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Primera Parte: La naturaleza de la disciplina histórica.

La Historia como disciplina: concepto y usos.

Historia e Historiografía: Los fundamentos. 1

Anfibología del término “historia”.

Las someras consideraciones que hemos hecho son útiles para analizar un
problema análogo y real de nuestra disciplina, a saber: el de la más adecuada
denominación posible para la investigación de la historia y para el discurso
histórico normalizado que aquella produce. La “historiografía” es una disciplina
afectada en diversos sentidos por el problema del lenguaje en que se plasma
su investigación y su “discurso”. Por ello es preciso tratarlo ahora.

La cuestión comienza con el hecho, común a otras disciplinas, desde luego,


de que una sola palabra, historia, ha designado tradicionalmente dos cosas
distintas: la historia como realidad en la que el hombre está inserto y, por toda
parte, el conocimiento y registro delas situaciones y los sucesos que señalan y
comienzan esa inserción. Es verdad que el término istorie que empleó el griego
Herodoto como título de la mítica obra que todos conocemos significaba
justamente “investigación”. Por tanto, etimológicamente, una “historia” es una
“investigación”. Pero luego la palabra historia ha pasado a tener un significado
mucho más amplio y a identificarse con el transcurso temporal de las cosas.

La erudición tradicional ha aludido siempre a esta incómoda anfibología


estableciendo la conocida distinción entre historia como res gestae –cosas
sucedidas- e historia como historia rerum gestarum –relación de las cosas
sucedidas-, distinción sobre la que llamó la atención por vez primera Hegel. 2 En
la actualidad, Hayden White ha señalado que el término historia se aplica “a los
acontecimientos del pasado, al registro de esos acontecimientos, a la cadena
de acontecimientos que constituye un proceso temporal que comprende los
acontecimiento del pasado del presente, así como los del futuro, a los relatos
sistemáticamente ordenados s los acontecimientos atestiguados por la
investigación, a las explicaciones de esos relatos sistemáticamente ordenados,
etc.”3 No es esta una confusión pequeña.
1
Tomado de: Julio Aróstegui. La investigación histórica: Teoría y método. Barcelona, Crítica Grijalbo
Mondadori, 1995.
2
G. W.F. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Alianza Editorial, Madrid, 1989.
3
H. White, El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, Paidós, Barcelona,
1992, p. 159. El título español de esta publicación confunde el que tiene en su versión original, que es The

1
Fue el pensamiento positivista el que estableció la necesidad de que las
ciencias tuviesen un nombre propio distinto del de su campo de estudio. Tal
necesidad parece obedecer a la idea típica del positivismo clásico de que
primero se descubren los hechos y luego se construye la ciencia, o, lo que es lo
mismo, que la ciencia busca, encuentra y relaciona entre sí, “hechos”. Existe
una ciencia de algo si hay un hecho específico que la justifique, identifique y
distinga. Toda ciencia debe tener un nombre inconfundible y de ahí que no se
dudara en acudir a todo tipo de neologismos para dárselo.

El positivismo buscó la definición de la historia en el descubrimiento, claro


está, de un supuesto hecho histórico. El problema terminológico viene, pues,
de antiguo: la palabra historia designa, por decirlo de alguna forma, un conjunto
ordenado de “hechos históricos”, pero designa también el proceso de las
operaciones “científicas” que revelan y estudian tales hechos. Que la misma
palabra designe “objeto” y “ciencia” puede parecer una cuestión menor, pero
en la realidad resulta engorrosa y origina dificultades reales de orden
epistemológico. De ahí que también prontamente se ensaye la adopción de un
término específico que designe la investigación de la historia.

Ahora bien, resulta que el hecho de que el vocablo historia designe al mismo
tiempo una realidad y su conocimiento no es el único ejemplo que puede
mostrarse de una situación de tal tipo. En realidad, una dificultad análoga
afecta a otras disciplinas de la ciencia social y de la natural. En efecto, eso
mismo con la economía, por ejemplo, y el lenguaje común ha hecho que ocurra
también en el caso de la psicología, la geología o la geografía: nombres de las
disciplinas, al contrario de lo ocurrido con la historia, han pasado a designar
realidades, como hemos dicho. Es frecuente el uso de ciertas palabras con
significados múltiples en las ciencias sociales, como ocurre con economía o
política, entre otras. Por nuestra parte, y de momento, basta con insistir en el
carácter no específico para la historiografía de este problema terminológico.
Pero cabe señalar, igualmente, que en la situación referente a la historia no hay
razón para que esta polisemia se mantenga, de la misma manera que ha
tendido a ser eliminada en el caso de otros vocalos que designan ciencias,
como en el caso de la política o politología. Aunque la cuestión no es privativa,
ni tal vez, crucial para la disciplina de la historia, sí es de suma importancia.

Cuando hablamos de historia es evidente que no hablamos de una realidad


“material”, tangible. La “historia” no tiene el mismo carácter corpóreo que, por
ejemplo, la luz y las lentes, las plantas, los animales o la salud. La historia no
es una “cosa” sino una “cualidad” que tienen las cosas. 4 Por lo tanto, es más
urgente dotar de un nombre inequívoco a la escritura de la historia que hacerlo
con las disciplinas que estudian esas otras realidades, que, por demás, tienen
Content of the Form. Narrative Discourse and Historical Representation. Escamotea la expresión
“Discurso narrativo” que es de gran importancia.
4
Sólo en el capítulo 4, en la Sección segunda de esta obra, volveremos a tratar cuestiones referentes a la
entidad misma de la historia.

2
nombres bastantes precisos: óptica, botánica, zoología o medicina. Es
primordial dejar enteramente claro, desde la palabra misma que lo designa, qué
quiere decir “investigar la historia”. No puede negarse que en el caso del
estudio de la historia existen razones suficientes para estimar que de una
primera dilucidación eficaz de esta cuestión terminológica –y después,
naturalmente, de todas las demás- pueden esperarse grandes clasificaciones.
La índole no trivial de la cuestión terminológica la manifestación ya hace tiempo
corriente historiográficas como la de Annales, o la marxista, y ambas han
hablado de una “ciencia de la historia”.

La palabra historia tiene, pues, como se ha dicho, un doble significado al


menos. Pero, a veces, se han introducido palabras o giros especiales para
expresar sus diversos contenidos semánticos. Así ocurre con la clara distinción
que hace el alemán entre Historie como realidad y Geschichte como
conocimientos de ella, a las que se añade luego la palabra Historik como
tratamiento de los problemas metodológicos. Jerzy Topolsky ha señalado que
la palabra historia, aunque sea sólo usada para designar la actividad
cognoscitiva de lo histórico, encierra ya un doble significado: designa el
proceso investigador, pero también el resultado de esa investigación como
“reconstrucción en forma de una serie de afirmaciones de los historiadores
sobre los hechos pasados”.5 Si bien es esta una sutileza innecesaria, pues no
hay investigación lógicamente separada de una construcción de sus resultados,
la observación ayuda a comprender las consecuencias no triviales de esa
continua anfibología. En definitiva. Topolsky acaba distinguiendo tres
significados de la palabra historia: los “hechos pasados”, las “operaciones de
investigación realizadas por un investigador” y el “resultado de dichas
operaciones de investigación”. En algunas lenguas, añade Topolsky, el
conocimiento de los hechos del pasado ha sido designado con otrs palabras, la
de historiografía. Y es justamente en tal palabra en la que queremos
detenernos aquí con mayor énfasis.

Afirma también Topolsky que la palabra en cuestión tiene un uso


esencialmente auxiliar, en expresiones como “historia de la historiografía”, a la
que podríamos añadir otras como “historiografía del tomate” o “historiografía
canaria”, por ejemplo. Ese sentido auxiliar, que señala Topolsky, no empaña, a
nuestro juicio, la ventaja de que la palabra historiografía tiene una significación
unívoca: “sólo se refiere al resultado de la investigación”. Y ello respeta su
etimología. Sin embargo, continúa este autor, al no indicar ningún
procedimiento de investigación, el término no ha encontrado una aceptación
general, “ni siquiera en su sentido más estricto”. Por ello “la tendencia a
emplear el término historia, más uniforme, es obvia, a pesar de que supone una
cierta falta de claridad”.6

5
J. Topolsky, Metodología de la historia, Cátedra, Madrid, 19985, pp. 54-55.
6
Ibidem, p. 55.

3
La historia, los hombres y el tiempo.7

La observación histórica.

Caracteres generales de la observación histórica.

Para comenzar coloquémonos resueltamente en el estudio del pasado.

Los caracteres más aparentes de la información histórica entendida en este


sentido limitado y usual del término han sido descritos muchas veces. El
historiador se halla en la imposibilidad absoluta de comprobar por sí mismo los
hechos estudia. Ningún egiptólogo ha visto a Ramsés. Ningún especialista en
las guerras napoleónicas han oído el cañón de Austerlitz. Por tanto no
podemos hablar de las épocas que nos han precedido sino recurriendo a los
testimonios. Estamos en la misma situación que un juez de instrucción que
trata de reconstruir un crimen al que no ha asistido; en la misma situación del
físico que, obligado a quedarse en cama por la gripo, no conoce los resultados
de sus experiencias sino por lo que de ellas le informa el mozo del laboratorio.
En una palabra, en contraste con el conocimiento del presente, el conocimiento
del pasado será necesariamente “indirecto”.

Que haya en todas estas observaciones una parte de verdad nadie se


atreverá a discutirlo. Exigen, sin embargo, que las maticemos
considerablemente.

Supongamos que un jefe de ejército acaba de obtener una victoria.


Inmediatamente trata de escribir el relato de ella. El la ha dirigido. Gracia a la
pequeña extensión del terreno (porque decidimos a poner todos los triunfos en
nuestro juego, nos imaginamos un encuentro de los tiempos pasados,
concentrados en poco espacio) podido ver cómo se desarrollaban ante sus ojos
el combate casi completo. Estemos seguros, sin embargo, de que sobre más
de un episodio esencial tendrá que remitirse al informe de sus tenientes. Así,
tendrá que conformarse, como narrador, con seguir la misma conducta que
observó unas horas antes de la acción. ¿Qué será más útil, sus propias
experiencias, los recuerdos de lo que vio con su catalejo, o los informes que le
llevaron al galope sus correos o ayudantes de campos? Pero conservando
nuestras hipótesis favorables, ¿qué nos queda de esa famosa observación
directa, pretendido privilegio del estudio del presente?

7
Tomado de: Marc Bloch. Apología de la Historia o el oficio de historiador. La Habana, Editorial de
Ciencias Sociales, 1971.

4
Y es que este privilegio en realidad no es casi nunca más que un señuelo,
por lo menos en cuanto se amplía un poco el horizonte del observador. Toda
información sobre cosas vistas por otro. Como economista, estudio el
movimiento de los cambios este mes, esta semana: tengo que recurrir a
estadísticas que otros han formado. Como explorador de la actualidad
inmediata trato de sondear la opinión pública sobre los grandes problemas del
momento: hago preguntas, anoto compruebo y enumero las respuestas. ¿Y
qué obtengo sino es la imagen que mis interlocutores tiene de lo que creen
pensar o delo que desean presentarme de su pensamiento? Ellos son los
sujetos de mi experiencia. Y mientras un fisiólogo que diseca un conejillo de
Indias percibe con sus propios ojos la lesión o anomalía que busca, yo no
conozco el estado de alma de mis “hombres de la calle” sino por medio de un
cuadro que ellos consienten proporcionalmente. Porque en el inmenso tejido de
los acontecimientos, de los gestos y de las palabras de que está compuesto el
destino de un grupo humano, el individuo no percibe jamás sino un pequeño
rincón, estrechamente limita por sus sentidos y por facultad de atención.
Además, el individuo no posee jamás la conciencia inmediata de nada que no
sea sus propios estados mentales: todo conocimiento de la humanidad, sea de
la naturaleza, y aplíquese el tiempo que se aplicare, extraerá siempre de los
testimonios de otro una gran parte de su sustancia. El investigador del presente
no goza en esta cuestión de mayores privilegios que el historiador del pasado.

Pero hay más ¿Es seguro que la observación del pasado, incluso de un
pasado muy remoto, sea siempre a tal punto “indirecta”?

Si se piensa un poco se ve claramente por qué razones la impresión de este


alejamiento entre el objeto del conocimiento y el investigador ha preocupado
con tantas fuerza a muchos teóricos de la historia. Es que ellos pensaban ante
todo en una historia de hechos, de episodios; quiero decir en una historia que,
con razón o sin ella (aun no es tiempo de discutir eso) concede una extremada
importancia al hecho de volver a registrar con exactitud los actos, las palabras
o las actitudes de algunos personajes que se hayan agrupados en una esencia
de duración relativamente corta en la que se juntas, como en la tragedia
clásica, todas las fuerzas críticas del momento: jornada revolucionaria,
combate, entrevista diplomática. Se ha dicho que el 2 de septiembre de 1792
los revolucionarios pasearon la cabeza da la princesa de Lamballe clavada en
la punta de una pica bajo las ventanas de la familia real. ¿Es esto cierto? ¿Es
esto falso? M. Pierre Caron, que ha escrito un libro de admirable probidad
sobre la Masacre, no se ha atrevido a pronunciarse sobre este punto. Pero si
hubiera contemplado el horrible cortejo desde una de las torres del Temple,
habría sabido seguramente a qué atenerse. Y aun en ese caso cabría suponer
que en esa circunstancia hubiera conservado su sangre fría de sabio y que,
desconfiando de su memoria, hubiera tenido cuidado de anotar inmediatamente
sus observaciones. Sin dudas en ese caso el historiador se sentirá, frente a un
buen testimonio de un hecho presente, en una posición un poco humillante.
5
Estará como en la cola de una columna en los avisos se trasmites desde la
cabeza, de fila en fila. Y sin duda no será ese un buen lugar para estar bien
informado. Hace mucho tiempo, durante un relevo nocturno, vi pasar así, a lo
largo de la fila, la voz de “¡Atención! Hoyos de obuses a la izquierda”. El último
hombre recibió el grito en esta forma: “Izquierda”, dio un paso hacia la izquierda
y se hundió.

Hay otras eventualidades. En los muros de ciertas ciudades sirias,


construidas algunos milenios antes de Cristo, los arqueólogos han encontrado
en nuestros días un buen número de vasijas llenas de esqueletos de niños.
Como no es posible suponer que esos huesos han llegado allí por casualidad,
nos vemos obligados a reconocer que estamos en frente a los restos de
sacrificios humanos llevados a cabo en el momento de la construcción, y
relacionados con esta. Para saber a que creencia corresponden estos ritos nos
será necesario remitirnos a los testimonios del tiempo, si los hay, o a proceder
por analogía con ayuda de otros testimonios. ¿Cómo comprender una fe que
no compartimos sino por lo que se nos diga? Es el caso, repitámoslo, de todos
los fenómenos de conciencia que nos son extraños. En cuanto al hecho mismo
del sacrificio, nuestra posición es diferente. Ciertamente no la aprehendemos
de una manera absolutamente inmediata, como el geólogo que no percibe la
amonita en el fósil que descubre, como el físico que no percibe el movimiento
molecular a pesar de descubrir sus efectos en el movimiento browniano. Pero
el simple razonamiento que excluye toda posibilidad de una explicación
diferente y nos permite pasar del objeto verdaderamente comprobado al hecho
del que este objeto aporta la prueba –este trabajo rudimentario de
interpretación muy próximo a las operaciones mentales instintivas, sin las que
ninguna sensación llegaría a ser percepción- no exige la interposición de otro
observador. Los especialistas del método han entendido generalmente por
conocimiento indirecto el que no alcanza al espíritu del historiador más que por
el canal de espíritus diferentes.8Quizá el término no ha sido bien escogido; se
limita a indicar la presencia de un intermediario; pero no se ve por qué la
relación, la cadena, tiene que ser necesariamente humana. Aceptamos, sin
embargo, el uso común, sin disputar, sobre las palabras. En ese sentido
nuestro conocimiento sobre las inmolaciones murales en la antigua Siria no
tiene nada de indirecto.

Pues bien, hay muchos otros vestigios del pasado que nos ofrecen un
acceso igualmente llano. Tal es el caso de la mayor parte de la inmensa masa
de testimonios no escritos, y también de buen número de testimonios escritos.
Si los teóricos más conocidos de nuestro métodos no hubieran manifestando
una indiferencia tan sorprendente y soberbia por la técnicas propias de
arqueología, si no hubieran estado obsesos en el orden documental por el
relato y en el orden de los hechos por el acontecimiento, sin duda habrían sido

8
Resaltado del compilador.

6
más cautos y no condenado al historiador a una observación siempre
dependiente. En las tumbas reales de Ur, en Caldea, se han encontrado
cuentas de collares hechos de amazonitas. Como los yacimientos más
próximos de esta piedra se hallan situado en el corazón de la India o en los
alrededores del lago Baical, ha sido necesario concluir que desde el tercer
milenio antes de nuestra era las ciudades del Bajo Eufrates mantenían
relaciones de intercambio con tierras muy lejanas. La inducción podrá parecer
buena o frágil. Cualquiera que sea el juicio que nos formemos de ella, debemos
admitir que se trata de una inducción de tipo clásico; se funda en la
comprobación de un hecho y no interviene el testimonio de una persona distinta
del investigador. Pero los documentos materiales no son en modo alguno los
únicos que poseen este privilegio de poder ser captados así de primera mano.
El pedernal tallado por el artesano de la Edad Media, un rasgo del lenguaje,
una regla de derecho, una regla de derecho incorporado en un texto, un rito
fijado por un libro de ceremonias o representando en una estela, son otras
tantas realidades que captamos y que explotamos con un esfuerzo de
inteligencia estrictamente personal. Para ello no necesitamos recurrir a ningún
intérprete, a ningún testigo. Y volviendo a la comparación que hacíamos arriba,
cabe decir que no es cierto que el historiador se vea obligado a no saber lo que
ocurre en si laboratorio sino por las informaciones de un extraño. Es verdad
que nunca llega hasta después de terminada la experiencia. Pero si las
circunstancias lo favorecen ésta habrá dejado residuos que no le será
imposible percibir con sus propios ojos.

Por lo tanto, hay que definir las indiscutibles particularidades de la


observación histórica con otros términos, a la vez menos ambiguos y más
amplios.

La primera característica del conocimiento de los seres humanos del pasado


y de la mayor parte de los del presente consiste en ser un conocimiento por
huellas, para usar la feliz expresión de François Simiand. Trátense de los
huesos amurallados en Siria, de una palabra cuya forma o empleo revela una
costumbre, de un relato escrito por el testigo de una escena antigua o reciente,
¿qué entendemos por documento sino una “huella”, es decir, la marca que ha
dejado un fenómeno, y que nuestros sentidos puede percibir? Poco importa
que el objeto sea por naturaleza inaccesible ala sensación, como la trayectoria
del átomo, que solo es visible en el tubo de Crookes. Poco importa que se haya
que se haya vuelto inaccesible a la sensación a causa del tiempo, como el
helecho que, podrido hace miles de año, ha dejado su huella, sin embargo, en
el bloque de hulla, o como las solemnidades que han caído en desuso y que
vemos pintadas y comentadas en los muros de los templos egipcios. En ambos
casos el procedimiento de reconstrucción es el mismo y todas las ciencias
ofrecen múltiples ejemplos de él.

7
Pero el hecho de que gran número de investigadores de todas categorías se
vean obligados a aprehender ciertos fenómenos centrales solo mediante otros
fenómenos derivados de ellos, en modo alguno quiere decir que haya en todos
una perfecta igualdad de medios. Es posible que, como en el caso del físico,
tengan el poder suficiente para provocar la aparición de las huellas. Es también
posible, por el contrario, que tengan que esperar a que obre el capricho de
fuerzas sobre la que no tienen la menor influencia. En uno y otro su posición
será muy distinta, como es evidente, ¿Qué ocurre con los observadores de los
hechos humanos? Aquí las cuestiones de fechas vuelven a ocupar un primer
plano.

Es evidente que todos los hechos humanos algo complejos escapan a al


posibilidad de una reproducción, o de una orientación voluntarias, y sobre esto
hablaremos más tarde. Desde las medidas mas elementales de la sensación
hasta las pruebas mas elementales de las inteligencia y de la emotividad,
existe una experiencia sicológica. Pero esta experiencia no se aplica, en suma,
sino al individuo. La sicología colectiva es casi por completo rebelde a ella. No
es posible –y nadie se atrevería a hacerlo suponiendo que fuera posible-
suscitar deliberadamente un pánico o un movimiento de entusiasmo religioso.
Sin embargo, cuando los fenómenos estudiados pertenecen al presente o al
pasado inmediato, el observador –por incapacitado que se halle para forzar su
repetición o para invertir a su voluntad el desarrollo- no se encuentra
igualmente desarmado frente a sus huellas. Puede, literalmente, hacer que
algunas de ellas vuelvan a existir. Me refiero a los informes de los testigos.

El 5 de diciembre de 1805 era tan imposible como hoy que se repitiera la


experiencia de Austerliz. ¿Qué habría hecho en la batalla tal o cual regimiento?
A Napoleón le habría bastado dos palabras para hacer que un oficial le
informara sobre el asunto apenas unas horas después de la batalla. ¿Pero
nunca se ha probado la existencia de un informe de esta clase, público o
privado? ¿Acaso se perdieron los que se escribieron? Si nosotros tratáramos
de hacer las mismas preguntas que Napoleón haya podido hacer, nos
quedaríamos eternamente sin respuesta. ¿Qué historiador no ha soñado, como
Ulises, en alimentar las sombras con sangre a fin de interrogarlas? Pero los
milagros de la Nekuia, ya no están de moda y no tenemos mas maquinas para
remontar el tiempo que nuestro cerebro, con los materiales que le proporcionan
las generaciones pasadas.

No habría que exagerar tampoco los privilegios que tiene el estudio del
presente. Imaginemos por el momento que los oficiales, que todos los hombre
de un regimiento han parecido; o, mejor, que entre todos los supervivientes no
se encuentra un solo testimonio cuya memoria, cuya facultades de atención
sean dignas de crédito. En este caso Napoleón no se encontraría en una
situación mejor que la nuestra. Todo aquel que ha tomado parte, aun cuando
sea en el papel más humilde, en una gran acción, sabe muy bien que al cabo

8
de unas horas es a veces imposible precisar un episodio de capital importancia.
Y a eso habría que agregar que no todas las huellas del pasado inmediato se
presentan con la misma docilidad a cualquier evocación. Si las aduanas
hubieran dejado de registrar día a día la entrada y salida de las mercancías en
el mes de noviembre de 1942, me sería imposible saber en el mes de
diciembre el monto del comercio exterior del mes anterior. En una palabra,
entre las encuesta de los tiempos pretérito y el pasado inmediato no hay mas
que una diferencia de grado, que en nada afecta al fondo de lo métodos
empleados para estudiarlos. Pero no por la diferencia es de poca importancia, y
conviene deducir las consecuencias de esto.

El pasado es, por definición, un dato que ya nada habrá de modificar. Pero
el conocimiento del pasado es algo que está en constante progreso, que se
transforma y se perfecciona sin cesar. A quien dudara de lo anterior bastaría
recordarle lo que ha ocurrido desde hace más de un siglo: por la investigación
ha salido dela bruma inmenso conglomerados humanos que ante eran
ignorados: Egipto y Caldea se han sacudido sus sudarios; las ciudades
muertas del Asia Central han revelado sus lenguas, que nadie sabía hablar ya,
y sus religiones, extinguidas desde hace mucho tiempo; en las orillas del Indo
se ha levantado de su tumba una civilización completamente ignorada. Pero no
es eso todo, y la ingeniosidad delos investigadores que hacen rebuscar en las
bibliotecas y que excavan en viejos suelos nuevas zanjas, no sirve sólo, ni
quizás con la mayor eficacia, para enriquecer la imagen de los tiempos
pasados. Han surgido nuevos procedimientos de investigación antes ignorados.
Sabemos mejor que nuestros antepasados interrogar a las lenguas sobre las
costumbres y a las herramientas sobre los obreros. Hemos aprendido, sobre
todo, a descender a más profundos niveles en el análisis de la realidad social.
El estudio de las creencias y de los ritos populares apenas desarrolla sus
primeras perspectivas. La historia de sus economías –de la que Courtnot, al
enumerar los diversos aspectos de la investigación histórica, ni siquiera tenía
idea- acaba de comenzar a constituirse. Todo ello es cierto y nos permite
alimentar las mayores esperanzas. No esperanzas ilimitadas, claro está, pues
nos ha sido rehusado ese sentimiento de progresión verdaderamente indefinida
que da una ciencia como la química, capaz de crear hasta su propio objeto. Los
exploradores del pasado no son hombres totalmente libres. El pasado es un
tirano, y les prohíbe que sepan de él lo que él mismo no les entrega,
científicamente o no. Nunca podremos establecer un estadística de los
precios en la época merovingia, porque ningún documento registró esos
precios suficientemente. No es imposible penetrar en la mentalidad de los
hombres del siglo XI europeo, por ejemplo, como podemos hacerlo en la
mentalidad de los contemporáneos de Pascal o de Voltaire. De aquéllos no
tenemos cartas privadas ni confesiones; solo nos queda algunas malas
biografías escritas en un estilo convencional. A causa de esta laguna toda una
parte de nuestra historia adquiere necesariamente al aliento, un poco exangüe,

9
de un mundo despoblado. Pero no nos quejamos demasiado. En esta estrecha
sumisión a un inflexible destino –nosotros, pobres adeptos a menudo
ridiculizados por las nuevas ciencias del hombre- nos tocó peor parte que a
muchos de nuestros compañeros, dedicados a disciplinas más antiguas y más
segura de sí. Tal es la suerte común de todos los estudios cuya misión es
escrutar los fenómenos pasados. Y el prehistoriador, falto de testimonios
escritos, es más incapaz de reconstruir las liturgias de la Edad de Piedra que –
pongo por caso- el paleontólogo las glándulas de la secreción interna del
plesiosauro, del que solo subsiste el esqueleto. Siempre es desagradable decir:
“no sé”, “no lo podemos saber”, no hay que decirlo sino que después de haber
buscado enérgica, desesperadamente. Pero hay momentos en que el más
imperioso deber del sabio es, habiéndolo intentando todo, resignarse a la
ignorancia y confesarlo honestamente.

10
Los fundamentos de la materia historiográfica.9

Metodología.

La discusión sobre el método en historiografía se materializa, en cualquier


caso, en torno a los conceptos básicos de explicación y de comprensión. Las
ciencias humanas y sociales abordaron esa doble dimensión del conocimiento
de una manera esencialmente antagónica y contradictoria, muy condicionada
su aplicación específica por los derroteros de los hallazgos metodológicos que
la modernidad ideó para aplicarlos a las ciencias físico-naturales; muy
subordinada después aquella misma discusión –ya avanzado el siglo XX – a
las características de la filosofía analítica y en el marco de su larga hegemonía
sobre la filosofía de la ciencia, una hegemonía que ha sido producto, a su vez,
de la importantísima aportación de los neopositivistas a la lógica. Las
posiciones y soluciones que han ido ofreciéndose al respecto son de tres tipos:

Comprensión como el método típico de las ciencias humanas. Gracias a este


proceder, el historiador logra componer un relato que aclara el conocimiento de
los otros. La comprensión tal y como la entiende G. Simmel por ejemplo,
consiste en una captación intuitiva de las relaciones internas existentes en las
cosas. Una captación no fragmentaria (no analítica) que respeta la originalidad
e indivisibilidad de la totalidad vivida. Y que por lo tanto dejaría a salvo de
mediaciones, sin manipularlo, lo propio y esencial de la experiencia humana.
Sus resultados no son directamente verificables por la propia experiencia, no
pueden serlo. Pero se nos imponen en calidad de aquello que Karl Jasper jamó
“evidencia vivida”. Esta es una postura radical, evidentemente, dentro de este
ámbito. La más extrema.

Explicación, en cambio, tendría por objeto fundamental determinar las


causas de los fenómenos, si bien se han establecido tipologías no causales de
la explicación, en cierto modo siempre derivadas. Y, como tal, es un
procedimiento apropiado para las ciencias de la naturaleza sobre todo. Para
ciertos filósofos Jasper, de nuevo, extremísimamente ambos procedimientos
son del todo irreductibles entre sí. Porque responden a esquemas diferentes de
inteligibilidad de lo real. La intuición sería, desde esta primera perspectiva de
radical incompatibilidad, de rango superior, incluso, a la demostración y la
explicación. Porque nos permitiría entrar, de lleno y de una vez por todas, sin
velos o cortinajes intermedios o encubridores además, en el núcleo mismo del
conocimiento.
9
Tomado de: Hernández Sandoica, Elena. Los caminos de la Historia. Cuestiones de historiografía y
método. Madrid, Editorial Síntesis, 1995.

11
a) Otras tendencias en cambio –por ejemplo y con vigor el estructuralismo,
con su aplicación sistemática a través de “modelos” –, vienen a defender a
capa y espada la metodología propia de la explicación no sólo para las ciencias
físico-naturales, sino también para las ciencias que se llaman “humanas”.
Ciencias humanas serían, de esta manera, las que se ocupan de buscar
objetivamente “lo oculto y lo necesario” (es decir, aquí lo no contingente) como
razón y explicación de aquello que ha sido dado bajo forma de “ hechos
aparentes y contingentes”. Levi-Strauss, por ejemplo, distingue dos órdenes de
hechos y para ellos dos niveles metodológicos: el orden social y estructural – lo
que él llama “modelos de comportamiento”, a los que correspondería en el
curso de la investigación una fase de explicación –, y el orden individual y
estadístico – es decir, los comportamientos singulares, que deberían ser
analizados en cambio por una metodología descriptiva –. La estructura sería,
de este modo, un modelo construido a partir de los hechos, de la observación
de los hechos disponibles, que opera en calidad de hipótesis de trabajo. Pero,
en cualquier caso, un modelo al que la verificación confiere un status especial
al fundar su carácter explicativo y acabar, necesariamente en una
generalización. El camino ( el “método” propiamente dicho, a la manera de los
griegos) pasará entonces por un territorio que va desde el acontecimiento a la
estructura, de la estructura a la cultura, de la cultura al espíritu humano y de
éste, finalmente a la naturaleza. Las corrientes pos-estructuralistas en
antropología, lo que se ha venido en llamar “antropología postmoderna”,
rechazan todos y cada uno de estos supuestos. Esencialmente –y de manera
rotunda –se oponen a la elección metodológica propuesta por la antropología
estructural: la verificación y la comprensión correspondiente.

b) Pero hay ciertamente una tercera vía, un intento cada vez más extenso y
complicado por superar la oposición dicotómica entre los mecanismos de la
explicación y la comprensión. Una vía en fin, que tratará de asociar,
integrándolos combinándolos, aunque en diversos grados, los dos polos
metodológicos, que dejan así de ser considerados incompatibles entre sí. El
mismo Weber habló de una explicación comprensiva, e inventó el instrumental
heurístico que se halla contenido en su concepto de generalización empírica,
tan extenso como versátil. Y Piaget a su vez, se inclinó por una llamada
implicación comprensivo-explicativa. Si el primero de ambos conceptos se
aplica eminentemente a las ciencias humanas y sociales, Piaget presenta en
cambio la versión más amplia y extensible de este esfuerzo sincrético porque,
en su propuesta, todas las ciencias pretenden, de un modo u otro y a la vez,
tanto comprender como explicar, siendo en la práctica inseparables ambos
procesos cognitivos. Tal supuesto de imbricación cognitiva –combinado con el
paradigma de la complejidad – sería, en opinión de Piaget, cada vez más claro
y evidente en los desarrollos epistemológicos, en cuanto que las ciencias de la
naturaleza y las ciencias del hombre se van intercambiando progresivamente
un contingente cada vez mayor de problemas, van haciéndose cada vez más

12
preguntas comunes (o que buscan la repuesta en procedencia indistinta) y de
manera más paradójica, en fin, van ofreciendo cada vez más soluciones
(parciales siempre, desde luego) a ese conjunto de problemas.

13
Cuestiones del conocimiento histórico: Explicación-comprensión

Ciencia, ciencia social e historiografía. 10

La historiografía, ciencia social.

Conocimiento científico-social e historiografía.

La tarea fructífera en este terreno sería la de establecer y determinar


únicamente el tipo de práctica intelectual que es la historiografía y el tipo de
conocimiento que puede aportar. En principio, puede afirmarse que la
investigación de lo social en su conjunto, y de lo histórico dentro de ella, puede
tener mayor o menor valor cognoscitivo –y también tecnológico-, pero es
evidente que solo puede emprenderse y entenderse en el “horizonte intelectual”
que enmarca el método y el conocimiento que llamamos científico. La
naturaleza humana y social pueden, sin duda, conocerse también de otras
formas –filosofía, místico-religiosa, artística-, pero lo que se realiza a través de
la práctica científica es, todavía, la más productiva. Dentro de la realidad de lo
social, la historia materializa especialmente un componente de ella: el
temporal. En este sentido, por tanto, la historiografía ha de entenderse como
práctica inserta en el terreno común del estudio de la realidad social.

La pregunta acerca de la naturaleza del conocimiento histórico es, en


consecuencia, del mismo nivel epistemológico que el que ya hemos visto
presente en la problemática general del conocimiento científico-social. Podría
preguntarse si la disyuntiva entre conocimiento común y conocimiento científico
es la única posible, si no existen situaciones intermedias entre estos dos status
del conocimiento de lo histórico. La respuesta es que, en sentido riguroso, esas
situaciones intermedias no serían más que efectismos retóricos; no existe una
posibilidad real intermedia. No hay situaciones intermedias, mixtas. Lo que
ocurre es que, en aparente contradicción con lo anterior, hoy nadie mantiene
que entre el conocimiento científico y otras formas de él haya un abismo
insalubre.11

Pero, complementariamente, hay que señalar que en el interior del campo de


las ciencias sociales existen profundas discontinuidades. Una respuesta más
10
Tomado de: Aróstegui, Julio. La investigación histórica: teoría y método. Barcelona, Ed. Crítica
Grijalbo Mondadori, 1995.
11
Argumentaciones autorizadas de esta idea bastantes y en obras ya citadas aquí como las de Chalmers,
Bunge. Cf. F. Fernández Buey, La ilusión del método, crítica, Barcelona, 1991, especialmente pp. 152 y
ss.

14
afinadas, por tanto, no podría ignorar que si entre las ciencias sociales existen
esas evidentes diferencias de desarrollo y status metodológico de los que ya
hemos hablado, la historiografía, en su situación presente, en cuanto práctica
científico-social disciplinar, no puede sino quedar ubicada en los niveles bajos,
en el sentido de que se trata de la disciplina dentro de la investigación social
que más adolece hoy de la falta de un grado suficiente de madurez
metodológico y formal. Existe un campo común de las ciencias sociales en el
que estás presentan una similitud clara en problemas básicos. Pero el grado de
desarrollo de ellas es disparejo.

En último extremo, cabe preguntarse, ¿es imprescindible, o siquiera


importante, el planteamiento de este orden de cuestiones para el porvenir de la
historiografía, para su práctica como disciplina reconocida y autónoma? No ya
sobre la respuesta sino sobre la pertinencia misma de la pregunta la opinión
está hoy, muy dividida también dentro del campo de la historiografía. Los
escepticismos sobre la utilidad y necesidad de “teorías” y de “metodología” son
amplios y cuentan con una sólida tradición. Por el contrario, es asimismo
innegable que el desarrollo de ciertos sectores de la investigación
historiográfica, las prácticas interdisciplinares y otras influencias han propiciado
también mayores preocupaciones de fundamentación disciplinar. De ello se
desprende que si se quiere replantear la configuración de la historiografía
indudablemente el trabajo ha de empezar por el tratamiento de este tipo de
problemas.

Conocimiento científico y conocimiento de la historia.

A. Marwick ha dicho con indudable acierto que “el gran valor de un debate
como el de ¿es la historia una ciencia? reside en la manera en que ayuda a
clarificar la naturaleza de la historia puede y no puede hacer.” 12 La diferencia
entre lo que hace la física y lo que hace la historiografía, desde luego, no
puede ser banalizada con la idea de que en las décadas recientes la ciencia
natural ha entrado en la era del “relativismo”, del “principio de incertidumbre”, y
de las certezas probabilísticas, argumentos que se utilizan a veces, justamente,
para relativizarla idea de una ciencia con exigencias estrictas de método y
resultados. Quienes echan manos de estos argumentos, y en el gremio de
ciertos sedicentes teóricos de la historia ello no es raro, 13desconocen
absolutamente lo que tales cosas significan y, sobre todo, el caudal de trabajo
“científico” que es preciso emplear para llegar a la conclusión misma de que la
ciencia no da lugar a conocimientos “seguros”. 14

12
A. Marwick, The Nature of History, Macmillan, Londres, 1970, p. 98.
13
Un caso típico es el del libro de J. A. Maravall, Teoría del saber histórico, Revista de Occidente,
Madrid, 1969, construido sobre la pretensión de quela historia no es más probabilística que la física.
14
Cosa de la que, por lo demás, no creemos que le quede duda alguna al lector de este libro que haya
pasado por su capítulo anterior.

15
En el nivel de mero sentido común, la diferencia más notable entre la ciencia
natural y una “ciencia” social como la historiográfica es la que se refiere al
grado en que pueden “establecerse pruebas” de lo que se afirma en una y otra
investigación. El científico natural puede experimentar, lo que no puede
hacerse con la historia. Pero la segunda diferencia también comúnmente
aludida es laque respecta a las leyes que una y otra ciencia pueden establecer;
el conocimiento histórico no puede predicciones y, menos aun, leyes
universales. El historiador puede, en todo caso, emplear generalizaciones, que
son útiles y absolutamente necesarias en el intento de explicar la historia, pero
que en modo alguno tienen el carácter de aquellas. Se ha dicho que el
historiador no predice sino que “retrodice”. Que no produce leyes sino que “las
consume”. La diferencia entre el conocimiento de la física y el de la historia
admite ninguna duda. Pero ¿es una diferencia de grado metodológica o refleja
una diferencia sustancial e insalvable en los objetos que se conocen?
Precisamente las posiciones epistemológicas de otras.

Parece claro que el problema de la cientificidad del conocimiento de la


historia, como de cualquier conocimiento sobre el hombre, no tiene respuesta
por este camino o la tiene negativa. Pero lo que se deduce también a veces
como falsa conclusión de ello es no ya sólo que la historia no admite grado
alguno de conocimientos sui generis. A pesar del largo camino recorrido desde
el positivismo decimonónico hasta ahora, lo significativo no es que para
muchas opiniones el conocimiento de la historia no pueda superar el ámbito del
“conocimiento de sentido común”, sino que para un alto número de sus
cultivadores esa es la situación adecuada, posible y deseable…

Ciertos tratadistas que, sin algún tipo de argumentaciones realmente


convincentes, han sentenciado la imposibilidad de que la histori(ografí)a sea
“una ciencia”, como es el caso, a título de ejemplo, de tan ilustre opinantes
como P. Veyne, F. Furet, G. Duby, G. Elton p I. Berlín, parecen tener tanto
fundamento en su conocimiento de las características de la ciencia, como
aquellos otros más clásicos que como J. P. Bury, G. Monod, Henri Berr, R. G.
Collingwood, etc., aseguraban enfáticamente que sí lo era. En efecto,
analizadas estas cuestiones en una perspectiva histórica, se observan que
cuando al viejo –y, en realidad, falso- problema de la cientificidad del estudio de
la historia sele ha dado una respuesta o solución negativa, se ha hecho así, por
lo general, desde una u otra de estas dos posiciones:

Una, la que mantienen aquellos que niegan que pueda construirse un


conocimiento “científico” de la historia sencillamente porque no puede
alcanzársele, porque no puede hacerse ciencia del conocimiento del devenir
humano que es irrepetible, porque el conocimiento de lo histórico no puede
superar el nivel del conocimiento “común”. Es posible detectar en este campo,
a su vez, dos grados o escalones: el primero lo ocupan quienes niegan en
bloque la posibilidad de una ciencia de lo social, de una ciencia del hombre en

16
términos rigurosos; el segundo, en posición menos elevada, menos
fundamentalista, lo sostienen aquellos que no niegan una ciencia del hombre
pero sí una ciencia de la historia, o lo que ellos creen que es una “ciencia del
pasado”.

Otra, la que expresan quienes creen igualmente que de la historia en modo


alguno puede hacerse un conocimiento científico en sentido amplio, ni
científico-social, en el más restringido, pero no porque se trate de un tipo de
conocimiento inalcanzable, como en el caso anterior, sino por creer que de la
historia solo puede tenerse un conocimiento sui generis, es decir, un
conocimiento histórico, que no es el común, ni el científico, ni el filósofo, ni
pertenecer a ninguna otra categoría de ellos, sino que forma una categoría
propia entre los conocimientos posibles. La historia sería, junto a la filosofía, la
ciencia o la religión una especia de conocimiento del mismo rango que éstas.
Existiría un “conocimiento histórico” pero no una disciplina de la historia.

Así, Isaiah Berlín ha sostenido que no hay nada parecido a una “ciencia de
la historia”; la ciencia se concentra en conjunto de fenómenos homólogos; es la
historia lo hace heterogéneos; se centra en las diferencias: si fueran posibles
las generalizaciones en este terreno ellas serían la tarea de la sociología y
dejarían a la historia para sus aplicaciones. La complejidad de la historia es el
principal placer para su cultivo, dice Berlín; el historiador es el que presenta a
los hombres o las sociedades en las situaciones con más dimensiones y
niveles simultáneos distintos.15 Por su parte, la reaccionaria tenacidad de una
tratadista como G. Elton ha insistido desde siempre en la “autonomía” de la
historia, en su separación tajante del método de las ciencias sociales, en los
peligros ciertos de cualquier orientación distinta de la “humanista”, con lo que
se ha convertido en uno delos paladines de la concepción de la investigación
histórica como un tipo sui generis de conocimiento.16

En el terreno contrario, cuando se ha dado una respuesta positiva, las


apuestas por la cientificidad de la historiografía han sido hechas, desde luego,
desde posiciones que presentan también notables diferencias entre ellas. Por
lo pronto, un cierto sector de la historiografía más tradicional, de impronta
“positivista”, ha hablado siempre y sigue hablando de una “ciencia” de la
historia sin que, en último extremo, haya otra forma de considerar esa
expresión que no sea como metáfora o analogía. No existe una consideración
sería de los que quiere decirse como “ciencia”. Estas serían las posiciones de
la vieja preceptiva, pero continuada por tratadistas más recientes como Halkin,
Marrou,E. H. Carr, Federico Suárez o Juan Reglá. Otra posición está situada en

15
I. Berlín, The Concept of Scientific History, History and Theory, I (1960-1961), p. 19.
16
G. Elton, The Practice of History, Sydney University Press, Sidney, 1967. Pp. 7 y ss. Los años en nada
han hecho cambiar las ideas del autor a juzgar por sus nuevos escritos sobre el tema: Return to
Essentials. Some Reflections on the Present State of Historical Study, Cambridge University Press.1991.
La opinión sobre la posición de Elton noes mía. Ha sido señalada claramente por sus recensionista
Lawrence Stone en el Times Literary Supplement y Donald Meyer en History and Theory.

17
la tradición germánica que incluiría a la historiografía entre las ciencias
radicalmente distintas de la ciencia natural. Esta sería la manera de juzgar de
teóricos no del campo historiográfico mismo como Dilthey, Weber, Gadamer o
Habermas.

Una tercera posición sería la mantenida por la metodología neopositivista,


que opina que la ciencia de la historia ha de operar, en suma, con el mismo
mecanismo que todas las demás ciencias sociales, asimilables, a su vez, a la
ciencia natural. Las posiciones de metodólogos como Hempel, con su conocido
interno de aplicar el método nomológico-deductivo a la explicación histórica, 17
o E. Nagel, apoyan esta visión. En fin, una posición más, ésta de historiadores,
sería la que ha hablado de una “ciencia social histórica” o “historia ciencia
social” (Social Science History), corriente de la que han participado opiniones
del mundo anglosajón de la Social Science, la familia Tilly, D. Landes, C. Lloyd,
como del germánico de la historia social también, los Kocka. Wehler,
Mommsen. Es la posición más cercana realmente a la situación de las ciencias
sociales. Todo ello sin hablar de la cliometría plenamente caracterizable como
“cientificista”.

17
Al modelo ya nos hemos referido. A las posiciones de Hempel sobre la explicación histórica nos
referiremos después.

18
Los dobles juegos del conocimiento.18

Analógico lógico

Las analogías

El conocimiento por analogías es un conocimiento de lo semejante por lo


semejante que detecta, utiliza, produce similitudes de tal suerte que identifica
los objetos o fenómenos que percibe o concibe.
El término analogía contiene diferentes sentidos:

1. La analogía puede estar en las proporciones (similares) y en las


relaciones (iguales), como por ejemplo la analogía entre el movimiento y
el tiempo de rotación de las agujas del reloj, y la rotación, aparente del
sol alrededor de la tierra.
2. la analogía puede ser de formas o configuraciones. A partir de estas
analogías, se puede establecer isomorfismos y homeomorfismos, que
conciben de manera sistemática y coherente estas analogías, como las
que hay entre los organismos de los peces y los de los cetáceos, o las
que hay entre las alas de los pájaros y las de los murciélagos.
3. La analogía puede ser organizacional y funcional. Entonces permite
establecer homologías. Estas pueden corresponder a homeomorfismos
(como entre el dispositivo volante de los pájaros y el de los murciélagos),
aunque pueden concernir a entidades muy diferentes dotadas de iguales
dispositivos organizadores, como por ejemplo la retroacción negativa
(feed back negativo) que se encuentra en los sistemas físicos naturales
(astros), artificiales (máquinas), en los sistemas biológicos y en los
sistemas sociales.
4. Por último, hay un juego de analogías libres, espontáneas, que tienen
valor sugestivo, evocador, afectivo, como las metáforas poéticas,
literarias, y las del lenguaje cotidiano.
El examen de una situación realza las más diversas semejanzas entre
objetos, seres, fenómenos percibidos y los de nuestra memoria, los interroga y
busca en ello un mensaje, y el espíritu, en sus estrategias de elucidación,
practica suputaciones a partir de analogías. Por último las metáforas nos

18
Tomado de: Edgar Morin. El Método, el conocimiento del conocimiento, editorial Cátedra, Madrid,
1994.

19
acuden espontáneamente para concretar una información (el sol se levanta),
calificar a otros, o cristalizar un saber en forma de proverbio.

Se puede decir que en los múltiples modos de reconocimiento y de


conocimiento por analogía son inherentes a toda actividad cognitiva y a todo
pensamiento. Aún más: el espíritu no hace más que servirse de analogías; el
fin mismo de la actividad cognitiva es “simular” lo real percibido construyendo
un analogía mental (la representación), y simular lo real concebido elaborando
un analogía ideal (teoría). En estas condiciones, la analogía, que aparece al
comienzo y al término del conocimiento, constituye a la vez su medio y su fin.

Lo analógico y lo lógico

La organización del conocimiento humano necesita el tratamiento binario


(digital) de las informaciones en todos los niveles de la computación cerebral.
En el momento de la percepción de la concepción, la alternativa binaria de la
exclusión o aceptación de una analogía se impone cuando hay incertidumbre
en la identificación de una forma.
De este modo, la discriminación alternativa interviene siempre en asociación
con el modo analógico de identificación, y esta discriminación, que analiza y
controla el empleo de las analogías, obedece a los principios / reglas que
organizan y controlan el conocimiento.

Por último, el pensamiento humano impone a las percepciones así como a


los discursos la alternativa lógica permanente de lo verdadero y lo falso.
Correlativamente, el principio de identidad nos ordena distinguir, desjuntar
incluso, lo que no es más que semejante, pero no idéntico. Más ampliamente,
al introducir sus exigencias de coherencia en el pensamiento, la lógica, o bien
rompe la analogía, o bien la agrupa dentro del razonamiento.

Liberada a sí misma, la analogía yerra, vagabundea, viaja, atraviesa sin


trabas fronteras, espacios y tiempo. Lleva en sí, potencialmente, error delirio,
locura, razonamiento, invención, poesía. Desde el momento en que se aplica a
la práctica, necesita ser comprobada, verificada, reflexionada, y debe entrar en
dialógica con los procedimientos analíticos / lógicos / empíricos del
pensamiento racional. La racionalidad verdadera no reprime a la analogía, se
alimenta de ella al mismo tiempo que la controla. Puede haber desarreglos en
el ir y venir analógico-lógico, el exceso analógico y la atrofia lógica conducen al
delirio; pero la hipertrofia analógica y la atrofia lógica conducen a la esterilidad
del pensamiento.

Pero, si bien las ciencias han desconfiado oficialmente de la analogía, la han


practicado clandestinamente. Muchos científicos han utilizado el razonamiento
por analogía para construir tipologías, elaborar homologías, incluso para inducir
leyes generales (pero los manuales borran el rastro de la andadura mental
subjetiva). Incluso hay grandes desplazamientos teóricos que se han efectuado
20
por analogía. De este modo el estructuralismo en su comienzo es el traspaso a
la organización del parentesco de las concepciones de la lingüística estructural.

Debemos rehabilitar no sólo los modos científicamente nobles o


ennoblecidos de la analogía, sino también los de la metáfora. La metáfora no
podría ser condenada por metáfora, ya que la idea de metáfora comporta muy
netamente valor de evocación, de sugestión, de ilustración, y no de explicación.

La metáfora resulta a menudo un modo afectivo concreto de expresión y


comprensión. Poetiza lo cotidiano transportando sobre la trivialidad de las
cosas la imagen que asombra, hace sonreír, enmudece, maravilla incluso.

La analogía es iniciadora, innovadora, incluyendo la invención científica.


Nutre un vaivén entre concreto y abstracto, y entre imaginario y real. Estos
vaivenes estimulan o provocan la concepción, es decir la formación de nuevos
modos de organización del conocimiento y el pensamiento.

comprensión explicación.

Las nociones de comprensión y explicación, en una primera consideración,


parecen recubrirse más o menos, distinguiéndose quizá la primera por una
connotación sintética, y la segunda por una connotación analítica.

En un primer sentido, la comprensión es el conocimiento que aprehende


todo aquello de lo que podemos hacernos una representación concreta, o que
podemos captar de manera inmediata por analogía. De este modo, la
representación es comprehensiva pues procura un conocimiento en el acto
mismo que hace surgir un analogía del fenómeno percibido (lo que en absoluto
impide que la representación pueda ser analizada lógicamente y que, de esta
suerte, se convierta en materia de explicación)

En segundo sentido, la comprensión es el modo fundamental de


conocimiento para cualquier situación humana que implique subjetividad y
afectividad y, más centralmente, para todos los actos, sentimiento,
pensamientos de un ser percibido como individuo / sujeto (por su parte, la
explicación es un conocimiento adecuado a los objetos, y que se aplica a los
seres vivos cuando éstos son percibidos, concebidos, estudiados como
objetos)

Proyección identificación

21
Esta comprensión es un conocimiento empático / simpático de las actitudes,
sentimientos, intenciones, finalidades de los demás; es aportada por una
mimesis psicológica que permite reconocer, sentir incluso en uno mismo lo que
siente alguien diferente de uno mismo. Es decir, que la comprensión siempre
comporta una proyección (de uno hacia los demás) y un identificación 8de los
demás con uno), doble movimiento de sentido contrario que forma bucle. 158

En este bucle de proyección identificación, un ego alter (los demás)


deviene alter ego (otro uno mismo del que espontáneamente se comprenden
sentimientos, deseos, temores. Como Kant indicara en la primera edición de la
Crítica de la Razón Pura, cuando un sujeto concibe a otro sujeto
necesariamente le atribuye las propiedades y capacidades por las que él se
caracteriza a sí mismo como sujeto. El acto de comprensión de los demás
comporta un “yo soy tú” y en este sentido constituye un sentimiento fraternal o
sororal que incluye a los demás en una esfera de simpatía o más fuertemente
en un bucle comunitario, que en ocasiones puede no durar más que el tiempo
de la comprensión.

De este modo, comprendemos lo que sienten los demás por proyección de


lo que nosotros mismos sentiríamos en parecida ocurrencia, y por retorno
identificador sobre uno del sentimiento de este modo proyectado sobre los
demás.

La comprensión no es confusión; comporta la distinción entre el mí y el tú; es


un “yo me vuelvo tú al mismo tiempo que sigo siendo yo mismo”. Tenemos
ejemplos privilegiados para comprender esta relación compleja en la que
seguimos siendo nosotros mismos al mismo tiempo que participamos de la vida
de los demás; son las novelas y películas en las que vivimos, sufrimos,
disfrutamos de la vida, las penas y las alegrías de nuestros héroes, mientras
seguimos siendo nosotros mismos, sabiendo que estamos leyendo una novela
o viendo una película, y siendo capaces al mismo tiempo de acariciar a nuestra
vecina.

La comprensión es un modo fundamental del conocimiento antroposocial.


Como dice H. G. Gadamer, “comprender es el modo de ser del danseín
mismo”. La comprensión es el conocimiento que hace que un sujeto sea
inteligible no sólo para otro sujeto, sino también para todo aquello que este
marcado por la subjetividad y la afectividad.

La comprensión comporta, no obstante, límites y riesgos de error, incluido el


riesgo de incomprensión, ya que una comprensión no puede comprender más
que lo que comprende: las costumbres extranjeras, los hábitos desconocidos,
los ritos diferentes resultan incomprensibles e incluso suscitan la
incomprensión; lo extranjero y lo extraño difícilmente pueden ser incluidos en

22
los circuitos de proyección / identificación y, en una misma sociedad, las
diferencias de clase, estatus, sexo, edad forman una barrera para la
comprensión.163

La explicación

La explicación es un proceso abstracto de demostraciones lógicamente


efectuadas, a partir de datos objetivos, en virtud de necesidades causales
materiales o formales y/o en virtud de una adecuación a estructuras o modelos.

La comprensión se mueve principalmente en las esferas de lo concreto, lo


analógico, la intuición global, lo subjetivo. La explicación se mueve
principalmente en la esfera de lo abstracto, lo lógico, lo analítico, lo objetivo.

La comprensión comprende en virtud de transferencias proyectivas /


identificativas. La explicación explica en virtud de la pertinencia lógico-empírica
de sus demostraciones.

La explicación se refiere por principio a la objetivación, la determinación, la


racionalidad.

Comprensión Explicación

Concreto Abstracto

Analógico Lógico

Captaciones globales Captaciones analíticas

Predominio de la conjunción Predominio de la


disyunción
Proyecciones /
identificaciones Demostraciones

Implicaciones del sujeto Objetividad

Pleno empleo de la desubjetivación


subjetividad

La dialógica comprensión explicación

En primer lugar cualquier lenguaje humano es a la vez metafórico


(analógico), y por tanto potencialmente comprensivo, y proposicional (lógico), y
por tanto potencialmente explicativo, la relación de los dos términos lo es a la

23
manera del ying-yang, conteniendo la comprensión a la explicación y la
explicación conteniendo a la comprensión.

En efecto no hay comprensión sin explicación. La representación misma no


es “comprensiva” sino porque ha sido organizada de manera coherente en
virtud de principios / reglas que restablecen la constancia de los objetos
percibidos, es decir en virtud de un dispositivo pre-explicativo y, una vez
formada, experimenta los procesos explicativos del espíritu que la estudia y
analiza. De igual modo, en su esfera propia, las proyecciones / identificaciones
de sujeto a sujeto se efectúan en un contexto de determinaciones objetivas y
de causalidades explicativas.

24
La explicación y la representación de la historia. 19

Para decirlo todo en una palabra, las causas, en


historia más que en cualquier otra disciplina, no se
postulan jamás. Se buscan…

Marc Bloch, Apologie por l´Histoire ou métier d´historien

Creo que es mera rutina el entender la exposición de


la historia como sólo una narración. Muchos
acontecimientos de la investigación histórica no
son adecuados en absoluto para ser presentados
en esta forma popular.

Johann Gustav Droysen, Historik…

Entre la explicación de la historia y su escritura es obvio que existe una


ligazón indisoluble en la práctica y que es, también, perfectamente inteligible.
Pero son dos momentos lógicos distintos del proceso de historiar. Toda
explicación ha de darse a través de algún medio de expresión que, a su vez,
condiciona la naturaleza misma de tal explicación. Cada forma de explicación
requiere su propio “discurso”, mientras que cada discurso tiene en su origen
una forma de explicación. Explicar es el objetivo último de todo conocimiento y
presentar esa explicación en un tipo concreto de discurso, en un medio de
expresión –que puede consistir en cosas como ecuaciones matemáticas, una
proposición lógico-formal, o cientos de páginas de argumentación- es el
resultado culminante de un proceso de conocimiento. Ahora bien, tanto en la
cuestión de la explicación como en la del discurso en la historiografía, nos
encontramos, por enésima vez, ante objetos sobre cuyo significado admitido
dista de haber acuerdo.

La capacidad de dar una explicación adecuada de la realidad explorada por


la historiografía, la existencia de una explicación histórica, una explicación en
sentid propiamente autónomo, exclusivo de la explicaciones posibles de las
realidades sociales, ha dado origen a respuestas bastante diversas.
Probablemente no hay otra cuestión más discutida en el campo de la filosofía
de la historia, o entre las teorías historiográficas de diversa procedencia –
marxismo, hermenéutica, Social History, etc.- que la de la naturaleza de la
explicación histórica.

19
Tomado de: Aróstegui, Julio. La investigación histórica: Teoría y método. Barcelona, Crítica
Grijalbo Mondadori, 1995.

25
La primera cosa discutida ha sido, sin dudas, la de si la historiografía puede
dar verdaderas “explicaciones” o debe conformarse con un rango menor de
cumplimientos de su objeto. Si existe alguna posibilidad de que la historia
pueda ser explicada mediante “leyes”, o bien si, como se piensa de la ciencia
social en su conjunto, lo que conviene a la historiografía no es la explicación de
la parcela de la realidad social que examina sino su “comprensión”, según
sostiene la posición hermenéutica. Las respuestas implican siempre el asunto
de la cientificidad de la práctica historiográfica.

En consecuencia, la explicación de la historia desemboca en una cuestión


distinta y no menos importante, la del discurso histórico. ¿Cómo presenta el
historiador el resultado de su investigación?, o sea, ¿cómo se registra la
historia de forma que podamos decir que tenemos una “representación”, una
“escritura” de ella, en la que hemos reconstruido el devenir temporal de una
determinada actividad humana? Lo que tradicionalmente se ha llamado la
“escritura de la historia” es lo que abordamos aquí bajo el rótulo de discurso
histórico. Está claro que la manera en que se “escriba” la historia no es una
mera cuestión de estilo sino una opción teórica y metodológica decisiva.

I. La naturaleza de la explicación histórica.

En el lenguaje corriente, explicar algo es dar cuanta de por qué es tal


como es aquello que es objeto de explicación. Por qué lo que sucede ha
sucedido y lo que existe tiene existencia en la forma en que la tiene.
Recurriendo al diccionario podemos decir que explicar es “dar a conocer la
causa o motivo de alguna cosa”. En definitiva, explicar en el lenguaje común
responde a la pregunta “por qué” acerca de las cosas que hay o ha habido, de
las cosas que suceden. El conocimiento que tenemos de algo no puede
considerarse completo hasta que no tenemos respuesta a esa pregunta sobre
el por qué de su existencia y su comportamiento. Sin ninguna duda, los
porqués son preguntas básicas de la mente humana de las que muchas veces
parte todo proceso del conocimiento. La respuesta de un por qué no siempre,
sin embargo, puede empezar en un porque…Esta es la base común de nuestra
necesidad de disponer de diversos tipos de explicación. No podemos dar
cuanta de todas las cosas con el mismo nivel de exhaustividad.

En el lenguaje filosófico, de la teoría del conocimiento, y también en el


lenguaje de la ciencia, lo que llamamos explicación no se presenta
desconectado, desde luego, de la significación de ello mismo en el lenguaje
ordinario, pero sí de forma algo más compleja. Es indudable que la discusión a
la que en términos de filosofía o de ciencia puede llevarnos la naturaleza de la
explicación histórica dependerá, en primer lugar, del alcance exacto que se dé
al concepto de explicación. Si a esa expresión se le concede el valor propio y
riguroso que adquiere como actividad final del trabajo científico, entonces la
posibilidad o capacidad de explicación de los fenómenos histórico-sociales es

26
una cuestión francamente problemática, y, en todo caso, un obstáculo de
especial relevancia para la fundamentación de una ciencia de lo social. 20

La naturaleza y los problemas de la explicación histórica.

En un conocido libro, el filósofo Adam Schaff mostró cómo la explicación de


los grandes hechos suele aparecer como una especie de muestrario o maraña
de interpretaciones dispares sobre cosas que, sin embargo, dado que tiene o
han tenido una existencia real, habrían de haberse mostrado con una
inequívoca entidad.21 El problema es que un suceso histórico único, irrepetible,
debería responder como hecho acontecido a un por qué igualmente único. Para
mostrar lo que él entiende como una absoluta disparidad en el juicio histórico,
Schaff efectúa un análisis pormenorizado de las diversas explicaciones
(interpretaciones) que se han dado de un suceso central en la historia
contemporánea como es justamente la Revolución francesa de 1789. La
Revolución francesa ha sido “interpretada” de múltiples maneras diferentes, lo
que quiere decir que se ha explicado como fenómenos obedientes a muy
diversas causas. Del recorrido que Schaff hace por la “explicaciones” de la
Revolución francesa que la historiografía ha producido, puede inferirse en una
primera lectura que no existe explicación histórica con el sentido que tiene una
explicación científica. Lo que existen son interpretaciones diversas y aun
contradictorias de ciertos conjuntos de hechos del pasado.

