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Pio XI

Cartas Apostólicas

CARTA APOSTÓLICA
CON SINGULAR COMPLACENCIA*
DE SU SANTIDAD
PÍO XI
A LOS VENERABLES HERMANOS, LOS ARZOBISPOS, OBISPOS
Y DEMÁS ORDINARIOS DE LAS ISLAS FILIPINAS

Venerables Hermanos: salud y Bendición Apostólica.


Con singular complacencia Nos es dado recordar las múltiples manifestaciones de aquella fe ardiente y
práctica, que ha informado al noble pueblo de las islas Filipinas desde el día venturoso en que acogió el
Evangelio de Jesucristo, Nuestro Señor y Redentor.
Pero ciñéndonos ahora a uno de los últimos, más solemnes y con-soladores acontecimientos, Nos es grato
recordar aquí el espléndido triunfo de amor que el pueblo filipino supo ofrecer a Jesús Sacramentado, con
ocasión del XXXIII Congreso Eucarístico Internacional en febrero de 1937, cuando más de quinientas mil
personas, procedentes de todas las partes del mundo, se reunieron en Manila, a la presencia de Nuestro
Legado, el Eminentísimo Cardenal Dionisio Dougherty, Arzobispo de Filadelfia, para rendir al Rey Divino,
velado bajo las humildes especies eucarísticas, homenaje de adoración y de agradecimiento, y rogar por el
triunfo de su Reino, que es Reino de amor y de paz entre todos los pueblos.
Entonces apareció más claramente cuán grande y benéfica puede ser la misión de ese amado pueblo,
destinado —si mantiene viviente y activa aquella fe que ha conservado a través de cuatro siglos— a ser un
centro irradiador de la luz de la verdad y como centinela avanzado del catolicismo en el lejano Oriente, en
gran parte tan profundamente conturbado y envuelto todavía en las tinieblas de errores religiosos.
Mas, Venerables Hermanos, sentimos el deber de confiaros con paternal franqueza nuestras graves y
penosas ansiedades para el porvenir.
Ciertamente es a todos notoria vuestra incesante y amorosa solicitud por mantener puras e intactas la fe y
la práctica de la vida cristiana, que son el espléndido ornamento de vuestro pueblo. Sabemos también con
qué nobles y santas fatigas concurren con Vosotros en esta labor urgente vuestros sacerdotes, y, a una
con vuestro Clero, las Ordenes y las Congregaciones Religiosas, algunas de las cuales, desde el principio de
esa comunidad cristiana, se han consagrado celosa y abnegadamente a la educación cristiana y cultural del
pueblo, suscitando y sosteniendo centros insignes de enseñanza, como la ilustre Universidad de Santo
Tomás de Manila, y muchos colegios de instrucción superior, media y primaria, excelentemente dirigidos
por Religiosos de uno y otro sexo.
Sin embargo, debemos reconocer con dolor que, a pesar de vuestros diligentes y asiduos cuidados,
también en esas regiones, como ocurre desgraciadamente en muchas otras, se está haciendo una guerra,
a veces, sorda, a veces, descubierta contra cuanto hay de más preciado para la Santa Madre Iglesia, con
daño gravísimo para las almas. La incolumidad de la familia es atacada en sus fundamentos por los
frecuentes atentados contra la santidad del matrimonio; la educación cristiana de la juventud, dificultada y
a veces descuidada, ahí como en otras naciones, está ahora seriamente comprometida por errores contra
la fe y la moral y por calumnias contra la Iglesia, a la cual se presenta como enemiga del progreso, de la
libertad y de los intereses del pueblo; el mismo consorcio civil está amenazado por una propaganda nefasta
de teorías subversivas de todo orden social, mientras, de otra parte, se aleja al obrero de las prácticas
cristianas por la frecuente violación del descanso festivo y por la sed excesiva de diversiones, fácil vehículo,
hartas veces, de perversión moral.
Basta indicar estos hechos para convencerse del triste porvenir que se prepararía a ese hidalgo pueblo, si
no se recurriera con prontitud prudente a remedios eficaces.
En cumplimiento de Nuestro deber de Padre común, a quien pertenece la «sollicitudo omnium
Ecclesiarum», con sencillez y afecto paternales, os dirigimos, Venerables Hermanos, esta Carta Apostólica
en la que os proponemos algunas consideraciones y normas de carácter práctico, confiando que han de
ayudaros en vuestra labor pastoral por librar a vuestros fieles de los indicados males y guiarlos por las
sendas de la salvación eterna.
Y ante todo conviene poner de manifiesto de cuán grande y decisiva importancia, es para el bien espiritual
de una nación la preparación de buenos sacerdotes.
Los sacerdotes, efectivamente, por voluntad de Jesucristo, deben ser sal terrae et lux mundi (Mt 5, 13-14),
porque son los continuadores de su misión redentora y santificadora. Ego veni, ut vitam habeant, et
abundantius habeant (Jn 10, 10), dice el Divino Maestro. Y para transmitir a todos los hombres de todos
los siglos esta vida sobrenatural, de que es autor y causa, Jesucristo fundó la Iglesia e instituyó el
Apostolado Jerárquico, confiriendo a simples hombres —Obispos y sacerdotes— la facultad altísima de dar
a las almas la vida de la gracia, porque quiso salvar al hombre por medio del hombre.
Por eso hemos considerado siempre la formación de sacerdotes idóneos como la más grave entre las
gravísimas responsabilidades que Nos incumben, y hemos querido reservarnos la Prefectura de la Sagrada
Congregación de los Seminarios y de las Universidades de los Estudios, a fin de poder cumplir más de
cerca este Nuestro principal deber, que compartimos con los Pastores de las Diócesis. Por esta razón
estimamos como Nuestro Documento más importante la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii, en la cual
exponemos Nuestro pensamiento acerca de la altísima dignidad del sacerdocio, y hemos ordenado que sea
leída y comentada no sólo a los seminaristas, sino también a todos los sacerdotes.
Nos consta, y de ello sentimos profunda complacencia, con qué amorosos cuidados atendéis a la
preparación lo más perfecta posible de los jóvenes levitas, al mismo tiempo que procuráis que los
Seminarios Mayores y Menores respondan mejor cada día a las graves necesidades de esta edad moderna.
Preparación perfecta, decimos, y formación completa, cual corresponde a quienes deben ser consagrados
para tan sublimes ministerios; y por ende, santidad y ciencia, que son los resortes indispensables del celo
sacerdotal. No basta una bondad ordinaria para el sacerdote, quien, llamado a ser otro Cristo, debe edificar
a los fieles por la profundidad de su virtud y la perfección de su vida; y su ciencia no puede ser superficial
o mediocre, sino sólida y vasta, cual la exige Dios de su ministro y el pueblo espera justamente del
sacerdote.
Y creemos deber Nuestro insistir aquí nuevamente, a fin de que invitéis a quienes vosotros habéis confiado
el cuidado de las vocaciones y de la formación del Clero, a que reflexionen seriamente sobre las gravísimas
advertencias que hicimos en la mencionada Encíclica. Y a este respecto, os exhortamos también a que
tengáis siempre presentes las severas palabras del Doctor Angélico: Deus numquam ita deserit Ecclesiam
suam, quin inveniantur idonei sufficientes ad necessitatem plebis, si digni promoverentur et indigni
expellerentur... Si non possent tot Ministri inveniri, quot modo sunt, melius esset habere paucos Ministros
bonos quam multos malos [1].
Y queremos que Nuestro paternal llamamiento no se limite a la selección diligente de los candidatos a las
sagradas Ordenes, sino que se extienda también a una estrecha disciplina que debe ser observada en la
vida del Seminario y en la misma vida sacerdotal; puesto que una justa severidad es absolutamente
necesaria como preparación y salvaguardia de la vida pura y apostólica, especialmente en estos tiempos de
vivir muelle y excesivamente libre.
No podemos con todo ignorar, Venerables Hermanos, que, para reparar los daños de la sociedad moderna,
la labor del Clero, aunque asidua y abnegada, no es ya suficiente; pues, dejando ahora aparte otras graves
razones, muchísimos hombres de todas las clases sociales, olvidados o desconocedores de Dios y de Su
Cristo, son refractarios u hostiles a la acción evangelizadora del sacerdote.
De aquí la necesidad apremiante de que el apostolado jerárquico sea participado de alguna manera por
seglares, que amaestrados y preparados espiritualmente por los sacerdotes y viviendo la vida cristiana
íntegramente, sean como los expertos exploradores que abran camino a la luz de la verdad y a la acción
santificadora de la gracia en los medios alejados de la Iglesia de Cristo, siendo siempre para ésta eficientes
y sumisos cooperadores.
Por donde se ve que la misión de estos seglares es, en cierto sentido, la misión misma de la Jerarquía, esto
es, la misión de Cristo: procurar a otras almas la vida sobrenatural, fomentarla, defenderla, y que su
actividad ha de ser, por consiguiente, un precioso auxiliar y como una oportuna integración del ministerio
sacerdotal [2].
Por eso, ya desde los comienzos de Nuestro Pontificado hicimos un paternal llamamiento a la Jerarquía y a
los fieles a fin de que los seglares fuesen debidamente preparados y organizados para este apostolado, que
Nos, inspirándonos en textos de la Sagrada Escritura, hemos definido : participación de los seglares en el
apostolado jerárquico, llamándolo Acción Católica.
Acción Católica, decimos, y podríamos decir vida católica; pues así como no hay acción sin vida, así no se
da vida sin acción. La Acción Católica, en efecto, se propone la formación de católicos sinceros, que
conozcan, amen y vivan íntegramente la fe cristiana, mostrando que es posible cumplir perfectamente los
deberes que ésta impone en todos los ambientes y condiciones sociales y profesionales.
Y estos católicos íntegros y ejemplares, animados del verdadero espíritu cristiano y dóciles a Nuestra voz,
no pueden dejar de sentir muy vivamente el anhelo y el deber de cooperar con la Jerarquía a la edificación
y crecimiento del Cuerpo Místico de Cristo con la coaptación de nuevos miembros.
Por tanto se puede afirmar con verdad que, en aquellos que realmente aman y practican la Acción Católica,
coinciden perfectamente vida católica íntegra y fervorosa y vida apostólicamente activa, de manera que
esta misma vida católica, de una parte crece y se perfecciona en el individuo, y de otra, se difunde
alcanzando a otros hermanos, en quienes, tal vez, era imperfecta o estaba del todo extinguida.
Los miembros, pues, de la Acción Católica son también dentro de ciertos límites, fomentadores y
defensores de la vida sobrenatural en las almas.
De cuanto hemos expuesto se deduce claramente que la Acción Católica no es nunca de orden material,
sino espiritual; no de orden terreno, sino celestial; no político, sino religioso. Su fin propio la distingue
netamente de todo movimiento, de toda asociación que se proponga finalidades puramente terrenas y
temporales, aunque sean nobles y dignas de encomio.
Sin embargo, es también acción social, porque promueve el mayor bien de la sociedad : el reino de
Jesucristo. Además, lejos de desinteresarse de los grandes problemas que trabajan a la sociedad y se
reflejan en el orden moral y religioso, los estudia y los dirige hacia su verdadera solución, según los
principios de la justicia y de la caridad cristiana.
Nuestra ya larga experiencia Nos ha enseñado que, en cada país las suertes de la Acción Católica están en
manos del Clero, y que éste por tanto, debe conocer teórica y prácticamente esta nueva forma de
apostolado, que es parte del sagrado ministerio. Conocedores de vuestra paternal solicitud por la salvación
de las almas, sabemos también que cuidaréis de que todos vuestros sacerdotes reciban esta preparación:
los jóvenes levitas en el Seminario, en el curso de Teología Pastoral, de la que actualmente la Acción
Católica debe ser parte integrante, como lo son las formas clásicas de apostolado; los sacerdotes que se
hallan ya en el campo de trabajo, por medio de cursos especiales de retiro y de estudio y por medio de
todas aquellas industrias que sabría sugeriros vuestro celo.
Formados así los sacerdotes —y lo mismo queremos de los Religiosos— deberán consagrarse a la no fácil
labor de preparación espiritual y práctica de los seglares para la Acción Católica; labor altamente meritoria,
que requiere continuas y nobles fatigas, que serán compensadas con creces por el celo con que los nuevos
operarios prestarán a los ministros de Dios su generoso y abnegado concurso para la conquista y
adelantamiento espiritual de otras almas.
No Nos detenemos a explicar más por menudo la naturaleza, la excelencia y la necesidad de la Acción
Católica, porque no son pocos los documentos de esta Sede Apostólica que tratan expresamente de ella.
Queremos sin embargo insistir sobre un punto esencial, que debe constituir como un canon inconcuso de la
Acción Católica, esto es: la Acción Católica, por su misma naturaleza, debe desenvolverse en la Diócesis y
bajo la dependencia directa del Obispo, porque, siendo ella participación de los seglares en el apostolado
jerárquico, al Obispo corresponde el derecho y el deber de establecerla, organizarla y dirigirla en su propia
Diócesis, de manera que sea facilitada la coordinación nacional. Y precisamente sobre esto queremos
llamar vuestra atención, porque la Acción Católica será, en cada Diócesis, vigorosa o raquítica, fructífera o
estéril según la quieran el Obispo y su Clero.
Y para la eficacia práctica de la Acción Católica nunca estará bastante recomendado que sus Asociaciones
no sólo vivan en perfecta armonía entre sí, sino que además estén perfectamente coordinadas, en unidad
de dirección y de fines. Desde las asociaciones parroquiales de Acción Católica a los organismos
diocesanos; desde éstos a los centros directivos nacionales, todo debe estar bien ligado y compacto, como
los miembros de un solo cuerpo. Por eso los Órganos Centrales son necesarios como
órganos coordinadores y tienen por cometido dar directivas y orientaciones acerca de las actividades de las
Asociaciones en toda la nación, tomar iniciativas y presentar programas a los centros Diocesanos, con el
debido respeto y con el consentimiento de los respectivos Obispos.
Y ahora deseamos hablaros, Venerables Hermanos, breve y llanamente de algunas actividades, a que la
Acción Católica Filipina deberá consagrar principalmente su apostolado.
Y en primer lugar, es necesario trabajar incansablemente a fin de que Cristo vuelva a ocupar su trono en la
familia. «Jesucristo reina en la sociedad doméstica, dijimos en la Encíclica Ubi arcano, cuando, constituida
por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como cosa sagrada».
La Acción Católica debe mirar a la restauración de la familia, principio de la vida natural e institución
divinamente ordenada, como hogar donde la vida sobrenatural de los hijos de Dios tiene su primer
desarrollo.
Hemos de reconocer con dolor que los enemigos de Dios no perdonan medios por inducir también a ese
amado pueblo a profanar la sagrada institución familiar, y se esfuerzan en divulgar doctrinas contrarias a la
indisolubilidad del vínculo matrimonial y en propagar las nuevas teorías y las prácticas abominables que
suprimen la vida en su mismo origen.
Es, pues, de todo punto necesario que la Acción Católica, y singularmente las Asociaciones de Hombres y
de Mujeres reaccionen a tiempo contra tamaño peligro: dando siempre ejemplo de vida santa en el
matrimonio; propagando las enseñanzas de la doctrina católica sobre el matrimonio, según las recogimos y
expusimos en Nuestra Encíclica Casti Connubii; ilustrando y asistiendo espiritualmente a los padres de
familia en el cumplimiento de sus deberes, y preparando las nuevas familias mediante una sólida formación
cristiana de la juventud, de manera que los jóvenes, al entrar en tan noble estado, tengan plena con-
ciencia de las responsabilidades que asumen.
A tal propósito, conviene promover la hermosa devoción hacia la más santa de las familias, la Familia de
Nazaret, proponiéndola como modelo a padres y a hijos y consagrándole la familia cristiana, conforme al
deseo de Nuestro Predecesor León XIII [3], que es también Nuestro deseo.
En la renovación cristiana de la familia, campo vastísimo de bien, buena parte del apostolado compete
especialmente a la mujer, cuyo celo por la Acción Católica queremos aquí con particular encomio elogiar y
estimular. Por eso dirigimos Nuestro paternal llamamiento a las mujeres católicas de toda edad y condición,
a las niñas y a las jóvenes de la Acción Católica, a las madres de familia y a las viudas para que,
cooperando todas y cada una de ellas en la medida de sus fuerzas, posición y posibilidades a todas las
obras de bien, ayuden y refuercen, como valiosos auxiliares, el ejército de los apóstoles de Cristo para la
salvación de las almas, como por ejemplo, y de una manera particular, en la enseñanza del catecismo y en
conducir y mantener en la práctica de la verdadera piedad cristiana a las personas de su sexo. De esta
manera contribuirán a establecer las primeras bases de la restauración de la familia cristiana, y continuarán
la gloriosa tradición de aquellas primitivas mujeres cristianas, que, por su celo apostólico, merecieron ser
recordadas con honor por S. Pablo : ... adiuva illas quae mecum laboraverunt in Evangelio... quarum
nomina scripta sunt in libro vitae (Flp 4, 3). 5
No dudamos que Nuestro llamamiento hallará generosa y entusiasta acogida y Nos es grato esperar que,
del apostolado de esas florecientes organizaciones femeninas, redundarán grandes y duraderos bienes al
santuario doméstico y a toda la sociedad civil.
La vida sobrenatural que la Acción Católica está llamada a fomentar en colaboración y en dependencia de
la Sagrada Jerarquía, no puede con verdad vivirse, si antes no se la conoce. Y es también el Maestro Divino
quien nos lo enseña: Haec est vita aeterna; ut cognoscant Te, solum Deum verum, et quem misisti Iesum
Christum (Jn 22, 3).
Por tanto, siendo la instrucción religiosa como el preludio necesario de la vida sobrenatural, debe ser la
primera actividad de apostolado, a que la Acción Católica prestará su sincera cooperación.
Este apostolado catequístico aparece más necesario y urgente en las condiciones actuales de vuestro país y
de otros, en donde, por diversas causas, tantos niños y jóvenes, en las ciudades, en las aldeas y en los
campos crecen sin formación religiosa.
Os corresponde a Vosotros, Venerables Hermanos, reclamar el valioso auxilio de la Acción Católica para
toda esta ingente labor de la instrucción religiosa, y primeramente para proseguir e intensificar la obra,
urgentísima y sobre manera necesaria, comenzada ya con buenos auspicios, de la preparación de
catequistas de ambos sexos en instituciones apropiadas, que tendrán la facultad de conferir los títulos
correspondientes, al terminar los cursos especiales de estudio y prácticas; luego para la mejora de las
escuelas católicas existentes y la creación de otras, donde sea necesario; y finalmente, y esto es
importantísimo, para la fundación, en todas partes, de escuelas parroquiales de catecismo, a tenor de lo
dispuesto por la Sagrada Congregación del Concilio y particularmente en el Decreto Provido Sane del 12 de
enero 1935, adoptando, en las mencionadas escuelas, los mejores métodos pedagógicos, para lograr una
enseñanza fácil, atractiva y eficaz.
Este apostolado de educación cristiana, necesario también como reparador, en lo posible, de las
deficiencias de la escuela pública en materia religiosa, será más eficiente, si hay unidad de directivas; por
ello es preciso crear en las Diócesis centros coordinadoresde todas estas actividades, en relación con los
órganos nacionales de la Acción Católica.
La Juventud Universitaria, ahí muy numerosa, reclama una solicitud particular de parte de la Acción
Católica. En efecto, los jóvenes universitarios representan los futuros directores de la sociedad en los
diversos campos de la cultura, del comercio, de la industria, de la cosa pública, y desgraciadamente, ahora,
en el período de su formación están expuestos a graves peligros y asechanzas. Parecerá, quizás, empresa
sobremanera difícil penetrar y ejercer una saludable influencia en la vida universitaria. Su misma dificultad
ha de ser poderoso estímulo para empezar esta obra con generosidad de corazón abandonándose
confiadamente a la gracia divina, que puede triunfar de toda dificultad. Y en verdad, una experiencia
consoladora Nos dice que, jóvenes ardientes de espíritu apostólico, en medio de una muchedumbre de
indiferentes y, tal vez, de adversarios, pueden poco a poco, por su virtud y por su fe abiertamente
profesada, convertirse en centros de atracción para sus compañeros de estudio y en instrumentos aptos
para la salvación de las almas.
Es, pues, de grandísima importancia establecer, en todo centro de estudios superiores, asociaciones de
estudiantes que tengan por fin no sólo formar cristianos perfectos, observantes de la moral cristiana en el
ejercicio de su profesión, sino también apóstoles celosos en su propio ambiente.
Los estudiantes de las escuelas medias deben ser también objeto de particular asistencia espiritual; y a
este propósito, Nos os repetimos a vosotros, Venerables Hermanos, la recomendación que hemos hecho a
otros de instituir, de acuerdo con los respectivos Directores, Asociaciones de Acción Católica en el seno
mismo de los Colegios y de los Institutos católicos masculinos y femeninos. Los grandes frutos que dichas
asociaciones internas han dado ya allí donde existen desde algunos años, deben servir de estímulo para
establecerlas en todas partes. Y no dudamos que Nuestro llamamiento y el vuestro encontrarán la más
perfecta correspondencia por parte de los Religiosos y Religiosas, que dirigen con tanta solicitud los
Colegios e Institutos Católicos, quienes añadirán así a los antiguos, nuevos méritos.
Se dirigirá una invitación cordial a las personas cultas y de distinguida posición social, a fin de que también
ellas formen parte de la Acción Católica. Al mismo tiempo que reportarán de ésta inestimables beneficios,
contribuirán a crear en el seno de sus organizaciones aquel ambiente de sana y sobria cultura que, en los
tiempos presentes, debe acompañar a la sólida formación religiosa y a las actividades apostólicas. No hay
duda que las mencionadas personas, a las cuales más otorgó la generosa bondad del Padre celestial,
sentirán más vivamente el deber de emplear como servidores fieles, también para beneficio de sus
hermanos, los talentos que Dios les ha confiado, y que promoverán además el apostolado dentro de su
propia clase.
Creemos necesario ponderar aquí la grande importancia de la práctica anual de los santos ejercicios y,
cada mes, de los días de retiro para el aprovechamiento espiritual de los estudiantes universitarios y de las
personas de cultura y para confirmarlos en sus propósitos de apostolado; y por ello, renovamos Nuestras
fervientes exhortaciones de la Encíclica Mens Nostra.
Vuestra solicitud paternal deberá cuidar con singular atención tanto de los obreros industriales como de los
campesinos; son ellos los predilectos de Nuestro corazón porque se hallan en la situación social que
Nuestro Señor escogió para sí durante su vida terrena, y porque las condiciones de su vida material los
sujetan a mayores sufrimientos, puesto que a menudo se ven privados de los medios suficientes para la
vida digna de un cristiano y de aquella tranquilidad de espíritu que nace de la seguridad del porvenir. En su
mayoría carecen desgraciadamente de aquellas confortaciones espirituales y morales que podrían
sostenerlos en sus angustias. Además, su misma situación los expone a ser más fácilmente penetrables por
aquellas doctrinas que se dicen, es cierto, inspiradas en el bien del obrero y de los humildes en general,
pero que están llenas de errores funestos, puesto que combaten la fe cristiana que asegura las bases del
derecho y de la justicia social y rehúsan el espíritu de fraternidad y caridad inculcado por el Evangelio, el
sólo que puede garantizar una sincera colaboración entre las clases.
De otra parte, tales doctrinas comunistas, fundadas en el puro materialismo y en el deseo desenfrenado de
los bienes terrenos, corno si ellos fuesen capaces de satisfacer plenamente al hombre, y porque prescinden
en absoluto de su fin ultraterreno, se han mostrado en la práctica llenas de ilusiones e incapaces de dar al
trabajador un verdadero y durable bienestar material y espiritual.
Y puesto que de tal peligro no está exento vuestro pueblo de las islas Filipinas, Nos reiteramos la
exhortación de meditar cuanto hemos expuesto en Nuestras Encíclicas Quadragesimo anno y Divini
Redemptoris, en las cuales explicamos cómo es posible constituir sobre los principios cristianos una
sociedad, en la cual el obrero logre una situación digna de un ser creado a imagen y semejanza de Dios y
destinado a la gloria eterna.
Deberéis pues proveer seriamente, en primer lugar, a las necesidades espirituales de los trabajadores, por
medio de instrucciones religiosas y morales apropiadas y en especial de los ejercicios para obreros, etc., y,
en segundo lugar, aunque no con menor diligencia, a sus necesidades materiales, por medio de aquellas
actividades e instituciones que tan vivamente recomendamos en la mencionada Encíclica Quadragesimo
anno. Estas dos actuaciones, religiosa y social, deben obrar de acuerdo; la una sin la otra resulta a menudo
ineficaz.
Las instituciones económico-sociales, a que acabamos de referirnos, no pertenecen a la Acción Católica
propiamente dicha, porque desenvuelven sus actividades directamente en el campo económico y
profesional. Por lo mismo, ellas solas tienen la responsabilidad de sus iniciativas en las cuestiones
puramente económicas. Mas, como hemos dicho otras veces, debiendo ellas inspirarse en los principios de
caridad y de justicia enseñados por la Iglesia y seguir las directivas trazadas por la Autoridad Eclesiástica
en materia tan delicada, tales instituciones, además de ser verdaderamente benéficas para la elevación
material y moral de los obreros, preparan el camino al apostolado de la Acción Católica en los ambientes
obreros.
Y tocante a este apostolado de la Acción Católica, en la mencionada Encíclica Quadragesimo
anno indicamos una de las formas que la práctica ha demostrado más útiles y eficaces. Aludimos al
apostolado de cada uno entre los de su propia condición. Es, por lo tanto, altamente recomendable que, en
cuanto sea posible y sin menoscabo de la unidad de organización, sean principalmente los obreros mismos
quienes trabajen en la Acción Católica en su propio ambiente, de manera que se logre la salvación del
obrero por el obrero.
Por consiguiente, Venerables Hermanos, abrigamos la, esperanza que cuidaréis de que en los grandes
centros industriales y, a ser posible, en cada parroquia, y dentro de las cuatro Ramas de Acción Católica,
se formen núcleos de buenos obreros que «han de ser los primeros e inmediatos apóstoles de sus
compañeros de trabajo y preciosos auxiliares del sacerdote para llevar la luz de la verdad a innumerables
zonas, refractarias a la acción del ministro de Dios o bien por prejuicios inveterados contra el clero, o bien
por deplorable apatía religiosa» (Encíclica Divini Redemptoris).
En resumen, preocupación constante del Apostolado Jerárquico, y por ende, de la Acción Católica, debe ser
no sólo propagar, sino conservar y defender la vida sobrenatural de las almas.
Esta obra defensiva es necesaria y obligatoria singularmente en estos tiempos en que las asechanzas
contra todo lo que es cristiano se multiplican de manera alarmante. Sabido es, en efecto, que el enemigo
de todo bien, que cuenta siempre con numerosos y fieles servidores, ha trocado los inventos de la ciencia
en otro tantos instrumentos de ruina y de muerte para las almas. Bastaría recordar los estragos espirituales
causados por la prensa antirreligiosa o simplemente neutra, por el cinematógrafo y la radio, que deberían
ser poderosos y eficaces elementos de educación y formación del pueblo.
Ahora bien, Venerables Hermanos, ya en Nuestra Encíclica sobre la educación cristiana de la juventud, del
31 de diciembre de 1929, elogiamos a aquellos católicos que se consagran «a difundir las buenas lecturas,
y a fomentar espectáculos verdaderamente educativos, creando, aun a costa de grandes sacrificios, teatros
y cinematógrafos en donde la virtud no sólo no tenga nada que perder, sino mucho que ganar». Más tarde,
preocupados cada día más por las crecientes ruinas que por doquier va sembrando el cinematógrafo, no
hemos dudado, como sabéis muy bien, en dedicar una Encíclica a este argumento, la Vigilanti cura del 29
de junio de 1936.
Os repetimos ahora a vosotros con todo afecto estas Nuestras exhortaciones para la defensa de las almas,
pues sabemos que también en vuestro país todos los mencionados medios causan gravísimos daños
espirituales.
Conociendo bien vuestro celo pastoral, tenemos la seguridad, Venerables Hermanos, de que pondréis por
obra todas las industrias para promover las actividades apostólicas que hasta ahora os hemos aconsejado,
y aquellas otras que os parecerán más necesarias. No podemos empero cerrar esta Nuestra Carta sin
dirigiros una última recomendación, que muchas veces hemos dirigido a otros y con el mismo fin : la unión
de todas las fuerzas que trabajan por la extensión del Reino de Dios. Sin esta unión de mentes y de
voluntades muchos esfuerzos nobles andarán perdidos y no obtendrán todos los efectos deseados.
A este fin, además de establecer en vuestro país los órganos coordinadores de la Acción Católica, de que
hemos hablado, es necesario coordinar también las instituciones y obras que, en otros documentos Nos.
hemos llamado preciosos auxiliares de la Acción Católica.
Nos es grato esperar que, reunidos así in vinculo pacis todas las instituciones, las organizaciones y todos
los socios de la Acción Católica, trabajarán abnegada y eficazmente por la consecución del fin propio de
ésta: el triunfo del Reino de Cristo en los individuos, en las familias, en la sociedad. Y de tal manera, esa
noble y amada Nación podrá cumplir su misión providencial por la fe operante de sus hijos, los
cuales, Domini excipientes verbum... cum gaudio Spiritus Sancti, serán forma omnibus credentibus y desde
vuestras Islas se propagará la simiente de vida sobrenatural, la palabra de Dios, a todas las regiones del
vasto Oriente: a vobis diffamatus est sermo Domini... in omni loco (1Ts 1, 6-8)). 9
Para el cumplimiento de estos votos y para feliz éxito de vuestro trabajo apostólico, imploramos la
protección de Nuestra Madre y Reina, la Santísima Virgen, Patrona de Filipinas, suplicándole que se digne
acoger benignamente Nuestra plegaria por la prosperidad religiosa y moral y por el verdadero progreso de
vuestro pueblo, en la paz amable y benéfica del Reino de Cristo.
Con estos paternales sentimientos y en prenda de la gracia implorada, damos de corazón le Bendición
Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestros sacerdotes, a la Acción Católica y a todos los fieles
de esa amada Nación.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma, 18 de enero de 1939,
año XVII de Nuestro Pontificado.
PIUS PAPA XI

* AAS 34 (1942), Appendix, pp. 252-264.


[1] S. THOM. AQUIN., Summ. Theol., Supplem., q. 36, a. 4, ad 1um.
[2] «Unusquisque, sicut accepit gratiam, in alterutrum illam administrantes sicut boni dispensatores
multiformis gratiae Dei » (1 Petr., IV, 10).
[3] Carta apostólica Neminem fugit.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/apost_letters/documents/hf_p-xi_apl_19390118_vescovi-
filippini.html

Encíclicas

CARTA ENCÍCLICA
DIVINIS REDEMPTORIS
DE SUA SANTIDADE
PAPA PIO XI
AOS VENERÁVEIS IRMÃOS,
PATRIARCAS, PRIMAZES, ARCEBISPOS,
BISPOS E DEMAIS ORDINÁRIOS
EM PAZ E COMUNHÃO COM A SÉ APOSTÓLICA

SOBRE O COMUNISMO ATEU

INTRODUÇÃO
I - ATITUDE DA IGREJA PERANTE O COMUNISMO
II - DOUTRINA E FRUTOS DO COMUNISMO
III - LUMINOSA DOUTRINA DA IGREJA, OPOSTA AO COMUNISMO
IV - REMÉDIOS E MEIOS
V - MINISTROS E AUXILIARES DESTA OBRA SOCIAL DA IGREJA
CONCLUSÃO

INTRODUÇÃO

1. A promessa dum Redentor divino ilumina a primeira página da história da humanidade; e assim a
firmíssima esperança de melhores dias, assim como suavizou a dor causada pela perda do paraíso de
delícias, assim foi acompanhando os homens através do seu caminho de amarguras e inquietações, até
que enfim, quando chegou a plenitude do tempo, o nosso Salvador, vindo à terra, cumulou as ânsias dessa
tão longa expectação da humanidade e inaugurou para todos os povos uma nova civilização cristã, que
vence e quase imensamente supera a que algumas nações mais privilegiadas atingiram, à custa dos
maiores esforços e trabalhos.

2. Depois da miserável queda de Adão, como conseqüência dessa mácula hereditária, começou a travar-se
o duro combate da virtude contra os estímulos dos vícios; e jamais cessou aquele antigo e astuto tentador
de enganar a sociedade com promessas falazes. É por isso que, pelos séculos afora, as perturbações se
têm sucedido umas às outras até à revolução dos nossos dias, a qual ou já surge furiosa ou
pavorosamente ameaçada atear-se em todo o universo e parece ultrapassar em violência e amplitude
todas as perseguições que a Igreja tem padecido; a tal ponto que povos inteiros correm perigo de recair
em barbárie, muito mais horrorosa do que aquela em que jazia a maior parte do mundo antes da vinda do
divino Redentor.

3. Vós, sem dúvida, Veneráveis Irmãos, já percebestes de que perigo ameaçador falamos: é
do comunismo, denominado bolchevista e ateu, que se propõe como fim peculiar revolucionar radicalmente
a ordem social e subverter os próprios fundamentos da civilização cristã.

I - ATITUDE DA IGREJA PERANTE O COMUNISMO

CONDENAÇÕES ANTERIORES

4. Mas diante destas ameaçadoras tentativas, não podia calar-se nem de fato se calou a Igreja Católica.
Não se calou esta Sé Apostólica, que muito bem conhece que tem por missão peculiar defender a verdade,
a justiça e todos os bens imortais, que o comunismo despreza e impugna. Já desde os tempos em que
certas classes de eruditos pretenderam libertar a civilização e cultura humanística dos laços da religião e da
moral, os Nossos Predecessores julgaram que era seu dever chamar a atenção do mundo, em termos bem
explícitos, para as conseqüências da descristianização da sociedade humana. E pelo que diz respeito aos
erros dos comunistas, já em 1846, o Nosso Predecessor de feliz memória, Pio IX, os condenou
solenemente, e confirmou depois essa condenação no Sílabo. São estas as palavras que emprega na
Encíclica Qui pluribus: “Para aqui (tende) essa doutrina nefanda do chamado comunismo, sumamente
contrária ao próprio direito natural, a qual, uma vez admitida, levaria à subversão radical dos direitos, das
coisas, das propriedades de todos e da própria sociedade humana” (Encíclica Qui pluribus, 9 de novembro
de 1846: Acta Pii IX, vol. I, pág. 13. Cf. Sílabo, IV: A.A.S., vol. III, pág. 170). Mais tarde, outro Predecessor
Nosso de imortal memória, Leão XIII, na sua Encíclica Quod Apostolici muneris (28 de dezembro de 1878:
Acta Leonis XIII, vol. I, pág. 40), assim descreveu distinta e expressamente esses mesmos erros: “Peste
mortífera, que invade a medula da sociedade humana e a conduz a um perigo extremo”; e com a
clarividência do seu espírito luminoso demonstrou que o movimento precipitado das multidões para a
impiedade do ateísmo, numa época em que tanto se exaltavam os progressos da técnica, tivera origem nos
desvarios duma filosofia que de há muito porfia por separar a ciência e a vida da fé da Igreja.

ATOS DO PRESENTE PONTIFICADO

5. Nós também no decurso do Nosso Pontificado, com insistente solicitude fomos várias vezes denunciando
as correntes desta impiedade que víamos crescendo e rugindo cada vez mais ameaçadoras. Efetivamente,
quando em 1924 voltava da Rússia a Nossa missão de socorro, numa alocução especial dirigida ao universo
católico (18 de dezembro de 1924: A.A.S., vol. XVI (1924), págs. 494-495), condenamos os erros e
processos dos comunistas. E pelas Encíclicas Miserentissimus Redemptor (8 de maio de 1928: A.A.S., vol.
XX (1928), págs. 165-178), Quadragesimo anno (15 de maio de 1931: A.A.S., vol. XXIII (1931), págs. 177-
228), Caritate Christi (3 de maio de 1932: A.A.S., vol. XXIV (1932), págs. 177-194), Acerba animi (29 de
setembro de 1932: A.A.S., vol. XXIV (1932), págs. 321-332), Dilectissima Nobis (3 de junho de 1933:
A.A.S., vol. XXV (1933), págs. 261-274), levantamos a voz em solenes protestos contra as perseguições
desencadeadas contra o nome cristão, tanto na Rússia, como no México, como finalmente na Espanha. E
estão ainda bem frescas na memória as alocuções por Nós pronunciadas, o ano passado, quer por ocasião
da inauguração da Exposição mundial da Imprensa Católica, quer na audiência concedida aos refugiados
espanhóis, quer também em Nossa Mensagem radiofônica pela festa do santo Natal. Até os mais
encarniçados inimigos da Igreja, que desde Moscou, sua capital, dirigem esta luta contra a civilização
cristã, até eles mesmos, com seus ataques ininterruptos, dão testemunho, não tanto por palavras como
por atos, que o Sumo Pontificado, ainda em nossos tempos, não só não cessou de tutelar com toda a
fidelidade o santuário da religião cristã, mas tem dado voz de alarme contra o enorme perigo comunista,
com mais freqüência e maior força persuasiva que nenhum outro poder público deste mundo.

NECESSIDADE DE UM NOVO DOCUMENTO SOLENE

6. Não obstante, posto que temos renovado tão repetidamente estas paternais advertências, que vós,
Veneráveis Irmãos, em tantas cartas pastorais, algumas delas coletivas, diligentemente comentastes e
transmitistes aos fiéis, ainda assim este perigo, com o impulso de hábeis agitadores, mais e mais se vai
agravando de dia para dia. É por isso que julgamos dever Nosso levantar de novo a voz; e fá-lo-emos por
meio deste documento de maior solenidade, como é costume desta Sé Apostólica, mestra da verdade; e
com tanto maior satisfação o faremos, quando é certo que assim correspondemos aos desejos de todo o
universo católico. Confiamos até que o eco da nossa voz será acolhido de bom grado por todos aqueles
que, de espírito liberto de preconceitos, desejem sinceramente o bem da humanidade. Esta nossa
confiança vem em certo modo aumentá-la o fato de vermos estas Nossas admoestações confirmadas pelos
péssimos frutos, que Nós prevíramos e anunciáramos haviam de brotar das idéias subversivas, e que de
fato se vão pavorosamente multiplicando nas regiões já dominadas pelo comunismo, ou ameaçam invadir
rapidamente os outros países do mundo.

7. Queremos, pois, mais uma vez expor, como em breve síntese, os sofismas teóricos e práticos do
comunismo, como eles se manifestam principalmente nos princípios e métodos da ação do bolchevismo: a
esses sofismas, todos falsidade e ilusão, contrapor a luminosa doutrina da Igreja; e de novo exortar a
todos insistentemente a lançar mãos dos meios, com que é possível não somente livrar e salvaguardar
deste horrendo flagelo a civilização cristã, a única em que pode subsistir uma sociedade verdadeiramente
humana, mas ainda fazê-la avançar, a passo cada dia mais acelerado, para o genuíno progresso da
humanidade.

II - DOUTRINA E FRUTOS DO COMUNISMO

DOUTRINA

Falso ideal

8. A doutrina comunista que em nossos dias se apregoa, de modo muito mais acentuado que outros
sistemas semelhantes do passado, apresenta-se sob a máscara de redenção dos humildes. E um pseudo-
ideal de justiça, de igualdade e de fraternidade universal no trabalho de tal modo impregna toda a sua
doutrina e toda a sua atividade dum misticismo hipócrita, que as multidões seduzidas por promessas
falazes e como que estimuladas por um contágio violentíssimo lhes comunica um ardor e entusiasmo
irreprimível, o que é muito mais fácil em nossos dias, em que a pouco eqüitativa repartição dos bens deste
mundo dá como conseqüência a miséria anormal de muitos. Proclamam com orgulho e exaltam até esse
pseudo-ideal, como se dele se tivesse originado o progresso econômico, o qual, quando em alguma parte é
real, tem explicação em causas muito diversas, como, por exemplo, a intensificação da produção industrial,
introduzida em regiões que antes nada disso possuíam, a valorização de enormes riquezas naturais,
exploradas com imensos lucros, sem o menor respeito dos direitos humanos, o emprego enfim da coação
brutal que dura e cruelmente força os operários a pesadíssimos trabalhos com um salário de miséria.

Materialismo evolucionista de Marx

9. Ora, a doutrina que os comunistas em nossos dias espalham, proposta muitas vezes sob aparências
capciosas e sedutoras, funda-se de fato nos princípios do materialismo chamado dialético e histórico,
ensinado por Karl Marx, de que os teóricos do bolchevismo se gloriam de possuir a única interpretação
genuína. Essa doutrina proclama que não há mais que uma só realidade universal, a matéria, formada por
forças cegas e ocultas, que, através da sua evolução natural, se vai transformando em planta, em animal,
em homem. Do mesmo modo, a sociedade humana, dizem, não é outra coisa mais do que uma aparência
ou forma da matéria, que vai evolucionando, como fica dito, e por uma necessidade inelutável e um
perpétuo conflito de forças, vai pendendo para a síntese final: uma sociedade sem classes. É, pois,
evidente que neste sistema não há lugar sequer para a idéia de Deus; é evidente que entre espírito e
matéria, entre alma e corpo não há diferença alguma; que a alma não sobrevive depois da morte, nem há
outra vida depois desta. Além disso, os comunistas, insistindo no método dialético do seu materialismo,
pretendem que o conflito, a que acima Nos referimos, o qual levará a natureza à síntese final, pode ser
acelerado pelos homens. É por isso que se esforçam por tornarem mais agudos os antagonismos que
surgem entre as várias classes, da sociedade, porfiando porque a luta de classes, tão cheia, infelizmente,
de ódios e de ruínas, tome o aspecto de uma guerra santa em prol do progresso da humanidade; e até
mesmo, porque todas as barreiras que se opõem a essas sistemáticas violências, sejam completamente
destruídas, como inimigas do gênero humano.

A que se reduzem o homem e a família


10. Além disso, o comunismo despoja o homem da sua liberdade na qual consiste a norma da sua vida
espiritual; e ao mesmo tempo priva a pessoa humana da sua dignidade, e de todo o freio na ordem moral,
com que possa resistir aos assaltos do instinto cego. E, como a pessoa humana, segundo os devaneios
comunistas, não é mais do que, para assim dizermos, uma roda de toda a engrenagem, segue-se que os
direitos naturais, que dela procedem, são negados ao homem indivíduo, para serem atribuídos à
coletividade. Quanto às relações entre os cidadãos, uma vez que sustentam o princípio da igualdade
absoluta, rejeitam toda a hierarquia e autoridade, que proceda de Deus, até mesmo a dos pais; porquanto,
como asseveram, tudo quanto existe de autoridade e subordinação, tudo isso, como de primeira e única
fonte, deriva da sociedade. Nem aos indivíduos se concede direito algum de propriedade sobre bens
naturais ou sobre meios de produção; porquanto, dando como dão origem a outros bens, a sua posse
introduz necessariamente o domínio de um sobre os outros. E é precisamente por esse motivo que
afirmam que qualquer direito de propriedade privada, por ser a fonte principal da escravidão econômica,
tem que ser radicalmente destruído.

11. Além disto, como esta doutrina rejeita e repudia todo o caráter sagrado da vida humana, segue-se por
natural conseqüência que para ela o matrimônio e a família é apenas uma instituição civil e artificial, fruto
de um determinado sistema econômico: por conseguinte, assim como repudia os contratos matrimoniais
formados por vínculos de natureza jurídico-moral, que não dependam da vontade dos indivíduos ou da
coletividade, assim rejeita a sua indissolúvel perpetuidade. Em particular, para o comunismo não existe
laço algum da mulher com a família e com o lar. De fato, proclamando o princípio da emancipação
completa da mulher, de tal modo a retira da vida doméstica e do cuidado dos filhos que a atira para a
agitação da vida pública e da produção coletiva, na mesma medida que o homem. Mais ainda: os cuidados
do lar e dos filhos devolve-os à coletividade. Rouba-se enfim aos pais o direito que lhes compete de educar
os filhos, o qual se considera como direito exclusivo da comunidade, e por conseguinte só em nome e por
delegação dela se pode exercer.

Em que se converteria a sociedade

12. Que viria a ser, então, a sociedade humana, baseada em tais fundamentos materialistas? Viria a ser
uma coletividade, sem outra hierarquia mais do que a derivada do sistema econômico. Teria por missão
única a produção de riqueza por meio do trabalho coletivo, e único fim o gozo dos bens da terra num
paraíso ameníssimo de delícias onde cada qual “produziria conforme as suas forças e receberia conforme
as suas necessidades”. É também de notar que o comunismo reconhece igualmente à coletividade o
direito, ou antes a arbitrariedade quase ilimitada, de sujeitar os indivíduos ao jugo do trabalho coletivo,
sem a menor consideração do seu bem-estar pessoal; mais ainda, o direito de os forçar contra a sua
vontade e até pela violência. E nesta sociedade comunista proclamam que tanto a moral como a ordem
jurídica não brotam de outra fonte mais do que do sistema econômico do tempo o que, por conseguinte,
de sua natureza são valores terrestres transitórios e mudáveis. Em suma, para resumirmos tudo em poucas
palavras, pretendem introduzir uma nova ordem de coisas e inaugurar uma era nova de mais alta
civilização, produto unicamente duma cega evolução da natureza: “uma humanidade que tenha expulsado
a Deus da terra”.

13. E, quando as qualidades e disposições de espírito, que se requerem para realizar semelhante
sociedade, tiverem sido alcançadas por todos em tal grau, que por fim tenha surgido aquele ideal utópico
de sociedade, que eles sonham, sem distinção de classes então o Estado político, que ao presente
unicamente se organiza como instrumento de domínio dos capitalistas sobre os proletários, perderá
totalmente a razão de ser e, por necessidade natural, se dissolverá! Todavia, enquanto se não tiver
chegado a essa idade de ouro, os comunistas empregam o governo e o poder público como o mais eficaz e
universal instrumento, para atingirem o seu fim.

14. Aqui tendes, Veneráveis Irmãos, diante dos olhos do espírito, a doutrina que os comunistas
bolchevistas e ateus pregam à humanidade como novo evangelho, e mensagem salvadora de redenção!
Sistema cheio de erros e sofismas, igualmente oposto à revelação divina e à razão humana; sistema que,
por destruir os fundamentos da sociedade, subverte a ordem social, que não reconhece a verdadeira
origem, natureza e fim do Estado; que rejeita enfim e nega os direitos, a dignidade e a liberdade da pessoa
humana.
DIFUSÃO

Promessas fascinadoras

15. Mas donde vem que tal sistema, que a ciência já há muito ultrapassou e a realidade dos fatos vai cada
dia refutando, possa difundir-se tão rapidamente por todas as partes do mundo? Facilmente poderemos
compreender esse fenômeno, se refletirmos que são muito poucas as pessoas que têm penetrado a fundo
a verdadeira natureza e fim do comunismo; ao passo que são muitíssimos os que cedem facilmente à
tentação, habilmente apresentada sob as promessas mais deslumbrantes. É que os propagandistas deste
sistema afivelam esta máscara de verdade, a saber: que não querem outra coisa mais que melhorar a
sorte das classes trabalhadoras; que pretendem não somente dar remédio oportuno aos abusos
provocados pela economia liberal, mas também conseguir uma distribuição mais eqüitativa dos bens
terrenos: objetivos estes que certamente ninguém nega se possam atingir por meios legítimos. Contudo os
comunistas, por esses processos, explorando sobretudo a crise econômica, que em toda a parte se sente,
conseguem atrair ao seu partido aqueles mesmos que, em virtude da doutrina que professam, abominam
os princípios do materialismo e os monstruosos crimes que não raro se perpetram. E, como em qualquer
erro há sempre qualquer centelha de verdade, como acima vimos que sucedia até mesmo nesta questão,
este aspecto de verdade põem-no em relevo com requintada habilidade, com o fim de dissimularem e
ocultarem, quanto convém, aquela odiosa e desumana brutalidade dos princípios e dos métodos
de comunismo; e desse modo conseguem seduzir até espíritos nada vulgares, os quais muitas vezes a tal
ponto se deixam entusiasmar que eles próprios se tornam uma espécie de apóstolos, que vão extraviar
com esses erros sobretudo os jovens, facilmente expostos a se deixarem enredar por esses sofismas. Além
disso, os arautos do comunismo não ignoram que podem tirar partido, tanto dos antagonismos de raça
como das dissensões e lutas em que se entrechocam as diferentes facções políticas, como enfim daquela
desorientação que lavra no campo da ciência, onde a própria idéia de Deus emudece, para se infiltrarem
nas Universidades e corroborarem os princípios da sua doutrina com argumentos pseudocientíficos.

O liberalismo preparou o caminho ao comunismo

16. Mas, para mais facilmente se compreender como é que puderam conseguir que tantos operários
tenham abraçado, sem o menor exame, os seus sofismas, será conveniente recordar que os mesmos
operários, em virtude dos princípios do liberalismo econômico, tinham sido lamentavelmente reduzidos ao
abandono da religião e da moral cristã. Muitas vezes o trabalho por turnos impediu até que eles
observassem os mais graves deveres religiosos dos dias festivos; não houve o cuidado de construir igrejas
nas proximidades das fábricas, nem de facilitar a missão do sacerdote; antes pelo contrário, em vez de se
lhes pôr embargo, cada dia mais e mais se foram favorecendo as manobras do chamado laicismo. Aí estão,
agora, os frutos amargosíssimos dos erros que os Nossos Predecessores e Nós mesmo mais de uma vez
temos preanunciado. E assim, por que nos havemos de admirar, ao vermos que tantos povos, largamente
descristianizados, vão sendo já pavorosamente inundados e quase submergidos pela vaga comunista?

Propaganda astuta e vastíssima

17. Além disso, a difusão tão rápida das idéias comunistas que se vão sorrateiramente infiltrando por
países grandes ou pequenos, cultos ou menos civilizados, e até nas partes mais remotas do globo, tem
sem dúvida por causa esse fanatismo de propaganda encarniçada, como talvez nunca se viu no mundo. E
essa propaganda, emanada duma fonte única, adapta-se astutamente às condições particulares dos povos;
dispõe de grandes meios financeiros, de inúmeras organizações, de congressos internacionais
concorridíssimos, de forças compactas e bem disciplinadas; propaganda quer por jornais, revistas e folhas
volantes, pelo cinema, pelo teatro, pela radiofonia, pelas escolas enfim e pelas Universidades, pouco a
pouco vai invadindo todos os meios ainda os melhores, sem darem talvez pelo veneno, que cada vez mais
vai infeccionando os espíritos e os corações.

Conspiração do silêncio na imprensa

18. Outro auxiliar poderoso, que contribui para a avançada do comunismo, é sem dúvida a conspiração do
silêncio na maior parte da imprensa mundial, que não se conforma com os princípios católicos. Conspiração
dizemos: porque aliás, não se explica facilmente como é que uma imprensa, tão ávida de esquadrinhar e
publicar até os mínimos incidentes da vida cotidiana, sobre os horrores perpetrados na Rússia, no México e
numa grande parte de Espanha pode guardar, há tanto tempo, absoluto silêncio; e da seita comunista, que
domina em Moscou e tão largamente se estende pelo universo em poderosas organizações, fala tão pouco.
Mas todos sabem que esse silêncio é em grande parte devido a exigências duma política, que não segue
inteiramente os ditames da prudência civil; e é aconselhável e favorecido por diversas forças ocultas que já
há muito porfiam por destruir a ordem social cristã.

DEPLORÁVEIS CONSEQÜÊNCIAS

Rússia e México

19. Entretanto, aí estão à vista os deploráveis frutos dessa propaganda fanática. Porque, onde quer que os
comunistas conseguiram radicar-se e dominar, - e aqui pensamos com particular afeto paterno nos povos
da Rússia e do México, - aí, como eles próprios abertamente o proclamam, por todos os meios se
esforçaram por destruir radicalmente os fundamentos da religião e da civilização cristãs, e extinguir
completamente a sua memória no coração dos homens, especialmente da juventude. Bispos e sacerdotes
foram desterrados, condenados a trabalhos forçados, fuzilados, ou trucidados de modo desumano; simples
leigos, tornados suspeitos por terem defendido a religião, foram vexados, tratados como inimigos, e
arrastados aos tribunais e às prisões.

Horrores do comunismo em Espanha

20. Até em países, onde - como sucede na Nossa amadíssima Espanha - não conseguiu ainda a peste e o
flagelo comunista produzir todas as calamidades dos seus erros, desencadeou contudo, infelizmente, uma
violência furibunda e irrompeu em funestíssimos atentados. Não é esta ou aquela igreja destruída, este ou
aquele convento arruinado; mas, onde quer que lhes foi possível, todos os templos, todos os claustros
religiosos, e ainda quaisquer vestígios da religião cristã, posto que fossem monumentos insignes de arte e
de ciência, tudo foi destruído até os fundamentos! E não se limitou o furor comunista a trucidar bispos e
muitos milhares de sacerdotes, religiosos e religiosas, alvejando dum modo particular aqueles e aquelas
que se ocupavam dos operários e dos pobres; mas fez um número muito maior de vítimas em leigos de
todas as classes, que ainda agora vão sendo imolados em carnificinas coletivas, unicamente por
professarem a fé cristã, ou ao menos por serem contrários ao ateísmo comunista. E esta horripilante
mortandade é perpetrada com tal ódio e tais requintes de crueldade e selvajaria, que não se julgariam
possíveis em nosso século.

Ninguém de são critério, quer seja simples particular, quer homem de Estado, cônscio da sua
responsabilidade, ninguém absolutamente, repetimos, pode deixar de estremecer de sumo horror, se
refletir que tudo quanto hoje está sucedendo na Espanha, pode amanhã repetir-se também em outras
nações civilizadas.

Frutos naturais do sistema

21. Nem se pode asseverar que semelhantes atrocidades são conseqüências fatais de todas as grandes
revoluções, como excessos esporádicos de exasperação, comuns a qualquer guerra: não, são frutos
naturais do sistema, cuja estrutura não obedece a freio algum interno. Um freio é necessário ao homem,
tanto individualmente como socialmente considerado; e é por isso que até os povos bárbaros
reconheceram o vínculo da lei natural, esculpida por Deus na alma de cada homem. E, quando a
observância dessa lei foi tida por todos como um dever sagrado, viram-se nações antigas atingir um tal
esplendor de grandeza, que espanta, ainda mais até do que é razão, aqueles que só superficialmente
compunham os documentos da história humana. Mas quando se arranca das mentes dos cidadãos a
própria idéia de Deus, necessariamente os veremos precipitar-se na crueldade mais selvagem, e na
ferocidade dos costumes. Luta contra tudo o que é divino

Luta contra tudo o que se chama Deus

22. É este o espetáculo que atualmente com suma dor contemplamos: pela primeira vez na história
estamos assistindo a uma insurreição, cuidadosamente preparada e calculadamente dirigida contra “tudo o
que se chama Deus” (cfr. 2 Tess 1, 4). Efetivamente, o comunismo por sua natureza opõe-se a qualquer
religião, e a razão por que a considera como o “ópio do povo”, é porque os seus dogmas e preceitos,
pregando a vida eterna depois desta vida mortal, apartam os homens da realização daquele futuro paraíso,
que são obrigados a conseguir na terra.

O terrorismo

23. Mas não é impunemente que se despreza a lei natural e o seu autor, Deus; a conseqüência é que os
esforços dos comunistas, assim como nem sequer no campo econômico puderam até hoje realizar o seu
desígnio, assim também no futuro jamais o poderão conseguir. Não negamos que esses esforços na Rússia
contribuíram não pouco para sacudir os homens e as suas instituições, daquela longa e secular inércia em
que jaziam, e que puderam, empregando todos os meios e processos; ainda mesmo ilegitimamente, fazer
alguma coisa para promover o progresso material; mas sabemos por testemunhos absolutamente
insuspeitos, e alguns bem recentes ainda, que de fato nem sequer neste ponto se conseguiu o que tanto
se prometera. E não se esqueça, que aquela ditadura, toda terrorismo e crueldade, impôs a inumeráveis
cidadãos o jugo da escravidão. Porque é de notar que também no terreno econômico é imprescindível
alguma norma de probidade a que se conforme, por dever de consciência, quem exerce algum cargo; ora
isso é indiscutível que o não podem dar os princípios comunistas, nascidos dos sofismas do materialismo.
Por conseguinte, nada mais resta do que aquele pavoroso terrorismo que se está vendo na Rússia, onde os
antigos camaradas de conspiração e de luta se vão dando a morte uns aos outros; mas esse terrorismo
criminoso, longe de conseguir pôr um dique à corrupção dos costumes, nem sequer pode evitar a
dissolução da estrutura social. Um pensamento paternal para os povos oprimidos da Rússia

UM PENSAMENTO PATERNAL AOS POVOS OPRIMIDOS, NA RÚSSIA

24. Com isto, porém, não é nossa intenção condenar em massa os povos da União Soviética, aos quais,
pelo contrário, consagramos o mais vivo afeto paterno. É que, de fato, sabemos que muitos deles gemem
sob o jugo da mais iníqua escravidão, que lhes foi imposta por homens, pela maior parte estranhos aos
verdadeiros interesses daquele povo; e que muitos outros foram enganados por promessas e esperanças
falazes. O que Nós condenamos é o sistema e seus autores e fautores que consideraram aquela nação
como o terreno mais apto para lançarem a semente do seu sistema, há muito tempo preparada, e de lá a
disseminarem por todas as regiões do globo.

III - LUMINOSA DOUTRINA DA IGREJA, OPOSTA AO COMUNISMO

25. Depois de termos focado os erros e os processos sedutores e violentos do comunismo bolchevista e
ateu, é já tempo, Veneráveis Irmãos, de opor-lhe sumariamente a verdadeira noção da “Cidade humana”,
que é tal como perfeitamente sabeis, qual no-la ensinam a razão humana e a revelação Divina, por
intermédio da Igreja, Mestra dos povos.

SUPREMA REALIDADE: DEUS!

26. E antes de mais nada importa observar que acima de todas as demais realidades, está o sumo, único e
supremo Espírito, Deus, Criador onipotente de todo o universo, Juiz sapientíssimo e justíssimo de todos os
homens. Este Ser supremo, que é Deus, é a refutação e condenação mais absoluta das impudentes e
mentirosas falsidades do comunismo. E na verdade, não é porque os homens crêem em Deus, que Deus
existe; mas porque Deus existe realmente, por isso crêem nele e lhe dirigem as suas súplicas todos
quantos não cerram pertinazmente os olhos do espírito à luz da verdade.

QUE SÃO O HOMEM E A FAMÍLIA, SEGUNDO A RAZÃO E A FÉ

27. Quanto ao homem, o que a fé católica e a nossa razão ensinam, já Nós, ao explanarmos os pontos
fundamentais desta doutrina, o propusemos na Encíclica sobre a educação cristã da juventude
(Encíclica Divini illius Magistri, 31 de dezembro de 1929: A.A.S., vol. XXII (1930), págs. 49-86). O homem
tem uma alma espiritual e imortal; e, assim como é uma pessoa, dotada pelo supremo Criador de
admiráveis dons de corpo e de espírito assim se pode chamar, como diziam os antigos, um verdadeiro
“microcosmo”, isto é, um pequeno mundo, por isso que de muito longe transcende e supera a imensidade
dos seres do mundo inanimado. Não somente nesta vida mortal, mas também na que há de permanecer
eternamente, o seu fim supremo é unicamente Deus; e, tendo sido elevado pela graça santificante à
dignidade de filho de Deus, é incorporado no Reino de Deus, no corpo místico de Jesus Cristo.
Conseqüentemente, dotou-o Deus de múltiplas e variadas prerrogativas, tais como: direito à vida, à
integridade do corpo, aos meios necessários à existência; direito de tender ao seu último fim, pelo caminho
traçado por Deus; direito enfim de associação, de propriedade particular, e de usar dessa propriedade.

28. Além disso, assim como o matrimônio e o direito ao seu uso natural são de origem divina, assim
também a constituição e as prerrogativas fundamentais da família derivam, não do arbítrio humano, nem
de fatores econômicos, senão do próprio Criador supremo de todas as coisas. Este assunto tratamo-lo já
com suficiente desenvolvimento na Encíclica sobre a santidade do matrimônio (Encíclica Casti Connubii, 31
de dezembro de 1930: A.A.S., vol. XXII (1930), págs. 539-582), e na Encíclica acima citada sobre a
educação.

QUE É A SOCIEDADE

Mútuos direitos e deveres entre o homem e a sociedade

29. Mas Deus destinou igualmente o homem para a sociedade civil, que a sua mesma natureza reclama. É
que, no plano do Criador, a sociedade é um meio natural, de que todo o cidadão pode e deve servir-se
para a consecução do fim que lhe é proposto, pois a sociedade civil existe para o homem e não o homem
para a sociedade. Isto, porém, não se deve entender no sentido do liberalismo individualista, que
subordina a sociedade à utilidade egoísta do indivíduo, mas sim no sentido que, mediante a união orgânica
com a sociedade, todos possam, pela mútua colaboração, alcançar a verdadeira felicidade terrestre; e que,
por meio da sociedade, floresçam e prosperem todas as aptidões individuais e sociais, dadas ao homem
pela natureza, aptidões que transcendem o imediato interesse do momento, e refletem na sociedade a
perfeição divina: o que no homem isolado de modo nenhum se pode verificar. Mas até este último objetivo
da sociedade é, em última análise, ordenado ao homem, para que reconheça este reflexo da perfeição
divina, e o desenvolva assim em louvor e adoração ao Criador. É que só o homem, e não qualquer
sociedade humana por si, é dotado de razão e de vontade moralmente livre.

30. Portanto, assim como o homem não pode furtar-se aos deveres que por vontade de Deus o ligam à
sociedade civil, e é por isso que os representantes da autoridade têm direito de o forçar ao cumprimento
do próprio dever, caso ele se recusasse ilegitimamente; assim também não pode a sociedade privar o
cidadão dos direitos pessoais que o Criador lhe concedeu (os mais importantes apontamo-los acima
sumariamente) nem tornar-lhe impossível o seu uso. É, pois, conforme à razão e às suas exigências
naturais, que todas as coisas terrenas sejam para serviço e utilidade do homem, e assim, por meio dele,
voltem ao Criador. Aqui se aplica perfeitamente o que o Apóstolo das Gentes escreve aos coríntios sobre a
economia da salvação cristã: “Tudo... é vosso, mas vós sois de Cristo, e Cristo é de Deus” (1 Cor 3, 23). E
assim, enquanto a doutrina comunista de tal maneira diminui a pessoa humana, que inverte os termos das
relações entre o homem e a sociedade, a razão, pelo contrário, e a revelação divina elevam-na a tão
sublimes alturas.

A ordem econômico-social

31. Sobre a ordem econômico-social e sobre a questão operária já o Nosso Predecessor, de feliz memória,
Leão XIII, na EncíclicaRerum Novarum (15 de maio de 1891: Acta Leonis XIII, vol. XI, págs. 97-144) deu
normas eficazes: normas que Nós adotamos às condições e exigências dos tempos presentes pela nossa
Encíclica sobre a restauração cristã da ordem social (Encíclica Quadragesimo anno, 15 de maio de 1931:
A.A.S., vol. XXIII (1931), págs. 177-228). Nessa Encíclica, insistindo de novo com toda a força na secular
doutrina da Igreja acerca da natureza peculiar da propriedade privada no seu aspecto individual e social,
assinalamos com toda a clareza e precisão os direitos e a dignidade do trabalho humano, as relações do
mútuo apoio e auxílio que devem existir entre o capital e o trabalho, e o salário, indispensável ao operário
e a sua família, que por justiça lhe é devido.

32. Nessa mesma Encíclica mostramos também que a sociedade humana só então, poderá ser salva da
funestíssima ruína, a que é arrastada pelos princípios do liberalismo, alheios a toda a moralidade, quando
os preceitos da justiça social e da caridade cristã impregnarem e penetrarem a ordem econômica e a
organização civil; o que indubitavelmente não podem conseguir nem a luta de classes, nem os atentados
do terror, nem o abuso ilimitado e tirânico do poder do Estado. Advertimos outrossim, que a verdadeira
prosperidade do povo se deve procurar segundo os princípios dum são corporativismo, que reconheça e
respeite os vários graus da hierarquia social; e que é igualmente necessário que todas as corporações
operárias se organizem em harmônica unidade para poderem tender ao bem comum da sociedade; e que,
por conseguinte, a função genuína e peculiar do poder público consiste em promover, quanto lhe seja
possível, esta harmonia e coordenação de todas as forças sociais.

Hierarquia social e prerrogativas do Estado

33. Para assegurar esta tranqüila harmonia pela colaboração orgânica de todos, a doutrina católica confere
aos governantes tanta dignidade e autoridade, quanta é necessária para que eles com vigilante e
previdente solicitude salvaguardem os direitos divinos e humanos, que as Sagradas Escrituras e os Padres
da Igreja tanto inculcam. E neste passo é necessário observar que erram vergonhosamente os que sem
consideração atribuem a todos os homens direitos iguais na sociedade civil e asseveram que não existe
legítima hierarquia. Sobre este ponto baste-Nos recordar as Encíclicas do Nosso Predecessor Leão XIII,
acima mencionadas, especialmente a que trata do poder do Estado (Encíclica Diuturnum illud, 29 de junho
de 1881: Acta Leonis XIII, vol. II, págs. 269-287) e a outra que versa sobre a constituição cristã do Estado
(Encíclica Immortale Dei, 1 de novembro de 1885: Acta Leonis XIII, vol. V, págs. 118-150). Nelas
encontram os católicos luminosamente expostos os princípios da razão e da fé, que os tornarão aptos para
as premunirem contra os erros e perigos da concepção comunista acerca do Estado. A espoliação dos
direitos e a escravização do homem, a negação da origem primária e transcendente do Estado e do poder
do Estado, o abuso horrível do poder público ao serviço do terrorismo coletivista, são precisamente o
contrário do que é conforme à ética natural e à vontade do Criador. Tanto o homem como a sociedade civil
têm origem no Criador, e foram por Ele mutuamente ordenados um para a outra; por isso nenhum dos
dois pode furtar-se a cumprir os deveres correlativos, nem recusar ou reduzir os direitos. O próprio Criador
regulou esta mútua relação nas suas linhas fundamentais, e é injusta a usurpação, que o comunismo se
arroga, de impor, em lugar da lei divina baseada nos imutáveis princípios da verdade e da caridade, um
programa político de partido, que promana do capricho humano e ressuma ódio.

BELEZA DESTA DOUTRINA DA IGREJA

34. A Igreja ao ensinar esta luminosa doutrina, não tem outro fim mais que realizar o venturoso anúncio
cantado pelos Anjos sobre a gruta de Belém, no nascimento Redentor: “Glória a Deus e... paz aos homens”
(Lc 2, 14): paz verdadeira e verdadeira felicidade, até mesmo na terra, quanto é possível, encaminhada a
preparar a felicidade eterna, mas paz reservada aos homens de boa vontade. Esta doutrina é igualmente
distante de todos os extremos do erro como de todas as exagerações dos partidos ou sistemas que a eles
aderem, conserva sempre o equilíbrio da verdade e da justiça; reivindica-o na teoria, aplica-o e promove-o
na prática, conciliando os direitos e os deveres de um com os dos outros, como a autoridade com a
liberdade, a dignidade do indivíduo com a do Estado, a personalidade humana no súdito com a
representação divina no superior, e, por conseguinte, a sujeição devida e o amor ordenado de si mesmo,
da família e da pátria, com o amor das outras famílias e dos outros povos, fundado no amor de Deus, pai
de todos, primeiro princípio e último fim. Nem separa a justa preocupação dos bens temporais a palavra de
seu divino Fundador: “Buscai primeiro o reino de Deus e a sua justiça, e tudo o mais vos será dado por
acréscimo” (Mt 6, 33), está longe de se desinteressar das coisas humanas, de prejudicar os progressos da
sociedade e de impedir os adiantamentos materiais, que pelo contrário sustenta e promove da maneira
mais razoável e eficaz. E assim, até mesmo no campo econômico-social, a Igreja, muito embora não tenha
jamais apresentado como seu um determinado sistema técnico, por não ser essa a sua missão, fixou
contudo claramente princípios e diretivas que, prestando-se a diversas aplicações concretas segundo as
várias condições dos tempos, dos lugares e dos povos, assinalam o caminho seguro para obter o feliz
progresso da sociedade.

35. A sabedoria e suma utilidade desta doutrina é admitida por quantos verdadeiramente a conhecem.
Com justificada razão puderam afirmar eminentes Estadistas que, depois de terem estudado os diversos
sistemas sociais, nada haviam encontrado mais sábio que os princípios expostos nas Encíclicas Rerum
Novarum e Quadragesimo anno. Até em países não católicos, e nem sequer cristãos, se reconhece quão
vantajosas são para a sociedade humana as doutrinas sociais da Igreja; e assim, há apenas um mês, um
eminente homem político, não cristão, do Extremo Oriente, não duvidou proclamar que a Igreja com a sua
doutrina de paz e fraternidade cristã traz uma altíssima contribuição para o estabelecimento e conservação
da paz construtiva entre as nações. Mas ainda: até os próprios comunistas, como sabemos por autênticas
relações que afluem de toda a parte a este Centro de Cristandade, se não estão ainda de todo
corrompidos, quando se lhes expõe a doutrina social da Igreja, reconhecem a sua superioridade sobre as
doutrinas dos seus caudilhos e mestres. Somente os obcecados pela paixão e pelo ódio fecham os olhos à
luz da verdade e a combatem obstinadamente.

SERÁ VERDADE QUE A IGREJA NÃO PROCEDEU SEGUNDO A SUA DOUTRINA?

36. Mas os inimigos da Igreja, constrangidos embora a reconhecer a sabedoria da sua doutrina, assacam-
lhe o não ter sabido conformar os seus atos com aqueles princípios, e afirmam por isso a necessidade de
provocar outros caminhos. Quão falsa e injusta seja esta acusação, demonstra-o toda a história do
cristianismo. Para não Nos referirmos senão a um ou outro ponto característico, foi o cristianismo o
primeiro a propagar, por uma forma e com uma amplitude e convicção desconhecidas nos séculos
precedentes, a verdadeira e universal fraternidade de todos os homens de qualquer condição ou raça,
contribuindo assim poderosamente para a abolição da escravatura, não com revoltas sangrentas, senão
pela força interna da sua doutrina, que à orgulhosa patrícia romana fazia ver na sua escrava uma irmã em
Cristo. Foi o cristianismo, que adora o Filho de Deus feito homem por amor dos homens e convertido em
“Filho do carpinteiro”, mais ainda, “carpinteiro” ele próprio (cfr. Mt 13, 55; Mc 6, 3), foi o cristianismo que
sublimou à sua verdadeira dignidade o trabalho manual: aquele trabalho manual, antes tão desprezado
que até o discreto Marco Túlio Cícero, resumindo a opinião geral do seu tempo, não receou escrever estas
palavras, de que hoje se envergonharia qualquer sociólogo: “Todos os operários se ocupam em misteres
desprezíveis, pois a oficina nada pode ter de nobre” (M.T. Cícero, De officiis, L. I, c. 42).

37. Fiel a estes princípios, a Igreja regenerou a sociedade humana; sob a sua influência surgiram
admiráveis obras de caridade, poderosas corporações de artistas e trabalhadores de todas as categorias.
O liberalismo do século passado zombou delas, é certo, como de velharias da Idade Média; elas, porém,
impõem-se hoje à admiração dos nossos contemporâneos que em muitos países procuram fazer reviver de
algum modo a sua idéia fundamental. E quando outras correntes entravavam a obra e punham obstáculos
ao influxo salutar da Igreja, esta até nossos dias não cessou nunca de admoestar os extraviados. Basta
recordar com que firmeza, energia e constância o Nosso Predecessor Leão XIII reivindicou para o operário
o direito de associação, que o liberalismo dominante nos Estados mais poderosos se obstinava em negar-
lhe. E esta influência da doutrina da Igreja ainda atualmente é maior do que parece, porque é grande e
certo, posto que invisível e difícil de medir, o predomínio das idéias sobre os fatos.

38. Pode bem dizer-se com toda a verdade que a Igreja à semelhança de Cristo, passa através dos
séculos, fazendo bem a todos. Não haveria nem socialismo nem comunismo, se os que governam os povos
não tivessem desprezado os ensinamentos e as maternais advertências da Igreja; eles, porém, quiseram,
sobre as bases do liberalismo e do laicismo, levantar outros edifícios sociais que à primeira vista pareciam
poderosas e magníficas construções, mas bem depressa se viu que careciam de sólidos fundamentos, e se
vão miseravelmente desmoronando, um após outro, como tem que desmoronar-se tudo quanto não se
apoia sobre a única pedra angular, que é Jesus Cristo.

