
qué. Esa formación estaba encabezada por un protodragón verdeazulado que les resultaba
muy familiar: Coros.
Kalec también reconoció entre ellos a uno de los otros participantes en el ataque que
había sufrido anteriormente Malygos.
A la vez que sonreía, Neltharion afirmó con voz potente:
—Esta pelea me va a encantar.
Entonces, para sorpresa del protodragón gris y de Kalec, Malygos negó con la
cabeza.
—Peleamos con los no-muertos. Pelearnos con Galakrond. No entre nosotros.
—¡Humf! ¿Y eso lo sabe Coros?
Los otros protodragones ralentizaron su avance al aproximarse a esa pareja. Coros
escrutó a Malygos y Neltharion.
—Viven. ¡Qué bien!
—Sí —replicó el anfitrión de Kalec con serenidad—. Vivimos, y eso es bueno. Veo
que Coros también sigue vivo…, y eso también es bueno. No debemos pelear entre nosotros.
Solo debemos pelear con Galakrond, ¿verdad?
El rival de Malygos agachó la cabeza como si se tomara esas palabras muy a pecho.
No obstante, siguió esbozando una sonrisilla taimada. Ambos sabían que las circunstancias
extremas en las que se hallaban era lo único que impedía que se destrozaran mutuamente.

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El Alba de los Aspectos

—¡El norte no es un buen sitio! —los interrumpió un impaciente Neltharion, quien


parecía decepcionado porque no iban a combatir entre ellos—. Coros no debería venir del
norte.
—Hemos estado explorando. Talonixa nos lo pidió.
—¿Talonixa? —repitió Malygos con cierta inquietud—, ¿por qué?
—¡Porque tiene un plan!
El macho azul como el hielo contuvo un resoplido a duras penas. Kalec notó que a
Malygos le inquietaba el abrumador dominio que esa hembra ejercía sobre los demás
protodragones y que su preocupación iba en aumento. La raza de Talonixa era testaruda,
impulsiva y dominante, lo cual era un cóctel explosivo que inquietaba a Malygos y Kalec,
sobre todo dadas las circunstancias.
—¿El norte no es peligroso? —inquirió Malygos por fin.
A Kalec, que no podía hacer otra cosa más que observar, le dio la sensación de que
la sonrisilla de esa bestia se tornaba más artera.
—No. Coros es muy listo para esos estúpidos no-muertos.
No era la primera vez que Kalec escuchaba ese término tan perturbador y eso le
inquietó, pues añadía aún más incertidumbre a la situación apurada en que se encontraba.
¿Cuántos de esos cadáveres reanimados hay? ¿Cuántos?
Y lo que era aún más importante, Kalec se preguntó cómo habían logrado alzarse.
En su época, había vivido en un mundo donde, salvo los Renegados (que habían jurado
lealtad a la Horda), los no-muertos eran una amenaza habitual, a la que había que destruir
de inmediato siempre que fuera posible. Sin embargo, no esperaba oír hablar de tales
horrores en una época tan temprana de la historia de Azeroth.
—¡Ya basta de hablar! —gruñó Neltharion—. ¡Vámonos!
Coros no discutió, sino que, al instante, viró y pasó junto a ambos. Sus camaradas,
todos ellos de la misma familia, lo siguieron sin dignarse siquiera a mirar al protodragón gris
o a Malygos.
—¿Quieres que volemos más rápido que ellos? —preguntó Neltharion en voz baja
al anfitrión de Kalec.
Malygos asintió.
—Sí, claro.
Sin mediar más palabra, dejaron atrás a un desconcertado Coros a sus acompañantes.
Mientras Malygos aceleraba, tanto él como Kalec pudieron oír el siseo furioso de Coros.
A Kalec no le sorprendió comprobar que los protodragones compartían más de una
característica con los dragones, ya que las carreras siempre habían sido muy populares entre
estos últimos.
Malygos echó un vistazo hacia atrás y comprobó que Coros y los demás estaban
haciendo todo lo posible por darles alcance, Sin embargo, Malygos y Neltharion estaban

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El Alba de los Aspectos

marcando un ritmo asombrosamente rápido. Kalec apenas podía creer que su anfitrión
todavía poseyera esa energía y, entonces, se percató de que Malygos había aceptado la
sugerencia de correr no solo porque desprecian a Coros, sino también porque así, por un
breve espacio de tiempo, el macho blanquiazul no tendría que pensar en los honores que
asolaban su mundo.
A pesar del tremendo esfuerzo, Malygos siguió volando junto a Neltharion a varios
cuerpos de distancia de su rival. Por mucho que lo intentara, Coros era incapaz de
alcanzarlos, aunque pronto dejó al resto de sus compañeros muy atrás.
Kalec se dio cuenta, aunque demasiado tarde, de que al hallarse tan separados, los
seis protodragones constituían un objetivo mucho más visible para cualquier adversario,
pero por suerte, no sucedió nada. Aun así, notó que Malygos también se sintió aliviado al
llegar por fin a ese valle con forma de cuenco, donde pronto quedó claro que decenas y
decenas de protodragones se escondían cautelosamente entre sus sombras.
El valle reverberó con múltiples siseos mientras los recién llegados descendían, pero
no todos iban dirigidos a ellos. Ahí había miembros de casi todas las familias de
protodragones que Malygos conocía; además de unas cuantas que el anfitrión de Kalec no
reconoció. Muchas de ellas no se llevaban bien unas con otras, por pura enemistad natural o
por rencillas. Únicamente el desastre que estaba arrasando su mundo los había obligado a
fingir ser ahora aliados, cuando menos.
La tensión se veía incrementada por la presencia de muchos protodragones menores
(así los consideraba Malygos); aquellos que eran poco más que meros animales, a los que
sus hermanos más inteligentes cuidaban; se sintió siniestramente aliviado por el hecho de
que al menos les tenían que vigilar y controlar constantemente. En ese instante, la generación
de Malygos hubiera evolucionado.
En medio de ese estruendo, se alzó un siseo gutural y ronco que hizo callar a los
demás. Malygos buscó la fuente de ese siseo.
Talonixa se imponía al resto no solo con su voz, sino gracias también a su tamaño y
presencia. Era un tercio más grande que la mayoría de los machos, de los que solo unos
pocos, como Neltharion, la superaban en peso. Su suave piel relucía con un color dorado
incluso bajo ese cielo cubierto. Talonixa poseía unos ojos negros y brillantes que reflejaban
inteligencia y que, al clavarse en cualquier protodragón, hacían que incluso el más rebelde
se doblegara ante ella.
Malygos y Neltharion se acercaron al lugar donde estaban posadas Alexstrasza e
Ysera. Al contrario que los demás protodragones, las hermanas habían permanecido alejadas
del resto y no se habían unido a su familia. Algunos miembros de la familia de Malygos se
quedaron estupefactos al ver qué compañeros elegía este, pero la familia de Neltharion no
pareció llevarse ninguna sorpresa al ver que optaba por unos amigos tan extraños. De hecho,

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El Alba de los Aspectos

Kalec pensó que parecían un tanto aliviados por no tener que cargar con el impetuoso
protodragón gris.
Coros aterrizó a la izquierda de Talonixa, a poca distancia de ella. Obviamente, se
hallaba sin aliento, pero hizo todo lo posible por transmitir la sensación de que se encontraba
tan sereno como Malygos.
—¡Han venido más! —exclamó Talonixa—. ¡Somos tantos! ¡Sí, repítanlo! ¡Somos
tantos!
Un coro de voces de protodragones repitió esa letanía una y otra vez. Kalec
compartió la frustración que dominó a Malygos cuando este se dio cuenta de que los
protodragones se estaban arriesgando a que su escondite quedara expuesto al seguir las
órdenes de su líder, de Talonixa. Si bien era importante ser muchos y fuertes, también lo era
tener sentido común, el cual no parecía ser el más común de los sentidos entre todos ellos,
eso era obvio.
—Quiere pelear —masculló Ysera—. Eso no es bueno. La paz es mejor.
Aunque parecía tan decepcionada como su hermana, Alexstrasza se mostró en
desacuerdo.
—Debemos luchar… pero no como quiere Talonixa.
—Si luchamos… ¡moriremos!
Mientras ambas hembras discutían, Coros se acercó disimuladamente a Talonixa
para susurrarle algo. Esto llamó la atención de Malygos, quien intentó aguzar el oído pero
no oyó nada. Kalec también se sentía muy frustrado, pues no confiaba en Coros mucho más
que su anfitrión.
Talonixa lo escuchó atentamente y, a continuación, indicó a Coros que se retirara
con un leve siseo. Este volvió a ocupar el lugar donde había estado antes, satisfecho al
parecer con la información que le había proporcionado a la enorme protodragona, fuera cual
fuese.
—¡El norte está vacío! —proclamó—. ¡Ahí no hay no-muertos! ¡Además, hemos
dado con el rastro de Galakrond!
La mayoría del resto de protodragones recibieron con alborozo estas noticias,
asintiendo y profiriendo tenues siseos. No obstante, hubo otros que no se las tomaron con
tanto agrado. Malygos sintió cierta satisfacción al comprobar que otros también dudaban.
Aunque se centró en uno en particular, fue Kalec quien reconoció primero al macho
de basta piel marrón; era uno de los que habían ayudado a Malygos y Neltharion en su
confrontación con Galakrond. El macho marrón parecía especialmente perturbado por lo que
Talonixa acababa de decir y por la sumisión hacia ella que mostraban los demás
protodragones voluntariamente. Este apartó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de
Malygos.
Talonixa volvió a hablar:

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El Alba de los Aspectos

—¡Pronto lucharemos! ¡Pronto seremos más! ¡Busquen a otros! ¡Pues sé que hay
más! ¡Marchen! ¡Vuelvan con todos ellos cuando las lunas sean totalmente redondas!
Aunque a Kalec le dio la impresión de que la reunión estaba acabando de una manera
abrupta, supo rápidamente a través de Malygos que, en un principio, tales reuniones de
protodragones eran muy poco habituales, lo cual era un síntoma de la enorme magnitud de
la amenaza y de la gran influencia que Talonixa ejercía sobre ellos, ya que muchos se habían
presentado ahí enseguida. De hecho, a pesar del peligro que corrían todos ellos al marcharse
de ahí, varios protodragones parecieron sentirse aliviados al partir. Otros se dedicaron a guiar
a sus bestiales hermanos fuera de ahí, una escena que despertó una vez más la curiosidad de
Kalec sobre la extraña evolución que estaban experimentando los protodragones.
Una evolución que tendría muy poco futuro a menos que pudieran derrotar a ese
voraz coloso que se había alzado entre ellos.
Malygos observó con la mirada perdida lo que Coros estaba haciendo. Al contrario
que los demás, permaneció cerca de Talonixa. Y mientras esta se preparaba para echarse a
volar, el macho verdeazulado se aproximó sigilosamente a ella para hablar.
Como no se fiaba para nada de su rival, Malygos hizo ademán de dirigirse hacia
ambos, pero entonces Neltharion se interpuso entre el anfitrión de Kalec y esa pareja.
—¡Amigo Malygos! ¿Has visto a ese macho marrón?
En ese instante, Coros miró en su dirección y esbozó un gesto de desdén. Talonixa
aprovechó ese momento para despegar. En cuanto Coros se percató de que la hembra que
había sido el foco de su atención había partido, decidió hacer lo mismo un instante después.
Malygos disimuló su enojo y centró su atención en el protodragón marrón…
El mundo se vino abajo. Kalec se sumió brevemente en la oscuridad, pero si esperaba
que eso fuera algo que presagiara su regreso a su propia época, a su propio cuerpo, se llevó
una honda decepción.
Malygos volaba solo de nuevo y el protodragón se mostraba más cauteloso que
nunca. Gracias a una serie de imágenes que cruzaron fugazmente la mente de Malygos,
Kalec entendió rápidamente por qué. El protodragón sobrevolaba las tierras del este, donde
se habían avistado en varias ocasiones a los no-muertos. Sin embargo, al igual que en muchas
otras de sus visiones anteriores, la razón exacta por la que Malygos estaba explorando esa
zona a solas no estaba tan clara.
Tal y como había sucedido con la última zona que el protodragón había sobrevolado,
el paisaje que se extendía allá abajo parecía hallarse desprovisto de toda fauna. Sin embargo,
en ese lugar desolado, tampoco Kalec ni su anfitrión esperaban hallar muchas bestias. Aun
así, Kalec supo que Malygos no había visto absolutamente a ningún animal por ahora.
Tras posarse en un pico bajo, Malygos echó un vistazo a su alrededor. Entonces,
unos pensamientos se adentraron en la mente de Kalec, proporcionándole las piezas que le
faltaban al rompecabezas. Malygos estaba buscando la causa por la que Galakrond se había

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El Alba de los Aspectos

transformado de un modo tan espantoso en un enemigo hambriento que los aterrorizaba a


todos, y la estaba buscando muy cerca del lugar donde ese coloso tenía su guarida.
Kalec se cuestionó la cordura de lo que Malygos deseaba hacer, pero no le quedó
más remedio que rogar que Galakrond se encontrara muy, pero que muy lejos. Aunque
Malygos creía que ese era el caso ambos eran conscientes de que cabía la posibilidad de que
se equivocara.
Al protodragón se le desbocó el corazón por culpa de la tensión mientras se acercaba
al lugar donde se suponía que se hallaba la guarida del coloso. Ahí, los picos eran tan altos
que daba la sensación de que pretendían acariciar ese sol tapado por las nubes. Unas
montañas tan gigantescas debían de estar repletas de cavernas lo bastante grandes como para
albergar a un monstruo del tamaño de Galakrond.
Entonces, allá abajo, algo llamó la atención de Malygos, quien descendió en picado
hacia ello. Al principio, Kalec solo divisó piedras, pero entonces se percató de que una parte
de esas piedras tenía un color perturbador que le resultaba muy familiar.
Esos huesos llevaban ahí cierto tiempo, cuatro o cinco estaciones, probablemente.
Los que resultaban visibles indicaban que ahí yacía una bestia tan grande como un
protodragón normal… Después de excavar la tierra en cierta zona, Malygos descubrió que
realmente se trataba de un protodragón.
Este había perecido violentamente. Muchos de sus huesos estaban destrozados y solo
le quedaba intacta una parte del cráneo, lo cual verificaba que lo que ahí yacía había sido
destrozado con una fuerza tremenda.
Galakrond, pensó Kalec. Esa de ahí debía de ser una de sus primeras víctimas. Si
bien a él este descubrimiento solo le servía para saber cuánto tiempo llevaba Galakrond
realizando esos crueles asesinatos, Malygos, evidentemente, vio algo más en esos huesos.
Aunque nadie había sido testigo de cómo Galakrond reducía a algunas de sus
víctimas a meros cadáveres macilentos que se alzaban luego como parásitos no-muertos,
nadie podía discutir su existencia después de las batallas libradas por Malygos contra ellas.
Aun así, Kalec se preguntaba por qué este protodragón en concreto no se había transformado
también como los demás si había sido víctima del leviatán.
El silencio reinaba en ese lugar, pero en ese instante, algo hizo mirar a Malygos hacia
la derecha. Para Kalec, ahí no había nada que ver. De todos modos, a un protodragón tan
valiente como Malygos no se le podía echar en cara que en tales condiciones se hallara muy
tenso.
Al regresar con los huesos, Malygos apartó con el pie unos cuantos. Casi todos
revelaron que Galakrond había desgarrado y masticado a esa desgraciada criatura.
Brevemente a Malygos le asaltaron unos recuerdos en los que aparecía un Galakrond
mucho más pequeño, aunque también imponente que proporcionaron un a alarmante atisbo
a Kalec de lo mucho que al este había cambiado. En sus inicios, Galakrond había tenido el

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El Alba de los Aspectos

mismo aspecto que cualquier protodragón normal y no había sido lo bastante grande como
para tragarse entero a otro congénere ni por asomo. Además, en esa época, poseía un cuerpo
más esbelto y suave, un color más apagado y en sus ojos no había siempre esa mirada
hambrienta.
Malygos prosiguió hurgando entre los huesos, en busca de pistas. Esa era otra
muestra más (aunque tampoco Kalec necesitaba más pruebas) de lo intricados que eran los
pensamientos mentales de su anfitrión en comparación con los de la mayoría del resto de
protodragones.
De algún modo, esta presa sobrevivió, pensó el dragón azul desencarnado. De algún
modo, algunas sobrevivieron… pero ¿cómo?
El protodragón se tensó de nuevo. Esta vez, Malygos miró hacia el cielo.
Al este, una silueta que ya era demasiado grande a esa distancia como para ser un
protodragón normal se dirigía rauda y veloz hacia las montañas… hacia el lugar donde se
hallaba Malygos.
Las montañas se encontraban demasiado lejos como para que Malygos pudiera
alcanzarlas sin ser visto. Al anfitrión de Kalec no le quedó más remedio que echarse al suelo
allá donde estaba. Pese a que su color no era para nada similar al del suelo, albergaba la
esperanza de que Galakrond no pasara volando tan cerca de ahí como para darse cuenta.
Un aleteo pesado y constante anunció la llegada de Galakrond; se trataba del ruido
que provocaban sus vastas alas al moverse. Malygos sabía que, con cada uno de esos aleteos,
el gigantesco protodragón era capaz de recorrer kilómetros. El aleteo se tomó más intenso
más intenso, más cercano. Malygos y Kalec sabían que Galakrond estaba prácticamente
sobre ellos.
Pero entonces, el aleteo disminuyó. A través de unos ojos entornados, Malygos
observó cómo Galakrond se alejaba de él y se dirigía a las montañas. Sin embargo, justo
cuando el protodragón azul como el hielo se atrevió a respirar de nuevo, Galakrond se
detuvo. El Coloso se quedó flotando en el aire y, de repente, empezó a respirar don dificultad,
como si se estuviera atragantando con algo.
En un principio, ni Malygos ni Kalec no mostraron demasiado interés por qué
Galakrond respiraba tan mal, ya que el aspecto físico de esa gigantesca criatura era lo que
más había llamado su atención. Aunque no podía haber transcurrido mucho tiempo desde
esa visión en la que se habían encontrado anteriormente con Galakrond, Kalec se hallaba
especialmente estupefacto con el hecho de que su enemigo fuera ahora mucho más deforme.
Galakrond no solo tenía más deformidades extrañas, sino que una serie de tumores plagaban
su cuerpo aquí y allá. También tenía unas cuantas manchas grises que hacían que diera la
impresión de que Galakrond se estaba pudriendo.
Pero justo cuando Malygos y Kalec estaban asimilando esa nueva revelación, el
monstruoso y deforme Galakrond vomitó lo que le estaba haciendo pasar tan mal rato.

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El Alba de los Aspectos

Eran cadáveres. Se trataba de más de una veintena de cadáveres decrépitos e inertes


de protodragones, que cayeron hasta conformar una montonera espeluznante en tierra,
algunos incluso rebotaron aquí y allá. Esa escena provocó una honda inquietud en Malygos,
no solo por ser testigo de una espantosa carnicería, sino porque entre esos cuerpos inertes
vio cadáveres rojos, marrones, grises e incluso verdes amarillentos.
En ese momento, Kalec deseó poder vomitar. En toda su vida (en la que había visto
tantos horrores), jamás había sido testigo de algo que lo conmocionara de una manera tan
horrible. Se podía imaginar cómo habían sido los estertores de cada una de esas víctimas y
era consciente de que muchas otras más habían perecido del mismo modo.
De repente, sintió que un temor aún mayor asaltaba a Malygos al contemplar ese
espectáculo macabro. Alexstrasza, Ysera y Neltharion también se encontraban en esa región
y, desde la lejanía, Malygos era incapaz de distinguir si los otros tres se hallaban entre esos
cadáveres. A pesar de que Kalec sabía que los tres habían sobrevivido a esa época, no pudo
evitar compartir la preocupación cada vez mayor de su anfitrión.
Con una última arcada, Galakrond acabó de regurgitar. El gigantesco protodragón se
giró de inmediato y se elevó de nuevo en el aire. Aunque Malygos poseía una vista muy
aguda, o pudo detalle los extraños tumores que plagaban el cuerpo de Ninguno de los dos
pudo determinar si eran la causa o no de la locura de ese coloso: no obstante, Malygos quería
echarles un vistazo mejor.
Pero el anfitrión de Kalec no era un temerario. Aguardó a que Galakrond se alejara
y observó a su enemigo hasta que se desvaneció en la distancia. Entonces, Malygos se atrevió
a elevarse y, acto seguido, instintivamente, bajó de altura una vez más al ver que otros tres
protodragones se acercaban volando desde la misma dirección por la que había llegado antes
Galakrond.
La razón exacta por la que Malygos había decidido esconderse en vez de elevarse y
avisar de lo que sucedía a ese trío era algo que Kalec intuyó, pero que ni siquiera su anfitrión
entendía del todo. Sin embargo, mientras los tres se acercaban, divisó su color y entonces
concluyó que tal vez Malygos había adoptado una sabía decisión.
Los tres protodragones verdeazulados sobrevolaron el paisaje muy decididos, corno
si no les importara hallar ahí su perdición. Malygos observó cómo se acercaban al lugar
donde Galakrond se había detenido en última instancia. En ese momento, reconoció a su
líder: era Coros, lo cual no le sorprendió del todo.
Entonces, uno de los otros protodragones divisó los restos macabros de la última
comida de Galakrond e, inmediatamente, llamó con un siseo a Coros.
Coros encabezó el descenso hacia los cadáveres. Se posó cerca de uno de ellos,
contempló con detenimiento por un momento unos cuantos de esos cuerpos y, acto seguido,
miró en la dirección por la que el leviatán asesino se había marchado.

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El Alba de los Aspectos

Tras proferir un siseo, Coros se elevó en el aire y escogió ese mismo rumbo. Sus dos
compañeros lo siguieron.
Malygos y Kalec observaron incrédulos cómo ese trío perseguía a gran velocidad a
Galakrond. Kalec no consideraba a Coros un suicida y, al leer los pensamientos de Malygos,
pudo concluir que este opinaba lo mismo. No obstante, ninguno de ellos era capaz de dar
con una razón cuerda que explicara por qué Coros estaba dispuesto a arriesgarse tanto. Si
simplemente estaba espiando a Galakrond, lo estaba haciendo de un modo mucho más
temerario que Malygos.
El anfitrión de Kalec se elevó y contempló fijamente esas siluetas que se esfumaban
en lontananza. Malygos no sabía si debía advertir a los tres o abandonarlos a su suerte, a una
funesta suerte. Las animosidades del pasado eran una cuestión baladí en esos momentos,
pues incluso Malygos no deseaba que Coros compartiera el destino que habían sufrido esos
desdichados protodragones…
De repente, un siseo entrecortado brotó de la montonera de cadáveres. Malygos se
olvidó por entero de Galakrond y Coros y se volvió hacia esa carnicería cercana. El primer
pensamiento que cruzó velozmente la mente del protodragón fue que alguna de las víctimas
había sobrevivido. Malygos hizo ademán de dirigirse hacia los cuerpos, para intentar
localizar al superviviente.
Al acercarse, oyó otro siseo desigual, pero este desde una dirección diferente.
Malygos se detuvo y miró hacia allá.
Un tercer siseo surgió desde otro lugar distinto a los otros dos.
Varias de las víctimas se incorporaron y giraron las cabezas al unísono para clavar
sus ojos en el anfitrión de Kalec.
Para mirarlo fijamente… con los ojos vacíos de los no-muertos.

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CAPÍTULO TRES
CAZADO POR LOS
NO-MUERTOS
E l protodragón azul como el hielo retrocedió a la vez que batía las alas para huir.

Por desgracia, Malygos no vio que una de las criaturas no-muertas se alzaba a su
derecha. La única advertencia que tuvo fue su siseo.
Una niebla nauseabunda brotó del no-muerto y lo alcanzó en un ala. Malygos rugió
al notar cómo esa gelidez, que ni siquiera él era capaz de soportar, se adentraba en su cuerpo.
A pesar de la agonía que sufría, Malygos respondió al ataque. La escarcha cubrió a
su atacante; una escarcha que habría sido capaz de inmovilizar a muchos adversarios, pero
que solo logró ralentizar a ese no-muerto. Aun así, eso permitió al anfitrión de Kalec tener
el tiempo necesario para poder elevarse en el aire de un salto. Haciendo caso omiso del dolor,
ascendió más y más.
Allá abajo, un coro de perturbadores siseos lo advirtió de que varios de los no-
muertos se habían lanzado a perseguirlo rápidamente.
Aunque Kalec deseaba desesperadamente que el protodragón mirara hacia abajo para
comprobar lo cerca que estaban, Malygos se mantuvo concentrado en su ascenso. Siguió
volando, en busca de las nubes de allá arriba. Kalec entendió al fin que su anfitrión esperaba
esquivar a esos horrores alados gracias a esas turbias nubes, entre las que podría esconderse.
Malygos no se relajó al alcanzar el cobijo que buscaba, sino que viró bruscamente a
la izquierda y, después, tras recorrer una corta distancia, se mantuvo a una misma altura.
Tras él, los siseos de los no-muertos se fueron esparciendo a lo largo y ancho de las nubes.
Algunos parecían oírse muy, pero que muy lejos; otros, sin embargo, indicaban que algunos
de sus perseguidores todavía seguían su rastro de cerca.
Malygos mantuvo las fauces cerradas con (berza mientras respiraba por las fosas
nasales lo mejor posible. Cualquier ruido, cualquier exhalación, podría ser más que
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El Alba de los Aspectos

suficiente para llamar la atención de los no-muertos. Kalec, que estaba obligado a aceptar
cualquier decisión que tomase su anfitrión, volvió a quedarse impresionado ante la
inteligencia del protodragón. A pesar de todo, este Malygos se parecía mucho al Malygos
que había gobernado esas tierras de forma muy sabia durante mucho tiempo. Este era el
Malygos al que un joven Kalec (y todos los demás dragones azules) habían admirado.
Aun así, sigue siendo un protodragón, se recordó Kalec a sí mismo. ¿Cómo puede
ser? ¿Cómo puede…?
De improviso, Malygos oyó otro siseo justo delante de él.
Un cadáver de un color rojo pálido chocó contra el anfitrión de Kalec. El protodragón
no-muerto le lanzó un siseo en la cara y el hedor a putrefacción abrumó a Malygos. Al
encontrarse tan cerca, pudo verle algunos fragmentos del cráneo a través de esas zonas donde
unos jirones de carne seca se le habían caído. Tenía un ojo hundido. Además, le goteaban
unos gruesos mocos por los dientes mientras intentaba morder en la garganta a Malygos.
Alcanzó al anfitrión de Kalec con sus garras y le desgarró las escamas.
Malygos arremetió contra él y agarró con los dientes al no-muerto por la mandíbula
inferior. Con un potente mordisco, el protodragón vivo le arrancó la mandíbula.
Un espeso líquido negro, que en su día había sido sangre, manó de la tremenda
herida, pero la criatura no flaqueó; no obstante, al haber perdido la mandíbula ya no suponía
tanto peligro para Malygos. El anfitrión de Kalec escupió el trozo de carne podrida que tenía
en la boca y, rápidamente, lanzó una descarga helada contra la garganta expuesta de su rival.
Esa gélida niebla penetró en el no-muerto y le congeló las entrañas. El enemigo de
Kalec se retorció y dejó de agarrarlo.
Malygos lanzó su cola hacia delante y le acertó en su torso congelado. El no-muerto
se hizo añicos, y la mitad superior e inferior de su La cuerpo cayeron en direcciones distintas.
La parte de las alas permaneció suspendida en el aire por un instante; entonces, incluso esa
burda imitación de la vida abandonó al cadáver y los restos cayeron hasta perderse de vista
en las profundidades.
No obstante, oyó más siseos mucho más cerca, lo cual indicaba que varios de los
otros no-muertos se habían visto atraídos hasta allí por la conmoción. Con el sabor de la
pútrida carne todavía en la lengua, Malygos siguió avanzando velozmente.
Súbitamente, otro cadáver reanimado surgió de entre esas oscuras nubes,
bloqueándole el camino. Malygos intentó trazar un arco para sortearlo, pero entonces, un
segundo enemigo fue a por él en esa dirección.
El anfitrión de Kalec dejó de aletear inmediatamente y cayó a plomo, colocándose
por debajo de ambos no-muertos.
Pero mientras atravesaba la parte inferior del manto de nubes, Malygos se dio cuenta
de que había escapado de esos dos solo para caer en medio de otros cuatro. Unos rostros

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El Alba de los Aspectos

inexpresivos y hambrientos lo rodearon, logrando así que, por primera vez, Malygos perdiera
toda esperanza.
¡No! ¡Haz algo!, exclamó Kalec en silencio de un modo inútil. ¡Haz algo!
Dos de los monstruosos no-muertos se abalanzaron sobre Malygos, quien solo fue
capaz de esquivar a uno. El segundo lo agarró del ala y el antebrazo izquierdos,
inmovilizándolo así por entero. Los otros tres cayeron sobre él al instante.
Malygos lanzó su aliento contra el que lo sujetaba. Una vez más, el hielo únicamente
ralentizó al no-muerto, pero no lo detuvo. Y aunque ninguno de los cuatro se movía con la
elegante rapidez de los protodragones vivos, lo cierto era que lo habían atrapado.
Kalec notó cómo la certeza de una muerte inminente (o de algo peor) se apoderaba
de los pensamientos de Malygos, a pesar de que el protodragón continuaba luchando.
Entonces, una potente descarga de algo que se asemejaba a la arena impacto contra
la espalda del enemigo que lideraba el ataque. La arena lo golpeó con tanta intensidad que
ese cuerpo decrépito y seco se partió en dos. El protodragón se retorció violentamente
mientras intentaba seguir sujetando a Malygos.
A continuación, se oyó un feroz rugido procedente de otra dirección; uno tan
atronador que, al principio, Kalec y su anfitrión creyeron que Galakrond había irrumpido en
la batalla. Sin embargo, a ese rugido lo siguió la risa habitual de Neltharion, quien alcanzó
en un costado con sus garras a otro de los cadáveres que se aferraban al macho azul como el
hielo.
El siguiente cadáver más cercano se volvió para atacar a Neltharion, pero de nuevo,
una salva de arena impactó contra el no muerto con tal fuerza que la criatura salió despedida
dando tumbos. La descarga vino acompañada por la irrupción de una silueta marrón que
cogió a ese cadáver, que giraba en el aire, por el cuello de un mordisco, atravesando hueso
y escamas con tal fuerza que le separó con esmero la cabeza del torso. El cuerpo revoloteó
de aquí para allá sin rumbo fijo y no se alejó en una dirección concreta hasta que el recién
llegado escupió los demás restos con el mismo asco que Malygos había mostrado
anteriormente.
Como ahora solo tenía que enfrentarse al rival que tenía la espalda rota y a otro
adversario más, el anfitrión de Kalec pudo defenderse mucho mejor. Agarró la pata trasera
de la parte inferior seccionada de la destrozada criatura y la arrojó contra el otro protodragón
no-muerto. De un modo instintivo, la zarpa se agarró a un ala del otro atacante de Malygos,
el cual bajó la guardia, brindando así al macho azul como el hielo la oportunidad de atacarlo
mientras intentaba librarse de la garra.
Esta vez, Malygos dirigió su chorro helado a las alas de su atacante herido y exhaló
hasta que se quedó sin aliento. Una terrible sensación de vértigo estuvo a punto de adueñarse
del anfitrión de Kalec, pero el protodragón hizo todo lo posible por permanecer consciente.

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El Alba de los Aspectos

Las alas se le congelaron e inmovilizaron y, al hallarse cubiertas de hielo, empujaron


hacia abajo al no-muerto. La segunda criatura (a la que todavía agarraba la primera) también
cayó; por desgracia, arrastraron a Malygos consigo.
Mientras los tres caían, Malygos mordió en el brazo a su segundo adversario y se
abrió paso hasta el hueso lo más rápido posible. Detrás del semblante sibilante del primer
no-muerto, Kalec y su anfitrión vieron cómo el suelo se elevaba hacia ellos a gran velocidad.
El hueso por fin se fracturó al igual que uno de los dientes de Malygos. El dolor fue
solo un incordio momentáneo comparado con el que sufriría si no lograba cercenar esa
extremidad a mordiscos. El anfitrión de Kalec le propinó el último golpe de gracia y el hueso
por fin cedió.
Malygos batió las alas con fuerza y le dio una patada al rival más cercano mientras
se alzaba hacia el cielo. Los últimos músculos y tendones se desgarraron haciendo un ruido
horrendo, lo que le permitió desembarazarse de los dos no-muertos.
Los cadáveres reanimados se estrellaron contra ese paisaje rocoso y sus pedazos se
esparcieron en varias direcciones. Para entonces, Malygos, que ya se había quitado de
encima la última zarpa de su enemigo y la había arrojado muy lejos, surcaba el cielo a gran
altura.
Ahí arriba, Malygos vio no solo a Neltharion y al macho marrón en quien tanto Kalec
como él se habían fijado en la reunión de Talonixa, sino también a Alexstrasza e Ysera. Las
hermanas volaban por los extremos opuestos de la zona donde los machos estaban acabando
con sus macabros adversarios, pues vigilaban muy alerta por si se acercaban más amenazas.
Neltharion estaba haciendo picadillo a la criatura a la que combatía. Del adversario marrón
no había ni rastro, lo cual solo podía significar que el recién llegado ya había despachado a
ese no-muerto.
Al acercarse Malygos, Neltharion soltó los últimos restos de su oponente y los dejó
caer.
De todo el grupo, únicamente el macho gris como el carbón parecía animado.
—¡Ja! ¡Hemos ganado!
—Aún podemos perder le recordó el protodragón marrón con una cierta
impaciencia—. Hay muchos más no-muertos cerca…
Alexstrasza e Ysera se unieron en ese instante a ellos tres.
—No vemos nada —masculló la hembra amarillenta—. Solo muerte.
Su hermana le lanzó un siseo, pero Ysera permaneció impertérrita. A través de
Malygos, Kalec supo que Ysera creía que todavía había alguna posibilidad de sellar la paz
con Galakrond. Y tampoco era la única que pensaba así.
Malygos clavó la mirada en el macho marrón.
—Te conozco.
El otro protodragón agachó la cabeza.

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El Alba de los Aspectos

—Soy Nozdormu.
—Has luchado bien.
Neltharion se rio entre dientes.
—¡Casi pelea tan bien como yo!
Nozdormu esbozó una sonrisa fugaz.
—¿Por qué hay tantos no-muertos aquí y ahora?
Tanto a Kalec como a su anfitrión les quedó claro que ninguno más había sido testigo
de nada similar a los que Malygos había vivido antes. Era evidente que nadie había visto a
Coros seguir volando a Galakrond. Por el momento, Malygos optó por no mencionar ese
incidente, ya que el espectáculo dantesco que había visto antes de eso era, obviamente,
mucho más importante.
Por muy listo que fuera, Malygos seguía siendo un protodragón, por lo cual le
resultaba muy difícil hallar las palabras que necesitaba para explicar adecuadamente lo que
había visto hacer a Galakrond con sus víctimas, sobre todo porque cl peligro todavía rondaba
muy cerca. Kalec estaba ya tan unido a Malygos que no solo sintió la frustración del
protodragón, sino que también deseó poder hablar en su nombre.
De manera titubeante, Malygos hizo todo lo posible para explicarse. Aunque dio
descripciones cortas, los huecos que plagaban su relato fueron rellenados con muestras de
pura emoción, lo cual lo hizo más interesante. Dejó a los demás protodragones patidifusos,
incluso a Neltharion. Todos le creyeron, todos comprendieron que debían confiar en
Malygos.
—¿Cómo? —inquirió una apremiante Alexstrasza con gran consternación—.
¿Cómo? ¿Qué ha pasado con Galakrond?
Como Malygos pensaba que entendía a la perfección lo que había pasado, intentó
explicárselo.
—Galakrond debe comer mucho. Pero como Galakrond no podía encontrar mucha
comida y tenía hambre… mucha hambre… decidió devorar a uno de los nuestros.
Aunque a Kalec algo así, en su momento, podría no haberle resultado tan impactante
(ya que, en el pasado, para él los protodragones habían sido unas meras bestias), se dio
cuenta de que tenían unos límites morales similares a los de los dragones. Los protodragones
podían pelear a muerte unos con otros, pero no se comían a sus enemigos. Por muy salvajes
que fueran, esa idea les repugnaba. A pesar de que habían sido testigos de cómo Galakrond
cometía esa atrocidad a gran escala, seguían sin aceptar ese horror.
—Tenía hambre —gruñó Neltharion, distinta cuya actitud normalmente alegre dio
paso a otra muy i por culpa de lo que estaban discutiendo—. Y se comió a uno los nuestros.
Pero ¿por qué ha devorado luego a más? ¡Los rumiantes han venido del norte! ¡Y viste a
Galakrond comer a algunos! ¡Ahora hay bastante comida! ¿Por qué sigue devorando a los
suyos?

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El Alba de los Aspectos

Malygos hizo un gesto de negación con la cabeza. Tampoco ninguno de los otros
tenía una respuesta.
Se oyeron más siseos. Los protodragones dirigieron su mirada al lugar del que
procedían. Aunque sonaban aún muy lejanos, parecían estar acercándose.
—Nos vamos —decidió Alexstrasza. Ya.
Nadie protestó, ni siquiera Neltharion. No tenían ni idea de cuántos no-muertos
podrían atacarlos a continuación. El descubrimiento que había hecho Malygos sobre cómo
se creaban los no-muertos lo había cambiado todo.
Instintivamente, Malygos se puso al frente…
El mundo de Kalec se volvió del revés y, a pesar de que esta vez intentó prepararse
para el salto, el dragón perdió el conocimiento.
Como siempre, la oscuridad lo rodeó fugazmente, aunque en este caso, solo hubo un
breve salto en el tiempo y no regresó a su época.
Los protodragones se lanzaban al ataque, con Talonixa liderando el asalto. Decenas
y decenas de protodragones, que representaban a casi todas las familias que conocía el
anfitrión de Kalec, se sumaron a la lucha. Sin embargo, su enemigo no era Galakrond, sino
varios no-muertos.
Si bien en el pasado Malygos y sus compañeros se habían visto superados en número
por esos monstruos, ahora sucedía justo lo contrario. Kalec comprendió de inmediato que
los protodragones se enfrentaban a una decena de cadáveres reanimados, aproximadamente,
a los que habían arrastrado a propósito hasta el profundo cañón donde se libraba esa batalla.
A través de Malygos, Kalec alcanzó a ver brevemente a Ysera, aunque también era
consciente de que Alexstrasza y Neltharion participaban en el ataque. Nozdormu se había
negado a formar parte de él, aunque no por cobardía. Malygos no sabía dónde estaba ahora
y, en ese momento, no tenía tiempo para preocuparse por ello. Por mucho que sobrepasaran
en número a esas aberraciones, seguían siendo heraldos de la muerte.
El primero en aprender esa terrible lección fue una impetuosa hembra naranja como
el fuego que parecía solo unas estaciones mayor que Alexstrasza. Fue una de las primeras
en atacar y arremetió contra uno de los no-muertos de menor tamaño, que había sido en su
momento un protodragón que acababa de dejar atrás la juventud. Sin embargo, aunque esa
parecía ser una presa fácil y a pesar de que conocía perfectamente los peligros que entrañaba
su enemigo, gracias a los consejos de Malygos y muchos otros, bajó la guardia y quedó
desprotegida ante el «aliento» del no-muerto.
Una nube negra y tóxica envolvió la cabeza y las alas de la hembra. Se la quitó de
encima como pudo y, acto seguido, abrió la boca para lanzar su propia descarga.
De repente, el color brillante de sus escamas se desvaneció allá donde la nube las
había tocado. Su carne se marchitó y la piel se le cayó. En vez de lanzarle una potente salva

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El Alba de los Aspectos

a su adversario, la hembra acabó profiriendo un chillido estridente mientras sus ojos se


tornaban vidriosos.
Malygos y Kalec observaron, brevemente obnubilados, cómo perdía las escamas y
la carne en un abrir y cerrar de ojos. Su cráneo expuesto (con las fauces aún abiertas) se
agrietó y cayó hasta perderse de vista.
El torso y las alas destrozadas, que aún aleteaban débilmente, cayeron a
continuación.
Tras ser testigo de cómo esa protodragona había cometido un error fatal, Talonixa
rugió furiosa desde allá arriba. Acompañada de otro miembro de su familia, se abalanzó
sobre el pequeño no-muerto, al que destrozó por la espalda. Para cerciorarse de que había
acabado con él, la imponente hembra le arrancó la cabeza de un mordisco y luego la escupió
hacia otro de esos cadáveres voladores.
—¡Mátenlos así! ¡No hagan más tonterías!
Su consejo, que estaba basado en gran parte en la información que Malygos y
Neltharion le habían proporcionado antes del asalto, les vino muy bien al resto. Los
protodragones atacaron en grupos de cinco, corno máximo, y cayeron sobre los demás no-
muertos. Un cadáver quedó hecho picadillo rápidamente; otro fue calcinado por entero.
A pesar de lo mucho que insistió Talonixa, todavía sufrieron algunas bajas, que
Malygos esperaba y creía que podrían haberse evitado. Aunque se hallaran muy decrépitos,
los no-muertos poseían una fuerza física sorprendente y una tenacidad sobrenatural.
Además, no tenían que inhalar antes de lanzar esas horribles nubes putrefactas. Esa
espantosa verdad fue descubierta por dos protodragones que dieron por sentado que se
hallaban a salvo después de haber esquivado las primeras descargas. Ambos cayeron todavía
retorciéndose, mientras sus cuerpos se descomponían, trazando espirales hacia el lejano
suelo situado allá abajo.
Otro atacante podría haber sufrido ese mismo horrendo destino, si no fuera porque
Neltharion se dejó caer sobre el no-muerto justo cuando este se encontraba a punto de lanzar
su descarga. El futuro Deathwing agarró al cadáver por la cabeza con sus dos garras traseras
y se la arrancó limpiamente. Pese a que un chorrito de ese gas letal brotó de la herida abierta
en el cuello, el gas no alcanzó a nadie. El protodragón gris como el carbón estalló en
carcajadas a la vez que lanzaba muy lejos la cabeza y se disponía a destrozarle el torso, que
continuaba volando en círculos de un modo caótico.
Malygos negó con la cabeza al ver el entusiasmo con que su amigo mataba. Para el
anfitrión de Kalec, cuanto antes terminara aquello, mejor. No disfrutaba de lo que estaban
haciendo. Al igual que Alexstrasza e Ysera, Malygos aún veía en esas abominaciones el
rostro que tenían cuando todavía estaban vivos. Ellos también eran víctimas. Sí, tenían que
ser destruidos, pero no había ninguna razón que justificara que se regodearan en ello.

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Talonixa realizó el último ataque al exhalar con fuerza sobre un no-muerto solitario.
El relámpago que lanzó provocó que la carne reseca de su presa se prendiera. Pese a que el
cadáver reanimado logró mantenerse en el aire, un segundo rayo hizo trizas ese cuerpo que
ya se desmoronaba, de tal modo que sus cenizas salieron desperdigadas en todas direcciones.
Tras destruir a su enemigo, la enorme hembra dorada rugió triunfalmente. Su grito
fue imitado por muchos otros, provocando que Malygos esbozara un gesto de contrariedad
mientras pensaba en el tremendo ruido que generaban, puesto que, en un principio, habían
logrado atraer a esos no-muertos hasta ahí a base de gritos, o al menos en parte. Malygos se
maravillaba ante el hecho de que Talonixa y sus seguidores no hubieran planeado al detalle
el ataque, pero sabía que no le convenía decir la verdad. Talonixa no toleraba a aquellos que
le llevaban la contraria y ya había dejado marcada la cara a un macho cobrizo por haberla
cuestionado. Además, contaba con varios seguidores muy fanáticos que estaban más que
dispuestos a hacerle algo mucho peor a cualquier detractor.
Por ahora, las hermanas, Neltharion y el anfitrión de Kalec aceptaban las decisiones
de Talonixa mientras discutían entre ellos sobre si tenían otra opción mejor o no. No
obstante, ninguno de ellos había sido capaz de sugerir una vía alternativa de actuación y lo
único que tenían claro era que el tiempo se les estaba acabando rápidamente.
Kalec también podía prever el desastre que se avecinaba y, al igual que Malygos, no
creía que ese breve triunfo presagiara una victoria sobre Galakrond. Kalec se quejó en
silencio de que no pudiera hacer nada al respecto y, en ese momento, se dio cuenta de que
se sentía más afectado por esos eventos del pasado que por sus propios problemas del
presente.
Esto no está bien, pensó Kalec. Esto es un mero reflejo del pasado. ¡Y lo pasado,
pasado está! ¡El futuro es la única batalla que queda por librar!
Aun así, Kalec se sentía tan parte de ese reducido grupo de protodragones corno
Malygos. Cuando Alexstrasza e Ysera hablaban con su anfitrión, era corno si le hablaran a
Kalec. Y lo más sorprendente de todo, cuando Neltharion apoyaba a Malygos, cuando
luchaba con él como un verdadero amigo y camarada, Kalec sentía la misma simpatía que
despertaba en Malygos ese macho gris como el carbón.
Se sentía muy unido a Deathwing… a través de anfitrión que algún día se convertiría
en una gran amenaza para Azeroth. Esa idea estremeció a Kalec, quien se enfureció de nuevo
por lo que le había pasado, aunque todavía esperaba poder regresar a su propia época y a su
propio cuerpo de algún modo.
El Joven Malygos, que ignoraba el apuro en que se hallaba Kalec, estaba más
preocupado por su amiga. Se fijó en que Ysera descendía demasiado rápidamente hacia el
cañón y que su rumbo era un tanto errático. Como no vio a Alexstrasza por ninguna parte,
Malygos optó por seguir a la hembra amarillenta.

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El Alba de los Aspectos

Tras realizar un tremendo esfuerzo, Ysera logró posarse a solo unos cuantos metros
del fondo. Los destrozados restos calcinados de los no-muertos yacían desperdigados a sus
pies. Malygos se le acercó volando por detrás y se percató de que Ysera respiraba con
dificultad. Dentro de Malygos, Kalec (que se olvidó momentáneamente de sus propias
preocupaciones) compartió la inquietud que la protodragona suscitaba en su anfitrión.
Ysera no reparó en la presencia de Malygos hasta que este se halló prácticamente
encima de ella. Incluso entonces, se limitó a contemplarlo con una mirada taciturna y, acto
seguido, siguió esforzándose por recuperar el aliento.
El gélido macho aterrizó junto a ella, pero no dijo nada. Malygos se limitó a observar
a Ysera y se dio cuenta de que desplazaba su mirada continuamente de un trozo destrozado
de carne reseca a otro. Ni Malygos ni Kalec lograron comprender qué era lo que estaba
observando; no obstante, al examinar esos restos más detenidamente, comprobaron que esos
fragmentos pertenecían a miembros de diversas familias, entre las que se encontraban
también las de Malygos y Neltharion, pero no la de Ysera.
—No está aquí… —murmuró la futura Aspecto al fin mientras su respiración se
calmaba—. No está aquí…
Un momento después, Malygos preguntó:
—¿Quién?
—Dralad.
Ese nombre no significaba nada ni para Kalec ni su anfitrión. Malygos aguardó
pacientemente y, unos cuantos jadeos después, vio recompensada su paciencia cuando Ysera
se explayó:
—Era mi hermano de camada…
Malygos lanzó un leve siseo y masculló:
—Está muerto.
—Estos también lo estaban.
Tanto a Malygos como a Kalec no se les había pasado por la cabeza lo que Ysera
estaba sugiriendo.
—Vi su cuerpo —replicó Malygos.
Ella alzó la vista hacia el macho y le lanzó una mirada inquisitiva.
—Mi hermana no lo quemó. ¿Acaso lo destruiste tú?
Malygos negó con la cabeza. Cuando eso había ocurrido, todavía no sabían que
tenían que destruir los cadáveres. A pesar de que esa generación había sido testigo de cómo
los protodragones daban un gran salto a nivel de inteligencia que superaba con mucho sus
pasos evolutivos anteriores, la idea de practicar enterramientos no era algo que se les hubiera
ocurrido aún a esas criaturas. No obstante, Kalec era consciente de que incluso los dragones
modernos preferían descansar eternamente cerca del templo, sin más, al enterramiento.
Y lo más extraño de todo, cerca de Galakrond.

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El Alba de los Aspectos

—Me he fijado en todos los no-muertos —prosiguió diciendo Ysera, a la vez que
extendía las alas. Parecía recuperada de su ataque de ansiedad, aunque no cabía duda de que
todavía se mostraba un tanto recelosa—. Y no lo he visto. No lo he visto.
—Su cuerpo…
—¡No está! —le espetó la hembra. Entonces, con aspecto cansado una vez más, dio
por terminada la conversación tras encogerse de hombros y se elevó en el aire.
El anfitrión de Kalec observó su ascenso. Por lo que recordaba de cuando habían
dado con el cadáver, creía que el hermano de camada de Ysera no se había alzado tal y como
habían hecho muchos otros. Otras de las primeras víctimas también habían permanecido
muertas. Sin lugar a duda, Alexstrasza le había comentado algo similar a su hermana, pero
la actitud de Ysera preocupaba a Malygos… y a Kalec. ¿Acaso cabía la posibilidad de que
las víctimas más antiguas también se estuvieran levantando? Si era así, el peligro que corrían
los protodragones vivos era mucho mayor de lo que habían imaginado.
Malygos sacudió la cabeza con intención de despejarse, pues demasiados
pensamientos cruzaban por ella en esos instantes. Seguía siendo un protodragón, daba igual
lo inteligente que siempre se hubiera considerado. El hecho de que creyera que Alexstrasza
sentía la misma presión que el por su culpa de las mismas preocupaciones no hacía que
Malygos se sintiera mejor. Kalec, que tenía también muchos problemas en el presente,
aunque ahora se encontrara atrapado en esa visión del pasado, podía comprender
perfectamente…
De repente, un siseo apenas audible procedente del extremo sur del cañón llamó la
atención de Malygos. Fue tan corto que ni el protodragón ni Kalec estuvieron seguros de si
realmente Malygos lo había oído o no; no obstante, Kalec, al menos, sabía que ambos habían
creído oírlo.
Malygos reptó sigilosa y cautelosamente hacia el sur. Sus ojos escrutaron
rápidamente todas esas sombras y observaron detenidamente cualquier silueta de gran
tamaño, ya fueran los restos de un cadáver reanimado o algo que resultara ser una mera
piedra. Aguzó el oído para poder captar cualquier nuevo siseo, pero solo oyó el susurro del
viento al atravesar el cañón, un ruido que ambos sabían que no era el mismo que habían
escuchado antes.
Una serie de posibles respuestas recorrieron la mente del protodragón a gran
velocidad mientras avanzaba. ¿Era posible que un no-vivo hubiera conseguido esconderse
de los cazadores? Sin embargo, los cadáveres no solían esconderse. Se dejaban llevar
únicamente por su hambre implacable y siempre andaban en busca de presas, no huían de
ellas. Por otro lado, era posible que ese siseo lo hubiera proferido algún atacante herido. Eso
tenía mucho más sentido, pero entonces ¿por qué nadie había reparado en la desaparición de
ese combatiente herido?

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El Alba de los Aspectos

Aunque Kalec observó a través de los ojos de Malygos, no vio nada. Se cuestionó si
el protodragón había tomado una decisión sabia al ir en busca de la fuente de ese ruido, pero
nada iba a detener a su decidido anfitrión.
Las sombras cubrían la zona que tenía delante. Malygos se detuvo y, a continuación,
se adentró en la oscuridad. Su vista ase fue adaptando a la falta de luz y…
Algo tocó Malygos por la espalda.
El protodragón giró la cabeza. Tanto él como Kalec vislumbraron una pequeña y
fluctuante silueta.
Malygos siseó al sentir, repentinamente, un intenso dolor de cabeza. No obstante,
para Kalec fue corno si todos los truenos que habían caído alguna vez sobre Azeroth cayeran
a la vez en tina sola e inconcebible tormenta. Si hubiera tenido unas zarpas propias, Kalec
se las hubiera llevado a los oídos. Sin embargo, lo único que pudo hacer fue rugir a medida
que ese dolor se tornaba insoportable…
Por una vez, Kalec se sintió agradecido de que la oscuridad por fin lo reclamara como
suyo.

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CAPÍTULO CUATRO
REALIDADES CAMBIANTES
U na vez más, Kalec se despertó empapado en sudor y jadeando. También se

despertó de nuevo con su forma semiélfica. Todo esto no le sorprendió tanto como lo que
vio con sus propios ojos cuando por fin se adaptaron a su entorno y pudo contemplar lo que
lo rodeaba.
Por lo que podía verificar, se encontraba en el mismo cañón en el que acababa de
dejar al joven Malygos.
Kalec se frotó los ojos y volvió a observar ese paisaje rocoso. Aunque se encontraba
bastante cambiado, de algún modo, Kalec estaba seguro de que era, en efecto, el mismo
lugar.
El hecho de que lo tuviera tan claro le preocupó. Kalec había visitado cientos y
cientos de lugares a lo largo de su vida y, si bien algunos de ellos, como la Meseta de la
Fuente del Sol (donde había visto por última vez a Anveena) y el Nexo, le resultaban
obviamente dignos de recordar, no había ninguna razón que justificara que tuviera tan claro
que este era el mismo lugar. Si bien era cierto que Kalec acababa de visitarlo a través de
Malygos hacía solo unos instantes (siempre que se diera por sentado que eso había ocurrido
hacía solo unos instantes), también era cierto que habían pasado incontables milenios desde
que el protodragón había estado ahí realmente y, en ese tiempo, la naturaleza y,
probablemente, otros factores también habían provocado cambios continuos en el cañón.
Aun así, Kalec habría jurado por su propia vida que era el mismo sitio.
Se giró, esperando hallar esa maldita reliquia en el suelo, junto a él. Aunque le
sorprendió no verla ahí, tampoco albergaba muchas dudas de que fuera la responsable de ese
pequeño incidente.
¿Qué clase de maldad estás tornando ahora?, preguntó un apremiante Kalec a esa
reliquia invisible. Aunque no esperaba ninguna respuesta, por supuesto. Solo esperaba más
preguntas, más misterios. Más locura.

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El Alba de los Aspectos

La actitud serena, casi distante, de la que había hecho gala durante su viaje al pasado
se había esfumado completamente al regresar al presente. Ahora todo ese estrés acumulado
había invadido a Kalec con tanta fuerza que este le había acabado propinando, súbitamente,
un puñetazo a un muro de piedra cercano. Si no se hubiera protegido instintiva de la pared,
lo y mágicamente el puño, habrían sido sus huesos, en vez que se habría roto. De hecho, las
piedras que saltaron lo golpearon en la cara, lo cual hizo que el sorprendido exAspecto diera
un paso atrás.
Fue entonces cuando vio unas huellas en ese suelo tan duro.
Sin duda alguna, cientos de miles de bestias y un buen número de seres racionales
habían atravesado ese cañón durante el enorme espacio de tiempo que habría transcurrido
desde el viaje previo de Kalec a ese lugar. Esas huellas podían haber pertenecido a cualquiera
de esos seres, pero una vez más, Kalec sabía que esas no eran unas huellas cualquiera. Las
primeras pertenecían a una criatura bastante gigantesca de aspecto de reptil: a un
protodragón. Seguían la misma dirección por la que Malygos había avanzado momentos
antes de que Kalec se hubiera visto obligado a volver a su propia época y a su propio cuerpo.
Incluso reconoció los sitios donde el protodragón se había detenido antes de entrever esa
silueta fluctuante que se les había echado encima.
Al pensar en esa otra figura, el exAspecto centró su atención en otro conjunto de
huellas situado detrás de esas que, sin duda alguna pertenecían a Malygos. Eran más
pequeñas. Pertenecían a un bípedo calzado con botas o sandalias, como un humano o un
elfo.
Eso le recordó a Kalec la figura del encapuchado envuelta en una capa que había
divisado fugazmente en más de una ocasión, un ser que, de algún modo, estaba relacionado
con la reliquia.
Mientras el dragón azul estudiaba esas, huellas se fijó en que avanzaban mucho más
que las de Malygos. A pesar, le lo antiguas que eran, a Kalec le resultó muy fácil seguirlas
hasta allá donde alcanzaba la vista. Seguían hacia el sur, y cada paso parecía grabado en la
roca solo para que él pudiera seguirlo.
Con cierta inquietud, pero con aún más determinación, pues quería dar con alguna
respuesta, Kalec siguió el rastro de esas huellas, que rápidamente se alejó del lugar donde
Malygos se había encontrado. Kalec se preguntó qué habría pasado en ese sitio y en ese
momento. ¿Acaso el protodragón se había dado la vuelta? ¿Acaso había descubierto qué era
esa cosa hacia la que ahora Kalec se dirigía?
El hecho de que siguiera tan preocupado por algo que había sucedido hacía tanto
tiempo hizo que Kalec se sintiera muy frustrado. Aunque lo único que debería haberle
importado era dar con la manera de evitar las constantes intromisiones en su mente de la
reliquia antes de que esta acabara con su ya vacilante cordura.

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El Alba de los Aspectos

Kalec no sabía muy bien por qué había adoptado la forma que portaba ahora, pero
en ese momento le resultaba bastante cómoda, a pesar de que se vio obligado a trepar por
varias zonas de ese sendero pedregoso, ya que había pasado mucho tiempo llevando ese
disfraz humano en su pasado reciente, sobre todo cuando había estado con Anveena o,
últimamente, al tratar con Jaina. En su día, cuando conoció a Korialstrasz, el legendario
consorte de Alexstrasza, Kalec se había preguntado por qué ese macho carmesí había pasado
tanto tiempo con una forma humanoide, fingiendo ser el mago Krasus. Ahora Kalec lo
entendía perfectamente.
El sendero iba a dar a una zona sombría que le recordó que, en su día, el sol no
llegaba a iluminar gran parte del trayecto que había recorrido siguiendo ese rastro.
Obviamente, se necesitaba mucha fuerza para derribar tantas rocas, así que o bien las huellas
habían permanecido al aire, o alguien se había tomado la molestia de apartar los escombros.
Antes de que pudiera seguir ahondando en esas reflexiones, el rastro giró hacia la
cara rocosa de su izquierda. Kalec frunció el ceño y, acto seguido, vio una estrecha grieta en
la roca, una abertura lo bastante ancha como para que él pudiera pasar por ella en su forma
actual.
Por alguna razón, no pensó que pudiera tratarse de una coincidencia.
La fisura resultó ser más estrecha de lo que había calculado en un principio, así que
se vio obligado a retorcerse para poder pasar. La oscuridad que reinaba allá dentro hizo que
recordara esos momentos tan incómodos, que vivía casi siempre que abandonaba la realidad
para sumergirse en las visiones y viceversa en los que una oscuridad total se cernía sobre él.
Pese a que Kalec se estremeció, siguió avanzando unos cuantos pasos más y, a continuación,
invocó una esfera reluciente.
Bajo su luz púrpura, un protodragón de semblante decrépito lo fulminó con la
mirada.
Kalec se apartó a un lado violentamente, al mismo tiempo que arrojaba la esfera
contra el monstruo amenazador. El exTejehechizos hizo que el simple conjuro de
iluminación pasara a transformarse en un encantamiento de ataque total. La esfera explotó
en cuanto impactó contra el pecho del protodragón, desgarrando su carne reseca.
Un olor a almizcle abrumó a Kalec mientras esa energía mágica ardía en el interior
del protodragón. El exAspecto invocó una nueva esfera más grande, que iluminó la cueva
por entero.
Más de una decena de protodragones, todos igual de amigados, clavaron su mirada
en Kalec, quien se preparó para lanzar un sortilegio muy potente. Entonces, se detuvo al
comprobar que ni aquel al que había atacado ni los demás se habían movido hasta entonces.
Al fin se dio cuenta de que no se trataba de los no-muertos contra los que Malygos
y el resto habían combatido. Simplemente, eran unos protodragones muertos.

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El Alba de los Aspectos

¿Simplemente? Al observarlos más de cerca, Kalec vio algunas diferencias. Cada


uno de esos protodragones sufría alguna deformidad. Aunque no daba la impresión de que
esos defectos fueran el resultado de algo que hubiera sucedido dentro del huevo donde se
gestaron. Kalec contempló a un protodragón que parecía tener una quinta extremidad que le
brotaba de un costado. Otro tenía un tercer ojo justo encima del hombro derecho.
¿Qué clase de exhibición macabra es esta? Kalec observó con detenimiento a aquel
grupo y reparó en que cada uno de ellos había sufrido también alguna herida. Mientras
estudiaba un cadáver tras otro, comprobó que, sin lugar a duda, esas heridas habían dañado
gravemente a esos protodragones, si no los habían matado directamente. Además, el
exAspecto comprobó que esos muertos yacían tinos sobre otros de un modo caótico, como
si los hubieran reunido ahí muy deprisa.
Kalec volvió a detenerse. No albergaba ninguna duda de que la reliquia o el poder al
que esta servía lo había guiado hasta ese lugar, pero ¿qué se suponía que debía aprender de
ese grotesco espectáculo?
Oyó un crujido que le puso los nervios de punta. Al instante, realizó otro conjuro. Se
volvió y se encontró con que el primer protodragón se tambaleaba hacia delante, ya que el
daño que le había infligido la esfera mágica alterada había afectado sobremanera a su
estabilidad. El altísimo cadáver se estampó contra el suelo rocoso y se hizo añicos.
La cabeza rodó hasta detenerse cerca de Kalec, quien la iluminó con la luz que aún
le quedaba a la segunda esfera y por fin reconoció ese rostro de reptil.
Malygos.
Kalec retrocedió estupefacto, negando con la cabeza sin parar. ¡Esto no puede ser
verdad! ¡No puede! ¡No es Malygos! Es imposible…
La cabeza le dio vueltas. Kalec cayó sobre uno de los otros cadáveres, lo que provocó
que este empujara a otro. De repente, todos esos protodragones se le vinieron encima.
Jadeando, el exAspecto hincó una rodilla en el suelo. Con la cabeza baja, aguardó a
que esos cadáveres lo enterraran. Pero cuando eso no ocurrió, alzó la vista con cautela… …
y se encontró arrodillado en su santuario.
Al principio, no se atrevió a moverse. Kalec se estremeció mientras intentaba
verificar si todo cuanto lo rodeaba ahora era real, más real de lo que lo había sido la cueva.
Tenía la absoluta certeza de que realmente había estado en el cañón; sin embargo, eso
significaba que la reliquia lo había transportado de una parte del mundo a otra haciendo un
esfuerzo aún menor que el que tenía que hacer Kalec simplemente para respirar.
Un golpeteo sordo y rápido retumbó en su mente. Al dragón azul le llevó un
momento reconocer sus propios latidos. Al instante, intentó aminorar el ritmo de su
respiración, lo que acabó provocando que su corazón latiera de un modo más normal.

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El Alba de los Aspectos

Pero su entorno no cambió. Kalec, que seguía de rodillas, tocó el suelo. Parecía
sólido, pero lo mismo le había parecido el cadáver sobre el que había caído y la grieta rocosa
que había atravesado.
—Esto es real. Es real —masculló Kalec, quien, de inmediato, se sintió muy
incómodo por el hecho de tener que hablar en voz alta para intentar convencerse a sí mismo.
¡Pero esa cueva también era real! ¡Sí, lo era!
No sabía qué era peor, la idea de que lo estaban obligando a viajar de un lado a otro
del mundo como un pelele o que le hicieran creer que eso había ocurrido realmente. De un
modo u otro, la reliquia seguía invadiendo sus pensamientos de un modo exagerado. El
presente se había convertido en una serie de momentos en cuya estabilidad ya no podía
confiar, mientras que las visiones se estaban transformando cada vez más en lo que parecía
ser la auténtica realidad. No obstante, Kalec sabía que, si se dejaba arrastrar demasiado por
esas visiones, tal vez en algún momento sería incapaz de volver jamás al aquí y ahora.
Kalec se puso en pie y se giró. Ese objeto que tanto le estaba amarando la vida seguía
en el mismo sitio donde recordaba haberlo visto por última vez, irradiando tenuemente ese
fulgor mágico tan peculiar.
—¡Estoy harto de estos jueguecitos! —le gritó—. ¡Dime qué quieres!
A pesar de que la reliquia era capaz de hacer muchas cosas, a pesar de que era capaz
de manipularlo de muchas maneras, había una cosa que aparentemente no podía hacer:
hablar con él.
¿Kalec?
El macho azul dio un respingo. Con los ojos desorbitados, contempló furioso la
reliquia, a la espera de que esta volviera a hablar.
¿Kalec?
Al final, comprendió que esa voz no brotaba de la reliquia, sino que procedía del
interior de su mente. Alguien lo estaba llamando. Kalec era consciente de que debería haber
reconocido esa voz.
—Jaina…
A pesar de que anteriormente se había mostrado reticente a que ella descubriera qué
le estaba pasando, Kalec aprovechó la oportunidad y respondió a su llamada. La archimaga
representaba en parte esa estabilidad que tanto le costaba mantener.
—¡Jaina! —gritó Kalec al aire vacío, solo para darse cuenta muy intentó de nuevo—
. Jaina, te oigo. Espera.
Recobró la compostura y volvió a generar ese agujero en el aire que le permitía
comunicarse cara a cara con ella. A través de él, pudo ver los aposentos de Jaina. Aunque
era ella quien lo había llamado, cuando la imagen de la hechicera cobró forma, pudo ver que
se encontraba agachada sobre una amplia mesa de madera, examinando algún pergamino.