Tanto las verdades como las aporías que subyacen en esta visión de Schaff
constituyen el tipo de cuestiones con las que hemos de enfrentarnos en este
capítulo de la teoría historiográfica. En principio, las fuentes de información
sobre un determinado evento son finitas y podría darse el caso de que su
consulta hubiese sido exhaustiva después de culminar una investigación
correctamente realizada. Cabría pensar que los “hechos” son asimismo finitos,
si bien sabemos cuál es la falacia epistemológica que se esconde tras la
palabra hecho. Si los “acontecimientos” que determinan una situación histórica
son de cantidad finita, ¿por qué existe tal disparidad en la adjudicación de un
sentido a ciertos procesos conformados por ellos? ¿Por qué, en concreto,
determinadas situaciones históricas, si no todas, son supuestamente
explicadas de manera tan diversa por los historiadores? Para poder hacerse
pleno cargo de este problema es preciso decir algo más sobre el significado
mismo de la explicación.

No existe práctica científica si no hay “explicaciones” en el sentido


epistemológico preciso de esa expresión. Pero no hay tampoco un tipo único
de ellas. La filosofía clásica griega se ocupó ampliamente de la función y el
problema de la explicación en el conocimiento. Para Aristóteles, existían varios
20
J. Habermas ha tratado con especial lucidez este problema en su ya citado “informe bibliográfico”, en
la parte que se refiere al dualismo de las ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Cf. La lógica,
pp. 81 y ss.
21
A. Schaff, Historia y Verdad, Grijalbo, México, 1974, Introducción.

27
tipos y, por consiguiente, varios “modelos”, de explicación entre los que
destacarían la “genética”, la “finalista” y, en definitiva, la más completa y difícil
de todas, la explicación “causal”. El desarrollo de la ciencia natural y social ha
ido haciendo aparecer modelos de explicaciones como las “nanotético-
deductivas”, “funcionales”, “teleológicas”, “genéticas”, “intencionales”, y otras
más.

Por explicar la historia se han entendido cosas bien diversas, desde la


primitiva descripción etnográfica, pasando después por la cronística,
alcanzando a la construcción positivista de una ciencia histórica y llevando, por
fin, a la historiografía de la segunda mitad de nuestro siglo. Las propias
posiciones de la hermenéutica, desde su aparición en el siglo XIX, se han
escindido también en opciones no enteramente coincidentes. La hermenéutica
aplicada al análisis de la historia aparece primeramente en la obra de Dilthey.
Max Weber ocupa un lugar inconfundible en ese campo con su propuesta de
construcción como artificio explicativo para los fenómenos histórico-sociales de
un Idealtypus de un fenómeno o proceso.

La explicación historiográfica es también, una vez más, un asunto ha de ser


necesariamente dilucidado en el marco general de la práctica científico-social.
La ausencia generalizada de esa referencia explícita a lo que ocurre en otras
ciencias sociales, como contexto en el que ha de abordarse este aspecto de la
historiografía, es, probablemente lo más chocante de los esfuerzos
desarrollados en el tema por la tradición de la filosofía analítica de la historia,
por los Walsh, Dray, Gardiner, Morton White, Danto, etc. Por lo demás, la
“naturaleza”, para utilizar el título de un libro importante de P. Gardiner, no
puede ser confundida, como ocurre con frecuencia – lo veremos después más
de cerca-, con la de la explicación de la acción social, aunque tampoco puede
ser abordada enteramente fuera del marco de esa acción misma.

Pero el hecho es que la contribución real de estas filosofías a la práctica


historiográfica ha sido mínima. En el propio campo filosófico se ha dicho que “a
pesar de las apariencias, las contribuciones de la filosofía a la reflexión sobre la
práctica de los historiadores y, en particular, a la producción del conocimiento
histórico, no representan un gran aporte, en tanto que, más que elucidar dicha
práctica, han intentado encuadrar las principales tesis metodológicas en sus
propios esquemas filosóficos”.22

La verdad es, sin embargo, que el crucial problema de la explicación


histórica ha interesado mucho más a la filosofía que a la teoría historiográfica y
ello es un detalle más que habla inequívocamente de la debilidad teórica de la
historiografía. Pocos grandes maestros de nuestro tiempo, entre los que serían
citable Pierre Vilar, Edward p.Thompson, Michael de Certeau o P. Wehler, y
22
C. Yturbe, “El conocimiento histórico”, en R. Mate,ed., Filosofía de la Historia, Trotta y CSIC, Madrid,
1993, p. 217.

28
alguno otros, se han sentido atraídos por el tema de forma directa. Y, lo que es
más grave, el hecho es que desde antiguo los historiadores ha creído, como
dijimos, que este era un tema de filósofos.

La explicación “bajo leyes” de la historia.

Fue Carl G. Hempel el que en un ensayo, “The Function of General Laws in


History”, de 1942,23 abrió una amplia discusión acerca de la manera en que
puede ser explicada la historia en el mismo sentido en que explica la ciencia de
la naturaleza a partir de la existencia de leyes generales. Hempel intentó una
caracterización de la explicación histórica asimilándola al modelo de
explicación nomotético (o hipotético)-deductivo que aplican las ciencias
naturales. El modelo formulado por Hemple fue llamado por uno de sus
contradictores, W. Dray, “modelos de las leyes de cobertura”, covering laws
model24, nombre aceptado por el propio Hempel pero que Dray calificaría
después de “inelegante”, con el que ha pasado a conocerse en todos los
debates que ha suscitado. Aunque ninguna descripción de la posición de
Hempel puede sustituir la lectura directa de sus propios textos, 25 no hay otro
remedio que intentar dar aquí una breve idea del modelo hempeliano.

La asunción implícita de que la explicación de la historia es la explicación de


“eventos” o “sucesos” es una de las peculiaridades esenciales a destacar de
este modelo de explicación hempeliano. 26 El modelo, en efecto, parte de la
afirmación de que la explicación de un evento histórico ha de hacerse al
amparo de una “ley general” que incluye la ocurrencia de ese evento bajo sus
predicciones. El esquema explicativo de Hempel suele ser representado de
esta manera:

23
C. G. Hempel, “The Function of General Laws in History”, The Jornal of Philospphy, 39 (1942), pp.
35-48. Este artículo ha sido reeditado varias veces con algunas modificaciones y Hempel ha escrito
nuevos textos sobre el mismo asunto en diversas ocasiones hasta los años sesenta. Nos referimos a ellos a
lo largo de la exposición.
24
W. Dray, Laws and Explanations in History, Clarendon Press, Oxford, 1957 (reed, en 1964, 1966,
1970), cap.1: “The covering laws model”. Se le ha llamado también modelo delas leyes de subsunción o
de las leyes inclusivas, para lo que no parece que haya mayor razón.
25
El texto primitivo de Hempel puedeverse traducido en C. G. Hempel, La explicación científica, Paidós,
Buenos Aires, 1979.
26
En realidad parece ser el propio Popper el primero que describió ese modelo de explicación causal bajo
leyes universales en su Lógica, cap. 3, sec. 12.

29
C1, C2, C3 ……………………….Cn-------- condiciones iniciales

EXPLANANS

L1, L2,L3 …………………………Ln-------- Condiciones generales

E………………………………………
EXPLANANDUM

Cuadro 4

Modelo de explicación nomológico-deductiva

Según el modelo, un suceso E, que constituye el explanandum- lo que tiene


que ser explicado- (pongamos por caso una batalla, una conspiración) se
produce en unas determinadas condiciones iniciales, C1…Cn, que el proyecto
de explicación ha de tener en cuenta (condiciones tales como tensión política,
abundancia de dinero, excelente tecnología, etc.). Que en tales condiciones se
produzca el suceso sólo puede ser explicado por el hecho de que al producirse
“se cumple” allí unas determinadas leyes conocidas. Pero un ejemplo de
alguna de estas grandes leyes generales que explicaran acciones históricas
nunca fue claramente expuesto. Se establece que existe una “causa” del
suceso que está contenida en lo que dicen tales leyes y funciona si las
condiciones iniciales son las adecuadas. Se les llamó leyes “de cobertura”
porque cubren un determinado dominio de la realidad y bajo su campo de
acción o “paraguas” es posible explicar el suceso como caso concreto de
cumplimiento de lo que las leyes predicen que ocurrirá. El conjunto de las
condiciones iniciales y de las leyes generales es denominado explanans- lo que
explica, o aquello en función de lo cual se puede explicar.

Este modelo que Hempel llamó de explicación nomológica, propone una


deducción a partir de leyes generales. El problema central que presenta la
pregunta hempeliana, aunque no el único, es el de la existencia de esas leyes
aplicable a la explicación de sucesos históricos, o sea de acontecimientos o
cambios que son de una extraordinaria heterogeneidad. ¿Qué leyes serían
esas capaces de explicar cualquier tipo de sucesos? De ahí que haya
argumentado, para empezar, que tales leyes no pueden ser otras que “leyes
sociales generales” que la historiografía, además, no puede formular, sino sólo
“consumir”. Tras la primera versión de su tesis, Hempel volvió sobre ella en dos

30
ocasiones. Una para responder a sus críticos, 27 especialmente a W. Dray, y otra
después para perfilar su propuesta y, en cierto modo, suavizarla. 28

Ninguna crítica del modelo hempeliano ha sido tan aguda, a nuestro modo
de ver, como la brecha por M. Mandelbaum. Usando el propio ejemplo
manejado por Hempel, el de la rotura del radiador de un coche a causa de la
congelación del agua en su interior, Mandelbaum argumenta que las “leyes de
cobertura” aducidas por Hempel para explicar tal hecho –la congelación de un
líquido, el aumento de volumen del agua en estado sólido, etc.- no dan cuenta
de él. Serían precisas leyes de la “rotura de los radiadores de los coches”. De
la misma forma, los fenómenos sociales necesitarían leyes específicas para
explicar cada uno de ellos.29

La discusión de la tesis hempeliana puede emprenderse también desde


supuesto que se encuentran mucho más cerca y más ligados a la propia
concepción de la historiografía como análisis de lo socio-temporal. La
propuesta hempeliana no podría considerarse en su plenitud como modelo de
explicación histórica. El evento es la alteración de una realidad dada,
preexistente, que sólo es explicable en el contexto de “toda” la complejidad de
cada historia –no basta con las condiciones iniciales-, pero no es por si mismo
la historia. El atomismo de toda la concepción neopositivista se aviene mal con
la naturaleza de los fenómenos sociales. Si el evento social es asimilado al
evento físico, para explicarlo es preciso asimilar el comportamiento social e
histórico al de la naturaleza inanimada con todas sus consecuencias.

Las propuestas de explicación intencionales.

En buena parte, el desarrollo de las propuestas de explicación intencional


estuvo condicionado por la oposición que provocó el modelo de explicación
nomológica de Hempel. Las explicaciones de tipo intencional o de tipo
motivacional puede decirse que, en términos generales, aunque hay grandes
matices, fueron las elaboradas por diversos representantes de a filosofía
analítica de la historia. En efecto, toda la producción de la filosofía analítica de
la historia, que es prácticamente una corriente anglosajona, partió de la
respuesta el modelo hempeliano.

Las diversas propuestas efectuadas sobre el modelo de la explicación


intencional se basan en el propósito de explicar el movimiento histórico como
transcripción inmediata de la acción humana y social, acción entendida
arquetípicamente como explicable desde el individuo. La “acción histórica” es,
pues, la “acción social”, asimilación incorrecta que es, a nuestro juicio, la
principal inadecuación de todo intento de explicación del cambio histórico
27
C. G. Hempel, Explanation in Science and History, de 1962, que puede consultarse también en español
en C. Yturbe, ed., Teoría de la historia, Terra Nova, México, 1971, pp. 31-64.
28
C.G. Hempel, “Reasons and Covering Laws in Historical Explanation”, en P. Gardiner, ed., The
Philosophy of History, Oxforrd University Press, 1974, pp. 90-105.
29
M. Mandelbaum, “The problema of “Covering Laws””, en P. Gardiner, ed., The Philosophy, p. 31.

31
basado en las motivaciones intencionales. La acción social quedaría explicada
desde la “intención” o la motivación racional que el actor tiene para actuar.
Podría encontrarse así una causalidad singular, o una causalidad indirecta para
acciones humanas.

La consideración algo más detallada de las explicaciones intencionales


puede empezar por una formulación primera de la filosofía del conocimiento
histórico como la hecha por W. H. Walsh. En la inmediata posguerra, Walsh es
el primer filósofo que se ocupa del problema del conocimiento de la historia e
indica en su obra su objetivo de explicar lo que hace el historiador. Walsh
inaugura de hecho la filosofía analítica de la historia Y él es el primer ejemplo
del ejemplo e explicación de los cambios históricos desde las acciones
intencionales de los individuos.30 Walsh se adherirá a la idea de R. G.
Collingwood de comparar al historiador con el detective, 31 y nos pone un
ejemplo del intento de explicación de cómo funcionaría esto. Probar la autoría
de un crimen encierra en sí mismo todo el universo significativo que el detective
busca. El trabajo del historiador es semejante a éste. Solo con la extraña
frivolidad puede decirse que la investigación del historiador persigue el mismo
fin o se contenta con el mismo universo. ¿Cómo puede asimilarse el
descubrimiento del autor de un crimen con la “causa” de una acción? Pero el
hecho es que este ejemplo no piensa en causas sino en “móviles”. El
historiador buscaría, pues, móviles, como el detectives.

El más conocido proponente de una explicación intencional de la acción


histórica es, sin dudas, William Dray, el autor de Laws and Explanations,
aparecido originalmente en 1957. El escrito fundamental de Dray se dirige tanto
contra Hempel como contra Gardiner, pero su objetivo central es discutir el
modelo de las leyes de cobertura. Como muchas otras obras de los analíticos,
la de Dray es una reacción contra el intento del neopositivismo desde Hempel
de asimilar la explicación de la historia a la de la ciencia natural. Para Dray, el
problema fundamental es el de la explicación de las acciones de los agentes
históricos individuales.

Dray sostiene que en el problema de la explicación el historiador se enfrenta


con el hecho de que no conoce la razón por la cual el agente haca lo que
hace.32 En consecuencia, se ha de buscar aquello que el agente cree que es la
situación en que se encuentra al actuar y lo que cree que debería hacer en una
situación de opciones abiertas y la que esperaba conseguir con ello, sus
propósitos, objetivos y motivos. En definitiva, se trata de una variante del
modelo de explicación de la “acción racional” donde lo que se trata de

30
W. H. Walsh, op. Cit., pp.103 y ss
31
Lo que, al tiempo, nos permite llamar la atención sobre el éxito que esta trivialidad presentada como
filosofía del conocimiento histórico ha tenido entre ciertas corrientes de didáctica de la historia en Gran
Bretaña, de donde la han tomado determinados medios de la reforma educativa en España.
32
W. Dray, op.cit., 68.

32
encontrar son las razones del agente. De ahí que al modelo de explicación de
Dray se ha llamado, como hace Ricoeur, explicación “por razones”.

El propio Hempel, juzgando después la posición de Dray, señalaría que esto


no ha llegado a ser una verdadera explicación “ por la situación” del actor, 33 por
lo que resulta emnos explicativa que la propuesta de Popper de la “lógica de la
situación” como determinante para la acción individual. Dray reconocerá, de
todas formas, que la acciones individuales no eran el único tema de la
explicación histórica porque, como había dicho Maurice Mandelbaum en
1938,34 las acciones individuales solo entran en la historia si tienen una
significación social. Aunque en el fondo tal afirmación es harto poco
satisfactoria, añade algo a la posición más estricta de Dray cuando piensa que
basta con las explicaciones de las acciones individuales.

Arthur Danto elaboró una tesis mas compleja al introducir la idea de que la
historia se expone en “oraciones narrativas” que excluyen por su naturaleza
misma la explicación causal.35 Danto hecha mano de su artificio del “narrador
universal” que solo podría exponer lo histórico cuando se sabe cual es el efecto
de una acción. No conocemos en la historia manera alguna de hablar de
“causas” de algo, de manera previa a la producción de su efecto.

Las posiciones “idealistas” representadas primero por Benedetto Croce y


continuada por R. G. Collinwood participan de alguna manera de las
características de la explicación internacional pero no tienen peculiaridades
distintivas. La explicación internacional y la idealista no son, en efecto, la
misma cosa, aunque estén relacionadas. La mas conocidas de las posiciones
comunes a Croce y Collinwood es la que se establece en toda la historia es
”historia contemporánea” de quien la escribe, porque la reconstrucción del
proceso histórico se hace en la mente del historiador. El historiador ejecuta una
“reactualización”-reenactment- del pasado histórico en su mente y este en el
discurso histórico que se nos trasmite, un discurso ideal.

Pero en el problema de la explicación de lo histórico la posición de ambos


autores es igualmente idealista, especialmente en el caso de Collinwood. La
raíz de toda la filosofía del conocimiento de la historia expuesta por Collinwood
se encuentra en su afirmación de que ese conocimiento es una forma sui
generis del conocer. Una forma autónoma del conocimiento con respecto al de
las ciencias del conocimiento. Pero Collinwood no lo relaciona tampoco, de la
misma manera que toda la filosofía anglosajona de la historia, con el

33
C.G. Hempel, en P. Gardinier, ed., The Philosophy, p. 55.
34
M. Mandelbaum, The Anatomy of Historical Knowledge, The Jonhs Hopkins University Pres,
Baltimore, 1977 (ed. Original de 1938)
35
A. Danto, Historia y narración, pp. 69 y ss.Como sabemos esta publicación contiene partes de la obra
fundamental del autor, Analitical Philisophy of History.

33
conocimiento de lo social. Tampoco acierta al decir exactamente qué es en
suma el conocimiento de la historia.36

Otra idea fundamental de Collinwood es la de que el devenir histórico puede


explicarse si se explica el pensamiento que hay detrás de las acciones
humanas, lo que es una forma también de aludir a la intencionalidad. Para el
historiador como en consecuencia, el objeto a descubrir “no es el mero
acontecimiento sino el pensamiento que expresa” Todo acontecimiento
histórico se comprende al descubrir el pensamiento humano que lo inspira. La
historia, en cuanto cosa propia de la naturaleza humana, se basa en el
pensamiento.37 Para un estudioso de Collinwood, Louis O. Mink, esta idea, que
figura entre las mas discutida del filosofo, tiene que ser puesta en relación con
el contenido amplio que Collinwood da a “pensamiento” en el que se incluirán
acción y emoción.

La peculiar visión de G.H. von Wright.

Una posición especial y de muy grande interés en el problema general de la


explicación de las ciencias sociales y en particular en el de la explicación de la
historia es la elaborada por G.H. von Wright en un libro importante como fue
Explanation and Understanding. Aunque algunos autores han colocado las
agrupaciones de G.H. von Wright entre las de tipo internacional, 38 su posición
presenta matices mas especiales, aun sin dejar de ser en el fondo una
propuesta de explicación de la acción racional. Tal vez el tipo de explicación
propuesto por Wright se halla más cerca de la explicación “teleológica”, en el
lenguaje empleado por él mismo, que de ninguna otra. Wright se deben
algunos de los análisis más clarificadores sobre el contraste en las ciencias
sociales entre la pretensión de “explicar” y de “comprender”.

Para Wright, el modelo de la explicación bajo leyes de cobertura –“leyes de


subsunción”, dice él- es más amplio, según lo estableció Hempel originalmente,
que el modelo concreto de “explicación causal” de forma que éste sería un
caso de aquel. Dado que el modelo de las leyes de cobertura tiene tal amplitud,
Wright se plantea si las explicaciones de tipo teleológico, es decir, finalista,
caen también bajo su dominio. De ser así, ello colocaría, sin duda, la
explicación en las ciencias sociales bajo una luz distinta. 39 Señalará Wright que
un año después de que Hempel expusiera la primera versión de su modelo
apareció el trabajo de Rosenblueth, Wiener y Bigelow sobre el “feedback
negativo”, la retroacción negativa. Los “propósitos” de una acción que se
origina en un contexto sistémico pueden enmascarar una actuación bajo leyes
causales. Esto es lo que puede deducirse del mecanismo de funcionamiento de

36
L. O. Mink, Mind, History, and dialectic. The Philosophy of R.G. Collinwood, Bloomington, Indiana
University Pres, 1969, p. 157.
37
R.G. Collinwood, Idea de la historia, FCE, México, 1965, pp.209 y ss.
38
C. Yturbe, “El conocimiento histórico”, p. 131.
39
Von Wright trata de este asunto con cierta amplitud en op.cit., pp.33 y ss.

34
los sistemas “homeostáticos”, con mecanismos de regulación, propio de los
seres vivos. De forma que acciones teleológicas, destinadas a fines muy
precisos, pueden obedecer a ciertas leyes de cobertura si se producen dentro
de un sistema. Las explicaciones teleológicas o finalistas tendrían así un cierto
contenido “causal”, pero no está claro si este tipo de realidad sistémica podría
se explicado bajo un modelo nomológico-deductivo.

La acción histórica, piensa Von Wright, podría ser explicada mediante


modelos tipo teleológico o finalista, o, como dirá después, cuasi-causal. A
veces, dirá, se tiene en cuenta la “multicausalidad” cuando lo que se hace es
enseñar unos acontecimientos previos y efectos no la materializan un elenco
de leyes generales, sino un conjunto de enunciados singulares que constituyen
las premisas de “inferencias prácticas”. 40 Las premisas prácticas del sujeto dan
un trasfondo motivacional a la explicación. Entre explanans y explanandum hay
varias conclusiones mediadoras. Podríamos llamar a esto legítimamente,
según Von Wright, explicación cuasi-causal. Así, un intento de explicar por esta
vía el incidente de Sarajevo en 1914 y la Gran Guerra subsiguiente podría ser
clarificador.

¿Existe en las ciencias sociales o en la historiografía algo parecido a una


explicación de tipo “cuasi- teleológica”, cosa que es más propia del ámbito
biológico? O ¿pueden los hombres actuar para cumplir un “destino” que no es
definible en los términos de sus propios objetivos intencionales? Este tipo de
cuestión se halla presente cuando se intenta explicar las acciones o los hechos
históricos en función de objetivos ocultos, trascedentes, etc. Esta sería la clave
de una explicación teleológica que intentaba indagar si las acciones tratan de
cumplir finalidades establecidas de las que el individuo no es consciente. Lo
que Hegel denominaba “astucia de la razón” –y, en algún sentido., la “mano
invisible” de Adam Smith- pueden tener cierta conexión con esto. Von Wright
cree, en definitiva, en una explicación propia para la historiografía.

Anterior a la de Von Wright, otra de las más interesantes aportaciones al


problema de la explicación histórica, hecha también desde las posiciones de la
filosofía analítica, fue la de Patrick Gardiner. 41 En la estela positivista, Gardiner
no estimaba como válida, sin embargo, la idea de las explicaciones bajo leyes
de cobertura, como parece achacarle Dray, 42 pero sí la de que toda explicación
ha de hacerse en términos de regularidades. Gardiner resulta ser un expositor
particularmente brillante de la teoría de la explicación causal que, sin embargo,
acaba aceptando que ésta no es posible aplicarla a la historia de una manera
plena, aunque niega que la explicación de tipo intencional tenga viabilidad
alguna.

40
Ibidem, p. 167.
41
P. Gardiner, Lanaturaleza de la explicación histórica, UNAM, México, 1962. La edición original
inglesa apareció en 1952.
42
W. Dray, op.cit, pp. 13 y ss.

35
Gardiner rechaza con insistencia la idea, que tiene un fuerte apoyo en
Collinwood y buena parte de la tradición historiográfica británica, de que la
historia y la explicación de la historia sean un asunto sui generis. A la
explicación de la historia le han de ser aplicadas las coordenadas generales de
la lógica de toda explicación; lo que ocurre es que tampoco se trata de una
explicación científica. No pasa del nivel de sentido común. El libro de Gardiner
es de gran interés, pero no llega a plantear tampoco una alternativa clara a la
explicación de sucesos. Es más bien una crítica compacta de las posiciones de
Collingwood y el idealismo desde una posición analítica matizada.

Crítica general de las explicaciones intencionales.

En su momento, fue ya el propio Popper el que sometió a una crítica


rigurosa las posiciones idealistas y subjetivas de R. G. Collinnwood. 43 También
Raymond Aron se pronunció sobre los problemas de la explicación causal y la
intencional en la historiografía.44 Considerar que las acciones de los hombres
quedan explicadas por sus intenciones al obrar puede resultar plausible,
aunque cabe dudar de ello, pero decir que las situaciones históricas quedan
igualmente explicadas si conocemos las intenciones de los actores que
aparecen en ellas no lo es en manera alguna. La cuestión de principio y de
fondo es clara: una situación histórica no es un conjunto de acciones de
individuos o colectivos, sino el resultado social objetivo de tales acciones.
Como hemos expresado antes, una situación histórica es un “estado social”. La
acción primera, en la acción histórica.

Todas las explicaciones que se daban en el individualismo metodológico se


enfrentan con el mismo problema: el paso lógico entre el mundo del individuo y
la situación social. Es incuestionable que todas las propuestas hechas sobre la
explicación histórica desde las posiciones de la filosofía analítica, y desde otras
basadas en las teorías de la acción social o de la elección racional, no
solamente son inaceptable por sus propios condicionamientos lógicos y
empíricos, que poco tienen que ver con lo que la historiografía pretende
mostrar en su grado actual de desarrollo, sino que sencillamente no son
modelos de explicación histórica. Esto, en cierto modo, puede decirse también
de las propuestas neopositivistas de Hempel y Nagel y de las de Popper,
aunque no por las mismas razones que en caso de las explicaciones según el
“modelo de explicación racional” como le ha llamado Dray.

Hacia un modelo integrado de explicación histórica.

En principio, toda explicación histórica parte de la existencia de un estado


social para explicar otro posterior. La explicación histórica es más amplia que el
mero “dar razón” de un evento o de un componente de una situación. Los
cambios en el estado social proceden de una acción humana, sin duda. Es
43
K. R. Popper, Conocimiento objetivo, en el apartado “Sobre la teoría de la mente objetiva”.
44
R. Aron, Leçons sur l´Histoire, ̀Editions de Fallois, París, 1989, pp.155 y ss., y 221 y ss.

36
decir, e movimientos sociales no recurrentes, no rutinizados. Poder dar cuenta
de por qué se producen movimientos no recurrentes es, naturalmente, el punto
neurálgico de la explicación histórica y lo es también de la del cambio social.
Pero, en alguna forma, la aplicación de movimientos/ruptura tiene que estar
relacionada con los movimientos/recurrencia. Es por ello por lo que es preciso
establecer que toda acción humana de cambio no puede explicarse sino en el
contexto estricto de la estructura donde se produce. Porque allí está,
presumiblemente, la “causa” de la aparición del movimiento de ruptura. No
basta con la intención del hombre; es preciso saber cómo se genera tal
intención y por ello no son suficientes las explicaciones individualistas. El
movimiento de ruptura es inteligible sólo a partir del movimiento recurrente, a
partir de la aparición en éste del conflicto o la contradicción, aunque esta
apreciación necesite de algunos matices más.

En un segundo momento, hay que tener en cuenta que la explicación de la


historia no acaba con el análisis del estado de partida y la dilucidación del
origen presumible de las intenciones humanas en la acción. Más que esto, el
verdadero objetivo de ella es, lo hemos dicho ya más de una vez, el resultado
de la acción, es decir, la consistencia, la estructura, del nuevo estado social
aparecido, que puede ser tan diferente del anterior como lo determine la
“cantidad de cambio”. La explicación histórica, en definitiva, se centra en la
comparación entre dos estados, donde lo realmente discordante, y no lo
coincidente, es la propia clave de ella.

Por ello, resumiendo, podríamos adelantar ya que en una explicación


histórica se aplican:

1. La naturaleza de una estructura existente.

2. El origen de una acción social.

3. La naturaleza de una nueva estructura emergente.

Un modelo integrado de explicación de la historia.

Como hemos dicho, ni la explicación nomotético-deductiva ni la explicación


intencional pueden dar cuenta, a nuestro modo de ver, del movimiento
histórico. Por supuesto, la comprensión hermenéutica no es una explicación.
Es en todo caso una parte del proceso explicativo, pero por sí misma no tiene
valor concluyente.45 Una explicación de lo histórico tiene que basarse
esencialmente, a nuestro juicio, en una concepción sintética y
estructuracionista de la sociedad y de la acción social. Por tanto, no andaría
muy fuera de contexto denominar dinámico-estructural o, incluso, agencial-
estructural a un tipo de proceso explicativo como el que va a ser propuesto
aquí.

45
En ese sentido, me parece claramente acertada la posición de Von Wrigth, op.cot., cap.1

37
Esta explicación estructural-dinámica o agencial-estructural, se basa, en
definitiva, en una evaluación de la realidad histórica que tiene tres momentos o
tres grandes etapas analíticas según el esquema que hemos expuesto:

1. Las estructuras existentes. Una precondición básica para la


explicación reside en el carácter de las estructuras existentes cuando
se inicia un proceso de cambio histórico. Las estructuras del sistema
en el que se inicia el proceso constituyen el único marco de
referencia posible para el entendimiento de una acción, de un
acontecimiento. Toda acción tiene un entorno que hace posible su
realización; ese entorno no es indiferente, está estructurado, tiene
unas relaciones establecidas y definibles y una lógica de
funcionamiento y regulación. La ocurrencia de un acontecimiento
tiene una posibilidad cuyos límites están ligados a la naturaleza del
sistema donde aquél ocurre. Por toda parte, la consideración
“sistémica” de unas determinadas estructura nos permite predecir
que cualquier acción que se ejerza en un punto del sistema tendrá
efectos sobre el conjunto. Ninguna variable es definible sino en su
relación con las demás dentro del sistema.

2. La acción con sujeto. En segundo lugar, todo proceso histórico es


puesto en marcha indudablemente por la acción de un sujeto o por
una acción con sujeto. Un cambio se explica por la acción concreta
de un sujeto (individual o colectivo) hisórico. En este sentido puede
decirse que quienes actúan son los “individuos”. Es un acto concreto,
no la acción de fuerzas inmanentes o potencias supuestas, lo que
desencadena el movimiento social, el proceso histórico. Pero sucede
también que la virtualidad social de las acciones de los individuos no
siempre, ni fundamentalmente, se manifiesta y trasmite como tales
decisiones individuales. Las acciones individuales y las acciones
sociales no obedecen a la misma lógica. 46 Puede hablarse de un
“sujeto colectivo” como autor de una acción.

La génesis de toda acción histórica, o sea el motor de la acción, las causas


que ponen en marcha un evento es lo que constituye, desde luego, el punto
neurálgico de toda explicación socio-histórica. En ello no podemos
contentarnos con “postulados”, como dijera Marc Bloch, del tipo
“contradicciones internas”, “proceso adaptativo”, “reproducción social”, etc. El
origen de la acción histórica es preciso buscarlo en cada caso. Las causas en
historia se busca… Pero no están fuera del propio contorno del sistema. Las
causas de la acción social sólo puede encontrarse en el complejo relacional de
una situación histórica que consideramos el punto de partida: las causas sólo

46
Como es sabido, a este tipo de problemas lógicos de la acción colectiva dedicó un trbajo que se ha
convertido en clásico M. Olson, The Logic of Collective Actions, Harvard University Press, Cambrige,
Mass., 1965.

38
pueden encontrarse en un espacio objetivo. Y el análisis de una causa, se ha
dicho, empieza siempre por su efecto.

3. La dialéctica resultante acción-estructura. El proceso de acción


histórica está sujeto en sus resultados a una “lógica de la situación”.
El resultado es el producto de la interacción acción-estructura. Los
resultantes de un proceso histórico no se explica en función de su
génesis (el mito de los orígenes, según Marc Bloch igualmente), ni
por su naturaleza funcional (una acción que cumple fines
“funcionales” para el sistema). El proceso histórico tiene un resultado
correlativo a la naturaleza de su origen y a las posibilidades
objetivas, es decir, externas a los actores, de cumplimiento de sus
fines. Es el resultado de la dialéctica entre la acción y lo que las
estructuras toleran al desarrollo de esa acción. Un cambio histórico
se consuma en el grado en que lo permite una situación objetiva, en
el grado en que las condiciones preexistentes permiten que se
materialice las intenciones de un actor.

La consumación de un cambio histórico, en suma, está relacionada


con las dos posibilidades limitativas que se abren cuando se inicia una
acción humana. Tales posibilidades están condicionadas por la lógica de
la situación en que una acción se produce. La primera correlación es la
que se establece entre la intención explícita del actor y la parte de ella
que se realiza. Se realizará en mayor o menor grado. Otra es la
correlación entre la intención y aquellos efectos producidos que no
estaban previstos en la intención. Nos referimos aquí al fundamental
problema de los efectos no previstos (y no deseados) de las acciones
humanas.47 No puede “explicarse” una acción histórica si no se tiene una
idea suficiente de la situación en la que los actos se producen, de la
lógica de los resortes de la acción y de la posibilidad de su éxito.

La lógica probabilística de la explicación histórica integrada.

La explicación de un proceso histórico – y esto puede tenerse por un


bosquejo de definición- no es otra cosa que la demostración del grado de
correlación existente entre las estructuras de una determinada situación social
y la conciencia que tienen de ellas los sujetos que las integran para obrar en
consecuencia. Es decir, siempre que se produce un cambio histórico éste
obedece a un “problema de estructura” pero ese problema sólo se hace
eficiente en los sujetos del cambio. En consecuencia, una explicación histórica
suficiente no sería nunca aquella a la que faltara alguno de los elementos del
inventario exhaustivo de los componentes del cambio. A la que le faltara un
análisis de las estructuras previas, un análisis de la acción de cambio, una
47
Se ha llegado a decir que las ciencias sociales no tienen otro objetivo que el de explicar los efectos no
previstos de las acciones humanas. Cf. R. Boudon, Effets pervers et ordre social. PUF, París, 1989,
Introducción.

39
explicitación de la lógica de la situación en que se produce aquella y, en fin, un
análisis del estado resultante de la acción culminada. La Historiografía sólo
puede explicar la historia adecuadamente por una referencia a la totalidad de
un proceso con antecedentes y consecuentes dentro de un adecuado espacio
de inteligibilidad.48

La explicación histórica, en suma, tiene un carácter esencialmente


probabilístico, tiene que estar orientada tanto o más que por la pretensión de
dar cuenta del porqué de los procesos actualizados, materializados, del
“porqué no” de la materialización de las alternativas potenciales presente en
una situación histórica. ¿Por qué reina Isabel II y fracasa la aspiración de
Carlos María Isidro? ¿Por qué se desencadena una guerra civil en 1936 y no
se impone el programa reformista del Frente Popular? Dar cuenta de la
probabilidad de que la alternativa materializada lo fuese es la verdadera
explicación de lo histórico. Enfocar así la explicación es la única manera de
hacer posible la falsación de una hipótesis. Este es también el sentido profundo
de la comparación en el análisis histórico. No sólo existe la comparación en el
análisis histórico. No sólo existe la comparación en espacios y tiempo distintos
de cosas que han sido, sino también la comparación entre las condiciones
necesarias y suficientes que han hecho posible la materialización de otros, o
que son favorables para un proceso concreto y desfavorable para otro.

Es claro que el tipo de explicación “probabilístico” en modo alguno puede


limitarse al conocimiento por el historiador de la mente, de las intenciones y de
las motivaciones de un actor individual. Por dos razones. Primeras, porque los
procesos históricos no pueden resumirse en definitiva en los actores, en los
sujetos individuales. Un sujeto, una persona, tiene su propia historia; esa
historia no coincide nunca con la historia de la sociedad como es natural; ni la
suma de las historias individuales constituye la historia global. No tiene sentido
la idea de un sujeto individual de la “historia”, de un personaje autor de la
historia, pero sí lo tiene, naturalmente, la de “historia individual de un sujeto”.
Segunda, porque la explicación probabilística tampoco puede basarse en el
conocimiento de las intenciones y motivaciones del actor, porque ello no es
suficiente en modo alguno para explicar la materialización en resultados
histórico-sociales de una acción. El resultado es la conjunción dialéctica de la
acción y de las estructuras, como hemos señalado ya varias veces.

48
Recuérdese el análisis que henos hecho de ese concepto de “espacio de inteligibilidad” en el capítulo
anterior.

40
41
Cuestiones del conocimiento histórico: Hechos históricos.

Hechos históricos.49
La controversia sobre el concepto de hecho histórico

Un hecho histórico se interpreta de dos maneras en la literatura de la


materia. La interpretación ontológica señala que un hecho histórico es “un
objeto de investigación histórica” que existe objetivamente, es decir,
independientemente de la materia de conocimiento, como “un suceso en sí
mismo”, como “lo que realmente fue”, etc. En este sentido, la historia, que es la
materia de la investigación histórica, es una serie específica de hechos, que un
historiador reconstruye “reflejándolos” en su conciencia. La interpretación
epistemológica y metodológica concierne precisamente a ese proceso de
reconstrucción del pasado, o sea, se refiere a un hecho histórico como “una
construcción científica” o “una interpretación de un suceso” por un historiador.
Para distinguirlo de un suceso-hecho, esta reconstrucción hecha por un
historiador (no una afirmación histórica, sino más bien “la materia prima” con la
que se puede formar esa afirmación) comenzó a llamarse hecho historiográfico.

La interpretación de la relación entre estos dos aspectos de la comprensión


de un hecho histórico tiene a su vez dos caras. A veces un hecho histórico se
considera como una categoría ontológica y como una epistemológica, es decir,
de modo que un hecho historiográfico se toma como un reflejo más o menos
aproximado de un hecho considerado como una materia objetiva de
conocimiento. Pero, por otro lado, hay también una fuerte tendencia a
considerar el concepto de hecho histórico exclusivamente como una
construcción científica, o sea, a relacionarlo sólo con un hecho historiográfico,
sin buscar sus equivalencias directas entre los hechos pasados. El primer
acercamiento es característico de los positivistas, que fueron los primeros en
introducir el concepto de hecho histórico en la metodología de la Historia. El
último está relacionado con la reacción estructural antipositivista que se dio en
la reflexión sobre el conocimiento histórico, una reacción que subrayaba el
papel activo de la materia de conocimiento en el proceso de “crear” el pasado.

La interpretación positivista del hecho histórico es la más popular entre los


historiadores; posiblemente, esto ocurre porque, a primera vista, es la más
cercana al sentido común. Entonces se supone que el pasado está formado por
un número adecuado de hechos –elementos del pasado- que un historiador,
simplemente, reconstruye. Esta reconstrucción debe estar de acuerdo con esos

49
Tomados de: Topolsky, Jerzy. Metodología de la Historia. Madrid, Ediciones Cátedra, 1985.

42
hechos, y ese acuerdo, a su vez, es el criterio de veracidad de esa
reconstrucción.

El acercamiento que ve en el hecho histórico, nada más, una construcción


científica, es criticada a veces como una manifestación de subjetivismo, es
decir, una tendencia del historiador a “crear” su propia realidad histórica. Esta
crítica es correcta sólo si la aceptación de un hecho histórico como una simple
construcción científica va unida a la negación de la existencia de la realidad
objetiva independiente de la materia de conocimiento, porque en tal caso nos
encontramos, en realidad, con una construcción subjetiva del pasado hecha por
un historiador.

Sin embargo, se puede sugerir una interpretación del concepto de hecho


histórico que acepte la existencia de una realidad histórica objetiva como objeto
de estudio y la función cognoscitiva creativa de la mente de un historiador.
Llamemos a esta interpretación dialéctica. En la interpretación dialéctica, hay
una confrontación constante entre las realidades históricas, cuyo conocimiento
invariablemente aumenta, y los hechos históricos tal como los construye el
investigador.

La clasificación de los hechos históricos levanta controversias solamente en


lo que respecta a su división entre simples (unitarios, parciales) y complejos
(fenómenos, hechos a gran escala, hechos como procesos). Los hechos
simples se consideran a veces como naturales (físicos, biológicos), que forman
el contenido natural de un hecho histórico más o menos complejo, y a veces
como aquellos hechos históricos que son menos complejos en comparación
con otros. Sólo parece ser útil la división entre hechos simples y complejos, si
no olvidamos que esto es relativo. El que un soldado fuera herido durante la
Segunda Guerra Mundial sería clasificado, por tanto, como un hecho simple,
mientras que la Segunda Guerra Mundial como un todo sería un hecho
complejo.

La interpretación naturalista de los hechos simples no parece útil en la


investigación histórica. Hay otras formas, mucho más evidentes, de clasificar
los hechos según las esferas a las que pertenecen, que no requieren ninguna
explicación más profunda: nos referimos a la clasificación de los hechos en
económicos, políticos, culturales, etc. Es obvio que cada una de estas
categorías puede dar lugar a varias discusiones.

También surgen controversias cuando hay que clasificar los hechos según
su importancia. Las diferencias de opinión se centran en la cuestión de si todos
los hechos del pasado son “históricos”, es decir, si todo lo que ha ocurrido
pertenece a la historia, o si sólo son históricos aquellos que son de algún modo
más “importantes”. La postura de que ciertos hechos del pasado deberían ser
eliminados como no históricos discrepa de las exigencias básicas de la
objetividad en la investigación científica. Un hecho más pequeño, que no es de

43
ningún modo conspicuo, es parte de uno “más amplio”, que sí tiene importancia
a los ojos de todos.

También tenemos que señalar el concepto de hecho basado en fuentes,


que a veces nos encontramos en el análisis metodológico. El término significa
un reflejo de un hecho histórico en una fuente histórica. Este concepto sólo se
puede adoptar basándose en un convenio, puesto que en el caso de una fuente
histórica no tratamos con un hecho como tal: una fuente solamente proporciona
datos sobre un hecho histórico que nosotros construimos usando además
nuestros datos no basados en fuentes.

Un historiador reconstruye el pasado por medio de la construcción de


hechos históricos, pero, de algún modo, él es el “fabricante” de los hechos
históricos: construyéndolos los trae a la vida de la sociedad, es decir, a la
existencia en forma de una narración histórica que sea accesible a la sociedad.
Si no hubiera sido por el trabajo del historiador no conoceríamos nada del
pasado, excepto una vaga información transmitida por la tradición oral. El
pasado, aunque en un tiempo tuvo su existencia objetiva, permanecería
desconocido, y en ese sentido no existiría para nosotros. Todo trabajo histórico,
tanto si reconstruye hechos históricos que eran desconocidos como si arroja
una luz nueva y diferente sobre hechos que ya se conocen, no sólo describe el
pasado, sino que lo “crea”. El verbo crear está escrito entre comillas para
indicar que esta forma de creación no tiene nada que ver con las concepciones
subjetivas idealistas del conocimiento.

Finalmente, esta la cuestión de la relación entre el hecho histórico y el


hecho social. La interpretación positivista de los hechos históricos, que es la
que predomina, es básicamente estática, y por tanto en contradicción con la
auténtica naturaleza del proceso histórico y de la investigación histórica. El
concepto de hecho histórico es una concreción, aplicada a la Historia, del
concepto de hecho social, difundido sobre todo por la escuela de Durkheim y la
Sociología estructuralista (funcional). La Sociología se ocupa de los hechos
sociales, y del mismo modo la Historia se ocupa de los hechos históricos. Pero
esta afirmación no ha sido seguida de un análisis de la diferencia entre los
acercamientos estructurales (funcionales) en Sociología, y la necesidad de
acercamientos dinámicos en la investigación histórica.

¿Cuál es la relación entre los hechos históricos y los hechos sociales? De


cualquier modo es obvio que todo hecho histórico, simple o complejo, es un
hecho social, y más aún si nos damos cuenta de que sólo existen el pasado y
el futuro, mientras que el presente es un concepto convencional.

Determinantes espacio-temporales de los hechos históricos

44
Al margen de cómo interpretemos los hechos históricos (de forma
positivista, estructural, dialéctica), cada hecho tiene sus determinantes espacio-
temporales que le asignan un espacio y un tiempo como características
inseparables. Por tanto, en el cuerpo de conocimientos de un historiador debe
incluirse algún conocimiento de los problemas filosóficos de espacio y tiempo.

En términos generales, los hechos históricos interpretados como


equivalentes de los sucesos pasados remiten al pasado. El concepto de
pasado presupone nuestra opinión de que el tiempo corre solamente en una
dirección y el pasado queda siempre restringido para una persona concreta.
Para un hombre que vivió en el siglo XVIII, la Primera Guerra Mundial no existió
en el pasado. Para un hombre nacido, pongamos por caso, en 1905, este
hecho pertenecía a su futuro, al principio, pero después se convirtió en un
elemento de su pasado. Por tanto, toda persona tiene su lugar en el tiempo. En
el caso de las predicciones científicas, el historiador cruza el punto que separa
el pasado del futuro y empieza a ocuparse de este último. El concepto de
presente es igualmente relativo. El presente no tiene ningún punto propio en el
eje temporal, a no ser que lo consideremos como un punto sin dimensiones o lo
definamos por medio de un convenio que puede ser, por ejemplo, que
consideremos el año pasado, o los cinco últimos años, o los diez últimos años,
como presente. Esto muestra que dicho convenio puede ser bastante arbitrario.
También significa que la división entre pasado y futuro es convencional (una
convención que no adopta una sola persona, sino un grupo social).

La consideración del tiempo y el espacio como atributos de la materia


implica la aceptación de los hechos históricos como algo que tiene naturaleza
material. En este sentido es fundamental comprender exactamente lo que
quiere decir el concepto de materia. Cuando analizamos el concepto de
materia, especialmente tal como lo encontramos en las obras de Engels y
Lenin, podemos llegar a la conclusión de que la materia tiene una existencia
objetiva que está en relación específica con las materias de conocimiento y que
tiene sus propiedades ontológicas específicas que nos permiten deducir que su
existencia tiene un carácter físico. Cuando reflexionamos sobre la materia
como algo que tiene una existencia física solemos subrayar el hecho de que
sus propiedades están dadas subjetivamente en datos de interpretación y que
la existencia física de la materia se refiere también a sus rasgos espacio-
temporales y dinámicos, y que los diversos fragmentos de la materia tienen una
interacción mutua. Esta naturaleza dinámica de la materia determina la
aproximación del historiador al concepto de hecho histórico, que es entendido
como un sistema dinámico y holístico que sufre un proceso de cambios
constantes.

45
¿Que son los hechos históricos50? (fragmentos)

¿Qué es el hecho histórico?. Tomemos un hecho simple, tan simple como el


historiador suele manejarlos, por ejemplo: “El año 49 A.C. César cruzó el
Rubicón”. Este es un hecho familiar, conocido por todos y obviamente de cierta
importancia en tanto se menciona en toda historia del gran César. Pero, ¿es
este hecho tan simple como parece?. ¿Tiene el claro y definido contorno que
habitualmente atribuimos a los hechos históricos?. Cuando decimos César
cruzó el Rubicón por supuesto que no damos a entender que César lo cruzó
solo, sino con su ejército. El Rubicón es un río pequeño y no se cuanto tiempo
tomó al ejército de César cruzarlo, pero dicho cruce seguramente estuvo
acompañado de innumerables actos, palabras y pensamientos de muchos
hombres. Es decir que mil y uno pequeños hecho vienen a integrar el simple
hecho histórico de que César pasó el Rubicón; si alguien, digamos James
Joyce, conociese y relatase todos esos hechos, sin duda se requeriría un libro
de 794 páginas para exponer el solo hecho de que César cruzó el Rubicón. El
hecho simple resulta en definitiva no ser tan simple; una simple generalización
de mil y un hechos distintos.

Bien, de todas formas César cruzó el Rubicón. ¿Pero que importancia tiene?
Mucha otra gente en otros tiempos ha cruzado el Rubicón. ¿Por qué
tomárnosla con César? ¿Por qué durante dos mil años la humanidad ha
atesorado el simple hecho de que César cruzó el Rubicón?¿Cual es su
importancia real?. Si como historiador no tuviese otra cosa que ofrecerles que
este hecho en si mismo, con su claro contorno, sin matices ni relaciones,
tendría que confesar, si soy un hombre honesto, que no significa nada, nada en
absoluto. Podrá ser un hecho pero no significará nada para nosotros. La verdad
es, por supuesto, que ese simple hecho posee múltiples nexos y por ello es
que ha sido valorado durante 2000 años. Está vinculado por esas relaciones
con otros innumerables hechos, luego el solo adquiere significado al perder su
clara individualidad. El solo adquiere significación al integrarse a la compleja
malla de circunstancias que conforman su ser. Esta compleja red de
circunstancias fue la serie de acontecimientos que dimanan de la relación de
César con Pompeyo, el senado romano, la República romana y toda la gente
que tenían algo que ver con ellos. A César se la había ordenado por el senado
entregar el mando del ejército de la Galia. El decidió desobedecer. En lugar de
abandonar el mando, marchó sobre Roma, se hizo amo de la República y al
final, como alguien ha dicho, franqueo el estrecho mundo como un coloso.
Bien, el Rubicón resultaba ser el límite entre la Galia e Italia, de manera que al

50
Tomado de: Carl Becket.

46
cruzarlo con su ejército, la traición de César devino un hecho consumado y dio
curso a los grandes acontecimientos subsiguientes.

Al margen de estos acontecimientos y esas relaciones el cruce del Rubicón


no significa nada, no es propiamente hablando un hecho histórico. Si no
significa nada para nosotros, el comienza a ser algo para nosotros no por si
mismo, sino como símbolo de algo más, un símbolo establecido para una larga
serie de acontecimientos que tienen que ver con las realidades más tangibles e
inmateriales como, por ejemplo, las relaciones entre César y millones de
personas en el mundo romano.

Entonces el simple hecho histórico no resulta tan sólido e inerte, tan


claramente definido y mensurable como un ladrillo. Tan lejos como sabemos el
es solamente un símbolo, un simple enunciado de mil y un hechos más simples
que por el momento no consideramos y esa generalización en si misma no
tiene otro empleo al margen de los hechos y relaciones que simboliza. En
sentido general, mientras más simple es un hecho histórico, mientras más claro
y definido resulta, menor utilidad tiene para nosotros.

¿Que es entonces el hecho histórico? Lejos estoy de definir una cosa tan
ilusoria o intangible. Pero provisionalmente puedo decir esto: el historiador
puede estar interesado en cualquier cosa que tenga que ver con la vida del
hombre en el pasado, cualquier acto o acontecimiento, cualquier emoción que
los hombres hayan expresado, cualquier idea, verdadera o falsa, que ellos
hayan expresado. Muy bien, el historiador se interesa en acontecimientos de
ese tipo. Pero el no puede tratar directamente con el acontecimiento mismo,
puesto que tal acontecimiento ha desaparecido. Con lo que puede tratar
directamente es con una aseveración sobre el acontecimiento. Se trata, en
suma, no con el acontecimiento sino con una aseveración que afirma el hecho
de que el acontecimiento ocurrió. Cuando vamos al grano vemos que el
historiador está siempre trabajando con una afirmación, una afirmación del
hecho de que algo es verdad. Hay que hacer entonces una distinción de crucial
importancia: la distinción entre el acontecimiento efímero que desaparece y la
afirmación sobre el acontecimiento que persiste. Para todos los propósitos
prácticos es esta afirmación sobre el acontecimiento lo que constituye para
nosotros el hecho histórico. Así tenemos que el hecho histórico no es un
acontecimiento pasado, sino un símbolo que nos permite recrearlo
imaginativamente. De un símbolo es inútil decir que es frío o sólido. Es
peligroso incluso decir si es verdadero o falso. Lo más seguro que puede
decirse de un símbolo es que resulta más o menos adecuado.

Esto me trae a la segunda pregunta: ¿Dónde existe el hecho histórico. Diré


en seguida, no importa cuan insolente suene, que el hecho histórico está en la
mente de alguien o no está en ninguna parte. Para ejemplificar esta afirmación
tomaré un acontecimiento familiar para todos. “Abraham Lincoln fue asesinado

47
en el teatro Ford, en Washington, el 14 de abril de 1865”. Esto fue un
acontecimiento real, ocurrido, hecho al momento de suceder. Pero hablando
hoy, nosotros decimos que es un hecho histórico. Nosotros no decimos que fue
un hecho histórico, porque esto implicaría que ya no lo es. Nosotros decimos
que fue un acontecimiento real, pero es ahora un hecho histórico. El suceso
real y el hecho histórico, aunque estrechamente relacionados, son cosas
diferentes. Muy bien, si el asesinato de Lincoln es un hecho histórico, ¿Dónde
está ahora ese hecho?. Lincoln no está siendo asesinado en el teatro Ford, o
en ninguna otra parte. El suceso real, el acontecimiento, ha pasado, se ha ido
para siempre, no se repetirá, no será nuevamente experimentado ni
testimoniado por ninguna persona viva. Pero este es precisamente el tipo de
cosas que concierne al historiador: acontecimientos, actos, pensamientos,
emociones que se han perdido para siempre como sucesos reales. ¿Cómo
puede el historiador tratar con tales realidades desaparecidas? Puede tratar
con ellas porque tales realidades dieron lugar a pálidos reflejos, imágenes
impalpables o ideas de si misma, y estos pálidos reflejos e imágenes
impalpables que no pueden ser tocadas o manejadas es todo cuanto queda del
suceso real. Ellas son de todas maneras con lo que el historiador trabaja. Son
sus materiales. Debe satisfacerse con ellos por la sencilla razón de que no hay
otros. Bueno, entonces, ¿Dónde están estos pálidos reflejos o imágenes
impalpables de lo real? ¿Dónde están esos hechos?. Ellos están, como dije
antes, en su menteo en la mente de alguien, o no están en ninguna parte.

¡Ah!, pero ellos están en los archivos, en las fuentes, he oído decir a alguien.
Sí, en un sentido están en las fuentes. El hecho histórico del asesinato de
Lincoln está en los archivos, en la prensa de la época, en cartas, diarios, etc.
En un sentido el hecho está ahí, pero ¿en que sentido?. Estos testimonios son
solo papel sobre cuya superficie ha sido distribuida cierta pauta. Y aún estas
pautas no están hechas por el suceso real, el asesinato de Lincoln. Tales
pautas son solo “historias” del acontecimiento, hechas por alguien que tenía en
su mente una imagen o idea del asesinato de Lincoln. Por supuesto, nosotros –
usted y yo- podemos por la observación de tales pautas formarnos una imagen
o ideas más o menos similares a las de la persona que las hizo. Pero si no
hubiese ahora en el mundo alguien que pudiese extraer un sentido a esos
archivos y fuentes, el hecho del asesinato de Lincoln dejaría de ser un hecho
histórico. Retornemos al hecho simple: “Lincoln fue asesinado en el teatro Ford,
en Washington, el 14 de abril de 1865”. Estos no son todos los hechos. Es, si
usted quiere, una representación de todos los hechos y una representación que
quizás satisface a un historiador. Pero otro historiador, por alguna razón, no se
siente satisfecho. El expresa: “El 14 de abril de 1865, en Washington, Lincoln,
mientras observaba una obra de teatro desde un palco del Teatro Ford, fue
baleado por John Wilkes Booth, quien después saltó al escenario gritando ¡Sic
semper tyrannis!” Esta es también una observación verdadera sobre el
acontecimiento. Ella representa también, si usted quiere, todos los hechos.

48
Pero su forma y contenido es diferente, porque contiene más acontecimientos
que la otra. Bien, el caso es que cualquier número de afirmaciones (un infinito
número si las fuentes fuesen suficientes) pueden hacerse sobre el
acontecimiento, todas verdaderas, todas representativas del acontecimiento,
pero algunas contendrían más y otras menos aspectos factuales del
acontecimiento en su conjunto. Pero bajo ninguna circunstancia puede el
historiador hacer afirmaciones que describan todos los hechos –todos los
actos, pensamientos, emociones- de todas las personas que participaron en el
acontecimiento. El historiador forzosamente tiene que seleccionar ciertas
afirmaciones sobre el acontecimiento y relacionarlas de cierta manera,
desechando otras afirmaciones y otras formas de relacionarlas. Otro historiador
podría hacer una selección diferente. ¿Por qué? ¿Qué es lo que conduce al
historiador a hacer, de entre todas las afirmaciones posibles sobre un hecho
dado, ciertas afirmaciones y no otras? Porque el propósito que el tiene en
mente lo determina así. Y así el propósito que el tiene en mente determinará el
sentido preciso que derive del acontecimiento. El acontecimiento en si mismo,
los hechos no dicen nada, no imponen ningún sentido. Es el historiador el que
habla, quien impone el sentido.

49
Cuestiones del conocimiento histórico: tiempo histórico.

Tiempo e historia.51

Ser histórico es “ser en el tiempo”, según ha establecido el pensamiento


filosófico antiguo y moderno y tal como se sostiene hoy también por las
posiciones más comunes en la ciencia, la natural y la social. El tiempo es, en
consecuencia, una de las variables esenciales, sino la absolutamente esencial,
entre las que integran la definición de la realidad histórica. El proceso que
llamamos temporal es el que configura como específica, incomparable con
ninguna otra, la existencia humana. Sólo el hombre, como si fuera una
paradoja, el proceso temporal envuelve no sólo lo humano, sino todo lo que
existe. El hombre participa del tiempo de la naturaleza, pero hace también una
“construcción propia”.52

El tiempo es una variable, hemos dicho, o una dimensión, como añadiremos


ahora, esencial, que configura lo histórico integrada en las realidades sociales.
Decimos “integradas” porque no hay realidades sociales sin tiempo. La
temporalidad es, sin embargo, una realidad tan imbricada en nuestra mecánica
psicológica y social, en el proceso de socialización de cualquier ser humano,
que puede perfectamente aparecer como algo dado, indiferenciado, incluso
innato, una categoría a priori como quería Kant, más allá de cualquier reflexión
e incluso de cualquier experiencia. En efecto, el tiempo aparece como algo
intuitivo cuya percepción, sin duda, progresa con la maduración psicológica,
como mostró Piaget,53 algo dado y “supuesto” para el sentido común, y como
algo supuesto su consideración específica está ausente del relato histórico, si
es que ese mismo relato no es ya, como pretende Paul Ricoeur, la
“configuración” misma del tiempo.54

En ese sentido, la primera aseveración que debemos establecer de manera


inequívoca es la inconsistencia o inexactitud de la pretensión de que existe un
tiempo físico y otro histórico o social. Ella representa no más que una
formulación banal, o tal vez poética, difundida por autores que no han cuidado

51
Tomado de: Aróstegui, Julio. La investigación histórica: Teoría y método. Barcelona, Crítica
Grijalbo Mondadori, 1995.
52
Véase después sobre esto el apartado 3 del capítulo 5.
53
Son bien conocidos los estudios los estudios de J. Piaget en sus Études d´Épistemologie génétique
sobre el desarrollo de la percepción del tiempo en los niños y también del mismo autor es el estudio Le
développement de la notion de temps chez l´enfant, PUF, París, 1946.
54
P. Ricoeur, Tiempo y narración. Cristiandad. Madrid, 1987, 2vols., de los que ya hemos citado antes el
1. Sólo hay versión española de los dos primeros volúmenes de los tres de que consta la obra original.

50
de analizar con rigor el problema de la realidad objetiva del tiempo frente a su
percepción subjetiva. La realidad del tiempo no es, y no puede ser,
objetivamente más que una. Otra cosa es la percepción sensorial, no
intelectual, del tiempo por el hombre, cuyos perfiles psicológicos son ajenos al
concepto cosmológico de lo temporal. 55 Si no procede hablar de un tiempo
físico y otro histórico, ello no debe ser confundido con la necesidad de distinguir
entre un “tiempo de reloj” y un “tiempo existencial” 56, entre los clásicos chronos
y kairos.

Desde otro punto de vista, la cuestión de la construcción “sociológica” del


tiempo presenta algún mayor interés: en todos los núcleos sociales
históricamente existentes el tiempo es una institución que se construye y que
tiene funciones precisas. 57 Sin embargo, lo que interesa para una construcción
de la idea de historia es, en realidad, la manera en que puede captarse y
explicarse por nosotros de la forma objetiva la significación del tiempo como un
componente interno, inserto realmente en las cosas: de qué forma el tiempo
actúa sobre la existencia de las cosas y se manifiesta en el proceso histórico.

La manera en que la historia es conceptualmente una “dimensión” o


“cualidad”, hemos dicho, de lo social tiene su explicación también por la
existencia de esta otra condición o dimensión previa: porque todo lo que existe
está “inmerso en el tiempo”, aunque esta sea una manera metafórica de
expresarlo. Por tanto, el círculo de esta argumentación quedará cerrado al
concluir en que si toda investigación sobre la naturaleza de la historia lo es,
asimismo, sobre la naturaleza de la sociedad, también lo es, inseparablemente,
sobre la naturaleza del tiempo, sobre la temporalidad. No podemos hablar de
qué es lo histórico sin hablar de lo social y de lo temporal. De ahí que en el
mundo del hombre más que hablar de un “hecho social” es preciso hablar de
un “hecho socio-temporal”, que por ser ambas cosas, social y temporal, lo
categorizamos con mayor precisión como hecho socio-histórico. No existe nada
que podamos llamar “hecho histórico” sin más cualificación –en el sentido de
las más clásicas ideas del positivismo-. La historia es sociedad más tiempo, o
menos metafóricamente, “sociedad con tiempo”. Por ello toda conciencia que el
hombre adquiere de lo histórico es, de alguna manera, una conciencia de la
temporalidad, y ello es una cuestión sobre la que se han pronunciado desde
hace tiempo los filósofos, desde Kant a Ortega y desde Lukács a Ricoeur.

