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El queso y los gusanos: El cosmos, según un molinero del siglo XVI de Carlo Ginzburg

El italiano Carlo Ginzburg nació en Turín en 1939, es considerado uno de los


historiadores más polémicos en el mundo, principalmente por la metodología que utiliza
para la reconstrucción de la historia. Su cualitativa hermenéutica logra comprensiones
por demás novedosas, otorgando relevancia insospechada a fenómenos en apariencia
intrascendentes. En ésta y en otras investigaciones, sostiene que un caso individual es
representativo de la cultura subalterna. Su labor le ha merecido muchos
reconocimientos, entre ellos, el Aby Warburg Prize en 1992 y el Premio Salento en 2002.
Sus libros han sido traducidos a numerosas lenguas.
Primeramente, las obras de Ginzburg parecen marcar un retorno a la historia narrativa;
una historia narrativa que está matizada por diversos aspectos a considerar. Dicho de
otro modo, la pretensión ilustrada de una historia regida por velos estructuralistas de
corte sociológico y marxista que postularon un proceso evolutivo dotado de sentido y
de los que dejó paso a una historia entendida como mezcla singular, irrepetible, de
elementos azarosos. A esa crisis de sentido objetivo, acompañada del giro lingüístico,
que significó el inicio de la corriente microhistórica, y quiso decir que la sociedad no
existe como totalidad estructurada, ya que los anclajes de los hombres en la sociedad
son múltiples y descentrados, el proceso histórico no está regido por una ley, la historia
no tiene un fin y por tanto, más que un científico que explica, el historiador es un
intérprete que narra.

Este giro metodológico y conceptual, concluye en una serie de incorporaciones


metodológicas y el refinamiento de la investigación, en dicho sentido. Por una parte, se
despertó la atención a lo pequeño, lo particular, los sujetos individuales, como en esta
obra El queso y los gusanos publicada en 1976. No se trataba simplemente de un
renacido gusto por lo biográfico y lo narrativo, sino de penetrar a través de la vida y las
creencias de un sujeto que tuvo que lidiar con la Inquisición en el mundo mental, los
valores, el poder, el lenguaje, de una época. “Por otra parte, liberados del corsé de los
grandes paradigmas estructuralistas y de la determinación por la economía o la
geografía, los historiadores comenzaron a aventurarse por terrenos antes poco
transitados la edad y el género, el trabajo y los rituales, el vestido y la comida, la
comunidad y la fábrica, las pasiones y los gustos”1.
En cuanto al contenido, nos narra la historia de un molinero friulano llamado Doménico
Scandella conocido como Menocchio denunciado al Santo Oficio por pronunciar
palabras heréticas e impías; en la que el objetivo del autor es reconstruir un fragmento
de lo que se conoce como Cultura de las clases subalternas o Cultura popular a través
de filtros intermedios y deformantes, en este caso los expedientes de los dos procesos
en que se vio involucrado al ser acusado de herejía y así construir una aproximación a
la cosmogonía de un sujeto en la que pueden encontrarse características de todo un
estrato social en un determinado tiempo histórico.

Por ello Ginzburg se dedica a interpretar la cultura oral del siglo XVI en la que están
presentes las tradiciones rurales más remotas y acontecimientos históricos como la
Reforma, la invención de la imprenta y la Contrarreforma en la que las minorías eran
perseguidas y marginadas tratando de erradicar así la cultura popular.
Continuando con Menocchio este se desempeñaba como molendero, carpintero, entre
otras cosas. Estaba casado y era padre de siete hijos. Se consideraba “pobrísimo” con
solo dos molinos en alquiler y dos campos como aparcero. No obstante, los hechos
demuestran que exageraba. En 1581 había sido alcalde de su municipio y de las villas
circundantes además sabía leer perfectamente. Al comenzar su interrogatorio
Menocchio era conocido por la comunidad de Friuli que lo apreciaba aunque estos no
aprobaban sus argumentos ya que él no reconocía las jerarquías eclesiásticas y
denunciaba la opresión de los ricos sobre los pobres, la imposición del latín, y señala a
la iglesia de ser cómplice y partícipe de esto. También rechazaba los sacramentos por
ser invenciones de los hombres, la virginidad de María y la divinidad de Cristo;
exponiendo su cosmogonía de la siguiente manera:

