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El egiptólogo

Christian Jacq

Traducción de
Cristina Rodríguez
CÍRCULO de LECTORES

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ADVERTENCIA

Este libro es una novela, pero tiene la particularidad de haber sido escrito por un
egiptólogo para elogiar la memoria del primero y más genial egiptólogo, Jean-François
Champollion (Figeac, 1790—París, 1832). A Champollion se le conoce como el
descubridor del significado de los jeroglíficos, pero a menudo olvidamos su obra
científica y literaria, que comprende gramática, diccionario, ensayos históricos, reseñas
descriptivas, cartas.
De julio de 1828 a diciembre de 1829 Champollion vive los momentos más
excepcionales de su breve existencia: él, a quien llamaban El Egipcio, por fin consigue
ir a ese Egipto con el que tanto había soñado. La novela de Christian Jacq relata ese
viaje extraordinario por su intensidad, sus dramas y sus descubrimientos. El autor da la
palabra al mismo Champollion, integrando las frases capitales que pronunció o escribió.
La mayor parte de los acontecimientos narrados corresponden a la realidad de los
hechos. El papel del novelista ha consistido en recrear un viaje que también fue una
peregrinación a las fuentes del espíritu, en amalgamar ciertos personajes y en colmar las
lagunas que dejó Champollion en sus escritos.
Aunque el propósito de la novela no es ser fiel, al pie de la letra, a la verdad
histórica, sí pretende serlo a Jean-François Champollion, uno de los mayores genios de
todos los tiempos.

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PRÓLOGO

El doctor Brousset apuró un vaso de ron. Su cara ensombrecida tenía las


facciones descompuestas.
—¿Cuál es su diagnóstico, querido colega?
El doctor Robert se secó la frente con su pañuelo.
—Ataque de gota originado en el estómago, tisis, indicios de apoplejía, parálisis
de la médula espinal, enfermedad hepática debida a la absorción de aguas del Nilo...
Champollion va a morir. Esta vez el potro brioso que siempre pedía ración triple ha
gastado demasiada energía.
—Un análisis excelente. El organismo está agotado. Su fatigoso viaje, el arte
funesto de las tumbas de los faraones, el ardor de su cerebro, las continuas
preocupaciones de su espíritu le han calcinado la sangre y están cavando su tumba. Yo
añadiría una hipertrofia miocárdica. No creo que pase de esta noche.

Champollion va a morir.
Zoraida, la niña de ocho años, escondida detrás de una cortina había oído la
terrible predicción. Sabía que su padre iba a abandonarla para siempre. Ya se había
marchado lejos muchas veces. Sobre todo cuando dejó Francia por ese Oriente
misterioso que tanto le gustaba y cuya huella llevaba ella en su nombre.
Desde su vuelta de Egipto, Champollion estaba doliente. Ya no podía soportar
París. Sólo pudo dar unos pocos cursos en el Collége de France donde ocupaba la
primera cátedra de egiptología creada en el mundo. Repetidos malestares le habían
obligado a interrumpir su enseñanza, a ahogar la voz clara y apasionada que hacía
resurgir la luz del Antiguo Egipto.
Zoraida no necesitaba la ciencia de los dos médicos que, desde hacía varias
semanas, intentaban inútilmente curar a Jean-François Champollion. Zoraida era
vidente. Sabía que aquella noche del 4 de marzo de 1832 iba a ser la última.

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Desoyendo las órdenes de los doctores, entró en la habitación del moribundo.
—Papá... ¿estás dormido?
Jean-François Champollion abrió los ojos y musitó:
—Ven... ¡Rápido!
Zoraida corrió hasta la cama y se abrazó al cuello de su padre. Lloró un largo
rato, con la cara sobre su pecho.
—Tráeme mi traje egipcio —pidió él con voz muy débil.
Zoraida obedeció. Abrió el armario donde su padre guardaba sus recuerdos de
Oriente, largos vestidos abigarrados, turbantes, sandalias. En su apresuramiento, hizo
que se derrumbara una pila de cuadernos de apuntes cuyas páginas estaban cubiertas de
una letra fina y viva.
—Papá, ¡he encontrado esto!
Champollion, con mano temblorosa, cogió el cuaderno que le tendió su hija. Allí
estaban los primeros apuntes que había tomado en Egipto durante aquel viaje en el que
había alcanzado el apogeo de su vida.
—Papá, ¿por qué nunca me has contado...?
—Contado... ¿quieres decir de allí?
—Sí, de allí, tu verdadero hogar. Quiero que me lo digas todo. Todo lo que
nunca me has dicho.
Champollion se estremeció de dolor. Zoraida le besó las manos.
—A ti no podría negarte nada... Apoya tu cabeza sobre mi hombro.
La niña lo hizo. Daba gusto obedecer a aquel padre cuya suave voz empezaba a
contar el más famoso de sus viajes.

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—¿El señor Jean-François Champollion, supongo?


—El mismo. Encantado de conocerle, capitán.
Cosmao Dumanoir, un hombre de mediana estatura y sonrisa amable, era el
capitán de la corbeta L'Églé. Con un rostro terso e impecablemente afeitado, y unos
botones de uniforme cuidadosamente lustrados, me recibió calurosamente a bordo de su
embarcación.
Aquel 24 de julio de 1828, en Toulon, cuando los últimos rayos del sol poniente
iluminaban el Mediterráneo, la ruta tan esperada por fin se abría ante mí. La ruta de
Egipto.
Tal vez hablaría de nuevo. Tal vez volvería a ser transmitida la sabiduría de los
antiguos egipcios. Yo iba camino de sus misterios, había empezado a descifrar los
jeroglíficos, esas palabras de los dioses cargadas de magia. Pero todavía me faltaba una
clave esencial. Una clave que sólo podría encontrar en Egipto. Iba a tener que verificar
paso a paso mis intuiciones, pedir a la tierra de los faraones las respuestas que me
faltaban.
Después de meses y meses de engorros administrativos, por fin había logrado
formar una expedición en la que participarían varios científicos que, bajo mi dirección,
llegarían a Alejandría a bordo de L'Eglé.
—¿Tendría usted la amabilidad de seguirme, señor Champollion?
Al subir por la pasarela de la corbeta, tuve la sensación de cruzar un punto sin
retorno. Heme aquí obligado a ir hasta el fin de mí mismo, a arriesgar mi vida en ese
Oriente desconocido.
Hasta ahora mi vida ha sido una batalla continua. Para obtener la mínima cosa he
tenido que luchar, defenderme palmo a palmo, desbaratar intrigas, afrontar la calumnia.
Sin querer, alrededor de mí provoco la envidia de ineptos e incompetentes que me
acusan de ir demasiado lejos y demasiado deprisa. Nada me ha protegido nunca de las
lenguas virulentas. Soy como una trucha echada viva en la sartén. ¡Pero me alegro tanto
de estar lejos de París! El aire de esa ciudad me está matando. Allí escupo como un
rabioso y pierdo mi vigor. París es horrible. Por las calles corren ríos de barro.
Con la elegancia algo rígida propia de los hombres que han envejecido de
uniforme, el capitán Cosmao Dumanoir me condujo a su camarote donde me ofreció
champán.
El gozo fugaz que burbujeaba en aquel líquido no logró disipar las angustias que
me habían estado abrumando durante todo el viaje de Aix a Toulon.
¿Cómo no pensar en las dos cartas tan dispares que recibí misteriosamente y que
había ocultado entre mis apuntes científicos?
La primera profería amenazas muy serias: «Olvide sus proyectos, quédese en
casa; de lo contrario, la muerte le estará esperando en Egipto». La segunda parecía más
alentadora, aunque muy enigmática: «Le esperamos. Si realmente ha descifrado la
lengua de los dioses, sabremos recibirle».
¿Locos? ¿Visionarios? He conocido tantos, desde aquella mañana de invierno en
Figeac, cuando mis ojos de niño se posaron por primera vez en unos jeroglíficos

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egipcios, en ese mundo lleno de símbolos y de signos portadores de una vida eterna.
Supe al instante que allí se encontraba la patria de mi alma, y que algún día tendría que
leer mi propio destino descifrando esos enigmas, esa palabra perdida desde hace tantos
siglos. El antiguo Egipto es mi sangre, mi corazón. Lo exige todo de mí.
Lo esencial de mis descubrimientos se encuentra en una maletita negra que me
servirá de viático. Por un momento sentí ganas de huir. Tocar este modesto objeto,
palpar los legajos de papeles donde se ha inscrito lo mejor de mí mismo me ha
disuadido de ello. Egipto ha triunfado. Siempre triunfará.
En cuanto llegue, iré a los locales del Instituto Egipcio. Hay allí un sabio
anciano que se hace llamar «el Profeta» y conserva documentos esenciales para mis
investigaciones. Nunca ha querido enseñarlos a nadie. Cuando supo que se estaba
organizando mi expedición, me hizo saber que me esperaba y que me proporcionaría la
piedra faltante de mi edificio.
Una mujer de altiva nobleza, con un cabello rubio veneciano casi irreal, entró en
el camarote del capitán. Llevaba un vestido gris perla con reflejos que realzaban su tez
pálida. Unos grandes ojos verdes animaban un rostro de una belleza que me atrevería a
calificar de egipcia. Unas manos largas y finas me recordaban ciertos dibujos de reina
que había salvaguardado creando la sección faraónica del museo del Louvre, de la cual
habían tenido a bien nombrarme conservador... sin sueldo. Aquella mujer de unos
treinta años poseía una inusual elegancia innata.
—Le presento a lady Redgrave —dijo el comandante Dumanoir—. Viajará con
nosotros hasta Alejandría.
Siento un rechazo instintivo hacia las cosas mundanas.
Nadie me ha obligado nunca a participar en ellas. Sin embargo, movido por un
impulso que me sorprendió, me incliné y besé la mano de aquella aristócrata británica
que recibió mi cortesía con una sonrisa enigmática.
—Me han hablado mucho de usted, señor Champollion —dijo con una voz
suave, cálida, sazonada con un ligero acento—. Mi compatriota Thomas Young
pretende haber descifrado los jeroglíficos antes que usted, y asegura que su sistema es
erróneo.
Molesto, el capitán Dumanoir miró la mar. Se me subió la sangre a la cabeza.
Thomas Young... ese hipócrita, además de presuntuoso. Un inglés tan lego en
egipcio antiguo como en malayo o en manchú, del cual es profesor. Sus
descubrimientos anunciados con tanto fasto sólo son una fanfarronada ridícula. Su clave
de los jeroglíficos es patética. ¡Compadezco a los desafortunados viajeros que, en
Egipto, tengan que traducir las inscripciones con la llave maestra del doctor Young!
—Aprecio mucho al señor Young, señora. No me gusta criticar a un colega, sea
cual sea su actitud hacia mí. Si le conoce bien, déle un consejo: que cambie de oficio.
—Le conozco bien —respondió animadamente—. Thomas Young es mi tío.
Bien, nos veremos más tarde.
Sofocado, la miré salir del camarote sin saber qué contestarle. Es así desde
siempre: mi sensibilidad está tan exacerbada que me tomo demasiado en serio el
mínimo suceso que ponga obstáculos a mi búsqueda.
—Es... es una trampa —pude por fin articular, tomando por testigo al capitán
Cosmao Dumanoir.
—Cálmese —recomendó el buen hombre, tan desconcertado como yo—. Pronto
olvidará este incidente.
—Thomas Young es mi peor enemigo —expliqué, recuperando el aliento—.
Hace años que me acosa, que trafica con comunicaciones científicas, que intenta por
cualquier medio poner fin a mis trabajos. Esa mujer es una espía de la peor especie.

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El capitán Dumanoir reflexionaba. Intentó animarme.
—Está sola, señor Champollion, y sólo es una mujer. Usted está rodeado de
varios colaboradores que seguramente le serán muy leales. Estoy convencido de que no
tiene nada que temer. Sólo es una maniobra de intimidación.
Colaboradores muy leales... Me sentía menos optimista que el capitán.
—¿Han llegado ya estos señores?
—Aún no —respondió Cosmao Dumanoir—. Espero su llegada esta noche.
Tenía un nudo en la garganta, me dolía el vientre, mis piernas temblaban
ligeramente. La aparición de esa arpía en el interior mismo del barco que me llevaba
hacia la última meta de mi existencia, ¿no era un presagio siniestro? ¿No sería más
prudente renunciar al viaje, posponerlo, tomar más precauciones?
Estaba aterrado. Del entusiasmo que había sentido al llegar a Toulon, pasé a una
especie de desesperación que hizo acudir lágrimas a mis ojos. Mi empresa parecía
condenada antes de empezar.
—Tengo que llevarle a Egipto y lo haré, cualesquiera sean los obstáculos —
afirmó el capitán Dumanoir—. Puede contar conmigo.
—¿Qué obstáculos? —pregunté alarmado.
—Nuestra corbeta —respondió— está destinada a proteger los buques
mercantes. No escoltará a nadie durante su viaje. La gente ya no se atreve a hacerse a la
mar, no porque peligren vidas y bienes, sino porque el comercio con Egipto se
encuentra en decadencia; incluso Egipto ha dejado de enviar algodón. Pero le repito —
afirmó poniendo su mano en mi hombro izquierdo— que puede usted contar conmigo.
Pocas veces había encontrado semejante expresión de bondad. Cosmao
Dumanoir compartía realmente mi angustia. Pero su ayuda no me servía de nada. No
suprimía la presencia de aquella intrigante, espía por añadidura.
—Debería descansar —sugirió.
Apenas pronunció esas palabras, llamaron a la puerta del camarote. Era un
marinero.
—Hay un médico que quiere ver al señor Champollion —anunció.
—¿Un médico? ¿Qué desea? —pregunté extrañado.
El marinero, con los brazos separados, me indicó que lo ignoraba. Irritado por
aquel nuevo misterio, decidí seguirle.
Al pie de la pasarela me esperaba un hombre vestido con una levita negra. Bajo,
mal afeitado, de nariz puntiaguda y mirada malvada, parecía una caricatura de
maledicencia o la discordia. Me desagradó de entrada.
—¿El señor Champollion?
—Yo mismo.
Su voz era agridulce como la de una muchacha nerviosa. Me miraba de soslayo.
—He de comunicarle una importante noticia. —Adelante.
Se tomó su tiempo, como para saborear mejor su revelación. —Señor
Champollion, su expedición ha sido anulada.

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Contemplé al hombrecito de negro con asombro y furor.


—¿Qué quiere decir?
—La peste, señor Champollion. La epidemia se está propagando por todas las
ciudades del sur. Hay que declarar la cuarentena en todas partes. Si se marchara hoy, se
vería obligado a permanecer en la mar. Ningún puerto le recibirá.
Una repentina carcajada sacudió todo mi cuerpo. El hombre de negro que al
principio consideré como un demonio ya sólo me parecía un diablillo ridículo.
—¡Lee demasiados periódicos, doctor! —exclamé—. Tratan a sus lectores como
si fueran imbéciles. Por supuesto, morimos a centenares, tanto en Marsella como aquí.
Creo que la peste física y la peste moral que asola nuestro país han embrollado un poco
su mente.
Ya le estaba volviendo la espalda cuando se lanzó hacia mí como una araña por
su tela y me retuvo por el brazo.
—¡Un momento, Champollion! Usted está esperando a unos sabios que vienen
de Toscana, pero he dispuesto un cordón sanitario alrededor de Toulon. Han salido
regimientos para ocupar todas las bocas de los Alpes. Las cartas y los periódicos
procedentes de Francia están siendo desinfectados con vinagre. Sus amigos no pasarán
la barrera. Si el capitán de esta corbeta está lo bastante loco como para hacerse a la mar,
usted será su único pasajero.
—Señor —le dije hecho una furia—, es usted un mentiroso.
Esta epidemia es una invención de médicos ávidos de fama. Le ordeno que deje
subir a este barco a los miembros italianos de mi expedición, Rosellini y el profesor
Raddi.
Aquel demonio hizo una mueca, sacando un fajo de papeles.
—¡Estos informes le denuncian como agitador político, Champollion! No se
equivocan. Nadie está por encima de las leyes. El cordón sanitario no será retirado
mientras dure la epidemia. Unos dos o tres meses, supongo...
Le habría estrangulado si no fuera por el insólito espectáculo que estaba
teniendo lugar en el muelle y captó mi atención. Un cura vestido con un sotana digna de
un vestigio arqueológico hostigaba, a bastonazo limpio, a una muía cargada de
equipajes. Reconocí al padre Bidant, un religioso barrigón, casi calvo, enamorado de
Oriente. Su apatía natural ocultaba una mente vivaz y astuta. Su presencia no me hacía
mucha gracia. Le enviaban las autoridades eclesiásticas para asegurarse de que mi
expedición no transpondría los límites de la religión. Esta última, efectivamente, temía
mucho que la cronología bíblica fuera puesta en duda por descubrimientos molestos en
tierra egipcia. Detrás del padre Bidant, jadeando y resoplando, se perfiló la alta figura
de Néstor l'Hote, un dibujante de talento que se había acostumbrado al trazado de los
jeroglíficos. Ese hombretón tenía carácter fuerte e impetuoso, pero le necesitaba para
copiar las inscripciones con la destreza precisa.
—¡Ya estamos aquí! —gritó el padre Bidant, apartando al diablo negro para
saludarme—. ¿Sabe que nos han tratado como a apestados? He ahuyentado a una banda
de faquines con mi bastón y una carta del arzobispo.
—¿Quién es éste? —preguntó Néstor L’Hote con su impresionante voz de bajo,

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mirando al diminuto doctor de hito en hito.
—Un médico que quiere retenernos en el muelle —contesté.
—¡Lárguese! —rugió L'Hote levantando un puño.
El diablillo negro no se hizo de rogar. Mascullando algunas amenazas
ininteligibles, retrocedió y acabó por irse con el rabo entre las piernas.
—Le noto algo triste, Champollion —observó Néstor, plantado sobre sus piernas
con los puños en jarras.
—Tengo motivos. Ese cordón sanitario puede privar a nuestra expedición de sus
miembros toscanos, Rosellini y Raddi. Sin ellos no podremos cumplir nuestro programa
de trabajo.
—Confíe en Dios —susurró el padre Bidant—. Si nuestra causa es justa, nos
ayudará.
El religioso me desafiaba. Seguramente había escuchado confidencias acerca de
la tibieza de mi devoción por el dios de los cristianos. Mis allegados, algunos sabios y
unos cuantos periodistas habían acabado poniéndome el apodo de El Egipcio, pensando
que mi verdadera patria era la de los faraones, y que profesaba una fe entusiasta y
sincera a los dioses de Tebas.
Contemplando la mar, más allá de la cual se encontraba el país de los faraones,
tuve que admitir que tenían razón.

El capitán Cosmao Dumanoir volvió a leer, una vez más, la carta de Drovetti,
cónsul general de Francia en Egipto, que le había sido entregada dos días antes por un
correo procedente de París. Drovetti se mostraba extremadamente reservado respecto a
la oportunidad de la expedición organizada por Champollion. Incluso sugería un regreso
inmediato a París, viéndose incapaz de garantizar la seguridad del sabio en territorio
egipcio. Mehmet-Alí, el pacha todopoderoso instalado en El Cairo, estaba fuertemente
influenciado por consejeros que aborrecían a los europeos. Probablemente vería con
malos ojos la llegada del descifrador de jeroglíficos.
¿Debía o no avisar a Champollion de los peligros que le acechaban? La lectura
de aquella carta transformaría su desaliento en desesperación. Lo más seguro es que
renunciara al viaje para no arriesgar la vida de los miembros de su expedición.
Pero a Cosmao Dumanoir le importaba tanto el pacha como los faraones.
Renunciar a esa travesía era superior a sus fuerzas. A sus últimas fuerzas, pues aquél iba
a ser el último viaje del capitán de corbeta, cuyo organismo estaba consumido por una
enfermedad que ya sólo le concedía unos meses de vida. Su único deseo era morir a
bordo de su barco, en altamar o en algún puerto oriental, lejos de Europa donde ya nada
le retenía. El Oriente, fuente de luz... Cosmao Dumanoir tenía la esperanza de encontrar
allí un más allá al final de su vida.
El destino decidiría. Ciertamente, el cónsul general Drovetti anunciaba una carta
oficial anulando la expedición por razones de seguridad y prohibiendo terminantemente
embarcar. Por suerte, las comunicaciones entre París y Toulon eran muy lentas.
Seguramente el ministro del Interior utilizaría el correo reservado al gobierno para
llegar hasta Champollion antes de la partida eventual de la corbeta L'Églé. El viaje
dependía ahora de la rapidez del correo, de la fuerza de los vientos y de la llegada de los
colaboradores italianos de Champollion.
En su carta, Drovetti señalaba que había graves disturbios en Alejandría y El
Cairo. El pacha se encontraba amenazado por los miembros virulentos del partido de la
oposición. Si hubiera sublevación y sedición en las grandes ciudades de Egipto, la
sangre de los europeos sería la primera en derramarse. Pero ¿no estaba exagerando el
cónsul general, ocultando la gravedad real de la situación para impedir que Champollion

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llegara a Egipto y descubriera su verdadero papel? Unos marineros habían comunicado
a Dumanoir que Drovetti era un temible traficante de antigüedades, que no dudaba en
abusar de su autoridad para añadir, a las cargas de los buques mercantes, estatuas,
estelas y papiros robados en las excavaciones. Aquellos tesoros eran llevados a Europa
donde el cónsul general volvería a encontrarlos algún día. Pero Champollion pasaba por
un hombre íntegro, inaccesible a las manipulaciones financieras y muy deseoso de
preservar el patrimonio artístico del Antiguo Egipto. Si los rumores sobre Drovetti eran
ciertos, Champollion podría resultar molesto.
Ya hace varios días que estoy prisionero en Toulon. Esta ciudad me está
resultando insoportable. La corbeta está amarrada al muelle como un pájaro enjaulado.
Han reforzado el cordón sanitario, pero no se ha identificado con certeza ni un solo caso
de peste. He caminado durante horas, consultado mis apuntes, jugado al ajedrez con el
padre Bidant, que maneja los alfiles con una habilidad extraordinaria. Néstor l'Hote ya
ha frecuentado todas las tabernas del puerto, no porque sea dado a la bebida sino porque
le gusta conocer gente. Siente curiosidad por todo. No he vuelto a ver a la bella espía
inglesa que se aísla en su camarote, donde se hace servir las comidas.
Desde el amanecer del 31 de julio el cielo está nublado. El viento levanta
algunas olas. No puedo escribir. Normalmente constituye un gozo profundo, un
momento de plenitud suspendido entre el tiempo y la eternidad. Pero la angustia me
oprime el corazón. Si no salgo para Egipto, creo que mi vida ya no tendrá sentido, y que
seré un hombre perdido para mí y para los demás.
Cosmao Dumanoir ha entrado en el pequeño comedor donde saboreo un café
bien caliente. Tiene el semblante descompuesto.
—Si no soltamos amarras esta mañana, señor Champollion, me temo que nuestro
viaje se vea definitivamente comprometido.
El capitán del L'Eglé tenía razón. No queriendo rendirme a la evidencia, me
había negado a creer que el cordón sanitario pudiera impedir que los toscanos llegasen
hasta la corbeta. Pero sólo eran sabios, desarmados ante las medidas administrativas.
Un marinero irrumpió.
—Un hombre pregunta por el señor Champollion.
Me disponía a seguir al marinero hasta la pasarela, pero éste señaló la mar. Me
incliné por encima del empalletado y vi una barca llena de cajas. En la parte delantera,
manejando torpemente los remos, estaba el profesor Raddi, con el rostro curtido como
un pergamino de herbario viejo, la barba descuidada como un jardín de otoño, una lupa
en el bolsillo de su chaqueta y dos pares de gafas en la nariz.
—¡Champollion! —gritó cuando me vio—. ¡Estamos aquí!
—¿Dónde está Rosellini?
—Escondido detrás de mis cajas de minerales. Hemos tenido que venir por mar
para evitar a una banda de locos que nos trataba de apestados.
Nos llevó dos horas embarcar el material científico que el profesor Raddi creía
indispensable para sus experimentos. Era tan bajo y gordo como Rosellini alto y
delgado. Raddi supervisó personalmente la instalación de sus preciadas cajas, mientras
que mi discípulo Rosellini, a quien había enseñado los principios del descifrado, avanzó
hacia mí, profundamente conmovido.
—Maestro... hay que levar anclas ahora mismo.
Mi discípulo italiano no era un hombre que se emocionara fácilmente. Frío,
distante, reflexivo, pronto sería un gran sabio que honraría a la egiptología naciente. De
momento, parecía trastornado.
—He recibido una carta del cónsul general Drovetti anunciando que nuestra
expedición sería anulada. Tras haber fracasado en su intento de conquistar Grecia,

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Turquía está decidida a declarar la guerra a los rusos y a arrastrar a Egipto en el
conflicto. Ya no podrán responder de nuestra seguridad.
—Pamplinas —decidí con aplomo, como si ejerciera alguna influencia sobre esa
política de dementes que odiaba—. ¿Está decidido a seguirme, a correr todos los
riesgos?
La alegría que iluminó el rostro de Rosellini fue la respuesta más tranquilizadora
que pudo darme. Pero mi discípulo se ensombreció inmediatamente.
—¿No le ha llegado de París una orden escrita?
—¡Marchémonos cuanto antes!
Me acaloré tanto que ayudé a los marineros a terminar de subir a bordo las cajas
del mineralogista. Rosellini, perplejo, acabó imitándome. Néstor l'Hote, encantado de
hacer ejercicio físico, se unió a nosotros.
Los campanarios de Toulon estaban dando las doce del mediodía cuando la
corbeta L'Églé, aprovechando vientos favorables, largó amarras hacia Oriente. La brisa
del oeste, que refrescaba el aire, nos empujaría hasta altamar en menos de una hora. Me
estaba dejando invadir por las sensaciones de la brisa que llegaba desde mar adentro
cuando avisté un correo a caballo que llegaba galopando al muelle. La silueta minúscula
nos interpeló, blandiendo un documento.
La carta del ministro Martignac avisaba al prefecto de Toulon que nuestra
expedición no podría llevarse a cabo, dada la situación internacional.
Me despedí de él agitando la mano.
Lo sentía mucho por el gobierno de Francia, pero El Egipcio acababa de
emprender viaje hacia otro mundo. El de su verdadera patria.

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Debido a la presencia de la espía, el capitán Cosmao Dumanoir había tenido que


cambiar la distribución de los camarotes. Me había instalado a la fuerza en el suyo. A
mis pies, sobre unos colchones, dormían mi discípulo Rosellini, el profesor Raddi y el
padre Bidant. Este último, muy dormilón, tenía gran dificultad para salir de su apatía
natural. Raddi se pasaba los días y buena parte de las noches escudriñando con su lupa
esquistos, basaltos, granitos, preparando su encuentro con los minerales del desierto,
que esperaba cosechar en abundancia.
Habitualmente, reinaba una gran tranquilidad en el barco. Yo trabajaba en los
jeroglíficos con L'Hote y Rosellini, que progresaban rápidamente. Su dibujo iba
adquiriendo una firmeza de trazo indispensable para el registro de las inscripciones.
Reproducían cabalmente cabezas, vasijas, lechuzas, leones, puertas... La antigua lengua
revivía gracias a ellos. El padre Bidant lograba muy pocas veces rescatar al profesor
Raddi de su universo mineral para jugar una partida de ajedrez.
A veces me sentía embargado por la emoción cuando me daba cuenta de que nos
acercábamos a Egipto. Me acodaba en la batayola, para no ver más que el cielo y la mar.
Aquel cuadro sólo cambió con algunas evoluciones de marsopas y la aparición de dos
grandes cachalotes.
Entre nosotros reinaba una verdadera armonía.
Formábamos un auténtico cuerpo expedicionario, dotado de un indispensable
espíritu de clan necesario para afrontar las pruebas que nos esperaban. Néstor l'Hote me
había apodado El General, afirmando que él y sus compañeros no recibirían más
órdenes que las mías.
Cuando estábamos dejando atrás la costa sarda, empujados por un fuerte viento,
el profesor Raddi montó en una fuerte cólera.
—¡Inadmisible! ¡No lo soportaré por más tiempo! ¡Quiero volver a Florencia
inmediatamente!
El esforzado mineralogista parecía estar poseído por el demonio, hasta tal punto
que el padre Bidant, inquieto, trazó en el aire una señal de la cruz. Rosellini se agazapó
en un rincón del camarote. Néstor l'Hote intentó acercarse a Raddi, que le rechazó con
una violencia insospechada en un hombre como él. Comprendí que El General debía
intervenir para restablecer la paz entre sus tropas.
—¿Qué ocurre, profesor?
—Ah, Champollion... debo confesar el peor de los crímenes...
La furia de Raddi se transformó de pronto en desesperación. Aceptó sentarse. El
padre Bidant, L'Hote y Rosellini, comunicándose mediante gestos y guiños, salieron del
camarote. Llegaba la hora de la confesión.
—Mi pobre despacho, mi pobre Museo —se lamentó, sacando una llave de su
bolsillo—. Mi despacho... cerré la puerta con siete llaves, ¡pero olvidé cerrar las
ventanas! ¿Se da usted cuenta, señor Champollion? ¡Mi mujer va a penetrar en ese
santuario que siempre le ha estado vedado! Lo profanará, estoy seguro... Sólo sueña con
el plumero y la escoba. Tengo que volver a mi casa para evitar ese desastre. ¿Y ha
pensado en el robo, Champollion? ¡Me despojarán de mis colecciones!
—¿Y ha pensado usted en Egipto, profesor?

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Mi pregunta sorprendió a Raddi.
—Egipto... sí, quiero ver sus desiertos... ¡Allí hay tesoros inapreciables! Pero no
tengo derecho... tengo que volver para cerrar yo mismo las ventanas.
Tranquilicé al profesor. Un Raddi desesperado y quejumbroso enseguida habría
exasperado a los demás, convirtiendo en un infierno nuestra vida cotidiana.
—Créame, profesor: los dioses egipcios nos protegen. Su museo y sus
colecciones no corren ningún riesgo.
Un atisbo de esperanza iluminó su mirada.
—Dígame, profesor, además de las cajas que contienen material científico, ¿ha
traído algo de ropa?
—¿Ropa? Claro. La llevo puesta. Este traje de mahón y unos zapatos bien
sólidos para la marcha. Añada un sombrero de paja de ala ancha y ya conoce mi ajuar.
¿No le parece perfecto?

Aquel 19 de agosto, al amanecer, me encontraba solo en el puente de la corbeta,


con un catalejo en la mano. A lo lejos podía distinguir la columna de Pompeyo.
Alejandría, por fin.
Veía el Puerto Viejo, la ciudad volviéndose cada vez más imponente, un
inmenso bosque de edificios entre los cuales asomaban unas casas blancas.
Ya no pensaba en la violenta tormenta que había sembrado el pánico entre mis
colaboradores. El viento soplaba tan fuerte que ni siquiera conseguíamos oírnos. No
sentí miedo. Morir en la mar me parecía tan inapropiado como imposible.
Egipto... Egipto, después de tantos años de sueños y esperanzas. Jacquou el
brujo, que había sido mi comadrón un 23 de diciembre, había augurado a mis padres el
más grandioso de los destinos para su hijo. Sin embargo, mi infancia no había sido muy
feliz: las locuras de la Revolución en Figeac, la violencia, las armas, la sangre, bandas
berreando la carmañola, fugitivos temblando de miedo y refugiándose en la librería de
mi padre, en aquella cueva de tesoros cuya entrada me estaba prohibida.
Los libros se convirtieron en amigos, confidentes. Aprendí a leer solo, letra a
letra, palabra a palabra. El mejor recuerdo que tengo de mi infancia es el calor de la
gran chimenea de la cocina. Me acurrucaba junto al fogón con un libro en la mano y me
dejaba invadir por una maravillosa sensación de bienestar, tan lejos del frío y del cielo
gris. El sol de Egipto estaba oculto en aquel fuego.
¡Qué frío pasé en el liceo de Grenoble! Por la noche, mientras mis camaradas
dormían, leía las biografías de hombres ilustres escritas por Plutarco. Quería conocer
mejor a los emperadores, los jefes, los que habían llevado el mundo a cuestas. Recorté
unos medallones de cartón y dibujé sus retratos, añadiendo la fecha de su nacimiento y
de su muerte. Así, tenía junto a mí mi galería de personajes famosos. Aquella colección
era mi mayor orgullo de colegial.
El de estudiante fue el poder presentar un estudio sobre la geografía de Egipto a
la Sociedad de Artes y Ciencias de Grenoble a la edad de diecisiete años. Cuando fui
nombrado profesor en la facultad de letras de Grenoble, a los veintiún años, por un
momento creí que el porvenir sería favorable. Pero hubo que ir a París, chocar con la
ciencia en boga, buscar en vano un puesto y volver a Grenoble para ser profesor de
historia, con un sueldo que era la cuarta parte de lo que cobraban mis colegas. Más
tarde, mi hermano y yo fuimos proscritos y nuestra residencia asignada en Figeac por
haber apoyado a Napoleón. Yo tenía veintiséis años y estaba perdiendo la esperanza de
conocer mi Egipto algún día.
No obstante seguí luchando, buscando, intentando convencer de que iba por
buen camino, de que tenía que emprender aquel viaje...

15
Llegábamos a Alejandría al amanecer tras diecinueve días de travesía. No había
dormido de lo nervioso que estaba pensando que por fin estábamos arribando a Egipto.
Mi buenaventura había vencido la mala suerte. Como un niño, saludé con la mano la
torre de los Árabes, que marca el emplazamiento de la antigua Taposiris, la ciudad que
había ocupado tantas horas de búsqueda cuando escribía mi primer libro, Egipto bajo
los faraones.
—¿Satisfecho, señor Champollion?
El capitán Cosmao Dumanoir se había acercado silenciosamente. Recién
afeitado, impecable. Poseía un humor inalterable. Con su media sonrisa en los labios,
aquel hombre parecía inaccesible a los asaltos del mundo exterior.
—Más allá de toda esperanza, capitán.
—Todavía necesitará un poco de paciencia antes de pisar el suelo egipcio.
—¿Porqué?
— —Los europeos han impuesto un bloqueo en Alejandría. Entraremos en el
viejo puerto, al oeste. La maniobra no será fácil, ya que hay muchos buques de guerra
franceses e ingleses que entorpecen el acceso.
Unas profundas arrugas surcaron mi frente. El aire vivo de la mañana me pareció
de pronto glacial.
—¿Qué verdad me está usted ocultando, capitán? ¿Ha recibido malas noticias?
Cosmao Dumanoir titubeó un momento.
—Las tropas egipcias van a volver pronto de Grecia —explicó—. Están incluso
autorizadas a repatriar material y botines de guerra.
—Pero ¡eso es maravilloso! ¡Significa que las tropas francesas y egipcias ya no
se enfrentan en el Peloponeso! Es la paz, capitán... El pacha nos recibirá con los brazos
abiertos.
—Eso espero, señor Champollion. No todo el mundo aprueba esta situación. El
partido de la oposición reprocha al pacha sus decisiones. El bloqueo asegura el
mantenimiento del orden en Alejandría. Pero no será eterno. En cuanto a El Cairo,
ignoro lo que está sucediendo allí.
—Tengo confianza, capitán.
—Le envidio.
Una expresión de infinita tristeza hizo que de pronto el rostro de Cosmao
Dumanoir envejeciera varios años. Sentí ganas de suscitar sus confidencias, pero se
alejó alegando que su presencia era indispensable para dirigir la maniobra.
En la entrada del paso, un cañonazo de la corbeta saludó la subida a bordo de un
piloto árabe. Nos guió en medio de los rompientes y nos puso a salvo en el Puerto
Viejo. Allí nos encontramos rodeados de buques franceses, ingleses, egipcios, turcos y
argelinos, y el último plano de aquel cuadro, auténtica mezcla de pueblos, estaba
ocupado por los cascos de naves orientales rescatadas del desastre de Navarino. Todo
estaba tranquilo. No echamos anclas hasta las cinco de la tarde.
Mis compañeros de aventura, acodados en el empañetado, observaban con
curiosidad la ciudad de Alejandro Magno que iba a recibirnos. Alexandria ad
Aegyptum, decían los antiguos, lo cual significa que la ciudad, de origen griego,
ocupaba el límite de Egipto, su linde, sin formar realmente parte de él.
Tenía un nudo en la garganta y apenas podía respirar. Para mí, Alejandría era la
frontera del paraíso. Vivía mi segundo nacimiento. Sentía que por fin estaba volviendo a
mi verdadera patria, después de un largo exilio empleado con provecho para descifrar lo
que me sería ofrecido.
—Una barca se dirige hacia nosotros —advirtió L'Hote.

16
Unos momentos después, un hombrecillo vestido de negro subía a bordo. Creí
que se trataba del médico de Toulon que había intentado retener la corbeta en el muelle.
—Me envía el cónsul general Drovetti —anunció—, para entregar un sobre al
señor Champollion.
El sobre contenía una autorización excepcional para desembarcar a pesar del
bloqueo y de la cuarentena impuesta a causa de una epidemia de tifus. No creí necesario
transmitir estas informaciones a mis compañeros, pues se habrían alarmado inútilmente.
—Le seguiremos con mucho gusto —dije con voz poco firme.
Mis compañeros se dispusieron a bajar conmigo a la barca. Cosmao Dumanoir
se interpuso.
—Creo que el señor Champollion merece ser el primero en desembarcar, y que
desea estar solo.
—Tiene razón, capitán —admitió Rosellini.
—Que El General afronte Egipto como explorador —chanceó Néstor l'Hote.
—Ciertamente, El Egipcio se merece ese honor —reconoció a su vez el padre
Bidant.
El profesor Raddi se mantenía apartado, examinando una roca procedente del
Vesubio.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me palpitaba el corazón. No encontraba
palabras para expresarme.
—Se lo agradezco... Yo...
—Vamos, general —exigió Néstor l'Hote—. Nosotros también estamos
impacientes por conocer esta tierra.
Cosmao Dumanoir me miraba de un modo extraño. Sentí que quería
comunicarme un último pensamiento antes de que nuestros caminos se separaran para
siempre. Aquel hombre, a quien debía el haber recorrido sin tropiezo la enorme
distancia que separa Toulon de Alejandría, se había convertido en un amigo. Pero ¿no
empezaba a asomarse la muerte en su rostro consumido?
—Adiós, señor Champollion —me dijo dándome un caluroso apretón de manos.
De pie en la barca que avanzaba lentamente hacia el muelle, confieso haber
olvidado a Cosmao Dumanoir, a mis compañeros y a la corbeta L'Eglé. Hacía tantos
años que ansiaba aquel momento.
La barca atracó. Un marinero me ayudó a subir al muelle cogiéndome del brazo.
No pude contenerme y me arrodillé, besé y bendije aquel suelo donde habían vivido los
mayores sabios de la historia, donde había nacido la civilización que nosotros, los
europeos, hemos heredado.

Las descripciones que se pueden leer de esta ciudad no sabrían dar una idea
completa de ella; para nosotros fue como una aparición de las antípodas, un mundo
nuevo: estrechos pasadizos bordeados de puestos, llenos de hombres morenos y de
perros dormidos; gritos roncos por todos lados, mezclándose con la voz chillona de las
mujeres, un polvo sofocante, y de cuando en cuando algunos señores magníficamente
vestidos, montando unos caballos preciosos y espléndidamente enjaezados.
Nos abríamos camino con dificultad en medio de una multitud bulliciosa, hacia
el palacio del cónsul general. Yo caminaba detrás del guía árabe encargado de hacernos
calle en aquel enjambre poblado de hombres con turbantes, niños medio desnudos
pegados a nosotros, mujeres con velo y largos vestidos negros. Unos camellos cargados
de cuévanos llenos de alimentos empujaban a los paseantes. Pasamos delante de un
quiosco con un enmaderado dentellado donde tres músicos tocaban una canción
pegadiza como los perfumes empalagosos de rosa y jazmín que se impregnaban en

17
nuestras ropas, tapando otros olores menos gratos que subían de los conductos cavados
en la tierra. Aquí y allá, a la vuelta de una callejuela, aparecían minaretes. Avanzábamos
bajo unas arquerías que nos protegían de los rayos del sol. El calor era moderado
gracias a la brisa procedente del Mediterráneo. Néstor l'Hote estaba a mi lado. Rosellini,
el padre Bidant y el profesor Raddi apenas podían seguir el ritmo impuesto por nuestro
guía que parecía estar deseando librarse de nosotros. Era evidente que no le convenía
ser visto en compañía de extranjeros.
Se oyó un galope. Delante de mí, la muchedumbre se apartó con una rapidez
asombrosa. Vi aparecer un personaje barbudo, con un turbante que le tapaba casi toda la
frente y montando un mulo que avanzaba hacia mí. Me quedé plantado como un
estúpido, viendo acercarse a toda velocidad el hocico del cuadrúpedo.
Néstor me agarró por la cintura y me apartó de la trayectoria del mulo que siguió
hendiendo el populacho y desapareció en medio de un coro de indignación.
—De buena se ha librado, general.
—No exagere —contesté, fingiendo una serenidad que no sentía—. Le
agradezco su intervención. ¿Y nuestros compañeros?
El religioso francés y los dos sabios italianos habían tenido mejores reflejos que
yo, pegándose a las fachadas de las casas para evitar ser atropellados por aquel mulo
desbocado. El guía árabe se acercó a mí. Hablaba un francés deficiente.
—¿No herido?
—Sigamos. Estoy impaciente por ver al cónsul general.
Llevaba encima las dos cartas misteriosas que había recibido antes de salir hacia
Egipto.
¿No era aquel incidente una agresión encubierta? ¿Me hacía divagar mi
imaginación?
El palacio del cónsul general era una construcción fastuosa edificada en medio
de un jardín lleno de palmeras. Su fachada, con una puerta coronada por un elaborado
arco iris, estaba adornada con una enorme viga que soportaba una loggia con las
contraventanas cerradas. En el umbral, dos jardineros en cuclillas.
Entré. Un intendente que vestía una galabieh blanca me invitó a seguirle y rogó a
mis compañeros que esperaran en la entrada provista de banquillos de piedra. Me llevó
al espacioso despacho de Bernardino Drovetti, cónsul general de Francia.
Tenía cincuenta y tres años, era originario de Liorna y naturalizado francés, y
había participado en la expedición de Bonaparte a Egipto. Abogado, militar de alto
rango, diplomático, pasaba por uno de los personajes más influyentes del país. Tejiendo
su tela en la sombra, reinaba, según decían, sobre un gigantesco tráfico de antigüedades.
Algunos aseguraban que se disponía a retirarse una vez hecha su fortuna. Yo no tenía
por costumbre formarme una opinión sobre alguien basándome en las habladurías. Yo
mismo he padecido demasiado del rumor público para agobiar con él a los demás.
Bernardino Drovetti estaba sentado ante su escritorio con las manos cruzadas,
como un juez dispuesto a dictar su sentencia. Aquel hombre tenía lo necesario para
impresionar a sus interlocutores: la frente alta, una espesa cabellera morena y rizada, las
cejas tupidas, los ojos negros, los pómulos salientes, una nariz recta y puntiaguda, un
bigote acabado en volutas.
—Siéntese, Champollion, y escúcheme bien —ordenó con la voz seca del
hombre acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido.
Me quedé de pie, desafiando con la mirada al cónsul general de quien podía
temerlo todo. Sólo él podía concederme el permiso necesario para visitar los
emplazamientos arqueológicos y comprar objetos destinados a enriquecer la colección
del museo del Louvre. Drovetti podía limitar mi expedición a un corto paseo.

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—Su llegada no es muy oportuna, Champollion. La situación política se ha
complicado. He pedido a París que expidan una orden a Toulon para anular su viaje.
Supongo que aún no la ha recibido...
La frase era mordaz, incisiva, contrastando con el aspecto lujoso y afieltrado de
aquella amplia habitación amueblada al estilo oriental, con alfombras recargadas y
asientos bajos.
—Su suposición es exacta, señor cónsul. Estaba escrito que este año vería a mi
Egipto.
El rostro de Bernardino Drovetti enrojeció de ira, que reprimió a duras penas.
—Ya que la suerte está echada, no se puede volver atrás, ¿verdad? Si estalla la
guerra entre los rusos y los turcos, Egipto se verá arrastrado en el conflicto y ya no
podré garantizar su seguridad. Usted y los miembros de su expedición estarán expuestos
a los mayores peligros.
Agaché la cabeza. Drovetti creyó en mi sumisión.
—Veo que es usted razonable, Champollion. Permanecerá en Alejandría hasta
que se levante el bloqueo, y después regresará a Francia. Puede estar seguro de que me
ocuparé personalmente de su bienestar.
Se levantó, dando por acabada la conversación.
—Alejandría es sólo una etapa para mí, señor cónsul. La meta de mi vida es
explorar Egipto. Ninguna guerra podrá impedir que se cumpla mi destino, aunque tenga
que pagarlo con mi vida.
Drovetti no era ningún tonto. Reparó en la fuerza de mi determinación. Volvió a
sentarse en su sillón.
No le faltaban motivos para crearme los peores problemas. Yo había conseguido
exponer en el museo del Louvre parte de la colección de Salt, cónsul general de
Inglaterra y gran enemigo de Drovetti. Jomard y el conde de Forbin, director general de
los museos, lo habían intentado todo para impedir que yo fuera conservador. Pero el 15
de diciembre de 1827, sin contar más que conmigo mismo, había inaugurado la galería
egipcia del museo Carlos X.
—¿Es usted amigo personal de Henry Salt, Champollion?
—Ni siquiera le conozco.
—Mejor para usted. Ya no será útil a nadie. Está muerto. El conocimiento
riguroso de las antigüedades es un arte difícil. Un aficionado podría estropear el oficio.
—Precisamente por eso mi expedición sólo comprende profesionales, señor
cónsul.
—¿Qué desea ver en Egipto?
—Los monumentos del Delta...
—Muy bien, Champollion. Haré que le preparen las autorizaciones necesarias.
—Me harán falta otras para Tebaida y Nubia —añadí tranquilamente.
Mis nervios estaban en tensión. Estaba jugando fuerte frente a un adversario tan
poderoso. Si hubiera podido leer en mí habría comprobado hasta qué punto me sentía
frágil y alterado. Pero una fuerza inalterable me empujaba a afrontar el obstáculo. ¿No
contaba con el mejor de los aliados, mi Egipto?
—¿Porqué Tebas?
—Es el corazón de Egipto. Espero dirigir allí el más importante programa de
excavaciones jamás emprendido.
—¿Con qué dinero?
—Con el que usted me procurará, señor cónsul. Estando en misión oficial,
cuento con la ayuda financiera que tiene el deber de atribuirme.

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—Por supuesto, pero requerirá algún tiempo. Ese dinero le será enviado a Tebas,
cuando esté dispuesto a excavar. ¿Qué más espera obtener?
—Su confianza. Soy un investigador, y he venido aquí para verificar mis teorías
sobre el terreno y satisfacer un sueño de niño. Hacer revivir la civilización de los
faraones será para mí la más hermosa de las recompensas.
Esta vez fue Drovetti quien agachó la cabeza. Esperé con ansiedad el resultado
de sus meditaciones.
—Dormirá aquí esta noche, Champollion, en la habitación donde durmió Kléber,
el vencedor de Heliópolis. Mi palacio sirvió de cuartel general al ejército de Napoleón.
Tiene usted mi protección. Me gustan los idealistas.
—Un último detalle. Me gustaría ir inmediatamente al Instituto Egipcio para ver
allí a un viejo sabio...
—¿El Profeta?
—El mismo.
—Ahórrese ese desplazamiento, Champollion. El despacho donde trabajaba
acaba de arder. Todos los papelotes que apilaba allí han sido destruidos y él mismo ha
muerto en el incendio.
El cónsul general me dio un salvoconducto redactado en árabe.
—Tenga cuidado. Egipto es un país peligroso.

Bernardino Drovetti miró salir de su despacho a aquel curioso señor


Champollion cuya determinación le había sorprendido e inquietado. ¿Un simple sabio?
¿Un iluminado? ¿Un espía enviado por el gobierno francés para descubrir la naturaleza
del negocio al cual el cónsul general se dedicaba estos últimos años? Era difícil apreciar
la amenaza que representaba aquel Champollion. No procedía correr el menor riesgo
estando tan cerca de la meta.
Drovetti agitó una campanilla.
El intendente de la galabieh blanca apareció casi de inmediato.
—Quiero que sigas de cerca al hombre que acabo de recibir. Hazme saber todos
y cada uno de sus movimientos. Que no se te escape nada. Y le dirás a nuestro amigo
que aumente la vigilancia.

20
4

Me había puesto mis mejores galas después de una noche agitada en la


habitación antaño ocupada por el gran Kléber. Durante la cena a la que Drovetti me
había invitado, hablamos de Francia, de Napoleón, del arte egipcio. Después el cónsul
general me había anunciado que era indispensable que me entrevistara con el pacha para
confirmar mi libertad de circulación por el territorio egipcio.
El cónsul general dijo estar demasiado ocupado para llevarme en persona a
presencia del pacha y virrey, Mehmet-Alí. Confió esta carga a su intendente, un tal
Moktar. Aquel domingo 24 de agosto, a las siete de la mañana, sentado en la antesala
del palacio del pacha, situado en la antigua isla de Faros, esperaba ser recibido.
Hacía deliciosamente fresco en aquel inmenso edificio. El techo era tan alto que
la mirada se perdía en los artesonados esculpidos formando un cielo de marquetería del
mejor efecto.
Estaba casi desesperado. El Profeta, con quien contaba para guiarme, había
desaparecido. Me encontraba solo en aquella tierra desconocida, como un niño
abandonado. Tenía que apelar a mis propios recursos, y sólo a ellos. ¿Serían suficientes
para llevarme al término de mi búsqueda? ¿Se dignaría Egipto responder a las preguntas
que me consumían?
Un hombre de cabello gris se sentó a mi lado. Elegante, con clase, habló en voz
baja, como si temiera que nos sorprendieran. Moktar, mi mentor, acababa de ausentarse.
—No dispongo de mucho tiempo para hablarle, señor Champollion. Mi nombre
es Anastasy.
—Usted...
Mi sorpresa no era fingida. De origen armenio, el diplomático Anastasy
representaba a Suecia en Egipto. Era un auténtico Creso que poseía una buena mitad de
la flota comercial alejandrina. Pasaba sobre todo por un gran coleccionista a quien los
Países Bajos habían comprado muchas piezas magníficas.
—Conozco sus proyectos, señor Champollion. Siendo amigo personal de
Mehmet-Alí, que no desdeña recurrir a mis competencias financieras, he intercedido
personalmente por usted. Pero es imposible saber si el pacha está bien dispuesto hacia
usted.
Anastasy se mostraba muy modesto. En realidad, tenía a varios ministros en su
poder y sacaba regularmente de apuros las arcas del pacha a cambio de organizar
excavaciones en lugares privilegiados que había sabido localizar con un olfato infalible.
—Cómo expresarle mi gratitud, excelencia, pero por qué...
—Compartimos la misma pasión, señor Champollion, pero usted está más
cualificado que yo para descifrar los misterios de Egipto. No desestime los peligros que
le acechan. Sepa que mi mayor enemigo es el cónsul general Drovetti, y de él depende
su suerte administrativa. Su modo de despojar a este país de sus tesoros me escandaliza.
Desconfíe de él, aunque parezca ceder a sus exigencias de sabio. Drovetti sólo se
interesa por el dinero y el poder. Estoy convencido de que está a punto de llevar a buen
término un enorme negocio cuya naturaleza exacta desconozco. Su llegada puede
trastornar los planes que ha trazado sabiamente desde hace varios meses.

21
Aquel hombre me inspiró una confianza instintiva, inmediata. Su sola presencia
me reconfortaba. Poseía esa maravillosa serenidad de los seres íntegros cuya memoria
no está recargada de prevaricaciones. Me vino a la boca una pregunta.
—Excelencia... ¿me ha enviado usted una carta antes de que yo saliera para
Egipto?
—¿Yo? No. En absoluto. Drovetti había proclamado que su viaje estaba anulado
y que jamás pisaría el suelo egipcio.
La larga silueta de Moktar apareció al extremo de un pasillo que daba a la
enorme entrada. Anastasy se levantó.
—Tenga cuidado, Champollion —murmuró.
Se alejó con pasos menudos, dándome la espalda. Un momento después, mi
mentor se inclinó ante mí.
—Mehmet-Alí le espera.
El pacha me recibió en un saloncito repleto de divanes y cojines. La luz sólo se
filtraba por una pequeña ventana enrejada. En una mesa baja, de mármol con vetas
rojas, había una tetera y tazas de porcelana. De pie, enmarcando al amo del Egipto
moderno, dos impresionantes guardias de corps armados con un sable.
—Sea bienvenido, señor Champollion —dijo Mehmet-Alí, recalcando las
sílabas.
El pacha era una especie de coloso de aspecto bonachón. Pobre del que se fiara
de esa apariencia. Huérfano, nacido en Macedonia, Mehmet-Alí había puesto sus miras
en Egipto, abandonando a los turcos por los ingleses. Había barrido la autoridad
mediocre de los pequeños potentados locales para imponer la suya, férrea, sobre un
pueblo acostumbrado a numerosas ocupaciones desde el final del imperio faraónico.
Había echado a los mamelucos y a los vahabitas, erigiéndose en interlocutor respetado
de las potencias europeas. En París, los diplomáticos le describían como un tirano y un
hombre cruel. Ponderaban su aguda inteligencia y su empeño en conservar su
omnipotencia.
Mehmet-Alí sostenía una pipa adornada con diamantes. Delante de él, un
narguile cubierto con piedras preciosas.
Sus ojos tenían una expresión muy viva y penetrante. Una magnífica barba
blanca le cubría el pecho. Su fisonomía era sombría, casi taciturna.
—Me calumnian en Europa —prosiguió, como si hubiera leído mis
pensamientos—. Me acusan de ser impaciente, demasiado ansioso, de explotar al
pueblo, de imponerle impuestos excesivos, de colocar un policía detrás de cada aldeano
egipcio. ¿Y cómo voy a mantener el orden si no? Me veo obligado a ser el único
propietario de bienes raíces, a tener el monopolio del arroz, del trigo, de los dátiles y del
excremento de ganado que sirve de combustible. Así puedo regir la economía y
enderezarla. Hasta las mujeres públicas, los farsantes y los estafadores me pagan un
tributo para la felicidad de mi pueblo.
Un hipo convulsivo interrumpió el discurso del pacha. Esta inconveniencia era el
resultado de un intento de envenenamiento, al cual Mehmet-Alí había sobrevivido. Los
mejores médicos no habían logrado quitarle el hipo al amo de Egipto.
—Modernizo el país —continuó—. Comercio, industria, agricultura, actúa en
todos los frentes... ¡Nunca se han edificado tantas fábricas! ¿No le parece?
—Espero, su beatitud, que los monumentos del Antiguo Egipto no hayan tenido
que sufrir demasiado debido a los indispensables progresos de los que usted es el
instigador.
El pacha sonrió bajo su barba tupida.

22
—Sus esperanzas no quedarán decepcionadas —respondió untuosamente—.
Aprecio mucho las piedras antiguas.
¿Acaso Mehmet-Alí no había entregado los tesoros de los faraones a los
comerciantes y los diplomáticos, sin importarle nada un arte que no era el de los
musulmanes? ¿Acaso las antigüedades no le servían para atraer personajes afortunados,
susceptibles de desembolsar un diezmo respetable con tal de que hiciera la vista gorda
sobre su tráfico?
—Me alegro de ello, su beatitud. Cuento con su benevolencia para facilitar mi
trabajo en esta tierra que tanto aprecio.
—Esperemos que una guerra con Rusia no perturbe la paz de la que soy garante
—replicó el pacha mientras nos servían el té.
—Todos cuentan con su sabiduría. Usted fue lo bastante filósofo como para
reírse de su derrota de Navarino, en el Peloponeso, donde la flota egipcio—turca fue
aniquilada por los franceses, los ingleses y los rusos.
Me atreví a herir en lo vivo al virrey. Más valía asegurarse desde ahora de sus
disposiciones de ánimo hacia mí. Al traerle a la memoria el recuerdo mortificante de la
batalla que había puesto término a sus sueños de expansión, me apartaba del montón de
cortesanos aduladores, mostrándome amante de la verdad. Esta actitud me había valido
muchos desengaños y profundas enemistades, pero no concebía ninguna otra.
Una sonora y contagiosa carcajada sacudió el pecho de Mehmet-Alí.
—¡Es usted un punto filipino, Champollion! —exclamó—. Dicen que conoce el
significado de los extraños signos que los egipcios han grabado en sus monumentos.
—Sólo me queda verificar mis teorías sobre el terreno.
—Habrá visto al cónsul general Drovetti, imagino.
Los ojos de Mehmet-Alí se hicieron más penetrantes.
—Efectivamente, su beatitud. Me ha dado un salvoconducto precisándome que
sólo usted tenía la posibilidad de validar ese documento.
Percibí la satisfacción del pacha al mismo tiempo que su debilidad. Aquel
hombre rendía un culto desmesurado al poder. Poner en duda su autoridad le parecía el
peor de los crímenes. Exaltarla, al contrario, le complacía profundamente.
—Francia me gusta mucho —indicó—. Las inteligencias más brillantes de El
Cairo van a estudiar a París. Allí son bien recibidos. Su cónsul general, Drovetti, es un
hombre notable que me ha ayudado a encarrilar de nuevo al país y a quitar de en medio
a los ambiciosos que intentaban formar facciones contra mí.
Su voz se hizo más sorda.
—¿Sabe, Champollion, que fue un comerciante francés quien evitó que me
muriera de hambre cuando era niño? Me recogió en una calle de mi pueblo y me
alimentó como si fuera hijo suyo. Ahora está en el paraíso de Alá. Me he jurado a mí
mismo ser útil a los franceses que me necesiten.
Creí en la sinceridad del pacha.
—Necesito su ayuda. Además de su autorización para ir a los emplazamientos de
Egipto y Nubia, necesitaré barcos y dinero para pagar a los portadores y sirvientes que
acompañarán a los miembros de mi expedición.
—Imposible.
Me quedé estupefacto. Aquella réplica era de una crueldad inaudita,
inexplicable.
—Imposible... Pero ¿por qué, su beatitud?
—Ya no concedo autorizaciones de excavaciones a los simples viajeros. El
cónsul general Drovetti quiere evitar el saqueo.

23
—Pero ¡yo no soy un visitante cualquiera! —me enfurecí, sin importarme las
consecuencias—. ¡Mi misión tiene carácter oficial! He sido nombrado por el rey Carlos
X conservador de los monumentos egipcios y gozo de las prerrogativas de un comisario
del gobierno francés si la salvaguardia del honor nacional lo exige. ¡Éste es el caso!
Tendré que informar a los ministros del rey. Sé que los comerciantes de antigüedades y
los traficantes han temblado cuando se anunció mi llegada. Se ha organizado una cabala
contra mí para suprimirme cualquier autorización e impedir que excave. Si es así, haré
saber al rey los motivos que me han prohibido cumplir mi cometido. ¡Injuriándome, es a
él a quien desafían!
Mehmet-Alí permanecía absolutamente tranquilo.
—¿Qué desearía?
—Tener acceso a la totalidad de los emplazamientos del Antiguo Egipto.
—Exigencias razonables... Mi mejor chauz, Abdel—Razuk, irá con usted. Es un
policía de primera. Le será útil, en el Alto Egipto, para hacer respetar mi autoridad. Allí
las poblaciones son a veces hostiles a los turcos. Todavía existen bandas de salteadores
que no dudan en desvalijar a los viajeros. Tenga cuidado, Champollion.
—Me adaptaré a sus exigencias y a las de la ciencia —declaré en árabe, en el
dialecto de El Cairo.
Mehemet—Alí me miró estupefacto. No se esperaba eso.
—¿Habla nuestra lengua ?
—Es indispensable para conocer bien Egipto.
—Claro —admitió el pacha sin entusiasmo—. ¿Eran felices los campesinos en
tiempos de los faraones?
Aquella pregunta inesperada ocultaba una trampa. No importaba. Mentir me
resultaba insoportable.
—Creo que sí. La naturaleza se mostraba a veces cruel, cuando la crecida del
Nilo era demasiado abundante o, al contrario, insuficiente. Pero el faraón, que poseía
todo Egipto, suplía los fallos del río. Los antiguos egipcios comían hasta hartarse y
vivían a gusto. ¿No es una aspiración eterna?
El pacha hizo servir de nuevo té con menta.
No tuvimos tiempo de beberlo.
Un grupo de beduinos, flanqueados por soldados, interrumpió la audiencia. Se
precipitaron hacia el pacha, se arrodillaron y besaron los bajos de sus ropas.
Luego, apartándose, dejaron pasar tres hombres que llevaban en sus brazos una
pantera joven, una gacela y un pequeño avestruz. Con mucho cuidado, depositaron sus
presentes al pie del trono.
Mehmet-Alí no pronunció ni una palabra de gratitud. Los soldados, con
brutalidad, hicieron salir a los beduinos que siguieron inclinándose andando hacia atrás.
—¿Puedo hacerle partícipe de mi mayor angustia, su beatitud?
La mirada de Mehmet-Alí se ensombreció. No me prohibió continuar.
—Se trata de Tebas, la ciudad del dios Amón, la más bella del mundo. ¿Se ha
salvado de la destrucción? ¿Han cuidado bien de sus templos? —Aquellas preguntas me
obsesionaban desde hacía varios meses. Circulaban algunos rumores inquietantes sobre
el saqueo de los monumentos antiguos. Mutilar Tebas habría privado al mundo de luz.
—Tranquilícese, Champollion. Cuido celosamente de Tebaida.
Es la provincia que más amo. Encontrará su vieja capital intacta con todos sus
esplendores.
—Sean rendidas las gracias a su beatitud —declaré, sin que mis inquietudes se
disiparan del todo.

24
El feliz desenlace de mi entrevista con el pacha tuvo una influencia excelente
sobre el comportamiento de Drovetti. El cónsul general invitó a mis compañeros a su
mesa y los alojó en su palacio. La corbeta L'Églé había zarpado sin que pudiera volver a
ver al capitán Cosmao Dumanoir.
«Los preparativos de su expedición requerirán varias semanas», me había
avisado Drovetti. ¿Mentira diplomática? ¿Intento de retenerme en Alejandría utilizando
pretextos? Me encontraba sumido en la incertidumbre. Conocía demasiado la
administración para ignorar sus lentitudes, que aumentarían con la indolencia natural de
los orientales. ¿Deseaban realmente Drovetti y el pacha que mi empresa tuviera éxito?
¿No habían decidido engañarme con buenas palabras?
Me abismaba en estos sombríos pensamientos contemplando, al anochecer, la
columna de Pompeyo con sus veinticinco metros de altura en el barrio suroeste de
Alejandría. Examinando el pedestal con atención, me di cuenta de que estaba compuesto
de bloques pertenecientes a monumentos más antiguos. Logré incluso descifrar el
nombre del ilustre faraón Seti I, el padre de Ramsés II. Muy cerca de allí se encontraba
la famosa biblioteca de Alejandría, incendiada por manos criminales.
La brisa marina me azotó el rostro. Me sentí invadido por una tristeza infinita.
Aquella columna aislada, único rastro de un mundo desaparecido, se convertía en el
símbolo del fracaso. El Egipto del crepúsculo, desolador y desolado, se hundía en las
tinieblas de una memoria destrozada. Sin duda nunca llegaría a conocer más que ese
miserable vestigio, erigido a la gloria de un romano sobre las ruinas de la ciudad de
Alejandría.
No me hablaba de eternidad sino de decadencia. Mi Egipto de los faraones se
encontraba lejos, muy lejos de esa Alejandría moderna de la que habían desertado los
dioses egipcios. Me apoyé contra la columna de Pompeyo con la esperanza de verla
derrumbarse y poner término a mi sueño.
—¿En qué piensa, señor Champollion?
Lady Ophelia Redgrave, con un vestido de muselina amarillo con adornos
plateados, se perfilaba en la luz naranja de los últimos momentos del día. Apenas podía
distinguir su rostro, aureolado de luces irreales. Me pareció singularmente hermosa,
evocándome la diosa del cielo dispuesta a acoger en su seno al sol del atardecer para
regenerarlo.
—¿No me habrá seguido, señora?
—En absoluto. Estaba paseando, como usted. Esta columna es el lugar de
encuentro de los curiosos decepcionados por Alejandría. Sólo hay griego y romano en
este pasado. Egipto no ha dejado su huella.
—¿Se está volviendo egiptóloga? —ironicé—. ¿Acaso su papel de espía requiere
tanta ciencia?
Sonrió, divertida.
—Se cree usted acerbo y sólo es apasionado. Usted no es el único que ama con
locura este país. Si le aseguro que no soy su enemiga, no me creerá. No importa. No
intentaré convencerle. Sepa que desde ahora formo parte de su expedición. Allá donde
vaya, iré yo también.
Estaba estupefacto. Lady Redgrave se alejó hacia el sol poniente.

El 22 de agosto, a primera hora de la mañana, vagaba en medio de las dunas, al


sur de la ciudad. Alejandría se había convertido en un lugar de suplicio. Mis
compañeros de aventura descubrían con una curiosidad regocijada los encantos de
Oriente, fisgando en los zocos, descansando en el jardín del palacio de Drovetti,

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entreteniéndose con los letrados árabes, los ulemas, que intentaban convertirlos al islam
evocando las buenas acciones pasadas de la presencia francesa en Egipto.
Sentía la necesidad apremiante de respirar, de llenar mis ojos con un poco de
desierto, de sentirme atraído hacia el sur, hacia El Cairo. Cogí en mi mano derecha un
puñado de arena, que dejé escurrirse lentamente entre mis dedos.
Un viejo árabe, apoyándose en un bastón, avanzaba en mi dirección. Miré
alrededor, temiendo una agresión. Pero el hombre estaba solo y caminaba lentamente.
Un ciego.
—Buenos días, ciudadano —me saludó—. Dame algo. Hace mucho que no he
comido.
«¿Ciudadano?» ¿Había realmente oído ese calificativo republicano de lo más
inesperado en boca de un alejandrino?
—Date prisa —insistió—, mi estómago se queja de hambre.
Hurgué en mis bolsillos y le ofrecí el dinero francés del que disponía. Palpó las
monedas y las tiró en la arena.
—Esta moneda ya no tiene curso aquí, amigo mío. Busca mejor.
Aquel viejo insolente me fascinaba. Me sentía obligado a obedecerle. Conseguí
encontrar una piastra. Pareció de su agrado.
—Está bien —dijo—. Te lo agradezco, ciudadano. Eres digno de Bonaparte.
Añoro el ejército que vino de Francia. Creía que nos protegería de las rapaces que
devoran Egipto. Entre ellos había hombres que amaban este país. Había incluso sabios.
Locos por la verdad, como tú.
—¿Quién es usted?
—Un ciego. Conserva la carta que has recibido antes de venir. Un día te la
pedirán.
Hubiera querido retenerle, preguntarle quién era, de cuál de las dos cartas me
hablaba. Pero, caminando a una velocidad sorprendente, desapareció detrás de una
duna.

A finales de agosto fui convocado con urgencia al palacio de Mehmet-Alí. Allí


reinaba una gran agitación. Varios ministros corrían por todos lados, se increpaban,
salían, entraban. Me colé en esa multitud de cortesanos, pronto ahuyentada por los dos
vigilantes armados con sables que habían asistido a mi primera entrevista con el pacha.
Este último me recibió en un salón pomposo cuyas paredes estaban cubiertas de trofeos.
Llevaba un traje con profusión de colores, mezclando el oro y el rojo. Altivo, casi
despreciativo, el virrey quería aparecer como un jefe de estado. Aquel decoro no
presagiaba nada bueno.
—¡Ah, Champollion! —exclamó al verme—. Tengo muy malas noticias.
Yo no disimulaba mi ansiedad.
—Las tropas francesas acaban de ocupar la península griega de Morea —
explicó, molesto.
¿Significaba aquello que Egipto iba a tomar parte en un conflicto con Francia y
que, por consiguiente, mi expedición nacería muerta?
—Sus compatriotas no son razonables —opinó con descontento—. Creo que
hice mal mostrándoles gratitud. Usted me plantea un problema delicado, Champollion.
¿Debo tratarle como amigo o como enemigo?
Sostuve la mirada del pacha.
—Puesto que su decisión ya está tomada, su beatitud, sólo tiene que
comunicármela.
Una fiera sonrisa iluminó el rostro de Mehmet-Alí.

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—Se equivoca, Champollion. La estoy tomando ahora mismo. Es usted insolente
y orgulloso, pero persigue la meta que se ha fijado. Me gustan los hombres como usted.
Vaya a ver a Drovetti. No haré nada contra usted.

Crucé más de diez veces la puerta del cónsul general Drovetti durante los
primeros días de septiembre. Siempre me recibió con la mayor cortesía, deplorando los
retrasos de los que no se le podía hacer responsable. Debido al clima político revuelto,
no conseguía encontrar una tripulación para acompañarnos hasta Nubia. Era imposible
tomarse en serio semejante explicación. Drovetti contemporizaba. Para él, nada más
fácil que reclutar una tropa de sirvientes dóciles. Mehmet-Alí me había ofrecido, atado
de pies y manos, a su cómplice que me inmovilizaba en Alejandría proclamando
oficialmente su benevolencia hacia mí.
Conociendo su manejo, decidí actuar a mi manera. Reuní a mis compañeros en
el jardín del palacio consular y les expuse mi plan, a salvo de oídos indiscretos.

27
5

Moktar, el intendente del cónsul general Drovetti, y Abdel—Razuk, el policía al


servicio del pacha, se preguntaban si estaban soñando. Los dos turcos eran
concienzudos. De acuerdo con las instrucciones recibidas, no le perdieron pisada a
Champollion. Dondequiera que fuera, el sabio francés era objeto de una vigilancia
discreta y eficaz. Además facilitaba la labor a sus seguidores ya que, ensimismado en
sus pensamientos, nunca se daba la vuelta.
¿Por qué, aquel domingo tórrido, a la una de la tarde, había tomado Champollion
la dirección de la necrópolis occidental de Alejandría, Kôm el—Chougafa, una serie de
colinas que bordeaba el mar? El calor apenas era atenuado por un débil viento
procedente del Mediterráneo. A Champollion no parecía afectarle, y caminaba con un
paso rápido que sorprendía a los alejandrinos sentados a la sombra para beber café antes
de echar una larga siesta. «Este calor excelente es una inapreciable fuente de salud —
había asegurado Champollion a sus compañeros—. Nos derretimos como cirios y
perdemos nuestro exceso de grasa.»
Moktar, habituado al frescor del palacio de Drovetti, había perdido la costumbre
de pasear por las callejuelas de la ciudad durante las horas caniculares. Abdel—Razuk
no se sentía mucho mejor. Pero no habría excusa que valiera si perdían el rastro de Jean-
François Champollion que, a doscientos pasos de las fortificaciones, dejaba el dominio
de los vivos para entrar en el de los muertos. Efectivamente, el sabio francés se metió en
una escalera que daba acceso a unas catacumbas excavadas en unas rocas calizas.
Los dos turcos se miraron, inquietos. No les gustaba aquel sitio. La religión de
los difuntos allí enterrados no se conocía mucho. Sólo se sabía que no eran cristianos ni
musulmanes y que unos dioses poderosos velaban por su eterno descanso.
Unos ladrones habían despojado a los cadáveres de sus joyas, pero se comentaba
que habían sacado poco provecho, y que aquel hurto había acortado sus días.
—Hay que seguirle —opinó Moktar.
—Quizá no sea necesario —replicó Abdel—Razuk—. No hay otro acceso. Basta
con esperar a que salga.
Era un argumento de peso. Pero ¿no existía una salida que ellos desconocían? El
intendente de Drovetti, que conocía la severidad de su amo hacia los sirvientes
incompetentes, no quiso correr riesgos.
—Quédate aquí. Bajo a ver.
Abdel—Razuk, cuyo fervor religioso aumentaba con la edad, temía más que a
ninguna otra cosa los lugares mortuorios donde los espíritus malignos no soportaban la
presencia de intrusos. Así que aceptó sin protestar la propuesta de Moktar.
Éste se internó a su vez en la escalera cuyos primeros peldaños estaban cubiertos
de arena. Enseguida llegó a una primera cámara muy estrecha, con el techo en forma de
bóveda rebajada. Excavados en los muros, nichos que contenían urnas. En el suelo, una
abertura. Moktar, no muy tranquilo, se introdujo en ella, descubriendo una escalera
circular que comunicaba con tumbas dispuestas en varios pisos, hundiéndose cada vez
más profundamente bajo tierra.
Ni rastro de Champollion.

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El intendente se atrevió a seguir explorando. Con un nudo en la garganta,
recorrió las salas donde se depositaban los sarcófagos y aquéllas donde las familias
celebraban banquetes en recuerdo de los difuntos. Retrocedió instintivamente delante de
la pintura de un chacal vestido de legionario romano, pegándose a un nicho. Algo
blando le dio en el cuello. Asustado, se apartó y casi se cayó. Con palpitaciones en el
corazón, convencido de haber sido atacado por un espíritu molestado durante su sueño,
recuperó la calma poco a poco y se dio cuenta de que el nicho contenía un montón de
ropa: ¡la de Champollion! Éste se había desnudado... Moktar vaciló. ¿Debía seguir
bajando o subir a avisar a Abdel—Razuk? ¿Por qué había actuado así el francés? El aire
enrarecido de la necrópolis, las figuras inquietantes que la poblaban vencieron su
resolución. Volvió a la calle corriendo.
Abdel—Razuk le esperaba con impaciencia.
—¿Y Champollion? —preguntó.
—Desaparecido. ¿Ha salido alguien de aquí?
—No. Sólo he visto a un árabe paseando por la colina, allí.
Moktar se precipitó hacia el lugar indicado por su amigo. Allí había la entrada de
un pasadizo que conducía al interior de la necrópolis.

Con un turbante, una galabieh marrón y unas babuchas, la tez suficientemente


tostada, parecía un viejo musulmán. Hice bien en dejarme crecer la barba desde que
llegué a Alejandría. Poco a poco, el aspecto europeo había desaparecido, siendo
reemplazado por un rostro y un aspecto orientales que habían engañado al hombre del
pacha. Aconsejé a mis compañeros que siguieran mi ejemplo y adoptaran las
costumbres locales. El padre Bidant había protestado obstinadamente, negándose a
abandonar su sotana.
De momento, tras haberme vestido al estilo egipcio en la necrópolis, y librado de
mis seguidores que no conocían bien el plano de aquellas catacumbas, me dirigía hacia
el puerto. Según decían, Alejandría sólo era una tienda gigantesca. De hecho, tuve que
atravesar barrios enteros de tenderetes, comercios y talleres sumidos en el torpor de la
siesta. Nadie detrás de mí. Unos almacenes anunciaban los astilleros. Puesto que
Drovetti se mostraba incapaz de fletar las embarcaciones necesarias para la expedición,
yo mismo me encargaría de ello.
La construcción naval era una de las grandes artes alejandrinas. Estaba seguro de
poder encontrar un arrendador. Los muelles parecían estar desiertos, pero sabía que me
observaban decenas de ojos. Me forzaba a caminar despacio, con cierta indolencia, para
no llamar la atención. Llegué a una dársena donde descansaban unos barcos pequeños.
Un guardia dormitaba, respaldado contra una bita de amarre.
Me dirigí a él en árabe y le pedí que me indicara una persona capaz de
proporcionarme embarcaciones para ir hacia el sur. El buen hombre vaciló antes de
contestarme. Intentó obtener más informaciones pero, lleno de estrategia oriental, supe
mostrarme evasivo. Tendiendo la mano, consintió en indicarme un almacén
aparentemente cerrado. Conseguí abrir sin esfuerzo la gran puerta corredera y me
introduje en el interior.
A pesar de la penumbra, podía distinguir fácilmente el rostro sarcástico de
Moktar, el intendente de Drovetti, rodeado de una decena de hombres armados.
—Le estábamos esperando, señor Champollion.

—¿Qué significa esto, Champollion? ¿Por qué está usted disfrazado de árabe?
¿Por qué quería alquilar barcos? ¿Acaso no confía en mí? ¿No sabe que yo me ocupo de
todo?

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El cónsul general Drovetti ocultaba mal su furor con un chorro de preguntas. Su
intendente me había traído de vuelta a su palacio con una firme cortesía. Yo no había
manifestado ningún deseo de huir, lo cual, por otra parte, hubiera estado condenado al
fracaso teniendo en cuenta el imponente cortejo que me acompañaba. Mi desafortunada
experiencia me había permitido evaluar el poder real de Drovetti sobre la población
alejandrina. Sus hombres estaban por todas partes, haciendo reinar un orden comparable
al del pachá.
—Tengo mucha afición a la vida oriental —contesté—. ¿Cómo conocer Egipto
sin adoptar sus costumbres? .
Junto a Moktar estaba Abdel—Razuk, con mis ropas europeas reunidas en un
fardo.
—¿Supongo que desea recuperar sus ropas?
—Como le plazca, excelencia. Este cambio de piel me sienta bien.
Irritado por mi arrogancia, Drovetti despidió a sus hombres. Nos quedamos cara
a cara.
—Su comportamiento es estúpido —atacó—. Se rebaja usted al nivel de un
esclavo. No tendrá nunca la menor autoridad sobre sus sirvientes musulmanes.
—Permítame opinar de otro modo —repliqué enardecido—. Usted reina
inspirando temor. Yo lo hago ofreciendo amistad.
Drovetti me echó una mirada asesina. La última capa mundana desaparecía.
Dejó traslucir su odio.
—Ya no tiene nada que hacer en Egipto, Champollion. Hace dos o tres años, su
expedición habría sido bienvenida. El país estaba siendo saqueado por ladrones y
vendedores de antigüedades que sólo pensaban en su interés y no en la conservación de
los monumentos. Gracias a Anastasy y a mí mismo, la situación ha cambiado mucho.
Hemos puesto término a esos sórdidos tráficos, ya no queda nada que reformar o
descubrir. Los emplazamientos han sido explorados y excavados.
Drovetti me dio la espalda, contemplando el jardín del consulado por una de las
ventanas de su despacho. Por lo visto creía haber pronunciado palabras definitivas. Me
instalé en un sillón.
—¡Me gustaría tanto creerle, excelencia! Pero tengo otra versión de los hechos,
apoyada por testimonios y observaciones personales. Todos los vendedores de
antigüedades del territorio se han echado a temblar. Usted mismo y el pacha se niegan a
concederme las autorizaciones reales, indispensables para organizar mi expedición.
Olvida el carácter oficial de mi misión. He venido aquí con el propósito de hacer
excavaciones para los museos del rey. Por lo tanto, he redactado una carta a su intención
y a la de sus ministros para hacerles conocer los motivos que me impiden cumplir con
mis instrucciones. En ella explico que las dificultades administrativas son
probablemente debidas a sórdidas intrigas mercantiles. Viniendo en nombre del rey,
comisionado por él y su gobierno, negarme los papeles necesarios es injuriarle. Si el
pacha aprecia su reputación de protector de las artes y la ciencia, debería apresurarse a
cerrar este asunto. Si no, los periódicos europeos y la opinión pública egipcia podrían
apoderarse de ella y causarle grandes perjuicios, así como a usted mismo.
Bernardino Drovetti se volvió, pálido.
—¿Amenazas, Champollion?
—¿En qué se sentiría usted amenazado? ¿Acaso ha cometido algún acto
reprochable?
—¡Le prohíbo que me hable en ese tono! —gritó—. El pacha está fuera de
causa. Soy el único que puede concederle las autorizaciones que exige. Pero sería un
error fatal para Francia. No estará en condiciones de asegurar la protección de los

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emplazamientos. Anastasy se frotará las manos. Él conservará sus concesiones
tranquilamente.
—Inexacto, excelencia.
—¿Qué quiere decir? —preguntó, tan intrigado como inquieto.
—Anastasy me ha cedido sus derechos de excavación en los emplazamientos
reservados que controlaba hasta ahora. Usted es el único que se encuentra en una
situación ilegal con respecto a mi expedición.
El miedo deformó los rasgos de Drovetti, atenuando su soberbia. Se sentía
atrapado en una ratonera de la cual le resultaría difícil salir sin perder algunos
privilegios. Su reputación y su fortuna estaban en juego.
—Suponiendo que imite a Anastasy, ¿cómo voy a proporcionarle barcos? Todos
están siendo requisados por el pacha.
—Problema resuelto, excelencia. No soy el único que se pasea disfrazado de
árabe. Mis compañeros me han imitado. Gracias a mi orden de misión oficial, han
logrado convencer a los capitanes del Isis y del Hathor que, al parecer, son buenos
amigos de Anastasy.
Creo que se produjo un instante de connivencia entre Drovetti y yo. Reconoció
que yo era un adversario digno de él y que había cometido el error de subestimarme.
Pero lo que leí en su mirada habría asustado al alma más templada. El rencor del cónsul
general era temible.
—Tendrá sus autorizaciones mañana mismo, Champollion.

