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ERUDICIÓN

En las tertulias de antaño siempre había un erudito que lo sabía todo. Recordaba nombres,
fechas y datos con absoluta precisión gracias a su privilegiada memoria alimentada por múltiples,
diversas y a veces inútiles lecturas. Ante cualquier discusión se recurría a él en última estancia para
que ejerciera de tribunal de casación. Hoy el prestigio de esta clase de sabios, ganado a pulso después
de quemarse las pestañas leyendo montones de libros, ha desaparecido. La erudición ya no sirve de
nada. Ahora en cualquier debate en que las partes se obstinan por tener razón, mientras la disputa se
alarga y adquiere una elevada temperatura, tal vez el más tonto del grupo que ha permanecido callado
picotea discretamente en el iPhone y cuando la discusión alcanza un encono sin salida, exhibe el
veredicto inapelable que dicta la pantalla del móvil como si fuera el ojo de halcón.

He aquí la verdad sacada con la punta de los dedos del légamo digital. El prestigio está en
manos de cualquier garrulo que sepa manejar mejor y más rápidas las cinco yemas para extraer la
razón del Google. El inicio de la Edad Moderna lo marcó el invento de la imprenta. La edición masiva
de libros terminó con el argumento de autoridad, que estaba en manos hasta entonces de clérigos,
leguleyos y sanadores, como una fuente de poder frente a la ignorancia de la gente.

Una revolución semejante se produce ahora en medio del bosque digital donde el alumno
puede sacarle el ojo de halcón al profesor, el paciente al médico, el analfabeto al filólogo, el idiota al
científico y el reo al juez. La cultura es hoy una enloquecida barra de bar que circunda el planeta y la
política mundial está presidida por un venado con una cornamenta de 14 puntas, toda de oro, un
Calígula que gobierna el imperio con los dedos movidos por el odio, la ignorancia y la estupidez.

MANUEL VICENT, El País

Los canallas de las buenas causas

EL 10 de enero de 1987, Leonardo Sciascia publicó en el Corriere della Sera un artículo,


titulado “Los profesionales de la antimafia”, en el que denunciaba la perversión de que algunos
políticos y magistrados estuvieran beneficiándose de su papel, más o menos real, de luchadores contra
la Mafia. Fue una bomba: el escritor que había diseccionado como nadie, en algunas novelas
magistrales, la naturaleza tóxica y esquiva de la Cosa Nostra pareció convertirse de un día para otro
en el enemigo número uno de la batalla contra la Cosa Nostra, e Italia entera se dividió entre
defensores y detractores de Sciascia. Éste aguantó a pie firme el vendaval, y el tiempo le dio la razón.
Mejor dicho, el tiempo acabó mostrando que se quedó corto: no son sólo políticos y magistrados
quienes han hecho carrera a costa de la lucha contra la Mafia, sino también empresarios, periodistas,
funcionarios o prelados; y no se han beneficiado sólo de ascensos dudosos o blindajes políticos, sino
de fechorías contantes y sonantes. No es extraño que algunos de los más enconados adversarios de
Sciascia acabaran reconociendo con el tiempo su “lucidez profética”. Amén.

Hasta donde alcanzo, nadie ha contado la historia de aquella polémica; lástima: sería muy útil
hacerlo. Quiero decir que la buena causa de la lucha contra la Mafia no es la única que tiene sus
canallas; toda buena causa los tiene. La de la II República española, pongo por caso, fue una causa
justísima, pero los republicanos que en la guerra asesinaron a sangre fría a casi 7.000 religiosos fueron
unos canallas, igual que son unos pícaros y desaprensivos quienes ahora buscan prestigio y notoriedad
a base de intentar monopolizar, banalizándola, la herencia de la II República, que es de todos. También
es justísima la causa de las víctimas del Holocausto, pero tenía razón Norman Finkelstein al
denunciar, en La industria del Holocausto, el uso del sufrimiento de los judíos por parte del Estado
de Israel con el fin de acorazar sus políticas. El combate contra ETA y el islamismo radical son
indispensables, pero el GAL y Guantánamo son una canallada. Salvo la de la preservación del planeta,
no hay ahora mismo una causa más justa que la que propugna la igualdad entre hombres y mujeres,
pero hay mujeres que se aprovechan de ella para usurpar posiciones de poder o privilegio (o
simplemente para vengarse). Son sólo unos ejemplos, que podría multiplicar hasta el infinito, porque
hay infinidad de buenas causas. La pregunta es: ¿por qué nadie o casi nadie se atreve a denunciar a
sus canallas? La respuesta es: porque, igual que Sciascia fue acusado de mafioso por denunciar a los
canallas de la lucha contra la Mafia (a pesar de que pocos combatieron a la Mafia como Sciascia),
nadie osa arriesgarse a que le acusen de blanquear el fascismo (o el franquismo), de ser un enemigo
de la llamada memoria histórica o un cómplice de ETA o el Estado Islámico o el machismo. Y no
todo el mundo tiene el coraje de Sciascia.

