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Dos señores conversan

Sabina y Bryce
sobre mujeres y sexo
(y otros asuntos
menos zodiacales)
Una entrevista de Joaquín Sabina
en exclusiva para Etiqueta Negra

H abía amanecido un Madrid casi limeño, color panza de burro peruano


del Perú (perdonen la tristeza). Por la tarde, asomó un solecillo melan-
cólico como mi estado de ánimo, en vísperas, maldición, de mi cuaren-
ta y catorce cumpleaños. Días antes había estado en la incomodísima situa-
ción de pedigüeño epistolar con Alfredo Bryce: coincidimos una tarde con el
director de Etiqueta Negra (la revista limeña), y, después de trasegarnos una
botella de Etiqueta Negra (la escocesa), movido por mis ganas de agradar y
mi natural celestinesco y componedor, me encontré ofreciéndome de chica
para todo (you know, hacer algo por el Perú, arrimar el hombro para hacer
posible que siga viva esa publicación ejemplar y heroica), y, lo más grave,
con daños a terceros.

Resumiendo, le escribí a Bryce: «¿Te dejarías entrevistar por el abajo


firmante para Etiqueta Negra? Lo que quieren es una charla distendida (mag-
netófono mediante) entre tú y yo, si fuera posible sobre las mujeres en tu obra
o tu obra y las mujeres o por tus obras te conocerán, o la puta que las parió
conchesumadre, ya que se trata de un número especial dedicado al sexo. Ima-
gino tu desesperación y hartazgo después de meses de recorrer todos los Corte
Ingleses, radios, revistas, diarios y demás sevicias que tan planetario premio
arrastra. Yo viajaría a Barcelona o donde fuera menester el día y la hora que
usted mande si es que Madrid te sigue provocando erisipela. (Si tú me dices
ven, lo dejo todo). La revista ha de estar en la imprenta a finales de mes, o sea
que el margen de tiempo es escaso. Dime que sí y lo hacemos ya. Dime que
no, sin el menor problema y seguimos tan amigos. ¿Qué me dices?» Dijo que
sí.

Para celebrarlo, como habíamos acordado, llegó Alfredo Bryce a las


cinco, con su maletita de ruedas y su look Martín Romaña. Después de un al-
muerzo bien libado y con larga sobremesa amical, como a él le gustan, entre-
vistado y entrevistador nos abrazamos como hacen los amigos que se quieren
y se ven poco. Nos servimos un vodka con tónica (él) y un Etiqueta Negra,
por supuesto (yo), y, diecinueve tragos y quinientas risas más tarde, apoltro-
nados en el sofá de mi departamento, pusimos a andar el play de la grabadora.

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SABINA
Creo que eres el escritor menos machista que existe en nuestros países, y el
que, de todas las estrategias posibles para seducir mujeres o lectores, dominas
la más tierna: la de hacerte el tímido, el pobrecito. Y luego, cuando uno te co-
noce, no eres ni tímido ni pobrecito.
¿Cuál es el truco?

BRYCE
Mi querido amigo, el truco es la ambigüedad, la ambigüedad, porque te podría
yo dar una respuesta, que tal vez sea mía o de don Quijote de la Mancha, ya
no me acuerdo, o puede ser tuya incluso, y a lo mejor es más tuya que mía.
Todo nos pertenece a los seres de la desmesura y de la poesía en la vida coti-
diana, y yo creo que en cosas de amores y de mujeres, los caballeros somos
absolutamente amnésicos. No nos acordamos de nada. Ahora, llegar a este
límite de amnesia también a las mujeres les preocupa, ¿no? Porque les gusta-
ría ser recordadas un poquito, sácame en la foto, ¿no? Que alguien se entere
que yo fui.

SABINA
Sí, pero, las mujeres, contigo, de lo que se quejan ––como le oí contar a una
bien guapa cuyo nombre no diré–– es de que no las saques en las novelas. Las
que salen en las novelas no se quejan, ¿no?

BRYCE
¿Cómo se van a quejar? Siempre salen embellecidas y amando a un caballero
que es un pobre diablo al lado de ellas. ¿Cómo se van a quejar?