La noche del 13 de septiembre, mis compañeros de viaje estaban reunidos en el


salón de honor del consulado de Francia, en presencia de Drovetti. El cónsul general
brindó por el rey, por Francia, por el pacha. Dio su voto por el éxito de nuestra
expedición. Le di las gracias, con la mayor seriedad, por la ayuda que nos había
brindado. Un arranque de sinceridad atravesó mi breve discurso, tan exaltado que estaba
con la idea de marchar por fin hacia la civilización faraónica.
—¡No se puede salir de aquí! —anunció Néstor l'Hote—. Hay decenas de
borriqueros obstruyendo la entrada del consulado.
La noticia de nuestra marcha, que hubiera deseado discreta, se había propagado
en Alejandría. Drovetti no debía ser ajeno a aquella divulgación. Favorecía su
reputación de gran señor liberal y generoso. Regocijado, me reconfortó.
—¡Vamos, Champollion, no se preocupe por tan poco! Los guardias del pacha
dispersarán a esta gente. Al populacho le gusta estar de fiesta en la primera ocasión,
pero tiene la sangre demasiado caliente.
Los borriqueros no eran nada amenazadores. Cantaban, gritaban, querían tocar a
los miembros de la expedición, conseguir algunas monedas. Los policías del virrey,
armados con palos, golpearon aquí y allá con una violencia que me indignó. ¿Qué
necesidad había de ejercer una represión tan brutal?
Estaba anocheciendo cuando una larga caravana, seguida por curiosos, llegó al
canal Mahmoudieh, donde estaban anclados los dos barcos que debían llevarnos al sur.
Rosellini, L'Hote y yo mismo subimos a bordo del Isis, una imponente embarcación que
el mismo pacha no había desdeñado utilizar. El profesor Raddi y el padre Bidant
subieron a bordo del Hathor. El personal —criados, cocineros, portadores— se repartió
de acuerdo con las instrucciones de Moktar, el intendente de Drovetti, y Abdel—Razuk,
el policía favorito de Mehmet-Alí. Estos dos, por supuesto, habían escogido el Isis, no
dejándome ni a sol ni a sombra.
Nos disponíamos a soltar las amarras. Dos marineros estaban quitando la
pasarela cuando un grito de mujer los inmovilizó.

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—¡Esperen! —ordenó lady Redgrave, acompañada por cuatro borriqueros
tirando de unos infelices cuadrúpedos cargados de pesadas maletas.
Junto a la aristócrata inglesa, Mehmet-Alí en persona, protegido por un guardia
de honor.
El virrey hizo que colocaran de nuevo la pasarela.
—Le deseo buena suerte, Champollion —dijo con solemnidad—. Que Alá le
proteja. Cuide de mi invitada.
Lady Redgrave pasó delante de mí, aérea, liviana.
—Ya le avisé, señor Champollion, y sólo tengo una palabra.
El delicioso ruido del primer surco trazado en el agua del canal por la roda del
Isis me quitó las ganas de replicar.
El verdadero viaje había empezado.

32
6

El canal Mahmoudieh enlazaba directamente Alejandría con El Cairo. Se estaba


cumpliendo uno de mis mayores deseos: viajar por el Nilo a la manera de los antiguos
egipcios, sentirme avanzar por el río divino que ponía en comunicación a templos y
aldeas. Cada momento me ofrecía una maravilla nueva. Descubría paisajes verdosos,
campesinos trabajando con instrumentos idénticos a los que utilizaban sus lejanos
antepasados, identificaba emplazamientos, plantas, árboles... un mundo de jeroglíficos
vivientes se desplegaba ante mis ojos insaciables. Me sacaban difícilmente de mi
contemplación para recordarme la existencia de las comidas y la necesidad de dormir.
Desde el primer día de aquel crucero hacia un pasado eterno, una feliz sorpresa
me había confirmado mi presentimiento de que el nombre de los barcos, el Isis y el
Hathor, era un presagio favorable que ponía nuestra expedición bajo la protección de
dos de las más amables diosas egipcias. Un árabe de unos treinta años, muy digno, con
un pequeño bigote, me esperaba en mi camarote. Se inclinó respetuosamente cuando
entré.
—Mi nombre es Solimán —dijo en un francés rugoso—. Estoy a su servicio.
Solimán, el nombre de un príncipe que conocía los poderes de los genios, un
gran mago capaz de manipular las fuerzas superiores... El hombre que me saludaba me
pareció muy diferente de los sirvientes árabes que había conocido hasta ahora. Su
nobleza natural me impresionó.
Me parecía imposible dar instrucciones a una persona como él.
—Seamos amigos —propuse—. Ciertamente, voy a necesitarle, Solimán. Si
confía en mí podremos trabajar juntos.
Me había expresado en árabe. Solimán no mostró ninguna sorpresa, pero su
mirada me pareció absolutamente sincera. Se inclinó de nuevo, no como un sirviente
ante su amo, sino como un huésped honrando a su igual: con la mano tocando la frente,
la boca y el corazón, dando a entender que su pensamiento, su palabra y sus
sentimientos estaban orientados favorablemente hacia mí.
No tardé mucho en comprobar los efectos benéficos de aquella alianza. Solimán,
que conocía su país como la palma de la mano, me permitía corregir los mapas de
Descripción de Egipto, redactada por los sabios de Bonaparte, que hasta este viaje eran
la referencia científica. Siguiendo la corriente del Nilo, al ritmo lento del Isis, me hacía
nombrar hasta las más pequeñas aglomeraciones para rectificar los errores y llenar los
vacíos. Hora tras hora se trazaba un nuevo mapa de Egipto donde aparecían las
correspondencias entre las localidades antiguas y modernas. Aquel primer resultado, en
sí mismo, era de un valor inapreciable.
Néstor l'Hote, cuyo voraz apetito se satisfacía con una intendencia al estilo
francés, ponía en limpio mis indicaciones en compañía de Rosellini, cuya pasión
científica se alimentaba ya de elementos selectos. No había perdido el tiempo en
Alejandría. Había comprado un buen número de piezas destinadas a la colección que
debía llevar al gran duque de Toscana, Leopoldo II.
Lady Redgrave no se dignaba a dirigirme la palabra. Su calidad de invitada
privilegiada del pacha la situaba por encima de los simples mortales. Se contentaba con

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tomar el sol y sólo se relacionaba con los dos sirvientes destinados a su persona.
Tendría que encontrar un medio de abandonarla en El Cairo.
A mediodía, mientras saboreaba un vaso de agua del Nilo, cuyo sabor me
parecía preferible al del champán más suave, distinguí, en medio de un bosquecillo de
acacias, una minúscula aldea de un encanto particular. La casualidad quiso que el Isis
acostara para comprar frutas frescas.
—Quisiera visitar este lugar —le pedí a Solimán, que me indicó el nombre de la
aldea: Ed—Dahariye.
Cuando fui a cruzar la pasarela, el policía Abdel—Razuk intervino.
—Quédese a bordo —exigió—. El lugar no es tan seguro.
—Gracias por su consejo —contesté saltando a tierra.
Me sentía atraído por aquellas chozas de aldeanos, hechas de tierra, precedidas
de cuadrados dibujados con gran cuidado para facilitar la irrigación. Aquellas humildes
viviendas se beneficiaban de la sombra de unas palmeras y unas acacias. Había unas
grandes tinajas, donde se conservaba aceite o trigo, junto a la fachada de la casa más
grande. Allí el tiempo se había detenido definitivamente. No había más acontecimientos
que las estaciones, los nacimientos, las bodas y las muertes. La noción de progreso no
tenía ningún significado. La vida se reducía a sus componentes más sencillas y
esenciales.
Ed—Dahariye parecía desierta. Los habitantes estaban trabajando en los campos.
Acercándome a la casa principal, me di cuenta, horrorizado, de que una cabeza
masculina, con los ojos cerrados, sobresalía de la tinaja más alta. Me quedé paralizado y
vi a un anciano salir de la casa y, amenazador, dirigirse hacia mí.
—¿Quién le envía?—preguntó con hostilidad.
—Nadie —contesté con un nudo en la garganta.
—¿Es usted francés?
—Sí...
El anciano escupió a mis pies y alzó la mano derecha para maldecirme.
—¡Márchese de aquí! ¿No les basta con haber asesinado a mi hijo? ¿También
tienen que perturbar su descanso?
Expliqué al desdichado que sus acusaciones no me atañían.
Logrando comprender su discurso muy entrecortado, pude reconstituir los
sucesos que habían conducido a la muerte trágica de un hombre. Éste había robado un
bronce antiguo a uno de los ganchos de Drovetti. Intentando vendérmelo, fue arrestado
por los chauces del sultán. Su cuerpo apareció en un canal. Los policías habían
explicado a la familia que el prisionero se había escapado durante la noche y se había
extraviado en el campo. Su padre aseguraba que le habían asesinado.
Trastornado por aquel triste asunto que acusaba a Drovetti y sus esbirros, y me
costó concentrarme, de nuevo a bordo, en mi trabajo de cartógrafo. La ayuda de
Rosellini, preciso y meticuloso, resultó muy valiosa. ¿Cuántas generaciones de sabios
serán necesarias para explorar totalmente la inmensidad del Delta, el reino de la Corona
Roja, que había contado con tantas ciudades santas durante el reinado de los faraones?
Llegó la noche del 16 de septiembre que todos esperábamos con impaciencia
mal disimulada. Tras haber pasado delante de la aldea de Es—Ssafeh, los barcos nos
permitieron llegar al primer gran emplazamiento, por fin accesible a otros que no fueran
saqueadores de antigüedades: la misteriosa ciudad de Sais, que los antiguos convirtieron
en el centro de una gran sabiduría detentada por la diosa Neith. Después de haber creado
el universo pronunciando siete palabras, había tejido la vida cuyos secretos eran
transmitidos por cofradías iniciáticas femeninas, fabricando los tejidos sagrados para el

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conjunto de Egipto. Estaba consultando los planos de Sais establecidos según las
descripciones de Herodoto cuando llamaron a la puerta de mi camarote.
Fui a abrir. Era el padre Bidant, que había subido a toda prisa a bordo del Isis.
—Tengo que pedirle un favor, Champollion.
—Se lo ruego, padre. Si puedo ayudarle...
El padre Bidant no se decidía a formular su petición.
—No nos detengamos en Sais. Este lugar está maldito. Sigamos hasta El Cairo.
Estupefacto, dejé mi pluma. Seguro que había entendido mal.
—Usted es un gran sabio, Champollion, pero también un gran ingenuo. Esta
tierra está poblada de demonios. No son inofensivos. Créame: evitemos Sais.
Me levanté, entre irritado y divertido.
—¿Cómo podría esta vieja ciudad alterar la fe cristiana, padre? Que yo sepa, no
queda en ella ningún documento que ponga la Biblia en tela de juicio.
—Sais era una academia de brujos —precisó—. Los efectos de sus maleficios no
han desaparecido. Podemos contaminarnos y ver corromperse nuestra expedición.
—¡Le veo muy supersticioso, padre! —me sorprendí—. ¿Acaso el Dios de los
cristianos no nos protege de esas ilusiones?
El padre Bidant me gratificó con una mirada muy poco caritativa y desapareció.
Le sucedieron Néstor l'Hote y Rosellini, muy excitados con la idea de descubrir su
primer lugar de excavaciones. Me hicieron saber que el profesor Raddi, fascinado por el
estudio de trozos de caliza cosechados en una cantera de Alejandría, no se había dado
cuenta de que hacíamos escala. Nadie se atrevía a interrumpir sus investigaciones.
—¡Ya estamos sobre el terreno! —declaró L'Hote, muy animado—. ¿Cuáles son
las instrucciones, mi general?
—Ante todo, prudencia. ¿Han cogido ya sus cuadernos de apuntes?
Mis colaboradores se disponían a dibujar y registrar una cosecha de hallazgos.
Nos abrazamos, orgullosos y felices de estar allí, aquella noche de verano en la que
íbamos a hacer revivir el más maravilloso de los pasados.
Solimán y una decena de ayudantes con antorchas nos guiaron hasta el
emplazamiento de San el Hagar, donde se encontraba antaño la Ciudad Santa. Aquella
luz, junto con la de la luna que brillaba en medio de un cielo estrellado de una pureza
admirable, nos ofreció la más fantasmal de las exploraciones.
Había creído en la existencia de un gran templo, de una inmensa morada divina,
de altos muros cubiertos de relieves.
Pasando por una brecha abierta en un gigantesco recinto, sólo descubrí un campo
de ruinas. Sais, ciudad destruida, urbe perdida. Mi decepción fue tan grande como lo
había sido mi curiosidad. Habríamos necesitado meses enteros para inventariar aquellos
fragmentos de bloques, medir el recinto, recoger los fragmentos de estatuas. En silencio,
invoqué a la diosa Isis cuyo velo había sido levantado aquí mismo por los iniciados a
sus misterios. ¿Quién había podido mostrarse tan cruel como para destruir este lugar
privilegiado de la espiritualidad, transformar piedras vivas en restos parecidos a rocas
desgarradas por el rayo o temblores de tierra? Un olor horrible subía procedente de
masas de aguas estancadas. Algunas se habían infiltrado en un cementerio árabe cercano
muy mal cuidado. Pronto distinguí, al noreste del muro del recinto, una zona seca que
sobrevolaban multitud de pequeñas lechuzas, consideradas por los antiguos como
símbolo de la sabiduría y de la ciencia. Caminé hasta allí rápidamente, seguido por
Rosellini y L'Hote. Pronto estuvimos convencidos de que habíamos identificado un
túmulo funerario donde se encontraban tumbas. Mis compañeros tomaban notas con una
celeridad que me tranquilizó con respecto al desarrollo de nuestra empresa. L'Hote se

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mostraba entusiasmado, Rosellini, más metódico. Si el destino me era favorable, me
juré que volvería a Sais, que haría revivir aquel cuerpo deteriorado.
Mientras mis compañeros dibujaban un plano preciso de las ruinas, me rezagué,
solo, en el sector suroeste, al pie del recinto, allí donde había localizado unos
fragmentos de estatuas. Tuve el presentimiento de que aquí se alzaba la famosa Casa de
Vida cuya ciencia había rivalizado con la de Heliópolis, el centro espiritual del antiguo
Egipto. Aquí había sido penetrado el misterio de la inmortalidad. Pero la transmisión de
ese saber se había perdido en la arena. Tendría que buscar más lejos. Sais se me
escapaba, devastada por la ignorancia y la locura de las generaciones. Aquel vacío
lamentable, que al principio me desanimó, se convertía en llamada.
—Sais sólo era una etapa, señor Champollion —dijo una subyugante voz
femenina.
Lady Ophelia Reagrave, envuelta de luz lunar, llevaba un vestido de noche
bordado con hilo plateado.
—Parece una diosa —reconocí, fascinado por tanto encanto y olvidando mis
prevenciones contra ella.
Esperaba una sonrisa, sólo conseguí una expresión de gravedad.
—No hable de ese modo. «Diosa» es una palabra todavía sagrada a mis ojos.
Sólo soy una mujer, lo cual sin duda le parece despreciable respecto a Neith...
—No lo crea—protesté.
—¿Qué piensa de esto?
Me enseñó el pequeño objeto que había recogido. Una estatuilla de sirviente del
otro mundo, respondiendo a las órdenes de los glorificados que, en los campos
paradisíacos, recurrían a él para fertilizar la tierra. Bastaba con leer los jeroglíficos que
adornaban su cuerpo de piedra o de madera para devolverle la vida.
—Una hermosa pieza de una época tardía... No puedo permitir que se la lleve.
Deberá ser inventariada y trasladada al museo.
—Lo sé. No hace falta que me sermonee. No pertenezco a las cuadrillas de
Drovetti.
Herido, la agarré por las muñecas.
—¿Quién es usted realmente, lady Redgrave?
Se liberó con la soltura de una gata.
—¡Descífreme, señor Champollion!
Fue la primera en dejar Sais para volver al Isis. Permanecí un largo rato en el
emplazamiento. Ya no sabía qué pensar de esa mujer. Normalmente, mi opinión sobre
los seres se forjaba rápidamente. Ahora estaba desorientado, y hasta tal punto que me
olvidaba de los siglos de historia que dormían bajo mis pies.
L'Hote me sacó de mi meditación.
—Hay que marcharse de aquí, general. Los indígenas amenazan. Creen que
molestamos a los espíritus de los muertos.
Me dejé llevar hacia el barco, no sin reparar en la presencia santa de Abdel—
Razuk, el policía del pacha, que no me quitaba el ojo de encima.

No dejé de trabajar, durante horas, para olvidar Sais y a lady Redgrave.


Cualquier arqueólogo se hubiera sentido satisfecho, pero yo buscaba algo más que las
huellas de una gloria extinta. Estaba de un humor tan sombrío que no quise abrir a nadie
la puerta de mi camarote, con el pretexto de que estaba llevando a cabo una minuciosa
investigación. Mis compañeros, acostumbrados a otras crisis de soledad parecidas, no se
ofuscaron.
Solimán fue el único que se permitió insistir. Cedí.

36
—Tengo que darle a conocer un incidente grave. El Hathor está retenido en el
muelle por un magistrado turco.
—¿Por qué motivo?
—Impuestos. Dos marineros han sido detenidos. No han pagado su diezmo al
pacha.
—¿El padre Bidant no ha conseguido resolver este asunto?
Solimán guardó silencio. Su mutismo, expresaba una desaprobación. Como
«general», sentí que era mi deber intervenir sin demora. Seguí a Solimán, dejando el
Isis para ir hasta el lugar del drama, la villa de Zaouiyet er—Redsin.
A la sombra de un muro de la mezquita, sentado en unos cojines mullidos, y
rodeado de fieles, el magistrado turco fumaba una larga pipa. Delante de él, con los
puños atados a la espalda, los dos marineros del Hathor. Cabizbajos, parecían
resignados a lo peor.
El turco, con unos ojos crueles y maliciosos, me miró acercarme. Se sentía muy
satisfecho de haberme atraído hasta su tribunal al aire libre. Ridiculizar a un europeo
sería una prueba brillante de su poder. La negociación sería difícil.
Solimán se lanzó en una peroración florida que trataba de las innumerables
cualidades del sultán y de sus sirvientes, de la sumisión total de sus sujetos y de la
justicia divina. El turco apreció el discurso, permitiéndome decir por qué me presentaba
ante él.
—Quisiera saber qué falta han cometido estos hombres para estar así
maniatados.
El turco contestó malhumoradamente que debían una importante suma al fisco.
Se merecían un apaleamiento y sin duda la mutilación. El gentío aumentaba. Néstor
l'Hote, Rosellini y el padre Bidant estuvieron pronto a mi lado.
—Poseo documentos oficiales —indiqué—. Llevan el sello del sultán.
El turco quiso ver mis salvoconductos. Los examinó cuidadosamente.
—¿Por qué no ha pagado por ellos? —pregunté en voz baja al padre Bidant—.
Habríamos evitado esta farsa.
—Pues hay gastos inútiles... estos dos bandidos serán fácilmente reemplazados.
Si hubiera estado a solas con el religioso, no sé si habría podido contener mi
furor.
—El padre tiene razón —afirmó Néstor l'Hote—. Es inútil perder el tiempo por
culpa de dos ladrones.
El magistrado turco me devolvió los documentos. No le convenían.
Ciertamente, me admitían como un personaje importante y digno de respeto,
pero no perdonaban a los acusados, amenazados con perderlo todo. Me invadió un
sentimiento de rebelión contra aquella injusticia.
—Señores, no me iré de aquí sin estos dos marineros. Que el respetable
funcionario del fisco sea bien consciente de ello. A través de mí, está insultando a la
persona del virrey.
Estas graves amenazas fueron transmitidas al funcionario, que las tomó muy en
serio y pidió consejo a sus cortesanos.
—Es usted demasiado sensible, general —observó L'Hote—. Si desea resolver el
destino de todos los indigentes, más vale que demos media vuelta.
—Estos hombres forman parte de nuestro equipaje, señor L'Hote. Si les
abandonamos, sus colegas ya no confiarán en nosotros. Y con razón. En cuanto a usted,
padre —dije volviéndome hacia Bidant—, tenga la bondad de desaparecer de mi vista.
Su sotana incomoda a nuestros anfitriones.

37
El religioso, antes un tanto inamistoso, pasó a ser francamente hostil. Contaba
con un enemigo más. Regresó al Hathor, indiferente al resultado del combate.
—No cree que... —intervino Rosellini con suavidad.
—No cambiaré de opinión.
Sintiéndose inútiles, L'Hote y Rosellini salieron del círculo de mirones. El turco
me hizo saber que mis amenazas no le impresionaban. Tenía la ley de su lado y el pacha
no le desautorizaría. Una cohorte de infelices se aglomeró a la asistencia. El suceso
cobraba importancia. No se desafiaba a menudo a un emisario del fisco.
—Que me indiquen la cantidad debida por los inculpados. Yo me encargo de
pagarla a cambio de su liberación.
La proposición pareció escandalosa o vino demasiado pronto...
Sembró una gran confusión en el tribunal del turco, que recurrió a la invectiva
para restablecer el orden. Me negué a responder a sus preguntas y permanecí inmóvil,
dando a entender así que se trataba de mi última proposición. Tuve que esperar el
resultado de la deliberación casi una hora bajo el sol ardiente que no me molestaba.
El turco, lleno de odio, soltó una cifra. El doble de la cantidad debida. La
diferencia era para él y sus cortesanos. No discutí, arriesgándome a que me tomaran por
un lelo. Los dos marineros del Hathor fueron liberados de sus ataduras. Me dieron las
gracias con una emoción que me dilató el corazón, tal como hubieran escrito los
antiguos egipcios.
—Mehmet-Alí es un tirano —comentó con calma Solimán en el camino que nos
llevaba al Isis—. Ha hecho la guerra, ha distribuido sumas importantes a los europeos
que necesita, pero el pueblo está hambriento y los recaudadores son más despiadados
que los chacales. Siguen despojando a los que ya no tienen nada. El virrey posee tierras,
comercio e industria. La riqueza es para él, la miseria para su pueblo. Las sanguijuelas
turcas y su puñado de secuaces están desangrando a Egipto. Usted también será su
víctima algún día. Manténgase alerta.
Me abstuve de tomarme la advertencia a la ligera. Rosellini venía a nuestro
encuentro y no pude interrogar a Solimán sobre el significado exacto de su aviso.
Lady Redgrave nos observaba desde el puente del barco. Sonreía, como
iluminada por un profundo gozo.

Al amanecer del 19 de septiembre vi las pirámides por primera vez. Nos


acercábamos a Menfis, la capital del Antiguo Imperio, cuyo nombre me fascinaba desde
mi adolescencia. La ciudad estaba protegida por el dios Ptah, el patrón de los capataces,
los artesanos, los orfebres. De pronto, nuestro barco dio con un banco de arena, y se
detuvo. Nuestros marineros se arrojaron al Nilo para liberarlo recurriendo al nombre de
Alá y, mucho más eficazmente, a sus hombros anchos y robustos. La mayoría de estos
marineros son unos Hércules admirablemente plantados, de una fuerza sorprendente.
Cuando salen del río parecen estatuas de bronce recién vaciadas.
Llegamos sin dificultad a la punta del Delta donde se separan los brazos de
Rosetta y Damieta. La perspectiva es magnífica. La anchura del Nilo es inmensa. Hacia
Occidente, la masa de las pirámides destaca en un horizonte de palmeras. Una multitud
de barcos navegan, unos por la derecha en el ramal de Damieta, otros por la izquierda en
el de Rosetta. Otros también se dirigen hacia El Cairo, poderosa ciudad que destaca por
sus minaretes, la colina del Moqattam y su austera ciudadela montando la guardia sobre
el desierto.
Pedí que nos detuviéramos a la altura de la aldea de El—Qattah para que L'Hote
dibujara aquel paisaje sublime. Los demás miembros de la expedición se unieron a
nosotros.

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—Si estas pirámides fueran desmontadas piedra por piedra —dijo el profesor
Raddi, cuyo estado estático iba acentuándose día a día—, ¡qué gran contribución a la
mineralogía!
—Estos monumentos no tienen mucho interés —le contradijo el padre Bidant—.
Han sido edificados por abominables tiranos que han hecho morir a miles de hombres,
condenados a trabajos agotadores.
¿Cómo no acalorarse oyendo semejantes necedades?
—Eso son mentiras que habría que dejar de propalar, padre. La religión egipcia
nunca ha producido esclavos. Las pirámides son un símbolo del conocimiento.
—Pamplinas —gruñó el religioso, que prefirió alejarse.
—Me pregunto si encontraremos allí alguna inscripción —dijo Rosellini.
Dejando a cada uno con sus sueños, me dejé llenar por el espectáculo
sobrehumano de las pirámides al amanecer, en la lejanía.
Una larga y fina mano enguantada de cuero rojizo se posó sobre la mía. Fui
incapaz de reaccionar, cuando habría debido protestar con fuerza.
—¿Había imaginado alguna vez una luz semejante, señor Champollion? —
preguntó lady Ophelia Redgrave en un murmullo que sólo yo oí—. ¿Acaso no somos
los más afortunados de los privilegiados?
La hermosa aristócrata había cambiado de vestido una vez más, adoptando uno
de tonos ocre degradados, que la convertía en un sol a distintas horas del día.
—Creo haber merecido esa suerte. Y aún ignoro qué clase de privilegio me
reserva.
Llevaba las dos cartas encima, sobre mi corazón.

39
7

A las tres de la tarde del 19 de septiembre entrábamos en los suburbios de El


Cairo. Yo caminaba en cabeza, junto a Solimán. En el desembarcadero nos esperaba un
enviado del pacha. Me seguían Abdel—Razuk y Moktar, a quienes no había dirigido la
palabra desde Alejandría; Rosellini y L'Hote, que identificaban la gran alameda de
árboles plantados por los soldados de Bonaparte, que evocaban su victoria en las
pirámides; el padre Bidant y el profesor Raddi, manteniendo un diálogo de sordos, cada
uno dentro de su especialidad. En el puerto del Boulaq estuvimos sumergidos en la
mayor leonera que un cerebro trastornado habría podido imaginar: las barcas y los
barcos estaban tan apretados que ninguno podía maniobrar. Sin embargo, se entraba y se
salía de allí, sin duda gracias a los efectos de una magia cuyas leyes no llegábamos aún
a comprender. En los muelles, un hormigueo de marineros, comerciantes, mendigos.
Allí se mezclaban nubios, árabes y europeos. Aquí y allí se discutía firmemente sobre el
valor de un cargamento, el precio de un transporte o cualquier otra operación menos
lícita.
Allí había unos hombres vestidos de un modo muy extraño: gorros en forma de
cono, abigarrados con colores chillones; barbas y enormes bigotes de estopa blanca;
fajos estrechos, apretando y dibujando todas las partes de su cuerpo; y cada uno de ellos
se había ajustado unos enormes accesorios de paño blanco muy retorcido. Aquel
atuendo, aquellas insignias y sus posturas grotescas representaban muy bien los viejos
faunos pintados en las vasijas griegas de estilo antiguo.
Nos detuvimos en el patio de un edificio en mal estado y muy poco acogedor.
Unos lienzos de pared amenazaban con caer en ruinas. En el umbral, un soldado con un
uniforme mugriento dormía a pierna suelta, con el fusil a su lado. El enviado del pacha
nos rogó que esperáramos, entró en el edificio, permaneció allí unos minutos y regresó
con el rostro cerrado.
—Acceso a El Cairo prohibido —declaró en árabe a Solimán.
—¿Por qué? —le pregunté en su lengua.
—La aduana —contestó sorprendido—. Faltan papeles. ¿Tiene las
autorizaciones?
Llamé a Rosellini que guardaba los documentos firmados de Mehmet-Alí y de
Drovetti. Nuestro interlocutor se apoderó de ellos y desapareció de nuevo en el edificio
de aduanas.
—Esto debería arreglarse fácilmente —le dije a Solimán.
—Quizá —respondió, evasivo.
Su reserva me preocupó. ¿Qué temía? Ninguna expedición disponía de
recomendaciones como las nuestras. Para engañar la angustia que sentía crecer en mí, di
algunos pasos en el patio, mientras mis compañeros lo llevaban con paciencia,
saboreando té verde que les ofrecía un militar andrajoso. Observé a unas mujeres con
velo que sacaban agua con sus tinajas en una gran cuba colocada sobre unos calces de
madera. Su forma me intrigó. Me acerqué y, para mi asombro, me di cuenta de que se
trataba de un magnífico sarcófago de basalto perteneciente a un sacerdote de la época
saíta. No sin brutalidad, aparté a las amas de casa para descifrar los jeroglíficos de
aquella época tardía, que imitaban a los de los tiempos de las pirámides. Hablaban de

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inmortalidad y del destino estelario del Justificado ante el tribunal del otro mundo.
¡Leía, leía con facilidad! ¡Los signos me hablaban! Febrilmente, copié las inscripciones
principales y me precipité hacia L'Hote y Rosellini, cuyo rostro me pareció muy
sombrío.
—¡He encontrado una obra maestra para el Louvre, aquí mismo!—anuncié.
Solimán apareció.
—La aduana se niega a concedernos la entrada a El Cairo —declaró con
fatalismo.
—¿Cómo? ¿Acaso la firma del sultán no es suficiente para sus funcionarios?
Penetré en el edificio administrativo, tropezando enseguida con un cancerbero
bigotudo y barrigudo que me apostrofó con vehemencia y me ordenó que me largara. Le
contesté con la misma vehemencia. Resultó imposible dialogar, ya que el buen hombre
se negaba a explicar su decisión. Bajo la amenaza de un arresto, tuve que volver al patio
donde me esperaban, mortificados, mis compañeros. Intenté encontrar palabras
reconfortantes, pero yo mismo estaba desconcertado.
Lady Redgrave pasó delante de nosotros, altiva. La seguimos con la mirada y la
vimos entrar, estupefactos, en el edificio de aduanas.
—Van a maltratarla —se inquietó L'Hote.
—No tema —replicó Solimán—. Mis compatriotas no acostumbran agredir a las
mujeres.
—¿Qué ocurre? —preguntó por fin el profesor Raddi—. ¡Estamos perdiendo el
tiempo!
El padre Bidant le explicó la situación. Rosellini se mordía las uñas. Yo leía sus
pensamientos: ¿iba nuestra expedición a fracasar en las puertas de El Cairo por culpa de
un aduanero de poco entendimiento?
—Hay que avisar al sultán y a Drovetti —propuso el padre Bidant.
—No será necesario —dijo lady Redgrave, cuyo vestido malva brillaba al sol—.
Aquí están nuestras autorizaciones.
Me presentó una decena de hojas mugrientas cubiertas de sellos, y se alejó. La
alcancé, muerto de curiosidad.
—¿Cómo lo ha conseguido?
—Actúa de un modo demasiado europeo, señor Champollion. Sus papeles no
podían en ningún caso impresionar al jefe de esta oficina de aduanas.
—¿Y eso por qué?
—Porque no sabe leer.
Me quedé boquiabierto. Lady Redgrave se había contentado, como cada hijo de
vecino, con pedir las hojas selladas de antemano, sin enseñar al aduanero iletrado unos
salvoconductos que superaban su entendimiento. —Pero... ¿entonces habla usted árabe?
—Cada uno tiene sus pequeños secretos, señor Champollion. ¿Y si entrásemos
en El Cairo?

Así pues, fue el 20 de septiembre cuando la expedición en pleno se presentó, en


un estricto orden jerárquico, ante la puerta de Ornar. A caballo, vestidos al estilo turco,
teníamos un porte altivo. Yo estaba a la cabeza del cortejo, enardecido tanto por el
orgullo del éxito como por la visión del mundo nuevo que se ofrecía en un hervidero de
colores y olores. Una muchedumbre innumerable llenaba las calles de la ciudad.
Cientos de turbantes blancos y coloreados se colaban entre carrozas, camellos y
burros. Los borriqueros de esta ciudad son sin duda excelentes políglotas y
fisionomistas; a la primera ojeada, identifican el alemán, el inglés, el francés, el italiano
o cualquier otro extranjero y le dirigen algunas palabras en su lengua natal. Nada mejor

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que sus rucios, unos cuadrúpedos pequeños y robustos, para circular por las estrechas
callejuelas. A base de gritos y de aguijonazos, los borriqueros dirigen sus rucios con una
precisión admirable. Me sorprendió ver a varios con una oreja cortada y pregunté a
Solimán la razón de aquello. Me explicó que así se castigaba a los burros sorprendidos
robando en prado ajeno.
Cuando digo «burro» no me refiero a nuestro desdichado cuadrúpedo de Europa,
insultado y golpeado, forzado a realizar los trabajos más duros, recurrido a la más triste
condición, que no inspira ninguna lástima. Tampoco me refiero a un burro rebelde, con
el peor carácter que pueda haber, que tira al suelo a cualquiera que se atreve a montarlo.
No, el que no ha visto al burro de Egipto no conoce a uno de los animales más
admirables de la creación. Es vivo, coqueto, ligero, mantiene su cabeza bien erguida y
manifiesta su inteligencia a cada paso. Su dueño se complace cuidándolo, cepillándolo,
lustrando su pelo hasta que parece terciopelo.
«¡Tu derecha!», «¡Tu izquierda!», «¡Tu pie!», gritaban los borriqueros, evitando
con gran dificultad dos cortejos que se cruzaban, uno de bodas, otro de funeral. Unos
jinetes, cuyas monturas estaban cubiertas de gualdrapas de terciopelo con bordados
dorados, no vacilaban en empujar a cualquiera que obstruyera el paso, ya fuera mujer o
niño. En todas partes, la gente comía y bebía hasta la saciedad. En las cocinas expuestas
al viento, unas mujeres, rodeadas de una bandada de niños, preparaban habas calientes.
Nabos cocidos, pepinos en vinagre, albóndigas de carne hacían buenas migas en una
apetitosa salsa roja a base de especias. Un vendedor de té, provisto de aparatos de latón
impecables, ofrecía su excelente brebaje, rivalizando en habilidad con el aguador y los
vendedores de jarabe de frutas, agua de regaliz, infusión de algarrobo o de dátil, de
zumo de pasas. Unos adolescentes predicaban las virtudes de sus frutas, sandías,
granadas, dátiles, pasas, tomates, higos. La gente cataba tortas tibias, limones, cebollas.
Unos trozos de cordero se estaban cociendo en grandes ollas de cobre.
El Cairo, para recibirnos, se había transformado en una gran sala de banquetes.
Llegábamos en buen momento; aquel día y el siguiente eran los de la fiesta que
los musulmanes celebraban por el nacimiento del Profeta. La gran e importante plaza de
Ezbekieh estaba llena de gente rodeando a los faranduleros, las bailarinas, las
cantadoras, y de hermosas tiendas bajo las cuales se practicaban actos de devoción.
Aquí, unos musulmanes sentados leían a compás unos capítulos del Corán; allá,
trescientos devotos, colocados en filas paralelas, sentados, moviendo sin cesar la parte
superior de su cuerpo, para adelante y para atrás como muñecas articuladas, cantaban en
coro La Allah—Ell'Allah, «No hay más Dios que Dios»; más lejos, quinientos
energúmenos, de pie, colocados en círculo y codo a codo, saltaban a compás y lanzaban,
desde el fondo de su pecho agotado, el nombre de Alá, mil veces repetido, pero con un
tono tan sordo, tan cavernoso, que en mi vida he oído un coro más infernal: aquel
espantoso zumbido parecía salir de las profundidades del Tártaro.
Junto a estas demostraciones religiosas, circulaban los músicos y las rameras;
unos columpios de todo tipo estaban en plena actividad. Esta mezcla de juegos profanos
y de prácticas religiosas, junto con la rareza de las figuras y a la gran variedad de trajes,
formaba un espectáculo de otro mundo.
Las madres zambullían a sus hijos en el agua fangosa, tanto para divertirles
como para lavarles. Salían de allí negros como sapos y se reían a carcajada limpia.
Todos rendían culto a aquella agua que a veces subía tanto que formaba un lago donde
navegaban barcas llenas de gente elegante.
—¡Champollion! ¡Mire allí!
El caballo de Rosellini había llegado a la altura del mío. Dirigí la mirada en la
dirección indicada por mi discípulo, pero sólo pude ver un grupo de bailarines

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ejerciendo su arte cerca de un caldero humeante alrededor del cual se agrupaban unos
comensales.
—Estoy totalmente seguro —dijo Rosellini, emocionado—. Era él a quien vi.
—¿Quién?
—Drovetti, el cónsul general.
—Imposible.
—Le juro que le he visto.
Un movimiento de la multitud nos obligó a separarnos y a retomar nuestra
progresión en fila india. No dudaba de la buena fe de Rosellini, sin por ello creer en la
presencia de Drovetti. Tendría que haber viajado al mismo tiempo que nosotros en otro
barco. ¿Y con qué intención?
—La rosa era espina —enunció una voz grave—. Con el sudor del Profeta, ha
florecido.
Justo delante de mí caminaba un vendedor de pistachos. No veía su rostro.
—¿Es usted el que sabe leer la escritura de las piedras viejas? —preguntó con el
mismo timbre profundo.
—Creo poder conseguirlo, efectivamente... ¿pero quién es usted?
—La advertencia de la carta pronto va a realizarse. Vaya mañana, a las siete, a la
mezquita de Thouloun.
El hombre apuró el paso y se dirigió hacia una callejuela a la izquierda.
—¡Espere! ¿De qué carta...?
El vendedor de pistachos ya había desaparecido.

Han hablado muy mal de El Cairo. Yo me encuentro bien allí. Esas calles de
ocho a diez pies de ancho, tan desacreditadas, me parecen bien concebidas para evitar
los grandes calores. Es una ciudad monumental, una ciudad de las mil y una noches,
aunque la barbarie turca haya destruido o dejado destruir la mayoría de los deliciosos
productos de las artes y la civilización árabes.
¿Cómo negarlo? Estoy enamorado de este enmarañamiento de casas, a menudo
en tan mal estado, de callejuelas estrechas donde trabajan curtidores, alfareros, orfebres,
por donde pasan buhoneros y cocineros ambulantes. Todo es feo, a veces sórdido, pero
desprende una magia que convierte a esta ciudad repulsiva, casi inhumana, en una
rompecorazones. En El Cairo se callejea hasta perder la orientación. Siempre, claro está,
que se mantenga uno fuera del barrio reservado donde se refugian los residentes y
viajantes europeos, al abrigo detrás de las grandes puertas de madera que se cierran cada
noche, aislándoles de la población y protegiéndoles de los motines y las epidemias. Las
casas de El Cairo están pegadas unas a otras, formando barrios anárquicos cuyos únicos
pulmones, los patios interiores, están casi siempre ocupados por una multitud de
animales. Para respirar un poco, uno se dirige naturalmente hacia los lugares tranquilos
y despejados, la gran plaza de Ezbekieh, las mezquitas o la ciudadela. Desde lo alto de
esta última, donde me encontraba para saludar la salida del sol, la fealdad desaparece. A
lo lejos, en el desierto, vi formarse una caravana. Allí había unos treinta camellos, casi
todos tumbados. Junto a ellos, unos enormes fardos de mercancías. Los camelleros, con
ayuda de unos palos, empezaron a reagrupar sus animales. Debajo de mí, la capital del
Egipto moderno desplegaba su inmensidad. Descubrí miles de terrazas, minaretes,
cúpulas. Al este se dibujó el trazo de fuego del sol naciente, creando el oro del
nacimiento del día. Como rayos de luz petrificados, las pirámides surgieron del desierto.
Allá se extendía el reino de la muerte, la tierra de los dioses: Saggarah, Dahchour,
Abusir, Gizeh, donde los antiguos egipcios habían ahondado la eternidad hasta
descubrir su secreto. El único secreto que merecía ser descubierto.

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¡Dios, qué visión más sublime! Me sentí como en el cielo, lejos de las
pequeñeces humanas, como si experimentara el impulso que había animado el espíritu y
la mano de los constructores. Pero estaba esa cita dada por el vendedor de pistachos.
Un borriquero me condujo hasta la mezquita de Thouloun, un edificio del siglo
IX. Aunque parcialmente en ruinas, es el más bello monumento árabe de Egipto. La
elegancia de sus líneas, la sobriedad de su arquitectura imponen respeto. Mientras
estaba observando la puerta, un viejo jeque me propuso entrar en la mezquita; acepté
presuroso y franqueé con presteza la primera puerta. Me pararon en seco en la segunda:
había que descalzarse para penetrar en el santo lugar. Tenía botas, pero no medias; la
dificultad resultaba apremiante. Me quité las botas, utilicé un pañuelo para envolver mi
pie derecho, otro para el pie izquierdo. Y heme aquí sobre el mármol del recinto
sagrado, desierto a aquella hora. Esperé un tiempo bastante largo, sin atreverme a
deambular en aquel sitio cuya tranquilidad contrastaba con la agitación de las calles.
Apareció un turco muy alto con un sable de mameluco en el costado. Su rostro
estaba casi totalmente oculto por una barba negra. Se detuvo a un metro de mí, serio
como un Anubis guardián de tumba. Temí de pronto haber caído en una emboscada.
¿Hay algo más fácil que hacer desaparecer un intruso acusándolo de haber violado el
recogimiento de una mezquita? Sin embargo, ahora yo parecía un árabe de pura cepa.
Pero el borriquero me había tomado por uno de sus compatriotas, olvidando robarme. Si
ese cancerbero me agredía, es que había sido denunciado. Me faltó la respiración,
sintiéndome atrapado en una ratonera. ¿Pelearme? En ningún momento, a lo largo de mi
corta existencia, he recurrido a la violencia. Me repugna. Incluso para defender mi vida,
me sentía incapaz de recurrir a ella.
Permanecimos inmóviles, como fascinados mutuamente. Sin duda debí haber
intentado huir, pero esa actitud me pareció indigna. Tal vez el primer golpe provocaría
en mí una voluntad nueva. El turco avanzó, con el sable desenvainado y una lentitud
infinita. Me vino a la boca el gusto de los jeroglíficos. Su llamada irresistible me sacó
de la resignación que me inmovilizaba. Apretando los puños, decidí defenderme.
—Márchese de aquí —ordenó—. Le esperan en el bazar, en Khan el—Khalil. El
vendedor de libros.
Envainando de nuevo su sable, se alejó de mí como si yo hubiera dejado de
existir.

Khan el—Khalil era la más famosa y la más obstruida de las entradas del bazar.
Una multitud de puestos casi cortaban su acceso. Vendedores de tortas, mendigos,
fumadores de narguiles, borriqueros se entremezclaban en un continuo tumulto,
modulado como una oleada inagotable. Unos confiteros increpaban a unos atletas que,
al demostrar su aptitud para levantar bloques de piedra, impedían que la clientela se
acercase al puesto. Un fabricante de chinelas de cuero rojo se divertía con el incidente.
Ningún librero a la vista. El fabricante se acercó a mí.
—Se juzgan los actos de los hombres según sus intenciones —dijo—, y a cada
hombre su recompensa según sus intenciones.
Enunciaba el proverbio inscrito en la puerta de los barberos.
—¿Cuáles son las suyas? —pregunté.
Apartó las hileras de chinelas, revelando una serie de libros encuadernados en
rojo.
—Coja uno.
Tomé un ejemplar del Corán.
—El de al lado le interesará mucho más.

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Obedeciéndole, ¡descubrí un relato de viaje escrito por un veneciano que había
visitado Egipto en el siglo XVII y redescubierto Tebas! Me sumí en una lectura
apasionada, pero el librero—zapatero me golpeteó el antebrazo. Alcé la vista y divisé en
la multitud de paseantes una silueta familiar: ¡Drovetti!
Vestido al estilo turco, caminaba con su aire marcial y decidido, sobresaliendo
en la indolencia de los orientales.
Olvidando el libro del veneciano, me lancé en su persecución, decidido a no
perderle de vista y a hacerle rendir cuentas. Así que Rosellini no se había equivocado.
¿Por qué había ido el cónsul general a El Cairo al mismo tiempo que nosotros?
Un cortejo nupcial afluyó sobre mí. Inmovilizándose en medio de la callejuela,
unos jóvenes levantaron un quiosco con cuatro varas de madera y una franja de tela
como techo. Unos tamborileros se desenfrenaron mientras se colgaban unas linternas y
se disponían unos banquillos para que descansaran los invitados. Sirvieron café a los
transeúntes que tomaron parte en la fiesta. Aquel despliegue de alegría me metió en un
apuro, pues Drovetti aprovechó para desaparecer. Colándome entre hileras apretadas,
esforzándome por no empujar a nadie y por no mostrarme impaciente, conseguí
franquear el obstáculo.
Lady Ophelia Redgrave surgió ante mí.
Su vestido malva formaba una mancha incongruente en medio de las galabiehs
marrones. Inmóvil, en el centro del remolino de los transeúntes, me estudió con una
mirada inquieta.
—¿Qué hace usted aquí?
—Soy yo quien debería preguntárselo. ¿No acaba de divisar al cónsul general
Drovetti?
Confusa, vaciló.
—No, claro que no... Drovetti no está en El Cairo. Se ha quedado en Alejandría.
La callejuela era demasiado estrecha para que no viera a Drovetti. Seguramente
habían tenido tiempo para intercambiar algunas palabras. Ahora estaba convencido de
que se habían citado en el bazar, ocultos en el gentío. Mi presencia debió molestarles.
—¿Me ha mandado usted una carta, en Francia, antes de que saliera nuestra
expedición?
Sus hermosos ojos verde claro se tiñeron de sorpresa.
—Nunca he tenido el gusto de escribirle —contestó con ligera ironía.
Lady Redgrave tenía excepcionales dotes de comediante, pero la situación real
se aclaraba. La inglesa y Drovetti habían concluido un pacto contra mí, comisionados
por mis adversarios europeos, decididos a impedir que verificara mis descubrimientos
sobre el terreno. Drovetti me observaba a distancia, tomando las disposiciones
necesarias para entorpecer cualquier progreso, mientras que lady Redgrave efectuaba su
trabajo de espía junto a mí. Tendida de aquel modo, la trampa no dejaría escapar su
presa. De Egipto sólo saldría un Champollion destrozado, vencido y ridiculizado.
Estaba condenado a fracasar o a morir en esta tierra sin haber transmitido al mundo el
fruto de mis trabajos.
—Le veo muy preocupado, señor Champollion. ¿Aceptará servirme de guía en
este dédalo? Sólo usted podría hacerme descubrir las maravillas que se ocultan bajo los
oropeles y las falsas piezas de orfebrería.
Su sonrisa me desarmó. Unas oleadas humanas nos rodeaban, sin chocar con
nosotros. Formábamos un islote de inmovilidad en el seno de aquel movimiento
inagotable. Aunque mis prevenciones hacia lady Redgrave permanecieron igual de
vivas, no tuve el valor de rechazar su pedido. Dándome el brazo, me llevó a las
profundidades del zoco, hacia el barrio de los orfebres. Allí se mezclaban miserables

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imitaciones y pequeñas obras de arte hechas por artesanos para quienes el tiempo no
contaba. Prescindiendo totalmente de mis consejos para distinguir lo auténtico de lo
falso, lady Redgrave eligió un brazalete de oro adornado con lapislázuli cuyo color azul
evocaba el cielo nocturno de Egipto donde aparecen las miríadas de estrellas, refugios
de las almas de los faraones difuntos.
Mientras ella examinaba la joya regateando su precio, según la regla local, mi
corazón se estremeció. ¡El bloque de piedra que servía de mesa al orfebre comprendía
una decena de jeroglíficos, grabados en el estilo tan puro del Antiguo Imperio!
Interrumpiendo el regateo, supliqué al artesano que me dejara contemplar aquella piedra
más preciosa que ninguna. Intrigado, el buen hombre aceptó, quitando herramientas,
joyas y balanza que atestaban el augusto vestigio.
Palidecí. Había una tarjeta, ese óvalo acabado en un bucle en el cual estaban
inscritos los nombres de los faraones.
—Se lo compro —le dije al orfebre.
Éste no aceptó.
—¿De dónde procede esta piedra?
—Pertenece a mi familia desde hace varias generaciones. Es nuestro talismán.
Nos protege y nunca saldrá de nuestro taller.
Conocía demasiado la fuerza de la superstición para creerme capaz de vencerla.
Aquel bloque extraordinario estaba perdido para siempre para la ciencia. En cuanto nos
fuéramos, el orfebre se encargaría de esconderlo rápidamente en algún lugar
inaccesible.
—¿Qué le revela esta inscripción? —se inquietó lady Redgrave mientras yo
copiaba los jeroglíficos.
—¡Una nueva prueba de mi sistema de desciframiento y el recuerdo de uno de
los mayores reyes que la tierra ha conocido! Mire... este tamiz se transcribe , este
polluelo de codorniz ou, esta cerasta f y de nuevo el polluelo, ou... usted lee
como yo: Khoufou, el nombre del faraón que los griegos han llamado Keops y
cuyo nombre egipcio significa «Que Dios me proteja».
—¿El constructor de la gran pirámide?
—El mismo.
—¿Esta piedra proviene de su monumento?
—Sin duda. Algunos viajeros afirmaban que buena parte de El Cairo había sido
construida con bloques arrancados de las pirámides... Me temo que ésa sea la horrible
realidad.
Lady Redgrave estaba emocionada. A pesar del autodominio que mostraba en
cualquier circunstancia, comprobé que mi demostración le había al menos conmovido.
Por primera vez, sin duda, brotaba en su mente la idea de que yo no era un estafador ni
un fantoche.
—Si Dios ha protegido a Keops —dijo con gravedad—, ojalá pueda mostrarse
igual de generoso con nosotros.

Visitamos los zocos hasta el anochecer, momento en que los vigilantes turcos
cerraron las puertas del bazar ante las cuales se quedarían de guardia hasta el amanecer
siguiente. En Oriente, la noche cae en unos pocos minutos. Con ella viene el silencio.
La marea humana desapareció. Los perros salieron de su sopor para recorrer las calles
en busca de algo que comer. Los cafés se iluminaron de linternas, igual que los
tenderetes que permanecían abiertos. Los guardianes de las residencias ricas dispusieron
camas de palmas en el umbral de las casas que tenían que proteger contra los ladrones.

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Se tumbarían en ellas y dormirían hasta el amanecer. Unas llamadas de almuecines
atravesaron el aire tibio, invitando a los creyentes a la oración.
Me pareció que lady Redgrave apretaba mi brazo con más fuerza. Embriagado
con la suavidad de la noche egipcia, bañado en sus perfumes, turbado por la presencia
de una enemiga demasiado seductora, olvidé por un momento las exigencias de mi
búsqueda. La felicidad pasó a través de mí como un soplo de viento, como esa brisa
refrescante de la que los antiguos egipcios disfrutaban hasta lo más recóndito de su ser,
cuando se atenuaba el ardor del sol.
Pero ¿qué me reservaba el día de mañana?

47
8

Dos días después de nuestra llegada a El Cairo, donde estábamos cómodamente


alojados en las villas del barrio europeo, ofrecí a mis acompañantes una fiesta que duró,
según la costumbre, desde las seis hasta medianoche. Sólo el padre Bidant se negó a
tomar parte en ella, convencido de que lo esencial de estos festejos consistía en
diabluras licenciosas. Me dirigió amargos reproches sobre mi comportamiento,
acusándome de dejarme corromper por las costumbres orientales. Siendo mis protestas
papel mojado, ignoré las amonestaciones del buen padre que se equivocaba sobre la
naturaleza de aquellas distracciones cairinas. Respecto a las diabluras, sólo tuvimos
derecho a un largo recital de la cantante Nefîse, el ruiseñor de El Cairo, ídolo de todo un
pueblo. Para unos oídos europeos, acostumbrados a escuchar armonías pulidas, la
prueba fue ruda. La melopea lancinante, de inflexiones lánguidas, acabó sin embargo
por fascinarnos e incluso por sumirnos en una especie de beatitud.
¿Cómo no pensar en los músicos de los faraones, en las bellas sacerdotisas
músicas y cantantes cuya voz estaba destinada a encantar a los dioses? Aquellos
hechizos alejaban el alma de las banalidades de este mundo y, con la magia de los
sonidos, la sumergían en lo sagrado.
El padre Bidant no estaba del todo equivocado: Oriente empezaba a apoderarse
de nosotros.
Aquella fiesta fue la ocasión para presentar los miembros de la expedición a las
personalidades influyentes de El Cairo, cuya estima, poco a poco, nos estábamos
ganando. La más importante de ellas no era la más brillante; se trataba de un médico
armenio, Botzari, pequeño de estatura, negro de piel y agudo de ingenio. Por las
atenciones que le prestaban, era fácil comprender que tenía entre sus manos el destino
de muchos notables.
En el transcurso de las conversaciones, me enteré de que ocupaba el envidiado
cargo de primer intrigante del pacha y que ningún asunto importante era resuelto sin su
acuerdo.
Mientras me preguntaba cuál sería el mejor modo de abordarle, se acercó a mí,
burlón.
—Salgamos al jardín, señor Champollion. Allí estaremos tranquilos para
conversar.
Quien no ha conocido la calma de un jardín oriental, en una noche de verano,
ignora que el paraíso existe en la tierra. Allí se mezclan los perfumes de las rosas con
los de los majaguas y los tamariscos; un agradable frescor sube del suelo regado por los
jardineros al anochecer. Uno se pone a soñar con un universo donde el ser humano
sabría de nuevo fraternizar con la flor más humilde.
El médico armenio no se dejó llevar por sentimientos tan bucólicos. Para él, El
Cairo era una ciudad de negocios donde ejercía su poder.
—¿Está satisfecho con su estancia, señor Champollion?
—Cada día que pasa es una revelación.
—Su reputación no deja de crecer... ¿Sabe qué apodo le han puesto?
—Lo ignoro.

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—Le han otorgado varios títulos: «hijo de faraón», «el hombre que lee los signos
mágicos»... El que prefiero es el más sencillo. Le llaman a menudo El Egipcio, como si
hubiera nacido en esta tierra y no la hubiera dejado nunca.
Las palabras de Botzari me estremecieron. Me parecían casi pavorosas,
revelándome aspectos misteriosos de mi destino sobre los cuales me negaba a
reflexionar.
—Eso sólo es poesía —contesté con escasa convicción.
—Desconfíe de este país —dijo el armenio con gravedad—. Los árabes no han
logrado apagar las antiguas divinidades. Todavía están muy presentes gracias a estas
innumerables piedras grabadas cuya clave, según afirman, sólo usted posee. Guarda un
tesoro temible, señor Champollion. ¿Se imagina bien la consecuencia de sus actos?
A la sorpresa de oír un discurso teológico en la boca de un intrigante sucedió el
furor. ¿Con qué autoridad acusaba aquel médico mis investigaciones?
—Señor Botzari, el desciframiento de los jeroglíficos es ahora ineluctable. Nadie
impedirá que se pague pronto este tributo a la ciencia.
Una musaraña, con un gracioso salto, huyó velozmente delante nuestro. Pensé
con curiosidad que el pequeño animal, enemigo jurado de las serpientes, era una de las
encarnaciones de Atoum, el gran dios creador de los antiguos egipcios.
—La ciencia, señor Champollion, no es más que otra ilusión.
El hastío que había en la expresión del armenio hizo por un momento vacilar mis
certidumbres. ¿Tenía yo realmente la misión, en esta tierra, de leer de nuevo la lengua
de los dioses, de sacar del olvido la mayor de las civilizaciones? ¿No era aquello una
loca pretensión?
—Olvide su ciencia, señor Champollion —me recomendó—. No le servirá de
nada cuando llegue el momento de las grandes pruebas.
Reconfortado, sonreí.
—Ahí se equivoca. Es mi mejor aliada desde mi infancia. No hay tormento que
no haya superado trabajando con mis queridos jeroglíficos.
Botzari dejó de caminar y me miró con unos ojos penetrantes, hurgando en mi
alma con su mirada.
—Tiene usted mucha suerte —concluyó—. Interrumpa aquí su viaje.
—¿Por qué?—me indigné.
—No logrará evitar todos los peligros que le acechan.
—¿Cuáles son, si puede saberse?
—Regresemos—exigió.
El armenio había conseguido estropearme aquella noche melosa. La angustia me
oprimía el corazón. Las amenazas proferidas por aquel hombre tranquilo, de espíritu
sereno, tenían un siniestro sabor.
En el umbral de la gran mansión se detuvo, pensativo.
—Usted conoce mejor a los antiguos egipcios que los nuevos amos de este país,
señor Champollion. Sus investigaciones les están resultando molestas. Las antigüedades
no sólo interesan a los sabios. Deje pues que la corrupción humana recubra las ruinas y
las entierre. Egipto sólo puede ofrecerle la muerte.
—Estoy aquí para hacer revivir el antiguo Egipto a cualquier precio.
Me miró de soslayo.
—No diga que no se lo advertí. Mañana me vuelvo a Alejandría. Adiós
entonces, señor Champollion.
El armenio desapareció. Cuando me reuní con mis compañeros de viaje, echados
sobre unos cojines de seda y fumando narguiles, no pude disimular mi turbación. L'Hote
la notó. —¿Algo va mal, general?

49
—No, no...
—¿Una mala noticia?
—Sí y no. He encontrado a un mensajero del más allá.

—¡Ahí están, ahí están! —gritó el profesor Raddi, de pie sobre el tejado de la
cabina del Hathor, descubriendo las famosas canteras de Tourah, de donde los antiguos
extraían la caliza más bella del país.
Los gritos de entusiasmo del mineralogista habían despertado al equipaje de los
dos barcos y a los fellahs1 todavía dormidos en sus chozas de encañizada, en la orilla
donde acostamos. Durante la noche del 30 de septiembre, había reunido a mis
compañeros a bordo del Isis para explicarles mis proyectos: explorar esta asombrosa
región donde habían salido la necrópolis de Menfis y todos los grandes edificios de esta
ciudad. Ningún obstáculo, ni siquiera un calor agobiante, nos detendría. Teníamos la
suerte de entrar en el vientre de piedra donde había nacido el Egipto de los
constructores. Tensos, casi nerviosos, decidimos acostarnos temprano.
No logré conciliar el sueño antes de las dos de la mañana. Como los demás, fui
despertado por el estallido de alegría del buen profesor. Durante este breve reposo, soñé
con canteros extrayendo bloques destinados a los templos. Creí revivir sus gestos, sus
esfuerzos, sus sufrimientos. Me convertía en sus manos. Raddi me sacó de esta visión
pero, gracias a él, gocé de una dicha indecible: pasar de un sueño a una realidad que,
también ella, tenía el encanto de un sueño espléndido. ¡Tourah! Estaba realmente en
Tourah, cerca de aquel horizonte calcáreo donde aún soplaba el viento de la eternidad.
A las cinco de la mañana nos reunimos en la orilla, delante de los barcos. Lady
Redgrave, levantada antes que nosotros, esperaba, montando un burro gris. Vestida de
verde, llevaba un sombrero blanco de ala ancha. Me acerqué a ella.
—Señora, no es...
—No malgaste sus palabras, señor Champollion. Ya sé lo que va a decir: no es
lugar para una mujer. No intente demostrarme semejante tontería. Quiero conocer todo
lo referente a este país.
No había manera de hacerle cambiar de opinión. Disgustado, pasé delante de
ella, siguiendo al profesor Raddi, que no había aflojado su vigilancia. Tendría que
haberme sentido muy irritado; en el fondo, estaba más bien satisfecho de no verla
alejada de nuestra pequeña comunidad.
—Parecen enormes cuarteles destinados a un ejército de gigantes —declaró
Néstor l'Hote, descubriendo las canteras desde lo alto de una cresta rocosa—. Allí —
dijo señalando con el dedo unas excavaciones en la roca— hay puertas y ventanas.
Nos sentíamos abrumados por la amplitud de la tarea. ¿Cómo explorar semejante
inmensidad? Atribuí a cada uno de mis compañeros un sector de excavaciones, para
cubrir el mayor territorio posible. Rosellini, poco dado al trabajo físico, protestó
vagamente. Néstor l'Hote, encantado de utilizar su exceso de fuerza, repartió unos
silbatos. Quedamos en que cualquiera que efectuara un hallazgo importante utilizaría el
instrumento para avisarme.
—Creo que se ha olvidado de mí —intervino lady Redgrave.
—Señora, no es...
No me atreví a terminar mi frase. El regocijo que brillaba en su mirada me
cubrió de ridículo a mis propios ojos. Acercó su mano para recibir un silbato y se dirigió
al sector que le había otorgado.

1
Aldeano o campesino egipcio. (N. de la T.)

50
El profesor Raddi trabajaba en un estado cercano al delirio. Palpaba cada bloque,
lo examinaba con ternura, introducía unos cascajos en un saco grande, inconsciente del
peso que acumulaba. El calor aumentaba muy rápidamente, disminuyendo el ardor de
mis compañeros. El mío no declinó. Tomé el dibujo de muchas inscripciones que
databan de las épocas más remotas y recordaban el nombre de los que habían trabajado
en aquellos lugares.
Un silbido.
Este provenía del sector de lady Redgrave. Pensé inmediatamente en un
accidente y, sin preocuparme demasiado del peligro, corrí sobre una cresta calcárea para
alcanzarla.
—¡Cuidado, general!—gritó L'Hote.
Su advertencia me dejó paralizado. Un fragor sordo llenó mis oídos. Levanté la
cabeza y vi rodar cuesta abajo hacia mí un bloque enorme. Instintivamente, retrocedí, a
riesgo de desnucarme unos veinte metros más abajo. El bloque pasó muy cerca,
salpicándome de polvo. Protegiéndome los ojos, seguí con la mirada el final de su loca
carrera en el fondo de la cantera.
—Por aquí —indicó L'Hote tendiéndome la mano.
Llegué a una plataforma y recobré el aliento. Los latidos de mi corazón se
calmaron.
—De buena se ha librado, general.
—¿Dónde se encuentra lady Redgrave?
—Allí.
De pie sobre un promontorio, resplandeciente de belleza en la violenta luz
blanca que parecía nacer de la roca, mezclándose al oro del sol, nos miraba. ¿No había
planeado un crimen? ¿No había intentado atraerme a una trampa mortal? Necesitaba
estar seguro. Con las piernas todavía vacilantes, la alcancé.
—¿Dónde está su hallazgo? —ironicé.
—Delante de usted —contestó sin inmutarse, señalando una pared muy lisa
sobre la cual estaba grabado un episodio raro, la construcción de un monolito.
La firmeza del trazo me llenó de admiración. Saqué inmediatamente mi
cuaderno para grabar la escena.
—Al lado —añadió— está el nombre del faraón Psamético.
Estupefacto, dejé de dibujar.
—¿Cómo ha conseguido leerlo?
—Utilizando su método —respondió con la sonrisa más encantadora.
—Imposible.
—¿Y por qué, señor Champollion?
—Porque sólo yo conozco la totalidad de mi método.
—¿No sabe que yo poseo un sexto sentido? Perdóneme, me siento algo cansada.
Regreso al barco.
La miré alejarse, aérea, como una diosa nacida del océano de frescor que, según
los antiguos, rodeaba la tierra.
Estaba claro que había fisgado en mi camarote y consultado mis papeles.

Almorzamos en una sala tallada en la misma roca, habilitada durante el reinado


del faraón Ahmosis, fundador de la XVIII dinastía que iba a hacer de Tebas el centro
del mundo. Cada uno hacía el balance de sus descubrimientos. Rosellini había
recobrado su buen humor.
—No había atribuido a nadie el sector escarpado de donde rodó el bloque.
¿Estaba alguien trabajando allí en el momento del incidente?

51
—El padre Bidant —contestó Rosellini—. Quería ver la cantera desde su punto
más elevado.
El religioso, con la espalda arrellanada contra la pared del fondo de nuestro
extraño comedor, había iniciado una siesta. Parecía estar profundamente dormido. Me
pareció inútil despertarle. ¿Cómo habría podido el padre Bidant concebir un acto
criminal? La imaginación es mala consejera.
Un cañonazo rompió la tranquilidad de un mediodía ardiente. Salimos para
descubrir un curioso espectáculo: un centenar de fellahs y unos veinte jinetes, guiados
por un jeque entrado en años y barbudo, con un turbante verde oliva. El conjunto de esta
muchedumbre lanzaba chillidos. Nuestra curiosidad se transformó en estupor cuando
vimos a los fellahs tumbarse en tierra cara abajo pegados los unos a los otros, formando
una auténtica carretera humana ofrecida a los cascos de los caballos que se disponían a
lanzarse sobre ella.
El jeque pasó el primero. Los fellahs soltaron alaridos de dolor bajo el peso del
cuadrúpedo que aplastaba los cuellos, la espalda, los riñones. Horrorizado, quise correr
hacia el lugar del suplicio, pero mi sirviente Solimán me cortó el paso.
—No intervenga. Estos hombres son voluntarios para el rito de la Doseh. Los
que tienen la suerte de quedar gravemente heridos ven sus pecados redimidos.
De la carretera humana subía una letanía, «Alá, Alá», que emergía con pena de
un concierto de gemidos. Los cascos sin herrar rompían los huesos, abrían las carnes,
pero nadie huyó antes de que pasara el último jinete. Lady Redgrave, que había vuelto
del barco para almorzar con nosotros, se aferró a mi brazo. Como yo, era incapaz de
despegar su mirada de aquella ceremonia abyecta donde la sangre era derramada en
nombre de las más locas creencias. ¡Qué lejos del Egipto de los faraones estaba el
Egipto moderno!
Los desdichados, más o menos lisiados, se levantaron con dificultad. Sus ropas
estaban manchadas de sangre. Aún les quedó fuerza para inclinarse ante el jeque del
turbante verde. Cada uno retomó después su camino hacia El Cairo, los cojos
sosteniéndose mutuamente para caminar.
—¡Queda uno!—exclamó lady Redgrave.
Una forma alargada, en un hueco. Sus vestimentas ya sólo eran sangre y arena.
El rostro del hombre estaba profundamente hundido en el suelo.
La nuca rota.
Cuando L'Hote le dio la vuelta para comprobar su muerte, me llevé una horrible
sorpresa. Reconocí al vendedor de pistachos que me había aconsejado, en el bazar de El
Cairo. Sus muñecas estaban atadas con una cuerdecilla. Él, al menos, no era voluntario
para entrar tan pronto en el paraíso de Alá. Mis misteriosos adversarios no habrían
podido ofrecerme una advertencia más espectacular.

El triste descubrimiento de las ruinas de Menfis, la más antigua capital de


Egipto, no hizo más que aumentar la melancolía que se había apoderado de nuestra
pequeña comunidad. No dije ni una palabra a nadie sobre la identidad de la víctima de
la Doseh. Ya no sabía en quién podía confiar. Incluso mi sirviente Solimán, que no me
dejó intervenir, me parecía sospechoso. ¿Qué había sido de la inmensa ciudad rodeada
de un muro blanco, aquella que llamaban la Balanza de las Dos Tierras? Sólo veíamos
una extensión de agua de donde emergían altas palmeras. Hacia finales de la Edad
Media, los templos todavía seguían arrancando gritos de admiración a los viajeros
árabes más hastiados. Hoy ya no queda ni un solo bloque. Los bárbaros modernos lo
habían saqueado todo. Sin intentar atenuar la consternación de mis compañeros, seguí a
Solimán, que me llevó hasta un coloso de Ramsés II, al sur del antiguo recinto, fuera del

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alcance de las aguas de creciente. Las piernas estaban destrozadas pero, del rostro y del
torso intactos, emanaba una nobleza que me sobrecogió. Sólo con verla recobré una
energía que creía perdida.
—Admirable, comentó Rosellini.
—Mucho más que eso, amigo. Me acuerdo de la aversión que me inspiraron, en
Roma, las enormes cabezas de los emperadores, que fueron otros tantos verdugos y
tiranos. Sólo eran horrores vulgares. Los egipcios son los únicos que han sabido unir lo
grandioso y lo humano. A una escala tan grande, el menor error de detalle se convierte
en una falta capital. El escultor ha tenido la sensatez de expresar sólo lo estrictamente
necesario, sin excluir la elegancia, la gravedad y la sonrisa. Es esa sabiduría con la que
nos alimenta.
Las palabras me habían venido espontáneamente a la boca. Casi me dio
vergüenza expresar así mis sentimientos, pero tenía la certeza de intuir uno de los
secretos del arte de los antiguos egipcios. Permanecí solo durante varias horas en
compañía del coloso, manteniendo un diálogo mudo con el único superviviente del
naufragio de Menfis.
Sentándose sobre el pecho de Ramsés, lady Redgrave interrumpió mi
meditación.
—¿El viejo Egipto es su único amor, señor Champollion?
Me sobresalté.
—Vamos, señora, Saggarah nos espera.

Esta tierra de Egipto, por la que suspiraba desde hacía tanto tiempo, me trata
como una madre cariñosa. Aquí conservaré, a lo que parece, la buena salud que traigo.
Bebo agua fresca a discreción, y esta agua es la del Nilo, que nos llega por el canal
llamado Mahmoudieh en honor al pacha que lo hizo cavar. Mi sirviente Solimán y los
árabes de la tierra aseguran que en todas partes me toman por un nativo de Egipto. A la
práctica de la lengua, que pienso dominar completamente dentro de un mes, hay que
añadir mi forma de vestir: turbante sobre la cabeza afeitada, chaqueta con bordados
dorados y chaleco de seda a rayas, cintura drapeada con la misma tela, pantalones
bombachos, chinelas rojas. Un hermoso bigote cubre mi boca. Este traje es muy caliente
y eso es precisamente lo que conviene en Egipto; uno suda a gusto y se encuentra
igualmente bien.
Ya estoy familiarizado con los usos y costumbres del país: el café, la pipa, la
siesta, los burros, el bigote y el calor, corroborando lo que me dijo mi cuñada, Zoé, el
día de su boda con Jacques—Joseph: «Tiene la tez demasiado morena. ¡Blanquéese por
lo menos la cara para la ceremonia!».
Sólo Néstor l'Hote se ha ajustado como yo a la moda local. Rosellini guarda una
reserva prudente, conservando huellas de Europa. El padre Bidant ha jurado que no se
desprendería de su sotana. El profesor Raddi duda entre lo turco y lo italiano,
vistiéndose al capricho de sus hallazgos matutinos. En cuanto a lady Redgrave, utiliza
un guardarropa sabiamente oriental, logrando milagrosamente unir la elegancia a las
exigencias de lo cotidiano. Nadie se atreve a molestarla, ya que con nuestras ropas,
L'Hote y yo parecemos sus dos guardias de corps.
La llanura muerta de Saggarah sembró el terror entre los miembros de la
expedición. Habíamos dejado los dos barcos anclados delante de Bedrachein para
aventurarnos en un desierto árido, el antiguo cementerio de Menfis, salpicado de
pirámides destruidas y de tumbas violadas. El campo de las momias, como lo llaman los
árabes, está formado por una serie de montículos de arena, productos de excavaciones
ciegas y de rapiñas, todo ello puntuado con osamentas humanas. Las tumbas, adornadas

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con esculturas, están casi todas devastadas o rellenas después de haber sido saqueadas.
La barbarie rapaz de los vendedores de antigüedades se ha ejercido aquí con una
ferocidad extrema.
Un perfume de final de los tiempos me subió a la cabeza. Colocamos la tienda
en medio de aquella inmensidad fría, poblada de beduinos de rostro cerrado. Logrando
comunicar con ellos, conseguí obtener sus servicios. Se ocuparon de faenas domésticas
y montaron la guardia delante de nuestro campamento, tanto de día como de noche. El
jefe local, jeque Mohamed, incluso me dio prueba de un auténtico afecto.
La soledad nunca me pareció tan penosa como en Saggarah. Lady Redgrave, a
quien mis beduinos habían otorgado un magnífico alazán, pasaba la mayor parte de su
tiempo a caballo. Cuando el calor apretaba, dormía. Durante las comidas, platicaba
alegremente con mis compañeros.
No me ha dirigido la palabra desde hace tres días. El padre Bidant, sin duda
sintiendo la presencia de los demonios del desierto, no deja de leer las Sagradas
Escrituras que terminará sabiendo de memoria. Ha intentado evangelizar a un joven
beduino, pero sus esfuerzos han sufrido un humillante fracaso. Néstor l'Hote se divierte
como un cachorro loco. Brinca de pirámide derrumbada en tumba devastada, penetra
por todas partes, sigue a cualquier guía benévolo y me trae un montón de croquis de los
cuales sólo una ínfima parte tendrá un valor científico. Creo que es preferible dejar
expresarse así su dinamismo para poder controlarle mejor más tarde. El profesor Raddi
ya no sale de su estado de éxtasis. El desierto es su reino. Le basta con inclinarse para
recoger tesoros. Creo que está reconstituyendo la historia geológica de esta tierra y,
quién sabe, del planeta entero. Rosellini está encantado; se pasa el día negociando con
los indígenas y ya ha adquirido varias piezas muy hermosas, entre ellas un sarcófago,
para el museo de Turín.
Por la noche, los beduinos se reúnen alrededor de nuestra tienda. Llegan de todas
partes como sombras silenciosas y encienden pequeñas hogueras. Se cuentan historias
de aparecidos, leyendas, hazañas guerreras. Mis compañeros, cansados de trabajar, se
duermen temprano. Lady Redgrave se retira a su tienda privada vigilada por Solimán.
Ya no consigo conciliar el sueño. Me obsesiona la visión de vendas de momias,
osamentas rotas, cráneos blanqueados por el rocío del desierto. Mi viaje apenas está
comenzando, aún estoy lejos de Tebas y ya toco la nada con la punta de los dedos.
Ninguna inscripción decisiva me ha permitido todavía poner definitivamente a punto mi
sistema de desciframiento. No he identificado el camino que lleva al conocimiento de la
vida en eternidad tal como la comprendieron los antiguos egipcios. ¿Y qué pensar de las
dos misteriosas cartas cuyos autores todavía desconozco?
Me alejé de nuestro pequeño campamento, aventurándome en el desierto.
Aquella noche me pareció de pronto menos hostil. Las dunas se veían como las olas
petrificadas de un océano para siempre inmóvil. ¿No dormirán maravillas del pasado
bajo esta costra inerte? Sentí un hormigueo en las piernas, indicándome que uno de los
corazones de mi viejo Egipto aún latía en aquellos lugares desolados. ¿Cuántas
toneladas de arena y de piedras habría que despejar para sacar de nuevo a plena luz los
tesoros que dormitaban bajo mis pies?
La luna llena iluminó con su intenso resplandor un declive profundo, en cuyo
fondo yacían unos bloques esparcidos. Mi instinto de excavador me ordenó explorarlo.
El tamaño de las piedras indicaba que se trataba de un edificio imponente, tal vez de una
pirámide. Mi pie chocó contra un pequeño fragmento de caliza en el que estaba
conservada una tarjeta, al estilo de las épocas remotas. Descifré inmediatamente el
nombre inscrito en el interior: Ounis.
Acababa de descubrir un faraón desconocido.

