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Selección de cuentos de ajedrez - Club d’Escacs Sant Martí (Barcelona)

JAQUE MATE 1

In memoriam

El chico colocó el tablero de ajedrez como cada tarde y desplegó las piezas una a una. Se sentó a esperar mientras acariciaba la melena de madera, vieja y tosca, del caballo negro. El abuelo llegó un rato después, con las gafas caladas y el cigarro encendido. Ocupó su puesto con tranquilidad y se tomó su tiempo en mirar el tablero, beber un trago de vino y aspirar algo más de humo blanco. Al fin, estiró la mano para mover.

- Caballo de flanco de rey a tres alfil.

- Ya empezamos, abuelo

- Así, igual algún día aprendes a defenderte de los caballos.

- Vale, vale. Pero yo también sé dar la vara como tú – afirmó

mientras

contrincante.

- Vaya, me ha salido graciosete el niño. Te tengo dicho que

respetes las canas, zángano, que eres un zángano. Flanco de dama, peón a cuatro alfil.

- Pero si tú no tienes canas, abuelo. Estás calvo.

- La madre que te parió

- En la cocina está, con la abuela. Peón a tres caballo.

- ¿Qué peón? Tienes que señalar el flanco.

- El del caballo que he movido antes. Perdón, estaba despistado.

- Vale, vale, pero estate atento. ¿Cómo llevas el libro que te presté?

sonreía y realizaba el mismo movimiento que su

- Es buenísimo, abuelo. No había leído nada de César Vallejo y me está gustando mucho. Moriré en un París con aguacero

- un

- ¿Y tú no señalas el flanco?

- Aprende a mirar, chico. Sólo uno de los dos caballos puede

desplazarse a una columna de alfil. Mejor abreviar.

día del que tengo ya el recuerdo. Caballo a tres alfil.

1 Cuento extraído de Diverso variable.

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- Ya, claro. Mejor abreviar

me dejas.

- Eso es porque yo lo hago por no hablar y tú por no pensar. No es

lo mismo.

- Lo que tú digas, pero a partir de ahora abrevio yo también. Alfil a dos caballo.

- Peón a cuatro dama. No me digas que has movido tantas piezas para enrocar

- Efectivamente. Enroque corto.

- Ay, muchacho, muchacho; espero que tengas una buena

estrategia, porque la mía es excelente.

Cuando eres tú el que abrevia. A mí no

*****

- Caray, chico, mucho mejor. Te has recuperado de haber perdido la

dama. A ver si

- Lo tenía pensado. Caballo a tres caballo, jaque.

- Ya empezamos. ¿Qué buscas, tablas por rey ahogado? Rey a uno caballo.

- La verdad es que no. Torre a dos caballo.

Rey a uno alfil.

El abuelo movió la pieza que su nieto le había indicado y quedó observando el tablero varios minutos. Miró al chico a los ojos. Había un brillo de triunfo disimulado tras sus pupilas: jaque mate. El primero desde que le había enseñado a jugar. El viejo no dijo nada:

tumbó el rey y estrechó la mano del muchacho; aún sin hablar, entró en la cocina y encendió un cigarro más.

*****

El muchacho colocó otra vez el tablero y dispuso las piezas. Se sentó a leer mientras esperaba. Cuando el viejo cruzó la puerta y llegó hasta el salón donde él estaba, le preguntó:

- ¿Qué, abuelo? ¿Jugamos?

Él no dijo nada. En silencio se dirigió a la mesa del ajedrez, y miró las conocidas figuras durante un rato, mesándose la barba de cuatro días. Alargó la mano derecha y tumbó el rey; su nieto no dijo nada, pero había sorpresa en sus ojos. Él, con mirada indescifrable y cara de esfinge, se fue a la cocina y encendió un cigarro.

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Allí pudo sonreír a gusto con ternura sin que el impertinente del niño lo viera.

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