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El Alba de los Aspectos

—Kalec… —La sonrisa de Jaina se esfumó en cuanto esta pesó su mirada sobre el
exAspecto—. ¿Seguro que estas bien?
Aunque él creía que había ajustado su aspecto de un modo adecuado, estaba claro
que, en cierto modo, había sido incapaz de disimular por entero el increíble estrés que estaba
sufriendo incluso en esos mismos momentos.
—Estoy… he estado sometido a mucha más presión de la que me gustaría admitir
—acertó a decir Kalec, mientras pensaba en que debía expresarse con cierta vaguedad, pero
no demasiada—. El Nexo… ya me entiendes.
—No tienes que contarme nada, a menos que quieras. Estoy dispuesta a escucharte,
si eso te ayuda.
Consideró seriamente esa invitación a explayarse, aunque solo por un momento.
Kalec llegó rápidamente a la conclusión de que este era un asunto en el que no podía
involucrar a Jaina, pues corría el peligro de que acabara siendo otra víctima de la reliquia,
corno él.
—Te lo agradezco —respondió por fin Kalec, quien intentaba parecer más relajado.
Recordó entonces que antes la había oído llamarlo. Su preocupación sobre si fuese capaz de
mantener la cordura o no pasó a un segundo plano mientras se concentraba en el problema
urgente que la archimaga quería exponerle—. Pero ya basta de hablar de mí. Necesitas mi
ayuda en cierto asunto. ¿De qué se trata?
Jaina parecía confusa.
—¿Qué quieres decir?
—Sé que intentaste contactar conmigo antes, pero no pude contestarte. No como
ahora.
Una honda preocupación se apoderó del rostro de la archimaga.
—No te entiendo. Pero si lo único que he hecho ha sido responder a tu llamada.
—¿Mi llamada?
Jaina se inclinó tanto que, si hubiera estado de verdad en su santuario y no hubiera
sido una mera proyección, Kalec habría sido capaz de tocarla.
—Desde la última vez que conversamos, me has llamado dos veces. Te he
respondido en ambas ocasiones, pero solo me has hecho caso ahora…
—Te llamaba para…
Kalec se fue de la lengua más de lo que hubiera querido, mientras los pensamientos
revoloteaban velozmente por su mente. No recordaba haber intentado contactar con Jaina en
ninguna de esas ocasiones, sino que recordaba haber oído su voz. Aunque la archimaga
podría estar equivocada, Kalec lo dudaba. Lo más probable era que alguna parte de su
subconsciente hubiera buscado la ayuda de la única persona que creía que sería capaz de
entender su situación, pues ni siquiera quería explicarles la situación a los demás
exAspectos, porque era consciente de que tenían alguna buena razón para no haberle

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El Alba de los Aspectos

mencionado nada de lo que él había aprendido hasta ahora a través de las visiones. Entonces,
se percató demasiado tarde de que llevaba un rato en silencio ante Jaina, contemplando con
la mirada perdida el aire vacío a su derecha. Ella lo miraba fijamente con una expresión de
mayor preocupación que antes, lo cual no le sorprendió del todo.
—Kalec, dime qué va mal.
Intentó dar con una respuesta y le dijo lo único que se le ocurrió:
—La colección es más inmensa de lo que me había imaginado y, al mismo tiempo,
las protecciones mágicas del Nexo están fallando. Me enfrento a una labor hercúlea.
Ella entornó los ojos como si entendiera perfectamente por lo que estaba pasando.
Como hechicera que era (y, sobre todo, líder del Kirin Tor), Jaina Proudmoore era más que
capaz de apreciar los tremendos conocimientos y poderes mágicos que albergaba el Nexo.
También era capaz de comprender los peligros que conllevaba dejar todo eso sin protección.
—Sé que te he ofrecido mi ayuda antes, pero por favor, hazme caso esta vez. Puedo
reunir a unos cuantos magos de confianza y guiarlos…
—No. Aún no. Gracias.
Tras su desafortunada mudanza a Dalaran, Kalec ya no se fiaba de los demás magos,
desconfiaba tanto de ellos como estos habían desconfiado de él. Le resultaba imposible
imaginarse que las cosas fueran a ir bien si ellos andaban merodeando por el interior del
Nexo, y eso sin introducir la reliquia en la ecuación.
Aunque Jaina pareció mostrarse dubitativa ante la respuesta de Kalec, al final asintió.
—Muy bien. Pero mi oferta sigue en pie. Yo me ocuparía de que cualquiera que
entrara en el Nexo hiciera lo que se le ordenara. Ya lo sabeeeessss…
La archimaga y su entorilo se deformaron y distorsionaron. El cuerpo de Jaina se
retorció, y su rostro se estiró hacia delante.
—¿Jaina?
Kalec temía que alguna fuerza la hubiera atacado mientras estaban hablando.
—… maaaaallll, Kkkkkaleeeccc —respondió la archimaga, mientras a su cuerpo le
salían escamas y su santuario se venía abajo, convirtiéndose en un saliente rocoso. Su túnica
se transformó en unas alas y, ante los ojos de Kalec, Jaina Proudmoore se transformó en un
dragón.
No, pensó Kalec. No es un dragón…, sino un protodragón.
—¿Kaaaallllleeeccc? —bramó la protodragona.
No tuvo la oportunidad de responderle, ni siquiera de cortar la comunicación. Acto
seguido, Kalec se percató de que había dejado de estar en contacto con esa Jaina mutada
mientras notaba cómo su cuerpo cambiaba para adoptar una forma más propia de un reptil.
De repente, unos pensamientos distintos a los suyos anegaron y dominaron su mente.
Aunque Kalec intentó rugir, su boca ya no le obedecía. Notó cómo pasaba a un
segundo plano… mientras la mente de Malygos tomaba las riendas.

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El Alba de los Aspectos

El Nexo se había transformado en una gélida costa que recordó a Kalec una zona
donde Malygos había estado pescando tiempo atrás. Malygos no se hallaba solo. Alexstrasza
se encontraba a aproximadamente la misma distancia del anfitrión de Kalec de la que había
estado Jaina del dragón azul.
—Voy a hacerlo —le dijo la hembra naranja como el fuego a Malygos a la vez que
se elevaba hacia el cielo. Alexstrasza voló velozmente hacia el este, dejando a Malygos a
solas.
Kalec no sabía, aunque tampoco le importaba, qué habían estado discutiendo. Intentó
regresar al Nexo con todas sus fuerzas, pero fue inútil, a pesar de concentrarse en Jaina con
la esperanza de que el vínculo que le unía con ella y que le había ayudado a llamarla en dos
ocasiones funcionara ya de nuevo. Sin embargo, tal y como temía, fue en vano.
Malygos despegó y se dirigió al mar. Si bien era evidente que el protodragón
pretendía cazar una presa para comer, también le dio la impresión a Kalec de que estaba
vigilando o aguardando a algo que sus difusos pensamientos no le revelaban, lo cual frustró
aún más al dragón azul, quien dio por sentado que, si había sido empujado de nuevo a esas
visiones, tenía que ser por alguna razón.
El anfitrión de Kalec divisó a toda una bandada de seres acuáticos a casi un kilómetro
de la costa y devoró a una de esas criaturas en solo dos tragos. Aunque no era tan remilgado
con sus presas como Alexstrasza, Malygos intentó matar a esta captura rápidamente y de un
modo relativamente indoloro. Aun así, en esos momentos, Kalec no estaba de humor para
perder el tiempo cazando y esperaba que Malygos se llenara cuanto antes el estómago o se
acordara de algo mucho más importante.
El festín concluyó en breve, en efecto, pero no por ninguna de estas causas. Más
bien, Malygos alzó repentinamente sus fauces ensangrentadas de la segunda presa que estaba
devorando y contempló el cielo cubierto con los ojos entrecerrados. Al instante, Kalec pensó
que eran no-muertos, pero no, no lo eran. Malygos clavó su aguda vista en un par de
protodragones que sorteaban la parte inferior de esa capa de nubes.
El anfitrión de Kalec se elevó en el aire y corrió hacia la pareja. Al acercarse, resultó
evidente que eran más de dos. Si bien Kalec llegó a contar cuatro, Malygos contó cinco; la
quinta era Ysera, ni más ni menos.
Coros volaba junto a ella.
Malygos se aproximó siseando a esa pareja por la espalda. Kalec comprendía que
fuera tan cauteloso, ya que, aparte de Ysera, el resto del grupo estaba compuesto solo por
protodragones que Kalec sabía que eran enemigos de su anfitrión.
Coros fue el primero en reparar en él. El rival de Malygos lo miró con desprecio y
lanzó un siseo de advertencia.
Ysera miró para atrás. Al reconocer a Malygos, una visible frustración se apoderó de
la hermana de Alexstrasza.

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El Alba de los Aspectos

—¡Voy a hacerlo! —insistió—. ¡Tenemos razón!


Una serie de pensamientos cruzaron la mente de Malygos hasta filtrarse a la de
Kalec. Ysera seguía buscando entre los muertos (Y los no-muertos derrotados) a su hermano
de camada, a pesar de que sabía que era muy poco probable que diera con él. La hermana de
Alexstrasza cada vez se mostraba más vehemente en su rechazo a la violencia. La
protodragona había sermoneado a otros al respecto, pero muy pocos veían las cosas como
ella.
Al parecer, uno de esos pocos era Coros, quien había sido tremendamente leal a
Talonixa hasta el extremo del fanatismo y hasta hacía muy poco. Ahora. Coros también
predicaba la paz y aseveraba que había que hallar la manera de poder vivir bajo el mandato
de Galakrond. Si bien sus ideas no encajaban a la perfección con las de Ysera, sí eran lo
bastante próximas como para que ambos, de repente, aunaran esfuerzos para convencer a los
demás.
Malygos consideraba que los sueños de Ysera eran muy ingenuos y no se fiaba del
voluble Coros. En ese instante, Kalec comprendió lo que Alexstrasza y su anfitrión habían
estado discutiendo; la hermana de Ysera llevaba tres días buscándola, con la esperanza de
hacerle entender que estaba equivocada antes de que cometiera alguna estupidez. En opinión
de Malygos, Alexstrasza llegaba demasiado tarde para evitarlo. Creía que cualquier plan en
cuya concepción hubiera participado Coros, aunque solo fuera en parte, debía de estar
plagado de peligros y traiciones.
En su momento, Malygos habría dejado que las cosas siguieran por su cauce natural,
pero el anfitrión de Kalec era cada vez más capaz de ver las complejas repercusiones que
acarreaban incluso las decisiones más simples. Las consecuencias que eso podría tener para
los protodragones eran muy diversas, por no hablar del hecho de que Malygos era leal a esas
hermanas de un modo que, en cierto sentido, superaba su fidelidad a su propia familia. Había
luchado codo con codo con ellas y sabía que eran dignas de confianza y muy comprometidas.
También sabía que Coros carecía de tales cualidades.
—Tu hermana te busca —informó Malygos a Ysera, señalando la dirección en la que
Alexstrasza había salido volando hacía solo un breve rato—. Por ahí.
—La he visto —replicó Ysera con un bufido—. Deja que siga volando.
Esa respuesta desconcertó a Malygos, pues sabía que ambas mantenían una relación
muy estrecha, aunque discutieran constantemente.
—¡Deberías hacerle caso! Galakrond no…
—Galakrond lo aceptará.
Esa brusca, breve e increíble réplica pilló tanto a Malygos como a Kalec por sorpresa.
Malygos siseó confuso. Coros sonrió ampliamente, pero no les interrumpió.
—Reinará la paz —anunció Ysera con cierto orgullo—. Galakrond la aceptará.
—No sabes…

P á g i n a | 100
El Alba de los Aspectos

Ella alzó aún más la cabeza, adoptando así una posición dominante sobre Malygos.
—Hemos hablado con Galakrond. Aceptará la paz.
Daba la impresión de que la locura que había afectado a Kalec en el presente se
estaba adueñando ahora de él en la visión. No podía creer lo que acababa de oír y, a juzgar
por el torbellino de emociones que surcaban a Malygos, el anfitrión de Kalec tampoco podía
hacerlo.
—¿Han… han hablado con Galakrond?
Coros se sumó al fin a la conversación, con un gesto y un tono de voz claramente
triunfales.
—Tendremos paz… si todos escuchan.
Antes de que Malygos pudiera replicar, Ysera dijo:
—Todos deben escuchar… pero nosotros debemos irnos.
—¿Adónde? —inquirió el anfitrión de Kalec mientras una vorágine de ideas
cruzaban tanto su mente como la de Kalec.
—A buscar a Talonixa —contestó, como si esa respuesta fuera obvia para todo el
mundo—. Para decírselo. Para contárselo a todos.
Una vez dicho esto, viró y se alejó. Coros y los otros tres protodragones que iban
más atrás la siguieron.
Malygos se quedó mirándolos fijamente, quería creer a la hermana de Alexstrasza,
pero también sabía perfectamente en qué clase de monstruo se había convertido Galakrond.
Aun así, si Ysera decía la verdad…
—No.
Malygos sacudió la cabeza, pues no concebía esa posibilidad. Kalec una vez más
tuvo que admirar la capacidad de análisis del futuro Aspecto, aunque todavía solo fuera un
protodragón. Sin embargo, su admiración se desvaneció en cuanto tanto él como Malygos
reflexionaron sobre qué pasaría si Ysera lograba convencer a los demás.
El protodragón se giró con rapidez. Tenía que localizar a Alexstrasza y ayudarla a
que, de alguna manera, hiciera entrar en razón a Ysera. Aunque el anfitrión de Kalec y el
propio Kalec también sabían que las posibilidades de que Ysera convenciera a Talonixa y
los demás de que su plan era el correcto eran escasas, ambos no podían evitar tener la
sensación de que, de algún modo, las cosas iban a acabar de nuevo de una manera desastrosa
y que muchos, muchos más, iban a morir en consecuencia.

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CAPÍTULO CINCO
DECISIONES FATÍDICAS
L a desesperación fue adueñándose cada vez más de Malygos a medida que la

búsqueda de Alexstrasza se prolongaba una hora tras otra. En ese mismo momento, Ysera
(con la ayuda de Coros) podría estar ya convenciendo a Talonixa de que debía tener en
consideración su plan y de que Galakrond estaba dispuesto a aceptarlo. Si eso ocurría,
Malygos preveía una catástrofe.
Este modo de pensar era otro ejemplo más del salto evolutivo a nivel mental que
Kalec había visto dar a varios protodragones. A Malygos no le extrañaba ni le resultaba nada
nuevo que le preocupara el futuro; sin embargo, para algunos de los protodragones de esa
época, solo existía el aquí y ahora.
Por otro lado, esa larga búsqueda también estaba empezando a hacer mella en Kalec.
No obstante, como era capaz de notar la caricia del viento mientras Malygos volaba, Kalec
se había calmado en cierto modo. Corno cuando se hallaba dentro de las visiones no podía
hacer nada más que seguir el sendero que le era marcado, lo mejor que podía hacer era
intentar mantenerse lo más frío y objetivo posible.
Aun así, Kalec no pudo evitar reflexionar sobre las opciones que tenía su anfitrión.
Como no era consciente de cuál había sido el resultado final de este conflicto, Kalec no
estaba siquiera seguro de si Malygos había acertado al buscar la ayuda de Alexstrasza para
detener a Ysera. Aunque Kalec había pensado lo mismo que Malygos cuando había tenido
noticia de que el plan consistía en sellar la paz con ese colosal depredador, también sabía
que, en su propia época, el esqueleto de Galakrond yacía cerca del Cementerio de Dragones
y que a ese gigantesco protodragón se le consideraba el Padre de los Dragones. Aunque
Kalec no podía imaginarse cómo eso podía haber acabado siendo así. ¿Acaso Galakrond
había alcalizado la redención después de todo, algo que el futuro Neltharion e incluso el
propio Malygos, lamentablemente, no habían logrado?

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El Alba de los Aspectos

Se olvidó de todas esas cuestiones en cuanto Malygos divisó una mota roja posada
sobre la cima de una alta colina. Aunque a Kalec le parecía que podía ser un miembro
cualquiera de la familia de Alexstrasza, su anfitrión estaba totalmente seguro de que había
dado Con la hermana de Ysera y, tras dar unos pocos y fuertes aleteos, se demostró que
estaba en lo cierto.
La hembra se percató de la llegada de Malygos y lo miró esperanzada. Kalec notó
que su anfitrión se sentía culpable porque iba a darle unas noticias que no eran precisamente
buenas.
—He localizado a Ysera —acertó a decir—. Estaba con Coros.
Una incrédula Alexstrasza clavó su mirada en él.
—¿Con Coros?
Malygos procedió a explicarle con rapidez qué había ocurrido, así como lo que
pensaba Ysera.
La hembra naranja como el fuego siseó, presa de la frustración, mientras lo
escuchaba.
—¡Debemos dar con ella! —exclamó Alexstrasza en cuanto Malygos terminó de
hablar—. ¡Esto no puede ser!
El protodragón macho le bloqueó el paso.
—¡Espera! ¡Ysera no nos escuchará!
Aunque lo fulminó con la mirada, al final, tuvo que asentir.
—No. Ysera no nos escuchará. Y morirá.
—No morirá —insistió Malygos. Ysera no lo hará.
Alexstrasza hizo un gesto de negación con la cabeza. Pero en vez de apartar de un
empujón a su interlocutor, la protodragona titubeó. Quería creer a Malygos.
—Coros no es bueno —le aseguró a Alexstrasza—. Coros siempre miente —Era una
afirmación muy simple, pero por lo que Kalec pudo extraer de los recuerdos de Malygos
estaba muy cerca de la verdad—. Vigilaremos a Coros. Descubriremos la verdad. Y se la
mostraremos a Ysera.
Si bien el anfitrión de Kalec quería ayudar a las hermanas, el macho azul como el
hielo ansiaba también revelarle a su rival que sabía cómo era realmente. A Malygos no le
habría importado que Galakrond hubiera devorado a un protodragón como Coros, siempre
que este no se alzara después de entre los muertos.
Alexstrasza ladeó la cabeza y meditó acerca de lo que le acababa de decir Malygos.
Unos instantes después, asintió con vehemencia.
—Sí. ¡Demostraremos que Coros miente! ¡E Ysera verá la verdad!
Pese a que Kalec no tenía nada claro que lo que Malygos sugería fiera a funcionar,
también desconfiaba de Coros tanto como su anfitrión. Kalec sospechaba que Coros creía

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El Alba de los Aspectos

que podía aprovecharse de todo el mundo, incluso de Galakrond, para poder ascender en la
jerarquía de los protodragones, lo cual era una idea muy necia y peligrosa…
De repente, un rugido muy familiar retumbó por todo el cielo.
Al instante, Malygos y Alexstrasza abandonaron los lugares donde se habían posado
y se escondieron en esas zonas más sombrías que los aguardaban allá abajo. Ambos
protodragones dejaron su dignidad a un lado. Malygos encontró un saliente donde había
espacio suficiente para uno de ellos y se lo cedió a Alexstrasza, quien aceptó a regañadientes
su ofrecimiento. El macho siguió avanzando hasta que se topó con una depresión en una
ladera, que, si bien no era tan grande como para cobijarlo por entero, se pegó todo cuanto
pudo a ella y, a continuación, contuvo el aliento.
Justo cuando acababa de hacer eso, una sombra más oscura y vasta lo cubrió todo.
Una silueta descomunal ocultó el cielo: era Galakrond, quien proseguía su caza sin fin.
A pesar de que se hallaba muy cerca del insaciable leviatán, Malygos se olvidó del
peligro que corría mientras lo observaba pasar y se centraba en los detalles de la parte inferior
de este. El pequeño, en comparación, protodragón incluso salió a hurtadillas de esa depresión
para fijarse aún más en esos tumores que cada vez cubrían más partes de Galakrond.
Unos tumores que se asemejaban extrañamente a partes corporales incompletas.
Kalec contempló con el mismo horror que Malygos cada uno de esos miembros
rudimentarios que pendían de su cuerpo aquí y allá, al azar. Pudo ver unas patas anteriores
y posteriores, con garras Parciales. Y cómo unas alas vestigiales se batían inútilmente bajo
el viento que vuelo acelerado de Galakrond generaba. Asimismo, algo que recordaba a una
cabeza (¡una cabeza!), formada solo en parte, sobresalía de una zona situada cerca de la
cadera del coloso.
También divisaron otras siluetas que ni Kalec ni su anfitrión pudieron identificar,
aunque ambos dieron por sentado que debían de ser igual de inquietantes. Malygos
permaneció donde estaba, sin darse cuenta de que lo único que Galakrond tenía que hacer
para verlo era mirar hacia atrás.
Por suerte, el gigantesco protodragón siguió volando y no solo desapareció de la vista
a gran velocidad solo unos segundos después, sino que también avanzó en una dirección en
la que no se cruzaría con el camino que iban a seguir los otros dos protodragones más
pequeños. Malygos suspiró en cuanto Galakrond se esfumó; acto seguido, se reunió
rápidamente con Alexstrasza.
—¡Deberíamos irnos ya! —le espetó de manera apremiante la hembra naranja como
el fuego—. Antes de que Galakrond vuelva.
—Ahora mismo —replicó Malygos, quien siguió a Alexstrasza en cuanto esta
despegó. Sin embargo, el macho se calló lo que pensaba (aunque el siempre presente Kalec
lo intuyó): que, aunque ambos volaran más rápido que Galakrond, quizá fuera demasiado
tarde como para evitar la catástrofe.

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El Alba de los Aspectos

Los dos protodragones se dirigieron hacia la región donde Talonixa había celebrado
previamente la reunión, la cual todavía no había sido descubierta por Galakrond. No
obstante, Talonixa se había valido del peligro cada vez mayor de que eso sucediera para
convencer a los demás protodragones de que debían preparar un ataque. Su impaciencia,
alimentada por su deseo de venganza, prevalecía sobre todo lo demás, sin lugar a duda.
—¡Aquí hay más de los nuestros! —bramó Talonixa—. ¡Muchos más! ¡Galakrond
no podrá enfrentarse a todos! ¡No!
Había protodragones por todas partes, que sisearon y rugieron para mostrar que
estaban de acuerdo. Kalec supuso que Talonixa había estado arengándoles durante algún
tiempo, lo cual era una clara muestra de su relativa elocuencia y de su férreo control sobre
los demás.
—¡Ahí está! —exclamó Alexstrasza—. ¡Ahí!
El anfitrión de Kalec siguió la mirada de la hembra y contempló que su hermana
pequeña no estaba lejos de la zona rocosa sobre la que se había posado Talonixa. Coros se
encontraba junto a ella y sus tres camaradas un poco más atrás, era como si no quisieran
estar cerca de la pareja. Tanto a Malygos como a Kalec todo eso les pareció muy extraño,
sobre todo que esos tres evitaran a Coros: ¿por qué lo hacían?
Talonixa siseó de placer ante la respuesta de los ahí congregados. Coros escogió ese
momento para acercarse a ella. Se agachó y le susurró algo al oído. La protodragona entornó
sus ojos negros al clavados sobre Ysera. Coros se retiró de inmediato, con un gesto
indescifrable.
La hembra dominante profirió un rugido tan potente que el anfitrión de Kalec esbozó
un gesto de contrariedad mientras aterrizaba, ya que seguramente cualquier ser vivo a medio
día de vuelo de allí lo había oído. Aun así, y por respeto a Alexstrasza, Malygos no partió
inmediatamente a un lugar más seguro, sino que se posó con ella en un lugar desde el que
pudieron observar el desarrollo de los acontecimientos.
—Esta enclenque quiere hablar —afirmó Talonixa, a la vez que señalaba con un ala
a Ysera. Acto seguido, se dirigió directamente a la hermana de Alexstrasza y añadió
bruscamente—: ¡Habla!
Ysera miró a Coros, quien se limitó a asentir.
Alexstrasza lanzó un gruñido muy grave al ver la reacción del macho.
—¡Deja a Ysera sola en esto!
—Así es Coros.
Malygos daba por hecho que su adversario no iba a apoyar demasiado a Ysera. Coros
haría todo cuanto estuviera en su mano para apartar la atención de él a menos que eso sirviera
para aumentar su prestigio. Si Ysera lograba convencer a, la mayoría, Coros se hallaría a su
lado al instante.

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El Alba de los Aspectos

La hembra amarillenta se enderezó cuan larga era. Si bien no era una protodragona
muy impresionante si se la comparaba con Talonixa, había algo en el porte y actitud de Ysera
que causaba admiración en Malygos (y en Kalec). Aunque era muy enclenque, la hermana
de Alexstrasza poseía una determinación que la hacía parecer más grande, más dominante,
de lo que físicamente era.
—¡Somos muchos! —exclamó. Sus primeras palabras fueron recibidas por un coro
de siseos de aprobación—. Somos muchos, sí… ¡pero Galakrond es Galakrond!
Los siseos aprobatorios se desvanecieron al mismo tiempo que los protodragones ahí
reunidos intentaban asimilar lo que quería decir con esa última frase.
¡Galakrond es fuerte! ¡Galakrond es poderoso!
—¡Pero nosotros somos muchos! —bramó alguien que la escuchaba entre la
multitud. Unos cuantos más sisearon para mostrar que estaban de acuerdo.
—¡Sí, somos muchos! —repitió Ysera asintiendo—. Y muchos más morirán al
combatir a Galakrond.
Varios de los ahí reunidos se miraron con cierta incomodidad. Al ver esto, Talonixa
lanzó un siseo furioso.
Ysera la ignoró y planteó su propuesta.
—¡Pero muchos pueden salvarse! ¡Sí, la paz los salvará! —En ese momento, se
acercó al lugar donde había más protodragones congregados—. ¡Debemos hablar con
Galakrond! ¡Ya se ha hecho antes! ¡Acordaos de cuando Galakrond era uno de los nuestros!
¡Cuando cazaba con nosotros! Si hablarnos de paz con él, nos escuchará…
Unas sonoras carcajadas la interrumpieron. Talonixa recorrió al resto de
protodragones con la mirada a la vez que se burlaba de las serias palabras de Ysera.
—¿Creen que Galakrond nos escuchará? ¡Ja! Sí, Galakrond cazaba con nosotros,
pero ahora nos da caza, ¿verdad? ¡Nunca nos escuchará!
Ysera intentó decir algo, pero sus palabras se vieron ahogadas no solo por las
carcajadas de Talonixa, sino por las risotadas de los que compartían la actitud de la hembra
de gran tamaño.
Alexstrasza gruñó e hizo ademán de dar un paso al frente, pues claramente quería
apoyar a su hermana.
Malygos se interpuso en su camino.
—No. A Ysera no le hará gracia.
La hembra naranja corno el fuego estuvo a punto de contestarle sin miramientos,
pero titubeó. Miró a Ysera, a la que quería reconfortar y, entonces, asintió.
—Ya… no le haría gracia. Nunca le ha hecho.
Malygos y Alexstrasza (y Kalec, quien en un principio esperaba que Alexstrasza
hubiera ido volando hasta Ysera, pues él habría hecho eso en su lugar) únicamente pudieron
ser testigos de cómo el intento de sellar la paz de Ysera fracasaba. Ysera parecía alicaída y

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El Alba de los Aspectos

confusa. Echó un vistazo a su alrededor, como si buscara a alguien que, sin lugar a duda, no
estaba ahí.
—Coros —vociferó el anfitrión de Kalec—. ¿Dónde está Coros?
De hecho, el otro macho se había esfumado de ahí en algún momento, junto a sus
tres camaradas. Malygos escrutó la multitud y atisbó a uno de los tres, o eso creyó, que en
ese instante desaparecía tras una roca lejana.
Antes de que él pudiera decidir qué iba a hacer, Talonixa tomó de nuevo el control
de la reunión. Con un rugido tremendo, logró acallar a aquellos que se habían estado
burlando de Ysera.
—¡No habrá paz! —gritó. ¡Jamás! Si Galakrond nos da caza, nosotros daremos caza
a Galakrond, ¿verdad?
Unos bramidos de aprobación reverberaron por todo el lugar. Ysera, que tenía la
cabeza gacha, retrocedió a hurtadillas. Alexstrasza, que parecía más consternada que nunca,
lanzó una mirada suplicante a Malygos.
El anfitrión de Kalec asintió.
—Sí… ahora es el momento.
Mientras ella corría a consolar a Ysera, Malygos buscó rápidamente a Neltharion.
Como no dio con él ni con el macho marrón llamado Nozdormu, Malygos se bajó del lugar
donde se había posado para ir a buscarlos, justo cuando Talonixa hacía aún más leña del
árbol caído.
—¡Somos muchos! Por eso, ganaremos…
—¡Ataquemos ya! —exclamó apremiante un protodragón.
—¡No! ¡Yo decidiré cuándo! ¡Otros muchos vendrán! ¡Atacaremos dentro de tres
soles! ¡Y Galakrond caerá!
Malygos se detuvo al oír esas palabras, pues era la primera vez que Talonixa
anunciaba esa decisión. Siseó, ya que no le gustaba que las cosas fueran tan rápidas de
repente.
Mientras los demás protodragones se regodeaban en ese grandioso anuncio y
lanzaban vítores, Malygos divisó a Coros. La cabeza del otro macho sobresalía de un
afloramiento del terreno situado en la lejanía, al norte. Coros desapareció inmediatamente
de la vista, sin percatarse de que Malygos lo había divisado.
Malygos, que desconfiaba más que nunca de su rival en esos momentos tan
complicados, avanzó sigilosamente entre las rocas a gran velocidad, pues no quería ser visto.
Coros tramaba algo muy siniestro, y tanto Malygos como Kalec estaban de acuerdo en que
debían seguirlo.
Se arrastró por ese terreno como uno de esos lagartos diminutos que eran un buen
aperitivo ocasional y rodeó la zona, en busca de alguna pista de Coros y sus acompañantes.
De fondo, Talonixa seguía arengando al resto de protodragones. Si bien Malygos no podía

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El Alba de los Aspectos

entender ya sus palabras, por su tono de voz sabía que les estaba asegurando que vencerían
a Galakrond.
Apartó todo pensamiento sobre qué iba a suceder dentro de tres soles y aceleró el
paso todo cuanto pudo en la incómoda posición que había adoptado. Aunque le hubiera
gustado volar, no se atrevía a hacerlo hasta saber dónde se hallaban aquellos a los que
rastreaba. Kalec, que no poseía ahora un cuerpo propio, lo entendía perfectamente.
Entonces, como si algo o alguien hubiera intuido cuál era su deseo, una solitaria
silueta se alzó en la lejanía. Iba seguida por una segunda y, a continuación, pudo divisar una
tercera y una cuarta. Coros y sus seguidores volaban muy bajo y desaparecieron enseguida
en el horizonte, al norte.
Malygos voló igual de bajo que ellos mientras los perseguía. Todavía no poseía
prueba alguna de que Coros tramara algo, pero el mero hecho de que se tratara de Coros era
más que suficiente. Casi todo lo que sabía Kalec de ese otro protodragón procedía de los
recuerdos de Malygos, aunque lo poco que había visto hacer a Coros encajaba perfectamente
con lo que su anfitrión pensaba sobre su adversario.
Malygos deseó haber podido localizar a Neltharion cuando menos, pero no había
tiempo para eso. La velocidad a la que volaba Coros indicaba que tenía prisa. Malygos tenía
que saber adónde iba y Kalec también.
En más de una ocasión, Malygos perdió de vista a los cuatro, pero gracias a su
persistencia, logró encontrar de nuevo su rastro, hasta que descendieron sobre una serie de
cumbres.
Malygos siseó furiosamente mientras olfateaba el aire con la esperanza de hallar a
ese cuarteto. A pesar de que conocía perfectamente el hedor de Coros, era incapaz de
localizarlo.
Otro olor muy inquietante asaltó sus fosas nasales. Aunque era tenue, era tan peculiar
que el protodragón no pudo evitar centrarse en él. Había algo en ese aroma que transmitía
poder, un poder muy distinto al que poseía uno de su especie.
Pese a que deseaba seguir rastreando a Coros, Malygos viró hacia el lugar del que
procedía ese olor. Kalec también se sentía intrigado, pero por otras razones. Le intrigaba la
mera existencia de ese olor que también le resultaba familiar.
Durante un corto trecho, Malygos siguió ese rastro, que se desvaneció súbitamente.
Se posó sobre una alta roca y escrutó los alrededores, pero no vio nada…
De repente, tuvo la sensación de que estaba siendo observado.
Rápidamente, el protodragón miró hacia atrás, por encima de su ala izquierda. Si
bien tanto Kalec como su anfitrión no esperaban ver nada, esta vez se equivocaron.
Aunque esa figura era enana comparada con el protodragón, ni Malygos ni Kalec
creían realmente que careciera del poder necesario para enfrentarse a Malygos si así lo
deseara. Si bien el protodragón apenas recordaba haber visto fugazmente a esa criatura en

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El Alba de los Aspectos

alguna ocasión, fue Kalec quien se quedó más estupefacto. Era la misma figura que había
visto en otras visiones fugaces, incluso en su propia época.
¿Quién eres? ¿Qué eres?, preguntó en vano un apremiante Kalec.
—¿Quién eres? —exigió saber también Malygos, haciéndose eco de unos
pensamientos que no podía haber escuchado—. ¿Qué eres?
Mientras repetía las preguntas de Kalec, ambos se encontraron contemplando el
vacío. Sin embargo, en cuanto Malygos se dio cuenta de que ese ser había desaparecido, se
percató también de que seguía, de algún modo, en el borde su campo de visión. El
protodragón se giró hacia allá y se encaró con esa silueta borrosa. Mientras Malygos
intentaba comprender qué era eso tan difuso que estaba viendo (ya que el macho azul
ignoraba qué eran unas prendas de vestir) y cómo era posible que esa criatura fuera capaz
de desaparecer para reaparecer en otro lugar, Kalec percibió que esa misteriosa forma poseía
una magia muy poderosa.
Una magia tan poderosa que, en algún momento, podría haber llegado a crear esa
reliquia infernal.
Al ver que esa figura no respondía, el protodragón gruñó y se acercó a ella de un
salto.
Esa silueta encapuchada y ataviada con una capa se esfumó de nuevo y, esta vez,
reapareció más lejos, al sudeste.
Nos está guiando a algún sitio, pensó Kalec. Las respuestas que tanto ansiaba
parecían hallarse un poco más allá de unas rocas cercanas, unas respuestas que podrían poner
punto final a la maldición que sufría.
Entonces, oyó un siseo que procedía de la misma dirección por la que Malygos había
venido volando. El anfitrión de Kalec hizo caso omiso de las protestas de su imperceptible
compañero y reaccionó al instante. A pesar de tratarse de un mero siseo, Malygos sabía
perfectamente quién lo había proferido.
Si bien Coros no aparecía por ninguna parte, Malygos estaba seguro de que había
oído a su rival y que este estaba muy cerca. El anfitrión de Kalec se elevó en el aire de un
salto para iniciar la persecución y, entonces, vaciló al acordarse de esa misteriosa figura.
Para alivio de Kalec, Malygos miró para atrás.
Pero no había ni rastro de esa figura. No había reaparecido en ningún sitio.
Eso fue lo que ayudó a Malygos a decidirse, aunque no a Kalec. Coros era de nuevo
el objeto de su persecución. El adversario de Malygos tenía que hallarse muy cerca.
Allá en lo alto, un protodragón del mismo color que Coros se elevó brevemente sobre
la colina y, acto seguido, cayó en picado. Malygos descendió hasta sobrevolar el suelo a solo
unos metros. Percibió una peste a azufre en cuanto se aproximó a esa zona. Aunque Malygos
no conocía bien esa región, había conocido otras similares. El mundo era muy inestable en
ese tipo de sitios; a veces, era hasta tan violento como una bestia.

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El Alba de los Aspectos

Tras aterrizar en la ladera de una colina, Malygos ascendió hasta la cima. Entonces,
oyó unas voces, una de las cuales era la de su rival. Al oírla, al protodragón se le erizaron
las escamas.
—¡Vendrá aquí! ¡Siempre viene aquí! —exclamó Coros.
—¡No deberíamos estar aquí! —protestó uno de sus seguidores.
Un gruñido y un quejido siguieron a esa protesta. Malygos asomó la cabeza y pudo
ver que Coros se alzaba amenazante sobre el protodragón que había osado quejarse. Ese
protodragón tenía ahora un largo tajo ensangrentado en la frente. Cerca de ahí, uno de los
otros esbirros observaba a ambos con cierta inquietud. Del cuarto no había ni rastro.
—¡Nosotros sobreviviremos! —replicó Coros con desdén—. ¡Ellos morirán! ¡Todos
morirán! ¡Pero nosotros no!
Los otros dos asintieron. Mientras hacían esto, los tres miraron sucesivamente al
norte.
Malygos también miró hacia allá y divisó cómo una oscura silueta descomunal
cobraba forma en el horizonte.
—¡Ya viene! —exclamó Coros entre siseos de manera triunfal—. ¡Coros lo ha
llamado y ya viene! ¡Galakrond ya llega!
¡Galakrond! Malygos se tensó, y Kalec habría hecho lo mismo si hubiera sido
posible. ¿Coros había llamado a Galakrond?
Malygos y Kalec esperaban cualquier tipo de traición por parte del adversario del
protodragón, pero no se les había pasado por la cabeza que Coros pudiera llegar a tener la
audacia de contactar con Galakrond. Con esta treta, solo podía buscar arruinar las esperanzas
de paz de Ysera, así como el plan de Talonixa.
Con suma cautela, Malygos descendió por la ladera de la colina y se alejó de Coros
lo más rápido posible. Los pensamientos daban vueltas a gran velocidad por su cabeza
mientras intentaba decidir qué iba a hacer. Esto sobrepasaba cualquier estrategia artera que
hubiera esperado de su enemigo…
De improvisto, oyó un furioso siseo a su espalda. Malygos hizo ademán de girarse
y, al instante, otro protodragón (el cuarto que faltaba) arremetió contra él.
Malygos se tambaleó y atravesó lo que, en un principio, le había parecido que era
tierra sólida. El protodragón intentó liberarse, pero lo único que logró fue quedar atrapado
más y más en ese alquitrán suave, caliente y pegajoso que previamente había permanecido
escondido bajo una fina capa de tierra normal.
Malygos jadeó y consiguió alzarse hasta la superficie brevemente. Al hacer eso, tanto
él corno Kalec pudieron ver dos cosas. Una, que el cuarto protodragón se esfumaba por la
cima de la colina en dirección al lugar donde Coros y los otros dos aguardaban a Galakrond.
La segunda, que la silueta encapuchada, a la que solo vieron fugazmente,
contemplaba cómo Malygos se revolvía. En ese instante, la tierra se lo volvió a tragar. Kalec

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El Alba de los Aspectos

observó cómo el mundo se sumía en la oscuridad. Pero esta vez se trataba de la oscuridad
asfixiante del alquitrán que envolvía no solo a su anfitrión, sino también a Kalec, quien, a
pesar de que lo intentó con toda su alma, no pudo despertarse.

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PARTE III

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CAPÍTULO UNO
EL SENDERO DEL HORROR
J aina Proudmoore abandonó la reunión con el Consejo de los Seis con los temas

tratados en el orden del día aun rondando por su mente brevemente. Sus pensamientos se
centraron rápidamente en una cuestión más personal, una que había asaltado sus
pensamientos en más de una ocasión a lo largo de la reunión.
Kalec. Antes incluso de que comenzara a comportarse de un modo tan extraño (no,
inquietante, más bien), solía pensar bastante en él. Jaina todavía recordaba con todo detalle
ese beso que se habían dado justo después de que Kalec le hubiera preguntado si aún podía
contar con la confianza de los demás magos y, sobre todo, de ella. Jaina había contestado
alzando la cabeza hacia Kalec, y él había respondido tal y como ella había esperado desde
hacía mucho tiempo. En ese momento, el mundo pareció convertirse en un lugar mucho
mejor. Pero desde la turbulenta marcha del dragón azul, las cosas se habían torcido… y ahora
encima había ocurrido esto. Si bien Jaina era consciente de que no podía perder el tiempo
que necesitaba para cumplir sus obligaciones tratando asuntos personales, Kalec seguía
siendo el ex-Aspecto de la Magia y, por tanto, tenía acceso a muchos de los secretos que
tanto él como su predecesor (sobre todo este último) habían ido acumulando a lo largo de
incontables milenios. Bajo su control, se hallaba una gran fuente de poder mágico que tal
vez podría llegar a desencadenar el caos en el mundo; un control que, a cada día que pasaba,
parecía írsele de las manos. Por esa misma razón (o al menos esa era la que había utilizado
la archimaga para convencerse a sí misma), debía descubrir qué le ocurría.
Pero no podré hacerlo si corta el contacto cada vez que intento saber más al
respecto. No bastaba con entrar en contacto con él. Si quería descubrir qué estaba sucediendo
de verdad, la archimaga tenía que actuar de otra manera y, para ella, solo había una manera.
De repente, sintió unas ganas irreprimibles de volver a su santuario y aceleró el paso.
Ya estaba urdiendo un plan, uno que tenía mucho sentido para ella.
Uno que a Kalec, probablemente, no le iba a hacer ninguna gracia.

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El Alba de los Aspectos

***

Se estaba asfixiando.
Kalec se estaba ahogando.
No importaba que, en realidad, fuera el Malygos del remoto pasado el que estaba
intentando respirar como fuera; Kalec experimentaba lo mismo que sentía el protodragón y
eso le hizo pensar, en ese momento tan siniestro, qué le ocurriría si Malygos perecía. Una
parte de Kalec sabía que su anfitrión no había sufrido ese destino, pero otra parte de él (la
parte que se tenía que enfrentar a la repentina falta de aire) seguía preguntándose si ambos
iban a morir. Malygos se estremeció al hundirse aún más en ese alquitrán viscoso al que lo
habían hecho caer. Kalec esperaba que el protodragón perdiera el conocimiento; sin
embargo, Malygos sorprendió a su imperceptible compañero al exhalar todo el aire que le
quedaba aún en los pulmones.
Lo que, en un principio, le pareció a Kalec un suicidio era, en realidad, un último
intento del protodragón por intentar salvarse. Malygos alzó la cabeza y empleó su último
aliento para expulsar una ráfaga de escarcha. La fuerza de esta gélida exhalación no solo
despejó la zona que se hallaba sobre su cabeza hasta la superficie, sino que también congeló
los laterales del agujero y los solidificó.
Respiró hondo el aire que ahora llenaba ese estrecho pasaje, agachó la cabeza y
volvió a exhalar: Esa tierra fundida y viscosa se enfrió bastante, justo lo que pretendía
Malygos, quien se liberó e, inmediatamente, se propulsó hacia arriba.
Por debajo de ellos, tanto Kalec como su anfitrión pudieron notar cómo la tierra
cambiaba de estado. Malygos aceleró. El pasillo era demasiado estrecho como para que
pudiera girar la cabeza otra vez para poder exhalar de nuevo. Si quería escapar, tendría que
apresurarse aún más.
Parecía que esa abertura lo estaba llamando como un coro de sirenas. Al mismo
tiempo, un estruendo se alzó desde allá abajo. Siseando. El protodragón clavó sus garras a
las paredes y, de este modo, se impulsó para poder recorrer los últimos metros. Al instante,
logró asomar la cabeza fuera de ese pasaje y, a continuación, sacó el resto del cuerpo de ahí.
El estruendo se tornó insoportable. Aunque seguía jadeando, Malygos se giró y lanzó
una exhalación sobre la abertura.
La escarcha cubrió el agujero justo cuando este se llenaba de tierra. El suelo se selló.
Malygos estiró las alas y se elevó hacia el cielo al tiempo que la fosa congelada temblaba.
Se alzó más y más, mientras, tanto él como Kalec esperaban que el hielo aguantara lo
suficiente…
La fosa explotó y una columna de lava salió disparada hacia el cielo.

P á g i n a | 114
El Alba de los Aspectos

Malygos consiguió esquivar la columna por muy poco. Voló de frente a la máxima
velocidad posible, a pesar de que eso implicaba volar en la dirección opuesta a la que
realmente quería ir.
El protodragón solo se atrevió a echar la vista atrás cuando se halló lo bastante lejos.
Le dio la impresión de que esa columna viraba hacia él, pero al final esta fue incapaz de
mantener su consistencia. Se derrumbó y se derramó sobre los alrededores de la fosa e
incluso más allá.
Un exhausto Malygos se posó en una cima e intentó concentrarse. Respiró hondo y
lanzó un chorro de gélido aliento sobre su cuerpo, congelando el alquitrán que lo cubría casi
por entero. Una vez hecho esto, el protodragón se agitó con fuerza, lanzando así en todas
direcciones fragmentos de gran parte de ese alquitrán endurecido. No obstante, pagó caro el
esfuerzo y necesitó unos cuantos minutos más para recuperarse, unos minutos muy valiosos.
Kalec sintió el agotamiento de su anfitrión en toda su magnitud… así como la impaciencia
cada vez mayor del protodragón. Malygos quería seguir persiguiendo a Coros, pero todavía
necesitaba recuperar el aliento. Eso significaba que corría el peligro de perder el rastro de su
rival. Por muy buen rastreador que fuera Malygos, la peste de esa región tapaba en gran parte
el hedor del otro protodragón, lo cual, probablemente, era lo que Coros había pretendido.
Cuando su respiración volvió por fin a ser regular, Malygos se elevó de un salto hacia
el firmamento y voló en la dirección aproximada que debía de haber seguido su enemigo. A
pesar de que no había ni rastro del cuarteto que perseguía, Malygos continuó avanzando.
Olisqueó constantemente el aire, en busca de alguna leve señal que le indicara dónde se
encontraban los demás protodragones.
Pero fue otro olor el que finalmente captó su atención y le señaló un posible rastro;
además, le brindó la oportunidad de huir en busca de un refugio seguro o de arrojarse
corriendo a las fauces de la muerte.
Galakrond se encontraba delante de él, en la lontananza. Si bien una parte de
Malygos le pidió a gritos que se diera la vuelta (la parte que Kalec consideraba más sensata),
otra parte de él animó al protodragón a seguir avanzando. Malygos recordó lo que Coros
había comentado sobre Galakrond. Si Coros había llegado tan lejos, no iba a parar hasta
haber alcanzado su objetivo.
Y si eso sucedía, los demás protodragones se convertirían en una presa fácil para
Galakrond y sus nuevos seguidores.
Malygos voló muy bajo y rápido, mientras recorría el cielo con la mirada en busca
de cualquier otro objeto llamativo. Como era consciente de que Galakrond era capaz de volar
extremadamente rápido, sabía que tendría muy pocas posibilidades de escapar si el
descomunal protodragón lo divisaba. El plan de Malygos se basaba por entero en que fuera
él quien viera primero al coloso.

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El Alba de los Aspectos

Kalec rebuscó en la mente de su anfitrión para dar con los detalles de lo que había
planeado y enseguida descubrió que la estrategia de Malygos consistía, en gran parte, en dar
con Galakrond e improvisar a partir de ahí. Aunque Kalec sabía bien que el Tejehechizos
era más que capaz de improvisar con éxito, ir en busca de ese monstruo que aterrorizaba
esas tierras a propósito era una locura para el dragón azul. Sin siempre, embargo, como
siempre, la decisión no estaba en manos de Kalec. Solo podía rezar para que la Historia
discurriera por los cauces que él recordaba (aunque, a cada nueva visión, se iba cuestionando
más y más esos recuerdos) y para que Malygos sobreviviera.
Lo cierto era que no parecía supervivencia que su anfitrión tuviera el instinto de
supervivencia muy desarrollado, ya que el protodragón aceleraba cada vez más, como si
ansiara ya que el protodragón aceleraba cada ansiara enfrentarse a Galakrond cara a cara. El
paisaje cambió en más de una ocasión mientras Malygos seguía el extraño y perturbador olor
del gigante. Además, cuanto más reciente fuera el rastro, más percibía Malygos que había
algo tremendamente malo en ese hedor, pues transmitía la sensación de podredumbre, como
si el propio Galakrond estuviera medio muerto. Asimismo, había algo más totalmente
inherente a esa peste que para el protodragón resultaba aterrador y muy retorcido. Si bien la
maldad no era un concepto que entendiera la raza de Malygos del todo, Kalec se dio cuenta
de que esa era la palabra que buscaba su anfitrión. No importaba qué hubiera sido en su día
Galakrond (y los recuerdos de Malygos parecían señalar que en el pasado ese leviatán había
sido considerado un ser predominantemente benevolente), pues había escogido un sendero
muy tenebroso en algún momento.
Como Deathwing, pensó un cada vez más aterrado Kalec. Pero en cierto modo, aún
peor y más primario.
A pesar de hallarse en un gran apuro, lo que más le preocupaba a Kalec era saber por
qué esta información se había ocultado a la raza de los dragones azules. ¿Por qué los
Aspectos originales y el resto de los primeros dragones habían acordado mantener esta
terrible época en secreto a las generaciones venideras?
Malygos se detuvo repentinamente. Kalec se dio cuenta demasiado tarde de que,
junto al hedor cada vez más intenso de Galakrond, podía detectar restos de otro olor que
Malygos también reconoció. No se trataba de Coros, sino de uno de los esbirros que lo
acompañaban. El protodragón blanquiazul se ladeó y siguió ese rastro.
A pesar de que la esencia de Galakrond seguía prevaleciendo sobre el resto, el otro
olor se tornó más intenso. Otros olores se sumaron a él, el de Coros entre ellos.
Entonces, otra peste aún más nauseabunda captó la atención de Malygos, que
descendió de inmediato.
Un par de protodragones no-muertos descendieron desde las alturas y estuvieron
muy cerca de destrozarle las alas a Malygos con sus garras. Con unos siseos entrecortados,
lo persiguieron hasta al suelo. A través de los ojos de su anfitrión, Kalec buscó lugar desde

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El Alba de los Aspectos

algún el que poder defenderse mejor; entonces, recordó que no llevaba las riendas del cuerpo
que ocupaba. De haber sido así, un arco natural de piedra situado al oeste habría sido el
destino que él hubiera elegido. En ese instante, Malygos se dirigió hacia ese arco.
Kalec no podía estar del todo seguro sobre si Malygos había adoptado la misma
decisión que él o si, por un momento el protodragón y él habían unido sus conciencias de
algún modo. Kalec se tuvo que conformar con rezar para que la opción del arco demostrara
ser la correcta, ya que los dos no-muertos les pisaban los talones y estaban acortando la
distancia que los separaba.
Malygos atravesó el arco raudo y veloz y, al instante, se elevó. Tras girar en el aire,
el protodragón aterrizó violentamente, con las garras por delante, sobre el arco. Kalec notó
cómo a su anfitrión le temblaban todos los huesos por culpa del impacto y esperó que este
no se hubiera infligido a sí mismo ningún daño muy grave.
El arco se vino abajo. Toneladas de roca llovieron sobre ambos no-muertos justo
cuando pasaban por debajo de este en su incesante persecución.
Los escombros hicieron caer al suelo al primer perseguidor, donde el cadáver quedó
reducido a pulpa. Si bien el derrumbe no alcanzó por entero al segundo no-muerto, sí hizo
que este adversario perdiera el control de su vuelo. El cadáver reanimado se acabó
estrellando contra una de las paredes fragmentadas del arco.
Malygos inhaló con fuerza y descendió a por su perseguidor. Mientras el no-muerto
intentaba enderezarse, el anfitrión de Kalec lanzó una bocanada de escarcha.
Los movimientos del no-muerto se ralentizaron. Malygos incrementó su velocidad.
Se abalanzó sobre su adversario antes de que este pudiera recuperarse del impacto de la
descarga y le mordió la garganta y le desgarró el pecho.
La carne y las escamas resecas cedieron fácilmente ante ese asalto, pero eso no
significaba que el cadáver cesara de atacar a Malygos, puesto que los efectos de la
congelación se esfumaron. El no-muerto intentó morderle a Malygos en un ala y clavarle las
garras en la garganta, a pesar de tener la garganta prácticamente destrozada.
El protodragón agachó la cabeza y la introdujo en la cavidad torácica de su rival, a,
se aferró a él con fuerza y desgarró todo cuanto pudo. Al sacar la testa de ahí, la parte superior
del cadáver se vino abajo sobre ese torso destrozado. El no-muerto no paraba de sacudir la
cabeza, que acabó fracturándose.
Malygos terminó de decapitar a la criatura y la cabeza cayó a un lado. El cuerpo
destrozado siguió buscando a su rival de un modo torpe. El protodragón se apartó y el
cadáver se desplomó.
No obstante, en cuanto Malygos hizo esto, un agudo dolor le atravesó la garra
izquierda posterior. Rugió angustiado mientras intentaba liberarse de las tensas fauces de la
cabeza decapitada, allá donde varios dientes habían logrado atravesarle la piel.

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El Alba de los Aspectos

Malygos la agarró de las fauces y, al fin, logró abrírselas. Después, arrojó la cabeza
lo más lejos posible.
Le dolía la garra herida. Y la sangre seguía manando de ella. Malygos examinó las
heridas y, acto seguido, exhaló con sumo cuidado.
Una fina descarga de escarcha cubrió la zona afectada. El frescor calmó el dolor y
ayudó a ralentizar el flujo de sangre, que finalmente se detuvo por sí solo unos instantes
después.
Kalec sintió ese dolor tanto como Malygos. Y dio gracias porque ese frío era capaz
de calmarlo.
El viento atravesaba esa región. Malygos olisqueó el aire. Ambos percibieron el
diáfano olor de Coros y de algunos de sus seguidores. Ni Kalec ni su anfitrión sabían por
qué estos protodragones habían decidido dejar de seguir a Galakrond, pero estaban
dispuestos a descubrirlo.
Como no deseaba ser víctima de ninguna otra trampa, Malygos tomó una ruta muy
tortuosa para evitar que su propio olor pudiera alcanzar a sus enemigos. A medida que el
protodragón se acercaba, un nuevo e intenso olor se sumó al de Coros y los demás. El aroma
de la sangre.
De una sangre muy fresca. Ese aroma tan perturbador se vio acompañado por la voz
ronca de Coros. Si bien no estaba nada claro qué era lo que decía ese protodragón, no cabía
duda de que estaba enojado. Con mucha cautela, Malygos echó un vistazo a su alrededor, a
las rocas, y de repente se le desorbitaron los ojos. Coros y sus seguidores no estaban solos.
Entre ellos, yacía un macho muy joven de la familia de Alexstrasza. También había ahí dos
miembros más de la familia de Coros; uno de ellos era una hembra un poco más pequeña
que el líder del grupo. En su semblante se reflejaba un taimado orgullo, un gesto que tanto
Malygos como a Kalec les dio la impresión de que no tenía nada que ver con el motivo, de
la ira de Coros, que evidentemente estaba centrada en dos de los otros machos.
—¡Háganlo! —exclamó el líder—. ¡Ha de hacerse así! ¡Galakrond lo hizo así! —El
joven intentó levantarse, pero al instante se desplomó. En ese instante, pudieron apreciar las
tremendas heridas que había sufrido. Tenía el pecho abierto en canal y las alas desgarradas.
Malygos posó su mirada en esa nueva pareja y comprobó que ambos tenían las garras
manchadas de un color carmesí.
—¡Lo hemos traído aquí para ustedes! —intervino la hembra, apoyando así a Coros.
—¡Coman! —Malygos retrocedió, y si Kalec hubiera podido hacer lo mismo,
también lo habría hecho. Ninguno de los dos podía creerse lo que acababan de escuchar.
Lo demás protodragones siguieron titubeando. La hembra miró a Coros, que siseó.
Al hacerlo, Coros mostró que tenía los dientes tan rojos corno ella las garras. Sin previo
aviso, la protodragona se abalanzó sobre la garganta del joven herido.

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El Alba de los Aspectos

Mientras el resto de machos, salvo Coros, retrocedían tan consternados corno


Malygos lo había hecho unos instantes antes, la hembra le arrancó un monstruoso trozo de
carne de un costado. Regodeándose, arrojó el pedazo hacia arriba para que luego cayera en
su garganta. Se lo tragó entero y brindó una sonrisa despectiva al resto del grupo.
Malygos quiso acudir en ayuda del joven, pero no lo hizo porque era consciente de
que no solo era ya muy tarde, sino que su sacrificio sería en vano. Aunque Kalec lo
comprendía, de repente sintió la necesidad de hallarse realmente junto a su anfitrión, pues
estaba seguro de que los dos juntos habrían podido derrotar a Coros y su grupito.
No obstante, en realidad, no podía hacer más de lo que había hecho Malygos, quien
compartía con él la misma sensación de frustración y horror por haber tenido ido que
limitarse a contemplar esa carnicería. Entonces, uno de los titubeantes machos se abalanzó
sobre la víctima y le arrancó un trozo de carne del brazo al joven. Mientras lo engullía, el
resto se sumó al fin a ese festín.
Eso fue más de lo que el curtido Malygos era capaz de soportar. Se volvió y sufrió
unas arcadas que intentó silenciar. Kalec experimentó esas emociones con toda su crudeza,
mientras Malygos intentaba asimilar la tremenda atrocidad que Coros había obligado a
perpetrar a sus seguidores. Los protodragones no devoraban a otros protodragones. Si,
probaban la sangre de sus rivales en los duelos, pero incluso cuando estos acababan con
víctimas mortales, no se comían a los muertos.
Al menos no hasta la irrupción de Galakrond.
Malygos se tensó. Galakrond.
Ni Kalec ni su anfitrión podrían haberse imaginado una situación peor, pero en ese
instante, ambos se dieron cuenta de que lo que pretendía Coros era que él y sus seguidores
llegaran a ser como Galakrond.
Malygos se estremeció y se obligó a volver a contemplar ese espectáculo dantesco.
Por suerte, el joven naranja como el fuego había muerto y ya no sufría mientras lo
despedazaban a mordiscos. Enseguida, los seguidores de Coros no dejaron más que un
montón de huesos y piel destrozada.
Fue Coros quien puso el punto final a ese espanto. Con el hocico empapado de
sangre, alzó la cabeza machacada del muerto agarrándola por la mandíbula y la arrojó a un
lado.
—¡Ya está hecho! ¡Sí! ¡Nos haremos más fuertes! ¡Pronto lo notaremos!
—¡Pronto! —repitió la hembra.
—¡Pronto! — insistieron los demás.
Coros estiró las alas.
—Ahora… ¡Ahora ya verán como Galakrond no nos devorará! ¡Ahora somos como
Galakrond! ¡Nos uniremos a él! ¡Y no nos comerá!

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El Alba de los Aspectos

Esas palabras alentaron hasta al más reticente de sus acólitos. Los protodragones ahí
reunidos elevaron las cabezas y sisearon al unísono. Entonces, Coros despegó y la hembra
lo imitó de inmediato. El resto los siguieron, dejando los restos destrozados de su víctima al
amparo del viento. Si bien Malygos estuvo a punto de seguirlos, de repente, se sintió
obligado a acercarse al cadáver machacado. El intenso olor a muerte reciente inundó sus
fosas nasales. Por razones que ni Malygos ni Kalec tenían claras, el protodragón se agachó
para examinar esos horripilantes restos mortales. El anfitrión de Kalec olisqueó los restos
del joven y, acto seguido, por mero impulso, cogió uno de esos huesos con sus fauces.
Nada más hacer eso, Malygos escupió el hueso. Incluso en ese momento, sintió la
necesidad de volver a coger ese trozo u otro para rebañar los pedazos de carne que aún
quedaban ahí y tragárselos. Tanto a Kalec como a su anfitrión les asqueó la idea; no obstante,
Malygos tuvo que hacer un gran esfuerzo para poder alejarse del cadáver. El hambre lo
dominaba, un hambre que iba más allá de la mera necesidad de comer carne. Malygos
ansiaba poder degustar otra cosa, algo que Kalec enseguida descubrió.
Malygos ansiaba apoderarse de la esencia vital que todavía permanece en el cadáver
del joven. El dragón azul pudo notar cómo el protodragón hacía todo lo posible para poder
aguantarse las ganas de destrozar esos restos en busca de la escasa energía vital que todavía
no se había disipado.
Tras reprimir un rugido iracundo, Malygos se giró y abandonó volando el lugar. Al
principio, se limitó a volar lo más lejos posible del cadáver, a pesar de que eso lo llevara en
la dirección equivocada. Después de que el viento que le acariciaba la cara lo calmara,
Malygos trazó por fin un arco en el aire que lo llevó hacia el sendero que el grupo de Coros
había tomado.
Aunque sus olores eran muy intensos, tanto Malygos como Kalec se percataron de
que ahora había algo distinto en ellos. El tenue rastro de maldad que impregnaba todo lugar
por el que pasaba Galakrond teñía ahora su rastro, lo cual volvió a despertar ese deseo tan
perturbador en Malygos; sin embargo, el anfitrión de Kalec se contuvo, a pesar de que la
tensión era mucho mayor esta vez.
Malygos aceleró el ritmo. Kalec era consciente de que el protodragón seguía sin
saber qué iba a hacer, pero al menos sí sabía que debía descubrir qué iba a pasar cuando
Coros le hiciera su propuesta a Galakrond. Unas imágenes en las que Coros llevaba a los
demás protodragones a una trampa donde Galakrond los devoraba pasaron fugazmente por
la mente de Malygos (y la de Kalec) una y otra vez.
Un destello de color azul verdoso llamó la atención de Malygos. El protodragón
divisó con su aguda vista cierto movimiento cerca de un pequeño arroyo. Mientras Kalec
intentaba hallar un sentido a lo que veía su anfitrión, Malygos aterrizó a poca distancia de lo
que había visto.

P á g i n a | 120
El Alba de los Aspectos

Por delante de él, oyó un ruido estridente. Malygos se arrastró sigilosamente hacia
allá.
Algo tragó una enorme cantidad de agua. Segundos después, Kalec vio, a través de
los ojos de Malygos, una figura familiar; la de un miembro de la familia de Coros. Si bien
Kalec no tenía ni idea de qué miembro de la banda era en concreto, su anfitrión sí reconoció
a ese macho; era uno de los que se habían mostrado más titubeantes a la hora de participar
en ese banquete atroz.
Ese otro protodragón no tenía muy buen aspecto. Sus ojos habían adquirido un tono
amarillento y pálido y respiraba con dificultad. Engulló otro trago de agua y, a continuación,
expulsó la mitad tosiendo, junto a un poco de carne sin digerir.
A Malygos se le revolvieron las tripas. Entonces, tal vez hiciera algún ruido o
movimiento del que ni él ni Kalec fueron conscientes, ya que de repente el otro macho se
giró en su dirección.
Con un violento siseo, el protodragón verdeazulado se abalanzó sobre Malygos, pero
el macho enfermo reaccionó con una velocidad impropia de su estado y arremetió contra
Malygos.
El anfitrión de Kalec logró retroceder lo justo como para evitar que le desgarrara la
garganta. Su atacante luchaba con una furia casi absurda que compensaba su carencia de
inteligencia. Esas fauces repletas de babas parecían hallarse por doquier. Ni Kalec ni
Malygos fueron capaces de comprender cómo lograron evitar ser masacrados; no obstante,
el macho azul como el hielo lo logró, aunque por los pelos. En cuestión de segundos,
Malygos había sufrido media decena de tajos; por suerte, todos ellos eran únicamente
superficiales.
Sin embargo, todas esas heridas y la tensión del combate provocaron que este
volviera a sentir dolor en la zona donde le había mordido el no-muerto antes. El protodragón
tuvo la sensación de que le iba a estallar la cabeza. Kalec notó cómo el inteligente y versátil
Malygos era sustituido por una bestia tan irracional como el macho enfermo.
Una bestia que golpeó con más rabia si cabe que el macho enfermo.
Ahora era Malygos el que mordía, rasgaba y destrozaba de manera inmisericorde.
Con sus grandes garras traseras, abrió unos cortes profundos de color escarlata en la piel de
su oponente. Con sus garras delanteras, que eran más pequeñas, se aferró con fuerza al otro
macho, de modo que el enemigo de Malygos permaneció justo donde él quería. Malygos no
dio cuartel al macho cuando este intentó apartarse de él.
Kalec solo pudo observar, con creciente espanto, cómo su anfitrión arremetía contra
su debilitado adversario. La saliva goteaba de las fauces de Malygos mientras se abalanzaba
amenazadoramente sobre el protodragón. Malygos ansiaba matar, ansiaba eso y algo más,
algo que Kalec sabía ahora qué era pero que no iba a poder evitar.

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El Alba de los Aspectos

Con una última embestida, Malygos mordió a su oponente en la Garganta,


arrancándole casi la mitad en medio de un gran frenesí. Sin embargo, no se limitó a arrojar
ese trozo a un lado, tal y como esperaba Kalec, sino que, con cierta impaciencia, lo lanzó
por encima de su cabeza para engullirlo después.
No obstante, en cuanto ese pedazo acabó en su garganta, Malygos recuperó la
cordura. El anfitrión de Kalec tosió hasta vomitar el cacho de carne. El protodragón
retrocedió trastabillando, pues se hallaba tan consternado como Kalec por lo que había
estado a punto de hacer.
El mordisco que le había dado antes el no-muerto le dolía ahora más que nunca.
Malygos contempló la herida primero furioso y luego estupefacto. Asimismo, Kalec
se dio cuenta de qué era lo que le había sucedido a su anfitrión. El mordisco se le había
infectado a Malygos, lo cual le había empujado a seguir el mismo sendero nauseabundo que
Galakrond había seguido, el mismo sendero que Coros ahora deseaba seguir.
A pesar de que Malygos continuaba resistiéndose a ese deseo, el impulso seguía
siendo muy fuerte. El cadáver cercano, todavía fresco, irradiaba restos de energía vital, lo
cual era una tentación continua el protodragón.
Tras lanzar un siseo ansioso, Malygos reanudó la persecución de Coros una vez más.
El protodragón se concentró cuanto pudo en su rival y en el esperado encuentro con
Galakrond. Malygos no se atrevió a pensar en nada más.
Kalec, sin embargo, estaba meditando profundamente, llegando a unas conclusiones
a las que su anfitrión no había llegado. Un mero mordisco había estado a punto de hacer que
Malygos enloqueciera sin remedio.
¿Cuántos protodragones más habían sido mordidos ya? ¿Cuántos más iban a
acabar siendo mordidos?
¿Y cuántos de los ya mordidos no iban a poder resistirse a esa infección, como había
hecho Malygos hasta ahora, allanando así el camino para que acabara teniendo lugar una
masacre aún más dantesca de la que auguraba el traidor de Coros?

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CAPÍTULO DOS
LOS TRAIDORES
E l tiempo carecía ya de significado para Kalec; al menos, cuanto más permanecía

atrapado en el pasado. De hecho, mientras más se iban desarrollando los acontecimientos en


esta era, se sentía menos tentado a regresar a su propia época. A pesar de que solo era un
compañero incorpóreo e imperceptible para el joven Malygos, Kalec no podía evitar tener
la impresión de que, en cierta manera, su vida tenía más sentido en ese pasado.
Experimentaba todo lo que sentía Malygos (tanto lo bueno como lo malo) y ambos parecían
estar cada vez más de acuerdo cuando había que decidir qué camino iba a seguir el
protodragón.
Nos estamos convirtiendo en un solo ser, concluyó al fin Kalec, mientras el hedor
cada vez más intenso de Galakrond les indicaba que la gigantesca bestia se hallaba más y
más cerca.
Kalec, que no se sintió inquietado por el camino esotérico que estaban tomando sus
pensamientos, conminó a Malygos a acelerar su ritmo de vuelo y este hizo eso mismo,
precisamente. Kalec se sentía cada vez más satisfecho porque cada vez formaba más parte
integral de esas visiones, aunque también se encontraba cada vez más decidido a detener a
Galakrond y la putrefacción que este estaba extendiendo. Kalec ya no se sentía tan seguro
sobre cómo iba a ser el futuro, pues era posible que la Azeroth que él había conocido solo
fuera un producto de su Imaginación.
Hay que detener a Galakrond, se insistía a sí mismo una y otra vez, ya que esa misión
era más real para él que su propia existencia. A Galakrond… y Coros.
Súbitamente, Malygos descendió en picado hacia el suelo. Al mismo tiempo, a través
de los ojos de su anfitrión, Kalec vio fugazmente cómo Coros y los demás se elevaban hacia
el cielo justo por delante de él. Kalec supuso que el grupo se había detenido por alguna razón
y acababan de reanudar la marcha.