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El 8 de octubre, de madrugada, nuestra caravana se detuvo ante la gran esfinge,
guardián de la planicie de Gizeh y de las tres grandes pirámides, formas perfectas
inscritas para siempre en la eternidad de los hombres. Estábamos todos agotados,
después de haber caminado parte de la noche en el desierto, tanto para evitar el calor
como para gozar de la luz fresca de aquellas soledades tranquilizadoras. Una bandada de
beduinos se precipitó hacia nosotros, ofreciendo dátiles, agua y pan. Recibimos aquellos
regalos con sincera satisfacción, pero tuve que recordar a mis compañeros la presencia
de una dama entre nosotros para que lady Redgrave fuera servida la primera.
Nuestros siete camellos de albarda, reagrupados ante la gran esfinge, disfrutaron
de un descanso bien merecido. Un trago de agua fresca bastó para calmar mi sed, pues
estaba demasiado fascinado por la majestuosidad vigilante de la esfinge y el poder de
los tres gigantes de piedra.
Me quedé durante largos minutos delante de aquellas tumbas. Cuanto más las
contemplaba, más parecían crecer, arrastrándome con ellas hacia el cielo. Los más
inmensos monumentos que han salido de la mano de los hombres, ¿no eran, como lo
habían afirmado Voltaire y otros genios, sólo edificios en honor a la nada? La
admiración que yo sentía me demostraba lo contrario. Y de pronto, comprendí. Aquello
no eran montones de piedras, absurda demostración de vanidad temporal, sino cantos de
inmortalidad. Las pirámides no son tumbas, sino moradas de resurrección. Sí, el hombre
no es nada, sólo polvo. Pero su espíritu es luz. Para cobijarlo, hacía falta una morada a
su medida y de la misma naturaleza.
—Habría que desmontar estas pirámides piedra por piedra —opinó el profesor
Raddi—. Estoy seguro de que su núcleo tiene que ser interesantísimo.
—¡Qué monstruosa expresión de la más loca de las vanidades! —juzgó el padre
Bidant.
Me lo llevé inmediatamente a un lugar apartado, mientras Rosellini empezaba a
regatear sus futuras adquisiciones y Néstor l'Hote dibujaba la cabeza de la esfinge. Lady
Redgrave, sentada bajo un quitasol sostenido por Solimán, dormitaba.
—Padre, estas críticas no tienen ningún sentido. Ya que tiene la desgracia de
odiar Egipto, concédanos al menos la gracia de callarse.
Una miríada de halcones bailaba en corro alrededor de las cumbres de las
pirámides. El religioso evitó mi mirada.
—No sea insolente —replicó—. No tiene que dictarme mi conducta. Soy yo, al
contrario, quien debe vigilar la suya. ¡Mírese, Champollion! ¡Ya no tiene nada de un
hombre de buenas costumbres! Si sigue dejándose seducir por este país lleno de
demonios, pronto perderá toda religión y será el más pernicioso de los sabios.
—Juntos llevaremos el luto, padre. La vanidad que atribuye a los faraones sólo
existe en sus pensamientos. Estos inmensos monumentos son símbolos. ¡Mírelos de
frente! ¿Acaso no barren nuestra mediocridad, nuestras pequeñeces, nuestra miserable
humanidad?
El padre Bidant se encogió de hombros y se alejó, refunfuñando. L'Hote me tiró
de la manga.
—General... ¡venga rápido! No se pierda esta experiencia.
Le seguí sin pensarlo. Izado por su poderoso brazo y el de un beduino ágil como
un mono, escalé a pesar mío una arista de la mayor de las tres pirámides, la de Keops.
Sus bloques formaban unos peldaños gigantescos. Al principio entusiasmado por
aquella ascensión, cometí el error, a media pendiente, de darme la vuelta y mirar hacia
abajo. El corazón se me salió del pecho, me quedé sin aliento y me tambaleé. Para

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escapar al vértigo, cerré los ojos y me pegué a la pared. Me sentía incapaz de avanzar o
retroceder, incluso de pedir socorro.
—¡Suba, general! —clamó L'Hote, mucho más arriba que yo.
Me quedé inmóvil. Una ola de terror me invadió. ¿Me había traído L'Hote hasta
aquí para que me diera un patatús y me rompiera el cuello del modo más natural? ¿Pero
cómo se habría enterado de mi sensibilidad al vértigo? Una mano se posó sobre mi
hombro. Por un momento, creí que me empujaba al vacío.
—¿Se encuentra bien, general?
—Me siento mal—farfullé sin abrir los ojos.
—¿Ha mirado hacia abajo?
Asentí con la cabeza.
—Es una imprudencia, general. Déjese guiar. Admirará el paisaje desde allá
arriba. Estoy seguro de que ya no tendrá vértigo. Coja mi mano, suba y piense sólo en
las pirámides.
Débil como un niño, me encomendé a la voluntad de L'Hote. Los bloques de
piedra se convertían en mi refugio, último recurso entre mi cuerpo jadeante y el vacío.
Tocarlos me reconfortaba. A ciegas, llevé a cabo la ascensión con un pie muy firme,
centrando mi energía únicamente en la meta a alcanzar: la cima.
—Hemos llegado, general.
A ciento cuarenta metros por encima del suelo, en el coronamiento del más
gigantesco edificio concebido por un espíritu humano, abrí por fin los ojos, disfrutando
de una visión incomparable. Al este, el borde de la planicie de Gizeh, el Nilo y los
rumores de El Cairo; al oeste, el desierto. Al norte, las pirámides de Abbu Roach. Al
sur, Abusir, Saqqara y las dos gigantescas pirámides de Dahchour erigidas por el buen
rey Snefru. Era la obra del Antiguo Imperio lo que se ofrecía así, un pueblo de piedras
alzadas hacia lo absoluto.
—Ya sólo nos queda cerrar el pico —dijo L'Hote, fascinado.
El guía beduino se durmió, con la cabeza sobre las rodillas. L'Hote dibujó. Yo
contemplé. Permanecimos más de dos horas en la cima de la pirámide de Keops, en el
lugar donde debería encontrarse el piramidión. Los antiguos no habían querido terminar
la obra, por muy prodigiosa que fuera. La última piedra sólo pertenecía al Creador.

Al anochecer de aquella jornada tan exaltante como extenuante, nos reunimos en


el límite del desierto y de las tierras cultivadas, bajo un bosquecillo de acacias, invitados
a una comida presidida por el jeque Mohamed.
—No hay más Dios que Dios —declaró, tras habernos rogado que nos
sentáramos en unos cojines pobremente bordados pero cómodos.
La comida sólo consistía en unas tortas de cebada; la amistad suplió la
austeridad del alimento.
—He pasado unas horas magníficas —dijo en voz baja lady Redgrave, a mi
izquierda.
—No esperaba volver a oír el sonido de su voz —le reproché.
—¿No sabe que una mujer se marchita con la soledad?
Mi vecino de la derecha, un beduino, me rogó que mirara hacia el jeque
Mohamed, que se disponía a hablar de nuevo.
—¡Bendita sea su expedición, señor Champollion! —proclamó con énfasis—.
Desde Adán y Eva, todos los hombres son hermanos, pero lo ignoran. Ojalá pueda usted
hacerles descubrir lo que su corazón ha venido a buscar aquí.
El jeque no pronunció más palabras, dedicándose a su comida. Me hubiera
gustado interrogarle acerca de esas declaraciones enigmáticas, pero el decoro oriental

56
me lo prohibía. Mientras comíamos en silencio, una serie de disparos hizo que se
sobresaltaran los invitados.
Los beduinos señalaban así la llegada de un jinete. Éste se introdujo
inmediatamente bajo la tienda, inclinándose ante el jeque. Vestido al estilo turco, tenía
el buen porte de Rosellini y la energía de Néstor l'Hote.
—¿Está Champollion aquí?—preguntó.
—Aquí estoy —dije levantándome.
—Tenía mucho interés en verle. Mi nombre es Caviglia.
¡Caviglia! Le miré como si hubiera bajado del cielo. El hombre que venía a mi
encuentro era el que deseaba a toda costa conocer a lo largo de mi viaje.

Caviglia lo sabía todo acerca de la planicie de Gizeh. Once años antes, había
explorado las pirámides y la esfinge, emprendido numerosas excavaciones cuyos
resultados él sólo conocía. Hombre extraño, poco conciliador, se negó a conversar con
los demás miembros de la expedición, queriendo dialogar sólo conmigo y a solas.
Durante tres largos días, me describió sus trabajos, prohibiéndome que tomara notas, so
pena de verle desaparecer. Almorzábamos y cenábamos al aire libre, consumiendo
dátiles y panes traídos por los beduinos que le rendían un auténtico culto. Por la noche,
dormía bajo la tienda del jeque Mohamed, cuyo campamento se desplazaba
continuamente. Caviglia reaparecía a la madrugada, con una energía siempre renovada,
manifestando una pasión igual que la mía por el menor vestigio de la antigüedad
egipcia.
Con aquel hombre aprendí tanto en tres días como en años de estudio en las
bibliotecas. Estaba a la vez triste y contento de librarme de la constante vigilancia de
lady Redgrave. ¿Qué estaría maquinando en mi ausencia? ¿Por qué los perros
guardianes del pacha y de Drovetti, Abdel—Razuk y Moktar, habían desaparecido?
¿Cómo evolucionaban los lazos entre los miembros de nuestra comunidad, privada de
su «general»?
—Le veo muy pensativo, Champollion —observó Caviglia sentándose delante
de mí.
Se estaba poniendo el sol. Bebíamos zumo de algarroba delante de la tienda del
jeque Mohamed.
—Le agradezco su ayuda de todo corazón, pero...
—Pero la soledad le abruma.
—No. Pero debo desempeñar mi cargo ante los miembros de mi expedición.
En el rostro de Caviglia apareció una expresión de repugnancia.
—Vaya pandilla la suya... Bidant es un cura retorcido que sólo desea su ruina.
Rosellini es un negociante, como tantos sabios falsos. L'Hote un bruto que sueña con
heridas y chichones. El profesor Raddi, un iluminado peligroso. En cuanto a lady
Redgrave... Todos le traicionarán, Champollion.
Enrojecí de cólera.
—¡No tiene derecho a hablar de ese modo!
—¿Ha encontrado la tarjeta del rey Ounis?
Su pregunta me pilló desprevenido.
—¿Cómo sabe...?
—En Egipto no existe la casualidad, Champollion. Ese signo ha sido sin duda
colocado en su camino... Bonaparte ha vivido una aventura parecida a la suya.
—¿Cuál? —pregunté intrigado.
—Bonaparte entró en la gran pirámide en compañía de su guía. Permaneció
mucho tiempo en el interior. Cuando salió, su palidez era extrema. ¿Qué ha ocurrido?,

57
preguntó su edecán. Nada que pueda explicar, contestó Bonaparte. Sería inútil hablar,
no me creería. Además, he jurado guardar el secreto.
Aquellas revelaciones me sorprendieron. Intenté saber algo más. Pero Caviglia
se mostró inflexible.
—Bonaparte sólo fue un adepto entre otros. Preocúpese de su propio destino,
Champollion. Mis amigos y yo le esperamos desde hace mucho tiempo. La tradición no
se ha perdido, pero sus descubrimientos son esenciales. Nos gustaría trabajar con usted.
Caviglia no abandonaba su severidad natural. Me sentía atraído, pero también
sentía cierto recelo.
—¿Qué quiere de mí?
—Su conocimiento de los jeroglíficos.
—¿Y qué me ofrece a cambio?
—Claves que aún le faltan y el conocimiento de su destino —respondió,
mirando a lo lejos, hacia el desierto—. Usted decide. Acuda esta noche al pie de la
pirámide de peldaños de Saqqara, con la tarjeta de Ounis.
Caviglia se levantó. Creí soñar. ¿Qué significaban esos misterios? Si aquel
hombre no hubiera sido un excavador famoso, le habría tomado por un ilusionista y un
charlatán. Pero la gravedad de sus declaraciones y de su actitud desmentían ese juicio.
—Espere... ¿no me ha enviado usted una carta, a Francia?
Caviglia no se volvió.
—Es muy posible —admitió antes de montar en su caballo y desaparecer en el
sol poniente.
Creo que la única cosa que temo en el mundo es la estupidez humana que puede
hacer fracasar las empresas más nobles. Desde mi más tierna edad, me he enfrentado
con lo desconocido y he intentado aceptar sus retos. El que proponía Caviglia, sin
embargo, me desconcertaba. Exigía un acto de confianza más allá de lo razonable. De lo
único que estaba seguro era de que Caviglia era el autor de una de las dos cartas. Pero
¿de cuál? Si no había querido dar detalles, ¿no era para poder atraerme mejor a una
emboscada?
La llanura de las momias... Saqqara la angustiosa, ¿era mi última etapa en esta
tierra? No me sentía dispuesto a renunciar a esta vida mientras no hubieran concluido
mis investigaciones. La prudencia habría exigido que permaneciese junto a los
miembros de mi expedición. Una imperiosa curiosidad me empujaba a ir montado en
mulo hacia Saqqara sin avisar a nadie. ¿Qué hombre sensato habría rechazado la
posibilidad de conocer su destino y obtener el tesoro que buscaba apasionadamente?
Vi la pirámide de peldaños de Saqqara por primera vez.
Antes, aquella masa algo informe envarada en un montón de arena y de cascajos
no me había impresionado. A la luz de la luna, la vi en su antigua majestuosidad. Tuve
ganas de despejarla con mis manos para devolverle su esplendor.
Me estaba arrodillando cuando una sombra gigantesca se alzó ante mí.

58
9

Los dátiles del desayuno estaban deliciosos. Un viento del norte volvía la
mañana agradable. La vista de las tres pirámides de la planicie de Gizeh creaba el más
inolvidable de los recuerdos. Lady Ophelia Redgrave no tenía hambre. Ya no
encontraba ningún placer en la contemplación. Desde hacía más de una hora, recorría el
desierto a caballo, aventurándose en los campamentos de beduinos más hostiles.
Cuando lady Redgrave regresó a la tienda donde dormían los miembros de la
expedición, vio primero al padre Bidant, bebiendo té con menta, con el breviario al
alcance de la mano. Rosellini estudiaba unos apuntes jeroglíficos, incapaz de
descifrarlos sin la ayuda del Maestro. L'Hote, con el torso desnudo, realizaba unos
ejercicios de calentamiento. El profesor Raddi, indiferente al mundo exterior,
inventariaba unos fragmentos de caliza que examinaba cuidadosamente con una lupa.
Lady Redgrave se apeó y se dirigió a Rosellini.
—¿Ha visto a Solimán?
—No —contestó el italiano.
—¿No hay noticias del jeque Mohamed?
—Ninguna. Según los beduinos, se ha marchado hacia el sur. Y usted, ¿no ha
sabido nada?
Lady Redgrave se mordió el labio.
—Ahora no hay duda de que Champollion ha desaparecido.
Creí que la pirámide de peldaños se abatía sobre mí. Su sombra gigantesca me
envolvió como una mortaja. Me volví súbitamente, sintiendo una presencia detrás de
mí.
Caviglia.
—¿Está dispuesto a seguirme, Champollion?
Asentí.
Caviglia pasó delante de mí. Fuimos a lo largo de la pirámide de peldaños y nos
dirigimos hacia la mitad de la cara norte. La masa de escombros era enorme, subiendo
casi hasta la cima del edificio y arruinando toda perspectiva. Caviglia escaló la muralla
de arena hasta media pendiente, quitó un gran bloque al precio de un esfuerzo
considerable, que duró unos largos minutos, y despejó la entrada de un pasadizo muy
estrecho, apenas suficiente para el paso de un cuerpo.
—Este camino conduce al fondo de los infiernos —declaró—. Como guste,
Champollion.
Ir al centro de una pirámide, ¿existe un regalo más exaltante? Penetré en le
estrecho orificio, seguido por Caviglia, que se ocupó de volver a poner el bloque en su
sitio. La pendiente se reveló muy pronunciada. La bajé sobre la espalda, con la nariz
pegada al techo, progresando, plegando las piernas. Caviglia se mantenía a una buena
distancia, para no chocar conmigo cuando frenaba con mis talones. Me raspé las
pantorrillas y las rodillas, tragué polvo, me golpeé la cabeza, pero me apresuré, ansioso
por contemplar la sepultura del faraón que había construido la primera pirámide.

59
Cuando el aire empezó a faltar, el camino descendiente se ensanchó bruscamente
y se volvió horizontal. En aquellas profundidades reinaba una suave luz azulada que
mitigó las fatigas de la exploración. Pude enderezarme.
Progresando en aquel apartamento funerario donde toda una familia debía estar
reunida, me detuve, maravillado, ante un entrepaño de loza que representaba la carrera
del faraón, con un remo en la mano, durante la fiesta de la regeneración, donde el jefe
de estado, alimentado por la magia divina, recobraba un nuevo poder para desempeñar
mejor su cargo.
—Aquí es donde nació Egipto —afirmó Caviglia—. Esta tumba es la de Djeser,
el primer faraón que ha celebrado la unión de las Dos Tierras. Un día será descubierto.
Se excavará el inmenso terreno que le rodea y de la tierra saldrán obras maestras.
—¿Por qué no se ha revelado ese fabuloso hallazgo al mundo entero?
—Porque le esperábamos, Champollion, y porque todavía no ha llegado el
momento. Le pido que guarde el secreto más absoluto de todo lo que va a ver esta
noche.
—¿Y si me niego?
Caviglia no contestó. Su mirada fue lo bastante elocuente.
—Guarde sus revelaciones en su corazón. Sepa callarse hasta que nosotros
decidamos lo contrario.
—«Nosotros»... ¿de quién está hablando?
—De la cofradía de los Hermanos de Luxor.
Los Hermanos de Luxor. Había oído hablar de ellos, en París, como de una secta
que recoge las enseñanzas de las civilizaciones antiguas, principalmente de la India y
Egipto. La información me pareció tan grotesca que no le había dado la menor
importancia.
—Sabíamos desde siempre que vendría. Uno de nuestros hermanos, Henry Salt,
predijo que un joven francés iba a descubrir de nuevo el secreto de los jeroglíficos.
¡Henry Salt, cónsul general de Gran Bretaña en Egipto, miembro de la cofradía!
—He pasado muchos años explorando las pirámides y la esfinge y descubriendo
los pasadizos subterráneos entre la planicie de Gizeh y el emplazamiento de Saqqara —
prosiguió Caviglia—. Es el camino que tomaremos... cuando se haya vendado los ojos.
—¿Por qué? ¿No se fía de mí?
—Es nuestra norma, Champollion.
—No la acepto.
Todo mi ser se rebelaba contra aquel montaje absurdo.
—Sería un error —dijo Caviglia con tranquilidad—. ¿No habrá olvidado lo que
está en juego?
—Sea más preciso —le desafié con vivacidad.
—Transformarse para ser iniciado al espíritu del antiguo Egipto. Si no adquiere
la mirada justa, sólo será un espectador sin conciencia.
—¿Y usted pretende ofrecerme semejante tesoro?
—¿Yo? ¡Claro que no! Sólo Egipto mismo puede hacerlo... si le juzga digno de
ello.
No comprendía el significado exacto de aquellas palabras, pero la serenidad de
Caviglia me impresionaba mucho. Disimulaba mal mi curiosidad. Aquel hombre, era
evidente, poseía un secreto. ¿Cómo podría olvidar la visión de esos maravillosos
relieves del faraón Djeser? ¿Cómo no creer a un hombre que me había revelado
semejantes maravillas?
—Por última vez, Champollion, le pido el secreto de todo lo que verá, oirá y
vivirá durante esta noche. Sepa hacer uso de ello para descifrar todo Egipto, pero no

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revele la clave que le será ofrecida como a un hermano. Llegará un día en que, como yo
lo hago hoy, tendrá que transmitirla a su sucesor exigiendo el mismo compromiso.
Vacilaba todavía, afinaba diez argumentos, me debatía con mi miedo.
—Lo juro.
—Venga.
Me vendó los ojos con un paño blanco perfumado al jazmín. El olor me subió
pronto a la cabeza. Sentí no permanecer por más tiempo ante las figuras azuladas de
Djeser y me encomendé a la mano que me guiaba en el subterráneo que unía las dos
pirámides. Fui incapaz de calcular el tiempo que duró el trayecto efectuado sobre un
suelo de lo más irregular. La cuesta se volvió de pronto muy empinada. Caviglia me izó
con rudeza. El aire tibio de la noche llenó mis pulmones. Acabábamos de volver al
mundo exterior.
—¿Ha oído hablar del Profeta? —pregunté.
—¿El viejo sabio que trabajaba en el Instituto Egipcio? Claro.
—¿No pretendía haber descubierto el secreto de los jeroglíficos?
—Es cierto —contestó Caviglia— que afirmaba poseer una ciencia perdida.
—¿Por qué no entró en la cofradía?
—íbamos a recibirle poco antes de que usted llegara. Pero su despacho se
incendió.
—Y él mismo falleció en el incendio, ¿no es así?
Caviglia tardó unos segundos en contestarme.
—No han encontrado ningún cuerpo en los escombros humeantes. Algunos
testigos afirman haber visto a Moktar, el intendente de Drovetti, huir por una callejuela
poco después del comienzo del incendio.
Un atentado criminal... El Profeta quería comunicarme unas informaciones
esenciales. Drovetti lo había hecho asesinar para impedir para siempre que me hablara.
—¿Estaría todavía vivo? —me entusiasmé.
—Nadie lo sabe. Han señalado su presencia en Tebas, donde se habría
escondido. Otros pretenden que se ha refugiado en Nubia, lejos de Drovetti y sus
esbirros.
—Si sigue vivo —afirmé, con las mandíbulas crispadas—, le encontraré. Tengo
que encontrarle.
—No puede pasar inadvertido —señaló Caviglia—. El Profeta mide más de dos
metros, tiene una barba blanca muy fina tallada en punta y no se desplaza nunca sin un
gran bastón de acacia con un pomo de oro. Concentre su atención, Champollion.
Seguimos nuestro camino.
El fuego de la esperanza volvía a nacer en mí. Se abrían nuevos caminos. Estaba
dispuesto a luchar.
Caviglia me quitó la venda. Primero distinguí las estrellas y, bajando la mirada,
dos gigantescos bancos de piedra que identifiqué enseguida como las patas de la
esfinge. Volviéndome, comprendí que me encontraba delante del pecho y bajo el
mentón del guardián de la necrópolis.
—Prudencia —exigió Caviglia—. Vamos hasta la gran pirámide.
Así pues, la tumba de Keops era la meta final de aquella extraña expedición, el
lugar donde los Hermanos de Luxor contaban practicar en mí lo que los antiguos
egipcios llamaban «la apertura de la boca y de los ojos». Juntos, caminamos hacia el
inmenso monumento, cuya masa destacaba en las tinieblas.
Un árabe se alzó ante nosotros con un fusil en la mano.
Caviglia se interpuso entre él y yo, pronunciando una sola palabra que no
entendí. El árabe agachó respetuosamente la cabeza.

61
—Vigila —indicó Caviglia—. Su presencia demuestra que no hay ningún
profano por estos parajes.
Ni perros vagabundos, ni merodeadores... Los Hermanos de Luxor estaban
admirablemente organizados, hasta tal punto que podían alejar a cualquier importuno de
la gran pirámide. Siguiendo a Caviglia, penetré en ella con un nudo en la garganta. Tuve
que atravesar una zona de tinieblas antes de distinguir la luz de una antorcha, muy por
encima de mí. Penetré en un estrecho pasadizo donde tuve que avanzar curvado. El aire
me faltó muy pronto. La luz desapareció. Detrás de mí ya no se oía ningún ruido, como
si Caviglia hubiera desaparecido.
Supe instintivamente que no podría retroceder. Avancé entonces con el
convencimiento de que iba a morir asfixiado.
El calor y el polvo se unían para quemar mis pulmones.
Dejé de resistir. Cedí. ¿Para qué oponerse a lo inevitable? ¿Por qué luchar, tratar
de retener lo que tiene que desaparecer, aunque se trate de la propia vida? ¿Morir dentro
de la gran pirámide no es acaso el más fabuloso de los destinos? Mi nerviosismo
desapareció. Me abandoné a los siglos acumulados en aquellas piedras de eternidad,
progresé con tranquilidad, como si aquella ascensión no debiera terminarse nunca. La
luz reapareció en el momento en que salí del estrecho canal para volver a enderezarme y
descubrir una inmensa galería que subía hacia el centro de la pirámide.
Había unas antorchas colocadas en la parte inferior de las paredes, difundiendo
una luz rojiza de donde parecían nacer los gigantescos bloques de granito. Tuve la
sensación de encontrarme a la vez en el centro de la tierra y en medio del cielo, en un
espacio desconocido, en un tiempo que ya no era el de los hombres.
Caviglia posó su mano sobre mi hombro izquierdo.
—La última etapa, Champollion.
El camino me pareció más fácil, casi cómodo. Había que concentrarse, desde
luego, para trepar por el suelo de piedras lisas, pero de aquella galería emanaba una
energía que atraía hacia arriba, haciendo que el cuerpo pesara menos. Aquel lugar era un
paso fulgurante hacia el universo de los dioses. Purificaba de lo inútil y de lo artificial.
Paso a paso, salía de una ganga de la cual no había sido consciente hasta ahora.
Después de haber franqueado un umbral que exigió una gran zancada, penetré en
la cámara del sarcófago. Estaba iluminada por un solo candelabro, parecido a los que
utilizaban los antiguos. La mecha no producía humo alguno. Al fondo de aquel
santuario me esperaban ocho hombres cuyos rostros permanecían en la sombra. Al
acercarme reconocí a Anastasy, que me había ayudado en El Cairo, y a mi sirviente
Solimán. Los demás, todos vestidos al estilo turco, pero perteneciendo a naciones
diferentes, me eran desconocidos. Me habría gustado hablarles, hacerles preguntas, pero
Anastasy no me dejó tiempo para ello.
—Entre en el sarcófago —ordenó.
La cuba funeraria del faraón Keops había sido tallada en un solo bloque. Nunca
se había encontrado ningún rastro de la tapa. Pasando por encima del sarcófago más
venerable de Egipto, por la parte de la rotura, me introduje en él y me tumbé sobre la
espalda. Instintivamente, crucé los brazos sobre el pecho, como un Osiris.
Una maravillosa sensación de calor se difundió en mi columna vertebral. No era
el reposo de la muerte lo que reinaba en aquella cuba, sino el resplandor mismo de la
vida. Cerrando los ojos para apreciar mejor aquel placer inaudito que tenía el gusto de
una resurrección, oí la voz profunda de Anastasy salmodiar una especie de ritual.
—Este sarcófago nunca estuvo cerrado —dijo—. Jamás se colocó ninguna tapa.
Es en esta cámara de las metamorfosis donde nuestros Hermanos, desde la época del rey
Keops, han sido regenerados. Es aquí, en el centro del mundo, donde la luz del interior

62
ha venido a iluminar su destino. Bienvenido entre nosotros, Jean-François Champollion.
Pasará la noche en este sarcófago. Lo que usted pida a esta pirámide, ella se lo dará.
La luz de la única antorcha desapareció. Ya no era dueño de mí mismo, me dejé
invadir por unas visiones. Tot con cabeza de ibis, el maestro de los sabios y de los
escribas, y Anubis con cabeza de chacal, el que abre los caminos del otro mundo,
quitaron un velo que cubría unas columnas de jeroglíficos azul—verde adornando el
panteón de una pirámide. Empecé a descifrar, aplicando las bases de mi método. Tot
corregía cada uno de mis errores, colmaba mis lagunas. Así es como comprendí el
último destino del faraón, sus continuas transmutaciones en el cielo de los justos, sus
viajes en los espacios cósmicos, su fusión con la luz del sol de la cual provenía. Pasé del
otro lado de la vida, jurándome que devolvería a los dioses lo que me habían dado2.
¡Conque las pirámides hablaban! Lo que había leído aquella noche tal vez existía
realmente en alguna parte, en algún lugar que sería descubierto por excavadores...3
Perdí la noción del tiempo. ¿Así era como uno se convertía en Osiris en vida?
¿Así era como uno conocía el poder divino, tumbado en el fondo de un sarcófago, con
los ojos abiertos sobre un cielo de piedra?

—La policía del pacha está avisada —anunció lady Redgrave con el rostro
sombrío.
Al pie de la pirámide de Keops, en pleno día, la comunidad del general
desaparecido zozobraba poco a poco en la preocupación. Hasta el profesor Raddi se dio
cuenta de que había ocurrido algo fuera de lo normal.
—¡Miren! —exclamó L'Hote, viendo a Solimán acercarse a la gran tienda,
empujando a un burro cargado de racimos de dátiles.
Rosellini, con el rostro hundido por una noche en blanco, corrió al encuentro del
sirviente.
—¿Sabe dónde se encuentra Champollion? —preguntó el italiano con
agresividad.
—Sólo tiene que levantar la vista —respondió tranquilamente Solimán.
Todos acompañaron la mirada del sirviente para descubrir, en la cima de la gran
pirámide, la silueta de Jean-François Champollion sumergida en la luz del dios Ra.

2
Champollion mantuvo su palabra, consiguiendo redactar, durante los pocos años que
le quedaban por vivir, la primera gramática y el primer diccionario de los jeroglíficos, obras
colosales, que difícilmente puede imaginarse que hayan sido concebidas y realizadas por un
solo hombre.
3
Champollion estaba en lo cierto. La pirámide del rey Ounis, último rey de la V dinastía,
y varias pirámides de reyes y reinas de la VI dinastía, contienen efectivamente textos religiosos
de gran importancia. El gran Mariette no creía en la realidad de esas pirámides de textos, de
cuya existencia se enteró ya en su lecho de muerte.

63
10

Fue el desayuno más soleado de mi vida, en la cima de la pirámide de Keops,


amplia plataforma donde habrían cabido más de cuarenta personas. En su centro, un
montón informe de grandes bloques, una especie de piramidión en ruinas de pequeña
superficie. Allí se reunieron conmigo lady Redgrave, excelente alpinista, Néstor l'Hote,
Rosellini y Solimán, trayendo tortas de miel y agua fresca. El padre Bidant se había
negado a escalar un edificio que consideraba prácticamente satánico. En cuanto al
profesor Raddi, se dedicaba al estudio de un fragmento de caliza cuyo carácter
excepcional sólo él apreciaba.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó lady Redgrave—. ¿Dónde desapareció?
Vestida completamente de blanco, con la cabeza cubierta con un chal que apenas
dejaba ver sus ojos, la espía británica me pareció una temible acusadora, decidida a
saberlo todo.
—Yo no desaparecí. Estaba trabajando con Caviglia en unos emplazamientos
que sólo quiso revelarme a mí.
—¿Cuáles?
—La llanura de los muertos de Saqqara y sus inmediaciones.
—Creía que aborrecía ese lugar —observó Rosellini con tono desabrido.
—Caviglia me ha hecho cambiar de opinión.
—Debería desconfiar de ese hombre —dijo L'Hote, levantando ampolla—.
Intentará sacarnos dinero, estoy seguro.
—No tiene nada que temer, Néstor. No volverán a ver a Caviglia y no les
causará ningún perjuicio.
Aquella revelación dejó a mis compañeros perplejos.
—¿Significa eso...? —se angustió Rosellini.
—Caviglia se ha marchado de Egipto —expliqué—. Piensa que su misión de
excavador ha terminado y que nuestra expedición abre una nueva era para el
conocimiento de los antiguos. Nos desea suerte y me ha pedido que vayamos lo antes
posible hacia el sur, hacia el centro de Nubia. Según él, este país se deteriora cada día
más. Los monumentos estarían en grave peligro.
—¡Entonces, no nos eternicemos! —declaró L'Hote, que uniendo la acción a la
palabra tiró al vacío su última torta de miel y empezó a descender.
—¡Le sigo! —anunció Rosellini, nervioso.
Solimán, tras solicitar mi permiso, hizo lo mismo. Todos parecíamos contentos
de ir a buscar un poco de sombra al pie de la gran pirámide. Lady Redgrave me cerró el
paso.
—No creo ni una palabra de sus cuentos para niños —afirmó acaloradamente—.
Nos ha dejado plantados, con la ayuda de los beduinos, para poner a punto su propio
tráfico de antigüedades. Caviglia sólo es un comparsa. ¿Acaso no ha pasado la mayor
parte de su escapada en compañía del cónsul general Drovetti, lejos de miradas
indiscretas?
Aquellas acusaciones eran tan asombrosas que me dejaron sin aliento.
—¡He acertado! —insistió ella, triunfante—. ¡El gran, el noble Champollion
sólo es un saqueador como los demás!

64
—Señora —pude por fin contestar con una voz temblorosa—, se equivoca.
Animada por la cólera, se quitó su chal. A la luz del mediodía, su rostro
irradiaba una pureza que sólo había visto en las esposas de los faraones.
—¿Se atrevería a jurarlo sobre lo que más quiere? ¿Sobre su Egipto?
—En antiguo egipcio, juramento se dice «vida»... ¿Me permite jurar sobre lo que
hoy considero como el bien más precioso, la vida de los que forman esta expedición?
Mi propuesta la turbó.
—Dejemos este juego, señor Champollion. Acabará por confesarme toda la
verdad, si es que me aprecia un poco.
La tigresa se volvía zalamera, la temible leona Sekhmet se transformaba en
dulce gatita Bastet. Ningún hombre, decían los antiguos, podía resistirse a su encanto.
—Puede que le aprecie mucho... pero he prometido guardar el secreto.
Cediendo a un impulso que me sorprendió a mí mismo, la tomé entre mis brazos.
Nuestras caras estaban tan cerca que nuestros labios casi se tocaban. Su piel, perfumada
al jazmín, era de una finura deliciosa. Su mirada, indescifrable, permanecía lejana.
—No me quiere, lady Ophelia, me espía...
—¡Insensato! —exclamó, liberándose.

Cuando llegué al pie de la pirámide de Keops, me esperaba una desagradable


sorpresa. Abdel—Razuk, el chauz del pacha, estaba acompañado de una decena de
soldados turcos. Detrás de ellos, Moktar, el instrumento ciego de Drovetti, con una vaga
sonrisa en los labios.
Abdel—Razuk vino hacia mí.
—He recibido instrucciones del pacha, señor Champollion. Le ruego que me
siga.
—¿Por qué motivo?
—Lo ignoro.
—¿Está aquí su alteza?
Abdel—Razuk permaneció mudo. Lady Redgrave y mis compañeros se
mantenían apartados por unos jinetes con el sable desenvainado.
—Le ruego que me siga inmediatamente —pidió Abdel—Razuk.
Oponerse a la fuerza armada me pareció irrisorio. Mi escapada de tres días ya
había causado suficiente escándalo para importunar al amo de Egipto. Tenía que
responder de mi falta ante él y ganarme de nuevo su apoyo.
Me instalaron sobre un camello, lo cual era ciertamente incómodo, pero intenté
ocupar aquella posición con dignidad durante dos largas horas que nos llevaron hasta un
palacio rodeado de palmeras, en las inmediaciones de El Cairo. Una vez que pasamos la
hilera de árboles, descubrí un jardín poblado de acacias y de cenadores cargados de
rosas. Cerca de la entrada, un pequeño pabellón de mármol, al pie de un estanque cuya
superficie estaba cubierta de nenúfares. A la sombra de un eucalipto, dos jardineros
dormidos. El palacio comprendía dos cuerpos de edificio unidos por un arco. El primero
tenía una larga fachada adornada con ventanas enrejadas y celosías árabes. Un portero
vigilaba el acceso. Nos saludamos, cada uno tocándose con la mano derecha la frente, la
boca y el pecho para dar a entender al otro que pensamiento, palabra y corazón le
pertenecían. Precedido por Abdel—Razuk y Moktar, entré en una sala de columnas que
daba a un patio a cielo abierto cuyo centro estaba ocupado por una fuente. El lugar era
deliciosamente fresco. El suelo, formado por un mosaico de mármol, apenas reflejaba la
luz. Sentado en un diván, el amo del lugar se dedicaba al delicado arte de la acuarela.
Se volvió hacia mí.
—Bienvenido, Champollion.

65
No era el pacha sino el cónsul general de Francia, Drovetti.
—Se ha vuelto todo lo turco que uno puede ser —declaró examinándome.
—He seguido su ejemplo—contesté.
Con nuestros turbantes, nuestras barbas, nuestra tez morena y nuestros
pantalones bombachos, estábamos muy lejos de las brumas de Europa.
—Gracias por venir tan pronto, Champollion.
—No me ha dejado elección...
Moktar dio unas palmadas, desencadenando un baile de sirvientes que trajeron
golosinas y bebidas. Me quedé de pie, rehusando la invitación a acomodarme en los
cojines.
—Soy su amigo, Champollion.
—En ese caso, ¿por qué la policía del pacha?
—Para protegerle.
Drovetti sirvió él mismo el té con menta en unas tazas de porcelana.
—Alterna con gente peligrosa, Champollion. Pueden abusar de su generosidad.
Me he enterado de que Caviglia intentó sacarle fondos que pertenecen a Francia.
—Su informadora no le ha informado bien. No escuche tanto a lady Redgrave,
señor cónsul.
Drovetti enrojeció de cólera.
—¡Sus insinuaciones son estúpidas!
—Me alegro. Errar es humano. Entonces confiaré de nuevo en lady Redgrave.
Drovetti me desafió con la mirada, bebió un poco de té.
—Caviglia pertenece a una sociedad secreta donde se reúnen conspiradores. El
pacha y yo mismo estamos decididos a extirpar esa lepra de Egipto. Esos activistas
serán expulsados... así como sus simpatizantes.
—Me importa poco—dije, indiferente.
Drovetti se sorprendió.
—¿No ha estado con ese Caviglia?
—Sí. Me ha hecho visitar los terrenos de excavaciones que le concedió el pacha.
—¿Niega usted haber desaparecido tres días en su compañía y haber estado con
sus compañeros?
—¿Desaparecido? ¡Cuánta novelería, señor cónsul! Mi actividad fue
estrictamente arqueológica, tengo un testigo privilegiado: el jeque Mohamed, que es,
según creo, un amigo y un protegido del pacha.
Puse cuidado en hacer hincapié en mis últimas palabras. El rostro cerrado de
Drovetti me demostró que las precauciones que había tomado se revelaban excelentes.
Esta vez, la intervención de lady Redgrave resultaba del todo ineficaz. Comprendí por
qué, temiendo a la policía del pacha y la milicia de Drovetti, los Hermanos de Luxor se
habían dispersado, haciendo desde ahora recaer sobre mí el peso de su misión. Yo era
ahora el hombre encargado de descubrir y de transmitir los secretos de los antiguos
egipcios, uniendo las revelaciones de la cofradía y mi conocimiento de los jeroglíficos.
Es posible que Drovetti leyera mis pensamientos. Sintió la intensidad de mi
determinación.
—Podrían considerarle como un conspirador, Champollion. ¡Podría, con su
comportamiento, amenazar la autoridad del pacha!
Moktar parecía estar dispuesto a agarrotarme y arrojarme al fondo de un
calabozo.
—No lo creo. Sólo me interesa la labor que me ha sido confiada por el rey, y que
ha sido aprobada por el pacha y por usted mismo: descubrir el antiguo Egipto y darlo a

66
conocer al mundo entero. Iré directamente para conseguirlo, cualesquiera que sean los
obstáculos y las susceptibilidades.
Drovetti volvió a animarse.
—¡Susceptibilidades! Aprecia muy mal los riesgos que corre. ¡Cumplir su
cometido, sea! Pero no perturbe el orden que reina en este país. No ponga en tela de
juicio los intereses de quienes lo conservan.
El tono se había vuelto áspero. Mi «protector» dominaba mal su irritación.
—Ésa no es mi intención —aseguré—, siempre y cuando estos intereses no
molesten mi trabajo.
Con una palmada nerviosa, Drovetti ordenó a Moktar y a Abdel—Razuk que
salieran. Su expresión se suavizó enseguida.
—¿Qué le parece este palacio, Champollion?
La pregunta me sorprendió un poco.
—Es magnífico... un palacio de las mil y una noches. Me recuerda el Oriente de
ensueño que descubrí en los cuentos que leía a escondidas en el liceo.
—Un sitio encantador, es cierto... ¡Se lo ofrezco! Quédese aquí el tiempo que
desee. Instale a sus compañeros. Lady Red—grave apreciará este lujo que irá mejor con
su belleza que unos barcos equívocos y unas rutas polvorientas. Además...
La mirada de Drovetti se tiñó de una inteligencia cómplice.
—Podría garantizar sin dificultad su informe científico e incluso nutrirlo
abundantemente. Poseo aquí algunos manuscritos de viajeros que le han precedido. Le
bastará con recopiarlos. En cuanto a las antigüedades, no tiene nada que temer. Me
encargo de proporcionárselas para su museo del Louvre. ¿Le conviene este arreglo,
Champollion?
Reflexioné en voz alta.
—¿Quién rechazaría una oferta tan tentadora?
Drovetti se sosegó por fin. Una satisfacción rapaz iluminó su cara.
—Ya es usted razonable. Tiene la madera de un gran hombre, Champollion. La
fortuna le sonreirá.
Di media vuelta dispuesto a marcharme. Pasmado, Drovetti se levantó.
—Pero... ¿adonde va?
Volviéndome, le miré serenamente.
—A seguir mi viaje, por supuesto.

Era de noche cuando entramos en la ciudad de Minieh, donde el mercado, a la


luz de las antorchas, todavía estaba animado. Pasamos delante de una hilandería de
algodón donde trabajaban mujeres y niños, inclinados sobre unas madejas. Aquel
espectáculo me apenó.
—El pacha —explicó Solimán, justo detrás de mí— sólo se respeta a sí mismo.
Un adolescente, con la mirada extraviada, salió corriendo de una callejuela.
Chocó de lleno con el profesor Raddi, que pensaba en las musarañas, y tropezó con lady
Redgrave, cayendo con ella en el polvo. Inmediatamente aparecieron unos turcos
furiosos empuñando armas. Vacilaron un momento, localizaron al chico que se
levantaba con dificultad y lo agarraron por el cuello de la camisa. Dio un alarido de
pavor. Uno de los turcos le cortó la mano derecha de un sablazo. La sangre salpicó a
Néstor l'Hote, que se quedó petrificado antes de vomitar contra un muro.
Un puño de acero me agarró el brazo.
—No intervenga, hermano —recomendó Solimán—. Ya no puede hacer nada
por él. Ha intentado escapar de los soldados que querían reclutarle en el ejército del
sultán. Ahora sólo es un traidor y un rebelde.

67
Lady Redgrave, todavía aturdida, no había visto nada de aquella horrible escena.
El padre Bidant la levantó, mientras Solimán echaba agua sobre la frente del profesor
Raddi, medio inconsciente. Rosellini, disgustado, miraba un cortejo de mujeres con
velo, llorosas, seguir a los soldados que se llevaban al desertor.
El suelo bebía ya la sangre. Un perro vagabundo la lamía.
—El sultán es un hombre cruel —dijo Solimán en voz baja—. Su poder nació
con el crimen, el 1 de mayo de 1811, cuando invitó a los señores locales, los beis, al
interior de la ciudadela de El Cairo. Vinieron luciendo trajes suntuosos, montando sus
más bellos caballos, adornados con piedras preciosas. Para acceder a la ciudadela,
tuvieron que pasar por estrechas callejuelas. Aquello fue una masacre. Los matones del
sultán, los albaneses, dispararon sobre los desdichados invitados desde unas ventanas
estrechas. La carnicería duró media hora. Dicen que sólo hubo un superviviente que se
atrevió a saltar a caballo por encima del parapeto de la ciudadela y que huyó para
siempre al desierto, enloquecido. Los mamelucos, considerados como enemigos, fueron
degollados en sus casas. Así, Mehmet-Alí se convirtió en el único amo de Egipto.
—Vayámonos de aquí —exigí.
Rosellini protestó.
—Deberíamos descansar y cenar.
Me negué rotundamente. Tenía prisa por irme de Minieh y llegar al próximo
emplazamiento que teníamos que explorar. Ver de nuevo el arte de los antiguos egipcios
era el único modo de olvidar el drama que acabábamos de vivir.
—Beni—Hassan —indicó Rosellini, gruñón—. No hay nada apasionante que
estudiar. Media jornada bastará. Sobre todo si tiene prisa por entrar en Nubia.
Apenas subimos a los dos barcos, sufrimos un violento golpe de viento.
Impedí que lady Redgrave se tambaleara.
—No lo necesito... Usted no estaba a mi lado antes, cuando...
—Perdóneme. He olvidado mis deberes hacia usted.
Su nerviosismo pareció calmarse.
—¿Sería usted un poco humano, señor Champollion? ¿Sentiría otros afectos que
los de las viejas piedras?
Seguramente le habría abofeteado si no me hubiera ablandado la dulzura de sus
ojos verde claro que parecían limpios de toda perfidia.
—¿Es que no comprende, lady Ophelia...?
Con una mirada, me indicó Rosellini que nos observaba.
—Cállese y reflexione. ¿Está seguro de que aquel desdichado no corría hacia
usted para comunicarle un mensaje?

68
11

La borrasca nos empujó con tanta fuerza que llegamos alrededor de medianoche
a Beni—Hassan. Sucumbiendo al cansancio, nos concedimos unas horas de sueño. Poco
antes del amanecer, desperté a Rosellini para enviarle a explorar el acantilado donde se
distinguían las entradas de las tumbas. Volvió menos de una hora después,
decepcionado.
—Son simples grutas —declaró—. No hay nada que sacar de ahí. Marchémonos.
¿Cómo no confiar en un colega tan escrupuloso? Beni—Hassan, ciertamente, no
había dejado un gran recuerdo en la memoria de los viajeros que habían pasado por allí.
—Escuchemos a Ippolito —recomendó lady Redgrave—, que acababa de
levantarse y cuyo cabello suelto bailaba al viento.
Vacilé. Por una parte, ir hacia Tebas y el gran sur lo antes posible seguía siendo
el objetivo de mi misión. Por otra, un extraño presentimiento me ordenaba no abandonar
aquel emplazamiento sin haberle echado una ojeada.
—Déjeme pensar.
Bajé a la orilla. El amanecer era de una suavidad que tenía un gusto de eternidad.
Apenas había dado unos pasos cuando una mano se agarró a mi pierna derecha.
Bajé rápidamente la vista y descubrí una niña, que llevaba un largo vestido azul
manchado de barro.
—Te esperan —dijo con una voz gangosa—. ¡Te esperan!
Intenté retenerla para pedirle explicaciones, pero, rápida como un felino, escapó
corriendo y se perdió en la vegetación abundante que ocultaba un canal.
¿Sería el famoso mensaje? ¿Deberían aquellas palabras conducirme hacia algún
descubrimiento esencial? Volví a subir a bordo, pensativo.
—Sería absurdo no examinar rápidamente esas tumbas —dije a Rosellini—. Voy
allí. No tardaré mucho.
¡Qué felicidad constantemente renovada, la de andar en la arena del desierto!
Cruje bajo los pies, ondula a la menor caricia del viento, forma un cuerpo flexible,
siempre cambiante y semejante a sí mismo.
Había salido el sol. Había que subir hacia las grutas excavadas en el acantilado.
Sentí que me atraía de un modo irresistible.
Un rebaño de cabras surgió delante mío, unas blancas, otras negras. Ninguna se
mostró agresiva. Sentado en un bloque, en la entrada de una tumba, su guardián dormía
profundamente. Acurrucada contra él, su joven amiga sin velo y adormilada.
¡Cuál no fue mi sorpresa cuando tras penetrar en una de aquellas grutas sagradas
descubrí un espacio bastante amplio, poblado de columnas admirables, entre las cuales
algunas, sin duda, eran del dórico primitivo! Así pues tenía la prueba de que Grecia no
le había enseñado nada a Egipto sino que, al contrario, se habían inspirado en él.
Acercándome a una pared, distinguí una inscripción hecha con tiza, trazada
apresuradamente: «1800, 3.er Regimiento de Dragones». Con tinta negra, añadí debajo
de la huella de mi propio paso: «JFC 1828». Estaba acabando aquel modesto trabajo
cuando mi mirada, acostumbrada a la penumbra, creyó distinguir unas figuras de lo más
sorprendentes.

69
Esperanzado, corrí hasta el barco, empujé a Rosellini, que estaba comprando
unas figurillas a un fellah, salté sobre el puente y me apoderé de una esponja que un
marinero, dormido contra un cordaje, había dejado a su lado.
De nuevo en la tumba, mojé delicadamente una parte de la pared, quitando muy
despacio la costra de polvo que la cubría.
¡Pinturas! Maravillosas pinturas... Habiendo acudido mis compañeros para
conocer la causa de mi entusiasmo, nos pusimos manos a la obra. Gracias a nuestras
escaleras y a la admirable esponja, la más bella conquista de la industria humana,
descubrimos una serie muy antigua de figuras relativas a la vida civil, a las artes, a los
oficios, a la casta militar.
El Egipto cotidiano resucitaba ante nuestros ojos. Los soldados de hace cuatro
mil años volvían a desfilar con paso alegre, pensando en los festines más que en la
guerra. Los carpinteros tallaban sillas, camas, cofres; los orfebres preparaban joyas para
los dioses. El pueblo de los artesanos trabajaba al compás de las órdenes salmodiadas
por los contramaestres. Y ahí surgía el desierto, con liebres, chacales, hienas y gacelas.
Estuve tomando notas y haciendo croquis durante horas, sin sentir ningún
cansancio. L'Hote y Rosellini se habían puesto a trabajar. A mediodía, Solimán nos trajo
un almuerzo que consistía en pequeños trozos de cordero, un cuenco de leche agriada
para empapar en ella la carne, y unas sandías. Lady Redgrave nos hizo una breve visita
al principio de la tarde. Le comenté las figuras resucitadas por la esponja y le leí las
inscripciones que incitaban a los artesanos a transformar la materia bruta para volverla
bella y armoniosa. Me escuchó en silencio, y luego volvió a la luz del mundo exterior
donde el profesor Raddi utilizaba la fuerza muscular del padre Bidant para transportar
pequeños bloques hasta su camarote.
Fue en el fondo del cuenco de leche donde encontré un pequeño fragmento de
caliza sobre el cual había una inscripción grabada en árabe: «No vaya a Tebas. Allí sólo
le espera la muerte. Ha mostrado su valor. Ya han sufrido demasiados inocentes».
Pisoteé el modesto fragmento, convirtiéndolo en polvo. ¿De quién provenía
aquel mensaje? ¿De mis amigos o de mis adversarios? ¿Intentaban desanimarme o
ponerme en guardia?
Tomé una decisión: no confiarme a nadie.
Al anochecer, L'Hote, agotado, dejó su cálamo y su cuaderno de croquis.
—Es suficiente —dijo—. Aquí hay demasiado que hacer. Sólo habíamos
previsto media jornada...
Rosellini, molesto, dejó de copiar las inscripciones.
—Eso creía, de buena fe.
—Nos quedaremos el tiempo que haga falta —indiqué firmemente, aceptando yo
también descansar un poco.
Salimos. Desde el elegante pórtico de la tumba de un monarca llamado
Khnoumhotep, descubrimos una magnífica llanura, en parte reverdeciente y en parte
inundada. El conjunto estaba dorado por los últimos rayos de sol, anunciando las
tinieblas cercanas. Regresamos al barco para cenar cuando ya era noche cerrada.
Beni—Hassan nos llevó catorce días, durante los cuales no dirigí la palabra a
nadie, demasiado ocupado dialogando con los viejos egipcios que cada vez me parecían
más vivos a través de las imágenes eternas que habían dejado de ellos mismos. Néstor
l’Hote, pronto cansado de aquella estancia demasiado estudiosa, protestó en varias
ocasiones. Rosellini se unió discretamente a sus protestas, argumentando que lady
Redgrave, confinada en su camarote, se estaba poniendo de un humor insoportable. Pero
ninguno de ellos, a decir verdad, había encontrado motivo suficiente para alejarme de

70
aquellas tumbas donde el esplendor de una vida para siempre presente me alimentaba el
corazón.
Fue Solimán quien, con unas pocas palabras, provocó nuestra marcha.
—No olvide sus compromisos —me recordó—. Ha prometido ir lo antes posible
a la Alta Nubia.

El 7 de noviembre fue una jornada muy triste, justificando las inquietudes de los
Hermanos de Luxor acerca del estado del país y lo poco que se preocupaban las
autoridades por los monumentos antiguos.
Yo esperaba mucho del Achmounein faraónico, la Hermopolis Magna de los
griegos, la ciudad del dios Tot, maestro de los escribas y creador de los jeroglíficos.
Pensaba que tal vez allí obtendría importantes confirmaciones de mi sistema de
desciframiento, levantando así un nuevo pico del velo.
La decepción fue enorme. La ciudad sagrada sólo era ruinas y escombros de
columnas.
Lleno de rabia, decidí proseguir el camino, incapaz de soportar por más tiempo
aquella desolación. Una angustia me oprimía el corazón. ¿Y si todo el sur de Egipto se
encontraba en el mismo estado? ¿Y si la locura y la ignorancia humana habían logrado
destruir el testimonio más prodigioso que jamás haya legado una civilización?
Un grito de terror de lady Redgrave me sacó de aquellas tristes meditaciones.
Petrificada de horror, se encontraba en la parte delantera del barco, con las
manos apretadas a la altura de su cara, contemplando un espectáculo de lo más insólito:
frente a ella, un hombre joven, totalmente desnudo y chorreando agua, le sonreía de
oreja a oreja.
Pensé que no corría ningún peligro grave y por lo tanto no pedí ayuda para
socorrerla.
—¿Qué ocurre?
—Ha... ha nadado hasta el barco —explicó lady Redgrave—, ha subido a bordo
con una agilidad increíble y se ha dirigido a mí en una lengua desconocida. ¡Reténgale,
señor Champollion!
Me interpuse entre el hombre y la dama. La lengua desconocida, en la que se
expresaba jovialmente, no era sino un dialecto copto. Le contesté utilizándolo
igualmente, para gran satisfacción suya.
—¿Qué desea? —se inquietó lady Ophelia, escondiéndose detrás de mi hombro.
—Es un monje copto. Le gustaría recibir una limosna.
Para apoyar mejor su petición, el religioso desnudo tendió hacia lady Ophelia un
poderoso brazo derecho donde tenía tatuada una cruz azul.
—¡Que coja esto y se vaya! —soltó irritada, ofreciéndole una moneda de plata.
El monje se apoderó prestamente del tesoro, puso la moneda en su boca, nos dio
la espalda sin más ni más y se tiró al agua de cabeza.
—¡Se va a ahogar!
Lady Redgrave se inclinó, preocupada. La cabeza del monje reapareció pronto
en medio del Nilo. Ejecutó una especie de voltereta y desapareció, regresando a su
claustro.
—Este país es increíble —murmuró lady Redgrave.
—Maravillosa comarca —dije—, donde los monjes no tienen nada que ocultar.
No supe si la mirada de la hermosa británica era de odio o de diversión. Pero
percibí una especie de complicidad. Haber visto a un monje desnudo en la tierra donde
nació el cristianismo crea lazos.

71
Las ruinas de la ciudad de Antinoe me sumieron de nuevo en la desesperación.
Una espantosa serie de montículos, escombros, fragmentos de cerámica, columnas de
granito destrozadas... y, sentado bajo una palmera, un copto en una estera raída, con un
cálamo en la mano.
Le saludé con todo el respeto que su rango se merecía. Agresivo, farfulló una
respuesta tan confusa que tuve que recurrir a Solimán para aclarar las exigencias de
aquel escriba moderno. Reclamaba nada menos que un fuerte impuesto en nombre del
sultán. Le pregunté dónde habían ido a parar los monumentos que sin duda estaba
encargado de vigilar. Con un cinismo que me hizo hervir la sangre, explicó que el sultán
había ordenado destruir los edificios antiguos para alimentar las caleras cuyo desarrollo
le importaba más que nada. Si Solimán no hubiera estado allí, habría estrangulado a
aquel bandido al servicio de un mal amo. Por haber contemplado los sufrimientos de
Antinoe desaparecida, tuvimos que pagar el impuesto por el cual nos dieron un recibo.
El padre Bidant, secándose la frente, acudió a mi lado.
—Este país solamente es desolación —susurró—. Está entre las manos de los
infieles. Esta expedición es un fracaso, Champollion. No corresponde a sus sueños. No
enseñará nada al mundo sabio y sólo puede suscitar la reprobación del Señor. Avéngase
a razones y volvamos a El Cairo. Odio estos campos piojosos y malolientes.
Rosellini empujó al sacerdote sin disculparse, de lo excitado que estaba.
—¡Maestro, venga a ver!
Detrás de mi discípulo, cuatro fellahs sostenían una cabeza de granito. Un
maravilloso retrato de Ramsés.
—La he adquirido por siete piastras —declaró orgullosamente Rosellini.
Una obra maestra, ciertamente. Pero una obra maestra dolorosa. Una cabeza
arrancada a un cuerpo, el fruto de una destrucción a la cual añadíamos el saqueo.
Abandonarla aquí sería ofrecérsela a otros saqueadores. Avergonzado, di la orden de
que la llevaran al barco y se añadieran unas piastras para el transporte.
—Me comería una torta —declaró el profesor Raddi, saliendo de pronto de sus
sueños e interrumpiendo el estudio de sus queridas piedras.
El mineralogista, que llevaba su eterno traje de Nankin, se fue brincando hacia el
pueblo situado a la orilla del agua, bajo las palmeras datileras.
—¡Espere un momento! —le imploré en vano.
Raddi ignoraba el árabe. Tuve que ir tras él.
Me saludaron, a su manera, los balidos de unas cabras y los rebuznos de unos
burros. El sol lustraba las altísimas palmeras con resplandores dorados, ahogando en su
luz las colinas del desierto. Cuando pasó Raddi, unas mujeres vestidas de negro entraron
rápidamente en sus miserables viviendas. Unos chiquillos desnudos siguieron jugando
en el polvo como si no existiéramos.
—¿Dónde está la posada? —se quejó Raddi, yendo de un lado a otro, como
perdido.
Saliendo de la aldea diminuta sin darse cuenta siquiera, el mineralogista
descubrió estupefacto esas máquinas de sacar agua que llaman chadoufs, superpuestas
de tres en tres. Gracias a un sistema rudimentario de contrapeso, los tres primeros cubos
extraen el agua de un canal y la vierten en un depósito, hasta el tercio del talud; los tres
siguientes la suben a otro depósito; los tres últimos la distribuyen en las acequias de
irrigación que aportan la vida a los campos. Gracias a un esfuerzo siempre renovado,
pero limitado, los resultados son notables. Esos nueve chadoufs estaban escalonados y
unidos entre sí mediante unos postes; un niño estaba sobre uno de ellos, ayudándose con
un palo que le servía de punto de apoyo y le aseguraba su equilibrio.
—¡Agua, por fin! —exclamó el profesor.

72
—¡No avance más! —grité.
Conseguí por fin alcanzarle cuando abordó la plataforma de tierra en la que
estaban colocados los chadoufs. Como me temía, resbaló sobre la tierra húmeda y cayó
hacia delante. Los campesinos, patidifusos, se inmovilizaron. El pesado corpachón de
Raddi bajaba el primer talud. Patiné yo también y pude agarrarle por una manga. Por
fin, consciente del peligro que corría, no se debatió.
Lo estaba trayendo de nuevo hacia mí cuando, atónito, vi cómo se precipitaba
hacia mi cabeza una pesada vasija de barro que se había soltado de su cuerda.

73
12

¿Soy el más feliz de los hombres? Heme aquí en el centro del viejo Egipto. Sus
mayores maravillas están sólo a unas toesas de mi barco. De momento me encuentro en
la más extraña de todas.
¡Tell el—Amarna! La ciudad del faraón herético, Akenatón, el apóstol del sol
divino. Mis compañeros y yo mismo estamos instalados en su palacio devastado, cuyos
vestigios están abandonados al viento de arena. Cada uno se ha sentado sobre un bloque
o un fragmento de muro. Se ha formado un círculo silencioso a mi alrededor. Hace
horas que no tomo la palabra.
Lady Ophelia Redgrave, envuelta en una tela de algodón holgada, se saciaba de
luz. Ippolito Rosellini dibujaba. Néstor l'Hote, armado con un pico, excavaba
negligentemente a sus pies. El profesor Raddi examinaba un trozo de caliza. El padre
Bidant recitaba su rosario. Moktar y Solimán se mantenían apartados, armados con
fusiles. A menudo recorrida por bandas de saqueadores, la región no era segura.
Al descubrir las estelas fronterizas que delimitaban el territorio sagrado de Tell
el—Amarna, me quedé estupefacto ante las representaciones de Akenatón y de los
demás miembros de su familia, con los cráneos alargados, los vientres hinchados, las
formas estiradas. También eran unos curiosos símbolos aquellos rayos solares acabados
en manos que ofrecían a los soberanos el signo de la vida.
Aquí reinaba el perfume de un mundo desgarrado, a punto de caer en el olvido
pero regenerado cada día por el poderoso dios sol que hacía renacer el palacio adornado
con flores, las villas de los nobles con suntuosos jardines, las anchas calles donde
circulaban los carros, los estanques de agua fresca donde se reflejaba el cielo y donde
bogaban las barcas de recreo. Ningún faraón puede morir. Estos hombres—dioses han
grabado demasiado profundamente su huella en la carne del tiempo para que los
hombres lleguen a borrarla.
Akenatón había sido el más feliz de los soberanos. Había creado su ciudad,
afirmado su fe, manifestado el sol que llevaba en el corazón. Seguía estando presente
entre nosotros a través de aquellos pobres vestigios de ladrillos, aquellos muros
aniquilados, aquellos templos que regresaron al océano de los orígenes. Me hubiera
gustado dedicarme a su memoria, pero tenía entonces otras preocupaciones.
—Les he reunido porque han intentado matarme —dije.
Rosellini fue el primero en reaccionar.
—¡Qué insensatez! —opinó—. Hay que avisar inmediatamente a Abdel—
Razuk.
—Lo veo difícil —objeté—. Él es quien trató de asesinarme, y por eso ha huido.
He podido distinguir perfectamente su rostro cuando me arrojó una enorme vasija de
barro con la intención de partirme el cráneo.
—¿No se habrá equivocado? —sugirió lady Redgrave.
—Tenía un testigo: el doctor Raddi.
Molesto, el mineralogista no apartaba la mirada de su miserable trozo de caliza.
—Desgraciadamente —confesó— no vi nada... tenía la cara contra el suelo. La
honestidad científica me prohíbe decir más.

74
—No se pone en duda la palabra del general —intervino Néstor l'Hote—. Como
vuelva a encontrarme con ese Abdel—Razuk le rompo el cuello.
—No hará nada de eso —intervino el padre Bidant—. Le prohíbo que responda
con violencia a la violencia. Le encarcelarían y le condenarían a muerte.
—¿Qué partido toma entonces, padre? —pregunté irritado.
—No me declaro a favor de nadie —contestó—. La razón nos impone la
prudencia. Si su persona está realmente amenazada, la nuestra lo está también. Pienso
que ya es hora de que pongamos fin a esta expedición, ya que el amo de este país nos es
hostil.
Tuve la sensación de que me invadía el espíritu de Akenatón, inflamándose
contra unos sacerdotes ligados a la ambición y la Vanidad.
—Sin embargo continuaremos, padre. Continuaremos mientras viva.
—La locura es imperdonable, señor Champollion —me desafió el religioso—. A
partir de ahora Dios le hará responsable de todo lo nefasto que le pueda ocurrir a
cualquiera de nosotros.

Sólo estuvimos una corta jornada en el emplazamiento de Amarna, buscando


inscripciones y levantando planos. Vi que el desciframiento de aquel emplazamiento
representaba un trabajo considerable. ¿Y qué decir de las numerosas tumbas
seguramente ocultas en la montaña, al este de la ciudad?
Había que seguir hacia Tebas, hacia el sur, el misterio, sin saber si los dioses de
Egipto me concederían el privilegio de regresar a estos lugares poblados de sombras, de
palabras solares. Pero ¿qué habría podido reprocharles, a ellos que ya me habían dado
tanto?
Lady Redgrave me ponía mala cara, como si le hubiera ofendido. Estaba
decidido a no dar ni un paso en su dirección. Solimán no le quitaba ojo a Moktar, el
instrumento ciego de Drovetti, que fingía ser un buen y leal servidor. Su misión de
espionaje se estaba volviendo más difícil ahora que su compinche Abdel—Razuk había
desaparecido. Pero ¿éste no había optado por refugiarse en la sombra para actuar más
eficazmente? Tenía que haberme vuelto muy molesto para provocar semejante acto de
violencia. Ahora Mehmet-Alí sabía que yo conocía parte de las depredaciones que había
infligido a Egipto. ¿Por qué iba a intentar impedirme ir más lejos, sino para que no
pudiera descubrir cosas aún peores? Claro está que mi muerte tenía que parecer un
accidente, lejos de la presencia de testigos, para que Francia no quedara demasiado
contrariada.
Yo no poseía más valor que los hombres corrientes, pero sí más tenacidad. Morir
en esta tierra amada por los dioses, en este país hacia el cual me atraía la pasión más
ardiente y la más exigente no me asustaba. En Europa, sufría el exilio más cruel. Aquí
estaba en mi casa. En mi casa desde siempre. Sólo tenía un temor, que originaba mi
debilidad: desaparecer antes de haber comprendido el mensaje egipcio en toda su
pureza. Dejar este universo antes de haber obtenido su clave.
Sobre mí pesaba la terrible amenaza proferida por el padre Bidant, ese anatema
despiadado. El religioso me había impresionado y lo sabía. No tanto por el dios de los
cristianos que no tenía su lugar en aquellos templos vivientes, como por el afecto que
sentía por mis compañeros de viaje. Era responsable, ciertamente, de su existencia que
me causaba mayores tormentos que la mía propia. El sultán no tenía motivos para
tomarla con ellos, pero ¿por qué rodeos pasaría su imaginación oriental para forzarme a
renunciar?
El incidente tuvo lugar en el momento en que pasábamos los impresionantes
acantilados rocosos de Abu—Feda. El tiempo se había estropeado. El Nilo, encrespado,

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se levantaba en olas furiosas. Una especie de tornado decupló el furor del río. L'Hote,
que se hacía el valiente a babor, alzó la mano para indicarme que todo iba bien. Le grité
que viniera a ponerse a salvo. En la penumbra del anochecer, me pareció ver una silueta
que empujaba a L'Hote por detrás. Éste gesticuló, no encontró nada a qué agarrarse y
cayó al agua.
—¡Socorro!—grité con todas mis fuerzas.
El ruido de la tormenta ahogó mi voz. Me precipité al lugar donde L'Hote había
desaparecido, cogí una cuerda y la arrojé al Nilo.
Noté una resistencia. ¿Había cogido el extremo de la cuerda? Cegado por una
ola, bamboleado por el viento, me sentía incapaz de traerlo de nuevo hacia el barco. La
cuerda se tensó. ¡Mi compañero podía ser salvado! Su destino estaba entre mis manos.
No tenía derecho a que me faltara fuerza. Tenía que extraer de mí mismo un poder
físico que no poseía. La palma de mis manos me quemaba. El suelo del barco se
deslizaba bajo mis pies. Cedía. No conseguiría salvar a L'Hote. Pero no soltaría la
cuerda. Mi vida por su vida, mi vida con su vida.
Cuando estaba a punto de caer yo también al agua, un poder nuevo, inesperado,
atrajo la cuerda hacia atrás. Me inmovilicé, y, cobrando ánimo, logré retroceder. Paso a
paso, llegué al centro del barco.
Por fin apareció la cabeza de L'Hote, chorreando agua del Nilo. El buen mozo
fue lo bastante hábil como para izarse sólo a bordo. Agotado, sin aliento, me volví y vi a
Solimán. El fue quien salvó a L'Hote. Me relevó justo cuando yo estaba cediendo. Sin
decir una palabra, se retiró. El río se calmaba. Habíamos franqueado el paso peligroso.
Néstor l'Hote, empapado hasta los huesos, se desvestía y se secaba.
—Le han empujado, ¿verdad?
—Lo ignoro, general. No he visto a nadie. He notado como un golpe en la
espalda, es cierto, pero puede que se tratara de una borrasca. Ya me había
desequilibrado varias veces.
Me di la vuelta para vomitar. Aquel drama me había trastornado. Si hubiera
perdido a L'Hote, habría sido un hombre indigno. Mi viaje se habría hecho añicos sobre
las rocas del Nilo.
El padre Bidant había logrado hacer de mí mismo mi peor adversario.

Cuando se calmaron los últimos arrestos del viento, descubrimos el silencio


profundo de los campos de un verde húmedo, animados por bosquecillos de palmeras. A
las rocas desnudas de las montañas cercanas, casi amenazadoras, sucedieron unas orillas
tranquilas, bañadas por la luz brillante de la mañana, disipando una ligera bruma.
Llegábamos a Asiut, la Lykopolis de los griegos, la ciudad del dios Anubis que, tras
haber momificado a los muertos gloriosos, los guiaba por los caminos del otro mundo.
Mis ojos febriles descubrieron complacidos una ciudad menos polvorienta y
menos miserable que las precedentes. Sicómoros, palmeras, arbustos en flor, rosas,
magnolias, animaban las callejuelas de Asiut donde mis compañeros me transportaban
en una silla de manos, como a un faraón. Numerosos minaretes se alzaban hacia un
cielo de un azul inmaculado. Una cantidad incalculable de gatos circulaba por las calles.
Solimán me explicó que aquella ciudad era su paraíso. Mataban ratas y ratones,
protegiendo las reservas de alimentos. Por lo tanto, los ciudadanos nunca molestaban a
un gato dormido a la sombra, prefiriendo pasar por donde pegaba el sol para no
importunarle.
Pasamos delante de un café en mal estado, parcialmente a cielo abierto. Unas
telas rotas colgaban del techo. Una linterna veneciana iluminaba el fondo del
establecimiento, donde se apiñaban unos hombres fumando en pipa ante una orquesta

76
que tocaba distintas flautas y unas jaulas donde se agitaban unos pequeños monos.
Solimán rogó a lady Redgrave, al padre Bidant, al profesor Raddi y Moktar que nos
esperaran aquí consumiendo té con jazmín. Discutió largamente con el dueño del café,
pidiéndole que se encargara de que sus insignes huéspedes fueran considerados como
tales.
—¿Dónde están los monumentos antiguos? —pregunté a Solimán.
—Ya no quedan —confesó impasible—. Sólo hay una columna alzada sobre un
montón de escombros. Las piedras de los templos han sido transformadas en muelas, en
pilas o en umbrales de puertas. Los bloques de caliza han servido de material para las
caleras.
Me quedé mudo de indignación. Asiut me pareció de pronto mucho menos
risueña. Nos cruzamos con unos sirios, unos africanos y unos asiáticos que habían
llegado allí por las pistas caravaneras. Una gran cantidad de mercancías pasaba de mano
en mano.
—Las tumbas —dije—. Quiero ir a las tumbas.
—No sería prudente, maestro —objetó Rosellini—. Habíamos quedado en que le
llevaríamos lo antes posible a un médico.
—Las tumbas—repetí.
Néstor l'Hote también insistió para hacerme cambiar de parecer, inútilmente.
Solimán se abstuvo de intervenir.
—Quiero caminar —afirmé—. Me sostendrán.
Guiado por Solimán, apoyándome en L'Hote y Rosellini, subí con dificultad las
pendientes arenosas que llevan a la necrópolis excavada en la colina que dominaba la
ciudad. Allí, hacía varios años, Desaix había instalado su cuartel general y colocado sus
cañones para conquistar Asiut. En aquella mañana luminosa, ya no había armas de
guerra. La paz del más allá reinaba como dueña y señora absoluta. Enseguida me calmó
los nervios. Cada vez que dejaba el universo de los árabes modernos para reencontrarme
con el de los antiguos egipcios, me invadía un nuevo dinamismo.
Como en Beni—Hassan, los muros de las grutas sagradas estaban cubiertos de
escenas que, por lo que se podía juzgar, no las igualaban. Pero me faltaba la esponja
milagrosa y la cabeza me daba vueltas. L'Hote se dio cuenta de ello.
—No se mantiene en pie, general. Tiene que cuidarse.
Había visto mis tumbas. Exigí permanecer aún unos cortos minutos antes de ser
llevado hacia el centro de Asiut, donde Solimán me hizo penetrar al interior de los
baños turcos, en cuya puerta se quedaron esperando Rosellini y Néstor l'Hote. Me
introdujo en una sala que se elevaba en forma de rotonda. Estaba abierta en la cúspide,
para que el aire circulara. Dejamos nuestras ropas en un estrado que había alrededor,
nos ceñimos la cintura con una toalla y nos pusimos unas sandalias.
Recorrimos una especie de pasillo bastante estrecho donde hacía más calor.
Detrás nuestro, una puerta volvió a cerrarse.
Penetramos en una sala cuyos muros estaban revestidos de mármol. Allí me
encontré a gusto.
—Le dejo un momento —dijo Solimán—. No tema nada, relájese. Vuelvo
enseguida.
No tuve fuerzas para protestar. Mi barba empezaba a chorrear agua. ¿Y si
Solimán me dejaba en manos de mis adversarios? Apareció un coloso con el cuerpo
aceitoso. Me cogió la mano. Resbalé. Me sujetó. Me invadía un extraño aturdimiento.
Ya no tenía ganas de luchar. Si Solimán, que pretendía ser mi hermano, me había
traicionado, ¿en quién podría ahora confiar?

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El coloso me guió hasta una nueva sala abovedada, muy espaciosa. Me ayudó a
tumbarme cerca de un baño y colocó un pequeño cojín bajo mi cabeza. Una nube de
vapores perfumados penetró mi cuerpo. Me relajé.
El hombre me dio la vuelta y empezó a darme masaje con delicadeza. Luego,
con la mano enguantada, me frotó la espalda con vigor. En un cuarto de aseo particular,
con grifos de agua caliente y agua fría, me lavé yo mismo con gran deleite. El sirviente
me ofreció luego una cama perfumada donde me tumbé de nuevo, descansado, limpio
de impurezas, el pecho dilatado, rejuvenecido en varios años.
Un anciano de barba blanca, vestido con un taparrabo, se acercó a mí
lentamente. Se arrodilló y posó en el suelo de mármol una hoja de papiro y un tintero de
oro.
—Coge el tintero —me recomendó en árabe— y agítalo encima de esta hoja. —
Cumplí la orden como un autómata, rociando de manchas el frágil soporte.
El anciano lo examinó con mucha atención durante unos largos minutos.
—Tu enfermedad no es grave —concluyó—. El sueño y una tisana bastarán para
curarla. Pero eso no significa que tu vida esté a salvo... hay un espíritu maligno a tu
alrededor. Un espíritu que quiere destruirte. Si no consigues identificarlo, serás su
víctima.
El adivino hizo una bola con la hoja de papiro y se la tragó después de haberla
masticado. Luego desapareció con la misma lentitud solemne, cediendo el sitio a
Solimán.
—¿Qué debo hacer? —me preguntó.
—Llevarme de nuevo al barco, encerrarme en mi camarote y dejarme dormir
unas doce horas.

No desperté hasta la noche siguiente, a la hora de la puesta de sol. Me sentí


estupendamente. Junto a la cabecera de mi cama había un tazón de tisana que despedía
un buen olor a lis. La bebí con deleite y, tras algunas abluciones, llamé a mi propia
puerta cerrada desde el exterior. Solimán abrió.
Era una noche maravillosa. Una estrella fugaz atravesó el cielo. Habíamos
echado el ancla a la altura de un pueblo de Sawadiyeh, una aldea campesina de lo más
tranquila. Tras una rápida comida de habas y tortas, nos reunimos en la parte más
espaciosa del barco, que Rosellini había bautizado pomposamente «salón», para tomar
café, jugar a las cartas y escuchar un concierto de flautas dado por los marineros.
Solimán interrumpió aquella hermosa tranquilidad.
—Una barca se acerca a nosotros —anunció.
L'Hote cogió un fusil. El equipaje fue alertado. No es muy normal navegar por el
Nilo por la noche. Ninguno de nosotros había oído hablar de piratas, pero la hostilidad
declarada del pacha podía hacer que temiéramos lo peor.
Habíamos encendido unas antorchas cuya luz veteaba de rojo el azul oscuro del
Nilo. La barca avanzó lentamente. En su proa había un sirviente con turbante que se
lanzó en un discurso tan apasionado como florido, cuyo contenido me tranquilizó.
Hablaba en nombre de su amo, Mohamed Bey, el gobernador de la provincia, que nos
invitaba a cenar en su palacio. Como testimonio de su amistad, nos enviaba esta
embarcación llena de víveres.
Palabreé con el enviado del potentado provincial, le ofrecí una caja de vino
agradeciendo su invitación que me veía obligado a rehusar.
Contrariado, el hombre insistió. Pero me mostré inflexible, juzgando inadmisible
ceder a mundanerías que retrasarían mi llegada a Tebas.
—Puede que este rechazo sea imprudente —murmuró Solimán.

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—No tiene ninguna importancia —contesté—. Nos marcharemos mañana, como
estaba previsto.
Al día siguiente, a media tarde, cuando nos disponíamos a alejarnos de la orilla,
una columna de jinetes y de infantería, en un gran coro de gritos y de polvo, vino a
oponerse a nuestro proyecto. A la cabeza de aquel pequeño ejército, el propio hijo del
bey, de elocución vacilante. Esta vez me traía un montón de carne. Unos músicos que
acompañaban a los soldados se lanzaron en una alborada.

Mis compañeros, impresionados por aquellas muestras de respeto, me rogaron


que respondiera favorablemente a una invitación formulada en términos tan
apremiantes. Pero no cambié de opinión, en perjuicio del hijo del bey. Una larga hora de
discusión no cambió en nada mi determinación. Aquel contratiempo sólo me dio una
satisfacción: había recobrado toda mi energía.
Di la orden de partir, contando navegar hasta la noche.
El padre Bidant, siempre envuelto en su sotana, corrió hacia mí jadeando.
—¡Espere, Champollion, espere!
—¿Y por qué habría de seguir esperando?
—El profesor Raddi y Néstor l'Hote han desaparecido.
—Su imaginación le engaña, padre.
—¡Compruébelo usted mismo!
Tras haber inspeccionado los camarotes y cada recoveco del barco, tuve que
admitir las cosas como eran: L'Hote y Raddi ya no estaban a bordo. Nadie les había
visto bajar. Lady Redgrave, aunque distante e inaccesible, parecía preocupada.
Rosellini, nervioso, no podía estarse quieto.
—¿Dónde vive ese Mohamed Bey? —pregunté a Solimán.
—Hay una decena de sus gentes en la orilla. Sólo hay que preguntárselo.
—Que me lleven hasta él.
—Le acompaño.
—Iré solo, Solimán, te quedarás aquí para ocuparte de los demás. Si no regreso,
Rosellini asegurará la dirección de la expedición.
—¿No está corriendo un riesgo demasiado grande?
Miré fijamente los ojos de mi hermano.
—Soy el jefe de nuestra comunidad, Solimán. Cargo con toda la responsabilidad
de los que participan en ella, ya sean aliados o adversarios, tanto si piensan ayudarme
como si quieren traicionarme. Nuestros dos compañeros han sido secuestrados por ese
bey, estoy seguro. Un apóstol del pacha, sin duda alguna. .. Si es a mí a quien quiere, no
le decepcionaré. Siempre que L'Hote y Raddi recobren su libertad.
—A menos que les encarcelen a los tres... o le reserve un trato aún más grave.
—No tengo elección, Solimán. No me volveré cobarde a mis propios ojos.
Mi interlocutor se inclinó respetuosamente.
—Sin duda está escrito que nadie sabrá oponerse a su voluntad...
Los hombres del bey, al cabo de un breve periplo, me llevaron hasta una casa
blanca, soberbia en su aislamiento que alegraba un gran jardín lleno de limoneros. Por
la puerta principal, abierta, salía un torrente de música fascinante. Unos candelabros
altos, formando un pasillo, dispensaban una luz cada vez más viva a medida que se
apagaban los últimos resplandores del día.
Una emboscada de lo más atractiva. Todo parecía respirar lujo y voluptuosidad.
Pero ¿cómo olvidar que el potentado que reinaba en este remanso de paz mantenía
presos como rehenes a dos de mis compañeros?