Y, sin embargo, es una obligación denunciar a los canallas de las buenas causas, sobre todo
para quienes creemos que son buenas. La razón es que, aunque una causa sigue siendo buena pese a
que haya canallas que la defiendan, los canallas de las buenas causas pueden acabar convirtiendo en
mala una buena causa. La razón es que una buena causa bien defendida es una buena causa, pero una
buena causa mal defendida corre el riesgo de convertirse en una mala causa. La razón es que, como
ocurre en arte, en política y moral forma y fondo son casi lo mismo. Nadie lo dijo mejor que Albert
Camus —que pagó un alto precio por denunciar a los canallas de la buena causa de la izquierda—:
“No es el fin el que justifica los medios, sino los medios los que justifican el fin”. Es lo que intentó
decir Sciascia —que tanto aprendió de Camus— cuando, en plena polémica sobre su artículo, definió
así el núcleo de su postura: “Rechazar aquello que con desprecio se llama ‘garantismo’ —y que es
una llamada al respeto de las reglas, del derecho, de la Constitución— como elemento debilitante de
la lucha contra la Mafia es un error de incalculables consecuencias”. Amén.

JAVIER CERCAS

El ‘poder blando’ de la lengua

El Poder Blando —soft power, término que inventó Joseph Nye— es la capacidad de influencia de un país o
una cultura más allá de su potencia demográfica, económica o militar. Y ese tipo de poder lo tiene la comunidad
hispánica de naciones, que encuentra en su lengua un formidable instrumento de acción internacional, del que
aún no se ha sacado todo su provecho.
La lengua, como decía Nebrija, es compañera del imperio. Pero el imperio del español se produjo mucho antes
de que los medios de comunicación le dieran todo lo que pudo haber sido suyo. Y hoy es el inglés, basado en
el imperio material de EE UU, hecho de literatura, cine y seguidismo natural del planeta, quien maneja el
cotarro; no ha desaparecido, con todo, el Poder Blando del Reino Unido, que si no hubiera habido imperio
difícilmente habría alumbrado la gran novela del siglo XIX, o, simplemente, Jane Austen no habría dispuesto
del ocio remunerado para dejar de ser una spinster ingeniosa, pero ágrafa.
Ese Poder Blando de la lengua española o castellano cuenta con mecanismos como son el Instituto Cervantes,
dedicado a la enseñanza del idioma en el mundo entero; los García Márquez con la extraordinaria pléyade de
autores que hablan al mundo en castellano desde América Latina, en nombre de 450 millones de hablantes; y
no hay que olvidar, en lo estrictamente político, el meritorio esfuerzo de la SEGIB, la secretaría general del
mundo iberoamericano. ¿Es el problema para que esa influencia político-cultural crezca, la apatía de quien ve
el asunto como de interés puramente español?
¿Qué hace falta para que México, Argentina, Colombia, Perú, Venezuela, Chile, por lo menos todos aquellos
que no abominen de la estirpe cultural hispánica, para que colaboren en una empresa que, pienso yo, debería
interesar a todos? España no es, evidentemente, propietaria ni fideicomisaria de la lengua, sino que el castellano
es un invento de quienes la tienen como propia. Y creo que es, asimismo, en el interés del hispanohablante que
un cierto grado de unidad se mantenga, para que dentro de unas décadas nos sigamos entendiendo en la lengua
común. Todo ello no niega, por supuesto, el derecho a la creación ex nihilo en cada uno de los espacios
culturales del español.

