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Cuento con ustedes


Cuentos, cuentos, cuentos...

lunes, 5 de agosto de 2019 Páginas vistas en total

La gallina de membrillo 153,962


Etiquetas
Silvina Ocampo
Abelardo Castillo (3)
Se llamaba Blanquita Simara, porque no parecía un macho, sino una Adolfo Bioy Casares (2)
hembra. Desde que Manuel Grasín se había instalado en la habitación del Adolfo Castañón (1)
fondo de la casa, que era como estar en primera fila de platea, Blanquita Agustín Monsreal (3)
había engordado mucho. Esto era inevitable porque Manuel Grasín, que Ahmed Nury (1)

trabajaba en la confitería El Obelisco, una vez por semana le traía en una Alberto Berrío (1)
Alberto Esquivel (1)
bolsa las sobras: huesos, pasteles rotos, grasa rancia de jamón y pavo,
Alberto Moravia (2)
sándwiches viejos. Grasín podía disponer de los alimentos para otros fines,
Alejandro Morales Mariaca (1)
cocinarlos para hacer pasteles, por ejemplo, o regalarlos a la prima Alejandro Pérez Utrera (1)
Virginia, que preparaba con cualquier basurita albóndigas deliciosas, pero Alejo Carpentier (2)
prefería dárselos a Blanquita Simara, porque lo esperaba con los ojos Aleksandr Afanasiev (1)
ardiendo de hambre, en el zaguán y, porque, además, Rosaura Pringles con Alexandr Zchymczyk (1)
otras atenciones agradecía su generosidad. Si él tenía que comprar Alfonso Álvarez Villar (1)
camisas, calzoncillos o piyamas, Rosaura se los mandaba hacer en pocos Alfonso Osorio Carvajal (1)
días, a medida y en poplín italiano. Alfonso Reyes (2)

Rosaura Pringles, veinte años atrás, tuvo que soportar una injuria: a Alfredo Bryce Echenique (2)
Alfredo Cárdenas Peña (1)
ella, que se había casado contra viento y marea, su marido la había
Algernon Blackwood (3)
abandonado; a ella, que había sido la niña mimada de la sociedad, a ella,
Álvaro Lozano Gutiérrez (1)
pobrecita, que, después, por culpa de él tuvo que trabajar para ganarse la Álvaro Menen Desleal (1)
vida. Rómulo Pringles, intempestivamente, salió una mañana para no Álvaro Menéndez Leal (1)
volver. La había dejado en una casa bonita, bien puesta, con un taller de Ambrose Bierce (7)
camisas que daba mucha ganancia, rodeada de plantas que se llaman Amparo Agudelo (1)
corazón de estudiante, lazo de amor, lluvia de fuego. Rosaura jamás pensó Amparo Dávila (4)
que el hombre volvería, y cuando la llamó veinte años después por Ana Lydia Vega (1)
teléfono (soy testigo), para preguntarle si vivía siempre en la misma casa, Ana María Shua (8)

quedó tan asombrada que aceptó en el acto su proposición de vivir de Ana Teresa Peralta (1)
Anatoly Dneprov (1)
nuevo juntos.
Andrea Bocconi (1)
Rómulo Pringles llegó con un cargamento de valijas, con menos
Andrea Maturana (1)
pelo, pero mayor mandíbula, lo que le confirió un aire feroz que no Andréi Platónov (1)
desagradaba a Rosaura, pero sí a Blanquita Simara, que descubrió en el Angelina Muñiz-Huberman (4)
hombre, así lo sospecho, pretensiones de animal. Anton Chejov (4)
Hubo que arreglar la casa, pedir a Manuel Grasín que se fuera, cosa Antonio José Sequera (1)
que no era fácil. “Soy solo y amigo de la tranquilidad” decía Grasín. Fue Antonio Montero A. (1)
entonces que Rosaura Pringles adquirió ese hábito que formó la parte más Arkadi y Boris Strugatski (2)
importante de su personalidad y de su encanto. Blanquita Simara empezó a Arthur C. Clarke (3)

hablar por su boca: no sólo expresaba lo que Blanquita hubiera dicho en Arthur Koestler (1)
Arturo Uslar Pietri (3)
tal y cual circunstancia, sino que remedaba la voz que le atribuía: una voz
Asmara Gay (3)
de acuerdo con su idiosincrasia, que era mezcla de niño mimado, de negro
Audberto Trinidad Solís (2)
de las Antillas y de viejito provinciano tartamudo. ¿Qué mujer, cuando Augusto Monterroso (9)
vale algo, no es juguetona? Ella misma decía “Soy Blanquita”. Augusto Roa Bastos (2)
Manuel Grasín la escuchó primeramente con impaciencia. Aura García-Junco (1)
–¿Manuel Grasín, que es tan bueno, no nos dejará el cuarto, para Bárbara Jacobs (1)
que podamos alojar a papá? Por difícil que sea conseguir alojamiento, Beatriz Espejo (1)
Manuel Grasín lo encontrará y vendrá a visitarnos y a traernos huesitos de Beatriz Meyer (1)
la confitería, y alguna vez, para mamá una gallinita de membrillo. Betsy Vereckey (1)