IV - REMÉDIOS E MEIOS

NECESSIDADE DE RECORRER A MEIOS DE DEFESA

39. Tal é, Veneráveis Irmãos, a doutrina da Igreja, a única que, como em qualquer outro campo, assim
também no campo social, pode projetar verdadeira luz, a única doutrina de salvação em face da ideologia
comunista. Mas é necessário que esta doutrina se realize cada vez mais na prática da vida, conforme o
aviso do Apóstolo São Tiago: “Sede... cumpridores da palavra e não simples ouvintes, enganando-vos a
vós mesmos” (Tg 1, 22), porquanto, o que na hora atual há de mais urgente é aplicar com energia os
remédios oportunos, para opor-se eficazmente à revolução ameaçadora que se vai preparando.
Alimentamos a firme confiança de que ao menos a paixão com que dia e noite trabalham os filhos das
trevas na sua propaganda materialista e atéia, logre estimular santamente os filhos da luz a um zelo igual,
se não maior, da honra da Majestade divina. 40. Que é, pois, necessário fazer, que remédios empregar,
para defender a Cristo e a civilização cristã contra aquele pernicioso inimigo? Como um pai no seio da
família, Nós quiséramos conversar, quase na intimidade, sobre os deveres que a grande luta de nossos
dias impõe a todos os filhos da Igreja, dirigindo também a Nossa paternal advertência aos filhos que dela
se afastaram.

RENOVAÇÃO DA VIDA CRISTÃ

Remédio Fundamental

41. Como em todos os períodos mais tormentosos da história da Igreja, assim hoje também o remédio
fundamental é uma sincera renovação da vida privada e pública, segundo os princípios do Evangelho em
todos aqueles que se gloriam de pertencer ao Rebanho de Cristo, a fim de serem verdadeiramente o sal da
terra, que preserve a sociedade humana de tal corrupção.

42. Com sentimentos de profunda gratidão para com o Pai das luzes, de quem desce “toda a dádiva
excelente e todo o dom perfeito” (Tg 1, 17), vemos por toda a parte sinais consoladores dessa renovação
espiritual, não só em tantas almas singularmente escolhidas, que nestes últimos anos se têm elevado ao
cume da mais sublime santidade, e em tantas outras, cada vez mais numerosa, que generosamente
caminham para a mesma luminosa meta, mas também no reflorescimento de uma piedade sentida e
vivida, em todas as classes da sociedade, até nas mais cultas, como pusemos em relevo no Nosso recente
Motu proprio In multis solaciis, de 28 do passado outubro, por ocasião da reorganização da Pontifícia
Academia das Ciências (A.A.S., vol. XXVIII (1936), págs. 421-424).

43. Não podemos, contudo, negar que muito resta ainda por fazer neste caminho da renovação espiritual.
Até mesmo em países católicos, demasiados são os que são católicos quase só de nome; demasiados,
aqueles que, seguindo embora mais ou menos fielmente as práticas mais essenciais da religião que se
ufanam de professar, não se preocupam de melhor a conhecer, nem de adquirir convicções, mais íntimas e
profundas, e menos ainda de fazer que ao verniz exterior corresponda o interno esplendor de uma
consciência reta e pura, que sente e cumpre todos os seus deveres sob o olhar de Deus. Sabemos quanto
o Divino Salvador aborrece esta vã e falaz exterioridade, Ele que queria que todos adorassem o Pai “em
espírito e verdade” (Jo 4, 23). Quem não vive verdadeira e sinceramente segundo a fé que professa, não
poderá hoje, que tão violento sopra o vento da luta e da perseguição, resistir por muito tempo, mas será
miseravelmente submergido por este novo dilúvio que ameaça o mundo; e assim, enquanto se prepara por
si mesmo a própria ruína, exporá também ao ludibrio o nome cristão.

Desapego dos bens terrenos

44. E neste passo queremos, Veneráveis Irmãos, insistir mais particularmente sobre dois ensinamentos do
Senhor, que têm especial conexão com as atuais condições do gênero humano: o desapego dos bens
terrenos e o preceito da caridade. “Bem-aventurados os pobres de espírito” foram as primeiras palavras
que saíram dos lábios do Divino Mestre no sermão da Montanha (Mt 5, 3). E esta lição é mais que nunca
necessária, nestes tempos de materialismo sedento de bens e prazeres da terra. Todos os cristãos, ricos ou
pobres, devem ter sempre fixo o olhar no céu, recordando que “não temos aqui cidade permanente, mas
vamos buscando a futura” (Hbr 13, 14). Os ricos não devem pôr nas coisas da terra a sua felicidade, nem
dirigir à conquista desses bens os seus melhores esforços; mas, considerando-se apenas como
administradores que sabem terão de dar contas ao supremo Senhor, sirvam-se deles como de meios
preciosos que Deus lhes concede para fazerem bem; e não deixem de distribuir aos pobres o supérfluo,
segundo o preceito evangélico (cfr. Lc 11, 41). Doutra forma verificar-se-á neles e em suas riquezas a
severa sentença de São Tiago Apóstolo: “Eia, pois, ó ricos, chorai, soltai gritos por causa das misérias que
virão sobre vós. As vossas riquezas apodreceram, e os vossos vestidos foram comidos pela traça. O vosso
ouro e a vossa prata enferrujaram-se e a sua ferrugem dará testemunho contra vós, e devorará as vossas
carnes como um fogo. Juntastes para vós um tesouro de ira para os últimos dias...” (Tg 5, 1-3).

45. Mas os pobres, por sua vez, esforçando-se muito embora, segundo as leis da caridade e da justiça, por
se proverem do necessário e até mesmo por melhorarem de condição, devem também permanecer sempre
“pobres de espírito” (Mt 5, 3), estimando mais os bens espirituais que os bens e gozos terrenos.
Recordem-se, além disso, que jamais se logrará fazer desaparecer do mundo as misérias, as dores, as
tribulações, a que estão sujeitos ainda aqueles que exteriormente parecem mais felizes. E assim, a todos é
necessária a paciência, aquela paciência cristã que eleva o coração às divinas promessas de uma felicidade
eterna. “Sede, pois, pacientes, irmãos”, vos diremos ainda com São Tiago, “até à vinda do Senhor. Vede
como o lavrador espera o precioso fruto da terra, tendo paciência, até que receba o (fruto) temporão e o
serôdio. Sede, pois, pacientes também vós, e fortalecei os vossos corações; porque a vinda do Senhor está
próxima” (Tg 5, 7-8). Só assim se cumprirá a consoladora promessa do Senhor: “Bem-aventurados os
pobres”. E não é esta uma consolação e promessa vã, como são as promessas dos comunistas; mas são
palavras de vida, que encerram uma realidade suprema, palavras que se verificam plenamente aqui na
terra e depois na eternidade. E na verdade, quantos pobres, nestas palavras e na esperança do reino dos
céus, proclamando já propriedade sua: “porque vosso é o reino de Deus” (Lc 6, 20), encontram uma
felicidade, que tantos ricos não logram em suas riquezas, sempre inquietos e sempre torturados como
andam pela sede de possuir ainda mais.

Caridade cristã

46. Muito mais importante ainda, como remédio do mal de que tratamos, ou pelo menos mais diretamente
ordenado a curá-lo, é o preceito da caridade. Queremos referir-Nos àquela caridade cristã “paciente e
benigna” (1 Cor 13, 4), que evita todos os ares de proteção humilhante e qualquer aparência de
ostentação; aquela caridade, que desde os inícios do cristianismo ganhou para Cristo os mais pobres
dentre os pobres, os escravos; e testemunhamos o Nosso reconhecimento a todos quantos nas obras de
beneficência, desde as conferências de São Vicente de Paulo até às grandes organizações recentes de
assistência social, têm exercido e exercem as obras de misericórdia corporal e espiritual. Quanto mais
experimentarem em si mesmos os operários e os pobres o que o espírito de amor, animado pela virtude de
Cristo, faz por eles, tanto mais se despojarão do preconceito de que o cristianismo perdeu a sua eficácia e
a Igreja está da parte daqueles que exploram o seu trabalho.

47. Mas, quando vemos dum lado uma multidão de indigentes que, por várias causas alheias à sua
vontade, estão verdadeiramente oprimidos pela miséria, e do outro lado, junto deles, tantos que se
divertem inconsideradamente e esbanjam enormes somas em futilidades, não podemos deixar de
reconhecer com dor que não é bem observada a justiça, mas que nem sempre se aprofundou
suficientemente o preceito da caridade cristã nem se vive conforme a ele na prática cotidiana. Desejamos,
portanto, Veneráveis Irmãos, que seja mais e mais explicado por palavra e por escrito este divino preceito,
precioso distintivo deixado por Cristo a seus verdadeiros discípulos, este preceito, que nos ensina a ver nos
que sofrem a Jesus em pessoa e nos impõe o dever de amar os nossos irmãos, como o divino Salvador nos
amou a nós, isto é, até ao sacrifício de nós mesmos e, se necessário for, até da própria vida. Meditem,
pois, todos e muitas vezes aquelas palavras consoladoras, por um lado, mas temerosas por outro, da
sentença final que pronunciará o Juiz supremo no último dia: “Vinde benditos de meu Pai...; porque tive
fome, e me destes de comer, tive sede e me destes de beber... Em verdade vos digo que todas as vezes
que o fizestes a um destes meus irmãos mais pequeninos, foi a mim que o fizestes” (Mt 25, 34-40). E pelo
contrário: “Apartai-vos de mim, malditos, para o fogo eterno... porque tive fome, e não me destes de
comer; tive sede, e não me destes de beber... Na verdade vos digo: todas as vezes que o não fizestes a
um destes mais pequeninos, foi a mim que o não fizestes” (Mt 25, 41-45).

48. Para assegurar, pois, a vida eterna, e poder eficaz mente socorrer os necessitados, é necessário voltar
a uma vida mais modesta; renunciar aos prazeres, muitas vezes até pecaminosos, que o mundo hoje em
dia oferece em tanta abundância; esquecer-se a si mesmo por amor do próximo. Virtude divina de
regeneração se encontra neste “mandamento novo” (como lhe chamava Jesus) da caridade cristã (Jo 13,
34), cuja fiel observância infundirá nos corações uma paz interna desconhecida do mundo, e remediará
eficazmente os males que afligem a humanidade.

Deveres de estrita justiça

49. Mas a caridade jamais será verdadeira caridade, se não tiver sempre em conta a justiça. O Apóstolo
ensina que “quem ama o próximo cumpre a lei”; e dá a razão: “por quanto não cometerás adultério, não
matarás, não furtarás... e qualquer outro preceito se resume nesta fórmula: Amarás o teu próximo como a
ti mesmo” (Rom 13, 8-9). Se, pois, segundo o Apóstolo, todos os deveres se reduzem ao único preceito da
verdadeira caridade, ainda aqueles que são de estrita justiça, como não matar, não roubar; uma caridade
que prive o operário do salário a que tem estrito direito, não é caridade mas um nome vão e uma vã
aparência de caridade. Nem o operário precisa de receber como esmola o que lhe pertence por justiça;
nem pode ninguém pretender eximir-se dos grandes deveres impostos pela justiça com pequeninas
dádivas de misericórdia. A caridade e a justiça impõem deveres, muitas vezes acerca do mesmo objeto,
mas sob aspectos diversos; e os operários, a estes deveres que lhes dizem respeito, são juntamente muito
sensíveis, em razão da sua própria dignidade.

50. É por isso que de modo especial Nos dirigimos a vós, patrões e industriais cristãos, cuja missão é
muitas vezes tão difícil, por carregardes com a herança dos erros de um regime econômico iníquo que
exerceu a sua ruinosa influência durante muitas gerações. Lembrai-vos da vossa responsabilidade. Triste é
dizê-lo, mas é muito verdade que o modo de proceder de certos meios católicos contribui para abalar a
confiança dos trabalhadores na religião de Jesus Cristo. Não queriam eles compreender que a caridade
cristã exige o reconhecimento de certos direitos devidos ao operário, e que Igreja explicitamente lhe
reconheceu. Como julgar do proceder de patrões católicos, que em algumas partes conseguiram impedir a
leitura da Nossa Encíclica Quadragesimo anno em suas igrejas patronais? ou daqueles industriais católicos
que até hoje se têm mostrado adversários dum movimento que o direito de propriedade, reconhecido pela
Igreja, tenha sido por vezes empregado para defraudar o operário do seu justo salário e dos seus direitos
sociais?

Justiça Social

51. Efetivamente, além da justiça comutativa, há a justiça social que impõe, também, deveres a que nem
patrões nem operários se podem furtar. E é precisamente próprio da justiça social exigir dos indivíduos
quanto é necessário ao bem comum. Mas, assim como no organismo vivo não se provê ao todo, se não se
dá a cada parte e a cada membro tudo quanto necessitam para exercerem as suas funções; assim também
se não pode prover ao organismo social e ao bem de toda a sociedade, se não se dá a cada parte e a cada
membro, isto é, aos homens dotados da dignidade de pessoa, tudo quanto necessitam para
desempenharem as suas funções sociais. O cumprimento dos deveres da justiça social terá como fruto uma
intensa atividade de toda a vida econômica, desenvolvida na tranqüilidade e na ordem, e se mostrará
assim a saúde do corpo social, do mesmo modo que a saúde do corpo humano se reconhece pela atividade
inalterada, e ao mesmo tempo plena e frutuosa, de todo o organismo.

52. Não se pode, porém, dizer que se satisfez à justiça social, se os operários não têm assegurada a sua
própria sustentação e a de suas famílias com um salário proporcionado a este fim; se não se lhes facilita o
ensejo de adquirir uma modesta fortuna, prevenindo assim a praga do pauperismo universal; se não se
tomam providências a seu favor, com seguros públicos e privados, para o tempo da velhice, da doença ou
do desemprego. Numa palavra, para repetirmos o que dissemos na Nossa Encíclica Quadragesimo anno: “A
economia social estará solidamente constituída e obterá seus fins, só quando a todos e a cada um forem
subministrados todos os bens que se podem conseguir com as forças e subsídios naturais, com a técnica,
com a organização social do fator econômico. Esses bens devem ser em tanta quantidade, quanta é
necessária, assim para satisfazer às necessidades e honestas comodidades, como para elevar os homens
àquela condição de vida mais feliz, que, obtida e gozada de modo regrado e prudente, não só não é de
obstáculo à virtude, mas até a favorece poderosamente” (Encíclica Quadragesimo anno, 15 de maio de
1931: A.A.S., vol. XXIII (1931), pág. 202).

53. Se, pois, como sucede cada vez mais freqüentemente no salariado, a justiça não pode ser observada
pelos particulares, a não ser que todos concordem em praticá-la conjuntamente, mediante instituições que
unam entre si os patrões, para evitar entre eles uma concorrência incompatível com a justiça devida aos
trabalhadores, o dever dos empresários e patrões é sustentar e promover essas instituições necessárias,
que se tornam o meio normal para se poderem cumprir os deveres de justiça. Mas lembrem-se também os
trabalhadores dos seus deveres de caridade e justiça para com os patrões e estejam persuadidos que
assim salvaguardarão melhor até os próprios interesses. 54. Assim, pois, se se considera o conjunto da
vida econômica, - como já notamos na Nossa Encíclica Quadragesimo anno - não se conseguirá que nas
relações econômico-sociais reine a mútua colaboração da justiça e da caridade, senão por meio dum corpo
de instituições profissionais e interprofissionais sobre bases solidamente cristãs, coligadas entre si e que
constituam, sob formas diversas e adaptadas aos lugares e circunstâncias, o que se chamava a
Corporação.

ESTUDO E DIFUSÃO DA DOUTRINA SOCIAL

55. Para dar a esta ação social mais eficácia, é muito necessário promover o estudo dos problemas sociais
à luz da doutrina da Igreja e difundir os seus ensinamentos sob a égide da autoridade de Deus, constituída
na mesma Igreja. Se o modo de proceder de alguns católicos deixou a desejar no campo econômico-social,
isso aconteceu muitas vezes por não conhecerem suficientemente nem meditarem o ensino dos Sumos
Pontífices sobre o assunto. Por isso, é sumamente necessário que em todas as classes da sociedade se
promova mais intensa formação social, correspondente ao diverso grau de cultura intelectual, e se procure
com toda a solicitude e empenho a mais ampla difusão dos ensinamentos da Igreja também entre a classe
operária. Iluminem-se as mentes com a luz segura da doutrina católica e inclinem-se as vontades a segui-
la e a aplicá-la como norma reta de vida, pelo cumprimento consciencioso dos múltiplos deveres sociais.
Combata-se desse modo aquela incoerência e descontinuidade na vida cristã, por Nós várias vezes
deplorada, pela qual alguns, enquanto aparentemente são fiéis no cumprimento dos seus deveres
religiosos, no campo do trabalho ou da indústria ou da profissão, ou no comércio, ou no emprego, por um
deplorável desdobramento de consciência, levam uma vida muito em desarmonia com as normas tão claras
da justiça e da caridade cristã, dando assim grave escândalo aos fracos e oferecendo aos maus fácil
pretexto para desacreditarem a própria Igreja.

56. Grandemente pode contribuir para esta renovação a imprensa católica, que pode e deve, de modo
variado e atraente, procurar dar a conhecer cada vez melhor a doutrina social, informar com exatidão, mas
também com a devida amplidão, acerca da atividade dos inimigos, referir os meios de combate que se
mostraram os mais eficazes em diversas regiões, propor idéias úteis e gritar alerta contra as astúcias e
enganos com que os comunistas procuram, e com resultado, atrair a si até homens de boa-fé.

PREMUNIR-SE CONTRA AS CILADAS DO COMUNISMO

57. Sobre este ponto insistimos na Nossa Alocução, de 12 de maio do ano passado, mas julgamos
necessário, Veneráveis Irmãos, chamar de novo sobre ele, de modo particular, a vossa atenção. Ao
princípio, o comunismo mostrou-se tal qual era em toda a sua perversidade; mas bem depressa se
capacitou de que desse modo afastava de si os povos; e por isso mudou de tática e procura atrair as
multidões com vários enganos, ocultando os seus desígnios sob a máscara de ideais, em si bons e
atraentes. Assim, vendo o desejo geral de paz, os chefes do comunismo fingem ser os mais zelosos
fautores e propagandistas do movimento a favor da paz mundial; mas ao mesmo tempo excitam a uma
luta de classes que faz correr rios de sangue, e, sentindo que não têm garantias internas de paz, recorrem
a armamentos ilimitados. Assim, sob vários nomes que nem por sombras aludem ao comunismo, fundam
associações e periódicos que servem depois unicamente para fazerem penetrar as suas idéias em meios,
que doutra forma lhe não seriam facilmente acessíveis, procuram até com perfídia infiltrar-se em
associações católicas e religiosas. Assim, em outras partes, sem renunciarem um ponto a seus perversos
princípios, convidam os católicos a colaborar com eles no campo chamado humanitário e caritativo,
propondo às vezes, até coisas completamente conformes ao espírito cristão e à doutrina da Igreja. Em
outras partes levam a hipocrisia até fazer crer que o comunismo, em países de maior fé e de maior cultura,
tomará outro aspecto mais brando, não impedirá o culto religioso e respeitará a liberdade das consciências.
Há até quem, reportando-se a certas alterações recentemente introduzidas na legislação soviética, deduz
que o comunismo está em vésperas de abandonar o seu programa de luta contra Deus.

58. Procurai, Veneráveis Irmãos, que os fiéis não se deixem enganar! O comunismo é intrinsecamente
perverso e não se pode admitir em campo nenhum a colaboração com ele, da parte de quem quer que
deseje salvar a civilização cristã. E, se alguns, induzidos em erro, cooperassem para a vitória do
comunismo no seu país, seriam os primeiros a cair como vítimas do seu erro; e quanto mais se distinguem
pela antiguidade e grandeza da sua civilização cristã as regiões aonde o comunismo consegue penetrar,
tanto mais devastador lá se manifesta o ódio dos “sem-Deus”.

ORAÇÃO E PENITÊNCIA
59. Mas, “se o Senhor não guarda a caridade, em vão vigiam aqueles que a guardam” (Sl 126, 1). Por isso,
como último e poderosíssimo remédio vos recomendamos, Veneráveis Irmãos, que em vossas dioceses
promovais e intensifiqueis, do modo mais eficaz, o espírito de oração unido à penitência cristã. Quando os
Apóstolos perguntaram ao Salvador por que é que não tinham podido libertar do espírito maligno a um
endemoninhado, respondeu o Senhor: “Demônios desta raça não se expulsam senão com a oração e com
o jejum” (Mt 17, 20). Também o mal que hoje atormenta a humanidade não poderá ser vencido senão
com uma santa cruzada universal de oração e penitência: e recomendamos singularmente às Ordens
contemplativas, masculinas e femininas, que redobrem as suas súplicas e sacrifícios, para 8impetrarem do
céu para a Igreja um válido socorro nas lutas presentes, com a poderosa intercessão da Virgem Imaculada,
a qual, assim como um dia esmagou a cabeça da antiga serpente, assim também é hoje e sempre segura
defesa e invencível “Auxílio dos Cristãos”.

V - MINISTROS E AUXILIARES DESTA OBRA SOCIAL DA IGREJA

OS SACERDOTES

60. Para a obra mundial de salvação que temos vindo traçando, e para a aplicação dos remédios que ficam
brevemente apontados, ministros e obreiros evangélicos designados pelo divino Rei Jesus Cristo são em
primeira linha os sacerdotes. A eles, por vocação especial, sob a guia dos sagrados Pastores e em união de
filial obediência com o Vigário de Cristo na terra, foi confiada a missão de conservar aceso no mundo o
facho da fé e de infundir nos fiéis aquela sobrenatural confiança com que a Igreja, em nome de Cristo, tem
combatido e vencido tantas outras batalhas: “Esta é a vitória que vence o mundo, a nossa fé” (1 Jo 5, 4).

61. De modo particular recordamos aos sacerdotes a exortação de Nosso Predecessor, Leão XIII, tantas
vezes repetida, de ir ao operário; exortação que Nós fazemos Nossa e completamos: “Ide ao operário,
especialmente ao operário pobre, e em geral, ide aos pobres”, seguindo nisto os ensinamentos de Jesus
Cristo e da sua Igreja. Os pobres, efetivamente são os que se acham mais expostos às ciladas dos
agitadores, que exploram a sua mísera condição, para lhes atear no peito a inveja contra os ricos e excitá-
los a tomarem pela força o que lhes parece que a fortuna lhes negou injustamente; e, se o Sacerdote não
vai aos operários, aos pobres, para os prevenir ou desenganar dos preconceitos e das falsas teorias,
chegarão a ser fácil presa dos apóstolos, do comunismo.

62. Não podemos negar que muito se tem feito já neste sentido, especialmente depois das
Encíclicas Rerum Novarum e Quadragesimo anno; e com paterna complacência saudamos o industrioso
zelo pastoral de tantos bispos e sacerdotes, que vão excogitando e ensaiando, embora com a devida
prudência e cautela, novos métodos de apostolado que melhor correspondam às exigências modernas. Mas
tudo isto é ainda muito pouco para as presentes necessidades. Assim como, quando a pátria está em
perigo, tudo quanto não é estritamente necessário ou não é diretamente ordenado à urgente necessidade
da defesa comum, passa a segunda linha; assim também em nosso caso, qualquer outra obra, por mais
bela e boa que seja, deve ceder o passo à vital necessidade de salvar as próprias bases da fé e da
civilização cristã. E assim, nas paróquias os sacerdotes, dando embora materialmente o que é necessário à
cura ordinária dos fiéis, reservem o mais e o melhor das suas forças e da sua atividade à reconquista das
massas trabalhadoras para Cristo e para a Igreja e a fazer penetrar o espírito cristão nos meios que lhe são
mais refratários. Nas massas populares, encontrarão uma correspondência e uma abundância de frutos
inesperada, que os compensará do duro trabalho do primeiro arroteamento; como temos visto e vemos em
Roma e em muitas outras metrópoles, onde, à sombra das novas igrejas, que vão surgindo nos bairros
periféricos, se vão organizando fervorosas comunidades paroquiais e se operam verdadeiros milagres de
conversão entre populações que eram hostis à religião, só porque a não conheciam.

63. Mas o meio mais eficaz de apostolado entre as multidões dos pobres e dos humildes é o exemplo do
sacerdote, o exemplo de todas as virtudes sacerdotais quais as descrevemos em Nossa Encíclica Ad
Catholici Sacerdotii (20 de dezembro de 1935: A.A.S., vol. XXVIII (1936), págs. 5-53); no presente caso,
porém, de modo especial, é necessário um luminoso exemplo de vida humilde, pobre, desinteressada,
cópia fiel do Divino Mestre que podia proclamar com divina franqueza: “As raposas têm os seus covis e as
aves do céu os seus ninhos; mas o Filho do homem não tem onde reclinar a cabeça” (Mt 8, 20). Um
sacerdote verdadeira e evangelicamente pobre e desinteressado faz milagres de bem no meio do povo,
como um São Vicente de Paulo, um Cura d’Ars, um Cottolengo, um Dom Bosco e tantos outros; ao passo
que um sacerdote avaro e interesseiro, como recordamos na citada Encíclica, ainda quando se não
precipite, como judas, no abismo da traição, será pelo menos um oco “bronze a ressoar” e um inútil
“címbalo a retinir” (1 Cor 13, 1), e muitas vezes antes obstáculo que instrumento de graça no meio do
povo. E, se o sacerdote secular ou regular, por dever de ofício, tem que administrar bens temporais,
lembre-se que não somente terá obrigação de observar escrupulosamente tudo quanto prescrevem a
caridade e a justiça, senão que de modo particularmente deve mostrar-se verdadeiro pai dos pobres.

A AÇÃO CATÓLICA

64. Depois do clero dirigimos o Nosso paternal convite aos nossos queridíssimos filhos leigos, que militam
nas fileiras da Ação Católica, que nos é tão cara e que, como já declaramos em outra ocasião (13 de maio
de 1936, A.A.S., vol. XXIX (1937), págs. 139-144), é um “auxílio particularmente providencial”, para a obra
da Igreja nestas circunstâncias tão difíceis. De fato, a Ação Católica é também apostolado social, enquanto
tende a difundir o Reinado de Jesus Cristo não só nos indivíduos mas também na família e na sociedade.
Por isso deve, antes de tudo, atender a formar com especial cuidado os seus membros e a prepará-los,
para as santas batalhas do Senhor. A este trabalho formativo, mais que nunca urgente e necessário, que
deve preceder a ação direta e efetiva, servirão certamente os círculos de estudos, as semanas sociais, os
cursos orgânicos de conferências e todas as demais iniciativas aptas para dar a conhecer a solução dos
problemas sociais em sentido cristão.

65. Soldados da Ação Católica tão bem preparados e adestrados serão os primeiros e imediatos apóstolos
dos seus companheiros de trabalho e tornar-se-ão os preciosos auxiliares do Sacerdote, para levarem a luz
da verdade e aliviarem as graves misérias materiais e espirituais, em inumeráveis zonas refratárias à ação
do ministro de Deus, ou por inveterados preconceitos contra o clero ou por deplorável apatia religiosa.
Cooperar-se-á desse modo, sob a direção de Sacerdotes particularmente experimentados, naquela
assistência religiosa às classes trabalhadoras, que temos tanto a peito, por ser o meio mais apto para
preservar aqueles Nossos amados filhos da cilada comunista.

66. Além deste apostolado individual, muitas vezes oculto, mas sobremaneira útil e eficaz, é função da
Ação Católica disseminar amplamente, por meio da propaganda oral e escrita, os princípios fundamentais
que hão de servir para a construção de uma ordem social cristã, como se depreendem dos documentos
pontifícios.

ORGANIZAÇÕES AUXILIARES

67. Em torno da Ação Católica cerram fileiras as organizações que Nós saudamos já como auxiliares da
mesma. Com paternal afeto exortamos também estas organizações tão prestimosas a consagrarem-se à
grande missão de que tratamos, que atualmente supera a todas as outras pela sua vital importância.

ORGANIZAÇÕES DE CLASSE

68. Pensamos também nas organizações de classe: de operários, de agricultores, de engenheiros, de


médicos, de patrões, de homens de estudo e outras semelhantes; homens e mulheres, que vivem nas
mesmas condições culturais e quase naturalmente se reuniram em agrupamentos homogêneos. São
precisamente estes grupos e estas organizações que estão destinadas a introduzir na sociedade aquela
ordem, que tínhamos na mente na Nossa Encíclica Quadragesimo anno, e a difundir assim o
reconhecimento da realeza de Cristo nos diversos campos da cultura e do trabalho.

69. E se, pela transformação das condições da vida econômica e social, o Estado julgou dever intervir até o
ponto de assistir e regular diretamente tais instituições com particulares disposições legislativas, salvo o
respeito devido à liberdade e às iniciativas particulares; também não pode nessas circunstâncias a Ação
Católica manter-se estranha à realidade, antes deve com prudência prestar a sua contribuição de
pensamento, com o estudo dos novos problemas à luz da doutrina católica, e da atividade, com a
participação leal e voluntária dos seus membros nas novas formas e instituições, levando-lhes o espírito
cristão, que é sempre princípio de ordem e de mútua e fraterna colaboração.

APELO AOS OPERÁRIOS CATÓLICOS


70. Uma palavra particularmente paterna quiséramos dirigir aos Nossos queridos operários católicos,
jovens e adultos, os quais, talvez em prêmio da sua fidelidade por vezes heróica nestes tempos tão difíceis,
receberam missão muito nobre e árdua. Sob a direção dos seus Bispos e Sacerdotes, é a eles que cumpre
reconduzir à Igreja e a Deus aquelas imensas multidões de irmãos seus de trabalho, os quais, exacerbados
por não haverem sido compreendidos nem tratados com a dignidade a que tinham direito, se afastaram de
Deus. Demonstrem os operários católicos com seu exemplo, com suas palavras, a esses seus irmãos
transviados que a Igreja é Mãe cheia de ternura para todos os que trabalham e sofrem, e que jamais faltou
nem faltará a seu sagrado dever materno de defender seus filhos. Se esta missão, que eles devem cumprir
nas minas, nas fábricas, nos estaleiros, onde quer que se trabalha, reclama por vezes grandes sacrifícios,
lembrem-se que o Salvador do mundo deu não só exemplo do trabalho, senão também o do sacrifício.

NECESSIDADE DE CONCÓRDIA ENTRE OS CATÓLICOS

71. Assim pois, a todos os Nossos filhos, de todas as classes sociais, de todas as nações, de todos os
grupos religiosos e leigos da Igreja, quiséramos dirigir um novo e mais urgente apelo à concórdia. Muitas
vezes Nosso coração paterno se tem afligido com as divisões, fúteis muitas vezes em suas causas, mas
sempre trágicas em suas conseqüências, que põem em luta os filhos duma mesma Mãe, a Igreja. Assim se
vê que os agentes da desordem, que não são tão numerosos, aproveitando-se destas discórdias, lhes
exasperam o azedume, e acabam por lançar os mesmos católicos uns contra os outros. Depois dos
acontecimentos destes últimos meses, deveria parecer supérfluo o Nosso aviso. Repetimo-lo, porém, uma
vez mais para aqueles que o não compreenderam, ou talvez não o querem compreender. Os que
trabalham por aumentar as distensões entre católicos, tomam sobre si uma tremenda responsabilidade
diante de Deus e da Igreja.

APELO A TODOS OS QUE CRÊEM EM DEUS

72. Mas a esta luta, empenhada pelo poder das trevas contra própria idéia da Divindade, é-Nos grato
esperar que, além de todos aqueles que se gloriam do nome de Cristo, se oponham também
denodadamente todos quantos crêem em Deus e o adoram, que são ainda a imensa maioria da
humanidade. Renovamos, por isso, o apelo que já, há cinco anos, lançamos em Nossa Encíclica Caritate
Christi, para que também eles leal e cordialmente concorram de sua parte “para afastar da humanidade o
grande perigo que a todos ameaça”. Porquanto, - como então dizíamos -, se “a crença em Deus é o
fundamento inabalável de toda a ordem social e de toda a responsabilidade na terra, todos os que não
querem a anarquia e o terror devem trabalhar energicamente para que os inimigos da religião não
alcancem o fim que tão abertamente proclamam” (Encíclica Caritate Christi, 3 de maio de 1932: A.A.S., vol.
XXIX (1932), pág. 184).

DEVERES DO ESTADO CRISTÃO

Ajudar a Igreja

73. Temos exposto, Veneráveis Irmãos, a função positiva, de ordem, a um tempo, doutrinal e prática, que
a Igreja assume em virtude da mesma missão, que Jesus Cristo lhe confiou, de edificar a sociedade cristã
e, em nossos tempos, de combater e desbaratar os esforços do comunismo; e fizemos apelo a todas e a
cada uma das classes da sociedade. Para esta mesma empresa espiritual da Igreja deve também concorrer
positivamente o Estado cristão, ajudando em seu empenho a Igreja com os meios que lhes são próprios,
os quais, embora externos, dizem também respeito, em primeiro lugar, ao bem das almas.

74. Por isso os Estados porão todo o cuidado em impedir que a propaganda atéia, que destrói todos os
fundamentos da ordem, faça estragos em seus territórios, porque não poderá haver autoridade na terra, se
não se reconhece a autoridade da Majestade divina, nem será firme o juramento, que não se faça em
nome do Deus vivo. Repetimos o que tantas vezes e com tanta insistência temos dito, nomeadamente na
Nossa Encíclica Caritate Christi: “Como pode sustentar-se um contrato qualquer, e que valor pode ter um
tratado, onde falte toda a garantia de consciência? E como pode falar-se de garantia de consciência, onde
falte toda a fé em Deus, todo o temor de Deus? Destruída esta base, desmorona-se com ela toda a lei
moral, e não haverá já remédio nenhum que possa impedir a gradual, mas inevitável ruína dos povos, da
família, do Estado, da própria civilização humana” (Encíclica Caritate Christi, 3 de maio de 1932: A.A.S.,
vol. XXIV (1932), pág. 190).

Providências do bem comum

75. Além disso, deve o Estado pôr todo o cuidado em criar aquelas condições materiais de vida, sem as
quais não pode subsistir uma sociedade ordenada, e em procurar trabalho especialmente aos pais de
família e à juventude. Para esse fim induzam-se as classes ricas a que, pela urgente necessidade do bem
comum, tomem sobre si aqueles encargos, sem os quais a sociedade humana não pode salvar-se, nem
elas próprias poderiam encontrar salvação. Mas as providências, que o Estado toma para esse fim, devem
ser tais que atinjam efetivamente os que de fato têm nas mãos os maiores capitais e continuamente os vão
aumentando com grave prejuízo dos outros.

Prudente e sóbria administração

76. O próprio Estado, lembrando-se de suas responsabilidades diante de Deus e da sociedade, sirva de
exemplo a todos os demais com uma prudente e sóbria administração. Hoje mais que nunca a gravíssima
crise mundial exige que aqueles que dispõem de fundos enormes, fruto do trabalho e do suor de milhões
de cidadãos, tenham sempre diante dos olhos unicamente o bem comum e procurem promovê-lo o mais
possível. Os funcionários do Estado e todos os empregados cumpram também, por dever de consciência os
seus deveres com fidelidade e desinteresse, seguindo os luminosos exemplos antigos e recentes de
homens insignes, que num trabalho sem descanso sacrificaram toda a sua vida pelo bem da pátria. E no
comércio dos povos entre si, procure-se solicitamente remover aqueles obstáculos artificiais da vida
econômica, que brotam do sentimento da desconfiança e do ódio, recordando que todos os povos da terra
formam uma única família de Deus.

Deixar liberdade à Igreja

77. Mas, ao mesmo tempo, deve o Estado deixar à Igreja plena liberdade de cumprir a sua missão divina e
espiritual, para contribuir assim poderosamente para salvar os povos da terrível tormenta da hora
presente. Por toda a parte se faz hoje um angustioso apelo às forças morais e espirituais; e com toda a
razão, porque o mal que se deve combater é antes de tudo, considerado em sua primeira origem, um mal
de natureza espiritual, e desta fonte é que brotam, por uma lógica diabólica, todas as monstruosidades do
comunismo. Ora, entre as forças morais e religiosas, sobressai incontestavelmente a Igreja Católica; e por
isso o mesmo bem da humanidade exige que não se ponham obstáculos à sua atividade.

78. Proceder de outro modo e pretender ao mesmo tempo alcançar o fim com meios puramente
econômicos e políticos, é ficar à mercê de um erro perigoso. E quando se exclui a religião da escola, da
educação, da vida pública, e se expõem ao ludíbrio os representantes do Cristianismo e seus sagrados
ritos, não se promove porventura aquele materialismo, donde germina o comunismo? Nem a força, ainda a
mais bem organizada, nem os ideais terrenos, por mais grandiosos e nobres que sejam, podem dominar
um movimento, que tem suas raízes precisamente na demasiada estima dos bens da terra.

79. Confiamos que aqueles que dirigem os destinos das nações, por pouco que sintam o perigo extremo
que ameaça hoje os povos, compreenderão cada vez melhor o supremo dever de não impedir à Igreja o
cumprimento da sua missão; tanto mais que, ao cumpri-la, enquanto procura a felicidade eterna do
homem trabalha também inseparavelmente pela verdadeira felicidade temporal.

APELO PATERNO AOS TRANSVIADOS

80. Mas não podemos pôr termo a esta Carta Encíclica, sem dirigir uma palavra àqueles mesmos filhos
Nossos que estão já contagiados ou tocados do mal comunista. Exortamo-los vivamente a que ouçam a
voz do Pai que os ama; e rogamos ao Senhor que os ilumine, para que deixem o caminho que os despenha
a todos numa imensa e catastrófica ruína, e reconheçam também eles que o único Salvador é Jesus Cristo
Senhor Nosso: “porque não há sob o céu nenhum outro nome dado aos homens, pelo qual possamos
esperar ser salvos” (At 4, 12).
CONCLUSÃO

SÃO JOSÉ, MODELO E PATRONO

81. E, para apressar a “Paz de Cristo no Reino de Cristo” (Encíclica Ubi Arcano, 23 de dezembro de 1922:
A.A.S., vol. XIV (1922), pág. 619), por todos tão desejada, pomos a grande ação da Igreja Católica contra
o comunismo ateu mundial sob a égide do poderoso Protetor da Igreja, São José. Ele pertence à classe
operária e experimentou o peso da pobreza, em si e na Sagrada Família, de que era chefe vigilante e
afetuoso; a ele foi confiado o Deus Menino, quando Herodes mandou contra ele os seus sicários. Com uma
vida de fidelíssimo cumprimento do dever cotidiano, deixou um exemplo de vida a todos os que têm de
ganhar o pão com o trabalho de suas mãos e mereceu ser chamado o Justo, exemplo vivo daquela justiça
cristã, que deve reinar na vida social.

82. Com os olhos no alto, a nossa fé vê os novos céus e a nova terra; de que fala o Nosso primeiro
Antecessor, São Pedro (2 Pdr 3, 13; cf. Is 66, 22; Apc 21, 1). Enquanto as promessas dos falsos profetas
da terra se desvanecem em sangue e lágrimas, brilha com celeste beleza a grande profecia apocalíptica do
Redentor do mundo: “Eis que Eu renovo todas as coisas” (Apc 21, 5).

Não Nos resta, Veneráveis Irmãos, senão elevar as mãos paternas e fazer descer sobre Vós, sobre o vosso
Clero e povo, sobre toda a grande Família Católica, a Bênção Apostólica.

Dada em Roma, junto de São Pedro, na festa de São José, Padroeiro da Igreja Universal, no dia 19 de
março de 1937, ano XVI do Nosso Pontificado.

PIO XI PP.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/pt/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19370319_divini-redemptoris.html

CARTA ENCÍCLICA
MIT BRENNENDER SORGE
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA SITUACIÓN
DE LA IGLESIA CATÓLICA EN EL REICH ALEMÁN

A los venerables hermanos,


arzobispos, obispos y otros ordinarios de Alemania
en paz y comunión con la Sede Apostólica

1. Con viva preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la
Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles, de uno u otro sexo, que le han permanecido devotos
en el espíritu y en las obras; y todo esto en aquella nación y en medio de aquel pueblo al que San Bonifacio llevó un
día el luminoso mensaje, la buena nueva de Cristo y del reino de Dios.

2. Esta nuestra inquietud no se ha visto disminuida por los informes que los reverendísimos representantes del
episcopado, según su deber, nos dieron, ajustados a la verdad, al visitarnos durante nuestra enfermedad. Junto a
muchas noticias muy consoladoras y edificantes sobre la lucha sostenida por sus fieles por causa de la religión, no
pudieron pasar en silencio, a pesar de su amor al propio pueblo y a su patria y el cuidado de expresar un juicio bien
ponderado, otros innumerables sucesos muy tristes y reprobables. Luego que Nos hubimos escuchado sus relatos, con
profunda gratitud a Dios pudimos exclamar con el apóstol del amor: No hay para mi mayor alegría que oír de mis
hijos que andan en la verdad (3Jn 4). Pero la sinceridad que corresponde a la grave responsabilidad de nuestro
ministerio apostólico y la decisión de presentar ante vosotros y ante todo el mundo cristiano la realidad en toda su
crudeza, exigen también que añadamos: No tenemos preocupación mayor ni más cruel aflicción pastoral que cuando
oímos: Muchos abandonan el camino de la verdad (cf. 2Pe 2,2).

1. CONCORDATO

3. Cuando Nos, venerables hermanos, en el verano de 1933, a instancia del Gobierno del Reich, aceptamos el reanudar
las gestiones para un concordato, tomando por base un proyecto elaborado ya varios años antes, y llegamos así a un
acuerdo solemne que satisfizo a todos vosotros, tuvimos por móvil la obligada solicitud de tutelar la libertad de la
misión salvadora de la Iglesia en Alemania y de asegurar la salvación de las almas a ella confiadas, y, al mismo
tiempo, el sincero deseo de prestar un servicio capital al pacífico desenvolvimiento y al bienestar del pueblo alemán.

4. A pesar de muchas y graves consideraciones, Nos determinamos entonces, no sin una propia violencia, a no negar
nuestro consentimiento. Queríamos ahorrar a nuestros fieles, a nuestros hijos y a nuestras hijas de Alemania, en la
medida humanamente posible, las situaciones violentas y las tribulaciones que, en caso contrario, se podían prever con
toda seguridad según las circunstancias de los tiempos. Y con hechos queríamos demostrar a todos que Nos, buscando
únicamente a Cristo y cuanto a Cristo pertenece, no rehusábamos tender a nadie, si él mismo no la rechazaba, la mano
pacífica de la madre Iglesia.

5. Si el árbol de la paz, por Nos plantado en tierra alemana con pura intención, no ha producido los frutos por Nos
anhelados en interés de vuestro pueblo, no habrá nadie en el mundo entero, con ojos para ver y oídos para oír, que
pueda decir, todavía hoy, que la culpa es de la Iglesia y de su Cabeza suprema. La experiencia de los años
transcurridos hace patentes las responsabilidades y descubre las maquinaciones que, ya desde el principio, no se
propusieron otro fin que una lucha hasta el aniquilamiento. En los surcos donde nos habíamos esforzado por echar la
simiente de la verdadera paz, otros esparcieron —como el inimicus homo de la Sagrada Escritura (Mt 13, 25)— la
cizaña de la desconfianza, del descontento, de la discordia, del odio, de la difamación, de la hostilidad profunda,
oculta o manifiesta, contra Cristo y su Iglesia, desencadenando una lucha que se alimentó en mil fuentes diversas y se
sirvió de todos los medios. Sobre ellos, y solamente sobre ellos y sobre sus protectores, ocultos o manifiestos, recae la
responsabilidad de que en el horizonte de Alemania no aparezca el arco iris de la paz, sino el nubarrón que presagia
luchas religiosas desgarradoras.

6. Venerables hermanos, Nos no nos hemos cansado de hacer ver a los dirigentes, responsables de la suerte de vuestra
nación, las consecuencias que se derivan necesariamente de la tolerancia, o peor aún, del favor prestado a aquellas
corrientes. A todo hemos recurrido para defender la santidad de la palabra solemnemente dada y la inviolabilidad de
los compromisos voluntarios contraídos frente a las teorías y prácticas que, si hubieran llegado a admitirse
oficialmente, habrían disipado toda confianza y desvalorizado intrínsecamente toda palabra para lo futuro. Cuando
llegue el momento de exponer a los ojos del mundo estos nuestros esfuerzos, todos los hombres de recta intención
sabrán dónde han de buscarse los defensores de la paz y dónde sus perturbadores. Todo el que haya conservado en su
ánimo un residuo de amor a la verdad, y en su corazón una sombra del sentido de justicia, habrá de admitir que, en los
años tan difíciles y llenos de tan graves acontecimientos que siguieron al Concordato, cada una de nuestras palabras y
de nuestras acciones tuvo por norma la fidelidad a los acuerdos estipulados. Pero deberá también reconocer con
extrañeza y con profunda reprobación cómo por la otra parte se ha erigido en norma ordinaria el desfigurar
arbitrariamente los pactos, eludirlos, desvirtuarlos y, finalmente, violarlos más o menos abiertamente.

7. La moderación que, a pesar de todo esto, hemos demostrado hasta ahora no nos ha sido sugerida por cálculos de
intereses terrenos, ni mucho menos por debilidad, sino simplemente por la voluntad de no arrancar, junto con la
cizaña, alguna planta buena; por la decisión de no pronunciar públicamente un juicio mientras los ánimos no
estuviesen bien dispuestos para comprender su ineludible necesidad; por la resolución de no negar definitivamente la
fidelidad de otros a la palabra empeñada, antes de que el irrefutable lenguaje de la realidad le hubiese arrancado los
velos con que se ha sabido y se pretende aún ahora disfrazar, conforme a un plan predeterminado, el ataque contra la
Iglesia. Todavía hoy, cuando la lucha abierta contra las escuelas confesionales, tuteladas por el Concordato, y la
supresión de la libertad del voto para aquellos que tienen derecho a la educación católica, manifiestan, en un campo
particularmente vital para la Iglesia, la trágica gravedad de la situación y la angustia, sin ejemplo, de las conciencias
cristianas, la solicitud paternal por el bien de las almas nos aconseja no dejar de considerar las posibilidades, por
escasas que sean, que aún puedan subsistir, de una vuelta a la fidelidad de los pactos y una inteligencia que nuestra
conciencia pueda admitir. Secundando los ruegos de los reverendísimos miembros del episcopado, en adelante no nos
cansaremos de ser el defensor —ante los dirigentes de vuestro pueblo— del derecho conculcado, y ello, sin
preocuparnos del éxito o del fracaso inmediato, obedeciendo sólo a nuestra conciencia y a nuestro ministerio pastoral,
y no cesaremos de oponernos a una mentalidad que intenta, con abierta u oculta violencia, sofocar el derecho
garantizado por solemnes documentos.
8. Sin embargo, el fin de la presente carta, venerables hermanos, es otro. Como vosotros nos visitasteis amablemente
durante nuestra enfermedad, así ahora nos dirigimos a vosotros, y por vuestro conducto, a los fieles católicos de
Alemania, los cuales, como todos los hijos que sufren y son perseguidos, están muy cerca del corazón del Padre
común. En esta hora en que su fe está siendo probada, como oro de ley, en el fuego de la tribulación y de la
persecución, insidiosa o manifiesta, y en que están rodeados por mil formas de una opresión organizada de la libertad
religiosa, viviendo angustiados por la imposibilidad de tener noticias fidedignas y de poder defenderse con medios
normales, tienen un doble derecho a una palabra de verdad y de estímulo moral por parte de Aquel a cuyo primer
predecesor dirigió el Salvador aquella palabra llena de significado: Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y
tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lc 22,32).

2. GENUINA FE EN DIOS

9. Y ante todo, venerables hermanos, cuidad que la fe en Dios, primer e insustituible fundamento de toda religión,
permanezca pura e íntegra en las regiones alemanas. No puede tenerse por creyente en Dios el que emplea el nombre
de Dios retóricamente, sino sólo el que une a esta venerada palabra una verdadera y digna noción de Dios.

10. Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o
deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes.

11. Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar
del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia, la cual se extiende
poderosa del uno al otro extremo (Sab 8,1) y lo dirige a buen fin. Ese hombre no puede pretender que sea contado
entre los verdaderos creyentes.

12. Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u
otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto,
con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los
valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está
lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a esta.

13. Vigilad, venerables hermanos, con cuidado contra el abuso creciente, que se manifiesta en palabras y por escrito,
de emplear el nombre tres veces santo de Dios como una etiqueta vacía de sentido para un producto más o menos
arbitrario de una especulación o aspiración humana; y procurad que tal aberración halle entre vuestros fieles la
vigilante repulsa que merece. Nuestro Dios es el Dios personal, trascendente, omnipotente, infinitamente perfecto,
único en la trinidad de las personas y trino en la unidad de la esencia divina, creador del universo, señor, rey y último
fin de la historia del mundo, el cual no admite, ni puede admitir, otras divinidades junto a sí.

14. Este Dios ha dado sus mandamientos de manera soberana, mandamientos independientes del tiempo y espacio, de
región y raza. Como el sol de Dios brilla indistintamente sobre el género humano, así su ley no reconoce privilegios ni
excepciones. Gobernantes y gobernados, coronados y no coronados, grandes y pequeños, ricos y pobres, dependen
igualmente de su palabra. De la totalidad de sus derechos de Creador dimana esencialmente su exigencia de una
obediencia absoluta por parte de los individuos y de toda la sociedad. Y esta exigencia de una obediencia absoluta se
extiende a todas las esferas de la vida, en las que cuestiones de orden moral reclaman la conformidad con la ley divina
y, por esto mismo, la armonía de los mudables ordenamientos humanos con el conjunto de los inmutables
ordenamientos divinos.

15. Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y
emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios,
creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son como gotas de agua en el
caldero (Is 40, 5).

16. Los obispos de la Iglesia de Cristo encargados de las cosas que miran a Dios (Heb 5,1), deben vigilar para que no
arraiguen entre los fieles esos perniciosos errores, a los que suelen seguir prácticas aun más perniciosas. Es propio de
su sagrado ministerio hacer todo lo posible para que los mandamientos de Dios sean considerados y practicados como
obligaciones inconcusas de una vida moral y ordenada, tanto privada como pública; para que los derechos de la
majestad divina, el nombre y la palabra de Dios no sean profanados (cf. Tit 2,5); para que las blasfemias contra Dios
en palabras, escritos e imágenes, numerosas a veces como la arena del mar, sean reducidas a silencio, y para que frente
al espíritu tenaz e insidioso de los que niegan, ultrajan y odian a Dios, no languidezca nunca la plegaria reparadora de
los fieles, que, como el incienso, suba continuamente al Altísimo, deteniendo su mano vengadora.
17. Nos os damos gracias, venerables hermanos, a vosotros, a vuestros sacerdotes y a todos los fieles que, defendiendo
los derechos de la Divina Majestad contra un provocador neopaganismo, apoyado, desgraciadamente con frecuencia,
por personalidades influyentes, habéis cumplido y cumplís vuestro deber de cristianos. Esta gratitud es
particularmente íntima y llena de reconocida admiración para todos los que en el cumplimiento de este su deber se han
hecho dignos de sufrir por la causa de Dios sacrificios y dolores.

3. GENUINA FE EN JESUCRISTO

18. La fe en Dios no se mantendrá por mucho tiempo pura e incontaminada si no se apoya en la fe de Jesucristo. Nadie
conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere
revelárselo (Lc 10,22). Esta es la vida eterna, que te reconozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado,
Jesucristo (Jn 17,3). A nadie, por lo tanto, es lícito decir: Yo creo en Dios, y esto es suficiente para mi religión. La
palabra del Salvador no deja lugar a tales escapatorias: El que niega al Hijo tampoco tiene al Padre; el que confiesa al
Hijo tiene también al Padre (1Jn 2,23).

19. En Jesucristo, Hijo encarnado de Dios, apareció la plenitud de la revelación divina: Muchas veces y en muchas
maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos
habló por su Hijo (Heb 1,1-2). Los libros santos del Antiguo Testamento son todos palabra de Dios, parte sustancial
de su revelación. Conforme al desarrollo gradual de la revelación, en ellos aparece el crepúsculo del tiempo que debía
preparar el pleno mediodía de la Redención. En algunas partes se habla de la imperfección humana, de su debilidad y
del pecado, como no puede suceder de otro modo cuando se trata de libros de historia y legislación. Aparte de otros
innumerables rasgos de grandeza y de nobleza, hablan de la tendencia superficial y materialista que se manifestaba
reiteradamente a intervalos en el pueblo de la Antigua Alianza, depositario de la revelación y de las promesas de Dios.
Pero cualquiera que no esté cegado por el prejuicio o por la pasión no puede menos de notar que lo que más
luminosamente resplandece, a pesar de la debilidad humana de que habla la historia bíblica, es la luz divina del
camino de la salvación, que triunfa al fin sobre todas las debilidades y pecados. Y precisamente sobre este fondo, con
frecuencia sombrío, la pedagogía de la salvación eterna se ensancha en perspectivas, las cuales a un tiempo dirigen,
amonestan, sacuden, consuelan y hacen felices. Sólo la ceguera y el orgullo pueden hacer cerrar los ojos ante los
tesoros de saludables enseñanzas encerrados en el Antiguo Testamento. Por eso, el que pretende desterrar de la Iglesia
y de la escuela la historia bíblica y las sabias enseñanzas del Antiguo Testamento, blasfema la palabra de Dios,
blasfema el plan de la salvación dispuesto por el Omnipotente y erige en juez de los planes divinos un angosto y
mezquino pensar humano. Ese tal niega la fe en Jesucristo, nacido en la realidad de su carne, el cual tomó la
naturaleza humana de un pueblo que más tarde había de crucificarle. No comprende nada del drama mundial del Hijo
de Dios, el cual al crimen de quienes le crucificaban opuso, en calidad de Sumo Sacerdote, la acción divina de la
muerte redentora, dando de esta forma al Antiguo Testamento su cumplimiento, su fin y su sublimación en el Nuevo
Testamento.

20. La revelación, que culminó en el Evangelio de Jesucristo, es definitiva y obligatoria para siempre, no admite
complementos de origen humano, y mucho menos sucesiones o sustituciones por revelaciones arbitrarias, que algunos
corifeos modernos querrían hacer derivar del llamado mito de la sangre y de la raza. Desde que Cristo, el Ungido del
Señor, consumó la obra de la redención, quebrantando el dominio del pecado y mereciéndonos la gracia de llegar a ser
hijos de Dios, desde aquel momento no se ha dado a los hombres ningún otro nombre bajo el cielo, para conseguir la
bienaventuranza, sino el nombre de Jesucristo (Hech 4,12). Por más que un hombre encarnara en sí toda la sabiduría,
todo el poder y toda la pujanza material de la tierra, no podría asentar fundamento diverso del que Cristo ha puesto
(1Cor 3,11). En consecuencia, aquel que con sacrílego desconocimiento de la diferencia esencial entre Dios y la
criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osase poner al nivel de Cristo, o peor aún, sobre El o contra El, a
un simple mortal, aunque fuese el más grande de todos los tiempos, sepa que es un profeta de fantasías a quien se
aplica espantosamente la palabra de la Escritura: El que mora en los cielos se burla de ellos (Sal 2,4).

4. GENUINA FE EN LA IGLESIA

21. La fe en Jesucristo no permanecerá pura e incontaminada si no está sostenida y defendida por la fe en la


Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1Tim 3,15). Cristo mismo, Dios eternamente bendito, ha erigido esta
columna de la fe; su mandato de escuchar a la Iglesia (cf. Mt 18,17) y recibir por las palabras y los mandatos de la
Iglesia sus mismas palabras y sus mismos mandatos (cf. Lc 10,16), tiene valor para todos los hombres de todos los
tiempos y de todas las regiones. La Iglesia, fundada por el Salvador, es única para todos los pueblos y para todas las
naciones: y bajo su bóveda, que cobija, como el firmamento, al universo entero, hallan puesto y asilo todos los pueblos
y todas las lenguas, y pueden desarrollarse todas las propiedades, cualidades, misiones y cometidos, que han sido
señalados por Dios creador y salvador a los individuos y a las sociedades humanas. El corazón materno de la Iglesia es
tan generoso, que ve en el desarrollo de tales peculiaridades y cometidos particulares, conforme al querer de Dios, la
riqueza de la variedad, más bien que el peligro de escisiones: se goza con el elevado nivel espiritual de los individuos
y de los pueblos, descubre con alegría y santo orgullo materno en sus genuinas actuaciones los frutos de educación y
de progreso, que bendice y promueve siempre que lo puede hacer en conciencia. Pero sabe también que a esta libertad
le han sido señalados límites por disposición de la Divina Majestad, que ha querido y ha fundado esta Iglesia como
unidad inseparable en sus partes esenciales. El que atenta contra esta intangible unidad, quita a la esposa de Cristo una
de las diademas con que Dios mismo la ha coronado; somete el edificio divino, que descansa en cimientos eternos, a la
revisión y a la transformación por parte de arquitectos a quienes el Padre celestial no ha concedido poder alguno.

22. La divina misión que la Iglesia cumple entre los hombres y debe cumplir por medio de hombres, puede ser
dolorosamente oscurecida por el elemento humano, quizás demasiado humano que en determinados tiempos vuelve a
retoñar, como la cizaña en medio del trigo del reino de Dios. El que conozca la frase del Salvador acerca de los
escándalos y de quienes los dan, sabe cómo la Iglesia y cada individuo deben juzgar sobre lo que fue y es pecado. Pero
quien, fundándose en estos lamentables desacuerdos entre la fe y la vida, entre las palabras y los actos, entre la
conducta exterior y los pensamientos interiores de algunos —aunque éstos fuesen muchos—, echa en olvido o
conscientemente pasa en silencio la enorme suma de genuina actividad para llegar a la virtud, el espíritu de sacrificio,
el amor fraternal, el heroísmo de santidad, en tantos miembros de la Iglesia, manifiesta una ceguera injusta y
reprobable. Y cuando luego se ve que la rígida medida con que juzga a la odiada Iglesia se deja al margen cuando se
trata de otras sociedades que le son cercanas por sentimiento o interés, entonces se evidencia que, al mostrarse
lastimado en su pretencioso sentido de pureza, se revela semejante a aquellos que, según la tajante frase del Salvador,
ven la paja en el ojo ajeno y no se dan cuenta la viga en el propio. También es menos pura la intención de aquellos que
ponen por fin de su vocación lo que hay de humano en la Iglesia, hasta hacer quizás de ello un negocio bastardo, y si
bien la potestad de quien está investido de la dignidad eclesiástica, fundada en Dios, no depende de su nivel humano y
moral, sin embargo, no hay época alguna, ni individuo, ni sociedad que no deba examinar sinceramente su conciencia,
purificarse inexorablemente, renovarse profundamente en el sentir y en el obrar. En nuestra encíclica sobre el
sacerdocio y en la de la Acción Católica hemos llamado insistentemente la atención de todos los pertenecientes a la
Iglesia, y particularmente la de los eclesiásticos, religiosos y seglares, que colaboran en el apostolado, sobre el sagrado
deber de poner su fe y su conducta en aquella armonía exigida por la ley de Dios y reclamada con incansable
insistencia por la Iglesia. También hoy Nos repetimos con gravedad profunda: No basta ser contados en la Iglesia de
Cristo, es preciso ser en espíritu y en verdad miembros vivos de esta Iglesia. Y lo son solamente los que están en
gracia de Dios y caminan continuamente en su presencia, o por la inocencia o por la penitencia sincera y eficaz. Si el
Apóstol de las Gentes, el vaso de elección, sujetaba su cuerpo al látigo de la mortificación, no fuera que, después de
haber predicado a los otros (cf 1Cor 9,27), fuese él reprobado, ¿habrá, por ventura, para aquellos en cuyas manos está
la custodia y el incremento del reino de Dios, otro camino que el de la íntima unión del apostolado con la santificación
propia? Sólo así se demostrará a los hombres de hoy, y en primer lugar a los detractores de la Iglesia, que la sal de la
tierra y la levadura del cristianismo no se ha vuelto ineficaz, sino que es poderosa y capaz de renovar espiritualmente y
rejuvenecer a los que están en la duda y en el error, en la indiferencia y en el descarrío espiritual, en la relajación de la
fe y en el alejamiento de Dios, de quien ellos —lo admitan o lo nieguen— están más necesitados que nunca. Una
cristiandad en la que todos los miembros vigilen sobre sí mismos, que deseche toda tendencia a lo puramente exterior
y mundano, que se atenga seriamente a los preceptos de Dios y de la Iglesia y se mantenga, por consiguiente, en el
amor de Dios y en la solícita caridad para el prójimo, podrá y deberá ser ejemplo y guía para el mundo profundamente
enfermo, que busca sostén y dirección, si es que no se quiere que sobrevenga una enorme catástrofe o una decadencia
indescriptible.

23. Toda reforma genuina y duradera ha tenido propiamente su origen en el santuario, en hombres inflamados e
impulsados por amor de Dios y del prójimo, los cuales, gracias a su gran generosidad en corresponder a cualquier
inspiración de Dios y a ponerla en práctica ante todo en sí mismos, profundizando en humildad y con la seguridad de
quien es llamado por Dios, llegaron a iluminar y renovar su época. Donde el celo de reformas no derivó de la pura
fuente de la integridad personal, sino que fue efecto de la explosión de impulsos pasionales, en vez de iluminar
oscureció, en vez de construir destruyó, y fue frecuentemente punto de partida para errores todavía más funestos que
los daños que se quería o se pretendía remediar. Es cierto que el espíritu de Dios sopla donde quiere (Jn 3,8), de las
piedras puede suscitar los cumplidores de sus designios (cf. Mt 3,9; Lc 3,8), y escoge los instrumentos de su voluntad
según sus planes, no según los de los hombres. Pero El, que ha fundado la Iglesia y la llamó a la vida en Pentecostés,
no quiebra la estructura fundamental de la salvadora institución por El mismo querida. Quien está movido por el
espíritu de Dios observa, por esto mismo, una actitud exterior e interior de respeto hacia la Iglesia, noble fruto del
árbol de la Cruz, don del Espíritu Santo en Pentecostés al mundo necesitado de guía.

24.. En vuestras regiones, venerables hermanos, se alzan voces, en coro cada vez más fuerte, que incitan a salir de la
Iglesia; y entre los voceadores hay algunos que, por su posición oficial, intentan producir la impresión de que tal
alejamiento de la Iglesia, y consiguientemente la infidelidad a Cristo Rey, es testimonio particularmente convincente y
meritorio de su fidelidad al actual régimen. Con presiones ocultas y manifiestas, con intimidaciones, con perspectivas
de ventajas económicas, profesionales, cívicas o de otro género, la adhesión de los católicos a su fe —y singularmente
la de algunas clases de funcionarios católicos— se halla sometida a una violencia tan ilegal como inhumana. Nos, con
paterna emoción, sentimos y sufrimos profundamente con los que han pagado a tan caro precio su adhesión a Cristo y
a la Iglesia; pero se ha llegado ya a tal punto, que está en juego el último fin y el más alto, la salvación, o la
condenación; y en este caso, como único camino de salvación para el creyente, queda la senda de un generoso
heroísmo. Cuando el tentador o el opresor se le acerque con las traidoras insinuaciones de que salga de la Iglesia,
entonces no habrá más remedio que oponerle, aun a precio de los más graves sacrificios terrenos, la palabra del
Salvador: Apártate de mí, Satanás, porque está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás
culto (Mt 4,10; Lc 4,8). A la Iglesia, por el contrario, deberá dirigirle estas palabras: ¡Oh tú, que eres mi madre desde
los días de mi infancia primera, mi fortaleza en la vida, mi abogada en la muerte, que la lengua se me pegue al paladar
si yo, cediendo a terrenas lisonjas o amenazas, llegase a traicionar las promesas de mi bautismo! Finalmente, aquellos
que se hicieron la ilusión de poder conciliar con el abandono exterior de la Iglesia la fidelidad interior a ella, adviertan
la severa palabra del Señor: El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios (Lc 12,9).

5. GENUINA FE EN EL PRIMADO

25. La fe en la Iglesia no se mantendrá pura e incontaminada si no está apoyada por la fe en el primado del obispo de
Roma. En el mismo momento en que Pedro, adelantándose a los demás apóstoles y discípulos, profesó su fe en Cristo,
Hijo de Dios vivo, la respuesta de Cristo, que le premiaba por su fe y por haberla profesado, fue el anuncio de la
fundación de su Iglesia, de la única Iglesia, sobre la roca de Pedro (Mt 1,18). Por esto la fe en Cristo, en la Iglesia y en
el Primado, están en sagrada trabazón de mutua dependencia. Una autoridad genuina y legal es en todas partes un
vínculo de unidad y un manantial de fuerza, una defensa contra la división y la ruina, una garantía para el porvenir. Y
esto se verifica en un sentido más alto y noble donde, como en el caso de la Iglesia, y sólo en la Iglesia, a tal autoridad
se le ha prometido la asistencia sobrenatural del Espíritu Santo y su apoyo invencible. Si personas, que ni siquiera
están unidas por la fe de Cristo, os atraen y lisonjean con la seductora imagen de una iglesia nacional alemana, sabed
que esto no es otra cosa que renegar de la única Iglesia de Cristo, una apostasía manifiesta del mandato de Cristo de
evangelizar a todo el mundo, lo que sólo puede llevar a la práctica una Iglesia universal. El desarrollo histórico de
otras iglesias nacionales, su entumecimiento espiritual, su opresión y servidumbre por parte de los poderes laicos,
muestran la desoladora esterilidad, que denuncia con irremediable certeza ser un sarmiento desgajado de la cepa vital
de la Iglesia. Quien, ya desde el principio, opone a estos erróneos desarrollos un no vigilante e inconmovible, presta
un servicio no solamente a la pureza de la fe, sino también a la salud y fuerza vital de su pueblo.

6. NINGUNA ADULTERACIÓN
DE NOCIONES Y TÉRMINOS SAGRADOS

26. Venerables hermanos, ejerced particular vigilancia cuando conceptos religiosos fundamentales son vaciados de su
contenido genuino y son aplicados a significados profanos.

27. Revelación, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este término para indicar las
sugestiones que provienen de la sangre y de la raza o la irradiaciones de la historia de un pueblo es, en todo caso,
causar desorientaciones. Estas monedas falsas no merecen pasar al tesoro lingüístico de un fiel cristiano.

28. La fe consiste en tener por verdadero lo que Dios ha revelado y que por medio de la Iglesia manda creer:
es demostración de las cosas que vemos (Heb 11,1). La confianza, risueña y altiva, sobre el porvenir del propio
pueblo, cosa grata a todos, significa algo bien distinto de la fe en sentido religioso. El usar una por otra, el querer
sustituir la una por la otra y pretender con esto ser considerado como «creyente» por un cristiano convencido, es un
mero juego de palabras, una confusión de términos a sabiendas, o incluso algo peor.

29. La inmortalidad, en sentido cristiano, es la sobrevivencia del hombre después de la muerte terrena, como individuo
personal, para la eterna recompensa o para el eterno castigo. Quien con la palabra inmortalidad no quiere expresar
más que una supervivencia colectiva en la continuidad del propio pueblo, para un porvenir de indeterminada duración
en este mundo, pervierte y falsifica una de las verdades fundamentales de la fe cristiana y conmueve los cimientos de
cualquier concepción religiosa, la cual requiere un ordenamiento moral universal. Quien no quiere ser cristiano
debería al menos renunciar a enriquecer el léxico de su incredulidad con el patrimonio lingüístico cristiano.

30. El pecado original es la culpa hereditaria, propia, aunque no personal, de cada uno de los hijos de Adán, que en él
pecaron (cf. Rom 5,12); es pérdida de la gracia —y, consiguientemente, de la vida eterna— con la propensión al mal,
que cada cual ha de sofocar por medio de la gracia, de la penitencia, de la lucha y del esfuerzo moral. La pasión y
muerte del Hijo de Dios redimió al mundo de la maldita herencia del pecado y de la muerte. La fe en estas verdades,
hechas hoy objeto de vil escarnio por parte de los enemigos de Cristo en vuestra patria, pertenece al inalienable
depósito de la religión cristiana.

31. La cruz de Cristo, aunque que su solo nombre haya llegado a ser para muchos locura y escándalo (cf 1Cor 1,23),
sigue siendo para el cristiano la señal sacrosanta de la redención, la bandera de la grandeza y de la fuerza moral. A su
sombra vivimos, besándola morimos; sobre nuestro sepulcro estará como pregonera de nuestra fe, testigo de nuestra
esperanza, aspiración hacia la vida eterna.

32. La humildad en el espíritu del Evangelio y la impetración del auxilio divino se compaginan bien con la propia
dignidad, con la seguridad de sí mismo y con el heroísmo. La Iglesia de Cristo, que en todos los tiempos, hasta en los
más cercanos a nosotros, cuenta más confesores y heroicos mártires que cualquier otra sociedad moral, no necesita,
ciertamente, recibir de algunos campos enseñanzas sobre el heroísmo de los sentimientos y de los actos. En su necio
afán de ridiculizar la humildad cristiana como una degradación de sí mismo y como una actitud cobarde, la repugnante
soberbia de estos innovadores no consigue más que hacerse ella misma ridícula.

33. Gracia, en sentido lato, puede llamarse todo lo que el Creador otorga a la criatura. Pero la gracia, en el propio
sentido cristiano de la palabra, comprende solamente los dones gratuitos sobrenaturales del amor divino, la dignación
y la obra por la que Dios eleva al hombre a aquella íntima comunicación de su vida, que en el Nuevo Testamento se
llama filiación de Dios. Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios, y lo seamos en
realidad (1Jn 3,1). Rechazar esta elevación sobrenatural a la gracia por una pretendida peculiaridad del carácter
alemán, es un error, una abierta declaración de guerra a una verdad fundamental del cristianismo. Equiparar la gracia
sobrenatural a los dones de la naturaleza equivale a violentar el lenguaje creado y santificado por la religión. Los
pastores y guardianes del pueblo de Dios harán bien en oponerse a este hurto sacrílego y a este empeño por confundir
los espíritus.

7. DOCTRINA Y ORDEN MORAL

34. Sobre la fe en Dios, genuina y pura, se funda la moralidad del género humano. Todos los intentos de separar la
doctrina del orden moral de la base granítica de la fe, para reconstruirla sobre la arena movediza de normas humanas,
conducen, pronto o tarde, a los individuos y a las naciones a la decadencia moral. El necio que dice en su corazón: No
hay Dios, se encamina a la corrupción moral (Sal 13[14],1). Y estos necios, que presumen separar la moral de la
religión, constituyen hoy legión. No se percatan, o no quieren percatarse, de que, el desterrar de las escuelas y de la
educación la enseñanza confesional, o sea, la noción clara y precisa del cristianismo, impidiéndola contribuir a la
formación de la sociedad y de la vida pública, es caminar al empobrecimiento y decadencia moral. Ningún poder
coercitivo del Estado, ningún ideal puramente terreno, por grande y noble que en sí sea, podrá sustituir por mucho
tiempo a los estímulos tan profundos y decisivos que provienen de la fe en Dios y en Jesucristo. Si al que es llamado a
las empresas más arduas, al sacrificio de su pequeño yo en bien de la comunidad, se le quita el apoyo moral que le
viene de lo eterno y de lo divino, de la fe ennoblecedora y consoladora en Aquel que premia todo bien y castiga todo
mal, el resultado final para innumerables hombres no será ya la adhesión al deber, sino más bien la deserción. La
observancia concienzuda de los diez mandamientos de la ley de Dios y de los preceptos de la Iglesia —estos últimos,
en definitiva, no son sino disposiciones derivadas de las normas del Evangelio—, es para todo individuo una
incomparable escuela de disciplina orgánica, de vigorización moral y de formación del carácter. Es una escuela que
exige mucho, pero no más de lo que podemos. Dios misericordioso, cuando ordena como legislador: «Tú debes», da
con su gracia la posibilidad de ejecutar su mandato. El dejar, por consiguiente, inutilizadas las energías morales de tan
poderosa eficacia o el obstruirles a sabiendas el camino en el campo de la instrucción popular, es obra de
irresponsables, que tiende a producir una depauperación religiosa en el pueblo. El solidarizar la doctrina moral con
opiniones humanas, subjetivas y mudables en el tiempo, en lugar de cimentarla en la santa voluntad de Dios eterno y
en sus mandamientos, equivale a abrir de par en par las puertas a las fuerzas disolventes. Por lo tanto, fomentar el
abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el
ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo,
cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras.