Si bien es verdad, que decimos, que no puede hablarse de un tiempo físico


y otro subjetivo. Por otra parte, es también una afirmación sustancial la de que

55
E. Jaques. La forma del tiempo. Paidós, Buenos Aires, 1984. Véase especialmente a nuestro efecto,
dentro de este excelente y completo libro de un psicólogo, el capítulo 4: “La experiencia consciente,
preconsciente e inconsciente llamada tiempo”.
56
J. Hassard. The Sociology of Time. Macmillan, Londres, 1990,p.10.
57
N. Elias. Sobre el tiempo. FCE, Madrid, 1989, un ensayo sobre la construcción social del tiempo.
Véase también B. Adam, Time and Social Theory, Poloty Press, Cambridge, 1990. También el ya citado
J. Hassard.

51
el tiempo es irreversible y los procesos fundamentales que conforman el mundo
lo son también. El tiempo aparece así, en todas sus manifestaciones, y no sólo
en las humanas, como acumulativo: no puede volver hacia atrás. 58 Pero, en
último extremo, la pregunta que el historiador ha de hacerse, como cualquier
otro analista de su propia disciplina, a la que debe responder desde ella misma,
es qué es el tiempo. Tal “qué” es aquí inevitablemente una interrogación
filosófica y científica. Y para responderla con propiedad es preciso que
conozcamos, aunque sea se forma somera, en qué ámbito de ideas nos
movemos.

¿Qué es el tiempo?

La consideración del tiempo en el sentido físico, del tiempo de universo, y en


el sentido filosófico, son necesariamente el punto de partida para entrar en el
asunto. La explotación de la entidad del tiempo fue emprendida desde la
Antigüedad a través del mito, la religión, y, después, de la especulación
cosmológica y física. 59 El análisis de orden científico sería mas tardío, pero
está claro que ambas maneras de abordar el problema del tiempo no han
estado tajantemente separadas nunca antes de llegar a Einstein, o, tal vez, a
las reflexiones de H. Poincaré. El caso de las ciencias sociales y, en particular,
de la historiografía, es bastante desigual. Nos interesa comenzar por esta
última vertiente del problema.

Los historiadores y la concepción del tiempo.

Sólo tardíamente ha sido el problema del tiempo objeto e análisis sociológico


y aproximadamente de esta misma manera tardía lo ha sido de análisis
historiográfico.60 En la historiografía reciente, el célebre artículo de F. Braudel,
“La longue durée”, de 1958, 61 debe ser considerado como un hito, además de
como una rareza. En el estudio del tiempo histórico las cosas han sido hasta
ahora poco más allá de donde las dejó Braudel si nos referimos a análisis de la
entidad operativa del tiempo en la explicación de la historia. Pero en fechas
recientes el estudio del tiempo histórico ha suscitado un renovado interés.
Existe una sociedad internacional para el estudio del tiempo, de tipo
interdisciplinar, revistas especializadas y un creciente flujo de publicaciones. 62

58
Como una primera introducción a este asunto nada fácil y sobre el que existe una importante
bibliografía, véase el trabajo monográfico “Pensar el tiempo, pensar a tiempo”. Archipiélago,
Cuadernos de crítica de la cultura (Barcelona), 10-11 (1992).
59
Para todo este tratamiento es de sumo interés el libro de K. Pomian. El orden del tiempo. Júcar,
Madrid, 1990.
60
Esto no es obstáculo para que la bibliografía sobre el asunto, especialmente la sociológica, sea muy
extensa.
61
Apareció originalmente en Annales. É.S.C., 13, n. 4 (octubre-diciembre de 1958), pp. 725-753, el
artículo se ha reproducido después muchas veces y puede verse en español en F. Braudel, La historia,
pp.60-106.
62
La sociedad en cuestión es The International Society for the Study of Time. Con sede en Bloomington
(EEUU), sus publicaciones comprenden unas series, The Study of Time, que aparecen desde 1969.
Existen revistas especializadas sobre el asunto, como Time and Society a la que nos referimos aquí.

52
Es verdad que la ciencia social en su conjunto, y no sólo la historiografía, ha
dedicado tradicionalmente escasa atención al estudio directo del hecho
temporal como componente esencial de todos los comportamientos humanos.
Pero existe una bibliografía sobre el asunto más abundante de lo que se
supone.63Ciertas contribuciones importantes sobre tiempo e historia, y sobre la
expresión temporal en el discurso historiográfico, no proceden de historiadores
propiamente dicho sino de tratadista de otra precedencia –Ricoeur, Elias, Mink,
etc.-. El problema del tiempo en una teoría en una teoría de la historiografía
sigue siendo, en definitiva, un terreno prácticamente abandonado por los
historiadores en lo que es, justamente, su exploración teórica.

La consideración de las formas cambiantes en que aparece la “idea” o


“percepción” del tiempo en individuos, civilizaciones o ámbitos culturales
históricos, es decir, los aspectos psicológicos y culturales del tiempo tienen
para la teoría historiográfica un interés innegable, pero no más que relativo o
preliminar. La consabida “historia de las ideas del tiempo” y más aún la
concepción del tiempo en la crónica desde tiempos remotos, o la cuestión de
las técnicas y aparatos de medidas y la percepción de lo temporal, 64 la
diferencia entre las concepciones acerca de la linealidad o circularidad del
tiempo, son temas que pueden tener un cierto interés previo y contextual, pero
tampoco son en modo alguno esenciales para la cuestión del tiempo histórico.
Sobre todo porque, según el sentido en que suelen orientarse esos estudios,
los autores asimilan el tiempo histórico, de forma errónea, a la cuestión de la
“cronología”. Como veremos más adelante, la cronología es también asunto
más básico en la idea del tiempo histórico, pero en forma alguna se identifica
con éste.

En el propio campo historiográfico la atención al problema del tiempo se vio


en cierto sentido potenciada con la revisión crítica general que significaron
aportaciones metodológicas como las de Annales, o las contribuciones del
marxismo. Pero nunca han llegado plenamente al terreno teórico. Sus estudios
se han orientado, más bien, hacia asuntos pragmáticos referentes a las formas
de captación del tiempo presentes en diversas culturas, a través de sus
manifestaciones escritas o propiamente historiográficas que muestran la
manera de interpretar el “curso” de los acontecimientos. Otro de los caminos de
los historiadores ha sido la atención a la operatividad del concepto de tiempo
para definir los propios rasgos de las civilizaciones. 65 Así es notable el caso de
63
Cf. W. Bergmann, “The Problem of Time in Sociology: An Overview of the Literature on the State of
Theory and Research on the “Sociology of Time”, 1900-1982”, Time and Society, 1, n.1 (enero de 1992),
pp. 81-134. Acerca del tiempo en su vertiente sociológica y antropológica existe una recopilación de
textos hecha en España por R. Ramos Torre, ed., Tiempo y Sociedad, Siglo XXI, Madrid, 1992. Todos los
autores recogidos en ella son extranjeros.
64
G. J. Whitrow. El tiempo en la historia. La evolución de nuestro sentido del tiempo y de la
perspectiva temporal. Crítica, Barcelona, 1990. A pesar de son ser lo que podría esperarse, esta obra de
Withrow, uno de los presidentes de la sociedad internacional citada antes, es un libro erudito e interesante.
65
Cf. P. Ricoeur, R. Panikkar, A, J. Gurevich et al. Les cultures et le temps, études preparées par l
´UNESCO. Introducción de P. Ricoeur, Payot- UNESCO, París, 1975.

53
K. Lamprecht y su teoría del “Renacimiento”, que Toynbee captará después
bajo la forma recurrente de los “renacimientos”. O la idea aplicada por George
Kubler66 al desarrollo de las formas artísticas de un tiempo que es “construido”
(shaped) por las concepciones comunes y propias de los estilos artísticos. No
es de extrañar tampoco que una de las contantes del pensamiento de los
historiadores acerca del tiempo sea el empeño en establecer si las
concepciones temporales que las culturas históricas muestran son “circulares”
o “lineales”, asunto al que prestaron atención desde Vico y Spengler a Arnaldo
Momigliano.

De ahí el interés de algunas posiciones generadas en la escuela de


Annales, como la de Braudel, a la menos conocida de Mairet, 67 que se adentran
en otro tipo de especulaciones sobre el tiempo histórico, mucho más en la
esencia misma de ello, en su “estructura”, sin que, desde luego, Braudel mismo
agotara las perspectiva que sus análisis presentaban. Aunque aquí no vamos a
profundizar en la discusiones de las tesis de Braudel sobre el “tiempo largo” y
demás extremos que plantea,68 puede señalarse que su gran aportación es, a
nuestro juicio, el establecimiento de que el tiempo de la historia no queda
circunscrito en forma alguna por la cronología y que los “eventos” son sólo una
parte del devenir histórico y no su manifestación exclusiva. Algunas de las
críticas que se han hecho a Braudel, como son las Ricoeur, por ejemplo, no
carecen de interés, pero siguen operando sobre una concepción errónea,
externa y cronológica, del tiempo.69

Braudel utiliza una concepción del tiempo “estructuralizante” mientras que el


“tiempo corto” opera en sentido “individualuzante”. 70 El camino estructuralizante
emprendido por Annales en el análisis del tiempo puede tener una cierta
relación con el hecho de que la escuela, en principio, tratara poco de la historia
contemporánea donde, según M. Miyake, hay dificultad para el tiempo
estructural. Pero este autor, comentarista de Braudel, no ha captado en su
profundidad la relación entre estructura y evento que los annaliste manejaron.
Por su parte, Ricoeur ha lanzado crítica a la falta de rigor de Braudel y su
carencia de percepciones del tiempo sino a los movimientos que los atraviesan.
La cuestión está en que Ricoeur parece creer, al estilo newtoniano, que hay un
tiempo absoluto cuyos intervalos pueden ser atravesados por movimientos.
Una vez más se confunden tiempo-receptáculo y tiempo-cambio, cosas a las
que nos vamos a referir de inmediato.

Idea del tiempo en la filosofía y en la ciencia.


66
G. Kubler. La configuración del tiempo. Nerea, Madrid, 1988.
67
G. Mairet. Le discour et l´historique. Essai sur la representation historienne du temps. Mame,
París, 1974.
68
Algo de ello se hace en el capítulo 5 de este libro.
69
P. Ricoeur. Tiempo y narración. I, pp. 183 y ss.
70
M. Miyake. “The Concept of Time as a Problem of the Theory of Historical Knowledge”, en:
Nachdenken über Geschichte. In memoriam Karl Dietrich Erdmann. Karl Wachholtz, Neumünster,
1991, pp. 321-337.

54
En lo que a la tradición occidental se refiere, el origen del tratamiento
filosófico y científico del tiempo se encuentra en la Grecia antigua. La
especulación filosófica griega más importante, y de todo el mundo antiguo, sin
duda, fue la de Aristóteles aunque en modo alguno sea la primera. Las
posiciones de Aristóteles son las de mayores consecuencias para el futuro,
aun teniendo en cuenta las muy fundamentales también, pero mucho menos
sistemáticas y extensas, de Agustín de Hipona. 71 Física,72 donde se exponen
algunas grandes concepciones sobre la naturaleza y la medida del tiempo que
han perdurado hasta hoy. En el análisis aristotélico lo fundamental es que se
absolutiza la relación de tiempo y movimiento, pero se niega que el tiempo sea
equivalente al movimiento mismo.

Después del notable avance de la tecnología de la medición del tiempo, es


decir, de la transformación del tiempo cualitativo en cuantitativo, 73 se produce el
trabajo teórico de describir el tiempo mismo y de definir su estatus, teniendo en
cuenta los descubrimientos que parecían haber hecho caducas las opiniones
de Aristóteles.74El tiempo había sido tenido como inherente a algo. En ese
sentido, el tiempo es un accidente, o incluso, un accidente de segundo grado,
accidente de accidente. Pero a partir del siglo XVI se rechaza esta idea del
“tiempo accidente”, no para hacer de él una sustancia sino para establecer que,
como el espacio, tienen una identidad sui generis. En ese sentido, Gassendi
defendió que los conceptos de sustancias y accidentes no agotan todo el ser,
pues el lugar y el tiempo no son ni lo uno ni lo otro. Las posiciones de Gassendi
resultan ya del máximo interés, pero habría que llegar a Newton y sus Principia
para que el tiempo se convirtiera en uno de los ejes del entendimiento del
mundo físico.

La configuración del tiempo como magnitud uniforma y homogénea,


reversible, escalar, mensurable, y, como una realidad o entidad en cuyo seno
suceden las demás realidades físicas fue, como se sabe, idea argumentada por
Newton y la física clásica en los siglos XVII y XVIII. Posteriormente esa
concepción ha sido discutida y, en buena parte, descartada, sin embargo,
permanece bastante viva en la opinión común. El “tiempo absoluto” que definió
Newton fue discutido pronto por otras concepciones físicas del tiempo
posteriores a las suya, pero fueron las formulaciones de Ernst Mach y las de
Albert Einstein, después, las que abarcaron por ponerla enteramente en
cuestión.

En efecto, Newton establece en el Escolio I a las definiciones de su obra


clásica que

71
San Agustín. Las confesiones. Akal, Madrid, 1986. Véase el célebre pasaje del capítulo XIV del libro
XI, pp. 297 y ss.
72
Aristóteles. Física. Les Belles Lettres. París. 1990, I, pp. 13 y ss.
73
G. J. Whitrow. El tiempo en la historia. Especialmente pp. 25 y ss.
74
Pomian, op.cit., pp. 304-305.

55
el tiempo absoluto, verdadero y matemático, en
sí y por su propia naturaleza sin relación. El
tiempo relativo, aparente y común, es una medida
sensible y externa (precisa o desigual) de la
duración por medio del movimiento, usada por el
vulgo en lugar del tiempo verdadero; hora, día,
mes y año son medidas de ese tipo.75

La concepción de u tiempo absoluta por parte de Newton, que se basa en la


tradición astronómica que viene desde Tolomeo , presenta tal capacidad de
penetración por su aparente carácter intuitivo que sigue presidiendo la creencia
común de las gentes acerca del comportamiento del tiempo hasta hoy mismo.
También los antiguos tenían una idea del tiempo absoluto. El tiempo es un
“ámbito”, un “ambiente”, un “flujo” no sujeto a nada externo, “ecuable”, es decir,
homogéneo, que equivale a la duración y en cuyo seno, en cuyo interior,
suceden todas las cosas. Es, sin duda, la imagen del tiempo que alimenta el
entendimiento común de él. La medición del tiempo de las cosas es el tiempo
relativo y se efectúa por medio del “movimiento”, lo que resulta, como hemos
dicho, una idea expuesta ya por Aristóteles. La de Newton es la que podría ser
llamada concepción del “tiempo-recipiente”.

Pero el cambio profundo en la concepción física del tiempo arranca del


momento en que se pone en cuestión la idea newtoniana de un tiempo
absoluto como un flujo constante, uniforme, en el que estaban inmersos los
fenómenos del universo y que se medía mediante el tiempo relativo. La idea de
la existencia real de ese tiempo absoluto fue discutida ya por Leibniz y luego
fue rechazada por el físico y metodólogo de la ciencia Ernest Mach, uno de los
precedentes claros del neopositivismo en la ciencia y la filosofía, a fines del
siglo XIX, calificándola de “concepción metafísica ociosa”, “basada en
argumentos aparentemente sensatos” y, en cualquier caso, “superflua”. El
tiempo sólo puede ser medido por el cambio de las cosas, 76 dice Mach. No
existe un tiempo “absoluto” como tampoco un espacio absoluto.

Después, pensadores de muy diverso género, filósofos o científicos, han


estudiado este tipo de problema. Bergson, Husserl, Einstein, Heidegger,
Reichenbach y más recientemente Friedman, S.Jay Gould, S. Toulmin, I.
Prigogine, etc. H. Reichenbach creía que toda la solución del problema no
tiene otra vía que la de la física. Para Husserl la fenomenología es la
conciencia del tiempo, el fondo de la “psicología de la psicología”, el tiempo
inmanente y la posibilidad de su objetivación. Las posiciones de Reichenbach y
Husserl son estrictamente incompatibles. Para Heidegger el tiempo no está en
75
I Newton, Philosophiae Naturalis Principia mathemática, Escolio I a las definiciones fundamentales.
Puede verse una edición castellana de los Principios matemáticos de la filosofía natural. Tecnos, Madrid,
1987, pp. 32 y ss. Las cursivas son nuestras.
76
E. Mach, The Science of Mechanics, The Open Court, La Salle, Illinois, 1942. Es la versión inglesa del
original alemán de Mach de 1902. Los párrafos que interesan se encuentran a partir de la página 271.

56
el sujeto ni en el objeto, antecedente a toda objetividad y subjetividad. Es claro
que física y metafísicos no siempre habla un lenguaje compatible. Ricoeur cree
que el tiempo es, en definitiva, una aporía irresoluble como problema.

Así, pues, como ya vio en su momento Mach y reafirmó Einstein después, el


tiempo no es una realidad fluyente en la cual “se sumergen”, se desarrollan
todos los fenómenos del universo. No existe un tiempo fluyente y externo, un
tiempo absoluto. El tiempo no es externo a las cosa, a los fenómenos, sino que
son los fenómenos los que sustentan el tiempo, los que lo aprueban. Es el
movimiento, el cambio, el que denota que existe el tiempo. El tiempo
astronómico necesita de la idea de uniformidad, de movimiento uniforme que
de hecho no existe. Por ello dice Newton que puede accederse desde el tiempo
vulgar al astronómico de forma matemático. Sin movimiento o cambio el tiempo
no existiría, como señaló Aristóteles, y la experiencia puede fácilmente
reconstruirlo. Estas constataciones tienen para la historia y la historiografía,
como puede deducirse, una importancia no despreciable y después
insistiremos en ella.77

En su significación última, la percepción y conceptualización del tiempo por


el hombre parte de la denotación del cambio en el mundo real. Pero en manera
alguna ello permite afirmar que el tiempo es el cambio, cosa que ya denunció
Aristóteles como errónea y que fue motivo también de enérgicos ataques de
Friedrich Engels al Doctor Dühring. 78 El tiempo no es el cambio, pero no puede
ser aprehendido sino a través de algún tipo de cambio. Esa observación se
debe ya también a Aristóteles. El tiempo no contiene el cambio, al contrario de
lo que creía Newton, sino más bien al revés. El tiempo no es tampoco una
sustancia, ni un flujo continuo, ni un fondo sobre el que se producen los
hechos. Es una dimensión de las cosas mismas. Es más bien la “producción”
de hecho, es decir, de cambios, la que introduce al dimensión de tiempo. Una
dimensión de la realidad, estrechamente relacionada con las demás
dimensiones y, por tanto, que no puede concebirse independientemente de la
de espacio. De ahí que se haya dicho que el tiempo es una cuarta dimensión.
La física relativista, como ha expuesto Michael Friedman, se basa en las
teorías del espacio-tiempo y la “tradición relacionista” insiste en que “no
deberíamos contemplar el sistema de cuerpos físicos concretos como
sumergidos en el espacio-tiempo que haría las veces de gran “recipiente””. 79

Pero el “orden del tiempo” no es sólo el sistema derivado de la realidad del


cambio, de la variación, sino que de la misma forma se contiene también en la

77
En el capítulo 5.
78
F. Engels. Anti-Dühring. Ayuso, Madrid, 1975, pp. 55 y ss.
79
M. Friedman. Fundamentos de la teoría del espacio-tiempo. Física relativista y filosofía de la ciencia.
Aliansa Editorial, Madrid, 1991, pp.264-265, en el capítulo dedicado al “relasionismo” en la concepción
del tiempo y del espacio, del que participan Leibniz y Mach. El libro de Friedman tiene demasiado
contenido matemática como para que resulte de lectura fácil.

57
idea de duración, de permanencia.80 El cambio es, a su vez, la variación de un
orden sucesivo de estados. Aristóteles acabó definiendo el tiempo como “el
número de la variación según un antes y un después”. El cambio, la variación
de la que habla Aristóteles, es la sucesión de estados distintos y para que haya
sucesión de estados es preciso denotar por comparación presencia o ausencia
de elementos, lo que no es posible sino sobre la existencia y experiencia
básica de la permanencia, de la duración.

Estas observaciones nos llevan al problema seguramente básico, o a uno de


los problemas básicos: la consideración del tiempo no como entidad absoluta,
existente en sí misma, sino como una relación entre las cosas que no puede
denotarse sino a través del cambio, o, lo que es su vehículo propio, a través del
movimiento. Tampoco es lo mismo, desde luego, movimiento que cambio, pero
ambas cosas aluden a una variación relacionada con el espacio: el tiempo se
denota por las variaciones en el espacio. La ausencia de tiempo no puede ser
equiparada más que a la ausencia de todo cambio de posicione. Por ello se ha
considerado en su momento que la idea de un tiempo absoluto tal como fue
concebida por Newton, basada en el movimiento uniforme, es, cuando menos,
superflua.81 Los hechos, los cambios, los eventos, no suceden en el tiempo,
sino que ellos crean el tiempo.

Una cuestión más es la que se refiere a la “flecha del tiempo” en expresión


que acuñó Eddington. El tiempo es irreversible, es anisotrópico, según se
deduce de lo que establece el segundo principio de la termodinámica. 82 El
problema es cómo puede hacerse inteligible el tiempo, un tiempo que se
comporta como una “flecha” cuya trayectoria es irreversible y asimétrica. Y ello
se relaciona, a la vez, con la cosmogonía del big-bang. Una vez admitida la
idea de “un” origen para el universo y para el tiempo, no hemos resuelto el
problema fundamental de la existencia de las cosas, sino que lo hemos
desplazado hacia el viejo asunto de la creación, con la agravante como ha
expresado Pomian, de que ahora no está permitido, al menos a un científico,
recurrir a Dios.83

Hemos de aludir, aunque sólo sea de pasada, a una cuestión distinta a todo
esto. Y es la de que para la resolución de los problemas relativos a la relación
80
La conceptuación filosófica de la duración procede de Henri Bergson. Véase de forma introducción los
textos de Bergson sobre la duración recogida en H. Bergson. Memoria y Vida, textos escogidos por G.
Deleuze, Aliansa Editorial, Madrid, 1987, pp. 7-23. Fernard Braudel se ha inspirado sin duda, aunque no
lo cita, en esta idea bergsiniana de duración al escribir su artículo sobre “La longue durée”.
81
Aclaraciones de interés sobre la idea de profunda de Newton acerca del tiempo absoluto, derivada de
creencias religionsas, puede verse en F. de Grandt, “Temps physique et temps mathémattique chez
Newton”, en D. Tiffenau, ed. Mythes et Représentations du temps, CNRS, París, 1985, pp. 100-104.
82
Véase respecto a esto especialmente I. Prigogine e I. Stengers, Entre el tiempo y la eternidad, Alianza
Editorial, Madrid, 1990. Los escritos de Prigogine sobre estos temas son ya bastante abundantes. Cf.,
entre otros, I. Prigogine, El nacimiento del tiempo, Tusquests, Barcelona, 1991.
83
Pomian, op.cit., p. 381. Parece inevitable en este punto, por referirse justamente a estos temas, la cita
del difundidísimo, y probablemente poco leído, libro de S.W. Hawking, Historia del tiempo. Del big-bang
a los agujeros negros, Crítica, Barcelona, 1988.

58
entre el tiempo objetivo y la historia objetiva interesan escasamente las
representaciones mentales del tiempo incluso toda la casuística sociológica de
la construcción de la temporalidad. La objetividad del tiempo es cosa diferente
de todo eso, y es, en definitiva, la que interesa primordialmente a la teoría
historiográfica. Lo que el tiempo representa en la definición de la historia es el
sentido ontológico, y analógico en el mundo físico, del movimiento y del cambio
social y del cambio social, dado especialmente el carácter unidimensional de lo
temporal.

Los ingredientes teóricos y físicos del tiempo interesan para la definición de


la historia más o menos como interesan a las demás ciencias sociales, en
principio: porque son componentes de la vida del hombre. La teoría de la
relatividad ha mostrado que en ámbito del universo entero el tiempo está
estrechamente relacionado con el espacio y, por ende, con la velocidad, 84
siendo la velocidad una magnitud referida al movimiento, al cambio. Al mostrar
las dificultades de la idea de simultaneidad, la velocidad se coloca como uno de
los elementos esenciales en la interpretación de los cambios en el universo. La
historiografía, sin embargo, es la ciencia de la temporalidad humana misma; el
problema del tiempo adquiere, pues, en su teoría, una dimensión medular,
constitutiva.

Tiempo social y tiempo histórico.

Desde el punto de vista de la experiencia humana, son, sin duda, los ciclos
mismos de la naturaleza los que dan al hombre un primer apoyo para la
percepción del tiempo. La denotación del tiempo como parte del proceso
civilizador aparece el hombre repara en la recurrencia del movimiento cíclico de
los fenómenos celestes, esencialmente la sucesión de días y noches y
subsidiariamente de estaciones y de posiciones de los astros. 85 Esta
observación, en todo caso, en manera algún invalida la de que el tiempo acaba
siendo, en una parte importante de su realidad, una construcción social. Así, en
la ciencia social moderna parece haber sido É. Durkheim, en “Las formas
elementales de la vida religiosa”, el primero en llamar la atención sobre el
origen propiamente social, construido, de la categoría “tiempo”, cuyo
nacimiento él hacía recaer en el desenvolvimiento cíclico de la vida social,
derivado, a su vez, de las prácticas religiosas.

Para el análisis de la ontología de lo histórico, aparece como básico el hecho


de que el tiempo es justamente el indicador fundamental de la existencia
84
De los diversos escritos más o menos divulgativos que el propio Einstein publicó, citamos aquí de
forma introductoria A. Einstein, Sobre la teoría de la relatividad especial y general, Alianza Editorial,
Madrid, 1984. Todo el texto es, naturalmente, importante, pero véase “Sobre el concepto de tiempo en la
física”, a partir de la página 24. Sin duda, la más completa divulgación que nunca hizo Einstein fue en le
libro A. Einstein y L. Infeld, La evolución de la física, Salvat, Barcelona, 1993.
85
Así lo muestra N. Elias, Sobre el tiempo. Véase también T. Crump, La antropología de los números,
Alianza Editorial, Madrid, 1993, en su capítulo referente a “El tiempo”. También S. Tabboni, la
rappesentazione soziale del tempo, Angeli, Milán, 1984.

59
histórica, mientras que la conciencia de lo histórico se manifiesta como
consecuencia de que el hombre conceptualiza el cambio como elemento
constitutivo de la existencia. Así, cambio-tiempo-historia aparecen en la cultura
como el correlato de la percepción misma del movimiento social.

El tiempo medible por diversos procedimientos y tiene una manera peculiar


de conformar lo social, con implicaciones distintas a las que se presentan en la
naturaleza no humana. En realidad, para ejemplificar esto, los tiempos que
conceptualizó Braudel sólo miden “tipos” de cambios; cambio en ciclos cortos
que se caracteriza por la presencia de muchos “acontecimientos” que son cada
vez menos abundantes según nos adentramos en otros tipos, o niveles, de
tiempo. Braudel analiza tipos de realidades según su “velocidad” de cambio.
Braudel no llega a presentar una articulación acabada entre esos tipos de
cambios que conformarían el tiempo ”total”. Lo que falta en su teoría es la
consideración del nexo lógico que se establece entre el tiempo físico y su
percepción humana: el hombre tiene conciencia del tiempo desde el
movimiento, pero especialmente desde la percepción del movimiento
recurrente, del movimiento estacionario, de forma que el tiempo sólo es
medible por relación a movimientos recurrentes. Esto, que contribuye a explicar
la aparición de la idea de “tiempo cíclico”, es un nuevo obstáculo para la
comprensión del “tiempo acumulativo”, lineal, de la “flecha del tiempo”.

Cambio y duración.

El verdadero tiempo de la historia es, pues, aquel que se mide en cambio


frente a duración. Para una parte del pensamiento filosófico, o de la teorización
de lo histórico, la duración se ha convertido en un obstáculo para la correcta
compresión de la historia como realidad externa y objetiva. De una u otra
forma, persiste el pensamiento de que historia y duración son cosas
contrapuestas. Pero un fundamental hallazgo de Braudel, una vez más, reside,
a nuestro juicio, en haber mostrado todo el absurdo que se esconde bajo la
idea de una realidad que se compone de hechos, es decir, de cambios, sin otra
articulación cognoscitiva alguna entre ellos, al establecer que es posible
concebir, en todo caso, y como contraste al menos, una historia inmóvil. Es
posible una historia sin cambios porque siempre existe el movimiento, el
movimiento recurrente o estacionario. O lo que es lo mismo, dicho en otras
palabras: que no hay un tiempo que determine a los hechos, o en el que los
hechos se produzcan, sino que son los hechos los que determinan el tiempo.
Que hay diversos tiempos en función de cómo se producen los hechos. Que si
los hechos son los cambios es fundamental que ello se ponga en relación con
la duración. La historia, así, no coincide en modo alguno con el cambio sino
con la articulación dialéctica entre permanencia y cambio.

Pierre Vilar acuñó en una frase especialmente luminosa lo que podemos


considerar que es una de las claves de la relación entre historia, cambio y

60
tiempo. Decir que la historia es un producto del tiempo, afirma Vilar, no existe
nada; lo que tiene algún sentido es decir que el tiempo es un producto de la
historia.86 El tiempo interno de las cosas es el que tiene verdadero sentido en la
historia, no el tiempo externo de la cronología. Las relaciones de la historicidad
con la temporalidad constituyen la clave de nuestro problema de definición del
tiempo histórico. ¿Cómo definir, en definitiva, tiempo a efectos historiográficos?
He aquí lo que proponemos como una primera aproximación:

Tiempo es la denotación del cambio con arreglo a


una decadencia de la anterior y lo posterior, que en
principio es posible medir y que en la realidad socio-
históricas es un ingrediente de su identidad, pues
tales realidades no quedan enteramente
determinadas en su materialidad si no son remitidas a
una posición temporal.

86
P. Vilar, Historoire marxiste, p. 190. El texto de Vilar dice: “Il arrive en effet que l´histoire
conjonturelle… semble faire de l´histoire un produit du temps (ce qui no signifie rien) et non du temps (c
´est-dire de sa distribution non homogene, de sa diffeéntation) un produit de l´histoire…”

61
Cuestiones del conocimiento histórico: la narración.

La Historiografía: Ciencia Nueva y Viejo Oficio. 87

Los retornos: consideraciones acerca de la vuelta del sujeto, la vuelta


del relato y la naturaleza de la narración histórica.

“Reconstruir los vínculos indirectos de la


historia con la narración es, en definitiva,
esclarecer la intencionalidad del pensamiento
historiador por el que la historia continúa
buscando oblicuamente el campo de la acción
humana y su temporalidad básica.

Paul Ricoeur, Tiempo y Narración, 1987.

La vuelta al relato: interpretada muchas veces como sinónimo de retorno de


la “narración (descriptiva)”. Desde el punto de vista del método, la importancia
del proceso en curso dista de ser pequeña. Se trata de dar paso con carácter
alternativo a los nuevos conceptos: narración frente a comprensión, significado
frente a explicación, historia literario-antropológica frente a historia de
fundamentación y predominio económico-social.

La vuelta de la narración convencional se halla entre las novedades que han


ocupado espacios libres en la producción historiográfica de talante francés.
También están en retorno del género biográfico o la denominada historia
“cultural”, por una parte, y por otra la revaloración de la individualidad como
objeto de análisis sociohistórico y la rehabilitación de la forma narrativa del
relato historiográfico.

Estas novedades han sido posibles, evidentemente, una vez debilitada la


presión cientifista. Incluso puede opinarse que dichas novedades son, en
buena parte, consecuencia directa de un debilitamiento endógeno de esas
posiciones; ya que los parámetros para conducirse intelectualmente a través de
fragmentos –y no de totalidades – por lo común afloran cuando la fuerza de la
macroteoría se debilita. (50)

Pero hay también una segunda razón que ha venido a quebrantar y a


sacudir de modo decisivo las antiguas certezas de los historiadores de los años
87
Tomado de: Hernández Sandoica, Elena. Los caminos de la Historia, cuestiones de historiografía y
método, Editorial Síntesis, Madrid, 1995.

62
60 y primera mitad de los 70 se trata del convencimiento general por parte del
gremio o corporación académica de que el discurso historiográfico, cualquiera
que sea la forma que este adopte, es siempre un relato. Se ha llegado a aplicar
a la historia una “poética del saber” que promete dedicarse a desgranar, para
satisfacción o desespero de sus practicantes, “el conjunto de los
procedimientos literarios mediante los cuales un discurso se sustrae a la
literatura, se otorga un estatuto de ciencia y lo reviste de significado”.

Aceptando que la historia y el relato se corresponden y se llevan bien, y que


son perfectamente compatibles en el sentido aristotélico de que llevan adelante
una “intriga de las acciones representadas”. Los más sorprendidos por esta
inesperada recuperación de la narración (que en si misma “explica”, desarrolla
elementos) habrán venido a ser aquellos que, en su día, rechazaron con mayor
brusquedad y firmeza la historia de acontecimientos o episódica (la que los
franceses llamaron “evénementiel”), en provecho de una historia total,
estructural y cuantificada.

Paul Ricoeur ha intentado develar las limitaciones de una censura que,


instalada aún en los predios de la producción académica e historiográfica,
plantea que si bien pudiera ser que la narración es autoexplicativa, la
verdadera explicación no reside en ella, sino en las categorías anónimas
inventadas por la historiografía estructural, en su temporalidad construida con
ánimo de derrotar, completa y definitivamente a la retórica. Según Ricoeur todo
producto historiográfico incluso la manera de escribir historia menos narrativa
(incluso la más estructural que imaginarse pueda), se halla siempre construida
a partir de fórmulas retóricas que gobiernan invariablemente la producción de
los relatos. Las categorías que manejan los historiadores (clases, sociedades,
mentalidades incluso) son así, siempre, “cuasi-personajes”. Prototipos dotados
implícitamente de los rasgos propios de los héroes singulares o de los
individuos que componen las colectividades designadas en abstracto, según se
deriva de la hermenéutica aplicada por Ricoeur. Siempre pensando en el gran
Braudel al hacer la crítica, advertía Ricoeur de que, a pesar del engaño
derivado de la historia más estructural, las temporalidades históricas mantiene
siempre una fuerte dependencia en relación al tiempo subjetivo. Igualmente los
procedimientos explicativos de la historia permanecen estables, sólidamente
aferrados a la lógica de la imputación causal singular; es decir al modelo básico
de comprensión que permite dar cuenta de las decisiones y de las acciones
individuales.

De un análisis de este tipo, que inscribe la historia en la categoría del género


de los relatos, y que identifica los parentescos fundamentales que unen entre sí
todo tipo de relatos, ya sean de historia o de ficción, se desprenden varias
consecuencias.

63
1. la primera razón es obvia, pues desde esta óptica no puede haber una
vuelta al relato, ya que no ha habido en momento alguno una fuga,
retroceso o abandono. La mutación sería, entonces, de otro orden, y
afectaría a la preferencia que, durante un tiempo, le fuera concedida a
ciertas formas de relato en perjuicio de otras.
Lo que tendríamos, pues, sería lo siguiente, siempre según el diagnóstico
de Ricoeur: que la historia serial y sus relatos estadísticos, o –si así se
prefiero –las grandes construcciones estructurales de la historia total, abren
sin resistencia sus cerradas filas dejando paso, en cambio, a elaboraciones
textuales menos holísticas y ambiciosas, del tipo de los relatos biográficos
entrecruzados de la microhistoria.

2. esta es más compleja, se relaciona estrechamente con la primera y


exige, todavía mayor atención. Cómo reconocer, dotándolo de estatuto
específico, al relato de la historia, al género propiamente historiográfico,
distinguiéndolo sin dudar de otro cualquiera. Pero si nos contentamos
con una delimitación que, siendo en parte formal, afecta a la
epistemología misma, podremos convenir con Michel de Certau en que
los relatos de historia poseen una estructura hojaldrada, trufada, al
servirse abundantemente de las citas. Las cuales constituyen al mismo
tiempo efectos de realidad –es decir legitimaciones – e información
directa acerca de los materiales que fundamentan el conjunto.

64
Narración e Historia. 88

La noción de narración es introducida en la filosofía de la historia de la


mano de la filosofía analítica. A partir de este momento, el problema de la
narración pasará a ocupar el lugar central que tenía la explicación en la filosofía
de la historia. En este marco, algunos autores insisten en el carácter explicativo
de la estructura narrativa como alternativa a la explicación causal, derivada de
la concepción científica, a la par que algunos historiadores abogan por la
narración como alternativa a una historiografía científica, representad hasta el
momento por el modelo marxista o por la Escuela de los Annales.

El filósofo de la historia ha dejado de plantarse definitivamente si la historia


tiene sentido o si, por el contrario, carece de él. El sentido, lo mismo que la
objetividad y la verdad históricas, hay que buscarlo en las afirmaciones que
hacen en sus relatos los historiadores. El historiador se ha convertido en
narrador, y sin narrador no hay historia.

No puede confundirse “narración” con “crónica”. A diferencia de las


crónicas, las narraciones históricas trazan las secuencias de eventos que
conducen de fases inaugurales a fases conclusivas (provisionales) de los
procesos sociales y culturales. Las crónicas, por el contrario, se caracterizan
por tener abierta su conclusión; al inicio no tienen partes inaugurales;
comienzan simplemente cuando el cronista empieza a enumerar los
acontecimientos, y no tienen partes culminantes o resolutivas, sino que pueden
ampliarse indefinidamente. La crónica en sentido estricto comienza en el
momento en que el cronista toma su pluma y concluye cuando la deja para,
eventualmente, ser continuada por otro; por tanto no describe sino un
segmento de tiempo cuyos puntos de partida y de llegada son arbitrarios de
cara a los acontecimientos. El relato histórico, por el contrario, comienza y
concluye una historia, constituyendo un todo cerrado, coherente textualmente,
esto es, significativo.

El historiador considera el significado de los acontecimientos pasados en


relación a una “totalidad temporal”. Sólo retrospectivamente nos sentimos
autorizados a atribuir un significado a tal o cual acontecimiento; la pregunta por
el significado sólo puede tener respuesta en el contexto de un relato. El
historiador habla desde un horizonte temporal que no es el del testimonio
ocular, pero ésta es precisamente la condición de posibilidad de todo
significado o conocimiento histórico. Esta es precisamente la razón de que el
historiador pueda introducir cambios retroactivos en el significado del pasado,
88
Tomado de: Roldán, Concha. Entre Casandra y Clío. Una historia de la filosofía de la historia.
Madrid, Ediciones Akal, 1997.

65
lo que le estría vedado al Cronista Ideal, dado que para él la categoría de
significado histórico está vacía de contenido. Sólo en este sentido hay que
entender que la historiografía, de una forma análoga a la ciencia, va más allá
de lo dado y maneja esquemas organizativos: la narración histórica organiza, y
al mismo tiempo, interpreta; sin criterios de selección, no hay historia.

La narración histórica no es, pues, un mero vehículo de transmisión de


información, es un procedimiento de producción de significado y, por lo tanto,
puede atribuírsele una función explicativa. No hay que olvidar que la historia
sólo la podemos conocer desde dentro; somos sujetos históricamente situados
en un momento posterior a los hechos relatados. Así, las historias que
contamos dicen tanto de nuestro pasado, como de nuestros intereses
presentes; en cierto sentido, somos un microcosmos de las historias que
somos capaces de narrar. El historiador no habla desde fuera, la historia no es
una reflexión impersonal: es una disciplina subjetiva, en el doble sentido de ser
el marco en cuyo seno podemos auto-representarnos y, al mismo tiempo,
marco en el cual el historiador no es espectador sino partícipe.

66
La explicación y la representación de la historia. 89

La representación del conocimiento histórico.

Entre las páginas de las preceptistas metodológicos clásicos de la


historiografía pocas habrá más luminosas que aquella de Johann Gustav
Droysen en su Historik, de mediados del siglo XIX, cuando al comenzar a
hablar de la Tópica, la forma de transmitir los conocimientos históricos, lamenta
toda una tradición de complacencia y banalidad que sea impuesto en las
formas de esa transmisión. Nada ha sido más fatal para nuestra ciencia, dirá,
que la costumbre de ver en ella una parte de las bellas letras y la consideración
de que la pauta de su valor se mide por el aplauso del llamado público culto. Y
es que las siempre reiteradas frases sobre la objetividad de la presentación, el
dejar hablar a los hechos por ellos mismos, la búsqueda de la mayor claridad
“nos han llevado tan lejos que el público ya no queda satisfecho si no lee un
libro de historia como si fuera una novela”. La sola narración es mera rutina,
añade Droysen, y la simplificación de los resultados que la ciencia consigue en
manera alguna puede ser un objetivo de su transmisión. Como dijo un sabio
alejandrino el rey Tolomeo, “no hay camino real para la ciencia”. Tampoco hay
para ella un camino “popular”, para cada cual del pueblo, o, lo que es lo mismo,
un camino demagógico. Cada ciencia es, por su propia naturaleza, esotérica,
dice Droysen, y tiene que seguir siéndolo; la mejor parte de todo conocimiento
científico es el trabajo de conocer.

Y así termina esta memorable página que parece como si hubiese sido
escrita ayer por la tarde glosado las dudosas posiciones de no pocos
historiadores de hoy.

Por tanto, y para hacer honor a los problemas que Droysen señalaba, ¿en
qué forma ha de exponer el historiador su investigación? ¿Cuál es el discurso
idóneo de la historia? Es evidente que todo conocimiento acerca de algún tipo
particular de realidad ha de ser transmitido y expuesto en un lenguaje dotado
de una razonable sencillez. De unos años a esta parte, el problema central de
la exposición dela historia se ha planteado en torno a la pregunta de si el
discurso del historiador puede de verdad representar el pasado. La respuesta a
esta pregunta es decisiva: ¿podemos conocer el pasado y representarlo de
alguna manera en nuestro entendimiento o bien lo que llamamos la “historia
escrita” es un discurso arbitrario que tiene su propio significado autónomo sin
referencia alguna externa?90 O, dicho de otra forma, ¿el discurso historiográfico
trasmite realmente la historia?
89
Tomado de: Aróstegui, Julio. La investigación histórica: Teoría y método. Barcelona, Crítica
Grijalbo Mondadori, 1995.

67
En la segunda mitad del siglo XX el problema se ha centrado en especial en
si la narrativa es la forma idónea de representación de lo histórico o si es
posible una escritura de la historia que no sea narrativa. Si la narrativa es una
forma subordinada y antigua de representación, como ha creído la posición
antinarrativista, o, si por el contrario, es la única forma plausible de hacerlo,
posible de emplear. De todo ello hemos de tratar en este apartado final del
capítulo.

Lenguaje y representación histórica.

¿Cuál es, pues, la naturaleza del discurso del historiador, el discurso en el


que éste expone lo que averigua sobre la historia y su explicación? Digamos,
primeramente, que, en este contexto, podemos llamar discurso a la expresión
organizada, articulada en partes y jerarquizada, en forma bien oral, bien de
texto escrito o en forma de número, por la que se transmite una proposición
sobre las cosas, una explicación o interpretación de ellas o, meramente, su
descripción. Discurso es toda transmisión de pensamiento y toda
representación por medio de un lenguaje de alguna realidad externa a ese
lenguaje mismo, que tenga carácter secuencial, y, en el caso de la ciencia o de
las prácticas científicas, toda expresión comunicadora de la búsqueda de cosas
o realidades y de la explicación sobre ellas.

Añadamos también que el problema del vehículo en el que ha de exponer y


transmitirse cualquier conocimiento que el hombre adquiere tiene carácter
bastante general, afecta a todos los campos del conocimiento. Como ya dijimos
al principio de esta obra, puede entenderse que la ciencia misma es un
lenguaje que obedece a su propia codificación, que es elaborado para dar
cuenta de forma comprobable de las características del mundo que nos rodea,
para explicarlo. Pero el caso de la ciencia se plantea como primer problema el
de si resulta válido para ella el uso de lenguajes verbales, del lenguaje natural,
y el papel desempeñado allí por el del lenguaje numérico. Desde el siglo XVII
para acá, cuando menos, el lenguaje de las ciencias ha tendido a ser cada vez
más formalizado, y el vehículo propio para ello ha sido la formalización
matemática.

Todas las ciencias de la naturaleza, incluidas las de los seres vivos, aspira a
expresar sus proposiciones y teorías como ecuaciones matemáticas. Hoy
difícilmente puede disociarse el lenguaje de la ciencia de la formulación de las
formulaciones matemáticas de las proposiciones y teorías. Lo que ocurre es
que el discurso científico no se caracteriza sólo por las peculiaridades de la
lengua misma, es decir, por la existencia de términos, de grupos temáticos o de
peculiaridades semánticas, sino por la necesidad de alcanzar nuevas formas
de expresión a medida que la realidad explorada es progresivamente

90
Véase W. Kansteiner, “Hyden White´s critique of writing of History”, History and Theory, 32, 3
(1993), pp. 275 y ss.

68
conceptualizada. La explicación de fenómenos o grupos de fenómenos
requiere, a veces, expresiones lingüísticas nuevas, la introducción de términos
inusuales, o usos nuevos de los antiguos, que alejan el lenguaje de la ciencia
del ordinario. En todo caso, el lenguaje de la ciencia necesita mayor precisión
que este último, aunque arranca de él.

Sin embargo, junto al lenguaje algorítmico, el lenguaje verbal sigue teniendo


un papel de importancia básica. Bastantes ciencias siguen exponiendo su
“producto”, su conocimiento elaborado, y siguen explorando la realidad de su
campo, a través de la argumentación verbal, no necesariamente cuantificada.
Este es el caso claro de las ciencias sociales en su práctica mayoría: su
lenguaje sigue sujeto en lo esencial al discurso verbal. Pero el panorama de las
ciencias sociales es mucho menos homogéneo que en las naturales y la
observación más simple que puede hacerse en su campo es la de la notable
diferencia de “formalización” que existe entre unas disciplinas y otras. La
comparación entre la economía y la historiografía, por ejemplo, puede ilustrarlo.
El lenguaje a emplear tiene, naturalmente, mucho que ver con el grado de
desarrollo conceptual de una ciencia, con su capacidad en un momento dado
para cubrir con éxito su campo de trabajo. Es cierto que cuanto más incipiente
es una ciencia menos formalizado está su lenguaje, más uso hace del lenguaje
común. A medida que se fijan conceptos, se establecen relaciones estables y
se adelantan explicaciones generalizadoras, el lenguaje tiende también a ser
más peculiar de la propia disciplina. Pero no hay una relación estrictamente
proporcional entre una cosa y otra.

Ciencia sociales como la economía, la demografía, la lingüística o la


psicología, tienden ya a formalizar sus lenguajes de manera creciente y a
expresar de manera normalizada sus contenidos en lenguajes formales
simbólicos, mientras que otras como la politología, la antropología la
historiografía se encontrarían muy pocos grados más allá del lenguaje
ordinario. Es preciso insistir, desde luego, en que esta diferencia no es en
modo alguno decisiva para validar la “cientificidad” de las disciplinas. Lo
fundamental estriba en la perfección conceptual y en la adecuación del propio
lenguaje para definir la realidad, independientemente de su carácter simbólico,
verbal, numérico o lógico-formal. Si la ciencia debe o no emplear el lenguaje
ordinario es cosa que en modo alguno puede someterse a normativa. Lo
normal será que a las propias necesidades de la explicación científica
acompañe, en algún sentido, un desarrollo de discursos específicos. Y las
ciencias sociales presentan hoy muy diversos grados de desarrollo de sus
discursos específicos.

Todo lo dicho hasta ahora puede servir como un primer marco o encuadre
para discutir el importante problema de cómo expresa el historiador la realidad
histórica que él examina y, muchas veces, descubre o explora por vez primera.
Una primera respuesta es bien sencilla: en la tradición occidental, desde

69
Herodoto hasta tiempo recientes, lo que consideramos como sucesos históricos
se han transmitido en la lengua corriente, en forma de narraciones, de relatos,
que recogían la secuencia temporal de las situaciones y de los
acontecimientos. La historia fue durante siglo una forma de narración.
Realmente, sólo en nuestro propio siglo se ha discutido y se ha ensayado de
forma sistemática si la historia puede presentarse y transmitirse en forma no
narrativa, cosa en lo que nos detendremos algo más después.

Desde el punto de vista de su lenguaje, el “texto historiográfico”,


representado por un libro cualquiera de historia, de historia general, sobre todo,
del mundo, de países, o de zonas particulares, sea cual sea su extensión y su
temática, puede ser “clasificado” de diversas maneras. Durante mucho tiempo,
la historia fue una de las componentes de las Bellas Artes en cuanto forma
literaria; la historia fue tenida como una parte de la Retórica, como un género
literario hasta que en el siglo XVIII, teniendo, sin dudas, en Voltaire a uno de
sus más firmes promotores, empieza la lenta revolución en la concepción de la
“escritura de la historia”, de la historiografía, que culmina en el XIX.

La moderna concepción de la historiografía ha tenido, en una progresión


sistemática, hacia la conversión del texto histórico, partiendo de su antiguo
carácter de pieza literaria, como lo eran las crónicas medievales, las crónicas
modernas – las de la conquista de América, por ejemplo-, o los grandes
tratados didácticos de un Mariana, o un Bossuet, Gibbon, etc., en textos cada
vez más “explicativos”, y que acabarían siendo textos argumentativos, más
parecido a los filósofos, aunque con sus propias peculiaridades. A ello fue a lo
que Voltaire aludió como “filosofía de la historia”. Por tanto, esa evolución es
muy clara y se opera, sobre todo, en la Europa de la Ilustración. El siglo XIX, a
su vez, añadió a esta evolución nuevas connotaciones. La historiografía del
siglo XIX añadió, en efecto, al tradicional fundamento de la historia contada, el
uso, masivo a veces, del documento. Pero el vehículo de la transmisión
histórica siguió siendo de manera prácticamente exclusiva la narración, frente a
la que sólo pudieron oírse limitadas voces críticas como la de Droysen que
hemos glosado antes.

Fue en el segundo tercio del siglo XX cuando la idea comúnmente aceptada


de la historia-narración empezó a ser combatida y ese combate fue el que
jalonó el ascenso de los grandes paradigmas historiográficos típicos del siglo
XX que ya hemos estudiado. Pero, en el último cuarto de nuestro siglo
precisamente, la más influyentes teorías de la literatura, las teorías del texto
que arrancan de las corrientes estructuralistas y post-estructuralistas y la
filosofía del lenguaje de tradición analítica, han dirigido su atención de nuevo
hacia el análisis del texto historiográfico en cuanto pieza de literatura o, lo que
es lo mismo, en cuanto discurso narrativo. Lo importante desde el punto de
vista de la propia disciplina historiográfica no es, claro está, el análisis del
discurso historiográfico como pieza literaria, sino la posición y tesis

70
subyacentes que hacen renacer la consideración de la historiografía como una
forma de la literatura.

Tal línea dentro de la moderna crítica literaria, también conocida como


“teoría crítica”, que se ha ocupado de la escritura de la historia, ha tenido y
tiene sus principales analistas en el mundo anglosajón, en Hayden White, Lois
O. Mink, Dominick La Capra, W. B. Gallie, H. Kellner, Frederick Jamenson y,
fuera del mundo anglosajón en Paul Ricoeur, Jacques Derrida o Jacques
Ranciére, a quienes precedieron Roland Barthes, Michael Focault, etc. Existe
una abundante bibliografía, especialmente anglosajona, sobre la teoría crítica
de la literatura histórica.

Historia y narración: el debate del narrativismo.

Así, pues, el discurso, representación o reconstrucción de la historia se hizo,


durante siglos, en forma de narración, en forma de un relato que exponía en su
secuencia temporal un orden de acontecimientos, sujetos a una trama, a una
relación inteligible, de forma que figuraban un proceso que supuestamente
“reproducía” un mundo externo al principio discurso, al principio texto, en este
caso el mundo de los sucesos humanos del pasado. Ahora bien, ¿es la forma
del discurso narrativo consustancial con la representación y explicación de lo
histórico? Fueron las corrientes historiográficas del siglo XX, Annales, el
cuantitativismo y el marxismo, las que discutieron y negaron, como ya hemos
señalado, la ligazón insustituible de la historia con la narración. Casi cualquier
obra de investigación empírica de estas escuelas no puede ser considerada
“narrativa”, independientemente de que sean obra con aparato cuantificador o
no.

¿Es posible una historia que no sea narración? La respuesta, a nuestro


modo de ver, es incuestionablemente positiva y un poco más adelante
trataremos de exponer nuestra propia posición. La narrativa sólo es una de las
formas posibles de representación de la historia y en manera alguna la mejor
de ellas. Se trata, más bien, de una forma “débil” de hacerlo. Pero este es uno
de los asuntos, como hemos visto también, que más ha centrado los debates
sobre el futuro de la historiografía en las últimas décadas.

La historia como género literario está estrechamente relacionada con la


problemática general del género narrativo y con lo que se ha llamado la
narratividad, que es el tema predilecto de algunos filósofos y críticos. El asunto
se liga estrechamente también, y de ello nos hemos ocupado ya en relación
con el posmodernismo, a las dimensiones mismas de los problemas del
lenguaje textual. Por lo pronto, el texto historiográfico, según estas posiciones,
es un discurso que en sus características formales y culturales no se distingue
esencialmente del ficcional, del texto de la novela o del cuento, que constituyen
la ficción narrativa por excelencia. Aunque cierto teórico han procurado
destacar que entre historia y ficción existe una ruptura básica en cuanto que la

71
primera tiene un contenido de “verdad”, ese asunto les interesa mucho menos
que la naturaleza de representación literaria narrativa que la historiografía
tiene.

Incluso, algunas corrientes modernas de análisis histórico-filológico que se


insertan en la teoría lingüística, en la teoría de la escritura y el texto, han
mantenido no ya sólo la coincidencia de la historia con la forma narrativa, sino
la necesidad de esa coincidencia. El caso más claro es, sin duda, el de Paul
Ricoeur. La narración no sería así un mero vehículo de comunicación de la
experiencia histórica, sino que en la narración histórica forma y contenido
constituyen un todo inextricable: lo narrativo sería la condición esencial de la
historia. Así, la tesis mantenida por su parte por Hayden White es la de que la
forma narrativa constituye ya en sí misma “el contenido” de lo histórico.

La cuestión fundamental, por tanto, es la de si conocer la historia, hacer de


ella una representación inteligible, tiene la misma significación que la de
construir un relato, y, por tanto, si lo histórico, y lo historiográfico, tienen la
misma estructura que el relato como discurso secuencial, en el que los
acontecimientos se integran en una trama en torno al eje de la sucesión
temporal misma. Esa es justamente la tesis mantenida por P. Ricoeur, de la que
H. White ha dicho que representa una “metafísica de la narratividad”, nada
menos.91 O bien, como alternativa contraria, si el conocimiento de la historia
puede ser representado en un tipo de lenguaje, descriptivo o explicativo, que
no reproduce la estructura de un relato, de una narración que obedece a una
trama, en un lenguaje proposicional, en argumentación deductiva, al modo en
que la ciencia describe al mundo. Es decir, una posición como la que
defenderían hoy quienes piensan en la relación estrecha de la historiografía
con las ciencias sociales, al escuela “estructurista”, a la que nos hemos
referido, la historia económica y la mayor parte de las corrientes desarrolladas
dentro de la historia social.

La significación de la narración histórica.

El análisis de la estructura y del significado, es decir, de la sintaxis y la


semántica, del discurso histórico narrativo ha llevado a considerar que nos
encontramos ante un preciso “código comunicativo”, con su especificidad
propia, que en el caso de Ricoeur ha desembocado en la “narratividad” y la
“función narrativa”. Tal código comunicativo, dice, es el único que puede
representar la estructura de lo histórico 92 y es el que el historiador emplea
primordialmente. La configuración del relato debe corresponder a la
configuración general de los acontecimientos.

91
H. White, El contenido, p. 179.
92
La primera presentación completa de su teoría de la narratividad ña publicó Paul Ricoeur en 1980 y fue
expuesta en 1977 en un curso. Se trata de un texto más breve y más sencillo que el muy denso publicado
después de Temps et récit. Véase P. Recoeur, “Pour une théorie du discours narratif”, en D. Tiffenau, ed.,
La narrativité, CNRS, París, 1980, pp. 3-68.

72
Pero la posición narrativista es por lo común más exigente que esto. Para
ella, la narración no es meramente un vehículo de transmisión. Los teóricos del
narrativismo mantendrán que ese discurso narrativo es mucho más que un
vehículo; que obedece a muchos códigos y que existen diversos tipos de
narración. Transmite mucha más información que el discurso de la ciencia y
soporta una gran variedad de interpretaciones. El discurso dista de ser un
elemento neutro. El discurso es “un aparato para la producción de significado
más que meramente un vehículo para la transmisión de información”, lo cual
es, sin duda, una idea de gran transcendencia. 93 Un discurso narrativo no es
tampoco una mera crónica, produce más significado que ella.

El discurso se construye en virtud de la imposición de una estructura de


relato a un determinado conjunto de acontecimientos, y es la elección del tipo
de relato el que da significado a éstos, dice Hayden White en uno de los
pasajes de mayor interés y profundidad de su ensayo. 94 El efecto de este
entramado puede considerarse una explicación –pretensión en la que coincide
con Ricoeur- pero las generalizaciones que aquí se emplean como universales
son los topoi de las tramas literarias, más que las leyes causales de la ciencia.
El narrativismo nos lleva ya a su particular terreno: topoi de la trama literaria y
no leyes.

Ha sido Paul Ricoeur el que con más profundidad se ha ocupado, desde el


final de los años setenta, de analizar las diversas formas existentes de
narrativa, desde la antigua épica a la novela postmoderna, y a re
conceptualizar las relaciones existentes entre los tres tipos de relato, mítico,
histórico, ficcional, y el mundo real. Un aspecto especialmente importante de la
obra de Ricoeur, según ha destacado Hayden White, el de su dedicación “al
enigma del ser-en-el-tiempo”. El de hacer “una teoría global de la relación
entre lenguaje, discurso narrativo y temporalidad”. La tesis de Ricoeur es que
los acontecimientos históricos poseen la estructura misma del discurso
narrativo, y eso distingue a los acontecimientos históricos de los naturales.

En la primera formulación de sus tesis, su “Pour une théorie du discours


narratif”, Ricoeur empieza reconociendo que el carácter narrativo de la
histori(ografí)a no es tan evidente como pudiera creerse dado que la práctica
actual (hablaba en 1977) la rechaza. 95 Pero mantiene acto seguido que “la
dimensión narrativa es lo que distingue a la historia de las otras ciencias
humanas y sociales”, afirmación esencial en el pensamiento del autor. Ricoeur
arranca en sus reflexiones de la posición de lo que él llama filosofía analítica
sobre la explicación histórica, pero también, como White, empieza en el modelo
hempeliano, que tiene poco que ver con tal filosofía. Se apoya también en la
historiografía francesa de su tiempo para argumentar esta tesis.

93
Ricoeur, “Pour une théorie”, p. 6.
94
H. White, El contenido, pp. 60-61.
95
Ricoeur, “Théorie”, p.3. Lo que está igualmente tomado de este texto.

73
El tema central será ahora el de la relación entre relato de ficción y el relato
histórico y para su análisis parte del estructuralismo francés y la crítica literaria
americana. La posición de Ricoeur es, sin duda, de bastante interés: “a pesar
de las diferencias evidentes entre el relato histórico y el relato de ficción, existe
una estructura narrativa común que nos autoriza a considerar el discurso como
un modelo homogéneo de discurso”.96 La narratividad es el desarrollo y
concreción en la obra de esta estructura común del discurso narrativo, sea o no
de la ficción. Como consecuencia, Ricoeur se pregunta si existe una función97
común a esa homogeneidad y esa estructura, una función narrativa que
relacionará la pretensión de verdad de uno y otro relato.

La conclusión final no es de menor interés. Para Ricoeur, la historia y la


ficción se refieren a dos maneras diferentes de un mismo rasgo (trait) de
nuestra existencia individual y social, rasgo llamado en muy diferentes filosofías
historicidad, y que consiste en el hecho fundamental y radical de que “hacemos
la historia, estamos en las historia y somos seres históricos”. Historia y ficción
contribuyen a la descripción o redescripción de nuestra condición histórica. En
definitiva, la función narrativa, en la que se insertan tanto la histori(ografí)a
como la ficción, es la expresión de la historicidad. La narratividad es
absolutamente suficiente para ello; otra cosa es su contenido de verdad.