79
Mucho más angustiado de lo que aparentaba, rogué a un intendente que me
anunciara y me detuve al pie de las escaleras que llevaban a la entrada. Unos segundos
después apareció en el umbral un hombre gordo con el rostro colorado, vestido con unas
sedas deslumbrantes.
—¡Champollion! —exclamó con voz estruendosa—. ¡Entre rápido!
Sorprendido por este recibimiento, no tuve más remedio que obedecerle.
Levanté la cabeza hacia el cielo de Egipto, temiendo no volver a verlo en mucho
tiempo.
El imponente personaje me tomó del brazo.
Me puse rígido.
—Exijo que mis dos amigos sean liberados inmediatamente.
—¿Liberados? ¿De quién son prisioneros? ¡Entre!
Me hubiera gustado seguir protestando, obtener primero lo que deseaba... pero
mi anfitrión me arrastró vigorosamente al interior de su mansión. Descubrí una inmensa
sala de festín donde los invitados, cómodamente tumbados sobre unos cojines,
charlaban alegremente. En la penumbra y el humo que salía de las pipas que todos
fumaban, reconocí a Néstor l'Hote y al profesor Raddi, el uno junto al otro, saboreando
unos pepinillos gigantescos.
—¿Son... libres de movimientos? —pregunté, estupefacto.
—Completamente —contestó Mohamed Bey—. Son mis invitados, lo mismo
que usted. Han llegado anunciándome su próxima venida, que me ha alegrado en
extremo. Tiene reservada la plaza de honor, a mi lado.
Se trataba efectivamente de una emboscada, pero había sido preparada por mis
propios aliados.
—¡General! —exclamo L'Hote viéndome—. ¡Estaba seguro de que no nos
abandonaría!
Titubeando, vino hacia mí.
—General... no había que ofender a nuestro anfitrión... Solimán me dijo que
habría podido impedirnos que continuáramos nuestra expedición... Me he sacrificado...
le he atraído hasta aquí... ¡todo va a pedir de boca!
—¿Y el profesor Raddi?
—Me ha seguido. Quise hacerle volver, pero me ha jurado que se moría de
ganas de participar en una fiesta musulmana. En Florencia, con su mujer, no se divierte
muy a menudo...
El honorable profesor era incapaz de contestar ninguna pregunta. Hecho una
uva, se contentaba con pasar a su vecino el gran jarrón lleno de licor que circulaba en la
asamblea. Todos bebían a su paso. A pesar de mi aversión por este tipo de alcohol tan
dulce como dañino, tuve que mojar mis labios en él. En cuanto el jarrón quedaba vacío,
el bey lo hacía llenar de nuevo. Él mismo bebía a grandes tragos y fumaba una pipa
larguísima. En un formidable impulso de generosidad, Mohamed Bey pronunció una
amnistía para todos los delincuentes y distribuyó monedas a los pobres que se habían
reunido delante de su casa.
Nos sirvieron más de veinte platos: cordero presentado de distintas formas,
melones, anchoas, ensaladas. Nos limpiamos las manos en unas servilletas con bordados
de oro. Dos cantantes fueron la principal atracción artística de la velada. El primero, un
griego de setenta años, nos gratificó con unas dulces romanzas. El segundo, un árabe
que tenía más de ochenta años, moduló una melopea tradicional. Cuando se calló, la
mayoría de los invitados estaban adormecidos. L'Hote se encargó de despertarles
entonando La Marsellesa, seguida de las odas a la libertad contenidas en una pequeña

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obra que estaba de moda, La Muette de Portici. Aquellas voces inéditas en el palacio del
bey no provocaron demasiado entusiasmo.
La fiesta duró toda la noche. Cuando salió el sol, sólo Mohamed Bey y yo
estábamos todavía despiertos. A pesar de la enorme cantidad de alcohol que había
consumido, el potentado se mantenía dueño de sí mismo. Su mano no temblaba, y en
sus ojos había un brillo muy lúcido.
—Me gustaría retenerle varios días junto a mí, Champollion. Su presencia aquí
es una bendición de Dios. ¿Por qué no seguir festejando?
—Tengo una misión, su excelencia, y seguiré cumpliéndola.
—Ver viejas piedras, ya sé... Explore entonces la montaña. ¡Tiene muchísimas!
Pongo un centenar de sirvientes a su disposición. ¡Le traerán cada día innumerables
seras llenas de piedras!
—Se lo agradezco, pero...
—Usted quiere las piedras antiguas cubiertas de signos indescifrables... ¿De qué
sirve eso? La felicidad, Champollion, consiste en festejar con amigos, beber y comer
juntos, escuchar música, prolongar el recuerdo de los muertos, esperando que llegue
nuestra hora para que nuestros amigos celebren a su vez nuestra memoria.
La sinceridad de su acento me conmovió.
—No hay nada mejor que una buena amistad, Champollion. Hay que aprender a
saborearla, a disfrutarla en todo momento... quédese aquí y hagámonos viejos amigos.
Olvidará sus piedras, su mundo desaparecido para siempre. Deje de correr riesgos
inútiles. Elija la verdadera paz, la de mi pequeño reino, la de este sol eternamente
semejante a sí mismo, la del Nilo indiferente a las pasiones humanas.
El bey me ponía a ruda prueba. Lo que me proponía era, ciertamente, de un valor
inestimable. Sólo tenía que detener el curso del tiempo, renunciar a mis ambiciones,
sentarme sobre una piedra, frente al río, y dejarme envejecer con ella.
—Tiene razón, su excelencia, pero creo que no dispongo libremente de mi
destino.
Mohamed Bey se levantó.
—Venga, Champollion.
Pasamos por encima de los cuerpos dormidos, salimos de la mansión blanca y
caminamos hasta la orilla del río. Un viento muy suave borró el cansancio de la noche.
—Habla usted como un predestinado, Champollion. Como un ser que no conoce
más que un camino, más que un amor.
—El Egipto de los faraones —dije— es más fuerte que todos los dioses, más
tierno que todos los amores, más vivo que todas las amistades. Comparados con sus
misterios, ni usted ni yo tenemos la menor importancia.
Una abubilla cenicienta dejó la cumbre de un tamarindo para volar a la luz.
—Márchese entonces, Champollion —profirió el bey con una voz grave llena de
emoción—. Pero llévese esto.
Me entregó un magnífico anillo de jaspe rojo4.
—Ojalá le proteja esta joya. Y no cambie de ruta, hermano.

4
Conservado en el museo del Louvre.

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13

El destino debía revelarse cruel unas horas más tarde. Yo estaba ilusionado con
la idea de descubrir la ciudad santa de Abydos, el reino de Osiris, juez de los muertos y
maestro de las transformaciones que permitían a los justos caminar por las rutas del más
allá.
. La naturaleza había decidido lo contrario. La inundación, este año, es
magnífica para los que, como nosotros, observamos el campo para admirarlo. No ocurre
lo mismo con los pobres fellahs. El río, al desbordarse, ya ha arruinado varias cosechas.
Los campesinos se verán obligados, para no morir de hambre, a comer el trigo que el
pacha había dejado con miras a la próxima siembra. Hemos visto pueblos enteros
deshechos por el Nilo, al cual no sabrían resistir unas chozas miserables construidas con
limo secado al sol; las aguas, en muchos sitios, se extienden de una montaña a otra. Allí
donde los cerros más elevados no han quedado sumergidos, vemos a los fellahs,
mujeres, hombres y niños, llevando seras llenas de tierra, con objeto de oponer a un río
inmenso unos diques de tres a cuatro pulgadas de altura, y salvar así sus casas y las
pocas provisiones que les quedan. Es un cuadro desolador que me parte el corazón.
Desde la cúspide del barco, de pie sobre el tejado del camarote, saludé de lejos a
la antigua Abydos. La muerte osiria no aceptaba mi presencia. Me rechazaba, como si
todavía no hubiera llegado la hora.
Sin embargo, era de aquella localidad sagrada que provenía una de las
inscripciones que dieron origen a mis descubrimientos. Abydos ocultaba forzosamente
otras tablas jeroglíficas con claves de la lengua sagrada. Una lengua que seguía
negándome sus últimos tesoros que poseía un hombre, el Profeta, escondido bajo este
sol deslumbrante.

Llegamos a Guirgeh en una mañana fresca. El viento del norte agitaba el Nilo.
La ciudad de San Jorge, caída en la decrepitud tras haber conocido cierta gloria bajo los
mamelucos, ocupa un recodo del río. Está casi aplastada por un alto acantilado.
Numerosos pájaros, garzas, cornejas, gavilanes surcaban el cielo.
Había una aglomeración en el muelle. Discutían en voz alta y fuerte. Moktar,
tras haber maltratado a algunos mirones, me avisó que el excavador de Anastasy quería
verme.
—¿El excavador de Anastasy? —me extrañé—. ¿En qué emplazamiento trabaja?
—Lo ignoro.
El sirviente de Drovetti tenía un aire obstinado. No apreciaba nada aquella
invitación.
—¿Dónde se encuentra ese hombre?
—En el convento de los Hermanos de San Jorge —contestó Moktar.
—L'Hote me acompañará —indiqué.
—Yo también —intervino el padre Bidant—. Ya que por fin podemos
encontrarnos con verdaderos creyentes, mi presencia resulta indispensable.
—Como usted quiera —acepté.
El acceso al convento se reveló de lo más incómodo. Para llegar allí había que
hacerse izar por una polea que nos subía hasta una altura considerable. Los monjes no

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habían encontrado otro modo para sustraerse a los mil males con los que les agobiaban
los árabes.
La iglesia y el convento de los coptos de Guirgeh se morían. Su asilo no se
distinguía en nada de las demás casas del pueblo. Practicaban el voto de pobreza más
allá de toda razón. El bienestar y la alegría estaban desde hacía mucho tiempo
desterrados de la existencia de los tres o cuatro supervivientes que se consumían en una
iglesia más sombría que una cripta. Llevaban cafetán negro y turbante que no indicaban
en absoluto su condición de sacerdotes.
—¡Dios, qué miseria y qué fetidez! —se indignó el padre Bidant.
L'Hote, que compartía la opinión del religioso, prefirió quedarse en la puerta. Yo
penetré con paso decidido en el interior del cuchitril, pues había reconocido al hombre
que se había levantado para saludarme: el nadador desnudo que tanto había asustado a
lady Redgrave.
—Soy el excavador de Anastasy —declaró en copto, lengua que no comprendían
ni L'Hote ni Bidant—. Tengo un documento importante que entregarle. Mis hermanos
no están al corriente. No le traicionarán. Sólo hablan árabe. Este lugar de culto
desaparecerá dentro de poco. Encontrémonos esta noche en Qenah. Pida que le lleven al
zar.
Sin añadir más explicaciones, se inclinó de nuevo y se apretujó contra el muro
húmedo, junto a los demás monjes, sumidos en un torpor sin fin.
—¿Qué le ha dicho? —preguntó el padre Bidant.
—Que las excavaciones no dieron ningún resultado —contesté—, y que no
había ningún modo de proseguir con ellas.
—Miserable país que deja morir a sus religiosos y rechaza la verdadera fe—
refunfuñó.

Cada día que pasaba me iba volviendo un poco más egipcio. Entre el país y yo,
ya no había ninguna barrera, ninguna cortina. Su cielo era ahora mi cielo, su tierra mi
tierra. La magia más dulce deshacía mi carácter de europeo, mis costumbres de francés.
Mi pensamiento fluía al compás del Nilo, conservando el surgimiento de los amaneceres
y la quietud de los anocheceres.
—¿Está soñando, señor Champollion?
Lady Redgrave se había sentado a mi lado con tanta delicadeza que no había
notado su presencia. Vestía una larga túnica blanca, casi transparente. Olía a perfume de
jazmín. Al lado uno de otro, en un banquillo de madera, miramos desfilar la orilla por la
que caminaba muy lentamente un joven montado en burro.
—¿Concertaremos una tregua?
—¿Acaso está en guerra, señor Champollion?
Pasé la mano por la barba negra que adornaba mi mentón.
—Desde siempre. En guerra contra los imbéciles y los mentirosos. Seguramente
haya perdido de antemano, pero persevero. ¿No les ha sobrevivido el Egipto de los
faraones?
—¿Por qué le obsesiona tanto Egipto? ¿No cree que existen otras filosofías,
otras culturas no menos grandiosas? ¡Debería conocer las doctrinas de la India o de Irán,
salir de su ciudadela faraónica!
—Es cosa hecha, lady Redgrave. Hace muchos años estudié las religiones de la
India, de Irán y de China. Aprendí la lengua de estas civilizaciones. Incluso empecé a
escribir un diccionario de antiguo persa, que dominaba bastante bien. Creí durante
mucho tiempo que había una estrecha relación entre China y Egipto, que los jeroglíficos
de estas dos grandes naciones provenían de la misma fuente. Me equivoqué. Pero la

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India, Irán y China me han atraído profundamente. Incluso me hicieron vacilar,
logrando casi disminuir mi amor por Egipto. Pero éste acabó ganando, como siempre.
Las comparaciones jugaron a su favor. Los jeroglíficos son la lengua más hermosa del
mundo. El pensamiento faraónico es el más completo, el más coherente, el más
luminoso. Voy hacia él como un niño hacia su madre. Tengo el deber de servirlo, pero
este cometido no me pesa. Es alegría. Aunque tuviera que caminar solitario hasta el
final de mi vida para transmitir mi fe, no me arrepentiría.
—¿Tan solo se encuentra en el mundo? —preguntó ella.
—No. Tengo un hermano, Jacques—Joseph. No ha dejado de ayudarme, de
animarme, de sacarme de los abismos donde caía. Si hoy estoy aquí, es gracias a él.
Cien veces he estado a punto de renunciar, cien veces me ha convencido para que
continuara. Hace mucho tiempo que me demuestra que él soy yo. Nunca seremos dos
personas. ¡Maldito sea el día que nos separaría! No hay diferencia entre nosotros, ya
que eso supondría que soy un ingrato. El presente, el pasado, lo que era, lo que soy, lo
que seré, todo impedirá que lo sea.
Las palmeras, cada vez más numerosas, anunciaban la ciudad de Qenah. Su
tronco estilizado se dividía en ramas que se desplegaban hasta las hojas en forma de
abanico. Estaban cargadas de nueces tan gordas como un huevo de pato. Los fellahs
comían su fruto, que sabía a pasta azucarada, y utilizaban las hojas para cubrir sus
chozas.
—Y usted, lady Ophelia, ¿está sola en el mundo?
No obtuve respuesta. Se había ido.

Qenah se consagraba a la cerámica. La ciudad, repleta de hileras de vasijas de


todos los tamaños, albergaba una multitud de hornos de alfarero. Los tejados de las
casas, las palomeras, estaban hechos con vasijas, y muchas eran transportadas hacia
otras ciudades por una numerosa flotilla.
Rogué a mis compañeros que se quedaran a bordo, alegando que la ciudad no era
segura. Deseaba obtener una entrevista oficial con el potentado local, y sólo necesitaba
la asistencia de Solimán.
Nuestra progresión por las calles de Qenah fue de lo más pintoresca. Delante de
cada casa había unos montículos de cerámica, algunos de los cuales servían de asiento a
unas mujeres sin velo que, sonrientes, nos saludaron con la mano. Descalzas, con
vestidos negros, exhibían unos pesados brazaletes de plata. Aquella inmensa riqueza
resplandecía en medio de escombros y montones de basura. Aquellas personas
encantadoras poseían la fortuna de Qenah y manifestaban así su posición dominante.
Fue a una de ellas a quien Solimán preguntó dónde se encontraba el zâr. Provisto de la
preciosa información, me llevó a una callejuela estrecha, tortuosa, pasando entre unas
casas agrietadas. La pestilencia era casi insoportable.
Ante nosotros se alzó un hombre de edad avanzada, grueso, armado con un
alfanje.
—¿Qué están buscando?
—El zâr —respondió Solimán.
El hombre nos dejó pasar, señalando la puerta baja de una casa que parecía estar
en ruinas. Tuvimos que apartar cascajos y basura para deslizamos a cuatro patas por
aquella abertura.
Penetramos en una habitación muy oscura donde palpitaban inquietantes
presencias. Nos sentamos, acostumbrándonos a la penumbra. El lugar era sórdido. Los
muros de tierra rezumaban humedad. Había paja podrida colocada en las cuatro

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esquinas. En el fondo se habían instalado cinco mujeres que tocaban pequeños
tambores.
Un hombre se levantó bruscamente, giró sobre sí mismo y cayó al suelo, con los
labios llenos de baba. Una anciana lo arrastró hacia ella. Allí había más de veinte
personas de ambos sexos.
—Son todos enfermos —explicó Solimán—. Han venido al zâr para curarse.
Están poseídos por demonios. Sólo la magia puede liberarles de ellos.
Un hombre gordo se introdujo resoplando en la habitación. Se levantó con
dificultad después de haber pasado la puerta y se dirigió enseguida hacia nosotros.
—Sean bienvenidos —nos dijo.
Los tambores dejaron de sonar.
—No se muevan —dijo el hombre—. Miren. Si su demonio no ha entrado en su
alma, tendrá miedo y huirá.
Obedeciendo a una señal de su mano, la orquesta volvió a tocar. Una gran mujer
huesuda, casi descarnada, se colocó en el centro de la habitación y comenzó un baile
que pretendía ser lascivo. Abrió una boca desdentada para ofrecer a la asamblea una
pobre sonrisa. Los espectadores patalearon. Un enfermo entró bruscamente en trance,
revolcándose en el suelo. La orquesta intentó acompañarle en sus estremecimientos. El
hombre gordo se arrodilló y tomó el rostro del enfermo entre sus manos. Cantando una
melopea cubierta por el sonido de los tambores, magnetizó largamente al infeliz, cuyas
convulsiones disminuyeron poco a poco de intensidad. El médico le cubrió entonces la
cabeza con un paño húmedo y empezó a girarla hacia todos lados como si tuviera la
intención de arrancarla del cuerpo. Cuando quitó el paño, el poseso abrió unos ojos
blancos, desorbitados. El médico le sometió a un tratamiento de una violencia inaudita:
le retorció las orejas, le golpeó la frente, le desarticuló los miembros. Quise intervenir
para interrumpir aquel suplicio, pero Solimán me retuvo. Lo peor estaba aún por venir:
el médico colocó al enfermo con la cara contra el suelo, caló su rodilla en medio de la
columna vertebral y tiró de la cabeza del poseído hacia él como si estuviera decidido a
romperle las vértebras. Horrorizado, cerré los ojos.
Se oyó un grito desgarrador. Apreté el brazo izquierdo de Solimán.
—Todo va bien—murmuró.
Apenas me atrevía a contemplar el penoso espectáculo. Vi al poseso levantarse
de nuevo y volver a su sitio. Ayudado por dos mujeres con velo, el médico instaló en el
centro de la habitación un pequeño altar de madera cargado de cirios encendidos y de un
pebetero de incienso, cuyo olor enseguida deleitó el olfato. Las músicas dejaron de tocar
el tambor y vinieron a formar un círculo alrededor del maestro de ceremonias, que
pronunció unas letanías incomprensibles donde creí reconocer algunos nombres de
divinidades egipcias. La mujer desdentada trajo un cordero negro amordazado que había
estado hasta entonces escondido bajo una lona. Los ojos se me llenaron de lágrimas de
indignación cuando el médico puso la hoja de un largo cuchillo sobre el cuello del pobre
animal. Un momento después, la sangre de la víctima corría por el altar mientras se
elevaba un encantamiento destinado a echar los espíritus infernales.
La vista del sacrificio desencadenó un trance colectivo. La mayoría de los
enfermos entraron en una zarabanda desenfrenada, empujándose, tirándose al suelo,
golpeándose. Respaldándome contra el muro de tierra, vi al médico rociarse con la
sangre del cordero, arrojar el cadáver por los aires y obligar a los enfermos a
arrodillarse. Alzando los brazos, el terapeuta interrogó las fuerzas oscuras, señalando a
cada poseso, uno tras otro.
Uno ofrecía un anillo de plata para ser curado, otro un abrigo, otro carne...
Aprovechando la confusión y el ruido, un hombre se había instalado a mi lado.

85
El monje copto que me había citado.
—Coja esto —dijo en voz muy baja ofreciéndome una tablilla de madera
cubierta de jeroglíficos—. De parte del Profeta.
—¿El Profeta? —me sobresalté—. ¿Está aquí?
—Se ha marchado hacia el sur. No se quede aquí. Pueden volverse peligrosos.
Hay auténticos locos.
Varios posesos mojaban sus labios en la sangre. Excitándose unos contra otros,
empezaron a insultarse. Salimos de la habitación reptando, felices de volver a encontrar
el aire libre.
—Deje algunas monedas en esta piedra —recomendó el monje copto—. Es el
salario del médico.

De vuelta al barco, miré la tabla que me había dado el monje. Estaba cubierta de
polvo. Tuve que limpiarla con cuidado, haciendo aparecer tarjetas que contenían
nombres reales. El dibujo me pareció datar de una época remota.
Sentí una emoción muy violenta.
Se trataba de una lista que revelaba los nombres de los reyes de las más antiguas
dinastías. Un documento de un valor incalculable que arrojaba una nueva luz sobre los
orígenes de la civilización egipcia. Varios signos me eran desconocidos. Tuve la certeza
de que el Profeta conocía los elementos que me faltaban. Sin duda le habían sido
legados por una tradición oral que moriría con él.
La puerta de mi camarote se abrió con estruendo. Apareció el padre Bidant
hecho una furia y con el rostro encarnado.
—¡Es intolerable, Champollion! ¡Me he enterado por el rumor público que ha
participado en unos ritos satánicos!
Tenía ante mí a un gran inquisidor dispuesto a llevarme a la hoguera.
—No exageremos, padre... Me he visto obligado a unirme a una ceremonia algo
pagana.
—¿Y con qué fin?
—Por este documento extraordinario —dije enseñándole la tablilla.
—¿Qué valor puede tener este odioso fragmento?
—Hace remontar los orígenes de la historia y del pensamiento, padre.
El religioso enrojeció de cólera.
—¡Está profiriendo abominables blasfemias! —gritó—. ¡Sólo hay una historia,
la que enseña la Biblia! ¡Lo demás son mentiras! Abandone su falsa ciencia,
Champollion, y arrepiéntase.
Mi única repuesta fue una sonrisa que exasperó al religioso.
—¡Otros, antes que usted, intentaron destruir la religión cristiana! ¡Fracasaron,
gracias a Dios, y usted también fracasará!
Me levanté y di unos pasos.
—Comprendo sus temores, padre, pero ¿qué ocurre con los documentos?, ¿qué
ocurre con esta ciencia que nace... la egiptología?
—¡La egiptología no existe y no puede existir! Egipto está muerto,
definitivamente muerto, y usted no lo resucitará. Los jeroglíficos no tienen ningún
significado. Son signos paganos, maléficos, que deben permanecer en la nada; destruya
esa tabla, Champollion. A los ojos del Señor no tiene ningún valor.
Me encaré con él.
—Déjeme al menos un recuerdo. ¿Tan peligroso le parece este documento para
su fe?

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Me pareció que había muy poco amor y caridad en la mirada ardiente del padre
Bidant. Su frente se cubrió de gotas de sudor.
—No comprende lo que realmente está en juego en su expedición, Champollion
—explicó con tono súbitamente tranquilo, casi suave—. La Iglesia sigue de cerca sus
trabajos desde que empezó a publicarlos. El Antiguo Egipto no amenaza la existencia
del Vaticano, pero sería estúpido correr el menor riesgo. Estamos rodeados de infieles y
de paganos. Todo lo que podría servir a su causa debería ser destruido, por mucho valor
científico que tengan los documentos. La ciencia es diabólica cuando contradice la fe. Y
usted será una encarnación del diablo si desafía al Señor todopoderoso. Observe y
estudie todo lo que quiera. Pero guarde silencio. Deje a Egipto y a sus monumentos
satánicos bajo la arena. Dios quiso que muriera aquella civilización orgullosa con sus
divinidades. No vayamos contra sus designios y consideremos la Biblia como la única
ciencia digna de respeto
—He sido educado en su religión, padre, pero a menudo me ha parecido
hipócrita y engañosa. Poco me importa. La Providencia, si es que existe, me ha confiado
una misión: hacer revivir el Egipto de los faraones del cual somos los herederos. La
Biblia sólo es un texto entre otros muchos, que el antiguo Oriente ha sabido generar. La
fe en un dios único, manifestado por diversas divinidades, ha existido antes del
nacimiento del cristianismo. La historia egipcia se remonta mucho más en el pasado que
la historia bíblica. Estas son las verdades que pronto podré demostrar.
El padre Bidant se santiguó. Su palidez era ahora extrema.
—Es usted peor que el diablo, Champollion. Es el Anticristo.
Volví a sonreír.
—Me honra demasiado. Sin duda sólo soy un viejo egipcio que ha regresado a
su tierra natal, deseando rendirle homenaje. Vivo la aventura de esta nación como mi
historia personal. Es mi sangre. Comparto la fe de los faraones, su deseo de construir, de
elevar al hombre, de erigir templos a la gloria de Dios.
El religioso retrocedió espantado.
—¡Hijo mío, está desvariando! ¡Está cayendo en las garras del demonio!
—Cuando el mundo sepa descifrar los jeroglíficos, padre, descubrirá la más alta
espiritualidad jamás concebida por una sociedad. Y entonces, ciertamente, nuestras
convenciones y nuestras creencias serán cuestionadas.
Con una agilidad inesperada, el religioso se abalanzó sobre la tabla e intentó
partirla. Incapaz de controlarme, luché ferozmente con él y logré arrancarle el precioso
documento.
—¡Salga de aquí! —le ordené temblando de indignación.
El padre Bidant tendió hacia mí un índice amenazador.
—Ahora, Champollion, ¡es Dios mismo a quien tiene como enemigo!

No esperaba nada más de Qenah y me hubiera gustado dejar la ciudad lo antes


posible para seguir las huellas del Profeta, estudiando la tabla con la ayuda de mis
apuntes mientras el barco navegaría por el Nilo. Pero Rosellini me avisó que había cerca
de allí, en Maabdèh, una catacumba llena de momias de cocodrilos y tal vez de papiros
que podríamos adquirir a buen precio. Haciendo que surgiera en mí la insaciable
curiosidad del excavador, me forzó a organizar una rápida expedición compuesta por él
mismo y Néstor l'Hote.
Maabdèh llamaba la atención del viajante por su siniestra atalaya. Los aldeanos,
con gran sorpresa nuestra, no se mostraron nada acogedores. Tenían el rostro cerrado.
Algunos hasta se alejaron corriendo cuando nos acercamos, o se encerraron en sus

87
casas. Fue un adolescente de pelo rubio quien nos indicó el emplazamiento de las
catacumbas.
Se penetraba en ellas desde la cima de una colina que L'Hote había escalado con
su acostumbrada agilidad. Nos avisó que la bajada al interior de una especie de panteón
no presentaba demasiado peligro. Introduciéndonos por una abertura más bien estrecha,
llegamos a una sala cálida y polvorienta donde reinaba un olor desagradable, mezcla de
resina y de pez. Nuestras antorchas ardían mal.
En el suelo o en agujeros poco profundos había restos de cadáveres de
cocodrilos, algunos todavía rodeados de vendas hechas añicos. No había papiros.
—General —advirtió Néstor l'Hote—, es horrible. No avance más.
A sus pies, otro cadáver. El de un hombre con el cráneo aplastado. El monje
copto, excavador de Anastasy, que me había ofrecido la tabla del Profeta.

88
14

—¿Cómo ha entrado aquí? —me indigné viendo a lady Ophelia Redgrave en mi


camarote.
—Con la ayuda de Rosellini, señor Champollion. No puede quedarse encerrado.
—Tengo mis motivos.
—Los conozco. Rosellini y L'Hote me han hablado de su horrible
descubrimiento.
—Más horrible de lo que supone. El nadador desnudo que recibió su limosna,
ese desdichado monje copto, estaba al servicio de Anastasy. Es la banda rival, la de
Drovetti, quien le ha matado.
—No tiene ninguna prueba. Puede tratarse de un ajuste de cuentas local.
—Si estoy en lo cierto, la guerra está declarada. Todos estamos en peligro. No
tengo derecho a hacerle correr estos riesgos extremos.
—Ya no somos niños, Champollion. Reunámonos y decidamos juntos. Que cada
uno asuma sus responsabilidades.
La dulce y bella inglesa manifestaba una voluntad que no me desagradaba.
—Soy el jefe de esta expedición, lady Ophelia Redgrave, y no tengo intención
de compartir mi autoridad con nadie.
—Un jefe que duda de sí mismo —ironizó agitando su abanico—. Un jefe que se
retira en la soledad en lugar de ir al frente.
Herido en lo vivo, cogí su muñeca, apartando el abanico que ocultaba su rostro.
—No se equivoque, lady Ophelia. Tuve un momento de debilidad, sin duda...
Gracias por animarme de nuevo. Sea mi embajadora, ¿quiere? Pregunte a nuestros
compañeros si desean continuar esta aventura sabiendo que nos persiguen los esbirros
de Drovetti. Unos esbirros que incluso pueden matarnos. Si uno de ellos desea
renunciar, que venga a verme aquí.
—Aprecio esta misión, Jean-François. La cumpliré inmediatamente.
Una hora después salí de mi camarote.
Nadie había renunciado.

Ya era de noche cuando llegamos a Denderah. Una noche olorosa y apacible.


Había un magnífico claro de luna y sólo estábamos, según mis cálculos, a una hora de
distancia de los templos. ¿Quién habría resistido a la tentación? Cenar y partir en el acto
fue cosa de un instante.
Solos y sin guía, la cabeza envuelta en unos albornoces blancos, armados hasta
los dientes, partimos campo a través. Caminamos valientemente, cantando las marchas
de las óperas más recientes para calmar nuestra impaciencia. Pero no encontramos nada
y temimos habernos perdido. Atravesamos un bosquecillo de palmeras, y luego unas
hierbas altas, zarzas y malezas.
Una llanura vacía, desierta, sin fin.
¿Había que retroceder? Ni hablar. Los templos se encontraban forzosamente en
aquellos parajes. Sentía su presencia amistosa.
Lady Ophelia nos convenció de que gritáramos todos juntos para señalar nuestra
presencia. Sólo nos contestaron los ladridos de unos perros vagabundos. L'Hote,

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animado por un ardor inagotable y tomándoselo en serio, nos aconsejó que
continuáramos. No temía a los demonios nocturnos.
Fue en un recodo del camino pedregoso donde vimos a un fellah dormido bajo
una acacia. Cubierto de harapos negros, auténtica momia ambulante, puso pies en
polvorosa. L'Hote le atrapó. Aterrorizado, tembloroso, escuchó nuestras preguntas y
aceptó guiarnos hasta los lugares santos. El pobre diablo, flaco y seco, nos había tomado
por una tribu de beduinos. Un europeo, sin vacilar, nos habría considerado como un
cabildo de cartujos belicosos. El fellah nos puso en el buen camino y acabó caminando
de buena gana. Nos guió muy bien y le tratamos de igual modo.
Al cabo de una ruda marcha de dos horas, el templo de Denderah apareció por
fin.
¡Allí, ante el inmenso pórtico bañado en claridad celeste, qué extraordinaria
sensación! Bien puede medirse, pero dar una idea de él ¡es imposible! Es la gracia y la
majestuosidad unidas al grado máximo. Una paz indescriptible y una magia misteriosa
reinaba sobre aquellas columnas gigantescas, sumidas en unas espesas tinieblas que
contrastaban con el deslumbrante claro de luna.
L'Hote encendió una hoguera de hierbas secas en el interior. Un grito de
entusiasmo brotó de todas las gargantas. La fiebre y el entusiasmo se apoderaron de
nosotros. Nos abrazamos los unos a los otros, en la exaltación de descubrir un templo
admirablemente bien conservado, de revivir las horas de meditación y de oración que
habían vivido los sacerdotes egipcios durante milenios. Hasta el padre Bidant parecía
subyugado.
Nos quedamos dos horas en éxtasis en el interior del templo de Denderah,
corriendo por las grandes salas con nuestro farolillo, intentando leer escenas e
inscripciones.
—Deberíamos pasar la noche aquí —sugirió Rosellini.
—No. No tenemos el material necesario para estudiar. Volvamos a los barcos
por el buen camino y regresemos lo antes posible.
Con el pensamiento lleno de sueños, mis compañeros formaron en procesión
para dirigirse hacia el Nilo. Quise cerrar la marcha, con una antorcha en la mano.
Una sombra se perfiló detrás de mí. Desenvainé mi sable.
—¿No tendrá usted miedo de una mujer, Champollion?
La luz rojiza bailaba en el fino rostro de lady Redgrave.
—No se quede atrás, lady Ophelia. Podría ser peligroso. Probablemente hay
merodeadores.
—No les tengo miedo —dijo levantando la cabeza hacia el cielo estrellado—.
Ya no temo a nada. Me ha hecho vivir el momento más intenso de mi existencia. En el
interior de ese templo, en presencia de las divinidades, he sentido la realidad de otro
mundo, mucho más real que el que nos ofrecen nuestros ojos. Es usted quien me ha
traído aquí, Jean-François Champollion. Quienquiera que sea realmente, no lo olvidaré
nunca.
Me hubiera gustado interrogarla, preguntarle el significado de aquellas extrañas
palabras, disipar el equívoco respecto a mí...; pero lady Redgrave estaba ahora en el
centro de la procesión.

Volvimos al templo a las siete de la mañana, provistos del equipo necesario para
levantar los planos y copiar textos y escenas. Lo que era magnífico a la luz de la luna lo
era aún más cuando los rayos del sol nos hicieron distinguir todos los detalles. Vi
entonces que el templo era una obra maestra de arquitectura, pero cubierto de esculturas
del peor estilo comparadas con la mano divina de los escultores de los tiempos antiguos.

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Los bajorrelieves de Denderah datan de una época de decadencia. El edificio, que está
dedicado a Hator, la diosa de la alegría, capaz de engendrar la brillantez de las estrellas,
fue comenzado, al menos en su forma presente, por los ptolomeos y acabado por los
emperadores romanos. Pude incluso determinar, gracias a los nombres reales inscritos
en las tarjetas, que los principales constructores se llamaban Cleopatra, Cesarión y
Augusto. Si la escultura se había deteriorado, la arquitectura, menos propensa a variar,
ya que es un arte cifrado, se ha mantenido digna de los dioses de Egipto y de la
admiración de los siglos.
Nos quedamos contemplando las gigantescas columnas del pórtico. En realidad,
son unos inmensos instrumentos musicales, unos sistros coronados por cuatro rostros de
la diosa Hathor. Agitándolos, los iniciados desencadenaban un zumbido que difundía las
vibraciones divinas por todos los confines del mundo. Sospecho que el templo entero es
un haz de resonancias que actúa en nuestras almas y nuestros cuerpos. Unos vándalos,
entre los cuales hubo cristianos fanáticos, por desgracia han desfigurado varios retratos
de la diosa del amor, como si ésta pudiera turbar sus creencias. Como ella es quien se
encarga de recibir a los muertos en la orilla del otro mundo, no estoy seguro de que
hayan sido muy bien acogidos allí. Estoy convencido de que nuestros actos conocerán
su repercusión en lo invisible. Quien haya destruido será destruido.
—¡Que me den una pala y me dejen aquí! —exigió L'Hote—. ¡El templo está
medio hundido en la arena! La mitad de las columnas es invisible... ¡Qué perspectiva,
cuando todo esto esté despejado!
La arena, ciertamente, ha sido la aliada de Denderah. Ocultando buena parte de
sus relieves, los ha protegido de los iconoclastas. Habrá que proponerse quitarla y
restituir el edificio en su esplendor original.
En compañía de Rosellini, caminé hasta el fondo del santuario, avanzando paso
a paso en el misterio del templo, sin olvidar levantar la mirada hacia el techo donde se
desplegaban cuadros astrológicos; cartas del cielo, divinidades del cosmos.
—¡Qué inmenso trabajo nos espera, maestro! Se necesitarán decenas de años
para copiar y traducir este gigantesco libro.
—Y más aún para comprenderlo, Rosellini. Ahora entiendo el significado de las
palabras de Napoleón.
—¿Es que estuvo con él?
—Sí, en Grenoble, cuando regresó de la isla de Elba. Fue mi hermano, del cual
había hecho su secretario, quien organizó aquella entrevista. En la recepción de los
órganos constitucionales, el emperador me distinguió en la muchedumbre y me
prometió hacer imprimir mi diccionario de la lengua copta.
Incluso deseaba que el copto fuera la lengua oficial del Egipto moderno.
Napoleón estaba fascinado por Egipto. Llevaba con él un talismán y creía que la magia
de las pirámides le protegía. Estaba convencido de que los antiguos egipcios disponían
de conocimientos prodigiosos. El conocía Egipto. Yo soñaba con él.
El fellah harapiento, nuestro excelente guía, se acercó a mí y quiso hacerme
descubrir otra maravilla. Levantando una losa, dio acceso a un pasillo subterráneo que
llevaba a una cripta. En sus muros vi, a la luz de las antorchas, extraordinarias figuras
que hablaban de la fabricación del oro espiritual. Tras la astrología en el techo del
templo, la alquimia en sus cimientos ocultos. Sólo el faraón tenía acceso a estas ciencias
sagradas.
El fellah y yo estábamos sentados en el polvo, fascinados por el espectáculo de
estos símbolos, vasija, serpiente alzada, cabeza de halcón, que explicaban cómo el
hombre se convertía en luz.
—¿Te has cruzado con el que se hace llamar el Profeta? —pregunté.

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—No hay más Dios que Dios y Mohammed es su profeta —contestó, ofendido.
—Se trata de un personaje de gran estatura con una barba blanca tallada en punta
—insistí—. Camina con un gran bastón de puño de oro. Comprende los signos y las
figuras de los antiguos.
El fellah agachó la cabeza, dejándola reposar sobre sus rodillas. Reflexionó
largamente.
—Un hombre parecido a ése vino aquí, hace dos lunas... yo no le vi. Pero dicen
que se quedó toda una noche sobre el tejado del templo.
—¿Le vieron marcharse?
—Dicen que se embarcó en una falúa y que tomó la dirección de Tebas.
Siguiendo un pasillo ascendente en cuyos muros estaban representados unos
sacerdotes formando una procesión inmortal, accedí a mi vez al tejado del templo de
Denderah. La belleza del espectáculo me embriagó de inmediato. El campo, el Nilo, las
colinas del desierto, formaban un cuadro de una serenidad absoluta cuyo centro ocupaba
el templo. Los astrólogos, «los sacerdotes de la hora» como les llamaban los antiguos
egipcios, venían aquí a aprender su arte.
Los colores de la puesta del sol ya empezaban a revestir las piedras con una luz
cálida y dorada.
Lady Redgrave estaba sentada en una de las esquinas del tejado, con la mirada
fija en un palmeral que sobrevolaba un ibis con las alas desplegadas. Se había quitado el
sombrero. Su cabello rubio veneciano caía en volutas sobre sus hombros. Su piel, tan
blanca cuando llegó a Egipto, estaba ahora morena, dándole un encanto oriental.
Vestida con una blusa amarilla y una falda negra, nunca había estado tan hermosa.
Denderah, templo de la diosa del amor... ¿no se encarnaba en esta mujer
misteriosa, de rostro perfecto, cuya dulzura ocultaba la pasión? ¿No me ofrecía la visión
de una felicidad imposible y sin embargo tan presente, mientras el sol bajaba sobre el
horizonte?
Volvió la cabeza con extrema lentitud.
—Sabía que estaba ahí, Jean-François. Venga a sentarse a mi lado.
—Lady Ophelia, me hubiera gustado preguntarle...
—Cállese. Hablaremos un poco más tarde. Déme la mano.
El poniente se abrasó. Las luces del último sol, jugando con el verde de las
palmeras, extendieron un manto naranja sobre los campos donde se elevó un aire de
flauta.

Una sola jornada dedicada a Denderah... ¡Qué sacrilegio! Pero había que
continuar la ruta, llegar a Tebas donde el Profeta sin duda se había refugiado. En mi
camarote, sobre mi mesa de trabajo, estaban desplegados los cuadernos donde había
hecho constar mis descubrimientos más recientes. Empezaba a leer los jeroglíficos,
ciertamente, pero tanteando, como un lector principiante que identifica letras, a veces
palabras, raramente frases. Todavía me faltaba una clave de coherencia.
Mi pensamiento caminaba entre la vida y la muerte, que dos cartas me habían
igualmente prometido antes de que saliera para Egipto. Una y otra, ciertamente, habían
comenzado a revelarse a medida que progresaba hacia el sur. Aunque Abdel—Razuk
había desaparecido y Moktar fingía ser un sirviente apagado y obediente, la sombra de
Drovetti y de su amo el pacha seguían planeando por encima de nosotros. Pero también
estaba la magia bienhechora de los Hermanos de Luxor, el Egipto de los templos, lo
sublime de un viaje que me llevaba más allá de toda esperanza... Aquello era la
verdadera vida, la vida renovada, el más precioso de los tesoros.

92
¿Qué iba a reservarme Tebas, la hermana mayor de todas las ciudades, el
corazón de todos mis sueños desde la adolescencia?
¿Qué quedaba de la mayor y más famosa capital del antiguo mundo? Llamaron a
mi puerta. Abrí.
El profesor Raddi solicitó una entrevista que le concedí en el acto.
—No hemos tenido ocasión de hablar desde el principio de nuestro viaje —
empezó diciendo, sentándose en mi cama y sobre algunos papeles que había dejado ahí
—. Quiero declarar que estoy muy satisfecho, con las piedras recogidas y con las
perspectivas científicas que vislumbro.
—¡Me alegra saberlo, profesor! Es usted tan solitario que no me pareció
conveniente molestarle en sus investigaciones.
—Se lo agradezco, Champollion... Efectivamente, me he acostumbrado a no
comunicarme demasiado con la humanidad. Me aburre. Las piedras me hablan mucho
más, y también me dan el sentido de la observación, añadió con aire sombrío.
—¿Qué quiere usted decir?
El profesor Raddi miraba fijamente delante de él como si yo no existiera.
—A su alrededor no sólo hay amigos...
Su voz era casi apagada.
—¡Revela demasiado o demasiado poco, profesor! ¿A quién acusa de ese modo?
—Simples observaciones científicas. ¿Cree que Rosellini es realmente un
discípulo leal?
—Estoy convencido de ello. Es totalmente sincero y adicto. Tiene, es cierto,
algunos defectos... sin duda pasa demasiado tiempo negociando y adquiriendo. Pero no
me cabe ninguna duda sobre su deseo de descubrir y aprender.
Raddi meneó la cabeza, mientras quitaba el polvo a su traje arrugado.
—Se puede ser genial e ingenuo a la vez —suspiró—. Apuesto a que le
traicionará. ¿Y su Néstor l'Hote? ¿Qué meta persigue?
—Expresar su arte de dibujante participando en una aventura fuera de lo común
—contesté con firmeza—. ¿No le parece lo bastante noble, como proyecto?
—El discípulo Rosellini sólo piensa en ocupar el lugar del maestro, y el valiente
soldado L'Hote en convertirse en general... En cuanto a la encantadora lady Redgrave,
sólo Dios sabe de lo que es capaz. Una espía, seguramente... pero también una mujer
enamorada. Puede destruir o crear, al capricho del corazón. Espero que la corriente le
sea favorable. Yo no tuve esa suerte. La señora Raddi es una tigresa de la peor especie.
Debí negarme a casarme con ella, pero no me atreví. Siempre me dio miedo. Siempre
tiene razón. En este país perdido, me he divertido por primera vez en veinte años. Casi
he olvidado la mineralogía. Es la razón por la cual no volveré a Europa. Allí hay
demasiados reglamentos, demasiada disciplina. Aquí me toman por un viejo loco y me
dejan en paz. No tengo que rendir cuentas al desierto. Con él, hablo sin reserva mental.
Me contesta sobre lo esencial. Sé por qué le fascina este país, Champollion. Es mágico.
Es de otro mundo. Usted tampoco regresará.
Guardé silencio durante un largo rato. Raddi fijó su mirada en mi mano derecha.
—Tiene ahí un magnífico anillo de jaspe... ¿podría examinarlo?
—Lo siento, profesor. No debe separarse de mí.
—¡Ah! Usted también cree en los talismanes... ¡Es la magia, se lo aseguro! La
ciencia me parece tan ridícula, tan infantil con sus medidas y sus cifras, comparada con
el desierto... Protéjase, Champollion. No hay mejor estrategia contra la desgracia.
—¿Por qué no ha hablado del padre Bidant?
El profesor Raddi frunció el entrecejo. Contrariado, se levantó y abrió la puerta
del camarote. Cuando iba a salir, se detuvo.

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—Es usted el mayor genio que he tenido la suerte de conocer, Champollion. Su
destino le guía y no puede hacer nada. Pero no olvide que el hombre, aunque lleve
sotana, puede convertirse en la peor de las fieras.

Hace ya dos días que el viento nos contradice y nos cierra la entrada del
santuario: Tebas. Este nombre, esta ciudad me obsesionan hasta el punto de volverme
odioso con mis compañeros. No dejaba de estudiar los planos una y otra vez, así como
los mapas y las descripciones de antiguos viajeros. De pronto, una idea cruzó mi mente.
Me abalancé sobre el puente. El que buscaba no se encontraba allí. Estaba en la orilla
fumando el narguile debajo de una acacia. Caminé hacia él a grandes zancadas, con una
determinación que le asustó.
—Moktar, ¿has estado antes en Tebas?
—No... no, no lo creo...
—Mientes. ¿Cuántas veces has venido aquí con Drovetti?
—Cuando me necesitaba...
—¿Te dio la orden de destruir los monumentos?
—Él no... los respeta mucho. Pero todos somos servidores leales del pacha...
Un escalofrío me heló los riñones.
—¿Qué exigió?
—Tebas está llena de viejos monumentos... El pacha pensó que había que
derribar unos cuantos para construir refinerías de azúcar y manufacturas de algodón.
Le agarré por los hombros.
—¿Cuántos templos han sido desmontados?;
—Una docena... tal vez más.
—Tal vez más... —repetí, totalmente desquiciado.
Me alejé de Moktar, a quien le importaba un comino la suerte de los
monumentos tebanos. Siguió fumando el narguile, observándome de reojo.
Un golpe de viento me azotó la cara.
¡El viento!
El viento que abría por fin la ruta de Tebas.

El cielo del Alto Egipto es el más hermoso que hay. El dios sol reina allí como
señor absoluto, pero sabe engendrar un azul de una pureza tan perfecta que la mirada se
pierde en él con deleite.
En las orillas, la riqueza depositada por el Nilo, un mantillo negro, graso, ligero.
Los vientos del desierto propagan un calor seco cuya impresión es comparable a la que
se recibe de la boca de un horno corriente, cuando se retira el pan.
Aquel espectáculo, del cual no me cansaba, no hizo callar mi impaciencia. El
barco se acercaba al muelle. Aparecía Tebas.
—Tal vez sería más prudente continuar nuestro camino —dijo Solimán, que
estaba a mi lado.
Miré estupefacto al que pretendía ser mi hermano.
—¿Renunciar a Tebas? ¡Te has vuelto loco, Solimán!
—Mire a su izquierda, el gran árbol...
Un sicómoro gigante sombreaba parte de la orilla. Su tejado de hojas bajaba casi
hasta el suelo y debía ofrecer un refugio delicioso en los momentos de gran calor.
—El árbol es magnífico, pero...
—Mire mejor.
A pesar de la distancia que nos separaba de él, creí ver unos pies que salían por
debajo de las hojas, pero no tocaban el suelo.

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—Ahorcados —explicó Solimán—. Inocentes ejecutados por desagradar al
pacha. A otros les han cortado la cabeza. Más de trescientas víctimas que cometieron el
error de protestar contra la tiranía de Mehmet-Alí. Dicen que, entre las preguntas que
les fueron hechas antes del suplicio, algunas estaban relacionadas con el Profeta y el
lugar donde se escondía... ¿Sigue deseando ver Tebas?
Apreté los puños. La decisión sólo me correspondía a mí. Tenía que sopesar el
pro y el contra, calcular los riesgos, reflexionar... Me fié únicamente de la voz interior
que me dictaba mis acciones.
—Tebas nos espera, Solimán.

95
96
15

Los dos barcos anclaron delante del templo de Luxor. Unas golondrinas bailaban
en la brisa que acompañaba la salida del sol. A lo lejos, las crestas de la montaña de
oriente se tiñeron de rojo. Primero hubo una orla de azafrán, y luego un aura
resplandeciente invadió el cielo. Apareció el disco solar, iluminando el Nilo con unos
resplandores deslumbrantes que, de reflejo en reflejo, despertaron el campo.
En su inmenso dominio tebano, el dios Amón ha ofrecido un amplio lugar a los
seres vivos: campos verdes y bien regados, divididos en pequeños cuadrados, cosechas
abundantes, palmeras en bosquecillos. Con el nacimiento del día, los hombres y los
animales se preparaban para afrontar su labor cotidiana. Delante de las casas, unos niños
desnudos jugaban con unos muñecos de trapo. En la orilla del río, los chirridos de los
chadoufs difundían sus primeras quejas. Las mujeres se iban a por agua. Los burros y
los camellos se ponían en movimiento con paso tranquilo hacia los cultivos, de donde
regresarían cargados de pesados fardos.
El aire era dulce. Lo absorbí como si fuera una auténtica golosina. No hay
palabra que pueda describir este clima maravilloso donde la luz penetra cada partícula
del cuerpo. Sería una jornada como las demás, habitada por el sol, el Nilo, los templos y
los trabajos de los hombres. Una jornada perfecta donde la vida y la muerte aceptarían,
una vez más, fraternizar.
Ante mí se alzaba Luxor, inmenso palacio divino, precedido por dos obeliscos
tallados con un trabajo perfecto en un solo bloque de granito rosa y acompañados por
cuatro colosos hundidos hasta el pecho. Reconocí enseguida el arte de Ramsés el
Grande. El Nilo amenaza el edificio; si no se hace algo para protegerlo, pronto será
atacado por las aguas y se socavará.
Los indígenas son poco respetuosos con este glorioso pasado. Han levantado
unos muros de barro cocido sobre las mismas ruinas para separar sus miserables
viviendas instaladas entre los capiteles de las columnas. Los palomos y las gallinas se
alborozan al nivel de las flores de loto de piedra, los perros corren entre los
bajorrelieves y unas figuras admirables de divinidades están cubiertas de excrementos.
La parte derecha del gran pilón de entrada está obstruida por palomares. Ante lo que fue
la fachada de un templo de líneas perfectas hay dos camellos echados, esperando a que
sus dueños concluyan sus interminables transacciones.
El interior del templo está aún más devastado. Hay hornos de pollo, guarderías
infantiles, la casa de un capitán turco, los restos de una iglesia cristiana y hasta de una
mezquita que oculta buena parte del monumento. Luxor es el santuario egipcio más
profanado y el más maltratado.
Vencido por esta visión desgarradora de una Tebas con la que,
equivocadamente, había soñado demasiado, lloré, escondiéndome detrás de una
columna manchada de negro por el humo.
Aquella triste meditación duró tal vez varias horas. Fue L'Hote quien logró
encontrarme. Le mostré un rostro sereno, consiguiendo disimular mi pena.
—¡Venga rápido, general! Voy a poder despejarle los obeliscos.
—¿Por qué milagro?

97
—Bastará con derribar las chozas de ladrillos de limo seco que están adosadas a
ellos.
Los ojos de L'Hote brillaban de excitación.
—Se lo prohíbo.
—¿Y por qué? —se sorprendió.
—Dejaríamos sin techo a varias familias pobres. No tenemos derecho a hacerlo.
Néstor l'Hote no comprendía mi decisión. Como soldado disciplinado, no se
rebeló. Pero me di cuenta de que la amistad que sentía por mí estaba gravemente
perjudicada.
—Me conformaré con dibujar —anunció.
—Trabaje sin descanso —recomendé—. La arquitectura y los relieves son del
mejor estilo. Al menos hay que salvar eso.
La jornada fue de estudio. Tomé apuntes aquí y allá, imaginando una formidable
campaña de excavaciones que liberaría al templo de sus aciagos oropeles sin perjudicar
a los pobres. Mi corazón se rebelaba ante la idea de que unos seres humanos fueran tan
inconscientes de las maravillas que tenían al alcance de la mano. Un examen superficial
me permitió descubrir que Luxor revelaba el misterio del nacimiento divino, el modo en
que el faraón fue creado por los dioses para convertirse en el amo de Egipto, el
mediador entre Dios y el hombre. ¿Conseguirían renacer aquellas sublimes
revelaciones, ahogadas por las basuras de la humanidad?
Fue por la noche cuando Luxor, tan mancillado, me reveló un esplendor que
recordaba su belleza de antaño. Un viento ligero me ofreció un nuevo sosiego. Unos
colores cálidos cubrieron los muros y las columnas. El velo anaranjado del crepúsculo
se extendió sobre el gigante de piedras, borrando las zarzas, los desperdicios y las
chabolas.
Los graznidos de las aves de corral desaparecieron. Los indígenas dejaron de
circular entre las ruinas y entraron en sus chozas para preparar la comida. Rosellini y
L'Hote habían vuelto al barco.
Estaba solo en el santuario, solo con lo que había sido una inmensa sala de
fiestas donde dioses y hombres comulgaban en una alegría luminosa. Sin embargo, mis
pensamientos no conseguían elevarse más allá de las inquietudes originadas por las
confidencias del profesor Raddi. ¿Estaba realmente rodeado sólo de traidores, ineptos y
envidiosos? ¿Cuál de ellos estaba al servicio del enemigo? ¿Qué plan había trazado
contra mí y cómo pensaba llevarlo a cabo? ¿No era el profesor Raddi un mentiroso
redomado, él, que había intentado apoderarse de mi anillo protector?
En el centro del templo, apaciguado por su belleza, evaluaba el camino recorrido
desde mi partida de Grenoble. Esta expedición, que sólo tendría que haber sido una
aventura arqueológica, había provocado odios y pasiones, obligándome a lanzarme en
un combate para el cual no estaba preparado. Ahora soy adversario del omnipotente
pacha de Egipto, del despiadado Drovetti, de sus hordas de saqueadores y asesinos,
cruzándome en su camino y bien decidido a no retroceder. Estos hombres se han
propuesto saquear Egipto, destruirlo antes de que sea descubierto. Y seguramente
preparan algo todavía peor. Para ellos, sólo soy una brizna de paja. Pero una brizna
oficial enviada por el gobierno francés. Ese gobierno contra el cual he luchado tanto no
hace mucho tiempo...
—Es su pasado que le invade, ¿no es así?
Lady Ophelia Redgrave se había acercado silenciosamente. Se quedó de pie
detrás de mí.
—Estas piedras volverán a surgir algún día en todo su esplendor —dijo—. Lo
presiento.

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—Los sabios son demasiado tontos, demasiado cobardes...
—No ha sido muy amable con sus colegas... mi tío le describía como un hombre
de carácter desabrido que acusaba a sus rivales de imbéciles y de incompetentes.
—No se equivocaba. Si conociera a los eruditos franceses... los Quatremére de
Quincy, Raoul Rochette o Silvestre de Sacy... Son incapaces de comprender la
importancia de la civilización egipcia. Son unos viejos burgueses presuntuosos,
hundidos en sus costumbres mentales, hostiles a cualquier descubrimiento. Me hubiera
gustado ponerles a prueba, hacerles trabajar día y noche en la pequeña biblioteca que
me había acondicionado mi hermano, en Grenoble. Sólo teníamos dos habitaciones,
llenas de libros. Comprábamos libros continuamente y los devorábamos. Era el alimento
más suculento. Jacques—Joseph me enseñó gramática, latín, griego, hebreo... y he
completado su enseñanza con el arameo y el copto.
El sol poniente había invadido el templo. La suavidad de la luz, la tibieza del
anochecer nos convertían en cómplices hablando en voz baja para no molestar a los
dioses.
—Mi tío afirma que usted no ha descubierto nada y que es un impostor.
—¡Young es un mentiroso y un envidioso! —me enfurecí—. Fue el 14 de
septiembre de 1822, a mediodía, cuando entreví por primera vez la lectura de los
jeroglíficos. «Lo tengo», dije a mi hermano antes de caer en un desvanecimiento que
duró tres días. Había tenido tiempo de dictarle algunos principios de desciframiento que
queríamos enviar a uno de esos sabios de pacotilla, ese pobre traductor de Sacy.
Conseguí que Jacques—Joseph olvidara a ese siniestro personaje y enviara un informe a
Dacier, que apreciaba mucho a mi hermano. Desgraciadamente...
—¿Desgraciadamente?
—Nadie comprendió nada de mi descubrimiento. Como era republicano y
mostraba demasiado abiertamente mis opiniones, me echaron de mi puesto de profesor
de Grenoble. Mi hermano me acogió en París, calle Mazarine, para confiarme la
educación de sus hijos. Aquel trabajo no me gustaba nada, lo confieso, pero me permitía
continuar mis investigaciones sin preocuparme por el dinero y el alojamiento. El
silencio de las noches de Egipto no se puede comparar con nada. La gente se calla, el
campo se hunde suavemente en el sueño, los templos adquieren el aspecto de sabios de
piedra.
La paz de Luxor atenuaba la curiosidad de recuerdos que se mezclaban en mi
memoria. Lady Redgrave me interrogaba y yo no oponía resistencia. Nunca había
evocado aquellos períodos difíciles de mi existencia que la suerte no visitó. Mi única
fortuna era mi inquebrantable voluntad de hacer hablar a Egipto, de hacer oír esa voz
inmensa en el origen de toda civilización.
—¿Nunca le detuvo la policía? —preguntó lady Redgrave, recelosa.
—Detenerme, no; exiliarme, sí... y me siento orgulloso de esa condena.
Fue el Terror blanco quien nos obligó, a mi hermano y a mí, a vivir en Figeac.
Allí nos infligieron mil molestias. La justicia, a pesar de su mala fe, no pudo apreciar
ningún delito contra nosotros. Todo eso me parece irrisorio ahora... sólo guardo un
hermoso recuerdo: el de las noches de trabajo, a escondidas, en el dormitorio del liceo
de Grenoble, donde utilizaba una vela para traducir los autores griegos y latinos. Mis
compañeros dormían. Estaba solo con unos textos, unos pensamientos, unas palabras
arrancadas al silencio y la muerte.
—Venga —dijo—. Tengo ganas de pasearme.
Los bajorrelieves de Luxor, tan finamente grabados, se volvían invisibles. La
noche caía deprisa, dejando que una luna brillante iluminara el templo. Cogidos de la

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mano, fuimos hasta el santuario donde se guardaba la barca sagrada llevada por los
sacerdotes cuando el dios Amón manifestaba su presencia al pueblo.
Ya sólo éramos dos siluetas perdidas en el secreto de un lugar sagrado donde, en
presencia del creador, el faraón se unía a la gran esposa real en la boda ritual. Los
jeroglíficos inscritos en las paredes volvían ese acto perpetuamente presente, siempre
que una mirada se posara sobre ellos para resucitarlos.
Aquella noche me pareció que el templo de Luxor resplandecía de amor.

—¡Despierte! ¡Despierte, se lo ruego!


Sin brutalidad pero con vigor, Solimán me sacudía. Era el único que poseía una
copia de la llave de mi camarote. Tardé unos segundos en despejarme. Durante mi corto
sueño, había soñado con unas excavaciones grandiosas, con templos liberados de las
arenas, bajorrelieves restaurados... Estaba reconstruyendo todo Egipto.
—¿Qué ocurre, Solimán?
—Mehmet-Alí, el todopoderoso pacha de Egipto, acaba de llegar a Tebas.
Di un brinco.
—Solimán, prepárame una entrevista.

Mehmet-Alí había fijado su domicilio en una amplia mansión que tenía la mitad
de las ventanas obstruidas. Me recibió a mediodía, rodeado de numerosos cortesanos
que fumaban el narguile y bebían té verde. Sentado en un sillón estilo Imperio,
Mehmet-Alí alisaba su larga barba blanca recién perfumada por un sirviente.
—Me alegro de volver a verle, Champollion. ¿Le está dando su viaje las alegrías
que esperaba?
Manteniéndome a una distancia respetuosa del tronco, me incliné con
deferencia.
—Que el cielo le sea favorable, su beatitud, por haberme concedido audiencia.
El pacha ordenó que me ofrecieran pastas de miel y té. Me tomé el tiempo de
saborearlos, sin querer precipitar una conversación durante la cual estaba decidido a
lanzar el desafío más arriesgado. Pensaba haber encontrado la manera de vencer al
tirano sin hacerle perder prestigio. Si el intento fracasaba, sería el final de mi aventura.
—La salud de su beatitud parece floreciente.
—No podría estar mejor, Champollion. Nunca he estado tan decidido a cumplir
con mis deberes y a hacer rico y feliz a mi pueblo. La industrialización de mi país es la
tarea más urgente. Soy consciente, ciertamente, de la necesidad de preservar algunos
monumentos antiguos, pero debo ante todo preocuparme del presente.
La advertencia era clara. Mehmet-Alí me prohibía evocar los edificios que había
hecho desmantelar.
—¿Quién podría reprochárselo, su beatitud? He tenido la ocasión, a lo largo de
mi viaje, de ver el estado del pueblo egipcio al cual me siento muy unido... Ninguna
medida en su favor será demasiado generosa.
El pacha esperaba una protesta que no salió de mi boca. Su perspicacia le hacía
vislumbrar un ataque en otro terreno.
—¿Ningún incidente grave durante su periplo, Champollion?
—Algunas muertes violentas, su beatitud, pero ninguna que me ataña
directamente... En Egipto, como en otras partes, las pasiones humanas se traducen a
veces de la manera más brutal. Conflictos de interés, supongo. Pero soy egiptólogo y no
policía. No tengo ni el deseo ni la posibilidad de conocer el intríngulis del asunto. Sólo
me interesa la arqueología.

100
La mirada penetrante del pacha se había vuelto fija. El amo de Egipto pesaba
cada una de mis palabras. Sabía que no me dejaba engañar. Apreciaba mi moderación
inesperada, tan tranquilizadora para sus intereses. Ni una palabra por mi parte sobre
Abdel—Razuk, su chauz, que había intentado asesinarme. Ni el uno ni el otro teníamos
la intención de mencionar ese siniestro personaje.
—Si desea seguir adelante con su expedición, Champollion, ¿en qué podría
complacerle? Me gustaría conceder algún favor a un eminente embajador de Francia.
Bebiendo té a pequeños sorbos, reflexioné durante un largo rato, como si no me
decidiera a formular un deseo. En realidad, estaba recordando las etapas de mi
argumentación para evitar tropezar con las palabras. Con la voz un poco temblorosa,
emprendí la conquista del pacha.
—¿Es cierto, su beatitud, que los ingleses se han negado a transportar a su país
un obelisco de Alejandría con el pretexto de que habría sido necesario construir una ruta
cuyo coste estaba estimado en trescientos mil francos?
Desconcertado, el pacha respondió con un movimiento afirmativo de la cabeza.
—Claro está —continué—, que esta ruta que lleva a un muelle de embarque en
el nuevo puerto es indispensable. Pero rechazar el regalo del pacha de Egipto es una
falta grave, imperdonable.
Mehmet-Alí intentó permanecer impasible, pero percibí un suspiro de
satisfacción muy ligero.
—Por esta cantidad, su beatitud, tengo algo mucho mejor que proponerle. Con la
condición, por supuesto, de obtener su apoyo.
—Prosiga —ordenó, intrigado.
—¡Me alegro —dije— de que el sabio ingeniero inglés haya tenido la feliz idea
de una calzada de trescientos mil francos para que su gobierno y, por carambola, el
nuestro, pierda interés por los pobres obeliscos de Alejandría! Me dan pena desde que
he visto los de Tebas. Tengo una idea más fuerte, más grandiosa... ¡lo que Inglaterra
desdeña, Francia lo acepta entusiasmada! París necesita un obelisco, su beatitud. No
estaría mal poner bajo los ojos de nuestra nación un monumento de ese orden para
desligarla de los perifollos y las fruslerías a los que damos el nombre fastuoso de
monumentos públicos, auténticas decoraciones de camarín, muy a la altura de nuestros
«grandes» arquitectos, meticulosos imitadores de todas las pobrezas del Bajo Imperio.
Por mucho que digan, lo grande siempre estará en lo grande, y en ningún otro sitio. Sólo
las masas infunden respeto e impresionan el espíritu y los ojos. Una sola columna de
Luxor es más un monumento ella sola que las cuatro fachadas del Louvre. Un coloso
egipcio colocado en la explanada del Pont—Neuf diría mucho más que tres regimientos
de estatuas ecuestres del tamaño de la de Lomot 5. Nuestra capital está triste. El arte
moderno ha matado al arte. París ha entrado en la era de la barbarie. Al ver aquí unos
obeliscos erguidos en honor de Ramsés, el mayor conquistador de su época, supe que
uno de ellos podría conmemorar magníficamente la amistad indisoluble que une Egipto
y Francia.
El pacha ya no disimulaba su sorpresa.
—¿Qué es lo que propone, señor Champollion?
—Por la suma de trescientos mil francos, estoy seguro de poder asegurar el
transporte hasta París de uno de los dos obeliscos del templo de Luxor, el que está a la
derecha de la entrada. El honor nacional le estará eternamente agradecido, su beatitud.
—Sorprendente demanda y fabulosa empresa —opinó el pacha—. Seguramente
habrá que partir en tres ese enorme monolito...

5
La estatua ecuestre de Enrique IV.

101
—Todo o nada, su beatitud. El obelisco debe permanecer intacto para
resplandecer con todo su poder en el suelo francés. El transporte será un éxito siempre
que el asunto sea confiado a un hombre de práctica, arquitecto o mecánico, ¡en ningún
caso a un sabio de gabinete!
Era la única solución para salvar una de las obras maestras más perfectas del arte
egipcio, mancillado cada día por vándalos y condenado a una rápida degradación.
Mehmet-Alí alisó su barba blanca, perplejo, se levantó y ordenó secamente a sus
cortesanos que se fueran. Esperó a que estuviéramos solos para tomar la palabra.
—Es usted un hombre muy activo, Champollion. Egipto vivía olvidado y
tranquilo antes de su llegada. Temo que provoque un interés demasiado apremiante por
este viejo país que debe caminar lentamente hacia el progreso.
—La razón de ser de Egipto, su beatitud, ¿no es acaso su mensaje espiritual?
—Usted ve templos, esculturas, divinidades. Yo veo fábricas, máquinas, presas.
Somos adversarios empeñados en una lucha sin piedad. Sólo la posteridad será capaz de
juzgarnos.
El pacha se detuvo frente a una ventana abierta y me dio la espalda. Para él, la
conversación había terminado.
Para mí no.
—Perdone que interrumpa su meditación... pero no he oído su respuesta con
respecto a mi proyecto.
El amo de Egipto tenía la inmovilidad del granito. Durante unos largos
segundos, temí que hubiera adoptado también un silencio mineral.
—Su obelisco embellecerá París, Champollion.

Embriagado con mi victoria, me atreví por fin a dar el último paso que me
separaba del corazón de Tebas: Karnak, el palacio de Amón—Ra, el señor de los dioses.
Karnak, la Tebas de las cien puertas que, durante muchos siglos, había reinado
sobre el universo. ¿Qué me reservaba? ¿Qué quedaría de ella, tras la destrucción de los
asirios, de los cristianos y de los árabes? ¿Estaría Karnak reducido al mismo estado
lamentable que Luxor?
Incapaz de esperar por más tiempo, caminé a paso rápido bajo el sol. Un
borriquero me propuso una ayuda que acepté gustoso. La distancia fue pronto recorrida.
Cuando dejamos la orilla para penetrar en las tierras y el borriquero me anunció con
orgullo «Al—Karnak!», cerré los ojos.
¿Iba a conocer la mayor alegría o la mayor decepción de mi existencia? El burro
se detuvo. Me apeé, terriblemente emocionado.
Abrí por fin los ojos.
Karnak se alzaba ante mí, inmensa, sobrehumana.
Allí vi toda la magnificencia faraónica, lo más grande que los hombres han
imaginado y ejecutado. Lo que había visto en Tebas me pareció miserable comparado
con las concepciones gigantescas que me rodeaban. Me abstendré de hacer descripción
alguna, porque o mis expresiones sólo valdrían la milésima parte de lo que se debe decir
al hablar de semejantes objetos, o, si trazara un débil esbozo, aunque muy descolorido,
me tomarían por un entusiasta, tal vez por un loco. Bastará añadir que ningún pueblo
antiguo ni moderno ha concebido el arte de la arquitectura a una escala tan sublime, tan
amplia, tan grandiosa, como lo hicieron los antiguos egipcios; concebían como hombres
de cien pies de altura, y tenemos como mucho cinco pies y ocho pulgadas. La
imaginación que en Europa se dispara muy por encima de nuestros pórticos, se detiene y
cae impotente al pie de las 140 columnas de la sala hipóstila de Karnak, bosque de

102
flores gigantes, mundo más allá de lo humano que ilumina una luz celeste filtrada por
unas ventanas de piedra.
En este templo maravilloso he contemplado los retratos de la mayoría de los
faraones que habían hecho la gloria del Imperio. Egipto ha desplegado en esas columnas
y sobre esos muros el poder del espíritu, ha logrado espiritualizar la materia.
Karnak también ha sufrido la negligencia de los invasores árabes, para quienes
Egipto sólo es una tierra extranjera. Hay colosos desplomados, montículos de arena por
desescombrar, dinteles que amenazan con caer en ruinas, campamentos de indígenas en
los santuarios. Pero el genio de los antiguos no había cedido ante estas agresiones del
tiempo y de los hombres. Karnak, con su gigantismo, es capaz de desafiar los
cataclismos, entre los cuales figura en primer lugar la ignorancia humana.
Los dioses me habían llevado al corazón de lo más sagrado que hay en el
mundo... aquella visión me hizo olvidar las necedades y las bajezas de la existencia.

—Maestro... ¡pero si está aquí!


Abriendo la puerta de mi camarote, que había olvidado cerrar con llave,
Rosellini se quedó atónito al descubrirme instalado en mi mesa de trabajo, cubierta de
papeles.
En Karnak había emborronado decenas de hojas. Cuando volví al Isis, al
anochecer, empecé enseguida a redactar un ensayo de cronología de los reyes que
habían dejado huellas de su reinado. El día en que el Profeta me entregue los elementos
de la tradición oral de los que él disponía, estaré preparado para redactar una gramática,
un diccionario y una historia general de la civilización egipcia.
—Le hemos buscado por todas partes, maestro... Estábamos muy preocupados.
¿No estará enfermo?
—Mi salud es excelente. El clima me sienta de maravilla y me encuentro mucho
mejor que en París. Hoy he trabajado mucho... y espero que usted también.
Rosellini pareció ofendido.
—Perdone esta observación... Parece estar de mal humor.
—Exacto —dije tirando mi pluma lejos—. Incluso estoy furioso.
—¿Por mi culpa?
—En absoluto. Por culpa de toda Francia, de los que pretenden ser mis allegados
o mis amigos. No hay noticias de ellos desde que nos fuimos. Ni una carta.
—Dificultades de envío, seguramente...
—No intente mentir, Rosellini. Sé que usted ha recibido cartas que provenían de
Alejandría. L'Hote, Bidant, Raddi... todos ustedes han recibido noticias. Yo no.
—Drovetti ha debido hacer retener las misivas que le concernían para sumirle en
la desesperación. No permita que triunfe su malevolencia.
Por lo tanto estaba solo, completamente solo, pero el espíritu del Antiguo Egipto
entraba en mí, hora tras hora. Los lazos con Europa y mi pasado se rompían uno tras
otro. En mi fuero interno no sentía ninguna tristeza. Karnak marcaba la cumbre de mi
destino, relegando el ayer al rango de las vanidades llevadas por un viento de arena.
Acababa de pasar un punto sin retorno.
El rostro inquieto de L'Hote apareció detrás de Rosellini.
—General, una mala noticia. Acabo de ver a Abdel—Razuk en el muelle.
Primero pensé que me había equivocado, pero estoy demasiado acostumbrado a
observar. He gritado su nombre.
Se ha vuelto y ha huido. Hay que señalar su presencia a las autoridades de
Luxor.

103
—Es inútil —contesté—. Abdel—Razuk está al servicio del pacha, que impedirá
cualquier acción contra su sirviente.

Deseando saborear la luz del sol poniente en el puente del Isis, me encontré con
una suntuosa lady Redgrave. Llevaba un vestido de noche de seda roja y un collar de
perlas de tres hileras. Estaba resplandeciente y habría hecho que cualquier ermitaño
renunciara a su soledad.
—Siento tener que apartarle de sus sabios trabajos —dijo, provocadora.
—¿Por qué motivo?
Me observó con ojo crítico.
—Parece un explorador que regresa de lo más recóndito del desierto. Debería
engalanarse un poco para seducir a sus huéspedes.
—No tengo a quién seducir, lady Redgrave. He subido a tomar el aire un
momento y vuelvo a mi camarote. Establecer la lista de los faraones me parece algo más
esencial que una cena mundana.
—Pues no se librará de ésta.
—¿Y porqué?
—Porque las mayores personalidades de Luxor deseaban ser invitadas a su
mesa... que está ahora dispuesta en el puente.
Me disponía a precipitarme para comprobar esa noticia, pero lady Redgrave me
cerró el paso.
—¡No con esa facha, señor Champollion!

La mesa redonda había sido instalada debajo de una tela de tienda extendida
sobre cuatro postes. Un delicioso soplo de aire volvía la velada encantadora, borrando
las fatigas de la jornada. Lady Redgrave actuó como una anfitriona notable, adornando
lo corriente con lámparas de aceite y ornamentos florales.
No me había engañado respecto a la calidad de nuestros invitados. Allí había un
Agá turco, comandante jefe de Gournah; el jeque elbeled de Medinet-Habu, que daba
órdenes en ese templo y en el Ramesseum; finalmente, el jeque de Karnak, ante el cual
todo se prosterna en las columnatas del viejo palacio de los reyes de Egipto. Reinan
sobre un ejército de gente menuda y pequeños oficios. Es imposible dar un paso en
Tebas sin su consentimiento.
La conversación, a decir verdad, se redujo a un intercambio de banalidades y de
felicitaciones recíprocas; a intervalos regulares, yo contestaba Thaïbin (estoy bien) a la
pregunta Ente—thaïeb, (¿está bien?). Una sonrisa cordial adornaba entonces los labios
de mis huéspedes, a quienes ofrecí pipas y café en abundancia. Solimán contó algunos
chistes orientales que trataban de demonios engañados por los humanos. Nos colmaron
de regalos: un rebaño de ovejas y unas cincuenta gallinas. Aquella fortuna con patas,
que lady Redgrave apreció mucho, nos aseguraría pronto un excelente sustento.
Recibiendo un lote de pólvora que le ofrecía una supremacía guerrera, el jeque
de Karnak me atribuyó un personal numeroso para trabajar en el gran templo. Se
deshizo en cumplidos galantes acerca de lady Redgrave, a quien otorgó el título de «su
esposa». Habría debido reaccionar, pero es muy peligroso, según las reglas de la
educación egipcia, contradecir brutalmente a un invitado.
Lady Ophelia sonreía.

Con el corazón lleno de esperanza, al día siguiente penetré de nuevo en Karnak


como si el inmenso dominio de Amón fuera ahora mío. Los fellahs prometidos por el
jeque me esperaban en el gran patio, detrás del pilón macizo de entrada. Junto con

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Rosellini y L'Hote, me dirigí entusiasmado a aquella cuadrilla de obreros, dirigidos por
un capataz que fijó su salario a media piastra por día. Las excavaciones empezaron de
inmediato. Rosellini temblaba de curiosidad con la idea de desenterrar estatuas. L'Hote
se alegraba de abandonar sus dibujos para dedicarse a un trabajo de dirigente de
hombres.
Solimán me trajo el personaje que le había pedido que descubriera: Timsah (el
cocodrilo), excavador personal del cónsul general de Francia, Drovetti, y representante
local de las autoridades francesas. El cocodrilo era pequeño y de anchas espaldas. La
frente baja, las manos gruesas, apenas abría los ojos.
—Que el saludo esté contiguo, Timsah. ¿Te ha anunciado mi venida el cónsul
general?
—Sí.
—¿Te ha entregado los fondos necesarios para emprender las excavaciones?
—Los estoy esperando.
—¿No querrás decir... que no tienes nada en tu poder?
—Los estoy esperando—repitió.
—¿Para qué fecha? —me impacienté.
—Mañana... tal vez pasado mañana.
—Será mañana. Te hago personalmente responsable de ello.
El cocodrilo se inclinó y se alejó lentamente.
—¿Cómo pagaremos a los obreros esta noche? —se inquietó Rosellini.
—Con mi propio dinero.

La jornada fue una sucesión de asombros. Hice medir el más alto de los
obeliscos egipcios. Un joven nubio consiguió alcanzar la cima de la aguja de piedra
ayudándose con un poste rodeado de cordajes. Mientras trepaba, el capataz imploraba a
Alá de rodillas y los destajistas recitaban versos del Corán. En otra parte, excavaban
para despejar unas bases de columnas y extraían tierra de unos bronces tardíos. Yo
volaba de templo en templo, de sala de fiestas en sanctasanctórum, de galería de careros
en pórticos monumentales. Devoraba Karnak con avidez, convencido de que aquella
obra de construcción del tamaño del universo nunca había estado cerrada. Hasta el final
de su epopeya, los capataces habían construido, embellecido, desarrollado. Y yo era
ahora su humilde sucesor, dispuesto a hacer revivir ese cuerpo sagrado de Egipto donde
el espíritu y la mano habían creado con el mismo genio.
Estaba copiando una escena de ofrenda grabada en una de las columnas de la
sala hipóstila cuando el capataz vino a buscarme. Sus gestos desordenados atestiguaban
una viva exaltación. Corrí detrás de él hasta la capilla de Seti, ante la cual estaba
teniendo lugar un espectáculo lamentable: L'Hote y el padre Bidant se estaban peleando
a manotazo limpio. El religioso parecía llevar ventaja, asestando grandes golpes con la
palma de la mano. L'Hote se veía obligado a retroceder protegiéndose el rostro.
—¡Paren inmediatamente! —intervine con voz potente que puso fin al combate
—. ¿Se ha vuelto usted loco, padre? ¿Y usted, L'Hote, es que ha perdido toda dignidad?
—Bidant es un criminal, general.
—L'Hote es un demente —contraatacó el religioso—. Me ha agredido cuando
estaba examinando el bajo de un muro.
—No lo examinaba —protestó L'Hote—, ¡lo degradaba! ¡Intentaba borrar las
figuras a pedradas!
Inclinándome sobre el objeto del conflicto, admiré una escena conmovedora: el
faraón, representado de niño, estaba sentado sobre las rodillas de su madre. Comprendí
las intenciones del padre Bidant.