La Academia ha pasado en los últimos tiempos de lo normativo a lo descriptivo; en lugar de decir tajantemente
lo que está bien y lo que está mal —lo que podía parecer imperialismo español— recoge las formas del habla
en todos los países de nuestra comunidad, porque todos tienen, tenemos, derecho a lo particular. Mi posición,
con todo, no es de plano ni pleno acatamiento de la autoridad competente, sino que pienso que está muy bien
que cada sociedad invente a partir del acervo común, pero no tanto la actitud mostrenca de traducir de otra
lengua, siempre el inglés, cuando no es en absoluto preciso. Valga el chip con los iPod y toda la nueva
terminología de la comunicación, pero traducir por traducir porque es palabra de moda, ya es harina de otro
costal. La descripción de lo existente me parece necesaria, pero no plegarse ante ello como si fuera una tiranía,
y unas líneas esenciales de coincidencia, decididas conjuntamente por todos los representantes del mundo
hispánico, seguirán siendo imprescindibles para la preservación del español, salvo que nos tenga sin cuidado
incurrir en la deriva babélica del inglés.

Todo eso nos lleva al medio de lo periodístico. Si el Cervantes hace lo que puede y es mucho, también es la
prensa de tres océanos la que tiene la mayor responsabilidad de remar en la dirección que decidamos. No se
trata aquí, sin embargo, de colocar una corrección lingüística, entendida unilateralmente, por encima de todo,
sino que cada área cultural se expresará en su español, porque ocurre que escribir bien en nuestra lengua,
común pero enriquecida de modismos nacionales, es algo siempre perfectamente periodístico. La jerigonza
anglosajonizante es la que lo desbarata todo. Y como este es un tema capital, habrá que seguir en una próxima
entrega dándole al manubrio.

M. A. BASTENIER

A LA CALLE
DIRÉ, COMO LUTHER KING pero al revés, que he tenido una pesadilla, una premonición. Veo a la
raza humana, dentro de muy poco, con dimensiones ballenato-elefantinas; gordos inmensos de
piernas atrofiadas que se pasan el día amorrados a una pantalla sin hablar con nadie, con las posaderas
desbordando el asiento de sus sillas reforzadas y masticando pizzas de chorizo artificial hecho con
pasta de medusa. Cuatro científicas de la OMS acaban de publicar un estudio monumental realizado
durante 15 años con 1,6 millones de adolescentes de 145 países, y han llegado a la espeluznante
conclusión de que el 78% de los chicos entre 11 y 17 años y el 85% de las chicas (las mujeres sacamos
peores resultados en todo el planeta) no hacen el ejercicio mínimo recomendado, que no es más que
una modesta hora al día de movimiento. No es que no hagan deporte, sino que ni siquiera caminan.
Que no se menean, vaya. Que lo único que hacen es estar sentados, por lo general frente a una pantalla.
El mejor resultado mundial lo da Bangladés, con un 66% total de chavales inactivos, y el peor es de
Corea del Sur, con un 94%. En España tenemos, qué vergüenza, una abultada diferencia de género:
un 69,8% de ellos y un 83,8% de ellas sufren esta epidemia de absoluta pereza. Yo recuerdo que, de
adolescente, me daba carreras de pronto en la calle sin ningún propósito, por la pura necesidad de
descargar un poco la energía que me bullía dentro (por entonces aún no existía la moda del running y
tenías que correr vestida normal y simulando que se te perdía un autobús). Todos los animales jóvenes
muestran esas explosiones de actividad: perritos que te destrozan la casa, terneros que brincan y
cocean en los prados felices de estar vivos. Pero se ve que los cachorros humanos están mutando en
setas. En gelatinas pegadas a una silla.
O más bien en sacos de grasa, porque ya se sabe que la falta de ejercicio, junto con los malos hábitos
alimentarios, son los dos factores principales para sufrir sobrepeso, lo cual, si no se corrige, puede
terminar derivando en obesidad. Unir esta epidemia mundial de vagancia juvenil con la también
creciente epidemia mundial de gordura pone los pelos de punta: según la OMS, en 2016 había 2.200
millones de personas con sobrepeso en el planeta, 796 millones de ellas obesas, frente a 800 millones
de individuos que pasaban hambre. Lo que quiere decir que en los últimos 50 años la alimentación
de los seres humanos ha experimentado un cambio radical: en 1970, un tercio de la población mundial
sufría hambrunas y sólo había un 10% de gordos. Hoy es al revés: un 11% está desnutrido y casi un
30% tiene sobrepeso. Se calcula que para 2030 la mitad de los habitantes de la Tierra estarán en el
sector de los rollizos.
En España es aún peor. Un reciente estudio del Institut Hospital del Mar d’Investigacions Mèdiques
vaticina que para 2030, justamente cuando todos esos niños setas se hagan adultos, habrá en nuestro
país 27 millones de ciudadanos con sobrepeso y obesidad (un 80% de los hombres y un 55% de las
mujeres). En 2016 ya éramos 24 millones de gordos, el 70% de la población, y al parecer cada década
se suman tres millones más.
Me temo que estamos tan malacostumbrados al sobrepeso que ni nos damos cuenta de que nos
estamos convirtiendo en unos torreznos. Ahora mismo siete de cada diez españoles andan sobrados
de kilos, pero yo no tengo la sensación de que el personal esté tan mantecoso. Creo que nos hemos
habituado a las barriguillas y las barrigotas, empezando quizá por las carnes propias. Y es que hay un
rasgo muy útil de adaptación psicológica que hace que contemplemos con especial benevolencia
aquellas características que poseemos. Lo cual está muy bien: rebelémonos contra la dictadura
estética e irreal de las modelos anoréxicas o los macizos de abdomen de tableta y amemos nuestras
lorzas. Pero, por favor, que sean pequeñas. Que la grasa esté bien repartida. Que los músculos se
muevan. Reivindicar la gordura no es liberador: es idiota y suicida. Con un proceso de deterioro físico
tan acelerado, acabará matándonos antes el sobrepeso que el cambio climático. Hay que sacar a ese
80% de niños a la calle antes de que sea tarde, por favor.

