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GUY ROCHER nació en 1924 en Ber-
thierville (Canadá), donde su padre
ejercía de ingeniero civil. Cursó segun-
da enseñanza en el colegio de la Asun-
ción. Antes de proseguir sus estudios
universitarios," cºnsagró cuatro años a
la <<Jeunessc Etudiante Catholique», de
la que fue presidente" nacional desde
1946 ¡a 1948, y con este título parti-
cipó en diversos congresos internacio-
nales de estudiantes en Inglaterra, Sui-
za, Checosáováquia y Estados Unidos
de América.
Se graduó en sociología en la uni-
versidad- Laval en 1950 y se doctoró
en la “universidad de Harvard en 1957.
Desde 1952 hasta 1960 enseñó socio-
logía en la universidad de Laval, dºnde
fue director de la Escuela de Servicio
Social. Desde 1960 es profesor titular
de Sociología en la universidad de Mon-
tren] ; _allí fue director del departamen-
to de sociología desde 1960 hasta 1965,
y vicedecan—o de la“ facultad de ciencias
sociales desde 1962 hasta 1967.
Guy Rocher formó parte asimismo
de la comisión real de investigación
sobre enseñanza por la provincia de
Quebec (Comisión Parent), desde 1961
hasta 1966. .
Los años 1957-1958 Rocher residió
en Francia, becado por el gobierno ca-
nadiense para realizar trabajos de in-
vestigación. Entonces participó especial-
mente en las tareas del Grupo de Et-
nología social, del profesor Chombart
de Lauwe, y prosiguió investigando
en la <<Union Nationale des Caisses
d'allocations familiales».

Diseño de Ia sobrecubierta: A. TIERZ


INTRODUCCIÓN ALA SOCIOLOGÍA GENERAL
GUY ROCHER

INTRODUCCIÓN A LA
SOCIOLOGÍA GENERAL

BARCELONA
EDITORIAL HERDER
1990 y
Versión castellana de José Pomno, de la obra de .
GUY ROCHER, Introduction & Ia socialogie générale
Editions Huftubise HMH, Ltée, Montreal

Undécima edición 1990

© Editions Hurtubise HMH, Lre'e, Montréal


© Editorial Herder S.A.. Provenza 388, Barcelona (España) 1973

ISBN 84—254-0584-X (Rústica)


ISBN 84-254-0636-6 (Tela)

Es PROPIEDAD Derósrro LEGAL: B. 35.678-1989 PRINTEDIN SPAIN

GRAFESA - Nápoles, 249 — 08013 Barcelona


ÍNDICE

Prefacio

PARTE PRIMERA: LA ACCIÓN SOCIAL


Capítulo I: LA ACCIÓN SOCIAL
El 'objeto de estudio de la sociología .
Macrosociología y microsociología . 11
Doble aproximación . 12
La intera¿ción social 14
Las primeras impresiones ; 15
Percepción estructurada . 16
Interacción estructurada . 17
Las expectativas recíprocas ' . . . 18
La sociedad: multiplicidad de interacciones 20
Lo psíquico y lo social 20
Dos definiciones de la acción social . . 22
La definición subjetiva de Max Weber 22
La definición objetiva de Emile Durkheim 25
Dos tradiciones complementarias . 27
La tradición k<comprensiva» 27
La tradición <<positiva» 29
Los condicionamientos de la orientación de la acción . 31
Contribuciones teóricas y empíricas . . . 32
Los fundamentos psíquicos de la acción social . 32
El entorno de la acción social . 34
Modelos teóricos de la acción social . 35

Y!
Capítulo II: LOS FUNDAMENTOS NORMATIVOS DE LA
ACCIÓN SOCIAL . 37
Normas de orientación de la acción social . 37
La orientación normativa de la acción social 38
La estructura normativa de la acción social . 40
Los modelos culturales 41
Definición de la acción social . '42
El rol social 43
Deñnición . 43
Ejemplo de la família 44
Rol social y papel teatral . 46
Las sanciones "48
Clasificación de las sancionés . 48
El control social . 52
La socialización . . 53
chión de socialización 53
Persona y sociedad 55
El orden social natural . 57
El determinismo social 57
El suicidio 58
Determinismo y libertad 60
El postulado del orden social natural: un punto de partida 60
Diversos grados de obligación social. 62
La varianza 63
La desviación . . 64
El sistema de acción social . 66
Los elementos de un sistema . 66
Dos niveles de análisis 67

Capítulo III: LOS FUNDAMENTOS IDEALES Y SIMBÓLI-


COS DE LA ACCIÓN SOCIAL . 69
Los valores: definición y caracteristicas . 70
Valores y juicios de valor 70
Valores y conducta 72
Relatividad de los valores 74
Carga afectiva de los valores . 74
Jerarquía de los valores . 75
Las opciones de valores 78
Clasificación de Talcott Parsons . 79
Unos ejemplos '80
Dos niveles de análisis 82
Funciones sociales de los valores 83
Coherencia de los modelos 84
Unidad psíquica de la persona 84
Integración social . 85

VI
El simbolismo y la acción social . '. . . . . . 85
Definición de símbolo . . . . . . . . . 86
El ¡simbolismo y la evolución humana . . . . . . 87
El simbolismo: función de comunicación . ;. . . . 89 .
Pensamiento y lenguaje . . . . .“ . . ' 89
Eficacia y ambigiíedad de los símbolos . . . . . 91
_El simbolismo. función de participacion . . . . . 92
Los símbolos de solidaridad . . . . . . . . 93
Los símbolos de organización jerárquica . . . . . 95
Los símbolos del pasado . . . . . . . . . 97
Los símbolos religiosos y mágicos . . . . . . . 98
Conclusión . . . . . . . . . . . . . _ 100
Capítulo IV: CULTURA, CIVILIZACIÓN E IDEOLOGÍA . 103
Breve visión histórica de la noción de cultura . . . . 104
En la <<historia universal»_ . . -. . . . . 104
En antropología y en sociología . . . . . . . 107
Cultura y civilización. . . . . . . . . . 109 .
Definición de la cultura . . . . . . 111
Características principale_s de la cultura . . . . . ' 112
Aspectos objetivo y simbólico de la cultura . . . . 114
Ellsistema de la-cultura . . . . . . _. . . 116
Funciones de la cultura . . . , ,. . . . ' . . . 117
Función social de la cultura . . . . . . . . 117
Función psíquica de la cultura . . . . . _ . . 118
Cultura e instinto . . '. . . . . . . . . 119
Definiciones del instinto . . . . . . . . . 119
Instinto e inteligencia . . . . . . . . . 121
Instinto y finalidad de la acción . . . . . . . . 123
Comparación entre el instinto y la cultura . . . . 124
Cultura e ideología. . . <. . . . . . . 125
La noción marxista de la ideología . . . ' . . . 125
Definición de la ideología. . . . . . . . . 127
La ideología en la cultura . . . . . . .“ . 129
Capítulo V: SOCIALIZACIÓN, CONFORMIDAD Y DESVIA—
CIÓN. . . . . . . . . . . . . . 131
Los tres sistemas: sociedad, cultura, personalidad . . . 131
Interpretación de los_ tres sistemas . . . . .“ . 132
El proceso de socialización . .? . . . . . ' . . 133
Adquisición de la cultura. . . * . . . 134
Integración de la c_ultura en la personalidad. . . . . ' 135
Adaptación al entorno social. . . . . . ¿ .. ' 136
Los mecanismos de socialización . . . . . . . 139
El problema de la motivación social . . . . . . 139
El aprendizaje . . . . . . . . . . . 141

VII
Herencia o medio social . . 142
La interiorización del otto 144
George H. Mead . 144
Jean Piaget .- 145
Sigmund Freud . 148
Los agentes de socialización . 150
Tres criterios de Cla$iñcación . 151
La familia y la escuela . 152
Los grupos de edad. . . 153
Empresas, sindicatos, movimientos sociales 154
Las técnicas de comunicación de masas 156
Los medios ambientales de socialización . 158
Medio rural y medio urbano . 159
Grupo radial, étnico, cultural . 160
Clase social . . 161
Medios de referencia . . 163
Doble función socializad0ra de los medios 164
Conformidad, varianza y desviación . 165
La noción de adaptación social. 165
Adaptación, conformidad y no conformidad. 166
Conformidad en la varianza y en la desviación. 168
Adaptación innovadora 169
Adaptación patológica 170
Conclusión . 171 '
BIBLIOGRAFIA COMENTADA . 173

PARTE smum: LA ORGANIZACIÓN SOCIAL


Capítulo VI: LA ORGANIZACIÓN SOCIAL: CLASIFICA—
CIONES Y TIPOLOGÍAS 179
Cultura, estructura y organizfación social 180_
Elémentos culturales . 180
Elementos estructurales 181
Estructura y cultura . . 184
Deñnición de la organización social. 185
Nota de semántica . 186
Tipos sociales . 187
Estructura social . 187
Organización social 188
Formas sociales 189
Doble tradición en el estudio de la organización social, de las
sociedades 189
Las dos tradiciones 190
. Su común intención de universalidad. 190
Tipología de las “sociedades: dos problemas . 191

VIII
El problema de los criterios . . . . . . *. . 191
El problema del evolucionalismo . . . . . . . 192
[. CRITERIOS EXTERNOS A LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y CRITE-
RIOS PARCIALI—ÍS . . . . . . . . . 194
Auguste Comte: el extado de los conocimientos . . . . 194
Tres principios básicos . . . . . . . . . 194
La <<1ey de los tres estados» . . . . . . . . 195
Verificación de_ esta ley. . . . . . . . 196
4 Necesidad de una nueva ciencia: la sociología . . . . 197
La sociedad militar . . . . . . . . . . . 199
La sociedad de los legistas . . . . .. . _ . . 199
La sociedad industrial . . . . . . . . . 200
El pensamiento social de Comte . .. . . . .' . 203
Influencia de la sociología de_Comte . . . . . . ' 203
Marx y Engels: las relaciones de producción . . . . . 204
¿Fueron Marx y Engels sociólogos? . . . . . . “205
Dos textos de Marx . . . . . . . . 207
Fuerzas productivas y relaciones de producción . . . 208
La lucha de clases . ' . 210
Clasificación de las sociedades según Marx y Engels. . 211
La comunidad tribal. . _ . . . . . . . . 212
La sociedad asiática . . . . . . . _ . . . 213
La ciudad antigua ' . . . . . . . . . . 214
La sociedad germánica . .. . .— . . . . . 215
La sociedad feudal . . . . . . . . . . 216
La sociedad capitalista burguesa . . . . . . . 216
Marx, Engels y Comte . . . . . 218
Ferdinand T'o'nnies: Los fundamentos psíquicos de las rela—
ciones sociales . . . . . .. . . . . . 219
Las dos voluntades . . . . . . . . . 219
Las formas de las voluntades . . . . . . . . 221
Oposición de las dos voluntades . . . . . . . 221
Relaciones comunitarias y relaciones societarias . . . 223
La comunidad . . . . . . . . . . . 223
La sociedad. . . . . . . . . . 224
De la comunidad a la sociedad. . . . . . . 225
Primer intento. de teoría fundamental . . . . . . 227 -
Las tipologías bipolares . . . . . . . . . 227
Influencia política de T'ónnies . . . . . . 229
II. CRITERIOS INTERNOS A LA ORGANIZACIÓN SOCIAL . . . 229
Herbert Spencer complejidad creciente delas sociedades . . 230
La ley general de la_ evolución . . — . . 230
De las sociedades simples a las sociedades complejas . . .231
, Primera tipología. . . . . . . . . . . 232
Segunda tipología . . . . . . . . . . . 233
La sociedad militar . . . . ' .“ . . . . . 233
IX
La sociedad industrial. . . . . . . . 234
Spencer, Comte, T6nnies y el evolucionismo . . . . 235
Emile Durkbezm: los tipos de solidaridad. . . . . 236
El paso de lo simple a lo compuesto . . . . . . 236
Las dos solidaridades . . . . . . 237
Tipos de derecho y tipos de solidaridad. . . . . 239
Los dos tipos sociales. . . . . . . ." . . 239
Autonomía de las personas y organización social . . . 241
Talcott Parsons: la capacidad de adaptación . . . . . 241
Parsons y el neoevolucionismo . . . . . '. . 241
Problema del criterio objetivo . . . . ' . . . 243
Diferenciación e integración . . . . . . . . 244
Las sociedades primitivas . . . . . . . . . 245
Las sociedades intermedias . . . . . . . . 246
Las sociedades modernas . . . . . . . . . 248
Las sociedades semillero . . . . . . . . . 248
Evolucionismo multilineal . . . . . . . . . 249
Factor explicativo . . . . . . . . . . . 249
Conclusiones . . . . . . '. . . . . . 250
Cuatro puntos de convergencia ._ . . . . . . 251
Un punto principal de divergencia . . . . . . 252
Tres problemas de método . . . . . . 253
_Popularidad de _las tipologías bipolares . . . . '. 254
Capítulo VII: SOCIEDAD TRADICIONAL Y SOCIEDAD
TECNOLÓGICA . . . . . . . . . . . 257
I. LA SOCIEDAD TRADICIONAL. . . . . . 258
La estructura económica de la sociedad tradicional. . . 258
Una economía simple . . . . . . . . . 258
Una economía de subsistencia . . . . . . . 260
Una sociedad reducida . . . . . . . 261
La organización social de la sociedad tradicional. . . . 261
La parentela . . . . . . . . . . . . 261
Funciones de la parentela. . . . . . . . 262
Complejidad de las formas de parentela . . . . . 263
Las categorías y grupos de edad. . . . . . . 264
En Francia . . . . . . . . . .' . . 264
En Quebec . . . . . .. . . . . . 267
Globalismo de la organización social . . . . v . . 268
El control social. . . . ' . . . . . 270
La mentalidad de la sociedad tradicional . . . . . . 270
El empirismo. . . . . .- . . . -. . 270
Naturaleza del empirismo tradicional . . . . . . 272
El conservadurismo . . . . . . . _.__. '. 272
El pensamiento mítico . . . . . . . . 273
Relaciones de lo sagrado y lo profano . . . . . . 273

X
El pensamiento mágico 275
II. LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA . . 276
La estructura económica de la sociedad tecnológica . 276
Medio natural y medio técnico . . 276
Medio técnico y economía de producción . 276
Tres factores más de productividad _elevada . -— 277
Ruptura entre productor y consumidor 279
Elevación constante de las necesidades 'de consumo . 279
La organización social de la sociedad tecnológica . 280
Una organización social compleja . . . 280
Una sociedad polarizada en torno a la producción . 281
Predomínio del <<status» adquirido 282
Una sociedad profesionalizada 283
Una sociedad burocratizada . 285
Una sociedad urbana . . . 286
Predominio de la estructura económica 287
Una sociedad de clases . . . 288
Asociaciones voluntarias y movimientos sociales 289
Multiplicidad de las élites . 289
La mentalidad de la soczedad tecnológica . 290
Desmitificación de los conocimientos: la racionalidad . 290
Fe en la ciencia y en el progreso . .- 291
Valoración de la instrucción . 292
Hervidero de ideas . . 293
Desmitificación moral: la secularización 293
Distinción entre lo sagrado y lo profano . 294
Pluralismo religioso y moral . 294
Sentimiento de superioridad 295
III. TIPOS IDEALES Y SUBTIPOS 296
Dos tipos ideales . . 296
El debate Lewís-Redñeld. . . . 296
Doble condición de validez de esta tipología . 298
Sociedades arcaica: y sociedades campesinas . 299
Modos de subsistencia y tecnología 299
Relaciones con la ciudad. . . . 300
Estudios antropológicos y sociológicos de las sociedades
campesinas. 300 —
La ciudad preindustrial. 301
Organización social 302
Estructura económica. 303
Integración política y social. . . . 303
Ciudad preindustrial, sociedad tradicional y sociedad tec—
nológica . 303
Sociedad industrial y sociedad postindustrial. 304
Predominio del sector terciario . . 305
Civilización del ocio . 306

XI
Importancia de la instrucción 307
Medios de comunicación de masas. 307
<<Multitud anónima» y estructuras políticas 308
Movimientos sociales y participación . 309
Agitación y contestación . 310
Capítulo VIII: LA ORGANIZACIÓN SOCIAL? FUNCIÓN,
ESTRUCTURA Y SISTEMA 311
I. LA TRADICIÓN“ ANALÍTICA . 312
Dificultad del tema 312
Los modelos de la sociedad . 313
Necesidad de los modelos . 313 -
Evolución de los modelos . 315
Los modelos materiales . 316
Los modelos mecánicos 316
Los modelos orgánicos 318
Los modelos formales . 319
Modelos matemáticos . 320
Modelos no matemáticos . 321
Los modelos formales en sociología 321
El postulado del sistema social . 322
La contribución de Pareto 322
Del sistema económico al sistema social 324
II. FUNCIÓN Y FUNCIONALISMO 325
La noción de función . 326
Dos sentidos simples . 326
Sentido <<matemático» 327
Ejemplo: el estudio del suicidio . por Durkheim . 327
Otros ejemplos 328
Finalidad de este tipo de análisis funcional 328
Utilización del análisis funcional en sociología . 329
Sentido <<bíológico» 330
Función y necesidad. 331
Los tres funcionalismos . 332
El funcionalismo absoluto: Malinowski —- . 332
El método propuesto por… Malinowski . . ' 333
Cuatro aspectos positivos del funcionalismo de Malinowski 334
El funcionalismo relativizado: Merton. 335
Crítica de Malinowski por Merton . . 336
Nuevos conceptos operatorios propuestos por Merton . 337
El funcionalismo estructural. 339
Conclusión 340
III. ESTRUCTURA Y ESTRUCTURALISMO . 341
Auge actual del estructuralismo . 341
Dos fuentes principales 342
La fuente organicz'sta 343

XII
El organicismo de Spencer . . 343
La noción spenceriana de estructura social . 344
Radcliffe—Brown . 345
Los sucesores del Radcliffe-Brown. 346
La fuente lingiiística 347
Ferdinand de Saussure 347
La escuela de Praga . . . 348
De la lingñística a la antropología: Lévi-Strauss . 348
La noción de estructura social según Lévi-Strauss . 350
Lévi—Strauss y Pareto . 351
Léví-Strauss y Radcliffe— Brown 352
La estructura: modelo conceptual . 352
La estructura: modelo teórico . . - 353
Modelo mecánico y modelo estadístico . 353
.Doble intención teórica .“ 355
La intención globalizadora . . . . . 355
La intención de abstracción logicoexperimental . 356
IV. ANÁLISIS SISTÍMICO Y DIALE'CTICA SOCIAL . 358
Principal crítica contra el análisis sistémico 358
Análisis sistémico y el tiempo 359
El análisis sistémico, el cambio y los conflictos. 360
Sincronía y diacronía . . . . . . . — . 361
De 10 sistemático a lo diacrónico . 362
V. CONCLUSIÓN 363
Capítu10'1X: EL SISTEMA SOCIAL . - 365
Contribución teórica de Talcott Parsons . 365
El sistema de la acción y sus subsistemas . 366
La noción de acción . 366
La noción de sistema . . . 367
Los cuatro subsistemas de la acción 367
]eravquía de los subsistemas de la acción . 368
La cibernética . . . . . 369
Jerarquía cibernética de l'*s Cuatro subsistemas 369
Sistema social y sistema cultural . 371
Distinción entre sistema social y cultural . 371 .
La institucionalízación 372
La estructura del sistema social. 372
Noción parsoniana de estructura 372
Componentes estructurales del sistemá social. 374
Conjuntos estructurales concretos . 374
Jerarquía cibernética de los componentes estructurales . 375
El análisis funcional del sistema social. 376
Noción parsoníana de función . 376
Los cuatro imperativos funcionales 376
Jerarquía cibernética de las funciones . 377

XIII
Funciones y conjuntos estructurales concretos . . . . 378
Imperativos funcionales en el sistema general de acción . . 379
La evolución social . . . . . . . . . . . 379
Diferenciación funcional y estructural . . . . . . 380
Dos procesos de diferenciación . . .' . . . . 382
El cambio social . . . v. . . . . . . . 382
Nación de equilibrio . . . . . . . . . . 383
Dos tipos de cambio . . . '. . . . . 384
Diferencia entre ambos tipos de cambio . . . . . 384
Resistencia al cambio. . . . . . . . . . 386
Análisis sistémica y dinámica social . . . . . . . 386
La teoría de los sistemas . . . . . . . . . 387
Sociología y teoría de los sistemas . . . . . . 388
Del sistema simple al sistema_ complejo . . . . . 389
Conclusión . . . . . . . . . . . . . 390
BIBLIOGRAFÍA COMENTADA . . . _ . . . . . 393

PARTE 'I;ERCERA: CAMBIO SOCIAL Y ACCIÓN HISTÓRICA


Capítulo X:“ PROBLEMAS DE UNA SOCIOLOGÍA DE LA
HISTORIA . . . . . . . . . . . . 399
Tradición e insuficiencia de la sociología de la historicidad . 399
Los primeros sociólogos . . . . . . . . . 400
Tres influencias . . . . . . . . . . . . 401
La pausa del funcionalismo . . . . . . . 403
Estudio del cambio social por algunos funcionalisms . . 404
Renovación actual de los estudios del cambio . . . . 405
Advenimiento del tercer mundo . . . . . . . 405
Crisis en las sociedades avanzadas . . . . . . . 406
Inñuencia de la obra sociológica de Marx . . . . . 407
Malestar de los sociólogos frente al cambio . . . . 408
Tres insuficiencias de la sociología histórica contemporánea . 408
Evolución -y cambio social . . . . . . . . . 410
Evolución social . . . . . . . . . . . 410
Cambio social . . . . . . . . . . . 410
Importancia de esta distinción . _ . . .. . . . . 411
La noción del cambio social . . . . . . . . . 411
Lo que no es el cambio social . _ '. . . . . _. 412
Lo que es el cambio social . . . . . . . . _ 413
Definición del cambio social . . . . . .' . . 414
Cambio social, acción histórica y proceso social . . . . 415
La acción histórica . . . . . . . . . . 415
El cambio social. " .< . . . . . . —.——. .' 416
El proceso social. . . . . . . . . . 416
Factores; condiciones, agentes del cambio . . . . . . 417

XIV
Los factores del cambio . 417
Las condiciones del cambio 417
Los agentes del cambio 418
Profetismo y previsión . . . . . 418
El profetísmo en los primeros sociólogos . 419
Cinco características distintas . . . . …. 420
Complementariedad del profetismo y de_ la previsión . 42 1
Los problemas que se plantean . 422
Seis problemas principales . . . 422
El procedimiento seguido en los próximos capítulos 423
Capítulo XI: FACTORES Y CONDICIONES DEL CAMBIO
SOCIAL 425
Los factores dominantes . . . . 425
Relativismo en la sociología contemporánea 426
El factor demográfico . . 427
Densidad demográfica y división del trabajo . 427
Densidad demográfica y densidad moral . 428
<<Ley de la gravitación del mundo social» de Durkheim . 429
Interdependencia de los ¿factores demográfico, económico y
cultural ' . 430
Ilustración empírica . . .. - 43 1
Repercusión psíquica de la densidad demográfica . 433
Evolución demográñca de Occidente . 433
Determinación tradicional . 434
Introdeterminación 434
Extrodeterminación . 435
Discusión de la tesis de Riesman '. 436
El factor técnico . 437
La revolución tecnológica . 437
Tecnología y tipos sociales 438
Los complejos tecnológicos 439
La era litotécnica 439
La era antropotécníca 440
La era eotécnica ¿ 440
La era paleotécnica 441
La era neotécnica . . 442 —
Definición del factor técnico . 442
Papel histórico del factor técnico_ . 443
Factor técnico y otros factores . 444
Tecnología y cultura .' ' 446
Conclusión . . 447
La infraestructura económica . . 448
Ambigííedad de Marx y Engels . 448
' Determinismo económico . ' 448
Un texto de Engels . 449
XV
¿Qué es la infraestructura económica? 450
La noción de <<fuerzas productivas» . . 451
Definición ampliada de las fuerzas productivas * . 452
De la causalidad simple a la causalidad compleja- . 453
Boukharine: un ejemplo de interpretación determinista rígida 454
Determinísmo económico en el capitalismo moderno . 455
Una interpretación diferente: Lefebvre y Desroche . 456
Conclusión . 457
Los valores culturales . 458
Ideas, valores y motivaciones . 459
La tesis de Max Weber . 459
El espíritu del capitalismo 460
Capitalismo y racionalidad . 461
Moral calvinista y espíritu capitalista . 461
La predestinación, según Calvino . . . . 462
Consecuencias de la doctrina de la prede$tinación . 462
El ascetísmo moral . 463
Inñuencia de la moral ascética 464
Dos objeciones 465
La ética calvinista: ¿un factor dominante? 466
Tres problemas fundamentales . 467
La interacción de los factores . . : 468
La continuidad de la influencia del factor religioso. 470
El ocaso de las diferencias religiosas . 471
La ponderación de los factores 472
Conclusión 473
Las ideologías . 474
Una larga tradición . 474
Deñnición de ideología 475
La racionalidad de la ideología . 476
La ideología esclarece e infunde seguridad 476
La ideología al servicio de unos intereses 476
La ideología incide sobre estados psíquicos fuertes 477
La acción común de un nosotros . ' 477
Valores e ideología . 478
Carácter voluntario de la ideología 478
La ideología, fenómeno psicosocial 479.
Conciencia falsa y conciencia clara 480
Ideología y conciencia clara . 481
Acción de las ideologías . 482
Clasificación de las ideologías . . 4 483
La ideología conservadora de un grupo particular . ' 485
La ideología reaécionaria o radical de un grupo particular . 486
La ideología nacional de una sociedad global. —*-——. 487
Complejidad de la ideología nacional. 487 -
Unanimidades,“ divisiones y oposiciones 488

XVI
Las ideologías y su contexto . 490
Conflictos y contradicciones . 491
La sociología de los conflictos: R. Dahrendorf. 491
Cuatro contribuciones fundamentales de Marx . 493 _
Tres errores de Marx 494
Confli(ztos sociales y conñíctos de clases . 494
Conflictos de clases y revoluciones 495
"Clases, conflictos de clases y propiedad . 496
Intención del modelo de Dahrendorf . . 496
La desigual distribución de la autoridad . 497
La distribución dicotómica de la autoridad . 498
Dicotomía de la autoridad y conñicto de intereses -. 49,8
Cuasigrupo y grupo de interés . . 499
Intereses latentes e intereses manifiestos . . . 500
Pluralismo y superposición de los grupos y de los conflictos 501
Dos escalas 502
La intensidad de los conflictos 503
La violencia de los conflictos . 503
Cambio radical y cambio súbito . 504
La contribución de Dahrendorf . 504
Una investigación teórica . 504
Complementariedad de las aproximaciones 505
Análisis crítico de Marx . 506
Algunas distinciones útiles 506
Una reserva: las proposiciones hipotéticas 506
Una crítica; la dualidad de oponentes . . . 507
Una discusión: conflicto de intereses y conflicto social . 508
La noción de contradicciones estructurales 508
La edad de los elementos del sistema social . 509
La sociedad vivida en perspectiva 510
El ritmo desigual del cambio . 511
Algunos agentes de contradicciones 512
Contradicciones y complejidad social . 512
Conclusión 513
Capítulo XII: LOS AGENTES DEL CAMBIO SOCIAL . 515
I; LAS ÍLITES . . 516 '
La definición de Pareto . 516
La circulación de las élites . 516
La definición de Mosca . 517
C. Wright Mills: élite y clase social. 518
La élite del poder . 519
La contribución de Mills . 520
Elite, autoridad, poder . 521
Deñnición_ de la élite . 521
Tipología de las élites . 522
XVII
Las élites tradicionales 523
Las élites tecnocráticas 523
Las élites de propiedad 524
Las élites caris1nátiCas 524
Las élités ideológicas' . 525
Las élites simbólicas . 525
'Las élite.; y la- acción histórica . 527
La adopción de decisiones . . 527
La deñnición de situaciones . 528
La ejemplaridad . ' 530
Conclusión. .. . . . . . . . . 531
II. Los MOVIMIENTOS" SOCIALES Y LOS GRUPOS DE PRESIÓN . 532
Los movimientos sociales 532
Definición de movimiento social. 532
Los <<tres principios» de los movimientos sociales según Tou—
rame. 533
El principio de identidad. 534
El principio de oposición. 534
' El principio de totalidad . 535
Accionalismo y movimientos sociales . 536
Multiplicación de los movimientos sociales 536
Tres funciones de los movimientos sociales . 537
Función de mediación . . . . 537
Función de clarificación de la conciencia colectiva . 538
Función de presión 539
Los grupos de presión . . . 540
Definición de los grupos de presión . 540
Clasificación de los grupos de presión . 541
Condiciones de eficacia ' 542
Medios de acción 543
Acción de los grupos de presión . 544-
Fracaso de los grupos de presión . . . 544
Relaciones entre élites, movimientos y grupos . 546
Relaciones de interacción. 546
La distancia entre los dirigentes y los miembros . 546
Los dirigentes<<adelantados» a su movimiento 547
Una élite <<rebasada» por los miembros . 548
Elite, movimiento y medio . 549
Coizcluszón . 550
III MOTIVACIÓN Y NECESIDAD DE EXITO . 550-
El éxito como valor . 55 1
Valor y motivación . 552
Técnicas de medición de la necesidad de éxito . 553
'Necesidad de éxito y desarrollo económico. . 554
Condiciones sociales favorables a la necesidad de éxito. 555
Ideología y necesidad de éxito . .. 557

XVIII
Situaciones de frustración y necesidad de éxito . . . 557
Extrodeterminación y cambio social. . . . . 558
Necesidades psíquicas y evolución de las estructuras políticas 559
Conclusión . . . . . . . . . . . . 560
IV. CONCLUSIÓN. . . .y . . . . . . . . 561
Capítulo XIII: INDUSTRIALIZACIÓN, DESARROLLO YMO—
DERNIZACIÓN . . . . . . . . . . . 563
La sociología de los pueblos arcaicos . . . . 563
Tres etapas de la percepción occidental de las sociedades ar- _
caicas . . . . ' . . . ' . . 564
Influencia de esta evolución sobre las ciencias sociales. _. 565
El proceso a seguir . . . . . . . . . . 567
I DEFINICIONES Y DISTINCIONES . . . . . . . 567
Riqueza y ambigúedad de la terminología . . . . . 567
Cinco estadíos del crecimiento económico . . . . . 568
La sociedad tradicional . ' . . . . . . . . 569
Las condiciones previas al despegue . . . . . . 569
El despegue . .' . . . . . . . . . . 570
La madurez . -. . . . . . . . . . . 570
El_ consumo de masas. . . ' . . . . 571
Situación de los países en vías de desarrollo . - . . . 571
Algunas definiciones . . . . ; . . . . . 571
Industrialización y desarrollo económico . . . . , . 572
Desarrollo 0 modernización . . . . . . . _ . . 572
Comentarios a estas definiciones . . . . . . . 573
El peso del factor económico . . . . .
. — . . 574
II. UN MODELO DE DESARROLLO . . . . .
. Q . 575
Transformaciones económicas . . . . . .
. . — . 576
Las inversiones de capitales. . . “ . . . 576
Transferencia y reclutamiento de la mano de obra . . . 577
Comercio, consumo y renta . . . . . . . . 577
La economía tradicional paralela .' ' . . . . . . 578
Obligaciones del poder político . . . . . . . 578
Transformaciones sociales .“ . . . . . . . . 579
La urbanización . . . . . . . . . . . 579
La movilidad geográfica: sus— motivos . . . . . . 579 —
Familia, parentesco, solidaridades locales ." . . . . 580
El status de la mujer. . . . . . . . . 581
El status de los jóvenes y de los ancianos . . .' . . 582
Las asociaciones voluntarias '. . . . . . . . 582
Estratiñcación y clases sociales . . . . . . . ' 583
Organización política . . . . . . . . 584
Elítes nuevas y élites tradicionales . . . 'x . . 584
Transformación de la cultura y de las actitudes . . . . 585
La ideplogía económica .. . . . . . . . . 585

XIX
Las ideologías políticas . 586
Ideologías políticas y religión . 587
La instrucción . . 587
Los medios de comunicación de masas. ' 588
III.. TRADICIÓN Y DESARROLLO - 588
Dos críticas . 588
El modelo lineal. 589
¿Incompatibilidad entre tradición y modernidad?. 590
Gusñeld: los <<errores» del modelo lineal. . 590
La integración de la tradición en la modernización 592
IV. LAs DIFERENTES FORMAS DE SUBDESARROLLO 593
La diversidad de países subdesarrollados . 593
Galbraith: el criterio de los obstáculos al desarrollo . 593
Clasificación de los países subdesarrollados . 594
El modelo africano del sur del Sahara . 594
El modelo latinoamericano 595
El modelo del sudeste asiático 596 '
Conclusión 597
V. CONCLUSIÓN 597
Capítulo XIV: SISTEMA COLONIAL Y DESCOLONIZACIÓN 599
I. SISTEMA COLONIAL. . . 600
La antropología de las sociedades colonizadas . 600
Definición de la sociedad colonizada . 601
Los rasgos característicos del sistema colonial 602
La explotación económica extranjera . 604
La dependencia política . 605
Las barreras sociales y raciales 606
La atomización social . . 607
-El sistema de justificaciones . 608
Las actitudes psíquicas . 609
Los puntos de contacto entre colonizadores y colonizados . ' 610
El poder político 611
La escuela . 612
Los medios laborales . 612
Las Iglesias . . 613
Socialización y dependencia 613
Fenómenos de repliegue de la sociedad colonizada 615
Los valores refugio 615
Los mesianismos . 616
Sistema colonial y desarrollo 616
Una sociedad periférica . . 617
Una sociedad desequilibrada . . . . . . ." 617
Una sociedad inhibida . . . . . . ——.——— . 618
II. LA DESCOLONIZACIÓN. — 619
Un proceso y un tipo de sociedad 620

XX
El proceso de descolºmzación . . 620
El círculo vicioso de la sociedad colonizada . 620
Los factores de cambio . . . . . 621
'El peso de estos factores en las sociedades colonizadas mo-
demas. . . 622
La acción de las élites . 622
Los jefes carismáticos . 623
Las ideologías 624
La movilización ' 624
La sociedad postcolonial 626
La dependencia continua . 626
- Aspiraciones frustradas y desviadas 627
Sudamericanización o dirigismo 627
Las élites . 628
Luchas y conñíctos 629
' Sociedad postcolonial, desarrollo y neocolonialismo. 630
III. CONCLUSIÓN. 631
Capítulo XV: EL PROCESO REVOLUCIONARIO 633
La sociología de la revolución . . 634
Revolución, cambio social y acción histórica . 635
Procedimiento a seguir en el presente capítulo - . 636 .
I. ANTECEDENTES, FACTORES Y CONDICIONES DE LAS ,. REVOLU-
CIONES .. ' 636
¿Qué es la revolución? . . . 636
Lasociología marxista del proceso revolucionario. 637
Propiedad privada y lucha de clases .' 637
Rol histórico de la clase proletaria . 638
Una página de Marx . . * . . . 639
Factores, condiciones y agentes de la revolución . 640
Un sistema cohere'nte, cerrado, previsional o profético . 640
Algun'os problemas . 641
Los antecedentes de las revoluciones. 642
<<Algunas generalizaciones provisionales» 642
Discusión . . 643
Frustraciones económicas . 644 '
Pobreza y revolución. 646
Ausencia de un modelo general 647
II. LA EMPRESA REVOLUCIONARIA. 647
La ideología revolucioharia .' 648
Una tradición revolucionaria . 648
Rechazo de un presente . 649
Principio de totalidad 649
El recuerdo de un pasado 650
Lainspiración r_eligios_a . . . . 651
El desarrollo de la empresa revolucionaria . 652
XXI
Un proceso escalonado 652
Divisiones y unanimidádes 653
Comunión y exaltación _colectivas . 653
Los símbolos . 654
Extremistas y moderados . 654
Partido y masas . 655
La contrarrevolución . 655
Las decepciones . 656
III. CONCLUSIÓN . _ 657
Conclusión: ¿QUE ES LA SOCIOLOGÍA? 659
La sociología cómo disciplina científica . 659
Los límites de nuestra exposición . 660 -
¿Una intención imposible? 661
La historicidad de la sociología . 662
La sociología en situación . 662
Una ciepcia inmersa en su objeto . 662—
Un objeto de estudio inacabado . 663
La. aceptación de un desafío . 664
Sociología y_ acáio'n histórica 665
Sociología y crítica social . ' 665
Las teorías reformadoras . 666
Los análisis Críticos . 666
Las investigaciones estratégicas 667
La sociología al ” servicio de todas las causas . 668
La amoralídad de la sociología . 668
Un problema de ética" 669
BIBLIOGRAFIA COMENTADA 671

ÍNDICE DE CITAS DE AUTORES . 679-


ÍNDICE DE MATERIAS '. 685

XXII '
PREFACIO

Este libro debiera estar dedicado a los varios grupºs de estudiantes


que, desde" hace más de quince años, se han sucedido en mis cursos
de introducción a la sociología, tanto en la Universidad Laval de Que—
bec como en la Universidadde Montreal. Sus comentarios, sus obser—
vaciones, sus preguntas y sus críticas muchó mé han ayudado a
orientar y precisar el contenido de esta disciplina y su pedagogía.
A todos agradezco el haber contribuido así al presente libro, pre—
cisamente. en una época en que la participación activa de los estu—
diantes era menos explícitamente buscada y aceptada que hoy.
Con la esperanza de ser todavía útil a …sus colegas de hoy y de
mañana — y también a todas aquellas personas a quienes interesa
la sociología —, he emprendido la redacción de este volumen. De
ahí que lo haya concebido a un tiempo como una introduéción a la*
sociología y como…una obra de referencia. El lector, en efecto, en—
contrará' aquí una parte de la enseñanza por mí impartida, pero
con transformaciones bastante importantes debidas en buena medida
a la conversión del curso dictado el una obra escrita. Por otro lado,
me ha parecido útil añadir buen número de referencias . a las prin—
cipales obras de sociología, como tainbíén a diversos artículos pu—
blicados en las más importantes revistas sociológicas, antropoló-
gicas y psicológicas. El lector que desee ir más allá de esta presen—
tación de' la sociqlogía' encontrará, en cada capítulo, una bibliogra—
fía básica, inicial. He procurado, sin embargo, nó sobrecargar el
texto con demasiadas referencias () cita$i una ' de las principales
responsabilidades que incumben a quien enseña los elementos de
la sociología estriba en seleccionar lo que estima esencial o impor-
tante dentro de la ingente y creciente producción sociológica, de la
que debe estar incesantemente informado.
Se comprobará, al recorrer las notas situadas a pie de página,
que me inspiro tanto en la sociología de lengua francesa como en
la de lengua inglesa. A menudo he deplorado la impermeabilidad de
las fronteras língíiísti'cas en lo que atañe a las investigaciones efectua-
das por las ciencias del hombre. Una de las ventajas inherentes a
Quebec es su inserción en una confluencia de los trabajos de lengua
francesa y de lengua inglesa. Teníamos que aprovechar pues esta
situación, dado que estas dos lenguas son todavía suficientes, de
momento, para mantenernos en contacto con las principales co-
rrientes de la investigación sociológica.
Se imponen, sin embargo, algunas observaciones con miras a
esclarecer al lector tocante a la orientación que he juzgado más
oportuna en esta presentación de la sociología. Se trata, como el
título mismo indica, de sociología general. Se ex/.cluyen' así dos
cosas sobre todo. En p1;imer lugar, lo 'que comúnmente se da en
llamar <<las sociologías especiales», es_ decir, los análisis de sectores
particulares de la realidad social: sociología de la familia, de las
clases sociales, del poder político, de los medios urbanos 04 rurales,
etcétera. En segundo lugar, el lector tampoco encontrará aquí la
descripción o análisis de una sociedad particular: no he pretendido
aquí confeccionar una introducción a la sociología de Quebec, del
Canadá francés o del Canadá entero.
Estoy profundamente convencido, en efecto, de la imposibili-
. dad de abordar las sociologías especiales o la sociología de un me—
dio particular antes de conocer los fundamentos más generales del
análisis sociológico. Aunque joven todavía, la sociología posee sin
embargo unas tradiciones, unas adquisiciones teóricas y metddoló-
gicas. Se ha forjado un lenguaje. Unos conceptos han sido ya de-
finidos. Se han elaborado unas tipologías y están ya confeccionados
unos modelos o unos esquemas teóricos. Por medio de este aparato
conceptual y teórico, el sociólogo se hace con una particular visión
de la realidad social. 'La iniciación a la sociología consiste en acceder
progresivamente a la percepción propia que de la- realidad tiene esta
disciplina. De ahí la necesidad de conocer ciertas obras maestras,

2
determinadas investigaéiones particularmente importantes. Se re—
quiere sobre todo la familiaridad con los conceptos esenciales y con
las principales teorías. .
El preéente libro está precisamente consagrado a esa iniciación
a los elementos» generales y fundamentales de la sociología. No
debe pues sorprender que semejante introducción tenga un carácter
teórico muy marcado. Tal vez esto desconcierte a los lectores que
esperan de la sociología unas recetas o la confirmación de sus ideas,
y no una ópticá un tanto rigurosa y sistemática sobre la realidad
social. Por lo demás, quien haya consentido en hacer el esfuer'zo
teórico aquí propuesto estará mejor preparado para abordar 165
'trabajos especializados relativos a su propio medio ambiente o a
un sector particular de la sociedad, por cuanto se habrá familiari-
zado con 'las'bases más generales del análisis sociológico.
No pretendemos sin embargo dar a entender que la sociología
haya alcanzado el estadio de una ciencia u_níñcada, dotada de un
cuerpo teórico unánimemente aceptado. De hecho, se advertirá que
he consagrado mucho tiempo a las divergencias existentes entre los
sociólogos, convencido como estoy de que las diferentes aproxima—
'ciones contribuyen en buena parte al conocimiento de la vida social,
y de que, a este título, _son parte integrante del pensamiento socio—
lógico contemporáneo, en igual medida que los elementos sobre
los que la sociología ha obtenido un . consenso unánime. _
Con idéntico espíritu he juzgado necesario subrayar 'los lazos y
las tradiciones que todavía vinculan la sociología contemporánea
'con sus precursores. La sociología, carente de una teoría general
sobre la que coincidan unánimemente todos los investigadores, se
mantiene tributaria de la orientación que le imprimieron los prí-
meros grandes pensadores que establecieron sus bases. Imposible
comprender la sociología de la segunda mitad del siglo XX sin £e-
montarse a Augusto Comte, Karl Marx, Herbert Spencer y los his—
toriadores alemanes de los siglos XVIII y XIX. A nadie debe pues
¿ sorprender la importancia aquí prestada a sus escritos. Pero no he
pretendido hacer una historia de la sociologíá, sino, sencillamente,
demostrar que la sociología contemporánea ' incorpora aún el pen-
samiento de "sus predecesores y sigue tratando en buena parte pro—
blemas por ellos planteados.
Por otro lado, el lector podrá así comprobar que los sociólogos

3
¿elaboran sus conceptos y sus teorías a partir de las sociedades his-
tóricas que conocen y en las que están inmersos, ¡de modo que la
evolución de las sociedades obliga incesantemente al sociólogo a
formularse nuevos interrogantes. La sociología, al igual que las so-
ciedades que estudia, no es ahistórica. No discurre_ a un nivel tras-
cendente a la historia, como durante tanto tiempo se creyó que dis-w
curría la filosofía. La sociología se elabora en el seno de la historia,
de la que se nutre al tiempo que comparte sus incertidumbres.
Una de las tensiones más profundas de la sociología y del _soció-
logo estriba en el hecho de estar necesariamente sometidos a las
sociedades históricas y hasta de ser inspirados por ellas, de un lado,
y, de otro, en el hecho de distanciarse al mismo tiempo de ellas
con miras a deducir de las mismas unas teorías de alcance generál.
He aquí un problema para cuya discusión estaremos más capacita-
dos al final de este volumen. '
No obstante, importa añadir que, más allá de las influencias
históricas contingentes, más allá de las divergencias teóricas, de—
terminadas orientaciones de la reflexión sociológica han obtenido
una unanimidad suficiente por parte de los principales teóricos con-
temporáneos, hasta el punto de poder basamos en este consenso para
ofrecer una presentación suñcientemente coherente de la sociología.
A este respecto, puedo decir que he sacado partido de todos los
puntos de convergencia de las teorías modernas, a ¡fin de constituir,
a través de la diversidad de las perspectivas, una óptica general
suñcientemente unificada e integrada. El procedimiento adoptado
a partir de la noción de acción social, la búsqueda de un marco
sistemático de análisis y las tentativas encaminadas a integrar en
el mismo la explicación del cambio social enlazan, a mi juicio, con
los principales teóricos contemporáneos, como Sorokin, Parsons,
Homans, Gurvitch, Mertón, Firth, Mannheim y Touraine, pese a los
diferentes puntos de Vista que distinguen a cada uno de estos ín-
vestigadores y que a menudo les oponen.
Espero, a fin de cuentas, haber dado una imagen bastante ve-
rídica de la teoría sociológica actual, dq: los problemas que se plan-
tea, de las respuestas que propone y de las investigaciones a que
sigue entregándose. Concédaseme que no es ésta una tarea fácil. La
sociología sigue múltiples y accidentados caminosry*de una manera
que a menudo parece incoherente y hasta anárqúica para" espíritus

4
ávidos de rigor y de método. Pero lo que precisamente he inten—
tado, en esta obra de introducción, es reducir el proceso socio-
lógico a su problemática más fundamental, de modo que la aten—
ción se concentre sobre los elementos esenciales ' de la sociología,
evitando así la dispersión de la mirada y de la imaginación que
padecen con harta frecuencia quienes se inician en está ciencia.
Esta problemática es evidentemente la de una disciplina cien-
tífica, porque disciplina cientíñca_ es la sociología. Las cuestiones
que aborda el sociólogo frente a la realidad social no son pues nece-
sariamente las mismas que se plantea el hombre de acción. Las cues-
tiones pertinentes en sociología relevan del orden del conocimiento
y de la explicación. A condición de mantenerse ñe1 a lo que es, en
cuanto disciplina cientíñca, podrá la sociología aportar una contri-
bución válida a la intervención social.
Tres problemas principales presiden, a mi juicio, la indagación
teórica y empírica en sociología general. Cabe enunciarlos en los
términos siguientes:
º— ¿cómo explicar la existencia y permanen'cia de las colec—
tividades humanas? , y, co'rrelativamente, ¿cómo explicar la
inserción del individuo en esas colectividades?
— ¿cómo se organizan o estructuran los marcos sociales de la
vida humana?
—— ¿cómo se produce y se explica el cambio, la evolución de las
sociedades humanas?
En torno a estos tres interrogantes fundamentales he confec-
cionado esta introducción a la sociología. Cada una de las tres par-
tes -que la integran intenta, en efecto, reagrupar las respuestas de
varios sociólogos a estos tres problemas. Formulados en términos
propios de la problemática sociológica, el primer interrogante plan-
tea el problema de la acción social; el segundo, el de la organización
social; el tercero, el del cambio social y el de la acción histórica.
Así se explica la división de la presente obra en tres partes.
Ninguna parte es independiente de las otras dos. El lector ad-
vertirá que se entremezclan en no pocos puntos y que son interde-
pendientes. Se ha procurado que la perspectiva sociológica sea 10
más global posible, y de ahí que sea preciso abordarla también de
una manera global.
PARTE PRIMERA

LA ACCIÓN SOCIAL
Capítulo I

LA ACCIÓN SOCIAL

El ¿hielo de estudio de la sociología

Importa, primero, situar claramente, con respecto a la totali—


dad del campo de estudio abarcado por la sociología, el proceso que
vamos a emprender.
Si bien cabe la afirmación de que el sociólogo estudia al hombre
en su medio sºcial, o también, en líneas más genqra1es, que estudia
<<la sociedad», debe admitirse, sin embargo, que ésta se ofrece al
observador bajo formas diversas. Una civilización, como la civi—
lización occidental 0 la civilización americana, constituye cierta—
mente un medio social, y apenas es necesario subrayar que cada per-
sona inmersa en ella lleva su impronta. Un país, aun cuando forme
parte de una civilización dada, ofrece asimismo unos rasgos carac—
terísticos que lo distinguen de los demás, hasta el punto de que
resulta fácil diferenciar, en _ocasiones a primera vista, a un italiano
de un francés y de un americano. Los occidentales difícilmente cap-
tarán la diferencia existente entre un chino, un japonés, un corea-
no y un vietnamita, puesto que, en su opinión, todos. son <<asiáti-
cos». Pero esta confusión es simplemente fruto de su ignorancia
de los rasgos nacionales propios de cada uno de los países orienta- '
les, rasgos plasmados incluso en la complexión física de los indí—
Viduos. En el seno de un país, las clases sociales, una ciudad o una
aldea, una empresa industrial constituyen otros tantos medios so-
ciales que es pºsible estudiar en cuanto tales, y que ya .lo han sido
por ot_ra parte. Las abundantes monografías dex las ciudades nor—
teamericanas han evidenciado a un tiempo las semejanzas y las di—
ferencias existentes entre la ciudad de Nueva Inglaterra, la de las

9
planicies del Oeste y la del Sur. Demos un paso más: es sabido que
cada familia tiene sus tradiciones, sus maneras de conducirse, su
própio ritmo 'de vida, .su clima específico; 'todo maestro dirá que
una clase de alumnos no se parece a ninguna otra, y que lo— mismo
cabe decir de los diferentes'.grupos de niños. Una importante rama
' _de la psicología social se consagra a lo que se da en llamar <<la
di£ámica ¡de' grupos», es decir, a la manera con que un grupo, lo
bastante reducido como para que sus miembros se mantengan en
contacto directo“_ entre sí (lo que eri inglés se denomina face—to-face
relationships), se organiza, se estructura, se articula y evoluciona,
o, en otras palabras, constituye un auténtico microcosmos social.
Si, en fin, dos personas se encuentran en la calle, se saludan y
conversan unos minutos, se prodúce entre ellas un intercambio de
signos, de 'gestos "y de palabras, intercaníbio que constituye un fe—
nómeno social tanto por el contenido de ese intercambio como por
la forma en que se produce. Puede afirmarse que ese encuentro
entre dos personas crea un <<medio social», ya que, caso de aña—
dirse un tercer ¿interlocutor, el tono y el clima de la conversación
pueden cambiar radicalmente, hasta el punto, pór ejemplo, de pasar
en pocos instantes del tono serio al jocoso.
Inmensa es la diferencia existente entre el encuentro fortuito
y rápido de dos personas y una civilización milenaria; Son» dos ór—
denes de realidad completamente diferentes y, siquiera en aparien-
cia, absolutamente ajenos entre sí. Ambos son sin embargo reali—
dades sóciales, por cuanto tienen en-icomún el hecho de constituir
un marco, un cuadro, un medio resultantes de una actividad humana
colectiva y condicionantes de las actividades humanas individuales.
Si el sociólogo se fija como objetivo la comprensión y explicación
del hombre en cuanto inmerso en su medio social, debe pues englo-
bar en su visión la gama entera de los diferentes medios 'o marcos
' sociales que el hombre crea y en cuyo seno evoluciona.
El objeto a cuyo estudio se aplica la sociología es pues suma-
mente extenso, puesto que abarca simultáneamente vastos conjuntos,
grupos de variadas dimensiones y reducidas unidades de observa—
ción. La amplitud de este- ámbito de investigación explica, de un
lado, la extraordinaria diversidad de los estudiog¿xqpíricos y teóri—
cos en sociología y, de ºtro lado, la dificultad de desarrollar una
teoría coherente, única y unánimemente aceptada por 'los sociólogos.

10
Macrosocz'alagía y microsocz'ología

El sociólogo francés Georges Gurvitch ha propuesto una clasifi—


cación susceptible de ayudarnos a poner un poco“ de orden en esta
descripción. Distingue tres planos horizontales de observación o,
más exactamente, lo que él denomina <<tres géneros de tipos socia—
les» (que no debemos confundir con los <<niveles» verticales de su
<<sociología en profundidad»): el plano macrosocz'ológz'co de las 39-
ciedades globalgs, que comprende conjuntos sociales tan completos
que resultan suñcientes para todas 'las necesidades de sus miembros,
como, por ejemplo, un país o la civilización origntal, conjuntos
tomados en este caso como totalidades o unidades ; ¿"l plano de las
agrupaciones parciales que entran en la composición de las socie-
dades globales, como la familia, los grupos basados en una relación
de parentesco, las asociaciones voluntarias, las clases sociales, etc. ;
el plano microsocíológica de los diferentes Modos de vinculación
social (que Gurvitch denomina también las <<formas_de sociabilidad»), '
es decir, los diversos tipos de relaciones sociales que se éstablecen
entre los miembros de una colectividad y las diversas maneras de
estar esos miembros Vinculados a la totalidad_ social y por la totali—
dad social 1.
El lector encontrará a menudo en los sociólogos de lengua fran—
cesa la distinción entre microsociología y macroscciología, tomada de
Gurvitch. Pero raras veces la encontrará en la sociología _americana
o inglesa. Algunos sociólogos franceses, sin embargo, utilizan esa
terminología en un sentido'bastante diferente del presiado a la mis—
ma por Gurvitch. A menudo, por ejemplo, entienden por microso—
ciología el estudio de unidades reducidas de. observación, tanto en
el C380 de grupos que comprenden solamente un restringido número
de personas (una familia, una pandilla, un gang, etc.), como en el
caso de acciones o reacciones que sólo pueden ser captadas y ana—
lizadas directamente a través de personas, en el- terreno individual
o ínterindividual (el caso, por ejemplo, de los métodos educativos
vigentes en una sociedad, o de las actitudes y aspiraciones de un
sector dado en una población).
1. Georges GURVITCH, La vacation actuelle de la sociologie, PUF, París 31963, vol. I,
p. 11-14.

11
Rocher, Sociología 2
Cualquiera que sea el sentido prestado a estos términos, lo que
importa es ver en ellos únicamén1e hitos destinados a orientar_nues-
tra percepción y nuestro análisis. En realidad, los tres planos a que
antes aludíamos se interpénet_rán y conjugan: las sociedades globales
están integradas por agrupaciones particularés ; sociedades globales
y agrupaciones particulares se constituyen a partir de diferentes ti-_
pós de vinculación social. Así lo subraya Gurvitch: <<Imposible
estudiar una agrupación concreta cualquiera sin integrarla en una
sociedad global particular, por una parte, y, por otra, sin describir
la constelación singular del microcosmos de vinculaciones sociales
que la caracteriza. Cabe pues la siguiente observación metodológica:
tan imposible es hacer microsociología sin tener en cuenta la tipo-
logía diferencial de las agrupaciones y la tigología de las sociedades
globales, .como hacer macroso_ciología sin tomar en consideración lá
microsociología. Esos tres aspectos <<h0rizontales» de la sociología
se fundan y sostienen recíprocamente, pór cuanto están indisolu-_
blemente vinculados en la realidad de las cosas» 2.

Doble aproximación

Cabría, pues, emprender el análisis sociológico tanto a partir de


_ la macrosociología como a partir de la microsocíología. Ambas
aproximaciones parecen válidas. Pero quizá pudiera juzgarse teóri—
camente preferible emprender el estudio de la sociología a ¿partir
de la macrosociología. En efecto, una de las reglas más fundamen-
tales de análisis sociológico — ocasión tendremos de insistir varias
veces en este punto — invita a' comprender y explicar todo fenó-
meno estudiado reñriéndoloº a su contexto más global. Frente a unos
hechos sociales que es preciso interpretar, el sociólogo dirige su
investigación no hacia la estructura de 1apersonalidad individual,
sino más bien hacia la organización y las estructuras sociales. La
microéociología no es un marco de observación' que pueda bastarse
a sí mismo. Constituye, en realidad; un nivel de obseíºvaci_óf1 _cuyo
”análisis. conduce necesariamente al sociólogo hacia los ' fenómenos
x globales, así como induce al, psicólogo al estudio de y las per$onali—

2. G. Gunvrrcri, o.c., vol. I,'p. _119.

12
dades individuales. De ahí que, solamente tras haber considerado
la sociedad en su totalidad y las principales partes que la componen,
se debiera normalmente desembocar en el estudio de los hechos
microsociológicos.
Pero no es éste el caso cuando se adopta el punto de vista pe-
dagógico, o se pretende la claridad en la exposición. De un lado,
el análisis macrosociológico utiliza 0 da por sabido un arsenal de
conceptos que sólo en términos microsociológicos cabe deñnir fácil-
mente. Esto es particularmente cierto en la perspectiva de una
sociología de la acción social, que es la asumida por nosotros. Im—
posible proseguir el análisis de la sociedad global, o de una sociedad
global en particular, sin referirse incesantemente a nociones adqui—
ridas en el ihventario de los determinismos y de las libertades que
nos proporciona la encuesta microsociológica. Porque, si bien es
cierto que el fenómeno microsociológico debe llevar al complejo
macrosociológico en el que se inscribe, también 10 es que el estu-
dio de la sociedad global remite constantemente al sociólogo hacia
los hechos micros0ciológicos con que lasociedad global compone la
' totalidad. Ese ir y venir entre las más reducidas unidades de obser—
vación y los vastos Conjuntos constituye el proceso normal y ne-
.ce'sarío del sociólogo; es uno de los rasgos más característicos de
la disciplina sociológica, al tiempo que constituye, quizá, una de sus
¡mayores diñcultades. No hay, para el sociólogo, solución de conti—
nuidad entre el plano inicrosociológico y el plano macrosociológico,
sino más bien interpenetración y complementariedad de dos estratos
de la realidad social y de dos niveles de análisis.
De otro lado, el análisis microsociológico se atiene mucho más,
siquiera inicialmente, a realidades concretas de experiencia cotidiana,
dado que son vividas, experimentadas y observadas diariamente — o
pueden serlo — por cada persona en su propio medio ambiente. El
dato existencial puede pues servir de punto de apoyo a los primeros
pasos de la reñexión sociológica, de modo que _la ruptura con la
percepci5n corriente no resulte ni demasiado brutal ni demasiado
chocante. La progresión hacia un pensamiento más abstracto dis—
curre entonces por una vía normal, ya que avanza de 10 más co—
nocido a 10 menos conocido, como es de regla en toda investigación
intelectual y en toda ciencia.
Creemos que el proceso que va de la microsociología a la ma—

13
crosociología ofrece las súñcientes ventajas pedagógicas como para
adaptarlo aquí. Seguiremos pues de algún modo una marcha ascen-
dente, partiendo de las más reducidas unidades de observación in-
mediata que interesan al sociólogo, para abordar luego, progresiva—
mente, los conjuntos más vastos y más complejos de la organización
social.

LA INTERACCIÓN SOCIAL

Lo dicho hasta aquí permite ya definir el objeto de estudio de


la sociología: la acción social, es decir, la acción humana en los
diferentes medios sociales. Pero esta fórmula, 'que puede parecer x
simple y nítidá a primera vista, encierra, de hecho, muchºs dificul—
tades., Habremos de esforzamos por captar la realidad social bajo
las palabras que la ocultan.
Con este fin, de acuerdo con el proceso que acabamos de in—
dicar, ensayaremos la delimitación y análisis de la realidad de la
acción social bajo la forma, primero, de la más restringida unidad
concreta de observación que cabe encontrar, para pasar desde ahí
al estudio de conjuntos sociales cada vez más vastos.
Si se pregunta al sociólogo sobre cuál es la más reducida uni-
dad de observación en su disciplina, no dirá que es el individuo
o la unidad-miembro de una colectividad. Jamás será suficiente-
mente categórica la siguiente afirmación: el punto de partida de la
sociología no radica en _la persona individual… Esta lo es todo en.
psicología, pero no puede constituir el punto de arranque de la
sociología.
La más restringida unidad de observación del sociólogo es la
relación entre dos personas, la vinculación existente entre ellas, —
o, más exactamente aún, la interacción resultante de sus relaciones.
.Para comprender el sentido de estas palabras, partiremo_s de
dos casos concretos de interacción: las <<primeras impresiones» cori
ocasión del conocimiento del otro, y la “relación entre dos personas
que se conocen desde ya hace tiempo.

14
Las primeras impresiones

Analicemos primero el encuentro de dos personas que traban


mutuo conocimiento. ¿Qué sucede? Una experiencia muy simple
efectuada por un psicólogo social norteamericano, Solomon Asch,
arroja alguna luz al respecto 3. Asch propone a un grupo de estu—
diantes, que denominaremos grupo A, la transcripción del retrato
de una persona, a cuyo respecto da como indicios una serie de seis
cualidades leídas lentamente, a intervalos de una decena de segundos:

Inteligente
De humor uniforme
Trabajadora
Tímida
Agresiva
Testamda

Propone idéntica tarea a un segundo grupo, el grúpo B, pero invir-


tiendo esta vez el orden de presentación de las cualidades, de modo
que <<testaruda» aparece en primer lugar e <<intelígente» se deja
para el final. '
El análisis de los retratos propuestos por ambos grupos de-
Amuestra que los miembros del grupo A son generalmente más
favorables a la persona en cuestión que los del grupo B. Asch in—
- terpreta este resultado a partir de la psicología de la forma o
<<gestaltismo»: los sujetos del grupo A han registrado primero unas
cualidades positivas (inteligente, de humor uniforme, trabajadora).
En su caso, se ha estructurado una imagen favorable a la persona
descrita. Las cualidades menos positivas han sido percibidas luego
en función de la estructura ya construida y han sido adaptadas a
dicha estructura. La agresividad y la testamdez, por ejemplo, pue—
den convertirse en cualidades positivas en el caso de una persona
inteligente que se atiene a sus ideas y las deñende. Los sujetos del
grupo B, por el contrario, habiendo oído primero la enumeración
de las cualidades negativas (testaruda, agresiva), han elaborado una

3. Solomon ASCH, Psicología social, Eudeba, Buenos Aires 21964.

15
imagen desfavorable que ha estructurado la percepción subsiguiente
de las cualidades positivas. De ahí que se atribuya a la persona
descrita <<una cierta inteligencia, a pesar de su téstarudez y timidez».

Percepción estructurada

Esta experiencia permite captar, como en un laboratorio, la


organización de las <<primeras impresiones» en la relación con el
otro. En cada persona, la representación del otro no re'sul'ta de una
mera acumulación de observaciones o impresiones recogidas al azar,
sino que es más bien el producto de una estructuración. La percep—
ción del otro — como toda percepción — no procede de un- modo
anárquico, sino que constituye una ordenación de varios elementos
con miras a componer un <<retrato», es decir, con miras a prestar
a ese otro una <<forma». Los psicólogos han estudiado ampliamente
los diferentes factores fisiológicos, afectivos y mentales susceptibles
de influir sobre la organización de la forma. No es_ éste el lugar
adecuado para seguirles en esta investigación.
Anotemos simplemente que la estructura perceptual original,
elaborada a partir de las primeras impresiones, no es evidentemente
definitiva ni inmutable. No pasa de ser un primer modo de adap-
tación al otro. Si, tras haber trabado conocimiento mutuó, dos
personas están llamadas a verse frecuentemente o a vivir juntas, el
proceso de adaptación proseguirá y la imagen del otro se reestruc;
turará a medida que nuevas observaciones vengan a confirmar, co—
rregir o invalidar las impresiones anteriores. No es posible, por
lo demás, poner un término a esta adaptación ni, consiguientemente,
a la estructuración de la imagen del otro, ya que prosigue tanto
tiempo como dos personas se conocen, habida cuenta de los even-
tuales cambios de situación o de circunstancias, de la maduración
de cada una de ellas, de las diversas experiencias compartidas o
vividas por separado. Incluso después de la defunción de una de las
dos, la imagen del otro sigue modiñcándose en el supervivíe'nte,
ya sea a causa de nuevas informaciones sobre la persona fallecida, ya
sea sobre todo como consecuencia del trabajo que la memoria opera
inconscientemente. En este último caso, ciertos ñséós de la persona
desaparecida cobran un determinado relieve y otros se atenúan

16
generalmente en el sentido de lo que los psicólogos han dado en
llamar <<la mejor forma», es decir, el embellecimiento del retrato.

Interacción estructurada

Pero la experiencia de Solomon Asch nos enseña también otra


cosa. Asch, en efecto, llevó su experiencia un poco más lejos.
Repitió idéntico procedimiento con dos grupos de estudiantes, di—
ciéndoles esta vez que el retrato que iban a transcribir a partir
de las cualidades mencionadas era el de un ayudante que debía
dirigir sus seminarios de trabajos prácticos. Más adelante, un mis-
mo ayudante dirigió los trabajos prácticos del grupo A y del gru—
po B. Pues bien: la observación de los grupos de trabajo demostró
que el grupo A, que se había forjado una imagen positiva del
futuro ayudante, cooperaba mucho más que el grupo B. Puede
pues decirse que la estructura del conocimiento del otro se prolon-
ga en una estructura de la acción con él. En otras palabras, la
acción con el" otro, como el conocimiento del mismo, tampoco es
fruto del azar, sino que obedece también a unos modos de organi—
zación o de estructuración y se orienta asimismo hacia la búsqueda
de ¿ma <<mejor forma». '
El primer encuentro entre dos personas es tal vez el fenó-
meno social concreto más elemental. Se asiste ahí a la génesis de
una relación interpersonal todavía embrionaria, a los primeros mo-
mentos del conocimiento del otro y de la adaptación a él, a los
primeros tiempos de la estructuración de la percepción y de la ac—
ción. Simultáneamente, rayamos de hecho en la línea de demarcación
que separa 10 psíquico de lo social: de ima parte, en efecto, cada
uno conoce con su propia personalidad total al otro, es decir, con
sus propios Sentidos, sus emociones, sus impulsos, ¿u memoria, su
inteligencia; de otra parte, se podría demostrar cómo la experien-
cia social, el medio ambiente de origen y la civilización prestan
' los elementos que componen las primeras impresiones y la imagen
que uno 56 foi:ja del otro. Aunque elemental, el primer fenómeno
social con que hemos tropezado es ya inñnitamente complejo, en
razón de los mecanismos psíquicos que pone en juego y de los
componentes sociales que supone.

17
Las expectativas recíprocas

Pasemos ahora al segundo caso, el de la relación entre dos


personas que se conocen desde hace ya tiempo. Basta, en otras pa—
labras, con analizar _ en un momento dado el proceso de adaptación
que no deja de operarse entre ellas. Dado el profundo conocimien—
to que poseen la una de la otra, su percepción mutua se ha lafínado
al tiempo que han desarrollado expectativas recíprocax: A espera
que B se conduzca de una manera concreta en una cirtunstancia
determinada, y lo mismo cabe decir de B con respecto a A.
La realidad es sin embargo más compleja. Cabe proceder a una
visión parcial de 'la misma, bajo la forma de ciertas proposiciones,
pero adoptando únicamente el punto de vista de una sola persona,
el de ego con respecto a alter:

ego sabe qué alter espera que ego se conduzca de tal mºdo
concreto.
ego _sabe que alter sabe que ego espera que alter se conduzca
de tal modo coricreto.
ego sabe que alter sabe que ego sabe que alter espera que ego
se conduzca de tal modo concreto.
ego cree que alter espera que ego se conduzca de tal modo.con-
creto.
ego cree que alter cree que ego espera que alter se conduzca
de tal modo concreto. _
ego cree que alter cree que ego cree que alter espera que ego
'se conduzca de tal modo concreto.
ego quiere que alter espere que ego se conduzca de tal modo
concreto.
ego quiere que alter quiera que ego espere que alter se conduz—
ca de tal modo concreto. _
ego cree que alter quiere que ego espere. que alter se condu2ca
de tal modo concreto.
ego sabe que alter quiere que ego espere que alter se conduzca
de tal modo concreto.
ego quisiera que alter esperase que ego se conduzca de tal modo
concreto.

18
¿go quisiera que alter creyese que ego espera que alter se con—
duzca de tal modo concreto.
ego quisiera que alter supiese que ego espera que alter se con—
duzca de tal modo concreto.

Aun cuando la lectura de estas probosiciones aturde ya un tanto,


preciso es admitir que abarcan tan sólo algunas de las incontables
posibilidades que podríamos transcribir aquí. Por si fuera poco,
habríamos de multiplicarlas después por dos, a fin de tener en cuén-
ta el punto de vista de alter con respecto a ego.
Lo que ante todo debemos ver, más allá de la complejidad de
las relaciones interpersonales descritas por estas proposiciones, es
la estructura, algunos de cuyos elementos intentan dichas propo-
siciones revelar. Es un 1ugarbomún la afirmación de que dos per-
sonas que se conocen desde hace ya tiempo, que viven juntas, han-
apréndído a <<adívinarse>£, es decir, presienten y pueden a menudo
predecir las reacciones del otro. Buena parte de este conocimiento
del otro puede, pór lo demás, ser solámente inguitiva y no tra—
ducirse jamás_ verbalmente. Vinculada a este conocimiento del otro,
se ha organizado, estructuradó, cristalizado una auténtica trama
de hábitos comunes, de expectativas recíprocas. No signiñca esto
que nada cambie. Incluso en unas relaciones interpersonales basadas
en una convivencia prolongada, se produce una incesante adaptación
de una persona a la otra, a tenor de cambios a menudo impercep—'
tibles en las relaciones recíprocas, de núevas situaciones, de un
contexto variable, etc. Lá estructura de las relaciones interperso—
nales, por consiguiente, nunca" es deñnitiva, jamás se detiene, no
permanece cerrada. La adaptación al otro es siempre simultánea—
mente readaptación. ' .
. Precisamente por exigir esta adaptación constante, tanto en lo
que presenta de estabilidad como en lo que ofrece de cambio,
la relación interpersonal es fuente de interinñuencia o, para em—
plear el término más usado en sociología, es interaccióní Jean Piaget
expresa esta idea de inñuenciá recíproca del modo siguiente: <<la
relación entre el sujeto y el objeto material modiñca al sujeto y
al objeto a la vez, por asimilación de este último al primero y por
acomodación del primero al Segundo... Pero, si la interacción entre
el sujeto y el objeto modíftca así a ambos, resulta ¿¡ fortiorz' evidente

19
que cada interacción entre sujetos individuales modíñcará a uno
con respecto al otro. Cada relación social constituye pues una to-
talidad en sí misma, que produce caracteres nuevos y transforma al
individuo en si1 estructura mental. De la interacción entré dos in—
diViduos a la totalidad constituida por el conjunto global de las
relaciones entre los individuos de una misma sociedad, se da pues
una continuidad, y, en de£nitiva, la totalidad así concebida se
revela consistente no en una suma de individuos, sino en un sistema
de interacciones que modifican a estos últimos en su misma es—
tructura» 4.

La sociedad: multiplicidad de_ interacciones

De todo lo antedicho, y del texto de Jean Piaget que acaba—


mos de transcribir, se desprende que, al nivel - mícrosociológico
más elemental, la acción social se nos aparece primero bajo el as-
pecto de una influencia recíproca eritre dos personas, bajo el aspecto
de la interacción. Esa interacción no obedece al azar,“ sino que se
estructura, se organiza en“lo que Piaget llama un <<sístema de inter-
acciones». Más adelante volveremos sobre el sentido de esta última
expresión y veremos" hasta qué punto es profundamente exacta.
Se comprende ahora mejor pór qué decíamos antes que el punto
de partida de la sociología no radica en la persona individual. A los
ojos "del sociólogo, 10 que se da en llamar <<la sociedad» no es, de
acuerdo con Piaget, <<una suma de individuos» vinculados entre sí
por no impoíta qué contrato o alianza, sino .la multiplicidad de las
interacciones de sujetos humanos que compone la trama fundamen-
tal y elemental de la sociedad, confiriéndole ¿¡ la vez existencia y
vida.

Lo psíquico y lo social

Pero_ aflora inmediatamente en el espíritú la siguiente objeción:


¿acaso la psicología moderna no estudia la personalidad y _su ac-

4. Jean PIAGET, Etude: sociolagiquex, Librairie Droz, Ginebra 1965, p. 30-31.

20
ción en el contexto de las relaciones interpersonales y del medio
social, o, más exactamente, de los diferentes medios sociales a los
que pertenece una persona? ¿Por qué las relaciones de interacción
habrían pues de ser más sociales que psíquicas? ¿Dónde se sitúa.
la línea fronteriza entre 16 sociológico y lo psicológico?
Esta objeción es evidentemente importante. Plantea el problema
de aquellº“ que, en el conjunto global de la acción humana, consti—
tuye el objeto específico a cuyo estudio se consagra la sociología;
aquello que, en términos escolásticos, cabría llamar su <<o_bjeto
formal». ,
Sin ningún género de dudas, lo primero que debemos precisar
es que la acción social es a un tiempo psíquica y social. Como he-
mos indicado ya antes, la acción social pone en juego unos meca-
nismos psíquicos' y unos componentes sociales. La acción social, en
esta perspectiva, es una realidad total, global, que compromete la
personalidad individual e influye sobre ella, y que forma al mismo
tiempo la trama del medio social. Al nivel microsocíológico más
elemental del que hemos partido aquí, la imbricaci_ón de lo psíquico
y de lo social aparece más netamente aún. .
Pero si lo psíquico y lo social se entremezclan tan estrecha-
mente en la realidad concreta de la acción social, razón de más
_para distinguir lo sociológico de lo psicológico, o, más exacta-
mente, para especificar el ángulo desde el que la sociología capta
y analiza la acción social.
Cabe bosquejar una primera distinción diciendo que el psicólo-
_go concentra su atención sobre la personalidad global y que el me-
dio ambiente es para él una de las <<Varíables» que influyen sobre
la estructuración y la dinámica de la personalidad; el sociólogo,
por su parte, estudia el medio social _o el conjunto global de las
relaciones sociales entre personas (y grupos), habida cuenta de
los rasgos psíquicos de las personalidades que pueden influir so-
'bre el medio social. Esta respuesta simple no carece de verdad, pero
tampoco resuelve del problema planteado. Su solución sólo puede
:radicar en un esfuerzo encaminado a percibir mejor la realidad por
.la que se interesa el sociólogo en la acción social. »

21
Dos DEFINICIONES DE LA_ ACCIÓN SOCIAL

A este fin, dos deñnícíones sociológicas de la acción social nos


servirán de guía: una, la de Max Weber, define la acción social
de un modo subjetivo, es decir, según criterios interiores a los su—
jetos activos ; la otra, de Emile Durkheim, puede caliñcarse de
objetiva, por oposición a la primera, ya que determina el carácter
social de la acción a partir de coacciones ejercidas desde fuera
sobre la acción de los sujetos. Consideremos sucesivamente ambas
deñniciones. …

La definición subjetiva de Max Weber

Para Max Weber, <<la acción (humana) es social siempre que el


sujeto o los sujetos de la acción enlacen a ella un sentido subjetivo.
La “acción social”, por tanto, es una acción en donde el sentido
mentado por su sujeto o sujetos está referido a la conducta de otros,
orientándose por ésta en su desarrollo» 5.
Esta breve definición permite establecer tres criterios para la
determinación del carácter social de la acción. En primer lugar,
laé personas deben tener en cuenta el comportamiento de los demás,
como también la presencia o la existencia de los mismos. Losvniños
pequeños que juegan uno al lado del otro, ocupándose cada uno en
una actividad totalmente independiente de la ejercida por el otro,
no han alcanzado todavía un estadio de sociabilidad suficientemen—
te avanzado como para cómpartir los mismos juegos. A lo más, puede
decirse que la presencia y la actividad del otro alientan a ambos
a permanecer allí y proseguir sus juegos solitarios: a este respecto,
cabría hablar de una interacción muy elemental. También puede
darse el caso de que uno de los dos se aleje sin que el otro pa—
rezca advertido: la acción social era pues nula. El distraído que
pasa por mi lado sin verme, por estar totalmente absorto en sus

5. Max WEBER, Theory of Social and Economic Organization, Oxford University Press,
Nueva York 1947. Cita extraída de la edición Free Press Paperback, 1964, p. 88. Versión cas—
tellana: Economía y Sociedad. Esbozo de Sociología Comprensiva, vol. 1, Fondo de Cultura
Económica, México 1964, p. 5.

22
pensamientos, tal vez mantenga una ¿onversación interior con un
mterlocutor invisible, pero su acción" no es social en el medio am—
biente inmediato que le rodea. Sefá preciso detenerle, darle una
palmadita, lográr que ¿<aterrice», como dice la expresión popular,
a En de que cobre conciencia de mi presencia y me tenga en cuenta.
Son harto conocidas las abundantes caricaturas del marido que des—
ayuna ante su mujer, oculto tras las hojas de su periódico: no
.desayuna con ella, aunque se encuentren físicamente juntos. La pan—
talla del periódico simboliza realmente la ausencia e incluso la
negativa a comunicarse con la otra persona. ',
En todos estos ejemplos, el carácter social de la acción resulta
o muy limitado o inexistente, por cuanto uno de los dos sujetos o
ambos actúan sin tener en cuenta la presencia o la acción del otro.
El segundo criterio atribuido por Weber a la acción social es
el de la significación. Hay que entender este término en su sentido
más literal, a saber, en el sentido de que la acción del sujeto debe
tener su valor de signo o de símbolo para los demás, y de que la
acción de los demás debe asimismo tener valor de_ signo o de sím-
_ bolo para el sujeto. En otras palabras, tener en cuenta a los demás
no basta para que una acción sea social. También es necesario que
el Sujeto indique por su acción que ha comprendido las expectativas
de los otros y que su acción está destinada a responder a las mismas,
o evidencie su negativa a responder. Cuando dos personas se abor—
dan en la calle y una de ellas tiende su mano, la que ejecuta esta
acción indica claramente por este signo (al menos en la civilización
occidental) que espera de la otra idéntico gesto, de acuerdo con
la costumbre vigente en materia de saludos. Si el segundo interlo-
cutor no estrecha la mano que se le tiende, el primero sabrá com—
prender muy pronto, por otros signos derivados del comportamiento
del otro, si se trata de una simple distracción o de una negativa
Voluntaria. Prestar un signiñcádo a la propia conducta y a la con-
ducta de los demás equivale a atribuirles un sentido simbólico sus—
ceptible de ser transmitido y comprendido gracias a un código de
indicios o signos; equivale, más exactamente aún, a inscribir esas
conductas en un sistema de comunicación. Más adelante analizare-
mos extensamente el papel de la comunicación en la Vida social._ Sea
suñ_ciente aquí la observación de que, ya en los animales y mucho
más aún en el hombre, la actividad colectiva exige 'la transmisión

23
de mensajes a sujetos capaces de captarlos, interpretados y com-
prenderlos. Lo que constituye la superioridad de la sociedad huma—
na sobre la sociedad animal, aquello que confiere a la primera su
poder y su riqueza, radica en el hecho de que el sistema de comu—
nicación es en ella infinitamente más_ desarrollado y refinado que
en las sociedades animales, y en el hecho _también de que puede
revestir múltiples formas. Si, hasta el momento, los psicólogos se
v han interesado más que los sociólogos por la actividad social de los
animales, es porque ésta obedece más directamente al instinto y a
los imperativos biológicos. En el hombre, las posibilidades de co-
municación han permitido la creación y acumulación de una inmensa
reserva de conocimientos, tradiciones y costumbres que han. con—
ferido a la vida social una dimensión nueva ignorada por cualquier
otra especie animal. ,
Preciso es admitir, qué duda cabe (volveremos también sobre
este punto), que la comunicación humana no es _siempre eñcaz. El
sentido .atribuido a unos signos (palabra escrita o hablada, gesto,
mímica) por parte de quienes los interpretan no es necesariamente
idéntico al pretendido por el agente emisor del mensaje. El quid
pro quo constituye precisamente el caso extremo de un tremendo
error sobre el significado de unas 'palabras o de unos gestos. Sin
llegar tan lejos, la interpretación imperfecta.del sentido de los signos.
es cosa corriente en la vida social. Puede incluso afirmarse que
la ecuación <<objetivamente» perfecta entre las significaciones que di-
versas personas atribuyen a una misma acción, en la que están todas
ellas implicadas, es relativamente rara. En realidad, la acción so-
cial no suele exigir semejante adecuación. Es suñciente que la dis-
tancia entre el significado atribuido pºr. cada uno de los sujetos y
la significación <<subjeti_va» de que habla Weber no resulte tan exce- _
siva que entorpezca toda acción colectiva o común.-
Finalmente, el tercer Criterio invocado en la deñnición de We-
ber indica que la conducta de las personas implicadas en una acción
social viene influida por la percepción que cada una de ellas tiene
de la signiñcación de la acción de las demás y de su propia acción.
Es preciso, en otras palabras, que los sujetos cumprueben, con su
comportamiento, que han comprendido las expectativas de los demás
y que aceptan o no responder a _las mismas. Epsté“tercerl criterio es
de algún modo el complemento exterior de los dos criteriós pre—

24
cedenfes, siendo estos últimos internos a los sujetos afectados. En
efecto, mediante la conducta observable desde el exterior, es po-
sible juzgar acerca de las dos condiciones subjetivas precedentes.
En' los sujétos, en su percepción y en su comprensión de la
conducta de los demás sitúá Max Weber'los caracteres esenciales
de una acción propiamente social. El comportamiento externo obje-
tivamente observable sirve de indicio para apreciar esa percepción
y esa Comprensión: en este sentido" bien preciso hay que entender
el carácter <<subjetivo» que atribuimo's a la definición de Max Weber.

La definición objetiva de Emile Durkheim

La deñnición que Emile Durkheim ha dado de la acción social


difiere considerablementc de la de Max ¡Weber. Para Durkheim,
la acción social consiste <<en unas maneras de obrar, de pensar y de
sentir, externas al individuo y dotadas de un poder coercitivo en
cuyá virtud se imponen a él» º. De esta definición se desprende
claramente que Durkheim no busca las características de la acción
social en los estados subjetivos de las personas, como hacía Max
Weber, sino 'más bien en unas realidades externas a las personas,
realidades que constríñen a éstas. Durkheim recurre a dos criterios
<_<objetivos» para determinar el carácter social de la acción humana:
la exterioridad de las <<maneras de obrar, de pensar y de sentir»
con respecto a las personas, y la coacción que estas últimas sufren
por párte de aquéllas.
Para comprender el sentido que Durkheim atribuye a estos dos
criterios, debemos remontamos & su teoría de las <<dos concien—
cias». La conciencia colectiva está constituida por' el conjunto de
maneras de obrar, de pensar y de sentir que integran la herencia
común de una sociedad dada. Establecidas en el curso de la historia,
dichas maneras se tránsmiten de generación en generación, y son
admitidas y practicadas por la mayoría o por el porcentaje medio
de las personas que integran esa sociedad. Son externas a las per—
sonas, por cuanto las han precedido, las trascienden _y sobrevivírán
a ellas. La conciencia colectiva, para tomar la analogía de Dur-
6. Les régles de la métbode sociologique, Félix Alcan, París 31904, p." .8. Versión4castella-
na_: Las reglas del método sociológico, Jorro, Madrid 1912, y Schapire, Buenos Aires 1965.