SABINA
Pero ese es el personaje, el pobre diablo. No pareces un pobre diablo.

BRYCE
No, no soy un pobre diablo. Pobre diablo.

SABINA
Y has tenido suerte con las mujeres…

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BRYCE
He tenido muy mala suerte con las mujeres, te diría, Joaquín. Sinceramente,
las he perdido a todas, a todas, una tras otra, pero realmente
las junto a todas.

SABINA
Alardeas de que ellas no te han perdido a ti.

BRYCE
Yo nunca dejaría a una mujer, nunca, Joaquín.
Ha sido mi condición de señor.

SABINA
Y alguna vez has tenido una estrategia de la que ellas se quejan mucho, por
ejemplo conmigo. Porque yo también digo que no las dejo, pero ellas dicen
que hago lo posible para que me dejen antes de que... No sé si me explico.

BRYCE
Profundamente. Creo que nos pasa exactamente lo mismo, que precipitamos
la dejada como para no dejar, ¿no? Yo creo que, en el amor como en la gue-
rra, ¡viva Cantinflas!

SABINA
¡Y viva Piérola, carajo!

BRYCE
Y basta de mujeres [ríe]. Porque no nos vamos a pasar la vida hablando de
mujeres que han sido la cuarta parte de nuestra vida.

SABINA
¿La cuarta? Eres muy generoso [ríe].

BRYCE
Hermano, lo mío siempre fue el despilfarro.

SABINA
No nos pongamos machistas que no les conviene a nuestras carreras.
Porque las mujeres leen más que los hombres, dicen las últimas estadísticas.

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BRYCE
A mí las mujeres me leen un montón y no me entienden nada. Pero yo las
adoro, y creo que el hecho de que la mujer sea lectora, a veces, quiere decirte
que tú eres un héroe, que tú has contado tu vida. Por eso digo que no me en-
tienden nada. Yo las entiendo a ellas, yo uso sus biografías, las que no vi nun-
ca en mi vida, para escribir la grandeza de sus vidas, de vidas opacas, de vidas
difíciles, de vidas duras. Aunque creo sinceramente que el hombre también
lee novelas. Pero como en América Latina, por lo menos, los hombres son en
un alto porcentaje maricones, no se atreven a leer novelas...

SABINA
¿Cuándo dices maricones, quieres decir machistas de mierda?

BRYCE
Machistas de mierda, por supuesto. No estoy agrediendo a nadie. Quiero decir
machistas de mierda, hijos de puta.

SABINA
Yo digo igual: maricones, hijos de puta, machistas de mierda.

BRYCE
Exactamente. Pero cuando tú ganas un premio, hermano, todos son felices.
Cuando ganas un premio, cómo se divierten. Porque creen que el premio lo
han ganado los hombres. ¡Lo han ganado las mujeres!

SABINA
¿Y cuando ganas un premio planetario, te diviertes tú?

BRYCE
Hombre, me divierto en la medida en que me da la posibilidad de decirle a
todos los que me han odiado, jódanse, ¿no? Porque ahora yo he ganado un
premio importante, todos los premios son importantes en la vida del escritor,
pero yo creo sinceramente que Alfredo Bryce con el premio Planeta, o sin el
premio Planeta, es exactamente la misma persona y creo que de esto tú sabes
algo, Joaquín.

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SABINA
La otra noche estaba aquí con amigos comunes que te quieren, y les conté los
mails que me habías mandado. Les dije que eran maravillosos y que había
algunas cosas que eran un secreto que yo debía guardar. Entonces oí una gran
carcajada: «Esos son secretos ––me dijeron–– que les cuenta a todo el mundo,
excepto uno: el hijo de puta nunca nos comentó que tenía novela acabada y
que la había presentado al Planeta». Y entonces, contaron uno de tus mejores
momentos, que es cuando saliste de la entrega del premio y te dijo no sé
quién: «Alfredo, no nos habías contado esto, con lo bocazas que eres». Y tú te
levantaste y bailaste y cantaste: «Soy una profesional, soy una profesional»
[ríe].

BRYCE
Pues sí. Luego di una conferencia de prensa y confundí a Maruja Torres con
la esposa del presidente Aznar...