105
—La Virgen llevando al Cristo... ha pensado en ellos, ¿verdad? Ha querido
destruir el motivo egipcio que ha servido de modelo a los imagineros de la Edad Media.
Este nacimiento divino antes del cristianismo le resulta muy molesto... Su combate es
inútil, padre. ¡Tendrá que admitir que el cristianismo ha nacido en esta tierra y que ha
sacado sus símbolos del más viejo caudal egipcio!
—¡Sacrílego! —rugió el religioso furioso y, sacudiendo su sotana cubierta de
polvo, se alejó del recinto sagrado.

Karnak me hechizaba. Ya no necesitaba dormir, apenas comía. Ni siquiera


pensaba en el peligro. Tenía la impresión de haber vivido siempre aquí, de haber
recorrido antes esas galerías y frecuentado esas salas. Lady Redgrave había dejado el
barco para instalarse en una confortable vivienda de Luxor llena de sirvientes. Una
barrera insuperable se había vuelto a alzar entre nosotros. El padre Bidant se había
enclaustrado en su camarote donde se hacía servir sus comidas. El profesor Raddi,
provisto de una silla plegable, se sentaba en el linde del desierto que contemplaba
durante horas. No oía ni veía a nadie. L'Hote y Rosellini me secundaban hasta el límite
de sus fuerzas, sorprendidos por mi capacidad de resistencia. Mi salud, preocupación
constante en los fríos y las brumas de Europa, mejoraba bajo el sol de Egipto; Karnak,
además, tenía el don de borrar las fatigas. Por el suelo circulaban energías divinas que
dejaban el cuerpo como nuevo. Comprendí por qué los constructores habían podido
levantar unas piedras de semejante tamaño y construir a escala tan gigantesca: estaban
poseídos por un poder sobrenatural que les ofrecía la obra de construcción del templo.
Aquellos monumentos no pertenecían al pasado. Eran el eterno presente de la
conciencia, tan serenos como la primera mañana del mundo. Tebas se había convertido
en mi centro del universo, el lugar donde mi destino se cumplía tanto en la luz como en
el misterio. Si me dejan excavar Karnak, ya no me moveré de aquí. Llegaré incluso a
olvidar al Profeta y el desciframiento de los jeroglíficos. Me contentaré con ser el más
modesto de los obreros, con quitar la arena y el polvo hasta el final de mi existencia.
Me quedé dormido y soñé con un Karnak resucitado.
Una enorme agitación reinaba en el recinto del templo de Mout, al sur del
santuario de Amón. En el resplandor intenso de la madrugada, el emplazamiento
consagrado a la madre divina se me apareció en su extrañeza: unos bloques dispersos,
unos hierbajos, un lago sagrado en forma de luna creciente.
Una multitud de fellahs se había reunido alrededor de L'Hote, que se había
empeñado en cavar en aquel lugar aislado. Me habría dejado seducir gustosamente por
el encanto de aquella llanura repleta de tesoros ocultos si no hubiera visto a L'Hote
debatirse en medio de una muchedumbre hostil. Tenía que socorrerle lo antes posible.
Aparté a unos obreros y me dirigí al jeque de Karnak, que blandía un palo
amenazador.
—¿Qué ocurre?
—Mire —dijo L'Hote señalando un agujero de donde salía la cabeza negra de la
estatua de una diosa—leona—. Los fellahs están convencidos de que se trata de un
demonio. Quieren destruir su rostro antes de sacarla. Tiene el mal de ojo.
—¡Tienen razón, tienen razón! —gritó el padre Bidant blandiendo una cruz por
encima de las cabezas—. ¡Que vuelvan a enarenar esa estatua maldita!
Rosellini le obligó a callarse. Pero el jeque de Karnak mantenía un rostro
cerrado y hostil. No podía permitirse perder su prestigio delante de sus hombres.
—Hay un maleficio —declaró—. La leona va a saltarnos al cuello. Ayer, en
Qenah, unos peces ávidos de carne humana han atacado a unos nadadores y les han
comido el sexo. En Akhmim, unos niños han cortado una serpiente en pedazos. Se

106
reconstituyó en el acto y les mordió. Hay un maleficio. El mal de ojo está sobre
nosotros.
El jeque habría podido contar muchas otras historias fabulosas donde
sobrevivían huellas de la mitología egipcia. Yo no tenía tiempo para hablarle de la
serpiente uraeus encargada de proteger a los faraones, o del mito de Osiris, cuyo sexo
había sido tragado por un pez.
—Yo soy capaz de quitar el mal de ojo —afirmé—. No lo temo.
Intrigado, el jeque apartó a dos fellahs de un bastonazo.
—Demuéstrelo.
Me arrodillé. Con las manos desnudas, quité un poco de tierra, liberando
completamente el rostro severo de Sekhmet, la diosa—leona de mirada de fuego,
encargada de aniquilar a los enemigos visibles e invisibles del faraón, de enseñar su arte
a los médicos. Tomé la robusta frente de la leona entre mis manos, provocando un
murmullo de terror.
—Ven, la diosa me acepta. No aportará la desgracia ni la enfermedad.
Mantuve la postura durante unos largos minutos. Cada fellah esperaba verme
devorado por la leona aterradora. Pero el mal de ojo no se abatió sobre mí. La sonrisa
volvió a los labios. Un obrero se puso a trabajar, y luego un segundo, un tercero... Al
final de la mañana, la poderosa estatua de Sekhmet, sentada, reinaba ante nuestros ojos
maravillados por tanto poder unido a tanta majestuosidad.
Rosellini dominaba mal su emoción. Sus manos temblaban.
—¿Qué le ocurre, Ippolito?
—Su mirada, maestro, su actitud ante el jeque... Nunca le había visto tan
resuelto, tan bravo... Creí que iba a pelearse con esa multitud de árabes, que estaba
dispuesto a todo para salvar esa escultura.
—Sí, defenderé Egipto con uñas y dientes. Me crecieron a los cinco años, y
desde entonces no han perdido su fuerza. Recuerdo... Pasaba delante de una casa de
leprosos. Contra la puerta se apoyaba un mendigo que sostenía un sombrero. Iba a
echarle una moneda cuando un jefe del partido revolucionario dio un bastonazo al ciego
que estorbaba su paso. Me precipité sobre aquel bruto, ¡empuñé el bastón, suplicándole
que no obedeciera más a aquel hombre malvado y que le zurrara a él! Aquel maldito
jacobino se rió a carcajadas, y aconsejó a mi madre que recortara el pico y las garras de
su pajarillo para que otros no se vieran obligados a hacerlo más tarde. Otros,
efectivamente, intentaron destruir mi deseo de justicia. No lo lograron. Y nadie lo
logrará.
No me entretuve por más tiempo, preocupado por un grave tormento. Solimán
debería haber estado junto a mí desde hacía mucho tiempo. Habíamos quedado en
encontrarnos a mediodía delante del pilón de entrada si no había conseguido traerme a
Timsah.
Mi hermano había perdido su acostumbrada impasibilidad.
—Imposible echar el guante a Timsah, ha desaparecido.
—Espérame aquí.
Una breve y virulenta conversación con el jeque de Karnak, a quien tuve que
entregar un soborno sustancioso, me permitió obtener la información esperada. El
cocodrilo se escondía en casa de una mujer, en el burgo de Karnak. Pronto estuvimos en
presencia del excavador de Drovetti.
—¿Por qué te escondías? —pregunté, tajante.
—Descansaba.
—¿Dónde está el dinero prometido para pagar a los obreros?
—No ha llegado.

107
—¿Cuándo podré por fin disponer de él?
—Lo ignoro.
—¿Cómo entras en contacto con el cónsul?
—Me envía mensajeros.
—¿Cada día? ¿Cada semana?
—Depende... Cuando lo juzga necesario. Hace ya tiempo que no veo a ninguno.
No es una buena época para viajar.
El cocodrilo mantenía los ojos cerrados. Mis preguntas no le impresionaban.
Protegido por Drovetti y por el pacha, se sentía invulnerable. Interrumpí aquella
entrevista inútil.

Pasaron cuatro días. El tiempo corría. Había tenido que interrumpir las
excavaciones por falta de dinero. El excavador de Drovetti no había recibido ningún
mensaje. No recibiría ninguno mientras yo persistiera en mi proyecto. De modo que los
rumores que corrían en París antes de mi marcha estaban fundados: Drovetti se opondría
por todos los medios a mi deseo de estudiar los emplazamientos y de darles valor.
Tenía que contentarme con ser un transeúnte.
Entristecido, deambulaba por el muelle de Luxor. El occidente enrojecía. El Nilo
se encendería pronto con los miles de colores del poniente. Tebas estaba allí, al alcance
de mi mano, y debía renunciar a ella por culpa de un diablo que había jurado mi ruina y
la de los antiguos egipcios.
Cuando estaba contemplando la orilla de los muertos, un hombre se abalanzó
sobre mí y me empujó violentamente hacia el Nilo.

108
16

Sin la intervención de L'Hote, me habrían acogotado y tirado al Nilo. Sacando su


sable, amenazó con él a mi agresor. Como éste intentaba huir, se lo lanzó a las piernas,
lo que provocó su caída. Subió sobre su espalda y lo mantuvo con la cara contra el
suelo. El hombre se debatió, pero tuvo que darse por vencido. L'Hote le arrancó el
turbante que le ocultaba la cabeza y el rostro.
¡Abdel—Razuk! El policía del pacha había intentado matarme por segunda vez.
—¿De quién recibes tus órdenes?—pregunté.
El chauz levantó la vista hacia el cielo.
—¡Contesta —se enfureció Néstor l'Hote—, o te parto la nuca!
Traduje la amenaza. La cólera verdadera de mi compañero asustó a Abdel—
Razuk. Balbuceando, se decidió a hablar.
—Es... es el Profeta quien me ha dado la orden de matarle.
Me quedé atónito.
—¿Porqué?
—Lo ignoro.
—¿Dónde se encuentra? ¿Se esconde en Tebas?
—Se ha marchado hacia el sur...
—¿Cuándo?
—Tres días atrás. Yo tenía que hacerle llegar la noticia de su muerte para que
pudiera regresar a Tebas.
—Desaparece, Abdel—Razuk. No vuelvas a cruzarte en mi camino. Si no, mis
amigos y yo no detendremos nuestros sables.
Le ordené a L'Hote que le dejara marchar.
—¿Por qué no se lo llevamos al pacha?
—Si dice la verdad, más vale dejarlo en libertad. Avisará al Profeta. Éste estará
muy afectado por el fracaso de su plan. Le estamos pisando los talones. Acabaremos
encontrándole y comprendiendo por qué quiere mi muerte. Que todo esté listo dentro de
una hora. Salimos para el sur.

Los dos barcos se apartaron del muelle de Luxor. Champollion y los miembros
de su expedición, ayudados por el viento, se alejaron rápidamente de la prestigiosa
capital de los faraones del Nuevo Imperio. Bernardino Drovetti, cónsul general de
Francia, abandonó la ventana desde la cual había asistido a la partida. Encendió una
pipa de loza, preparada con tabaco turco, y bebió con gran deleite un vino de Burdeos.
Sentado en un rincón de la amplia sala que servía de cuartel general al cónsul,
Abdel—Razuk salmodiaba unos versos del Corán.
—Perfecto —murmuró Drovetti para sí mismo—. Ahora que se ha ido de Tebas
podemos continuar sin ningún peligro. ¡Abdel—Razuk!
El chauz del pacha se levantó. Temía a aquel hombre receloso que era escuchado
por Mehmet-Alí.
—No olvides tomar las precauciones necesarias... Champollion aborda la parte
más peligrosa de su viaje. Puede que la naturaleza nos ayude. Ya ha habido muchos

109
accidentes, en el sur. Nuestro cómplice podrá al fin mostrar de lo que es capaz, en el
corazón mismo de esta maldita expedición.

Alejarme de Karnak fue una aflicción. Me prometí a mí mismo que volvería


victorioso, con la certeza de poder hacer hablar a las piedras, de devolver la palabra al
Egipto eterno. Después de aquellos días pasados en tierra, mis compañeros volvieron a
la navegación con una indudable curiosidad, preguntándose qué nuevos horizontes nos
esperaban.
Consultando los mapas arqueológicos que yo mismo había trazado, fijé nuestra
próxima parada en El—Kab, una ciudad muy antigua donde esperaba ver vestigios de
los tiempos más antiguos. Cuando estábamos llegando a la altura de la ciudad de Esna,
el viento y la noche se opusieron a estos proyectos. El reis que guiaba la navegación nos
recomendó un alto. Decidí entonces navegar un poco más al sur, abandonando nuestros
pesados barcos y utilizando unas barcas para llegar al emplazamiento de
Contralatopolis. Sólo me acompañaban L'Hote y Rosellini, el cual abordó el primero la
orilla.
Un mozo robusto con una chilaba sucia y agujereada vino corriendo hacia él.
Hablaba fuerte y articulaba mal. Rosellini me rogó que interviniera. Me di cuenta de
que el hombre no tenía dientes, lo cual explicaba su elocución defectuosa. Lo que creí
comprender me dejó tan consternado que me sentí desfallecer. Mi palidez alertó a
L'Hote, que advertía rápidamente la menor de mis reacciones.
—¿Qué está diciendo este bandido, general? ¿Le ha insultado?
—Mucho peor que eso, amigo, mucho peor...
Me había quedado sin aliento. Tuve que sentarme, sostenido por mis
colaboradores. El árabe desdentado estaba sorprendido de verme tan desesperado.
—Hable, maestro—insistió Rosellini.
Hice un esfuerzo considerable para expresarme.
—Había un gran templo aquí, hace sólo doce días... Ha sido totalmente
derribado por los obreros del pacha. Las piedras han sido utilizadas, unas para construir
fábricas, otras para reforzar el muelle de Esna que amenazaba con ser arrastrado por el
Nilo.
Ni L'Hote ni Rosellini encontraron palabras para reconfortarme. Sabían que la
destrucción voluntaria de los monumentos egipcios constituía para mí el más
insoportable de los sufrimientos. Nada podía consolarme. El viento frío del norte me
heló las sienes. Estaba tiritando.
—Volvamos a Esna—dije con lágrimas en los ojos.

Otra calamidad nos esperaba,


El Isis, lleno de agua, estaba encallado en la orilla. Afortunadamente, había
abordado en un punto poco profundo y no se había hundido. Tuvimos no obstante que
vaciar la embarcación para carenarlo y tapar la vía de agua. Nuestras provisiones
estaban mojadas. Habíamos perdido sal, arroz y harina de maíz.
Vi a L'Hote abrumado por primera vez.
—Mala señal, general... El gran sur no vale nada.
—Al contrario —repliqué—. Todo esto no es nada comparado con el peligro que
nos habría amenazado si esta vía de agua se hubiera abierto durante la navegación en el
gran canal. Nos habríamos hundido irremisiblemente. ¡Que el gran dios Amón sea
alabado!
Mi optimismo, que me sorprendió a mí mismo, resultó comunicativo.

110
—¡Demonio, tiene razón, general! ¡Estamos bajo la protección de los dioses
egipcios! Pongamos nuestro destino entre sus manos.
Aquel nuevo entusiasmo fue inmediatamente moderado por la llegada ruidosa de
una tropa numerosa, armada con fusiles, largas pistolas, sables y lanzas. Un gigante
bigotudo de aspecto poco atractivo estaba al mando. Ordené a mis compañeros que se
quedaran en los barcos. Vi a lady Ophelia, con el rostro casi totalmente oculto por un
sombrero malva de alas anchas. No se dejaba llevar por el pánico. Con pasos tranquilos,
me dirigí hacia el comandante que nos asediaba. Después de desearle mil bendiciones
para él y su familia, pregunté cuáles eran los motivos de aquel despliegue de fuerzas
contra mi modesta expedición que gozaba del beneficio, como el mundo entero sabía,
de los favores insignes del pacha.
La mala suerte se mostraba cruel con todos nosotros. Tenía que habérmelas con
una persona de cortos alcances, inaccesible a los encantos del discurso. Su única
respuesta fue un «sígame» que no admitía réplica. Me invitaron a subirme a un camello,
desde donde hice una señal tranquilizadora con la mano a L'Hote.
Me llevaron a una gran mansión situada a orillas del Nilo, a unos cien metros de
allí. El comandante me amenazó con una enorme pistola cubierta de dorados. Me
empujó hacia un potentado barrigudo ante el cual se inclinó.
—Soy Ibrahim Bey —declaró el potentado—. La ciudad de Esna y sus
alrededores están bajo mi jurisdicción. ¿Es usted ruso?
—No, su excelencia. Mi nombre es Champollion. Soy francés.
—¿Y si fuera ruso? ¿Si estuviera mintiendo? Ayer, en El Cairo, decían que los
rusos se dirigían a Constantinopla y que nuestro ejército se disponía a combatirlos.
Nuestro amo todopoderoso el pacha teme que unos espías surquen nuestras provincias.
Cuenta con que sus gobernadores los detengan y los ejecuten.
A mi alrededor sólo había miradas hostiles.
—El pacha me ha autorizado a viajar por Egipto para estudiar los monumentos
antiguos —dije con calma—. Esta es mi única misión.
Ibrahim Bey posó las manos sobre su vientre.
—No lo creo. ¿Quién podría interesarse por esas viejas piedras?
—Mis documentos de acreditación están en el barco. Le bastará con
consultarlos.
El potentado hizo una mueca de escepticismo.
—Está demasiado lejos y yo estoy cansado. El pacha me ha pedido que
identifique a un espía ruso... y pienso obedecerle. Quienquiera que sea, usted servirá.
El comandante y varios hombres suyos me rodearon, dispuestos a detenerme a la
fuerza.
—¡Le prohíbo tocarme! —declaré, furioso y blandiendo mi mano derecha como
un arma irrisoria.
El comandante sacó su sable, decidido a hacerme tragar mis palabras.
—¡Apártense! —ordenó brutalmente Ibrahim Bey a sus hombres—. Usted,
Champollion, ¡acérquese!
Examinó mi mano derecha con gran interés. Su rostro reflejó una intensa
perplejidad.
—¿De dónde proviene el anillo que lleva?
—Me ha sido regalado por Mohamed Bey, el gobernador de la provincia de Beni
—Hassan.
Una amplia sonrisa animó los labios carnosos del potentado.
—Es mi querido hermano —declaró abrazándome con tanto fervor que casi me
ahogó—. ¡Los amigos de mi hermano son mis hermanos!

111
Las efusiones fueron intensas y duraderas. El potentado de Esna juró que me
ofrecería su brazo en este mundo y en el otro, que honraría mi vejez con regalos
suntuosos y me guardaría un sitio en el paraíso junto a él. Aproveché aquellas
ventajosas disposiciones para pedirle algunas aclaraciones acerca de aquellos espías
rusos que tanto le preocupaban. Me contestó que el asunto era serio. La víspera, incluso
se creía que El Cairo, lugar de violentos combates, se había vuelto inaccesible.
Afortunadamente, aquellas falsas noticias se habían desvanecido como un espejismo.
—Ya que le gustan las viejas piedras —me anunció orgullosamente el pacha—,
yo tengo algunas que ofrecerle.

Mientras un pacífico ejército de obreros terminaba las reparaciones de nuestros


barcos y una cohorte de sirvientes traía platos suculentos, me dirigí con curiosidad hacia
el templo de Esna, ya que el consejo de los dioses lo había decidido así.
¡Cuál no fue mi sorpresa al descubrir, en pleno centro de la aldea ruidosa y
polvorienta, un edificio de buen tamaño, casi totalmente hundido en la arena! Además,
servía de almacén de algodón, lo cual le permitía escapar a la destrucción por algún
tiempo. El templo ha sido revestido con limo del Nilo, sobre todo en el exterior.
También han cerrado con muros de barro el intervalo que existe entre las primeras
hileras de columnas del pronaos, de modo que mi trabajo exigió la ayuda de escaleras y
de velas para ver los bajorrelieves de más cerca. Para penetrar en el santuario, hay que
descender, no sin haber apartado las basuras que obstruyen el paso. Una vez dentro, hay
que evitar empujar a los hombres que duermen en una estera y a los que, descalzos e
instalados en alfombras, leen el Corán en aquel lugar que, sin embargo, está destinado a
otros misterios. Ese santuario, de fundación antigua, está dedicado al dios carnero
Khnoum, que tiene la función de modelar en su torno de alfarero la totalidad de los
seres vivientes. Por lo que pude ver, los relieves enseñaban a los sabios el proceso de
esta creación que constituye la base de todos los artesanados.
La escalera, colocada entre dos capiteles, chirrió de un modo siniestro. Alguien
bajaba. El bajo de una sotana apareció. Con gran dificultad, el padre Bidant se introdujo
en aquel templo enterrado hasta el mentón. . ..
—Es aterrador —dijo al verme, con una vela en la mano—. ¡Es como penetrar
en el antro del diablo!
—Tranquilícese, padre. Aquí sólo estoy yo y algunos incrédulos.
—Extraño lugar —observó con inquietud.
—Si le quitáramos su ganga, descubriríamos un templo comenzado en buena
época y llevado a término por los emperadores romanos. Hay aquí unos textos
sorprendentes sobre el nacimiento de la vida.
—¿De acuerdo con la doctrina cristiana? —se angustió el padre Bidant.
—Me temo que no —reconocí—. Por lo que veo, los textos hablan de una
divinidad que transmite su poder a otras fuerzas creadoras que actúan en su nombre...
Intermediarios entre Dios y el hombre, por decirlo así. Lo que los antiguos llamaban
«genios», contra los cuales el cristianismo luchó tanto.
Esperaba una réplica mordaz, pero el religioso se contentó con deambular por la
sala enterrada.
—Hice mal en interpelarle de un modo tan brutal, Champollion. Me enfurecí
más allá de lo razonable, es cierto. Es muy poco cristiano. Le ruego que me perdone.
Hay que comprenderme. El calor, una comida poco refinada, las fatigas del viaje, la
irritación de encontrarme tan alejado de nuestro país, el contacto de nuestro bello país,
el contacto repetido con los infieles... otros tantos pesos casi insoportables que me han
llevado a este deplorable arrebato de debilidad y de intolerancia.

112
Estaba profundamente emocionado. La sinceridad del padre Bidant borraba
nuestras disputas anteriores.
—Yo no estoy libre de reproches, padre. En cuanto atacan a los viejos egipcios,
me hierve la sangre. No me tome por un enemigo jurado de la religión cristiana.
Simplemente creo que no es original y que toma sus raíces en una fe más antigua y más
amplia que, mañana, será una nueva luz para la humanidad.
El padre Bidant pasó con precaución el dedo por un relieve como si las figuras
divinas fueran portadoras de una magia que le ponía en peligro.
—Evidentemente, no puedo seguirle sobre ese terreno, pero admiro su diligencia
e intento comprenderla. Admita, por su parte, que yo tengo el deber de mantenerle en el
camino de la verdadera fe.
—¡Intentaré convertirle a la religión de los faraones!
El religioso sonrió bondadosamente.
—¡No tiene ninguna probabilidad! Pero siga trabajando para su ciencia...
El padre Bidant salió del templo. Me había equivocado respecto a él.
Era un buen hombre, mal preparado para una aventura semejante y
completamente desorientado por el Oriente. Su tolerancia se convertía en la mejor arma
para restablecer entre nosotros una paz duradera.
Era de noche cuando dejé a mi vez el santuario de Esna. Allí había perdido la
noción del tiempo, sorprendido por la amplitud de la filosofía mostrada en los muros.
Sorprendido e irritado, pues todavía tropezaba con algunos jeroglíficos y no conseguía
el desciframiento completo que, sin embargo, sentía muy cercano.
Fuera reinaba una alegre agitación. Unas bohemias, las ghaoûzis, habían
instalado sus tiendas en una pequeña plaza. Estaban rodeadas de sus padres, tratantes en
ganado, que no vacilaban en vender a sus propias hijas al mejor postor. Vestidas con un
bolero negro y unas faldas blancas, con el vientre desnudo y el cuello adornado con
pesados collares de nácar, las ghaoûzis empezaron a bailar y cantar. Su voz agridulce
era acompañada por sones de flauta, clarinete y laúd. Aquella música lancinante
producía un efecto inmediato: uno la escuchaba a disgusto, pero se dejaba seducir.
Difundiéndose en la noche cálida, se insinuaba en las más pequeñas fibras del cuerpo.
Una de las bailarinas, que se contoneaba a compás con mucha gracia, era
especialmente hermosa. Los pechos, libres bajo el bolero, se estremecían de gusto a
cada movimiento. Sus tobillos muy finos se movían con una agitación sorprendente.
—¿Le interesan las mujeres públicas?
La voz de lady Redgrave me sobresaltó. Se había vestido como un hombre, con
un pantalón negro y una camisa parda, y había recogido su admirable cabello en un
moño disimulado bajo una cinta. En la penumbra, podía pasar por un hombre joven.
—Una ocupación muy curiosa para un hombre de ciencia —continuó, irónica—.
A menos que este hombre haya mentido sobre su verdadera ocupación, y que sólo sea
un espía a sueldo de los franceses...
En aquel ambiente alegre y relajado, no tenía ninguna gana de empezar una
disputa...
—Este lugar no es el más apropiado para una dama, lady Redgrave. Es muy
peligroso que se aventure en esta muchedumbre.
—¿Por qué me abandona a la soledad? ¿Acaso le he contrariado?
—No es muy agradable ser tratado de espía..., ¡pero es más bien usted quien se
aparta decididamente de mí!
—Tiene usted mala fe, señor egiptólogo. Esta falta de rigor científico no le
honra.

113
—No conseguirá enfurecerme, lady Ophelia... La velada es demasiado dulce, el
espectáculo demasiado agradable y usted demasiado seductora. Disfrute de estos bailes
y estos cantos. Hablaremos más tarde.
—Mañana... ¡siempre mañana! Quédese con sus cortesanas. Yo vuelvo al barco.
¿Cómo retenerla? ¿Cómo convencerla para que se quedara a mi lado? Mientras
la hermosa ghaoûzi realizaba una peligrosa acrobacia, lady Redgrave desapareció.

Cuando regresaba, de madrugada, descubrí un objeto inquietante instalado en la


proa del Isis: ¡nada menos que un cañón de tamaño respetable! L'Hote, que me esperaba
con un tazón de té caliente, me explicó que se trataba de un regalo de Ibrahim Bey para
garantizar nuestra seguridad. Me precisó que no se había preocupado por mi larga
ausencia, ya que unos soldados turcos habían rodeado el templo mientras trabajaba allí
y me habían seguido a distancia durante la fiesta de las ghaoûzis. Su comandante había
pasado la noche a bordo del barco, marchándose poco antes de mi llegada.
Partimos hacia El—Kab, la antigua Nekheb. Allí nos recibió la lluvia, que cayó
a mares, junto con rayos y truenos. Así podremos decir, como Herodoto durante su viaje
que se desarrolló bajo el reinado del rey Psamético: ¡ha llovido en nuestro tiempo en el
Alto Egipto!
Recorrí apresuradamente el interior de la ciudad de El—Kab, que todavía
perduraba, así como el segundo recinto que comprendía los templos y los edificios
sagrados. Lo examinaba todo, tanto de día como de noche, con una linterna en la mano.
No encontré ni una sola columna en pie; los bárbaros han destruido desde hace algunos
meses lo que quedaba de los dos templos anteriores y el templo entero situado fuera de
la ciudad. Los han derribado para reparar un muelle o alguna otra construcción utilitaria.
Tuve que contentarme con examinar una por una las piedras olvidadas por los
devastadores y sobre las cuales quedaban algunas esculturas. Un mundo sagrado
desaparecía. Aquí y allá, tarjetas que contenían el nombre de grandes faraones, los
Tutmés, Amenofis, Ramsés, prueban que aquí hubo obras maestras desvanecidas algún
tiempo antes de mi llegada. ¿Iba descaminado cuando me apresuré por venir a Egipto?
El único consuelo me vino de lady Redgrave, que se había ido a explorar una
colina cerca de la ciudad antigua. Me llamó con un grito alegre.
—Hay una tumba curiosa —me anunció en cuanto me reuní con ella en
compañía de L'Hote y de Rosellini—. Sólo columnas de texto.
Hinqué la rodilla para examinarlos. Aquellos signos me eran familiares, podía
comprender el sentido general. La inscripción era la obra de un militar de alto rango,
Amosis, jefe de los marinos del faraón. Bajo el reinado de un monarca también llamado
Amosis, había llevado sus tropas a la victoria para echar a los hicsos, unos invasores
libios, de Egipto. Era la más larga y la más reveladora de las inscripciones relativas a
aquella guerra de liberación, al salir de la cual iba a resplandecer la gloria de Tebas,
nueva capital del imperio. A unos cuantos siglos de distancia, sentía un gran efecto por
aquel héroe, lamentando que no estuviera entre nosotros para expulsar de Egipto a sus
bárbaros modernos.
Moktar y Solimán me interrumpieron en mi copia para avisarme de que el
profesor Raddi había desaparecido. Me necesitaban para explorar la aldea donde un
campesino le había visto entrar en compañía de una mujer joven. Solimán no
disimulaba su ansiedad. Si el mineralogista había decidido seducir a una indígena, el
asunto podía acabar muy mal. Corrí hasta la aldea. Saber que un miembro de mi
expedición estaba en peligro me sumía en el más desgarrador de los tormentos. Ni
siquiera me tranquilizaban mis queridos jeroglíficos.

114
Sólo había unas cincuenta chozas, apretujadas unas contra otras para luchar
contra el sol y el calor. Unos niños risueños nos señalaron la presencia de un extraño en
una de ellas. El profesor Raddi se encontraba allí, inclinado sobre una joven tumbada en
una estera. Por encima de su rostro, agitaba una cuerda de la cual colgaba una moneda.
—No haga ningún ruido, Champollion. Esta niña tiene fiebre. Espero curarla con
mi método.
Asistimos, impotentes y dubitativos, a la cura del profesor Raddi. La mirada de
los padres, que habían oído hablar de la presencia de un hacedor de milagros en nuestra
expedición, brillaba llena de esperanza. Su chabola era de una miseria absoluta, siendo
su única riqueza dos baldes de estaño que la madre limpiaba con ahínco.
Pasó una hora larga. La moneda iba y venía incansablemente. La niña
balbuceaba frases incoherentes. Salió de su torpor, se incorporó, reconoció a su madre
que la tomó en sus brazos.
—Creo que lo he conseguido —suspiró el profesor Raddi, secándose la frente.
—¿Cómo lo ha hecho?
—Tenemos algunos dones de curandero, en mi familia. En Italia los había
olvidado. Aquí, los he vuelto a encontrar... ¡Resulta maravilloso no verse confinado
cada día en una ciudad, un despacho, no estar encerrado en unas investigaciones que
sólo me interesan a mí! ¡Estoy aprendiendo a no trabajar más, Champollion!
Los padres quisieron felicitar al profesor que les gratificó con numerosos
abrazos, con una exuberancia muy italiana. Aproveché para dirigirme a la niña.
—Has hablado del Profeta antes... ¿le conoces?
—Me da miedo. Me ha echado el mal de ojo.
—¿Ha vivido en tu aldea?
—No. Pero vino aquí hace una semana.
—¿Sabes dónde ha ido?
—Dijo que a Edfú... Me alegro de que ya no esté aquí.

115
17

Desbordantes de entusiasmo, llegamos temprano ante el gigantesco pilón del


templo de Edfú. Desde una gran distancia, nos había llamado la atención por sus
dimensiones colosales. Sin embargo, este prodigioso edificio, el mejor conservado de
todos los que habíamos visto hasta entonces, estaba en gran parte enterrado bajo la
arena. Las torres sagradas se alzaban a una altura de setenta y cinco pies por encima de
nuestras cabezas y se hundían hasta una profundidad de por lo menos cuarenta pies
suplementarios bajo la superficie del suelo.
El gran templo del dios Horus, el protector directo del faraón, se había
convertido en una especie de aldea piojosa en la cual se habían instalado unos fellahs y
sus familias, ignorando el lugar santo que profanaban con su presencia. Vivían encima
del tejado del templo que mancillaban sin remordimiento. Para llegar allí, tuvimos que
avanzar entre unas chozas antes de llegar a un tramo de peldaños toscamente tallados.
Me imaginaba la inmensa explanada oculta bajo aquel montón de escombros, el gran
patio que precedía a la sala de columnas, las amplias habitaciones adornadas con
relieves y textos, la mayoría de los cuales seguían siendo inaccesibles para mí. Por todas
partes, un hormigueo de seres humanos que vivían entre aves de corral, vacas, perros,
burros y en medio de una miseria superabundante. Caminábamos sobre unos residuos
inmundos y tuvimos que desalojar a unos indígenas que dormían en cornisas o en
tambores de capiteles, con la espalda arrellanada contra el rostro de la diosa Hathor o el
del dios Horus. La gente fumaba, comía, bebía sin preocuparse por las divinidades.
Aquel templo era un resumen del universo y una suma de las ciencias
practicadas por los antiguos. Astrología, botánica, medicina, magia, mineralogía,
alquimia, geografía eran enseñadas en estos lugares con los cuales soñaba que algún día
fueran devueltos a la luz.
Al entrar en las habitaciones acondicionadas en el interior del pilón, Néstor
l'Hote soltó una exclamación. Acababa de identificar el cuerpo de guardia utilizado por
un centenar de veteranos en la expedición a Egipto. Olvidados allí después de la
convención de El—Arish, se refugiaron en los pueblos de los alrededores, pero
volvieron a aquel campamento en cuyos muros grabaron sus nombres, las fechas de los
fallecimientos, dibujaron unos molinos de viento de tejados puntiagudos, que les
recordaban un rincón de Francia. Los últimos de aquellos valientes se habían convertido
en mamelucos, tomando el hábito de aquellos contra quienes habían luchado.
—Es un lugar fabuloso —reconoció el padre Bidant, que visitaba el templo junto
a mí.
—Podría serlo, efectivamente, si se le liberara del montón de basura y arena que
le ahoga.
—Y le protege de la destrucción —objetó Rosellini.
Me invadió un profundo sentimiento de impotencia. ¿Es que había que enterrar
los templos y ocultarlos para siempre para salvarlos? ¿Acaso no se les condenaba así a
otra muerte, a una destrucción lenta y perniciosa? ¿No podíamos sacar a Egipto de
aquella barbarie?
Unas molestias administrativas vinieron a interrumpir mi meditación. Moktar me
necesitaba. Me llevó al otro extremo de la ciudad árabe, hasta una oficina militar que

116
quería examinar mis autorizaciones. Creí que se burlaba de mí. Me había llevado hasta
un nicho cerrado por una cortina, entre dos muros de ladrillos a punto de derrumbarse.
Descubrí otros nichos parecidos cerrados del mismo modo, y me preguntaba a qué
misterio me estaba enfrentando cuando la cortina se abrió. Un hombre con turbante,
sentado en una piedra, sostenía un fajo de papeles mugrientos. Acababa de revelarme su
despacho.
—Sus autorizaciones —exigió, agresivo.
En lugar de responder directamente, lo cual habría sido un grave insulto, solté
una letanía de complimientos melindrosos sobre la importancia y la competencia del
alto funcionario que me hacía el inmenso honor de dirigirme la palabra. Aquella retórica
florida, aunque cuidadosamente escogida, no sedujo al policía. Fue a levantar la cortina
de otro nicho lleno de papelotes. Con una destreza adquirida a lo largo de una larga
carrera, sacó un documento amarillento que blandió ante mi rostro. Leí con sorpresa una
ley local de 1650, según la cual se prohibía a todo extranjero aventurarse en el territorio
de Edfú. El contraventor se jugaba una fuerte pena de prisión. Señalarle que aquellas
disposiciones eran caducas habría sido inútil y peligroso.
El buen hombre se mostraba triunfante, sin ocultar su odio hacia el extranjero.
Sólo quedaba una solución: demostrarle que yo no era uno de ellos.
Cambiando de actitud, recalqué cada sílaba de mi árabe y le amenacé con las
peores represalias aquí y en el más allá si se atrevía a poner en duda mi calidad y mis
títulos. Una apariencia de cólera me enfureció. Asustado por aquella reacción que no
esperaba, presintiendo que yo era capaz de lo peor, el funcionario recogió torpemente
sus papeles que plegó apresuradamente. Me sentí extrañamente inspirado.
—¿Quién te ha ordenado molestarme de este modo?
Apretó los labios.
—Es el Profeta, ¿verdad? ¿Estás a su servicio?
Su mutismo fue una respuesta suficiente. Furioso, cerré yo mismo la cortina
sobre aquel fantoche.
Dos hombres habían observado la escena desde el interior de una choza situada
sobre un montículo que dominaba la ciudad.
—Champollion continúa —murmuró Abdel—Razuk.
—No podíamos esperar otra cosa de ese imbécil de policía —opinó Drovetti—.
Ha derramado el poco veneno que tenía. Ha infundido una nueva preocupación en el
espíritu de Champollion. El hombre es sensible. Conseguiremos asustarle para que
desista.

Néstor l'Hote retrasó nuestra salida. El infeliz había penetrado en el interior de


una de las chabolas construidas en el tejado del templo para dibujar un capitel que había
sacado de un montón de inmundicias. Su hazaña le valió cubrirse de granos y de placas
rojas. Unas comezones insoportables le obligaron a bañarse largamente en el Nilo.
Nuestros barcos llegaron a uno de los lugares más sorprendentes del valle del Nilo, el
Gebel Silsileh, donde los dos desiertos se encuentran. Sólo dejan al río un estrecho
pasaje entre dos colinas de arenisca amarilla. Gebel Silsileh significa «montaña de la
cadena»; según la tradición, una cadena tendida entre estos dos macizos cerraba el curso
del Nilo. Las dos orillas han sido explotadas por los antiguos egipcios y el viajante se
queda pasmado si considera, al recorrer las canteras, la cantidad de piedras que tuvieron
que sacarse para producir las galerías a cielo abierto y los amplios espacios excavados
que uno no se cansa de descubrir, viviendo con el recuerdo de los obreros que habían
sudado tinta para hacer nacer el primer estado de las futuras obras maestras. Por las
inmensas fallas y la cantidad de restos que todavía se ven, se puede deducir que los

117
trabajos han sido llevados durante miles de años, y que han proporcionado los
materiales empleados en la mayor parte de los monumentos de Egipto. Tuvimos la
sensación de entrar en la ladera misma de la montaña donde, bloque a bloque, habían
nacido Luxor, Deir el-Bahari, Karnak...
El profesor Raddi se extasió. Nunca había tenido la ocasión de apreciar tal
cantidad de arenisca de tan buena calidad. La voz del Nilo, rápido y atronador en aquel
lugar, evocaba la de los maestros de obras, los capataces, los canteros, los pedreros, los
destajistas, para quienes, durante muchos años, aquella inmensa cantera había sido el
único horizonte.
—Es prodigioso —dijo el profesor Raddi arrodillado delante de un bloque—.
Éste es el mejor laboratorio de mi carrera. Aquí están los ingenieros de antaño, ¡aquí
están, puedo oírlos! Estas piedras no tienen ningún secreto para ellos... Con sus manos
conocen el interior de ellas, hasta la más mínima veta. Son capaces de distinguir las
buenas de las malas sólo con tocarlas con la palma de la mano. Están aquí para siempre,
no pueden desaparecer...
L'Hote y Rosellini reprimieron su asombro. Su mirada indicaba claramente que
tomaban al mineralogista por un medio loco.
—El sol es demasiado fuerte —dijo Rosellini—. Nos derrite los sesos.
Deberíamos regresar a Tebas.
La reacción del profesor Raddi fue de una violencia increíble. Abofeteó a su
compatriota con tanta fuerza que lo tiró al suelo.
—¡Le prohíbo que diga burradas! ¡Es usted indigno de estos lugares! ¡Cállese o
márchese!
L'Hote quiso abalanzarse sobre el mineralogista. Cortándole el paso, lady
Redgrave se lo impidió.
—Es inútil agravar este incidente. Conserve su sangre fría, señor L'Hote.
Estupefacto y ofendido, Rosellini volvió hacia mí una mirada suplicante. L'Hote
esperaba mis órdenes. Yo era incapaz de darlas. La discordia me había dejado
totalmente confuso. Nuestra pequeña comunidad se disgregaba, el odio reemplazaba a la
amistad. Indiferente al drama que había provocado, el profesor Raddi se alejó a paso
lento, sacando su lupa para examinar más de cerca cada ejemplar excepcional.
—General—intervino L'Hote—, déjeme castigar a ese malcriado.
Contesté que no con la cabeza. Rabioso, el dibujante cogió un pequeño bloque
de arenisca y lo tiró a lo lejos, antes de ir a sentarse aparte. Fue Moktar quien ayudó a
Rosellini a levantarse. Mi discípulo italiano, que no era ningún hombre de pugilato,
tardaba en recobrar el aliento.
—¿Por qué... por qué me ha golpeado el profesor Raddi?
—Sea un hombre —exigió lady Redgrave—. Le ha herido en su amor propio y
ha reaccionado. ¡Si cede desde la primera batalla, el futuro de la egiptología tiene muy
mal comienzo!
Ippolito Rosellini se sobresaltó.
—Maestro, ¡esta mujer es un demonio! ¡No deja de espiarnos, es el apóstol de
nuestro peor enemigo! ¿Por qué confía en ella? ¿Por qué no la echa? ¡Dentro de poco,
nos apuñalará por la espalda!
Moktar sonreía. Aquellas disensiones le gustaban.
—Déjenme solo —pedí.

Habían caído las máscaras. Las canteras del Gebel Silsileh habían revelado la
verdadera naturaleza de mis compañeros. El profesor Raddi, egoísta, encerrado en sus
visiones; Néstor l'Hote, vengativo e intolerante; Rosellini, cobarde y sin carácter; lady

118
Redgrave, imperiosa e implacable. Afortunadamente, el padre Bidant no había asistido a
los desgarrones que acababan de romper nuestro tejido fraternal. Sentí ganas de
reunirme con él a bordo del Hathor, y de confesarme a él. Pero la visión de Solimán,
sentado en la proa del barco, me disuadió de ello.
¿De qué pecados tenía que liberar mi alma? ¿No me había abandonado yo
mismo para ofrecerme a Egipto, a la espiritualidad que impregnaba hasta la más
pequeña de sus piedras?
Trabajar en aquellas canteras mágicas me devolvió el sosiego. Mis ojos cansados
por tantas esculturas del tiempo de los tolomeos y los romanos han vuelto a ver con
deleite unos bajorrelieves faraónicos de la buena época. Hay aquí innumerables huellas
de los reyes de la XVIII dinastía y de sus maestros de obras. Mi querido Ramsés, su
padre, el huraño Seti, y su hijo Merenptah se habían hecho excavar en la roca unas
capillas de eternidad donde figuraban unas alabanzas al dios Nilo, identificado con el
río celeste que transporta el agua primordial a través del universo; es natural que se le
honre aquí, ya que es el lugar donde el río parece renacer tras haber roto las montañas
de arenisca que le cortaban el paso. Cuando se comprendan enteramente los textos, se
sabrá que los egipcios tenían un concepto muy avanzado de la energía, cuyos cambios
aseguran la perpetuación de la vida, ya sea de las estrellas o la de los hombres.
Imaginaban que nuestra tierra está rodeada de un océano de vibraciones donde toman
forma las fuerzas creadoras, veían a cada ser como un haz de ondas perpetuamente
renovadas y que actuaban entre ellas.
Aquellas canteras ofrecieron, más allá de la prueba, un nuevo impulso al viaje.
Encarnaban la juventud del mundo, el deseo de construir otra vida. El Gebel Silsileh
enseñaba que la sociedad de los hombres debía ser habitada por templos y siempre sería
una obra de construcción.
Había sacado consuelo de la soledad, dialogando con la piedra. Veía claramente
cuál era mi deber: volver a unificar nuestra comunidad.

Durante dos días, escudriñamos bloque a bloque el doble templo de Kom Ombo.
Una de sus mitades está consagrada al dios halcón Horus, y la otra al dios cocodrilo
Sobek. Así se aliaban el principio del aire y del agua en una alquimia sutil. El lugar es
magnífico. El santuario forma una especie de mirador que domina el Nilo. El sol
poniente lo adorna de luces doradas que borran la mala calidad de las esculturas tardías
y restablece el edificio en su esplendor de antaño.
El padre Bidant permanecía enclaustrado en su camarote donde se dedicaba a la
oración. Néstor l'Hote, enfurruñado, dibujaba con aplicación, aunque no de muy buena
gana, los relieves que le designaba. Rosellini estaba con fiebre y no salía de su
habitación. Lady Redgrave leía El paraíso perdido de Milton en la terraza del templo
que daba al Nilo. Solimán seguía vigilando a Moktar, temiendo los contactos que éste
podría establecer con adversarios de la sombra.
¿Quién, entre mis compañeros de viaje, me traicionaba en beneficio del pacha y
del cónsul? ¿Quién poseía la duplicidad suficiente para hacer alarde de una falsa
amistad e intentar ahogar unos descubrimientos que, estaba convencido de ello,
cambiarían profundamente la historia y el pensamiento de los hombres?
Mi convicción se reforzaba cada día. Egipto era más que Egipto. Había hecho
nacer las ciencias, formulado la más profunda de las filosofías, construido los templos
más perfectos. Aquí palpita el corazón del mundo. De aquí surgirá la revolución
espiritual que barrerá las antiguas creencias y permitirá que los hombres comulguen de
nuevo con los dioses. Es la razón por la cual debo lograr, a cualquier precio, descifrar
esta lengua sagrada, estas palabras de creación que dan las instrucciones para el uso de

119
la energía celeste. Los egipcios sólo ambicionaban la sabiduría, que no se adquiría con
una creencia, sino con el conocimiento del universo.
Estas piedras labradas por siglos de luz elevan el alma con su sola presencia. El
viaje que tanto había esperado se convertía en una peregrinación hacia la esencia del
ser. ¿Qué individuo dotado de conciencia habría podido sentirse extraño a este país
donde cada templo habla de lo esencial? Sobre aquella altura que dominaba el Nilo,
estaba por primera vez suspendido sobre mi propia existencia. La vi en su pobreza y su
irrisión. Yo sólo era una hormiga intentando sacar algo de comida en una inmensa sala
de banquetes donde unos gigantes servían los más sabrosos platos; pero una hormiga
laboriosa, obstinada, de apetito insaciable y fuerzas desmedidas en relación con su
tamaño. La providencia me había ofrecido el más hermoso regalo con el que un hombre
puede soñar: descubrir el paraíso en la tierra, penetrar en él en vida. Gozar de él
egoístamente habría sido la peor de las bajezas. Tenía que transmitir las verdades que
había vislumbrado levantando el velo de Isis, trabajar sin descanso y sin tener en cuenta
el cansancio.
El sol comenzó a descender hacia el horizonte, inundando de oro líquido los
reflejos plateados del río. Apreciaba aquel momento como una ofrenda. Los egipcios la
llamaban «plenitud». Todo se apaciguaba. Los perfumes se insinuaban en la brisa del
norte que arrugaba la superficie del río. Instintivamente, la gente se callaba. El paisaje
llenaba la mirada, disolvía los pensamientos en un océano de verde y naranja, borraba
las impurezas.
Una silueta avanzaba entre las columnas. Moktar se detuvo a una distancia
respetuosa.
—El que busca está aquí —anunció, misterioso.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Las noticias vuelan, en Oriente... Nadie sabe quién las transmite. El Profeta se
esconde en la aldea, en casa de un comerciante.
—¿Y si no te creyera?
—¿Cómo convencerle? Sólo soy un humilde intermediario. Si desea que le guíe,
dos burros nos esperan.
¿Me estaba tendiendo Moktar una trampa? Él, el sirviente de mis enemigos,
¿podía concederme su ayuda sin segunda intención? ¿A quién pedir consejo sin revelar
la presencia del Profeta? Tenía que correr el riesgo.
—Te sigo, Moktar.
El mercado nocturno de Kom Ombo estaba en su apogeo. La muchedumbre se
movía entre los puestos al aire libre. Nuestros burros, con una paciencia inquebrantable,
se abrían paso entre cajas llenas de grano, empujaban a los aguadores, evitaban los
camellos, pisaban unos montones de pistacho colocados en unos cuadrados de tela.
Mujeres de fellahs, con el rostro descubierto, nos miraron con curiosidad. Compraban
alimentos, negociaban piezas de ropa. Muchas de ellas se habían agrupado alrededor de
un adivino. Otra, chillona, cambiaba un pollo por unas cebollas. Un carnicero,
indiferente a una disputa que acababa de estallar entre dos jóvenes, degollaba un
cordero. Unos pilluelos, que habían robado unas habas, las despedazaban a dentelladas.
Una multitud de lámparas de aceite iluminaba los tenderetes.
El burro se detuvo delante de una chabola. Unas palmas obstruían la puerta.
—Le esperan en el interior —indicó Moktar.
Vacilé. Ningún miembro de la expedición conocía el lugar donde me estaba
aventurando.

120
Moktar, glacial, me observaba. Su rostro no reflejaba la menor emoción. Si
retrocedía ante el obstáculo, perdía irremediablemente mi prestigio. Nadie, en este país,
volvería a dirigirme la palabra.
Todos sabrían que el general, El Egipcio, el enviado del gobierno francés, era un
cobarde.
Volviéndome para saludar las últimas luces del sol poniente, puse término a mi
titubeo. Pasando por encima de un reborde de tierra, penetré en la choza.
Allí reinaba una oscuridad total. Un fuerte olor a ajo agredió mi nariz. Me quedé
inmóvil, reteniendo el aliento, y percibí una respiración ligera.
—¿Es usted el Profeta?—pregunté, tenso.
No obtuve ninguna respuesta. El miedo me estaba revolviendo las tripas. Una
luz débil iluminó la pequeña habitación, al fondo de la cual se encontraba una mujer
árabe con velo, vestida con una delicada blusa roja y un pantalón bombacho de seda
azul. Una rica aristócrata.
—¿Quién es usted? ¿Por qué me ha hecho venir aquí?
—¿Y usted, quién es? —me preguntó en árabe una voz deformada por el velo.
—Champollion, comisionado por Francia para descubrir y proteger las riquezas
del Antiguo Egipto.
—Guarde sus declaraciones pomposas para el pacha —contestó—. ¿Quién es
realmente?
Una certeza me pasó por la imaginación.
—Quítese ese velo o lo haré yo mismo.
Di un paso hacia delante.
—¿Se atrevería?
Mi actitud le demostró que estaba decidido a llevar a cabo mi amenaza. Muy
despacio, se quitó la tela frágil que le ocultaba el rostro.
—Lady Ophelia... ¿por qué toda esta farsa?
—No es una farsa, Jean-François. Necesitaba hablarle, lejos de toda presencia
enemiga y lejos de Solimán.
—¿Considera a todos los miembros de nuestra expedición como enemigos?
—Estoy al servicio de mi país, lo mismo que usted está al servicio del suyo. Yo
también cumplo con una misión. Si me quiere un poco, revéleme sus verdaderas
intenciones.
—Ha recurrido a esta mascarada...
—Me alegra poder demostrarle que me adapto a Egipto tan bien como usted.
Conozco su lengua y sus costumbres.
—Conoce sobre todo a Moktar... y seguramente a su amo, Drovetti.
—¿Por qué iba a ocultarlo? Sí, el cónsul general es un amigo. Sí, el pacha me ha
recibido y ha escuchado mis opiniones. ¿Acaso son criminales por eso? ¿Acaso soy la
más despreciable de las mujeres por apreciarlos en su verdadero valor? Usted tiene
prejuicios, Champollion. Los amos de Egipto no son tan diabólicos como cree.
—¿Intenta persuadirme de que no permiten la destrucción de los monumentos
egipcios?
Tuvo un exasperado movimiento de hombros.
—¡Deje de jugar a los arqueólogos ultrajados, Champollion! Trabaja para la
mayor gloria de Francia, yo para la de Inglaterra, eso es todo. Tenemos el mismo oficio,
aunque estemos en dos campos opuestos. El deber no excluye ni la admiración ni... el
afecto.

121
—Lady Ophelia, yo no soy un espía —afirmé enérgicamente—. Francia me ha
confiado un trabajo científico, es cierto, pero este viaje ha superado todas mis
esperanzas. Aquí me esperan los mayores misterios.
Lady Redgrave sonrió.
—¡Tiene talento, Jean-François! Su personaje de sabio es perfecto. Ya casi no
dudo de su pasión por los jeroglíficos. Sus dotes para la comedia son excepcionales.
—¿Cómo hacerle admitir su error? ¿Cómo convencerle de que soy egiptólogo y
nada más?
Se volvió a poner el velo.
—Yo también sé guardar mis secretos —dijo con suavidad—. Mi mayor deseo
sería revelárselos... si fuera sincero.
La sublime princesa de Oriente avanzó hacia mí ondulando. Sin ser consciente
de hacer el menor gesto, la tomé en mis brazos. Su boca se acercó a la mía. Su piel
estaba perfumada con jazmín.
—No —respondí rechazándola—. Usted no me ama a mí, sino a un fantasma
que se ha inventado. Primero confíe en mi palabra, ¡confíe plenamente! Si no,
permanezcamos cada uno en el silencio.
Con sus ojos verde claro, acusadores y despechados, me traspasó el corazón.

122
18

Con el calor del mediodía, bajo un sol resplandeciente, navegábamos hacia


Asuán. El paisaje cambiaba, se suavizaba. Palmeras, sicómoros, acacias, tamariscos,
bosquecillos verdes alegraban las orillas. Aquí y allá, las manchas blancas formadas por
unas pequeñas mezquitas coronadas con una cúpula o un minarete. Las aldeas eran más
ricas, más risueñas. Los alrededores de Asuán marcaron la entrada en un nuevo mundo.
El granito sucedió a la arenisca. La población que vemos agitarse es una mezcla de
fellahs, turcos, bicharis, nubios, abisinios, sudaneses. Los tenderetes de los mercados
están cubiertos de colmillos de elefante, dátiles, pieles de felinos, especias, productos
exóticos. Al fondo del paisaje, el Nilo parece cortado por una cortina de árboles, rocas
desnudas, colinas áridas que hacen creer que Egipto acaba ahí y que las fuentes del río
están muy cerca.
Mis compañeros estaban encantados con aquel amplio oasis a la salida del árido
camino del valle del Nilo. No paré hasta llegar a la isla de Elefantina para estudiar allí
dos famosos templos de la buena época. Volví a llevarme otro disgusto: habían sido
derribados hacía pocos años. Sólo queda el emplazamiento. Tuve que contentarme con
una puerta en ruinas dedicada a Alejandro, hijo del conquistador, y con algunos actos de
adoración, jeroglíficos grabados sobre una vieja muralla; finalmente, con algunos
escombros faraónicos esparcidos y empleados como materiales en construcciones
romanas.
Lo que me hizo saber uno de los guardias de la isla provocó mi furor: eran el
nuevo palacio del pacha y un nuevo cuartel los que habían devorado las piedras de los
antiguos santuarios. Néstor l'Hote, que advertía mi enojo, dibujaba con ahínco,
silencioso.
Fue Rosellini quien me sacó del triste torpor que me abrumaba.
—Venga, maestro —me suplicó—. Creo haber descubierto... ¡la fuente sin
sombra!
La excitación de mi discípulo era culminante. En aquel lugar, que se creía
mítico, los rayos del sol caían verticalmente el día del solsticio de verano. Los egipcios,
gracias a unos sabios cálculos, habían medido allí la circunferencia exacta de la Tierra.
La fuente sin sombra parecía un pozo, una especie de nilómetro que al cabo de
un tramo de peldaños daba acceso al río. Los escalones estaban recubiertos de musgo.
Rosellini resbaló y cayó pesadamente sobre el costado. Le ayudé a levantarse, pero se
negó a continuar, temiendo una nueva caída. Por mi parte, volvía a encontrar la fuerza y
la osadía de la juventud en cuanto entraba en contacto con las viejas piedras. Me adentré
gozoso hasta el centro de aquel viejo monumento donde tantos sacerdotes habían bajado
antes que yo.
Permanecí un largo rato en la penumbra que reinaba en el interior del pozo
destinado a captar la luz. Su frescor borraba el cansancio. El tiempo se detenía. Me
sentía más solo, ciertamente, desde la ruptura con lady Ophelia, pero aquella soledad
estaba atravesada por los soles que iluminaban mis jornadas en Egipto. Tenía la
sensación de recorrer las salas de un templo inmenso, del tamaño del país entero, a
medida que avanzaba hacia el sur. Desde el principio de mi viaje, me había dado cuenta
que ver Egipto en su totalidad era esencial. Al llegar a la puerta del Mediodía, en Asuán,

123
me había llenado de paisajes y de santuarios. Mi sed de Egipto aumentaba por
segundos.
Fue al volverme para subir la escalera cuando la vi.
La víbora tenía su mirada vacía fija en mí. Estaba alzada sobre su cola, dispuesta
a saltar.
No podía retroceder ni avanzar. Tenía que permanecer tan inmóvil como el
reptil. La muerte se me presentaba bajo la forma de esta serpiente que, extrañamente, no
me inspiraba ningún temor. Había conocido, a lo largo de mis investigaciones, a
numerosas diosas serpientes: la cobra protectora de Egipto, la que se alzaba en la frente
del rey para alejar a las fuerzas nocivas de su camino, la que velaba por las cosechas y
las siegas. ¿Y qué decir de los reptiles que tenían el valor de letras madres en el alfabeto
jeroglífico? Si efectivamente era el egipcio, ¿qué podía temer de un jeroglífico viviente?
Así que subí un peldaño, sin dejar de mirar a la víbora. Se irguió aún más.
Continué, muy lentamente. Mi pierna izquierda pasó a menos de un metro de la cabecita
plana. Todavía podía atacarme por detrás. No me apresuré.
Peldaño a peldaño, volví a ver la luz del sol que nunca me pareció tan suave.

La mayor celebridad de Asuán es su mercado, el más pintoresco y animado del


país. En la entrada, montones de trigo, mijo y arroz vigilados por unos fellahs dormidos,
enrollados en sus vestidos a la sombra de los parasoles. Unos niños desnudos, rodeados
de moscas, corrían por todas partes. Unos magos que leían el porvenir en unas figuras
de geomancia trazadas en el polvo eran avasallados por una clientela muy numerosa.
Sorprendí a uno de ellos, un gran sudanés ciego, sonriendo de gusto con la idea de
explotar tanta credulidad.
—¿Por qué me ha hecho venir aquí?
—Uno de nuestros hermanos me ha dado noticias alarmantes que nos
conciernen. Todos los miembros de nuestra cofradía se han marchado de Egipto.
Drovetti ha enviado numerosos informes al pacha para denunciar a los Hermanos de
Luxor como peligrosos conspiradores. El pacha ha decidido suprimirlos según sus
métodos habituales, con la más absoluta discreción. Estamos despertando sospechas
muy graves. El carácter oficial de su misión todavía le protege, pero ¿por cuánto
tiempo? Sería mejor regresar a El Cairo lo antes posible, y solicitar su repatriación
pretextando problemas de salud. Continuar este viaje sería una imprudencia tal vez
mortal.
Pasamos por una callejuela saturada por una caravana compuesta por camellos
cansados, cubiertos de polvo. Resoplaban bajo el peso de su carga, que comprendía
huevos de avestruz, marfil, pulseras de oro y de plata, escudillas de madera, pieles de
animales, cuero, tambores. A la cabeza del cortejo, un borriquillo montado por un
anciano cuyas piernas eran tan largas que casi tocaban el suelo. Aromas embriagadores,
mezcla de especias y plantas aromáticas, emanaban de las cocinas al aire libre.
—¿Estás fichado por la policía del pacha, Solimán?
—Lo ignoro.
—¿Lo ignoras realmente, hermano, o te niegas a decírmelo?
Guardó silencio.
—Corres riesgos mucho mayores que yo, Solimán. Deja la expedición.
Escóndete.
—He jurado protegerle. No faltaré a mi palabra.
La luz ya sólo penetraba por lentejuelas que centelleaban en la tela tendida por
encima de la callejuela. La tierra estaba mojada. Unos hombres en cuclillas fumaban el

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narguile. Otros comían maíz o dátiles. Una pequeña nubia, únicamente vestida con un
collar, y con los tobillos cargados de anillas, me tiró de la manga y se escapó riendo.
—Y yo, Solimán, no me echaré atrás. He esperado este viaje toda mi vida. Es la
meta y el coronamiento de mi existencia. Cualesquiera que sean los peligros, iré hasta el
final. Para impedírmelo, habrá que destruirme. Si tengo que morir feliz, será en esta
tierra.
—Olvida, hermano, que debe transmitir a los demás lo que ha visto y percibido.
Ya no tiene derecho a vivir para usted mismo.
—No olvido nada. Todavía desconozco Nubia, he rozado Tebas, no he
encontrado al Profeta... Mientras mi trabajo no esté terminado, mientras mi
desciframiento no esté a punto, no transmitiré nada serio.
—Entremos en esta tienda —sugirió Solimán, súbitamente inquieto—. Nos están
siguiendo.
El comerciante, un hombre gordo, rechoncho y calvo, se inclinó ante nosotros y,
con un abundante lirismo, nos predicó la extraordinaria calidad de sus productos, cuya
fama era nada menos que mundial: flechas, arcos, puñales, mazos, látigos, alfombras,
narguiles, turbantes... El mismo buen hombre era todo un bazar. Discutimos el precio de
una manta que encontramos al fondo de la tienda, de la cual salimos una hora más tarde.
Solimán observó la muchedumbre.
—Vayamos a tomar un café —dijo golpeando una persiana de madera pintada
de azul.
La persiana se abrió en dos, en el sentido vertical, descubriendo una alcoba en
cuyo interior estaba sentado un viejo árabe arrugado que vigilaba una cafetera
humeante. Nos sirvió dos tazas.
—Estamos a salvo —juzgó Solimán—. Al menos por algún tiempo...
Comprendo su resolución, ¿pero le parece razonable?
—¿Acaso es razonable este viaje? ¿Querer sacar a Egipto del silencio y de las
tinieblas es razonable? Ese argumento no me convencerá, Solimán. La prudencia ya no
se lleva. Hay que vencer por la mano a la adversidad.
—Resulta muy difícil hacerle cambiar de opinión, incluso ante lo imposible.
—¿Drovetti tiene agentes en Nubia?
—No lo creo. La policía del pacha está casi totalmente ausente de esa región.
Sólo tendremos que temer a los saqueadores... y a los traidores.
—¿Has identificado a la criatura que Drovetti ha colocado entre nosotros?
Solimán bebió un trago de café.
—Acusar sin certeza sería una infamia. Las palabras pronunciadas ya no se
borran. No, no le he identificado.
Hacer hablar a Solimán habría sido un error. Saboreé a mi vez el excelente
brebaje, esperando que se decidiera.
—Su discípulo, Ippolito Rosellini, es un hombre extraño. Tiene una mirada
pérfida. Se muestra demasiado deferente hacia usted. Así no se comporta un alumno
benévolo.
—¿Tienes hechos concretos que reprocharle?
—Es demasiado astuto para cometer faltas burdas. Pero él es quien le llevó a la
necrópolis donde fue descubierto el cadáver del monje copto, el excavador de Anastasy.
Él es, igualmente, quien le indicó el emplazamiento del nilómetro donde le esperaba una
víbora. ¿Y si Rosellini hubiera organizado el primer asesinato y preparado el segundo?
No había ocultado a Solimán el incidente de la fuente sin sombra.
Unos oscuros pensamientos con respecto a Rosellini me habían pasado por la
imaginación. Asustado, los había ahuyentado.

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—Rosellini no es un traidor.
—De todos modos, evite el lugar más peligroso de la región —recomendó
Solimán.
—¿A saber?
—Las canteras.
—¿Las canteras de granito? ¿Ese lugar fabuloso? Solimán, eres mi hermano...
¡no puedes prohibirme semejante gozo!
Solimán meneó la cabeza, desanimado.
—Justo lo que me temía... Por lo menos no pierda de vista el comportamiento de
Rosellini... Si es él quien le pide que visiten las canteras, piense que puede ser una
trampa.
A la hora de la cena, el ambiente se reveló taciturno. Lady Redgrave,
indispuesta, comía en su camarote. El padre Bidant había empezado un ayuno. El
profesor Raddi, que había emprendido el estudio de los minerales recogidos desde el
principio del viaje, se había retirado a su dominio tras haber engullido un huevo y
bebido un vaso de vino. Moktar y Solimán cenaban tortas y habas en la zona de los
sirvientes. L'Hote ponía mala cara. Rosellini comía un pollo asado con buen apetito.
—¿Por qué esa cara tan larga, Néstor?
—La morriña, general. Demasiado calor, demasiado desierto, demasiado polvo...
Sueño con campos verdes, lluvias, nubes. Recuerdo las madrugadas brumosas con la
hierba húmeda de rocío, el fuego en la chimenea, las noches frías en que uno se hace un
ovillo en unas sábanas calentadas por un mundillo.
Yo también recordaba los dormitorios helados del colegio, la escarcha, el barro
de las ciudades, la capa de plomo parisina que ocultaba el sol durante días enteros,
semanas, meses. Recordaba los dedos helados, los resfriados, las bronquitis, los
miembros dolorosos, la desesperación de los cielos bajos... ¡Y no añoraba nada!
—General, tiene que decirme dónde vamos. Siempre estoy dispuesto a seguirle,
pero me gustaría saber dónde me lleva... ¿Volvemos a Tebas o continuamos hacia el
sur?
—No tengo por costumbre ocultarle la verdad, Néstor. Cuando le pedí que
viniera a Oriente conmigo, le dije cuál era mi meta: Tebas y el gran sur, hasta donde
llega el Nilo. Estamos llegando a Nubia. Continuamos.
Rosellini intervino.
—No nos marchemos de Asuán sin ver el templo de Filé. Los antiguos afirman
que es una maravilla.
—Bonitos dibujos en perspectiva —apreció L'Hote, animado.
—Hay otro emplazamiento que no debemos olvidar. Tiene una gran importancia
científica.
—¿Cuál?
—Las canteras de granito, maestro.
Entre Asuán y Filé, las canteras se extienden en un espacio de más de seis
kilómetros. Unos burros ágiles y llenos de ardor nos llevaron primero por unos senderos
que ellos solos conocían, senderos que atravesaban mausoleos musulmanes en ruinas
antes de desembocar en un océano de rocas de granito sembrado de naos, estelas,
columnas y estatuas esbozadas. Aquellas obras habían sido abandonadas a causa de
imperfecciones de la piedra. Un coloso de Amenofis III, tallado en la roca y luego
desbastado para el transporte hacia «la morada del oro» donde los escultores, «los que
dan la vida», le abrirían la boca y los ojos, ha sido abandonado en un camino que se
dirige hacia la llanura. El asiento de la estatua tiene la altura de dos hombres. Lo más
extraordinario es un obelisco de al menos treinta y dos metros de largo, bien tallado,

126
pero todavía tumbado en la roca de la cual no está totalmente despegado. Una fisura
había vuelto el monolito impropio para la elevación. Examinándolo de cerca, me di
cuenta de que para desprender un bloque tan colosal los canteros hacían unas muescas
con el puntero, cada seis pulgadas aproximadamente, para delimitar la superficie de
piedra a extraer. En estas muescas, que podían tener hasta veinte centímetros,
introducían unas cuñas de madera que mojaban. Éstas se hinchaban, y aquel sencillo
mecanismo bastaba para hacer estallar el granito, ofreciendo a los canteros unas masas
listas para pulir. Aquí y allá yacían restos de percutores que servían precisamente para
desbastar y pulir.
Nos habíamos dispersado, cada uno admirando una de las regiones de aquel
paisaje mineral donde todavía se sentía la presencia de los genios que habían tenido un
conocimiento tan íntimo de la piedra que conocían de antemano la más mínima veta y le
destinaban su justo lugar en el futuro edificio.
El profesor Raddi, deslumbrado por aquel nuevo paraíso, había reclutado a
L'Hote y a Moktar para recoger y llevar las muestras más notables de granito, que
seleccionaba con un cuidado meticuloso. Aquella pasión renovada me tranquilizaba.
De nuevo con sus primeros amores, el buen profesor volvía a recuperar las ganas
de vivir.
El padre Bidant conversaba animadamente con lady Redgrave. Estaban sentados
a pleno sol en un bloque gigantesco de granito rosa. No veía a Solimán. Recorrí algunos
metros en dirección a una estela con la intención de apuntar sus inscripciones
jeroglíficas y me di cuenta de que el único que se había quedado junto a mí era
Rosellini. Con su acostumbrada preocupación por el detalle, tomaba multitud de
apuntes.
—Mire esto —dije hincando la rodilla—. Huellas de un plano inclinado... Por él
se hacían deslizar los bloques con la ayuda de rodillos y trineos. Eran transportados
hasta un desembarcadero durante el estiaje. Los carpinteros construían unas balsas muy
grandes bajo las piedras; cuando llegaba la crecida, levantaba aquellas masas y las
transportaba por todo Egipto. Sin duda una parte de los colosos, una vez levantada,
permanecía sumergida con objeto de perder al menos la tercera parte de su peso. Qué
cantera más fabulosa, Ippolito... Los egipcios no sólo sabían extraer, pulir, tallar.
También tenían talento para la organización y la distribución del trabajo, la creación de
lo sagrado a la escala de todo un país.
Mi discípulo permanecía serio, como si no apreciara mis palabras.
—¿Qué es lo que le permite imaginar todo eso, maestro?
—No imagino, Ippolito, veo. Veo estas escenas como si las viviera mientras le
hablo. Encontraremos los documentos que lo confirmarán.
En la mano izquierda, Rosellini tenía una piedra negra que había servido de
percutor.
—¿Y si se equivocara? ¿Si los antiguos egipcios no hubieran sido más que unos
bárbaros, como los de ahora?
Contemplé pasmado a mi discípulo. Mi vista se nubló. Me pareció que levantaba
el brazo, como si quisiera golpearme.
—He debido oír mal, Ippolito... después de lo que hemos visto y sentido cómo...
El brazo inició un movimiento agresivo. No me moví. Prefería morir antes que
aceptar la traición de un hombre en quien había confiado plenamente.
De pronto, los ojos de Rosellini cambiaron de expresión. Le invadía el temor,
como si hubiera descubierto una presencia detrás de mí. Su mano se abrió. La piedra
afilada cayó al suelo.

127
—Perdóneme, maestro, estaba desvariando. El calor, seguramente... Déjeme
anotar el texto de esta estela. No se exceda trabajando. Le necesitamos tanto.
Me sentía incapaz de hablar. ¿Habría soñado? ¿Había ideado mi discípulo un
proyecto asesino contra mí? Aquello no era más que una horrible pesadilla. Además
tenía la prueba, ya que había renunciado espontáneamente a su primera intención,
suponiendo que ésta hubiera existido alguna vez.
El aire ligero y el sol ardiente que reinaban en las canteras purificaron aquellos
momentos tenebrosos.
Me estremecí cuando descubrí a Solimán, con el rostro grave como el de un
juez, en el montículo que dominaba el lugar donde me encontraba con Rosellini.
Moktar adoptó un aire grave.
—Es totalmente imposible —afirmó una vez más—. El Isis y el Hathor no
pueden cruzar la catarata.
Impresionado por haber sido admitido en mi camarote, que cada día rebosaba
más de papeles y estatuillas compradas por Rosellini, Moktar, el sirviente de Drovetti,
falsamente contrito, me transmitía las órdenes de la administración egipcia.
—¿Qué solución me propones? —pregunté, conciliador.
—Lo que no desea Alá no pueden realizarlo los hombres.
—Muy bien. ¿No existen, más allá de la catarata, otras embarcaciones que nos
llevarían a Nubia?
—Tal vez... pero tendríamos que descargar el Hathor y el Isis, y transportar en
camellos el material de la expedición hasta el desembarcadero, frente a Filé.
Sonreí, radiante.
—¡Pues bien, descarguemos!
Filé, la isla sagrada, la morada de la gran maga, me reservaba una desagradable
sorpresa. Un dolor de reumatismo en el pie izquierdo me impedía caminar. El sentido
común me habría aconsejado el reposo, pero ¿cómo permanecer inmóvil cuando el
templo de Isis se encontraba tan cerca?
Sostenido por Solimán, monté un burro para atravesar las canteras de granito
rosa, erizadas de inscripciones jeroglíficas. Tras haber cruzado el Nilo en barca, me
ayudaron cuatro hombres reforzados por otros seis, pues la pendiente era casi vertical.
Me llevaron sobre sus hombros y me subieron hasta un pequeño santuario donde me
había preparado una habitación en unas viejas construcciones romanas muy parecidas a
una cárcel, pero muy saneadas y protegidas del viento.
La isla tenía un suelo muy árido. Unas rocas de granito defendían sus costas.
Ofrecía el más admirable grupo de ruinas que jamás había contemplado en un espacio
tan limitado. Algunas palmeras, unos hierbajos y unas flores naranjas y amarillas daban
una ilusión de frescor.
El padre Bidant se inclinó sobre mí.
—¿Sufre usted mucho?
—Lo bastante como para permanecer aquí inmóvil cuando debería deambular
por el templo.
—¿Aceptaría mi brazo?
—Con mucho gusto, padre. Unos cuantos pasos acelerarán mi curación.
Caminamos penosamente hasta el pasaje central del pilón exterior, donde Néstor
l'Hote lloraba contemplando una inscripción. Intrigado, ¡creí que había adquirido de
pronto el pleno y entero conocimiento de los jeroglíficos! Acercándome al objeto de su
emoción, me desengañé.
—¡Lea, general, lea! ¡Qué maravilloso recuerdo!

128
El año VI de la República francesa, el 13 de mesidor, un ejército francés al
mando de Bonaparte descendió a Alejandría. Veinte días después, el ejército hizo huir a
los mamelucos a las pirámides. Desaix, comandante de la primera división, los
persiguió más allá de las cataratas, donde llegó el 13 de ventoso del año VII
Conmovido, abandoné al dibujante a su entusiasmo patriótico para examinar los
innumerables bajorrelieves del gran templo. El dominio de Isis estaba dedicado al culto
y a los misterios accesibles a los únicos iniciados cuya vida era lo bastante pura a los
ojos de la gran diosa. Vivieron aquí hasta el siglo V después de Cristo y fueron
arrojados por persecuciones. Comprendí que el último monumento elevado por los
egipcios no contenía ninguna nueva forma de divinidad. El sistema religioso de este
pueblo estaba tan unificado, tan ligado en todas sus partes, y detenido desde un tiempo
inmemorial de un modo tan absoluto y tan preciso que la dominación de los griegos y
los romanos no produjo ninguna innovación: los Tolomeos y los Césares sólo han
vuelto a hacer, en Nubia como en Egipto, lo que los persas habían destruido durante las
invasiones, y restablecido templos allí donde los hubo anteriormente, dedicados a los
mismos dioses. Aquella formidable visión de lo sagrado que expuse con ímpetu no
convenció al padre Bidant, que sin embargo escuchó atento mis palabras.
—Mi creencia me basta, Champollion. No debería enardecerse con esas
contemplaciones antiguas. Haría mejor en vigilar a los que le rodean. Mi gota se volvió
más dolorosa.
—¿Qué insinúa, padre?
—Néstor l'Hote es un personaje muy curioso... ¿No sería su ahogamiento un
simulacro? Desconfío de él desde el principio de nuestro viaje. Dos o tres veces me ha
parecido verle en compañía de árabes más bien sospechosos, seguramente esbirros de
Drovetti o del pacha. Mucho me temo que nos traicione.
Impresionado por las declaraciones del religioso, intenté recordar los momentos
en que el comportamiento de L'Hote habría resultado condenable. El sufrimiento que
me causaba mi pie me impedía reflexionar.
—Es usted demasiado ingenuo, Champollion. ¿Realmente cree que un hombre
como L'Hote haya emprendido una aventura tan peligrosa sólo por el placer de dibujar?
Piense en el interés..., es lo que mueve el mundo. Ese L'Hote no vale más que cualquier
otro. Si le han ofrecido dinero para espiarle, la conspiración ha sido fomentada en
Francia. Su instigador sólo puede ser Drovetti.
—Lléveme al suroeste de la isla, ante la puerta de la sala de las columnas.
—¿Por qué ese lugar?
—Un recuerdo, padre, un simple recuerdo.
El religioso comprendió que guardaría silencio sobre ese punto. No deseaba
confiarle mi esperanza de contemplar allí un pequeño obelisco de arenisca cuya
litografía había recibido. Me había permitido identificar una tarjeta y descifrar en ella el
nombre de Cleopatra, escrito como lo había previsto. Aquel precioso testimonio era una
etapa esencial en el camino de la comprensión de los jeroglíficos. Una verificación en el
original resultaba indispensable y me daría una clave, gracias a la cual tal vez podría
prescindir de aquel dichoso Profeta que huía continuamente.
En lugar del obelisco encontré a lady Redgrave, envuelta en una amplia tela de
algodón blanca que le dejaba los hombros descubiertos. Acostumbrada al sol, no llevaba
sombrero, suficientemente protegida por su abundante cabello rubio veneciano que
había dejado suelto.
—Su obelisco se encuentra ahora en el museo Británico, señor Champollion. Mi
tío lo necesitaba para sus trabajos. Ha llegado en buen estado.

129
El tono de su voz pretendía ser áspero. Me estaba asestando un golpe que
deseaba fatal. Pero su mirada me hablaba de otro modo.
El padre Bidant, optando por evitar una disputa, me llevó más lejos.
—Renunciemos al gran sur y volvamos a El Cairo lo antes posible —me
recomendó—. Este país es aterrador. Nos hará morir a todos.
—A la buena de Dios, padre... La verdad es que no me decido a prolongar la
aventura.
—¿Por fin vuelve a ser razonable?
—Lady Redgrave me ha indicado la única decisión que se puede tomar..., la
ausencia de ese obelisco me obliga a buscar la otra huella que ha preludiado mis
primeras intuiciones, que debo comprobar sobre el terreno.
—¿Otro obelisco?
—Un templo entero.
—¿En Tebas?
—No, padre. En el gran sur. Allí donde vamos.
No volví a mi lecho inmediatamente. Me sentía con fuerza suficiente para
pasearme por la galería del gran templo que daba a la escalera ante la cual atracaban las
barcas. Aunque el sol abrasaba, el lugar era fresco y relajante. Cada uno de los capiteles
de la columnata era diferente, alegrando la vista con la delicadeza del modelado. La
sonrisa de la diosa estaba inscrita en la piedra.
La fiebre fue tan fuerte que fui presa del delirio. El rostro de lady Ophelia se
confundía con el de la diosa Isis, que recibía la simiente de Osiris, muerto para dar a luz
a un hijo, Horus, que restablecía la justicia y el orden alterados por su hermano Seth,
asesino de su padre. Los relieves de Filé daban vueltas a mi alrededor, revelándome la
verdadera naturaleza de Isis, la Naturaleza creando según un plano preconcebido por los
dioses. La gran diosa se convertía en Hathor, el templo de Horus, la sonrisa del cielo, la
eterna alegría de las estrellas, madre y nodriza de la luz. Isis y Hathor, la misma y la
otra, la sonrisa del más allá que hace madurar las cosechas y reverdecer los campos. La
misma mujer, la que nunca cambia, el amor celeste.
—¡Maestro! ¡Maestro! ¡Lo he conseguido!
Las exclamaciones de Rosellini me sacaron de mi sueño. Me enderecé en mi
cama.
—¡Maestro, un naos! ¡Un naos entero! Lo he encontrado en las cámaras
subterráneas del templo. Lo he conseguido por un precio módico... ¡El único intacto de
todo Egipto!
Rosellini se lanzó en una descripción detallada de aquel bloque monolito, el
sanctasanctórum del templo, que contenía la estatua del dios que sólo el faraón podía
contemplar.
—También tengo para usted una carta de Francia.
—¡Démela, rápido!
Una larga misiva de más de cuatro páginas firmadas por mi hermano Jacques—
Joseph. Evocaba sus cartas precedentes que, desgraciadamente, debieron perderse. Me
describía el frío parisino, las lluvias, la niebla, me deseaba mucho éxito y sobre todo
muchos hallazgos que fundarían la ciencia egiptológica y harían renacer la
espiritualidad de los faraones. Me hablaba de mi salud, que imaginaba mucho mejor que
en Francia, de su impaciencia por leer los innumerables apuntes que no dejaría de
redactar. Me reservaba para el final una mala noticia que le apenaba mucho: mi
candidatura a la Academia había sido rechazada una vez más. Mi fama ante la ciencia
oficial no dejaba de disminuir. Las campañas de calumnia iban a buen paso. Me
suplicaba que no me afligiera por eso y que confiara en el porvenir.