25
kheim, es <<el tipo psíquico»_ de una sociedad determinada. La con—
ciencia colectiva es la que confiere a una sociedad sus características
distintivas y singulares. Esá conciencia es la que distingue a un
francés de un belga, a un canadiense de un norteamericano.
La conciencia individual, por el contrario, comprende 10 que
cabría denominar el universo privado de cada persona: sus rasgos
caracteriales o temperamentales, su herencia, sus experiencias per—
sonales, que hacen de ella un ser único, singular. La conciencia.
individual es también, en opinión de Durkheim, la autonomía perso-
nal relativa" de que goza cada individuo en el uso y adaptación
que puede hacer de las maneras Colectivas de obrar, de pensar y de
sentir.
En cada persona, la conciencia individual puede estar más o
menos desarrollada, puede ser más o menos fuerte. Pero lo que
ante todo intefesa a Durkheim, como veremos más adelante, es el
hecho de que, de una sociedad a otra, la conciencia colectiva no
se impone a las personas con la misma…fuerza ni con idéntico peso.
Las sociedades varían según el grado de coacción que la conciencia
colectiva ejerce sobre las personas y según el grado de autonomía
permitida a las conciencias individuales. Pero, cualquiera que sea
el grado de coacción ejercido, la conciencia colectiva se caracteriza
por el hecho de ser siempre necesariamente constriñente, coactiva:
. para pertenecer a una sociedad, no importa cuál, hay que plegarse
a las maneras colectivas de obra;, de pensar y de sentir propias de
esa sociedad, y es preciso aceptadas y practicadas.
Evidentemente, la coacción ejercida por la conciencia colectiva
no suele experimentarse como tal por parte de los miembros de
una sociedad. Estos han absorbido y asimilado la conciencia colec—
tiva, sobre todo mediante la educación recibida. La han hecho suya,
ha llegado a convertirse en su propia conciencia moral. De ahí que
el carácter externo y constriñente de la conciencia colectiva no
aparezca como tal a los ojos de los miembros de una sociedad, pues-
to que la conciencia colectiva ¡se encuentra a la vez fuera de las
personas y en el interior de dada una de ellas. La coacción que
ejerce es sustituida por el hábito y por la conciencia moral desarro-
llada en cada persona. De este modo restablece Durkheim la conti—
nuidad, que parecía romper en un primer momeriió, entre el indivi—
' duo y la sociedad, entre 10 psíquico y lo social.

26
' La definición durkheimiana contribuye ' al. ensanchamiento de la
noción de acción sócial en dos puntos importantes. En primer lugar,
está claro que dicha definición no es exclusivamente <<ínteraccio—
nista» como la de Weber. Durkheim engloba en la acción social
actividades individuales, íntimas incluso, pensamientos y sentimien-
tos, en la medida misma en que tales actividades, pensamientos y
sentimientos corresponden a las maneras colectivas de obrar, de
pensar y de sentir. La interacción entre personas, físicamente pre—
sentes o no, se nos revela ahora como una parte solamente de la
realidad de' la acción social, dado que la acción individual puede
también venir influida por el medio. social sin que se dé una intér—
acción efectiva. Y no por esto dicha acción individual es menos ac—
ción social.
En segundo lugar, la de£nición de Durkheim emplaza mucho
más la acción social en su medio, en su entorno. Invoca, en efecto,
una realidad externa e interna a la vez a las personas, que las
trasciende y que ellas asimilan: es lo que Durkheim da en llamar
conciencia colectiva. Los ¿ prókimos capítulos evidenciarán la impor-
tancia de esta consideración. *

DOS TRADICIONES COMPLEMENTARIAS

La tradición <<gºomprensz'va»

No hay oposición ni contradicción entre las dos definiciones


que acabamos de - transcribir. La diferencia de perspectivas entre
ambos autores releva primordialmente del contexto y de la tradi-
ción intelectual que inñuyeron Sobre ellos. Historiador, jurista y eco-
norr_1ista tanto como sociólogo, Max Weber hubo de luchar contra
una corriente de pensamiento muy pqderosa en Alemania, corriente '
que establecía una oposición radical entre las ciencias de la natura--
leza y las ciencias del hombre( El orden de la… náturaleza, se decía,
está sujeto al reino del determinismo, releva del universo de la
necesidad: si las condiciones no se alteran, un mismo fenómeno se
reproducirá indefinidamente; además, siempre es posible determinar
el nexo causal que vincula un acontecimiento físico o qu1m1co a las
“condiciones o acontecimientos anteriores. Esa constancia y esa con—

“27
tinujdad permiten a— las ciencias de la naturaleza la elaboración de
unas leyes y de unas teorías explicativas. La actividad humana, al
contrario,. lleva impr'eso el sello de la espontaneidad, de la crea—
tividad, de la libertad. Por nó estar sujeta a la rigidez del deter-
minismo, escapa al * recinto cerrado de toda ley explicativa. La
historia és la única ciencia. auténtica del hombre, a condición de
leer la sucesión de los acontecimientos en su singularidad.
Contra _esta tradición, Weber debe luchar a un tiempo para que
sea admitido el carácter cientíñco de la historia y para que la
sociología pue'da librarse de la impronta de la historia. Sin negar
la distinción entre las ciencias de _la naturaleza y las ciencias del
' hombre, se las ingeníó para desarrollar un método científicamente"
válido y propio de estas últimas. Además de demostrar la posibi-
lidad de una explicación causal de la sucesión de acontecimientos
históricos, Weber se dedicó también a subrayar la Ventaja 'que. las
ciencias del hombre tienen sobre las ciencias de la naturaleza en
. cuanto a poder de comprender <<désde dentro» los fenómenos y los.
hechos estudiados. El historiador, el sºciólogo, el psicólogo y el
economista pueden interpretar los fenómenos situándose mental—
mente en 'el lugar de los sujétos, asocíándo'se a' los sentimientos
de estos últimps o adoptando su personal representación de los,
hechos. El físico no tiene por qué interrogatse sobre 10 que expe—
rimenta la piedra al cagr. El historiador, en cambió, debe penetrar '
en los sentimientos del general derrotado y acompañarle en su caída.
Esta concepción, ampliamente inspirada en- el ñlósofo y psicó—
logo Karl ]aspers, ha hecho de Weber el sociólogo de la Versteben,
es decir, de la comprensión de la 'realidad social e históriéa desde
dentro, penetrando en el corazón mismo del obrar humano. Pero
no por esto Weber niega o descuida la eXplicación causal. Considera…
sin ¿embargo que la comprensión es el fundamento de las ciencias
humanas. Para convencerse de ello, es suficiente la lectura de su…
definición de la sociología; <<Una ciencia que persigue una compren—
sión interpretativa de la acción social, a fin 'de llegar, por ahí, a.!
una explicación causal de su sentido y" de sus efectos» 7. X'
Se comprende un poco más el hecho de que Max Weber haya
buscado, en la percepción que los sujetos tiqnen de la significación de—

7. Max WEBER, o.c., p. 88.

28
su propia acción y de la acción de los demás, el rasgo característico
de la acción social: hay que ver en ello la aplicación del método
<<comprensivo» al análisis de ese hecho elemental que es la acción
social.

La tradición <<posz'tz'va»

Emile Durkheim, por su parte, se sitúa en la línea del positi-


vismo francés y, en particular, sufre profundamente la influencia
de Auguste Comte. Este había soñado con alcanzar la unidad del
saber humano sobre la base del método científico. Lejos de admitir
el dualismo de las ciencias de la naturaleza y de las ciencias del
hombre, proponía, al contrario, fundar estas últimas sobre el mé—
todo que tan buenos resultados había cosechado en las' primeras.
Se considera a Comte como el padre de la sociología, precisamente
porque quería (como veremos con mayor detalle en un capítulo
ulterior) desalojar todo pensamiento no científico de la consideración
de los hechos sociales y políticos, en aras de un análisis objetivo,
riguroso, metódico, es decir, auténticamente científico de la sociedad
y ,su' evolución.
Inspirándose en Aguste Comte, Durkheim se propuso, en Les
régles ¿le la métbode sociologique, establecer una especie de código
del rigor cientíñco 'en sociología. Así se explica la primera regla
por él enunciada: <<Los fenómenos sociales son cosas y como cosas
deben ser tratados... Es_ cosa, en efecto, todo lo que es dado, todo
lo que se ofrece o, mejor aún, se impone a la observación. Tratar
los fenómenos como cosas equivale a tratarlos como data que cons-
tituyen*el punto de partida. de la ciencia» 8. Mucho se ha criticado
lo que ha dado en llamarse <<el cosismo social» de Durkheim, pero
sin comprenderlo siempre en el sentido en que él 10 concebía. Con '
esta regla, Durkheim quiso sobre todo asegurar la objetividad y el
empirismo necesarios a todo' conocimiento científico. El hecho de
considerar los fenómenos sociales como cosas, es decir, como obje—
tos de observación", inducía a Durkheim a buscar y captar en ellos
los rasgos que se ofrecían a la mirada de un observador exterior.

8. Emile DURKHEIM, o.c., p. 35.

29
De acuerdo con este procedimiento, define el hecho social a partir de
la Coacción impuesta a los individuos por maneras de hacer que le ,
son externas… _ .' _ '
Durkheim, por otra parte, intentó siempre distinguir la socio-
logía, ño de la historia, sino dé la psicología: En el contexto po-
sitivista, en efecto, esta última podía reclamar la exclusiva de la
explicación científica de la conducta humana, tanto_ social como
individual. A su juicio, no debemos confundir los fenómenos psí-
quicos con los fenómenos sociales, y menos aún reducir los segundos
a los primeros. De ahí su distinción entre la conciencia individual, '
realidad psíquica, y la" concierícia colectiva, realidad social. Distin—
ción que le indujo a oponer y distanciar, mucho más de 10 que
actualmente se admite en las ciencias del hombre, lo psíquico y .lo
social, lo psicológicoy 10 sociológico. '
Pero, más allá de las indudables diferencias que las separan,
la aproximación durkheimiana y la aproximación weberiana a la
acción social nacidas de esas dos tradiciones no se oponen ni se
contradicen, sino que se completan. Por regla general, se admite hoy
que la sociología es a la vez comprensión y explicación, subjetiva
(en el sentido antes apuntado) y objetiva. El sociólogo que observa
un fenómeno desde fuera, un grupo, una huelga o un trabajo in-
dustrial por ejemplo, muy frecuentemente se ve inducido, por la
lógica misma del proceso indagatorio en el que se ha implicado,
a adoptar 1g4perspectiva de los diferentes sujetos o grupos en cues-
tión, a asumir su punto de vista, con miras a deducir una explicación
10 más completa y próxima a la realidad que sea posible.
La de£nicíón de la acción social como unidad de base o unidad
elemental de la sociedad nos ha aproximado inmediatamente, a esa
doble perspectiva, característica de la sociología, como también de
determinadas ciencias del hombre. La realidad social no es exclusi—
vañzente interna a los sujetos m' exclusivamente externa a ellos. Es
vivida en perspectiva, en situación, por las personas afectadas, a las
que simultáneamente se imponen desde el exterior unas coacciones
y unas limitaciones. Se trata de una conclusión de muy considerables
consecuencias teóricas y metodológicas. Repetidas veces tropezaremos
con ella en nuestro camino.

30
Los condicionamientas de la orientación de la acción

Pero ¿acaso esta conclusión f10 nos aleja más que nunca de toda
solución al problema planteado en páginas anteriores, a saber, el -
problema de la distinción entre lo psicólógicoy la sociológico? De
hecho, es ya una respuesta al problema en cuestión. Sugiere, en
primer lugar, que la distinción durkheimiana entre conciencia indi—
vidual y conciencia social es demasiado artificial y arbitraria, y con—
siguientemente que la psicología y la sociología tienen mucho más
de común de lo que Durkheim quiso reconocer. 'Por otra parte,
si bien es cierto que lo social es vivido pSíquicamente por las per-
sonas, no lo es menos que la aétívidad psíquiéa está hecha en buena
medida de adaptación (o de acomodación, como dice Jean Piaget)
a un dato social siempre externo a las personas, aun cuando éstas lo
hayan asimilado. El dato social puede estar integrado por las de-
más personas, por grupos, por maneras colectivas de obrar, de pen—
sar y de sentir, etc. En. función de ese dato social se organiza y es-
tructura lo que ha dado en llamarse la orientación de la acción.
La orientación de la acción está evidentemente sujeta a la in—
fluencia de condicionamientos psíquicas. La psicología y sobre todo
el psicoanálisis nos han enseñado que la acción humana obedece a
unas impulsiones, generalmente inconscientes. La acción humana
puede de algún modo ser teleguiada por experiencias precedentes
muy lejanas, a veces, experiencias cuyo recuerdo'ni siquiera es ya cons-
ciente. Responde a una realidad que sólo es percibida de un modo
parcial, o deformado incluso, de acuerdo con" determinadas leyes ac—
tualmente conocidas. Eh resumen, una persona actúa en cada mo—
mento con toda su “personalidad entera, es decir, con su tempera—
mento, Sus caracteres hereditarios; su aparato neuroñsiológico, y tam— .
bién con todas .las experiencias por ella vividas desde su nacimiento
y_ con los vestigios que han dejado en la misma. “
' Pero un condicionamiento social pesa también sobre 'la orien-
tación de la acción. Las interacciones antes descritas, las maneras
colectivas de obrar, de pensar y de sentir a que se refiere Dur—
kheim, son buenos ejemplos de lo que aquí añrmamos. Ahora bien,
el sociólogo se interesa precisamente por esos condicionamientos
sociales de la conducta, 'intenta captarlos, precisarlos, analizarlos.

31
Estog/le induce a proseguir su investigación, no en el sentido de las
profundidades de la personalidad, sino en el sentido de las profun-
didades del hecho social. El aspecto bajo el cual el sociólogo abor—
da la acción social no es el de sus fundamentos biológicos o psíquicos,
sino el de sus fundamentos propiamente sociales.
Así se afirma, no diremos la distinción entre la psicología y la
sociología, sino más bien la continuidad entre ambas disciplinas
en el estudio de una realidad global, que exige la aportación de pers-
pectivas diferentes pero siempre complementarias. Las tareas del
psicólogo y del sociólogo se- imbrican de algún modo, se sostienen
mutuamente y se completan.
— Los próximos capítulos, que versarán sobre los fundamentos pro-
piamente sociales de la acción, evidenciarán mucho mejor la contri-
bución específica de la sociología.

CONTRIBUCIONES TEÓRICAS Y EMPÍRICAS RECIENTES

Pero antes de “pasar al análisis de los fundamentos sociales de


la acción humana, debemos concentrar nuestra atención sobre un úl-
timo punto. Nos referimos a la contribución de las modernas investi-
gaciones teóricas y empíricas al análisis de la acción social.
Las definiciones de Weber y de4Durkheim, que hasta aquí nos han
servido _para precisar las características principales de la acción so-
cial, se han revelado fructíferas y ricas en enseñanzas; Su validez no
ha quedado debilitada por las investigaciones más recientes. Estas
han contribuido sobre todo a confirmar las intuiciones de los prime-
ros sociólogos. Las investigaciºnes modernas, sin embargo, han en—
sanchado y profundizado nuestro conocimiento de la acción social.
Nos limitaremos, de momento, a indicar tres direcciones por las que
dichas investigaciones han impulsado el conocimientó de la acción
social.

Los fundamentos psíquicos de la acción sºcial

En primer lugar, los fundamentos psíquic€sde la acción social


han sido estudiados como nunca, al igual que la continuidad entre

32
lo psíquico y lo social, que ha sido teóricamente demostrada y expli-
cada de una manera que cabe considerar hoy como definitiva. Más
adelante veremos, a propósito de la socialización (capítulo V), la
contribúción de psicólogos y sociólogos a estos desarrollos. Indica-
remos aquí solamente unos cuantosx estudios.
Los de George Mead primero, estudios que han ejercido una pro-
funda influencia en los Estados Unidos 9. Mead ha evidenciado sobre
todo cómo la personalidad individual se" desarrolla y se consjcituye,
al_contacto con los demás, a través de los demás, por asimilación de
los demás. La persorialidad psíquica -es, por su origen mismo, un
fenómeno social, o un producto social al menos. No es sin embargo
un mero reñejo del medio ambiente, ya que es siempre adaptación
individual al medio y reconstrucción de ese mismo medio.
Kurt Lewin lº, por su parte," ha desarrollado una explicación de
la conducta por la teoría del <<ca1'npo social». Resume la dinámica
de la acción en la ecuación siguiente: B = f (PE), en la que B re—
presenta la conducta (behavior), P la personalidad y E el entorno.
La conducta es pués a un tiempo función de' la pe_rsonalidad y de su
entorno. Pero, Según Lewin, P y E no varían independientemente el
uno del otro. Como dice Roger Girod: <<La estructura" del, entorno,
tal como es percibida, depende de los deseos y de las necesidades
de la persona, en otras palabras, de sus actitudes ; mientras que el con—
tenido del entorno establece a la persona en un cierto estado de es—
píritu. Esta relación dinámica de reciprocidad crea la situación de la
que el comportamiento es función» ”. La persona no está pues fuera
de la situación, sino que forma parte de la misma, y, en el seno de
la situación, no hay frontera inmutable y netamente delimitada en—
tre las conciencias individuales y su entorno. La estanquidad de las
fronteras entre el yo y el exterior difiere según los sectores de la
persona considerados, según la cultura ambiental y según la atmós—
fera del momento. Se pasa así portransíciones insensibles de, lo in—

9. George Herbert MEAD, Mind, 'Self and Society, Unive15ity of Chicago Press, Chicago
1934. Este libro ha sido vertido en lengua castellana bajo el título Espíritu, Persona y Socie-
dad, Paidós, Buenos Airés 1953. ' .
10. De este autor, véase en particular A Dynamic Theory of Personality, McGraw Hill,
Nueva York 1935, y Resolving Social Conflict5, Harper and Brothers, Nueva, York 1948. Cabe
encontrar, en lengua francesa, un res_umen de las principales ideas de K. Lewiri en el volumen
de Roger Gmon, Attitude: collective: et relations humaínes, PUF, París 1953, p. 65-90. De
Kurt LEWIN, en castellano: La teoría del campo en la ciencia social, Paidós, Buenos Aires 1963.
11. O.c., p. 69.

33
dividual a lo colectivo, y de 10 consciente a 10 objetivo. La persona) »
los objetos, las instituciones', las sociedades y. los acontecimientos son
otros tantos elementos de las situaciones. Dichos elementos mantie—
nen entre sí relaciones dinámicas, cuya totalidad determina la estruc—_
tura del campo psico_sociológico-. * ..
Se advierte hasta qué punto, con Mead y Lewin, se está lejos de
la oposición establecida por Durkheim entre la“ conciencia individual
y la conciencia colectiva. La actividad psíquica se nutre del entorno
social al tiempo que se prolonga én él. El medio social es a -la vez en—
torno de la persona y forma con ella parte de su situación.

El entorno de _la acción social

Lo dicho spbre .la teºría de Lewin nos lleva naturalmente a la


segunda contribución por parte de determinado número dé investi-
gaciones modernas, que versan sobre el entorno de la acción social.
La definición de Max Weber parecía abstraér la interacción entre dos
o varias personas del entorno restante. La psicosoéiología 'de Kurt
Lewin sitúa nuevamente la interacción de las personas en su en-
torno total, .social sin duda, pqro también biológico y" físico. Los
estados ¡somáticos de las personas, los objetos que las rodean o que
son manipulados 4 por ellas, son parte .integrante de la situación
global de la… acción social y pueden a veces inñuir notablemente
sobre ésta. Sometidas a prueba, las obras teóricas de Mead y Lewin
han dado lugar a trabajos de laboratorio sobre lo que después se
ha dado en llamar <<1a dinámica de grupos», y han impulsado va-
rias investigaciones empíricas sobre las relaciones interpersonales.
Todos estos trabajos indagatorios, sin embargo, han ayudado, eh—
tre otras cosas,'a precisar la influencia de estos diversos elementos del
entorno.
Un solo ejemplo será suficiente. Varias investigaciones han abor-
dado las ¿condiciones en- que se forjan y mantienen las amistades
entre“ péréoñáé llamadas a trabajar juntas en… equipos (equipos de
trabajo en la fábrica, equipos de vuelo _en la aviación) o a cohabi-¡
tar (en las residencias estudiantilé5, por ejemplo). Uno de estos es-

12. Roger Gmoo, o.c., p. 70-71.

34
tudios, el de Priest y Sawyer, ha versado sobre las relaciones in-
- terpersonales establecidas entre las 320 personas ubicadas en una
residencia estudiantil. Los autores han seguido la evolución de estas
relaciones durante cuatro años. De sus observaciones y del minu—
cioso análisis estadístico al que fueron sometidas, se desprende que
los estudiantes tienden claramente a establecer relaciones de amis—
tad con compañeros cuya habitación esté próxima a la suya, y que
está misma proximidad física de las habitaciones constituye asimis—,
mo un factor favorable a la persistencia de los lazos amistosos ”.
En idéntico sentido, Festinger, Schachter y Back han descubierto,
'que, en una residencia de estudiantes casados, el emplazamiento del
apartamento tenía una influencia sobre la popularidad de que go-
'zaban los residentes, poseyendo-generalmen1e los más populares un
apartamento situado en un punto de convergencia de la circulación
de los residentes (una escalera común, por ejemplo) o un aparta-
mento de acceso más inmediato y más fácil para los' demás ”.
De tales investigaciones se deduce. que la acción social está su—
jeta a diversas condiciónes físicas: la influencia de… algunas de esas
condiciones ha podido ser empíricamente verificada al nivel micro-
sociológico en varios países y en diferentes contextos de relaciones
interpersonales. '

Modelos teóricos de la acción social

Sería errónea la creencia de que tales investigaciones no pasan


de ser puro empirismó. En realidad, relevan_ directamente de cier—
tas teorías que resultan así confirmadas o modificadas. La tercera
contribución de los trabajos más recientes consiste en, el ensayo
de elaboración de diversos modelos teóricos de la acción social, so—
bre los que se pudiera levantar luego una teoría sociológica general.
Sería prematuro abordar aquí detalladamente esos modelos teóricos.
Carecemos de no pocos elementos necesarios. Recordemos solamen-
¡ te que en esta perspectiva se sitúa <<1a teoría general de la acción»
13. Robert F. PRIEST y Jack SAWYER, Proximity and Peerxbip; Bases of Balance in Intér— '
personal Attraction, en <<The American Journal of Sociology», vól. 72 (mayo 1967), —n'.º 6,
p. 633-649. . '
14. .Leon FESTINGER, Stanley _SCHACHTER, Kurt W. BACK, Socizl Pressure: in Informal
Groups, Harper and Bros., Nueva York 1950, p. 54. ' '

35
de Ta]cott Parsons 15, como también <<la teoría del intercambio de
George Homans 16. Más adelante… expondremos algunos aspectos
de estas teorías. Advirtamos, sin embargo, que la deécrípción de la
interacción y de la acción social. que hemos ofrecido en el presente
capítulo se inspira ampliamente en _tales teorías, aun cuando no
hayamos hecho alusión a las mismas.

15. Talcott PARSONS y Edward SHILS, Towárd :: General Theory of Action, Harvard Uni—
versity Press, Cambridge, Mass. 1951; T. PARSONS, The Social System, Free Press of Glencoe,
Inc., Nueva York 1951. El Sistema Social ha sido traducido al castellano. .
_16. George C. HOMANS, The Human Group, Harcourt, Brac_eAanfd—7World Inc., Nueva York
1950; Social Behavior: It! Elementary Forms, Harcourt,- Brace and World Inc.. Nueva York
1961.

36
Capítulo II

LOS FUNDAMENTOS NORMATIVOS DE LA


ACCIÓN SOCIAL

En el capítulo anterior hemos querido precisar las principa—


les características que el sociólogo descubre en la realidad social,
cuando la considera como acción social; Partiendo del fenómeno de
la interacción, hemos deducido—y delimitado progre_sivamente la no-
_ción de acción social, con la ayuda de las definiciones de Weber,
de Durkheim y de los estudios más recieñtes de algunos psicólogos
y sociólogos. Debemos ahondar ahora en nuestro análisis, con mi-
ras a detectar los principales fundamentos sociales de la orientación
dé la acción.- Tal es el objeto del presente capítulo.

NORMAS QE ORIENTACIÓN DE LA ACCIÓN

Partamos nuevamente de la deñníción de la acción social pro—


puesta por Durkheim. Se recordará que, para Durkheim, el carác-
ter social de la acción humana arranca del hecho de obedecer dicha '
acción a unas maneras colectivas 'de obrar, de pensar y de sentir
externas a la_s personas, maneras que ejercen un poder coercítivo
sobre su conducta. El problema que ahora pretendemos dilucidar
es el siguiente: ¿cómo pueden las maneras colectivas de obrar, de
pensar y de sentir ejercer una coacción sobre la conducta?
Recurramos, una vez más, a algunos ejemplos concretos. Cuan—
do, al encontrarse, dos personas se estrechan la mano, obedecen am—
bas a una manera de obrar corriente en la_ civilización occidental, a
una concreta regla de etiqueta o de educación. En otras civiliza—
ciones, cada una de ellas juntará sus manos e inclinará respetuo-
samente la Cabeza, como en la India o en Pákistán, o bien se frota-
rán mutuamente la nariz, como en Melanes_ia. Cuando el occiden—
tal procura no hacer ruidos con _ su boca al comer y el japonés los
hace en cambio profusamente para manifestar suv placer, también
obedecen ambos a las reglas de urbanidad 0 educación vigentes en
sus respectivos países. El ciudadano que paga sus impuestos, el
automovilista que no rebasa el límite de velocidad prescrito, el ca—
tólico que asiste a la misa dominical, el marido que se mantiene
fiel a su mujer, la persona que se lleva el pañuelo a la nariz cuan—
do estornuda obedecen a unas reglas cívicas, religiosas, morales o
higiénicas imperantes en su medio ambiente. Les ha sido inculcado
el respeto a las misinas.
Sin ser siempre conscientes de ello, nuestra conducta se inspira
casi constantemente en unas normas que cumplen el oficio de mo-
delos. Nuestro corte de pelo, nuestro modo de vestir, el lenguaje
que empleamos, nuestros gustos culinarios o estéticos, la manera de
expresar nuestra alegría, nuestro dolor o nuestra cólera, y hasta
frecuentemente nuestros pensamientos más íntimos: todo esto nos
ha sido propuesto y enseñado por los medios 0 ambientes en que
hemos crecido o en los que evolucionamos actualmente. A este res-
pecto, casi nada es fruto de nuestra personal invención, _aun cuan—
do hayamos asimilado como propias todas esas costumbres. Se tra-
ta de <<maneras de obrar» que incorporamos a nuestra conducta para
prestar a nuestra acción las orientaciones más apropiadas en la
civilización, 'en los medios, en los grupos en cuyo seno estamos lla—
mados a vivir.

La orientación normativa de la acción social

<<Las maneras de obrar, de pensar y de sentir» resultan pues


coercitivas porque se nos presentan bajo la forma de reglas, de nor-
mas, de ¡rodelos en los que debemos inspirarnos para encauzar y
orientar nuestra acción, si queremos que sea aceptable dentro de
la sociedad en que vivimos. La coacción sociala que se r_efería Durk—
heim, no sin deplorar la necesidad de utilizar semejante expresión,

38
corresponde pues a 10 que la sociología contemporánea da en llamar
la Jorz'entacz'o'n normativa de la acción, es decir, la acción orientada
de acuerdo con unas normas 0 reglas colectivas. A efectos prácti-
cos, cabe considerar como sinónímas ambas expresiones: coacción
social y orientación normativa de la acción. Pero la expresión uti-
lizada por Durkheim ofrece el inconveniente de presentar una cori—
notación negativa, siquiera en el lenguaje corriente, y parece per—
sonalizar a la sociedad, circunstancia que, por lo demás, le ha sido
reprochada a Durkheim. Por el contrario, la expresión <<orientación
normativa de la acción», más neutra, resulta también más con-¡
forme a la aproximación sociológica contemporánea, que tal vez tie-
ne más en cuenta que Durkheim el punto de vista de los sujetos-
actores sociales.
Si volvemos ahora a los ejemplos de interacción social trans—
critos en el capítulo anterior, no resultará difícil descubrir en ellos
la coacción ejercida por las normas de conducta, es decir, la orien—
tación de la acción de los sujetos implicados. Si ego puede percibir
las expectativas de alter, si puede responder a ellag de una manera
que satisfaga a altef, es porque ego y alter se reñeren a unas nor-
mas conocidas y aceptadas por ambos. Si ego puede atribuir una
significación a la conducta de alter y obrar de modo que alter ín-
terprete a su vez el sentido de la acción de ego, es porque ambos
se inspiran en las mismas reglas, en el mismo código, para leer el
significado de las conductas. Si la comunicación es posible, ello se debe
a que las palabras, los gestos y la mímica empleados tienen idéntico
sentido para ego y para alter. La relación interpersonal, que consi-
derábamos como la unidad social elemental, y la interacción resul—
tante sólo son posibles, por consiguiente, cuando unas normas de
acción son conocidas y aceptadas por todas las personas afectadas
y cuando cada una orienta su acción con respecto a los demás a la
luz de esas reglas. Las relaciones interpersonales suponen un con-
senso, una forma de unanimidad relativa por lo menos a un míni—
mo de normas comunes, a las que cada cual acepta cohformar la orien-
tación de su conducta. En caso contrario, las relaciones humanas se—
rían pura incoherencia, anarquía y caos.

39
La estructura normativa de la acción social

Cuando, en el capítulo anterior, describíamos la interacción en—


tre dos personas, insistíamos en el hecho de que esa interacción no
obedece al azar. Al igual que la percepción del otro, responde tam-
bién a una estructura, adopta una <<forma» (gestalt), una configura-
ción. Ahora bien, el principio de la estructura de la acción debe bus-
carse precisamente en las normas colectivas en que se inspiran los
actores. Así debe ser no sólo en el caso de la interacción, sino tam—
bién en el caso de la totalidad de la acción social. La acción humana,
hasta la más personal y más privada, incluso los pensamientos y los
sentimientos más secretos, obedecen a unas reglas externas, comunes,
colectivas. Si reñexionamos, es porque utilizamos un lenguaje, unos
conceptos y unas ideas proporcionados por la sociedad y por los gru—
pos en cuyo senohemos crecido y seguimos viviendo. Nuestra <<con—
versación interior» es siempre un intercambio con un yo tomado
v como alter, y ese yo se ha constituido a partir de muchos otros. Satis-
facemos nuestras necesidades fisiológicas elementales, nuestros im—
pulsos, nuestros sentimientos, nuestros deseos, obedeciendo a unas
normas prefabricadas, normas que generalmente no reconocemos co—
mo tales a causa de un prolongado hábito y de la educación recibida.
Incluso en los repliegues más ocultos de su ser, el hombre es un pro—
ducto de las <<tribus» a las que ha pertenecido y sigue perteneciendo
aún: civilización, país, nación, etn_ia, clase social, religión, región, fa—
milia, escuela, etc. No vamos a entretenernos aquí en El problema
de saber" dónde se sitúa la frontera entre 10 que, en cada individuo,
es personal y social. Así planteado, el problema resulta insoluble por
ser falso, ya que, de 10 personal o individual a lo social no hay, como
hemos dicho ya, oposición sino continuidad. Lo que más importa es
subrayar que, precisamente por su referencia a una estructura de re—
glas o de normas colectivas, toda conducta humana es significativa y
coherente, tanto a los ojos del propio sujeto como a los ojos de aque—
llos con quienes, a en medio de quienes; obra el sujeto. Traducida
a- una perspectiva sociológica, esta conclusión cobra la forma del
axioma siguiente: la accjón humana es sociable por ballar5e inscrita
en una estructura de acción prestada por mí:? )íórmas 0 reglas co—
lectivas o comunes, en las que debe inspirarse. Tal es, cabría decir,

40
el axioma más fundamental de la teoría sociológica, el púnto de par-
tida elemental de su peculiar visión de la realidad social.
Una de las consecuencias más importantes de esa estructura nor-
mativa de la acción social es la de posibilitar la previsión. La inter—
acción, en efecto, exige que ego pueda prever no solamente las expec—
tativas sino también la conducta de alter, y que, por su parte, ego
ofrezca una conducta suñcientemente previsible a los ojos de alter.
Si (para tomar mi ejemplo ya utilizado) veo acercarse a un amigo que
"me tiende la mano, prevee que desea estrechar la mía y puedo fá_cil—
mente suponer que el prever que con su gesto me inducirá a ten-
der1e mi mano. Si, contrariando su previsión, dejo que su mano caiga'
en el vacío y entablo inmediatamente la conversación, por mi culpa
resultará ridículo su gesto, como algunas veces suele sucedernos a
todos. Toda acción social se basa pues en una' serie ininterrumpida
de previsiones, que se suceden las unas a las otras y que afectan tanto
a la conducta del pfopío actor como a la de aquel o aquellos con
quienes se relationa. En ciertos casos, la previsión de las— expectativas
y de las respuestas del otro o de los otros pasa a convertirse en un
aspecto importante de un arte peculiar: el abogado ºque, en el tribu— '
nal, interroga a su cliente o rebate a un testigo de la otra parte, a
menudo ha reflexionado ampliamente por adelantado a fin de prever
las respuestas que se darán a sus preguntas, para poder así formu—
1arlas 'de la manera más apropiada. El especialista en relaciones pú—
blicas se esfuerza por prever detalladamente las reacciones favora-
bles o desfavorables de un eventual cliente. Pero, por regla general,
raras veces somos conscientes de la constante perspectiva de las accio—
nes y reacciones de los demás adoptada por nosotros en nuestra con-
ducta cotidiana, lo que no impide que así lo hagamos incesantemen-
te en toda relación interpersonál. Esta pe_fspectiva es posible, porque
cada individuo puede, por lo menos, dar por sentadas algunas reglas
que sirven para estructurar la orientación tanto de la acción de los
demás como de la propia acción.

Los modelos culturales

Los antropólogos y sociólogos anglófono_s designan estas reglas


y normas, que sirven de guías o tipos en la orientación de la acción,

41*
c9n la expresión patterns of culture o cultural patterns. El patrón
(pattern) es por definición e1_modelo, el esquema, el ejemplo a se—
' guir, aquello que se copia y en lo que hay que inspirarse: la modista
corta una tela sobfe un patrón de papel; se invita al cristiano a se—
guir el ejemplo de su santo patrón. El patrón évoca pues la idea de
ejem_plaridad, En vez de castellanizar el término pattern, empleate-
mos aquí el término <<modelo», que ofrece sobre el primero la ven-
taja de originar un verbo (modelar, modelarse) y un adjetivo, adjetivo '
que sí tiene su equivalencia en inglés (pattern, to pattern, patter-
¡zed). Sin embargo, récurriremos también al término <<norma», sobre
todo en este capítulo, principalmente para recordar al lector el víncu-
lo existente entre los modelos culturales y la orientación hormativa
de la acción. En fin, si se habla de modelo cultural es porque los mo-
delos forman parte de 'lo que los antropólogos y— sociólogos dan en
llamar la cultura. Utilizaremos provisionalmente este último término
sin definirlo, puesto que abarca otras muchas realidades que toda—
vía nos quedan por explorar. '

Definición de la acción social

Explicitando la noción durkheimiana de la coacción social, he—


mos desembocado pues en el lenguaje y en la perspectiva de la so-
ciología contemporánea, y, más concretamente, de una sociología
de la acción Social. En deñnítiva, la coacción a que se refería Durk—
heim no es más que la orientación normativa de la acción de acuer—
do con los modelos propuestos por la cultura de una" colectividad
dada. Este proceso nos permite ahora definir mejor que en el ca—
pítulo ante_rior la acción social. La acción social es toda manera de
pensar, de sentir y de obrar cuya orientación es estructurada de
acue'rdo con unos modelos que son colectivas, e; decir, que son
compartidas por los miembros de una colectividad de personas.

42
EL ROL- SOCIAL

Definición

La estructura de la acción, resultante de la coacción ejercida


por los 'modelos colectivos, se esclarecerí' más aún, si se analiza
10 que los sociólogos 'contefnporáneos llaman el rol social. El rol
social, en efecto, está integradc; por normas a las que se sujetá la
acción de los individuos?- que ocupan una posición o desempeñan
una función particular ér'1'el seno de un grupo o de una colectivi—
dad. Es connatural a casi toda colectividad, por reducida que sea,
la aparición de una diferenciación de funciones, entre las personas
4 o entre los grupos, de modo que cada cual aporte al conjunto una
contribución específica, particular y a veces singular. Incluso en
los grupos más restringidos, los tests sociométricos y los estudios
sobre grupos reducidos han evidenciado ésa división de las funcio—
nes: un miembro actúa como jefe, otro ejerce una influencia más
secreta pero _¡también más fuerte, un tercero aporta la información
o proporciona ideas nuevas, en tanto que .otro miembro asume una
función crítica, etc. Incluso la observación superficial de un pe-
queño grupo permite detectar ese fenómeno de diférenciación. Es—
tudios metódicos han posibilitado un análisis más preciso y pro-
fundo.
A cada una de estas funciones corresponden unas conductas
particulares, unas maneras de hacer que responden a determinadas
expectativas en los demás. Tales tareas exigen ser cumplidas de un
modo, y no de otro. Por consiguiente, además de las normas co-
munes aplicadas a todos los miembros del grupo, otras más especí-
ficas sirven de guías a los diferentes miembros del grupo, a tenor
de las_funciones que desempeñan. Estos modelos específicos de una
función o de una posición en el seno de una colectividad son los
que constituyen el rol social.
_ Sin duda alguna, puede decirse que hay tantas maneras de- obrar
en cuanto jefe de grupo como jefes de grupo existen. Es un hecho,
en efecto, que cada jefe de grupo se conforma a las normas de su
rol de acuerdo con su propio modo de ser: es evidente que la orien—
tación normativa de las conductas no aniquila la personalidad indi-

43
Rocher, Sociología 3
vidual. Y sin embargo,. más allá de las diferencias y de las adap-
taciones individuales, existe una especie de fondo común de modelos
de acción, fondo en el que cada jefe—de grupo se inspira de acuerdo
con su propia personalidad. Precisamente por la conformidad de'
su conducta a algunas de esas normas se advierte que el jefe de grú-
po se conduce como tal. El rol social precisa pues los modelos que,
trascendiendo las diferencias y las adaptaciones individuales, sirven
para orientar la acción de los_ sujetos que» ocupan una, determinada
posición.

Ejemplo de la familia

La familia "facilita al análisis de los roles sociales el ejemplo


clásico. La familia, en efecto, es un microcosmos social, en el que
se evidencia extraordinariamentc la diferenciación de 'los roles en
función de la diferenciación de las posiciones y funciones detenta-
das. Cada miembro de la familia obedece a unos modelos que definen
su acción, conforme a la posición que ocupa. Entre el padre y la
madre, la división de las tareás no és arbitraria. En un determinada
sociedad, o en una clase social concreta de una sociedad, se espera
del padre ,que lleve a cabo una tarea precisa, mientras que otra,
también precisa", se considera de la incumbencia de la madre. Las
decisiones financieras importantes, por ejemplo, pueden relevar de
la autoridad paterna, en tanto que la madre adopta las decisiones
cotidianas cuando se trata de la administración—corriente del presu—
puesto familiar. Las corfecciones a que se ha hecho merecedora una
indisciplina grave por parte de un hijo están reservadas al padre,
por ejemplo; mientras que la madre, al "contrario, asume la entera
responsabilidad de la disciplina cotidiana de los hijos. El padre,
pongamos por caso,— hará la colada sólo en contadas circunstancias
anormales, "pero cabe contar con él para otras determinadas tareas
domésticas, etc. Entre los hijos, los roles tampoco Son idénticos. El
y mayor goza de ciertos derechos, pero también se le imponen ciertas
responsabilidades, sobre todo si la familia es numerosa. El hijo
más pequeño se beneficia de privilegios que sus hermanos mayores
“jamás conocieron,- o sólo tardíamente. La ps“iíológía ha demostrado
ampliámente que el rango ocupado por —una persona en su familia

44
de origen puede ejercer una profunda y permanente influencia so—
bre la estructura de su personalidad psíquica. Además, en el caso
del hijo (a) de corta edad, su sexo contribuye muy pronto a pre-
cisar su rol en la familia. En la niña, por ejemplo, se consentirán
maneras de obrar en modo alguno toleradas en el niño varón, -y al
. revés. Se impondrán a ambos tareas y juegos diferentes. El niño ( a)
aprende así, desde su más tierna edad, el rol apropiado a su sexo,
e incluso el <<temperamento» que suele atribuirse al mismo.
Evidentemente, cada progenitor o cada hijo accede a su rol de
una manera que le es propia, que corresponde a su idiosincrasia. Po;
lo demás, fácilmente puede observarse que la conducta del padre,
de la madre y de los hijos varía también de una civilización a
otra, de una sociedad a otra, de una clase social a otra. Según los
medios, las tareas, las responsabilidadeáy las conductas esperadas
del padre y de la madre no serán idénticas, los privilegios y las
obligaciones de cada hijo variarán, y los roles atribuidos a cada sexo
serán diferentes. Un estudio, elegido entre otros muchos, ilustra—
_rá estas variaciones. Algunos investigadores han cognparado los roles
del padre y de la madre en la família norteamericana y en la fa—
milia alemana. De su investigación se desprende que, en la familia
alemana, el rol del padre comporta un control disciplinar más dí-
recto sobre los hijos y una mayor expresión de afecto hacia ellos
que en la familia norteamericana. De otro lado, en esta última, se
espera del padre que mantenga relaciones interactivas más intensas
con su hijo, y de la madre que tenga relaciones interactivas más
intensas con su hija, que en la familia alemana, en cuyo seno esta
distinción en el rol de los progenitores con 'respecto al sexo de
sus hijos está mucho menos acentuada 1. Lo que hay de uniforme
en la conducta esperada del padre, de la madre y 'de cada hijo en
el seno de una sociedad concreta, es precisamente, a pesar y más allá
de las variaciones y adaptaciones individuales, 10 que define cada
uno de esos roles. ' _
Se ve, por lo que antecede, que no debemos confundir rol so-
cial y función. 'El rol social no es la función misma que desempeña
una persona, ni su contribución a la vida o al funcionamiento de una

1. E.C. Davmuaux, Jr., Urie BRONFENBRENNER y George SUCI, Le corriportement de: parents
aux Etats—Unis d'Amérique et dans la République féde'rale allemande, en ¿Revue internationale
des sciences sociales», vol. XIV, n.º 3, 1962. .

451
colectividad. El rol social es, más exactamente, el conjunto global
de las maneras de obrar que, en una sociedad dada, se estima deben
caracterizar la conducta de las personas en el ejercicio de una fun-
ción particular.

Rol social y papel teatral

Cabe también esclarecer la noción de rol social mediante el re-


curso al discurso teatral, que naturalmente se ofrece a nuestra ima-
ginación. La analogía con la escena puede -ser aquí útil. Max Weber,
y tras él Talcott Parsons, habla a menudo del actor para designar
al sujeto social. Parsons, por otra parte, presta una gran impor-
tancia teórica a la noción de rol social 2. Por el rol que cumple, cada
' persona reviste de algún modo la piel de un personáje social, entra
en el juego de lo que debe ser el padre o la madre de familia,
adopta las conductas, las actitudes cUyo telón de fondo, por así
decir, ha previsto de algún modo la sociedad, a la manera de esos
ñlmes conocidos con la expresión de cz'néma—vérz'té. En una obra
teatral, cada actor es libre de dar a su papel una interpretación
personal, y hasta se espera que lo haga. Pero esta libertad sólo
puede ejercerse dentro de unos determinados límites deñnidos 'por
el propio papel, por el autor de la obra y también por la totalidad
del discurso dramático, es decir, por la interdependencia de los
diferentes papeles y su lugar e importancia respectivos en la obra
en cuestión. Otro tanto ocurre en la vida social, en donde el rol
impone un cierto telón de fondo, un cañamazo, de conductas pre-
establecidas y ñja— unos límites a la libertad y a la espontaneidad
personales en el cumplimiento de las tareas previstas. Además, la
complementariedad ' y la interdependencia de los roles cuya tota-
lidad forma la colectividad imponen límites suplementariºs a la
creatividad de cada individuo.
Sobre la escena, un mismo actor puede estar llamado a desem—
peñar varios papeles, en el transcurso de una misma obra teatral
o en obr_a's diferentes. Así también, puede decirse que, en los con—

2. Véase, en particular, en Tbeorie: of Society (en colabora&5íéón Edward SHILS, Kaspar


NAEGELE y Jesse Pn'rs, The Free Press, Nueva York, volumen I) la introducción de T. PÁRSONS,
p. 41—42.

46
juntos sociales complejos, cada persona asume varios roles: padre
de familia, funcionario de un determinado nivel en el seno de una
administración, miembro de diversas asociaciones, magistrado mu—
nicipal, elemento integrante de un grupo de amigos o de jugadores
de cartas, etc. Cada uno de estos medios le impone la obligación de
asumir un <<personaie», de adoptar unas conductas diversiñcadas
según esté en el seno de su familia, en su oficina de trabajo, en
compañía de funcionarios de su mismo rango, de rango superior
o inferior, con sus amigos o junto a la mesa del consejo municipal.
No debe confundir sus roles. Por ejemplo, no ha de Comportarse
con su secretaria como se comportaría con su mujer, y viceversa; ni
tampoco corregir a sus subalternos como corregiría a sus propios
hijos, ni bromear _con éstos como lo hace a veces con sus amigos.
La multiplicidad de los roles de cada persona refuerza aún
más la imagen del sujeto social como actor que debe asumir suce—
sivamente diferentes personajes, cumplir las tareas propias de cada
uno, responder a las expectativas de los demás relativas a cada una
de esas posiciones, y adoptar como modelos de _su acción normas
que difieren de un rol a otro. Subrayemos el hecho de que no a
todos ha_ sido dada idéntica flexibilidad para pasar de un rol a otro,
ni tampoco ha sido concedido a_ todos preservar una cierta identidad
de la personalidad a través de la diversidad de roles. Pero desem—
bocamos así en las diñcultades psíquicas inherentes a las exigencias
de la vida social.
Ciertas ceremonias sociales, por último, evocan naturalmente el
teatro, por la disposición de los <<actores>> principales y del público,
como también por el guión o argumento preestablecido que cada
actor debe seguir conforme al papel que desempeña. Esta aproxi-
mación ha sido evocada con singular fuerza por Jean Duvignaud:
'<<Un servicio religioso en la mezquita o en la sinágoga, un aniversario
familiar, una sésión del tribunal, la inauguración de un edificio ofi—
cial,— la consagración de un hechicero o de un sacerdote, la corona—
ción de un rey constituyen otras tantas ceremonias en las que los .
hombres desempeñan un rol a tenor de las reglas establecidas por
un “ argumento ” que no pueden modificar, puesto que nadie escapa
a los roles sociales que debe asumir. La vida social, claro está, no
se reduce en modo alguno a esas teatralizaciones espontáneas, pero
la existencia de ¡esos comportamientos colectivos aproxima la . so-

47
ciedad al teatro, sugiere una continuidad entre la ceremónia social
y la ceremonia dramática» 3. "
Añadamos, a modo de conclusión, que el concepto de rol social
es abundantemente utilizado en sociología teórica y en las investi-
gaciones empíricas. Constituye, por ejemplo, un concepto fundamen-
tal en el análisis de la familia, de los medios laborales, de los grupos
reducidos y de las organizaciones de tipo burocrático. En estos dife-
rentes contextos, la expresión <<rol social» es generalmente utilizada
por los sociólogos contemporáneos en 'el sentido que acabamos de
darle.

LAS SANCIONES

Hasta aquí, nos hemos esforzado por explicar cómo se ejerce la


coacción sobre la acción de los Sujetos-actores, a través de los mo-
delos colectivos y de los roles sociales. Pero no hemos dicho por
qué los modelos culturales ejercen semejante coacción, ni nos hemos
referido a aquello que hace que se impongan así a los miembros
de una“ misma colectividad. La respuesta completa a esta cuestión
nos llevaría evidentemente muy lejos. Sólo subrayaremos aquí dos
factores principales que conñeren a los modelos su poder de per—
suasión: las sanciones prestadas a los modelos y el.proceso de so-
cializacz'ón.
Analizaremos sucesivamente estos dos factores coercitivos.

Clasificación de las sanciones

Los modelos no son normas té.óricas o abstractas de la conduc—


ta. Una parte de su poder de persuasión y disuasión radica en las
sanciones a ellos inherentes. El término- <<sanción», sin embargo,
no debe entenderse solamente en el sentido de castigo. Una san—
ción puede ser positiva o negativa. Puede ser la recompensa o la
pena, la aprobación o la desaprobación que un acto entraña para
la persona que lo lleva a cabo. En cada colectividad, la conformidad
3. Jean DUVIGNAUD, Situation dramatique et situation :ocíale, <<Cahiers internationaux de
sociologie», 36, enero-junio 1964, p. 47.

48
a los modelo: puede merecer diveisas recompensa; y la insumisión
puede dar lugar a la imposición de ciertas penas. Para ilustrar con—
cretamente esa función de las sanciones, distinguiremos, a partir
de las sanciones negativas o penas inherentes a la no-conformidad,
cuatro Clases principales de sanciones.

1) Las sanciónes físicas son aquellas que suponen el ejercicio


de algún tipo dé violencia, el empleo de la fuerza física para corte-
gir al recalcitrante, reducirle al orden o impedir que siga perju—
dicando a los demás. La máxima sanción física es evidentemente
la pena de muerte, tanto en el caso de ser aplicada por el sistema
x judicial, como si corre a cargo de asesinos a sueldo de un jefe de
banda o en ocasión de una venganza o un duelo. Todas las socieda-
des han recurrido oñcialmente, bajo una forma u otra, a la amenaza
de la pena de muerte cóntra 10 que ellas consideraban como criminal,
sin que los actos considerados como tales hayan sido necesariamente
idénticos en todas las sociedades. Sólo recientemente la pena de
muerte ha sido puesta en tela' de juicio en algqnos países,_ tanto
al “nivel moral como al nivel de la eficacia. Las torturas, el encar-
celamiento, la residencia “vigilada constituyen otros tantos empleos
de _la fuerza a título de sanciones: según los diferentes puntos de
vista adoptados, cabe deñnirlas como un castigo, o como una pro-
tección a la sociedad, o como una corrección, o como una rehabi—
litación. Es característico de. las sanciones judiciales el recurso al
empleo oficial de la fuerza por parte de los representantes del,
poder público. Pero existen también sanciones físicas mínimas de
uso más corriente: la bofetada o la azotaina que los padres propinan
a su hijo, 04 más frecuentemente la amenaza de una posible bofe—
tada. Entre adultos, la bofetada es también un medio de defensa,
6 de agresión a veces, al que ocasionalmente puede recurrir la mu—
jer con más facilidad que el hombre. También sori sanciones físicas
mínimas el puntapié dado por debajo de la mesa a quien ha dicho
alguna inconveniencia, o la retención del alumno una vez fmalizada
la clase, o la privación de un día de asueto, etc.

2) Las sanciones económicas. Las hay con carácter público y


oficial, como las multas o el] pago de daños y perjuicios decretado.
por un tribunal de justicia. Pero la mayoría son más indirectas,

49
más sutiles y hasta camufladas a veces: boicot contra un industrial
6 contra un comerciante desagradables o cuyas opiniones políticas
no son compartidas; cese de la suscripción a una publicación, o,
mejor aún, retirada del espacio publicitario con la consiguiente pér—
dida de dinero para la publicación en cuestión; reducción de salario
o degradación profesional por actividades ' sindicales' o políticas, o
por mala“ conducta 'o incompetencia; supresión de la beca en el caso
del estudiante que fracasa en los exámenes. No debe creerse que
este tipo de sanciones sea exclusivo de una particular estructura
económica. Existen tanto en los países socialistas como en los ca—
pitalistas; en las sociedades arcaicas que— sólo conocen el cambio
en especies y en las sociedades industriales.

3) Las sanciones sobrenaturales. Pueden ser religiosas o má-


gicas. Las sanciones religiosas afectan a las relaciones del hombre
con la divinidad o con los espíritus, o conciernen a su destino
después de la muerte. Ofrecen sobre todo las formas siguientes:
cólera y venganza o castigo de los dioses o de- los espíritus, -pérdidg
de méritos, ausencia de supervivenvia o de resurrección, condena-
ción o muerte eternas, nueva vida bajo una forma degradada o
inferior. En todas las religiones, uno de los aspectos dominantes del
sac'riñcio radica en su carácter 'de ofrenda reparadora o expiadora_
destinada a borrar las faltas y a apaciguar el furor de los dioses.
Las sanciones mágicas son de otra índole. No recurren necesaria-
mente a unos espíritus, sino que consisten más bien en la manipu-
lación ritual de fuerzas sobrenaturales (es decir, de fuerzas que
están más allá o más acá de los fenómenos naturales directamente
observables), secretas pues, pero también reales y más poderosas
que las fuerzas naturales. De ahí la posibilidad de causar a dis-
tancia la muerte de un enemigo, si se traspasan, de acuerdo con
ciertos ritos, unas estatuillas que deben también ofrecer una de—
terminada forma. Cabe asimismo la posibilidad de provocar la en-
fermedad en una persona, si se lanzan a. su campo, conforme a un
ritual detallado, las semillas de una determinada planta, etc. Las
sanciones mágicas han perdido indudableínente muchísima fuerza en
la moderna _sóciedad científica, pero “sub""sisten algunos vestigios de
' las mismas, como en el caso de aquellos que temen encender tres
cigarrillos con la misma cerilla, o pasar por debajo de una esc'a-—

“50
iera, o cruzarse con un gato negro por la izquierda.- El número 15
despierta siempr_e la sensación de un augurio fatídico: los grandes
hoteles de Norteamérica no_ tienen ningún piso 13 ni habitación
alguna que lleve este número, y muchas personas se inquietarían
en caso de ser …trece sentadas a la mesa, etc.

4) Las sanciones— propiamente sociales son muy numqr0sas y


pueden revestir varias formas. La expulsión del seno del grupo, la
exclusión y el rechazo son las sanciones sociales más fuertes: de modo
más o menos concertado, se <<hará el vacío» en tomo a la perso;
.na que haya evidenciado una conducta tenida por reprensible, y
hasta se extenderá ese tratamiento a su propia familia'. Pero hay
otras maneras menos radicales de expresar la censura o la reproba—
ción: llamada más o menos explícita al orden, mueca de “disgusto,
silencio elocuer_1te o mirada reprobadora, retirada de la confianza o'
de la amistad, etc. El chismorreo y el comadreo constituyen sancio—
nes fuertes y temibles, particularmente en los medios reducidos. El
chismorreo infunde el temor al <<qué dirán», con“ _sus consiguientes
exageraciones o deformaciones de la realidad. En En, aun cuando
.el ridículo no mate ni mucho menos a nadie, si puede herir a
menudo y servir de correctivº. La -Burla, el sarcasmo y la sonrisa son
sanciones eventualmente más eficaces que otras muchas, sobre todo
frente a la excentricidad que rebasa los límites establecidos. En su
— magnífico ensáyo sobre Le rire, Henri Bergson ha puesto de relieve
el rol social de la risa en tales. casos: <<Toda rigidez. de carácter,
de espíritu y hasta de cuerpo será sospechósa a los ojos de la so-
ciedad, por cuanto_es el posible signo 'de una actividad que perma-
nece latente, y también de una actividad que se aísla, que tiende
a separarse del Ace'ntro común en torno al cual gravita la s_o_ciedad,
de una excentricidad en fin. Y, sin embargo, la sociedad… no—fpuede
' intervenir aquí mediante una represión máterial, ya que no resulta
áfectada materialmente. Se encuentra 'en presencia de algo que la
inquieta, pero solamente a título de sintonía: una amenaza apenas,
a 10 …más un gesto. Responderá pues con un simple gestó. La risa
debe ser algo de: este género, 'una especie de gesta social. Por el
temor que inspira, reprime las" excentricidades, mantiene constante—
mente despiertas y en contacto recíproco ciertas actividades acce—
Isorias que podrían aislarse y aletargarse, Hexíbiliza en fin todo

31
10 que pueda quedar de rigidez mecámca sobre la superficie del
cuerpo social»4.
Hemos considerado hasta el momento el aspecto negativo de las
sanciones, es decir, las sanciones represivas, punitivas o cºrrecti-
vas. Pero la sanción puede ser también positiva, puede servir para
alentar; gratificar, recompensar. En realidad, ambos aspectos, po-
sitivo y negativo, son generalmente inseparables, por cuanto cons—
tituyen de algún modo el anverso y el reverso de una misma reali-
dad: las sanciones punitivas consisten casi siempre en la supresión de
una gratificación o de un bien deseable, ya se trate de la libertad,
de las riquezas materiales, del prestigio, del buen renombre o de la
amistad de otros. Cada uno de los cuatro tipos de sanciones que
hemos enumerado antes, y que hemos descrito, podría pues ser in-
vertido y presentado de un modo positivo, en términos de recom-
pensa o de gratificación.

El control social

Positivas 0 negativas, las sanciones tienen una misma función:


asegurar una conformidad suficiente a las normas de orientación de
la acción, a fin de salvaguardar entre los miembros de una colec—
tividad dada el denominador común necesario a la cohesión y al
funcionamiento de esa colectividad. Inversamente, _tienen la fun—
ción de desalentar todas las formas de inconformísmo con respecto
a las normas establecidas en la colectividad.
De ahí la posibilidad de emplazar 1a—totalidad de las sanciones,
positivas y negativas, destinadas a asegurar la conformidad de las
conductas, bajo la noción de vcontrol social. Esta expresión fue
utilizada por primera vez en 1901 por el sociólogo americano' Ed—
ward Ross 5, pero en un sentido mucho _más amplio que el que
aquí le atribuimos, por cuanto abarcá las normas mismas y otras
muchas cosas más. Ha sido adoptada por varios autores, particu—
larmente en la sociología norteamericana 'en la que es de _uso co—
rriente, pero sin registrarse necesariamente una unanimidad sobre

4. Henri BERGSON, Le rire, essai sur la signification du caín72¡u"e,” PUF, París 571941, p. 15.
5. E.A. Ross, Social Control, A Survey of the Foundations of Order, The MacMillan Com-
pany, Nueva York 1901.

52
su significado. Nos proponemos utilizarla aquí en un sentido más
restringido, para designar la totalidad de las sanciones positivas y
negativas a las que recurre una sociedad para asegurar la conformidad
de las conductas a los modelos establecidos.

_L_A SOCIALIZACIÓN

El segundo factor que "presta a 'los modelos su eficacia es el


pfoceso de socialización de los sujetos humanos, entendiendo po;
dicho proceso la manera con que los miembros de una colectividad
aprenden los modelos de su sociedad, los asimilan y los convierten
en sus propias reglas personales de vida. Dada la importancia del
proceso de socialización, consagraremos a su estudio un capítulo
entero (cap. V). De momento, será. suficiente una breve visión del
mismo.

Nación de socialización

Los modelos culturales ofrecen corho característica esencial la


de no estar” inscritos desde el nacimiento en el organismo bioló-
gico del ser humano: no se transmiten hereditariamente de una
generación a otra. Cada nueva generación debe aprender los mode-
los de la sociedad en cuyo seno está llamada a vivir. 'Ahora bien, los
trabajos de Sigmund Freud y sus discípulos, de Mead y de Piaget
han evidenciado la importancia del proceso de socialización, por“ el
que las normas sociales son interiorizadas, asimiladas, incorporadas
por la personalidad psíquica, hasta convertirse en parte integrante
de la misma. Por medio de la educación y a todo lo “largo de su
vida, el hombre desarrolla unas disposiciones, unas tendencias y
unas necesidades cuya respuesta deseada es la conformidad a las
normas. La mayoría de deseos, de expectativas y de necesidades del
hombre no se forman en estado libre, siguiendo una especie de nece—
sidad biológica o incluso psicológica; sino que se precisan o se
canalizan en función de las gratiñcacíones que les son ofrecidas, y
cobran forma y arraigan en la medida en que reciben una respuesta
satisfactoria. Por otra parte, no debe entenderse esto en una pers-

53
pectiva exclusivamente hedonista: el desinterés, el don de sí mismo
y hasta el espíritu de sacrificio más puro crecen también para res-
ponder a una necesidad, es decir, a una exigencia de la autorrepre-
sentación y de la conciencia moral.
Del proceso de socialización resulta que los modelos culturales,
al tiempo que están en la sociedad, están asimismo en las personas
miembros de esa sociedad; al tiempo que son externos a las per—
sónas, como insistíá Durkheim, son también interiorizados por cada
persona. En razón de esa interiorización de los modelos, la <<coac-
ción» que imponen no es experimentada como tal por los sujetos
que la sufren. Parece <<natural» en Occidente comer Con un cuchillo,
un tenedor y una cuchara, mientras que en Oriente se tiene por
normal comer con los dedos o con unos palillos. Lo que sí resulta
natural en ambos casos_ es la obediencia a los <<buerios modales»
practicados en el respectivo medio ambiente. Las reglas, en sí mis—
-mas, son convencionales y relatiVas._ La monogamia, por ejemplo,
puede parecer en Occidente la regla natural del matrimonio, pero-
debemos admitir que, para muchos africanos, la poligamia parecía
y parece aún lo más normal.
Para la sociología en cuanto disciplina científica, una norma no
es 'd¿: suyo ni mejor ni más moral que otra, no posee un valor ab-
soluío. Una norma es buena y moral cuando los miembros de una
colectividad la tienen como tal, la interiorizan y se conforman a
ella de acuerdo con su propia conciencia. Nos enfrentamos aquí
con el carácter amoral de la perspectiva sociológica, con el relati-
vismo inherente a la óptica científica y que distingue a la sociología
de la filosofía y de lá moral social.
Pero' desembocamos también en la relatividad de los modelos.
No fijados hereditariamente, sino aprendidos, los modelos varían
en el espacio y en el tiempo ; varían de una civilización a otra, de
una sociedad a otra, de una clase social a otra, de una universidad
a otra, etc.; y, en el tiempo, algunos se transforman, otros caen en
el olvido y los hay que subsisten tras la adopción de un nuevo
signiñeado. Una concreta manera de conducirse, tenida 90 hace mu—
' cho por sagrada e intangible, puede ser hoy abandonada y ' hasta
olvidada. La sociedad moderna, en la que se acentúa como nunca
la diferencia de mentalidad entre las generaéi5néé, ilustra abundan-
tefnente la rápida evolución de las normas de conducta, incluso en

54
materias en las que semejante ritmo de transformación hubiese
parecido imposible y hasta__ inimaginable años atrás.

Persona y sociedad

Por otro lado, el proceso de socialización pone nuevamente de


relieve un hecho _ sobre el que ya habíamos insistido, a saber, que
no hay oposición ni ruptura entre la persona y la sociedad, entre
lo individual y lo Colectivo, sino más bien continuidad e interpe—
netración. Como consecuencia 'de la socialización de las personas,
se da, según expresión de G. Gurvit'ch, una <<recipr'ocidad de pers-
pectivas» entre 10 psicológico y 10 sociológico, entre el aspecto
subjetal de la conducta y el, aspecto social. No hay oposición ni rup—
tura entre la persona y la sociedad, entre lo individual y lo colec-
tivo. Encontramoálas mismas reglas de conducta, las mismas normas,
en las conciencias individuales y en las- instituciones (el derecho
o la religión,- por ejemplo), en la persona y en la sociedad. <<Lo
psíquico es un fenómeno total — escribe Georges Gurvitch —. Al
margen de prejuicios ñlosó£icos ya superados, no hay razón alguna
para atribuir a los individuos (los yo), tomados aisladamente o en
sus relaciones entre sí (los otros), la capacidad exclusiva de los
estados mentales, de las opiniones y de los actos psíquiéos, capa-
cidad que sería negada a las colectividades: a los nosotros, a los
grupos, a las clases sociales y a las sociedades globales. La men—
talidad individual, la mentalidad interpersonal y la mentalidad co-
lectiva no son más que tres direcciones 'de un mismo fenómeno
psíquico total...» º. v
Este texto de Gurvitch resume admirablemente la actual posi-
ción de 'la sociología: muestra cómo se resuelve la antinomía que
Durkheim parecía suponer entre conciencia individual y conciencia
'colectiva, y cómo se disuelve la falsa oposición entre persona y
sociedad; insiste sobre. la réciprocidad o, mejor aún, sobre la ínter—
penetración de lo psíquico y de lo social, de lo individual y de lo
colectivo. '
El sentido común nos induce, con_ harta facilidad a percibir la

6. Georges GURVITCH, La vacation actuelle de_ la sociologie, vol. I, p. 110.

55
realidad social, ya sea en los términos de un individualismo o de
un psicologismo elementales (<gla naturaleza humana es siempre
la misma», <<en la sociedad, cada cual persigue sus propios intere-
ses»), ya sea a través de un sociologismo nominalistá (<<la sociedad»,
<<ellos», <<e1 pueblo», <<la maáa»). Urge pues añrmar vigorosamente
la óptica global — más realista y más fundada en la teoría al mismo
tiempo — adoptada por la sociología cuando deñne la acción social
por la referencia a unos modelos individualizados y supraindividua—
les a la vez, inmanentes a las personas y trascendentes a las mis?
mas, vividos en cada conciencia e impuestos sin embargo desde el
exterior. La uniformación de las cohductas descansa en uñas san-
ciones represivas y gratiñcadoras, y es, por consiguiente, el producto
de una_ coacción. Pero, como ha demostrado Talcott Parsons, la
idea de coacción, incluso *en el_ propio Durkheim, no es tanto una
presión externa ejercida sobre los individuos como una obligación
moral personal a la que obedece cada sujeto 7. Si Se quiere hablar
de coacción social, será preciso decir que, en toda colectividad, cada
miembro es simultáneamente objeto 'de una coacción ejercida por
los demás, agente de la coacción que se ejerce sobre los demás y
sujeto de la coacción que se impone a sí mismo.
El control social puede, sin duda, ser representado ó ejercido
muy particularmente por ciertas instituciones o determinados agen—
tes: tribunales de justicia, cuerpos de policía, capatáz, etc. Pero
también es difuso y generalizado, ejerciéndolo cada individuo sobre sí
mismo y sobre los demás,- -es decir, siendo cada una agente y
objeto del mismó. '
La sanción y el proceso de soci'alízación se refuerzan pues mu—
tuamente, a fm de prestar a los modelós lo que antes hemos dado
en llamar su fuerza de persuasión y disuasión. Las sanciones, en
efecto, fbrman parte del proceso de socialización: los ' agentes de
socialización recurfen a ellas para apoyar la interiorización de las
normas ; los: efectos de la socialización, ¡301- Su parte, se extienden
y prolongan gracias al apoyo prestado por las sanciones. La sociali—
zación, además, hace que los modelos, los roles y las sanciones
pasen a constituir parte integrante de la personalidad psíquica del
individuo, de modo que la correspondencia d_eº_la_¿canducjta a las nor-
7. Talcott PARSONS, The Structure of Social Attión, The Free Press, Glencoe, Ill. 21949,
p. 376-390. Ha sido traducida al castellano.

56
mas es no :olamente aceptada, sino también deseada, querida, bus—
cada por los actores mismos.

EL ORDEN SOCIAL NATURAL

El determinismo social

Las precedentes consideraciones, relativas a la orientación nor-


mativa' de la ,acción que descansa sobre las sanciones y sobre el
proceso de socialización, nos- llevan a una importante conclusión,
a saber, que la acción humana en sociedad responde a un determina—
do orden porque obedece a una determinada regulación.
El objetivo de toda ciencia estriba en indagar', bajo el aparente
caos de las cosas Q de los acontecimientos, el orden imperante ahí,
las constantes y las repeticiones susceptibles de ser transcritas en
leyes y en teorías, las necesarias sucesiones que traslucen o añrman_
el determinismo. Ahora bien, aunque se trate de_ algo que puede
disgustar o chocar a primera vista, importa admitir que la acción
humana en sociedad obedece a un cierto determg'm'smo, puesto que
revela, al abservador de unas constantes, una uniformación de las
conductas individuales suficiente para permitir la previsión o la pre-
dicción. Al producto de ese determinismo llamamos nosotros orden.
Y debemos añadir que, a los ojos del sociólogo, ese orden no re-
sulta ni de una voluntad superior, misteriosa, suprahumana, ni de
un contrato o pacto explícito establecido entre los miembrosde una
— sociedad: se trata de un orden que es inherente a la vida social,
porque constituye una exigencia fundamental de la misma.: En este
sentido cabe_ decir que se trata de un orden natural º.
En efecto, gracias precisamente a la existencia de semejante or-
den, es posible la Vida en sociedad. En todas nuestra's ( acciones,
damos por supuesta la existencia de ese orden y nos conducirnos de
acuerdo con él y en función del mismo. Si el prºfesor decide dar su

8. Sobre la cuestión del determinismo, del orden social natural y de la libertad humana,
cabe consultar, en particular, la obra de Jacques LECLERCQ, Introduction ¿ la xocíologíe, Editions
E. Nauwelaerts, Lovaina 1959, nueva edición, sobre todo el cap. vn. Versión castellana: In-
troducción a la sociología, Instituto Católico de Estudios Sociales, Barcelona 41964. Cf. asi-
mismo, aunque más confuso y difícil, el libro de Georges GURVITCH, Déterminismes xaciaux
et liberté bumaine, PUF, París 1963.

57
clase a tal hora y en tal aula, es porque espera encontrar en ese
momento y en ese lugar al grupo de alumnos inscritos en su curso.
Si los alumnos ocupan la misma aula y a esa misma hora, es porque
cuentan con que el profesor expondrá ahí y en ese momento su lec-
ción. Y si el profesor puede dar su curso durante una hora ( al menos
en el sistema tradicional de la docencia), es porque confía” en que
los alumnos adoptarán el comportamiento que es de regla en seme—
jante situación: posición _sentada, atención y silencio, siquiera te—
lativos. La indisciplina en una aula es precisamente una ruptura
con la regla y puede acarrear una serie de sanciones. El profesor v
que, por ejemplo, obedeciendo a su fantasía 0 a su impulso, se
subiera a la mesa durante la clase y entonara canciones de borracho
o canciones obscenas, quebr_antaría las reglas del juego. y correría
el riesgo de ser internado por alieríación mental o despedido, según
los casos, o como mínimo sufriría la sanción del ridículo.
Fácil 'es_ multiplicar los ejemplos concretos de regulaciones, de
uniformaciones o de repeticiones que dan lugar al orden social na-
tural. Es sabido que una población urbana no se distribuye al azar
por el término municipal 'de la ciudad, sino que se producen rea-
grupaciones por categorías étnicas, língúísticas, sociales, por ni-
veles de ingresos y de educación. La ecología social ha estudiado
las constantes o las leyes de tales reagrupaciones. Si se“ produce una
colisión 0 un incendio en una calle, es sabido que se formará in-
mediatamente un grupo tumultuoso de curiosos cuyo comportamiento
individual y colectivo puede predecirse, y tal es la razón de que
pueda preverse la presencia y conducta de unos policías en el lugar
del siniestro. La aproximación de unas fiestas (navidad y año nuevo,
por ejemplo) acarrea anualmente una sucesión de acontecimientos
que es posible prever por adelantado: decoración especial de los
establecimientos comerciales, Iaumento del volumen de ventas de
determinados artículos, trabajo excepcional'en las oficinas de correos,
reuniones familiares sujetas a determinados ritos, intercambio de
regalos, etc. “

El ' suicidio.

El estudio más sorprendente que se ha hecho a este respecto,


y que precisamente por esto es considerado de algún modo como

58
<<clásico», <_ás' sin duda el' de Emile Durkheim sobre el suicidio 9.
El suicidio constituye seguramente el modo más radical de sus—
traerse a las propias obligaciones y de excluirse de la sociedad.
De ahí que la mayoría de las sociedades lo consideran como un acto
eminentemente antisocial. El suicidio, por lo demás, reviste gene-
ralmente el Carácter de un gesto íntimo y privado: quien proyecta
suicidarse no habla de su propósito con nadie y lleva a cabo este
gesto en secreto (excepción hecha de los suicidas <<exhibicionis-
tas»),| de modo que las razones exactas y profundas que han mo-
tivado su decisión permanecen a menudo ignoradas. Durkheim, sip
embargo, ha demostrado que el suicidio es asimismo un acto que
ofrece todas las características de un fenómeno social. En efecto,
el índice de suicidios es relativamente constante en el seno de cada
país, y varía al mismo tiempo considerablemente de un país a otro.
Además, el índice de suicidios varía según los grupos: los católi—
cos se suicidan menos que los protestantes, y los judíos menos que
los católicos ; las personas casadas se suicidan menos que las sol—
teras; las personas casadas y con hijos se suicídgn menos que lás
casadas sin hijos. Aumenta el número de suicidios en los períodos
de depresión económica, pero también en los períodos de gran
prosperidad. El número de suicidios disminuye durante las guerras
y durante las &isis políticas y nacionales. En resumen, según Dur-
kheim, el índice de suicidios disminuye en la medida misma en que
las personas se hallan integradas en conjuntos sociales o en colecti-
vidades mediante vínculos fuertes y constantes. El individuo se
suicida pot": razones personales que un psicólogo () un psiquiatra
pueden analizar. Pero, al mismo tiempo, la constancia y la varia—
ción en el número de suicidios traslucen una_ realidad que exige“
otro tipo de explicación, o al menos una explicación complemen-
taria que, sin invalidar la explicación psicológica de cada suicidio,
la_complete a otro nivel de análisis.
Sin duda alguna, degpués de Durkheim, la explicación socioló-
gica que este autor própuso del suicidio ha Sido reexaminada, dis-
cutida y matízada. A este respecto, debemos citar en particular a
Maurice Halbwachs lº. Pero, en líneas generales, los estudios subsi—

9. Emile DURKHEIM, Le suicide, PUF, París 1960, nueva edición. Versión castellana en Ed.
Schapire, de Buenos Aires.
10. Maurice HALBWACHS, Les cause: du suicide, Librairie Félix Alcan, París 1930.

59
guientes han confirmado la tesis de Durkheim sobre el carácter
social del suicidio “. Durkheim supo poner el dedo en el carácter so-
cial de las acciones aparentemente más íntimas, mostrando cómo el
índice de suicidios presenta unas regularidades, unas constantes,
razón por la que releva de un orden social.
Este orden social, este determinismo de la acción social, no
sólo cábe observado en la realidad, sino que también hemos - de
añadir que la sociología debe presentarlo como postulado. -El so-
ciólogo hace inicialmente una especie de acto de fe en la existencia
de un orden subyacente a la incoherencia y a la espontaneidad apa—“
rentes de los acontecimientos y de las acciones humanas. Fundán-
dose en este postulado, puede el sociólogo indagar los .factores y
las condiciones susceptibles de explicar esos acontecimientos y esas
acciones, emprender el análisis de la función de las variables y
de su interdependencia, y dar con la estructura oculta de una sociedad
o de una serie de hechos. Cabe pues la conclusión de que, sin
determinismo, la sociedad sería pura anarquía y caos, y que, sin el
postulado del determinismo social, la sociología no existiría.

DETERMINISMO Y LIBERTAD

Las anteriores afirmaciones, qué duda cabe, suscitan inmediata-


mente la siguiente pregunta: ¿acaso la sociología tiene por inexis-
tente la libertad humana?, ¿acaso la sociología no toma para nada
en consideración la espontaneidad, la invención y la innovación tam--
bién existentes en la vida y en la acción sociales?
Para responder a estos interrogantes, analizaremos sucesivamen-
te cuatro puntos.

El ¡postulado del orden social natural: un punto de partida

Hemos establecido el postulado del determinismo o del orden


social como un punto de partida, no como un punto de llegada.
11. Tal es el caso, en particular, de los estudios siguientesz_ Beter SAINSBURY, Suicide in
Larzdan, Chapman and Hall Ltd., Londres 1955; Andrew F. HENRY y James F; SHORT, Suicide
and Homicide, The Free Press, Glencoe, 111. 1954; Albert PIERCE, Tbe Economic Cycle and
the Social Suicide Rate, <<Amerícan Sociological Review», vol. 32, junio 1967, p. 457—462.

60
Y puede decirse que tal postulado es un punto de partida a título
doble. En primer lugar, desde el punto de vista teórico, hemos
dicho que la sociología necesita formular el postulado del determi-
nismo cºn miras a fundamentar su percepción científica de la rea-
lidad social. En caso contrario, la sociología se reduciría solamente
a la historia de lo particular y de lo singular, como por lo demás
proponía, según vimos en el capítulo anterior, toda una escuela de
pensamiento en la Alemania del siglo XIX. La sociología no puede
trascender la historia del acontecimiento para convertirse en una
ciencia de lo general y de lo universal, si no establece el postulado
del orden social natural cómo fundamento de la realidad sociaÍ.
Añadamos que el postulado del orden social natural actúa como» un
telón de fondo sobre el que, a los ojos del sociólogo, se destacan
mejor los actos libres, Ia espontaneidad, la. invención, la creación.
En efecto, la búsqueda o la invención de nuevas normas de con—
ducta es siempre, primordial y necesariamente, ruptura con las ac— _
tualmente vigentes y comúnmente aceptadas. La creación social es
reacción y lucha contra actitudes y opiniones corrientes, contra un
estado de cosas admitido. Es oposición a 10 que ¿1 lenguaje común
da precisamente en llamar <<e1 orden establecido». El terreno más se-
guro y más sólido a partir del cual puede el sociólogo detectar y
analizar la espóntaneidad es el de la conformidad, conformidad
sobre la que se destaca el acto libre y creador y con la que corre
éste el riesgo de entrar en conñícto.
En segundo lugar, desde el punto de vista pedagógico, importa
insistir desde el principio en lo que la vida y la acción Sociales
presentan de determinismo. Resulta en efecto mucho más fácil admi-
tir sin crítica alguna —la existencia de la libertad humana que re-
conocer la presencia de unos límites psíquicos y sociales a la
libertad. Creemos más fácilmente, sobre todo dentro de la moderna
sociedad industrial, en el camino social, en el progreso, en la in— '
vención técnica, científica y cultural que en los diversos condicio-
namientos que pesan sobre la transformación y el progreso. Para
quien aborda la sociología, resulta pues esencial entrar ¿¡ fondo en
la óptica_ determinista y aprender primero a reconocer los funda-
mentos y los diversos aspectos del orden social. En tal caso, su
comprensión del movimiento, del cambio, de la innovación, del im—
pulso creador… será luego más rico, por cuanto sabrá emplazar esos

61
fenómenos en el contexto de inhibición, de resistencia y de opo-
sición con que siempre tropiezan y del que incesantemente emergen.
De ahí el acento que hemos puesto sobre la noción durkheimiana
de la coacción que las maneras colectivas de obrar imponen al su—
jeto social. "

Diversas grados de obligación social

Dicho esto, debemós ahora añadir que los modelos culturales,


comunes o específicos de un rol determinado, no se imponen con
igual fuerza ni exigen idéntico grado de conformidad; Dos razones
explican esta variable obligación derivada de los modelos. En pri—
mer lugar, es posible, en cada sociedad, establecer una escala de
modelos, de. los más imperativos a los más facultativos. Determi-
nadas normas exigen una conformidad estricta y general, como, por
ejemplo, la de no matar ni herir físicamente (al menos en las lla-
madas sociedades evolucionadas), o la de respétar la propiedad de
los deinás. Otros modelos proponen unas conductas calurosamente
recómendadas, pero a cuyo respecto acepta y tolera la sociedad al—
gunas desviaciones: tal es el caso, por ejemplo, de las normas
relativás a la fidelidad conyugal y a las relaciones sexuales extra-
matrimoniales. Advirtamos 'de paso un ejemplo harto revelador: en
nuestras sociedades occidentales, el adulterio puede constituir una
razón suñciente de divorcio, pero no_ es" un acto criminal sujeto a_ '
penas de multa o de prisión; mientras que la homosexualidad, in—
cluso entre <<adultos consentientes», es generalmente deñnida y san—
cionada como ¿un acto criminal. Puede afirmarse que, en líneas
generales, las sociedades han adoptado un mayor margen de toleran—
cia en el caso de los modelos que rigen las relaciones heterosexuales,
que en el caso de los modelos que prohíben la homosexualidad. Otros
modelos, en fin, sugieren una conducta preferencial, pero se admite '
abiertamente el derecho de los miembros de la sociedad a no ple—
garse a tales modelos: es el caso de las modas en el vestir y el de
buen número de reglas de urbanidad (como, por. ejemplo, el gesto
del hombre que cede su lugar a 'una, señora en el metro). Es evi—
dente que entre los tres casos que acabamos dé?ránstribir (modelos
imperativos, modelos calurosamente recomendados y modelos prefe—

62
renciales) se da una amplia gama de matices. Pero sería inútil entrar
ahora en los detalles.
En. segundo lugar, se juzga inevitable en toda sociedad la exis-
tencia de algún desfase entre los modelos y las conductas efectivas,
ya que, al no ser todos ellos fácilmente aplicables, no ofrecen idén—
tico grado de <<realísmo». Hay modelos tenidos por ideales, modelos
que recuerdan <<lo que debiera hacerse», pero que difícilmente se
llevan a la práctiéa. Son… modelos en los que sólo los santos y los
héroes se inspiran de una manera constante, sin desfallecimientos,
hecho que confiere a su vida el valor de ejemplaridad. También aqqí
Cabría establecer úna escala graduada de modelos, escala que iría
desde aquellos que representan el ideal más elevado a aquellos que
son más <<realistas», más fácilmente practicables y generalmente ob-
servádos por los miembros _de una colectividad.