8. RECONOCIMIENTO DEL DERECHO NATURAL

35. Es una nefasta característica del tiempo presente querer desgajar no solamente la doctrina moral, sino los mismos
fundamentos del derecho y de su aplicación, de la verdadera fe en Dios y de las normas de la relación divina. Fíjase
aquí nuestro pensamiento en lo que se suele llamar derecho natural, impreso por el dedo mismo del Creador en las
tablas del corazón humano (cf. Rom 2,14-15), y que la sana razón humana no obscurecida por pecados y pasiones es
capaz de descubrir. A la luz de las normas de este derecho natural puede ser valorado todo derecho positivo,
cualquiera que sea el legislador, en su contenido ético y, consiguientemente, en la legitimidad del mandato y en la
obligación que implica de cumplirlo. Las leyes humanas, que están en oposición insoluble con el derecho natura,
adolecen de un vicio original, que no puede subsanarse ni con las opresiones ni con el aparato de la fuerza externa.
Según este criterio, se ha de juzgar el principio: «Derecho es lo que es útil a la nación». Cierto que a este principio se
le puede dar un sentido justo si se entiende que lo moralmente ilícito no puede ser jamás verdaderamente ventajoso al
pueblo. Hasta el antiguo paganismo reconoció que, para ser justa, esta frase debía ser cambiada y decir: «Nada hay
que sea ventajoso si no es al mismo tiempo moralmente bueno; y no por ser ventajoso es moralmente bueno, sino que
por ser moralmente bueno es también ventajoso [Cicerón, De officiis III, 30). Este principio, desvinculado de la ley
ética, equivaldría, por lo que respecta a la vida internacional, a un eterno estado de guerra entre las naciones; además,
en la vida nacional, pasa por alto, al confundir el interés y el derecho, el hecho fundamental de que el hombre como
persona tiene derechos recibidos de Dios, que han de ser defendidos contra cualquier atentado de la comunidad que
pretendiese negarlos, abolirlos o impedir su ejercicio. Despreciando esta verdad se pierde de vista que, en último
término, el verdadero bien común se determina y se conoce mediante la naturaleza del hombre con su armónico
equilibrio entre derecho personal y vínculo social, como también por el fin de la sociedad, determinado por la misma
naturaleza humana. El Creador quiere la sociedad como medio para el pleno desenvolvimiento de las facultades
individuales y sociales, del cual medio tiene que valerse el hombre, ora dando, ora recibiendo, para el bien propio y el
de los demás. Hasta aquellos valores más universales y más altos que solamente pueden ser realizados por la sociedad,
no por el individuo, tienen, por voluntad del Creador, como fin último el hombre, así como su desarrollo y perfección
natural y sobrenatural. El que se aparte de este orden conmueve los pilares en que se asienta la sociedad y pone en
peligro la tranquilidad, la seguridad y la existencia de la misma.

36. El creyente tiene un derecho inalienable a profesar su fe y a practicarla en la forma más conveniente a aquélla. Las
leyes que suprimen o dificultan la profesión y la práctica de esta fe están en oposición con el derecho natural.

37. Los padres, conscientes y conocedores de su misión educadora, tienen, antes que nadie, derecho esencial a la
educación de los hijos, que Dios les ha dado, según el espíritu de la verdadera fe y en consecuencia con sus principios
y sus prescripciones. Las leyes y demás disposiciones semejantes que no tengan en cuenta la voluntad de los padres en
la cuestión escolar, o la hagan ineficaz con amenazas o con la violencia, están en contradicción con el derecho natural
y son íntima y esencialmente inmorales.

38. La Iglesia, que tiene como misión guardar e interpretar el derecho natural, divino en su origen, tiene el deber de
declarar que son efecto de la violencia, y, por lo tanto, sin valor jurídico alguno, las inscripciones escolares hechas en
un pasado reciente en una atmósfera de notoria carencia de libertad.

9. A LA JUVENTUD

39. Representantes de Aquel que en el Evangelio dijo a un joven: Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los
mandamientos (Mt19,17), Nos dirigimos una palabra particularmente paternal a la juventud.

40. Por mil voces se os repite al oído un Evangelio que no ha sido revelado por el Padre celestial; miles de plumas
escriben al servicio de una sombra de cristianismo, que no es el cristianismo de Cristo. La prensa y la radio os inundan
a diario con producciones de contenido opuesto a la fe y a la Iglesia y, sin consideración y respeto alguno, atacan lo
que para vosotros debe ser sagrado y santo.

41. Sabemos que muchísimos de vosotros, por ser fieles a la fe y a la Iglesia y por pertenecer a asociaciones religiosas,
tuteladas por el Concordato, habéis tenido y tenéis que soportar trances duros de desprecio, de sospechas, de
vituperios, acusados de antipatriotismo, perjudicados en vuestra vida profesional y social. Y bien sabemos que se
cuentan en vuestras filas muchos desconocidos soldados de Cristo que, con el corazón dolorido, pero con la frente
erguida, sobrellevan su suerte y buscan alivio solamente en la consideración de que sufren afrentas por el nombre de
Jesús (cf Hech 5,41).

42. Y hoy, cuando amenazan nuevos peligros y nuevas tensiones, Nos decimos a esta juventud: «Si alguno os quisiere
anunciar un Evangelio distinto del que recibisteis» sobre el regazo de una madre piadosa, de los labios de un padre
creyente, por las instrucciones de un educador fiel a Dios y a su Iglesia, ese tal sea anatema (Gál 1,9). Si el Estado
organiza a la juventud en asociación nacional obligatoria para todos, en ese caso, dejando a salvo siempre los derechos
de las asociaciones religiosas, los jóvenes tienen el derecho obvio e inalienable, y con ellos sus padres, responsables
de ellos ante Dios, de exigir que esta asociación esté libre de toda tendencia hostil a la fe cristiana y a la Iglesia;
tendencia que hasta un pasado muy reciente y aun hasta el presente angustia a los padres creyentes con un insoluble
conflicto de conciencia, por cuanto no pueden dar al Estado lo que se les pide en nombre del Estado, sin quitar a Dios
lo que a Dios pertenece.
43. Nadie piensa en poner tropiezos a la juventud alemana en el camino que debiera conducirla a la realización de una
verdadera unidad nacional y a fomentar un noble amor por la libertad y una inquebrantable devoción a la patria. A lo
que Nos nos oponemos y nos debemos oponer es al antagonismo voluntaria y sistemáticamente suscitado entre las
preocupaciones de la educación nacional y de las propias del deber religioso. Por esto, Nos decimos a esta juventud:
Cantad vuestros himnos de libertad, mas no olvidéis que la verdadera libertad es la libertad de los hijos de Dios. No
permitáis que la nobleza de esta insustituible libertad desaparezca en los grilletes serviles del pecado y de la
concupiscencia. No es lícito a quien canta el himno de la fidelidad a la patria terrena convertirse en tránsfuga y traidor
con la infidelidad a su Dios, a su Iglesia y a su patria eterna. Os hablan mucho de grandeza heroica, contraponiéndola
osada y falsamente a la humildad y a la paciencia evangélica, pero ¿por qué os ocultan que se da también un heroísmo
en la lucha moral, y que la conservación de la pureza bautismal representa una acción heroica, que debería ser
apreciada como merece, tanto en el campo religioso como en el natural? Os hablan de las fragilidades humanas en la
historia de la Iglesia, pero ¿por qué os ocultan las grandes gestas que la acompañan a lo largo de los siglos, los santos
que ha producido, los beneficios que la civilización occidental recibió de la unión vital entre la Iglesia y vuestro
pueblo? Os hablan mucho de ejercicios deportivos, los cuales, si se usan en una bien entendida medida, dan gallardía
física, que es un beneficio para la juventud. Pero hoy se les señala, con frecuencia, una extensión que no tiene en
cuenta ni la formación integral y armónica del cuerpo y del espíritu, ni el conveniente cuidado de la vida de familia, ni
el mandamiento de santificar el día del Señor. Con una indiferencia rayana en el desprecio, se despoja al día del Señor
de su carácter sagrado y de su recogimiento que corresponde a la mejor tradición alemana. Esperamos confiados que
los jóvenes alemanes católicos reivindicarán explícitamente, en el difícil ambiente de las organizaciones obligatorias
del Estado, su derecho a santificar cristianamente el día del Señor; que el cuidado de robustecer el cuerpo no les hará
olvidar su alma inmortal; que no se dejarán vencer por el mal, sino que más bien procurarán ahogar el mal con el bien
(Rom 12,21); que seguirán considerando como meta altísima suya la corona de la victoria en el estadio de la vida
eterna (1Cor 9,24-25).

10. SACERDOTES Y RELIGIOSOS

44. Dirigimos una palabra de particular gratitud y de exhortación a los sacerdotes de Alemania, a los cuales, con
sumisión a sus Obispos, corresponde mostrar a la grey de Cristo los rectos senderos, en tiempos difíciles y en
circunstancias duras, con la solicitud diaria, con la paciencia apostólica. No os canséis, amados hijos y partícipes de
los divinos misterios, de seguir al eterno Sumo Sacerdote Jesucristo en su amor y oficio de buen samaritano. Caminad
de continuo en una conducta inmaculada ante Dios, en una incesante autodisciplina y perfeccionamiento, en un amor
misericordioso para todos los que os han sido confiados, especialmente para con los que peligran, los débiles y los
vacilantes. Sed guías para los fieles, apoyo para los que titubean, maestros para los que dudan, consoladores para los
afligidos, bienhechores desinteresados y consejeros para todos. Las pruebas y los sufrimientos por que ha pasado
vuestro pueblo en el periodo de la posguerra, no pasaron sin dejar huellas en su alma. Os han dejado angustias y
amarguras, que sólo paulatinamente podrán curarse y ser superadas por un espíritu de amor desinteresado y operante.
Este amor, que es la armadura indispensable al apóstol, especialmente en el mundo presente, agitado y trastornado,
Nos lo deseamos y lo imploramos de Dios para vosotros en medida copiosa. El amor apostólico, si no logra haceros
olvidar, por lo menos os hará perdonar muchas amarguras inmerecidas que, en vuestro camino de sacerdotes y de
pastores de almas, son hoy más numerosas que nunca. Por lo demás, este amor inteligente y misericordioso para con
los descarriados y para con los mismos que os ultrajan no significa, ni en manera alguna puede significar, renuncia a
proclamar, a hacer valer y a defender con valentía la verdad, y a aplicarla a la realidad que os rodea. El primero y más
obvio don amoroso del sacerdote al mundo es servirle la verdad, la verdad toda entera; desenmascarar y refutar el
error, cualquiera que sea su forma o su disfraz. La renuncia a esto sería no solamente una traición a Dios y a vuestra
santa vocación, sino un delito en lo tocante al verdadero bienestar de vuestro pueblo y de vuestra patria. A todos
aquellos, que han conservado para con sus obispos la fidelidad prometida en la ordenación, a aquellos que en el
cumplimiento de su oficio pastoral han tenido y tienen que soportar dolores y persecuciones —algunos hasta ser
encarcelados o mandados a campos de concentración—, a todos ellos llegue la expresión de la gratitud y el encomio
del Padre de la Cristiandad.

45. Y Nuestra gratitud paterna se extiende igualmente a los religiosos de ambos sexos; una gratitud unida a una
participación íntima por el hecho de que, a consecuencia de medidas contra las Ordenes y Congregaciones religiosas,
muchos han sido arrancados del campo de una actividad bendita y para ellos gratísima. Si algunos han sucumbido y se
han mostrado indignos de su vocación, sus yerros, condenados también por la Iglesia, no disminuyen el mérito de la
grandísima mayoría que con desinterés y pobreza voluntaria se han esforzado por servir con plena entrega a su Dios y
a su pueblo. El celo, la fidelidad, el esfuerzo en perfeccionarse, la solícita caridad para con el prójimo y la prontitud
bienhechora de aquellos religiosos cuya actividad se desenvuelve en los cuidados pastorales, en los hospitales y en la
escuela, son y siguen siendo gloriosa aportación al bienestar privado y público; un futuro tiempo más tranquilo les
hará justicia más que el turbulento que atravesamos. Nos tenemos confianza de que los superiores de las comunidades
religiosas tomarán pie de las dificultades y pruebas presentes para implorar del Omnipotente nueva lozanía y nueva
fertilidad sobre el duro campo de su trabajo por medio de un redoblado celo, de una vida espiritual profunda, de una
santa gravedad conforme a su vocación y de una genuina disciplina regular.

11. A LOS FIELES SEGLARES

46. Se ofrecen a nuestra vista, en inmenso desfile, nuestros amados hijos e hijas, a quienes los sufrimientos de la
Iglesia en Alemania y los suyos nada han quitado de su entrega a la causa de Dios, nada de su tierno afecto hacia el
Padre de la Cristiandad, nada de su obediencia a los obispos y sacerdotes, nada de su alegre prontitud en permanecer
en lo sucesivo, pase lo que pase, fieles a lo que han creído y a lo que han recibido como preciosa herencia de sus
antepasados. Con corazón conmovido les enviamos nuestro paternal saludo.

47. Y en prime lugar, a los miembros de las asociaciones católicas, que con valentía y a costa de sacrificios, a menudo
dolorosos, se han mantenido fieles a Cristo y no han estado jamás dispuestos a ceder en aquellos derechos que un
solemne pacto había auténticamente garantizado a la Iglesia y a ellos.

48. Un saludo particularmente cordial va también a los padres católicos. Sus derechos y sus deberes en la educación de
los hijos que Dios les ha dado están en el punto agudo de una lucha tal que no se puede imaginar otra mayor. La
Iglesia de Cristo no puede comenzar a gemir y a lamentarse solamente cuando se destruyen los altares y manos
sacrílegas incendian los santuarios. Cuando se intenta profanar, con una educación anticristiana, el tabernáculo del
alma del niño, santificada por el bautismo; cuando se arranca de este templo vivo de Dios la antorcha de la fe y en su
lugar se coloca la falsa luz de un sustitutivo de la fe, que no tiene nada que ver con la fe de la cruz, entonces ya está
inminente la profanación espiritual del templo, y es deber de todo creyente separar claramente su responsabilidad de la
parte contraria, y su conciencia de toda pecaminosa colaboración en tan nefasta destrucción. Y cuanto más se
esfuercen los enemigos en negar o disimular sus turbios designios, tanto más necesaria es una avisada desconfianza y
una vigilancia precavida, estimulada por una amarga experiencia. La conservación meramente formularia de una
instrucción religiosa —por otra parte controlada y sojuzgada por gente incompetente— en el ambiente de una escuela
que en otros ramos de la instrucción trabaja sistemática y rencorosamente contra la misma religión, no puede nunca
ser título justificativo para que un cristiano consienta libremente en tal clase de escuela, destructora para la religión.
Sabemos, queridos padres católicos, que no es el caso de hablar, con respecto a vosotros, de un semejante
consentimiento, y sabemos que una votación libre y secreta entre vosotros equivaldría a un aplastante plebiscito en
favor de la escuela confesional. Y por esto no nos cansaremos tampoco en lo futuro de echar en cara francamente a las
autoridades responsables la ilegalidad de las medidas violentas que hasta ahora se han tomado, y el deber que tienen
de permitir la libre manifestación de la voluntad. Entretanto, no os olvidéis de esto: ningún poder terreno puede
eximiros del vínculo de responsabilidad, impuesto por Dios, que os une con vuestros hijos. Ninguno de los que hoy
oprimen vuestro derecho a la educación y pretenden sustituiros en vuestros deberes de educadores podrá responder por
vosotros al Juez eterno, cuando le dirija la pregunta: ¿Dónde están los que yo te di? Que cada uno de vosotros pueda
responder: No he perdido a ninguno de los que me diste (Jn 18,9).

49. Venerables hermanos, estamos ciertos de que las palabras que Nos os dirigimos, y por vuestro conducto a los
católicos del Reich alemán, encontrarán, en esta hora decisiva, en el corazón y en las acciones de nuestros fieles hijos
un eco correspondiente a la solicitud amorosa del Padre común. Si hay algo que Nos imploramos del Señor con
particular fervor, es que nuestras palabras lleguen también a los oídos y al corazón de aquellos que han empezado a
dejarse prender por las lisonjas y por las amenazas de los enemigos de Cristo y de su santo Evangelio y que les hagan
reflexionar.

50. Hemos pesado cada palabra de esta encíclica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No
queríamos, con un silencio inoportuno, ser culpables de no haber aclarado la situación, ni de haber endurecido con un
rigor excesivo el corazón de aquellos que, estando confiados a nuestra responsabilidad pastoral, no nos son menos
amados porque caminen ahora por las vías del error y porque se hayan alejado de la Iglesia. Aunque muchos de éstos,
acostumbrados a los modos del nuevo ambiente, no tienen sino palabras de ingratitud y hasta de injuria para la casa
paterna y para el Padre mismo; aunque olvidan cuán precioso es lo que ellos han despreciado, vendrá el día en que el
espanto que sentirán por su alejamiento de Dios y por su indigencia espiritual pesará sobre estos hijos hoy perdidos, y
la añoranza nostálgica los conducirá de nuevo al Dios que alegró su juventud (Sal42[43],4), y a la Iglesia, cuya mano
materna les enseñó el camino hacia el Padre celestial. Acelerar esta hora es el objeto de nuestras incesantes plegarias.

51. Como otras épocas de la Iglesia, también ésta será precursora de nuevos progresos y de purificación interior,
cuando la fortaleza en la profesión de la fe y la prontitud en afrontar los sacrificios por parte de los fieles de Cristo
sean lo bastante grandes para contraponer a la fuerza material de los opresores de la Iglesia la adhesión incondicional a
la fe, la inquebrantable esperanza, anclada en lo eterno, la fuerza arrolladora de una caridad activa. El sagrado tiempo
a la Cuaresma y de Pascua, que invita al recogimiento y a la penitencia y hace al cristiano volver los ojos más que
nunca a la cruz, así como también al esplendor del Resucitado, sea para todos y para cada uno de vosotros una
ocasión, que acogeréis con gozo y aprovecharéis con ardor, para llenar toda el alma con el espíritu heroico, paciente y
victorioso que irradia de la cruz de Cristo. Entonces los enemigos de Cristo —estamos seguros de ello—, que en vano
sueñan con la desaparición de la Iglesia, reconocerán que se han alegrado demasiado pronto y que han querido
sepultarla demasiado deprisa. Entonces vendrá el día en que, en vez de prematuros himnos de triunfo de los enemigos
de Cristo, se elevará al cielo, de los corazones y de los labios de los fieles el Te Deum de la liberación, un Te Deum de
acción de gracias al Altísimo, un Te Deum de júbilo, porque el pueblo alemán, hasta en sus mismos miembros
descarriados, habrá encontrado el camino de la vuelta a la religión; con una fe purificada por el dolor, doblará
nuevamente su rodilla en presencia del Rey del tiempo y de la eternidad, Jesucristo, y se dispondrá a luchar —contra
los que niegan a Dios y destruyen el Occidente cristiano— en armonía con todos los hombres bienintencionados de las
otras naciones y a cumplir la misión que le han asignado los planes del Eterno.

52. Aquel, que sondea los corazones y los deseos (Sal 7,10) nos es testigo de que Nos no tenemos aspiración más
íntima que la del restablecimiento de una paz verdadera entre la Iglesia y el Estado en Alemania. Pero si la paz, sin
culpa nuestra, no viene, la Iglesia de Dios defenderá sus derechos y sus libertades, en nombre del Omnipotente, cuyo
brazo aun hoy no se ha abreviado. Llenos de confianza en El, no cesamos de rogar y de invocar (Col 1,9) por
vosotros, hijos de la Iglesia, para que se acorten los días de la tribulación, y para que seáis hallados fieles en el día de
la prueba, y para que aun a los mismos perseguidores y opresores les conceda el Padre de toda luz y de toda
misericordia la hora del arrepentimiento para sí y para muchos que con ellos han errado y yerran.

Con esta plegaria en el corazón y en los labios, Nos impartimos, como prenda de la ayuda divina, como apoyo en
vuestras decisiones difíciles y llenas de responsabilidad, como lenitivo en el dolor, a vosotros, obispos, pastores de
vuestro pueblo fiel, a los sacerdotes, a los religiosos, a los apóstoles seglares de la Acción Católica y a todos vuestros
diocesanos, y en señalado lugar a los enfermos y prisioneros, con amor paternal la Bendición Apostólica.

Dado en el Vaticano, en la dominica de Pasión, 14 de marzo de 1937.

PIUS PP.XI

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_14031937_mit-brennender-sorge.html

CARTA ENCÍCLICA
VIGILANTI CURA
DO SUMO PONTÍFICE
PAPA PIO XI
AOS VENERÁVEIS IRMÃOS ARCEBISPOS,
BISPOS E DEMAIS ORDINÁRIOS
DOS ESTADOS UNIDOS DA AMÉRICA,
EM PAZ E COMUNHÃO COM A SÉ APOSTÓLICA
SOBRE O CINEMA

Veneráveis Irmãos
Saudação e Bênção Apostólica

Elogio da "Legião da decência"

1. Acompanhamos com vigilante solicitude, como exige o Nosso ministério apostólico, cada obra dos
venerandos antístites e de todo o povo cristão; por isto Nos foi sumamente consoladora a notícia de ter já
sazonado frutos salutares e porfiar ainda mais ricas vantagens aquela providente iniciativa, que fundastes
há mais de dois anos e cuja realização confiastes de modo especial à "Legião da Decência", com o fito de,
qual santa cruzada, reprimir os abusos das representações cinematográficas.

2. Isso Nos oferece o ensejo, há tanto tempo almejado, de externar mais amplamente Nosso parecer sobre
este assunto, relacionado tão de perto com a vida moral e religiosa de todo o povo cristão. Antes de tudo
Nos congratulamos convosco por ter esta Legião, guiada e instruída por vós e apoiada pela valiosa
cooperação dos fiéis, já prestado, neste setor do apostolado, tão relevantes serviços; alegria tanto mais
intensa quanto, angustiados, registrávamos que a arte e indústria do cinema chegara, por assim dizer, "em
grandes passos fora do caminho", ao ponto de mostrar a todos, em imagens luminosas, os vícios, crimes e
delitos.

I – O cinema e a moral cristã

Zelo da Sé Apostólica neste campo

3. Cada vez que se Nos oferecia uma ocasião propícia, consideramos ser um dever de Nosso altíssimo
ofício dirigirmo-Nos ao Episcopado e outros membros do Clero, e também a todos os homens de reta e boa
vontade, a fim de se preocuparem com este problema de suma importância.

O cinema precisa colocar-se a serviço do aperfeiçoamento do homem

4 . Já na encíclica Divini illius magistri", lamentamos "que tais poderosos meios de divulgação, que podem
ser, quando inspirados por princípios sãos, de grande utilidade para a instrução e educação, são muitas
vezes desgraçadamente subordinados ao fomento dos instintos maus, à avidez do lucro". (A. A. S., 1930,
p. 82). Em agosto de 1934, dirigindo-Nos, numa audiência, a uma deputação da Federação Internacional
do Trabalho da Imprensa Cinematográfica, depois de ter mostrado a grande importância que esta espécie
de espetáculo tomou em nossos dias, e sua influência tão intensa, quer para promover o bem, quer para
insinuar o mal, lembrávamos que a todo custo se devia aplicar ao cinema, para que ele não injuriasse e
desacreditasse a moral cristã, ou simplesmente a moral humana e natural, a regra suprema que deve reger
e regulamentar o grande dom da arte.

Toda a arte nobre tem como fim e como razão-de-ser, tornar-se para o homem um meio de se aperfeiçoar
pela probidade e virtude; e por isso mesmo deve ater-se aos princípios e preceitos da moral. E
concluíamos, com a aprovação manifesta daquelas pessoas de elite – ainda Nos é consolador relembrar –
ser necessário tornar o cinema conforme às normas retas, de modo que possa levar os espectadores à
inteireza da vida e uma verdadeira educação.

5. E ainda recentemente, no mês de abril último, recebendo em audiência um grupo de delegados do


Congresso Internacional da Imprensa do Cinema, realizado em Roma, expúnhamos de novo o gravíssimo
problema e exortávamos com ardor todas as pessoas cordatas, não só em nome da religião, mas também
em nome do verdadeiro bem-estar moral e civil dos povos, de envidar todos os esforços, de usar de todos
os meios, principalmente da imprensa, para que o cinema se torne cada vez mais um elemento precioso de
instrução e de educação, e não de destruição e de ruína para as almas.

Necessidade de diretrizes para a igreja universal

6. Mas o assunto é de tal importância, principalmente nas condições atuais da sociedade, que julgamos
necessário tratá-lo de novo, nesta carta, e desenvolvê-lo mais circunstancialmente, traçando diretrizes que
correspondam às necessidades presentes, válidas não só para vós, Veneráveis Irmãos, mas também para
todos os Bispos do orbe católico. Com efeito, é mui necessário e urgente cuidar para que os progressos da
ciência e da arte, e mesmo das artes da indústria técnica, verdadeiros dons de Deus, sejam dirigidos de tal
modo à glória de Deus, à salvação das almas, à extensão do reino de Jesus Cristo sobre a terra, que todos,
como a Igreja nos faz rezar, "aproveitemos os bens temporais de modo a não perder os bens eternos".
Ora, facilmente todos podem verificar que os progressos do cinema, quanto mais maravilhosos se tornam,
mais perniciosos foram para a moralidade e para a religião, e mesmo para a honestidade do Estado civil.

Preocupação dos próprios diretores da indústria cinematográfica

7. Os próprios diretores desta indústria, nos Estados Unidos, reconheceram-no quando a esse respeito
confessaram sua responsabilidade perante os indivíduos e a sociedade. Em março de 1930, por um ato
livre, feito de comum acordo ratificado por suas assinaturas e promulgado pela imprensa, tomaram o
compromisso solene de proteger no futuro a moralidade dos freqüentadores do cinema. Em virtude dessa
promessa, comprometeram-se expressamente a nunca exibir um filme que rebaixasse o senso moral dos
espectadores, que ferisse a lei natural e humana ou que mostrasse simpatia pela violação da mesma.

Frustrados estes esforços

8. No entanto, apesar desta prudente determinação tomada espontaneamente, os responsáveis e os


fabricantes de filmes não puderam ou formalmente não quiseram submeter-se aos princípios a cuja
observância se tinham obrigado. Tendo este compromisso sido quase nulo e prosseguindo a exibição do
vício e do crime no cinema, todo homem probo, que procura uma honesta diversão, vê-se as mais das
vezes obrigado a ficar longe destes espetáculos.

O exemplo dos bispos dos E.U. "Legião da decência"

9. Nesta gravíssima situação, Veneráveis Irmãos, fostes vós os primeiros a estudar o meio de defender
contra o perigo iminente as almas confiadas aos vossos cuidados; instituístes a "Legião da Decência" como
uma cruzada santa, fundada para reanimar enfim os ideais da honestidade moral e cristã. Muito longe de
vós esteve a idéia de prejudicar a indústria do cinema; pelo contrário, vós a preservastes antes contra as
ruínas, às quais são expostas as formas recreativas que degeneram em corrupção da arte.

O apoio dos católicos

10. Vossas diretrizes suscitaram a adesão pronta e dedicada dos fiéis que dirigis. E milhões de católicos dos
Estados Unidos subscreveram os compromissos da "Legião da Decência", obrigando-se a não assistir a
representações cinematográficas que ofendessem a moral cristã e as regras de uma vida honesta.
Podemos dizer com imensa alegria: vimos o vosso povo colaborar em tão boa harmonia com os bispos na
execução deste programa, como jamais nestes últimos tempos Nos foi dado ver mais íntima união entre
ambos.

O apoio de cristãos e de outros grupos

11. E não só os filhos da Igreja Católica, mas distintos protestantes e ilustres israelitas e muitos outros
aceitaram a vossa iniciativa; uniram-se aos vossos esforços para dar ao cinema normas que condigam com
tão nobre arte e a moral. Conforta-Nos muito assinalar o sucesso notável desta cruzada, pois que, segundo
Nos foi referido, sob a vossa vigilância e sob a pressão da opinião pública o cinema mostrou um progresso
no terreno moral. Crimes e vícios foram reproduzidos menos freqüentemente do que antes; o pecado não
foi aprovado e aclamado tão abertamente; não mais se apresentaram de maneira tão impressionante
falsas normas de vida ao espírito impressionável e facilmente excitado da mocidade.

Resposta às críticas

12. Embora em certos meios se tenha predito que o valor artístico do cinema sofreria pelas exigências da
"Legião da Decência", parece ter sucedido exatamente o contrário. Pois esta Legião deu forte impulso aos
esforços feitos para elevar cada vez mais o cinema a grande nobreza de nível artístico, impelindo-o à
produção de obras clássicas e a criações originais de valor pouco comum.

13. Também os que colocaram seu dinheiro na indústria cinematográfica não tiveram prejuízo com isso,
como alguns, sem provar com razões suficientes sua asserção, agouraram; pois não poucos, que
aborreciam o cinema por ofender a moral, recomeçaram a freqüentar estes espetáculos, desde que se
exibiram filmes com enredos que não desdizem nem da probidade humana nem da moral cristã.

14. No começo da vossa cruzada, Veneráveis Irmãos, dizia-se que estes esforços seriam de curta duração
e seus efeitos transitórios, porque, relaxando a vossa vigilância e a dos vossos fiéis, os industriais voltariam
a seu talante aos processos anteriores. É fácil compreender por que alguns desejavam voltar às produções
equívocas que excitam as paixões inferiores e que proibistes. Enquanto a produção de figuras realmente
artísticas, de cenas humanas e ao mesmo tempo virtuosas exige um esforço intelectual, trabalho,
habilidade e também uma despesa grande, é relativamente fácil provocar certa categoria de pessoas e de
classes sociais com representações que excitam as paixões e despertam os instintos inferiores, latentes no
coração humano.

Perseverar no esforço iniciado e bem sucedido

15. Uma vigilância incessante e universal deve convencer de vez aos produtores de que a "Legião da
Decência" não foi fundada para ter só uma curta duração, mas que, sob os auspícios dos Bispos dos
Estados Unidos, as diversões honestas do povo em qualquer tempo e sob qualquer aspecto com todo
empenho sejam salvaguardadas.

II. Influência do Cinema e Fiscalização

Necessidade do lazer, mas sadio e moral

16. Não há negar que o recreio corporal e espiritual, em suas múltiplas manifestações do progresso
moderno, tornou-se necessário para os que se cansam nas ocupações e cuidados da vida, mas ele deve ser
digno e por isto são e moral; deve elevar-se ao nível de fator positivo de nobres sentimentos. Um povo
que, em seus momentos de repouso, se entrega a prazeres que ferem o pudor, a honra, a moral,
divertimentos que constituem uma ocasião do pecado, especialmente para a mocidade, corre o perigo de
perder sua grandeza e seu poder.

Importância do cinema como divertimento

17. É indiscutível que, entre estes divertimentos, o cinema adquiriu, nos tempos modernos, uma
importância máxima, por ter-se estendido a todas as nações. Não é necessário registrar que milhões de
pessoas diariamente assistem às representações do cinema; que se abrem locais para semelhantes
espetáculos cada vez em maior número, em meio de todos os povos de alta cultura ou só meio civilizados;
que o cinema se tornou a forma mais popular de recreação, não só para os ricos, mas para todas as
classes da sociedade.

O poder de influência do cinema

18. Não há hoje um meio mais poderoso para exercer influência sobre as massas, quer devido às figuras
projetadas nas telas, quer pelo preço do espetáculo cinematográfico, ao alcance do povo comum, e pelas
circunstâncias que o acompanham.

A força da imagem aliada à música

19. O poder do cinema provém de que ele fala por meio da imagem, que a inteligência recebe com alegria
e sem esforço, mesmo se tratando de uma alma rude e primitiva, desprovida de capacidade ou ao menos
do desejo de fazer esforço para a abstração e a dedução que acompanha o raciocínio. Para a leitura e
audição, sempre se requer atenção e um esforço mental que, no espetáculo cinematográfico, é substituído
pelo prazer continuado, resultante da sucessão de figuras concretas. No cinema falado, este poder atua
ainda com maior força, porque a interpretação dos fatos se torna muito fácil e a música ajunta um novo
encanto à ação dramática. Se nos entreatos se acrescentam danças e variedades, as paixões recebem
excitações das mais perigosas, que avultam vertiginosamente.

O cinema como lição de coisas

20. A cinematografia realmente é para a maioria dos homens uma lição de coisas que instrui mais
eficazmente no bem e no mal, do que o raciocínio abstrato. É, pois, necessário que o cinema, erguendo-se
ao nível da consciência cristã, sirva à difusão dos seus ideais e deixe de ser um meio de depravação e de
desmoralização.

Os malefícios dos maus filmes


21. É geralmente sabido o mal enorme que os maus filmes produzem na alma. Por glorificarem o vício e as
paixões, são ocasiões de pecado; desviam a mocidade do caminho da virtude; revelam a vida debaixo de
um falso prisma; ofuscam e enfraquecem o ideal da perfeição; destroem o amor puro, o respeito devido ao
casamento, as íntimas relações do convívio doméstico. Podem mesmo criar preconceitos entre indivíduos,
mal-entendidos entre as várias classes sociais, entre as diversas raças e nações.

Os bons filmes e seus frutos

22. As boas representações podem, pelo contrário, exercer uma influência profundamente moralizadora
sobre seus espectadores. Além de recrear, podem suscitar uma influência profunda para nobres ideais da
vida, dar noções preciosas, ministrar amplos conhecimentos sobre a história e as belezas do próprio país,
apresentar a verdade e a virtude sob aspecto atraente, criar e favorecer, entre as diversas classes de uma
cidade, entre as raças e entre as várias famílias, o recíproco conhecimento e amor, abraçar a causa da
justiça, atrair todos à virtude e coadjuvar na constituição nova e mais justa da sociedade humana.

Aspectos que esclarecem a força dos filmes:

a) exibidos para grandes grupos

23. Estas Nossas observações são tanto mais graves por falar uma representação de cinema não a pessoas
separadas, e sim a grandes reuniões, e isto em condições de lugar e tempo que podem levar a um
entusiasmo depravado, como também a um ardor ótimo; entusiasmo que pode chegar a uma louca e geral
concitação, que pela experiência tão bem conhecemos.

b) em salas semi-obscuras

24. As figuras cinematográficas são mostradas a pessoas sentadas em meia-escuridão e cujas faculdades
mentais, e mesmo forças espirituais, estão freqüentemente descontroladas. Não é necessário ir longe para
encontrar essas salas; estão em geral ao lado das casas, das igrejas e dos grupos escolares, levando assim
o cinema ao meio da vida a sua influência suma e suma importância.

c) a sedução dos atores e atrizes

25. As variadíssimas cenas no cinema são representadas por homens e mulheres escolhidos sob o critério
da arte e de um conjunto de qualidades naturais, e que se exibem num aparato tão deslumbrante a se
tornarem às vezes uma causa de sedução, principalmente para a mocidade. O cinema ainda tem a seu
serviço a música, as salas luxuosas, o realismo vigoroso, todas as formas do capricho na extravagância. E
por isso seu encanto se exerce com um atrativo particular sobre as crianças e os adolescentes. Justamente
na idade, na qual o senso moral está em formação, quando se desenvolvem as noções e os sentimentos de
justiça e de retidão, dos deveres e das obrigações, do ideal da vida, é que o cinema toma uma posição
preponderante.

De fato, geralmente a serviço do mal

26. E, infelizmente, no atual estado de coisas, é geralmente para o mal que o cinema exerce sua influência.
Quando pensamos na ruína de tantas almas especialmente de moços e de crianças, cuja integridade e
castidade periga nas salas de cinema, vem à Nossa mente a terrível sentença de Nosso Senhor contra os
corruptores dos pequenos: "O que escandalizar um destes pequeninos que crêem em mim, melhor lhe fora
que se lhe pendurasse ao pescoço a mó que um asno faz girar e que o lançassem no fundo do mar".
(Mt 18, 6 ). É uma das supremas necessidades do nosso tempo fiscalizar e trabalhar com todo afinco para
que o cinema não seja uma escola de corrupção, mas que se transforme em um precioso instrumento de
educação e de elevação moral.

Preocupação dos governos

27. Aqui lembramos com viva satisfação que certos governos, preocupados com a influência do cinema no
domínio moral e educativo, criaram, por meio de pessoas probas e honestas, principalmente com pais e
mães de família, comissões especiais de censura, como também organismos indicadores para a produção
cinematográfica, orientando sua inspiração para obras nacionais de seus grandes poetas e escritores.

Os bispos e católicos dos outros países sigam o exemplo

28. Assim, se é sobremaneira conveniente que vós, Veneráveis Irmãos, exerçais uma vigilância especial
sobre a indústria cinematográfica em vosso país, a qual por causa de seu vigoroso desenvolvimento exerce
grande influência nas outras partes do mundo, é também dever dos Bispos de todo o orbe católico unirem-
se para fiscalizar esta universal e poderosa forma de diversão e de ensino, para fazer prevalecer como
motivo de proibição do mau cinema, a ofensa feita ao sentimento religioso e moral e a tudo que é
contrário ao espírito cristão e a seus princípios éticos, não se cansando de combater tudo que contribui
para enfraquecer ou extinguir no povo o sentimento da decência e da honra. É um dever que compete não
somente aos Bispos, mas também a todos os católicos e a todos os homens honestos que amam a
dignidade e a saúde moral da família, da nação, e em geral da sociedade humana.

III. Meios de Vigilância e Censura

Vigilância difícil quanto à produção dos filmes

29. Em que consiste, para o momento presente, esta vigilância? O problema da produção de filmes morais
seria radical e felizmente resolvido, se fosse possível obter uma produção cinematográfica, inspirada
completamente nos princípios da moral cristã. Por este motivo, não Nos cansaremos de louvar aqueles que
se consagraram e se consagrarão ao nobre intuito de elevar a cinematografia à função de educação
humana e às exigências da consciência cristã. Empreendam isto com a competência de técnicos e não de
meros diletantes, para evitar prejuízo de dinheiro e de energia.

Necessidade de vigiar os filmes que estão nas telas

30. Por ser, porém, como Nós bem o sabemos, muito difícil organizar uma tal indústria, principalmente por
motivos de ordem financeira, e como, de outro lado, é necessário exercer influência sobre todos os filmes
para que não haja ação prejudicial, no que diz respeito à religião, moral e sociedade civil, é necessário que
os pastores de almas se interessem pelos filmes que estão atualmente ao alcance do povo cristão.

Apelo aos diretores, autores e atores católicos

31. Quanto à indústria dos filmes, exortamos ardentemente aos Bispos de todos os países produtores, e
especialmente a vós, Veneráveis Irmãos, a fazer um apelo a todos os católicos que de qualquer forma
participam desta indústria. Eles devem pensar seriamente nos seus deveres e nas responsabilidades que
têm como filhos da Igreja; devem usar de seu empenho para reproduzir nos filmes que produzem, ou que
ajudam a produzir, princípios sãos e morais. O número de católicos executores ou diretores, autores e
atores nos filmes não é pequeno, e infelizmente sua influência na confecção dos filmes nem sempre foi de
acordo com a sua fé e suas idéias. Será dever dos bispos estimulá-los a fazer concordar sua profissão com
a consciência de homens respeitáveis e discípulos de Jesus Cristo. Aí, como em todos os campos de
apostolado, os pastores de almas certamente encontrarão excelentes colaboradores nos que militam nas
fileiras da Ação Católica, aos quais nesta Carta Encíclica fazemos ardoroso apelo para que dêem seu
concurso sem tréguas e sem desfalecimento também a esta campanha.

Deveres dos bispos

32. Periodicamente os bispos farão bem em relembrar à indústria cinematográfica que, entre as
preocupações de seu ministério pastoral, está a obrigação de se interessarem por todas as formas de
diversão sã e honesta, porque são responsáveis diante de Deus pela moralidade do povo, a eles confiado,
mesmo quando se diverte. O ministério sagrado que exercem força-os a dizer clara e abertamente que um
divertimento impuro destrói as fibras morais de uma nação. O que lhes pedem não diz respeito somente
aos católicos, mas a todo o público que freqüenta o cinema. Vós, em particular, Veneráveis Irmãos, vós
podeis procurar obter dos produtores de filmes este fito, lembrando que eles, nos Estados Unidos,
livremente se comprometeram a tomar por si a grave responsabilidade que têm perante a sociedade.
33. Os bispos do mundo inteiro, porém, devem esforçar-se para esclarecer os industriais do cinema,
fazendo-os compreender que uma força tão poderosa e universal pode ser dirigida utilmente para um fim
muito elevado, como seja o aperfeiçoamento individual e social da humanidade. E não é só questão de
evitar o mal. Os filmes nao devem somente ocupar as horas vagas de lazer, mas podem e devem, por sua
força magnífica, ilustrar as mentes dos espectadores e dirigi-los positivamente para todas as virtudes.

Indicações práticas:

1. Compromisso anual dos católicos

34. Dada a importância da matéria, julgamos oportuno traçar algumas indicações práticas. Antes de tudo,
todos os pastores de almas se esforçarão por obter dos fiéis que façam anualmente, como os católicos dos
Estados Unidos da América, a promessa de se absterem dos filmes que ofendem a verdade e as
instituições cristãs. Este compromisso pode ser obtido de modo mais eficaz por meio da Igreja paroquial ou
das escolas; e para este fim os bispos reclamarão a diligente cooperação dos pais e das mães de família,
que têm, nesta matéria, graves deveres e responsabilidades. Igualmente podem usar da imprensa católica,
que mostrará, com afinco e proveito, a importância desta santa cruzada.

2. Boletins regulares com a classificação dos filmes

35. A execução dessa promessa solene requer que o povo conheça claramente quais os filmes permitidos a
todos, quais os filmes permitidos com reserva, quais os filmes prejudiciais ou positivamente maus. Isto
exige confecção de listas e sua publicação regular, em forma de boletins, em que, a miúdo, se classifiquem
os filmes em forma acessível a todos.

36. Seria para desejar que se pudesse formar uma lista para o mundo inteiro, porque a mesma lei moral
está em vigor para todos. Mas, como se trata de publicações que interessam a todos os ramos da
sociedade, sábios e ignorantes, ao povo e governos, o juízo sobre um filme não pode ser o mesmo em
toda parte. Realmente, as circunstâncias e formas de vida variam em todos os países: não seria por isto
prático estabelecer uma só lista para o mundo inteiro. Se cada nação conseguir uma lista com a
classificação dos filmes, como indicamos mais acima, já se terá obtido em princípio a direção desejada.

3. Criação de juntas nacionais e suas funções:

Produção e classificação de filmes

37. Para este fim, é imprescindivelmente necessário que os bispos criem, em cada país, uma Junta
Nacional permanente de revisão, que promova a produção de bons filmes, classifique os outros e divulgue
o julgamento ao clero e fiéis. Essa junta seria, com grande proveito, ligada aos organismos centrais da
Ação Católica, que está, como é do conhecimento geral, na dependência imediata dos Bispos. Esta obra
revisora, para surtir os efeitos infalível e ordenadamente, deve, em cada nação, representar uma unidade e
ser administrada centralmente.

38. Naturalmente, por motivos ponderosos, os Bispos, nas suas respectivas dioceses e por meio de sua
comissão diocesana, poderão aplicar critérios mais severos à lista nacional feita com normas mais gerais,
conforme as condições da sua região, mesmo vetando os filmes já admitidos na lista geral pela razão de
ter que estabelecer normas válidas para toda a nação.

Organização e coordenação de salas de cinema

39. Esta junta deve ter também a incumbência de organizar salas de cinemas existentes na paróquia e nas
associações católicas, de maneira a garantir a essas salas filmes selecionados. Devido à organização dessas
salas que se tornam bons clientes para a indústria cinematográfica, pode-se alcançar que essa indústria
produza filmes correspondentes completamente a nossos princípios, filmes, que serão depois fornecidos
não só às salas católicas, mas também a todas as outras.
40. Compreendemos que a instituição de semelhante junta exige dos fiéis não poucos sacrifícios e
despesas. Mas a importância do cinema e a necessidade de proteger a pureza dos costumes do povo
cristão e a moralidade da nação inteira, exigem terminantemente essa despesa e trabalho. A eficiência
poderosa de nossas escolas, de nossas associações de Ação Católica e mesmo do sagrado ministério está
diminuída e posta em perigo pela chaga dos maus cinemas, tão prejudiciais.

A estruturação das juntas nacionais

41. A junta deve ser formada por pessoas conhecedoras da técnica cinematográfica e bem firmes nos
princípios morais da doutrina católica; devem ser estas pessoas dirigidas por um padre escolhido pelo
bispo. Um acordo oportuno ou troca de informações entre os centros dos diversos países poderão tornar
mais eficaz e harmoniosa a obra de revisão dos filmes, tomando na devida consideração as diversas
condições e circunstâncias. Só assim será possível conseguir, com o auxílio dos escritores católicos, esta
admirável unidade no sentir, julgar e agir.

Compreensão e apoio dos bispos

42. Os centros devem inspirar-se oportunamente não só nas experiências já adquiridas pelos Estados
Unidos, mas também nos trabalhos realizados pelos católicos do mundo inteiro. Se os membros
componentes destes diversos centros caíssem em erro, embora com as melhores intenções, o que
acontece com todas as coisas humanas, os Bispos tratarão, com sua prudência pastoral, de reparar estes
erros e ao mesmo tempo amparar quanto possível a autoridade e estima dos referidos centros, reforçando-
os com outros companheiros de autoridade, ou substituindo os que se revelarem incapazes.

Frutos que advirão da vigilância dos bispos

43. Se os bispos do mundo aceitarem a responsabilidade para exercer esta vigilância onerosa sobre o
cinema, do que não duvidamos, pois conhecemos seu zelo pastoral, poderão fazer uma grande obra para
proteção da moralidade do povo nos momentos de repouso. Assim procedendo, terão a seu favor a
aprovação e a cooperação de todos os espíritos bem formados, católicos e não-católicos; contribuirão para
o progresso desta grande potência internacional, que é o cinema, com a elevada intenção de promover o
melhor ideal e as regras de uma vida mais santa.

A bênção apostólica

44. Para dar maior força a estes votos que dimanam do Nosso coração paternal, imploramos o auxílio da
graça divina, como penhor da qual Nós vos concedemos, com efusão de nossa alma, a vós, Veneráveis
Irmãos, e a vosso clero e ao povo a vós confiado, a Bênção Apostólica.

Dado em Roma, junto a S. Pedro, dia 29 de junho, festa dos santos Apóstolos Pedro e Paulo, no ano de
1936, décimo quinto ano do Nosso Pontificado.

PIUS PP. XI

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/pt/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_29061936_vigilanti-cura.html

CARTA ENCÍCLICA
AD CATHOLICI SACERDOTII
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE EL SACERDOCIO CATÓLICO
INTRODUCCIÓN

l. Desde que, por ocultos designios de la divina Providencia, nos vimos elevados a este supremo grado del
sacerdocio católico, nunca hemos dejado de dirigir nuestros más solícitos y afectuosos cuidados, entre los
innumerables hijos que nos ha dado Dios, a aquellos que, engrandecidos con la dignidad sacerdotal, tienen
la misión de ser la sal de la tierra y la luz del mundo[1], y de un modo todavía más especial, hacia aquellos
queridísimos jóvenes que, a la sombra del santuario, se educan y se preparan para aquella misión tan
nobilísima.

2. Ya en los primeros meses de nuestro pontificado, antes aún de dirigir solemnemente nuestra palabra a
todo el orbe católico[2], nos apresuramos, con las letras apostólicas Officiorum omnium, del 1 de agosto
de 1922, dirigidas a nuestro amado hijo el cardenal prefecto de la Sagrada Congregación de Seminarios y
Universidades de Estudios[3], a trazar las normas directivas en las cuales debe inspirarse la formación
sacerdotal de los jóvenes levitas.

Y siempre que la solicitud pastoral nos mueve a considerar más en particular los intereses y las
necesidades de la Iglesia, nuestra atención se fija, antes que en ninguna otra cosa, en los sacerdotes y en
los clérigos, que constituyen siempre el objeto principal de nuestros cuidados.

3. Prueba elocuente de este nuestro especial interés por el sacerdocio son los muchos seminarios que, o
hemos erigido donde todavía no los había, o proveído, no sin grande dispendio, de nuevos locales amplios
o decorosos, o puesto en mejores condiciones de personal y medios con que puedan más dignamente
alcanzar su elevado intento.

4. También, si con ocasión de nuestro jubileo sacerdotal accedimos a que fuese festejado aquel fausto
aniversario, y con paterna complacencia secundamos las manifestaciones de filial afecto que nos venían de
todas las partes del mundo, fue porque, más que un obsequio a nuestra persona, considerábamos aquella
celebración como una merecida exaltación de la dignidad y oficio sacerdotal.

5. Igualmente, la reforma de los estudios en las Facultades eclesiásticas, por Nos decretada en la
Constitución apostólica Deus scientiarum Dominus, del 24 de mayo de 1931, la emprendimos con el
principal intento de acrecentar y levantar cada vez más la cultura y saber de los sacerdotes[4].

6. Pero este argumento es de tanta y tan universal importancia, que nos parece oportuno tratar de él más
de propósito en esta nuestra carta, a fin de que no solamente los que ya poseen el don inestimable de la
fe, sino también cuantos con recta y pura intención van en busca de la verdad, reconozcan la sublimidad
del sacerdocio católico y su misión providencial en el mundo, y sobre todo la reconozcan y aprecien los que
son llamados a ella: argumento particularmente oportuno al fin de este año, que en Lourdes, a los
cándidos destellos de la Inmaculada y entre los fervores del no interrumpido triduo eucarístico, ha visto al
sacerdocio católico de toda lengua y de todo rito rodeado de luz divina en el espléndido ocaso del Jubileo
de la Redención, extendido de Roma a todo el orbe católico, de aquella Redención de la cual nuestros
amados y venerados sacerdotes son los ministros, nunca tan activos en hacer el bien como en este Año
Santo extraordinario, en el cual, como dijimos en la Constitución apostólica Quod nuper, del 6 de enero de
1933[5], se ha celebrado también el XIX centenario de la institución del sacerdocio.

7. Con esto, al mismo tiempo que esta nuestra Carta Encíclica se enlaza armónicamente con las
precedentes, por medio de las cuales tratamos de proyectar la luz de la doctrina católica sobre los más
graves problemas de que se ve agitada la vida moderna, es nuestra intención dar a aquellas solemnes
enseñanzas nuestras un complemento oportuno.

El sacerdote es, en efecto, por vocación y mandato divino, el principal apóstol e infatigable promovedor de
la educación cristiana de la juventud[6]; el sacerdote bendice en nombre de Dios el matrimonio cristiano y
defiende su santidad e indisolubilidad contra los atentados y extravíos que sugieren la codicia y la
sensualidad[7]; el sacerdote contribuye del modo más eficaz a la solución, o, por lo menos, a la mitigación
de los conflictos sociales[8], predicando la fraternidad cristiana, recordando a todos los mutuos deberes de
justicia y caridad evangélica, pacificando los ánimos exasperados por el malestar moral y económico,
señalando a los ricos y a los pobres los únicos bienes verdaderos a que todos pueden y deben aspirar; el
sacerdote es, finalmente, el más eficaz pregonero de aquella cruzada de expiación y de penitencia a la cual
invitamos a todos los buenos para reparar las blasfemias, deshonestidades y crímenes que deshonran a la
humanidad en la época presente[9], tan necesitada de la misericordia y perdón de Dios como pocas en la
historia.

Aun los enemigos de la Iglesia conocen bien la importancia vital del sacerdocio; y por esto, contra él
precisamente, como lamentamos ya refiriéndonos a nuestro amado México[10], asestan ante todo sus
golpes para quitarle de en medio y llegar así, desembarazado el camino, a la destrucción siempre anhelada
y nunca conseguida de la Iglesia misma.

I. EL SACERDOCIO CATÓLICO Y SUS PODERES

El sacerdocio en las diversas religiones

8. El género humano ha experimentado siempre la necesidad de tener sacerdotes, es decir, hombres que
por la misión oficial que se les daba, fuesen medianeros entre Dios y los hombres, y consagrados de lleno
a esta mediación, hiciesen de ella la ocupación de toda su vida, como diputados para ofrecer a Dios
oraciones y sacrificios públicos en nombre de la sociedad; que también, y en cuanto tal, está obligada a
dar a Dios culto público y social, a reconocerlo como su Señor Supremo y primer principio; a dirigirse hacia
El, como a fin último, a darle gracias, y procurar hacérselo propicio. De hecho, en todos los pueblos cuyos
usos y costumbres nos son conocidos, como no se hayan visto obligados por la violencia a oponerse a las
más sagradas leyes de la naturaleza humana, hallamos sacerdotes, aunque muchas veces al servicio de
falsas divinidades; dondequiera que se profesa una religión, dondequiera que se levantan altares, allí hay
también un sacerdocio, rodeado de especiales muestras de honor y de veneración.

En el Antiguo Testamento

9. Pero a la espléndida luz de la revelación divina el sacerdote aparece revestido de una dignidad mayor sin
comparación, de la cual es lejano presagio la misteriosa y venerable figura de Melquisedec[11], sacerdote y
rey, que San Pablo evoca refiriéndola a la persona y al sacerdocio del mismo Jesucristo[12].

10. El sacerdote, según la magnífica definición que de él da el mismo Pablo, es, sí, un hombre tomado de
entre los hombres, pero constituido en bien de los hombres cerca de las cosas de Dios[13], su misión no
tiene por objeto las cosas humanas y transitorias, por altas e importantes que parezcan, sino las cosas
divinas y eternas; cosas que por ignorancia pueden ser objeto de desprecio y de burla, y hasta pueden a
veces ser combatidas con malicia y furor diabólico, como una triste experiencia lo ha demostrado muchas
veces y lo sigue demostrando, pero que ocupan siempre el primer lugar en las aspiraciones individuales y
sociales de la humanidad, de esta humanidad que irresistiblemente siente en sí cómo ha sido creada para
Dios y que no puede descansar sino en El.

11. En las sagradas escrituras del Antiguo Testamento, al sacerdocio, instituido por disposición divino-
positiva promulgada por Moisés bajo la inspiración de Dios, le fueron minuciosamente señalados los
deberes, las ocupaciones, los ritos particulares. Parece como si Dios, en su solicitud, quisiera imprimir en la
mente, primitiva aún, del pueblo hebreo una gran idea central que en la historia del pueblo escogido
irradiase su luz sobre todos los acontecimientos, leyes, dignidades, oficios; la idea del sacrificio y el
sacerdocio, para que por la fe en el Mesías venidero[14] fueran fuente de esperanza, de gloria, de fuerza,
de liberación espiritual. El templo de Salomón, admirable por su riqueza y esplendor, y todavía más
admirable en sus ordenanzas y en sus ritos, levantado al único Dios verdadero, como tabernáculo de la
Majestad divina en la tierra, era a la vez un poema sublime cantado en honor de aquel sacrificio y de aquel
sacerdocio que, aun no siendo sino sombra y símbolo, encerraban tan gran misterio que obligó al vencedor
Alejandro Magno a inclinarse reverente ante la hierática figura del Sumo Sacerdote[15], y Dios mismo hizo
sentir su ira al impío rey Baltasar por haber profanado en sus banquetes los vasos sagrados del
templo[16].

Y, sin embargo, la majestad y gloria de aquel sacerdocio antiguo no procedía sino de ser una prefiguración
del sacerdocio cristiano, del sacerdocio del Testamento Nuevo y eterno, confirmado con la sangre del
Redentor del mundo, de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
En el Nuevo Testamento

12. El Apóstol de las Gentes comprendía en frase lapidaria cuanto se puede decir de la grandeza, dignidad
y oficios del sacerdocio cristiano, por estas palabras: «Así nos considere el hombre cual ministros de Cristo
y dispensadores de los misterios de Dios»[17].

El sacerdote es ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor divino para
continuar su obra redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa
obra admirable que transformó el mundo; más aún, el sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es
verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me
envió a Mí, así os envío Yo a vosotros»[18], prosiguiendo también como El en dar, conforme al canto
angélico, «gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad»[19].

13. En primer lugar, como enseña el concilio de Trento[20], Jesucristo en la última Cena instituyó el
sacrificio y el sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer
una sola vez a Dios Padre muriendo en el ara de la cruz para obrar en ella la eterna redención, pero como
no se había de acabar su sacerdocio con la muerte[21], a fin de dejar a su amada Esposa la Iglesia un
sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una
vez había de ofrecer en la cruz, y que perpetuase su memoria hasta el fin de los siglos y nos aplicase sus
frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la última Cena, aquella noche en que iba
a ser entregado[22], declarándose estar constituido sacerdote eterno según el orden de Melquisedec[23],
ofreció a Dios Padre su cuerpo y sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a
los apóstoles, a quienes ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus
sucesores en el sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria mía»[24].

Poder sacerdotal sobre el cuerpo de Cristo

14. Y desde entonces, los apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio comenzaron a elevar al cielo la
ofrenda pura profetizada por Malaquías[25], por la cual el nombre de Dios es grande entre las gentes; y
que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose
sin cesar hasta el fin del mundo.

Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación
de los pecadores en la Majestad divina: Porque, aplacado el Señor con la oblación de este sacrificio,
concede su gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.

La razón de esto la indica el mismo concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e
idéntica la víctima y quien la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el mismo que a Sí propio se
ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»[26].

Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del sacerdote católico que tiene potestad sobre el
cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros altares y ofreciéndolo por manos del mismo
Jesucristo como víctima infinitamente agradable a la divina Majestad. Admirables cosas son éstas —
exclama con razón San Juan Crisóstomo—, admirables y que nos llenan de estupor[27].

Sobre el Cuerpo místico

15. Además de este poder que ejerce sobre el cuerpo real de Cristo, el sacerdote ha recibido otros poderes
sublimes y excelsos sobre su Cuerpo místico. No tenemos necesidad, venerables hermanos, de
extendernos en la exposición de esa hermosa doctrina del Cuerpo místico de Jesucristo, tan predilecta de
San Pablo; de esa hermosa doctrina, que nos presenta la persona del Verbo hecho carne como unida con
todos sus hermanos, a los cuales llega el influjo sobrenatural derivado de El, formando un solo cuerpo cuya
cabeza es El y ellos sus miembros. Ahora bien: el sacerdote está constituido dispensador de los misterios
de Dios[28] en favor de estos miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, siendo, como es, ministro
ordinario de casi todos los sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad
la gracia del Redentor. El cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado
al sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta gracia, que es
la vida sobrenatural del alma. Apenas nace a la vida temporal, el sacerdote lo purifica y renueva en la
fuente del agua lustral, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de
Dios y de la Iglesia; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un
sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en el sacramento de la confirmación;
apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el sacerdote se lo da, como alimento vivo y
vivificante bajado del cielo; caído, el sacerdote lo levanta en nombre de Dios y lo reconforta por medio del
sacramento de la penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con El en la transmisión de
la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de los fieles sobre la tierra y después el de
los elegidos en el cielo, allí está el sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor; y cuando el
cristiano, llegado a los umbrales de la eternidad, necesita fuerza y ánimos antes de presentarse en el
tribunal del divino Juez, el sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del enfermo, y de nuevo le
perdona y le fortalece con el sagrado crisma de la extremaunción; por fin, después de haber acompañado
así al cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del cielo, el sacerdote acompaña su
cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y sigue al alma hasta más allá de
las puertas de la eternidad, para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y
refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el cielo, el sacerdote está al lado de los
fieles, como guía, aliento, ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones.

Poder de perdonar

16. Pero entre todos estos poderes que tiene el sacerdote sobre el Cuerpo místico de Cristo para provecho
de los fieles, hay uno acerca del cual no podemos contentarnos con la mera indicación que acabamos de
hacer; aquel poder que no concedió Dios ni a los ángeles ni a los arcángeles, como dice San Juan
Crisóstomo[29]; a saber: el poder de perdonar los pecados: «Los pecados de aquellos a quienes los
perdonareis, les quedan perdonados; y los de aquellos a quienes los retuviereis, quedan retenidos»[30].
Poder asombroso, tan propio de Dios, que la misma soberbia humana no podía comprender que fuese
posible comunicarse al hombre: «¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?»[31]; tanto, que el
vérsela ejercitar a un simple mortal es cosa verdaderamente para preguntarse, no por escándalo farisaico,
sino por reverente estupor ante tan gran dignidad: «¿Quién es éste que aun los pecados perdona?»[32].
Pero precisamente el Hombre-Dios, que tenía y tiene potestad sobre la tierra de perdonar los pecados[33],
ha querido transmitirla a sus sacerdotes para remediar con liberalidad y misericordia divina la necesidad de
purificación moral inherente a la conciencia humana.

¡Qué consuelo para el hombre culpable, traspasado de remordimiento y arrepentido, oír la palabra del
sacerdote que en nombre de Dios le dice: Yo te absuelvo de tus pecados! Y el oírla de la boca de quien a
su vez tendrá necesidad de pedirla para sí a otro sacerdote no sólo no rebaja el don misericordioso, sino
que lo hace aparecer más grande, descubriéndose así mejor a través de la frágil criatura la mano de Dios,
por cuya virtud se obra el portento. De aquí es que —valiéndonos de las palabras de un ilustre escritor que
aun de materias sagradas trata con competencia rara vez vista en un seglar—, «cuando el sacerdote,
temblorosa el alma a la vista de su indignidad y de lo sublime de su ministerio, ha puesto sobre nuestra
cabeza sus manos consagradas, cuando, confundido de verse hecho dispensador de la Sangre del
Testamento, asombrado cada vez de que las palabras de sus labios infundan la vida, ha absuelto a un
pecador siendo pecador él mismo; nos levantamos de sus pies bien seguros de no haber cometido una
vileza... Hemos estado a los pies de un hombre, fiero que hacía las veces de Cristo... y hemos estado para
volver de la condición de esclavos a la de hijos de Dios»[34].

El sacramento del Orden sella con forma indeleble

17. Y tan excelsos poderes conferidos al sacerdote por un sacramento especialmente instituido para esto,
no son en él transitorios y pasajeros, sino estables y perpetuos, unidos como están a un carácter indeleble,
impreso en su alma, por el cual ha sido constituido sacerdote para siempre[35] a semejanza de Aquel de
cuyo eterno sacerdocio queda hecho partícipe. Carácter que el sacerdote, aun en medio de los más
deplorables desórdenes en que puede caer por la humana fragilidad, no podrá jamás borrar de su alma.
Pero juntamente con este carácter y con estos poderes, el sacerdote, por medio del sacramento del Orden,
recibe nueva y especial gracia con derecho a especiales auxilios, con los cuales, si fielmente coopera
mediante su acción libre y personal a la acción infinitamente poderosa de la misma gracia, podrá
dignamente cumplir todos los arduos deberes del sublime estado a que ha sido llamado, y llevar, sin ser
oprimido por ellas, las tremendas responsabilidades inherentes al ministerio sacerdotal, que hicieron
temblar aun a los más vigorosos atletas del sacerdocio cristiano, como un San Juan Crisóstomo, un San
Ambrosio, un San Gregorio Magno, un San Carlos y tantos otros.

Poder de predicar la Palabra divina

18. Pero el sacerdote católico es, además, ministro de Cristo y dispensador de los misterios de
Dios[36] con la palabra, con aquel ministerio de la palabra[37] que es un derecho inalienable y a la vez un
deber imprescindible, a él impuesto por el mismo Cristo Nuestro Señor: «Id, pues, y amaestrad todas las
gentes... enseñándoles a guardar cuantas cosas os he mandado»[38]. La Iglesia de Cristo, depositaria y
guarda infalible de la divina revelación, derrama por medio de sus sacerdotes los tesoros de la verdad
celestial, predicando a Aquel que es «luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este
mundo»[39], esparciendo con divina profusión aquella semilla, pequeña y despreciable a la mirada profana
del mundo, pero que, como el grano de mostaza del Evangelio[40], tiene en sí la virtud de echar raíces
sólidas y profundas en las almas sinceras y sedientas de verdad, y hacerlas como árboles, firmes y
robustos, que resistan a los más recios vendavales.

19. En medio de las aberraciones del pensamiento humano, ebrio por una falsa libertad exenta de toda ley
y freno; en medio de la espantosa corrupción, fruto de la malicia humana, se yergue cual faro luminoso la
Iglesia, que condena toda desviación —a la diestra o a la siniestra— de la verdad, que indica a todos y a
cada uno el camino que deben seguir. Y ¡ay si aun este faro, no digamos se extinguiese, lo cual es
imposible por las promesas infalibles sobre que está cimentado, pero si se le impidiera difundir
profusamente sus benéficos rayos! Bien vemos con nuestros propios ojos a dónde ha conducido al mundo
el haber rechazado, en su soberbia, la revelación divina y el haber seguido, aunque sea bajo el especioso
nombre de ciencia, falsas teorías filosóficas y morales. Y si, puestos en la pendiente del error y del vicio, no
hemos llegado todavía a más hondo abismo, se debe a los rayos de la verdad cristiana que, a pesar de
todo, no dejan de seguir difundidos por el mundo. Ahora bien: la Iglesia ejercita su ministerio de la palabra
por medio de los sacerdotes, distribuidos convenientemente por los diversos grados de la jerarquía
sagrada, a quienes envía por todas partes como pregoneros infatigables de la buena nueva, única que
puede conservar, o implantar, o hacer resurgir la verdadera civilización.

La palabra del sacerdote penetra en las almas y les infunde luz y aliento; la palabra del sacerdote, aun en
medio del torbellino de las pasiones, se levanta serena y anuncia impávida la verdad e inculca el bien:
aquella verdad que esclarece y resuelve los más graves problemas de la vida humana; aquel bien que
ninguna desgracia, ni aun la misma muerte, puede arrebatarnos, antes bien, la muerte nos lo asegura para
siempre.

20. Si se consideran además, una por una, las verdades mismas que el sacerdote debe inculcar con más
frecuencia, para cumplir fielmente los deberes de su sagrado ministerio, y se pondera la fuerza que en sí
encierran, fácilmente se echará de ver cuán grande y cuán benéfico ha de ser el influjo del sacerdote para
la elevación moral, pacificación y tranquilidad de los pueblos. Por ejemplo, cuando recuerda a grandes y a
pequeños la fugacidad de la vida presente, lo caduco de los bienes terrenos, el valor de los bienes
espirituales para el alma inmortal, la severidad de los juicios divinos, la santidad incorruptible de Dios, que
con su mirada escudriña los corazones y pagará a cada uno conforme a sus obras[41]. Nada más a
propósito que estas y otras semejantes enseñanzas para templar el ansia febril de los goces y
desenfrenada codicia de bienes temporales, que, al degradar hoy a tantas almas, empujan a las diversas
clases de la sociedad a combatirse como enemigos, en vez de ayudarse unas a otras en mutua
colaboración. Igualmente, entre tantos egoísmos encontrados, incendios de odios y sombríos designios de
venganza, nada más oportuno y eficaz que proclamar muy alto el mandamiento nuevo[42] de Jesucristo, el
precepto de la caridad, que comprende a todos, no conoce barreras ni confines de naciones o pueblos, no
exceptúa ni siquiera a los enemigos.

21. Una gloriosa experiencia, que lleva ya veinte siglos, demuestra la grande y saludable eficacia de la
palabra sacerdotal, que, siendo eco fiel y repercusión de aquella palabra de Dios que es viva y eficaz y más
penetrante que cualquier espada de dos filos, llega también hasta los pliegues del alma y del espíritu[43],
suscita heroísmos de todo género, en todas las clases y en todos los países, y hace brotar de los corazones
generosos las más desinteresadas acciones.

Todos los beneficios que la civilización cristiana ha traído al mundo se deben, al menos en su raíz, a la
palabra y a la labor del sacerdocio católico. Un pasado como éste bastaría, sólo él, cual prenda segura del
porvenir, si no tuviéramos más segura palabra[44] en las promesas infalibles de Jesucristo.

22. También la obra de las misiones, que de modo tan luminoso manifiesta el poder de expansión de que
por la divina virtud está dotada la Iglesia, la promueven y la realizan principalmente los sacerdotes, que,
abanderados de la ley y de la caridad, a costa de innumerables sacrificios, extienden y dilatan las fronteras
del reino de Dios en la tierra.

Poder de orar

23. Finalmente, el sacerdote, continuando también en este punto la misión de Cristo, el cual pasaba la
noche entera orando a Dios[45] y siempre está vivo para interceder por nosotros[46], como mediador
público y oficial entre la humanidad y Dios, tiene el encargo y mandato de ofrecer a El, en nombre de la
Iglesia, no sólo el sacrificio propiamente dicho, sino también el sacrificio de alabanza[47] por medio de la
oración pública y oficial; con los salmos, preces y cánticos, tomados en gran parte de los libros inspirados,
paga él a Dios diversas veces al día este debido tributo de adoración, y cumple este tan necesario oficio de
interceder por la humanidad, hoy más que nunca afligida y más que nunca necesitada de Dios. ¿Quién
puede decir los castigos que la oración sacerdotal aparta de la humanidad prevaricadora y los grandes
beneficios que le procura y obtiene?

Si aun la oración privada tiene a su favor promesas de Dios tan magníficas y solemnes como las que
Jesucristo le tiene hechas[48], ¿cuánto más poderosa será la oración hecha de oficio en nombre de la
Iglesia, amada Esposa del Redentor? El cristiano, por su parte, si bien con harta frecuencia se olvida de
Dios en la prosperidad, en el fondo de su alma siempre siente que la oración lo puede todo, y como por
santo instinto, en cualquier accidente, en todos los peligros públicos y privados, acude con gran confianza
a la oración del sacerdote. A ella piden remedios los desgraciados de toda especie; a ella se recurre para
implorar el socorro divino en todas las vicisitudes de este mundanal destierro. Verdaderamente, el
sacerdote está interpuesto entre Dios y el humano linaje: los beneficios que de allá nos vienen, él los trae,
mientras lleva nuestras oraciones allá, apaciguando al Señor irritado[49].

24. ¿Qué más? Los mismos enemigos de la Iglesia, como indicábamos al principio, demuestran, a su
manera, que conocen toda la dignidad e importancia del sacerdocio católico cuando dirigen contra él los
primeros y más fuertes golpes, porque saben muy bien cuán íntima es la unión que hay entre la Iglesia y
sus sacerdotes. Unos mismos son hoy los más encarnizados enemigos de Dios y los del sacerdocio católico:
honroso título que hace a éste más digno de respeto y veneración.

II. SANTIDAD Y VIRTUDES SACERDOTALES

Dignidad sacerdotal

25. Altísima es, pues, venerables hermanos, la dignidad del sacerdote, sin que puedan empañar sus
resplandores las flaquezas, aunque muy de sentir y llorar, de algunos indignos; como tales flaquezas no
deben bastar para que se condenen al olvido los méritos de tantos otros sacerdotes, insignes por virtud y
por saber, por celo y aun por el martirio. Tanto más cuanto que la indignidad del sujeto en manera alguna
invalida sus actos ministeriales: la indignidad del ministro no toca a la validez de los sacramentos, que
reciben su eficacia de la Sangre sacratísima de Cristo, independientemente de la santidad del sacerdote;
pues aquellos instrumentos de eterna salvación [los sacramentos] causan su efecto, como se dice en
lenguaje teológico, ex opere operato.

Santidad proporcionada

26. Con todo, es manifiesto que tal dignidad ya de por sí exige, en quien de ella está investido, elevación
de ánimo, pureza de corazón, santidad de vida correspondiente a la alteza y santidad del ministerio
sacerdotal. Por él, como hemos dicho, el sacerdote queda constituido medianero entre Dios y el hombre,
en representación y por mandato del que es único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo
Hombre[50].

Esto le pone en la obligación de acercarse, en perfección, cuanto es posible a quien representa, y de


hacerse cada vez más acepto a Dios por la santidad de su vida y de sus acciones; ya que, sobre el buen
olor del incienso y sobre el esplendor de templos y altares, lo que más aprecia Dios y lo que le es más
agradable es la virtud. «Los mediadores entre Dios y el pueblo —dice Santo Tomás— deben tener limpia
conciencia ante Dios y limpia fama ante los hombres»[51].

Y si, muy al contrario, en vez de eso, quien maneja y administra las cosas santas lleva vida censurable, las
profana y comete sacrilegio: «Los que no son santos no deben manejar las cosas santas»[52].