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El Alba de los Aspectos

A pesar de que Malygos había reaccionado rápidamente, la hembra que acompañaba


a Coros giró la cabeza hacia atrás, como si acabara de percibir algo. Tanto Kalec como su
anfitrión se percataron demasiado tarde que estaba buscando a un miembro del grupo que se
había perdido. Por desgracia, en vez de dar con el extraviado, había descubierto a su solitario
perseguidor.
La hembra lanzó un fuerte chillido para advertir a Coros y al resto de que alguien los
seguía. Malygos siguió descendiendo hasta que se encontró a pocos metros del suelo. Las
puntas de sus alas rozaron ese terreno tan duro en más de una ocasión mientras buscaba
algún parapeto. Atravesó raudo y veloz un estrecho pasaje, al mismo tiempo que evaluaba
constantemente cuál de los diversos caminos que tenía por delante podía ser el mejor. Viró
por uno tras otro e incluso se arriesgó a mirar hacia arriba y hacia atrás, durante un breve
instante, siempre que lo considerara seguro.
Por eso, al doblar la siguiente esquina, no se dio cuenta de que Coros se abalanzaba
sobre él.
El otro protodragón embistió a Malygos y los dos acabaron estrellándose contra una
de esas paredes rocosas. Malygos jadeó al notar cómo el aire abandonaba sus pulmones,
intentó recuperar el aliento, pero Coros le golpeó fuertemente con las patas traseras,
impidiendo así respirar al anfitrión de Kalec.
Un segundo atacante (la hembra) cayó sobre Malygos, empujándolo hacía el suelo.
Al instante, ella y Coros se abalanzaron sobre su garganta.
Entonces, la tierra tembló. Un conjunto de rocas y tierra cayó sobre los tres. Malygos,
que prácticamente se encontraba tumbado boca arriba, recibió el impacto de lleno. Coros y
la hembra lograron esquivar gran parte del derrumbe y se desvanecieron tras los escombros.
Un ala de Malygos quedó atrapada bajó una pesada roca. Aunque al principio se
revolvió, al final optó por inclinarse sobre el apéndice atrapado. Si bien el dolor que sintieron
al retorcerse resultó agónico tanto para Kalec como para su anfitrión, esto permitió al
protodragón librarse de esa roca a pesar de que continuaba el desplome.
Para cuando Malygos logró tomar aire, a pesar de que el omnipresente polvo lo
asfixiaba, parecía que había pasado una eternidad. De inmediato, Malygos exhaló y lanzó
un fuerte chorro de escarcha en dirección hacia arriba, con lo cual logró ralentizar el
derrumbe, ganando así unos segundos vitales para poder cubrirse mejor con las alas y tomar
aire de nuevo.
La avalancha terminó. Aunque Malygos se revolvió para quitarse los escombros de
encima, al principio apenas pudo respirar y mucho menos moverse. La escarcha que había
exhalado se estaba rompiendo y corría el riesgo de que le cayeran encima más rocas. Ambos
tenían claro que tenían que salir rápidamente de ahí.
Si bien las patas delanteras de Malygos eran muy pequeñas en comparación con las
traseras, eran lo bastante fuertes como para ayudarle a abrirse camino hacia delante hasta

P á g i n a | 124
El Alba de los Aspectos

que pudiera impulsarse con sus extremidades más grandes. Con el hocico, el protodragón
empujó hacia arriba las rocas, y montones de piedras cayeron a su alrededor.
Tras lograr echar a un lado otra roca más, un soplo de aire le acarició las fosas
nasales. Haciendo un mayor esfuerzo si cabe, Malygos se impulsó hacia esa pequeña
abertura. Logró atravesarla con la cabeza y, por un momento, titubeó, pues estaba seguro de
que eso era justo lo que Coros esperaba que sucediera.
Pero al ver que su rival no estaba ahí para arrancarle la cabeza, Malygos logró salir
por entero de ahí. Ahora, el dolor de la pierna rivalizaba con el del ala, aunque tras batirla
brevemente pudo comprobar que aún podría volar con ella.
El estruendo del derrumbe lo había dejado sordo por el momento. No era capaz de
saber qué estaba pasando exactamente, ya que solo podía fiarse de lo que percibía con los
demás sentidos, lo cual le basto para percatarse de que estaba teniendo lugar un segundo
temblor, que lo obligó a retirarse de donde estaba.
En cuanto Malygos se detuvo, fue recuperando la audición poco a poco. Tanto él
como Kalec oyeron de repente lo que parecía ser un trueno o el inicio de otro temblor.
Entonces, se dieron cuenta de que, en realidad, estaban escuchando el murmullo receloso de
una criatura enorme. En ese momento, Kalec y su anfitrión comprendieron que lo que ellos
habían tomado por un corrimiento de tierras no había sido más que los estragos causados
por el aterrizaje de Galakrond.
Con suma cautela. Malygos se abrió camino hacia arriba. Entonces, pudo oír otra
voz, la voz de Coros.
—¡Habrá muchos ahí! ¡Todos esperando a ser devorados como rumiantes!
—Muchos… — Cada palabra que pronunciaba Galakrond retumbaba en los oídos
aún doloridos de Malygos. Tanto él como Kalec dudaban seriamente de que Galakrond fuera
capaz de hablar con un tono de voz inferior a un bramido.
—¡Nos daremos un festín! —le aseguró Coros—. ¡Nos haremos más fuertes!
Malygos asomó la cabeza con mucho cuidado por encima de su escondite.
Obviamente, Coros había dado por sentado que él se hallaba enterrado bajo toneladas de
escombros; no obstante, el protodragón azul como el hielo permaneció alerta por si había
centinelas apostados para evitar que alguna otra necia criatura se atreviera a espiar a
Galakrond. De hecho, a través de su anfitrión, Kalec se percató de que al menos un miembro
de la banda de Galakrond estaba actuando como vigía, aunque, por suerte, no estaba mirando
en dirección hacia Malygos en ese momento.
Coros y la hembra flotaban en el aire ante Galakrond, quien tanto a Malygos como a
Kalec les dio la sensación de que era más grande que nunca. Lo más perturbador de todo era
que las diversas protuberancias que salpicaban aquí y allá la piel del coloso estaban ahora
más marcadas de lo que lo habían estado antes. Unas extremidades totalmente desarrolladas

P á g i n a | 125
El Alba de los Aspectos

pendían de su cuerpo por todas partes. Incluso contaba con unas alas que aleteaban
infructuosamente, como si pretendieran elevar a Galakrond en el aire.
No obstante, lo más inquietante eran sus ojos. Esos orbes tan peculiares se
encontraban desperdigados por doquier y estaban teñidos por la misma maldad que los dos
ojos originales, que ahora se hallaban clavados sobre Coros y la hembra. Esas decenas de
ojos extras pestañeaban al azar, como si cada uno formara parte de un individuo en concreto
y no de la misma bestia.
Uno de los más cercanos desplazó su mirada iracunda hacia Malygos.
El protodragón se agachó inmediatamente. El macho azul como el hielo contuvo la
respiración y aguardó, pero no oyó a Galakrond gritar. Lo único que pudo oír fueron las
voces de Coros y la hembra. Malygos volvió a alzar la cabeza, a pesar de que todavía lo
dominaban los nervios. Ese ojo se encontraba ahora posado sobre el pequeño grupo que se
hallaba frente a ese coloso cruel.
—¡El Gran Galakrond nos liderará! —prosiguió diciendo un Coros bastante
jubiloso—. ¡El Gran Galakrond será el dueño de todo!
¡Coros está loco!, pensó Kalec, quien era perfectamente consciente de que Malygos
opinaba lo mismo sobre su rival. Aun así, ambos comprobaron que Galakrond estaba
escuchando con sumo interés esas palabras.
—¿Dónde se reunirán? —preguntó Galakrond al fin a Coros.
—¡En el escarpado valle! ¡Muy pronto! Aunque Kalec ignoraba a qué lugar se
refería, era evidente que Malygos sí lo sabía. Profirió un tenue siseo que le indicó que las
palabras de Coros eran ciertas y que la traición del otro protodragón superaba todo lo
imaginable.
—Conozco ese lugar —señaló Galakrond, que, por su mirada, parecía perdido en sus
pensamientos—. Cazaba ahí cuando era pequeño… cuando no era nada…
—¡Pero ahora eres grandioso! —exclamó la hembra y, acto seguido, los demás
mostraron que estaban de acuerdo con ella con un coro de siseos.
Algunos de los miembros vestigiales de Galakrond se agitaron y sus zarpas arañaron
el aire como si buscaran una presa. Unos cuantos de sus otros ojos miraron en la dirección
que miraban sus ojos principales.
—Sí, lo soy —afirmó la gigantesca y desalmada bestia, que observó a Coros con
especial detenimiento—. Y tú también lo serás.
—¡Pero no tanto como Galakrond! —replicó inmediatamente el rival de Malygos, a
la vez que la hembra asentía rápidamente—. ¡No tanto como Galakrond!
—No… nunca tanto como yo… —Galakrond extendió las alas, que al instante
cubrieron de sombras esas tierras hasta cierta distancia. Con una garra delantera (que era
pequeña en comparación con el resto ser, pero bastante más grande que todo un protodragón

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El Alba de los Aspectos

normal) arañó esa tierra tan dura, atravesando la piedra como si fuera arena—. Solo puede
haber uno como yo…
Una expresión de inquietud se dibujó en el semblante del vigía que de repente se
elevó hacia el cielo. Malygos y Kalec creyeron que habían sido descubiertos; sin embargo,
el centinela siguió ascendiendo, más y más arriba, lo más rápido posible. Ahora no cabía
duda de que estaba abandonando a los demás. El protodragón a la fuga aceleró el ritmo y se
esfumó en la lontananza.
Al mismo tiempo, Galakrond rugió y se elevó en el aire justo por encima de Coros y
el resto de su banda. El rival de Malygos y la hembra dieron un salto hacia atrás en cuanto
los envolvió la oscuridad que proyectaba ahora la vasta silueta de Galakrond.
Si bien los dos miembros restantes de la banda de Coros intentaron escapar, lo único
que lograron fue atraer la atención de Galakrond hacia ellos. A pesar de la velocidad a la que
volaban, al coloso le resultó muy fácil darles alcance. A pesar de que los pequeños
protodragones se separaron, esa estrategia no los salvó. Mientras Galakrond se ladeaba hacia
uno de ellos, trazó un arco con una de sus alas. Ese descomunal apéndice se llevó por delante
al segundo de los seguidores de Coros.
Coros y la hembra despegaron y se dirigieron hacia el lugar donde se escondía
Malygos. Iban a tal velocidad que no repararon en este, quien permaneció pegado al suelo.
Unos chillidos rasgaron el aire. Entonces, Malygos se atrevió a sacar la cabeza para
mirar. El protodragón al que había alcanzado Galakrond con su ala se encontraba ahora ante
el coloso. Con un rugido ansioso, Galakrond engulló a su víctima.
La otra presa del monstruoso protodragón intentó aprovecharse del funesto destino
que había sufrido su camarada para pasar junto al leviatán inadvertido. A una enorme
velocidad, dejó atrás el perfil izquierdo de la cara de Galakrond mientras se dirigía hacia el
hombro de este.
De improviso, uno de los miembros extra del coloso agarró de un ala protodragón a
la fuga. El macho profirió un graznido de terror al verse atrapado por esa zarpa.
Galakrond se agitó mientras la garra lanzaba a la víctima hacia delante.
El macho se desvaneció chillando por la garganta de Galakrond.
Tras acabar de comérselo, el monstruo se giró hacia Malygos. Kalec notó cómo le
invadían unas terribles ganas de escapar a su anfitrión, pero de algún modo Malygos logró
mantenerse en su sitio. Un momento después, esa decisión demostró ser muy acertada, ya
que Galakrond lo sobrevoló y dejó atrás. La facilidad y rapidez con la que el gigantesco
protodragón había dado caza a su siguiente víctima tenía como consecuencia que ni Coros
ni la hembra hubieran podido ir muy lejos. Kalec y su anfitrión todavía podían distinguir a
esos protodragones diminutos, en comparación con el coloso, que intentaban
desesperadamente mantener la distancia que los separaba de Galakrond. Sin embargo, a este
le bastó con dar unos pocos aleteos para colocarse justo detrás de ambos.

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El Alba de los Aspectos

Sin previo aviso, Coros embistió a la hembra en un costado, la cual perdió el control
de su vuelo y perdió velocidad.
¡La va a sacrificar para salvar el pellejo!, pensó Kalec, y tanto él como Malygos se
quedaron estupefactos ante esa conducta tan traicionera. La hembra se enderezó justo a
tiempo para ver cómo Galakrond se le echaba prácticamente encima.
La hembra exhaló a la desesperada. Sin embargo, ese aliento, que habría funcionado
perfectamente contra un adversario del tamaño de Malygos, solo alcanzó a cubrir fútilmente
uno de los enormes colmillos amarillentos del coloso.
Galakrond se la tragó sin ni siquiera aminorar el ritmo de su persecución, cuyo
objetivo era ahora Coros. El rival de Malygos hizo un tremendo esfuerzo por mantenerse
alejado del monstruo. A Coros la treta de haber traicionado incluso a su propia familia no le
iba a salvar de la insaciable hambre de Galakrond, quien abrió sus poderosas fauces aún más.
Entonces hizo algo que a los testigos de esa persecución pudo parecerles una locura;
Coros giró abrupta y directamente hacia esas fauces abiertas. Pero antes de que el leviatán
pudiera cerrar la boca, Coros ascendió a gran velocidad y atacó a Galakrond en el paladar.
Con sus garras, desgarró esa carne desprotegida y blanda.
Galakrond retrocedió. Si bien ni Malygos ni Kalec creían que Coros hubiera logrado
herir de verdad a Galakrond, sí pensaban que ese ataque lo había pillado desprevenido, sin
ninguna duda. Coros se valió de ese ardid para reanudar su huida. Con una velocidad que ni
siquiera Malygos podría haber igualado, el protodragón verdeazulado cayó en picado hacia
el suelo, donde mantuvo esa tremenda velocidad a pesar de tener que recorrer un terreno que
cambiaba continuamente.
Galakrond se lanzó en su persecución y Malygos abandonó por fin su escondite,
desde donde pudo contemplar por última vez al cazador y la presa.
En ese momento, tanto él como Kalec se percataron de que, a pesar de la maniobra
artera de Coros, el rival de Malygos no iba a poder escapar. Al ir volando tan bajo, consiguió
evitar, por un breve espacio de tiempo, que Galakrond lo devorara con facilidad, pero una
elevación en el terreno provocó al final que el veloz Coros tuviera que variar de improviso
de rumbo. El impulso que llevaba hizo que se elevara por encima de la zona de seguridad
que le brindaba el suelo y el leviatán se lo tragó entero.
La manera tan abrupta en que pereció el rival de Malygos no perturbó lo más mínimo
al anfitrión de Kalec. Ambos habían sido testigos de cómo lo único que realmente le
importaba a Coros era salvar su propio pellejo, ni siquiera le importaba la vida de sus seres
más cercanos. Ahora, lo único que preocupaba a Malygos era que Galakrond se girara
súbitamente y lo divisara antes de que pudiera escapar.
Por fortuna, Galakrond decidió aterrizar en una vasta llanura situada más adelante.
El macabro coloso se posó ahí con un fuerte golpe sordo, como había hecho antes,
provocando un temblor que recorrió toda la región.

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El Alba de los Aspectos

Malygos volvió a descender rápidamente y esperó. Galakrond apoyó la cabeza en el


suelo. Unos breves instantes después, el enorme protodragón lanzó un grave y continuo
murmullo; roncaba.
Tras comprobar que ese ruido monótono no cesaba, Malygos se atrevió a despegar
de nuevo. Ni Kalec ni Malygos eran capaces de adivinar cuánto tiempo iba a estar Galakrond
descansando ahí; sin embargo, el protodragón azul como el hielo daba por sentado que no
sería mucho. Siguiendo la estrategia de Coros, Malygos voló bajo y a la mayor velocidad
posible. Incluso cuando ese murmullo se desvaneció en la lejanía, el anfitrión de Kalec no
aminoró el ritmo.
Entre tanto, una idea fue cobrando forma en los pensamientos del protodragón y, por
tanto, de Kalec. Si bien Coros había pagado muy cara su traición, al final había logrado
llevar a cabo una última fechoría. Ahora, Galakrond sabía dónde estaba reuniendo Talonixa
a los demás para realizar el ataque. A pesar de que tanto para Malygos como para Kalec el
plan de la hembra era un suicidio, al menos les permitía albergar alguna esperanza de
victoria. Sin embargo, si Galakrond los atacaba cuando todavía estaban reuniendo sus
fuerzas, el desastre sería mayúsculo.
El protodragón aceleró aún más. Si Malygos lograba avisar a Talonixa antes de que
Galakrond se despertara (y si conseguía que la hembra le hiciera caso), entonces aún habría
alguna esperanza.
Pese a que un nuevo estruendo hizo que Malygos descendiera aún más, este
reconoció casi de inmediato que ese ruido era un trueno y no cosa de Galakrond. El exhausto
protodragón dejó por fin de huir. El esfuerzo realizado hasta ahora le estaba pasando factura
a Malygos, a pesar de su gran fortaleza.
En ese instante, empezó a llover. Si bien la tormenta no era muy fuerte, temía que,
si la lluvia seguía avanzando en su dirección actual, pronto alcanzaría a Galakrond. Si lo
despertaba, tal vez decidiera volar en la dirección en la que se encontraba Malygos… El
mundo de Kalec se volvió del revés. Una terrible sensación de vértigo se apoderó de él,
como si la experimentara por primera vez. Para su sorpresa se resistió a abandonar a su
anfitrión, pues comprendía más esa batalla por la supervivencia que los interrogantes cada
vez mayores que planteaba su vez existencia en el presente.
Aun así, como siempre, Kalec no pudo hacer nada al respecto. Malygos y el pasado
se desvanecieron… y el dragón azul se despertó tumbado boca arriba y bajo su forma
semiélfica en algún lugar del Nexo.
No había nada que le indicase cuánto tiempo había transcurrido, si es que había
transcurrido alguno. Se hallaba en un lugar muy oscuro y eso inquietó a Kalec, ya que ahí
debería haber habido algo de iluminación. Se levantó del suelo e invocó una esfera de luz.
Presa de la frustración, apretó los dientes al descubrir que no se hallaba donde había
estado la última vez, sino en una cámara situada en las probidades del Nexo. Echó un vistazo

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El Alba de los Aspectos

a su alrededor y solo vio vacío. Ni siquiera había alguno de la reliquia, lo cual no le regocijó
precisamente. A esas alturas, ya sabía que no importaba dónde se encontrara el objeto en su
forma física, puesto que su poder podía alcanzarlo en cualquier parte…
Kalec se giró. Por un momento, por un instante muy fugaz había creído que había
alguien detrás de él. Alguien que vestía una capa voluminosa y una capucha.
Sin embargo, tras registrar brevemente el corredor en esa dirección, no vio nada ni a
nadie. Aun así, Kalec se vio impelido a seguir ese camino y continuó avanzando. Mientras
se desplazaba, el ex Aspecto deseó que, de algún modo, pudiera regresar con el joven
Malygos. Prefería la cordura que traía consigo la locura del pasado que la demencia que le
brindaba su propia época.
A pesar de que cada vez parecía estar más dispuesto a aceptar lo que, al parecer, la
reliquia le exigía, permaneció en todo momento consciente. Su decepción fue en aumento al
comprobar que se estaba acercando al sitio de donde había partido en un principio, sin haber
descubierto ninguna razón que justificara la sensación que había tenido de nuevo de que lo
estaban observando.
Justo antes de entrar en esa estancia, percibió la presencia de alguien más.
Quienquiera que fuese era capaz de camuflarse ante la mayoría de magos, pero no ante los
tremendos poderes de Kalec. Si bien ignoraba quién o qué había invadido el Nexo, el intruso
se hallaba muy cerca.
Kalec hizo desaparecer la esfera y, a continuación, avanzó. Una tenue luz iluminó de
inmediato todo cuanto lo rodeaba. Eso era una señal de que el Nexo respondía
diligentemente al mandato de su voluntad, lo cual le permitía disponer de una formidable
arma para atacar. Cualquier ladrón que pretendiera robar la colección del Nexo se iba
arrepentir de haber nacido.
Súbitamente, las sombras anegaron esa enorme cámara, lo cual parecía algo muy
normal teniendo en cuenta la tenue iluminación del lugar, pero había algo un tanto extraño
en una zona en particular que despertó sus recelos…
—¿Kalec? ¿Estás ahí?
En cuanto esa voz reverberó por la cámara, esa sensación de que había algo fuera de
lugar se esfumó. De hecho, el Nexo le alertó de algo muy obvio: que alguien al que conocía
muy bien lo llamaba desde la entrada habitual de su santuario.
Y ese alguien no era otra que Jaina Proudmoore.
Se volvió en cuanto ella entró. Jaina no lo vio al principio, pero cuando lo hizo, su
expresión pasó de la aprensión al alivio.
—¡Oh, ahí estás! ¡Alabado seas! Empezaba a pensar que te habías marchado o…
Como fue bajando la voz a medida que pronunciaba esas palabras, no llegó a explicar
qué clase de destino se había imaginado que podría haber sufrido, pero eso no le importó a
Kalec. Si bien no debería haber habido ninguna diferencia entre verla realmente ante él en

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El Alba de los Aspectos

persona y verla a través de la fisura en el aire que había invocado antes, ahora los aromas
que el dragón azul había llegado a identificar con Jaina, y solo con Jaina, acariciaron su
olfato. Incluso en su forma semiélfica, sus sentidos eran más agudos de los que poseían esos
seres a los que se asemejaba ahora y, en todo caso, eran más precisos que los de Jaina. Ella
ignoraba cómo él percibía su fragancia… o lo mucho que el exAspecto agradecía esos
aromas.
—Perdóname —añadió Jaina al fin, a la vez que se aproximaba hacia él—. Intenté
contactar contigo de nuevo y, como no te percibí, me vi obligada a viajar hasta aquí en
persona.
Kalec, frunció el ceño, pues era perfectamente consciente del esfuerzo que Jaina
había tenido que hacer para llegar hasta ahí tan rápido. Si bien una parte de él se sentía muy
agradecida en determinados aspectos por esta tremenda muestra de preocupación, se recordó
a sí mismo que ella correría un grave riesgo si entraba en contacto con la reliquia. Aunque
solo le provocara visiones, eso podría llegar a ser mucho más de lo que la archimaga podría
soportar. La reliquia le había exigido mucho a él y, a pesar de que ella era muy poderosa,
seguía siendo humana.
—No tendrías que haberte preocupado tanto, Jaina. Te oí llamarme, pero justo en ese
instante estaba intentando revitalizar algunos de los conjuros de protección de este lugar y
no podía arriesgarme a detenerlo todo en ese momento. Pretendía contactar contigo en
cuanto pudiera.
—Kalec, te vendría bien un poco de ayuda, aunque solo sea por mi parte.
Kalec sabía que, aunque aceptara su ayuda, nada bueno podría salir de ahí, sobre
todo para Jaina. Recordaba perfectamente la desconfianza con la que algunos de los demás
magos habían empezado a mirar a su líder porque esta mantenía una relación cada vez más
estrecha con el dragón azul.
—Agradezco muchísimo que te preocupes tanto por mí —acertó a decir el ex
Aspecto con mucho tacto, pues no solo esperaba evitar que ella se ofendiera, sino que
también rezaba para que la reliquia no escogiera ese preciso momento para llevarlo de vuelta
al pasado—. Pero tienes muchos otros asuntos de los que preocuparte. Los demás…
—Sé lo que piensan los demás —le interrumpió Jaina con cierta brusquedad—. ¡No
necesito su consejo para saber qué puedo hacer o no! Querían que fuera su líder, así que
ahora tendrán que aceptar mis decisiones.
Por un momento, Kalec se olvidó de sus propios problemas. Lo último que quería
era que el puesto de líder de Jaina corriera peligro. En su día, se había marchado de Dalaran
porque esperaba que así ya no perjudicaría más a la archimaga.
—Pero como líder, también tienes ciertas obligaciones con tu gente —le recordó el
dragón azul—. Y yo no formo parte de tu pueblo. Lamento haberte preocupado

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El Alba de los Aspectos

innecesariamente, Jaina. Por favor, confía en mí, tu lugar está con los tuyos, no tienes por
qué ayudarme con esto.
Esas palabras sonaron más frías de lo que había planeado. Aunque Jaina se mantuvo
impertérrita, hubo un leve cambio en su mirada. Al final, asintió y apartó la vista.
—Tal vez tengas razón. Perdóname por ser tan impetuosa. Solo he venido para
comprobar en persona qué estaba ocurriendo. —Entonces, su mirada se cruzó con la de
él—. Confío en que me dices la verdad al afirmar que estás bien, Kalec.
El dragón azul mantuvo su mirada clavada en ella, a pesar de que un fuerte
sentimiento de culpa se estaba apoderando de él.
—Todo va bien. —En ese instante, hizo ademán de agarrarla, pero bajó la mano
antes de que ella pudiera percatarse de su intención—. Gracias.
A pesar de que él había decidido contenerse, Jaina decidió expresar sus sentimientos.
Le acarició el brazo con una de sus esbeltas manos, que dejó ahí posada el tiempo suficiente
como para dejar claro algo que no hacía falta decir en voz alta. Entonces, la archimaga dio
un paso atrás y, tras esbozar una breve sonrisa, lanzó un hechizo de teletransportación.
En cuanto se halló solo de nuevo, Kalec lanzó un hondo suspiro. Esperaba que Jaina
se tomara muy en serio su negativa a que se acercara a él y no intentara volver a entrar en
contacto. Al menos, así no tendría que temer por ella.
En lo que respecta a otro de sus grandes temores, a Kalec solo se le ocurría una
solución para el problema de la reliquia. Si bien no podía evitar el influjo que ejercía sobre
él, sí podía cerciorarse de que no molestase a nadie más. Eso significaba que, ahora más que
nunca, debía reforzar los hechizos de protección. En ese momento, nadie (ni siquiera los
dragones azules) podía entrar en el Nexo. No hasta que hubiera resuelto la situación. Kalec
se sentía afortunado porque Jaina no se hubiera presentado ahí antes, ya que, si lo hubiera
hecho, quizá habría descubierto la verdad y hubiera corrido mucho peligro al intentar
ayudarlo.
Con ese nuevo objetivo en mente, que logró que se centrara de nuevo, se dirigió al
lugar donde había estado trabajando cuando las visiones lo habían asaltado por última vez.
Rezó para poder disponer del tiempo necesario para poder concluir esa tarea, si no era por
su bien, que lo fuera al menos por el bien de Jaina o de cualquier otro que quisiera llegar al
Nexo.
Cuando llegó a esa estancia, no detectó nada que le indicara que algo iba mal, por lo
que se sintió muy agradecido. Aunque se planteó la posibilidad de enfrentarse directamente
a la reliquia, optó por seguir aletargados por el momento, prefería que eso siguiera siendo
así.
Kalec se preparó para ponerse manos a la obra, tal y como había hecho con
anterioridad. Las líneas ley aparecieron ante su mirada velada. A continuación, se dispuso a
manipular esas energías y se sintió cada vez más satisfecho con cada paso que completaba.

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El Alba de los Aspectos

En cuestión de solo unos minutos, había conseguido reforzar el primer conjuro de


protección. Entonces, decidió seguir con el siguiente.
El segundo lo pudo fortalecer con aún más celeridad. Kalec se sintió extrañamente
orgulloso por un instante, pues había pasado mucho tiempo desde la última vez que había
logrado hacer algo con éxito. A continuación, fue a por el tercer encantamiento.
Había algo adherido a ese sortilegio, algo que ni él ni ningún otro dragón azul había
confeccionado.
Sí, había restos de la magia de la reliquia en ese conjuro.
Kalec se apartó inmediatamente por temor a desencadenar lo que fuera que la reliquia
pretendiera provocar. A pesar de que lo dominó con cierta inquietud, se centró en el siguiente
hechizo.
Ese también estaba afectado por la magia de la reliquia.
El ex Aspecto frunció el ceño y, acto seguido, centró su atención en el que acababa
de reforzar.
Al igual que los demás, también presentaba trazas de las energías de la reliquia… a
pesar de que no había sido así solo unos segundos antes.
Se olvidó rápidamente del resto y se centró en el primero. Descubrió que la reliquia
también había fusionado sus energías con este encantamiento, lo cual no le sorprendió del
todo.
Su inquietud fue en aumento. Kalec respiró hondo, retrocedió y, sin titubeo alguno,
contempló la madeja que conformaba la red de hechizos defensivos del Nexo.
En ese instante, se le escapó un siseo más propio de su forma dracónica que de la
semiélfica que ahora portaba. El ex Aspecto lanzó una mirada iracunda a ese conjuro de
conjuros.
La magia de la reliquia había pasado a formar parte de todos y cada uno de los
sortilegios de protección del Nexo.

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CAPÍTULO TRES
LOS AFECTADOS
J aina Proudmoore reapareció en sus aposentos totalmente extenuada, aunque su

agotamiento era más debido a Kalec que a los esfuerzos hechos en el plano mágico. Sabía
que le ocultaba muchas cosas y, a pesar de que apreciaba que se preocupara por ella de un
modo tan obvio, eso también la ofendía. Kalec era un dragón azul y, sí, eso implicaba que
él comprendía ciertos aspectos de las artes mágicas de un modo que incluso ella era incapaz
de entender; no obstante, Jaina se consideraba más que capaz de afrontar tales situaciones y
de utilizar su capacidad de improvisación, como humana que era, para dar con soluciones
que tal vez a un dragón nunca se le ocurrirían.
La archimaga invocó una silla para sentarse. Se tomó un minuto para ordenar sus
pensamientos y repasó su visita al Nexo. Al pensar en ello, la invadió la culpa, pues ella
también le había ocultado a Kalec parte de la verdad. Jaina no había llegado ahí justo antes
de que él se percatara de su presencia; de hecho, era a ella a quien el dragón azul había estado
a punto de descubrir.
Gracias únicamente a un rápido conjuro mágico, había logrado distraer a Kalec el
tiempo suficiente como para cambiarse de sitio e ir a un lugar donde diera la impresión de
que acababa de entrar.
Tal vez incluso eso no habría sido necesario si a Jaina no le hubiera preocupado tanto
que Kalec se diera cuenta de que ella llevaba más tiempo del que creía ahí.
El suficiente como para descubrir la reliquia.
La archimaga no tenía un nombre más preciso para definir ese chisme. Era un objeto.
Una reliquia. Además, Jaina sospechaba que Kalec definía esa cosa en los mismos términos.
No se parecía nada que ella jamás hubiera visto, y eso que había conocido en persona ciertos
objetos mágicos muy diversos y variados tan poderosos como los de la colección guardada
en el Nexo.

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El Alba de los Aspectos

Aunque no se parecía a nada que hubiera visto anteriormente, tampoco era un


misterio total para ella, ya que había logrado identificar algo muy característico en ese
objeto, algo que tal vez ni siquiera Kalec sería capaz de reconocer.
La archimaga se había topado con una magia semejante en el pasado, aunque solo
en dos ocasiones y con una potencia mucho menor, pero no cabía duda de que había visto
algo similar con anterioridad. Se trataba de unos sortilegios más antiguos aún que los
dragones, unos encantamientos que reflejaban unos conocimientos únicos que los magos de
su era ignoraban.
Unos hechizos que Jaina, al menos, creía que estaban relacionados con los
legendarios guardianes o incluso los mismos titanes.
Sin lugar a duda, la archimaga no había viajado al Nexo con intención de realizar tal
descubrimiento. En verdad, había ido hasta allá arrastrada por la sospecha de que ahí, en el
Nexo, daría con algo que explicara el extraño comportamiento de Kalec. Su intención había
sido hablar con él y hallar una excusa mientras hacía esto mismo para poder utilizar su poder
subrepticiamente con el fin de investigar cualquier cosa fuera de lugar. Jaina había creído
que sería capaz de hacerlo sin que Kalec lo percibiera.
En caso de que no se hubiera presentado la oportunidad, había preparado planes
alternativos para intentar descifrar la verdad siempre que hubiera podido disfrutar de cierto
tiempo a solas en ese lugar. Sin embargo, todos sus planes se habían ido al traste, ya que al
llegar ahí no había visto a Kalec por ningún lado. Como los conjuros defensivos se
encontraban muy debilitados, le había resultado muy fácil entrar. Y en cuanto hubo
verificado que Kalec no se hallaba ahí, había investigado el lugar.
Para su sorpresa, dar con la reliquia le había resultado bastante fácil, ya que irradiaba
una energía mágica muy peculiar. Además, daba la sensación de que Kalec no se había
molestado en ocultarla en una de las muchas prisiones arcanas u otros escondites diseñados
para guardar objetos mágicos tan poderosos. Había dado con la reliquia en la primera gran
cámara en la que había entrado, donde se encontraba a plena vista.
Aunque esa cosa podría haber puesto muy nervioso a algunos, a Jaina la fascinó.
Estudió su aura, admiró su diseño y, con suma cautela, hurgó en su interior todo cuanto
pudo.
Pero al final, Jaina había logrado aprender muy poco sobre ella. Este descubrimiento
había sido tan importante para ella que incluso se había planteado la posibilidad de llevarse
la reliquia consigo, a pesar de que, recientemente, había estado a punto de causar un desastre
al haber intentado valerse de otra reliquia (el Iris) para vengar la destrucción de Theramore
a manos del orco Garrosh. Sin embargo, antes de que la archimaga pudiera llevarse la
reliquia del Nexo, había detectado la presencia de Kalec muy cerca. Como no sabía cómo
iba a reaccionar él ante su descarada intrusión, Jaina había enmascarado su presencia ahí
como mejor había podido y luego había hecho todo lo posible para cerciorarse de que Kalec

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El Alba de los Aspectos

no supiera que se encontraba ahí mientras ella iba a otra parte. No obstante, el dragón azul
había estado a punto de descubrirla.
Aunque Jaina no contara con la reliquia para poder estudiarla, sí tenía acceso a otros
conocimientos que tal vez podrían darle una pista sobre qué era y qué relación podía tener
con los cambios que Kalec había experimentado en su personalidad. Jaina estaba convencida
de que el dragón azul se hallaba desesperado y en peligro, y que tal vez no solo corría peligro
su integridad mental sino también su integridad física.
Jaina invocó un grueso tomo plateado situado en la estantería más alta. Mientras este
se acercaba hacia ella, el libro se abrió y sus páginas se movieron solas. En cuanto la
archimaga entornó los ojos, las páginas dejaron de moverse. El libro permaneció flotando a
la altura de sus ojos, de tal modo que podía leerlo a la perfección.
El archimago que había escrito esas páginas había indicado que esos dos objetos en
los que ella estaba especialmente interesada eran vestigios de un periodo de tiempo
inmediatamente posterior a que el orden se impusiera en Azeroth. Jaina había buscado esta
información porque había algo en el aspecto de la reliquia que le había hecho recordar cierto
pasaje que había leído la primera ver que había hojeado ese libro por otras razones.
Presa de la frustración, Jaina comprobó que las dos páginas que tenía ante sí no le
explicaban nada. Simplemente, le proporcionaban algunos detalles sobre el lugar donde se
habían encontrado esos objetos y quiénes habían participado en su descubrimiento. También
había algunas anotaciones acerca de ciertos estudios previos sobre los titanes y los
guardianes, ya que se creía que habían ejercido una gran influencia en su momento en las
regiones donde se habían hecho esos hallazgos. Sí bien esas notas eran muy interesantes para
una erudita corno Jaina, la archimaga buscaba mucha más información.
La página se volvió sola. En esos textos, abundaban las teorías sobre los titanes y los
guardianes; algunas ahondaban incluso en los vínculos entre unos y otros. Jaina se saltó unas
cuantas páginas y, entonces, se acordó de algo mencionado en esas teorías.
Un instante después, encontró el pasaje concreto: «… tal y corno resaltó el joven
mago Rulfo. La visión que afirmaba haber tenido al tocarlo indicaba que su diseño podría
haber sido inspirado por los guardianes. El archimago Theolinus tenía su propia teoría sobre
la influencia de los guardianes en otras regiones…».
A Jaina se le escapó un gruñido de exasperación y se saltó unas cuantas teorías
antiguas, a las que normalmente habría prestado más atención, con la esperanza de dar con
lo que creía recordar.
—¡Ah!
El nombre de Rulfo volvió a aparecer. Había pasado tanto tiempo desde la última
vez que Jaina había leído ese pasaje que era incapaz de recordar que más le había contado
Rulfo a sus maestros sobre la visión que había tenido, pero seguramente la respuesta debía
hallarse en esa sección.

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El Alba de los Aspectos

Cuando apenas había empezado a leerlo, la archimaga retrocedió tan estupefacta que
canceló, accidentalmente, el hechizo que mantenía el libro en su sitio. El antiguo torno cayó
con un fuerte golpe sordo Sobre el suelo y sus páginas se doblaron.
Jaina se arrodilló junto al libro maltrecho con el corazón desbocado, no porque le
preocupara que esa distracción hubiera el torno acabara en ese estado, sino porque ansiaba
releer ese pasaje.
Agitó una mano en el aire y las hojas pasaron hasta que dio con la que buscaba una
vez más.
—Rulfo… Rulfo… —masculló Jaina, mientras buscaba ese nombre. «… Rulfo
quizá tuviera la respuesta. Su muerte es una triste nota al pie de página en la, por otro lado,
intrigante historia de una expedición que pretendía estudiar el pasado…».
Había avanzado demasiado. La archimaga retrocedió unos cuantos párrafos.
Entonces, leyó con más detenimiento.
«… al tercer día del descubrimiento. Tras pasar toda la tarde buscando, no hallaron
nada, a pesar de haber empleado los conjuros más refinados. Solo después del anochecer,
cuando hicieron un último intento, alguien dio con su cuerpo».
—Cuerpo —murmuró Jaina, a la vez que rezaba para implorar que se hubiera
equivocado al leer.
«Según los informes, en un primer momento, todos estuvieron de acuerdo en que se
había perdido por el camino y se había despeñado.
Ciertamente, eso explicaba que, según las descripciones, el cadáver de Rulfo se
hallara tan destrozado cuando lo encontraron. Sin embargo, a lo largo de las conversaciones
posteriores que el representante del Kirin Tor mantuvo con aquellos que lo conocían bien,
se llegó a la conclusión de que una repentina y muy peculiar clase de locura había dominado
a Rulfo antes de su desaparición. Al final, concluyeron que la visión que el joven mago había
mencionado con anterioridad había sido el inicio de su descenso a la demencia…».
El relato acababa ahí, ya que el siguiente párrafo hablaba de cuestiones que a Jaina
le resultaban tediosas en ese momento. Como seguía estando segura de que había leído
mucho más al respecto anteriormente, buscó más información desesperadamente en las
siguientes páginas, pero fue en vano. Regresó a las que ya había leído y las examinó con
sumo detenimiento, pero enseguida pudo comprobar que no se había saltado nada.
Aun así… sabía que en alguna parte había leído más sobre el tema.
La archimaga recorrió con la mirada los muchos tomos, pergaminos, diarios y demás
escritos que tenía ante ella. Seguramente, en uno de ellos estaban los detalles que buscaba.
Solo tenía que recordar cuál era o seguir investigando hasta dar con lo que quería.
Mientras contemplaba fijamente esa imponente colección de textos, la archimaga se
preguntó si lograría dar con esa información cuando ya fuera demasiado tarde para Kalec.

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El Alba de los Aspectos

***

La reliquia se encontraba unida a los sortilegios de protección del Nexo como si


hubiera sido así desde que estos se crearon. Kalec dudaba mucho de que Malygos hubiera
sido capaz de insertar la magia de esa maldita cosa en la red con tal maestría. Una vez más,
esto era una clara demostración de la gran habilidad de aquel que había creado la reliquia,
quienquiera que fuese, aunque el dragón azul sospechaba que debía de ser esa figura
encapuchada con capa a la que tanto el cómo el joven Malygos había atisbado fugazmente.
Un ser al que Kalec había llegado a odiar con toda su alma.
Una vez más, a pesar de que le pareció que ya había hecho esto cien veces, el dragón
azul siguió un rastro mágico en esa red, con la esperanza de dar con algún punto débil que
pudiera explotar. No quería dejar el Nexo a merced de la reliquia, a pesar de que, por ahora,
no había hecho ningún daño visible al lugar. Aun así, teniendo en cuenta lo que le había
hecho a él, no quería correr ningún riesgo…
¡Se han corrompido! ¡Si, corrompido!
Kalec se apartó del hechizo que estaba diseñando, lanzando un rugido de dolor. Se
llevó las manos a la cabeza e intentó mantener las voces a raya, pero gritaban tanto de todo
lo demás quedó sepultado bajo ellas.
¡Debemos destruirlos!
¡No! ¡Son de los nuestros!
¡No! ¡Se comieron a uno de los nuestros!
El Nexo se transformó en un caos. Kalec perdió el equilibrio, se giró y cayó.
Pero antes de estamparse contra el suelo, se vio planeado súbitamente sobre un
terreno. Desde ahí, pudo observar lo que le parecía ser el inicio de una guerra civil entre los
protodragones que Talonixa que había reunido en ese lugar. Siente combates individuales,
al menos, llamaron su atención (o, más bien, la atención de Malygos); en uno de ellos,
participaban Neltharion y Nozdormu.
A pesar de que en esa pelea se enfrentaban dos contra uno, ambos se mostraban muy
cautelosos a la hora de atacar a la hembra verde plateada que tenían ante ellos, la cual, por
otro lado, mordisqueaba el vacío y rasgaba el aíre con sus zarpas desenfrenadamente,
mientras rehuía cualquier tipo de ataque. Justo cuando Malygos aterrizó cerca de ellos, la
protodragona se abalanzó sobre Neltharion.
Malygos conocía bien al macho gris como el carbón y sabía que solía dejarse llevar
por la sed de batalla, por eso le sorprendió que Neltharion intentara evitar a la desesperada
los diminutos pero afilados dientes de la hembra. Rápidamente, Neltharion retrocedió al ver
que las fauces de su rival se acercaban a su garganta…
…entonces, Nozdormu dio un salto en el momento justo y le destrozó la garganta a
la angustiada protodragona. La golpeó con tanta precisión que ya se había alejado de su

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El Alba de los Aspectos

alcance antes de que la hembra siquiera se diera cuenta de que se encontraba herida
mortalmente. Rápidamente, el pecho de esta quedó empapado de sangre. Si bien la
protodragona herida hizo ademán de volverse hacia Nozdormu, cayó de bruces al instante.
Mientras Kalec y su anfitrión hacían un gran esfuerzo por entender el curso de los
acontecimientos, el resto de esos protodragones aparentemente enloquecidos se vieron
rodeados. Algunos de los que se encaraban con estos prisioneros a duras penas eran capaces
de reprimir las ganas que tenían de destrozarlos. Uno de los que evitaban esa masacre era
Ysera, quien estaba lanzando una advertencia.
—¡Estén atentos! ¡Y cuidado con sus dientes! ¡No avancen!
A cierta distancia, Talonixa observaba esa escena dantesca con un gesto
imperturbable. Pese a que Kalec quería que Malygos la vigilara de cerca, su anfitrión estaba
más interesado en lo que Ysera pretendía hacer. Cuanto más empeoraban las circunstancias,
más evidente era que a la hermana de Alexstrasza le preocupaban tanto los afectados como
aquellos que los rodeaban. Si bien tanto Malygos como Kalec habían sido capaces de darse
cuenta de que lo que ella intentaba era evitar un mayor derramamiento de sangre entre los
protodragones, puesto que la verdadera amenaza era Galakrond, sin lugar a duda, el dragón
azul y su anfitrión coincidían en que eso no podía acabar bien. El grupo rodeado amenazaba
continuamente a sus captores lanzando dentelladas al aire y no parecían reconocer a sus
congéneres.
Malygos se fijó en una cosa peculiar que tenían cada uno de esos protodragones
capturados. Todos los que podía ver el Macho azul como el hielo mostraban unas heridas
por mordedura que tenían su origen en una pelea previa, aunque todavía reciente.
Heridas de mordisco… Malygos hizo ademán de bajar la vista hacia su garra herida,
pero entonces Alexstrasza intervino.
Le dio la impresión de que la hembra naranja como el fuego se sintió aliviada al
verlo.
—¡Estás vivo! ¡Creíamos que habías muerto!
—Poco faltó. Pero Coros… sí está muerto.
Antes de que pudiera contarle todo lo que había pasado, que era de suma importancia,
Alexstrasza miró hacia atrás, hacia el lugar donde su hermana todavía intentaba mantener a
ambos grupos separados.
—¡Ella no lo entiende! ¡Deben morir! ¡Incluso yo soy consciente de ello!
Esas palabras hicieron que Malygos dejara de sentir la necesidad de contarle lo que
había sucedido.
—¿Deben morir? ¿Por qué?
—Porque han sido mordidos… ¡por los no-muertos! Los mordiscos provocan
hambre… ¡hacen que quieran devorarse unos a otros! ¡Los transforma en algo parecido a
Galakrond!

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El Alba de los Aspectos

Esas palabras estremecieron tanto a Kalec como a su anfitrión. Malygos no pudo


evitar un escalofrío al recordar lo que había sufrido después de haber sido mordido. Clavó
su mirada en un lugar situado más allá de Alexstrasza, en los enloquecidos protodragones, y
se acordó de que en su momento había experimentado una cada vez mayor sed de sangre y
de que no había hecho por muy poco lo que, aparentemente, los afectados deseaban hacer.
Alexstrasza siseó al malinterpretar esa reacción, ya que creyó que a Malygos le
repugnaban esos cautivos por la transformación que habían sufrido.
—Ysera sigue pensando en nuestro hermano de camada. Cree que aún sigue por ahí.
Esta afirmación consternó a Malygos.
—¡Si fuera así, sería un no-vivo!
—Nuestro hermano de camada murió hace mucho —le recordó Alexstrasza—.
Llevaba muerto mucho tiempo cuando Malygos lo encontró…
Aunque esas palabras deberían haberlo calmado, habían sucedido tantas cosas desde
entonces que incluso un protodragón muy listo y Malygos se consideraba muy inteligente,
tenía que albergar ciertas dudas. Si bien era cierto que los demás cadáveres antiguos no se
habían alzado, al menos la última vez que los había visto, ahora el macho azul como el hielo
se preguntaba si esos cadáveres seguirían ahí si fuera en su busca de nuevo.
Entonces, sus pensamientos volvieron a centrarse en cómo esos otros protodragones
habían cambiado. Los habían mordido a todos y todos sin excepción habían sucumbido a
esa monstruosa hambre con la que Malygos había tenido que luchar en más de una ocasión.
Kalec percibió que su anfitrión se estaba planteando la posibilidad de huir de ahí
antes de que alguien reconociera que él también había sufrido una herida parecida y lo
obligaran a sumarse a esos dementes. No obstante, Malygos no se movió de donde estaba y
se limitó a observar cómo se desarrollaba esa escena dantesca. Entonces, Talonixa actuó al
fin y se abrió paso entre unos protodragones más pequeños que ella para encararse con Ysera
y los afectados. A pesar de que los protodragones retenidos estaban cada vez más poseídos
por la locura, la poderosa hembra seguía acobardándolos.
—Mátenlos…
—¡No! ¡Debernos ayudarlos! —insistió Ysera, quien la miró fijamente de un modo
desafiante.
—Mátenlos, porque si no, acabarán mordiéndonos. —Mientras hablaba, Talonixa
empujó a la hermana de Alexstrasza por la espalda, obligándola así a acercarse más a esos
dementes—. Y si te muerden…
Kalec dudaba mucho de que nadie de los ahí presentes supiera si un mordisco de los
afectados sería capaz de afectar a un protodragón del mismo modo que lo hacía un mordisco
de los no-muertos; no obstante, las palabras de Talonixa avivaron las llamas del miedo en
varios de los congregados. Incluso la hermana de Alexstrasza parecía no saber a qué
atenerse.

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El Alba de los Aspectos

Sin previo aviso, uno de los afectados siseó e hizo ademán de arremeter contra Ysera.
Antes de que Alexstrasza pudiera acudir en ayuda de su hermana, Ysera, a la que
abandonaron todas sus dudas de repente, clavó su mirada en su posible atacante.
La locura que lo dominaba remitió levemente. Después, el protodragón agachó la
cabeza y retrocedió arrastrando los pies. A Kalec le dio la sensación de que se avergonzaba
de haber intentado lastimar a la pequeña hembra.
Ysera se volvió a encarar con Talonixa.
—Debernos ayudarlos…
—¡No hay tiempo para eso! ¡Debernos combatir a Galakrond! — exclamó la enorme
hembra, quien recorrió con la mirada a todos los que estaban observando la discusión—.
¡Lucharemos! ¿No?
Tal y como habían hecho antes, la mayoría de los protodragones sisearon para
mostrar que estaban de acuerdo.
A pesar de la evidente falta de apoyo, Ysera insistió:
—¡Son de los nuestros! ¡De los nuestros!
Entonces, los ahí reunidos se callaron.
La hermana de Alexstrasza se dirigió a la muchedumbre con tono suplicante.
—Son de los nuestros. ¡Si los ayudamos, nos ayudaremos a nosotros mismos!
Algunos de los que la estaban escuchando se miraron pensativos. Talonixa entornó
los ojos aún más.
—Sí… —siseó con suma calma, pues súbitamente decidió mostrarse muy
conciliadora—. Sí… los ayudaremos… —Talonixa clavó sus ojos en los afectados—. Pero
debemos tenerlos a buen recaudo. Para protegernos. Ya los ayudaremos cuando podamos…
—Se giró y escrutó el oeste—. Sí, hay que ponerlos a buen recaudo. ¡Vamos! ¡Tráiganmelos!
Talonixa despegó sin dudar en ningún momento de que sus órdenes serían
obedecidas. Varios de los protodragones que rodeaban a los afectados miraron con recelo a
Ysera.
La hermana de Alexstrasza les respondió con una mirada desafiante y, acto seguido,
se centró en los capturados.
—Vamos… —murmuró con suavidad—. Vamos…
Lentamente, Ysera se elevó en el aire y señaló a Talonixa con la cabeza.
Los protodragones rodeados siguieron a Ysera a regañadientes. Iban flanqueados por
los fervientes acólitos de Talonixa. El resto de los protodragones ahí reunidos parecían más
que dispuestos a quedarse rezagados, pero para sorpresa de Kalec, su anfitrión dio un salto
súbitamente y siguió a Ysera. Ni siquiera Alexstrasza era tan rápida. Por el rabillo del ojo
de Malygos, Kalec vio como Neltharion y Nozdormu hacían lo mismo.
Aunque el escenario cambió repentinamente de un modo abrupto, Kalec pudo intuir
que solo había pasado un corto espacio de tiempo.

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El Alba de los Aspectos

Ahora, Talonixa encabezaba la marcha del grupo por un estrecho valle.


—¡Ahí! —bramó, a la vez que bajaba un poco un ala para señalar otro desfiladero.
A continuación, descendió.
Mientras los protodragones aterrizaban, la enorme hembra se encaminó hacia lo que,
en un principio, parecía una mera pared de rocas. Sin embargo, al seguir hasta ahí a Talonixa,
divisaron una grieta angosta.
Al principio, Kalec pensó que se trataba de la entrada a esa cueva que había visto en
una de sus perturbadoras visiones. Sin embargo, casi de inmediato, una gran multitud de
detalles le indicaron que eso no era así. No obstante, Kalec no podía evitar tener la sensación
de que sabía la razón por la que Talonixa los había traído a este lugar.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Ysera con cierta suspicacia.
—Esos a los que defiendes deben entrar ahí y esperar.
La hembra de color amarillo pálido echó un vistazo a la estrecha entrada y sus
sospechas fueron en aumento.
—¿Ahí dentro?
—Sí, todos… o sino habrá que matarlos.
Su líder había hablado con tanta rotundidad que no se atrevió a replicarla. Ysera tuvo
que asentir a regañadientes.
—Se quedarán aquí —ordenó Talonixa, quien a continuación señaló a algunos de los
que vigilaban a los afectados—. Quiero cuatro guardias aquí. Como la entrada es estrecha,
bastará con solo cuatro.
Tanto para Kalec como para su anfitrión no cabía duda de que Talonixa habría
masacrado gozosamente a los afectados ahí mismo si quisiera, e Ysera, obviamente, también
se había percatado de ello. Al final, obedeció y dirigió a aquellos que había defendido hasta
la angosta entrada.
Uno a uno, los confiados protodragones entraron en la cueva. Algunos tuvieron que
hacer un gran esfuerzo para poder atravesar la entrada, ya que era muy estrecha. Además,
Ysera tenía que estar calmando constantemente a los que querían entrar, así como a los que
ya estaban dentro.
Entonces, por fin, entró el último. Ysera retrocedió para que los guardias pudieran
ocupar sus puestos.
Pero en cuanto el primero de ellos se movió, Talonixa dijo con voz estruendosa:
—Esperen.
Ysera siseó. Si bien Malygos y Neltharion hicieron ademán de encaminarse hacia
Talonixa, algunos de los seguidores más fanáticos de la hembra dorada les bloquearon el
paso.
Talonixa exhaló y un relámpago brotó de sus fauces.

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El Alba de los Aspectos

Tres rayos plateados muy brillantes impactaron contra la pared rocosa situada sobre
la entrada. Al mismo tiempo, Talonixa aleteó con suma serenidad para retroceder unos
cuantos metros.
Toda la pared de piedra se vino abajo y las rocas se desperdigaron por toda la cueva.
Ysera se abalanzó de un salto sobre la avalancha, pero antes de que pudiera
sacrificarse en vano para intentar salvar a los que se hallaban ahí dentro, Malygos se arrojó
sobre ella. Para su sorpresa, Nozdormu la alcanzó primero y la agarró de una de sus alas con
sus mandíbulas y, con sumo cuidado y gran firmeza, la arrastró hacia atrás, evitando así que
quedara reducida a pulpa.
A pesar de que no cabía ninguna duda sobre cuáles eran las intenciones de Nozdormu
o Malygos, una amenazadora Ysera mordisqueó el aire ante ambos. Acto seguido, se volvió
hecha una furia hacia Talonixa.
Otros cuatro protodragones le bloquearon el paso. Dos abrieron la boca, pero en
cuanto Talonixa siseó, detuvieron su ataque.
—Se acabó —proclamó, con sus descomunales alas desplegadas para dar la
impresión de ser aún más colosal y dejar bien claro el poder que ejercía sobre los demás—.
¡Entre los nuestros, no puede haber corruptos! ¡Todos ellos deben morir!
Ysera exhaló. Los dos guardias situados directamente enfrente de ella parpadearon
y estuvieron a punto de desplomarse. Como se hallaban conmocionados, no pudieron
impedir su avance. Se abrió paso entre ellos violentamente y buscó a Talonixa.
La enorme hembra esperaba esta reacción insensata. Se giró mientras Ysera se
aproximaba. Entonces, con su larga y fuerte cola, golpeó a su adversaria, que era mucho más
pequeña, en la cabeza y se oyó un fuerte crujido.
Alexstrasza se alejó corriendo de Malygos y los demás y llegó justo a tiempo para
agarrar a su hermana, que caía hacía atrás conmocionada. Las dos chocaron y terminaron en
el suelo.
—Se acabó —repitió Talonixa, quien actuaba como si ni siquiera se hubiera
percatado del insolente comportamiento de Ysera—. Vamos… debemos prepararnos para
Galakrond…
Tras decir esas palabras, Talonixa y todos los demás, salvo Malygos y sus amigos,
partieron de ahí en silencio. Los machos se acercaron a las hermanas para ayudarlas. Ysera
se puso de pie al instante y corrió hacia la cueva colapsada. Hizo un caso omiso de los
trocitos de piedra y tierra que seguían cayendo y utilizo sus zarpas traseras para intentar
excavar esas toneladas de roca.
Sin embargo, mientras Ysera se revolvía en medio de esa avalancha, se soltaron más
piedras en la parte superior. Al caer, reemplazaron a las rocas que ella había logrado apartar
y la golpearon con tanta fuerza que Alexstrasza, quien por fin se había puesto en pie, tuvo

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El Alba de los Aspectos

que arriesgar su vida para poder sacar de ahí a su hermana en apuros y arrastrarla hasta un
lugar seguro.
—¡Sálvenlos! —Insistió la hermana pequeña, cuya frenéticamente mirada se
desplazaba continuamente de Alexstrasza a los machos—. ¡Siguen vivos! ¡Escúchenlos!
Aunque Malygos prestó atención, no oyó nada. Aun así, tanto Kalec como su
anfitrión (así como los demás futuros Aspectos) sabían que Ysera decía la verdad.
Pero no podían hacer nada. Ni, aunque un centenar de protodragones hubieran
cavado sin parar, no habrían sido capaces de alcanzar a los atrapados ahí dentro a tiempo.
Malygos lo comprendía tan bien como Kalec, tan bien como el resto, incluso Ysera lo
entendía. No obstante, a pesar de que era consciente de que su esfuerzo sería en vano, Ysera
volvió a acercarse corriendo al derrumbe e intentó cavar. Pese a que quitó una piedra tras
otra a patadas, otras rocas nuevas venían a ocupar los huecos dejados por estas
momentáneamente.
Al final, los demás se colocaron delante de Ysera y la obligaron a alejarse. Ella siguió
con la mirada clavada en la entrada del derrumbe y, en un determinado momento, a través
de los oídos de Malygos, Kalec le oyó decir, entre jadeos:
—Dralad…
Tras unos cuantos momentos más de tensión, la hermana de Alexstrasza por fin se
calmó. Sin embargo, ahora había una mirada distante en sus ojos, como si su mente se hallara
en otra parte.
—Debemos irnos —sugirió por fin Malygos en voz baja.
Neltharion añadió:
—¡La caza de Galakrond dará inicio en breve! ¡Debemos estar ahí!
—¿La caza de Galakrond? —repitió Nozdormu con tono burlón, sobresaltando así a
Malygos y Kalec por el mero hecho de haber hablado. Por lo que Kalec había logrado saber
a través de su anfitrión, el joven Nozdormu únicamente hablaba cuando parecía tener algo
importante que decir; por esa razón, algunos a veces lo tomaban por uno de esos
protodragones menos evolucionados, más bestiales e incapaces de hablar—. Él les dará caza,
más bien.
A pesar de lo que acababa de decir, el macho marrón fue el primero en elevarse en
el aire de un salto. Ysera lo siguió al instante, lo cual sorprendió al resto. Alexstrasza imitó
a su hermana, dejando a Malygos y Neltharion a la cola del grupo.
Sin embargo, mientras ascendían, Kalec (pero no Malygos) se dio cuenta de que, de
vez en cuando, Ysera miraba disimuladamente hacia atrás, hacia la cueva en ruinas, donde
algunos de los protodragones afectados todavía luchaban por sobrevivir a pesar de que el
aire se les acababa. Entonces, la protodragona miró a Malygos, pero no directamente a la
cara, y Kalec se percató de que había clavado sus ojos en la pata trasera de su anfitrión.
En la misma pata donde un no-muerto le había mordido en la zarpa a Malygos.

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CAPÍTULO CUATRO
EL OBSERVADOR
D e repente, la visión de Kalec volvió a cambiar. Por delante de ellos cinco,

Talonixa y la hueste que esta había reunido flotaban en el aire. Se dio cuenta de que estaban
preparándose para partir en busca de Galakrond. Entonces, varios de esos otros
protodragones se percataron de la llegada de aquel grupito, lo cual alertó a su vez a Talonixa.
La líder voló hacia los cinco, con sus escoltas flanqueándola. Mientras Talonixa se
encaraba con Ysera y sus acompañantes, sus escoltas se desplegaron de manera obvia en
formación de combate. Malygos y los demás hicieron lo mismo instintivamente, a pesar de
que sabían que no tendrían nada que hacer si entraban en combate.
—Estos no pueden sumarse a la cacería —aseveró Talonixa—. Tú, enclenque, no lo
harás.
—¡Los acompañaré! —insistió Ysera.
—¿Para qué? ¿Para hablar con Galakrond? ¡Además, serás un bocado muy pequeño
para él!
Al acordarse de Coros (cuyo funesto destino Malygos todavía no le había contado a
Talonixa), el macho azul como el hielo se estremeció. Kalec que compartía esa misma
intranquilidad deseó que Malygos se lo contara enseguida a todo el mundo, con la esperanza
de que eso quizá eso evitara que lanzaran ese demencial ataque. Sin embargo, su anfitrión
no habló, ya que, de momento, sólo le preocupaba la seguridad de sus amigos y no estaba
para pensar las posibles repercusiones que podía tener el hecho de no contar nada al respecto.
—Yo no iré —dijo Alexstrasza—. Me quedaré aquí con mi hermana.
—Yo también me quedo —apostilló Nozdormu lacónicamente.
Por un momento, dio la impresión de que Neltharion frustrado, pues por naturaleza
tenía cierta tendencia a participar en todas las batallas posibles. Aun así, asintió a
regañadientes para mostrar que estaba de acuerdo con los otros dos.

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El Alba de los Aspectos

Malygos expresó en voz alta su apoyo a sus amigos, aunque a esas alturas a Talonixa
no pareció importarle demasiado. Entonces cuando la enorme hembra hizo ademán de dar
la espalda a los cinco, el anfitrión de Kalec por fin recordó que tenía que haberles contado
algo a todos en cuanto había tenido la oportunidad.
—¡Espera! ¡Debo hablar sobre Coros!
Una suspicaz Talonixa miró para atrás.
—¿Coros?
Malygos les contó, rápidamente y de la mejor manera posible, tanto a ella como al
resto, el destino que había sufrido ese traicionero protodragón, aunque omitió una cosa: los
detalles sobre cómo había vencido las secuelas de la infección que había sufrido por culpa
de la mordedura del no-muerto. Kalec se sintió muy frustrado porque su anfitrión no podía
expresarse con tanta claridad como él, ya que poseía un lenguaje mucho más rudimentario,
pero sin lugar a duda, Talonixa y los demás comprendieron perfectamente la esencia de lo
que Malygos quería contar.
No obstante, en vez de sentirse intimidada al escuchar ese cruento relato, la
imponente hembra se limitó a mirarlo con desdén.
—Coros era un necio… ¡pero nos ha servido la victoria en bandeja! —En ese
instante, miró a sus leales, pero muy confusos, seguidores—. ¡Galakrond sabe dónde
estamos y adónde vamos! ¡Lo engañaremos! ¡Lo atacaremos antes! ¡En un sitio distinto!
—Mala idea —masculló Nozdormu, cuyas palabras no fueron oídas por una
Talonixa cada vez más confiada.
—¡Debemos atacar ya! —Entonces, volvió a darle la espalda a Malygos—. ¡Vamos!
¡Ataquemos!
Los protodragones ahí reunidos dejaron atrás a esos otros cinco. Neltharion aleteó y
revoloteó adelante y atrás, aunque resultaba obvio que deseaba participar en la inminente
batalla, al final acabó optando por sus camaradas y renunciando a sus deseos. No obstante,
no pudo evitar decir:
—¿Por qué no luchamos? ¡Podríamos luchar a nuestra manera! ¡De manera distinta
a Talonixa! Podríamos preparar un plan propio…
—Y morir de un modo tan estúpido como ellos —le interrumpió Nozdormu, quien
ese día se hallaba bastante locuaz.
—La paz debe reinar.
Incluso Alexstrasza contempló a su hermana con una mirada teñida de algo muy
similar a la exasperación
—Ysera…
Sin mediar previo aviso, la pequeña hembra despegó a gran velocidad No había
ninguna duda sobre cuáles eran sus intenciones. Todavía albergaba la esperanza de poder
cambiar el curso de los acontecimientos, a pesar de que eso les pareciera una locura tanto a

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El Alba de los Aspectos

Kalec como a su anfitrión. Y lo que era aún peor, Alexstrasza salió volando detrás de su
hermana de inmediato, lo que provocó que el cada vez más impaciente Neltharion hiciera lo
mismo.
Nozdormu miró a Malygos.
—Si esto…
De repente, todo cambió. A pesar de que esta vez Kalec estaba preparado, aún le
enojaba mucho verse arrastrado de un momento del espacio tiempo antes de saber cómo
discurrirían los acontecimientos. Tenía la incómoda sensación de que, a pesar de que todo
eso estaba teniendo lugar en el pasado, tenía cierta relevancia para su propia época y eso era
algo que no podía ignorar.
Ahora, Kalec (dentro de Malygos) recorría raudo y veloz esos picos helados de la
región del norte, en busca, con una desesperación cada vez mayor, de alguien a quien no
pudo identificar, ya que los pensamientos bullían por la mente del protodragón a demasiada
velocidad. Lo único que sabía Kalec era que algo había provocado un cambio de planes. Al
final vislumbro fugazmente a través de la mente de Malygos, que era, al mismo tiempo que
este descendía en picado para investigar una cueva poco profunda, situada en una zona
helada.
La gran hueste de Talonixa había sido incapaz de dar con el colosal Galakrond.
Cómo era posible que una criatura tan enorme como el deforme protodragón se
hubiera desvanecido súbitamente era una cuestión que atormentaba en gran manera al
anfitrión de Kalec y también inquietaba a este último. Sin embargo, esa no era la razón por
la que Malygos se encontraba en plena persecución de un modo demencial en ese tan ignoto
y tan cercano a los lugares preferidos por el leviatán.
Malygos estaba persiguiendo a Ysera.
Una sombra cubrió a Malygos. Neltharion descendió.
—¡Nada! —exclamó el macho gris como el carbón—. La he olido… ¡pero nada!
Su aroma impregnaba la zona, pero no era lo bastante fuerte como para poder
concluir que fuera muy reciente. Ysera podía haber pasado por ahí hacía ya un par de días.
Kalec comprendió, en ese momento, que había dado un salto en su visión de cuatro días. De
hecho, la Última vez que alguien había visto a Ysera había sido poco después de que esa
escena hubiera cambiado para Kalec. La débil hembra se había elevado hasta esas densas
nubes, donde su rastro se había esfumado de algún modo. A una frenética Alexstrasza le
había llevado otro día y medio dar con su rastro, y solo lo había logrado después de que los
cuatro se hubieran discutido con una furiosa Talonixa, que lideraba a un ejército
desconcertado en busca de un Galakrond que no aparecía por ninguna parte.
—¡Tiene miedo! —había bramado Talonixa a pleno pulmón para que todo el mundo
pudiera oírla, quizá incluso el mismo Galakrond—. ¡Sabe que vamos a cazarlo y huye de
nosotros!