La varianza

, Las precedentes observaciones sobre las variaci2mes de la “confor-


midad exigida por 105" modelos deben ser completadas por otro aspec—
to del universo de los modelos. Si determinados modelos no requieren
la "conformidad de una manera formal e imperativa, es. porque gene—
ralmente la sociedad ofrece la posibilidad de elección entre dos o va-
rios modelos. En tal caso, uno de los modelos en cuestión será quizá
. el más observado en una sociedad particular, razón esta por la que re-
vestirá un carácter preferencial, con lo que el recurso a los restantes
modelos será simplemente perm_itido o tolerado, según los casos. Has-
ta áquí, hemos hablado de la" orientación nórmativa de la acéión en
cuanto sumisión a modeloé colectivos aceptados e interiorizados. Pero
se añade ahora una nuevá dimensión de la acción social, a saber, la de
'que la orientación normativa de la acción comporta también y símul— ,.
táneamente una parte de decisión. Los sujetos, y las colectividades, de—
'ben optar entre modelos más o menos divergentes. El margen permi—
tido ¿¡ la decisión de los individuos y de los grupos puede ser mayor o
menor, según las sociedades y según las situaciones; puede también
ser más o menos aparente. Pero existe siempre en toda sociedad. He-
mos aludido_ ya; en repetidas ocasiones, a las adaptaciones individuales
autorizadas por los modelos y los roles. Podría decirseque se trata

63
de una necesidad psicosociológica inscrita en el corazón de la acción
social. En efecto, la diversidad de las personalidades psíquicas, resul—
tante a un tiempo del dato hereditario y de la historia individual única,
requiere que la sociedad ofrezca posibilidades de varianza en la con-
formidad que autorice o tolere elecciones entre dos o varias conduc—
tas permitidas. Para tomar un ejemplo utilizado ya en páginas ante-
riores, vemos que el rol social del padre, en una sociedad dada, com-
porta, dentro de ciertos límites, una elección entre modelos variados
más o menos igualmente recomendados y practicados. Ninguna socie-
dad ofrece a los padres un modelo único y obligatorio. 1 '
La varianza autorizada' por los modelos se evidenciará aún más
cuando, en el capítulo siguiente, veamos cómo se funda en la varianza
de los valores. Digamos solamente que tocamos aquí un aspecto esen-
cial de la libertad de los sujetos sociales; La libertad no es necesaria—
mente sinónimo de invención y de creación, sino que consiste sobre
todo en optar, dentro de unos límites dados, entre diversos modelos
de acción propuestos por una misma sociedad. '

La desviación

En fin, más allá de la varianza, se sitúa lo que los sociólogos lla-


man la desviación. Entre ambas, no siempre resulta fácil establecer la
distinción en la realidad concreta. La varianza se define como la elec-
éión que los miembros de' una sociedad hacen entre dos o varios mo-
delos permitidos. La desviación es el recurso a modelos que se sitúan
al margen de lo permitido o fuera de lo permitido. Lo que dificulta la
distinción entre varianza y desviación es el hecho de que unas con—
ductas desviahtes, al tiempo que son rechazadas por la inmensa ma-
yoría de los miembros de una sociedad, resultan sin embargo tolera—
das. El vagabundo es una persona económicamente improductiva, que
vive completamente al margen de la sociedad y no obedece ya a las '
normas sociales más corrientes. La sociedad 'no puede admitir como
<<normal» ese tipo de vida, peró tolera que algunos individuos, a quie—
nes considera enfermos, depravados u originales, adopten de una ma—
nera deñnitiva ese modo de vivir 12. La prostitución es un caso bastante
12. Sobre el clocbard, característico ejemplo francés, como tipo psicosocial, véase Alexandre
VEXLIARD, Le clacbard: étude de psychologie :ociale, Desclée de Brouwer, Brujas 1957. '

64
análogo. Sea o no oficialmente reconocida y hasta reglamentada, la
prostitución aparece en el mejor de los casos como un mal irreduc-
tible, y sólo es tolerada, cúando no es perseguida 13.
Pero, cóntrariamente a lo que pudieran dar a entender los ejem—
plos aquí elegidos, la desviación no es solamente antisocial o asocial;
La desviación es asimismo fuente de cambio social. Más adelante ve-
remos, por ejemplo, que la <<modernización» de los países subdesarro—
llados es a menudo fruto de la acción de personas o de grupos des—
viantes y marginados, que han optado por unas normas de acción más
favorables a la expansión que -las mayoritariamente admitidas por 109
miembros de esas sociedades. El proceso revolucionarió exige asi-
mismo, inicialmente, que unas personas y unos grupos opten por ideas,
actitudes y acciones reprobadas por la sociedad de la que forman parte.
En fin, aqu'el a quien Max Weber llama jefe <<carismático» goza de una
autoridad a los ojos de sus seguidores, a causa de los dones, virtudes y
poderes particulares que le convierten en un ser excepcional y hacen
de él, en definitiva, una persona marginada, cuando no desviante.
Subrayamos el hecho de que la desviación, salvg en determinados
casos excepcionales como el del jefe carismático, consiste casi siempre
en el_ recurso de una peráona a modelos que no son aceptados por la
so'ciedad global, pero4 que son propuestos por un grupo marginal. La
prostituta, elcloc/aara' parisino, el bobo y el hippy norteamericanos se
conforman a determinadas normas que les vienen impuestas, a veces
brutalmente, por el <<medío»'al que pertenecen. La desviación es pues,
por regla general, un modo inverso de conformidad: conformidad a
una manera de vivir anticonformista o antisocial.
Debemos“ insistir finalmente en un último punto: el carácter <<es-
tadístico» de las nociones que acabamos de desarrollar. Hablar de con—
formidad equivale a referirse a las conductas más generalmente acep-
tadas en una colectividad determinada. Varianza y desviación se apli—
can, en cambio, a las conductas de unos grupos minoritarios. Los mo-
delos variantes o desvariantes pueden finalmente alcanzar la adhesión.
de la mayoría, con lo que la varianza y la desviación <<cambian de
campo». '

113. La prostitución ha sido objeto de abundantes estudios. Uno de los más esclarecedores
es el de Harold GREENWALD, The Call Girl, A Social and Psychoanalítycal Study, Ballantine
' Books, Nueva York 1958. Versión castellana: La prostitución clandestina en Norteamérica. In—
Iorme psicosocial, Ediciones 'Sigio Véinte, Buenos Aires 1964.

65
EL SISTEMA DE ACCIÓN SOCIAL

Los elementos de un sistema

Los diferentes aspectos bajo los que hemos considerado hasta el


momento la acción social permiten, al término de este capítulo, expli—
citar dos importantes conclusiones. He aquí la primera cºnclusión: la
acción social presenta todas las caractérísticas de un verdadero siste-
ma, susceptible de ser analizado en cuanto tal. En la»accíóri social, en
efecto, cabe encontrar los principales elementos constitutivos de un
sistema:
1) Unas unidades o partes, que no son las personas individuales,
sino, 0 bien los actos sociales llevados a cabo por esas personas, es
decir, unos actos orientados normativamente; o bien los actores, es
decir, las personas consideradas, no en tanto que individuos, sino en
sus relaciones con otras y con una colectividad, según la posición que
ocupan en el seno de una colectividad y según el rol 0 roles que des-
empeñan.
2) Unos factores de organización o de estructuración de las uni—
dades del sistema. Nos referimos a los modelos, a los roles y a las
sanciones, en cuya virtud las unidades se vinculan entre sí, se conjugan
para formar el conjunto de la colectividad ó de la acción común.
3) La estructuración de las unidades se afirma en particular por
su interdependencia: cada actor cumple su rol en función de las ex-
pectativas de los demás, en función también de los restantes roles que
comporta la colectividad y en función de la manera de désempeñarlos
los otros ; los actos sociales llevados a cabo por los actores se suceden
los unos a 105 otros" de acuerdo con las nuevas expectativas que cada
uno hace nacer, con las respuestas que aporta o sugiere, con las frus-
traciones o las gratiñcaciones que procura, etc.
4) Finalmente, de _esta organización y de esta interdependenciá
resulta una especie de equilibrio de intercambio, de complementarie-
dad, de interacción ; pero un equilibrio que evolucioha y cambia ince—
santemente, sujeto a un tiempo a las fuerzas de la interdependencia
va las de la espontaneidad de los actores. En resumen, y para hablar
'con propiedad, un equilibrio dinámico.
Lo que antes hemos dado en llamar <<orden social natural» puede

66
pues traducirse ahora a un lenguaje más científico: se trata, en términos
analíticos, de un sistema de acción social. No es indiferente que sea
así.<Más adelante (capítulos VIII y IX), en efecto, veremos la impor—
tancia que en la sociología contemporánea tiene el análisis de la reali-
dad — social concebida. como sistema.

Dos niveles de análisis

La segunda conclusión está vinculada a la primera y se desprende


al mismo tiempo de todo el análisi_s elaborado hasta aquí. Hemos visto
cómo la acción social se define por la orientación normativa de la
acción y por la estructura que la acción reviste al modelarse conforme
a las normas aceptadas y compartidas. Peró las dos expresiones utili-
zadas, <<órientación normativa de la acción» y <<estructura normativa de
la acción», —indican que la acción social, tal como es definida, remiíe
¿: dos planos de la realidad y a dos niveles del análisis:
1) El plano de la conducta de los sujetos, en el que más particu—
larménte se ha situado el análisis efectuado hasta ef momento; es el
plano de la acción y de la interacción de las personas, al que corres-
ponde principalmente el nivel del análisis microsociológico; es tam-
bién el plano a cuyo respecto cabe hablar de la orientación normativa
de la acción.
2) El plano de la colectividad, del medio ambiente, de la totali—
dad social, cualquiera qUe sea (civilización, nación, clase sócíal, fa-
milia, etc.), que proporciona los modelos comunes en los que se ins-
piran los'sujetos en lo que atañe a la orientaciónde la acción; corres-
ponde al nivel del análisis más propiamente macrosociológíco, puesto
que se aplica a los conjuntos sociales considerados como fuente de la
estructura normativa de la acción.
<<Orientación normativa de la acción» y <<estructura normativa de
la acción» no son pues expresiones sinónimas. Indican más bien la
doble perspectiva en la que ¡aparece una misma _realidad. Ambas
expresiones, en 'efecto, se refieren a la acción social; pero la primera
se aplica a las conductas, mientras que la segunda remite a los con-
¡untos sociales.
Así se esclarece la distinción inicial entre microsociología y ma—
crosociología: son dos aproximaciones diferentes a un mismo <<fenó—

67
me'no social total», segúncxpresión de Marcel Mauss. Pero, _en este
fenómeno sócial total, es preciso delimitar analíticamente unos pla—
nos, si se desea captar $us diferentes dimensiones y medir total-
mente _el alcance del mismo. ' El sociólogo jamás debe perder de
vista la dualidad de los planos de la realidad y de sus correspondien—
tes niveles de análisis, tanto en el caso del examen teórico como en
el caso de la investigación empírica.
Si, habida cuenta de esa dualidad, se recapitula el proceso se-
guido hasta aquí, se advertirá que, a partir del plano más restrin-
gido y elemental de las conductas sociales, el de la interacción entre
dos personas, hemos "ampliado. progresivamente nuestra visión hasta.
los conjuntos sociales. Los modelos colectivos nos han servido
de placa giratoria, haciéndonos pasar del plano de las conductas al de
las colectividades, como también, en algunas ocasiones, del plano
de las colectividades al de'las conductas.
El paso del nivel microsociológico al nivel macrosociológico se
hará más evidente aún en los dos próximos capítulos.

68
..…. w

Capítulo III

LOS FUNDAMENTOS IDEALES Y SIMBÓLICOS


DE LA ACCIÓN SOCIAL

En la indagación de los fundamentos normativos de la acción


social, el análisis de los modelos y de sus _sanciones, como también
' de los roles sociales, se sitúa ¿ un nivel que,pod_ríamos denominar
.…<<primer nivel de abstracción». Un espectador puede en efecto indu-
-cir la existencia de modelos y roles a partir de la 6bservación de la
condición concreta de un determinado “número de personas o de_
grupos. Las constantes, las repeticiones, las similitudes observables
en un determinado período de tiempo permiten deducir la existen—
cia de unos modelos en los que se inspiran esas personas o esos
grupos.
Pero los modelos y los roles que la inducción revela puedeg,1 ser
considerados, el su vez, como la expresión, la manifestación, el sím-
bolo de lo que Georges Gurvitch denomina <<un plano más pro-
fundo» en la" conciencia de las personas y en la realidad social. Ese
plano más profundo representa entonces un <<segundo nivel de abs-
tracción», por cuanto está más allá o más acá delas normas y de
-10s ”roles, a cuyo acceso se llega generalmente pasando por las nor—
. mas, 'que son su expresión simbólica. A' ese plano más profundo,
correspondiente _al segundo nivel de. abstracción, llamamos nosotros
el universo de/los valores.
Définiremós prime;o la noción de valor e intentaremos, a par-
tir _ de nuestra definición, delimitar la realidad ' correspondiente a -
la misma. Podremos luego comprender cómo los valorés y los mode—
los _se insertan en la realidad sócial y se hacen en ella activos en

69
razón del carácter simbólico que revisten. Ptocederemos, finalmente,
al análisis de las diferentes funciones del simbolismo con respecto a
la acción social. '

4 LOS VALORES: DEFINICIÓN Y CARACTERÍSTICAS

Del valor diremos que es una manera de ser o de obrar que una
persona o una colectividad juzgan ideal y que hace deseables o esti-
mables ¿: los seres o a las conductas a los que se atribuye dicho valor.
Con ayuda de esta deñnición, intentaremos ahora delimitar algunas
características de los valores.
En primer lugar, el valor se sitúa en el orden ideal, y no en el
de los objetos cóncretos o acontecimientos. Estos pueden expresar
o representar" un valor, pueden recordarlo o inspirarse en él; pero,
sólo por referencia a un determinado orden moral, estético o inte-
lectual, cuya impronta llevan, merecen () exigen respeto. .En cuanto
ideal, el valor implica pues la noción de una cualidad de ser o de
._ obrar superior, cualidad a la que se aspira y en la que cabe inspi-
rarse. A este título, sin embargo, el valor no es menos real que las
.conductas a los objetos en los que se concreta a por los que se
expresa. El universo de los ideales es una realidad para las per-
sonas que se adhieren al mismo, y forma parte de una sociedad e
idéntico título que los inmuebles o la red de carreteras.
Puede decirse que el valor se inscribe doblemente en la reali—
dad: se presenta como un ideal que exige adhesión o que invita al
respeto, y se manifiesta en cosás o en conduc_tas que 10 expresan
de una manera concreta o, más exactamente, de una manera sim-
bólica. Esto era precisamente lo que quería decif Durkheim cuando
escribía: <<Los valores poseen la misma objetividad que las cosas»!

Valores y juicios de valor —

En el artículo antes citado,“ Durkheim establecía una distinción


entre juicios de realidad y juicios de valor. Los primeros <<se limi—
1. ]ugements de valeur et iugement: de réalite', <<Revue de métaphysique et de morale»,
vol. 19, 1911, p. 438.

70
tan a expresar hechos dados o relaciones dadas entre hechos tam-
bién dados». Se trata pues de juicios que dicen lo que la realidád es
o cómo es. Emito un juicio de realidad cuando digo que unos acón—
tecimientos han tenido lugar de este o aquel modo y han sido pro—
vocados por tal conjunto concreto de factores. Los juicios de valor,
por el contrario, conciernen a las cualidades de las cds_as o al precio
que se les atribuye. Emite un juicio de valor cuando digo que unos
acontecimientos son felices porque favorecen el progreso de la teli-
gión o del ateísmo. _
Esta distinción durkheimiana nos induce a formular otra, entre,
valor y juicio de valor. Un juicio de valor versa sobre seres o ,con—
ductas juzgados a la luz de ciertos valores, desde la perspectiva de.
unos valores concretos. Se trata pues de un juicio inspirado por los
valores. Semejante juicio supone la previa adhesión del sujeto a un
ideal, con el que compara las cosas o los acontecimientos que ob-
serva. El valor es pues anterior al juicio de valor. Se juzgará exce—
lente la conducta de una persona que haya dado prueba de determi-
nadas cualidades a las que se presta una estimacióg, a las que uno
mismo aspira o cuya existencia en los demás es positiVamente apre-
ciada. Son cualidades que uno atribuye a un tipo humano ideal.
Es verdad que, en la práctica, fácilmente se confunden el va-
lor y el juicio de valor. En efecto, a menudº se da el caso de que
uno se adhiera a unºs valores a través de unos juicios de valor, o
que los valores sean aprendidos y aceptados por mediación de tales
juicios, o que para una persona, o para una colectividad, el valor
se clarifique a través de los juicios de valor que ella emita sobre
unas realidades concretas. El lector advertirá que nuestra defini—
ción tiene en cuenta esa relación: la primera parte de nuestra de—
ñnición versa sobre el valor en sí mismo, y la segunda, sobre los
juicios por los que el valor se expresa, a propósito de las cosas, de
los seres y de las conductas. Pero era necesario subrayar esa dis—
tinción, para ' evidenciar mejor cómo los valores pertenecen a una
realidad ideal en la que se inspira el juicio.
Valores y conducta

Pero si los valores son inspiradores de los juicios, 'por lo menos


lo son en igual medida de las conductas. He aquí un segundo ca-
rácter atribuido a los valores. Hemos presentado antes los modelos
y los valores como dos planos de algún modo superpuestos, apare—
ciendo los valores como subyacentes a los modelos. Esta manera dé
representarse la realidad corre evidentemente el riesgo de' ser me—
cánica y simpliñcadora en exceso. Se trata, sin embargo, de una
imagen que permite circunscribir mejor los fundamentos dinámi— -
cos de los modelos en la orientación de la acción. Cabe decir, en
efecto, que muchos modelos son. normas de conducta de carácter
especíñco, por cuanto sirven de guías para orientar la acción en cir—
cunstancias particulares y precisas de. fiempo, de lugar; de situa—
ción. Su radio de inñuencia es de algún modo limitado, reducido.
Tal es el caso, por ejemplo, de las reglas de urbanidad, de proto—
colo ; de las reglas que presiden determinadas ceremonias o ritos,
y de buen número de normas que orientan las acciones de nuestra
vida cotidiana. Estos modelos, por lo demás, en razón de su especi-
ficidad, apenas parecen tener sentido ni importancia tomados ais-
ladamente. Incluso los vínculos que los unen entre sí no se perciben
fácilmente. De ahí que, considerados así, a ese solo nivel, los mo-
delos resulten difícilmente compfensibles y no se capte su signifi—
cación real. _ _
Sin embargo, dicha significación aparece cuando los modelos son
percibidos en sus relaciones con los valores. Se esclarecen entonces
la coacción que ejercen, la adhesión que exigen y los vínculos que
los unen, ya que los modelos aparecen como aplicaciones específicas,
en unas situaciones concretas, de juicios 'más generales, más uní—
versales. De este modo, se comprende mejor el poder y la eficacia
de los modelos, por cuanto éstos descánsan sobre un plano más
pr_ofundo de juicios y de sentimientos, que llamamos aquí <<valo-
tes». Dicho plano sirve de soporte, porque afecta mucho más al
núcleo central de la personalidad y porque su radio de influencia
es más extenso, más amplio que el de los modelos.
Un ejemplo concreto ilustrará lo que áéabamos de decir. Las
reglas de la etiqueta o de la urbanidad apenas tienen sentido en sí

72
mism'as, y hasta pueden parecer ridículas a los ojos de muchos. Su
verdadera significación se desprende del hecho de expresar concre-
tamente una cosa más profunda, que probablemente es el respeto
a los demás. El otro no es un objeto cualquiera. El ser humano po-
see un <<valor» superior y merece un particular respeto. O también
podría decirse que las reglas de urbanidad traslucen un respeto a
la sociedad, a la vida social y común, protegida y posibilitada por
ellas. De un modo u otro, las reglas de urbanidad se explican, en
deñnitiva, por <<otra cosa». Es posible, por lo demás, que un estu-
dio verificara la hipótesis de que la etiqueta varía con la idea que
cabe forjarse del hombre y de la sociedad y con el tipo de valor
que se atribuye a estas realidades.
El poder coercitivo de los modelos y de los roles no se basa
pues solamente en,las sanciones positivas y negativas, sino que des-
cansa mucho más aún en la adhesión a unos valores, en lo que cabe
denominar la orientación a los valores, que no es más que un aspec—
to — pero el más profundo, sin duda -— de la orientación norma—
tiva de la acción.
Pero, aun cuando sea muy estrecho el víncul¿ existente entre
los valores y los modelos, no por esto se da necesariamente una
transición directa de los valores a los modelos, ni una concordancia
perfecta entre los modelos y los valores. En primer lugar, diversos
modelos de acción pueden expresar con idéntica perfección un mis-
mo valor, o traducirlo de una manera más o menos correcta, y ser
todos ellos admisibles en una misma sociedad. Además, se da el
caso de que unos modelos se desvinculan de los valores que los han
inspirado, y, sin embargo, tales modelos siguen determinando las
reglas de conducta. 0 puede también que la referencia de ciertos
modelos a uno o varios_ valores resulte cada vez menos evidente.
Tales modelos entrañan entonces una conformidad rutinaria, ca—
rente de sentido, sin perder necesariamente por ello su poder coer—
citivo.
Como puede advertirse, la imagen del plano de los modelos y
del plano de los valores como superpuestos el uno al otro, tal co-
mo ha sida expuesta, ofrece un cierto interés heurístíco. Pero per—
cibimos también hasta qué punto la realidad no es ni tan simple ni
tan mecánica. Las relaciones entre modelos y valores son comple-
jas y no se dejan circunscribir en una fórmula única'y estrecha.

73
Relatividad de los valores

La tercera característica de los valores pues_ta de relieve por nues—


-tra definición es su "relatividad. A los ojos del sociólogo, los úni—
cos valores reales son siempre los de una sociedad particular, los
ideales que una colectividad se da a sí misma y a los que presta su
adhesión. De ahí que los valores sean siempre específicos de una
sociedad. Lo son también en“ un tiempo histórico, por cuanto los
valores son variables en el tiempo, como 10 son de una sociedad a
otra. En el capítulo anterior, se ha insistido ya sobre la relativi—
dad de los modelos. Lo que entonces decíamos de los modelos vale
aquí también para los valores, a condición de añadir que estos úl—
timos tal vez tardan'más en evolucionar que los modelos, o que, por
lo menos, su transformación tropieza con mayores resistencias.

Carga afectiva de los valores

Se abórda aquí una cuarta característica de' los valores, que no,
se desprende? claramente de nuestra definición, pero que posee una
gran importancia en sociología. La adhesión a un valor no nace, por
regla general, de un movimiento exclusivamentá racional y lógico,
sino más bien de una mezcla de razonamiento y de intuición espon—
tánea y directa, mezcla en la que la afectividad juega asimismo un
papel importante. La adhesión a (unos valores ofrece ciertos rasgos"
comunes con la conversión, en la acepción 'religiosa de la palabra.
Implica un impulso que brota de todo el ser entero y le induce Vi—
gorosameñte a reconocer un ideal en determinadas maneras de ser
o de obrar. El valor no requiere necesariamente una adhesión apa—
sionada, sino, en general, una adhesión pasional, es decir, una ad—
hesión que, de suyo, no es guiada por la pasión, pero que no sue—
le estar exenta de sentimientos fuertes.
Por otra parte, esa carga afectiva de que está revestido el va-
lor es, en realidad, lo que hace de él un poderoso factor en , la
orientación de la acción de las personas y de las colectividades. Esa
carga afectiva es también la que explica, s1qu1era en parte, la_es—
tabilidad de los valores a lo largo del tiempo y la resistencia con

'74
que suele tfopezar un cambio de valor en el seno de una sociedad.
_Finalmente, explica asimismo el hecho de que el universo de los va-
lores lleve consigo siempre una parte de ambigúedad y de que fácil-
mente puedan coexistir valores contradictorios: los sentimientos
se encargan a menudo de establecer entre los valores unos vínculos
que la sola razón difícilmente podría a veces sostener.

jerarquía de los valores

Un último rasgo propio del universo de los valores es su ca-


rácter jerárquico. En el lenguaje corriente, se habla de <<la escala de
valores» para designar el orden jerárquico conforme al cual una
persona o una colectividad aprecia o estima los ideales a los que se
adhiere. Esta manera de hablar corresponde a una realidad que
las investigacion'es sociológicas han podido verificar y calibrar. En—
” tre tales investigaciones, la de Florence Kluckhohn y Fred Strodt-
beck es singularmente detallada y cuidada 2. Estos autores parten
de los postulados siguientes: 1) es limi_tado el número de proble—
mas fundamentales de la existencia humana para los que los hom—
bres de todos los tiempos han tenido que encontrar alguna solu—
ción; 2) es limitado el número de soluciones posibles a cada uno
de estos problemas; 3) cuando los miembros de una sociedad preñe-
ren una solución a otra, dicha solución corresponde a un valor do-
minante en esa sociedad; 4) las restantes soluciones no preferidas
subsisten sin embargo en el seno de esa sociedad, a título de wz-
lores variantes o sustituyentes. '
Kluckhohn y Strodtbeck han examinado cinco problemas fun—
damentales de la existencia humana. Estos son: 1) la deñníción de la
naturaleza humana; 2) la relación del hombre con la naturaleza;
3) la categoría privilegiada del tiempo; 4) las modalidades de la
actividad humana; 5) las modalidades de las relaciones interper—
sonales. A cada uno de estos problemas cabe aportar un número li-
mitado de respuestas. La naturaleza humana puede ser definida co—
mo esencialmente buena, esencialmente mala, buena y mala a la
vez, y puede también ser considerada como inalterable o como per-
2. Florence R. KLUCKHOHN y Fred L. STRODTBECK, Variationx in Value Orienlatí0n, Row,
Peterson and Company, Evanston, III. 1961. '

, 75
' Rocher, Sociología ' 4
fectible. La relación del hombre con la naturaleza puede resumirse
en una sumisión, en una arfnonía o en un control. Tocante al tiem-
po, cabe privilegiar el pasado, el presente o el futuro. En su acti-
vidad, puede eI hombre optar por la libre expresión de sus deseos
y necesidades, lo que Kluckhohn y Strodtbeck dan en llamar el ser;
puede pers'egui_r más bien un autocontrol cada vez más completo
en la meditación, en la sabiduría, en el desprendimiento, en lo que
esos autores llaman el ser en devenir; o puede también buscar la
eficacia activa, la producción, el hacer. Finalmente, en sus relacio-
nes interpersonales, puede el hombre prestar una mayor importancia
a las relaciones <<de linealidad» que le vinculan a sus ascendientes
y descendientes, o bien a las relaciones <<de cólateralidad» man-
tenidas con iguales, o bien privilegiar modos individualistas de rela-
ciones humanas. . *
"Kluek—hohn y Strodtbeck resumen sus soluciones a esos pro-
blemas en el cuadro siguiente:

Prºblemas ' ' SOLUCIONES

Mala ' Neutra ' BuMe;lla y Buena


Naturaleza _ . . _ ___—__a __

humana Inalterable' PerfeCtible Inalterable Perfectible %


Perfectible

Relaciones Sutnisión -a la Armonía con la Control de la


Hombre= - » naturaleza ' naturaleza naturaleza
naturaleza

Tiempo . > ' " Pasado Presente Futuro

Activ_idad Ser Ser en devenir Hacer


humana

Relapiones ¿ Linealidad ' Colaferahdad_ Individua—


ínter— , lísmo
personales “ '

Fácilmente advertirá el lector que las fdífe'fentes respuestas a


estos cinéo problemas corresponden bien a nuestra definición de

76
los valores. En efecto, frente a cada problema, una de las respues—
tas posibles puede ser considerada como la manera de obrar pre-
ferible ¿¡ las demás, aquella que mejor responde a un determinado
ideal de hombre. Si, por lo demás, se examina detenidamente esta
teoría, Se advertirá que los cinco problemas fundamentales corres-
ponden & otros tantos elementos de una definición del hombre, a
través de sus diversas actividades. .
A partir de este cuadro, Kluckhohn y Strodtbeck han confeccio-
nado un cuestionario muy elaborado, cuyo objetivo es _saber. cómo
el entrevistado opta, en circunstancias diferentes, por una solu—
ción concreta correspondiente a una u otra de las sgluciones más
generales o abstractas del cuadro. Con la ayuda de este cuestiona-
rio y de otras observaciones, los autores han estudiado cinco colec—
tividades diferentes, situadas en el sudoeste de Estados Unidos:
americanos, españoles, indios navajos, indios zunis, un poblado mor-
món y una aldea rural de Texas.
Los resultados de esta investigación, que no es posible, resumir
aquí, demuestran que: Lº en cada colectividad, se,e£ectúa una elec-
ción en_ favor de una solución a cada uno.… de los cinco problemas
del hombre; 2.º la solución privilegiada () valorizada ¡varía de una
colectividad a otra; 3.º los valores variantes, siempre presentes, au-
torizan diferentes adaptáciones individuales por parte de una mis-
ma persona; 4.º el sistema de valores de una sociedad no está exclu—
sivamente integrado por valores dominantes, sino que fdfma un'
conjunto en el que se entremezclan, bajo formas jerárquicas varia-
bles, valor'es dominantes y-valores variantes. Hay que tener pues en
cuenta dichos conjuntos y el orden jerárquico que presentan, si se
desea trazar el perfil completo del úniverso de los valores de una
sociedad dada. A ese perfil de los valores de una soéiédad, algunos
antropólogos y sociólogos han dado el nombre de etbos (término
griego que designaba las costumbres), 0, más frecuentemente, el de
<<Visión del mundo» (Weltanscbauung en alemán, world view en
inglés).
El perñl global y jerárquico de los valores puede resultar par—
ticularmente importante en la explicación e incluso en. la previsión
del: cambio social, por cuanto los valores variantes púeden1 en efecl
to, servir de índices a la evolución de una sociedad. “En _1 ocasión
de unos cambios en la situación de una sociedad, algunos valores

77
variantes pueden tender a hacerse dominantes. Puede también" darse
el caso de que unos valores variantes sean adoptados por una mi—
noria activa e influyente que determinará el curso de la evglución.
Cabría pues sacar la conclusión de que, en realidad, pocos valores
auténticamente nuevos aparecen en una sociedad. Un cambio de
valores equivale a una transformación en la jerarquía de los va-
lores más que a una creación de nuevos valores; la jerarquía de
valores se modifica, y unos valores dominantes se debilitan y son
sustituidos por alguna de sus variantes.

LAS OPCIONES DE VALORES-

Las investigaciones de Kluckhohn y Strodtbeck, que nos han ser—


vido para ilustrar la estructura jerárquica de los valores, permiten
asimismo poner de relieye un aspecto de la acción' social indicado ya
en el capítulo anterior, aspecto que merece ahora un examen más
detenido. Nos referimos al hecho de que la acción social implique
necesariamente, por parte de los sujetos-actores sociales y de las
colectividades, opciones entre posibles diversas maneras de obrar.
Decíamos en el capítulo anterior que los actores sociales y las co-
lectividades deben optar entre dos o más modelos divergentes y has-
ta contradictorios a vecés ; deben elegir entre dos o varios modelos
preferenciales, entre dos o varios modelos variantes y modelos des—
viantes. Se advierte ahora que la elección de modelos presupone una
elección de valores, y que la primera depende generalmente de la
segunda. Las decisiones que los actores y las colectividades adop-
tan frente a los diversos modelos posibles se inspiran en los valores
a los que adhieren; o, en todo" caso, sus opciones traslucen con—
cretamente una adhesión más o menos consciente a un determinado
orden de valores. Las decisiones a tomar, en efecto, no se presen—
tan generalmente bajo la forma de una opción entre un único mo-
delo, el apropiado, y otros model_os que no lo serían. En resumidas
cuentas, varios modelos pueden a menudo ser suficientemente apro-
piados. La opción entre varios valores es la que induce a los su—
jetos y a las colectividades a decidir si determinados modelos son
más conformes que otros a su visión del mund6,' ”a su ideal de vida,
a la idea que se forjan del hombre, de su naturaleza, de su destino.

78
Glasífz'cación de Talcott Parsons

El cuadro de Kluckhohn y Strodtbeck presenta un determinado


núniero de opciones de valor que sirven para definir la visión del
mundo propia de unos sujetos y de unas colectividades. Talcott Par—
sons ha elaborado otra clasif1caéión, bastante diferente, de esas"op-
ciones, más conocida y más utilizada que la de Kluckhohn y Strodt-
beck. Nos ayudará aquí a llevar un poco más lejos nuestro análisis
del problema 3. '
Talcott Parsons ha presentádo su clasificación bajo el nombre
de pattern variables, expresión que nosotros traduciremos por <<op-
ciones de valores» (siendo la opción la facultad o la acción de ele-
gir entre dos o varias cosas, interpretación que corresponde per—
fectamente a la idea de Parsons). Parsons llama la atención sobre el
hecho de que la acción humana tropieza incesantemente con un
determinado número de 10 que él da en llamar <<dilemas». El actor
debe optar constantemente entre diversas orientaciones de acción
opuestas y netamente irreconciliables. Afirma la posibilidad de re—
ducir a cinco el número de tales dilemas, y que, frente a cada uno
de esos cinco dilemas, dos orientaciones u opciones contrarias se
ofrecen al actor. Cada uno de los cinco dilemas se presenta en casi
toda. acción social, es decir, en toda acción en que el actor está en
relación con otros actores o con objetos o realidades dotados de
una signiñcación social,
Los cinco dilemas, a los que corresponden, en total, diez op-
ciones de valores, son los siguientes: 1) El actor puede optar por
dar libre curso a la expresión de sus sentimientos y buscar la gra—
tificación inmediata a sus impulsos (la opción de la afectividad).
O puede, al coñtrario, controlar sus sentimientos, restringir o in—
hibir su expresión, ponerlos entre paréntesis (la opción de la neu-
tralidad afectiva). 2) El actor puede juzgar las situaciones, las
cosas o a los demás actores de acuerdo con criterios generales uni-

3. El lector encontrará esta clasificación sobre todo en el volumen de T. PARSONS y E.A.


SHILS, Toward a General Theory of Action, Harvard University Press, Cambridge, Mass. 1951,
y también _en T. PARSONS, R.F. BALES y EA. Sr—m.s, Working Papers in the Theory of Action,
The Free_ Press, Glencoe, 111. 1953. PARSONS, en fin, ha elaborado más su clasificación en el
artículo Pattern Variable; Revisited: A Response to Robert Dubin, <<American Sociological Re-
view», vol. 25 (agosto 1960), n.º 4, p. 467—483.

79
versalmente ' aplicables a los" actores, a las situaciones o a los ob-
jetos“ análogos (la opción del universalísmo). Si, por el contrario,
prescinde el a'ctor de ' los criterios generales de juicio y recurre
a normas que sólo cabe aplicar al actor particular con el que está
en relación, o a una situación tomada en su singularidad, opta en—
tonces por el particularismo. 3) El actor que conjuga su acción con
1ade otras personas y les presta su estimación sobre la base de lo
que ellas son, independientemente de lo que hacen, opta por el_ ser
(quality). Pero si las juzga a la “luz de lo que ellas hacen y del
resultado de sur acción, opta entonces por el obrar (performance).
4) El actor puede considerar a las personas en su totalidad y tra—
tarlas 'como unidades globales, en cuyo caso opta por el globalismo
(diffuseness). Optará, al contrario, por la especificidad, si las con-
sidera solamente bajo un aspecto, si polaríza su atención en torno
a una parcela de su ser y de su obrar. 5) El actor, en fm, puede
optar por actuar en función de unos objetivos que le son perso-
nales, que responden a sus intereses personales, en cuyo caso opta
por el egocentrismo (self—aríentation). O puede, al contrario, ac-
tuar en fimcíón de objetivos e intereses compartidos con los demás
actores, o que son genéricós a la Colectividad de la que forma parte,
optando en este caso por la comunidad (collectívíty-orientatíon).
Advirtamos, sin €mbargo, que no se trata aquí necesariamente de
una oposición entre un egoísmo y un altruismo. El estudiante que
prepara sus exámenes se conduce de una manera egocentrista. Si
acepta compartir con otros sus apuntes de curso, introducirá una
conducta comunitaria en el seno de una acción cuya orientación glo—
bal sigue siendo necesariamente egocentrista, es decir, guiada por
el deseo de aprobar su examen.

Unos ejemplos

Algunos ejemplos ayudarán a captar mejor el sentido de estas


diferentes opciones de valores. El rol de esposo y de padre, al que
ya nos hemoá- referido, viene inspirado por la afectividad, por el
particularismo (el marido no juzga a su mujer y a sus hijos con los
mismos criterios genéricos con que juzga a í)dá$ las mujeres y a
todos los niños), por el ser (no aprecia menos a su hijo cuando éste

80
fracasa en sus estudios),'por el globalísmo (no se interesa por su
hijo solamente en su condición de estudiante, o de pacienté, o de
vcliente, sino que se interesa por él en su totalidad), por la co-
munidad. '
Las relaciones entre un comerciante y un cliente, por el con—
trario, llevan generalmente impreso Xe1 sello de la neutralidad afec—
tiva, del universalismo (el comerciante ñjará su precio ”y sus con-
diciones de venta de acuerdo con unos criterios universales, salvo
en el caso de que decida <<0frecer un precio especial», que a veces
podrá estar realmente inspirado por“ el particularismo), del obrar
(el cliente elige a su vendedor de acuerdo con la calidad .de su
mercancía o . fiado en su reputación, y el vendedor trata con el
cliente solvente), de la especificidad (el comerciante trata a su clien-
te como cliente, y no como persona global), del egocentrismo (ambos,
el cliente y el comerciante, persiguen sus intereses particulares).
Estos ejemplos demuestran que 'una misma persona opta por un
conjunto de valores en'un contexto determinado, pero opta asimis—
mo por otro en un contexto diferente. Un mismo sujeto habrá de
hacer, en cuanto Comerciante, opciones opuestas a las que asumirá
en cuanto marido y padre de familia. La opción de valor no es pues
única e idéntica para un mismo sujeto en todas las situaciones,
cualesquiera que sean. La opción de valor, por el contrario, está
vinculada al contexto. Más exactamente, es ya hacer una_ opción de
valor optar, en un contexto dado, por una manera de ¿obrar y no
por otra. En efecto, la oposición que acabamos de establecer entre
la conducta del padre y la del comerciante sólo es tal en una estruc-
tura económícá particulaíº, aquella en la que impera la racionalidad,
la valoración de la ganancia y del éxito; dicho de otro modo, en la
economía industrial moderna. Pero la mentalidad económica será
diferente en muchos países no“ industrializados, de modo que la
conducta del comerciante resultará, por ejemplo, más particularista,
ºmenos específica y menos inspirada por el obrar. En un capítulo
ulterior veremos que el cambio de las opciones de valores consti—
tuye uno de los principales problemas de los países, en vías de
desarrollo. v

81
Dos niveles de análisis

Las últimas observaciones nos demuestran que, en definitiva,


el problema de la opción de va10r sólo puede ser analizado si se
establece una clara distinción, ya apuntada en páginas anteriores,
entre el plano de las conductas de los actores y el de los conjun-
tos sociales. En el plano de las colectividades, puede añrmarse
que éstas deben hacer opciones entre valores, y modelos, divergen—
tes u opuestos. En realidad, significa esto que, en una colectividad
dada, la mayoría hará, en un contexto determinado, tal opción
concreta y no otra. Se trata pues, como se ha dicho ya en el capí-
tulo anterior, de una noción <<estadística». La estructura del perfil
o de la visión del mundo de una (colectividad deriva del conjunto
global de las decisiones adoptadas por la mayoría de sus miembros
en diversos contextos particulares.
Sobre esta base estadística pueden los sociólogos emprender
estudios comparados de sociedades diferentes. De este modo Kluck-
hohn y Strodtbeck han llevado a cabo su estudio comparado sobre
unas culturas; particulares en el seno de lá sociedad global norte-
americana. Seymour M. Lipset ha utilizado la clasificación de Pat-
sons para comparar la sociedad norteamericana con otras sociedades
anglosajonas 4. Talcott Parsons y Seymour Lipset han recurrido asi-
mismo al esquema de Parsons para comparar América latina y
Estados Unidos 5, sobre todo en lo que atañe a la mentalidad eco-
nómica. Tras diferentes investigaciones, Lipset ha puesto particu—
larmente de relieve cómo, en conjunto, el empresario latinoameri—
cano inspira considerablementc su conducta en el particularismo, en
el globalisrno y en. el ser, contrariamente al empresario norteame-
ricano, cuya acción está primordialmente orientada por el univer-
salismo, la especiñcidad y el obrar.
Cuando se pasa al plano de los actores mismos, puede com—
probarse que sus opciones individuales están ya condicionadas por
lo que cabría llamar las opciones colectivas, es decir, por las orien—
4. Seymour Martin LIPSET, The First New Naíion, Basic Books, Nueva York 1963.
. 5. Talcott,Pmons, The Social System, The Free Press, Glencoe, 111. 1951, sobre todo las
p. 198-200, Seymour M.LIPSET,V41u€S, Education and Entiépíéneñrsbip, en Elités in Latin
America, de ...SM LIPSET y Aldo SOLARI, Oxford University Press, Nueva York 1967. Versión
castellana: Elite: y desarrollo en América Latina, Paidós, Buenos Aires.

82
taciónes características de su sociedad o de la mayoría de sus
miembros. El hombre de negocios nórteamericano que opta por el
particularismo, por el globalísmo y por el ser en la orientación
de su conducta económica, se hace desviante e incurre seriamente
en el riesgo “de la quiebra. _Por el contrario, como subraya Lípset,
la minoría de empresarios sudamericanos que han optado por el
uniVersalismo, por el obrar y por la especificidad son innovadores
en su medio ambiente y se convierten en agentes activos del des-
arrollo económico de sus países. En ambos casos, la desviación (o
la varianza) no resulta fácil a los sujetos individuales, pero es más
<<rentable» para empresarios y colectividad en el segundo caso.
La libertad de que gozan los actores sociales tocante a la op—
ción de valor está pues condicionada por el contexto general. En
una sociedad dada, la mayoría de los actores optan por la orienta-
ción preferencial en cada sector de actividad. Poseen, es cierto, la
libertad de hacer otras opciones. Pero sólo un reducido número
de actores optan ”deliberadamente por otras orientaciones en un
sector particular (actividad económica) o en varios —sectores a la vez
(actividad económica, política", religiosa), y únicamente en 'la me—
dida en que tales orientaciones les parecen realmente más <<remu—
neradoras» (en el sentido más amplio de la palabra) o más grati—
ficadoras que las demás, para sí mismºs o para la colectividad.
_De ahí que lás opciones de valores Xno sean idénticas para to-
dos los actores y todos los grupos en el seno de una misma socie—
dad, sobre todo cuando dicha sociedad es tan compleja como la.
moderna sociedad industrial. No todas las divergencias ,son nece—
sariamente deseadas y buscadas por los actores individuales de una
manera consciente y voluntaria: alguna's sí 10 _son, pero otras cons-
tituyen más bien el fruto de las múltiples y diversas estructuras
en las que están inmersos los actores.

FUNCIONES… SOCIALES DE LOS VALORES

La deñnici_ón que hemos dado de los valores y los comentarios


que hemos hecho nos permiten resumir ahora las funciones que los '
valores desempeñan en la acción y en la vida sociales. Tales fun?
ciones son principalmente de tres órdenes.

83
Coherencia de los modelos

En primer lugar, los valores contribuyen a dar una cierta co-


herencia a la totalidad 'de las reglas o modelos, en una sociedad
dada. Decíamos antes que, tornados separadamente, difícilmente
encuentran los modelos su explicación, y que los vínculos que los
unen -no siempre son aparentes. Por referencia a los valores que
los subtienden y los polarizan cobran los modelos un alcance y un
sentido más profundos, y se esclarecen los vínculos que los unen
entre sí, tanto al nivel de los actores como al nivel de las colec-
tividades. Sin embargo, la coherencia a que aludimos es "¿siempre
relativa. Por dos razones. De un lado, porque los valores a los que
se adhiere" una colectividad no son siempre muy claros ni muy
precisos: ya hemos dicho que es rasgo característico de los valores
implicar a menudo un halo de confusión, de ambigííedad, de claros-
curo. De otro lado, el propio universo de los valores no es necesa-
riamente coherente; pueden cohabitar unos valores más o menos
conñictivos o contradiétorios; la carga emotiva de que están dotados
permite también a menudo vincular conjuntos contradictorios de
valores, de una manera que la lógica racional no podría por menos
de rechazar.

Unidad psíquica de la persona

En segundo lugar, los valores_ constituyen un importante ele—


mento de la unidad psíquica de las personas. Se trata de una fun—
ción psicosociológica que no podemos elaborar aquí. Digamos sím—
plemente que el psicólogo Gordon Allport ha insistido sobre la
cuestión de la unidad de la personalidad psíquica, demostrando que
se realiza en aquellas personas que logran alcanzar un nivel de
madurez en el que el conjunto de su psique resulta uniñgado en un
<<estilo de vida» (¿: philosophy of life) inspirado por determinados
valores dominantes 6. En líneas más generales, aun cuando la per—

6." Gordon ALLPORT, Personality: A Psychological Interpretatíon, H. Holt and Co., Nueva
York 1937—. Del mismo autor, La personalidad: su configuración y su desarrollo, Herder, Bar—
celona 21968. Revisión del libro anterior, pero obra totalmente nueva.

84
sonalidad psíquica no haya alcanzado la unidad descrita por Allport,
los valores contribuyen a la cohesión y a la integración de la per-
cepción de sí mismo y del mundo, y a una cierta unidad de la
motivación.

Integmcz'ón social

Finalmente, al universo de los valores constituye un elemento


cscncial de 10 que Comte dio en llamar el <<consenso social», de lo,
'que Durkheim llamó por su parte la <<solídaridad social», o de
lo que, hoy, suele entenderse por la expresión <<integración' social».
Si de los modelos hemos podido decir que son un denominador
común de una colectividad dada,, cabría añadir ahora que los valo-
res constituyen <<un denominador común más pequeño». Los valores,
como los modelos, deben ser compartidos por los miembros de
una colectividad: la adhesión a los valores comunes es condición
de participación en la colectividad. También aquí,_sin embargo, la
integración social operada por los valores es relativa; en primer
lugar porque los miembros de una colectividad no comparten todos
los valores comunes con idéntica intensidad, y, en segundo lugar,
porque, como acabamos de subrayar, las opciones de valores divi-
den a las colectividades, y a las colectividades complejas sobre todo.
Pero la división y la oposición entre defensores de valores opuestos
() diferentes no es más que el reverso de la solidaridad que se esta-
blece entre quienes se adhieren a unos mismos valores. La solida-
ridad en unos valores compartidos puede pues ser, simultáneamente,
una fuente de unidad social y, en razón de esa unidad a la que da
lugar, una fuente de conflictos sociales o-, por lo menos, de diversidad
social.

EL SIMBOLISMO Y LA ACCIÓN _SOCIAL

Las consideraciones precedentes sobre las relaciones entre moi


delos y valores y sobre las funciones sociales de los valores nos
han preparado para abordar el problema del simbolismo en la acción
social. Cabe decir, en efecto, que, en cúanto ideales, los valores

85
necesitan siempr'e ser afirmados concretamente por otra cosa; que
la adhesión _de una persona o de una colectividad a unos valores
debe manifestarse en unas conductas observables. Los modelos pa-
san a convertirse entonces en expresiones simbólicas de los valores;
o, más exactamente, quizá pudiera decirse que la conformidad exter—
na de la conducta a los modelos simboliza la adhesión interna del
sujeto a un determinado orden de valores. Y la adhesión a los
valores simboliza, a su vez, la pertenencia a una sociedad o colec-
tividad concretas. En consecuencia, el universo de los modelos y
de los valores se nos aparece como un vasto universo simbólico
en donde se mueven los sectores sociales, los grupos, las colectivi-
dades, las civilizaciones. No resulta pues exagerada la afirmación
de que la acción social está entera e incesantemente inmersa en el
simbolismo, que r_ecurre de infinitas maneras a los símbolos y que
viene a un tiempo motivada y modelada por diferentes tipos de
símbolos. También cabe decir que la acción humana es social por—
que es simbólica: el simbolismo es un componente esencial de la
acción social y uno de sus principales fundamentos. Fácilmente se
comprenderá la importancia de este punto.

Definición de símbolo

La deftnicíón más simple de símbolo afirma que es <<una cosa


que ocupa el lugar de otra», o también <<una cosa que evoca y
sustituye a otra». Una estatua recuerda simbólicamente a un per-
sonaje, un acontecimiento o una idea, asegurándoles así una pre-
sencia y una acción continuas_. Una palabra sustituye simbólica-
mente a una cosa, por cuanto la evoca sin que resulte necesaria su
presencia física.
De los ejemplos aquí transcritos se desprende que el símbolo
requiere tres elementos: 1) 10 significante, que es el objeto que
ocupa el lugar de otro, es decir, el símbolo mismo, en el sentido
estricto y concreto de la palabra; 2) lo significado, o sea, la cosa
cuyo lugar es ocupado por lo significante; 3) la Signiñcación, que
es la relación entre lo signiñcanté y lo signiñcado, relación que por
lo menos debe ser percibida e interpretada ¡por la persona o per—
sonas a quienes va dirigido el símbolo. Puede darse el caso de que

86
lo signiñcante tenga una relación <<natural» con 10 significado: el
humo indica la presencia de un fuego, etc. Pero, en realidad, se
trata entonces de signos o señales elementales, más que de verda-
deros símbolos. Con escasas excepciones, todos los símbolos socia—
les tienen una relación convencional con sus respectivos objetos
signiñcados. Implica esto la necesidad de un cuarto elemento del
simbolismo, a saber, la existencia de un código definidor de la rela—
ción entre los significantes y los significados. Dicho código debe ser
conocido y aprendido por los sujetos a quienes van dirigidos los
símbolos, a fin de que éstos sean realmente significativos.

El simbolismo y la evolución humana

La capacidad de comprender y aprender la relación existente


entre un sígniñcante y un significado constituye precisamente la di-
ferencia fundamental entre el hombre y las demás especies animales.
Dicha capacidad, aun cuando se registre en algunos animales, es
siempre limitada en su caso. Lo que caracteriza a la especie huma—
na es la amplitud de la aptitud simbólica. Esa amplitud ha reque-
rido determinados desarrollos 'ñsiológíéos, sobre todo del cerebro,
de la masa encefálica, del rostro, y también de la mano, como ha
demostrado el etnólog0 francés André Leroi-Gourhan 7. Este etnó-
logo, en efecto, ha sostenido que la fabricación de herramientas y
la elaboración de símbolos <<están neurológicamente vinculadas...
por cuanto recurren en el cerebro al mismo equipamiento fun-
damental». La capacidad de producir y utilizar unos símbolos ha
sido pues el fruto de una lenta evolución, proseguida a lo largo de
centenares de miles de años. Dicha evolución ha permitido a la
especie humana distanciarse de las ramas animales más próximas
a ella y separarse y constituirse como una realidad aparte en el
orden animal. De ahí que, de acuerdo con Ernst Cassirer8, quepa
deñnir al hombre como a un animal simbólico, ya que el hombre
7. André LEROI—GOUÁHAN, Le gesta et la parole, 2 volúmenes, Editions Albin Michel, Pa—
rís 1964. Se trata de un magnífico y riquísimo estudio sobre la evolución del simbolismo y de
la comunicación en la especie humana.
8. Varios trabajos de Ernst CASSIRER han sido traducidos del alemán al inglés, en particu—
lar The Philosophy of Simbolíc Forms, 3 volúmenes, Yale University Press, New Haven 1953.
El lector encontrará un resumen del pensamiento de CASSIRER en su An Essay On Man, Yale
University Press, New Haven 1944, y en Language and Myth, Harper and Brothers, Nueva

87
es razonable gracias a la amplísima aptitud por él cónquistada de
repres'entarse las cosas de una manera simbólica, mediante palabras
y conceptos, de manipular simbólicamente las realidades. Esa apti-
tud para manejar el ' símbolo ha permitido al hombre acrecentar
inñnitamentet más que las restantes especies animales su capacidad
de invención y, finalmente, su poder sobre el resto dél mundo. El
hombre ejerce un dominio sobre el mundo en modo alguno propor-
cionado con su fuerza física. Lo debe al empleo que ha podido
hacer de los símbolos.
El simbolismo que confiere al' hombre su poder sobre el mundo
no es sin embargo el resultado de una evolución biológica sola—
mente. Es también el resultado de una evolución social. Sólo por
la interacción social ha podido el hombre desarrollar su aptitud
para manejar el símbolo, constituyéndose de algún modo la socie—
dad en depositaria de los símbolos acumulados. El simbolismo, na-
cido como la herramienta en y por la acción humana colectiva, ha
favorecido a su vez una vida social más organizada, más compleja
y más dinámica. Simbolismo y sociedad están pues estrechamente.
asociados en su evolución. No debe pues sorprender la imposibilidad
de considerar uno de esos dos elementos sin el otro.
Con respecto a la acción soéial, los símbolos cumplen dos fun—
ciones esenciales, relativas a los fundamentós mismos de la orien-
tación normativá'f de la acción: la función de comunicación y la
función de participación. La primera es aquella por la que el sim—
bolismo permite la transmisión de mensajes entre dos o varios
sujetos. La segunda es aquella por la que el simbolismo fomenta
o exige el sentimiento de pertenencia a unos grupos o a unas
bolectividades, o sirve también para la expresión de unos modos
de pertenencia, o concretiza, en fin, ciertas características de la orga-
nización de los grupos o de las colectividades, con miras a quienes
forman parte de los mismos y con miras también, a veces, a aque-
llos que mantienen una relación con dichos grupos o colectividades.
Ambas funciones, está claro, no se excluyen mutuamente: puede
afirmarse, en particular, que el simbolismo de comunicación favo-
rece la participación y que el simbolismo de participación establece

York 1946. De CASSIRER, en castellano, véanse los 4 volúmenes— _E_17Prr'oblema del Conocimiento,
Fondo de Cultura Económica, México 1953, y en la misma editorial, Las ciencias de la cul—
tura. Por su parte, Mito y lenguaje ha sido publicado en Nueva Visión, Buenos Aires 1959.

88
diversos modos de comunicación, 10 que es rigurosamente exacto,
En realidad, casi todos los símbolos desempeñan ambas funciones
a la vez,. bajo diversas modalidades, aun cuando determinados sím—
bolos cumplan de algún modo la tarea más específica de promover
la participación de' los miembros de una“colectivídad, como veremos
más adelante, mientras que otros son más particularmente símbolos
de comunicación.

EL SlMBOLISMO-z FUNCIÓN DE COMUNICACIÓN

Pensamiento y lenguaje

Analicemos detalladamente las dos furicíones sociales del sim-


bolismo. En primer lugar, su función de comunicación. Ya hemos
dicho que la interacción y la acción social son básicamente fenóme—
nos de comunicac'íá1. Toda forma de interacción y_ una gran parte
de la acción social exigen, de los actores, la emisión y la recep-
ción de mensajes. A este fin, los sujetos pueden recurrir a diferentes
símbolos: el lenguaje hablado utiliza una gama de sonidos para
componer una gran variedad de símbolos (las palabras); el lenguaje
puede ser eseíito,' y, llamado a una mayor difusión cuando lo escrito
es impreso; el lenguaje puede también revestir otras formas, como
el código telegráfico o el semáforo; la comunicación puede asimismo
efectuarse sin que los sujetos recurran al lenguaje propiamente
dicho (el gesto, la postura del cuerpo, 'la mímica del rostro). Esta
última forma de comunicación suele acompañar al lenguaje hablado,
ál que, llegado el caso, puede suplir () al que completa con harta
frecuencia. Hasta puede que el gestoy la mímica -que acompañan
a una frase presten a ésta un sentido muy diferente del que tendría
sin esos mensajes suplementarios.
Estas diversas formas de comunitación constituyen un primer
nivel de simbolismo. Los conceptos, evocadores de una realidad,
forman un segundo nivel de simbolismo, por cuanto son imágenes
o representaciones mentales que ocupan el lugar de las cosas, de
los seres a los que se refieren. Los conceptos, aun siendo "perso-
nales de cada uno, son también, en número muy considerable, un
prºducto esencialmente social. Piénsese, por ejemplo, en todos los

89
conceptos que expresan virtudes, cualidádes, defectos, mitos, 0 en
aquellos que se refieren a la historia pasada, a las actividades so-
ciales, económicas, políticas, etc. ,
Entre losyconceptos y -el lenguaje, el vínculo es estrecho y cons-
tante. No solamente los conceptos se expresan en unas palabras,
sino que las palabras dan también origen a los conceptos o abren
el acceso a los mismos. Este hecho ha sido ilustrado de un modo
singularmente dramático por el caso, a menudo citado, de Helen
Keller. Sorda y ciega a los dieciocho meses de haber nacido, He-
len Keller habría crecido y vivido casí apartada de todo contacto
con los hombres y las cosas, si no se hubiese beneñcíadode la
asistencia prestada por una enfermera ingeniosa y abnegada. La
enfermera en cuestión se esforzó por enseñarle algunas palabras.
Recurrió al procedimiento de poner las manos de Helen sobre su
boca y su garganta, de repetir una palabra hasta que Helen captara
los movimientos de todos los músculos y pudiera reiterarlos. En su
autobiografía 9, Hellen Keller cuenta que las palabras que aprendía
no tenían al principio signiñcación alguna para ella: las repetía
por el mero placer que le procurabar_1 los movimientos que ejecuta—
ba con su boca y su garganta. Un día, a la edad' de nueve años,
Helen jugaba con el agua del grifo mientras la enfermera repetía
a su lado la palabra <<agua». Súbitamente comprendió que el líqui-
do que se deslizaba por sus dedos tenía un nombre, que las palabras
que aprendía correspondían a otros tantos objetos,_ y, como dice
ella, cayó en la cuenta de que <<todo tiene un nombre». Fue para ella
una revelación. Se trataba, en realidad, de la toma de conciencia del
simbolismo y de su poder. A partir de ese momento, su vida mental
se organizó, pudo comunicarse con su entorno y convertirse en un
ser social. Pese a su handicap, Helen Keller escribió incluso varios
libros, llevó una existencia activa en favor de las personas mudas
y ciegas, y su ejemplo sirvió para la educación de otros muchos
casos similares. Su historia ha revelado también hasta qué punto
el pensamiento humano depende del simbolismo y, más exacta-
mente, de' la relación entre los símbolos del lenguaje y los símbolos
conceptuales.
Se ha llegado 'más lejos aún. Benjamin Late Whorf, en una serie

9. Helen KELLER, The Story of my Life, Doubleday, Page and Company, Nueva York 1903.

90
de artículos sobre las lenguas de los indios de América lº, se ha
esforzado por demostrar que la representación de ciertas realidades
como el tiempo, el espacio, el movimiento, no es universalmente
idéntica y que las“ variaciones dependen de la estructura de la len—
gua en la que se -ha aprendido a percibidas y pensarlas. Una
lengua encierra ya una visión del múndo, necesariamente adoptada
por quienes la hablan. Esta hipótesis fue ya expuesta en el siglo XIX por
'el lingííista alemán von Humboldt. Fue luego asumida por el antro-
pólogo y 1ingííísta norteamericano Edward Sapir y elaborada des-
*. pués por Whorf. '
Llegamos pues a la con'c1usión de que la lengua no consiste
solamente en la utilización de unos símbolos para expresar unos
conceptos, conceptos que a su vez representan la realidad. Los sím—
bolos del lenguaje participan en el desarrollo de los conceptos, de
las ideas, como podrían también determinar el contenido mismo
de los coñceptos, si se admite la hipótesis de Sapír-Whorf. Se ad-
vierte pues hasta qué punto el simbolismo, el pensamiento y la
comunicación están estrechamente vinculados entre sí, y se inñuyen
y condicionan mutuamente. -

Eficacia y ambigi¿edad de los símbolos

Pero, precisamente porque la comunicación humana descansa


sobre la utilización de diferentes formas y diferentes niveles de
simbolismo, su eficacia está sujeta, a numerosas condiciones, ade—
cuación de lo signiñcante y de 10 signiñcado, uso de los símbolos
más apropiados por parte de quien emite el mensaje, completa
transmisión del mensaje libre de toda interferencia, interpretación
exacta del mensaje por parte de aquel a quien está destinado. La
sola enumeración de estas condiciones indica ya cuántos errores o
distorsiones puede sufrir la comunicación humana. Entre lo signi-
f1cante y 10 significado, la relación resulta algunas veces equivoca,
porque el símbolo, al tiempo que evoca una realidad, la enmascara—
al tomar su lugar, no la revela total ni exactamente, y 1ddeforma_

10. Estos artículos, publicados originalmente por Wharf en revistas técnicas, _han sido reedi—
tados, tras la muerte del autor, en un volumen titulado Language, Thought and _Reality, MIT
Press, Cambridge, Mass. 1962.

91
' y reconstruye. Un mismo símbolo, una misma palabra, no evoca los
mismos aspectos de una cosa en personas diferentes. ¿Y qué decir
de los posibles contrasentidos entre personas pertenecientes a gru—
pos diferentes, a clases sociales o a sociedades diferentes? Las defi-
ciencias de la comunicación y sus consecuencias han empezado a se;
estudiadas, sobre todo en el caso de las relaciones internacionales,
de las relaciones interétnicas, de las relaciones entre patronos y
obreros, de las relaciones laborales en el seno de las organizaciones
burocráticas “
Lo que, en definitiva, sorprende no es tanto los errores en la
comunicación, cuanto 'el hecho de que no sean más abundantes aún
y de que, a pesar de las numerosas condiciones que exige, Siga
siendo la comunicación humana' un proceso relativamente eficaz.
Concluyamos esta sección subrayando el hecho, sin poder sin
embargo detenemos más en él, de que la comunicación se ha
convertido, 'de unos años a esta parte, en el objeto de muchos y
variados estudios. No son pocas las razones que explican este nuevo
interés: , _
a) Se ha cobrado conciencia de qué la Comunicación puede
tener una enorme importancia en la eficacia de las grandes organiza-
ciones modernas de_ trabajo. .
b) 'Los progresos de las técnicas de comunicación de masas
han prestadº a la comunicación una dimensión nueva, ampliando
su radio de difusión en proporciones hasta. ahora ignoradas.
c) La matemática de 135 comunicacionés ha progresado rápi-
damente y está llamada a prestar cada vez más servicios en varios
sectores. ' v _ “
d) La cibernética, en la que los“ procesos de comunicación
son fundamentales, es '. prádiéamente considerada hoy como' una '
ciencia, y sus aplicaciones no dejan de multiplicárse._

' EL SIMBOLISMO: FUNCIÓN DE PARTICIPACIÓN

Los símbolos, además de la comuni_cación, ofrecen otras modali-


dades de influencia sobre la vida social, principalmente en cuanto

D. Irwin, Inc., Homewood, III. 1960.

92
sirven para co11crétizar, vísúalizar y tangibilizar realidades abstrac-
tas, mentales o morales de la sociedad. ¡Contribuyen de este modo
a recordar y mantener sentimientos de pertenencia; a suscitar o ase-
gurar la participación apropiada de los miembros, de acuerdo cºn
la posición y el rol que cada uno de ellos ocupa, y a sostener <<el
orden social natural» y las solidaridades que supone.
Hemos analizado antes las relaciones entre los modelos y los
valores. Dichas relaciones son profundamente simbólicas, por cuan-
to los modelos pueden ser considerados como formas simbólicas
de los valores. La orientación de la acción conforme a determinadps
modelos prueba asimismo, de una manera simbólica, la adhesión del
sujeto a unos valores dados. En fin, la adhesión misma a los valo-
res simboliza, a los ojos del propio sujeto y de los demás actores,
su participación e_:n esta o aquella colectividad, en esta o aquella
sociedad.
Esta función eminentemente social del simbolismo adopta sin
embargo numerosas y diversificadas formas concretas. Intentaremos
describir las principales. Las agruparemo—s en cugtro apartados: los
símbolos que favorecen las solidaridades, los símbolos que deñnen
la organización jerárquica de las colectividades, los símbolos que
¿ enlazan el presente con el pasado, y los símbolos que actualizan
las fuerzas y los seres sobrenaturales.

Los símbolos de solidaridad

Las colectividades son entidades abstractas necesitadas de sím-


bolos que las hagan recordar a_ los miembros que forman parte" de
las mismas, que las distingan de las otras o añrmen su existencia
a los ojos de las demás. Tal es el caso de las colectividades nacio-
nales o étnicas, que se ofrecen a nuestra mirada bajo diversos sím-'
bolos: una bandera, unos escudos, un himno, un color distintivo,
un hombre de Estado (el rey, el jefe de Estado, el presidente, etc.),
una institución política (la corona británica, la constitución norte-
americana, etc.), un animal (el oso soviético, el águila norteame-
ricana, el león inglés, el castor Canadiense), un personaje_<<típico»
(John Bull inglés, Marianne francesa, Jean-_Baptiste canadiense-
francés, Jim Crow negro norteamericano). No sólo estos símbolos

93
ayudan a representar concretamente a unas colectividades, sino que
pueden también utilizarse para suscitar o mantener el sentimiento
de pertenencia y la solidaridad de los miembros. Esto es lo que
persiguen y provocan, por ejemplo, el canto del himno nacional por
una masa, el periplo de un jefe de Estado en el momento apropiado,
la caricatura que presenta al personaje <<típico» en trance de afron—
tar las actuales dificultades de la colectividad (en ocasión de una
crisis internacional o de una elevación del coste de la vida), e1'iza-
miento de la bandera o la jura de la bandera. Es sabido con qué
respeto casi fetichista a la banderá crece el joven norteamericano,
y hasta qué punt'o aprende a respetar el protocolo que rodea a la
bandera.
Uno de 105» problemas con que se enfrenta una joven na-
ción consiste precisamente en crear ese simbolismo y, sobre todo,
en lograr que sea significativo y vivo para el conjunto global de
la población.
Colectividades menos considerables que la nación o la etnia
revisten asimismo formas simbólicas de participación. Tal es el caso,
en particular, de los partidos políticos, obligados a sostener la
solidaridad de sus adeptos y a suscitar nuevas simpatías. Los .estra—
tegas de los partidos políticos cuidan extraordinariamente este as-
pecto simbólico: dar con la fórmula—choque que simbolice el espí-
ritu y el programa del partido, elaborar una imagen simbólica de
sus jefes susceptibles de ser comprendida y acogida, etc. En perío—
do electoral, el' simbolismo de la vida política prolifera y puede
llegar a ser muy rico. En Estados Unidos, Warner ha analizado, en
su estudio sobre Yankee City 12, el simbolismo prestado a un homé
bre político y su modo de utilizarlo.
En general, las asociaciones voluntarias, (sobre todo los movi-
mientos de carácter ideológico, recurren a un rico simbolismo para
suscitar la solidaridad de sus miembros y evidenciar su existencia:
banderas, insignias, indumentarias, cantos, slogans, etc. Los estudios
sobre los … gangs han demostrado cómo és_tós, uná vez organizados,
recurren abundantemente al simbolismo de ' la participación: ritos
de iniciación, insignias, adornos, jerga propia, actividades, conduc—

12. W.L. WARNER, The Living and The Dead: A Study of the Symb'ólíc”Life of Americans
,
Yale University Press, New Haven 1959. Se trata seguramente del estudio
empírico más im—
portante y más rico sobre el fenómeno simbólico.

94
tas, todo cobra un sesgo simbólico para añrmar, sostener y reforzar
la pertenencia de los miembros13
A un nivel más microsocíológico, muchas fiestas y ceremonias
familiares revisten un simbolismo de participación. Se asiste al
matrimonio o a los funerales de un pariente para testiñcar una
solidaridad. Abstenerse equivaldría a manifestar una lamentable .in-
diferencia ante la propia familia. Los intercambios de regalos, las
tarjetas de felicitación y determinadas visitas constituyen otras
tantas manifestaciones del <<espíritu de familia».
El carácter simbólico de la bebida alcohólica merecería un es—
tudio especial. Beber juntos es recordar unos lazos que unen, unos
sentimientos que se comparten, unos acontecimientos que se cele—
bran. Las ñestas y las ceremonias familiares se acompañan de liba-
ciones: nacimientos, matrimonios, despedidas, llegadas, aniversarios
(antaño, la muerte incluso). El reencuentro de unos amigos se ce—
lebra con unas copas. En muchas religiones, la bebida alcohólica
simboliza la comunión de los creyentes.

Los símbolos de organización jerárquica

La organización interna, a ménudo compleja, de las colectivida—


d_es se actualiza constantemente por medio de diversos símbolos.
Durkheim advirtió ya este hecho y 10 ilustró en el caso de las
sociedades primitivas. Tras él, los antropólogos han estudiado con—
siderablemente el simbolismo en las sociedades primitivas.
Nos atendremos aquí solamente al simbolismo relativo a la je-
rarquía de las colectividades, limitándonos a unos cuantos ejemplos
familiares. De hecho, todas las jerarquías sociales conllevan un
riquísimo simbolismo, como si fuera particularmente importante
que las distinciones de rango y de poder sean lo más'patentes po- '
sible. ¡Cuántos símbolos traslucen las diferencias de clases, de es-
tratos, de prestigio en el seno de la sociedad! Todo cobra aquí un
valor de símbolo. El barrio, el tipo de residencia, el automóvil, la
escuela que frecuentan los hijos, las “asociaciones o clubs de los

13. Véase a este respecto, por ejemplo, el estudio de F.M. THRASHER, The Gang; A Study
of 1313 Gangs in Chicago, The University of Chicago Press, Chicago 21936; y también William
Foote WHYTE, Street Comer Society, The University of Chicago Press, Chicago 1943.

95
que se es miembro, la indumentaria, las diversiones, el lugar de las
vacaciones, el lenguaje, todo juega el papel de indicador, de signo
o de símbolo del estatuto que se posee, del poder que se ejerce,
del prestigio de que se goza. No escapan a este fenómeno las so—
ciedades que más democráticas o igualitarias se consideran. Lo que
no significa, evidentemente, que la escala social se reduzca a un
mero simbolismo. Tiene, qué duda cabe, otros fundamentos. Por
lo demás, el simbolismo que la rodea no hace más que evidenciada,
reforzarla, acrecentar su rigidez y contribuir frecuentemente a per-
feccionar su refinamiento.
Dada la natural índole . jerárquica de la organización burocrá—
tica, cabe esperar que este tipo de simbolismo prolifere en ella.
A este respecto el funcionarismo público puede constituir, sin duda,
un ejemplo privilegiado. El rango, el poder y la jurisdicción de
los funcionarios se expresan simbólicamente de varias maneras: la
dimensión del despacho, el hecho de tener o no una antesala, la di—
mensión de la misma, el mobiliario, la alfombra, la decoración, la
¡ secretaria particular, el estatuto de dicha secretaria, y hasta el tono
del traje (generalmente más oscuro a medida que el sujeto se
eleva en la jerarquía) o el tipo de corbata. Todos estos elementos
aceesorios ayudan a identificar el estatuto de cada funcionario y
'— 10 que es más importante aún — indican la amplitud de su auto-
ridad y la conducta que debe observarse en su presencia. El de-
corado que rodea a un ministro o a un alto funcionario trasluce
el estatuto del personaje e inspira ya el respeto que se le debe.
El aparato simbólico es característico, en grados diversós, de
todas las burocracias. Es suficiente observar un poco la organiza—
ción y la vida de una universidad, de una fábrica, de una oñcina,
de una comunidad religiosa, de un hospital, para espigar en poco
tiempo una rica colección de símbolos jerárquicos.
En todas estas jerarquías, la indumentaria y los adornos que
cabe añadirle merecerían un estudio especial. <<En el hombre — es-
cribe Leroi—Gourhan —, el valor protector de la indumentaria no
es 'más importante que su forma. Por el vestido y por los acceso—
rios decorativos que lo acompañan se establece el primer grado de
reconocimiento social... Cada individuo, masculino o femenino, aun—
que siempre enfundado en ¡in traje o en un vestido,—lleva determinado
número de insignias que permiten, por el color de su co'rbata, por

96
* la forma de su calzado, por el motivo decorativo de sus botones,
por la calidad del tejido, por el perfume que gasta, situarle con
considerable precisión en la escala social. Lo que es cierto en nues-
tra sociedad 10 es también en Melanesia, entre los esquimales o en
China» ”. La indumentaria "sirve ya para distinguir a los sexos, a
los grupos en cuanto a la edad, a los trabajadores manuales y a los
trabajadores no manuales (<<monos», <<camisas blancas»), a los mi—
' litares y a los civiles,. al clero y a los fieles. A esto se añaden todas
las distinciones de rango _ susceptibles de ser indicadas. Piénsese
¿en 'los problemas protocolarios que plantea la indumentaria en oca—
sión de un matrimonio, de un banquete oficial, de una ceremonia
pública, de una recepción mundana. En el mundo religioso., la indu—
mentaria puede significar simultáneamente la pertenencia y el esta-
tuto. De un religioso, se dirá que <<cuelga los hábitos», aun reco—
nociendo, claro está, que <<el hábito no hace al monje». El cardenal
<<recibe la bírreta» o <<e's revestido con la púrpura». El obispo recibe
el anillo, y el clérigo la tonsura. La indumentaria religiosa ha sido
siempre el' signo del carácter peculiar del clero, que es así <<puesto
aparte», por me pertenecer ya al mundo». La simpliñcáción del
hábito religioso pretende hoy ser también un símbolo: el de la
aproximación entre las Iglesias y el mundo. '

Los símbolos del pasado

El pasado proporciona a una colectividad una parte de su iden-


tidad, como en el caso de los individuos. Una sociedad se define,
en parte,. por sus orígenes, por su historia, por' .su evolución, por
determinados acontecimientos memorables, como, una vez más," en
el caso de los individuos. Maurice Halbwachs ha sostenido brillan-
temente esta tesis, a propósito de 10 que él llama <<la memoria co- '
lectiva» 15, cuya analogía con la memoria individual es a menudo
sorprendente. .
La memoria colectiva no coincide necesariamente con la historia
de los historiadores, aun cuando se inspire en ella. La memoria co-

14. A. LEROI—GOURHAN, o.c., vol. 2, p. 188. .


15. Maurice HALBWACHS, La mémoire collective, obra póstuma publicada por Jeanne
Alexandre, PUF, París 1950.

97
lectiva debe simplificar, resumir, sintetizar, deformar y mistiñcar
el pasado. A este fin, recurre abundantemente al simbolismo. Algu—
nos nombres de grandes personajes aureolados con el mito son su-
ficientes, como también unas cuantas fechas, unos cuantos lugares
preñados de recuerdos y determinados acontecimientos más o menos
deformados. En los pueblos carentes de escritura, la historia y la
memoria colectiva están más fusionados en el pensamiento mitoló—
gico, en el que el tiempo se confunde y para el que la plausibilidad
de los acontecimientos no constituye problema alguno. La ruptura
entre historia y memoria colectiva deja a esta última los elementos
mitológicos del pasado y plantea el problema de la plausibilidad del
acontecimiento. La memoria colectiva resuelve entonces el problema
¿ateniéndose solamente a un reducido número de hechos.
') Simpliñcadora y deformadora, la memoria colectiva no es más
que un poderosísimo agente de solidaridad social. Los símbolos por
ella utilizados están preñados de sentido. Los recuerdos que dichos
símbolos evocan están cargados de afectividad comunitaria, son fuen-
te de comunión psíquica y casi biológica; proporcionan una expli-
cación de la situación presente o, por lo menos, una racionalización;
proponen, en En, una serie de lecciones para el futuro. Ya es_ sufi-
ciente pata que contribuyan poderosamente a la solidaridad de las
colectividades, a la participación de sus miembros y a la orienta—
ción de la acción individual y colectiva.

Los símbolos religiosos y mágicas

El simbolismo religioso y mágico es de un orden diferente al de


los precedentes, puesto que tiene como objetivo primordial religar
al hombre a un orden supranatura1 o sobrenatural. Pero puede afir—
marse que el simbolismo religioso no es por esto menos profunda-
mente social. A la postre, cabe decir que las relaciones entre el hom—
bre y el universo sobrenatural son, en buena medida, relaciones
interpersonales que tienen mucho en común con las relaciones so-4
ciales. Sin ir tan lejos, sin embargo, es cierto que el simbolismo
religioso se nutre con elementos del contexto social¿ expresa reali-
dades sociales y tiene un alcance y unas consecú€ndas también so-
ciales. El - simbolismo religioso sirve, por ejemplo, para distinguir

98
a los ñeles de los no fieles, a los clérigos de los fieles, a los lugares
santos o sagrados de los lugares profanos, a los objetos puros de
los objetos impuros, etc. Introduce así una línea divisoria en la
textura misma de la sociedad, con lo que opera unas reagrupaciones,
traza unas fronteras y constituye unas jerarquías. Ya sea por la
indumentaria, como se ha indicado antes, ya sea por unos sacra—
mentos, por unos ritos, por unos signos invisibles, lo cierto es que
la religión abunda en símbolos que dividen para mejor reunir.
De otro lado, la vida religiosa misma" es casi universalmente
una actividad social, En _la que la solidaridad mística juega un .pa-,
pel capital. Dicha solidaridad recurre a— una variadísima gama de
símbolos, a fin de exteriorizarse y desarrollarse; He aquí' algunos
ejemplos: la constitución de comunidades humanas geográfica y de—
mográñcamente identiñcables (la parroquia, la diócesis, etc.), que son
al mismo tiempo comunidades espirituales; las ceremonias que»exi-
gen la participación de los asistentes bajo diversas formas simbó—
licas (ofrendas, comuniones físicas, expresiones corporales, gestos,
mímicas, insignias, _etc.); las ceremonias,, de otra clase, que señalan
unas etapas de la vida religiosa, como también de la vida humana,
y sirven para subrayar o recordar la adhesión, como los ritos de
iniciación, las ceremonias matrimoniales, los ritos funerarios.
Si examinamos ahora la magia, advertiremos que es esencialmen-
te simbólica. La magia consiste en la manipulación, por ;parte del
hombre, de fuerzas supranaturales invisibles e intangibles mediante
el recurso a los símbolos apropiados. En este caso, el símbolo mis-
mo está dotadq de un poder activo, razón esta por la que es a un
tiempo símbolo 'y fuerza. Hasta puede que no sea ya ambigua la
analogía entre el símbolo y el efecto que se propone producir, como
en los ejemplos ya transcritos en_ el capítulo anterior: el enemigo
morirá al traspasar ritualmente unas estatuillas que lo representan;
su salud qúedará quebrantada al arrojar a su campo un objeto do-
tado de un maleñcio. v
En las sociedades primitivas, la magia está estrechamente vincu—
lada a la vida social. Interviene en el trabajo, en la guerra, _en las '
empresas importantes. Se inscribe ”en las relaciones humanas. Pfo- *
tege y defiende tanto a la colectividad como a los individuos. La
¡magia ha. sido considetablemente resorbída en las sociedades mo—
demas, pero no ha desaparecido en ellas, aun cuando, evidentemente,

99
no desempeña ya las importantes funciones que antaño se le atri-
buyeron. '
Añadamos, por último, que el caso del simbolismo mágico, y del
religioso sobre todo, resulta instructivo para nuestro propósito. Si
la religión y la magia están tan ricamente dotadas de símbolos di—
versos, es porque se refieren a un universo invisible, directamente
inaccesible, razón esta por la que deben recurrir a la vía simbólica
para mantener al hombre en contacto con ese universo. Ahora bien,
la sociedad presenta en muchos aspectos estas mismas características:
trasciende a cada persona; requiere la solidaridad con unas comu—
nidades vastas, complejas o difícilmente perceptibles a veces ; obliga
al unas relaciones entre grupos, entre colectividades y actualmente
entre masas ; se divide y subdivide en unidades y subunidades cada
vez más precisas. La entidad moral en que consiste la sociedad; y su
organización compleja, no podrían ya, al igual que la religión, existir
ni pérpetuarse sin la aportación multiforme del simbolismo, tanto
_por la participación o la identificación que éste fomenta, como por
la comunicación de que es instrumento.

CONCLUSIÓN

Al término de este análisis, puede afirmarse que los símbolos


sirven para vincular entre sí a los actores sociales, gracias a los
diversos medios de comunicación que ponen al servicio de éstos ;
sirven asimismo para relacionar los modelos con los valores, de los
que son expresiones más concretas y más inmediatamente obser—
vables ; los símbolos, en fm, recrean incesantemente la participación
y la identificación de las personas y de los grupos en las colectivi—
dades, y renuevan constantemente las solidaridades necesarias a la
vida social. A través de los símbolos,- e1 univeer ideal .de los valo—
res cobra realidad, se hace “ realidad. Si hemos podido decir al
principio de este capítulo, de acuerdo con Durkheim, que los va-
lores forman parte de la Sociedad al igual que los inmuebles y la
red de carreteras, es porque los Símbolos los actualizan, los realizan
en el sentido más literal de la palabra.
Más allá de los fundamentos normativos _drefla acción social,
han aparecido pues unos fundamentos ideales, que situamos en el

100 “
universo de los valores, y unos fundainentos simbólicos esenciales
para la actualización de los valores. La orientación normativa de
la acción social descansa pues sobre el plano más profundo de la
orientación hacia los valores, por y a través de una riquísima gama
de formas simbólicas. Esos fundamentos ideales y simbólicos son
los que prestan a la orientación normativa de la acción su signi-
ñcac'ión real, su Coherencia interna. La orientación normativa de la
acción, a su vez, ”confiere vida y realidad a los valores, por cuanto
los actualiza en unas conductas concretas y (o) simbólicas(
La estructura de la acción social resulta pues de la dinámica¡
-de un conjunto de elementos, superpuestos y sobre todo interde-
'pendientes. La dinámica de esos elementos es' infinitamente com—
pleja, y su sutileza rebasa considerablemente el análisis que hemos
hecho de los mismos. Este análisis, sin embargo, nos llevá ahora a
la noción más propiamente macrosociológica de cultura, noción a la
que vamos a consagrar el próximo capítulo.

101
Capitulo IV

CULTURA, CIVILIZACIÓN E IDEOLOGÍA

Si recapitulamos el proceso seguido hasta aquí, recordará el


lector que hemos abordado la realidad social a partir de la unidad
más reducida de observación en sociología: la relación entre dos
personas, 'de la que hemos desprendido la noción de acción social,
a partir de la noción de interacción. Tras haber oí>servado que ia
acción social presenta una estructura, hemos buscado sus fundamen—
tos, identiñcándolos bajo la forma de modelos, de roles y de san—
ciones que prestan a la acción de los» sujetos—actores sociales su
orientación normativa. El análisis de la orientación normativa de
la acción nos ha remitido luego a un plano más profundo de la
acción social, el de los valores, a los que una .gran variedad de sím-
bolos confieren vida y realidad, expresándolos a través de los mo—
delos. Hemos insistido en repetidas ocasiones en el hecho de que
los modelos, roles, sanciones, valores y símbolos, en cuanto fun—
damentos de la acción social, son externos a las personas al tiempo
que son interiorizados por ellas, <<objetivos» “y <<subjetivos», y de-
ben ser captados y concebidos en la reciprocidad de las perspectivas
propias de la psicología y de la sociología.
Pero las nociones que hemos presentado para esclarecer y explí-
car la acción social correspondían a elementos fragmentari05, par-
ciales, de la realidad social. Esos diferentes elementos, evidente—
mente, se 'conjugan entre sí, se imbrican mutuamente. Hemos in—
t_entado pues evidenciar los vínculos que unen a los roles ya los
modelos, a los modelos y a las sanciones, a los modelos y a los va—

. 103
lores, a los símbolos, & los valores y a los modelos, eludiendo así
el peligro de un análisis excesivamente atomizado. La antropología
y la sociología han elabórado un concepto que reúne y abarca todos
esos elementos, el de cultura. Se trata pues de un concepto más
global que los precedentes, de modo que, al abordarlo, accedemos
netamente al plano macrosociológico de la realidad social.
La noción de cultura forma actualmente parte del lenguaje ha—
bitual de las ciencias del hombre, pero en un sentido al que esta—
mos poco acostumbrados todavía. Además, el significado del término
<<cultura» ha variado, y las definiciones que de la misma se han
propuesto no siempre han sido afortunadas ni han ayudado a cla-
rificar su sentido y su alcance. Importa pues consagrar a esta noción
un análisis suficientemente detallado.