SABINA
Eso no creo que te lo perdone Maruja Torres, ni la señora Botella.

BRYCE
Luego Maruja fue tan cariñosa que distinguí la diferencia. Lo que pasa es que
me pusieron unas alas tan inmensas que yo creí que todo era conferencia de
prensa y empecé a hablar y hablar y luego me callaron la boca: «Usted no le
puede hablar así a la señora presidenta del gobierno», me dijeron. Y yo: «¿Pe-
ro por qué no puedo contar mi novela de principio a fin, si yo ya la traje al
premio premiada?». Coño, joder. Y después me pasé a la sala, y ahí era donde
realmente estaba Maruja Torres. La vida es bonita, pues. La vida porque es
una novela para intentar ganar un premio y lo ganas y es un premio, como le
dije yo a estos señores de esta enooorrrme editorial Planeta, que son la mejor,
tal vez, editorial profesional de venta de libros, de best seller, y qué se yo, de
España. Les dije, ustedes no son una gran empresa, son un grupo de amigos
para mí, y se pusieron nerviosísimos, nerviosísimos. Nos van a desemplear a
todos por ser amigos de Bryce...

SABINA
A nosotros no nos llame amigos [ríe]…

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BRYCE
Que somos amigos de Bryce, ¿no? Pero creo que fue un lindo premio porque
realmente me lo trabajé y me lo gané y honesto, que era honrado, que no se lo
gana cualquiera...

SABINA
No sé si te lo trabajaste, pero sé que te lo merecías. Y no es verdad que cada
vez tienes la más difícil. A mí me hicieron bromas muy crueles y me las si-
guen haciendo, pero ahora menos porque como estoy enfermo, ya me quieren
más, ¿no?

BRYCE
Ah, yo nací enfermo, ah...

SABINA
Cada vez tienes más difícil tu personaje de pobrecito, temblón, con miedo a
mil enfermedades, con insomnio terrible, al que dejan las mujeres. Ahora eres
un exitoso escritor a ambos lados del Atlántico.

BRYCE
Creo que tú y yo pertenecemos a la raza de los artistas. Otros pertenecen a la
raza de los intelectuales, ¿no? Tú compones las canciones más bellas con los
versos más bellos. Yo lo sé, los he oído, los he disfrutado, los he gozado. Yo
compongo igual, novelas. No parten del intelecto, parten del corazón. Y, a
veces incluso, de los cojones. Y llegamos a una relación maravillosa con el
público. Sufrimos, ganamos, perdemos, nos levantamos de nuevo, nos enfer-
mamos, cantamos de nuevo.

SABINA
Y no le debemos nada a nadie.

BRYCE
A nadie, a nadie, a nadie.

SABINA
Eso me gusta decirlo.

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BRYCE
Me encanta que tú lo digas porque con tu guitarra eres maravilloso. Yo con
mis libros, pues no, no, no puedo ser tan maravilloso, porque va por otro ca-
nal. Me dirijo de otra forma al público, pero yo quiero decirte, Joaquín: tú y
yo somos artistas, y quemamos las copas, quemamos los vasos, quemamos la
guitarra, quemamos todo, pero cuando se trata de trabajar, cuando se trata del
rigor, nadie nos ha visto nunca, nadie. Tú y yo nunca mentimos, porque traba-
jamos todo el día. Siempre estamos pensando en la próxima canción, en el
próximo verso en tu caso, y yo en la próxima novela. Siempre. Yo te conozco,
en el sentido de que te quiero. Conocer es un cariño, y creo sinceramente que
el artista en Latinoamérica es lo que quiere el público, y en España me doy
cuenta que también.

SABINA
¿Tú te sientes muy querido, no? Lo buscas y además lo dices a gritos, incluso
en las novelas y en todos sitios...

BRYCE
Quisiera ser querido y quisiera ser respetado, porque probablemente fui tan
bohemio que creí que la gente no respetaba mi trabajo. No lo respetaron mis
padres, que fueron banqueros.

SABINA
A estas alturas sí sabes que se te respeta, sabes que se te ama.