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—Tengo hambre —le dije a mi discípulo—. Prepáreme una comida consistente
para celebrar mi curación.

Todos reunidos, organizamos un gaudeamus en el emplazamiento de la catarata,


sentados a la sombra de un santol, una mimosa muy espinosa, el único árbol del lugar,
frente a los rompientes del Nilo cuyo rumor me recordó nuestros torrentes de los Alpes.
La majestuosidad del sitio, la absoluta serenidad de las piedras, a las cuales no afectaban
las pasiones humanas, nos redujeron al silencio. Nos preparábamos para cruzar una
frontera y nos dábamos cuenta de la gravedad del acontecimiento.
Más tarde me hice desembarcar en la rocosa Biggeh cuyo granito tenía el color
de la sangre. Allí estaba inscrito el recuerdo de Osiris volviendo a la vida. No muy lejos,
el Nilo se abría paso a través de un montón de escollos, abriendo canales de piedra
donde brincaban las aguas en una alegre ceremonia. La voz de la catarata, potente y
autoritaria, llenaba nuestros oídos. Unos nubios, completamente desnudos, nadaban
entre las rocas valiéndose de paquetes de cañas que empujaban delante de ellos como si
fueran flotadores. Uno de ellos se dirigió hacia nosotros, sin preocuparse por la
presencia de una dama, y nos invitó a tomar té en su aldea de chozas, más allá de las
ruinas de un templo.
Tuve ganas de sentarme allí y quedarme a esperar la resurrección de Osiris. El
hombre, en aquel territorio aislado, apenas era tolerado. Néstor l'Hote interrumpió mi
meditación.
—¿Qué ha decidido realmente, general? Corren rumores... Su salud, los
peligros... Necesito saber.
—Continuamos. El gran sur no nos decepcionará.
—Aquí está nuestra nueva escuadra —anunció Moktar, servil.
Aquella flotilla del otro lado de la catarata se componía de un buque insignia,
una dahabieh con bandera francesa y toscana, de dos barcas con bandera francesa, otras
dos toscanas, una barca de provisiones con bandera azul y una última que llevaba la
fuerza armada, es decir, Moktar y algunos esbirros. El buque insignia estaba armado
con el cañón que nuestro amigo Ibrahim Bey nos había ofrecido. Aquella dahabieh era
un buque de gran tamaño cuya zona habitable estaba acondicionada de un modo casi
lujoso. Cada uno de nosotros disponía de un dormitorio y un cuarto de aseo; las zonas
comunes comprendían un comedor y una sala amueblada con dos divanes y un piano.
Moktar me explicó con afectación que la dahabieh había estado sumergida
durante cuatro días para limpiarla de ratas y de parásitos. Los policías del pacha habían
incluso montado la guardia para evitar el regreso de los roedores.
—Quiero ver la parte delantera del barco —exigí.
—Ésa no es la costumbre.
—Me da lo mismo. Tengo que conocer la totalidad del navío al cual se confiarán
las vidas de los miembros de mi expedición.
—Normalmente los viajeros no van...
—Yo no soy un viajero normal. Apártese de mi camino.
Moktar se inclinó. En aquel momento, un marinero se hundió en el agua con una
tabla en la mano para clavarla debajo de la quilla del timón. Serviría de freno.
La parte delantera del barco estaba ocupada por una cocina detrás de la cual un
pequeño mástil, con una vela latina, estaba enlazado a una verga inmensa. Junto a la
cocina, un camarote con una ventana minúscula, de la cual emanaba una música
lancinante.
Entré. Allí estaban amontonados unos diez marineros, tocando el tamboril y la
flauta. Otros, envueltos en sus albornoces, estaban tumbados en el suelo como fardos de

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ropa vieja. Su única riqueza consistía en un sillón de mimbre reservado para su jefe.
Aquellos hombres vivían rodeados de mugre, en la miseria más insoportable.
—Exijo que se ofrezca un alojamiento decente a estos marineros —le dije a
Moktar, que venía pisándome los talones.
—Imposible... Si cambia sus costumbres, no querrán trabajar. Este camarote les
pertenece. Lo han construido con sus manos. Cada uno de ellos tiene su lugar aquí. Si
les insulta echándoles, se rebelarán.
No tuve más remedio que avenirme a razones. Hacer felices a los demás en
contra de su voluntad era una necedad. Acababa de recibir una lección de humildad que
no olvidaría.
Volviendo al puente, descubrí un espectáculo increíble. Habían añadido otra
barca a la expedición. La del profesor Raddi, que había amontonado allí las
innumerables muestras de piedras recogidas desde el principio del viaje. La
embarcación, demasiado cargada, amenazaba con hundirse en cualquier momento.
Además, el profesor, amonestando a unos diez jóvenes nubios, ¡intentaba transportar
una palmera de más de ochenta pies de altura! Tuve que desplegar la más insistente de
las persuasiones para poner término a aquel proyecto. La barca, sin embargo, se unió a
la expedición, y Raddi se instaló en un camarote que parecía una caverna rupestre.

De madrugada, bajo el cielo azul de Filé, salimos de Egipto en dirección a


Nubia. Unas golondrinas que bailaban en la luz se despidieron de nosotros. El viento
fue nuestro aliado, permitiendo una buena marcha. Una pareja de patos silvestres nos
guió. Para los antiguos, simbolizaban las dos almas de una pareja volando hacia la
ciudad celeste para encontrar a Osiris, maestro de la resurrección. ¿Qué mejor signo
podían concedernos las divinidades?

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Quien se protege del frío se protege también del calor. Ataviado con franelas y
pieles, un grueso albornoz y un abrigo, había adoptado la misma manera de vestir tanto
para el día como para la noche. Mis compañeros no tardaron en imitarme. Desde que
habíamos pasado el trópico, tiritábamos de frío en cuanto se ponía el sol.
Debod, Qertassi, Taffah, Kalabcha, Dakka... Los templos de Nubia habían
desfilado ante mis ojos, ofreciendo pasadizos de esfinge, pórticos, colosos reales. Fue
en Kalabcha donde descubrí una nueva generación de dioses que completa el círculo de
las formas de Amón, punto de partida y reunión de todas las esencias divinas. Amón—
Ra, el Ser supremo y primordial, siendo su propio padre, está calificado de «marido de
su madre», la diosa Mout, su porción femenina contenida en su propia esencia a la vez
macho y hembra. Todos los demás dioses egipcios son sólo las formas de estos dos
principios aisladamente. Sólo son puras abstracciones del Gran Ser. Estas formas
secundarias, terciarias, etc., establecen una cadena ininterrumpida que desciende de los
cielos y se materializa hasta las encarnaciones en la tierra y bajo forma humana. La
última de estas encarnaciones es la de Horus, modelo y protector del faraón.
Nubia se mostraba tan hermosa como generosa. Me abría aún más los ojos, me
iniciaba más a la luz espiritual de los antiguos, a este viaje en un universo anterior a la
creación del materialismo.
Cuando llegamos a Derr, capital de la Baja Nubia, el 23 de diciembre, me
acometió otra preocupación: hacer cocer lo antes posible la provisión de pan necesaria.
Solimán fue en busca del magistrado turco que reinaba en aquellos lugares para obtener
la autorización para utilizar un horno. Cuando me encontraba escuchando a los músicos,
en la parte delantera de la dahabieh, distinguí dos siluetas que corrían hacia el pueblo:
Néstor l'Hote y el profesor Raddi, habiendo éste cambiado por fin su traje italiano por
ropas orientales. ¿Por qué se escondían de aquel modo? Inquieto, fui hasta el camarote
de Rosellini. Vacío. Ningún marinero había visto a mi discípulo desde el principio de la
tarde. El sol preparaba la ceremonia de su puesta. Se estaban tramando oscuros
acontecimientos. Angustiado, llamé a la puerta del camarote del padre Bidant. Ninguna
respuesta. Me atreví a entrar. Vi el reclinatorio, el crucifijo, una Biblia, una cama
cuidadosamente preparada, pero ni rastro del religioso. También él había desaparecido.
Una nueva investigación, dirigiéndome al reis encargado de la navegación, no dio
ningún resultado. Sólo me quedaba lady Redgrave. Tal vez sabía lo que se estaba
tramando. A menos que fuera la instigadora de la conspiración que yo estaba ahora
descubriendo.
Pero lady Ophelia había dejado la dahabieh sin que nadie la hubiera visto
alejarse.
Era imposible que todos mis compañeros se hubieran ausentado de aquel modo
sin haber llamado la atención de los marineros. Estos me estaban mintiendo. Sentí como
si una capa de plomo me cayera sobre los hombros. Tenía la sensación de ser un insecto
agitándose en el centro de una tela de araña, debatiéndose inútilmente. ¿Debía quedarme
en el barco o huir? ¿Huir dónde? Pedir ayuda, pero ¿qué ayuda?

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La llegada del magistrado turco, un gran mozo seco y nervioso, puso término a
este dilema. Acompañado de una decena de nubios que llevaban un simple paño y
armados con lanzas, subió a bordo de la dahabieh y se inclinó ante mí.
—Sígame, se lo ruego.
—¿Por qué motivo?
—No tengo por qué darle explicaciones. Está bajo mi autoridad.
La trampa se cerraba brutalmente. O mis compañeros habían sido detenidos, o
me habían traicionado. Recordé la extraña huida de dos de ellos...
—Estoy comisionado por Francia —indiqué—. No puede retenerme, a no ser
que tenga documentos firmados por el pacha.
—Soy el representante oficial del pacha —contestó—. Actúo en su nombre y no
necesito documentos.
Perdido en aquella lejana Nubia, ¿a qué tribunal podía recurrir? Mi última arma
era mi irrisorio honor de sabio. Aunque estuviera muerto de miedo, no perdería mi
dignidad. Ofrecer a aquella gente el espectáculo de mi terror era indigno de mi misión.
Por tanto, seguí al magistrado turco. Ninguno de los marineros de la dahabieh se movió.
El asunto había sido bien preparado. No me había enterado absolutamente de nada hasta
el último momento.
Apenas había avanzado cuando un inmenso clamor me dejó paralizado. Los
indígenas, apareciendo por todas partes, me rodearon. Entonaron un canto nubio del
cual no entendí ni una palabra.
Su círculo se abrió para dejar paso a una procesión encabezada por un gran turco
con turbante y una antorcha en la mano. ¿De qué bárbara ceremonia iba a ser el centro?
Una risa espontánea, enorme, que liberaba un exceso de ansiedad, me sacudió el
pecho cuando reconocí a L'Hote, seguido de Rosellini, el doctor Raddi, Solimán,
Moktar, una bailarina con velo y cabello rubio que no era otra que lady Redgrave, y un
cura en sotana. Luego vinieron el magistrado local y los marineros de la dahabieh.
Todos los habitantes de la Baja Nubia se habían reunido allí.
—Pero... ¿por qué?—pregunté a L'Hote.
—¿Ha olvidado el acontecimiento, general? Estamos a 23 de diciembre... ¡y
celebramos su treinta y ocho aniversario!
Lo más práctico del albornoz turco es que se puede bajar sobre los ojos para
ocultar el llanto. Aquella noche de cumpleaños, la más conmovedora de mi existencia,
estuvo llena de risas, cantos y bailes. Incluso el padre Bidant, pasada la medianoche,
abandonó un poco su reserva eclesiástica para divertirse con los chistes atrevidos de
Néstor l'Hote y admirar una danza del vientre ejecutada con entusiasmo por dos jóvenes
nubias.
Rosellini me explicó que el potentado local por poco se suicidó cuando se enteró
de que mis compañeros querían organizar una gran fiesta en mi honor. La región era tan
pobre que no disponía de carne fresca, ni de verduras, ni siquiera de hornos corrientes
para cocer tortas. Lady Ophelia había salvado al infeliz de la deshonra invitándole a un
banquete frugal donde comimos unas galletas compradas en Asiut y unas conservas de
Europa.
Poco importaba la riqueza de los alimentos. La que teníamos en el corazón era
de una calidad inefable.

El viento del schamali soplaba con tanta fuerza que provocaba tormentas y
enfurecía al Nilo. Unas olas golpeaban la orilla, y el sol estaba oscurecido por unas
nubes blancas. El viento levantaba columnas de arena. Pero nada impidió que nuestro

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buque insignia y sus acólitos cruzaran el país del hambre y progresaran hacia Abu
Simbel, que desde siempre había considerado como el último término de mi viaje.
Tuvimos que luchar con remos contra la corriente, efectuar operaciones de sirga,
evitar arrecifes en medio del río, vencer las corrientes contrarias.
La pasión que me animaba supo ser lo bastante radiante como para borrar toda
huella de desaliento a mi alrededor. Del templo mayor del gran Ramsés esperaba la
confirmación de mi sistema de desciframiento y el encuentro con el Profeta. Si debía
afrontarme o ayudarme, sería allí y en ninguna otra parte. ¿Por qué no había aceptado
esa evidencia? El nombre real en el cual se había basado mi intuición era el de Ramsés.
La inscripción que lo mencionaba provenía de Abu Simbel. El destino me daba una cita
a la cual acudía con un entusiasmo de muchacho.
La vida a bordo de la dahabieh no carecía de tranquilidad. Cada uno poseía sus
aposentos. Las comidas eran la ocasión de confidencias que nos acercaban unos a otros.
El padre Bidant contó su santa carrera y sus estancias en Roma. Aceptaba este viaje en
tierra pagana como una prueba del cielo. L'Hote nos inició en el arte del dibujante,
haciendo el retrato de cada uno de los miembros de la expedición. Rosellini profetizó
sobre el porvenir del museo de Turín, sobre las colecciones de tesoros y obras maestras
que esperaba reunir. El profesor Raddi, en términos muy eruditos, nos describió los
primeros capítulos de su monumental historia de la tierra que redactaba desde hacía más
de veinte años. Lady Ophelia evocó su infancia londinense, sus paseos por la campiña
inglesa, su severa educación dirigida por Thomas Young, su afición por los pueblos de
Oriente.
El frescor nocturno favorecía un sueño bienhechor. Cuando el huracán se calmó,
durante un amanecer que hacía brotar el oro en la cima de las montañas, pudimos ver
por fin una orilla apacible donde los campesinos y las campesinas desnudos trabajaban
en unos campos regados por norias. Las jóvenes nubias tenían una belleza tierna e
inocente, que empañaba a la Eva del Paraíso. Unos bueyes de piel reluciente hacían
girar una rueda que subía, a un ritmo lento y regular, unos jarros de agua sacada del
Nilo. Cerca de la orilla, un grupo de palmeras apretadas unas contra otras y bajo las
cuales una madre amamantaba a su hijo.
Estaba aturdido por tanta belleza y tanta serenidad. Aquí, el hombre se había
reconciliado con Dios. La naturaleza no le era hostil. Le exigía simplemente la ofrenda
necesaria para ofrecerle a su vez una vida solar.
—¡General! ¡Mire, en la otra orilla!
Desde un inmenso montículo de arena acumulada contra un alto acantilado
salían unas cabezas gigantescas. Unos rostros de colosos reales. Era imposible saber si
estaban de pie o sentados.
Eran las siete cuando abordamos al pie de un templo, que reconocí como
perteneciente a la diosa Hathor que había adoptado los rasgos de Nefertari, la esposa tan
querida por Ramsés II y representada bajo la forma de estatuas gigantes al lado de su
marido. Ver aquellos dos templos, el del rey y el de la reina, en su edición original, me
dejó totalmente extasiado. Aquellos edificios, tallados en la misma roca, manifestaban
el nacimiento del espíritu fuera de la materia, el poder de la luz expresando el alma de la
piedra.
¿Dónde se escondía la inscripción cuya copia, el 14 de septiembre de 1822, me
había abierto las puertas de la escritura egipcia? Me había puesto en un estado de
excitación tan grande que había buscado a mi hermano en el pequeño apartamento que
ocupábamos, sin dejar de gritar «¡Lo tengo!» antes de desmayarme.
Un intenso dolor inflamó de pronto mi rodilla izquierda. Me faltó el aliento.
Incapaz de mantenerme de pie, me desplomé.

136
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté al padre Bidant, reconociendo su rostro
inclinado sobre mí—. ¿Dónde estoy?
—Un grave ataque de gota. Le hemos traído a su camarote.
—¿Tiene usted tafetán?
—Efectivamente, tengo.
—Tráigamelo, y también una esponja.
El tafetán engomado con esponja es un remedio excelente para aliviar el dolor.
Me vi obligado a tomármelo con calma y a quedarme tres días inmovilizado en mi
cama. Aproveché aquel período de descanso para empezar un diccionario jeroglífico e
intentar traducir un texto que titulé «decreto del dios Ptah». Lo había obtenido a partir
de un moldeado realizado en la gran sala del templo de Ramsés. Mis ojos se abrían poco
a poco. Las frases coordinaban casi naturalmente. El lenguaje de los dioses me era cada
día más familiar. Aprendía a leer y a escribir los jeroglíficos con los propios textos y la
magia de la tierra de los faraones como únicos maestros.
Rosellini y L'Hote me informaban cada noche sobre el trabajo realizado.
Copiaban relieves históricos todavía animados por colores tornasolados, algunos de los
cuales desgraciadamente empezaban a desaparecer. Me moría de impaciencia,
esperando a que aquella dichosa gota dejara de volverme impotente.
Era más de medianoche. Una calma absoluta reinaba en la dahabieh. Todos
dormían, después de una jornada de trabajo agotadora. Mi diccionario progresaba casi
solo, como si me fuera dictado por una voz interior. No dormía. La enfermedad
retrocedía.
La puerta de mi camarote se abrió lentamente. Apareció lady Redgrave. Su
vestido malva dejaba sus hombros descubiertos. Un precioso traje de noche de satén, del
mejor gusto inglés. Se quedó en el umbral, el rostro apenas iluminado por la luz
vacilante de una vela.
—¿Está despierto, Jean-François? —murmuró con una voz juvenil que no le
conocía.
—Acérquese, lady Ophelia. Hay un sillón al pie de la cama.
Desdeñando el sillón de mimbre, se sentó en el borde de mi lecho, junto a mi
pierna izquierda.
—¿No podríamos poner un término definitivo a nuestras hostilidades? —
propuso—. Estamos perdidos en el fin del mundo, olvidados por la civilización.
Deberíamos intentar... ser felices.
Por mucho que tratara de cerrar mis oídos para no oír el canto de aquella sirena,
me embrujaba. Mi conciencia me reprochaba enseguida aquella debilidad incalificable,
pero ¿cómo luchar?
—Ser felices... Para eso tendríamos que confiar el uno en el otro, lady Ophelia.
—Tengo confianza en usted, Jean-François. En el hombre que es. No en el espía
al servicio de Francia.
—No soy un espía y ya no hay Francia, aquí. Sólo Nubia, los templos, el Nilo,
un reflejo del paraíso... y nosotros dos.
Sonrió.
—Me gustaría creerle... pero somos, usted y yo, esclavos de nuestra misión. Mi
tío me había avisado: es usted el más inteligente y astuto de los hombres.
—Ayúdeme a levantarme, se lo ruego.
Me apoyé en su brazo para ir hasta la mesa de trabajo donde Rosellini había
ordenado mis papeles.

137
—Examine todo esto —le pedí—. Puede ver el esbozo de un diccionario,
traducciones de textos, la verificación de hipótesis emitidas en el frío parisino, apuntes
de escenas... ¿Es el trabajo de un espía o el de un egiptólogo?
Con suavidad y firmeza me obligó a tumbarme de nuevo en la cama.
—Sólo puede convencerse a sí mismo, señor sabio... ya que es usted el único
que sabe leer los jeroglíficos.
—El porvenir le demostrará que no me equivoco.
Lady Redgrave tomó mi mano derecha entre las suyas.
—Dejemos este juego cruel, Jean-François. Comprendo su compromiso.
Comprenda usted el mío. Sentir amor por su país, desear su grandeza son sentimientos
nobles. Tal vez no seamos adversarios. Nuestro blanco es sin duda el mismo. Unamos
nuestros esfuerzos... con la condición de ser sinceros. Si me ama, revéleme la auténtica
meta de su misión. Entonces podré... dárselo todo.
—Podría mentirle —dije, con la voz ahogada—, pero no me destruiré a mis
propios ojos... No, Ophelia, no soy un espía. Francia me ha proporcionado el medio de
organizar esta expedición, es cierto, pero únicamente para seguir los pasos de los
antiguos egipcios.
Se levantó, súbitamente altiva, y caminó retrocediendo hacia la puerta del
camarote.
—Si es así, Jean-François, que pase muy buena noche...
Sólo pude conciliar el sueño al amanecer. Apenas había dormido unos minutos
cuando llamaron a mi puerta con estrépito.
—¡Abra! ¡Abra inmediatamente! —gritaba el profesor Raddi.
—Empuje la puerta —contesté con voz brumosa.
Un huracán se abalanzó sobre mí.
—¡Champollion, una desgracia! ¡Una espantosa desgracia! ¡Una catástrofe sin
nombre! ¡Un desastre insensato!
Prosiguió así durante unos segundos interminables, ahogándose en los términos
más excesivos. Esperé a que terminara su letanía para pedir algunas aclaraciones sobre
la causa de aquel furor.
—Mis sacos llenos de muestras minerales ¡han desaparecido!
—¿Dónde los había guardado?
—En la cubierta de proa, bajo una lona. Ya no tenía espacio suficiente en mi
barca. Hay que abrir una investigación.
—Haga venir al reis.
La investigación resultó muy fácil. Interrogado, el capitán nos trajo enseguida al
culpable, que se había denunciado espontáneamente.
—¿Qué has hecho con las colecciones del profesor Raddi? —pregunté al tipo
larguirucho y flaco.
No comprendió mi pregunta. Le hablé de los sacos.
—¿Los sacos llenos de piedras? Los he tirado al agua. Piedras hay por todas
partes.
Imposible explicar a aquel infeliz, desprovisto de todo conocimiento
mineralógico, la naturaleza de su falta.
Despaché al marinero antes de dar al buen profesor el resultado de mi
investigación.
Raddi se desmoronó. Le vi envejecer diez años en unos pocos segundos:
—Me voy de Abu Simbel —anunció—. Regreso a El Cairo. Reconstituiré mis
colecciones, piedra a piedra.

138
—Profesor, comparto su aflicción. Renuncie a esa decisión, se lo suplico. No
tendría las fuerzas necesarias para llegar al término de ese periplo. Dedíquese a la
mineralogía nubia, que nadie ha explorado hasta ahora...
—Necesito mis muestras para escribir la historia del mundo. Sin ellas estoy
perdido.
—¿No estaba deseando renunciar al trabajo de oficina, profesor? ¿No se había
enamorado del desierto y del silencio?
Raddi agachó la cabeza, avergonzado.
—Sí... pero está mi obra, ¡la más inmensa jamás emprendida por un hombre! Se
da cuenta, Champollion: ¡la historia del mundo contada por los minerales! Los granitos,
las areniscas, los alabastros, las calizas de Egipto, tenían que proporcionarme unos hitos
decisivos.
—Aquí tiene una amplia cosecha que realizar, profesor. ¡Trabaje sin descansar!
Es el mejor remedio contra las pruebas, por muy crueles que sean. Cuando regresemos
al norte, volverá a encontrar lo que ha perdido.
Había puesto tanta convicción en mis palabras que Raddi se conmovió. Aceptó
renunciar a sus proyectos y permanecer en la comunidad. Cuando salió de mi camarote,
yo estaba agotado, pero feliz por haber protegido la unidad de nuestra pequeña
comunidad, aunque ésta me parecía cada vez más comprometida. Lady Redgrave se
estaba convirtiendo en una enemiga irreductible. Rosellini, a pesar de su deferencia,
dejaba entrever cierta ambición y envidia. L'Hote, que se atenía a los principios de la
disciplina, se estaba cansando poco a poco de la aventura. El profesor Raddi sufría unos
asaltos violentos por parte del destino. ¿Y quién, entre ellos, había decidido
traicionarme? La única dicha era la «conversión» del padre Bidant, adepto de una
tolerancia que ya no esperaba.
Siempre había negado la fatalidad. La negué de nuevo.
Para recobrar una energía nueva, necesitaba mi licor de juventud: un templo
egipcio. Y tenía uno, magnífico, a unos pocos pasos de mí. Olvidando la enfermedad y
el sufrimiento, me levanté.

El gran templo de Abu Simbel es una maravilla que no desluciría Tebas. El


trabajo que esta excavación ha costado asusta la imaginación. La sonrisa de los colosos
de la fachada que representan a Ramsés el Grande es una de las más puras obras
maestras salida del cincel de los escultores egipcios. Es a la vez serenidad y poder,
divina y humana, cielo y tierra.
Siento no estar provisto de alguna varita mágica para transportar las estatuas
gigantes de Abu Simbel en medio de la plaza de Luis XIV y convencer así de una vez a
los detractores del arte egipcio.
A pesar del viento glacial, había ido al santuario, sostenido por Solimán y
L'Hote. Los nubios habían instalado vigas y tablas para acceder al agujero que daba al
interior. Los marineros habían consolidado aquella arquitectura frágil que amenazaba
con caer en ruinas. Hubo que quitar arena y tomar el estrecho pasadizo.
El milagro se produjo: el mal se esfumó y recobré el uso de mis piernas. Me
desvestí casi totalmente, conservando sólo mi camisa árabe y un calzoncillo de tela, y
abordé de bruces la pequeña abertura de una puerta que, despejada, tendría al menos
veinticinco pies de altura. Creí encontrarme en la boca de un horno y, deslizándome
enteramente dentro del templo, me hallé en un ambiente recalentado. Recorrimos
aquella sorprendente excavación, Rosellini, L'Hote, Solimán y yo, cada uno con una
vela en la mano.

139
La primera sala está sostenida por ocho pilares a los cuales están adosados otros
tantos colosos de treinta pies cada uno, representando a Ramsés el Grande; en las
paredes, una hilera de grandes bajorrelieves históricos relativos a las conquistas del
faraón en África; una escena representa su carro triunfal, acompañado de grupos de
prisioneros nubios y negros de tamaño natural, lo cual ofrece una composición muy
hermosa y de gran efecto. Las demás salas, y hay dieciséis, tienen abundantes
bajorrelieves religiosos, que ofrecen particularidades muy curiosas.
Nos hemos propuesto obtener el dibujo, en grande y coloreado, de todos los
bajorrelieves que decoran la gran sala del templo. Cuando se sepa que el calor que hace
en este templo, hoy subterráneo, ya que la arena ha cubierto casi toda su fachada, es
comparable al de un baño turco muy calentado; cuando se sepa que hay que entrar casi
desnudo, que el cuerpo chorrea continuamente un sudor abundante que cae sobre los
ojos y gotea en el papel ya empapado por el calor húmedo de este ambiente sofocante,
seguramente se admirará el valor de la expedición que, afrontando este horno, sólo sale
por agotamiento y cuando las piernas ya no pueden sostener el cuerpo.
Todo es colosal aquí, sin exceptuar los trabajos que hemos emprendido, cuyo
resultado se merecerá la atención pública. Los que conocen el lugar saben lo difícil que
resulta dibujar un solo jeroglífico en el gran templo. Pero ¿quién podría hablar de
trabajo ante tales esplendores? Ya no sentía cansancio ni dolor. Subido a una escalera,
copiaba los textos, tomaba huellas, cotejaba varias veces con el original. Los textos
serían puestos luego en unos dibujos debidamente preparados para evitar cualquier
error.
Fue al encontrarme cara a cara con un retrato de Ramsés cuando percibí el
significado de su función. Hacía ofrenda a un dios que tenía el mismo nombre de
Ramsés. Pero sería una gran equivocación creer que el soberano se adulaba a sí mismo.
Honraba, a través de su persona simbólica, al sol divino que llevaba en el corazón y del
cual era el representante sobre la tierra.
Habiendo visto todos los bajorrelieves, la necesidad de respirar un poco de aire
puro se hizo sentir. Hubo que volver a la entrada del horno tomando precauciones para
salir. Me puse dos chalecos de franela, un albornoz de lana y mi gran abrigo, con el cual
Solimán me cubrió en cuanto volví a la luz. Allí, sentado junto a uno de los colosos
exteriores, cuya inmensa pantorrilla paraba el soplo del viento del norte, descansé media
hora para dejar pasar la gran transpiración. Luego regresé a mi barco, donde me quedé
casi dos horas en mi cama. Aquella visita experimental me había demostrado que uno
puede quedarse dos horas y media o tres en el interior del templo sin sentir ninguna
molestia respiratoria, sólo debilitamiento en las articulaciones.
Aquel baño turco fue el mejor remedio contra los grandes y pequeños males que
sufríamos. Por tanto decidí fijar en al menos tres horas la duración de mis propias
visitas al templo, imponiendo a L'Hote y a Rosellini sólo dos horas de trabajo por la
mañana y otro tanto por la tarde para no condenarles a la asfixia.
El gran templo de Abu Simbel, además de sus revelaciones faraónicas, me
ofreció un espléndido regalo: me libró de la gota.

Envié a Solimán en busca de lady Redgrave. Se reunió conmigo cuando me


encontraba meditando ante el pequeño templo de Abu Simbel y sus seis figuras
colosales que representan a la pareja real rodeada de sus hijos. Estaba furioso contra un
dibujante llamado Gau, por quien creía conocer estas obras maestras despreciadas por
culpa de sus mediocres reproducciones. Le reprochaba que hubiera dado a aquellas
estatuas tan esbeltas y con una figura tan elegante el aspecto de torpes monigotes y de
gruesas cocineras en las vistas que se había atrevido a publicar.

140
—¿Qué desea? —preguntó lady Ophelia, que llevaba un vestido de muselina
rosa.
Se protegía de los ardores del sol con una sombrilla naranja y se pavoneaba
menudeando el paso, creyéndose en medio de un salón londinense.
—Mire... mire este templo, lady Redgrave. ¿Sabe para quién ha sido construido?
Para Nefertari, la esposa de Ramsés, a quien amaba por encima de todo... Hizo venir
aquí al arquitecto jefe del reino, organizó la obra de construcción más activa, compuso
el poema de amor más tierno y más noble que jamás se haya inscrito en una piedra de
eternidad. ¿Qué regalo más hermoso podría ofrecer un faraón a la mujer que veneraba?
Lady Ophelia Redgrave bajó su sombrilla. Dio algunos pasos en dirección al
templo y se quedó allí, sola en medio de la explanada.

El pequeño templo de Abu Simbel me había demostrado lo mucho que la


civilización egipcia difería de las del resto de Oriente; pues sólo se puede apreciar el
auténtico grado de cultura de un pueblo según la posición que ocupan las mujeres en la
organización social. En la época de los faraones, la mujer desempeñaba los más altos
cargos espirituales y materiales. Podía acceder al rango de jefe del Estado, conocer los
misterios del templo, tener bienes propios, cederlos a quien quisiera. Su condición fue
de las más elevadas y deberíamos inspirarnos en ella más a menudo. Cuando los
trabajos urgentes e indispensables, diccionario y gramática, estén acabados, dedicaré
una obra a la mujer en el Antiguo Egipto. El día en que lady Redgrave comprenda
finalmente que mi vida está destinada a cantar la gloria de una luminosa civilización, tal
vez disfrute leyéndola.
El trabajo prosiguió a buen ritmo. Abu Simbel es un lugar que proporciona una
felicidad inmediata y constante. Los nubios, indolentes por naturaleza, participaron de
buena gana en la tarea. Íbamos de hallazgo en hallazgo. Así, en las cercanías del gran
templo descubrí una estela que probaba que Ramsés había anexionado Nubia de tal
modo que ésta había pasado a formar parte del Imperio como una provincia más.
Algunos monumentos eran tan poco accesibles que tuve que copiar los textos
elaborando una peligrosa estrategia: de pie en una barca, utilizaba dos catalejos gracias
a los cuales identificaba cada jeroglífico grabado en las rocas.
Por la noche, compartíamos una comida frugal con los nubios. Teníamos la
sensación de habernos convertido en aldeanos. Habíamos olvidado la época de las
ciudades, la labor cotidiana, el ruido, la agitación. El sol marcaba la tónica, el cielo daba
sus colores, y el templo el sentido de lo eterno. Los alimentos materiales contaban poco.
La dulzura de la amistad compartida hacía que unas simples tortas fueran más sabrosas
que los platos más finos.
Normalmente, nos colocábamos en círculo alrededor de una hoguera y
escuchábamos a un anciano ciego contar largas y hermosas historias en las cuales se
repetía la figura de una leona aterradora, encargada por el dios sol de destruir a la
humanidad que había traicionado la luz y mancillado la vida. La diosa Hathor intervenía
para calmar aquel furor asesino y salvar a unos justos que habían huido al desierto.
Aquella noche, el jefe de la aldea estaba ausente. Esperamos su regreso antes de
tocar el plato de fiesta que nos habían servido, una mezcla de habas y cebada. El
ambiente era solemne, casi tenso. Nadie se atrevía a hablar. Pronto sólo se oyó el
crepitar del fuego. Entonces apareció el jefe, en compañía de un personaje sorprendente,
un negro joven y grande envuelto en un abrigo blanco que cubría un vestido azul. Su
peinado me llamó la atención. Se componía de un gran número de bucles que formaban
una peluca, recordándome la que llevaban los nobles en algunos bajorrelieves egipcios.
Además, aquella cofia, que reducía el foso entre el pasado y el presente, exhalaba olores

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suaves. La costumbre egipcia del banquete requería que se acudiera a él con la cabeza
perfumada para deleitar el olfato de los dioses. El joven, acompañándose por una lira,
entonó un canto en mi honor, calificándome de gran general enviado por un poderoso
monarca. Su voz melodiosa, dilatándose con el ritmo hechicero de una melopea, nos
sumió en un éxtasis colectivo. El jefe de la aldea, que me ofreció café, enarbolaba una
gran sonrisa.
—Ha venido de muy lejos —me dijo—, y ha llegado hasta nosotros porque es un
amigo de Dios. Desde ahora, mi aldea le está abierta. Vendrá cuando lo desee y, en
cuanto pise nuestro suelo, será una fiesta. Vivirá en mi casa, dormiremos bajo el mismo
techo y compartiremos el pan. Así será cumplida la voluntad de Dios.
Estaba profundamente emocionado.
Dos chiquillos, traídos por una nubia de caderas fuertes, me fueron presentados.
—Estos son mis hijos —declaró el jefe—. Que su bendición esté con ellos. Yo
no me iré de mi pueblo. Pero ellos tal vez vayan a su tierra. Estoy seguro de que usted
les dará hospitalidad y de que también habrá fiesta cuando vayan allí.
Le aseguré que así sería, aunque estaba rojo de confusión. Estaba convencido,
desgraciadamente, de que dos jóvenes nubios no recibirían una acogida de esta calidad
en nuestra vieja Europa, donde la mayoría de las familias habían olvidado las antiguas
costumbres.
Mi vida me pareció irrisoria, casi inútil. Aquí vivía una quietud más allá de los
sentimientos y de la razón. Egipto, en Europa, sólo era un sueño. En aquel pueblo del
gran sur se convertía en eternidad. Destruía en mí lo inútil y lo superficial. ¿Mi vida?
¿Qué importancia tenía ante aquellas piedras sin edad, sin historia personal,
desprovistas del germen de la muerte? Amarlas, venerarlas, no basta. Conocerlas por la
sola inteligencia es imposible. Identificarse con ellas, convertirse en piedra, entrar en su
corazón..., ¿no es el más envidiable de los destinos?
Por la mañana fui llamado por el jefe del pueblo que quería ofrecernos dos
regalos excepcionales: una gacela que L'Hote bautizó inmediatamente con el nombre de
Pierre y un gran gato de Kordofan. Como regalo equivalente, le pagamos
magníficamente y añadí una fuerte suma para el cantante que había hechizado nuestras
almas.
Unas risas ruidosas captaron mi atención. Un grupo de niños se había formado
alrededor del profesor Raddi, que intentaba adquirir un perrillo amarillo y un búfalo.
Para negociar, no había encontrado otro medio que imitar los gritos de los animales, lo
cual provocaba una verdadera hilaridad. Para el desconsuelo de los niños, le persuadí de
que renunciara a sus compras.
De nuevo en el buque insignia, fui a mi camarote para clasificar unos papeles y
seguir un poco con mi diccionario antes de regresar al templo. En mi mesa de trabajo,
una hoja de papel, muy a la vista, con estas pocas palabras en árabe: «El Profeta se ha
ido de Abu Simbel. Le espera en el Nilo».
Apenas me había repuesto de mi sorpresa cuando un concierto de gritos y
vociferaciones, acompañado de una cabalgada, resonó en la cubierta. Cuando llegué allí,
la causa del drama había desaparecido. El reis me explicó que acababa de pelearse con
uno de sus cocineros a quien había sorprendido fisgando en el camarote de lady
Redgrave. El hombre le había golpeado, empujado y luego había huido. Varios
marineros se habían lanzado tras él.
Creí que el asunto no era muy importante cuando un marinero, enloquecido,
volvió para avisar a su capitán que el cocinero se había refugiado en el gran templo de
Ramsés y amenazaba con destruir los relieves si intentaban detenerle. Mi presencia

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resultaba indispensable. No lo dudé un instante, trastornado con la idea de que
semejantes obras maestras fueran desfiguradas por un loco furioso.
En la entrada del santuario había varios marineros armados con palos y
decididos a darle una paliza al fugitivo cuyas invectivas ya no se oían. Provisto de una
antorcha que encendió L'Hote, y sin escuchar ningún consejo de prudencia, penetré
inmediatamente por la abertura. La antecámara y la gran sala estaban silenciosas y
desiertas. Un rápido examen me mostró que mis inestimables relieves estaban intactos.
Corrí hasta el fondo del santuario, hundido, en espesas tinieblas. Delante de las cuatro
estatuas divinas había un cuerpo tumbado. Iluminándolo, vi que tenía la nuca partida. El
hombre había tropezado y se había roto el cuello chocando con las rodillas de una de las
estatuas.
Aquel falso cocinero no era un desconocido.
Abdel—Razuk, el policía del pacha, acababa de terminar su miserable carrera,
golpeado por los dioses egipcios.

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20

Abdel—Razuk fue enterrado en el cementerio de la aldea. Moktar, como


representante de las autoridades, había vigilado la corta y modesta ceremonia.
—¿Cuál era el nombre de este desdichado? —le pregunté cuando volvía a subir
a bordo de la dahabieh.
—Un tal Silouf. El reis le daba trabajo por primera vez. Alá le ha castigado por
su crimen.
Así, ¡Moktar se negaba a identificar a su colega, optando por matarlo una
segunda vez suprimiendo su identidad! Mi silencio pareció tranquilizarle. Sin duda
creyó que me dejaba engañar y que no había examinado el cadáver muy de cerca. En
cuanto a mis compañeros, no habían tenido posibilidad de hacerlo.
Nubia había venido a Abdel—Razuk, poniendo término a la despreciable misión
que le había sido confiada. Discerní en ello la intervención benévola del gran Ramsés
que, más allá de los tiempos, me concedía su protección.
Hace ya varios días que no he cambiado ni una palabra con Solimán, que
observa sin cesar a los miembros de la expedición. Nos aislamos en la parte trasera de la
dahabieh que había tomado la dirección de Ouadi Haifa. Le hice saber que el cocinero
muerto accidentalmente en Abu Simbel no era otro que Abdel—Razuk. La noticia le
sumió en una oscura perplejidad.
—Así que nos han seguido hasta Nubia...
—¿Esperabas que por fin nos abandonarían?
—Esta región no interesa nada al pachá y a Drovetti. Abdel—Razuk tenía toda
la confianza de sus amos. No era un policía corriente. Si ha tomado la decisión de
seguirle allí donde vaya, es que su persona es muy preciada... o muy amenazadora.
—El desgraciado ha muerto, Solimán. ¿Qué más podemos temer?
—No sea ingenuo, hermano. Queda Moktar y, a su lado, un traidor que nos espía
a cada momento. Cerca de usted merodea la sombra del pacha que espera el momento
en que dé un paso de más. Estoy preocupado... cada vez más preocupado.
—¿Qué piensas de esto?
Le enseñé el enigmático mensaje relativo al Profeta.
—Es imposible obtener nada seguro acerca de este hombre... es más huidizo que
el viento. Acabaré por creer que ha sido inventado por Drovetti para desconcertarnos
aún más y hacernos seguir falsas pistas.
—Existe, Solimán. Lo presiento. Tengo que encontrarle.
—¿Pero quién puede haber escrito estas líneas? ¿Aliado o adversario?
—¿Quién sabe árabe, entre nosotros? Tú y... lady Redgrave.
Solimán sonrió.
—No olvide el capitán y algunos miembros del equipaje. ¿Son todos simples
marineros? Abdel—Razuk bien que consiguió que le contrataran como cocinero.
—Confiemos en el destino... Me niego a angustiarme continuamente y a vivir en
la sospecha.
El 30 de diciembre, a mediodía, llegamos a Ouadi Haifa, a una media hora de la
segunda catarata donde se han asentado nuestras columnas de Hércules. Allí hay
algunas casas de tierra construidas en la linde de los cultivos, en la orilla este del Nilo,

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unas palmeras y unos sicómoros. Unos pocos nubios flacos intentan sobrevivir con
dificultad. La catarata es una barrera de granito, formada por una serie de pequeños
islotes a veces cubiertos de malezas y de arbustos. Por todas partes, puntas de rocas a
flor de agua.
Más allá, de centinela en un islote en medio del río, se alzan las murallas de la
fortaleza egipcia de Bouhen que prohibía el acceso de Nubia a los negros. Se me
encogió el corazón. No podía apartar mi mirada de aquella última frontera. Había
llegado muy felizmente al término extremo de mi viaje. Aquella barrera de granito que
el Nilo ha sabido vencer, no la pasaré.
Al otro lado existen muchos monumentos que espero sean de menor importancia
y que no veré. Habría que renunciar a nuestros barcos, montar unos camellos difíciles
de encontrar, atravesar desiertos y arriesgarse a morir de hambre, pues veinticuatro
bocas quieren al menos comer como diez, y los víveres ya son muy escasos. Son
nuestras galletas de Asuán las que nos han salvado.
Debo, por tanto, detener mi carrera en línea recta y virar. La dahabieh y las
barcas, incapaces de cruzar los rápidos, giraron su proa hacia Egipto. Mientras la noticia
del regreso se propagaba y se efectuaban las maniobras, subí a las alturas de Abusir en
compañía de Solimán. Desde allí asistimos al espectáculo de las aguas enfurecidas, de
las olas rompiéndose en los arrecifes, de un horizonte perdido en unos tonos azulados
donde se ahogaba el cielo de África.
El hombre, aquí, ya no era nada. Apenas podía considerarse como un huésped de
paso, obligado al silencio más absoluto. En él se elevaban las voces del río, del sol, de
las rocas. Perdía de golpe la soberbia atribuida a lo que creía ser su inteligencia, para
inclinarse ante la majestuosidad de la vida.
Al dejar el promontorio, vi que Solimán había grabado mi nombre en una roca,
dejando una huella de nuestra aventura y del hombre que había tomado su iniciativa.
Jean-François Champollion..., ¿quién era, sino un juguete entre las manos de la
Providencia, un hombre de deseo que debía expresar el fuego intenso que le consumía
desde la infancia, un explorador de lo invisible en busca de una civilización perdida?
De él no quedaría nada. Excepto, tal vez, un nombre sobre una roca para siempre
olvidado en la soledad de la catarata.
Un cañonazo rompió la quietud del aire nubio, haciendo emprender el vuelo, con
grandes aleteos, a un grupo de pelícanos. Lady Redgrave estaba en la parte delantera de
la dahabieh, junto a la pieza de artillería cuyo tiro acababa de ordenar.
Era nuestro último saludo al gran sur. Los marineros entonaron un canto de
despedida, a la vez triste y lleno de esperanza. Tuve la exaltante sensación de que mi
trabajo empezaba realmente hoy, aunque ya tenía más de seiscientos dibujos, pero
queda tanto por hacer que casi me asusta. Hubiera querido explorar Nubia durante
meses, residir en Tebas durante años, habitar cada templo, sentir su genio propio, vivirlo
desde el interior.
Pero la angustia invadía ahora mis pensamientos, como si el tiempo estuviera de
pronto contado para mí.

—No nos rezaguemos, general —exigió Néstor l'Hote, alarmado—. He


inspeccionado la barca despensa. Las provisiones disminuyen peligrosamente. Si nos
entretenemos demasiado tiempo en los emplazamientos, podríamos morir de hambre.
Las aldeas son demasiado pobres para alimentarnos.
Asentí meneando la cabeza. L'Hote había hecho aquella declaración delante de
todos los miembros de la expedición para que nadie ignorara la gravedad de la
situación. Mi responsabilidad se encontraba así comprometida. Esta actitud me

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entristeció. Mi fiel dibujante parecía haberse hartado de Egipto. El país y el trabajo ya
no le seducían. Estaba dispuesto a valerse de cualquier medio para adelantar la vuelta.
—No correremos ningún riesgo —declaré—. Reduciré nuestras investigaciones
a lo esencial.
—Sin embargo, Egipto bien vale unas cuantas comidas —objetó el padre Bidant
—. Adelgacemos un poco para la gloria de la ciencia.
Aquel aliado inesperado no se quedó aislado. Rosellini y lady Redgrave fueron
del mismo parecer. L'Hote, viéndose solo, se dirigió a un rincón de mi camarote, se
cruzó de brazos y optó por la desaprobación muda.
—No perdamos el tiempo con palabrerías —dije—. Vayamos a explorar.
Hice detener nuestra flotilla cerca del emplazamiento de la antigua Beheni.
Pensaba encontrar dos grandes estelas históricas cuya existencia había sido señalada por
unos viajantes. Sólo quedaba un amplio desierto y algunas ruinas miserables. La arena
lo había cubierto todo. No me di por vencido. Los marineros aceptaron ayudarnos, y
designé varios equipos que excavaron y desescombraron con ardor en los lugares que
les indiqué.
La suerte me fue enseguida favorable. Ayudado por Solimán, saqué a la luz una
imponente estela del primero de los Ramsés. Rosellini, con los ojos brillantes de
envidia, acudió corriendo.
—Una obra maestra —juzgó—. El Louvre tiene mucha suerte... pero será para
Italia.
Despechado, se alejó, lanzándose sobre la pista de la segunda estela que
sabíamos estaba enterrada en aquellos parajes. Pero los esfuerzos fueron inútiles. Por la
noche, extenuados y desanimados, volvimos al buque insignia. La amargura estaba
reflejada en los rostros. Había explicado, efectivamente, que el monumento imposible
de encontrar debía ser de una importancia capital para el establecimiento de la historia
egipcia. Se habían gastado tantas fuerzas en vano... tenía pocas esperanzas de poder
reanimar mis tropas para el día siguiente.
Había menospreciado su valor. Desde el amanecer todos estábamos al pie del
cañón, decididos a no volver con las manos vacías del campo de excavaciones cuyo
plano detallado había establecido Rosellini. Solimán, sin dejar de velar por mi
seguridad, escogió una roca prominente para grabar de nuevo el nombre del jefe de la
expedición, conforme a la costumbre que había adoptado. Nadie trabajó de mala gana.
Lady Redgrave, en pantalones, no era la menos activa. El padre Bidant, a pesar de su
sotana, adoptaba la posición inclinada del excavador, apartando la arena con la
esperanza de sacar un tesoro.
A mediodía, estábamos derrotados. Unos tras otros, mis compañeros se sentaron,
con las piernas sin fuerzas, la frente ardiendo y sin aliento. Me quedaba algo de energía.
Salí del área limitada por mi discípulo para dar un paseo solitario en aquel desierto que
amaba más allá de toda razón. Paso a paso, me alejé de mi pacífico ejército hasta el
instante en que mi pie chocó con una masa dura que apenas emergía de la arena fina.
Arrodillándome inmediatamente, con palpitaciones en el corazón, despejé
apresuradamente lo que me parecía ser la cima redondeada de una estela antigua.
Experimentaba una sensación indescriptible de felicidad. Era efectivamente el
monumento de Sesostris. Llamé enseguida a mis compañeros, que acudieron, Rosellini
el primero.
Mi discípulo estaba lívido. Se dio cuenta de la calidad de la estela que acarició
con la punta de los dedos.
—Qué pieza tan admirable... ¿También la quiere para el Louvre, maestro?
—¿Tú qué crees?

146
—La ley es la ley... El excavador conserva el resultado de las excavaciones.
—Tiene gran aprecio a este monumento, Ippolito. Fue un viajero italiano quien,
el primero, señaló su existencia. Por tanto, le corresponde de derecho.
¿Satisfacción? ¿Sorpresa? ¿Despecho? Fui incapaz de descifrar la mirada de
Rosellini.
—Me niego, maestro. Estos dos monumentos tienen que permanecer juntos. Le
pertenecen y, por consiguiente, pertenecen a Francia. Permítame ser inflexible.
Tomé a mi discípulo por los hombros y le di un abrazo.
—Le agradezco su generosidad, Ippolito. Los dioses le estarán agradecidos.
Con una alegría contagiosa, procedimos a un rápido desescombro. Di la orden de
transportar la estela de Sesostris a bordo de la dahabieh. Mientras efectuaban el
cargamento bajo la dirección de Rosellini, nos quedamos en el desierto, saboreando esta
victoria y saludando a Ra, el sol divino que nos la había otorgado. Incluso el padre
Bidant se volvía sensible a las bellezas de Egipto, mientras que L'Hote, revigorizado,
cantaba nuestro éxito.
Respetando mi palabra, di la orden de seguir con nuestro descenso del Nilo que a
cada segundo nos acercaba más a Tebas. La corriente era rápida, el viento del norte
soplaba con fuerza. Ouadi Haifa y la profunda Nubia se alejaban definitivamente.
Unos patos silvestres emprendieron su vuelo en el cielo azul. En la orilla, un
búfalo se sacudía después de su baño. Fue entonces cuando percibí la belleza oculta del
paisaje egipcio. Cada día más hechicero, no cambiaba nunca. Las únicas modificaciones
residían en la mayor o menor intensidad de la luz, en el centelleo más o menos
resplandeciente de las aguas del Nilo. El hombre era el huésped de aquella tierra y de
aquel cielo que, a cada instante, prolongaban el pasado y animaban el porvenir con un
soplo de eternidad. Aquella naturaleza formada por las divinidades era al mismo tiempo
soledad y fraternidad; volvía a mi alma contemporánea de los antiguos egipcios, hacía
apreciar el suceso más insignificante, el paso de una falúa, el canto de un pájaro, el
brillo de un follaje. Olvidándose de uno mismo, se accedía a la absoluta sencillez de
esta vida milenaria que no se escurría como arena entre los dedos, sino que dilataba el
corazón, inundándole con un sol que había visto levantarse los templos. Lo superfluo
desaparecía. El ser se despojaba, tomando conciencia de su finitud y, en este desapego,
descubría la esperanza, esa unión indecible con el fuego secreto que volvía Egipto
inalterable.
Intentando vencer la nostalgia que me invadía, redacté las notas sobre las
circunstancias del descubrimiento de las dos estelas y sobre los propios monumentos.
Durante este trabajo, tuve una duda sobre la escritura exacta del nombre del rey
Sesostris. Aunque era de noche, quise comprobar aquel detalle en el acto. Salí de mi
camarote y fui a la parte delantera de la dahabieh donde pregunté al reis en qué lugar
habían depositado las piedras sagradas. Mi pregunta le sorprendió, alegando que ningún
objeto de esa importancia había sido embarcado en el buque insignia. Llamó a sus
marineros que le confirmaron el hecho. Uno de ellos, en cambio, declaró que había
ayudado a cargar en la barca que servía de despensa.
—¿Quién dio la orden?—me indigné.
Las descripciones señalaron a Rosellini.
Le hice convocar por el reis, que lo trajo hasta mi camarote. Le miré en silencio.
—¿Qué ocurre, maestro? ¿Una mala noticia?
—Muy mala, Ippolito. Usted ya la conoce.
—¿Yo? Cómo...
—No soy un fiscal. Confiese usted su falta y repárela.
—¿Qué falta? ¿De qué me acusa? ¿Y por qué...?

147
—Cállese, Ippolito. No se enrede aún más.
Rosellini agachó la cabeza, rindiéndose.
—He sido un estúpido, maestro. He cedido al impulso más abyecto. Deseaba
tanto esas dos estelas..., no para mí, sino para el museo...
—Puedo comprenderlo, Ippolito, pero no admito que me haya mentido, que haya
abusado de mi confianza.
—¡No! —protestó—. ¡Era sincero! Fue al llegar a la barca despensa cuando se
me ocurrió la idea... un deseo irresistible de poseer las estelas. Creí que no se daría
cuenta de nada.
Rosellini lloró sin derramar una sola lágrima. Sollozos ahogados, jadeos. Salió
de mi camarote sin levantar la cabeza.
En cuanto se inmovilizó la flotilla en Serret el—Gharb, convoqué a mis
compañeros de viaje. Rosellini, muerto de inquietud, se escondía detrás de L'Hote.
Seguramente temía que estuviera decidido a denunciar su ignominia ante la comunidad.
—He olvidado la fecha de mi cumpleaños, pero no la de hoy. Vamos a celebrar
juntos el Año Nuevo y he querido, como jefe de esta expedición, ofrecerles unos
regalos. Quiero olvidarme de nuestras diferencias. Unámonos en la más fraternal de las
amistades. Lady Redgrave, si quiere usted acercarse...
Solimán, a petición mía, había conseguido negociar un collar de lapislázuli con
el cual adorné yo mismo el cuello de la bella espía. Emocionada, me dio las gracias con
una sonrisa que ciertamente no era la de una enemiga.
Rosellini, que empezaba a relajarse, recibió un ouchebti, pequeña figurilla
mágica destinada a trabajar en los campos del otro mundo a petición del resucitado,
reconocido como un justo. Néstor l'Hote fue gratificado con una colección de
carboncillos que reanimaron su deseo de dibujar Egipto entero. Al padre Bidant le
ofrecí un manuscrito copto que trataba sobre las adversidades que habían padecido los
santos. Al profesor Raddi, un tratado de mineralogía rarísimo que Jacques—Joseph me
había cedido tras haberlo extraído de su biblioteca.
Luego fui a la parte delantera del barco donde, siguiendo mis instrucciones, el
capitán había convocado a la tripulación. Les ofrecí una prima agradeciéndoles su
preciosa ayuda. Los músicos empuñaron sus instrumentos. Un canto alegre salió de los
pechos.
La exaltación se había apoderado de la expedición. Instalamos unas mesas en la
orilla. No muy lejos, una noria, accionada por unos bueyes, dejaba oír su lamento que
nunca calla. Unas palmeras de treinta metros de altura nos dispensaron tranquilidad y
frescor. Alzando los ojos al cielo donde renacían las primeras estrellas, que contenían
las almas de los faraones que regresaron a la luz de la que había nacido, contemplé la
cúspide de aquellos grandes árboles, capaces de recibir el fuego del sol sin perder su
verdor. Unos campesinos, sentados con las piernas cruzadas, trenzaban unas fibras para
fabricar seras, jaulas, cestos. De entrada, fuimos agasajados con unos tallos de palmera
que exprimían una savia azucarada y un puré de médula de plantones. Los rebaños, a un
paso muy lento, volvían de los campos donde todavía jugaban unos niños desnudos.
¿Quién podrá describir la vida encantada a la sombra de las palmeras? ¿Quién
podrá cantar la plenitud de un banquete de Año Nuevo en la orilla nubia, bañada con un
aire límpido, heredera de una sabiduría inmortal que sigue alimentando la voz del río?
En aquel momento hubiera querido ser poeta, pintor y músico...
Con un nudo en la garganta, me levanté alzando un vaso.
—Me gustaría brindar por el éxito completo de nuestra expedición.
—¿Con qué néctar? —preguntó L'Hote, irónico.

148
—Con dos botellas de vino de Saint—Georges —revelé, encantado con aquella
sorpresa.
Solimán trajo el precioso líquido, que había permanecido cuidadosamente
escondido en el fondo de un baúl. Lo saboreamos con veneración, aunque estaba algo
amortiguado por el trópico.
«¡Vida, salud, fuerza!»: tal era el triple deseo unido al nombre de cada faraón, y
el que emitimos a favor de nuestra comunidad que saludó con exclamaciones
laudatorias la llegada de un gran nubio cargado con una piel de pantera, plumas de
avestruces, un venablo y conchas. Estos regalos nos fueron distribuidos con un
entusiasmo comunicativo que avivó aún más el vino de palma.
Recibí un gran huevo de avestruz, decorado con dibujos infantiles. La parte
superior había sido recortada, formando una tapa. Mientras los comensales, un poco
achispados, cantaban canciones de moda repetidas, mal que bien, por los nubios, sentí
curiosidad por abrir el huevo y mirar su interior.
Había una especie de papiro cuidadosamente enrollado. Lo cogí discretamente y
fui a desenrollarlo bajo unos árboles, lejos de las miradas. El documento estaba escrito
en copto, con una mano que revelaba las huellas de la edad.
El texto que llevaba estaba firmado por el Profeta.

Estoy orgulloso de que, habiéndole acompañado desde la desembocadura del


Nilo hasta la segunda catarata, pueda anunciarle que no hay nada que modificar en su
alfabeto de los jeroglíficos. Su desciframiento es el correcto. Lo aplicará con idéntico
éxito a los monumentos egipcios de las épocas romana y griega. Y después, lo cual es
mucho más importante, a las inscripciones de todos los templos, palacios y tumbas de
las épocas faraónicas. Con su viaje ha restablecido la tradición, y sus trabajos
jeroglíficos serán universalmente reconocidos. Adiós.

La clave. La última clave. La lengua jeroglífica no había variado en su


arquitectura desde el nacimiento de la civilización hasta el último soplo vital, desde las
tumbas del Antiguo Imperio hasta los grandes templos tolomaicos.
Egipto, uno e indivisible. Egipto, creador de una lengua sagrada que había
escapado al tiempo y a la muerte. Y mi desciframiento era el correcto...
No teníamos tiempo para descansar, aparte de que el banquete de Año Nuevo, a
pesar de su frugalidad, había menguado aún más nuestras reservas de alimentos, por lo
que al día siguiente exploramos la gruta de Machakit, cuya entrada se abría en un
acantilado que caía verticalmente sobre el Nilo. El tiempo era muy malo; un viento
violento soplaba a ráfagas. Néstor l'Hote, a pesar de su fuerte jaqueca, no quiso perderse
la ascensión. Su determinación venció mi decisión.
Tenía mucha dificultad para reflexionar. El mensaje del Profeta me había
trastornado. ¿Cuándo y dónde me había cruzado con él? ¿Por qué no quería
entrevistarse conmigo? L'Hote me tendió la mano en varias ocasiones para ayudarme a
subir. Nuestros esfuerzos fueron recompensados. Descubrimos una capilla de la XVIII
dinastía, dedicada por un noble llamado Paser a la diosa de la catarata, la bella Anoukis,
una mujer muy graciosa con cuernos de gacela. L'Hote dibujó los bajorrelieves y yo
copié las inscripciones.
Las copiaba y las descifraba al mismo tiempo. Los jeroglíficos ya no eran una
lengua muerta, exterior a mí, sino un discurso del interior que ahora era tan natural
como mi lengua materna.
Leía los jeroglíficos. Los signos bailaron bruscamente ante mis ojos. Se
arremolinaron. Fui arrastrado con ellos en una ola inmensa que subía hasta el cielo.

149
Un violento dolor en la mejilla izquierda me hizo recobrar la conciencia.
L'Hote me abofeteó otra vez. Abrí los ojos.
—¡Ah, general! Menudo susto... ¡Se ha desplomado como un saco! El
agotamiento, sin duda...
—Sí, el agotamiento...
—Tenemos que darnos prisa. Mire fuera.
El viento del norte, que se había levantado poco antes de nuestra llegada al pie
de la roca, se había convertido en una especie de huracán. L'Hote, sin soltarme la mano,
me llevó al camino de descenso. Las ráfagas de viento nos empujaron contra la pared
repetidas veces. Incluso perdí el equilibrio, agarrándome a una rama nudosa que gimió
bajo mi peso.
La suerte quiso que volviéramos sanos y salvos a las barcas donde nuestros
compañeros nos reprocharon nuestra temeridad. La flotilla avanzó durante media hora,
esperando que la corriente vencería a la violencia del viento contrario. Pero el schamali
se volvió furioso, el Nilo se encrespó como la mar y se levantaron grandes olas.
Finalmente, la tormenta nos obligó a dirigirnos a la orilla.
¡Bendita tormenta, a fin de cuentas, ya que nos dejó delante del templo rupestre
de Gebel—Adda!
Al penetrar en él para resguardarnos, nos dimos cuenta de que el santuario
egipcio había sido habitado por coptos, que habían cubierto los relieves faraónicos con
motivos cristianos. El padre Bidant, felizmente sorprendido, hasta se arrodilló ante un
san Jorge a caballo que le recordaba sus iglesias familiares.
—¡Por fin, Champollion, por fin! ¡Recuerdos de la verdadera creencia!
—He venido aquí en busca de santos más antiguos, padre.
Obtuve satisfacción unos segundos más tarde, en el sanctasanctórum. El
espectáculo que allí había era tan curioso que solté la carcajada.
—¡Venga enseguida, padre! ¡He aquí una verdad que le sorprenderá!
El religioso, de hecho, se quedó callado. En la pared, el estuco de los cristianos
se había caído parcialmente, dejando al descubierto una de las figuras egipcias
originales, ¡la de un faraón al cual un san Pedro rendía homenaje!
—Si la cristiandad se inclina ante Egipto —dije al padre Bidant con gravedad—,
es que ha reconocido toda su grandeza.
La noche nubia era el aderezo más perfecto para la luz lunar. Cubría de azul las
montañas y el desierto. Había dejado la dahabieh para caminar solo entre las ruinas de
una ciudadela mameluca desmantelada por el ejército del pacha. Este mundo destruido,
donde todavía resonaba el ruido de sangrientas batallas, me sumió en una tristeza
dolorosa. Me dolía tener que marcharme de Nubia. Cada templo, cada gruta esculpida
habría merecido una larga estancia.
En el frescor nocturno, bajo el brillo de las estrellas, el alma y el cuerpo vivían
en plenitud, lejos de toda agitación. Los antojos y los deseos se habían apagado, y en su
lugar estaba la serenidad de los primeros tiempos, cuando el alma humana y la del
cosmos sólo eran una.
Unas piedras rodaron cerca de mí. Sentí una presencia. A pesar del miedo, quise
saber quién me había seguido. ¿El Profeta, tal vez? ¿Había escogido aquel lugar
solitario para abordarme? Los ruidos de pasos se acercaron. Un cuerpo cayó
pesadamente, detrás de un pilar de ladrillos que amenazaba con caer en ruinas. Me
precipité y levanté a un hombre vestido al estilo turco, con el rostro ensangrentado.
El profesor Raddi.

150
El mineralogista estaba alelado. Afortunadamente la herida, a pesar de su
aspecto espectacular, sólo era superficial. Un simple corte. Le ayudé a sentarse sobre los
vestigios de un muro y le dejé recobrar aliento.
—Champollion... ¿es usted, Champollion? Ah, el desierto... ¡el desierto! ¡Lo he
recorrido toda la noche! He rodeado rocas, escalado dunas y vertientes en cuyas laderas
brillaban piedras calizas. La luz de la luna las vuelve más brillantes... parecen diamantes
que salen de la arena. He recogido miles, miles... y he seguido. He visto una isla. En ella
han construido una ciudad inmensa con columnatas, obeliscos, pirámides blancas y
rojas, casas rodeadas de jardines... ¡qué hermoso era aquello! Voy a volver allí... es allí
donde quiero vivir...
—Iremos juntos —le dije— en cuanto hayamos descansado un poco.
Le tomé por el brazo. No se resistió. Caminamos lentamente hasta la dahabieh.
Le acosté en su cama y se durmió en el acto.
El profesor Raddi podía estar perdiendo la razón. Sin duda había sido testigo de
uno de esos espejismos cuyo secreto guarda el desierto. A menos que se trate de
realidades últimas que los hombres corrientes no pueden percibir.
La llegada al emplazamiento de Abu Simbel fue un momento de gran felicidad
para toda la expedición. Nos habíamos convertido en familiares de dos templos, el de
Ramsés y el de su esposa. La alegría clara y radiante que emanaba de aquellas piedras,
la sonrisa de los colosos prolongaron la armonía comunitaria engendrada por la fiesta
del Año Nuevo.
Muy a mi pesar, tuve que acelerar el trabajo. Nuestras provisiones pronto
estarían agotadas. Poner vidas en peligro me resultaba insoportable. Verificamos, por
tanto, nuestras copias de textos y de escenas, completándolas y mejorándolas.
Comprobé que, a pesar de nuestro esmero, habíamos cometido errores y omisiones.
Habríamos tenido que pasar meses enteros para volver a ver cien veces cada pared, cada
columna de jeroglíficos.
Una tranquilidad muy egipcia se había convertido en la regla de nuestra
comunidad. Cada uno trabajaba en silencio, mostrando respeto por las obras maestras
que frecuentábamos. El padre Bidant había abandonado la oración para ayudar a L'Hote,
con quien se entendía muy bien. Lady Redgrave ayudaba a Rosellini, sosteniéndole sus
cuadernos, encargándose de procurarle bebida. El profesor Raddi, sentado sobre el pie
de uno de los colosos, permanecía inmóvil frente al Nilo, admirando paisajes que sólo él
veía.
Marcharnos de Abu Simbel fue una prueba casi insoportable. Los días y las
noches pasados en aquel emplazamiento figurarán entre los más felices de mi
existencia. Cuando el 16 de enero, hacia la una de la tarde, las barcas se alejaron de la
orilla con las banderas desplegadas y acompañadas por los gritos de los nubios que
entonaban en coro un canto de despedida, se me partió el corazón.
Una vez en medio del río, hice que inmovilizaran el buque insignia, desde donde
contemplé por última vez el templo de la reina. Luego dije adiós a las enormes estatuas
de la fachada del gran templo, cuya masa gigantesca creció según nos íbamos alejando.
Dejaba allí un momento esencial de mi aventura, un paraíso encontrado.
No pude evitar un sentimiento de abandono de mí mismo al dejar así para
siempre, aparentemente, aquel sublime monumento, que también era el primer templo
del cual me alejaba para no volver a ver.

151
21

El 17 de enero por la noche estábamos en Derr, la actual capital de Nubia, donde


cenamos al llegar, con un claro de luna admirable y bajo las palmeras más altas que
habíamos visto. Habiendo entablado conversación con un hombre entrado en años del
lugar, que, viéndome solo en la orilla del río, había venido cortésmente a hacerme
compañía ofreciéndome aguardiente de dátiles, le pregunté si conocía el nombre del
sultán que había hecho construir el templo de Derr. Me respondió enseguida que él era
demasiado joven para saber eso, pero que los ancianos del país parecían estar de
acuerdo en que aquel santuario había sido construido unos trescientos años antes del
islamismo, aunque todos estos ancianos todavía no sabían si eran los ingleses, los
franceses o los rusos quienes habían ejecutado aquella gran obra. ¡Así es como se
escribe la historia en Nubia!
Continuando mi paseo solitario, pronto me tropecé con el padre Bidant.
—Le veo muy turbado, Champollion. ¿Se ha llevado algún disgusto?
—En absoluto —contesté—. Más bien una gran alegría..., la mayor alegría.
—Ese famoso desciframiento, ¿verdad?
Su perspicacia me sorprendió. Se dio cuenta de ello.
—Fue a la edad de nueve años cuando usted se enteró del descubrimiento de la
piedra de Rosetta —recordó—. A los trece años decidió que algún día leería los
jeroglíficos. A los veinte recibió la cátedra de civilización antigua en la Universidad de
Grenoble. Desde entonces no ha dejado de perseguir su sueño y de intentar convencer al
mundo sabio de que alcanzaría su meta.
—¡Conoce mi vida mejor que yo mismo! —me sorprendí.
—Debo saberlo todo sobre las almas que tengo a mi cargo —indicó gravemente.
—¿A su cargo?
—Sí, Champollion. He recibido, de las más altas autoridades de la Iglesia, la
misión de sacarle de las tinieblas, si éstas amenazaran con tragarle. Temíamos que esas
decoraciones mágicas le trastornaran el espíritu.
—Los jeroglíficos —objeté— no son decoraciones vanas. Expresan un
pensamiento. Tal vez me haga ilusión, pero creo que los resultados de mi trabajo no
carecerán de interés para los estudios históricos y filosóficos. La lengua y las escrituras
de Egipto difieren tanto de nuestras lenguas y de todos los sistemas de escritura
conocidos, que la historia de las ideas, del lenguaje, de las artes no podrá dejar de reunir
datos que serán tan importantes como nuevos. El historiador verá en los tiempos más
antiguos de Egipto un estado de hecho que el curso de las generaciones no ha
perfeccionado, porque no podía serlo; Egipto siempre es él mismo en todas sus épocas.
Siempre grande y poderoso.
—¿Puede usted, desde ahora, apreciar las consecuencias de su descubrimiento
en relación con las verdades reveladas por la Biblia?
—Habrá que pasarlo todo por el tamiz, padre. Los egipcios eran anteriores a los
hebreos. Les han enseñado todo. Moisés era un egipcio que dejó su país de origen. El
día de mañana se leerán cientos de textos que nos enseñarán la sabiduría egipcia, la más
pura jamás vivida por los hombres. Nuestra visión del mundo será modificada.

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El religioso agachó la cabeza, con su mentón casi tocando el pecho. Farfulló
algo incomprensible y cogió su rosario, que desgranó nerviosamente.
—Sea prudente, Champollion —me aconsejó antes de alejarse.
A pesar de ser una capital, Derr no era más que un gran burgo que reunía unas
pobres casas delante de las cuales los habitantes habían colocado escudillas, pucheros,
ollas y cucharas, exponiendo así su fortuna ante los ojos de los viajeros. Tuvimos
derecho a una comida más consistente, servida en un trozo de cuero circular que
contenía platos de arroz con azafrán, cebollas, garbanzos. Cada uno comió con mucho
apetito, comprendiendo que el tiempo de las restricciones se acababa.
L'Hote había recobrado su buen humor y su entusiasmo. Bebía mucho vino de
palma y se acaloraba seriamente.
—General —dijo con voz fuerte—, he concebido un proyecto formidable con el
reis... He hablado de ello con Ippolito, que está de acuerdo, y con lady Redgrave, que
me ha dado su apoyo... Espero que no me niegue el suyo.
Aquello me inquietó. El modo en que mi dibujante abordaba el tema era de lo
más misterioso. La asamblea estaba ahora pendiente de nuestros labios.
—Es un proyecto un poco sorprendente —prosiguió L'Hote—, pero será el más
vivo de los recuerdos. Reconozco que entraña algún peligro, pero podemos reducirlo
mucho...
Aquellas tergiversaciones no me tranquilizaban. Le rogué que fuera al grano.
—Es una ocasión única, según el reis... Nos garantiza nuestra seguridad si
seguimos sus consignas.
Irritado, me crucé de brazos.
—¡Pero bueno, L'Hote! ¿Cuál es ese asombroso proyecto tan difícil de enunciar?
Vaciló todavía unos instantes.
—Una gran caza del cocodrilo —confesó.
Justo antes del alba me di el gusto de un nuevo paseo solitario entre unas casas
rodeadas de acacias y palmeras. Los habitantes dormían todavía. El aire fluido de la
madrugada estaba lleno de cantos de pájaros. Los más bellos adornos de la modesta
capital, cuya limpieza era notable, eran unos espléndidos sicómoros de follaje brillante.
Bajo su deliciosa sombra había sido construida una mezquita con ladrillos de colores.
Cerca de allí había un sebil, refugio donde se instalaban los comerciantes
venidos del Sudán en largas y pacientes caravanas. Dormían allí, junto con sus esclavos
de ambos sexos. Un funcionario encargado de percibir los impuestos sobre las palmeras
dormía sobre una estera. Pasé silenciosamente, como una sombra, para no perturbar
aquel ordenamiento, yo que sólo era el testigo del momento.
Volví a la orilla donde la expedición se preparaba. El reis y L'Hote habían, con
mi consentimiento, requisado la dahabieh y otros seis barcos, cargados de remeros,
marineros y cazadores armados con fusiles. L'Hote, muy entusiasmado, estaba de pie en
la parte delantera de la primera barca, encargada de lanzar el asalto contra los
monstruos. La corriente era tan fuerte y el viento tan violento que las embarcaciones
volaron como flechas. Unas veces la dahabieh tomaba la delantera, y otras lo hacía la
barca de L'Hote. Los marineros se lo tomaron en serio y empezaron una loca carrera. El
padre Bidant, alarmado, se tapaba la cara. Dos barcas de la flotilla chocaron con
violencia. Hubo remos rotos y algunas espaldas sufrieron. Di la orden al capitán de
disminuir la velocidad para no poner en peligro a la tripulación y los pasajeros.
L'Hote, excitado a más no poder, blandía su arma, dispuesto a disparar sobre el
primer saurio que pasara a su alcance. Pero el Nilo permanecía desesperadamente vacío
de cocodrilos. Confieso que yo también sentía curiosidad por ver aparecer a uno de esos

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monstruos en cuyo cuerpo se encarnaba el dios Sobek, amo de las aguas que dan la
vida.
El río se ensanchó, pero unos islotes volvieron la navegación difícil. L'Hote
lanzó tal grito de alegría que todos se sobresaltaron. En un pequeño promontorio
arenoso, unos enormes cocodrilos se tostaban al sol. L'Hote disparó inmediatamente,
creyendo matar a uno. Pero las balas rebotaron sobre el grueso caparazón. Animales
miedosos, alarmados por el ruido, los cocodrilos corrieron hasta el agua donde se
zambulleron rápidamente.
La decepción de los cazadores fue considerable. Por despecho, vaciaron sus
armas.
Solimán me empujó y se colocó delante de mí.
—No se quede aquí. Acaban de disparar contra usted.

Nuestro regreso a Derr fue saludado por una bandada de niños que asaltaron las
barcas. Fue necesario una intervención algo brutal de los marineros para poner término
a aquella exuberancia demasiado pegajosa. Nos dirigimos sin más demora hacia el
templo de Amada. La investigación llevada a cabo por Solimán no había dado ningún
resultado. Un número considerable de personas había hecho disparos con el fusil.
Varios cazadores habían incluso disparado al mismo tiempo.
El santuario impresionó a todos los miembros de la expedición. Perdido en el
desierto, rodeado del más profundo silencio, desprovisto de todo adorno exterior, aquel
templo de la buena época era la imagen misma de la serenidad.
Me sentó maravillosamente cuando, mucho después, notaba los efectos
nerviosos del atentado al cual había escapado gracias a la intervención de Solimán.
Aunque estaba enterrado bajo unas dunas de arena, el templo de Amada seguía
siendo un hito sagrado emergiendo fuera del tiempo. Penetrando en el interior, vi con
desesperación que los relieves faraónicos habían sido cubiertos con un miserable
emplasto por los coptos, que habían transformado el templo en iglesia. Hasta entonces,
había reprimido un deseo que había crecido en mí a lo largo de nuestro periplo nubio.
Aquella vez fue demasiado. Lívido, me volví hacia L'Hote.
—Tráigame un martillo.
Mi colaborador no se hizo de rogar. Nadie se atrevió a preguntarme nada. Todos
sentían la enorme rabia que me invadía.
Empuñé el martillo que me tendía L'Hote y rompí un gran trozo de estuco,
sacando de nuevo a la luz un relieve egipcio que todavía brillaba con sus colores
originales.
El padre Bidant, indignado, quiso detenerme, pero Rosellini y L'Hote no le
dejaron avanzar. Con fuerza y precisión continué un trabajo que era sobre todo un
homenaje al genio de los antiguos. Una alegría tranquila me animaba. Resucitando
aquel arte de luz, me purificaba.