BREVE VISIÓN HISTÓRICA DE LA NOCIÓN DE CULTURA

Dado que el significado atribuido hoy al término <<cultura» en


las ciencias del hombre es totalmente ajeno al que le presta el
lenguaje corriente, será indudablemente útil resumir aquí la evolu—
'ción. seguida "por este concepto hasta constituirse en lo que es
aétualmente 1.

En <<la historia universal»

_ En Alemania cabe émplazar el origen del concepto en cuestión,


por cuanto' empezó a ser utilizado allí, a fines del siglo XVIII, en
estudios que": podemos denominar de <<historia universal». Dichos es-
tudios se proponían reconstituir una historia general de la huma-
nidad y de las sociedades desde sus orígenes, bajo la forma de
grandes frescos en los que estuviera sintetizada. ' Pero aquellos his-
toriadores se interesaban menos por la historia política y militar
que por la historia de las costumbres, de las instituciones, de las
1. Para esta sección nos hemos inspirado abundantemente en el estudio muy detallado de
AL. KROEBER y C. KLUCKHOHN, Culture: A Critical Review of Concepts and Definitions,
Vintage Books, Random House, Nueva York (sin fecha de publicatió'xí). Fue publicado origi-
nalmente, en 1952, en los Papers of the Peabody Museum of American Archaeology and Etimo-
logy, Harvard University.

104
ideas, de las artes y de las ciencias. Les impulsaba una notable
curiosidad tocante a la diversidad de las sociedades y de las civi—
lizaciones, razón esta por la que acumularon una vasta y rica do—
cumentación sobre todos los períodos históricos y sobre todas las
sociedades conocidas. Pero estaban al mismo tiempo convencidos
de que la historia humana es también la historia del progreso de
la humanidad, y de que el estudio comparado de las sociedades
y de las civilizaciones revelaba la evolución seguida por el progreso.
La historia comparada debía, en particular, facilitar la tarea de
discernir los períodos de la historia y las sociedades que repre-
sentaron diferentes etapas del progreso humano. Para lograrlo, erá
preciso determinar los momentos históricos que se caracterizaron
por una ampliación de los conocimientos, por una elevación de las
artes, por un refinamiento de las costumbres, por una mayor per—
fección de las instituciones sociales. Tales momentos eran consi-
derados entonces como una fase más avanzada en el progreso.
El término <<cultura» fue empleado precisamente para describir
esa evolución en el_ progreso. Así, por ejemplo, uno de los más
célebres de esos historiadores, Johann Christophe” Adelung (1732—
1806), publicó en 1782 un Ensayo sobr_e la historia d; la cultura
de-la especie humana, en el que distinguía, a partir de los orígenes
del hombre, ocho períodos históricos, identificados por él sobre la
base de la comparación de los mismos con ocho edades de la vida
humana individual. Kroeber y Kluckhohn transcriben otros muchos
ejemplos del empleo dado al término <<cultura», en un sentido si-
milar, por historiadores alemanes contemporáneos de Adelung 2.
Parece casi seguro que esos historiadores tomaron el término
en cuestión de la lengua francesa, en la que, Siñ embargo, no tenía
este sentido. Por lo demás, lo escribían así: Cultur. Hasta fines
del siglo XIX, no aparece la transcripción Kultur. En la lengua
francesa de la edad media, el término culture signiñcaba el culto
religioso. Se empleaba couture o coture para designar un campo
labrado y sembrado. El verbo culturer, y couturer también, indica—
ba la acción de cultivar la tierra. Los términos coutiveure, culti—
veure, cultivare, cultivoure y cultivoz'son eran utilizados en el sen—
tido de cultivo del suelo 3. Hast_a el siglo XVII, al parecer, el tér—
2. O.c., p. 30-42.
3. Véanse estos diferentes términos en Frédéric GODEFROY, Dictionnaire de l”ancienne lan—

105
mino frañcés culture no indica el trabajo de la tierra, pasando
también entonces, por extensión o por analogía, 'a utilizarse en
expresiones tales como la culture des lettres, la culture des sciences.-
Hasta el siglo XVIII no empiezan los escritores franceses a emplear
el término eri cuestión para designar genéricamente la formación—
del espíritu 4. Por esa época, el término culture vino, pues, a de—
signar el progreso intelectual de una persona, o también el trabajo
necesario a ese progreso. Traducido al alemán por Von Irwing,
Adelung y sus colegas, el término culture (cultura, en castellano)
ha cobrado un sentido más amplio, por analogía una vez más, para
designar el progreso intelectual "y social del hombre en general, de
las colectividades, de la humanidad. Recibió entonces por primera
vez una connotación colectiva. Pero conservó siempre la idea de un
movimiento hacia adelante, de un mejoramiento, 'de 'un devenir…
Importa áquí subrayar, de acuerdo con Kroeber y Kluckhohn,
que el punto de vista de la historia universal no era el de una
<<ñlosofía de la historia», en el sentido que revestiría sobre todo
a partir de Hegel. Este último, por los demás, sustituirá la noción
de cultura por la de espíritu (Geist), sustitución harto simbólica de
todo lo que le oponía a la historia universal. Los historiadores a
que antes nos referíamos eran, por el contrario, empiristas, inves—
tigadores meticulosos, preocupados por realizar una tarea científica
más que filosófica, razón esta 'por la que muchos de ellos acabaron
por legarnos auténticos trabajos etnográficos. Un aspecto intere-
sante de la noción sociológicá de cultura radica en el hecho de
proceder de la historia, y no de la filosofía. Se le atribuyen con
harta frecuencia a las ciencias del hombre unos orígenes exclusiva-
mente filosóficos, olvidando la importante aportación que deben a
la historia, a través de la tradición alemana sobre todo, como he—
mos ya subrayado a propósito de Max Weber (cf. capítulo I).

gue frangaíse et de tous se: dialectes du' IXe au XVº :iécle; cf. asimismo el Dictionnaire de
la langue fran;aise du seiziéme xiecl_e, de Edmund HUGHET.
4. Según Emile TONNELAT, Civilisation: le mot et l'idée, citado por KROEBER y KLUCKHOHN,
o…c, p. 11 y 70-73.

106
En antropología, y en sociología

Pasando ahora del alemán al inglés, la noción de cultura co—


nºcerá otra _transformación. A la antropología inglesa se debe esa
connotación, más exactamente & E.B. Tyler, cuyo volumen Primitive
Culture apareció en 1871. Inspirándose sobre todo en los estudios
de Gustav Klemm, autor que había publicado en diez volúmenes, de
1843 a 1852, una monumental Historia universal de la cultura
de la humanidad, seguida de dos volúmenes sobre la Ciencia de la
cultura, Tylor extrajo los elementos que necesitaba para componer
su noción de cultura, que empleó como sinónimo de civilización.
Desde los comienzos de su obra, Tyler da una definición de la
cultura que ha sido luego citada en repetidas ocasiones: <<La cul—
tura o la civilización, entendida en su sentido etnográfico amplio,
es ese éonjunto complejo que abarca los conocimientos, ' las creen—
cias, el arte, el derecho, la moral, las costumbres y los demás há—
bitos y aptitudes que el hombre adquiere en cua_nto miembro de
la sociedad.» Esta definición, que es más bien una descripción,
ofrece la novedad y la particularidad de no presentar la cultura
como un progreso o un devenir, ya que se reñere sobre todo a un .
conjunto de hechos directamente observables en un momento dado
del tiempo y comporta la posibilidad de seguir su evolución, como
ha hecho el propio Tylor.
La noción antropológica de Cultura había nacido. No utilizada
por Herbert Spencer, al menos en este sentido, fue sin embargo
adoptada por los primeros antropólogos ingleses' y norteamericanos,
como Summer, Keller, Malinowski, Lowie, Wi_ssler, Sapir, Boas, Be-
nedict. En Estados Unidos, la antropología ha llegado incluso a
definirse como la ciencia de la cultura. Mientras que, en Inglate- '
rra, se di5tingue entre antropología física (estudio del desarrollo
y crecimiento del cuerpo humano) y antropología <<social», los nor—
teaméricanos prefieren oponer la antropología <<cu1tural» a la antro—
pología física. ' '
En sociología, el término <<cultura» fue rápidamente adoptado
por los primeros sociólogos norteamericanos, en particulat por Al—
bion Small, Park, Burgess y sobre todo Ogburñ. Sin embargo, tardó
más en abrirse camino que en antropología, verosímilmente porque

107
Rocher, Sociología 5
los grandes precursores de la Sociología, Comte, Marx,, Weber, Tón—
nies, Durkheim, no lo emplearon. Pero es hoy parte integrante del
vocabulario tanto» de la sociología como de la antropología.
La “sociología y la antropología de lengua francesa se mostraron
más remisas tocante a la incorporación del este neologismo. Los
diccionarios, siempre necesariamente retrasados cuando dé la evo—
lución de una lengua se trata, son una prueba de 10 que decimos.
Mientras que todos los diccionarios ingleses incluyen una defini—
ción soéiológica o antropºlógica, a menudo muy clara, de. la cul—
turá, su equivalente “no se encuentra siquiera en las ediciones más
recientes de los diccionarios franceses. Sin duda alguna, se debe
esto en buena parte al hecho de que la sociología de expresión fran—
cesa ha discurrido y sigue discurriendo aún bajo la influencia del
personalísimo vocabulario que adoptó Durkheim. La decadencia de
la sociología francesa en el período de entreguerras, precisamente
en el momento en que se difundía y se precisaba la noción de cul—
tura, tal vez pueda aportar también una explicación a este fenóme—
no. Hasta la nueva' generación de sociólogos franceses, surgida Itras
la última guerra, el término <<cpltura» no se hace popular en Fran—
cia, bajo la influencia de la sociología norteamericana. Arriesguemos,
por último, una última interpretación: el —término <<cultura», al haber
sido asociado? a un período <<clásico» del pensamiento francés, está pre—
ñado todavía de una signiñcacíón humanista. La lengua francesa
vacilaría en otorgarle una significación científica precisa. La lógica
de la lengua quedaría así en entredicho.
Esta breve visión histórica tal vez sirva ya para esclarecer un
poco el sentido que actualmente se- da, en sociología, al término
<<cultura», sentido que precisaremos más aún en las páginas “siguien—
tes. Pero ' esta historia de un término y de "una noción ofrece asi—
mismo un caso extraordinario de proceso de. difusión, estudiado por _
determinado número de antropólogos. Tomado del francés, rever—
tido del alemán al inglés, el término adquiere cada vez una conno-
tación nueva”, siempre por extensión o por' analogía, sin perder su
sentido original, pero revistiendo nuevos sentidos cada vez más-
distanciados del primero. Del <kcampo labrado y sembrado», que
signiñcaba en el antiguo francés, al sentido sociológico con el que
actualmente accede de nuevo a la lengua frances“á,' media una consi—
derable distancia. Y, sin embargo, es el fruto de una evolución ope—

108
rada de una manera que cabría coñsiderar como coherente, sin fisu—
ras, sin solución de continuidad.

Caltura y civilización

La evolución antes descrita debía inevitablemente desembocar


en una confrontación entre la noción de cultura y la de civiliza—
ción. En la acepción que le atribuyeronlos historiadores alemanes,
el vocablo <<cultura» acabó por adquirir un sentido muy próximq
al que poseía ya el término <<civilización». Varias distinciones fue-
ron pues propuestas, sobre todo en Alemania. Dos son las princi—
pales, a las que cabe reducir todas las demás. Consiste la primera en
englobar bajo el término <<cu1tura» el conjunto de los medios colec-
tivos con que cuenta el hombre o una sociedad para controlar o
manipular el entorno físico, el mundo natural; Se trata pues, sobre
todo, de la ciencia, de la tecnología y de sus aplicaciones. La civi-
lización abarcaría, en este caso, el conjunto de los _medios colectivos
'a los que puede recurrir el hombre para ejercer un control sobre
sí mismo,“ para crecer intelectual, moral y espiritualmente. Las
artes, la filosofía, la religión y el derecho relevarían pues de la
civilización. '
La segunda distinción es casi exactamente la inversa a la pri—
mera. La noción de civilización se aplica, en tal caso, a los medios
que sirven a los fines utilitarios y materiales de la vida humana
colectiva. La civilización reviste aquí un-carácter racional, que exige
el progreso de las condiciones físicas y materiales del trabajo, de
la producción, de la tecnología. La cultura, en esta hipótesis, abarca
los aspectos más desinteresados y más espirituales de la vida colec-
tiva, fruto de la reflexión y del pensamiento <<puros», de la sensibi-
lidad y del idealismo. _ '
Ambas distinciones tuvieron en Alemania partidarios en núme—
ro casi igual. Parece difícil afirmar que una de_ ellas gozarayde ma—
yor favor que la otra. En la sociología norteamericana, sin embargo
los autores que han juzgado necesario 0 útil mantener esa distin—
ción han optado en general por la segunda, próbablemente en razón
de determinadas influencias alemanas, sobre todo por parte de Fer-
dinand Tór1nies, cuyo pensamiento analizaremos más adelante (ca-1

109
pítulo VI), y de Alfred Weber (a quien no debemos confundir con
Max Weber). Tal es el caso, en particular, de Robert Maclver y
Robert K. Merton 5, autores ambos que, si bien en términos dife—
rentes, han mantenido entre cultura y civilización una distinción
que se inspira en la de Alfred Weber. _ .
En general, sin embargo, sociólogos y antropólogos apenas se
han preocupado por mantener dicha distinción. La consideran facti—
cia y sobre todo viciada por un dualismo equívoco_ e inspirada en
una falsa oposición entre _el espíritu y la materia, entre la sensibi-
lidad y la racionalidad, entre las ideas y las cosas. La inmensa
mayoría de ¡sociólogos y antropólogos eluden el empleo del término
<<civilización», o bien utilizan el de cultura, muy apreciado por ellos
en el mismo sentido que '<<civilización», estimando que ambos son
intercambiables. El etnólogo francés Claude Lévi—Strauss, por ejem—
plo, hábla de <<civilizáciones primitivas» 6, siguiendo en este punto
el ejemplo de Tyler, autor que, aunque haya prestado a veces a los
dos términos sentidos diferentes, ha" propuesto una misma defini—
ción de la cultura y de la civilización, como hemos visto antes.
En ciértos sociólogos y antropólogos contemporáneos encontra—
mos sin embargo las dos distinciones siguientes. En primer lugar,
emplean el término <<civilización» para designar un conjunto de
culturas particulares que ofrecen entre sí una serie de' añnidades o
que tienen un origen común. Se hablará, en este sentido, de la civi—
lización occidental, en la que hallamos réunidas las culturas fran—
cesa, inglesa, alemana,' italiana, norteamericana, etc. O se hablará
también de civilización norteamericana, cuando quiera uno referirse
a la difusión, en el mundo moderno, del modo de vida característico
de la cultura norteamericana, es decir, estadounidense. La noción
de cultura aparece entonces vinculada a una sociedad dada e iden—
tificable, mientras que el término <<civi1ización» sirve para designar
conjuntos más extensos, más englobadores en el espacio y” en el
tiempo 7.
5. Robert M. MACIVER, Society, Jts Strucíure and Changes, R. Long and R.R. Smith, Inc.,
Nueva York 1931; Robert K. MERTON, Civilization and Culture, <<Sociology and Social_ Rese-
arch», vo,1. 21, p. 103-113. Citados por KROEBER y KLUCKHOHN, o.c., p. 21-23. '
6. Sobre todo en su libro Du_ miel aux cendres, Plon, París 1966, p. 408'. Versión caste-
. llana: De la miel a las cenizas, Fondo de Cultura Económica, México.
7. Por ejemplo, tal es precisamente el sentido que Durkheim y Mauss prestan a la noción
de civilización, por la que entienden alos fenómenos sociales que no están estrictamente vincu—
lados a un organismo Socia'l determinado. Se extienden por áreas que rebasan los límites de un

110
En segundo lugar, el término <<civilización» puede tambiéri apli-
carse a las sociedades que ofrecen un estadio más avanzado de des…
arrollo, marcado por el progí:eso científico y técnico, por la urba—
nización, por la complejidad de la organización social, etc. Se asume
así el significado que tuvo durante tanto tiempo (y que sigue te—
niendo aún en el lenguaje corriente) el término <<civilización», en
el sentido de civilizar o civilizarse 8. El término en cuestión ofrece
entonces una connotación evolucionista. Pero más adelante vere-
mos que, para no incurrir en los juicios de valor que el término
<<civilización» ha implicado durante mucho tiempo, se recurre actual—
mente, en las ciencias sociales, a Vócablos como industrialización, des—
arrollo y modernización.

DEFINICIÓN DE LA CULTURA

La retrospectiva histórica de Ias páginas precedentes nos per—


mite ahora definir con mayor exactitud la cultura¿ La definición de
Tylof, antes tránscrita, es citada a menudo, porque, si bien es
cierto que está fechada en 1871, resulta sorprendentementc com—
pleta y precisa. Se le ha reprochado, sin embargo, su carácter exce—
sivamente descriptivo, a 10 que cabe añadir que no pone quizá de re-
lieve todas las características actualmente atribuidas a 'la cultura.
De Tylor a esta parte, se han_ dado otras muchas definiciones de
la cultura. Kroebcr y Kluckhohn las han reunido, clásiñcado y co-
mentado 9. Buen número de ellas no son, ni mucho menos, tan fe-
lices- como la de Tyler. No. pocas han contribuido, sin embargo, a
deli'ínitar un poco más la realidad cultural.
Inspirándonos en la deñnición de Tyler y en las de varios auto-
res, cabría definir la cultura como 'un conjunto trabado de maneras
de pensar, de sentir y de obrar más o menos formalizadas, que, '
aprendidas y compartidas por una pluralidad de personas, sirven,

territorio nacional, o se desarron a lo largo de períodos de tiempo que rebasan la historia


de una sola sociedad. Viven una vida en cierto modo supranacional»( En Note sur la nation
de Civilisatian, <<L'année sociologique», 12, 1909—1912, p. 47. '
8. El lector encontrará algunos ejemplos en Arden R. KING bajo el término Civilization,
en A Dictionary of the Social Sciences, publicado bajo la dirección de Julius GOULD y William
L. KOLB, The Free Press of Glencoe, Nueva York 1964, p. 93-94.
9. O.c., p. 75-154.

111
' de un modo objetiva y simbólico a la vez, para constituir ¿¿ esas
personas en? una colectividad particular y distinta. La explicación
de esta definición pondrá de relieve las principales características
que sociólogos y antropólogos atribuyen a la cultura.

Características principales de la cultura.

El lector observará, en primer lugar, la inclusión, en nuestra de—


finición," de la fórmula singularmente feliz de Durkheim, ya que
hablamos de <<maneras de pensar, de sentir y de obrar». Esta fór—
mula es más sintética y también más general que la enumeración
de Tyler. Resulta, por otra _parte, más explícita 'que la fórmula
<<manera de vivir» (way of life) propuesta por otras muchas defi—
niciones. Ofrece la" ventaja de subrayar que los modelos, valores y
símbolos que componen ' la cultura incluyen los conocimientos, las
ideas, 'el pensamiento, y abarcan todas las formas de expresión de
_los sentimientos, así como las reglas que rigen las acciones objeti—
vamente observables. La cultura afecta pues a toda la actividad
humana, cognoscitiva, "afectiva o connativa (es decir, relativa al
obrar en sentido estricto), o incluso sensoriomotriz. “Esta expresión,
en fin, indica que la cultura es acción, que la cultura es primordial—
mente y sobre todo una realidad vivida por personas. A partir de la
observación de esa acción cabe inferir la existencia de la cultura
y delimitar sus contornos. Y la acción de las personas, a su vez, por
adecuarse a una cultura dada, puede denominarse acción social.
En segundo lugar, estas maneras de pensar, de sentir y de obrar
pueden ser <<más o menos formalizadas». Resultan muy formáHza—_
…das en un código de leyes, en unas fórmula's rituales, en unas cere—
mºnias, én un protocolo, en unos conocimientºs científicos, en la
tecnología, en una teología. Lo son menos, y según grados diversos, en.
las artes, en el.de'recho consuetudinario, en determinados aspectos
de las reglas de urbanidad, sobre todó aquellas que regulanlas rela-
'ciones interpersonales entre personas que se conocen y tratan desde
hace tiempo. Cuanto menos formalizadas son las manéras de pensar,
de sentir y de obrar, tanto más es permitida o incluso exigida la par—
te de interpretación y adaptación personales. “"""
La tercera característica de la cultura, de acuerdo“. con nuestra

112
definición, es absolutamente capital y esencial. Lo que primordial—
mente y por encima de todo constituye a la cultura es el hecho de
que unas maneras de pensar, de sentir y de obrar sean_ compartidas
por una pluralidad de personas.,Poco importa el número de perso—
nas. Son suficientes unas cuantas para crear la cultura de un grupo
restringido (un gang), mientras quex la cultura de una. sociedad
global es necesariamente compartida por un considerable número
de personas. Lo esencial es que unos modos de ser sean considera—
dos como ideales o normales por un número de personas suñciénte
como para poder admitir que se trata realmente de unas_reglas de
vida con carácter colectivo, y consiguientemente social. La culturá,
en la acepción antropológica y sociológica de la palabra, aun cuan—
do individualice, no es sin embargo individual por naturaleza. La
cultura es reconocida como tal sobre todo y principalmente por ser
común a una pluralidad de personas. Ya se ha visto anteriórmente
cómo la noción de cultúra, que al principio sólo 'podía aplicarse a
individuos, ha asumido finalmente una nueva significación colec-
- tiva. Se advierte, por esto mismo, que 'la noción de cultura se apli-
ca ahora únicamente a una sociedad global. Los Bociólogos hablan
de buen grado de la cultura de una clase social, de una'región, de
una industria, de un gang. Se recurre también a la expresióñ <<_sub—
cultura», cuando se quiere designar a una entidad parcial inmersa
en el seno de una sociedad global (la subcultura de los jóvenes), o
cuando se desea resaltar los vínculos existentes entre una cultura
más reducida y otra más extensa en la que se inscribe la primera.
La cuarta' característica de la cultura, a la que "muchos autores
han atribuido una importancia casi igual a la de la característica
anterior, concierne al modo de adquisición o transmisión de la cul—
tura. Ningún elem'ento cultural se hereda biológica o genéticamente.
Ningún elem_ento cultural está inscrito desde el nacimiento en el
organismo biológico. La adquisición de la cultura es el resultado
de los diversos modos y mecanismos del aprendizaje (entendido
este último término en un sentido más amplio que aquel que le
' atribuiremos en el próximo capítulo). Los rasgos culturales no son
pues compartidos por una pluralidad de personas del mismo modo
que pueden serlo los rasgos físicos. Puede afirmarse que estos últi—
mos son fruto de la _ beréncia, en tanto que los primeros son un
' legado que cada persona debe recoger y asimilar. Varios autores,

113
por lo demás, han definido la cultura como un <<legado social».
Otros han dicho que la Cultura ¡es <<_todo aquello que un individuo
debe aprender para vivir en el seno de una sociedad particular». Re—
curriendo a fórmulas diferentes, buen número de definiciones de la
cultura, comprendida la .de Tyler,. han incluido esta característicg.
Algunos la- han considerado incluso como rasgo principal o domi—
nante de la cultúra.

Aspectos objetivo y simbólico de la cultura

Aprendidos y compartidos, las normas y los valores culturales ,


contribuyen a la formación, sobre la base de un determinado núme—
ro de personas, de una colectividad particular que es posible y
hasta relativamenté fácil identificar y distinguir de las demás co-
lectividades. La cultura contribuye a constituir esa colectividad de
dos maneras — es otra característica de la cultura, esencial a nues-
tro juicio, que no aparece con la frecuencia deseada en, las defi—
niciones de la misma —, a saber: una manera objetiva y una manera
simbólica. En primer lugar, de una manera que llamamos objetiva,
por Cuanto las maneras de pensar, de sentir y de obrar compar—
tidas por una pluralidad de personas establecen entre ellas unos '
vínculos que cada individuo experimenta como verdaderamente rea-.
les. Ese común denominador es para todas y cada una de las per—
sonas de la colectividad una realidad tan <<objetiva», tan evidente
como otras realidades más tangibles que puedan tener también en
común (un territorio, unos edificios públicos, unos monumentos,
unos bienes materiales, etc.). La Cultura es pues uno de los factores
que cabe encontrar en el origen de lo que Durkheim denominaba la
solidaridad social, y Auguste Comte, el consenso de la sociedad.
Pero de una manera mucho más simbólica aún funda la cultura
esa relativa unidad de una colectividad, conñriéndole su carácter
distintivo. .Y a doble título. En primer 1ugár, las maneras de pensar,
de sentir y de obrar Son, en número consideráble, símbolos de co-
municación o, por lo menos, símbolos que posibilitan la comunica-
ción. El caso del lenguaje es particularmente significátivo. Pero los "
jugadores de un equipo de hockey, por su parte, comunican entre sí
de un modo no verbal, a través del conocimiénto a veces incons-

114
sciente que tienen de la signiñcáción que para ellos asumen deter-
minadas maneras de obrar de cada uno de “los 'restantes jugadores.
.…Este último ejemplo ”ilustra el hecho de que las maneras de
obra: desempeñen el papel de símbolos de comunicación en la acción
social.
Pero del simbolismo de participación están preñadas sobre todo
las maneras colectivas de pensar, de sentir y de obrar. El respeto a
unos modelos, como ya hemos' dicho, simboliza generalmente la ad—
hesión a unos valores, adhesión que, a su vez, simboliza la perte-
nencia & una colectividad concreta. De ahí que la solidaridad entre
los miembros de una coléctividad, además ' de set experimentáda
como una realidad, sea también captada, percibida y expresáda por
medio de un vasto aparato simbólico, al que contribuye cada uno
de “los miembros. En otras palabras: la adhesión a la cultura es
constantemente reañrmada por todos y por cada uno de los miem—
bros de la colectividad, a través y por la significación simbólica de
participación atribuida a su conducta externamente observable.“ La
signíñcación simbólica de las conductas es también. lo que permite,
' tanto a los miembros de una comunidad como a los ajenos a la
misma, trazar la frontera inmaterial entre los miembros y los no
._miembros, entre los ciudadanos y los extranjeros, entre los santos,
los fieles y los paganos. El católico que se abstiene deliberadamente
de la misa dominical testifica de un modo simbólico, tanto a sus
propios ojos como a los _ojos de sus correligióriarios y de todos. los
demás, su separación progresiva o su ruptura 'consumada con“ res-
pecto a la colectividad eclesial. Está claro que la pertenencia a una
colectividad religiosa, de índole mística, sólo puede expresarse me—
diante símbolos de esta naturaleza. Pero preciso es admitir que
idéntica exigencia _se impone, de una manera más o menos acentua—
da, en el caso de cualquier otra colectividad (nación, partido políti-
co, sindicato y hasta familia). Abstenerse de participar en unas reu—
niones, de llevar una insignia, de £rmat una petición, etc., equivale
a manifestar simbólicamente el propósito de separarse de un partido,
de un sindicato, de una asociación. ¿Cómo podrían el sociólogo y
el etnólogo discernir las agrupaciones, las colectividades, las socie—
dades, así como _sus fronteras, si no fuera gracias a los símbolos
de participación inhérentes a las conductas de las personas? La
cultura…revístc así el carácter de un vasto complejo simbólico, cuyas

115
raíces extraen de las realidades psicosociales una signiñcáción y
unas manifestaciones esenciales a la vida' colectiva humana.

El sistema de la cultura

Una última característica, en En, de la cultura es la— de formar


lo que hemos dado en llamar <<un conjunto trabado», es decir, 10
que cabría denominar un sistema. Los” diferentes elementos que
componen una cultura concreta no ' están simplemente yuxtápues-
tos el uno al otro. Están unidos por unos vínculos. Unas _relacio—
nes de coherencia los aglutinan. Cuando sobrevienen cambios en
algún sector de una cultura, se producen también variaciones en los
restantes sectores de la misma. Esos vínculos y esas relaciones no
ofrecen generalmente un carácter de necesidad, es decir, no son
el resultado de un razonamiento ' lógico y racional susceptible de
imponerlos por necesidad. Se trata más bien d_e vínculos y relacio—
nes experimentados subjetivamente por los miembros de una so-
ciedad. La coherencia de una cultura es pues ante todo una reali-
dad subjetal, es decir, una realidad vivida subjetivamente por los
miembros de una sociedad. En los sujetos y para los sujetos reviste
primordialmente una cultura el carácter de sistema. En efecto, mu—
chas'ordenaciones diferentes son posibles entre los elementos de una
cultura. El estudio de Kluckhohn y Strodtbeck sobre los valores evi-
' dencia lo difícil que resulta, al menos en. el estado actual de nues-
tros conocimientos, demostrar 'la exi$tencia de _vínculos objetiva-
mente necesariós entre determinados valores (entre la valorización
de lo presente y la valorización de lo por hacer, por ejemplo). Los
únicos vínculós_ <<necesarios» son aquellos que los propios sujetos
estiman necesarios, que se les 'presentan como tales y que aceptan
en este sentido. v '
El carácter subjetal del sistetná cultural distingue a éste del
sistema de la acción social. El sistema de la acción social es inferido
por el observador, mientras que el sistema cultural está ya dado
en la realidad, es facilitado al observador por los propios actores
sociales. Para hablar de la existencia y de la estructura del sistema
cultural, el sociólogo debe pues pasar primero por la percepción
que del mismo tienen los miembros de una colectividad. Si, por con-

116
siguiente, cabe hablar del sistema de la cultura, es porque und
cultura es percibida y vivida en cuanto sistema. Este aspecto del
sistema cultural no ha sido, por regla general, suficientemente sub-
brayado y analizado por los autores que han hablado del sistema de
la “cultura.

FUNCIONES DE LA CULTURA

Función social de la cultura

A partir de todo lo que se ha dicho, es relativamente fácil ahora


explicitar las funciones psicosociales de la cultura. Sociológicamen-
te, sobre todo, hemos visto que la función esencial de la Cultura con-
siste en reunir a una pluralidad de personas en una colectividad es—
pecífica. Otros factores contribuyen también a la consecución de ese
mismo resultado: los lazos de la sangre, la proximidad geográñca,
la cohabitación en un mismo territorio, la división del trabajo. Pero
estos mismos factores, que cabe considerar como objetivos, son
transpuestos y reinterpretados en y por la cultura, que les presta
una significación y un alcance que van mucho más allá de los que
ya poseen naturalmente. Los lazos de la sangre, por ejemplo, pasan"
a convertirse en lazos de parentesco, se amplían y complican por
la prohibición del incesto, por las reglas que definen los matrimo—
nios permitidos y los matrimonios prohibidos, y por las normas
que regulan las relaciones entre personas de un mismo grupo pa—
rental, etc. A partir de los lazos biológicos de la sangre, los hom-
bres han elaborado a través de la cultura formas muy variadas de
parentesco. Otro tanto cabe decir de la cohabitación en un mismo
territorio o de la división del trabajo, elementos utilizados por la
cultura para forjar las ideas de nación, de patria, de propiedad, de
jerarquía social, de prestigio social, de clase soéial. Por lo demás,
no se trata solamente de ideas, sino de hechos que la cultura ha
contribuido a crear y mantener.
La cultura se nos revela pues como el universo mental, moral y
simbólico, común a una pluralidad de personas, gracias al cual y a
través del cual pueden las personas comunicar entre sí, reconocién—
dose mutuamente unos vínculos, unos lazós, unos intereses comu— '

117
nes, unas divergencias y unas oposiciones, y sintiéndose en fin, cada
uno individualmente y todos colectivamente, miembros de una mis-
ma entidad que los rebasa, entidad que recibe el nombre de grupo,
asociación, colectividad, sociedad.

Función psíquica de—la cultura

Es así, porque al mismo tiempo la cultura desempeña, en el te-


rreno psicológico, una función <<moldeadora» de las personalidades
individuales. Una cultura, en efecto, es como un molde sobre el
que se vierten las personalidades psíquicas de los individuos. Dicho
molde les propone o les proporciona unos modos de pensamiento,
unos conocimientos, 'unas ideas, unos canales privilegiados de ex—
presión de los sentimientos, .unos medios de satisfacer o agudizar
unas necesidades fisiológicas, etc. El de gustíbus non est disputan—
dum no sólo es válido entre personas, sino también entre culturas.
El niño que nace y crece en una cultura particular (nacional, regio-
nal, de clase, etc.) está destinado a“ preferir determinados manjares,
& comerlos de una manera especial, a vincular ciertos sentimien-
tos a ciertos colores, a casarse de acuerdo con determinados ritos,.
a adoptar ciertos gestos o ciertas mímicas, a percibir el los <<extran—
jeros» en una determinada óptica particular, etc. Ese mismo niño,
desplazado desde su nacimiento y sometido a otra cultura, hubiese
preferido otros manjares, comido de una manera diferente, se ha-
bría casado de acuerdo con otros ritos, no recurriría a la misma
mímica y percibiría de otro mode a los extranjeros.
Si bien es cierto que la' cultura puede ser comparada con un
molde destinado a modelar la personalidad, no debe olvidarse sin
embargo que ese molde no es absolutamente rígido. Resulta lo bas-
tante flexible como para permitir las adaptaciones individuales:
cada persona asimila la cultura de acuerdo 'con su propia idiosin-
crasia; en alguna medida, la reconstruye a su modo. La cultura, de
otro lado, permite unas elecciones, unas opciones entre valores do-
minantes y valores variantes; entre" modelos preferenciales, varian—
tes o desviantes, como hemos ”visto _en los capítulos precedentes.
La cultura puede también autorizar, a veces exigifiñcluso, una par—
te de innovación en los actores sociales, habida cuenta, sin em—

118
l bargo, de que todas las sociedades no ofrecen, a este respecto, el
mismo margen a sus miembros.
Pero esa flexibilidad del molde cultural jamás rebasa unos lími-
tes dados. Franquear esos límites equivale a marginarse de la so—
ciedad de la que se es miembro, o a salir de la misma para acceder
a otra. Esa flexibilidad, sobre todo, no impide que la cultura mol—
dee -la personalidad tanto por las elecciones que autoriza y las va-
riantes que ofrece como por las coacciones que impon&. Una cul-
tura ofrece la posibilidad de elección entre unos modelos, entre
unos valores, entre unas significaciones simbólicas, pero esa elec»
ción es siempre limitada, se reduce a unas determinadas opciones,
no se extiende a todas y, por otra parte, siempre privilegia a unas
más que a otras.
Puede pues añrmars_e que la cultura informa a la personalidad,
en el sentido de que le confiere una forma, una configuración, una
£sonomía 'que le permite funcionar en el seno de una sociedad dada.
Cuando hablemos de la socialización, en el próximo capítulo, ana—
lizaremos más este aspecto de la cultura. -"
La doble función, sociológica y psicológica, de la cultura sólo
se comprende y explica realmente en el contexto de otra función
más general y más fundamental, a áaber, aquella que posibilita y
favorece la adaptación del hombre y de la sociedad ¿ su entorno y
a la totalidad de las realidades con las que deben vivir. Se com—
prenderá mejor esta función si se procede a una comparación entre
la cultura y el instinto, con el que la primera ofrece unas seme—
janzas y unas diferencias. Sin duda alguna, no es éste el lugar ade-
cuado para abordar detalladamente las discusiones sobre el ins-
tinto que ocupan a biólogos y psicólogos. El instinto sigue siendo
aún una realidad harto oscura y bastante misteriosa. Nos limita-'
remos aquí a la utilización de determinados elementos del problema.

CULTURA E INSTINTO

Definiciones del instinto

El psicólogo Henri “Piéron define así el instinto: <<El instinto


puede servir para designar una categoría de actos más o menos com-

119
p1ejos, que en general representan más bien una participación del
conjunto del organismo, realizados desde el principio con una per-
fección suficiente y casi siempre sin progreso ulterior, dotados de “
una plasticidad relativa dentro de unos límites baStante estrechos,
más o menos influidos por las circunstancias del momento, pero que
relevan de un mecanismo congénito y no, son en modo alguno adqui-
ridos por la experiencia individual lº. Ronald Fletcher, por su parte,
propone una definición del instinto más elaborada, deñnición que
transcribe sus principales características: <<Tal como se emplea en
biología, el término “instinto ” designa las secuencias recurrentes
de la experiencia y del comportamiento del animal, así como sus
condiciones -neuroñsiológicas subyacentes, que (a) parecen desem—
bocar en unas Consecuencias específicas; (b) son funcionalmente benefi—
ciosas para el animal y para la especie; (c) están bien adaptadas al
entorno normal de la especie (aunque a menudo resulten “ciegas ” y
' mal adaptadas a unas condiciones inhabituales); (d) se registran en
todos los animales de una misma especie (aun cuando puedan ma—I
nifestarse de manera variable de un individuo a otro) ; (_e) aparecen
siguiendo un orden y una regularidad defmidos a lo largo de la
vida del individuo en relación con los procesos de desarrollo y de
maduración; (f) no son aprendidas por experiencia individual (aun
cuando puedan aparecer en el contexto de un aprendizaje, y aunque
un aprendizaje pueda tener lugar en relación con ellas)» “.
El punto principal que se desprende de estas definiciones, y so-
bre el que están de acuerdo casi todos los especialistas, es el carác-
ter congénito del instinto: el instinto es transmitido hereditariamen—
te y está inscrito en el organismo desde el nacimiento, siquiera de
modo embrionario, y se desarrolla conjuntamente con la madura—
eíón del organismo. El comportamiento instintivo es pues, necesa-
riamente, un comportamiento no aprendido, que puede a veces
mejorar con la experiencia o ir acompañado de un aprendizaje, pero
cuya característica propia es 'la de ser endógeno, es decir, la de _ser
el resultado .de mecanismos internos desencadenados por unas nece-
sidades, una motivación o una percepción. El comportamiento ins—
tintivo no es pues el producto de un aprendizaje, sino más bien de

10. Henri PIÍRON, De l'actinie & l'bomme, PUF, París 1959, voi."ír, 15. 90.
11. Ronald FLETCHER en el vocablo Instinct, en A Dictionary of' the Social Sciences,
p. 336—337. '

120
lo que se ha dado en llamar una maduración, es decir, un desarrollo
orgánico cronológicamente seriado y ordenado.

Instinto e inteligencia

- Se advierte, por lo demás, hasta qué punto la definición de Pié-


ron en partitular, como también la de Fletcher, son prudentes y
ricas en matices. Una largá tradición del pensamiento, que se re—
monta hasta la antigííedad, ha cultivado la oposición entre el hom;
bre y el animal, entre la inteligencia y el instinto, entre la razón y
la inconsciencia. Los biólogos y los psicólogos apenas empiezan a
desprenderse de tales oposiciones. Los estudios efectuados por los
naturalistas del siglo pasado abundan en vestigios de esta menta—
lidad. Cabe también encontrarlos en la. obra de J.-H. Fabre, por
ejemplo, en quien se inspiraría Henri Bergson para redactar su
obra sobre L'évalu-tí0n créatrice (1904) con miras a distinguir las
dos vías divergentes de evolución de los seres vivºs: la del instinto
adoptada por los artrópodos y los insectos superiores, y la de la
inteligencia seguida por los vertebrados y ñnalmente por el hom—
bre. Se considera hoy que una oposición tan radical no corresponde
a los hechos observados por los investigadores. De un lado, el
comportamiento instintivo va frecuentemente acompañado de re-
flejos y tropismos; los reflejos son elementos comportamentales,
mientras que los tropismos son comportamientos globales del orga-
nismo, siendo unos y otros respuestas automáticas a la acción ejer-
cida por estímulos externos (luz, calor, etc.). De otro lado, la ac-
tividad instintiva se completa con actos que podemos considerar
inteligentes, si se acepta, con Gaston Viaud, que <<la inteligencia es
siempre comprensión e invención, tanto en el animal como en el
hombre; es decir, comprensión de relaciones entre objetos, entre
hechos, entre elmentos mentales, etc., e invención o inspiración de
posibilidades de acción» 12. Los biólogos “han observado en insectos,
y' más aún en mamíferos superiores, comportamientos que sólo
12. Gaston VIAUD, Les instincts, PUF, París 1959, p. 150-151. Este opúsculo, claro y lúci—
do, está ampliamente basado en los trabajos mucho más elaborados presentados en ocasión del
Coloquio internacional de la Fundación Singer-Polígnac, celebrado en junio de “1954, trabajos
que fueron publicados bajo el título L'irzstinct dans le compartement des animaux et de
l'homme, Masson et Cie, París 1956.

121
pueden explicarse si se admite que el animal ha recurrido forzosa—
mente a ciertos razonamientos, ha desarrollado una cierta percepción
de la Causalidad, y que puede imaginarse por adelantado la secuen—
cia de sus actos y establecer una especie de plan de aéción. -Dice
Ronald Fletcher: <<La inteligencia puede sei casi desdeñable en las
"especies animales inferiores, por cuanto en su caso permite sola-.
mente adaptaciones muy ínñmas en 16 que respecta a las reaccio-
nes implicadas en la actividad inmediata, Pero, en las especies su—
periores, la inteligencia es capaz ' de "captar relaciones “entre impul—
sos, objetivos y medios de acción... No cabe pues considerar el
instinto y la inteligencia como dos elementos separados y distintos.
el uno del otro. Se trata más bien de unas modalidades de acción
que se entremezclan en una correlación, siendo una de ellas deter—
minada por la herencia, en tanto que la otra Surge, en este contex—
to particular, como consecuencia de la experiencia individual» 13.
El comportamiento animal no es, pues, necesariamente un com—
portamiento instintivo en estado puro. Gaston Viaud, por su parte,
llega a lá siguiente conclusión: <<Los tipos de comportamiento que
los zoopsicólogos han aprendido a definir — trópismos., instintos,-
hábitos, actos inteligentes — son, en un sentido, abstraecion'es,- un
poco como en el caso de las especies químicas: NaCl, CaClz,' etc.
Es decir: pocas veces aparecen en estado puro en la" naturaleza.
Estos tipos de comportamiento son sobre todo productos de nuestros
análisis. Pero erraría quien los Considerara como nociones arbitra—
rias, ya que corresponden a unos fenómenos observables, y pueden
incluso manifestarse también aisladamente... Los_ comportamientos
reales, sin embargo, son resultado de sus combinaciones: algunos
comportamientos instintivos integran los tropismos ; otros, los há—
bitos ; otros, los actos inteligentes, y puede que algunos integren
todos esos tipos de comportamiento a la vez» ". En este caso, tal
Vez sea más exacto, a ejemplo del propio Viaud, hablar de instintos
más que del instinto.

13. Ronald FLETCHER, Instinct in Man, In the Light of Recent Work in Comparative
Psychology, International Universities Press, Inc., Nueva York 1957, p. 294;.
14. O.c., p. 167. El subrayado es del autor.

122
Instinto y finalidad de la acción

_ Otro aspecto del instinto, aspecto que se nos antoja esencial,


se refiere al problema de la finalidad de la actividad instintiva. Por
dicha ñnalidad entendemos el' hecho de que los instintos <<apunten
manifiestamente a unos objetivos cuya importancia es capital para
la vida de los organismos: alimentación, reproducción, búsqueda de
un “habitat” favorable, arreglo o construcción de un refugio, etc»15.
El problema de la fmalidad del instinto es objeto de enconadas dig.—
cusiones. Henri Piéron, por ejemplo, no admite esta característica en
el instinto, y aduce sobre todo el hecho de casos fácilmente obser-
vables de instintos nocivos e incluso funestos para el amina] o para _
la especie. Pero, finalmente, se ve obligado a reconocer que <<las
reacciones pocivas son actualmente raras, ya que, por el hecho de
enfrañar una desaparición más o menos completa de las especies
que los preáentan sistemáticamente, sólo cabe encontrar ejemplos
de los mismos cuando las condiciones propias de la_g1anifestación del
comportamiento nocivo no se dan con demasiada frecuencia» 16. Pres-
cíndamos pues del tém3ino <<finalidad», excesivamente cargado aún
de un sentido antropomórñco, del que, no sin razón, desconfía un
espíritu tan científico como el de Henri Piéron. Subsiste sin embar-
go el hecho —de que, en conjunto, los instintos ( acompañados de
reflejos, de tropismos, de hábitos y de actos inteligentes) permiten
al animal y a la especie adaptarse a un entorno, sobrevivir en él,
proliferar en él; satisfacer las varias necesidades del organismo. El
instinto guía, orienta la acción del animal, de acuerdo con unos
esquemas preestablecidos y relativamente rígidos. Mediante el ins-
tinto responde el animal a la realidad ambiental, se protege o se
deñende de ella. Mediante el instinto puede también utilizarla y hasta
transformarla para que responda a sus necesidades. En resúmen,
cabe considerar el instinto como el modo de adaptación principal
del animal a sus necesidades y a su entorno.

15. _G. VIAUD, o.c., p. 2.


16. H. PIÍRON, o.c., p. 90.

123
Comparación entre el instinto y la cultura

Lo dicho anteriormente sobre el instinto permite establecer en-


tre él y la cultura una sucinta comparación. En primer lugar, el
comportamiento instintivo es esencialmente congénito y no apren—
dido, mientras 'que la cultura es necesariamente no hereditaria y
' apfendida. La oposición entre instinto y cultura es, a este réspecto,
radical. En segundo lugar, el instinto es endógeno, inscrito pues en
cada organismo y no social por naturaleza. No cabe duda de que los
comportamientos instintivos son idénticos, o__ casi, en todos los ani-
males de una misma familia. Pero la explicación debe buscarse pre—
cisamente en el hecho de que cada organismo individual está dotado
de los mismos mecanismos. La cultura, por el contrario, es de índole
social, constituye un bien _colectivo, del que participan unos indi—
viduos (de un manera, por lo demás, desigual), y que está en cada
uno de ellos al tiempo que está también y primordialmente fuera
de ellos. En este aspecto, la oposición es asimismo completa.
En tercer lugar, si bien el instinto es una mezcla de reñejos,
de tropismos, de actos'inteligentes, debemos convenir sin embargo
que la cultura descansa, por su parte, en los instintos, se elabora
a partir de ellos, completa y 351% el instinto. Cabría decir de la
actividad humana 10 que Víaud decía de la actividad animal: la
actividad cultural no se encuentra en estado puro, sino que _siempre
se entremezclan con ella unos reflejos, unos hábitos, unos impulsos
y unas actividades instintivas. Desde este punto de vista, la cul—
tura y el instinto se parecen.
Finalmente, y éste es el punto al que queríamos llegar, la cul—
tura desempeña en el hombre la misma función de adaptación a sí
mismo y al entorno que el instinto desempeña en el animal. Mediante
el instinto responde el animal a la realidad ambiental y la controla. '
.Mediante la cultura toma contacto el hombre consigo mismo, con
su medio .físico y social; mediante esa cultura ejerce un control
¡sobre sí mismo, sobre sus sentimientos, sus necesidades, sus im— '
pulsos, y por medio de ella manipula las cosas y los seres y los
somete a sus propias necesidades y ñnes. Ya en los vertebrados
superiores el instinto va acompañado de actos inteligentes y espon—
táneos. En el caso del hombre, el instinto ha retrocedidó, se ha debi—

"124
lítado frente a los progresos de la inteligencia, de la función sim-
bólica y, por consiguiente, de la cultura.
Cabe, pues, considerar la cultura como el prisma a traves del
cual percibe el hombre la realidad, prisma utilizado por él para adap—
tarse a esa realidad y_ controlarla. De ahí que la cultura sea propia
del hombre, por cuanto sólo él puede desarrollar suñcientemeñte
la función simbólica y acumular un contingente de símbolos de di-
versos niVeles de abstracción. La cultura, a su vez, permite a cada
individuo hacerse hombre, haciendo que se beneficie de las adqui—
siciones acumuladas antes de que él existiera, adquisiciones que no
podían inscribirse en su ºrganismo biológico.
Más allá de lo psíquico y de lo social, o quizá, más exactamen—
te, a través de 10 psíquico y de lo social, la cultura añrma su fun—
ción más fundamental:" la de permitir al hombre su humanización.

CULTURA E IDEOLOGÍA

La noción marxista. de ideología

Antes de concluir el presente capítulo, debemos esclarecer una


última ambigííedad, la que puede darse entre la cultura y la ideo-
logía. Dicha ambigiíedad arranca del hecho . de haber sido Karl
Marx quien ha introducido el uso generalizado de la noción de ideo-
logía en 'las ciencias sociales. Ahora bien, Marx prestó a su“ noción
de ideología una considerable extensión al tiempo que una signiñca-
ción equivoca. En primer lugar, el término en cuestión fue empleado
por Marx en un sentido tan amplio que acabó, prácticamente, por
abarcar el conjunto de 10 que actualmente se da en llamar lá cultura.
En La ideología alemana, habla de <<la moral, la religión, la meta—
física y el resto de la ideología». El resto de la ideología es, en .
particular, el derecho, la política, las ideas, las representaciones y
la conciencia que los hombres tienen de las cosas y de la sociedad,
y también la lengua, que sirve para introducir toda esa <<produc—
ción» espiritual o mental en el pensamiento y en la conducta ".

(17K Karl MARX, Ide'olagie allemande, según las Oeuvres pbilosopbiques de K. Marx,_ tra—
ducidas por ]. Molitor, Alfred Costes éditeur, París 1937, vol. 6, en particular las p. 156—158.
Versión castellana: La ideología alemana, Ed. Grijalbo, Barcelona 1970.

125
Marx ha utilizado esa misma noción de ideología en el prefacio a la
Crítica de la economía política, en el que puede leerse que la ideo-
logía abarca <<las formas. jurídicas, políticas, religiosas, artísticas,
filosóficas», y en el que, a juzgar por el contexto, la ideología se .
extiende también— a la ciencia 18. En resumen, la ideología de Marx
abarca, según la expresión de Georges Gurvitch, <<todas las obras
de civilización» ”
Pero, simultáneamente, la noción de ideología reviste en Marx
una connotación" netamente peyorativa, connotación que ya poseía
antes de él, como ha subrayado Gurvitch, pero que fue amplifieada
y_ profundizada por Marx. Norman Birnbaum basa esta connota-
ción peyorativa en el hecho de que <<la concepción marxista de la
ideología no puede comprenderse sin una referencia a las nociones de
alienación; de “reif1cación” y de mistiñcación... La misma ideología
no es más que una parte del proceso general de la alienación por la
que los productos de la actividad humana escapan al control humano
y reinan sobre los hombres, aunque sin ser considerados como en—
carnación de su vida y de sus trabajos. ' La “reiñcación” es el pro—
ceso por el que se atribuye a las cosas una existencia independiente
'de ,sus creadores (ilustrado en el fetichismo de la mercancía). La
atribución de una existencia real a los productos del pensamiento
constituye la mistificación... .En la sociedad de clases, la clase que
controla los medios de producción controla asimismo los medios de
la producción ideológica» 2º.' En La-ideología alemana, K. Marx había
explicado que <<las ideas de la clase dominante son, en todas las
_épocas, las ideas dominantes ; es decir, la clase que es la potencia
material dominante de la sociedad es al mismo tiempo la potencia es-
piritual dominante. La clase que dispone de los medios de la pro—
ducción material dispone simultáneamente y por esto mismo de los
medios de la producción espiritual, de modo que, por regla general,
también están sometidas a ella las ideas de quienes carecen de
los medios de la producción espiritual. Las ideas dominantes son sim—
plemente la expresión ideal de las condiciones materiales dominantes;

18. Oeuvre: de Karl Marx, aBibliotheque de la Pléiade», Gallimard, París 1963, vol. I,
p. 273.
19. Georges GURVITCH, La vacation actuelle de la sociología, PUF, París 1963,v01. 2,
p. 285.
20. Norman BIRNBAUM, L'étude sociologíque de l*idéalogie (1940—1960), colección <<La so-
ciologie contemporaine», vol. ¡x, Basil Blackwell, Londres 1962, p. 118.

126
esas mismas condicionés materiales dominantes tomadas como ideas» 21
La ideología, en definitiva, es, pues, la conciencia y la representación
que la clase dominante se forja de la realidad, de acuerdo con su
posición y sus intereses, conciencia y representación de las que no
pueden por menos de impregnarse todos aquellos que <<carecen de
los medios de la producción espiritual», dada su alienación respecto
a los medios — de la producción material. De ahí que la ideología
sólo pueda ser una <+fálsa conciencia» de la realidad, tamizada, 'vi-
ciada ¿en su base, alienante y mistiñcadora, una <<concepción errónea
de la historia humana», un <<opio del pueblo». . ,
Formulada por Marx con firmeza, si no con claridad, e inherente
a una obra destinada a ejercer una profundísima inñuencia sobre el
pensamiento moderno, la noción de ideoiogía conoció el éxito. De-
masiados éxitos quizá. Tras haber identiñcado trece sentidos dife—
rentes atribuidos al término <<ideología» por el propio Marx y por
la tradición marxista, Gufvitch concluye: <<Es innegable, a nuestro
juicio, que lá sociología mantista habría de operar una selección
entre esos trece sentidos del término “ideología ”. En caso contrario,
ese término corre el riesgo de perder su valor científico» º.

Definición de la ideología

No pretendemos transcribir aquí la historia del concepto <<ideo-


logía» desde Marx. Semejante empresa nos llevaría demasiado lc—
jos 23. En líneas muy generales, cabe resumir esa historia diciendo
que, al margen de la tradición marxista, se ha intentado, de un
lado, prestar al concepto en cuestión un sentido más restringido,
que considera la ideología como un elemento de la cultura, y no
como un sinónimo de la misma; y se ha procurado, de otro lado,
suprimir el sentido peyorativo atribuido a esta noción durante tanto
tiempo, sentido que sigue conservando en el lenguaje corriente, como
también en algunos escritos científicos o filosóficos. '
A partir de los estudios más recientes, empíricos y teóricos,

21. O.c., p. 193.


22. G. GURVITCH, o.c., vol. ¡I, p. 287-288.
23. El lector encontrará los principales elementos de esta historia en el estudio, muy con-
densado sin embargo, de Norman BIRNBAUM, o.c.

127
sobre la ideología, particularmente los de 1Fernand Dumont 24, puede
afirmarse que los sociólogos contemporáneos suelen utilizar este
término para designar un sistema de ideas y de juicios, explícito
y generalmente estructurado, que sirve para describir, explicar,
interpretar a. justificar la situación de un grupo o de una colecti—
vidad, y que, inspirándose ampliamente en unos valores, propone
una orientación precisa a la acción histórica de ese grupo o colec-
tividad. Así definida, la ideología se parece bastante a lo que
W.I. Thomas ha dado en llamar una <<deñnición de situación», es
decir, el modo como uña colectividad o unos miembros de una co-
lectividad explican e interpretan la situación actual de la misma y
atribuyen una signiñcación a esa situación. Pero, a la noción de
<<defmición de situación», debemos añadir en particular tres ele-
mentos” implicados en nuestra definición:

1.º La ideología reviste una forma bastante sistemática, coherente,


organizada, por el hecho de ser explícita y verbalizada. Asume
así el carácter de una <<doctrina», en la acepción más amplia
de la palabra. Esa sistematización exige que unos aspectos de
la situación sean puestos de relieve, que un acento particular
recaiga sobre determinadas vinculaciones entre los elementos
integrantes de esa situación, hecho que ccnñere 'a la ideología
lo que F. Dumont ha dado en llamar su sincretismo 25.
2.º La ideología se refiere abundantemente a unos valot;es, en los
que se inspira y a los que reorganiza en el esquema mental
por ella formulado.- F. Dumont dice que cabría considerar la
ideología como <<la racionalización de una visión del mundo
(o de un sistema de valores)» 26.
3.º La ideología posee una función conativa, impulsa o insta a una
colectividad a la acción, o, por lo menos, la orienta proponién-
dole unos objetivos y unos medios.

24. Cf. en_ particular sus dos artículos Notex sur l'analyse des zdéologiex, en aRecherches
sociographiqueá»', vol. IV (1963), n.º 2, p. 155-165, e 1déologíe et savoir bistorique, <<Cahiers
internationaux de sociologíe», vol. xxxv, iulío-diciembre 1963, p. 43-¿0T ?"
25. Idéologie et savoir bistorique, p. 50.
26. Notes sur l*a¡zalyxe des idéologies, p. 163.

128
La ideología en la cultura

En el sent_ido más preciso que acabamos de atribuirle, la ideo-


logía noes ya la totalidad de la cultura, sino sólo un elemento de
la misma. Tampoco está necesariamente vinculada a la sociedad glo-
bal, como pretendía Marx, quien hacía de la ideología el producto
de una clase social dominante. Cabe pues hablar de la ideología de
un grupo reducido o parcial (partido político, sindicato de traba—
jadores, ejército, profesión, etc.), tanto como de la ideología de
una sociedad global (nación, país, etnia). _
Pero, _aun cuando la ideología no pase de ser un elemento de la
cultura, sí podemos considerarla como un elemento singularmente
importante de la misma, como <<su verdadero núcleo», según expre—
sión de Dumont 27. La ideología, en particular, es una especie de
_sociología de primer grado () sociología natural para una colectividad
dada. En la ideología, la colectividad_se forja una representación de
sí misma, se otorga a sí misma una interpretación _de 10 que ella es
y explicita sus propias aspiraciones. Inspifándose a un tiempo en
determinados valores y en determinados elementos de la situación,
entre los que procura establecer una vinculación, e inspiradora a su
modo de modelos culturales, de sanciones y de símbolos, la ideo-
logía goza ciertamente, en la cultura, de una posición privilegiada.
De ahí el creciente interés que cabe observar en la. sociología con— '
temporánea por el estudio empírico de las ideologías. A través de
las ideologías, el sociólogo accede directamente a una perspectiva
subjetal sobre la colectividad, que puede por esto mismo servirle
de punto de partida para su propio análisis y evidenciarle las fuen—
tes y los agentes principales del cambio social, como veremos en
otro capítulo. Nos hallamos pues muy lejos de la concepción marxis—
ta de la ideología como falsa conciencia de la realidad. .
La noción de ideología que acabamos de exponer da por supues—
to que la ideológía no es necesariamente conservadora ni necesaria—
mente radical. A juicio de Marx, la ideología, secretada por la
clase dominante, es conservadora por definición; Resulta un tanto
paradójiéo el hecho de que, con harta frecuencia, se haya asimilado

27. Ibid., p. 156.

129
luego la rideología a un pensamiento radical 0 revolucionario… Cree—
mos nosotros que la ideología, tal como acaba de ser deñnida_, puede
ser radical 0 conservadora, extremista o moderada, totalitaria o—
liberal; puede proponer unos cambios o preconizar la preservación
del statu quo. Su contenido y la orientación por ella propuesta en
nada afectáh a su naturaleza, según hemos intentado deñnirla y
explicitarla. _ 7 1 '
Lo más impórtante, sin embargo, radica en el hecho de que la
ideología procura siempre provocar, mántener o salvaguardar una
unanimidad; unanimidad 'de representación, de motivación, de ac— -
ción. No siempre lo logra, y hasta cabe decir que generalmente 'no
lo consigue. La ideología es a menudo principio de división, fuente
. de conflictos en el seno de . una colectividad y entre dos o más
colectividades. Este es el punto en que la ideología se distingue
más de los valores y de la cultura, y aparece claramente como un
elemento de esta última: la ideología lleva en sí una voluntad de
unanjmidad, mientras que la cultura y los valores exigen un con—
sensó en cierto modo natural, consenso del que cabría decir que <<se
da por supuesto». La ideología cobra pues, en el seno de la cultura,
un sesgo más racional, más explícito y también más militante qué
los modelos y los valores. Constituye como un <<núcleo» sólido y
firme en medio de la pulpa, más blanda y menos apretada, de la
cultura.
Este sucinto análisis de la ideología nos ha permitido pues de—
limitar otro aspecto del sistema cultural y de la influencia que éste
ejerce sobre la orientación de la acción. La totalidad de la cultura
es orientación de la acción, y la, ideología es ese sector de la
cultura que propone una orientación más explícita, más voluntaria
y menos ambigua de la acción.

130
Capítulo V '

SOCIALIZACIÓN, CONFORMIDAD Y DESVIACIÓN

La cultura y la sociedad se encuentran en cada persona, y cada


persona está integrada en la organización social. Hemos insistido
ya, repetidas veces, en esta reciprocidad de perspectivas de lo psí-
quico y de lo social, fundamental en el análisis del_fenóme_no social
total. Debemos ahora explicitar mejor por" qué y córnó se conjugan
e interprenetran lo individual y 10 sociocultural, por medio de qué
mecanismos y bajo la influencia de qué agentes y de qué ambientes
la personalidad individual interioriza la cultura de una sociedad
dada, y en qué medida esos mecanismos y esos agentes son eficaces
para favorecer la conformidad o la uníformación de las conductas
de una misma persona y de los miembros ¡de una misma colectividad.
A la discusión de estos diferentes problemas consagramos el pre-
sente capítulo.

LOS TRES SISTEMAS: SOCIEDAD, CULTURA, PERSONALIDAD

Bajo la inñuencia, primero, de Pitirim Sorokin 1, y sobre todo


de Talcott Parsons 2, suelen distinguirse en sociología tres siste-
mas de acción complementarios y relacionados entre sí: el sistema

1. P. SOROKIN, Society, Culture and Personality: Their Structure and Dynamics, Harper,
Nueva York 1947, Versión castellana: Sociedad, Cultura y Personalidad, Aguilar, Madrid 1960.
2. T. PARSONS y Edward SHILS, Toward a General Theory of Action, Harvard University _
Press, Cambridge Mass. 1951.

131
social, entendido, de acuerdo con “la definición que del mismo hemos
dado en el capítulo II, como la estructuración de los elementos de
la acción social en un cónjunto de partes interdependientes constitu—
tivas de una unidad funcional; la cultura, de la que decíamos, en
el capítulo IV, que puede también ser considerada como un sistema;
la personalidad, en fin — que no debe confundirse con la persona
individual —, formada por la organización de los diversos com-
ponentes psíquicos del ser humano: rasgos temperamentales 0 ca-
racteriales, impulsos, necesidades, aptitudes, actitudes, intereses, ves-
tigios de experiencia anteriores, etc., cuya ordenación compone una
totalidad estructurada. ' '
Cabría añadir un cuarto sistema, relacionado también con los
tres anteriores: el sistema orgánico, es decir, la organización bio-
química y fisiológica del cuerpo humano. Pero se han acumulado ya
suficientés conocimientos sobre las relaciones entre 10 orgánico y
lo psíquico, mientras que, hasta el momento, poco se han estudiado
las relaciones existentes entre la estructura orgánica del hombre,
por una parte, y, por otra, la cultura y el sistema social. Ese as-
pecto biológico ha sido tan escasamente ínventariado que podemos
descartado aquí en 10 que respecta a cualquier fin práctico.

Interpretación de los tres sistemas

Los tres sistemas (sotial, cultural y psíquico) ofrecen en co—


mún el hecho de estar los tres presentes e implicados en toda acción
Social humana. Los tres son por lo demás igualmente esenciales a la
misma. La acción social, en efecto, está constituida por una red
de interacciones y de roles fundados sobre unas expectativas mutuas.
Ahora -bien, tales expectativas existen y poseen un significado para
cada actor, gracias a los modelos y a los valores de la cultura, y
gracias también a las expresiones simbólicas que las rodean y re—
presentan. Cada persona, de otro lado, aborda Ia acción social a través
de un sector. más o menos importante de su personalidad. Obra y
reacciona, por lo demás, de acuerdo con lo que ella 'es, es decir,
conforme a las disposiciones y tendencias particulares que confieren
a una persona su carácter único y singular. "_
Puede pues decirse de esos tres sistemas que, si bien es posi—

132
ble distinguidos analíticamente, en realidad ninguno de ellos es
autónomo, cerrado o completo en sí mismo. Sus fronteras se tocan
—o, mejor, no hay fronteras entre ellos, por cuanto cáda sistema
necesita de los otros dos para constituirse y funcionar -——. De la con-
junción de los tres sistemas arranca toda acción social concreta. El
sistema social sólo puede existir, como sistema normativo de inter—
acciones y de roles, si la cultura le facilita los valores compartidos
que modelan la cultura y confieren a ésta una signiñcación comu—
nicable. La cultura sólo existe si se crea y recrea incesantemente
en y por la trama de la interacción y de la acción social, de las,
que es a un tiempo condición y consecuencia. La personalidad, en
fin, presta a los dos sistemas precedentes el elemento vital, el motor
esencial _a su funcionamiento, es decir, el conjunto de las moti—
vaciones que inducen a cada uno de los actores en situación social
.a obrar y a reaccionar.
En realidad, se trata menos de una conjunción de los tres siste—
mas que de una verdadera. interpenetración. Cada sistema no sola-
mente está en' relación con los otros dos, sino qugr, además, tanto
en la acción concreta como teóricamente, está imbricado en los otros
dos y modelado por elementos proporcionados por ellos.
Los capítulos precedentes han permitido ya captar la complemen-
tariedad del sistema social y de la_cultura, al mismo tiempo que la
distinción analítica que importa mantener entre ambos. La relación
entre la personalidad y los otros dos sistemas se esclarecerá ahora
mediante el análisis de 10 que en sociología y en psicología social
se ha dado en llamar el proceso de socialización, En efecto, gracias
a los conocimientos ya acumulados sobre la socialización, es posible
establecer un puente entre la persona y la sociedad, para vinculadas
entre sí y para, simultáneamente, distinguidas y comprender mejor
su complementariedad.

EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN

Definimos la socialización como el proceso por cuyo medio la


persona humana aprende e ínteriorz'za, en el transcur30 de su vida,
los elementos socioculturales de su medio ambiente, los integra
a la estructura de su personalidad, bajo la influencia de 'experien-

133
cias y de agentes sociales significativós, y se adapta así al entorno
social en cuyo seno debe vivir.
Esta definición compte'nde' buen número de elementos que des—
arrollaremos y clariñcaremos en el presente' capítulo. Sugiere, en
particular, tres aspectos fundamentales de la, socialización, aspectos
que importa subrayar inmediatamente, por cuanto van a guiar nues,—
tro análisis.

Adquisición de la cultura

En primer lugar, la socialización es el proceso de adquisición


de los conocimientos,- de los modelos, de los valores, de los símbo—
los; en resumen,de las <<maneras de obrar, de pensar y de sentir»
propias de los grupos, de la sociedad, de la civilización en cuyo
"seno está llamada a vivir una persona. Este proceso se inicia con
el-nacimíento, prosigue a lo largo de toda la vida y concluye con la
muerte. La primera infancia, sin duda alguna, constituye 'el período
más intenso de socialización: no solamente es_ el período en que
el ser humano tiene más cosas que aprender (higiene, gustos culina—
rios, urbanidad, lenguaje, roles, etc.), sino que es también aquel
en que el hombre es más <<plásti¿:o» y más apto para aprender, ya
que lo hace entonces con una facilidad y con una rapidez que ja-
más conocerá en el resto “de su vida. La sociedad moderna tiende,
sin embargo, a prolongar cada vez más en la adolescencia ese perío-
do de intensa socialización, sobre todo. si se compara esta situación
con la existente en las sociedades no industriales, sociedades en las
que el adolescente se hace <<adulto» mucho más pronto. Tal es, en
particular, una de las consecuencias del acceso cada vez más gene—
ralizado de toda la población a la enseñanza media.
Una vez pasado ese intenso período de socialización (la infan-
cia y la juventud), el adulto no deja sin embargo de proseguir su
socialización a lo largo de su vida. Existen_, en particular, deter—
minadas etapas en las que conocerá una socialización más. intensiva.
Piénsese, por ejemplo, en toda la adaptación que exige'e1 primer
empleo en. la moderna sociedad industrial: adquisición de conoci-
mientos" técnicos_ nuevos; comprensión de un sistean ó£cial y de un
sistema no oficial u oculto de roles, interacciones, comunicaciones y

134
sanciones; adaptación a unos métodos y a un nuevo ritmo de tra—
bajo, a unas nuevas condiciones de vida, y, a veces, incluso a un
nuevo nivel de vida, etc. Toda promoción, todo cambio de em-
pleo abre asimismo un nuevo período de socialización. El matrimo-
nio, el nacimiento del primer hijo, el matrimonio del primer hijo
constituyen otras tantas etapas que imponen nuevas adaptaciones.
El trasplante del inmigrante a un país de adopción constituye pro-
bablemente la más difícil prueba de resocialización que" pueda Vi-
virse en la edad adulta. No es salvada con éxito por todos, ni a
cualquier edad, ni en cualesquiera condiciones, hecho por el que
la aculturación del inmigrante, es decir, su socialización a una
nueva sociedad y a una nueva cultura, no suele completarse hasta
el cabo de dos e incluso tres generaciones. En nuestra sociedad,
en la que los ancianos han perdido el status y las funciones de
que gozaban antaño, se insiste en <<el arte de saber envejecer» a
En de no sufrir por ello ni hacer sufrir a los demás ; se trata,
"propiamente hablando, de la socialización a un nuevo rol, el dic—
tado por ,la sociedad a las personas ancianas. De ahí _que deba apren—
derse también a morir: cada sociedad tiene sus cánones, de inspi-
ración preferentemente religiosa, que definen lo que, según la ex-
presión corriente, se llama <<tener una buena muerte». Finalmente,
entre estas etapas, cada día trae consigo sus exigencias de adapta—
ción a situaciones nuevas,. que imponen la adquisición de nuevos
elementos sacados del vasto código social que legisla cada una de
nuestras vidas.

Integración de la cultura en la personalidad

_En segundo lugar, nuestra definición afirma que, como conse—


cuencia de la socialización, algunos elementos de la sociedad y de
la cultura pasan a ser parte integrante de la estructura de la perso—
nalidad psíquica; hasta” el punto de convertirse en materiales o en
una parte del contenido de dicha estructura. No es posible calibrar
qué proporción de la cultura y del sistema social es así integrada a
la personalidad. La proporción, por lo demás, varía de una persona
a otra. Lo que sí puede añrmarsé es que la cultura y el sistema so-
cial, una vez integrados en la personalidad, pasan a convertirse, como

135
hemos subrayado ya en páginas anteriores, en la obligación moral, en
la regla de conciencia y en la manera que parece <<natural» o <<nor—
mal» de “obrar, de pensar 6 de sentir.
Gracias a esa integración de elementos socioculturales en la per—
sonalidad, el actor social, siquiera conscientemente, apenas advierte
el peso del control social, de lós imperativos y exigencias que le im-
pone el medio social. No tiene la sensación de obedecer a cada ins-
tante, a la presión de una autoridad externa, ni de ser objeto de una
coacción por parte de las instituciones o de los demás actores. De
su propia conciencia brota finalmente la fuente de su conformidad,
en la medida suficiente tanto para asegurarse la tranquilidad de no
parecer ni original, ni perturbado, como para hacerse acreedor de
respeto a sus propios ojos y a los ojosde invisibles testigos, trátese
de Dios o de la madre difunta desde hace ya tiempo.

Adaptación al entorno social

El tercer aspecto de la socialización incluido en nuestra defini—


ción es, en realidad, su consecuencia principal, desde el punto de
vista sociológico: la adaptación de la persona a su entorno social. La
persona socializada es <<de un medio ambiente>$, <<perte'nece» a la fa-
milia, al grupo, a la empresa, a la religión, a la nación, en el sentido
de que forma parte de esas colectividades, de que tiene su lugar pro-
pio en' ellas. Ello es así por el hecho de poseer suñcientes cosas en
común con los restantes miembros de esas colectividades, hasta el
punto de poder comunicar con ellos, comulgar con determinados sen-
timientos, compartir unas aspiraciones, unos gustos, unas necesida—
des, un'as actividades. En resumen, se parece. a ellos, no tanto físi—
camente, como también es el caso a' veces, sino sobre todo mental y
psíquicamente. Pertenecer a una colectividad es compartir con los
demás miembros ideas o rasgos comunes suñcientes como para iden—
tificarse en el nosotros que ella constituye ( <<nosotros, los universi-
tarios», <<nosotros, los canadienses», <<nosotras, las mujeres»), reco—
nocerse lo bastante en ese nosotros como para extraer de ahí, siquie—
ra eri parte, la propia identidad psíquica y social.
Esta adaptación afecta a la personalidad en profúhdidad por cuan—
to se produce simultáneamente al triple nivel biológico o psicomotor,

136
afectivo y mental. Al nivel biológico y psicomotor, la persona socia—
lizada en una cultura y en una sociedad ha desarrollado unas nece—
sidades fisiológicas, unos gustos, unas actitudes corporales que han
exigido un condicionamiento previo de su organismo neuroñsiológico
y de su aparato sensoriomotor. El italiano, el judío, el francés son
identiñcable_s por ciertos gestos, por una mímica, por un modo de
andar que les son característicos. El mejicano se deleita con manjares
que a otros se les antojan tan saturados de especies que les que-
man literalmente la boca y la garganta. El inglés experimenta la ne—
cesidad de iniciar su jornada con un desayuno copioso-, abundantemente_
regado con té, mientras que el francés tiene bastante con una taza
de café y un pedazo de pan. El cuerpo y sus gestos deben pues su—
frir una socialización destinada a adaptarlos a un concreto entorno
sociocultural,
Al nivel afectivo, no solamente la expresión de los sentimientos
es canalizada por las modalidades, las restricciones y las sanciones de
una cultura, sino que algunos sentimientos pueden también ser sofo-
cados, reprimidos y hasta negados por una cultura_ y una sociedad.
Los estudios etnológicos han demostrado ampliamente el hecho de
que unas sociedades favorecen más que otras el despliegue y la
expresión de la agresividad, o de la ternura, o del amor. Tomemos
un ejemplo próximo a nosotros. En la sociedad moderna, todo cons-
pira para hacer del matrimonio <<un asunto de amor», y se tiende a
despreciar de varios modos el matrimonio por interés y el matrimo—
nio de motivación racional, en aras de 10 que se ha dado en llamar
el amor romántico o novelesco. Sin embargo, en muchas sociedades
y durante largos períodos de la historia, el matrimonio de los jóvenes
era decidido por sus padres y constituía esencialmente un asunto
económico,“ que como tal era tratado. Este tipo de matrimonio era
mucho más estable que el resultante del amor novelesco. En reali—
dad, la valorización del amor novelesco es un fenómeno cultural re-
lativamente reciente en la historia de la humanidad. Henri Bergson
escribía a este respecto: <<Desde siempre, la mujer ha tenido que
inspirar en el varón una inclinación distinta del deseo, deseo que sin
embargó se mantenía contiguo y como soldado a esa inclinación que
participaba _a un tiempo del sentimiento y de la sensación. El ¡amor
novelesco tiene una fecha: surgió en la edad media, el día en que
se decidió absorber el amor natural en un sentimiento en cierto modo

137
sobrenatural, en la emoción religiosa tal como el cristianismo la ha—
bía creado y traído al mundo. Cuando se le reprochan al misticismo
sus expresiones a la manera de la pasión amorosa, se olvida que el
. amor fue quien empezó por plagiar a la mística, quien extrajo de
ella su fervor, sus impulsos, sus éxtasis. Al utilizar el lenguaje de úna
pasión ya pref1gurada por ella, la mística no hace más qúe reasumir
su bien propio»3.
El amor entre jóvenes es ahor_a un sentimiento no solamente auto—
rizado, sino también valorizado, sugerido y hasta amplificado, supues-
tamente porque se cree poder prestar mayor confianza a un matritno-
nio fundado sobre ese sentimiento que a un matrimonio de motiva—
ción racional. Se llega incluso a considerar 'que un matrimonio que
no esté ya animado por el amor debe disolverse y que el hombre
y la' mujer pueden'o deben buscar un <<nuevo amor». Comparada con
otras civilizaciones y otras épocas, la sociedad moderna fomenta pues
en sus miembros la génesis, el desarrollo y la expresión del senti-
', miento amoroso. Sin duda alguna, en nuestras sociedades, es posi—
ble dar del amor diversas definiciones, desde el puro erotismo hasta
.la concepción más espiritualista_. Pero resulta ya imposible negar el
amor o sofócar su desarrollo en las personas_socializadas en este tipo
de sociedad. ¡
La socialización, en fm, proporciona,. al nivel del pensamiento,
unas categorías mentales, unas representaciones, unas imágenes, unos
cºnocimientos, unos perjuicios, unos estereotipo_s; en resumen, unas
<<maneras de pensar», en cuyo defecto la inteligencia, lá memoria y
.la imaginación no podrían desplegarse, crecer y producir. Incorpo-
rando los elementos de la cultura, las facultades intelectuales se des-
arrollan y pueden crear a su vez nuevos elementos culturales.
El resultado normal — desde el punto de vista sociológico — de
la sodialización estriba pues en producir una conformidad suficiente
de las <<m_aneras de obrar, de pensar y de sentir» en cada uno de
los miembros de una colectividad, para que, . por una parte, cada
persona se adapte y se integre en una colectividad, y para que, por
otra, pueda ésta mantenerse y perdurar. ¿Cabe deducir de todo esto
que el resultado de la socialización es necesariamente la conformi-
dad e incluso el conformismo de las conductas y de las actitudes, y
3. Henri BERGSON, _Le: deux xource: de la morale et de la religion, en Oeuvrex cam- __
plétes, Editions Albert Skira, Ginebra 1945, p. 43.

138
que cualquier otro resultado denota una socialización deftcíente. Evi-
dentemente, no. Pero_se trata de un problema sobre el que volve—
remos al ñnal del presente capítulo. Porque, antes de poder respon—
der al interrogante así formulado, debemos estudiar con mayor pro—
fundidad el proceso de socialización, es decir, describir sus mecanis—
mos principales y analizar el rol de los agentes y medios ambientales
de sºcialización.

LOS MECANISMOS DE SOCIALIZACIÓN

Evidentemente, cuando' se trata de explicar los mecanismos que


regulan la socialización de la persona, debemos recurrir a los psicó-
logos de las diferentes escuelas. No pretendemos reconstruir aquí to-
do —el p;oceso del desarrollo y estructuración de la personalidad. Bás—
tale a ki so_ciología extraer de los estudios de los psicólogos aquello
que afecta de un modo particular a la formación de lo que cabría de—
nominar <<la__,15ersonalidad social» o, más exactamergte, el desarrollo
de la aptitud & la acción social y la adquisición de los requisitos ne—
v cesarios para ella: normas, valores, símbolos, etc. He aquí, sin duda,
una distinción que no será necesariamente del agrado de todos los
. psicólogos… Estos nos dirán, no sin razón, que la personalidad es
global y no se presta a semejante dicotomía. Pero debemos, por 10
menos, mantener esa distinción analítica, siquiera en aras de la
claridad expositiva.

El problema de la motivación social

El problema que es preciso resolver se plantea en términos de


motivación y puede formularse del modo siguiente: ¿cómo una perso—
na humana —— el niño en particular, pero también el adulto — es in-
ducida a orientar su acción de acuerdo con los motivos, las aspira-
ciones y los objetivos que le son propuestos por una cultura y que
ofrecen un carácter dominante en una cultura dada, de modo que,
contemplada desde fuera, su conducta parezca sufrir la coacción de
una presión y muestre la imagen de la conformidad o de la unifor—
mación? Más brevemente, cabe preguntarse: ¿cómo la persona hu—

139
Rocher, Sociología 6
mana desarrolla la motivación necesaria con miras a una acción nor-
mativamente orientada? Si una peráona, actuando_ confºrme a las
normas ya los valores de una colectividad o de una cultura, sigue en
esto los dictámenes de su propia conciencia moral y. respónde a una
”necesidad que estima <<normal» o <<natural», es- porque está positi—
vamente motivada para…obrar de ese modo. Ahora bien, es sabido que
semejante motivación no está inscrita en la naturaleza biólógica del
hombre ni forma parte de <<la esencia de la naturaleza humana», pues—
to que pueden satisfacerla objetos diferentes y maneras diversas de
conducirse. El perrito que lame la leche por primera vez parece—óbe-
decer realmente a un impulso interno, a un instinto, ya que puede
hacerlo incluso antes de abrir los ojos y contemplar cómo su madre
10 hace: el orden de la naturaleza le impulsa a obrar de este modo.
Pero el occidental que prefiere comer con cuchillo y tenedor, y sabe
establecer la diferencia entre las <<buenas» y las <<malas» maneras de
manipuladºs, no ha heredado esta preferencia ni este juicio con la
necesidad biológica que experimenta cuando de comer y beber se tra—
ta: el orden de la cultura le impulsa a obrar de este modo. ' ¿Cómo
se impone el orden de la cultura al hombre?
En líneas más generales, es el problema planteado por Hobbes
en su Leviathan. Hobbes, en efecto, demostró vigorosamente la ne—
cesidad de explicar por qué la sociedad existe y perdura sin ser <<una
guerra de todos contra todos». En otras palabras, ¿por qué, se pre—
gunta Hobbes, no recurren todos los hombres al fraude y a la violen— .
cia en la prosecución de sus objetivos personales? ¿Cómo es posible
que puedan mantener una sociedad relativamente estable, en vez
de descuartizarse y matarse los unos a los otros? ¿A qué se debe que
el hombre esté generalmente motivado desde dentro para seguir las
normas sociales, adherirse a los valores propios de su medio ambiente, _
identificarse con el nosotros? ¿. _ _ '
La respuesta', o siquiera una parte de la mismáI,-'radíca evidente"—
mente en los mecanismos psíquicos de la socialización humana. Sin
adentrarnos en los detalles y *simpliñcando considerablemente las
cosas, puede afirmarse la existencia de dos mecanismós principales de
socialización: el aprendizaje y la inleriorí2ación del otro (de la al—
terzdad ) Consideraremos sucesivamente ámbos mecanismos, pero
teniendo siempre en cuenta que están estrechaíhente vinculados
entre sí.