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El Alba de los Aspectos

Ni Malygos ni sus amigos habían compartido esa opinión, pero sus consejos no
habían despertado el interés de Talonixa, quien había llevado a su ejército al este, dejando
así a los cuatro a solas, continuando su propia búsqueda.
No obstante, no estaba nada claro por qué Ysera había decidido abandonara los
demás justo cuando lo había hecho. Malygos albergaba ciertas sospechas y, por lo que podía
adivinar Kalec, su anfitrión creía (de un modo bastante razonable) que la hermana de
Alexstrasza había ido en busca de Galakrond para implorarle una vez más que detuviera la
masacre.
Si esto era así, entonces había una razón muy buena para que, por el momento, no la
hubieran localizado, una razón que ninguno de los tres machos se atrevía a expresar en voz
alta en presencia de Alexstrasza. Ysera podría haber pasado a engrosar la lista de víctimas
de Galakrond; a lo mejor incluso se había colocado, de un modo muy estúpido, delante de
las fauces del coloso, tal y como había hecho Coros en su momento.
—No he visto nada —informó Malygos a Neltharion, con el pulso todavía acelerado,
por la veloz búsqueda que acababa de realizar. En ese instante observaron a otro protodragón
que surcaba el cielo. Al comprobar que se trataba de Nozdormu, ambos se calmaron. Daba
la impresión de que el tercer macho no había tenido mejor suerte que ellos. Tampoco había
ni rastro de Alexstrasza, aunque Kalec era consciente de que Malygos sabía, más o menos,
dónde podrían encontrarla, puesto que en cuanto habían llegado a este lugar donde el olor
de Ysera era más intenso, se habían separado para poder cubrir más terreno y registrar ciertas
áreas donde una protodragona podía haberse ocultado con más facilidad.
Pero por ahora, no habían descubierto nada.
—No está aquí —sugirió Neltharion—. Estuvo… pero ya no.
Por su tono de voz, no cabía duda de que compartía la inquietud de Malygos sobre
el destino de Ysera. Ninguno de ellos quería ser el que se aproximara a Alexstrasza para
contarle lo que cada vez más parecía ser la verdad.
—Tal vez deberíamos seguir buscando —recomendó el macho gris como el carbón
con cierta vacilación—. Tal vez hemos volado demasiado rápido. Yo me ocupo.
Ambos sabían que habían peinado sus respectivas zonas a fondo, pero como no
tenían ninguna gana de tener que lidiar con una abatida Alexstrasza, volvieron a separarse.
Malygos se ladeó y, a continuación, descendió un poco más. Kalec sabía que su anfitrión no
esperaba encontrar nada, pero este prefería hacer eso a tener que informar de su fracaso a la
hembra naranja como el fuego.
Malygos escrutó con su aguda vista el suelo helado, así como las paredes de roca
congelada que tenía delante, y conoció al instante unos cuantos lugares donde Ysera se
podría haber ocultado. Sin embargo, sabía que era imposible que ella le hubiera dado
esquinazo; además comprobó que los tres primeros emplazamientos seguían tan vacíos como
los recordaba…

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El Alba de los Aspectos

Súbitamente algo se movió cerca de la entrada de la última cueva. Fue algo tan fugaz
que ni Kalec ni su anfitrión pudieron identificar qué era.
El protodragón descendió en picado para investigar. Aunque aminoró el ritmo al
aproximarse a la cueva, pues cabía la posibilidad de que lo que se escondiera ahí dentro no
fuera Ysera sino algo más amenazador.
Malygos entornó los ojos. La cueva estaba envuelta en una oscuridad total que
despertó cierta inquietud en el protodragón ya que con su aguda vista debería haber sido
capaz de ver en esa oscuridad a unos cuantos metros de distancia, al menos. Kalec se puso
tan nervioso como Malygos cuando el protodragón olisqueó el aire y, tras no detectar nada,
decidió entrar.
Mientras el macho azul como el hielo avanzaba siguió sin poder prácticamente nada.
Malygos vaciló al intuir que algo iba mal, pero sabía exactamente qué. Sin embargo, como
Kalec también era capaz de percibir ese mundo antiguo a través de su anfitrión, detectó leves
rastros de un gran poder que se hallaba cerca.
—Bienvenido, inteligente cazador —le saludó alguien de voz profunda y
preternatural, lo cual provocó que Kalec quisiera dar un grito ahogado y que Malygos,
instintivamente, diera un paso atrás en esa dirección.
Una tenue luz plateada rasgó la oscuridad.
En su interior, cobró forma una silueta encapuchada y con capa que le resultaba muy
familiar a Kalec.
Siseando, Malygos volvió a retroceder. Aunque si el protodragón pretendía dar con
la salida, no iba a hallarla, pues ni siquiera Kalec era capaz de percibir dónde estaba. Solo la
oscuridad prevalecía en aquel entorno, salvo allá donde esa figura diminuta se hallaba.
Curiosamente, a pesar del hecho que Malygos era mucho más grande y amenazador,
esa misteriosa figura le inquietaba sobremanera. Y eso no se debía a que esa forma bípeda
le resultara muy extraña al protodragón, sino más bien a que irradiaba un tremendo poder,
ese poder que Kalec antes había detectado.
Aunque el dragón azul ya había aceptado el hecho de que, a través de su anfitrión,
se estaba enfrentando al ser que había atisbado por el rabillo del ojo en el Nexo, fue entonces
cuando se dio cuenta de que había algo más que no encaba del todo en el ser que tenían ante
ellos. A pesar de que, según Kalec, esa figura borrosa era apenas más alta que un elfo de
noche cuanto más la observaba el exAspecto, más pensaba que estaba viendo no era lo que
realmente se hallaba ahí. Tenía la sensación de que se trataba, en realidad, de un ser mucho
más imponente que ese, un ser que en vez de estar alzando la mirada para contemplar al
protodragón debería estar agachando la cabeza para poder verlo.
—¿Quién eres? —inquirió Malygos de manera apremiante—. ¿Quien?

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El Alba de los Aspectos

—Sigue el viento que arreciará en cuanto partes —respondió la figura, cuya


contestación no tuvo ningún sentido en un principio ni para Kalec ni para su anfitrión—. Y
hallarás a tu amiga.
A Malygos se le escapó otro siseo.
—¿Qué eres?
—Un amigo… o eso espero.
Entonces, de esa capa surgió una mano robusta que Kalec supuso que debía de
pertenecer a un guerrero. Acto seguido, esa figura se echó la capucha hacia atrás.
Para el protodragón, fue toda una revelación comprobar lo extraña que era esa
criatura. Para Kalec, no obstante, lo que tenía delante era suficiente como para poder
identificar qué era en realidad ese ser, a pesar de que el dragón nunca había visto a tales
seres en carne y hueso.
Es un guardián… solo puede ser un guardián, pensó Kalec sobrecogido. Los
guardianes eran criaturas míticas y legendarias para la mayoría de las demás razas. Cuando
había sido el Aspecto de la Magia, Kalec no había logrado aprender mucho sobre ellos, solo
sabía que se ocupaban de supervisar la evolución de Azeroth después de que los titanes
trajeran el orden a ese mundo y que varios de los Guardianes habían erigido templos en las
Cumbres Tormentosas. También podían hallarse pruebas de sus logros en ciertos lugares
ignotos a lo largo y ancho del mundo, pero el verdadero sentido de su gran misión seguía
siendo un misterio.
Su piel era brillante y de un color plateado. Poseía un espeso y largo bigote, que le
llegaba hasta el pecho y que era del mismo color dorado que el pelo que enmarcaba esa cara
robusta y de amplia mandíbula. Bajo un prominente ceño, unos ojos del color del so1 y
similares a los de los elfos de noche, que aparentemente carecían de pupilas, escrutaron al
dragón no solo con interés sino con algo que parecía ser también orgullo.
¿Por qué muestra tanto interés por Malygos?, se preguntó Kalec.
—Puedes llamarme Tyr —fue la contestación que le dio al fin el guardián a la
pregunta original del protodragón—. Y tú eres Malygos claro está.
El anfitrión de Kalec se estremeció, lo cual era comprensible. Apretando los dientes,
el protodragón replicó gruñendo:
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Te he estado observando, aunque no has sido al único al que he vigilado. Sé que
tienes mucho potencial, al igual que tus amigos… y esto lo dice alguien que ha observado a
muchos de tu especie desde que los primeros de los suyos iniciaron su camino hacia la
conciencia.
Esa respuesta únicamente consiguió que un desconcertado Malygos sacudiera la
cabeza a la vez que su desconfianza iba en aumento. Tyr no era una criatura enorme.

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El Alba de los Aspectos

Malygos creía que podría partir en dos a Tyr de un solo mordisco, pero por razones que el
protodragón ignoraba, también creía que, si intentaba hacerlo, acabaría arrepintiéndose.
Le dio la espalda y buscó una vez más esa entrada que había desaparecido, la cual,
de repente, volvía a estar ahí. Sin embargo, Malygos no hizo ademán alguno de acercarse a
ella, pues era consciente, al igual que Kalec, de que había reaparecido en el momento más
conveniente. Malygos, claro está, no comprendía la magia tanto como Kalec, pero era lo
bastante inteligente como para relacionar todos esos fenómenos extraños con ese ser que
sabía su nombre sin necesidad de habérselo preguntado.
Malygos miró hacia atrás, hacia Tyr.
—Si deseas marcharte, no te detendré —afirmó Tyr.
Malygos esbozó una sonrisilla propia de un reptil y opto por tomarle la palabra.
Atravesó el agujero a gran velocidad, ya que esperaba que aquel ser intentara evitar su salida
en el último seguido.
Sin embargo, el macho azul como el hielo fue recibido por un espacio abierto. En
cuanto se halló del todo fuera, Malygos se giró hacia la cueva. Kalec sabía que su anfitrión
esperaba que Tyr lo hubiera seguido, pero no se topó con él, ahí no había ni rastro del
guardián.
—¿Lo ves? No te he mentido.
Malygos gruñó y alzó la vista hacia la cima de esa baja colina. Ahí se encontraba un
Tyr de aspecto muy inocente que esperaba pacientemente.
El Protodragón se elevó en el aire y planeó sobre esa figura con capa. Con suma
calma, Tyr extendió ambos brazos, indicando así que venía en son de paz. A pesar de ese
gesto, Malygos no bajó la guardia, e incluso Kalec se preguntó qué exactamente querría
hablar con un protodragón un ser tan formidable.
—¡No tiene ninguna gracia! —le espetó Malygos, quien echó hacia atrás la cabeza.
Se estaba preparando para exhalar, lo cual Kalec creía que solo podía llevar al desastre.
Pero en el último momento, el protodragón cambio de parecer. De hecho, Malygos
se alejó de la diminuta figura y siguió volando.
Sin embargo, no fue muy lejos, ya que pronto se topó con Tyr de nuevo, el cual se
hallaba sobre la cima de otra colina situada delante de él.
Si bien esto sorprendió muy poco a Kalec, el joven Malygos demostró ser bastante
testarudo. AI instante, viró en otra dirección y voló a la máxima velocidad posible para dejar
atrás ese lugar donde ahora se encontraba Tyr.
La figura ataviada con capa reapareció delante de él, a corta distancia.
Esta vez, Malygos no vaciló y exhaló. Kalec intuyó que su anfitrión no deseaba matar
a Tyr, solo evitar que continuara siguiéndolo.
Lanzó sobre Tyr un chorro de escarcha, que se dispersó de tal modo que acabó
rociando todo el entorno pedregoso que rodeaba a esa figura, a la que ni siquiera rozó.

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El Alba de los Aspectos

—Por favor —le dijo Tyr con suma serenidad—. Únicamente deseo hablar contigo…
sobre Galakrond.
Malygos se debatió entre varias opciones: atacar, huir, y escuchar a esa extraña
criatura. Para alivio de Kalec, su anfitrión optó por esta última.
—¿Qué quieres? ¿Dónde está Ysera?
—La encontrarás… así como otras cosas, eso es algo que yo no puedo cambiar.
—Tyr, no se explayó más, sino que volvió a centrar la conversación en el tema de partida—
. Pero, por el momento, debemos hablar sobre Galakrond y con celeridad.
Esas continuas referencias a ese siniestro coloso provocaron que el protodragón
mirara a su alrededor con suma ansiedad, aunque ahí no había ni rastro de ese descomunal
enemigo, por supuesto. Malygos lanzó una mirada expectante a Tyr.
—Nunca pretendimos que se recorriera este sendero —presidió hablando Tyr, cuya
mirada parecía ahora perdida. Una sombra planeó sobre sus facciones—. Galakrond nunca
debería haber optado por ir en esa dirección, pero nosotros tampoco lo evitamos. Por eso,
ahora, ahora este mundo se enfrenta a su destrucción.
Si bien Malygos no entendía todas esas metáforas tan complejas, fue capaz de
entender lo suficiente como para comprender que ese ser y Galakrond estaban relacionados
de algún modo. A pesar de que Kalec entendía mucho más que Malygos de lo que había
dicho, al final, sus conclusiones fueron las mismas. Ese ser (ese guardián) sabía por qué
Galakrond se había convertido en un monstruo y se sentía en cieno modo culpable de que
eso hubiera sucedido.
Antes de que Malygos pudiera formular esas preguntas que a Kalec y a él tanto le
intrigaban, Tyr siguió hablando.
—He observado a muchos de ustedes, en busca de una respuesta. He meditado
mucho al respecto durante un tiempo… Coros demostró ser tan obsesivo como Galakrond,
pero aún más insensato, o eso me temo.
—¿Observabas a Coros? ¿Por qué?
Por primera vez, la frustración pareció adueñarse de la robusta cara de Tyr de una
manera sutil. No obstante, Kalec se percató de que no era Malygos la causa de esa sensación
de decepción sino el mismo guardián.
—Esa es una buena pregunta que carece de una buena respuesta. Dejémoslo así. Lo
que realmente importa es que tú puedes ser la pieza clave para solventar esta situación…
siempre que podamos transformar este demencial ataque que solo lleva al desastre en una
victoria.
Aunque el protodragón siguió flotando en el aire, Kalec noto que a este se le estaba
agotando la paciencia. Los protodragones de la proverbial paciencia de los dragones; no
obstante, Kalec era perfectamente consciente de que la suya podía ser muy corta en ciertos
momentos. Malygos estaba a punto de salir huyendo de nuevo.

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El Alba de los Aspectos

Obviamente, Tyr también fue capaz de percatarse de ello. El Guardián sonrió


brevemente, como si así intentara calmar al protodragón.
—Al pretender guiar la evolución de Azeroth en su conjunto, nos hemos olvidado
durante mucho tiempo de cuidar a diario de los pequeños detalles de este mundo, nos hemos
olvidado de interactuar con la vida de este mundo. Al carecer de nuestra guía, una cierta
sucesión de acontecimientos ha causado que surgiera Galakrond. Sin embargo, con nuestra
guía, nosotros y tu raza tal vez seamos capaces de lograr que Kalimdor regrese al sendero
que tenía destinado.
—¿Quieres que luchemos contra Galakrond? —El tono con el que Malygos realizó
esa pregunta dejó bien claro que se cuestionaba la cordura de la sugerencia que acababa de
hacer Tyr—. ¡Talonixa quiere luchar contra Galakrond! Yo… nosotros… ¡no lucharemos!
—El protodragón negó con la cabeza—. ¡Qué criatura tan necia eres!
Esta vez, Malygos intentó escapar de otro modo. Voló alrededor de Tyr, trazando un
círculo tan amplio alrededor de esa figura con capa que Kalec no pudo evitar preguntarse si
el protodragón también intuía que, a pesar de lo diminuto que parecía, Tyr era en realidad
algo mucho más enorme, mucho más poderoso.
Tanto Kalec como su anfitrión esperaban que Tyr se materializara ante ellos en
cualquier momento, pero eso no sucedió. Aunque eso animó a Malygos, Kalec era incapaz
de comprender por qué Tyr iba a dejar ahora que el protodragón se marchara sin más.
De repente, delante del veloz Malygos, surgió algo que se asemejaba mucho a un
muro. El macho azul logró ladearse justo en el último instante y, mientras hacía esto, tanto
él como Kalec se dieron cuenta de que en ese muro había algo realmente perturbador.
No se trataba de un muro, sido del torso de un gigantesco ser bípedo.
Entonces, Malygos se giró, pero no se topó con ningún gigante… sólo con Tyr.
No obstante, incluso el joven protodragón comprendió que había logrado atisbar de
manera fugaz lo que Tyr era en verdad. Esa breve visión había sido tan impactante que en
ese instante contemplaba a esa diminuta criatura, que ahora se encontraba ante él una vez
más, con una sensación muy similar al sobrecogimiento.
Sin embargo, la expresión dibujada en el semblante de Tyr provocó que las
esperanzas de que podían derrotar a Galakrond, que acababan de renacer en el protodragón
tras haber visto lo que acababa de ver, se esfumaran al instante.
—No estamos tan atados a este mundo como lo está tu raza al resto… al resto de mi
raza ya no se puede recurrir para poder combatir este peligro. Estamos demasiado hartos de
batallar por culpa de conflictos pasados. Nosotros… yo… necesito a los tuyos Malygos. Te
necesito.
Sin dejar de flotar en el aire, el protodragón asintió por fin.
—¿Qué vamos a hacer?
Tyr pareció sentirse tremendamente aliviado.

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El Alba de los Aspectos

—Primero, debemos reunir a tus amigos. Creo que ellos podrían ser la solución a
este problema, siempre que permanezcan unidos. Jamás, en ningún sitio, había visto que
entre protodragones de familias distintas se estableciera un vínculo tan profundo y de un
modo tan inmediato. Tal vez eso pueda deberse a la irrupción de Galakrond, lo cual sería
irónico. No lo sé. Sea cual sea la razón, este vínculo podría ser la clave, la única oportunidad
de victoria que aún nos quede.
Una vez más, algunas de esas expresiones le resultaron bastante incomprensibles a
Malygos. Sin embargo, fue capaz de entender perfectamente que Tyr no las tenía todas
consigo y que ni siquiera Malygos y los de su raza podrían ser capaces de evitar que
Galakrond arrasara Azeroth.
—Reúne a los demás, Malygos. Ellos confían en ti. Guíalos hasta aquí. Los estaré
esperando.
De improviso, un rugido de advertencia surgió del este, un bramido tan estruendoso
que solo podía pertenecer a Galakrond.
Tyr se volvió en dirección hacia ese grito. Malygos dejó de contemplarlo y miró en
esa misma dirección. En ese momento, la capa se movió a un lado, dejando a la vista algo
en lo que únicamente reparo Kalec y que solo él podía reconocer.
La reliquia, ni más ni menos, se encontraba ahí, atada por una malla a un grueso
cinturón de plata.
Nada más verla, todos los elementos de la escena que estaba viendo se hicieron
añicos en su mente, dispersándose en todas direcciones. La oscuridad reinó durante un solo
segundo y, acto segando, esos fragmentos se volvieron a juntar para conformar una nueva
escena.
Los protodragones inundaban el cielo y, por decenas, rugían desafiantes al horizonte
que tenían delante. Mientras Kalec intentaba reubicarse para poder entender qué sucedía,
Malygos se sumó a los demás la hora de desafiar a ese firmamento, aparentemente, vacío.
Y el cielo contestó.
Galakrond, quien todavía se hallaba tan lejos que no podía ser visto, respondió.
Kalec soltó una maldición en silencio. De algún modo, él (o, más bien, Malygos)
había terminado formando parte del épico ataque de Talonixa, el cual probablemente, estaba
destinado al fracaso.

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CAPÍTULO CINCO
LOS MUERTOS Y LOS
NO-MUERTOS
J aina se despertó sobresaltada y alzó violentamente la cabeza de las páginas del

libro mohoso que había estado leyendo cuando el agotamiento había podido con ella. La
archimaga contempló esa página que presentaba unas tenues manchas de humedad y, con
cierto enfado, hizo un gesto. Al instante, la página se secó y quedó bastante mejor.
¡Qué pérdida de tiempo, una vez más! Entonces, señaló con un dedo a esa pared
repleta de libros y pergaminos y el libro se fue aleteando hasta el lugar del que anteriormente
había sido invocado.
Súbitamente, unos pensamientos que no eran suyos irrumpieron en su mente; se
trataba de unos mensajes enviados por varios magos que buscaban su consejo o le recordaban
ciertas tareas que debería estar atendiendo en vez de estar centrada en ese trabajo cada vez
más fútil. A pesar de que Jaina sabía que su cargo le exigía que tratara todos esos asuntos,
optó por levantarse de la silla y, de nuevo, se aproximó a esa gran biblioteca que atesoraba
tanto conocimiento mágico.
Antes de que pudiera tomar una decisión, otra voz ahogó al resto.
Jaina… ven rápido…
—¿Kalec?
Si bien el contacto se rompió, tuvo tiempo de percibir el lugar de procedencia de esa
llamada. Aunque el emplazamiento la sorprendió, la archimaga no titubeó. Suspiró y lanzó
un conjuro.
Pero no apareció donde esperaba. Se materializó no solo a muchos metros de donde
pretendía, sino también a más de treinta centímetros por encima del suelo. La archimaga
aterrizó sobre sus talones de manera violenta, de tal modo que el impacto le recorrió todos
los huesos.
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El Alba de los Aspectos

Jaina se mordió la lengua para no lanzar un epíteto más propio de su padre, el


almirante, y recobró la compostura. Al recuperar el equilibrio escrutó esas oscuras tierras
que se extend.an ante ella, mientras se preguntaba por qué la habría llamado Kalec para que
acudiera al Cementerio de Dragones. ¿Acaso no había otro lugar al que ir?
Asimismo, la archimaga se preguntaba por qué no la había llamado desde el templo,
sino desde las sombras de ese esqueleto increíblemente vasto que yacía ahí delante.
Jaina sabía que esos enormes huesos habían pertenecido en su día a un coloso
llamado Galakrond, pero poco más; el resto de lo que sabía no eran más que mitos y leyendas
que los Aspectos habían ido transmitiendo a lo largo de los milenios. Cuando estos dragones
hablaban de Galakrond, se limitaban a realizar vagos comentarios en los que lo honraban
como el Padre de los Dragones. Supuestamente, esa era la razón por la que muchos de los
dragones que venían a morir al Cementerio se colocaban de cara a Galakrond o si no, cerca
de su esqueleto.
Jaina se concentró en Kalec y pronunció silenciosamente su nombre mientras
esperaba para poder establecer un vínculo mental con él. Al comprobar que eso no sucedía,
afinó aún más su llamada telepática y dirigió su llamada directamente a esas monstruosas
costillas.
Aunque no obtuvo respuesta alguna, Jaina no pudo evitar tener la sensación de que
tenía que acercarse al esqueleto. El miedo la invadió de pronto, pues temía que Kalec pudiera
yacer ahí herido e inconsciente (o en un estado aún peor) en medio de esos huesos
semienterrados.
Una neblina envolvía la región, haciendo imposible que la archimaga viera algo en
el interior de esas costillas. Sondeó la zona con sus poderes mágicos, pero no halló nada…
No. Aunque solo fuera por un breve instante. Jaina creyó haber percibido la presencia
de Kalec. Sin titubear lo más mínimo, se teletransportó más cerca. Esta vez, la archimaga
apareció donde deseaba. Las costinas se alzaban imponentes frente ella.
Pero no había ni rastro de Kalec.
Jaina decidió gritar su nombre, sin embargo, solo obtuvo como respuesta el aullido
del viento que soplaba entre los huesos. Como desde el principio había sido consciente de
que su destino era ese lugar desolado, se había protegido mágicamente del frío que la
esperaba, por lo cual, el escalofrío que le recorrió la columna no fue provocado por las
inclemencias meteorológicas. A pesar de la archimaga no dudó y entró.
En cuanto lo hizo, Jaina percibió algo más. Un tenue rastro mágico que le recordó el
aura de la reliquia.
La fuente de ese rastro resultó ser un agujero muy profundo cavado en el suelo
helado, un agujero que también irradiaba algunas leves trazas de la peculiar energía mágica
de Kalec.

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El Alba de los Aspectos

Aquí es donde la encontró, dedujo Jaina. Se tomó muchas molestias para


desenterrarla, pero ¿por qué?
Miró hacia atrás y, de repente, estuvo segura de que no se encontraba sola. Aunque
la archimaga no vio nada, no pudo quitarse esa sensación de encima. No obstante, volvió a
inspeccionar el agujero.
Jaina se olvidó por el momento del rastro que había dejado ahí Kalec y se centró en
esa antigua magia residual que seguía impregnando la zona y que, cuanto más indagaba en
el agujero, más intensa era. La archimaga se maravilló ante el gran esfuerzo que había tenido
que hacer Kalec para poder desenterrar la reliquia.
Una vez más, se planteó la misma pregunta: por qué…
Las sombras que la rodeaban se tornaron más tenebrosas. Jaina invocó una pequeña
esfera dorada y la envió allá dentro para poder ver mejor… cualquier cosa que hubiera ahí.
En ese instante, se le escapó un suspiro teñido de exasperación. Volvió a echar un
vistazo a su alrededor, en busca de Kalec o de algún otro ser. Jaina era consciente de que
alguien o algo la había guiado hasta ahí, pero la hechicera ignoraba si se trataba de una
trampa o de algo totalmente distinto. Por el momento, no había detectado ninguna amenaza,
pero tampoco era capaz de dar con alguna razón que justificara qué hacía ella ahí.
La esfera cambió de color sin previo aviso; pasó de una tonalidad dorada a un azul
muy oscuro. Entonces, bajo esa luz azul. Jaina Proudmoore vio algo que antes se le había
pasado desapercibido. No se trataba de ningún objeto físico, sino de una energía relacionada
de algún modo con la reliquia que había estado enterrada ahí.
Eso era algo que ya había visto en una ocasión anterior y de lo que sabía que había
quedado constancia en los mismos tomos en los que había estado rebuscando información
antes de que creyera que la llamaba Kalec.
La propia reliquia al fin empezaba a tener algún sentido para la archimaga. Pero esto
lo único que hacía era incrementar su preocupación. Si lo que había intuido acerca de la
magia con la que había sido creada era cierto (Si lo que esa energía radiante significaba para
su examen de la reliquia era cierto), entonces estaba sucediendo algo tan terrible que…
Nuevamente; Jaina tuvo la sensación de que alguien la vigilaba. Esta vez, lanzó
rápidamente un conjuro a sus espaldas y, gracias a ello, obtuvo como recompensa un leve
gruñido.
Se volvió y se topó con una taunka que se hallaba a solo unos metros de ella.
—¿Quién eres? —exigió saber la archimaga.
—Buniq… Me llamo Buniq —respondió la taunka con voz ronca.
El hechizo de Jaina mantenía a esa criatura clavada en su sitio. Aunque la taunka
estaba armada con una lanza, Jaina se percató de que sostenía el arma de un modo
despreocupado y no en una postura que indicara que estuviera dispuesta a lanzarla.
—¿Qué haces aquí?

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El Alba de los Aspectos

—Estaba cazando. Entonces, vi una luz y pensé que se trataba de otro cazador.
Como la archimaga no detectó nada fuera de lo normal, decidió liberar a la taunka
del sortilegio. Buniq suspiró y extendió los brazos, aunque tuvo mucho cuidado de mantener
agarrada la lanza de un modo poco amenazador en todo momento.
—Puedes irte —le indicó Jaina, con un tono de voz que dejó claro a Buniq que
prefería que hiciera lo que le estaba sugiriendo.
La taunka hizo ademán de girarse y, acto seguido, posó la mirada más allá de la
hechicera, sobre el agujero.
—Él también buscaba algo ahí. El de color azul.
¿El de color azul? ¿Kalec? Esas preguntas recorrieron por la mente de Jaina a gran
velocidad.
Antes de que la archimaga pudiera contestar, la cazadora añadió de un modo abrupto:
—Creo que dio con algo.
Si bien esa información tenía cierta relevancia para Jaina, no le resolvía nada. Asintió
para darle las gracias a la taunka, que ya no tenía mucho más interés para ella.
—Y también vi otra cosa… después de que se fuera.
Jaina la miró fijamente.
—¿Qué más viste? ¿Qué?
Buniq dudó.
—Vi a otro, que iba muy tapado.
—¿Muy tapado? ¿Con una capa? —preguntó la archimaga. Buniq agachó la cabeza
en un gesto que era evidentemente de asentimiento, con lo que volvió a despertar el interés
de Jaina, la cual inquirió—: ¿No viste nada más destacable en esa figura?
—Era alto. Más alto que tú. Y miró en el agujero, como tú has hecho.
Sin embargo, ahí no había ningún rastro mágico que algún otro hechicero hubiera
podido dejar, o al menos Jaina no lo había detectado. Dadas sus habilidades, era muy poco
probable que se le hubiera pasado por alto que otro mago había estado ahí… a menos que…
Tenía que saber más.
—¿Hizo algo esa figura misteriosa?
—Sí.
Buniq se quedó pensativa un momento y, a continuación, se pasó la lanza de una
gruesa mano a otra. Después, alzó la mano que ahora tenía libre y empezó a dibujar algo en
el aire. En cuanto acabó, la taunka volvió a quedarse quieta.
Jaina intentó hallar un sentido a lo que fuera que acabara de dibujar Buniq, pero no
lo logró del todo.
—Hazlo otra vez, pero más lento.

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El Alba de los Aspectos

Mientras Buniq repetía el proceso, la archimaga lanzó un hechizo sencillo pero muy
útil. Inmediatamente, el aire centelleó con un color plateado allá donde la taunka había
empezado a trazar su dibujo. La cazadora titubeó.
—Sigue, por favor, Buniq.
La taunka suspiró y obedeció. El fuego plateado siguió sus movimientos mientras
completaba el símbolo. Jaina lo observo todo con un interés cada vez mayor, al tiempo que
albergaba la esperanza de que Buniq tuviera una buena memoria.
La taunka retrocedió. Después, Jaina ordenó a ese patrón reluciente que se acercara
a ella, lo examinó por un segundo y, acto seguido, esbozando un gesto de contrariedad, le
dio la vuelta para poder verlo tal y como Buniq lo había hecho. Se encontró con una estrella
creciente situada sobre un elegante pájaro; ambas figuras estaban unidas por el centro por
tres runas muy sencillas, pero muy significativas, de forma triangular.
La archimaga dio un grito ahogado. Había visto ese símbolo anteriormente y ahora
acababa de recordar precisamente dónde. Jaina volvió a centrar su atención en Buniq e
inquirió:
—¿Hubo algo más que…?
Pero la taunka había desaparecido. Jaina entrecerró los ojos y divisó unos cuantos
rastros que iban más allá de las costillas. Aunque la archimaga esperaba que una cazadora
estuviera acostumbrada a moverse con sigilo, lo que no se esperaba era que Buniq fuera
capaz de sortear sus sentidos extremadamente desarrollados y que lo hubiera hecho con una
rapidez tan asombrosa. Además, Jaina no tenía ni idea de por qué Buniq se había marchado
sin avisar, aunque tal vez el mero hecho de que Jaina fuera una hechicera fuera una respuesta
más que suficiente.
Apartó a la taunka de sus pensamientos, pues tenía que volver a consultar los libros
de manera inmediata. Era posible que esta nueva pista no fuera más que un callejón sin
salida, pero por lo que la archimaga recordaba de esas páginas que pretendía consultar de
nuevo, dudaba mucho que ese fuera a ser el caso.
Con renovadas esperanzas, Jaina dio gracias en silencio a la ausente Buniq por haber
estado aun cazando por la región y, a continuación, lanzó un conjuro para regresar a su
santuario.
Pero si la archimaga hubiera optado por mirar otra vez hacia el lugar donde antes se
había hallado la taunka, quizá esta vez se hubiera fijado en que no había huellas de pezuñas
por ninguna parte.

***

Kalec no recordaba que se hubieran congregado tantísimos protodragones en las


reuniones anteriores. Se habían reunido en una cantidad asombrosa. A través de Malygos,

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El Alba de los Aspectos

Kalec distinguió entre los protodragones más familias distintas de las que hasta entonces
sabía que existían. Incluso Malygos parecía sobrecogido en cierto modo por esas legiones
que lo rodeaban, aunque rápidamente quedó claro que él no estaba allí porque quisiera sino
porque Tyr se lo había pedido.
Los demás también estaban ahí presentes, pero se habían desperdigado entre
tantísimos congéneres. Incluso Ysera se encontraba ahí, tras haber sido localizada por
Alexstrasza en un estrecho desfiladero plagado de pequeñas cuevas. Los pensamientos de
Malygos se centraban constantemente en Ysera, quien parecía ser un tremendo interrogante
en el enigmático plan que tenía reservado Tyr para los cinco. La preocupación de Malygos
por Ysera era muy superior a la capacidad de Kalec de entender lo que implicaba ese plan.
Por lo que Kalec podía percibir sobre Ysera, los demás creían que les escondía algún
secreto, algo de lo que ni siquiera había hablado con Alexstrasza. Ysera se había mostrado
de acuerdo en acompañarlos sin poner muchas pegas, como si ansiara abandonar la zona en
la que la habían encontrado. Todo esto había dejado a Malygos muy intrigado, ya que se
preguntaba si la pálida hembra amarilla sería capaz de abandonar de manera repentina el
ataque, justo en el momento más crítico, por culpa de cualquiera que fuera el secreto que se
guardaba.
Entonces, Kalec tuvo acceso a unos cuantos recuerdos fragmentados sobre Tyr que
lo sorprendieron en grado sumo: su anfitrión seguía siendo el único que conocía la existencia
de esa figura ataviada con capa. Tyr quería actuar a través de Malygos, pues el guardián
creía que sería mejor que los demás creyeran que el plan se le había ocurrido al macho azul
como el hielo. Kalec dedujo que la razón de tanto secretismo tenía bastante que ver con algo
que Tyr ni siquiera le había revelado a Malygos, tal vez alguna parte del plan que el anfitrión
de Kalec podría haberse negado a llevar a cabo si la hubiera conocido.
Malygos sospechaba algo similar, lo cual no le sorprendió mucho. Talonixa volvió a
rugir; su grito era señal para que arreciara un nuevo coro de desafíos centrados en el todavía
invencible Galakrond. En verdad, ese rugido colectivo le pareció tan impresionante a Kalec
como el del lejano coloso y eso le llevó a preguntarse si tal vez había escogido el camino
adecuado, al fin y al cabo.
Por el rabillo del ojo, Malygos observó que Ysera descendía de repente para
colocarse por debajo del resto. De inmediato, cayó en picado tras ella.
La protodragona alzo la mirada al ver que se acercaba y entornó los ojos. Las
sospechas de Malygos de que algo iba mal se incrementaron.
—¡Quédate con nosotros! —exclamó el macho—. ¡Debemos liderar a los demás!
—¡Solo descanso! Estoy cansada.
Si bien era cierto que Ysera no poseía la resistencia de los demás y que había contado
con muy poco tiempo para descansar desde que Malygos había reunido a sus compañeros y

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El Alba de los Aspectos

les había contado su plan. Por fortuna para él, Alexstrasza escogió ese momento para unirse
a ellos.
—¿Estás bien? —le preguntó con ansiedad a su hermana.
—Solo estoy… cansada…
Ysera no pareció alegrarse más de ver a Alexstrasza de lo que se había alegrado de
ver a Malygos.
—Me quedaré contigo hasta que necesitemos elevarnos más.
Tras decir estas palabras. Alexstrasza lanzó una mirada a Malygos con la que le dio
a entender que debía irse. El macho viró rápidamente y se alejó de ambas hermanas. La
hembra naranja como el fuego no le quitaría el ojo de encima a Ysera. El plan que Tyr le
había sugerido todavía podía…
Un rugido cien veces más atronador que los anteriores hizo temblar tanto la tierra
como el cielo. La gran formación organizada por Talonixa perdió brevemente su orden. Al
instante, la protodragona gruñó a sus seguidores con furia, para obligarlos a recuperar la
posición.
Pero Galakrond seguía sin aparecer. Talonixa se rio.
—¿Lo ven? ¡Nos teme!
Ese era el momento que Malygos había estado esperando y. por tanto, también fue
el momento en que sus pensamientos sobre el plan estuvieron más claros para Kalec. Altura.
El plan requería altura. Tyr sabía algo de Galakrond que los protodragones ignoraban.
Cuanto más se elevaran, menos oxigeno habría, eso ya lo sabía Malygos. Sin embargo, lo
que no sabía era que Galakrond no podía volar a tanta altura, ni durante tanto tiempo como
otros protodragones voladores más pequeños que él. La clave de la victoria se hallaba en
atraer al monstruo hacia las alturas, donde se volvería más torpe y se vería obligado a hacer
un mayor esfuerzo para obtener el aire necesario para llenar sus descomunales pulmones. En
ese momento (y tal sólo en ese momento), Galakrond sería vulnerable.
El macho azul como el hielo ascendió hasta colocarse junto a Talonixa.
—¡Debemos volar alto! ¡Galakrond no podrá volar a tanta altura mucho tiempo! ¡No
podrá respirar bien ahí arriba!
La imponente hembra resopló.
—¡Apártate!
—¡Vuela alto! —insistió Malygos—. ¡Galakrond no podrá respirar bien ahí arriba!
¡Se cansará! ¡Y será derrotado!
Esta vez dio la impresión de que Talonixa sí estaba considerando su sugerencia. Tyr
y Malygos habían contado con su astucia para que el plan pudiera funcionar. Malygos
suspiró aliviado.
Pero se equivocó. Las facciones de Talonixa se tornaron aún más duras. Tanto Kalec
como su anfitrión se dieron de cuenta de que se había tomado la reacción de satisfacción de

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El Alba de los Aspectos

Malygos como una señal de que este esperaba que ella se doblegara ante su sabiduría.
Mordió el aire de manera amenazadora ante Malygos y, al mismo tiempo, dos de sus
tenientes descendieron en picado para ayudarla.
Entonces, como si hubieran surgido de la nada, Neltharion y Nozdormu se unieron a
Malygos. Neltharion profirió un rugido de desafío, que fue respondido por los dos seguidores
de Talonixa. Detrás de ellos seis, los demás protodragones dudaron, pues no estaban seguros
de si el ataque se acababa de transformar en una guerra interna.
—¡Retírate! —le espetó Nozdormu a Malygos entre siseos—. ¡Retírate!
Neltharion también oyó la advertencia del otro macho.
—¡No! ¡Combátela! ¡Conviértete en el líder! ¡Sé el que manda!
Al contrario que Nozdormu, Neltharion no se había molestado en hablar en voz baja,
por lo que sus palabras provocaron la ira de Talonixa, quien lanzó un rayo no contra
Neltharion, sino contra el aparente líder de ellos tres, contra Malygos.
A pesar de que el anfitrión de Kalec se giró, no pudo evitar recibir una dolorosa
quemadura en un ala. Mientras esto sucedía, se unieron a Talonixa unos cuantos más de sus
leales seguidores.
—¡Retírate! —le conminó Nozdormu una vez más.
Malygos no descendió, como habría cabido esperar, sino que se elevó aún más. Sus
camaradas lo siguieron sin cuestionar nada y, al instante, varios de los acólitos de Talonixa
fueron en su persecución.
Sin embargo, sus perseguidores se detuvieron bruscamente en cuanto la hembra
lanzó un abrupto gruñido. Mientras Malygos continuaba elevándose más y más, miró hacia
abajo y pudo comprobar cómo esa formación volvía a recomponerse. Había esperado que
Talonixa y sus tenientes los persiguieran y que, así, al final, obligaran al resto de
protodragones a elevarse. Por pura inercia, Malygos acabó adentrándose en las nubes. A
medida que el aire escaseaba, le costaba más volar. Se detuvo para esperar a que los otros
dos le dieran alcance.
—¡Sabía que fracasaríamos! —bramó Neltharion—. ¡Te lo dije!
Malygos no respondió. Kalec percibió que el plan de Tyr era más complejo de lo que
parecía y que Malygos se culpaba de haber manejado muy mal la situación. Basándose en
lo que podía leer en los pensamientos de su anfitrión, Kalec no pudo hallar ningún fallo en
los actos que había llevado a cabo el protodragón; no obstante, el dragón azul sabía que
todavía había muchas cosas del plan que ignoraba.
—¿Y ahora qué? —preguntó Nozdormu.
—¡Los seguiremos desde aquí arriba! —respondió Malygos—. ¡Alexstrasza e Ysera
se nos unirán pronto!
En realidad, Malygos albergaba algunas dudas sobre si, llegado el momento, Ysera
se mostraría realmente decidida, aunque sí estaba seguro de que Alexstrasza traería a su

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El Alba de los Aspectos

hermana consigo hasta ahí. Kalec también se dio cuenta de que su anfitrión tenía un plan B
en mente, basado en las ideas iniciales de Tyr. Como había sido consciente desde el principio
de que era bastante probable que Talonixa no atendiera a razones, Malygos había sugerido
que ellos cinco podrían intentar atraer a Galakrond hasta las alturas lanzando un ataque desde
allá arriba. Pese a que era un plan mucho más desesperado, seguía siendo un plan que
permitía albergar alguna esperanza.
Nozdormu miró hacia abajo y masculló:
—Están avanzando.
Para cuando dijo esto, los protodragones de abajo ya estaban bastante lejos. Malygos
no vio ni rastro de las hermanas, pero no podían demorarse más. Tendría que confiar en
Alexstrasza.
—¡Vamos!
Sin esperar más el macho azul como el hielo atravesé volando las nubes para seguir
a las legiones de Talonixa. Con el fin de mantener a sus seguidores juntos y que no se
agotaran demasiado antes de luchar contra Galakrond, la hembra había marcado un ritmo
que incluso algunos de los combatientes más lentos podían mantener. Pronto Malygos no
solo logró dar alcance a esos que volaban allá abajo, sino que consiguió adelantarlos.
Las nubes se tornaron más densas. Malygos no temía toparse con Galakrond entre
ellas, pues su gigantesco enemigo nunca podría haberse ocultado entre las nubes, por muy
densas que fueran, debido a su tamaño.
Por desgracia, mientras avanzaba, el anfitrión de Kalec empezó a flaquear por la
misma razón por la que había intentado convencer a Talonixa de que debía guiar a los demás
hacia las alturas. Su respiración se había ido volviendo cada vez más irregular por culpa de
la escasez de oxígeno. Pese a que no pretendía volar a tanta altura del suelo hasta hallarse
casi encima de Galakrond, se había visto obligado a ello para evitar ser visto por Talonixa o
sus seguidores.
Neltharion le dio alcance. A él también parecía que le costaba respirar.
—Debemos… volar… más… bajo…
De repente, algo se estrelló contra Neltharion.
El protodragón salió despedido hacia atrás. El impulso que llevaba esa cosa que se
había estampado contra él hizo que el macho gris como el carbón acabara girando en el aire
de manera incontrolable. Al instante, Malygos se volvió, con la esperanza de que no fuera
demasiado tarde para ayudar a su amigo.
Entonces, vio qué había golpeado a Neltharion: uno de los no-muertos. De hecho, su
peste se extendía por el aire, a pesar de la escasez de oxígeno, mientras el protodragón vivo
y él daban tumbos por el aire juntos.
Malygos se percató de que el no-muerto había colisionado con Neltharion de un
modo muy curioso, en un ángulo que hacía imposible que aquel ataque tuviera alguna

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consecuencia fatal, al menos en un principio. Tanto Kalec como su anfitrión se dieron cuenta
de que el cadáver reanimado no había atacado realmente a Neltharion, sino que, más bien,
se había chocado con él por accidente en medio de esas nubes tan densas.
De hecho, el no-muerto parecía más interesado en seguir volando que en pelear,
evidentemente, Neltharion también se había percatado de ello, ya que se apartó de un
empujón del monstruo y dejó que este siguiera su camino. El no-muerto trazó un círculo
lentamente por el camino que había venido… lo habría hecho si Neltharion no hubiera
aprovechado la ocasión para arrancarle el cuello desde atrás y, acto seguido destrozarle
ambas alas con sus potentes garras posteriores.
El protodragón gris como el carbón observó jubiloso cómo caían las partes
destrozadas de su víctima mientras Malygos y Nozdormu le daban alcance.
—¡Estúpida criatura! —exclamó Neltharion de modo jocoso—. ¡Tenía el cerebro
podrido! ¡Ahora ya ni ve ni pelea!
—Qué raro —murmuró Nozdormu.
Malygos y Kalec estaban muy de acuerdo con la sucinta afirmación que acababa de
realizar Nozdormu. Malygos siguió con la mirada la ruta aproximada que habría seguido el
no-muerto si Neltharion no lo hubiera destruido. Una sensación de inquietud dominó al
anfitrión de Kalec.
—¡Síganme! —exclamó entre siseos.
Rápidamente, pero con mucho cuidado, Malygos se elevó aún más, a pesar de que le
hubiera gustado descender a una zona con más oxígeno. El impaciente protodragón tenía
tanta prisa que Kalec, en un principio, no pudo adivinar qué era eso que tanto le preocupaba.
Entonces, en cuanto llegaron a una pequeña zona donde esa capa de nubes se
disolvía, lo que Malygos tanto temía se volvió muy evidente para su imperceptible
compañero.
El cielo estaba repleto de no-muertos, que trazaban círculos constantemente, como
si ese fuera el único deseo que anidara en sus cerebros putrefactos. Una y otra vez, volaban
en círculos, algunos muy grandes, otros muy pequeños. Uno de ellos voló incluso muy cerca
de Malygos, pero no reparó en él.
Neltharion y Nozdormu lo alcanzaron, incluso el macho gris como el carbón pareció
hallarse estupefacto ante aquello.
—¡Son muchos! ¡Casi tantos como nosotros!
Aunque anteriormente había habido unos cuantos avistamientos de no-muertos,
como se habían dejado embargar por la emoción de la inminente batalla contra Galakrond,
los protodragones vivos no les habían prestado mucha atención, ni siquiera Malygos. Y,
ahora, ese olvido lo iban a pagar caro.
—¿Por qué están aquí? ¿Y por qué solo vuelan en círculos? — pregunto Nozdormu.
Kalec sabía la respuesta, al igual que Malygos.

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El Alba de los Aspectos

—Nos están… esperando. A todos.


—¿Cómo es posible? —replicó Neltharion negando con la cabeza—. ¡No son muy
listos! ¡No piensan!
Malygos asintió. Los protodragones no-muertos no poseían una mente propiamente
dicha, pero algo a lo que se encontraban muy ligados sí la tenía.
—Así es, pero Galakrond es listo. Galakrond sí piensa… y muy bien.
Era una forma muy frustrante y sencilla de expresarlo, pero Kalec vio que, de algún
modo, los otros dos habían comprendido perfectamente la idea que Malygos intentaba
transmitir. El dragón azul compartía el asombro y el creciente temor de su anfitrión.
Los no-muertos trazaban círculos porque, en realidad, estaban esperando a que los
vivos pasaran por debajo de ellos. Aunque eso no lo habían planeado ellos mismos… sino
Galakrond.
A través de esa misma podredumbre que lo había mutado a él, ese monstruoso
protodragón parecía ser capaz de controlar a sus víctimas, a las que estaba utilizando para
tener una trampa en la que iba a caer todo el mundo.
—¡Debemos avisarles! —gritó Malygos en la medida que el escaso oxígeno le
permitió—. Debemos…
Al unísono, los no-muertos dejaron de volar en círculo… y cayeron en picado.
Lo único que Malygos y Kalec pudieron hacer fue observar aterrados. Habían
descubierto los planes de su enemigo muy tarde.
La trampa había saltado.

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PARTE IV

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CAPÍTULO UNO
LA NO-MUERTE EN EL
FIRMAMENTO
M ientras Malygos se dejaba caer en picado para realizar tanto lo que él como

Kalec sabían que sería un fútil intento de advertir a los que estaban debajo, el protodragón
intentó pensar en qué podía hacer para evitar el inminente desastre. Pero por mucho que lo
intentó, fracasó.
La catastrófica escena en la que se hallaba ahora inmerso Malygos era incluso peor
de lo que Kalec se había imaginado. Por encima de esa legión que se dispersaba de repente,
los no-muertos se desplegaban con una precisión que sus cuerpos sin mente claramente no
habrían sido capaces de llevar a cabo por voluntad propia. Galakrond los controlaba a todos,
incluso desde la lejanía. Malygos escrutó la vanguardia de esa formación cada vez más
caótica y, para su asombro, comprobó que Talonixa y sus acólitos más próximos no eran
conscientes de la catástrofe que se les avecinaba por detrás. La propia Talonixa volaba con
total confianza, y Malygos, que conocía perfectamente a la arrogante hembra, no albergaba
ninguna duda de que esta seguía pensando que su plan era tremendamente ingenioso. Por
muy grande que fuera Galakrond, los protodragones habían conseguido acabar con presas
mucho más grandes que ellos al haber unido sus fuerzas. Simplemente, Galakrond era una
presa muy grande. Lo único que tenían que hacer los seguidores de Talonixa era mantenerse
alejados de sus fauces y, al final, lograrían matarlo. Si bien, es cierto que algunos podrían
perecer al llevar a cabo esa hazaña, no cabía duda de que Talonixa no consideraba que ella
fuera a caer en esa batalla; además, la enorme hembra dorada estaba dispuesta a aceptar que
otros tuvieran que sacrificar sus vidas.
Sin embargo, antes de que Malygos pudiera acercarse lo suficiente como para poder
avisarles, los siseos y rugidos cada vez más intensos que se oían por detrás de Talonixa la
sacaron por fin de su ensimismamiento Con un gesto de enojo dibujado en su semblante,
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El Alba de los Aspectos

miró hacia atrás justo cuando el cadáver decrépito de un protodragón, cuya tonalidad en su
día había coincidido con la suya, la atacaba.
A pesar de que la pilló por sorpresa, Talonixa reaccionó a tiempo, ya que exhaló de
inmediato. Un relámpago atravesó la piel seca del no-muerto, de tal modo que el cadáver
acabó explotando en llamas.
Talonixa se tuvo que apartar para evitar los fragmentos y, entonces, se encontró de
cara con que las fuerzas que configuraban su gran asalto al enemigo se estaban viniendo
abajo. De un modo muy curioso, recorrió con la mirada todo ese caos hasta centrarse en
Malygos, quien se aproximaba hacia allá con suma rapidez. Le lanzó tal mirada iracunda
que tanto a Kalec como a su anfitrión les dio la impresión de que la hembra echaba la culpa
a Malygos de todo lo que estaba ocurriendo.
—¡Cuidado! —gritó Neltharion, a la vez que pasaba junto a su amigo raudo y veloz.
De repente, dos no-muertos cayeron sobre Malygos desde un flanco, colisionando con el
macho gris como el carbón. Tras rugir jubiloso, Neltharion destrozó a uno de los no-muertos,
cuyos pedazos salieron disparados por doquier y, acto seguido, exhaló sobre el segundo, al
que la onda expansiva hizo literalmente añicos.
A pesar de la facilidad con la que habían perecido tanto esos dos como el que había
atacado a Talonixa, a Malygos le dio la impresión de que había demasiados no-muertos en
el cielo, a los que, además, el factor sorpresa les estaba dando una grandísima ventaja. Ni
Kalec ni su anfitrión creían que Galakrond siguiera controlando totalmente a sus siervos
cadavéricos. Ahora, simplemente, se estaban limitando a seguir el dictado del único instinto
que todavía les quedaba, de esa hambre que los obligaba a devorar a los vivos.
Una hembra marrón se giró demasiado tarde y acabó en las garras de un cadáver
ennegrecido que exhaló sobre ella. Un humo denso y verde envolvió la cabeza y la garganta
de la hembra, la cual chilló al notar como la carne afectada se le secaba y caía en pedazos.
Su grito de angustia se transformó en un gorgoteo tenue en cuanto la cabeza se le hacia un
lado para, a continuación, separarse del cuerpo. Pero ni siquiera esto detuvo al no-muerto,
que al instante se dispuso a destrozar con los dientes esa zona ensangrentada situada en la
base del cuello para poder engullir esos enormes pedazos de carne todavía caliente.
En la lejanía, a la derecha de Malygos, dos no-muertos atraparon a un macho naranja
como el fuego entre ambos. El macho lanzó una breve llamarada, que prendió fuego a uno
de los no-muertos, pero por desgracia, no fue suficiente como para detener el asalto de este
cadáver que se lanzó envuelto en llamas sobre el macho, al mismo tiempo que el segundo
no-muerto lanzaba dentelladas al cuello de su objetivo desde la dirección contraria.
Pese a que Malygos se acercó velozmente al otro macho para ayudarlo, antes de que
pudiera alcanzar a ese trío enzarzado en combate, las llamas del cadáver ardiendo se
extendieron hasta el protodragón vivo y su otro adversario. El macho sucumbió rápidamente
al verse atrapado en ese fuego.

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El Alba de los Aspectos

Encolerizado por ese fracaso, Malygos ignoró todo peligro y se sumó a la refriega.
Exhaló sobre la víctima del no-muerto, con la vana esperanza de que el otro macho todavía
viviera, y cubrió a los tres con su gélido aliento.
Su impetuoso ataque únicamente sirvió para apagar las múltiples llamas que
devoraban a los no-muertos, lo que permitió que ahora pudieran volverse para arremeter
contra Malygos. Al darse cuenta de su error, el anfitrión de Kalec alzó sus zarpas traseras y
le desgarro las alas al más cercano, justo cuando este abría de par en par sus fauces
decrépitas. Al tener esas alas resecas y calcinadas destrozadas, e no-muerto cayó antes de
poder lanzar una descarga de ese siniestro gas capaz de descomponerlo todo.
El cuerpo del macho naranja como el fuego también cayó mientras el segundo no-
muerto se centraba por entero en Malygos. Aunque nada más hacer esto, otra silueta muy
conocida atacó por detrás a ese cadáver reanimado y le destrozó la espalda. Acto seguido,
Nozdormu asintió levemente en dirección a Malygos y continuó avanzando.
Aunque Kalec sabía que Malygos habría sido más que capaz de acabar con el
segundo no-muerto, el oportuno ataque de Nozdormu había permitido a su anfitrión
centrarse en lo que era realmente su objetivo prioritario, tal y como sabían ellos dos y el otro
macho. Malygos siguió descendiendo hasta dar alcance a Talonixa, quien, mientras flotaba
en el aire destrozaba un cadáver putrefacto tras otro con su aliento.
—¡Ten cuidado! —bramó—. ¡Esto cosa de Galakrond! ¡De Galakrond!
Talonixa le lanzó una mirada despectiva mientras volvía a exhalar. Al instante otro
cadáver explotó.
—¡Galakrond morirá! —aseveró—. ¡Morirá!
Kalec nunca antes había visto a un protodragón dominado por una locura tan intensa,
pero la actitud de la intimidante hembra únicamente podía describirse de esa forma, y la
opinión de Malygos al respecto no distaba mucho de la suya. Talonixa era incapaz de ver
nada más allá de su triunfo inminente. Para ella, el ataque de los no-muertos era una mera
demora.
Para más inri, Talonixa decidió ignorar por completo a Malygos y se elevó a gran
velocidad para agarrar a un enemigo que acababa de atravesar de un mordisco la garganta
de un macho de menor tamaño. Talonixa le arrancó primero las alas y, a continuación, para
asegurarse, atrapó sus fauces putrefactas con la boca y lo decapitó casi sin hacer esfuerzo.
Dio la sensación de que se estaba regodeando, lo cual, para Malygos, era una innecesaria
pérdida de tiempo.
Presa de la frustración, buscó a Neltharion con la mirada, pero a quien vio fue a
Ysera, la cual se estaba abriendo paso en medio de esa batalla. Un momento después,
Malygos se dio cuenta de algo en lo que Kalec había reparado inmediatamente: Ysera se
dirigía directamente hacia Galakrond.

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El Alba de los Aspectos

Tras lanzar un siseo exasperado, Malygos fue corriendo hacia ella. Aunque ahí no
había ni rastro de Alexstrasza, ni Kalec ni Malygos creían que Ysera hubiera dejado sola a
su hermana ante el peligro. De hecho, Alexstrasza se hubiera encontrado en una situación
aún más apurada si hubiera tenido que preocuparse también de la cercana Ysera, pues esta
era más débil ella. Desgraciadamente, eso significaba que Alexstrasza ignoraba qué
pretendía hacer su hermana.
Ysera pretendía sellar la paz con Galakrond.
Si Malygos se hubiera dejado llevar por la lógica, la habría abandonado a su suerte;
sin embargo, su sentido de la lealtad lo obligaba a seguir avanzando. Aleteó con fuerza y fue
recortando la distancia que lo separaba de la hermana más pequeña. No obstante, Malygos
era consciente de que no estaba volando a la velocidad necesaria, seguramente, Galakrond
se encontraba ya muy cerca y se aproximaba cada vez más. Este debía de saber que sus
criaturas habían cumplido su cometido y que ahora la locura reinaba. A pesar de varios
protodragones habían perecido, todavía quedaban muchos, muchísimos más para saciar el
tremendo apetito de Galakrond.
Sí, ese era el monstruo con el que pretendía razonar Ysera. Kalec conminó a su
anfitrión a seguir volando, a pesar de que Malygos no solo no podía escucharlo, sino que ya
iba lo más rápido posible. Por delante de ellos, Ysera se esfumó detrás de una leve elevación.
Para cuando Malygos llegó a esa zona, se percató de que su rastro se desvanecía de repente.
El macho se detuvo en medio de toda esa confusión y, entonces, vio a Ysera
sorteando otra pequeña colina. Aunque sintió alivio también tuvo miedo, ya que la hembra
se estaba acercando a su meta y, por tanto, pronto iba a compartir el mismo destino que
Coros. Malygos aceleró aún más, pero no logró reducir la distancia que le separaba de ella.
Para sorpresa tanto de Kalec como de Malygos, Galakrond seguía sin aparecer. Si
bien, por un lado, eso era una buena señal para Malygos, por razones obvias; por otro, era
un mal presagio. Sin lugar a duda, el gigantesco protodragón no iba a haber abandonado sus
planes a estas alturas.
Fuera cual fuese la razón por la que Galakrond aún no había hecho acto de presencia,
Malygos era consciente de que no podía esperar que esa situación se prolongase mucho
tiempo. Como era incapaz de dar alcance a Ysera, se atrevió por fin a llamarla a gritos.
En cuanto Malygos hizo eso, se produjo una erupción en el paisaje que tenía delante,
a pesar de que en ese lugar no había volcanes. En región, el terreno era rocoso, escarpo…
Una vez más, Kalec se dio cuenta de algo al joven Malygos le costó un momento
más comprender. Ese paisaje era rocoso y abrupto por una buena razón: porque Galakrond
había excavado ahí muy hondo (sin duda alguna, había empezado a cavar en alguna caverna
distante) para poder esconderse bajo la superficie, donde se hallaba a la espera.
Pero ya no iba a esperar más.

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El Alba de los Aspectos

Toneladas de roca y tierra volaron por los aires al emerger ese leviatán deforme.
Malygos contempló a Galakrond con una renovada consternación, pues no sólo era más
grande, sino aún más deforme. Tenía el cuerpo entero cubierto de tumores; algunos de ellos
eran meros bultos, otros eran miembros totalmente desarrollados. Muchos de estos últimos
se movieron y una multitud de ojos escrutaron el mundo en todas direcciones, aunque la
mayoría se clavaron en la pequeña figura que ahora se dirigía hacia Galakrond.
Pero en ese instante, otra protodragona, esbelta y naranja como el fuego cayó en
picado desde las alturas y agarró a Ysera justo cuando Galakrond mordía ya el aire muy
cerca de la hembra. Alexstrasza, jadeando por el esfuerzo, se llevó a su hermana lejos, muy
lejos de Galakrond.
El coloso se volvió hacia ambas hermanas, lo que provocó que se sacudiera de
encima más piedras y fragmentos de tierra, que cayeron de su gigantesco cuerpo. Tanto
Malygos como Kalec eran conscientes de que, al haber abandonado su escondite, Galakrond
sería ahora visible para Talonixa y el resto, siempre que se diera por sentado que estos iban
a tener alguna oportunidad de centrar su atención en otra cosa que no fueran los no-muertos
en esos momentos. Obviamente, el plan de Galakrond consistía en caer sobre los
protodragones mientras estos se hallaban distraídos batallando, pero por el momento, toda
la atención del coloso estaba centrada en el acto aparentemente suicida de Ysera.
Galakrond dejó un ancho valle allá donde hasta hace poco había existido una caverna
poco profunda. Al elevarse en el aire, una lluvia de escombros cayó sobre el suelo,
machacándolo.
Malygos titubeó. Aunque Ysera y Alexstrasza se encontraban en una situación
desesperada, tal vez no iba a tener otra oportunidad de poder salvar a los que se hallaban
bajo el ataque de los no-muertos. Se debatía entre su sentido de lealtad y otras
consideraciones, lo cual no sucedía por primera vez.
Esta vez esas otras consideraciones se impusieron. El destino de muchos otros estaba
en juego, mientras que en el otro lado de la balanza solo se hallaban la vida de las dos
hermanas. Malygos se giró.
En ese instante se percató que Neltharion y Nozdormu se le acercaban. Tras
aproximarse a él, ambos permanecieron flotando en el aire; Neltharion parecía perplejo y
Nozdormu, meditabundo.
—¡Debemos destruir a los no-muertos ahora! —exclamó Malygos—. ¡Rápido!
Neltharion siempre estaba más que dispuesto a luchar, Nozdormu, sin embargo,
caviló al respecto por un segundo y acto seguido, respondió.
—Sí. Tiene que ser ahora.
Malygos encabezó su marcha de regreso a la batalla. Kalec se sintió bastante
abrumado por esos pensamientos que discurrían a gran velocidad por la mente
supuestamente primitiva de su anfitrión. Ahora más que nunca, Kalec podía percibir al

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El Alba de los Aspectos

Malygos del futuro, a ese Aspecto estratega y calculador. Malygos concibió más de media
decena de planes, que enseguida descartó, antes de que los tres alcanzaran esa lucha caótica
y únicamente tomó una decisión definitiva cuando no se le ocurrió ninguna alternativa
mejor.
Tras echar un rápido vistazo a la batalla, el macho azul como el hielo pudo verificar
lo que había supuesto: ya no había nada que hiciera pensar que Galakrond controlase de
modo alguno a los no-muertos, quienes atacaban de una manera temeraria y ansiosa que le
resultaba muy familiar a Kalec. Su ataque ya no estaba coordinado, no como Guando
Malygos se había alejado de ahí.
—¡Vamos! —bramó a sus dos compañeros—. ¡Elévense! ¡Lleven a los demás hasta
las nubes!
En cuanto ambos lo obedecieron, Malygos viró hacia otro protodragón. Al instante,
el futuro Aspecto arremetió contra un no-muerto con el que estaba luchando el otro macho
y, acto seguido, pidió al protodragón al que acababa de rescatar que se le uniera. Los dos
salvaron a un tercer y a un cuarto protodragón sucesivamente (los dos resultaron ser
hembras) de sus oponentes.
Entonces, Malygos gritó:
—¡Díganles a todos que vuelen alto! ¡Que se adentren en las nubes, hasta llegar a lo
más alto, y que luego vuelen diez aleteos al norte! ¡Después, deberán caer en picado!
Los demás se alejaron volando, chillando para que todos los oyeran al mismo tiempo
que se dispersaban. En cuestión de segundos, los protodragones vivos se fueron elevando
hacia las nubes por doquier, mientras los cadáveres hambrientos les seguían los talones.
Unos cuantos protodragones no lograron escapar, pero lo único que podía hacer
Malygos al respecto era esperar que su sacrificio permitiera a los demás alcanzar las nubes.
No obstante, hubo algunos protodragones que no volaron hacia arriba. En la lejanía,
Talonixa titubeó, mientras sus principales acólitos aguardaban su decisión a pesar de la
precaria situación en la que se encontraban. La líder fulminó con la mirada a otro
protodragón que se le aproximó y que, por el gesto que hizo hacia arriba con un ala debía de
estar informando sobre el plan de Malygos. Acto seguido, tras escrutar ese caos una vez más,
Talonixa vociferó una orden y voló siguiendo el camino que habían recorrido el resto de sus
congéneres.
Tras comprobar que ya no podía hacer nada más ahí abajo, el propio Malygos se alzó
hacia las nubes. Calculó el ritmo al que habían ascendido en general sus compañeros y
consideró que sus estimaciones eran correctas. Kalec no halló ningún fallo en los cálculos
de Malygos, a pesar de que no podían ser perfectos, por supuesto.
Otro protodragón pasó volando junto a Malygos. Tres aleteos más tarde, su
congénere descendió en picado. Tras contar diez aleteos, Malygos hizo lo mismo.

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El Alba de los Aspectos

Tras irrumpir de la parte inferior de esa capa de nubes, el anfitrión de Kalec


comprobó que muchos de los supervivientes les estaban imitando. Aunque un puñado de no-
muertos todavía planeaban entre ellos, los protodragones liderados por Neltharion estaban
dando buena cuenta de ellos. Si bien eso no formaba parte del plan original de Malygos, la
táctica de Neltharion incrementaba sus opciones de victoria.
En cuanto se encontró bastante por debajo de esas nubes, Malygos rugió con fuerza
y captó la atención de casi todos los ahí congregados. Sin mediar más palabras, miro hacía
las nubes situadas allá arriba y abrió las fauces de par en par. Volvió a lanzar una mirada
fugaz hacia los demás. Tanto Malygos como Kalec se sintieron satisfechos al comprobar que
el resto comprendían que querían hacer.
Otro protodragón más emergió de entre las nubes, pero este era un esqueleto de
mirada vacía, aunque teñida de hambre.
Malygos exhaló lo más fuerte que pudo y apuntó principalmente a las alas de su rival.
Tal y como había esperado, en cuanto se le congelaron las extremidades, su atacante cayó
dando vueltas hacia el suelo.
A continuación, observó cómo el resto de los congéneres que se hallaban a su
alrededor atacaban a los no-muertos nada más verlos, Malygos había logrado dar la vuelta
al plan original de Galakrond. Sin la guía de este, los no-muertos se dejaban llevar por su
ansia, lo cual significaba que eran incapaces de entender que les habían tendido una trampa.
Perseguían a sus presas hasta las nubes y luego las seguían en su descenso, pero bajaban con
más lentitud que ellas.
Esta vez, los protodragones estaban aguardando a sus atacantes ahí abajo, por lo cual
lograron diezmar a los no-muertos. Los vivos se esforzaban todo lo posible para lograr que
sus ataques fueran más letales. Los protodragones lanzaron columnas de arena, chorros de
agua y llamaradas, así como otros tipos de exhalaciones distintas, que hicieron trizas a esas
siluetas resecas y macilentas.
A pesar de sufrir un daño terrible, algunos no-muertos lograron evitar su completa
destrucción el tiempo suficiente como para poder contraatacar. Pero mientras hacían esto,
Neltharion lideró un nuevo asalto sobre el resto de cadáveres, acompañado de aquellos que
antes lo habían seguido. Malygos observó todo esto por el rabillo del ojo, al mismo tiempo
que acababa con otro no-muerto. El anfitrión de Kalec se centró primero en la cabeza y
luego, antes de que su horrendo adversario se recuperara, le mordió el cuello.
Mientras Malygos dejaba que los diversos pedazos cayeran siguiendo trayectorias
distintas, Kalec notó cómo un ansia insidiosa se apoderaba del joven protodragón. Su
anfitrión rápidamente la reprimió. Aun así, Kalec pudo notar que Malygos había tenido que
hacer un gran esfuerzo para poder contenerse y era consciente de que, si no le ponía remedio
pronto, el protodragón podría acabar sucumbiendo a esa hambre.

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El Alba de los Aspectos

Unos rugidos victoriosos fueron resonando a través de las hileras de supervivientes.