Mayor santidad que en el AT

27. Por esta causa, ya en el Antiguo Testamento mandaba Dios a sus sacerdotes y levitas: «Que sean
santos, porque santo soy Yo, el Señor, que los santifica»[53]. Y el sapientísimo Salomón, en el cántico de
la dedicación del templo, esto precisamente es lo que pide al Señor para los hijos de Aarón: «Revístanse de
santidad tus sacerdotes y regocíjense tus santos»[54]. Pues, venerables hermanos, si tanta justicia,
santidad y fervor —diremos con San Roberto Belarmino— se exigía a aquellos sacerdotes, que inmolaban
ovejas y bueyes, y alababan a Dios por beneficios temporales, ¿qué no se ha de pedir a los que sacrifican
el Cordero divino y ofrecen acciones de gracias por bienes sempiternos?[55]. Grande es la dignidad de los
Prelados —exclama San Lorenzo Justiniano—, pero mayor es su carga; colocados en alto puesto, han de
estar igualmente encumbrados en la virtud a los ojos de Aquel que todo lo ve; si no, la preeminencia, en
vez de mérito, les acarreará su condenación[56].

Santidad para celebrar la eucaristía

28. En verdad, todas las razones por Nos aducidas antes para hacer ver la dignidad del sacerdocio católico
tienen su lugar aquí como otros tantos argumentos que demuestran la obligación que sobre él pesa de
elevarse a muy grande santidad; porque, conforme enseña el Doctor Angélico, para ejercer
convenientemente las funciones sacerdotales no basta una bondad cualquiera; se necesita más que
ordinaria; para que los que reciben las órdenes sagradas, como quedan elevados sobre el pueblo en
dignidad, lo estén también por la santidad[57]. Realmente, el sacrificio eucarístico, en el que se inmola la
Víctima inmaculada que quita los pecados del mundo, muy particularmente requiere en el sacerdote vida
santa y sin mancilla, con que se haga lo menos indigno posible ante el Señor, a quien cada día ofrece
aquella Víctima adorable, no otra que el Verbo mismo de Dios hecho hombre por amor nuestro. Advertid lo
que hacéis, imitad lo que traéis entre manos[58], dice la Iglesia por boca del obispo a los diáconos, cuando
van a ser ordenados sacerdotes.

Santidad para administrar los sacramentos y la Palabra divina

Además, el sacerdote es el dispensador de la gracia divina, cuyos conductos son los sacramentos. Sería,
pues, bien disonante estar el dispensador privado de esa preciosísima gracia, y aun que sólo le mostrara
poco aprecio y se descuidara en conservarla. A él toca también enseñar las verdades de la fe; y la doctrina
religiosa nunca se enseña tan autorizada y eficazmente como cuando la maestra es la virtud. Porque dice
el adagio que «las palabras conmueven, pero los ejemplos arrastran».

Ha de pregonar la ley evangélica; y no hay argumento más al alcance de todos y más persuasivo, para
hacer que sea abrazada con la gracia de Dios que verla puesta en práctica por quien encarece su
observancia. Da la razón San Gregorio Magno: «Penetra mejor en los corazones de los oyentes la voz del
predicador cuando se recomienda por su buena vida; porque con su ejemplo ayuda a practicar lo que con
las palabras aconseja»[59]. Esto es lo que de nuestro divino Redentor dice la Escritura: que empezó a
hacer y a enseñar[60]; y si las turbas le aclamaban, no era tanto porque jamás ha hablado otro como este
hombre[61] cuanto porque todo lo hizo bien[62]. Al revés, los que dicen y no hacen, se asemejan a los
escribas y fariseos, de quienes el mismo divino Redentor, si bien dejando en su lugar la autoridad de la
palabra de Dios, que legítimamente anunciaban, hubo de decir, censurándolos, al pueblo que le escuchaba:
«En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos; cuantas cosas, pues, os dijeren, guardadlas y
hacedlas todas; pero no hagáis conforme a sus obras»[63]. El predicador que no trate de confirmar con su
ejemplo la verdad que predica destruirá con una mano lo que edifica con la otra. Muy al contrario, los
trabajos de los pregoneros del Evangelio que antes de todo atienden seriamente a su propia santificación,
Dios los bendice largamente. Esos son los que ven brotar en abundancia de su apostolado flores y frutos, y
los que en el día de la siega volverán y vendrán con gran regocija, trayendo las gavillas de su mies[64].

No descuidar la propia santificación

29. Sería gravísimo y peligrosísimo yerro si el sacerdote, dejándose llevar de falso celo, descuidase la
santificación propia por engolfarse todo en las ocupaciones exteriores, por buenas que sean, del ministerio
sacerdotal. Procediendo así, no sólo pondría en peligro su propia salvación eterna, como el gran Apóstol de
las Gentes temía de sí mismo: «Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los
otros, venga yo a ser reprobado»[65], pero se expondría también a perder, si no la gracia divina, al
menos, sí, aquella unción del Espíritu Santo que da tan admirable fuerza y eficacia al apostolado exterior.

Vocación a una especial santidad

30. Aparte de eso, si a todos los cristianos está dicho: «Sed perfectos como lo es vuestro Padre
celestial»[66], ¡con cuánta mayor razón deben considerar como dirigidas a sí estas palabras del divino
Maestro los sacerdotes llamados con especial vocación a seguirle más de cerca! Por esta razón inculca la
Iglesia severamente a todos los clérigos esta su obligación gravísima, insertándola en su código legislativo:
«Los clérigos deben llevar interior y exteriormente vida más santa que los seglares y sobresalir entre ellos,
para ejemplo, en virtud y buenas obras»[67]. Y puesto que el sacerdote es embajador en nombre de
Cristo[68]; ha de vivir de modo que pueda con verdad decir con el Apóstol: «Sed imitadores míos como yo
lo soy de Cristo»[69]; ha de vivir como otro Cristo, que con el resplandor de sus virtudes alumbró y sigue
alumbrando al mundo.

Oración

31. Pero si todas las virtudes cristianas deben florecer en el alma del sacerdote, hay, sin embargo, algunas
que muy particularmente están bien en él y más le adornan. La primera es la piedad, según aquello del
Apóstol a su discípulo Timoteo: «Ejercítate en la piedad»[70]. Ciertamente, siendo tan íntimo, tan delicado
y frecuente el trato del sacerdote con Dios, no hay duda que debe ir acompañado y como penetrado por la
esencia de la devoción. Si la piedad es útil para todo[71], lo es principalmente para el ejercicio del
ministerio sacerdotal. Sin ella, los ejercicios más santos, los ritos más augustos del sagrado ministerio, se
desarrollarán mecánicamente y por rutina; faltará en ellos el espíritu, la unción, la vida; pero la piedad de
que tratamos, venerables hermanos, no es una piedad falsa, ligera y superficial, grata al paladar, pero de
ningún alimento; que suavemente conmueve, pero no santifica. Nos hablamos de piedad sólida: de aquella
que, independientemente de las continuas fluctuaciones del sentimiento, está fundada en los más firmes
principios doctrinales, y consiguientemente formada por convicciones profundas que resisten a las
acometidas y halagos de la tentación.

Esta piedad debe mirar filialmente en primer lugar a nuestro Padre que está en los cielos, mas ha de
extenderse también a la Madre de Dios; y habrá de ser tanto más tierna en el sacerdote que en los simples
fieles cuanto más verdadera y profunda es la semejanza entre las relaciones del sacerdote con Cristo y las
de María con su divino Hijo.

Celibato

32. Íntimamente unida con la piedad, de la cual le ha de venir su hermosura y aun la misma firmeza, es
aquella otra preciosísima perla del sacerdote católico, la castidad, de cuya perfecta guarda en toda su
integridad tienen los clérigos de la Iglesia latina, constituidos en Ordenes mayores, obligación tan grave
que su quebrantamiento sería además sacrilegio[72]. Y si los de las Iglesias orientales no están sujetos a
esta ley en todo su rigor, no obstante aun entre ellos es muy considerado el celibato eclesiástico; y en
ciertos casos, especialmente en los más altos grados de la jerarquía, es un requisito necesario y
obligatorio.
33. Aun con la simple luz de la razón se entrevé cierta conexión entre esta virtud y el ministerio sacerdotal.
Siendo verdad que Dios es espíritu[73], bien se ve cuánto conviene que la persona dedicada y consagrada
a su servicio en cierta manera se despoje de su cuerpo. Ya los antiguos romanos habían vislumbrado esta
conveniencia. El orador más insigne que tuvieron cita una de sus leyes, cuya expresión era: «A los dioses,
diríjanse con castidad»; y hace sobre ella este comentario: «Manda la ley que acudamos a los dioses con
castidad, se entiende del alma, en la que está todo, mas no excluye la castidad del cuerpo; lo que quiere
decir es que, aventajándose tanto el alma al cuerpo, y observándose el ir con castidad de cuerpo, mucho
más se ha de observar el llevar la del alma»[74]. En el Antiguo Testamento mandó Moisés a Aarón y a sus
hijos, en nombre de Dios, que no salieran del Tabernáculo y, por lo tanto, que guardasen continencia
durante los siete días que duraba su consagración[75].

34. Pero al sacerdocio cristiano, tan superior al antiguo, convenía mucha mayor pureza. La ley del celibato
eclesiástico, cuyo primer rastro consignado por escrito, lo cual supone evidentemente su práctica ya más
antigua, se encuentra en un canon del concilio de Elvira[76] a principios del siglo IV, viva aún la
persecución, en realidad no hace sino dar fuerza de obligación a una cierta y casi diríamos moral exigencia,
que brota de las fuentes del Evangelio y de la predicación apostólica. El gran aprecio en que el divino
Maestro mostró tener la castidad, exaltándola como algo superior a las fuerzas ordinarias[77]; el
reconocerle a El como flor de Madre virgen[78] y criado desde la niñez en la familia virginal de José y
María; el ver su predilección por las almas puras, como los dos Juanes, el Bautista y el Evangelista; el oír,
finalmente, cómo el gran Apóstol de las Gentes, tan fiel intérprete de la ley evangélica y del pensamiento
de Cristo, ensalza en su predicación el valor inestimable de la virginidad, especialmente para más de
continuo entregarse al servicio de Dios: «El no casado se cuida de las cosas del Señor y de cómo ha de
agradar a Dios»[79]; todo esto era casi imposible que no hiciera sentir a los sacerdotes de la Nueva Alianza
el celestial encanto de esta virtud privilegiada, aspirar a ser del número de aquellos que son capaces de
entender esta palabra[80], y hacerles voluntariamente obligatoria su guarda, que muy pronto fue
obligatoria, por severísima ley eclesiástica, en toda la Iglesia latina. Pues, a fines del siglo IV, el concilio
segundo de Cartago exhorta a que guardemos nosotros también aquello que enseñaron los apóstoles, y
que guardaron ya nuestros antecesores[81].

35. Y no faltan textos, aun de Padres orientales insignes, que encomian la excelencia del celibato
eclesiástico manifestando que también en ese punto, allí donde la disciplina era más severa, era uno y
conforme el sentir de ambas Iglesias, latina y oriental. San Epifanio atestigua a fines del mismo siglo IV
que el celibato se extendía ya hasta los subdiáconos: «Al que aún vive en matrimonio, aunque sea en
primeras nupcias y trata de tener hijos, la Iglesia no le admite a las órdenes de diácono, presbítero, obispo
o subdiácono; admite solamente a quien, o ha renunciado a la vida conyugal con su única esposa, o ya —
viudo— la ha perdido; lo cual se practica principalmente donde se guardan fielmente los sagrados
cánones»[82]. Pero quien está elocuente en esta materia es el diácono de Edesa y doctor de la Iglesia
universal, San Efrén Sirio, con razón llamado cítara del Espíritu Santo[83]. Dirigiéndose en uno de sus
poemas al obispo Abrahán, amigo suyo, le dice: «Bien te cuadra el nombre, Abrahán, porque también tú
has sido hecho padre de muchos; pero no teniendo esposa como Abrahán tenía a Sara, tu rebaño ocupa el
lugar de la esposa. Cría a tus hijos en la fe tuya; sean prole tuya en el espíritu, la descendencia prometida
que alcance la herencia del paraíso. ¡Oh fruto hermoso de la castidad en el cual tiene el sacerdocio sus
complacencias...!; rebosó el vaso, fuiste ungido; la imposición de manos te hizo el elegido; la Iglesia te
escogió para sí, y te ama»[84]. Y en otra parte: «No basta al sacerdote y a lo que pide su nombre al
ofrecer el cuerpo vivo (de Cristo) tener pura el alma, limpia la lengua, lavadas las manos y adornado todo
el cuerpo, sino que debe ser en todo tiempo completamente puro, por estar constituido mediador entre
Dios y el linaje humano. Alabado sea el que tal pureza ha querido de sus ministros»[85]. Y San Juan
Crisóstomo afirma que quien ejercita el ministerio sacerdotal debe ser tan puro como si estuviera en el
cielo entre las angélicas potestades[86].

36. Bien que ya la alteza misma, o por emplear la expresión de San Epifanio, la honra y dignidad
increíble[87], del sacerdocio cristiano, aquí por Nos brevemente declarada, prueba la suma conveniencia
del celibato y de la ley que se lo impone a los ministros del altar. Quien desempeña un ministerio en cierto
modo superior al de aquellos espíritus purísimos que asisten ante el Señor[88], ¿no ha de estar con mucha
razón obligado a vivir, cuanto es posible, como un puro espíritu? Quien debe todo emplearse en las cosas
tocantes a Dios[89], ¿no es justo que esté totalmente desasido de las cosas terrestres y tenga toda su
conversación en los cielos?[90]. Quien sin cesar ha de atender solícito a la eterna salvación de las almas,
continuando con ellas la obra del Redentor, ¿no es justo que esté desembarazado de los cuidados de la
familia, que absorberían gran parte de su actividad?

3?. Espectáculo es, por cierto, para conmover y excitar admiración, aun repitiéndose con tanta frecuencia
en la Iglesia católica, el de los jóvenes levitas que antes de recibir el sagrado Orden del subdiaconado, es
decir, antes de consagrarse de lleno al servicio y culto de Dios, por su libre voluntad, renuncian a los goces
y satisfacciones que honestamente pudieran proporcionarse en otro género de vida. Por su libre voluntad
hemos dicho: como quiera que, si después de la ordenación ya no la tienen para contraer nupcias
terrenales, pero las órdenes mismas las reciben no forzados ni por ley alguna ni por persona alguna, sino
por su propia y espontánea resolución personal[91].

38. No es nuestro ánimo que cuanto venimos diciendo en alabanza del celibato eclesiástico se entienda
como si pretendiésemos de algún modo vituperar, y poco menos que condenar, otra disciplina diferente,
legítimamente admitida en la Iglesia oriental; lo decimos tan sólo para enaltecer en el Señor esta virtud,
que tenemos por una de las más altas puras glorias del sacerdocio católico y que nos parece responder
mejor a los deseos del Corazón Santísimo de Jesús y a sus designios sobre el alma sacerdotal.

Pobreza

39. No menos que por la pureza debe distinguirse el sacerdote católico por el desinterés. En medio de un
mundo corrompido, en que todo se vende y todo se compra, ha de mantenerse limpio de cualquier género
de egoísmo, mirando con santo desdén toda vil codicia de ganancia terrena, buscando almas, no riquezas;
la gloria de Dios, no la propia. No es el hombre asalariado que trabaja por una recompensa temporal; ni el
empleado que cumple, sí, a conciencia, las obligaciones de su cargo, pero tiene también puesta la mira en
su carrera, en sus ascensos; es el buen soldado de Cristo que no se embaraza con negocios del siglo, a fin
de agradar a quien le alistó para su servicio[92], pero es el ministro de Dios y el padre de las almas, y sabe
que su trabajo, sus afanes, no tienen compensación adecuada en los tesoros y honores de la tierra. No le
está prohibido recibir lo conveniente para su propia sustentación, conforme a aquello del Apóstol: «Los que
sirven al altar participan de las ofrendas... y el Señor dejó ordenado que los que predican el Evangelio
vivan del Evangelio»[93]; pero llamado al patrimonio del Señor, como lo expresa su mismo apelativo de
clérigo, es decir, a la herencia del Señor, no espera otra merced que la prometida por Jesucristo a sus
apóstoles: «Grande es vuestra recompensa en el reino de los cielos»[94]. ¡Ay del sacerdote que, olvidado
de tan divinas promesas, comenzara a mostrarse codicioso de sórdida ganancia[95] y se confundiese con
la turba de los mundanos, que arrancaron al Apóstol, y con él a la Iglesia, aquel lamento: Todos buscan
sus intereses y no los de Jesucristo![96]. Este tal, fuera de ir contra su vocación, se acarrearía el desprecio
de sus mismos fieles, porque verían en él una lastimosa contradicción entre su conducta y la doctrina
evangélica, tan claramente enseñada por Cristo, y que el sacerdote debe predicar: «No tratéis de
amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen y donde los ladrones
los desentierran y roban; sino atesoraos tesoros en el cielo»[97]. Cuando se reflexiona que un apóstol de
Cristo, uno de los Doce, como con dolor observan los evangelistas, Judas, fue arrastrado al abismo de la
maldad precisamente por el espíritu de codicia de los bienes de la tierra, se comprende bien que ese
mismo espíritu haya podido acarrear a la Iglesia tantos males en el curso de los siglos. La codicia, llamada
por el Espíritu Santo raíz de todos los males[98], puede llevar al hombre a todos los crímenes; y cuando a
tanto no llegue, un sacerdote tocado de este vicio, prácticamente, a sabiendas o sin advertirlo, hace causa
común con los enemigos de Dios y de la Iglesia y coopera a la realización de sus inicuos planes.

40. Al contrario, el desinterés sincero gana para el sacerdote las voluntades de todos, tanto más cuanto
que con este despego de los bienes de la tierra, cuando procede de la fuerza íntima de la fe, va siempre
unida una tierna compasión para con toda suerte de desgraciados, la cual hace del sacerdote un verdadero
padre de los pobres, en los que, acordándose de las conmovedoras palabras de su Señor: «Lo que hicisteis
a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis»[99], con singular afecto reconoce,
reverencia y ama al mismo Jesucristo.

Celo apostólico

41. Libre así el sacerdote católico de los dos principales lazos que podrían tenerle demasiado sujeto a la
tierra, los de una familia propia y los del interés propio, estará mejor dispuesto para ser inflamado en el
fuego celestial que brota de lo íntimo del Corazón de Jesucristo, y no aspira sino a comunicarse a
corazones apostólicos, para abrasar toda la tierra[100], esto es, con el fuego del celo. Este celo de la gloria
de Dios y de la salvación de las almas debe, como se lee de Jesucristo en la Sagrada Escritura[101],
devorar al sacerdote, hacerle olvidarse de sí mismo y de todas las cosas terrenas e impelerlo fuertemente a
consagrarse de lleno a su sublime misión, buscando medios cada vez más eficaces para desempeñarla con
extensión y perfección siempre crecientes.

42. ¿Cómo podrá un sacerdote meditar el Evangelio, oír aquel lamento del buen Pastor: «Tengo otras
ovejas que no son de este aprisco, las cuales también debo yo recoger»[102], y ver «los campos con las
mieses ya blancas y a punto de segarse»[103], sin sentir encenderse en su corazón el ansia de conducir
estas almas al corazón del Buen Pastor, de ofrecerse al Señor de la mies como obrero infatigable? ¿Cómo
podrá un sacerdote contemplar tantas infelices muchedumbres, no sólo en los lejanos países de misiones,
pero desgraciadamente aun en los que llevan de cristianos ya tantos siglos, que yacen como ovejas sin
pastor[104], que no sienta en sí el eco profundo de aquella divina compasión que tantas veces conmovió al
corazón del Hijo de Dios?[105]. Nos referimos al sacerdote que sabe que en sus labios tiene la palabra de
vida, y en sus manos instrumentos divinos de regeneración y salvación. Pero, loado sea Dios, que
precisamente esta llama del celo apostólico es uno de los rayos más luminosos que brillan en la frente del
sacerdote católico; y Nos, lleno el corazón de paternal consuelo, contemplamos y vemos a nuestros
hermanos y a nuestros queridos hijos, los obispos y los sacerdotes, como tropa escogida, siempre pronta a
la voz del Supremo Jefe de la Iglesia para correr a todos los frentes del campo inmenso donde se libran las
pacíficas pero duras batallas entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, el reino de Dios y el reino de
Satanás.

43. Pero de esta misma condición del sacerdocio católico, de ser milicia ágil y valerosa, procede la
necesidad del espíritu de disciplina, y, por decirlo con palabra más profundamente cristiana, la necesidad
de la obediencia: de aquella obediencia que traba hermosamente entre sí todos los grados de la jerarquía
eclesiástica, de suerte que, como dice el obispo en la admonición a los ordenandos, la «santa Iglesia
aparece rodeada, adornada y gobernada con variedad verdaderamente admirable, al ser consagrados en
ella unos Pontífices, otros sacerdotes de grado inferior..., formándose de muchos miembros y diversos en
dignidad un solo cuerpo, el de Cristo»[106]. Esta obediencia prometieron los sacerdotes a su obispo en el
momento de separarse de él, luego de recibir la sagrada unción; esta obediencia, a su vez, juraron los
obispos en el día de su consagración episcopal a la suprema cabeza visible de la Iglesia, al sucesor de San
Pedro, al Vicario de Jesucristo.

Tenga, pues, la obediencia constantemente y cada vez más unidos, entre sí y con la cabeza, a los diversos
miembros de la sagrada jerarquía, haciendo así a la Iglesia militante de verdad terrible a los enemigos de
Dios como ejército en orden de batalla[107]. La obediencia modere el celo quizá demasiado ardiente de los
unos y estimule la tibieza o la cobardía de los otros; señale a cada uno su puesto y lugar, y ése ocupe cada
uno sin resistencias, que no servirían sino para entorpecer la obra magnífica que la Iglesia desarrolla en el
mundo. Vea cada uno en las órdenes de los superiores jerárquicos las órdenes del verdadero y único Jefe,
a quien todos obedecemos, Jesucristo Nuestro Señor, el cual se hizo por nosotros obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz[108].

En efecto, el divino y Sumo Sacerdote quiso que nos fuese manifiesta de modo singular la obediencia suya
absolutísima al Eterno Padre; y por esto abundan los testimonios, tanto proféticos como evangélicos, de
esta total y perfecta sujeción del Hijo de Dios a la voluntad del Padre: «Al entrar en el mundo dije: Tú no
has querido sacrificio ni ofrenda; mas a mí me has apropiado un cuerpo... Entonces dije: Heme aquí que
vengo, según está escrito de mí al principio del libro, para cumplir, oh Dios, tu voluntad»[109]. Mi comida
es hacer la voluntad del que me ha enviado[110]. Y aun en la cruz no quiso entregar su alma en las manos
del Padre sin antes haber declarado que estaba ya cumplido todo cuanto las Sagradas Escrituras habían
predicho de El, es decir, de toda la misión que el Padre le había confiado, hasta aquel último, tan
profundamente misterioso, Sed tengo, que pronunció para que se cumpliese la Escritura[111], queriendo
demostrar con esto cómo aun el celo más ardiente ha de estar siempre regido por la obediencia al que
para nosotros hace las veces del Padre y nos transmite sus órdenes, esto es, a los legítimos superiores
jerárquicos.

Ciencia
44. Quedaría incompleta la imagen del sacerdote católico, que Nos tratamos de poner plenamente
iluminada a la vista de todo el mundo, si no destacáramos otro requisito importantísimo que la Iglesia
exige de él: la ciencia. El sacerdote católico está constituido maestro de Israel[112], por haber recibido de
Cristo el oficio y misión de enseñar la verdad: «Enseñad a todas las gentes»[113]. Está obligado a enseñar
la doctrina de la salvación, y de esta enseñanza, a imitación del Apóstol de las Gentes, es deudor a sabios
e ignorantes[114]. Y ¿cómo la ha de enseñar si no la sabe? En los labios del sacerdote ha de estar el
depósito de la ciencia, y de su boca se ha de aprender la ley, dice el Espíritu Santo por Malaquías[115].
Mas nadie podría decir, para encarecer la necesidad de la ciencia sacerdotal, palabras más fuertes que las
que un día pronunció la misma Sabiduría divina por boca de Oseas: «Por haber tú desechado la ciencia, yo
te desecharé a ti para que no ejerzas mi sacerdocio»[116]. El sacerdote debe tener pleno conocimiento de
la doctrina de la fe y de la moral católica; debe saber y enseñar a los fieles, y darles la razón de los
dogmas, de las leyes y del culto de la Iglesia, cuyo ministro es; debe disipar las tinieblas de la ignorancia,
que, a pesar de los progresos de la ciencia profana, envuelven a tantas inteligencias de nuestros días en
materia de religión. Nunca ha estado tan en su lugar como ahora el dicho de Tertuliano: «El único deseo
de la verdad es, algunas veces, el que no se la condene sin ser conocida»[117]. Es también deber del
sacerdote despejar los entendimientos de los errores y prejuicios en ellos amontonados por el odio de los
adversarios. Al alma moderna, que con ansia busca la verdad, ha de saber demostrársela con una serena
franqueza; a los vacilantes, agitados por la duda, ha de infundir aliento y confianza, guiándolos con
imperturbable firmeza al puerto seguro de la fe, que sea abrazada con un pleno conocimiento y con una
firme adhesión; a los embates del error, protervo y obstinado, ha de saber hacer resistencia valiente y
vigorosa, a la par que serena y bien fundada.

45. Es menester, por lo tanto, venerables hermanos, que el sacerdote, aun engolfado ya en las
ocupaciones agobiadoras de su santo ministerio, y con la mira puesta en él, prosiga en el estudio serio y
profundo de las materias teológicas, acrecentando de día en día la suficiente provisión de ciencia, hecha en
el seminario, con nuevos tesoros de erudición sagrada que lo habiliten más y más para la predicación y
para la dirección de las almas[118]. Debe, además, por decoro del ministerio que desempeña, y para
granjearse, como es conveniente, la confianza y la estima del pueblo, que tanto sirven para el mayor
rendimiento de su labor pastoral, poseer aquel caudal de conocimientos, no precisamente sagrados, que es
patrimonio común de las personas cultas de la época; es decir, que debe ser hombre moderno, en el buen
sentido de la palabra, como es la Iglesia, que se extiende a todos los tiempos, a todos los países, y a todos
ellos se acomoda; que bendice y fomenta todas las iniciativas sanas y no teme los adelantos, ni aun los
más atrevidos, de la ciencia, con tal que sea verdadera ciencia. En todos los tiempos ha cultivado con
ventaja el clero católico cualesquiera campos del saber humano; y en algunos siglos de tal manera iba a la
cabeza del movimiento científico, que clérigo era sinónimo de docto. La Iglesia misma, después de haber
conservado y salvado los tesoros de la cultura antigua, que gracias a ella y a sus monasterios no
desaparecieron casi por completo, ha hecho ver en sus más insignes Doctores cómo todos los
conocimientos humanos pueden contribuir al esclarecimiento y defensa de la fe católica. De lo cual Nos
mismo hemos, poco ha, presentado al mundo un ejemplo luminoso, colocando el nimbo de los Santos y la
aureola de los Doctores sobre la frente de aquel gran maestro del insuperable maestro Tomás de Aquino,
de aquel Alberto Teutónico a quien ya sus contemporáneos honraban con el sobrenombre de Magno y de
Doctor universal.

46. Verdad es que en nuestros días no se puede pedir al clero semejante primacía en todos los campos del
saber: el patrimonio científico de la humanidad es hoy tan crecido, que no hay hombre capaz de abrazarlo
todo, y menos aún de sobresalir en cada uno de sus innumerables ramos. Sin embargo, si por una parte
conviene con prudencia animar y ayudar a los miembros del clero que, por afición y con especial aptitud
para ello, se sienten movidos a profundizar en el estudio de esta o aquella arte o ciencia, no indigna de su
carácter eclesiástico, porque tales estudios, dentro de sus justos límites y bajo la dirección de la Iglesia,
redundan en honra de la misma Iglesia y en gloria de su divina Cabeza, Jesucristo, por otra todos los
demás clérigos no se deben contentar con lo que tal vez bastaba en otros tiempos, mas han de estar en
condiciones de adquirir, mejor dicho, deben de hecho tener una cultura general más extensa y completa,
correspondiente al nivel más elevado y a la mayor amplitud que, hablando en general, ha alcanzado la
cultura moderna comparada con la de los siglos pasados.

Santidad y ciencia
47. Es verdad que, en algún caso, el Señor, que juega con el universo[119], ha querido en tiempos bien
cercanos a los nuestros elevar a la dignidad sacerdotal —y hacer por medio de ellos un bien prodigioso— a
hombres desprovistos casi completamente de este caudal de doctrina de que tratamos; ello fue para
enseñarnos a todos a estimar en más la santidad que la ciencia y a no poner mayor confianza en los
medios humanos que en los divinos; en otras palabras: fue porque el mundo ha menester que se repita de
tiempo en tiempo en sus oídos esta salvadora lección práctica: «Dios ha escogido a los necios según el
mundo para confundir a los sabios..., a fin de que ningún mortal se gloríe ante su presencia»[120]. Así,
pues, como en el orden natural con los milagros se suspende, de momento, el efecto de las leyes físicas,
sin ser abrogadas, así estos hombres, verdaderos milagros vivientes en quienes la alteza de la santidad
suplía por todo lo demás, en nada desmienten la verdad y necesidad de cuanto Nos hemos venido
recomendando.

48. Esta necesidad de la virtud y del saber, y esta obligación, además, de llevar una vida ejemplar y
edificante, y de ser aquel buen olor de Cristo[121] que el sacerdote debe en todas partes difundir en torno
suyo entre cuantos se llegan a él, se hace sentir hoy con tanta mayor fuerza y viene a ser tanto más cierta
y apremiante cuanto que la Acción Católica, este movimiento tan consolador que tiene la virtud de impulsar
las almas hacia los más altos Ideales de perfección, pone a los seglares en contacto más frecuente y en
colaboración más íntima con el sacerdote, a quien, naturalmente, no sólo acuden como a director, sino aun
le toman también por dechado de vida cristiana y de virtudes apostólicas.

III. LA FORMACIÓN DE LOS CANDIDATOS


AL SACERDOCIO

Seminarios

49. Si tan alta es la dignidad del sacerdocio y tan excelsas las dotes que exige, síguese de aquí, venerables
hermanos, la imprescindible necesidad de dar a los candidatos al santuario una formación adecuada.
Consciente la Iglesia de esta necesidad, por ninguna otra cosa quizá, en el transcurso de los siglos, ha
mostrado tan activa solicitud y maternal desvelo como por la formación de sus sacerdotes. Sabe muy bien
que, si las condiciones religiosas y morales de los pueblos dependen en gran parte del sacerdocio, el
porvenir mismo del sacerdote depende de la formación recibida, porque también respecto a él es muy
verdadero el dicho del Espíritu Santo: «La senda que uno emprendió de joven, esa misma seguirá de
viejo»[122]. Por eso la Iglesia, guiada por ese divino Espíritu, ha querido que en todas partes se erigiesen
seminarios, donde se instruyan y se eduquen con especial cuidado los candidatos al sacerdocio.

Superiores y maestros

50. El seminario, por lo tanto, es y debe ser como la pupila de vuestros ojos, venerables hermanos, que
compartís con Nos el formidable peso del gobierno de la Iglesia; es y debe ser el objeto principal de
vuestros cuidados. Ante todo, se debe hacer con mucho miramiento la elección de superiores y maestros, y
particularmente de director y padre espiritual, a quien corresponde una parte tan delicada e importante de
la formación del alma sacerdotal. Dad a vuestros seminarios los mejores sacerdotes, sin reparar en
quitarlos de cargos aparentemente más importantes, pero que, en realidad, no pueden ponerse en
parangón con esa obra capital e insustituible; buscadlos en otra parte, si fuere necesario, dondequiera que
podáis hallarlos verdaderamente aptos para tan noble fin; sean tales que enseñen con el ejemplo, mucho
más que con la palabra, las virtudes sacerdotales; y que juntamente con la doctrina sepan infundir un
espíritu sólido, varonil, apostólico; que hagan florecer en el seminario la piedad, la pureza, la disciplina y el
estudio, armando a tiempo y con prudencia los ánimos juveniles no sólo contra las tentaciones presentes,
sino también contra los peligros mucho más graves a que se verán expuestos más tarde en el mundo, en
medio del cual tendrán que vivir para salvar a todos[123].

Estudios filosóficos siguiendo a Sto. Tomás

51. Y a fin de que los futuros sacerdotes puedan poseer la ciencia que nuestros tiempos exigen, como
anteriormente hemos declarado, es de suma importancia que, después de una sólida formación en los
estudios clásicos, se instruyan y ejerciten bien en la filosofía escolástica según el método, la doctrina y los
principios del Doctor Angélico[124].
Esta filosofía perenne, como la llamaba nuestro gran predecesor León XIII, no solamente les es necesaria
para profundizar en los dogmas, sino que les provee de armas eficaces contra los errores modernos,
cualesquiera que sean, disponiendo su inteligencia para distinguir claramente lo verdadero de lo falso; para
todos los problemas de cualquier especie o para otros estudios que tengan que hacer les dará una claridad
de vista intelectual que sobrepujará a la de muchos otros que carezcan de esta formación filosófica,
aunque estén dotados de más vasta erudición.

Seminarios regionales

52. Y si, como sucede, especialmente en algunas regiones, la pequeña extensión de las diócesis, o la
dolorosa escasez de alumnos, o la falta de medios y de hombres a propósito no permitiesen que cada
diócesis tenga su propio seminario bien ordenado según todas las leyes del Código de Derecho
Canónico[125] y las demás prescripciones eclesiásticas, es sumamente conveniente que los obispos de
aquella región se ayuden fraternalmente y unan sus fuerzas, concentrándolas en un seminario común, a la
altura de su elevado objeto.

Las grandes ventajas de tal concentración compensarán abundantemente los sacrificios hechos para
conseguirlas. Aun lo doloroso que es a veces para el corazón paternal del obispo ver apartados
temporalmente del pastor a los clérigos, sus futuros colaboradores, en los que quisiera transfundir él
mismo su espíritu apostólico, y alejados también del territorio que deberá ser más tarde el campo de sus
ministerios, será después recompensado con creces al recibirlos mejor formados y provistos de aquel
patrimonio espiritual que difundirán con mayor abundancia y con mayor fruto en beneficio de su diócesis.
Por esta razón, Nos no hemos dejado nunca de animar, promover y favorecer tales iniciativas, antes con
frecuencia las hemos sugerido y recomendado. Por nuestra parte, además, donde lo hemos creído
necesario, Nos mismo hemos erigido, o mejorado, o ampliado varios de esos seminarios regionales, como a
todos es notorio, no sin grandes gastos y graves afanes, y con la ayuda de Dios continuaremos en adelante
aplicándonos con el mayor celo a fomentar esta obra, que reputamos como una de las más útiles al bien
de la Iglesia.

Selección de candidatos

53. Todo este magnífico esfuerzo por la educación de los aspirantes a ministros del santuario de poco
serviría si no fuese muy cuidada la selección de los mismos candidatos, para los cuales se erigen y
sostienen los seminarios. A esta selección deben concurrir todos cuantos están encargados de la formación
del clero: superiores, directores espirituales, confesores, cada uno en el modo y dentro de los límites de su
cargo. Así como deben con toda diligencia cultivar la vocación divina y fortalecerla, así con no menor celo
deben, a tiempo, separar y alejar a los que juzgaren desprovistos de las cualidades necesarias, y que se
prevé, por lo tanto, que no han de ser aptos para desempeñar digna y decorosamente el ministerio
sacerdotal. Y aunque lo mejor es hacer esta eliminación desde el principio, porque en tales cosas el esperar
y dar largas es grave error y causa no menos graves daños, sin embargo, cualquiera que haya sido la
causa del retardo, se debe corregir el error, tan pronto como se advirtiere, sin respetos humanos y sin
aquella falsa compasión que sería una verdadera crueldad no sólo para con la Iglesia, a quien se daría un
ministro inepto o indigno, sino también para con el mismo joven, que, extraviado ese camino, se
encontraría expuesto a ser piedra de escándalo para sí y para los demás, con peligro de eterna perdición.

Signos de vocación sacerdotal

54. No será difícil a la mirada vigilante y experimentada del que gobierna el seminario, que observa y
estudia con amor, uno por uno, a los jóvenes que le están confiados y sus inclinaciones, no será difícil,
repetimos, asegurarse de si uno tiene o no verdadera vocación sacerdotal. La cual, como bien sabéis,
venerables hermanos, más que en un sentimiento del corazón, o en una sensible atracción, que a veces
puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al sacerdocio, unida a
aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que le hacen idóneo para tal estado. Quien aspira
al sacerdocio sólo por el noble fin de consagrarse al servicio de Dios y a la salvación de las almas, y
juntamente tiene, o al menos procura seriamente conseguir, una sólida piedad, una pureza de vida a toda
prueba y una ciencia suficiente en el sentido que ya antes hemos expuesto, este tal da pruebas de haber
sido llamado por Dios al estado sacerdotal. Quien, por lo contrario, movido quizá por padres mal
aconsejados, quisiere abrazar tal estado con miras de ventajas temporales y terrenas que espera encontrar
en el sacerdocio (como sucedía con más frecuencia en tiempos pasados); quien es habitualmente
refractario a la obediencia y a la disciplina, poco inclinado a la piedad, poco amante del trabajo y poco
celoso del bien de las almas; especialmente quien es inclinado a la sensualidad y aun con larga experiencia
no ha dado pruebas de saber dominarla; quien no tiene aptitud para el estudio, de modo que se juzga que
no ha de ser capaz de seguir con bastante satisfacción los cursos prescritos; todos éstos no han nacido
para sacerdotes, y el dejarlos ir adelante, casi hasta los umbrales mismos del santuario, les hace cada vez
más difícil el volver atrás, y quizá les mueva a atravesarlos por respeto humano, sin vocación ni espíritu
sacerdotal.

Responsables de la selección

55. Piensen los rectores de los seminarios, piensen los directores espirituales y confesores, la
responsabilidad gravísima que echan sobre sí para con Dios, para con la Iglesia y para con los mismos
jóvenes, si por su parte no hacen todo cuanto les sea posible para impedir un paso tan errado. Decimos
que aun los confesores y directores espirituales podrían ser responsables de un tan grave yerro, no porque
puedan ellos hacer nada en el fuero externo, cosa que les veda severamente su mismo delicadísimo cargo,
y muchas veces también el inviolable sigilo sacramental, sino porque pueden influir mucho en el ánimo de
cada uno de los alumnos, y porque deben dirigir a cada uno con paternal firmeza según lo que su bien
espiritual requiera. Ellos, por lo tanto, sobre todo si por alguna razón los superiores no toman la mano o se
muestran débiles, deben intimar, sin respetos humanos, a los ineptos o a los indignos la obligación de
retirarse cuando están aún a tiempo, ateniéndose en este particular a la sentencia más segura, que en este
caso es también la más favorable para el penitente, pues le preserva de un paso que podría serle
eternamente fatal.

Y si alguna vez no viesen tan claro que deben imponer obligación, válganse al menos de toda la autoridad
que les da su cargo y del afecto paterno que tienen a sus hijos espirituales, para inducir a los que no
tienen las disposiciones debidas a que ellos mismos se retiren espontáneamente. Acuérdense los
confesores de lo que en materia semejante dice San Alfonso María de Ligorio: «Generalmente hablando...
(en estos casos), cuanto mayor rigor use el confesor con el penitente, tanto más le ayudará a salvarse; y al
revés, cuanto más benigno se muestre, tanto más cruel será. Santo Tomás de Villanueva llamaba a estos
confesores demasiado benignos despiadadamente piadosos, impie pios. Tal caridad es contraria a la
caridad»[126].

Responsabilidad principal del obispo

56. Pero la responsabilidad principal será siempre la del obispo, el cual, según la gravísima ley de la Iglesia,
no debe conferir las sagradas órdenes a ninguno de cuya aptitud canónica no tenga certeza moral fundada
en razones positivas; de lo contrario, no sólo peca gravísimamente, sino que se expone al peligro de tener
parte en los pecados ajenos[127]; canon en que se percibe bien claramente el eco del aviso del Apóstol a
Timoteo: «A nadie impongas de ligero las manos ni te hagas partícipe de pecados ajenos»[128]. «Imponer
ligeramente las manos es (como explica nuestro predecesor San León Magno) conferir la dignidad
sacerdotal, sin haberlos probado, a quienes no tienen ni la edad conveniente, ni el mérito de la obediencia,
ni han sufrido los debidos exámenes, ni el rigor de la disciplina, y ser partícipe de pecados ajenos es
hacerse tal el que ordena cual es el que no merecía ser ordenad»[129], porque, como dice San Juan
Crisóstomo, dirigiéndose al obispo, «pagarás también tú la pena de sus pecados, así pasados como futuros,
por haberle conferido la dignidad»[130].

57. Palabras severas, venerables hermanos; pero más terrible es aún la responsabilidad que ellas indican,
la cual hacía decir al gran obispo de Milán San Carlos Borromeo: «En este punto, aun una pequeña
negligencia de mi parte puede ser causa de muy grandes pecados»[131]. Ateneos, por lo tanto, al consejo
del antes citado Crisóstomo: «No es después de la primera prueba, ni después de la segunda o tercera,
cuando has de imponer las manos, sino cuando lo tengas todo bien considerado y examinado»[132]. Lo
cual debe observarse sobre todo en lo que toca a la santidad de la vida de los candidatos al sacerdocio.
«No basta —dice el santo obispo y doctor San Alfonso María de Ligorio— que el obispo nada malo sepa del
ordenando, sino que debe asegurarse de que es positivamente bueno»[133]. Así que no temáis parecer
demasiado severos si, haciendo uso de vuestro derecho y cumpliendo vuestro deber, exigís de antemano
tales pruebas positivas y, en caso de duda, diferís para más tarde la ordenación de alguno; porque, como
hermosamente enseña San Gregorio Magno: «Se cortan, cierto, en el bosque las maderas que sean aptas
para los edificios, pero no se carga el peso del edificio sobre la madera, luego de cortada en el bosque,
sino después que al cabo de mucho tiempo esté bien seca y dispuesta para la obra; que si no se toman
estas precauciones, bien pronto se quiebra con el peso»[134], o sea, por decirlo con las palabras claras y
breves del Angélico Doctor, «las sagradas órdenes presuponen la santidad..., de modo que el peso de las
órdenes debe cargar sobre las paredes que la santidad haya bien desecado de la humedad de los
vicios»[135].

Normas de la S.C. de Sacramentos

58. Por lo demás, si se guardan diligentemente todas las prescripciones canónicas, si todos se atienen a las
prudentes normas que, pocos años ha, hicimos Nos promulgar por la Sagrada Congregación de
Sacramentos sobre esta materia[136], se ahorrarán muchas lágrimas a la Iglesia, y al pueblo fiel muchos
escándalos.

59. Y puesto que para los religiosos quisimos que se diesen normas análogas[137], a la par que
encarecemos a quien corresponde su fiel observancia, advertimos a todos los superiores generales de los
Institutos religiosos que tienen jóvenes destinados al sacerdocio, que tomen como dicho a sí todo lo que
hasta aquí hemos recomendado para la formación del clero, ya que ellos son los que presentan sus
súbditos para que sean ordenados por los obispos, y éstos generalmente se remiten a su juicio.

60. Ni se dejen apartar, tanto los obispos como los superiores religiosos, de esta bien necesaria severidad
por temor a que llegare a disminuir el número de sacerdotes de la diócesis o del Instituto. El Angélico
Doctor Santo Tomás se propuso ya esta dificultad, a la que responde así con su habitual sabiduría y
lucidez: «Dios nunca abandona de tal manera a su Iglesia que no se hallen ministros idóneos en número
suficiente para las necesidades de los fieles si se promueve a los que son dignos y se rechaza a los
indignos»[138]. Y en todo caso, como bien observa el mismo Santo Doctor, repitiendo casi a la letra las
graves palabras del concilio ecuménico IV Lateranense[139]: «Si no se pudieran encontrar tantos ministros
como hay ahora, mejor es que haya pocas buenos que muchos malos»[140].

Que es lo mismo que Nos recomendamos en una solemne circunstancia, cuando con ocasión de la
peregrinación internacional de los seminaristas durante el año de nuestro jubileo sacerdotal, hablando al
imponente grupo de los arzobispos y obispos de Italia, dijimos que vale más un sacerdote bien formado
que muchos poco o nada preparados, con los cuales no puede contar la Iglesia, si es que no tiene más
bien que llorar[141]. ¡Qué terrible cuenta tendremos que dar, venerables hermanos, al Príncipe de los
Pastores[142], al Obispo supremo de las almas[143], si las hemos encomendado a guías ineptos y a
directores incapaces!

Oración y trabajo por las vocaciones

61. Pero, aunque se deba tener siempre por verdad inconmovible que no ha de ser el número, sin más, la
principal preocupación de quien trabaja en la formación del clero, todos, empero, deben esforzarse por que
se multipliquen los vigorosos y diligentes obreros de la viña del Señor; tanto más cuanto que las
necesidades morales de la sociedad, en vez de disminuir, van en aumento.

Entre todos los medios que se pueden emplear para conseguir tan noble fin, el más fácil y a la vez el más
eficaz y más asequible a todos (y que, por lo tanto, todos deben emplear) es la oración, según el mandato
de Jesucristo mismo: «La mies es mucha, mas los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que
mande obreros a su mies»[144]. ¿Qué oración puede ser más agradable al Corazón Santísimo del
Redentor? ¿Cuál otra puede tener esperanza de ser oída más pronto y obtener más fruto que ésta, tan
conforme a los ardientes deseos de aquel divino Corazón? Pedid, pues, y se os dará[145], pedid sacerdotes
buenos y santos, y el Señor, sin duda, los concederá a su Iglesia, como siempre los ha concedido en el
transcurso de los siglos, aun en los tiempos que parecían menos propicios para el florecimiento de las
vocaciones sacerdotales; más aún, precisamente en esos tiempos los concedió en mayor número, como se
ve con sólo fijarse en la hagiografía católica del siglo XIX, tan rica en hombres gloriosos del clero secular y
regular, entre los que brillan como astros de primera magnitud aquellos tres verdaderos gigantes de
santidad, ejercitada en tres campos tan diversos, a quienes Nos mismo hemos tenido el consuelo de ceñir
la aureola de los Santos: San Juan María Vianney, San José Benito Cottolengo y San Juan Bosco.

62. No se han de descuidar, sin embargo, los medios humanos de cultivar la preciosa semilla de la
vocación que Dios Nuestro Señor siembra abundantemente en los corazones generosos de tantos jóvenes;
por eso Nos alabamos y bendecimos y recomendamos con toda nuestra alma aquellas provechosas
instituciones que de mil maneras y con mil santas industrias, sugeridas por el Espíritu Santo, atienden a
conservar, fomentar y favorecer las vocaciones sacerdotales. «Por más que discurramos —decía el amable
santo de la caridad, San Vicente de Paúl—, siempre hallaremos que no podríamos contribuir a cosa
ninguna tan grande como a la formación de buenos sacerdotes»[146]. Nada, en realidad, hay más
agradable a Dios, más honorífico a la Iglesia, de más provecho a las almas, que el don precioso de un
sacerdote santo. Y consiguientemente, si quien da un vaso de agua a uno de los más pequeños entre los
discípulos de Jesucristo no perderá su galardón[147], ¿qué galardón no obtendrá quien pone, por decirlo
así, en las manos puras de un joven levita el cáliz sagrado con la purpúrea Sangre del Redentor y concurre
con él a elevar al cielo tal prenda de pacificación y de bendición para la humanidad?

Acción Católica y vocaciones

63. Aquí nuestro pensamiento se vuelve agradecido hacia esa Acción Católica, con tan vivo interés por Nos
imperada, impulsada y defendida, la cual, como participación de los seglares en el apostolado jerárquico de
la Iglesia, no puede desinteresarse de este problema tan vital de las vocaciones sacerdotales. De hecho,
con íntimo consuelo nuestro la vemos distinguirse en todas partes (al par que en los otros campos de la
actividad cristiana), de un modo especial en éste.

Y en verdad que el más rico premio de sus afanes es, precisamente, la abundancia verdaderamente
admirable de vocaciones al estado sacerdotal y religioso que van floreciendo en sus filas juveniles,
mostrando con esto que no sólo es campo fecundo para el bien, sino también un jardín bien guardado y
cultivado, donde las más hermosas y delicadas flores pueden crecer sin peligro de ajarse. Sepan apreciar
todos los afiliados a la Acción Católica el honor que de esto resulta para su asociación, y persuádanse que
los seglares católicos de ninguna otra manera entrarán de verdad a la parte de aquella tan alta dignidad
del real sacerdocio, que el Príncipe de los Apóstoles atribuye a todo el pueblo cristiano[148], mejor que
contribuyendo al aumento de las filas del clero secular y regular.

Familia y vocaciones

64. Pero el jardín primero y más natural donde deben germinar y abrirse como espontáneamente las flores
del santuario, será siempre la familia verdadera y profundamente cristiana. La mayor parte de los obispos y
sacerdotes santos, cuyas alabanzas pregona la Iglesia[149], han debido el principio de su vocación y
santidad a los ejemplos y lecciones de un padre lleno de fe y virtud varonil, de una madre casta y piadosa,
de una familia en la que reinaba soberano, junto con la pureza de costumbres, el amor de Dios y del
prójimo. Las excepciones a esta regla de la providencia ordinaria son raras y no hacen sino confirmarla.

Cuando en una familia los padres, siguiendo el ejemplo de Tobías y Sara, piden a Dios numerosa
descendencia que bendiga el nombre del Señor por los siglos de los siglos[150] y la reciben con acción de
gracias como don del cielo y depósito precioso, y se esfuerzan por infundir en sus hijos desde los primeros
años el santo temor de Dios, la piedad cristiana, la tierna devoción a Jesús en la eucaristía, y a la Santísima
Virgen, el respeto y veneración a los lugares y personas consagrados a Dios; cuando los hijos tienen en sus
padres el modelo de una vida honrada, laboriosa y piadosa; cuando los ven amarse santamente en el
Señor, recibir con frecuencia los santos sacramentos, y no sólo obedecer a las leyes de la Iglesia sobre
ayunos y abstinencias, pero aun conformarse con el espíritu de la mortificación cristiana voluntaria; cuando
los ven rezar, aun en el mismo lugar doméstico, agrupando en torno a sí a toda la familia, para que la
oración hecha así, en común, suba y sea mejor recibida en el cielo; cuando observan que se compadecen
de las miserias ajenas y reparten a los pobres de lo poco o mucho que poseen, será bien difícil que
tratando todos de emular los ejemplos de sus padres, alguno de ellos a lo menos no sienta en su interior la
voz del divino Maestro que le diga: «Ven, sígueme[151], y haré que seas pescador de hombres»[152].
¡Dichosos los padres cristianos que, ya que no hagan objeto de sus más fervorosas oraciones estas visitas
divinas, estos mandamientos de Dios dirigidos a sus hijos (como sucedía con mayor frecuencia que ahora
en tiempos de fe más profunda), siquiera no los teman, sino que vean en ellos una grande honra, una
gracia de predilección y elección por parte del Señor para con su familia!

65. Preciso es confesar, por desgracia, que con frecuencia, con demasiada frecuencia, los padres, aun los
que se glorían de ser sinceramente cristianos y católicos, especialmente en las clases más altas y más
cultas de la sociedad, parece que no aciertan a conformarse con la vocación sacerdotal o religiosa de sus
hijos, y no tienen escrúpulo de combatir la divina vocación con toda suerte de argumentos, aun valiéndose
de medios capaces de poner en peligro no sólo la vocación a un estado más perfecto, sino aun la
conciencia misma y la salvación eterna de aquellas almas que, sin embargo, deberían serles tan queridas.

Este abuso lamentable, lo mismo que el introducido malamente en tiempos pasados de obligar a los hijos a
tomar estado eclesiástico, aun sin vocación alguna ni disposición para él[153], no honra, por cierto, a las
clases sociales más elevadas, que tan poco representadas están en nuestros días, hablando en general, en
las filas del clero; porque, si bien es verdad que la disipación de la vida moderna, las seducciones que,
sobre todo en las grandes ciudades, excitan prematuramente las pasiones de los jóvenes, y las escuelas,
en muchos países tan poco propicias al desarrollo de semejantes vocaciones, son, en gran parte, causa y
dolorosa explicación de la escasez de ellas en las familias pudientes y señoriales, no se puede negar que
esto arguye una lastimosa disminución de la fe en ellas mismas.

66. En verdad, si se mirasen las cosas a la luz de la fe, ¿qué dignidad más alta podrían los padres cristianos
desear para sus hijos, qué empleo más noble que aquel que, como hemos dicho, es digno de la veneración
de los ángeles y de los hombres? Una larga y dolorosa experiencia enseña, además, que una vocación
traicionada (no se tenga por demasiado severa esta palabra) viene a ser fuente de lágrimas no sólo para
los hijos, sino también para los desaconsejados padres. Y quiera Dios que tales lágrimas no sean tan
tardías que se conviertan en lágrimas eternas.

CONCLUSIÓN

Exhortación a los sacerdotes

67. Y ahora queremos dirigir directamente nuestra paternal palabra a todos vosotros, queridos hijos,
sacerdotes del Altísimo, de uno y otro clero, esparcidos por todo el orbe católico: llegue a vosotros, gloria y
gozo nuestro[154], que lleváis con tan buen ánimo el peso del día y del calor[155], que tan eficazmente
nos ayudáis a Nos y a nuestros hermanos en el episcopado en el desempeño de nuestra obligación de
apacentar el rebaño de Cristo, llegue nuestra voz de paterno agradecimiento, de aliento fervoroso, y a la
par de sentido llamamiento, que aun conociendo y apreciando vuestro laudable celo, os dirigimos en las
necesidades de la hora presente. Cuanto más van agravándose estas necesidades, tanto más debe crecer e
intensificarse vuestra labor salvadora; puesto que vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del
mundo[156].

Llamados a ser santos

68. Mas, para que vuestra acción sea de veras bendecida por Dios y produzca fruto copioso, es necesario
que esté fundada en la santidad de la vida. Esta es, como ya declaramos antes, la primera y más
importante dote del sacerdote católico; sin ésta, las demás valen poco; con ésta, aun cuando las otras no
sean tan eminentes, se pueden hacer maravillas, como se verificó (por citar sólo algunos ejemplos) en San
José de Cupertino y, en tiempos más cercanos a nosotros, en aquel humilde cura de Ars, San Juan María
Vianney, antes mencionado, a quien Nos pusimos por modelo y nombramos celestial patrono de todos los
párrocos. Así, pues,ved —os diremos con el Apóstol de las Gentes—, considerad vuestra vocación[157],
que el considerarla no podrá menos de haceros apreciar mejor cada día aquella gracia que os fue dada por
la sagrada ordenación y estimularos a caminar de un modo digno del llamamiento con que fuisteis
llamados[158].

Ejercicios espirituales y retiros mensuales

69. A esto os ayudará sumamente aquel medio que nuestro predecesor, de s. m., Pío X, en su piadosísima
y afectuosísimaExhortación al Clero católico[159] (cuya lectura asidua calurosamente os recomendamos),
pone en primer lugar entre las cosas que más ayudan a conservar y aumentar la gracia sacerdotal; medio
aquel que Nos también varias veces, y sobre todo en nuestra carta encíclica Mens nostra[160], paternal y
solemnemente inculcamos a todos nuestros hijos, pero especialmente a los sacerdotes, a saber: la práctica
frecuente de los Ejercicios espirituales. Y así como, al cerrarse nuestro jubileo sacerdotal, no creíamos
poder dejar a nuestros hijos recuerdo mejor y más provechoso de aquella fausta solemnidad que invitarlos
por medio de la susodicha encíclica a beber con más abundancia el agua viva que salta hasta la vida
eterna[161], en esta fuente perenne, puesta por Dios providencialmente en su Iglesia, así ahora, a
vosotros, queridos hijos, especialmente amados porque más directamente trabajáis con Nos por el
advenimiento del reino de Cristo en la tierra, no creemos poder mostrar mejor nuestro paternal afecto que
exhortándoos vivamente a emplear ese mismo medio de santificación de la mejor manera posible, según
los principios y las normas expuestas por Nos en la citada encíclica, recogiéndoos al sagrado retiro de los
Ejercicios espirituales, no solamente en los tiempos y en la medida estrictamente prescritos por las leyes
eclesiásticas[162], pero aun con la mayor frecuencia y el mayor tiempo que os será permitido, no dejando
de tomar, después, de cada mes un día para consagrarlo a más fervorosa oración y a mayor
recogimiento[163], como han acostumbrado a hacerlo siempre los sacerdotes más celosos.

Reavivar la gracia de Dios

70. En el retiro y en el recogimiento podrá también reavivar la gracia de Dios[164] quien por ventura
hubiera venido a la herencia del Señor no por el camino recto de la verdadera vocación, sino por fines
terrenales y menos nobles; puesto que, estando ya unido indisolublemente a Dios y a la Iglesia, no le
queda sino seguir el consejo de San Bernardo: «Sean buenas en adelante tus actuaciones y tus
aspiraciones, y sea santo tu ministerio; y de este modo, si no hubo antes vida santa, por lo menos háyala
después»[165]. La gracia de Dios, y especialmente la que es propia del sacramento del Orden, no dejará
de ayudarle, si con sinceridad lo desea, a corregir lo que entonces hubo de defectuoso en sus disposiciones
personales y a cumplir todas las obligaciones de su estado presente, de cualquier manera que hubiere
entrado en él.

Recogimiento y oración

71. De ese tiempo de recogimiento y de oración ellos y todos saldréis bien pertrechados contra las
asechanzas del mundo; llenos de celo santo por la salvación de las almas; completamente inflamados en
amor de Dios, como deben estar los sacerdotes, más que nunca en estos tiempos, en los que, junto a
tanta corrupción y perversión diabólica, se nota en todas partes del mundo un poderoso despertar religioso
en las almas, un soplo del Espíritu Santo que se extiende sobre el mundo para santificarlo y para renovar
con su fuerza creadora la faz de la tierra[166]. Llenos de este Espíritu Santo, comunicaréis este amor de
Dios, como sagrado incendio, a cuantos se llegaren a vosotros, viniendo a ser con toda verdad portadores
de Cristo en medio de esta sociedad tan perturbada, y que sólo de Jesucristo puede esperar salvación,
porque El es sólo y siempre el verdadero Salvador del mundo[167].

Exhortación a los seminaristas

72. Antes de terminar, queremos, oh jóvenes que os estáis formando para el sacerdocio, volver hacia
vosotros con la más particular ternura nuestro pensamiento y dirigiros nuestra palabra, encomendándoos
de lo más íntimo del corazón que os preparéis con todo empeño para la gran misión a que Dios os llama.
Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y de los pueblos, que mucho o, por mejor decir, todo lo esperan de
vosotros; porque de vosotros esperan aquel conocimiento de Dios y de Jesucristo, activo y vivificante, en el
cual consiste la vida eterna[168]. Procurad, por consiguiente, con la piedad, con la pureza, con la
humildad, con la obediencia, con el amor a la disciplina y al estudio, llegar a formaros sacerdotes
verdaderamente según os quiere Cristo. Persuadíos de que la diligencia que pongáis en esta vuestra sólida
formación, por cuidadosa y atenta que sea, nunca será demasiada, dependiendo, como en gran parte
depende, de ella toda vuestra futura actividad apostólica. Portaos de manera que la Iglesia, en el día de
vuestra ordenación sacerdotal, encuentre en vosotros lo que de vosotros quiere, a saber, que «os
recomienden la sabiduría del cielo, las buenas costumbres y la larga práctica de la virtud, para que luego el
buen olor de vuestra vida deleite a la Iglesia de Jesucristo, y con la predicación y ejemplo edifiquéis la
casa, es decir, la familia de Dios»[169].
Sólo así podréis continuar las gloriosas tradiciones del sacerdocio católico y acelerar la hora tan deseada en
la cual la humanidad pueda gozar los frutos de la paz de Cristo en el reino de Cristo.

Misa votiva

73. Para terminar ya esta nuestra carta, nos complacemos en comunicaros a vosotros, venerables
hermanos nuestros en el episcopado, y por vuestro medio a todos nuestros queridos hijos de uno y otro
clero, que como solemne testimonio de nuestro agradecimiento por la santa cooperación con que ellos,
siguiendo vuestra dirección y ejemplo, han hecho tan abundantemente fructuoso para las almas este Año
de la Redención; y más todavía para que sea perenne el piadoso recuerdo y la glorificación de aquel
sacerdocio del cual el nuestro y el vuestro, venerables hermanos, y el de todos los sacerdotes de
Jesucristo, no es sino una participación, hemos creído oportuno, oído el parecer de la Sagrada
Congregación de Ritos, preparar una Misa propia votiva de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, que
tenemos el gusto y consuelo de publicar junto con esta nuestra carta encíclica, y que se podrá celebrar los
jueves, conforme a las prescripciones litúrgicas.

74. No nos queda, venerables hermanos, sino dar a todos la bendición apostólica y paterna, que todos
desean y esperan del Padre común; la cual sea bendición de acción de gracias por todos los beneficios
concedidos por la Divina Bondad en estos dos Años Santos extraordinarios de la Redención, y que sea
también una prenda de felicitaciones para el año nuevo que va a comenzar.

Dado en Roma, junto a San Pedro, a 20 de diciembre de 1935, en el 56.° aniversario de nuestra
ordenación sacerdotal, de nuestro pontificado año decimocuarto.

PIUS PP.XI

Notas

[1] Mt 5,13-14.

[2] Enc. Ubi arcano (23 dic. 1922).

[3] AAS 14, 449ss.

[4] AAS 23, 241ss.

[5] AAS 25 5-10.

[6] Enc. Divini illius Magistri (31 dic. 1929).

[7] Enc. Casti connubii (31 dic. 1930).

[8] Enc. Quadragesimo anno (15 mayo 1931).

[9] Enc. Caritate Christi (3 mayo 1932).

[10] Enc. Acerba animi (29 sept. 1932).

[11] Cf. Gén 14,18.

[12] Cf. Heb 5,10; 6,20; 7,1-11.15.


[13] Heb 5,1.

[14] Cf. Heb cap. l l.

[15] Cf. Fl. Jos., Antiq. 11,8,5.

[16] Cf. Dan 5.1-30.

[17] 1 Cor 4,1.

[18] Jn 20,21.

[19] Lc 2,14.

[20] Sess.22, c.l.

[21] Heb 7,24.

[22] 1 Cor 11,23ss.

[23] Sal 109,4.

[24] Lc 22,19; 1 Cor 11,24.

[25] Cf. Mal 1,11.

[26] Conc. Trid., sess.22, c.2.

[27] De sacerdotio 3,4: PG 48,642.

[28] Cf. 1 Cor 4,1.

[29] De sacerdotio 3,5.

[30] Jn 20,23.

[31] Mc 2,7.

[32] Lc 7,49.

[33] Lc 5,24.

[34] Manzoni, Osservazioni sulla morale cattolica, c.18.

[35] Cf. Sal 109,4.

[36] Cf. 1 Cor 4,1.

[37] Cf. Act 6,4.

[38] Mt 28,19-20.

[39] Jn 1,9.

[40] Cf. Mt 13,31-32.


[41] Mt 16,27.

[42] Cf. Jn 13,34.

[43] Cf. Heb 4,12.

[44] Cf. 2 Pe 1,19.

[45] Cf. Lc 6,12.

[46] Cf. Heb 7,25.

[47] Cf. Sal 49,14.

[48] Cf. Mt 7,7-11; Mc 11,24; Lc 11,9-13.

[49] S. Juan Crisóst., Homil. 5 in Is.

[50] Cf 1 Tim 2,5.

[51] Suppl. 36,1 ad 2.

[52] Decret, dist.88 can.6.

[53] Lev 21,8.

[54] Sal 131,9.

[55] Explanat. in Psalmos, Ps.131,9.

[56] De instit. et regim. Prael., c.ll.

[57] Suppl. 35,1 ad 3.

[58] Pontif. Rom. de ordinat. presbyt.

[59] Ep. 1,1, ep.25.

[60] Hech 1,1.

[61] Jn 7,46.

[62] Cf. Mc 7,37.

[63] Mt 23,2-3.

[64] Sal 125,6.

[65] 1 Cor 9,27.

[66] Mt 5,48.

[67] CIC (1917) c.124.

[68] Cf. 2 Cor 5,20.


[69] 1 Cor 4,16; 11,1.

[70] 1 Tim 4,8.

[71] Ibíd.

[72] CIC (1917) c.132, § 1.

[73] Jn 4,24.

[74] Cicerón, De leg. 2 8 y 10.

[75] Cf. Lev 33-35.

[76] Conc. Elvira, c.33 (Mansi 2,11).

[77] Cf. Mt 19,11.

[78] Brev. Rom. Hymn. ad Laudes in festo SS. Nom. Iesu.

[79] 1 Cor 7,32.

[80] Cf. Mt 19,11.

[81] Conc. Cartag.. 11 c.2 (Mansi 3,191).

[82] Advers. haeres. Panar. 59,4: PG 41,1024.

[83] Brev. Rom. d.18 iun.4,6.

[84] Carmina Nisibaena, carm.19 (edit. Bickel, p.112).

[85] Ibíd. carm.l8.

[86] De sacerdotio 3,4: PG 48,642.

[87] Advers. haeres. Panar. 59,4: PG 41,1024.

[88] Cf. Tob 12,15.

[89] Cf. Lc 2,49; 1 Cor 7,32.

[90] Cf. Flp 3,20.

[91] Cf. CIC (1917) c.971.

[92] Cf. 2 Tim 2,3-4.

[93] 1 Cor 9 13-14.

[94] Mt 5,12.

[95] Tit 1,7.

[96] Flp 2,21.


[97] Mt 6,19-20.

[98] 1 Tim 6,10.

[99] Mt 25,40.

[100] Cf. Lc 12,49.

[101] Cf. Sal 68,10; Jn 2,I7.

[102] Jn 10,16.

[103] Jn 4,35.

[104] Mt 9,36.

[105] Cf. Mt 9,36; 14,14; 15,32; Mc 6,34; 8,2, etc.

[106] Pont. Rom. de ordinat. presbyt.

[107] Cf. Cant. 6,3,9.

[108] Cf. Flp 2,8.

[109] Heb 10,5-7.

[110] Jn 4,34.

[111] Jn 19,28.

[112] Jn 3,10.

[113] Mt 28,19.

[114] Rom 1,14.

[115] Mal 2,7.

[116] Os 4,6.

[117] Apolog. c.l.

[118] Cf. CIC (1917) c.129.

[119] Prov 8,31.

[120] 1 Cor 1,27.29.

[121] 2 Cor 2,15.

[122] Prov 22,6.

[123] Cf. 1 Cor 9,22.

[124] CIC (1917) c.1366, § 2.


[125] CIC (1917) tít.2l, c.1352-1371.

[126] S. Alf. M. de Ligorio, Opere asc. 3 122 (Marietti 1847).

[127] CIC (1917) c.973,3.

[128] 1 Tim 5,22.

[129] Ep. 12: PL 54,647.

[130] Hom. 16 in Tim: PG 62,587.

[131] Hom. ad ordinandos (1 junio 1577); Homiliae (ed. bibl. Ambros. Mediol. 1747) 4,270.

[132] Hom. 16 in Tim.: PG 62,587.

[133] Theol. mor. de Sacram. Ordin. n.803.

[134] Ep. 1,9,106: PL 70,1031.

[135] II-II q.189, a.l ad 3.

[136] Instructio super scrutinio candidatorum instituendo antequam ad Ordines promoveantur (27 dic.
1930): AAS 23 (1931) 120.

[137] Instructio ad supremos Religiosorum, etc. Moderatores de formatione clericali, etc. (1 dic. 1931):
AAS 24,74-81.

[138] Suppl. 36,4 ad l.

[139] Conc. Later. IV, ann.1215, c.22.

[140] Suppl. 36,4 ad a.

[141] Cf. L'Osservatore Romano, año 69, n.21022 (año 1929) n.176, 29-30 julio.

[142] Cf. 1 Pe 5,4.

[143] Ibíd., 2,25.

[144] Mt 9,37,38.

[145] Mt 7,7.

[146] Cf. P. Renaudin, Saint Vincent de Paul, c.5.

[147] Mt 10,42.

[148] Cf. 1 Pe 2,9.

[149] Cf. Eclo 44,15.

[150] Cf. Tob 8,9.

[151] Mt 14,21.
[152] Cf. Mt 4,19.

[153] Cf. CIC (1917) c.971.

[154] 1 Tes 2,20.

[155] Mt 20,12.

[156] Mt 5,13-14.

[157] 1 Cor 1,26.

[158] Ef 4,1.

[159] Haerent animo (4 agosto 1908): ASS 41,555-575.

[160] D. d. (20 dic. 1929): AAS 21,689-706.

[161] Cf. Jn 4,14.

[162] Cf. CIC (1917) c.126.595.1001.1367.

[163] Cf. AAS 21,705.

[164] Cf. 2 Tim 1,6.

[165] Cf. Ep. 27, ad Ardut.: PL 182,131.

[166] Cf. Sal 103,30.

[167] Jn 4,42.

[168] Jn 17,3.

[169] Cf. Pont. Rom. de ordinat. presbyt.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19351220_ad-catholici-sacerdotii.html

CARTA ENCÍCLICA
DILECTISSIMA NOBIS
DEL SANTÍSIMO SEÑOR NUESTRO
PÍO
POR DIVINA PROVIDENCIA
PAPA XI
A LOS OBISPOS, AL CLERO
Y A TODO EL PUEBLO DE ESPAÑA

SOBRE LA INJUSTA SITUACIÓN CREADA A LA IGLESIA CATÓLICA EN ESPAÑA

A NUESTROS AMADOS HIJOS


CARDENAL FRANCISCO VIDAL Y BARRAQUER
ARZOBISPO DE TARRAGONA
CARDENAL EUSTAQUIO ILUNDÁIN Y ESTEBAN
ARZOBISPO DE SEVILLA
Y A LOS OTROS VENERABLES HERMANOS
ARZOBISPOS Y OBISPOS
Y A TODO EL CLERO Y PUEBLO DE ESPAÑA

PÍO PP. XI

VENERABLES HERMANOS Y AMADOS HIJOS


SALUD Y APOSTÓLICA BENDICIÓN

Siempre Nos fue sumamente cara la noble Nación Española por sus insignes méritos para con la fe católica
y la civilización cristiana, por la tradicional y ardentísima devoción a esta Santa Sede Apostólica y por sus
grandes instituciones y obras de apostolado, pues ha sido madre fecunda de Santos, de Misioneros y de
Fundadores de ínclitas Ordenes Religiosas, gloria y sostén de la Iglesia de Dios.

Y precisamente porque la gloria de España está tan íntimamente unida con la religión católica, Nos
sentirnos doblemente apenados al presenciar las deplorables tentativas, que, de un tiempo a esta parte, se
están reiterando para arrancar a esta Nación a Nos tan querida, con la fe tradicional, los más bellos títulos
de nacional grandeza. No hemos dejado de hacer presente con frecuencia a los actuales gobernantes de
España —según Nos dictaba Nuestro paternal corazón— cuán falso era el camino que seguían, y de
recordarles que no es hiriendo el alma del pueblo en sus más profundos y caros sentimientos, como se
consigue aquella concordia de los espíritus, que es indispensable para la prosperidad de una Nación. Lo
hemos hecho por medio de Nuestro Representante, cada vez que amenazaba el peligro de alguna nueva
ley o medida lesiva de los sacrosantos derechos de Dios y de las almas. Ni hemos dejado de hacer llegar,
aun públicamente, nuestra palabra paternal a los queridos hijos del clero y pueblo de España, para que
supiesen que Nuestro Corazón estaba más cerca de ellos, en los momentos del dolor. Mas ahora no
podemos menos de levantar de nuevo nuestra voz contra la ley, recientemente aprobada, referente a las
Confesiones y Congregaciones Religiosas, ya que ésta constituye una nueva y más grave ofensa, no sólo a
la religión y a la Iglesia, sino también a los decantados principios de libertad civil, sobre los cuales declara
basarse el nuevo régimen español.

Ni se crea que Nuestra palabra esté inspirada en sentimientos de aversión contra la nueva forma de
gobierno o contra otras innovaciones, puramente políticas, que recientemente han tenido lugar en España.
Pues todos saben que la Iglesia Católica, no estando bajo ningún respecto ligada a una forma de gobierno
más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra
dificultad en avenirse con las diversas instituciones civiles sean monárquicas, o republicanas, aristocráticas
o democráticas.

Prueba manifiesta de ello son, para. no citar sino hechos recientes, los numerosos Concordatos y Acuerdos,
estipulados en estos últimos años, y las relaciones diplomáticas, que la Santa Sede ha entablado con
diversos Estados, en los cuales, después de la última gran guerra, a gobiernos monárquicos han sustituido
gobiernos republicanos.