140
El aprendizaje

El aprendizaje consiste en la adquisición de reflejos, de hábitos,


de actitudes, etc., que se inscriben en el organismo-y en la psique…
de la persona y orientan su conducta. El perro-al que el psicólogo
ruso Pavlov adiestraba para que salivara al son de una campanilla
o tras la recepción de un choque eléctrico, sufría un período de apren—
dizaje. En este caso,, Pavlov inculcaba al perro lo que él denominaba
un <<reflejo condicionado». El perro saliva por <<reflejo natural» o
espontáneo, cuando ve o huele el alimento. Pavlov creaba por medió
del adiestramiento, en el organismo neuroñsiológico- del animal, un
reflejo no natural cºnsistente en salivar al oír un determinado sonido
o al recibir una descarga eléctrica, elementos que recordaban o anun-
ciaban el alimento. El niño a quien sus padres enseñan la higiene,
los buenos modales, la urbanidad, sufre también un aprendizaje, me-
diante la repetición de unos mismos gestos destinados a desarrollar
en él unos reflejos condicionados y sobre todo unos hábitos. El niño
que aprende un nuevo juego contempla cómo los démás lo practican
y les imita. Efectúa luego “unos ensayos personales _y corrige los erro—
res en que haya podido incurrir: es otra forma de aprendizaje. La
persona memoriza un texto a base de repetirlo varias veces y de co-
rregir sus posibles errores, impone a su memoria un aprendizaje des-
tinado & inscribir una serie de sonidos sucesivos en su sistema neuro-
cerebral. Se castiga, en fm, al niño por su atolondramiento y_ se le
recompensa por su generosidad, con la esperanza de desarrollar en
él unos hábitos de atención y de bondad.
Por los ejemplos antes transcritos, advertirá el lector que la re—
pelicz'ón, la imitación, la aplicación de recompensas y castigos, y los
ensayos y errores constituyen los cuatro procedimientos principales
por cuyo medio se opera el aprendizaje. Tanto en el caso del adiestra—
miento de los animales o de los niños, como en el de la enseñanza, la
educación o la socialización en general, el agente socializador y/o
- el socializado recurren incesantemente a uno u otro de esos proce—
dimientos de aprendizaje. '

141
Herencia o medio social

' Sin embargo, las investigadones efectuadas por los psicólogos so-
bre el aprendizaje les han. enzarzado en una larga discusión, que to—
davía persiste, acerca del respectivo papel de la herencia y del me-
dio éxtemo en los procesos de aprendizaje. La inñuencia del medio
ha sido singularmente defendida por la psicología behaviorista, psi-
cología que, inspirándose en los experimentos de Pavlov, consideraba
primordialmente el aprendizaje como el desarrollo de unas respuestas
por parte del organismo a unos estímulos externos. En esta pers-
pectiva, la educación y,la socialización consistirían ante todo en el
aprendizaje de las buenas respuestas a las situaciones, 'a los acónte—
cimientos y a los objetos externos que actúan como estímulos, apren—
dizaje que se efectuaría sobre todo mediante la repetición y la aplica-
ción de sanciones de diverso signo. A menudo se ha reprochado a la
psicología behaviorista su deñnición demasiado <<molecular», excesi-
vamente atomizada, de la conducta humana y de la educación. Se" la
ha acusado también de preterir la fma1idad que el sujeto humano per—A
sigue en su conducta y en su comportamiento. Se ha criticado su
intento de tratar al hombre como a un autómata o una máquina. Para
responder a esta crítica, algunos psicólogos (no necesariamente beha-
vioristas) han desarrollado nuevos esquemas teóricos. Así, por ejem-
plo, la teoría del <<mapa cognitivo» (cognitive map), elaborada por
Tolman para describir la representación que el sujeto se forja mental—
mente de su medio ambiente y de los objetos de ese medio que le
afectan y actúan sobre él como estímulos. Kurt Lewin, por su parte,
ha demostrado que ese mapa cognitivo se estructura según unos
<<campos .de fuerza», es decir, entorno a determinados objetos-estímu—
los del medio físico y“ social que cobran un valor superior al de. otros,
en 10 que respecta a la satisfacción del sujeto. -
En oposición a la psicología del medio, las teorías del instinto
han puesto el acento sobre la herencia, en su explicación de la con—
ducta humana. Algunos psicólogos (McDougall es sin duda ¿] más tí—
pico) consideraban primordialmente la acción humana como el pro—
ducto de instintos inscritos en el organismo biológico. Dichos ins-
tintos, cuya lista completa se intentaba confeccionar, explicaban las
necesidades del animal. y del hombre, así como los sentimientos y las

142
conductas a que daban lugar. McDougall, por ejemplo, atribuía a
cada instinto una <<emoción» desencadenante de la acción humana:
al instinto de fuga correspondía la emoción del miedo; al instinto
de curiosidad, la emoción de la sorpresa; al instinto del combate, la
emoción de la cólera.
Pero el instinto y las necesidades entrañan en el hombre un ca-
rácter difuso: diversos alimentos pueden satisfacer la necesidad de
comer. El aprendizaje consistiría pues en canalizar el desarrollo pro-
gresivo de los instintos y de las necesidades en el hombre, proponién—
doles objetos específicos aptos para satisfacerlos: tal alimento concre—
to y no otro, una determinada manera de comer más que otra, etc. El"
aprendízaje se convierte entonces en una reconstrucción de las ne—
cesidades primarias, de los instintos y de sus emociones, de acuerdo
con modalidades de satisfacción socialmente admitidas y aceptables.
Mientrás que, a juicio de los behavioristas, el aprendizaje se iniciaba
fabula rasa, a partir de un organismo plástico al que el medio cir—
cundante inculcaba las respuestas y reacciones apropiadas mediante el
recurso a diversas modalidades de cohdícionamiénto, la teoría de los
instintos, por su parte, definía el aprendizaje a p5rtir de un dato
instintual hereditario, cuyo desarrollo era preciso guiar.
. La oposición entre estas dos posiciones extremas Se ha suavi-
zado mucho actualmente, aun cuándo sigue subsistiendo. Se ha al—
canzado, en particular, un cierto acuerdo en dos puntos principales.
En primér lugar, se admite que una teoría del aprendizaje no puede
ignorar ni el dato hereditario ni la influencia del medio externo, sino
que, por el contrario, debe tener en cuenta ambos elementos y su
constante interacción. Probablemente, es imposible precisar la parte
que incumbe a uno y otro elemento, circunstancia que permite toda-
vía cargar el acento sobre uno de los dos; Pero no cabe ya la posibi-
lidad de preterir ninguno de los dos.
En segundo lugar, cualquiera que sea la posición adoptada frente
a los papeles respectivos de la herencia. y del medio ambiente, se
admite la imposibilidad de ofrecer una explicación satisfactoria del
aprendizaje sin recurrir a la significación que revisten para el sujeto
las diferentes personas que le rodean y que son agentes activos del
aprendizaje, las relaciones que el sujeto mantiene" con ellas y su pro-
pia conducta con respecto a ellas. Así pues, no solamente cuenta la
recompensa o el castigo, sino también el hecho de que la recompen—

143
sa y el castigo proceden de tal persona concreta, de que afecte de
una manera particular a la relación con esa persona y de que entrañe
un sentimiento determinado con respecto a ella. '

Lay interiorización del otro

En ese punto entra en juego el segundo mecanismo de la sociali—


zación, la interiorización del otro (de la alteridad), que completa la
acción del primero. Ya en 1902, el sociólogo norteamericano Charles
H. Cooley desarrollaba ampliamente la idea de que el <<sí» (el self
inglés), el sentimiento de ser una entidad, una persona que puede
decir <<yo», <<mío», <<mía», es profundamente social en sus orígenes
y en su contenido. Contemplándose en la mirada que los demás fijan
sobre ella construye una persona su <<sí», por la imagen de sí misma
que cree ella ofrecerles y a través de los juicios sobre sí misma que
ella les atribuye. Es lo que Cooley dio en llamar el looking-glass self,
es decir, el <<sí» reflejado en el espejo de la mirada del otro. La con-
ciencia existencia], la conciencia de existir y de ser <<sí», es pues
fruto, a un tiempo, de la intuición de las percepciones que de mi mis-
mo tiene el otro, a lo que Cooley denomina <<simpatía», y de la co-
municación con 'el otro. Pero, para Cooley, no solamente el <<sí» es
social, sino también la conciencia moral: el sentimiento del bien y
de la obligación resulta de la síntesis de inñuencias sufridas por una
persona, gracias a su sensibilidad <<simpática» a los juicios de los
demás 4.

George H. Mead

En un estudio, ñlosóñco, psicológico y sociológico a la vez,


George H. Mead 5 se ha entregado profundamente al análisis del
<<sí» social. A partir de una serie de observaciones sobre las funcio-
nes del lenguaje, del juego y de la partida (game), que no_ debe con—
4. Charles H. COOLEY, Human Nature and Social Order, Charles Scribner's Sons, Nueva
York 1902, edición revisada en 1922; cf. sobre todo los capítulos v y x.
5. George H. MEAD, L'esprit, Ie Soi et la société, traducción délpixigAfés al francés por
J. Caáeneuve, E. Kaelin y G. Thibault, PUF, París 1963. (Espíritu) Persona y'Sociedad, Paidós,
Buenos Aires 1953.) '

144
fundirse con el simple juego, ha evidenciado sobre todo cómo el niño
se desarrolla mentalmente y se socializa <<jugando» el papel de los
demás (de los padres, de sus compañeros de juego, de los héroes) e
interiorizando sus actitudes. El niño aprende así las reglas del juego,
al tiempo que aprende a autoccncebirsé como miembro del grupo, y
como miembro diferente de los demás por el rol que asume en el
seno del mismo. A. juicio de Mead, lo que se produce en el juego
y en la partida es una sencilla ilustración de lo que acoñtece en la
vida corriente. El <<sí» del niño se desarrolla por _su identificación con
otras personas en los roles que ellos desempeñan, y en particulafpor
la interiorización de <<el otro genetalizado» (genéralized0tber), es
decir, del conjunto orgánico, estructurado de los otros roles de los
que depende; el niño construye' asimismo su <<sí» por la discrimina—
ción que su prºpio rol le permite establecer entre su persona y los
demás. De otro lado, por la interiorización de los otros roles, el niño
se familiariza con las reglas que los presiden, con las actitudes que
comportan, con los principios que los inspiran: tal es el fundamento
de la interiorización progresiva de los elementos socioculturales del
medio. Se comprende que la obra de Mead, obra qué ha ejercido una
tremenda influencia en Estados Unidos, está en el origen de la im-
portancia que los sóciólogos y psicólogos sociales norteamericanos
atribuyen al rol social en el proceso de socialización.
Además, pór las funciones que él atribuye al pensamiento y a la
inteligencia en el aprendizaje y en la acción, Méad ha contribuido
considerablemente a liberar a la psicología norteamericana de los lí—
mites fisiológicos en los que la tenía circunscrita un behaviorismo
estricto. En efecto, _el pénsamiento, según Mead, es de carácter esen-
cialmente social: el pensamiento es social en su origen, porque
se desarrolla necesariamente por y en la comunicación con el otro,
con los demás ; 10 es también en su contenido, en razón de los sím-
bolos colectivos que utiliza para constituirse y comunicarse.

]e¿m Piaget

En este punto confluyen Mead y Piaget. Los estudios de este últi-


mo, en efecto, han versado principalmente sobre el desarrollo del
pensamiento y de la inteligencia en el niño. Pero Piaget ha conside-

145
rado siempre ese desarrollo como un proceso social tanto como psí-
quico. La infancia, según él, se caracteriza, tanto desde el punto de
vista del conocimiento como_ desde el punto de vista moral, por lo
que este autor llama <<el egocentrismo». He aquí cómo lo. define y
explica: <<Así como el espíritu empieza por confundirse con el uni- .
verso, antes de disociar lo que releva de las leyes objetivas, así tam—
bién'el individuo empieza por comprenderlo y sentirlo todo a través
de sí mismo; antes de distinguir entre 10 que releva de las cosas o
de las otras personas y lo que resulta de su personal perspectiva in—
telectual y afectiva. El individuo no puede pues ser entonces cons-
ciente de su propio pensamiento, dado que la conciencia de sí mismo
implica una confrontación continua entre el yo y el otro. Desde el
punto de vista lógico, el egocentrismo entraña pues una especie de
alogismo,' de modo que, unas veces, la afectividad priva sobre la obje—
tividad, y, otras, las relaciones nacidas de la actividad propia privan
sobre las relaciones independientes del yo. Desde el punto de vista
moral, el egocentrismo entraña, por otra parte, una especie de anomia,
de modo que la ternura y el desinterés pueden ir a la par con un egoís-
mo ingenuo, sin que el niño se sienta espontáneamente mejor en un
caso que en el otro. Así como las ideas que atraviesan su espíritu se
presentan a él bajo la forma de creencias, y no de hipótesis que es pre-
ciso veríñcar, así también los sentimientos que surgen de la conciencia
del niño se le aparecen inicialmente como poseedores de un valor, y no
como fenómenos que deban ser sometidos a una evaluación ulterior.
Sólo mediante el contacto con los juicios y lasevaluaciones de los de—
más cederá progresivamente terreno esa anomia intelectual y afec—
tiva, bajo la presión de las reglas lógieas y morales colectivas» 6.
Este contacto con los otros… reviste sin embargo dos formas su-
cesivas 'muy diferentes; según Piaget. Hasta la edad de 7 años apro-
ximadamente, priva la relación con los adultos, con los pádres sobre
todo. En razón del respeto que los adultos le inspiran y del lugar
que sus padres ocupan en su vida, mantiene el niño con ellos una
relación que lleva la impronta de la coerción o la coacción: el niño
piensa como el_ adulto, se conduce como el adulto desea o prescribe.
El pensamiento y la conciencia moral son todavía externos al niño,-
quien los recibe come acepta a esos adultos, es decir, incondicional—
6. Jean PIAGET, Le iugement moral chez l'enfant, Librairie Félix Alcan, París 1932,
p. 465—466. '

146
mente; A la fase del egºcentrismo puro de la primera infancia, su—
cede. pues una fase en la que el niño oscila entre el egocentrismo pri-
mitivo y la aceptación pasiva del pensamiento y de los juicios de los
demás, fase en cuyo transcurso <<1a arbitrariedad del yo es simple-
mente sustituida por la arbitrariedad de una autoridad soberana» 7.
A' partir de los 7 años de edad, aparece una segunda forma de
relación social, “basada en la cooperación. Esta es posible no con
adultos, sino con iguales, con compañeros de su misma edad. La co-
operación permite la discusión, la crítica. Fundada sobre la diversidad
y la complementaricdad de las funciones en el juego colectiva, posi-,
bilita asimismo la comprensión de la diversidad y complementarie-
dad de los puntos de vista. La cooperación ejerce pues <<un papel
liberador y constructivo a la vez...: (ella) sola lleva a la autono—
mía» 8 del pensamiento y de la conciencia moral. La discusión da '
lugar a la reflexión, a la verificación, a la crítica; agudiza la inteli—
gencia y el juicio. Por la cooperación y la discusión, las ideas y las
categorías hasta entonces aceptadas pasan progresivamente por un
tamiz y se opera una decantación, de modo que Las que subsisten
asumen un carácter más personal. Desde el punto de vista moral, las
reglas y los principios a los que obedecía el niño por sumisión y con
pasividad pasan a convertirse, en el crisol de la reflexión y. de la
crítica exigidas por la cooperación, en unas convicciones, es decir,
en unos juicios morales personales. Los conocimientos, las normas, los
valores del medio ambiente, tras haber sido impuestos desde el exte-
rior, son así progresivamente interiorizados, hasta convertirse en la
razón y en la conciencia de cada persona. Se comprende que Piaget,
al igual que Mead, otorgue gran importancia al progreso del len—
guaje y de la función simbólica, fundamentados de la comunicación,
y que considere que, en el adulto socializado, el lenguaje, incluso
el más íntimo y más secretº, es social, como el pensamiento, porque
siempre se dirige a otro (a otra persona),. real, imaginario o hipo-
tético 9. *

7. Ibid., p. 467.
8. Ibid., p. 469.
9. Jean PIAGET, Le langage et la pensée chez l'enfant, Délachaux et Niestlé, Neuchátel
41956. ' '

147
Sigmund Freud

Piaget se ha consagrado a la descripción de las fases del desarro-


llo de la inteligencia, dando de algún modo por sobreentendidos los
lazos sociales y los sentimientos que les acompañan. A Freud y a
sus discípulos debemos, en cambio, la tarea de haber sondeado y
esclarecido los fundamentos afectivos de la conducta humana y de las
relaciones” sociales. El psicoanálisis ha contribuido en buena medida
a la explicación del proceso de socialización. Nos limitaremos aquí a
indicar los cuatro puntos más sobresalientes de esa contribución.
En primer lugar, Freud ha esclarecido las relaciones del niño con
sus padres, evidenciando sus raíces sexuales, <<libidinales» en térmi-
nos freudianos. Los diversos contactos físicos del niño pequeño con
su madre, o con aquella que hace sus veces, procuran al niño su pri
mer placer erótico, desarrollan en' él el sentimiento amoroso y pre—
paran el nacimiento del deseo sexual. La angustia nacida de la po—
sible pérdida del objeto de ese placer crea en el niño pequeño la
necesidad de la seguridad afectiva que él inyiste' en sus padres. La
búsqueda del afecto y del amor envolverá pues todas las fases del
primer aprendizaje del niño, tanto por los placeres y la seguridad
que ese ámor aporta gomo por las privaciones y las frustraciones
que lo acompañan y el antagonismo o la hostilidad que de" las mis-
mas resultan. La dinámica del primer aprendizaje del ser humano Se
inscribe, por consiguiente, en un contexto de relaciones afectivas in-
tensas que multiplican el alcance y la significación de los métodos
empleados por los padresvo sus sustitutos. En las fases edípicas, sin
embargo, es cuando la relación del niño 'con el progenitor de sexo
opuesto reViste el carácter más intensamente sexual: apego al pro—
genitor de sexo opuesto e identificación con el progenitor del mismo
sexo. Ahora bien, esta identificación con el progenitor del mismo sexo
cónstituye la interiorización del otro (la interiorización de“ la reali—'
dad del otro) más profunda y más poderºsa que quepa imaginar: con—
siste en desempeñar el rol de ese otro- de una manera lo bastantex
completa como para querer su desaparición, su aniquilación, hasta
sustituirle. Esa capacidad de identiñcación del r;íí10__es importante
cuando quiere uno comprender y dilucidar la disposición que tiene él
niño para asumir los roles y las “actitudes de los demás. .

148
Freud, en su análisis de las relaciones existentes entre el niño
y sus padres, sobre todo durante las fases edípicas, ha puesto de
relieve un segundo fenómeno sumamente importante: la ambivalen-
cia de los sentimientos, es decir, la capacidad del ser humano para
nutrir simultáneamente sentimientos contradictorios de amor y de
odio con respecto a unas mismas personas. Las frustraciones a que los
padres someten al niño en el transcurso de su educación son experi-
mentadas con tanta mayor violencia pór el niño cuanto que provienen
de las personas amadas: muy fácilmente originan pues sentimientos
contrarios de hostilidad y de odio. En las fases edípicas sobre todo,,
la identificación con el progenitor del mismo sexo, en la compe—
tencia por el amor del progenitor de sexo opuesto, infunde el deseo
de matar o,de ver morir al progenitor que le hace la competencia: <<el
asesinato del padre», siquiera simbólico, forma parte del desarrollo
normal del niño varón, como también de la niña con respecto a su
madre. En el terreno social, esta ambivalencia sentimental juega un
importante papel en las relaciones entre generaciones, particular-
mente entre los jóvenes y los adultos. Más adelante_veremos también
cómo algunos autores han otorgado a esa ambivalencia un lugar im—
portante en la explicación de las relaciones entre colonizados y co-
lonizadores.
Un tercer fenómeno ampliamente analizado por Freud es el de
la transferencia, es decir, la capacidad de trarísferir a otras personas, '
a otros roles, a otros objetos, sentimientos primitivamente ñjados so—
bre un objeto, una persona, un rol. La transferencia cobra la inten-
sidad y el ¿1ramatismo más intensos en la relación entre el psicoana—
lista y su paciente: el psicoanalista orienta primero hacia sí mismo, en
una fase transitoria, los sentjmientos de odio y de amor que el
paciente nutre con respecto a otra persona, a En de poder luego
destruir o purificar una antigua identificación que se ha hecho pato—
lógica. La aptitud a la transferencia desempeña un importante papel
en la vida adulta e interviene, sobre todo, en ocasión de determina-
das etapas de adaptación y de socialización: matrimonio, pérdida
de un ser querido, cambio de empleo, emigración, envejecimiento,
etcétera. Por otra parte, los estudios relativos al fenómeno social
de <<la cabeza de turco» (el antisemitismo de algunos, por ejemplo)
han puesto de relieve el hecho de que unos sentimientos de hosti-
lidad, que no pueden expresars'e directamente contra las 'per$onas

149
o grupos "que han provocado tales sentimientos, se proyecten, por
transferencia, sobre un grupo más vulnerable (un grupo minorita-
rio, por caso), que cumple entonces la función de cabeza de turco,
a la que cabe imputar <<todos los pecados de Israel» lº.
Finalmente, una última contribución del psicºanálisis a la com-
prensión del proceso de socialización deriva del análisis freudiano
del super—ego. En la estructura de la personalidad, el super-ego se
forma por la interiorización de ñguras afectivamente importantes,
de las reglas de vida que dichas figuras simbolizan para el sujeto, de
las sanciones que esas figuras han impuesto o a las que tales figuras
están asociadas. Es aquello que los psicoanalistas han dado en llá-
mar el conjunto de las <<censuras» aplicadas a los impulsos y a su
satisfacción inmediata o directa. Como ha subrayado Parsons “,
Freud, por su análisis del super—ego, coincide con la noción durkhei—
miana de la coacción, puesto que ésta representa, como el super—ego,
el principio y la fuente social de la obligación moral. El super-ego
es el control social interiorizado y asimilado, ¡hasta el punto de en—
trar en la dialéctica que se establece entre los impulsos instin-'
tivos, los objetos que los satisfacen Q frustran y las coacciones que el
sujeto cree deber imponerse.
Esta rápida incursión en terreno psicológico nos facilita la com—
prensión del sujeto de los dos mecanismos principales en el proceso
de socialización, y de la interacción entre ambos mecanismos. El
aprendizaje, mucho más largo y complejo en el niño que en cual-
quier otro animal, viene reforzado por las diferentes formas de in-
teriorización del otro, mentales y afectivas, de las que el hombre es
capaz, gracias en particular a su mayor riqueza emotiva y sobre todo
a su aptitud para manipular ' simbólicamente las realidades.

Los AGENTES DE SOCIALIZACIÓN

Dada la importancia reconocida a las personas y a los grupos


en los mecanismos antes descritos, debemos ahora completar esa des—
10. El análisis de ala cabeza de turco» ha sido elaborado sobre todo por Talcott PARSONS
en Essayx in Sociological Theory, The Free Press, Glencoe, III. 1954, 'cgp. 7. Versión castella-
na: Ensayos de teoría xociológica, Paidós, Buenos Aires.
11. En su análí_sis del proceso de socialización sobre todo: Family, Socializatíon and In-
le;'action Process“, The Free Press, Glencoe, 111. 1955.

150
cripcíón con un análisis de los' principales agentes activos en el
proceso de socialización. Evidentemente, resulta imposible enume-
rarlos todos. Nos contentaremos pues con iñdicar aquellos a los que
sociólogos y psicólogos han consagrado los más importantes estudios.

Tres criterios de clasificación

Mejor aún que una simple enumeración en un pseudoorden de


importancia,, será el intento de clasificar esos agentes de acuerdo con
tres criterios. En primer lugar, cabe distinguir entre, por un lado,
la socialización que se opera en el seno de grupos identificables, de
cuerpos institucionalizados, como la familia o la escuela; y, por otro
lado, la socialización que se lleva. a cabo de una manera más di-
fusa, por cuanto concierne al conjunto de una colectividad y afecta
a una masa, como es el caso, por ejemplo, de la socialización por la
radio y la televisión.
Cabe, .en segundo lugar, clasificar los agentes de socialización
según tengan por objetivo explícito y reconocido formar,“ educar,
inculcar unos principios, dispensar unos conocimientos ; o, por el
contrario, según que los agentes socializadores ejerzan esa función
de un modo solamente instrumental, con miras a otras actividades
o a otros ñnes tomados como objetivos explícitos.
Los grupos y las instituciones que ejercen una— función sociali-
zadora puederi también, en En, distinguirse por formar unos gru—
pos de edad heterogéneos (los miembros pertenecientes a tales gru-
pos o instituciones tienen edades diferentes), o por constituir grupos
de edad homogérieos. S.N. Eisenstadt ha utilizadó fructíferamente
_esta última distinción en su importante estudio sobre las genera—
ciones o los grupos de edades 12. Habría que completar, sin embar-
go, la distinción propuesta por Eisenstadt, añadiendo que ciertos
grupos o instituciones pueden también caracterizarse simultáneamen—
te por la homogeneidad y la heterogeneidad de las edades.
Si, en un principio, se recurre solamente a los dos últimos crite-
rios, cabe entonces presentar los principales agentes de socialización
del modo que vemos en la página siguiente.
12. S.N. EISENSTÁDT, vFrom Generation to Generation, The Free Press, Glencoe, III. 1956!
editado en formato de libro de bolsillo en 1964, p. 36 ss.

151
Gfupos que tienen por Grupos qué no tienen
objetivo explícito la por objetivo explícito
socialización — la socialización

Edades ' Far_n111a


' ' Empresa
heterogéneas Iglesia o secta - Sindicalismo

<<Aldea de edad» Grupo de compañeros


Edades Círculo de Mov1m1ento de juventud
homogéneas personas ancianas Grupo de edad

Escuela Partido
. . . . . i 1
Ambas Mov1rmento educatlvo Mov1mlento soc a
edades Parentesco

La familia y la escuela

En el cuadro antes transcrito advertirá el lector que un deter—


minado número de grupos o de instituciones tienen como objetivo
explícito y reconocido la socialización de sus miembros o de una
parte de los mismos. Pero esos grupos e instituciones se estructuran
diversamente en términos de edades. La familia y la escuela,_por
ejemplo, se diferencian claramente la una de la otra. El niño, en la
escuela, Vive en medio de otros niños de su misma edad con quienes
comparte la vida y el trabajo, y los contactos entre niños de la mis-
ma edad son concebidos como un elemento <<formativo» ; simultá-
neamente, el niño está sometido a la autoridad de los adultos en—
cargados de la docencia y de la "disciplina. En la'familia, cabe en-
contrar también la distinción entre adultos y niños," pero estos últi-
mos no tienen la misma edad, y este hecho constituye un elemento
importante en la socialización: la psicología moderna ha evidenciado
ampliamente la influencia que el rango de edad ocupado en una fa—
milia puede ¡ejercer sobre la personalidad.
Idéntica distinción prevalece én el caso del parentesco, cuando
se atribuye a éste una función explícita de educación,_caso que ape-
nas se registra ya en la sociedad industrial. En la familia patfiarcal,
por ejemplo, los hijos de varias familias nucleares” (hermanos o her-

152
mamas casados, según los casos, que viven juntos) son educados con-
juntamente, en general bajo la autoridad conjunta de vaxias perso-
nas (además del padre y de la madre propios, los abuelos y [o] el
hermano mayor y [o] su mujer, por ejemplo). Cabe entonces la po—
sibilidad de que se constituyan gn su seno, un poco como en la es-
cuela, <<estratos» de niños de la misma…edad.

Los grupos de edad

A menudo se atribuye, en antropología y en sociología, una im-


portanciá extraordinaria a los grupos de edad. Más adelante vere-
mos (capítulo VII) que constituyen un elemento básico en la orga-
nización de las sociedades tradicionales o no urbanas, mientras que,
en la sociedad moderna, se habla mucho de la <<cultura de los jóvenes»
y de los movimientós de juventud. En el cuadro antes transcrito, pue—
de advertirse que los grupos de edad y los movimientos de juventud
pueden ser de tres tipos diferentes. Hay, primero, los que tienen
un objetivo explícito de socialización y sólo agrupan a personas de
la misma edad: en realidad, pocos ejemplos cabe encontrar de este
primer tipo. Podríamos citar las <<aldeas de edad» Nyakyusa de
África, integradas exclusivamente por adolescentes, aldeas que han
sido estudiadas por G. y M. XVilson 13 y consideradas como absoluta-
mente .excepcionales en la literatura antropológica. Los círculos de
personas ancianas, que se multiplican en algunos países modernos,
constituyen tal vez otro ejemplo de este tipo, dado su claro objetivo
de favorecer <<e1 arte de envejecer». _
El segundo tipo es el constituido por grupos y movimientos que
se proponen la socialización 'como objetivo explícito y en los que
los adultos detentan una responsabilidad en la formación de los ió—
Venes. Este segundo tipo es mucho más habitual. Cabe encontrarlo
en buen número de sociedades no urbanas: L. Warner 10 ha estu—
diado, por ejemplo, entre los Muengin de África, donde los adoles—
centes se concentran en un cafnpo, bajo la autoridad de adultos y de
muchachos mayores 14. Todos 105 movimientos juveniles de carácter

13. G. WILSON, An Introduction to Nya/eyusa, <<Bantu Studies», x, 1936, y M. WILSON,


Good Company, International African Institute, Oxford 1951.
14. L. WARNER, A Black Civilizattan, Harper, Nueva York 1937.

153 '
educativo, como el escultismo, las colonias de vacaciones, los jóvenes
pioneros en los países socialistas, etc., son dirigidos o guiados o
animados por adultos o por jóvenes de mayor edad.
El tercer tipo, en En, está integrado por grupos de edad o aso-
ciaciones que, para desempeñar sus funéiones o ejercer determinadas
actividades, deben socializar a sus miembros. La socialización apa—
rece en este caso como un medio utilizado con miras a cumplir cier-
tas funciones 'o ciertas actividades: es pues instrurñental. Los grupos
de compañeros, los gangs estudiados por Thrasher 15 y Whyte 16, per-
siguen determinadas actividades, determinados objetivos. Se prevén
entonces unos procedimientos más o menos <<oñciales» o explícitos
de socialización para la iniciación o la admisión de nuevos miembros. '
Pero la socialización no constituye ya un objetivo, o no es al me-
nos el objetivo manifiesto, del grupo. Otro tanto cabe decir de los
movimientos de juventud orientados hacia una acción estudiantil, so—
cial o política, movimientos que <<educan» a sus miembros o a su
medio ambiente en función de los objetivos del movimiento en cues—
tión. Tal es el caso, por ejemplo, del sindicalismo estudiantil. La ma-
yoría de los grupos de edad de las sociedades tradicionales desempe—
ñan primordialmente unas funciones económicas o políticas, por cuyo
medio ejercen una función 's0cializadora indirecta—o no explícita.

Empresas, sindicatos, movimientos sociales

Al igual que este tercer tipo de grupos de edad (que son por na—
turaleza grupos de edad homogéneos), otros muchos grupos o ins-
tituciones ejercen una cierta función socializadora secundaria, gene-
ralmente estructurada en razón de las actividades que persiguen. Así,
por ejemplo, las empresas industriales o comerciales deben prever
unas modalidades, más o menos organizadas, de integráción de sus
nuevos empleados: períodos de aprendizaje, de adiestramiento y a
veces incluso de <<educación», más o menos prolongados según cl em-
pleo y también según la empresa. El sindicalismo ha desarróllado es—

15. FM. THRASHER, The Gang: A Study of 1313 Gangs in Chicago,…The University of
Chicago Press, Chicago 1927. .
16. W.F. WHYTE, Street Comer Society: The SocialA Structure of an Italian Slum, The
University of Chicago Press, Chicago 1943.

154
tructuras de <<educacíón social>> o de <<formación sindical»; Las co-
_opefativas tienen sus <<grupos de estudios». Los movimientos sociales
organizan sesiones de estudios, campos de trabajo, <<sesiones inten—
sivas», etc. Esta función socializadora se aplica, por regla general, a
personas de edades diferentes. Pero, en ciertos casos, se tendrán en
cuenta las edades. Los partidos políticos y los movimientos sociales
han instituido <<secciones juveniles» (jóvenes liberales, jóvenes con-
servadores, jóvenes republicanos, jóvenes sindicalistas) dentro de los
cuadros mismos del partido, de modo que cabe encontrar en ellos
grupos de edad netamente delimitados. »
De esta clasificación es posible extraer ahora dos conclusiones
principales. En primer lugar, los grupos e instituciones que se pro—
ponen la socialización ,como objetivo explícito adoptan generalmente
una actitud global y difusa: tienden a socializar a la totalidad de la
persoña, a ejercer sobre ella una inñuencia que alcance a su vida
entera o, por 10 menos, a todos los aspectos de su vida. Tal es el
caso de la familia, de la escuela, de las iglesias y de las sectas, y de
muchos movimientos educativos. Los grupos e instituciones cuyo ob—
jetivo explícito no es la socialización cumplen, por regla general, una
función so_cializadora más restringida, es decir, una función que afec—
ta solamente a un segmento de la personalidad. Es algo evidente en
el caso de las empresas, de los movimientos sindicales y sociales, de
los partidos políticos. Tal vez lo sea menos, sin embargo, en el caso
de los grupos de edad homogéneos que muy frecuentemente tienen
ambiciones más globales.
En segundo lugar, esta clasificación demuestra que la socializa-
ción no es necesariamente una transmisión de la cultura por los adul—
tos a los más jóvenes, dado que esa transmisión se efectúa también
entre personás de la misma edad. Lo que, sin embargo, puede indu—
cirnos a error es el hecho de que, en los grupos e instituciones que
tienen como objetivo explícito la socialización, sean generalmente los—
mayores quienes tienen autoridad sobre personas más jóvenes, o
detentan la responsabilidad de su educación o formación. Se ha
visto ya lo difícil que resulta encontrar algunos ejemplos de grúpos
de edad homogéneos que tengan como objetivo explícito la sociali—
zación de sus miembros. Por el contrario, en muchos grupos de edad
homogéneos que no se proponen la socialización como objetivo ex—
plícito, se persigue 'una socialización intensa y eficaz entre personas

155
de la _misma edad, sobre todo entre jóvehes (por ejemplo, en los
gangs, en los movimientos de juventud, en los sindicatos de jóve—
nes, etc.).

Las técnicas de comunicación de masas

Debemos, por En, incluir en una categoría particular los agentes


de socialización dirigidos de una manera generalizada al conjunto
global de una colectiVidad o a una <<masa». Este fenómeno se regis-
tra con más fuerza y pe'rsístencia que nunca en la sociedad moderna,
gracias a las técnicas de comunicación de masas, convertidas en un
importante agente de socialización tanto de los adultos como de los
jóvenes. Desde el descubrimiento de la imprenta han aumentado ca—
da vez más las posibilidades de dirigirse a una colectividad entera, a
una masa, gracias a toda la gama de productos impresos que pueden
circular. Más recientemente, la aparición y los progresos de la radio, '
del cine y de la televisión han impulsado extraordinariamente la co—
municación de masas. La expresión misma <<comunicación de ma-
sas» es un neologismo creado para designar esa forma nueva y sin—
gular de comunicación, simultánea o no, con un elevadísimo núme-
ro de personas. , '
Parte de la función socializadora ejercida por mediación de las
técnicas de comunicación de masas nace, sin duda alguna, de un
propósito expreso: tal es el caso, por ejemplo, de las emisiones edu—
cativas e informativas por radio y televisión, de los textos impresos
y de los filmes de carácter didáctico, etc. Pero, por regla general, sólo
de una manera indirecta son socializadoras esas nuevas técnicas, so-
bre todo cuando se dirigen al espectador o al lector para divertirle,
relajarse, <<hacerle olvidar lo demás».
No vamos a entrar aquí en detalles, porque este tema nos lle—
varía muy lejos. Baste citar algunos estudios recientes efectuados en
varios países acerca de la influencia de la televisión sobre la juven—
tuu “. Himmelweit, Oppenheim y Vince, por ejemplo, llegan a la _
17. Los más importantes son, en el caso deinglaterra, el de H; HIMMELWEIT, A.N. OPPEN—
HEIM y P. VINCE, Televi¡ion and the Child: An empirical Study oí_tbejffect of Television
on the Young, Oxford University Press, Londres 1958; en el caso de Estados Unidos y Cana-
dá, el de W. SCHRAMM, ]. LYLE y EE. PARKER, Television iiz the Lives of Children, Stanford
University Press, Stanford 1961; en el de Polonia, el de ]. KOMOROWSKA, La télévision dan: la

156
conclusión de que los niños retienen más cosas de las emisiones dra—
máticas carentes de todo objetivo informativo 0 instructivo que de
las emisiones didácticas 18. La televisión ejerce en particular su in—
ñuencia,por los valores y los modelos' idealizados que presenta con
un fuerte impacto emotivo. Himmelweit, Oppenheim y Vince de-
muestran que la televisión idealiza los modelos y los valores de la
clase media (tipos de empleo, condiciones de vida, residencias, modos
de comportarse) y que los niños telespectadores están mucho más
sensibilizados a estos modelos y valores que los niños no telespec—
tadores 19. ]. Komorowska, por su parte, hace la siguiente observa—
ción: <<La T.V. ha apcrtado un argumento suplementario a la “lucha
de clases ” de las mujeres, de la madre y de la hija, con miras a al-
ca'nzar un nuevo estilo de vida y llevar a la práctica un modelo ideal»,
con el resultado de <<reforzar el proceso de nivelación de la función
social de los jóvenes de ambos sexos en el seno de la familia» ºº.
M.-]. Chombart de Lauwe ha observado también, en su análisis de
las publicaciones francesas para muchachas, que los chicos y las chi—
cas presentados en tales publicaciones <<aparecen con harta frecuen-
cia _en pie de igualdad, o, incluso, el personaje“ del chico es más dé—
bil por ser más joven. La muchachitá frágil, víctima de los aconteci-
mientos 0. de unos personajes malvados, tan a menudo descrita en
el siglo pasado, es ahora absolutamente excepcional. El modelo dul—
ce, pasivó, sumis'o y obediente es cada vez más raro. La llamada cua-
lidad “femenina”, tradicional, que cabe encontrar en estas heroínas,
es la abnegación; pero se da el caso de que es tafnbién muy frecuen—
te en el tipo de muchachos presentados. En ambos se advierten unos
personajes que viven las mismas aventuras, acosan a los culpables y
defienden a las víctimas» ”. En líneas más generales, este mismo au—
tor subraya la discordancia o los conflictos entre los diferentes mode- '
los de <<niño ideal» que ofrecen el cine, las publicaciones infantiles,
la escuela, la propaganda, los novelistas, así como la discontinuidad
entre lºs roles propuestos a los niños en los diversos estadios de su

_i¡ie des enfants, resumido y traducido al francés en un número especial de la revista 4<Enfa.nce»,
2—3, abril-septiembre 1964.
18. O.c., p. 310.
19. O.c., capítulós xvn-xxr.
20. O.c., p. 145 y 153.
21. M.] . CHOMBART DE LAUWE, La repré_sentation de l'enfzmt dam la société urbaine fran—
caise contemporaine, <<Enfance», 1, enero-febrero 1962, p. 64.

157
evolución (por ejemplo, la niña pequeña que se identifica con los
héroes de sexo masculino habrá de aprender, con la llegada de la
adolescencia, a asimilar roles más <<femeninos»).
Estos ejemplos evidencian cómo las técnicas de comunicación
de masas sugieren, proponen y transcriben modelos, valores e ideales
susceptibles de imponerse con tanta mayor fuerza y persuasión cúan-
to que se presentan en un contexto dramático o emotivo que con—
tribuye a inhibir el juicio crítico.

LOS MEDIOS AMBIENTALES DE SOCIALIZACIÓN

No es suficiente, sin embargo, la simple identificación de los


principales agentes de socialización. También es necesario, para cap-
tar plenamente su influencia, situados en los medios a los que
pertenecen o conocer los medios en que se inspiran para llevar a
cabo su obra de transmisión de modelos, valores y símbolos. A este
respecto, es útil la distinción entre medias de pertenencia y medios
de referencia. '
Los medios de pertenencia son aquellos en que los agentes de
socialización y los socializados están integrados ecológica, económi—
cá, sociológicamente; son aquellos medios de los que forman parte,
a los que pertenecen propiamente hablando. La familia constituye
seguramente el mejor ejemplo de un medio de pertenencia en cuyo
seno se opera una intensa socialización: socialización de los hijos por
los padres y a veces socialización de los padres por los hijos, sobre
todo en épocas de cambio social rápido o en los- casos de inmigrantes.
Pero la familia, a su vez, forma parte de diversos medios de per—
tenencia, tanto por. el lado de lo estirpe, en sentido Vertical, como
por el lado de lºs diferentes parientes, de los padres y hasta de los
propios hijos, en sentido horizontal! Para conocer la socialización que
se opera en el seno de una familia, es preciso conocer también los
medios de pertenencia de esa misma familia. Vamos a enumerar
algunos.

158
Medio rural y medio urbano ,

'. En primer lúgar, la familia puede pertenecer al “medio rural o al 4


medio urbano. La fámilia radicada en un medio rural suele ofrecer—
a sus hijos menos posibilidades de desarrollo mental que la fami—…
lia perteneciente a un medio urbano. S. Szuman, —por ejemplo, ha
demostrado cómo el niño campesino polaco identiñca ,con menor
exactitud una4serie de objetos por la imagen que el niño de la ciudad,
y ha probado sobre todo su mayor diñcultad pata nómbrar con pre:
cisión los objetos identificados. No debe pues sorprender que todos
los estudios de psicología comparada hayan demostrado que, a igual-
dad de edades, el cociente intelectual de los 'niños rurales ofrece una
media inferior al de los niños de la ciudad º. No es que los“ pri-
meros nazcan menos inteligentes que los segundos. La explicación
de este fenómeno debe buscarse en el hecho de que ¡el medio de
vida de los niños rurales es menos favorable al desarrollo de sus
aptitudes intelectuales. _ - '
Llevando la comparación más lejos, G.' Lanneau y P. Malrieu han
demostrado que, en Francia, los métodos educativos y la pedagogía
diñeren considerablemente entre las familias rurales y las familias
_urbanas. La educación de lºs niños del campo es más uniforme de
una familia a otra que en la ciudad; El desarrollo _de la sociabilidad
se ve retrasad'o én el niño rural a causa del retraso que sufre en
el aprendizaje del lenguáje, de las restricciones impuestas a los
juegos colectivos, de la falta de cóntactos culturales, de los largos
períodos de relativa soledad. Laºeducación del niño rural está coñ—
sid'erablemente marcada por la alternancia del <<dejar hacer» y de
la coacción, según la edad, y en ella es muy fuerte el acento puesto
- sob1e el trabajo—deber. El niño de la ciudad conquista mucho antes
y de manera más completa la autonomía, y se encuentra además en
la confluencia de una pluralidad de influencias menos homogéneas,
menos coherentes que las sufridás por el niño del campo 23.

22. S. SZUMAN, L'identífication des objets représenté: en image chez les enfants de: villes
et des campagne; ágé: de 3 a“ 10 ans, <<Enfancc», 4, septiembre-oétubre 1957, p. 425—442.
23. Gaston LANNEAU, y Philipe MALRIEU, Enqué'te sur l'e'ducation en milieu rural et en
milieu urbain, 4<Enfancé», 4, septiembre—octubre 1957, p. 465—482 y ¿Enfance», 1, enero—febre-
ro 1958, p. 31-62. ' *

159
Grupo radical, étnico, cultural

En una sociedad compleja, la familia pertenece a_ un grupo ra—


cial, étnico, cultural, o a un grupo minoritario que se halle tal vez
en una situación menos favorable o claramente desfavorable. La in-
fluencia de este factor sobre la psicología infantil y la manera como
el niño pequeño y el adolescente aprenden a identificarse con las
normas, las coacciones y los límites que regiúan la conducta de
los miembros de su grupo, han sido particularmente puestas de re-
lieve en una serie de estudios norteamericanos sobre la aducación
de los jóvenes negros 24.
De modo explícito o implícito, al observar la conducta de sus
padres, de sus amigos y de 105 blancos, y al cobrar progresivamente
conciencia de las limitaciones que le vienen impuestas, el joven negro
aprende que, a los ojos de los blancos, todo negro es un niño
(childz'sh), un ser con instintos primitivos que no sabe controlar, un
ser que. está muy lejos de poseer la inteligencia propia del_ blanco
y que, por consiguiente, está destinado a realizar los trabajos menos
remunerados y a vivir pobremente. De su entorno saca la lección
de que una inmensa e infranqueable distancia le separa del blanco.
Aprende que el blanco posee el poder y el derecho de escarnecerle
e incluso de golpearle, y hasta de hacer que le metan en la cárcel,
razón esta por la que habrá de evitar siempre todo aquello que
irrite al blanco o desate su cólera. Por su familia y por su medio
ambiente, el niño negro advierte que se halla ubicado en un medio
inferior desde todos los puntos de vista, y asimila el comporta-
miento y las actitudes _que convienen a las personas de ese status.
24. Allison DAVIS y John DOLLARD, Children of Bondage: The Personality Development al
Negro Youth in the Rural South, American Council on Education, Washington, D.C. 1940;
Charles S. JOHNSON, Growing Up in the Black Belt: Negro Youth in the Rural South, Ameri-
can Council on Education, Washington, D.C. 1941; E. Franklin FRAZ[ER, Negro Youth at the
Crossways: Their Personality Development in the Middle States, American Council on Edu-
cation, Washington, D.C. 1940. Estos estudios han sido realizados gracias a la American Youth
Commission del American Council on Education entre los años 1937 y 1940. Si en Estados
Unidos se hubiesen tenido en cuenta las lecciones que cabía deducir de estas investigaciones,
como también de otras más llevadas a cabo entre los años 1930 y 1940, habrían podido evitarse
las perturbaciones raciales que siguen castigando a este país. De estos cuatro autores podría—
mos citar también otros estudios importantes sobre los negros norteame_ringos. Tocante al tema
que aquí nos ocupa, mencionamos sobre todo el de EF. FRAZIER, The Negro Family in Chi-
cago, The University of Chicago Press, Chicago 1932, y de este mismo autor, vertido al frán-
cés, Bourgeoisie notre, Plon, París 1955.

160
Clase social

También se advierten unas diferencias en los métodos educati—


vos empleados por los padres según" la clase social a la que perte-
necen. En . Estados Unidos, abundan los estudios que tratan este
punto, y han podido comprobarse a este respecto diferencia de clase
tanto entre familias de la comunidad negra como entre familias de
la comunidad blanca 25. Según las clases sociales, cabe observar unas
diferencias en lo que respecta a las aspiraciones y a las ilusiones
que los padres alimentan respecto a sus hijos. Algunos sociólogos y
psicólogos sociales norteamericanos, pór ejemplo, han estudiado re—
cientemente lo que han dado en llamar achievement motivatiorz,
es decir, la "motivación que induce a fijarse unós objetivos cada vez
más altos, a imponerse unos determinados niveles de competen—
cia, a4 desear el éxito en lo que se emprende y a apetecer el triunfo
en la vida en general 25. Ahora bien, algunos estudios de ese tipo
han evidenciado el hecho absolutamente indudable de que los padres
pertenecientes a difererites clases sociales norteamericanas no alien—
tan con idéntica intensidad ni de la misma manera esa motivación
a la excelencia o al éxito, y han demostrado que los niños de -la
clase média se ven maniñestamegte más invitados a desorrollar este
'tipo de motivación que los niños de la clase obrera 27. También es
sabido que el nivel de aspiración de los jóvenes en lo que atañe
a su instrucción y a su profesión futura viene condicionado en gran
parte por el status social de su familia, por los valores principales
que cultiva cada clase y por las actitudes resultantes de estas pecu—
liaridades 28, hasta el punto de que los investigadores y los edu—
25. Allison DAVIS y R. HAVIGHURST presentan estas diferencias, por clases y por grupos
raciales, de un modo muy interesante en su artículo: Social Class and Color Différences in
Cbild—R'earíng, <<American Sociological Review»; XI, 6, diciembre 1946, p. 698-710. Este artícu—
lo ha sido reproducido en Social Perspectives on Behavior, publicado bajo la dirección de
HD. Sam y R.A. CLOWARD, The Free Press, Glencoe, III. 1958, p. 415-431.
26. Estos diversos estudios se han inspirado en el de D.C.. MCCLELLAND, _I. AmNSON,
R. CLARK y E. LOWELL, The Acbz'evement Motive, Appleton—CmMy-Crohs, Nueva York 1953.
27. BC. ROSEN, The Achievement Syndrome: A Psycbacultural Dimension of Social Stra—
tification, “American Sociological Review», 21, abril 1956, p. 203-211.
28. Véase, por ejemplo, a este respecto el estudio de W.H. SEWELL, A.O. HALLER y M..A
STRAUS¡ ¡Social Statux and Educational and Occupational Aspiration, ¿American Sociological
Review», 22, febrero 1957, p. 67—73, y más particularmente aún el de Herbert H. H…,.
Tbe Value Systems of Different Classe:: A Social Psychological Contribution to the Analysis
' of Stratification, en Class, Status and Power, publicado bajo la dirección de Reinhard BENDIX

161
cadores “tienden cada vez más 'a considerar el status socioeconómico de
los padres como el indicador más seguro del éxito escolar de sus hijos.
El sociólogo francés Maurice Halbwachs resume muy bien la
ínñuencia socializadora de la clase social, cuando ¡concluye su bri-
llante ensayo sobre la psicología de las clases campesina, burguesa,
obrera y media, con la siguiente observación: <<A medida que avan—
zábamos en nuestro estudio, veíamos progresivamente y cada vez
mejor que, sin ningún género de dudas, no se nace campesino, gran
propietario, granjero, bracero, en el sentido de llevar desde el na—
cimiento, en el propio organismo, anunciados y preformados todos
los rasgos_ característicos de los hombres que ejercen estos oñcios.
Tampoco se nace burgués, empresario, abogado, magistrado, obrero
de la gran industria. La naturaleza del empleado, …del pequeño fun-
cionario, del pequeño comerciante 'no es un fruto espontáneo de
la planta humana. Pero lo cierto es que esas categorías soéiales
existen. Están casi siempre delimitadas: muy. delimitadas, cuando
se pasa 'de las clases campesinas en las clases urbanas, de los obre-
ros a quienes no lo son; mal delimitadas, al contrario, cuando
comparamos los empleados mejor situados con los empresarios, y los
empleados más pobres con los obferos. Cada categoría social deter—
mina, en todo caso, la conducta de los miembros que la integran.
Les impone unos "Ínotivos de acción bien definidos. Deja en ellos
su impronta, una impronta propia y muy diferenciada para cada
grupo, con una fuerza tan grande que los hombres que forman parte
de clases sociales separadas, aun cuando vivan en un mismo lugar y
en una misma época, dan algunas veces la impresión de pertenecer
á especies diferentes. De ahí que los motivos de los hombres y sus
tendencias se nos antojen, en la inmensa mayoría de los casos, en—
teramente relativos a las condiciones de que gozan en el seno de
la sociedad» 29.
A los medios antes enumerados, cabría añadir otros más. La fa-y
milia, por ejemplo, vive en una región concreta, región situada
a su vez en el seno de un país. La familia puede también forma;
parte de una iglesia o de una secta. Puede estar vinculada a círcu—

y Seymour M. LIPSET, The Free Press, Glencoe, III. 1953, p. 426—442, reproducido asimismo.
en Social Perspectives on Behavior, antes citado, p. 315-330.
29. Maurice HALBWACHS, Exquisse d'une psycbologie de: clanes ¡ociales, Librairie Maurice
Riviére et Cie, París 1955, p. 210.

162
los de amigos, o pértenecer a asociaciones o movimientos. Cabe pues
decir que, si bien la familia es un agente de socialización, toma sin
embargo del exterior las imágenes, los Valores y los modelos que los
padres transmiten a sus hijos, como también aquellos en los que se
inician los hijos entre. sí y hasta en los que a veces inician a sus
propios padres.

Medios de referencia

Pero no es suficiente la sola consideración de los medios de


pertenencia. También es preciso tener en cuenta 10; medios de refe—
rencia. Se trata de aqúellos medios de los qúe un agente de socia-
lización, sin pertenecer a ellos, toma los modelos y los valores
y se inspira en los mismos para ejercer su acción socializante. Como
se ha dicho en'páginas anteriores, Himmelweit, Oppenheim y Vince,
por ejemplo, han llamado la atención sobre el hecho de que la tele—
visión inglesa se refiere principalmente a las norngas y valores de
la clase media. En Estados Unidos, varios autores han comprobado
que la estuela se inspira asimismo en las normas y valores de la
clase media. En los niños de la clase obrera, particularmente en
aquellos que pertenecen a los medios más desfavorecidos o más des-
organizados, se produce ásí un conflicto entre su adhesión a los
valores de. su clase de pertenencia y la aceptación de los valores
de la clase media, clase social adoptada por la escuela como me-'
dio de_ referencia.
La noción de grupo de referencia es la utilizada preferentemente
en _sociología, sobre todo en la éociología norteamericana. A. Robert
K. Merton debemos el primer análisis de esta "noción, que luego
ha conocido una amplia difusión. En términos de socialización, sin
embargo, puede hablarse indistintamente de medios de referencia y
de grupos de referencia. '
Los medios de referencia son tan importahtes en el proceso de
socialización como los medios de pertenencia, puesto que, en la prác—
tica, cabe encontrar a menudo, por varias razones, agentes de socia—
lización que cumplen su función ateniéndose, no a las nornías de su
grupo o medio de pertenencia, sino a las de ¡otros medios con los
que pueden muy bien querer identificarse. Tal es el caso, por ejem—

163
plo, de los padres que desean para sus hijos un status social más eleva-
do que el suyo, razón'esta por la que les educan de acuerdo con las
normas de una clase social superior, que sirve entonces de medio
de referencia. Puede también citarse el caso de las familias inmi-
grantes que, en la éducación de sus hijos, se inspiran en los'_mo-
delos y los valores de su país de adopción, aunque sin dejar de
autorreferirse a unos modelos y valores del propio país de origen.

Doble función socializadora de los medios

Puede afirmarse que los medios de pertenencia y los medios de


referencia tienen una doble función en lo que respecta a la socia—
lización. En primer lugar, tales medios" son los que proporcionan
las normas, los valores, los símbolos en que se inspiran los agen-
tes de socialización, puesto que el proceso de socialización se em-
prende y se prosigue con miras a una adaptación a esos medios y
con miras también, en cierta medida, a una acción sobre los mismos.
En segundo lugaf, por y a través de los diversos medios a los que
una persona pertenece o se refiere, desarrolla ésta su identidad, es
decir, la definición que puede darse a sí misma y a los demás de 10
que ella es en cuanto persona individual y social a la vez. Porque '
10 que cabe llamar la <<personalidad social» es, en definitiva, esa
identidad, que asegura a la persona un lugar en la sociedad y una
cierta unidad o coherencia de su ser y de su obrar. La identidad es
necesaria psíquica y socialmente: contribuye a la estabilidad psí-
quica y es una condición esencial de la madurez de la personalidad;
constituye un requisito previo necesario al funcionamiento social ar-
monioso de una persona en su entorno, como también a la cohesión
de los grupos. Cada persona se define y actúa en parte por sus di—
versas identidades sociales: nacional, étnica, religiosa, profesional,
de clase, de región, etc. De otro lado, un grupo, una colectividad,
una asociación tienen una cohesión en la medida, misma en que
infunden en sus miembros el sentimiento de pertenencia y de identi-
ficaéión con una entidad realmente existente, distinta de las demás
y suñcíentemente caracterizada; en la medida, pues, en que esas
colectividades, asociaciones o grupos poseen una é?pééie de identidad
colectiva. ' 1

164
CONFORMIDAD, VARIANZA Y DESVIACIÓN

La noción de adaptación social

Los dos principales mecanismos de la socialización — aprendiza—


je e interiorización del otro —, la influencia de los diversos agen-
tes de socialización, la presión de los medios de pertenencia y la_
atracción ejercida por los medios de referencia producen, en deñ-
nitiva, una adaptación de la persona a su entorno social total. La,
adaptación de una persona a su entorno social quiere decir, como
se ha indicado ya antes, que esa persona ha interiorizado suñcien—
temente los modelºs, los valores y los símbolos de su medio am-
biente; que los ha integrado en la estructura de su propia perso—
nalidad en la medida suficiente para comunicar y comulgar fácilmente
con los miembros de las colectividades de las que forma parte, y
funcionar con ellas y en medio de ellas, de modo que quepa decir
de esa persona que pertenece realmente a tales colectividades. De
ahí que, para que haya adaptación a un medio social, sea necesario
- que todas las personas pertenecientes al mismo ofrezcan entre sí un
cierto denominador común, es decir, unas normas, unos modelos,
unos valores y unos símbolos compartidos por todos y que les
permitan participar de las mismas identidades colectivas. La noción
psicológica de adaptación se conjuga pues con la noción sociológica
de conformidad, es decir, de nivelación y uniformación de las
conductas. '
Pero ¿no es ésta una concepción demasiado estática y hasta pe—
ligrosamente conservadora tanto de la socialización como de la so—
ciedad? ¿No acaba finalmente la sociología por negar toda esponta-
neidad, toda actividad innovadora y, por esto mismo, toda posibilidad
de cambio social? .
Estos problemas han sido recientemente planteados por soció-
logos y psicólogos, en particular por Dennis .Wrong, autor que
ha denunciado 10 que él da en llamar <<una concepción súper-
socializada del hombre» en la sociología contemporánea ”, y por
Paul—Henry Chcmbart de Lauwe, quien ha establecido un para-
30. Dennis H. WRONG, The Oversocialized Conception 0/ Man in Sociology, <<American
Sociological Review», vol. 26, abril 1961, p. _183-193.

165
lelismo entre las investigaciones francesas y las norteamericanas
sobre el desarrollo de la personalidad 31.

Adaptación, conformidad y no conformidad

La respuesta más general al problema así planteado podría for-


mularse en los términos siguientes: la adaptación al medio social
resultante de la socialización puede revestir diferentes modalidades
y diferentes grados de conformidad, como también diversas formas
de no conformidad. En otras palabras, podría decirse que la adap-
tación social no significa necesariamente…conformidad social.
En los capítulos precedentes (capítulos II, III y IV), en efecto,
hemos insistido en el hecho de que la sociedad y la cultura ofrecen
siempre un cierto número de opciones a elegir: entre valores domi-
nantes y valores secundarios_, entre modelos preferenéiales y mode-—
los aceptados o tolerado_s. La adhesión a unas normas y a unos
valores permite pues un margen de decisión por parte de 'los acto- '
res. De ahí que quepa encontrar en toda sociedad conductas variantes
y conductas desvíantes más o menos toleradás. La adaptación a un
medio dado sup/6ne la utilización del margen de libertad o de
autonomía reconocido por el medio en cuestión.
Pero debemos añadir que ese margen de libertad varía de una
colectividad a otra. En efecto, es evidente que, si bien' no puede
existir ninguna colectividad sin un cierto denominador común a sus
hmiembros, los grupos y las sociedades no exigen sin embargo a
todos sus miembros la misma adhesión a las normas establecidas ni
una conformidad idéntica. Algunas sociedades_ o colectividades exi—
gen una conformidad más estricta y más completa que otras. La
varianza y la desviación son menos toleradas en ellas. Esa exigencia
de conformidad puede ser asimismo absolutamente explícita, como
en el caso de determinados partidos, movimientos y asociaciones,
o como en los países de régimen totalitario donde se exige a los

31. Paul-Henry CHOMBART DE LAUWE, The Interaction of Person and Society, (¿American
Sociologícal Review», vol. 31, abril 1966, p. 237-248. Sin embargo, es preciso leer también la
respuesta de John A. CLAUSEN a determinadas críticas de Chomba_rtñdewLauwez Research on
Socialization and Perxonality Development in the United Statex and France: Remarks on the
Paper by Profenor Cbambart de _Lauwe, ¿American Sociological Review», vol. 31, abril 1966,
p. 248-257.

166
individuos una adhesión y una sumisión absolutas a los" objetivos
colectivos. La exigencia de conformidad puede también formar parte
simplemente del orden normal de las 'cosas. Tal es el caso de 10
que más adelante llamaremos <<sociedad tradicional»: una de las
diferencias existentes entre la aldea y la gran ciudad estriba en
el hecho de que la aldea o pueblo impone una conformidad más
estricta por la sola razón de su estructura social y demográfica: 10
original no puede pasar desapercibido y afronta el riesgo, más que
en la ciudad, de incurrir en diversas sanciones. En este tipo de
colectividad restrictiva, todos los mecanismos de socialización tienden,
a fomentar la adaptación social bajo la forma de una fuerte con—
formidad.
Otras colectividades, por el contrario, unen a la exigencia de
conformidad un mayor o menor grado de autonomía en las conductas
individuales o colectivas. El medio urbano, por ejemplo, al tiempo
que requiere, una cierta conformidad, permite sin embargo una ma?
yor libertad que el medio rural en lo que respecta a la elección del
modo de vestir, al ritmo de vida,_ a las costumbres, a las actitudes
y a las opiniones, etc. En algunos casos, la autonomía individual
no solamente está autorizada, sino que es expresamente buscada
y hasta impuesta, o en todo caso sugerida y alentada. Se observa
entonces que el modelo que preside la educación de los jóvenes
en la familia y en la escuela conlleva, como norma, el acceso del
adolescente a una cierta autonomía personal, el prógreso de su es_-
píritu de iniciativa. Se le exige incluso que sepa desenvolverse por
sí solo y hasta se fomenta en él un cierto espíritu crítico. La
socialización de la juventud persigue una especie de equilibrio más'
o menos preciso entre la conformidad y la autonomía personal.
En sus lecciones sobre <<la educación moral», Durkheim proponía
como ideal a los maestros'la tarea de contribuir a la preparación
de los jóvenes para la ediflcación de una moral laica nueva: <<Una
sociedad como la nuestra -—— decía — no puede detenerse en la tran-
quila posesión de los resultados morales que cabe considerar como
adquiridos. Hay'que conquistar otros nuevos. Es necesario, por con—
siguiente, que el maestro prepare a los niños que le han sido confia—
dos para esas conquistas in:iprescindibles ; que se guarde pues de
tránsmitirles el evangelio moral de sus mayoreé como una especie
de libro concluido y cerrado ya desde hace tiempo; que suscite, por

167
el contrariº, en— ellos el deseo de añadir algunas _líneas, y que se
preocupe por ponerles en_ estado de satisfacer esta legítir'na ambi-
ción» 32. Durkheim no hacía más que expresar las expectativas de, por-
lo menos, una parte de la población de las sociedades complejas
y en rápida evolución con respecto al sistema escolar, cuya función
consiste en socializar al …adulto de mañana a una sociedad que
”todavía no existe, pero* a cuyo respecto se sabe que será 0 habrá.
de ser diferente_de lo que es actualmente.
Una primera conclusión se desprende de estas consideraciones,
a saber: la socialización implica, en toda colectividad, una parte
mayor o menor de adaptación a la autonomía personal.

Conformidad en la varianza y en la desviación

Se impone sin embargo una importante observación: en modo


alguno debe confundirse la varianza y la desviación con la no confor-
midad. Por dos razones principales. En primer lugar,“ la adopción
de valores y conductas variantes o desvíantes no signiñca, en todos
aquellos que optan por ellas, idéntica ruptura con los valores
dominantes o los modelos preferenciales. Es sabido, por ejemplo,
que los niños que crecen en los suburbios desorganizados de las
ciudades están en contacto más inmediato con el mundo de la delin-
cuencia. En su caso, entrar en ese universo y adoptar sus normas '
puede ser una consecuencia normal de la Socialización a que les
somete su medio ambiente. No es éste el caso, ni mucho menos, de
quien, habiendo crecido en un clima moral riguroso y estricto, rom—
pe con .él para hacerse delincuente: la delincuencia constituye aquí
una desviación mucho más pronunciada que en el caso precedente»
y supone un distanciamiento más radical respecto de las normas en
las que el sujeto fue originariamente socializado.
En segundo lugar, la varianza y la desviación raras veces son.
individuales. Lo que se da, por "regla general, es un medio de va-
rianza y desviación en el que cabe detectar un nuevo conformismo.
Una conducta considerada como variante o desviante desde el pun—
to de vista de una colectividad es simultáneament_e_conformista dentro

32. Emile DURKHEIM, L'éducation morale, nueva edición, PUF, París 1963, p. 11.

' 168
de la. perspectiva adoptada por otra. La conducta tenida por anti-
social o asocial suele ser tan profundamente social en sus raíces
como cualquier otra: lo es de un modo diferente, o, mejor aún, lo
es con respecto a otras normas, a otros grupos o a otros medios.
Para vivir en el seno de grupos o de colectividades no conformistas
(como los bobos norteamericanos o los hippies), es preciso adherirse
a las maneras de hacer y de pensar, a los modelos y valores impe—
rantes en esos medios. Cabe encontrar mucho conformismo en el
anticonformismo. Los movimientos reformadores o' revolucionarios,
por su propia parte, prevén también necesariamente mecanismos de,
socialización para sus miembros, antiguos y nuevos, mecanismos
destinados a mantener la necesaria unidad de pensamiento y de
acción. '
. De estas consideraciones se desprende una segunda conclusión,
a saber: cabe encontrar, en los medios de no conformismo y de
anticonformismo, la misma gradación de “estric'm conformidad, de to—
lerancia o de aceptación de la libertad y de la innovación que en
cualquier otro medio.

. Adaptación innovadora

Si se pasa al terreno psicológico habremos de admitir que los


mecanismos de socialización descritos en páginás anteriores dan lu—
gar a diferentes modalidades de adaptación social. Los fenómenos
de ambivalencia y de transferencia, eri particular, tienen probable—
mente mucha importancia en los movimientos de reforma social. Muy
frecuentemente, en efecto, tales movimientos tienen su punto de
partida y encuentran a sus jefes en los medios más favorecidos: un
cierto <<populismo» se desarrolla a menudo en el seno de las clases
acomodadas. La ambivalencia respecto al propio medio y a sus prin-
cipios, cuyo origen puede ser con harta frecuencia la ambivalencia
respecto a los propiós padres, en una especie de <<rebelión contra
el padre», no está ausente del populismo de personas acomodadas
impulsoras de no pocas transformaciones sociales. De otro lado, la
adhesión a un jefe revolucionario de carácter <<carísmático», es
decir, a un jefe cuyo poder descansa sobre unas dotes personales
excepcionales o tenidas por tales, puede ser, sin duda“ alguna, el

169
resultado de un fenómeno de transferencia de la identiñcación con
una figura progenitora.
En este orden de ideas, Everett Hagen33 se ha esforzado preci-
samente por explicar el desarrollo de la personalidad del refqrma-
dor y del innovador; a paitir de ciertas dificultades con .las que
' puede tropezar el adolescente en el proceso de identificación con
_ la ñgurá del padre, ' cuando éste es demasiado autoritario o exc'e—
sivamente débil, o acepta un status social demasiado inferior y
menospreciad0. Se producen "entonces en el hijo una angustia,' una
inseguridad, una hostilidad, unos- conñietos psíquicos que pueden
resolverse, por transferencia, en la identificación a una causa, una
nación, una clase, y también a un jefe. '
En tales casos, la adaptación al medio cobrá la forma de un
deseo de transformar ese medio, de aportarle elementos nuevos y de
ejercer sobre él una acción dinámica. Sin duda alguna, es harto di—
fícil explicar perfectamente la aparición de <<personalidades fuertes»
que dejan su impronta sobre su_ medio. Pero, por lo menos, puede
afirmarse que semejante hecho no aparece —— o no debe aparecer —
a los ojos del sociólogo como una especie de <<accidente5> dentro de
un proceso de socialización destinado a producir solamente confor— v
mi'stas. La teoría de la socialización nos ofrece elementos éuficientes
como para ver ahí un fenómeno natural y hasta previsible, cuando “
las condiciones sociales se prestan a ello en grado suficiente.
Una tercera conclusión se desprende púes de lo que acabamos
de decir: la socialización puede dar como resultado natural una adap-
tación social que se expresa tanto en el deseo de transformar el
medio o de innovar como en el deseo de conformarse al mismo.

Adaptación patológica

Preciso es añadir, por último, que los mismos elementos del pro—
ceso de socialización son los que a menudo dan lugar a ¿5nductas
que la sociedad considerará <<patológicas»: ' crimen, prostitución,
delincuencia, suicidio, etc. No cabe duda, como se ha dicho ya ante—
riormente, de que tales conductas pueden a vegesfresultar de una
33. Everett C. HAG£N, Of; the Theory of Social Change, The Dorse_y Press Inc., Home-
wood, III. 1962. '

1-70
socíá1ización <<normal», habida cuenta del medio ambiente en cuyo
seno se ha efectuado la educación, medio en el que las conductas
reprobadas por la sociedad global son toleradas o consideradas como
algo que casi'se da por supuesto. Pero, en otros muchos casos, las
conductas patológicas pueden ser el resultado de las mismas frus-
traciones, angustias e inseguridades que suscitan en otros el deseo
' de reforma social o de innovación. En el trasfondo de las conductas
antisociales, se advierte el mismo rechazo de la sociedad que cabe
encontrar en el reformador, en el"p1ºofeta o en el santo. Es muy
difícil interpretar el peso y el desarrollo de los factores que deten—
minan o favorecen una orientación de vida más que otra: existe
ahí una zona misteriosa que las ciencias del hombre no han explo-
rado aún. Tal es, por lo demás, el sentido del lenguaje popular
cuando dice de un niño que será <<un bandido o un santo».
Como cuarta y última conclu_sión, cabe pues afirmar que el mar—
gen que separa a la adaptación social innovadora o dinámica de lo
que puede considerarse como una <<falm adaptación patológica» no
es a menudo muy grande, por cuanto cabe encontrar en el origen de
ambas las mismos mecanismos psicosociales.

CONCLUSIÓN

El estudio de la socialización nos ha permitido llevar más lejos


aún que en los capítulos precedentes el análisis del carácter social
de la acción humana, o de lo que Durkheim daba en llamar la
coacción social. Esta, como hemos visto, es menos externa que inter-
na a la conciencia. La coacción social es la obligación social interiori—
zada y convertida en obligación moral. Es la percepción del yo
por el otro incorporada a la autopercepcíón. Es 'la presencia en sí
-mismo de figuras, de personajes y, junto con ellos, de modelos,
de ideales y de sanciones que se transmiten desde hace siglos y
generaciones,
Pero, al mismo tiempo, la socialización nos lleva al descubrí—
miento de otros aspectos de la actividad humana, que matizan de
algún modo el primero. Hemos visto," en efecto, que la socialización
_no da necesariamente como resultado la conformidad o el confor—
mismo. De un lado, las sociedades, los grupos, las ' colectividades

171
difieren por ¡el rigor con que prescriben e imponen la conformidad
a los_ valoresy a los modelos, y por la libertad o la autonomía per—
sonal que toleran, permiten, alientan incluso y hasta, _a veces,< im-
ponen casi. ,_El conformismo más estricto no es necesariamehte una
exigencia de '<<la sociedad». Lo es tan sólo en algunas sociedades,
en algunas colectividades, en algunos gfupos. Lo mismo cabe decir
de la conformidad en la desviación: algunos grupos desviantes im—
ponen una más estricta conformidad a sus normas que otros.
De otro lado, todo proceso de socialización tiene como objeti—
vo la adaptación de la persona a su medio. Pero adaptación social
no significa necesariamente conformidad: la adaptación a un medio
puede también significar el deseo de innovar elementos de ese me—
dio 0 de modificarlo. El proceso de socialización puede dar lugar-
tanto a agentes dinámicos e innovadores, como a personas anti—
sociales o a sujetos conformistas o pasivos.
A modo de conclusión de esta primera parte, consagrada a la.
acción social, convie—"ne añadir, en fin, la advertencia de no sub—
estimar la importancia y el alcance psicosociales de la conformidad..
Incluso en la conformidad, el hombre busca unos valores, persigue-
unas aspiraciones personales, obedece a su conciencia. La confor—'
midad puede ser _a veces una solución de facilidad, pero también -
es muy frecuentemente obediencia a un deber, imposición de un
esfuerzo contra“ las resistencias internas o externas, movimiento de
la voluntad y autosuperación. El hecho de que la sociedad omnipre—
sente aporte, incluso en la soledad, el soporte, el sostén, el aliento-
o la ambición necesarios, no arrebata en modo alguno a los actos
individuales la virtud que a menudo requieren" para nó ser aquellº»
que serían si la persona obedeciera solamente a sus impulsos pri—
inítivos y a sus necesidades instintivas. Lo que es obligación puede-
ser también, simultáneamente, aspiración, confundiéndose ambas y-
réforzándose mutuamente. .
En resumen, la acción soda] normativa se - hos antoja ahora,.
de un modo más claro, como el producto de múltiples tensiones en—
tre conformidad, libertad, innovación; entre los impuléos y los idea—
les ; entre las exigencias de la personalidad individual y las del.
entorno social; entre lá obligación sócíal y la aspiración personal…

172
BIBLIOGRAFÍA COMENTADA

Al lector deseoso de ir más allá de nuestra presentación de la sociología


de la acción social, sugerimos en particular las obras siguientes:

Jacques LECLERCQ, Introduction & la sociologie, nueva edición puesta al día


por ]_ Ladriére, Ed. Nauwelaerts, Lovaina 1959. Es preferible la lectura de
este libro en la edición revisada de 1959, más enrique5ida que la preceden—
te. En realidad, esta obra no es un volumen de sociología: trata, con cla-
ridad y lucidez, cuestiones prelimináres, como las relaciones entre la socio—
logía y las restantes ciencias sociales, el problema del determinismo so—
cial, etc. Prepara la iniciación del lector a la sociología: tal es el mérito y
el interés del volumen que comentamos. Versión castellana de esta edición
revisada: Introducción a la sociología, Instituto Católico de Estudios So—
ciales, Barcelona 41964.
Emile DURKI—IEIM, Le suicide, PUF, París 1960, nueva edición. Este estudio,
de tema aparentemente muy limitado, constituye sin embargo, a nuestro
juicio, la mejor introducción a la sociología de la acción social, tanto por
el método emp1eado como por las perspectivas teóricas que desarrolla.
A quien desee situar el análisis del suicidio en el conjunto de la obra de
Durkheim, sugerimos la lectura del opúsculo de Jean DUVIGNAUD, Durkheim,
sa vie, son oeuvre, PUF, París 1965. Existe una versión castellana de El
suicidio, publicada por Schapire, en Buenos —Aires.
Ralph LINTON, Le fo¡zdement culturel de la personnalz'té, trad. francesa del orí—
gínal inglés por Andrée Lyotard, Dunod, París 1959. Antropólogo con una
larga experiencia de investigaciones de campo, Linton presenta en este libro,
de una manera sencilla pero rica en sugerencias, la noción de cultura, el
proceso de socialización y las relaciones entre personalidad y sociedad. Ver—
sión castellana: Cultura y personalidad, Fondo de Cultura Económica,
México 1956. '
Ruth BENEDICT, Echantillons de civilisatiom, Gallímard, París 1950. Antropó-
logo también, Ruth Benedict nos obliga con su libro a sometemos a un
conveniente baño de relativismo cultural, esencial para quien desea real—
mente adoptar la perspectiva de las ciencias del hombre. Versión castellana
publicada por Edhasa, Barcelona 1971. De este autor: El hombre y la cul—
tura, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1939.
Jean STOETZEL, La psycbologie sociale, Flammarion, París 1963. Varios capítu—
los de este libro, que constituye por lo demás una excelente presentación,
en lengua francesa, de la psicología social contemporánea, abordan direc—
tamente diversos aspectos de lá sociología de la acción social. Versión cas—
tellana: La psicología social, Ed. Marfil, Alcoy 1966. -

Dado que la producción de obras sociológicas en lengua inglesa es muy—


superior a la de obras en lengua ffancesa, la selección resulta por esto mismo
más difícil, Sugerimos al lector las obras siguientes, que versan principalmente
sobre los fundamentos psicosociales de la acción humana:

Tamotsu' SHIBUTANI, Society and Personality: An Interactionth Approach to


Social Psychology, Prentice—Hall, Englewood Cliffs, N.]. 1961. El lector
encontrará aquí, en una perspectiva psicológica y sociológica a la vez, una
presentación clara, detallada y rigurosa de las conclusiones de las principa—
les investigaciones contemporáneas sobre la motivación, las relaciones in—
terpersonales, la socialización y el control social.
Hans GERTH y C. Wright MILLS, Character and Social Structure, Harcourt,
Brace and Company, Nueva" York 1953. Algo más difícil que el precedente,
e;te-libro trasciende sin embargo el punto de vista sociológico, concediendo
particularísima atención al universo simbólico. Versión castellana: Carácter
y estructura social, Paidós, Buenos Aires 1963.
A. KARDINER, en colaboración con R. LINTON, C, DUBOIS y ]. WEST, The Psy-
chological Frontiers of Society; Columbia University Ptess, Nueva York
1939. Fruto de la colaboración entre psiquiatras y antropólogos, esta obra,
teórica y empírica a la vez, analiza las relaciones entre la personalidad, la
_cultura y la sociedad en el. contexto de distintas sociedades primitivas. Ha
ejercido una profunda inñuencia sobre la antropología y la sociología de la
posguerra.
Bajo la dirección de Neil ]. SMELSER y William T. SMELSER, Personality and
Social Systems, John Wiley and Sons, Inc., Nueva York 1963. Colección
de unos sesenta artículos publicados originalmente en varias revistas, agru—
pados por los Smelser bajo diferentes títulos. '

Finalmente, a los estudiantes más avanzados o poseedores ya de una ciert_'a


formación en psicología, recomendamos las tres obras sigúientes:

George C. HOMANS, Social Behavior: Its Elementary qugzs,_fHarcourt, Brace


and World, Inc., Nueva York 1961. El autor propone en este libro un
modelo teórico de la acción social, de sus componentes y de su dinámica.

174
Talcott PARSONS, Social Structure and Personality, The Free Press of Glencoe,
Nueva York 1964. De este mismo autor, en colaboración con Robert BA—
LES, Family, Sacialization and Inteiaction Process, The Free Press, Glencoe,
Illinois 1955. Ambos volúmenes comprenden artículos e informes relativos
a los diferentes aspectos de la socialización. Su lectura no es sin embargo
fácil: requiere, en particular, un notable conocimiento de la psicología, del
psicoanálisis sobre todo. x

175
PARTE SEGUNDA

LA ORGANIZACIÓN SOCIAL
Capítulo VI

.LA ORGANIZACIÓN SOCIAL:


CLASIFICACIONES Y TIPOLOGÍAS

Franquearemos, en esta segunda parte, una etapa importante. En


los capítulos precedentes, la acción social ha sido análizada exclu—
sivamente en el contexto de los diversos elementos culturales (mo-
delos, valores, símbolos, ideologías) que la condiciºnan, la ordenan
y la motivan. Si nos atuviéramos a esta sola perspectiva, merecería-
mos con razón el. reproche de establecer una ecuación entre toda la
realidad social y la cultura, de reducir la sociología a lo que se
da en llamar el <<culturalismo». Una determinada antropología, en
particular la emanada de B. Malinowski, no ha eludido totalmente
este escollo. La aproximación culturalista, aun cuando pueda consti-
tuir un excelente punto de partida en sociología (no el único, sin
embargo), debe a fin de cuentas abrirse a una visión más global de
la realidad social. ' _ '
Ha llegado, pues, el momento de ensanchar nuestra visión de lá
acción social. La situaremos ahora en un contexto más amplio que
el de la cultura sola, es decir, en el contexto de la organización
social total. Veamos . primero lo que esto significa. Podremos" em-'
prender luego la exposición de lo que nosotros consideramos como
las dos tradiciones sociológicas del estudio de la órganización social.

179
CULTURA, ESTRUCTURA Y ORGANIZACIÓN SOCIAL

Hemos insistido anteriormente en la necesidad de distinguir,


en la acción social, el plano de las conductas de los actores y el
plano de los conjuntos sociales o colectividades. El estudio de la..
organización social se sitúa totalmente al nivel macrosocíológico
de los conjuntos sociales. De ahí la necesidad de una segunda dis-
tinción, entre los elementos culturales de una colectividad, por un
lado, y, por otro, lo que vamos a llamar aquí sus elementos es—
tructurales.

Elementos culturales

Para comprender el sentido de estas_ expresiones, ' analizaremos


un ejemplo 'concreto, el de la universidad. La acción de los dife-
rentes actores que pueblan y componen una universidad _se inspira
en un universo cultural característico de _todas las universidades
y propio, al mismo tiempo, de cada uno de ellas. Dichos actores
tienen en común ciertos valores sobre todo: respetan el conocimien—
to bajo sus diferentes formas, otorgan un valor a la investigación,
tienen eh gran estima el trabajo intelectual. Estos ideales no 'se
realizan a idéntico título en la vida de cada profesor, de cada
estudiante y de cada universidad. Pero no por esto dejan de ser
valores a los que se aspira en toda universidad. Para convencerse de
elle, es suficiente imaginar la reacción que provocaría un rector
cualquiera en una universidad cualquiera, si pretendiese elogiar
públicamente la ignorancia, el oscurantismo, la pereza y- la pasivi-
dad intelectual.
A los valores universitarios corresponden unos modelos muy-
concretos de conducta, válidos para el conjunto de los actores de la
'universídad (el silencio en la biblioteca, por ejemplo), y unos mo'—
delos inherentes a los diferentes roles' que conlleva la organización
universitaria. Se podría, pongamos por caso, deducir el código éti-
co, más implícito que explícito, que regula la conducta del profesor
universitario, en lo que respecta al tiempo qGE Hebe consagrar a
'la preparación de su materia, a sus estudiantes, a la investigación;

' 180
en 10 que atañe a la calidad y objetividad de sus lecciones, a la
parte que dede asumir de las diversas tareas administrativas, a sus
relaciones con su jefe de departamento, con su decano, con el rector,
con el personal administrativo y con el secretariado ; en lo que
concierne a su asiduidad y a su modo de vestir. También se podrían
multiplicar asimismo fácilmente los ejemplos del simbolismo en el
que se halla inmersa la vida universitaria. En la universidad, lugar
de transmisión del saber, el lenguaje hablado y escrito ocu_pa evi—
dentemente un lugar privilegiado, a propósito de todos los procesos
de comunicación que exige la función educativa universitaria. Pero
también cabe encontrar ahí un simbolismo propio de la vida uní-
versitaria, por cuyo medio se estructuran las relaciones entre los
actores: símbolos de rol, de posición, de prestigio, de autoridad;
símbolos de participación en ocasión de las ñestas, de los aniversa-
rios, de las ceremonias, de las manifestaciones artísticas, deportivas,
políticas, etc.

Elementos estructuralex

Pero todo esto, que compone el universo cultural de la univer-


sidad, no es más que un aspecto de la vida universitaria considerada
en su totalidad. El análisis concreto de una universidad nos revelará
otros muchos elementos, no culturales en este caso. He aquí los
principales :

1. En primer lugar, vemos a los diferentes actores entregarse dia—


riamente a buen número de actividades o tareas diversas: asis-
tencia a clase, participación en seminarios o en trabajos prác—
ticos de laboratorio, redacción, investigación en la biblioteca, '
recepción de visitantes, cónservación de los inmuebles, control
de los libros, mecanografía, reuniones de comités, etc. Todas
estas actividades están ordenadas a las funciones particulares
de la universidad (docencia e investigación), y cada una de
ellas concurre a su modo al desenvºlvimiento de tales funciones.
2. Cada una de esas actividades individuales y colectivas cobra
un sentido por referencia a la contribución que aporta a las
funciones o a los objetivos de la universidad, mediante 10 que

181
Se ha dado en llama): la división del trabajo, por la que se
precisan los status y los roles. La distribución de …las tareas
entre todos los actores de la universidad determina el hecho
de que unos enseñen, otros estudien, otros administren, otros
aseguren el trabajo de secretaría, otros—cuiden de los inmuebles
y el mobilarío,” etc.
El cumplimiento de esas diversas tareas entraña la creación.
de buen número de redes de relaciones sociales. No es nece—
sario que cada profesor conozca a todos los estudiantes, pero
sí debe conocer a algunos en particular. Un decano no está
obligado a conocer a los carpinteros, a los cerrajeros, a los
conserjes, a los pintores que trabajan en la universidad; pero
el jefe de los talleres si debe conocer a cada uno de ellos, etc.
Las redes de ,relaciones sociales y la división del trabajo se—
formalizan en marcos organizadas, llamados facultades, depar—
tamentos, secciones, institutos, servicios administrativos; Cabe
también encontrar conjuntos de personas reagrupadas en sin—
dicatos, asociaciones, clubs, partidos, movimientos, y hasta.
sociedades secretas. .
Más allá de los marcos formales en cuyo seno se reagrupan:
y trabájan los diferentes actores, las redes de relaciones so—
ciales implican la formación de grupos menos formales, más
_ espontáneos: círculos de amigos, pandillas, grupos no organiza—
dos de diácusión, de investigación, de preparación de exámenes…
Las relaciones sociales se" inscriben en el marco de diversas
jerarquías, constituidas por la escala de los diversos niveles
de autoridad, de los títulos y estatutos, de los grados, etc-
La escala en cuestión resulta de las distinciones entre profe—
sores, entre estudiantes más jóvenes y estudiantes más avanza-
dos en la carrera, entre las categorías 0 clases a propósito
de la contratación y promoción del personal no docente.
Las relaciones sociales en el seno de la universidad pueden
caracterizarse por la colaboración, pero pueden también incluir
una parte de competición, de competencia entre actores o entre
grupos de actores (entre facultades, entre departamentos, en—
tre institutos, entre sindicatos), o pueden asimisíno dar lugar
a relaciones de oposición, conñicto o luchá;mlás o menos la]:—
'vada. Son otras tantas modalidades de relaciones Sociales.