BRYCE
He cumplido con mi deber, Joaquín, es lo que te diría. No sé si se me ama o si
se me detesta, pero cumplí con aquello. Yo creo que he cumplido porque tenía
que ser, y que la gente que se opuso llegó a respetar y que la gente que no se
opuso también llegó a respetar.

SABINA
Pero la pregunta es, ¿te sientes querido?

BRYCE
Me siento querido, sí, Joaquín.

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SABINA
Y metiendo el dedo en la llaga, y ya que hablamos para una revista del Perú,
creo que te queda una heridita con el Perú. ¿Cuál es?

BRYCE
Pues que yo en el Perú he sido la persona más feliz del mundo, y un día decidí
que eso se podía comparar con la felicidad universal. Quiero decir, volver ahí
a vivir, a hacerte la casa de tus sueños, hecha por el amigo de tus sueños, y
venirte a vivir tus sueños, con la mujer de tus sueños y a estar con las niñas de
tus sueños...

SABINA
¿Y qué pasó?

BRYCE
¡Que eché de menos Europa!

SABINA
¿Y ahora echas de menos el Perú?

BRYCE
Que no se puede dejar Europa, que te dio años de amor, de Joaquín Sabina. Si
yo me hubiera quedado a vivir en Perú nunca te hubiera conocido.

SABINA
Yo te conocí en el Perú.

BRYCE
Pero eso fue un chispazo de la suerte. Quiero decir que sin Europa no hubiera
conocido a ningún cantante. Europa me dio todo lo que le dio Europa a un
peruano. Europa me dio más que el Perú. Y yo me fui al Perú a dedicárselo al
Perú, y se lo doy al Perú y se lo regalo de cuerpo entero, pero no me puedo
lavar el amor de Europa con jabón.

SABINA
Europa es una tradición de los escritores peruanos. Hablo de Vargas Llosa, de
Ribeyro y de cualquiera que se pueda nombrar.
¿Qué hay de diferente en tu caso?

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BRYCE
En mi caso, simplemente, haber sido el más prudente de todos. Me tiré veinte
años de catedrático de universidad francesa. Viví la mediocridad, incluso, de
la universidad francesa. Viví la grandeza de América frente a la mediocridad
francesa. Viví la grandeza de España frente a la mediocridad. Fui un buen pe-
ruano. Trabajé. Fui puntual. Tú sabes que cuando me jubilé en la universidad
de Montpellier, donde tuve tantos amigos franceses que adoré con el alma, no
me dieron la medalla que yo esperaba que me dieran.

SABINA
¿De verdad querías una medalla?

BRYCE
Quería una medalla por haber sido el único profesor que nunca había faltado a
una clase.

SABINA
¡Qué maravilla!

BRYCE
Nunca. Había estado incluso en un hospital, iba a dar mis clases en ambulan-
cia con una enfermera que me tomaba la presión…

SABINA
Sabes muy bien que tu leyenda dice otra cosa. No lo dice explícitamente, pero
parece ser que serías un tipo que no llegaba a las clases o que ibas borracho a
las clases o algo parecido, ¿no?

BRYCE
Trabajé un año en una universidad peruana en 1999 y el 2000, la UPC. Que
pregunte alguien si nunca llegué a clase. Fui elegido incluso por encuestas el
mejor profesor de la universidad.

SABINA
Y te enfada esa leyenda, que, por cierto, no es una leyenda contra Alfredo
Bryce. A veces la difunden amigos de Alfredo Bryce que no conocen a Alfre-
do Bryce y que se sienten amigos, la de que te emborrachas. ¿Te enfada eso?

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BRYCE
No, ¿cómo me voy enfadar?

SABINA
Te enfada lo de que emborracharse es no cumplir, ¿no? Porque siempre cum-
pliste, ¿no?

BRYCE
No. Como dijo algún día Julio Ramón Ribeyro, un escritor que yo tanto amé:
«Alfredo es un bohemio con agenda».

SABINA
O la frase de Fernando Savater: «Yo soy un anarquista que respeta los semá-
foros».

BRYCE
Exactamente. Yo he querido ser un universitario perfecto, y gané el premio al
universitario perfecto en Francia.

