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Reivindicando el feminista uso del fuego

“Afuera, afuera ansias mías


no el respeto os embarace
que nadie, nadie creerá el incendio
si el humo no da señales” Sor Juana Inés de la Cruz

Últimamente se ha escuchado un grito rabioso, algunas veces remojando en lágrimas:


¡Quémenlo todo! Si yo no regreso, si a mi me matan, quémenlo todo! ¿Por qué quémenlo
todo? ¿Por qué invocar al fuego, al incendio, a la quema? ¿Por qué nosotras las mujeres,
las feministas, queremos quemar “todo”? ¿Qué nos significa a nosotras el fuego?

Relacionando mujeres y fuego, es imposible no pensar en hogueras, en las “malditas”


brujas. Malditas por mal dichas, porque muchas ni se dedicaban a la brujería, porque la
“brujería” que muchas practicaban era más bien medicina tradicional y popular, porque
la mayoría de ellas fueron quemadas sólo por ser mujeres y por ese simple hecho eran
mal-ditas, mal vistas, mal interpretadas, mal decidas. Dice el Martillo de las brujas “Qué
otra cosa es la mujer sino la enemiga de la amistad, la pena ineludible, el mal necesario,
la tentación natural, la calamidad deseable, el peligro doméstico, el perjuicio delectable,
el mal de la naturaleza pintado con buen color… las mujeres son más crédulas, más
propensas a la malignidad y embusteras por naturaleza. El pecado que nació de la mujer
destruye el alma al despojarla de la gracia y todos los reinos del mundo han sido
derribados por mujeres”. Los cálculos más conservadores hablan de 66 mil mujeres
quemadas, otros dicen que tomando en cuenta la expansión de la Inquisición en Europa
y que, como en algunos países protestantes también practicaron la caza de brujas, sería
más realista pensar que entre dos y cinco millones de mujeres fueron asesinadas en la
hoguera.

Eso del lado “cristiano”, del otro lado del mundo el fuego patriarcal tampoco ha sido
benévolo con las mujeres. Por ejemplo, en la India, durante siglos se practicó el ritual
Satí, en el que la viuda, obviamente viva, era inmolada con el cuerpo de su difunto
marido. Las primeras restricciones al ritual se aplicaron a partir de 1853 sólo si la viuda
era menor de dieciséis años o tenía hijos menores de nueve años. Lo cual suena muy
“lógico”, así de joven es un desperdicio porque todavía tiene muchos años fértil, y si tiene
hijos menores de nueve años ¿quién los va a cuidar? Es obvio que la utilidad de la vida
de la mujer está ligada a la maternidad y la crianza, la mujer no es valiosa per se.

En ambos casos el sujeto que hace uso del fuego es el patriarcado, pareciera que ser
antorcha humana es el único lugar, en esta puesta en escena, que le corresponde a la
mujer. ¿Pero es así? Mi propuesta es que el fuego, el elemento domado, domesticado,
nos pertenece al género femenino.

No sabemos quién descubrió el fuego, se dice que el hombre. Pero la evidencia apunta
que fueron las mujeres que lo cuidaron, no lo dejaron morir, lo alimentaron. Fueron ellas
que para proteger a su prole del frío lo mantuvieron cerca del “hogar”, fueron ellas
(nosotras) que nos hicieron pasar de lo crudo a lo cocido y así nos construyeron las
puertas de la cultura. Son ellas (nosotras) quienes diariamente, por siglos, con algunas
excepciones, han alimentado a la humanidad y abrigado los hogares. Si por siglos hemos
usado el fuego -las mujeres- todos los días para proteger y servir a los otros, a los todos
¿no es justo que ahora lo usemos para denunciar esta nada nueva pero sí constante
Inquisición? ¿No es justo que queramos -las feministas- quemar todo para que de los
rescoldos surja otra mente, otro sistema, que no nos vea como humanos de segunda?

Incendiar es iluminar y destruir, es el goce de la extinción, del juicio que ahora en este
momento de la historia nos toca ejercer a nosotras, de la condena al fuego de los
símbolos, monumentos e instituciones que históricamente no nos han representado ni
defendido nuestros derechos. El llamado a quemar todo es la fiesta de quién no quiere
más víctimas en la hoguera, -porque no estamos llamando a quemar hombres, ni siquiera
a los asesinos o violadores-, sino dar señales que este cosmos -orden, arreglo, sistema-
putrefacto tiene sus días contados porque nosotras hemos decidido purificar al mundo,
hacerlo arder.

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