No obstante, Talonixa fue quién bramó de manera más potente, como si ella fuera la
responsable de ese triunfo. Malygos gruñó, a la vez que se preguntaba cómo era posible que
los demás fueran incapaces de ver las cosas tal como realmente eran. No habían vencido,
solo habían ganado tiempo. De hecho, si no hubiera sido por el acto temerario de Ysera…
El anfitrión de Kalec siseó. Con casi toda seguridad, ambas hermanas estaban
muertas, de lo cual Malygos se sentía bastante responsable. A pesar de que sabía que ellas
habrían esperado que él actuara tal como lo había hecho, aún sentía un profundo
arrepentimiento por ello.
Nozdormu se alzó ante él.
—¡Buen plan! ¡Bien hecho y muy rápido! —De repente la euforia se desvaneció del
rostro de ese otro macho—. ¡Pero Talonixa dice que la victoria ha sido cosa suya!
Para eran sorpresa de Malygos, Nozdormu no solo decía la verdad, sino que muchos
de los demás protodragones parecían creer a la hembra ya que cada vez se arremolinaban en
torno a ella en mayor número. Ante la incredulidad de Malygos, la grandiosa y temeraria
cruzada de la hembra dorada se estaba revalidando.
—¡No! —exclamó, descendiendo como un rayo hacia Talonixa—. ¡No! Esto no está
bien…
Talonixa lo miró con desdén y abrió la boca de par en par.
A pesar de que Malygos comprendió de inmediato qué era lo que esta pretendía e
hizo ademán de apartarse, la descarga lo alcanzó prácticamente de lleno. Se estremeció de
pies a cabeza, y tanto él como Kalec sufrieron un tormento inconcebible. Poco faltó para que
se sumieran en la oscuridad de la inconsciencia, aunque Kalec sabía que los aguardaba una
oscuridad muy distinta a la que lo reclamaba a él cuando iba a regresar al presente y a su
propio cuerpo. Junto a Malygos, trazó unas espirales en el aire mientras descendía hacia un
funesto destino y permaneció semiinconsciente durante toda la caída, sabedor de que no iba
a poder hacer nada para evitar ese final.
De improviso, unas garras se clavaron con fuerza en sus patas traseras. Pese a que
ese dolor era muy leve en comparación con la agonía que había sufrido al ser alcanzado por
el rayo, sirvió para que Kalec y su anfitrión tuvieran otra distracción en la que centrarse.
Notaron que su caída se ralentizaba y su conciencia iba recuperando el terreno perdido.
No era Nozdormu quien había salvado, como cabía esperar, si no Neltharion. El
macho gris como el carbón no tenía una expresión de júbilo dibujada en su rostro, lo cual no
era habitual. La furia dominaba el semblante de Neltharion y, por un momento, eso inquietó
a Malygos y, sobre todo, a Kalec, quien brevemente pudo atisbar algo en él que le recordó
al futuro Deathwing.
—¡Hembra infecta! —bramó Neltharion—. ¡He visto lo que ha hecho! ¡Nos las
pagará!

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El Alba de los Aspectos

—No… —gimoteó Malygos—. ¡Todos unidos! Si queremos… sobrevivir… todos


debemos luchar…
El rugido de Talonixa interrumpió a Malygos. Neltharion soltó por fin al anfitrión de
Kalec, en cuanto este batió las alas y se enderezó. Ambos contemplaron cómo esa legión
acababa de recuperar su formación, aunque a Kalec le dio la impresión de que esta había
perdido una cuarta parte de sus efectivos. Malygos también se fijó en ese detalle. Si querían
albergar alguna esperanza de poder triunfar, tenían que dar con la manera de sellar una
alianza factible con Talonixa, pues solo entonces los protodragones tendrían alguna
posibilidad de…
El bramido de Galakrond resonó por todo el firmamento.
Talonixa respondió, pero su demencial grito les sonó mucho más débil y raquítico a
Kalec y Malygos. Volvió a rugir y, esta vez, los demás protodragones situados detrás de ella
se sumaron a sus bramidos. Hay que reconocer que, si bien no hicieron temblar el cielo como
había hecho Galakrond, sus desafiantes gritos lanzados al unísono resultaron bastante
impresionantes.
Entonces, dio la sensación de que el horizonte, en la dirección de la que había surgido
ese impresionante rugido, se hinchaba. Después, esa sombra creció aún más y se separó del
suelo. Acto seguido, cobró forma la silueta de un descomunal protodragón.
Galakrond rugió desafiante una vez más, y sus rivales respondieron del mismo modo.
—No debemos…
Antes de que Malygos pudiera acabar esa frase, la visión cambió. Este cambio pilló
por sorpresa a Kalec, sobre todo porque hasta hacía poco solo unos instantes había sido muy
clara.
Pero tras ese lapso tremendamente fugaz, se encontró en medio de la cruenta batalla
contra Galakrond.
El titánico enemigo flotaba en el aire, rodeado por unos protodragones que volaban
velozmente a su alrededor y que parecían más bien mosquitos en comparación ante los ojos
de Kalec. Viraban de aquí para allá por encima y por debajo de Galakrond, atacando con
salvas de exhalaciones que sorprendieron a Kalec tanto por su intensidad como por su
variedad. El enorme torso del coloso estaba repleto de marcas de quemaduras de ácido y
abrasiones, y ahora varios de sus miembros extra pendían inertes o habían sido cercenados.
Kalec observó, a través, de los ojos de Malygos, como una hembra marrón y negra se
acercaba al coloso a la velocidad del rayo para agarrar con sus fauces una pata trasera que
se agitaba en el aire, a la que desgarró la carne y destrozó el hueso. Rápidamente, se alejó
de él, llevándose consigo esa extremidad y dejando atrás un muñón ensangrentado.
Talonixa y sus acólitos más leales asaltaron la cabeza del monstruo de tal modo que
este devastador ataque obligó a Galakrond a mantener la cabeza gacha. La hembra dorada

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El Alba de los Aspectos

lanzó un rayo muy potente que le dejó una marca negra al leviatán justo por encima de uno
de sus ojos originales.
Kalec lo contempló todo sobrecogido. Estaban logrando mantener a raya a
Galakrond. Ese colosal adversario iba a conocer su final.
¡Pero este no es el lugar!, pensó Kalec. ¡Aquí no es donde descansan sus huesos!
¿Qué pudo…?
Entonces, se percató de que, a pesar de hallarse muy cerca de la batalla, Malygos no
estaba participando en ella. Ni tampoco Nozdormu ni Neltharion. Al ver que su anfitrión
vacilaba, Kalec decidió examinar los pensamientos de este, lo cual no había hecho hasta
entonces pues había estado distraído por ese espectáculo dantesco.
En ese instante, Kalec se dio cuenta de que lo que creía que iba a ser una inminente
victoria no lo era, ni mucho menos. Gracias a la mente de Malygos. Kalec fue consciente de
que todas esas heridas, todo el daño que había sufrido en el tronco y en extremidades, no
habían detenido a Galakrond lo más mínimo. Por muchas lesiones que le hubieran infringido,
solo eran meras molestias para él. La impresión inicial que se había llevado Kalec, que le
había llevado a pensar que los rivales del monstruo eran meros mosquitos comparados con
él, seguía siendo muy acertada.
—¿Y bien? —bramó Neltharion, quien siempre era el más impaciente.
—Los ojos —murmuró Malygos, quien, acto seguido, repitió las mismas palabras
dirigiéndose a Nozdormu—: Los ojos…
—Los ojos —remachó el protodragón marrón.
Kalec creía que pretendían atacar los dos gigantescos ojos de Galakrond, pero en ese
instante, notó que una gran tensión se apoderaba de su anfitrión, lo cual le advirtió de que a
los tres les inquietaba algo mucho más espantoso. Kalec se centró con sumo cuidado en lo
que estaba observando Malygos, pues ahora había llegado a comprender que si bien él veía
las mismas cosas que su anfitrión no siempre comprendía las cosas del mismo modo que
este.
Su anfitrión y los demás no solo se fijaban en los ojos originales de Galakrond, sino
también en todos los adicionales que los tres podía contemplar desde el lugar donde se
encontraban. A primera vista a Kalec le pareció que esos ojos se movían de manera
disparatada. Miraban hacia arriba, hacia abajo, alrededor…
Si no hubiera sido porque Malygos ya había resuelto ese enigma, a Kalec le habría
llevado aún más tiempo concluir que esos otros orbes se movían con un claro propósito.
Cada uno de esos ojos estaba clavado en una sola cosa.
Cada ojo estaba fijado en un solo protodragón. No estaban manteniendo a raya a
Galakrond, sino que este se estaba limitando a esperar.

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CAPÍTULO DOS
UN FUNESTO DESTINO
J aina intuyó que alguien la buscaba en cuanto regresó a su santuario. Por desgracia,

ese alguien era ni más ni menos que la archimaga Modera. Modera era una de las magas a
las que más respetaba y admiraba Jaina. Había llegado a convertirse en miembro del Consejo
de los Seis mucho antes que Jaina (durante la Segunda Guerra, de hecho) y, en muchas
ocasiones, la joven archimaga había acudido a Modera en busca de consejo sobre algún tema
u otro.
Ahora, sin embargo, Jaina se concentró para poder esconderse con un hechizo, que
esperaba que lograra ocultarla de las percepciones de Modera.
—¿Archimaga? —gritó la otra mujer desde fuera.
El hecho de que Modera hubiera venido en persona indicaba que debía de haber
intentado localizar a Jaina mediante medios mágicos y había fracasado. Jaina no había
informado oficialmente de que tenía que abandonar la ciudad y, como líder que era, debería
haber informado al menos al resto del Consejo de los Seis. Modera tenía derecho a intentar
dar con ella, pero ni siquiera eso iba a disuadir a Jaina, quien pretendía mantenerse oculta…
si era posible.
—¿Archimaga? —repitió Modera con más firmeza—. Perdóname, ¿estás dentro?
La anciana no iba a cejar en su empeño, a pesar de que no hubiera recibido una
respuesta, así que a Jaina no le extrañó que, solo un segundo después notara cómo esta
lanzaba un sortilegio muy sutil desde el otro lado de la puerta. Acto seguido, Jaina, que se
encontraba pegada a una pared situada un poco más allá de la entrada, observó cómo una
forma transparente se materializaba cerca de ella.
—¿Jaina? —Esa figura se fue transformando en una proyección de Modera. Aunque
era mucho mayor que la líder de Dalaran, todavía tenía el aspecto de una mujer hermosa que
llevaba su pelo blanco como la nieve recogida en una trenza. La imagen miró a su alrededor

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El Alba de los Aspectos

buscando obviamente a la dueña de ese santuario—. Perdona la intrusión, pero debo hablar
contigo, de veras.
Sin lugar a duda, debía de ser un asunto muy urgente el que preocupaba a Modera,
puesto que había entrado en los aposentos de Jaina sin ser invitada, aunque solo fuera
mediante una ilusión. Jaina no se ofendió por ello, aunque se juró a sí misma que, si las cosas
volvían a la normalidad, reforzaría los conjuros de protección de ese lugar. Obviamente,
Modera era mucho más poderosa de lo que había supuesto Jaina.
La otra archimaga frunció el ceño. Miró de frente hacia el lugar donde
aproximadamente se hallaba Jaina y, de repente clavó sus ojos directamente sobre ella.
En ese instante, Jaina estuvo segura de que Modera la había detectado, pero entonces,
la anciana hechicera giró la cabeza hacia la pared opuesta, que contempló del mismo modo
que había contemplado la pared donde la líder de Dalaran se escondía.
—¿Dónde está? —murmuró Modera, quien parecía ahora más pensativa—. ¿Adónde
ha podido irse en un momento como este?
Aunque esa última pregunta estuvo a punto de provocar que Jaina se mostrara, justo
entonces, la cara de un exhausto Kalec cobró forma en sus pensamientos. Al instante, Jaina
se reafirmó aún más en su decisión de seguir ocultándose, a pesar de que una parte de ella
era consciente de que estaba haciendo prevalecer sus emociones sobre la razón.
La imagen fantasmal de Modera miró hacia atrás, como si estuviera oyendo a algún
otro espectro que permanecía invisible.
—Muy bien —masculló al aire la vieja archimaga—. Te veré en breve. Tendremos
que considerar otras opciones.
Modera dio la espalda a esa cámara en apariencia vacía y alzó una mano, con la que
escribió algo en el aire. Unas runas centellaron ante ella.
«Por favor, ven a verme en cuanto regreses… Es muy urgente…»
Modera dejó esas palabras flotando en la cámara. Echó un último vistazo a su
alrededor (su mirada solo se posó fugazmente en Jaina) y, a continuación, se desvaneció sin
más.
Jaina aguardo un momento más, hasta que todo rastro de la presencia de Modera se
disipó de ahí. La joven archimaga suspiró al reaparecer. Observo con detenimiento el
mensaje que flotaba en el aire mientras se prometía así misma que descubriría qué quería
Modera en cuanto se hubiera cerciorado de que Kalec seguía vivo.
Jaina regresó a su colección de libros y buscó el tomo que necesitaba, lo cual
demostró ser mucho más difícil de lo que la hechicera había pensado, ya que el volumen que
contuviera las respuestas no era el correcto, aparentemente, a pesar de que estaba segura de
que era ese. La archimaga apartó a un lado el libro y, a continuación, hojeó otro que, según
recordaba, contenía alguna información relevante.

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El Alba de los Aspectos

Pero una vez más, sus recuerdos no concordaban con lo que leía en el libro. Posó el
segundo volumen sobre la mesa y, acto seguido, contempló los dos tomos que yacían uno al
lado del otro. Jaina colocó una mano sobre cada libro y se concentró. De inmediato, un fulgor
dorado le envolvió ambas manos y se extendió hasta los dos tomos.
El fulgor se topó con una neblina lavanda que rodeaba cada libro. Jaina lanzó un
grito ahogado; aunque era incapaz de explicar cómo lo sabía, era consciente de que lo que
envolvía esos tomos era un hechizo muy antiguo, muy sutil, cuya finalidad era ocultar algo;
probablemente, la información que tanto ansiaba la archimaga. Sin embargo, Jaina también
percibió una leve tara en el encantamiento, como si el propósito original del conjuro se
hubiera ido perdiendo con el paso del tiempo.
El propósito original se ha ido perdiendo. Jaina no pudo evitar pensar que esa era la
clave de lo que le estaba sucediendo a Kalec. La reliquia había sido creada con un propósito,
pero ahora se preguntaba si ese fin no se habría ido olvidando con el paso del tiempo.
También le llamaba la atención que esos libros, que sin duda habían sido escritos
mucho después de la creación de la reliquia, reaccionaran ante ella de un modo tan peculiar.
De algún modo, ese encantamiento antiguo había averiguado cuales eran sus intenciones, lo
cual significaba que ahí se había utilizado una magia del más alto nivel.
Pero ¿quién habría sido capaz de poseer la habilidad y la inteligencia necesaria
para hechizar estos tomos… hace tantísimo tiempo?
Jaina sabía que había algunas respuestas a esa pregunta que entraban dentro del
terreno de lo mundano, por supuesto (podría haber sido un elfo noble), pero por alguna razón,
este sortilegio no parecía obra de uno de ellos. De hecho, daba la sensación de ser algo
mucho más antiguo que esa venerable raza.
Frunció el ceño. Apartó las manos de los dos volúmenes y su fulgor se apagó al
instante. La archimaga escrutó la colección y, a continuación, lanzó de manera titubeante
una versión más amplia del hechizo sobre todas esas hileras de libros y pergaminos.
Todas las piezas de su colección irradiaron un fulgor lavanda, lo cual no la
sorprendió del todo.
De inmediato, Jaina estudió con más detalle ese conjuro. Tal y como sospechaba, ese
sortilegio contenía algo que creía que era un subconjuro infeccioso. Si un objeto similar se
hallaba cerca del encantado (en este caso, un libro de magia situado junto a otro libro de
magia), el encantamiento original se extendía a ese otro objeto. No obstante, llevar a cabo
un hechizo tan completo y con tanto éxito era una muestra más de que el hechicero había
sido muy hábil.
Jaina retiró su propio conjuro y hojeó con sumo cuidado uno de los dos libros.
Gracias a su gran memoria, la archimaga pudo comprobar que todo lo que esperaba encontrar
se hallaba donde debería. Por lo que pudo verificar, el hechizo no había cambiado nada más,
únicamente lo que Jaina buscaba parecía hallarse afectado por este.

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El Alba de los Aspectos

Sin embargo, el desánimo no venció a la archimaga. En otras ocasiones, se había


enfrentado a enigmas muy complicados y desconcertantes de índole mágica y había logrado
resolverlos. No iba a dejar que un mero hechizo la derrotara.
Además, la vida de Kalec estaba en juego. Y a Jaina eso era lo único que le
importaba.

***

Galakrond seguía siendo el objetivo de un asalto tremendo. Una hembra de la familia


de Malygos exhaló sobre una de sus extremidades posteriores adicionales y, a continuación,
le arrancó el apéndice congelado antes de que pudiera volver a calentarse. Otra hembra de
tonalidad plateada desató una lluvia sobre él de algo que a Kalec le pareció que era un metal
líquido hirviente. Esa columna azul penetro en gruesa piel de Galakrond, dejando una
ulcerosa veta abierta el doble de ancha que el protodragón que la había exhalado. Dos
machos de un color verde oscuro se valieron de sus zarpas traseras, más grandes de lo
normal, para arañarle la nuca al leviatán.
—Es inútil —gruñó Malygos—. Todo es inútil…
—Los ojos —sugirió Neltharion—. Debemos atacarle cuando estos miren para otro
lado. Debemos cegar a Galakrond…
Nozdormu resopló.
—Tiene tantos ojos que nos llevaría días y días —respondió, alzando una de sus
minúsculas zarpas delanteras—, y no tenemos tanto tiempo.
El macho marrón había hecho una observación muy acertada, aunque también muy
desmoralizadora. Al tener tantos ojos adicionales, aunque los tres lograran persuadir al resto
de protodragones que lo atacaban de que debían seguir ese plan, necesitarían mucho más
tiempo para llevarlo a cabo del que Galakrond pretendía darles.
—He de avisar a Talonixa.
Mientras Malygos pronunciaba estas palabras, Kalec se percató de que su anfitrión
estaba seguro de que su nuevo intento de convencer a la imponente hembra acabaría con un
rotundo fracaso. No obstante, Malygos creía que no tenía más remedio que intentarlo…
Junto a él, Nozdormu profirió un leve siseo de advertencia.
De repente, esos innumerables ojos se habían entornado.
A pesar de que sabía lo que eso podía presagiar, Malygos fue en busca de Talonixa,
pero no llegó muy lejos.
Galakrond lanzó un rugido que acalló a los demás protodragones e hizo temblar el
cielo. Varios atacantes, que se encontraban cerca de ese rival colosal, salieron despedidos
por el aire dando tumbos incontroladamente.

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El Alba de los Aspectos

Galakrond exhaló, y el aire se llenó en todas partes de una niebla nauseabunda que
recordó demasiado a Malygos a ese «aliento» que los no-muertos solían lanzar. El anfitrión
de Kalec retrocedió al ver que esa niebla se aproximaba velozmente hacia él. Aleteó con
fuerza para invertir la dirección de su vuelo antes de que fuera demasiado tarde.
Sin embargo, la niebla atrapó a Malygos. El protodragón y su compañero invisible
aguardaron la agonía que seguramente acompañaría a la descomposición de la carne de
Malygos.
Pero en vez de eso, el macho azul como el hielo sintió tremenda sensación de letargo
que se apoderó de él y lo afectó de tal manera que incluso los pensamientos de Kalec se
tornaron confusos. Para el exAspecto, fue como si la vida lo estuviera abandonando
lentamente; además, intuyó levemente que Malygos estaba experimentando lo mismo.
Aun así, alguna parte de la mente del joven protodragón seguía ordenando a sus alas
que no pararan de moverse. De ese modo Malygos logró dejar atrás la niebla. Al instante,
tanto su mente como la de Kalec se despejaron y recuperó tuerzas. La sensación de total
languidez menguó.
Una muerte lenta… Malygos reflexionaba mientras intentaba comprender con
términos más sencillos lo que Kalec era capaz de entender con otros más complejos. Exhala
una muerte lenta…
Cuando sus pensamientos se despejaron del todo, Malygos observó detenidamente
la horrorosa escena que estaba teniendo lugar ante él. Gran parte de las fuerzas de asalto de
Talonixa habían quedado atrapadas dentro de la descomunal nube que Galakrond había
exhalado. Los incontables ojos del coloso habían estado observando la situación hasta que
había llegado un momento concreto: el momento en que la mayoría de los enemigos de
Galakrond se habían hallado al alcance de esa horripilante y nueva arma.
Algunos de los protodragones afectados intentaron dar la vuelta para poder huir,
mientras que otros simplemente intentaron mantenerse a flote en el aire. A unos pocos los
abandonaron de tal modo las fuerzas que no pudieron seguir batiendo las alas y cayeron
hacia un funesto destino.
Pero incluso en medio de esa niebla asfixiante, algunos protodragones lograron
mantener la compostura. Entre ellos, destacaba Talonixa quien, desde el punto de vista de
Malygos, parecía estar sufriendo otro tipo de mal: se había adueñado de ella una locura
absoluta esa misma locura que Kalec y su anfitrión habían intuido antes en ella. Talonixa
rugió una y otra vez, tal vez porque pensaba que así evitaría ser una víctima más de esa
niebla, o eso creían tamo Malygos como Kalec. En vez de alejarse de Galakrond, se acercó
más, desafiándolo como si los dos tuvieran el mismo tamaño y las mismas fuerzas.
Galakrond estalló en carcajadas y el ruido fue ensordecedor. Con un solo aleteo,
recortó la distancia que los separaba.

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El Alba de los Aspectos

Talonixa abrió la boca de par en par, pero esta vez no lanzó un rugido sino un
relámpago que impactó directamente en el hocico de Galakrond… y lo demoró o lo hirió
tanto como podría haberlo hecho un guijarro.
Ahora fue el protodragón deforme el que abrió las fauces de par en par, unas fauces
tan enormes que la poderosa Talonixa no era más que una mosca en comparación. Rodeó
con sus mandíbulas a la hembra, a pesar de que esta giraba de aquí para allá en un fútil
intento por escapar.
Al final, atrapó a Talonixa entre sus descomunales y afilados dientes. Galakrond ni
siquiera intentó morderla mejor, sino que, más bien, sacudió la cabeza adelante y atrás,
agitando violentamente a su presa. Atrapada entre esos dientes, Talonixa lanzó mordiscos al
aire en vano y consiguió lanzar una descarga más, pero fue en vano. Pronto agachó la cabeza
y dejó de aletear, pues apenas conservaba un hálito de vida.
Ninguno de sus seguidores la ayudó. Lo cierto es que los demás protodragones
bastante tenían con intentar mantenerse en el aire o protegerse, por lo cual no podían
socorrerla. Aunque hubieran querido ayudarla, Kalec y su anfitrión sabían que era ya
demasiado tarde. Talonixa estaba cubierta de sangre y respiraba entrecortadamente.
Galakrond dejó de agitarla y, casi sin hacer esfuerzo, partió a Talonixa por la mitad
de un mordisco.
El torso superior, que todavía se retorcía, se perdió de vista dando tumbos por el aire,
dejando un reguero de sangre y otros fluidos vitales en el camino. Al esbozar un gesto
desdeñoso y burlón, Galakrond abrió las fauces lo suficiente como para el resto de Talonixa
cayera. Se rio y con un poderoso aleteo, avanzó entre los aletargados protodragones.
Galakrond abrió la boca mucho más y se dispuso a alimentarse.
Dio la sensación de que sus primeras víctimas apenas fueron conscientes de sus
muertes, ya que el horrendo leviatán se las tragó con suma rapidez. Cinco desaparecieron al
compás de una sola respiración. Solo un instante después, Galakrond se volvió para devorar
a tres más apenas se detuvo, sin apenas demorarse en su avance.
—¿Qué podemos hacer? —inquirió gruñendo un Neltharion presa de la frustración,
quien parecía dispuesto a intentar desafiar a la niebla, pese a que conocía las consecuencias
que conllevaría.
Malygos no podía echarle en cara que la exasperación lo dominara más y más. Ante
ellos, estaba teniendo lugar una carnicería monstruosa, y ninguno de los tres era capaz de
ofrecer una solución para poner punto final a ese espanto; no, al menos, sin suicidarse. Aun
así, Kalec, al percibir las emociones y pensamientos teñidos de furia de su anfitrión, fue
consciente de que Malygos habría estado más que dispuesto a sacrificarse si hubiera sabido
que así podría detener esa masacre.
Entonces, Malygos se fijó en algo muy particular de esa niebla y exclamó mientras
avanzaba:

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El Alba de los Aspectos

—¡Vamos!
Para Kalec fue muy significativo que ambos machos lo obedecieran. Malygos se
dirigió hacia la niebla y, de repente, se elevó abruptamente. Un tenue hedor asfixiante se
infiltró en sus fosas nasales, provocando de inmediato que sus pensamientos se ralentizaran
un poco.
El macho azul como el hielo viró prácticamente en vertical, elevándose varios metros
antes de siquiera atreverse a tomar aire brevemente. Cuando por fin respiró, Malygos no
detectó ni el más leve rastro de esa peste que impregnaba la malévola niebla de Galakrond.
Tras adoptar un rumbo más horizontal, el anfitrión de Kalec descubrió que seguía
sin percibir ese hedor. Ahora, se encontraba por encima de esa niebla y sus secuelas.
Los otros dos machos lo flanquearon mientras volaba hacia Galakrond. El gigantesco
protodragón estaba tan concentrado en comer que no se percató de la presencia de ese trío
diminuto por encima de él. Y aunque los hubiera visto, Galakrond seguramente los habría
considerado una mera distracción. Después de todo, esos tres no iban a poder triunfar donde
cientos habían fallado, ¿verdad?
Esa era una pregunta para la que Malygos aún no tenía respuesta. Mientras tanto, los
tres alcanzaron un punto situado prácticamente encima del monstruo. Bajó la vista y
contempló esa escena dantesca justo cuando cuatro protodragones más desaparecían por el
gaznate de Galakrond.
—La niebla se disipa aquí arriba —señaló Nozdormu—. Aunque abajo muy
lentamente.
—Sopla poco viento —añadió Neltharion, olisqueando el aire—. No basta.
Malygos continuó estudiando a Galakrond. El único viento que soplaba ahí de verdad
era el generado por sus enormes alas, que estaban dispersando la niebla, pero no lo bastante
rápido como para salvar a los demás.
Entonces, un pensamiento curioso cobro forma en la mente de Malygos, uno que
cogió a Kalec por sorpresa. Malygos se acordó de esos momentos en los que solía pescar en
el mar, en los que se hundía a gran velocidad en el agua para poder profundizar más y dar
caza a la presa mejor, que siempre se ocultaba en las profundidades. A continuación, clavó
la mirada en la cabeza de Galakrond y entornó los ojos.
—La cabeza —masculló a sus compañeros—. Respiren poco y ataquen ahí con
fuerza.
Los otros dos le comprendieron. Neltharion sonrió abiertamente, y Nozdormu
asintió.
Un Malygos satisfecho de que supiera qué tenían que hacer, a pesar de que fueran
conscientes de que podrían morir en el intento, trazó un arco hacia abajo. Al descender, batió
las alas lo más fuerte posible alcanzando su velocidad máxima y le dio la impresión de que

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El Alba de los Aspectos

la cabeza de Galakrond no solo aumentaba de tamaño, sino que acudía en su encuentro a


gran velocidad.
Aunque Kalec también había comprendido el plan de su anfitrión, albergaba ciertas
dudas sobre su éxito. Aun así, no podía hacer nada más que observar cómo Malygos daba
alcance a Galakrond.
En el último intento Malygos se giró, de modo que adoptó una posición erguida en
el aíre, se hizo un ovillo tanto como le fue posible e incluso plegó las alas. Por el rabillo del
ojo Malygos vio que Neltharion hacia lo mismo.
Los tres protodragones golpearon a Galakrond con fuerza en la cabeza, uno tras otro
rápidamente.
Malygos no esperaba causar mucho daño a su objetivo, si es que le causaba alguno,
ya que había muy pocas probabilidades de lograr ese objetivo. Lo que en realidad pretendía
conseguir Malygos fue justo lo que provocó.
Consiguió enfurecer muchísimo a Galakrond.
Al golpearlo tan fuerte, los tres protodragones le habían hecho sentir un poco de
dolor. Además, la velocidad del impacto había sido tal que había obligado a Galakrond a
bajar la cabeza, de tal manera que habían impedido que engullera a dos víctimas más. La
conmoción que sintieron al haber estado a punto de ser devorados hizo que la pareja se
espabilara e intentase escapar.
Fue Neltharion quien resultó ser el más decisivo a la hora de inquietar
momentáneamente a Galakrond, puesto que lo había golpeado con sus zarpas traseras con la
fuerza que solo alguien de su familia era capaz de aplicar. Unas ondas sísmicas atravesaron
esa dura mollera, provocando que el coloso se desorientara brevemente, lo cual les
proporcionó un respiro que Malygos ni siquiera podría haber soñado.
Sin embargo, Galakrond se recuperó enseguida. Dejó de fijarse en esa pareja que
huía lentamente de él y alzó la vista. Batió las alas nerviosamente mientras la furia se
apoderaba de él tras haber sido atacado.
Tal y como Malygos había esperado, las alas del gigantesco protodragón lograron
hacer lo que el tenue viento no había podido. La niebla que Galakrond había exhalado se
disipó rápidamente a su alrededor.
Al instante, los protodragones huyeron a gran velocidad.
Galakrond no se percató, en un principio, de que sus presas se estaban
desperdigando, ya que lo dominaba el enfado causado por esos diminutos rivales que ahora
flotaban por encima de él.
—Pequeños insectos… —atronó, y cada una de esas palabras ensordecieron a los
tres—. Son un mero bocadito… pero son comida, al fin y al cabo…
Para sorpresa no solo de Galakrond, sino de Malygos y Nozdormu, Neltharion se
lanzó de cabeza hacia esa criatura deforme. Si bien Galakrond lanzó una mirada plagada de

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El Alba de los Aspectos

desdén hacia su enclenque atacante, Neltharion cambió de dirección cuando este menos se
lo esperaba y, en vez de dirigirse al hocico del enorme protodragón, fue hacia el ojo
izquierdo.
En muy pocas otras zonas había conseguido el impetuoso Neltharion causarle daño
de verdad. Su ataque previo únicamente había irritado al coloso. Pero ahora al abrir su boca
de par en par, el macho gris como el carbón lanzó un grito acompañado de una descarga
brutal.
Galakrond rugió al notar, lo que, sin duda alguna era el primer dolor de verdad sentía
en mucho tiempo. Cerró el ojo que había sufrido el ataque de Neltharion y, entonces, tras
comprobar que con eso no bastaba para acabar con su agonía, cerró el otro.
—¡Vuelen! ¡Vuelen! —gritó Malygos a cualquiera que pudiera oírle incluido
Neltharion.
—Pero si ya es nuestro —insistió su amigo—. ¡Sí!
Galakrond abrió los ojos. El izquierdo lo tenía rojo e inyectado en sangre, pero
todavía podía ver con él tan bien como con el otro. Con ambos, lanzó una mirada teñida de
odio a Neltharion, con una rabia con la que ni siquiera Malygos ni Kalec le habían visto
mirar al macho azul como el hielo.
Unas fauces descomunales rasgaron el aire ante Neltharion, quien a duras penas
logró esquivarlas. Nozdormu y Malygos acudieron en ayuda de su compañero y apuntaron
hacia los vulnerables ojos de su rival. Galakrond bajó la mirada de un modo instintivo,
logrando así que esos ataques alcanzaran su grueso ceño cubierto de escamas y no su
verdadero objetivo.
Sin embargo, eso era justo lo que Malygos había esperado que hiciera, quien,
además, sabía que Nozdormu había pensado lo mismo. Una vez más, habían logrado distraer
a Galakrond y, esta vez, eso no solo había salvado a Neltharion, sino también a Malygos y
Nozdormu. Con el anfitrión de Kalec encabezando la marcha, los tres ascendieron lo más
alto posible y se desvanecieron en la capa de nubes.
No necesitaban escuchar el temible rugido de Galakrond para ser conscientes de que
este los perseguía, los tres se miraron y, acto seguido, se separaron.
Malygos siguió elevándose todo cuanto pudo. Cuando menos oxígeno había, más
difícil les resultaba volar, pero esperaba que Galakrond tuviera el mismo problema mientras
lo perseguía. El macho azul como el hielo creía que sus amigos harían lo mismo que él. Al
menos, con ese riesgo que estaban asumiendo, lograrían ayudar a huir a los supervivientes
del plan de Talonixa, que había estado destinado al fracaso desde el principio.
El silencio reinó. Mientras se esforzaba por mantenerse allá arriba Malygos miró
para atrás, a las nubes. Ahí no había ni rastro de ningún otro protodragón, vivo o muerto.

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El Alba de los Aspectos

Después de todo lo que había sufrido Malygos, el esfuerzo que tenía que hacer para
mantenerse en el aire se tornó insoportable. Aunque el anfitrión de Kalec escuchó con
atención, no oyó nada, y se preguntó si Galakrond se habría ido ya de ahí.
Pero eso no importaba. Malygos tenía que descender, aunque solo tenía previsto caer
hasta donde necesitara para poder respirar como era debido. A partir de ahí, juzgaría si era
seguro seguir bajando o no.
Tenía el corazón desbocado, por culpa tanto de la falta de aire como de la tensión de
mantenerse ojo avizor (y olfato avizor) por si aparecía de nuevo Galakrond. Kalec, que
experimentaba esas mismas sensaciones, intentó virar hacia al este, ya que a veces olvidaba
que era un mero pasajero, pero en cuanto Malygos decidió girar hacia el sur, se vio obligado
a recordar que no se hallaba en su cuerpo. A continuación, decidió bajar un poco más.
El protodragón abandonó el abrigo de la capa de nubes y comprobó que esa zona
estaba vacía. El resto de los seguidores de Talonixa habían huido de ahí lo más rápido
posible, lo cual había sido una decisión muy sabia.
Pero entonces, tanto Malygos como Kalec se preguntaron dónde se habían metido
Neltharion y Nozdormu. ¿Dónde se encontraba Galakrond…?
De repente, algo golpeó a Malygos en la espalda. El impacto hizo que tanto él como
el objeto cayeran descontroladamente hacia el suelo. El protodragón intentó detener la caída.
—¡No te resistas! ¡Galakrond está cerca! ¡No te resistas!
Malygos dejó de luchar. Dejó que ese alguien lo llevara volando ras del suelo hasta
una serie de bajas colinas.
Allá arriba, reverberó el rugido de Galakrond.
Unas pequeñas cuevas aparecieron en la lejanía, el compañero de Malygos los llevó
hasta una de ellas.
Aterrizaron en la semioscuridad y, a continuación, el anfitrión de Kalec se volvió
para encararse con su rescatador.
—Alexstrasza…
La hembra naranja como el ruego siseó levemente.
—Galakrond tiene buen oído. Será mejor que hables en voz baja.
Antes de que pudiera responder, oyó que algo se movía en las profundidades de la
cueva. Malygos miró hacia allá, pues esperaba que se les sumara la hermana de Alexstrasza.
En vez de eso, vio el semblante decrépito y putrefacto de un no-muerto que ocupó
todo su campo de visión.

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CAPÍTULO TRES
BAJO LA SOMBRA DE
GALAKROND
K alec compartió la consternación de Malygos, así como la decisión de su

anfitrión de atacar sin titubeos. El macho azul hizo ademán de exhalar y…


—¡No! —Ysera lo empujó de costado con fuerza. La descarga helada de Malygos se
perdió en las profundidades de la cueva.
El no-muerto quiso agarrarlo… o, más bien, lo intentó. También procuró exhalar a
su vez, pero Malygos pudo comprobar que tenía la boca atada con una fuerte enredadera que
crecía en las paredes rocosas de los alrededores. También tenía atadas las zarpas, lo cual era
extraño, pues la especie de los protodragones no solía utilizar herramientas, ya que habían
adquirido conciencia hacía muy poco tiempo como para desarrollar tales instrumentos y, en
general, no los necesitaban. Sin embargo, Ysera había tenido el ingenio suficiente como para
dotar de utilidad a algo que Malygos habría considerado simplemente como comida para un
rumiante.
A medida que su vista se acomodaba a la escasa luz del lugar, Malygos llegó a
distinguir que ese cadáver reanimado había poseído en su momento una piel del mismo color
brillante que Alexstrasza.
Es su hermano de camada.
Antes de poder decir en voz alta lo que parecía obvio, Alexstrasza se inclinó aún más
hacia él.
—No es él. Lo conocemos, pero no es nuestro hermano de camada.
Ysera había perdido el interés en Malygos y toda su atención estaba centrada en el
no-muerto, al que guio hasta la parte de atrás sin dejar de hablarle entre susurros.

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El Alba de los Aspectos

—En otra ocasión, también me la encontré con otro monstruo como este —admitió
Alexstrasza—. Con otro de nuestra familia. Como no es capaz de dar con nuestro hermano
de camada, ayuda a otros de la familia.
Aunque Malygos no se había detenido a pensar demasiado en esa obsesión de Ysera,
ahora sospechaba que, si la hembra no había sido capaz de hallar los restos de su hermano,
debía de ser porque se los habían llevado algunos carroñeros o los habían arrastrado las
inclemencias meteorológicas. No obstante, todavía cabía la posibilidad de que hubiera
pasado a engrosar las filas de los no-muertos, aunque el anfitrión de Kalec lo dudaba
bastante.
Sin embargo, todo eso, por supuesto, no explicaba qué hacia ese monstruo ahí o
cómo era posible o por qué seguían estando tan cerca del lugar donde Talonixa había sufrido
una desastrosa derrota. Una vez más, el rugido de Galakrond atronó. Aunque, esta vez, sonó
mucho más distante.
—El olor —explicó Alexstrasza—. El olor de los no-muertos tapa el nuestro.
Galakrond solo huele la muerte cercana.
Esas palabras, al menos, respondían una de esas cuestiones vitales que se planteaban
Malygos y Kalec.
—Pero esa no es la razón por la que este no-vivo está aquí.
—No… yo he tenido algo que ver con eso —dijo el otro ser.
A Alexstrasza no pareció sobresaltarle que hubiera una quinta figura en la cueva, y
lo más interesante de todo era que quien había hablado no era otro sino Tyr.
Lo que no sorprendió a Malygos al contemplar a esa figura encapuchada envuelta en
una capa era que Tyr fuera ahora varios centímetros más alto que antes y mucho más ancho.
Incluso entonces, tanto Malygos como Kalec no habían podido evitar tener la sensación de
que Tyr solo se les había mostrado con ese tamaño porque le resultaba conveniente por el
momento. No obstante, seguía irradiando una presencia mucho más imponente de lo que
indicaba su actual altura.
Esto es sólo un pequeño reflejo de lo que realmente es. Recordó Kalec vagamente.
Aunque intentó recordar más con todas sus fuerzas, su propia época se había convertido en
una serie de escenas fragmentadas a las que cada vez le resultaba más difícil considerar la
realidad.
El rostro de Jaina era el vínculo más fuerte que aún le anclaba a ese tiempo y, a veces,
incluso ella se sumía brevemente en el olvido.
El siseo ahogado del no-muerto interrumpió su intento de consolidar los pocos
recuerdos que le quedaban. Si bien el cadáver reanimado intentó avanzar de nuevo. Ysera le
bloqueó el paso y siguió hablándole en voz baja a esa criatura, como si se tratara realmente
de su hermano de camada perdido.
—Debería olvidarse de su obsesión —masculló Malygos al fin.

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El Alba de los Aspectos

—Esa obsesión ha hecho que ahora se encuentre aquí y que, por tanto, su hermana
también se halle en este lugar —señaló Tyr—. En ese aspecto, su deseo de salvar a su
hermano perdido ha sido muy útil. Cuando atraje a esta criatura a esta cueva, mis intenciones
eran muy distintas, pero al parecer, el destino tenía otro propósito en mente.
—Vi a este monstruo cuando huíamos de Galakrond —añadió Alexstrasza—. Ysera
quería regresar con Galakrond. Quería intentar sellar la paz con él una vez más. —Miró a su
hermana y al no-muerto—. Le dije que había visto a nuestro hermano de camada y me creyó.
Y lo seguimos hasta aquí.
Tyr gruñó.
—Tuve que variar un poco mi plan. —No se molestó en contarles en qué había
consistido esa variación, aunque los confusos protodragones ladearon la cabeza en señal de
estupefacción—. Nos ha salvado la vida. Ahora solo tenemos que dar con la manera de salvar
el mundo.
—Neltharion y Nozdormu… —murmuró Malygos—. Ellos no se han salvado.
A Alexstrasza se le desorbitaron los ojos. Había estado tan centrada en su hermana
que se había olvidado de los otros dos machos.
—¡Galakrond! ¿Están…?
—No lo sé. Subimos a las nubes y nos separamos. Yo no vi nada, ni oí nada.
Malygos sintió la necesidad de salir fuera y partir en busca de la pareja desaparecida,
así que dio un paso hacia la entrada.
—Espera.
Tyr dejó atrás a los dos protodragones y, a pesar de que se acercó a la entrada, no
salió de ahí. Por un momento, la criatura bípeda calvó su mirada en la abertura.
Alexstrasza aprovechó ese momento para comentarle a Malygos:
—Apareció de la nada. Nos dijo que te conocía y nos ofreció ayuda. —Negó con la
cabeza—. Me lo creí todo. No cuestioné a Tyr para nada.
Aunque a Malygos le alegró saber que ya no tendría que explicarles quién era Tyr ni
defenderlo, eso era algo que no le preocupaba demasiado en esos momentos. En realidad,
no podía evitar que tanto Ysera como el horrendo ser al que protegía le siguieran
inquietando. Mientras tanto, la hermana de Alexstrasza continuaba hablándole en voz baja
al cadáver.
—Tyr dice que le dejemos estar —masculló la hembra naranja como el fuego—.
Aunque no ha dicho por cuánto tiempo.
—No me parece bien. No puede quedarse aquí.
La conversación se vio interrumpida por la vuelta de Tyr.
—Galakrond sigue en esta región, pero ha tomado el camino hacia el sudoeste. Si
continúa en esa dirección, pronto se hallará muy lejos y podrán partir en busca de sus
camaradas.

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El Alba de los Aspectos

Malygos resopló.
—Los encontraremos. Pero ¿qué hay de ella?
Tyr siguió su mirada hasta llegar a Ysera.
—Hay un aspecto de ella que debe ser potenciado, que debe ser explorado. Creo que
será importante, si no ahora, sí en el futuro.
—¡Humf! —El futuro era un concepto que Malygos y los demás protodragones
habían alcanzado a comprender y valorar de verdad solo recientemente, pues en su momento
habían sido criaturas que vivían únicamente en el presente, aunque en esos instantes ese
mismo concepto parecía pender de un hilo—. Quizá Galakrond sea el futuro.
Este comentario no pareció inquietar al guardián de un modo tan dramático como
esperaba el protodragón. En vez de asentir de manera solemne, Tyr se limitó a sonreír
ligeramente.
—Creo que, por fin, he elegido bien.
Esas palabras confundieron y enfurecieron al anfitrión de Kalec.
—¡Ya estamos con acertijos! ¡Tyr el sin alas, habla con acertijos mientras los
protodragones mueren!
—Nadie es más consciente de eso que yo —replicó el ser de dos piernas, con un tono
de voz demasiado sereno en opinión de Malygos. —Nadie se siente más responsable de esto
que yo. Debería haber estado más atento. Sé que a los demás no les importaba. Debería haber
vigilado más de cerca… pero incluso yo me distraje.
El cadáver reanimado escogió ese momento para emitir una serie de ruidos furiosos.
Enseguida quedó claro por qué se había puesto nervioso de repente. Ysera se había atrevido
a quitarle la mordaza, aunque ni Malygos ni Kalec sabían qué había pretendido lograr con
eso. No obstante, lo único que estuvo a punto de conseguir con esa decisión fue que le
mordiera en la garganta. Ysera se salvó únicamente de recibir una dentellada mortal gracias
a sus rápidos reflejos.
Una tremenda ira se apoderó de Malygos. Apartó de un empujón a Ysera y atacó al
no-muerto, quien tenía las zarpas todavía atadas, por lo cual solo podía defenderse con sus
fauces repletas de babas y su espantosa niebla. Malygos se colocó a la derecha del monstruo.
Al no poder girarse bien, el no-muerto era incapaz de volver la cabeza lo suficiente como
para poder alcanzar a su adversario.
Malygos le desgarró su reseco cuello y atravesó con suma facilidad esa carne
putrefacta y esos huesos astillados. Con eso bastó para que el cuello cediera y se llevara
consigo la cabeza.
De esa terrible herida, manó lentamente una sangre negra, mientras el torso seguía
retorciéndose. Dominado aún por la furia, Malygos le abrió el pecho en canal. Eso pareció
bastar para que el cuerpo se quedara quieto y. por último, se desplomara.

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El Alba de los Aspectos

La ira también se había adueñado de la mente de Kalec, aunque en menor grado.


Tuvo que reprimir su deseo de saborear esa sangre y esa carne, mientras una voz intentaba
atravesar la neblina en lo que se habían convertido los pensamientos de Malygos.
El macho azul como el hielo se volvió hacia Ysera, quien le devolvió la mirada y se
puso a hablarle en un tono muy parecido al que habla utilizado con el cadáver. Al principio.
Malygos la miró con desdén, pues solo estaba interesado en la fuerza vital de la
protodragona. Al oler la frescura de esa energía, su hambre aumentó. Kalec comprendió que
su anfitrión estaba sufriendo las secuelas del mordisco que le había dado antes un no-muerto
y dudaba que Malygos fuera capaz de superar esa ansia esta vez. Y lo que era aún peor, el
protodragón se estaba alzando de un modo amenazador sobre Ysera, quien no hizo ademán
alguno de huir.
Entonces, una voz serena penetró en los pensamientos de Malygos. Como algo
surgido de un sueño acarició con delicadeza algún resto de cordura que todavía le quedaba
al anfitrión de Kalec y despertó su buen juicio. Kalec noto que el hambre de Malygos
menguaba. La razón volvió a dominar su mente.
Somos tus amigos, Malygos…
En un principio, Kalec creyó que esa voz pertenecía a Tyr, ya que no solo poseía un
tinte sobrenatural, sino porque nadie más podía ser capaz de imponer la cordura sobre la
locura. Sin embargo, cuando esa voz repitió ese mensaje, se percató de que se trataba de una
voz femenina.
Era Ysera. En cuanto lo abandonó esa ira asesina, la mente de Malygos se despejó y
su vista se aclaró. Ahora, tanto Kalec como su anfitrión podían distinguir que era Ysera la
que hablaba. Si bien eso tenía sentido, incluso Kalec había sido incapaz de identificarla en
tales circunstancias.
—No quieres hacer esto. Tú luchas por nosotros, no contra nosotros.
Kalec, al escuchar esas palabras a través de los oídos de Malygos, percató de que
Ysera hablaba de un modo mucho más sucinto. Ella era más inteligente (aunque quizá
también más impulsiva) que los demás protodragones. Kalec se preguntó si su pequeño
tamaño y su incapacidad para luchar tan bien como muchos otros protodragones normales
habían contribuido a que desarrollara su inteligencia mucho más que la mayoría de los de su
raza.
Malygos asintió al fin.
—Estoy bien.
Pero por primera vez, Tyr se hallaba inquieto. El ser bípedo se abrió paso ante Ysera
a empujones y lanzó una mirada iracunda a Malygos.
—Te han mordido, el hambre te domina.
Alexstrasza se unió a su hermana. La hembra mayor parecía tan constada como Tyr.
Por otro lado, Ysera parecía muy interesada y, al mismo tiempo, decepcionada.

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El Alba de los Aspectos

—Podría haberlos salvado —mascullo Ysera—. No tendrían que haber muerto en


esa cueva…
Tanto Malygos como Kalec se acordaron de los protodragones infectados que
Talonixa había enterrado vivos. Kalec dudaba que esas pobres criaturas, a las que esa ansia
había dominado aún más que a Malygos, hubieran podido recobrar la cordura, tal y como
había sucedido con su anfitrión. Aun así, sintió que la culpa se adueñaba de Malygos, pues
este creía que tal vez podría haber ayudado a Ysera a aceptar esa verdad.
Tyr ignoró a Ysera, pues tenía centrada toda su atención en Malygos a quien estudió
detenidamente por si detectaba alguna señal de que el hambre volvía a dominarlo.
—He visto a otros pasar por lo mismo. Pero ninguno logró superarlo. ¿Cuánto tiempo
ha pasado desde que te mordieron?
—Varios soles.
Tyr entornó los ojos (que eran muy distintos a los de los protodragones) aún más.
—Y no has sucumbido a pesar de que ha pasado tanto tiempo. Eso quiere decir que
posees una voluntad férrea, aunque, evidentemente, con eso solo no basta. No obstante, es
lo único que ha impedido que el hambre te invada por entero.
Malygos se enderezó.
—No volverá a pasar.
Para sorpresa de Kalec, su anfitrión hablaba con total seguridad. El dragón pudo
percibir que Malygos había experimentado un cambio, un cambio que, en gran parte, era
consecuencia de los esfuerzos realizados por Ysera para llevarlo de vuelta a la cordura.
Pero Tyr no parecía muy convencido. Entonces, alzó una mano, que brilló con un
fulgor blanco, hacia Malygos.
Este se echó hacia atrás de manera instintiva. Alexstrasza siseó. Solo Ysera parecía
imperturbable. Una cosa era que Malygos hubiera visto a Tyr desaparecer y reaparecer y que
conociera sus asombrosos poderes, y otra muy distinta que esos poderes se centraran ahora
en él. El macho azul como el hielo tuvo que hacer gala de una gran fuerza de voluntad para
alejar la tentación de defenderse.
—No percibo que esa hambre te haya corrompido, o bien la has enterrado muy dentro
de ti, de modo que nunca resurgirá, o bien, de algún modo, has logrado purgarla por entero
de tu cuerpo y mente —Tyr dirigió su mirada de nuevo a Ysera—. Por lo visto, nunca debe
dejarse llevar por las apariencias.
No dio la sensación de que la hermana de Alexstrasza hubiera escuchado el cumplido
de Tyr. La frágil hembra se limitó a acercarse de nuevo al cadáver destrozado. Murmuró
algo y, acto seguido, lamentó su muerte, tal y como Malygos recordaba que Alexstrasza
había llorado la de su verdadero hermano de camada cuando se encontró ante sus restos
mortales.
Tyr toleró estos lamentos por muy corto espacio de tiempo.

P á g i n a | 192
El Alba de los Aspectos

—Hay otros aún vivos que todavía pueden ser salvados. Creo que será mejor que
hagamos cuanto podamos por ellos, incluso por sus amigos perdidos.
—Pero Galakrond es aún un problema —señalo Alexstrasza—. Aunque se haya ido,
siempre nos perseguirá para darnos caza.
—Por eso, debemos darle caza.
Malygos no fue el único que contempló a Tyr con suspicacia.
—¿Darle caza? ¡Talonixa quiso cazar a Galakrond! ¡Ve a preguntarle a ella qué le
pasó, Tyr!
—Entiendo lo que quieres decir, protodragón. Aun así, esta vez será diferente.
El anfitrión de Kalec ladeó la cabeza.
Tyr metió una mano en su capa y sacó de ahí algo que únicamente Kalec reconoció;
no obstante, Malygos y sus hermanas comprendieron que se trataba de alguna especie de
arma. Tyr tal vez careciera de zarpas y dientes afilados, pero blandía esa cosa de punta roma
con una facilidad y habilidad que incluso los protodragones eran capaces de apreciar.
Kalec, por su parte, había visto muchos martillos de guerra en su época, sobre todo
en manos de enanos, que palidecían en comparación con la descomunal arma que Tyr
sostenía ahora, un arma que tanto Kalec como su anfitrión intuyeron que era mucho más
poderosa de lo que parecía al igual que sucedía con esa figura encapuchada.
—¡Esta vez, no me mantendré al margen! Cuando se enfrenten a Galakrond, estaré
a su lado.
Devolvió el arma a los confines de la capa, y el arma pareció desvanecerse en el
vacío en vez de pender simplemente del costado de Tyr. Por muy asombroso que esto le
resultara a Malygos, a Kalec ese gesto le reveló otra cosa mucho más impactante.
Junto al lugar en el que se había desvanecido el martillo pendía la reliquia, ni más ni
menos.
Kalec esperaba que la capa tapara de nuevo ese objeto que tanto le estaba amargando
la existencia, pero para su sorpresa Tyr sacó de ahí la reliquia. Los protodragones
contemplaron objeto; Malygos completamente estupefacto, al igual que las hermanas.
Aunque diversas explicaciones sobre qué podía ser esa cosa surcaron a gran velocidad por
la mente de su anfitrión (podía ser un huevo, una roca, un trozo de estrella), ninguna se
aproximaba a lo que Kalec sabía sobre esa insidiosa reliquia.
Tyr sostuvo la reliquia (a Kalec le dio la impresión de que era más pequeña de lo que
recordaba) en dirección hacia Malygos.
Ahora la reliquia refulgía con un tenue color blanquecino, en vez de con esa
tonalidad lavanda de su propia época que le resultaba tan familiar al dragón azul… y solo
en dirección hacia el anfitrión de Kalec. Malygos gruñó, pero antes de que pudiera
reaccionar, el brillo se apagó.

P á g i n a | 193
El Alba de los Aspectos

Tyr se giró hacia Ysera y Alexstrasza. Una vez más, la reliquia brilló de modo tenue.
Como habían comprobado que a Malygos no le había ocurrido nada, ninguna de las dos
hermanas parpadeó siquiera.
A pesar de que Kalec deseaba realizar varias preguntas a voz en grito, Malygos solo
realizó una de las muchas a las que el dragón azul buscaba respuesta:
—¿Qué acabas de hacer?
—Acabo de asegurarme de que habrá un futuro.
A Kalec no le sorprendió que les diera una respuesta tan vaga. Si bien él habría
realizado otra pregunta peliaguda a continuación, Malygos no era de la misma opinión, ya
que su principal foco de preocupación era la apurada situación que estaban viviendo.
—Vámonos ya a buscar a los demás.
Tyr ocultó de nuevo la reliquia, dejando a Kalec rumiando su desazón.
—Sí, los encontraremos…
El rugido de Galakrond hizo temblar la caverna, pues de repente se hallaba muy
cerca. Unos trozos muy pesados se desprendieron del techo. Si, de inmediato, Alexstrasza
no se hubiera tapado la cabeza con las alas, habría resultado malherida. Los escombros
también alcanzaron a Ysera y Malygos, pero no tanto.
Sin embargo, las rocas parecían caer alrededor de Tyr sin llegar a tocarlo. Aun así,
este no se tomó ese incidente a la ligera. Frunció el ceño y guio a los tres hasta la entrada.
Esa decisión resultó ser prudencial, puesto que toda una gran sección del techo se vino abajo
un segundo más tarde. Aunque el derrumbe no los enterró vivos, ahora iban a tener que salir
a rastras de uno en uno si querían escapar de ahí.
Y fuera de ahí, los esperaba un encolerizado Galakrond.
—¡Algo lo ha traído de vuelta hasta aquí! —exclamó Tyr con voz ronca—. ¡Tal vez
sus amigos!
Fuera cual fuese la razón de su regreso, daba la sensación de que Galakrond estaba
decidido a quedarse en esa región. La tierra se estremeció una y otra vez, provocando que
llovieran más piedras, aunque por ahora no hubo más derrumbes. Los cuatro (cinco si
contamos a Kalec) sabían que su suerte se agotaría en breve.
Si bien Tyr reanudó la marcha hacia la entrada, Malygos lo adelantó raudo y veloz.
El protodragón sacó el hocico lo justo para poder ver qué estaba ocurriendo.
Galakrond escogió ese preciso instante para aterrizar. Un nuevo temblor sacudió el
paisaje y el monstruoso protodragón agitó la cabeza adelante y atrás en busca de algo. Tanto
Kalec como su anfitrión se percataron que Galakrond parecía risueño. Kalec había visto esa
expresión antes en otros depredadores; el coloso estaba jugando con su presa, fuera cual
fuese.
Un momento más tarde, la presa hizo acto de presencia. Se trataba de Neltharion, lo
cual no sorprendió demasiado ni a Malygos ni a Kalec.

P á g i n a | 194
El Alba de los Aspectos

El macho gris como el carbón descendió en picado por detrás de Galakrond. A


continuación, Neltharion profirió otro rugido, dirigido a la nuca de Galakrond. El leviatán
deforme se estremeció ante la fuerza de esa onda sonora y cayó de bruces al suelo.
Neltharion se echó a reír y trazó un círculo en el aire para volver a atacar.
—Lo está atrayendo a su muerte —afirmó Tyr, quien se hallaba al Lado de
Malygos—. Sabía que era temerario, pero no un suicida.
En todo momento, Galakrond había estado observando a Neltharion, con varios de
los ojos que tenía repartidos por el torso. Entonces el pequeño macho alcanzó el lugar al que
Galakrond, evidentemente, estaba esperando que llegara. El coloso giró la cabeza y abrió la
boca para exhalar.
De improviso, una gruesa columna de arena se adentró en su garganta Galakrond
sufrió un ataque de tos y tuvo que hacer grandes esfuerzos para poder respirar. El
descomunal protodragón intentaba así expulsar la arena que le taponaba la garganta.
En ese instante, otra figura diminuta descendió justo por detrás de Neltharion.
Aunque Nozdormu le lanzó varios siseos a Galakrond para provocarle, la bestia no reparó
en ello porque no paraba de carraspear.
—¡Una coordinación excelente! —exclamó Tyr—. ¡Qué razón tenía al confiar en
ustedes!
Malygos no conseguía entender qué era lo que tanto alegraba a ese ser bípedo, y
Kalec estaba de acuerdo con él. Sí, esos dos habían logrado jugársela a Galakrond, pero ni
por asomo lo habían derrotado.
De improviso, algo impulsó a Malygos a abandonar el abrigo de la cueva. Antes de
que nadie pudiera impedírselo, ya había atravesado la mitad de esa entrada semiderruida.
Aunque Alexstrasza lo llamó a gritos, el macho azul como el hielo no vaciló. Kalec percibió
que el fuerte sentido de la lealtad de Malygos lo obligaba a sumarse a la refriega.
Galakrond agachó el hocico y, por fin, logró desembarazarse, de algunos trozos de
arena solidificada. Su respiración adquirió una cadencia más normal e hizo ademán de alzar
la vista de nuevo…
Pero entonces, Malygos exhaló. Tal y como Nozdormu había antes, Malygos apuntó
a la garganta.
No obstante, Galakrond intuyó su presencia en el último instante. Sin embargo, al
volverse para encararse con Malygos si lo único que logró fue proporcionarle un blanco
mejor. La ráfaga a de escarcha impactó en el mismo ojo que Neltharion había atacado con
anterioridad.
Si bien ese hielo por sí solo no habría podido ralentizar a Galakrond, sí consiguió
que el estado de su ojo herido empeorara. Siseando el enorme protodragón cerró ambos ojos.
No obstante, eso no lo dejó ciego, claro está; además, varios de sus ojos adicionales se
clavaron con furia en Malygos.

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El Alba de los Aspectos

En cuanto esos orbes se fijaron en el anfitrión de Kalec, unas llamaradas cayeron


sobre los que tenía cerrados. Alexstrasza surcó el aire por encima de Malygos lanzando una
ráfaga ígnea de manera ininterrumpida. Su ataque evitó que el monstruo pudiera reabrir los
ojos y distrajo la atención del resto de globos oculares; que ya no miraron a Malygos.
Entonces, Neltharion optó por atacar a algunos de esos ojos de más. Primero les
rugió; después, en cuanto pudo acercarse suficiente, arrancó dos de ellos con sucesivos
ataques de sus zarpas traseras.
Sin embargo, el audaz macho no presto suficiente atención a algunos de esos
miembros extra. Quizá porque los consideraba poco más que unos tumores inútiles,
Neltharion dejó que su cola quedara al alcance de una pata inerte.
Esa zarpa le agarró de la cola con suma firmeza. Neltharion intentó retroceder, con
lo cual lo único que consiguió fue aproximarse a otra garra, que lo cogió de una de sus patas
posteriores.
Galakrond abrió los ojos y se volvió con la boca abierta para engullir ese bocado que
acababa de atrapar.
Pese a que Malygos y Alexstrasza procuraron atraer su atención de nuevo, Galakrond
estaba concentrado únicamente en devorar a Neltharion. Con sus ataques, centrados ahora
sobre todo en su piel escamosa, apenas lograban que su rival se estremeciera ligeramente
mientras se acercaba con sus fauces al macho gris como el carbón.
En este instante, una sombra planeó sobre Malygos, era tan inmensa como para
hacerle pensar que tal vez otro Galakrond se le aproximaba por la espalda. Hizo ademán de
mirar hacia atrás, pero esa silueta se desplazaba tan rápido que tanto él como Kalec no
tuvieron tiempo de comprobar qué era eso antes de que alcanzara a Galakrond.
Una gruesa forma, que Kalec identificó en un principio como un puño tan grande
como un protodragón adulto, golpeó a Galakrond oblicuamente en la mandíbula que
Neltharion tenía de frente. El impacto fue tan potente que el coloso retrocedió trastabillando
por culpa del golpe.
Solo cuando esa silueta se alejó un poco, Kalec y su anfitrión pudieron atisbar
ligeramente que lo que había propinado ese golpe no era un puño sino la cabeza de un
martillo… un martillo idéntico al que Tyr había blandido, pero muchas veces más grande
que el que habían visto entonces.
Si bien Malygos no había reparado en ello, Kalec sí se había dado cuenta de que
había una mano que sostenía ese martillo, una mano mucho más descomunal de la que
habían visto.
Pero en cuanto el martillo se retiró, Malygos centró su atención en Ysera, quien
volaba a gran velocidad y muy peligrosamente cerca de las fauces de un Galakrond
momentáneamente aturdido. Sin embargo, en vez de dirigirse a la garganta de su adversario.
Ysera se elevó hasta las fosas nasales de este y exhaló.

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El Alba de los Aspectos

Galakrond gruñó y titubeó.


Las garras que aferraban a Neltharion parecieron perder el control de la situación, de
modo que este logró soltarse y huyó del coloso Al mismo tiempo, Alexstrasza e Ysera
también se alejaron del monstruo
—¡Huyan hacia el sur! —gritó Tyr desde algún sitio situado más allá del campo de
visión del macho azul como el cielo. La atronadora voz de Tyr encajaba perfectamente con
sus proporciones titánicas, lo cual hizo que su repentina orden sobresaltara aún más a
Malygos, ya que todo parecía indicar que, por fin, estaban ganando.
Pero justo cuando estaba pensando eso, Galakrond se estremeció de nuevo.
El anfitrión de Kalec viró para alejarse todavía más. Divisó a sus compañeros, entre
los que se encontraba Nozdormu, que lo estaban esperando al sur, aunque de Tyr no había
ni rastro. Malygos aceleró todavía más.
Tras él, Galakrond bramó. Malygos voló aún más rápido si cabe. Acto seguido, se
sumó a los demás, que también avanzaban raudos y veloces.
—¿Y Tyr? —preguntó Malygos a pleno pulmón.
A modo de respuesta, recibió un estruendo que reverberó como un trueno y los
empujó lejos de Galakrond. Un segundo después, el leviatán volvió a rugir, pero esta vez a
una distancia mucho mayor.
Si bien Malygos estuvo a punto de detenerse, Alexstrasza hizo un gesto de negación
con la cabeza.
—¡Tyr ha dicho que volemos al sur! ¡Así que sigue volando!
El protodragón obedeció a regañadientes. Aunque no conseguía entender del todo a
ese ser llamado Tyr, tenía que reconocer que esa criatura de dos piernas sabía mucho más
que él o los demás. Además, sus esperanzas de poder derrotar a Galakrond estaban
depositadas fundamentalmente en él.
En Tyr… quien en ese mismo momento estaba arriesgando su vida para ayudarlos a
ellos cinco a escapar.
Para Kalec, que se veía obligado a ir adondequiera que su anfitrión fuera, a pesar de
que él habría volado en la dirección opuesta, ese era el mismo Tyr que llevaba consigo la
reliquia y en quien el dragón azul tenía depositadas unas esperanzas cada vez más exiguas a
que lo ayudaría a librarse de esas visiones sin perder la cordura en intento.

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CAPÍTULO CUATRO
EN EL NEXO
J aina contemplo enfurecida los controvertidos libros. Había acotado todo un

repertorio de conjuros diseñados para realizar búsquedas tan delicadas, pero había sido en
vano. Ahora la archimaga se estaba planteando la posibilidad de tomar medidas más
radicales, aunque dudaba, ya que Modera o alguien más percibirían su presencia si lo hacía,
sin lugar a duda. Aun así, cada segundo perdido podía significar que Kalec corriera aún más
peligro.
Tenía que arriesgarse y descubrir lo que hiciera falta. Una vez tomada la decisión.
Jaina inició el sortilegio… pero entonces, se detuvo. Encima de una estantería yacía la
calavera de un reptil primitivo y salvaje que había heredado de su predecesor. Rhonin, junto
a una serie de objetos extraños y arcanos. Si bien ese en concreto no significaba nada para
Jaina, provocó que su mente regresara abruptamente al enorme esqueleto y a su encuentro
con Buniq. Recordó de nuevo cómo la taunka había dibujado aquel patrón en el aire. Solo
en ese momento. Jaina meditó acerca de qué sentido tenía que la taunka hubiera recorro con
suma precisión un símbolo que no se parecía en nada a cualquier cosa que hubiera visto
antes. En su momento, la archimaga lo había achacado a que la raza de Buniq poseía una
gran memoria, pero ahora se preguntaba si no habría algo más en todo aquello.
¿De verdad eras una taunka?, preguntó Jaina a la distante Buniq. No debería haber
creído que todo era pura coincidencia.
Jaina dibujó el símbolo en el aire. Luego, lo giro para poder contemplarlo tal y como
lo había dibujado la cazadora.
—¡Qué necia he sido! —exclamó la archimaga. Se mordió un labio y acto seguido,
se limitó a implorar que nadie la hubiera escuchado. Observó el símbolo invertido, como si
fuera algo nuevo.

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El Alba de los Aspectos

Si le hubiera prestado más atención la primera vez que lo había visto junto al
esqueleto, Jaina se habría percatado de que al girarlo tenía un significado muy distinto y
obvio. Vuelto de este modo, el símbolo era también una llave.
O, más bien, la clave del enigma. Jaina proyecto el símbolo invertido sobre el tomo
original. Después, la archimaga observó cómo se hundía en el libro.
El fulgor lavanda se esfumó no solo del libro en cuestión, sino también de toda la
colección.
Jaina cogió el grueso tomo y hojeó las páginas. Ahí, donde había esperado dar con
la información que necesitaba, la encontró al fin. La archimaga leyó con sumo cuidado el
pasaje.
«Cuando se juntan, las dos partes son más que la suma de sus individualidades. Su
poder se magnifica. El archimago Wendol sugirió que ambas se podían combinar de otras
maneras, pero como ha transcurrido tanto tiempo desde su creación, algunas de esas
combinaciones no funcionan como es debido…».
Jaina cerró el libro.
—Sí… eso debe de ser.
Entonces, oyó unas voces procedentes del exterior de sus aposentos. Jaina lanzó un
juramento en voz baja maldiciendo su anterior arrebato. Debería haber supuesto que Modera
habría encargado a alguien que vigilara, por si regresaba.
Pero ya no importaba que la hubieran descubierto. Jaina creía que tenía lo que
necesitaba. La archimaga posó el libro… y se desvaneció.
Unos segundos más tarde, se materializó más allá de las fronteras mágicas del Nexo.
El zumbido que acompañaba a su hechizo de teletransportación se fue apagando mientras
ella se reubicaba. Jaina frunció el ceño al ver dónde había aparecido; la archimaga se
encontraba lejos de su pretendida meta. Lanzó otro encantamiento y volvió a desvanecerse.
Jaina se materializó exactamente en el mismo lugar.
La archimaga contempló fijamente el Nexo e intentó una estrategia distinta. Esta vez
se limitó a sondear mentalmente qué era lo que estaba sucediendo.
Pero su sonda mental no logró atravesar los sortilegios de protección del Nexo.
Como Jaina recientemente había podido entrar ese santuario, dedujo que Kalec debía
de haber reajustado los conjuros defensivos para evitar que alguien o algo entrase ahí. Acto
seguido, le asaltó la idea de que tal vez los había modificado para evitar que ella en concreto
entrara. El dragón ya había intentado evitar con anterioridad que ella se inmiscuyera en sus
problemas, por lo que podía concluir de un modo razonable que ese cambio en los hechizos
había sido hecho con esa intención en mente.
El problema estribaba en que Jaina creía que ella era la única esperanza que le
quedaba a Kalec de poder salvarse de lo que le estuviera haciendo esa reliquia, fuera lo que
fuese. Pero si había sellado el Nexo, era posible que se hubiera condenado a sí mismo.