Ni estas nuevas Repúblicas han tenido jamás que sufrir en sus instituciones, ni en sus justas aspiraciones a
la grandeza y bienestar nacional, por efecto de sus amistosas relaciones con la Santa Sede, o por hallarse
dispuestas a concluir con espíritu de mutua confianza, en las materias que interesan a la Iglesia y al
Estado, convenios adaptados a las nuevas condiciones de los tiempos.

Antes bien, podemos afirmar con toda certeza, que los mismos Estados han reportado notables ventajas de
estos confiados acuerdos con la Iglesia; pues todos saben, que no se opone dique más poderoso al
desbordamiento del desorden social, que la Iglesia, la cual siendo educadora excelsa de los pueblos, ha
sabido siempre unir en fecundo acuerdo el principio de la legítima libertad con el de la autoridad, las
exigencias de la justicia con el bien de la paz.
Nada de esto ignoraba el Gobierno de la nueva República Española, pues estaba bien enterado de las
buenas disposiciones tanto Nuestras como del Episcopado Español para secundar el mantenimiento del
orden y de la tranquilidad social.

Y con Nos y con el Episcopado estaba de acuerdo no solamente el clero tanto secular como regular, sino
también los católicos seglares, o sea, la gran mayoría del pueblo español; el cual, no obstante las opiniones
personales, no obstante las provocaciones y vejámenes de los enemigos de la Iglesia, ha estado lejos de
actos de violencia y represalia, manteniéndose en la tranquila sujeción al poder constituido, sin dar lugar a
desórdenes, y mucho menos a guerras civiles. Ni, a. otra causa alguna, fuera de esta disciplina y sujeción,
inspirada en las enseñanzas y en el espíritu católico, se podría en verdad atribuir con mayor derecho,
cuanto se ha. podido conservar de aquella paz e tranquilidad públicas, que las turbulencias de los partidos
y las pasiones de los revolucionarios se han esforzado por perturbar, empujando a la Nación hacia el
abismo de la anarquía.

Por esto Nos ha causado profunda extrañeza y vivo pesar el saber que algunos, como para justificar los
inicuos procedimientos contra la Iglesia, hayan aducido públicamente como razón la necesidad de defender
la nueva República.

Tan evidente aparece por lo dicho la inconsistencia del motivo aducido, que da derecho a atribuir la
persecución movida contra la Iglesia en España, más que a incomprensión de la fe católica y de sus
benéficas instituciones, al odio que «contra el Señor y contra su Cristo» fomentan sectas subversivas de
todo orden religioso y social, como por desgracia vemos que sucede en Méjico y en Rusia.

Pero, volviendo a la deplorable ley referente a las Confesiones y Congregaciones religiosas, hemos visto
con amargura de corazón, que en ella, ya desde el principio, se declara abiertamente que el Estado no
tiene religión oficial, reafirmando así aquella separación del Estado y de la Iglesia, que desgraciadamente
había sido sancionada en la nueva Constitución Española.

No nos detenemos ahora a repetir aquí cuán gravísimo error sea afirmar que es lícita y buena la separación
en sí misma, especialmente en una Nación que es católica en casi su totalidad. Para quien la penetra a
fondo, la separación no es más que una funesta consecuencia (como tantas veces lo hemos declarado
especialmente en la Encíclica « Quas primas ») del laicismo o sea de la apostasía de la sociedad moderna
que pretende alejarse de Dios y de la Iglesia. Mas si para cualquier pueblo es, sobre impía, absurda la
pretensión de querer excluir de la vida pública a Dios Creador y próvido Gobernador de la misma sociedad,
de un modo particular repugna tal exclusión de Dios y de la Iglesia de la vida de la Nación Española, en la
cual la Iglesia tuvo siempre y merecidamente la parte más importante y más benéficamente activa, en las
leyes, en las escuelas y en todas las demás instituciones privadas y públicas. Pues si tal atentado redunda
en daño irreparable de la conciencia cristiana del país, especialmente de la juventud a la que se quiere
educar sin religión, y de la familia, profanada en sus más sagrados principios; no menor es el daño que
recae sobre la misma autoridad civil, la cual, perdido el apoyo que la recomienda y la sostiene en la
conciencia de los pueblos, es decir, faltando la persuasión de ser divinos su origen, su dependencia y su
sanción, llega a perder junto con su más grande fuerza de obligación, el más alto título de acatamiento y
respeto.

Que esos daños se sigan inevitablemente del régimen de separación lo atestiguan no pocas de aquellas
mismas naciones, que, después de haberlo introducido en su legislación, comprendieron bien pronto la
necesidad de remediar el error, o bien modificando, al menos en su interpretación y aplicación, las leyes
persecutorias de la Iglesia, o bien procurando venir, a pesar de la separación, a una pacífica coexistencia y
cooperación con la Iglesia.

Al contrario los nuevos legisladores españoles, no cuidándose de estas lecciones de la historia, han
adoptado una forma de separación hostil a la fe que profesa la inmensa mayoría de los ciudadanos,
separación tanto más penosa e injusta, cuanto que se decreta en nombre de la libertad, y se la hace llegar
hasta la negación del derecho común y de aquella misma libertad, que se promete y se asegura a todos
indistintamente. De ese modo se ha querido sujetar a la Iglesia y a sus ministros a medidas de excepción
que tienden a ponerla a merced del poder civil.
De hecho, en virtud de la Constitución y de las leyes posteriormente emanadas, mientras todas las
opiniones, aun las más erróneas, tienen amplio campo para manifestarse, solo la religión católica, religión
de la casi totalidad de los ciudadanos, ve que se la vigila odiosamente en la enseñanza, y que se ponen
trabas a las escuelas y otras instituciones suyas, tan beneméritas de la ciencia y de la cultura española. El
mismo ejercicio del culto católico, aun en sus más esenciales y tradicionales manifestaciones, no está
exento de limitaciones, como la asistencia religiosa en los institutos dependientes del Estado; las
procesiones religiosas, las cuales necesitaránautorización especial gubernativa en cada caso; la misma
administración de los Sacramentos a los moribundos, y los funerales a los difuntos.

Más manifiesta es aún la contradicción en lo que mira a la propiedad. La Constitución reconoce a todos los
ciudadanos la legítima facultad de poseer, y, como es propio de todas las legislaciones en países
civilizados, garantiza y tutela el ejercicio de tan importante derecho emanado de la misma naturaleza. Pues
aun en este punto se ha querido crear una excepción en daño de la Iglesia Católica, despojándola con
patente injusticia de todos sus bienes. No se ha tomado en consideración la voluntad de los donantes, no
se ha tenido en cuenta el fin espiritual y santo al que estaban destinados esos bienes, ni se han querido
respetar en modo alguno, derechos antiquísimos y fundados sobre indiscutibles títulos jurídicos. No solo
dejan ya de ser reconocidos corno libre propiedad de la Iglesia Católica todos los edificios, palacios
episcopales, casas rectorales, seminarios, monasterios, sino que son declarados, —con palabras que
encubren mal la naturaleza del despojo— « propiedad pública nacional ». Más aún, mientras los edificios
que fueron siempre legítima propiedad de las diversas entidades eclesiásticas, los deja la ley en uso a la
Iglesia Católica y a sus ministros, a fin de que se empleen, conforme a su destino, para el culto; se llega a
establecer que los tales edificios estarán sometidos a las tributaciones inherentes al uso de los
mismos, obligando así a la Iglesia Católica a pagar tributos por los bienes que le han sido quitados
violentamente. De este modo el poder civil se ha preparado un arma para hacer imposible a la Iglesia
Católica aun el uso precario de sus bienes; porque, una vez despojada de todo, privada de todo subsidio,
coartada en todas sus actividades, ¿cómo podrá pagar los tributos que se le impongan?

Ni se diga que la ley deja para el futuro a la Iglesia Católica una cierta facultad de poseer, al menos a titulo
de propiedad privada, porque aun ese reconocimiento tan reducido, queda después casi anulado por el
principio inmediatamente enunciado que, tales bienes sólo podrá conservarlos en la cuantía necesaria para
el servicio religioso; con lo cual se obliga a la Iglesia a someter al examen del poder civil sus necesidades
para el cumplimiento de su divina misión, y se erige el Estado laico en juez absoluto de cuanto se necesita
para las funciones meramente espirituales; y así bien puede temerse que tal juicio estará en consonancia
con el laicismo que intentan la ley y sus autores.

Y la usurpación del Estado no se ha detenido en los inmuebles. También los bienes muebles —catalogados
con enumeración detalladísima, porque no escapase nada— o sea aun los ornamentos, imágenes, cuadros,
vasos, joyas, telas y demás objetos de esta clase destinados expresa y permanentemente al culto católico,
a su esplendor, o a las necesidades relacionadas directamente con él, han sido declarados propiedad
pública nacional.

Y mientras se niega a la Iglesia el derecho de disponer libremente de lo que es suyo, como legítimamente
adquirido, o donado a ella por los piadosos fieles, se atribuye al Estado y solo al Estado, el poder de
disponer de ellos para otros fines, sin limitación alguna de objetos sagrados, aun de aquellos que por haber
sido consagrados con rito especial están substraídos a todo uso profano, y llegando hasta excluir toda
obligación del Estado a dar, en tan lamentable caso, compensación ninguna a la Iglesia.

Ni todo esto ha bastado para satisfacer a las tendencias anti-religiosas de los actuales legisladores. Ni
siquiera los templos han sido perdonados, los templos, esplendor del arte, monumentos eximios de una
historia gloriosa, decoro y orgullo de la nación a través de los siglos; los templos, casa de Dios y de
oración, sobre los cuales siempre había gozado el pleno derecho de propiedad la Iglesia Católica, la cual —
magnífico título de particular benemerencia— los había siempre conservado, embellecido, y adornado con
amoroso cuidado. Aun los templos —y de nuevo Nos hemos de lamentar de que no pocos hayan sido presa
de la criminal manía incendiaria— han sido declarados propiedad de la Nación, y así expuestos a la
ingerencia de las autoridades civiles, que rigen hoy los públicos destinos sin respeto alguno al sentimiento
religioso del buen pueblo español.
Es, pues, bien triste la situación creada a la Iglesia Católica en España.

El Clero ha sido ya privado de sus asignaciones con un acto totalmente contrario a la índole generosa del
caballeresco pueblo español, y con el cual se viola un compromiso adquirido con pacto concordatario, y se
vulnera aun la más estricta justicia, porque el Estado, que había fijado las asignaciones, no lo había hecho
por concesión gratuita, sino a título de indemnización por bienes usurpados a la Iglesia.

Ahora también a las Congregaciones Religiosas se las trata, con esta ley nefasta, de un modo inhumano.
Pues se arroja sobre ellas la injuriosa sospecha de que puedan ejercer una actividad política peligrosa para
la seguridad del Estado, y con esto se estimulan las pasiones hostiles de la plebe a toda suerte de
denuncias y persecuciones: vía fácil y expedita para perseguirlas de nuevo con odiosas vejaciones.

Se las sujeta a tantos y tales inventarios, registros e inspecciones, que revisten formas molestas y
opresivas de fiscalización y hasta, después de haberlas privado del derecho de enseñar, y de ejercitar toda
clase de actividad, con que puedan honestamente sustentarse, se las somete a las leyes tributarias, en la
seguridad de que no podrán soportar el pago de los impuestos: nueva manera solapada de hacerles
imposible la existencia.

Mas con tales disposiciones se viene en verdad a herir, no solo a los Religiosos, sino al pueblo mismo
español, haciendo imposibles aquellas grandes Obras de caridad y beneficencia en pro de los pobres, que
han sido siempre gloria magnífica de las Congregaciones Religiosas y de la España Católica.

Todavía sin embargo, en las penosas estrecheces a que se ve reducido en España el Clero secular y
regular, Nos conforta el pensamiento de que la generosidad del pueblo español, aun en medio de la
presente crisis económica, sabrá reparar dignamente tan dolorosa situación, haciendo menos insoportable
a los Sacerdotes la verdadera pobreza que los agobia, a fin de que puedan con renovados bríos proveer al
Culto divino y al ministerio pastoral.

Pero con ser grande el dolor que tamaña injusticia Nos produce, Nos, y con Nos Vosotros, Venerables
Hermanos e Hijos dilectísimos, sentimos aún más vivamente la ofensa hecha a la Divina Majestad.

¿No fue, por ventura, expresión de un ánimo profundamente hostil a la Religión Católica el haber disuelto
aquellas Ordenes Religiosas que hacen voto de obediencia a una Autoridad diferente de la legítima del
Estado?

Se quiso de este modo quitar del medio a la Compañía de Jesús, que bien puede gloriarse de ser uno de
los más firmes auxiliares de la Cátedra de Pedro, con la esperanza acaso de poder después derribar, con
menor dificultad y en corto plazo, la fe y la moral cristianas del corazón de la Nación Española que dio a la
Iglesia la grande y gloriosa figura de Ignacio de Loyola. Pero con esto se quiso herir de lleno —como lo
declaramos ya en otra ocasión públicamente— la misma Autoridad Suprema de la Iglesia Católica. No llegó
la osadía, es verdad, a nombrar explícitamente la persona del Romano Pontífice; pero de hecho se definió
extraña a la Nación Española la Autoridad del Vicario de Cristo; como si la Autoridad del Romano Pontífice,
que le fue conferida por el mismo Jesucristo, pudiera decirse extraña a parte alguna del mundo; corno si el
reconocimiento de la autoridad divina de Jesucristo pudiera impedir o mermar el reconocimiento de las
legítimas autoridades humanas; o como si el poder espiritual y sobrenatural estuviese en oposición con el
del Estado, oposición que solo puede subsistir por la malicia de quienes la desean y quieren, por saber bien
que, sin su Pastor, se descarriarían las ovejas y vendrían a ser más fácilmente presa de los falsos pastores.

Mas si la ofensa que se quiso inferir a Nuestra Autoridad hirió profundamente nuestro corazón paternal, ni
por un instante Nos asaltó la duda de que pudiese hacer vacilar lo más mínimo la tradicional devoción del
pueblo español a la Cátedra de Pedro. Todo lo contrario; como vienen enseñando siempre hasta estos
últimos años la experiencia y la historia, cuanto más buscan los enemigos de la Iglesia alejar a los pueblos
del Vicario de Cristo, tanto más afectuosamente, por disposición providencial de Dios que sabe sacar bien
del mal, se adhieren ellos a él, proclamando que solo de él irradia la luz que ilumina el camino
entenebrecido con tantas perturbaciones y solo de él, como de Cristo, se oyen « las palabras de vida
eterna».
Pero no se dieron por satisfechos con haberse ensañado tanto en la grande y benemérita Compañía de
Jesús: ahora, con la reciente ley, han querido asestar otro golpe gravísimo a todas las Ordenes y
Congregaciones religiosas, prohibiéndoles la enseñanza. Con ello se ha consumado una obra de deplorable
ingratitud y manifiesta injusticia. ¿Qué razón hay, en efecto, para quitar la libertad, a todos concedida, de
ejercer la enseñanza, a una clase benemérita de ciudadanos, cuyo único crimen es el de haber abrazado
una vida de renuncia y de perfección? ¿Se dirá, tal vez, que el ser religioso, es decir, el haberlo dejado y
sacrificado todo, precisamente para dedicarse a la enseñanza y a la educación de la juventud como a una
misión de apostolado, constituye un título de incapacidad para la misma enseñanza? Y sin embargo la
experiencia demuestra con cuánto cuidado y con cuánta competencia han cumplido siempre su deber los
religiosos, y cuán magníficos resultados, así en la instrucción del entendimiento como en la educación del
corazón, han coronado su paciente labor. Lo prueba el número de hombres verdaderamente insignes en
todos los campos de las ciencias humanas y al mismo tiempo católicos ejemplares, que han salido de las
escuelas de los religiosos; lo demuestra el apogeo a que felizmente han llegado tales escuelas en España,
no menos que la consoladora afluencia de alumnos que acuden a ellas. Lo confirma finalmente la confianza
de que gozaban para con los padres de familia, los cuales habiendo recibido de Dios el derecho y el deber
de educar a sus propios hijos, tienen también la sacrosanta libertad de escoger a los que deben ayudarles
eficazmente en su obra educativa.

Pero ni siquiera ha sido bastante este gravísimo acto contra las Ordenes y Congregaciones .Religiosas. Han
conculcado además indiscutibles derechos de propiedad; han violado abiertamente la libre voluntad de los
fundadores y bienhechores, apoderándose de los edificios con el fin de crear escuelas laicas, o sea escuelas
sin Dios, precisamente allí donde la generosidad de los donantes había dispuesto que se diera una
educación netamente católica..

De todo esto aparece por desgracia demasiado claro el designio con que se dictan tales disposiciones, que
no es otro sino educar a las nuevas generaciones no ya en la indiferencia religiosa, sino con un espíritu
abiertamente anticristiano, arrancar de las almas jóvenes los tradicionales sentimientos católicos tan
profundamente arraigados en el buen pueblo español y secularizar así toda la enseñanza, inspirada hasta
ahora en la religión y moral cristianas.

Frente a una ley tan lesiva de los derechos y libertades eclesiásticas, derechos que debemos defender y
conservar en toda su integridad, creemos ser deber preciso de Nuestro Apostólico Ministerio reprobarla y
condenarla. Por consiguiente Nos protestamos solemnemente y con todas Nuestras fuerzas contra la
misma ley, declarando que esta no podrá nunca ser invocada contra los derechos imprescriptibles de la
Iglesia.

Y querernos aquí de nuevo afirmar Nuestra viva esperanza de que Nuestros amados hijos de España,
penetrados de la injusticia y del daño de tales medidas, se valdrán de todos los medios legítimos que por
derecho natural y por disposiciones legales quedan a. su alcance, a fin de inducir a los mismos legisladores
a reformar disposiciones tan contrarias a los derechos de todo ciudadano y tan hostiles a la Iglesia,
sustituyéndolas con otras que sean conciliables con la conciencia católica. Pero entre tanto Nos, con todo
el. ánimo y corazón de Padre y Pastor, exhortamos vivamente a los Obispos, a los Sacerdotes y a todos los
que en alguna manera intentan dedicarse a la educación de la juventud, a promover más intensamente
con todas las fuerzas y por todos los medios, la enseñanza religiosa y la práctica de la vida, cristiana. Y
esto es tanto más necesario, cuanto que la nueva legislación española, con la deletérea introducción del
divorcio, osa profanar el santuario de la familia, sembrando así —junto con la intentada disolución de la
sociedad doméstica— los gérmenes de las más dolorosas ruinas en la vida social.

Ante la amenaza de daños tan enormes, recomendamos de nuevo y vivamente a todos los católicos de
España, que, dejando a un lado lamentos y recriminaciones, y subordinando al bien común de la patria y
de la religión todo otro ideal, se unan todos disciplinados para la defensa de la fe y para alejar los peligros
que amenazan a la misma sociedad civil.

De un modo especial invitamos a todos los fieles a que se unan en la Acción Católica, tantas veces por Nos
recomendada; la cual, aun sin constituir un partido, más todavía, debiendo estar fuera y por encima de
todos los partidos políticos, servirá para formar la, conciencia de los católicos, iluminándola y
fortaleciéndola en la defensa de la fe contra toda clase de insidias.
Y ahora, Venerables Hermanos y amadísimos Hijos, no acertaríamos a poner mejor fin a, esta Nuestra
carta, que repitiéndoos cuanto os hemos declarado desde el principio; a saber, que más que en el auxilio
de los hombres, hemos de confiar en la indefectible asistencia prometida por Dios a su Iglesia y en la
inmensa bondad del Señor para con aquellos que le aman. Por esto, considerando todo lo que ha sucedido,
y apesadumbrados más que todo por las graves ofensas inferidas a su Divina Majestad con las múltiples
violaciones de sus sacrosantos derechos y con tantas transgresiones de sus leyes, dirigimos al cielo
férvidas plegarias, demandando a Dios perdón por las ofensas contra El cometidas. El, que todo lo puede,
ilumine las inteligencias, enderece las voluntades y mueva los corazones de los que gobiernan a mejores
acuerdos. Con serena confianza esperamos que la voz suplicante de tantos buenos hijos, sobre todo en
este Año Santo de la Redención, será benignamente acogida por la clemencia del, Padre celestial; y con
esta con-fianza, para obtener que descienda sobre vosotros, Venerables Hermanos y amados Hijos, y sobre
toda la Nación Española, que Nos es tan querida, la abundancia de los favores celestiales, os damos con
toda la efusión de nuestra alma la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a S. Pedro, día 3 de Junio, del año 1933, duodécimo de Nuestro Pontificado.

PlUS PP. XI

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19330603_dilectissima-nobis.html

CARTA ENCÍCLICA
NON ABBIAMO BISOGNO
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
ACERCA DEL FASCISMO Y LA ACCIÓN CATÓLICA

A LOS VENERABLES HERMANOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS


Y DEMÁS ORDINARIOS
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA

Venerables hermanos: salud y bendición apostólica

1. No tenemos necesidad de anunciaros, venerables hermanos, de los acontecimientos que en estos


últimos tiempos se han desarrollado en esta ciudad de Roma, Nuestra Sede Episcopal, y en toda Italia, es
decir, precisamente en Nuestra circunscripción primacial; acontecimientos que han tenido tan larga y
profunda repercusión en el mundo entero y más particularmente en todas y en cada una de las diócesis de
Italia y del mundo católico. Se resumen en estas breves y tristes palabras: Se ha intentado herir de muerte
todo lo que era y lo que será siempre lo más querido por Nuestro corazón de Padre y Pastor de almas... y
Nos podemos y debemos incluso añadir: «y aún me ofende el modo»[*]

En presencia y bajo la presión de estos acontecimientos hemos sentido Nosotros la necesidad y el deber de
dirigirnos a vosotros, y por decirlo así, llegar en espíritu a cada uno de vosotros, venerables hermanos, en
primer lugar, para cumplir un grave y urgente deber de reconocimiento fraternal; en segundo lugar, para
satisfacer un deber, no menos grave y no menos urgente, de defender la verdad y la justicia en una
materia que, como se refiere a los intereses y a los derechos vitales de la Iglesia, os interesa también a
todos y cada uno de vosotros en particular en todas las partes en que el Espíritu Santo os ha colocado para
gobernarla en unión con Nosotros; en tercer lugar, Nos queremos exponeros las conclusiones y reflexiones
que los acontecimientos parecen imponer; en cuarto lugar, confiaros Nuestras preocupaciones para el
porvenir; y, finalmente, os invitaremos a compartir Nuestras esperanzas y a rogar con Nos y con el mundo
católico por su realización.

I
2. La paz interior, esta paz que nace de la plena y clara conciencia que tiene uno de estar en el bando de
la verdad y de la justicia y de combatir y sufrir por ellas, esta paz que solamente puede darla el Rey divino
y que el mundo es completamente incapaz de dar y quitar, esta paz bendita y bienhechora, gracias a la
bondad y la misericordia de Dios, no Nos ha abandonado un solo instante, y abrigamos la firme esperanza
de que, suceda lo que suceda, no Nos abandonará jamás; pero, bien sabéis vosotros, venerables
hermanos, que esta paz deja libre acceso a los más amargos sinsabores: así lo experimentó el Sagrado
Corazón de Jesús durante su Pasión; lo mismo experimentan los corazones de los fieles servidores, y Nos
también hemos experimentado la verdad de esta misteriosa palabra: «He aquí que en la paz (me
sobrevino) amargura grandísima»[1]. Vuestra intervención rápida, extensa, afectuosa, que no ha cesado
todavía; vuestros sentimientos fraternos y filiales, y por encima de todo, ese sentimiento de alta y
sobrenatural solidaridad, de íntima unión de pensamientos y de sentimientos, de inteligencias y de
voluntades que respiran vuestras comunicaciones llenas de amor, Nos han llenado el alma de consuelos
indecibles y muchas veces han hecho subir de Nuestro corazón a Nuestros labios las palabras del
salmo: «En las grandes angustias de mi corazón, tus consuelos alegraban mi alma»[2]. De todos estos
consuelos, después de Dios, os damos gracias de todo Nuestro corazón, venerables hermanos, vosotros a
quienes Nos podemos repetir la palabra de Jesús a los Apóstoles vuestros predecesores: «Vosotros sois los
que habéis permanecido conmigo en mis pruebas» [3].

3. Sentimos también y queremos también cumplir el deber tan dulce al corazón paternal de dar gracias con
vosotros, venerables hermanos, a tantos de vuestros buenos y dignos hijos que, individual y
colectivamente, en su nombre propio y de parte de las diversas organizaciones y asociaciones consagradas
al bien, y con más amplitud de parte de las asociaciones de Acción Católica y de Juventud Católica, nos
han enviado expresiones de condolencia, de devoción y de generosa y activa conformidad a Nuestras
normas directivas y a Nuestros deseos. Fue para Nos especialmente bello y consolador ver a las Acciones
Católicas de todos los países, desde los más cercanos hasta los más lejanos, encontrarse reunidas
alrededor del Padre común, animadas y como impulsadas por un mismo espíritu de fe, de piedad filial, de
propósitos generosos en los que se expresa unánimemente la sorpresa penosa de ver perseguida y herida
la Acción Católica allí, en el centro del apostolado jerárquico, donde tiene, más que en ninguna otra parte,
su razón de ser, la Acción Católica, que en Italia, como en todas las partes del mundo, siguiendo su
auténtica y esencial definición y según Nuestras vigilantes y asiduas direcciones, tan generosamente
secundadas por vosotros, venerables hermanos, ni quiere ni puede ser otra cosa que la participación y la
colaboración del laicado en el apostolado jerárquico.

Llevaréis, venerables hermanos, la expresión de Nuestro paternal reconocimiento a todos vuestros hijos e
hijas Nuestros en Jesucristo, que se han mostrado tan bien formados en vuestra escuela, tan buenos y tan
piadosos hacia su Padre común al punto de hacernos decir: «Reboso de gozo en todas nuestras
tribulaciones» [4].

4. En cuanto a vosotros, Obispos de todas y cada una de las diócesis de esta querida Italia, debemos no
solamente la expresión de Nuestro reconocimiento por los consuelos que con tan noble y santa emulación
Nos habéis prodigado con vuestras cartas durante todo el mes último y especialmente el día mismo de los
Santos Apóstoles, con vuestros afectuosos y elocuentes telegramas; pero debemos también dirigiros a
Nuestra vez el pésame por lo que cada uno de vosotros ha sufrido, viendo repentinamente abatirse la
tempestad devastadora sobre los vergeles tan ricamente florecidos y llenos de promesas de vuestros
jardines espirituales, que el Espíritu Santo ha confiado a vuestra solicitud y que cultivabais con tanto celo y
con tan gran bien para las almas. Vuestro corazón, venerables hermanos, se ha vuelto en seguida hacia el
Nuestro para compartir Nuestra pena, en la cual sentíais reunirse como en un centro y multiplicarse y
encontrarse todas las vuestras. Nos habéis dado la más clara y afectuosa demostración y con todo el
corazón os damos las gracias. Particularmente os agradecemos el unánime y verdaderamente grandioso
testimonio que habéis dado a la docilidad con que la Acción Católica italiana y precisamente las
Asociaciones de Juventudes han permanecido fieles a Nuestras normas directivas y a las vuestras, que
excluyen toda actividad política de partido. Al mismo tiempo damos gracias también a todos vuestros
sacerdotes y fieles, a vuestros religiosos y religiosas, que se han unido a vosotros con tan gran impulso de
fe y de piedad filial. Damos gracias especialmente a vuestras Asociaciones de Acción Católica y en primer
lugar a las de las Juventudes de todas las categorías, hasta a los más pequeños benjamines y a los niños,
que Nos son tanto más queridos cuanto más pequeños son y en cuyas plegarias tenemos especial
confianza.
Vosotros habéis comprendido, venerables hermanos, que Nuestro corazón estaba y está con vosotros, con
cada uno de vosotros, sufriendo con vosotros, rogando por vosotros y con vosotros, a fin de que Dios, en
su infinita misericordia, nos socorra y haga salir de este gran mal desencadenado por el antiguo enemigo
del bien una nueva floración de bienes, y de grandes bienes.

II

5. Después de haber satisfecho la deuda de gratitud por los consuelos que hemos recibido en tan grande
dolor, debemos satisfacer las obligaciones que el ministerio apostólico Nos impone para con la verdad y la
justicia.

Ya muchas veces, venerables hermanos, de la manera más explícita y asumiendo toda la responsabilidad
de lo que decíamos, Nos hemos explicado la campaña de falsas e injustas acusaciones que precedió a la
disolución de las Asociaciones de Juventudes y Asociaciones universitarias dependientes de la Acción
Católica y hemos protestado contra ellas. Disolución ejecutada por vías de hecho y por procedimientos que
daban la impresión de que se perseguía una vasta y peligrosa asociación criminal. Y sin embargo, se
trataba de jóvenes y de niños que son ciertamente los mejores entre los buenos y a los cuales tenemos la
satisfacción y el orgullo de poder una vez más dar este testimonio. Los ejecutores de este procedimiento,
no todos, pero muchos de ellos, tuvieron asimismo esta impresión y no la ocultaron, procurando templar el
cumplimiento de su consigna con palabras y miramientos por medio de los cuales parecían presentar
excusas y querer obtener el perdón de lo que se les obligaba a hacer. Nos lo hemos tenido en cuenta y les
reservamos especiales bendiciones.

6. Pero por una dolorosa compensación, ¡cuántas brutalidades y violencias, que llegaron hasta los golpes y
a la sangre, cuántas irreverencias de prensa, de palabras y de hechos contra las cosas y contra las
personas, incluso la Nuestra, han precedido, acompañado y seguido la ejecución de la inopinada medida de
policía! Y ésta con frecuencia se ha extendido, por ignorancia o por un celo maligno, a ciertas asociaciones
e instituciones que ni siquiera estaban comprendidas en las órdenes superiores, como los oratorios de los
niños y las piadosas congregaciones de Hijas de María.

Todo este lamentable conjunto de irreverencias y de violencias se verificaron con una tal intervención de
miembros e insignias de partido, con tal unanimidad de un cabo a otro de Italia, y con tal condescendencia
de las autoridades y de las fuerzas de seguridad pública, que era ya preciso pensar necesariamente en
disposiciones venidas de arriba. Fácilmente admitimos, como era fácil de prever, que estas disposiciones
podían y hasta debían ser necesariamente exageradas. Hemos debido recordar estas cosas antipáticas y
penosas, porque se ha intentado hacer creer al público y al mundo que la deplorable disolución de las
Asociaciones, que Nos son tan queridas, se ha efectuado sin incidentes y casi como una cosa normal.

7. Pero en realidad se ha intentado faltar en mayor escala a la verdad y a la justicia. Si no todas las
invenciones y todas las mentiras y las verdaderas calumnias esparcidas por la prensa hostil de partido, la
única libre y acostumbrada, por decirlo así, a hablarlo todo y atreverse a todo, han sido acogidas en un
mensaje, no oficial sin duda alguna (por prudente calificación), la mayor parte han sido realmente
entregadas al público en los más poderosos medios de difusión que conoce la hora presente. La historia de
los documentos redactados, no para servir a la verdad y a la justicia, sino para ofenderlas, es bien larga y
triste, y Nos debemos decir con la más profunda amargura, que en los muchos años de Nuestra actividad
de bibliotecario rara vez hemos encontrado en Nuestro camino un documento tan tendencioso y tan
contrario a la verdad y a la justicia con relación a la Santa Sede, a la Acción Católica y más particularmente
a las Asociaciones católicas tan duramente castigadas. Si calláramos, si dejáramos pasar, es decir, si
permitiéramos creer todas esas cosas, vendríamos a ser más indignos de lo que somos de ocupar esta
augusta Sede Apostólica, indignos del filial y generoso sacrificio por el cual Nos han siempre consolado, y
Nos consuelan hoy más que nunca, Nuestros queridos hijos de la Acción Católica y particularmente
aquellos de Nuestros hijos e hijas, tan numerosos gracias a Dios, que por su religioso respeto a Nuestros
mandatos y direcciones tanto han sufrido y tanto sufren, honrando en la escuela donde han sido formados,
tanto al Divino Maestro, como a su indigno Vicario, al demostrar luminosamente con su cristiana actitud
aun ante las amenazas y las violencias, de qué lado se encuentra la verdadera dignidad, la verdadera
fuerza del alma, el verdadero valor y la verdadera civilización.
8. Procuraremos ser breves al rectificar las fáciles afirmaciones del mensaje de que hemos hablado. Y
decimos fáciles, por no calificarlas de audaces, ya que el público, se sabía, se encontraba en la casi
imposibilidad de verificarlas de ninguna manera. Seremos breves, tanto más cuanto que muchas veces,
sobre todo en los últimos tiempos, hemos tratado asuntos que vuelven a presentarse hoy, y Nuestra
palabra, venerables hermanos, ha podido llegar hasta vosotros y por vosotros a Nuestros queridos hijos en
Jesucristo, y esperamos que lo mismo sucederá con las presentes letras.

El mensaje en cuestión decía, entre otras cosas, que las revelaciones de la prensa hostil de partido habían
sido confirmadas en casi su totalidad, en su sustancia, por lo menos, precisamente por L'Osservatore
Romano. La verdad es que L'Osservatore Romano ha demostrado, de vez en cuando, que las pretendidas
revelaciones eran otras tantas invenciones, o totalmente, o por lo menos en la interpretación dada a los
hechos. Basta leer sin mala fe y con la más modesta capacidad de comprensión.

El mensaje decía también que era una tentativa ridícula la de hacer pasar a la Santa Sede como víctima en
un país donde miles de viajeros pueden dar testimonio del respeto con que se trata a los sacerdotes, a los
prelados, a la Iglesia y a las ceremonias religiosas. Sí, venerables hermanos, sería una tentativa harto
ridícula, como sería ridículo querer derribar una puerta abierta. Porque los viajeros extranjeros, que no
faltan nunca en Italia y en Roma, han podido, desgraciadamente, ver con sus propios ojos las irreverencias
impías y difamatorias, las violencias, los ultrajes, los vandalismos cometidos contra los lugares, las cosas y
las personas en todo el país y en esta misma Sede episcopal Nuestra, cosas todas ellas deploradas por Nos
varias veces, después de una información cierta y precisa.

9. El mensaje denuncia la "negra ingratitud" de los sacerdotes que hostilizan el partido, el cual ha sido,
como se dice, en toda Italia la garantía de la libertad religiosa. El clero, el Episcopado y la Santa Sede no
han dejado de apreciar la importancia de lo que se ha hecho en estos años en beneficio de la Religión, y
frecuentemente han manifestado un vivo y sincero reconocimiento. Pero con Nos, el Episcopado, el clero y
todos los verdaderos fieles, y hasta los ciudadanos amantes del orden y de la paz, se han llenado de pena
y preocupación ante los atentados cometidos rápidamente contra las más sanas y preciosas libertades de la
Religión y de las conciencias, a saber, todos los atentados contra la Acción Católica, sobre todo contra las
asociaciones de juventudes, atentados que han llegado al colmo en las medidas policíacas tomadas contra
ellas de la manera indicada, atentados y medidas que hacen dudar seriamente si las primeras actitudes
benévolas y bienhechoras provenían de un amor sincero y de un sincero celo por la Religión. Si se quiere
hablar de ingratitud ha sido y sigue siendo para con la Santa Sede la obra de un régimen, que a juicio del
mundo entero ha sacado de sus relaciones amistosas con la Santa Sede, en la nación y fuera de ella, un
aumento de prestigio y de crédito, que a muchos en Italia y en el extranjero les ha parecido excesivo el
favor y la confianza de Nuestra parte.

10. Cuando se consumaron las medidas de policía, acompañadas de violencias, irreverencias, de


aquiescencia y connivencia de las autoridades de seguridad pública, Nos suspendimos el envío de un
Cardenal legado a las fiestas centenarias de Padua y, al mismo tiempo, las procesiones solemnes en Roma
y en Italia. Las disposiciones eran evidentemente de Nuestra competencia y teníamos motivos tan graves y
urgentes, que Nos creaban el deber de adoptarlas, aun sabiendo los grandes sacrificios que con ellas
imponíamos a los fieles y la molestia que Nos experimentábamos más que nadie. Pero ¿cómo se hubieran
desarrollado normalmente estas alegres solemnidades entre el duelo y la pena en que estaban sumergidos
el corazón del Padre común de todos los fieles y el corazón maternal de nuestra Santa Madre la Iglesia, en
Roma, en Italia, en todo el mundo católico, como se ha demostrado luego, por la participación
verdaderamente mundial de todos Nuestros hijos, y vosotros, venerables hermanos, a la cabeza de ellos?
¿Cómo no habíamos de temer Nos también por el respeto y la seguridad misma de las personas y de las
cosas más sagradas, dada la actitud de las autoridades y de la fuerza pública, y ante tantas irreverencias y
violencias?

En todas partes donde Nuestras decisiones han sido conocidas, los buenos sacerdotes y los buenos fieles
tuvieron la misma impresión y los mismos sentimientos, y allí donde no fueron intimidados, amenazados, o
peor todavía, dieron pruebas magníficas y muy consoladoras para Nos, reemplazando las celebraciones
solemnes por horas de oración, adoración y reparación, uniéndose en el pesar y en la intención con el
Sumo Pontífice, en medio de un maravilloso concurso del pueblo.
11. Sabemos cómo han sucedido las cosas allí donde Nuestras instrucciones no pudieron llegar a tiempo, y
cuál fue la intervención de las autoridades que subraya el mensaje, de aquellas mismas autoridades que
habían asistido, o que poco después habían de asistir mudas y pasivas a la realización de actos netamente
anticatólicos y antirreligiosos, cosa que el mensaje no dice en manera alguna. Pero dice, por el contrario,
que hubo autoridades eclesiásticas locales que se creyeron en el caso de no tener en cuenta Nuestra
prohibición. No conocemos una sola autoridad eclesiástica local que haya merecido la ofensa que implican
estas palabras. Sabemos, por el contrario, y deploramos vivamente, las imposiciones con frecuencia
amenazadoras y violentas infligidas o que se ha dejado infligir a las autoridades eclesiásticas locales.
Estamos informados de impías parodias de cánticos sagrados y de cortejos religiosos, tolerados con
profunda molestia para los verdaderos fieles y la emoción real de todos los ciudadanos amantes de la paz y
del orden, que veían no defendidos el orden ni la paz, y, lo que es peor, precisamente por aquellos que
tienen el gravísimo deber de defenderlos y un interés vital en cumplir este deber.

El mensaje repite la tan reiterada comparación entre Italia y otros Estados en los que la Iglesia está
realmente perseguida, y contra los cuales no se han oído palabras como las pronunciadas contra Italia,
donde —dice— la religión ha sido restaurada. Ya hemos dicho que guardamos y guardaremos perenne
gratitud y recuerdo por todo cuanto se ha hecho en Italia en beneficio de la religión, aunque también en
beneficio simultáneo no menor, y tal vez mayor, del partido y del régimen. Hemos dicho y repetido también
que no es necesario (con frecuencia sería muy nocivo a los fines pretendidos) que todo el mundo sepa y
conozca lo que Nos y esta Santa Sede, por medio de nuestros representantes, de nuestros hermanos en el
episcopado, debemos decir y las advertencias que Nos hacemos allí donde los intereses de la religión lo
requieren y en la medida que la necesidad requiere, sobre todo allí donde la Iglesia se halla realmente
perseguida.

12. Pero con indecible dolor vemos desencadenarse en nuestra Italia y en nuestra Roma una verdadera y
real persecución contra lo que la Iglesia y su jefe querido en punto a su libertad y a sus derechos, libertad
y derechos que son los de las almas, y más particularmente, de las almas de los jóvenes, a quienes de un
modo particular ha confiado a la Iglesia el Divino Creador y Redentor.

Como es notorio, hemos afirmado y protestado en varias ocasiones con toda solemnidad de que la Acción
Católica, tanto por su naturaleza y su esencia misma (participación y colaboración del Estado seglar en el
Apostolado jerárquico), como por Nuestras precisas y categóricas normas y prescripciones, está fuera y por
encima de toda política de partido. Al mismo tiempo hemos afirmado y protestado que sabíamos de ciencia
cierta que Nuestras normas y prescripciones habían sido fielmente obedecidas en Italia. El mensaje dice
que la afirmación de que la Acción Católica no ha tenido un verdadero carácter político, es completamente
falsa. No queremos revelar todo lo que hay de irrespetuoso en esta acusación; los motivos que el mensaje
alega demuestran toda su falsedad y una ligereza que tacharíamos de ridículas, si no fueran lamentables.

La Acción Católica tenía, dice el mensaje, banderas, insignias, listas de adheridos y todas las otras
apariencias exteriores de un partido político. Como si las banderas, las insignias, las listas de adheridos y
otras parecidas formalidades exteriores no fuesen hoy día comunes en todos los países del mundo a las
Asociaciones más diversas, y a actividades que no tienen nada que ver con la política: deportivas y
profesionales, comerciales e industriales, escolares, religiosas del más piadoso carácter y, a veces, casi
infantiles, como la de los Cruzados eucarísticos.

13. El mensaje no puede menos de sentir la debilidad del motivo alegado, y como para salvar su
argumentación, aduce otras tres razones.

La primera es que los jefes de la Acción Católica eran casi todos miembros o jefes del Partido Popular, que
ha sido (dice) uno de los más acérrimos enemigos del partido fascista. Esta acusación ha sido lanzada más
de una vez contra la Acción Católica; pero siempre en términos generales y sin precisar nombre ninguno.
En vano hemos pedido cada vez nombres y datos precisos. Solamente un poco antes de las medidas de
policía tomadas contra la Acción Católica, y con el fin evidente de prepararlas y justificarlas, la prensa
enemiga ha publicado algunos hechos y algunos nombres, utilizando no menos evidente las partes de la
policía: tales son las pretendidas revelaciones a que alude el mensaje en su preámbulo y que L'Osservatore
Romano ha desmentido y rectificado plenamente, lejos de confirmarlas, como afirma el mensaje,
engañando lastimosamente al gran público.
Por lo que a Nos toca, venerables hermanos, además de las informaciones reunidas hace tiempo, y de la
encuesta personal hecha de antemano hemos creído que era Nuestro deber el procurarnos nuevas
informaciones y proceder a una nueva indagación, y he aquí, venerables hermanos, los resultados positivos
de Nuestra investigación. Ante todo hemos comprobado que en el tiempo en que subsistía aún el Partido
Popular y en que el nuevo partido no se había afirmado todavía, varias disposiciones publicadas en 1919
prohibían ejercer las funciones de director de la Acción Católica a cualquiera que al mismo tiempo ocupase
cargos directivos en el Partido Popular.

Hemos visto también, venerables hermanos, que los casos de ex directores locales del Partido Popular,
convertidos en directores locales de Acción Católica, se reducen a cuatro; y hacemos notar la insignificancia
de esta cifra frente a las 250 Juntas Diocesanas, 4.000 secciones de hombres católicos y más de 5.000
Círculos de Juventudes Católicas. Y debemos añadir que en los cuatro casos en cuestión se trataba de
individuos que jamás dieron lugar a dificultad alguna, y de los que algunos simpatizan francamente con el
actual régimen y con el partido fascista, por el que son bien mirados.

14. No queremos omitir esta otra garantía de la religiosidad apolítica de la Acción Católica, religiosidad bien
conocida de vosotros, venerables hermanos, Obispos de Italia: la garantía consiste y consistirá siempre en
la absoluta dependencia de la Acción Católica del Episcopado, al cual pertenece siempre la elección de
sacerdotes asistentes y el nombramiento de los Presidentes de las Juntas diocesanas; de donde claramente
se deduce que al poner en vuestras manos y al recomendaros las Asociaciones indicadas, Nos no hemos
ordenado ni dispuesto nada nuevo substancialmente. Después de la disolución y desaparición del Partido
Popular, los que pertenecían ya a la Acción Católica, continuarían perteneciendo a ella, sometiéndose con
perfecta disciplina a su ley fundamental, es decir, absteniéndose de toda actividad política; y esto es lo que
hicieron también los que entonces solicitaron su admisión.

¿Con qué justicia y con qué caridad hubiéramos podido excluirlos, ya que se presentaban con las
cualidades referidas, sometiéndose voluntariamente a esta ley de apoliticidad? El régimen y el partido, que
parecen atribuir una fuerza tan temible y tan temida a los miembros del Partido Popular en el terreno
político, deberían mostrarse agradecidos a la Acción Católica, que ha sabido retirarlos de este terreno y los
ha obligado a prometer no ejercitar ninguna actividad política, sino exclusivamente una actividad religiosa.

Nosotros, por el contrario, Nosotros, la Iglesia, la religión, los fieles católicos (y no solamente el Romano
Pontífice), no podemos estar agradecidos a quien después de haber disuelto el socialismo y la masonería,
nuestros enemigos declarados (pero no sólo de Nosotros), les ha abierto una amplia entrada, como todo el
mundo lo ve y lo deplora, y ha permitido que lleguen a ser tanto más fuertes y peligrosos cuanto más
disimulados y más favorecidos por el nuevo uniforme.

15.Con gran empeño, y no raras veces, se Nos ha hablado, segundo, de infracciones; hemos siempre
pedido nombres y hechos concretos, siempre dispuestos a intervenir y a proveer; jamás se ha dado
respuesta a Nuestras preguntas.

El mensaje denuncia que una parte considerable de los actos de organización en la Acción Católica eran de
naturaleza política, y no tenían nada que ver con la Educación religiosa y la propagación de la fe. Sin
detenernos en la manera incompetente y confusa con la que se indican los objetivos de la Acción Católica,
notemos simplemente que todos cuantos conocen y viven la vida contemporánea, saben que no existe
iniciativa ni actividad, desde las más científicas y espirituales hasta las más materiales y mecánicas, que no
tengan necesidad de organización y de actos encaminados a ella, y que ni estos actos ni la organización
misma se identifican con las finalidades de las iniciativas diversas, sino que son simples medios para mejor
atender los fines que cada cual se propone.

16. Sin embargo (continúa el mensaje), el argumento más fuerte que puede emplearse para justificar la
destrucción de los círculos y Juventudes Católicas, es la defensa del Estado, la cual es más que un simple
deber para cualquier clase de Gobierno. Nadie duda de la solemnidad y de la importancia vital de
semejante deber y semejante derecho, añadimos Nosotros, puesto que (y queremos poner en práctica esta
convicción, de acuerdo con todas las personas honradas y juiciosas) estimamos que el primero de los
derechos es el de ejecutar el deber. Ninguno de cuantos hayan recibido el mensaje y lo hayan leído habrá
podido reprimir cierta sonrisa de incredulidad, ni se habría visto libre de un verdadero estupor si el mensaje
hubiese añadido que de los círculos católicos cerrados 10.000 eran, o por mejor decir, son, círculos de
juventud femenina, con un total de 500.000 jóvenes y niñas; ¿quién puede ver con ello un serio peligro o
una amenaza real para la seguridad del Estado? Y es preciso considerar que tan sólo 220.000 jóvenes son
miembros "efectivos", más de 100.000 son pequeñas "aspirantes", y más de 150.000 son "benjaminas" aún
más pequeñas...

Además existen los círculos de la Juventud Católica masculina, esta misma Juventud Católica, que en las
publicaciones juveniles del partido y en los discursos y circulares de los jerarcas —así los llaman— son
expuestos y señalados al desprecio y a los ultrajes {cualquiera podrá juzgar con qué sentido de
responsabilidad pedagógica), como un grupo de haraganes y de individuos capaces tan sólo de llevar cirios
y rezar rosarios en las procesiones; puede ser que por este motivo hayan sido en los últimos tiempos tan
frecuentemente y con valor tan poco noble asaltados, maltratados hasta hacerles derramar sangre,
abandonados sin defensa por aquellos que debían y podían protegerlos, mientras que nuestros jóvenes
desarmados e indefensos se veían atacados por gentes violentas y frecuentemente armadas.

17. Si hay que buscar aquí el argumento más fuerte para justificar la "destrucción" (esta palabra no deja
duda ninguna sobre las intenciones que se abrigan) de Nuestras queridas y heroicas Asociaciones juveniles
de Acción Católica, bien veis, venerables hermanos, que tenemos sobrados motivos para regocijarnos; ya
que el argumento demuestra hasta la evidencia, que es increíble e inconsistente. Pero, ¡ay!, que debemos
repetir mentita est iniquitas sibi [5], y que el argumento más fuerte en favor de la destrucción
deseada debe buscarse en otro terreno. La batalla que hoy se libra no es política, sino moral y religiosa;
esencialmente moral y religiosa.

Hay que cerrar los ojos a esta verdad y ver o, por mejor decir, inventar pretextos políticos allí donde no
hay más que moral y Religión, para concluir, como lo hace el mensaje, que se había creado la situación
absurda de una fuerte organización a las órdenes de un Poder "extranjero", el "Vaticano", cosa que ningún
país del mundo hubiera permitido.

18. Se han secuestrado en masa los documentos de todas las oficinas de la Acción Católica; se continúa
(hasta este punto hemos llegado) interceptando y secuestrando toda la correspondencia de la que se
sospecha que tiene alguna relación con las Asociaciones perseguidas, y aun con aquellas que no lo son,
como los Patronatos. Pues bien, que se nos diga a Nos, a Italia y al mundo cuáles y cuántos son los
documentos de política tramada por la Acción Católica con peligro del Estado. Nos atrevemos a decir que
no se encontrará ninguno, a menos de leer o interpretar conforme a las ideas preconcebidas injustas y en
plena contradicción con los hechos y con la evidencia de pruebas y testimonios innumerables. Que si se
descubrieran documentos auténticos y dignos de consideración, Nos seríamos el primero en reconocerlos y
tenerlos en cuenta. ¿ Pero quién querrá, por ejemplo, tachar de política, y de política peligrosa para el
Estado, alguna indicación, alguna desaprobación de los odiosos tratamientos tan frecuentemente infligidos
ya en tantas partes a la Acción Católica, aun antes de los últimos acontecimientos?

19. Por el contrario, se encontrarán entre los documentos secuestrados pruebas y testimonios sin número
del profundo y constante espíritu de religión y de la religiosa actividad de toda la Acción Católica, y
particularmente de las Asociaciones juveniles y universitarias. Bastará saber leer y apreciar, como lo hemos
hecho Nosotros un incalculable número de veces, los programas y las memorias, los procesos verbales de
Congresos, de semanas de estudios religiosos, de oraciones, de ejercicios espirituales, de frecuencia de
Sacramentos practicada y suscitada, de conferencias apologéticas, de estudios y de actividad catequística,
de corporación y de iniciativa de verdadera y pura caridad cristiana en las Conferencias de San Vicente y en
otras formas de actividad y de cooperación misionera.

En presencia de semejantes hechos y de semejante documentación, o sea, en presencia de la realidad


hemos dicho siempre y lo volvemos a repetir, que el acusar a la Acción Católica italiana de hacer política,
era y es una verdadera y pura calumnia. Los hechos han demostrado lo que se pretendía y preparaba con
semejante procedimiento: se ha verificado una vez más en grandes proporciones la fábula del lobo y el
cordero; y la Historia no podrá menos de recordarlo.
20. Por lo que toca a Nos, ciertos hasta la evidencia de estar y mantenernos en el terreno religioso, jamás
hemos creído que pudiéramos ser considerados como un "Poder extranjero", sobre todo, por los católicos,
y por los católicos italianos.

Precisamente por razón del Poder apostólico que a pesar de Nuestra indignidad Nos ha sido conferido por
Dios, todos los católicos del mundo consideran a Roma como a la segunda patria de todos y cada uno de
ellos. No hace muchos años que un hombre de Estado, uno de los más célebres, ciertamente, y no católico
ni amigo del catolicismo, declaraba en plena Asamblea política que no podía considerar como extranjero a
un Poder al que obedecían veinte millones de alemanes.

Para afirmar que ningún Gobierno del mundo hubiera dejado subsistir la situación creada en Italia por la
Acción Católica, es necesario ignorar u olvidar que la Acción Católica existe y se desarrolla en todos los
Estados del mundo, incluso en China; que todos esos países imitan frecuentemente en sus líneas generales
y hasta en sus detalles íntimos a la Acción Católica italiana, y que frecuentemente también se presentan en
otros países formas de organización aún más acentuadas que en Italia. En ningún país del mundo ha sido
considerada la Acción Católica como un peligro para el Estado; en ningún país del mundo la Acción Católica
ha sido tan odiosamente tratada, tan verdaderamente perseguida (no encontramos otra palabra que
responda mejor a la realidad y a la verdad de los hechos) como en Nuestra Italia y en Nuestra Sede
episcopal de Roma; y esta es verdaderamente una situación absurda, que no ha sido creada por Nos, sino
contra Nos.

Nos nos hemos impuesto un grave y penoso deber, pero Nos ha parecido un deber ineludible de caridad y
de justicia paternal; y en este espíritu hemos cumplido Nuestro deber, a fin de poner a la justa luz de los
hechos y de la realidad todo cuanto algunos hijos Nuestros, acaso inconscientemente, han iluminado con
luz artificiosa en detrimento de otros hijos también Nuestros.

III

21. Y ahora una primera reflexión y conclusión: De todo cuanto hemos expuesto, sobre todo de los
acontecimientos mismos tal como se han desarrollado, resulta que la actividad política de la Acción
Católica, la hostilidad abierta o enmascarada de algunos de sus sectores contra el régimen y el partido, así
como también el refugio eventual que constituye la Acción Católica para adversarios del fascismo
desorganizados hasta hoy día [6], no son más que un pretexto o una acumulación de pretextos; más aún
Nos atrevemos a decir que la misma Acción Católica es un pretexto; lo que se ha querido hacer ha sido
arrancar de la Iglesia la juventud, toda la juventud. Esto es tan cierto, que después de haber hablado tanto
de la Acción Católica, se han dirigido contra las asociaciones juveniles, y no se han detenido en las
asociaciones de juventud de Acción Católica, sino que se han precipitado tumultuosamente contra
Asociaciones y obras de pura piedad e instrucción primaria y religiosa, como las congregaciones de Hijas de
María y los Oratorios; tan tumultuosamente, que con frecuencia han tenido que reconocer su grosero error.

Este punto esencial ha sido abundantemente confirmado por otra parte. Ha sido confirmado, sobre todo,
por las numerosas afirmaciones anteriores de elementos más o menos responsables, y también por las de
los hombres más representativos del régimen y del partido fascista, a las cuales afirmaciones han traído los
últimos acontecimientos el más significativo de los comentarios.

La confirmación ha sido aún más explícita y categórica, estamos por decir, solemne al par que violenta, de
parte de quien no solamente lo representa todo, sino que todo lo puede en una publicación oficial o poco
menos. dedicada a la juventud, y en conversaciones destinadas a ser publicadas en el extranjero antes que
en el país, y también, recientemente, en los mensajes y comunicaciones a los periodistas.

22. Otra reflexión se impone inmediata e inevitablemente. No se han tenido en cuenta Nuestras
afirmaciones y protestas tantas veces repetidas, vuestras mismas afirmaciones y protestas, venerables
hermanos, sobre la verdadera naturaleza y sobre la actividad real de la Acción Católica, y sobre los
derechos sagrados e inviolables de las almas y de la Iglesia, representados por ella e incorporados a ella.

Decimos, venerables hermanos, derechos sagrados e inviolables de las almas y de la Iglesia, y esta es la
reflexión y conclusión que se impone sobre cualquiera otra, porque es también la más grave de cuantas se
pueden formular. En muchas ocasiones, como es notorio, hemos expresado Nuestro pensamiento o, por
mejor decir, el pensamiento de la Iglesia sobre esos temas tan importantes y tan esenciales, y no es a
vosotros, venerables hermanos, maestros fieles en Israel, a quienes conviene que se lo expliquemos más
en detalle; pero no podemos menos de añadir unas palabras para esos queridos pueblos que os rodean, a
los cuales apacentáis y gobernáis por mandato Divino y que no pueden conocer sino por mediación vuestra
el pensamiento del Padre común de sus almas.

23. Decíamos los derechos sagrados e inviolables de las almas y de la Iglesia. Se trata del derecho que
tienen las almas a procurarse el mayor bien espiritual bajo el magisterio y la obra formadora de la Iglesia,
divinamente constituida, única mandataria de este magisterio y de esta obra, en el orden sobrenatural,
fundado por la sangre de Dios Redentor, necesario y obligatorio para todos a fin de participar de la
Redención divina. Se trata del derecho de las almas así formadas a comunicar los tesoros de la redención a
otras almas y a participar bajo este respecto en la actividad del apostolado jerárquico.

En consideración a este doble derecho de las almas, decíamos recientemente que Nos consideramos felices
y orgullosos de combatir el buen combate por la libertad de las conciencias, no (como tal vez por
inadvertencia nos han hecho decir algunos) por la libertad de conciencia, frase equívoca y frecuentemente
utilizada para significar la absoluta independencia de la conciencia, cosa absurda en un alma creada y
redimida por Dios.

Se trata, por otra parte, del derecho no menos inviolable que tiene la Iglesia de cumplir el divino mandato
de su Divino fundador, de llevar a las almas, a todas las almas, todos los tesoros de verdad y de bien,
doctrinales y prácticos, que Él había traído al mundo. «Id y enseñad a todas las naciones, enseñándoles a
guardar todo lo que os he confiado» [7]. Ahora bien; el Divino Maestro Creador y Redentor de las almas ha
mostrado por Sí mismo, por su ejemplo y por sus palabras, qué lugar debía ocupar la infancia y la juventud
en este mandato absoluto y universal: «Dejad a los niños que vengan a mí, y guardaos muy bien de
impedírselo... Estos niños que (como por divino instinto) creen en Mí, a los cuales está reservado el reino
de los Cielos; cuyos ángeles de la Guarda, sus defensores, ven constantemente el rostro del Padre
celestial; ¡ay de aquel hombre que escandalice a uno de estos pequeñuelos!»[8]. Henos aquí en presencia
de un conjunto de auténticas afirmaciones y de hechos no menos auténticos, que ponen fuera de duda el
propósito ya ejecutado en gran parte, de monopolizar enteramente la juventud desde la primera infancia
hasta la edad viril para la plena y exclusiva ventaja de un partido, de un régimen, sobre la base de una
ideología que explícitamente se resuelve en una verdadera estatolatría pagana, en abierta contradicción,
tanto con los derechos naturales de la familia, como con los derechos sobrenaturales de la Iglesia.
Proponerse y promover semejante monopolio; perseguir como se ha venido haciendo, con esta intención,
de manera más o menos disimulada, a la Acción Católica; deshacer con este fin, como se ha hecho
recientemente, las Asociaciones de Juventud, equivale al pie de la letra a impedir que la juventud vaya
hacia Jesucristo, puesto que es impedirle que vaya a la Iglesia, y allí donde está la Iglesia está Cristo. Y se
ha llegado al extremo de arrancar violentamente esta juventud del seno de la una y del Otro.

24. La Iglesia de Jesucristo no ha desconocido jamás los derechos y los deberes del Estado en cuanto a la
educación de los súbditos, Nos mismos lo hemos proclamado en Nuestra reciente Encíclica sobre la
"Educación Cristiana de la Juventud". Estos derechos y estos deberes son incontestables mientras
permanezcan dentro de los límites de la competencia propia del Estado, competencia que a su vez está
claramente fijada por las finalidades mismas del Estado, las cuales no son solamente corporales y
materiales, pero sí están necesariamente contenidas dentro de las fronteras de lo natural, de lo terrestre,
de lo temporal. El divino mandato universal que ha recibido la Iglesia del mismo Jesucristo de una manera
incomunicable y exclusiva, se extiende a lo eterno, a lo celestial, a lo sobrenatural, orden de cosas que por
una parte es estrechamente obligatorio para toda criatura racional y al que por otra parte, por su esencia,
deben subordinarse y coordinarse todos los demás órdenes.

La Iglesia de Jesucristo se desenvuelve ciertamente dentro de los límites de su mandato, no solamente


cuando deposita en las almas los principios y elementos indispensables de la vida sobrenatural, sino
también cuando desarrolla esta vida conforme a la oportunidad y a las capacidades, cuando la despierta y
por las maneras que juzga más apropiadas aún con la intención de preparar al apostolado jerárquico
cooperaciones esclarecidas y valiosas. Es de Jesucristo la solemne declaración de que Él ha
venidoprecisamente a fin de que las almas no sólo tengan un cierto principio, ciertos rudimentos de la vida
sobrenatural, sino que posean esta vida en gran abundancia: «Yo he venido para que tengan la vida y la
tengan en abundancia»[9]. Y Jesucristo mismo ha establecido las bases de la Acción Católica, escogiendo y
formando entre sus discípulos y apóstoles los colaboradores de su apostolado divino, ejemplo imitado por
los primeros apóstoles, como lo atestigua el sagrado texto.

25. Es, por consiguiente, una pretensión injustificable e incompatible con el nombre y la profesión de
católico el pretender que los simples fieles vengan a enseñar a la Iglesia y a su Jefe lo que basta y debe
bastar para la educación y la formación cristiana de las almas, y para salvar, para hacer fructificar en la
sociedad, principalmente en la juventud, los principios de la fe y su plena eficacia en la vida.

A la injustificable pretensión acompaña una revelación clarísima de absoluta incompetencia y de ignorancia


completa en las materias que tratamos. Los últimos acontecimientos deben abrir los ojos a todo el mundo.
Efectivamente, han mostrado hasta la evidencia cuánto se ha perdido en pocos años y cuánto se ha
destruido en punto a verdadera religiosidad y educación cristiana y cívica. Sabéis por experiencia,
venerables hermanos, obispos de Italia, cuán grave y funesto error es el de creer y hacer que la labor
desarrollada por la Iglesia en la Acción Católica ha sido reemplazada hasta resultar superflua por la
instrucción religiosa en las escuelas y por la presencia de capellanes en las asociaciones de juventud del
partido y del régimen. Tanto la una como la otra son ciertamente necesarias: sin ellas, la escuela y las
asociaciones en cuestión llegarían inevitablemente y bien pronto, por fatal necesidad lógica y psicológica, a
ser instituciones puramente paganas. Aquellas dos cosas son, pues, necesarias, pero no bastan: por la
instrucción religiosa y por la acción de los capellanes la Iglesia no puede realizar más que un minimum de
su eficacia espiritual y sobrenatural, y esto en un terreno y en un ambiente que no dependen de ella, en
donde se está preocupado por muchas otras materias de enseñanza y otra clase de ejercicios, bajo el
mando inmediato de autoridades que a menudo son poco o nada favorables, y que no es raro que en ese
medio se ejerza una influencia en sentido contrario, tanto por la palabra como por el ejemplo de la vida.

26. Decíamos que los últimos acontecimientos han acabado de demostrar, sin duda alguna, todo cuanto ha
sido imposible salvar, y se ha perdido y destruido en pocos años en materia de religiosidad y de educación.
No decimos solamente de educación cristiana, sino sencillamente moral y cívica.

Efectivamente: hemos visto en acción una religiosidad que se rebela contra las disposiciones de las
superiores autoridades religiosas, y que impone o alienta la rebeldía; hemos visto una religiosidad que se
convierte en persecución y que pretende destruir lo que el Jefe supremo de la religión aprecia más
íntimamente y tiene más en el corazón; una religiosidad que permite y que deja estallar insultos de
palabras y acciones contra la persona del Padre de todos los fieles hasta lanzar contra él los gritos de
"abajo" y "muera", verdadero aprendizaje de parricidio. Semejante religiosidad no puede conciliarse de
ninguna manera con la doctrina y con las prácticas católicas; mejor pudiéramos decir que es lo más
contrario a la una y a la otra.

27. La oposición es tanto más grave en sí misma y más funesta en sus efectos, cuanto que no se traduce
solamente en hechos exteriormente perpetrados y consumados, sino también abarca los principios y las
máximas proclamadas como constitutivos esenciales de un programa.

Una concepción que hace pertenecer al Estado las generaciones juveniles enteramente y sin excepción,
desde la edad primera hasta la edad adulta, es inconciliable para un católico con la verdadera doctrina
católica; y no es menos inconciliable con el derecho natural de la familia; para un católico es inconciliable
con la doctrina católica el pretender que la Iglesia, el Papa, deban limitarse a las prácticas exteriores de la
religión (la Misa y los Sacramentos) y todo lo restante de la educación pertenezca al Estado...

28. Las doctrinas erróneas que acabamos de señalar y deplorar se han presentado más de una vez durante
los últimos años, y como es notorio Nos no hemos faltado jamás, con la ayuda de Dios, a Nuestro deber
apostólico de examinarlas y oponer las debidas observaciones y llamamientos a las verdaderas doctrinas
católicas y a los inviolables derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las almas redimidas con su sangre
divina.

Pero no obstante los juicios, las previsiones y sugestiones que de diversas partes y muy dignas de
consideración llegaban a Nos, siempre Nos abstuvimos de llegar a condenaciones formales y explícitas;
hasta hemos llegado a creer posible y a favorecer por Nuestra parte compatibilidades y cooperaciones que
a otros parecieron inadmisibles. Hemos obrado de este modo porque pensamos, o más bien, porque
deseamos que hubiese siempre una posibilidad de poder a lo menos dudar de que Nos teníamos que
vernos con afirmaciones y acciones exageradas, esporádicas, de elementos insuficientemente
representativos, en suma, con informaciones y acciones imputables, en sus partes censurables, más a las
personas y a las circunstancias que a un programa propiamente dicho.

29. Los últimos acontecimientos y las afirmaciones que los han precedido, acompañado y comentado, Nos
quitan la posibilidad que habíamos deseado, y debemos decir y decimos que esos católicos solamente lo
son por el bautismo y por el nombre, en contradicción con las exigencias del nombre y las mismas
promesas del bautismo, puesto que adoptan y desenvuelven un programa que hace suyas doctrinas y
máximas tan contrarias a los derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las almas, que desconocen,
combaten y persiguen a la Acción Católica, es decir, todo lo que la Iglesia y su Jefe tienen notoriamente de
más querido y precioso. Nos preguntáis, venerables hermanos, lo que se debe pensar a la luz de lo que
precede, de una fórmula de juramento que impone a los niños mismos ejecutar sin discusión órdenes que,
como hemos visto, pueden mandar contra toda verdad y toda justicia la violación de los derechos de la
Iglesia y de las almas, por sí mismos sagrados e inviolables, y servir con todas sus fuerzas, hasta con su
sangre, a la causa de una revolución que arranca a la Iglesia las almas de la juventud, que inculca a sus
fuerzas jóvenes el odio, las violencias, las irreverencias, sin excluir la persona misma del Papa, como los
últimos sucesos lo han abundantemente demostrado.

Cuando la pregunta debe ponerse en estos términos, la respuesta, desde el punto de vista católico y aun
puramente humano, es única y Nos no hacemos otra cosa, Venerables Hermanos, que confirmar la
respuesta que vosotros habéis dado ya: Tal juramento, en cuanto tal, no es lícito.

IV

30. Y henos aquí ante muy graves preocupaciones. Comprendemos que son las vuestras, venerables
hermanos, las vuestras especialmente, obispos de Italia. Nos nos preocupamos sobre todo de un gran
número de Nuestros hijos jóvenes de ambos sexos inscritos como miembros efectivos con ese juramento.
Nos compadecemos profundamente de tantas conciencias atormentadas por dudas, tormentos y dudas de
las cuales llegan a Nos indudables testimonios, precisamente respecto a este juramento, y sobre todo,
después de los hechos sucedidos.

Conociendo las múltiples dificultades de la hora presente y sabiendo que la inscripción en el partido y el
juramento son para un gran número la condición misma de su carrera, de su pan y de su sustento, Nos
hemos buscado un medio que diese la paz a las conciencias, reduciendo al minimum posible las dificultades
exteriores. os parece que este medio para los que están ya inscritos en el partido podría ser hacer delante
de Dios y de su propia conciencia esta reserva: Salvo las leyes de Dios y de la Iglesia, o también: Salvo los
deberes del buen cristiano, con el firme propósito de declarar exteriormente esta reserva si la necesidad se
presentase.

Quisiéramos, además, hacer llegar Nuestro ruego al lugar de donde parten las disposiciones y las órdenes,
ruego de un Padre que quiere cuidar las conciencias de tan gran número de hijos suyos en Jesucristo, a fin
de que esta reserva fuese introducida en la fórmula del juramento, a no ser que se haga todavía cosa
mejor, mucho mejor, es decir, que se omita el juramento, que es siempre un acto de religión y que no está
ciertamente en su lugar, en la cédula de inscripción de un partido.

31. Hemos procurado hablar con calma y serenidad y al mismo tiempo con claridad total. Sin embargo, no
podemos menos de preocuparnos de las incomprensiones posibles. No Nos referimos, venerables
hermanos, a vosotros, unidos siempre y ahora más que nunca a Nos por el pensamiento y el sentimiento,
sino a quienquiera que sea. Por todo lo que acabamos de decir, Nos no entendemos condenar el partido y
el régimen como tales.

Hemos querido señalar y condenar todo lo que en el programa y acción del partido hemos visto y
comprobado ser contrario a la doctrina y a la práctica católica, y, por lo tanto, inconciliable con el nombre y
la profesión de católicos. Nos hemos cumplido un deber preciso del ministerio apostólico para con todos
aquellos de Nuestros hijos que pertenecen al partido, a fin de que puedan ponerse en regla con su
conciencia de católicos.

32. Nos creemos, por otra parte, que hemos hecho una obra útil a la vez al partido mismo y al régimen.
¿Qué interés puede tener, en efecto, el partido en un país católico como Italia en mantener en su
programa ideas, máximas y prácticas inconciliables con la conciencia católica? La conciencia de los pueblos,
como la de los individuos, acaba siempre por volver a sí misma y buscar las vías perdidas de vista y
abandonadas por un tiempo más o menos largo.

Y que no se diga que Italia es católica, pero anticlerical, aunque lo entendemos solamente en una medida
digna de particular atención. Vosotros, venerables hermanos, que vivís en las grandes y pequeñas diócesis
de Italia en contacto continuo con las buenas poblaciones de todo el país, sabéis y veis todos los días de
qué manera son, si no se las engaña y no se las extravía, y cuán lejos están de todo anticlericalismo. Todo
el que conoce un poco íntimamente la historia de la Nación sabe que el anticlericalismo ha tenido en Italia
la importancia y la fuerza que le confirieron la masonería y el liberalismo que la gobernaban. En nuestros
días, por lo demás, el entusiasmo unánime que unió y transportó de alegría a todo el país hasta un
extremo jamás conocido en los días de los convenios de Letrán, no hubiera dejado al anticlericalismo
medios de levantar la cabeza, si al día siguiente de estos convenios no se le hubiera evocado y alentado.
En los últimos acontecimientos, disposiciones y órdenes se le ha hecho entrar en acción y se le ha hecho
cesar, como todos han podido ver y comprobar. Y sin duda alguna hubiera bastado y bastaría siempre para
conservarle la centésima o la milésima parte de las medidas aplicadas a la Acción Católica y coronadas
recientemente de la manera que todo el mundo sabe.

33. Más graves preocupaciones nos inspira el porvenir próximo. En una asamblea oficial y solemne,
después de los últimos acontecimientos tan dolorosos para Nos y para los católicos de toda Italia y del
mundo entero, se hizo oír esta protesta: «Respeto inalterado para la Religión, su Jefe supremo, etc.».
¡Respeto inalterado, ese mismo respeto sin cambio que hemos experimentado!, es decir, ese respeto que
se manifestaba por medidas de policía aplicadas de una manera tan fulminante, precisamente la víspera de
Nuestro cumpleaños, ocasión de grandes manifestaciones de simpatía por parte del mundo católico y
también del mundo no católico; es decir, ese mismo respeto que se traía por violencias e irreverencias que
se perpetraban sin dificultad alguna! ¿Qué podemos, pues, esperar o, mejor dicho, que es lo que no hemos
de temer? Algunos se han preguntado si esa extraña manera de hablar y de escribir en tales
circunstancias, inmediatamente después de tales hechos, ha estado enteramente exenta de ironía, de una
bien triste ironía; por lo que a Nos toca, preferimos excluir esta hipótesis.

En el mismo contexto y en inmediata relación con el respeto inalterado, por consiguiente dirigido a la
misma persona, se hacía alusión a refugios y protecciones otorgadas al resto de los adversarios del partido
y se ordenaba a los dirigentes de los 9.000 fascios de Italia que se inspirasen para su acción en estas
normas directivas. Más de uno de vosotros ha experimentado ya, y de ello Nos ha enviado lamentables
noticias, el efecto de tales insinuaciones y de tales órdenes en la reincidencia de odiosas vigilancias,
delaciones, amenazas y vejámenes. ¿Qué nos prepara, pues, el porvenir? ¿Qué es lo que Nos no hemos de
esperar (y no decimos temer, porque el temor de Dios elimina el temor de los hombres), si, como tenemos
motivo para creerlo, existe el designio de no permitir que nuestros jóvenes católicos se reúnan, ni aun
silenciosamente, bajo pena de severas sanciones para los que los dirigen?