La voz irresistible de Blanquita obró sobre el espíritu y la suerte de Brian W. Aldiss (1)
Carlos Alberto Agudelo Arcila (2)
Manuel Grasín; consiguió una vivienda en otra casa, retiró su cama y su
Carlos José Castillo Q. (2)
armario, para dejar la habitación, que sirvió otrora de escritorio lujoso a
Carlos Morand (1)
Rómulo Pringles. Carmela Greciet (1)
Rosaura Pringles era hermosa y sabía manejar a sus ofícialas: lo Cary Kerner (1)
único que no pudo inculcarles fue su amor a Blanquita Simara. Le César Vallejo (1)
sonreían, es verdad, la acariciaban, pero con visible repugnancia. Cesare Pavese (1)
Blanquita Simara dejaba vómitos en la alfombra, rompía los géneros que Charles Bukowski (2)
encontraba en el suelo (jamás comía los alfileres, cosa que hubiera Ciro Alegría (2)
agradado a las oficialas), orinaba en la puerta del taller, si hacía frío. Las Clarice Lispector (1)

oficialas aprovechaban cuando la señora salía para llamarlo puerco, darle Claudia Morales (1)
Claudio de Castro (1)
un puntapié; una llegó a quemarle la oreja con un cigarrillo, acto
Connie Willis (1)
inhumano, explicable, si se quiere, en mujeres cansadas o celosas de la
Cristina Peri Rossi (1)
dicha de un perro más querido que ellas. Pero desde que Rómulo Pringles Daniel Pizarro (1)
había vuelto, las oficialas se burlaban de los dueños de casa y permitían a Danill Harms (1)
Blanquita Simara cualquier locura. Diana Teresa Pérez (1)
–La señora, que es tan seria, conversa mucho, y no de géneros, con Dino Buzzati (1)
el dueño de la sedería Sendra; y no de cuestiones jurídicas, con Ernesto Dorothy Parker (1)
Roque, buen mozo y atrevido que trabaja en la televisión y conquista a Edgar Allan Poe (10)
todas las mujeres –decían en coro esas lenguas de víbora. Édgar Omar Avilés (1)

Yo las oía con mi oído de tísico, cuando aparecía con mi bolsa con Edmond Hamilton (1)
Edmundo Paz Soldán (1)
golosinas en aquel paraíso.
Edmundo Valadés (7)
–Que una dama se perfume tanto no es nada bueno –decía la
Ednodio Quintero (1)
segunda oficiala. Eduardo Galeano (1)
–Usa pestañas falsas y peluca –decía la primera oficiala. Eduardo Mallea (1)
–Eso no quiere decir nada –decía la sirvienta, siempre asomada a la Edwin Morgan (1)
puerta. Eliseo Diego (1)
–Los afeites desagradan a los hombres. Emilia Pardo Bazán (3)
–Según a qué hombres. Conocí a uno que exigía que su mujer Emiliano Pérez Cruz (1)
llevara, hasta en la cama, la peluca puesta. Ustedes no me creerán. Aquel Emilio S. Belaval (1)

pelo, requetebién muerto y postizo, que había sido de otra mujer, lo Enrique Anderson Imbert (9)
Enrique Congrains Martín (1)
enardecía –opinaba gravemente la primera ofíciala.
Erich Kastner (1)
–Todas las noches saca a Blanquita Simara a pasear. Le compró un
Ernest Hemingway (4)
collar de cuero verde, que vale más que un sombrero, y una cadenita que Ernest Szep (1)
es un chiche ¿para qué? Si antes andaba conmigo por la calle sin collar, Evelyn Waugh (1)
como un conejo, la Blanquita Simara. ¿Yo, qué más quiero? Me quedo a Fabio Osorio Montoya (1)
descansar. Pero el señor ¿qué pensará? –dijo la sirvienta. Feliciano Manrique (1)
Infamias, pensé, estirando la oreja. Felipe Garrido (1)
–El señor merecido lo tiene –dijo la segunda ofíciala–. ¿No la plantó Felipe Trigo (1)
durante veinte años? Y ella esperándolo, como la santa imagen de la Feng Meng-lung (1)

fidelidad. Fernando Ayala Poveda (1)