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El Alba de los Aspectos

¡No! ¡No voy a perderle! Jaina lanzó otro conjuro, que envolvió toda la red de
hechizos. Buscó alguna fisura, por muy leve que fuera, de la que pudiera aprovecharse. Por
desgracia, no halló ninguna.
Aparte de los dragones azules, muy pocos seres vivos entendían las complejidades
de la red de hechizos del Nexo tan bien como Jaina Proudmoore. Como era capaz de percibir
en general su entramado, intentó buscar sus puntos clave. Lo hizo no para buscar debilidades,
sino para hallar alteraciones. Si la archimaga lograba comprender qué había cambiado, tal
vez sería capaz de ver qué debía hacer para reajustarlo como ella quería.
Pero lo que Jaina descubrió al localizar los puntos clave no era lo que esperaba. No
había sido Kalec quien había realizado esas modificaciones; la misma firma de energía que
había percibido en la reliquia impregnaba ahora la red defensiva del Nexo.
Al principio, la archimaga permaneció inmóvil presa del desaliento, pero entonces
se le ocurrió una idea. Volvió a dibujar el símbolo y yo invirtió, tal y como había hecho antes
con los libros, para utilizarlo en el siguiente sondeo de los encantamientos de protección más
importantes.
A pesar de que encontró cierta resistencia, el símbolo se impuso al final sobre los
conjuros alterados. En cuanto eso sucedió, la influencia que ejercía la reliquia sobre la zona
se esfumó.
Animada por ese triunfo, Jaina sondeó aún más profundamente…
De repente las alteraciones se rehicieron y rechazaron todos los conjuros que había
lanzado sobre el entramado defensivo. Todo el proceso se revirtió con tal fuerza que Jaina
recibió un fuerte golpe a nivel mental.
Jadeando, la archimaga hincó una rodilla en el suelo. Le dolía la cabeza. Sin
embargo, la frustración inicial que la invadió ante este contratiempo pronto dio paso a la
curiosidad. Lo que había percibido, había indicado que la reliquia no tenía nada contra ella
en concreto: simplemente, se había limitado a reparar una zona que había sido modificada.
El ataque contra la archimaga no había sido intencional ni había estado plagado de malicia.
En cuanto la zona había recuperado su estado anterior, la reliquia había dejado de actuar.
Jaina se puso en pie y sonrió sombríamente. Ahora, se hacía idea mucho mejor de a
qué se enfrentaba. Ahora, tenía que conocer sus límites… y si esos límites superaban a los
suyos como archimaga.
Pensando en todo momento en Kalec. Jaina trazó una vez más el símbolo. Luego,
dibujó un segundo, un tercero y así sucesivamente, hasta que, en el espacio de solo unos
segundos, varias decenas de imágenes de ese símbolo invertido flotaron en el aire delante de
ella.
—A ver qué ocurre ahora —murmuró Jaina—. Veamos qué sucede cuando tengas
que reajustarlo todo.

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El Alba de los Aspectos

Elevó ese ejército de símbolos en el aire, los cuales flotaron juntos por un momento
para, a continuación, dispersarse y rodear toda la extensión del Nexo, así como sus hechizos
de protección invisibles. En cuanto se encontraron donde Jaina quería que estuvieran, la
archimaga los hizo detenerse un poco más allá de la red defensiva. Expandió sus
percepciones echó un último vistazo a la disposición de los encantamientos defensivos y,
acto seguido, envió un símbolo a cada uno de ellos de un modo violento.
En cuanto esos símbolos invertidos tocaron los conjuros de protección, el Nexo
estalló en una explosión de energía blanca y lavanda.

***

Los cinco protodragones se posaron en una serie de cumbres escarbadas a lo largo


de la ladera de un pico ancho y sombrío. Todos se encontraban extremadamente exhaustos
y si Galakrond hubiera escogido ese momento para atacarlos, Malygos albergaba dudas
sobre que tanto él como sus amigos habrían sido unas presas muy fáciles para ese coloso.
Kalec, que era capaz de sentir el cansancio y mal humor de Malygos, no pudo evitar pensar
del mismo modo.
Durante varios minutos, los cinco permanecieron agazapados ahí donde se habían
posado, sumidos en sus propias reflexiones, aunque claramente todos pensaban lo mismo.
Empezaban a ser conscientes de la devastación que Galakrond había provocado, así como
del hecho de que parecían ser los únicos que quedaban aún en pie para enfrentarse a él. La
inmensidad de esa tarea era cada vez más evidente.
El viento ululó por la montaña, pero de repente Malygos oyó otro sonido mezclado
con el anterior. Aunque el macho azul como el hielo se estremeció y escuchó con atención,
esta vez, únicamente oyó el viento.
El anfitrión de Kalec se percató de que Ysera también escuchaba detenidamente. No
obstante, ella no miraba en dirección hacia Malygos, sino, más bien, hacia dos montañas
situadas al este, que parecían que iban a caerse una sobre otra.
Una vez más, sonó ese peculiar ruido brevemente. Esta vez, Malygos lo reconoció:
era el siseo lúgubre de un protodragón.
Ysera salió volando en dirección hacia ese sonido. Pese a que los demás se dieron
cuenta de que había despegado, resultaba evidente que no habían oído ese lloro. Malygos la
siguió de inmediato, y el resto despegó tras él.
Ysera se dejó caer en picado entre ambas montañas. Malygos aceleró para igualar su
ritmo, asombrado de que esa hembra tan débil poseyera ahora más fuerzas que él.
La protodragona amarillenta se adentró en una zona envuelta en sombras que recordó
mucho a Kalec y su anfitrión a la región que acababan de abandonar. En las mentes de
ambos, irrumpieron unas imágenes en las que aparecían cadáveres reanimados.

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El Alba de los Aspectos

La hermana de Alexstrasza se desvaneció entre las sombras. Malygos aminoró la


marcha un poco y, a continuación, entró.
De inmediato, un protodragón se alzó ante él. A pesar de hallarse sumido en sombras,
Malygos tenía claro que se trataba de un ser vivo, no de un no-muerto.
Ambos chocaron, pero no porque el otro protodragón (un joven macho) buscara
batallar. El presunto oponente de Malygos graznó de miedo mientras intentaba alejarse de
él.
Por detrás de Malygos apareció un tercer protodragón (la propia Alexstrasza) la
hermana de Ysera ayudó a Malygos a sujetar al joven protodragón contra una pared.
Mientras hacían esto, se les unió Ysera.
—No… lo hemos sobresaltado. Suéltenlo.
Presa del frenesí, el macho capturado miro a Malygos y luego a Ysera y vuelta a
empezar. Profirió un leve gemido. Fue entonces cuando Malygos se dio cuenta de que se
trataba de uno de esos protodragones menos evolucionados, uno de los que todavía no había
dado el salto a la inteligencia.
A espaldas de Ysera, surgieron más lloriqueos. Malygos entrevió varias siluetas que
se movían al fondo.
Neltharion y Nozdormu aterrizaron cerca de ellos. Al mismo tiempo, Alexstrasza
soltó al protodragón capturado. Malygos la imitó.
Al instante, el joven macho pasó corriendo por detrás de Ysera. Después, se
desvaneció entre las demás siluetas envueltas en sombras, las cuales se agitaron aún más.
—¿Qué ocurre aquí? —masculló Neltharion.
Ysera se giró hacia las sombras. Malygos y los demás la siguieron.
Esas siluetas inquietas resultaron ser un conjunto muy variopinto de protodragones,
entre los que Kalec y su anfitrión divisaron a muchos muy poco evolucionados, aunque
también a un puñado de los inteligentes, sin lugar a duda. Fueran lo que fuesen, todos estaban
dominados por una tremenda ansiedad.
Malygos divisó entre ellos a dos a los que reconoció del funesto ataque. Parecían
hallarse en peor estado que los protodragones menos evolucionados y, en cierto modo, más
ansiosos. Tras escrutar a los más inteligentes, Malygos llegó a la conclusión de que
probablemente, todos ellos habían participado en el ataque.
—¡Que viene Galakrond! ¡Que viene Galakrond! —gritó una hembra de color azul
sin previo aviso. De inmediato los supervivientes ahí reunidos se inquietaron aún más.
—¡No es así! —bramó un impaciente Neltharion—. ¡No! ¡Cállense!
Y se callaron, pero únicamente porque en esos momentos temían más al macho gris
como el carbón que al coloso. El arrebato de Neltharion también había estremecido en grado
sumo a Ysera quien se colocó entre esos pobres desgraciados y Neltharion.
—¡Cállate tú! ¡Sí, calla!

P á g i n a | 202
El Alba de los Aspectos

Estupefacto, Neltharion cerró la boca y retrocedió. Ysera a la que se le desorbitaban


los ojos más y más a cada segundo, se volvió hacia los temblorosos protodragones.
—Todo irá bien —prosiguió diciendo con un tono más calmado— Galakrond no
viene… todo irá bien.
Si bien sus oyentes se serenaron un poco, no se calmaron del todo. Kalec, que lo
estaba observando todo, no se lo podía echar en cara. Esos protodragones que habían
formado parte de la campaña de Talonixa iban a tener que vivir con la pesada carga del
horror de esa debacle durante el resto de sus días… lo cual no sería mucho tiempo a menos
que las cosas cambiaran.
—Han muerto tantos —murmuró Ysera—. Tantos…
Alexstrasza se colocó a su lado.
—Hermana…
—¡Galakrond! Debemos…
El mundo de Kalec se volvió del revés. La visión dio paso a la oscuridad de una
manera tan repentina que el dragón azul se estremeció como nunca antes le había ocurrido
en los desplazamientos temporales previos que había sufrido. Se sintió como si su mente
fuera a romperse en mil pedazos.
Lo que en un principio pareció ser el rápido latido de su propio corazón que resonaba
en su cabeza se convirtió rápidamente en un ruido continuo que tenía su origen más allá de
sus propios oídos. En cuanto fue consciente de esto, Kalec también entendió que, de alguna
forma, había regresado a su cuerpo. No obstante, el dragón azul era incapaz de explicar por
qué no había abandonado por completo la visión para viajar al presente. Pese a que Kalec
intento moverse, seguía paralizado, como si aún formara parte del joven Malygos. Era
incapaz de sentir las piernas y los brazos y no notaba ninguna otra parte de su cuerpo, aunque
si era capaz de oír ese ruido pulsante, tenía que tener orejas.
En ese instante, una peculiar forma captó su atención. Kalec agradeció que eso
revelara que todavía tenía ojos. Intento identificarla, pero pudo discernir que se hallaba sobre
él.
Ese ruido pulsante fue en aumento, provocando de nuevo una tremenda tensión en
él. Quería cerrar los ojos y llevarse las manos a los oídos.
Entonces como si hubiera hecho esto último, ese pulso se amortiguó y sonó más
lejano. A medida que la intensidad del ruido menguó, Kalec notó que el mundo intentaba
recuperar su solidez lentamente a su alrededor.
Junto a este, la silueta que se hallaba sobre Kalec fue cobrando algo similar a una
forma.
Esa silueta iba ataviada con una capucha y una capa como la que había llevado Tyr.
Aunque Kalec intentó hablar, no brotó ninguna palabra de sus labios. Presa de la
frustración, tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para intentar emitir algún sonido.

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El Alba de los Aspectos

En sus oídos, retumbó el grito ensordecedor de un dragón; se trataba de su propio


grito, a pesar de que se había despertado portando forma humanoide. Kalec apretó con fuerza
los dientes, que rechinaron, y, a continuación, se sintió satisfecho no solo por haber sido
capaz de haber logrado eso, sino por haber logrado por fin hacerse oír.
Alrededor de esa vaga forma que podría ser Tyr, fueron perfilándose ciertos detalles,
unos detalles que Kalec reconoció, pues pertenecían al interior del Nexo y, entre ellos,
naturalmente, destacaba la reliquia. El hecho de que se encontrara tan cerca no le sorprendió.
Se sintió aliviado al descubrir que este objeto no lo había enviado volando a recorrer medio
Azeroth; no obstante, seguía preguntándose por qué seguía oyendo ese ruido pulsante. No
había ninguna razón que justificara que tal ruido atravesara el Nexo. Si bien algunos de sus
conjuros defensivos hacían saltar alarmas de naturaleza mágica, esta no era una de ellas.
Mientras hacía esta reflexión, Kalec se dio cuenta de repente de que esa vaga forma
ya no se hallaba sobre él. Furioso, clavó su mirada en el aire y, acto seguido, se obligó a
ponerse en pie. Al hacerlo, percibió que la reliquia había extendido su influencia por todo el
entamado de hechizos defensivos, como si pretendiera alterarlo todo de nuevo.
No… Mientras hacía un gran esfuerzo para intentar concentrarse mejor, Kalec se
percató de que el poder de la reliquia fluía ahora de un modo distinto. No solo pretendía
alterar las cosas, sino que intentaba corregir algunos cambios que la red defensiva había
sufrido desde fuera.
Pero ¿quién podía ser tan audaz como para…?
—¿Jaina? —susurró, esperando que fuera ella, al mismo tiempo que rezaba para que
no lo fuera. Kalec creía que la archimaga no podía tener ni idea de lo que estaba ocurriendo
ahí dentro y, si incluso había llegado a descubrir algo de alguna manera, Jaina estaba
arriesgando la vida de un modo innecesario, pues no podía hacer nada por él.
Como temía más por la vida de ella que por su propia cordura en pleno proceso de
desmoronamiento, Kalec avanzó a trompicones. De repente, oyó un estruendo ominoso que
reverberó por todo el Nexo, que golpeó su mismo corazón.
Galakrond.
Era imposible que el protodragón estuviera ahí. Kalec lo sabía con total certeza. Aun
así, oyó el peculiar bramido de Galakrond, aunque esta vez más cerca que nunca.
Una sombra planeó sobre Kalec, una sombra tan vasta que sirvió para verificar que
lo que había oído era real. Sin embargo, cuando intentó divisar el origen de esa sombra, no
vio ni rastro de nada.
El Nexo se estremeció, pero el temblor no tenía nada que ver con las sombras del
pasado. Fuera lo que fuese lo que estaba afectando desde fuera al entramado de conjuros
protectores había provocado más caos en su santuario de lo que Kalec habría esperado. Cada
vez estaba más convencido de que Jaina había venido a buscarlo y cada vez temía más que
la reliquia decidiera atacarla.

P á g i n a | 204
El Alba de los Aspectos

Kalec se aproximó tambaleándose a ese maldito objeto. Otra sombra planeó por
encima de ella, otra más pequeña.
Esa vaga silueta se colocó detrás de la reliquia, con su mirada tapada por una capucha
clavada en Kalec.
—¿Qué quieres de mí? —gritó el dragón—¿Qué?
Kalec se giró rápidamente al oír un siseo ronco a su derecha. Por el rabillo del ojo,
creyó ver a uno de los protodragones no-muertos, pero cuando Kalec intentó volverse para
ver a ese monstruo, comprobó que este, al igual que Galakrond, no estaba por ninguna parte.
En cuanto Kalec se giró de nuevo, vio que la figura encapuchada tampoco se hallaba
ahí.
El exAspecto, cada vez más furioso, intentó alcanzar el objeto. Mientras tanto, a su
alrededor, ese ruido pulsante se volvió más fuerte, más ensordecedor, lo cual provocó que
volviera a pensar en Jaina lo que a su vez lo animó a seguir avanzando hacia la reliquia.
Aunque solo fuera por ella, tenía que, tenía que dar con la manera de detener esa cosa.
Debemos detenerlo aquí y ahora. Si tardamos más, temo por este mundo.
Era la voz de Tyr. A esas alturas, Kalec habría sido capaz de reconocerla en cualquier
parte. Pese a que quiso maldecir al guardián, esta vez no brotó palabra alguna de la boca del
dragón azul. El rugido de Galakrond atronó en sus oídos de nuevo. Al igual que antes, una
vasta sombra planeó tanto sobre él como sobre la cámara.
—Ya lo he observado durante mucho tiempo. Creo que he descubierto dos puntos
débiles en él que podemos explotar.
—Yo no… —Kalec no pudo completar la frase. Ni tampoco pudo alcanzar la maldita
reliquia. Cayó de rodillas y, a continuación, cayó de bruces, intentando aún agarrar ese objeto
octogonal.
Pero en vez de caer, Kalec se despertó en un lugar que reconoció; era la misma región
donde Malygos, Ysera y los demás se habían topado con los supervivientes del ataque. Sus
preocupaciones sobre Jaina y el Nexo se esfumaron, por mucho que el dragón azul intentó
que no fuera así. Su mente y la del joven Malygos se fusionaron de nuevo.
A través de su anfitrión, Kalec comprendió al instante que no se habían encontrado
con ese grupo en una situación tan precaria por casualidad. Tyr los había enviado en esa
precisa dirección porque sabía que acabarían descubriendo a uno de esos grupos que se
escondía de la espantosa glotonería de Galakrond. Si no hubieran dado con ese en concreto,
se habrían topado con otro.
Ahora, Tyr se hallaba con los otros cinco y hablaba con cierta fatiga, pero dentro de
ese agotamiento había trazas de confianza y seguridad. Al parecer, el guardián no les había
contado a los protodragones cómo había sido capaz de escapar de Galakrond, sino que, en
vez de eso, daba la sensación de que estaba organizando a Malygos y el resto para realizar
otro demencial intento de derrotar a Galakrond.

P á g i n a | 205
El Alba de los Aspectos

Aunque para Kalec lo peor de todo era que los protodragones le estaban haciendo
caso, sobre todo Ysera.
—¿Dónde está ahora? ¿Dónde? —exigió saber la hembra.
—En los picos helados de la cordillera norte.
Para Kalec, esa descripción era desesperadamente vaga, pero tanto su anfitrión como
los demás asintieron como si conocieran perfectamente esa zona. Una imagen de los picos
en cuestión cobró forma fugazmente en los pensamientos de Malygos. Pese a que Kalec
intentó identificarlos con cierta zona de Rasganorte, la imagen se disipó antes de que pudiera
hacerlo.
Ysera se inclinó aún más hacia Tyr.
—¿Nos vamos ya?
—¿Y ahora qué hace Galakrond? —les interrumpió Nozdormu—. ¿Qué?
—Duerme —contestó Tyr de manera solemne—. Duerme profundamente. Ahora ha
llegado el momento de atacarlo. Nunca tendremos una oportunidad mejor, la verdad.
Ninguno de los protodragones, ni siquiera Malygos, fue capaz de notar que al final
de esa afirmación Tyr había dudado levemente. Kalec se preguntó si eso era significativo o
si, simplemente, era una mera consecuencia de su agotamiento.
—Hay un río cerca —prosiguió hablando el guardián—, repleto de peces. Vayan ahí
y coman. Después, nos dirigiremos al norte a enfrentamos a Galakrond.
Alexstrasza señaló a los supervivientes apiñados ahí.
—¿Y qué pasa con ellos?
—No nos serían de mucha ayuda.
Neltharion gruñó para mostrar su acuerdo y miró a Malygos, quien asintió. El
anfitrión de Kalec carecía de un plan alternativo y confiaba en la inteligencia de Tyr. El
guardián los llevaría a la victoria.
Neltharion extendió las alas, pero antes de que pudiera despegar. Tyr metió una mano
en su capa y, ante un tremendamente frustrado Kalec, sacó de ahí la reliquia. Brilló, al igual
que anteriormente, sobresaltando a Neltharion. Tyr la sostuvo cerca de Nozdormu, quien
simplemente aguardó a que dejara de brillar. Neltharion lanzo un resoplido dirigido al macho
marrón.
—¿Nos vamos ya? —preguntó una cada vez más impaciente Ysera.
—Sí. Primero, vayan al rio. Me encontraré con ustedes ahí más tarde.
En cuanto Tyr pronunció esas palabras, dejo de hallarse entre ellos. Esta vez,
Malygos fue el único que no reaccionó ante su súbita desaparición.
Pero sí lo hizo Kalec, aunque nadie lo vio, por supuesto. Y, evidentemente, nadie vio
ante qué había reaccionado. Tal vez Kalec no tuviera nada claro si el guardián había
titubeado antes o no, pero tenía clarísimo que Tyr les había lanzado una mirada recelosa
antes de desaparecer.

P á g i n a | 206
El Alba de los Aspectos

Kalec estaba seguro de que no se estaba imaginando cosas que fuera cual fuese la
razón que había motivado esa mirada, era una advertencia de que una gran amenaza se cernía
no solo sobre Malygos y sus amigos sino, sobre todo.

P á g i n a | 207
CAPÍTULO CINCO
CAZANDO AL CAZADOR
M ientras Malygos comía, Kalec se sumió en sus pensamientos, que al final lo

llevaron de vuelta a la época del dragón azul… y Jaina. Sabía que su cuerpo yacía en el Nexo
y, ahora más que nunca, creía que ella, y solo ella, era responsable de las perturbaciones que
estaban sufriendo los hechizos de protección modificados por la reliquia.
¡Jaina!, gritó en silencio, con la esperanza de que tal vez percibiera su llamada.
¡Jaina!
Pero no hubo respuesta y, en verdad, Kalec no la esperaba. No había nada que
pudiera hacer por ella ahí, salvo rezar para que, de algún modo, acabara siendo capaz de dar
con una manera de abandonar esas visiones antes de que estas le consumieran la mente.
Kalec tampoco podía comprender por qué la visión no daba un salto de ese momento
tan mundano a otro más importante. Cuando Malygos y los otros cuatro terminaron de comer
y miraron de improviso al cielo como si acabaran de oír algo, se sintió agradecido y
preocupado al mismo tiempo. Al instante siguiente, el anfitrión de Kalec se elevó en el aire
y voló hacia el norte, seguido por sus compañeros. El exAspecto seguía sin comprender qué
era lo que había alertado a Malygos y el resto; además, era incapaz de averiguar nada a través
de los pensamientos del macho azul como el hielo, salvo que tenían que dirigirse donde
estaba Galakrond ya.
Su entorno se tornó más gélido a medida que se acercaban hacia el lugar donde Tyr
les había indicado que dormía el leviatán. Al contemplar el paisaje desde tal altura, Kalec
reconoció al fin unos cuantos sitios que encajaban con algunos que había conocido en la era
de la de la que provenía. Se habían adentrado mucho en las regiones norteñas más desoladas
de ese joven mundo. No se hallaban nada cerca del emplazamiento donde Kalec sabía que
yacía el esqueleto de Galakrond, y eso era un mal presagio para el dragón azul.

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El Alba de los Aspectos

Con Malygos encabezando la marcha, los cinco descendieron. Kalec no entendió la


razón que los impulsaba a hacer eso, a menos que temieran que Galakrond pudiera divisarlos.
Entonces, una forma familiar se materializó en una cima.
Los protodragones aterrizaron cerca de Tyr, quien parecía tan pequeño como la
primera vez que Malygos se había encontrado con él. No obstante, ahora más que nunca,
tanto Kalec como su anfitrión pudieron percibir que lo que estaban viendo era solo una mera
tracción del verdadero ser de Tyr. Kalec se acordó de ese descomunal martillo que había
vislumbrado fugazmente y se preguntó cuáles serían los límites del poder de Tyr.
Ciertamente, todo ese poder iba a ser necesario si los seis esperaban poder derrotar a
Galakrond.
—Sigue durmiendo —anunció Tyr, cuya voz alcanzó a los cinco a pesar del viento
y la distancia—. Debemos atacar con rapidez.
Una vez más, había algo en su tono de voz que hizo sospechar a Kalec que no les
estaba contando toda la verdad a los protodragones. Malygos también reparó en ello, pero
se mantuvo impertérrito. Aun así, Kalec se sintió aliviado al ser consciente de que su
anfitrión también se mostraba receloso.
—Ahora… —prosiguió hablando Tyr, cuyo semblante se ensombreció—. Esto es lo
que…
En ese instante, la visión cambió. Ahora, justo cuando llegaba al momento más
importante para Kalec, la reliquia lo volvía a traicionar de una manera inédita. De repente,
se encontró surcando el cielo de otra región inhóspita y vio un tenue y pálido fulgor blanco
surgía de un valle situado nordeste, era como si otro sol o una de las lunas se hubiera
acurrucado ahí.
El hecho de que, solo un instante después, Malygos se ladeara en dirección hacia allá
no sorprendió del todo a Kalec, sino que eso confirmó las sospechas que el dragón azul
albergaba sobre Tyr, sobre que este no les había contado todo.
Por el rabillo del ojo de Malygos, Kalec vio cómo los otros cuatro se separaban.
Fuera cual fuese el plan que el guardián les habían explicado a los protodragones, este seguía
siendo un misterio para el dragón azul. Solo sabía que debían lanzar una serie de ataques
sucesivos cuando recibieran la señal convenida y que, entonces, Tyr entraría en acción. La
vaguedad de los detalles del plan encolerizó a Kalec.
La visión volvió a cambiar… o, más bien, no. Una oscuridad lo dominó todo
fugazmente; después, fue como si no hubiera ocurrido nada y el tiempo no hubiera
transcurrido. Kalec, que todavía intentaba asimilar lo sucedido, también se percató de que
todo parecía un tanto borroso. Un segundo después, las cosas recuperaron su definición
habitual, aunque el recuerdo de lo que acababa de tener lugar siguió muy presente en la
mente del dragón azul.

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El Alba de los Aspectos

Algo va mal… Kalec solo podía suponer que algo terriblemente malo le había
sucedido a la reliquia. Daba por sentado que eso debía de ser una consecuencia de los
intentos de Jaina por entrar en el Nexo; si no se trataba de eso, entonces, otras causas habían
afectado a ese objeto de un modo muy negativo.
Fuera cual fuese el caso, si eso persistía, se podía llevar la mente de Kalec por
delante.
La visión volvió a perder cierta definición, pero eso enseguida se corrigió. El pálido
brillo se intensificó a medida que Malygos se aproximaba.
Entonces, Kalec y su anfitrión divisaron a Galakrond.
Es más grande… más grande que nunca. El dragón azul no se Podía creer que ese
malévolo protodragón hubiera alcanzado tal tamaño. Galakrond debía de haber aumentado
en un cincuenta por ciento su masa. Ocupaba casi todo el espacio de allá abajo.
Los pensamientos de Malygos se tiñeron momentáneamente de desconfianza hacia
Tyr. Seguramente, esto era lo que su presunto camarada les había estado ocultando. Tenía
cierto sentido, al guardián tal vez le preocupara que los paladines que había escogido
pudieran mostrarse más reticentes a batallar si sabían que su adversario se había vuelto más
peligroso que nunca.
Si bien Malygos solo reparó en que Galakrond había crecido espectacularmente, el
dragón azul se centró en estudiar el fulgor. Ese brillo no solo había incrementado el tamaño
del coloso, no, había hecho mucho más. Galakrond estaba experimentando otra
transformación más, una que Kalec temía que haría imposible derrotar a esa insidiosa
criatura si se completaba.
Si hubiera estado en su mano, Kalec habría obligado a Malygos a retirarse hasta que
pudieran averiguar qué clase de cambio estaba sufriendo ese monstruo. Sin embargo, en ese
instante, su anfitrión quien sin ningún género de dudas debía de estar siguiendo el plan de
Tyr a pesar de sus recelos, cayó en picado hacia Galakrond, dispuesto a atacar la gigantesca
cabeza del protodragón.
Galakrond respiraba de manera cadenciosa y lenta. Se hallaba profundamente
dormido, muy profundamente, tal vez por culpa de la transformación. Malygos pudo
comprobar que todos los ojos adicionales que podía divisar se encontraban totalmente
cerrados y que los diversos miembros que pendían de ese cuerpo permanecían inertes. Kalec
podía entender por qué Tyr había recomendado que atacaran a Galakrond cuando este
parecía tan indefenso, pero dudaba que las cosas fueran a ser tan sencillas.
Aunque eso enseguida dejó de importar, pues Malygos escogió ese preciso instante
para atacar.
Su aliento de escarcha impactó contra el párpado del globo ocular lastimado de su
rival. Malygos exhaló con una furia de la que hasta entonces Kalec no había sido testigo. El

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El Alba de los Aspectos

párpado se estremeció y el dragón azul pensó que era imposible que esa descarga no hubiera
lastimado a Galakrond.
El deforme leviatán rugió al despertarse. Extendió las alas e hizo añicos diversas
formaciones rocosas situadas a ambos lados. También agitó su cola adelante y atrás dejando
una devastación similar su paso.
—¡Ppppeeequeñooo mmmmmmaaanjjaaarrr! —exclamó Galakrond como si el
tiempo ralentizado para él. No obstante, se movió con una increíble rapidez y alzó la cabeza
rápidamente hacia el cielo para intentar tragarse a Malygos de un mordisco… lo cual estuvo
a punto de conseguir—. ¡Quéeee maaaalo eeeerrrreeesss, bocadito!
Galakrond se elevó el aire y persiguió al anfitrión de Kalec. Sus descomunales fauces
buscaron de nuevo al macho azul como el hielo…
De repente, Neltharion aterrizó sobre el hocico del leviatán, al que golpeó con sus
patas traseras con tanta fuerza que Galakrond por muy poderoso que fuera no pudo evitar
cerrar la boca con brusquedad.
Alexstrasza y Nozdormu se lanzaron sobre los dos ojos originales del coloso,
obligándolo así a cerrarlos de nuevo.
Ysera… ¿dónde está Ysera?, pensó entonces Malygos En ese instante, Kalec
comprendió que la hembra amarillenta debería haber sido la siguiente en atacar.
Una sombra se alzó de un modo amenazador ante Galakrond, una sombra que no
podía pertenecer a la pequeña Ysera.
Una sombra que, al desplazarse, reveló que no podía pertenecer a ninguna criatura
de cuatro patas, ni mucho menos a un protodragón.
Algo golpeó con una fuerza tremenda a Galakrond en la mandíbula, provocando que
al monstruo se le fuera la cabeza violentamente hacia un lado. Ese algo era un enorme
martillo, lo cual no sorprendió a Kalec.
Tyr (el verdadero Tyr) se acababa de presentar ante los protodragones. Entonces,
Kalec y su anfitrión, presas de la ansiedad, se lanzaron en picado para sumarse directamente
a la batalla.
Si bien el dragón azul no era capaz de medir la altura exacta de Tyr, ese guerrero que
ahora se abalanzaba sobre Galakrond debía de llegarle a ese monstruo a la altura del hombro.
Aunque tal vez esa fuera la revelación menos importante, puesto que, al entrar en batalla,
Tyr se había quitado la capa con la que había ocultado su verdadero ser y había revelado lo
que realmente era. La túnica carmesí que se extendía desde la parte derecha de su cintura
hasta el hombro opuesto dejaba bien a las claras que poseía un torso musculoso que no
parecía propio de alguien que poseyera un poder mágico como el de Tyr. Aunque mera un
hechicero, el guardián no era alguien que rehuyese las amenazas de índole física.
Tyr no portaba armadura alguna, salvo unas espinilleras y no parecía preocuparle el
hecho de que estuviera arremetiendo contra un adversario cubierto de escamas sin protección

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El Alba de los Aspectos

alguna. Llevaba un brazalete ornamentado con motivos diamantinos en el brazo derecho,


por encima del codo, y a su espalda, ondeaba una capa de menor tamaño del mismo color
que su túnica, que estaba unida al cuello alto en punta de esta. Mientras Tyr se recolocaba
para volver a atacar, la capa parecía moverse con vida propia, parecía más bien un apéndice
adicional.
Pero mientras Tyr blandía el martillo, Kalec se olvidó brevemente del cómbate al ver
que del grueso cinturón del guardián seguía pendiendo un objeto muy concreto. La mera
presencia de la reliquia parecía ser una burla dirigida al invisible dragón azul. Refulgía a
pesar de que el sol no brillaba, y Kalec habría podido jurar que ese objeto era perfectamente
consciente de que se encontraban en un momento crucial.
Entonces, Tyr golpeó a Galakrond. Esta vez, machacó el otro lado de descomunales
fauces del protodragón. Galakrond retrocedió dando tumbos y acabó estampándose contra
la ladera de la montaña situada a su derecha, provocando un temblor que se extendió por las
inmediaciones.
—¡Ahora! —gritó Tyr.
Neltharion aterrizó sobre la ladera contra la que se había estrellado Galakrond. El
macho gris como el carbón pisoteó con fuerza el pico, generando así una onda expansiva
varias veces más intensa que la que había generado la colisión del leviatán. Al instante, una
tremenda avalancha de piedras llovió sobre el monstruoso protodragón.
Mientras las rocas caían sobre Galakrond. Tyr alzó el martillo. Sm embargo, en vez
de golpear a su adversario, el gigantesco guerrero atizó el suelo que se hallaba ante
Galakrond.
El coloso deforme se desplomó torpemente al recibir el impacto de otro temblor.
Pese a que Galakrond intentó valerse de sus enormes alas para enderezarse, el nuevo temblor
lo empujó hacia atrás.
Neltharion acababa de alejarse de su objetivo cuando Alexstrasza entró de nuevo en
escena. Unas llamas impactaron peligrosamente cerca de los auténticos ojos de Galakrond,
lo cual provocó que los cerrara instintivamente.
Kalec esperaba que resto de globos oculares compensaran esa ceguera momentánea,
pero entonces comprobó que ese alud incesante le había obligado a cerrar la mayoría. Tyr
había logrado que Malygos y sus amigos lanzaran un ataque perfectamente coordinado
contra Galakrond, lo cual no permitía que su rival tuviera ni un segundo de respiro.
Sin embargo, a pesar de la balanza de la victoria parecía inclinada hacia los
paladines, había algo que seguía inquietando en demasía al dragón azul. El fulgor no había
menguado lo más mínimo, ni no que, en realidad, se había intensificado desde que Galakrond
estaba siendo atacado.
Malygos se sumó de nuevo a la batalla. Kalec apenas tuvo tiempo de comprender
que estaba ocurriendo, ya que, de inmediato su anfitrión exhaló apuntando a las fauces

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El Alba de los Aspectos

expuestas de Galakrond. Si bien la escarcha provocó que el monstruo tuviera que respirar
entre jadeos, cuando Malygos se distanciaba, Kalec percibió algo que su anfitrión no había
intuido. El poder que irradiaba el gigantesco protodragón se estaba incrementando.
Galakrond se estaba expandiendo.
El abrupto incremento de tamaño del coloso hizo que Malygos tuviera que acelerar
aún más. Neltharion, que se encontraba descendiendo en picado de nuevo, se vio obligado a
virar con suma rapidez.
Profiriendo un tremendo bramido, Galakrond se enderezó.
Aunque Tyr volvió a propinarle un martillazo en la mandíbula, el arma rebotó contra
el monstruo sin hacerle temblar lo más mínimo. Ahora, todos los ojos del protodragón
desfigurado brillaban furiosos.
Batió sus vastas alas una sola vez, y la ráfaga de aire generada por ellas fue
canalizada por ese paisaje curvo, de modo que los pequeños protodragones y Tyr salieron
despedidos en todas direcciones.
Con solo otra batida más, esas alas lograron alzar a esa bestia increíblemente enorme
por encima del suelo. Mientras esto tenía lugar, quedó claro que Galakrond había
incrementado sus dimensiones y se había vuelto mucho más deforme. Su cabeza era ahora
más larga y fina Y su hocico se había extendido hasta alcanzar la largura de medio
protodragón normal. Sus dientes afilados se habían curvado de una manera muy retorcida,
tanto que sobresalían de un modo exagerado, aunque cerrara totalmente sus fauces.
Además, no solo estaban surgiendo más tumores a lo largo y ancho del descomunal
cuerpo de Galakrond, sino que su piel tenía, ahora un aspecto mucho más reseco y
quebradizo, era como si se hubiera convertido en un no-muerto, como muchas de sus
víctimas. No obstante, no solo tenía que observar la temible hambre que teñía la mirada de
todos sus ojos para comprobar que Galakrond seguía vivo… y solo para una cosa.
Tras ignorar totalmente a Tyr, buscó al diminuto protodragón más próximo, que
resultó ser Malygos. Mientras se abalanzaba sobre su presa. Galakrond exhaló.
Por mucho que lo intentó, Malygos no pudo escapar de esa nube tóxica, la cual lo
envolvió y le arrebató al instante todas sus energías y su fuerza de voluntad, Kalec notó que
la confusión se adueñaba de la mente de su anfitrión a pesar de que este intentaba evitarlo.
El dragón azul también intento hacer algo, aunque era consciente de que sus esfuerzos serían
en vano.
Galakrond se alzó amenazador sobre Malygos. Si bien el pequeño protodragón aleteó
con fuerza, ganando así unos segundos muy valiosos… ni aun así logró escapar.
De improviso, un borrón gris colisionó contra la monstruosa garganta de Galakrond;
se trataba de Neltharion que acudía en ayuda de su amigo. El osado protodragón aterrizó con
las zarpas traseras por delante sobre esa dura piel.

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El Alba de los Aspectos

Aunque Neltharion golpeó sin duda alguna con las mismas fuerzas que antes, cuando
menos, las secuelas del impacto fueron notablemente inferiores a las del ataque previo. Sin
embargo, fue suficiente como para que Galakrond girara la cabeza justo cuando intentaba
devorar al macho azul como el hielo.
Nada más golpear, Neltharion se alejó raudo y veloz. A Kalec le sorprendió que este
no hubiera intentado sacar a Malygos de ahí, pero entonces, dos pares de zarpas traseras
agarraron al anfitrión del dragón azul y lo sacaron de esa niebla nauseabunda.
En cuanto el aire fresco llenó los pulmones de Malygos, el protodragón alzo la
mirada. Alexstrasza y Nozdormu, que respiraron hondo con el mismo alivio que anfitrión de
Kalec, sostuvieron en el aire a este hasta que se recuperó lo suficiente. Entonces, Kalec
comprendió que tanto como Neltharion habían contenido la respiración todo lo posible
mientras intentaban salvar a su cantarada. Al atacar a Galakrond, Neltharion había agotado
el poco aire que todavía le quedaba, por lo cual no había podido ayudar a Malygos.
—¡Ysera! —gritó súbitamente Alexstrasza, a la vez que se apartaba de los dos
machos. Nozdormu soltó un siseo iracundo mientras él y Malygos seguían con la mirada el
camino que, de repente, recorría una veloz Alexstrasza, un camino que llevaba de vuelta a
Galakrond ni más ni menos.
Mientras tanto, una decidida Ysera planeaba delante directamente del leviatán, quien
la observaba con el mismo gesto que Kalec como si estuviera realmente loca. Aunque en el
caso de Galakrond una sensación cada vez mayor de júbilo se fue adueñando de su rostro Al
acercarse la protodragona, el coloso sonrió ampliamente.
—Eres un bocadito muy pequeño —afirmó estruendosamente—. Tal vez debería
dejar que crecieras un poco más, que te hicieras poco más fuerte…
—¡Yo sí que soy fuerte! —bramó Ysera—¡No tú!
Su increíble réplica provocó que Galakrond se carcajeara.
En ese instante, Ysera se lanzó en picado contra la boca abierta de su rival, pero
Alexstrasza la agarró de la cola con sus fauces y tiró de ella con todas sus fuerzas. Ysera se
salvó por los pelos, puesto que estuvo a punto de ser engullida por Galakrond cuando este
cerró la boca de manera instintiva.
El coloso volvió a reírse de nuevo de Ysera y sus rutiles intentos de soltarse de su
hermana, quien la aferraba con fuerza.
El martillo de Tyr acalló esas carcajadas con un golpe tan violento que incluso
Galakrond en su estado actual fue incapaz de resistirlo. El enorme protodragón se alejó
dando vueltas en el aire por culpa del tremendo impacto y varios trozos de escamas salieron
volando de la zona herida. El guardián, que había saltado hasta una altura increíble para
alcanzar su objetivo, agarró a Galakrond del hombro, y aprovechando el impulso, hizo caer
de nuevo al suelo a su espantoso adversario.

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El Alba de los Aspectos

Pero Tyr no se detuvo. Soltó a Galakrond y le propinó un puñetazo justo por debajo
de la mandíbula.
La cabeza del descomunal protodragón se alzó violentamente por la tremenda fuerza
del golpe. Tyr se abalanzó sobre el pecho expuesto de su rival y alcanzó con el martillo la
garganta desprotegida de Galakrond.
El leviatán paró el golpe con una de sus zarpas. Ese movimiento pilló desprevenido
a Tyr, y por una buena razón; si hubiera estado luchando contra un protodragón normal, su
pata delantera habría sido demasiado corta como para haber podido defenderse de ese modo.
Ahora, sin embargo, su cuerpo deforme era una ventaja. De hecho, Kalec creía que
ahora se parecía mucho al de los dragones de verdad.
Aun así, al igual que Tyr y Malygos Kalec no recordaba que Galakrond hubiera
poseído unas extremidades tan largas solo unos instantes antes. A través de su anfitrión,
Kalec observo al monstruo y comprobó que la forma de Galakrond se estaba alterando
ligeramente. La cola se le estaba alargando y el perfil de sus alas se estaba volviendo más
marcado.
Incluso en medio del fragor de la batalla, las fuerzas que anidaban en Galakrond lo
seguían transformando.
Entonces, este agarró con la cola la pierna izquierda de Tyr. Y aunque el guardián
bajó el martillo con celeridad, el monstruo retiró la cola a tiempo.
Galakrond lanzó su aliento sobre el guardián.
Sin embargo, Tyr parecía estar preparado para recibir tal ataque y le propinó un
puñetazo al coloso en la garganta.
El protodragón se trastabilló hacia atrás, tosiendo. Al mismo tiempo, Malygos y sus
compañeros acudieron volando en ayuda de Tyr.
Galakrond volvió a elevarse en el aire. Tyr lo agarró de un ala y se aferró a ella,
mientras su adversario se alzaba con más rapidez que los otros protodragones más pequeños
en comparación. Una vez más, el guardián blandió el martillo y le propinó un fuerte golpe
al monstruo en la sien.
El martillo rebotó con tal violencia que Tyr lo tuvo que soltar. Galakrond, que ni se
inmutó y brillaba más que nunca, se retorció en el aire. El aleteo de sus anchas alas hizo que
Nozdormu y Neltharion tuvieran que retroceder revoloteando para evitar su impacto. El
guardián intentó recuperar su arma antes de que quedara fuera de su alcance y eso provocó
que estuviera a punto de soltar a Galakrond.
Como era consciente de que Tyr no iba a alcanzar el martillo a tiempo, Malygos voló
raudo y veloz tras él. Mientras hacía esto, otro objeto volador captó la atención de Kalec.
La reliquia, que de algún modo se había soltado del cinturón de Tyr, trazo una serie
de espirales en el aire.

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El Alba de los Aspectos

Tyr, que seguía aferrado al ala, también se percató de ello. Ahora que resultaba obvio
que no iba a poder recuperar el martillo, el guardián intentaba no perder también ese objeto.
Cogió la reliquia justo cuando tanto esta como su mano quedaron al alcance de los dientes
de Galakrond.
El grito de Tyr retumbó por todas esas tierras. Acto seguido se soltó del ala de
Galakrond y cayó.
Malygos se olvidó por entero del martillo y se abalanzó sobre Tyr. Cogió al guardián
ensangrentado de un hombro y gruñó al descubrir lo mucho que pesaba. Si bien consiguió
ralentizar la caída del guardián, no la detuvo del todo.
Fue Ysera quien tuvo que ayudarlo para evitar que lo soltara. Siseando por culpa del
esfuerzo, la pequeña hembra demostró ser lo bastante fuerte como para permitir a Malygos
que pudiera guiar a los tres hasta una cumbre. Alexstrasza los siguió de cerca.
Tanto Kalec como su anfitrión esperaban que Galakrond les pisara los talones, pero
en vez de eso, el monstruo deforme se mantuvo flotando en el cielo, brillando de manera
más ominosa que nunca. También daba la sensación de que estaba creciendo.
No había ni rastro de Nozdormu ni Neltharion. Malygos contempló a Tyr, que había
sido quien había liderado a los protodragones en ese intento de destruir a Galakrond, el cual
le había arrancado la mano entera, de tal modo que la sangre no solo le empapaba el muñón,
sino gran parte del resto del cuerpo.
Galakrond rugió de nuevo, con un tono atronador plagado de desdén por esas
diminutas criaturas que pretendían poner fin a su gloriosa transformación. Malygos dejó de
mirar al malherido Tyr para observar a la colosal bestia y el espanto dominó su mente al
pensar en el inminente destino funesto que los aguardaba tanto a él como a su mundo. El
dragón azul percibió esos pensamientos.
A pesar de que Kalec sabía que Azeroth iba a sobrevivir, al contemplar cómo
Galakrond parecía ocupar todo el cielo con su horrenda Presencia, incluso llegó a dudar que
ese futuro del que ya no se sentía parte fuera a suceder. Aún más, ahora que la vida parecía
abandonar a Tyr y la reliquia parecía perdida, pues había sido engullida por ese coloso de
apetito insaciable, Kalec creía que ya no tenía ningún futuro. Tanto él como Malygos iban a
perecer junto al resto de protodragones.
Entonces, como si quisiera corroborar que ese funesto destino iba a tener lugar,
Galakrond siguió creciendo y mutando…

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PARTE V

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CAPÍTULO UNO
DENTRO DEL NEXO
E l sudor perlaba el rostro de Jaina mientras seguía concentrada en su hechizo. El

Nexo vibró y los conjuros de defensa se hicieron visibles incluso para alguien que no fuera
un hechicero, aunque tampoco es que hubiera nadie así cerca. Si bien la archimaga notó que
la resistencia a sus sortilegios aumentaba, intentó contrarrestarla lo mejor posible.
Entonces… cesó toda oposición a los esfuerzos de Jaina. Los hechizos de protección
regresaron a su estado original. El Nexo dejó de brillar.
Sin titubear, Jaina se teletransportó a su interior.
Para su sorpresa, tuvo la impresión de que la cámara en la que se acababa de
materializar no se había visto afectada por todos los conjuros que ella había lanzado desde
el exterior. La archimaga apartó eso de su mente y utilizó sus poderes para detectar cualquier
amenaza invisible que siguiera oculta en el santuario. Como no halló ninguna, se
teletransportó hacia el último lugar donde recordaba que había estado Kalec.
Sin embargo, el dragón azul no apareció ante sus ojos. El pánico la dominó, pero en
cuanto miró hacia atrás, Jaina se encontró a Kalec tumbado boca abajo en el otro lado de la
cámara. Por lo que pudo deducir, daba la sensación de que se había arrastrado hasta ahí.
Mientras cavilaba al respecto, Kalec movió el brazo izquierdo. Rascó el suelo con
los dedos y, para mayor consternación de Jaina, esta comprobó que esos dedos terminaban
en unas garras más propias de un dragón que de un humano. De hecho, al acercarse más a
él, la hechicera comprobó que también tenía otros rasgos deformados.
Al colocarse junto a Kalec, Jaina estuvo a punto de resbalarse, ya que a su alrededor
el suelo estaba empapado del sudor del dragón azul, el cual además de hallarse en un estado
mutado, también parecía estar más demacrado.
La archimaga, presa de una furia cada vez mayor, centró su atención en la reliquia,
que vibraba lentamente, sin apenas irradiar alguna emanación mágica detectable; además,
parecía totalmente inofensiva, incluso bajo su mirada experta.

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El Alba de los Aspectos

Jaina reforzó los conjuros personales con los que se protegía y observó
detenidamente el objeto. Por un lado, la archimaga era capaz de admirar los elementos con
los que había sido creado y diseñado; por otro, lo despreciaba por lo que le estaba haciendo
a Kalec. Con ese sentimiento de desprecio enraizado firmemente en su corazón e intelecto,
Jaina dibujó el símbolo invertido en el aire y lo envió volando hacia la reliquia.
Pero en cuanto el icono la tocó, el objeto relució. Su energía alcanzó a Jaina a través
del vínculo que esta mantenía con el símbolo y la golpeó de lleno antes de que pudiera
concluir el conjuro.
El mundo de Jaina se volvió del revés. A continuación, se vio sumida en una
oscuridad total y, luego, oyó un conjunto de voces ininteligibles con un peculiar acento de
reptil. Acto seguido, se desplegó ante sus ojos una disparatada sucesión de imágenes, en las
que aparecían unas criaturas a las que reconoció como protodragones. En medio de todo
esto, Jaina se dio cuenta de que ella era otra protodragona más… y una a la que conocía muy
bien, aunque fuera con una forma distinta.
¿Alexstrasza? ¿Acaso formo parte de Alexstrasza?
Se trataba de una Alexstrasza muy joven, una Alexstrasza que Jaina nunca había
sabido que hubiera llegado a existir. A través de los ojos de esta, vio a otros protodragones
a los que reconoció vagamente, pero a los que no habría reconocido como era debido si no
hubiera sido por su anfitriona. Vio a Ysera (a una Ysera increíblemente pequeña),
Nozdormu, Neltharion… ¡Neltharion!… y Malygos.
Cada una de las escenas que desfilaban ante ella apenas duraban un segundo y a Jaina
le dio la sensación de que muchas no seguían un orden cronológico. La mayoría no tenían
ningún sentido y más de unas cuantas la llenaron de espanto. La archimaga vio a unos
horrendos protodragones putrefactos, que seguramente eran no-muertos, y también vio los
cadáveres destrozados de otros. Aunque, para Jaina, lo más sobrecogedor de todo fue esa
monstruosidad hecha carne llamada Galakrond; además, sintió la escalofriante
consternación de Alexstrasza como si esa sensación fuera suya.
Era demasiado. La tensión estuvo a punto de provocar que Jaina se desmayara. Sin
embargo, en el último instante, se imaginó el símbolo invertido e intentó sobreponerlo sobre
cualquier imagen que se le apareciera.
Tras proferir un grito ahogado, la archimaga se vio a sí misma retrocediendo ante la
reliquia de un modo tambaleante. De no haber sido por sus hechizos personales de
protección, Jaina se habría caído al suelo y, probablemente, se habría fracturado el cráneo.
Al final, tuvo que apoyarse rápidamente en la pared más cercana, donde permaneció durante
más de un minuto mientras intentaba superar cierta sensación de vértigo.
Con esas voces todavía resonando en su cabeza, Jaina desplazó su mirada de la
reliquia a Kalec. Aunque ahora tenía una idea más o menos clara de lo que este estaba

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El Alba de los Aspectos

viviendo, sospechaba que lo que ella había experimentado solo había sido una mera fracción
de lo que el dragón azul estaba sufriendo.
En cuanto Jaina se sintió capaz de hacerlo, se acercó de nuevo a Kalec. Con suma
delicadeza, le volvió la cara hacia ella. Al estar tan cerca, pudo comprobar que su estado era
todavía peor de lo que había imaginado. Le recordaba a las descripciones que había oído
sobre las víctimas más graves de la Pesadilla Esmeralda, durante esa época en la que millares
cayeron ante el poder del Señor de las Pesadillas y su amo. Esa gente había acabado yaciendo
indefensa, incapaz de despertar de unos sueños angustiosos mientras su mente se iba
deteriorando.
Jaina se estremeció. Ella había sido una de esas víctimas (una de las primeras, de
hecho), pero hasta ahora no había sido consciente de lo espantoso que era encontrarse en ese
estado, lo cual, a su vez, hizo que temiera aún más por Kalec.
Jaina se inclinó más sobre él al oír que mascullaba algo.
De repente, Kalec abrió los ojos de par en par; unos ojos que eran Propios de un
dragón, no los que tenía cuando portaba esta forma. Sorprendida, la archimaga se apartó de
él.
Una exhalación gélida la envolvió.
Si no se hubiera protegido, probablemente habría muerto. No obstante, a pesar de
esos encantamientos, la archimaga pudo notar ese frío intenso. Sin embargo, ese no era el
aliento que Kalec solía utilizar como arma, sino que, gracias a las visiones fragmentadas que
acababa de tener, pudo deducir que Kalec había reaccionado, más bien, como lo habría hecho
el joven Malygos.
Kalec se quedó inmóvil de nuevo. Jaina le acarició la mejilla con suma cautela y
luego la garganta. Pese a que no sabía qué podía estar experimentando en esos momentos en
su visión, sí sabía que tenía el pulso acelerado.
La archimaga lanzó un hechizo y trató de dar con el vínculo que unía a la reliquia
con Kalec, pero no halló ni rastro de este, a pesar de que había estado muy segura de que
sería capaz de localizar esa conexión para, más adelante, tomar ciertas medidas que le
permitieran cortarla.
Eso la obligó a centrarse de nuevo en la reliquia. Con más cautela que nunca, Jaina
la inspeccionó de todos los ángulos posibles. Sin embargo, no vio ni detectó nada nuevo. No
obstante, cuando centró su atención en el aura que la rodeaba, la archimaga se percató de
que había algo muy peculiar en sus vibraciones.
Jaina se acercó rápidamente a Kalec y le tomó el pulso. Aunque, esta vez, la
hechicera posó su mirada sobre la reliquia al mismo tiempo.
Esas vibraciones iban al compás del pulso que detectaba en la garganta de Kalec. La
reliquia se había amoldado a la fuerza vital del dragón azul… o tal vez había amoldado la
esencia de este a su magia.

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El Alba de los Aspectos

En cualquier caso, Jaina Proudmoore tenía un plan y creía que, gracias a él, podría
liberar por fin a Kalec de la abrumadora influencia que ejercía sobre él la reliquia.
Sin embargo, su plan tenía un punto débil, un fallo que hizo titubear a Jaina sobre si
debía llevarlo a cabo o no, mientras Kalec balbuceaba de nuevo. Aunque había muchas
posibilidades de que consiguiera liberarlo, también había las mismas de que acabara
sufriendo una muerte agónica.
Kalec volvió a rascar el suelo y sus garras cavaron unos surcos muy profundos en
esa superficie tan dura.
La archimaga apretó los dientes al ser consciente de que no le quedaba otra opción.
De inmediato, empezó a preparar un conjuro.
Lanzó un hechizo y rezó…
Malygos apartó la mirada del cada vez más enorme Galakrond y se centró en Tyr.
Mientras el aliado de los protodragones yacía en el suelo, se había ido encogiendo, en algún
momento, hasta alcanzar prácticamente el tamaño que había tenido cuando el macho azul
como el hielo lo había visto por primera vez. Una idea desesperada cruzó rápidamente la
mente de Malygos, una idea que le pareció desesperada incluso a Kalec. Aun así, el dragón
estaba de acuerdo en que no les quedaba otra salida.
Tal y como había hecho en su momento con su pierna herida, Malygos exhaló su
aliento sobre la extremidad destrozada del guardián. El muñón se congeló. La sangre dejó
de manar. Y si bien Tyr lanzó un gemido, también pareció calmarse.
—Tenemos que llevárnoslo de aquí —afirmó Ysera mientras se unía a él.
—¿Adonde?
La región sombría en la que se habían escondido los supervivientes del anterior
intento de derrotar al monstruo parecía ser la conclusión más lógica, pero si Galakrond
seguía el olor de la sangre de Tyr, Malygos podría acabar revelando al coloso el paradero de
esos desdichados refugiados. Y eso era algo que no podía hacer y, por lo que sabía sobre el
guardián, dudaba mucho que ese ser de dos piernas hubiese querido que se realizara tal
sacrificio en su nombre.
—Tenemos que llevárnoslo de aquí —repitió la hembra amarillenta, que,
encogiéndose de hombros, añadió—: ¡Ya encontraremos algún lugar! Bastará con que sea
lejos de Galakrond.
El anfitrión de Kalec alzó la vista para contemplar a su monstruoso enemigo. En ese
momento, Galakrond parecía sumido en una nueva transformación, pero era imposible saber
si ese estupor le duraría solo unos segundos o se prolongaría aún más. El hecho de que el
leviatán continuara flotando en el aire mientras todo esto sucedía hizo creer a Malygos que
no les sobraba nada de tiempo.
Sin esperar a que Ysera lo ayudara, el anfitrión de Kalec cogió a Tyr de los hombros
y se elevó hacia el cielo. Su instinto lo empujó a dirigirse hacia la región más desolada que

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El Alba de los Aspectos

le vino a la cabeza, una más inhóspita incluso que el lugar donde ahora se hallaban. Esperaba
que entre eso y que Galakrond se encontraba mutando consiguieran ganar el tiempo que
necesitaban.
Malygos miró hacia atrás y divisó a un protodragón que se le acercaba. Pero no era
Ysera, sino Alexstrasza, la cual agarró a Tyr de las piernas con sus zarpas traseras. Ahora
que el peso del guardián estaba mejor repartido, el macho azul como el hielo y Alexstrasza
pudieron acelerar su ritmo de vuelo. Batieron sus alas al unísono mientras avanzaban y, al
volar de un modo tan coordinado, su velocidad aumentó.
Malygos se atrevió a volver a echar un vistazo para atrás y eso provocó que se sintiera
aliviado e inquieto al mismo tiempo. Aliviado porque no solo lo seguía Ysera, sino que
también lo seguían Neltharion y Nozdormu, aunque a más distancia. No obstante, se seguía
sintiendo inquieto porque Galakrond había vuelto a crecer y había cambiado un tanto de
forma. Ahora, poseía un cuerpo más robusto y unas púas melladas se extendían por toda la
parte superior de su torso. Aunque seguía flotando en el aire, dio la sensación de que por fin
se estremecía.
Alexstrasza también había estado observando al leviatán.
—Vuela más rápido —le sugirió de improviso a Malygos—. Y más bajo. Así
Galakrond no podrá vernos tan pronto.
El macho azul como el hielo asintió…
Y la visión cambió.
El paisaje frío e inhóspito que tenía ante sí sobresaltó a Kalec, ya que al principio
creyó que había vuelto a su propia época. Esos altos picos, esa desolación, esas llanuras que
se extendían más allá… sí, conocía ese lugar.
Se encontraban en lo que, algún día, sería el Cementerio de Dragones.
Malygos y Alexstrasza seguían sujetando a Tyr mientras descendían. Habían tomado
la decisión de aterrizar ahí, pero la razón por la que habían optado por ese sitio en concreto
no estaba nada clara en los pensamientos de Malygos. Kalec dio por sentado que,
simplemente, habían optado por algún lugar donde esperaban que Galakrond no pudiera
descubrirles enseguida.
Con sumo cuidado, ambos posaron a Tyr sobre el suelo helado y, a continuación,
aterrizaron junto a él. Aunque Malygos echó un vistazo a su alrededor como si esperara
encontrar algo, incluso el anfitrión de Kalec no parecía saber qué era lo que buscaba
exactamente. Alexstrasza miró a Malygos, al igual que hicieron los demás en cuanto
aterrizaron.
—¿Aquí? —preguntó al fin un gruñón Neltharion—. Aquí no hay buena caza. Los
rumiantes están lejos. En las montañas sí hay buenos escondites, pero aquí estamos muy al
descubierto.

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El Alba de los Aspectos

—Sí, aquí —replicó el macho azul como el hielo con una seguridad que no encajaba
para nada con la información que Kalec era capaz de extraer de la mente de su anfitrión.
Malygos solo sabía que tenía que venir a este lugar, nada más.
Aunque esa vaga respuesta pareció satisfacer a Nozdormu, más tarde, este inquirió:
—¿Y ahora qué?
Malygos dirigió su vista hacia el sur, hacia esas llanuras sombrías que conformaban
gran parte del Cementerio de Dragones.
—Ahora iremos para allá.
Acto seguido, echó a andar, pero Ysera le bloqueó el paso. Con una expresión de
desconcierto dibujada en su semblante, la hembra hizo un gesto con el hocico para señalar a
alguien situado tras Malygos.
—¿Y qué pasa con Tyr?
El anfitrión de Kalec miró atrás. Tanto él como el dragón azul se habían olvidado
del guardián. Si bien Malygos se lo tomó con suma tranquilidad, Kalec se preguntó a qué
podía deberse esa laguna mental que acababa de sufrir el protodragón, ya que era un olvido
muy extraño.
Malygos batió las alas, se elevó del suelo y agarró de nuevo a Tyr con suma
delicadeza. Por lo que podía ver Kalec, el guardián no parecía hallarse peor que antes, pero
el dragón no podía saber si eso era algo bueno o malo. Lo único que sabía es que los
protodragones pronto tendrían que hacer algo más por Tyr si querían que este sobreviviera.
Pero ¿qué pueden hacer?, se preguntó Kalec. Si él hubiera tenido que tomar esa
decisión, habría optado por lanzar un conjuro mágico que preservara en ese estado al
guardián hasta que dieran con un medio para curarlo; sin embargo, los protodragones
carecían de los conocimientos necesarios para hacer algo así.
La magia…
Ahora, Kalec se sentía como si a él se le hubiera olvidado algo vital, algo que tenía
mucho que ver con su propia existencia.
Algo que tenía que ver con… ¿el Nexo?
Malygos escogió ese momento para descender de nuevo. Kalec se concentró en el
paisaje que se hallaba a sus pies y, al principio, no divisó nada más que suelo helado.
Entonces, un punto levemente más oscuro le llamó la atención. Mientras su anfitrión se
acercaba más y más a él, Kalec se dio cuenta de que esa mancha oscura era un lago helado.
A pesar de que el dragón azul no recordaba que existiera ese lugar en su época, era consciente
de que sus recuerdos eran más frágiles de lo que había pensado en un principio.
Después de aterrizar al borde del lago, Malygos volvió a dejar a Tyr en el suelo,
aunque esta vez dejó al guardián boca arriba, lo cual permitió a Kalec estudiar ese cuerpo
yacente. El guardián respiraba con cierta dificultad, pero de manera regular; además, el
muñón seguía protegido por la escarcha con la que Malygos lo había rociado previamente.

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El Alba de los Aspectos

El protodragón exhaló de nuevo con cuidado sobre la grave herida, para que su anterior cura
no fuera en vano. Aun así, las dudas sobre si Tyr sobreviviría o no asaltaron otra vez la mente
del anfitrión de Kalec, unas dudas que el dragón azul compartía.
A pesar de todo esto, Malygos abandonó de un modo repentino a Tyr y se dirigió al
lago helado. Neltharion y los demás lo acompañaron; los cuatro aterrizaron casi sin aliento,
lo cual era muy extraño.
—¡Qué velocidad! —acertó a decir Neltharion por fin tras lograr dar dos grandes
bocanadas de aire—. ¡Con qué velocidad ha volado Malygos!
—Deberías habernos esperado —le reprochó Alexstrasza—. He visto a un no-muerto
allá a lo lejos. —Señaló al oeste—. Quizá haya otros más cerca… Si nos ven, Galakrond nos
verá…
Malygos no divisó nada en esa dirección, y a Kalec le dio la sensación de que su
anfitrión no pensaba hacer mucho caso a las sensatas palabras de Alexstrasza. Una vez más,
este no era el Malygos que Kalec había llegado a conocer en su época.
El macho azul como el hielo siguió avanzando hasta el lago helado. En cuanto posó
la mirada en su superficie, tanto él como Kalec detectaron cierto movimiento en el agua. Si
bien el ex Aspecto podía entender que Malygos estuviera hambriento, el ansia que dominaba
a Malygos rayaba en lo obsesivo.
De hecho, el anfitrión de Kalec se mostró muy insistente a la hora de conminar a los
demás a que se unieran a él.
—¡Vamos! ¡Deben comer! ¡Deben recuperar fuerzas!
Neltharion obedeció sin rechistar, ya que siempre era el que más apetito tenía de los
cinco. Nozdormu pareció titubear y, acto seguido, asintió. Ysera siguió a los tres en silencio.
La única que no se movió fue Alexstrasza.
—¿Y qué pasa con Tyr?
—Está dormido —respondió el macho azul como el hielo—. Déjalo que se recupere.
Esa contestación no estuvo teñida de frialdad sino de puro pragmatismo. Alexstrasza
caviló un momento y, al final, asintió y se sumó a los cuatro. Aunque Kalec habría preferido
que alguien se hubiera quedado vigilando a Tyr, tenía que reconocer que ahora a los cinco
protodragones los dominaba el hambre.
El hielo no solo fue capaz de soportar el peso de Malygos, sino también el del resto
del grupo. Pese a que Nozdormu rascó el hielo con sus afiladas garras, apenas dejó marca
en él. Neltharion pareció dispuesto a dar un fuerte pisotón a esa superficie helada (lo que
habría provocado que todo ese hielo se hiciera añicos, incluido aquel sobre el que se hallaban
los cinco), pero Alexstrasza le lanzó un siseo al instante y le hizo un gesto de negación con
la cabeza.
Mientras los demás observaban, la hembra naranja como el fuego escogió una zona
del lago situada un poco más lejos y, a continuación, exhaló. Las llamas concentradas

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El Alba de los Aspectos

derritieron el hielo generando un agujero del que brotó agua hirviendo. Después, expandió
el agujero hasta que tuvo una anchura satisfactoria.
Aunque Alexstrasza había hecho el agujero, dejó que Neltharion fuera el primero
que comiera. El protodragón se agachó ansioso sobre él y, súbitamente, metió la cabeza.
Acto seguido, el macho gris como el carbón sacó la testa de ahí, con un grueso pez
en la boca. Gruñendo de satisfacción, retrocedió. Alexstrasza fue la siguiente, aunque a ella
le llevó más tiempo divisar una presa.
Después, le tocó a Malygos. En cuanto se agachó sobre el agujero, un pez gordo
apareció a su alcance. Pescarlo le resultó muy fácil al anfitrión de Kalec, al igual que lo había
sido para los demás.
Mientras el macho azul como el hielo se apartaba, Ysera se aproximó al agujero.
Malygos se volvió hacia la orilla, con su captura todavía retorciéndose entre sus fauces. En
cuanto dejó atrás esa superficie helada, el protodragón escrutó ese gélido paisaje. Ahí no
había ni rastro ni de Galakrond ni de ningún no-muerto. Entonces, Malygos centró su
atención en el pescado, que devoró con tanto placer y de manera tan salvaje que Kalec deseó
que su anfitrión hubiese cerrado los ojos para no haber tenido que verlo.
Kalec intentó concentrarse en cualquier otra cosa y centró sus pensamientos en Tyr.
Si bien era cierto que el hecho de que los protodragones hubieran dejado solo al guardián
para poder comer no lo había sorprendió del todo, también era cierto que tendrían que buscar
ayuda para el guardián lo antes posible. Kalec se preguntó dónde podrían estar los demás
guardianes. ¿Acaso no sabían que Tyr se hallaba en una situación desesperada? El dragón
azul creía que debería haber algún tipo de vínculo entre ellos, algo que…
De repente, Malygos oyó un siseo irregular a su derecha. Tanto Kalec como su
anfitrión reconocieron ese nauseabundo sonido.
Ni Malygos ni Kalec sabían cómo esos dos protodragones tan esqueléticos habían
logrado acercarse tan sigilosamente al grupo. Pero no había tiempo para detenerse en esas
cuestiones, ya que, al instante, uno de los no-muertos se abalanzó sobre Malygos. Ese
monstruo poseía unos dientes amarillentos de los que goteaba un fétido fluido verde que
seguramente sería muy pernicioso para el protodragón vivo, aunque solo lo rozara.
Malygos se apartó hacia un lado, se giró y trazó un círculo con la cola, que alcanzó
al no-muerto en la pata trasera como si fuera un látigo y se enrolló ahí. El macho azul como
el hielo tiró con fuerza antes de que ese monstruo fuera consciente del ataque con lo que
fuera que tuviera por cerebro.
El protodragón cadavérico cayó de lado. Sin embargo, la cola de Malygos se enredó
brevemente con el cuerpo de su enemigo, quedando así el anfitrión de Kalec desprotegido
ante el segundo no-muerto.