Ricoeur no elimina en su tesis, pues, la distinción entre relato de ficción e


histórico, pero difumina la diferencia. Aun no compartiendo las tesis del autor es
preciso, no obstante, reconocer que ello es una afirmación extremadamente
coherente y, además, la base de su debilidad epistemológica. No hay, en
efecto, gran diferencia entre el relato que se pretende verdadero y el ficcional.
Barthes y los annalistes vieron también la semejanza. De la misma forma, la
crónica es también una forma de historia. La crónica tiene también la estructura
de la temporalidad; la crónica expresa la “serialidad”

Seguramente, una de las aproximaciones de mayor interés propiamente


historiográfico de las realizadas por Ricoeur es el establecimiento de que la
clave de todo relato es su trama. La trama es la mediación entre los
acontecimientos y ciertas experiencias humanas universales de la
temporalidad. La trama es, por lo demás, lo que une a los acontecimientos en
un conjunto inteligible y los dota de sentido. Como luego dirá Hayden White, la
importancia de la trama en la historia son la clave para explicar el desagrado
que los historiadores sienten por las filosofías de la historia, las filosofías
“sustantivas” de la historia, cuyo ejemplo clásico es Hegel. Y es que la filosofía
de la historia “no consiste más que en la trama”; sus elementos de relato sólo
existen como epifenómenos de la estructura de la trama. Una observación de
notable sagacidad, sin duda. A su vez, los acontecimientos “verdaderos”
pueden formar parte de varias tramas, según White asevera con profunda
96
Ibidem, p. 5. La cursiva es del autor.
97
La cursiva es de Ricoeur.

74
sutileza.98 Por ello, el historiador particular puede hablar y defender que el suyo
y sólo el suyo es el relato verdadero.

Crítica del narrativismo

Por desgracia, no podemos desarrollar aquí la crítica adecuada del


narrativismo, pero, puesto que lo consideramos rechazable, debemos apuntar
al menos las líneas esenciales de lo que tal crítica podría argumentar en contra
de su consideración como la expresión misma de la representación de lo
histórico. Planteado en los términos más ajustados posibles, el problema
central de la representación que pretendemos hacernos de la historia humana
estriba en si tal historia equivale para nosotros al relato de los acontecimientos
del pasado humano, si el tiempo de las cosas humanas reflejando enteramente
por la narración, o si la intelección de la historia obliga a ir algo más, o mucho
más, allá de eso.

El narrativismo, en principio, se ve obligado a aceptar, en mayor o menor


grado, la semejanza, o, tal vez, la analogía estricta, entre el relato histórico y el
relato de ficción, lo que lleva a sus últimas consecuencias las razones mismas
por las que la historia narrativa no puede considerarse una forma de verdadera
historia, pensamos nosotros. Si la diferencia entre una y otra forma del relato,
el histórico y el ficcional, es su “contenido de verdad” es evidente que tal
contenido no puede ser dilucidado por el relato mismo, sino por una instancia
distinta a él. Si existe una historia objetiva fuera del relato de ella, y distinta del
relato de ficción, el propio relato es incapaz de asegurarlo. La historiografía
tradicional ha estimado que tal instancia la constituye la documentación, pero
una teoría historiográfica más rigurosa ha de hacer recaer esa función
discriminatoria en elementos metodológicos más amplios que la documentación
misma, es decir, en “condiciones de método”. Y, más aún que ello, en la verdad
de proposiciones de carácter universal.

La historiografía en cuento representación del proceso temporal de las


sociedades se ha pretendido que presenta la misma forma intrínseca que el
relato, dado que éste es, justamente, dirán, la representación del tiempo. La
sustancialidad del proceso histórico residiría en la “trama”. Pero la idea de
trama, creemos nosotros, puede ser sustituidas con absoluta ventaja por la de
“proceso de los estados sociales”. El proceso de reproducción y cambio de los
estados sociales es una sucesión también con la misma estructura del tiempo.
En realidad, es mucho más que eso, porque, como hemos señalado ya, la
estructura del tiempo social es la generada por el movimiento social. Los
narrativismos presuponen también la idea de un tiempo absoluto. Cabe pensar
que el relato es una forma simplificada, localizada, de presentar la sucesión de
los estados. Una trama no es un nexo real, nexo suficiente, entre los hechos. El
nexo real es el sistema al que pertenecen.

98
H. White, El contenido, p. 34.

75
Una manifestación más de la falacia narrativista es la pretensión de que, en
definitiva, todo es narración: desde El Mediterráneo de Braudel, a las obras
históricas de inspiración antropológica. ¡Claro que toda acción histórica tiene
una trama! –trama, en definitiva, es proceso-. Pero de ahí no se deduce que el
único discurso que exprese el tiempo sea el discurso narrativo. Que la esencia
de toda trama es la forma del tiempo es también aceptable y aceptado; pero el
tiempo en absoluto agota toda su realidad en el relato. El cambio es anterior al
relato…

Existe, en fin, un problema más, el de la referecialidad de todo relato. Si se


parte de que el relato es en sí mismo la historia, tal relato no tiene un referente
externo; la historia equivaldría al discurso arbitrario fabricado por nosotros
mismos; “no hay ninguna historia fuera del texto”, podríamos decir
parafraseando a Derrida.99 El relato histórico no tendría categoría de verdad
sino de “verosimilitud”. Se acepte o no el deconstruccionismo, la narración tiene
siempre pendiente sobre sí el problema de la referencialidad, es decir, el
problema de hasta qué punto representa a algo más que a sí misma. Es
preciso acudir a otras formas de lenguaje para dar cuenta de los referentes
objetivos. Si consideramos que la historia es una atribución real que contienen
los seres, el relato mismo tiene ya una historia, tiene que ser explicado desde
fuera de sí mismo, por una referencia a lago externo. Si la historia es una
atribución objetiva que tienen las realidades empíricas, aquella no puede
captarla el relato en cuanto “conocimiento objetivo”. Es precisa “la prueba”.

La narración ha constituido durante un lapso muy prolongado de la historia


occidental el vehículo fundacional de la representación histórica, pero la
reacción antinarrativista en el siglo XX demostró que podía hacerse otra
historia. Ahora bien, las expectativas de la historia “estructural”, sin embargo,
ha llevado a excesos rechazados hoy tanto por la teoría social como por la
historiografía: no podemos referirnos a “sociedades sin sujetos” conscientes de
su acción. Pero el salto a la historia estructural ha añadido ya algo sustancial a
la vieja historia narrativa, a la que, en términos estrictos, no es posible regresar.
El gran narrativista, Lawrence Stone, no dejaba ya de expresar nítidamente las
diferencias entre una vieja y una nueva narrativa.

No es posible desandar el camino, más que en el terreno de la moda. En la


cuestión de la representación del mundo no cabe un mero movimiento cíclico.
La vuelta al narrativismo en sentido pleno sería simplemente un regreso a la
oscuridad, cunado no, incluso, a cierta de irracionalidad, y eso sólo lo proponen
algunas posiciones trivializadoras. Lo verdaderamente preciso es encontrar
una nueva forma de representación. Pero no puede tampoco confundirse tal
cosa con la tentación perenne de convertir el intento real de representar el
mundo de otra forma en una discusión continua de la forma en que lo hacemos.
Algo así como confundir el hambre con su representación.
99
Cf. J. Derrida, De la Grammatologie, pp. 23 y ss. Derrida dice que no hay nada “au dehors du texte”.

76
La nueva escritura de la historia que la historiografía de hoy busca no puede
ser el relato por diversas razones: por su codificación artística no demostrativa,
su incompletitud, su dudosa referencialidad. Es preciso construir discursos
demostrativos. Es verdad que la historia no puede tenerse por una entidad de
ese “tercer mundo” platónico-popperiano, poblado por algo que no son
propiamente ni las ideas ni las cosas. La historia la representamos en un texto,
pero el texto es referencia de algo que es realmente referido, algo de lo que
podemos tener una experiencia empírica. La cuestión es cómo construir la
mediación entre el referente y lo referido.

Una vía idónea es, para nosotros, la del discurso argumentativo como
verdadero discurso de la historia. El que contiene un conjunto de asertos que
van más allá de los hechos y que intentan ser una demostración. Eso no
significará, en ningún caso, la vuelta a una historia de estructura sin sujeto,
pero tampoco a una historia sólo de las intenciones y los mundos íntimos de los
sujetos. Tales mundos íntimos no explican lo histórico como la historia no se
explica tampoco sin las acciones de los sujetos. El discurso argumentativo es el
más adecuado para representar una historia entendida como en continua
estructuración, en el sentido dado al término de Giddens: una historia de las
acciones de los hombres dialécticamente relacionadas con las estructuras que
esas acciones mismas crean.

Historia y “argumentación”: la historiografía como discurso asertivo.

Si se aceptan las premisas teóricas que sobre la naturaleza de la


historiografía se han expuesto hasta ahora en esta obra, hay que concluir
necesariamente que el discurso de la historia es la explicación de la historia y
que no se satisface sólo con algo como el relato de la historia. El discurso de la
historia es, pues, el desarrollo de una explicación. El relato es un instrumento
descriptivo imprescindible en la exposición de la historia, pero no es la historia.
Los discursos argumentativos son el género más amplio de todos los discursos
demostrativos y contienen en sí mismo el discurso científico sin limitarse a él. 100
La forma indicada para un discurso historiográfico, verdaderamente
representativo de la historia, es la argumentación. Un libro de historia es, en
definitiva, en su ubicación más genérica, no un relato sino una argumentación.

Pretendemos mantener aquí la proposición de que la investigación, la


fijación de la “verdad” histórica, la descripción de la sucesión, la transmisión de
los contenidos socio-históricos y, en definitiva, la elaboración del discurso
historiográficos, no sólo no está necesariamente obligada a remitirse siempre a
la forma narrativa, sino que tampoco tal remisión resulta adecuada. Hay otros
discursos de la historia, en la misma medida en que hay discursos de la
investigación social, que tampoco son narrativos. Que la “sustancia” de lo
histórico sea lo temporal no obliga a aceptar el relato como expresión suya,

100
L. Zanzi, Procedura ddimostrativa e conoscenza storica, Universià di Genova, Génova, 1977, Prefacio.

77
porque el cambio-tiempo puede ser explicado de forma más completas. La
temporalidad se explica por una sucesión, pero no necesariamente por la
presencia de la trama. La realidad histórica y su reconstrucción pueden
exponer a través de formas de discurso en lenguaje verbal no narrativo en su
globalidad, aunque contenga él mismo narraciones, que harían de la expresión
de la historia un discurso perfectamente homologable con el de otras ciencias
sociales y mucho más explicativo que el narrativo.

La expresión narrativa tiene algunas veces una profundidad que puede


hacer de ella, y, sin duda, lo hace, un componente importante del método. Un
historiador, Santo Juliá, ha hablado, refiriéndose a la más tangible cualidad de
la exposición de lo histórico, de “la nervadura narrativa propia del historiador
que, además de ordenar los datos, cuenta una historia”. 101 Ordenar los datos,
en efecto, no es todavía un discurso de conocimiento elaborado: el mismo
sentido común y la experiencia común pueden hacer alguna forma de
ordenación de los datos. Después, en el caso de la historiografía, la ordenación
de los datos iría, según este autor, en el sentido de cumplir la condición de
“contar una historia”. Pero ¿Qué debe entenderse por “contar una historia”? Tal
es el quid de la cuestión. ¿Contar una historia es construir un relato narrativo?
Esta es una posición clara y pujante hoy. Pero en el contar una historia están
contenidas no pocas metáforas. Contar una historia puede ser diversas y
puede no equivaler a la construcción de un relato…

¿Ese lenguaje argumentativo ha de ser el lenguaje de la ciencia? En cuanto


que la ciencia es justamente también una forma de lenguaje argumentativo,
demostrativo, la respuesta es que sí. Pero es una cuestión distinta que el
desarrollo disciplinar de la historiografía alcanzado hasta hoy permita, dentro
de tal género de lenguajes, uno homologable con el de la ciencia. Una vez más
hemos de repetir que estamos ante un problema genérico de las ciencias
sociales, no ante el caso sui generis de la historiografía.

La historiografía, discurso asertivo.

Un discurso proposicional, asertivo o argumentativo, es aquel que dice algo


sobre alguna cosa y en el cual el enlace entre sus partes obedecen a una
lógica explícita que tiene que ver con la que muestran los “conceptos
coligativos” de los que hablara W. H. Walsh. 102 Toda aserción sobre una
realidad tiene que basarse sobre otras expuestas anteriormente que permiten
el paso a la nueva, la cual coliga, subsume, a todas las anteriores. El
“argumento” en un discurso es el intento de prueba de la verdad de un aserto.
La explicación de un determinado proceso se expone a través de este discurso
compuesto de un enlace de argumentos.

101
S. Juliá, “Extraña España”, El País, 2 de julio de 1994.
102
W. H. Walsh, “Colligatory Concepts”, en P. Gardiner, ed., The Philosophy, pp. 33 y ss.

78
Al hablar del método historiográfico veremos más cerca algo que podemos
ya adelantar ahora.103 La construcción del discurso explicativo del historiador se
basa en unos materiales distribuidos en:

 Descripciones

 Argumentaciones (causalidades singulares)

 Generalizaciones

 Explicaciones

Pero si la representación de la historia significa una representación del


tiempo, ¿cómo podría ser expuesta en un discurso que no tiene en sí mismo
una estructura temporal? La respuesta es que el discurso asertivo no tiene por
qué ignorar la estructura de lo temporal, sino que puede clarificarla desde fuera
expresando la sucesión de estados y no meramente como el desarrollo de una
trama.

Mantenemos aquí, pues, la posición de que la explicación de la historia se


acomoda perfectamente con una secuencia de argumentos que encadenan la
relación de los acontecimientos, pero vistos siempre desde la organización de
una estructura explicativa explícita. Un discurso histórico argumentativo es
aquel que contiene “asertos casuales singulares” acerca de los eventos de que
se dan cuenta, como expresa en general la filosofía analítica. 104 No representa
en términos absolutos una explicación “casual”, pero es mucho más que la
descripción de la trama.

Sin embargo, es preciso reconocer que ni la historiografía más tosca y


metodológicamente más “ingenuista” procede de hecho hoy a la mera
descripción de eventos. En la narración histórica –no así en la ficcional- hay
siempre un intento de explicación, aunque no siempre se pretende una
normalización sistemática de ello. Pero es preciso que el discurso histórico
haga mucho mayor uso de las generalizaciones y que presente tal uso
explícitamente. Puede señalarse una primera regla indicativa para ello: los
procesos históricos particulares no alcanzarán a estar explicados de forma
suficiente, no ya necesariamente, sino no se explican mediante leyes, si al
menos no se explica por referencia, en alguna medida, a categorías
historiográficas de suficiente generalidad.

La idea de procedencia neopositivista de que la historia (historiografía) “no


produce leyes pero las consume” resulta algo trivial pero presentaría bien el
pensamiento de que la explicación de la historia es explicación del proceso
social en desarrollos concretos. Representa que no habría leyes, como
sabemos, distan de poseer una evidencia indiscutible. Lo correcto sería decir
103
Se verá esto en el capítulo 8.
104
M. White, Fundations of Historical Knowledge, Harper and Row, Nueva York, 1965, pp. 223-224.

79
que la historiografía utiliza para sus explicaciones “leyes sociales”, porque lo
histórico es social y al revés. Pero es cierto que no existe explicación posible
de lo histórico sin algún grado de categorización del campo que se estudia. Y la
historiografía actual no ha alcanzado aún categorización suficiente de ese tipo.

Podríamos concebir un tipo tal de tratamientos como los expuestos siempre


que el historiador no se limitara a presentar el discurso histórico desnudo como
producto final de una búsqueda, llevando tal discurso muy poco más allá de la
crónica, sino que expusiera los caminos por los que ha discurrido la propia
exploración. Es decir, si trabajara como lo hace la investigación científica
común: explicitando sus hipótesis, sus fuentes y el carácter de ellas, el
tratamiento de sus datos, las hipótesis alternativas y la contrastación de sus
propias conclusiones. Es decir, si expusiera con normalidad cómo ha llagado a
sus conclusiones.

Todo lo dicho nos lleva a insistir finalmente en una proposición ya sugerida.


La de que la única forma de que la disciplina de la historiografía no detenga su
progreso pasa por la reconceptualización de las formas de escritura de la
historia. Explicar la historia es urdir la reconstrucción de una realidad social
dada –lo que no nos ahorra el problema, sin duda, de qué debe entenderse por
reconstrucción suficiente- y explicarla. Una historiografía argumentativa es
aquella que “cuenta” un proceso, pero obligatoriamente da razones suficientes
de él. Una historia es un conjunto de respuestas a continuos por qué.
Podremos hablar de una historiografía con un estadio cualitativo distinto del
que realmente posee hoy, el día en que el historiador sea capaz de producir
conjuntos de conocimientos articulados y entrelazados, de argumentaciones, y
no meros relatos, argumentaciones organizadas en las que haya fundamentos
y principios, jerarquización conceptual, descripción y generalidad, etc.

La construcción de la historiografía no se fundamenta, pues, en la


producción de relatos históricos. Si el relato histórico es en sí plausible, no
constituye por sí mismo la historiografía. Esta fue la posición que, como ha
reconocido el propio Paul Ricoeur, adoptaron los más conspicuos
representantes de la historiografía francesa de los años cincuenta y sesenta. El
relato es un recurso, entre otros, del método para la exposición de la historia
“construida” por el historiador. Por lo pronto, la narración es un recurso
fundamental de la “descripción”, de la observación empírica y, en nuestro caso,
de la observación documental. No hay tampoco posibilidad de argumentar sino
es sobre descripciones, que, al poseer todo el refinamiento posible en ellas en
bastantes momentos adquirirán, como decimos, la estructura propia de la
narración.

Todo discurso historiográfico contendrá relatos, pero ese discurso tiene


tantas más posibilidades de alejarse del puro narrativismo cuanto es más
monográfico. Por ello los teóricos del narrativismo han hablado siempre de los

80
grandes relatos, no de la investigación monográfica. Pero, naturalmente, es
también factible la historia general no narrativa. Y sería tal aquella que, aun
teniendo que presenta su materia en forma secuencial, estructura: a} los
niveles de actividad social según sus “tiempos diferenciales”; b} la sucesión de
los estados sociales (los que pretendía en gran escala la idea marxista de los
modos de producción) con análisis detallados que permiten hacer operativo el
concepto de “estado social” en situaciones históricas mucho más propiamente
caracterizadas.

Lo expuesto nos permite concluir con la asimilación de la representación de


la historia a la narrativa es incompleta y que el narrativismo es una forma
insuficiente de escritura de la historia. Pero ello no conllevaría, ya le hemos
dicho también, la proposiciones de una exposición “geométricas” de la historia.
La maduración en la construcción de un discurso historiográfico adecuado no
debe tampoco llevarnos por camino nada realista, por caminos de espejismo en
el estado actual de la disciplina, ni debe llevarnos a intentar retomar
experiencias que en el pasado han demostrado su carácter poco concluyente.

Es evidente que hoy no es viable la plasmación de un discurso


historiográfico altamente formalizado, aunque la formalización sea un horizonte
deseable. No podemos hablar de una historiografía matematizada, ni siquiera
del grado de tecnificación de la relación datos-elaboración explicativa que
podemos contemplar en ciencias sociales con una tradición ya aquilatada de
formalización explicativa. La formalización no es por sí misma una propuesta
fecunda y, por lo demás, la formalización no puede ser más que una
“consecuencia”, productiva por una necesidad, y nunca una “propuesta”.

En el extremo contrario: no es ningún desatino mantener que la negación


de los logros de treinta años de progreso historiográfico cuya línea ha sido la
superación del narrativismo, no puede conducirnos a ninguna parte. La vuelta a
la idea de que la historiografía es una forma de narración literaria, aun cuando
se hable de una narración sujeta a unos condicionamientos de método,
significa en buena manera un retroceso. Como esa posición parece proceder
claramente de la influencia externa sobre una disciplina poco consolidada aún,
sobre una historiografía que, claramente, no ha sido capaz de encontrar
todavía su verdadero “nicho ecológico” entre los conocimientos sociales, es
plausible pensar que no estamos sino ante una moda. Pero ninguna moda
pasa en vano y los paradigmas perdidos no suelen ni pueden ser recuperados.
Como en el tiempo, no hay vuelta atrás. Hay que conservar el progreso
disciplinar y encontrar superaciones de anteriores inoperancias.

Un discurso efectivo de la historiografía dará cuneta de la historicidad del


hombre exponiendo un tiempo socio-histórico que se talla sobre el tiempo físico
pero al que el relato no puede dar su entera dimensión. Hay que exponer cómo
la estructuración social construye el tiempo. El relato histórico es, en último

81
análisis, una forma arcaica, correspondiente a tiempo precientíficos, de
representar la historia. La expresión “exacta” de la historia es el discurso
referencial, el discurso que se legitima como conocimiento por el recurso a sus
bases demostrativas, lógicas y documentales. El siglo XIX aportó la legitimidad
de la verdad de la historia por el recurso a la documentación. El siglo XX ha
inventado la posibilidad de la representación de la totalidad, la idea de que la
totalidad es pensable, aunque más difícil sea representarla de hecho.

En definitiva, un discurso asertivo puede ser remitido al conjunto de


características que se expresan a continuación. Un texto historiográfico ha de
ser en su forma y contenido más que en un relato:

 El discurso historiográfico es el análisis de un proceso bien


delimitado, con unos límites de sentido y espacios de inteligibilidad
claros. Es un discurso, por tanto, analítico.

 Ese discurso analítico contiene indudablemente en sí mismo


descripciones, narraciones. Se compone, en cuanto resultado de un
método para explorar la realidad,105 tanto de descripciones de
situaciones en su proceso temporal -relatos- como de hipótesis sobre
su curso y de argumentaciones explicativas.

 El discurso sobre la historia da cuenta, da razón, no de las


intenciones de los actores, como decía Dray, sino de los resultados de
sus acciones, de lo que sucede. Es, por tanto, un conjunto de
proposiciones demostrables. El proceso de esa demostración se
materializa a través de una cadena de argumentos. No puede existir
una verdadera exposición de la historia que no sea un discurso de
asertos cuya verdad puede ser sometida a demostración.

El discurso historiográfico es, por lo tanto, en su forma normalizada, verbal y


“textual”, se compone en su esencia de palabras y se recoge en un texto.
Podemos decir que es un discurso cualitativo. Pero en modo alguno renuncia a
la formalización posible a través de la depuración progresiva de la sintaxis y
semántica de sus asertos, por la introducción del algoritmo cuando ello es
posible y adecuado. Un discurso argumentativo-demostrativo, pues, que es
producto de una investigación sujeta a método, cuyo horizonte es la
explicación. Hacer historiografía no es “contar historias”. Las discrepancias
profundas que en esta obra se muestran con las posiciones narrativistas parten
de la afirmación esencial de que el conocimiento y la explicación de la historia
no son agotados por la narración. La narración ya describe estados, por
supuesto: el contexto de una acción es ya un estado. Pero, como de
costumbre, en la historiografía narrativa todo lo que no es la acción relatada se
convierte prácticamente en un implícito. Ahora bien, una explicación no puede
basarse en implícitos.
105
Véase la exposición que sobre ello hacemos en capítulo 8.

82
En cuanto que todo lo secuencial puede ser llamado narrativo, la
historiografía comprende en sí misma la narración. Pero la narración es una
parte del discurso histórico. Otra parte es el statement, el conjunto de
proposiciones sobre la realidad. Y otra, en fin, la prueba de que las
proposiciones son correctas, los argumentos. Una historia no es una narración
es una argumentación, y, es ese sentido, es una teoría. De lo contrario sería
literario. No sería ciencia social.

83
SEGUNDA PARTE: El Proceso de Investigación.

La elección del tema.106

¿Tesis monográfica o tesis panorámica?

La primera tentación del estudiante es hacer una tesis que hable de muchas
cosas. Si el estudiante se interesa por la literatura, su primer impulso es hacer
una tesis titulada La literatura hoy. Siendo necesario restringir el tema optará por
La literatura española desde la posguerra hasta los años setenta.

Estas tesis son muy peligrosas. Se trata de temas que alterarían la sangre a
estudiosos bastante más maduros. Para un estudiante veinteañero se trata de un
desafío imposible. O hace una vulgar reseña de nombres y de opiniones
corrientes, o da a su obra un sesgo original (y siempre se le acusaría de
omisiones imperdonables). El autor contemporáneo Gonzalo Torrente Ballester
publicó en 1961 un Panorama de la literatura española contemporánea (Ediciones
Guadarrama).107 Pues bien, si se hubiera tratado de una tesis le habrían
suspendido, a pesar de los cientos de páginas impresas. Pues se hubiera
achacado a su negligencia o a su ignorancia el no haber citado algunos nombres
que la mayoría considera muy importantes, o haber dedicado capítulos enteros a
autores supuestamente “menores” y breves comentarios a autores considerados
“mayores”. Naturalmente, teniendo en cuenta que se trata de un estudioso cuya
preparación histórica y agudeza crítica son bien conocidas, todos comprenden
que estas exclusiones y estas desproporciones eran voluntarias, y que una
ausencia era críticamente mucho más elocuente que una página de disertación.
Pero si la misma gracia la hace un estudiante de veintidós años ¿Quién garantiza
que tras el silencio no hay una gran malicia y que las omisiones sustituyen a unas
páginas críticas escritas en otro lugar –o que el autor sabría escribir?

En este tipo de tesis el estudiante normalmente acusa después a los


componentes del tribunal de no haberle comprendido, pero los componentes del
tribunal no podían comprenderle; por consiguiente, una tesis demasiado
panorámica constituye siempre un acto de soberbia. No es que la soberbia
intelectual –en una tesis- sea algo rechazable a priori. Se puede incluso decir que

106
Tomado de: Eco, Umberto. Cómo se hace una tesis. Técnicas y procedimiento de estudio,
investigación y escritura. Gedisa, Barcelona, 1998.
107
La obra citada por Eco es Gianfranco Contini, Letteralura Italian,- Ottocento-Novecento (1957),
Sansoni Accademia). (N. de los T.)

84
Dante era un mal poeta: pero hay que decirlo al cabo de trecientas páginas, como
mínimo, de intenso análisis de los textos de Dante. Estas demostraciones no
pueden estar presentes en una tesis panorámica. Y precisamente por ello será
oportuno que el estudiante, en vez de La Literatura española desde la posguerra
hasta los años setenta, elija un título más modesto.

Diré rápidamente qué sería lo ideal: no Las novelas de Aldecoa, sino más bien
Las diferentes redacciones de “Ave del Paraíso”. ¿Aburrido? Puede ser, pero
como desafío es más interesante.

Después de todo, pensándolo bien, es una cuestión de astucia. Con una tesis
panorámica sobre cuarenta años de literatura el estudiante se expone a todas las
objeciones posibles. ¿Cómo podría resistir el ponente o un simple miembro del
tribunal la tentación de mostrar que conoce a un autor menor que el estudiante no
ha citado? Basta con que cada miembro del tribunal observe tres omisiones
hojeando el índice, para que el estudiante se convierta en blanco de una ráfaga
de acusaciones que harán que su tesis parezca una sarta de disparates. En
cambio, si el estudiante ha trabajado seriamente sobre un tema muy preciso, se
encuentra controlando un material desconocido para la mayor parte del tribunal.
No estoy sugiriendo un truquito barato; será un truco, pero no barato, puesto que
cuesta trabajo. Ocurre simplemente que el aspirante se presenta como “experto”
frente a un público menos experto que él, y visto que se ha tomado el trabajo de
llegar a ser experto, justo es que goce de las ventajas de su situación.

Entre los dos extremos, desde la tesis panorámica sobre cuarenta años de
literatura hasta la estrictamente monográfica en torno a variante de un texto
breve, existen muchos estadios intermedios. De esta manera, se podrían
especificar temas como Las experiencias literarias vanguardistas de los años
cuarenta, o bien Tratamiento literario de la geografía en Juan Benet y Sánchez
Ferlosio, o incluso Afinidades y diferencias en tres poetas postislas: Carlos
Edmundo de Ory, Eduardo Chicharro y Gloria Fuentes. 108

Tratando el caso a las facultades de ciencias, en un librito de temas afín al


nuestro se da un consejo aplicable a todas las materias:

“El tema Geología, por ejemplo, es demasiado amplio. Vulcanología, como


rama de la geología, sigue siendo demasiado extenso. Los volcanes en Méjico
podrían dar lugar a un buen ejercicio, aunque un tanto superficial. Una limitación
sucesiva daría origen a un estudio de más valor: La historia del Popocalepeil (que
uno de los conquistadores de Cortés probablemente escaló en 1519 y que no tuvo
una erupción violenta hasta 1702). Un tema más limitado, que concierne a un

108
En el original: La letteratura italiana dal dogoguerra agli anni sessanta; I romanzil di Fenoglio; Le
diverse redazioni de “Il partigiano Jhonny”; La neo-avanguardia letteraria degli anni sessanta; L
´immagine delie Langhe in Pavese e Fenoglio; Affinitá e differenze in trescritori “fantastici”: Savinio,
Buzzati e Landolfi. (N. de los T.)

85
número menor de años, sería El nacimiento y la muerte aparente del Paricutín
(del 20 de febrero de 1943 al 4 de marzo de 1952). 109 ”

Pues bien, yo aconsejaría el último tema. Con la condición de que, llegados a


este punto, el aspirante diga todo lo que haya que decir sobre ese maldito volcán.

Hace tiempo se me presentó un estudiante que quería hacer la tesis sobre


El símbolo en el pensamiento contemporáneo. Era una tesis imposible. Por lo
menos to no sabía qué quería decir “símbolo”; y, de hecho, es un término que
muda de significado según los autores; a veces, en dos autores diferentes
quiere decir dos cosas absolutamente opuestas. Considérese lo que los lógicos
formales o los matemáticos entienden por “símbolo”, las expresiones privadas
de significado que ocupa un pesto definido con funciones precisas en el cálculo
formalizado (como la a y las b o las x y las y de las fórmulas algebraicas),
mientras que otros autores lo entienden como forma llena de significados
ambiguos, tal el caso de las márgenes que recorren los sueños, que pueden
referirse a un árbol, a un órgano sexual, al deseo de crecimiento y así
sucesivamente. ¿Cómo se puede, entonces, hacer una tesis con este título?
Habría que analizar todas las acepciones de símbolo en toda la cultura
contemporánea, hacer con ella una lista que saque a la luz las afinidades y las
diferencias, ver si por debajo de las diferencias hay un concepto unitario
fundamental que se reitera en cada autor y en cada teoría y si las diferencias
siguen haciendo incompatibles entre sí tales teorías. Pues bien, ningún filósofo,
lingüista o psicoanalista contemporáneo ha sido capaz de hacer una obra así
de modo satisfactorio. ¿Cómo lo conseguiría un estudioso que hace sus
primeras armas y que, por precoz que sea, no tiene a sus espaldas más de
seis o siete años de lectura adulta? Podría también hacer un trabajo
inteligentemente parcial, pero estaríamos de nuevo en el panorama de la
literatura española de Torrente Ballester. O bien podría proponer una teoría
personal del símbolo, dejando de lado cuanto han dicho los otros autores; pero
en el párrafo II.2. diremos por qué esta elección es discutible. Con dicho
estudiante hubo una pequeña discusión. Se hubiera podido hacer una tesis
sobre el símbolo en Freud y Jung, olvidando otras acepciones y confrontando
únicamente las de los dos autores citados. Pero se descubrió que el estudiante
no sabía alemán (y sobre el problema del conocimiento de las lenguas
volveremos en el párrafo II.5). Entonces decidimos estabilizarnos en el tema El
concepto de símbolo en Pierce, Frye y Jung. La tesis examinaría las diferencias
entre tres conceptos homónimos en tres autores diferentes, un filósofo, un
crítico y un psicólogo; mostraría cómo en muchas argumentaciones en que
estos tres autores son sacados a colación se comenten muchos equívocos,
pues se atribuye a uno el significado que en realidad es usado por el otro.
Únicamente al final, a modo de conclusión hipotética, el aspirante intentaría
hacer balance para mostrar si existe analogías, y cuáles son, entre tales
109
C.W. Cooper y E. J. Robins, The Term Paper- A Manual and Model, Stanford, Stanford University
Press, 4ta ed., 1967, pág. 3.

86
conceptos homónimos, aludiendo también a otros autores de los que tenía
conocimiento aunque por explícita limitación del tema, no quisiera y no pudiera
ocuparse de ellos. Nadie le hubiera podido decir que no consideraba al autor K,
puesto que la tesis era sobre X, Y y Z, ni que citara al autor /sólo traducido,
puesto que se trataría de una alusión marginal, al fin y al cabo, y la tesis
pretendía estudiar por extenso y en los originales únicamente a los tres autores
precisados en el título.

Hemos visto cómo una tesis panorámica, sin llegar a ser rigurosamente
monográfica, queda reducida a una medida justa, aceptable por todos.

Quede claro, por otra parte, que el término “monográfico” puede tener una
acepción más amplia que la que hemos usado aquí. Una monografía es el
tratamiento de un solo tema y como tal se opone a una “historia de”, a un
manual, a una enciclopedia. En este sentido también es monográfico El tema
del “mundo al revés” en los escritorios medievales. Se estudian muchos
autores pero solo desde el punto de vista de un tema especifico (es decir desde
al hipótesis imaginaria propuesta a modo de ejemplo, paradoja o fábula, de que
los peces vuelva por el aire, de que los pájaros nadan por el agua y cosas así).
Haciendo bien este trabajo se lograría una óptima monografía. Pero para
hacerlo bien hay que tener presentes a todos los autores que han tratado el
tema, especialmente a los menores, de los que nadie se acuerda. Por lo tanto
esta tesis queda clasificada entre las monográfico-panorámicas, y es muy
difícil: requiere infinidad de lecturas. Si a un y todo quisierais hacerla, haría falta
restringir el campo: El tema del “mundo al revés “en los poetas carolingios. El
campo se restringe, se sabe dónde hay que buscar y dónde no.

Naturalmente, es mucho más excitante hacer la tesis panorámica, pues


entre otras cosas parece aburrido tener que ocuparse donde uno, dos o más
años del mismo autor. Pero se comprende que hacer una tesis rigurosamente
monográfica no significa en modo alguno perder de vista el panorama. Hacer
una tesis sobre la narrativa de Aldecoa supone tener presente el telón de fondo
del realismo español, leer también a Sánchez Ferlosio o García Hortelano y
examinar los narradores americanos o la literatura clásica que Aldecoa leía.
Solo insertando al autor en un panorama se le comprende y explica. Pero una
es utilizar el panorama como fondo y otra hacer un cuadro panorámico. Una
cosa es pintar el retrato de un caballero sobre fondo de un campo con un río, y
otra pintar campos, valles y ríos. Tiene que cambiar la técnica, tiene que
cambiar, en términos fotográficos, el enfoque. Partiendo de un autor único el
panorama puede ser un poco desenfocado, incompleto o de segunda mano.

A modo de conclusión recuérdese este principio fundamental: cuando más


se restringe el campo mejor se trabaja y se va más seguro. Una tesis
panorámica. Es mejor que la tesis se asemeje más a un ensayo que a una
historia o una enciclopedia.

87
¿Tesis histórica o tesis teórica?

Esta alternativa solo es válida para ciertas materias. En realidad, en materias


como historia de las matemáticas, filología románica o historia de la literatura
alemana, una tesis no puede ser sino histórica. Y en materias como
composición arquitectónica, física del reactor nuclear o anatomía comparada,
normalmente se hacen tesis teóricas o experimentales. Pero existen otras
materiales como filosofía teorética, sociología, antropología cultural, estética,
filosofía del derecho, pedagogía derecho internacional, en que se pueden hacer
tesis de los dos tipos.

Una tesis teórica es una tesis que se propone afrontar un problema abstracto
que ha podido ser, o no, objeto de otras reflexiones: la naturaleza de la
voluntad humana, el concepto de libertad, la nación de sol social, la existencia
de Dios, el código genérico. Catalogados así estos temas provocan
inmediatamente una sonrisa, porque hacen pensar en ese tipo de
aproximaciones que Gramsci llamaba “breves guiños sobre el universo”. No
obstante, insignes pensadores se han ocupado de estos temas. Solo que, salvo
raras excepciones, se han ocupado de estos como conclusión de una labor
reflexiva de decenios.

En manos de un estudiante, con una experiencia científica necesariamente


limitada, estos temas pueden dar origen a dos soluciones. La primera (que es
la menos trágica) consiste en hacer la tesis definida (en el párrafo precedente)
como “panorámica”. Se trata del concepto de rol social, pero en una serie de
autores. Y en este sentido valgan las observaciones ya hechas. La segunda
solución es más preocupante, porque el doctorado cree poder resolver en el
espacio de unas pocas páginas el problema de Dios y la definición de la
libertad. Mi experiencia me dice que los estudiantes que han elegido temas de
este tipo han hecho casi siempre tesis muy breves, sin apreciable organización
interna, más parecidas aun poema lírico que a un estudio científico. Y
normalmente, cuando se objeta al doctorado que su discurso está demasiado
personalizado, es genérico, informal, privado de verificaciones historiográficas y
de citas, responde que no ha sido comprendido, que su tesis es mucho más
inteligente que sea verdad, pero una vez más la experiencia demuestra que
normalmente es la respuesta dada por un aspirante con las ideas confusas y
falto de humanidad científica y de capacidad comunicativa. Qué hay que
entender por humildad científica (que no es una virtud de débiles sino, al
contrario, una virtud de personas orgullosas) se dirá en IV.2.4. Pero no se
puede excluir la posibilidad de que el doctorando sea un genio que con solo
veintidós años ha comprendido todo, y quede claro que estoy haciendo esta
hipótesis sin pizca de ironía. Pero es un hecho que cuando sobre la haz de la
tierra aparece un genio de tal índole, la humanidad tarda mucho en aceptarlo y
su obra es leída y digerida durante cierto número de años antes de que se
capte su grandeza. ¿Cómo se puede pretender que un tribunal que examina no

88
una sino muchas tesis capte de buenas a primeras la grandeza de este
corredor solitario?

Pero partamos de la hipótesis de que el estudiante es consiente de haber


comprendido un problema importante: como nada surge de la nada, él
elaborará sus pensamientos bajo la influencia de algún otro autor. En ese caso
transforma su tesis teórica en tesis historiográfica, o lo que es lo mismo no
trata el problema del ser, la nación de libertad o el concepto de acción social,
sino que desarrolla temas como El problema de ser en el primer Heidegger, La
noción de libertad de Kant o El concepto de acción social en Parsons. Si tiene
ideas originales, estas emergen también en la confrontación con las ideas del
autor tratado: se pueden decir muchas cosas nuevas sobre la libertad
estudiando el modo en que otros han hablado de la libertad. Y si realmente se
quiere, la que había de ser su tesis teorética se convierte en capítulo final de su
tesis historiográfica. El resultado será que todos podrán verificar lo que dice,
porque (referidos a un pensador precedente) los conceptos que pone en juego
serán públicamente verificables. Es difícil moverse en el vacío e instituir un
razonamiento ab initio. Es preciso encontrar un poco de apoyo, especialmente
para problemas tan vagos como la noción de ser o de libertad. También si se
trata de genios, y especialmente si se trata de genios nunca es humillante partir
de otro autor. Además partir de un autor precedente no quiere decir hacer de él
un fetiche, adorarlo, jurar sobre su palabra; al contrario, se puede partir de un
autor para demostrar sus errores y sus límites. Peri se tiene un punto de apoyo.
Decían los medievales, que tenían un respeto exagerado por la autoridad de
sus autores clásicos, que los modernos, aun siendo “enanos” en comparación
con aquellos, al apoyarse en ellos se convertían en “enanos a hombros de
gigante”, con lo cual veían más allá que sus predecesores.

Todas estas observaciones no sirven para las materias aplicadas y


experimentales. Si se trata de una tesis de psicología la alternativa no se
plantea entre El problema de la percepción en Piaget y El problema de la
percepción (si a algún imprudente se le ocurriera proponer un tema tan
genéricamente peligroso). La alternativa a la tesis historiográfica es más bien la
tesis experimental: La experimentación de los colores en un grupo de niños
minusválidos. Aquí el razonamiento cambia, porque es de ley afrontar de forma
experimental una cuestión con tal de poseer un método de investigación y
poder trabajar en condiciones razonables de laboratorio con la debida
asistencia. Pero un buen estudioso experimental no empieza a examinar las
reacciones de sus sujetos si antes no ha hecho al menos un trabajo
panorámico (análisis de los estudios análogos ya efectuados), porque en caso
contrario se corre el riesgo de inventar la pólvora, de demostrar algo que ya ha
sido ampliamente demostrado o de aplicar métodos que han mostrado ser
ruinosos (también puede ser objeto de investigación la nueva verificación de un
método que todavía no ha dado resultados satisfactorios). Por eso una tesis de
tipo experimental no puede ser inventado. También en este caso hay que partir
89
del principio de que, si se es un enano inteligente, lo mejores saltar a hombros
de un gigante cualquiera, aunque sea de estatura modesta; o de otro enano.
Más adelante habrá tiempo para avanzar a solas.

¿Temas clásicos o temas contemporáneos?

Afrontar esta cuestión parece un intento de resucitar la clásica querelle des


anciens et des modernes…Y en muchas disciplinas la cuestión no se plantea
en absoluto (a pesar de que también una tesis de historia de la literatura latina
podría versar tanto sobre Horacio como sobre la situación de los estudios
horacianos en los últimos veinte años). Por otra parte es lógica que si se trata
de un doctorado de historia de la literatura italiana contemporánea, no haya
alternativa.

Sin embargo noes raro el caso del estudiante que, anteel consejo del
profesor de literatura italiana de hacer la tesis sobre un petrarquista del
dieciséis o sobre un arcade, prefiriera temas como Pavese, Bassani o
Sanguineti. Muchas veces surge de la falsa convicción de que un autor
contemporáneo es más fácil y más ameno.

Hay que decir cuanto antes que el autor contemporáneo es siempre más
difícil. Es verdad que normalmente se encuentra una bibliografía más reducida,
que los textos son todos fáciles de encontrar, que la primera fase de la
documentación puede llevarse a cabo tanto encerrado en una biblioteca como
a la orilla del mar con una buena novela éntrelas manos. Pero o se quiere
hacer una tesis chapucera, repitiendo simplemente lo que ya han dicho otros
críticos, y en ese caso el razonamiento se estanca aquí (y ya puestos se puede
hacer una tesis todavía más chapucera sobre un petrarquista del dieciséis), o
bien se quiere aportar algo nuevo, y en ese caso hay que reconocer que sobre
un autor clásico existen por lo menos tramas interpretativas seguras sobre las
cuales se puede tejer, mientras que sobre un autor modernos las opiniones son
todavía vagas y discordantes, nuestra capacidad crítica se ve falseada por la
falta de perspectivas y todo resulta enormemente difícil.

Es indudable que el autor clásico impone una lectura más fatigosa, una
investigación bibliográfica más atenta (aunque los títulos estén menos
dispersos y existan catálogos bibliográficos ya completos); pero si se entiende
la tesis como la ocasión de aprender a construir una investigación, el autor
clásico plantea más problemas de destreza.

Si más tarde el estudiante se siente inclinado a la crítica contemporánea, la


tesis puede ser la última ocasión que tenga de enfrentarse a la literatura del
pasado para ejercitar el propio gusto y la propia capacidad al vuelo. Muchos
grandes escritores contemporáneos, incluso de vanguardia, no han producido
tesis sobre Montale o sobre Pound, sino sobre Dante o sobre Foscolo. En
realidad no existen reglas precisas: y un buen investigador puede llevar a cabo

90
un análisis histórico o estilístico sobre un autor contemporáneo con la misma
penetración y precisión filológica con que se trabaja sobre un clásico.

Además el problema cambia de una a otra disciplina. En filosofía plantea


quizá más problemas una tesis sobre Husserl que una tesis sobre Descartes y
la relación entre “facilidad” y “legibilidad” se invierte: se lee mejor a Pascal que
a Carnap.

Por lo cual, el único consejo que me sentiría capaz de dar es: trabajad sobre
un contemporáneo como si fuera un clásico y sobre un clásico como si fuera un
contemporáneo. Os divertiréis más y haréis un trabajo más serio.

91
La Introducción.110

La introducción. Su importancia.

Todo proyecto de investigación o tesis, debe tener, como una parte


constitutiva y fundamental del mismo una introducción. En esta última, es
necesario presentar de manera clara y de forma resumida, una visión general
de lo que se trata el estudio, es decir, de su contenido, a fin de facilitar su
comprensión. La introducción es una parte muy importante del proyecto de
investigación o de la tesis. La misma, deberá, elaborarse con un cuidado
especial, en la medida que a partir de la introducción, el lector podrá situarse
en el problema que es objeto de estudio y en tal sentido, debe suministrar una
información más amplia y detallada acerca del desarrollo de la investigación
que se propone en el proyecto o tesis.

La introducción, se debe considerar como un cuerpo aparte de las partes,


secciones o capítulos constitutivos del proyecto de investigación o tesis y en
consecuencia, no debe preocupar a él o los responsables del mismo, si las
afirmaciones incluidas en ellas, se repiten en otras secciones que lo
conforman. Habida cuenta, que por sus características, la introducción,
presenta de manera global, todos los aspectos que conciernen al respectivo
trabajo. A pesar de los diversos criterios existentes sobre el particular, se
considera que la introducción es como un prólogo, en ele cual, en `pocas
páginas, se presenta un resumen de los aspectos fundamentales del proyecto,
el plan a seguir, algunos supuestos teóricos que sustentan al mismo y los
aspectos metodológicos. En todo caso, la introducción debe guardar relación y
proporción con la extensión del proyecto o tesis.

Es importante destacar, que la introducción debe ser completamente


comprensible. El o los responsables del proyecto o tesis, no deberán asumir
que las personas que leerán el mismo, tienen un conocimiento previo de lo que
será abordado en el trabajo. Es por ello, que una buena introducción deberá
permitir al lector del proyecto o tesis, informarse brevemente de o que trata el
estudio. En este sentido, él o los autores, han de tener presente que es
necesario esforzarse por captar la atención del lector y despertar su interés por
la investigación.

110
Tomado de: Mirian Balestrini Acuña. Como se elabora el proyecto o tesis de investigación. Para los
estudios Formulativos o Exploratorios, Descriptivos, Diagnósticos, Evaluativos, Formulación de
Hipótesis Causales, Experimentales y los Proyectos Factibles. Venezuela, Editorial: BL Consultores
asociados Servicio Editorial, 2002.

92
La introducción es un sumario de los propósitos, organización y metodología
que orientarán el sentido de la investigación propuesta. Por consiguiente, a
partir de ésta, el lector, puede formarse una visión general de la importancia del
tema objeto de investigación, el alcance del área temática y la estructura del
proyecto o tesis.

Aspectos constitutivos de la introducción.


En la introducción del proyecto de investigación o tesis, es necesario
incorporar una serie de contenidos, que desde el punto de vista de la estructura
de la misma, proporcionan al lector una visión global de las características de la
investigación planteada. Este conjunto de aspectos que se indican a
continuación, representan la estructura que no mostramos explícitamente en la
introducción, cuyas temáticas desarrollamos. Sin embargo, cada uno de estos
asuntos nos permite orientar globalmente el desarrollo de la introducción. En
este sentido, la misma deberá contener:

a. Breve presentación y ubicación contextual del tema que se pretende


investigar y los antecedentes del mismo.

b. El propósito general de la investigación.

c. El estado de la cuestión o estado del tema.

d. Los fundamentos empíricos del problema.

e. Las motivaciones para la selección del tema.

f. La posición teórica adoptada en el marco de la investigación planteada,


así como, los supuestos que sustentan el estudio.

g. El tipo o modalidad de la investigación.

h. Una descripción resumida del diseño de investigación y de los


procedimientos metodológicos que se emplearán en el en el marco de la
investigación.

i. La organización del proyecto, presentación brevemente, como están


constituidas sus partes, capítulos o secciones de trabajo.

Breve presentación del tema y antecedentes del mismo.

Delo que se trata en este aspecto de la introducción, es situar el tema, a


partir del cual surge el problema objeto de investigación, en toda su
dimensión e implicaciones contextuales, incorporando sus antecedentes, a
fin de mostrar las dimensiones y aspectos más significativos, relacionados
con el área temática abordada en el estudio . En esta perspectiva, al
analizar los elementos contextuales del tema, se debe tener especial

93
cuidado en ubicar la realidad espacio temporal donde se encuentra ubicada
la problemática investigada.

El propósito de la investigación.

En la introducción del proyecto de investigación o tesis, se debe señalar,


inicialmente, cuál es el propósito general de la investigación, como un
requisito ineludible y de orden metodológico. Es decir, planear de lo que se
trata el estudio propuesto. Aspecto este, que será precisado con mayor
amplitud en la formulación del problema y en la delimitación de los objetivos
del estudio. Es importante que desde el inicio del proyecto o tesis, el lector
del mismo, se forme una idea clara, acerca del propósito general del
trabajo, a fin de que no queden dudas relativas al alcance del mismo.

El estado de la cuestión o estado del tema.

Al ubicar en la introducción el tema y la problemática planteada como


objeto de estudio, también se debe tener especial cuidado en presentar
desde la misma perspectiva de la disciplina en la cual estamos formados,
cual es el nivel de conocimiento, actualizado, donde se sitúa la problemática
que se propone estudiar.

Fundamentos empíricos del problema.

Se trata aquí de presentar en la introducción, inicialmente, algunos


fundamentos empíricos relacionados con la problemática que se propone
estudiar. Al abordar este punto, es posible incorporar, datos productos de
otros trabajos, relativos al problema que permiten colocar las implicaciones
y significados del mismo en todas sus dimensiones.

Motivación para la selección del tema.

En este aspecto de la introducción se debe argumentar el conjunto de


motivaciones de orden personal, institucional, profesional, etc. que han
incidido individual o colectivamente, en la escogencia del tema y del
problema propuesto en el proyecto o tesis.

Posición teórica asumida en el marco de la investigación planteada; así


como los supuestos que sustentan el estudio.

Otro aspecto constitutivo de la introducción y de gran relevancia dentro


del estudio propuesto, esta relacionado con la delimitación de la perspectiva
teórica que orientará el sentido de la investigación. En consecuencia, se
debe indicar, en la introducción brevemente, cual es o cuales son las bases
que a nivel teórico sustentarán nuestro estudio, así como, sus supuestos
iniciales que se han delimitado. Es importante recordar que este aspecto

94
será abordado con mayor amplitud y extensión, en el marco teórico del
trabajo.

El tipo o la modalidad de la investigación seleccionada a partir de la


formulación del problema.

Se debe indicar en este aspecto de la introducción, cuál es el el tipo o


modalidad de investigación que se ha seleccionado en función del problema
y los objetivos de investigación establecidos en el proyecto. ¿ Qué tipo de
estudio se trata? ¿Es un estudio descriptiva, evaluativo, diagnóstico, causal,
experimental o se trata de un proyecto o tesis factible o de aplicación
práctica?

Descripción resumida del diseño de investigación y de los


procedimientos metodológicos que se emplearán en el marco del estudio.

Se debe indicar en este aspecto de la introducción, inicialmente, el tipo


de diseño de investigación de que se trata, que para el caso específico de
los estudios que se están analizando en este trabajo, incorporan un diseño
de campo. Al mismo tiempo, es necesario situar, el conjunto de
procedimientos metodológicos y técnicas de recolección, presentación y
análisis de los datos propuestos para el desarrollo de la investigación.

La organización del proyecto o tesis y breve explicación de las partes,


capítulos o secciones del mismo.

En este contenido de la introducción, se incorpora una visión general y en


síntesis de los aspectos más relevantes que son tratados en todas las
partes o capítulos que integran el proyecto, desde el problema hasta la
bibliografía.

95
El problema de investigación. 111

La selección del tema y el problema de investigación.

El inicio de toda investigación científica, es la delimitación del problema que


será objeto de estudio. Sin embargo, este proceso no es tarea fácil.

La selección del tema para la investigación no sitúa al investigador en un


nivel tal, que le facilite decidir lo relativo al diseño de investigación, las formas
de la recogida de datos, los instrumentos que utilizará, los métodos de análisis
de los datos, etc. En la medida, que antes de pensar en el desarrollo de las
etapas del proceso de investigación, necesita formular un problema,
susceptible de estudiar, a partir de procedimientos científicos.

Es indudable, que la selección del tema y el planteamiento del problema que


será objeto de estudio en el proyecto de investigación o tesis, enfrentan
grandes dificultades, por cuanto, la ciencia, en el curso de su evolución
histórica, ha sufrido un conjunto de cambios significativos, relativos a la
dinámica básica de las formas d producción de conocimientos, a la forma
específica de reglamentación cognoscitiva, al método, a la manera clasificadora
y ordenadora, etc. En base a estos cambios, se encuentra, uno de los aspectos
más complejos de la actividad humana: la acción cognoscitiva que se despliega
en las diversas disciplinas científicas. En la medida, que ésta última supone, la
explicación de su despliegue, los mecanismos sobre los cuales se fundamenta
su dinamismo, su sentido y su significado en el marco de la dimensión científica
de que se trate.

En consecuencia, se hace necesario presentar en esta sección, los aspectos


relacionados con la selección del tema y formulación del problema que se va a
tratar en el proyecto o tesis, a fin de clasificar los elementos más significativos
de este importante paso de estudio. La selección del tema no es lo mismo que
planteamiento o formulación de un problema de investigación. Aunque algunos
autores, afirman que el primer paso que debe darse para situar el problema es
familiarizarse con el pensamiento y la investigación –pasados y actuales- en
ese campo. Suele ser conveniente discutir la idea con colegas y revisar la
literatura acerca de todo lo relacionado con el tema. Saber lo que ya se hizo
beneficiará al investigador112. Se está de acuerdo con Carlos A. Sabino,
cuando plantea que: “… no es lo mismo escoger y delimitar un área temática
que plantearse un problema de investigación. Lo primero indica simplemente

111
Tomado de: Mirian Balestrini Acuña. Como se elabora el proyecto o tesis de investigación. Para
los estudios Formulativos o Exploratorios, Descriptivos, Diagnósticos, Evaluativos, Formulación de
Hipótesis Causales, Experimentales y los Proyectos Factibles. Venezuela, Editorial: BL Consultores
asociados Servicio Editorial, 2002.
112
Sanddford Laborvitz y Robert Hagedorn. La investigación Social y sus Aplicaciones. Buenos Aires,
Editorial El Ateneo,, Colección de Estudios Humanísticos, Sección Cultura y Sociedad, 1975, pág. 15.

96
que se ha definido un campo de trabajo, un terreno de estudio, sobre el cual
podrá o no hacerse una indagación científica”. 113 En cambio, plantear un
problema, es definir lo que se intenta estudiar específicamente dentro del área
temática. Plantear interrogantes e intentar dar respuestas a las mismas,
precisando, qué aspectos ameritan su indagación, ya que sobre los mismos, o
no existen suficientes conocimientos, o son pocos confiables los disponibles, o
se desea profundizar en dicho campo.

El tema que se seleccione para formular un proyecto de investigación o


tesis, tiene necesariamente connotaciones genéricas que se relacionan con la
disciplina, carrera o área de conocimiento en la cual nos hemos formado. Esto
quiere decir, que el tema de investigación se corresponde con dimensiones de
una determina disciplina, pero resulta todavía demasiado amplio. Sin embargo,
al seleccionar el tema para el proyecto de investigación o tesis, debemos estar
identificados con un área de conocimientos que desea investigar.

Es importante significar, que la elección del tema del proyecto o tesis,


depende de múltiples factores, como lo son las inclinaciones personales para
estudiar determinadas problemáticas, la revisión bibliográfica, la asesoría de
expertos o tutores; el interés personal, novedad del tema, la importancia de la
temática, la ubicación del estudiante al nivel de pre-grado, en una determinada
especialidad de la disciplina (menciones u opciones), o Post-grado (maestría o
doctorado), la influencia de los departamentos, institutos u otras unidades
académicas, hacia determinadas línea de investigación, tema exigidos durante
la práctica docente; temas de interés para las empresas o institutos donde el
estudiante trabaje; facilidades que tenga el estudiante para desarrollar un tema
durante el horario laboral, por ser de interés para la empresa o institución;
influencia de temas que se ponen de “moda”

Y que pudiéramos relacionar con aspectos culturales, coyunturales y


estructurales de la sociedad o civilización a la cual pertenecemos; las
posibilidades de acceder a la información relativa al problema de investigación,
etc. Estas causas y otros factores se convierten en elementos de indudable
influencia en la selección del tema del proyecto de investigación o tesis.

Suele señalarse, la necesidad de escoger un tema “relevante” para el


proyecto de investigación o tesis. Sin embargo, la connotación de relevancia
del tema, es discutible; ya que está categorización depende mucho de las
inclinaciones profesionales o ideologías personales, de los profesionales
asesores, tutores y otros especialistas que tengan que ver con la selección del
tema.

Lo más importante, es que el tema seleccionado resulte de verdadero interés


personal y estemos identificados y motivados para realizarlo.

113
Carlos A Sabino. Como Hacer una tesis. Caracas, Editorial Panapo, 1987, pág. 77.

97
En general, apartando las condiciones motivacionales que tenga un área
temática desde el punto de vista personal, se debe tener siempre presente para
la escogida del tema, otros factores, que pueden incidir en el proceso de
desarrollo del estudio, como los son : la factibilidad de investigar esa
problemática en un periodo de tiempo estipulado, el tratamiento teórico y
metodológico que se requiere, y la facilidad de manejar el problema, etc. todo
esto sin perder de vista, que la investigación y el trabajo o tesis de grado,
deben ser rigurosamente elaborados.

El planteamiento o formulación del problema de investigación.

Como anteriormente se ha señalado, existen diferencias entre la


selección del tema y el planteamiento del problema. Una vez que se han
destacado, el conjunto de factores que intervienen en la selección del tema,
es necesario explicar los aspectos fundamentales considerar en el
planteamiento o la formulación de un problema de investigación. Por
cuanto, la investigación en concreto se inicia con la formulación del
problema a investigar, y este proceso debe estar básicamente influenciado
por las condiciones que pauta el procedimiento científico.

“El término problema designa una dificultad que no puede resolverse


automáticamente, sino que requiere una investigación conceptual o
empírica. Un problema es, pues, el primer eslabón de una cadena:
Problema- Investigación- Solución… Cualquiera que sea la naturaleza de un
problema humano, pueden distinguirse en él los siguientes aspectos: (I) el
problema mismo, considerado como objeto conceptual diferente de un
enunciado, pero, epistemológicamente del mismo rango; (II) el acto de
preguntar (aspecto psicológico), y (III) la expresión del problema mediante
un conjunto de sentencias interrogativas o imperativas en algún lenguaje
(aspecto lingüístico).114”

Al sentirnos identificados con un problema que será objeto de estudio, es


necesario evaluar con anterioridad, un conjunto de aspectos que pueden
incidir en su selección. Los mismos, están relacionados con la preferencia,
motivación e interés personal que podemos tener frente al problema; su
importancia y significado; la facilidad que desde el punto de vista teórico y
práctico, tenemos para manejarlo y desplegarlo, y el tiempo que
disponemos para desarrollarlo. En este terreno particular, importa destacar,
para que la investigación sea fecunda los aspectos de orden psicológico
individuales juegan un importante papel. En primer lugar porque cada
individuo vive una realidad única que pauta su modelo del mundo. Esta
realidad es edificada a partir de nuestras impresiones sensibles, marcadas
por las experiencias personales e individuales de la vida, el mundo societal
114
Mario Bunge. La investigación científica. España, Editorial Ariel, Colección Convivium n. 8 1973,
pág. 195.

98
de referencia, los valores, las creencias, las impresiones, etc. Estas
condiciones individuales entran en acción, a la hora de delimitar un
problema de investigación. Dado que este proceso, es un proceso de
creación, e implica pensar la realidad y problematizarla, a fin de deslindar
de ella una investigación científica. En segundo lugar, que el problema
despierte interés y motivación para alguien que tenga los recursos
(intelectuales y materiales) para estudiarlo. Por cuanto el despliegue de una
investigación para que sea fecunda, exige sensibilidad, pasión y el estar
enamorado e identificado con la problemática estudiada.

Cuando se ha tomado la decisión de seleccionar un tema de


investigación (recuérdese que el tema tiene connotaciones genéricas) se
enfrentará inmediatamente a las definición de que aspectos de ese tema
desea investigar. Este hecho, conduce necesariamente, hacia la
delimitación de un área temática específica, donde se ha de plantear o
formular el problema que será objeto de investigación. Por cuanto, la
primera etapa del proceso de investigación, esta vinculada a la reducción
del problema a términos concretos y explícitos.

Debe señalarse, que la formulación de un problema no es tarea fácil,


muchos factores entran en juego a la hora de deslindarlo del tema de
investigación. En todo caso, la experiencia, la capacidad creadora y el
talento personal desempeñan un importante papel en este proceso. Sin
embargo, para que esta actividad sea fructífera se hace necesario
encontrarse inmerso en el tema tratado (estar en situación), a través de la
revisión del conjunto de fuentes documentales relacionadas con el tema
haber aplicado la observación directa en la realidad que se propone estudiar
y efectuado algunas entrevistas con informantes claves y de gran
experiencia en el tema abordado. Habida cuenta, que el hallarse formado
intelectualmente y conocer de un conjunto de teorías, poseer un cúmulo de
datos y técnicas, son condiciones necesarias pero no suficientes para
plantear y atacar un problema científico.