Fernando Sánchez Clelo (1)
–Eso es lo raro. Ahora que el señor ha vuelto, se divierte con otros –
Fiódor Dostoyevski (1)
dijo la sirvienta.
Flannery O’Connor (1)
–Así es la vida. Ahora está tranquila, puede divertirse –decía la Francis Scott Fitzgerald (3)
primera oficiala. Francisco Javier Lopera L. (1)
–Tengo ganas de romperle la peluca; se hace la nena –protestó la Franz Kafka (3)
segunda oficiala–. Los otros días dijo: “Esta oficialita que no traiga su Frederick Brown (1)
negro hasta la puerta porque lo vamos a sacar corriendo de un mordiscón”. Fredric Brown (2)
Estaban enfurecidas, porque con el correr de los días Blanquita Gabriel Gala (3)
Simara adquirió, a mi juicio, una mala costumbre. Hay que ser justos, lo Gabriel García Márquez (19)

que está mal está mal. Intempestivamente la picarona se sentaba en medio Gabriela Aguilera V. (1)
Georg Froeschel (1)
del cuarto de costura, levantaba el hocico y aullaba: era anuncio de
George Loring Frost (2)
desgracia. Tardamos poco tiempo en descubrirlo. Las oficialas se ponían
Georges Simenon (1)
nerviosas. Sabían que ese aullido traería a alguna de ellas o a algún Gianni Rodari (2)
habitante de la casa malas noticias. Y así fue como Blanquita Simara Giovanni Papini (2)
anunció sucesivamente con su aullido la muerte de la tía Paquita, el Giovanni Verga (1)
accidente de la rusita Sonia, que no volvió al taller, y el asesinato del Gley Eyherabide (1)
hermano de Rómulo Pringles. Los acontecimientos se presentaron de un Gregorio López y Fuentes (1)
modo trágico. Aquella noche, Rómulo Pringles, al oír el aullido de Guillaume Apollinaire (1)
Blanquita, acudió al taller, empuñó un palo y golpeó el lomo de Blanquita. Guillermo Bustamante Zamudio (1)

Rosaura tomó a su vez un hierro, para golpear a su marido, en defensa de Guillermo Cabrera Infante (1)
Guillermo Samperio (1)
Blanquita; en ese preciso momento el novio de una de las oficialas entraba
Guillermo Velásquez Forero (2)
en la casa para buscar a su novia, y con verdadera indignación recibió el
Gustavo Masso (1)
golpe. Yo temía que la vida de Blanquita Simara estuviera en peligro y se Gustavo Weil (1)
lo dije a Rosaura, que respondió, con voz adorable: Guy de Maupassant (3)
–Tiene siete vidas. Tenemos un Dios aparte. H. G. Hecky (1)
Al oír esto, Manuel Grasín se tranquilizó. H. G. Wells (2)
Yo la seguí aquel día. En la plaza, en la paz del anochecer, con la H. P. Lovecraft (3)
voz de Blanquita Simara, Rosaura Pringles hablaba a su enamorado: Hans Christian Andersen (2)
–Vamos a dejarlo solo porque los enamorados molestan con sus Harold Kremer (4)

atrevimientos. Este Ernesto Roque es un mentiroso. ¿Acaso le Haruki Murakami (1)


Heinrich Boll (1)
perdonaríamos que diga a otras mujeres lo que nos dice a nosotras?
Heinz Liepmann (1)
Nada tan injusto. Ernesto Roque, subyugado por la voz de Blanquita
Herman Melville (1)
Simara, era fiel ahora a una sola mujer: a Rosaura. Horacio Quiroga (8)
Sacó del bolsillo un revólver y le dijo: Howard Wandrei (1)
–Rosaura: vienes a vivir conmigo o te mato aquí mismo y me pego Hugo López Araiza Bravo (1)
un balazo. No olvides que soy un hombre y que no se juega con un Humberto Arenal (1)
hombre. I. A. Ireland (1)
–¿Y cómo hacemos para decírselo a papá? –dijo Rosaura Pringles, Ignacio Aldecoa (1)
con la voz de Blanquita Simara–. ¿Y para deshacer el taller, echar a las Isaac Asimov (2)

oficialas tan buenitas, que nos dan de comer? ¿Y cómo hacemos para sacar Isabel Allende (23)
Italo Calvino (2)
la ropa, los muebles, los chiches, la batería de cocina nueva? ¿No vamos a
Ivan Efremov (1)
vivir como gitanos? ¿Dónde? ¿En una habitación sin cuarto de baño? ¿En
J. D. Salinger (1)
un tugurio del centro, sin calefacción y sin agua caliente, comiendo Jack London (2)
fritangas frías y papas fritas en aceite de algodón, que es un veneno para Jaime Alberto Vélez González (5)
los estómagos? No, señor. Somos románticas, pero nos gusta vivir con las Jaime Lopera (2)
comodidades modernas. Ya ve usted que tenemos en nuestra casita todas Jaime Valdivieso (1)
las máquinas, desde la licuadora hasta el televisor. Nos gusta vivir bien, Jairo Aníbal Niño (3)
entre adornos bonitos, perros de porcelana y ¿para qué ocultarlo?, somos Javier Tafur González (3)
gastadoras. Es raro que andemos por las calles del centro sin comprar algo. Jean Paul Sartre (1)