«Yo he dicho que por lo que yo pienso y creo, todo era un caos, es decir, tierra, aire, agua y
fuego juntos; y aquel volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche
y en él se forman gusanos, y éstos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello
fuese Dios y los ángeles; y entre aquel número de ángeles también estaba Dios creado también
él de aquella masa y al mismo tiempo, y fue hecho señor con cuatro capitanes, Luzbel, Miguel,
Gabriel y Rafael. Aquel Luzbel quiso hacerse señor comparándose al rey, que era la majestad
de Dios, y por su soberbia Dios mandó que fuera echado del cielo con todos sus órdenes y
compañía; y así Dios hizo después a Adán y Eva, y al pueblo, en gran multitud, para llenar los
sitios de los ángeles echados. Y como dicha multitud no cumplía los mandamientos de Dios,
mandó a su hijo, al cual prendieron los judíos y fue crucificado». (p. 94)
Esto lo hizo mostrándose locuaz defendiéndose de que todo lo que decía lo hacía por
tentación del espíritu maligno pidiendo así misericordia. Todas estas ideas mantienen
similitud con los anabaptistas y simpatizantes de la Reforma pero sin embargo,
Ginzburg señala que Menocchio no fue un anabaptista porque, en su discurso, formula
un concepto positivo sobre la misa, la eucaristía y, dentro de ciertos límites, sobre la
confesión, aspectos inconcebibles para un anabaptista.

Los inquisidores del Santo Oficio insistieron en que delatara a sus cómplices lo cual él
negó pero pronto se descubre que habría tenido conversaciones con un maese
considerado herejísimo que le presto la novela el Decamerón y Il sogno dil Caravia libros
prohibidos que fueron fuentes de ideas, los cuales le conferían seguridad a Menocchio
y en su defensa era común que se basara en ellos y en otros como Florilegio de la Biblia,
II cavallier Zuanne de Mandavilla, Historia del Giudicio, el Corán e II Sogno dil Caravia.
Menocchio nos remite así dentro de una cultura oral en la que se encuentran sus
opiniones y pensamientos nuevos ya que al leer los textos este deformaba la estructura
del texto e imponía inconscientes; de esa manera nace en Menocchio el rechazo a las
prácticas realizadas por la iglesia católica haciendo brotar fulminantes analogías, pero
“No es el libro como tal, sino el choque entre página impresa y cultura oral lo que
formaba en la cabeza de Menocchio una mezcla explosiva”. (p.136)

Por ejemplo, la idea de un caos primigenio, de una “materia espesa e indigesta” pudo
haber conmocionado profundamente a Menocchio, quien intentó comunicar estas cosas
a sus paisanos. El autor señala que a fuerza de circular de boca en boca, el
razonamiento de Menocchio se había simplificado y deformado. De ese modo, una
palabra difícil como “caos” había desaparecido siendo sustituida por una variante más
ortodoxa: “al principio este mundo no era nada”.

Ginzburg defiende la cosmogonía de Menocchio, señalando que en realidad esta no


había sido extraída de los libros que leía. La insistente alusión al queso y los gusanos
desempeñaba una función puramente analógica explicativa. La experiencia cotidiana
del nacimiento de gusanos en el queso putrefacto servía a Menocchio para explicar el
nacimiento de seres vivos siendo los primeros, “los más perfectos, los ángeles a partir
del caos, de la materia «espesa e indigesta», sin recurrir a la intervención divina. Para
Menocchio, el caos precedía a la «santísima majestad», tampoco muy bien definida;
del caos nacieron los primeros seres vivos los ángeles, y el propio Dios que era el mayor
de ellos por generación espontánea, «producidos por la natura»”. (p.140, 141)

El autor caracteriza la cosmogonía de Menocchio como sustancialmente materialista y


tendencialmente científica debido a que la doctrina de la generación espontánea de la
vida a partir de lo inanimado era compartida por todos los doctos de la época. Por lo
tanto, la versión que ofrecía Menocchio era indudablemente más científica que la
doctrina creacionista de la Iglesia. “Comprendía que la escritura, y la capacidad de
apoderarse de la cultura escrita y transmitirla, son fuentes de poder”. (p.143) La
convicción más profunda de Menocchio era que “Dios es uno y es el mundo” negando
al hombre como principio inmaterial, además deseaba un mundo nuevo que estuvo
influenciado por las utopías del siglo XVI que buscaba una sociedad más justa.

Finalizando Menocchio es declarado culpable de herejía y encarcelado de por vida.


Pero dos años más tarde tras suplicas le fue conmutada la sentencia con obligaciones
de confesarse periódicamente, llevar el hábito y la cruz, la prohibición de hablar malas
opiniones, lo cual incumplió retomando sus ideas lo que lo llevo de nuevo a
interrogatorios siendo sometido a tortura y finalmente condenado a muerte.

De esta manera, es posible concluir que el autor quería estudiar una época, un contexto,
a través de un personaje singular, y no solo se trataba de conocer el relato acerca de
una persona singular, un juicio, un episodio dramático, porque no se busca lo que
representan en sí mismos sino lo que simbolizan, lo que significan y el destello que
arrojan sobre los mecanismos internos de una cultura o una sociedad del pasado.
Además que la estrategia narrativa de Ginzburg en donde la articulación de las
estructuras de largo plazo con acontecimientos de corta duración crea conflictos
atrapantes en los que el autor no se queda en la simple exposición del proceso, sino
que analiza cual es la raíz de esas ideas que tiene Menocchio, por lo que el análisis
del proceso se convierte en todo un estudio sobre la Cultura popular.

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