182-
8. Las actividades de los diversos actores de la universidad, y
las redes de relaciones que se constituyen 'en su seno, depen—
den, en parte, de las diversas condiciones físicas o materiales.
No es indiferente, por ejemplo, que el campus sea extenso
o reducido, que los inmuebles se hallen concentrados en un
mismo lugar o se distribuyan sobre una vasta superficie, que
sean nuevos o vetustos, que estén situados en el centro de
una gran ciudad o en el campo. El trabajo y las relaciones
sociales de los actores están asimismo condicionados“ por la.
estructura y la disposición de los locales: .anñteatros, aulas ,
y seminarios, laboratorios, bibliotecas, despachos de los pro-
fesores, centros recreativos o culturales, restaúrantes, residen—
cias. EI mobiliario …de esos locales también cuenta, así corho
la cantidad y calidad de los diversos objetos materiales utili—
zados por los actores en sus diferentes actividades: libros,
documentos, aparatos de laboratorio, medios audiovisuales, etc.
9. La universidad tiene unas exigencias financieras y debe dispo-
ner de fuentes especiales de financiación. _Estas,fuentes pueden
ser varias: subvenciones del Estado, derechos de inscripción
de los estudiantes, dónativos. Las actividades de los actores
se verán afectadas diversamente según que los recursos finan—
cieros de que dispone la universidad provengan de una fuente .
concreta y no de' otra, o sean más o menos limitados, y según
que la universidad esté precaria o abundantemente dotada,
o que su. desarrollo resulte entorpecido o favorecido. '
10. Una universidad está también situada en el tiempo, factor que
le confiere una edad. Su organización y sus actividades podrán
variar de una universidad nueva a una que sea rica y encícne
muchas tradiciones a la vez.
11. Finalmente, el medio en que se halla inmersa condiciona tam—
bién la vida de una universidad. Podrá variar de una universidad
radicada en un país industrializado a otra enclavada e'n uná
joven nación en vías de desarrollo. El hecho de estar rodeada
de otrgs instituciones universitarias o' de encontrarse aislada,
el hecho de estar inserta en un régimen político totalitario
o en 'un régimen democrático, etc., inñuyen"í€'1mismo sobre la
vida de una universidad.

183
Estructura y cultura

Todos estos aspectos de la vida universitaria, que precisan, con—


dicionan, determinan o encuadran la acción social de los actores, no
pueden ser asimilados sin embargo a lo que cabe identificar como.
la cultura de la universidad. Tales aspectos son generalmente co-
nocidos bajo la expresión <<elementos estructurales» de la organiza—
ción social.
Las de£nicioncs de la cultura son abundantes en sociología y
en antropología; pero, en cambio, es muy difícil dar con una de—
finición satisfactoria de los elementos estructurales. Los autores
suelen limitarse, por regla general, a 'una enumeración más o menos…
larga de_ los mismos, como acabamos de hacer aquí, y como tam-
bién 10 hace el sociólogo canadiense Fernand Dumont en el texto
siguiente: <<La sociología y la antropología giran incesantemente, sin
alcanzar a establecer todavía una delimitación precisa, en torno a
una distinción fundamental entre estructura y cultura. De un lado,
bajo la figura de la estructura, la realidad social es considerada
como una forma objetiva en la que se subrayan los datos demográ-
ñcos y económicos, como 'también“ ciertos aspectos de la organiza—
ción social (por ejemplo, aquellos que se plasman en status y roles)
y determinadas agrupaciones …que parecen imponerse a las primeras
percepciones concretas (la- noción o las clases, pongamos por caso).
De otro lado, bajo las imágenes adoptadas por la noción de cultura,
la realidad social se presenta como configuración espiritual o“con—
ciencia colectiva”, como un universo mental del que participan los
individuos y por el que son definídos»l.
Cabría además clasificar los elementos estructurales en dos sub—
grupos distintos: los elementos morfológicas y los elementos estric—
tamente sociales. Emile Durkheim. y sus discípulos, y entre ellos
'Marcel Mauss y Maurice .Halbwachs sobre todo, han recurrido a
la expresión <<morfología social» o .<<substrato morfológico», para
designar <<"a la masa de los individuos que. integran la -' sociedad,
a su modo de disponer del suelo, de la naturaleza y de la conñgu—
ración de 'las cosas de _toda índole que afectan? a_las relaciones co—
1. Fernand DÚMONT, Notes sur l'analyse des idéologies, <Recherches sociographiques», IV
(1963) 2, p. 157. Los subrayados son de F. Dumont.

184
lectivas» 2. Los elementos morfológicos de la universidad seríañ pues
en particulár los enumerados antes con los números 8, 9 y parte
del 11. Los elementos estrictamente sociales estarían constituidos
por todas las modalidades de estructuración de las relaciones sociales
en agrupaciones, en Organizaciones, en asociaciones, en jerarquías, en—
redes de colaboración, de competición, de conflicto, etc.—

Definición de la organización social

Cualquiera que sea el yalor que quepa otorgar por ahora a esta
subdivisión, 10 _que hemos querido evidenciar aquí es el hecho de
_que todos esos elementos llamados estructurales forman parte de la
vida colectiva de la universidad y— contribuyen a su organización, en
estrecha» vinculación con los elementos culturales. Elementos estruc—
turales y elementos culturales están íntimamente asociados y en
constante interacción. La cultura refleja elementos estructurales, -se
inspira en ellos …para crear modelos, símbolos, sangiones; para pre—
… cisa1_º el cont_enido normativo de los -rble5. Los elementos estructurales,
por su lado, obedecen en cierta medida a las representaciones, a
los valores, a las ideologías, a los sírhbolos de la cultura, al .tiempo
que púeden también condicionados y a menudo resistirse a ellos
o contradecirlos. Importa, pues, 4 sab€r distinguir, par_á los fines
del análisis, entre elementos culturales y clementós estructurales.
Pero importa asimismo, para “los fines— de la síntesis,_ saber inter-
pretar'_ambas clases de elementos y captar Sus interaécione's. Porque,
en definitiva, de la síntesis 'de los elementos culturales y estructurales
se desprende lo que cabe denominar la organización sºcial de una
cºlectividad, que deñniremos ahora como la ordeñacz'ón global de
todos. los el'eñzentos que sirven para' estructurar la acción Social, *en
una totalidad que ofrece una imagen,“ una figura_ particular, diferente
de las partes 'que la componen y diferente también de otras posibles
ordenaciones. _ _
De la universidad (en general) puede pues decirse que presenta“
una organización social que la di8tíngue de otros tipos de ordé—
.nación de la acción social (fábrica, familia, tribunal dejústicia).

" 2. Nota de Emile DURKHEIM en (L'année sociologiqúe»,º2, 1897-1898, p. 520.

185
Cabe también la afirmación de que una universidad concreta (la
Univérsidad de Harvard, la Universidad de París, la Universidad de
Montreal) posee una organización social que la caracteriza y le
confiere una" identidad propia, distinta de la de otras universidades.
El ejemplo utilizado ilustra quizá con singular claridad la dis-
tinción entre elementos culturales y elementos estructurales y su
síntesis en una organización social. Este mismo procedimiento ana-
lítico y este mismo esquema teórico pueden, sin embargo, aplicarse
a cualquier otra colectividad: la fábrica, -la ciudad, la región, la
clase social, la profesión, la familia, el parentesco, la sociedad global
ofrecen una organización social, en el sentido antes apuntado,
organización en la que se entremezclan los elementos estructurales
y los elementos cultúrales.
En el vocabulario aquí adoptado, la organización social es, pues,
para cualquier colectividad de actores sociales, el contexto analítico
más completo en el que —se inserta la acción social. La organización
social, en efecto, resulta de la totalidad de la acción social en el
seno de una colectividad dada, habida cuenta de todos los elementos
culturales y estructurales, de todas las variables, de todos los fac-
tores que determinan, organizan, orientan y suscitan la acción de_
cada uno de sus "miembros. _
En esta segunda parte de nuestra Introducción a la sociología
general, nuestro objeto es precisamente el estudio de la organiza—
ción social. Significa esto que hemos accedido plenamente al plano
macrosociológico. Para situarnos a este nivel de un modo más com-
pleto aún, veremos sobre todo cómo la sociol'ogía ha abordado el
estudio de la organización social de las sociedades globales. En pri-
mer lugar, porque, al ser las colectividades concretas más completas,
las sociedades globales dan lugar al análisis soéiológico más general.
En segundo lugar, el estudio de la organización social de otras
colectividades más reducidas" (medio laboral, familia, organización
burocrática) nos obligaría a abarcar un dominio demasiado vasto y
sumamente diversificado.

NOTA DE SEMÁNTICA

Pero, antes de emprender esta investigación, se impone una


previa observación relativa a la semántica. Resulta divertido, de—

186
plorable a veces, pero siempre paradójico el hecho de que los
sociólogos y los antropólogos apenas hayan sábido utilizar de una
manera colectiva los símbolos lingñísticos. Pesa sobre ellos la triste
reputación de no entenderse cuando hablan entre sí. En el terreno
macrosociológico sobre todo, se dan quizá las mayores vacilaciones
tocante al vocabulario: los términos se mezclan y confunden caóti-.
camente y se nos escapan de los dedos.
De -ahí la necesidad de recurrir a lo que el língííista R. ]akobson
da en llamar la <<función metalingñística» del lenguaje, función que
cabe encontrar <<cada vez que el destinador y (o) el destinatario
juzgan necesario veriñcar si utilizan realmente o no el mismo có-
digo» 3. Vamos a precisar pues la terminología que hemos adopta-
do aquí. *

Tipos sociales

Durkheim, como veremos más adelante, recurrió a la expresión


<<tipos sociales» para designar 10 que aquí daños en llamar la
organización social, la de las sociedades globales en particular
M. Steinmetz siguió su ejemplo 5, pero la expresión no hizo fortuna.
Por lo demás, resulta ambigua, dadá su íntima dépendencia de
la tradición tipológica a la que luego nos referiremos.

Estructura social

De otro lado, muchos autores utilizarían la expresión <<estruc-


tura social» allí donde nosotros hablamos de organización social 5.
La expresión <<estructura social», en efecto, aparece abundantemente
en la antropología y la sociología contemporáneas. Pero no es menos
ambigu'a que la precedente. Veremos, en un capítulo ulterior, cómo
3. Citado por H. LEFEBVRE en Le langage et la société, Gallimard, París 1966, p. _100.
Versión castellana: Lenguaje y sociedad, Proteo, Buenos Aires.
4. Sobre todo en La división del trabajo social y en Las reglas del método xociológico.
5. M. STEINMETZ, Classification des types sociaux, 4<L'année sociologique», 3, 1898—_1899,
p. 43—147. _
6. Tal sería sin duda el caso, por ejemplo, de Raymond FIRTH en su artículo SocialOrga-
nization and Social Change, en &Journal of the Royal Anthropological Institute», vol. 84, 1954,
p. 9, y en su volumen Elements of Social Organization, Beacon Press, Boston 1963, p. 28-40.

187
la noción de estructura se presta a discusión. Y hoy más que nunca.
De hecho, hemos recurrido ya a la expresión dos elementos estruc—
turales», para diferenciarlos de los elementos culturales. Procediendo _
de este modo, nos hemos sometido a una práctica bastante corriente,
tanto en francés como en inglés. Se ha vísto, por ejemplo,_ cómo
Fernand Dºumont establecía una distinción entre estructura y cultura.
El sociólogo norteamericano Seymour Lipset, por su parte, opone
y compara las <<condiciones estructurales» y los <<factores culturales»
en su explicación del desarrollo económico 7. Habiendo utilizado ya
el término <<estructura» en ese mismo sentido, y habiendo también _
insistido mucho, en los capítulos precedentes, en el carácter <<estruc—
turado» de la acción social, no podíamos ahora prestar al mismo
término un tercer significado, con el consiguiente riesgo de Confusión.

Organización social

Por 10 que respecta a 1afórmula <<organización social» aquí adop—


tada, ofrece el inconveniente de que el término <<organización>> es
actualmente utilizado en sociología en otro sentido preciso, a saber:
para designar Ias ordenaciones formalizadas de roles poseedoras de…
un carácter burocrático y que persiguen funciones definidas. Así, por
ejemplo, se dirá de la universidad que es una organización burocrá-
tica, al igual que una empresa industrial, una firma de negocios, el
Estado, un hospital, el ejército, etc. No obstante, se habla en general
de la organización en este último sentido, y de la organización social
en el sentido antes definido, hecho que, cuando menos, reduce los
riesgos de confusión. Añadamos al pasivo del término la circunstan—
cia de haber conocido una historia' un tanto agitada en la antropo—
logía inglesa, 10 que evidentemente constituye un obstáculó para
nuestro propósito.
Pero, pese a todo, en A Dictionary of the Social Sciences, Robert
Paris define la organización social en los términos siguientes: <<En las
ciencias sociales, organización social designa un conjunto relativa-
mente estable de interrelaciones funcionales entre los elementos com-

7. Seymour M. LIPSET, Values, Education, and Entrepreneurshipf&Elite: in Latir'z Ame—


rica, de S.M. LIPSET y Aldo SOLARI, Oxford University Press, Nueva York 1967, cap. 1 (tm—
ducido al castellano por Ed. Paidós, Buenos Aires).

188
ponentes (personas o grupos), conjunto del que resultan unas carac—
terísticas que no se encuentran en esos elementos por separado, he-
cho que da lugar a _uná entidad sui generis» 8. Esta definición de la
organización social se aproxima a la nuestra en la medida suficiente
para coñvencemos de que utilizamos la expresión en cuestión en un
sentido relativamente corriente.

Formas sociales

' Apuntemos, en fin, la posibilidad de recurrir a la expresión <<las


formas sociales» para designar la qrganización social. El sociólogo
alemán G. Simmel'la ha popularizado, para indicar <<las formas que
afectan a los grupos de hombres unidos para vivir los unos junto a
los otros, o los unos para los otros, o los unos con los otros» 9.
Pero Simmel tuvo la desafortunada idea de oponer <<la materia
de la vida social» a las formas de la vida social, distinción de la que
no pudo luego desprenderse y que vida toda su _sociologíá. Sin em-
bargo, todavía se da a veces el caso de que algunos autores contem-
poráneos utilicen la expresión de Simmel para designar la organi-
zación social lº. Pero, en realidad, su empleo es .tan raro que recurrir
a ella casi hubiese sido por nuestra parte una forma de desviación.

DOBLE TRADICIÓN EN EL ESTUDIO DE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DE


LAS SOCIEDADES

_ Resuelto el problema semántico, podemós ahora acceder plena—


mente a la sociología'de la organización social. "
Cuando se intenta comprender de qué modo la sociología ha abor-
dado el estudio de la organización social de las sociedades globales, se“
advierte fácilmente la existencia de una doble tradición. Llamaremos
clasificatoria a la primera, y analitica a la segunda.
8.— A Dictionary of the Social' Sciences, publicado bajo la díreccióh de Julius GOULD y
William' L. KOLB, The Free Press of Glencoe, Nueva York 1964, p. 661.
9. G. SIMMEL, Comment lex formes sociales se maintierment, <<L'année sociologique», 1,
1896-1897, p. 72. '“ '
_10. Por ejemplo, E. Franklin FRAZIER, Tbe Impact of Colorzíalism an African Social Forms
and Personality, en Africa in the Modém World, bajo la dirección de Calvin W. STILLMAN,
The Univer$ity of Chicago Press, Chicago 1955,'p. 70—96.

189 A
Las dos tradiciones

En la tradición clasificatoria, la sociología procura captar los ras-


gos comunes y los rasgos diferenciales que cabe observar cuando se '
procede a comparar entre sí a las sociedades concretas e históricas, con"
mifas a reagrupar a todas las sociedades conocidas en algunas grandes
clases o tipos. La intención manifiesta estriba aquí en alcanzar una tipo—
logía o clasificación que permita reducir a algunas grandes categorías
la multiplicidad y la variedad de las sociedades existentes.
La sociología de tradición analítica responde más bien al deseo de
elaborar un esquema conceptual y teórico que dé cuenta de la organi-
zación de la sociedad, de su funcionamiento, de la ordenación de sus
diferentes partes, de su coherencia interna, de sus divisiones y contra—
dicciones, de su movimiento y de su transformación. El objetivo que
se propone es construir un <<modelo» teórico que permita analizar la
sociedad en sú totalidad y en sus partes, comprender y explicar su
organización y su transformación.

Su común intención de universalidad

Esta doble tradición es característica de la labor científica en casi


todos los terrenos. Toda investigación cientíñca consiste en una re—
construcción mental de la realidad, con miras a descubrir el orden_sub—.
yacente a la diversidad y a lá incoherencia aparentes de los fenómenos
observados. En primer lugar, el sabio logra percibir ese orden no apa-
rente, reduciendo el considerable número de fenómenos registrados a
unas cuantas clases constituidas de acuerdo con determinados cri-
terios, por los que se establecen las Semejanzas o _las diferencias
existentes entre los fenómenos. Una clasificación permite no sola—
mente reducir la totalidad de los hechos o fenómenos .a un número
manipulable de unidades, sino también situar cada hecho con res?
pecto al contexto global al que pertenece. En segundó lugar, el
investigador reconstruye el orden subyacente de los. fenófnenos me—
diante la elaboración —de un modelo abstracto, lógicamente Cohe-º
rente, que ¿ vierte en proposiciones generales 10é$£íhcipios de la
organización y del movimiento de los fenómenos obsérvados.

190
La clasificación y el análisis teórico tienen pues una intención de
universalidad, pero en dos sentidos diferentes. La clasificación se
aplica a la" constitución de un número reducido de clases en las
que quepa alojar todos los hechos observados. El análisis teórico
persigue la elabóración de un esquema teórico que dé razón de to—
dos los fenómenos. Esta misma intención de universalidad .se re—
gistra tanto en sociología como en las demás ciencias. Anima a las
dos tradiciones aquí mencionadas.
Importa también subrayar el hecho de que ambas tradiciones
—— en sociología'como en las demás ciencias — no son independien—
tes la una de la otra. Las tentativas de clasiñcacíón de las socié—
dades han ayudado a formular las cuestiones pertinentes a las que
debe responder la teoría analítica. De otro lado, los progresos de la
tradición analítica permiten revisar y perfeccionar las clasiñcacio—
nes antiguas, y sobre 'todo los criterios utilizados en la elaboración
de las tipologías. Más adelante veremos a muchos autores atenerse
a ambas tradiciones, según tome unó en consideración una parte u
otra de su obra. .
Consagraremos este capítulo y el, siguiente al ¿studio de las cla-
sificaciones de las sociedades propuestas por determinados aútores.
Abordaremos luego (capítulos VIII y IX) las teorías analíticas en
sociología.

TIPOLOGÍA DE LAS SOCIEDADES: DOS PROBLEMAS

Para mejor esclarecer 10 que seguirá a continuación, conviene


subrayar inmediatamente el hecho de que la clasiñcacíón de las so-
ciedades plantea sobre todo dos problemas principales: el del cri-
terio o' criterios utilizados para reagrupar y distinguir las sociedades,
y el del carácter evolucionista de las tipologías.

El problema de los criterios

¿Cuáles son los caracteres o los elementos de las sociedades que


resultan lo bastante dominantes o lo suficientemente fundamentales
como para servir de principios a una clasificación y conferir a ésta

191
un valor y un alcance universales? Este problema se encuentra en
la raíz de no pocos debates en sociología. Los investigadores no
están de acuerdo sobre la respuesta que debe darse a esta cuestión.
El lector advertirá que una serie de opciones básicas entre soció—
logos o <<escuelas Sociológicas» tienen aquí su origen principal, No
puede decirse, por desgracia, que la sociología contemporánea haya.
alcanzado la unanimidad a este respecto, aun cuando este problema
no sea hoy tan apasionádamente discutido como lo fue en los co-
mienzos de la sociología. Cabe pues encontrar en sociología buen
número de clasiñcaciones de las sociedades, elaborada cada una de
ellas a partir de un criterio diferente. Si bien son numerosas" las
tipologías, no están tan alejadas las unas de las otras como sería
de suponer. Es posible transcribir — como haremos aquí — algu-
nas de…las más representativas y conocidas 4clasiñcaciones. Será su—
ficiente para indicar las tendencias principales de esta parte de la
sociología, desde sus orígenes hasta nuestros días. El lector adVer-
tirá que, a pesar de todo, se desprende de ellas una cierta unani—
midad respecto a los principales tipos de sociedades.

El problema del evolucionismo

El segundo problema planteado es el del carácter evolucionista


o histórico inherente a toda clasi_ñcación de las sociedades. En efec-
to, tan pronto como se procede a comparar unas sgciedades entre sí,
con miras a delimitar sus rasgos comunes y sus. rasgos diferenciales,
se ve uno obligado a distinguidas según su ”grád0 de desarrollo, a.
ordenarlas según sean más o menos <<avanzadas», más o menos
<<evolucionadas», o también según el tipo- de evolución que las ca-
racteriza en un momento dadd. Toda sociología comparada acaba
pues por formular un juicio sobre el nivel de progreso en el que se
sitúan las diferentes sociedades, y por ordenadas conforme a un
cierto orden de desarrollo. Como observa Talcott Parsons, resulta
imposible considerar la cultura y ,la organización social de una tribu
del centro de Australia y las de la URSS como si estuvieran en
todos los puntos en pie de igualdad. Independientemente de todo
juicio de valor sobre la calidad humana o moráf dé "esas dos se-
ciedades, preciso es concluir que la segunda está más <<avanzada»

192
que la primera desde varios puntos de vista “. Los criterios utili-
zados para clasificar las sociedades . son, por esta misma razón, cri-
terios a cuya luz se enjuicía el grado de <<avance» de las sociedades.
Se comprende pues un póco mejor lo que decíamos antes sobre la
posibilidad de que se. enfrenten_, aquí opciones fundamentales de'
la sociología. .
' La sociología comparada es pues inevitablemente evolucionista.
Significa eéto que se aplica a la reconstrucción de las diversas eta-
pas sucesivas del desarrollo de las sociedades, desde los estadios
más antiguos o <<primitivos» hasta los más avanzados. De ahí que,
en ete punto, vaya la sociología a la par con la antropología, ciencia
cuyas investigaciones se han aplicado sobre todo a las sociedades
menos avanzadas. La sociología es también tributaria de la historia,
en lo' que respecta al conocimiento de las sociedades antiguas y al
conocimiento del pasado de las sociedades contemporáneas.
Pero es sabido que el evolucionismo, muy en boga y muy practi-_
cado en las ciencias sociales a fines del siglo XIX y comienzos del xx,
ha caído luego en el descrédito. A1 perderse el interés por el evolu—
cionismo, se perdió también el otorgado a la sociblogía comparada,
en aras de la sociología más analítica que estudiaremos en los ca-
pítulos siguientes. Tal es la razón de que -la mayoría de los autores
cuyas obras vamos a estudiar ahora sean por regla general bastante
antiguos. Sin embargo, de unos años a esta parte, se registra un
nuevo interés por el evolucionismo, sobre todo en antropología y
actualmente en sociología _también. Hasta cabría hablar de un.cierto
<<neoevolucionismo», que asume, modiñcándolas, algunas tesis de
los primeros evolucionistas, como tendremos ocasión de observar
más adelante. Se asiste pues, poi esto mismo, a un renovado inte-
rés por los estudios de' sociología comparada y por los intentos de
elaboración de tipologías de las sociedades globales o de determina—
das partes de la sociedad. '
Ofreceremos aquí algunas clasificaciones de_ las sociedades,_ a
tenor de los criterios que diferentes autores han utilizado para com—
pararlas entre sí , y para determinar su estadio de desárrollo en la
"evolución social. En los criterios utilizados por los sociólogos, cabe
distinguir dos tipos: ' unos criterios son externos a la organi2acióh
_ 11. T. PARSONS, Societies: Evolutionary and Comparative Perxpectives, Pren_tice—Hall, ¡Inc.,
Englewood Cliffs, N.]. 1966, p. 110.

193
social misma, como el estado de los conocimientos o de las técnicas
de trabajo, o bien conciernen solamente a una párte de la organiza-
_ ción social, como, por ejemplo, la estructura del poder o las relacio—
nes económicas ; otros criterios, en cambio, inciden directamente
sobre las características de la organización social misma, como su-
cede, por ejemplo, cuando se adopta como criterio el grado de sim-
plicidad o de complejidad de la organización social.
Para una mayor claridad en la exposición, adoptaremos esta
distinción en la presentación que sigue ahora.

I. CRITERIOS EXTERNOS A LA ORGANIZACIÓN


SOCIAL Y CRITERIOS PARCIALES

AUGUSTE COMTE: EL ESTADO DE LOS CONOCIMIENTOS

Auguste Comte (1798-1857) es generalmente considerado como


el padre de la_ sociología, por cuanto fue el primero en designada
con este término, tras haberla denominado primero <<física social»,
y, sobre todo, porque dio la primera formulación sistemática de la
misma, particularmente en su Cours de pbílosopbz'e positive, cuyos
seis voÍúmenes publicó entre los años 1830 y 1842, y en su famoso
Discours sur l'esprit positif.

Tres principios básicos

Tres principios están en la base de la sociología de Comte y


la esclarecen enteramente. En primer lugar, es imposible, a juicio
de Auguste Comte, comprender y explicar un fenómeno social parti-
cularmente sin situarlo en el contexto social global al que perten_e—
ce, como es imposible en biología explicar un órgano y sus funcio—
nes sin considerarlos en su relación ¿on el organismo entero. Este
principio, el de la primacía del todo" sobre las" partes, se aplica al
análisis de 10 que Comte llama <<e1 orden espontáneo de las socieda-
des humanas», objeto de la <<sociología estática»; y se aplica tam-
bién .— y esto es lo que más particularmente nbí iiiteresa aquí —
a la sociedad histórica, a la evolución de las sociedades en el tiem—

194
po, objeto de la <<sociología dinámica». En efecto, la sociedad de
una época dada sólo puede comprenderse y explicarse c_on refe-
rencia a su historia o, mejor aún, con referencia a la historia de
"la humanidad entera. La sociología de Comte es pues, necesaria-
mente, una sociología comparada, cuyó marco general es la historia
universal. '
El segundo principio afirma que la línea directriz de la histo—
ria humana viene dada principalmente por el progreso de los cono-
cimientos. El hombre actúa conforme a los- conocimientos de que
dispone. Sus relaciones con el mundo y con los demás hombres de-
penden de sus conocimientos de la naturaleza y 'de la sociedad. Nor
es que <<las ideas guíen al mundo». Los conocimienth y, más exac—
tamente, los modos de conocimiento son los que constituyen el
elemento dominante de la historia. Auh cuando no quepa hablar
de un determinismo de los conocimientos a propósito de Comte, no
es menos cierto que existe, según este autor, una coherencia nece—
saria, por ser lógica, entre el estado de los conocimientos y la 01:-
ganización social. Más adelante veremos por qué y cómo es así.
El tercer principio, en fin, afirma que el bombíe es idéntico en
todas partes y en todos lox_ tiempos, en razón de su constitución
biológica y en razón, sobre todo, de su sistema cerebral. Cabe pues
esperar que la sociedad evolucione en todas partes de idéntico mo-
do y en el mismo sentido, y que la humanidad entera se encamine
hacia un_ mismo tipo níás avanzado de sociedad.

La <<ley de los tres estados»

Una vez establecidos estos tres principios, resulta más com—


prensible la clasificación de las sociedades propuestas por Auguste
Comte. Una ley histórica que Comte decía haber descubierto nos
da la clave de esa clasificación: nos referimos a la' <<ley de los tres
estados», según la cual el progreso de los—conocimientos humanos
atraviesa tres estadios o estados:

1. El estado teológico, estado en el que el hombre explica las co-


sas y los acontecimientos atribuyendo, () bien a las cosas mis-
mas, o bien a seres o a fuerzas sobfenaturales e invisibles, su

195
propia naturaleza, su voluntad, sus sentimientos, sus pasiones,
etcétera. Cuando el hombre presta a las cosas vida y acción, el
pensamiento es <<fetichista», fase inicial del estado teológico;
y cuando, en un segundo tiempo, proyecta el hombre determi-
nadas características de la naturaleza humana (virtudes, vicios,
motivaciones, etc.) sobre unas potencias sobrenaturales, apa-
recen sucesivamente el politeísmo y el monoteísmo.
2. El estado metafísico, estado que se caracteriza por el recurso
a entidades abstractas, a ideas, en cuya virtud se cree poder
explicar la naturaleza de las cosas y la causa de los aconteci-
mientos. El hombre trata entonces a esas entidades abstractas
como si fueran auténticos agentes o personas, circunstancia que
induce a Comte a afirmar que tales entidades sustituyen a las
potencias sobrenafurales del estadio teológico.
3. El estado positivo, estado en el que el hombre intenta, me-
diante la observación y el razonamiento, percibir las relacio-
nes necesarias entre las cosas y entre los acontecimientos, y ex-
plicadas por medio de la formulación de unas leyes. Este estado
se diferencia fundamentalmente de los precedentes, en primer
lugar porque el hombre se hace más modesto y renuncia a
conocer la naturaleza íntima de las cosas y las causas primeras
y ñnales; y, en segundo lugar, porque los conocimientos ase—
guran al hombre el dominio y el control del universo. El esta-
do positivo es evidentemente, a los ojos de Comte, el estadio
supérior al que debe finalmente acceder cada hombre, cada
ciencia y la humanidad entera.

Verificación de esta ley

La sucesión de los tres estados se verifica doblemente. En la


evolución individual de cada persona, primero. <<Cada uno de nos—
otros — escribe Comte —, al contemplar su propia historia, ¿no
recuerda acaso que ha sido sucesivamente, respecto a sus nociones
más importantes, teólogo en su infancia, metafísico eí1 su juventud
y físico en su madurez? » ”. Pero si todo individuo puede actual-
mente acceder al estado positivo, el de <<físico», es porque los cono-

12. C0urx de pbiloxopbie poxitive, J.—B. Bailliére et Fils, París 31869, vol. 1, p. 11.

196
cimientos se han hecho, en nuestro siglo, cada vez más positivos,
gracias al progreso de las ciencias. Antaño, el adulto sólo podía ser
<<teólogo» o <<metafísico», conforme al estado de los conocimientos
de la época en que vivía.
En la historia de las ciencias se Verifica pues principalmente la
sucesión de los tres estadios. La evolución de las ciencias nos mues-
tra, en efecto, …cómo cada una de ellas ha. alcanzado la madurez a
medida que se desprendía progresivamente de las consideraciºnes
teológicas y metafísicas para hacerse positiva. No todas_ las cien—
cias, sin embargo, han conocido este progreso al mismo ritmo' y sí—
.multáneamente. Lo que explica la diferencia de su evolución en el
tiempo es el hecho de que aquellas que versan sobre (dos fenómenos
más generales o más simples", al ser necesariamente los más ajenos
al hombre» 13, pudieron acceder primero al estado positivo. Comte
establece, al partir de ésta observación, una jerarquía de las cien—
cias basada en los tres criterios siguientes: el grado de compleji-
dad de los fenómenos que estudian, la éxterioridad de su objeto con
respecto al hombre y el momento en que,accedietgn al estado po-
sitivo. La matemática fue la primera ciencia que se desprendió del
pensamiento teológico y metafísico a fin de hacerse positiva. Siguie-
ron luego, sucesivamente, la astronomía, la física, la química y la
biología. '

Necesidad de 'una nueva“ ciencia: la' sociología

Esta jerarquía de las ciencias nos revela que el conocimiento


positivo se aplicó" priníero _a los ' objetos más externos o ajenos al
hombre (números, astros), para aproximarse luego progresivamente
al hombre, mediante la química y, -sobre todo, la biología. Pero
para completar el cuadro de las ciencias es preciso crear ahora' una
verdadera ciencia positiva del hombre, de la historia humana y de
la sociedad, una' <<física social» 6 »sociología. La inexistencia de dí--
cha ciencia explica la presente anarquía social, porque, si bien es
cierto que el hombre conoce ya la naturaleza en grado suficiente
como para dominarla y Controlarla, concibe sin embargo ¡todavía

13. Ó.c., vol. 1, p. 69.

197
la sociedad y la historia de una manera teológica y metafísica. Im—
porta pues la consecución del triunfo defmítico del reino de la razón
positiva en ese último bastión de la teología y de la metafísica que
es el conocimiento del hombre y de la sociedad. He aquí el único-
modo— de asegurar a la história humana uña dirección fundada, no ya
en la ñcción y la imaginación, características de los estados teológi-
co y metafísico, sino en un conocimiento cientíñco de las leyes so-
ciales en' la previsión y en una acción eñcaz. Mediante la sociología,
se propone Comte aplicar a los fénómenos sociales el adagio <<saber
para prever, prever para actuar», que asegura ya al hombre un cier—
to control de la naturaleza.
Tales son, a juicio de Auguste Comte, los fundamentos teóricos
y prácticos de la nueva ciencia de las sociedades. La sociología tie-
ne pues una doble vocación: contribuir al progreso de los cono—
cimientos completando el cuadro de las ciencias positivas, y faci- _
litar el paso definitivo de la sociedad y de la humanidad entera al
estado positivo. Comte concibe la sociología como conocimiento y
acción_ a la vez. 0, hablando en términos más exactos, la sociolo—
gía será acción porque será conocimiento. La organización y la his-
toria de la sociedad actual, en efecto, obedecen todavía a la repre—
sentación de índole teológica o metafísica que los hombres tienen de
la misma, por cuanto éstos_ establecen, organizan y dirigen 'la so-
ciedad de acuerdo con la idea que se forjan de ella. Al no disponer
de un modo positivo o científico de conocimiento de la sociedad y
de -su historia, se producen desórdenes, crisis, un estado permanente
de anarquía social. Incumbe pues a la sociología aportar al hombre,
junto con un conocimiento más exacto de los mecanismos de la so-
ciedad y del sentido de la historia, el instrumento necesario a la.
asunción de su destino.
Se trata de una afirmación tanto más cierta para Comte cuanto
' que la historia pasada nos enseña que, a cada estadío de los cono-
cimientos, corresponde un tipo particular de sociedad. La evolu-
ción de las sociedades, al igual que la de los individuos y conoci—
mientos, o_bedece ¿¡ la ley de los tres estados. Dicha ley, por cuanto
resume el progreso de los conocimientos, es la gran —ley de la histo—
ria. De ahí que Comte distinga tres tipos pringigalgs de sociedades,
correspondientes a los tres estados de los conocimientos.

198
La sociedad militar

Cuando los conocimientos ofrecían una índole predominante—


.men—te teológica, la sociedad era de tipo militar. Existe, en efecto,
una profunda añnidad entre el rhodo teológico de conocimiento y la
sociedad militar: ambos son fundamentalmente autoritarios y están
jerárquicamente unificados. De ahí que los jefes políticos estuvie-
ran, en el origen de la humanidad y durante mucho tiempo, inves-
tidos de un carácter sagrado e incluso sacerdotal que les aseguraba,
al igual que al clero, un poder absoluto y total. Sin duda, la auto-
ridad civil y la autoridad religiosa, en los casos en que se hallaban
diferenciadas, entraban a menudo en conflicto. Pero cabe observar
que, pese a la existencia de tales conflictos, se apoyaban y soste—
nían siempre mutuamente.
La sociedad militar de espíritu teológico, siendo por naturaleza
antícientíñca, era necesariamente agrícola, basada en la propiedad y
explotación del suelo. Su célula Central era la fami_lía, unidad eco-
nómica principal por cuyo medio se transmitían no solamente la
propiédad de los bienes, sino también el poder político e incluso
el poder sacerdotal;__ '
En los orígenes de la humanidad, se necesitaba una. sociedad
fuertemente controlada para establecer y mantener" el orden social,
para asegurar el ¡paso del nomadismo al cultivo de la tierra, para ga-
rantizar la seguridad de las personas y de las colectividades, para
organizar y estructurar la vida común. La sociedad militar respondía
a estas necesidades. Gracias a ella, la humanidad se disciplínó y co—
noció los primeros rudimentos de bivilización.

La sociedad de los legistas

A1 estado metafísico de los conocimientos corresponde la socie—


dad de los legistas. Dicha. Sociedad se caracteriza por una neta dis-
tinción entre el poder espiritual y el poder temporal, y por la inde—
pendencia progresiva de este último con respecto al primero. La
debilitación de la autoridad religiosa favorece la consolidación de
la autoridad civil, cuyos poderes aumentan. Las nociones de Estado

199
y de patria se hacen preponderantes. Se resquebraia la antigua uni-
dad asegurada por la autoridad religiosa. Surgen entonces dos gru—
pos de hombres que contribuirán poderºsamente ¿a la definición y
ampliación de las funciones y del poder del Estado: 195 miní5tros,
en quienes deben los reyes delegar una' parte creciente" de su auto-¿
ridad, y los diplomáticós, consagrados a establecer y "manipular las
relaciones entre Estados. Ministros y diplomáticos adquieren su
autoridad en detrimento de los generales, que quedan en adelante
sujetos al poder civil. _
Pero lo que especifica singularmente a este tipo de sociedad es
el hecho de representar una <<edad crítica». En el orden de los co-
nocimientos, el estado metafísico aparece como una etapa transito-
ria, como una fase “crítica, que sirve para poner en entredicho los
prejuicios religiosos establecidos, denunciarlos y preparar así el-
advenimiento del estado positivo. Este último estado no podía emer—
ger directamente del estado teológico, sino que debía pasar por esa
fase crítica. '
Otro tanto ocurre en el caso de la evolución. social. La socie-
dad de los legistas socava el imperio y la _unidad de la sociedad
teocrática: constituye un período de desorganización, en el que
abundan las vcrisis y las revoluciones. Pero' todo esto era necesario,
puesto que la sociedad positiva no podía suceder inmediatamente
a la sociedad militar, fundamentalmente religiosa, anticientífica y
autoritaria. En la historia occidental, el período crítico se inició en
el siglo XIV y se prolongó a lo largo de cinco siglos, desembocando .
en la Revolución francesa, en el parlamento y _ en las _ naciones
_ modernas.

La sociedad industrial

.La sociedad de transición de los 'legistas preparaba la tercera eta—


pa, la que actualmente atraviesa la humanidad, la etapa de la' socie—
dad industrial, correspondiente al estado positivo de los conocimien—
tos. Las ciencias positivas aplicadas al orden natural están en trance
de transformar las condiciones laborales, con la aparición de la in—
dustria. Esta, en opinión de Comte, está <<desfíñádá, bajo las inspi-
raciones de la ciencia, a desarrollar la acción' racional de la humani-

200
dad sobre el mundo exterior» 14. La industria es, en cierto modo, la
punta de lanza de la mentalidad positiva, cuya influencia alcanzará
finalmente a la totalidad de la_ sociedad. Por la industria, y también
por la enseñanza dé las ciencias positivas, se difundirá la mentalidad
positiva, provocando una fransformación radical de la organización
social al mismo tiempo que una reforma profunda de las mentalidades.
De ahí que, a juicio de Comte, la sociedad industrial está todavía
en sus comienzos. Pero cabe ya la posibilidad de discernir las princi-
pales características que revestirá en el futuro:

a) La mentalidad'científica dominará la sociedad industrial. El pro;


greso del pensamiento positivo es ineluctable, a expenéas del
pensamiento teológico y metafísico condenados a desaparecer.
Raymond Aran escribe a este respecto: <<Las ideas lectoras de
Auguste Comte en los años de su juventud no son personales.
Recogió en el ambiente de su época la convicción de que el pen-
samiento teológico pertenecía al pasado; de que Dios había muer-
to, según la fórmula empleada por Nietzsche; _de que el pensá—
miento científico presidiría en adelante la inteligencia de los hom—
bres modernos» 15. '
b) La industria es la primera manifestación concreta y social del
espíritu científico, pero también será el corazón, el núcleo de
la sociedad industrial. La sociedad militar se aSentaba sobre la
célula familiar. La sociedad de los legistas, sobre la nación. La
sociedad industrial girará en torno a la industria.y ¿ la pro-
ducción industrial.
6) El aumento de la producción por la industria se efectuará en
virtud de una concentración de los trabajadores, de las masas
obreras, en torno a las fábricas, en las ciudades. La suerte de
esas masas obreras, hoy proletarias, mejorará con el aumento
' de los recursos y gracias a la instrucción.
d) Las desigualdades sociales son inherentes a la estructura de la
sociedad: la riqueza y el poder están necésariamente en manos
de un reducido grupo de personas. La propiedad privada no
está pues condenada a desaparecer… Se mantendrá como el mo-

14. O.c., vol. 6, p. 270.


15. RAYMOND ARON, Les ¿tapes de la pensée sociologique, Gallimard, París 1967, p. 87.
Versión tastellana: Las etapa: del pensamiento sociológico, Siglo Veinte, Buenos Aires 1970.

201
tor de la economía industrial. En cuanto al poder, sufrirá una
profunda transformación. La-estructura feudal y el monarquís-
m0, vestigios de la sociedad militar y teocrática,' désaparecerá
irremediablemente. El Estado de los 1egistas y el parlamentaris—
mo están también condenados a un fin próximo. Dos nuevos
grupos de personas accederán al poder: los industriales y sus
ingenieros, que organizarán y administrarán la industria y el
trabajo; los sabios, en particular los <<sociólogos» o espedalístas
en ciencias sociales, que heredarán una parte del poder político y
a quienes se_ conf1ará la ordenación de la sociedad.
La nueya sociedad industrial está llamada a conocer crisis y re-
_voluciones. Pero se trata de una fase transitoria. La paz inter—
nacional y social progresará a medida que… la industria se des-
arrolle, que el espíritu científico () positivo se difunda y que
la acción de los sabios y de los sociólogos ejerza su íññuencia
sobre la organización y la historia de las sociedades.
Í) La sociedad industrial atraviesa en sus comienzos un período
de trastornos sociales porque padece una excesiva especializa-
ción, de la que resultan una serie de divisiones y luchas entre
diferentes grupos de intereses (empresarios y empleados, pro-
ductores y consumidores). La especialización está llamada _a
disminuir con el progreso técnico y gracias a una mejor organi- '
zación del trabajo y de la sociedad. Pero la ignorancia y 1afa1ta
de moral social son las fuentes principales de los actuales con—
flictos. Instruidas en las ciencias positivas, las masas compren-
derán y aceptarán las exigencias de la vida social y los impera- -
tivos de la historia. Las ciencias positivas, la sociologíá sobre
todo, están pues llamadas a suscitar una nueva moral, fundada
no ya en Dios ni en ideas abstractas, sino en el respeto a la
comunidad social y en un mejor conocimiento de la función de
cada individuo y de cada grupo respecto al bienestar de la so-
ciedad. Gracias a la nueva moral social, la sociedad industrial
no conocerá ya la guerra y cada vez menos la revolución. A1 fí-
nal de su vida, Comte llegó sin embargo a la conclusión de que
la moral social necesitaba un soporte religioso. Se erigió enton—
ces en el iniciador de una nueva religión sin dios, exclusiva-
mente laica, fundada en el culto a la humañíílá3.
La sociedad industrial acabará con las grandes naciones nacidas

202
de la época militar y fruto de la acción de los diplomáticos y de
los ministros. Las grandes naciones estallarán en una multi-
tud de pequeños países, cada uno de los cuales apenas contará
con algunos millones de personas. Tales países no se constituirán
ya en torno a la idea periclítada de nación, sino en función de
la producción industrial.

El pensamiento social de Comte

Como el lector ya habrá advertido, la evolución de la sociedad


industrial que Comte creía discernir a principios del siglo XIX dífería
profundamente de la que predecían los socialistas de su tiempo: Saint-
Simon, Proudhon, Marx y Engels. Auguste Comte no estimaba que
la desaparición de la propiedad privada fuera una idea cientíñcamen-
te válida y demostrable. Tampoco admitía que dicha desaparición
pudiera entrañar la formación de una sociedad igualitaria. Comte, por
lo demás, tampoco era un liberal. No compartía el optimismo de los
economistas que atribuían a la libre competencia virtudes providen—
ciales y mágicas. '
En realidad, Comte es ya <<el hombre de la organización». Anun-
cia la burocratización de la sociedad industrial. Prevé el creciente pa-
pel de los tecnócratas de la industria y del poder político. Más aún,
Comte se erige en defensor de una sociedad ordenada de acuerdo con
la racionálidad de los planiñcadores y organizadores. La sociedad
industrial de Comte es, en definitiva, el plan.

Influencia de la sociología de Comte

A diferencia de los sociólogos socialistas, la influencia ejercida


por la obra de Comte no se inserta en una corriente ideológica y mi-
litante. Sin embargo, no es ni mucho menos desdeñable. En primer
lugar, Comte fue el primero que expuso y sistematizó una sociología
científica. No cabe duda de que la sociología de Comte estaba dema-
siado exclusivamente influida por el modelo de las ciencias natura-
les. También es cierto que estaba excesivamente marcada por la re-
flexión ñlosóñca, circunstancia que contribuía a hacer de su obra una

203
Rocher, Sociología 8
sociología de la humanidad más que una sociología de las sgciedades
concretas. Es innegable, en fin, que Comte atribuía a la sociología
excesivas funciones sociales. Sin' embargo, previó claramente que la
mentalidad técnicocíentíñca desbordaría los límites de las ciencias de
la naturaleza e invadiría el ámbito de las ciencias humanas y so-
ciales,y que la sociedad industrial recurriría ampliamente a estas
últimas.
En segundo lugar, Comte fue el primer sociólogo que analizó en
profundidad la sociedad industrial. No la concibió primordialmente
como una sociedad burguesa o capitalista, ¿ ejemplo de los soció-
logos socialistas. Se esforzó por comprender la sociedad industrial en
cuanto tal e intentó bosquejar su futuro. Desde este punto de vista,
una larga tradición ininterrumpida vincula a Comte con la sociolo—
gía contemporánea.
En cuanto a las previsiones de Comte relativas a la evolución de
la sociedad industrial, la historia no le ha dado siempre la razón.
Auguste Comte erró_en su apreciación de las posibilidades de super—
vivencia de la ideología nacional. No,supo calibrar el papel que des-
emp_eñaría el Estado. Exageró el alcance histórico y moral de la ins-
trucción. …La ¡sociedad industrial, finalmente, no ha aportado la paz
que Comte daba por descontada. Pero, por el contrario, captó el im—
pacto del espíritu tecnicocientíf1co sobre la mentalidad y sobre la
organización social de la sociedad industrial. Supo prever la secula—
rización de la sociedad industrial. Comprendió las tendencias organi-
zadoras inherentes a este "tipo de sociedad y predijo e1'lugar que
"actualmente ocupan los tecnócratas. Finalmente, veremos en las pá—
ginas siguientes que la oposición establecida por Comte entre la so-
ciedad militar y la sociedad industrial ha tenido un amplio eco en
sociología y cabe encontrarla todavía bajo formas diversas en la so—
ciología contemporánea.“ ' '

MARX Y ENGELS: LAS RELACIONES DE PRODUCCIÓN

Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) —im—'


porta asociar a ambos'. colaboradores — fueron contemporáneos de
Augusfe Comte. Como él., fueron a un tiempo te6íiéós y reformado—
res. Como él, propusieron también una interpretación de la sociedad

204
contemporánea y quisieron predecir el desarrollo inmediato de su
historia. Peto ahí acaban casi todas las convergencias. En todo lo
demás, su sociología difiere profundamente de la de Comte.

¿Fueron Marx y Engels-saciólogos?

Tal vez sorprenda el lugar otorgado aquí a Marx y a Engels en


el pensamiento sociológico. Es cierto que su contribución a la so-
ciología no' es explícitamente reconocida por la mayoría de los soció-
logos: demasiados prejuiéios y estereotipos — tanto por parte de 10€
marxistas como del lado de los no marxistas — vician la compren—
sión de la obra de Marx y oscurecen su interpretación. En 10 que a
nosotros respecta, asumimos el juicio del sociólogo belga Henri Jan—
n_e: <<Algunos, aunque pretendan lo contrario — nos referimos so-
bre todo a quienes proclaman que el marxismo es un método cien-
tíñco —, practican el marxismo como una “fe. A su juicio, Marx,
Engels y Lenin llevan siempre razón y de algún modo lo han pre—
visto todo…: Pero, en opinión de otros —— entre los. que abundan no
pocos burócratas con pretensiones de— practicar una sociolºgía “ope-
racional” —, el marxismo ha caducado; pertenece a la fase de los
grandes sistemas de filosofía social… Esta actitud es tan abusiva
como la primera. La superioridad de Marx sobre los restantes gran—
des sistemas del siglo_ XIX estriba en el hecho de que su dialéctica
es u1_1a prefiguración, en líneas generales correcta, de la aproxima—
ción ”sociológica funcional. De ahí que no haya llevado a cabo una
ñlosofía social, sino la primera macroscóiología_ digha de este nom—
bre. . . Un póco de sociología induce a menospreciar el marxismo. Mu—
cha, ¿en cambio, aproxima a él» ”
Georges Gurvitch es más explícito aún: <<Marx fue el mayor y me—
nos dogmática de todos los fundadores de la sociología, pese a todos
los dogmatismos filosóficos o políticos 'que creen poder invocarle...
Marx fue, primero y ante todo, un sociólogó. Y 'la sociología es lo
que constituye la unidad de su obra… El Capital — que combate los
prejuicios del “hombre ecohómico” abstracto, el “fetichismo” de la

16. Henri JANNE, La technique et le :ystéme social, en Technique, développement ¿cono-


mique et technocratie, por H. JANNE, Jean Mom, Nicole DELRUELLE y Jacques COENEN,
Université libre de Bruxelles, Bruselas 1963, p. 75—76.

205
mercancía y del capital, las “leyes económicas ” universales a que
se referían los economistas clásicos — es incomprensible, en cuanto
obra cientíñca, si no se la considera como una sociología económica
reveladora de que los fgnómenos económicos, las actividades econó-
micas y las categorías económicas pierden su sentido y su caráctef
propio cuando se hallan disociados del conjunto de la sociedad, de
su estructura, del tipo de esta última, del “fenómeno social total ”,
del “hombre total”. Desde este punto de vista, la afirmación de que
Marx ha reducido toda la vida social a la vida económica es radical—
mente falsa, ya que hizo exactamente lo contrario: demostró que la
vida económica no es más que una parte integrante de la vida social,
y que nuestra representación de 10 que acontece en la vida económi— _
ca resulta falseada en la medida misma en que no advertimos que,
bajo el capital, la mercancía, el valor, el precio, la distribución de
los bienes, se ocultan la sociedad y los hombres que forman parte
de la misma… El interés de la referencia de Marx al hombre total,
a la sociedad total, al acto total, no estriba en su filosofía huma—
nista, sino en su búsqueda de una nueva dimensión, descuidada por
los ñlósofos y los economistas: la realidad social considerada en
todos sus niveles de profundidad y estudiada por la sociología que
capta los Huctuables conjuntos de la vida social en unos tipos» 17.
Más circunspecto que Gurvitch, Henri Lefebvre escribe: <<Por
múltiples razones, ...Marx no es una sociólogo, aunque sí hay una
sociología en el marxismo» 18. Lefebvre es sensible al hecho de que
la obra de Marx desborda los marcos especializados, y necesariamente
estrechos por lo tanto, de las diversas ciencias sociales modernas:
ciencia política, economía política, Sociología, psicología social, an—
tropología. Marx ha abordado la realidad social de una manera
global, histórica, económica, política y sociológica a la.vez. Lefebvre
niega pues la identificación de la obra de Marx con una u otra de esas
disciplinas, lo que sin embargo no es óbice para que admita, como
Georges Gurvitch y Henri Janne, la importante contribución de
Marx y Engels a (la sociología contemporánea. ' '

17. Georgeá GURVITCH, La so_ciologie de Marx, en La vacation actuelle de la sociologie,


vol. 2, cap. xn, p. 220, 222, 224 y 225. Los subrayados son de Gurvitch. A nuestro juicio,
este capítulo de Gurvitch sigue siendo seguramente el análisis más completo de la sociología
de Marx. …, __
18. H. LEFEBVRE, Saciologie de Marx, PUF, París 1966, p. 17. El subrayado es del autor.
Versión castellana: Sociología de Marx, Península, Barcelona 1969.

206
Dos textos de Marx

Para analizar el pen$a_miento sociológico de Marx y Engels, par—


tiremos de dos textos de Marx en los que éste da un breve resumen
de los fundamentos de su sociología. El primero, frecuentemente
citado, pertenece al prefacio que Marx escribió para su fascículo
Crítica de la economía política: <<En la producción social de su exis-
tencia, los hombres establecen relaciones determinadas, necesarias,
independientes de su voluntad. Esas relaciones de producción corres:
ponden a un concreto grado del desarrollo de 'sus fuerzas productivas
materiales. El conjunto de tales relaciones forma la estructura eco-
4 nómica de la sociedad, la base real sobre Ia que se asienta un ediñcio
jurídico y político, y a la que responden unas formas determinadas
de la conciencia social. El modo de producción de la vida material
dominá en general el desarrollo de la vida social, política e intelec—
tual. La conciencia de los hombres no determina su existencia, sino,
al contrario, su existencia social es la que determina su conciencia.
A un cierto grado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales
de la sociedad entran en colisión con las relaciones de producción
existentes, con las relaciones de propiedad en cuyo seno habían
discurrido hasta el momento, y que no son' más que su expresión
jurídica. Estas condiciones, todavía ayer formas de desarrollo de
las fuerzas productivas, 'se convierten en pesados obstáculos. Se
inicia entonces una era de revolución social. El cambio que afecta
a los fundamentos económicos va a la par con una sacudida más
o menos rápida de todo ese enorme edificio... Reducidos a sus
líneas principales, los modós de producción asiática, antigua, feudal
y burguesa aparecen como épocas progrésivas de la formación eco-
nómica de la sociedad» lº. .
El segundo texto es tal vez más simple y más claro. Recoge al—'
gunas ideas del primero y añade otras nuevas. Pertenece a un ar—
tículo publicado por Marx en 1849, bajo el título Trabajo asalariado
y capital. <<Los hombres, al producir, no están solamente en rela-
ción con la naturaleza. Sólo producen si colaboran de algún modo
e intercambian sus actividades. Para producir, establecen entre sí
19. Karl MARX, Oeuvres (ed. francesa), Bibliothéque de la Pléiade, Gallimard, París 1963,
vol. 1, p. 272—274. '

207
unos vínculos y unas relaciones bien determinados: su contacto con
la naturaleza, o, dicho de otro modo, con la producción, se efectúa
únicamente en el marco de tales vínculos y relaciones soc1ales.
»Esas relaciones sociales que vinculan a los productores entre sí,
las condiciones en que intercambian sus actividades y participan
en el conjunto global de la producción, difieren naturalmente_ de
acuerdo con las características de los medios de producción. Con
la invención de un nuevo ingenio .de guerra, el arma de fuego,
toda la organización del ejército se modifica necesariamente y resul—
tan transformadas las condicionees en que los individuoscomponen
un ejército y pueden actuar en cuanto tal. Lo mismo cabe decir de
las relaciones de los diversos ejércitos entre sí.
>>Signiñca esto que las relaciones sociales conforme a las cuales
los individuos producen, las relaciones sociales de producción cam-
bian y se transforman a tenor de la evolución y del desarrollo de
los medios materiales de producción, de las fuerzas productivas. Las
relaciones de producción, tomadas en su totalidad, constituyen
lo que se ha dado en llamar las relaciones sociales, y en particular
una sociedad ,llegada a un estadio determinado de evolución his-
tórica, una sociedad concreta y perfectamente caracterizada. La so-
ciedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa constituyen
otros tantos conjuntos de relaciones de producción de ese tipo, cada
uno de los cuales representa una estadio particular de la evolución
histórica de la humanidad» ºº.

Fuerzas productivas y relaciones de producción

De estos textos se desprende que Marx y Engels, al tiempo que


impugnaban el idealismo y el intelectualismo de la' filosofía tradicio-
nal, se consagraban a la búsqueda de una perspectiva más realista y
más objetiva del hombre, de la sociedad, de la historia. Concebían
al hombre primordialmente como a un <<sef de necesidades»: necesi-
dades elementales de_ nutrición, de vestido, dé cobijo ; necesidades
más reñnadas de comodidad. La satisfacción de tales necesidades ím-
plica al hombre en una lucha con la naturaleza y _con las fuerzas

20. Ibid., p. 212.

208
de la naturaleza, obligándole a desarrollar unas técnicas laborales y a
' elaborar unos modos de organización del trabajo colectivo. Esas
exigencias materiales de la existencia humana, que los ñlósofos han
ignorado siempre, constituyen para Marx y Engels el dato primero
y fundamental: en efecto, por y a través de esta praxis, de esta acti-
vidad material sobre la naturaleza y sobre sí mismo, desarrolla el
hombre su conciencia, su conocimiento, su visión del mundo ; sobre
esta praxis se levanta toda la organización social y política; esa
praxis, en fm, es la que esclarece la historia de las sociedades y de
la humanidad. De ahí la expresión materialismo histórico» para desig-
nar el pensamiento de Marx y Engels, expresión qúe, por lo demás,,“
nunca fue utilizada por ellos.
Puede pues decirse que toda la sociología de Marx y Engels
gira en torno a la idea de que la producción de los bienes necesa-
rios a la satisfacción de las necesidades constituye la actividad prin—
cipal del hombre y la base de toda vida social. Las condiciones en
que se opera esa producción determinan 'la organización de las
sociedades y condicionan su historia. '
La producción de bienes está primordialmente ¿ondicionada por
lo que Marx y Engels llamaban <<las fuerzas productivas», que
comprenden las riquezas naturales, el conjunto de los conocimientos
y de las técnicas utilizados en la producción y los modos de orga-
nización del trabajo. Se trataría, en expresión de Raymond-Aron, ¿e
<<la capacidad de producir de una sociedad concreta» 21. La capacidad
de producción ha evolucionado con el paso del tiempo. Ha aumen-
tado gracias al progreso científico y tecnológico. Ahora bien, la his-
toria nos_ demuestra que, a un determinado estado de desarrollo de
' las fuerzas productivas, corresponde un tipo concreto de <<relaciones
de producción», que son el conjunto de las relaciones establecidas
entre los hombres con miras a la producción. 0, con mayor exactitud,
las relaciones de producción son esencialmente, a juicio de Marx
y Engels, <<relaciones de propiedad», es decir, relaciones de trabajo
entre propietarios de las fuerzas productivas y no propietarios, entre
<<explotad0_res y explotados», entre clase dominante y clase dominada.
Estas relaciones de prodúcción no son fruto de la voluntad de las
personas, ni de un cºntrato social: son <<necesarias», por cuanto

21. Raymond ARON, o.c., p. 154.

209
vienen determinadas en su base por 'las condiciones materiales de
la producción.

La lucha de clases

_ Las relaciones de producción, cuyo conjunto constituye la es-


tructura económica de una sociedad, son por su misma naturaleza
relaciones contradictorias o conñictivas entre grupos de intereses
opuestos. Esas relaciones conflictivas se cristalizan y traducen en las
relaciones y en los conñictos de clase, en <<la lucha de clases»,
consecuencia ineludible de las relaciones de propiedad. La clase do-
minante organiza y sostiene el ((edificio jurídico y político» que res-
ponde a sus intereses y que, en líneas más generales, corresponde
a su <<conciencía social», es decir, a su modo de percibir y concebir
la sociedad de acuerdo con el lugar que ocupa en ella. Así se
explica que la organización social y política de una sociedad dada
sea el reflejo de su estructura económica.
Pero el progreso de las fuerzas productivas hace que éstas <<en-
_tren en colisión» 0 en contradicción con las relaciones de producción,
que 'acaban por convertirse en <<obstáculos» al desarrollo de la
produéción. Se abre entonces una era de cambio social más o menos
_ rápido, que desemboca en la transformación de la antigua sociedad
en otra nueva, más adecuada al_ estado actual de las fuerzas pro-
ductivas. Dicha transformación se opera sobre todo por la lucha
organizada que la clase oprimida, alienada de los medios de produc—
ción, 'del poder político e ihcluso de la cultura, emprende contra
la clase dominante. Cobrando progresiva conciencia de las contra—
dicciones existentes entre las fuerzas productivas y las relaciones
de producción, contradicciones que contribuyen a su alienación, la
clase oprimida se entrega a la acción revolucionaria, con miras a
derrocar el orden establecido y mantenido por la clase dominante.
Marx ha descrito este progeso revolucionario al comienzo del Mani—
fiesto comunista: <<La historia de toda sociedad hasta nuestros días
no ha sido más. que la historia de las luchas de clases. Hombre libre
y esclavo, patricio y plebeyo, barón y siervo, en constante oposición,
han desarrollado una guerra ininterrumpida, abiéftá únas veces, di-
' simulada otras; una guerra que siempre concluía, o bien en una trans-

210
formación revolucionaria de la“ sociedad entera, o bien en la destruc-
ción de las dos clases en lucha» 2

Clasificación de las sociedades según Marx y Engels


Esta perspectiva histórica ha inducido a Marx y a Engels a
examinar detenidamente los diferentes tipos de sociedades que se
han sucedido históricamente. Se comprende ahora que Marx y En—
gels hayan intentado definir esas sociedades a partir del estado de
desarrollo de las fuerzas productivas y a tenor de las relaciones
de producción resultantes de las mismas. Marx 10 indica claramenté
en el texto ya citado de su artículo Trabajo asalariado y capital.
Sin embargo, contrariamente a Auguste Comte, Marx y Engels
apenas elaboran su. clasificación de las sociedades. El pasado les
interesaba menos que el presente y el futuro. Comte analizó la so-
ciedad moderna sobre todo en cuanto sociedad industrial; cuya inter—
pretación buscaba él en sus antecedentes históricos. Marx y Engels,
en cambio, estudiaron preferentemente la índole capitalista y burguesa
de la sociedad moderna, y se propusieron ante tod¿ hacer una crítica
sistemática y, así lo esperaban, decisiva del capitalismo.
Marx y Engels, sin embargo, transcribieron, en varios lugares
de su obra, 'un bosquejo de la idea general que ellos se forjaban de
la sucesión histórica de los diversos tipos de sociedades. El lector
ha encontrado dos ejemplos de ello en los extractos de sus obras
antes citados. Las exposiciones más elaboradas se contienen, sin
embargo, en la primera parte de La ideología alemana y sobre todo
en la Contribuczón ¿: la crítica de la economía política de Marx, como
también en Los orígenes de la familia de Engels. De hecho, la clasi-
ñcación de las sociedades según Marx y Engels evolucionó en la
medida misma en que se precisaban sus ideas y se ampliaban sus
investigaciones. Por lo demás, ya se habrá comprobado que Marx
menciona cuatro tipos de sociedad en! el primer extracto ya citado,
y tres en el segundo”

22 Este texto condensa toda la historia de la humanidad en un resumen evidentemente


muy sumario. Preciso es recordar que Marx quiso a_rroparlo con un tono dramático, adecuado
a las circunstancias en las que fue escrito el Manifiesto.
23 Sobre la evolución del pensamiento de Marx y Engels tocante-a los diferentes tipos
de sociedad, cf. la introducción de E.]. HOBSBAWM a la traducción inglesa de Kal: Marx,
Pre-Capitalist Economic Formation, Lawrence and Wishart, Londres 1964.

211
Previo estudio de las diferentes partes de la obra de Marx y
Engels, cabe establecer una clasificación de las sociedades en seis
tipos.

La comunidad tribal

La comunidad tribal es la más antigua forma conocida de socie-


dad. Es, en expresión de Marx, <<una ampliación de la familia»,
siendo la familia la primera célula social que ha existido. También
puede decirse que la comunidad tribal resulta de la reunión de
varias familias por medio del matrimonio o por otros medios. La
división del trabajo es muy limitada en la comunidad tribal, apenas
más elaborada que en la familia. Esa división corresponde a unas
técnicas de trabajo arcaicas y a una pobre productividad. El objetivo
del trabajo no es, propiamente hablando, la producción, sino más
bien la estricta subsistencia de la colectividad y de sus miembros.
La propiedad privada de los bienes de producción cuenta muy
poco en esa comunidad: el tipo de propiedad en ella imperante es
<<comunal», es decir, el territorio o el suelo pertenece a la tribu
en conjunto, considerándose cada miembro productivo de la misma
como un copropietario. En tales condiciones, la organización social
resulta muy simple, fundándose en la familia y en los lazos de
parentesco, y la jerarquía social es apenas existente.
La comunidad tribal fue, al principio, nómada y pastoril, antes
de echar raíces y hacerse agrícola. En la medida misma en que esa
comunidad se… amplió y. se desarrolló el comercio, hicieron su_ apa-
rición la guerra y el intercambio, y la comunidad tribal recurrió
progresivamente a la esclavitud, a juicio de Marx <<ya latente en la
familia», para aumentar su productividad.
La comunidad tribal constituye pues una forma de <<comunismo
primitivo», según una exprésión utilizada a veces para designarla.
Los propios esclavos, primera forma de la explotación del hombre
por el hombre, también fueron considerados a menudo como una
propiedad comunal. Se trata asimismo de una sociedad sin clases
sociales.
La c_omunidad tribal es un tipo de sociedad singularmente im—
portante, por cuanto fue, -de hecho, el tronco" comúífdel que bro-
taroñ los tres tipos siguientes de sociedad.

212
La sociedad asiática

La sociedad asiática es la continuación más directa de la comu-


nidad tribal. Efectivamente, no se registra en ella propiedad privada
alguna de los medios de producción. Todas las tierras son propiedad
del poder supremo, pasando a convertirse las familias o los grupos
locales en los concesionarios de su dominio. Se trata, pues, de una
forma evolucionada de la propiedad comunal, compartiendo cada .
familia con la autoridad superior la propiedad de las tierras. Lo;
excedentes de la producción pertenecen a la autoridad suprema o a
la comunidad local, que los utilizan con miras al interés común.
El régimen político de semejante sociedad suele estar sometido
a 'la autoridad de un déspota. De ahí la expresión <<despotismo orien—
tal» para designar a este tipo de sociedad. Pero el régimen político
también puede revestir aquí un carácter democrático, cuando la auto-
ridad se concentra sobre todo …en el grupo de los jefes de familia.
En este tipo de sociedad, la ciudad puede no tener importancia
alguna. Se trata de una sociedad primordialmente 'rural o integrada
'por pequeñas comunidades locales considerablemente autónomas des—
de el punto de vista económico, dada la combinación que pueden
llevar a cabo entre la industria y la agricultura. Las ciudades, sin
embargo, pueden desarrollarse en esa sociedad al amparo del co-
mercio exterior, o bien en caso de que los jefes utilicen el excedente
de la producción para dar trabajo a una mano de obra.
La sociedad asiática es “también, por regla general, una sociedad
sin clases. En casode producirse, se encuentran en su estado más
primitivo. De otro lado, por diversas razones sobre las que Marx
vaciló, la sociedad asiática es la más estable, la menos apta a la
evolución y al cambio.
& La sociedad asiática ha existido y existe aún en Oriente (de '
ahí, evidentemente, su nombre), sobre todo en determinadas regio—
nes de la India, en las sociedades precolombinas de Méjico y Perú,
y entre los antiguos celtas 24. '
24. Indiquemos de paso que la sociedad de tipo asiático ha sido y es aún objeto de vivos
debates entre marxistas. El propio Marx parece haber vacilado a este respecto. Engels la omite
en El origen de la familia. Lenin vuelve a ella, pero Stalin la rechaza formalmente. A este
respecto, cabe consultar, además de la introducción de E.]. Hobsbawm ya citada, los siguien—
tes estudios: Karl A. WITTFOGEL, Oriental Despotism: A Comparative Study of Total Power,

213
— La ciudad antigua

La ciudad antigua se constituyó originariamente por la reagru-


pación de varias tribus. El ejemplo clásico más evolucionado es la
antigua ciudad griega y romana. El eje de desarrollo y el centro
de esa sociedad es la ciudad, no el campo. El poder y la riqueza
se concentran en la ciudad. El campo es un territorio dependiente
de la ciudad y se desarrolla en función de la misma.
En su origen, la organización social de la ciudad es esencialmente
militar, y la guerra constituye el único medio de apropiación y
conservación de la tierra. De ahí que _la propiedad de la tierra sea
comunal y nacional. La tierra pertenece a la comunidad nacional,
al Estado. Sólo los ciudadanos, miembros de esa comunidad, pue—
den participar de la propiedad común. Pero muy pronto, paralela—
mente a la propiedad comunal, aparece y se difunde la propiedad
privada mobiliaria e inmobiliaria. Sin embargo, la propiedad co—
munal (ager publicas) es siempre importante. De otro lado, sólo gra-
cias a su participación en la comunidad tiene derecho el ciudadano a
beneficiarse de la propiedad cómún y a poseer también unos bienes
personales. En Roma,, por ejemplo, ese derecho únicamente fue re—
conocido al prirfcipío a los patricios. Se extendió luego a los plebeyos,
pero jamás a los esclavos. El derecho a la propiedad de los esclavos,
como a la de los restantes bienes, conserva pues un fundamento
comunitario: los esclavos forman una mano de obra -común com—
partida por los ciudadanos propietarios.
Esta división de la propiedad va a la par con la división del
trabajo, de' modo que la ciudad antigua es una sociedad clasista, en
la que las principales relaciones de clases se establecen entre ciu—
dadanos y esclavos. Pero se advierten también en su seno otras opo-
siciones: oposición entre los Estados, que se hacen la competencia
y se declaran la guerra; oposición entre la ciudad y el campo, que
se añrma por primera vez en este tipo de sociedad; oposición entre
industria y comercio en el seno de la ciudad; situacióñ difícil, en—
ñn, de los pequeños campesinos, primer proletariado rural.

Yale University Press y Oxford University Press, 1957; George LIGHTHEIM, Marx and the
Asiatic Made of Production, en <<St. Antony's Papers», n.º 14, Chatto and Windus, Londres
1963; F. TOKEI, Sur le mode de production asiatique, Akadémíaí Kiado, Budapest 1966.

214
La sociedad germánica

La sociedad germánica medieval constituye un buen ejemplo de


otro tipo de sociedad, que también cabe encontrar en otras latitudes.
Es una sociedad rural. La ciudad, cuando existe, no es más que la
residencia del rey y de su corte, y carece de toda base económica.
Lo que caracteriza a la sociedad germánica es el hecho de estar
fundada sobre el desperdigamiento y la autonomía de la pequeña
hacienda. Cada unidad familiar vive de manera independiente en I:;
finca de la que es propietaria, ñnca que explota para sus "necesidades.
No hay concentración de propietarios, sino más bien una yuxtapo—
sición de unidades de trabajo y de pequeños propietarios.
Estamos ante una sociedad ¿atomizada y muy individualista. La
propiedad comunal, cuando existe,_ no pasa de ser un suplemento a
la propiedad privada. 'Se trata, en este caso, de una tierra poseída
en común por pequeños propietarios y destinada_ a unos ñnes muy
específicos. La pertenencia a la comunidad no tiqne pues relación
alguna con la propiedad, contrariamente a lo que acontecía en la
ciudad aritigua, en la que dicha pertenencia fundaba .el derecho a
la propiedad, y contrariamente también a la sociedad asiática, en la
que daba derecho a participar de la copropiedad. La pertenencia
a la comunidad se plasma 'más bien en una lengua común, en unos
vínculos de sangre, en una religión, etc. Se trata de una comunidad
con escasa cohesión, comunidad que sirve sobre todo para asegurar
a los pequeño_s propietarios la protección en caso de guerra, además
de ciertos pequeños servicios.
La campiña de Quebe'c de los siglos 'XVIII y XIX correspondía con
bastante exactitud a este tipo. de sociedad: su economía rural se
basaba en ñncas cultivadas individualmente por unidades familiares ;
los pequeños propietarios eran relativamente independientes los
unos delos otros y muy individualistas ; en las más antiguas aldeas,
incluso hoy cabe encontrar la <<comuna», propiedad colectiva des—
tinada sobre todo al pasto del ganado durante el verano.

215
La sócz'edad feudal

En Occidente, tras el ocaso de la ciudad antigua y la invásión '


de los bárbaros, la sociedad feudal pudo desarrollarse a partir de
una sociedad de tipo germánico o a partir 'de una sociedad rural
desorganizada' y sujeta al pillaje. La sociedad feudal puede ser simul—
táneamente rural y urbana, pero es siempre de origen rural. La
propiedad del suelo está en manos de grandes propietarios, que
hacen fructiñcar sus tierras instalando en ellas a los siervos, de
quienes exigen unas rentas a_ cambio de su protección.
La sociedad feudal rural es una sociedad clasista, muy jerarqui—
zada, que opone una clase de señores y de grandes propietarios a la
clase de los siervos. Estos únicamente pueden trabajar y vivir gra—
cias a su dueño y en .la propiedad del_mismo. A esta jerarquía rural
y a la gran hacienda corresponde en la ciudad la jerarquía corpora—
tiva, a la que deben pertenecer todºs los pequeños artesanos, jerar—
quía que establece y mantiene las relaciones entre maestros, oficiales
y aprendices. '
La división del trabajo es relativamente limitada; Se evidencia
sobre todo entre la ciudad y el campo, y, en el seno de la ciudad,
se halla estructurada por la organización corporativa. Pero sólo
tardíamente se produce en la ciudad feudal la división entre indus-
tria y comercio. La corporación feudal prepara ya el capitalismo:
sirve para proteger a los artesanos, cuyos capitales, modestos aún,
dominan el trabajo de los oficiales y aprendices.

La 'socz'edad capitalista burguesa

La sociedad capitalista burguem se caracteriza por un desarrollo


técnico y una división del trabajo más avanzados que en todos los
demás tipos de sociedad, .y por unas relaciones de clases más neta-
mente añrmádas. Esta sociedad está singularmente marcada por el
dominio ejercido por una clase nueva, clase constituida gracias al
auge del comercio y de la industria: la clase burguesa de origen
urbano. Gracias a la acumulación de capitales impóft5ñtes, esa clase
abre nuevos mercados comerciales, crea la manufactura y acrecienta

216
la próductividad del trabajo. Pero esa mayor actividad económica
sólo se alcanza medíañte la concentración de trabajadores cada vez
más alienados de los medios de producción y de los bienes produ—
cidos: así se constituye la clase del proletariado obrero.
Cabe incluso distinguir dos etapas en la evolución de la socie—
dad capitalista: »la etapa del capitalismo comercial, en cuyo trans-
curso la clase_ - burguesa se constituye y enriquece gracias a la
ampliación 'de mercados, y al descubrimiento de nuevos productos
y nuevas fuentes de abastecimiento ; la etapa del capitalismo manu—
facturero e indu8trial, preferentemente aplicado a una producción cada
vez más masiva. En esta segunda fase aparece el proletariado obrero,
concentrado en las ciudades, y se produce la urbanización progresiva
del cámpo. De acuerdo con los trabajos de Lenin, cabría añadir una
tercera fase, la del capitalismo financiero y colonialista, que Marx no
pudo conocer en vida, al menos en “su forma moderna.
Sin embargo, en opinión de Marx, la lógica interna del capita- '
lismo llevaría a éste a Ia autodestrucción, por cuanto la oposición
entre la clase burguesa y la Clase proletaria no puede por menos de
hacerse cada vez más radical y desembocar en el— Hundimiento y des-
trucción de la primera, 'por la segunda. Mediante la dictadura del
proletariado, se instauraría entonces un nuevo tipo de sociedad,
l'a sociedad comunista sin clases, fundada en la abolición de la pro-
piedad privada y la reimplantación de la propiedad comunal. Sólo
entonces, opina Marx, el hombre no estará ya sujeto al imperativo
de la producción, contrariámente a lo. que acontece en la soqiedad
capitalista, puesto que la producción estará. en función de las neCe-
sidades del hombre y 'de todos los hombres. Con esta liberación
del hombre concluirá 10 que Marx dio en llamar la prehistoria de
la humanidad y se iniciará realmente la historia humana. Esta gran
esperanza <<humanista», enclavada en el meollo de la obra de Marx
y Engels, es olvidada con harta frecuencia por—los detractores íncon- '
dicionales del marxismo. Pero estas- últimas consideraciones nos
conducen a las fronteras dela sociología y del profetismo.
Marx, Engels y Comte

Antes de concluir esta breve exposición de una parte de la obra


de Marx y de Engels, será útil comparar la sociología marxista con
la de Comte. Preocupó a Comte, como a Marx y a Engels, el estado
de la sociedad industrial contemporánea. Su sociología tuvo a un
tiempo cómo origen'y como finalidad la reforma social, al igual qúe
la de Marx y Engels. Se trata pues de dos sociologías claramente
<<comprometidas». Pero, para Comte, la sociología misma es ya una
solución al problema social. A su juicio, el conocimiento positivo,
cientíñco, de la sociedad permitirá a la humanidad una mejor dí—
rección y conocimiento de sí misma. La acción a la que invita la
sociología de Comte es la educación de las masas en el nuevo espí-
ritu positivo, acción a la que el propio Comte consagró buena parte
de su vida, dando semanalmente cursos populares, del tipo que hoy
llamaríamos <<de educación de adultos». La sociología de Marx, por
el contrario, desemboca en la acción revolucionaria, mediante la
organización de las masas proletarias con miras ¿al hundimiento
de la clase burguesa. _
Cabría aquí una amplia discusión sobre el postulado <<intelectua-
lista» o racionalista de Comte y el postulado <<materialísta» de Marx
y Engels. Pero semejante discusión nos llevaría demasiado lejos.
Indiquemos solamente que el <<materíalismo económico» de Marx y
Engels es en realidad — como comprobaremos en la tercera parte
de la presente obra — menos simple de lo que tanto marxistas como
no marxistas dan a menudo a entender.
Subrayemos más bien otra distinción, más inmediatamente per-
tinente a nuestro propósito. La evolución de las sociedades descrita
por Comte es meridianamente unilineal. Su principio, de la unidad
de 1a¿raza humana induce a Comte a creer que las sociedades deben,
todas y uniformemente, atravesar los tres estados descritos en su
famosa ley. Admite, sin duda, la posibilidad de que ciertas condi—
ciones de clima, de recursos naturales, de aislamiento y hasta quizá
de raza puedan influir sobre el ritmo de esta progresión, pero no
acepta que puedan modificar su curso. Comte prevé la marcha de
la humanidad hacia la unidad, en la unanimidad del"éstádo positivo.
Marx y Engels, por su parte, son mucho más sensibles a las va-

218
riaci0nes históricas y a la diversidad de las vías de evolución. Creen,
en particular, que la comunidad tribal se halla en el origen de
diversos tipos de sociedad: sociedad asiática, ciudad antigua, so-
ciedad germánica. Las condiciones locales, los diversos factores psí-
quicos, económicos y sociales pueden pues multiplicar los caminos
de la historia. Por otra parte, ciertos tipos de sociedad cuentan con
más elementos dinámicos inscritos en la estructura misma de su
organización que otras. Tal es el caso de la ciudad antigua, de la
sociedad germánica y de la sociedad feudal, que llevan en sí prome-
sas de evolución inexistentes en la sociedad asiática, más estable y
menos favorable al cambio. La perspectiva más flexible y más históí
rica -de Marx y Engels, perspectiva que desemboca en un evolucio-
nismo multilineal, corresponde al punto de vista del n-eoevolucíonismo
moderno mucho más que la teoría evolucionista rectilíneal de Augus—
te Comte. '

FERDINAND TÓNNIES:
LOS FUNDAMENTOS PSÍQUICOS DE LAS RELACIONES SOCIALES

Comparada con las clasiñcaciones evolucionistas o históricas pro-


puestas por Comte, Marx y Engels, la tipología de Ferdinand Tón-
nies (1855-1936) se revela muy diferente, tanto por el Criterio
utilizado como por las clases o categorías sociológicas que la integran
y que forman el núcleo central de la sociología de T6nnies. Compro-
baremos más adelante la particular inñuencía que la obra de T6nnies
ha ejercido sobre la sociología.

Las ¿las voluntades

El punto de partida adoptado por 'T6nnies 25 releva de la psico—


logía individual. T6nnies sufre¿ aquí -la influencia de una cierta

25. Sobre la obra de F. T6NNIES, el lector consultará provechosamente su obra Gemeirz—


schaft und Gesellscbaft, traducida por ]. Leif al francés con el título Communauté et société,
PUF, París 1944. El propio J. LEIF ha publicado una excelente presentación de la obra _de
T6nníes, La sociolagie de T6nm'es, PUF, París 1946. El estudio de Victor LEEMANS, Ferdinand
Tó'rmz'es et la sociologíe contemporaine gn -Allemagne, Librairie- Félix Alcan, París 1933, es
también excelente, pero da por supuesto el conocimiento de la obra de T6nnies. Indiquemos_,

2191
<<escuela psicológica» de las ciencias sociales, muy importante en
Alemania a fines del siglo XIX. Las investigaciones de esta escuela
se aplicaban, o bien a la <<psicología de los pueblos» (caso de Laza—
rus y Steinthal), o bien a losx fundamentos psíquicos del derecho.
(caso de R. Von Ihering y O. Gierke) o de la eConomía política
(A. Wagner). T6nnies, por su parte, emprende el análisis de los
fundamentos psíquicos de las relaciónes sociales que componen la
trama de toda colectividad. Estás relaciones sociales son, a juicio de
T6nnies, relaciones entre <<voluntades» humanas, entendido aquí el
término <<voluntad» en un sentido vago, muy impreciso y más
bien global, aplicado para designar el conjunto de los mecanismos
que motivan y orientan la conducta de los hombres entre sí.
Ahora bien, la voluntad humana, así entendida, se presenta bajo
dos formas harto. diferentes e' incluso opuestas: la Wesenwille, que
cabe traducir por <<Voluntad orgánica», y la Ki¿rwille o <<Voluntad
reflexiva». La voluntad orgánica es una voluntad »<<natural», por
cuanto está directamente vinculada al organismo biológico, del
que extrae su principio, su fuerza y_su impulso. La voluntad orgánica
es la'expresión directa de la necesidad vital del hombre y también de
su entidad global, hecha de estados biológicos, de sentimientos y
de pensamientos. La voluntad orgánica no excluye el pensamiento,
sino que lo integra en el conjunto de las motivaciones y de los
mecanisníos de la acción humana. Ahí radica precisamente lá princi—
pal diferencia entre la voluntad orgánica y …la voluntad reñexiva: ésta
última está dominada por el pensamiento y es, en consecuencia,
artiñcial, por cuanto se trata de una voluntad que el hombre ha
debido forjarse por añadidura, e_n cierto modo, sometiendo und parte
de su acción al control» de la racionalidad y de la, inteligencia. La
voluntad orgánica es pues, según T6nnies, <<una voluntad que in—
cluye el pensamiento», en tanto que la voluntad reflexiva es <<un
pensamiento que abarca la voluntad».

en fin, que la traducción inglesa de Gemeinscbaft und Gesellscbaft, publicada por Charles
P. Loomis, Community and Society, The Michigan State University Pressg'East Lansing 1957,
"va precedida de una introducción de John C. MCKINNEY y Charles P. LOOMIS, que aborda di-
rectamente el tema tratado en el presente capítulo (en particular, p. 12—29).