En general, la forma más directa para determinar un problema de


investigación es a través de la formulación de preguntas lo suficientemente
precisas. Por cuanto, las preguntas que se plantean de manera general
deben delimitarse, a fin de deslindar de ellas el problema de estudio.
Importa dejar claro, que no existe ninguna norma explícita, que permita
orientar la formulación de las preguntas a fin de localizar y delimitar el
problema que se investiga. Además, los problemas no surgen, no son
impersonalmente dados al investigador, sino que el científico individual, con
su acervo de conocimiento, su curiosidad, su visión sus estímulos y sus
tendencias, registra el problema o incluso lo busca.

99
Muchos autores insisten que una forma para lograr la reducción del tema,
es a través de la formulación de una serie de preguntas generales, para
identificar el área problema de la que pueden derivarse preguntas más
precisas, que permiten localizar en una primera instancia el problema de
investigación. Por ejemplo, en el caso de las Ciencias Sociales,
especialmente en las Ciencias Administrativas: si el estudiante tiene interés
en desarrollar estudios en el campo de la Administración de Recursos
Humanos del Sector Bancario, se podría formular preguntas tales como:
¿Por qué existen altos índices de rotación de personal en el sector
bancario?; ¿Por qué se selecciona cada vez más al personal femenino?;
¿Cuáles son los niveles promedios de sueldos en los bancos y su
comparación con otras empresas privadas o públicas?. Estas y otras
preguntas se pueden formular a partir de un pre-diagnóstico sobre la
realidad objeto de estudio y de las observaciones realizadas en relación a la
situación que desea investigar. Por esta razón, es posible preguntarse,
acerca de los índices de rotación de personal, ya que esos datos los hemos
podido obtener de la indagación exploratoria sobre el tema que será objeto
de estudio.

De tal manera, que las preguntas que se formulen en los inicios de la


investigación, permiten orientar el camino hacia la formulación concreta de
un problema digno de estudiar. Las mismas, pueden tomar diferentes
formas, según sean los propósitos que se delimitan en el proyecto o tesis.
En general, estas preguntas iniciales, tratan de indagar situaciones que son
desconocidas (en su comportamiento o causas), o que se quieren
corroborar, si en otros contextos o estudios se han formulado explicaciones
en el área del problema que se ha planteado.

Un paso importante para especificar un problema de investigación es


estar inmerso hasta donde sea posible, en la literatura (léase revisión
bibliográfica), relacionada con la temática que se desea investigar. Tal como
lo plantea un autor de un importante texto de Metodología de la
Investigación115, lo más significativo del planteamiento del problema, es
saber formular una serie de preguntas relacionadas con la temática que el
investigador esta leyendo y resumiendo. En este sentido, es necesario
plantearse interrogantes que orienten en el análisis de la literatura, como
por ejemplo: ¿Cuáles son las diferentes teorías que explican un
determinado fenómeno?, ¿Se contradicen entre sí, los diversos
planteamientos conceptuales?, si esto es así ¿Cuáles son los aspectos
básicos donde se presenta la contradicción de enfoques?, ¿Estos
planteamientos sirven para orientarse en la formulación del problema? ,
¿Cuáles son los elementos que dichas teorías no toman en cuenta en sus
explicaciones? Hay que recordar, que un problema bien formulado debe
115
John Williamson. The Research Craft, An Introduction to Social Science Method. Boston, Little,
Brown and Company, 1977, págs. 32-42.

100
estar bien concebido y definido, además de estar conformado,
explícitamente, por lis elementos relevantes que permiten situarlo en un
contexto teórico. En la medida que el problema emerge a través de la
literatura crítica de la literatura relacionada con el tema de investigación, se
puede ya considerar que tipo de datos o información se requiere para tratar
y analizar el problema en cuestión.

De cualquier manera, se deberá tener presente, la diferencia entre los


problemas que afrontará en las diversas instancias del trabajo. En
determinados niveles de estudio respondiendo a la necesidad de presentar
como se comportan los fenómenos, se encuentra la tendencia de formular
problemas de tipo descriptivo, en el que se plantea la necesidad de
presentar la frecuencia, de algunos elementos principales que configuran el
fenómeno a estudiar. Este tipo de planteamientos se centra en la búsqueda
de datos respecto a la configuración de estructuras y conductas
observables dentro de un campo determinado. De esta manera, el
planteamiento del problema adquiere una connotación de carácter
enunciativo, o informativo. Es decir, se busca conocer, ¿qué ocurrió? Y
¿cómo ocurrió determinado fenómeno, en determinado contexto, espacio y
tiempo?

Otro nivel de formulación de problemas de investigación, es el llamado


explicativo. Significa este nivel, que no solo se plantea la descripción del
fenómeno, sino el señalamiento de factores causales de dicho fenómeno, o
cual necesariamente conlleva a la verificación de las variables e hipótesis
consideradas en el planteamiento.

Es posible también delimitar problemas de acción, tal como lo refiere


Felipe Pardinas, los cuales se categorizan en dos momentos: el primero se
refiere a la pregunta:

¿Para qué puede ser utilizado un conocimiento, o qué aplicación tiene


un tipo de información?... Pero el problema de acción puede tener otra
formulación más específica: ¿De qué dependerá el éxito de esta acción,
cómo lograr el éxito de esta acción, qué procedimiento debe seguir estas
acciones dadas las observaciones de un grupo de fenómenos cuál es la
acción aconsejable?116

Este tipo de planteamiento de problemas, tiene connotaciones muy


concretas de la aplicación del conocimiento a situaciones que se desean
modificar por alguna razón, suelen denominarse problemas de diagnóstico,
problemas de programas, problemas de planificación y problemas de
investigación. Están relacionados con las orientaciones de las llamadas

116
Felipe Pardiñas. Metodología y Técnicas de Investigación en las Ciencias Sociales. México, Siglo
Veintiuno Editores, 1975, pág. 124.

101
ciencias aplicadas, que tienen como objeto el estudio de un problema
destinado a la acción.

Existen, como se ha destacado, distintas maneras para formular un


problema de investigación. Esta formulación dependerá de los propósitos
generales de la investigación y de la complejidad de la misma. Sin embargo,
se quiere enfatizar que cualquier planteamiento o formulación del problema
de investigación, deberá estar sustentado por un: pre-diagnóstico de la
situación, la delimitación de preguntas de investigación lo suficientemente
precisas y concretas, la incorporación de fundamentos teóricos coherentes,
apoyo teórico (marco conceptual); por datos empíricos obtenidos de
estudios realizados en otras investigaciones, o por estudios exploratorios o
estudios pilotos efectuados por el propio autor del proyecto. En todo caso,
este planteamiento debe estar sustentado por ambas condiciones; por el
apoyo teórico y el empírico.

102
Sistema hipotético o de hipótesis.117

El sistema hipotético dentro del Marco Teórico del proyecto de investigación


vinculados a los estudios de formulación de hipótesis causales o explicativos y
los experimentales, representa la estructura teórica (centro de la actividad
cognoscitiva) organizada en un conjunto de hipótesis, que serán puestas a
pruebas, para contrastarlas y determinar su validez, que permiten explicar
establecer una aproximación con la realidad investigada. Por cuanto, este
conjunto de hipótesis, que en resumidas cuentas son construcciones
elaboradas, constituyen soluciones probables, previamente establecidas, con
relación al problema estudiado. Este sistema hipotético, indica con la
delimitación de un conjunto de hipótesis que li contiene, lo que estamos
buscando en relación al problema planteado la mismas no sólo pueden
explicar, sino que orientan la investigación, a partir de su contrastación.

Una hipótesis….”(gr. Hypothesis, suposición, lo que se pone a la base se


algo). Suposición de una cosa, sea posible o imposible, para sacar de ella una
consecuencia. Hipótesis de trabajo, la que se formula, no con el fin de elaborar
una teoría, sino para servir de guía en la investigación científica” 118

Hipótesis: Una hipótesis es una propuesta de respuesta al programa


planteado. Indica lo que estamos buscando, pueden se soluciones al
problema. Su función es sugerir la explicación en relación a determinados
hechos y encaminar la investigación hacia otros hechos.

La hipótesis es el principio orientador sujeto a cambio que ha de dirigir la


investigación social. Por eso estas explicaciones provisionales formuladas a
través de la hipótesis son sugeridas e inherentes al problema estudiado,
dependen del investigador, de sus cualidades individuales, imaginación,
conocimientos y de su experiencia. Especialmente en el caso de las
investigaciones explicativas o experimentales, existe una estrecha relación
entre el problema y la hipótesis. Estas últimas, en esto tipos de investigación
permiten producir una explicación o hallar la razón, el motivo que produce o
afecta al problema objeto de estudio. Galt… define “… una hipótesis arma un
conjunto de variables interrelacionadas y una teoría como un conjunto de
hipótesis interrelacionadas”…119 Donde se considera la hipótesis como una
relación entre variables…Cuando conectamos conceptos, tenemos como
resultado un juicio teórico.

117
Tomado de: Mirian Balestrini Acuña. Como se elabora el proyecto o tesis de investigación. Para
los estudios Formulativos o Exploratorios, Descriptivos, Diagnósticos, Evaluativos, Formulación de
Hipótesis Causales, Experimentales y los Proyectos Factibles. Venezuela, Editorial: BL Consultores
asociados Servicio Editorial, 2002.
118
Gran Enciclopedia Larousse, XII Volúmenes. Editorial Planeta, Reimpresión, 1980. Tomo Quince, pág.
728.
119
Véase: William J. Goode y Paul D. Hatt. Método de Investigación Social. México, Editorial Trillas,
1970, Capítulos 6 y 7, págs.. 75-116.

103
Las hipótesis pueden formularse a diferentes niveles de abstracción y
clasificarse atendiendo a una diversidad de criterios. Pero en todo caso,
cualquiera que sea el nivel de abstracción donde se sitúa una hipótesis, se
sabe prestar mucha atención a su formulación. Las hipótesis, desde su
delimitación, deberán evidenciar su relación con la teoría (recuérdese que la
teoría orienta el sentido de la investigación); no contener términos vagos a
ambiguos, criterios morales o juicios de valores por consiguiente, estar
expresadas en términos cuidadosamente definidos y permitir derivar la prueba
a que diera lugar, desde una perspectiva metodológica.

A planear un sistema de hipótesis, nos encontramos en una lógica de tipo


deductivo, en la cual las hipótesis representan algunas implicaciones de la
teoría que esperan verificación. “La verificación en el caso del conjunto de
proposiciones interconectadas es ver cuan bien (cualitativa y/o
cuantitativamente) se ejecuta esta estructura con la estructura empírica que
indican los datos”.120 De hecho, la esencia de la comprobación de una hipótesis
es mostrar la relación que expresamos a través de ésta, vinculada a las
variables que la contienen. “No verificamos las variables en sí, sino su relación.
Toda observación, toda comprobación, toda e tiene una finalidad especial;
someter a prueba la relación expresada en el problema” 121. En todo caso, se
plantea, que los criterios de operatividad de las hipótesis están estrechamente
determinados por la capacidad que tiene la misma de ser dividida en variables.
Por cuanto, al ser delimitadas de manera precisa una hipótesis y concretada o
especificadas las variables que esta contiene, se esa delimitando el campo de
investigación.

En el proyecto de investigación, concretamente en el sistema hipotético, se


distinguirán las hipótesis de investigación (general o fundamental), las hipótesis
medias, las hipótesis operacionales (auxiliares o de trabajo) y las hipótesis
estadísticas o nulas, también denominadas auxiliares o de significación.

Las hipótesis de investigación, denominadas también generales o


fundamentales, son proposiciones planeadas de forma amplia y abstracta, que
expresan de manera tentativa los factores causantes del problema en estudio;
de la cual se pueden derivar y probar hipótesis más concretas. Estas hipótesis
proponen una relación entre variables conceptuales. En tal sentido, predicen
una relación entre dos o más variables. Las hipótesis de investigación, a través
de las variables que contienen (una, dos o más variables), intentan establecer
las posibles relaciones entre estas dimensiones de la realidad.

A partir de la lógica y las definiciones apropiadas, si la hipótesis de


investigación es veraz, las hipótesis operacionales derivadas de esta, también
120
Jorge Padua. Técnica de Investigación Aplicadas a las Ciencias Sociales, México, Editorial Fondo de
Cultura Económica, Selección de Obras de Sociología, 1981, pág. 37.
121
Fred N. Kerlinger. Investigación del Comportamiento. México, Nueva Editorial interamericana, 1975,
pág. 9.

104
deberán ser ciertas. En todo caso estás hipótesis están referidas a la realidad
social, son propuestas a prueba a través de los datos.

Las hipótesis medias, se constituyen en proposiciones que se derivan de las


hipótesis de investigación. Estas hipótesis se sitúan en un nivel intermedio
entre las hipótesis generales o de investigación y las hipótesis operacionales. A
través de las hipótesis medias, es posible descomponer y precisar el contenido
de las hipótesis generales.

105
Los objetivos de investigación.122

Dentro de los aspectos constitutivos de la delimitación del problema de


investigación, se deberá ubicar una sección donde se presenten los objetivos
de la misma. En ésta se precisan el conjunto de objetivos, que orientarán las
líneas de acción y los límites de éstas en el estudio que se propone.

La gran Enciclopedia Larousse, define la palabra objetivo, como: “Dícese de


lo referente a un objeto de conocimiento considerado en sí mismo, con
independencia del sujeto cognoscente…Fin, propósito… Objetivo significa
literalmente lo que tiene relación con el objeto, y se opone a lo subjetivo” 123 …
Desde la perspectiva metodológica:

Los objetivos de investigación orientan las líneas de acción que se han de


seguir en el despliegue de la investigación planteadas; al precisar lo que se ha
de estudiar en el marco del problema planteado dentro de determinados
límites.

Sin embargo, la formulación de los objetivos de investigación no es una


tarea fácil, para llegar a precisar el problema de investigación dentro de
determinados límites, es necesario estar muy claros e inmersos en la
problemática que se propone estudiar, a fin de establecer el alcance de la
misma. En la delimitación de los objetivos, también entran en juego, el conjunto
de aspectos de orden psicológico individuales profesionales, que se han
destacado inicialmente, en todo lo referente al planteamiento del problema.
Cuando se delimitan los objetivos de la investigación, se esta estableciendo
una restricción en la acción cognoscitiva del estudio. De allí, la importancia que
tienen los objetivos en el marco de la investigación. En el desarrollo de la
investigación, hay que tener cuidado de orientar las acciones cognoscitivas en
función de los fines o propósitos que ser han delimitar y se prometen cumplir al
precisar ciertos objetivos.

Nunca se debe dejar de lado, las acciones de conocimiento que contienen


los objetivos que se han establecido en el contexto del estudio. Por cuanto, en
el despliegue de la investigación, necesariamente se tienen que cumplir los
fines acordados a través de sus objetivos, como un requisito ineludible de la
misma; de allí la importancia de éstos.

Formulación de los objetivos de la investigación.

122
Tomado de: Mirian Balestrini Acuña. Como se elabora el proyecto o tesis de investigación. Para
los estudios Formulativos o Exploratorios, Descriptivos, Diagnósticos, Evaluativos, Formulación de
Hipótesis Causales, Experimentales y los Proyectos Factibles. Venezuela, Editorial: BL Consultores
asociados Servicio Editorial, 2002.
123
Gran enciclopedia Larousse XII volúmenes, Barcelona, Editorial Planeta, Reimpresión, tomo Séptimo,
pág. 850.

106
En el tratamiento y definición del problema se deben presentar los objetivos
de la investigación. Los mismos, cumplen propósitos deferentes en el marco
del problema que se intenta estudiar. Los objetivos están relacionados con el
área temática y con la especificidad del problema propuesto para su estudio.

Desde el punto de vista de su contenido, los objetivos de la investigación se


clasifican en objetivos generales y objetivos específicos. Según sea el tipo de
objetivos propuestos, su fin se orientará hacia la totalidad de la acción
cognoscitiva que se plantea en la investigación (objetivo general) o dentro de
un área restringida de la dimensión del problema (objetivos específicos).

El (los) objetivo(s) general (es) de una investigación.

El objetivo general de una investigación es el fin último de la misma, se


formula atendiendo al propósito global del estudio. De ahí, que se defina y
entienda, como el objetivo principal de una investigación. En el caso del
objetivo general, se puede destacar, que en cuanto a su contenido, no
presentan detallen de los componentes del estudio; de allí que sus fines se
orientan hacia la totalidad de la acción cognoscitiva planteada.

En este sentido, el objetivo general de la investigación se define en términos


más globales, tiene relación con el área temática que se pretende estudiar y
con el título de la investigación. Visto de esta forma, este objetivo esta
prácticamente ligado al título de la investigación, el cual se supone, identifica,
sin entrar en detalles de lo que se desea indagar o analizar.

Relación entre el título de la investigación y el objetivo central.

Ejemplo 1:

Título: Calidad de la vida en el trabajo. (Un modelo Integral).

Objetivo central: Formular un modelo integral de calidad de Vida en el


trabajo.

Ejemplo 2:

Título: La estructura agraria en Venezuela, siglo XIX.

Objetivo Central:

Analizar la evolución de las características de la estructura agraria en


Venezuela en el siglo XIX.

Hay que advertir, sin embargo , que una investigación, necesariamente no


tiene por que contener un solo objetivo general, puesto que la formulación de
los mismos, dependen de los niveles de análisis y el propósito global que
cubrirá ésta. Es posible plantear dos grandes objetivos generales según sea el
propósito del estudio. Especialmente cuando se trata de investigaciones
107
relacionadas con la formulación de modelos, sistemas, etc., para lo cual, su
diseño, implica y requiere conocer a profundidad la realidad donde se plantea
y propone su incorporación.

Los objetivos específicos de la investigación.

Los objetivos específicos, si bien es cierto, que están relacionados con el


objetivo general o los objetivos generales, se definen en términos más
operacionales. Cumplen el propósito de vincular el nivel de abstracción
presente en o los objetivos generales, con la realidad inmediata a estudiar. En
este tipo de objetivos, se deben presentar qué componentes o elementos se
consideran alcanzar en la investigación, con su deslinde, Se trata aquí de
desagregar a través de una acción de conocimiento, los elementos o
dimensiones del problema, presentes en el o los objetivos generales, y al
mismo tiempo, limitar y precisar lo que deseamos estudiar.

Hay que advertir, que la formulación y restricción de los objetivos específicos


no se produce automáticamente, al formular el o los objetivos generales. Se
hace necesario reflexionar acerca de que los aspectos, elementos o
dimensiones del problema, involucradas en la definición del o los objetivos
generales que queremos establecer y precisar en el marco de la problemática
estudiada.

Al formular los objetivos específicos, también se debe tener presente que en


cuanto a su presentación y organización en el proyecto, es necesario
jerarquizar los componentes de la acción cognoscitiva demarcada en este tipo
de objetivos. Esto se logra, al situar y establecer con arreglo a un orden
jerárquico determinado, los diferentes aspectos o dimensiones que se
proponen lograr a través de estos objetivos y estos componentes pueden ser
medidos. Los objetivos específicos presentan de manera operacional que se
desea determinar, comparar, conocer o analizar en función del o los objetivos
generales de la investigación.

Ejemplo 1:

Título: Calidad de la vida en el trabajo. (Un modelo Integral).

Objetivo central:

Formular un modelo integral de calidad de Vida en el trabajo.

Objetivos específicos:

Conceptualizar la calidad de vida en el trabajo.

Analizar la calidad de vida en el trabajo a través de la formulación de un


modelo integral.

108
Ejemplo 2:

Título: La estructura agraria en Venezuela, siglo XIX.

Objetivo Central:

Analizar la evolución de las características de la estructura agraria en


Venezuela en el siglo XIX.

Objetivos específicos:

Describir las características de la estructura agraria de Venezuela a principio


del siglo XIX.

Determinar los factores que propiciaron la disolución de las estructuras


agrarias a lo largo del siglo XIX.

Verbos utilizados para la Redacción de Objetivos de Investigación.

A continuación se presenta una lista tentativa de verbos, que se pueden


emplear para la formulación de los objetivos de investigación, al ser
examinados y evaluar su pertinencia en la acción cognoscitiva que se propone
abordar. Se recuerda que la formulación de objetivos de investigación no es un
proceso automático. Para la incorporación de un verbo que adecue a la
estrategia de conocimiento proyectada en el marco de la definición del
problema de investigación, es importante evaluar a profundidad el significado y
alcance del verbo que se selecciona atendiendo al tipo de estudio de que se
trate. Un verbo utilizado en la definición de un objetivo general para el caso de
un estudio, puede ser incorporado para la formulación de uno específico en
otro.

Verbos para objetivos generales Verbos para objetivos específicos

Analizar Fundamental Analizar Interpretar

Calcular Generar Calcular Justificar

Comparar Identificar Categorizar Mencionar

Compilar Inferir Comparar Mostrar

Contrastar Mostrar Definir Organizar

Crear Orientar Demostrar Registrar

Definir Oponer Detallar Relacionar

Demostrar Reconstruir Determinar Resumir

Desarrollar Presentar Designar Seleccionar

109
Describir Probar Describir Sintetizar

Diseñar Producir Distinguir

Efectuar Proponer Establecer

Enumerar Situar Enumerar

Establecer Trazar Especificar

Evaluar Valuar Examinar

Explicar Explicar

Examinar Identificar

Exponer Indicar

Como se puede observar, estos verbos sugeridos y otros que podemos


incorporar, cumplen con la función básica de presentar claramente los fines de
la investigación. Es por eso, que se insiste en la formulación de objetivos
claros, coherentes, delimitados y bien redactados, lo cual destaca el carácter
académico del proyecto de investigación.

Finalmente, debe señalarse que un objetivo formulado en el marco de una


investigación, deberá básicamente:

Transmitir claramente, lo que se desea investigar.

Expresar las dimensiones consideradas más pertinentes y apropiadas para


el estudio de la temática seleccionada.

Enunciar los componentes jerarquizados del problema de investigación.

Servir de guía para la formulación del marco metodológico, el cual estará


orientado al establecimiento de los procedimientos, métodos y técnicas a fin de
obtener la información requerida para cada objetivo del estudio.

110
¿Cuáles son las funciones del marco teórico? 124
Cuando se tiene planteado el problema de estudio (es decir, que se poseen
objetivos y preguntas de investigación) y cuando además se ha evaluado su
relevancia y factibilidad, el siguiente paso consiste en sustentar teóricamente el
estudio, etapa que algunos autores llaman “elaborar el marco teórico”. Ello
implica analizar y exponer aquellas teorías, enfoques teóricos, investigaciones
y antecedentes en general que se consideren válidos para el correcto encuadre
del estudio. 125

Seis funciones principales:

El marco teórico cumple diversas funciones dentro de una investigación,


entre las cuales destacan las siguientes seis:


Ayuda a prevenir errores que se han cometido en otros estudios.

Orienta sobre cómo habrá de llevar a cabo el estudio. En efecto, al
acudir a los antecedentes, nos podemos dar cuenta de cómo ha sido
tratado un problema específico de investigación (qué tipo de estudio se
han efectuado, con qué tipo de sujetos, cómo se han recolectado los
datos , en qué lugares se han llevado a cabo, qué diseños se han
utilizado)
 Amplía el horizonte del estudio y guía al investigador para que éste se
centre en su problema evitando desviaciones del planteamiento original.
 Conduce al establecimiento de hipótesis o afirmaciones que más tarde
habrán de someterse a prueba en la realidad.
 Inspira nuevas líneas y áreas de investigación.126
 Provee de un marco de referencia para interpretar los resultados de
estudio.
Por ejemplo, si estamos tratando de probar que determinado tipo de
personalidad incrementa la posibilidad de que un individuo sea líder, al revisar
los estudios los estudios de liderazgo en la literatura respectiva nos daríamos
cuenta de que tal investigación carece de sentido, pues se ha demostrado
ampliamente que el liderazgo es más bien producto de la interacción entre tres
elementos: característica del líder, característica de los seguidores (miembros
del grupo) y la situación en particular, y el poseer ciertas características de
personalidad no está necesariamente relacionado con el surgimiento de un
líder en un grupo (no todos los “grandes líderes históricos” eran extrovertidos,
por ejemplo).

124
Tomado de: Hernández Sampier, Roberto. Metodología de la investigación 1. La Habana, Edit.:
Félix Varela, 2004.
125
Rojas, 1981.
126
Yurén Camarena, 1980.

111
¿Qué etapas comprende la elaboración del marco teórico?

La elaboración del marco teórico comprende dos etapas:


1) La revisión de la literatura correspondiente y
2) La adopción de una teoría o desarrollo de una perspectiva teórica;
ambas etapas serán tratadas a continuación.
¿En qué consiste la revisión de la literatura?

La revisión de la literatura consiste en detectar, obtener y consultar la


bibliografía y otros materiales que pueden ser útiles para los propósitos del
estudio, así como en extraer y recopilar la información relevante y necesaria
que atañe a nuestro problema de investigación (disponible en distintos tipos de
documentos. Esta revisión es selectiva, puesto que –generalmente- cada año
se publican en diversas partes del mundo cientos de artículos de revistas, libros
y otras clases de materiales dentro de las diferentes áreas del conocimiento. Si
al revisar la literatura nos encontramos con que, en el área de interés hay 10
000 referencias, es evidente que tendremos que seleccionar solamente la más
importantes y recientes. A continuación, analizaremos cada una de las
actividades que normalmente se realizan como parte de la revisión de la
literatura.

Detección de la literatura y otros documentos.

Dankhe (1986) distingue tres tipos básicos de fuentes de información para


llevar a cabo la revisión de la literatura:

A. Fuentes primaria directas. Constituyen el objetivo de la investigación


bibliográfica o revisión de la literatura y proporcionan datos de primera mano
(Dankhe, 1986). Un ejemplo de éstas son los libros, antologías, artículos de
publicaciones periódicas, monografías, tesis y disertaciones, documentos
oficiales, reportes de asociaciones, trabajos presentados en conferencias p
seminarios, artículos periodísticos, testimonios de expertos, películas,
documentales y videocintas.

B. Fuentes secundarias. Consiste en complicaciones, resúmenes y listados de


referencias publicadas en un área de conocimiento en particular (son listados
de fuentes primarias). Es decir que reproducen información de primera mano.

Inicio de la revisión de la literatura.

La revisión de la literatura puede iniciarse directamente en el acopio de las


fuentes primarias, situación que ocurre cuando el investigador conoce la
localización de éstas, se encuentra muy bien familiarizado con el campo de
estudio (posee información completa sobre los artículos, libros u potros
materiales relevantes para su sabe dónde se encuentran y cuáles han sido los
avances de la disciplina) y tiene acceso a ellas (puede hace ruso de materiales

112
de la bibliotecas, filmotecas, hemerotecas, bancos de datos y servicios de
información). Sin embargo es poco común que suceda esto –especialmente en
países donde se cuenta con números reducido de centros de acopio
bibliográfico, donde muchas veces las colecciones de revistas son incompletas
o no se encuentra actualizadas y no se dispone de muchos libros y otros
documentos-.

La mayoría de las veces es recomendable iniciar la revisión de la literatura


consultado a uno o varios expertos en el tema y acudir a fuentes terciarias o
secundarias, para de este modo localizar y recopilar las fuentes primarias, que
en última instancia son el objetivo de la revisión de la literatura. Asimismo, es
importante recordar que quienes elaboran las fuentes secundarias o terciarias
son especialistas en las áreas a que éstas corresponden y es necesario
aprovechar adecuadamente su esfuerzo. Resulta sumamente aconsejable,
especialmente para quien no ha hecho antes una revisión de la literatura,
acudir a un centro de información que esté conectado por terminal de
computadoras a distintos bancos o bases de datos (cada uno de estos bancos
agrupa múltiple referencias o fuentes primarias dentro de un campo de
conocimiento en especial. Además, en dichos centros se ofrece asesorías
sobre a qué bancos es conveniente conectarse según el problema de
investigación en particular. Por ejemplo, en el caso que ha venido
desarrollándose sobre el noviazgo, podríamos conectarnos a Psychological
Abstracts, que incluye referencias sobre relaciones interpersonales –entre
ellas, evidentemente el noviazgo-.

También hay banco de datos que se consultan manualmente (Social


Citation Index, Education Index, Communication Abstracts), donde las
referencias se buscan en los libros (la mayoría de estos bancos contienen
varios volúmenes o tomos). En el apéndice número tres se explica el proceso
para conectarse a un banco o base de datos por medio de una terminal de
computadora en un centro de información y la manera de utilizar los bancos de
consulta manual. Un banco de datos puede ser una fuente secundaria y
terciarias según la información que contenga y ésta se encuentra organizada –
cuando constituye una fuente secundaria- temática, alfabéticamente o
cronológicamente, por lo que para consulta resulta conveniente precisar muy
bien el tema de la revisión de la literatura y comenzar con el periodo (mes o
año) más reciente. Esto último se debe a que las referencias más reciente
generalmente contienen la información más importante de referencias
anteriores y además datos más actuales y novedosos. En resumen, para
identificar la literatura que nos interesa y que servirá para elaborar el marco
teórico podemos:

a) Acudir directamente a las fuentes primarias u originales (cuando se


conoce muy bien el área de conocimientos en donde se realiza la
revisión de la literatura)

113
b) Acudir a expertos en el área para que orienten la detección de la
literatura pertinente y a fuentes secundarias, y así localizar las fuentes
primarias (que es la estrategias de detección de referencias más
común)

c) Acudir a fuentes terciarias para localizar fuentes secundarias y lugares


donde obtenerse información, y a través de ellas detectar las fuentes
primarias de interés.

Obtención (recuperación) de la literatura.

Ya identificadas las fuentes primaras pertinentes, es necesario localizarlas


físicamente en las bibliotecas, filmotecas, hemerotecas, videotecas u otros
lugares donde se encuentren; y obtenerlas para posteriormente consultarlas.
Desde luego, no siempre se pueden localizar todas las fuentes primarias. A
veces no se disponen de ellas. Por ejemplo, supongamos que entre las
referencias que requieren ser localizadas está un artículo publicado en una
revista científica. Puede suceder que ninguna biblioteca de la localidad reciba
la revista p que tampoco tenga el número que se busca. Por ello casi nunca se
dispondrá de todas las fuentes primarias que se deben consultar; pero si es
importante que se localice y revise la mayoría de ellas, sobre todo las más
recientes y las que fueron escritas o editadas (en caso de referencias escritas)
o realizadas (en otros casos) por los expertos más destacados dentro del área
de interés. Para obtener fuentes primarias que no se disponen en la localidad
se puede escribir a una biblioteca de prestigio que se encuentre en otra
localidad para ver si la tienen a la revista o compañía editorial (en el caso de
revistas y libros) o a quien haya producido la videocinta o película u otros
materiales. También se puede intentar obtener un directorio de los miembros de
alguna asociación científica o algún experto en el tema que nos interesa (la
mayoría de estas asociaciones tiene el directorio o tal vez algún profesor
universitario o investigador que conozcamos la posea). Incluso algunos centros
de información conectados a bancos de datos ofrecen el servicio de
recuperación de fuentes primarias y tardan un tiempo razonable en entregarlas.

Consulta de la literatura.

Una vez que se han localizado físicamente las fuentes primarias (la
literatura) de interés, se procede a consultarlas. El primer paso consiste en
seleccionar aquellas que serán de utilidad para nuestro marco teórico
específico y desechar aquellas que no nos sirven (en ocasiones una fuente
primaria puede referirse a nuestro problema de investigación pero no sernos
útil, porque no enfoca el tema desde el punto de vista que se pretende
establecer, nuevos estudios han encontrado explicaciones más satisfactorias o
invalidados sus resultados o disprobado sus conclusiones, se detectaron
errores de metodología, se realizaron en contextos completamente diferentes al
de la actual investigación, etc.). En el caso de que la detección de la literatura

114
se haya realizado mediante compilaciones o bancos de datos donde se incluían
un breve resumen de cada referencia, se corre menos riesgo de haber elegido
una fuente primaria o referencia que no vaya a ser útil.

Actualmente, las fuentes primarias más utilizadas para elaborar marco


teórico –en todas las áreas de conocimientos- son los libros, las revistas
científicas y las ponencias o trabajos presentados en congresos, simposios y
otros eventos similares, porque –entre otras cosas- son las fuentes primarias
que sistematizan en mayor medida la información, generalmente profundizan
más el tema que desarrollan, cuesta menos dinero obtenerlas y utilizarlas, y
son altamente especializadas.

En el caso de libros, para poder decidir si no es útil o no, lo conveniente- por


cuestión de tiempo- es comenzar analizando la tabla o índice de contenidos y
el índice analítico o de materias (subject index), los cuales nos darán una pauta
sobre si el libro nos sirve o no. Tratándose de artículos de revistas científicas, lo
más adecuado es primero revisar el resumen, y en caso de que so considere
de utilidad, se revisan las conclusiones, comentarios o discusiones al final del
artículo o toda la referencia.

Con el propósito de seleccionar las fuentes primarias que servirán para


elaborar el marco teórico, es conveniente hacerse las siguientes preguntas:
¿se relaciona la referencia con mi problema de investigación?, ¿como?, ¿qué
aspecto trata?, ¿desde qué perspectiva aborda el tema?: ¿psicológica,
antropológica, sociológica, comunicológica, administrativa? La respuesta a esta
última pregunta es muy importante. Por ejemplo. Si nuestra investigación
pretende estudiar la relación entre superior y subordinado en términos del
efecto que la retroalimentación positiva del primero tiene en la motivación de
logro del segundo (v. gr., que el superior felicite el subordinado cuando éste
realice adecuadamente su tareas laborales, le premie verbalmente, hable muy
bien de su desempeño ante los demás compañeros de trabajo), la
investigación tiene un enfoque principalmente comunicológico. Supongamos
que nos encontramos un artículo que versa sobre la relación superior o jefe-
subordinado, pero habla más bien de las atribuciones administrativas que cierto
tipo de subordinados tiene en determinadas empresas (los encargados de
auditorías con respecto a sus gerentes en despacho de asesorías contable)
Este artículo se elimina porque enfoca el tema desde otra perspectiva. Desde
luego, ello no implica que en muchas ocasiones no se acuda a otros campos
de conocimientos para completar la revisión de la literatura; en algunos casos
se encuentran referencias sumamente útiles en otras áreas.

En lo que se refiere al apoyo bibliográfico, algunos investigadores no


consideran que no debe acudirse a obras elaboradas en el extranjero, porque –
según argumentan- la información que presentan y las teorías que sostienen
fueron elaboradas para otros contextos y situación. Aunque eso es cierto, no

115
implica que deba rechazarse o no utilizarse tal material; la cuestión es cómo
usarlo. La literatura extranjera puede ayudar al investigador nacional de
diversas maneras: puede ofrecerle un buen punto de partida, orientarlo con
respecto a los diversos elementos que intervienen en el problema de
investigación, orientarlo respecto a los diversos elementos que intervienen en
el problema, centrarlo en un problema específico, sugerirle cómo construir el
marco teórico, etc.

En muchas ocasiones los resultados de investigaciones efectuadas en el


extranjero pueden diferir de los que se obtengan en nuestro país. Hecho que
no siempre ocurre, puesto que hay diversos fenómenos del comportamiento
que presentan varias similitudes en contextos distintos (v. gr., los factores que
determinan la inteligencia, la motivación laboral, la memoria, el aprendizaje de
conceptos, la personalidad autoritaria, el desarrollo del noviazgo, la
delincuencia juvenil); negarlo significaría rechazar que se pueden establecer
principios generales de la conducta humana. Pero esto no implica que se tenga
que prescindir dichas investigaciones (a veces las teorías –en esencia- son las
mismas, pero la manera en que se aplican difiere solamente en algunos
aspectos e incluso en detalles). Un caso ilustrativo lo fueron los estudios de
Rota (1978), cuyo propósito primordial fue analizar el efecto que la exposición a
la violencia televisada tiene en la conducta agresiva de los niños. Cuando el
autor citado revisó la literatura encontró que -prácticamente- no se habían
realizado estudios previos en México, pero que en Estados Unidos se habían
llevado a cabo diversas investigaciones y que, incluso, se poseían distintas
teorías al respecto (teoría del reforzamiento, teoría de la catarsis y las teorías
de los efectos disfuncionales). El autor se basó en la literatura norteamericana
y comenzó a efectuar estudios en nuestro país. Sus resultados difirieron de los
encontrados en los Estados Unidos; pero los antecedentes localizados en esta
nación constituyeron un excelente marco de referencia un punto de partida
para sus investigaciones.

Una vez que se seleccionaron las referencias o fuentes primarias útiles para
el problema de investigación, ésta se revisan cuidadosamente y se extrae la
información necesaria para después integrarla y desarrollar el marco teórico. Al
respecto, es recomendable anotar todos los datos completos de identificación
de la referencia (como se mencionará a continuación). Desde luego, podría
darse el caso de que estemos revisando una referencia, y por alguna razón
ésta tenga que devolverse inmediatamente y no sea posible recuperarla sino
hasta dentro de un plazo largo (digamos un mes). Entonces podemos anotar
los datos necesarios para volver a localizarlas, evitando así que se nos olviden.
Pueden darse algunas situaciones que hagan conveniente anotar, por lo
pronto, las referencias completas (cierres de bibliotecas o videotecas, por
ejemplo), para después recopilar toda las demás información que se requiera.
En estos casos, y si estamos acudiendo a varias bibliotecas para localizar
fuentes primarias, también conviene anotar el lugar donde se localiza la
116
referencia e incluso –de ser posible- su clave dentro del sistema de
clasificación de la biblioteca, hemeroteca o videoteca (o similar).

Extracción y recopilación de la información de interés en la literatura.

Existen diversas maneras de recopilar la información que se extraiga de las


referencias, de hecho cada persona puede idear su propio método de acuerdo
a la forma en que trabaja. Algunos autores sugieren el uso de fichas (Rojas,
1981; Pardinas, 1975; Garza, 1976; y Becker y Gustafson, 1976). Sin embargo,
la información también puede recopilarse en hojas sueltas, libretas o
cuadernos; hay incluso quien graba en casetes. La manera de recopilarla es lo
de menos, la importante es que se extraigan os datos e ideas, comentario o
cifra, en cambio en otros se extraen varias ideas, se resume la referencia (por
ejemplo, los resultados de una investigación) o se reproducen textualmente
parte del documento. En cualquier caso, lo que sí resulta indispensable es
anotar la referencia completa de donde se extrajo la información según e tipo
de que se trate:

Libros

Título y subtítulo de libros, nombre (s) del autor(es), lugar y año de edición,
nombre de la editorial y cuando se trate de una reimpresión, el número de ésta.

Capítulos de libros escritos, cunado estos fueron escritos por varios autores
y recopilados por varias personas (compilaciones)

Título, subtítulo y número del capítulo, nombre (s) del(los) autor (es) del
capítulo, título y subtítulo del libro, nombre(s) del(los) compilador(es) (que es
diferente a la editorial), lugar y año de edición, página del libro en la que
comienza el capítulo y página en dónde termina, nombre de la editorial,
número de reimpresión (si es el caso). Cuando el capítulo ha sido publicado
anteriormente en otra fuente, la cita completa donde se expuso o publicó
(siempre y cuando lo incluya el libro, generalmente aparece esta cita en alguna
parte de él).

Artículos de revistas.

Título y subtítulo del artículo, nombre(s) del(los) autor(es), nombre de la


revista, año, volumen, número o equivalente; página donde comienza el
artículo y página donde termina.

Artículos periodísticos.

Título y subtítulo del artículo, nombre(s) del(los) autor(es),nombre del


periódico, sección y página(s) donde se publicó y día y año en que se publicó.

Videocasetes y películas.

117
Título y subtítulo de la videocinta, documental filmado, película o
equivalente; nombre del (los) productor(es) y director(es), nombre de la
institución o empresa productora, lugar y año de producción.

Trabajos presentados en seminarios, conferencias, congresos y eventos


similares.

Título y subtítulo del trabajo, nombre(s) del(los) autor(es), nombre completo


del evento y asociación, organismo o empresa que lo patrocina, mes y año en
que se llevó a cabo y lugar donde se efectuó.

Entrevista realizadas a expertos.

Nombre del entrevistado, nombre del entrevistador, fecha precisa cuando se


efectuó la entrevista, medio a través del cual se transcribió o difundió, tema de
ésta, dirección o lugar donde se encuentra disponible y la forma en que está
disponible (transcripción, cinta, videocasete, etc.).

Tesis y disertaciones.

Título de la tesis, nombre(s) del(los) autor(es), escuelas o facultad e


institución de educación superior donde se elaboró la tesis (Escuela de
Psicología de la Universidad _________) y año.

Documentos no publicados (manuscritos).

Título y subtítulo del documento, nombre(s) del(los) autor(es), institución o


empresa que apoya el documento (por ejemplo, si se trata de apuntes de
alguna materia, es necesario anotar el nombre de esta, el de la escuela o
facultad correspondiente y el de la institución) – hay dese luego algunos
documentos personales que carecen de apoyo institución-; lugar y fecha (mes y
año) en que fue producido o difundido el documento, y la dirección donde se
encuentra disponible.

Con el propósito de que el lector observe qué información se requiere


obtener para diversos tipos de referencias, a fin de incluirlas en la bibliografía,
se recomienda consultar las referencias bibliográficas de este libro.

¿Cómo se construye el marco teórico?

Uno de los propósitos de la revisión de la literatura es analizar y discernir si


la teoría existente y la investigación anterior sugiere una respuesta –aunque
sea parcial- a la pregunta o preguntas de investigación o una dirección a seguir
dentro del tema de nuestro estudio (Dankhe, 1986). La literatura revisada nos
puede revelar, en relación con nuestro problema de investigación, lo siguiente:

118
Que existe una teoría completamente desarrollada, con abundante
evidencia empírica127 y que se aplica a nuestro problema de
investigación.

Que hay varias teorías que se aplican a nuestro problema de


investigación.

Que hay “piezas y trozos” de teoría con apoyo empírico moderado o


limitado, que sugieren variables potencialmente importantes y que
se aplican a nuestro problema de la investigación (generalizaciones
empíricas o micro teorías).

Que solamente existen guías aún no estudiadas e ideas vagamente


relacionadas con el problema de investigación (Dankhe, 1986).
En cada caso, varía la estrategia que habremos de utilizar que construimos
nuestro marco teórico. Pero antes de hacerlo es necesario explicar algunos
términos que se han venido manejando en este apartado; por ejemplo, ¿qué es
una teoría? y ¿cuáles son sus funciones? Hagamos pues una pausa y
revisemos estos conceptos. Hemos de aclarar que mucho podría decirse
acerca de una teoría (hay incluso obras completas dedicadas únicamente a
hablar de este tema); sin embargo; debido a que no es el propósito principal del
libro ahondare en este tema, solamente traeremos algunos aspectos de él.

Acepciones del término teoría.

El término “teoría” ha sido empelado de diferentes formas para indagar


varias cuestiones distintas. Al revisar la literatura al respecto, nos encontramos
con definiciones contradictorias o ambiguas; además, conceptos como “teoría”,
“orientación teórica”, “marco teórico”, “esquema teórico” o “modelo” se usan
ocasionalmente como sinónimo y otras veces sólo con leves matices
diferenciales (Sjoberg y Nett, 1980, p. 40). En ocasiones se ha hecho uso del
término para indicar una serie de ideas que una persona tiene respecto de algo
(“yo tengo mi propia teoría sobre cómo educar a los hijos”). Otra concepción
ha sido considerar las teorías como conjuntos de ideas no comprobables e
incomprensibles, que están en la mente de los profesores y de los científicos y
que tienen muy poca relación con la “realidad” (Black y Champion, 1976). Muy
frecuentemente, las teorías son vistas como totalmente desvinculadas de la
127
La evidencia empírica se refiere a los datos de la realidad que apoyan o dan testimonio de una o varias
afirmaciones. Se dice que una teoría ha recibido apoyo o evidencia empírica, cuando hay investigaciones
científicas que han demostrado que sus postulados son ciertos en la realidad observable o medible. Las
proposiciones o afirmaciones de una teoría pueden tener diversos grados de evidencia empírica: a) si no
hay evidencia empírica ni en favor ni en contra de una afirmación, a ésta se le denomina hipótesis; b) si
hay apoyo empírico, pero este es moderado, a las afirmaciones o proposiciones suele denominársele
“generalización empírica”; y c) si la evidencia empírica es abrumadora, hablamos de “ley”. (Reynolds,
1971, p. 80).

119
vida cotidiana Hay incluso quienes piensan que debido a que no tratan
“problemas relevantes” de la vida diaria (por ejemplo, como conseguir trabajo o
hacerse rico, conquistar a una muchacha, ganar dinero en un casino, tener una
vida matrimonial feliz, superar una tragedia), no son de ninguna utilidad (Black
y Champion, 1976). De acuerdo con este punto de vista, sólo cunado las
teorías pueden mostrarnos cómo vivir mejor deben seriamente tomarse en
cuenta.

También hay quienes piensas que las teorías representan simples ideas
para las cuales no han sido ideados procedimientos empíricos relevantes para
medirlas. Esta concepción confiere a la teoría de cierta mística (Black y
Champion, 1976). Desde esta perspectiva, la información obtenida de la
realidad sobre una proposición teórica sirve solamente para ser refutada
porque no captura toda la “esencia” o el “corazón” u otra cualidad no medible
del fenómeno que se investiga (Black y Champion, 1976).Una vez que un
fenómeno es medible u observable, deja de ser importante desde el punto de
vista teórico. Para los que están de acuerdo con este enfoque, aparentemente
lo teórico es aquello que no se puede medir, que escapa el escrutinio empírico.
En consecuencia, no importa cuanta investigación se lleve a cabo, esta resulta
“teóricamente irrelevante” o, al menos, de transcendencia secundaria.

Estas interpretaciones, a nuestro juicio erróneo, han provocado


controversias y han conducido a la investigación por diferentes caminos.

Asimismo, algunos científicos del comportamiento humano han identificado


cualquier clase de conceptualización con la teoría. Conceptos como
“nacionalismo”, “cultura”, “medios de comunicación colectiva”, “opinión
pública”, al ser definidos y utilizados en la interpretación de materiales de
investigación, son equiparados con la teoría social (Sjoberg y Nett, 1980). Así
se habla de la “teoría de la opinión pública”, “teoría de la información”, “teoría
de la socialización”, etc.

Otro uso del término es del de la teoría como el pensamiento de algún autor,
se identifica la teoría con los textos de autores clásicos de las ciencias del
comportamiento como Carlos Marx, Max Weber, Emile Durkheim, Burhus
Frederic Skinner, Wibur Scharmm, Sigmund Freud. Pero esto significaría
igualar el concepto “teoría” como la “Historia de las Ideas” (Sjoberg y Nett,
1980). Como parte de esta noción de teoría, algunos utilizan el término como
sinónimos de “escuela de pensamiento”.

Hay quienes conciben la teoría como esquema conceptual (Ferman y Levin,


1979). En este sentido la teoría se considera un conjunto de conceptos
relacionados que representan la naturaleza de una realidad (psicología, social,
física, política, económica.

120
La identificación científica.

Finalmente, otros investigadores conceptúan la teoría como explicación final.


Dentro de este significado, la teoría consiste en un conjunto de proposiciones
interrelacionadas, capaces de explicar por qué y cómo ocurre un fenómeno. En
palabras de Kerlinger (1975, p.9): “una teoría es un conjunto de constructos
(conceptos, definiciones y proposiciones relacionadas entre sí, que presentan
un punto de vista sistemático de fenómenos especificando relaciones entre
variables, con el objeto de explicar y predecir los fenómeno”.128

El significado de teoría que adoptaremos en el libro es este último, el cual se


encuentra presente –en mayor o menor medida- en diversos autores además
de Kerlinger. Por ejemplo: “una teoría es un conjunto de proposiciones
relacionadas sistemáticamente que especifican relaciones causales entre
variables” (Black y Champion, 1976, p. 56); “Las teorías no sólo consisten en
esquemas o tipologías conceptuales, sino que contienen proposiciones
semejantes a leyes que interrelacionan dos o mas conceptos o variables al
mismo tiempo, más aún, estas proposiciones deben estar interrelacionadas
entre sí” (Blalock, 1984, p. 12); “Una teoría es un conjunto de proposiciones
interrelacionadas lógicamente en la forma de afirmaciones
(aserciones)empíricas acerca de las propiedades de clases infinitas de eventos
o cosas” (Gibbs, 1976, p.5).

Un último comentario sobre las teorías como consumación de la explicación


es que pueden acompañarse de esquemas, diagramas o modelos gráficos
(incluso muchos los usan porque resulta conveniente para fines didácticos y
para ilustrarlos conceptos teóricos más importantes). Cuando se señaló que un
esquema conceptual no especifica varios aspectos de la teoría a la que hace
referencia y que no es una explicación completa del fenómeno, ello no quiere
decir que un esquema carece de utilidad. Simplemente se menciona que es un
significado que se ha dado al término “teoría”. Muchos esquemas conceptuales
vienen acompañados de explicaciones adicionales que nos ayudan a
comprender un fenómeno; tal es el caso de la teoría del aprendizaje social y
agresión (v.g., Bandura, 1977 y 1978)

¿Cuáles son las funciones de la teoría?

Una reflexión sobre la utilidad de las teorías.

Algunas personas cuando leen en el temario de alguna materia que van a


cursar la palabra teoría, se preguntan si será o no útil tratar con teoría y se

128
Hemos cambiado el término “construcciones” por el de “constructos”, tal y como lo han hecho los
traductores de este libro en subsecuentes ediciones.

121
cuestionan: ¿para qué ver las teorías si no se encuentran vinculadas con la
realidad?. Claro está que cada vez son menos las personas que dudan de la
utilidad de una teoría. El hecho de que algunas todavía no están seguras de
que compenetrarse con las teorías es algo productivo y fructífero se debe
-generalmente- a que no han analizado con profundidad para qué sirve una
teoría ni han vivido la experiencia de aplicarla a una realidad. En ocasiones, no
sabemos cómo aplicar una teoría al mundo real, y no es que la teoría no pueda
aplicarse sino que somos nosotros quienes no encontramos la manera de
hacerlo.

Otras veces, al dudar de la utilidad de una teoría se debe a una concepción


errónea de ella. Hagamos el siguiente razonamiento: la teoría es el fin último de
la investigación científica, y ésta trata con hechos reales. Entonces, ¿por qué si
la investigación científica está interesada en la realidad perseguiría como
propósito final algo que no guarda relación con la realidad? Pues bien, tiene
como fin último la teoría porque ésta constituye una descripción y una
explicación de la realidad.

Funciones:

1. La función más importante de una teoría es explicar: decirnos por qué


cómo y cuándo ocurre un fenómeno. Una teoría de la personalidad
autoritaria, por ejemplo, debe explicamos –entre otras cosas- en qué
consiste este tipo de personalidad, cómo surge y por qué se comporta
de cierta manera una persona autoritaria ante determinadas situaciones.

Desde luego, una teoría puede tener mayor o menor perspectiva. Hay
teorías que abarcan diversas manifestaciones de un fenómeno. Por
ejemplo, una teoría de la motivación que pretenda describir y explicar
qué es y cómo surge la motivación general; y hay otras que abarcan sólo
ciertas manifestaciones del fenómeno; por ejemplo, una teoría de la
motivación que busque describir y explicar qué es la motivación en el
trabajo, cómo se origina y qué la afecta.

2. Otra función de la teoría es sistematizar o dar orden al conocimiento


sobre un fenómeno o realidad, conocimiento que en muchas ocasiones
es disperso y no se encuentra organizado.

3. También, una función de la teoría –muy asociada con la explicación- es


la de predicción. Es decir, hacer referencia a futuro sobre cómo se van a
manifestar u ocurrir un fenómeno dadas ciertas condiciones. Por
ejemplo, una teoría adecuada de la toma de decisiones de los votantes
deberá conocer cuáles son los factores que afectan el voto, contacto con
información válida y confiable respecto de dichos factores en relación
con un contexto determinado de votación, podrá predecir qué candidato
habrá de triunfar en tal votación. En este sentido, la teoría proporciona
122
conocimiento de los elementos que están relacionados con el fenómeno
sobre el cual se habrá de efectuar la predicción. Si se tuviera una teoría
adecuada sobre los temblores –la cual desde luego no existe hasta el
momento de escribir este libro- se sabría qué factores pueden provocar
un sismo y cuándo es probable que ocurra. Y en el caso de que alguien
familiarizado con la teoría observara que estos factores se presentan,
podría predecir –con mayor o menor grado de error- este fenómeno, así
como el momento en que sucederá.

Frecuentemente, para la explicación y predicción de cualquier fenómeno o


hecho de la realidad, se requiere la concurrencia de varias teorías, una para
cada aspecto del hecho (Yurén Camarena, 1980). Hay fenómenos que, por su
complejidad, para poder predecirse requieren varias teorías; por ejemplo, la
órbita de una nave espacial, la productividad de un individuo (en donde
requeriríamos teorías de la motivación, la satisfacción laboral, el desarrollo de
habilidades, el desempeño, etc.), el grado en que una relación marital va a
lograr que los cónyuges estén satisfechos con ella, etc. Pero es indudable que
una teoría incrementa el conocimiento que tenernos sobre un hecho real.

¿Cuál es la utilidad de la teoría?

Ahora bien, hemos venido comentando que una teoría es útil porque
describe, explica y predice fenómeno o hecho al que refiere, además de que
organiza el conocimiento al respecto y orienta a la investigación que se lleve a
cabo sobre el fenómeno. Y alguien podría preguntar: ¿hay teorías “malas o
inadecuadas”?; la respuesta es “no” (y un no contundente) si se trata de una
teoría es porque explica verdaderamente cómo y por qué ocurre o se
manifiesta un fenómeno. Si no logra hacerlo no es una teoría, podríamos
llamarla creencia, conjunto de suposiciones, ocurrencia, especulación,
preteoría o de cualquier otro modo, pero nunca teoría.

Y por ello algunas personas –y con toda la razón del mundo- ven poca
utilidad en las teorías debido a que leen una supuesta “teoría” y ésta no es
capaz de describir, explicar y predecir determinada realidad (cuando se aplica
no funciona o la mayoría de las veces no sirve). Pero no es que las teorías no
sean útiles; es que “eso” (que no es una teoría) es lo que resulta inútil. Ahora
bien, no hay que confundir inutilidad con inoperancia en un contexto específico.
Hay teorías que funcionan muy bien en determinado contexto (por ejemplo
Estados Unidos) pero no en otro (Guatemala). Ello no las hace inútiles, sino
inoperantes dentro de un contexto.

123
¿Todas las teorías son igualmente útiles o algunas teorías son mejores que
otras?

Desde luego, todas las teorías aportan conocimiento y ven –en ocasiones-
los fenómenos que estudian desde ángulos diferentes (Littlejonh, 1983), pero
algunas se encuentran más desarrolladas que otras y cumplen mejor con sus
funciones. Para decidir el valor de una teoría se cuenta con varios criterios.

¿Cuáles son los criterios para evaluar una teoría?

Los criterios más comunes para evaluar una teoría, son: 1) capacidad de
descripción, explicación y predicción; 2) consistencia lógica; 3) perspectiva; 4)
fructificación y 5) parsimonia.

1) Capacidad de descripción, explicación y predicción

Una teoría debe ser capaz de describir y explicar el fenómeno a que hacer
referencia. Describir implica varias cuestiones: definir al fenómeno, sus
características y componentes, así como definir las condiciones en que se
presenta y las distintas maneras en que puede manifestarse.

Explicar tiene dos significados importantes (Ferman y Levin, 1979). En


primer término, significa incrementar el entendimiento de las causas del
fenómeno. En segundo término, se refiere “a la prueba empírica” de las
proposiciones de las teorías. Si éstas se encuentran apoyadas por los
resultados, “la teoría subyacente debe supuestamente explicar parte de los
datos” (Ferman y Levin, 1979, p. 33). Pero si las proposiciones no están
confirmadas (verificadas) en la realidad, “la teoría no se considera como una
explicación efectiva” (Ferman y Levin, 1979, p. 33).

La predicción está asociada con este segundo significado de explicación –


que depende de la evidencia empírica de las proposiciones de la teoría-
(Ferman y Levin, 1979). Si las proposiciones de una teoría poseen un
considerable apoyo empírico (es decir, han demostrado que ocurren una y otra
vez tal y como lo explica la teoría) es de esperarse que en los sucesivo vuelvan
a manifestarse del mismo modo (tal y como lo predice la teoría). Por ejemplo, la
teoría de la relación entre las características del trabajo y la motivación
intrínseca explica que “a mayor variedad en el trabajo, mayor motivación
intrínseca hacia éste”. Entonces debe se posible pronosticar el nivel de
motivación intrínseca –al menos parcialmente- al observar el nivel de variedad
en el trabajo.

Cuanta más evidencia empírica apoye a la teoría, mejor podrá esta describir,
explicar y predecir el fenómeno o fenómenos estudiados por ella.

124
2) Consistencia lógica

Una teoría tiene que ser lógicamente consistente. Es decir, las proposiciones
que la integran deberán estar interrelacionadas (no puede contener
proposiciones sobre fenómenos que no están relacionados entre sí), ser
mutuamente excluyentes (no puede haber repetición o duplicación) y no caer
en contradicciones internas o incoherencias (Black y Champion, 1976).

3) Perspectiva

La perspectiva se refiere al nivel de generalidad (Ferman y Levin, 1979). Una


teoría posee más perspectiva cuanto mayor cantidad de fenómenos explique y
mayor número de aplicaciones admita. Como mencionan Ferman y Levin,
(1979, p. 33), “el investigador que usa una teoría abstracta” (más general)
“obtiene más resultados y puede explicar un número mayor de fenómenos”.

4) Fructificación (heurística)

La fructificación es “la capacidad que tiene una teoría de generar


nuevas interrogantes y descubrimientos” (Ferman y Levin, 1979, p. 34).
Las teorías que originan –en mayor medida- la búsqueda de nuevos
conocimientos son las que permiten que una ciencia avance más.

5) Parsimonia

Una teoría parsimoniosa es una teoría simple, sencilla. Éste no es un


requisito, sino una cualidad deseable de una teoría. Sin lugar a dudas,
aquellas teorías que pueden explicar uno o varios fenómenos en unas
cuantas proposiciones (sin dejar de explicar ningún aspecto de ellos)
son más útiles que las que necesitan un gran número de proposiciones
para ello. Desde luego, sencillez no significa superficialidad.

¿Qué estrategias seguimos para construir el marco teórico: adoptamos una


teoría o desarrollamos perspectiva teórica?

Después de comentar ampliamente sobre las teorías retomemos el tema de


construcción del marco teórico. Como se mencionó antes, la estrategia para
construir nuestro marco de referencia depende de lo que nos revele la revisión
de la literatura. Veamos qué se puede hacer en cada caso.

1) Existencia de una teoría completamente desarrollada

Cuando nos encontramos con que hay una teoría capaz de describir,
explicar y predecir el fenómeno de manera lógica y consistente, y que
reúne los demás criterios de evaluación de una teoría que abarca de

125
mencionarse, la mejor estrategia para construir el marco teórico es
tomar dicha teoría como al estructura misma del marco teórico. Ahora
bien, si descubrimos una teoría que explica muy bien el problema de
investigación que nos interesa, debemos tener cuidado de no investigar
algo que ya ha sido estudiando muy a fondo. Imaginemos que alguien
pretende realizar una investigación para someter a prueba la siguiente
hipótesis referente al sistema solar: “Las fuerzas centrípetas tienden a
los centros de cada planeta” (Newton, 1983,p. 61). Sería ridículo, porque
es una hipótesis generada hace 300 años que ha sido comprobada de
modo exhaustivo y que incluso ha pasado a formar parte del saber
popular.

Cuando nos encontramos ante una teoría sólida que explica el


fenómeno o fenómenos de interés, debemos darle un nuevo enfoque a
nuestro estudio: a partir de lo que ya está comprobado, plantear otras
interrogantes de investigación (obviamente aquellas que no ha podido
resolver la teoría). También llega a ocurrir que hay una buena teoría,
pero que no ha sido comprobada o aplicada a otro contexto. De ser así
puede interesarnos someterlas a prueba empírica en otras condiciones
(por ejemplo, una teoría de las causas de la satisfacción laboral
desarrollada y sometida a prueba empírica en Japón que deseamos
poner a prueba en Argentina o Brasil; o una teoría de los efectos de la
exposición a contenidos sexuales en la televisión que únicamente ha
sido investigado en adultos pero no en adolescentes). En este primer
caso (teoría desarrollada), nuestro marco teórico consistirá en aplicar la
teoría, ya sea proposición por proposición o cronológicamente
(desarrollando históricamente cómo evolucionó al teoría).

2) Existencia de varias teorías que se aplican a nuestro problema de


investigación

Cuando al revisar la literatura nos encontramos con que hay varías teorías
que tienen que ver con nuestro problema de investigación, podemos elegir una
y basarnos en ella para construir el marco teórico –ya que desglosando la
teoría o de manera cronológica- o bien tomar parte de algunas o todas las
teorías a tal efecto.

En la primera situación, elegimos la teoría que se evalúe más positivamente


– de acuerdo con los criterios que se comentaron antes- y que se aplique más
a nuestro problema de investigación. Por ejemplo, si nos interesan los efectos
que tienen en los adolescentes los programas con alto contenido sexual en
televisión, pero que sólo una de ellas lo ha investigado en adolescente
Evidentemente esto debería ser la teoría que seleccionaríamos para construir
nuestro marco teórico.