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El Alba de los Aspectos

De repente, una dura columna de arena golpeó a la criatura, que salió despedida
volando. Nada más aterrizar, unas llamaradas la alcanzaron, prendiendo fuego a su piel
reseca.
A pesar de todo esto, el no-muerto se alzó envuelto en llamas. El otro hizo lo mismo.
En ese instante, Malygos pudo liberar su cola de ese enredo y la lanzó en la dirección
contraria. Esta vez, lanzó al primer cadáver hacia el lago.
Aunque el anfitrión de Kalec había hecho esto con la única intención de derribar a
su enemigo, el no-muerto fue a aterrizar justo delante de Ysera. La pequeña hembra
reaccionó rápidamente y se valió de su cola para dar un empujón al monstruo, que continuó
deslizándose… en una dirección muy concreta.
A pesar de que el cadáver se resistió como pudo, acabó cayendo en el agujero abierto
en el hielo, a cuyos bordes se aferró con sus garras, en busca de algún asidero.
Con un leve toque de su zarpa trasera, Neltharion provocó que el hielo temblara, lo
cual fue suficiente como para que el no-muerto, que a duras penas lograba sujetarse, se
soltara.
El decrépito protodragón se desvaneció allá abajo. A través de Malygos, Kalec atisbo
cómo esa cosa se alejaba del agujero para hundirse posteriormente en las profundidades
heladas.
El otro no-muerto, que permanecía completamente ajeno al fuego que engullía su
cuerpo, avanzó pesadamente hacia Alexstrasza. Pero antes de que ella pudiera exhalar,
Nozdormu lanzó otra columna de arena.
La columna lo alcanzó de lleno. Ese ataque, combinado con el daño que ya le habían
infligido las llamas, hicieron añicos a la criatura, cuyos fragmentos chisporroteantes se
esparcieron por toda esa zona. Algunos restos continuaron moviéndose durante varios
instantes después de aterrizar, aunque luego se fueron parando poco a poco.
Malygos regresó a la superficie helada y contempló con detenimiento el lago
congelado. Unos segundos después, divisó al primer no-muerto. La criatura se dirigía de
nuevo a la superficie, pues seguía buscando un camino para salir de ahí.
El anfitrión de Kalec se encaminó al agujero y exhaló sobre la abertura. No le costó
mucho helar ese líquido que ya se estaba enfriando.
Después, el protodragón dio un paso atrás. Aunque el no-muerto alcanzara el
agujero, ya no encontraría ninguna salida.
Malygos regresó con los demás. Neltharion estaba entretenido toqueteando diversos
trozos del cadáver quemado para cerciorarse de que ningún resto seguía moviéndose.
Nozdormu había vuelto a centrarse en comerse el pescado, y una meditabunda Alexstrasza
no apartaba la mirada de esas montañas distantes. Solo Ysera prestó atención a Malygos
cuando este volvió.

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El Alba de los Aspectos

El anfitrión de Kalec escrutó los restos de la criatura. Había algo que le preocupaba,
pero el protodragón no sabía exactamente qué. Eso despertó una preocupación muy similar
en Kalec, quien también tenía la sensación de que se le estaba pasando algo por alto.
El macho azul como el hielo alzó la cabeza bruscamente y se giró hacia el lugar
donde había dejado a Tyr.
Había desaparecido. Ahora, solo un puñado de diminutas y tenues manchas de sangre
indicaban que su cuerpo había estado ahí. Malygos dejó a los demás atrás a grandes saltos y
buscó en todas direcciones. Sin embargo, daba igual adonde mirara, no estaba en ninguna
parte, ni siquiera había el más leve rastro.
—Se ha ido —murmuró Ysera—. Se ha ido.
—¿Adonde? ¿Y cómo?
La hembra se encogió de hombros.
Entonces, los demás se dieron cuenta al fin de lo que había ocurrido. Se sumaron a
la búsqueda rápidamente, y Neltharion incluso sobrevoló raudo y veloz el lago helado, pero
fue en vano.
—Hemos perdido a Tyr. Lo hemos perdido —gruñó Malygos, más enfadado consigo
mismo que con nadie, ya que consideraba que él era responsable de la protección del
guardián.
Mientras los protodragones proseguían la búsqueda del desaparecido Tyr, que
obviamente consideraban que iba a ser infructuosa, Kalec, quien no podía hacer otra cosa
aparte de pensar, por fin se percató de qué era eso que tanto le preocupaba. Cuando Malygos
se había girado hacia la orilla, con el pescado en la boca, había recorrido con la mirada el
lugar donde habían dejado a Tyr.
Ahora, Kalec era consciente de qué era lo que tanto le había inquietado: que Tyr ya
se había desvanecido en esos momentos.
Algo se había llevado al guardián… y Kalec no pudo evitar pensar que ese algo había
hecho eso con otro propósito muy distinto al de comer en mente…

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CAPÍTULO DOS
BAJO EL OJO DE
GALAKROND
—¿Y ahora qué? —preguntó Neltharion—. ¿Y ahora qué?

Malygos caviló al respecto profundamente; de inmediato, una serie de posibilidades


cruzaron su mente a gran velocidad y con una claridad que impresionó a Kalec.
Sin embargo, fue Alexstrasza quien respondió primero y aseveró con firmeza que
había llegado a la misma conclusión que había alcanzado Malygos.
—Debemos luchar.
No hubo ninguna protesta, ninguna objeción. Tanto Malygos como Kalec se
sintieron satisfechos al comprobar que los demás se habían mostrado de acuerdo al instante
con la sugerencia de la protodragona; entonces, Kalec recordó que Alexstrasza había
asumido el papel de líder de los cinco Grandes Aspectos. Su anfitrión también parecía
hallarse aliviado de que otro hubiera asumido la responsabilidad de escoger una de las
diversas opciones. Ni siquiera Ysera objetó nada, aunque a juzgar por su expresión, daba la
sensación de que albergaba alguna duda que otra. Kalec supuso que dudaba sobre sus propias
fuerzas. Si bien era muy decidida, daba la impresión de que no se había recuperado tanto
como sus compañeros, a pesar de haber comido.
Su anfitrión también se había percatado de ello, pero optó por no comentar nada.
Mientras tanto, los demás esperaban a que Malygos diera su opinión al respecto. Para ellos,
su criterio aún seguía siendo importante, ya que, después de todo, había sido el primero con
quien había contactado Tyr. Cuando ese extraño ser había aparecido, Malygos había
confiado en él alegremente. A pesar de ser tan pequeño, Tyr le había parecido tan inteligente,
tan seguro de sí mismo; además, irradiaba un aura de poder que superaba al de cualquier
protodragón.

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El Alba de los Aspectos

Pero el guardián había desaparecido y no tenían ninguna pista sobre quién lo había
podido raptar ni sobre en qué dirección se lo habían llevado. Para unas criaturas como los
protodragones, la conclusión más lógica era que una bestia se había llevado el cadáver para
darse un festín con él.
Por lo cual ahora solo ellos cinco se enfrentarían a Galakrond; además, resultaba
obvio que el resto consideraban que Malygos era uno de los mejores estrategas del grupo.
Si bien Kalec comprendió perfectamente todo lo que pasaba en esos momentos por
la mente del macho azul como el hielo, había reflexionado aún más al respecto. Ahora más
que nunca, estaba seguro de que lo que había secuestrado a Tyr lo había hecho con un
propósito mucho más inteligente. Aunque ser conscientes de eso no es que fuera a servirles
de mucho a Malygos ni a los demás protodragones…
Neltharion profirió un siseo de advertencia y los cinco se agacharon de inmediato.
Cerca de las montañas, tres figuras volaban lentamente hacia el nordeste. Había algo
en su forma de moverse que no era propio de unos protodragones, puesto que estos solían
desplazarse por el cielo con bastante fluidez. Aunque eran muy rápidos, volaban a
trompicones, de un modo extraño.
—Son no-muertos —masculló Nozdormu.
Las tres siluetas se desvanecieron entre los picos. Malygos siseó, ya que había
reparado en algo que ni siquiera Kalec había visto de primeras.
—Vuelan demasiado bien. No son como los otros. Buscan con un propósito. Los no-
muertos no piensan, devoran. Solo devoran.
Neltharion pareció desconcertado, pero los otros tres sí entendieron lo que Malygos
quería decir. Y también Kalec. Esos cadáveres reanimados actuaban con cierta inteligencia,
algo de lo que supuestamente carecían por entero.
—Galakrond es su amo —les espetó Alexstrasza—. Ellos cazan lo que él caza.
Malygos completó el razonamiento.
—Y él nos quiere dar caza. Tú misma lo dijiste antes. Los no-muertos…. si ellos nos
ven… Galakrond nos ve.
Tal vez las cosas no fueran tan sencillas, pero Kalec tampoco albergaba ninguna
duda acerca de que, si los no-muertos los localizaban, Galakrond lo sabría de inmediato. Era
evidente que el coloso controlaba a sus decrépitas víctimas. De hecho, lo más sorprendente
de todo era que, a pesar de que dos de esos monstruos se acababan de pelear con ellos,
Galakrond todavía no había hecho acto de presencia.
Malygos volvió a escrutar esas tierras y se centró en las montañas.
—Iremos ahí.
Todos dirigieron la mirada hacia el lugar al que señalaba con el hocico. Los no-
muertos acababan de dirigirse para allá solo un minuto antes.
—Están buscándonos en esa zona —le recordó Alexstrasza a Malygos.

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El Alba de los Aspectos

El protodragón negó con la cabeza.


—No.… nos han estado buscando ahí hace un rato.
El razonamiento de Malygos tenía cierta lógica, pero no tanta como para que Kalec
estuviera dispuesto a mostrarse de acuerdo de buenas a primera con esa estrategia. Sin
embargo, los camaradas de Malygos se mostraron más receptivos y se limitaron a asentir y
a seguir al macho azul como el hielo en cuanto este despegó. Kalec se alegró al comprobar
que Malygos, al menos, volaba a ras del suelo, lo que haría más difícil que sus enemigos
pudieran divisar fácilmente a los protodragones.
Alcanzaron las montañas con suma rapidez, aunque no la suficiente para Malygos o
Kalec. El anfitrión de Kalec se adentró entre unos picos escabrosos, en busca de parapeto
allá donde fuera posible, manteniéndose siempre alerta por si algún no-muerto pudiera haber
hecho lo mismo siguiendo las instrucciones de Galakrond.
Gira aquí.
Malygos obedeció instintivamente antes de que tanto él como Kalec pudieran
preguntarse quién o qué les había dado esa orden. Esa voz no la había oído a través de sus
orejas, sino a través de su mente.
Presa de la confusión, el protodragón se detuvo al instante. Neltharion estuvo a punto
de chocarse con él. Los cinco se quedaron flotando en el aire mientras Malygos se giraba en
busca del que le había hablado.
Pero en vez de dar con ese misterioso ser, dio con Galakrond.
Su sombra cubría el estrecho paso por el que volaban. Los pequeños protodragones
se separaron al instante y se dirigieron a cualquier saliente u otro parapeto que pudieron
hallar. No actuaron así porque quisieran abandonar a los demás a su suerte, sino porque
sabían que solo tendrían alguna oportunidad de sobrevivir si se dispersaban; además, no
había ningún escondite en ninguna dirección capaz de albergar a los cinco a la vez.
La sombra se fue extendiendo por doquier. Pero eso no fue nada comparado con lo
que sintieron al atisbar el inmenso cuerpo de Galakrond flotando sobre la zona. Cuando el
gigantesco protodragón surcó el cielo por encima de ellos, tuvieron la impresión de que había
crecido tanto que parecía no tener fin.
Aunque la intención de Malygos era esperar a que Galakrond hubiera pasado por
completo, su plan se fue al traste en cuanto el leviatán deforme se detuvo. Una de sus zarpas
traseras, lo bastante grande como para poder atrapar con ella a tres de ellos a la vez, se fue a
estampar contra un pico. Eso provocó una avalancha y que toneladas de rocas arreciaran
sobre el lugar donde Malygos sabía que tanto Alexstrasza como Nozdormu habían buscado
escondites distintos.
Esa lluvia letal se prolongó varios instantes. No era algo que Galakrond hubiera
hecho a propósito, simplemente era una mera consecuencia de su tremendo peso. En la

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El Alba de los Aspectos

lejanía, se oyó otro estruendo, otra avalancha que estaba teniendo lugar allá donde había
posado su otra zarpa trasera.
Con una serie de movimientos un tanto pesados, Galakrond cambió de posición, lo
cual provocó aún más derrumbes, pero ninguno tan amenazador como los anteriores.
Entonces, Malygos pudo ver una de sus pequeñas garras delanteras (pequeñas si se
comparaban con las traseras). Sin embargo, Galakrond no dio un salto hacia atrás ni agachó
la cabeza para devorarlo, sino que el terrible coloso se giró, de modo que su garra delantera
quedó aún más a la vista, y acto seguido siguió avanzando.
Los nuevos corrimientos de tierra que eso causó eran un peligro asumible
comparadas con las primeras avalanchas, así como con lo que hubiera sucedido si Galakrond
hubiera divisado a alguno de ellos. Al ver que la cola del gigantesco protodragón desaparecía
por fin tras un pico, Malygos suspiró aliviado; Kalec experimentó la misma sensación de
alivio.
De repente, las montañas que los rodeaban temblaron.
Apenas un segundo después, Galakrond asomó la cabeza sobre esa zona. Aunque no
miró en dirección hacia Malygos, clavó sus ojos en las inmediaciones del lugar hacia donde,
tal y como recordaba el anfitrión de Kalec, Ysera se había dirigido. Pese a que el macho azul
como el hielo no podía verla, estaba seguro de que esas sombras que Galakrond contemplaba
con tanta atención eran las que servían de refugio a la hermana de Alexstrasza.
El coloso deforme siseó. Acto seguido, de sus descomunales fauces brotó una
diminuta nube de esa niebla nauseabunda que había exhalado en otras ocasiones. Por fortuna,
resultó ser una mera consecuencia de su respiración normal y no un ataque concentrado.
Aun así, Galakrond siguió intentando discernir qué había entre esas sombras de allá
abajo. Ya no brillaba, lo cual era algo que beneficiaba a los protodragones, puesto que ese
fulgor habría bastado para iluminar casi toda esa zona sombría, si no toda.
De improviso, el coloso tosió. En solo unos segundos, esa tos se volvió tan intensa
que Malygos se preguntó si tal vez su salvación iba a hallarse en que Galakrond sucumbiera
ante ese mal que padecía, fuera cual fuese. Aunque pronto quedó claro que eso no sería así,
ya que, tras unos estruendosos momentos, dejó de toser.
No obstante, durante ese ataque de tos, Kalec pudo observar que se habían producido
algunos cambios muy leves en Galakrond. Algunos de sus apéndices y ojos extra se habían
encogido, y unos pocos se habían marchitado tanto que se convirtieron en poco más que
meros trocitos de carne moteada. Además, cuando la tos remitió, no recuperaron su estado
anterior.
Si bien Kalec temía que su anfitrión no reparara en lo que él había percibido, pronto
descubrió que había subestimado a Malygos. El macho azul como el hielo tuvo que reprimir
un siseo al percatarse de ello y esperó a que Galakrond se marchara mientras atesoraba esa
información como oro en paño.

P á g i n a | 231
El Alba de los Aspectos

Tras escrutar de nuevo brevemente la zona, Galakrond continuó por fin avanzando.
Sin embargo, Malygos no se movió durante varios minutos, por lo cual tampoco pudo ver si
los demás abandonaban sus escondites. Aunque lo más lógico era que, después del último
regreso repentino del monstruo, ninguno de los cinco quisiera correr ningún riesgo.
Al final, Malygos se atrevió a arriesgarse y salió raudo y veloz de su refugio en
dirección hacia el lugar donde había visto desaparecer a Alexstrasza. Al principio, lo invadió
una honda preocupación al divisar los restos de la avalancha acaecida en esa zona. Sin
embargo, al acercarse, vio cómo la protodragona asomaba el hocico entre esas sombras tan
profundas y olisqueaba el aire para, a continuación, mostrarse a plena vista.
—¿Y los demás? —preguntó preocupada; sin lugar a dudas, su hermana era el
motivo principal de tanta inquietud.
Malygos se limitó a encogerse de hombros, pues no podía hacer otra cosa. Después,
se dirigieron hacia donde habían visto por última vez a Nozdormu, hacia un lugar donde
todavía había más rocas sepultando la zona. Aunque al contrario que había sucedido con
Alexstrasza, se encontraron a Nozdormu sentado sobre los escombros, aguardando
expectante a sus camaradas.
—¿Están heridos? —inquirió a ambos. En cuanto vio que los dos negaban con la
cabeza, extendió las alas. La izquierda la movió de un modo notoriamente más lento que la
derecha—. Me duele… pero solo es dolor.
A pesar de que Nozdormu mantuvo un tono de voz imperturbable, Kalec pudo notar
que tanto Malygos como Alexstrasza estaban preocupados por él. Cualquier herida, por
pequeña que fuera, podía ralentizar a Nozdormu cuando llegara el momento crucial.
Por mucho que Nozdormu le preocupara, Alexstrasza decidió llevar la conversación
hacia un terreno que le interesaba mucho más.
—¿E Ysera?
—Estoy aquí. —La hembra amarillenta se posó justo detrás de su hermana—. Sana
y salva.
A Kalec le dio la sensación de que parecía un tanto enojada, como si no quisiera que
su hermana temiera tanto por ella, a pesar de que acababan de superar una situación muy
peligrosa y apurada.
Permanecieron callados un momento hasta que Malygos preguntó con cierta cautela
algo que probablemente todos tenían en mente.
—¿Y Neltharion?
Ninguno de los demás sabía nada al respecto. Malygos siseó. A continuación,
despegó y voló hacia el último lugar donde sabían que se había refugiado el macho gris
como el carbón… pero acabó retrocediendo abruptamente ante lo que descubrió.
El sitio que Neltharion había escogido había acabado aplastado por más escombros
que cualquier otro emplazamiento. Malygos pensó que era imposible que nadie hubiera

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El Alba de los Aspectos

salido vivo de ahí. Kalec compartía sus dudas, a pesar de que logró recordar que Neltharion
debería haber sobrevivido, ya que acabaría convirtiéndose en Deathwing.
Entonces, un tenue y lejano sonido captó la atención de Malygos. Al mismo tiempo,
Alexstrasza y los demás aterrizaron junto al anfitrión de Kalec. Ellos también oyeron ese
ruido.
Malygos revolvió entre las rocas y descubrió que el saliente donde el macho gris
como el carbón había corrido a refugiarse se extendía mucho más de lo que había dado por
supuesto en un principio. Si bien eso le hacía albergar alguna esperanza, el hecho de que esa
parte de ese saliente también se hubiera derrumbado bajo el peso de las avalanchas hacía
que esas esperanzas fueran aún más escasas. Sí, Neltharion podía seguir vivo, pero ¿en qué
estado?
Volvieron a oír ese ruido, aunque esta vez bajo las zarpas de Malygos, quien dio un
salto hacia atrás, pues temía que pudiera estar aplastando a su compañero con su peso.
El anfitrión de Kalec apoyó la cabeza sobre los escombros. Entonces, oyó que
alguien que se movía ahí abajo tomaba aire.
—¡Está aquí!
Con las garras traseras, el macho azul excavó esa pila de escombros. Los demás se
aproximaron, y Alexstrasza fue apartando las rocas que Malygos iba quitando. Nozdormu
hizo ademán de querer ayudar a Malygos con su labor, pero Ysera se le puso delante y se
dispuso a cavar con ganas. Al final, Nozdormu aunó esfuerzos con Alexstrasza para
deshacerse de las rocas que los otros habían extraído para que Malygos e Ysera pudieran
seguir sacando más del lugar donde Neltharion se encontraba enterrado.
A sus pies, reinaba ahora el silencio, lo cual provocó que el protodragón azul como
el hielo cavara con más fuerza si cabe. Pero para su sorpresa, Ysera cavó aún con más brío.
Cavaba a un ritmo frenético y, aunque al anfitrión de Kalec no se le había ocurrido, este se
dio cuenta de que reaccionaba así porque ella debía de estar pensando en los protodragones
que Talonixa había enterrado vivos. Ysera no quería que Neltharion sufriera tal destino; no
obstante, Kalec deseaba en parte que los protodragones abandonaran a Neltharion a su suerte
y lo dejaran morir, puesto que un futuro sin Deathwing era algo que las generaciones
posteriores de las criaturas que poblaban Azeroth habrían agradecido sobremanera.
Sin embargo, tanto Malygos como los demás hicieron un esfuerzo hercúleo para
poder rescatar a su amigo. Ysera profirió un siseo y se valió de sus débiles zarpas delanteras
para apartar piedras. Entonces, vieron una parte de un ala. De inmediato, resultó evidente
que Neltharion estaba tan atrapado que no podía mover siquiera las alas, que tenía muy
pegadas al cuerpo, lo cual explicaba que no hubiera podido hacer nada para ayudar a que lo
rescataran. Aunque lo que le había salvado había sido que la parte del saliente donde se
hallaba su cabeza había permanecido intacta. Si se hubiera derrumbado, le habría aplastado
el cráneo como un huevo.

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El Alba de los Aspectos

El futuro Deathwing tosió al intentar dar una bocanada de aire fresco; la forma en
que había estado a punto de morir le resultó un tanto irónica a Kalec, pues sabía que
Neltharion acabaría convirtiéndose, de algún modo, en el Aspecto de la Tierra. Como seguía
atrapado, tuvo que esperar a que Malygos e Ysera desenterraran toda esa ala por entero para
poder ser capaz de moverse. En cuanto esa ala quedó libre, Neltharion la estiró, y de ese
modo también pudo utilizar una de sus garras delanteras. A pesar de que eran muy débiles
comparadas con sus zarpas traseras, podía usarlas para apartar parte de esas rocas que lo
mantenían atrapado.
Mientras liberaban a Neltharion, pudieron examinar mejor las heridas que había
sufrido. Aunque había sobrevivido sin lesiones graves, al igual que Nozdormu, estaba
plagado de marcados moratones y estaba cubierto de sangre en diversas partes; además, tenía
algún desgarro que otro en las alas; no obstante, tras echarle un vistazo, Malygos concluyó
que, aparentemente, ninguna de esas heridas podría impedir que el macho gris como el
carbón volara.
Neltharion se puso en pie tambaleándose y alzó la vista.
—¿Y Galakrond?
—Se ha ido —respondió Malygos—. Por ahora…
—Es tan poderoso —murmuró Ysera a la vez que se acercaba más—. ¡Tanto! ¿Qué
podemos hacer?
Su hermana no vaciló.
—Luchar… o morir.
Neltharion, que había recuperado el aliento, resopló.
—¡Humf! Entonces, probablemente, moriremos. —Pero al instante, añadió—:
Aunque mejor morir luchando.
—Sí, mejor morir luchando —admitió Malygos, quien centró su mirada sobre todo
en Alexstrasza—. Aunque sería aún mejor que siguiéramos vivos después de luchar.
—Sí, mejor —repitió la hembra.
Pero cómo iban a hacerlo era una terrible cuestión para la que no tenían respuesta.
Antes que nada, tenían que dar con otro lugar donde esconderse mientras cavilaban sobre
cómo iban a combatir algo que parecía invencible.
Sigue las montañas.
Si bien ese pensamiento había sido implantado en la mente de Malygos con tal
sutileza que el protodragón no se dio cuenta de que no era suya, Kalec sí se percató de que
no lo era. Pero no podía identificar su origen; no parecía ser Tyr, puesto que él, seguramente,
se habría identificado. Y si se trataba de otro guardián, ¿por qué no había mencionado nada
al respecto? De un modo curioso, esa situación le recordaba a Kalec a algo, pero no sabía
exactamente a qué.

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El Alba de los Aspectos

Aunque la verdad es que eso no importaba y tenía que admitirlo. Kalec solo era un
observador cautivo de esa visión sin fin, en la que no podía influir para nada. Si bien eso le
enfurecía, era la única existencia que conocía… o que, al menos, recordaba por el momento.
¡Pero si tengo otra vida!, se insistió a sí mismo de repente Kalec. El… el Nexo y…
y…
Había un nombre que el dragón azul quería (no, necesitaba) recordar. No, no era el
suyo. Además, hacía poco que lo había recordado. Era un nombre de mujer. Uno que Kalec
debería conocer muy bien, uno que había plagado a menudo sus pensamientos antes de que
esas visiones se hubieran adueñado de él.
Esa revelación hizo que, por fin, se despertaran en él algunos fragmentos de
recuerdos olvidados.
Ja… ¿Jalya? Jay… ¿Jaina? ¡Jaina!
Súbitamente, sus recuerdos más recientes regresaron con fuerza. Era más que
probable que Jaina estuviera intentando entrar en el Nexo y, si era así, se hallaba en grave
peligro.
¡Tengo que salvarla! Tengo que…
La visión se desvaneció de forma abrupta. Kalec recibió a la oscuridad, contra la que
había vociferado muy a menudo, con los brazos abiertos, a la vez que rogaba que le
devolviera al Nexo.
Había algo duro apoyado sobre él, o, más bien, él se encontraba apoyado sobre una
superficie dura. A pesar de que era incapaz de verlo, Kalec tuvo que dar por sentado que se
trataba del suelo de la cámara, y eso lo animó aún más. Entonces, hizo un tremendo esfuerzo
para poder mover alguna parte de su cuerpo.
Ka…
Conocía esa voz, pero una vez más se preguntó a quién pertenecía. A Jaina. Sí, era
Jaina. Ya lo había olvidado. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puedo seguir olvidando cosas?
La reliquia. ¡Kalec descubrió en ese instante que también se había olvidado de la
maldita reliquia!
¿Kalec?
Esta vez, oyó la voz de Jaina con más claridad, a pesar de que sonaba más lejana.
Ella repitió el nombre del dragón, pero esta vez, él apenas pudo escucharla.
Presa de la desesperación, Kalec intentó reaccionar en el plano físico. Para su
sorpresa, notó cómo arañaba el suelo con las uñas (¿o eran garras?). Aunque eso hizo que
un escalofrío le recorriera por entero, dio la bienvenida a esa sensación de incomodidad, ya
que le permitía aferrarse ligeramente a la realidad. Se concentró en eso y en Jaina, para
intentar crear un vínculo que lo anclara más fuerte con el mundo real gracias a ambos
factores.
¡Kalec! ¡Escúchame!

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El Alba de los Aspectos

Volvió a escuchar su voz con fuerza. Al mismo tiempo, el dragón azul logró rascar
el suelo por segunda vez. Las sensaciones físicas regresaron. Notó cómo fluía la sangre por
sus extremidades y su torso.
Algo que se asemejaba a una respiración (aunque era incapaz de saber si era la de él
o la de ella) reverberó en sus oídos.
¡Jaina! ¡Jaina! Kalec maldijo a su propia boca, porque esta se negaba a responder a
sus deseos. Tenía que hacerle saber que podía oírla…
Un rugido distante ahogó la voz de Jaina justo cuando ella repetía el nombre del
dragón.
Ese bramido estremeció a Kalec, no solo porque fuera muy repentino, sino también
porque sabía que no lo había lanzado un dragón sino un protodragón.
¡Jaina! Jai… Kalec titubeó. ¿Era ese el nombre correcto? Además, ¿de quién era ese
nombre? De una mujer, ciertamente, pero las únicas mujeres con las que tenía cierta relación
eran Alexstrasza y su hermana Ysera. ¿Acaso había intentado llamar a una de ellas?
La oscuridad se esfumó… y se encontró volando con Malygos, como siempre.
Pero esta vez, Kalec sabía que las cosas habían cambiado. Aunque no sabía cómo.
Seguía existiendo como algo escondido en una parte de Malygos, algo que siempre estaba
observando. Kalec no sabía cómo habían llegado a ser las cosas así; solo sabía que estaba
unido, y siempre lo estaría, a ese protodragón, a su anfitrión.
De ese modo, quedaba completamente olvidado, al menos por ahora y quizá para
siempre, un futuro donde la voz de una mujer asustada continuaba llamándolo por su nombre
en vano.
Jaina se desplomó. Su plan había fracasado. De un modo muy ambicioso, había
intentado pasar a formar parte del vínculo que unía a Kalec y la reliquia para que, una vez
acompasada con sus pulsaciones, poder entrar en contacto con el dragón inconsciente de una
manera mejor. De este modo, la archimaga había intentado atraerlo hacia ella y, por tanto,
hacia la realidad de nuevo.
No obstante, la reliquia había acabado imponiéndose. Durante unos breves instantes,
Jaina había estado muy cerca de tener éxito. Sin embargo, el vínculo que había logrado crear
había sido cercenado sin previo aviso. La reliquia había tomado medidas para paliar su
intrusión, al igual que había hecho, durante un tiempo, en un principio, para frustrar sus
intentos de penetrar en el Nexo.
Aun así…
Jaina se levantó del suelo al mismo tiempo que observaba detenidamente a Kalec.
Su respiración se hallaba perfectamente acompasada con las pulsaciones de la reliquia. Su
cuerpo se había deformado aún más, ya no tenía un aspecto tan humanoide, pero tampoco
tan dracónico. Había ciertas peculiaridades en él, sobre todo en el torso, que no le recordaban

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El Alba de los Aspectos

a ningún rasgo especial de los diversos Vuelos de Dragón, aunque le seguían resultando
vagamente familiares. Las había visto antes.
En alguna otra criatura… pero ¿en cuál? Durante su adiestramiento, Jaina
Proudmoore había estudiado prácticamente a todas las bestias importantes, puesto que los
miembros del Kirin Tor tenían que conocer la flora y fauna de Azeroth por diversas razones;
entre las cuales destacaba la de poder sobrevivir. A esta, en concreto, la había visto, sin
duda…
No sería un protodragón, ¿verdad?
No parecía posible. Si bien sabía que Kalec podía asumir más de una forma, Jaina
no tenía ni idea de por qué iba a transformarse en algo tan similar a un dragón, pero no tan
poderoso. Aun así, al examinarlo más de cerca, pudo comprobar que esos rasgos de
protodragón eran más que evidentes. Y lo que era aún peor, uno de los brazos de Kalec era
claramente más corto de lo que debería, otro cambio que lo hacía aún más parecido a esas
bestias.
De repente, Kalec lanzó un fuerte rugido, que no era el propio de un dragón. Al
hacerlo, mutó todavía más. Sus pies se tomaron más pesados, como sucedía con las
extremidades traseras de los protodragones, las cuales eran más voluminosas que sus
extremidades anteriores.
Al mismo tiempo, las pulsaciones de la reliquia se aceleraron. El aura del objeto se
expandió y envolvió también a Kalec.
Jaina intentó alcanzarlo, pero lo único que logró es estar a punto de chamuscarse las
yemas de los dedos. Hasta entonces, esa aura no había desprendido el más mínimo calor,
pero ahora quemaba como el fuego. Kalec siguió transformándose de manera descontrolada.
Su cuerpo se oscureció.
Aunque la archimaga se escudó mágicamente e intentó agarrar al ex Aspecto por
segunda vez, tuvo que apartarse por culpa de un calor cada vez más intenso. Una jadeante
Jaina también pudo comprobar cómo la respiración de Kalec se aceleraba aún más, al
compás del incremento de pulsaciones de la reliquia.
¡Esto no puede seguir así mucho tiempo! ¡No puede! Jaina sabía perfectamente que
llegaría un momento en que el cuerpo de Kalec ya no soportaría más esa demencial
metamorfosis. Aunque fuera una criatura mágica, seguía teniendo limitaciones mortales.
A pesar de que Kalec era un dragón, acabaría quemándose literalmente y, por ahora,
Jaina no tenía ni idea de cómo iba a poder salvarlo.

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CAPÍTULO TRES
CINCO CONTRA LO
IMPOSIBLE
M alygos y Kalec siguieron las montañas, tal y como había sugerido la voz que

había resonado en la mente del protodragón, pero si esperaban hallar algo espectacular o
sorprendente al final, ambos se llevaron una decepción. Las montañas se abrieron y fueron
a parar a un valle con forma de cuenco que, por alguna razón, inquietó a Kalec. Malygos lo
consideró un mero destino más, uno donde tal vez Galakrond nunca los buscaría o donde ya
no los buscaría tras haber pasado por él.
Un arroyo discurría por ese lugar. Los cinco protodragones aterrizaron para beber en
él. Y pensar. Jamás, en todas sus vidas, habían tenido tanto en qué pensar. Malygos miró a
los demás y se preguntó si se sentirían tan agotados como él.
Parpadeó. Lejos de los cinco, una roca redonda flotaba a la deriva en el agua, allá
donde el curso se ensanchaba. Como hasta los protodragones sabían que las rocas no flotaban
a la deriva en el agua, Malygos aleteó para elevarse en el aire y voló hacia ese objeto.
El anfitrión de Kalec viró para retroceder en cuanto reconoció qué era eso que yacía
sumergido a medias. Tal y como Malygos había sospechado, se trataba de otro cuerpo de
protodragón. Sin embargo, al final, se atrevió a posarse junto a él en el arroyo y, entonces,
se percató de algo muy peculiar.
Acto seguido, oyó un chapoteo a sus espaldas que anunció la impetuosa llegada de
Neltharion. El macho gris como el carbón se acercó dando grandes zancadas hacia Malygos
y escrutó lo que acababan de descubrir.
—Lo ha matado Galakrond. Deberíamos destruirlo antes de que se alce.
Malygos negó con la cabeza.
—No hace falta. Era un no-vivo que vuelve a estar muerto.

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El Alba de los Aspectos

El otro protodragón soltó un resoplido plagado de incredulidad. Palpó el cuerpo, que,


como se había estado pudriendo antes de su segunda «muerte», ahora se estaba
desmoronando con suma facilidad en el agua.
—¿Cómo es posible que un no-vivo deje de vivir si no lo hemos destruido nosotros?
Kalec, quien se mantenía muy atento, también se preguntaba lo mismo. Lo primero
que pensó fue que o bien otro protodragón había logrado hacer lo que Neltharion sugería, o
el no-muerto, por alguna razón, se había desmoronado sin más. No obstante, no había nada
que indicara que la segunda hipótesis fuera la correcta; además, a su anfitrión tampoco le
convencía esa respuesta.
Lo cual dejaba solo una cuestión en el aire: ¿quién había destruido realmente a ese
enemigo? ¿Otro guardián?
Malygos se inclinó aún más. Con su desarrollado sentido del olfato detectó otro olor,
uno que al principio supuso que se encontraba ahí por una razón totalmente lógica. Entonces,
mientras contemplaba esos restos descompuestos, se dio cuenta de otra cosa sobre su estado
que le llamó la atención. Antes, habían tenido un aspecto reseco. Ahora, apenas se mantenían
en su sitio. En cuanto Malygos lo palpó un poco, las partes que el agua del caudal todavía
no había tocado quedaron reducidas a cenizas, sin más.
Nada más ocurrir eso, el olor (o, más bien, hedor) que el anfitrión de Kalec había
percibido se incrementó por diez.
La respuesta a cuál era el origen de esa peste brotó de la boca de Neltharion antes de
que el otro protodragón pudiera imaginarse por qué pronunciaba ese nombre.
—¡Ha sido Galakrond!
—¡No, ya no es Galakrond! —le espetó Malygos, quien, con un tono más calmado,
añadió—: Ya no.
—¿Qué quieres decir?
Ni siquiera Kalec estaba seguro de qué estaba pensando Malygos en esos momentos,
puesto que lo poco que podía leer en su mente no tenía ningún sentido. No obstante,
rápidamente, Malygos expresó en voz alta ese razonamiento tan cuestionable.
—Sí, Galakrond estuvo aquí. Y sí, Galakrond… devoró a este no-vivo.
Neltharion lo miró como si estuviera loco. Los otros tres, que acababan de sumarse
a ellos para ver qué era eso que tanto fascinaba a ambos, también habían escuchado las
palabras de Malygos.
—Galakrond se comió a este… ¿a este no-vivo? —preguntó un Nozdormu
completamente desconcertado—. ¡Pero si solo se come a los vivos! ¿Por qué se comió a este
muerto?
—Ya, ¿qué quedaba en este que pudiera comer? —inquirió Alexstrasza, a la vez que
olisqueaba el cadáver y fruncía la nariz—. Sí, Galakrond estuvo aquí. Y no hace mucho.
—La hembra entornó los ojos, pensativa—. Malygos tiene razón.

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El Alba de los Aspectos

—¡Pero estaba muerto! —insistió Neltharion—. ¡Y hace mucho! ¡No tenía carne!
¡No tenía vida!
De hecho, lo único que quedaba ahí era la peste cada vez más intensa de la
putrefacción. Sin embargo, Malygos detectaba algo en ese hedor a descomposición que no
encajaba, como si hubiera algún detalle relacionado con ello que se le escapara.
—Este estaba vivo y murió —acertó a decir, mientras buscaba organizar las palabras
de tal manera que pudiera cerciorarse de que todos (él incluido) lo entendieran
completamente—. Y se convirtió en un no-vivo. Se movía, aunque estaba muerto. Estaba
muerto, pero se movía.
Como es lógico, Kalec fue el primero en entender qué era lo que intentaba explicarles
Malygos. A pesar de ser el ex Aspecto de la Magia, Kalec dudaba mucho que hubiera sido
capaz de dar con la única solución posible a ese enigma antes que su joven anfitrión. De los
otros cuatro protodragones, fue Ysera la primera en comprenderlo con más rapidez.
—Los no-muertos se mueven. Porque algo los hace moverse. Y no es la sangre. Ni
la vida. Es otra cosa.
—¿La «no-vida»? —masculló Neltharion—. ¿Existe la «no-vida»?
Los protodragones no habían vivido mucho tiempo en un mundo plagado de no-
muertos, tal y como había hecho Kalec, quien lo recordó abruptamente, pero sí habían
llegado a entender algo muy importante.
Aun así, los cadáveres reanimados de las víctimas de Galakrond no eran exactamente
como la mayoría de esos seres a los que el dragón azul se había enfrentado, tal y como ahora
iba recordando poco a poco. Lo que parecía impulsar a estos era, simplemente, lo que
Malygos había dejado entrever: una energía que tal vez fuera un producto residual de la
absorción por parte de Galakrond de la esencia vital de criaturas vivas. Era casi una parodia
de esa misma esencia, lo cual hacía que llamarla «no-vida» fuera muy apropiado.
Aunque esa teoría fuera acertada, no explicaba por qué Galakrond estaba
absorbiendo ahora esta esencia, lo cual era realmente perturbador. ¿Por qué?, se preguntó
Kalec, consciente de que en este aspecto se planteaba los mismos interrogantes que Malygos.
¿Por qué?
Una vez más, fue el anfitrión quién descubrió la posible razón. Malygos alzó la
cabeza y su mirada se perdió en la lontananza. Solo Kalec sabía que estaba aguzando el oído
para oír algo en particular.
—No hay gritos —afirmó Malygos con voz ronca—. Ni llamadas.
—Todos temen a Galakrond —señaló Alexstrasza—. Todos han huido, o se han
escondido… o han muerto.
—Galakrond sigue creciendo, sigue cambiando. Los protodragones crecen cuando
comen suficiente. —El macho azul como el hielo se valió de las alas para señalar a las

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El Alba de los Aspectos

montañas—. Aquí no queda nada para Galakrond. Nada lo bastante grande. Nada… salvo
los no-muertos.
Aunque los cinco ya lo entendían todo, Kalec vio a través de Malygos que no querían
aceptar los hechos. Para ellos, el factor de que Galakrond devorara esa energía, o lo que
fuera, que animaba a los no-muertos era como si ese coloso hubiera ido mucho más allá del
canibalismo.
Sin embargo, lo que más le inquietaba a Kalec era lo que esta nueva y horrenda forma
de alimentarse podía significar para el imparable proceso de metamorfosis de Galakrond. Si
al absorber la esencia de sus víctimas se había transformado en un monstruo tan deforme, lo
lógico sería que con sus nuevos hábitos alimenticios se deformara aún más.
A los cinco protodragones no les alegraba demasiado que fuera posible que los no-
muertos pudieran acabar siendo erradicados por culpa del hambre de Galakrond, pues sabían
que la principal meta de la existencia del coloso seguía siendo dar caza a presas vivas, y
sobre todo a ellos.
Desde el punto de vista de Malygos, solo había una salida. Aun así, una vez más,
intentó que los demás no participaran en lo que parecía ser una misión destinada al fracaso.
El macho azul como el hielo miró a los otros cuatro.
—Debo enfrentarme a Galakrond. Ahora. Y solo.
—No. —Alexstrasza se abrió camino a empujones hasta situarse en medio del
grupo—. Somos una familia. Siempre luchamos juntos.
Con familia no quería decir que simplemente fueran amigos y se debieran lealtad,
sino, más bien, que era como si los cinco fueran del mismo color y tuvieran un aspecto
parecido, como si hubieran nacido de unos huevos del mismo tipo, a pesar de que eso no
fuera así realmente.
—Sí —admitió Neltharion, dejándose llevar por cierta indignación ante la sugerencia
inicial hecha por Malygos—. ¡Lucharemos como una familia! ¡Lucharemos juntos!
—Pero no somos familia —replicó Ysera—. Luchamos de maneras distintas. No
somos iguales.
No dijo esas palabras para rebatir a su hermana, sino con un tono que indicaba que
esas diferencias aún eran importantes.
Malygos asintió, pues ya había meditado al respecto y consideraba que en eso mismo
residía precisamente su fortaleza. Y tal vez también los cimientos de su única esperanza.
—Sí, luchamos de maneras distintas —afirmó—. Y lucharemos juntos. Es más,
aprovecharemos esas diferencias. Tyr me enseñó el camino, pero él no era un protodragón,
no pensaba como nosotros. Debemos pensar nuestros planes como protodragones.
Pese a que ese discurso tenía mucho sentido para Malygos, Kalec no lo tenía tan
claro. Tyr, a pesar de todo su poder, de toda su obvia sabiduría, había liderado a los cinco
como si estos lucharan como él. Se había valido de sus habilidades individuales, sí, pero con

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El Alba de los Aspectos

el fin de complementar las suyas propias. Había combatido contra un protodragón (un
protodragón enorme) como si se enfrentara a algo similar a él.
No obstante, Tyr había acertado al enseñarles que sus habilidades individuales
combinadas podían funcionar mejor que si todos ellos hubieran pertenecido a una sola
familia de protodragones realmente. Cinco Malygos no habrían tenido más posibilidades de
triunfar que ellos. Cinco Neltharion no habrían tenido ninguna.
Además, Malygos también tenía que admitir que no todos los grupos de cinco
protodragones distintos habrían podido colaborar tan bien como el que había liderado Tyr.
No quería ni imaginarse lo que un grupo en el que se hubiera encontrado incluido alguien
como Coros podría haber hecho frente a Galakrond.
Aún no hemos ganado nada, se recordó el anfitrión de Kalec a sí mismo bruscamente.
Lo más probable es que lo perdamos todo.
No obstante, Malygos estaba más preocupado por sus cuatro compañeros que por su
futuro. Tenía que asegurarse de que los lideraba de la mejor forma posible, y eso significaba
sacar el mayor provecho posible a sus diferentes habilidades.
¡Pero si solo soy un protodragón! Ese pensamiento atravesó a Malygos con tal
virulencia que Kalec también notó ese ataque fugaz de miedo. Aun así, lo único que tuvo
que hacer su anfitrión fue mirar a Neltharion y al resto (quienes, a su vez, aguardaban a que
diera la orden) para saber que ya no podría renunciar a su papel de líder.
Pero había alguien que parecía dispuesta a ayudarlo a sobrellevar gran parte de esa
carga. Entonces, posó su mirada en Alexstrasza.
Ella parecía entender su preocupación. Tras lanzar una mirada breve y solemne a
Malygos, Alexstrasza centró de inmediato su atención en Neltharion.
—¿Cómo luchan los de tu raza? Explícanoslo… muéstranoslo.
Al instante, Neltharion les mostró los dientes al esbozar una amplia sonrisa de reptil.
Extendió las alas y, acto seguido, exhibió las habilidades de combate propias de su familia…
De improviso, la visión cambió y, aunque a Kalec le habría gustado saber más sobre
las habilidades de los otros cuatro, no le sorprendió que tuviera lugar ese salto. De hecho,
por primera vez, el dragón azul se sintió a gusto con el salto. No se le ocurrió pensar que eso
podría ser un mal augurio para él.
La escena que se desplegó ante sus ojos no pudo haber tenido lugar mucho tiempo
después de esa visión anterior que acababa de abandonar. Si bien los cinco seguían en las
montañas, ahora se hallaban posados en la cima de un tortuoso pico, vigilando y esperando.
No obstante, en el cielo no se veía a esa criatura tan vasta que prácticamente era
imposible que se escondiera, lo cual resultaba muy sospechoso. Tampoco había ni rastro de
los no-muertos, lo cual inquietaba sobremanera al líder del grupo.

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El Alba de los Aspectos

—¿Dónde está Galakrond? —inquirió Malygos gruñendo—. ¿Dónde? —En ese


instante, estiró las alas de manera nerviosa y, a continuación, comprendió por fin qué tenían
que hacer—. ¡Debemos atraerlo hacia nosotros! ¡Debemos hacerle saber que estamos aquí!
Profirió un rugido. Tal y como esperaba, el bramido resonó por todas esas montañas,
aunque no le pareció lo bastante potente.
Antes de que Malygos pudiera sugerir nada, Alexstrasza alzó la cabeza y rugió como
él. Los otros tres la imitaron y, en solo unos segundos, los cinco se hallaron gritando al
unísono.
Los ecos de sus bramidos combinados resonaron con fuerza e incluso aumentaron de
intensidad mientras se alejaban veloces de sus fuentes originales. A pesar de su gran
potencia, a la mayoría de los protodragones normales le habría resultado imposible oírlos,
salvo que se hallaran a menos de dos o tres horas de distancia volando.
No obstante, Galakrond no era precisamente un ser normal.
Unos truenos rugieron al este, unos truenos que resonaban de manera extrañamente
regular.
No, no son truenos, dedujo al fin Malygos. Son los aleteos de unas alas muy, pero
que muy enormes.
Mientras los otros cuatro se giraban en esa dirección, el cielo se oscureció en esa
zona.
Galakrond, que era de nuevo un cincuenta por ciento más grande que la última vez
que lo habían visto, avanzaba pesadamente hacia los cinco. Tosía y carraspeaba de vez en
cuando y, cada vez que lo hacía, su aura se desvanecía levemente.
Malygos tomó buena nota de ese detalle mientras se elevaba del lugar donde había
estado posado. En ningún momento se le ocurrió pensar que Galakrond fuera a ser presa
fácil para ellos, ni siquiera que derrotarlo fuera factible. Sin embargo, los protodragones
debían explotar cualquier posible flaqueza, si querían tener alguna esperanza.
Malygos, que confiaba en que los demás cumplirían su parte, voló sin titubear hacia
Galakrond.
El coloso dejó de toser y el aura reapareció. Galakrond contempló detenidamente
cómo esas patéticas figuritas se le aproximaban… y se echó a reír. Las montañas temblaron
ante esas carcajadas, que podrían haber tapado con suma facilidad los débiles gritos que
Malygos y sus compañeros habían dado antes.
—¡Bocaditos! —exclamó, con un tono casi amable—. ¡Ahí están!
Los cinco paladines no le respondieron al acercarse, sino que se desplegaron.
—Últimamente, mi comida está tan… tan reseca —prosiguió diciendo Galakrond
alegremente—. Sabe tan mal, pero tengo tanta hambre… —En ese instante, clavó su brutal
mirada en Malygos—. Ssssssiempre tengo hambre.
Entonces, exhaló.

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El Alba de los Aspectos

Los cinco esperaban que reaccionara precisamente así. De inmediato, se elevaron


más alto en el cielo y se separaron todavía más. La nociva niebla que Galakrond había
lanzado se esparció a lo largo y ancho del aire, pero al intentar mantener a los cinco dentro
de su campo de acción, el coloso deforme no pudo acabar con ninguno. Ysera fue la que más
cerca estuvo de acabar atrapada en los confines de esa niebla, pero la hembra amarillenta
logró esquivarla en el último segundo dando un fuerte acelerón.
Malygos disimuló el tremendo alivio que sintió al verla escapar por tan poco y
descendió en picado sobre Galakrond. El protodragón azul como el hielo abrió la boca de
par en par y atacó. Una columna de escarcha cayó sobre el gigantesco Galakrond, quien
recibió ese asalto insignificante con una risa burlona.
En ese momento, Alexstrasza intervino sin más dilación y arrasó una larga sección
del torso de Galakrond con su fuego, aunque esas llamas apenas hicieron mella en esa dura
piel.
Pero sí afectaron, y mucho, a los ojos adicionales del monstruo. Se derritieron como
mantequilla, se disolvieron como el agua y se ennegrecieron como la madera. Haciendo gala
de una gran puntería, Alexstrasza destruyó todos los ojos de una amplia sección del costado
izquierdo de Galakrond y, al instante, se alejó volando hasta perderse de vista.
El monstruoso protodragón rugió, pero esta vez, con un tono que hizo sentir un
siniestro gozo tanto a Malygos como a Kalec. Galakrond estaba experimentando un dolor
que no había sufrido ni siquiera al combatir a Tyr.
—¡Te devoraré a ti primero! —le gritó a Alexstrasza, mientras esta se esfumaba—.
¡Paladearé tu vida! ¡Te convertiré en uno de los míos y, luego, te devoraré de nuevo!
Malygos no pudo evitar estremecerse al mismo tiempo que continuaba
desempeñando su papel en el ataque. Los cinco se enfrentaban a un mismo funesto destino
en potencia: acabar convertidos en uno de los no-muertos para luego acabar esa existencia
como un aperitivo un tanto amargo, pero todavía apetecible.
En cuanto Galakrond se giró para mirar hacia Alexstrasza, una columna de arena fue
a impactar sobre su torso, en el otro costado. La arena se extendió del mismo modo que lo
habían hecho antes las llamas de Alexstrasza, y Nozdormu centró su asalto también en los
ojos extra que habían surgido en esa zona. Los granos de arena, al ser lanzados a tal
velocidad, cortaban como si fueran unas garras diminutas y, cuando menos, cegaron esos
orbes al irritarlos, aunque en general los lastimaron y enrojecieron tanto que el coloso ya no
pudo volver a ver con ellos.
Tal y como había hecho anteriormente la hembra naranja como el fuego, Nozdormu
huyó raudo y veloz en otra dirección.
Si bien Tyr se había valido de algunas de las estrategias que solían utilizar los
protodragones para luchar, no las había aprovechado al máximo, pues no pensaba como un
protodragón. A pesar de que todos los miembros de las diversas familias de la especie de

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El Alba de los Aspectos

Malygos preferían cazar individualmente, cuando surgía la necesidad de capturar una presa
muy grande, los protodragones eran capaces de cazar en manada de una manera muy eficaz.
La manada luchaba unida y mantenían a la presa desconcertada. Tyr había fracasado al final
porque había optado por convertirse en la amenaza principal a la que Galakrond debía anular.
La falta de una verdadera coordinación entre el guardián y los cinco había sido la causa de
su fracaso.
Juntos, Malygos y Alexstrasza habían pretendido corregir ese error. Solo esperaban
no haber hallado otro sendero distinto que los llevara también al fracaso, pues a la tercera
no iría la vencida. O luchaban y vencían aquí y ahora, o combatían y perecían aquí y ahora…
y en este último caso, si eran destruidos, y Tyr había tenido razón en una cosa al menos, ya
no habría ninguna esperanza para su mundo.
Malygos jamás habría llegado a creer posible que llegase el día en que tuviera más
preocupaciones aparte de cuál iba a ser su próxima comida. Además, era consciente de que
los demás habían llegado a ser como él, pues ya no temían solo por sí mismos, sino por todo.
Incluso estaban dispuestos a sacrificar sus vidas si eso significaba que iban a poder salvar
su mundo.
Por ahora, Malygos era el único de los tres que seguía hallándose muy
peligrosamente cerca de Galakrond. Una vez más, volvió a convertirse rápidamente en el
centro de atención del monstruo enfurecido.
Sin embargo, Galakrond no exhaló, como Malygos había previsto que hiciera. En
vez de eso, el leviatán bajó las dos zarpas traseras y destrozó algunas partes de las montañas
más cercanas. Lo hizo a tal velocidad que el anfitrión de Kalec apenas había logrado ladearse
para iniciar la maniobra de alejamiento cuando unos fragmentos de tierra sólida se le
vinieron encima.
Uno de esos misiles pasó rozando a Malygos solo un segundo después. El macho
azul como el hielo apretó los dientes mientras esperaba que un segundo hiciera lo mismo.
Por desgracia, este le alcanzó en el ala izquierda.
El impacto hizo que Malygos saliera despedido dando vueltas en el aire. Si bien esa
nueva agonía despertó el dolor casi olvidado de otras heridas previas, eso no era nada
comparado con los breves y rápidos atisbos que el pequeño protodragón tuvo sobre
Galakrond mientras daba tumbos por el cielo. El monstruo ocupaba cada vez más espacio
en el campo de visión del anfitrión de Kalec, que era incapaz de enderezarse con una mayor
rapidez.
Y lo que era aún peor, vio que Galakrond no solo tenía sus cuatro zarpas principales
repletas de más tierra y rocas, sino que los apéndices extra que Malygos alcanzaba a discernir
estaban haciendo lo mismo. El aterrador coloso lanzó una inmensa salva de piedras y tierra
con un único propósito obvio: asegurarse de que el anfitrión de Kalec no pudiera esquivar
su final.

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El Alba de los Aspectos

A pesar de que Malygos se hallaba en grave peligro, este no pudo evitar preguntarse
dónde estaba Ysera. Supuestamente, debía de haber sido la siguiente en atacar mientras el
anfitrión de Kalec distraía al enemigo; además, a pesar del destino que pudiera acabar
sufriendo, el protodragón esperaba que los demás siguieran adelante con el plan.
Pero en vez de Ysera, fue Neltharion quien se sumó a la refriega, saltándose así la
parte del plan que se suponía que debía llevar a cabo. Chilló con fuerza mientras se acercaba
al oído de Galakrond; de hecho, rugió con más fuerza de la que Malygos jamás recordaba
haberle visto bramar al macho gris como el carbón.
El ataque sónico hizo estremecerse al coloso, literalmente, pues Neltharion había
osado acercarse muchísimo. Una tormenta de rocas y tierra arreció sobre las montañas
cuando la bestia deforme se soltó involuntariamente de todos los sitios a los que estaba
agarrada.
Neltharion pecó de exceso de confianza y se quedó a observar las consecuencias de
su asalto un momento más del que dictaba el buen juicio. Por eso, acabó recibiendo un fuerte
golpe cuando Galakrond movió hacia delante un ala.
Malygos se dio cuenta de que su plan se estaba viniendo abajo más rápido que el de
Tyr. Había creído que Alexstrasza y él entendían mejor a su especie que ese ser de dos
piernas. Claro que, Galakrond, a pesar de todo lo que se había transformado, seguía siendo
un protodragón. En cierto modo, el anfitrión de Kalec se preguntó si, al haberse olvidado de
eso, él y sus compañeros habían volado directamente hacia un funesto e ineludible destino.
En ese instante, hizo ademán de avanzar para ayudar a su rescatador, pero entonces,
Alexstrasza voló hasta colocarse delante de él. Al parecer, al igual que Ysera, había
abandonado su plan de atacar y retirarse, pero al contrario que su hermana desaparecida, la
hembra naranja como el fuego no había abandonado a sus camaradas, como tampoco lo
había hecho Neltharion.
Alexstrasza, que se estaba aproximando por el lado por el que había cegado a
Galakrond al destrozarle los ojos adicionales, voló a gran velocidad hacia la descomunal
garganta del monstruo. Al acercarse, hizo algo que tanto Malygos como Kalec consideraron
una maniobra suicida. La hembra rugió brevemente, lo cual fue suficiente para llamar la
atención de un ansioso Galakrond, quien abrió las fauces aún más al anticipar que iba a
devorar un bocadito muy apetecible.
Alexstrasza exhaló, empleando para ello hasta la última gota de aliento, sin lugar a
dudas. Una enorme llamarada arrasó la parte interior de la boca del gigantesco protodragón,
una zona tan vulnerable como sus ojos.
La carne blanda situada cerca de la garganta se ennegreció. Galakrond se echó hacia
atrás, abandonando toda intención de intentar devorar a la protodragona. Un atónito Malygos
observó la escena con los ojos desorbitados, pues le sorprendía que su temible adversario
todavía poseyera una zona tan vulnerable en su cuerpo. Aunque había pensado que tal vez

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El Alba de los Aspectos

el interior de la boca del monstruo podría ser un punto débil, había considerado que fijar esa
zona como objetivo a cualquiera de sus camaradas habría sido pedir demasiado, ya que ¿qué
protodragón se habría atrevido a volar voluntariamente hasta la boca de Galakrond?
Por lo visto, Alexstrasza sí se atrevía.
Galakrond carraspeó y tosió. Sacudió violentamente la cabeza. Su rugido agónico
resonó con tanta potencia entre las montañas que amenazó con dejar sordos a los demás.
Batió las alas y se elevó más hacia el cielo. El coloso continuó carraspeando y tosiendo
mientras inclinaba la cabeza adelante y atrás en un intento de calmar el dolor de la
quemadura.
Alexstrasza siguió volando hacia Neltharion, quien seguía flotando en el aire a pesar
de sufrir una notable desorientación. La hembra extendió las garras traseras para agarrarlo
de los hombros y llevarlo a un lugar seguro.
De repente, por encima de esas montañas, el grito de Galakrond cesó de manera
abrupta. El carraspeo y la tos se esfumaron un instante después. El enorme protodragón
recorrió las inmediaciones con su malévola mirada.
A pesar de que sabía que así iba a conseguir que empeoraran sus nuevas heridas,
Galakrond exhaló durante mucho tiempo para cubrir una gran extensión con su aliento. Al
mismo tiempo, clavó su mirada en algo situado más allá de Malygos.
Este intuyó que algo iba mal y, rápidamente, miró hacia atrás.
Más de una decena de no-muertos se congregó a sus espaldas, cortándole esa vía de
escape. Malygos comprendió entonces que Galakrond también había hecho planes por
anticipado… y con más éxito que ellos. El ángulo que seguían los no-muertos al volar
revelaba que venían de más allá de esa capa de nubes. Como únicamente habían hallado un
cadáver destrozado, Malygos había dado por sentado que el resto había seguido a ese en su
camino al olvido; sin embargo, la realidad era muy distinta: Galakrond tenía ahora atrapados,
al menos, a Malygos, Neltharion y Alexstrasza entre los no-muertos y esa niebla que anulaba
la voluntad.
Nozdormu apareció por el otro lado por el que también Galakrond había sido cegado
y atacó con una ráfaga de arena tras otra a ese monstruo que seguía exhalando; obviamente,
se estaba extenuando, pero al igual que el anfitrión de Kalec, sabía que se hallaban en una
situación desesperada.
Sin girar la cabeza hacia el protodragón marrón, Galakrond alzó la cola y, con una
puntería perfecta, alcanzó a este con gran fuerza.
Conmocionado, Nozdormu se estampó contra un pico. Al instante, grandes
fragmentos de roca volaron por los aires y fueron a caer entre las montañas, acompañados
del cuerpo inerte del macho marrón.
Mientras el monstruo retiraba la cola, un cada vez más frenético Malygos pudo
comprobar que, al igual que sucedía con el resto del macabro cuerpo del coloso, esta

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El Alba de los Aspectos

extremidad tenía ojos. Unos ojos que compensaban los que había perdido bajo los asaltos de
esos pequeños atacantes.
Galakrond siguió lanzando esa exhalación imposiblemente larga. El anfitrión de
Kalec retrocedió al ver que esa niebla asfixiante se cernía sobre él. Alexstrasza, que todavía
estaba ayudando al desorientado Neltharion, se vio atrapada en esa niebla con suma
facilidad. Intentó empujar a Neltharion hacia delante, pero por mucho que este intentó
acelerar, no fue suficiente.
Malygos oyó un siseo quebrado a sus espaldas, y esa fue la única advertencia que
tuvo para darse cuenta de que se había acercado demasiado a los no-muertos que se
aproximaban. El anfitrión de Kalec se giró para encararse con esa nueva amenaza, a pesar
de que era consciente de que al hacer eso permitiría que la niebla acortara la distancia que la
separaba de él.
Una manada hambrienta de no-muertos o una niebla que lo convertiría en presa fácil
para su amo aún más hambriento lo aguardaban. Un ansioso Malygos miró hacia delante y
atrás, intentando hallar alguna vía de escape. La niebla lo cubría todo por encima y debajo
de él; además, los cadáveres reanimados bloqueaban todas las rutas que tenía delante. El
macho azul como el hielo no tenía adonde volar.
Mientas la muerte lo rodeaba en todas direcciones, Malygos y Kalec se preguntaron
qué habría sido del único miembro de esa aventura fallida que había desaparecido.
¿Dónde estaba Ysera?

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CAPÍTULO CUATRO
LOS CINCO
J aina se arrodilló entre Kalec y la reliquia, debatiéndose entre la necesidad de

actuar rápido para poder salvar al dragón azul y el deseo de abrazarlo y reconfortarlo, ya que
esos podían ser los últimos minutos de vida del ex Aspecto, por mucho que ella intentara
evitarlo. Kalec continuó sufriendo una espantosa metamorfosis, en la que los rasgos de
protodragón se imponían cada vez más a los demás y en donde su ritmo de respiración era
tan acelerado que la archimaga no se podía creer que los pulmones todavía no le hubieran
explotado.
¡Este artilugio no se pudo crear con este fin!, se dijo Jaina a sí misma de manera
insistente. ¡No tiene sentido!
En ese instante, se concentró en la vibrante reliquia y se le desorbitaron los ojos al
darse cuenta de que lo que había creído que era un único objeto muy sólido estaba compuesto
en realidad por dos piezas.
«Creo que dio con algo», había dicho Buniq en su momento, la cual se había
desvanecido sin dejar rastro, a pesar de haberse hallado muy cerca de la archimaga.
Pero en cuanto Jaina empezó a relacionar a esa misteriosa taunka con el
descubrimiento de la segunda pieza, tuvo la sensación de que alguien la vigilaba. Con suma
rapidez, la hechicera alzó la mirada más allá de la reliquia.
Ahí no había nadie… o, más bien, no había nadie ahora. No obstante, un pensamiento
muy peculiar cruzó velozmente la mente de Jaina, la idea de que había visto a alguien. No
se trataba ni de un dragón ni de un humano, aunque se trataba de algo cuya forma recordaba
a uno de esos seres bípedos. Mientras se concentraba, la archimaga creyó recordar que se
trataba de una figura encapuchada y con capa un poco más alta que Kalec en su forma
humanoide.
Jaina sabía alguna cosa que otra sobre los guardianes y, si bien eran mucho más altos
(en realidad, eran similares a los gigantes), estaba segura de que poseían el poder necesario

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El Alba de los Aspectos

como para lograr que los demás los vieran de otro modo. Aunque ese fuera el caso, Jaina se
preguntó por qué, si lo que había llegado a ver era en verdad un guardián o su imagen
proyectada, este se había desvanecido tan rápidamente.
No me lo he imaginado… Estaba ahí de pie. Además, no había aparecido hasta que
Jaina se había dispuesto a investigar la reliquia y había descubierto que constaba de dos
componentes y no solo de uno.
Eso hizo que volviera a pensar en Buniq, a quien cada vez consideraba mucho más
que una taunka. Además, a un guardián no le habría resultado muy difícil presentarse bajo
esa forma.
Como estaba segura de que estaba siguiendo la pista correcta, Jaina examinó esa
zona donde, al parecer, las dos piezas se habían fusionado. Si no hubiera sido por su avezado
ojo, la archimaga dudaba mucho que se hubiera percatado de ello, ya que estaban unidas
gracias a algún hechizo.
Un hechizo… Jaina pensó de nuevo en la forma en que se había enfrentado a la
reliquia en un principio. Tal vez, dada la situación, su ataque había sido muy poco
consistente y centrado.
Volvió a trazar el símbolo en el aire y estudió de qué manera estaban unidos ambos
componentes. Entonces, lanzó el conjuro.
El símbolo envolvió la parte más pequeña, así como la zona en la que estaba unida a
la más grande. Mientras esto tenía lugar, Jaina reforzó sus encantamientos de protección
personal una vez más. No tenía ni idea de qué podría ocurrir, pero la experiencia le decía
que debía esperar lo peor.
Ambos componentes relucieron con un brillo blanquecino que la cegó. La archimaga
retrocedió, pues estaba segura de que la reliquia estaba a punto de estallar o de atacarla
violentamente.
Sin embargo, ese intenso fulgor se desvaneció, y el componente más pequeño giró
hasta completar un semicírculo.
Parpadeando, Jaina hizo ademán de cogerlo.
De repente, recibió una descarga de energía blanca en la frente. Se estremeció, pero
por la sorpresa, no de dolor.
Súbitamente, Jaina vio…
El mundo se desdibujó.
Lo hizo de una manera que Kalec nunca había experimentado. Se sintió como si un
momento siguiera al otro como las olas del mar. Fue muy desconcertante, ya que todo lo que
veía a través de los ojos de Malygos pareció fluir también como unas olas. Mientras tanto,
la niebla se aproximaba más y más, con Galakrond detrás.