¿Que nos prepara y con qué nos amenaza el porvenir, Nos preguntamos de nuevo?

34.En este extremo de dudas y de previsiones, a las cuales los hombres Nos han reducido, es precisamente
donde toda preocupación se desvanece y Nuestro espíritu se abre a las más confiadas y consoladoras
esperanzas, porque el porvenir está en las manos de Dios, y Dios está con nosotros. Si Dios está con
nosotros ¿quién estará contra nosotros? [10].

Un signo y una prueba sensible de la asistencia y el favor divino lo vemos ya y lo experimentamos en


vuestra asistencia y vuestra cooperación, Venerables Hermanos. Si estamos bien informados, se ha dicho
recientemente que ahora que la Acción Católica está en manos de los obispos, no hay nada que temer. Y
hasta aquí todo va bien, muy bien, como si antes hubiera alguna cosa que temer y como si antes, desde el
principio, no hubiese sido la Acción Católica esencialmente diocesana y dependiente de los obispos, como
lo hemos indicado más arriba. También por esto principalmente. Nos hemos tenido siempre la más
absoluta confianza de que Nuestras normas directivas se seguían y se secundaban. Por este motivo,
además de la promesa infalible del socorro divino, estamos y estaremos siempre confiados y tranquilos aun
cuando la tribulación, y digamos la verdadera palabra: la persecución, deba continuar e intensificarse.
Sabemos que vosotros sois, y vosotros lo sabéis también, hermanos nuestros en el episcopado y en el
apostolado. Nos sabemos, y vosotros sabéis, venerables hermanos, que sois los sucesores de los apóstoles,
que San Pablo llamaba en términos de una vertiginosa sublimidad, "gloria Christi" la gloria de Cristo [11],
vosotros sabéis que no ha sido un hombre mortal, ni siquiera un jefe de Estado o de un Gobierno, sino el
Espíritu Santo quien os ha colocado entre la porción del rebaño que Pedro os asigna para que le dirijáis la
Iglesia de Dios. Estas santas y sublimes cosas y otras más que a vosotros se refieren, Venerables
Hermanos, evidentemente las ignora o las olvida el que os llama a vosotros, obispos de Italia, funcionarios
del Estado; porque de los funcionarios del Estado os distinguís claramente y separáis por la fórmula del
juramento que debéis prestar al Monarca y que se precisa previamente con estas palabras: Como
corresponde a un obispo católico.

35. Y es también para Nos un grande, un infinito motivo de esperanza que el inmenso coro de plegarias
que la Iglesia de Cristo eleva desde todos los puntos del mundo hacia su Divino Fundador y hacia su Santa
Madre por su Jefe visible, el sucesor de los Apóstoles, exactamente como cuando hace veinte siglos la
persecución hería la persona misma de Pedro, oraciones de pastores y de pueblos, del Clero y de los fieles,
de los religiosos y de las religiosas, de los adultos y de los jóvenes, de los niños y de las niñas, oraciones
en todas las formas más perfectas y eficaces, santos sacrificios y comuniones eucarísticas, súplicas,
adoraciones, reparaciones, inmolaciones espontáneas, sufrimientos cristianamente padecidos de los cuales
todos estos días e inmediatamente después de los tristes acontecimientos Nos llegaban los ecos
consoladores de todas partes, nunca tan consoladores como en este día solemne consagrado a la memoria
de los Príncipes de los Apóstoles, en que la divina bondad ha querido que pudiésemos acabar esta
Encíclica.

36. A la oración todo le es divinamente prometido; si ella no Nos obtiene la serenidad y la tranquilidad del
orden, obtendrá para todos la paciencia cristiana, el valor santo, la alegría inefable de sufrir algo con Jesús
y por Jesús, con la juventud y por la juventud que le es tan querida, hasta la hora oculta en el misterio del
Corazón divino, infaliblemente la más oportuna para la causa de la verdad y del bien. Y puesto que de
tantas oraciones debemos esperarlo todo, y puesto que todo es posible a este Dios que todo ha prometido
a la oración, Nos tenemos la segura esperanza que Él iluminará a los espíritus con la luz de la verdad y
volverá las voluntades hacia el bien. Y así a la Iglesia de Dios, que no disputa nada al Estado de lo que al
Estado pertenece, se le dejará de discutir lo que le corresponde, la educación y la formación cristiana de la
juventud, no por concesión humana, sino por mandato divino, y que ella, por consiguiente, debe siempre
reclamar y reclamará siempre con una insistencia y una intransigencia que no pueden cesar ni doblarse,
porque no proviene de ninguna concesión, porque no proviene de un concepto humano o de un cálculo
humano o de humanas ideologías, que cambian con los tiempos y los lugares, sino de una disposición
divina e inviolable.

37. Lo que también Nos inspira gran confianza es el bien que provendrá incontestablemente del
reconocimiento de esta verdad y de este derecho. Padre de todos los hombres redimidos con la sangre de
Cristo, el Vicario de este Redentor que después de haber enseñado y ordenado a todos el amor de los
enemigos moría perdonando a los que le crucificaban, no es ni será jamás enemigo de nadie; así harán sus
verdaderos hijos los católicos que quieran permanecer dignos de tan grande nombre; pero no podrán
jamás adoptar o favorecer máximas y reglas de pensamiento y de acción contrarias a los derechos de la
Iglesia y al bien de las almas, y por el mismo hecho contrarias a los derechos de Dios.

¡Cuán preferible sería en vez de esta irreducible división de los espíritus y de las voluntades, la pacífica y
tranquila unión de las ideas y de los sentimientos! Esta no podría menos de traducirse en una fecunda
cooperación de todos para el verdadero bien a todos común; sería acogida con el aplauso simpático de los
católicos del mundo entero, en lugar de su censura y del descontento universal que ahora se manifiesta.
Nos pedimos al Dios de las misericordias, por intercesión de su Santa Madre, que recientemente nos
sonreía entre los esplendores de su conmemoración muchas veces centenaria, y de los santos Apóstoles
San Pedro y San Pablo, que Nos conceda a todos ver lo que Nos conviene hacer y que a todos Nos dé la
fuerza para ejecutarlo.

Roma, en el Vaticano, en la solemnidad de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, 29 de junio de
1931.

PÍO PP. XI

Notas

[*] Dante Alighieri, La Divina Comedia, Infierno, Canto V, v. 102

[1] Is 38, 17.

[2] Sal 93, 19.

[3] Lc 22, 28.

[4] 2 Cor 7, 4.

[5] Sal 26, 12.

[6] Cf. el Comunicado del Directorio del 4 de junio de 1931

[7] Mt 28, 19-20.

[8] Mt 19, 13 ss.; 18, 1 ss.

[9] Jn 10, 10.

[10] Rom 8, 31.

[11] 2Cor, 8, 23.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310629_non-abbiamo-bisogno.html

CARTA ENCÍCLICA
QUADRAGESIMO ANNO
DE SUA SANTIDADE
PAPA PIO XI
AOS VENERÁVEIS IRMÃOS,
PATRIARCAS, PRIMAZES, ARCEBISPOS,
BISPOS E DEMAIS ORDINÁRIOS
EM PAZ E COMUNHÃO COM A SÉ APOSTÓLICA
BEM COMO A TODOS OS FIÉIS DO ORBE CATÓLICO

SOBRE A RESTAURAÇÃO E APERFEIÇOAMENTO


DA ORDEM SOCIAL EM CONFORMIDADE COM
A LEI EVANGÉLICA NO XL ANIVERSÁRIO
DA ENCÍCLICA DE LEÃO XIII «RERUM NOVARUM»

Veneráveis Irmãos e Amados


Filhos Saúde e Bênção Apostólica

No 40º aniversário da magistral encíclica de Leão XIII « Rerum novarum », todo o orbe católico, movido
dos sentimentos da mais viva gratidão, propõe-se comemorá-la com a devida solenidade.

A Encíclica « Rerum novarum ».

Já antes, em certo modo, haviam preparado o caminho àquele documento de solicitude pastoral, as
encíclicas do mesmo Nosso Predecessor sobre o princípio da sociedade humana que é a família e o santo
sacramento do Matrimónio, (1) sobre a origem da autoridade civil, (2) e a devida ordem das suas relações
com a Igreja, (3) sobre os principais deveres dos fieis como cidadãos, (4) contra os princípios do
socialismo, (5) contra as falsas teorias da liberdade humana, (6) e outras do mesmo género que
plenamente revelaram o modo de pensar de Leão XIII; contudo a encíclica « Rerum novarum » distingue-
se das demais por ter dado a todo o género humano regras seguríssimas para a boa solução do espinhoso
problema do consórcio humano, a chamada « Questão social », precisamente quando isso mais oportuno e
necessário era.

Sua ocasião

Com efeito ao fim do século XIX, em consequência de um novo género de economia, que se ia formando,
e dos grandes progressos da indústria em muitas nações, aparecia a sociedade cada vez mais dividida em
duas classes: das quais uma, pequena em número, gozava de quase todas as comodidades que as
invenções modernas fornecem em abundância; ao passo que a outra, composta de uma multidão imensa
de operários, a gemer na mais calamitosa miséria, debalde se esforçava por sair da penúria, em que se
debatia.

Com tal estado de coisas facilmente se resignavam os que, nadando em riquezas, o supunham efeito
inevitável das leis económicas, e por isso queriam que se deixasse à caridade todo o cuidado de socorrer
os miseráveis; como se a caridade houvesse de capear as violações da justiça, não só toleradas, mas por
vezes até impostas pelos legisladores. Ao contrário só a duras penas o toleravam os operários, vítimas da
fortuna adversa, e tentavam sacudir o jugo duríssimo: uns, levados na fúria de maus conselhos, aspiravam
a tudo subverter, os outros, a quem a educação cristã demovia d'esses maus intentos, estavam contudo
firmemente convencidos de que nesta matéria era necessária uma reforma urgente e radical.

O mesmo pensavam todos os católicos, sacerdotes ou leigos, que, impelidos por uma caridade admirável,
já de há muito trabalhavam em aliviar a miséria imerecida dos operários, não podendo de modo nenhum
persuadir-se de que uma diferença tão grande e tão iníqua na distribuição dos bens temporais
correspondesse verdadeiramente aos desígnios sapientíssimos do Criador.

Procuravam eles com toda a lealdade um remédio eficaz a esta lamentável desordem da sociedade e uma
firme defesa contra os perigos ainda maiores que a ameaçavam; mas tal é a fraqueza mesmo das
melhores inteligências humanas, que ora se viam repelidos como inovadores perigosos, ora obstaculados
por companheiros de acção mas de ideais diversos: e assim hesitantes entre várias opiniões, nem sabiam
para onde voltar-se.

No meio de tão grande luta de espíritos, quando de uma parte e doutra ferviam disputas nem sempre
pacíficas, todos os olhos se volviam, como tantas outras vezes, para a cátedra de Pedro, para este depósito
sagrado de toda a verdade, donde se difundem pelo mundo inteiro palavras de salvação; e todos,
sociólogos, patrões, operários, acorrendo com frequência desusada aos pés do Vigário de Cristo na terra,
suplicavam a uma voz que se lhes indicasse enfim o caminho seguro.
Prudentíssimo como era o Pontífice, tudo ponderou longamente diante de Deus, chamou a conselho
homens de reconhecida ciência, pesou bem as razões por uma parte e outra, e finalmente movido « pela
consciência do múnus Apostólico », (7) para que não parecesse, que descurava os seus deveres calando
por mais tempo, (8) decidiu-se a falar a toda a Igreja de Cristo, antes a todo o género humano, no
exercício do magistério divino a ele confiado.

Ressoou por tanto no dia 15 de maio de 1891 aquela voz há tanto suspirada, ressoou robusta e clara, sem
que a intimidassem as dificuldades, nem a enfraquecesse a velhice, e ensinou à família humana, a
empreender novos caminhos no terreno social.

Tópicos principais

Conheceis, veneráveis Irmãos e amados Filhos, e sabeis perfeitamente a admirável doutrina, que tornou a
encíclica « Rerum novarum » digna de eterna memória. Nela o bom Pastor, condoído ao ver « a miserável
e desgraçada condição, em que injustamente viviam » tão grande parte dos homens, tomou animoso a
defesa dos operários, que « as condições do tempo tinham entregado e abandonado indefesos à crueldade
de patrões desumanos e à cobiça de uma concorrência desenfreada ».(9) Não pediu auxílio nem ao
liberalismo nem ao socialismo, pois que o primeiro se tinha mostrado de todo incapaz de resolver
convenientemente a questão social, e o segundo propunha um remédio muito pior que o mal, que lançaria
a sociedade em perigos mais funestos.

O Pontífice no uso do seu direito e convencido de que a ele principalmente fora confiada a salvaguarda da
religião e de tudo o que com ela está estreitamente vinculado, pois se tratava de um problema « a que não
se podia encontrar solução plausível sem o auxílio da religião e da Igreja », (10) apoiando-se unicamente
nos princípios imutáveis tirados do tesoiro da recta razão e da revelação divina, confiadamente e « como
quem tinha autoridade », (11) expôs com inexcedível clareza e proclamou não só « os direitos e os deveres
que devem reger as relações mútuas dos ricos e dos proletários, dos capitalistas e dos trabalhadores
», (12) mas também a parte que deviam tomar a Igreja, a autoridade civil e os próprios interessados na
solução dos conflitos sociais.

Nem a voz Apostólica ressoou debalde; antes, com assombro a ouviram e a aplaudiram com suma
benevolência, além dos filhos obedientes da Igreja, muitos dos que viviam longe da verdade e da unidade
da fé e quase todos os que depois se ocuparam de sociologia e economia tanto no estudo teórico como na
pública legislação.

Foram porém os operários cristãos os que com maior alegria acolheram a encíclica ao verem-se assim
vingados e defendidos pela suprema Autoridade da terra e com eles todas as almas generosas, que, já de
há muito empenhadas em aliviar a sorte dos operários, não tinham encontrado senão indiferença em
muitos, suspeitas odientas e até manifesta hostilidade em muitos outros. E é por isso que todos estes
tiveram depois em tanta estima aquelas letras Apostólicas, que todos os anos costumam celebrar-lhe a
memória com demonstrações de gratidão diversas nas diversas terras.

No meio de tanta harmonia de sentimentos não faltaram vozes discordantes de alguns, mesmo de
católicos, a quem a doutrina de Leão XIII, tão nobre e elevada, tão nova para humanos ouvidos pareceu
suspeita e até escandalizou. Ela assaltava ousadamente e derribava os ídolos do liberalismo, não fazia caso
de preconceitos inveterados, prevenia inopinadamente o futuro: que muito que os rotineiros desdenhassem
aprender esta nova filosofia social e os tímidos receassem subir a tais alturas, ao passo que outros,
admirando aquela luz, a reputavam perfeição ideal, mais para desejar que para realizar?

Fim da presente Encíclica

Por isso é que Nós, veneráveis Irmãos e amados Filhos, agora que todo o mundo e sobretudo os operários
católicos, que de toda a parte acodem a esta Alma Cidade, comemoram com tanta solenidade e
entusiasmo o quadragésimo aniversário da encíclica « Rerum novarum », julgamos dever Nosso aproveitar
esta ocasião para recordar os grandes. benefícios que dela advieram à Igreja católica e a toda a
humanidade; defender a doutrina social e económica de tão grande Mestre satisfazendo a algumas
dúvidas, desenvolvendo mais e precisando alguns pontos; finalmente, chamando a juízo o regime
económico moderno e instaurando processo ao socialismo, apontar a raiz do mal estar da sociedade
contemporânea e mostrar-lhe ao mesmo tempo a única via de uma restauração salutar, que é a reforma
cristã dos costumes. Eis os três pontos da presente encíclica.

I. BENEFÍCIOS DA «RERUM NOVARUM »

Para começarmos pelo que em primeiro lugar propusemos, seguindo a advertência de S. Ambrósio, (13)
que a gratidão é o primeiro e mais imperioso dos deveres, não podemos conter-Nos que não demos a Deus
as maiores acções de graças pelos imensos benefícios que da encíclica de Leão XIII advieram à Igreja e a
todo o género humano. Se Nós os quiséssemos enumerar, mesmo de passagem, deveríamos por assim
dizer, recordar toda a história dos últimos quarenta anos, na parte relativa à questão social. Mas tudo se
pode reduzir a três pontos, conforme ao tríplice concurso que o Nosso Predecessor desejava, para poder
levar a efeito a sua obra grandiosa de restauração.

1. - ACÇÃO DA IGREJA

Em primeiro lugar o que da Igreja se podia esperar, declarou-o eloquentemente o mesmo Leão XIII : « A
Igreja é a que aufere do Evangelho a única doutrina capaz de pôr termo à luta, ou ao menos de a suavizar,
tirando-lhe toda a aspereza; é ela que com seus preceitos instrui as inteligências e se esforça por moralizar
a vida dos indivíduos; que com utilíssimas instituições melhora continuamente a sorte dos proletários
». (14)

a) No campo doutrinal

Ora a Igreja não deixou estagnar no seu seio esta linfa preciosa, senão que a fez correr em abundância
para o bem comum da suspirada paz. O próprio Leão XIII e seus Sucessores não cessaram de proclamar
de viva voz e por escrito a doutrina social e económica da encíclica « Rerum novarum », urgindo-a e
aplicando-a segundo a ocasião às circunstâncias de tempo e lugar, com aquela caridade paterna e
constância pastoral, que sempre os distinguiu na defesa dos pobres e desvalidos. (15) Nem foi outro o
proceder de grande parte do Episcopado, que com assiduidade e maestria declarou e comentou a mesma
doutrina, adaptando-a às condições dos diversos países, segundo a mente e as directivas da Santa Sé. (16)

Não é pois de admirar, que muitos sábios quer eclesiásticos quer leigos se aplicassem diligentemente,
seguindo a orientação dada pela Igreja, a desenvolver a ciência social e económica, conforme às
exigências do nosso tempo, levados sobretudo do desejo de tornar a doutrina inalterada e inalterável da
Igreja mais eficaz para remediar as necessidades modernas.

Foi assim que à luz e sob o impulso da encíclica de Leão XIII nasceu uma verdadeira ciência social católica,
cultivada e enriquecida continuamente pela indefessa aplição d'aquêles varões escolhidos, que chamámos
cooperadores da Igreja. Nem eles a deixam escondida na sombra de simples discussões eruditas, mas
expõem-na à luz do sol em públicas palestras, como o demonstram exuberantemente os cursos, tão úteis e
tão frequentados, instituídos nas universidades católicas, academias e seminários, os congressos ou «
semanas sociais » celebrados frequentemente e com grande fruto, os círculos de estudos, os escritos
repletos de oportuna e sã doutrina, por toda a parte e por todos os modos divulgados.

E não são estes apenas os frutos do documento Leoniano : a doutrina ensinada na encíclica « Rerum
novarum » impôs-se insensivelmente à atenção d'aqueles mesmos que, separados da unidade católica, não
reconhecem a autoridade da Igreja ; e assim os princípios de sociologia católica entraram pouco a pouco
no património de toda a sociedade humana ; e as verdades eternas, tão altamente proclamadas pela santa
memória do Nosso Predecessor, vemo-las frequentemente citadas e defendidas não só em jornais e livros
mesmo acatólicos, mas até nos parlamentos e tribunais.

E quando após a grande guerra os governantes das principais potências, trataram de restabelecer a paz
sobre as bases de uma completa renovação social, entre as leis, feitas para regular o trabalho dos
operários segundo a justiça e a equidade, decretaram muitas tão conformes com os princípios e directivas
de Leão XIII, que parecem intencionalmente copiadas. É que a encíclica « Rerum novarum » é um
documento tão notável, que bem se pode dizer com palavras de Isaias : « Estandarte arvorado à face das
nações »! (17)

b) Na prática

Assim se iam divulgando cada vez mais à luz das investigações científicas os preceitos de Leão XIII ; ao
mesmo tempo passava-se à sua aplicação prática. E primeiramente com actividade e benevolência fizeram-
se todos os esforços para. elevar aquela classe, que os recentes progressos da indústria tinham aumentado
desmedidamente sem lhe darem na sociedade o lugar que lhe competia, e que por isso jazia em quase
completa desconsideração e abandono : falamos dos operários., a cuja cultura zelosos sacerdotes de um e
outro clero, apesar de sobrecarregados com outros cuidados pastorais, se aplicaram desde logo, sob a guia
dos respectivos Prelados e com grande fruto d'aquelas almas. Este trabalho constante vara embeber de
espírito cristão as almas dos operários contribuiu também muitíssimo para lhes dar a verdadeira
consciência da própria dignidade, e para habilitá-los, pela compreensão clara dos direitos e deveres da sua
classe, a progredir honrada e felizmente no campo social e económico, a ponto de servirem de guias aos
outros.

Daqui os meios de subsistência melhor assegurados e em maior cópia : por quanto não só começaram a
multiplicar-se segundo as exortações do grande Pontífice as obras de caridade e beneficência, mas
também foram surgindo por toda a parte e cada vez mais numerosas as associações de mútuo socorro
para operários, artistas, agricultores e jornaleiros de toda a espécie, fundadas segundo os conselhos e
directivas da Igreja e ordinariamente sob a direcção do clero.

2. - ACÇÃO DA AUTORIDADE CIVIL

Quanto à autoridade civil, Leão XIII, ultrapassando com audácia os confins impostos pelo liberalismo,
ensina impertérrito, que ela não deve limitar-se a tutelar os direitos e a ordem pública, mas antes fazer o
possível « para que as leis e instituições sejam tais... , que da própria organização do Estado dimane
espontaneamente a prosperidade da nação e dos indivíduos ». (18) Deve sim deixar-se tanto aos
particulares como às famílias a justa liberdade de acção, mas contanto que se salve o bem comum e não
se faça injúria a ninguém. Aos governantes compete defender toda a nação e os membros que a
constituem, tendo sempre cuidado especial dos fracos e deserdados da fortuna ao proteger os direitos dos
particulares. « Por quanto a classe abastada, munida dos seus próprios recursos, carece menos do auxílio
público; pelo contrário a classe indigente, desprovida de meios pessoais, esteia-se sobre tudo na protecção
do Estado. Por conseguinte deve ele atender com particular cuidado e providência aos operários, visto
serem eles do número da classe pobre ». (19)

Não negamos que alguns governantes, já antes da encíclica de Leão XIII, tivessem provido às
necessidades mais urgentes dos obreiros e reprimido as injustiças de maior vulto a estes feitas. Mas foi só
depois que a palavra Apostólica ressoou ao mundo inteiro desde a cátedra de Pedro, que os governos,
capacitando-se mais da sua missão, se aplicaram a desenvolver uma política social mais activa.

E na verdade, em quanto vacilavam os princípios do liberalismo, que havia muito paralisavam a obra eficaz
dos governos, a encíclica « Rerum novarum» produziu no seio das nações uma grande corrente favorável a
uma política francamente social, e de tal modo excitou os melhores católicos a cooperar com as
autoridades, que não raro foram eles os defensores mais ilustres da nova legislação nos próprios
parlamentos. Mais ainda : foram ministros da Igreja compenetrados da doutrina de Leão XIII que
propuseram às câmaras muitas das leis sociais recentemente promulgadas, e que depois mais urgiram e
promoveram a sua execução.

Deste contínuo e indefesso trabalho nasceu aquela jurisprudência completamente desconhecida nos
séculos passados, que se propõe defender com ardor os sagrados direitos do operário, provenientes da sua
dignidade de homem e de cristão : de facto estas leis protegem a alma, a saúde, as forças, a família, as
casas, as oficinas, o salário, abrangem os acidentes de trabalho, numa palavra, tudo aquilo que interessa a
classe trabalhadora, principalmente as mulheres e crianças. E se uma tal legislação não condiz de todo
nem em toda a parte com as normas de Leão XIII, não se pode contudo negar haver nela muitas
reminiscências da encíclica « Rerum novarum » e que à mesma por conseguinte se deve atribuir em
grande parte a melhorada condição dos operários.

3. - ACÇÃO DOS INTERESSADOS

Mostra enfim muito prudentemente o Pontífice, que os patrões e os próprios operários podem fazer muito
nesta matéria, « com as instituições destinadas a levar auxílio oportuno aos indigentes e a aproximar mais
uma classe da outra ». (20) Entre estas dá Leão XIII o primeiro lugar às associações que abrangem quer
somente os operários, quer operários e patrões; e alarga-se em recomendá-las e ilustrá-las, declarando a
sua natureza, razão de ser, conveniência, direitos, deveres, leis, com sabedoria verdadeiramente
admirável.

Nem estes ensinamentos podiam vir em ocasião mais oportuna : com efeito nesse tempo os que tinham na
mão em muitas nações o leme do Estado, totalmente impregnados de liberalismo, não só não eram
favoráveis às associações operárias, mas até abertamente as hostilizavam ; e quando reconheciam de boa
vontade e tutelavam instituições análogas entre outras classes, negavam com injustiça flagrante o direito
natural de associação àqueles, que mais necessitavam dele, para se defender das vexações dos poderosos
; nem faltou ainda mesmo entre os católicos quem visse de maus olhos, acoimando-os de socialistas ou
anárquicos, os esforços dos operários em associar-se.

A) Associações operárias

São por tanto dignas dos maiores encómios as normas emanadas da autoridade de Leão XIII, que
lograram derribar tais obstáculos, e desfazer tais suspeitas ; mas tornaram-se ainda mais importantes, por
terem exortado os operários cristãos a associarem-se segundo os vários misteres, ensinando-lhes o meio
de o conseguirem, e por terem ainda consolidado no caminho do dever muitos, a quem as associações
socialistas seduziam fortemente, apregoando-se a si mesmas únicos defensores e propugnadores dos
humildes e oprimidos.

Quanto à erecção destas associações, a encíclica « Rerum novarum» observa muito a propósito, « que as
corporações devem organizar-se e governar-se de modo que forneçam a cada um de seus membros os
meios mais fáceis e expeditos para conseguirem seguramente o fim proposto, isto é : a maior cópia
possível, para cada um, de bens do corpo, do espírito e da fortuna »; porém é claro « que sobretudo se
deve ter em vista, como mais importante, a perfeição moral e religiosa; e que por ela se deve orientar todo
o regulamento destas sociedades ». (21) Com efeito « constituída assim a religião como fundamento de
todas as leis sociais, não é difícil determinar as relações que devem existir entre os membros para que
possam viver em paz e prosperar . (22)

Desejosos de levar a efeito a aspiração de Leão XIII, muitos do clero e do laicado dedicaram-se por toda a
parte com louvável empenho a fundar estas associações; as quais protegidas pela religião, embebidas do
seu espírito, formaram operários verdadeiramente cristãos, que uniam em boa harmonia o exercício
diligente da própria arte com os preceitos salutares da religião e defendiam eficaz e tenazmente os
próprios direitos e interesses temporais, tendo sempre em conta a justiça e o sincero desejo de colaborar
com as outras classes para a restauração cristã de toda a vida social.

Diverso segundo as várias circunstâncias locais foi o esforço em realizar os desígnios e as normas de Leão
XIII. De facto nalgumas regiões a mesma associação abraçava todos os fins visados pelo Pontífice ;
noutras ao contrário chegou-se a uma certa divisão de actividade; e formaram-se associações distintas,
umas para zelar os direitos e interesses legítimos dos sócios nos contractos de trabalho, outras para
organizar o mútuo auxílio económico, outras finalmente para o desempenho dos deveres religiosos e
morais e de outras obrigações análogas.

Este segundo método prevaleceu sobretudo nos países, onde as leis pátrias, as instituições económicas, ou
a discórdia de inteligências e corações tão deploravelmente enraizada na sociedade moderna ou ainda a,
necessidade urgente de opor uma frente única aos inimigos da ordem, impediam aos católicos a fundação
de sindicatos próprios. Num tal estado de coisas os católicos vêem-se quase obrigados a inscrever-se em
sindicatos neutros, uma vez que façam profissão de justiça e equidade e deixem aos sócios católicos plena
liberdade de obedecer à própria consciência e cumprir os preceitos da Igreja. Pertence aos Bispos, se
reconhecerem que tais associações são impostas pelas circunstâncias e não oferecem perigo para a
religião, permitir que os operários católicos se inscrevam nelas, observando contudo a este respeito as
normas e precauções recomendadas por Nosso Predecessor Pio X, de santa memória. (23) Primeira e a
mais importante é, que ao lado dos sindicatos existam sempre outros grupos com o fim de dar a seus
membros uma séria formação religiosa e moral, para que eles depois infiltrem nas organizações sindicais o
bom espírito que deve animar toda a sua actividade. Sucederá assim que estes grupos exercerão benéfica
influencia mesmo fora do próprio âmbito.

Por isso deve atribuir-se à encíclica Leoniana o terem florescido tanto por toda a parte estas associações
operárias, que já hoje, apesar de serem, infelizmente, ainda inferiores em número às dos socialistas e
comunistas, agrupam notável multidão de sócios e podem defender energicamente os direitos e aspirações
legítimas do operariado católico e propugnar os salutares princípios da sociedade cristã, quer fronteiras a
dentro da pátria, quer em congressos internacionais.

B) Associações não operárias

Acresce ao sobredito, que a doutrina relativa ao direito natural de associação tão sabiamente exposta e
com tanto valor defendida por Leão XIII, começou naturalmente a aplicar-se também a associações não
operárias; pelo quê deve-se em grande parte mesma encíclica, que até entre os agricultores e outros
membros da classe média se vejam florescer e multiplicar de dia para dia estas utilíssimas corporações e
outros institutos similares, que aliam felizmente os interesses económicos à formação espiritual.

C) Associações de industriais

E se não pode dizer-se o mesmo das associações que o Nosso Predecessor tão ardentemente desejava ver
instituídas entre patrões e industriais, e que lamentamos sejam tão poucas, não deve isso atribuir-se
completamente à má vontade dos homens, mas a dificuldades muito maiores que se opõem à sua
realização, dificuldades que Nós muito bem conhecemos e avaliamos na devida conta. Temos porém
segura esperança de que para breve até essas dificuldades desaparecerão e saudamos já com íntimo júbilo
da alma alguns esforços envidados com vantagem neste particular, cujos frutos abundantes prometem
messe ainda mais copiosa para o futuro. (24)

CONCLUSÃO: A « MAGNA CHARTA » DOS OPERÁRIOS

Todos estes benefícios da encíclica de Leão XIII que Nós, veneráveis Irmãos e amados Filhos, acabamos
de recordar, acenando-os mais do que descrevendo-os, são tais e tão grandes, que mostram claramente
como o imortal documento não era apenas a expressão de um ideal magnífico mas irrealizável. Ao
contrário o Nosso ilustre Predecessor hauriu no Evangelho, e portanto numa fonte sempre viva e vivificante
a doutrina que pode, senão resolver já de vez, ao menos abrandar muito a luta fatal em que mutuamente
se digladia a família humana. Os frutos de salvação recolhidos pela Igreja de Cristo e por todo o género
humano, com a graça de Deus, mostram bem que a boa. semente, espalhada há quarenta anos em tão
larga cópia, caiu em grande parte numa terra fértil ; nem é temeridade afirmar que a encíclica de Leão XIII
se demonstrou com a longa experiência do tempo a « Magna Charta » em que deve basear-se como em
sólido fundamento toda a actividade cristã no campo social. Por isso os que mostram fazer pouco da
mesma encíclica e da sua comemoração, estes ou blasfemam do que não conhecem, ou não percebem
nada do que conhecem, ou, se percebem, praticam uma solene injustiça, e ingratidão.

Mas como durante estes anos surgiram dúvidas sobre a recta interpretação de vários passos da encíclica
ou sobre as consequências a deduzir deles, dando ocasião entre os próprios católicos a discussões nem
sempre amigáveis ; e como por outra parte as novas exigências do nosso tempo e as mudadas condições
sociais tornam necessária uma aplicação mais esmerada da doutrina Leoniana e mesmo algumas adições,
aproveitamos de boa vontade esta ocasião, para, em virtude do Nosso múnus Apostólico, que a todos Nos
faz devedores, (25) satisfazermos, quanto é da Nossa parte, a estas dúvidas e exigências.

II.
AUTORIDADE DA IGREJA NA QUESTÃO SOCIAL E ECONÓMICA

Mas antes de entrarmos neste assunto, devemos pressupor, o que já provou abundantemente Leão XIII,
que julgar das questões sociais e económicas é dever e direito da Nossa suprema autoridade. (26) Não foi
é certo confiada à Igreja, a missão de encaminhar os homens à conquista de uma felicidade apenas
transitória e caduca, mas da eterna; antes « a Igreja crê não dever intrometer-se sem motivo nos negócios
terrenos ». (27) O que não pode, é renunciar ao ofício de que Deus a investiu, de interpor a sua autoridade
não em assuntos técnicos, para os quais lhe faltam competência e meios, mas em tudo o que se refere à
moral. Dentro deste campo, o depósito da verdade que Deus Nos confiou e o gravíssimo encargo de
divulgar toda a lei moral, interpretá-la e urgir o seu cumprimento oportuna e importunamente, sujeitam e
subordinam ao Nosso juízo a ordem social e as mesmas questões económicas.

Pois ainda que a economia e a moral « se regulam, cada uma no seu âmbito, por princípios próprios
», (28) é erro julgar a ordem económica e a moral tão encontradas e alheias entre si, que de modo
nenhum aquela dependa desta. Com efeito, as chamadas leis económicas, deduzidas da própria natureza
das coisas e da índole do corpo e da alma, determinam os fins que a actividade humana se não pode
propor, e os que pode procurar com todos os meios no campo económico ; e a. razão mostra claramente,
da mesma natureza das coisas e da natureza individual e social do homem, o fim imposto pelo Criador a
toda a ordem económica.

Por sua parte a lei moral manda-nos prosseguir tanto o fim supremo e último em todo o exercício da nossa
actividade, como, nos diferentes domínios por onde ela se reparte, os fins particulares impostos pela
natureza, ou melhor, por Deus autor da mesma; subordinando sempre estes fins aquele, como pede a boa
ordem. Se seguirmos fielmente esta regra, sucederá, que os fins particulares da economia, sejam eles
individuais ou sociais, se inserirão facilmente na ordem geral dos fins, e nós subindo por eles, como por
uma escada, chegaremos ao fim último de todos os seres, que é Deus, bem supremo e inexaurível para si
e para nós.

1. - DO DIREITO DE PROPRIEDADE

Para vir agora ao particular, começamos pelo direito de propriedade. Sabeis, veneráveis Irmãos e amados
Filhos, que Leão XIII de feliz memória defendeu tenazmente o direito de propriedade contra as aberrações
dos socialistas do seu tempo, mostrando que a destruição do domínio particular reverteria, não em
vantagem, mas em ruína da classe operária. Mas como não falta quem com flagrante injustiça calunie o
Sumo Pontífice e a Igreja de ter zelado e zelar somente os interesses dos ricos contra os proletários, e os
mesmos católicos não concordam na interpretação do genuíno e verdadeiro modo de pensar de Leão XIII,
pareceu-Nos bem vingar de tais calúnias a sua doutrina que é a católica e defendê-la de falsas
interpretações.

Sua índole individual e social

Primeiramente tenha-se por certo, que nem Leão XIII, nem os teólogos, que ensinaram seguindo a
doutrina e direcção da Igreja, negaram jamais ou puseram em dúvida a dupla espécie de domínio, que
chamam individual e social, segundo diz respeito ou aos particulares ou ao bem comum ; pelo contrário
foram unânimes em afirmar que a natureza ou o próprio Criador deram ao homem o direito do domínio
particular, não só para que ele possa prover às necessidades próprias e da família, mas para que sirvam
verdadeiramente ao seu fim os bens destinados pelo Criador a toda a família humana : ora nada disto se
pode obter, se não se observa uma ordem certa e bem determinada.

Deve portanto evitar-se cuidadosamente um duplo escolho, em que se pode cair. Pois como o negar ou
cercear o direito de propriedade social e pública precipita no chamado « individualismo » ou dele muito
aproxima, assim também rejeitar ou atenuar o direito de propriedade privada ou individual leva
rapidamente ao « colectivismo » ou pelo menos à necessidade de admitir-lhe os princípios. Sem a luz
destas verdades ante os olhos, cair-se-á depressa nas sirtes do modernismo moral, jurídico e social, que
denunciámos com letras Apostólicas no princípio do Nosso Pontificado; (29) tenham-no presente sobretudo
aqueles espíritos desordeiros, que com infames calúnias ousam acusar a Igreja de ter permitido, que se
introduzisse na doutrina teológica o conceito pagão do domínio, ao qual desejam a todo o custo substituir
outro, por eles com pasmosa ignorância apelidado de cristão.

Obrigações inerentes ao domínio

E a fim de pôr termo às controvérsias, que acerca do domínio e deveres a ele inerentes começaram a
agitar-se, note-se em primeiro lugar o fundamento assente por Leão XIII, de que o direito de propriedade
é distinto do seu uso. (30) Com efeito, a chamada justiça comutativa obriga a conservar inviolável a divisão
dos bens e a não invadir o direito alheio excedendo os limites do próprio domínio; que porém os
proprietários não usem do que é seu, senão honestamente, é da alçada não da justiça, mas de outras
virtudes, cujo cumprimento « não pode urgir-se por vias jurídicas ». (31) Pelo quê sem razão afirmam
alguns, que o domínio e o seu honesto uso são uma e a mesma coisa; e muito mais ainda é alheio à
verdade dizer, que se extingue ou se perde o direito de propriedade com o não uso ou abuso dele.

Prestam portanto grande serviço à boa causa e são dignos de todo o elogio os que, salva a concórdia dos
ânimos e a integridade da doutrina tradicional da Igreja, se empenham em definir a natureza íntima destas
obrigações e os limites, com que as necessidades do convívio social circunscrevem tanto o direito de
propriedade, como o uso ou exercício do domínio. Pelo contrário muito se enganam e erram aqueles, que
tentam reduzir o domínio individual a ponto de o abolirem praticamente.

Poderes do Estado

Efectivamente, que deva o homem atender não só ao próprio interesse, mas também ao bem comum,
deduz-se da própria índole, a um tempo individual e social, do domínio, a que nos referimos. Definir porém
estes deveres nos seus pormenores e segundo as circunstâncias, compete, já que a lei natural de ordinário
o não faz, aos que estão à frente do Estado. E assim a autoridade pública, iluminada sempre pela luz
natural e divina, e pondo os olhos só no que exige o bem comum, pode decretar mais minuciosamente o
que aos proprietários seja lícito ou ilícito no uso de seus bens. Já Leão XIII ensinou sabiamente que « Deus
confiou à indústria dos homens e às instituições dos povos a demarcação da propriedade individual ». (32)
E realmente o regime da propriedade não é mais imutável, que qualquer outra instituição da vida social,
como o demonstra a história e Nós mesmo notámos em outra ocasião : « Que variedade de formas
concretas não revestiu a propriedade desde a forma primitiva dos povos selvagens, de que ainda há hoje
vestígios, até à forma de propriedade dos tempos patriarcais, e depois sucessivamente desde as diversas
formas tirânicas (usamos esta palavra no seu sentido clássico), através das feudais e logo das
monárquicas, até às formas existentes na idade moderna »! (33) É evidente porém que a autoridade
pública não tem direito de desempenhar-se arbitrariamente desta função; devem sempre permanecer
intactos o direito natural de propriedade e o que tem o proprietário de legar dos seus bens. São direitos
estes, que ela não pode abolir, porque « o homem é anterior ao Estado », (34) e « a sociedade doméstica
tem sobre a sociedade civil uma prioridade lógica e uma prioridade real ». (35) Eis porque o sábio Pontífice
declarava também, que o Estado não tem direito de esgotar a propriedade particular com excessivas
contribuições : « Não é das leis humanas, mas da natureza, que dimana o direito da propriedade
individual; a autoridade pública não a pode portanto abolir : o mais que pode é moderar-lhe o uso e
harmonizá-lo com o bem comum ». (36) Quando ela assim concilia o direito de propriedade com as
exigências do bem comum, longe de mostrar-se inimiga dos proprietários presta-lhes benévolo apoio; de
facto, fazendo isto, impede eficazmente que a posse particular dos bens, estatuída com tanta sabedoria
pelo Criador em vantagem da vida humana, gere desvantagens intoleráveis e venha assim a arruinar-se :
não oprime a propriedade, mas defende-a; não a enfraquece, mas reforça-a.

Deveres relativos aos rendimentos livres

Nem ficam de todo ao arbítrio do homem os seus rendimentos livres, isto é aqueles de que não precisa
para sustentar a vida convenientemente e com decoro : ao contrário as sagradas Escrituras e os santos
Padres da Igreja intimam continuamente e com a maior clareza aos ricos o gravíssima dever da esmola e
de praticar a beneficência e magnificência. Empregar grandes capitais disponíveis para oferecer em
abundância trabalho lucrativo, com tanto que este se empregue em obras realmente úteis, não só não é
vício ou imperfeição moral, mas até se deve julgar acto preclaro da virtude da magnificência muito em
harmonia com as necessidades dos tempos, como se deduz argumentando dos princípios do Doutor
Angélico. (37)

Títulos de aquisição do domínio

Títulos de aquisição do domínio são a ocupação de coisas sem dono, a indústria ou a chamada
especificação, como o demonstram abundantemente a tradição de todos os séculos e a doutrina do Nosso
Predecessor Leão XIII. De facto não faz injustiça a ninguém, por mais que alguns digam o contrário, quem
se apodera de uma coisa abandonada ou sem dono; de outra parte a indústria que alguém exerce em
nome próprio, e com a qual as coisas se transformam ou aumentam de valor, dá-lhe direito sobre os
produtos do seu trabalho.

Capital e trabalho

Muito diversa é a condição do trabalho, que vendido a outrem se exerce em coisa alheia. A ele
particularmente visava Leão XIII, quando escrevia « poder-se afirmar sem perigo de erro, que o trabalho é
a fonte única da riqueza nacional ». (38) Com efeito, não vemos com os próprios olhos, que a abundância
dos bens, que constituem a riqueza, se formam e brotam das mãos dos obreiros, quer trabalhem sós, quer
armadas de instrumentos e máquinas, com o que aumentam admiravelmente a sua actividade? Ninguém
ignora, que nunca um país se ergueu da miséria e pobreza a uma fortuna melhor e mais elevada sem a
colaboração ingente de todos os cidadãos, tanto dos que dirigem o trabalho, como dos que o executam.
Não é porém menos certo que estes grandes esforços seriam imiteis e vãos, que nem sequer poderiam
tentar-se, se Deus Criador do universo não tivesse na sua bondade fornecido antes as matérias primas e as
forças da natureza. Pois que é trabalhar, senão aplicar ou exercer as forças do corpo e do espírito nestas
mesmas coisas ou por meio delas? Exige porém a lei natural ou a vontade de Deus por ela promulgada,
que se mantenha a devida ordem na aplicação dos bens naturais aos usos humanos : ora semelhante
ordem consiste em ter cada coisa o seu dono. D'aqui vem que, a não ser que um trabalhe no que é seu,
deverão aliar-se as forças de uns com as coisas dos outros; pois que umas sem as outras nada produzem.
Isto precisamente tinha em vista Leão XIII, quando escrevia : « de nada vale o capital sem o trabalho,
nem o trabalho sem o capital ». (39) Por conseguinte é inteiramente falso atribuir ou só ao capital ou só ao
trabalho o produto do concurso de ambos; e é injustíssimo que um deles, negando a eficácia do outro, se
arrogue a si todos os frutos.

Pretensões injustas do capital

É certo que por muito tempo pôde o capital arrogar-se direitos demasiados. Todos os produtos e todos os
lucros reclamava-os ele para si, deixando ao operário unicamente o bastante para restaurar e reproduzir as
forças. Apregoava-se, que por fatal lei económica pertencia aos patrões acumular todo o capital, e que a
mesma lei condenava e acorrentava os operários a perpétua pobreza e vida miserável. E bem verdade, que
as obras nem sempre estavam de acordo com semelhantes monstruosidades dos chamados liberais de
Manchester : não se pode contudo negar que para elas tendia com passo certeiro e constante o regime
económico e social. Por isso não é para admirar que estas opiniões erróneas e estes postulados falsos
fossem energicamente impugnados, e não só por aqueles a quem privavam do direito natural de adquirir
melhor fortuna.

Injustas pretensões do trabalho

De facto aos operários assim mal tratados apresentaram-se os chamados « intelectuais », contrapondo a
uma lei falsa um não menos falso princípio moral : « os frutos e rendimentos, descontado apenas o que
baste a amortizar e reconstituir o capital, pertencem todos de direito aos operários ». Erro mais capcioso
que o de alguns socialistas, para os quais tudo o que é produtivo deve passar a ser propriedade do Estado
ou « socializar-se »; mas por isso mesmo erro muito mais perigoso e próprio a embair os incautos : veneno
suave que tragaram avidamente muitos, a quem o socialismo sem rebuço não pudera enganar.

Princípio directivo da justa distribuição


A premuni-los contra estes falsos princípios, com que a si próprios fechavam o caminho da justiça e da
paz, deviam bastar as palavras sapientíssimas do Nosso Predecessor : « de qualquer modo que seja
distribuída entre os particulares, não cessa a terra de servir à utilidade pública ». (40) O mesmo ensinámos
Nós pouco antes, quando declarávamos, que a própria natureza exige a repartição dos bens em domínios
particulares, precisamente a fim de poderem as coisas criadas servir ao bem comum de modo ordenado e
constante. Este princípio deve ter continuamente diante dos olhos, quem não quer desviar-se da recta
senda da verdade.

Ora nem toda a distribuição dos bens ou riquezas entre os homens é apta para obter totalmente ou com a
devida perfeição o fim estabelecido por Deus. E necessário que as riquezas, em contínuo incremento com o
progresso da economia social, sejam repartidas pelos indivíduos ou pelas classes particulares de tal
maneira, que se salve sempre a utilidade comum, de que falava Leão XIII, ou, por outras palavras, que em
nada se prejudique o bem geral de toda a sociedade. Esta lei de justiça social proíbe, que uma classe seja
pela outra excluída da participação dos lucros. Violam-na por conseguinte tanto os ricos que, felizes por se
verem livres de cuidados em meio da sua fortuna, têm por muito natural embolsarem eles tudo e os
operários nada, como a classe proletária que, irritada por tantas injustiças e demasiadamente propensa a
exagerar os próprios direitos, reclama para si tudo, porque fruto do trabalho das suas mãos, e combate e
pretende suprimir toda a propriedade e rendas ou proventos, qualquer que seja a sua natureza e função
social, uma vez que se obtenham e pela simples razão de serem obtidos sem trabalho. A este propósito
cita-se às vezes o Apóstolo, lá onde diz : « quem não quer trabalhar, não coma ». (41) Citação descabida e
falsa. O Apóstolo repreende os ociosos, que podendo e devendo trabalhar, não o fazem, e admoesta-nos a
que aproveitemos diligentemente o tempo e as forças do corpo e do espírito, nem queiramos ser de peso
aos outros, quando podemos bastar-nos a nós mesmos. Agora, que o trabalho seja o único título para
receber o sustento ou perceber rendimentos, isso não o ensina, nem podia ensinar o Apóstolo. (42)

Cada um deve pois ter a sua parte nos bens materiais; e deve procurar-se que a sua repartição seja
pautada pelas normas do bem comum e da justiça social. Hoje porém, à vista do contraste estridente, que
há entre o pequeno número dos ultra-ricos e a multidão inumerável dos pobres, não há homem prudente,
que não reconheça os gravíssimos inconvenientes da actual repartição da riqueza.

3. - REDENÇÃO DOS PROLETÁRIOS

Esta é aquela « Redenção dos proletários », que o Nosso Predecessor dizia dever procurar-se a todo o
custo. O mesmo afirmamos e repetimos Nós com tanto maior energia e insistência, quanto mais
frequentemente vemos votadas ao esquecimento as recomendações daquele grande Pontífice, ou porque
intencionalmente se não falava, delas, ou porque as julgavam impossíveis de actuar, sendo que não só
podem, mas devem realizar-se. Nem elas no nosso tempo perderam nada da aia, força e oportunidade,
apesar de hoje não ser tão geral e horrendo o pauperismo, como era ao tempo de Leão XIII. Sem dúvida
que a condição dos operários melhorou e se tornou mais tolerável, sobretudo nas cidades mais progredidas
e populosas, onde os operários já não podem todos sem excepção ser considerados como indigentes e
miseráveis. Mas desde que as artes mecânicas e a indústria moderna em pouquíssimo tempo invadiram
completamente e dominaram regiões inumeráveis, tanto as terras chamadas novas, como os reinos do
remoto Oriente cultivados já na antiguidade, cresceu desmesuradamente o número dos proletários pobres,
cujos gemidos bradam ao céu. Acresce o ingente exército dos jornaleiros relegados à ínfima condição e
sem a mínima esperança de se verem jamais senhores de um pedaço de terra; (43) se não se empregam
remédios oportunos e eficazes, ficarão perpetuamente na condição de proletários.

É verdade, que a condição proletária não se deve confundir com o pauperismo; contudo basta o facto de a
multidão dos proletários ser imensa, enquanto as grandes fortunas se acumulam nas mãos de poucos
ricos, para provar à evidência que as riquezas, produzidas em tanta abundância neste nosso século de
industrialismo, não estão bem distribuídas pelas diversas classes da sociedade.

Os operários devem poder formar um património

É pois necessário envidar energicamente todos os esforços, para que ao menos de futuro as riquezas
grangeadas se acumulem em justa proporção nas mãos dos ricos, e com suficiente largueza se distribuam
pelos operários; não para que estes se dêem ao ócio, — já que o homem nasceu para trabalhar como a
ave para voar, — mas para que, vivendo com parcimônia, aumentem os seus haveres, aumentados e bem
administrados provejam aos encargos da família; e livres assim de uma condição precária e incerta qual é a
dos proletários, não só possam fazer frente a todas as eventualidades durante a vida, mas deixem ainda
por morte alguma coisa, aos que lhes sobrevivem.

Toda esta doutrina já por Nosso Predecessor, não só insinuada, mas abertamente proclamada, Nós de
novo e com mais insistência a inculcamos com esta Nossa encíclica : pois desenganem-se todos, que se
não se põe em prática quanto antes e com todas as veras, será impossível defender eficazmente a ordem
pública, a paz e a tranquilidade da sociedade humana contra os maquinadores de revoluções.

4. - O JUSTO SALÁRIO

Ora não se poderá pôr em prática, se não se procura, que os proletários, trabalhando e vivendo com
parcimónia, adquiram o seu modesto pecúlio, como já acima indicamos desenvolvendo os ensinamentos de
Nosso Predecessor. Mas, a não ser da própria jorna, d'onde poderá tirar esse pouco que vai economizando,
o que não tem outra fonte de receita senão o seu trabalho? Entremos portanto nesta questão do salário,
que Leão XIII apelidou « de grande importância », (44) declarando e desenvolvendo, onde for necessário,
a sua doutrina e preceitos.

O salário não é de sua natureza injusto

E primeiramente os que dizem ser de sua natureza injusto o contrato de compra e venda do trabalho e
pretendem substituí-lo por um contrato de sociedade, dizem um absurdo e caluniam malignamente o
Nosso Predecessor que na encíclica « Rerum novarum » não só admite a legitimidade do salário, mas se
difunde em regulá-lo segundo as leis da justiça.

Julgamos contudo que nas presentes condições sociais é preferível, onde se possa, mitigar os contratos de
trabalho combinando-os com os de sociedade, como já começou a fazer-se de diversos modos com não
pequena vantagem dos operários e dos patrões. Deste modo operários e oficiais são considerados sócios
no domínio ou na gerência, ou compartilham os lucros.

O justo valor da paga deve ser avaliado não por um, senão por vários princípios, como sabiamente dizia
Leão XIII por estas palavras : « para determinar equitativamente o salário devem ter-se em vista várias
considerações ». (45)

Com estas palavras confuta a leviandade dos que pensam resolver facilmente tão momentoso problema,
empregando uma única medida e essa mesma disparatada.

Erram certamente os que não receiam enunciar este princípio, que tanto vale o trabalho e tanto deve
importar a paga, quanto é o valor dos seus frutos; e que por isso na locação do próprio trabalho tem o
operário direito de exigir por ele tudo o que produzir. Asserção infundada, como basta a demonstrá-lo o
que acima dissemos ao tratar da relação entre o trabalho e o capital.

Carácter individual e social do trabalho

Como o domínio, assim também o trabalho, sobretudo o contratado, deve considerar-se não só
relativamente aos indivíduos, mas também em função da sociedade. A razão é clara. Se a sociedade não
forma realmente um corpo organizado, se a ordem social e jurídica não protege o exercício da actividade,
se as várias artes, dependentes como são entre si, não trabalham de concerto e não se ajudam
mutuamente, se enfim e mais ainda, não se associam e colaboram juntos a inteligência, o capital, e o
trabalho, não pode a actividade humana produzir fruto : logo não pode ela ser com justiça avaliada nem
remunerada equitativamente, se não se tem em conta a sua natureza social e individual.

Tríplice relação do salário

Destas duas propriedades naturais do trabalho humano derivam consequências gravíssimas, pelas quais se
deve regular e determinar o salário.
A) O sustento do operário e da família

Primeiro ao operário deve dar-se remuneração que baste para o sustento seu e da família. (46) É justo que
toda a mais família, na medida das suas forças, contribua para o seu mantimento, como vemos que fazem
as famílias dos lavradores, e também muitas de artistas e pequenos negociantes. Mas é uma iniquidade
abusar da idade infantil ou da fraqueza feminina. As mães de família devem trabalhar em casa ou nas suas
adjacências, dando-se aos cuidados domésticos. É um péssimo abuso, que deve a todo o custo cessar, o
de as obrigar, por causa da mesquinhez do salário paterno, a ganharem a vida fora das paredes
domésticas, descurando os cuidados e deveres próprios e sobretudo a educação dos filhos. Deve pois
procurar-se com todas as veras, que os pais de família recebam uma paga bastante a cobrir as despesas
ordinárias da casa. E se as actuais condições não permitem, que isto se possa sempre efectuar, exige
contudo a justiça social, que se introduzam quanto antes as necessárias reformas, para que possa
assegurar-se um tal salário a todo o operário adulto. — São pois dignos de louvor todos aqueles, que com
prudente e utilíssima iniciativa tem já experimentado vários métodos para tornar o salário proporcionado
aos encargos domésticos de tal modo que, aumentando estes, cresça também aquele; antes seja tal, que
possa bastar a qualquer necessidade extraordinária e imprevista.

B) Situação da empresa

É preciso atender também ao empresário e a empresa no determinar a importância dos salários; seria
injustiça exigir salários demasiados, que eles não pudessem pagar sem se arruinarem e arruinarem consigo
os operários. Mas se a deficiência dos lucros dependesse da negligência, inércia, ou descuido em procurar
o progresso técnico e económico, não seria essa uma causa justa para cercear a paga aos operários. Se
porém a causa de a empresa não render quanto baste para retribuir aos operários equitativamente, são
contribuições injustas ou o ver-se forçada a vender os artefactos por um preço inferior ao justo, os que
assim a vexam, tornam-se réus de culpa grave; pois que privam do justo salário os trabalhadores, que
forçados da necessidade se vêem obrigados a aceitar uma paga inferior à devida.

Trabalhem por conseguinte de comum acordo operários e patrões para vencer as dificuldades e obstáculos,
e sejam em obra tão salutar ajudados prudente e providamente pela autoridade pública. Mas se apesar de
tudo os negócios correrem mal, será então o caso de ver se a empresa poderá continuar, ou se será
melhor prover aos operários de outro modo. Nessas gravíssimas conjunturas é, mais que nunca,
necessário, que reine e se sinta entre operários e patrões a união e concórdia cristã.

C) Exigências do bem comum

Enfim a grandeza do salário deve ser proporcionada ao bem da economia pública. Já atrás declarámos,
quanto importa ao bem comum, que os operários e oficiais possam formar um modesto pecúlio com a
parte do salário economizada. Mas não podemos passar em silêncio outro ponto de não menor importância
e grandemente necessário nos nossos tempos, e é, que todos os que têm vontade e forças, possam
encontrar trabalho. Ora isto depende em boa parte da determinação do salário : a qual como será
vantajosa, se bem feita, assim se tornará nociva, se exceder os devidos limites. Quem não sabe, que foram
os salários demasiadamente pequenos ou exageradamente grandes a causa de muitos operários se verem
sem trabalho? É este mal, formidavelmente agravado nos anos do nosso Pontificado, que lança aos
operários nas maiores misérias e tentações, que arruína a prosperidade dos estados e põe em perigo a
ordem pública, a paz e tranquilidade do mundo inteiro. É portanto contra a justiça social diminuir ou
aumentar demasiadamente os salários em vista só das próprias conveniências e sem ter em conta o bem
comum; e a mesma justiça exige, que em pleno acordo de inteligências e vontades, quanto seja possível,
se regulem os salários de tal modo, que o maior número de operários possa encontrar trabalho e ganhar o
necessário para o sustento da vida. É também importante para o mesmo efeito a boa proporção entre as
diversas categorias de salários; com a qual está intimamente relacionada a justa proporção entre os preços
de venda dos produtos das diversas artes, como a agricultura, a indústria, etc. Se tudo isto se observar
como convêm, unir-se-ão as diversas artes e se organizarão num corpo união, prestando-se como
membros mútuo e benéfico auxílio. Só então estará solidamente constituído o organismo económico e
social e será capaz de obter os seus fins, quando todos e cada um tiverem todos os bens, que as riquezas
naturais, a arte técnica, e a boa administração económica podem proporcionar. Estes bens devem bastar
não só à estrita necessidade e à honesta comodidade, senão também a elevar o homem a um certo grau
de cultura, o qual, uma vez que não falte a prudência, longe de obstar, grandemente favorece a
virtude. (47)

5. - RESTAURAÇÃO DA ORDEM SOCIAL

O que fica exposto sobre a equitativa repartição dos bens e sobre o justo salário, diz respeito aos
indivíduos, nem visa senão acessóriamente a ordem social, que o Nosso Predecessor Leão XIII desejou e
procurou restaurar pelos princípios da sã filosofia e aperfeiçoar segundo as normas sublimes da lei
evangélica.

Já alguma coisa se fez neste sentido; mas para realizar o muito que ainda está por fazer e para que a
família humana colha vantagens melhores e mais abundantes, são de absoluta necessidade duas coisas : a
reforma das instituições e a emenda dos costumes.

Ao falarmos na reforma das instituições temos em vista sobretudo o Estado; não porque dele só deva
esperar-se todo o remédio, mas porque o vício do já referido « individualismo » levou as coisas a tal
extremo, que enfraquecida e quase extinta aquela vida social outrora rica e harmónicamente manifestada
em diversos géneros de agremiações, quase só restam os indivíduos e o Estado. Esta deformação do
regime social não deixa de prejudicar o próprio Estado, sobre o qual recaem todos os serviços das
agremiações suprimidas e que verga ao peso de negócios e encargos quase infinitos.

Verdade é, e a história o demonstra abundantemente, que, devido à mudança de condições, só as grandes


sociedades podem hoje levar a efeito o que antes podiam até mesmo as pequenas; permanece contudo
imutável aquele solene princípio da filosofia social : assim como é injusto subtrair aos indivíduos o que eles
podem efectuar com a própria iniciativa e indústria, para o confiar à colectividade, do mesmo modo passar
para uma sociedade maior e mais elevada o que sociedades menores e inferiores podiam conseguir, é uma
injustiça, um grave dano e perturbação da boa ordem social. O fim natural da sociedade e da sua acção é
coadjuvar os seus membros, não destruí-los nem absorvê-los.

Deixe pois a autoridade pública ao cuidado de associações inferiores aqueles negócios de menor
importância, que a absorveriam demasiado; poderá então desempenhar mais livre, enérgica e eficazmente
o que só a ela compete, porque só ela o pode fazer : dirigir, vigiar, urgir e reprimir, conforme os casos e a
necessidade requeiram. Persuadam-se todos os que governam : quanto mais perfeita ordem jerárquica
reinar entre as varias agremiações, segundo este princípio da função « supletiva » dos poderes públicos,
tanto maior influência e autoridade terão estes, tanto mais feliz e lisonjeiro será o estado da nação.

Harmonia entre as diversas profissões

O primeiro objectivo que devem propor-se tanto o Estado como o escol dos cidadãos, o ponto em que
devem concentrar todos os esforços, é por termo ao conflito, que divide as classes, suscitar e promover
uma cordial harmonia entre as diversas profissões.

E em primeiro lugar deve a política social aplicar-se toda a reconstituí-las. Actualmente a sociedade
continua num estado violento e por isso instável e vacilante, pois se funda sobre classes, que se movem
por apetites desencontrados e por isso, dada a fraqueza humana, com facilidade tendem para o ódio e
para a guerra.

Com efeito embora o trabalho, como muito bem expôs o Nosso Predecessor na sua encíclica , (48) não
seja um simples género comercial, mas deva reconhecer-se nele a dignidade humana do operário, e não
possa permutar-se como qualquer mercadoria, de facto hoje no mercado do trabalho a oferta e a procura
dividem os contratadores em duas classes ou campos opostos, que encarniçadamente se digladiam. Esta
grave desordem leva a sociedade à ruína, se não se lhe dá pronto e eficaz remédio. Mas a cura só então
será perfeita, quando a estas classes opostas, se substituírem organismos bem constituídos, ordens ou
profissões, que agrupem os indivíduos, não segundo a sua categoria no mercado do trabalho, mas
segundo as funções sociais, que desempenham. Assim como as relações de vizinhança dão origem aos
municípios, assim os que exercem a mesma profissão ou arte são pela própria natureza impelidos a formar
colégios ou corporações; tanto que muitos julgam estes organismos autónomos, senão essenciais, ao
menos naturais à sociedade civil.

E como a ordem, segundo egregiamente explica S. Tomás, (49) é a unidade resultante da disposição
conveniente de muitas coisas, o corpo social não será verdadeiramente ordenado, se não há um vínculo
comum, que una solidamente num só todo os membros que o constituem. Ora este princípio de unidade
encontra-se, — para cada arte, na produção dos bens ou prestação dos serviços a que visa a actividade
combinada de patrões e operários ocupados no mesmo ofício, — para o conjunto das profissões, no bem
comum, a que todas e cada uma devem tender com esforços combinados. Esta união será tanto mais forte
e eficaz, quanto mais fielmente se aplicarem os indivíduos e as próprias profissões a exercitar a sua
especialidade e a assinalar-se nela.

Do que precede é fácil concluir, que no seio destas corporações estão em primeiro lugar os interesses
comuns à profissão; entre os quais o mais importante é vigiar por que a actividade colectiva se oriente
sempre para o bem comum de toda a sociedade. As questões, que se refiram aos interesses particulares
dos patrões ou operários poder-se-ão tratar e resolver separadamente.

Apenas é preciso recordar, que os ensinamentos de Leão XIII sobre a forma do governo político se aplicam
também na devida proporção aos colégios ou corporações profissionais : é lícito aos seus membros eleger
a forma que lhes aprouver, com tanto que atendam às exigências da justiça e do bem comum. (50)

E como os habitantes de um município costumam formar associações autónomas para fins muito diversos,
às quais cada um é livre de dar ou não o seu nome, assim os que exercem a mesma profissão, conservam
a liberdade de se associarem para fins de algum modo relacionados com o exercício da sua arte. Mas
porque o Nosso Predecessor tratou distinta e claramente na sua encíclica destas associações livres, basta-
Nos agora inculcar um ponto : os cidadãos podem livremente não só instituir associações de direito e
carácter particular, mas ainda « eleger livremente para elas aqueles estatutos e regulamentos, que
julgarem mais convenientes ao fim proposto ». (51) Idêntica liberdade deve reconhecer-se às sociedades,
cujo objectivo ultrapassa os confins das diversas profissões. Proponham-se as associações livres já
florescentes e que tão bons frutos produzem, abrir caminho, segundo os princípios da filosofia social cristã,
a estes colégios ou corporações mais vastos de que falamos, e ponham todo o empenho, cada uma na
medida das suas forças, em atingir este ideal.

Princípio directivo da economia

Resta ainda outro ponto estreitamente ligado com o precedente. Como não pode a unidade social basear-
se na luta de classes, assim a recta ordem da economia não pode nascer da livre concorrência de forças.
Deste princípio como de fonte envenenada derivaram para a economia universal todos os erros da ciência
económica « individualista »; olvidando esta ou ignorando, que a economia é juntamente social e moral,
julgou que a autoridade pública a devia deixar em plena liberdade, visto que no mercado ou livre
concorrência possuía um princípio directivo capaz de a reger muito mais perfeitamente, que qualquer
inteligência criada. Ora a livre concorrência, ainda que dentro de certos limites é justa e vantajosa, não
pode de modo nenhum servir de norma reguladora à vida económica. Aí estão a comprová-lo os factos
desde que se puseram em prática as teorias de espírito individualista. Urge por tanto sujeitar e subordinar
de novo a economia a um princípio directivo, que seja seguro e eficaz. A prepotência económica, que
sucedeu à livre concorrência não o pode ser; tanto mais que, indómita e violenta por natureza, precisa,
para ser útil a humanidade, de ser energicamente enfreada e governada com prudência; ora não pode
enfrear-se nem governar-se a si mesma. Força é portanto recorrer a princípios mais nobres e elevados : à
justiça e caridade sociais. E preciso que esta justiça penetre completamente as instituições dos povos e
toda a vida da sociedade; é sobre tudo preciso que esse espírito de justiça manifeste a sua. eficácia
constituindo uma ordem jurídica e social que informe toda a economia, e cuja alma seja a caridade. Em
defender e reivindicar eficazmente esta ordem jurídica e social deve insistir a autoridade pública; e fá-lo-á
com menos dificuldade se se desembaraçar daqueles encargos, que já antes declarámos não serem
próprios dela.
Mais : é muito para desejar que as várias nações, pois que tanto dependem umas das outras e se
completam economicamente, se dêem com todo o empenho, em união de vistas e de esforços, a promover
com prudentes tratados e instituições uma vantajosa e feliz cooperação económica internacional.

Se deste modo se restaurarem os membros do corpo social e se restabelecer o princípio regulador da


economia, poder-se-lhe-á aplicar de alguma forma o que o Apóstolo dizia do corpo místico de Cristo : «
todo o corpo organizado e unido pelas articulações de um mútuo obséquio, segundo a medida de
actividade de cada membro, cresce e se desenvolve na caridade ». (52)

Recentemente iniciou-se, como todos sabem, uma nova organização sindical e corporativa, à qual, vista a
matéria desta Nossa carta encíclica não podemos deixar de Nos referir, com alguma consideração
oportuna.

O Estado reconheceu juridicamente o « sindicato », dando-lhe porém carácter de monopólio, já que só ele,
assim reconhecido, pode representar respectivamente operários e patrões, só ele concluir contractos e
pactos de trabalho. A inscrição no sindicato é facultativa, e só neste sentido se pode dizer, que a
organização sindical é livre; pois a quota sindical e certas taxas especiais são obrigatórias para todos os
que pertencem a uma dada categoria, sejam eles operários ou patrões; como obrigatórios para todos são
também os contratos de trabalho estipulados pelo sindicato jurídico. Verdade é que nas regiões oficiais se
declarou, que o sindicato jurídico não exclui a existência de facto de associações profissionais.

As corporações são constituídas pelos representantes dos sindicatos dos operários e dos patrões
pertencentes à mesma arte e profissão, e, como verdadeiros e próprios órgãos e instituições do Estado,
dirigem e coordenam os sindicatos nas coisas de interesse comum. É proibida a greve; se as partes não
podem chegar a um acordo, intervém a autoridade.

Basta reflectir um pouco, para ver as vantagens desta organização, embora apenas sumariamente indicada
: a pacífica colaboração das classes, a repressão das organizações e violências socialistas, a acção
moderadora de uma magistratura especial. Para não omitir nada em matéria de tanta importância, e em
harmonia com os princípios gerais acima recordados e com o que em breve acrescentaremos, devemos
contudo dizer, que não falta quem receie, que o Estado se substitua às livres actividades, em vez de se
limitar à necessária e suficiente assistência e auxílio; que a nova organização sindical e corporativa tem
carácter excessivamente burocrático e político; e que, não obstante as vantagens gerais acenadas, pode
servir a particulares intentos políticos mais que à preparação e início de uma ordem social melhor.

Nós cremos, que para conseguir este outro intento nobilíssimo, com benefício geral verdadeiro e duradoiro,
é necessária antes de tudo e sobre tudo a bênção de Deus e depois a colaboração de todas as boas
vontades. Cremos também e por necessária consequência, que o mesmo intento se conseguirá tanto mais
seguramente, quanto maior for a contribuição das competências técnicas., profissionais e sociais, e mais
ainda da doutrina e prática dos princípios católicos por parte, não da Acção Católica (que não pretende
desenvolver actividade meramente sindical ou política), mas por parte d'aqueles Nossos filhos a quem a
Acção Católica admiravelmente forma naqueles princípios e no seu apostolado sob a guia e magistério da
Igreja; da Igreja, que mesmo no terreno supra acenado, como em qualquer outro onde se agitem e
regulem questões morais, não pode esquecer ou descurar o mandato de guardar e ensinar, que lhe foi
divinamente conferido.

Tudo o que temos ensinado acerca da restauração e aperfeiçoamento da ordem social, de modo nenhum
poderá realizar-se sem a reforma dos costumes, como até a mesma história eloquentemente demonstra.
De facto houve já uma ordem social que, apesar de imperfeita e incompleta, era, de algum modo, dadas as
circunstâncias e exigências do tempo, conforme à recta razão. E se essa ordem já de há muito se
extinguiu, não foi de certo por ser incapaz de evolucionar e alargar-se com as novas condições sociais; mas
porque os homens, ou obcecados pelo amor próprio se recusaram a abrir como convinha, o seio das suas
organizações à multidão sempre crescente, que desejava entrar nelas, ou porque iludidos pela aparência
de uma falsa liberdade e por outros erros, rebeldes a toda a sujeição, trabalharam por sacudir o jugo de
qualquer autoridade.
Só Nos resta por conseguinte citar de novo a juízo o vigente sistema económico, e o seu mais violento
acusador, o socialismo, para sobre eles proferirmos uma sentença clara e justa; e ao mesmo tempo,
indagada a última raiz de tantos males, apontar o primeiro e mais necessário remédio, que é a reforma dos
costumes.

III.

NOTÁVEIS MUDANÇAS DESDE A ENCÍCLICA DE LEÃO XIII

Grandes foram as transformações, que desde os tempos de Leão XIII sofreram tanto a economia, como o
socialismo.

1. - EVOLUÇÃO DA ECONOMIA

E primeiramente todos vêem, quão mudada está hoje a situação económica. Sabeis, veneráveis Irmãos e
amados Filhos, que o Nosso Predecessor de feliz memória na sua encíclica se referia principalmente àquele
sistema, em que ordinariamente uns contribuem com o capital, os outros com o trabalho para o comum
exercício da economia, qual ele próprio a definiu na frase lapidar : « Nada vale o capital sem o trabalho,
nem o trabalho sem o capital ». (53)

Foi esta espécie de economia, que Leão XIII procurou com todas as veras regular segundo as normas da
justiça; donde se segue que de per si não é condenável. E realmente de sua natureza não é viciosa : só
então viola a recta ordem, quando o capital escraviza aos operários ou à classe proletária com o fim e
condição de que os negócios e todo o andamento económico estejam nas suas mãos e revertam em sua
vantagem, desprezando a dignidade humana dos operários, a função social da economia e a própria justiça
social e o bem comum.

Verdade é que mesmo hoje não é esta a única forma de economia, que reina por toda a parte; há outra
forma, que ainda abraça uma numerosa e importante fracção da humanidade, como é por exemplo a
classe agrícola, na qual a maior parte do género humano ganha honradamente a sua vida. Também esta
se vê a braços com estreitezas e dificuldades, às quais alude Nosso Predecessor em muitos passos da sua
encíclica e Nós nesta Nossa já mais de uma vez Nos referimos.

Mas o regime capitalista da economia, desde a publicação da « Rerum novarum », com o propagar-se da
indústria alastrou em todas as direcções, de tal maneira que se infiltrou e invadiu completamente todos os
outros campos da produção, cujas condições sociais e económicas afecta realmente e informa com suas
vantagens, desvantagens e vícios.

Por consequência não é só o bem dos habitantes das regiões industriais, mas o de todos os homens, que
Nós procuramos, ao dirigirmos a Nossa atenção principalmente para as mudanças, que sofreu a economia
capitalista desde os tempos de Leão XIII.