Rosa Montero

Cada vez menos

El número de nacimientos continúa cayendo en España más de lo esperable por razones


estrictamente demográficas. En 2018 se produjeron 372.777 nacimientos, la cifra más baja de los
últimos 20 años, y los datos de los seis primeros meses de este año, con apenas 170.074 nacimientos,
indican que no se ha tocado suelo. Era esperable un cierto descenso de la natalidad por el hecho de
que las actuales cohortes de mujeres en edad fértil son menos numerosas que las anteriores. De hecho,
hay un millón menos de mujeres en edad fértil que hace dos décadas. Pero ese factor solo explica una
parte del desplome que se está produciendo. En el retroceso influyen por tanto factores
socioeconómicos y culturales que deben ser analizados, porque la pérdida de vitalidad demográfica
suele ser un síntoma de problemas estructurales que hay que afrontar.
2018 se cerró, por cuarto año consecutivo, con saldo vegetativo negativo: hubo 54.944
muertes más que nacimientos. En una economía próspera y con pleno empleo, ese saldo negativo
puede compensarse fácilmente con flujos migratorios. Pero en nuestro caso, el problema radica
precisamente en que una parte de la caída de la natalidad es atribuible a factores que tienen que ver
con la situación económica y las expectativas laborales de la población joven en edad de formar una
familia.
España es uno de los países con la tasa de fecundidad más baja del mundo, 1,26 hijos por
mujer. Por otra parte, la edad media a la que se tiene el primer hijo no deja de crecer: el promedio en
2018 fue de 31,02 años y un tercio de las mujeres que dieron a luz tenían más de 35 años. En los
últimos años se ha acentuado la tendencia a posponer la maternidad por razones sociales o
profesionales hasta el límite que marca el reloj biológico, sin tener en cuenta que a partir de los 35
años la fertilidad cae en picado y las posibilidades de quedar embarazada son menores.
Pero lo más relevante del último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE) es la
distancia que hay entre el deseo de tener hijos y los hijos que efectivamente se tienen. El 70% de las
españolas querría tener al menos dos hijos, pero solo un tercio de ellas consigue tener el segundo. La
mitad de las mujeres de más de 45 años sin hijos hubiera querido tenerlos. La crisis de natalidad no
es en nuestro caso consecuencia de decisiones libremente adoptadas, sino de circunstancias adversas
que impiden que una parte significativa de la población española pueda satisfacer sus deseos
reproductivos. Y por tanto, no puede abordarse solo como un problema demográfico ajustable con
mayores o menores saldos migratorios, sino como un problema de justicia social y derechos
individuales.

Garantizar las condiciones para que la natalidad pueda recuperarse exige intervenir sobre los
factores que ahora la condicionan, fundamentalmente la precariedad laboral, el acceso a una vivienda
a precios asequibles y condiciones de conciliación laboral y servicios de guardería que eliminen la
incompatibilidad entre la maternidad y el desarrollo de una carrera profesional. Aplicando este tipo
de medidas, Francia, Suecia y otros países de nuestro entorno han logrado que la tasa de natalidad se
acerque a los niveles necesarios para garantizar la reposición demográfica. La caída de la natalidad
no es una fatalidad. Es cuestión de facilitar las condiciones para que las mujeres y los hombres que
quieren ser padres puedan serlo.