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El Alba de los Aspectos

Entonces, su anfitrión miró hacia atrás, hacia los no-muertos, y el ex Aspecto


experimentó lo mismo. Se abalanzaban sobre él desparramándose, como si estuvieran
hechos de agua, lo cual les confería un aspecto aún más espantoso.
Vamos a morir, pensó un Kalec tan aterrado como maravillado. Si bien el dragón
azul jamás había creído que Malygos pudiera llegar a morir, sus recuerdos sobre su propia
época se habían vuelto tan vagos que se preguntaba si realmente eran recuerdos o meras
fantasías.
Pero eso importaba más bien poco. Lo único que realmente importaba era que él y
su anfitrión estaban a punto de perecer de una manera horripilante.
Los pensamientos de Kalec se vieron interrumpidos por un rugido teñido de tristeza,
que también llamó la atención del macho azul como el hielo, quien se volvió en dirección al
bramido.
Algo más había atraído la atención de Galakrond, una columna de llamas un tanto
patética, pero todavía peligrosa, que había exhalado una Alexstrasza sometida a una gran
tensión. Tras ella, Neltharion (el en su día poderoso Neltharion) hacía todo lo posible por
mantenerse flotando en el aire. No cabía duda de que, a pesar de que Alexstrasza quería
facilitar la huida de Neltharion, este intentaba seguir cerca, como si así pudiera ayudar de
algún modo.
Galakrond los miró con desprecio. El coloso, que se había olvidado de Malygos por
el momento, exhaló levemente en dirección hacia Alexstrasza, lanzando otra ráfaga de su
nauseabunda niebla hacia ella. Toda la resistencia de la que la hembra naranja como el fuego
había hecho gala se vino abajo al instante. Y lo que era aún peor, en su lucha por seguir
batiendo las alas, Alexstrasza se había acercado sin querer a su gigantesco adversario.
Galakrond abrió la boca de par en par y aguardó gozoso a que Alexstrasza siguiera
aproximándose involuntariamente a sus descomunales fauces.
Malygos avanzó a gran velocidad hacia la niebla, pues había optado por ella en
detrimento de los no-muertos. Kalec se alegró de que hubiera tomado esta decisión, ya que,
a pesar de que la niebla fue anulando la voluntad de ambos, al menos esas ondas que
distorsionaban la realidad cesaron en cuanto optó por reaccionar de esa manera. Fuera cual
fuese el destino que los aguardaba, los cinco habían demostrado ser tan leales unos a otros
como lo habría sido cualquier dragón de verdad. Cada uno de ellos había intentado salvar a
alguno o a algunos de los demás, jamás habían rehuido la pelea, jamás habían temido a la
muerte…
No.… no eran cinco. Somos cuatro…
Ese pensamiento se desvaneció junto a todos los demás, ya que la niebla demostró
ser demasiado para Malygos. Su ataque había resultado ser tan fútil como lo había sido el
gran asalto de Talonixa. Batió las alas más lentamente, pues era lo único que podía hacer

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El Alba de los Aspectos

para lograr que se movieran lo bastante rápido como para evitar que cayera al suelo hacia
una muerte segura.
Lo cual quería decir que no podía hacer nada ni por Neltharion ni por Alexstrasza,
la cual necesitaba su ayuda de manera más inminente.
Mientras unos negros nubarrones se cernían sobre la lucha por sobrevivir de Malygos
y Kalec, ambos pudieron comprobar que la hembra naranja como el fuego era consciente del
funesto destino que la esperaba. Si bien logró dar unos pocos aleteos que ralentizaron su
avance, las fauces del monstruo se cernían ya sobre ella.
Entonces, algo cayó sobre Galakrond, cerca del lado cegado por el ataque previo de
Alexstrasza. En cuanto esa cosa impactó ahí con fuerza, una gran ráfaga de arena barrió la
gigantesca cabeza del protodragón, cubriéndola por entero.
Kalec y su anfitrión apenas lograron distinguir cómo un apaleado Nozdormu
intentaba asirse a algo mientras exhalaba una y otra vez. Galakrond se sacudió para procurar
quitarse de encima a Nozdormu. El zarandeado protodragón marrón se movió violentamente
adelante y atrás, pero se mantuvo aferrado con firmeza gracias a sus garras. Nozdormu
parecía hallarse muy débil, por lo cual el hecho de que, de algún modo, hubiera conseguido
volver para atacar de nuevo al monstruo había sorprendido tanto a Malygos como a Kalec.
Pero las esperanzas que albergaban de poder salvar a Alexstrasza se vinieron abajo
en cuanto Galakrond decidió que Nozdormu no era más que un incordio y optó por
concentrarse una vez más en ella. Ese pequeño respiro no había sido suficiente como para
que la hembra hubiera tenido alguna oportunidad real de escapar. Tampoco había ayudado
que, al intentar librarse de Nozdormu, el monstruoso leviatán hubiera dispersado gran parte
de la niebla, puesto que Alexstrasza, al igual que Malygos y Neltharion, había inhalado ya
tanta que no pudo recuperarse a tiempo.
Nozdormu se soltó a la vez que lanzaba una última ráfaga de arena, que fue a
impactar contra el ceño de Galakrond, pero por muy fuerte que lo golpeara, era ya muy
evidente que el impacto únicamente sería capaz de distraer a su horrendo rival solo por un
segundo más. No obstante, esa no era la intención de Nozdormu, ya que nada más atraer la
atención del enorme protodragón sobre él, desvió la descarga hacia abajo para taponarle a
este las fosas nasales.
De un modo instintivo, Galakrond abrió las fauces todavía más en busca de aire…
Y en ese momento crítico, una protodragona más pequeña y amarillenta se colocó
ante Galakrond y exhaló en su boca.
El coloso echó la cabeza hacia atrás, con una expresión muy peculiar dibujada en su
rostro. En cuanto la niebla dejó de afectar a Malygos y Kalec, estos se acordaron de las
secuelas del aliento de Ysera; en cierto modo, eran similares a las del aliento de Galakrond,
aunque no tan debilitantes.

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El Alba de los Aspectos

Ysera no se acercó a Alexstrasza, tal y como Malygos había supuesto, sino que hizo
algo inconcebible (una vez más) y prosiguió su demencial ataque sobre el coloso, mientras
se interponía en todo momento entre él y su hermana. Kalec y su anfitrión comprobaron que
habían subestimado a Ysera; la cual quizá había asumido su papel con ciertos titubeos, pero
no había abandonado a Alexstrasza ni a los demás.
De hecho, quedó claro que había sido Ysera quien había ayudado al herido
Nozdormu a alcanzar a Galakrond y que los ataques de Nozdormu habían sido llevados a
cabo como una estrategia de distracción para que Ysera atacara.
Ysera… y, quizá de manera no intencionada, también Malygos.
Ahora que tenía la mente despejada, el macho azul como el hielo era consciente de
que no iban a tener otra oportunidad. Pese a que Galakrond flotaba en el aire, desorientado,
eso no iba a durar mucho. Si Malygos pudiera…
Un siseo le advirtió de que se había olvidado de cierta amenaza. Sin embargo, cuando
el anfitrión de Kalec se volvió para encararse con los no-muertos, comprobó que ahora
volaban de un modo más caótico y que, en un caso concreto, se estaban peleando entre ellos.
Al principio, Malygos se quedó perplejo, pero pronto se dio cuenta de que la desorientación
de Galakrond había acabado afectando a sus putrefactos esclavos.
El macho azul como el hielo exhaló sobre la pareja que se peleaba, logrando así que
ambos cayeran congelados hacia el suelo. Aunque quería ocuparse también de los demás,
un rugido de advertencia de Ysera lo llevó a concentrarse de nuevo en Galakrond. La
hermana de Alexstrasza trazó un círculo a gran velocidad alrededor de la cabeza del
monstruo, a la vez que seguía exhalando su aliento hacia el interior de la boca de este y lo
hería con sus garras aquí y allá. Su adversario siguió sacudiendo la cabeza, presa, al parecer,
de la furia, aunque en realidad la agitaba para poder despejar su mente de los perniciosos
efectos del aliento de la hembra. Si bien Malygos admiraba el gran esfuerzo que Ysera había
hecho hasta entonces, no pudo evitar darse cuenta de que la mirada de Galakrond cada vez
parecía más enfocada. Y lo que era aún peor, tras lanzar un fuerte resoplido, logró deshacerse
de la arena que le taponaba las fosas nasales; acto seguido, dio unas intensas bocanadas de
aire para poder recuperarse lo antes posible.
Mientras observaba todo esto, el anfitrión de Kalec urdió un plan. Se parecía mucho
a un ataque que habían intentado lanzar contra Galakrond anteriormente, pero en ese intento,
habían luchado cada uno de manera individual y no unidos. Además, el coloso entonces no
había sido tan grande como ahora. Si los cinco fueran capaces de actuar tal y como había
soñado Malygos con anterioridad…
En ese instante, se acercó raudo y veloz a Neltharion, quien había logrado superar su
propio estupor.
—¡Vamos! ¡Deprisa!

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El Alba de los Aspectos

Hay que reconocer que el macho gris como el carbón lo siguió sin rechistar. Malygos
voló hacia uno de los picos que habían quedado hechos añicos por culpa de la pelea. Unos
trozos enormes y mellados de piedras pendían precariamente de esas montañas a las que, en
su momento, habían pertenecido por entero. El anfitrión de Kalec clavó la mirada en el
fragmento más grande y afilado, el cual podía ser transportado por dos protodragones con
las garras traseras.
—¡Ayúdame!
Entre Neltharion y él, partieron y soltaron ese fragmento. Después, Malygos voló
con su compañero de vuelta hacia Galakrond. Mientras el coloso aparecía en su campo de
visión, el anfitrión de Kalec se dio cuenta de que Alexstrasza había hecho lo que creía que
haría: en cuanto su mente se había despejado, había ido a apoyar a su hermana. Ahora ambas
se acercaban volando desde lados opuestos y se movían como si se estuvieran leyendo los
pensamientos mutuamente. Atacaron a la vez, evitando así que Galakrond pudiera elegir un
objetivo por encima de otro. Asimismo, lograron evitar que se percatara de que los dos
machos se aproximaban.
Si bien las hermanas y el monstruo eran incapaces de ver nada más allá de la batalla
que mantenían, Nozdormu logró divisar a Malygos y Neltharion. También vio que traían
una roca consigo. Quizá Nozdormu comprendiera de inmediato qué pretendían hacer con
ella o quizá no, pero sin duda alguna, se dio cuenta de que necesitaban acercarse mucho más
a su rival.
El protodragón marrón se elevó bruscamente y abandonó el lugar donde se hallaba
ahora relativamente a salvo. Acto seguido, logró exhalar de nuevo. La columna alcanzó a
Galakrond en la parte superior de su arco superciliar, provocando que este agachara la cabeza
de manera instintiva, tal y como había hecho en un ataque anterior.
Mientras hacía esto, Alexstrasza e Ysera redoblaron su asalto y se alternaron en sus
ataques, de modo que, en cuanto el monstruo volviera a alzar la cabeza, siguiera preocupado
únicamente de ellas. Pero cuando parecía que todo por fin empezaba a ir como la seda,
Neltharion bramó:
—¡No-muertos!
Malygos giró el cuello violentamente y descubrió que tenían a algunos de los no-
muertos prácticamente mordisqueándoles las colas. Las criaturas no volaban con la misma
coordinación aparente de la que habían hecho gala en un principio, lo cual, tanto para Kalec
como para su anfitrión, revelaba que Galakrond los había liberado de su yugo, aunque no
sabían si eso lo había hecho de un modo intencional o, simplemente, estaba demasiado
distraído como para mantener su vínculo con ellos. Lo que sí importaba de verdad es que los
cadáveres reanimados habían vuelto a dejarse guiar por su instinto, o lo que fuera que
tuvieran en su lugar, y perseguían volando a sus comidas probablemente más cercanas.

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El Alba de los Aspectos

Además, como Malygos y Neltharion portaban entre ambos una pesada carga, los
dos machos parecían dos comidas muy fáciles de conseguir.
—Neltharion… es tan… ¡fuerte! —exclamó Malygos, quien dio un giro desesperado
al plan que llevaban a cabo—. ¡Que podría llevar esta piedra él solo!
El protodragón gris como el carbón entornó los ojos.
—Neltharion es fuerte. Pero también lo es… Malygos… quien también es más listo
que Neltharion.
Neltharion abrió una garra. La roca se agitó. Sin pensarlo demasiado, el anfitrión de
Kalec agarró con más fuerza si cabe la piedra. Sabía qué pretendía hacer Neltharion (era lo
mismo que él había estado a punto de hacer), pero era ya muy tarde para detener al otro
protodragón.
Neltharion se soltó del todo. Malygos gruñó por el esfuerzo a la vez que hacía todo
lo posible para evitar que la roca se le cayera. Kalec sabía que su anfitrión había tenido la
intención de pedirle a Neltharion que siguiera llevando la roca, mientras él se volvía para
encararse con los no-muertos. Malygos no pensaba que luchar contra los títeres de Galakrond
fue fácil, pues en cierto modo, eso solo era una invitación a sufrir una muerte más rápida e
igual de espantosa.
Pero Neltharion conocía muy bien a Malygos, tanto como Kalec. Si querían que el
plan contra Galakrond llegara a buen puerto, tenía que coordinarlo el macho azul como el
hielo. Neltharion era un combatiente temible, era el más fuerte de los cinco, pero no era un
gran estratega como Malygos.
Al menos aún no, recordó Kalec de un modo abrupto. Como Deathwing, Neltharion
había demostrado ser muy artero. Pero eso será en el futuro… o eso creo.
Mientras Kalec se debatía entre si realmente había un futuro o no, Malygos echó un
último vistazo a Neltharion, quien en ese momento estaba arremetiendo violentamente
contra tres de esos no-muertos que los perseguían. Entonces, el anfitrión de Kalec se armó
de valor y se encaró con Galakrond. Respiró hondo y aceleró aún más. A pesar de que no
pudiera impedir la más que probable muerte de Neltharion, sí podría lograr que ese sacrificio
no fuera en vano… aunque él y los demás también tuvieran que dar sus vidas.
Mientras Malygos se aproximaba al leviatán deforme, se sintió bastante seguro de
que al final iban a tener que morir.
Galakrond escogió ese momento para echarse a un lado e intentó morder a Ysera.
Sus enormes colmillos fallaron solo por unos centímetros. Ella retrocedió lo más rápido
posible, pero el coloso siguió persiguiéndola al mismo tiempo que abría de nuevo sus fauces.
Unas llamas lo alcanzaron cerca del ojo. Alexstrasza exhaló dos veces, en un intento
de atraer la atención de su rival hacia ella. Sin embargo, Galakrond ignoró ese leve dolor
que la hembra le había causado.

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El Alba de los Aspectos

Para estupor de Malygos y probablemente de todos los demás, incluido Galakrond,


Ysera cambió de dirección. Voló hacia el interior de esa boca abierta y, a continuación,
ascendió de inmediato, con las zarpas traseras extendidas hacia delante y sus propias fauces
bien abiertas.
Esa estrategia demencial permitió que Alexstrasza continuara exhalando, a pesar de
que cada vez le costaba más respirar. Las llamas arreciaron sobre todo el perfil del semblante
plagado de escamas del monstruo, cuyos miembros superfluos se retorcieron,
chisporrotearon y se marchitaron ante ese asalto tan violento y cruel que hizo que el coloso
rugiera de dolor.
Entonces, abrió la boca e Ysera arañó con sus garras la carne ennegrecida del paladar
de sus fauces. La sangre y el pus brotaron a borbotones de esa zona extremadamente
lastimada. La hembra amarillenta ignoró los fluidos que cayeron sobre ella y le dio un
tremendo mordisco en la parte carnosa antes de alejarse.
El rugido de Galakrond se tomó mucho más agudo. Pese a que cerró violentamente
la boca, para entonces la impetuosa Ysera ya había logrado escapar.
Al ver que el leviatán cerraba a cal y canto sus fauces, Malygos temió por el futuro
del plan, pero entonces, su gigantesco enemigo abrió la boca ampliamente una vez más.
Galakrond carraspeó y tosió… y, por un momento, pareció hacerse un poco más pequeño.
Se está debilitando, pensó el protodragón azul. Aunque esta debilidad no durará
mucho tiempo.
A esas alturas, Kalec conocía gran parte del plan de Malygos, pero eso no lo armaba
de valor precisamente. Como tampoco lo alentaba el hecho de que su anfitrión estuviera
volando lo más rápido posible, con esa tremenda carga en sus garras, hasta esas mismas
fauces de las que Ysera acababa de escapar por los pelos.
Galakrond olisqueó el aire y se volvió hacia Malygos.
Nozdormu le lanzó una descarga de arena sobre el ojo más próximo.
Ni Malygos ni el monstruo habían visto cómo se acercaba Nozdormu hasta ahí, ya
que el protodragón marrón había medido el tiempo de sus ataques a la perfección, como era
habitual. Galakrond apartó la cabeza para evitar esa irritante arena, lo cual brindó a Malygos
la oportunidad que había estado esperando.
El macho azul como el hielo voló por debajo de los colmillos superiores del coloso
y se adentró en un lugar que no solo apestaba por culpa de la carne desgarrada, sino por el
aliento de ese carnívoro sin parangón que caminaba sobre la faz de ese joven mundo.
Malygos y Kalec intentaron no pensar en cuantos protodragones habían atravesado esa
garganta ahora tan cercana.
Malygos flaqueó. Los esfuerzos que había hecho le estaban pasando factura. Se dio
cuenta de que estaba a punto de soltar la roca. El anfitrión de Kalec recurrió a todas las
energías que aún le quedaban para seguir sujetándola y continuó avanzando hacia ese

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El Alba de los Aspectos

agujero aterrador. En esos instantes, lo único que tenía que hacer Galakrond para acabar con
el diminuto protodragón era cerrar la boca y tragar.
¡Ahora!, le gritó Kalec silenciosamente a su anfitrión. ¡Ahora!
Pero Malygos aguardó un segundo más, pues buscaba el ángulo adecuado.
La oscuridad envolvió a Kalec, pero esta vez se trataba de la oscuridad generada por
las mandíbulas de Galakrond al cerrarse.
Malygos se ladeó y soltó la carga.
Aunque ninguno de los dos pudo ver cómo la roca descendía, sabían qué
consecuencias iba a tener eso la próxima vez que el monstruo respirara. Galakrond abrió las
fauces de repente una vez más y carraspeó de nuevo con tanta fuerza que casi dejó sordos a
Kalec y su anfitrión.
Malygos salió por un lado a gran velocidad, corriendo así el mismo riesgo de haber
acabado partido en dos de un mordisco que había corrido Talonixa en su momento. Sin
embargo, no dio la impresión de que sus temores fueran fundados, puesto que Galakrond
continuaba tosiendo, aunque esta vez por otra razón. Tal y como Malygos había planeado y
esperaba, la roca que había escogido, un proyectil de gran tamaño y puntiagudo, se había
deslizado hasta las profundidades de la garganta del coloso, donde se había quedado atorada
hasta cortarle prácticamente la respiración a Galakrond.
El enorme protodragón se revolvió en el cielo. Con la cola, hizo añicos parte de una
ladera. Con una zarpa trasera, hizo saltar por el aire toneladas de piedra de otra.
Como era incapaz de sacarse la piedra, Galakrond acabó estampándose contra una
montaña y, en vez de elevarse al cielo otra vez, se arrastró velozmente por ella. Sus garras y
su cola dejaron una estela de devastación a su paso.
Después, Galakrond se inclinó sobre un valle y agachó la cabeza, que sacudió
adelante y atrás.
¿Logrará expulsarla? Malygos esperaba que la roca permaneciera ahí atascada el
tiempo suficiente como para lograr que su adversario se desmayara o, preferiblemente,
muriera. No obstante, ahora le preocupaba que Galakrond todavía tuviera la oportunidad de
desbloquear sus vías respiratorias. Si eso sucedía, el anfitrión de Kalec dudaba mucho que
fuera a tener la oportunidad de realizar un segundo intento.
Malygos buscó la ayuda de Nozdormu y las hermanas, por lo que rugió para llamar
su atención. Acto seguido, señaló con la cabeza a Galakrond. A pesar de que todos se
encontraban agotados, tenían que acercarse al monstruo otra vez y hacer todo lo posible para
evitar que se deshiciera de la roca.
Aunque se hallaban en una situación desesperada, Malygos se atrevió a mirar hacia
atrás en busca de Neltharion, pero no había ni rastro del protodragón gris como el carbón ni
de sus horrendos oponentes. El macho azul como el hielo siseó al imaginarse a los no-

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El Alba de los Aspectos

muertos alimentándose con el cuerpo destrozado de Neltharion, se lo imaginó con tal


intensidad que incluso Kalec pudo ver esa imagen en su mente.
Entonces, ese siseo se tifió de furia y determinación. Malygos clavó la mirada en
Galakrond y pensó no solo en la muerte de Neltharion, sino también en la de las víctimas
anteriores de ese monstruo. A continuación, descendió en picado.
El grotesco leviatán respiraba agitadamente. Al anfitrión de Kalec le parecía
imposible que Galakrond pudiera seguir respirando; sin embargo, algo de aire debía de estar
sorteando el obstáculo que le taponaba la garganta, lo cual no era suficiente para satisfacer
las necesidades vitales de Galakrond, pero sí bastaba para que siguiera siendo una
amenazaba considerable.
Los cuatro arremetieron contra la cabeza de su rival, cada uno acercándose desde
una dirección distinta. Galakrond mantuvo la cabeza agachada en todo momento y se
estremeció.
Malygos oyó cómo cambiaba la cadencia de su respiración. Ya no era tan rápida. Si
la roca seguía atascada ahí, debía de haberse movido cuando menos, permitiendo al coloso
tomar más aire.
El anfitrión de Kalec se dio cuenta demasiado tarde de que su monstruoso enemigo
debía de ser ahora más consciente de lo que sucedía a su alrededor que antes.
Como si acabara de escuchar ese pensamiento, Galakrond miró hacia el cielo y divisó
a esas cuatro diminutas figuras.
—¡Bo-bocaditos! —logró decir el leviatán como pudo—. Los… ¡Los devoraré en
cuanto pueda!
Entonces, tosió de manera violenta, pero al mismo tiempo, batió las alas de un modo
agresivo; aunque no para volar, sino con el propósito de mantener a sus enemigos lejos.
Las alas lograron su objetivo con Ysera y Alexstrasza, pero no con Malygos ni
Nozdormu. Este último agarró al monstruo de una de sus alas palmeadas y, tal vez porque
se hallaba casi sin aliento y no podía exhalar contra la cabeza de este, optó por desgarrarle
la membrana.
Le clavó las garras profundamente, demostrando así que había ciertas partes de la
piel del leviatán que no eran impenetrables.
Galakrond dejó de toser. Furioso, intentó cazar de un mordisco a Nozdormu, lo que
brindó al anfitrión de Kalec la oportunidad que estaba buscando. La única esperanza que les
quedaba era impedir que el monstruo lograra desbloquear sus vías respiratorias. Malygos
sabía que podía haberse asegurado de que eso fuera así con anterioridad. Pero se había dejado
llevar por su instinto natural de supervivencia. Había huido de las fauces del coloso en vez
de haber hecho lo que debía. Esa roca nunca habría podido moverse de su sitio si otro objeto
enorme la hubiera mantenido atascada ahí con más fuerza.

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El Alba de los Aspectos

Malygos pretendía usar su propio cuerpo a modo de cuña, aunque eso probablemente
acarrearía su muerte, además de la de Galakrond, si se tenía en cuenta la gran altura desde
la que ambos se desplomarían.
Kalec también entendía que ese sacrificio era necesario y estaba más que dispuesto
a hacerlo. Pese a que todavía conservaba algunos recuerdos difusos (aunque quizá todo fuera
producto de su imaginación) de una vida distinta en la que no era una mera parte
imperceptible de Malygos, estos solo le causaban dolor, ya que a través de ellos el dragón
azul intuía que había perdido a alguien muy importante, a alguien que se desvanecía en la
lejanía de la memoria.
Muramos salvando este mundo, le dijo a Malygos, a pesar de que sus palabras
seguían sin ser oídas por este. Muramos…
Alzándose sobre sus patas traseras, Galakrond apoyó una de sus pequeñas zarpas
delanteras sobre el pico más cercano. Incluso esa extremidad más débil poseía la fuerza
suficiente como para aplastar roca y compactar la tierra como si fuera arena suelta. Seguía
aleteando, mientras Nozdormu le abría tajos más profundos en una de sus alas y Alexstrasza
e Ysera intentaban hacerle lo mismo en la otra. Los ataques de los tres probablemente no
habrían hecho ninguna mella en él si el leviatán hubiera sido capaz de respirar de manera
adecuada, pero en las circunstancias actuales ayudaban a desconcertar aún más a esa bestia
medio asfixiada.
Entonces, un inquietante gorgoteo escapó de la garganta de Galakrond, que fue
seguido por un ronco jadeo que se prolongó varios segundos más de lo que le hubiera gustado
a Malygos.
El hecho de que el coloso pudiera respirar tan bien únicamente podía significar una
cosa: que la roca prácticamente se había soltado. Ahora más que nunca, el anfitrión de Kalec
tenía que aprovechar la oportunidad. Los demás estaban haciendo lo que habían planeado
desde un principio: mantener a su gigantesco adversario distraído para cuando se lanzara el
golpe definitivo, aunque no sabían exactamente de qué modo su líder había decidido realizar
ese asalto final.
Las fauces del monstruo estaban abiertas lo suficiente. Malygos calculó brevemente
el tamaño del agujero y tuvo la sensación de que Galakrond se había vuelto a encoger un
poco. El crecimiento y la transformación del coloso se habían vuelto más caóticos,
probablemente porque su dieta reciente había deformado más su cuerpo en primer lugar.
Malygos se aproximó todavía más. Aprovechó su impulso todo cuanto pudo, plegó
las alas, que pegó al cuerpo lo más posible, y entró como una exhalación. El fétido aliento
de Galakrond lo envolvió, así como algunos jirones de niebla infecta, que amenazaban con
atontar al anfitrión de Kalec antes de que pudiera hacer su sacrificio.

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El Alba de los Aspectos

En ese instante, atisbo la roca, que se encontraba ahora un tanto salida y medio
inclinada a un lado. Galakrond intentaba desplazarla con la parte posterior de la lengua, lo
cual complicaba aún más la misión del pequeño protodragón.
El macho azul como el hielo chocó contra la roca de tal modo que la empujó aún
más hacia dentro. Aunque eso provocó una reacción instantánea por parte del leviatán, quien
sacudió la cabeza con una mayor violencia si cabe al intentar exhalar. Acto seguido, un
resuelto Malygos se aferró a la parte trasera de la lengua del coloso y empujó la piedra, para
arrastrarla lo más lejos posible.
Súbitamente, un temblor sacudió al anfitrión de Kalec, pero no se debía a nada que
Galakrond hubiera hecho. Algo había golpeado al coloso en el cráneo con tal fuerza que
todavía le reverberaba la cabeza. Malygos se percató de que eso iba en su provecho. Ahora
que su monstruoso oponente se encontraba tan ocupado, el anfitrión de Kalec decidió
proyectar su aliento por toda la zona de alrededor de la piedra.
Gracias a esa potente escarcha, la piedra quedó inmovilizada en ese sitio, al menos
por el momento. Tanto Malygos como Kalec sabían que el calor generado por el coloso
derretiría con rapidez el hielo. El macho azul únicamente quería ganar tiempo para poder
colocarse mejor.
Galakrond abrió la boca aún más, pues seguía buscando aire. Malygos clavó su
mirada en la abertura y se sintió dominado por la tentación de huir volando de esa bestia.
Aun así, sabía que debía quedarse.
De repente, una silueta entró dando vueltas en el aire y a gran velocidad en la boca
del monstruo.
Rápidamente, quedó claro que no se trataba de una sola cosa, sino más bien de dos.
Una de esas cosas era un no-muerto machacado y destrozado, lo cual hizo temer al principio
a Kalec y a su anfitrión que Galakrond hubiera urdido un plan sorprendente: enviar a sus
títeres a hacer lo que él mismo era incapaz de hacer. Aunque esa idea se les acababa de venir
a la cabeza, ese no resultó ser el caso, ya que esa segunda cosa estaba viva, de eso no había
ninguna duda.
Al ver ahí a Malygos, Neltharion, que estaba herido y magullado, así como cubierto
de arañazos (aunque no mostraba señal alguna de que lo hubieran mordido), esbozó una
amplia sonrisa con la que le enseñó los dientes.
—¡Vuela! ¡Huye volando! —insistió el macho gris como el carbón.
Malygos contempló el resultado de sus actos y comprobó que la escarcha ya se estaba
derritiendo. De repente, el coloso descendió y eso estuvo a punto de lanzarlos dando tumbos
sobre los dientes mellados de este, lo cual también provocó que la roca se moviera
demasiado.
—¡Debo quedarme! —replicó el anfitrión de Kalec gritando—. ¡Vete tú!

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El Alba de los Aspectos

—¡Luchamos unidos! ¡Como una familia! —Neltharion lanzó una mirada iracunda
a la roca a la vez que propinaba un golpe al cadáver, que todavía se resistía—. ¡Yo la
mantendré en su sitio! ¡Tú vete!
Entonces, Malygos se abalanzó sobre Neltharion, o, más bien, sobre el no-muerto
destrozado y desgarrado. Agarró por la garganta a ese cadáver que no paraba de agitar sus
extremidades de manera demencial y le retorció el cuello de tal modo que sus garras y dientes
dejaron de ser una amenaza.
Galakrond se agitó hacia delante y atrás. Como Malygos y Neltharion contaban con
el espacio justo para poder revolotear por el aire, lograron evitar que esas sacudidas los
afectaran demasiado. El macho azul volvió a arremeter contra la roca, llevándose consigo el
cadáver reanimado.
La roca empezó a ceder. Súbitamente, el paladar del monstruo se interpuso de un
modo amenazador en el camino de Malygos, ya que Galakrond agachó aún más la cabeza
para poder respirar. El anfitrión de Kalec tuvo que corregir su trayectoria.
El no-muerto se resistía e intentaba soltarse. Malygos sacudió violentamente a su
nauseabunda presa y, a continuación, la lanzó hacia delante.
La espantosa criatura se estrelló contra la roca, de manera que esta se adentró un
poco más en la garganta, aunque eso no era lo único que pretendía conseguir el anfitrión de
Kalec, que dobló las patas traseras hacia delante, dispuesto a empujar lo más posible.
—¡Aparta!
Malygos viró justo a tiempo. Neltharion, con las zarpas traseras extendidas hacia
delante del mismo modo que su amigo, golpeó tanto al no-muerto como a la roca.
Con una fuerza que el macho azul no habría podido reunir, Neltharion empujó tanto
a esa figura huesuda como a la roca hacia las profundidades de la garganta de Galakrond.
El coloso reaccionó cerrando la boca violentamente, cuyos dientes rozaron a
Malygos, a la vez que lanzaba un rugido ahogado que estuvo a punto de ensordecerlo.
Neltharion chocó contra el anfitrión de Kalec al intentar evitar esa lengua inquieta. Al
instante, Malygos salió por un lado de esa boca rauda y veloz.
¡Neltharion sigue dentro! Aunque era imposible saber si ese pensamiento había
cobrado forma antes en la mente de Malygos o Kalec, el dragón azul se quedó estupefacto
ante el hecho de que él, que todavía no podía recordar algunos fragmentos de su supuesto
futuro, quisiera rescatar a una criatura que, a su vez, acabaría siendo una amenaza para
Azeroth. Aun así, en cuanto su anfitrión trazó de inmediato un arco hacia atrás, Kalec lo
vitoreó.
Si bien Neltharion yacía tendido boca arriba, estaba intentando incorporarse a pesar
del demencial balanceo de la cabeza del monstruo y de esa lengua que no estaba quieta. Si
no hubiera sido por el hecho de que el conducto respiratorio estaba bloqueado, a esas alturas
el leviatán ya se habría sido tragado dos veces a Neltharion.

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El Alba de los Aspectos

De repente, Galakrond cerró las fauces de manera violenta, y Malygos temió por su
compañero, pero la boca volvió a abrirse. Si bien Neltharion había logrado darse la vuelta y
colocarse boca abajo, seguía sin recuperar el equilibrio.
El anfitrión de Kalec esquivó unos dientes más grandes que él y volvió al interior de
esa boca volando. Con las zarpas traseras preparadas, agarró a Neltharion de los hombros y
tiró de él sin titubeos. Neltharion permaneció inerte en sus garras, pero solo para evitar
distraer a Malygos.
Las fauces se estaban cerrando de nuevo. Malygos batió de nuevo sus alas y aceleró.
Los dos protodragones regresaron al exterior justo cuando esas mandíbulas se
cerraban. Neltharion se estremeció, y Malygos, que a duras penas lograba aún sostenerlo, lo
soltó.
Los dos machos, exhaustos, no volaron muy lejos, sino que se ladearon a la vez y
fueron a ayudar a sus camaradas.
Pero ambos se detuvieron en seco al ver lo que tenían ante ellos. Alexstrasza, Ysera
y Nozdormu ya no pretendían mantener ocupado a Galakrond. Y eso no se debía únicamente
a que Malygos y Neltharion ya no se encontraran en peligro, pues el mero hecho de quedarse
cerca del monstruo era una invitación a la muerte.
El gigantesco protodragón se revolvió descontroladamente, arrasando las montañas
cercanas y desatando una avalancha tras otra sobre esas regiones situadas allá abajo. Agitaba
la cola y las alas de manera demencial en el aire, golpeando otras laderas y generando un
viento que zarandeaba a los pequeños protodragones, a pesar de lo lejos que se hallaban.
Las toses y los carraspeos de Galakrond alcanzaron unas proporciones épicas. Para
estupefacción de Kalec y su anfitrión, el leviatán se lanzó de cabeza contra un pico, en un
intento evidentemente desesperado de librarse de esa roca. Malygos temió que lo lograra,
pero lo único que pasó fue que el coloso acabó sacudiendo la cabeza, como si así pretendiera
despejarse.
Mientras hacía esto, clavó su mirada furiosa en Malygos.
Galakrond se elevó en el aire, con el macho azul como el hielo como objetivo. A
Malygos no le quedó más remedio que darse la vuelta, huir y rogar que no le alcanzara.
Justo cuando acababa de salir huyendo, oyó un tremendo golpe sordo que le hizo
mirar hacia atrás. En vez de haber perseguido al anfitrión de Kalec, Galakrond había virado
abruptamente hacia el sur y se había estrellado contra la cima de una montaña, sobre la que
había caído.
Aunque Malygos se planteó la posibilidad de seguir huyendo, lo siguiente que hizo
el coloso le hizo cambiar de parecer. Galakrond consiguió elevarse en el aire, pero su rumbo
se tomó más errático. En dos ocasiones, cayó encima de sendos picos, destruyendo sus
cimas, antes de lograr permanecer a flote en el cielo. Aun así, daba la impresión de que el
monstruo ya no reparaba en la presencia de Malygos y los demás. Se dirigía hacia el sur, a

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El Alba de los Aspectos

algún lugar situado más allá de las montañas, en esos paisajes sombríos tan lejanos, como si
allá pudiera dar con la clave que resolviera su lucha incesante por seguir respirando.
Como temía que eso pudiera ser así, Malygos se atrevió al fin a lanzarse en
persecución del coloso. Neltharion y el resto se sumaron a él. Todos sabían que, si Galakrond
lograba volver a respirar con normalidad, era más que probable que la muerte pronto les
hiciera una visita.
El leviatán revoloteó por ese páramo, siguiendo un rumbo tortuoso. Su cuerpo volvía
a brillar, pero ahora como si estuviera ardiendo. Varios de sus apéndices superfluos se
marchitaron. Desde la lejanía, Galakrond casi parecía de nuevo un protodragón de verdad,
aunque uno extremadamente grande.
Entonces, se desplomó, sin más.
La tierra tembló allá bajo por culpa de la colisión y la onda expansiva se extendió a
lo largo de varios kilómetros. Las grietas se extendieron allá donde el coloso se había
estrellado, generando unas fisuras que al atravesar el suelo recordaban a unos relámpagos.
Nada más estrellarse, Galakrond se elevó hacia el cielo una vez más. Aunque
consiguió alzarse tanto como una de las más pequeñas de esas distantes montañas, volvió a
caerse. Si bien este impacto no reverberó tanto por todo el paisaje como el anterior, no fue
menos impresionante, ya que, a continuación, el leviatán golpeó el suelo con sus
extremidades de una manera frenética.
Mientras tanto, Galakrond tosía y carraspeaba. A pesar de que tenía la mirada
clavada en algo, ya no parecía ver nada. Se incorporó y batió las alas con más fuerza. De
algún modo, el monstruo consiguió elevarse más y más, hasta que al fin flotó en el aire más
alto que nunca…
De repente, dejó de aletear. También dejó de toser, pero solo porque ya no intentaba
respirar.
A Kalec y su anfitrión le dio la sensación de que Galakrond se había quedado
paralizado en el aire. El gigantesco protodragón pendía quieto ante ellos, con las alas
extendidas en toda su envergadura.
Pero ese espejismo se desvaneció al caer Galakrond a plomo, con su descomunal
cuerpo girando en el aire con la cola por delante.
Cuando esta vez se estrelló contra el suelo, el impacto fue tan brutal que una nube
de nieve y polvo lo oscureció todo brevemente. Malygos logró discernir la silueta de la
cabeza del leviatán, que se estrelló contra el suelo después del impacto del resto del cuerpo.
Esa cabeza descomunal se estampó contra ese paisaje vacío de una manera tan violenta que
se le partió el cuello y el cráneo quedó ladeado conformando un ángulo extraño; en ese
instante, la mandíbula inferior también se le quebró.
Entonces, y únicamente cuando el polvo se había disipado tanto como para que los
cinco pudieran ver con claridad y cuando a Galakrond ya le daba todo igual, tanto la roca

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El Alba de los Aspectos

como los espantosos restos mortales del no-muerto salieron dando tumbos de sus fauces
destrozadas y se detuvieron a unos metros de distancia; en verdad, tenían un tamaño
insignificante comparados con la criatura a la que habían ayudado a derrotar.
Galakrond había muerto.

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CAPÍTULO CINCO
PASADO, PRESENTE Y
FUTURO
J aina lo comprendió todo entonces. En ese instante, supo por qué se había creado

esa reliquia y por qué actuaba de ese modo.


También supo que la amenazaba con apartarla de Kalec para siempre. Sin embargo,
ahora la archimaga sabía cómo entrar en contacto con él.
Jaina rezó para que no fuera demasiado tarde.

***

Al principio, permanecieron flotando ahí, en el aire, incapaces de creerse lo que veían


sus ojos. Al final, fue Neltharion quien hizo algo impensable: aterrizar justo encima del
pesado torso de Galakrond para comprobar si estaba muerto. Neltharion se posó con tanta
fuerza que el cuerpo tembló… pero el coloso no se estremeció.
Malygos tomó tierra delante de la enorme cabeza y se maravilló ante lo que habían
conseguido. Al repasar lo acaecido, fue consciente de que jamás había esperado que
sobrevivieran a esa batalla, y mucho menos que se alzaran con el triunfo. Solo ahora era
capaz de asimilar la inmensa importancia de su victoria, lo cual hizo que el protodragón se
estremeciera.
Alexstrasza y su hermana se sumaron a él. Nozdormu trazó un círculo alrededor del
gran cadáver y, a continuación, descendió. Neltharion abandonó el lugar del torso donde se
había posado y voló al lado del protodragón marrón mientras se dirigían hacia los otros tres.
Neltharion descendió junto a Malygos.
—¡Hemos ganado! ¡Qué poderosos somos!
—Hemos tenido suerte —murmuró Malygos a su vez.
P á g i n a | 265
El Alba de los Aspectos

El macho gris como el carbón ladeó la cabeza y, acto seguido, asintió.


—Sí… también hemos tenido suerte.
Pero no ha sido solo cuestión de suerte, tal y como Neltharion acaba de señalar,
concluyó un Kalec cada vez más confuso. Hemos ganado porque hemos luchado unidos.
Ya no se consideraba una entidad separada que había nacido en alguna época muy
posterior a esos acontecimientos. Kalec sabía que siempre había sido una parte oculta de
Malygos y daba por sentado que los demás protodragones poseían unas personalidades
secundarias similares, aunque esa no era una cuestión importante para él. Lo que realmente
importaba era que tanto él como Malygos (así como los demás) habían logrado derrotar a
Galakrond. Ahora, el mundo era un sitio seguro.
—Tenía razón… El insistió en que tenía razón —afirmó una mujer a sus espaldas.
—Deberíamos haberle hecho caso —admitió un hombre que a Malygos y Kalec les
pareció que debía de ser Tyr, ni más ni menos. Al unísono, los protodragones se giraron, con
sus dientes y garras preparados para enfrentarse a un posible ataque.
Sin embargo, acabaron encarándose con dos siluetas, envueltas en sendas capas,
cuyos rostros se ocultaban entre las sombras de sus capuchas. Una era tan alta y ancha como
lo había sido Tyr cuando él y el anfitrión de Kalec se habían encontrado por primera vez; la
otra era ligeramente más baja y delgada. Malygos supuso que la más pequeña debía de ser
la mujer. Cuando esa figura volvió a hablar, pudo confirmar que había acertado.
—Bienhallados, paladines victoriosos. Nosotros y este mundo estamos en deuda con
ustedes.
—¿Dónde está Tyr? —inquirió Malygos con cierta impaciencia—. ¿Se lo han
llevado?
—Sí, así es —respondió el hombre—. Si no, esa herida lo habría matado. Está bien,
pero aún no se ha recuperado.
Cuanto más hablaba aquel hombre, más estaba convencido Malygos de que esa voz
le resultaba muy familiar.
—¡Oí tu voz en mi cabeza! ¡Tú nos indicaste el camino a seguir a través de las
montañas!
—Sí, porque había cosas que necesitaban saber, como que Galakrond estaba
devorando tanto a los vivos como a los no-muertos. También queríamos darles unos
momentos muy necesarios de respiro.
Pero el anfitrión de Kalec siguió sin sentirse satisfecho. Ahora que era consciente de
que la raza de Tyr los había estado observando e interviniendo de una manera subrepticia,
tenía que saber otra cosa más.
—¡Tyr luchó! ¡Luchó y estuvo a punto de morir! ¡Ustedes también podrían haber
luchado! ¡Y podrían haber ganado!

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El Alba de los Aspectos

—El poder no siempre asegura la victoria —replicó la mujer de modo solemne—.


Podríamos haber ganado, o podríamos haber empeorado las cosas, lo cual era mucho más
probable. Tyr también acertó en ese aspecto, cuando intentó por última vez empujamos a
tomar una decisión y actuar. A nosotros no nos importaba nada, pues permanecíamos
indiferentes, ante todo, tras comprobar que todas las sugerencias que le habíamos hecho eran
erróneas.
—Dimos la espalda a nuestras obligaciones con este mundo — prosiguió diciendo
su compañero con suma franqueza—. No éramos los más adecuados para protegerlo… pero
ustedes sí lo son.
—Por primera vez, el hombre se movió y alzó una mano idéntica a la de Tyr en
dirección hacia Malygos y los otros cuatro—. Tyr tenía razón en muchas cosas, pero sobre
todo en esto. Acertó al escogeros a los cinco. Nos ha pedido…, no, más bien nos ha
exigido… que arreglemos las cosas para que ningún otro Galakrond, ninguna otra amenaza,
pueda llevar a Azeroth de nuevo al borde de la extinción.
Los cinco protodragones se miraron unos a otros, pues no habían entendido nada de
lo que esas dos criaturas bípedas querían decir. Kalec era el único capaz de atisbar la verdad,
pero la confusión que se había ido adueñando poco a poco de su mente provocó que esa
clase de pensamientos tan profundos volvieran a disiparse.
—Los guardianes son necesarios, los guardianes representan los cinco Aspectos
esenciales que han ayudado a moldear este mundo, y eso continuará siendo así —aseveró la
mujer. Alzó una mano en dirección a Malygos y el resto—. Ustedes van a ser esos Aspectos,
literalmente, y van a emplear ese poder del modo que sea necesario.
—Seremos más fuertes —alcanzó a comprender Malygos al fin. Quieren hacernos
más fuertes.
—No solo queremos eso. Serán algo muy distinto, algo grandioso. —Por primera
vez, la mujer titubeó—. Pero solo si aceptan asumir voluntariamente el papel de protectores
de este mundo. Tyr también ha insistido mucho en eso. Han optado una vez por luchar por
su mundo, pero ¿están dispuestos a convertir eso en la razón de su misma existencia?
A pesar de que usaban palabras complicadas, Malygos se dio cuenta de que entendía
mejor su mensaje de lo que esperaba. Ahora comprendía muchas más cosas, cosas que hace
solo una estación habría creído imposibles de descifrar.
Al comprender esa verdad, le resultó muy fácil tomar una decisión.
—Lo estoy.
Miró a sus compañeros. Alexstrasza ya estaba asintiendo para mostrar que estaba de
acuerdo. Ysera la imitó poco después. Durante un instante, dio la impresión de que
Nozdormu estaba reflexionando sobre esa oferta y, entonces, con un siseo, también asintió.
Ya solo quedaba Neltharion por responder. De hecho, Malygos se percató de que su
amigo tenía la mirada perdida en las lejanas montañas, como si estuviera escuchando algo.

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El Alba de los Aspectos

Malygos lanzó un leve y corto siseo que hizo que Neltharion volviera a centrar su
atención en los ahí reunidos. Con un cierto tono impaciente, el protodragón gris como el
carbón les espetó:
—Sí… ssssssí.
—Entonces, será mejor que empecemos —anunció el hombre a los protodragones y
al mismo aire.
De improviso, Kalec abandonó ese estado de confusión y se dio cuenta de qué era lo
que iba a tener lugar. La mujer (que, al igual que su compañero y Tyr, transmitía una
sensación de poder mucho más intensa de lo que permitía adivinar su aspecto en ese
momento) había pronunciado la palabra clave. Ha dicho «Aspectos», recordó Kalec. ¡Así es
como Malygos y los demás se convirtieron en los Aspectos!
Todo cuanto había sucedido en realidad cuando se transformaron había permanecido
envuelto en un halo de misterio incluso para los demás dragones. De repente, Kalec se
acordó de que, en alguna que otra ocasión, cuando era mucho más joven, se había preguntado
cómo los cinco habían llegado a ser los paladines del mundo.
Con esos recuerdos, regresaron otros y otros muchos más. Kalec sabía de nuevo
quién había sido y qué le había ocurrido, así como qué le había arrastrado hasta esas
visiones…
—Kalec.
El dragón azul se sobresaltó de repente. No.… fue Malygos quien se sobresaltó.
Entonces, Kalec negó con la cabeza, no, más bien sacudió la cabeza de Malygos. Por primera
vez, Kalec tenía el control de ese cuerpo.
—Kalec, mírame.
—¿Jaina? —preguntó con voz entrecortada—. Jaina…
Pero no estaba mirando a Jaina, sino que era Alexstrasza quien lo contemplaba
detenidamente.
—Kalec —murmuró la protodragona naranja como el fuego—. Mírame.
Cerca de ellos, se materializaron dos figuras encapuchadas más. Kalec se debatió
entre el deseo de seguir siendo testigo de lo que estaba ocurriendo y el deseo de poder
escaparse por fin de ese cuerpo para regresar a su propia existencia. Quería vivir su vida más
de lo que lo había deseado desde hacía muchos meses y ya no le importaba si seguía siendo
o no un Aspecto.
—Concéntrate, Kalec. La reliquia está intentando hacer lo que Tyr le encomendó.
Con el paso de los milenios, la nauseabunda esencia de lo que fue Galakrond fue
impregnándose en ella, lo que provocó que no funcionara como era debido, a pesar de que
todavía pretendía servir a Tyr los Aspectos.
Kalec intentó concentrarse en esas palabras, mientras los recién llegados alzaban las
manos. De repente, él también tuvo la sensación de que ahí había algo, otra gran presencia

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El Alba de los Aspectos

aún más poderosa que los guardianes y que actuaba a través de ellos, la cual era la verdadera
fuerza que iba a provocar las inminentes transformaciones de los protodragones.
Sí, esa fuerza eran los titanes.
¡Está ocurriendo!, pensó el dragón azul. ¡Los titanes son quienes van a supervisar
la transformación, la creación de los Aspectos!
En cuanto alzaron las manos, esas figuras también cambiaron. Crecieron. Sus
capuchas y sus capas cayeron hacia atrás, para revelar a cuatro gigantes de un aspecto similar
al que Tyr había tenido cuando había luchado contra Galakrond. Los guardianes continuaron
aumentando de tamaño, y sus cuerpos brillaron con un tremendo poder.
—¡Kalec! —le espetó Alexstrasza bruscamente—. ¡Mírame!
Solo ella habría sido capaz de sacarlo de su ensimismamiento. Kalec por fin se
concentró por entero en Alexstrasza y alcanzó a ver en esos ojos de reptil una mirada
humana.
El mundo se volvió del revés. Y a Kalec le dio la impresión de que estaba viéndolo
todo, salvo esos ojos a los que miraba fijamente, a través de una superficie acuosa.
Kalec notó que su vínculo con Malygos se desvanecía y, con él, el dominio que esas
visiones ejercían sobre él.
La oscuridad envolvió al dragón azul. Solo esos ojos, los ojos de Jaina,
proporcionaban algo de luz a esas tinieblas. Kalec mantuvo la mirada clavada en la de la
archimaga porque sabía que, si dejaba de mirarla, sería su fin, y también porque esos eran
sus ojos.
Con un grito ahogado, Kalec se despertó al fin de verdad.
Notó el suelo bajo él y percibió los olores del Nexo; esos rastros dejados por
incontables generaciones de dragones azules, así como los peculiares aromas que él asociaba
con esa magia.
Pero lo más importante de todo era que ya no veía únicamente los ojos de Jaina
Proudmoore, sino también su rostro. Su olor humano, tan único entre los de su propia especie
y que tanto lo atraía, quedó impregnado en sus fosas nasales.
Aunque Kalec intentó hablar para pronunciar el nombre de la archimaga, solo brotó
un gruñido de sus labios.
—Calla —murmuró Jaina, a la vez que le acariciaba una mejilla con suma
delicadeza—. Calla… espera un segundo.
Pero el dragón azul era demasiado impaciente.
—Ja-Jaina… me has… me has traído de vuelta.
—Nunca nada podrá separarte de mí. Jamás.
La archimaga hablaba con suma franqueza. Él sabía que ella hablaba muy en serio y
pensaba del mismo modo. Entonces, Kalec alzó una mano (una mano desprovista de escamas
o garras) y le acarició una mejilla a su vez.

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El Alba de los Aspectos

En ese instante, se acordó de ese objeto que tanto le había amargado la vida. Miró
hacia un lado y comprobó que Jaina no había destruido la reliquia, a pesar de que él lo había
dado por sentado. Se encontraba muy cerca y todavía relucía, aunque muy tenuemente.
Tras lanzar un siseo iracundo, Kalec se dispuso a lanzar un hechizo…
—No, Kalec. —Valiéndose de ambas manos, la archimaga lo obligó a centrar su
mirada de nuevo en ella—. La reliquia no pretende hacerte daño. ¿Recuerdas lo que te dije
en la visión?
—Me dijiste… —Entonces, se calló y preguntó—: ¿Cómo sabes todo eso?
—Creo que la clave me la dio un guardián. O tal vez una parte de la reliquia con un
objetivo propio. No estoy segura. Lo único que sé es que no era realmente una taunka.
—¿Te refieres a Buniq?
A Kalec no le sorprendió que la taunka pudiera ser cualquiera de esas dos cosas.
La archimaga invocó una jarra de vino de la nada y, acto seguido, acercó con
delicadeza el borde de esta a los labios de Kalec. Mientras este bebía a sorbos, Jaina se
explayó en su explicación.
—La reliquia dejó bien claro que Tyr siempre hace planes por anticipado. Su único
error fue no prever en qué se iba a convertir Galakrond… ¡como si alguien hubiera podido
saberlo! Intentó compensar ese error buscando unos paladines que no solo pudieran derrotar
a Galakrond, sino que también estuvieran dispuestos a sacrificarse por el bien de Azeroth y
entregar su vida eternamente al servicio de este mundo.
—Y los encontró. Dio con los cinco —susurró Kalec—. Con Malygos, Alexstrasza,
Ysera, Nozdormu y Nelth-Neltharion. Fueron héroes antes de ser los Aspectos. Azeroth no
hubiera llegado a vivir la época de los dragones si ellos no hubieran estado dispuestos a
hacer lo que tenían que hacer.
—Salvaron el mundo cuando aún no poseían los poderes que luego obtuvieron como
los Aspectos. —Jaina se calló y abrió los ojos como platos—. ¡Kalec! ¿Fuiste testigo de su
transformación en Aspectos?
—No.… y no creo que hubiera llegado a serlo, pues creo que la visión prácticamente
había llegado a su fin. Creo que habría vuelto al principio de esta y lo habría revivido todo
una y otra vez.
—Kalec se imaginó esos últimos momentos—. Tyr vinculó la reliquia a los cinco.
Eso fue lo que hizo cuando nos.… les señaló con ella. Impregnó la esencia de los cinco en
ella. Creo que extrajo la esencia de todos y cada uno de ellos, pero sobre todo de Malygos.
Sin embargo, Tyr no podía saber que ese objeto acabaría dentro de Galakrond.
—La clave me permitió adentrarme en su esencia —afirmó la archimaga—. Vi parte
de lo que la reliquia pretendía contarte sobre su función. Tyr sospechaba (o sabía) que algún
día llegaría un momento en el que los cinco albergarían serias dudas sobre ellos mismos, en

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El Alba de los Aspectos

el que podrían llegar a creer que no se merecían ya a desempeñar esos papeles de protectores
del mundo. Todo eso le sonaba muy familiar a Kalec.
—En el Reposo del Dragón, esa situación alcanzó su punto álgido. Ahí fue cuando
decidieron que, como ya no poseían esos poderes tan especiales, ya no eran dignos de ser
los Aspectos. Se habían acostumbrado demasiado a depender de ellos. —El dragón azul
frunció el ceño—. Fue entonces cuando la reliquia se despertó. Percibió que lo que Tyr había
temido había sucedido, aunque tal vez no tal y como él había previsto, e intentó actuar tal y
como él habría querido. Pero había un problema: que, a lo largo del tiempo, la esencia de
Galakrond se había ido infiltrando en la matriz mágica del objeto y lo había corrompido.
Kalec intentó ponerse en pie. Tras rodearle Jaina con un brazo, al fin pudo levantarse
y caminó hasta la reliquia con unas piernas un tanto temblorosas. Ese objeto ya no le
inquietaba, pues sabía con qué propósito había sido creado.
Tyr quería que recordaran lo que fueron en su día y lo mucho que habían logrado
incluso por aquel entonces.
Ante una consternada Jaina, Kalec cogió la reliquia.
—¿Qué piensas hacer con eso?
Pensó en todo lo que había vivido a través de esas visiones y en lo que había visto
acerca del joven Malygos y los otros cuatro. Después de eso, solo podía actuar de una
manera.
—Voy a convocar una reunión.

***

El dragón azul aguardaba pacientemente en la cámara, con la esperanza de no estar


esperando en vano. Había llegado al Reposo del Dragón más de cuatro horas antes, pues
quería estar ahí antes que los demás.
Kalec seguía sin percibir nada más allá de los muros del templo. A esas alturas, el
resto ya deberían haber hecho acto de presencia. Hacía tiempo que había pasado la hora en
la que habían acordado encontrarse.
Con un gesto de disgusto, Kalec recordó que, en realidad, los tres habían contestado
que volarían hasta el Reposo del Dragón solo después de que él hubiera insistido hasta la
extenuación, por lo cual no tendría que sorprenderle que hubieran cambiado de opinión.
Por el momento, seguía manteniendo su forma humanoide, ya que ahora la prefería
por una serie de razones muy diversas. Una de ellas era que así podía manejar mejor la
reliquia, tal y como deseaba.
En esos momentos, ese objeto se encontraba en el mismo centro de la cámara, unos
metros por delante de Kalec, encima de la plataforma. Vibraba silenciosamente, ya que

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El Alba de los Aspectos

Kalec y Jaina lo habían arreglado. La mala influencia que Galakrond había ejercido sobre su
esencia también había sido eliminada, al menos por lo que ellos podían percibir.
Si no vienen, tendré que hablar con cada uno de ellos individualmente. Pero eso
quizá tampoco resolviera la situación, pues los otros tres podrían negarse a recibirlo
perfectamente.
—Bueno, Kalec. ¿Quieres explicamos cuál es la razón por la que has insistido tanto
en que regresemos aquí?
No pudo evitar dar un respingo. Al instante, Alexstrasza (que portaba forma
humanoide) entró en la cámara, tenía un aspecto tan radiante como cuando la había visto en
el bosque. Aunque todavía ni Ysera ni Nozdormu se habían presentado ahí, Kalec percibió
de repente su presencia muy cerca.
—Llevan aquí un rato —masculló.
—Teníamos que… discutir algunas cosas primero. Ahora ya estamos listos para
escucharte, si todavía deseas celebrar esta reunión.
A modo de respuesta, Kalec retrocedió unos cuantos pasos del lugar donde se hallaba
y asumió su forma dracónica. Después, bajó la cabeza y miró a Alexstrasza.
—Sí, quiero hacerlo.
—Muy bien.
La dragona se dirigió hacia el lugar que ocupaba habitualmente y fue cambiando
mientras avanzaba. Para cuando se detuvo, Alexstrasza tampoco tenía ya aspecto
humanoide.
Apenas había concluido su transformación cuando Nozdormu e Ysera entraron. Pero
al contrario que Alexstrasza, se presentaron con sus formas dracónicas y no con los
humanoides. No dijeron nada mientras se colocaban en sus sitios.
—Gracias por hacer esto —dijo el dragón azul con suma calma.
—¿Y qué es lo que estamos haciendo? —le interrumpió Ysera— Será mejor que nos
lo expliques cuanto antes. Nos comentaste que esta reunión tenía algo que ver con esa cosa,
que sé que he visto antes en alguna parte…
Kalec se concentró de inmediato en la reliquia. Nozdormu siseó.
—Pero ¿qué estásssssss…?
La creación de Tyr brilló intensamente.
Los otros tres dragones clavaron sus miradas en el objeto, y Kalec profirió un hondo
suspiro. La reliquia estaba haciendo con ellos lo mismo que había hecho antes con él, pero
no de un modo tan improvisado y caótico. Todos ellos revivieron su pasado, desde su primer
encuentro hasta esa batalla épica.
Sin embargo, mientras Kalec había permanecido atrapado en esa visión durante días,
los otros tres solo permanecieron en trance un minuto, quizá dos. No obstante, en ese corto
espacio de tiempo, sus semblantes de reptil mostraron toda una serie de emociones diversas,

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El Alba de los Aspectos

ninguna de las cuales, por desgracia, indicó a Kalec cómo se estaban tomando ese repentino
viaje por el pasado.
Entonces, la reliquia dejó de relucir. Tal y como Kalec había esperado, Alexstrasza
y los demás se estremecieron.
—Yo estuve… —titubeó Ysera.
Nozdormu observó detenidamente la reliquia.
—Esa cosa…
Alexstrasza parecía enojada.
—¡Kalecgos, no deberías habernos hecho esto sin nuestro permiso!
—¿Acaso me lo habrían dado?
—¡Por supuesto que no! —le espetó Ysera. Entonces, la hermana de Alexstrasza
añadió con un tono sorprendentemente más sereno—. Pero habríamos cometido un error.
Nozdormu desplazó su mirada iracunda de la creación de Tyr hacia Kalec.
—Explícanossss esto… y por qué lo hasss hecho.
Y eso fue lo que hizo Kalec. Les explicó el calvario que había sufrido y lo que había
experimentado a lo largo de la visión. Se lo contó al completo, salvo todo lo relativo a Jaina,
tal y como ella le había pedido.
En cuanto acabó, incluso Nozdormu parecía perplejo.
—Después de convertimos en los Aspectos, durante cierto tiempo, me estuve
preguntando por qué nos mostró esa cosa —masculló el ex Aspecto del tiempo—. Qué necio
fue Tyr al pensar que podría cambiar lo que ha ocurrido por el mero hecho de recordamos
ese incidente.
—No fue solo un mero incidente —le corrigió la dragona roja—. Tu propio tono de
voz te traiciona, Nozdormu. Lo has vuelto a vivir, al igual que mi hermana y yo. Has
recordado cómo te sentiste entonces. Cómo nos sentimos todos.
—¿Acaso eso importa? —preguntó Ysera con brusquedad.
Kalec volvió a tomar las riendas de la reunión.
—Lo que importa es lo que Tyr quería que vieran, eso es lo que realmente tienen que
entender. Cuando renunciamos a nuestros poderes para poder salvar a Azeroth, Ustedes tres,
que los habían poseído durante tantísimo tiempo, hicieron un gran y noble sacrificio
voluntariamente. A través de los milenios, como los Aspectos, han demostrado en más de
una ocasión que estaban dispuestos a sacrificar sus vidas. —Recorrió con la mirada a todos
y cada uno de ellos, retándolos así a negar lo que decía si alguno de ellos quería—. Pero Tyr
sabía… y ahora yo también lo entiendo… que, en un principio, se les otorgaron esos poderes
tan fantásticos no solo porque se encontraban ahí en un momento determinado, sino porque
habían demostrado en muchas ocasiones que eran dignos de ellos, porque habían demostrado
que se los merecían cuando solo eran unos protodragones, ni más ni menos.
Nozdormu gruñó.

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El Alba de los Aspectos

—Estuvimos a punto de morir en muchas ocasiones.


—Pero no lo hicieron.
—No.… no lo hicimos. —Alexstrasza suspiró—. No literalmente, aunque sí
morimos en cierto sentido, pues olvidamos quiénes fuimos en su día, cómo éramos en un
principio, incluso que existíamos antes de convertimos en los Aspectos. —En ese instante,
se colocó delante de Ysera y Nozdormu—. ¡Sí, existíamos antes, y ya entonces luchábamos
pensando en todos y en todo, y no solo en nosotros mismos!
Kalec volvió a retroceder. Alexstrasza lo entendía, pero ¿y los demás?
—Luchabas bien para ser una enclenque —le comentó Nozdormu a Ysera—. A
vecessss, pensé que estabas loca… pero te admiraba.
—Y yo tenía que estar a la altura de ella —replicó la hermana de Alexstrasza, quien
señaló con la cabeza a la dragona carmesí— Y tú siempre estabas ahí para ayudamos con tu
fuerza en el momento adecuado, Nozdormu. Ya lo sabes.
—Todos luchamos muy bien aquel día —admitió Alexstrasza— Incluso… incluso
Malygos y Neltharion.
Los tres permanecieron callados varios segundos; después, al unísono, se volvieron
para encararse con el más joven de ellos. Kalec permaneció completamente inmóvil, pues
era consciente de que cualquier cosa que dijera o hiciera podría fastidiar ese momento.
Alexstrasza negó con la cabeza.
—Nunca deberías haber hecho esto, Kalec.
—Ha sido muy desacertado —apostilló Nozdormu.
—Y arriesgado —concluyó Ysera.
—Pero nos has recordado muchas cosas —prosiguió diciendo la hermana de esta
última—. Nos has recordado, sobre todo, quiénes éramos y quiénes seguimos siendo. —
Alexstrasza volvió a posar su mirada sobre los otros dos—. Tenemos mucho en qué pensar,
¿no creen?
—Sí, mucho —contestó el dragón bronce.
Ysera asintió.
Entonces, Kalec por fin se atrevió a plantear una cuestión que le había estado
inquietando.
—He de pedirles una cosa. Todos conocemos a Galakrond como el Padre de los
Dragones, pero…
—La era de los dragones no empezó como estos siempre han creído —murmuró
Alexstrasza—. Los primeros dragones que surgieron después de nosotros solo sabían que
ese gran esqueleto yacía desde hacía mucho tiempo en el Cementerio de Dragones. Nos
cercioramos de que la verdad sobre Galakrond nunca se supiera, pues temíamos que algún
otro pudiera intentar seguir el tenebroso sendero que él recorrió. Debido a su inmenso
tamaño, muchos solo podían imaginárselo como un verdadero dragón.

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El Alba de los Aspectos

—Por eso decidimos alentar ese error —apostilló Nozdormu—. De un modo


perverso, Galakrond provocó que los dragoneases nacieran. En cierto sentido, fue realmente
su «padre», aunque no del modo en que les hicimos creer a los demássss.
—Y será mejor que dejemos que las cosas sigan así —aseveró la dragona roja con
gran serenidad. Después, antes de que un desconcertado Kalec pudiera reaccionar,
Alexstrasza se volvió y cogió la reliquia—. Yo cuidaré de esto. Ha cumplido su misión… la
misión que Tyr le encomendó. Quizá ya no seamos los Aspectos, pero seguimos siendo
nosotros mismos. Al fin y al cabo, yo, por ejemplo, creo que tal vez aún puedo ofrecer
muchas cosas al mundo. Ahora solo nos queda esperar a ver qué ocurre.
—Lo entiendo —se atrevió a replicar al fin Kalec.
—Será mejor que la próxima reunión se celebre por algún asunto más urgente —
comentó Nozdormu a la vez que extendía las alas y se dirigía a la plataforma—.
Prométemelo.
—Lo… lo prometo.
—Eres muy testarudo —murmuró Ysera mientras seguía a Nozdormu—. Una
cualidad que sé apreciar.
Kalec se quedó a solas con Alexstrasza, quien aferró con más fuerza si cabe la
reliquia.
—Si alguna vez descubro que Tyr sigue vivo, le daré las gracias por recordamos
quiénes somos. Pero como no sé si alguna vez tendré esa oportunidad, tengo que darte las
gracias en su lugar, Kalec.
—No hay de qué…
—Sí lo hay. Tú aún recordabas tu vida anterior, la vida que tuviste antes de asumir
el papel de Aspecto. Recordabas lo suficiente como para estar seguro de que las esperanzas
de Tyr reavivarían las llamas de nuestra motivación. Así que te doy las gracias por eso y por
muchas cosas más. —Acto seguido, abandonó el estrado y, antes de alcanzar la salida, se
giró brevemente—. Oh… y dale las gracias a ella también de nuestra parte.
Alexstrasza se marchó antes de que Kalec pudiera recuperar la compostura. De
inmediato, se volvió hacia una columna lejana envuelta a medias en sombras.
—¿La has oído?
Una parte de la columna pareció separarse de esta y, al instante, se transformó en
Jaina Proudmoore.
—¡No debería haberte acompañado hasta aquí! ¡Lo siento! ¿Qué crees que hará?
Kalec se encogió de hombros.
—Nada. Como mucho, quizá acabe dando con la manera de volver a darte las
gracias. Debería haber supuesto que, de los tres, ella sería la que podría percibirte.

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El Alba de los Aspectos

El dragón azul se encogió y asumió su forma humanoide. Jaina, que no parecía


afectada por lo que acababa de suceder, se dejó caer en sus brazos gozosamente. Durante
varios segundos, no hablaron. Entonces, la archimaga preguntó:
—¿Ha funcionado, Kalec? ¿Volverán a implicarse en los asuntos de este mundo?
¡Azeroth los necesita!
Azeroth los necesita. Aunque eran tres palabras muy sencillas, Kalec meditó sobre
el hondo significado de las mismas. Los tres dragones de mayor edad poseían tal
conocimiento, tanta experiencia, tanto valor y tanta sabiduría que ese mundo no podía
permitirse el lujo de perderlos, pues se volvería un lugar mucho más tenebroso. Kalec era
consciente de que eso no podía ocurrir.
—Creo que sí —contestó al fin—. Siempre han sido muy sinceros con ellos mismos.
Y ahora verán la verdad con más nitidez que nunca. Simplemente… la olvidaron por un
tiempo.
Sin previo aviso, ella lo besó. El respondió del mismo modo.
En cuanto se separaron, Jaina susurró:
—Estoy tan orgullosa de ti, Kalec.
—No sé por qué…
—Hay muchas razones. Sobre todo, por tampoco olvidarte de quién eres. Tú también
tienes aún un papel que desempeñar en este mundo. De hecho, yo diría que varios.