SABINA
¿Y qué juego de prestidigitación hizo Martín Romaña ––que no es Alfredo
Bryce pero que también es Alfredo Bryce–– para vivir el incendio de mayo
del 68, tener esos conflictos maravillosos con doña Inés del Alma Mía, ser
acusado de oligarca sin dinero y de ser incapaz de comprender el futuro del
hombre nuevo? No sé cuántos años después todos están donde están. Unos en
la derecha liberal, otros en los premios nóbeles y Bryce es más amado por la
izquierda que nunca. No sé si él lo diría, pero sí lo digo yo: ¿Bryce es más
hombre de izquierdas que nunca, el que menos parecía de izquierdas? ¿Me
explico la pregunta?

BRYCE
Por la izquierda (aprendí yo, con dolor) se ganaba mucho. Y muchos ganaron
dinero por la izquierda. Yo siempre fui un hombre con el corazón a la iz-
quierda. No gané dinero.

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SABINA
¿Por qué ahora la gente que tiene un instinto para saber quiénes son los que
están con ellos y no, a ti te consideran uno de los suyos cuando nunca pensas-
te serlo?

BRYCE
Es que a mí me da, sin pensar en una sola persona, amargura y tristeza. Me
daría incluso asco pensar cuántos de ellos, usando a la izquierda como pretex-
to, se hicieron ricos. Y yo, a quien la izquierda nunca consideró útil, cuando
ya eran todos inútiles para ella, llegué a la izquierda gratis.

SABINA
¿Sabes que hay cubanos, amigos de Cuba, gente con reticencias contra Cuba,
gente que ha sufrido en Cuba y gente que se ha quitado un pedazo de corazón
cubano que considera que el capítulo habanero de tus Antimemorias es lo más
hermoso que se ha escrito nunca sobre Cuba?

BRYCE
Por supuesto, mi querido Joaquín, yo tengo una razón, una prueba concreta
que te podría decir: siempre que se hablaba mal de Cuba, los cubanos decían
que eso lo había pagado la CIA y cada vez que había un libro a favor de Cuba
se decía que lo había pagado el KGB.

SABINA
Pero tú pisaste un terreno muy comprometido y nunca te manifestaste políti-
camente. Ni siquiera en ese texto.

BRYCE
Cuando yo pisé un terreno de amor, se dieron cuenta de que Bryce no cobraba
dinero de nadie.

SABINA
¿Y ahora te siguen invitando a Cuba?

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BRYCE
Voy a Cuba cuando me da la gana.

SABINA
¿Y te consideran un amigo?

BRYCE
Es más: en las últimas conversaciones que García Márquez trató ––con Wi-
lliam Styron–– de tener con el presidente Clinton, me llamaron a mí. Porque
tenían más confianza en mí que en García Márquez. Bryce no tiene dinero.
Bryce es un hombre sincero. Yo creo que en Cuba la gente se paseaba con mi
libro, que decían que era contra Cuba, pero los cubanos-cubanos, los cubanos
de ahí, se paseaban con mi libro y decían: «Este es el único libro auténtico
que hay sobre Cuba». Luego me mandaron a invitar para usarme como autén-
tico.

SABINA
Y Ernesto Cardenal, ¿nunca te mandó a sus padrinos?

BRYCE
No, Ernesto Cardenal era un pelotudo. ¿Por qué? Porque creía en Dios y él se
creía Dios y hacía trampa en la cola del restaurante. Yo he sido buen revolu-
cionario, y, en vez de comer en los mejores restaurantes de París, donde yo
había vivido, tenía que comer en unos restaurantes de porquería en Cuba,
donde tenía que hacer cola. Y este místico se pasaba…

SABINA
Y a ti no te gusta que los místicos se cuelen en las colas...

BRYCE
No, y, sobre todo, lo que más detesto, es que ha resultado ser un tejano, y al
tejano John Wayne yo le tengo un respeto, respeto a John Wayne...

SABINA
Hombre, ¡por favor!