126
En la segunda situación, tomaríamos de las teorías solamente aquello que
se relaciona con el problema de estudio. En estos casos es conveniente que
antes de construir el marco teórico, se haga un bosquejo de cómo armarlo,
teniendo cuidado de so caer en contradicciones lógicas (hay veces que
diversas teorías rivalizan en uno o más aspectos de manera total; si aceptamos
lo que dice una teoría tenemos que desechar lo que postulan las demás).
Cuando las teorías se excluyen unas a las otras en las proposiciones más
importantes (centrales), debemos elegir una sola. Pero si únicamente difieren
en aspectos secundarios, tomamos las proposiciones centrales que son más o
menos comunes a todas ellas elegimos las partes de cada teoría que sean de
interés y las acoplamos entre sí, cuando sea posible. Si es así, seleccionamos
las proposiciones primarias y secundarias de la teoría que cuenta con más
evidencia empírica y se aplica mejor al problema de investigación.

Lo más común es tornar una teoría corno base y extrae elementos de otras
teorías que no sean de utilidad para construir el marco teórico. En ocasiones se
usan varias teorías porque el fenómeno de estudio es complejo y está
constituido de diversas conductas, y cada teoría ve al fenómeno desde una
perspectiva diferente y ofrece conocimiento sobre él.

127
Definición de Conceptos.129

Todo proyecto de investigación, debe contener dentro del Marco Teórico, una
sección especialmente dedicada a la definición de los elementos básicos que
conforman la estructura teórica de la misma, que permite orientar el sentido de
la investigación: los conceptos. A fin de organizar, sistematizar los datos y
percibir las relaciones entre los fenómenos estudiados, se deben definir los
conceptos.

Al plantearnos el estudio de un problema, nos enfrentamos a un mundo


empírico de cierta forma preformado a partir de conceptos. Esta realidad
investigada no se nos muestra de manera inmediata y cristalizada de allí pues,
que se hace necesario aprehenderla de manera racional a fin de establecer
consiente y ordenadamente los conceptos que esta contiene.

Puesto que la ciencia intenta investigar


determinados sectores o aspectos de la
realidad, valiéndose para interpretarlos de un
sistema abstracto de pensamiento, no debe
tener nada de sorprendente que, para
comunicar sus hallazgos cada una de las
ciencias ponga en uso términos o conceptos
propios. Tal es así, que podemos referirnos al
sistema teórico de cualquier ciencia
denominándolo sistema de conceptos o
conceptual. 130

Es posible definir un concepto como una abstracción abreviada,


fundamentalmente en la realidad, a partir de una diversidad de hechos,
obtenida de los acontecimientos observados, que designa una clase de
fenómenos o por el contrario algunas características comunes a estos. En la
medida que simplifican el pensamiento, representan abstracciones, símbolos
de los fenómenos o algunos de sus aspectos, de la realidad que investigamos.

“Un concepto es una unidad de pensamiento” 131Es un contenido figurativo a


través del cual designamos un término específico. Los conceptos se establecen

129
Tomado de: Mirian Balestrini Acuña. Como se elabora el proyecto o tesis de investigación. Para
los estudios Formulativos o Exploratorios, Descriptivos, Diagnósticos, Evaluativos, Formulación de
Hipótesis Causales, Experimentales y los Proyectos Factibles. Venezuela, Editorial: BL Consultores
asociados Servicio Editorial, 2002.

130
William, J. Goode y Paul K. Hatt. Métodos de investigación Social. México, Editorial Triste, 1937,
pág. 57.

128
mediante el análisis de la realidad. …”el concepto no es nunca, por más que
esto pueda parecer evidente, idéntico a los fenómenos a los que se refiere si
contenido figurativo. Y por ello, tampoco se puede derivar de un mero concepto
un enunciado de la realidad…”132 El concepto no solamente se constituye
dentro de la investigación, en una ayuda para percibir la realidad, también la
organiza, manteniendo las características significativas y distintivas de los
fenómeno estudiados. Mediante el análisis conceptual, es posible evidenciar de
alguna manera, cual es el tipo de fenómenos o situación que aludimos al
emplear la palabra correspondiente. Por lo tanto, a partir de los conceptos
valoramos, ordenamos, comunicamos la percepción y guiamos la acción
individual en relación al mundo empírico, aunque esta manera de ordenación
necesariamente no tiene por qué corresponderse con la estructura objetiva de
la realidad.

Importa destacar, que en la medida, que es mayor la distancia existente


entre las elaboraciones resumidas en el contenido del concepto y los hechos
empíricos referidos, se plantea la posibilidad de ser interpretados de manera
distorsionadas o emplearlos desacertadamente. Lo cual no es conveniente en
el marco de la investigación planteada, bajo ninguna circunstancia. En tal
sentido, es recomendable, en primer lugar, definir los conceptos en términos
abstractos, mostrando el significado general que representa y se quiere
comunicar; pero que además, permite conectar el estudio con la teoría que
contiene conceptos similares o elaboraciones resumidas. En segundo lugar,
definir los conceptos en relación a las operaciones que representarán en la
investigación, en términos de hechos observables. Sin embargo, en la medida
que los conceptos que delimitamos en el proyecto de investigación,
representan abstracciones y únicamente determinados aspectos de la realidad
que se intenta estudiar, se hace necesario, establecer. ¿Cuáles son los
aspectos de esa realidad que nos proponemos investigar?; y ¿Cómo delimitar
conceptos para estos aspectos de la realidad que hemos decidido estudiar?

Finalmente hay que advertir, que en el Marco Teórico, se presenta un listado


inicial de conceptos básicos, empleados en el desarrollo del proyecto de
investigación, estando consciente que a éste, se le incorporan nuevos
términos, que permitirán incrementar esta sección, en el despliegue del estudio.
Recuérdese que el en proyecto de investigación, nos encontramos en la fase
inicial del estudio; lo cual indica, que en la medida, que analicemos con
profundidad las perspectivas teóricas y establezcamos nuestro paradigmas de
análisis, es cuando estamos en mejor disposición para clasificar y ampliar
nuestros conceptos y categorías de análisis en relación al problema que se
formula.

131
Mario Bunge. La Investigación Científica. Barcelona, Editorial Ariel, Colección Convivium, 1973,
pág. 64.
132
Renate Mayntz; Kurt Holm y Peter Hubner. Introducción a los métodos de la Sociología Empírica,
España, Editorial Alianza Universidad, 1980, pág. 13.

129
La definición de conceptos en el proyecto de investigación, se presenta
ordenadamente los términos empleados por estricto orden alfabético.

130
El proceso de la investigación histórica. (Fragmentos)133

LAS ETAPAS DE LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA

La complejidad que reviste el proceso investigativo no es fácil de captar. Las


obras que se publican para dar cuenta de los resultados de las investigaciones,
por lo general solo ofrecen una idea muy vaga del trabajo desarrollado para
obtenerlos.

El proceso de investigación se presenta como el desarrollo continuo y


sistemático de cierto número de actividades. Cada una de estas actividades
posee una finalidad propia y cumple a la vez una determinada función en
relación con los objetivos generales de la empresa investigativa, de ahí su
carácter sistemático.

En las particulares condiciones de la ciencia histórica, las diversas tareas


que integran el ciclo investigativo pueden agruparse en cinco etapas,
atendiendo tanto a los objetivos generales que cada etapa se propone, como a
la naturaleza de las actividades desarrolladas dentro de ellas. Estas etapas
son:

1. Definición. Está destinada a esclarecer el asunto que se va a investigar y


determinar los objetivos que se persiguen con la investigación.
2. Preparación. Selección y preparación de los recursos –fuentes y
técnicas, etc. – necesarios para el desarrollo de la investigación.
3. Recogida de datos.
4. Elaboración y síntesis. Análisis y elaboración de los datos recogidos
hasta alcanzar la síntesis explicativa del fenómeno investigado.
5. Exposición. Redacción del material mediante el cual se darán a conocer
los resultados de la investigación.

ETAPA DE DEFINICIÓN

133
Metodología de la investigación histórica. Aleida Plasencia Moro, Oscar Zanetti Lecuona y
Alejandro García Álvarez.

131
La elección de un tema o asunto para investigar es apenas el preámbulo del
proceso investigativo. Al realizarlo el investigador está aún muy lejos de
conocer que puntos deberá considerar, cuales son las formas más apropiadas
para su estudio ni el grado de amplitud o profundidad con que se investigará.

EL PROBLEMA CIENTÍFICO

Toda investigación científica tiene su origen en un problema. Hasta cierto


punto, la investigación científica consiste en el tratamiento de problemas cuya
solución satisface determinadas necesidades en el desarrollo de la ciencia y la
práctica social. […]

El problema científico es de una naturaleza tal que su solución no puede


hallarse entre los conocimientos disponibles y solo pude resolverse mediante la
producción de nuevos conocimientos.[…]

De hecho, la noción de problema constituye en sí mismo un conocimiento: el


conocimiento de que se desconoce algo. El problema científico se presenta,
por tanto, como una unidad dialéctica de lo conocido y lo desconocido, por ello
resulta aceptable en principio esta definición: “El problema científico es un
conocimiento previo sobre lo desconocido en la ciencia”.

LA SITUACIÓN PROBLEMÁTICA

El problema científico no surge espontáneamente en la conciencia del


investigador, sino que tiene sus raíces en determinadas situaciones que le
permiten percatarse de que desconoce algo. Este tipo de situación,
denominada situación problemática, se crea en la práctica social entendida en
sus términos más amplios, y de manera más particular, en el curso de la propia
actividad científica como una expresión de las necesidades del desarrollo, de la
contradicción que surge objetivamente entre el saber y el no saber en el
proceso de desarrollo de la sociedad. […]

La situación problemática no es en sí misma el problema científico,


constituye solo la base objetiva para su formulación. El problema como tal

132
surge en la conciencia del investigador, es formulado por este como resultado
de su apreciación de la situación problemática.[…]

El problema científico surge en la práctica social y constituye un requisito


indispensable para esclarecer situaciones insuficientemente conocidas.[…] La
tarea del investigador es, precisamente, la de analizar con todo cuidado la
situación problemática, formular científicamente el problema, precisarlo durante
el proceso de investigación y presentar finalmente las proposiciones que lo
solucionan.

El problema científico tiene, por tanto, un doble carácter objetivo-subjetivo;


cualquier visión unilateral conducirá a posiciones filosóficas subjetivistas u
objetivistas según el caso.[…]

FORMULACIÓN DEL PROBLEMA

La primera tarea que afronta el investigador en la etapa de “definición” es la


formulación del problema científico en términos concretos y explícitos. Una
investigación no puede desarrollarse sin dejar claramente establecida una
interrogante a la cual se pretende dar respuesta mediante procedimientos
científicos. [….]

El problema es un sistema de enunciados o interrogantes sobre fenómenos


históricos, es decir, sobre las condiciones de existencia, funcionamiento y
desarrollo de un fenómeno social determinado, así como de su lugar en el
proceso histórico. En consecuencia, un problema bien formulado, establece el
marco de la investigación, permite definir sus objetivos, orienta la búsqueda e
indica los métodos más apropiados para su solución.

La formulación del problema es una de las tareas que impone mayores


exigencias a las facultades intelectuales del investigador. No hay reglas fijas
que orienten al investigador en el planteamiento de preguntas significativas
sobre determinada área de estudio. […]

En su forma final, el problema se presenta como una pregunta o sistema de


preguntas bien determinadas, expresadas en términos claros y precisos. Esto

133
es importante pues no se pueden conseguir respuestas determinadas si no se
formulan preguntas bien determinadas. […]

Párrafo aparte debe dedicarse al sentido de la interrogante que expresa el


problema. Las preguntas con que se formulan los problemas se inician con
adverbios o pronombres ¿cuál…?, ¿quién…?, ¿por qué…?, ¿dónde …?, etc.,
cada uno de los cuales otorga un sentido particular al problema expuesto.[…]
Un mismo fenómeno puede suscitar problemas de diferente índole en
dependencia del nivel de conocimiento que exista sobre este. Así, un fenómeno
apenas conocido suscitará problemas que demandarán establecer sus
características, propiedades, etc. mientras que problemas elativos a fenómenos
más estudiados presentarán exigencias de mayor complejidad.

LOS OBJETIVOS

La índole del problema planteado permite al investigador determinar los


objetivos de la investigación, momento de crucial importancia en la etapa de
definición. Los objetivos de la investigación expresan los propósitos del
investigador, la meta que pretende alcanzar con su trabajo. […] De acuerdo con
el nivel del conocimiento existente sobre el problema, los objetivos a alcanzar
para su solución pueden ser: la exploración del fenómeno, hecho o proceso
histórico, la descripción de sus características, su clasificación, el
establecimiento de su significación en un determinado contexto o el
descubrimiento de algunas de sus relaciones, lo cual puede llegar hasta la
determinación de relaciones de causalidad. Al igual que el problema, los
objetivos deben quedar explícitamente asentados por el investigador. […]

En todos los casos lo que quedará establecido son los objetivos generales
de la investigación, a los cuales se vincula la estrategia que esta seguirá. […]
La determinación de los objetivos permitirá al investigador evaluar los
beneficios que se derivarán de su trabajo.

Así como los objetivos se relacionan con la solución del problema, los
beneficios están íntimamente vinculados a la situación problemática que le da
origen, y estarán dados por las modificaciones que los resultados de la

134
investigación introducirán en esta, ya se trate de la sistematización de
conocimientos en determinada área de la ciencia, del perfeccionamiento de
programas de estudio, o de la satisfacción de cualquier otra necesidad social.

ELABORACIÓN DE HIPÓTESIS

La formulación de un problema suele estar acompañada por ciertas


suposiciones sobre su solución. Por lo general, ante cada problema el hombre
supone una respuesta y comprueba a continuación si la respuesta es
adecuada.[…]

Frente a la interrogante que expresa el problema, el investigador elabora


conjeturas, afirmaciones que constituyen una respuesta tentativa. Estas
explicaciones tentativas, denominadas hipótesis, constituyen uno de los
recursos teóricos fundamentales de la ciencia y, conjuntamente con el
problema, desempeñan un papel de primera importancia en la orientación de la
investigación. La hipótesis es una suposición o conjetura científicamente
fundamentada acerca de un hecho o fenómeno que no puede observarse
directamente, cuya validez puede demostrarse mediante los datos de la
experiencia. Se expresa en forma de una proposición o enunciado acerca de la
existencia o no de ciertas propiedades o relaciones en los fenómenos
investigados. […] Las hipótesis constituyen una avanzada científica sobre lo
desconocido, orientan la búsqueda científica y marcan los hitos en el desarrollo
del conocimiento. […]

El empleo de la hipótesis en el paso del conocimiento menos acabado al


conocimiento cierto, pone de manifiesto la correlación entre la verdad relativa y
la verdad absoluta en el desarrollo del conocimiento científico.

En las peculiares condiciones cognoscitivas de la ciencia histórica, la


utilización de hipótesis adquiere particular importancia. Los acontecimientos y
procesos históricos no son directamente observables por el investigador, su
relación con ellos es una relación mediada por fuentes que generalmente
reflejan la particular visión de sus autores. A diferencia de lo que sucede en
otras ciencias, el historiador no puede reconstruir el hecho histórico en forma

135
experimental; “..y como consecuencia de ello, al reconstruir el pasado él no
puede dejar de construir la hipótesis”.[…]

PROCEDIMIENTOS DE FORMULACIÓN

La primera tarea del investigador en la elaboración de sus hipótesis, es


hacer explícitas las suposiciones o conjeturas que puede tener en mente como
posibles soluciones al problema. Esta suposición o hipótesis primaria - también
denominada “hipótesis de trabajo”- tiene un carácter provisional y será
perfeccionada o modificad en el curso del trabajo. Estas primeras conjeturas
suelen aflorar en la mente del investigador en virtud de mecanismos
inconscientes, que operan sobre la base del conocimiento teórico y empírico
del investigador. No obstante, existen algunos procedimientos de probada
utilidad en la formulación de hipótesis, algunos de los cuales se examinan a
continuación:

1) Inducción por simple enumeración.


2) Analogía. Este es probablemente el procedimiento más usual para las
construcciones hipotéticas en la historia. En él, a partir de la existencia
de cierta identidad en algunos rasgos de dos fenómenos se infiere la
posibilidad de que otras características sean igualmente comunes.
3) Deducción. En este caso, también frecuente, se trata de derivar de una
teoría la explicación de un caso concreto.

Además de los procedimientos mencionados, existe el retrospectivo, en el


cual la observación de un fenómeno histórico plenamente desarrollado sirve de
base para desarrollar hipótesis sobre sus caracteres tempranos; el histórico-
comparativo y algunos otros.

FUNDAMENTACIÓN DE LA HIPÓTESIS

Durante el proceso de la elaboración de su hipótesis, una de las principales


responsabilidades del investigador es proveerla de una adecuada

136
fundamentación teórica. Al avanzar hacia lo desconocido, el investigador tiene
que apoyarse necesariamente en lo conocido, esto es, en las teorías y hechos
científicamente fundamentados y comprobados. […]

La adecuada fundamentación teórica de la hipótesis se refleja, ante todo, en


el rigor conceptual con que esta se expresa. La importancia de formular los
conceptos con claridad adquiere particular relieve en el caso de la hipótesis.

Desde el punto de vista formal, la hipótesis es una proposición que afirma o


niega la existencia de determinadas características o atributos de un fenómeno,
o de determinadas relaciones entre estos fenómenos.

[…]

La hipótesis resulta así una proposición o sistema de proposiciones


elaboradas teniendo como base el conocimiento teórico adquirido. El centro de
este enunciado hipotético coincide con el enunciado del problema que ahora,
en la hipótesis, aparece formulado como un supuesto.[…] En la composición de
la hipótesis figuran tanto enunciados verdaderos –cuya veracidad está ya
demostrada- como otros enunciados que deberán ser verificados.

[…]

La fundamentación teórica de la hipótesis se expresa en los enunciados


verdaderos que ella contiene; mientras más enunciados verdaderos estén
contenidos en la hipótesis mayor será su verosimilitud.

REQUISITOS DE LA HIPÓTESIS

No basta, sin embargo, que una hipótesis sea precisa y clara en su


formulación para que pueda considerarse aceptable desde el punto de vista
científico. La hipótesis científica debe cumplir, además, los siguientes
requisitos:

1. Debe ser compatible con los conocimientos científicos establecidos.


2. La hipótesis debe ser consistente desde el punto de vista lógico, o sea,
estar exenta de contradicciones internas y ambigüedades. También ha

137
de ser suficiente, explicar mejor y de manera más completa que
cualquiera otra suposición el problema al cual se refiere.
3. La hipótesis debe ser contrastable, susceptible de verificación con los
datos de la realidad mediante los procedimientos de la ciencia. Una
proposición que no puede contrastarse carece de valor veritativo: no es
verdadera ni falsa, y en consecuencia no aporta nada al desarrollo del
conocimiento.
[…]

En las condiciones de la ciencia histórica, los requisitos de la hipótesis no se


agotan en los elementos formales y técnicos, sino que están presentes también
importantes exigencias metodológicas.

[…]

En la etapa actual del desarrollo de la ciencia histórica ha crecido el papel de


la hipótesis, y se ha elevado la responsabilidad científica del investigador.

[…]

El proceso de elaboración de la hipótesis no concluye en la etapa de


definición. En el curso posterior de la investigación, el historiador continúa
perfeccionando su hipótesis, enriqueciéndola en la medida en que se
incrementan sus conocimientos hasta alcanzar las condiciones que hagan
posible su verificación.

Guía temática

La guía es una relación estructurada de los diversos asuntos q integran el


tema y sobre los cuales se necesita obtener información. Debe establecer el
orden de tratamiento de los diversos contenidos del tema, así como el nivel de
detalle q debe alcanzarse en su estudio. Por su carácter analítico la guía dejará
establecida el desglose de cada elemento general en cuestiones más
particulares, para lo cual la organización decimal resulta ser el procedimiento
más adecuado.

En la guía queda expresado el objeto de la investigación y los requerimientos


informativos del investigador para verificar las necesidades cognoscitivas de la
investigación. Constituye la “carta náutica” del investigador. La guía se podrá ir

138
ajustando progresivamente en el curso de la actividad investigativa,
añadiéndosele o eliminándosele puntos según los exijan las necesidades de la
investigación.

Ejemplo de Guía temática

1. Características de las familias.


1.1 Familias de elite.

1.1.1 Urbanas

1.1.2 Rurales

1.2 Familias de clase media.

1.3 Familia de capas populares.

2. La situación de las mujeres.

2.1 En los espacios privados.

2.2 En los espacios públicos.

2.3 Situación jurídica de las mujeres.

2.3.1 Los derechos de los hijos.

2.3.2 Derechos sobre la propiedad.

La fragmentación continuaría de esta forma hasta el grado de detalle


requerido, según la precisión informativa que exija un asunto particular.

En la vía temática queda expresado el objeto de la investigación y los


requerimientos informativos del investigador para verificar su hipótesis. Su
objetivo esencial es orientar la recogida de datos en función de las necesidades
cognoscitivas de la investigación. Ello le confiere una particular significación
metódica, pues constituye la “carta náutica” del investigador.

A partir de las necesidades informativas planeadas en la guía, el investigador


podrá seleccionar sus fuentes con seguridad y regular todo el proceso de

139
recogida de información. Instrumento al fin, la guía se ajustará progresivamente
en el curso de la actividad investigativas, añadiéndosele o eliminándosele
puntos según los exijan las necesidades de la investigación.

LAS ETAPAS DE RECOGIDA DE DATOS Y DE ELABORACIÓNY


SÍNTESIS.

ETAPA DE RECOGIDA DE DATOS.

Una vez realizada la definición del objeto de la investigación, determinadas


las fuentes disponibles para su estudio, seleccionadas las técnicas más
apropiadas para el feliz término del objetivo perseguido, entonces estamos
listos para comenzar la etapa de recogida de los datos o de acopio de la
información.

I. Acopio de datos
La vieja técnica del fichaje resulta la más idónea para asentar y relacionar
este tipo de datos. Para cumplir con este objetivo el investigador debe valerse
de los descriptores incluido su guía temática. En el margen izquierdo de la ficha
debe anotar el enunciado

De un dígito (1.Economìa), y en el margen derecho los de dos dígitos (1.1


agricultura). En el centro de la ficha, las fechas límites del contenido incluido. El
texto debe abarcar un solo contenido, aunque se relacione con la temática
agricultura. Cada ficha un contenido.

El acopio de información es la actividad central del proceso de investigación, y


también una de sus etapas mas prolongadas. Durante ella el historiador pone
en práctica las técnicas previstas para extraer información de las fuentes
localizadas.

El acopio de datos no es un proceso mecánico, sino una actividad


cognoscitiva. Debido a ello, algunos datos recogidos suscitaran ideas o
comentarios, las que a veces resultan más valiosas que los datos mismos y no
pueden dejarse escapar. Lo más recomendable es verterlas en la propia ficha,
enmarcándola entre corchetes para evitar confusión.

140
Existe la tendencia a que el investigador nunca se de por satisfecho con la
información recopilada. No obstante, debe superar esta tendencia y cerrar la
etapa en el momento oportuno. En este momento, debe hacer el balance
definitivo sobre la información acopiada sobre cada uno de los descriptores
(guía temática). Ello permite evaluar la calidad recogida sobre cada punto del
tema. Es recomendable que este balance se haga periódicamente y no
solamente al final de la etapa. De esta forma se podrá orientar la búsqueda
hacia los tópicos deficientes, e incluso variar los descriptores para adecuar la
guía temática a nuevos contenidos que deban incorporarse, o eliminar otros de
ser necesario.

De no cumplirse estrictamente estas orientaciones puede llegarse a perder el


sentido mismo de la búsqueda.

II. Elaboración y síntesis

Concluida la recogida de datos, se inicia una de las

Etapas más laboriosas de todo el proceso de investigación: el proceso e


interpretación de la información acopiada. Ahora los datos serán depurados y
analizados, esclarecidas sus relaciones, interpretados, elaborados, para
establecer sólidamente las bases de la síntesis explicativa q aportará
soluciones al problema original de la investigación.

En lo específico al análisis y elaboración de los datos, la primera operación a


realzar será la eliminación de todo tipo de información superflua o reiterativa.
Este proceso de elaboración puede requerir pequeñas redacciones parciales
que faciliten una mayor integración de la información de la información, así
como la formulación de comentarios sobre tablas, gráficos estadísticos y otros
materiales.

El proceso de elaboración se encamina hacia una progresiva síntesis de la


información. Al establecer un orden en la guía temática durante la etapa de
definición, se preveía la existencia de determinadas relaciones entre los
contenidos. Ahora, con la inf. Recogida, es posible constatar la veracidad de
aquellas relaciones supuestas y determinar la existencia de otras relaciones q

141
inicialmente no fueron contempladas. Estas operaciones propician un proceso
de integración indispensable, para reconstruir el objeto en sus características.

EXPOSICIÓN DE LOS RESULTADOS.

LA FORMULACIÒN DE LA GUÍA DE REDACCIÓN. CUERPO REFERATIVO


Y DESARROLLO DE LA REDACCIÒN

ELABORACIÒN GUÍA EXPOSITIVA.

El último peldaño de la síntesis consiste en establecer la estructura expositiva


sobre cuyas pautas han de expresarse los resultados. De ella depende que se
logre una explicación satisfactoria del problema de investigación.

Situado ante el conjunto de datos elaborados y agrupados aún con arreglo a


la guía temática, el investigador historiador debe emplear al máximo su
capacidad interpretativa y conocimientos teóricos en función del análisis
concreto que le permitirá definir las líneas del movimiento histórico en que se
expresa la redacción de los resultados.

En este momento el historiador debe haber alcanzado un alto grado de


madurez en sus hipótesis o ideas fundamentales. Gracias a ello podrá plasmar
una estructura expositiva que aproveche al máximo los resultados de su
investigación, expresado en la evaluación del grado de cumplimiento de los
objetivos al nivel de cada uno de los puntos contemplados.

Seguidamente debe preguntarse si los resultados obtenidos apoyan o refutan


su hipótesis y hasta que punto. Debe rechazar toda tentación de considerar de
manera exclusiva los resultados que apoyan su hipótesis desestimando los
otros.

Una última consideración consiste en comparar sus resultados de


investigación con los alcanzados por otros especialistas de la misma temática,
e interpretar las posibles diferencias y contradicciones para fijar su posición con
respecto a aquellas.

La estructura expositiva en elaboración, se concreta definitivamente en un


instrumento metódico denominado guía de redacción o esquema de redacción.

142
La cual deberá trazar las pautas para el análisis y Serra posible que conserva
algunos de los elementos de la antigua guía temática, a veces con diverso
orden o formulación.

EXPOSICIÒN RESULTADOS

Confeccionado el esquema de redacción se hace necesario reagrupar toda la


información disponible en función del nuevo orden establecido en la guía.

I- Exposición

Tiene por finalidad presentar una síntesis coherente de ideas e informaciones,


capaz de aportar una explicación al problema que originó la investigación.
Debe tenerse presente que en Historia no basta con que la explicación sea
sólida y bien fundamentada, ella debe poseer también cierta perfección formal
ya que está dirigida a un público que excede al de los especialistas.

II- Las partes del trabajo científico

El historiador deberá tener una idea clara de los elementos o partes que
habrá de componer las partes de su tarea de exposición. Ellos son:

1- Título. Debe expresar de una manera breve y atractiva el contenido


esencial del trabajo. Incluye la correspondencia con el tema tratado.

2- Tabla de contenido o Índice. En ella detalla el contenido del trabajo, sobre


la base del orden de exposición de sus diferentes partes.

3 Introducción. Debe ser relativamente breve y orientar al lector sobre la


naturaleza del trabajo que se le Presenta. En ella debe destacarse la
importancia del problema que motivó la investigación, la hipótesis sustentada;
caracterizar las fuentes y técnicas empleadas y exponer las probadas
limitaciones del trabajo, no como expresión de modestia, sino que sus lectores
puedan juzgar su verdadero alcance.

143
4- Capitulario o cuerpo del trabajo. Es el núcleo de la exposición. En él se
desarrolla en capítulos y epígrafes, la síntesis explicativa que contienen los
resultados de la investigación.

5- Conclusiones. Constituyen el cierre de la exposición. Se presenta en breve


síntesis las ideas o criterios sostenido en el trabajo.

6- Anexos. Incluye los materiales que el investigador entiende que poseen


particular importancia para apoyar su trabajo o para ampliar su contenido
informativo. Se trata de documentos fundamentales, tablas o gráficas
estadísticas, material fotográfico, mapas, etc.

7- Fuentes historiográficas. Relación pormenorizada de las fuentes utilizadas


en la investigación, agrupas según sus diversas fuentes.

No obstante el orden establecido en la guía, a la hora de redacción se debe


empezar por el capitulario, dejándose para el final las conclusiones y la
introducción. Generalmente antes de la redacción definitiva se hace necesario
realizar un borrador o inclusive contemplar varias redacciones.

III- El Borrador

Tiene por finalidad la síntesis coherente de la información obtenida en función


de las ideas o tesis explicativas de la exposición. Se trata de lograr una “trama”,
de hilvanar una secuencia expositiva clara y organizada.

Al redactarse el borrador, deberá tenerse clara conciencia que la inserción de


datos se subordina a las necesidades explicativas. Ella implica que el
historiador debe vencer la tendencia de no darle el verdadero énfasis
explicativo que una redacción debe contemplar. Asimismo las tesis explicativas
o generalizadoras deben imponerse sobre el material factual.

IV- El cuerpo referativo

Las exposiciones históricas van acompañadas de un conjunto de notas, citas


y referencias q constituyen su aparato crítico, llamado también cuerpo
referativo. Las citas y referencias señalan el origen de las ideas e información
utilizada en al exposición, mediante la indicación de las fuentes de las cuales

144
han sido extraídas. Debe quedar demostrado como se ha reunido y empleado
la obtenida de investigaciones anteriores. La referencia directa a la fuente de
un dato o idea le indicará al lector el material donde puede ampliar sus
conocimientos.

Según su empleo o en el texto de la exposición, las indicaciones pueden ser


citas o referencias. En las citas, se hará la reproducción textual de un
fragmento de la fuente que ha sido incorporado a la exposición. Si el fragmento
es menor de cinco líneas, se integrara directamente en el texto de la
exposición; si lo excede será reproducido en párrafo aparte con márgenes
mayores.

La referencia bibliográfica se utiliza para indicar una fuente de la cual se ha


tomado información u opinión para la elaboración del razonamiento, sin haber
reproducido textualmente fragmento alguno. En tales casos solo se requiere el
número de referencia al finalizar la oración.

Las notas, es el otro recurso comúnmente utilizado. Estas pueden ofrecer


información complementaria, aclaraciones, ejemplos ilustrativos, etc., sobre
asuntos abordados en el texto de la exposición, pero que por su particularidad,
esta no puede aclarar suficientemente. La nota se emplea para vitar la inclusión
de detalles o aclaraciones que pueden desviar la atención de las ideas que se
desarrollan. Con ella se sigue el mismo procedimiento utilizado con las citas y
referencias, se inscriben en el mismo orden numérico.

V- La redacción definitiva

Busca alcanzar una exposición acabada, dotada de lenguaje claro y preciso y


elegante q no deje lugar a incoherencias o confusión. Contempla la revisión del
borrador o redacciones preliminares a la definitiva.

Debe cuidarse la uniformidad del estilo a lo largo de todo el trabajo, y utilizar


siempre o la primera persona del plural (entre las causas de la Guerra del Diez
Años, debemos destacar), o mejor aun una forma impersonal (entre las causas
de la Guerra debe destacarse) que corresponda a un tono narrativo. Adecuado
uso de los tiempos verbales. En términos generales debe atenderse en esta
fase:

145
1- Claridad. Debe desecharse toda escritura farragosa y preferir siempre
frases cortas y simples, utilizando adecuadamente los signos de puntuación,
particularmente el punto y seguido. Evitarse palabras cuyo significado no sea
perfectamente conocido.

2- Unidad. Evaluar la coherencia de cada párrafo y eliminar todo lo superfluo


en la argumentación.

3- Exactitud. Puede contribuir a una mejor redacción. Consejos:

a- Evitar el uso de metáforas;


b- Cuidar los falsos sinónimos;
c- No abusar de los adjetivos y evitar uso de aumentativos y diminutivos;
d- Utilizar el diccionario para esclarecer significado de las palabras.
4- Correlación. La redacción entre las distintas partes de un trabajo debe
complementarse puesto q integran Urb. conjunto. Deben asegurarse
conexiones fluidas entre los párrafos, así como entre los diferentes capítulos.

5- Énfasis. La fuerza con q se expresan las cosas hace resaltar determinados


contados. Debe ser producto del análisis e interpretaron de los aspectos q se
quieren destacar.

Durante la redacción definitiva deben elaborarse epígrafes o subtítulos


adecuados para las diversas secciones del trabajo. Como encabezamientos de
las secciones pueden utilizarse los propios enunciados del esquema de
redacción. Pero puede ser sustituido según el caso.

146
TERCERA PARTE: Las Fuentes. Uso y explotación en el trabajo de la
investigación histórica.

Las fuentes y las ciencias auxiliares de la historia. 134

Las fuentes históricas. El concepto de fuente histórica. Su amplitud. La


fuente histórica como producto de la actividad humana.

En el decursar del proceso histórico el hombre contrae múltiples y variadas


relaciones sociales. Estas reflejan en las fuentes históricas, producto y
testimonio de la actividad humana. La herencia material e ideológica de la
humanidad se concreta para el historiador en las llamadas fuentes,
documentos del pasado que reflejan los hechos históricos a los cuales el
científico del presente no tiene acceso directo. La percepción indirecta de los
hechos acaecidos en el pasado llegan al historiador a través de las fuentes que
los porta y refleja. Para el científico de la historia todo producto de la actividad
humana, en la medida que le permite conocer los procesos históricos
precedente, es una fuente de información. A medida que estos productos son
seleccionados y utilizados para llegar a la verdad objetiva, constituyen fuentes
de conocimiento. Un instrumento material, que conduce al conocimiento de las
relaciones de producción existente en una época determinada es una fuente
histórica. Un código legal, que nos permite establecer las relaciones jurídicas
existentes; una obra literaria; una obra artística, como reflejo de las condiciones
materiales e ideológicas del objeto de nuestro estudio, son para los
historiadores proveedores tan primordiales de conocimiento como pueden ser
para el geólogo una muestra material que refleja la evolución de la corteza
terrestre. Todos los elementos citados como fuentes históricas tienen un origen
común: son creadas por el hombre, y en ello se refleja el grado de desarrollo de
la sociedad en que este vive. Y el propio desarrollo social, y la propia actividad
creadora del hombre genera continuamente objetos materiales e ideológicos
utilizables para posteriores generaciones de historiadores, que indirectamente
intentan aproximarse a la sociedad en la que tales productos se originaron.

Al abordar el carácter de la relación historiador-hecho histórico, ya nos


referimos al carácter mediador de la fuente histórica, que nos permite recoger
el reflejo del hecho ocurrido e irrepetible. En este sentido, la fuente es
portadora del hecho histórico. Por lo tanto, para llegar a la información con la
que debe trabajar, el historiador debe localizar la fuente o las fuentes que las
contienen. Las fuentes, en la realidad práctica, son los materiales de trabajo del
historiador.

134
Plasencia Moro, Aleida; Oscar Zanetti y Alejandro García. Metodología de la investigación
histórica.

147
La necesidad de llegar al hecho mediante la fuente, condiciona la metódica
de la ciencia histórica e impone el análisis previo del documento, como
producto de la actividad humana y, por lo tanto, está supeditada al partidismo y
al subjetivismo de los hombres que las generaron. Por esta razón, la categoría
marxista de fuente histórica no se limita a definirla como ,a portadora de los
datos históricos sobre el pasado, sino que plantea que la fuente es el resultado
de la actividad humana que refleja los hechos históricos directamente y cuya
desviación de la verdad puede ser corregida mediante un tratamiento
metodológico adecuado.

El análisis del documento dentro de su contexto histórico –mediante la


aplicación del principio del historicismo y el partidismo- nos permite, tener una
justa y objetiva perspectiva del hecho y la información que contiene,
independientemente de los elementos subjetivos introducidos por su autor.

La metodología marxista parte de una concepción que despoja a la fuente


de todo carácter aislado, que rompe con el criterio absolutizador de la
historiografía burguesa, y especialmente, de la positivista. Al abordar el estudio
de la fuente, el historiador marxista no olvida que esta, como portadora de
hechos, de conocimientos, es la vía para llegar a los hechos de la realidad
objetiva. Y tiene presente los principios teórico-metodológicos, junto con los
elementos técnicos, al determinar la validez de la fuente.

Para el historiador, el producto de la actividad humana es fuente histórica en


tanto es relevante, o sea, contenga datos que reflejen hechos representativos,
que permitan llegar a la esencia de los hechos ocurridos, del proceso histórico
que constituye el objeto de la investigación.

Conceptos clásicas de la fuente histórica.

La fuente como producto de la actividad humana fue objeto del estudio


sistemático y teórico de los especialistas de la historia desde el siglo XIX. Para
estos la típica fuente histórica era el documento como parte del sistema jurídico
y administrativo de una época y un país determinados. Con el desarrollo de
esta disciplina se establecieron diferencias entre dos grupos de fuentes
históricas: las llamadas reliquias o respetos históricos y las tradiciones o
testimonios. El primer grupo abarca aquellas fuentes que por su origen forman
parte y son herencia del pasado que se historia, sin que hayan sido elaboradas
para que sirvieran de conocimientos a las generaciones posteriores. Las
tradiciones o testimonios son los productos del pasado que fueron concebidos
con el propósito de informar o influir sobre la posterioridad. Para los
historiadores del siglo XIX los restos constituyeron el objetivo básico de su
trabajo; la ciencia histórica se desarrolló en torno del afán por reconstruir una
época mediante sus retos. De esta necesidad de descubrir, descifrar y utilizar
los monumentos del pasado, escritos o materiales, surgieron las disciplinas
históricas.

148
La definición clásica de la fuente histórica como todo resto o testimonio del
pasado que nos permite su reconstrucción es producto de este desarrollo. Pero
la falta de la teoría científica general condujo a los historiadores al fetichismo
de la fuente, a la tergiversación de su valor, a convertir en un fin, lo que es un
medio de conocimiento. Por ese camino se llegó a la posición extremista de la
escuela alemana de Ranke, que hacía depender el carácter científico de la
historia de los procedimientos exactos de la crítica de las fuentes.

La historiografía clásica plantea una definición de la fuente histórica que no


es totalmente falsa en cuanto a su contenida pero, sí completamente errónea
en cuanto al lugar de la fuente en el proceso del conocimiento.

El conocimiento histórico se enlaza con el procesamiento y la acumulación


de las fuentes y los hechos contenidos en estas.

La posición más extrema y que más influencia ejerció en la historiografía en


nuestros países americanos es el positivismo historiográfico francés y sus más
clásicos representantes Charles Langlois y Charles Seignobos.

A manera de ilustración veamos cómo estos historiadores absolutizaron el


papel de las fuentes:

La historia se hace con documentos. Los documentos son las huellas


que han dejado los pensamientos y los actos de los hombres de otros
tiempos. Entre los pensamientos y los actos, muy poco hay que dejen
huellas visibles, y esas huellas, cuando existen, son raras veces duraderas,
bastando cualquier accidente para borrarlas. Ahora bien; todo pensamiento
y todo acto que no ha dejado huellas, directas o indirectas, o cuyas huellas
visibles han desaparecido, resulta perdido para la historia, es como si
nunca hubiera existido. Por falta de documentos, la historia de inmersos
períodos del pasado de la humanidad no podrá ser nunca conocida.
Porque nada suple a los documentos, y donde no los hay, no hay
historia.135

Esta cita, además de demostrar la posición de estos autores respecto a la


fuente, que de medio de conocimiento se convierte en el objeto de la
investigación, denuncia una concepción subjetiva de la historia, a la cual se le
niega existencia objetiva o cognoscibilidad más allá de la fuente.

Para Langlois y otros historiadores de esta escuela, los resultados de la


investigación –concretados en la síntesis histórica- pueden ser considerados
“objetivos” en la medida en que los documentos son analizados con el mayor
rigor en los procedimientos. El análisis de los fenómenos históricos a la luz de
las leyes objetivas, posible por el carácter mediador de las fuentes, no se

135
Langlois, Charles y Ch. Seignobos, Introducción a los estudios históricos. P.23.

149
realiza y, por tanto, se desvirtúa la realidad histórica aun cuando la información
documental aportada resulte valiosa.

En resumen, la debilidad de esta concepción positividad de la fuente


consiste precisamente en que no entiende el papel que desempeña la fuente
como mediadora del hecho histórico objetivo –hecho, acontecimiento- y la
convierte en centro de la investigación. Pero esta falsa concepción del lugar de
la fuente en el proceso del conocimiento histórico es la consecuencia lógica de
la falta de la teoría científica de la historia como base metodológica de la
investigación.

Sentido amplio del concepto de fuente. Su relación con el grado de


desarrollo de la ciencia histórica y de la ciencia en general.

Hasta ahora nos hemos referido a las fuentes propiamente históricas –que
podríamos denominar fuentes históricas fundamentales- o sea, aquellas que
son el producto de la actividad humana pasada. Este concepto no se limita a
las fuentes o documentos escritos, sino que abarca a todos los resultados de
esta actividad.

Wilhelm Bauer, historiador alemán no marxista, define claramente el alcance


del término, cuando establece que:

Se consideran fuentes históricas propiamente dichas todo lo que ha


llegado hasta nosotros como efecto cognoscible de los hechos, la momia
en una cámara sepulcral egipcia, los utensilios atuendos, armas, en cuanto
expresión de determinadas capacidades técnicas; las costumbres y fiestas,
las instrucciones legales en cuanto efecto de ciertas concepciones jurídicas
y morales, y todas las manifestaciones de la vida espiritual que nos han
sido transmitidas por medio del lenguaje, la escritura y la representación
plástica. Tanto las que se refieren a necesidades prácticas, a los asuntos
oficiales y jurídicos como las relativas a la Religión y a la misma vida
intelectual.

Todo se tiene en consideración desde las notas económicas, los


calendarios, códigos, documentos, inscripciones, actas, hasta los sermones
puestos por escritos, las exposiciones históricas, árboles genealógicos,
memorias, diarios, libelos, y hojas sueltas, periódicos, poesías, novelas,
etc.136

Como veremos, esta definición incluye una gran variedad de fuentes, las
cuales, en general no se crean propiamente con ese carácter, sino que se
convierten en fuentes históricas cuando el historiador las utiliza como
portadoras de información.

136
Bauer, W., Introducción al estudio de la historia, pp. 220-221.

150
Podríamos añadir a las fuentes citadas otros resultados también de la
actividad humana, que surgen con el decursar histórico, como producto del
adelanto de la ciencia y de la técnica o aquellas que se descubren, o se
explotan debido al avance tecnológico. Entre las primeras, podríamos estar los
videos tapes de acontecimiento actuales; entre los últimos, piedras grabadas,
cuyos signos pueden ser descifrados con la ayuda de las técnicas de la
computación.

Como podemos apreciar, el propio campo de las fuentes históricas


fundamentales se amplía diariamente con el desarrollo acelerado de las
ciencias, que aportan nuevas técnicas e introducen nuevos posibles medios de
información para el historiador.

El desarrollo científicos-técnico ha permitido, además, la utilización de


fuentes que son producto de la actividad humana y que, sin embargo, pueden
ofrecer información necesaria.

Por ello, es válido sostener el criterio de que no debe limitarse el círculo de


fuentes históricas a aquellas que reflejan directamente el proceso histórico y
que este debe incluir todo aquello que contribuye a desentrañar el curso de
dicho proceso. Refiriéndose a este concepto más amplio, el historiador
soviético Sigurd Schmitd señala:

Tal concepción, más amplia, de la fuente histórica, además de abarcar


los resultados de la actividad humana (los “monumentos del pasado”, o
sea, los de la cultura material y espiritual, abarca también lo que contribuye
a definir y explicar la actividad humana, el medio geográfico natural en el
más amplio sentido de la expresión (incluidos los yacimientos de minerales,
las calamidades de la naturaleza, ya sean terremotos, etc., o fenómenos
que acontecen en el Sol) las propiedades físico-psíquicas del individuo. 137

Podemos señalar, pues, que en su sentido más amplio, las fuentes históricas
abarcan todo lo que atañe al hombre y su relación con la naturaleza. Pero
debemos diferenciar entre las fuentes propiamente históricas o históricas
fundamentales, resultado de la actividad humana y las que no tienen ese
carácter, pero auxilian en algún momento a la investigación histórica. Mientras
que las fuentes históricas fundamentales se procesan por los procedimientos
propios de las ciencias sociales, y, por tanto, pueden ser trabajadas por el
investigador histórico, las fuentes que ocasionalmente devienen en fuentes
históricas, requieren de la utilización de técnicas específicas de las ciencias de
la naturaleza.

La naturaleza pues, debe de servir de fuente al historiador, ya que el propio


carácter de la actividad humana es inseparable del medio natural. Las

137
Scmidt, S, “Problemas actuales del estudio de las fuentes históricas”, en Lecturas escogidas de
metodología, p. 145.

151
relaciones geográficas y climáticas son fuentes de datos importantes para el
estudio de las sociedades más antiguas, por ejemplo. No podemos olvidar que
la historia del hombre y la historia de la naturaleza se condicionan mutuamente.
Este vínculo se estrecha cada día más con el desarrollo acelerado de las
ciencias, que posibilita la explicación de las fuentes naturales.

El desarrollo social no solamente ha ampliado el campo de las fuentes a


utilizar por el historiador, sino que ha dado un nuevo contenido al concepto de
fuente histórica, pero debemos precisar que el historiador trabaja directamente
con las fuentes históricas fundamentales; para la explotación de otras fuentes
recurre el auxilio de otros especialistas, que le informan sobre los resultados
obtenidos mediante la utilización de sus técnicas específicas.

Las fuentes como proveedoras de datos.

Ya hemos explicado cómo las fuentes nos proveen de la información que


nos permite conocer el pasado. El investigador recopila las fuentes que
contienen hechos relevantes, pero al seleccionar las fuentes solo dispone de
un número muy inferior de documentos que se han conservado como restos de
la época que se estudia. Cada época “selecciona” a su vez los documentos que
conserva; aun en los archivos oficiales se guardan los legados por tiempo
limitado, pasado el cual se destruyen los que se consideran no vigentes o
intrascendentes. Esta depuración que se realiza por razones prácticas está
premeditada, desde luego por los intereses de la clase en el poder y, por los
criterios subjetivos de los depuradores.

Dada generación conserva, pues, solo las fuentes que consideran más
valiosas. Miles de documentos que expresan las luchas de las masas por su
liberación no se han conservado porque estos no se han considerado dignos
de ser guardados para la historia.

El criterio del Estado burgués ha traído en general una gran deficiencia en la


base documental sobre las luchas populares. Existen algunas en el fondo de
fuentes debido a que fueron registradas en la esfera de la documentación
administrativa y política. Pero, además, la propia prensa burguesa solo registra
las noticias que considera importantes para los grupos dominantes; y la prensa
opositora o clandestina, generalmente se ilegaliza y destruye. Así, por ejemplo,
no se han conservado ejemplares de Lucha de clases, órgano de los
comunistas cubanos en 1924.

A esta selección intencionada pudiéramos añadir la destructora acción del


tiempo. En países como Cuba, de clima húmedo y cálido, este es el principal
enemigo de los papeles. Además, el abandono por parte de las autoridades
coloniales motivó que nuestros documentos oficiales se guardaran en locales
inadecuados donde fueron afectados por los ratones, la polilla y hasta el agua
infiltrada por techos y paredes.

152
Factores de carácter natural: los cataclismos geográficos: terremotos,
ciclones, etc., han destruidos fondos valiosos. Las guerras con su escuela de
bombardeos, destrucción física, saqueos, etc., suelen acarrear pérdida de
documentos y archivos completos. Hay causas de orden subjetivo que afectan
también el fondo de fuentes y entre las cuales tenemos la incompetencia de los
funcionarios encargados de su conservación y depuración.

Las revoluciones suelen, inicialmente, provocar la pérdida de algunos


fondos, como producto de la justificada ira popular; pero recupera y concentra
archivo y documentos ocultos que enriquecen extraordinariamente lavase
documental. Un historiador francés del siglo XIX señala este hecho cuando
expresa:

Más favorables y eficaz todavía para mejorar las condiciones


materiales de las investigaciones históricas fue la tiranía revolucionaria.
En Francia, la Revolución de 1789, movimientos análogos de otros
países, han dado lugar a la configuración por la violencia, en provecho
del Estado, es decir, de todo el mundo, de multitud de archivos
privados y de colecciones particulares: archivos, bibliotecas y museos
de la Corona, archivo y bibliotecas de conventos y de corporaciones
suprimidas, etc. Entre nosotros, en 1790, la Asamblea constituyente
puso de esta suerte al Estado en posesión de una prodigiosa cantidad
de colecciones de documentos históricos, antes dispersos y más o
menos celosamente defendidos contra la curiosidad de los eruditos,
riquezas que se han repartido después en algunos establecimientos
nacionales. El mismo fenómeno se ha reproducido más recientemente,
en menor escala, en Alemania, España e Italia. 138

La Revolución Cubana ratificó esta afirmación. La documentación oficial se


concentró y organizó en una red de archivos en toda la Isla, con el Archivo
Nacional como centro. Se recuperaron cientos de fondos, y se abrió la
posibilidad de investigar en las colecciones de los archivos incautados a las
compañías norteamericanas,139 y, por tanto, de estudiar la penetración
económica del imperialismo en Cuba.

El desarrollo de la técnica es determinante en la conservación de las


fuentes. Muchos documentos, mediante la restauración o la reproducción
pueden ser salvados para las generaciones posteriores, gracias a los nuevos
procedimientos de la química o de la fotografía. Las intervenciones orales
pueden ser grabadas y conservadas, a partir de los inventos que logran la
reproducción de la voz humana, etc. Estos factores y la constitución de la

138
Langlois, CH, Ob. cit, p. 29.
139
Son ejemplos de un eficaz aprovechamiento de esos fondos los trabajos de Jesús Chía Garzón, El
monopolio del jabón y el perfume en Cuba, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1977, y en la investigación
dirigida por Alejandro García y Oscar Zanetti, United fruit Company: un caso del dominio imperialista en
Cuba, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1976.

153
historia como ciencia han determinado una extraordinaria ampliación en la base
de las fuentes, que hacen más compleja la tarea de historiador, obligándolo a
una muy rigurosa selección de su material informativo.

Hay un factor fundamental que determina el contenido de la base de fuentes;


el carácter clasista de la sociedad en que estas se originan. 140 La posición
clasista del autor se refleja en la fuente, y en ciertos casos, la fuente se
elaboración el fin de servir directamente a la lucha de clase. Este carácter
determina la posibilidad de su conservación.

Resumiendo, tanto los factores temporales como los clasistas determinan la


cantidad y la calidad de la base de fuentes que llevan a los historiadores. En el
estudio de los períodos más antiguos se restringe el número de fuentes al
mínimo, lo cual requiere un esfuerzo adicional en la localización y la crítica de
las fuentes; en las etapas más recientes la masa de documentos hace
necesaria la selección previa, ante la imposibilidad de acopiar todas las fuentes
disponibles. En ambos casos, la base metodológica marxista y el dominio
científico del tema se hacen imprescindibles para la utilización adecuada de la
documentación.141

Utilización de las fuentes en la investigación.

Las fuentes como proveedoras de información, son necesarias el trabajo de


investigación histórica, en general. Pero no todos los objetos portadores de
información son utilizables para el historiador. Este selecciona sus fuentes
después de haber definido l objeto de su investigación, cuya definición dirige la
elección de fuentes que puedan aportar la información significativa para
resolver el problema planteado. De ahí que se pueda afirmar que estos
recursos, ya sea un documento escrito o material, cumplen su función como
fuentes históricas cuando son abordadas por el historiador. Los instrumentos
que el investigador aplica a esta tarea están indisolublemente ligados al propio
desarrollo de la ciencia histórica y de las ciencias en general. El
perfeccionamiento de estos procedimientos, como ya hemos explicados,
amplía la posibilidad de utilizar fuentes no explotadas anteriormente, con lo
cual, a su vez, se desarrolla la propia ciencia histórica.

El desarrollo del conocimiento teórico, el descubrimiento de nuevas


regularidades históricas, es un elemento determinante en la renovada
utilización de las fuentes. Cuando se descubren relaciones hasta entonces
ocultas entre los hechos sociales, ya sea mediante la experiencia histórica o la
apertura de nuevas problemas y, por tanto, se utilizan nuevas fuentes.

140
Véase en el texto epígrafe “Condicionamiento social de la ciencia histórica. Carácter partidista y
objetividad.”
141
Véase en este texto el subtítulo “El marxismo-leninismo. Base ideológica y metodológica de la ciencia
histórica”.

154
Existe una interrelación dialéctica entre el desarrollo del conocimiento
histórico y la ampliación de la base documental. Los nuevos objetos de
investigación requieren nuevas fuentes, y viceversa. Y, a la vez, se necesitan
técnicas nuevas que permitan utilizar al máximo las fuentes, las cuales están
condicionadas por la clase de fuentes que se va a explorar, según
abordaremos en el punto relativo a la clasificación de las fuentes.

Para explorar las fuentes adecuadamente es preciso establecer su origen,


su autor y su ubicación dentro de las condiciones sociales en que surgen.
Estas cuestiones se determinan mediante la realización de tareas específicas
que se reseñan en el capítulo siguiente.

Hay que tener en cuanta que una misma fuente puede ser explotada desde
distintos ángulos, de acuerdo con el problema que se quiere investigar. Esta
variedad de posibilidades en cuanto al contenido, también se puede dar al
considerar las fuentes como portadoras de datos o como un fenómeno social
en sí mismo. Una fuente puede ser evaluada no solo por la información que
aporta sino como parte del proceso histórico que la origina. Y, por tanto, su
utilización dependerá de los objetivos de la investigación.

Por último, debemos diferenciar las fuentes de la llamada literatura histórica.


El historiador utiliza ambos tipos de materiales en el proceso investigativo, pero
entre ellos existen diferencias fundamentales. La fuente refleja el hecho
directamente y nosotros lo recibimos indirectamente, a través de ella. La
literatura histórica toma los hechos de las fuentes y los procesa de acuerdo con
un plan y desde la perspectiva teórica, científica y psicológica del autor.

Las monografías, obras especializadas, artículos y textos históricos se


catalogan como literatura histórica. Sin embargo, los límites entre ambas,
fuentes y literatura. A veces dependen del ángulo desde el cual estas se
aborden. Por ejemplo: El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, de Marx, es
una obra de literatura histórica puesto que toma los datos de numerosas
fuentes y ofrece una síntesis sobre el problema; pero es, a la vez, una fuente
para el estudio de las ideas de Carlos Marx, que se expone allí directamente.

La clasificación de las fuentes. Necesidad de una clasificación científica de


las fuentes históricas. El agrupamiento de las fuentes desde el punto de vista
científico e ideológico.

Ya nos hemos referido a la amplitud del concepto de fuentes históricas. La


variedad en la calidad y cantidad de las fuentes obliga al historiador a
ordenarlas por grupos que faciliten su explotación. Una vez localizadas las
fuentes, el investigador selecciona y clasifica aquellas que considera
portadoras de la información que necesita de acuerdo con el problema
planteado. El estudio de las fuentes se hace atendido a sus características
como fenómeno social, y tanto es necesario integrarlas en grupos para poder

155
analizarlas y compararlas entre sí. La clasificación es un procedimiento lógico
necesario en el trabajo científico, que organiza los objetos de acuerdo a sus
rasgos comunes, tal y como se dan en la realidad objetiva, y responden
directamente al desarrollo de la ciencia, suelen llamarse, ciencias generales.
Pero el investigador puede organizar los fenómenos de acuerdo con los
objetivos de su trabajo, de acuerdo con sus necesidades concretas; estas son
las llamadas clasificaciones auxiliares. En la ciencia histórica la clasificación se
utiliza al agrupar las fuentes y ordenar los datos contenidos en ellas. De
acuerdo con su contenido, los datos se clasifican mediante un ordenador
temático, que descompone el problema que se va a investigar. Con respecto a
la ordenación de las fuentes en grupos, esta es una operación compleja,
debido a la diversidad de documentos que puede utilizar el historiador. La
integración del complejo de fuentes, tarea de la crítica sintética, 142 solo es
posible mediante una organización adecuada de estas que atienda no solo a su
carácter, sino a los objetivos concretos de la investigación.

Para poder realizar las tareas de la crítica histórica, las fuentes deben
agruparse atendiendo a sus rasgos comunes, lo cual hace posible su
comparación. Esta es una necesidad que se incrementa con la utilización de
nuevos tipos de fuentes.

El agrupamiento de las fuentes puede estar determinado por el tipo de


fuentes, por su contenido, o por una combinación de ambos elementos. Esta
ordenación responde a un punto de vista científico. Pero es necesario,
atendiendo al carácter clasista de las producciones ideológicas, agrupar las
fuentes desde este punto de vista. La tendencia clasista de la fuente debe
considerarse como elementos que no solo condiciona el enfoque de los
problemas, sino el contenido de las fuentes. Los elementos revolucionarios, no
solo son tergiversados, sino ocultados por las fuentes burguesas.

La clasificación como necesidad científica para la explotación de las fuentes.

Para explotar las fuentes, o sea, extraer de ella datos, es preciso establecer
el complejo de fuentes, como ya explicamos. Pero este conjunto de fuentes es
el resultado de una selección que solo es prácticamente posible mediante el
agrupamiento, según las necesidades de la investigación, de los documentos
disponibles. Para la realización de las tareas de l crítica histórica, es preciso
comparar las fuentes y sus datos, previamente clasificados. Además, el
historiador no utiliza todas las fuentes, sino solo aquellas que contienen datos
significativos, y al estar clasificadas, se facilita su revisión. Ya en la fase de la
búsqueda de las fuentes, el investigador encuentra las fuentes clasificadas en
sus lugares de depósito.143 Si los documentos de los archivos no se encuentran
organizados, no es posible consultarlos. Por ejemplo, si se necesita
142
Véase en el capítulo 3 de este libro, “La crítica analítica y la crítica sintética. Caracterización y
objetivos.”
143
Véase el epígrafe, “Los lugares de acopio de las fuentes documentales,” en el capítulo 3 de este texto.

156
información sobre los bienes poseídos por los hacendados que se alzaron el 10
de octubre de 1868, se pueden revisar los expedientes de las propiedades
embargadas a estos, existentes en el Archivo Nacional de Cuba. Si estos no
estuvieran debidamente clasificados en un Fondo, que agrupa todos los
legados de Bienes Embargados, habría que revisar infinidad de documentos, lo
que haría irrealizable el trabajo. Igualmente se clasifican según su contenido
los materiales depositados en las bibliotecas y los museos. Pero una vez que
las necesidades específicas de cada investigación. Los diversos sistemas de
clasificación las fuentes serán abordados en los puntos siguientes.

Diversos criterios sobre la clasificación de las fuentes. Clasificaciones


tradicionales.

Ya explicamos cómo, con el desarrollo de la ciencia histórica, a finales del


siglo pasado, se diferenciaron dos grandes grupos de fuentes –de acuerdo al
carácter intencionado o no de la fuente-, en restos y tradiciones. Esta
clasificación no atiende a las propiedades de la fuente, sino a su posición
dentro del proceso histórico; los restos, como parte de este, y por tanto menos
provisto de subjetividad, y el testimonio o tradición, subjetivizados por la
intención de que sea conocido, creado para ser trasmitido. Ambos tipos de
fuentes son productos de la actividad humana, pero en la tradición o testimonio
esta actividad asume una intención consciente con respecto a la posteridad. En
los restos los hechos no se reproducen con el propósito de informar, sino que
se refleja directamente.

De acuerdo con esta ordenación podría considerarse como restos o reliquias


los documentos expresivos de las relaciones económicas, políticas y sociales
de un grupo humano históricamente considerado, como son las fuentes
materiales (instrumentos de producción, construcciones, muebles, vestimenta,
obras de arte, domésticos, etc.). Entre los restos se consideran también la
lengua en su forma hablada y escrita, los usos, las costumbres, etc.

Este grupo de fuentes tradicionalmente se consideró como propio de las


investigaciones históricas, por reflejar directamente los hechos históricos.

Entre las tradiciones o testimonios se ubican aquellas fuentes que


conscientemente informan sobre los hechos acaecidos, como son las
memorias, las crónicas, las leyes, las biografías, las fuentes publicísticas, etc.
Se consideran también tradiciones los documentos materiales destinados a
conservarse como testimonios de un hecho, como son los monumentos
materiales destinados a conservarse como testimonios de un hecho, como son
los monumentos, las medallas, los sellos, etc., destinados a conmemorar un
acontecimiento.

Estos dos grandes grupos de fuentes fueron inicialmente diferenciados por


G. Droysen en 1882, en su obra Grundiss der Historik (Fundamentos del

157
historiador). Posteriormente, Ernest Berheim amplió y desarrollo esta
clasificación la cual todavía se utiliza, pero con objetivos limitados dentro del
proceso de la crítica de las fuentes.144

La división de las fuentes en restos y testimonios es más convencional que


otras, pues a veces es difícil determinar el carácter de ciertos documentos que
responden a relaciones sociales en un momento dado, pero cuando estas se
originan para darles a la publicidad con un fin determinados son testimonios.
En la prensa periódica hay secciones que reflejan directamente los hechos,
por ejemplo, comerciales y deben ser considerados como restos, mientras que
los editoriales y los artículos son, indudablemente testimonios. Pero, además,
las fuentes en su integridad, pueden ser consideradas desde ángulos diversos.
Una obra literaria que por su contenido es un testimonio, como fenómeno social
de una época que refleja su modo de escribir, su lengua y sus costumbres, es
u resto histórico de esta.