Despotismo económico

É coisa manifesta, como nos nossos tempos não só se amontoam riquezas, mas acumula-se um poder
imenso e um verdadeiro despotismo económico nas mãos de poucos, que as mais das vezes não são
senhores, mas simples depositários e administradores de capitais alheios, com que negoceiam a seu
talante. Este despotismo torna-se intolerável naqueles que, tendo nas suas mãos o dinheiro, são também
senhores absolutos do crédito e por isso dispõem do sangue de que vive toda a economia, e manipulam de
tal maneira a alma da mesma, que não pode respirar sem sua licença. Este acumular de poderio e
recursos, nota característica da economia actual, é consequência lógica da concorrência desenfreada, à
qual só podem sobreviver os mais fortes, isto é, ordinariamente os mais violentos competidores e que
menos sofrem de escrúpulos de consciência. Por outra parte este mesmo acumular de poderio gera três
espécies de luta pelo predomínio : primeiro luta-se por alcançar o predomínio económico; depois combate-
se renhidamente por obter predomínio no governo da nação, a fim de poder abusar do seu nome, forças e
autoridade nas lutas económicas; enfim lutam os Estados entre si, empregando cada um deles a força e
influência política para promover as vantagens económicas dos seus cidadãos, ou ao contrário empregando
as forças e predomínio económico para resolver as questões políticas, que surgem entre as nações.

Funestas consequências

As últimas consequências deste espírito individualista no campo económico são essas que vós, veneráveis
Irmãos e amados Filhos, vedes e lamentais : a livre concorrência matou-se a si própria; à liberdade do
mercado sucedeu o predomínio económico; à avidez do lucro seguiu-se a desenfreada ambição de
predomínio; toda a economia se tornou horrendamente dura, cruel, atroz. Acrescem os danos gravíssimos
originados da malfadada confusão dos empregos e atribuições da pública autoridade e da economia, quais
são : primeiro e um dos mais funestos, o aviltamento da majestade do Estado, a qual do trono onde livre
de partidarismos e atenta só ao bem comum e à justiça, se sentava como rainha e árbitra suprema dos
negócios públicos, se vê feita escrava, entregue e acorrentada ao capricho de paixões desenfreadas;
depois, no campo das relações internacionais, dois rios brotados da mesma fonte : de um lado o
Nacionalismo ou Imperialismo económico, do outro o Internacionalismo ou Imperialismo internacional
bancário, não menos funesto e execrável, cuja pátria é o interesse.

Remédios

Na parte doutrinal desta encíclica indicámos já os remédios, com que se pode combater um mal tão
profundo. Agora basta recordar a substância do Nosso ensinamento. Visto como o regime económico
moderno se baseia principalmente no capital e no trabalho, é preciso que as normas da recta razão ou da
filosofia social cristã, relativas a estes dois elementos e à sua colaboração, sejam melhor conhecidas e
postas em prática. Para, evitar o escolho quer do individualismo quer do socialismo, ter-se-á em conta o
duplo carácter individual e social tanto do capital ou propriedade, como do trabalho. As relações mútuas de
um com o outro devem ser reguladas segundo as leis de uma rigorosa justiça comutativa, apoiada na
caridade cristã. A livre concorrência contida dentro de justos e razoáveis limites e mais ainda o poderio
económico devem estar efectivamente sujeitos à autoridade pública, em tudo o que é da sua alçada. Enfim
as públicas instituições adaptarão a sociedade inteira às exigências do bem comum, isto é, às regras da
justiça; donde necessariamente resultará, que esta função tão importante da vida social, qual é a
actividade económica, se encontrará por sua vez reconduzida a uma ordem sã e bem equilibrada.

2. - EVOLUÇÃO DO SOCIALISMO

Não menos profunda que a da economia, foi desde o tempo de Leão XIII a evolução do socialismo, contra
o qual principalmente terçou armas o Nosso Predecessor. Então podia ele dizer-se único, defendia uma
doutrina bem definida e reduzida a sistema; depois dividiu-se em duas facções principais, de tendências
pela maior parte contrárias, e irreconciliáveis entre si, conservando porém ambas o princípio fundamental
do socialismo primitivo, contrário à fé cristã.

O partido da violência ou comunismo

Uma das facções seguiu uma evolução paralela à da economia capitalista, que antes descrevemos, e
precipitou no comunismo, que ensina duas coisas e as procura realizar, não oculta ou solapadamente, mas
à luz do dia, francamente e por todos os meios ainda os mais violentos : guerra de classes sem tréguas
nem quartel e completa destruição da propriedade particular. Na prossecução destes objectivos a tudo se
atreve, nada respeita; uma vez no poder, é incrível e espantoso quão bárbaro e desumano se monstra. Aí
estão a atestá-lo as mortandades e ruínas de que alastrou vastíssimas regiões da Europa oriental e da
Ásia; e então o ódio declarado contra a santa Igreja e contra o mesmo Deus demasiado o provam essas
monstruosidades sacrílegas bem conhecidas de todo o mundo. Por isso, se bem julgamos supérfluo chamar
a atenção dos filhos obedientes da Igreja para a impiedade e iniquidade do comunismo, contudo não é
sem uma dor profunda, que vemos a apatia dos que parecem desprezar perigos tão iminentes, e com
desleixo pasmoso deixam propagar por toda a parte doutrinas, que porão a sociedade a ferro e fogo.
Sobretudo digna de censura é a inércia daqueles, que não tratam de suprimir ou mudar um estado de
coisas, que, exasperando os ânimos, abre caminho à subversão e ruína completa da sociedade.

O socialismo propriamente dito, ou mitigado


Mais moderada é a outra facção, que conservou o nome de socialismo : porque não só professa abster-se
da violência, mas abranda e limita de algum modo, embora não as suprima de todo, a luta de classes e a
extinção da propriedade particular. Dir-se-ia que o socialismo, aterrado com as consequências que o
comunismo deduziu de seus próprios princípios, tende para as verdades que a tradição cristã sempre
solenemente ensinou, e delas em certa maneira se aproxima; por quanto é inegável que as suas
revindicações concordam às vezes muitíssimo com as reclamações dos católicos que trabalham na reforma
social.

Com efeito a luta de classes, quando livre de inimizades e ódio mútuo, transforma-se pouco a pouco numa
concorrência honesta, fundada no amor da justiça, que se bem não é aquela bem-aventurada paz social,
por que todos suspiramos, pode e deve ser o princípio da mútua colaboração. Do mesmo modo a guerra à
propriedade particular, afrouxando pouco a pouco, chega a limitar-se a ponto de já não agredir a posse do
necessário à produção dos bens, mas aquele despotismo social, que a propriedade contra todo o direito se
arrogou. E de facto um tal poder não pertence aos simples proprietários mas à autoridade pública. Por este
caminho podem os princípios deste socialismo mitigado vir pouco a pouco a coincidir com os votos e
reclamações dos que procuram reformar a sociedade segundo os princípios cristãos. Estes com razão
pretendem que certos géneros de bens sejam reservados ao Estado, quando o poderio que trazem consigo
é tal, que, sem perigo do mesmo Estado, não pode deixar-se em mãos dos particulares.

Tão justos desejos e revindicações em nada se opõem à verdade cristã, e muito menos são exclusivos do
socialismo. Por isso quem só por eles luta, não tem razão para declarar-se socialista.

Mas não se vá julgar que os partidos socialistas, não filiados ainda no comunismo, professam já todos
teórica e praticamente esta moderação. Em geral não renegam a luta de classes nem a abolição da
propriedade, apenas a mitigam. Ora se os falsos princípios assim se mitigam e obliteram, pergunta-se, ou
melhor perguntam alguns sem razão, se não será bem que também os princípios católicos se mitiguem e
moderem, para sair ao encontro do socialismo e congraçar-se com ele a meio caminho? Não falta quem se
deixe levar da esperança de atrair por este modo os socialistas. Esperança vã! Quem quer ser apóstolo
entre os socialistas, é preciso que professe franca e lealmente toda a verdade cristã, e que de nenhum
modo feche os olhos ao erro. Esforcem-se antes, se querem ser verdadeiros arautos do Evangelho, por
mostrar aos socialistas, que as suas reclamações, na parte que tem de justas, se defendem muito mais
vigorosamente com os princípios da fé e se promovem muito mais eficazmente com as forças da caridade.

Contrasta com a doutrina católica

E se o socialismo estiver realmente tão moderado no tocante à luta de classes e à propriedade particular,
que já não mereça nisto a mínima censura? Terá renunciado por isso à sua natureza essencialmente
anticristã? Eis uma dúvida, que a muitos traz suspensos. Muitíssimos católicos convencidos de que os
princípios cristãos não podem jamais abandonar-se nem obliterar-se, volvem os olhos para esta Santa Sé e
suplicam instantemente, que definamos se este socialismo repudiou de tal maneira as suas falsas
doutrinas, que já se possa abraçar e quase baptizar, sem prejuízo de nenhum princípio cristão. Para lhes
respondermos, como pede a Nossa paterna solicitude, declaramos : O socialismo quer se considere como
doutrina, quer como facto histórico, ou como « acção », se é verdadeiro socialismo, mesmo depois de se
aproximar da verdade e da justiça nos pontos sobreditos, não pode conciliar-se com a doutrina católica;
pois concebe a sociedade de modo completamente avesso à verdade cristã.

Com efeito : segundo a doutrina cristã o homem sociável por natureza é colocado nesta terra, para que,
vivendo em sociedade e sob a autoridade ordenada por Deus, 54 cultive e desenvolva plenamente todas as
suas faculdades, para louvor e glória do Criador, e pelo fiel cumprimento dos deveres da sua profissão ou
vocação, qualquer que ela seja, grangeie a felicidade temporal e eterna. Ora o socialismo, ignorando por
completo ou desprezando este fim sublime dos indivíduos e da sociedade, opina que o consórcio humano
foi instituído só pela vantagem material que oferece. E na verdade do facto que o trabalho
convenientemente organizado é muito mais produtivo que os esforços isolados, os socialistas concluem,
que a actividade económica deve necessariamente revestir uma forma social. Desta necessidade segue-se,
segundo eles, que os homens por amor da produção são obrigados a entregar-se e sujeitar-se
completamente à sociedade. Mais : estimam tanto os bens materiais, que servem à comodidade da vida,
que afirmam deverem pospor-se e mesmo sacrificar-se quaisquer outros bens superiores e em particular a
liberdade às exigências de uma produção activíssima. Esta perda da dignidade humana, inevitável no
sistema da produção « socializada », julgam-na bem compensada com a abundância dos bens que,
produzidos socialmente, serão distribuídos pelos indivíduos, e estes poderão livremente aplicar a uma vida
mais cómoda e faustosa. Em consequência a sociedade sonhada pelo socialismo não pode existir nem
conceber-se sem violências manifestas; por outra parte goza de uma liberdade não menos falsa, pois
carece de verdadeira autoridade social; esta não pode fundar-se nos cómodos materiais, mas provém
somente de Deus Criador e fim último de todas as coisas. (55)

Católicos e socialistas termos contraditórios

E se este erro, como todos os mais, encerra algo de verdade, o que os Sumos Pontífices nunca negaram,
funda-se contudo numa própria concepção da sociedade humana, diametralmente oposta à verdadeira
doutrina católica. Socialismo religioso, socialismo católico são termos contraditórios : ninguém pode ser ao
mesmo tempo bom católico e verdadeiro socialista.

Socialismo educador

Estas doutrinas que Nós de novo com a Nossa suprema autoridade solenemente declaramos e
confirmamos, devem aplicar-se também a um novo sistema de socialismo prático, ainda mal conhecido,
mas que se vai propagando nos meios socialistas. Propõe-se ele a formação das inteligências e dos
costumes; e ainda que se faz particular amigo da infância e procura aliciá-la, abraça todas as idades e
condições, para formar o homem « socialista » que há de constituir mais tarde a sociedade humana
plasmada pelo ideal do socialismo.

Na Nossa encíclica « Divini illius Magistri » ensinámos desenvolvidamente os princípios, em que se funda,
os fins, a que se dirige a pedagogia cristã. (56) Quão contrários lhes sejam a teoria e a prática do
socialismo educador, é tão claro e evidente, que é inútil insistir. Parecem porém ignorar ou não ter na
devida conta os gravíssimos e funestos perigos deste socialismo, os que não tratam de lhe resistir forte e
energicamente, como o pede a gravidade das circunstâncias. É dever do Nosso múnus pastoral chamar-
lhes a atenção para a gravidade e eminência do perigo : lembrem-se todos, que deste socialismo educador
foi pai o liberalismo, será herdeiro legítimo o bolchevismo.

Católicos desertores nos arraiais socialistas

Pôsto isto, compreendeis facilmente, veneráveis Irmãos, com quanta dor vemos em algumas regiões não
poucos dos Nossos filhos, de cuja fé e boa vontade não queremos duvidar, desertar dos arraiais da Igreja
e passar às fileiras do socialismo; uns ostentando abertamente o nome e professando as doutrinas
socialistas, outros indiferentes ou talvez forçados entrando em associações, que teórica ou praticamente
professam o socialismo.

Ora Nós com paterna solicitude ansiosamente vamos considerando e indagando como foi possível, que
chegassem a tal aberração; e parece-Nos ouvir a resposta, com que muitos se escusam : a Igreja e todos
os que se lhe proclamam obedientes, favorecem os ricos, desprezam os operários, nem têm deles o
mínimo cuidado; por isso é que se viram na necessidade de se inscrever no socialismo para salvaguardar
os próprios interesses.

É muito para lamentar, veneráveis Irmãos, que houvesse um tempo e haja ainda quem, dizendo-se
católico, apenas se lembra da sublime lei da justiça, e caridade, que nos obriga não só a dar a cada um o
que lhe pertence, mas também a socorrer os pobres, nossos irmãos, como ao próprio Jesus Cristo; (57)
quem não teme oprimir os operários por cobiça de sórdido lucro e, o que é mais grave, quem abusa da
mesma religião para paliar as suas iníquas extorsões e defender-se contra as justíssimas reclamações dos
operários. Por Nossa parte não deixaremos nunca de censurar severamente um tal proceder; são eles os
culpados de a Igreja se ver injustamente (mas com certa aparência de verdade) acusada de patrocinar a
causa dos ricos, e de não se compadecer das necessidades e angústias dos pobres, defraudados da sua
parte de bem-estar nesta vida. Aparências infundadas e acusações caluniosas, como demonstra toda a
história da Igreja. Bastava a encíclica, cujo quadragésimo aniversário celebramos, para provar exuberante
mente, que, só com a maior das injustiças, se podem assacar à Igreja tais calúnias e contumélias.
Oxalá voltem à casa paterna

Porém nem a injúria Nos ofende, nem a magna desalenta o Nosso coração paterno a ponto de repelirmos
para longe de Nós estes filhos tristemente enganados e saídos do caminho da verdade e da salvação; ao
contrário com toda a possível solicitude os convidamos, a que voltem ao seio da Santa Madre Igreja. Oxalá
que dêem ouvidos à Nossa voz! Oxalá que voltem à casa paterna donde saíram e aí permaneçam no seu
posto, nas fileiras daqueles que, fieis às directivas promulgadas por Leão XIII e por Nós hoje solenemente
renovadas, procuram reformar a sociedade segundo o espírito da Igreja, fazendo reflorescer a justiça e a
caridade sociais. E persuadam-se que em parte nenhuma podem encontrar maior felicidade, até mesmo
temporal, que junto d'Aquele que por nós se fez pobre sendo rico, para nos enriquecer com a sua
pobreza, (58) que viveu pobre e em trabalhos desde a sua juventude, que chama a si todos os que
trabalham e se vêem oprimidos, para os aliviar na caridade do seu Coração, (59) que finalmente sem
aceitação de pessoas exigirá mais d'aqueles a quem foi dado mais (60) e retribuirá a cada um segundo as
suas obras. (61)

3. - REFORMA DOS COSTUMES

Mas se examinarmos as coisas mais a fundo, veremos à evidência, que esta restauração social tão
ardentemente desejada, não se pode obter sem prévia e completa renovação do espírito cristão, do qual
miseravelmente desertaram tantos economistas; porque sem ela seriam inúteis todos os esforços e
fabricariam não sobre a rocha, mas sobre a areia movediça. (62)

E realmente, veneráveis Irmãos e amados Filhos, acabamos de estudar a economia actual, e achámo-la
profundamente viciada. Citámos novamente a juízo o comunismo e o socialismo, e vimos quanto as suas
formas ainda as mais mitigadas, se desviam dos ditames do Evangelho.

« Portanto, para usar das palavras do Nosso Predecessor, se pode curar-se a sociedade humana, só se
curará voltando à vida e instituições cristãs ». (63) Só estas podem dar remédio eficaz à demasiada
solicitude das coisas caducas origem de todos os vícios ; só estas podem fazer, que os homens, fascinados
pelos bens deste mundo transitório, desviem deles os olhos e os levantem ao céu. Quem dirá, que este
remédio não é hoje, mais que nunca, necessário à família humana?

A ruína das almas

Todos se preocupam quase unicamente com as revoluções, calamidades e ruínas temporais. Mas, se
vemos as coisas à luz da fé, que é tudo isto em comparação da ruína das almas? Bem pode dizer-se, que
tais são hoje as condições da vida social e económica, que se torna muito difícil a uma grande multidão de
homens ganharem o único necessário, a salvação eterna.

Nós, a quem o Príncipe dos Pastores constituiu Pastor e Guarda destas inumeráveis ovelhas, remidas com
o seu sangue, não podemos contemplar a olhos enxutos o gravíssimo perigo, que elas correm. Senão que,
lembrados do Nosso dever pastoral, com solicitude paterna, meditamos continuamente no modo de as
ajudar, chamando em auxílio o zelo indefesso dos que a isso estão obrigados por justiça ou caridade. Pois
que aproveita aos homens poderem mais facilmente lucrar o mundo inteiro com uma distribuição e uso
mais racional das riquezas, se com isso mesmo vem a perder a alma? (64) Que aproveita ensinar-lhes os
princípios da boa economia, se com avareza sórdida e desenfreada se deixam arrebatar de tal maneira do
amor dos próprios bens, que « ouvindo os mandamentos do Senhor, fazem tudo o contrário »? (65)

Causa desta ruína

A raiz e fonte desta defecção da lei cristã na vida social e económica, e da consequente apostasia da fé
católica para muitos operários é a desordem das paixões, triste efeito do pecado original; foi ele que
destruiu a admirável harmonia das faculdades humanas e dispõe o homem a deixar-se facilmente arrastar
das más paixões e a preferir os bens caducos da terra aos eternos do céu. D'aqui aquela sede inextinguível
de riquezas e bens temporais, que, se em todos os tempos arrastou os homens a quebrar a lei de Deus e
conculcar os direitos do próximo, nas actuais condições económicas arma à fragilidade humana laços ainda
mais numerosos. Com efeito a incerteza da economia e mais ainda a sua complicação exigem dos que a ela
se aplicam, uma contenção de forças suma e contínua; em consequência algumas consciências calejaram
de tal maneira, que julgam lícitos todos os meios de aumentar os lucros e defender contra os vaivens da
fortuna a riqueza adquirida à custa de tantos esforços e cancerais. A facilidade dos lucros, que oferece a
anarquia do mercado, leva muitos a darem-se ao comércio desejosos unicamente de enriquecer sem
grande trabalho; os quais, com desenfreada especulação, levantam e diminuem os preços a capricho da
própria cobiça e com tal frequência, que desconcertam todos os cálculos dos produtores. As instituições
jurídicas destinadas a favorecer a colaboração dos capitais, por isso que dividem e diminuem os riscos, dão
lugar muitas vezes aos mais repreensíveis excessos; com efeito vemos a responsabilidade tão atenuada,
que já a poucos impressiona; sob a tutela de um nome colectivo praticam-se as maiores injustiças e
fraudes; os gerentes destas sociedades económicas, esquecidos dos seus deveres, atraiçoam os direitos
daqueles, cujas economias deviam administrar. Nem se devem finalmente deixar em silêncio os traficantes
que, sem olharem à honestidade das suas artes, não temem estimular os caprichos da clientela para deles
abusarem em própria vantagem.

Somente uma rígida disciplina dos costumes, energicamente apoiada pela autoridade pública, poderia ter
afastado ou mesmo prevenido tão graves inconvenientes; mas infelizmente essa faltou. Quando começou a
aparecer o novo regime económico, tinha o nacionalismo penetrado e lançado raízes em muitas
inteligências; por isso e ciência económica, que então se formou, prescindindo da lei moral, soltava as
rédeas às paixões humanas.

E assim sucedeu, que mais do que antes, muitíssimos não pensavam senão em aumentar por todos os
modos as suas riquezas; e procurando-se a si mais que tudo e acima de todos, de nada tinham escrúpulo,
nem sequer dos maiores delitos contra o próximo. Os primeiros a entrar por este caminho largo que leva à
perdição, (66) grangearam por sua vez e facilmente muitos imitadores da sua maldade, já pelo exemplo de
um êxito aparente, já pela insolente pompa das suas riquezas, ora metendo a ridículo a consciência dos
outros, como se estivesse agitada de vãos escrúpulos, ora finalmente conculcando os competidores mais
conscienciosos.

Desviados do bom caminho os dirigentes da economia, devia logicamente precipitar-se no mesmo abismo a
multidão operária; e isto tanto mais, que muitos directores de oficinas usavam dos operários como de
meros instrumentos, em nada solícitos da sua alma, não pensando sequer no sobrenatural. Sentimo-Nos
horrorizados ao pensar nos gravíssimos perigos a que estão expostos nas fábricas modernas os costumes
dos operários (sobre tudo jovens) e o pudor das mulheres e donzelas; ao lembrarmo-Nos de que muitas
vezes o sistema económico hodierno e sobre tudo as más condições da habitação criam obstáculos à união
e intimidade da vida de família; ao recordarmos os muitos e grandes impedimentos opostos à devida
santificação dos domingos e festas de guarda; ao considerarmos enfim como diminuiu aquele sentimento
verdadeiramente cristão, com que até os rudes e ignorantes aspiravam aos bens superiores, para dar lugar
à solicitude única de procurar tão somente e por todos os meios o pão quotidiano. Deste modo o trabalho
corporal, ordenado pela divina Providência, depois da. culpa de origem, para remédio do corpo e da alma,
converte-se frequentemente em instrumento de perversão : da oficina só a matéria sai enobrecida, os
homens ao contrário corrompem-se e aviltam-se.

REMÉDIOS

A) Cristianização da vida económica

A esta tão deplorável crise das almas, que, enquanto dure, tornará inúteis todos os esforços de
regeneração social, não pode dar-se outro remédio, mais que reconduzir os homens à profissão franca e
sincera da doutrina evangélica, aos ensinamentos d'Aquele, que tem ele só palavras de vida eterna, (67) e
palavras tais, que hão de perdurar eternamente, ainda depois de passarem os céus e a terra. (68) É certo
que todos os verdadeiramente entendidos em sociologia, anseiam por uma reforma moldada pelas normas
da razão, que restitua a vida económica à sã e recta ordem. Mas esta ordem, que também Nós
ardentemente desejamos, e procuramos com o maior empenho, será de todo falha e imperfeita, se não
tenderem de concerto todas as energias humanas a Imitar a admirável unidade do divino conselho e a
consegui-la, quanto ao homem é dado : chamamos perfeita aquela ordem apregoada pela Igreja com
grande força e tenacidade, pedida mesmo pela razão humana, isto é : que tudo se encaminhe para Deus
fim primário e supremo de toda a actividade criada, e que todos os bens criados por Deus se considerem
como instrumentos dos quais o homem deve usar tanto, quanto lhe sirvam a conseguir o último fim. Nem
deve julgar-se que esta filosofia rebaixa as artes lucrativas ou as considera menos conformes à dignidade
humana; pelo contrário ensina a reconhecer e venerar nelas a vontade manifesta do divino Criador, que
colocou o homem sobre a terra para a cultivar e usar dela segundo as suas múltiplas precisões. Nem é
vedado aos que se empregam na produção, aumentar justa e devidamente a sua fortuna; antes a Igreja
ensina ser justo que quem serve a sociedade e lhe aumenta os bens, se enriqueça também desses mesmos
bens conforme a sua condição, contanto que isto se faça com o respeito devido à lei de Deus e salvos os
direitos do próximo, e os bens se empreguem segundo os princípios da fé e da recta razão. Se esta
doutrina fosse por todos, em toda a parte e sempre observada, não somente a produção e aquisição dos
bens, mas também o uso das riquezas, agora tantas vezes desordenado, voltaria depressa aos limites da
equidade e justa distribuição; à única e tão sórdida preocupação dos próprios interesses, que é a desonra e
o grande pecado do nosso tempo, opõr-se-ia na verdade e de facto a suavíssima e igualmente poderosa lei
da moderação cristã, que manda ao homem buscar primeiro o reino de Deus e a sua justiça, seguro de que
também na medida do necessário a liberalidade divina, fiel às suas promessas, lhe dará por acréscimo os
bens temporais. (69)

B) A lei da caridade

Mas isto só não basta : à lei da justiça deve juntar-se a da caridade, « que é o vínculo da perfeição ». (70)
Quanto se enganam por tanto os reformadores incautos, que atendendo somente a guardar a justiça
comutativa, rejeitam com orgulho o concurso da caridade! De certo não pode a caridade substituir a
justiça, quando o devido se nega iniquinamente. Contudo ainda que o homem alcance enfim quanto lhe é
devido, restará sempre um campo imenso aberto à caridade : a justiça, bem que praticada com todo o
rigor, se pode extirpar as raízes das lutas sociais, não poderá nunca sozinha congraçar os ânimos e unir os
corações. Ora todas as instituições criadas para consolidar a paz e promover a colaboração social, por mais
perfeitas que pareçam, tem o fundamento da sua estabilidade principalmente no vínculo que une as almas;
se este falta, tornam-se ineficazes os melhores estatutos, como tantas vezes a experiência no-lo ensinou.
Por isso só haverá uma verdadeira cooperação de todos para o bem comum, quando as diversas partes da
sociedade sentirem intimamente, que são membros de uma só e grande família, filhos do mesmos Pai
celeste, antes um só corpo em Cristo e « membros uns dos outros », (71) de modo que « se um membro
sofre, todos os membros sofrem com ele ». (72) Então os ricos e senhores converterão em amor solícito e
operoso o antigo desprezo pelos irmãos mais pobres; acolherão os seus justos pedidos com bom rosto e
coração aberto, perdoar-lhes-ão até sinceramente as culpas e os erros. Por sua vez os operários,
reprimindo qualquer sentimento de ódio e inveja, de que abusam com tanta astúcia os fautores da luta de
classes, não desdenharão o posto que a divina Providência lhes assinou na sociedade humana, antes o
terão em grande apreço, bem persuadidos de que no seu emprego e ofício trabalham útil e honrosamente
para o bem comum, e seguem mais de perto Aquele que, sendo Deus, quis na terra fazer-se operário e ser
considerado como filho de operário.

É desta nova difusão do espírito evangélico no mundo, do espírito de moderação cristã e de caridade
universal, que há de brotar, como esperamos, aquela tão desejada e completa restauração da sociedade
humana em Cristo, e aquela « Paz de Cristo no reino de Cristo », a que desde o início do nosso Pontificado
firmemente propusemos consagrai todo o Nosso cuidado e solicitude pastoral. (73) A esta obra primordial e
hoje absolutamente necessária, também vós, veneráveis Irmãos, posto. pelo Espírito Santo a governar
comNosco a Igreja de Deus (74) consagrais incansavelmente o melhor do vosso zelo em todas as partes
do mundo, inclusivamente nas terras de missões entre infiéis. A vós o merecido louvor e comvosco a todos
esses valorosos colaboradores na mesma grande empresa, clérigos ou leigos, aos Nossos amados Filhos da
Acção Católica, que Nós com tanto prazer vemos dedicarem-se generosamente comNosco à solução dos
problemas sociais, na persuasão de que a Igreja por força da sua divina instituição tem o direito e o dever
de se ocupar d'eles. A todos estes instantemente exortamos no Senhor, que não se poupem a nenhum
trabalho, não se deixem vencer das dificuldades, mas cada vez cobrem maior ânimo e sejam fortes. (75) É
árdua efectivamente a empresa que lhes propomos : conhecemos muito bem, que de ambas as partes
surgem inúmeros obstáculos, quer das classes superiores, quer das inferiores da sociedade. Não
desanimem porém; a vida do cristão é uma contínua milícia; mas assinalar-se em empresas difíceis é
próprio dos que, como bons soldados, (76) mais de perto seguem a Cristo.
Portanto unicamente confiados no auxílio omnipotente d'Aquele que « a todos os homens quer salvar
», (77) esforcemo-nos em ajudar estas pobres almas, afastadas de Deus, e arrancando-as aos cuidados
temporais, em que vivem enredadas, ensinemos-lhes a aspirar confiadamente às coisas eternas. Nem isto
é sempre tão difícil de obter, como à primeira vista parece : se nos recônditos do coração, ainda o mais
perdido, como brasas debaixo da cinza, se ocultam maravilhosas energias de espírito, testemunho seguro
d'aquela « alma naturalmente cristã », quanto mais as haverá nos corações d'aqueles, e são a maior parte,
que mais por ignorância ou por influências externas, do que por malícia, se deixaram arrastar para o erro?

Além disto apresentam-nos já sinais lisonjeiros de restauração social as mesmas fileiras dos operários, nas
quais vemos com indizível gozo da alma poderosos núcleos de jovens, que escutam com docilidade as
inspirações da graça divina e se empenham com zelo incrível em ganhar a Cristo a alma de seus irmãos. E
não são menos dignos de elogio os dirigentes das organizações operárias que, esquecidos dos seus
interesses e solícitos sobre tudo do bem dos companheiros, procuram harmonizar prudentemente as suas
justas reclamações com a prosperidade de toda a indústria, nem por nenhumas dificuldades ou suspeitas
se deixam demover de tão nobre procedimento. Podem ver-se até muitos jovens destinados a ocupar
brevemente ou pelo engenho ou pelas riquezas um posto de realce nas primeiras camadas da sociedade,
que se consagram com o mais intenso cuidado a estas questões, dando risonha esperança de virem a
dedicar-se todos à restauração social.

Caminho a seguir

As circunstâncias, veneráveis Irmãos, mostram bem qual a via a trilhar. Como noutras épocas da Igreja,
temos de defrontar-nos com um mundo quase recaído no paganismo. Para reconduzir a Cristo, a quem
renegaram, essas classes inteiras de homens, devem escolher-se e formar-se de entre elas soldados
auxiliares da Igreja, que conheçam bem os mesmos homens, os seus pensamentos e aspirações, e possam
pela caridade fraterna penetrar-lhes suavemente no coração. Os primeiros e imediatos apóstolos dos
operários devem ser operários; os apóstolos dos artistas e comerciantes devem sair dentre eles.

Procurar cuidadosamente estes apóstolos dos operários e patrões, escolhê-los com prudência, formá-los e
educá-los como convém, é principalíssimo dever vosso e do vosso clero, veneráveis Irmãos. É de certo um
pesado múnus imposto aos sacerdotes, para cujo desempenho devem preparar-se devidamente com
aturado estudo das questões sociais os levitas que formam a esperança da Igreja; mas é sobre tudo
necessário que os escolhidos em particular para este ofício sejam dotados de um tão apurado sentimento
de justiça, que resistam varonilmente a qualquer reclamação iníqua ou acção injusta; se avantagem na
prudência e numa discrição não inclinada a extremos; que estejam mais que tudo penetrados da caridade
de Cristo, que só pode render forte e suavemente os corações e as vontades dos homens às leis da justiça
e da equidade. Não há duvida que este caminho, abonado já por felizes resultados, é o que se deve seguir
denodadamente.

A esses Nossos amados filhos, escolhidos para tão grande empresa, exoramos vivamente no Senhor, que
se dêem todos ao cultivo dos homens a si confiados, e que no desempenho desse ofício eminentemente
sacerdotal e apostólico usem como convêm da força da educação cristã, ensinando os jovens, fundando
associações católicas, criando círculos, onde se cultive o estudo segundo os princípios da fé. Tenham
sobretudo em grande apreço e saibam usar para bem dos seus dirigidos aquele preciosíssimo instrumento
de restauração individual e social, que são os Exercícios espirituais por Nós encarecidos na Nossa encíclica
« Mens Nostra », na qual lembrámos espressamente e recomendámos os exercícios como utilíssimos para
todas as classes do laicado e em particular para os operários : com efeito nesta escola do espírito não só
se cultivam ótimos cristãos, mas formam-se e inflamam-se no fogo do Coração de Jesus verdadeiros
apóstolos para todos os estados da vida. Desta escola, como os Apóstolos do Cenáculo de Jerusalém,
sairão fortes na fé, constantes nas perseguições, ardentes de zelo, unicamente solícitos de propagar por
toda a parte o reino de Cristo.

E certamente agora, mais que nunca, são precisos estes valorosos soldados de Cristo, que trabalhem com
todas as forças por preservar a família humana da pavorosa catástrofe, em que viria a precipitar-se, se o
desprezo das doutrinas do Evangelho deixasse triunfar uma ordem de coisas, que conculca as leis da
natureza, não menos que as de Deus. A Igreja de Cristo, alicerçada na rocha inabalável, nada tem que
temer por si, pois sabe muito bem, que as portas do inferno não prevalecerão contra ela; (78) e uma
experiência de vinte séculos prova-lhe, que das tempestades mais violentas sai cada vez mais forte e
coroada de novos triunfos. Mas o seu coração de Mãe estremece de horror ao pensar nos males sem
número, em que estas tempestades afogariam milhares de homens e mais ainda nos gravíssimos danos
espirituais, que daí resultariam em ruína de tantas almas resgatadas com o sangue de Cristo.

Devem pois envidar-se todos os esforços para desviar da sociedade humana males tão grandes : a isto
devem endereçar-se os nossos trabalhos, a nossa solicitude, as nossas orações a Deus, assíduas e
fervorosas. Com o socorro da graça divina temos em nossas mãos a sorte da família humana.

Não consintamos, veneráveis Irmãos e amados Filhos, que os filhos deste século se mostrem na sua
geração mais prudentes do que nós, que somos, por mercê divina, filhos da luz. (79) Vemos com quanta
sagacidade eles escolhem adeptos militantes e os formam, para que espalhem os seus erros cada vez mais
largamente, em todas as classes e sobre todos os pontos do globo. E quando se trata de combater mais
violentamente a Igreja de Cristo, vemos que, dando tréguas às discórdias intestinas, cerram fileiras num só
exército, e unidos trabalham com todas as forças por levar a efeito o comum intento.

União das forças católicas

Ninguém ignora quantas e quão grandes obras empreenda por toda a parte o zelo infatigável dos católicos,
tanto no campo social e económico, como no do ensino e da religião. Não raro porém esta actividade
admirável e laboriosa se torna menos eficaz devido à demasiada dispersão de forças. Unam-se pois todos
os homens de boa vontade, que sob a direcção dos Pastores da Igreja querem combater este bom e
pacífico combate de Cristo; e todos, seguindo as directivas e ensinamentos da Igreja, se esforcem por
contribuir na medida do seu engenho, forças e condição para aquele renovamento cristão da sociedade,
que Leão XIII inaugurou com a imortal encíclica « Rerum novarum » : não se procurando a si mesmos
nem os seus próprios interesses, mas os de Jesus Cristo; (80) não teimando em fazer triunfar as suas
ideias, por boas que sejam, mas dispostos a sacrificá-las ao bem comum; para que em tudo e sobre tudo
reine e impere Cristo, a quem seja honra, glória e poder por todos os séculos. (81)

Para que isto se realize, a todos vós, veneráveis Irmãos e amados Filhos, quantos sois membros da grande
família católica a Nós confiada, mas com particular afecto aos operários e aos outros trabalhadores de
artes mecânicas, a Nós mais especialmente recomendados pela divina Providência, e também aos patrões
e empresários cristãos damos de coração a Bênção Apostólica.

Dado em Roma, junto de S. Pedro, aos XV de maio de MCMXXXI, ano X do Nosso Pontificado.

PIO PP. XI.

Notas

(1) Encícl. Arcanum 10 de Fevereiro de 1880.

(2) Encícl. Diuturnum 29 de Junho de 1881.

(3) Encícl. Immortale Dei 1 de Novembro de 1885.

(4) Encícl. Sapientiae christianae 10 de Janeiro de 1890.

(5) Encícl. Quod apostolici muneris 28 de Dezembro de 1878.

(6) Encícl. Libertas 20 de Junho de 1888.

(7) Encícl. Rerum novarum, 15 de Maio de 1891, n. 1.


(8) Cfr. Encícl. Rerum novarum, n. 13.

(9) Encícl. Rerum novarum, n. 2.

(10) Encícl. Rerum novarum, D. 13.

(11) Mt., 7, 29.

(12) Encícl. Rerum novarum, n. 1.

(13) S. Ambrósio, de excessu fratris sui Satyri, I, 44.

(14) Encícl. Rerum novarum, n. 13.

(15) Baste mencionar: Leão XIII, Letras Apostólicas Praeclara 20 de Junho de 1894. Leão XIII Graves de
communi 18 de Janeiro de 1901. Pio X Motu proprio sobre a Acção-popular cristã 8 de Dezembro de 1903.
Bento XV, Enciclica Ad Beatissimi 1 de Novembro de 1914. Pio XI, Enciclica Ubi arcano 23 de Dezembro de
1922. Pio XI, Enciclica Rite expiatis 30 de Abril de 1926.

(16) Cfr. La Hierarchie Catholique et le Problème social depuis l'Encyclique « Rerum novarum » 1891-1931,
pp. XVI-335, publicado pela « Union internationale d'études sociales fondée à Malines, en 1920, sons la
présidence du Card. Mercier ». (Paris, éditions Spes », 1931).

(17) Cfr. Is. 11, 12.

(18) Encícl. Rerum novarum, n. 25.

(19) Encícl. Rerum novarum, n. 29.

(20) Encícl. Rerum novarum, n. 36.

(21) Encícl. Rerum novarum, n. 42.

(22) Encícl. Rerum novarum, n. 43.

(23) Encícl. Singulari quadam de 24 de Setembro de 1912.

(24) Carta da S. Congregação do Concilio ao Bispo de Lille, 5 de Junho de 1929.

(25) Cfr. Rom., 1, 14.

(26) Cfr. Rerum novarum, n. 13.

(27) Encícl. Ubi arcano, 23 de Dezembro de 1922.

(28) Cfr. Conc. Vaticano, Sess. 3, c. 4.

(29) Encícl. Ubi arcano, 23 de Dezembro de 1922.

(30) Encícl. Rerum novarum, n. 19.

(31) Cfr. Encícl. Rerum novarum, n. 19.

(32) Encícl. Rerum novarum, n. 7.

(33) Alocução aos membros de Acção Católica italiana, 16 de Maio de 1926.


(34) Encícl. Rerum novarum, n. 6.

(35) Encícl. Rerum novarum, n. 10.

(36) Encícl. Rerum novarum, n.

(37) S. Thomas, S. Th., II, II, q. 97 e 134.

(38) Encícl. Rerum novarum, n. 27.

(39) Encícl. Rerum novarum, n. 15.

(40) Encícl. Rerum novarum, n. 7.

(41) II Thess., 3, 10.

(42) Cfr. II Thess., 3, 8-10.

(43) Encícl. Rerum novarum, n. 35.

(44) Encícl. Rerum novarum, n. 34.

(45) Encícl. Rerum novarum, n. 17.

(46) Cfr. Encícl. Casti connubii, 31 de Dezembro de 1930.

(47) Cfr. S. Thomas, De regimine principum, 1, 15. Encícl. Rerum novarum, n. 27.

(48) Encícl. Rerum novarum, n. 16.

(49) Cfr. S. Thomas, Contra Gentes 3, 71; Summa Theol. I, 9, 65 art. 2 i. c.

(50) Cfr. Encícl. Immortale Dei, 1 de Novembro de 1885.

(51) Encícl. Rerum novarum, n. 42.

(52) Eph., 4, 16.

(53) Encícl. Rerum novarum, n. 15.

(54) Cfr. Rom., 13, 1.

(55) Cfr. Encícl. Diuturnum, 29 de Junho de 1881.

(56) Encícl. Divini illius Magistri, 31 de Dezembro de 1929.

(57) Cfr. Jac., 2.

(58) II Cor., 8, 9.

(59) Mt., 11, 28.

(60) Cfr. Lc., 12, 48.

(61) Mr., 16, 27.


(62) Cfr. Mr, 7, 24 ss.

(63) Encícl. Rerum novarum, n. 22.

(64) Cfr. Mt., 16, 26.

(65) Cfr. Judic., 2, 17.

(66) Cfr. Mt., 7, 13.

(67) Cfr. Joh., 6, 70.

(68) Cfr. Mt., 24, 35.

(69) Mt., 6, 33.

(70) Col., 3, 14..

(71) Rom, 12, 5.

(72) I Cor., 12, 26.

(73) Cfr. Encícl. Ubi arcano, de 23 de Dezembro de 1922.

(74) Cfr. Act., 20, 28.

(75) Cfr. Deut., 31, 7.

(76) Cfr. II Tim., 2, 3.

(77) I Tim., 2, 4.

(78) Mt., 16, 18.

(79) Cfr. Lc., 16, 8.

(80) Cfr. Phil., 2, 21.

(81) Apoc., 5, 13.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/pt/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno.html

CARTA ENCÍCLICA
CASTI CONNUBII
DEL PAPA
PÍO XI
SOBRE EL MATRIMONIO CRISTIANO

1. Cuán grande sea la dignidad del casto matrimonio, principalmente puede colegirse, Venerables
Hermanos, de que habiendo Cristo, Señor nuestro e Hijo del Eterno Padre, tomado la carne del hombre
caído, no solamente quiso incluir de un modo peculiar este principio y fundamento de la sociedad
doméstica y hasta del humano consorcio en aquel su amantísimo designio de redimir, como lo hizo, a
nuestro linaje, sino que también lo elevó a verdadero y gran[1] sacramento de la Nueva Ley,
restituyéndolo antes a la primitiva pureza de la divina institución y encomendando toda su disciplina y
cuidado a su Esposa la Iglesia.

Para que de tal renovación del matrimonio se recojan los frutos anhelados, en todos los lugares del mundo
y en todos los tiempos, es necesario primeramente iluminar las inteligencias de los hombres con la genuina
doctrina de Cristo sobre el matrimonio; es necesario, además, que los cónyuges cristianos, robustecidas
sus flacas voluntades con la gracia interior de Dios, se conduzcan en todos sus pensamientos y en todas
sus obras en consonancia con la purísima ley de Cristo, a fin de obtener para sí y para sus familias la
verdadera paz y felicidad.

2. Ocurre, sin embargo, que no solamente Nos, observando con paternales miradas el mundo entero desde
esta como apostólica atalaya, sino también vosotros, Venerables Hermanos, contempláis y sentidamente os
condoléis con Nos de que muchos hombres, dando al olvido la divina obra de dicha restauración, o
desconocen por completo la santidad excelsa del matrimonio cristiano, o la niegan descaradamente, o la
conculcan, apoyándose en falsos principios de una nueva y perversísima moralidad. Contra estos
perniciosos errores y depravadas costumbres, que ya han comenzado a cundir entre los fieles, haciendo
esfuerzos solapados por introducirse más profundamente, creemos que es Nuestro deber, en razón de
Nuestro oficio de Vicario de Cristo en la tierra y de supremo Pastor y Maestro, levantar la voz, a fin de
alejar de los emponzoñados pastos y, en cuanto está de Nuestra parte, conservar inmunes a las ovejas que
nos han sido encomendadas.

Por eso, Venerables Hermanos, Nos hemos determinado a dirigir la palabra primeramente a vosotros, y por
medio de vosotros a toda la Iglesia católica, más aún, a todo el género humano, para hablaros acerca de la
naturaleza del matrimonio cristiano, de su dignidad y de las utilidades y beneficios que de él se derivan
para la familia y la misma sociedad humana, de los errores contrarios a este importantísimo capítulo de la
doctrina evangélica, de los vicios que se oponen a la vida conyugal y, últimamente, de los principales
remedios que es preciso poner en práctica, siguiendo así las huellas de Nuestro Predecesor León XIII, de s.
m., cuya encíclica Arcanum[2], publicada hace ya cincuenta años, sobre el matrimonio cristiano, hacemos
Nuestra por esta Nuestra Encíclica y la confirmamos, exponiendo algunos puntos con mayor amplitud, por
requerirlo así las circunstancias y exigencias de nuestro tiempo, y declaramos que aquélla no sólo no ha
caído en desuso sino que conserva pleno todavía su vigor.

3. Y comenzando por esa misma Encíclica, encaminada casi totalmente a reivindicar la divina institución del
matrimonio, su dignidad sacramental y su perpetua estabilidad, quede asentado, en primer lugar, como
fundamento firme e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres,
sino por obra divina; que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del
mismo Dios, autor de la naturaleza, y de Cristo Señor, Redentor de la misma, y que, por lo tanto, sus leyes
no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos
cónyuges. Esta es la doctrina de la Sagrada Escritura[3], ésta la constante tradición de la Iglesia universal,
ésta la definición solemne del santo Concilio de Trento, el cual, con las mismas palabras del texto sagrado,
expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen
por autor a Dios[4].

Mas aunque el matrimonio sea de institución divina por su misma naturaleza, con todo, la voluntad
humana tiene también en él su parte, y por cierto nobilísima, porque todo matrimonio, en cuanto que es
unión conyugal entre un determinado hombre y una determinada mujer, no se realiza sin el libre
consentimiento de ambos esposos, y este acto libre de la voluntad, por el cual una y otra parte entrega y
acepta el derecho propio del matrimonio[5], es tan necesario para la constitución del verdadero
matrimonio, que ninguna potestad humana lo puede suplir[6]. Es cierto que esta libertad no da más
atribuciones a los cónyuges que la de determinarse o no a contraer matrimonio y a contraerlo
precisamente con tal o cual persona, pero está totalmente fuera de los límites de la libertad del hombre la
naturaleza del matrimonio, de tal suerte que si alguien ha contraído ya matrimonio se halla sujeto a sus
leyes y propiedades esenciales. Y así el Angélico Doctor, tratando de la fidelidad y de la prole, dice: "Estas
nacen en el matrimonio en virtud del mismo pacto conyugal, de tal manera que si se llegase a expresar en
el consentimiento, causa del matrimonio, algo que les fuera contrario, no habría verdadero matrimonio"[7].
Por obra, pues, del matrimonio, se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los
cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme
y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un
vínculo sagrado e inviolable.

4. Tal es y tan singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se distingue totalmente,
así de los ayuntamientos propios de las bestias, que, privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan
únicamente por el instinto ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que
carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas de todo derecho para la
vida doméstica.

De donde se desprende que la autoridad tiene el derecho y, por lo tanto, el deber de reprimir las uniones
torpes que se oponen a la razón y a la naturaleza, impedirlas y castigarlas, y, como quiera que se trata de
un asunto que fluye de la naturaleza misma del hombre, no es menor la certidumbre con que consta lo que
claramente advirtió Nuestro Predecesor, de s. m., León XIII[8]: No hay duda de que, al elegir el género de
vida, está en el arbitrio y voluntad propia una de estas dos cosas: o seguir el consejo de guardar virginidad
dado por Jesucristo, u obligarse con el vínculo matrimonial. Ninguna ley humana puede privar a un hombre
del derecho natural y originario de casarse, ni circunscribir en manera alguna la razón principal de las
nupcias, establecida por Dios desde el principio: "Creced y multiplicaos"[9].

Hállase, por lo tanto, constituido el sagrado consorcio del legítimo matrimonio por la voluntad divina a la
vez que por la humana: de Dios provienen la institución, los fines, las leyes, los bienes del matrimonio; del
hombre, con la ayuda y cooperación de Dios, depende la existencia de cualquier matrimonio particular —
por la generosa donación de la propia persona a otra, por toda la vida—, con los deberes y con los bienes
establecidos por Dios.

5. Comenzando ahora a exponer, Venerables Hermanos, cuáles y cuán grandes sean los bienes concedidos
por Dios al verdadero matrimonio, se Nos ocurren las palabras de aquel preclarísimo Doctor de la Iglesia a
quien recientemente ensalzamos en Nuestra encíclica Ad salutem[10], dada con ocasión del XV centenario
de su muerte. Estos, dice San Agustín, son los bienes por los cuales son buenas las
nupcias: prole, fidelidad, sacramento[11]. De qué modo estos tres capítulos contengan con razón un
síntesis fecunda de toda la doctrina del matrimonio cristiano, lo declara expresamente el mismo santo
Doctor, cuando dice: "En la fidelidad se atiende a que, fuera del vínculo conyugal, no se unan con otro o
con otra; en la prole, a que ésta se reciba con amor, se críe con benignidad y se eduque religiosamente;
en el sacramento, a que el matrimonio no se disuelva, y a que el repudiado o repudiada no se una a otro ni
aun por razón de la prole. Esta es la ley del matrimonio: no sólo ennoblece la fecundidad de la naturaleza,
sino que reprime la perversidad de la incontinencia[12].

6. La prole, por lo tanto, ocupa el primer lugar entre los bienes del matrimonio. Y por cierto que el mismo
Creador del linaje humano, que quiso benignamente valerse de los hombres como de cooperadores en la
propagación de la vida, lo enseñó así cuando, al instituir el matrimonio en el paraíso, dijo a nuestros
primeros padres, y por ellos a todos los futuros cónyuges: Creced y multiplicaos y llenad la tierra[13].

Lo cual también bellamente deduce San Agustín de las palabras del apóstol San Pablo a Timoteo[14],
cuando dice: «Que se celebre el matrimonio con el fin de engendrar, lo testifica así el Apóstol: "Quiero —
dice— que los jóvenes se casen". Y como se le preguntara: "¿Con qué fin?, añade en seguida: Para que
procreen hijos, para que sean madres de familia"»[15].

Cuán grande sea este beneficio de Dios y bien del matrimonio se deduce de la dignidad y altísimo fin del
hombre. Porque el hombre, en virtud de la preeminencia de su naturaleza racional, supera a todas las
restantes criaturas visibles. Dios, además, quiere que sean engendrados los hombres no solamente para
que vivan y llenen la tierra, sino muy principalmente para que sean adoradores suyos, le conozcan y le
amen, y finalmente le gocen para siempre en el cielo; fin que, por la admirable elevación del hombre,
hecha por Dios al orden sobrenatural, supera a cuanto el ojo vio y el oído oyó y pudo entrar en el corazón
del hombre[16]. De donde fácilmente aparece cuán grande don de la divina bondad y cuán egregio fruto
del matrimonio sean los hijos, que vienen a este mundo por la virtud omnipotente de Dios, con la
cooperación de los esposos.
7. Tengan, por lo tanto, en cuenta los padres cristianos que no están destinados únicamente a propagar y
conservar el género humano en la tierra, más aún, ni siquiera a educar cualquier clase de adoradores del
Dios verdadero, sino a injertar nueva descendencia en la Iglesia de Cristo, a procrear ciudadanos de los
Santos y familiares de Dios[17], a fin de que cada día crezca más el pueblo dedicado al culto de nuestro
Dios y Salvador. Y con ser cierto que los cónyuges cristianos, aun cuando ellos estén justificados, no
pueden transmitir la justificación a sus hijos, sino que, por lo contrario, la natural generación de la vida es
camino de muerte, por el que se comunica a la prole el pecado original; con todo, en alguna manera,
participan de aquel primitivo matrimonio del paraíso terrenal, pues a ellos toca ofrecer a la Iglesia sus
propios hijos, a fin de que esta fecundísima madre de los hijos de Dios los regenere a la justicia
sobrenatural por el agua del bautismo, y se hagan miembros vivos de Cristo, partícipes de la vida inmortal
y herederos, en fin, de la gloria eterna, que todos de corazón anhelamos.

Considerando estas cosas la madre cristiana entenderá, sin duda, que de ella, en un sentido más profundo
y consolador, dijo nuestro Redentor: "La mujer..., una vez que ha dado a luz al infante, ya no se acuerda
de su angustia, por su gozo de haber dado un hombre al mundo"[18], y superando todas las angustias,
cuidados y cargas maternales, mucho más justa y santamente que aquella matrona romana, la madre de
los Gracos, se gloriará en el Señor de la floridísima corona de sus hijos. Y ambos esposos, recibiendo de la
mano de Dios estos hijos con buen ánimo y gratitud, los considerarán como un tesoro que Dios les ha
encomendado, no para que lo empleen exclusivamente en utilidad propia o de la sociedad humana, sino
para que lo restituyan al Señor, con provecho, en el día de la cuenta final.

8. El bien de la prole no acaba con la procreación: necesario es que a ésta venga a añadirse un segundo
bien, que consiste en la debida educación de la misma. Porque insuficientemente, en verdad, hubiera
provisto Dios, sapientísimo, a los hijos, más aún, a todo el género humano, si además no hubiese
encomendado el derecho y la obligación de educar a quienes dio el derecho y la potestad de engendrar.
Porque a nadie se le oculta que la prole no se basta ni se puede proveer a sí misma, no ya en las cosas
pertenecientes a la vida natural, pero mucho menos en todo cuanto pertenece al orden sobrenatural, sino
que, durante muchos años, necesita el auxilio de la instrucción y de la educación de los demás. Y está bien
claro, según lo exigen Dios y la naturaleza, que este derecho y obligación de educar a la prole pertenece,
en primer lugar, a quienes con la generación incoaron la obra de la naturaleza, estándoles prohibido el
exponer la obra comenzada a una segura ruina, dejándola imperfecta. Ahora bien, en el matrimonio es
donde se proveyó mejor a esta tan necesaria educación de los hijos, pues estando los padres unidos entre
sí con vínculo indisoluble, siempre se halla a mano su cooperación y mutuo auxilio.

Todo lo cual, porque ya en otra ocasión tratamos copiosamente de la cristiana educación[19] de la


juventud, encerraremos en las citadas palabras de San Agustín: "En orden a la prole se requiere que se la
reciba con amor y se la eduque religiosamente"[20], y lo mismo dice con frase enérgica el Código de
derecho canónico: "El fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole"[21].

Por último, no se debe omitir que, por ser de tanta dignidad y de tan capital importancia esta doble función
encomendada a los padres para el bien de los hijos, todo honesto ejercicio de la facultad dada por Dios en
orden a la procreación de nuevas vidas, por prescripción del mismo Creador y de la ley natural, es derecho
y prerrogativa exclusivos del matrimonio y debe absolutamente encerrarse en el santuario de la vida
conyugal.

9. El segundo de los bienes del matrimonio, enumerados, como dijimos, por San Agustín, es la fidelidad,
que consiste en la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal modo
que lo que en este contrato, sancionado por la ley divina, compete a una de las partes, ni a ella le sea
negado ni a ningún otro permitido; ni al cónyuge mismo se conceda lo que jamás puede concederse, por
ser contrario a las divinas leyes y del todo disconforme con la fidelidad del matrimonio.

Tal fidelidad exige, por lo tanto, y en primer lugar, la absoluta unidad del matrimonio, ya prefigurada por el
mismo Creador en el de nuestros primeros padres, cuando quiso que no se instituyera sino entre un
hombre y una mujer. Y aunque después Dios, supremo legislador, mitigó un tanto esta primitiva ley por
algún tiempo, la ley evangélica, sin que quede lugar a duda ninguna, restituyó íntegramente aquella
primera y perfecta unidad y derogó toda excepción, como lo demuestran sin sombra de duda las palabras
de Cristo y la doctrina y práctica constante de la Iglesia. Con razón, pues, el santo Concilio de Trento
declaró lo siguiente: que por razón de este vínculo tan sólo dos puedan unirse, lo enseñó claramente Cristo
nuestro Señor cuando dijo: "Por lo tanto, ya no son dos, sino una sola carne"[22].

Mas no solamente plugo a Cristo nuestro Señor condenar toda forma de lo que suelen llamar poligamia y
poliandria simultánea o sucesiva, o cualquier otro acto deshonesto externo, sino también los mismos
pensamientos y deseos voluntarios de todas estas cosas, a fin de guardar inviolado en absoluto el sagrado
santuario de la familia: "Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró en su
corazón"[23]. Las cuales palabras de Cristo nuestro Señor ni siquiera con el consentimiento mutuo de las
partes pueden anularse, pues manifiestan una ley natural y divina que la voluntad de los hombres jamás
puede quebrantar ni desviar[24].

Más aún, hasta las mutuas relaciones de familiaridad entre los cónyuges deben estar adornadas con la nota
de castidad, para que el beneficio de la fidelidad resplandezca con el decoro debido, de suerte que los
cónyuges se conduzcan en todas las cosas conforme a la ley de Dios y de la naturaleza y procuren cumplir
la voluntad sapientísima y santísima del Creador, con entera y sumisa reverencia a la divina obra.

Esta que llama, con mucha propiedad, San Agustín, fidelidad en la castidad, florece más fácil y mucho más
agradable y noblemente, considerado otro motivo importantísimo, a saber: el amor conyugal, que penetra
todos los deberes de la vida de los esposos y tiene cierto principado de nobleza en el matrimonio cristiano:
«Pide, además, la fidelidad del matrimonio que el varón y la mujer estén unidos por cierto amor santo,
puro, singular; que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues esta ley dio el
Apóstol cuando dijo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia"[25], y cierto que El
la amó con aquella su infinita caridad, no para utilidad suya, sino proponiéndose tan sólo la utilidad de la
Esposa»[26]. Amor, decimos, que no se funda solamente en el apetito carnal, fugaz y perecedero, ni en
palabras regaladas, sino en el afecto íntimo del alma y que se comprueba con las obras, puesto que, como
suele decirse, obras son amores y no buenas razones[27].

Todo lo cual no sólo comprende el auxilio mutuo en la sociedad doméstica, sino que es necesario que se
extienda también y aun que se ordene sobre todo a la ayuda recíproca de los cónyuges en orden a la
formación y perfección, mayor cada día, del hombre interior, de tal manera que por su mutua unión de
vida crezcan más y más también cada día en la virtud y sobre todo en la verdadera caridad para con Dios y
para con el prójimo, de la cual, en último término, "depende toda la ley y los profetas"[28]. Todos, en
efecto, de cualquier condición que sean y cualquiera que sea el género honesto de vida que lleven, pueden
y deben imitar aquel ejemplar absoluto de toda santidad que Dios señaló a los hombres, Cristo nuestro
Señor; y, con ayuda de Dios, llegar incluso a la cumbre más alta de la perfección cristiana, como se puede
comprobar con el ejemplo de muchos santos.

Esta recíproca formación interior de los esposos, este cuidado asiduo de mutua perfección puede llamarse
también, en cierto sentido muy verdadero, como enseña el Catecismo Romano[29], la causa y razón
primera del matrimonio, con tal que el matrimonio no se tome estrictamente como una institución que
tiene por fin procrear y educar convenientemente los hijos, sino en un sentido más amplio, cual
comunidad, práctica y sociedad de toda la vida.

Con este mismo amor es menester que se concilien los restantes derechos y deberes del matrimonio, pues
no sólo ha de ser de justicia, sino también norma de caridad aquello del Apóstol: "El marido pague a la
mujer el débito; y, de la misma suerte, la mujer al marido"[30].

10. Finalmente, robustecida la sociedad doméstica con el vínculo de esta caridad, es necesario que en ella
florezca lo que San Agustín llamaba jerarquía del amor, la cual abraza tanto la primacía del varón sobre la
mujer y los hijos como la diligente sumisión de la mujer y su rendida obediencia, recomendada por el
Apóstol con estas palabras: "Las casadas estén sujetas a sus maridos, como al Señor; porque el hombre es
cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia"[31].

Tal sumisión no niega ni quita la libertad que en pleno derecho compete a la mujer, así por su dignidad de
persona humana como por sus nobilísimas funciones de esposa, madre y compañera, ni la obliga a dar
satisfacción a cualesquiera gustos del marido, no muy conformes quizá con la razón o la dignidad de
esposa, ni, finalmente, enseña que se haya de equiparar la esposa con aquellas personas que en derecho
se llaman menores y a las que por falta de madurez de juicio o por desconocimiento de los asuntos
humanos no se les suele conceder el ejercicio de sus derechos, sino que, por lo contrario, prohíbe aquella
exagerada licencia, que no se cuida del bien de la familia, prohíbe que en este cuerpo de la familia se
separe el corazón de la cabeza, con grandísimo detrimento del conjunto y con próximo peligro de ruina,
pues si el varón es la cabeza, la mujer es el corazón, y como aquél tiene el principado del gobierno, ésta
puede y debe reclamar para sí, como cosa que le pertenece, el principado del amor.

El grado y modo de tal sumisión de la mujer al marido puede variar según las varias condiciones de las
personas, de los lugares y de los tiempos; más aún, si el marido faltase a sus deberes, debe la mujer hacer
sus veces en la dirección de la familia. Pero tocar o destruir la misma estructura familiar y su ley
fundamental, establecida y confirmada por Dios, no es lícito en tiempo alguno ni en ninguna parte.

Sobre el orden que debe guardarse entre el marido y la mujer, sabiamente enseña Nuestro Predecesor
León XIII, de s. m., en su ya citada Encíclica acerca del matrimonio cristiano: "El varón es el jefe de la
familia y cabeza de la mujer, la cual, sin embargo, puesto que es carne de su carne y hueso de sus huesos,
debe someterse y obedecer al marido, no a modo de esclava, sino de compañera, es decir, de tal modo
que a su obediencia no le falte ni honestidad ni dignidad. En el que preside y en la que obedece, puesto
que el uno representa a Cristo y la otra a la Iglesia, sea siempre la caridad divina la reguladora de sus
deberes"[32].

Están, pues, comprendidas en el beneficio de la fidelidad: la unidad, la castidad, la caridad y la honesta y


noble obediencia, nombres todos que significan otras tantas utilidades de los esposos y del matrimonio,
con las cuales se promueven y garantizan la paz, la dignidad y la felicidad matrimoniales, por lo cual no es
extraño que esta fidelidad haya sido siempre enumerada entre los eximios y peculiares bienes del
matrimonio.

11. Se completa, sin embargo, el cúmulo de tan grandes beneficios y, por decirlo así, hállase coronado, con
aquel bien del matrimonio que en frase de San Agustín hemos llamado Sacramento, palabra que significa
tanto la indisolubilidad del vínculo como la elevación y consagración que Jesucristo ha hecho del contrato,
constituyéndolo signo eficaz de la gracia.

Y, en primer lugar, el mismo Cristo insiste en la indisolubilidad del pacto nupcial cuando dice: "No separe el
hombre lo que ha unido Dios"[33], y: "Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el
que se casa con la repudiada del marido, adultera"[34].

En tal indisolubilidad hace consistir San Agustín lo que él llama bien del sacramento con estas claras
palabras: "Como sacramento, pues, se entiende que el matrimonio es indisoluble y que el repudiado o
repudiada no se una con otro, ni aun por razón de la prole"[35].

Esta inviolable indisolubilidad, aun cuando no en la misma ni tan perfecta medida a cada uno, compete a
todo matrimonio verdadero, puesto que habiendo dicho el Señor, de la unión de nuestros primeros padres,
prototipo de todo matrimonio futuro: "No separe el hombre lo que ha unido Dios", por necesidad ha de
extenderse a todo verdadero matrimonio. Aun cuando antes de la venida del Mesías se mitigase de tal
manera la sublimidad y serenidad de la ley primitiva, que Moisés llegó a permitir a los mismos ciudadanos
del pueblo de Dios que por dureza de su corazón y por determinadas razones diesen a sus mujeres libelo
de repudio, Cristo, sin embargo, revocó, en virtud de su poder de legislador supremo, aquel permiso de
mayor libertad y restableció íntegramente la ley primera, con aquellas palabras que nunca se han de echar
en olvido: "No separe el hombre lo que ha unido Dios".

Por lo cual muy sabiamente escribió Nuestro antecesor Pío VI, de f. m., contestando al Obispo de Agra:
"Es, pues, cosa clara que el matrimonio, aun en el estado de naturaleza pura y, sin ningún género de duda,
ya mucho antes de ser elevado a la dignidad de sacramento propiamente dicho, fue instituido por Dios, de
tal manera que lleva consigo un lazo perpetuo e indisoluble, y es, por lo tanto, imposible que lo desate
ninguna ley civil. En consecuencia, aunque pueda estar separada del matrimonio la razón de sacramento,
como acontece entre los infieles, sin embargo, aun en este matrimonio, por lo mismo que es verdadero,
debe mantenerse y se mantiene absolutamente firme aquel lazo, tan íntimamente unido por prescripción
divina desde el principio al matrimonio, que está fuera del alcance de todo poder civil. Así, pues, cualquier
matrimonio que se contraiga, o se contrae de suerte que sea en realidad un verdadero matrimonio, y
entonces llevará consigo el perpetuo lazo que por ley divina va anejo a todo verdadero matrimonio; o se
supone que se contrae sin dicho perpetuo lazo, y entonces no hay matrimonio, sino unión ilegítima,
contraria, por su objeto, a la ley divina, que por lo mismo no se puede lícitamente contraer ni
conservar"[36].

12. Y aunque parezca que esta firmeza está sujeta a alguna excepción, bien que rarísima, en ciertos
matrimonios naturales contraídos entre infieles o también, tratándose de cristianos, en los matrimonios
ratos y no consumados, tal excepción no depende de la voluntad de los hombres, ni de ninguna autoridad
meramente humana, sino del derecho divino, cuya depositaria e intérprete es únicamente la Iglesia de
Cristo. Nunca, sin embargo, ni por ninguna causa, puede esta excepción extenderse al matrimonio cristiano
rato y consumado, porque así como en él resplandece la más alta perfección del contrato matrimonial, así
brilla también, por voluntad de Dios, la mayor estabilidad e indisolubilidad, que ninguna autoridad humana
puede desatar.

Si queremos investigar, Venerables Hermanos, la razón íntima de esta voluntad divina, fácilmente la
encontraremos en aquella significación mística del matrimonio, que se verifica plena y perfectamente en el
matrimonio consumado entre los fieles. Porque, según testimonio del Apóstol, en su carta a los de
Efeso[37], el matrimonio de los cristianos representa aquella perfectísima unión existente entre Cristo y la
Iglesia: este sacramento es grande, pero yo digo, con relación a Cristo y a la Iglesia; unión, por lo tanto,
que nunca podrá desatarse mientras viva Cristo y la Iglesia por El.

Lo cual enseña también expresamente San Agustín con las siguientes palabras: "Esto se observa con
fidelidad entre Cristo y la Iglesia, que por vivir ambos eternamente no hay divorcio que los pueda separar;
y esta misteriosa unión de tal suerte se cumple en la ciudad de Dios... es decir, en la Iglesia de Cristo...,
que aun cuando, a fin de tener hijos, se casen las mujeres, y los varones tomen esposas, no es lícito
repudiar a la esposa estéril para tomar otra fecunda. Y si alguno así lo hiciere, será reo de adulterio, así
como la mujer si se une a otro: y esto por la ley del Evangelio, no por la ley de este siglo, la cual concede,
una vez otorgado el repudio, el celebrar nuevas nupcias con otro cónyuge, como también atestigua el
Señor que concedió Moisés a los israelitas a causa de la dureza de su corazón"[38].

13. Cuántos y cuán grandes beneficios se derivan de la indisolubilidad del matrimonio no podrá menos de
ver el que reflexione, aunque sea ligeramente, ya sobre el bien de los cónyuges y de la prole, ya sobre la
utilidad de toda la sociedad humana. Y, en primer lugar, los cónyuges en esta misma inviolable
indisolubilidad hallan el sello cierto de perennidad que reclaman de consumo, por su misma naturaleza, la
generosa entrega de su propia persona y la íntima comunicación de sus corazones, siendo así que la
verdadera caridad nunca llega a faltar[39]. Constituye ella, además, un fuerte baluarte para defender la
castidad fiel contra los incentivos de la infidelidad que pueden provenir de causas externas o internas; se
cierra la entrada al temor celoso de si el otro cónyuge permanecerá o no fiel en el tiempo de la adversidad
o de la vejez, gozando, en lugar de este temor, de seguridad tranquila; se provee asimismo muy
convenientemente a la conservación de la dignidad de ambos cónyuges y al otorgamiento de su mutua
ayuda, porque el vínculo indisoluble y para siempre duradero constantemente les está recordando haber
contraído un matrimonio tan sólo disoluble por la muerte, y no en razón de las cosas caducas, ni para
entregarse al deleite, sino para procurarse mutuamente bienes más altos y perpetuos. También se atiende
perfectamente a la protección y educación de los hijos, que debe durar muchos años, porque las graves y
continuadas cargas de este oficio más fácilmente las pueden sobrellevar los padres aunando sus fuerzas. Y
no son menores los beneficios que de la estabilidad del matrimonio se derivan aun para toda la sociedad
en conjunto. Pues bien consta por la experiencia cómo la inquebrantable firmeza del matrimonio es
ubérrima fuente de honradez en la vida de todos y de integridad en las costumbres; cómo, observada con
serenidad tal indisolubilidad, se asegura al propio tiempo la felicidad y el bienestar de la república, ya que
tal será la sociedad cuales son las familias y los individuos de que consta, como el cuerpo se compone de
sus miembros. Por lo cual todos aquellos que denodadamente defienden la inviolable estabilidad del
matrimonio prestan un gran servicio así al bienestar privado de los esposos y al de los hijos como al bien
público de la sociedad humana.

14. Pero en este bien del sacramento, además de la indisoluble firmeza, están contenidas otras utilidades
mucho más excelsas, y aptísimamente designadas por la misma palabra Sacramento; pues tal nombre no
es para los cristianos vano ni vacío, ya que Cristo Nuestro Señor, "fundador y perfeccionador de los
venerables sacramentos"[40], elevando el matrimonio de sus fieles a verdadero y propio sacramento de la
Nueva Ley, lo hizo signo y fuente de una peculiar gracia interior, por la cual "aquel su natural amor se
perfeccionase, se confirmara su indisoluble unidad, y los cónyuges fueran santificados"[41].

Y porque Cristo, al consentimiento matrimonial válido entre fieles lo constituyó en signo de la gracia, tan
íntimamente están unidos la razón de sacramento y el matrimonio cristiano, que no puede existir entre
bautizados verdadero matrimonio sin que por lo mismo sea ya sacramento[42].

Desde el momento en que prestan los fieles sinceramente tal consentimiento, abren para sí mismos el
tesoro de la gracia sacramental, de donde hay de sacar las energías sobrenaturales que les llevan a cumplir
sus deberes y obligaciones, fiel, santa y perseverantemente hasta la muerte.

Porque este sacramento, en aquellos que no ponen lo que se suele llamar óbice, no sólo aumenta la gracia
santificante, principio permanente de la vida sobrenatural, sino que añade peculiares dones, disposiciones
y gérmenes de gracia, elevando y perfeccionando las fuerzas de la naturaleza, de suerte tal que los
cónyuges puedan no solamente bien entender, sino íntimamente saborear, retener con firmeza, querer con
eficacia y llevar a la práctica todo cuanto pertenece al matrimonio y a sus fines y deberes; y para ello les
concede, además, el derecho al auxilio actual de la gracia, siempre que la necesiten, para cumplir con las
obligaciones de su estado.

Mas en el orden sobrenatural, es ley de la divina Providencia el que los hombres no logren todo el fruto de
los sacramentos que reciben después del uso de la razón si no cooperan a la gracia; por ello, la gracia
propia del matrimonio queda en gran parte como talento inútil, escondido en el campo, si los cónyuges no
ejercitan sus fuerzas sobrenaturales y cultivan y hacen desarrollar la semilla de la gracia que han recibido.
En cambio, si haciendo lo que está de su parte cooperan diligentemente, podrán llevar la carga y llenar las
obligaciones de su estado, y serán fortalecidos, santificados y como consagrados por tan excelso
sacramento, pues, según enseña San Agustín, así como por el Bautismo y el Orden el hombre queda
destinado y recibe auxilios, tanto para vivir cristianamente como para ejercer el ministerio sacerdotal,
respectivamente, sin que jamás se vea destituido del auxilio de dichos sacramentos, así y casi del mismo
modo (aunque sin carácter sacramental) los fieles, una vez que se han unido por el vínculo matrimonial,
jamás podrán ser privados del auxilio y del lazo de este sacramento. Más aún, como añade el mismo Santo
Doctor, llevan consigo este vínculo sagrado aun los que han cometido adulterio, aunque no ya para honor
de la gracia, sino para castigo del crimen, "como el alma del apóstata que, aun separándose de la unión de
Cristo, y aun perdida la fe, no pierde el sacramento de la fe que recibió con el agua bautismal"[43].