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BRYCE
Pero que el místico me enseñe las nalgas y se me cuele en la cola, no. Perdó-
name, pero no. Y eso lo he contado y lo he escrito, y el místico tenía su costa-
dito hijo de puta y a mí que no me digan tonterías. Lo he escrito, nos hemos
vuelto a ver, y nadie me ha acusado. Porque no me pagó la CIA y no me pagó
el KGB. Me pagó Jordi Herralde, un editor catalán.

SABINA
¿Y si te hubieran hecho una oferta, la KGB o la CIA? Porque siempre he di-
cho que nunca me he vendido porque nadie ha querido comprarme. Nunca
nadie me hizo una oferta.

BRYCE
Hombre, tú y yo seríamos un...

SABINA
Un desastre de espías [se ríe].

BRYCE
O, a lo mejor, los mejores. Porque seríamos los más honestos, los más queri-
dos, los más intuitivos, los más geniales. Pero Cuba, para mí, fue un amor al
cual no renunciaré jamás, como es el Perú y como es España y como es todo.
No renuncio a nada. Pero quiero decirte que lo de Cuba era una estupidez, lo
de quererme comprar como ministro, de hacerme navegar con Fidel Castro.
Fidel era una buena persona como individuo. Lo ponían en una tribuna y era
un monstruo, un monstruo...

SABINA
Lo que tiene de común ese capítulo sobre Cuba de las Antimemorias con to-
dos tus libros es que no hay buena historia sin mujer. También la hay en el
capítulo cubano. Una de la que no puedes decir lo que dices de todas las de-
más, que con todas te llevas bien, porque no la has vuelto a ver, ¿no?

BRYCE
Chus Visor, nuestro común amigo, me da noticias de ella, y a ella le da noti-
cias de mí.

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SABINA
(Volviendo a ellas) Bryce tiene mucho que hablar sobre las mujeres y, que yo
sepa, pertenece a una orden de caballería que no habla sobre sexo. En mi opi-
nión, en tus novelas, lo más que dices de sexo es el colchón ese de Martín
Romaña que estaba vencido en medio, ¿no?

BRYCE
La hondonada.

SABINA
Esa hondonada maravillosa. Es decir, ¿qué les podemos decir a los lectores de
Etiqueta Negra sobre sexo?

BRYCE
Yo creo que podemos hacer una cosa muy bonita sobre el sexo y las mujeres
de mi vida.

SABINA
Has sido siempre muy delicado y muy exquisito en ese terreno. A pesar de
que escribías en un momento en el que la moda era, y sigue siendo, cada vez
más, hablar de sexo. Y habías leído a Henry Miller, y habías leído a Bukows-
ki, y a todo lo que había que leer.
¿Por qué en tus novelas eres tan delicado con eso?

BRYCE
Porque ya que hubo un Henry Miller y todos estos transgresores sexuales, yo
creo que la última trasgresión es el no sexo. El sentimentalismo puro, el amar,
el sentir.

SABINA
En ese sentido se puede decir que eres, aunque parezca una absoluta cursilada,
el último romántico…

BRYCE
Pero yo creo que la novela latinoamericana en general tiende a tirar más para
lo sentimental.

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SABINA
Sí, pero no evaden el sexo. Tú sí.

BRYCE
Yo sé cuáles fueron las mujeres de mis novelas, cuáles fueron las mujeres de
mi vida, y sé cuánto sexo hubo y cuánto no hubo. Nunca hubo ningún sexo y
siempre hubo todo el sexo del mundo. Es que realmente fue una delicia amar
de esa manera, pero en mi novelística no quedará. Queda simplemente el re-
cuerdo de la grandeza. Y decir que una persona se define solamente por el
sexo es hablar muy poco de ella, ¿no?

SABINA
¿Y no hablar de eso no es hablar demasiado poco? Es decir, yo creo que hay
en tus novelas una voluntad previa y clara de que el sexo sólo sea amor. Te
estoy hablando de un modo muy primario.

BRYCE
El sexo es amor y el amor sin sexo no es nada.

SABINA
Insisto en que lo tuyo se trata de una voluntad previa. Incluso cuando hay
amor, hablas más del amor que del sexo, aunque esté implícito.
Pero creo que en eso te diferencias de tus contemporáneos, incluido el cadete
Vargas Llosa.