220
Las formas'de las voluntades

La voluntad orgánica reviste tres formas, a tenor de los dife—


rentes niveles de actividades a los que corresponde. Al nivel de la
actividad vegetativa <<interna» del organismo, la voluntad orgánica
es el deseo ; al nivel de la actividad <<animal», por la que el orga-
nismo se mantiene en relación con el mundo externo, la voluntad
orgánica corresponde al hábito; al nivel de las actividades mentales,
en fin, la voluntad orgánica cobra la forma de la <<memoria», que
es, a juicio de T6nnies, la capacidad de reproducir los actos apro-f
piados a la obtención de £nes especíñcos. El hábito y la memoria
están estrechamente vinculados entre sí. De otro lado, ambos se_
adquieren por el aprendizaje, 10 que explica que constituyan el fun-
damento de la moralidad. La conjunción que se opera entre las tres
formas de la voluntad orgánica confiere a cada persona su peculiar
carácter moral.
La voluntad reflexiva reviste asimismo tres formas <<simples»:
'la reflexión, la conveniencia y el concepto. Transc3:ibimos aquí, en
palabras de ]. Leif, un sucinto resumen del pensamiento de T6nnies:
<<La reflexión es la consideración de la intención o del objetivo; la
conveniencia es la búsqueda de las razones, una vez elegido“ el obje-
tivo ; el concepto, en En, es la representación racional y general de
los objetos o de los objetivos» ºº. Añadamos también la existencia,
en opinión de T6nnies, de formas <<complejas» de la voluntad re—
flexiva. Pero sería superñuo proceder ahora al análisis de.las mismas.

Oposición de las dos. voluntades

_Ambas voluntades, la orgánica y la reflexiva, imprimen a la ac-


tividad humana orientaciones diferentes, contrarias incluso. ]. Leif
resume la oposición entre ambas voluntades en los términos siguien—y
tes: <<Voluntad orgánica y voluntad reflexiva son opuestas por natu-
raleza. Una traduce los impulsos del corazón, mientras que la' otra
es la expresión de una actividad de la cábeza. La primera releva del

26. ]. LEIF, o.c., p. 29.

221
ámbito de lo concreto orgánico y afectivo. La segunda es puramente
intelectual y abstracta»27
La oposición entre esas dos voluntades se plasma en las con—
ductas diferentes por ellas animadas. La voluntad orgánica está en
el origen de la acción inspirada por las pasiones, por el amor o el
odio, por la amistad .o la repugnancia, por el valor o el miedo, por
la bondad o la malicia, etc. Toda acción rational, calculadora, que
obedezca al interés personal, a la ambición, a la búsqueda de poder
o de dinero, es, por el contrario, expresión de la'_ voluntad reflexiva.
En cada persona se enfrentan ambas voluntades, venciendo ne-
cesariamente una de ellas. De ahí que la voluntad orgánica esté más
consolidada en algunas personas, y en otras la voluntad reñexiva.
Tal es la razón de que Tónnies distinga a los individuos según la
voluntad dominante en ellos.
La oposición existente entre las dos voluntades en cuestión no
se trasluce solamente en las actividades individuales y en los indi-
viduos. También se advierte en los grupos y en las' categorías socia-
les. La psicología individual de T6nnies se transforma entonces en
una psicología social. Tónnies, por ejemplo, explica el contraste
entre los sexos por las dos voluntades: la mujer obedece más a la
voluntad orgánica, por ser más 'sensible, más intuitiva, más senti—
mental que el hombre. Este, en cambio, más comprometido que la
mujer en una vida activa y .a menudo dura, debe obedecer más a
la voluntad reflexiva. Asimismo, los poetas, los artistas, los hombres
de genio poseen en general una naturaleza más <<femenina»: la vo-
luntad orgánica prevalece en ellos. Durante la infancia y la juventud,
el ser humano está animado sobre todo por la voluntad orgánica,
más primitiva y más natural. En la edad madura y en la vejez, por
el contrario, la voluntad reflexiva progresa y domina cada vez más.
La instrucción, en fin, favorece la voluntad reñéxivá, en la medida
misma en que suscita y añna el espíritu crítico y desarrolla la
racionalidad y la libertad de pensamiento. Las clases instruidas -de
la sociedad se distinguen pues de las demás por_ el hecho de que la
voluntad reflexiva domina en ellas, mientras que las clases no ins-
truidas obedecen más bien a la voluntad orgánica.

27. Ibid., p. 33.

222
Relaciones comunitarias y relaciones societarías

Si los dos tipos de voluntad pueden así distinguir y oponer


entre sí las conductas individuales, y las categorías 0 grupos de
personas, se comprende también que distingan y opongan dos tipos
de relaciones sociales entre los hombres. La acción de los hombres,
en las relaciones que les unen entre sí, viene guiada por una forma
u otra de la voluntad, al igual que el resto de su conducta. Así se
explica la fórmula de _T6nnies antes transcrita, según. la cual las
relaciones sociales son relaciones entre voluntades humanas. Las re-
laciones sociales que obedecen a la voluntad orgánica son lás que
Tónnies llama comunitarias. Las relaciones sociales inspiradas por
la voluntad reflexiva se denoíninan societarias. Estas dos formas
de relaciones sociales constituyen, a los ojos de T6nníes, las cate-
gorías fundamentales de toda la realidad social. Cabe, en efecto,
incluir en una u otra dé esas categorías todas las formas de la vida
social humana. No cabe duda de que las relacio_nes comunitarias
y las relaciones societarias jamás se encuentran en estado puro y
exclusivo en las colectividades concretas. NO existe grupo que des-
canse únicamente en unas relaciones comunitarias o en unas rela-
ciones societarias. El carácter comunitario y el carácter societario
de las relaciones sociales son, pues, categorías de la <<sociología pura» 4
o teórica. La observación de la realidad social concreta permite,
sin embargo, aislar analíticamente esas dos formas de las relaciones
sociales y determinar en cada caso cuál de las dos es dominante.
Las agrupaciones, las colectividades en que priván las relaciones
sociales de índole comunitaria forman un tipo de organización so-
cial, la <<comunidad» ' (Gemeinschaft). Aquellas en que predominan
las relaciones societarias constituyen el tipo opuesto de organización
social, la <<sociedad» (Gesellsc/oaft).

La comunidad

La comunidad está integrada por personas unidas por vínculos


naturales o espontáneos, como también por objetivos comunes que
trascienden los intereses particulares de cada individuo. El senti-

223
miento de pertenencia ' a una misma colectividad domina el pensa—
miento y las acciones de las personas, garañtizando la cooperación
de cada miembro y la unidad o la unión del grupo. La comunidad
_constituye pues una totalidad orgánicá, en cuyo seno la vida y 'el
interés d_e'los miembros se identifican con la vida y el interés del
_conjunto. ' 1 _ .
Este tipo de organización social reviste concretamente tres for-
mas principales: la cómunidad de sangre (la familia, la parentela,
el clan, etc.), que es la comunidad más natural, de origen bioló—
gico, y consiguientemente la más primitiva también; la comunidad
de lugar, que se forma por la vecindad y que Cabe encontrar en
las aldeas o en los medios rurales; y, por fin, -la comunidad de
espíritu (establecida sobre la amistad, la concordia, una cierta una-
nimidad de espíri'gu y de sentimientos), comunidad que se encuentra
sobre todo en¿ los pueblos pequeños en los que se conocen las per-
sonas, en la comunidad "nacional y en los grupos religiosos.
Subrayemos, de paso, quelesos tres tipos de comunidad corres-
ponden, en el espíritu de T6nnies, a las tres formas de la voluntad
orgánica: el primer tipo corresponde al placer, por tratarse del
más biológicamente natural y primitivo ; el segundo, al' hábito, por
cuanto se funda en la proximidad física, en la cohabitación en un
mismo territorio reducido; el tercero, a la memoria, esencial a toda
comunicación mental y espiritual entré los hombres.

La sociedad

En la so'cz'edad, al contrario, las relaciones entre Ias personas


se establecen sobre la base de los intereses individuales. Son pues
relaciones de competencia, de rivalidad, o, por lo menos, rela—
ciones sociales que llevan impreso el sello de la indiferencia por
todo lo que concierne a los demás. La; comunidad está hecha de
relaciones <<cálidas», fuertemente impregnadas de afectividad. La
sociedad, en cambio, es la organización social de las relaciones
<<frías», en las que privan la diversidad de intereses y el cálculo”.
El intercambio comercial cónstituye el ejemplo más ,típico de
una relación societaria. Cada sujeto del integea1ñ5ió”procura sacar
el mayor provecho posible. Tal es la regla- del juego. El comercio,

224
los negocios, el trabajo industrial son, pues, formas de organización
social de carácter societario. La gran ciudad, lugar privilegiado de
la actividad comercial e industrial, es también una forma de so-
ciedad. Lo mismo cabe decir del Estado, —superpuesto a esas ciuda—
des, que protege o defiende intereses económicos y debe a menudo
someterse a los mismos ; que represeqta, en En, los intereses par-
ticulares_ de una comunidad nacional. El derecho nacido del derecho
romano es asimismo, en opinión de Tónnies¡ 'una institución de
tipo societario, por' cuanto se inspira en un concepto del hombre
razonable, reñexivo, y consiguientemente responsable; es, de otro
lado, la expresión de una noción esencialmente contractual de laé
relaciones sociales. La ciencia es también un mundo societário exclu—
sivamente racional, crítico, lógico y universal. La opinión pública,
en fm, se considera ilustrada por estar calcada sobre el pensamiento
científico, en el que, por lo demás, se inspira. Discurre, de otro
lado, en torno al Estado y a los intereses del mismo. La opinión
pública es, pues, otra forma de actividad societaria[

De la comunidad a la sociedad '

En su obra póstuma, El espíritu de los tiempos modernos 28, Tón-


nies se propuso aplicar su sociología de la comunidad y de la so-
ciedad a la evºlución histórica del moderno Occidente, Para T6nnies,
los tiempos modernos incluyen necesariamente la edad media, habida
cuenta de que el período que los historiadores dan4 en llamar los
tiempos modernos, período cuyo comienzo sitúan a fines de la edad
media,. sólo_ puede explicarse realmente por esa misma_ edad media,
con la que constituye una unidad. Ahora bien, la historia occidental,
desde la edad media hasta nuestros días, puede definirse como la
transición de una organización social de carácter comunitario a una
organización social de carácter societario. Los principios de la ' or-
' ganización social de la edad media eran sobre todo la unidad fa-
miliar, los lazos de sangre, los vínculos de vecindad, de “aldea y de
burgo. Señores y siervos compartíán, a efectos prácticos, la pro—
piedad de las tierras. El derecho consuetudinario reflejaba usos y

28. Geixt der Neuzeit, Hans Buske, Leipzig 1935. Este volumen no ha sido traducido.

225
costumbres propios de un espíritu comunitario. El Estado político
era prácticamente inexistente. La comunidad de pensamiento se
realizaba en la unanimidad religiosa.
La aparición y el progreso del individualismo fueron los fac-
tores que desencadenaron la evolución y finalmente el estallido de
la comunidad medieval, para dar lugar a la sociedad moderna. Ese
individualismo se tradujo primero en la <<comercialización» progre—
siva de las relaciones entre dueños y subordinados: los señores exi-
gieron a sus siervos rentas cada vez más elevadas; los artesanos se
organizaron en corporaciones para protegerse los unos de los otros ;
los príncipes gravaron con impuestos a sus súbditos; la propia
Iglesia comercializó las relaciones entre los fieles, el clero y Dios.
Relaciones de oposición y dominación sustituyeron entonces a las re-
laciones de unión y cooperación. Pero la dominación no podía
por menos de originar los moyimientos de emancipación a los que
se asiste desde ñnes de la edad media: emancipación de los siervos
y de los campesinos, liberación de las ciudades y del comercio, reí—
víndicaciones políticas y económicas, libertad de conciencia reli-
giosa, igualdad de derechos del ciudadano. La libertad y la igualdad
que reclamaron y obtuvieron los individuos entrañaban, a su vez,
la aparición de un nuevo tipo de entendimiento entre los hombres
y la aparición, por consiguiente, de un nuevo tipo de organización
social: el acuerdo contractual. Este reconoce la divergencia de los
intereses individuales y la erige en sistema. El acuerdo contractual
sustituye al acuerdo comunitario y al sentimiento de pertenencia.
La evolución_, desde la edad media hasta nuestros días, se resume
pues del modo siguiente: la organización social de tipo societario,
urbano, industrial, capitalista, democrático y cientíñco ha sustituido
progresivamente _a» la antigua comunidad medieval, de tipo comuni-
tario, rural, artesanal, c0rporativo, jerárquico y religioso.
La sociología de T6nnies desemboca, como puede advertirse por
la lectura de sus últimas obras, en una aplicación histórica. Las
dos categorías fundamentales de la sociología pura, comunidad y
sociedad, se encarnan en dos tipos de sociedades concretas e his-
tóricas, que cabe comparar entre sí y cuya sucesión en el tiempo es
posible seguir, como también cabría, sin duda alguna, compararlas
en el eépacio, a propósito de un mismo período “histórico.

226
Primer intento de teoría fundamental

La obra sociológica de T6nm'es ha ejercido una influencia muy


.profunda, debido, evidentemente, a los fundamentos psicológicos
que este auto_r creyó poder prestarle. La psicología de Tónnies no
ofrece actualmente más interés que el de servir de trasfondo a su
tipología de las relaciones sociales y_' de la organización social. Las
aplicaciones que hace de su psicología a los grupos. de personas
son a menudo, por lo menos, simplistas. En particular, la oposición
que introduce entre el hombre y la mujer supone unos tempera-
mentos masculino_ y femenino inscritos en la naturaleza biológica
del hombre y de _la mujer, siendo así que estudios más recientes
demuestran que la cultura juega un importantísimo papel en la
diferenciación de los rasgos psíquicos entre los “sexos.
¿ El éxito de la sociología de T6nnies se basa sobre todo en ¿1
hecho de constituir la primera tentativa de elaboración de un mo-
delo que releve de la teoría fundamental, modelo c_uya aplicabilidad
a las sociedades concretas e históricas quiso luego demostrar Tón-
niess. Gemeinschaft und Gesellsc/7aft señala el inicio de la teoría
sociológica general. A este título, la obra de T6nníes pertenece
tanto a la tradición analítica como a la tradición Comparada y
clasificatoria, en_ lo que respecta al estudio sociológico de la orga-
nización .social.

Las tipologías bipolares

Por 10 que respecta a la clasificación de las formas de organiza—


ción social, sobre la que descansa toda la sociología de Tónnies,
digamos que inaugura una larga serie de tipologías bipolares o
dicoto'mz'cas, más o menos directamente inspiradas en la de T6nnies.
Sin duda, debe tenerse en cuenta el hecho de que T6nnies no fue
el primero en proponer semejante dicotomía. Nuestro autor se ins-
piró explícitamente en la de Henry Summer Maine. ' En su estudio
sobre . el derecho antiguo, el derecho romano en particular, Maine
había sacado la conclusión de que la evolución del derecho . arran-
caba de un derecho deñnidor del estatuto de las personas para des-

227
embocar en un derecho regulador del contrato entre personas. En
esta evolución jurídica, Maine veía el reflejo de una evolución de
la sociedad, evolución marcada por <<la disolución gradual de la
dependencia familiar y el progreso de la obligación individual» 29-.
El derecho del estatuto de las personas está estrechamente Vinculado
al predominio de la familia. El derecho Contractual resulta del indi-
vidualismo creciente. Se advierten aquí ciertas ideas tomadas direc—
tamente de Maine por T6nnies, en particular la del progreso del
individualismo en la historia y la de la consolidación concomitante
del derecho contractual.
La originalidad de T6nnies consistió en la elaboración de sus
dos tipos de organización social como dos <<tipos puros», según
una expresión popularizada por Max Weber, es decir, como dos
tipos abstractos, tan diferentes el uno del otro que representan
dos polos extremos y absolutamente opuestos. La realidad cóncreta
jamás alcanza semejante grado de <<pureza». Se sitúa en un punto
cualquiera entre esos dos polos, generalmente más próxima al uno
que al otro. A Max Weber incumbió sistematizar esta metodología,
que T6nnies, en realidad, bosquejó solamente, aunque sí aplicó.
Este método, método del <<tipo puro» o del <<tipo ideal», ha
sido utilizado en sociología por varios autores, para tratar dife-
rentes realidades. Sin pretender ser exhaustivos, mencionemos en
particular la distinción de Charles Cooley entre, de un lado, los
<<grupos primarios», que son, como la familia pongamos por caso, gru—
pos reducidos en los que las relaciones sociales son personalizadas e
íntimas y ejercen una profunda influencia sobre la formación de
la persona (en este sentido sobre todo son considerados como pri—
marios); y, de otro lado, los restantes grupos más extensos a los
que pertenece el individuo. Cooer prefirió no llaínar <<secundarios»
a estos últimos. Pero otros muchos sociólogos, adoptando su dis-
tinción, "no han vacilado en hacerlo.
- Howard Becker, por su parte, distingue entre sociedades sa-
gradas y sociedades profanas ( <<secular»). ' Karl Popper opone la
sociedad abierta a la sociedad cerrada. Mac Iver compara las rela—
ciones comunitarias y las relaciones <<asociacionales». Más adelante
veremos también la distinción deSpencer entre sociedad militar y
29. H.S. MAINE, Ancient Law, Henry Holt and Company, Nueva York 188
5, p. 163. La
primera edición lleva fecha de 1861.

228
sociedad industrial; la de'. Durkheim, entre solidaridad mecánica
y solidaridad orgánica; la de Redfield, entre sociedad arcaica (folle
society) y sociedad urbana. Por lo demás, todos los análisis y todas
las escalas de 'actítudeé en psicología social y en sociología se basan
sustancialmente en dicotomías parecidas, tales, como por ejemplo,
conservadurismo—progresismo, tolerancia-intolerancia, segregacionismo,
integracionismo, <<localismo-cosmopolitismo», etc. T6nnies es, pues, el
iniciador de un método que, por muy criticado que haya sido y_]o
sea aún, como tendremos ocasión de corñprobar más adelante, no
ha dejado de ser fructífero y ampliamente utilizado en sociología,, -
en antropología y en psicología social. '

Influencia política de T'o'nm'es

La inñuencia de T6n'nies no se limitó solamente al ámbito de


la sociología. Actuó también sobre la vida política y nacional ale—
mana. Es harto evidente, en efecto, que la“ simpatía de T6nnies se
inclinaba del lado de las relaciones de carácter comunitario, rela-
ciones que, en deñnitíva, identificaba él con una especie de moral
natural. La intención de' T6nnies, por lo demás, fue la de hacer una
obra moral tanto como sociológica. Ha podido añrmarse que su
obra contribuyó a la proliferación de los movimientos románticos y
nacionalistas alemanes, incluído el nazismo. Pero preciso es admitir
que T6nnies no fue el único sociólogo que manifestó su inclinación
personal. Otros muchos sociólogos no han sabido ocultar mejor su
sinípatía por… la <<superioridad» de la sociedad moderna sobre las
sociedades menos avanzadas. Los juicios de valor persohales están
siempre presentes en el umbral de la puerta que el sociólogo abre
para contemplar el mundo.

II. CRITERIOS INTERNOS A 'LA ORGANIZACIÓN SOCIAL

Las clasificaciones presentadas en la primera parte de este ca-


' pítulo tienen todas ellas su principio fuera dela organización social
propiamente dicha. Para Comte, la organización social deriva del
' progreso de los conocimientos. Según Marx, es una superestructura

229
de las relaciones de producción o de las formas de apropiación de
los medios de producción. En opinión de Tónnies, el principio de la
organización social se sitúa en la psique individual, siguiendo el
tipo de <<voluntad» inspirador de la acción humana y de las relacio—
nes sociales.
Vamos a considerar ahora tipologías que cabe caliñcar como más
propiamente <<sociológicas», por cuanto sus autores han buscado el
o los principios o criterios .de las mismas en modalidades ca'racte-
rísticas diferentes a tenof de las cuales se estructura la organización
-¿ de las sociedades.

HERBERT SPENCER: COMPLEJIDAD CRECIENTE DE LAS SOCIEDADES

La ley general de la evolución

Toda la obra filosófica de Herbert Spencer (1820-1903) estuvo


consagrada a demostrar la posibilidad de reconstruir la unidad del
saber humano a partir de . uná sola gran ley cientíñca, universal—
mente aplicable: <<la ley general de la evolución». Inspirándose en
los estudios/—— los de Lamarck y Darwin sobre todo -— que, en el
siglo XIX, probaron la veracidad de las teorías evolucionistas o trans—
formistas en biología' genética, Spencer formuló una ley general
según la cual la evolución de todos los cuerpos se opera por el paso
de un estadio primitivo, caracterizado por la homogeneidad o la
simplicidad de la estructura, a unos estadios cada vez más avanzados,
marcados por una heterogeneidad creciente de las partes, hetero—
geneidad 'que va acompañada de nuevos modos de integración de
esas partes. Cuanto más un cuerpo consta de partes diferentes y
heterogéneas, y cuanto más compleja es su organización, tanto más
puede decirse que es <<avanzado» o <<evolucionado». La especializa-
ción de los órganos, a condición de ir acompañada de una integración
del conjunto, es, en efecto, un factor de progreso para un cuerpo
dado, por cuanto resulta que éste amplía su radio de acción y mul—
tiplica sus probabilidades de supervivencia en <<la lucha por la vida»
(struggle for life) que impera en todo el orden de la naturaleza.
Ahora bien, a juicio de Spencer, la sociedad deb€ Sér considerada
como un ser vivo que obedece a esta ley de la evolución, al igual

230
que los organismos biológicos. Para subrayar claramente el vínculo
existente entre la evºlución biológica y la evolución social, Spencer
considera la Sociedad como una realidad <<supraorgánica», cuya evo-
lución puede asimilarse, en no pocos aspectos, a la seguida por los
seres orgánicos. Así, pues, tras haber demostrado cómo su ley de la
evolución se aplica en biología y en psicología, Spencer acaba por
aplicar esa misma ley al desarrollo de las sociedades. Se comprende
perfectamente que el nombre de Herbert Spencer se haya convertido
en el símbolo de la teoría evolucionista de la segunda mitad del
siglo XIX.
En la perspectiva que le era propia, Spencer debía pues ensayar,
la definición de diferentes tipos de sociedades, correspondientes a
otros tantos estadios de la evolución humana y social. Su ley uni-
'Versal de la evolución, aplicada a la historia de las sociedades, debía,
a. su juicio, facilitarle el descubrimiento de esos estadios y la demos-
tración…de su sucesión cronológica ”.

De las sociedades simples a las sociedades complejás

_ Fundándose en los estudios etnográficos que por aquel entonces


estaban a su alcance, Spencer se propuso demostrar que, conforme a
la ley de la evolución, las sociedades humanas fueron en su origen
pequeñas comunidades simples, indiferenciadas, homogéneas, que evo—
lucionaron en el sentido de hacerse cada vez más complejas, más dife—
renciadas, más heterogéneas. Las sociedades más simples son grupos
nómadas, carentes de toda organización política, que viven de la
caza yde la pesca, para las que utilizan medios técnicos muy primi—
tivos, de modo que la división del trabajo se reduce en esos grupos
a su más mínima expresión. Las sociedades van haciéndose más com-
plejas o más heterogéneas, a medida que se componen de grupos di-
ferentes cada vez más numerosos y a medida que esas sociedades se
jerarquizan; a medida que la autoridad política se organiza y diferen—
cia; a medida que las funciones económicas y sociales semultiplican,

30. La principal obra sociológica de Herbert SPENCER está constituida por los tres volú—
menes que publicó entre los años_ 1876 y 1885 baio el título Principles of Sociology. Existe
una traducción francesa de la misma preparada por M.-E. Cazelles y publicada ¿on el título
de Príncipes de sociologie, Librairie Germer, Bailliére et Cie, París 1878—1896.

231
ya medida que la producción exige una división de las tareas cada
vez más elaborada.

Primera -—tipología

El criterio .de 'la complejidad creciente de la organización social


induce a Spencer a distinguir cuatro tipos de sociedades, correspon—
dientes a cuatro éstadios de la evolución social. Cada tipo de socie-
dad se subdivide; a su vez, en subtipos: '
1. Las sociedades simples. Spencer distingue en ellas _cuatro
subtipos: las que carecen de toda autoridad política, las que tieneri
un jefe ocasional, las que sólo poseen una autoridad imprecisa e ines-
table, y, en“ fin, aquellas en que la autoridad política se' ha orga—
nizado de una manera permanente. Dentro de esos subtipos, Spencer .
distingue además entre las sociedades nómadas las sociedades semi—
'nófnadas y las sociedades sedentarias. Todos estos _subtipos de las
llamadas' sociedades <<simples» ofrecen en común el hecho de no
_ darse en su seno grupos distintos poseedores de tina cierta cohesión.
La autoridad política, caso de existir, se ejerce directamente sobre
todos los miembros de la sociedad, sin pasar por autoridades inter-
medias.
2. Las sociedades compuestas. Spencer distingue también en
ellas unos subtipos, según tengan un jefe ocasional (nunca se da el
caso de que carezcan de una autoridad), una autoridad inestable o
una autoridad permanente, y también según sean nómadas, seminó-
madas o sedentarias. En estas sociedades,." sobre todo en caso de ha—
bersé organizado el poder político, cabe observar niveles intermedios
dotados, cada uno de ellos, de una autoridad sujeta a la autoridad su-
prema: así, por ejemplo, los jefes de familia o de dan, los jefes mili—
tares o religiosos, que gozan de una jurisdicción determinada y cuyos
poderes están sujetos a la autoridad suprema o son coordinados por
ella. La existencia de grupos de familias, de clanes, de <<mitades»
(especie de clanes que dividen a la tribu en dos mitades) conñere a
estas sociedades_ un carácter más complejo que el de las sociedades
simples.
*_3. 'Las sociedades doblemente compuestas. “Efi"éllas se desdo-
blan los grupos, se multiplican las autoridades y debeñ ser elabora-

232
dos_ nuevos modos de integración. Estas sociedades son siempre se-
dentarias. Disponen de una organización del poder que es, o bien
inestable, o bien estable. En estas sociedades se desarrollan las ciu—
dades y los medios de transporte, progresan las técnicas de trabajo,
aparece y se formaliza el derecho positivo.
4. Las sociedades triplemente compuestas. Se trata de las gran—
des civilizaciones que han dado lugar a los imperios y a las grandes
religiones, y han impulsado el progreso de las ciencias y de las
artes. Las grandes naciones modernas, los países industrializados
pertenecen, evidentemente, a esta última clase.

Segunda tipología

Pero Spencer no se detiene aquí. En efecto, juzga posible y has—


ta necesario elaborar una segunda clasificación de las sociedades,
paralela a la primera y superpuesta de algún modo a ella. Spencer
distingue aquí dos tipos de sociedades netamente opuestos entre sí,
cuando los c'onsideramos en sus puntos extremos. Esta segunda cla—
sificación es pues, propiamente hablando, una tipología dicotómica o
bipolar, como la de T6nnies. Esos dos tipos opuestos de sociedades
son la sociedad militar y la sociedad industrial.

_ La sociedad militar

La sociedad militar, la más antigua, comprende sobre todo a las


sociedades simples y a las sociedades compuestas. Casi todas estas
sociedades, en efecto, están permanentemente en pie de guerra, ya
sea porque deben conquistar nuevos territorios, ya sea porque de—
ben defenderse de los agresores reales o eventuales. La guerra es
pues una "actividad dominante, necesaria "y permanente en las socie-
dades menos evolucionadas. La función militar priva sobre la fun-
ción de producción, o más exactamente, la segunda está condicio-
nada por la primera y de ella depende. '
De ahí que toda la organización social entera esté calcada" sobre
la organización militar. La sociedad en cuestión es regida, adminis-
trada y organizada conforme al modelo del ejército. Es una socie-

233
dad muy centralizada, rígidamente jerarquizada, en la que los pc—
deres político, religioso y militar están fusionados o vagamente di-
ferenciados. La propia religióri tiene un carácter militar, tanto en
su lenguaje como en su representación de los poderes sobrenatu—
rales. Ofrece asimismo un carácter absoluto, aútoritario, que exige
y valora la sumisión completa y ciega. También el trabajo está or-
ganizado a menudo sobre una base militar, y, en algunas socieda-
des de este tipo, la autoridad de los jefes abarca incluso los más
pequeños detalles de la vida cotidiana.
En resumen, el carácter dominante de tales Sociedades estriba
en el hecho de que los hombres están sºmetidos a lo que Spencer
da en llamar la cooperación obligatoria. '

La sociedad industrial

La Sociedad industrial, según Spencer, está aún en formación,


pero lo que conocemos ya de ella permite—delímitar su carácter prín-
cipal: la autonomía y la libertad de las personas. Esta tendencia se
ha manifestado históricamente en varios sectores de la vida social:
instituciones políticas cada vez más democráticas, autoridad menos
agobiañte' del Estado sobre las actividades y la vida privada de las
personas, individualismo religioso creciente, progreso de la liber—
tad de comercio y de trabajo, etc. El auge del individualismo tiene
su explicación en el hecho de que, a medida que las sociedades Vi-
vieron en paz entre sí, se orientaron cada vez más hacia las acti—
vidades de producción; La necesidad de una organización militar se
hizo sentir menos. *El ejército pasa así a convertirse en una estruc—
tura más de la sociedad, en vez de constituir su estructura central.
…La función militar se subordina pues a la función productora, con—
_trariamente al orden vigente en la sociedad militar.
En consecuencia, ' a la cooperación obligatoria característica -de
la sociedad militar sucede la cooperación voluntaria, típica de la
sociedad industrial. El contrato, cuya progresiva implantación en
el derechQ/antiguo había evidenciadó Henry Maine, constituye la
forma principal y más perfecta de la cooperación voluntaria. El
contrato está también llamado a ser, en la socié&d“ industrial ”ya
acabada, el vínculo más general, más universal.

234
Cabe resumir el pensamiento de Spencer del modo siguiente: en
la sociedad militar, una autoridad central fuerte y constriñente es
la que, gracias a la guerra permanente, establece y sostiene los
vínculos sociales y la cooperación necesarios a la sociedad; en la
sociedad industrial, la cooperación sé efectúa espontánea y libre—
mente, fruto del encuentro de los intereses individuales, razón ésta
por la que la relación contractual es entonces el vínculo social más
típico y, eventualmente, más' generalizado.

Spencer, Comte, Tónm'es y el evolucionismo

La sociología de Spencer nos remite evidentemente a la de Com—


te. En ambas, la sociedad industrial es opuesta a la sociedad militar,
empleando Spencer la misma terminología que Comte. Si bien sus
respectivas descripciones de la sociedad militar son globalmente
casi idénticas, no cabe decir lo mismo de la sociedad industrial. Para
Comte, la nueva sociedad industrial será burocrática y planifica-
da', sujeta a la autoridad de los ingenieros y de los sabios. Spencer,
al contrario, lee en la evolución de la sociedad industrialla marcha
hacia una sociedad individualista, libre, en la que la autoridad po—
lítica quedará reducida a su mínima expresión; el orden impedirá
en ella como consecuencia de un ácuerdo implícito resultante de la
convergencia y complementariedad de los intereses individuales.
X Spencer tal vez comprendió mejor que Comte que la nueva so-
ciedad industrial favorecería una autonomía creciente de las per-
sonas. Pero incurrió en el -error de considerar el individualismo
como un principio de organización social. La verdad es que Comte
entrevió con mayor claridad que Spencer las tendencias burocráti—
cas inherentes a, la sociedad industrial y el papel que en ellas des-
empeñan actualmente los tecnócratas y los <<peritos».
Contrariamente a T6nnies, a quien ínquíetaba el progreso de
un individualismo juzgado por él como amoral, y hasta como inmo-
ral, Spencer, ardiente defensor del liberalismo económico, anti-
a_sociacionista convencido y hombre ferozmente opuesto al socialis-
mo, encontraba en, la historia una justificación cíéntíñca de sus ideas.
Creía poder demostrar que el individualismo era compañero inse-
parable del progreso.

235
Rocher, Sociología 9
Filósofo del evolucionismo y del liberalismo económico y polí—
tico, Spencer, como fácilmente puede comprenderse, gozó de una
amplia audiencia en su tiempo, sobre todo en los países anglosajo-
nes. Los comienzos de la sociología norteamericana llevan su im-
'pronta. Pero, tras haber sido rechazado muy pronto el evolucionis—
mo por los antropólogos ingleses y norteamericanos, la obra de_
Spencer fue considerada largo tiempo como perteneciente a la pre—F
historia de la sociología. Más adelante veremos que el… neoevolucio-a
nismo en antropología y en sociología sostiene hoy unas tesis ex—
trañamente próximas a las de Spencer.

EMILE DUR_KHEIM: LOS TIPOS DE SOLIDARIDAD

Aun cuar_1do la influencia de Spencer se hizo sentir sobre todo


en los medios anglosajones, la escuela francesa, sin embargo, le debe
algo. Emile Durkheim, en efecto, discutió ampliamente las tesis de
Spencer, circunstancia que le llevó a <<corregir» y a _transformar al-
gunas teorías spencerianas, y consiguientemente a íd0ptarlas. Im—
posible pues comprendei: la obra sociológica de Durkheim, sus
primeros estudios sobre todo, sin reférímos a Spencer.

El paso de lo simple a lo compuesto

Respecto a la clasificación de las sociedades, Du'rkheim admite


que <<Spencer ha comprendido muy bien que' la clasificación metó—
dica de los tipos sociales no podía tener otro fundamento» que el
paso de lo simple a 10 compuesto 31. Y enuncia a su_ vez <<e1 prin— ¿
cipio de la clasificación» de los tipos sociales en los ¡términos si-
guientes: <<Se empezará por clasificar las sociedades según el grado
de composición que ofrecen, tomando por base la sociedad perfec—
tamente simple o de segmento único. En el seno de estas cláse$, ¿se
procederá a la distinción de variedades diferentes según se pro—
duzca o no una coalescencia completa de los segmentos iniciales» ”.

31. Emile DURKHEIM, Les régles de la méthode sociologíque, PUF,——París 111950, p. 81


(versión castellana, Jotro, Madrid 1912).
32. Ibid., p. 86.

¡236'
Durkheim, sin embargo, reprocha a Spencer que no precisara me—
jor 10 que él entendía por <<simplicidad» de una sociedad y que iden—
tificara la sociedad simple con <<una cier_ta tosquedad organizativa».
Durkheim da luego su propia deñnición: <<Por sociedad simple hay
que enténder, pues, toda sociedad que no encierre en su seno otras
sociedades más simples que ella; que no solamente esté actualmente
reducida a un segmento único, sino que además no presente indi-
cio alguno de una segmentación anterior» 33. Estimamos, Sin em—
bargo, que Durkheim, con esta definición, en realidad no ha hecho
más que expresar con mayor claridad que Spencer la noción spen;
ceriana de simplicidad. '
Tras haber definido el criterio de una clasificación de las socie—
dades, Durkheim no emprende la elaboración de esa clasificación.
A 10 más, enumera sucintamente algunos tipos sociales que, por lo
demás, apenas son diferentes de los de Spencer. De otro lado, los
presenta de una manera menos elaborada que el propio Spencer…

Las dos solidaridades

En otro punto habría de ser original la contribución de Durk—


heim. Spencer había presentado dos clasiñcaciones de las sociedades,
entre las que no parecía existir vínculo alguno. Durkheim demos-
traría, por su parte, que ambas clasificaciones están estrechamente
vinculadas, o más exactamente, que la evolución de la cooperación
está íntimamente asociada a la creciente complejidad de las socie-
dades. Según Durkheim, Spencer había captado acertadamente la
autonomía creciente del individuo a través de la evolución social,
pero había analizado mal sus causas y sus consecuencias.
Es cierto que, en las sociedades primitivas o arcaicas, la perso-.
nalidad individual está en gran medida absorbida por la sociedad;
o también, según la terminología de Durkheim, que la <<conciencia
colectiva» recubre casi completamente la <<conciencía individual».
El hombre primitivo piensa, siente, obra tal como se lo prescribe o
manda la colectividad a que pertenece. La coacción externa que su—
fre es demasiado poderosa como para que se desarrolle su con—

33. Ibid., p. 82.

237
ciencia individual. Esta, por el contrario, se afirma mucho más en _la
sociedad moderna. El hombre se sacude entonces una coacción de-
masiado inmediata ”o excesivamente apremiante, y gana sobre la
conciencia colectiva un cierto margen de autonomía personal.
Es así, no porque, como creyera Spencer, la autoridad fortísima
de una sociedad militar centralizada se haya debilitado progresiva-
mente, como consecuencia de la disminución de las guerras. A1 con—
trario, la sociedad primitiva no es más centralizada que la socie-
dad industrial. Durkheim pretende incluso demostrar que no" está
totalmente centralizada. La sociedad primitiva, en efecto, está cons—
tituida por la yuxtaposición de grupos similares. Una tribu está
integrada por un determinado número de familias o de clanes, to-
dos ellos de la misma naturaleza, todos ellos desempeñando las mis-
mas funciones. El principio que late en la base de la organización
social de semejante colectividad no es pues la diversidad de los
grupos y de las personas, sino su similitud.' El vínculo que une a esos
grupos y a esas personas constituye pues un tipo de solidaridad parti-
cular, la solidaridad por similitud, denominada por Durkheim soli—
daridad mecánica. A la solidaridad mecánica corresponde necesaria—
mente un estado fuerte de la conciencia colectiva, por cuanto una
sociedad de esta índole, para sobrevivir, no puede tolerar las deseme—
janzas, la originalidad, los particularísmos, ni en los individuos ni
en los grupos.
El progreso de la división del trabajo es lo que inducirá a la
transformación de la sociedad de solidaridad mecánica. El principio
mismo de la división del trabajo es la diversidad de las personas y
de los grupos, principio directamente contrario al de la solidaridad
por similitud. El progreso de la división del trabajo no puede pues
por menos de disolver y destruir la solidaridad mecánica. Pero no
desemboca en una cooperación puramente espontánea o voluntaria,
como pretendía Spencer. La división del trabajo da más bien lugar a
un nuevo tipo de solidaridad, basada en —la complementarz'edad de
partes diversificadas. La conjunción de unos intereses complementa-
rios no es, de suyo, un principio de individualismo puro, libre de
toda coacción. Se trata más bien de un vínculo social nuevo, de otro
principio de solidaridad, con su moral propia, principio que origi-
na un nuevo tipo de organización social. Por nó”és't'ar ya basada
esta solidaridad en la similitud de las personas y de los grupos, sino

238
en su interdependencia, Durkheim la denomina solidaridad orgánica.
Por ser la diversidad su fundamento, este tipo de solidaridad su-
pone y hasta exige una mayor autonomía de las personas, una con-
ciencia individual más grande.

Tipos de derecho y tipos de solidaridad

Solidaridad y estados de la conciencia individual o de la con—


ciencia colectiva son, sin embargo, realidades psíquicas o subjetj—
vas, difíciles de discernir y calibrar concretamente. ¿Cómo distinguir
pues los dos tipos de solidaridad? El derecho sería, a juicio de
Durkheim, el índice objetivo capaz de facilitar esa distinción. A la'
solidaridad mecánica y a un estado fuerte de la conciencia colectiva
corresponde un derecho que Durkheim llama represivo, cuya fun-
ción consiste en castigar todo 10 que una sociedad considera o
de£me como criminal. El predominio del derecho represivo es expre-
sión de una fuerte repugnancia hacia todo 10 qge constituye una
amenaza para la unidad y la existencia del grupo. A la solidaridad
orgánica consecuente al progreso de la división del trabajo, por el
contrario, corresponde un derecho restitutívo, cuya finalidad no
consiste en castigar, sino en poner nuevamente a las partes en la
situación en que debieran estar normalmente, de no. mediar falta
alguna. El contrato y la legislación que protegen esa fmalidad son
su ejemplo más típico.
El progreso del derecho restitutivo permite, pues, medir el grado
evolutivo de una sociedad. Indica. que la división 'del trabajo está
más desarrollada, que la cóncíencia individual priva sobre la con—
ciencia colectiva, que la solidaridad orgánica sustituye a la solida—
ridad mecánica.

Los dos tipos sociales

Aun adoptando la tipología de Spencer, Durkheim acaba “así


por elaborar lo que -él denomina dos <<tipos sociales», dos tipos de
sociedad, harto diferentes de las sociedades militar e industrial
de Spencer. La diferencia esencial entre ambas tipologías estriba

239
en el principio de orden o _de organización social invocado por los
dos autores. La sociedad de solidaridad mecánica es una sociedad
primitiva, como la sociedad militar; la división del trabajo es aún
elemental o está débilménte desarrollada. Pero la fuerte coacción
que cabe observar en esa sociedad proviene“, no de la coerción
ejercida por una autoridad central de carácter militar, como creía
Spencer, sino más bien de una conciencia colectiva fuerte resultante
de la similitud de las partes constitutivas, conciencia. colectiva que
. se refleja en un derecho primordialmente represivo o penal. …
Por su parte, la sociedad de solidaridad orgánica es, como la'
sociedad industrial, una sociedad más avanzada, por cuanto la di-
visión del trabajo ha progresado en ella. Pero, a los ojos de Dur-
kheim, la diversificación de las partes, que cabe observar en ese
tipo de sociedad, origina nuevas reglas morales basadas en la coo-
peración, una cooperación que no es espontánea, sino que está
inscrita en el hecho mismo de la interdependencia de las partes. El
derecho restitutivo es su formulación jurídica. La solidaridad orgá—
nica no exige, pues, la disolución de la autoridad política y la des-
aparición de toda reglamentación, como pretendía Spencer. Requiere,
por el contrario, que diversas autoridades formulen una reglamenta-
ción más amplia y más compleja que la necesaria en la sociedad de
solidaridad mecánica.
Durkheim logra así reconcilíai: el individualismo, muy bien pet—
cibido por Spencer en la sociedad industrial, con el poder creciente
del Estado, 'que Spencer no quiso reconocer. <<El lugar del individuo
— escribe Durkheim — es mayor y el poder gubernamental menos
absoluto. Pero no se da contradicción alguna en el hecho de que
la esfera de la acción individual se amplíe al mismo tiempo que la del
Estado, ni en el hecho de que las funciones no inmediatamente
emplazadas bajo la dependencia del aparato regulador central se
desarrollen al mismo tiempo que este último» 54.

34. Emile DURKHEIM, De la division du travail social, PUF, París 71960,- p. 199. Versión
castellana: La división del trabajo social, Proteo, Buenos Aires. ' .

240
Autonomía de las personas y organización social

Seguramente, una de las más importantes contribuciones socio-


lógicas de Durkheim es la de haber mostrado que la autonomía
creciente de las personas, inherente al progreso de la división del
trabajo, está vinculada a un tipo concreto de organización social.—
La autonomía personal no resulta de una ausencia de normas, de
modelos, de control social, como creyó Spencer… Durkheim ha evi—
denciado, en su estudio sobre el suicidio, que esta ausencia de nor-
mas, que él llama anomia, es, al contrario, de una índole propiá
para originar reacciones patológicas: suicidios, criminalidad, delin-
cuencia, etc. La organización social de la sociedad industrial no es
espontánea, .no puede contar tan sólo con 'la cooperación voluntaria.
La colaboración entre miembros ygrupos diferentes y complemen-
tarios exige un consenso sobre unos valores, unos modelos, y requiere,
por 10 tanto, un cierto control social. La sociedad industrial, al
igual que cualquier otro tipo de sociedad, no está fundada sobre
la libertad completa de las personas. La caracteiiza el hecho de
que la mayor diferenciación social que cabe encontrar en ella per—
mite a sus miembros optar entre varias normas y entre varios valo-
res. Las personas pueden así ejercer más su propio juicio. Mejor
aún: la división del trabajo fomenta la diversidad entre las personas,
como también entre los grupos. Es una sociedad 'que exige la
desemejanza más que la similitud, la complementariedad más que
la identidad. Pero esta mayor autonomía de las personas no .es el
corolario de una disolución 'de la organización social, sino el resultado
de las exigencias funcionales de un cierto tipo de sociedad global.

TALCOTT PARSONS: LA CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN

Parsons y »el neoevolucionísmo

El abandono del evolucionismo en las ciencias sociales, a comien—


zos del presente siglo, llevó a una neta indiferencia por los estudios
comparados de las sociedades. De unos años a“ esta parte, se asiste,
en sociología y .en antropología, a un retorno a las teorías evolu—

241
cionistas, al nacimiento de lo que cabría llamar un neoevolucionismo
y, por esto mismo, a la revitalización de los estudios comparados.
Puede sorprender al lector ver el nombre de Talcott Parsons
asociado al neoevolucionismo. En efecto, Parsons, cuya teoría ge—
neral será objeto de un añálisis detallado en un capítulo ulterior
(capítulo IX), se ha ganado, con razón o sin ella, la reputación de
ser un sociólogo del <<estatismo» social. Se ha dicho que sus teo-u
rías" no tienen en cuenta la historia, que minimizan el cambio social
y que consideran los factores de cambio solamente como marginales
al sistema social cuyo modelo ha construido él. En realidad, la
obra de Parsons ha seguido una especie de ciclo. Se inició con un
análisis copiosa de algunos pioneros de la sociología, Durkheim y
Weber en particular. El interés otorgado por estos autores a la evolu—
ción y a la historia no ha escapado evidentemente el Parsons 35. Par— _
sons quiso luego consagrar varios años de investigación a la elabo-
ración de una teoría general, consciente de lo mucho que necesita
la sociología una teoría de esta índole. Sólo tras haber construido
un modelo teói:ico sumamente abstracto, cree Parsons poder volver
ahora a " los estudios comparados, provisto de un instrumento inte—
lectual más apropiado que el adoptado por los sociólogos del si-
glo XIX. Esto es lo que ha emprendido en sus publicaciones más
recientes 36.
Pero, como muy justamente observa, todo estudio comparado de
las sociedades es, por esto mismo, necesariamente evolucionista.
A comienzos del presente capítulo, hemos recogido su observación, a_¿.,—:. "
saber, la imposibilidad de comparar la organización social de uñá
tribu aislada del centro de Australia con la de una gran naéíón
moderna como la URSS 0 los Estados Unidos, considerándolas en
pie de igualdad desde todos los puntos de vista. Preciso es admitir
que una está más <<desarrollada» o es más <<avanzada» que la otra,
pese a todo lo que estos términos puedan encerrar de impreciso () de
claramente peligroso. El estudio comparado de las sociedades exige,
pues, la emisión de un juicio sobre el grado de desarrollo de la
organización social.

35. Talcott PARSONS, The Structure of Social Action, The Free Press, Glencoe, III. 21949.
La primera edición, en McGraw-Hill, está fechada en 1937. ——
36. ¡T. PARSONS, Societies: Evolutionary and Comparative Perspectivex, Prentice—Hall, 'Inc.,
Englewood Cliffs, N.] . 1966.

242
Problema del criterio objetivo

Evidentemente, el escollo que acecha entonces al investigador


estriba en el hecho de que semejante juicio sea mucho más la expre-
sión de un <<juicio de valor» que de un _<<juicio de realidad», para
tomar el vocabulario de Durkheim; es decir, que el sociólogo deñna
el desarrollo a' partir de juicios morales o a la luz de una ñlosofía
social o política. Para evitar la interferencia de los juicios de valor,
importa, según Parsons, deñnir un criterio auténticamente <<objetivo»
de clasiñcación y ordenación de las sociedades. No es éste el lugar
indicado para discutir el considerable problema epistemológico que
plantea esa <<objetividad» de un principio de clasificación en las
ciencias humanas. El lector habrá adivinado ya su importancia, por
el estudio efectuado desde los comienzos del presente capítulo.
T. Pars'ons resuelve este problema mediante la adopción de un
criterio lo más conforme posible al utilizado por la biología gené—
tica. En efecto, según Parsons, no hay solución de cºntinuidad entre
la evolución orgánica y la evolución sociocultural. ¿Un criterio cuya
validez ha sido probada por la biología genética presenta pues, para
nuestras disciplinas, una garantía de objetividad bastante indiscu-
tible. He aquí el Criterio en cuestión: una sociedad es más <<avanzada»
en la medida en que su organización social revela una mayor ca-
pacidad de adaptación generalizada. Todo proceso vital, tanto el de
un organismo biológico como el de una especie animal o el de una
sociedad, es un proceso de adaptación a unas realidades externas
e internas,' a unas situaciones estables o a unos cambios lentos o
bruscos. Pero la adaptación no significa aquí solamente una ade-
cuación a unas condiciones dadas, sino que consiste también en el
esfuerzo exigido por el paso a un estado más satisfactorio, más pro—
ductivo; o también, a un estado que corresponda meíor a las apti-
tudes latentes y a las energías disponibles. La adaptación no es pues
únicamente pasiva, sino que es además una forma de creatividad
y de innovación. Por consiguiente, un ser vivo dotado de una mayor
capacidad de adaptación que otro, está mejor dispuesto para sobre-
vivir y progresar. . ' —
x
Diferenciación e integración

Partiendo de este principio, Parsons asume de un modo inequí-


voco las teorías evolucionistas de Spencer y de Durkheim. Considera
que, en el caso de las sociedades, la capacidad de adaptación gene-
ralizada se trasluce sobre todo en la complejidad creciente de la
organización social. El proceso de <<díferenciación» pasa a conver—
tirse así en un criterio capital para la apreciación de la evolúción
social. La diferenciación se opera por la división de unidades, que
llenan dos o más funciones, en subunidades, cada una de las cuales.
desempeña por 10 menos una de las funciones de la unidad original.
La familia campesina, por ejemplo, era a un tiempo una unidad de
residencia y una unidad de producción; con el progreso de la división
del trabajo,. la función de producción es transferida de la familia al
establecimiento comercial, a la fábrica, a la oficina. Pero preciso es
añadir que la diferenciación no es, de suyo, un indicio de avance;
10 es solamente a condición de quellas funciones de la unidad ori-
ginal sean desempeñadas de una manera <<mejor adaptada» por las
nuévas subunidades que la afectuada antes por la unidad primera.
- El proceso de diferenciación exige una reordenación en los mo—
dos, dé integración de las partes. La multiplicación de subunidades
no debe desembocar en la desorganización o en la anarquía, sino en
un nuevo orden entre las unidades y las subunidades. En fin _—- y
esto distingue a la evolución ”social de la evolución orgánica —, los
procesos de diferenciación y de reintegración requieren modiñca—
ciones en el universo de- los valores. En una organización social
cuya complejidad vaya en aumento, el sistema de valores más apro-
piado es aquel que trae consigo los valores más generales, es decir,
aquel cuyas aplicaciones a situaciones específicas son menos explícitas
y menos précisas, y cuyo alcance es más amplio y más universal; En
una sociedad simple, los valores pueden ser más directamente explí-
citos para cada situación o acontecimiento. En una sociedad com—
pleja y diferenciada, al contrario, los valores deben expresarse de
una manera más general, con miras a su aplicabilidad a una plura—
lidad de situaciones o de acontecimientos.
Tales son las líneas fundamentales del esquema teórico de la
evolución y- de la sociología comparada propuesto por Parsons. Este

244
procede luego a su aplicación, distinguiendo tres estadios principa-
les de desarrollo de las sociedades, correspondiente cada uno de
ellos a un tipo concreto de organización social.

Las sociedades primitivas

Las sociedades primitivas son las sociedades menos dife_renciadas.


Su exiguo grado de diferenciación se hace patente a diferentes ni—
veles de análisis. En primer lugar, el sistema de parentesco cons-,
tituye un elemento central de la organización social en estas socieda-
des, como muy bien han demostrado los antropólogos. Ahora bien, el
sistema de parentesco puede ser más o menos diferenciado. En
algunas tribus australianas, por ejemplo, los grupos de parentesco,
los clanes, no se diferencian entre sí por ninguna función particular
ni por ninguna jerarquía, contrariamente a lo que cabe observar
en muchas otras sociedades primitivas. Con razón se estima pues
que esas tribus australianas son menos avanzadas que otras socieda—
des primitivas. Cuando el sistema de parentesco es diferenciado,
suele ser terreno abonado para la germinación de la organización
política y administrativa de la tribu; en y por el parentesco se crea
y consolida el poder político. Por otra parte, la familia y la parentela
desempeñan funciones económicas de producción, de ayuda mutua,
de comercio, cumpliendo así el papel de auténticas estructuras eco-
nómicás.
En su estudio sobre Las formas elementales de la vida religiosa,
Durkheim evidenció el carácter religioso, o, quizá más exactamente,
sagrado, de la sociedad prixñitiva. Parsons asume y desarrolla el
análisis de Durkheim, mostrando cómo, en la sociedad primitiva, la
religión sirve para expresar de una manera simbólica la organización
social, para así reforzarla. La religión primitiva no tiene pues un
carácter universal, por cuanto está siempre íntimamente asociada
a una sociedad particular y, consiguientemente, pogo se diferencia
de ella. Este localismo sociológico de las religiones primitivas se
plasma sobre todo en las creencias y en los ritos, que sirven pri—
mordialmente para expresar, de un modo mitológico, y hacer revivir
los orígenes y la historia de la tribu. '
Por otra parte, la religión, y más aún la magia, son a menudo

245
un complemento de las técnicas utilizadas para la caza, la pesca, el
cultivo, la guerra. En cierto modo,' la religión y la magia forman
prácticamente parte de la tecnología propia de cada sociedad pri—
mitiva. '
Las fronteras sociales, políticas y culturales, en fin, son a me-
nudo imprecisas entre las sociedades primitivas. Las tribus no aparecen
como unidades netamente delimitadas las unas de las otras.
Evidentemente, 'se trata d<_: características generales. El propio
Parsons describe, con la ayuda de ejemplos concretos, cómo Ciertas
sociedades son más primitivas que otras. Las sociedades primitivas
son más <<avanzadas», sobre todo cuando han elaborado una organiza—
ción política suficientemente diferenciada, y más áún en— el caso de
que esa organización política empiece a distinguirse de las funcio-
nes religiosas.

Las sociedades intermedias

El elemento que establece la diferencia principal entre las so—


ciedades primitivas y las sociedades intermedias es, en opinión de
Parsons, la escritura. La idea no es nueva. La antropología de len-
gua inglesa utiliza desde hace mucho tiempo la expresión non-lz'terate
societies para designar a las sociedades primitivas. Pero Parsons
da varias explicaciones de este hecho. La escritura ha servido sobre
todo para otorgar mayor autonomía a la cultura, es decir, para
hacerla más independiente del contexto… concreto y variable de las
interacciones. Garantiza, por esto mismo, 'a la cultura una mayor
estabilidad. De ahí que la historia haga su aparición con la escritura.
La escritura confiere también a la cultura una mayor universalidad,
favoreciendo así, en particular, los procesos de difusión tanto en
el espacio como en el tiempo. La escritura ayuda a estabilizar una
parte de las relaciones humanas, sobre todo gracias a los contratos
escritos. En fín, aun admitiendo que la escritura haya podido con—
tribuir a anquilosar el pensamiento en razón del rígido respeto
prestado a los textos clásicos, Parsons subraya las posibilidades nue—
vas de innovación cultural que trae consigo también la escritura.
Las sociedades intermedias son pues socieda¿l€siecesariamente
dotadas de la escritura. Parsons, sin embargo, distingue asimismo

246
dos etapas en el seno de este estadio, o dos subtipos de sociedad
intermedia. Su distinción' descansa sobre dos criterios principales: el
uso que se hace de la escritura y el tipo de religión. En el primer
subtipo, denominado por Parsons sociedad intermedia arcaica, la
escritura es empleada exclusivamente para fines técnicos 0 útiles,
como, por ejemplo, la contabilidad, la administración, los ritos ma—
gícorreligiosos, etc. La religión, por su parte, es de tipo <<cosmoló-
gico». No ofrece ya el carácter sociológico que reviste en las
sociedades primitivas, pero persiste como una especie de sobrenatura-
lización de la naturaleza física: astros, animales, fenómenos natura-,
les, etc. El estadio arcaico de la sociedad intermedia tiene su mejor
exponente en el Egipto antiguo, en los imperios mesopotámico,
persa, azteca, maya e inca.
El subtipo más ayanzado, denominado por Parsons sociedad
intermedia histórica, se distingue del anterior por el hecho de incluir
una clase social superior totalmente instruida. La escritura no cono-
ce entonces únicamente una utilización práctica, sino que sirve
también de instrumento para la reflexión general e incluso abstracta,
para la acumulación de una tradición literaria, £losófica, científica.
En segundo lugar, la religión reviste un carácter universal y siste—
1náti_co. Es, propiamente hablando, <<so-brenatural», por cuanto se
diferencia y se libera de todo orden natural, tanto sociológico como
cosmológico. Los casos con que Parsons ilustra y explícita este
estadio son el imperio chino constituído a partir del año 200 a.C.,
la India antes de la invasión musulmana, los imperios musulmanes
y el imperio romano.
Además de la escritura y de la religión, otras varias caracterís-
ticas diferencian a las sociedades intermedias de las sociedades pri-
mitivas. Parsons inSíste sobre todo en la existencia de una organi—
zación política bien estructurada, que adopta generalmente la forma
de realeza en el estadio arcaico, para asumir luego formas más
complejas 'en el estadio histórico. Un sistema de estratiñcación so—
cial divide a la sociedad, de un modo bastante rígido por regla
general, en varios rangos, órdenes, estratos 0 clases, y de una manera
mucho más compleja que en las sociedades primitivas. Todas las
sociedades intermedias, en fin, tienen sus fronteras sociales, políticas
y culturales mucho mejor defmidas generálmente que en el caso de
las sociedades primitivas.

247
Las sociedades modernas

Las sociedades modernas se distinguen de las anteriores sobre


todo por la existeriéia de ún derecho que ofrece dos rasgos esencia—
les: un carácter uníversalista, inspirado por 10 'que Weber ha dado
en llamar la racionalidad formal, y un procedimiento elaborado, mar-
cadó por ese mismo cárácter. Semejante derecho es necesariamente
indicio de una acusada autonomía del aparato normativo de una
_sociedad (reglas de conducta, modelos, Valores) con respecto a las
exigencias inmediatas a menudo cambiantes de los intereses econó-
micos y políticos, y con respecto también a la influencia de_ los
factores biológicos y psíquicos personales. Por consiguiente, la cul—
tura, considerada en las normas de conducta que regulan la inter-
acción de los miembros de una sociedad, es más estable, menos
sujeta a los cambios bruscos… ¡
Parsons admite que este criterio del derecho, utilizado por él
para distinguir a las sociedades modernas de las sociedades inter-
medias, no es simple ni de fácil aplicación. De otro lado, no se
comprende ¡huy bien. por qué el derecho romano no" cumple, a los
ojós del autor, las dos condiciones por él formuladas. Pero resulta
difícil explicitar más y calibrar el tipo de la sociedad moderna de
Parsons, porque poco más o menos esto es todo lo que él nos dice
—al respecto; al menos hasta el níomento: su estudio ha versado
sobre los dos primeros tipos, y. Parsons se ha reservado el análisis
del tercero para una próxima obra.

Las sociedades semillero

Hay, sin embargo, otro aspecto del estudio de Parsons digno de


mención. Parsons ha considerado de un modo particular el caso espe—
cial -de determinadas sociedades que han servido de semillero (seed—
bed): sociedades que no han sobrevivido, pero que han éjercido
una profunda influencia sobre otras que no han sucedido directa-
mente a las primeras según una secuencia evolucionista. .Tal es el
caso, en particular,' de Israel y de la Grecia antigua. Una parte"
importante de la cultura de esas dos sociedades se ha prolongado

248
embargo, de 10 que fueron
en ºtras sociedades, muy diferentes, sin
aquéllas en su tiempo.

Evoluciom'smo ¡multilineal

Inútil seguir aquí de una manera detallada a Parsons. Está últi—


ma parte de su estudio_sitve, sin embargo, para ilustrar el hecho de
que Pársons rechace, como él mismo dice explícitamente, un esquema
evolucionista unilihcal. Afirma que no es necesario suponer, un ori-
gen único para la evolución humana_y social, como pretendieron loé
evolucionistas clásico's. Tampoco es realista el intento de buscar una
evolución cuyo trazado siguiera una curva perfe'ctamente dibujáda.
La evolución humana y social ha sido múltiple y variada. Nos ofrece
muchos casos de sociedades fuertes y bien asentadas que no han po—
dido sobrevivir a diversas crisis o a determinadas pruebas. Otras
sociedades han desaparecido, pero han ejercido una influencia pro-
funda, como Israel y Grecia. No pocas sociedades, las sociedades pri-
niitivas en particular, se han fijado en un <<nicho» “y no han llevado
- a término los saltos necesários para pasar a estadíos más avanzados.
La evolución social no podía ser menos compleja que la evolución
biológicá. .. .
Parsons expof1e aquí muy bien el punto de vista del neoevolu€
cionismo contemporáneo, que es por lo demás la única posición acep-
table, si se desean soslayar las simplificaciones abusivas del evolucio€
nismo del siglo XIX. En esta perspectiva, los estadios5 que cabe
delimitar no son etapas que toda sociedád deba necesariamente atra—
vesar para alcanzar la <<madurez», como. Auguste Comte había ima—
ginado. Tales estadios corresponden más bien a determinados um-
4 brales singularmente importantes o significativos ' franqúeados por
ciertas_ sociedades,y a partir de los cuales han podido luego em—
prender nuevos derroteros. '

Factor explicativo

En cuanto a" la pretensión de explicar la evolución . social, con


todas sus—variaciones y todas sus variantes,| por…un factor causál único,

249
dice Parsons que nos hace retroceder a la infancia de las ciencias del
hombre. Debemos admitir hoy que la interpretación de la evolución
exige una teoría analítica capaz de tener simultáneamente en cuenta
una gran diversidad de factores y una variabilidad no menos grande
de las condiciones… Los evolucionistas del siglo XIX adolecieron de
una teoría de esta índole. Cabe creer, con Parsons, que la sociología
ha alcanzado un progreso teórico suficiente como para justificar la
esperanza en una próxima elaboración de un esquema analítico e
interpretativo de la evolución social. Este optimismo, sin embargo,
no es aún compartido por todos los sociólogos contemporáneos.
Digamos finalmente que Parsons, al tiempo que impugna toda
forma de determinismo social, deduce que el elemento dominante en
la evolución, cuando se la considera a muy largo plazo, es la dife-
renciación progresiva que se opera entre la cultura "y la organiza-
ción social, entendida esta última en el sentido estricto de la tota-
lidad de interacciones y estructuras de la sociedad. Esta diferenciación
entraña una mayor autonomía y una superior estabilidad de la cul-
tura]De ello resulta también un peso mayor de la cultura eh la his—
toria y en la evolución de las sociedades más avanzadas. Preciso es
admitir, por 10 menos, que Parsons ha prestado a la idea de la dife—
renciación superior que caracteriza a las sociedades más <<avanzadas»,
idea ya enunciada y desarrollada por Spencer y Durkheim, un sentido
renovado y unos fundamentos teóricos más elaborados.

CONCLUSIONES

Hemos examinado algunas clasif1caciones de sociedades elabora—


das por diversos sociólogos, seleccionando las más conocidas, aque-
llas a las que suele uno referirse más y que mayor influencia han ejer—
cido¿ Debemos explicitar ahora algunas conclusiones que de las
mismas se desprenden. Dichas conclusiones se reñeren, primero, a
ciertas convergencias y divergencias de puntos de vista entre los auto-
res cuyos estudios hemos presentado aquí; y, en segundo lugar, a
determinados problemas de método que este género de investigación
plantea en sociología.

250
_ Cuatro puntos de convergencia

Cuando examina uno detenidamente el contenido de las clasifi—


caciones que acabamos de analizar, resulta fácil discernir algunos pun-
tos de convergencia entre los autores estudiados en el presente capí-
tulo. Todos estos autores coinciden en la afirmación de que unas
sociedades son más <<avanzadas» que otras ; y en la descripción, en los
dos polos opuestos, de una sociedad arcaica, primitiva y tradicional,
por una parte, y, por otra, una sociedad industrial, tecnológica y
moderna. Este cuadro comparado y evolucionista está presente en
la sociología desde sus comienzos y ha servido de trasfondo a buen
número de investigaciones empíricas y teóricas. Más adelante vere-
mos (en el próximo capítulo y en lá tercera parte) que esta oposición
entre dos tipos de sociedad ha sido objeto de ciertas discusiones en-
tre los sociólogos, ha sido puesta en tela de juicio y no es unánime-
mente aceptada.
En segundº lugar, muchos autores, desde Spencer y Durkheim
hasta Parsons, añrman que la sociedad ha evolucionado hacia una
complejidad creciente, hacia una estructurá más diferenciada,.haeia
una multiplicación y una diversiñcación de sus partes,_ de sus uní—
dades o de sús elementos. Puede decirse incluso que existe en so-
_ciología una tradición continua que sostiene lo que nosotros daríamos
en llamar un_a cierta <<teoría del Cambio por los procesos de diferen—
ciación y de reintegración».
En tercer lugar, todos los autores admiten que la evolución im-
plica unos cambios profundos en la cultura, en los valores y en su
jerarquía, en las mentalidades y en las actitudes. Esta4 transforma—
ción es lo que Auguste Comte quiso subrayar vigorosamente, po—
niendo el acento sobre la revolución mental psíquica que opera en la
humanidad el estadio positivo. Aspectos diferentes de esa misma re— '
volución han pretendido Durkheim y T6nnies poner a su vez de re—
lieve. Parsons, en fm, reincide en'_esa misma idea, aunque en términos
bastan_te diferentes de los utilizados por los autores precedentes.
En cuarto lugar, el lector habrá comprobado un consenso bas-
tante sorprendente sobre un aspecto quizá fundamental de esa trans-
formación, a saber, la creciente autonomía de la persona o de la in—
dividualidad inherente a la evolución. Esta idea estaba presente en

251
Comte. Estuvo en el.-centro del pensamiento de Spencer, y Durkheim
la expresó también de otro modo. Para Marx y Engels, la sociedad
capitalista moderna señala la última etapa de la prehistoria de la
humanidad, de la que surgirá una nueva sociedad al seryicio' del
hombre ñnalmente desalienado. El sociólogo inglés R.M. Mac Iver
— cuyos estudios no hemos_ podido examinar aquí — ha formulado
esta ley de la evolución: <<La diferenciación de las colectividades está
en relación directa con el progreso de la personalidad de los indi-
viduos miembros» 37. Para Mac Iver, el indicio principal del <<pro-
greso de la personalidad» es la capacidad que tiene un individuo de
expresarse libremente y autodetermíharse. Anotemos, en fin, que,
más recientemente, el sociólogo norteamericano Robert Bellah ha pro—
puesto una clasificación evolucionista de las religiones en cinco esta—
dios, uno de cuyos criterios es el carácter cada vez más personal de
la relación entre el hombre y lo divino o lo sagrado 38.

Un punto principal de dibergencia

Un último punto,. sobre el que evidentemente se está muy lejos


de coincidir, es" la relación entre, de un lado, la esfera cultural, el
universo de las ideas y de los valores, y, de otro, los aspectos técni-
cos, económicos y materiales de la vida social. Asistimos, desde los '
comienzos del siglo XIX, al enfrentamiento de, dos tesis, la de Comte
sobre el papel predominante del pensamiento, del progreso de los
conócimientos, y la de Marx y Engels sobre el papel primordial de
las relaciones materiales de producción. Este enfrentamiento entre
dos tesis aparentemente contradictorias prosigue y parece querer per—
petuarse. Para comprobarlo, no es preciso buscar a sus oponentes en
los. campos de la sociología marxista y de la sociología <<burguesa»
respectivamente. Ejemplos de ese enfrentamiento se encuentran tani—
bién_ en el seno de la sociología norteamericana. El sociólogo William
Ogburn, pongamos por caso, ha desarrollado" la teoría del' <<désfase
cultural» (cultural lag), según la cual los cambios suelen producirse

37. R.M. MAC IVER, Community: A Sociologícal Study, Lóndres, MacMillan and Co., Lí—
mitad, Londres 21920, p. 231. .f— —
38. R. BELLAH, Religioux Evolution, <<American Sociological Review», vol. 29 (judio
1964), n.º 3. *

252
primero en las condiciones materiales de vida de las sociedades: en-
torno físico, recursos naturales, técnicas de producción, condiciones
de trabajo, etc. La cultura no material debe luego adaptarse a esos
cambios, pero su adaptación se opera forzosamente con un retraso
más o menos largo, y a ese retraso llama Ogburn <<desfase cul—
tural» 39. .
Ya se ha visto que Parsons, al contrario, está en absoluto des-
acuerdo con toda teoría que preste una primacía al dato material en
la evolución Social. Puede añrmarse, sin duda, que la perspectiva de
Ogbum es a corto plazo, y la de Parsons a largo plazo. Pero no es
menos cierto que sus respectivas posiciones siguen siendo inconci—
liables.
Se llega así a un problema sobre el que volveremos más adelante,
“el de la explicación causal del cambio. Hasta el momento, sin embar-
go, hemos querido atenemos exclusivamente a la descripción de los
diferentes tipos de sociedades propuestos por determinados soció—
10gos y a los que la sociología contemporánea sigue refiriéndose.
Pero se advierte claramente que esas clasificacionqs cobran todo su
sentido solamente 'en la medida en que es posible explicar cómo y
bajo la acción de qué factores se opera el paso de un tipo de socie—
dad a otro. Abordaremos este punto pn la tercera parte de lá presen-
te obra.

Tres problemas. de método.

Respecto a los métodos de investigación y de análisis aplicados a


estudios de este tipo, hemos apuntado, desde los comienzos del pre-
sente capítulo, los dos problemas principales que se plantean. El
primero es el de un criterio objetivo y auténticamente ciqntíñco de
clasiñcación de las sociedades. Este problema se ha planteado a todos '
los autores que hemos estudiado. De 'otro lado, según el criterio
principal por ellos utilizado, les hemos identíñcado y hasta clasificado
a nuestra vez. Han aportado a este problema diversas respuestas, pero
respuestas cuyo común objetivo era el de dar con un criterio científi—
camente válido, incluso ,por parte de aquellos autores de cuya inves-
39. William F. OGBURN, Social Change: With Respect to Culture. and Original Nature,
The Viking Press, Inc., Nueva York 1922.

253
tigación sociológica no han estado ausent_es las preocupaciones morales.
El segundo problema al que se ha aludido al principio de este
capítulo es el del carácter necesariamente histórico 0 evolucionista de
los estudios comparados y clasificatorios de las sociedades. El resto
del capítulo ha ilustrado abundantemente este hecho. El propio Tón-
nies, cuyas categorías fundamentales de comunidad y de sociedad
son las que más_ se han aproximado a una sociología <<pura», ha uti-
lizado sus categorías para interpretar la evolución histórica de los
tiempos modernos.
Existe sin embargo un tercer problema de método, aparecido en-
el transcurso de nuestra exposición: el de saber si es preferible re-
lcurrir a una tipología dicotómica que oponga a dos tipos extremos y
puros de sociedades, o si es más aconsejable la elaboración de una
clasiñcación más compleja y más continua. Herbert Spencer _adivinó
ya ese problema y lo resolvió mediante la presentación de dos clasi-
ñcaciones paralelas: compleja una y bipolar la otra. Tras él, Durk—
heim tuvo también que _habérselas con idéntico problema, y, aun
cuando supo ver mejor que Spencer el posible vínculo entre las dos
clasiñcaciones, concentró finalmente su atención en. la tipología di-
Cotómica.

Popularidad de las tipologías bipolares

Preciso .es admitir que las tipologías dicotómicas han conocido


más popularidad y hán ejercido una mayor influencia sobre la inves—
tigación sociológica que las clasiñcaciones continuas. Casi nunca se
menciona, 'por ejemplo, la clasificación compleja de Spencer, pero
abundan las "referencias a su oposición entre sociedad militar y so—
ciedad industrial. Otro tanto cabe decir de Durkheim, cuya distin—
ción entre solidaridad .mecánica y solidaridad orgánica es clásica en
sociología, mientras que ha caído en el olvido su clasificación de las
sociedades a partir de la horda. La dicotomía comunidad—sociedad de
T6nnies es conocida por todos los sociólogos, incluso por parte
de aquéllos que ignoran sus fundamentos psicológicos o sus aplicacio-
nes históricas. En fin, ya hemos dicho antes que las tipologías de
esta índole han sido populares y se han multiplicado en sociología.
Por lo demás, incluso en el caso de los autores que han elabora—

254
do una ”clasificación continua, no es raro comprobar que su cla-
siñcación ápenas disimula un cierto fundamento bipolar. En la ley
de los tres estados de Comte, por ejemplo, el estado metafísico es
descrito por_ el autor como un período intermedio, transitorio, que
ha_servid0 únicamente para desintegrar el estado teológico y preparar
el estado positivo_. Los dos estados que interesaban de un modo par-
ticular a Comte, estados ampliamente analizados por él,.son el estado
teológico y su contrario, el estado positivo. Asimismo, sin preten—
'sión alguna de hacer-decir a Parsons lo que realmente no dice, debe
consignarse el hecho de_ que sólo ha encontrado la expresión <<socie;—
dad intermedia» para designar la etapa situada entre la sociedad prí-
mitiva y la sociedad industrial. Creemos, evidentemente, que Par-
sons posee demasiado _sentido histórico y su evolucionismo está de-
masiado purificado de todo postulado de linealidad como para atri-
buir a las sociedades intermedias idénticas características que Au—
guste_ Comte. Pero incluso en él se advierte un resabio claramente
identificable de las tipologías dicotómicas que, sin embargo, ha pre—
tendido rechazar. ' _ _
Añadamos también que, como tendremos ocasión de observar en
un próximo capítulo, los estudios recientes sobre el desarrollo socio-
económico se han nutrido abundantemente en la tradición de las
clasificaciones dicotómicas. El desarrollo ha sido definido por no
pocos autores como la desintegración o la desorganización de una
sociedad tradicional y su transformación en una sociedad moderna.
Así lo con£rma el empleo, de unos años a esta parte, de la expresión
—<<modernización» para designar ese proceso o para hablar de un as-
pecto del mismo 4º. Por otra parte, el interés otorgado a los proble-
mas del desarrollo cuenta mucho en la renovación de los estudios
comparados y en el progreso del neoevolúcionismo. Después de Durk—
heim, la mayoría de los sociólogos, con escasas excepciones, apenas
encontraban interés alguno en esa especie de <<botáníca social» que '
constituyen las tentativas de clasificación de las sociedades. Preferían,
o bien las investigaciones casi exclusivamente empíricas, o bien los
estudios de teoría analítica. Las recientes investigaciones sobre países
en vías de desarrollo han evidenciado la necesidad de una clasiftca-
ción de los tipos de sociedades y etapas de su evolución.

— 40. Véase más adelante nuestro cap. xn.

255
Finalmente, en la sociología y la antropología norteamericanas,
la dicotomía a la que se suele remitir constantemente, dicotomía que
en cierto modo ha absorbido a" todas las demás, es aquella que opone
la sociedad tradicional (folle society) a la sócie'dad.urbana, () a veces
también a la sociedad industrial o moderna. Dicha dicotomía ha sido
populafizada sobre todo por el antropólogo Robert Redfield “, hasta
el punto de _que este último se ha convertido en una especie de sím-
bolo de la dicotomía en cuestión. Tendremos ocasión, en el capí- _
tulo siguiente, de examinar con mayor detalle la obra de Red£eld.
Insertándonos a nuestra vez en esta larga y _rica tradición de las
tipologías bipolares, conságraremos el próximo capítulo a establecer
un paralelo entre la sociedad tradicional y la sociedad tecnológica,
mediante el recurso a las diferentes descripciones que antropólogos
y sociólogos han dado de estos dos tipos de sociedad. Esto permitirá
sobre todo ilustrar el uso" que la sociología contemporánea hace de
las tipologías y clasiñcaciones que acabamos de estudiar.

41. Robert REDFIELD, Tepoztlan: A Mexican Village, University oí£hie¿go Press, Chicago
1930, en el que el autor ha formulado su -dicotomía en ocasión del estudio de una aldea
mexicana. También se leerá con interés, del mismo_ autor, su'artículo The Folk Society, en
<<The American Journal of Sociology», vol. 52 (enero 1947), p. 293—308.

256
Capítulo VII

SOCIEDAD TRADICIONAL Y SOCIEDAD TECNOLÓGICA

Como habrá podido comprobarse en el capítulo anterior, la fuen-


te primera de la investigación sociológica, la que constituye siempre
su principal punto dé apoyo, es el deseo de compte_nder mejor la so-
ciédad moderna. Desde principios del siglo XIX, los observadores se
percataron claramente de que la revolución industrial transformaba
las condiciones de vida de los hombres y alteraba la organización so-
cial. La sociología se ha constituido a instancias del esfuerzo por des-
cribir esos cambios, explicarles y prever su curso futuro.
Para analizar …la nueva Sociedad en vías de gestación y discernir
sus principales peculiaridades, se hizo patente la necesidad de com—
pararla con otros tipos de sociedad. De ahí nació la sociología com-
parada y evolucionista. También se dejó sentir la necesidad de con—
trastar la sociedad moderna con aquella que es más diferente de ella,
con la más primitiva. Cuanto más violento era el contraste entre
esos- dos tipos de sociedad, tanto mayor relieve cobraban los rasgos
que caracterizaban a la sociedad moderna. De ahí la aparición de las
tipologías dicotómícas y el éxito _que habían de conocer.
No resulta difícil discernir, en la sociología contemporánea, el
legado de las diversas clasiñcaciones estudiadas en el capítulo pre—
cedente. Las tipologías dicotómicas en particular son las que siguen—
siempre ejerciendo una mayor ínñuencia. Cabe encontrarlas, casi to-
das, en la distinción o la oposición que la sociología contemporánea
establece entre 10 que ella denomina la saciedad tecnológica y la so-

257
ciedad tradicional 1. Dado que esta' distinción entre dos tipos extremos
de sociedad viene a ser como el telón de fondo de buena parte de la
sociología moderna, se hace necesario proceder a una presentación y
a una discusión suficientemente elaborada de la misma. Tal es el ob-
jeto del presente capítulo.

I. LA SOCIEDAD TRADICIONAL

LA ESTRUCTURA ECONÓMICA DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL

Una economía simple

La estructura económica de la sociedad tradicional es simple,


porque, pára satisfacer sus necesidades, los miembros de esa socie—
dad utilizan directamente los bienes que les proporciona la natura-
leza, sometiéndolos tan sólo a un mínimo de transformación. Para
subvenir a su subsistencia, echan mano de uno de los recursos si-
guientes: cultivo del suelo, cría 'de ganado, caza, pesca, recolección
de frutos, de hierbas, de raíces, etc. Los. miembros de la sociedad
tradicional suelen practicar simultánea o sucesivamente dos o varias
acfívidades de este tipo: la pesca o la caza, por ejemplo, coexisten
con un poco de agricultura; 0 también, la cría de ganado y la agri-
cultura alternan según las estaciones. Es raro, sin embargo, que una
de esas actividades no sea predominante, pasando a desempeñar la

1. Hemos optado por estas expresiones, y no por otras. La expresión <<sociedad tradicional»
es bastante usual en sociología, al menos en la de lengua francesa, y casi corresponde a lo que
los norteamericanos denominan folk society. La expresión ((sociedad tecnológica» tal vez no
esté tan difundida. Robert Redfield, de quien por lo demás tomamos muchas cosas, opone
folk society a sociedad urbana. Estimamos, como se verá más adelante, que el carácter urbano
no_ es más que un aspecto de la sociedad tecnológica y que, en consecuencia, esta última expre-
sión es mucho más acertada por ser más extensa. Sobre todo en The Prímitive World and its
Tramformatiorzs, Cornell University Press, Ithaca, N.Y. 1953, ha presentado REDFIELD su pc-
netrante análisis de la sociedad tradicional. Versión castellana: El mundo primitivo y sus tram—
formacíones, Fondo de Cultura Económica, México. Cabe consultar con provecho su artículo
Tbe Folk Society, en <<American Journal of Sociology», LII (enero 1947), p. -293-308. Otros
autores oponen_ .la sociedad industrial a la sociedad tradicional. Opinamos más bien, como más
adelante se explicará, que la sociedad industrial es un subtipo de la sociedad tecnológica. En
ña, más recientemente aún, algunos autores norteamericanos han utilizado las expresiones com-
munal society en oposición a associational society, a fin de designar, 3:p_r_1 yrpjras prácticas, lo
que aquí denominamos asociedad tradicional» y ¿sociedad tecnológica». El lector encontrará
un ejemplo sobre todo en Ely CHINOY, Sociological Perspective, Random House, Nu'eva York
21968, p. 81—86; versión castellana: Introducción a la sociología, Paidós, Buenos Aires 21962.