Por las razones expuestas, no podemos diferenciar los restos de los


testimonios en forma absoluta con respecto a las fuentes individuales, en el
momento de la crítica. En este caso, no es útil separar los restos de los
testimonios, pues indudablemente el grado de subjetivización clasista y
personal es mucho mayor en los testimonios. Esto no quiere decir que no
apliquemos también rigurosamente los principios metodológicos del partidismo
y el historicismo145 a los restos, pero la intencionalidad de los testimonios,
presupone una mayor tergiversación y un reflejo indirecto de los hechos que
requieren procedimientos específicos en la determinación de la fidedignidad de
los datos contenidos en las fuentes.

También con objetivos concretos, específicos dela crítica, suelen dividirse


las fuentes en primarias y secundarias, atendiendo a la forma de reflejarse el
hecho. Las fuentes surgidas directamente de los hechos se consideran
primarias, o por vías colaterales o indirectas. Fuentes primarias para el estudio
de una organización serán los documentos y las fuentes directas de la propia
época. Esta división como la anterior es convencional y requiere el análisis
individual de cada fuente para su aplicación.

Las clasificaciones generales y particulares.

Las fuentes pueden clasificarse dentro de grupos generales, válidos para su


estudio en especial, las cuales reflejan el desarrollo científico. Estas son las

144
Acerca de esta división W. Bauer (Ob.cit., pp. 222-223) plantea que la división de las fuentes en restos
y tradiciones, empleada primeramente por G. Dyoysen, Historyk (1882) y ampliada después por Ernest
Berheim, mediante la cual las fuentes se distinguen según deban su origen a la intención de servir al
futuro conocimientos históricos (tradición) o, sin esa intención, se introducen en nuestro presente como
huellas de un tiempo pasado, aparecen en el mundo ellas mismas y no por medio de un historiador
posterior (restos) es de importancia para el juicio crítico de cada fuente en los casos particulares en que
hay que utilizarlas, pero para una distinción y ordenación lógicas.
145
Para la definición de estas categorías, véase el capítulo 1 de este texto.

158
llamadas clasificaciones generales, las cuales están vinculadas tanto en la
ciencia en general como el método utilizado en el análisis del objeto que se
estudia.

Estas clasificaciones responden básicamente al principio de cómo se han


conservado estas fuentes, lo cual determina una metódica específica para su
análisis. Así, la historiografía burguesa tradicionalmente las divide en fuentes
materiales, orales, escritas y plásticas y figuradas.

La ciencia histórica soviética agrupa las fuentes, siguiendo la clasificación


básica del historiador Tijomirov,146 en documentos escritos, materiales,
lingüísticos, folclóricos (orales), etnográficos y cine fono-fotográficos. Las
fuentes escritas son las principales proveedoras de datos para el historiador, y
las técnicas clásicas están en función de su utilización. Su importancia estriba
no solo en su cantidad y calidad, sino también en que sirven de medio de
fijación de otro tipo de fuentes escritas es de obligatorio cumplimiento en la
investigación histórica concreta, pues no se aborda críticamente por igual un
documento oficial (un acta, por ejemplo) que uno privados (las memorias, por
ejemplo).

Los documentos materiales, junto con las fuentes orales, han devenido en
fuentes importantes para el historiador, a medida que el desarrollo científico ha
posibilitado su mejor explotación.

Las fuentes materiales comprenden los instrumentos de trabajo, las


construcciones, los medios de comunicación y de transporte, los objetos uso
común, el vestuario, el armamento, o sea, objetos que en su conjunto reflejan
la vida material del hombre. Los instrumentos de producción resultan
imprescindibles para conocer el desarrollo de las fuerzas productivas en una
sociedad dada. Pero, además, son la expresión del grado de desarrollo cultural
y científico, y por tanto portan información acerca de este.

Los documentos etnográficos contienen datos sobre la vida, costumbres y


tradiciones de los pueblos, y su forma de expresión formal suele ser variada:
materiales, escritas, o representada en documentos fotográficos, grabados, etc.

Las fuentes lingüísticas están integradas por la lengua como reflejo de la


evolución de la ideología social y la sicología de los pueblos. Su forma de
expresión formal puede ser también escrita (la literatura, por ejemplo) y
grabadas en sus diversas variantes.

Las fuentes orales comprenden las leyendas, anécdotas, proverbios,


canciones, cuentos narraciones populares que se transmiten verbalmente y se
fijan en la memoria de los hombres, y los testimonios obtenidos en forma

146
El historiador soviético M. Tijomirov, agrupó las fuentes históricas en documentos materiales, fuentes
etnográficas, fuentes lingüísticas, fuentes orales y fuentes escritas.

159
directa. También se suelen denominar folclóricos. Su forma de registro es la
escritura.147

El último grupo de fuentes abarca documentos incorporados en este siglo


por el desarrollo de la técnica fotográfica y fonográfica. Los fono-documentos
comprenden las diversas formas de grabación de la voz humana y la expresión
musical, los foto- documentos, las formas de retención de la imagen, que refleja
directamente la naturaleza y la sociedad. Incluye también las películas
cinematográficas que permiten captar en imagen y sonido la realidad objetiva.

Las clasificaciones particulares están en función de las necesidades


concretas de la investigación, y generalmente agrupan a las fuentes de
acuerdo con rasgos fundamentales diversos. Aunque en general se organizan
los documentos por su tipo. Temática, carácter clasista y autor, o por varios de
estos rasgos, las posibilidades de ordenar las fuentes son muy variadas debido
al carácter peculiar de cada investigación. Acerca de las formas particulares de
ordenamiento que auxilian al investigador en su trabajo Sigurd Schmidt señala:

El historiador encuadra las fuentes que estudia en determinadas


clases, pero los rasgos según los cuales se divide el alcance del
concepto pueden ser totalmente diferentes. (Por ejemplo: época en que
se creó la fuente contemporánea o posterior a la misma –autenticidad-
originales y copias- lugar en que se encuentra –archivo u otros-,
diferencias por la forma, por el origen, el contenido, orientación
sociopolítica, por el grado en que es exhaustiva, por el conocimiento que
se tiene de ella, etc.) Se ha notado que es más fácil clasificar los datos
que a ellas mismas.148

Además, dentro del propio proceso de la investigación, el historiador utiliza


más de una forma de ordenamiento de las fuentes. En la fase de localización
de las fuentes, generalmente estas se ordenan por el lugar en que se localizan,
para facilitar su fichaje posterior; después es preciso organizarlas de acuerdo
con su origen, en primarias y secundarias, para aplicar la crítica. Cuando
vamos a establecer el complejo de fuentes, es preciso separarlas de acuerdo
con su contenido. Sin la separación, de acuerdo con su enfoque clasista, no
podemos determinar su fidedignidad; y en ciertos casos debemos
subclasificarlas, por ejemplo, dentro de las fuentes burguesas, de acuerdo con
los grupos políticos a que responden. Resumiendo, la clasificación práctica de
los documentos permite, a lo largo de la investigación, el manejo de los
documentos para su análisis crítico. Este es un instrumento necesario y flexible
de la metódica de la ciencia.

A veces es necesario determinar también el carácter de los datos


contenidos en los documentos para aplicar las técnicas específicas, en el caso
147
Véase en el capítulo 4 de este texto, “Las fuentes orales”.
148
Véase Schidt, S. Ob. cit, p.150.

160
de que utilicemos fuentes portadoras de datos numéricos (estadísticas, censos
etc.). Este tipo de fuentes se suele llamar masivas o cuantitativas,
diferenciándolas de las cualitativas, que contienen datos no cuantificables. En
este sentido, las fuentes históricas tradicionales son básicamente cualitativas.
Con el desarrollo de la propia ciencia histórica, cada vez más se utilizan las
fuentes cuantitativas,149 que el historiador actual tiene que conocer, al igual que
las tradicionales.

Del estudio de las fuentes se desprenden lo difícil de su clasificación. Como


se señala en el párrafo de Schmidt, citado anteriormente, es más fácil clasificar
los datos contenidos en las fuentes, que a estas. Las razones es evidente: una
misma fuente puede ser portadora de muy diversos datos. Pero además, un
mismo contenido puede tener diversas expresiones formales, una fuente oral
puede expresarse mediante una grabación o en forma escrita. Información
documental oficial burguesa (un decreto, por ejemplo), puede estar contenido
en un período diario de filiación marxista. Esta interpretación de fuentes y datos
dificulta la clasificación de los documentos y obliga a asumir enfoques distintos
a la hora de analizar las fuentes y la información, partiendo del carácter delos
datos, en muchos casos, para poder organizar los documentos.

Estas particularidades, y el hecho de que el desarrollo técnico avanza mucho


más que sus expresiones teóricas, explican las limitaciones de las
clasificaciones de las fuentes históricas, y especialmente de las generales. En
su trabajo sobre las fuentes Schmidt señala las dificultades en la clasificación
general aceptada por la ciencia histórica soviética, ya que esta refleja la vía de
desarrollo de la ciencia, “…cuando surgían y se configuraban gradualmente las
ciencias de humanidades por separado; pero se echaban al olvido las
dificultades que reviste determinar dónde clasificar estas nuevas ciencias y qué
es aquí lo decisivo: el objetivo de la ciencia o los métodos que ella utiliza.” 150
Además, el círculo de las fuentes no está cerrado, sino que sus clases se
interpretan, como ya señalamos al explicar las distintas categorías de esta
clasificación general. Las fuentes etnográficas, por ejemplo, pueden revestir

149
Sobre las fuentes masivas véase el capítulo 6 de este libro.
150
Schmidt, S. Ob, cit, pp. 151-153. Este autor propone la siguiente variante: La sistematización auxiliar
del conjunto de las fuentes históricas, adaptadas ante todo a las necesidades de la crítica histórica
aplicada, podría basarse en el rasgo exterior (forma “material” externa de las fuentes), que
respectivamente determina el modo en que la fuente refleja la realidad y el modo de información sobre
esta (modo de percepción sensorial). En esta sistematización sería conveniente prestar especial atención a
las fuentes orales (entre las cuales podrían considerarse como subtipos del lenguaje hablado, las obras
folclóricas, las fuentes escritas en toda su multiformidad, los documentos fonográficos), y también en las
fuentes plásticas (admitiéndose como subtipo de ellas las artes plásticas, los materiales fotográficas y
secuencias cinematográficas), y plantear la cuestión sobre los tipos globales de fuentes (a saber: las
películas, que aún siendo mímica por su forma, corresponden no obstante al tipo de fuentes etnográficas,
uniendo a veces simultáneamente los tipos de fuentes plásticas, verbales y sonoras; o las monedas, fuentes
materiales con imágenes y textos; materiales cartográficos, que son a la vez fuentes de diverso tipo). Los
documentos cinematográficos deben enmarcarse en un tipo independiente especial, no solo porque se
trata de una clase muy divulgada de fuentes, sino ante todo por ser lo único que muestran (y por ende
permite ver) los fenómenos en movimientos, reflejándose del modo más expeditivo.

161
formas diversas, pues la clasificación combina los tipos de fuentes con su
contenido. Así, documentos etnográficos pueden entrar en la última categoría,
e igual ocurre con los lingüísticos.

Estas dificultades plantean la necesidad de una clasificación más racional,


partiendo de la concepción marxista y del desarrollo actual de la ciencia en
general y de la ciencia histórica en particular. No olvidemos, sin embargo, que
el historiador puede ajustar estas divisiones de las fuentes a sus objetivos
concretos y –se entiende que toda clasificación está en función del trabajo de
análisis de las fuentes-, puede obviar las limitaciones señaladas.

162
Las técnicas para la explotación de fuentes documentales. 151

Técnicas para el asiento de la documentación localizada.

Como ya hemos reseñado, las fuentes se localizan y estudian para


determinar su valor científico y el específico para el objeto de la investigación.
Los resultados de esta investigación deben ser recogidos en forma inmediata a
su realización, debido a la variedad y cantidad de fuentes consultadas.

Las llamadas fichas bibliográficas es el medio técnico idóneo que nos


permite individualizar la información la información obtenida sobre cada fuente.
Este tipo de ficha no solo describe la fuente e indica dónde se localiza, sino que
nos permite anotar en ella los resultados de su evaluación, después de
aplicado los procedimientos de la crítica. La ficha como representación dela
obra o documento consultado viabiliza el proceso de integración del completo
de fuentes. Mediante la comprobación, podemos establecer las relaciones
entre las fuentes y detectar las insuficiencias o deficiencias de la etapa de
recopilación.

La ficha bibliográfica. Es la que describe los materiales consultados como


posibles fuentes de información. Por lo tanto, está destinada a registrar
documentos, libros, publicaciones periódicas (periódicos y revistas),
manifiestos, etc. También suelen llamarse fichas bibliográficas aquellas que
recogen los datos con que identificamos una entrevista, o las que describen
objetos materiales, películas, fotos, etc., siempre que se utilicen como fuentes.

Los datos contenidos en las fichas bibliográficas pueden agruparse en


modos y disposiciones diversas, pero generalmente son siempre los mismos:
autor, título, datos de impresión, datos referentes a la edición y notas
reseñando el contenido. En estas notas nosotros recogemos los datos sobre el
valor científico de la obra, análisis clasista, etc., cuando terminemos las tareas
de la crítica. Nosotros preferimos adoptar el modelo de ficha descriptiva que
utilizan las bibliotecas (fichas catalográficas), aunque no guardemos las
mismas distancias entre los datos, ya que las fichas bibliográficas para la
investigación requieren de un espacio extra para las notas que recogen los
resultados de la crítica histórica.

151
Plasencia Moro, Aleida, Oscar Zanetti, Alejandro García. Metodología de la investigación
histórica.

163
El modelo que sugerimos nos permitirá tomar los datos directamente del
catálogo de la biblioteca, con lo que nos ahorramos la recomposición de los
mismos al hacer nuestra ficha.

Las obras consultadas se describen agrupando ordenadamente los


siguientes datos:

1. Nombre del autor, editor o compilador. Esto se entra por el apellido


para facilitarla ordenación alfabética en el fichero. En caso de que se
trate de una publicación oficial o de algún organismo, sin autor
intelectual expresado, se entera la obra por el organismo, precedido
por el país que edita el material. Ej.: Cuba, Secretaría de Agricultura.
Si no se expresa autor u organismo, se entra la obra por el título.
2. Título exacto de la obra -subrayado- tal y como aparece en la portada
o página, título de la obra consultada.
3. Otros datos enunciados en la portada si tienen importancia. Por
ejemplo: traducciones, ediciones, etc.
4. Los datos del pie de imprenta se expresan separados por una coma
en el siguiente orden: lugar de impresión, nombre de la casa editora
o imprenta –si se desconoce el autor-, y año de la publicación.
5. Los datos relativos al número de volúmenes, si hay más de uno, y el
número de páginas, ilustraciones, tamaño, etc., se ubican al final.
Cada uno delos grupos de datos indicados arriba se separan por un punto y
aparte, dejando dos espacios entre ellos. Los referentes al pie de imprenta se
separan internamente por una coma. Los datos indicados se obtienen siempre
de la portada o páginas de título, en el caso de obras impresas. Cuando estos
no se localizan en la portada debemos tomarlos de otra parte del libro, en cuyo
caso lo indicamos encerrando el dato en un corchete Ej.: [La Habana].

Cuando en ninguna parte podemos localizar algunos de estos datos, se


indica en la forma siguiente: si se desconoce el lugar: /s.l./- sin lugar. Si se
desconoce el impresor: /s.i./-sin imprenta. Si se desconoce el año /s.a./- sin año
o /s.f./- sin fecha.

Si la obra consta de más de un volumen se describe en su totalidad, y si la


fecha de publicación de los volúmenes difiere, se indica el año de impresión del
primero y del último. Ej.: 1968-1972.

Debemos anotar también en qué lugar localizamos Lafuente y la clasificación


que sele ha asignado, estos datos nos permitirán relocalizarlas fácilmente.

164
Ej.: B.N.: 972.91 B.N.: Biblioteca Nacional.

Gue

G.

Modelo de la ficha bibliográfica:

B.N

972.91

Gue

Guerra, Ramiro. Guerra de los Diez Años. La Habana, Editorial de Ciencias


Sociales, Instituto del libro, 1972, 2t.

Nota: que expresan el contenido y la valoración de la obra.

Toda ficha debe llevar bibliográfica debe llevar anotaciones sobre el


contenido de la obra, posición ideológica del autor, capacidad técnica de este
(enumerada en forma de cargos labor desarrollada en su especialidad,
publicaciones, etc., y valoración de las fuente, utilidad o importancia para
nuestra investigación concreta y nivel general).

Esta nota debe elaborarse una vez realizada la crítica histórica, debiendo ser
lo más sintética posible. Este elemento del fichaje se enmarca entre corchetes,
a no ser que se cite textualmente de la propia obra o de otros trabajos
referentes a esta, es cuyo caso se entrecomilla el contenido citado.

Nosotros podemos escoger otros modelos escoger otros modelos de fichas


más complejos. He aquí dos modelos donde se observan las diferencias:

972.91

Gue Guerra Ramiro.

Guerra, Ramiro. Guerra de los Diez Años. La Habana, Editorial de Ciencias


Sociales, Instituto del libro, 1972, 2t.

165
1. Como vemos no hay apenas variantes entre este modelo y el
anterior. Solamente se da en un renglón aparte el autor y se indica
con dos puntos (:) la editorial después del lugar de impresión.
2. El siguiente modelo recompone los datos de la ficha catalográfica,
con el fin de permitir una clasificación temática y cronológica de las
fichas.
HISTORIA MILITAR CUBA

GUERRA, Ramiro.

1972. Guerra de los Diez Años. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales,


Instituto del libro,

En todos los modelos descritos el espacio inferior se destina a las notas del
contenido y análisis ya descritos.

Ficha bibliográficas analíticas: Cuando el material que describimos forma


parte de una obra (ya sea una compilación, una enciclopedia o un capítulo
firmado) o es una artículo de una publicación periódica, la ficha bibliográfica se
denomina analítica.

La entrada en la ficha analítica se hace de la forma usual, pero entre


paréntesis se indica los siguientes datos: título de la publicación, lugar, fecha,
año y número de las páginas entre las cuales esta contenido el trabajo.

Las fichas analíticas se pueden hacer en dos formas: una más amplia y otra
abreviada. La primera más tradicional, es la que se utiliza en obras de carácter
histórico. El segundo tipo es el más usual en los trabajos científicos
especializados de más reciente publicación.

ANALITICA DE REVISTAS.

1. Primera forma:
Bad´hura, Bohumil. “La historia de Cuba durante el primer decenio
socialista.”.(En

Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. La Habana, sept.-dic., 1970,


a.61, n. 3, pp. 5-34)

166
En este ejemplo, se entrecomilla el título del artículo y se subraya el de la
revista, pero algunos autores marcan la partícula En, y no el título de la
publicación.

Las abreviaturas correspondiente a año, número volumen y página, son


usualmente, a, n, v, y p. Los nombres de los meses se expresan
abreviadamente: ene, por enero, dic, por diciembre, etc.

Para indicar las páginas entre las cuales se encuentra el artículo citado, se
anota la primera página y la última, separadas por un guión; si hay alguna
interrupción en la continuidad de las páginas se indica por una coma (,).

2. Segunda forma. Variantes:


Bad´hura, Bohumil. “La historia de Cuba durante el primer decenio socialista.”,
Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. El (3): 5-34.

Bad´hura, Bohumil. “La historia de Cuba durante el primer decenio socialista.”,


Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Sept.-dic., 1970, (61el (3): 5-34).

Bad´hura, Bohumil. “La historia de Cuba durante el primer decenio socialista.”.


(En Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, 61, (3), 5-34 (sept.-dic., 1970).

Como podemos observar, todas estas variantes separan los datos que
permiten la localización del material, agrupando primero los que identifican el
volumen o el número y después separadas por coma (,) o por dos puntos (:) las
páginas donde localizamos el artículo, sin utilizar indicaciones de año, número,
volumen o páginas. En el ejemplo, como el número no es continuo a lo largo
de los años, se indica el año y entre paréntesis () el número.

En algunos casos, previa explicación de la clave, se abrevia a un mínimo el


título de la revista. Algunos autores suprimen también el paréntesis.

Las fichas analíticas de materiales contenidos dentro de una obra que posee
un título específico siguen las mismas normas.

167
Ejemplo:

Gómez, Juan Gualberto. “Ponencia para responder al gobernador militar su

comunicación sobre la Enmienda Platt.” (En Pichardo, Hortensia.


Documentos para la Historia de Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias
Sociales, 1969, t. 2,: 139-150).

Forma abreviada:

Gómez, Juan Gualberto. “Ponencia para responder al gobernador militar su


comunicación sobre la Enmienda Platt.” (En Pichardo, Hortensia. Documentos
para la Historia de Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1969,: 2,:
139- 150).

Fichas bibliográficas de documentos manuscritas: Cuando se trabaja con


frecuentes manuscritas, se hacen fichas semejantes a las descritas. Se entra
en el documento por el firmante o por el que lo suscribe, sea un individuo o un
organismo oficial o privado. Cuando se desconoce el autor, se entra el
manuscrito por el título.

Estos datos se toman, generalmente, del catálogo o inventario existente en


el archivo donde se localizan los fondos que se van a investigar. Si no existen
tales registros y el documento que trabajamos no está titulado, hay que
componer un título, el cual se enmarca entre corchetes cuadrados [] para
indicar que este es dado por el investigador. Este título debe entrarse por la
palabra que específica la clase de material que se describe. Si es una carta se
indica en la siguiente forma: Carta de… a…, y a continuación se resume el
contenido. En igual forma se produce al describir manifiestos, actas,
inventarios, y otros. En todos los casos se subraya el título. A continuación del
autor y del título, se indica el lugar y la fecha del documento, exactamente igual
que en las fichas bibliográficas del libro.

Los datos acerca del tamaño, el número de hojas y la localización del


manuscrito son especialmente importantes, debidos a las características físicas
de este tipo de fuentes.

En las notas debe aclararse si el documento en un original, un borrador, una


copia, etc. si está relacionado o es respuesta a otros documentos, y su grado
de veracidad e importancia.

168
A.N. Ibañez Cuevas, Miguel. Carta al Marqués de Casa Cagigal
sobre las Gob. sobre las publicaciones de bando y carteles que se
refieren sobre las

Leg. 15 publicaciones de bandos y carteles que se refieren a la


introducción de

Ord. 19. negros en el país, de manera que sea conocido por todo el
público. Bayamo, 1765.

B.N. Gómez Báez, Máximo. Carta de Máximo Gómez a Ernesto Fonts


Sterling

C.M referentes a la renuncia de Calixto García.

René Santa Teresa, agosto 8, 1898.

LufriuCar.17

En el primer caso, la ficha se ha copiado textualmente del Archivo Nacional y


en el segundo, se ha elaborado por el compilador de la información. En la
práctica –debido a que todos los títulos que nosotros adjudicamos a los
documentos son compuestos-, se tiende a eliminar los corchetes cuadrados en
todos los casos.

Fichas bibliográficas de entrevistas. Cuando se desea registrar una


entrevista se hace una ficha muy semejante alas anteriores descritas, con las
variantes necesarias debido a las peculiaridades de las fuentes utilizadas. La
entrada no se hace por el autor de la entrevista –al cual se le puede hacer una
ficha secundaria- sino por el entrevistado, ya que este es el que provee los
datos y a quien se aplica la crítica histórica. A continuación, y a manera de título
se puede utilizar la siguiente fórmula: Entrevista efectuada a… por… Lugar,
Fecha y hora de la entrevista.

En nota en párrafo aparte se indican los objetivos de la entrevista, los datos


del entrevistado y los resultados de esta. Se debe indicar igualmente dónde
localizar el texto de la entrevista el que debemos archivar aparte.

169
Técnicas para el asiento de los datos extraídos de fuentes
documentales.152

Los datos extraídos de las fuentes documentales se recogen generalmente


mediante fichas individuales para cada clase de datos, o mediante modelos
que agrupan datos clasificados, para viabilizar su procedimiento cuantitativo.

Las fichas de investigación o de contenido son las que recogen datos


diversos, obtenidos de una o varias fuentes, indicados específicamente. Estos
datos se agrupan dentro de categorías previamente establecidas por medios de
una lista de epígrafes, o de ordenadores. Los encabezamientos o epígrafes se
anotan en la ficha como guía para la clasificación de la información. Desde el
punto de vista descriptivo podemos decir que las fichas de contenido constan
de: textos, que recogen la información o hecho relevante a nuestra
investigación; epígrafe, que clasifica el dato recogido; y la referencia o la fuente
de donde se extrae el texto. Siempre que incluya estos tres elementos la ficha
de contenido cumplirá su función independientemente de cómo estos se
ordenan internamente en el papel.

a. Se recomienda el uso de tarjeta o de papel cortado de tamaño no


menor de 4 por 6 pulgadas.
b. Cada asunto debe llevar una ficha individual, de manera que
estos pueden organizarse por tópicos o materia.
c. Cada ficha debe llevar un encabezamiento, epígrafe, o clave que
permita su clasificación de las categorías previamente definidas
en una lista de epígrafe o en un ordenador. Esta lista debe
acompañar al investigador en la tarea de recolección de
información, a fin de que los epígrafes se adjudiquen en forma
uniforme y la clasificación no se haga después de recogida la
información.
d. La lista de epígrafes debe corresponderse con la guía temática
que se debe seguir en la investigación, las cuales pueden
coincidir en las investigaciones realizadas por una sola persona.
Sin embargo, en investigaciones por equipo, que requieren el
procedimiento de gran número de fichas, elaboradas por
diferentes personas, es preferible confeccionar un ordenador de
tópicos, que puede estar en función de una clave que permita
posteriormente el procesamiento de la información por medios
mecánicos o por computadoras.

152
Aleida Plasencia Moro, Oscar Zanetti, Alejandro García.. Ob. Cit.

170
e. El texto o nota tomado de la fuente debe ser cuidadosamente
trasladado a la ficha, sin alterar el sentido que tiene dentro del
contexto del cual se extrae. La nota se puede tomar textualmente
–en cuyo caso se entrecomilla (“”)- o en forma extractada por el
investigador. Es preferible tomar el dato desprovisto del
revestimiento literario que le da el autor y sintetizar, siempre que
sea posible, los contenidos. Solamente se copiará literalmente en
los casos en que sea necesario exponer una idea o resaltar una
información. Cuando nos interesa que una información se copie
en su totalidad lo hacemos en hojas aparte.
La ficha de contenido recoge datos, hechos históricos, criterios,
pero dentro de una categoría definida previamente, lo cual
requiere cierta adaptación formal –nunca de contenido- de la
información que se toma al pasarla a la ficha.

f. Cuando en la nota que tomamos se utilizan categorías con


interpretaciones que no compartimos, debemos copiarla tal y
como está. Podemos en ese caso que aclarar el sentido en que
se usan estas categorías, pero entre corchetes, para indicar que
las observaciones es nuestra. Ej.: un historiador burgués utiliza la
categoría clase sociales con una concepción no marxista,
podemos señalarlo así con nuestras palabras entre corchetes
cuadrados [].
g. Debe anotarse cuidadosamente la fuente de donde se toma el
dato. Las referencias se pueden abreviar o utilizar una clave, pero
debemos aclarar en la ficha bibliográfica en qué forma se citará
en la ficha de contenido.
Hay que indicar siempre las páginas de donde se toman los
datos, así como la clasificación que le corresponde a la fuente en
el archivo o la biblioteca.

Mientras más cuidado pongamos en la etapa del fichaje, mayor seriedad y


nivel científico tendrá nuestra investigación.

Debemos recordar que la recogida de datos es un proceso racional y


selectivo, no una operación mecánico.

Por constituir cada ficha una parte ínfima de la información que se acopia
con destino a la ejecución de un trabajo, resulta también de gran importancia la
eficiencia que se demuestre en la clasificación de los contenidos fichados
dentro de un sistema lógico -ordenadores- de clasificación que necesariamente
debe adoptarse para agruparlos. Al resto de los elementos que integran la ficha
de contenido o de investigación corresponde una importancia similar a la que
se le atribuyen a los ordenadores. Estos elementos son: la fuente de la que se

171
extrajo la información, fechas de los trabajos para el cual se conformaron las
fichas, e identificación del trabajo para el cual se confecciona la ficha. Los
datos de las fuentes deben ser tan completos en la ficha de contenido como en
la bibliográfica. En ella debe consignarse, además, la página o páginas donde
se encuentran los datos recogidos en la ficha. Los datos de la fuente deben ser
tan completos en la ficha de contenido como en la bibliográfica.

No menos importante resulta la fecha delos acontecimientos registrados;


esta debe especificarse y ser colocada en un lugar distante al de la fecha de la
fuente, a fin de que no se confundan fechas de significación tan distintas. En
cuanto a la identificación, basta con que se consigne el nombre o título
tentativo del trabajo que se realiza para que las fichas a él destinadas no se
confundan con la de cualquier otro trabajo en ejecución. Un clásico modelo de
ficha de contenido deberá contar con los siguientes elementos:

Indicación Fecha del acontecimiento registrado Epígrafe

Clasificación. Título del trabajo

CONTENIDO

FUENTE: Autor, título, lugar de edición, editorial, fecha de edición, tomo y


páginas.

Desde el punto de vista de la forma en que el contenido de la fuente es


reproducido la (sic) en ficha de investigación, pueden reconocerse dos
variantes de este tipo de ficha:

1) Cuando la información se copia literalmente.


2) Cuando la información es una síntesis de los datos seleccionados en
una parte del libro o documentos fichados.
En este caso se debe tratar de que los datos que se registren sean lo más
homogéneos posibles y conserven los elementos esenciales de la información
original. A modo de ejemplo se insertan dos casos de un mismo contenido
recogido en las formas expuestas.

1) Cuando la información se copia literalmente, en cuyo caso el texto se


entrecomilla.

172
Título del trabajo VIII/25/854 Monarquía

Trabajo Prestigio

“El día 25, la reinase presentó por vez primera en público acudiendo al
Paseo del Prado, acompañada por eso que dicen que es su marido y del
Príncipe de Asturias, pero parece que se le hizo una acogida sumamente
fría”.

Marx, C. y F. Engels. La república española, Moscú, Lenguas Extranjeras,

1955, p. 113.

2) La misma información expresada sintéticamente:

Título del trabajo VIII/25/854 Monarquía

Trabajo Prestigio

El día 25 la reinase presentó por vez primera en público, al parecer que se le


acogió con suma frialdad.

Marx, C. y F. Engels. La república española, Moscú, Lenguas Extranjeras,

1955, p. 113.

Como en ocasiones se hace necesario acompañar los contenidos fichados


de comentarios personales de quien realiza el trabajo de fichaje, dichos
comentarios pueden incluirse a modo de aclaración enserados entre corchetes
[] con el fin de separarlos definidamente del texto sintético o literal tomado de la
fuente.

Los ordenadores y las fichas.

La confección de fichas de contenido o investigación constituye un proceso


racional y selectivo que debe ser completado con los procedimientos de
sistematización de los datos, de manera tal que pueda disponerse de ellos
organizadamente. Así se facilita la labor de síntesis en que necesariamente
culmina todo trabajo de recogida de información. Es por ello que las fichas que
resultan de la recogida de datos deben ser ordenadas lógicamente para su más
completo y racional aprovechamiento. El agrupamiento de las fichas,
generalmente, se practica sobre la base de un conjunto de rubros o epígrafes

173
que se conocen por ordenadores. Dichos ordenadores se establecen partiendo
de las necesidades temáticas de los trabajos a que están destinados los datos;
su selección se realiza teniendo en cuenta las materias o asuntos abordados
en la investigación, pero reduciendo los enunciados a un mínimo de palabras,
partiendo del principio de los conjuntos, pueden crearse subepígrafes que
integran temáticamente rubros más generales. Un ejemplo de esto puede ser el
siguiente:

1. ECONOMÍA
1.1 Industrial
1.1.1 Energética
Mediante los ordenadores, cada ficha quedará ordenada de acuerdo con su
particular entidad, pero quedará a la vez afiliada a un grupo homogéneo da
mayor amplitud.

El objetivo de los ordenadores es organizar los datos que se recogen para


un trabajo cualquiera; su importancia aumenta en la medida en que la
masividad de la información aumenta, o es mayor el número de participantes
en la tarea de fichaje. El complejo de hechos se refleja en el conjunto de fichas
de investigación agrupadas ordenadamente.

174
Crítica de Fuentes.

Crítica externa (Crítica erudita).153

Crítica de procedencia.
Sería absurdo buscar datos acerca de un hecho en los papeles de quien no
ha sabido nada de él, ni podido saber la menor cosa. Hay, pues, que
preguntarse, en primer lugar, cuando se tiene a la vista un documento: ¿De
dónde procede? ¿Quién es su autor? ¿Cuál su fecha? Un documento cuyo
autor, fecha, la procedencia, en otras palabras, no puede saberse, no sirve
para nada.

Esta verdad, que parece elemental, no ha sido reconocida plenamente hasta


nuestros días. Tal es la aspiración natural en los hombres que, los primeros que
han adquirido la costumbre de informarse de la procedencia de los
documentos antes de servirse de ellos, han concebido por esta causa (y tenían
derecho) cierto orgullo.

La mayor parte de los documentos modernos contienen una indicación


precisa de su procedencia. En nuestros días, los libros, los artículos de
periódicos, los documentos oficiales y aun los escritos particulares están, por
regla general, fechados y firmados. Muchos documentos antiguos, por el
contrario, carecen de indicación de lugar y de fecha y son anónimos.

Por tendencia espontánea el espíritu humano, da fe a las indicaciones de


procedencia, cuando las hay. En la cubierta y prólogo de los Castigos, Víctor
Hugo dice ser el autor. Es, pues, que Víctor Hugo ha escrito Los Castigos. He
aquí, en un museo, un cuadro sin firmar, pero cuyo marco ostenta, por los
cuidados de la dirección, una tablilla en que se lee el nombre de Leonardo Da
Vinci. El cuadro es de Leonardo Da Vinci. Se encuentra bajo el nombre de San
Clemente, en los Extraits des poétes chétiens, de M. Clémente, en la mayor
parte de las ediciones de las “Obras” de San Buenaventura y en gran número
de manuscritos de la Edad Media, un poema titulado Filomena. El poema que
lleva ese nombre es de San Buenaventura, “y en él se recogen preciosos datos
acerca del alma misma” de este santo varón 154. Vrain-Lucas llevaba a M
Chasles, autógrafos de Veringetorix, de Cleopatra y de Santa María
Magdalena, debidamente firmado y de aquí, pensaba M Chasles, autógrafos
de Veringetorix, de Cleopatra y de Santa María Magdalena. Nos hallamos en

153
C.V. Langlois y C. Seignobos. Introducción a los estudios históricos. Editorial Nacional de Cuba.
La Habana. 1965.
154
R. Gourmont, le Latin mystique (París, 1891, en 8), pág, 709.

175
presencia de una de las formas más generales, y, al propio tiempo, más
tenaces, de la credulidad pública.

La experiencia y la reflexión han demostrado la necesidad de reducir por el


método esos impulsos instintivos de confianza. Los autógrafos de Veringetorix,
de Cleopatra y de Santa María Magdalena eran obra exclusiva de Vrain-Lucas.
El Filomena atribuido por los copistas de la Edad Media unas veces a San
Buenaventura, otras a Fr. Luis de Granada, tan pronto a Jhon Hoveden, a Jhon
Peckhan también, no es quizá de ninguno de esos autores, y no es,
seguramente, del primero. Insignes pobrezas han sido atribuidas, sin sombras
de pruebas, en los más célebres museos de Italia, al glorioso nombre de
Leonardo. Por otra parte, es cierto que Víctor Hugo escribió Los Castigos.
Deducimos que las indicaciones más formales de procedencia no son nunca
satisfactorias por sí mismas. No son más que presunciones, muy o poco
fundadas. Muy fundadas, en general, cuando se trata de documentos
modernos; con frecuencia muy poco, cuando se trata de documentos antiguos.
Hay cosas que se han añadido a obras insignificantes para realzar su valor, o a
obras de consideración para glorificar a alguien, o bien con el intento de
engañar a la posteridad, o por cien otros motivos que es fácil imaginar y de que
ha hecho la lista.155 La literatura “seudoepigráfica de la Antigüedad y la Edad
Media es enorme. Hay además, documentos enteramente “falsos”. Los
falsificadores que los hicieron los han provisto, naturalmente, de indicaciones
muy precisas acerca de su supuesta procedencia. Luego hay que comprobar.
¿Pero cómo? Se comprueba la procedencia aparente de los documentos,
cuando es sospechosa, pero el método mismo que sirve para determinar, en
cuanto es posible, las de aquellos que carecen de toda indicación de origen.
Los procedimientos son los mismos en ambos casos, que no es necesario, por
tanto, distinguir más.

El principal instrumento de la crítica de procedencia es el análisis interno del


documento considerado, hecho con la mira de aportar todos los indicios propios
para informarse acerca del autor, de la época y del país en que ha vivido.

Se examina, en primer lugar, la letra del documento. San Buenaventura


nación en 1221; luego, si poemas que se le atribuyen se leen en manuscrito de
letra del siglo XI, será excelente prueba de que no es justo atribuírselos. Todo
documento del cual existe una copia de letra del siglo XI, no puede ser
posterior a esta fecha. Se examina el lenguaje. Ciertas formas no han sido
empleadas sino en ciertos lugares y en determinadas fechas. La mayor parte
de los falsificadores resultan descubiertos por su ignorancia en este punto. Se
les escapan palabras, giros modernos. Se ha podido determinar que
inscripciones fenicias, halladas en la América del Sur, eran anteriores a cierta
disertación alemana sobre un punto se sintaxis fenicia. Se examinan las
155
F. Blass ha enumerado los principales de estos motivos con motivo de la literatura seudo epigráfica de
la antigüedad. (Ob. Cit., pág. 269 y siguientes).

176
fórmulas, si se trata de documentos públicos. Un documento que se presenta
como merovingio y que contiene las fórmulas comunes en instrumentos
auténticos de su clase, es falso. Se observan en fin, todos los datos positivos
que encierran el documento: hechos mencionados, alusiones a hechos.
Cuando estos hechos son conocidos por otra parte, por fuente que no han
podido encontrarse a la disposición de un falsificador, se proclama la
legitimidad del documento, y su fecha se fija, aproximadamente, entre el hecho
más reciente de que el autor ha tenido conocimiento y el más próximo a aquel
que habría, sin dudas, mencionado de haberlos conocido. Se razona así
porque ciertos hechos son señalados con predilección, y ciertas opiniones se
expresan para reconstituir por conjetura la condición social, el medio y el
carácter del autor.

El análisis interno de un documento, siempre que se hagan con cuidad,


proporciona, en general, nociones suficiente acerca de su procedencia. La
comparación metódica entre los diversos elementos de los documentos
analizados y los elementos correspondientes de los documentos similares,
cuya procedencia es segura, ha permitido descubrir gran número de falsedades
y precisar las circunstancias en que la mayor parte de los documentos han sido
escritos.

Se completa y se comprueban los resultados obtenidos por el análisis


interno recogido todos los datos exteriores, relativos al documento sometido a
la crítica, que pueden encontrarse disperso en documentos de la misma época
o más reciente: citas, pormenores biográficos relativos al autor, etc. Es, a
veces, significativo que no exista ningún dato de este género. El hecho que un
supuesto diploma merovingio no haya sido citado por nadie antes del siglo XVII
y no haya sido jamás sino por un erudito de este siglo, convicto de haber
incurrido en falsedades, hace pensar que es moderno.

Hemos considerado hasta aquí el caso más sencillo, aquel en que el


documento considero es obra de un solo autor. Pero gran número de
documentos han sido objeto, en distintas época, de adiciones que importa
distinguir del texto primitivo, a fin de no atribuir a X, autor del texto, lo que es
de Y o de Z, sus colaboradores imprevistos 156. Hay dos clases de adiciones: la
intercalación y la continuación. Intercalar es incluir en un texto con palabras o
frases que no figuraban en el manuscrito del autor. Las intercalaciones son de
ordinario accidentales, debidas a la negligencia de los copistas, y se explican
por la introducción en el texto de glosas interlineales o de anotaciones
marginales, pero, a veces, intencionalmente, alguien ha añadido (o sustituido)
a las frases del autor otras de su cosecha, con el designio de completar, de
embellecer o acentuar. Si poseyéramos el manuscrito en que intencionalmente

156
Cuando las modificaciones del texto primitivo se deben al autor mismo, se llaman correcciones.- El
análisis interno y la comparación de ejemplares pertenecientes a distintas ediciones del documento las
manifiestan.

177
se ha añadido, lo sobre escrito y las raspadura descubrirían todo
inmediatamente. Pero, casi siempre, el primer ejemplar adicionado se ha
perdido, y, en las copias que de él derivan, ha desaparecido toda huella
material de adición o de sustitución. –Es inútil definir las “continuaciones”.
Sabido es que muchas crónicas de la Edad Media han sido “continuadas” por
diferentes manos, sin que ninguno de los continuadores sucesivos se hayan
cuidado de decir dónde comienza, ni donde acaba su trabajo.

Las intercalaciones y las continuaciones se distinguen sin trabajo en el curso


de las operaciones necesarias para restituir el texto de los documentos del que
se posee varios ejemplares, cuando algunos de estos reproducen el texto
primitivo, anterior a toda adición. Pero si todos los ejemplares se refieren a
copias ya intercaladas y continuadas, hay que recurrir al análisis interno. ¿Es
uniforme el estilo en que esta escrito el documento en todas sus partes?
¿Domina en él, desde el principio al fin el mismo espíritu? ¿No hay
contradicciones, soluciones de continuidad en las ideas expresadas? –
Prácticamente, cuando los continuadores y los adicionadores han tenido
personalidad e intenciones claras, se logra, por medio del análisis, aislar el
documento primitivo como con tijeras. Pero, cuando esto está oscuro, no se
ven bien los puntos de sutura, y en ese caso es más prudente confesarlo que
multiplicar las hipótesis.

III- La obra de la crítica de procedencia no está terminada una vez que el


documento se ha localizado, precisa o aproximadamente, en el tiempo y en el
espacio, y que se sabe al fin acerca del autor o los autores todo cuanto pueda
saberse157. He aquí un libro: ¿basta, para conocer la “procedencia” de los datos
que contiene, es decir, para estar en disposición de apreciar su valor, saber que
ha sido escrito en 1890, en París, por Fulano de Tal? Supongamos que ese
Fulano haya copiado, no es Fulano es el autor de 1850 el único responsable y
garante. Ahora bien, el plagio en nuestros días, prohibido por la ley y tenido por
deshonroso, es raro, pero en otro tiempo era costumbre admitida y sin
consecuencias legales. Muchos documentos históricos, en apariencia
originales, no hacen más que reflejar, sin decirlo, otros más antiguos, y los
historiadores se ven expuestos por este motivo a singulares equivocaciones.
Pasaje de Eginhardo, cronista del siglo IX, están tomados de Suetonio. De
nada sirve para la historia de dicho siglo, ¿pero qué habría ocurrido, no
obstante, de no haberse notado? Un suceso está atestiguado tres veces, por
tres cronistas, pero estas tres citas, cuya concordancia admira, no son más que
una, si se observa que dos de los tres cronistas han copiado del tercero, o que
los relatos paralelos de las tres crónicas se han tomado de la misma fuente.
Epístolas pontificias, pragmáticas imperiales de la Edad Media, contienen
157
Poco importa, en principio, que se haya conseguido o no descubrir el nombre del autor. Se lee, no
obstante, en la Histoire de la litterature de la France (XXVI, pág. 388): Hemos prescindido de los
sermones anónimos. Estas sobras demasiado fáciles no tienen realmente importancia para la historia
literaria cuando sus autores no son conocidos. Cuando se conocen los nombres de los autores, ¿la tienen
mayor?

178
trozos elocuentes que no hay que tomar en serio. Eran en efecto, de rúbrica, y
de formularios de cancillería los copiaron textualmente los que redactaron esas
epístolas y esas pragmáticas.

Corresponde a la crítica de procedencia discernir, en cuenta es posible, las


fuentes de que se han servido los autores del os documentos. El problema que
hay que resolver en este caso no deja de tener analogía con el de la restitución
de los textos, de que sea hablado anteriormente. En ambos casos, en efecto,
se procede partiendo del principio de que las versiones idénticas tienen origen
común. Varios copistas, al transcribir un texto, no cometerán exactamente las
mismas faltas en los mismos lugares. Varios escritores, al referirlos mismos
hechos, no se habrán colocado, para observarlo, en los mismos puntos de vista
y no dirán exactamente las mismas cosas en los mismos términos. A causa de
la extrema complejidad de los sucesos históricos, es enteramente inverosímil
que dos observadores independientes lo hayan referido de la misma manera.
Se quieren formar familias de documentos, de la misma manera que se forman
de manuscritos, y de modo semejante se llega a trazar cuadros genealógicos.

Los examinadores que corrigen los ejercicios escritos de los aspirantes al


grado de bachiller, tienen que darse cuenta a veces de que las “copias” de dos
aspirantes (colocados uno al lado de otro) tiene cierto aire de familia. Si les
hace averiguar cuál es la fuente y cuál la copia, lo logran fácilmente a
despecho de las estratagemas (ligeras modificaciones, ampliaciones,
resúmenes, adiciones, supresiones trasposiciones), que el plagio ha
multiplicado para desvanecer las sospechas. Los errores comunes que
contienen bastan para denunciar a los dos culpables. Torpezas, y sobre todo
los errores propios del plagiario que tienen su origen en una particularidad del
ejercicio del complaciente, revelan al más culpable. – De igual modo, sean dos
documentos antiguos. Cuando el autor del uno ha copiado de otro sin
intermediario, es generalmente facilísimo de establecer la filiación. Abréviese o
se extienda, se deja ver casi siempre el plagio en algún lugar. 158

Cuando tres documentos están emparentados, sus relaciones mutuas son


ya, en ciertos casos, más difíciles de especificar. Sean A, B y C. Supongamos
que A sea la fuente común. Es posible que A haya sido copiado separadamente
por B y por C; que Con haya conocido la fuente común, sino por mediación de
B. Si B y C han abreviando la fuente común de dos maneras distintas estas
copias parciales son seguramente independientes. Cuando B y C dependen
uno de otro, nos encontramos en el caso más sencillo, el del párrafo anterior.
Pero supongamos que el autor de C haya combinando A y B, que, por otra
parte, A haya sido utilizado anteriormente por B, y en este caso las relaciones
de origen se entrecruzan y oscurecen. – Mucho más complicados todavía son
158
En casos muy favorables, se ha llegado a determinar, por el examen de las confusiones en que ha
incurrido el plagiario, hasta la clase de la letra, la forma y la disposición material del manuscrito-fuente
que tenía a la vista. Las demostraciones de la “crítica de las fuentes” están a veces sostenidas, como las de
la “crítica de los textos”, por la evidencia paleográfica.

179
los casos en que hay que habérselas con cuatro o cinco documentos de la
misma familia, o mayor número aún, porque el de combinaciones posibles
aumenta con gran rapidez.- No obstante, siempre que no haya demasiados
intermediarios perdidos, la crítica consigue ver claras las relaciones a fuerza de
cotejar y de ingeniosa paciencia, por la simple aplicación de comparaciones
indefinidamente repetida. Modernos eruditos (M. B. Krusch, por ejemplo, que
se ha ocupado sobre todo de los escritos hagiográficos de la época
merovingia), han trazado recientemente de esta manera genealogías de una
precisión y de una verdad perfecta.159

Los resultados de la crítica de procedencia, en cuanto se dedica a


determinar las filiaciones de los documentos, son de dos clases.- De un lado,
reconstituye documentos perdidos. ¿Dos cronistas, B y C, han utilizado cada
uno por su parte, una fuente común, X, que no se encuentra? Será posible
formarse ideas de X, separando y volviendo a unir los trozos incluidos en B y
en C, de igual modo que se forma idea de un manuscrito perdido comparando
las copias parciales que de él se han conservando. – De otro lado, la crítica de
procedencia destruye la autoridad de multitud de documentos “auténticos”; es
decir, no sospechoso de falsificación, probando que son derivados, que valen lo
que valen sus fuentes, y que, cuando embellecen sus fuentes son pormenores
imaginativos o frases retóricas, no valen absolutamente nada. En Alemania y
en Inglaterra, los editores de documentos han adoptados la excelente
costumbre de imprimir en caracteres pequeños los pasajes de los copistas, y
en otros mayores los originales o aquellos cuya fuente se desconoce. Gracias a
esta costumbre, se ve a primera vista que crónica famosas, muchas veces
citadas (bien erróneamente), son compilaciones, sin valor por sí mismas. Así
las Flores historiarum del llamado Mateo de Westmisnter, la más popular quizá
de las crónicas inglesas de la Edad Media, están casi por entero sacadas de
las obras originales de Wendover y de Mateo de París 160.

IV- La crítica de procedencia pone a resguardo a los historiadores de errores


enormes. Los resultaos que obtienen son sorprendentes. Los servicios que han
prestado eliminando documentos falsos, denunciando falsas atribuciones,
determinando las condiciones en las que han nacido documentos que el tiempo
había desfigurado y comparándolos con sus fuentes 161, estos servicios son tan
159
Los trabajos de M Julian Havet reunidos en el tomo de sus Obras (Questions méronvigiennes , París en
8), son considerados como modelos. Problemas más difíciles están resueltos en ellos con irreprochable
elegancia. La lectura de las memorias en que M. L. Delisle se ha dedicado a dilucidar cuestiones de
procedencia, es también muy provechosa. – Cuestiones de este orden son aquellas en que vencen los
eruditos más hábiles.
160
Véase la edición de H. R. Luard (t. I London, 1890, en 8) en los “Rerum britannicarrum medii oevi
scriptores” Las Flores historiarum de Mateo Westmister figuran en el Índice romano a causa de los
pasajes tomados de las Crónicas majora de Mateo de París en tanto las mismas Crónicas majoras se han
librado de la censura.
161
Sería instructivo hacer la lista de las obras históricas célebres, como La historian de la conquista de
Inglaterra por los normandos, de Agustín Thierry, cuya autoridad ha caído del todo, desde que se ha
estudiado la procedencia, de sus fuentes. – Nada divierta más al público que ver a un historiador convicto
de haber apoyado una teoría en documentos falsos. Haberse dejado engañar tomando en serio documentos

180
grandes que es hoy considerada la “crítica ” por excelencia. Se dice
comúnmente de un historiador que “carece de crítica” cuando no siente la
necesidad de distinguir unos documentos de otros, cuando no desconfía
jamás162 de las atribuciones tradicionales, y acepta, como si temiera perder uno
solo, todos los datos, antiguos y modernos, buenos y malos, de donde quiera
que vengan.

Hay razón para obrar así, pero no debemos consternarnos por esa forma
dela crítica, ni tenemos que abusar de ella.

No debemos abusar. -La confianza extrema en estas materias, produce


resultados casi tan enojosos como la extrema credulidad. El P.Hardouin, que
atribuía a monjes de la Edad Media las obras de Virgilio y de Horacio, no era
menos ridículo que las víctimas de Vrain-Lucas. Es abusar de los
procedimientos de la crítica de procedencia aplicarlos, como se hace, por puro
gusto, venga o no a cuento. Los torpes que de ellos se han servidos para tratar
de falsos documentos excelentes, como las obras de Hroswitha, el Ligurinus y
la bula Unam Sanctam163, o para establecer, entre ciertos “Anales”, filiaciones
imaginarias, según indicios superficiales, los habrían desacreditado, si fuera
posible. – Y luego, es loable censurar a los que jamás ponen no duda la
procedencia de los documentos, pero es ir demasiado lejos interesarse
exclusivamente, pero reacción, por los períodos de la historia en que los
documentos son de procedencia incierta. Los de la historia moderna y
contemporánea no son menos dignos de interés que los de la antigüedad o la
primera parte de la Edad Media; porque siendo se procedencia aparente casi
siempre la verdadera, no dan origen a esos delicados problemas de atribución
en que se lucen las aficiones críticas164.

No hay que contentarse con esto. – La crítica de procedencia, como la de


restitución, es preparatoria, y sus resultados son negativos. Lleva en último
término a eliminar documentos que no lo son y que habrían podido engañar,
eso es todo. “Enseña a no utilizar documentos malos, no enseña a sacar
partido de los buenos”165 No es, pues, toda “la crítica histórica”, sino solamente
uno de sus fundamentos166.
que no son tales documentos, nada más propios para llenar de confusión a un historiador.
162
Una de las formas más burdas (y más comunes) de la “falta de crítica” es la que consiste en utilizar
como documentos, y bajo el mismo pie que ellos, lo que los autores modernos han dicho a propósito de
los documentos. Los novicios no distinguen suficientemente, en las afirmaciones de los autores
modernos, lo que se ha añadido a las fuentes tradicionales de los que de ella procede.
163
Véase una lista de ejemplo en el Handbuch de E. Bernheim (pág. 283, 289).
164
Es necesario someter los documentos de la historia de la antigüedad y de los primeros siglos medios a
la crítica de procedencia, porque el estudio de la antigüedad y de la Edad Media pasa por ser más
“científico” que el de los tiempos modernos. No está sino más lleno de dificultades preliminares.
165
Revue philosofique 1887, II (pág. 170)
166
La teoría de la crítica de procedencia esta hoy terminada, ne varietu. Se expone detalladamente en el
Lehr buch de D. E. Bernheim (pags. 242 a la 340). Por eso no hemos tenidoescrúpulo alguno en resumirla
brevemente. – en francés La introducción de M. G. Monoud a sus Études critiques sur le surses de l
´histoire merovingiennne. (1872, en 8), contiene consideraciones elementales (véase Revues critiques,

181
Crítica de interpretación (hermenéutica).

I- Cuando un zoólogo describe la forma y el tamaño de un musculo, cuando


un fisiólogo presenta el gráfico de un movimiento, se pueden aceptar en
conjunto sus trabajos, porque se sabe el método, los instrumentos, el sistema
de observación por los que han conseguido hacerlo 167. Pero cunado Tácito dice
de los germanos: Arva per annos mutant, no se sabe de antemano si ha
procedido bien para informarse, ni siquiera en que sentido ha tomado las
palabras abra y mutant, y es necesario, para asegurarse de esas cosas, una
operación previa168. Esta operación es la crítica interna.

La crítica esta destinada a distinguir en el documento lo que puede


aceptarse como verdadero. Ahora bien, el documento no es más que el
resultado último de una larga serie de operaciones cuyo pormenor no nos da a
conocer el que escribe. Observar o recoger los hechos, concebir las frases,
escribir las palabras, todas estas operaciones, distintas unas de otras, pueden
no haber sido hechas con igual exactitud. Hay que analizar, por tanto, el
producto de ese trabajo del autor para ver que operaciones han sido mal
hechas, con objeto de no admitir los resultados de las mismas. Así el análisis
es necesario en la crítica, y toda crítica comienza por él.

Para ser lógicamente completo, el análisis debe reconstituir todas las


operaciones que el autor ha debido que el autor ha debido hacer y examinarlas
una por una, a fin de ver si cada una ha sido bien hecha. Habría que pasar de
nuevo por todos los actos sucesivos que han producido el documento, desde el
momento que el autor vio el hecho que es materia del mismo, hasta el
movimiento de su mano que ha trazado las letras del manuscrito, o más bien,
habría de recorrer el camino en sentido inverso, desde el movimiento de las
manos hasta la observación. Este método sería tan largo y fastidioso que nadie
tendría tiempo ni paciencia para aplicarlo.

No es la crítica interna, como la externa, instrumento que puede manejarse


por puro placer169. No proporciona ningún goce directo, porque no resuelve
definitivamente ningún problema. No se practica sino por necesidad, y se trata
de reducirla a lo estrictamente preciso. El historiador más exigente se atiene
en este punto a un método abreviado que concentra todas las operaciones en
dos grupos: 1- el análisis del contenido del documento y la crítica positiva de
interpretación, necesario para asegurarse de lo que el autor ha querido decir; 2-
el análisis de las condiciones en que el documento se ha producida y la crítica
1873, I, pág, 308).
167
Las ciencias de observación tiene también necesidad de una especie de crítica. No se admiten sin
examen las observaciones del primero que llega; solo se aceptan los resultados obtenidos por la gente que
“saben trabajar”. Pero esta crítica se hace en conjunto y de una vez, recae sobre el autor, no sobre su
trabajo. Pero el contrario, la crítica histórica se ve obligada a actual tan detalladamente sobre cada una de
las partes del documento.
168
Véase libro II, cap. I, pág. 122.
169
Véase pág. 132.

182
negativa, que se necesita para comprobar lo dicho por el autor. Y todavía esta
separación del trabajo crítico no la hacen sino muy pocos. La tendencia natural,
aun en los historiadores que trabajan con método, es leer el texto con la idea
preconcebida de encontrar en él directamente datos, sin tratar de representarse
concretamente lo que hubo en la mente del autor 170. Esta práctica puede
excusarse, a lo sumo, tratándose de los documentos del siglo XIX, escritos por
individuos cuyo idioma y manera de pensar no son familiares, en los casos que
no es posible más de una interpretación. Se hace peligrosa en cuanto los
hábitos de lenguaje o de pensamiento del autor de los del historiadores que
lee, o el sentido del texto no es evidente e indudable. El que al leer un texto no
se preocupa exclusivamente de comprenderlo, llega a la fuerza a leerlo a
través de sus impresiones171.En el documento le traen las frases o las palabras
que corresponden a sus propias concepciones o concuerdan con la idea a
priori que se habría formado de los hechos. Sin darse siquiera cuenta, separa
esas frases y esas palabras y formas con ellas un texto imaginario, que pone
en el lugar del que el autor escribió172.

II- En este punto, como siempre en la historia, el método consiste en


resistirse al primer impulso. Ahí que penetrarse del principio, evidente, pero
muchas veces olvidado, de que un documento no contiene más que las ideas
del que lo ha escrito y de que es la regla empezar por comprender el texto en
sí, antes de preguntarse lo que de él puede deducirse para la historia. Así se
llega a esta norma general del método: el estudio de todo documento debe
170
Taine parece haber procedido así en Los orígenes de Francia contemporánea, tomo II, La Revolución.
Había sacado copias de sus documentos inéditos e insertó gran número de ellos en su obra, pero no se
nota haya hecho ante todo un análisis metódico para determinar su significación.
171
El alemán tiene una palabra muy exacta para expresar este fenómeno, hineinlesen. El francés no tiene
expresión equivalente.
172
Fustel de Coulanges explica muy claramente el peligro de este método. “Algunos eruditos empiezan
por formarse una opinión… y solo después de esto leen los textos corren gran riesgo de no comprenderlos
o de comprenderlos mal. Es que, efectivamente, entre el texto y el espíritu prevenido que lo lee se
establece una especie de lucha no declarada. El espíritu se niega a percibir lo que es contrario a su idea, y
el resultado común de este conflicto no es que el espíritu se rinda a la evidencia del texto, sino más bien
que el texto ceda, se doblegue y acomode a la opinión preconcebida por el espíritu… Introducir esas ideas
personales en el estudio de los textos, es el método subjetivo. Se cree mirar una cosa, y es la propia idea
lo que se mira. Se cree observar un hecho, y este hecho adquiere inmediatamente un tinte y el sentido que
el espíritu quiere que tengan. Se cree leer un texto, y las formas del mismo adquieren un significado
especial, según la opinión personal que de él se había formado. Este método subjetivo es el que más ha
introducido más perturbación en la historia de la época merovingia…Es que no bastaba leer los textos,
sino que había que leerlos antes de haber fijado las convicciones.” (Monarchie franque, pág. 31). – Por la
misma causa Fustel de Coulanges condenaba la pretensión de leer un documento a través de otro
documento, y protestaba contra las costumbres de explicar la Germania de Tácito por las leyes bárbaras.
Veáse en la Revue des questions historiques, dada a propósito de un comentario de Gregorio de Tours
debido a M. Monod. “El historiador debe comenzar su trabajo por el análisis exacto de cada momento…
el análisis de un texto… consiste en fijar el sentido década palabra, en deducir el verdadero pensamiento
del que lo ha escrito… En vez de buscar el sentido de cada frase del historiador y el pensamiento que en
ella se ha puesto (M. Monod), comenta cada frase con ayuda de lo que se lee en Tácito O en la ley
sálica…Hay que ponerse deacuerdo respecto al análisis. Muchos hablan de él, pocos lo practican… Debe,
mediante un estudioatento de cada pormenor, deducir de un texto todo lo que hay en él. No debe
introducir lo que no hay”. – Después de haber leído estos excelentes consejos, convendrá tener A la vista
la respuesta de M. Monod (en la Revue historique ). Allí se verá lo que no siempre el mismo Fustel de
Coulanges ha practicado el método que recomienda.

183
empezar por un análisis del contenido, sin otro objeto que determinar el
pensamiento verdadero del autor.