Pasamos dos días maravillosos trabajando sin descanso en el templo de Amada,


poniendo de relieve una vez más la mayoría de las figuras antiguas, admirando
columnas que prefiguraban el estilo dórico, dibujando y anotando con ardor. ¡Con qué
emoción traduje sin dificultad un discurso del dios Tot, maestro de los jeroglíficos,
cuyas palabras podía ahora comprender!
Cuando salimos para Dakkeh, estaba libre de preocupaciones. Después de
Amada, esperaba otra obra maestra. Nos precipitamos corriendo, L'Hote y yo, hacia el
pilón de Dakkeh cuando el sol estaba saliendo. La primera inscripción jeroglífica que vi
me hizo saber que estaba en un lugar santo dedicado a Tot. Esta vez no tenía la menor

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duda: el dios de los escribas me manifestaba su favor. No sin irreverencia, lo confieso,
creí incluso ver una especie de guiño por parte del augusto Tot, el Mercurio egipcio
armado del caduceo, el cetro habitual de los dioses.
La jornada del 26 de enero fue dedicada en parte al pequeño templo de Dandour.
Volvimos a caer en tiempos no tan remotos. Es una obra inacabada de la época del
emperador Augusto. Aunque poco importante por su extensión, este monumento me
interesó mucho, ya que es enteramente relativo a la encarnación de Osiris bajo forma
humana. Osiris, el que triunfó de la muerte... aquella muerte que en mis sueños me
sonreía cada vez más a menudo.
El profesor Raddi lanzó varios gritos. Salimos del santuario. El mineralogista
estaba feliz como un niño. ¡Acababa de descubrir, por casualidad, un magnífico eco!
Repetía claramente y con voz sonora hasta once sílabas. Rosellini, tan entusiasmado
como su compatriota, se complació haciendo declamar al eco unos versos de Tasso,
entremezclados con disparos de fusil que los marineros efectuaban por todos lados y
que, por magia natural, recibían como respuesta unos cañonazos o fragores de trueno.
El destino, por desgracia, me reservaba otro fragor que rasgó el cielo clemente.
Necesitaba una nueva libreta para apuntar columnas de jeroglíficos. Dejando a L'Hote
unos instantes, fui a buscar a Rosellini que tomaba medidas en el exterior del templo. Al
no encontrarle, caminé hacia una colina cercana desde la cual el eco me devolvía
fragmentos de conversación. Reconocí la voz de lady Redgrave y de Rosellini. Lo que
estaba diciendo mi discípulo me heló la sangre.
—Champollion no es más sabio que yo —afirmaba Ippolito Rosellini—. De
momento es imposible persuadirle de ello. Le dejo creer que me considero como su
inferior, cuando en realidad sé más que él. Cuando vuelva a Italia, me convertiré en un
gran conservador que creará el mayor museo del mundo. Champollion es un soñador, un
idealista... No sabrá explotar los resultados de esta expedición. Yo sí. El único
egiptólogo cuyo nombre será recordado por la posteridad, seré yo. Aunque tenga que
apartar a Champollion de mi camino.
No quise seguir oyendo aquello y volví sobre mis pasos.

Tras haber pasado el trópico de Cáncer más abajo de Dandour, nos despedimos
de la Cruz del Sur en Beit el—Ouali, dejando tras nosotros las maravillosas noches
claras de Nubia.
Mirando por última vez aquellas estrellas de otro mundo, pensé en don Calmet,
el monje que me daba clases al aire libre, y que fue el primero que había reconocido en
mí el don de las lenguas. Cuánto habría apreciado aquellos momentos de intenso
recogimiento en que uno aprendía el cielo contemplándolo desde la orilla del Nilo. Una
mano muy suave se posó sobre mi hombro.
—¿Qué espera todavía, Jean-François? —preguntó lady Redgrave—. ¿Acaso no
ha alcanzado su meta, descifrar los jeroglíficos?
—Las noticias vuelan... ¡pero por fin me cree!
No contestó. Me volví hacia ella, lleno de esperanza.
—No más que antes. ¿Por qué continuar este viaje, si sus deseos están
satisfechos?
—Porque ahora ¡tengo que leer! Descifrar Tebas, entrar en el corazón de la
ciudad santa. Mi trabajo no ha hecho más que empezar, lady Ophelia... ¡Es un universo
que se abre ante mí!
—¿Y si volviera a Tebas para ver por fin al famoso Profeta a quien confiará las
informaciones que ha recogido? ¿Si persiguiera inexorablemente el plan que le llevara
al último combate contra Drovetti?

155
Estaba aterrado. Traicionado por unos, mal comprendido por otros... ¿Tan difícil
es compartir un ideal?
—Este cielo es el más bello del mundo —dijo ella—. ¿Por qué estropearlo
mintiéndonos? ¿Por qué no abandonarnos a los sentimientos que nos animan?
Tal vez hubiera debido tomarla entre mis brazos, confesarle que cada palabra
suya me turbaba, que su belleza era la de las mujeres nobles del antiguo Egipto... Me
comporté como un cobarde. Huí. Pero no quería un afecto que no estuviera alimentado
por una confianza total. Prefería la soledad a la duda.

Filé se anunciaba. Volvíamos a Egipto, despidiéndonos de aquella pobre Nubia


cuya sequía había acabado por cansar a mis compañeros de viaje. Al regresar a Egipto,
podíamos esperar comer un pan un poco más soportable que las pobres tortas ácimas
con las que nos obsequiaba a diario nuestro panadero jefe, muy a la altura del figonero
árabe que nos dieron en El Cairo como un buen cocinero.
El 1 de febrero, hacia las nueve de la noche, vimos primero las grandes rocas de
granito que forman los bordes del Nilo, y luego los acantilados de Biggeh, y finalmente
el admirable pilón de entrada del templo de Filé. Di gracias a sus antiguas divinidades,
Osiris, Isis y Horus, por no dejar que el hambre nos devorara entre las dos cataratas.
Las estrellas brillaban. Varias familias nubias nos recibieron con gritos de
alegría cuando desembarcamos junto al quiosco de Trajano. Nos beneficiamos de un
concierto de flautas y tamboriles en el cual L'Hote participó con su hermosa voz grave,
mientras que el profesor Raddi, con un pedazo de granito en cada mano, esbozaba unos
pasos de giga que divirtieron muchísimo a los niños. Rosellini, ofreciendo el brazo a
lady Redgrave, le ayudó a bajar de la dahabieh para pisar de nuevo la tierra de los
faraones. Lado a lado, Solimán y Moktar guardaron el acceso al buque insignia para
desanimar cualquier intento de rapiña.
Mientras estaba saboreando un café ofrecido por el jefe de los guardianes del
emplazamiento de Filé, alguien me agarró por el pantalón. Inclinándome, descubrí una
niña de unos diez años. Llevaba un magnífico vestido rojo, sin duda porque acababa de
ser la heroína de una fiesta.
—Tiene que venir conmigo —me dijo.
Sonreí.
—¿Porqué?
Reflexionó con ceño, para recordar la frase que debía pronunciar.
—Un gran amigo del señor Anastasy le espera.
Anastasy... Su nombre constituía la garantía más segura. «Un gran amigo» sólo
podía ser uno de los Hermanos de Luxor. Era imposible avisar a Solimán, pues Moktar
no le perdía de vista.
—Te sigo —dije a la niña.
Rápidamente, me llevó al otro lado de la isla, allí donde estaba amarrada una
dahabieh casi idéntica a la nuestra. Los dos marineros que vigilaban su entrada se
inclinaron ante mí y dejaron el paso libre. Retuvieron a la niña, ofreciéndole una
muñeca que ella adoptó enseguida.
Un sirviente me guió hasta el camarote del amo del lugar. Estaba suntuosamente
amueblado: sillones de cuero, diván, mesa de caoba, biblioteca de roble.
Un hombre de unos sesenta años, con muy buena presencia, se levantó y vino
hacia mí. Estaba vestido con un traje blanco y fumaba en pipa. Su rostro, surcado por
unas arrugas, estaba marcado por el sol.
—Me alegra recibirle, Champollion. Soy lord Prudhoe.
—Y es un gran amigo de Anastasy...

156
—Y su hermano...
Nos dimos un abrazo, tan emocionado el uno como el otro.
—Será usted el último de nosotros, Champollion. Mehmet-Alí nos persigue. Nos
identifica uno tras otro. La delación es eficaz. La mayoría de los nuestros ya han salido
de Egipto. Nos confunden con una secta revolucionaria. Estoy emprendiendo un gran
viaje de exploración en Nubia y luego en Arabia. Iré a morir allí, bajo esos soles que
nunca decepcionan mi espera. Me marcho esta misma noche. Usted regresará a Tebas,
el más alto lugar del universo. Drovetti y sus hombres le esperan allí. Sepa que su vida
está en peligro.
—¿Quién me traiciona entre los miembros de mi expedición?
—Lo ignoro, Champollion. Es cierto que todo estaba organizado antes de su
salida de Toulon. No tengo ninguna esperanza de hacerle renunciar a su estancia en
Tebas. Ni siquiera intentaré convencerle. La espera desde hace demasiado tiempo. Sea
consciente de que está amenazado tanto del exterior como del interior.
Aunque conservara una calma aparente, las advertencias de lord Prudhoe me
trastornaron.
—Ya no tengo elección —observé—. He descifrado los jeroglíficos.
Un largo silencio sucedió a esta declaración.
—No he podido ver al Profeta —añadí—, pero he recibido un mensaje de su
parte confirmándome el valor de mi descubrimiento.
—Y bien —dijo lord Prudhoe—, ya sólo nos queda una última precaución por
tomar: compartir su secreto. Así, si usted desaparece, transmitiré los misterios que hasta
ahora están en su única posesión.
Sentí un nudo en la garganta. Me pedía que le confiara mi más precioso tesoro,
lo esencial de mi vida, cuando le estaba viendo por primera vez. Había sido demasiado
crédulo tan a menudo, otorgando mi confianza a personas que la habían utilizado para
perjudicarme... Lord Prudhoe tenía una mirada penetrante que analizaba perfectamente
mi debate interior. Paciente, fumaba su pipa.
—Déme papel—pedí—. Voy a explicarle.
Sonrió, bonachón.
—Es inútil, Champollion. Su confianza me basta. Sería incapaz de comprender.
Sólo usted es apto para transmitir su prodigioso descubrimiento a las generaciones
futuras. Un detalle, sin embargo... Tengo un regalo para usted.
De su biblioteca sacó una obra antigua, un tratado sobre los jeroglíficos escrito
por un monje egipcio, Horapollon, que vivía en la época griega.
—Ha leído el texto... pero, en este ejemplar, está completado con unos
comentarios manuscritos que le servirán. Son de la mano de un anciano, cuya
competencia juzgará usted mismo. Para nuestra cofradía es una clave indispensable,
cuya utilización le estaba reservada.
Apasionado, me abalancé sobre aquel venerable documento que me aportó una
revelación esencial: el triple sentido de la lengua jeroglífica, literal, moral y simbólico,
los tres aspectos casi siempre unidos para dar cuenta de la realidad. No sólo era un
lenguaje que se revelaba, sino una filosofía totalmente nueva, una visión de la vida que
aparecería el día de mañana como la más esencial de las creaciones.
Tenía entre mis manos una formidable revolución del pensamiento. ¿Bastaría
con Drovetti y algunos bandidos para impedir que se realizara? Viéndome turbado por
la emoción, lord Prudhoe me ofreció un excelente oporto.
—Si los dioses le son favorables, Champollion, las consecuencias de su
expedición serán incalculables. Va a fundar una ciencia, resucitar una civilización y
sobre todo hacer renacer una sabiduría que los hombres de mañana necesitarán mucho.

157
—¿Por qué no quedarse a mi lado?
—Es nuestra regla dispersarnos por todos los confines del mundo. Usted se
dirigirá hacia el norte, yo hacia el sur. Así está bien.
—¿Existe realmente ese famoso Profeta? ¿Amigo o enemigo?
—¡Le ha visto a menudo en los bajorrelieves, Champollion! Un hombre altivo
con un gran bastón... ¿no es acaso el fiel retrato de un gran dignatario en la costa del
faraón, de cada uno de esos maestros de dominio encargados de hacer reinar la armonía
sobre esta tierra?
Me había mostrado muy poco atento. La cofradía de Luxor me había tendido la
trampa más saludable, la que echaba a perder mi vanidad.
Pasamos la noche hablando de nuestro pasado y de nuestros proyectos.
Olvidamos que existiría una mañana y que el alba se sonrosaría.
—Aborrezco las despedidas —declaró lord Prudhoe—. No quisiera retrasarme.
Usted mismo ya no tiene tiempo que perder. Nos volveremos a ver... en otra vida.
Sin más ceremonia, lord Prudhoe salió de su camarote para dirigirse hacia la
parte delantera de la dahabieh y dar sus órdenes al capitán. En la orilla, esperé a que el
barco se alejara del muelle.
La niña del vestido rojo dormía bajo una acacia, estrechando una muñeca contra
su pecho. No quería despertarla, pero mi pie izquierdo hizo rodar una piedra. La niña se
frotó los ojos, se levantó y se colgó de mi brazo.
—¿No tienes ningún regalo para mí?—preguntó.
—¿Esto te gusta?
Le ofrecí un pañuelo bordado.
Lo usó para vestir su muñeca.
—Me gustaría saber quién te ha regalado ese bonito vestido.
—El señor del barco que se marcha... el que llaman el Profeta.

158
22

Según las informaciones obtenidas por Solimán en Asuán, Drovetti había dejado
la región desde hacía tiempo para residir en Tebas, donde, decían, sus hombres se
esparcían por todas partes con el pretexto de excavaciones que emprender. Hubiera
deseado que saliéramos cuanto antes hacia la antigua capital, pero hubo que proceder a
una revisión de nuestros dos barcos, el Isis y el Hathor, de los cuales nadie se había
ocupado durante nuestra aventura nubia. Mis compañeros aprovecharon aquel tiempo de
descanso para dormir todo cuanto querían y comer hasta la saciedad. Yo me encontraba
de maravilla, nada cansado después de tantos éxitos, y estudié una vez más los pobres
vestigios de los templos antiguos.
Nos despedimos de la antigua Siena el 8 de febrero y tuvimos mala suerte.
Estamos a 10, y lejos de haber recorrido la distancia que nos separa de Ombos, adonde
se llega desde Asuán en nueve horas con tiempo normal. Pero un violento viento del
norte sopla sin cesar desde hace tres días y nos hace piruetear sobre las olas del Nilo,
crecido como una pequeña mar. Hemos amarrado, con mucha dificultad, en las
cercanías de Melissah, donde hay una cantera de arenisca sin ningún interés; por lo
demás, salud perfecta, buen ánimo, y preparándonos para explorar Tebas de arriba
abajo.
Me alegro de antemano pensando que a lo mejor tendré otra carta. Las de París
me parecen un poco cortas; ¡olvidan que me encuentro a mil leguas de Francia y que las
veladas pueden ser largas! ¡Siempre fumar y jugar al cacho! Nos haría falta una buena
edición de los pequeños correos de París. Que no me tilden de exigente; casi tengo
derecho a serlo bajo los auspicios de las veintisiete páginas que acabo de escribir, y que
concluyo ahora mismo, no vaya a ser que digan que los mayores charlatanes del mundo
son aquellos que vuelven de la segunda catarata.
Un extraño sopor se ha apoderado de nuestro grupo. El padre Bidant se ha vuelto
a encerrar en sus oraciones; el profesor Raddi, instalado en el puente del Hathor,
contempla el Nilo y las montañas, aislado en el silencio; Rosellini clasifica sus apuntes
científicos; L'Hote retoca croquis y esbozos. Por mi parte, hago progresar mi
diccionario y mi gramática, trabajando en una especie de sueño despierto donde dialogo
con el dios Tot, que me hace avanzar en el conocimiento de la lengua sagrada. Nuestro
viaje continúa sin obstáculos; una corta distancia nos separa de Tebas.
Nuestros corazones se oprimían viendo de nuevo sus ruinas imponentes. Y
nuestros estómagos también participaron, ya que hablaban de una barca de provisiones
frescas, llegadas a Luxor a mi atención. Era otra cortesía de nuestro digno cónsul
general Drovetti, y estábamos impacientes por aprovecharla. Pero un viento del norte,
de una violencia extrema, nos detuvo durante la noche entre Hermonthis y Tebas, donde
sólo llegamos al día siguiente por la mañana, 8 de marzo, a una hora bastante temprana.
Nuestros barcos fueron amarrados al pie de las columnatas del templo de Luxor, que
pensábamos estudiar más a fondo. El estado de este magnífico palacio divino,
desgraciadamente, no había mejorado. Seguía estando obturado por chabolas de fellahs
que desfiguraban sus bonitos pórticos, por no mencionar la endeble casa de un
brinbachi, encaramada en la plataforma violentamente horadada a golpes de pico para
dar paso a las basuras del turco. El santuario no nos ofrecía ningún local cómodo ni lo

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bastante limpio para establecer nuestro hogar. Por tanto, tuvimos que conservar nuestros
barcos hasta el momento en que nuestros apuntes en el templo estuvieron terminados.
Las provisiones ofrecidas por Drovetti, de quien se decía que había regresado a
El Cairo tras unas excavaciones de lo más decepcionantes, fueron servidas a la mesa de
un gran banquete celebrando nuestro regreso a Tebas. Solimán, a pesar de mi oposición
a su proyecto, quiso probar las carnes, verduras y frutas que comimos. Ningún sabor le
pareció sospechoso hasta el momento en que se obligó a mojar los labios en un vino de
Burdeos. Un minuto después, tenía el vientre ardiendo.
El profesor Raddi le magnetizó inmediatamente mientras un marinero traía una
infusión amarga. El mal retrocedió, pero Solimán tuvo fiebre durante varias horas.
—Veneno —murmuró—, veneno...

Nos pasamos a la orilla izquierda el día 23 y tomamos el camino del valle de


Bilan el—Molouk, donde están excavadas las tumbas de los faraones del Nuevo
Imperio. Siendo este Valle de los Reyes estrecho, pedregoso, circunscrito por unas
montañas bastante elevadas y desprovistas de toda clase de vegetación, el calor allí es a
veces insoportable. Nuestra caravana se estableció allí aquel mismo día y ocupamos el
mejor alojamiento, y el más magnífico que se pueda encontrar en Egipto. Es el faraón
Ramsés, sexto del nombre, quien nos da hospitalidad, pues vivimos en su magnífica
tumba, la segunda que se encuentra a la derecha al entrar en el valle. Este hipogeo,
admirablemente conservado, recibe aire y luz suficiente para que nos alojemos en él
cómodamente; ocupamos las tres primeras salas, que forman una longitud de 75 pasos;
las paredes, de 15 a 20 pies de altura, y los techos están todos cubiertos de esculturas
pintadas, cuyos colores conservan casi todo su brillo original; es una auténtica vivienda
de príncipe, cuyo único inconveniente es la crujía de habitaciones. El suelo está
enteramente cubierto de esteras y cañas. Nuestros guardias y los criados duermen en dos
tiendas montadas a la entrada de la tumba. Tal es nuestro establecimiento en el Valle de
los Reyes, verdadera mansión de la muerte, ya que allí no hay ni una brizna de hierba,
ni seres vivientes, excepto los chacales y las hienas que hace dos noches devoraron, a
unos cien pasos de nuestro palacio, al burro que había cargado con nuestras provisiones.
Aquel drama, afortunadamente, había dejado sanos y salvos al gato de Kordofan
y a la gacela de L'Hote que se han instalado en la sala del sarcófago donde había puesto
mi cama de campaña, durmiendo un sueño apacible en aquella morada de eternidad,
junto al alma del faraón. Mi venerable dormitorio estaba cerrado con una puerta de
madera que provenía de una dahabieh.
Cada noche, esperaba a que todos estuvieran dormidos, acariciando suavemente
la gacela, sumida en un sueño plácido. Cuando oía las respiraciones regulares de los
durmientes, encendía una lámpara humosa para preparar el programa del día siguiente.
Esperaban mis órdenes, tenía que estar preparado para darlas con claridad y sin vacilar.
Fuera reinaba una calma casi absoluta, a veces rota por los aullidos de los
chacales o las hienas. Acostumbrados, los obreros encerrados en sus tiendas no se
despertaban.
Fueron mis más bellas horas de trabajo. Entrando vivo en aquella tumba que los
egipcios llamaban «moradas de eternidad», saboreaba sus misterios y sus símbolos, sin
necesidad de analizarlos. La enseñanza de los faraones no pasaba por lo mental. Había
que impregnarse de ella, vivir con los bajorrelieves, en medio de aquellas figuras
extrañas que sólo hablaban de lo esencial.
El reposo de mis compañeros me llenaba de gozo. Estaban serenos, relajados. La
energía que desprendían aquellos muros sagrados casi me dispensaba de sueño.
Escribiendo, pensando en las próximas tareas, me reponía del cansancio. Era consciente

160
del carácter excepcional de aquellos momentos y no quería perderme nada. Mi deber era
proteger a mis compañeros y a mis obreros, velar por su quietud; mi placer inefable,
suprema recompensa, consistía en disfrutar de aquella soledad comunitaria, en sentirme
presente en el espíritu de los antiguos como en el de los hombres que, con su empeño,
empezaban a sacar Egipto de su mortaja de arena.
La mañana siempre llegaba demasiado pronto. El gato y la gacela me sacaban
sin miramientos de mi contemplación, mostrándome, cada uno a su manera, un afecto
conmovedor. Dejándose engañar por el manejo de los dos cómplices que fingían estar
muertos de hambre, Rosellini les daba de comer por segunda vez, murmurándoles
palabras suaves en italiano. El gato, que se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo,
había contagiado aquella afición a la gacela, a la cual dominaba por completo.
Nuestros dos huéspedes privilegiados no apreciaban las visitas de los
campesinos que se presentaban a la puerta de nuestro domicilio real con ovejas, cabras,
burros o gallinas. Ni el gato ni la gacela soportaban la intrusión de aquellos visitantes
indeseables que nos veíamos obligados a rechazar sin piedad.
El alojamiento me pareció cada día más conveniente. La larga galería en
pendiente que conducía hasta el santuario se llenaba, durante las horas de calor, de una
suave penumbra. Un agradable frescor permitía trabajar sin dificultad. Bajo la dirección
de L'Hote fueron apiladas desordenadamente ropas, armas, provisiones. ¡Pronto, la
tumba de Ramsés pareció una gruta de bandidos! Con nuestros bigotes, nuestras barbas,
nuestros trajes orientales y nuestros sables a los lados, teníamos el aspecto de
aventureros temibles dispuestos a degollar al primero que pasara por allí.
Para celebrar aquella instalación, ofrecí una pequeña recepción rociada con un
viejo vino de Borgoña. Brindamos por la dinastía de los Ramsés que nos acogía con
tanta cordialidad. A nuestra mesa estaba invitado el señor Piccini, agente de Anastasy
en Tebas, cuya alegría decupló la nuestra.
Después de un chiste napolitano, se inclinó sobre mí.
—Tengo que presentarle una petición —me dijo al oído.
—Le escucho.
—¿Tiene la intención de hacer excavaciones?
No me decidí a contestar. El buen rostro de Piccini me pareció de pronto hostil,
inquisitorio. ¿Quería informarse para perjudicarme? ¿Era un agente de Drovetti
disfrazado bajo la máscara de la amistad? Quise saber a qué atenerme. Decidí revelar
mis proyectos y apreciar sus reacciones.
—Esa intención tengo, efectivamente.
—¿Aquí mismo o en las dos orillas?
—En las dos orillas.
—¿Con qué dinero?
—El mío, ya que los créditos anunciados todavía no han llegado.
—En ese caso, permítame presentarle una petición. Me gustaría que guardara a
mis hijos.
Había pronunciado su súplica con la cabeza gacha y la voz temblorosa.
—¿Sus hijos? Pero qué edad...
—Mis hijos... quiero decir mis obreros. Los que excavan conmigo desde hace
catorce años. Si usted pudiera conservarlos, sería un gran alivio.
Le serví un gran vaso de vino.
—Descuide, señor Piccini. Nuestra expedición no es rica, pero contrataremos la
mayor cantidad posible de obreros.
Zanjamos enseguida aquel asunto con Rosellini. Nuestras finanzas nos
permitieron retener a treinta y seis «hijos» del excavador italiano que, a partir del día

161
siguiente, se pondría a trabajar bajo la dirección de Rosellini. Piccini estaba llorando de
emoción. Mi discípulo, cuyo espíritu práctico no se embotaba en ninguna ocasión,
empezó a repartir consignas, insistiendo muy especialmente sobre la disciplina. Néstor
l'Hote se instaló a mi lado.
—Tengo una historia para contarle —dijo L'Hote, alegre—. Un turco había
revelado a su mujer una enseñanza que había recibido en la mezquita. El imán había
evocado la santidad y las obligaciones sagradas del matrimonio. Los maridos que
cumplen con su deber conyugal al comienzo de la noche, había indicado, hacen una
obra tan meritoria como si sacrificaran una oveja. Los que pagan un segundo tributo en
medio de la noche hacen lo mismo, a los ojos de Dios, que si sacrificaran un camello.
Los beneméritos que rendían un tercer homenaje a la santidad de su unión al salir el sol,
han actuado con tanta generosidad como si hubieran liberado a un esclavo. La esposa,
que como todo el mundo sabe sólo se preocupa por la salvación de su esposo, le pidió al
comienzo de la noche: «Sacrifiquemos una oveja». El marido obedeció y se durmió una
vez cumplido su deber. Pero su mujer le despertó en mitad de la noche para decirle:
«Sacrifiquemos un camello». El marido obedeció de nuevo y se volvió a dormir,
agotado. Al nacer el día, su fiel y creyente esposa le dijo que el momento había
llegado... de liberar a un esclavo. Tendiendo los brazos hacia ella, él le imploró:
«Ahora, querida, ¡yo soy tu esclavo! ¡Libérame, te lo ruego!».
Cuando se calmaron las risas, L'Hote se dirigió a mí con gravedad.
—General, ¿qué tipo de trabajo espera darme los próximos días?
—Vamos a enterrarnos vivos en las tumbas de los reyes y estudiarlos a fondo.
—¿Ha hecho una elección?
—Las más hermosas...
—O sea —dijo L'Hote, que empezaba a conocerme—, las elegimos todas.
¿Cuánto tiempo piensa privarnos de la luz del sol?
—Tres o cuatro días...
—¡Digamos entonces por lo menos dos semanas, general, si trabajamos deprisa!
No me atreví a contradecirle, pues había adivinado mis intenciones secretas.
Taciturno, se apartó, prefiriendo escuchar al profesor Raddi, que se había lanzado en un
largo monólogo sobre la clasificación de los granitos.
—¡A su salud, Champollion! —declamó lady Redgrave, desafiándome con la
mirada—. ¡Que el valle de las tumbas le sea favorable!

A partir del amanecer del día siguiente, nuestra comunidad compuesta de burros
y de sabios tomó posesión de la necrópolis real excavada para los ilustres faraones del
Nuevo Imperio.
La impresión producida era fascinante. Aridez, rocas cortadas a cuchillo,
montañas en plena descomposición ofreciendo casi todas unas anchas grietas
ocasionadas por el calor extremo o por desprendimientos internos, y cuyas cimas
redondeadas están sembradas de bandas negras, como si estuvieran quemadas
parcialmente. Ningún animal viviente frecuenta este valle de muerte. No hablo de las
moscas, los zorros, los lobos y las hienas, porque fue nuestra estancia en la casa de
Ramsés y el olor de nuestra cocina lo que atrajo a estas cuatro especies hambrientas. Al
entrar en la parte más lejana del valle, por una estrecha abertura hecha por la mano del
hombre, y ofreciendo todavía algunos ligeros restos de esculturas egipcias, pronto se
ven al pie de las montañas, o en las pendientes, unas puertas cuadradas, la mayoría
obstruidas, y a las que hay que acercarse para descifrar la decoración. Estas puertas, que
se parecen todas, dan acceso a las tumbas. Cada una tiene la suya, pues antaño ninguna

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comunicaba con otra. Estaban aisladas; son los buscadores de tesoros, antiguos o
modernos, los que han establecido unas comunicaciones forzadas.
La guardiana imperturbable del valle es una alta montaña que termina en una
especie de pirámide que uno juraría tallada por la mano del hombre. Me hizo pensar en
la madre pirámide, el monumento de peldaños de Saggarah, del cual deriva toda la
arquitectura sagrada. Esta cima es guardiana del silencio que debe observar todo ser que
penetra en estos lugares. Dominando una naturaleza petrificada, marca el acceso al
paisaje del otro mundo.
Iba a visitar a los viejos reyes de Tebas en sus palacios excavados con cincel;
allí, de la mañana a la noche, a la luz de las antorchas, recorrí crujías de habitaciones
cubiertas de esculturas y de pinturas, la mayoría de un frescor sorprendente.
Aquí era totalmente feliz y me sentía tranquilo, como si todo peligro hubiera
desaparecido. Cada tumba expresaba un genio particular, revelando un aspecto del
misterio inscrito en aquellos lugares. Un poco por todas partes había restos de vendas de
momias, sobre los cuales me senté, meditando antes de explorar en aquellos palacios
subterráneos. Qué emoción indecible... En este Egipto construido por la eternidad y para
la eternidad, he percibido en mi propia carne la sabiduría que envuelve todo ápice de
vida. Estas sepulturas están excavadas fuera de nuestro mundo aparente, como si
sirvieran de moradas al más antiguo de los dioses, al poder de los orígenes que las
habría elegido como último retiro. En el centro del universo, sumido en un sueño
luminoso, vela sobre el destino de la humanidad.
Cuando penetré por primera vez en una de estas profundas cavernas, junto con
Néstor l'Hote, provisto de una vela, éste se puso a temblar y retrocedió dos pasos,
terriblemente impresionado por unas representaciones de serpientes, de hombres con la
cabeza cortada, de genios armados con cuchillos.
—No iré más lejos —dijo—. Es el infierno.
—Al principio, Néstor, al principio... Sigamos.
A pesar de sus temores, mi dibujante aceptó avanzar en la inmensa tumba del
faraón Seti I, que se hundía profundamente en las entrañas de la tierra. Pronto fue
recompensado por su valor. Las escenas más admirables aparecieron a la luz de la vela.
Apertura de la boca, paso de las puertas del más allá, resurrección del cuerpo de luz,
visión de los paraísos reservados a los justos..., el deslumbramiento de los dorados, los
azules, los rojos, nos revelaba lo que podría ser la perfección. Le pedí a L'Hote que
dibujara todo aquello para entrojar en nuestros portapliegos una copia exacta de la
realidad. Estaba furioso contra las publicaciones precedentes que traicionaban el genio
egipcio del modo más escandaloso. Habría que flagelar en la plaza pública a la
Comisión de Egipto, Gau y los ingleses, que se han atrevido a hacer publicar unos
croquis tan inexactos de estas grandes y bellas composiciones. Puedo afirmar que
L'Hote, respondiendo a mis exigencias, ha reproducido con una escrupulosa fidelidad el
estilo real y variado de los monumentos de las distintas épocas. Al llegar al fondo de la
tumba, bajo el gran cuadro astronómico que decora el techo, agradecí calurosamente a
L'Hote el inmenso servicio que rendía a Egipto.
Emocionado, consciente de la importancia de su trabajo, redobló su ardor.
—Estas esculturas están aún más cuidadas que las que hemos visto en los
templos —reconoció—. Pero ¿por qué haber reservado la perfección del arte a estos
lugares condenados al silencio y a la oscuridad?
—A lo mejor porque la belleza sólo puede alcanzar su pleno desarrollo en el
secreto —respondí—. Lo que aquí se enseña no es el arte tal y como lo entendemos,
sino el secreto de la eternidad.

163
L'Hote fue seducido por la magia que impregnaba cada pulgada de aquellos
muros. Las salas desiertas se animaron. Las figuras, de más de cuarenta siglos de
antigüedad, resucitaban con nuestra mirada atenta. Todo vivía con otra vida que las
bajezas humanas no podían alcanzar.
—Es imposible imitar semejante belleza —se quejó L'Hote—. Todo ha sido
revelado aquí, y lo hemos perdido...
—No lo creo, Néstor. Lo que los faraones han inscrito en su morada de eternidad
es un mensaje de esperanza.
L'Hote caminó hasta el sarcófago vacío. La momia del rey había desaparecido.
Sólo subsistía el espíritu. Con el rostro iluminado por una luz vacilante, el robusto
dibujante parecía un Aladino moderno descubriendo la gruta de los tesoros.
—Obra sobrenatural—dijo—. Sí, sobrenatural...
Dejándole con sus pensamientos, me inmovilicé ante un bajorrelieve que
representaba la diosa Hathor recibiendo al rey. Un facsímil de esta incomparable obra
maestra había sido expuesto en París, en 1828, durante la exposición de Belzoni, pero
nadie había creído en la posible perfección del original. Esta vez, había que dar el golpe
demostrando al mundo entero que el arte egipcio estaba efectivamente mucho más allá
de los miserables dibujos publicados hasta entonces.
Llamé a L'Hote.
—Néstor —le dije—, me veo obligado a cometer un sacrilegio. Tengo que
desfigurar esta tumba para hacer que Egipto resplandezca en Europa. Déme su perdón
de artista y de hombre de honor.
Estupefacto, L'Hote no pudo pronunciar palabra.
—Déme su sierra.
El dibujante me trajo el objeto que le solía servir de regla. Con lágrimas en los
ojos y mucho cuidado, por atreverme a utilizar una sierra profana en la tumba real más
perfecta de Tebas, recorté el bajorrelieve. Se lo di a L'Hote.
—Envuélvalo —le dije, temblando de emoción—. Lo aprecio más que a mi vida.
Que él, al menos, vuelva intacto a París6.

Estaba impaciente por descubrir las tumbas de los demás Ramsés. La de Ramsés
III se había convertido en un lugar de visita desde la antigüedad. Unos curiosos que no
tenían nada mejor que hacer habían mancillado los muros. Como otros muchos de hoy
en día, creían inmortalizarse para siempre garabateando sus nombres sobre las pinturas
y los bajorrelieves que de este modo han quedado desfigurados. Los necios de todos los
siglos tienen allí numerosos representantes. Primero se pueden ver egipcios de todas las
épocas que se han inscrito, los primeros en hierático, los más modernos en demótico 7;
muchos griegos de una época muy antigua, a juzgar por la forma de los caracteres;
viejos romanos de la República que se condecoran con orgullo con el título de
Romanos, nombres de griegos y de romanos de la época de los primeros emperadores;
una multitud de desconocidos del Bajo Imperio ahogados en medio de los superlativos
que les preceden o les siguen, además de nombres de coptos acompañados de oraciones
muy humildes; finalmente, nombres de viajeros europeos, que el amor por la ciencia, la
guerra, el comercio, la suerte o el ocio ha traído hasta estas tumbas solitarias.
Esperaba con la mayor impaciencia descubrir la tumba del gran Ramsés, el
faraón que me había introducido en el conocimiento de los jeroglíficos y cuya obra
6
El bajorrelieve se expone actualmente en el museo del Louvre.
7
El hierático es una manera de escribir rápidamente los jeroglíficos, hasta el punto de
que éstos se vuelven irreconocibles; el hierático, contrariamente a lo que puede hacer creer su
nombre, es una escritura profana que nunca se emplea en los muros de los templos. El
demótico es una forma tardía de escritura utilizada en los documentos administrativos.

164
visible estaba por todas partes en Egipto. Ya en la entrada, unos murciélagos me
atacaron. La luz de mi vela los asustó. Revolotearon alocadamente, amenazando con
apagar la débil llama. Uno de ellos se enganchó en mi barba. Con un golpecito seco en
las alas, hice que se soltara. Una vez vencido aquel obstáculo, me preparé para un nuevo
deslumbramiento. ¡Qué tesoros había acumulado el más poderoso de todos los faraones
cuyo reinado había durado setenta y tres años!
Delante de mí, dos víboras huyeron dejando en la arena la huella de sus
amenazadoras ondulaciones. No las temía. Tampoco me asustó ver un enorme escorpión
que se refugió en una cavidad de la roca. Aquellos temibles huéspedes me causaron, sin
embargo, una pena muy grande; deshonraban lo que habría tenido que ser la más
resplandeciente de las tumbas, llena de escombros casi hasta el techo.
El acceso al panteón funerario estaba obturado. Ordené a dos obreros que me
facilitaran un paso.
—No vaya, general —recomendó L'Hote—. Es demasiado peligroso. Se arriesga
a que le pique uno de esos bichos. Se han instalado aquí desde hace mucho tiempo.
Ahora es su dominio. Me temo que han echado de aquí al mismísimo Ramsés.
Me negué a aceptar tan triste realidad. El calor sofocante asfixiaba a los obreros.
L'Hote no aguantó más.
—Venga conmigo, general. No se quede aquí. Ya no hay nada que ver. Todo ha
sido devastado.
Obstinado, me deslicé reptando por la estrecha abertura que había sido hecha
con dificultad. La desilusión fue terrible. La tumba, según los vestigios, había sido
ejecutada en un plano muy amplio y decorada con esculturas del mejor estilo. Unas
excavaciones en grande conducirían sin duda al descubrimiento del sarcófago de aquel
ilustre conquistador. Desgraciadamente, no se puede esperar encontrar allí la momia
real, pues los ladrones y los saqueadores lo han devastado todo. ¿Dónde descansa hoy el
gran Ramsés?8 ¿Encontrarán algún día sus restos? La suerte se ha ensañado con su
última morada. Las inmensas riquezas que contenía han desaparecido. Pero sobrevive
en los templos y su nombre todavía ilumina todo Egipto.

Una alegre animación reinaba alrededor de la tumba de Sed I. Unos sirvientes


iban y venían, trayendo una sucesión de platos que colocaban en buen orden a la entrada
del panteón donde se encontraba Ippolito Rosellini, vestido al estilo turco y a la última
moda de Tebas.
Recibió primero al profesor Raddi, que se había vuelto a poner su traje de
europeo para la ocasión; luego a Néstor l'Hote, con la barba alisada y el abundante
bigote cuidadosamente recortado; después al padre Bidant, que había limpiado su
sotana; finalmente a lady Reagrave, suntuosa en un vestido de noche granate adornado
con joyas de oro, realzado por el collar de lapislázuli que le había regalado.
Llevé a mis invitados al centro de la tumba donde Solimán y Moktar habían
puesto la mesa. Mantel blanco, candelabros, camino de flores de jazmín... La
celebración prometía ser casi digna del ilustre anfitrión que nos hospedaba.
Tuve la dicha de sentir que mis invitados eran felices. Fascinados por la
perfección de las pinturas, respetaron un silencio que se imponía por sí solo. Jamás
habíamos conocido una sala de fiestas tan sublime. Egipto nos ofrecía uno de esos
banquetes de eternidad cuyo secreto sólo él poseía.
Con un vaso en la mano, me levanté.

8
La momia de Ramsés fue encontrada en el escondite de Deir el-Bahari, donde había
sido puesta a resguardo de los saqueadores de tumbas. Fue llevada al museo de El Cairo en
1881.

165
—Brindo por Belzoni, el hombre que descubrió esta tumba. Sin él no podríamos
compartir estos alimentos en la más bella de las moradas de resurrección.
En mi corazón, también pensaba en la comunidad de los Hermanos de Luxor,
que me había abierto nuevos caminos.
Solimán atrajo la atención de los invitados trayendo un manjar que anuncié
como excepcional. Todos probaron... ¡y se asquearon! Quería ofrecer a nuestra juventud
un plato nuevo para nosotros y que debía aumentar el deleite de la reunión: era un trozo
de cocodrilo joven con salsa picante, queriendo la suerte que me trajeran uno matado
ayer por la mañana. Desgraciadamente, la pieza de cocodrilo se ha estropeado. De esto
sólo sacaremos una buena indigestión.
Recobramos el buen humor gracias a un guisado de cordero encargado por
L'Hote, y me levanté de nuevo.
—Si he organizado esta recepción, en la cual me alegro tanto de ver a nuestra
comunidad unida, es en honor de la persona que más quiero.
Las miradas se clavaron en mí, sorprendidas, interrogantes. Lady Redgrave
contuvo el aliento.
—Me refiero a mi hija, Zoraida. Hubiera debido celebrar su cumpleaños el
primero de marzo, pero no había comida suficiente en Nubia... Hoy podemos comer
hasta hartarnos sin perjudicar a nadie.
Mis huéspedes echaron en coro un caluroso brindis. Gracias al festín llegado de
El Cairo, no teníamos que racionarnos. Mientras prorrumpían en cantos alegres
animados por L'Hote, lady Redgrave vino a mi lado.
—No me había dicho que era usted padre...
—¿No estarán incompletas las informaciones de su tío, lady Ophelia?
—A él no le interesa su vida privada. Su única preocupación consiste en
demostrar que usted no es un sabio digno de crédito y serio.
—Siento decepcionarle.
—No ha hablado de su mujer, Jean-François.
Me miró con aquella ternura que sabía ostentar tan bien, como una red tendida,
de la que el alma no podía escapar.
—He evocado a mi hija que siento presente, aquí, a mi lado. Con eso basta.
—Perdone que le haya ofendido... pero prefiero no tener rival ante usted.
Se alejó. No la volví a ver cara a cara en toda la noche. Se las arregló para ir de
sala en sala, admirando su belleza.
Cuando despuntó el alba, habíamos intercambiado bromas, recuerdos y
esperanzas. En mi corazón estaba la sonrisa de una niña, tan cálida, tan intensa, que
cerrando los ojos creía tenerla en mis brazos.

—¡General, venga deprisa!


Saliendo brutalmente de mi breve sopor, descubrí a un L'Hote emocionado.
—No tenía sueño —explicó—. He empezado a trabajar con los obreros... ¡y creo
haber descubierto una tumba inviolada!
Ya del todo despierto, participé del entusiasmo de L'Hote. Corrimos hasta el
lugar del hallazgo donde nos estaba ya esperando Rosellini, avisado por el rumor. Los
obreros se habían agrupado en una multitud compacta y habladora donde se evocaban
fabulosos tesoros acechados por las bandas de saqueadores de la región tebana, sin
contar los hombres de Drovetti. Un rápido desescombro sacó a la luz la entrada de una
pequeña tumba que, de hecho, estaba inviolada. Estábamos todos muy excitados.
—General —dijo L'Hote con decisión—, tengo que pedirle un favor. Quisiera
entrar el primero.

166
—Ni hablar —objetó Rosellini, severo—. Usted sólo es dibujante. Los directores
científicos de la expedición son Champollion y yo mismo. Sólo nosotros estamos
capacitados para explorar un descubrimiento arqueológico.
—No es un italiano quien dará órdenes a un francés —rugió L'Hote, cuyas
intenciones eran ahora todo menos pacíficas.
—Basta—intervine—. Ippolito, usted se beneficiará con los objetos que
encontremos en esta tumba. Néstor, usted entrará el primero. Será su más bello
recuerdo. Ha prestado suficientes servicios a la comunidad para darse ese gusto.
Triunfante, L'Hote no reprimió por más tiempo su impaciencia. Despejando la
entrada con la mano, se deslizó con una vela por la abertura.
—¿Qué ve? —le pregunté desde el exterior.
—Muebles... y momias, un hombre y una mujer que llevan una máscara de oro...
y a sus pies granos de trigo germinados en una estatua vaciada en forma de pila... ¡Hay
incluso tallos largos!
Siguiendo a L'Hote, reconocí el prodigioso símbolo del «Osiris vegetante»: del
cuerpo del dios emanaba una nueva vida, la de la resurrección del grano, muerto y
revivificado por unos misterios celebrados en la tumba. De ella salieron maravillas:
sarcófagos, vasijas, estatuillas.
Un modesto vestigio me emocionó más que todos los demás: un disco metálico
brillante, intacto, que había servido de espejo. Reflejaba los rayos del sol, ahogando en
un deslumbramiento el rostro que se contemplaba en él.
Cuando salí de la tumba, tras varias horas de trabajo exaltante, una voz
imperiosa me increpó.
—¿Satisfecho, señor Champollion?
Vestido al estilo turco, con el bigote enrollado subiendo hasta la mejilla y
abundantes patillas, Bernardino Drovetti, cónsul general de Francia, me miraba
sombríamente.

167
23

—¿Contento, señor cónsul? No, no sólo contento... ¡Loco de alegría! Nubia ha


respondido ampliamente a mis esperanzas. En cuanto a Tebas, es un perpetuo
encantamiento. Pronto podré informarle sobre los descubrimientos más esenciales. No
se arrepentirá de haber puesto su confianza en mi expedición. ¿Tiene alguna noticia
relativa a los fondos que me han sido otorgados y que aún espero?
—Precisamente, señor Champollion, es hora de hacer un alto en sus trabajos. El
rey me ha hecho saber que su regreso a París es indispensable.
—¿Ha recibido una misiva oficial?
—¿Duda de mi palabra?—se ofuscó.
—Claro que no. Pero como ese documento me concierne a mí, en primer lugar,
me gustaría consultar yo mismo sus términos. No hay que fiarse de la memoria...
¿Cuándo podré leer esa carta del rey?
—La he dejado en Alejandría. Le doy todavía unos días. Después, se marchará.
Le esperaré en El Cairo para preparar su vuelta a Francia.
Sin esperar respuesta, Bernardino Drovetti cortó la conversación y se alejó a
paso rápido en dirección a un grupo de hombres a caballo. Montó en el suyo y
desapareció en una nube de polvo.
Cambiando definitivamente el hábito de peregrino por la ropa del indígena, nos
instalamos más cómodamente en una casa de Gournah, muy cerca del admirable templo
de Seti I, cuyas columnas cubiertas de relieves se doran al ponerse el sol. Unos rebaños
de cabras vagan entre unos bosquecillos de sicómoros y de datileras. La morada de
excavación que nos está reservada domina la vía de acceso al Valle de los Reyes.
Estamos situados entre el mundo de los vivos, con sus campos verdes, sus gritos de
niños, sus casuchas de fellahs, y el más allá, vuelto visible en nuestra tierra gracias a los
templos y las tumbas. Ni una brizna de hierba, sólo piedras y un sol divino.
Esta casa de Gournah me ha gustado nada más entrar en ella, y supe que me
gustaría más que el castillo más suntuoso. Daban ganas de trabajar sin descanso, de
descubrir. Erigida en la orilla de los muertos, sonreía a los vivos. Acogedora, fresca,
silenciosa, ofrecía las fuerzas necesarias para la labor del día siguiente. Miserable, nos
convertía en príncipes. Cada uno estuvo encantado con su habitación de lo más
modesta, amueblada con cojines y alfombras.
Rosellini, que me había visto hablar con Drovetti, parecía estar inquieto.
Mientras yo instalaba libros y manuscritos en una biblioteca rudimentaria, se acercó con
paso vacilante.
—Maestro, ¿cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí?
—El máximo posible.
—El cónsul general parecía irritado... ¿No tenía órdenes que dictarnos?
—¿Ha tenido barruntos de ello? —pregunté.
Rosellini retrocedió, atemorizado.
—En absoluto... Sólo fue una impresión.
—Drovetti tiene sus órdenes. Yo tengo las mías. Piense sólo en trabajar y en
perfeccionar sus conocimientos, Ippolito. Déjeme a mí las demás preocupaciones.
—Como quiera, maestro.

168
Ofendido, Rosellini salió de mi habitación, cediendo el lugar al padre Bidant,
que solicitó una entrevista.
—Las noticias no son demasiado buenas, por lo que se ve.
Abrí unos ojos intrigados.
—¿Qué malos vientos se las han transmitido, padre?
—¡Ah, Champollion! Mi deber también consiste en confesar las almas... Las
informaciones llegan a mí sin que pregunte por ellas. Y además..., la actitud de Moktar
es significativa. Desea verle en secreto y me ha encargado de la negociación.
—¿Por qué quiere verme?
—Sólo se confiará a usted. Le esperará todo el día en el Ramesseum.

Unos bosquecillos de tamariscos rodean el Ramesseum, el templo fulminado de


Ramsés. Es el más noble y puro de los admirables monumentos de Tebas, a pesar de las
destrucciones que ha sufrido. El primer pilón ofrece unas bonitas escenas de guerra
donde el faraón, representante de la luz divina, pone fin al dominio del caos y las
tinieblas. Al fondo del primer patio, un coloso en pedazos, el más gigantesco jamás
creado por los escultores egipcios. Tallado en un solo bloque de granito, su rostro es a la
vez la expresión de la fuerza y la de la serenidad; su pulido sobrepasa cualquier
perfección concebible. Pasé largamente la mano sobre el formidable hombro, pensando
en la gloriosa época en que el coloso real estaba de pie, contemplando el horizonte por
donde sale el sol. Avanzando con respeto por la sala hipóstila, donde unas treinta
columnas fascinarían con su elegante majestuosidad hasta los ojos más prevenidos
contra todo lo que no es arquitectura griega o romana, copié los nombres de los
numerosos hijos del gran Ramsés, reunidos en este lugar para celebrar la perpetua
resurrección de su padre. Detrás de la hipóstila descubrí dos pequeñas salas de
columnas. En la primera, sobre el muro del fondo, una maravillosa figura del faraón
sentado en su trono, bajo la sombra de un persea, árbol de un verde profundo con las
hojas en forma de corazón; varias divinidades inscribían allí los nombres sagrados del
rey. Penetrando en la segunda sala, cuyos textos decían que había estado recubierta de
oro puro, fui recibido por dos extrañas figuras, esculpidas en la parte inferior de los
montantes de la puerta de acceso: un Tot con cabeza de ibis sosteniendo paleta y pincel
y una diosa, Sechat, también con una paleta como redactora de los libros divinos.
Tuve la certeza de penetrar en una biblioteca..., ¡la biblioteca del Ramesseum,
del palacio del gran Ramsés! Allí estaban conservados los libros mayores de la cultura
egipcia. Figuraban otros símbolos: el oído recibiendo el Verbo, el ojo capaz de volver a
crear el mundo, el dios de la palabra, el de la intuición. En aquella habitación, accesible
a algunos, estaban guardados los volúmenes relativos a los rituales, la protección del
templo, su dirección, los deberes de los oficiantes, la lista de los bienes materiales y de
los objetos de culto, el conocimiento de los movimientos del sol, de la luna y de los
planetas, el regreso de las estrellas, las fiestas, la disposición de las murallas según las
reglas mágicas, la conjuración de las fuerzas del mal, la protección de la barca divina,
las grandes horas de la resurrección, la alquimia. Toda la ciencia sagrada de la cual
dependía la vida de Egipto está allí reunida, dictando a los futuros egiptólogos infinitos
caminos de búsqueda.
Turbado, continué mi exploración detrás del coloso, más allá de una gran acacia
que ocultaba los restos de un pilón en el cual se desplegaban las escenas de la batalla de
Kadesh contra los hititas. Ramsés, abandonado por sus tropas, conoce allí la prueba de
la soledad, rodeado de miles de adversarios. A punto de sucumbir y ver la civilización
derrumbarse bajo los golpes de los bárbaros, implora a la divinidad: «Padre, ¿por qué
me has abandonado? ¡Nunca te he traicionado!». Se produce el milagro. El espíritu de

169
Dios desciende del cielo y se encarna en el faraón, dotándole del más formidable de los
poderes. Solo, de pie en su carro, rompe el círculo de sus enemigos, los despedaza y los
bota al Eufrates donde se ahogan.
Fascinado por aquella batalla mística, viendo que el cristianismo había salido
todo compuesto del pensamiento de los antiguos egipcios, me di cuenta de pronto que
había olvidado a Moktar. Hechizado por el Ramesseum, me había abandonado al relato
de sus piedras vivientes.
Moktar no estaba lejos. Sentado bajo la gran acacia, fumaba una larga pipa. Sin
duda me había seguido con la mirada mientras peregrinaba en el templo.
Me senté junto a él, tras haber apartado algunos hierbajos que nos ocultaban
perfectamente.
—¿Qué tienes que decirme, Moktar?
—Alá es misericordioso... Revela al hombre sus faltas y sus errores. Me ha
iluminado, yo que tanto me he equivocado. Sobre todo con usted. Mi amo, el cónsul
general Drovetti, le había descrito como un ser pernicioso, ambicioso, dispuesto a todo
para satisfacer su sed de gloria, sin ninguna consideración por los hombres, despectivo
con sus sirvientes..., un auténtico chacal del desierto. Pero le he visto vivir, durante este
largo viaje. He descubierto quién es usted realmente.
Estaba estupefacto. ¿Qué crédito podía dar a aquel discurso? ¿Debía creer en la
sinceridad del intendente de Drovetti?
—Admiro a mi amo —prosiguió—. Me ha dado una casa, me ha permitido
fundar una familia... El confiaba en mí, yo confiaba en él. He matado por él, porque
pensaba que sus órdenes no violaban la voluntad de Alá. Esta vez es distinto... Usted es
un hombre justo. Sólo Dios decide poner término a la vida del hombre justo. Nadie
puede pretender sustituirle. Me niego a ser el instrumento de un destino que no viniera
de Él. Por eso, por primera vez, he desobedecido a mi amo. No he intentado asesinarle,
no he dicho nada de sus descubrimientos, ni de sus proyectos, ni de sus encuentros. Sólo
le he transmitido mi silencio, como si no hubiera pasado nada. Pero mi amo es un
hombre lúcido. Pronto sabrá que le he mentido. Sin embargo, si él lo desea, seguiré
sirviéndole. No sólo hay amigos a su alrededor. Márchese de Tebas lo antes posible. Su
presencia compromete unos intereses demasiado importantes. Yo voy a desaparecer. No
nos volveremos a ver. Adiós. Que Alá le proteja.
Sin darme ninguna posibilidad de interrogarle, Moktar dejó la sombra de la
acacia y desapareció en las ruinas del Ramesseum.
Invisible, la espalda apoyada contra la frente del coloso desmoronado, Solimán
vigilaba.

Así pues, sólo me quedaban unos pocos días para explorar Tebas. Tebas, que me
tranquilizaba, me maravillaba, me elevaba. Hubiera debido tomarme en serio el
ultimátum de Drovetti. Pero el tiempo había dejado de existir. Había demasiadas cosas
que hacer.
El jefe de los obreros me había aconsejado que examinara el emplazamiento de
Deir el-Bahari. Dejé a mis colaboradores con sus excavaciones y, utilizando los
servicios de un burro de lo más dócil, avancé en la ligera madrugada.
¡Qué espectáculo tan cautivador el de ese santuario único en su estilo! A pesar
de la acumulación de arena, tuve la certeza de identificar una sucesión de terrazas
unidas por una rampa central, y que se elevaban hasta la muralla vertical del acantilado.
El maestro de obras que había concebido aquel plano sencillo y luminoso había
utilizado esta muralla como pared de fondo del sanctasanctórum, uniendo así de modo
indisoluble el templo construido por los hombres y la montaña creada por Dios.

170
Fue con veneración que avancé paso a paso entre aquellos monumentos cuyas
esculturas eran de una increíble delicadeza. Los bajorrelieves son tan tenues, tan
impalpables, que hay que esperar la hora precisa en que el sol los ilumina para
descifrarlos. El menor detalle, el menor jeroglífico, los rostros de los dioses, los colores
de sus trajes son otras tantas obras maestras que dejan a uno sin aliento. Aquí reina una
gracia divina que las degradaciones cometidas por los cristianos no han hecho
desaparecer. ¡Y cuántas maravillas, que no podré sacar a la luz, cubre la arena!9
Otra sorpresa me esperaba: me sorprendió, leyendo las inscripciones, descubrir
la existencia de un rey desconocido en las listas antiguas, rey debidamente barbudo y
correctamente faraónico, ¡pero a propósito del cual se empleaban palabras en femenino
como si se tratara de una reina! Pasando la mayor parte del día devanándome los sesos
al respecto, llegué a una conclusión indudable: una mujer llamada Hatsepsut había
gobernado Egipto como faraón, con los mismos derechos y deberes que un soberano
varón. Tendría entonces que modificar mi concepto de la historia egipcia.
La suave luz del sol poniente revistió de oro los pilares de Deir el-Bahari. El
perfil de la diosa Hathor se destacó sobre el azul profundo del cielo que se teñía de
púrpura y naranja. Aquel rostro era el más bello y el más puro que había podido
contemplar jamás. Estaba turbado por la dulzura de sus rasgos, por aquella piedra tan
finamente cincelada que brillaba como una joya difundiendo sus luces. Se me llenaron
los ojos de lágrimas. ¿Cómo había podido un escultor transmitir el genio de su mano
hasta el punto de recrear en esta tierra una belleza celestial?
Un canto se elevó, desde la cúspide del templo, cerca del último santuario. Un
canto muy suave que narraba el nacimiento del amor entre un jeque y una joven
beduina. En él se expresaba la poesía de la gente del desierto que, alrededor de una
hoguera, se transmitían historias de generación en generación desde el comienzo de los
tiempos. La voz era ondulante, ligera. Las curvas de la melodía seguían los momentos
dramáticos del relato. El jeque había visto a la muchacha a hurtadillas y se había
enamorado locamente de ella. Describía sus grandes ojos negros, brillantes como los de
una gacela, su talle recto y ágil, su pecho parecido a una pareja de granadas, sus
palabras dulces como la miel. Al devorarle su pasión, el jeque ya no conciliaba el sueño.
¡Cuántas luchas tenía que emprender para conquistar a su amada! Tenía que convencer
a sus padres, quitar de en medio a sus rivales, llegar al alma de la bella... La historia
acababa bien. Dándose la mano, los dos jóvenes amantes se dirigían hacia la tienda del
padre de la muchacha para celebrar su unión.
Las últimas notas del canto murieron con las últimas luces de un sol encarnado
que desapareció detrás de las montañas. Durante algunos minutos, la orilla de los
muertos vacilaría entre noche y día, bañándose en una luz donde brillaban mil matices
de oro, rojo y púrpura unidos en un abrazo de una ternura infinita.
Quise saber a quién pertenecía aquella voz hechicera. Pasando por encima de
unos bloques esparcidos, vi una joven beduina sentada al pie de una columna, bajo la
protección de un capitel con la cabeza de Hathor. Tocaba una pequeña flauta de sonidos
agridulces, sin apenas turbar el recogimiento de los últimos momentos del día. Con un
largo vestido verde, la cabeza cubierta con una toca blanca ceñida con un hilo dorado, la
joven beduina salmodiaba un aire antiguo y lánguido.
Acercándome más, descubrí por fin su rostro.
—¡Lady Redgrave! ¿Pero de qué metamorfosis es usted capaz?

9
Champollion no pudo ver los admirables relieves que relatan la famosa expedición
enviada por la reina-faraón al país de Punt para recoger el incienso destinado al dios Anión.

171
Siguió tocando la flauta, como si yo no existiera. Habría sido criminal
interrumpirle. Esperé a que las últimas notas murieran, saboreando la dicha sencilla de
aquella música sin edad.
—Es el lugar que yo prefiero —dijo con la mirada perdida en el sol poniente—.
Aquí el amor reina por completo. ¿No es su diosa la más exigente de todas? ¿No nos
pide que revelemos nuestro ser más íntimo? Quien no confía en ella sólo merece la
muerte...
—¿Será ése su caso, lady Ophelia?
—Le esperaba, Jean-François. Sabía que vendría.
—¿Es usted quien ha pedido al jefe de los obreros que me indique este sitio?
Me arrepentí en el acto de mi agresividad. Ella no contestó, con la mirada
todavía fija en el horizonte.
—¿Por qué no quiere hablarme de su esposa?
—¿Está usted casada, lady Redgrave?
La brisa del norte se levantó, trayendo el soplo de vida que el faraón, cada día,
tenía el deber de proporcionar a todos los seres vivientes.
—Sí, estoy casada.
—¿Me hablará de lord Redgrave?
—Es un hombre perfecto. Administra su dominio, practica la caza mayor, venera
a Dios y a la corona de Inglaterra. No comete ni una sola falta de gusto. No hay nada
más que decir sobre él.
—¿Sabe que usted está viajando por Egipto?
—Lord Redgrave aborrece el calor, yo el frío. Eso crea entre nosotros un abismo
insuperable.
—¿Tienen hijos?
—Lord Redgrave y yo sólo nos hemos encontrado una vez: el día de nuestra
boda. Habíamos obtenido lo que deseábamos: él mi fortuna, yo un título y mi libertad.
La de servir a mi país como a mí me pareciera y la de viajar. Y usted, Jean-François,
¿qué esperaba de la señora Champollion? ¿Por qué sigue atado a ella?
Bajó de su promontorio y se arrodilló ante mí, tomándome las manos.
—¿Por qué buscar otra cosa en este momento, lady Ophelia? ¿Por qué pedir a la
vida algo más que no sea esta felicidad, este templo, este amor divino que nos rodea?
—Lo divino no me basta. Hasta ahora nos hemos mentido por miedo; por miedo
hemos huido... El amor, el verdadero amor, no conoce esas artimañas. Este templo está
hecho para usted. Guarde los secretos de su pasado, si lo desea. Mi misión podría ser un
fracaso… pero ¿qué importa, si seguimos juntos?
—Este templo pertenece a Hathor, diosa del cielo. Sólo somos sus huéspedes de
paso. No tenemos que imponer nuestros deseos.
—¿Y si abandonara usted su ciencia al viento del desierto? ¿Si aceptara ser un
hombre como los demás?
—Eso no cambiaría nada —dije—. Este santuario permanecería en el mundo
celeste, y nosotros en el de los humanos.
Se apartó con violencia.
—¡Es usted un monstruo!
Cogiendo la flauta, la partió en dos trozos que arrojó a lo lejos. Luego corrió
hacia el valle que el Nilo animaba con un largo hilo plateado brillando bajo las últimas
luces.

A la mañana siguiente, Rosellini se empeñó en conducirme hasta el


emplazamiento del Amenofium, el gigantesco templo funerario de Amenofis, tercero

172
del nombre, que los griegos han querido confundir con el Memnón de sus mitos
heroicos. Amenofis III había sido el más brillante de los soberanos de Tebas, reinando
en la ciudad más rica del mundo. Su templo debía ser una maravilla.
La decepción fue atroz.
Imagínense un espacio de unos 1.800 pies de largo, nivelado por los depósitos
sucesivos de la inundación, cubierto de hierbajos, pero cuya superficie desgarrada en
multitud de puntos todavía deja ver restos de arquitrabes, porciones de colosos, fustes
de columnas y fragmentos de enormes bajorrelieves que el limo del río aún no se ha
tragado, ocultándolo para siempre a la curiosidad de los viajeros. Allí han existido más
de dieciocho colosos, de los cuales los más pequeños tendrían veinte pies de altura.
Todos los monolitos de distintas materias han sido destrozados, y sus miembros
enormes se encuentran dispersos aquí y allá, unos al nivel del suelo, otros al fondo de
excavaciones realizadas en tiempos recientes. He recogido en estos restos mutilados los
nombres de un gran número de pueblos asiáticos cuyos jefes cautivos estaban
representados rodeando la base de los colosos. Las inscripciones griegas y latinas eran
demasiado modernas para mí; las dejé para dirigirme hacia el antiguo pueblo de Deir el-
Medineh, el próximo emplazamiento tebano a explorar antes de que expirara el plazo
concedido por Drovetti.

Deir el-Medineh me intrigaba desde hacía mucho tiempo. Numerosos objetos


procedentes del lugar habían pasado entre mis manos. Rosellini había adquirido una
gran cantidad de ellos para su museo. Él y L'Hote me acompañaban. Caminábamos
lentamente al compás de nuestros burros, precediendo a Solimán y a una decena de
obreros dispuestos a intervenir para despejar la entrada de una tumba o de un santuario.
L'Hote se puso a mi altura.
—General, me está ocultando algo. Usted no acostumbra a hacerlo.
Forzosamente tiene que ser algo grave...
—¿Según usted, Néstor?
—Amenazas. Ha recibido nuevas amenazas. Se está tramando una conspiración
contra usted, y se niega a tenerlo en cuenta. ¿Por qué desdeñar mi ayuda?
—Porque lo ignoro todo de esas intrigas, excepto el hecho de que Drovetti es el
instigador, con el probable consentimiento del pacha.
—¿Dónde está Moktar?
—Ha dejado él mismo la expedición. Ya no le veremos más.
—¿Qué piensa hacer?
—Nada, sólo continuar mi trabajo y mis excavaciones. Hemos regresado
intactos de Nubia, donde nos acechaban los mayores peligros. Tebas no sabría
mostrarse menos favorable. Tenga confianza, Néstor... y manténgase alerta.
Refunfuñando, L'Hote dio media vuelta y se alejó.
La pacífica caravana tomó un estrecho sendero que desembocó en un barranco
desértico dominado por unas rocas. Las casas de los artesanos habían sido construidas
en una depresión casi totalmente enterradas bajo la arena. Un pequeño templo, rodeado
de un recinto, dominaba el desierto en cuya linde había crecido una mimosa; instalado
en una rama, un pájaro cantaba.
Desde la entrada del templo, descubrí de nuevo aquel desierto donde el alma se
ensancha para encontrarse con Dios del modo más inmediato y puro. Las mediocridades
de la existencia desaparecieron. Una parte del velo que cubre el misterio de la vida se
levantó, dejando vislumbrar el movimiento inmóvil de la eternidad parecido al de las
dunas. Penetrando en el templo de los artesanos donde estaban representados los
mayores arquitectos egipcios, otro velo se desgarró en mi espíritu. Comprendí que las

173
artes del Antiguo Egipto no tenían como meta especial la representación de las
hermosas formas de la naturaleza; sólo buscaban la expresión de un cierto orden de
ideas, y únicamente debían perpetuar el recuerdo de las personas y de las cosas, no el de
las formas. Tanto el enorme coloso como el más pequeño amuleto eran los signos fijos
de una idea; por muy fina o tosca que fuera su ejecución, había alcanzado la meta, la
perfección de las formas en el signo siendo sólo muy secundaria. Pero en Grecia la
forma lo fue todo; se cultivaba el arte por el arte mismo. En Egipto, sólo fue un medio
poderoso de pintar el pensamiento; el más pequeño adorno de la arquitectura egipcia
tiene su propia expresión, y se refiere directamente a la idea que motiva la construcción
de todo el edificio, mientras que las decoraciones de los templos griegos y romanos a
menudo sólo hablan a la vista y permanecen mudas para el espíritu. El genio de estos
pueblos se muestra así esencialmente diferente. La escritura y las artes de imitación se
separan tempranamente y para siempre en Grecia; pero en Egipto, la escritura, el dibujo,
la pintura y la escultura caminaron constantemente de frente hacia una misma meta, y si
consideramos el estado particular de cada una de estas artes, y sobre todo el destino de
sus productos, resulta cierto decir que venían a confundirse en una sola arte, en el arte
por excelencia, el de la escritura. Los templos, como su nombre egipcio indica, sólo
eran, si puede decirse así, grandes y magníficos caracteres representativos de las
moradas celestes: las estatuas, las imágenes de los reyes y de los simples individuos, los
bajorrelieves y las pinturas que trazaban de nuevo escenas de la vida pública y privada,
entraban, por decirlo así, en la clase de caracteres figurativos; y las imágenes de los
dioses, los emblemas de las ideas abstractas, los adornos y las pinturas alegóricas y
finalmente la numerosa serie de los jeroglíficos se relacionaban directamente con el
principio simbólico de la escritura propiamente dicha.
Egipto escribía la vida.
Escribía mi vida.
El más allá se me apareció en el interior del templo de Deir el-Medineh bajo la
forma de una escena desgarradora, la del peso del alma, que los antiguos asociaban con
el corazón, concebido como la verdadera conciencia del hombre. El gran juez Osiris
ocupa el fondo de la sala de una capilla que alumbré con una vela. Al pie de su trono se
eleva el lotus, emblema del mundo material, rematado por las imágenes de sus cuatro
hijos, genios directores de los cuatro puntos cardinales. Los cuarenta y dos jueces
asesores de Osiris están sentados, colocados en dos hileras. De pie sobre un pedestal
delante del trono, el Cerbero egipcio, monstruo compuesto de tres naturalezas distintas,
el cocodrilo, el león y el hipopótamo, abre su enorme boca y amenaza a las almas
culpables...
Más lejos se eleva la balanza infernal; los dioses Horus, hijo de Isis con cabeza
de gavilán, y Anubis, hijo de Osiris con cabeza de chacal, colocan en los platillos de la
balanza, uno el corazón del prevenido, otro una pluma de avestruz, emblema de la
justicia; entre el fatal instrumento, que debe decidir la suerte del alma, y el trono de
Osiris, han colocado al dios Tot, el señor de las divinas palabras. Este escribano divino
escribe el resultado de la prueba a la que acaba de ser confiado el corazón del egipcio
difunto y va a presentar su informe al soberano juez.
A pesar de las tinieblas que nos rodeaban, Rosellini adivinó mi malestar.
—Maestro, ¿se encuentra bien?
—Déjeme solo, Ippolito.
—¿Está seguro?
—Salga.
—¿Cuándo debo venir a buscarle?

174
—Vuelva a Gournah y no se preocupe por mí. Copiaré textos y escenas y me
impondré la obligación de acabarlo todo. Necesito silencio absoluto para poder oír la
voz de los antepasados.
Había salido fuera del tiempo. Permanecí allí cinco días, enardecido por mi
trabajo, comiendo lo que Solimán me traía por la noche.
Me enfrentaba con mi muerte y con mi propio juicio. Había aprendido la lista de
las faltas que condenaban a la segunda muerte, a la aniquilación del ser, y había
confesado las mías al dios Tot y a la diosa Maât, guardiana del Orden universal.
Alejándome con pena de aquella capilla donde se había sellado un destino al
cual, a partir de entonces, nadie podría cambiar nada, me dirigí, sin descansar lo más
mínimo, al templo de Medinet-Habu, donde Néstor L'Hote procedía a un trazado
conjunto bajo la dirección de Rosellini.
—¿Cómo ha soportado mi discípulo mi ausencia? —pregunté a Solimán.
—Bien y mal.
—¿Bien?
—Ha sabido dirigir a los obreros.
—¿Y mal?
—Se toma por usted. Cree ser un jefe. Apartándose de su lugar, se aleja de la
verdad y acabará por odiarle.
—Eres demasiado severo, Solimán.
—Y usted demasiado generoso.
La vista del inmenso templo de Medinet-Habu, el mayor de Egipto después de
Karnak, puso fin a nuestra conversación. Una vez más, Egipto me subyugaba. Ramsés,
el amado de Amón, tercero del nombre y sucesor de Ramsés el Grande, había creado un
edificio gigante precedido de un formidable pilón y de un pabellón real, único por su
forma.
Llevado por el entusiasmo, caminé varias horas para comprender este nuevo
universo, cuadro abreviado del Egipto monumental. Allí existe, casi enterrada bajo los
escombros de las habitaciones particulares que se han sucedido de época en época, una
masa de monumentos de gran importancia que, estudiados con atención, muestran en
medio de los mayores recuerdos históricos el estado de las artes de Egipto en todas las
épocas principales de su existencia. Se encuentran reunidos un templo del período más
brillante, el de la XVIII dinastía, un inmenso palacio del período de los conquistadores,
un edificio de la primera decadencia bajo la invasión etíope, una capilla elevada bajo el
reinado de uno de los príncipes que habían vencido el yugo de los persas, un propileo de
la época romana y, finalmente, en un patio del palacio faraónico, unas columnas que
antaño sostenían el caballete de una iglesia cristiana.
Muerto de sed, descubrí, en el primer gran patio, un grupo de beduinos sentados.
Si tenían agua, no me la negarían. Siendo considerada como un don de Dios, ésta no
pertenecía a los hombres. Debe concederse a cualquiera que la pida.
Cuando sólo me encontraba a unos pasos de ellos, me di cuenta de que se trataba
de un encantador de serpientes y de sus ayudantes. El hombre tenía una edad avanzada,
y su rostro estaba picado de viruela. Alrededor de su torso y de su cuello se enrollaba y
desenrollaba una víbora de cabeza plana. Delante de él, un gran cesto del cual salían dos
cobras que se erguían bajo sus órdenes. Uno de los asistentes no era sino una mujer en
cuclillas sobre una alfombra polvorienta y con un niño en sus brazos.
Fue un muchacho quien me ofreció agua mientras el mago seguía encantando
sus cobras, a las que todos parecían considerar inofensivas. Sólo Solimán parecía
inquieto. La verdad es que aquel espectáculo insólito me parecía más un ejercicio de
doma que una sesión de magia. Lo más interesante residía en las fórmulas de

175
encantamiento que el buen hombre repetía sin cesar en voz baja. Cuidando de no
molestar a las cobras, me acerqué a él y me incliné para escuchar mejor, con Solimán
pegado a mí como una sombra.
La trampa funcionó.
Las cobras, asustadas, se escondieron en el cesto. Pero la víbora, apartándose del
cuello de su amo, se distendió a una velocidad pasmosa. Tetanizado, cerré los ojos,
esperando la picadura fatal.
No sentí nada, oyendo un ruido de pasos precipitados traduciendo una huida
colectiva.
Abriendo de nuevo los ojos, vi al encantador de serpientes, sus acólitos, la mujer
con el niño corriendo como posesos. Habían abandonado el cesto de cobras. Solimán
estaba tumbado cabeza abajo en el suelo, sosteniendo a unos centímetros de su cara la
víbora que había empuñado por el cuello y que se había enrollado alrededor de su brazo.
—Busque un palo —exigió con una voz tranquila—, y rómpale la cabeza.
Fue un beduino, intrigado por aquel jaleo, quien se encargó de hacerlo con la
más tranquila seguridad. Solimán se levantó y se quitó el polvo.
—Me estaba temiendo una emboscada como ésta —dijo—. Los encantadores de
serpientes no trabajan aquí, normalmente. Más vale que nos vayamos.
—¡Ni se te ocurra! Primero hay que explorarlo todo... Este templo es
extraordinario.
Resignado, Solimán me siguió mientras me dirigía hacia la extraña torre de
Medinet-Habu, que me pareció ser el único palacio real conservado en el recinto de un
templo.
Subir los peldaños que conducían a los apartamentos reales fue un suave placer
después del peligro del cual había escapado. Allí admiré unos frescos debidos al pincel
de un dibujante que había glorificado los juegos de pájaros en las matas de papiros, las
flores de loto azules y rosas, el vuelo de los patos. El rey y la reina habían vivido aquí
unos días felices, rodeados de sus hijos y sus allegados, sin olvidar nunca lo sagrado
cuya irreductible presencia estaba afirmada por el templo cercano. Después subí por la
escalera interior del gran pilón, aquella masa tan tranquilizadora que había hecho de
Medinet-Habu un lugar de refugio contra los saqueadores mucho después de la
extinción de las dinastías faraónicas. A Oriente, el verde de los cultivos, el Nilo, las
columnatas de Luxor, los obeliscos y los pilones de Karnak; al norte, el Ramesseum,
Deir el-Medineh, la inmensa necrópolis con sus barrios de Gournet Mourai, Drah Abu
el Nagah, Gournah, Deir el-Bahari; a Occidente, el Valle de las Reinas y el acantilado
líbico. Aquel universo me sumergía, me llenaba de una alegría intensa que me
desapegaba de mí mismo y de mis limitaciones de individuo. ¿Cómo hablar de muerte y
de pasado ante tanta luz y tanta vida? ¿Cómo permanecer insensible ante tanta magia
impregnando hasta el menor bloque, la estatua más humilde?
Solimán se sentó a mi lado.
—Ésta es la auténtica realidad —dijo—. Nuestros ojos apenas la perciben.
—Y todavía habrá que descifrarla, Solimán, leerla hasta en lo más profundo.
Todo esto es símbolo del más allá, de nuestra verdadera patria. Quiero transmitir lo que
percibo. Quiero ofrecer a otros la posibilidad de seguir este camino.
Fuimos conscientes de un deber que nos abrumaba. Nos dimos el placer egoísta
de disfrutar de aquel incomparable espectáculo, olvidando todo lo demás.

A la salida del templo, en el sol poniente, unos niños nos rodearon. Cada uno
intentaba vendernos un escarabajo, un amuleto, una estatuilla, toscas imitaciones

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fabricadas apresuradamente en un taller muy poco apto para reproducir la belleza
egipcia.
Una niña se mantenía apartada. Andrajosa, poseía sin embargo un encanto
conmovedor que, por la pureza de su rostro, evocaba el de las diosas. Jugaba con un
objeto negruzco, indiferente a los tratos comerciales de sus compañeros. Rompiendo el
círculo de los comerciantes, miré por encima de la cabeza de la niña.
El objeto era una mano de momia desecada. Más allá del horror, una iluminación
aclaró mi espíritu. En aquel momento comprendí por qué estaba realmente en peligro de
muerte.

177
24

Reuní a los miembros de la expedición en la sala común de nuestra casa de


Gournah. Todos sentían que tenía importantes informaciones que comunicarles.
—Amigos míos, el cónsul general de Francia me había fijado un plazo
demasiado corto para marcharme de Tebas. Seguramente ya ha vencido. No ha ocurrido
nada nefasto. Ninguna orden oficial ha sido transmitida. Espero los fondos prometidos.
Hemos explorado emplazamientos, establecido un programa de excavaciones para los
siglos que quedan por venir.
—Perfecto —concluyó el padre Bidant—. Ya que Dios nos ha sido favorable, no
tentemos al diablo. Volvamos a El Cairo y preparémonos para regresar por fin a tierra
cristiana.
—Nadie sabe dónde se encuentra Drovetti —precisó lady Red—grave—.
Incluso piensan que ha podido marcharse de Egipto.
—Un hombre como él no se declara tan fácilmente vencido —declaró L'Hote—.
Le ha ridiculizado, general. Prepara su venganza. El padre Bidant tiene razón: démonos
por contentos de haber vivido tantos peligros, demos gracias a la Providencia y
volvamos a casa.
—Esta opinión me parece razonable —aprobó Rosellini—. Hay que proceder al
inventario de los objetos adquiridos. Solamente podremos trabajar correctamente en
Europa.
El profesor Raddi fue el único que no dio su opinión. Había reunido su cosecha
del día, una decena de mariposas que examinaba con cuidado.
—Vuestros propósitos tienen mucho sentido común —dije—. Son razonables y
comedidos. Supongo que un jefe consciente de sus responsabilidades debería
escucharlos y adoptar sus ideas. Pero yo no soy ese jefe. No soy razonable y no
consentiré serlo. Me queda un deber esencial por cumplir: volver a las tumbas.
Todos emitieron suspiros exasperados. No esperaba menos. Aquel trabajo no
sería de los más fáciles. Habría que dar mucho de sí mismo y sufrir en propio cuerpo
para descubrir las bellezas de aquellas cuevas sagradas.
—¿Por qué se ensaña de ese modo? —se sorprendió el padre Bidant—. ¿No ha
visto ya bastantes sepulcros? He visitado dos en compañía de lady Redgrave. Eso me ha
bastado. Allí falta el aire y hace un calor sofocante. ¡Los movimientos se hacen tan
difíciles que es como si uno se hubiera momificado!
—¡Y no conoce el calvario impuesto al dibujante! —añadió L'Hote—. Una
iluminación irrisoria, los ojos llenos de polvo, unas posturas que dejan la espalda hecha
polvo, una tensión incesante para no cometer errores...
—¡Es usted muy injusto, Néstor! ¿Ha olvidado el mensaje que hemos percibido,
los conceptos transcendentales que se imponen a la primera mirada? Esa espiritualidad
esconde bajo sus figuras unas antiguas verdades que creemos muy jóvenes y de las que
estamos muy necesitados. Tengo que descubrir la totalidad de las representaciones
simbólicas para obtener la clave del enigma.
—¿De qué enigma habla? —se inquietó el padre Bidant.
—Del sentido de la vida.