258 '
otra o las otras una función complementaria. Los etnólogos acos-
tumbran a clasificar las sociedades tradicionales de acuerdo con su
actividad predominante: pueblos agrícolas, cazadores, pescadores, pas-
tores, recolectores 2. De hecho, la organización social puede ser
diferente, a tenor de la actividad principal que cultivan. La adop-
ción de la agricultura es singularmente importante, por- cuanto de-
termina el paso de una sociedad nómada a una sociedad sedentaria.
Respecto a la vivienda y al utillaje, la sociedad tradicional re-
curre .a los materiales que le presta su medio natural: madera, pie—
dras, arcilla, 'hojas, osamentas de animales, etc. Por lo que respec-¡
ta al vestido, que puede ser más o menos rudimentario, se emplean
la pelusa o la piel de los animales, la lana, las cortezas, diferentes
plantas (lino, cáñamo, etc.). En el caso del vestido suele darse el
mayor grado de transformación de la materia bruta: tratamiento de
las pieles, tejido, tinte de los tejidos, etc. v
Un segundo factor conñere a la economía tradicional su sím-
¿ plícidad. Nos referimos a la teciz0logía arcaica empleada en esas
diversas actividades productivas. Se considera arcai_ca la tecnología
que ofrece los tres rasgos siguientes: recurso a la energía bruta de
la naturaleza, como la fuerza ánimal, el viento, el agua; utilización
de herramientas que constituyen la prol'ongación directa de los
miembros del cuerpo humano (el martillo o la maza prestan al brazo
y al puño una fuerza superior para golpear); empleo de armas sim—
ples, como el hacha, las flechas, el* dardo, etc.
La economía tradicional, en fin, 'es simple'porque -se funda en
una división del trabajo sumamente elemental, consistente, por
regla general, en distribuir las tareas entre los sexos y entre las
<<clases de edad». Tareas diferentes son conñadas a los hombres y a
las mujeres. Los niños y los ancianos cultivan actividades más
simples o menos fatigosas. La división del trabajo, por ser rudi-
mentaria, es a menudo estricta y rígida: los hombres no aceptan
los trabajos atribuidos a las mujeres, y viceversa. Añadamos, sin em-
bargo, que determinadas especializ¡aeiones de índole profesional pue-
den darse también_ en .la sociedad tradicional: tal es ¿el caso, por
ejemplo, del hechicero, pero también 10 es de los diferentes tipos de
artesanos que se especializan en la fabricación de diversos objetos.
2. Por ejemplo, André VARAGNAC, De la prébistoire au monde modeme: Essai d'une An-
tbropod&nanzique, Plon, París 1954, p. 35.

259
Una economía de subsistencia

Una tecnología arcáica y una división elemental del trabajo sólo


pueden dar lugar a una productividad muy escasa del trabajo hu—
mano. De ahí se deriva lo que ha dado en llamarse una economía
de subsistencia, característica de la sociedad tradicional. En este
tipo de economía, la sociedad produce los bienes de inmediata ne-
cesidad para su subsistencia y su defensa. Acumula excedentes sólo
para un cortó período (unos días, unos meses, un año a lo más).
El problema del abastecimiento es pues casi cotidiano. De ahí que
ocupe un lugar preponderante tanto en la actividad de cada uno
como en el pensamiento y en las conversaciones de los miembros
de este tipo de sociedad. La carestía y el hambre son una cons-
tante amenaza para la economía de subsistencia. Si -la caza o la
pesca no son abundantes, o resulta dañada la recolección, puede so-
brevenir el desastre a toda una comunidad humana. Esto explica
que, en ciertas Sociedades donde la situación es singularmente pre—
caria, la cualidad principal que se exige del jefe, y su preocupación
' mayor, sea la de asegurar la subsistencia del grupo 3.
En estas condiciones, la sociedad tradicional sólo excepcional—
mente es exportadora. Por otra parte, los medios de transporte de
que dispone son muy lentos. Su área de contactos es pues limita-
da. Los intercambios — cuando existen — sólo pueden efectuarse
entre sociedades inmediatamente contiguas y afectan únicamente a
un reducido número de artículos. Incluso dentro de los límites mis-
mos de una sociedad tradicional, los intercambios comerciales son
a menudo casi inexistentes o muy escasos. La moneda no existe o,
caso de existir, es muy poco utilizada. El trueque es la principal
forma de intercambio y se efectúa a menudo de una manera ritual
y ceremonial (en ocasión de una ñesta, de unos juegos, de un duelo,
etcétera) más que para fines propiamente comerciales.

3. Eíeníplos ifnpresionantes de este hecho cabe encontrarlos entre las bandas indias de
Brasil, descritas por Claude LáVI—STRAUSS en Triste: tropiques, Plon, París 1955. '

260
Una sociedad reducida

La economía de subsistencia tiene importantes implicaciones


demográficas. Explica, 'en primer lugar, el hecho de que la sociedad
tradicional sea siempre numéricamente reducida y sea muy exigua
la densidad de población. Dados los recursos naturales con que
cuenta para sobrevivir y la tecnología arcaica de que dispone, la
sociedad tradicional debe disponer de un territorio suficientemente
vasto con respecto a su población. Por otra parte, el'crecimiento de-
mográf1co de este tipo de sociedad no puede ser rápido. En caso
contrario, pronto se rompería el equilibrio entre la población y los
recursos naturales. En la práctica, a causa de las condiciones higié-
nicas deéfavorables y de los conocimientos médicos rudimentarios,
la esperanza de vida es muy limitada, y harto elevada la mortali—
dad infantil… Las emigraciones y las guerras concurren también, lle-'
gado “el caso, a la reducción de la presión demográfica. Existe pues
un índice demográfico máximo u óptimo que toda spciedad tradicio-
nal está obligada a 'respetar.

LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL

La parentela

La organización social tradicional gira en torno a dos ejes prin—


cipales: la“ parentela y los grupos de edad. La parentela se funda en
el reconocimiento de los lazos de la sangre y de los vínculos de alian—
za, por el matrimonio, que unen a un conjunto de personas. Esos
lazos dan lugar a una compleja red de relaciones entre 'individuos
de diversas edades, relaciones basadas en unos derechos, deberes y
obligaciones explícitamente de£nídos y regulados por normas y
_ prescripciones a veces muy estrictas. Por su pertenencia a una pa-
_ rentela, toda persona se veobligada a alimentar ciertos sentimien—
tos con respecto a diversas personas, a prestar más respeto a unos
individuos que a otros, a ayudar a determinadas personas en mayor
medida que a otras, etc. ' '

261
Funciones de la parentela

En la sociedad tradicional, la parentela desempeña importan—


tísimas funciones. La parentela confiere a cada miembro su <<perso-
nalidad social»: una persona está integrada en la sociedad tradi-
cional por el lugar que ocupa en el sistema de la parentela. El nom-
bre por la que es conocida, y que la designa, a menudo 'no es más
que una descripción de ese lugar (<<Pedro de Héctor»). Muchos mi-
sioneros y etnólogos, para ser admitidos en sociedades tradiciona-
les, han debido hacerse adoptar por una familia, hecho_ que les valía
un nombre, un status y sobre todo la confianza de la gente. No
pertenecer a grupo alguno de parentela, en una sociedad tradicio-
nal, es ser un extranjerº, 10 que a menudo equivale a ser un ene—
migo, siquiera potencial. v
La parentela constituye además una amplia red de interdepen—
dencia y ayuda mutua, en razón de las numerosas obligaciones que
crea entre sus miembros. En caso de necesidad, siempre puede con—
tarse con la ayuda de los miembros de la parentela. En una eco-
_ nomía de subsistencia, esa ayuda es a'menudo preciosa para quienes
se beneñcian de la misma, del mismo modo que puede resultar cos-
tosa y pesada para quienes deben contribuir a ella. En un capítulo
ulterior se verán los problemas que puede acarrear este hecho a los
países tradicionales en vías de industrialización.
Pero, por encima de todo, cabe decir que la parentela consti-
tuye en casi todas las sociedades tradicionales el esqueleto de la
organización social. Toda la vida colectiva de la comunidad se es-
tructura en torno a la parentela y asume sus formas. Muchas socie-
dades tradicionales, por ejemplo, están divididas en clanes o en
<<mitades», que no son más que grupos de parentela; todos los
miembros de un dan 0 de una <<mitad» se consideran de algún
modo parientes. En tales sociedades, casi todas las actividades re-
ligiosas, recreativas, económicas 0 militares se organizan conforme
a las delimitaciones de los clanes o de las <<mitades». El poder po-
lítico nace también con harta frecuencia del poder de los jefes de
familia o de los jefes de clan. Incluso se da el caso de que la divi-
sión en grupos de parentela se concretice en 12fófdenación física
del poblado y en la localización de las residencias, a fin de—asegurar

262
que los miembros de un mismo clan o de una misma <<mitad» sean
vecinos 4.
En la sociedad tradicional, la parentela es pues un factor esen-
cial de diferenciación social: opera distinciones y reagrupaciones en
el seno de la sociedad. Pero constituye asimismo un importante
factor de integración social. Inspirándose en el Essaí sur le don, de
Marcel Mauss, Lévi-Strauss ha demostrado que, en estas socieda-
des, el matrimonio es primordialmente un modo de intercambio de
mujeres creador de una compleja red de vínculos entre los grupos
de parentela, los clanes y las <<mitades». Estos grupos, por consi-
guiente, están intervinculados por una serie de obligaciones diver-'
sas, de deudas, de responsabilidades y de relaciones afectivas que
aseguran las solidaridad de la sociedad global e impiden su disgrega—
ción en grupos más reducidos 5.

Complejidad de las formas de parentela

Sin embargo, no debemos imaginar que, por esfar basada en la


parentela, sea simple esta organización social. Contrariamente a su
estructura económica, la organización social de las sociedades tra-
dicionales es a menudo harto compleja, por cuanto las formas de
parentela son a su vez complejas. El antropólogo norteamericano
Murdock ha demostrado que no existen menos de veinte tipos prin-
cipales de formas de parentela, con diferentes variantes 6. En la prác—
tica, el antropólogo que entra en contacto con una nueva sociedad
debe a menudo consagrar mucho tiempo a la tarea de desmadejat
los lazos de la parentela, lazos que cada miembro de la sociedad
parece sin embargo comprender con meridiana claridad. Da la im-
presión de que las sociedades tradicionales se han especializado de
algún modo en el arte de inventar y aquilatár las formas de paren—
tela, puesto que éstas constituyen el núcleo de su organización social.

4. Por ejemplo, el caso de la aldea Bororo en Brasil, transcrito por C. Lév1—vass, o.c.,
p.» 187 ss.
5. Claude Lév1—Smuss, Les structurex e'lémentaíres de la parenté, PUF, París 1949.
6. George P. MURDOCK, Social Structure, MacMíllan, Nueva York 1949. -

263
Las categorías y grupos de edad

El segundo eje de la organización social de las sociedades tra—


dicionales és el de las categorías y grupos de edad que delimitan
horizontalmente los grupos' de parentela. En la sociedad tradicio—
nal, derechos y obligaciones son inherentes a las varias etapas de la
vida humana. Estos derechos y deberes han dado lugar, en casi
todas las sociedades tradicionáles, & un rico simbolismo destinadº
a expresadºs, hecho' que prueba su importancia. Por lo demás, el
paso de una edad a otra viene a menudo señalado por ceremonias
y fiestas, a las que Van Gennep ha. dado el nombre de <<ritos de
transición» 7.

En Francia

Un pasaje del libro de André Varagnac, De la prébz'stoz're au


monde modeme, resume perfectamente la historia y el lugar de las
categorías" de edad en las" sodedades tradicionales. Hablando de la"
vida social pgehistórica anterior a la edad de los metales, Varagnac
escribe: <<Las familias estaban ciertamente organizadas en? agrupa-
ciones comunales. La comunidad, la tribu (que podía estar consti—
tuida por varios poblados) estaba asimismo fuertemente estructu—
rada conforme a un tipo de organización que los etnó'grafos han de—
nominado “clases de edad”. Todos los miembros de la comunidad
estaban insertos, de acuerdo con su edad media, en un grupo par-
ticular. Los niños, los jóvenes, los padres y las madres, los ancia-
nos, etc., integraban respectivamente tales grupos, grupos que se
caracterizaban por derechos y deberes especiales, por situaciones y
comportamientos particulares… Todos los habitantes formaban oin-
gatoriamente parte“ de esos grupos sucesivos. Los etnógrafos han
verificado 'este» tipo de segmentación, de articulación social, en las
poblaciones más arcaicas desconoc_edoras de la divisióri social en
castas o en clases. Ahora bien, las investigaciones de los sociólogos
y folkloristas en todos los países de Europa han evidenciado la su—

_.
¡. Arnold VAN GENNEP, Les ritex de passage, Nourry, París 1909.

264
pervivencia, hasta nuestros días, de esa antiquísima organización
social, pese a los cuatro mil años de metalurgia y, consiguientemen—
te, pese a la división de las sociedades en castas y en clases socio—
económicas» 8. El propio Varagnac ha estudiado esa <<superviven-
cia» de las clases 'de edad en la sociedad contemporánea. En otra
obra suya, nos ofrece un magnífico ejemplo de las categorías y gru—
pos de edad en el antiguo campesinado francés 9. Inspiréndose en
el folklore de las diversas regiones francesas con miras' a delimi-
tar el simbolismo prestado a las etapas de la vida humana, Varag-
nac distingue ocho categorías de edad:

1. La primera edad (de la concepción al final ¿le la lactancia). El


feto y el bebé, seres frágiles e indefensos, precisan protección,
sobre todo-porque están <<sujetos a los ataques de los espíritus
malignos y de los brujos… Desde su nacimiento, los bebés de-
bían ser guardados, noche y día, por un adulto, a menudo arma-
do». A cambio, el bebé que pertenece aún al más allá de donde
viene, es para el hogar que le recibe prenda de santificación y de
bendición. '
Los niños. El término de la lactaricia, que por regla general
no se producía antes de que el niño cumpliera la edad de dos o
tres años, señala el paso a la infancia. El niño es considerado
aún como un <<mensajero del otro mundo», pero puede ahora
atraer las bendiciones del cielo no solamente sobre su hogar, sino
también sobre los otros que Visita, como lo demuestran ciertas
fiestas y ceremonias descritas por Varagnac. _
Los jóvenes. Los jóvenes de ambos sexos están investidos toda-
vía de ciertas funciones magicorreligiosas, 10 que les vale un lu—
gar especial en determinadas fiestas y ceremonias. Pero su rol
social se á£.tma cada vez más. En el caso de las chicas, se trata
de un período de <<autonomía temporal», previo a su definitiva
sujeción al hombre. por mé_dío del matrimonio. Son pues objeto
del <<amor cortés». Los muchachos tienen más responsabilidades
cívicas: <<deben preparar la formación de nuevos hogares, con-
trolar la paz doméstica y, en líneas generales, cuidar de las bue-

8. A. VARAGNAC, o.c., p. 162-163.


9. André VARAGNAC, Civilisatíon traditionnelle et genre: de vie, Albin Michel, París 1948,
p. 113-245.

265
nas costumbres que definen los deberes y los derechos propios de
las categorías de edad... Co'nstituyen el núcleo esencial de la
fuerza militar de la comunidad... Parece, en fin, que en diver-
sas regiones han sido particularmente encargados de la conser-
vación de las vías de comunicación...» '
Los recién casados. El matrimonio es un auténtico <<rito de tran-
sición» que modifica profundamente el status de los dos nuevos
cónyuges. Estos forman, durante su primer año de matrimonio,
una categoría particular, intermedia entre la juventud y la edad
madura. El folklore que les concierne es muy rico. -Varagnac lo
resume en estos términos: <<Determinado número de costumbres
relativas a los casados de menos de un año proceden de un sim—
bolismo sexual elemental. Otras están en relación con el na—
cimiento de un hijo. Alguhas imponen a los casados de menos
de un año el pago de unas cúotas. Las hay que les valen unos
donativos. Algunas les someten a novatadas. Otras les convier—
ten en jefes temporales de la juventud...»
Los padres y las madres de familia. <<El nacimiento del hijo se—
para "al nuevo matrimonio del grupo 'de los jóvenes»: accede pro-
gresivamente a una nueva categoría, más difusa pero netamente
diferenciada por la autoridad que se le atribuye y las muchas
y pesadas cargas que recaen sobre" él. <<Dueños de los trabajos
y del consumo cotidiano, los padres y las madres de familia son
también los artífices responsables de la acumulación …de las re-
servas .y las riquezas... Conservar el capital vivo — gente y ga-
nado del patrimonio familiar — y las reservas perecederas: lu—
cha de cada día y de cada noche contra un universo de peligros
invisibles. . , » , 4 1
Los viudas y las viudas. Se espera de los viudos y de las viudas
que asuman solos y con valor las responsabilidades del antiguo
hogar. El— campesino francés no veía con buenos ojos las segun—
das nupcias con una persona más joven. El viudo o la viuda que
que contraía nuevo matrimonio corría el riesgo de ser víctima de
una <<cencerrada» por parte de los jóvenes que se consideraban
privados de una posible cónyuge.
Los ancianos. El matrimonio del último hijo señala el paso a
esta categoría de edad. Un rico_folklore tiene lugar con ocasión
de este matrimonio, folklore cuyo simbolismo trasluce el retiro '

266
al que acceden los padres ancianos. Es el período del ocaso físi-
co, de la jubilación laboral y sexual.
8. Los difuntos. Estos forman, a juicio de Varagnac, una auténtica
categoría de edad, por cuanto siguen viviendo en medio de los
vivos, siquiera por un período de tiempo. Tienen diversas exi-
gencias frente a los vivos, merecen ciertas_consideraciones y pue—
den, llegado el caso, castigar o recompensar, según se les preste
o no ayuda.

En Quebec

Varagnac insiste en el hecho de que las categorías de edad no


eran las mismas en todo el campesinado francés; Se daban algunas
variantes de una región a otra. A este respecto, el antropólogo nor—
teamericano Horace Miner nos ofrece un interesante punto de com—
paración. En su monografía de la aldea rural de St—Denis deKamou—
raska en Quebec, en donde permaneció en los _años 1936 y 1937,
Miner10 ha identificado seis categorías de edad: -

1. Los niños pequeños, es decir, los niños desde su nacimiento has-


ta su ingreso en la escuela. Se trata de un período de relativa
independencia unida al aptendizaje del que se hacen cargo los
progenitores, así como los hermanos y hermanas de más edad.
Es un período no productivo, en el que impera el juego entre
niños y a veces también con los adultos. .
2. Los niños en edad escolar, es decir, los niños de seis a diez o
quince años. Constituye el inicio de <<la vida seria»: 'el niño
debe frecuentar la escuela y, en casa, ha de empezar a prestar
pequeños servicios, de acuerdo con su sexo. Este período viene
señalado por dos ritos de transición religiosos singularmente
importantes: la primera comunión hacia la edad de siete años y la
comunión solemne que, hacia los doce años de edad, anuncia el
comienzo de la adolescencia. “
3. Los adolescentes. La conclusión de los estudios señala el paso
de£nitivo de la infancia a la adolescencia. El universo de las
relaciones sociales se amplía para el adolescente: participa en las
10. Horace MINER, St-Dem's, A French Canadian Parisb, The University of Chicago Press,
Chicago 1939. ' '

267
'Drv—knr <nr¡n1nn:a ""
<<veladas», tiene su grupo de amigos con- quienes' se encuentra
en diversas¿ocasíones. De otro lado, participa activamente en
los trabajos del campo “o_de la casa. Varagnac no había distin—
guido entre adolescentes y jóvenes, distinción claramente subra—
yada por Miner.…
Los ióven'es. El paso a esta categoría. de edad, se traduce pro—
gresivamente por los cambios en el modo de vestir, por el dere—
cho a fumar en el—caso del muchacho, por el inició de las rela—
ciones y sobre todo por las responsabilidades crecientes en la
preparación de Su futuro.
Los padres y las madres de familia. No parece darse en St-Denis
una categoría especial de recién casados, como la descrita por
Váragnad a propósito del campesinado francés. El mátrimonio
introduce más directamente en la edad madura en St—Denis que
entre el campesinado francés. Tras el importante rito de transi-
'ción del matrimonio, Miner observa una transformaéión pro-
gresiva en la pareja: la mujer adopta unos vestidos más largos,
más oscuros, no se ríza ya el pelo, el períodó del amor cortés
ha concluido. El hombre se deja el bigote. Pero, sobre todo,
asumen ambos, como los campesinos franceses, responsabilidades
cada vez más pesadas.
Los ancianos. El matrimonio del último hijo no parece haber te—
nido en St-Denis la importancia que revestía entre el campesi-
nado francés. Tal vez en el momento en que el anciano ma-
trimonio cede sus tierras y sus bienes al hijo que habrá de su—
_c'ederle, accede al retiro, en cuyo transcurso se ocupará 'de pre-
pararse bien para la muerte y asegurar su salvación eterna.
Aun cuando Miner no considere específicamente a los difuntos
como una categoría de edad, da sin embargo buen número de indica-
ciones reveladoras de que los difuntos siguen presentes en el espíritu
de los vivos, difuntos a cuyo respecto los vivos tienen ciertas deudas
y deben cumplir ciertas obligaciones.

Globalismo de la organización social

'Un aspecto notable de las categorías de eda<ía£1plíamente Sub-


rayado por Varagnac y Miner, es el hecho de que lo mágico, 10

268
religioso y lo profano se mezclen y confundan en ellas. Tanto en
los ritos de transición como en los derechos y deberes atribuidos
a las diferentes categorías, se observa casi siempre una fusión de lo
sobrenatural y de lo temporal. Este hecho, por lo demás, ,nos lleva
a comprobar que, en líneas generales, la organización social de las
sociedades tradicionales está estrechamente vinculada a lo sagrado.
Se accede a un estatuto o se cambia de estatuto pasando por unos
ritos mágicos o religiosos. El poder a todos los niveles, familia, pa-
rentela, sociedad global, es religioso y político a la vez. Aun cuando
se dé una distinción entre el poder político y el poder religioso,
ambos se mantienen siempre estrechamente interdependientes y ¿[sol
dados. El ciclo anual de la vida Cotidiana está también jalonado de
buen número de fiestas religiosas y sociales a un tiempo. Tales ñestas
tienen a menudo por objeto a una categoría o a un grupo de la
organización social. Pueden imponer a los padres o a una categoría
de edad responsabilidades bastante pesadas en 10 que atañe a la
preparación y al desarrollo de las ceremonias rituales (bailes, cantos,
juegos, intercambios, etc.). ,
La fusión de lo sagrado y de lo profano con£ere a la organi-
zación - social de la sociedad tradicional un cierto globalísmo, un
carácter unitario, que ha iríducido a buen número de antropólogos a
considerar este tipo de sociedad como un conjunto muy integrado,
lo que no siempre es así. El hombre de la sociedad tradicional obe—
dece a unas normas, a unos modelos de conducta, que le son impues—
tos en nombre de lo sagrado y en nombre de la sociedad a la vez. De
ahí la posibilidad de que, con una misma acción, incurra en unas
sanciones inmediatas y en unas sancioríes en el más allá. El poder
político reivindica el apoyo de los espíritus sobrenaturales y el peso
de la tradición y del derecho. Los actos legales (tratados, matrimo-
nios, promesas, etc.) entierran asimismo un carácter mágico. El
destino global aquí abajo y en el otro mundo se juega pues Con harta
frecuencia en la conducta social de los miembros de la sociedad
tradicional.

269 '
El' control social

A esto se añade el hecho de que, en— la socígdad tradicional, el


control social" se ejerce de 'una manera *directa e inmediata, por
cuanto su universo social es muy reducido y todos sus miembros
se conocen. En la áldea, el desviante se hace notar más pronto que
en la gran ciudad y sufre una sanción casi inmediata. En una comu—
nidad reducida, que vive replegada sobre sí. misma, el control'de cada
individuo por todos los demás se ejerce de una manera casi constante.
Entre los mecanismos dé control existentes en la sociedad tradi-
cional, debemos otorgar un lugar particular al <<comadreo», estudiado
por varios antropólogos. Rompiendo la monotonía y la rutina de la
vida cotidiana, el comadreo hace las veces de la prensa escrita o
hablada. Aporta un elemento de novedad y de diversión a una vida
social ¡que a menudo carece de ellas, tanto más cuanto que la ima-
ginación no deja de mezclarse en todo ello. Se comprende, pues,
que el comadreo constituya un poderoso factor de control social.
-Por consiguiente, puede añrmarse que cada miembfo de la socie—
dad tradicional pertenece a ésta de una manera global e incondicio-
nal. Según la terminología de Parsons, el individuo está vinculado
a ella de un modo más difuso que específico. De ahí que la orga-
nización resulte en este caso estable y muy bien trabada.

LA MENTALIDAD DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL

El empirismo

Uno de los prejuicios más tenaces que ha retrasado los progresos


de la" antropología moderna ha sido el de creer en la existencia de
una <<mentalidad primitiva» esencialmente diferente de la del hom-
bre civilizado. Lévy—Bruhl ha sido sin duda el representante más
típico de esta teoría. El fue quien la formuló con mayor claridad
y del modo más exagerado, aun cuando, al fmal de su vida, puso
en entredicho sus prºpias hipótesis “. A
11. Lucien IiW—BRUHL, La mentalité prímitíve, Alcan, París 1922kVersión castellana: La
mentalidad primitiva, Leviatán, Buenos Aires 1957. En Les carnets, PUF, París 1949, publica-.
dos después de su muerte, Lévy—Bruhl puso en tela de juicio sus propias concepciones.

270
Lévy-Bruhl oponía a la <<mentalidad lógica» de *la civilización
oécídental la <<mentalidad ptelógica» del hombre primitivo, alegando
que ésta última 'operabá sobre la base de ciertos principios funda-
mentalmente diferentes. de los principios de. la lógica racional. En
consecuencia, el primitivo no podía establecer las mismas relaciones
que nosotros entre los objetos,— por cuya razón desembocaba en
clasificaciones diferentes de las nuestras, por cuanto establecía entre
las cosas o entre los acontecimientos relaciones fundadas en princi-
pios completameñte extraños a los núestros. Lévy—Bruhl concluía con
la afirmación de que. ambas mentalidades son definitivamente irre=
conciliables.
Esta teoría está hoy completamente abandonada. No porque_ se
niegue la existencia de algunas diferencias entre esas dos menta-
lidades, sino porque se han buscado las diferencias por otros caminos.
En primer lugar, preciso es admitir la existencia de un ”conside-
table lote de conocimientos científicamente válidos en el seno de
las sociedades tradicionales, incluidas las más" <<primitivas». Muchos
hechos lo demuestran. En las sociedades más arcaicas, los hºmbres
" poseen un conocimiento profundo de la naturaleza, .de las propieda—
des de las plantas, de los movimientos de los astros, de las costumbres
de los animales, etc. Pero tales conocimientos son esencialmente
empíricos. Les falta el marco y el fundamento teóricos que consti—
tuyen la ciencia 'moderna. Forman un conjunto de informaciones
heteróclitas, parciales y' yuxtapuestas qUe, aun. cuando sean todas
ellas verdaderas y por consiguiente útiles y prácticas, no constituyen
por esto una ciencia. Cabe, pór ejemplo, predecir el tiempo que
hará según el vuelo de los pájaros, las provisiones con que Se hacen
ciertos animales, los reumatismos, etc., y'engañarse muy raras veces.
Pero el conjunto de estos conocimientos no constituye una ciencia
meteorológica fundada teóricamente. Las previsiones de los meteo-
! rólogos pueden resultar a menudo más falsas que las de los indios
o campesinos. Poco importa. No por esto es menos cierto que el
conocimiento de los primeros es de tipo científico, mientras que el de
los segundos es de índole empírica.

271
Naturaleza del empirismo tradicional

Lévi-Strauss, autor que ha analizado prºfundamente 'la mentalidad


tradicional, recurre, para explicarla, a una clariñcadora comparación
entre el chapucero y el ingeniero. El” chapuceró posee unos corfoci-
mientos empíricos, prácticos y eficaces: unos <<truc0s». Sabe sacar
partido de los materiales y de las herramientas. Se las arregla con
medios rudimentarios. Puede efectuar buen número de trabajos en
casa, sin contar para ello con un bagaje teórico complicado. El
ingeniero, aun cuando a veces sé vea superado' por el chapucero
en 10 que atañe a la buena conservación de su propia casa, posee,
sin embargo, conocimientos teóricos y experimentales más avanzados
que le permiten concebir y dirigir vastos trabajós. Los conocimientos
del chapucero no son menos cientíñcamente válidos que los del in—
geniero. Lo que ocurre es que no son del mismo orden ni del mis-
mo nivel. Los conocimientos del chapucero se “mantienen al nivel
del empirismo, mientras que los del ingeniero pertenecen al orden
de la ciencia experimental.12 '
El conocimiento empírico es el resultado de una paciente y aten—
ta observación de las cosas. Se constituye por la acumulación de
informaciones y datos detallados y fragmentarios. Su fundamento
no es ni la deducción lógica ni la experimentación en laboratorio,
sino más bien una larga tradición de exactitud. Descansa sobre el
hecho de que los vuelos de los pájaros jamás han engañado sobre
el tiempo que hará. Este tipo de conocimiento es, propiamente ha—
blando, tradicional, por cuanto su garantía es precisamgnte la tra—
dición transmitida desde tiempos inmemoriales. Llegamos así al
sentido más profundo y real de la expresión social <<tradicional».

El conservadurismo

En esta perspectiya se Comprende que el cambio y 'la innovación


no sean bien acogidos y hasta parezcan peligrosos. Ponen en entre—
dicho y pueden destruir la basemisma del orden intelectual y de
1.2 Claude Léw—Smuss, La pensée sauvage, Plon, París 1962, p. 26-33. Versión castella-
na: El pensamiento salvaje, Fondo de Cultura Económica, México.

272
la felación mental y práctica con las cosas. ¿Aca'so no es más seguro
seguir confiando en los conocimientos útiles, probados por el tiempo,
que aceptar. unas ideas nuevas, sobre todo cuando éStas son extrañas
al proceso intelectual habitual? El conservadurismo característico
de la mentalidad tradicional es, pues, básicamente una protección
contra todo lo que amenaza a la tradición como base del orden inte—
lectual y de la adaptación felizmente conseguida al orden natural.

El pensamiento mítico -

Para mejor comprender ese conservadurismo, debemos volver a


'la comparación con el chapucero. Existe una diferencia importante
entre la mentalidad del _chapucero y la del primitivo. El primero
sabe de la existencia de una ciencia teórica que ignora o conoce
poco, pero que respeta. El segundo ignora su existencia, o, caso de
conocerla, no se interesa por ella o hasta la desprecia, como se
desprende de los varios testimonios aportados por Lévi-Strauss. Por-
que, en la sociedad tradicional, la mitología hace lasºveces de ciencia
teórica; El mito forja la unidad de los conocimientos dispares y
heteróclitos: en él cobran los conocimientos su significado y su cohe—
rencia. En la sóciedad tradicional, la mitología hace, a un tiempo, las
veces de ciencia natural, de historia y de ciencia social. Narra, más
que explica, por qué las cosas son como son. Relata su origen y
desarrollo. Menciona a sus autores lejanos. De este" modo, la mito-
logía contribuye a fundar la tradición en un orden humano y supra—
humano a la vez, en el que se conjugan lo sagrado, lo cotidiano y
lo útil.

Relaciones de lo sagrado y de lo profano

El importante papel del pensamiento mítico en el ámbito de los


conocimientos explica también otro rasgo característico de la menta—
lidad tradicional: la fusión'de lo sagrado y de lo profano. Mircea
Eliade ” ha ilustrado abundantemente cómo, en la mentalidad tra-
13. Mircga ELIADE, Le sacré et le profane, Gallimard, colección <<Idées», París 1965. Ver-
sión castellana: Lo sagrado y lo profano, Guadarrama, Madrid 1967.

273
dicional, los objetos y los acontecimientos remiten a <<otra cosa»,
a un orden invisible que existe y discurre paralelamente al orden
visible, orden invisible del que este último forma parte, puesto que
'lo aparente no es más que una parte del cosmos total, del que otra
parte no menos real permanece oculta a nuestros ojos. Este orden
invisible es el orden de lo- sagrado, que completa? al órden visible
y le confiere su verdadero significadó. Los acontecimientos y las
cosas no se explican pues_ solamente en sí mismas, sino que su
verdad necesita ser <<revelada» por referencia al universo sagrado,
porque ahí está su <<modelo» original y su fuente. Así se explica la
gran riqueza de símbolos <<teofánicos» en toda sociedad tradicional.
Otro tanto cabe decir de la vida colectiva, que se adapta también
a un modelo invisible. Las clases de la sociedad, la distribución de
las casas, el ciclo del año o de la vida humana están calcados sobre
el orden sagrado. Las fiestas, por ejemplo, que por regla general
son abundantes y constituyen etapas determinadas en el ciclo anual,
están destinadas a promover la participación de la comunidad en el
desarrollo de acontecimientos invisibles que se repiten anualmente.
.La percepción que de su sociedad tienen los miembros de la sociedad
tradicional y las explicaciones que dan de la misma (su ¿sociología
natural») se integran pues necesariamente en una vasta cosmogonía,
en la que el orden natural y el orden social pertenecen a un orden
superior que les sirve al mismo tiempo de ejemplar. Así se com-
prende mejor lo 'que antes hemos dado en llamar el <<globalismo» de
la organización social de la sociedad tradiciohal, su carácter unita-
rio», a cuyo respecto el pensamiento mítico es a un tiempo el origen
y el soporte.
Circunscrito en unos límites geográficos reducidos, el pensa-
miento tradicional no por eso desemboca menos, a través del mito,
en todo el cosmos entero. Pero se trata de un cosmos a cuyo res-
pecto casi todas las sociedades tradicionales se autoperciben como
su centro. Mircea Eliade observa que, en muchas religiones, un
árbol, una montaña, un templo, 'un santuario, una ciudad son con—
siderados como el centro y el pilar del mundo 14. Muchos antro-
pólogos han llamado la atención sobre el hecho de que el nombre de
un pueblo o de una tribu signiñca al mismo tiempo <<hombre» o

14. M. ELIADE, o.c., p. 31—44.

274
<<humanidad». El extranjeroes generalmente considerado como alguien
que pertenece a otra especie humana o como un hombre inferior,
cuando no como un enemigo. De ahí los ritos de adopción, a los
'que ya nos hemos referido, para admitir al extranjero en el seno
de la comunidad. '

El pensamiento mágico

En el contexto del pensamiento mítico y sagrado, la magia, tan


presente siempre en la vida de la sociedad tradicional, resulta coní—
prensible. La magia consiste esencialmente en la manipulación, por
el hombre, de fuerzas o energías invisibles, depositadas desde el
principio en las _co'sas o que, simplemente, forman parte de la natu—
raleza de éstas. La magia, a diferencia de la religión, es necesaria-
mente eficaz, a condición de conocer y practicar con exactitud los
ritos. La magia tiene pues, como la técnica y los conocimientos
empíricos, un objetivo práctico de aplicación: Como muy bien ha
demostrado "Malinowskí 15, la magia no sustituye Ein embargo a la
técnica ni desprecia la ciencia empírica, sino que más bien las
completa y prolonga. Los trobriandeses descritos por Malínowski, por
ejemplo, no utilizan la magia cuando pescan en las lagunas en que
abunda el pescado y no hay peligro alguno. Pero recurren a ella
para la pesca en alta mar, más incierta y peligrosa. La magia es a la
acción lo' que el mito es al pensamiento. Ambos operan la síntesis
de lo sagrado y de lo profano, la integración de lo visible y de lo
invisible.

15. B. MALINOWSKI, Magic, Science and Religion, The Free Press, Glencoe, III. 1948,
p. 14.

275
II. LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA

LA ESTRUCTURA ECONÓMICA DE LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA

Medio natural y medio técnico

Georges Friedmann ha evidenciado las características que dife—


rencian a lo que él' ha dado en llamar el medio natural y el medio
' técnica 16. El medio natural es aquel en el que el hombre vive en
contacto directo e inmediato con la naturaleza," cuyos ritmos asume
adaptándose a las exigencias e imposiciones del _entorno físico. 'En
un medio natural vive y sé organiza la sociedad tradicional.
El medio técnico, por el contrario, interpone entre el hombre
y la naturaleza una red de máquinas, de técnicas complejas, de
conocimientos ; de objetos fabricados, transformados, adaptados. El
hombre no depende ya de la naturaleza, sino que tiende más bien
a someterla a sus propias necesidades, a sus deseos, a sus ambiciones.
Explota la naturaleza en la acepción literal de la palabra, la domina
y la utiliza para sus propios fines. El medio técnico es, como observa
Friedmann, un <<nuevo medio», dada su reciente aparición en _ la
historia de la humanidad. Es el resultado de la revolución industrial,
es decir, del paso de la herramienta manual a la máquina, del trabajo
manual al trabajo mecanizado; y también 10 es del descubrimiento
de materiales nuevos y energías aún inexplotadas. El medio técnico
es realmente característico de la sociedad moderna. Es a un tiempo
su causa y su producto.

Medio técnico y economía de producción

Como consecuencia de la expansión del medio técnico, la estruc—


tura económica de la sociedad tecnológica resulta infinitamente más
compleja que la de la sociedad tradicional. La economía tecnológica
es una economía de producción, economía que se caracteriza por una

16. Georges FRIEDMANN, Sept étudex sur l'bomme et la technique, Gonthier, París
1966,
p. 7-69 y 203—206. '

276
productividad muy elevada del trabajo humano, que completa el em—
pleo de la máquina, de la electricidad, de la electrónica, de la energía
nuclear. Es asimismó una economía que eXige estar siempre en
expansión: lanzamiento al mercado de nuevos productos y exten—
sión a nuevos mercados. Contrariamente a la economía de subsisten—
cia, la economía de produccióh no puede estabilizarse, so pena de
retroceder. Su estado más natural es'el dinámico. La economía tecno-
lógica es pues necesariamente extensa, internacional por naturaleza,
fundada sobre una amplia red .de intercambios activados por un
'uso abundanté del crédito y la moneda. El espectro de la carestía
domina la sociedad tradicional, mientras que la superproduccióñ
constituye la amenaza constante que pesa sobre la economía tecno—
lógica. La única solución es, en tal caso, la expansión del mercado,
interno y externo," y ñnalmente una reducción de las horas de tra-
bajo del hombre. A la postre, la economía de producción desemboca,
paradójicamente, en la <<civilización del ocio».

Tres factor_es más de productividad elevada

La tecnología, sin embargo, no es suficiénte para explicar por sí


sola el aumento de la productividad. Otros tres factores concurren
a este resultado. Debemos referimos, en primer lugar, a la inver-
sión de enormes capitales. La revolución industrial sólo ha sido
posible por las considerables fortunas convertidas en "fondos para
la creación de las primeras manufacturas, de las máquinas, de las
industrias modernas, de los medios de transporte y de comunicadón.
La sociedad tecnológica requiere, pues, un complejo aparato mone—
tario_, basado tanto en el crédito como en la propia moneda.
En segundo lugar, la economía tecnológica sólo ha sido posible
gracias a una división cada vez mayor del trabajo. En su análisis
Sobre la riqueza de las naciones, Adam Smith ha evidenciado, con su
clásico ejemplo de la manufactura de alfileres, cómo la productividad
'se multiplica cuando el" trabajo en cadena sustituye a' la confección
completa del alñler por cada trabajador 17. Más que cualquier otra,

17. Adam SMITH, Sur la ricbesse dex nations, Methuen, París 1904, vol. 1, p. 6. Versión
castellana: Invextigación Sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Fondo de
Cultura Económica, México.

277
la sociedad tecnológica ha impulsado al máximo la división del
trabajo, hasta desembocar en la atomización de las tareas, fenómeno
que Georges Friedmann ha denominado <<el trabajo a migajas». Pero
esta fragmentación no se regi5tra únicamente en la fábrica. Toda la
sociedad se caracteriza por la especialización de las funciones, por
la profesionalización.

GRÁFICO I

%
100

» %,,
90
80
70
60
50

k
40

20
X
10 -

1800 1850 1900 1960


. Primario
. Secundano
O Terciario

Evolución de los sectores de producción primaria, secundaztz'a y terciaria en los


principales países industrializados, desde 1800 hasta nuestros días.

En tercer lugar, la sociedad tecnológica ha operado un conside—


rable desplazamiento de la mano de obra, del sector de producción
llamado" primario a los sectores secundario y terciario. El sector
primario es el de la explotación de los recursos naturales. Comprende
la agricultura, la pesca, la caza, la cría de ganado, las minas. El
sector secundario abarca todas las actividades de transformación de
la materia bruta en productºs elaborados. Comprende todas las for—
mas de actividad industrial. .El sector terciario abarca todas las
actividades de comercio, de transporte, de comunicación, los servi—
cios profesionales y públicos, las profesiones y, en líneas generales,

278
los empleos no manuales. Como han demostrado los economistas
Colin Clark y Jean ' Fourastié “, en un gráñco que reproducimos
aquí, desde los inicios de la era industrial se registra un trasvase de
la mano de obra, del sector primario, antes dominante, al sector
secundario primero, y luego cada vez más al sector terciario. En
los países más industrializados, se advierte una saturación y hasta
un comienzo de disminución del sector secundario en beneñcio del
sector terciario, en el que se prevé ya una próxima concentración
de la mayoría de la mano de obra, como consecuencia de la escola—
rización masiva de la población y del progreso de la automatización¿

Ruptura entre productor y consumidor

Esta evolución de la división del trabajo y de la estructura del


empleo ha entrañado una importante consecuencia, característica de
la sociedad tecnológica: la ruptura entre el productor y el consumi—
dor. En la sociedad tradicional, la familia consume 19 que ella misma
produce: es a un tiempo unidad de producción y unidad de consumo.
En la sociedad tecnológica, la familia es por regla general solamente
una unidad de consumo. El trabajador produce para un mercado
' que a menudo desconoce. Su lugar de trabajo nada tiene que ver
con su lugar de residencia. La producción se distingue radicalmente
del descanso, del ocio y del consumo.

Elevación constante de las necesidades de consumo

Merece subrayarse, en fin, una última característica de la eco-


nomía industrial, a saber, el hecho de ' que la expansión sostenida
de semejante economía descansa, en definitiva, sobre una elevación
cónstante de las necesidades de consumo. Como muy bien ha de—
mostrado Halbwachs, y tras él Chombart de Lauwe ”, las necesidades

18. Colin CLARK, Les conditions du progrés économique, traducción francesa por A. Mo-
rin—Rambert, PUF, París 1960. Jean Foumsm'a, Le grand espoír du XX= siécle, PUF, París,
edición definitiva, 1958.
19. Maurice HALBWACHS, L'évolution des besoins' dans les classes ouvriéres, Alcan, París
1933. Paul-Henry CHOMBART DE LAUWE, La vie quotidierme de: famille: ouvziéres, Centre
national de la recherche scientifique, París 1956. En Quebec, con este mismo sentido han enfo-

279
humanas no son fijas ni están definitivamente establecidas: evolu—-
cionan con 105 cicios económicos. <<Las fases de expansión (económi-
ca) suscitan la aparición de_nuevas necesidades que procuran luego
consolidarse» ºº. En ocasión de un período de prosperidad económica,
determinadas necesidades se hacén más reñnadas: tales el caso de
las necesidades relativas a la alimentación, al vestido, a la vivienda.
Se crean asimismo nuevas necesidades: la necesidad de la televisión
y del automóvil ha pasado a ser, .en la civilización occidental, cási
tan elemental como la necesidad de alimentación. Surgen también
nuevos órdenes de necesidades: necesidades intelectuales,. estéticas,
espiritualés. El <<nivel» de las necesidades no es, pues, un dato
abstracto o general, sino una realidad psicocultutal móvil, o que al
menos, puede serlo. En“ la sociedad indústrial, esta movilidad del
nivel de las necesidades constituye el resorte principal de aquello
que los economistas dan en llamar la elasticidad de la demanda, factor
esencial a la expansión industrial. La publicidad y todas las formas
de <<promoción» de los productos "tienden a aumentar la demanda
elevando cada- vez 'más el nivel de las¿ necesidades de los consumi—
dores. He aquí una situación inversa a la que prevalece en la sociedad
tradicional, sociedad en la que el nivel de las necesidadés es bajo y
casi estable.

LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DE LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA

Una organización social compleja

Resulta bastante fácil discernir determinados ejes de la organi—


zación social de la sociedad tradicional, como la— pa'rentela y los“
grupos dé edad; pero la cosa es ya mucho más difícil en el caso de
la sociedad tecnológica. Esta, eri efecto, comporta un maybrhúmero
de eleníentos o de estructuras que la sociedad tradicional. junto a
la parentela, 'que_ sigue desenípeñando ciertas funciones precisas, y
además de las categorías de edad que subsisten, como lo prueba en
particular la *i1ñportancia que, de únos años a esta parte,, ha adqui—

cado su estudio Marc—A. TREMBLAY y Gérald FORTIN, Les comportemenfréconamiques de la


famille :alariée- du Québec, Les Presses de 1'Université Laval, Quebec 1964.
20. P.H. Cnommm m—: LAUWE, o..c, p.11. -

2801 1
rido la llamada <<cultura de los jóvenes», la sociedad tecnológica
comprende también unas profesiones, unas clases sociales, unas aso—
cíaciones voluntarias, unos partidos políticos, unas iglesias, unos '
sindicatos y otros grupos de intereses, etc. Puede también afirmarse
que el carácter dominante de la organización social de la sociedad
tecnológica es su complejidad, hasta el punto" de que, pese a todos
los estudios de que ha sido objeto, sigue siendo muy difícil dar una
descripción completa y coherente de la misma. Por lo demás, en
sociología, con harta frecuencia se denomina <<sociedad cºmpleja»
a la sociedad tecnológica, con miras a oponerla a la sociedad tradj-
cional relativamente más si_mple (o que, por lo menos, así nos lo
parece).
Muchos sociólogos han evidenciado la multiplicidad de los roles
que debe asumir una misma persona en la sociedad tecnológica. Un
mismo individuo es a un tiempo padre de familia, empleado de una
oficina o trabajador en una fábrica, miembro de un club, de un
partido político, de ur_1'a unión obrera, de una iglesia, de diversas
asociaciones. Los riesgos de .<<conflictos de roles»_ són consiguiente—
mentc mayores que en la sociedad tradicional. Semejante sociedad
impone pues a sus miembros un considerable número de relaciones
calificativas por Parsons de <<especíñcas», es decir, unas relaciones en
las que la persona cºmpromete solamente una parte de sí misma.
Debe asimismo adaptarse a unas reglas que Parsons denomina <<uni—
versalistas», por cuanto el_ particularismo equivaldría a una auténtica
anarquía. Se trata de otros tantos modos de expresar la complejidad .
de la sociedad tecnológica: la fragmentación de la personalidad
corresponde, al nivel de los individuos y de su conducta, a la diver—
sidad de las estructurás de la sociedad.

Una sociedad polarizada en torno a la producción

Sin embargo, en caso de tener que condensar en una fórmula lo


que caracteriza a la organización de la sociedad tecnológica, diría—
mos que dicha sociedad gira principalmente en tomo a la producción,
a sus tondz'cz'ones y a sus consecuencias. El hombre de la sociedad
tecnológica debe ser un productor, y esto no sólo en el ámbito
industrial; sino también en el orden intelectual, artístico, político

281
e incluso religioso ( se piden incesantemente <<ideas nuevas», <<Valores
nuevos», una <<nueva filosofía», descubrimientos cientíñcos). Este
hombre debe producir mucho y sin cesar, porque él mismo y los
demás consumen ingentes cantidades de bienes materiales, de ideas,
de imágenes, de obras de arte, de ídolºs de toda índole. Tal es la
razón de que la sociedad tecnológica se caracterice en particular por
el lugar preponderante que ºcupan el mundo del trabajo y, por
esto mismo, la estructura y la organización' económicas.. No cabe
duda de que el trabajo está siempre presente en la vida cotidiana
de la sociedad tradicional, siendo la subsistencia uña lucha de cada
día. Pero no se encuentra en ella un univer'so del trabajo organizado,
estructurado y dominante como en la sociedad tecnológica. 5616 se
advierte, como se ha dicho ya, una estructura económica rudimentaria
y simple.
A nadie debe, pues, sorprender que Marx haya atribuido al tra-
bajo productivo y a la praxis un_ lugar central en su definición dell
hombre, ni que haya prestado a lo económico un papel preponderante
en la historia humana. Aplicado en todo caso a la sociedad industrial
que se constituía ante sus ojos, su análisis era válido. '
Veamos ahora con mayor detalle cómo esa preponderancia de la
producción y del mundo del trabajo se concretiza en la organización
social.

Predominio del <<status» adquirido

Partamos del hecho siguiente. En la sociedad tradicional, los dos


ejes en tomo a los “cuales gira la organización social confieren a las
personas unos status cuyos fundamentos son puramente biológicos:
lazos de Sangre y edad. Esto ha hecho decir a Ralph Linton ” que,
en este tipo de sociedad, la persona goza de un status asignado
* (ascrz'bed status), es decir, un status social que recibe al nacer o al
acceder a las diferentes etapas 'de su vida, sin tener que ganarlo
ni necesariamente merecerlo (por ejémplo, el status de hijo, de_
cuñado, de joven, de anciano); En lá sociedad industrial, por el

21. Ralph Lm-ron, The Study of Man, Appleton—Cenmry—Crofts, Inc., Nueva York 1936,
cap. vm. Versión castellana:Estudio del hombre, Fondo de Cultura Económica, México 1942,
91967. »

282
contrario, se hace dominante el status adquirido (achieved status),
es decir el status social que una persona obtiene por 10 que ella
hace, status que deriva de su propia actividad. Se trata, pues, de un
status que puede <<mejorar», en caso de que el sujeto lo desee o sea
capaz de ello. El status asignado se opone al status adquirido, de
modo parecido a como el ser se opone al hacer. Cuando se desea
conocer a alguien en la sociedad tradicional, se pregunta: <<¿De
quién es hijo?» En la sociedad tecnológica, en cambio, se pregunta:
<<¿Qué hace? », o también <<¿quéhace su marido?». Así pues, por el
universo del trabajo sobre todo se obtiene el status adquirido y la
personalidad social a él inherente. De ahí que todo cuestionario pro-
puesto por cualquier encuesta incluya casi obligatoriamente una o
dos preguntas relativas a la ocupación del consultorio. Estos datos
son mucho más útiles que su nombre y sus lazos de parentesco, ya
que nos permiten situarle con bastante exactitud en la sociedad,
por 10 que nos dicen respecto a su nivel de educación, ¿ sus ingresos,
a ciertos hábitos 'de su vida, y hasta, en algunas ocasiones, al lugar
de su residencia. ..

Una sociedad profesionalizada

Por tratarse de una sociedad de producción, la' sociedad tecno—


'lógica es, desde el punto de vista sociológico, una sociedad profe—
sionalizada. De un lado, el mundo del'trabajo es sumamente diver—
siñcado en ella; se fragmenta en una multitud de ocupaciones que
. resultan de una incesante división de las tareas. Esa inmensa red
de ocupaciones diversas alcanza a lá sociedad entera. Es omnipre-
sente. La encontramos en todas partes, hágase lo que se haga. Esa
omnipresencia es la que, de otro lado, determina el“ hecho de que
con respecto a esa red de ocupaciones deba cada persona definir
su identidad social y la de los demás. Por y en esa red, alquiere el
individuo un status preciso y reconocible. En este contexto, estar
en paro no acarrea solamente una pérdida de ingresos, sino también
una pérdida de status, una cierta decadencia social. Lo que muchas
mujeres encerradas en el hogar y muchos estudiantes dicen sufrir
es exactamente el ver3e privados de un status recónocido en esta
sociedad de la división del trabajo y de la producción.

283
Las ocupaciones de .la sociedad tecnológica, aunque nurperosas
y diversiñcadás, se distribuyen, sin embargo, conforme a un orden
jerárquico. Sorprende comprobar cómo, sin previo acuerdo, los miem—
bros de una sociedad tecnológica tienen todos metida en la cabeza
idéntica representación de la distribución jerárquica de las ocupa-
ciones. Buen número de sociólogos x han veriñcado este hecho mé—
diante una encuesta empírica sobre lo que se ha dado' en llamar '
<<la escala de_ prestigio_de las ocupaciones» 22. Encuestas similares
efectuadas en varios países industriah'zadós han demostrado incluso
que, con escasas variantes, casi la misma escala de prestigio se re—
gistra en los Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Francia, en la
URSS, en Japón, en Canadá 23. Esta casi unanimidad resulta tanto
más notable cuanto que es generálmente bastante difícil explicar
satisfactoriamente por qué _y según qué criterios una ocupación es
más prestigiosa que otra. '

22. 'La encuesta que más ha contribuido a revelar este hecho es indiscutiblemente la efec—
tuada por el National Opinion Research Center de los Estados Unidos, bajo la dirección de
C.C. NÓRTH y Paul L. HATT: A Popular Evaluation, 4Opinion News», vol. IX, 1 septiembre
1947, p. 3—13. En este estudio, se rogaba & una muestra nacional de personas. que atribuyeran
un rango a 90 ocupaciones. Sorprendió la gran correlación entre las respuestas. El método con—'
feccionado por North y Hatt ha servido de punto de partida_a buen número de encuestas simi—
l_ares en no pocos países. '
23. Alex INKELES y Peter H..ROSSI, National Comparison: of Occupational Prestige, <<Ame-
rícan Journal of S&iólogy», vol. 61, enero 1956, p. 329-339. Los autores de este artículo com-
paran las escalas de prestigio de seis países: Alemania,' Gran Bretaña, Japón, Nueva Zelanda,
URSS y Estados Unidos. Recientemente, se ha” emprendido de nuevo el análisis, pero incluw
yendo en la comparación a mayor número de países, como también a países en vías de indus-
trializadón: R.W. HODGE, DJ." TREIMAN y .Peter H. ROSSI, A Cómparative Study of Occupa—
tional Prestige, en Class, Status and Power, bajo la dirección de R. BENDIX y S.M. LIPSET,
The Free Press, Nueva York 21966, p. 309—321. Por lo demás, se ha podido demostrar tam—
bién, siquiera en- el caso de Estados Unidos, la estabilidad de la escala de prestigio de las
ocupaciones, mediante la repetición en 1963 de -la encuesta'del NORC de 1947: R.W. HODGE,
Paul M. SIEGEL y Peter H. ROSSI, Occupational Prestige in tbe United-States, 1925—1963, <<Ame- '
rican Journal of Sociology», vol. 70 (noviembre 1964), p.. 286-302. En 'el caso de Canadá, dos
encuestas a base de técnicas' diferentes han puesto singularmente de relieve la similitud entre
la escala de prestigio estadounidense y la escalí de prestigio canadiense, así como la similitud,
con escasas diferencias, entre el Canadá francés y el Canadáínglés: Peter C. PINEO y John
PORTER, Occup_atiqnal Prestige in Canada, <<La Revue canadienne de sociologie et d'anthropo—
logic», vol.“ 4 (febrero de 1967), p. 24—40; Bernard R. BLISHEN, A SáEió—Ebonóim'cr
Index for
Occupationx in Canada, <4La Revue “canadienne- de sociología et d'anthropolo
gie», vol. 4 (fc—
brero 1967), p. 41-53. - “ '

284
Una sociedad burocratizada

El mundo del trabajo de la sociedad tecnológica adopta asimismo


otro carácter particular muy importante: su elevado grado de buro—
cratizqción. Max Weber es sin duda el autor que más profundamente
ha analizado la burocracia occidental, y la burocracia en general.
A' él en particular se debe la confección del cuadro de los rasgos
principales de una burocracia <<en estado puro» 24. Los resumiremos
del módo siguiente: 1.º, la bufocracia es esencialmente una organi—
zación racional del trabajo de un gran número de personas qúe
concurren a la producción del mismo bien o del mismo servicio;
2.º la burocracia es siempre una yuxtaposición jerárquica de jurisdic-
ciones de responsabilidades, de modo que cada individuo es res-
ponsable de su trabajo ante uri superior inmediato, quien a su vez
es responsable ante otro superior, y así sucesivamente hasta el esca-
lafón más elevado; 3.º, unas reglas detalladas precisan las tareas de
cada persona, el modo como debe ¡llevarlas a cabo, la jurisdicción
de sus responsabilidades, el superior de quien deéende, etc. ; 4.º, el
burócrata es remunerado con un tratamiento fijo, establecido con—
forme'a unas normas que tienen en cuenta sú formación anterior, su
antigíiedad, su experiencia, su competencia ; 5 .º, el ingreso en la
burocracia y la promoción de un escalafón a otro tienen lugar de
acuerdo con unos criterios objetivos y definidos que permiten juzgar
acerca de la competencia del candidato para ocupar la plaza ; 6.º, el
burócrata no es propietario de la plaza que Ocupa, ni tampoco de
sus instrumentos de trabajo.
Una vez más, se trata de las características propias de una buro-
cracia <<en estado puro». En la práctica, las burocracias pueden
diferir más o menos de ese modelo, hasta el punto incluso de ha-
cerse irracionales e ineficaces. Tal es en particular lo que les han —
reprochado ciertos críticos modernos 25.
La burocracia no nació en el siglo pasado, sino que siempre ha

24. From Max Weber: Essays in Sociology, traducción inglesa de HH. Gerth y C. Wright
Mills, Oxford University Press, Nueva York 1946, p. 196-244 en particular.
25. Véase en particular William W. WHYTE Jr., L'bomme de l'arganíxatíon, Plon, París
1959; versión castellana: El hombre organización, Fondo de Cultura Económica, México. Por
lo demás, es evidente que los términos <<burocracia» y <<burócrata» tienén generalmente una
connotación peyorativa en el lenguaje corriente.

285
existido. *Estuvo muy desarrollada en el Egipto antiguo, en donde
hasta un profeta se convertía en funcionario, como lo demuestra la
historia transcrita por la Biblia del israelita José vendido por sus
hermanos como esclavo, peréonaje que, tras haber sabido interpretar
un sueño del faraón, llegó a primer ministro y tuvo a su cargo la
aplicación de la política económica resultante de su interpretación
del sueño del faraón. En la sociedad moderna, la multiplicación de
las ocupaciones y el desarrollo de las grandes empresas han hecho
a la burocracia más necesaria que nunca. El Estado, la empresa in-
dustrial o comercial, los bancos, el sistema docente, las instituciones
hospitalarias, las iglesias, los sindicatos y hasta los movimientos
sociales son otras tantas organizaciones de tipo burocrático. La buro—
cracia no es, pues, exclusiva del sector público, puesto que cabe
encontrarla también en el ámbito de la empresa privada. Antiguas
profesiones independientes (la medicina, el derecho, el comercio) se
burocratizan cada vez más.

Una sociedad urbana

Un universo del trabajo profesionalizado y burocratizado supone


fuertes concentraciones de población: la sociedad tecnológica es,
pues, hecesariamente una sociedad urbana. Por lo demás, la gran ciu— _
dad es tal vez el símbolo más aparente y la realidad más impre-
sionante de la sociedad tecnológica. La ciudad moderna es, en todo
caso, la ilustración más perfecta del <<medio técnico» del que habla
Georges Friedmann. Ha síd9 también objeto de buen número de
estudios sociológicos, a los que aquí sólo nos cabe remitir al lector ºº.

26. El lector interesado podrá consultar, en particular, los estudios siguientes: Max WEBER,
' The City, traducción inglesa por Don Martinda1e y Gertrud Neuwirth, Free Press, Glencoe
1958; RE. PARK, E.W. BURGESS y R.D. MCKENSIE, The City, The University of Chicago Press,
Chicago 1925; Ville: et campagnes, publicado bajo la dirección de Georges FRIEDMANN, Armand
Colín, París 1953; Paul—chry CHOMBART DE LAUWE, Paris et l'agglomération parisienne, PUF,
París 1952, y Des hommex'et dex villes, Payot, París 1965; Michel QUOIST, La ville et l'bomme,
Editions ouvriéres, París 1052; Louis WIRTH, Urbanism as a Way of Life, <<American Journal
of Sociology», XLIV (julio 1938), p. 1—24; Pierre GEORGE, La ville, PUF, París 1952. En Canadá
dos estudios han sido consagrados a los arrabales de Toronto: John R. SEELEY, R. Alexander
SIM y ,E.W. LOOSLEY, Crextwood Heigbtx, Basic Books, Inc., Nueva Yoi-k 1956, y SD. CLARK,
The Suburban Society, University of Toronto Press, Toronto'1966. La—regiórr metropolitana de
Montreal ha sido objeto de un profundo análisis ecológico por Norbcr LACOSTE, Le: caracte'ris—
tique: sociales de la population du Grand Montréal, Université de Montréal, Montreal 1958.

286
Predomim'o de la estructura económica

El predominio del mundo del trabajo va necesariamente acom—


pañado de un predominio de la estructura económica, en la organización
social. Imposible disociarlos. El lugar que ocupa la estructura eco-
nómica en la sociedad tecnológica se evidencia por varios indicios.
Así, por ejemplo, el poder político se ha separado ciertamente del
poder religioso, pero sólo para aproximarse al poder” económico.
Los hombres políticos no pueden desinteresarse de quienes deten—
tan los poderes económicos: ñnancieros, grandes efnpresarios, jefes
sindicales. Estos han pasado a convertirse en una especie de poder
agazapado tras el trono, poder que ejerce su inñuencia de todos los
modos posibles. Conocidos son, por ejemplo, los lobbys de toda
índole que rodean al gobierno de los Estados Unidos. Los demás
gobiernos no están exentos de similares presiones 27.
El dinero se'convierte, además, en una medida precisa y esencial,
utilizada de una y mil maneras. Toda la organización actual del tra-
bajo en las sociedades tecnológicas se “hundiría sin la medida
monetaria. El tiempo consagrado al trabajo, la competencia del tra-
bajador, su experiencia, su antigúedad, los servicios prestados ante-
riormente, todo se calcula en valor monetario, que se convierte así
en el patrón principal: <<un hombre vale tantó», <<cada año de expe—
riencia vale tanto», <<una consulta vale tanto 0 tanto, según requiera
una hora o una jornada entera de trabajo», <<el tiempo es oro».
El dinero es también medida del prestigio, de la autoridad, de
los deberes y responsabilidades inherentes a un cargo. La cualidad
de las personas nq cuenta en absoluto: <<el puesto determina el
salario». Así, en la universidad, se considera que el sueldo del
rector debe ser superior al de los decanos, el de un decano superior
al de los profesores (o, por lo menos, al de la mayoría de profesores).
"Otro tanto cabe decir del sueldo de la secretaria del rector con
respecto al de la secretaria del decano; El dinero sirve así de símbo-
lo de los niveles jerárquicos en una burocracia y en la sociedad entera.

27. Por lo que respecta a Canadá, los lazos existentes entre quienes detentan el poder eco-
nómico y quienes detentan el poder político han sido puestos de relieve por John PORTER, _Tbe
Vertical Mosaic, University of Toronto Press, Toronto 1965.

287
Una sociedad de clases

Las clases soci¿zles coristituyen otra realidad socioeconómica de


primera importancia en la sociedad tecnológica. Sus raíces, como
muy bien demostró Marx, se encuentran en las relaciones de pro-
ducción y en el acceso diferencial a los medios de producción. Las
clases sociales se dan simultáneamente en las estructuras económicas,
en el mundo del trabajo y en la totalidad de la organización social.
No debe, pues, sorprender que precisamente en las sociedades tec—
nológicas hayan cristalizado las clases sociales, hayan tomado cuerpo
y conciencia y se hayan convertido en un elemento central de la
historia moderna: las clases sociales son el resultado directo de una
sociedad de producción y de trabajo. Derivan de situaciones eco-
nómicas diferentes entre… quienes detentan los medios de producción
( capitalistas, burgueses, grandes propietarios, empresarios) y los
diversos grupos de trabajadores (trabajadores rurales, trabajadores
industriales, artesanos, Aoñcinistas, técnicos). Los intereses económi-
cos, aun cuando a veces son complementarios, resultan también
con harta frecuencia divergentes, cuando no opuestos, entre admi-
nistradores y capitalistas de una parte, y trabajadores de otra. Pero
cabe también observar a menudo divergencias de intereses entre
diferentes grupos de trabajadores: por ejemplo, entre trabajadores
rurales y trabajadores urbanos, entre empleados y obreros industria—
les, de modo que las <<luchas de clases» pueden oponer a los traba-
jadores entre sí, como oponen a empresarios y a trabajadores.
La concentración de muchos trabajadores en la gran empresa y en
la ciudad ha posibilitado una toma de conciencia colectiva de los
intereses comunes a todos los miembros de una misma categoría
o de un mismo grupo económico. De ahí que sólo en el medio
industrial y urbano pudiera constituirse la clase social, en el sentido
estricto de la palabra, y desarrollarse una auténtica conciencia de
clase y de la lucha de clases.

288
Asociaciones voluntarias . y movimientos sociales '

La toma de conciencia de intereses comunes no es, sin embargo,


exclusiva de las clases sociales. También ha dado lugar a un buen
número de asociaciones voluntarias y de movimientos sociales de
toda índole, desde el partido político hasta las sociedades secretas
de cooperación 0 de conspiración, pasando por los sindicatos, las
asociaciones nacionales, los clubs de diversión, las corporaciones pro—
fesionales, las sociedades religiosas o ñlantrópicas, los movimientos
reformistas (; revolucionarios, etc. Cada una de estas asociaciones
puede convertirse en un <<grupo de presión» frente a quienes… de—
tentan los poderes (hombres políticos, jefes religiosos, administra—
dores, etc.)”, aún de promover o defender sus particulares intereses.

Multiplicidad de las élites

A esta multiplicidad de asociaciones corresponde una multiplici—


dad de élites, otro carácter distintivo de la sociedad tecnológica.
Entendemos por élites a las personas o grupos que representan 0
dicen representar a una comunidad cualquiera (etnia, clase social,
grupo de trabajadores, etc.). El sistema de las élites es relativamente
simple y generalmente estable en la sociedad tradicional, mientras
que, en la sociedad tecnológica, es sumamente compleja y variable.
Las élites se suceden en esta última a un ritmo veloz. Tropiezan
unas con otras, entran en conflicto y se oponen. Aun cuahdo la so-
ciedad tradicional conoce asimismo divisiones internas y luchas, pa—
rece, sin embargo, que 'el conflicto constituye un elemento permanente
de la organización “social fragmentada y diversificada de la sociedad
tecnológica. _
Al término de este sucinto análisis, se comprende mejor por qué
a veces se designa a la sociedad tecriológíca con la expresión <<socie—
dad compleja». Efectivamente, lo eS en muchos aspectos, hasta el
punto de' resultar muy difícil la' delimitación de sus principales ejes
de organización. Tal vez se comprenda también por qué la. sociología
ha nacido en el seno de semejante sociedad, dada la necesidad de
ésta de conocerse y comprenderse mejor. '

289
LA MENTALIDAD DE LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA

Comparada con la mentalidad tradicional, la mentalidád de la


sociedad tecnológica está profundamente desmitifimda, aun cuandq
no sea difícil detectar en ella numerosoé vestigios de pensamiento
'mágico y mítico. La desmitiñcación en cuestión se observa, de un
lado, en el ámbito de los conocimientos y de las actitudes mentales
y, de otro, en el orden moral.

Desmitificación de los conocimientos: la racionalidad

En el ámbito de los conocimientos, se dice a menudo que <<la


ciencia ha desmitiñcado el mundo», es decir, ha sustituido muchas
explicaciones de carácter mítico por explicaciones racionales o cien-
tíñcas, menos poéticas sin duda y más brutales, pero con preten—
siones de ser más <<objetivamente» verdaderas, 'por fundarse en la
experimentación y en el conocimiento cieritífic0. A este estado de
espíritu y a las actitudes prácticas de él resultantes ha dado Max
Weber el nombre de racionalidad, que él opone al tradicionalismo.
La racionalidad se basa en la convicción de que las cosas tienen su
explicación en sí mismas, y no fuera de ellas, ni en el mito ni en
la tradición. Una verdad es admitida y reconocida, no porque siempre
lo haya sido ni porque se la considere <<revelada», sino porque es
demostrable lógica 0 experimentalmente, es decir, de una manera
<<objetiva». En el terreno de la acción práctica, la racionalidad en-
traña la búsqueda constante de los medios más objetivamente efica—
ces con miras a unos _ objetivos defmidos como realizables. Los
objetivos y los medios no se dan ya por adquiridos, sino que están.
siempre sujetos a revisión y corrección.
Esta actitud mental y práctica de racionalidad está," evidente—
mente, en el origen de la revolución industrial y del progreso cientí—
fico y técnico. Dentro de la organización social, esta misma actitud
racional se eoncreta en la burocracia: la burocracia, siquiera inten-
_cíonalment“e, se autoconcibe, en efecto, como una aplicación del
pensamiento racional a la organización eficaz del trabajo de un con—
junto de personas.

290
Fe en laz ciencia y en el progreso

La racionalidad se reduce pues, en deñnitiva, a la fe en la ciencia,


que es sin duda el fundamento principal y 'el rasgo más característico
de la mentalidad tecnológica. Fe en la ciencia que explora los se-'
cre'_cos de la naturaleza, desmítíñca los orígenes del mundo y de la
especie humana, explica los mecanismos de la organización eco-
nómica y social, revela incluso los misterios del pensamiento y del
alma humana. Se trata pues de la fe en una ciencia generalizada, que
todo 10 abarca, y cuya capacidad de explicación se extiende a todo's
los dominios y carece de límites. Por lo demás, la ciencia es aceptada
y reconocida como siempre movible, cambiante, en estado de cons-
tante progreso. La fe en la ciencia desemboca pues necesariamente en 4
la fe en el ' progreso, y en el progreso indefinido.
En el orden científico, evidentemente, esta fe en el progreso
se muestra más firmemente establecida que*en cualquier otra parte:
lo que sorprende al hombre de la sociedad tecnológica no es el descu—
brimiento de una vacuna contra la poliomielitis, sirio el hecho de que
se tarde tanto en descú.brír las causas del cáncer. Porque, a sus ojos,
ningún problema cíentíñco puede mantenerse largo tiempo sin so—
lución. Lo mismo cabe decir de los problemas técnicos, de los pro-
blemas "económicos y sociales, de los obstáculos al bienestar índi—
vidual y colectivo de los hombres. El cambio, la innovación no
constituyen ya amenazas, sino más bien la vía esencial del progreso,
es decir, del mejoramiento_ de las condiciones de la vida humana.
En contraste con la mentalidad tradicional, la mentalidad tecno— '
lógica valora el cambio porque valora el progreso. Ambos son indiso——
ciables: la convicción de que <<siempre es posible mejorar las co$as»
entraña el hecho de que no sólo se acepte el cambio y se confíe en
él, sino que sea también deseado y buscado. El hombre de ciencia,
el administrador, el hombre político son juzgados por el progreso
al que contribuyen en sus respectivos dominios. Scciedad de pro-
ducción y valoración del progreso se conjugan para reforzars"e mutua—
mente: la sociedad de producción, siempre en expansión, descansa
sobre la innovación constante y requiere una mentalidad favorable
al cambio.

291
Valoración de la instrucción

Es normal que la valoración de' la instrucción corra parejas con


la racionalidad y la fe en la ciencia: la primera es vía y condición
de las segundas. De hecho, en la sociedad tecnológica es donde el
sistema escolar está más desarrollado, más extendido y más diferen—
ciado de la institución familiar. En muchos países, se ha dado una
larga oposición a la ley que impone a cada niño la escolaridad obli—
gatoria hasta una determinada edad, por "considerarla un atentado
al derecho de la' familia. Dicha ley existe actualmente en todos los
países industrializados y en muchos países en vías de desarrollo,
porque se estima que la instrucción es un derecho de la persona, y
hasta constituye un deber de la peréona. El derecho del niño a la
instrucción tiene prioridad—sobre el derecho de la familia sobre su
hijo: he aquí un importante cambio de actitud ilustrativo de una
profunda transformación de la mentalidadcon respecto a la ciencia.
Resulta fácil, sin embargo, detectar en la sociedad tecnológica
cierta ambivalencid tocante a la instrucción:' al tiempo que se la
considera esencial y útil, se teme su exceso. Se desconfía del hombre
<<demasiado instruido» en las ideas abstractas y carente de realí5mo.
La expresión <<los intelectuales» es utilizada con harta frecuencia
en un sentido peyorativo. El folklore popular presenta ciertas cari-
caturas del intelectual <<nebuloso», eternamente distraído, <<idealis-
ta». En los Estados Unidos, se describe al intelectual bajo las
apariencias del eggbead, aquel cuya cabeza- ha absorbido tahtos
conocimientos que ha acabado por adquirir la forma de un huevo.
De hecho, en una sociedad obsesionada por la producción, la investi-
gación y el arte puros o desinteresados necesitan siempre demostrar
que <<un día u otro pueden servir de algo», en cuyo defecto apenas
encuentran un lugar en ella. Cabe observar siempre un conñicto la-
tente, declarado a veces, entre los teóricos y los prácticos, entre los
investigadores y los administradores, entre los hombres de pensa—
miento y los hombres de acción.

292
Hervider,o de ideas

Los progresos de 1aínstrucción y de la ciencia entrañan otra im-


portante consecuencia: la sociedad tecnológica es un hervidero de
ideas, un medio .en el que la problematización es casi permanente.
La racionalidad, para desplegarse cabalmente, exige un amplio mar—
gen de libertad de pensamiento. En un país totalitario, de quienes
más _se desconfía es de los universitarios, profesores y estudiantes,
porque el gusto de la libertad tiene más posibilidades de germinar
en ellos. El clima de libertad y de discusión supone una mentalidad
que acepte el cambio y la innovación, -y sea capaz de tolerar los con-
flictos de valores. que no pueden por menos de sobrevenir de una ,
manera casi constante. Esos conflictos entre valores diferentes o
contradictorios corresponden, en el ámbito de la cultura y de las
ideas, a los conflictos entre las élites y entre las asociaciones, a los
que nos hemos referido antes a propósito de la organización social.
Cuanto más la sociedad tecnológica desarrolla y generaliza la ins—
trucción, tanto más crea nuevas fuentes de espíritu crítico, de aspi-
raciones a la libertad de pensamiento y de expresión, y, por vía de
consecuencia, de conñictos de valores. Es pues un tipo de sociedad
'que exige de sus miembros una considerable adaptabilidad a Ia
' novedad, y la capacidad de defenderse contra la inseguridad psíquica
resultante de la misma.. Desde este punto de vista, la sociedad tec—
nológica no infunde tanta <<seguridad» en sus miembros como la
sociedad tradicional.

Desmitz'ficación moral: la secularización

Todo esto nos lleva al terreno del orden moral. La desmitifica-


ción del mundo por la racionalidad y por la ciencia ha entrañado una
radical transformación de los fundamentos de la vida moral, trans-
formación a la que se ha creído poder dar el nombre de secularización.
En efecto, se observa en la mentalidad tecnológica una debilitación
de las motivaciones que cabría calificar como <<de inspiración meta-
social», es decir, de las motivaciones que se inspiran en imperativos
morales basados en consideraciones mitológicas o teológicas, en aras

293
de una ínoral más exclusivamente social. Individual y colectivamente,
los hombres se mueven menos que en la sociedad tradicional por
motivos y sanciones de índole sobrenatural: deseo de salvación
eterna, temor a las espíritus, abandono a una Providencia, etc. El
hombre, la vida temporal, el bienestar individual y colectivo están
más valorados por sí mismos, independientemente de toda referen-
cia a <<otra cosa», es decir, a un orden sagrado suprahumano.

Distinción entre lo sagrado y lo profano

No significa esto necesariamente que la religión esté en trance


de desaparecer de la sociedad tecnológica. Es innegable que la vida
religiosa sigue existiendo. En ciertos casos, se advierte incluso un
resurgimiento de la vida y de las actividades religiosas. Pero la
secularización se caracteriza de una doble manera. En primer lugar,
por una distincióri neta y radical, en los espíritus y en las institu—
ciones, entre lo sagrado y lo profano. La vida religiosa no posee
ya, como en la sociedad tradicional, un carácter colectivo y societa-
rio. La organización social no está ya enteramente implicada en las
actividades y en el ciclo religiosos. A ejemplo del poder político
que se distingue radicalmente del poder religioso, la sociedad tecno—
lógica reviste un carácter laico: el mundo del trabajo y de la vida
profana es netamente distinto del mundo de la oración y de las
relaciones con el orden sobrenatural. Esta distinción se evidencia
en las instituciones, que pierden la connotación religiosa o confe-
sional que antes poseían (Estado, escuelas, asociaciones volunta-
rias, etc;, se hacen neutros), y en la actividad diaria de las personas,
en donde la vida religiosa asume un carácter más individualista y en
cierto modo más interiorizado.

Pluralismo religioso y moral

En segundo lugar, la secularización de la sociedad tecnológica


reviste asimismo la forma del pluralismo religios_o_y_fmordl. No se
observa ya en la sociedad tecnológica la unanimidad religiosa y moral
que suele caracterizar a las sociedades tradicionales. Tanto en 'el

294
terreno religioso como en el moral, el espíritu crítico y la libertad
de pensamiento entrañan una gran divérsidad de opciones personales,
un fraccionamiento de las solidaridades religiosas y una multipli-
cidad de actitudes morales diversas y hasta contradictorias a veces.
Tal es la razón de que la cultura de la sociedad tecnológica no
ofrezca la misma unidad ni la misma cohesión que la cultura de la
sociedad tradicional. En la primera, coexisten <<credos» diferentés,
conductas que se inspiran en valores' y en ¡morales también dife-
rentes, circunstancia que determina incluso la constitución de <<sub-
culturas», observables sobre_todo en este tipo de sociedad. El plu—
ralismo cultural es, en el terreno de la mentalidad, la traducción'
de la complejidad con la que hemos caracterizado a la organización
'social de la sociedad tecnológica.

Sentimiento de superioridad

Finalmente, un último aspecto de la mentalidad tecnológica me—


fece ser subrayado — aun cuando sea de un orden fatalmente distin—
to —, a saber, su enorme sentimiento de superioridad con respecto
a lá sociedad tradicional. Si en la sociedad tradicional se asimila la
humanidad a la tribu, en la sociedad tecnológica se tiene la convicción
de monopolizar la luz, la ciencia y la verdad. En realidad, de la gran
ciudad, centro cerebral y neurálgico de la sociedad tecnológica, suelen
partir y difundirse las ideas nuevas, los movimientos de reforma,
las modas, etc. La cultura tecnológica y urbana es de índole propia
para penetrar y apoderarse de las sociedades tradicionales circun—
dantes. Es muy raro el caso inverso. De ahí que el hombre del la
ciudad no deje de considerar sin conmiseración y con cierto menos-
precio. ¿11 compesino, a quien juzga como a un ser retrasado. Existe,
a este respecto, un rico folklore urbano para caricaturizar al cam-
pesino lento y cacha2udo, con barro en los pies y una cesta de
gallinas colgada del brazo. Tratar a alguien de <<pueblerino» o
de <<p'ayés» equivale a veces a una injuria.
Pero también aquí cabe observar una cierta ambivalencia. Con
la conmiseración se mezcla, en el espíritu del hºmbre de la ciudad,
cierta envidia frente al hombre del campo, que vive inme_rso en la
naturaleza, y es dueño y señor de su finca. En el corazón del hom—

295
bre urbano, prisionero de_ su medio técnico, persiste una nostalgia
romántica por la vida natural, tanto más idealizada cuanto que, en
definitiva, sólo la conoce a través de' su torre o apartamento en
el campo, o a_ través. del camping en el que planta su moderna
tienda.

III. TIPOS IDEALES Y SUBTIPOS

Dos tipos ideales

Los dos tipos de sociedad antes descritos son, en realidad, cons—


trucciones mentales, denominadas por Max Weber <<tipos ideales».
Tipos ideales, no én el sentido de tipos superiores y ejemplares,
sino en el sentido de <<tipos puros» a los que ninguna sociedad
concreta corresponde en todos sus puntos. Los tipos ideales se ela—
boran evidentemente a partir de observaciones empíricas extraídas
de sociedades reales, pero cuyos elementos son bosquejados y or-
_ denados con la intención de llevar de algún modo hasta el extremo
cada uno de los rasgos y la totalidad del cuadro, a fin de ofrecer
una imagen o- un concepto <<en estado puro».
Estos dos tipos de sociedad no pretenden pues ser descrip-
ciones de sociedades reales. Son más bien instrumentos intelectuales,
o, en expresión de Margaret Mead, <<modelos conceptuales». Dichos
modelos éonceptuales nos han servido aquí, en particular, para
contrastar la sociedad moderna con el tipo de sociedad más diferente
a ella, tipo que hemos denominado sociedad tradicional, con mi-
ras a resaltar mejor las características de ambas sociedades.

El debate Lewis—Redfield

Impoi:ta, sin embargo, decir aquí que la distinción entre socie—


dad tradicional y sociedad tecnológica (0 sociedad urbana, o sociedad
industrial, según los autores) ha sido objeto de divefsos ataques
por parte de algunos sociólogos y antropólogos THE dado lugar a
encendídós debates. El ataque más violento viene indistutíblemente

296
del antropólogo Oscar Lewis que, veinte años después de Robert
Redfield, reelaboró el estudio de la misma aldea mexicana, Te-
poztlan 28.
Lewis dio, de la vida social en esa aldea, una descripción
muy diferente a la ofrecida por Redfield,_ insistiendo sobre todo en
las fuentes de tensiones y de conflictos que Redñeld había descuidado.
Su conclusión es que Redfield se vio inducido a falsear la realidad
a causa del modelo de <<sociedad tradicional» que presidió su aná—
lisis de la aldea en cuestión. A este modelo, Lewis reprochó sobre
todo el hecho de dar de la realidad social una imagen excesiva;
mente integrada, demasiado estable, imbuida aún enteramente de un
cierto romanticismo rousseauniano ante las séciedades primitivas.
Esta crítica no carece evidentemente de fundamento y nos pone en
guardia contra una debilidad de la tipología bipolar, al menos tal
como ha sido utilizada a menudo. '
Pero Redfield, a su vez, no sin razón, responde que su análisis
de Tepoztlan no resulta necesariamente invalidado por los descubri-
mientos de Lewis, por cuantó una misma realidad social puede
considerarse bajo varios aspectos complementarios y no forzosamente
opuestos, de modo que unos modelos diferentes de análisis pueden
posibilitar la revelación de aspectos diferentes de una misma rea-
lidad. Redfield insiste en el hecho de que no propone su modelo
de sociedad tradicional con exclusión de cualquier otro, ni le atribuye
un valor absoluto. Pero defiende su método como uno de los que
son aptos para revelar ciertos aspectos de la realidad.
Accedemos aquí a un principio metodológico sumamente im—
portante en sociología, a saber, que una misma realidad social
puede revelarse bajo diversas facetas, bajo diversos ángulos (diremos,
en otro capítulo, que incluye diversas <<estructuras»). Una pers—
pectiva no es necesariamente más <<verdadera» que otra, ni excluye
todas las que pueden ser posibles. Frente a la complejidad de la
realidad social, preciso es admitir que ningún método posee el mo-
nopolio de la verdad y de la validez. La diversidad de las perspectivas
facilita generalmente <<tomas» complementarias, de las que cabe fí—
nalmente deducir una cierta percepción global, aunque sin saber

28. Robert REDFIELD, Tepoztlan, A Mexican Village: A Study of Folk Life, The University
of Chicago Press, Chicago 1930. Oscar LEWIS, Life in a Mexican Village: Tepoztlz_m Restudíed,
University*of Illinois Press, Urbana 1951.

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jamás si la realidad contiene 0 no otros aspectos todavía ignorados 29.
Subrayemos, sin embargo, el hecho de que, en