Este análisis es una operación previa, separada e independiente. La


experiencia obliga, aquí como en los trabajos de erudición 173, a aportar el
sistema de las papeletas. Cada papeleta contendrá el análisis ya de un
documento, ya de una parte distinta de un documento, ya de un episodio de un
relato. El análisis deberá indicar, no solamente el sentido general del texto, sino
también, en cuanto sea posible, el objetivo y al concepción del autor.
Convendrá reproducir textualmente las expresiones que parezcan caracterizar
el pensamiento del autor.

Puede bastar en ocasiones haber analizado mentalmente el texto no


siempre es necesarias la materialidad del redactar una papeleta de conjunto, y
debe limitarse entonces el estudiosos a anotar los puntos que cree poder sacar
partido. – Pero contra el peligro siempre presente de sustituir su impresión al
texto, no hay más precaución segura, y así será bueno exigirla en regla,
limitarse a no hacer extracto o análisis parciales de un documento hasta
después de haber hecho el análisis de conjunto 174, sino material, al menos
mental.

Analizar un documento es distinguir y aislar todas las ideas expresadas por


el autor. El análisis se reduce así a la crítica de interpretación.

La interpretación pasa por dos grados: el sentido literal y el efectivo.

III- Determinar el sentido literal de un texto eso operación lingüística, y así se


ha colocado la Filología (Sprachkunde) entre las ciencias auxiliares de la
historia. Para comprender un texto, hay que conocer el idioma. Pero el
conocimiento general del idioma no basta. Para interpretar a Gregorio de Tours
no es suficiente saber en general el latín, sino que se precisa también una
interpretación histórica especial para adaptar este conocimiento general al latín
del autor citado.

La tendencia general es a atribuir a una misma palabra el mismo sentido


doquiera se encuentre. Instintivamente se trata a la lengua como si fuera un
sistema fijo de signos. Es este, en efecto, el carácter de los signos creados
expresamente para uso delas ciencias, el algebra, la nomenclatura química. En
ellas toda expresión tiene un sentido preciso que es único, absoluto e
invariable. Manifiesta una idea analizad y definida exactamente y no mas que
una, siempre la misma, en cualquier sitio en que se la coloque, cualquiera que
sea el autor que la emplee. Pero el lenguaje vulgar en el que están escritos los
documentos, tiene algo de mudable. Cada palabra expresa una idea compleja y
173
Véase pág. 110.
174
Un investigador especial puede encargarse del análisis. Es lo que ocurre cuando se trata de regestos y
catálogos de documentos públicos. Si el que hizo los regestos verificó con exactitud el trabajo del
análisis, resulta inútil volver a hacerlo.

184
mal definida, tiene sentidos múltiples, relativos y variables, una misma palabra
significa varias cosas diferentes, tiene diferentes sentidos en un mismo autor
según las palabras que la rodean y cambia el sentido de in autor a otro y en el
curso del tiempo. Vel significa siempre o en el latín clásico, y significa y en
ciertas épocas dela Edad Media. Suffragium, que quiere decir sufragio en latín
clásico, toma en la Edad Media el sentido de auxilio. Es preciso, por tanto,
aprender a resistir el instinto que nos lleva a explicar todas las expresiones de
un texto por el sentido clásico o el habitual. La interpretación gramatical,
fundada en las reglas generales de la lengua, debe ser completada por la
interpretación histórica, fundada en el examen del caso particular.

El método consiste en determinar el sentido especial de las palabras en el


documento. Se basa en algunos principios muy sencillos:

1- Cambia la lengua por evolución continua. Cada época tiene un modo


peculiar de hablar que debe tratarse como un sistema especial de signos. Para
comprender un documento, debe conocerse, por tanto, la lengua del tiempo, es
decir, el sentido de las palabras y de los giros en la época en que el texto fue
escrito.- el sentido de una palabra se determina reuniéndolos pasajes en que
se emplea. Entre ellos hay siempre algunos en que el resto de la frase no deja
lugar a dudas acerca del sentido 175. Es el papel que desempeñan los
diccionarios históricos, tales como el Tesaurus linguoe o los Glosarios Du
Cange. En estos repertorios, el artículos consagrados a cada palabra es una
recopilación de las frases en que la figura, acompañadas de una indicación del
autor que determina la época.

Cuando la lengua era ya muerta para el autor del documento y al aprendió


en escritos – que es lo que ocurre con los textos latinos de la Edad Media- hay
que tener en cuenta que las palabras puede muy bien tomarse en un sentido
arbitrario, y no haber sido aplicada sino para mayor elegancia. Por ejemplo,
cónsul (conde), capit sensus (censistario), agellus (gran dominio).

2- El uso de la lengua puede diferir de una región a otra. Hay que conocer,
por tanto, la lengua del país en que el documento se ha escrito, es decir, las
particulares aplicaciones usuales en él.

3-Cada autor tiene un modo particular de escribir, y hay que estudiar, por
consiguiente, el lenguaje del autor, el sentido especial que daba a las
palabras176. Para aquellos hay léxicos especiales de autor, tal como el Lexicum

175
Se encontrarán modelos prácticos de este procedimiento en Deloche, La trustis et l´antrustions royal,
París, 1873, en 8 y sobre todo en Fustel de Coulanges. Véase en particular el estudio acerca de las
palabras marca (Recherches sur quelques problémes d´histoire, pág. 322-356), mallus, (ib., 372- 402),
alodio, (l´Alleu et le domaine rural, pág. 149- 170), portio (ib., pág. 239- 252).
176
La teoría y un ejemplo de esteprocedimiento figuran en Fustel de Coulanges. Recherches sur quelques
problémes d´histoire, págs.189- 289, a propósito de lo que Tácito doce acerca de los germanos. Véase,
sobre todo, págs. 263- 289, la discusión del célebre pasaje sobre el procedimiento de cultivo de aquellos
pueblos.

185
Coesariaunum de Meusel, en el que figuran juntos todos los pasajes en que ha
aplicado cada palabra.

4- Una expresión varía de sentido según el pasaje en el que se encuentra.


Hay que interpretar, por tanto, cada palabra y cada frase, no aislada, sino
teniendo en cuentas el sentido general del trozo (el contexto). Es la regla del
contexto177, fundamental en la interpretación. Supone que, antes de hacer uso
de una frase de un texto, se ha leído el texto entero. Impide recoger en un
trabajo moderno citas, es decir, pedazos de frases arrancados de un pasaje,
con lo que se desconoce el sentido especial que tenían para el contexto 178.

Estas reglas, si fueran aplicadas con rigor, constituirían un método exacto de


interpretación, que no daría casi lugar a ninguna posibilidad de error, pero que
exigiría enorme gasto de tiempo. ¡Qué trabajo si fuera preciso para cada
palabra determinar mediante una operación especial el sentido en el lenguaje
de la época, del país, del autor y según el contexto! Es el trabajo que exige una
traducción bien hecha, y a él nos hemos resignado por lo que respecta a
algunos libros antiguos de gran valer literario. Para la mayoría delos
documentos históricos, nos contentamos en la práctica con un procedimiento
abreviado.

No todas las palabras están igualmente sujetas a variar de sentido, sino que
la mayor parte conservan en todos los autores y en todas las épocas
significado casi uniforme. Cabe, pues, contentarse con estudiar especialmente
las expresiones que por naturaleza están expuestas a variar de significado: 1,
las frases ya consagradas, que habiéndose fijado, no evolucionan de igual
modo que las palabras de que están compuestas; 2, y principalmente, las
palabras que designan las cosas sujetas por naturaleza a evolucionar: clases
de gentes (miles, colonus, servus); instituciones (conventus, justitia, judex);
sentimientos, objetos usuales. Respecto a todas estas palabras, sería
imprudente presumir la fijeza del sentido. Es precaución indispensable
asegurarse en cuál se ha tomado en el texto que se va a interpretar.

“Estos estudios de palabras, dice Fustel de Coulanges, tienen gran


importancia en la ciencia histórica. Un término mal interpretado puede ser
origen de grandes errores.179” Le ha bastado, en efecto, aplicar metódicamente

177
Fustel de Coulanges la formula así: “Nunca hay que separar dos palabras de su contexto. Es la manera
de equivocarse en punto a su significado.” (Monarchie frauque, página 228, nota I).
178
He aquí como condena esta practica Furtel de Coulanges: “No hablo de los falsos erudito que citan de
segunda mano, y a lo sumo se toman el trabajo de comprobar si la frase que han visto citada figura en el
lugar indicado. Comprobar las citas es cosa muy distinta a leer los textos, y ambas cosas conducen
frecuentemente a resultados opuesto.” (Revue des questions historiques, 1887, tomo I.) Véase también (L
´Alleu… págs. 171- 198), la lección dada a M. Glasson, a propósito de la teoría de la comunidad de las
tierras. Es la discusión de 45 citas estudiadas, teniendo en cuenta el contexto, para demostrar que ninguna
significa lo que dice M. Glasson. Puede verse también la respuesta (Glasson, les Communauxet le
domaine rural á l´époque franque, París, 1890).
179
La crítica de interpretación ha constituido toda la originalidad de Fustel, pues no ha realizado
personalmente ningún trabajo de crítica externa, y le ha impedido ejercer la crítica de sinceridad y de

186
la última interpretación a un centenar de palabras, para renovar el estudio de
los tiempos merovingios.

IV- Después de haber analizado el documento y determinado en sentido


literal de las frases, no se está asegurando todavía de haber interpretado el
verdadero pensamiento del autor. Puede ocurrir que no haya tomado algunas
expresiones en sentido verdadero, lo cual ocurre por varios motivos muy
diferentes: la alegoría o el símbolo –la burla o al mistificación- la alusión o lo
que se sobreentiende, - hasta la simple figura de lenguaje (metáfora, hipérbole,
litotes)180 . En todo caso, es preciso, a través del sentido literal, llegar al sentido
verdadero que el autor ha encubierto deliberadamente bajo una forma
inexacta.

La cuestión es lógicamente muy dificultosa. No hay criterio exterior fijo para


reconocer con seguridad una frase no tomada en un verdadero sentido. La
misma esencia de la mistificación, que en el siglo XIX ha llegado a ser un
género literario, consiste en borrar todos los indicios denunciadores del
engaño. Prácticamente, cabe la seguridad moral de que un autor no cambia el
sentido de las palabras cuando su principal interés está en ser comprendido.
Se corre, por tanto, poco riesgo de tropezar con este inconveniente en los
documentos oficiales, las pragmáticas y los relatos históricos. En todos estos
casos, la forma general del documento permite presumir que se ha dado a las
palabras su verdadero sentido.

Por el contrario, no hay que esperarlo cuando el autor ha tenido otro interés
que el de ser compartido, o ha escrito para un público que podría comprender
sus alusiones y lo que callaba, o para iniciados (religiosos o literario) que
debían comprender sus símbolos y figuras de lenguaje. Es lo que ocurre con
los textos religiosos, cartas privadas y todas las obras literarias, que
constituyen gran parte de los documentos relativos a la antigüedad. Así, el arte
de reconocer y determinar el sentido oculto de los textos ha ocupado siempre
principal lugar en la teoría de la hermenéutica181 (es el nombre griego de la
crítica de interpretación), y en la exegesis de los textos sagrados y de los
autores clásicos.

Las diferentes maneras de dar un sentido distinto al que directamente tiene


las palabras, son con exceso varias y dependen de demasiadas condiciones
individuales para que el arte de determinarla pueda reducirse a reglas

exactitud el respecto que tenía por las afirmaciones de los antiguos, respecto que llegaba hasta la
credulidad.
180
Dificultad semejante se presenta en la interpretación de los monumentos figurados. Las
representaciones no deben ser todas tomadas “a la letra”. Darío, ene el monumento de Behistun, pisotea a
los jefes vencidos. Es una metáfora. Las miniaturas de la Edad Media muestran personajes acostados en
su lecho, con corona en la cabeza. Es el símbolo, de su dignidad de reyes, el pintor no ha querido decir
que dormía con la corona puesta.
181
A. Boeckn, Encyclopoedie un Methodologie del philologischen Wissenschaften, 2 (1886), ha dado una
teoría de la hermenéutica, a al que E. Bernheim se ha contentado con referirse.

187
generales. No puede formularse más que un principio universal: cuando el
sentido literal es absurdo, incoherente u oscuro, contrario a las ideas del autor
o a los hechos por él conocidos, se debe presumir que no expresa lo que quiso
decir.

Para determinar esto último, se debe proceder como para determinar el


lenguaje de un autor, es decir, se comparan los pasajes en que en que figuran
los trozos que no se creen querer significar lo que dicen literalmente, tratando
de ver si hay entre ellos algunos cuyo contexto permite adivinar el sentido.
Ejemplo célebre de este método es el descubrimiento del significado alegórico
de la Bestia del Apocalipsis. Pero como no hay método seguro de solución, no
se tiene derecho a afirmar que se han descubierto todas las intenciones ocultas
o notado todas las alusiones contenidas en un texto, y cuando se crea haber
dado con el sentido, se hará bien en no deducir conclusiones de una
interpretación forzosamente conjetural.

En sentido inverso, hay que guardarse de querer ver en todo un sentido


alegórico, como los neoplatónicos han hecho con las obras de Platón y los
swedenborgianos con la Biblia. Hoy se ha reaccionado contra esta
hiperhermenéutica, pero no se está a salvo de la tendencia análoga a buscar
en todas partes alusiones. Esta operación, siempre conjetural, da más
satisfacciones de amor propio al que interpreta que resultados utilizables para
la historia.

V- Cuando se ha logrado al fin tener el sentido verdadero del texto, ha


terminado la operación del análisis positivo. El resultado es dar a conocer las
concepciones del autor, las imágenes que tenía en el espíritu, las nociones
generales mediante las cuales se representaba el mundo. Se logran así
opiniones, doctrinas, conocimientos. Es un conjunto de datos muy importantes,
con lo que se constituye todo un grupo de ciencias históricas 182 las historias de
las artes figuradas y de las literaturas, - la historia de las ciencias- la historia de
las doctrinas filosóficas y morales,- la mitología y la historia de los dogmas
(impropiamente llamadas creencias religiosas, puesto que se estudian las
doctrinas oficiales sin tratas de averiguar si son creídas), - el conjunto de las
leyendas, tradiciones, opiniones, concepciones populares (llamadas sin
precisión creencias), que se reunen (sic) bajo la denominación de folklore.

Todos estos estudios no necesitan más que de la crítica externa de


producción y de la interpretación. Exige menos labor previa que la historia de
los hechos materiales, y por eso han logrado más pronto constituirse
metódicamente.

182
El método para deducir de las concepciones los datos relativos a los hechos exteriores, formas parte
de la teoría del razonamiento constructivo. (Véase libro III.)

188
La crítica.183

Bosquejo de una historia del método crítico.


Hasta lo más ingenuos policías saben que no debe creerse sin más a los
testigos. Sin perjuicios, por otra parte, de no sacar siempre de este
conocimiento teórico el partido necesario. De la misma manera, hace mucho
que se está de acuerdo en no aceptar ciegamente todos los testimonios
históricos. Nos lo ha enseñado una experiencia casi tan vieja como la
humanidad: más de un texto se da como perteneciente a una época y a un
lugar distinto de los que realmente les corresponde; no todas las narraciones
son verídicas y, a su vez, las huellas materiales pueden ser falsificadas. En la
Edad Media, antes la abundancia de las falsificaciones, la duda fue muchas
veces un reflejo natural de defensa. “Con tinta, cualquiera puede escribir
cualquier cosa”, exclamaba, en el siglo XI, un hidalgo lorenés, en un litigio
contra unos frailes que presentaban contra él pruebas documentales. La
Donación de Constantino – sorprendente lucubración que un clericó romano del
siglo VIII atribuyó al primer César cristiano- fue, tres siglos más tarde, puesta
en duda por los que rodeaban al muy piadoso emperador Otón III. Las falsas
reliquias se han vendido desde que hubo reliquias.

Sin embargo, el escepticismo, como principio, no es una actitud intelectual


más estimable ni más fecunda con la credulidad con la que, por otra parte, se
combina fácilmente en muchos espíritus simplistas. Conocí, durante la otra
guerra a un honrado veterinario que, desde luego, con alguna experiencia de la
razón, se rehusaba sistemáticamente a creer cualquier noticia dada por la
prensa. Pero si un compañero ocasional le contaba de viva voz cualquier
estupefaciente falsedad, mi hombre la aceptaba como artículo de fe.

De la misma manera, la crítica basada únicamente en el sentido común, que


fue, durante mucho tiempo, la única practicada, y que todavía seduce a ciertos
espíritus, no podría llevarnos muy lejos. ¿Qué es, en efecto, la más de las
veces, este pretendido sentido común? Nada más que un compuesto de
postulados no razonados y de experiencia apresuradamente generalizadas.
¿Trátase del mundo físico? Se negaron los Antípodas, se niega el universo
einsteiniano. Se consideró fabulosa la narración de Herodoto según la que,
dándose vuelta al África, los navegantes veían en un día el punto de salida del
sol pasar de su derecha hacia la izquierda. ¿Trátase de actos humanos? Lo
peor es que las observaciones que se elevan de los eternos están
forzosamente tomadas, de prestado, a un momento cortísimo de la duración
del tiempo: el nuestro. Ahí reside el principal vicio de la crítica volteriana, por
otra parte tantas veces penetrante. No solamente la extravagancias
individuales son de todos los tiempos; más de un estado de ánimo, común en

183
Marc Bloch. Apología de la Historia o el oficio de historiador. La Habana, Editorial de Ciencias
Sociales, 1971.

189
el pasado, nos parece extraño porque ya no lo sentimos. El “sentido común”
parece prohibirnos aceptar que el emperador Otón I haya podido suscribir, en
favor de los papas, concesiones territoriales inaceptables, que desmentía sus
actos anteriores y que los que le siguieron no tomaron nunca en cuenta. Sin
embargo, hay que creer que no tenía el espíritu construido del todo como
nosotros, ya que el privilegio es incontestable auténtico; porque entonces
existía entre el escrito y la acción una distancia cuya extensión nos sorprende
hoy.

El verdadero progreso surgió el día en que la duda se hizo “examinadora”-


como decía Volney- ; cuando las reglas objetivas, para decirlo en otros
términos, elaboraron poco a poco la manera de escoger entre mentira y la
verdad. El jesuita Papebroeck, a quien la lectura de la Vida de Santos había
inspirado una coercible desconfianza hacia la herencia de toda la Edad Media,
tenía por falsos todos los diplomas merovingios conservados en los
monasterios. No –le contestó en sustancia Mabillon-, existe,
incontestablemente, diplomas falsificados de la primera a la última letra, otros
rehechos o interpolados, pero también los hay auténticos, y de aquí como es
posible distinguir unos de otros. Aquel año -1681, el año dela publicación De
Re Diplomática, en verdad gran fecha en la historia del espíritu humano- fue
definitivamente fundada la crítica de los documentos de archivos.

Ese fue, por otra parte, de todas maneras, el momento decisivo en la historia
del método crítico. El humanismo de la edad precedente había tenido sus
veleidades y sus instituciones pero no había ido más lejos; nada es más
característico, a este respecto, que un trozo de los Ensayos, en el que
Montaigne justifica a Tácito por haber citado por haber citado los prodigios.
Cosa es –dijo- de teólogo y filósofos el discutir las “creencias comunes”; los
historiadores no tienen más que “recitar” lo que las fuentes ofrecen. “Que no
den la historia según la reciben y no según la estiman.” En otros términos, una
crítica filosófica es perfectamente legítima si se apoya sobre ciertas
concepción del orden natural o divido, y se sobreentiende desde luego que
Montaigne no acepta, por su parte, los milagros de Vespasiano, al igual que
otros muchos. Pero no comprende, visiblemente, cómo sería posible el
examen, específicamente histórico, de un testimonio tomado como tal. La
doctrina de las investigaciones se elaboró únicamente en el curso del siglo
XVIII, siglo del que no se aprecia siempre la grandeza tal como se debiera, y
especialmente la de su segunda mitad.

Los hombres de ese tiempo tuvieron conciencia de ello. Fue un lugar común,
entre 1680 y 1690, denunciar como una moda pasajera el “pirronismo de la
historia”. “Dícese –escribe Michel Levassor, comentando este término- que la
rectitud del espíritu consiste en no creer a la ligera y en saber dudar varias
veces de lo mismo.” La propia palabra “crítica”, que no había designado hasta
entonces, por lo general, sino un juicio del gusto, pasa entonces a adquirir el

190
sentido caso nuevo de prueba de veracidad. No se usa al principio sino con
excusas, porque no corresponde por completo a los distinguidos usos del
tiempo y todavía tiene cierto sabor técnico. Sin embargo, va ganando terreno.
Bossuet la tiene prudentemente a distancia. Cuando habla de “nuestro autores
críticos” se adivina cierto alzamiento de hombros. Pero Richard Simon la
incluye en el título de casi todas sus obras. Los más avisados no se engañan.
Lo que ese nombre anuncia en el descubrimiento de un método de aplicación
casi universal. La crítica, esa “especie de antorcha que nos ilumina y nos
conduce por las rutas oscuras de la antigüedad, haciéndonos distinguir lo
verdadero de lo falso”, tal como escribe Ellies du Pin. Y Bayle, todavía con
mayor claridad: “M. Simon ha esparcido en esa nueva Contestación varias
reglas de crítica que pueden servir no solamente para entender las Escrituras,
sino también para leer con aprovechamiento muchas otras obras.”

Confrontemos algunas fechas de nacimiento: Papeboeck (que si se equivocó


acerca de las cartas de concesión, no por ello deja de tener un puesto de
primera fila entre los fundadores de la crítica aplicada a la historiografía), 1628;
Mabillon, 1632; Richard Simon, cuyos trabajos dominan el principio de la
exégesis bíblica, 1638. Añádase, fuera de la cohorte de los eruditos
propiamente dicho, a Spinoza – el Spinoza del Tratado Teológico –político,
auténtica obra maestra de crítica filológica e histórica; una vez más, 1632. En el
sentido más estricto: es una generación que ve la luz en el momento que
aparece el Discurso del método.

No digamos: una generación de cartesianos. Mabillon, para no hablar sino


de él, era un devoto fraile, ortodoxo con simplicidad y que nos ha dejado, como
último escrito, un tratado acerca de La muerte Cristiana. Puede dudarse que
haya conocido muy de cerca la nueva filosofía, tan sospechosa por entonces
para tanta gente piadosa; más aun, si, por casualidad, tuvo de ella alguna idea,
no es de suponer que encontrara motivos para aprobarla. Por otra parte –
sugieran los que parezcan sugerir algunas páginas, tal vez demasiado
célebres, de Claude Bernard- las verdades evidentes, de carácter matemático –
para las que la duda metódica tiene, en Descartes, la misión de desbrozar el
camino-, presenta pocos rasgos comunes con las probabilidades cada vez más
certeras quela historia crítica, como las ciencias de laboratorio, se complace en
poner evidencia. Pero para que una filosofía impregne toda una época no es
necesario que obre exactamente según su letra, ni que la mayoría de sus
espíritus sufran sus efectos más que por una especie de ósmosis, muchas
veces semiconciente. Tal como la “ciencia” cartesiana, la crítica del testimonio
histórico no hace caso de la creencia. Al igual que la ciencia cartesiana
también, no procede a este implacable derribo de todos los viejos puntales sino
para lograr nuevas certidumbres (o de grandes probabilidades), en lo sucesivo
debidamente experimentadas. En otros términos: la idea que la inspira supone
una vuelta casi total de los antiguos conceptos de la duda. Que sus
mordeduras parecieran un sufrimiento o que se hallara en ellas, por el
191
contrario, no se sabe que dulzura, lo cierto es que la duda no habría sido
considerada hasta aquel entonces sino como una actitud mental puramente
negativa, como una sencilla ausencia. Desde entonces se estima que,
racionalmente conducida, puede llegar a ser un instrumento de conocimiento.
Es una idea que se sitúa en un momento muy preciso de la historia del
pensamiento.

Desde entonces, las reglas esenciales del método crítico estaban, al fin y al
cabo, fijadas. Su alcance general era tan claro que, en el siglo XVIII, entre los
temas más frecuentes propuestos por la universidad de París en los concursos
de agregación de los filósofos, se ve figurar el siguiente, de tono tan
curiosamente moderno: “del testimonio de los hombres acerca de los hechos
históricos”. No es que las generaciones subsiguientes no hayan traídos muchos
perfeccionamientos a la herramienta; ante todo se ha generalizado su empleo y
extendido considerablemente sus aplicaciones.

Durante mucho tiempo las técnicas de la crítica se practicaron de manera


ininterrumpida, casi exclusivamente por un puñado de eruditos, exégetas y
curiosos. Los escritores aficionados a componer obras históricas de cierta
altura no se preocupaban mucho por familiarizarse con esas recetas de
laboratorio, a su modo de ver demasiado minuciosas, y apenas si consentían
en tomar en cuenta sus resultados. Sin embargo, nunca es bueno –según
Humboltd – que los químicos teman “mojarse los dedos”. Para la historia, el
peligro de un cisma entre la preparación y la obra tiene doble aspecto. Primero
atañe, y cruelmente, a los grandes ensayos de interpretación. Éstos están al
deber primordial de la veracidad pacientemente buscada y se privan, además,
de esa perpetua renovación, de esa sorpresa siempre renovada que solo
procura la lucha por el documento, y así le es imposible escapar a una
oscilación sin tregua entre algunos de los temas estereotipados que impone la
rutina. Pero el mismo trabajo técnico no sufre menos por ello. No estando
guiados desde arriba, se arriesga a aferrarse indefinidamente a problemas
insignificantes, mal planteados. Que no hay peor dispendio que el de la
erudición cuando rueda en el vacío, no soberbia peor colocada que el orgullo
de una herramienta cuando se toma por un fin en sí misma.

El concienzudo esfuerzo del siglo XIX luchó valientemente contra estos


peligros. La escuela alemana, Renan, Fustel de Coulanges, devolvieron a la
erudición su rango intelectual. El historiador fue traido (sic) de nuevo a su
banco de artesano. Sin embargo, ¿se ha ganado la partida? Se necesitaría
mucho optimismo para creerlo. Demasiadas veces el trabajo de investigación
continúa marchando a la ventura, sin escoger, razonablemente, sus puntos de
aplicación. Ante todo, la necesitad crítica no ha conseguido todavía conquistar
plenamente la opinión de las “gentes honradas” (en el viejo sentido del vocablo)
cuyo asentimiento es, sin duda, necesario a la higiene moral de toda ciencia, y
particularmente indispensable a la nuestra. ¿Cómo, si el objeto de nuestro

192
estudio son los hombres y éstos no son entienden, no tener el sentimiento de
que no cumplimos nuestra misión sino a medias?

Por otra parte, tal vez en realidad no lo hayamos cumplido perfectamente. El


esoterismo huraño en el que persisten en encerrarse, a veces, los nuestros; la
preponderancia del triste manual en nuestra producción de lectura corriente, en
que la obsesión de una enseñanza mal concebida sustituye a ala verdadera
síntesis; el singular pudor que parece prohibirnos poner bajo los ojos de los
profanos los nobles titubeos de nuestro método al salir del taller: todas esas
malas costumbres, nacidas de la acumulación de prejuicios contradictorios,
comprometen una hermosa causa. Conspiran para entregar sin defensas la
masa de los lectores a los falsos brillos de una pretendida historia, de la cual la
ausencia de sinceridad, el pintoresquismo de pacotilla y los prejuicios políticos,
piensan redimirse con una inmodesta seguridad: Maurras, Bainville o Plejanov
afirman allí donde Fustel de Coulanges o Pirenne hubieran dudado. Entre la
encuesta histórica, tal como se hace o se aspira a hacer y el público que la lee
subsiste un malentendido incontestable. No por poner en juego ambas partes
divertidas equivocaciones, es el menos significativo de estos síntomas la gran
querella de las notas.

El margen inferior de las páginas ejerce, en muchos eruditos, una atracción


que llega al vértigo. Es absurdo llenarlos blancos, como lo hacen, con notas
bibliográficas que una lista puesta al principio del volumen, por lo general
hubiese hecho innecesarias; o, aun peor, relegar allí por pura pereza, largos
desarrollos cuyos sitio estaba indicado en el cuerpo mismo de la exposición, de
manera que es, a veces en el sótano donde hay que buscar lo más útil de esas
obras. Pero cuando algunos lectores se quejan de que la menor línea puesta
debajo del texto les hace dar vuelta a la cabeza cuando ciertos editores
pretenden que sus compradores, sin dudas menos hipersensibles en realidad
que los pintan, sufren el martirio a la vista de cualquier página así deshonrada,
esos “delicados” prueban sencillamente su impermeabilidad a los preceptos
mas elementales de una moral de la inteligencia. Porque, fuera de los libres
juegos de la fantasía, una afirmación no tiene derecho a producirse sino en
condiciones de poder ser comprobada. Y un historiador, si emplea un
documento, debe indicar, lo más brevemente posible, su procedencia, es decir,
el medio de dar con él lo que equivale a someterse a una regla universal de
probidad. Nuestra opinión, emponzoñada de dogmas y de mitos – aun las más
amigas de las luces-, ha perdido hasta el gusto de la comprobación. El día en
que, habiendo tenido cuidado de no hacerla odiosa con una inútil pedantería,
logremos persuadirla para que mida el valor de un conocimiento por su prisa de
enfrentarse de antemano a la refutación, entonces y solo entonces la fuerza de
la razón ganara una de sus mas esplendidas victorias. En prepararla trabajan
nuestras humildes notas, nuestras pequeñas referencias, de las que se burlan
hoy, sin entenderlas, tantos brillantes ingenios.

193
Los documentos trabajados por los primeros eruditos eran, la mayor parte de
las veces, escritos que se presentaban o eran presentados, tradicionalmente,
como de un autor o de un tiempo dado y que contaban deliberadamente tales o
cuales acontecimientos. ¿Decían verdad? ¿Eran de Moisés los libros
calificados de mosaicos, de Clovin los diplomas que llevaban su apellido?
¿Qué valían las variaciones de Exodo o de Las vidas d e los Santos? Ese era
el problema. Pero a medida quela historia ha sido llevada a hacer un empleo
cada vez más frecuente de los testimonios involuntarios, dejó de poder
limitarse a calibrar las afirmaciones explícitas de los documentos. Fue
necesario también sonsacarles la información que al parecer no podían
suministrar.

Y las reglas críticas, que habían servido en el primer caso, se mostraron


igualmente eficaces en el segundo. Tengo a mano un lote de cartas de
otorgamiento de la Edad Media. Algunas están fechadas, otras no. Donde
figura la indicación será necesario comprobarla, porque la experiencia prueba
que puede ser falsa. Si falta lo que importa es restablecerla. En ambos casos
servirán los mismos medios: por la escritura –si se trata de un original-, por el
estado de la latinidad, por las instituciones a las que hace alusión y el aspecto
general del dispositivo. Se puede suponer que una carta concuerda con los
usos notariales conocidos de las proximidades del siglo 1000; si el documento
se da como de la época merovingia, el fraude queda al descubierto. ¿Carece
de fecha? Por los medios anteriores lo hemos establecido aproximadamente.
De la misma manera, el arqueólogo, si se puede clasificar por edades y por
civilizaciones por herramientas prehistóricas o descubrir falsas antigüedades,
examina, confronta, distingue las formas o los procedimientos de fabricación,
opera según reglas absolutamente semejantes.

El historiador no es, o es cada vez menos, ese juez de instrucción, arisco y


malhumorado, cuya imagen nos impondría ciertos manuales de iniciación a
poco que nos descuidáramos. No se ha vuelto, desde luego crédulo. Sabe que
sus testigos pueden equivocarse y mentir. Pero ante todo se esfuerza por
hacerles hablar, por comprenderlo. Uno de los más hermosos rasgos del
método crítico es haber seguido guiando la investigación en el terreno cada vez
más amplio sin modificar nada de sus principios.

Sin embargo, no puede negarse que el falso testimonio fue el excitante que
provocó los primeros esfuerzos de una técnica dirigida hacia la verdad. Sigue
siendo el punto desde el cual ésta debe necesariamente partir para desarrollar
un análisis.

II- La persecución de la mentira y del error.


De todos los venenos capaces de viciar un testimonio, la impostura es el
más violento.

194
Ésta, a su vez, puede tomar dos formas. Primero es el engaño acerca del
autor y dela fecha: la falsedad, en el sentido jurídico de la palabra. No todas las
cartas publicadas con la firma de María Antonieta fueron escritas por ella;
algunas fueron fabricadas en el siglo XIX. Vendida al Louvre como antigüedad
escrito- griega del siglo III antes de nuestra era, la tiara conocida como
Saitafernes había sido cincelada en Odesa en 1895. Viene luego el engaño del
fondo. César, en sus Comentarios, cuya paternidad no puede serle discutida,
deformó mucho a sabiendas y omitió mucho. La estatua que se enseña en san
Dionisio como la de Felipe el Atrevido es la figura funeraria de ese rey, tal como
fue ejecutada después de su muerte, pero todo indica que el escultor se limitó
reproducir un modelo convencional, que no tiene de retrato sino el nombre.

Esos dos aspectos de la mentira plantean problemas muy distintos cuyas


soluciones también lo son.

No hay duda que la mayoría de los escritos dados bajo su nombre supuesto
mienten también por su contenido. Los Protocolos de los Sabios de Sión,
además de no ser delos Sabios de Sión, se apartan en su sustancia lo más
posible de la realidad. Si un sedicente diploma de Carlomagno, tras su examen,
se revela fabricado dos o tres siglos más tarde, puede apostarse que las
generosidades, que en él se atribuyen al emperador han sido también
inventadas. Sin embargo, esto no puede admitirse de antemano, porque ciertas
actas fueron rehechas con el solo fin de repetir disposiciones de otras
absolutamente auténticas que se habían perdido. Excepcionalmente, un
documento falso puede decir verdad.

Debiera ser superfluo recordar que, al revés, testimonios insospechables en


cuanto a su proveniencia no son, por necesidad, testimonios verídicos. Pero
antes de aceptar un documento como auténtico, los eruditos se esfuerzan tanto
por pesarlo en sus balanzas que no siempre tienen el estoicismo de criticar
después sus afirmaciones. La duda vacila ante escritos que se presentan al
abrigo de garantías jurídicas impresionantes: actas públicas o contratos
privados, por poco que estos últimos hayan sido solemnemente revalidados.
Sin embargo, ni los unos no los otros son dignos de mucho respeto. El21 de
abril de 1834, antes del proceso de las sociedades secretas, escribía Thiers al
prefecto del Boja Rin: “Le recomiendo el mayor cuidado en su aportación de
documentos para el gran proceso que va a instruirse… Lo que importa dejar
bien claro es la correspondencia de todos los anarquistas, la íntima conexión
de los acontecimientos de París, Lyon y Estrasburgo, en una palabra, la
existencia de una vasta conjuración que abarca a Francia entera. ” He aquí,
incontestablemente, una documentación oficial bien preparada. En cuanto al
espejismo de las cartas debidamente selladas, debidamente fechadas la menor
experiencia del presente basta para disiparlo. Nadie lo ignora: las actas
notariales más regularmente establecidas están llenas de inexactitudes
voluntarias, y recuerdo que mucho tiempo puse una fecha anterior a la real, por

195
orden con mi firma al pie de un expediente mandado hacer por una de las
grandes administraciones del estado. Evidentemente, nuestros padres no
tenían mayores escrúpulos. “Dado tal día, en tal lugar”, léese al pie de los
diplomas reales. Pero consúltese las notas de viaje de un soberano: se verá
que más de una vez estaba en realidad, ese día, a varias leguas del lugar
señalado Innumerables actas de manumisión de siervos que nadie, de ninguna
manera, puede calificar de falsas, fueron concedidas por pura caridad cuando
podemos suponer que fueron otorgadas por afán de libertad.

Pero no basta darse cuenta del engaño, hay que descubrir sus motivos,
aunque solo fuera, ante todo, para mejor dar con él; mientras subsista la menor
duda acerca de sus orígenes sigue habiendo en él algo rebelde al análisis, y,
por ende, algo solo probado a medias. Ante todo, tengamos en cuenta que una
mentira, como tal, es a su manera un testimonio. Probar, sin más, que el
célebre diploma de Carlomagno en favor de la iglesia de Aquisgrán no es
auténtico es simplemente ahorrarse un error, pero no adquirir un conocimiento.
Pero si, al contrario, logramos determinar que el fraude fue compuesto entre los
que rodeaban a Federico Barbarroja, y que tuvo por motivo servir sus grandes
sueños imperialistas, se abre un amplio panorama sobre vastas perspectivas
históricas. He aquí a la crítica llevada a buscar, detrás de la impostura, al
impostor; es decir, conforme con la divisa misma de la historia, al hombre.

Sería pueril enumerar, en su infinita variedad, las razones que puede haber
para mentir. Pero los historiadores, naturalmente llevados a intelectualizar
demasiado a la humanidad, harán muy bien recordando que todas esas
razones no son razonables. En ciertos seres, la mentira, aun asociada a un
complejo de vanidad y de inferioridad, llega a ser –según la terminología de
André Gide- un “acto gratuito”. El sabio alemán que se tomó tanto trabajo para
redactar en muy bien griego la historia oriental cuya paternidad atribuyó al
ficticio Sanchoniatón, hubiese podido adquirir con mucho menor esfuerzo una
estimable reputación de helenista. François Lenormant, hijo de un miembro del
Instituto de Francia y llamado, él mismo, a ingresar más tarde en esa honorable
compañía, entró en la carrera a los 17 años, confundiendo a su propio padre
con el falso descubrimiento de inscripciones en la capilla de San Eloy, que
había fabricado con sus propias manos; ya viejo y cargado de dignidades, su
último golpe maestro fue, a lo que dicen, publicar como originales griegos
algunas triviales antigüedades prehistóricas que había recogido sin dificultad en
la campiña francesa.

Lo mismo que individuos, hubo época mitómanas. Tales fueron, hacia finales
del siglo XVIII y principios del XIX, las generaciones prerrománticas o
románticas. Poemas seudocélticos escrito bajo el nombre de Ossian; epopeyas
y baladas que Chatterton creyó escribir en inglés arcaico; poesías
pretendidamente medievales, de Clotilde de Surville; cantos bretones
imaginados por Villemarque; canciones imaginariamente traducidas del croata

196
por Marimée; canciones heroicas checas del manuscrito de Kravoli-Dvro. Y
basta de ejemplos; fue, de un confía a otro de Europa y durante algunas
décadas, algo así como una vasta sinfonía de fraudes. La Edad Media, sobre
del siglo VIII al XII, presenta otro ejemplo de esta epidemia colectiva. Sin duda
la mayoría de los falsos diplomas, de los falsos decretos pontificios, de las
falsas capitulares, entonces fabricadas en tan gran número, lo fueron por
interés. Los falsarios no se proponían otra cosa que asegurar a una iglesia un
bien que el disputaban, o apoyar la autoridad de Roma, o defender los monjes
contra el obispo, o el obispo contra los metropolitanos, el papa contra los
soberanos, el emperador contra el papa. Pero es un hecho característico que
estos engaños de estos personajes de piedad y muchas veces de una virtud
incontestable fueron hechos con su ayuda directa. A todas laces, no harían, ni
poco ni mucho, la moralidad común. En cuanto al plagio, en ese tiempo,
parecía se universalmente, el acto más inocente del mundo: el analista, el
hagiógrafo se apropiaba sin remordimiento trozos enteros de escritores
antiguos. Sin embargo, nada menos “futurista” que esas dos sociedades, por
otra parte de tipo tan diferente. Para su fe, como para su derecho, la Edad
Media no conocía otro fundamento que la lección de sus antepasados. El
romanticismo deseaba beber en la fuente viva de lo primitivo y de lo popular.
Así, pues, los periodos más unidos a la tradición fueron los que se tomaron
más libertades con su herencia, como si por singular revancha de una
irresistible necesidad de creación, a fuerza de venerar el pasado, fueran
naturalmente llevados a intervalos.

En el mes de julio de 1857, el matemático Michel Chasles puso en


conocimiento de la Academia de Ciencias un lote de cartas inéditas de Pascal,
que le habían sido vendidas por su proveedor habitual, el ilustre falsario Vrain-
Lucas. Según ellas, el autor de las Provinciales había formulado, antes que
Newton, el principio de la atracción universal. No dejó de extrañarse un sabio
inglés. ¿Cómo explicarse –dijo en sustancia- que estos textos recojan medidas
astronómicas llevadas a cabo muchos años después de la muerte de Pascal y
que solo conocía Newton ya publicadas las primeras ediciones de su obra?
Vrain-Lucas no era hombre para apurarse por tan poco, puso de nuevo manos
a la obra y pronto, rearmado por él, Chasles pudo mostrar nuevos autógrafos.
Ahora los firmaba Galileo y estaban dirigidos a Pascal. De esta manera se
resolvía el enigma: el ilustre astrónomo había hecho las observaciones y
Pascal los cálculos. Todo ello, y por ambas partes, secretamente. Cierto es que
Pascal no tenía 18 años a la muerte de Galileo. Pero eso nada importaba; no
era sino otra razón que añadir para admirar la precocidad de su genio.

Sin embargo, advirtió el infatigable ojetante, existe una nueva rareza: en una
de esas cartas, fechada en 1641, Galileo se queja de no poder escribir sino a
costa de una gran fatiga de sus ojos, y ¿no sabemos que desde fines del año
1637 estaba completamente ciego? Perdóneme –contestó poco después el
buen Chasles- , estoy de acuerdo en que hasta ahora todos creímos en esa
197
ceguera; pero nos equivocamos, porque puedo introducir en los debates una
pieza decisiva: otro sabio italiano hizo saber a Pascal, el 2 de diciembre de
1641, que en esa fecha Galileo, cuya vista se debilitaba desde hacía varios
años, acababa en este momento de perderla por completo…

No todos los impostores han delegado tanta fecundidad como Vrian-Lucas;


ni todos los engañados, el candor de su lamentable víctima. Pero que el insulto
a la verdad sea un engranaje, que toda la mentira acarree casi forzosamente
como secuelas muchas otras, llamadas a prestarse, por lo menos en apariencia
apoyo mutuo, es cosa que enseña la experiencia de la vida y confirma la de la
historia. Es la razón por la que tantos fraudes célebres se presentan en racimo:
falsos privilegios del sitio de Canterbury, falsos privilegios del ducado de Austria
-suscrito por tantos grandes soberanos, de Julio César a Federico Barbarroja-,
falsificaciones en forma de árbol genealógico, del caso Dreyfus: creeríase (y no
he querido citar sino algunos ejemplos) ver una multiplicación de colonias
microbianas. El fraude, por naturaleza, engendra el fraude.

Existe una forma más insidiosa del engaño; en vez de la mentira brutal,
completa y, si puede decirse, franca, el solapado retoque, interpolaciones en
cartas auténticas, o el bordado en las narraciones, sobre un fondo
groseramente verídico, de detalles inventados. Se interpola generalmente por
interés, se borla muchas veces para adornar; los daños que una estética falaz
ejerció sobre la historiografía antigua o medieval han sido denunciadas muchas
veces. La parte que les corresponde no es tal vez mucho menor que la que
puede observarse en nuestra prensa. Aun a costa de su veracidad, el más
modesto cuentista forja voluntariamente sus personajes según las
convenciones de una retórica que la edad no ha empañado en su prestigio, y
en nuestras redacciones, Aristóteles y Quintiliano cuentan con más discípulos
de los que se cree comúnmente.

Algunas condiciones técnicas parecen favorecer estas deformaciones.


Cuando el espía Bolo fue condenado a muerte en 1917, un periódico publicó, a
lo que dicen, el 6 de abril, los detalles de la ejecución que, primero fijada para
esa fecha, no tuvo lugar sino once más tarde. El periodista había escrito su
relato con anticipación, y persuadido de que el acontecimiento sucedería en el
día previsto, creyó inútil comprobarlo. Ignoro lo que valga la anécdota. Sin duda
equivocaciones tan grandes son excepcionales, pero teniendo en cuenta que el
original debe ser entregado a tiempo los reportajes de sucesos previstos son, a
veces, preparados de antemano; suponer la repetición de hechos parecidos no
es inverosímil. Estamos convencidos de que la urdimbre será modificad si se
observa que se refiere a hechos importantes, pero puede dudarse que se
retoquen notas accesorias si éstas se juzgan necesario al color local, con la
seguridad de que a nadie se le ocurrirá comprobarlas. Por lo menos, es lo que
un profano cree entrever. Sería de desear que un hombre del oficio aportase al
tema luces sinceras. Desgraciadamente, los periódicos no han dado todavía

198
con su Mabillon. Lo seguro es que la obediencia a un código un tanto pasado
de moda, de conveniencia literaria, el respeto a una sicología estereotipada, la
pasión por lo pintoresco, no perderán muy pronto su sitio en la galería de los
fabricantes de mentiras.

De la simulación pura y simple error enteramente involuntario existen


muchos matices aunque solo sea en razón de la fácil metamorfosis con que el
embuste más burdo y sincero se trueca, si la ocasión es propicia, en mentira
habitual. Inventar supone un esfuerzo que repugna la pereza la espiritual,
común a la mayoría de los hombres. ¿No es más cómodo aceptar
complacidamente una ilusión, espontánea en su origen, que halaga el interés
del momento?

Véase el célebre episodio del “avión de Nuremberg” A pesar de que el


asunto nunca fue perfectamente aclarado, parece ser que un avión comercial
francés voló sobre la ciudad algunos días antes de la declaración de guerra; es
posible que se le tomara por un avión militar. No es inverosímil suponer que en
una población ya presa de los fantasmas de una guerra próxima, cundiera la
noticia de que había arrojado bombas. Sin embargo, es evidente que no fueron
lanzadas, que los gobernantes del imperio alemán poseían todos los medios
por deshacer ese rumor y que, acogiéndolo sin comprobación, para
transformarlo en motivo de guerra, mintieron; pero tal vez sin haber tenido
primero una conciencia muy clara de su impostura. El absurdo rumor fue creído
porque era útil creerlo. De todos modos los tipos de mentira, el que se crea a sí
mismo no es de los menos frecuentes, y la palabra “sinceridad” recubre un
concepto poco claro que no debe manejarse sin considerar muchos matices.

No es menos cierto que muchos testigos se equivocan de buena fe. He aquí,


pues, llegado el momento, para el historiador de aprovechar los excelentes
resultados que dan desde hace algunas décadas, la observación in vivo y que
ha forjado una disciplina casi nueva: la psicología del testimonio. En la medida
en que nos interesa, las adquisiciones esenciales parecen ser las que siguen.

Si se cree a Guillaume de Saint-Thierry, su discípulo y amigo, San Bernardo


se extraño mucho un día al saber que en la capilla en la que siendo un joven
monje seguía cotidianamente los oficios divinos, la parte alta del altar se abría
en tres ventadas, siempre se había imaginado que no existía más que una.
Acerca de ello, a su vez, se extraña y admira el hagiógrafo. Semejante
desprendimiento de las cosas de la tierra ¿no presagiaban a un perfecto
servidor de Dios? Sin dudas, Bernardo parece haber sido de una distracción
poco común si es cierto que, tal como se cuenta, le sucedió más tarde andar
durante todo el día por la orilla del lago Lehman sin darse cuenta de ello. Pero
para equivocarse tan groseramente acerca de las realidades que nos debieran
ser más conocidas parece que no se necesita ser un príncipe de la mística. Los
alumnos del profesor Claperède, en Ginebra, a resultas de unas célebres

199
experiencias fueron tan incapaces de describir correctamente el vestíbulo de su
universidad, como el doctor de “palabra de miel” la iglesia de su monasterio. La
verdad es que, en la mayoría de los cerebros, el mundo circundante no halla
sino mediocres aparatos registradores. Añádase que, no siendo los testimonios
en verdad sino la expresión de recuerdos los errores primeros dela percepción
se exponen siempre a complicarse con errores de la memoria, la resbaladiza
memoria que ya denunciaba uno de nuestro viejos juristas.

En algunos espíritus la inexactitud cobra aspectos verdaderamente


patológicos. ¿Sería demasiado irreverente proponer para esa sicosis la
denominación de “Enfermedad Lamantine”? Como todos saben, estas mismas
personas no son de ordinario las menos prontas a afirmar. Pero si existen
testigos más o menos sospechosos y seguros, la experiencia prueba que no se
encuentra otros los temas y en todas circunstancias. En sentido absoluto, no
existe el buen testigo; no hay más que buenos o malos testimonios. Dos
órdenes de causa, principalmente, alteran hasta en el hombre mejor dotado la
veracidad de las imágenes celebrares. Unas dependen del estado
momentáneo del observador: la fatiga, por ejemplo, o la emoción; otras del
grado de su atención. Con pocas excepciones, no se ve no se oye bien sino lo
que se quiere percibir. Si un médico se acerca al lecho de un enfermo, es de
creerle, con mayor seguridad, acerca del aspecto de su paciente, que ha
examinado detenidamente, que sobre los muebles de la alcoba, sobre los que
probablemente no lanzó sino miradas distraídas. Así, a pesar de un prejuicio
bastante común, los objetos mas familiares –como para San Bernardo la capilla
de Citeaux- cuentan ordinariamente entre los más difíciles de describir con
precisión; porque la familiaridad lleva consigo casi necesariamente la
indiferencia.

Además, muchos acontecimientos históricos no han podido ser observados


sino en momentos de violenta conmoción emotivo, o por testigos caya atención
fuera solicitada demasiado tarde, si había sorpresa, o retenida por las
preocupaciones de la acción inmediata, era incapaz de fijarse suficientemente
en aquellos rasgos a los que el historiador atribuía hoy, y con sobrado razón,
un interés preponderante. Son célebres algunos casos. El primer disparo que
se oyó el 25 de febrero de 1848, frente al ministerio de Relaciones Exteriores, y
que señaló el principio del motín del que debía su vez, salir la revolución. ¿Fue
hecho por el ejército o por la multitud? Lo más probable es que no lo sepamos
nunca. ¿Cómo, pues, por otra parte tomar en serio los grandes trozos
descriptivos, las pinturas minuciosas de los trajes, de los gestos, de las
ceremonias, de los episodios guerreros hechos por los cronistas? ¿Por qué
rutina obstinada se puede conservar la menor ilusión acerca de la veracidad de
todo este baratillo del que se nutre la morralla de los historiadores románticos
cuando, a nuestro alrededor, ni un solo testigo puede acordarse exactamente,
en su integridad, de los detalles sobre los que se ha interrogado tan
ingenuamente a los viejos autores? A los más, estos cuadros nos dan el
200
decorado de las acciones tal como se las suponía en los tiempos del escritor.
Ello es muy instructivo, pero no es el tipo de informe que los aficionados a lo
pintoresco piden generalmente a sus fuentes.

Conviene ver, sin embargo, qué conclusiones, tal vez pesimistas, pero
únicamente en apariencia, imponen en lo sucesivo a nuestros estudios estas
observaciones. No llegan a la estructura elemental del pasado. El dicho de
Bayle sigue siendo justo: “Nunca se objetará nada que valga la pena contra la
verdad de César venció a Pompeyo y, sea cual sea el principio que se quiera
discutir, no se hallará, por mucho que se busque, cosa más inquebrantable que
esta proposición: César y Pompeyo existieron y no fueron una simple
modificación del alma de los que escribieron su vida.” Es cierto, pero si no
debieran subsistir como verdad algunos hechos de ese tipo, desprovisto de
explicaciones, la historia se reduciría a una lista de burdas anotaciones, sin
gran valor intelectual. Felizmente no es éste el caso. Las únicas causas que la
sicología del testimonio estigmatiza por su frecuente incertidumbre son los
antecedentes muy inmediatos. Un gran acontecimiento puede comparase a
una explosión. ¿En que exactas condiciones se produjo el último choque
molecular indispensable a la explosión de los gases? Bueno será sin dudas
resignarnos o ignorarlo. Eso es lamentable, sin dudas. ¿Pero acaso los
químicos están en mucho mejor situación? Lo que, sin embargo, no impide que
la composición de la mezcla detonante sea perfectamente susceptible de
análisis. La revolución de 1848, que por extraña aberración de algunos
historiadores han creído poder citar como el prototipo de un argumento fortuito,
fue claramente determinada por numerosos factores, muy diversos y muy
activos, y, desde el primer momento, un Tocqueville pudo entrever cuáles
fueron los que la habían preparado desde hacía mucho tiempo. ¿Qué fue el
tiroteo del boulevard de los Capuchinos sino la última chispa necesaria?

Ya veremos cómo las causas próximas no se ocultan solo a la observación


de nuestros interrogatorios, sino también a la nuestra. Ellas constituyen, en sí,
la parte privilegiada de lo imprevisible –del azar- en la historia. Podemos
consolarnos sin demasiada pena de que los achaques de los testimonios se
disimulen generalmente a los más sutiles de nuestros instrumentos. Aunque
fuesen mejor conocidos, su encuentro con las grandes cadenas causales de la
evolución representaría el residuo de mentiras que nuestra ciencia no logrará
jamás eliminar, ni tiene el derecho de pretenderlo.

En cuanto a los resortes íntimos de los destinos humanos, a las vicisitudes


de la mentalidad o de la sensibilidad, de las técnicas, de la estructura social o
económica, los testigos que interroguemos no estarán sujetos a las fragilidades
de la percepción momentánea. Por un feliz acuerdo –que ya Voltaire había
entrevisto-, lo que hay en la historia de más profundo pudiera ser también lo
que hay de más seguro.

201
Eminentemente variable, de individuo a individuo, la facultad de
observaciones no es, tampoco, una constante social. Algunas épocas están
más desprovistas de ella que otras. Por mediocre que sea, por ejemplo, hoy y
en la mayoría de los hombres, la apreciación de los números, ya no falta tan
universalmente como entre cronistas medievales; nuestra percepción, como
nuestra civilización, se ha impregnado de matemática. Sin embargo, si lo
errores del testimonio fueran determinados, en último análisis, solo por las
debilidades de los sentidos o de la atención, el historiador no tendría; en suma,
más que abandonar su estudio al sicólogo. Pero más allá de estos pequeños
accidentes cerebrales, de naturaleza bastante común, muchos de los errores
se remontan a causas mucho más significativas de una atmósfera social
particular. Por esa razón adquieren a menudo, a su vez, como la mentira, un
valor documental.

En el mes de septiembre de 1917, el regimiento de infantería al que yo


pertenecía se encontraba en las trincheras del Camino de las Damas, al norte
de la pequeña ciudad de Braisne. Como consecuencia de un golpe de manos,
hicimos un prisionero. Era un reservista, de oficio comerciante, originario de
Brême, sobre el Weser. Poco tiempo después nos llegó una curiosidad histórica
de la retaguardia: “¡Qué maravilloso es el espionaje alemán!, venían a decir,
poco más o menos, esos camaradas bien informados. Se ataca uno de sus
pequeños puestos en el corazón mismo de Francia. ¿Qué se encuentra? ¡Un
comerciante establecido durante los años de paz a unos kilómetros de allí: en
Braise!” El despropósito aparece claro. 184Sin embargo, guardémonos de
tomarlo demasiado a la ligera. ¿Se tratará sin más de un error de oído? Sería
de todas maneras, expresarse con bastante inexactitud, porque, mejor que mal
oído, el nombre verdadero había sido, sin dudas, mal comprendido:
generalmente desconocido, no llamaba la atención. Pero hay más. En este
primer trabajo de interpretación se hallaba ya implicado otro, igualmente
inconsciente. La imagen, muchas veces verídica, de las astucias alemanas se
había popularizado en innumerables narraciones y halagaban vivamente la
sensibilidad folletinesca de las masas. La sustitución de Brême por Braisne
armonizaba a maravilla con esa obsesión y no podía dejar de imponerse, en
cierto modo, espontáneamente.

Tal es el caso de gran número de deformaciones de testimonios. El error


está casi siempre orientado de antemano. Sobre todo, no se esparce, no toma
vida sino a condición de estar de acuerdo con los prejuicios de la opinión
común; entonces se convierten el espejo donde la conciencia colectiva
contempla sus propios rasgos. Muchas casas belgas tienen, en sus fachadas,
aberturas estrechas destinadas a facilitar a los pintores la colocación de sus
andamios; en 1914, los soldados alemanes jamás hubieran soñado ver tantas
troneras en esos inocentes artificios de albañil, confundiéndolos con puestos

184
En francés Brême y Braisne se pronuncian casi igual. (Nota del traductor).

202
para los francotiradores, si su imaginación no hubiese estado alucinada. Desde
mucho tiempo atrás, por el temor de las guerrillas. Las nubes no han cambiado
de forma desde la Edad Media; sin embargo, ya no percibimos en ellas ni cruz
ni espadas milagrosas. La cola del cometa que observó el gran Ambroise Paré
no era, evidentemente, muy distinta de las barren a veces nuestros cielos; sin
embargo, creyó descubrir en ella toda una panoplia de armas extrañas. La
obediencia al prejuicio universal había triunfado de la acostumbrada exactitud
de su mirada, y su testimonio, como tantos otros, no nos informa acerca de lo
vio en realidad, sino acerca de lo que, en su tiempo, se creía natural ver.

Sin embargo, para que el error de un testigo venga a ser el de muchos


hombres, para que una observación equivocada se metamorfosee en un rumor,
es necesario que un estado de la sociedad favorezca una difusión. Todos los
tipos sociales no le son ni mucho menos, igualmente propicios. Acerca de ello
los extraordinarios avatares de la vida colectiva que nuestras generaciones han
conocido constituyen otras tantas admirables experiencias. Las del momento
actual, a decir verdad, son demasiado cercanas para permitir todavía un
análisis exacto. Pero la guerra de 1914 a 1918 permite otra perspectiva.

Todos sabemos que esos cuatro años fueron fecundos en falsas noticias,
principalmente entre los combatientes. Como temas a estudiar, es en la
sociedad tan particular de las trincheras donde su formación parece más
interesante.

El papel de la propaganda y el de la censura fue, a su manera, considerable.


Pero exactamente contrario a lo que de ellas esperaban los creadores de esas
instituciones. Como dijo muy bien un humorista: “prevalecía la opinión de que
todo podía ser verdad menos lo que se permitía imprimir”. No se creía lo que
decían los periódicos, ni mucho más lo que traían las cartas, ya que, sobre
llegar con irregularidad, se las suponía muy vigiladas. De ello resulta un
prodigioso renuevo de la tradición oral, vieja madre de las leyendas y de los
mitos. Por un golpe audaz, que ningún experimentador hubiese osado soñar,
los gobiernos abolían los siglos pasados y retrotraían al soldado del frente a los
medios de información y al estado de espíritu de los viejos tiempos, anterior al
periódico, anteriores al libro.

Por lo general, no era en la línea de fuego donde nacían los rumores. Allí los
pequeños grupos estaban demasiado aislados entre sí. Al soldado no se le
permitía desplazarse sin orden expresa; por otra parte, no hubiera podido
hacerlo las más de las veces sino con peligro de su vida. En ciertos momentos
circulaban viajeros intermitentes: agentes de enlace, telefonistas que reparaban
sus líneas, observadores de artillerías, pero esos importantes personajes
tenían pocas relaciones con el soldado raso. Sin embargo, existían
comunicaciones periódicas, mucho más importantes impuestas por la
preocupación de las comidas. El ágora de ese pequeño mundo de refugios y

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puestos de observación fueron las cocinas. Allí, una o dos veces al día, los
abastecedores llegados de diversos puntos del sector se encontraban y
charlaban entre sí o con los cocineros. Sabían estos muchas cosas, ya que
tenían el privilegio –colocados en la encrucijada de varias unidades- de
intercambiar cotidianamente algunas palabras con los conductores del tren del
regimiento, hombres afortunados que paraban en las cercanías de los estados
mayores. Así por un momento, se anudaban relaciones precarias, entre medios
singularmente semejantes, al amor de los fuegos al aire libre o de las calderas
de las comidas rodantes. Luego, los equipos se ponían en marcha, por
veredas o trincheras, y traían hasta la primera línea, con sus ollas, las
informaciones, verdaderas o falsas casi siempre, por lo menos, deformadas y
listas allá por una nueva elaboración. Sobre los planos directivos, un poco
detrás de los trazos enlazados que dibujaban las proposiciones de
vanguardias, hubiese podido sombrearse un espacio continuo: la zona de
formación de las leyendas.

La historia ha conocido más de una sociedad regida en gran escala por


condiciones análogas, con la diferencia de que, en vez de ser el efecto
pasajero de una crisis excepcional, representaban la trama normal de la vida.
Allí también la trasmisión oral era casi la única eficaz. Allí también, entre
elementos muy fragmentados, los enlaces se hacían casi exclusivamente por
intermediarios especializados, o en ciertos puntos de enlaces precisos.
Buhoneros, juglares, peregrinos, mendigos hacían la vez de los que iban y
venían por las trincheras. Los encuentros regulares producíanse en los
mercados o con ocasión de las fiestas religiosas, tal como sucedió, por
ejemplo, durante la alta Edad Media. Realizadas gracias a un conjunto de
interrogatorio de gentes de paso que servían de informadores, las crónicas
monásticas se parecían mucho a los momentos que hubiesen podido llevar
nuestros cabos, si no les hubiese faltado gusto para ello. Estas sociedades
fueron siempre buen medio para el cultivo de las falsas noticias. Las relaciones
frecuentes entre los hombres hacen fácil la comparación entre diversos relatos,
excitan el sentido crítico; por el contrario, se cree fervientemente al narrador
que, a largos intervalos y difíciles caminos, trae rumores ajenos.

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