178
—Vamos, Champollion... ¿No creerá realmente que esta religión muerta podría
tener alguna superioridad sobre nuestra fe?
—No olvide —intervino lady Redgrave— que al señor Champollion lo llaman
El Egipcio.
—Usted sabe que Bossuet fue un buen cristiano —dije al padre Bidant—, y sin
embargo sólo soñaba con estudiar la teología egipcia. El poder hacerlo estaba reservado
para nuestra época. Y nadie me impedirá ir hasta el final de esta experiencia.
—Es inútil ir en contra de la voluntad de El Egipcio —dijo lady Redgrave,
enigmática—. Es más fuerte que todas las nuestras juntas.
Estupefacto ante aquella ayuda inesperada, dirigí una sonrisa a lady Ophelia, que
no se inmutó.
—Estoy agotado, maestro —dijo Rosellini—. Le habría acompañado, pero no
me quedan fuerzas...
—Descanse, Ippolito, y empiece su inventario lo antes posible.
Salí al amanecer de la casa de Gournah, cuyos huéspedes estaban todavía
dormidos. Mi discípulo volvió bostezando a su habitación. Por mi parte, estaba dotado
de una energía casi inagotable que tres o cuatro horas durmiendo y soñando con
jeroglíficos bastaban para reconstituir.
Afuera me esperaban dos burros y Néstor l'Hote, el único aventurero que no
había renunciado.
—¿Cuál será nuestra primera tumba, general?
—La de Ramsés el noveno.
¿Hay mayor felicidad que la de caminar así, a un ritmo ancestral, por un sendero
desierto, poco a poco invadido por los rayos del sol matutino, hasta un lugar sagrado
donde unos sabios lo habían revelado todo sobre la transfiguración del alma humana?
Las antiguas palabras de un himno de saludo al sol naciente me vinieron naturalmente a
los labios. ¿No era justo que la criatura diera gracias a su Creador por concederle tales
momentos de felicidad?
Apenas nos habíamos instalado en la tumba cuando L'Hote se encolerizó
violentamente.
—¡Dios, qué aburridos son los jeroglíficos! ¡Qué agobiantes! Estamos todos
hasta la coronilla de ellos... ¡Soy como un hombre que camina en el fuego y al que sólo
le queda un cuarto de hora de vida! Estoy harto, general. Su Egipto no es el mío.
Necesito lluvia, llanuras verdes y húmedas, frescor. Me voy.
—¿Adonde va usted, Néstor?
—A Francia. Quédese con mis dibujos. Y que Dios le proteja, general, si todavía
es un poco cristiano. Es usted el mejor de los hombres, de eso no me cabe duda, pero
me pregunto si sigue viviendo entre nosotros. El Egipcio... sí, eso es... se ha convertido
en un egipcio de los primeros tiempos.
Dejando caer al suelo los lápices y los cartapacios, L'Hote montó su burro y salió
del Valle de los Reyes, levantando una nube de polvo. Así que me abandonaba. Supe
que no volvería a verle. Me había gustado la lealtad de este hombre, su fuerza juvenil,
su confianza. No le guardaba rencor, convencido de que no me había traicionado.
L'Hote no se equivocaba. Egipto me había hecho comprender que yo sólo estaba
de paso en este mundo, sólo era un extraño en busca de la luz original de donde
provienen todos los seres y donde se reunirán de nuevo si pasan la prueba de la muerte.
La muerte en la que entraba al hundirme en las profundidades de una tumba real.
La soledad más absoluta me aportó un poder de concentración que no había
conocido hasta entonces. Las ideas, las traducciones, las interpretaciones afluían sin
cesar a mi mente, surgiendo por sí mismas. Penetrando vivo en el más allá representado

179
en las paredes de la tumba, vivía en mi propia carne el recorrido simbólico indicado por
las divinidades con las cuales mantenía una relación de fraternidad.
Cien veces estuve a punto de perder la conciencia. Cien veces vencí el cansancio
y la fatiga. Cien veces realicé el viaje del alma. Tras haber pasado por una puerta
bastante sencilla, se entra en unas grandes galerías o corredores cubiertos de esculturas
perfectamente cuidadas, que conservan en gran parte el brillo de los colores más vivos,
y conducen sucesivamente a unas salas sostenidas por pilares con decoraciones aún más
abundantes, hasta que por fin se llega a la sala principal, la que los egipcios llamaban la
sala dorada, más amplia que todas las demás, y en medio de la cual descansaba la
momia real en un enorme sarcófago de granito. Los planos de estas tumbas, publicados
por la Comisión de Egipto, dan una idea bastante exacta de la extensión de estas
excavaciones y del inmenso trabajo que han costado, para ser ejecutadas con el pico y el
cincel. Los valles están casi todos atestados de colinas formadas por los pequeños
fragmentos de piedra que provienen de los asombrosos trabajos ejecutados en el seno de
la montaña.
La decoración de las tumbas era sistemática, y lo que se encuentra en una
reaparece en casi todas las demás, salvo pocas excepciones. La moldura de la puerta de
entrada está adornada con un bajorrelieve que en el fondo sólo es el prefacio, o mejor
dicho, el resumen de lo que sigue: es un disco amarillo en cuyo centro está el sol con
cabeza de carnero, es decir, el sol poniente entrando en el hemisferio inferior, y adorado
por el rey arrodillado; a la derecha del disco, es decir a oriente, está la diosa Neftis, la
soberana del lugar sagrado, y a la izquierda, occidente, la diosa Isis ocupando las dos
extremidades del recorrido del dios en el hemisferio superior: al lado del sol y dentro
del disco, han esculpido un gran escarabajo, que es, aquí y en otros lugares, el símbolo
de la regeneración o de los renacimientos sucesivos: el rey está arrodillado en la
montaña celeste, sobre la cual también descansan los pies de las dos diosas.
El sentido general de esta composición se refiere al rey difunto: durante su vida,
lo mismo que el sol en su recorrido de oriente a occidente, el rey debía ser el
vivificador, el iluminador de Egipto, y la fuente de todos los bienes físicos y morales
necesarios para sus habitantes; el faraón muerto fue, por tanto, todavía naturalmente
comparado al sol poniéndose y descendiendo hacia el tenebroso hemisferio inferior, que
debe recorrer para renacer de nuevo en oriente y devolver la luz y la vida al mundo
superior (el que habitamos), del mismo modo que el rey difunto debía renacer también,
para continuar sus transmigraciones o para habitar el mundo celeste y ser absorbido en
el seno de Amón, el padre universal.
El secreto de la vida es enseñado con el desplazamiento de la barca divina
navegando en el río celeste, sobre el fluido primordial, principio de toda existencia,
durante las doce horas del día. Así, a la primera hora, la barca se pone en movimiento y
recibe las adoraciones de los espíritus de Oriente; entre los cuadros de la segunda hora
se encuentra la gran serpiente Apofis, hermano y enemigo del sol; a la tercera hora, el
dios Sol llega a la zona celeste, donde decide la suerte de las almas, en relación con los
cuerpos que deben habitar en sus nuevas transmigraciones; se puede contemplar al
Creador sentado en su tribunal, pesando en su balanza las almas humanas que se
presentan sucesivamente. Una de ellas acaba de ser condenada, se la ve llevada de
nuevo a la tierra en una barca que avanza hacia la puerta vigilada por el dios chacal
Anubis, y conducida a varazos por unos monos, emblemas de la justicia celeste; el
culpable está representado bajo la forma de una enorme cerda, encima de la cual han
grabado con grandes caracteres «glotonería». El dios visita, a la quinta hora, el paraíso
habitado por las almas bienaventuradas que descansan de las penas de su viaje terrestre.
Llevan sobre la cabeza una pluma de avestruz, emblema de su conducta justa y virtuosa.

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Presentan ofrendas a los dioses; o bien, bajo la inspección del señor de la alegría del
corazón, cogen los frutos de los árboles celestes de estos paraísos.
Más lejos, otros tienen unas hoces en la mano, cultivan los campos de la verdad.
Su leyenda reza: «Hacen libaciones con el agua y ofrendas con los granos de los campos
de gloria; sostienen una hoz y siegan los campos, que son su parte». El dios Sol les dice:
«Llevaos los granos a vuestras moradas, disfrutadlos y presentadlos a los dioses en
ofrenda pura». Más lejos, finalmente, se les ve bañarse, nadar, saltar y juguetear en un
gran estanque que llena el agua celeste y primordial, todo bajo la inspección del dios
Nilo celeste. En las horas siguientes, los dioses se preparan para luchar contra el gran
enemigo del Sol, la serpiente Apofis. Se equipan con jabalinas, se cargan de redes,
porque el monstruo vive en las aguas del río.
Las almas condenadas, con las manos atadas sobre el pecho y la cabeza cortada,
caminan en largas hileras; algunas tienen las manos atadas a la espalda y arrastran por el
suelo su corazón salido del pecho. En unas grandes calderas se hacen hervir almas
vivientes, ya sea bajo forma humana o bajo la de un pájaro, o sólo sus cabezas y sus
corazones.
En cada zona y junto a los ajusticiados siempre se puede leer su condena y la
pena que padecen: «Estas almas enemigas no distinguen nuestro dios cuando lanza los
rayos de su disco; ya no viven en el mundo terrestre, y no oyen la voz del gran Dios
cuando cruza sus zonas». En cambio, junto a la representación de las almas felices, en
las paredes opuestas, se puede leer: «Han hallado la gracia a los ojos del Dios grande;
habitan las moradas de gloria, aquellas donde se vive la vida celeste; los cuerpos que
han abandonado descansarán para siempre en sus tumbas, mientras que ellas disfrutarán
de la presencia del Dios supremo».
Ésta es una de las mil pruebas contra la opinión de aquellos que se empeñarían
en creer todavía que los pensadores egipcios se perfeccionaron con el establecimiento
de los griegos en Egipto. Lo repito: Egipto sólo debe a sí mismo lo más grande, puro y
bello que ha producido. Mal que les pese a los sabios que se imponen el deber de creer
en la generación espontánea de las artes en Grecia, la verdad es muy distinta. Grecia ha
imitado servilmente a Egipto en la época en que las primeras colonias egipcias
estuvieron en contacto con los salvajes habitantes del Ática o del Peloponeso. Sin la
civilización de los faraones, Grecia no se habría convertido en la tierra clásica de las
bellas artes.
Ésta es mi profesión de fe completa sobre esta gran cuestión. Escribo estas líneas
frente a unos bajorrelieves que los egipcios han ejecutado genialmente dos milenios
antes de la era cristiana. Egipto es la madre de nuestra civilización, la fuente de lo más
elevado y vital que hay en nuestro pensamiento.
Cuando estaba absorto en el estudio de un cuadro fascinante que representaba el
nacimiento de un nuevo sol, de una nueva conciencia, unas piedras rodaron por la
pendiente que conduce a la tumba.
Alguien acababa de entrar en la tumba.
Un extraño sentimiento desgarró mi pecho. Tenía miedo, pero sin sentir ningún
temor. Miedo de ver mi existencia interrumpida antes de haber trabajado lo bastante, y
experimentaba al mismo tiempo una tranquilidad absoluta ante la idea de morir en
aquella morada de resurrección. ¿Qué más esperar de la vida después de tantas
revelaciones que apartaban al hombre de sí mismo para fundirlo en el cosmos,
disolverlo en las estrellas?
Los pasos se acercaban, lentos, pesados. Esperaba ver surgir un ser del otro
mundo, armado con un cuchillo, despiadado, empeñado en hacerme rendir cuentas y
redactar la lista de mis faltas.

181
Me sentía preparado. Había comprobado que la fe de los antiguos egipcios se
basaba en el conocimiento y no en la creencia. De nada servía creer en los dioses.
Conocerlos, y por tanto nombrarlos, descubrir a qué poder creador correspondían, era
esencial. Los jeroglíficos eran precisamente las palabras de poder que daban acceso a
este conocimiento. ¿Qué demonio iba a aparecer? ¿Sabría vencerlo nombrándolo?
Dentro de unos segundos, estaría delante de mí... Sentí un nudo en la garganta, mi
corazón se aceleró, pero permanecí sereno aunque la silueta de los asesinos de Drovetti
se impuso a mi espíritu.
El angustioso visitante se manifestó al fin, a la luz de su vela. Era el padre
Bidant. Sacudió su sotana polvorienta y se sentó en un banquillo de piedra que había a
lo largo de la pared. Se secó la frente.
—Maldito calor... ¿Cómo puede respirar en este baño de vapor?
—¡Mire, padre, mire a su alrededor! ¡Verá el infierno, el purgatorio y el paraíso!
¡Lo que el cristianismo ha anunciado ya estaba presente aquí, y mucho más!
Esperaba una reacción de lo más viva, pero el religioso siguió secándose la
frente con un pañuelo.
—Es justo lo que me temía, Champollion... esto y lo demás. Antes de este viaje,
católicos y protestantes estaban de acuerdo sobre un punto: la cronología bíblica nunca
sería cambiada. La revelación cristiana nunca sería puesta en duda. Nadie descubriría
huellas de civilización antes de la XVI dinastía egipcia. Así la verdad del libro santo
seguiría siendo total y absoluta, incluso en el campo histórico.
—Hoy soy capaz de demostrarle lo contrario, padre. La cronología admitida por
la Iglesia es falsa. Habrá que hacer retroceder mucho las fechas de aparición del
pensamiento. Habrá que admitir que la Biblia no habría existido sin la inspiración
egipcia.
—Sé todo eso, Champollion. También sé que sus descubrimientos causarán
trastornos que usted ni siquiera imagina.
—Ya no habla como un sacerdote...
—Porque no sólo soy un sacerdote. Hace muchos años que estudio el
orientalismo en Roma y que sigo sus trabajos, así como el de los demás sabios deseosos
de descifrar los jeroglíficos. Pronto pensé que usted sería el primero en alcanzar esta
meta inquietante para la Iglesia. ¿Qué necesidad tenía de levantar el tupido velo que
cubría los misterios olvidados desde hace siglos?
—¡La respuesta está en las paredes de esta tumba, padre! ¡El secreto del alma
humana, eso es lo que los egipcios habían percibido!
Bidant asintió con la cabeza.
—Empecé a preocuparme mucho cuando, todavía adolescente, declaró, y más
tarde escribió, que Egipto tenía una noción de la divinidad al menos tan pura como el
cristianismo. Era un desafío a la fe que nadie ha tomado lo bastante en serio. Y hoy ha
descifrado los jeroglíficos..., abre las puertas a varios milenios de religión por las cuales
penetrarán dioses y diosas.
—Un desafío no, padre. Una simple verdad.
—¡No juegue con las palabras, Champollion! ¿No ha establecido que los
egipcios tenían fe en un dios único y en la inmortalidad del alma? ¿No escribirá mañana
que el sentido de la existencia humana es la reunión con Dios después del juicio ante el
tribunal del otro mundo?
—Tengo el deber de transcribir lo que he visto. Es mi moral de sabio.
—Usted ya no es un sabio como los demás. Es El Egipcio.
—Y usted, padre, ¿no será el espía al servicio de Drovetti?

182
Dejando por un momento de secarse la frente, el padre Bidant me miró de hito
en hito con sorpresa e interés.
—También había comprendido eso... Desde luego es usted mucho menos
ingenuo de lo que creían mis superiores.
—Una intuición, desde el primer segundo en que le vi... y un principio de
confirmación cuando sirvió de intermediario entre Moktar y yo. De lo que quiero estar
seguro, en cambio, es de la sinceridad que mostró en Nubia. Le he creído.
—Y ha tenido razón... pero se ha convertido en mi peor enemigo, Champollion.
Casi ha trastornado mis creencias. Incluso estuve a punto de matarle cuando,
enloquecido, disparé sobre usted. Por eso ya es hora de que me aleje de usted y de este
Egipto cuanto antes. Dios sabe qué tormentos me haría todavía padecer si le oyera
hablar de sus dioses y de su religión. Aunque estas viejas divinidades estén muertas y
confinadas al fondo de las tumbas, a veces me pregunto si no tienen más fuerza que
algunos de nuestros dogmas... ¿Champollion? ¿Champollion, me oye? ¡Champollion!

El sol estaba en el cenit cuando el padre Bidant, resoplando y jadeando, salió de


la tumba de Ramsés IX, llevando sobre sus hombros a Jean-François Champollion,
inanimado.

183
25

Este 18 de mayo, desde la cima que domina el Valle de los Reyes, pienso en ti,
mi hermano Jacques—Joseph, y te escribo. Perdona mi grafismo febril, demasiado
rápido. ¡Tengo que decírtelo todo y sólo dispongo de tan poco tiempo, a causa de la
inmensidad del trabajo que me espera! Me he repuesto bien del malestar que me
sobrevino en la tumba de Ramsés IX. El padre Bidant, que me trajo junto al profesor
Raddi para que me curara con sus manos y su magnetismo, se ha marchado de Egipto.
No se ha despedido de ningún miembro de la expedición y se ha eclipsado con suma
precipitación.
Hace largas semanas que ignoro lo que ocurre en el mundo y que no tengo
noticias tuyas ni de mis seres queridos. Esto es duro, muy duro; pues a pesar de mi
filosofía, y aunque el poco valor de las cosas humanas esté escrito a mi alrededor en
caracteres sorprendentes, aunque vaya a meditar de vez en cuando a la cima de esta
montaña árida desde la cual se descubre la extensión del gran cadáver de Tebas, todavía
aprecio esa pobre tierra, sus endebles habitantes y sobre todo los que tiritan de frío más
allá del Mediterráneo... ¡Francia! No hablemos de ella, se me encoge el corazón... Sin
embargo, debo confesártelo, mi espíritu ya no tendrá otra morada que el Valle de los
Reyes, donde se ha sumergido en los misterios de la vida y de la muerte.
Ahora tengo que dejar mis queridas tumbas, abandonar estas moradas de
resurrección para reunirme con Rosellini. Debes considerarme como un hombre que
acaba de resucitar. He sido durante muchos días un habitante de estos palacios
subterráneos donde uno no se ocupa de los asuntos del mundo. Ahora voy a vivir en
nuestro castillo de Gournah, una casucha de barro de un piso, magnífica comparada con
los cuchitriles y las guaridas donde se alojan nuestros conciudadanos, los árabes. Pero
sólo residiré allí durante la noche. En cuanto empiece a despuntar el alba, me levantaré,
montaré mi burro y me iré por los senderos a paso menudo, aspirando el aire fresco de
la mañana, en busca de las numerosas tumbas que sé que están todavía enterradas bajo
la arena.
Rosellini quiere convencerme de que estoy agotado y destrozo mi organismo.
No creas ni una palabra de todo eso. Espero poder demostrarte que todavía soy capaz de
grandes cosas.
El cuartel general de Gournah, organizado por un Rosellini dotado de un agudo
sentido de la administración, había adquirido un magnífico aspecto. Una docena de
sirvientes, bajo la férula de un dragomán llamado Boutros, satisfacían todos nuestros
deseos, pues éramos los señores de la región. El dragomán es un intendente de aspecto
militar, que habla más o menos bien cuatro o cinco lenguas europeas, mezclándolas
fácilmente, despiadado con sus subordinados, dispuesto a robar todo lo que cae entre
sus manos, servil hasta más no poder, siempre pendiente de la cocina y la bodega para
aprovecharse mejor de los manjares exquisitos y las buenas botellas, que sabe hacer
trabajar a los demás sin tener que sudar ni una gota, dando suspiros que parten el
corazón al ver a uno cansado cuando en el fondo le desprecia, que miente con la sonrisa,
bandido dentro de los límites de la moral que él mismo ha definido.
En mi ausencia, Rosellini había establecido un severo programa de trabajo:
levantarse a la seis, trabajo científico de siete a doce, almuerzo, descanso hasta las dos y

184
de nuevo trabajo hasta las cuatro en punto de la tarde. Un auténtico programa de
director de museo que no me molestaba nada. En cuanto acababa, dejaba el castillo y
sacaba provecho de un burro ensillado y embridado que me esperaba en la puerta,
guardado por dos árabes que espantaban las moscas. Me daba así, en compañía de
Solimán, siempre tan inquieto, el gusto más raro: vagar libremente por la necrópolis
tebana, llenarme el corazón de aquellos paisajes de silencio que ahora sabía eran los del
alma.
Una noche, cuando regresaba de mi caminata habitual, llegué justo a tiempo para
asistir a un pugilato entre el profesor Raddi y Rosellini. Siendo los dos igual de torpes,
difícilmente podían darse un golpe fatal, pero aquella disputa me pareció indigna de dos
sabios y me interpuse con firmeza.
—¡Señores! ¿Han perdido la cabeza?
—Señor Champollion —declaró el profesor Raddi con énfasis—, Rosellini me
impide ejercer mi actividad científica. Este comportamiento es inaceptable y recurro a
su calidad de jefe de nuestra expedición para castigar a este agitador.
Rosellini estaba rojo de ira.
—¡El profesor pierde la cabeza! —rugió—. ¡Ha decidido transformar esta casa
en un zoo! Nuestra gacela y nuestro gato no le bastan. ¡Acaba de traer un burro, un
gallo, una cabra y unos lagartos! ¡Y eso sin mencionar a una cría de pantera que ha
encontrado Dios sabe dónde y que acaba de hacerse la manicura con las páginas de mi
diario de inventario! ¡Es intolerable!
—Este señor exagera —objetó el mineralogista—. Sea lo que sea, no reconozco
su autoridad.
—¡Y sus colecciones de mariposas! —prosiguió Rosellini—. ¡Ahora esos
insectos están invadiendo todas las habitaciones! ¡Champollion, incluso encontrará
algunos en la suya!
—La ciencia siempre ha avanzado gracias a sus mártires —replicó el profesor
Raddi, dando la espalda a Rosellini.
—Si es así me voy de esta casa miserable y me instalo en la del indígena.
—Mis colecciones progresan a pesar de la ignorancia y la intolerancia. A partir
de hoy, me propongo atrapar ejemplares rarísimos que le harán cerrar el pico.
Muy digno, con una red de mariposas en la mano y un andar augusto, el profesor
Raddi se fue de caza.
—Lo siento —dijo Rosellini, cuyo furor empezaba a decaer—, pero ya no
aguanto más.
Cada noche, al volver de mi paseo en compañía de Solimán, con quien
compartía emociones mudas, recibía a los pequeños y grandes dignatarios de Tebas en
la gran sala del palacio de Gournah. Aunque Rosellini fuera hostil a aquellas entrevistas
que estimaba inútiles, yo les daba la mayor importancia. Ni el profesor Raddi, que
volvía a dormir a Gournah entre sus cacerías, ni lady Redgrave, que se dedicaba a dar
largos paseos a caballo por el campo, asistían a ellas.
Normalmente, los jeques de las aldeas me daban conocimiento de sus quejas y
me pedían que interviniera ante las más altas autoridades locales para obtener más
alimentos o ropas. Yo hacía lo que podía por ellos, pidiéndoles a cambio que me
proporcionaran obreros concienzudos. Sobrepasando una vez más la opinión de
Rosellini, había confiado a los jeques sumas de dinero para que pagaran ellos mismos a
los hombres que venían a trabajar para nosotros. El sistema funcionó de maravilla, más
aún cuando no me mostraba avaro de pequeños regalos para aquellos pequeños
potentados, felices al ver que reconocía su inmensa importancia. De hecho lo era, ya
que sin su consentimiento las excavaciones no habrían sido posibles. Por supuesto,

185
efectuaban una importante deducción sobre las sumas a distribuir, pero, en cambio,
aseguraban el orden y la seguridad.
Aquel día, habiendo sido tratados los asuntos corrientes, sólo quedaba un jeque
entrado en años, barbudo y silencioso, que me esperaba inmóvil desde hacía más de una
hora.
—Perdone que le haya impuesto esta prueba —dije, presintiendo que aquella
entrevista no se parecería a las demás.
—Hace siglos que mi tribu y yo mismo esperamos. Una hora más ni siquiera
equivale a un parpadeo respecto a la eternidad.
El hombre era de un orgullo feroz. Su lenguaje me intrigaba.
—¿Cuál es el nombre de su tribu?
—Pertenezco a los ababdeh, la más noble y valerosa de las tribus.
—Que Dios le sea favorable y la mantenga en la prosperidad.
Comprendía la razón de mi turbación. La lengua de los ababdeh era una de las
más antiguas y notables. Sólo la había estudiado de un modo superficial y di gracias al
cielo por ofrecerme aquella conversación que deseé fuera lo más larga posible.
—¿Conoce bien Egipto? —preguntó.
—Tanto como me lo han permitido algunos meses de estancia y cuarenta años
de pasión.
—¿Por qué ayuda a los fellahs?
—Porque son hombres como usted y yo, y porque creerse superior a cualquiera
es el más despreciable de los vicios.
Hizo una mueca dubitativa.
—¿Sabe que son mentirosos y perezosos? ¿Que a menudo desprecian su
generosidad?
—Poco importa. Actúo según mi conciencia. Y sé que viven en unas
condiciones miserables cuando en las innumerables villas del pacha hay iluminación
con gas y las mayores comodidades. Eso me indigna. Un jefe de Estado tiene el deber
de ofrecer a sus súbditos la posibilidad de vivir felices y libres. La miseria no lo
permite. Es la enemiga de la civilización. En el reino del faraón la fiesta sólo podía
celebrarse cuando no había ni un solo vientre hambriento.
—Son declaraciones muy peligrosas —observó el beduino.
—Son declaraciones de justicia. No me cerrarán la boca.
—Nuestra existencia no ha cambiado desde los tiempos de Abraham —afirmó el
beduino—. Vivimos en el desierto y allí estábamos a gusto hasta la llegada de los
mamelucos. Nuestra tribu ha derramado su sangre para combatirlos. Cuando Mehmet-
Alí tomó el poder, nos utilizó y contó con nuestro apoyo. Hoy es un tirano tan cruel
como los que hizo ejecutar. Nos ha concedido un derecho de asilo en el territorio
egipcio, a nosotros, que somos los hijos inmemoriales de la arena y del viento. Ya que
escucha tan gustoso las súplicas de los fellahs, ¿tal vez oirá las de mi tribu?
El asunto se volvía complicado. Los beduinos se lo tomaban todo muy a pecho.
Para ellos, la palabra dada no se retira bajo ningún pretexto. La nobleza de mi
interlocutor venció mi decisión.
La leyó en mi mirada.
—Venga conmigo hasta nuestro campamento —pidió—. Allí le explicaré mis
proyectos.
Fui recibido como un señor en la tienda del jefe de los ababdeh. Tortas de miel,
dátiles, higos y té con menta me fueron ofrecidos por dos muchachas silenciosas y vivas
como el rayo.

186
Mi anfitrión esperó a que nos hubiéramos saciado antes de proseguir la
conversación.
—Hemos luchado contra los mamelucos. Lucharemos contra el déspota.
—¿Con qué medios? —pregunté, ansioso.
—Con nuestro valor, nuestros sables y los fusiles que nos venderán. Que usted
nos venderá.
Estaba sofocado.
—Pero ¡yo no soy un vendedor de armas!
—Eso no es lo que nos han dicho.
—¿Quién se ha atrevido a acusarme de ese modo?
—Esta persona que afirma conocerle bien —dijo el beduino, levantándose y
haciendo entrar en la tienda a lady Redgrave.
Acudió corriendo ante mí, ardiente, apasionada.
—¿Qué ha inventado usted, lady Ophelia?
—Estas gentes quieren rebelarse contra el pacha, Jean-François. ¡Su causa es
justa! Nos necesitan, necesitan a nuestros dos países, necesitan el apoyo que debemos
aportarles. No lo dude más.
El beduino y la espía inglesa me miraban de hito en hito con gravedad.
—¡Es una locura! Sólo soy un egiptólogo, pero puedo asegurarles que van hacia
el desastre si intentan enfrentarse a las tropas del pacha. Les aplastará sin piedad,
aniquilará la tribu entera. Menosprecian su crueldad. Atribuye la mayor importancia al
carácter absoluto de su autoridad y reaccionará con la mayor violencia a la menor
amenaza contra su trono.
—Muéstrese tal como es —insistió lady Redgrave—. Ha demostrado mil veces
que se interesa por los pobres y los desgraciados. No tiene derecho a abandonar a estos
hombres. ¡Proporcióneles, como yo, algo con que luchar y triunfar!
Me encolericé.
—Conque ésa era su misión... provocar la sublevación de las tribus beduinas
para derribar al pacha u obligarle a recurrir a Inglaterra... Aunque fuera capaz, nunca me
asociaría a ese proyecto criminal. Enviaría a la muerte a familias enteras cuya única
verdadera protección es precisamente el desierto, donde los soldados del pacha no se
aventuran de buen grado. ¡Quiere destruir un equilibrio frágil para engendrar una
tormenta en la que, como siempre, los más débiles serán las víctimas! Es indigno.
—¡No es más que un cobarde! —me soltó lady Redgrave—. Me las arreglaré
sola.
Salió de la tienda del jefe de los ababdeh que se había sentado, con las piernas
cruzadas, como lo hubiera hecho un viejo escriba. Mi suerte estaba entre sus manos.
Una sola palabra suya me condenaría a muerte.
Dio unas palmadas.
Las dos sirvientas volvieron a traer té y golosinas.
—Hay un tiempo para la tempestad —dijo— y un tiempo para la alegría del
corazón. Ahora que el camino de mis pensamientos vuelve a estar despejado,
disfrutemos juntos de este brebaje de amistad.
Se hizo un largo silencio. No debía romperlo por nada del mundo.
—Lady Redgrave se mostró muy convincente —dijo por fin—. Creo que incluso
habría luchado a nuestro lado. Sus sentimientos hacia usted son tan violentos que estaba
segura de poder convencerle. Le ha infligido una dolorosa derrota y ha herido su
orgullo.
—¿Me he comportado como un cobarde con usted?

187
—Estas tortas de miel son nuestro más dulce placer. Mi padre, el padre de mi
padre y sus antepasados las han saboreado; por la noche, cuando los hombres se callan,
cuando el desierto comienza a cantar. Esto está bien. Es la voluntad de Dios. Y es bueno
que eso continúe. Mehmet-Alí desaparecerá. El desierto, no. Esta verdad es usted quien
me la ha recordado. Ha evitado a mi tribu una gran locura.
No se cambió ni una palabra más. Cuando en la bandeja de plata sólo quedó una
torta de miel, la parte de Alá, las dos sirvientas reaparecieron y se quedaron en cuclillas
de una y otra parte del acceso a la tienda del jefe. Éste se levantó.
La entrevista había terminado.
Cuando me estaba agachando para salir de la tienda, volvió a tomar la palabra.
—Un don por un don, tal es nuestra ley... Tengo que darle una información.
Drovetti ha regresado a Tebas hace varios días. Le espía. Si aprecia su vida, márchese.
Pero si quiere impedir que haga algún daño, busque la tumba de las viñas.
Bajo el reinado de los faraones, Egipto había sido una gran civilización de la
viña. Los antiguos eran aficionados a grandes cosechas designadas con el nombre de los
soberanos y su año de reinado. Saborear un duodécimo año de Ramsés el Grande debía
constituir uno de los mejores momentos de los banquetes organizados por los nobles
tebanos. El Islam había arrancado las cepas, de modo que ya no era posible encontrar
una tumba en medio de las viñas. La indicación del beduino demostraba, sin embargo,
que conocía su emplazamiento. Como se negaría a hacerme saber algo más, habiendo
deliberadamente optado por ponerme a prueba, sólo me quedaba demostrarle mis
capacidades de descubridor. En nuestro castillo de Gournah reinaba una temperatura
casi constante de treinta y seis grados, auténtica bendición para mi salud. Rosellini la
soportaba mal, apreciando el calor de la mañana, suave como un soplo de primavera, así
como el viento del norte que se levantaba a menudo a mediodía y por la noche. Afuera,
no era raro superar los cincuenta grados, lo cual volvía agotador el examen de las
estelas, los sarcófagos y las estatuas que mi discípulo inventariaba con su meticulosidad
habitual.
En compañía de Solimán recorría sin descanso la necrópolis. Con los fellahs que
encontrábamos, hablábamos en vano de viñas y uvas.
—Así no llegaremos a nada —dijo Solimán—. Debe de tratarse de un panteón
que ha sido obstruido tras haber sido saqueado. Preguntemos a los ancianos, pueblo por
pueblo. Forzosamente tendrá que haber alguno que se acuerde de un detalle que nos
pondrá sobre la pista.
Después de muchos intentos infructuosos, supimos que un anciano de Cheikh
Abd el-Gournah, detrás del Ramesseum, tenía ciento diez años y había oído hablar de
casi todas las excavaciones clandestinas realizadas en los alrededores —a menos que las
hubiera organizado él mismo—. Le encontramos en la orilla del Nilo, donde vigilaba el
baño de los niños en un lugar que aseguraba estaba desprovisto de la presencia de los
cocodrilos, los cuales todavía se cobraban muchas víctimas. El buen hombre era de lo
más lozano, pero también de lo más arisco. Una buena cantidad de tabaco resultó
indispensable para hacerle hablar. Con lentitud, pasó lista a sus recuerdos. Sí, existía
efectivamente una tumba que contenía restos de viña. Trazando sobre la arena un plano
tosco de la necrópolis de Cheikh Abd el-Gournah, nos indicó su emplazamiento
aproximado.
El anciano se había equivocado ligeramente. Tuvimos que despejar varias
entradas que daban a sepulturas modestas sin decoración, profanadas hacía tiempo. Por
fin dimos con la tumba de un noble tebano llamado Sennefer, jardinero jefe del faraón
Amenofis III, y encargado de embellecer los dominios del dios Amón. Una galería en
pendiente muy empinada llevaba hasta el panteón, una sala de gran tamaño con pilares

188
cuadrados. Por todas partes, una decoración admirable donde se veía el difunto y su
esposa, una magnífica mujer joven cuya mirada me recordaba la de lady Ophelia,
celebrando actos rituales que aseguraban su supervivencia.
Alzando los ojos hacia el techo que iluminaba Solimán, vi que habíamos
alcanzado nuestra meta: ¡el cielo de aquella tumba era una exuberante bóveda en cañón
con una viña de racimos negros! Sennefer y su mujer, que hacían surgir de la tierra el
sarmiento principal, vivían en un paraíso de uvas jugosas, de pámpanos y
entrelazamientos de hojas de viña.
El espectáculo de la antecámara era, desgraciadamente, menos alegre. Bandas
parduscas, huesos rotos, madera de sarcófago casi reducida a polvo... Aquellos indicios
confirmaban plenamente mi primera hipótesis. Y agradecí interiormente al jefe beduino
que me hubiera proporcionado la prueba que todavía me faltaba.
—Será una dura batalla —dije a Solimán—, pero intentaremos ganarla.
De vuelta al castillo de Gournah, me recibió un Rosellini cabizbajo.
—Tengo que darle una muy mala noticia, maestro..., una carta de París que me
estaba dirigida para evitar un choque demasiado brutal.
Me quedé lívido. Enseguida pensé en mi hija, en mi hermano.
—¡Hable pronto, Ippolito!
—Su candidatura a la Academia acaba de ser rechazada por sexta vez... Han
elegido a un tal señor Pardessus.
Prorrumpí en risas.
—Me han puesto por debajo de Pardessus10... eso no me sorprende. Me hubiera
halagado ser llamado a la Academia cuando mis descubrimientos todavía eran
discutidos de buena o mala fe, poco importa. También me hubiera halagado que se
acordaran de mí cuando perfeccionaba mis estudios y empezara una magnífica cosecha
en medio de las ruinas de Tebas. Hubiera considerado mi nominación como una especie
de recompensa nacional; han juzgado oportuno negarme esa satisfacción. Así es que a
partir de ahora ya no daré ni un paso hacia ella y cuando la Academia me llame, estaré
tan impaciente por ocupar el asiento como puede estarlo un bebedor exquisito ante una
botella de champán echado a perder desde hace seis meses. Hasta el agua del Nilo
inspira asco cuando ya no se tiene sed. Que Dios le dé paz y misericordia.
—También hay una noticia mejor —prosiguió Rosellini—. Un regalo del pacha
traído por un emisario especial.
Mi discípulo me entregó un sable de oro de un peso considerable. Lo cogí sin
decir palabra y me encerré en mi habitación.
Las veladas de Gournah me encantaban. Ninguna pluma sabría evocar con el
color y la ternura suficientes el esplendor del cielo nocturno por encima de la llanura.
Sin embargo, aquella noche no había saboreado la paz habitual inscrita en el
corazón del silencio que me regeneraba. La Academia, la ciencia oficial y sus borricos
mucho menos útiles que los de Egipto, el sable del tirano, aquello era demasiado...
La llama de la rebeldía, que había avivado mi juventud, me animó de nuevo.
Empecé por redactar un informe destinado a Mehmet-Alí, amo todopoderoso de
Egipto. Sabiendo que los antiguos representaban a veces su país bajo la forma de una
vaca, el pacha no vacila en ordeñarla y agotarla sin piedad. He aquí lo bueno y hermoso
producido por los nobles consejos de Drovetti. Expuse mis quejas detalladamente.
¿Cuántas veces mi expedición había encontrado su camino totalmente barrido
porque unos monumentos faraónicos de la mayor importancia habían sido destruidos y
arrasados casi bajo nuestras propias narices?

10
Par dessus significa por encima en francés

189
Y citaba la lista, y recurría a la sabiduría infinita del pacha para preservar el
inmenso patrimonio que todavía subsistía, pero que pronto podía ser aniquilado. Las
piedras sufrían, los hombres también. Protesté contra la atroz miseria de los fellahs,
suplicando que fueran alimentados y educados para que su miserable pueblo saliera por
fin de aquella esclavitud que no tenía nombre.
Había que combatir los verdaderos enemigos de Egipto, a saber, los destructores
de templos, los buscadores de salitre, los constructores de azucareras, los saqueadores
de tumbas, la inundación demasiado fuerte, la ignorancia de los fellahs y los
coleccionistas de antigüedades. Mi informe sería enviado al amanecer al palacio de
Mehmet-Alí, y no dudaba que lo esperaría sin demora. Mi hermano Jacques—Joseph
me habría recomendado ser más prudente con mis palabras, para salvaguardar mi
seguridad, pero ésta no me importaba en absoluto.
En mi exaltación, hice el balance de mi acción de conservador y de sabio. No he
olvidado el museo egipcio del Louvre en mis exploraciones, ese museo que me ha sido
confiado sin que se me ofrecieran medios decentes de desarrollarlo. Sin embargo, he
recogido monumentos de todos los tamaños, y los más pequeños no serán los menos
interesantes. En cuanto a los objetos de gran volumen, he escogido entre miles, tres o
cuatro momias notables por sus adornos particulares, o llevando inscripciones griegas;
luego, el más hermoso bajorrelieve coloreado de la tumba de Seti I, en el Valle de los
Reyes. Es una pieza capital que equivale ella sola a una colección. Me ha dado muchas
preocupaciones y seguramente me costará un pleito con los ingleses de Alejandría, que
pretenden ser los propietarios legítimos de la tumba. A pesar de esta bonita pretensión,
una de dos: o mi bajorrelieve llegará a Toulon, o irá al fondo del mar o del Nilo, antes
que caer entre manos extranjeras. Ya lo he decidido. He adquirido en El Cairo el más
bello de los sarcófagos presentes, pasados y futuros; es de basalto verde y está, interior
y exteriormente, cubierto de bajorrelieves, o mejor dicho, de camafeos trabajados con
una perfección y una delicadeza inimaginables11. Es todo lo más perfecto en este género
que uno pueda imaginarse; es una joya digna de adornar un camarín o un salón por lo
fina y preciosa que es su escultura. La tapa lleva, en semirrelieve, una figura de mujer
admirablemente esculpida. Esta sola pieza me desquitaría ante la casa real, no con
respecto al reconocimiento, sino desde el punto de vista pecuniario; pues este sarcófago,
comparado con los que han costado veinte y treinta mil francos, vale seguramente cien
mil. El bajorrelieve y el sarcófago son los dos objetos egipcios más bellos enviados a
Europa hasta ahora. Aquello debía por derecho venir a París y seguirme como trofeo de
mi expedición. Espero que se quedarán en el Louvre en memoria mía para siempre.
Cuando se levantó el viento fresco del amanecer, me cubrí con un abrigo de lana
y salí del castillo, caminando hasta la linde del bosque. A lo lejos, una caravana
marchaba hacia el sur.
Una forma blanca, a caballo, se dirigió hacia mí, levantando pequeñas nubes de
arena.
Lady Redgrave, con la cara crispada, se detuvo a mi altura.
—Le gusta ganar en todos los terrenos, Champollion... ¡dése por satisfecho! Mi
tío Thomas Young acaba de morir, en Londres, el 10 de mayo de 1829. Ha trabajado en
su diccionario jeroglífico hasta el final. Su lápiz cayó al suelo cuando exhalaba su
último suspiro. ¿Contento?
—¿Cómo podría alegrarme la desaparición de un investigador? —respondí con
la voz quebrada por la emoción—. Me habría gustado tanto verle y explicarle por qué se
equivocaba.

11
Conservado en el museo del Louvre.

190
—No se equivocaba. ¡Es usted quien está equivocado! La posteridad le habrá
olvidado hace mucho cuando celebrará la fama de Thomas Young, ¡el auténtico
descifrador de los jeroglíficos!
Volvió grupas y se marchó galopando hacia el levante.
Estábamos desayunando cuando Solimán vino a avisarme de la presencia de una
escolta de soldados turcos, dirigida por un oficial que se valía de la recomendación del
pacha. Me convidaban a acudir sobre la marcha a uno de los palacios tebanos de
Mehmet-Alí donde acababa de llegar.
—¿Qué significa esto? —se inquietó Rosellini—. ¿Por qué le convocan tan
precipitadamente?
—Problemas domésticos —contesté, falsamente relajado—. Si... si no regresara,
avise a las autoridades francesas y vuelva a Europa sin más tardar.
Rosellini se quedó boquiabierto mientras yo salía de nuestro comedor de
Gournah para echarme a las garras de Mehmet-Alí.
Nunca la expresión gallear se había aplicado mejor que a mí mismo, el señor
Jean-François Champollion, que intentaba pavonear penetrando en los apartamentos
privados del pacha de Egipto cuando estaba temblando interiormente como un álamo
azotado por el viento.
Mehmet-Alí estaba sentado en un sillón con respaldo alto que le confería una
estatura imperial. Fumaba una larga pipa de ámbar y acariciaba su abundante barba
blanca, tallada con cuidado. Estaba inmóvil, como una fiera acechando su presa.
—Permítame, su beatitud, que le agradezca su magnífico regalo.
—He leído su informe con mucha atención, señor Champollion. Describe
muchos hechos extraños.
Contrariamente a las costumbres de la cortesía oriental, el pacha entraba
directamente en el meollo del asunto. Era mala señal. El virrey olvidaba sus cualidades
de diplomático en beneficio de las de jefe de guerra.
—Habla de templos destruidos, arrasados... ¿No se trata de falsos rumores?
¿Estos estragos no son más bien la obra del tiempo?
—No, su beatitud. Estos graves acontecimientos se han producido bajo su
reinado. Santuarios tan considerables como los de El—Kab, Antinoe o Contralatopolis
han desaparecido totalmente por culpa de iconoclastas y profanadores. Era mi deber
hacerle saber estos hechos deplorables que son imputables a esos bárbaros. Por
supuesto, sólo pueden haber actuado sin saberlo usted.
—Por supuesto —repuso con frialdad.
—En mi informe —proseguí—, tiene por fin una información clara y completa.
Ahora, su beatitud, hay que actuar con firmeza. Su honor de jefe de Estado está en
juego, lo mismo que su fama en el mundo entero. Prométame que protegerá los
monumentos que aún subsisten, que impedirá que sufran nuevas degradaciones.
Mehmet-Alí meneó la cabeza de un modo ambiguo. Me era imposible seguir
insistiendo.
—Hábleme de Ramsés el Grande —pidió con tono seco.
Dominando mi sorpresa, me lancé en una descripción del reinado de este
sorprendente faraón, recordando el increíble número de monumentos que había erigido
o restaurado. Evoqué el formidable estado de progreso de las ciencias y las artes que el
Antiguo Egipto había alcanzado. Cuando estaba hablando de la cartografía, el pacha me
interrumpió.
—¿Podría establecerme un mapa detallado del Egipto de los faraones? Facilitará
la vigilancia de los emplazamientos.
—Lo pondré a punto lo antes posible, su beatitud.

191
—No se ha encerrado en los límites del pasado, señor Champollion... Su informe
insiste mucho sobre la condición de los fellahs, como si yo fuera responsable de su
miseria.
—Yo no he escrito eso, su beatitud. El pueblo debe recibir una educación que
sólo usted puede dispensarle. Los mamelucos le han sumido en la pobreza y la
desgracia. Le corresponderá ser el soberano que pondrá fin a esta injusticia.
El pacha fumó largamente, guardando silencio. Luego, una sonrisa maliciosa
animó su cara:
—Entonces, ¿Ramsés ha sido realmente el mayor de todos los faraones?
No sé qué intervención divina me impidió estrangular a aquel tirano hipócrita.
Consciente de la rabia que me invadía, se divertía.
Balbuceando una fórmula de cortesía apenas inteligible, me despedí.
Cuando llegué al castillo de Gournah, estaba todavía muy agitado por los efectos
de aquella ira contenida. Fue brutalmente reemplazada por la mayor angustia al ver a
varios sirvientes agrupados delante de la entrada principal.
Tuve que empujarles para poder entrar.
Lo que vi me heló la sangre.
Ippolito Rosellini estaba tendido en el suelo de tierra batida, con los ojos en
blanco. El profesor Raddi, inclinado sobre él, intentaba hacerle beber una poción.
—Ha sido picado por un escorpión —explicó el mineralogista.
Me arrodillé, alarmado.
—Ippolito...
—Vivirá —diagnosticó el profesor Raddi—. Pero no le aseguro una salud
perfecta para los años venideros. Ayúdeme a llevarlo a su cama.
—¿Dónde está Solimán?
—Se fue a buscar al curandero. Entre los dos sacaremos a su discípulo de este
trance.
Rosellini permaneció inconsciente dos días y dos noches, durante las cuales no
pude dormir ni un minuto. Por fin, a pesar de un aspecto espantoso, un cuerpo
destrozado y doloroso, volvió entre nosotros. El profesor Raddi y el curandero, gracias
al magnetismo y a la ciencia de las hierbas, habían realizado un milagro. Rosellini,
después de haberse alimentado un poco, se sumió en un sueño reparador.
—Debería imitarle —sugirió el mineralogista—. Ha superado los límites del
agotamiento.
—Usted mismo ha gastado tanta energía para curarle...
—Eso ya no tiene la menor importancia, Champollion. Mi colección de
minerales está terminada. Conozco la historia de la tierra y podría escribirla, pero ya no
me interesa, desde que he descubierto las mariposas. Son tan suaves, tan llenas de color,
tan frágiles... Hice mal en cazarlas. Tenía que haberme contentado con observarlas.
Desperdiciamos la vida, somos culpables de ligereza ante este mundo que nos asombra.
El desierto, Champollion, ésa es la auténtica sabiduría, el auténtico amor... El gran viaje
es marcharse al desierto con el viento como compañero.
Temiendo comprenderle demasiado bien, me coloqué delante de la puerta
principal de nuestro castillo.
—No intente retenerme, Champollion... ya sabe que sólo obro a mi antojo, como
usted. ¿Quién podría preocuparse todavía por un viejo loco? Ya no tengo ataduras, ni
familia, ni patria desde que conocí el desierto. Me llama, me llama con tanta fuerza...
—Quédese aquí esta noche, profesor. Estamos demasiado cansados, usted y yo,
para tener una larga entrevista. Mañana por la mañana hablaremos de ello. Tengo
muchas cosas que decirle.

192
El profesor Raddi se tumbó sobre una estera y se durmió en el acto. Resistí al
sueño todo lo que pude, pero mis párpados me traicionaron y también me dormí.

Solimán me despertó.
Me levanté sobresaltado y vi que el lecho del profesor Raddi estaba vacío.
—Se marchó antes del amanecer —explicó Solimán,
—¿Te dijo dónde iba?
—Hacia el Delta, por el desierto.
—¡Y no le retuviste!
—Nadie puede impedir que un ser vaya hacia su Oriente.
Nunca volvimos a ver al profesor Raddi. Nadie encontró su cuerpo.

193
26

Un hombre bajo y rubicundo, vestido con un traje europeo, solicitó la entrada en


el palacio de Gournah cuando Rosellini y yo estábamos desayunando en el más absoluto
silencio. Mi discípulo se reponía mal de su picadura de escorpión. Gemía y se quejaba
de dolores difusos que le impedían reflexionar y trabajar correctamente. La desaparición
del profesor Raddi no le había afectado en absoluto. Se declaraba incluso feliz de estar
sólo conmigo, entre egiptólogos, a la cabeza de equipos de obreros cumpliendo con un
programa de excavaciones cuyo desarrollo vigilaba con lupa.
Solimán introdujo al visitante.
—¿Señor Champollion?
—Yo mismo.
—Soy el secretario particular del señor Mimaut —anunció el hombrecito con
énfasis, como si estuviera hablando del Papa o del rey de Francia.
Mi ausencia de reacción le decepcionó profundamente.
—Muy bien —le dije—, pero ¿quién es ese personaje?
Nuestro huésped, ofendido, se engalló.
—El señor Mimaut es el sucesor de Bernardino Drovetti.
El cielo de Tebas cayó sobre mi cabeza.
—Pero... ¿desde cuándo?
—La decisión fue tomada el 5 de enero. Se le envió una carta a Alejandría.
—Nunca la recibí.
—¡Es imposible! ¡Se trataba de un documento oficial dirigido al cónsul general
Bernardino Drovetti, que tenía por misión hacérsela llegar! Se impone una investigación
administrativa de inmediato.
—¿Estaba el pacha al corriente de esta mutación?
—Por supuesto —contestó el secretario—. Incluso fue él quien sancionó a
Drovetti, con el cual, sin embargo, estaba en excelentes relaciones antes de su llegada a
Egipto. Mehmet-Alí ha sabido que el cónsul general ha tramado muchas intrigas contra
usted, sobre todo en lo que concierne a las autorizaciones que tenía que darle sin
demora. Lo mismo ha ocurrido con el dinero destinado a las excavaciones. Esos diez
mil francos solicitados hace dieciséis meses para las excavaciones en Tebas y
bloqueados por Drovetti, se los traigo hoy.
Rosellini olvidó el calor, el cansancio, los escorpiones y los dolores. Me invadió
una deliciosa sensación de triunfo. Pero, por desgracia, no duró mucho, ya que las
consecuencias de este cambio inesperado eran inquietantes.
—Entonces, Drovetti sabe desde hace varios meses que va a ser sustituido...
—El antiguo cónsul general —indicó secamente el hombrecito— es un hombre
apasionado. Ha protestado contra esta decisión que se ha visto obligado a aceptar con
mucha amargura. Sin embargo, ha manifestado su buena voluntad aceptando, durante
varios meses, desempeñar un oficio del cual ya no era titular, permitiendo así al señor
Mimaut tomar tranquilamente sus disposiciones. Este período de transición está
llegando a su término.
—¿Sabe dónde se encuentra Drovetti?

194
—Aquí mismo, en Tebas, de donde se irá esta noche o mañana con un
imponente cortejo.
—¿Ha verificado su equipaje?
El hombrecito se indignó.
—¿Cómo se le ocurre, señor Champollion? Bernardino Drovetti es diplomático.
Puede ir y venir a su antojo, y llevarse lo que le parezca.
—Justo lo que me temía. ¡Sólo me quedan unas horas para poner fin al tráfico
más abominable!
Dejando al emisario y Rosellini estupefactos, me precipité fuera, con Solimán
pisándome los talones.
—Hay que intervenir cuanto antes —dije—. Vayamos rápidamente a la
necrópolis de Cheikh Abd el-Gournah.
—Coja esto —sugirió tendiéndome un fusil.
—No sé utilizarlo. Pida a dos hombres de confianza que nos acompañen.
Esta vez nuestros burros tuvieron que forzar la marcha. Al llegar a la colina
donde estaban excavadas las sepulturas, no sentía ningún temor. Creía saber lo que iba a
descubrir, sacando a la luz el abominable secreto de Drovetti. Pensaba que con mi sola
presencia evitaría toda violencia.
Hice que mi pequeña tropa se detuviera al pie de la colina perforada por
numerosos agujeros que antaño habían contenido tumbas, hoy vaciadas por los
saqueadores. Normalmente, ninguna presencia humana poblaba aquel lugar devastado.
—¡Allí! —indicó Solimán.
Una silueta fugaz acababa de penetrar en una tumba a media pendiente.
—Vayamos allí.
—Déjeme ir a la cabeza —pidió Solimán—. Estaría usted demasiado expuesto.
Avanzamos de frente hacia el oscuro orificio que habíamos localizado. Se
trataba de la entrada de una auténtica gruta a la cual se accedía por un subterráneo en
pendiente empinada. Sin duda alguna, una hermosa y amplia tumba de un gran
personaje tebano, saqueada desde hacía tiempo. Apenas entramos en la galería, casi nos
alcanzó una pedrada.
Solimán se encaró y disparó un tiro que desencadenó un gran barullo en las
profundidades de la tumba.
Tuve que explicar a los dos árabes que nos acompañaban, también armados, que
allí no había ni genios ni espíritus malignos, sino ladrones de la peor especie.
Accedimos corriendo a una primera sala de dimensiones bastante amplias. El
espectáculo que agredió nuestros sentidos, tanto la vista como el olfato, era tan horrible
que tuve que hacer barrera con mi cuerpo para impedir que nuestros acólitos escaparan
corriendo.
Más de veinte momias, unas alzadas contra la pared, otras tumbadas en el suelo,
formaban la más macabra de las asambleas. Algunas estaban todavía envueltas en sus
vendas, pero la mayoría, con las carnes negruzcas, estaban más o menos descompuestas,
cabezas, manos y pies yacían en unos cestos.
—Éste es el negocio de Drovetti y de su banda —dije a Solimán, dominando mal
mi emoción—: vender a los aficionados carne de momia. Este cargamento tenía que irse
con él a Europa. Comprendes por qué quería alejarme de Tebas a toda costa e incluso
había deseado mi desaparición. Presentía que descubriría sus crímenes cometidos contra
los antiguos egipcios.
Solimán, normalmente tranquilo, perdía su calma.
—Pensaba que este tráfico maldito había sido interrumpido...

195
—Conoció sus mejores momentos en los siglos XVI y XVII —expliqué—. La
gente creía en las virtudes medicinales de la carne de momia. Los campesinos las
desenterraban y las llevaban a El Cairo y a Alejandría. De allí, unos traficantes hacían
llegar su mercancía a Europa, ya fuera en momias enteras o en trozos. Cuando
escaseaban las momias, se fabricaban asesinando a algunos fellahs.
—Hay que detener a los miserables que se dedican a esas prácticas. ¿Por dónde
han ido?
Bastaron algunos minutos para despejar la entrada de un pasadizo muy estrecho
disimulado apresuradamente con unas piedras. Ya estaba avanzando por él, medio
asfixiado por el polvo, cuando Solimán me retuvo por la cintura.
—Ahora me toca a mí hacer frente, por una vez. Estoy armado.
Me empujó sin contemplaciones y empezó el penoso descenso. Otras momias
habían sido depositadas en el pasadizo. Al pasar y al apoyarnos en los cadáveres, las
hacíamos polvo. Nuestros rostros entraban en contacto con los de viejos egipcios
muertos desde hacía siglos. Una cabeza rodó bajo mis pies.
De pronto, un doble disparo.
Solimán se derrumbó ante mí.
Con dificultad, le agarré por los hombros y le subí hacia la sala superior.
Enfurecidos por la herida de su jefe, los dos árabes penetraron a su vez en el estrecho
pasadizo.
Tumbé a Solimán en el suelo. Su pecho estaba ensangrentado. Respirar le
resultaba terriblemente doloroso.
—No intente... tranquilizarme... Fue bueno, Champollion…. bueno tener un
hermano... como usted.
Solimán murió en mis brazos con la sonrisa en los labios. Estaba demasiado
dolorido para llorar. El egipcio que más había querido había muerto por mi culpa.
Sosteniendo el cadáver de Solimán, rodeado por los dos árabes que guardaban
silencio, permanecí postrado un tiempo infinito. Mi espíritu vagaba por un mundo sin
formas. Curiosamente, las momias me aferraron a la certeza de la resurrección. Eran los
testigos de una vida futura, en la cual el alma de Solimán entraría en plena gloria.
Los dos acólitos, en cuanto vieron que recobraba la conciencia, me pidieron
permiso para bajar a la parte más profunda del panteón. Allí donde se encontraban los
restos mortales del que Solimán había matado.
No era Drovetti sino su fiel intendente, Moktar, que le había servido hasta la
muerte.
El pacha había dejado Tebas por Alejandría. Mi intervención ante su
representante fue inútil. Me prometió, por supuesto, abrir una investigación sobre los
bandidos en fuga empleados por Drovetti, el cual ya se había marchado hacia El Cairo.
Me fue imposible contactar con el secretario del señor Mimaut, que también
había regresado a la capital. ¿De qué podía quejarme? Disponía por fin del dinero
necesario para emprender excavaciones serias, mi discípulo se encontraba a mi lado,
Drovetti ya no me molestaría de ninguna manera... La muerte de un sirviente sólo era un
incidente sin importancia, barrido por el viento del desierto.
Nadie sabía que lloraba a un hermano, un ser que había velado por mí durante
toda la expedición, que me había dado su existencia para que pudiera transmitir lo que
los dioses me habían ofrecido.
La noche que precedió al entierro de Solimán no dejé de trabajar en mi
diccionario y mi gramática. Era el mejor homenaje que me sentía capaz de rendirle.

196
La ceremonia fúnebre comenzó poco después del amanecer, para evitar los
ardores del sol. Quise que los restos mortales fueran velados en la gran sala del castillo
de Gournah, en aquella humilde morada donde habíamos vivido tan felices.
Un grupo de plañideras se presentó ruidosamente en el umbral. Con tierra sobre
los cabellos, se golpeaban el pecho y soltaban gritos a un ritmo de encantamiento,
esperando espantar las fuerzas destructoras de la muerte. No estando presente ningún
miembro de la familia, Rosellini y yo desempeñábamos esta función. Nuestro papel,
contrastando con el de las plañideras, consistía en permanecer inmóviles y serenos. Dos
celebrantes desvistieron el cadáver, lo lavaron con cuidado y lo envolvieron en una
sábana de una blancura absoluta. Un ulema recitaba unas oraciones extraídas del Corán.
Los momificadores modernos colocaron luego los restos mortales en una caja de
madera, sin tapa, y los cubrieron con un chal rojo. Después me pidieron que rompiera el
sello de Solimán, el cual servía para su firma, ahora inútil en el mundo de los humanos.
La procesión se organizó, encabezándola unos niños que la ocasión divertía. No
había que ofuscarse por ello. La muerte, en Oriente, se lleva de blanco. A la pena de la
desaparición de un ser querido se sobrepone la alegría de saber que se encuentra en el
paraíso. Los oficiales esparcieron agua de rosas e incienso sobre el cadáver. ¿Sabían que
en antiguo egipcio la palabra «incienso» es sinónimo de «regreso divino»? Provisto así
de un olor de santidad que le permitiría pasar sin obstáculos por las puertas del otro
mundo, mi Hermano Solimán fue llevado a paso veloz a su última morada, mientras las
plañideras, rociándose de polvo, desencadenaban una tempestad de aullidos.
El cementerio era de lo más humilde: unas pocas piedras sepulcrales agrupadas
cerca del pueblo, expuestas a pleno sol. Sin perder un segundo, como si la muerte
tuviera prisa por usurparnos el aspecto material de Solimán, su cadáver fue sacado de la
caja de madera y puesto en tierra, con la cabeza hacia el sur. El celebrante tapó la
sepultura con piedras y arena, recomendando al muerto que se preparara a responder
correctamente a los dos ángeles que le recibirían al otro lado, haciéndole un
interrogatorio que decidiría su último destino, infierno o paraíso. Escuchando aquellas
palabras, ¿cómo no pensar en mi querida religión egipcia que se encontraba así
prolongada y vivida?
Las plañideras y el celebrante se callaron. La miserable necrópolis volvió al
silencio. Los pobres se acercaron. Los aldeanos y yo mismo les distribuimos pan y
dátiles, en recuerdo de los antiguos banquetes familiares que se celebraban en las
capillas mismas de las tumbas, uniendo de un modo indisoluble los vivos y los muertos.
Cuando me quedé solo, deposité una palma y una caña sobre la sepultura de mi
Hermano.
¿Ilusión de los sentidos? Creí ver su alma emprendiendo el vuelo bajo la forma
de un pájaro, con sus grandes alas desplegadas, que subió derecho hacia el sol, a una
velocidad pasmosa, y se fundió con él.
Una joven árabe se acercó, depositó un lirio sobre la tumba. Su rostro estaba
oculto tras un velo. La silueta me permitió identificar a lady Redgrave.
—Tengo que marcharme de Egipto, Jean-François. Me han denunciado al pacha.
¿Y si también usted pensara en el regreso?
—¿El regreso?
—No va a pasar el resto de su vida aquí. Yo sabré hacerle volver si me quiere un
poco...
Aquellas palabras me destrozaron. Había sabido despertar en mí la pasión, pero
acababa de oponerle otro amor.
—¿Sabe usted lo que es el exilio, lady Ophelia? ¿Conoce el intolerable
sufrimiento de estar alejado de su país natal, de la tierra donde se desea vivir cada hora

197
de su existencia? He padecido este exilio durante casi cuarenta años. He tenido que
esperar tantos días para volver a mi patria, a Egipto. Puede que me tome por un loco,
pero aquí es donde yo nací. Mi verdadero país está aquí. Aquí me encuentro tan bien...
todas mis preocupaciones de salud desaparecen. Una energía nueva, inagotable, me
anima. Me siento capaz de todas las hazañas, de vencer todos los cansancios. Este sol,
que brilla todos los días del año, alimenta mi alma y mi cuerpo. Si dejo este suelo y me
alejo de estos monumentos, me muero.
Lady Ophelia lloraba.
—Por culpa suya lo habré perdido todo...
—No lo creo, Ophelia. Conmigo no habría conocido nunca la felicidad que
espera. Egipto es una amante demasiado exigente.
—Deje que yo lo juzgue sola, Jean-François Champollion.

198
27

El 1 de agosto de 1829, Rosellini y yo decidimos marcharnos del castillo de


Gournah, donde habíamos vivido tantas horas felices, para instalarnos en la orilla este,
en el recinto mismo del gigantesco Karnak. Después del universo de las tumbas,
después de tantas partidas y abandonos, necesitaba el templo de los templos para vivir
una nueva serenidad.
Instalé nuestro nuevo cuartel general, como habría dicho L'Hote, en el templo
tolemaico dedicado a la diosa Opet, cuya función secreta, según los textos gravados en
las paredes, era servir de matriz celeste para resucitar a Osiris, considerado como un
nuevo sol.
Aquel pequeño santuario resultó un alojamiento de lo más cómodo, con sus
corredores que daban a distintas habitaciones y una sala de columnas alargada. Los
cocineros y los criados se instalaron fuera, bajo sus tiendas.
Vivir en un templo, ¿puede haber un sueño más hermoso para un egiptólogo? El
frescor que reinaba allí, el recuerdo tan tangible de la presencia de los iniciados, el
poder mágico de las fórmulas sagradas que nos rodeaban eran de lo más propicios al
trabajo y a la investigación. Mi única contrariedad consistía en un sentimiento nuevo
que experimentaba con respecto a mi discípulo, una especie de desconfianza que, sin
embargo, no solía sentir con las personas. La pasión del sabio era innegable, pero
endurecía la sensibilidad del ser profundo. Cómo añoraba la fraternidad silenciosa de
Solimán, el calor de L'Hote, la sabia locura del profesor Raddi, e incluso la fe
angustiada del padre Bidant... Sus sombras daban vueltas en la penumbra del templo
donde también veía, demasiado a menudo, la sonrisa de una mujer que se confundía con
la de Isis.
El mundo de Karnak es el más inagotable que pueda concebirse. Los egipcios lo
llamaban con razón el cielo sobre la tierra. Este templo es, en realidad, una ciudad
sagrada compuesta por varios barrios, un organismo vivo que nunca dejó de crecer.
Ningún arquitecto ha terminado esta obra de construcción donde los constructores de
mañana trabajarán durante varios siglos para restaurar los monumentos, enderezar las
columnas derribadas, reparar los pilones, hacer resurgir bellezas ocultas bajo la arena,
los desechos y la ignorancia humana.
Acabo de enterarme de que monseñor el arzobispo de Jerusalén ha juzgado
oportuno condecorarme con la Cruz de Caballero del Santo Sepulcro; de que los
diplomas han llegado a Alejandría, donde podré retirarlos mediante los derechos de usos
fijados para mí en cien luises cada uno. Parece ser que en las orillas del Cedrón ignoran
que los eruditos de la orilla del Sena no son unos adinerados y que la rueda de la fortuna
no gira a su favor si no son industriales, aunque sólo sea un poco. Por tanto, ¡por mucho
que me entusiasme la idea de ostentar la cruz de caballero para luchar contra los
infieles, debo renunciar a ese honor y contentarme con haber sido juzgado digno de
obtenerla! La pobre erudición no tiene por qué soportar las cargas del mundo.
Estaba terminando un capítulo de mi gramática, sentado en el fondo del templo,
cuando Rosellini, muy seco, casi con afectación, solicitó hablar conmigo.
—Maestro —dijo—, he tomado una decisión importante. Ya no puedo trabajar
correctamente en estas condiciones. Tengo que volver a Italia y empezar a organizar allí

199
un museo. El viaje será largo y penoso. Seguramente se romperán o se perderán objetos.
Me espera una tarea importante, y mi salud no es buena. El éxito de una expedición
como ésta depende primero de la explotación científica de los resultados obtenidos
sobre el terreno. Si no, sólo habrá sido un paseo de recreo.
—Un paseo en el que han muerto hombres, Ippolito, y en el que otros han visto
cumplirse su destino.
—Esos detalles no me conciernen.
—Es usted libre de hacer lo que le plazca.
Rosellini estaba a punto de salir del santuario cuando cambió de opinión y
volvió la cabeza.
—Una última pregunta, maestro: ¿ha logrado realmente descifrar los
jeroglíficos?
—Eso creo, y aportaré la prueba de ello.
—¿Por qué, en ese caso, no me ofreció la totalidad de las claves que posee?
¿Cómo habría podido responder, a no ser que mintiera, lo cual me repugnaba, o
acusara su personalidad, lo cual no hubiera admitido ni comprendido? Fui incapaz de
pronunciar una sola palabra. Dios sabe cómo interpretó mi silencio.
Por tanto, me encuentro aquí solo, con mis obreros, los fellahs y Karnak. Los
escribas ensalzaban tan bien aquella benignidad del dominio de Amón y de sus campos
que me perdí en ellos, feliz, un día entero, abandonando mis queridas piedras para
mezclarme con los campesinos. En los campos, donde las mujeres se pasean sin velo y
los niños juegan desnudos, se divirtieron con mi presencia y tuve muy buen
recibimiento. Lo cierto es que ya no tenía nada de europeo y que hablaba la lengua de
aquella gente sencilla que repetía gestos milenarios, arañando la tierra, sembrando,
regando, cosechando, apacentando los rebaños, viviendo en compañía de los camellos,
los burros, los búfalos y de sus vigilantes perros amarillos o negros que, dormidos bajo
el sol caliente del mediodía, sabían guardar tan bien las aldeas por la noche. Sentado en
el brocal de un pozo, en medio de los cultivos, me concedí unas gratas horas de
meditación. Muy cerca de mí, bajo un tamarisco, una madre había tumbado a su bebé
sobre una alfombra descolorida y jugaba con él. Así aprendí el calor del cielo, la
respiración de la tierra cantando su amor por el Nilo, la transparencia de los humanos
abandonándose al ciclo de las estaciones. Quisiera abandonarme al placer de no hacer
nada y no pensar en nada, pero no...; debemos seguir torturándonos hasta la muerte,
trabajando para extraer lo mejor de nosotros mismos, como si este paso por la tierra
fuera irrisorio con respecto a la eternidad.
Parece como si mi vida transcurriera en medio de los muertos, removiendo el
viejo polvo de la historia. Pero muchos de estos trabajos e investigaciones me ponen en
contacto con seres que viven una vida eterna... No hay tantos vivos a mi alrededor. La
masa sólo se imagina que existe, cuando ya sólo es, como yo mismo, una sombra
devorada por el tiempo.
Cuando vi que los rebaños regresaban, caminando por la llanura verde que
bordeaba los campos dorados, creí que había soñado. ¿Era ya la noche que se
anunciaba? El viento del norte se levantó, animando el follaje de bosquecillos oscuros
formados por las palmeras. La suavidad inefable de aquella brisa penetraba en todo el
cuerpo. Salí poco a poco de mi torpor, viviendo esa resurrección del final del día. El
verde, cada vez más denso, se oscureció. El calor se disipó, abandonando su violencia
para convertirse en caricia sobre la piel. Las colinas perdieron su sequedad para
enrojecer bajo los rayos del sol que declinaba.
El cielo explotó en decenas de colores extendidos en grandes pinceladas. Los
pájaros volaban en unos surcos de naranja y azul, granate y violeta. A su canto se unían

200
los de los marineros en el río, los fellahs sacando todavía agua, las mujeres volviendo a
la aldea. El Nilo celeste y el Nilo terrestre pronto iban a confundirse en un mismo
camino hacia el más allá. El paisaje de este mundo se borraba para dejar que lo
reemplazara el del alma. Había llegado el momento para mí de regresar al interior del
templo de Karnak y vagar por sus galerías.
Los vigías se subían a unas columnas del limo del Nilo para vigilar las aldeas.
Acacias, mimosas, palmeras, cebadas y trigos se hundían en la penumbra, disfrutando
del frescor nocturno, esperando el milagro de una nueva mañana que tal vez les
ofrecería el sol, si lograba vencer el demonio de los abismos subterráneos.
La paz de Atoum, luz secreta del poniente que es la del origen de la vida, se
extendía sobre todas las cosas. Apenas se percibía todavía en el aire de la noche el
chirrido de un chadouf, emitiendo una queja melancólica. Cuando franqueé el gran
pilón de acceso al templo, el sol se había puesto, pero unas luces extrañas llenaban el
cielo, procedentes de un horizonte oculto. Una sombra de noche que emanaba de
occidente se desplegaba como una bufanda irisada sobre el río que ofrecía al poniente
los últimos reflejos plateados.
Era en el interior del santuario donde había que buscar ahora la luz que
iluminaría las tinieblas y conduciría a la obra al—química que se estaba llevando a cabo
en las profundidades para gestar un nuevo sol. Entonces se desplegaba el manto de
estrellas que brillaban con aquella luz cálida que no poseían en ninguna otra parte.
Recorrí la sala de fiestas de Tutmosis III, donde los faraones eran iniciados a su
función, y subí la escalera que conducía al observatorio donde los astrólogos
descifraban las leyes del cielo. Gracias a las constelaciones, hacia las cuales volaban las
golondrinas, llevándose con ellas el espíritu de los antiguos reyes, el misterio
permanecía visible. En el corazón del lapislázuli de la noche, elevaba el alma como una
embriaguez alegre, llevándosela en un baile aéreo hasta la Vía Láctea.
Karnak ha cumplido con más de lo que prometía. Me dejé penetrar por la
serenidad de sus piedras, decidido a pasar la noche sobre el tejado del templo de
Khonsou, cuando un hombre, surgiendo del campo de ruinas como un fantasma, se
dirigió hacia mí.
¿Era la muerte? ¿Era el comendador de Don Giovanni de Mozart, que venía a
invitarme al banquete del otro mundo?
Caminaba a paso regular. Gracias a la luz lunar, pude ver que tenía en la mano
derecha una especie de raedera de tres dientes. Se arrodilló delante de la entrada del
templo de Khonsou y se prosternó varias veces, saludando una divinidad oculta en la
noche. Luego se levantó y vino a sentarse a mi lado.
—Bonita noche —dijo—, tan tranquila, tan suave... Soy el jardinero de Karnak.
Vengo a raer el pie de las plantas, alrededor del lago sagrado, mientras el sol duerme.
De día, hago pequeñas flautas con las cañas y toco para que las flores no se mueran. Mi
bisabuelo, mi abuelo y mi padre eran jardineros. Ellos me han enseñado los secretos del
oficio. Yo se los enseñaré a mi hijo.
La voz era grave, hechicera. Había interrumpido mi reflexión justo cuando
tomaba una decisión: dejar mi propia expedición, abandonar a Jean-François el
egiptólogo, quedarme en Egipto, fellah anónimo, vivir hasta mi último respiro en este
país que es el mío desde siempre.
—¿Tiene hijos? —me preguntó el jardinero de Karnak.
—Una hija.
—Entonces, debe volver. Ella le necesita. Un padre no abandona nunca a su hijo.
Leía mis pensamientos.

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—Sé lo que siente —dijo—. Dejar Egipto es morirse. Pero su hija vivirá de su
vida. No tiene derecho a privarle de su presencia. Es la única falta que Dios no podría
perdonarle.
Me partía el corazón. Me arrancaba a mí mismo como si desenterrara una simple
flor. Mi hija... Por ella iba a abandonar mi tierra nutricia, el aire que me revivificaba, el
calor que me curaba, los templos y las tumbas donde el sentido de la vida se imponía
por sí solo, eliminando lo superficial y lo inútil. Iba a perder el paraíso de Karnak para
conocer de nuevo el infierno de París.
—Cuando se vaya —prosiguió el jardinero—, los aldeanos vendrán de todas
partes. Dejarán sus casas y se reunirán en la orilla, junto al sicómoro gigante bajo el
cual estará amarrado su barco. Un cortejo de plañideras lanzará gritos de desesperación.
Usted tendrá la mirada fija en el templo. No verá nada, no oirá nada. Intentará
impregnarse de la vida de estas piedras hasta la médula. Y se irá, hermano, para nunca
más volver.

202
EPÍLOGO

—Sigue hablando, papá —pidió Zoraida—, habla...


—Sabes, el obelisco... llegó a París. No me gusta esta Babel moderna que me
mina la salud, pero me alegro de no estar demasiado lejos de esa piedra mágica. Y he
dado una tarjeta de visita a la posteridad, mi gramática...
—Sigue hablando...
—Que me den otros dos años —dijo Champollion, golpeándose la frente—, ¡hay
tanto aquí dentro!
Zoraida le miró fijamente para retenerle un poco más con ella. Él encontró
nuevos recursos para transmitirle su fe.
—Recuerda... sólo el entusiasmo es la verdadera vida. El corazón tiene que
inflamarse, el ser tiene que animarse con un deseo que le supere y le absorba. Sé fiel a
tu entusiasmo. Dale de qué alimentarse..., y que puedas decir, en tu último suspiro: no
tengo que avergonzarme de una sola hora de mi vida.
Luego se calló, agotado por aquel último esfuerzo.
Y su cabeza quedó inerte sobre la almohada.
Aquel 4 de marzo de 1832, a los cuarenta y dos años, Jean-François
Champollion acababa de morir.
Zoraida no lloró. A pesar de la aflicción que le quemaba por dentro, a pesar de
aquel fuego que sabía no se apagaría nunca, sentía una extraña alegría por su padre.
Había visto su alma—pájaro emprender su vuelo hacia Egipto, allí donde algún día se
reuniría con él.
Zoraida dio la vuelta a la habitación de su padre. Contempló el diario de familia
donde habían sido inscritas las palabras pronunciadas por el curandero que había
asistido al alumbramiento de Champollion: «Le predigo el nacimiento de un chico
prometido a los más altos destinos. Será la luz de los siglos venideros».
Luego tocó cada uno de los objetos que su padre había traído de Egipto y que
tanto quería. Se detuvo ante un papiro del Libro de los Muertos, que colocó sobre el
corazón del difunto. Subió a la cama y se durmió a su lado, con la cabeza sobre el
papiro, cuyos jeroglíficos, traducidos por Champollion, decían: «Un dios semejante a la
luz se ha manifestado. Vivirá para siempre».
BIBLIOGRAFÍA DE LAS OBRAS
DE CHAMPOLLION

Diccionario egipcio en escritura jeroglífica, publicado por Champollion—Figeac, 1841.


Escrituras egipcias, Cartas a M.Z***, 1825.
Egipto bajo los faraones, tomos 1 y 2, 1814.
Carta a M. Dacier, relativa al alfabeto de los jeroglíficos fonéticos, 1822 (reimp.
Geuthner, 1922, Éditions du Centenaire).
Carta sobre el descubrimiento de los jeroglíficos acrológicos, 1827.
Carta al señor duque de Blacas d'Aulps relativa al Museo real egipcio de Turín, 2
tomos, 1824—1826.
Cartas al señor duque de Blacas d'Aulps sobre el nuevo sistema jeroglífico de M. M.
Spohn y Seyffarth, 1826.
Cartas escritas desde Egipto y Nubia en 1828 y 1829, 1833.
Cartas y diarios de Champollion, recogidos y anotados por H. Hartleben. Biblioteca
egiptológica, 1909 (reimp. Christian Bourgeois, 1986).
Carta relativa al zodíaco de Dendera, 1822.
Cartas a Zelmire, presentadas por E. Bresciani, 1978.
Informes sobre los signos empleados por los antiguos egipcios para la notación de las
divisiones del tiempo en sus tres sistemas de escritura, 1818.
Monumentos de Egipto y Nubia según los dibujos realizados allí, 4 volúmenes, 1835 a
1845 (reimp. Centro de documentación del mundo oriental, Éditions de Belles—
Lettres, Lausana, s.d.).
Notas descriptivas: Monumentos de Egipto y Nubia, notas descriptivas conformes con
los manuscritos autógrafos allí redactados, 2 vols., 1844—1879 (reimp.
Collection des Classiques egyptologiques, Ginebra, 1973, 5 vols.).
Nota descriptiva de los monumentos egipcios del museo Charles X, segunda división,
VIII, 1827.
Observaciones sobre el obelisco egipcio de Filae, 1822.
Panteón egipcio, colección de los personajes mitológicos del Antiguo Egipcio, según
los monumentos, 1825.
Compendio del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios o investigaciones sobre los
elementos básicos de esta escritura sagrada, 1824 (2a edic. aument., 1828).
Principios generales de la escritura sagrada egipcia, Instituto de Oriente, 1984
(Gramática egipcia, 1836).
Informe sobre la colección egipcia nuevamente adquirida por orden de Su Majestad en
Livourne, 1826.

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Título de la edición original: Champollion l’égyptien
Traducción del francés: Cristina Rodríguez,
cedida por Plaza & Janes Editores, S. A.
Diseño: Emil Troger
Ilustración: José Ma Miralles

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por cortesía de Plaza & Janes Editores, S. A.
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© Éditions du Rocher, 1987


© de la traducción: Cristina Rodríguez
© Plaza & Janes Editores, S. A., 1998

Depósito legal: B. 405—1999


Fotocomposición: gama, s.l., Barcelona
Impresión y encuademación: Prínter industria gráfica, s.a.
N. II, Cuatro caminos s/n, 08620 Sant Vicenç dels Horts
Barcelona, 1999. Impreso en España
ISBN 84—226—7554—4
N.° 33860

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