BRYCE
Es que mis contemporáneos, querido Joaquín, han sido machos y machistas.
Creo que fui el primero que si en algo me merezco un aplauso, aunque sea
brevísimo…
SABINA
[Clap, clap, clap]

BRYCE
…es en el hecho de que el sexo me da una ternura, una forma más de la ternu-
ra. Mis personajes se amaron, probablemente buscaban el sexo y cuando lo
encontraron dijeron: «Ésta no va a ser la condición esencial, esta va a ser la
condición sobrenatural, va a ser la mejor, la única». Pero no es lo que nos han
enseñado culturalmente.

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SABINA
[Tu evasión del sexo] es una decisión literaria. ¿Y la taberna y el burdel y el
porno y la paja?

BRYCE
Ahí fracasan todos mis personajes. Siempre han fracasado...

SABINA
Ni siquiera lo afrontan, ¿no?

BRYCE
No, en mi primer libro de cuentos, en Huerto cerrado, hay un cuento que
transcurre en un prostíbulo. No me acuerdo ahora cuál es su nombre. Y es el
hombre que no puede hacer el amor con una puta porque no quiere que haya
prostitución en el mundo.

SABINA
Ése es tu mundo, ¿no?

BRYCE
Ése es mi mundo. Yo no quiero que haya prostitución en el mundo. Nunca
consideré que tirarte a una chica de Lima era haberla mancillado. Creía que
era haberla amado, nunca violado, ni nada. He sido un tipo con una gran suer-
te con el sexo, Joaquín, porque vine del Perú como un frustrado sexual. Todos
los peruanos en los años sesenta éramos unos pésimos...

SABINA
Por no hablar de los españoles...

BRYCE
…por no hablar de los españoles, como bien dices tú. Acabo de empezar a
escribir un texto de mi primera metida de pata grande con Amalia Rodrí-
guez...

SABINA
La maravillosa cantante portuguesa...

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BRYCE
La maravillosa. Te digo, Joaquín, esa chica que yo vi
en ese momento no existía. No existían. Las inventaba yo.

SABINA
¿Y cuando tus amigotes se iban de farra y acababan en La Casa Verde con la
Pies Dorados?

BRYCE
Pero yo tenía una gran cultura del sexo, muchas veces no practicado. La can-
tidad de mujeres que del cine salieron para mi vida cotidiana, digámoslo así, y
las que paseaban por las calles de Lima, que eran muy superiores a las de las
películas. El sexo es el culpable, ¿no?

SABINA
Basta hablar de la Tiquitiquitín, ¿no?

BRYCE
La Tiquitiquitín fue uno de esos personajes inmortales por los cuales yo
hubiera querido vivir el resto de mi vida, el resto de mi vida...

SABINA
¡Qué maravilla!

BRYCE
La hubiera adorado, le hubiera dado de todo...

SABINA
¿Te acuerdas de ella?

BRYCE
Me acuerdo de ella perfectamente, me acuerdo de su defección en el momento
en que se me quita y se declara prostituta, putita, no prostituta, puuutillita,
menos que putita, ¿no? En ese momento yo pierdo una edad de maravilla. Me
adoró en su momento.

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SABINA
¿Nunca has comprado sexo en el sentido en que todos lo comprábamos?

BRYCE
Nunca pagué sexo.

SABINA
¿Nunca quiere decir NUNCA?

BRYCE
Nunca. Nunca en mi vida, por juramento, te lo digo.

SABINA
Y, vuelvo a decir, cuando iban los amigotes, ¿tú qué hacías?

BRYCE
Me quedaba. Ya había sabido por una vez que fracasé, y me humillé, me
humillé, sin humillación. La mujer no me gustaba.

SABINA
¿Y respetas a las Magdalenas o no?

BRYCE
Yo soy una persona muy respetuosa. Pero, aquella vez, puedo decir que el
pecado consistió en no haber pecado, en no haber humillado a una pobre mu-
jer. No pude entregarle mi juventud...

SABINA
Para mí, ése es un maravilloso final de entrevista. Maravilloso. Es más, para
ser mi primera entrevista, estoy muy emocionado.

Y entonces, amaneció.

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