Las comidas más caras son las que nos gustan: langostinos, blanquito de Jim Phelan (1)
Joao Anzanello Carrascosa (1)
pavita, pastel de almendras, faisán a la turca, dátiles y marrón glasé,
Joaquín Filio (1)
caviar, que es difícil de conseguir.
John Cheever (1)
¿De dónde conocía esos platos? Un furor seco oprimió la garganta Jorge Dávila Vásquez (1)
de Ernesto Roque. Recordé con orgullo mi generosidad. Jorge Gutiérrez Martínez (1)
–Nos gusta pasear –siguió diciendo la voz de Blanquita Simara–, y Jorge Ibargüengoitia (4)
tener automóvil. ¡Y los perfumes! Aceptamos sólo perfumes franceses, de Jorge Julio Echeverry (1)
los más finos. ¡Y jabones! Jabones ingleses de glicerina, para la sarna, que Jorge Luis Borges (5)
también son caros, como los cepillos. José de la Colina (1)
Todas estas palabras dichas con voz de niña, conmovieron a Ernesto José Emilio Pacheco (1)

Roque. José López Portillo y Rojas (1)


José Luis González (1)
–Estoy decidido –dijo subyugado el infeliz. Empuñó el revólver con
José María Eça de Queirós (1)
una mano, y con la otra oprimió el brazo de Rosaura.
José Raúl Jaramillo Restrepo (2)
–Yo también estoy decidida –respondió Rosaura, aterrada, con su José Revueltas (16)
propia voz, por primera vez, para asustar al hombre–. Me iré contigo. ¡Qué Joseph H. Cole (1)
me importan mi casa y sus comodidades! Tendría que ser frívola para Joseph Schrank (1)
rehusar tu proposición. Llevaré á Blanquita conmigo. No te opondrás a Juan Carlos Botero (2)
ello. Tu amor es lo más importante que hay en mi vida, lo único auténtico. Juan Carlos Onetti (1)
Hasta ahora mi existencia no tenía significado; mecánicamente yo cumplía Juan Flores G. (1)
con mis obligaciones, sin alegría. El día era idéntico a la noche, y la noche Juan José Arreola (5)

al día; la diversión al tedio y el tedio a la diversión; el amor al odio y el Juan José Saer (46)
Juan Malpartida (1)
odio al amor. Si usaba peluca, era para esconder mi cabellera, que es más
Juan Rodolfo Wilcock (10)
hermosa; si usaba pestañas falsas, era para ocultar la curva irresistible de
Juan Romagnoli (1)
mis pestañas; si usaba senos postizos, era para proteger los míos de las Juan Rulfo (6)
manos que podrían acariciarlos. Ahora, porque puedo ser yo misma, frente Jules Jouy (1)
al revólver, prueba irrefutable de tu amor, prometo abandonar todo para Jules Renard (1)
seguirte. Julio Cortázar (8)
Rosaura Pringles, que miraba fijamente la luz de un farol mientras Julio Ramón Ribeyro (4)
hablaba, bajó la vista y vio que el amenazante revólver y la mano amorosa Julio Torri (21)
que oprimía su brazo habían desaparecido. Ernesto Roque no estaba a su Karla Barajas (1)

lado. Rosaura se alisó la peluca, se anudó la bufanda, con un leve temblor, Katherine Mansfield (4)
Kjell Askildsen (1)
y no sabiendo si estaba muerta o viva, musitó a Blanquita Simara:
Kostas Axelos (1)
–Si no vuelve tu mamá a casa le comerán toda la sopita y van a
Lafcadio Hearn (1)
dejarla sin postre. Laura Elisa Vizcaíno (1)
La voz divina de Blanquita Simara resonó en sus labios con la Leidy B. B. (2)
misma gracia de siempre; Rosaura se encaminó a su casa llevando consigo León Febres-Cordero (1)
ese Sésamo ábrete de los corazones, que le permitiría gozar aún del amor. León Tolstói (4)
En la mesa del comedor estaba esperando la gallinita de membrillo, Leopoldo Lugones (1)
obsequio de Manuel Grasín. Lino Novás Calvo (1)
Lorena Salayandía (1)
Lorenzo Villalonga (1)
Luigi Pirandello (1)
Publicado por MARTINEZ TELLEZ en 11:25 Luis Britto García (5)
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