15. Los mismos cónyuges, no ya encadenados, sino adornados; no ya impedidos, sino confortados con el
lazo de oro del sacramento, deben procurar resueltamente que su unión conyugal, no sólo por la fuerza y
la significación del sacramento, sino también por su espíritu y por su conducta de vida, sea siempre
imagen, y permanezca ésta viva, de aquella fecundísima unión de Cristo con su Iglesia, que es, en verdad,
el misterio venerable de la perfecta caridad.

Todo lo cual, Venerables Hermanos, si ponderamos atentamente y con viva fe, si ilustramos con la debida
luz estos eximios bienes del matrimonio —la prole, la fe y el sacramento—, no podremos menos de admirar
la sabiduría, la santidad y la benignidad divina, pues tan copiosamente proveyó no sólo a la dignidad y
felicidad de los cónyuges, sino también a la conservación y propagación del género humano, susceptible
tan sólo de procurarse con la casta y sagrada unión del vínculo nupcial.

16. Al ponderar la excelencia del casto matrimonio, Venerables Hermanos, se Nos ofrece mayor motivo de
dolor por ver esta divina institución tantas veces despreciada y tan fácilmente vilipendiada, sobre todo en
nuestros días.

No es ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento
de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representaciones de todo género, ya
por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, del cinematógrafo, de discursos radiados, en fin,
por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio,
mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados o al menos presentados bajo
tales colores que parece se les quiere presentar como libres de toda culpa y de toda infamia. Ni faltan
libros, los cuales no se avergüenzan de llamarse científicos, pero que en realidad muchas veces no tienen
sino cierto barniz de ciencia, con el cual hallan camino para insinuar más fácilmente sus errores en mentes
y corazones. Las doctrinas que en ellos se defienden, se ponderan como portentos del ingenio moderno, de
un ingenio que se gloría de buscar exclusivamente la verdad, y, con ello, de haberse emancipado —dicen—
de todos los viejos prejuicios, entre los cuales ponen y pregonan la doctrina tradicional cristiana del
matrimonio.

Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, ricos y pobres, obreros y patronos, doctos e
ignorantes, solteros y casados, fieles e impíos, adultos y jóvenes, siendo a éstos principalmente, como más
fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas.

17. Desde luego que no todos los partidarios de tan nuevas doctrinas llegan hasta las últimas
consecuencias de liviandad tan desenfrenada; hay quienes, empeñados en seguir un término medio,
opinan que al menos en algunos preceptos de la ley natural y divina se ha de ceder algo en nuestros días.
Pero éstos no son tampoco sino emisarios más o menos conscientes de aquel insidioso enemigo que
siempre trata de sembrar la cizaña en medio del trigo[44]. Nos, pues, a quien el Padre de familia puso por
custodio de su campo, a quien obliga el oficio sacrosanto de procurar que la buena semilla no sea sofocada
por hierbas venenosas, juzgamos como dirigidas a Nos por el Espíritu Santo aquellas palabras gravísimas
con las cuales el apóstol San Pablo exhortaba a su amado Timoteo: "Tú, en cambio, vigila, cumple tu
ministerio..., predica la palabra, insiste oportuna e importunamente, arguye, suplica, increpa con toda
paciencia y doctrina"[45].

Y porque, para evitar los engaños del enemigo, es menester antes descubrirlos, y ayuda mucho mostrar a
los incautos sus argucias, aun cuando más quisiéramos no mencionar tales iniquidades, como conviene a
los Santos[46], sin embargo, por el bien y salvación de las almas no podemos pasarlas en silencio.

18. Para comenzar, pues, por el origen de tantos males, su principal raíz está en que, según vociferan sus
detractores, el matrimonio no ha sido instituido por el Autor de la naturaleza, ni elevado por Cristo Señor
nuestro a la dignidad de sacramento verdadero, sino que es invención de los hombres. Otros aseguran que
nada descubren en la naturaleza y en sus leyes, sino que sólo encuentran la facultad de engendrar la vida
y un impulso vehemente de saciarla de cualquier manera; otros, por el contrario, reconocen que se
encuentran en la naturaleza del hombre ciertos comienzos y como gérmenes de verdadera unión
matrimonial, en cuanto que, de no unirse los hombres con cierto vínculo estable, no se habría provisto
suficientemente a la dignidad de los cónyuges ni al fin natural de la propagación y educación de la prole.
Añaden, sin embargo, que el matrimonio mismo, puesto que sobrepasa estos gérmenes, es, por el
concurso de varias causas, pura invención de la mente humana, pura institución de la voluntad de los
hombres.

19. Cuán gravemente yerran todos ellos, y cuán torpemente se apartan de los principios de la honestidad,
se colige de lo que llevamos expuesto en esta Encíclica acerca del origen y naturaleza del matrimonio y de
los fines y bienes inherentes al mismo. Que estas ficciones sean perniciosísimas, claramente aparece
también por las conclusiones que de ellas deducen sus mismos defensores, a saber: que las leyes,
instituciones y costumbres por las que se rige el matrimonio, debiendo su origen a la sola voluntad de los
hombres, tan sólo a ella están sometidas, y, por consiguiente, pueden ser establecidas, cambiadas y
abrogadas según el arbitrio de los hombres y las vicisitudes de las cosas humanas; que la facultad
generativa, al fundarse en la misma naturaleza, es más sagrada y se extiende más que el matrimonio, y
que, por consiguiente, puede ejercitarse, tanto fuera como dentro del santuario del matrimonio, aun sin
tener en cuenta los fines del mismo, como si el vergonzoso libertinaje de la mujer fornicaria gozase casi los
mismos derechos que la casta maternidad de la esposa legítima.

Fundándose en tales principios, algunos han llegado a inventar nuevos modos de unión, acomodados —así
dicen ellos— a las actuales circunstancias de los tiempos y de los hombres, y que consideran como otras
tantas especies de matrimonio: el matrimonio por cierto tiempo, el matrimonio de prueba, el matrimonio
amistoso, que se atribuye la plena libertad y todos los derechos que corresponden al matrimonio, pero
suprimiendo el vínculo indisoluble y excluyendo la prole, a no ser que las partes acuerden más tarde el
transformar la unión y costumbre de vida en matrimonio y jurídicamente perfecto.
Más aún: hay quienes insisten y abogan por que semejantes monstruosidades sean cohonestadas incluso
por las leyes o al menos hallen descargo en los públicos usos e instituciones de los pueblos, y ni siquiera
paran mientes en que tales cosas nada tienen, en verdad, de aquella moderna cultura de la cual tanto se
jactan, sino que son nefandas corruptelas que harían volver, sin duda, aun a los pueblos civilizados, a los
bárbaros usos de ciertos salvajes.

20. Viniendo ahora a tratar, Venerables Hermanos, de cada uno de los aspectos que se oponen a los
bienes del matrimonio, hemos de hablar, en primer lugar, de la prole, la cual muchos se atreven a llamar
pesada carga del matrimonio, por lo que los cónyuges han de evitarla con toda diligencia, y ello, no
ciertamente por medio de una honesta continencia (permitida también en el matrimonio, supuesto el
consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto conyugal. Criminal licencia ésta, que algunos se
arrogan tan sólo porque, aborreciendo la prole, no pretenden sino satisfacer su voluptuosidad, pero sin
ninguna carga; otros, en cambio, alegan como excusa propia el que no pueden, en modo alguno, admitir
más hijos a causa de sus propias necesidades, de las de la madre o de las económicas de la familia.

Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra
la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su
misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su
naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta.

Por lo cual no es de admirar que las mismas Sagradas Letras atestigüen con cuánto aborrecimiento la
Divina Majestad ha perseguido este nefasto delito, castigándolo a veces con la pena de muerte, como
recuerda San Agustín: "Porque ilícita e impúdicamente yace, aun con su legítima mujer, el que evita la
concepción de la prole. Que es lo que hizo Onán, hijo de Judas, por lo cual Dios le quitó la vida"[47].

21. Habiéndose, pues, algunos manifiestamente separado de la doctrina cristiana, enseñada desde el
principio y transmitida en todo tiempo sin interrupción, y habiendo pretendido públicamente proclamar otra
doctrina, la Iglesia católica, a quien el mismo Dios ha confiado la enseñanza y defensa de la integridad y
honestidad de costumbres, colocada, en medio de esta ruina moral, para conservar inmune de tan
ignominiosa mancha la castidad de la unión nupcial, en señal de su divina legación, eleva solemne su voz
por Nuestros labios y una vez más promulga que cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente
quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley
natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave delito.

Por consiguiente, según pide Nuestra suprema autoridad y el cuidado de la salvación de todas las almas,
encargamos a los confesores y a todos los que tienen cura de las mismas que no consientan en los fieles
encomendados a su cuidado error alguno acerca de esta gravísima ley de Dios, y mucho más que se
conserven —ellos mismos— inmunes de estas falsas opiniones y que no contemporicen en modo alguno
con ellas. Y si algún confesor o pastor de almas, lo que Dios no permite, indujera a los fieles, que le han
sido confiados, a estos errores, o al menos les confirmara en los mismos con su aprobación o doloso
silencio, tenga presente que ha de dar estrecha cuenta al Juez supremo por haber faltado a su deber, y
aplíquese aquellas palabras de Cristo: "Ellos son ciegos que guían a otros ciegos, y si un ciego guía a otro
ciego, ambos caen en la hoya"[48].

22. Por lo que se refiere a las causas que les mueven a defender el mal uso del matrimonio,
frecuentemente suelen aducirse algunas fingidas o exageradas, por no hablar de las que son vergonzosas.
Sin embargo, la Iglesia, Madre piadosa, entiende muy bien y se da cuenta perfecta de cuanto suele
aducirse sobre la salud y peligro de la vida de la madre. ¿Y quién ponderará estas cosas sin compadecerse?
¿Quién no se admirará extraordinariamente al contemplar a una madre entregándose a una muerte casi
segura, con fortaleza heroica, para conservar la vida del fruto de sus entrañas? Solamente uno, Dios,
inmensamente rico y misericordioso, pagará sus sufrimientos, soportados para cumplir, como es debido, el
oficio de la naturaleza y le dará, ciertamente, medida no sólo colmada, sino superabundante[49].

Sabe muy bien la santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo
soporta, al permitir, por una causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquél rechaza, y que
carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en
disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge. Ni se puede decir que obren contra el orden de la naturaleza
los esposos que hacen uso de su derecho siguiendo la recta razón natural, aunque por ciertas causas
naturales, ya de tiempo, ya de otros defectos, no se siga de ello el nacimiento de un nuevo viviente. Hay,
pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios -
verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia-, cuya
consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza
intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario.

También nos llenan de amarga pena los gemidos de aquellos esposos que, oprimidos por dura pobreza,
encuentran gravísima dificultad para procurar el alimento de sus hijos.

Pero se ha de evitar en absoluto que las deplorables condiciones de orden económico den ocasión a un
error mucho más funesto todavía. Ninguna dificultad puede presentarse que valga para derogar la
obligación impuesta por los mandamientos de Dios, los cuales prohíben todas las acciones que son malas
por su íntima naturaleza; cualesquiera que sean las circunstancias, pueden siempre los esposos,
robustecidos por la gracia divina, desempeñar sus deberes con fidelidad y conservar la castidad limpia de
mancha tan vergonzosa, pues está firme la verdad de la doctrina cristiana, expresada por el magisterio del
Concilio Tridentino: "Nadie debe emplear aquella frase temeraria y por los Padres anatematizada de que
los preceptos de Dios son imposibles de cumplir al hombre redimido. Dios no manda imposibles, sino que
con sus preceptos te amonesta a que hagas cuanto puedas y pidas lo que no puedas, y El te dará su ayuda
para que puedas"[50]. La misma doctrina ha sido solemnemente reiterada y confirmada por la Iglesia al
condenar la herejía jansenista, que contra la bondad de Dios osó blasfemar de esta manera: "Hay algunos
preceptos de Dios que los hombres justos, aun queriendo y poniendo empeño, no los pueden cumplir,
atendidas las fuerzas de que actualmente disponen: fáltales asimismo la gracia con cuyo medio lo puedan
hacer"[51].

23. Todavía hay que recordar, Venerables Hermanos, otro crimen gravísimo con el que se atenta contra la
vida de la prole cuando aun está encerrada en el seno materno. Unos consideran esto como cosa lícita que
se deja al libre arbitrio del padre o de la madre; otros, por lo contrario, lo tachan de ilícito, a no ser que
intervengan causas gravísimas que distinguen con el nombre de indicación médica, social, eugenésica.
Todos ellos, por lo que se refiere a las leyes penales de la república con las que se prohíbe ocasionar la
muerte de la prole ya concebida y aún no dada a luz, piden que las leyes públicas reconozcan y declaren
libre de toda pena la indicación que cada uno defiende a su modo, no faltando todavía quienes pretenden
que los magistrados públicos ofrezcan su concurso para tales operaciones destructoras; lo cual, triste es
confesarlo, se verifica en algunas partes, como todos saben, frecuentísimamente.

Por lo que atañe a la indicación médica y terapéutica, para emplear sus palabras, ya hemos dicho,
Venerables Hermanos, cuánto Nos mueve a compasión el estado de la madre a quien amenaza, por razón
del oficio natural, el peligro de perder la salud y aun la vida; pero ¿qué causa podrá excusar jamás de
alguna manera la muerte directamente procurada del inocente? Porque, en realidad, no de otra cosa se
trata.

Ya se cause tal muerte a la madre, ya a la prole, siempre será contra el precepto de Dios y la voz de la
naturaleza, que clama: ¡No matarás![52]. Es, en efecto, igualmente sagrada la vida de ambos y nunca
tendrá poder ni siquiera la autoridad pública, para destruirla. Tal poder contra la vida de los inocentes
neciamente se quiere deducir del derecho de vida o muerte, que solamente puede ejercerse contra los
delincuentes; ni puede aquí invocarse el derecho de la defensa cruenta contra el injusto agresor (¿quién,
en efecto, llamará injusto agresor a un niño inocente?); ni existe el caso del llamado derecho de extrema
necesidad, por el cual se puede llegar hasta procurar directamente la muerte del inocente. Son, pues, muy
de alabar aquellos honrados y expertos médicos que trabajan por defender y conservar la vida, tanto de la
madre como de la prole; mientras que, por lo contrario, se mostrarían indignos del ilustre nombre y del
honor de médicos quienes procurasen la muerte de una o de la otra, so pretexto de medicinar o movidos
por una falsa misericordia.

Lo cual verdaderamente está en armonía con las palabras severas del Obispo de Hipona, cuando reprende
a los cónyuges depravados que intentan frustrar la descendencia y, al no obtenerlo, no temen destruirla
perversamente: "Alguna vez —dice— llega a tal punto la crueldad lasciva o la lascivia cruel, que procura
también venenos de esterilidad, y si aún no logra su intento, mata y destruye en las entrañas el feto
concebido, queriendo que perezca la prole antes que viva; o, si en el viento ya vivía, mátala antes que
nazca. En modo alguno son cónyuges si ambos proceden así, y si fueron así desde el principio no se
unieron por el lazo conyugal, sino por estupro; y si los dos no son así, me atrevo a decir: o ella es en cierto
modo meretriz del marido, o él adúltero de la mujer"[53].

Lo que se suele aducir en favor de la indicación social y eugenésica se debe y se puede tener en cuenta
siendo los medios lícitos y honestos, y dentro de los límites debidos; pero es indecoroso querer proveer a la
necesidad, en que ello se apoya, dando muerte a los inocentes, y es contrario al precepto divino,
promulgado también por el Apóstol: "No hemos de hacer males para que vengan bienes"[54].

Finalmente, no es lícito que los que gobiernan los pueblos y promulgan las leyes echen en olvido que es
obligación de la autoridad pública defender la vida de los inocentes con leyes y penas adecuadas; y esto,
tanto más cuanto menos pueden defenderse aquellos cuya vida se ve atacada y está en peligro, entre los
cuales, sin duda alguna, tienen el primer lugar los niños todavía encerrados en el seno materno. Y si los
gobernantes no sólo no defienden a esos niños, sino que con sus leyes y ordenanzas les abandonan, o
prefieren entregarlos en manos de médicos o de otras personas para que los maten, recuerden que Dios es
juez y vengador de la sangre inocente, que desde la tierra clama al cielo[55].

24. Por último, ha de reprobarse una práctica perniciosa que, si directamente se relaciona con el derecho
natural del hombre a contraer matrimonio, también se refiere, por cierta razón verdadera, al mismo bien
de la prole. Hay algunos, en efecto, que, demasiado solícitos de los fines eugenésicos, no se contentan con
dar ciertos consejos saludables para mirar con más seguridad por la salud y vigor de la prole —lo cual,
desde luego, no es contrario a la recta razón—, sino que anteponen el fin eugenésico a todo otro fin, aun
de orden más elevado, y quisieran que se prohibiese por la pública autoridad contraer matrimonio a todos
los que, según las normas y conjeturas de su ciencia, juzgan que habían de engendrar hijos defectuosos
por razón de la transmisión hereditaria, aun cuando sean de suyo aptos para contraer matrimonio. Más
aún; quieren privarlos por la ley, hasta contra su voluntad, de esa facultad natural que poseen, mediante
intervención médica, y esto no para solicitar de la pública autoridad una pena cruenta por delito cometido
o para precaver futuros crímenes de reos, sino contra todo derecho y licitud, atribuyendo a los gobernantes
civiles una facultad que nunca tuvieron ni pueden legítimamente tener.

Cuantos obran de este modo, perversamente se olvidan de que es más santa la familia que el Estado, y de
que los hombres se engendran principalmente no para la tierra y el tiempo, sino para el cielo y la
eternidad. Y de ninguna manera se puede permitir que a hombres de suyo capaces de matrimonio se les
considere gravemente culpables si lo contraen, porque se conjetura que, aun empleando el mayor cuidado
y diligencia, no han de engendrar más que hijos defectuosos; aunque de ordinario se debe aconsejarles
que no lo contraigan.

Además de que los gobernantes no tienen potestad alguna directa en los miembros de sus súbditos; así,
pues, jamás pueden dañar ni aun tocar directamente la integridad corporal donde no medie culpa alguna o
causa de pena cruenta, y esto ni por causas eugenésicas ni por otras causas cualesquiera. Lo mismo
enseña Santo Tomás de Aquino cuando, al inquirir si los jueces humanos, para precaver males futuros,
pueden castigar con penas a los hombres, lo concede en orden a ciertos males; pero, con justicia y razón
lo niega e la lesión corporal: "Jamás —dice—, según el juicio humano, se debe castigar a nadie sin culpa
con la pena de azote, para privarle de la vida, mutilarle o maltratarle"[56].

Por lo demás, establece la doctrina cristiana, y consta con toda certeza por la luz natural de la razón, que
los mismos hombres, privados, no tienen otro dominio en los miembros de su cuerpo sino el que pertenece
a sus fines naturales, y no pueden, consiguientemente, destruirlos, mutilarlos o, por cualquier otro medio,
inutilizarlos para dichas naturales funciones, a no ser cuando no se pueda proveer de otra manera al bien
de todo el cuerpo.

25. Viniendo ya a la segunda raíz de errores, la cual atañe a la fidelidad conyugal, siempre que se peca
contra la prole se peca también, en cierto modo y como consecuencia, contra la fidelidad conyugal, puesto
que están enlazados entrambos bienes del matrimonio. Pero, además, hay que enumerar en particular
tantas fuentes de errores y corruptelas que atacan la fidelidad conyugal cuantas son las virtudes
domésticas que abraza esta misma fidelidad, a saber: la casta lealtad de ambos cónyuges, la honesta
obediencia de la mujer al marido y, finalmente, el firme y sincero amor mutuo.

26. Falsean, por consiguiente, el concepto de fidelidad los que opinan que hay que contemporizar con las
ideas y costumbres de nuestros días en torno a cierta fingida y perniciosa amistad de los cónyuges con
alguna tercera persona, defendiendo que a los cónyuges se les ha de consentir una mayor libertad de
sentimientos y de trato en dichas relaciones externas, y esto tanto más cuanto que (según ellos afirman)
en no pocos es congénita una índole sexual, que no puede saciarse dentro de los estrechos límites del
matrimonio monogámico. Por ello tachan de estrechez ya anticuada de entendimiento y de corazón, o
reputan como viles y despreciables celos, aquel rígido estado habitual de ánimo de los cónyuges honrados
que reprueba y rehúye todo afecto y todo acto libidinoso con un tercero; y por lo mismo, sostienen que
son nulas o que deben anularse todas las leyes penales de la república encaminadas a conservar la
fidelidad conyugal.

El sentimiento noble de los esposos castos, aun siguiendo sólo la luz de la razón, resueltamente rechaza y
desprecia como vanas y torpes semejantes ficciones; y este grito de la naturaleza lo aprueba y confirma lo
mismo el divino mandamiento: "No fornicarás"[57], que aquello de Cristo: "Cualquiera que mirare a una
mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón"[58], no bastando jamás ninguna costumbre,
ningún ejemplo depravado, ningún pretexto de progreso humano, para debilitar la fuerza de este precepto
divino. Porque así como es uno y el mismo Jesucristo ayer y hoy, y el mismo por los siglos de los
siglos[59] así la doctrina de Cristo permanece siempre absolutamente la misma y de ella no caerá ni un
ápice siquiera hasta que todo sea perfectamente cumplido[60].

27. Todos los que empañan el brillo de la fidelidad y castidad conyugal, como maestros que son del error,
echan por tierra también fácilmente la fiel y honesta sumisión de la mujer al marido; y muchos de ellos se
atreven todavía a decir, con mayor audacia, que es una indignidad la servidumbre de un cónyuge para con
el otro; que, al ser iguales los derechos de ambos cónyuges, defienden presuntuosísimamente que por
violarse estos derechos, a causa de la sujeción de un cónyuge al otro, se ha conseguido o se debe llegar a
conseguir una cierta emancipación de la mujer. Distinguen tres clases de emancipación, según tenga por
objeto el gobierno de la sociedad doméstica, la administración del patrimonio familiar o la vida de la prole
que hay que evitar o extinguir, llamándolas con el nombre de emancipación social, económica y fisiológica:
fisiológica, porque quieren que las mujeres, a su arbitrio, estén libres o que se las libre de las cargas
conyugales o maternales propias de una esposa (emancipación ésta que ya dijimos suficientemente no ser
tal, sino un crimen horrendo); económica, porque pretenden que la mujer pueda, aun sin saberlo el marido
o no queriéndolo, encargarse de sus asuntos, dirigirlos y administrarlos haciendo caso omiso del marido, de
los hijos y de toda la familia; social, finalmente, en cuanto apartan a la mujer de los cuidados que en el
hogar requieren su familia o sus hijos, para que pueda entregarse a sus aficiones, sin preocuparse de
aquéllos y dedicarse a ocupaciones y negocios, aun a los públicos.

Pero ni siquiera ésta es la verdadera emancipación de la mujer, ni tal es tampoco la libertad dignísima y
tan conforme con la razón que comete al cristiano y noble oficio de mujer y esposa; antes bien, es
corrupción del carácter propio de la mujer y de su dignidad de madre; es trastorno de toda la sociedad
familiar, con lo cual al marido se le priva de la esposa, a los hijos de la madre y a todo el hogar doméstico
del custodio que lo vigila siempre. Más todavía: tal libertad falsa e igualdad antinatural con el marido
tórnase en daño de la mujer misma, pues si ésta desciende de la sede verdaderamente regia a que el
Evangelio la ha levantado dentro de los muros del hogar, muy pronto caerá —si no en la apariencia, sí en
la realidad—en la antigua esclavitud, y volverá a ser, como en el paganismo, mero instrumento de placer o
capricho del hombre.

Finalmente, la igualdad de derechos, que tanto se pregona y exagera, debe, sin duda alguna, admitirse en
todo cuanto atañe a la persona y dignidad humanas y en las cosas que se derivan del pacto nupcial y van
anejas al matrimonio; porque en este campo ambos cónyuges gozan de los mismos derechos y están
sujetos a las mismas obligaciones; en lo demás ha de reinar cierta desigualdad y moderación, como exigen
el bienestar de la familia y la debida unidad y firmeza del orden y de la sociedad doméstica.

Y si en alguna parte, por razón de los cambios experimentados en los usos y costumbres de la humana
sociedad, deben mudarse algún tanto las condiciones sociales y económicas de la mujer casada, toca a la
autoridad pública el acomodar los derechos civiles de la mujer a las necesidades y exigencias de estos
tiempos, teniendo siempre en cuenta lo que reclaman la natural y diversa índole del sexo femenino, la
pureza de las costumbres y el bien común de la familia; y esto contando siempre con que quede a salvo el
orden esencial de la sociedad doméstica, tal como fue instituido por una sabiduría y autoridad más excelsa
que la humana, esto es, por la divina, y que por lo tanto no puede ser cambiado ni por públicas leyes ni
por criterios particulares.

28. Avanzan aun más los modernos enemigos del matrimonio, sustituyendo el genuino y constante amor,
base de la felicidad conyugal y de la dulce intimidad, por cierta conveniencia ciega de caracteres y
conformidad de genios, a la cual llaman simpatía, la cual, al cesar, debilita y hasta del todo destruye el
único vínculo que unía las almas. ¿Qué es esto sino edificar una casa sobre la arena? Y ya de ella dijo
nuestro Señor Jesucristo que el primer soplo de la adversidad la haría cuartearse y caer: "Y soplaron
vientos y dieron con ímpetu contra ella y se desplomó y fue grande su ruina"[61]. Mientras que, por lo
contrario, el edificio levantado sobre la roca, es decir, sobre el mutuo amor de los esposos, y consolidado
por la unión deliberada y constante de las almas, ni se cuarteará nunca ni será derribado por alguna
adversidad.

29. Hemos defendido hasta aquí, Venerables Hermanos, los dos primeros y por cierto muy excelentes
beneficios del matrimonio cristiano, tan combatidos por los destructores de la sociedad actual. Mas porque
excede con mucho a estos dos el tercero, o sea el del sacramento, nada tiene de extraño que veamos a los
enemigos del mismo impugnar ante todo y con mayor saña su excelencia.

Afirman, en primer lugar, que el matrimonio es una cosa del todo profana y exclusivamente civil, la cual en
modo alguno ha de ser encomendada a la sociedad religiosa, esto es, a la Iglesia de Cristo, sino tan sólo a
la sociedad civil; añaden, además, que es preciso eximir el contrato matrimonial de todo vínculo
indisoluble, por medio de divorcios que la ley habrá, no solamente de tolerar, sino de sancionar: y así, a la
postre, el matrimonio, despojado de toda santidad, quedará relegado al número de las cosas profanas y
civiles.

Como principio y fundamento establecen que sólo el acto civil ha de ser considerado como verdadero
contrato matrimonial (matrimonio civil suelen llamarlo); el acto religioso, en cambio, es cierta añadidura
que a lo sumo habrá de dejarse para el vulgo supersticioso. Quieren, además, que sin restricción alguna se
permitan los matrimonios mixtos de católicos y acatólicos, sin preocuparse de la religión ni de solicitar el
permiso de la autoridad religiosa. Y luego, como una consecuencia necesaria, excusan los divorcios
perfectos y alaban y fomentan las leyes civiles que favorecen la disolución del mismo vínculo matrimonial.

30. Acerca del carácter religioso de todo matrimonio, y mucho más del matrimonio cristiano, pocas
palabras hemos aquí de añadir, puesto que Nos remitimos a la Encíclica de León XIII que ya hemos citado
repetidas veces y expresamente hecho Nuestra, en la cual se trata prolijamente y se defiende con graves
razones cuanto hay que advertir sobre esta materia. Pero creemos oportuno el repetir sólo algunos puntos.

A la sola luz de la razón natural, y mucho mejor si se investigan los vetustos monumentos de la historia, si
se pregunta a la conciencia constante de los pueblos, si se consultan las costumbres e instituciones de
todas las gentes, consta suficientemente que hay, aun en el matrimonio natural, un algo sagrado y
religioso, "no advenedizo, sino ingénito; no procedente de los hombres, sino innato, puesto que el
matrimonio tiene a Dios por autor, y fue desde el principio como una especial figura de la Encarnación del
Verbo de Dios"[62]. Esta naturaleza sagrada del matrimonio, tan estrechamente ligada con la religión y las
cosas sagradas, se deriva del origen divino arriba conmemorado; de su fin, que no es sino el de engendrar
y educar hijos para Dios y unir con Dios a los cónyuges mediante un mutuo y cristiano amor; y, finalmente,
del mismo natural oficio del matrimonio, establecido, con providentísimo designio del Creador, a fin de que
fuera algo así como el vehículo de la vida, por el que los hombres cooperan en cierto modo con la divina
omnipotencia. A lo cual, por razón del sacramento, debe añadirse un nuevo título de dignidad que
ennoblece extraordinariamente al matrimonio cristiano, elevándolo a tan alta excelencia que para el
Apóstol aparece como un misterio grande y en todo honroso[63].

Este carácter religioso del matrimonio, con su excelsa significación de la gracia y la unión entre Cristo y la
Iglesia, exige de los futuros esposos una santa reverencia hacia el matrimonio cristiano y un cuidado y celo
también santos a fin de que el matrimonio que intentan contraer se acerque, lo más posible, al prototipo
de Cristo y de la Iglesia.

31. Mucho faltan en esta parte, y a veces con peligro de su eterna salvación, quienes temerariamente y
con ligereza contraen matrimonios mixtos, de los que la Iglesia, basada en gravísimas razones, aparta con
solicitud y amor maternales a los suyos, como aparece por muchos documentos recapitulados en el canon
del Código canónico, que establece lo siguiente: "La Iglesia prohíbe severísimamente, en todas partes, que
se celebre matrimonio entre dos personas bautizadas, de las cuales una sea católica y la otra adscrita a
una secta herética o cismática; y si hay peligro de perversión del cónyuge católico y de la prole, el
matrimonio está además vedado por la misma ley divina"[64]. Y aunque la Iglesia, a veces, según las
diversas condiciones de los tiempos y personas, llega a conceder la dispensa de estas severas leyes (salvo
siempre el derecho divino, y alejado, en cuanto sea posible, con las convenientes cautelas, el peligro de
perversión), difícilmente sucederá que el cónyuge católico no reciba algún detrimento de tales nupcias. De
donde se origina con frecuencia que los descendientes se alejen deplorablemente de la religión, o al
menos, que vayan inclinándose paulatinamente hacia la llamada indiferencia religiosa, rayana en la
incredulidad y en la impiedad. Además de que en los matrimonios mixtos se hace más difícil aquella viva
unión de almas, que ha de imitar aquel misterio antes recordado, esto es, la arcana unión de la Iglesia con
Cristo.

Porque fácilmente se echará de menos la estrecha unión de las almas, la cual, como nota y distintivo de la
Iglesia de Cristo, debe ser también el sello, decoro y ornato del matrimonio cristiano; pues se puede
romper, o al menos relajar, el nudo que enlaza a las almas cuando hay disconformidad de pareceres y
diversidad de voluntades en lo más alto y grande que el hombre venera, es decir, en las verdades y
sentimientos religiosos. De aquí el peligro de que languidezca el amor entre los cónyuges y,
consiguientemente, se destruya la paz y felicidad de la sociedad doméstica, efecto principalmente de la
unión de los corazones. Porque, como ya tantos siglos antes había definido el antiguo Derecho romano:
"Matrimonio es la unión del marido y la mujer en la comunidad de toda la vida, y en la comunidad del
derecho divino y humano"[65].

32. Pero lo que impide, sobre todo, como ya hemos advertido, Venerables Hermanos, esta reintegración y
perfección del matrimonio que estableció Cristo nuestro Redentor, es la facilidad que existe, cada vez más
creciente, para el divorcio. Más aún: los defensores del neopaganismo, no aleccionados por la triste
condición de las cosas, se desatan, con acrimonia cada vez mayor, contra la santa indisolubilidad del
matrimonio y las leyes que la protegen, pretendiendo que se decrete la licitud del divorcio, a fin de que
una ley nueva y más humana sustituya a las leyes anticuadas y sobrepasadas.

Y suelen éstos aducir muchas y varias causas del divorcio: unas, que llaman subjetivas, y que tienen su
raíz en el vicio o en la culpa de los cónyuges; otras, objetivas, en la condición de las cosas; todo, en fin, lo
que hace más dura e ingrata la vida común. Y pretenden demostrar dichas causas, por muchas razones. En
primer lugar, por el bien de ambos cónyuges, ya porque uno de los dos es inocente y por ello tiene
derecho a separarse del culpable, ya porque es reo de crímenes y, por lo mismo también, se les ha de
separar de una forzada y desagradable unión; después, por el bien de los hijos, a quienes se priva de la
conveniente educación, y a quienes se escandaliza con las discordias muy frecuentes y otros malos
ejemplos de sus padres, apartándolos del camino de la virtud; finalmente, por el bien común de la
sociedad, que exige en primer lugar la desaparición absoluta de los matrimonios que en modo alguno son
aptos para el objeto natural de ellos, y también que las leyes permitan la separación de los cónyuges, tanto
para evitar los crímenes que fácilmente se pueden temer de la convivencia de tales cónyuges, como para
impedir que aumente el descrédito de los Tribunales de justicia y de la autoridad de las leyes, puesto que
los cónyuges, para obtener la deseada sentencia de divorcio, perpetrarán de intento crímenes por los
cuales pueda el juez disolver el vínculo, conforme a las disposiciones de la ley, o mentirán y perjurarán con
insolencia ante dicho juez, que ve, sin embargo, la verdad, por el estado de las cosas. Por esto dicen que
las leyes se deben acomodar en absoluto a todas estas necesidades, una vez que han cambiado las
condiciones de los tiempos, las opiniones de los hombres y las costumbres e instituciones de los pueblos:
todas las cuales razones, ya consideradas en particular, ya, sobre todo, en conjunto, demuestran con
evidencia que por determinadas causas se ha de conceder absolutamente la facultad del divorcio.
Con mayor procacidad todavía pasan otros más adelante, llegando a decir que el matrimonio, como quiera
que sea un contrato meramente privado, depende por completo del consentimiento y arbitrio privado de
ambos contrayentes, como sucede en todos los demás contratos privados; y por ello, sostienen, ha de
poder disolverse por cualquier motivo.

33. Pero también contra todos estos desatinos, Venerables Hermanos, permanece en pie aquella ley de
Dios única e irrefrenable, confirmada amplísimamente por Jesucristo: "No separe el hombre lo que Dios ha
unido"[66]; ley que no pueden anular ni los decretos de los hombres, ni las convenciones de los pueblos, ni
la voluntad de ningún legislador. Que si el hombre llegara injustamente a separar lo que Dios ha unido, su
acción sería completamente nula, pudiéndose aplicar en consecuencia lo que el mismo Jesucristo aseguró
con estas palabras tan claras: "Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera; y el que se
casa con la repudiada del marido, adultera"[67]. Y estas palabras de Cristo se refieren a cualquier
matrimonio, aun al solamente natural y legítimo, pues es propiedad de todo verdadero matrimonio la
indisolubilidad, en virtud de la cual la solución del vínculo queda sustraída al beneplácito de las partes y a
toda potestad secular.

No hemos de echar tampoco en olvido el juicio solemne con que el Concilio Tridentino anatematizó estas
doctrinas: "Si alguno dijere que el vínculo matrimonial puede desatarse por razón de herejía, o de molesta
cohabitación, o de ausencia afectada, sea anatema"[68], y "si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando, en
conformidad con la doctrina evangélica y apostólica, enseñó y enseña que no se puede desatar el vínculo
matrimonial por razón de adulterio de uno de los cónyuges, y que ninguno de los dos, ni siquiera el
inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro
cónyuge, y que adultera tanto el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que,
abandonando al marido, se casa con otro, sea anatema"[69].

Luego si la Iglesia no erró ni yerra cuando enseñó y enseña estas cosas, evidentemente es cierto que no
puede desatarse el vínculo ni aun en el caso de adulterio, y cosa clara es que mucho menos valen y en
absoluto se han de despreciar las otras tan fútiles razones que pueden y suelen alegarse como causa de
los divorcios.

34. Por lo demás, las objeciones que, fundándose en aquellas tres razones, mueven contra la
indisolubilidad del matrimonio, se resuelven fácilmente. Pues todos esos inconvenientes y todos esos
peligros se evitan concediendo alguna vez, en esas circunstancias extremas, la separación imperfecta de
los esposos, quedando intacto el vínculo, lo cual concede con palabras claras la misma ley eclesiástica en
los cánones que tratan de la separación del tálamo, de la mesa y de la habitación[70]. Y toca a las leyes
sagradas y, a lo menos también en parte, a las civiles, en cuanto a los efectos y razones civiles se refiere,
determinar las causas y condiciones de esta separación, y juntamente el modo y las cautelas con las cuales
se provea a la educación de los hijos y a la incolumidad de la familia, y se eviten, en lo posible, todos los
peligros que amenazan tanto al cónyuge como a los hijos y a la misma sociedad civil.

Asimismo, todo lo que se suele aducir, y más arriba tocamos, para probar la firmeza indisoluble del
matrimonio, todo y con la misma fuerza lógica excluye, no ya sólo la necesidad sino también la facultad de
divorciarse, así como la falta de poder en cualquier magistrado para concederla, de donde tantos cuantos
son los beneficios que reporta la indisolubilidad, otros tantos son los perjuicios que ocasiona el divorcio,
perniciosísimos todos, así para los individuos como para la sociedad.

Y, valiéndonos una vez más de la doctrina de Nuestro Predecesor, apenas hay necesidad de decir que
tanta es la cosecha de males del divorcio cuanto inmenso el cúmulo de beneficios que en sí contiene la
firmeza indisoluble del matrimonio. De una parte, contemplamos los matrimonios protegidos y
salvaguardados por el vínculo inviolable; de otra parte, vemos que los mismos pactos matrimoniales
resultan inestables o están expuestos a inquietantes sospechas, ante la perspectiva de la posible
separación de los cónyuges o ante los peligros que se ofrecen de divorcio. De una parte, el mutuo afecto y
la comunión de bienes admirablemente consolidada; de la otra, lamentablemente debilitada a causa de la
misma facultad que se les concede para separarse. De la una, la fidelidad casta de los esposos encuentra
conveniente defensa; de la otra, se suministra a la infidelidad perniciosos incentivos. De la una, quedan
atendidos con eficacia el reconocimiento, protección y educación de los hijos; de la otra, reciben gravísimos
quebrantos. De la una, se evitan múltiples disensiones entre los parientes y familias; de la otra, se
presentan frecuentes ocasiones de división. De la una, más fácilmente se sofocan las semillas de la
discordia; de la otra, más copiosa y extensamente se siembran. De la una, vemos felizmente reintegrada y
restablecida, en especial, la dignidad y oficio de la mujer, tanto en la sociedad doméstica como en la civil;
de la otra, indignamente rebajada, pues que se expone a la esposa al peligro "de ser abandonada, una vez
que ha servido al deleite del marido"[71].

Y porque, para concluir con las palabras gravísimas de León XIII, "nada contribuye tanto a destruir las
familias y a arruinar las naciones como la corrupción de las costumbres, fácilmente se echa de ver cuánto
se oponen a la prosperidad de la familia y de la sociedad los divorcios, que nacen de la depravación moral
de los pueblos, y que, como atestigua la experiencia, franquean la puerta y conducen a las más relajadas
costumbres en la vida pública y privada. Sube de punto la gravedad de estos males si se considera que,
una vez concedida la facultad de divorciarse, no habrá freno alguno que pueda contenerla dentro de los
límites definidos o de los antes señalados. Muy grande es la fuerza de los ejemplos, pero mayor es la de
las pasiones; con estos incentivos tiene que suceder que el capricho de divorciarse, cundiendo cada día
más, inficione a muchas almas como una enfermedad contagiosa o como torrente que se desborda, rotos
todos los obstáculos"[72].

Por consiguiente, como en la misma Encíclica se lee: "Mientras esos modos de pensar no varíen, han de
temer sin cesar, lo mismo las familias que la sociedad humana, el peligro de ser arrastrados por una ruina
y peligro universal"[73].

La cada día creciente corrupción de costumbres y la inaudita depravación de la familia que reina en las
regiones en las que domina plenamente el comunismo, confirman claramente la gran verdad del anterior
vaticinio pronunciado hace ya cincuenta años.

35. Llenos de veneración, hemos admirado hasta aquí, Venerables Hermanos, cuanto en orden al
matrimonio ha establecido el Creador y Redentor de los hombres, lamentando al mismo tiempo que
designios tan amorosos de la divina bondad se vean defraudados y tan frecuentemente conculcados en
nuestros días por las pasiones, errores y vicios de los hombres. Es, pues, muy natural que volvamos ahora
Nuestros ojos con paternal solicitud en busca de los remedios oportunos mediante los cuales desaparezcan
los perniciosísimos abusos que hemos enumerado y recobre el matrimonio la reverencia que le es debida.

Para lo cual Nos parece conveniente, en primer lugar, traer a la memoria aquel dictamen que en la sana
filosofía y, por lo mismo, en la teología sagrada es solemne, según el cual todo lo que se ha desviado de la
rectitud no tiene otro camino para tornar al primitivo estado exigido por su naturaleza sino volver a
conformarse con la razón divina que (como enseña el Doctor Angélico)[74] es el ejemplar de toda rectitud.

Por lo cual, Nuestro Predecesor León XIII, de s. m., con razón argüía a los naturalistas con estas
gravísimas palabras: "La ley ha sido providentemente establecida por Dios de tal modo, que las
instituciones divinas y naturales se nos hagan más útiles y saludables cuanto más permanecen íntegras e
inmutables en su estado nativo, puesto que Dios, autor de todas las cosas, bien sabe qué es lo que más
conviene a su naturaleza y conservación, y todas las ordenó de tal manera, con su inteligencia y voluntad,
que cada una ha de obtener su fin de un modo conveniente. Y si la audacia y la impiedad de los hombres
quisieran torcer y perturbar el orden de las cosas, con tanta providencia establecido, entonces lo mismo
que ha sido tan sabia y provechosamente determinado, empezará a ser obstáculo y dejará de ser útil, sea
porque pierda con el cambio su condición de ayuda, sea porque Dios mismo quiera castigar la soberbia y
temeridad de los hombres"[75].

36. Es necesario, pues, que todos consideren atentamente la razón divina del matrimonio y procuren
conformarse con ella, a fin de restituirlo al debido orden.

Mas como a esta diligencia se opone principalmente la fuerza de la pasión desenfrenada, que es en
realidad la razón principal por la cual se falta contra las santas leyes del matrimonio y como el hombre no
puede sujetar sus pasiones si él no se sujeta antes a Dios, esto es lo que primeramente se ha de procurar,
conforme al orden establecido por Dios. Porque es ley constante que quien se sometiere a Dios conseguirá
refrenar, con la gracia divina, sus pasiones y su concupiscencia; mas quien fuere rebelde a Dios tendrá que
dolerse al experimentar que sus apetitos desenfrenados le hacen guerra interior.
San Agustín expone de este modo con cuánta sabiduría se haya esto así establecido: "Es conveniente —
dice— que el inferior se sujete al superior; que aquel que desea se le sujete lo que es inferior se someta él
a quien le es superior. ¡Reconoce el orden, busca la paz! ¡Tú a Dios; la carne a ti! ¿Qué más justo? ¿Qué
más bello? Tú al mayor, y el menor a ti; sirve tú a quien te hizo, para que te sirva lo que se hizo para ti.
Pero, cuidado: no reconocemos, en verdad, ni recomendamos este orden: ¡A ti la carne y tú a Dios!, sino:
¡Tú a Dios y a ti la carne! Y si tú desprecias lo primero, es decir, Tú a Dios, no conseguirás lo segundo,
esto es, la carne a ti. Tú, que no obedeces al Señor, serás atormentado por el esclavo"[76].

Y el mismo bienaventurado Apóstol de las Gentes, inspirado por el Espíritu Santo, atestigua también este
orden, pues, al recordar a los antiguos sabios, que, habiendo más que suficientemente conocido al Autor
de todo lo creado, tuvieron a menos el adorarle y reverenciarle, dice: "Por lo cual les entregó Dios a los
deseos de su corazón, a la impureza, de tal manera que deshonrasen ellos mismos sus propios cuerpos y
añade aún: por esto les entregó Dios al juego de sus pasiones"[77]. Porque "Dios resiste a los soberbios y
da a los humildes la gracia"[78], sin la cual, como enseña el mismo Apóstol, "el hombre es incapaz de
refrenar la concupiscencia rebelde"[79].

37. Luego si de ninguna manera se pueden refrenar, como se debe, estos ímpetus indomables, si el alma
primero no rinde humilde obsequio de piedad y reverencia a su Creador, es ante todo y muy necesario que
quienes se unen con el vínculo santo del matrimonio estén animados por una piedad íntima y sólida hacia
Dios, la cual informe toda su vida y llene su inteligencia y su voluntad de un acatamiento profundo hacia la
suprema Majestad de Dios.

Obran, pues, con entera rectitud y del todo conformes a las normas del sentido cristiano aquellos pastores
de almas que, para que no se aparten en el matrimonio de la divina ley, exhortan en primer lugar a los
cónyuges a los ejercicios de piedad, a entregarse por completo a Dios, a implorar su ayuda continuamente,
a frecuentar los sacramentos, a mantener y fomentar, siempre y en todas las cosas, sentimientos de
devoción y de piedad hacia Dios.

Pero gravemente se engañan los que creen que, posponiendo o menospreciando los medios que exceden a
la naturaleza, pueden inducir a los hombres a imponer un freno a los apetitos de la carne con el uso
exclusivo de los inventos de las ciencias naturales (como la biología, la investigación de la transmisión
hereditaria, y otras similares). Lo cual no quiere decir que se hayan de tener en poco los medios naturales,
siempre que no sean deshonestos; porque uno mismo es el autor de la naturaleza y de la gracia, Dios, el
cual ha destinado los bienes de ambos órdenes para que sirvan al uso y utilidad de los hombres. Pueden y
deben, por lo tanto, los fieles ayudarse también de los medios naturales. Pero yerran los que opinan que
bastan los mismos para garantizar la castidad del estado conyugal, o les atribuyen más eficacia que al
socorro de la gracia sobrenatural.

38. Pero esta conformidad de la convivencia y de las costumbres matrimoniales con las leyes de Dios, sin la
cual no puede ser eficaz su restauración, supone que todos pueden discernir con facilidad, con firme
certeza y sin mezcla de error, cuáles son esas leyes. Ahora bien; no hay quien no vea a cuántos sofismas
se abriría camino y cuántos errores se mezclarían con la verdad si a cada cual se dejara examinarlas tan
sólo con la luz de la razón o si tal investigación fuese confiada a la privada interpretación de la verdad
revelada. Y si esto vale para muchas otras verdades del orden moral, particularmente se ha de proclamar
en las que se refieren al matrimonio, donde el deleite libidinoso fácilmente puede imponerse a la frágil
naturaleza humana, engañándola y seduciéndola; y esto tanto más cuanto que, para observar la ley divina,
los esposos han de hacer a veces sacrificios difíciles y duraderos, de los cuales se sirve el hombre frágil,
según consta por la experiencia, como de otros tantos argumentos para excusarse de cumplir la ley divina.

Por todo lo cual, a fin de que ninguna ficción ni corrupción de dicha ley divina, sino el verdadero y genuino
conocimiento de ella ilumine el entendimiento de los hombres y dirija sus costumbres, es menester que con
la devoción hacia Dios y el deseo de servirle se junte una humilde y filial obediencia para con la Iglesia.
Cristo nuestro Señor mismo constituyó a su Iglesia maestra de la verdad, aun en todo lo que se refiere al
orden y gobierno de las costumbres, por más que muchas de ellas estén al alcance del entendimiento
humano. Porque así como Dios vino en auxilio de la razón humana por medio de la revelación, a fin de que
el hombre, aun en la actual condición en que se encuentra, "pueda conocer fácilmente, con plena
certidumbre y sin mezcla de error"[80], las mismas verdades naturales que tienen por objeto la religión y
las costumbres, así, y para idéntico fin, constituyó a su Iglesia depositaria y maestra de todas las verdades
religiosas y morales; por lo tanto, obedezcan los fieles y rindan su inteligencia y voluntad a la Iglesia, si
quieren que su entendimiento se vea inmune del error y libres de corrupción sus costumbres; obediencia
que se ha de extender, para gozar plenamente del auxilio tan liberalmente ofrecido por Dios, no sólo a las
definiciones solemnes de la Iglesia, sino también, en la debida proporción, a las Constituciones o Decretos
en que se reprueban y condenan ciertas opiniones como peligrosas y perversas[81].

39. Tengan, por lo tanto, cuidado los fieles cristianos de no caer en una exagerada independencia de su
propio juicio y en una falsa autonomía de la razón, incluso en ciertas cuestiones que hoy se agitan acerca
del matrimonio. Es muy impropio de todo verdadero cristiano confiar con tanta osadía en el poder de su
inteligencia, que únicamente preste asentimiento a lo que conoce por razones internas; creer que la
Iglesia, destinada por Dios para enseñar y regir a todos los pueblos, no está bien enterada de las
condiciones y cosas actuales; o limitar su consentimiento y obediencia únicamente a cuanto ella propone
por medio de las definiciones más solemnes, como si las restantes decisiones de aquélla pudieran ser falsas
o no ofrecer motivos suficientes de verdad y honestidad. Por lo contrario, es propio de todo verdadero
discípulo de Jesucristo, sea sabio o ignorante, dejarse gobernar y conducir, en todo lo que se refiere a la fe
y a las costumbres, por la santa madre Iglesia, por su supremo Pastor el Romano Pontífice, a quien rige el
mismo Jesucristo Señor nuestro.

Debiéndose, pues, ajustar todas las cosas a la ley y a las ideas divinas, para que se obtenga la restauración
universal y permanente del matrimonio, es de la mayor importancia que se instruya bien sobre el mismo a
los fieles; y esto de palabra y por escrito, no rara vez y superficialmente, sino a menudo y con solidez, con
razones profundas y claras, para conseguir de este modo que esta verdades rindan las inteligencias y
penetren hasta lo íntimo de los corazones. Sepan y mediten con frecuencia cuán grande sabiduría,
santidad y bondad mostró Dios hacia los hombres, tanto al instituir el matrimonio como al protegerlo con
leyes sagradas; y mucho más al elevarlo a la admirable dignidad de sacramento, por la cual se abre a los
esposos cristianos tan copiosa fuente de gracias, para que casta y fielmente realicen los elevados fines del
matrimonio, en provecho propio y de sus hijos, de toda la sociedad civil y de la humanidad entera.

40. Y ya que los nuevos enemigos del matrimonio trabajan con todas sus fuerzas, lo mismo de palabra que
con libros, folletos y otros mil medios, para pervertir las inteligencias, corromper los corazones, ridiculizar la
castidad matrimonial y enaltecer los vicios más inmundos, con mucha más razón vosotros, Venerables
Hermanos, a quienes "el Espíritu Santo ha instituido Obispos, para regir la Iglesia de Dios, que ha ganado
El con su propia sangre"[82], debéis hacer cuanto esté de vuestra parte, ya por vosotros mismos y por
vuestros sacerdotes, ya también por medio de seglares oportunamente escogidos entre los afiliados a la
Acción Católica, tan vivamente por Nos deseada y recomendada como auxiliar del apostolado jerárquico, a
fin de que, poniendo en juego todos los medios razonables, contrapongáis al error la verdad, a la torpeza
del vicio el resplandor de la castidad, a la servidumbre de las pasiones la libertad de los hijos de Dios, a la
inicua facilidad de los divorcios la perenne estabilidad del verdadero amor matrimonial y de la inviolable
fidelidad, hasta la muerte, en el juramento prestado. Así los fieles rendirán con toda el alma incesantes
gracias a Dios por haberles ligado con sus preceptos y haberles movido suavemente a rehuir en absoluto la
idolatría de la carne y la servidumbre innoble a que les sujetaría el placer[83]. Asimismo, mirarán con
terror y con diligencia suma evitarán aquellas nefandas opiniones que, para deshonor de la dignidad
humana, se divulgan en nuestros días, mediante la palabra y la pluma, con el nombre de perfecto
matrimonio, y que hacen de semejante matrimonio perfecto no otra cosa que un matrimonio depravado,
como se ha dicho con toda justicia y razón.

41. Esta saludable instrucción y educación religiosa sobre el matrimonio cristiano dista mucho de aquella
exagerada educación fisiológica, por medio de la cual algunos reformadores de la vida conyugal pretenden
hoy auxiliar a los esposos, hablándoles de aquellas materias fisiológicas con las cuales, sin embargo,
aprenden más bien el arte de pecar con refinamiento que la virtud de vivir castamente.

Por lo cual hacemos Nuestras con sumo agrado, Venerables Hermanos, aquellas palabras que Nuestro
predecesor León XIII, de f. m., dirigía a los Obispos de todo el orbe en su Encíclica sobre el matrimonio
cristiano: "Procurad, con todo el esfuerzo y toda la autoridad que podáis, conservar en los fieles,
encomendados a vuestro cuidado, íntegra e incorrupta la doctrina que nos han comunicado Cristo Señor
nuestro y los Apóstoles, intérpretes de la voluntad divina, y que la Iglesia católica religiosamente ha
conservado, imponiendo en todos los tiempos su cumplimiento a todos los cristianos"[84].

42. Mas, como ni aun la mejor instrucción comunicada por medio de la Iglesia, por muy buena que sea,
basta, ella sola, para conformar de nuevo el matrimonio con la ley de Dios, a la instrucción de la
inteligencia es necesario añadir, por parte de los cónyuges, una voluntad firme y decidida de guardar las
leyes santas que Dios y la naturaleza han establecido sobre el matrimonio. Sea cual fuere lo que otros, ya
de palabra, ya por escrito, quieran afirmar y propagar, se decreta y sanciona para los cónyuges lo
siguiente, a saber, que en todo lo que al matrimonio se refiere se sometan a las disposiciones divinas: en
prestarse mutuo auxilio, siempre con caridad; en guardar la fidelidad de la castidad; en no atentar jamás
contra la indisolubilidad del vínculo; en usar los derechos adquiridos por el matrimonio, siempre según el
sentido y piedad cristiana, sobre todo al principio del matrimonio, a fin de que, si las circunstancias
exigiesen después la continencia, les sea más fácil guardarla a cualquiera de los dos, una vez ya
acostumbrados a ella.

Mucho les ayudará para conseguir, conservar y poner en práctica esta voluntad decidida, la frecuente
consideración de su estado y el recuerdo siempre vivo del Sacramento recibido. Recuerden siempre que
para la dignidad y los deberes de dicho estado han sido santificados y fortalecidos con un sacramento
peculiar, cuya eficacia persevera siempre, aun cuando no imprima carácter.

A este fin mediten estas palabras verdaderamente consoladoras del santo cardenal Roberto Belarmino, el
cual, con otros teólogos de gran nota, así piensa y escribe: "Se puede considerar de dos maneras el
sacramento del matrimonio: o mientras se celebra, o en cuanto permanece después de su celebración.
Porque este sacramento es como la Eucaristía que no solamente es sacramento mientras se confecciona:
pues mientras viven los cónyuges, su sociedad es siempre el Sacramento de Cristo y de la Iglesia"[85].

Mas para que la gracia del mismo produzca todo su efecto, como ya hemos advertido, es necesaria la
cooperación de los cónyuges, y ésta consiste en que con trabajo y diligencia sinceramente procuren
cumplir sus deberes, poniendo todo el empeño que esté de su parte. Pues así como en el orden natural
para que las fuerzas que Dios ha dado desarrollen todo su vigor es necesario que los hombres apliquen su
trabajo y su industria, pues si faltan éstos jamás se obtendrá provecho alguno, así también las fuerzas de
la gracia que, procedentes del sacramento, yacen escondidas en el fondo del alma, han de desarrollarse
por el cuidado propio y el propio trabajo de los hombres. No desprecien, por lo tanto, los esposos la gracia
propia del sacramento que hay en ellos[86]; porque después de haber emprendido la constante
observancia de sus obligaciones, aunque sean difíciles, experimentarán cada día con más eficacia, en sí
mismos, la fuerza de aquella gracia.

Y si alguna vez se ven oprimidos más gravemente por trabajos de su estado y de su vida, no decaigan de
ánimo, sino tengan como dicho de alguna manera para sí lo que el apóstol San Pablo, hablando del
sacramento del Orden, escribía a Timoteo, su discípulo queridísimo, que estaba muy agobiado por trabajos
y sufrimientos: "Te amonesto que resucites la gracia de Dios que hay en ti, la cual te fue dada por la
imposición de mis manos. Pues no nos dio el Señor espíritu de temor, sino de virtud, de amor y de
sobriedad"[87].

43. Todo esto, Venerables Hermanos, depende, en gran parte, de la debida preparación para el
matrimonio, ya próxima ya remota. Pues no puede negarse que tanto el fundamento firme del matrimonio
feliz como la ruina el desgraciado se preparan y se basan, en los jóvenes de ambos sexos, ya desde su
infancia y de su juventud. Y así ha de temerse que quienes antes del matrimonio sólo se buscaron a sí
mismos y a sus cosas, y condescendieron con sus deseos aun cuando fueran impuros, sean en el
matrimonio cuales fueron antes de contraerlo, es decir, que cosechen lo que sembraron[88]; o sea, tristeza
en el hogar doméstico, llanto, mutuo desprecio, discordias, aversiones, tedio de la vida común, y, lo que es
peor, encontrarse a sí mismos llenos de pasiones desenfrenadas.

Acérquense, pues, los futuros esposos, bien dispuestos y preparados, al estado matrimonial, y así podrán
ayudarse mutuamente, como conviene, en las circunstancias prósperas y adversas de la vida, y, lo que vale
más aún, conseguir la vida eterna y la formación del hombre interior hasta la plenitud de la edad de
Cristo[89]. Esto les ayudará también para que en orden a sus queridos hijos, se conduzcan como quiso
Dios que los padres se portasen con su prole; es decir, que el padre sea verdadero padre y la madre
verdadera madre; de suerte que por su amor piadoso y por sus solícitos cuidados, la casa paterna, aunque
colocada en este valle de lágrimas y quizás oprimida por dura pobreza, sea una imagen de aquel paraíso
de delicias en el que colocó el Creador del género humano a nuestros primero padres. De aquí resultará
que puedan hacer a los hijos hombres perfectos y perfectos cristianos, al imbuirles el genuino espíritu de la
Iglesia católica y al infiltrarles, además, aquel noble afecto y amor a la patria que la gratitud y la piedad del
ánimo exigen.

44. Y así, lo mismo quienes tienen intención de contraer más tarde el sano matrimonio, que quienes se
dedican a la educación de la juventud, tengan muy en cuenta tal porvenir, lo preparen alegre e impidan
que sea triste, recordando lo que advertíamos en Nuestra Encíclica sobre la educación: "Es, pues, menester
corregir las inclinaciones desordenadas, fomentar y ordenar las buenas desde la más tierna infancia, y
sobre todo hay que iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los
medios de la gracia, sin la cual no es posible dominar las perversas inclinaciones y alcanzar la debida
perfección educativa de la Iglesia, perfecta y completamente dotada por Cristo de la doctrina divina y de
los sacramentos, medios eficaces de la gracia"[90].

A la preparación próxima de un buen matrimonio pertenece de una manera especial la diligencia en la


elección del consorte, porque de aquí depende en gran parte la felicidad o la infelicidad del futuro
matrimonio, ya que un cónyuge puede ser al otro de gran ayuda para llevar la vida conyugal
cristianamente, o, por lo contrario, crearle serios peligros y dificultades. Para que no padezcan, pues, por
toda la vida las consecuencias de una imprudente elección, deliberen seriamente los que deseen casarse
antes de elegir la persona con la que han de convivir para siempre; y en esta deliberación tengan presente
las consecuencias que se derivan del matrimonio: en orden, en primer lugar, a la verdadera religión de
Cristo, y además en orden a sí mismo, al otro cónyuge, a la futura prole y a la sociedad humana y civil, que
nace del matrimonio como de su propia fuente. Imploren con fervor el auxilio divino para que elijan según
la prudencia cristiana, no llevados por el ímpetu ciego y sin freno de la pasión, ni solamente por razones de
lucro o por otro motivo menos noble, sino guiados por un amor recto y verdadero y por un afecto leal hacia
el futuro cónyuge, buscando en el matrimonio, precisamente, aquellos fines para los cuales Dios lo ha
instituido. No dejen, en fin, de pedir para dicha elección el prudente y tan estimable consejo de sus padres,
a fin de precaver, con el auxilio del conocimiento más maduro y de la experiencia que ellos tienen en las
cosas humanas, toda equivocación perniciosa y para conseguir también más copiosa la bendición divina
prometida a los que guardan el cuarto mandamiento. "Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer
mandamiento en la promesa) para que te vaya bien y tengas larga vida sobre la tierra"[91].

45. Y, porque con frecuencia el cumplimiento perfecto de los mandamientos de Dios y la honestidad del
matrimonio se ven expuestos a grandes dificultades, cuando los cónyuges sufran con las angustias de la
vida familiar y la escasez de bienes temporales, será necesario atender a remediarles, en estas
necesidades, del modo que mejor sea posible.

Para lo cual hay que trabajar, en primer término, con todo empeño, a fin de que la sociedad civil, como
sabiamente dispuso Nuestro predecesor León XIII[92], establezca un régimen económico y social en el que
los padres de familia puedan ganar y procurarse lo necesario para alimentarse a sí mismos, a la esposa y a
los hijos, según las diversas condiciones sociales y locales, "pues el que trabaja merece su
recompensa"[93]. Negar ésta o disminuirla más de lo debido es gran injusticia y, según las Sagradas
Escrituras, un grandísimo pecado[94]; como tampoco es lícito establecer salarios tan mezquinos que,
atendidas las circunstancias y los tiempos, no sean suficientes para alimentar a la familia.

Procuren, sin embargo, los cónyuges, ya mucho tiempo antes de contraer matrimonio, prevenir o disminuir
al menos las dificultades materiales; y cuiden los doctos de enseñarles el modo de conseguir esto con
eficacia y dignidad. Y, en caso de que no se basten a sí solos, fúndense asociaciones privadas o públicas
con que se pueda acudir al socorro de sus necesidades vitales[95].

46. Cuando con todo esto no se lograse cubrir los gastos que lleva consigo una familia, mayormente
cuando ésta es numerosa o dispone de medios reducidos, exige el amor cristiano que supla la caridad las
deficiencias del necesitado, que los ricos en primer lugar presten su ayuda a los pobres, y que cuantos
gozan de bienes superfluos no los malgasten o dilapiden, sino que los empleen en socorrer a quienes
carecen de lo necesario. Todo el que se desprenda de sus bienes en favor de los pobres recibirá muy
cumplida recompensa en el día del último juicio; pero los que obraren en contrario tendrán el castigo que
se merecen[96], pues no es vano el aviso del Apóstol cuando dice: "Si alguien tiene bienes de este mundo
y, viendo a su hermano en necesidad, cierra las entrañas para no compadecerse de él, ¿cómo es posible
que en él resida la caridad de Dios?"[97].

47. No bastando los subsidios privados, toca a la autoridad pública suplir los medios de que carecen los
particulares en negocio de tanta importancia para el bien público, como es el que las familias y los
cónyuges se encuentren en la condición que conviene a la naturaleza humana.

Porque si las familias, sobre todo las numerosas, carecen de domicilio conveniente; si el varón no puede
procurarse trabajo y alimentos; si los artículos de primera necesidad no pueden comprarse sino a precios
exagerados; si las madres, con gran detrimento de la vida doméstica, se ven obligadas a ganar el sustento
con su propio trabajo; si a éstas les faltan, en los ordinarios y aun extraordinarios trabajos de la
maternidad, los alimentos y medicinas convenientes, el médico experto, etc., todos entendemos cuánto se
deprimen los ánimos de los cónyuges, cuán difícil se les hace la convivencia doméstica y el cumplimiento
de los mandamientos de Dios, y también a qué grave riesgo se exponen la tranquilidad pública y la salud y
la vida de la misma sociedad civil, si llegan estos hombres a tal grado de desesperación, que, no teniendo
nada que perder, creen que podrán recobrarlo todo con una violenta perturbación social.

Consiguientemente, los gobernantes no pueden descuidar estas materiales necesidades de los matrimonios
y de las familias sin dañar gravemente a la sociedad y al bien común; deben, pues, tanto cuando legislan
como cuando se trata de la imposición de los tributos, tener especial empeño en remediar la penuria de las
familias necesitadas; considerando esto como uno de los principales deberes de su autoridad.

Con ánimo dolorido contemplamos cómo, no raras veces, trastrocando el recto orden, fácilmente se
prodigan socorros oportunos y abundantes a la madre y a la prole ilegítima (a quienes también es
necesario socorrer, aun por la sola razón de evitar mayores males), mientras se niegan o no se conceden
sino escasamente, y como a la fuerza, a la madre y a los hijos de legítimo matrimonio.

48. Pero no sólo en lo que atañe a los bienes temporales importa, Venerables Hermanos, a la autoridad
pública, que esté bien constituido el matrimonio y la familia, sino también en lo que se refiere al provecho
que se ha de llamar propio de las almas, o sea en que se den leyes justas relativas a la fidelidad conyugal,
al mutuo auxilio de los esposos y a cosas semejantes, y que se cumplan fielmente; porque, como
comprueba la historia, la salud de la república y la felicidad de los ciudadanos no puede quedar defendida y
segura si vacila el mismo fundamento en que se basa, que es la rectitud del orden moral y si está cegada
por vicios de los ciudadanos la fuente donde se origina la sociedad, es decir, el matrimonio y la familia.

Ahora bien; para conservar el orden moral no bastan ni las penas y recursos externos de la sociedad, ni la
belleza de la virtud, y su necesidad, sino que se requiere una autoridad religiosa que ilumine nuestro
entendimiento con la luz de la verdad, y dirija la voluntad y fortalezca la fragilidad humana con los auxilios
de la divina gracia; pero esa autoridad sólo es la Iglesia, instituida por Cristo nuestro Señor. Y así
encarecidamente exhortamos en el Señor a todos los investidos con la suprema potestad civil a que
procuren y mantengan la concordia y amistad con la misma Iglesia de Cristo, para que, mediante la
cooperación diligente de ambas potestades, se destierren los gravísimos males que amenazan tanto a la
Iglesia como a la sociedad, si penetran en el matrimonio y en la familia tan procaces libertades.

49. Mucho pueden favorecer la leyes civiles a este oficio gravísimo de la Iglesia, teniendo en cuenta en sus
disposiciones lo que ha establecido la ley divina y eclesiástica y castigando a los que las quebrantaren. No
faltan, en efecto, quienes creen que lo que las leyes civiles permiten o no castigan es también lícito según
la ley moral; ni quienes lo pongan por obra, no obstante la oposición de la conciencia, ya que no temen a
Dios y nada juzgan deber temer de las leyes humanas, causando así no pocas veces su propia ruina y la de
otros muchos.

Ni a la integridad ni a los derechos de la sociedad puede venir peligro o menoscabo de esta unión con la
Iglesia; toda sospecha y todo temor semejante es vano y sin fundamento, lo cual ya dejó bien probado
León XIII: "Nadie duda —afirma— que el Fundador de la Iglesia, Jesucristo, haya querido que la potestad
sagrada sea distinta de la potestad civil y que tenga cada una libertad y facilidad para desempeñar su
cometido; pero con esta añadidura, que conviene a las dos e interesa a todos los hombres que haya entre
ellas unión y concordia... Pues si la potestad civil va en pleno acuerdo con la Iglesia, por fuerza ha de
seguirse utilidad grande para las dos. La dignidad de una se enaltece, y, si la religión va delante, su
gobierno será siempre justo; a la otra se le ofrecen auxilios de tutela y defensa encaminados al bien
público de los fieles"[98].

Y, para aducir ejemplo claro y de actualidad, sucedió esto conforme al orden debido y enteramente según
la ley de Cristo, cuando en el Concordato solemne entre la Santa Sede y el Reino de Italia, felizmente
llevado a cabo, se estableció un convenio pacífico y una cooperación también amistosa en orden a los
matrimonios, como correspondía a la historia gloriosa de Italia y a los sagrados recuerdos de la
antigüedad.

Y así se lee como decretado en el Tratado de Letrán: "La nación italiana, queriendo restituir al matrimonio,
que es la base de la familia, una dignidad que está en armonía con las tradiciones de su pueblo, reconoce
efectos civiles al sacramento del Matrimonio que se conforme con el derecho canónico"[99]; a la cual
norma fundamental se añadieron, después, otras determinaciones de aquel mutuo acuerdo.

Esto puede a todos servir de ejemplo y argumento de que también en nuestra edad (en la que por
desgracia tanto se predica la separación absoluta de la autoridad civil, no ya sólo de la Iglesia, sino aun de
toda religión) pueden los dos poderes supremos, mirando a su propio bien y al bien común de la sociedad,
unirse y pactar amigablemente, sin lesión alguna de los derechos y de la potestad de ambos, y de común
acuerdo velar por el matrimonio, a fin de apartar de las familias cristianas peligros tan funestos y una ruina
ya inminente.

50. Queremos, pues, Venerables Hermanos, que todo lo que, movidos por solicitud pastoral, acabamos de
considerar con vosotros, lo difundáis con amplitud, siguiendo las normas de la prudencia cristiana, entre
todos Nuestros amados hijos confiados a vuestros cuidados inmediatos, entre todos cuantos sean
miembros de la gran familia cristiana; a fin de que conozcan todos perfectamente la verdadera doctrina
acerca del matrimonio, se aparten con diligencia de los peligros preparados por los pregoneros del error, y,
sobre todo," para que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivan sobria, justa y
religiosamente en este siglo, aguardando la bienaventurada esperanza y la venida gloriosa del gran Dios y
Salvador nuestro, Jesucristo"[100].

51. Haga Dios Padre Omnipotente, del cual es nombrada toda paternidad en los cielos y en la tierra[101],
que robustece a los débiles y da fuerzas a los tímidos y pusilánimes; haga nuestro Señor y Redentor
Jesucristo, fundador y perfeccionador de los venerables sacramentos[102], que quiso y determinó que el
matrimonio fuese una mística imagen de su unión inefable con la Iglesia; haga el Espíritu Santo, Dios
Caridad, lumbre de los corazones y vigor de los espíritus, que cuanto en esta Nuestra Encíclica hemos
expuesto acerca del santo sacramento del Matrimonio, sobre la ley y voluntad admirables de Dios en lo que
a él se refiere, sobre los errores y peligros que los amenazan y sobre los remedios con que se les puede
combatir, lo impriman todos en su inteligencia, lo acaten en su voluntad y, con la gracia divina, lo pongan
por obra, para que así la fecundidad consagrada al Señor, la fidelidad inmaculada, la firmeza
inquebrantable, la profundidad del sacramento y la plenitud de las gracias vuelvan a florecer y cobrar
nuevo vigor en los matrimonios cristianos.

Y para que Dios Nuestro Señor, autor de toda gracia, cuyo es todo querer y obrar[103], se digne conceder
todo ello según la grandeza de su benignidad y de su omnipotencia, mientras con instancia elevamos
humildemente Nuestras preces al trono de su gracia, os damos, Venerables Hermanos, a vosotros, al Clero
y al pueblo confiado a los constantes desvelos de vuestra vigilancia, la Bendición Apostólica, prenda de la
bendición copiosa de Dios Omnipotente.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 31 de diciembre del año 1930, año noveno de Nuestro Pontificado.

PÍO PP. XI
NOTAS

[1] Eph. 5, 32

[2] Enc. Arcanum 10 febr. 1880.

[3] Gen. 1, 27-28; 2, 22-23; Mat. 19, 3 ss.; Eph. 5, 23 ss.

[4] Conc. Trid. sess. 24.

[5] Cf. C.I.C. c. 1081, §2.

[6] Ibid. c. 1081,§1.

[7] Santo Tomás, Suma Teológica III Suplem.q. 49 a. 3.

[8] Enc. Rerum novarum, 15 de mayo de 1891.

[9] Gen. 1, 28.

[10] Enc. Ad salutem 20 de abril de 1930.

[11] S. Aug. De bono coniug. 24, 32.

[12] S. Aug. De Gen. ad litt. 9, 7, 12.

[13] Gen. 1, 28.

[14] 1 Tim. 5, 14.

[15] S. Aug. De bono coniug. 24, 32.

[16] Cf. 1 Cor. 2, 9.

[17] Cf. Eph. 2, 19.

[18] Io. 16, 21.

[19] Enc. Divini illius Magistri 31 de diciembre de. 1929.

[20] S. Aug. De Gen. ad litt. 9, 7, 12.

[21] C.I.C. c. 1013, §1.

[22] Conc. Trid., sess. 24.

[23] Mat. 5, 28.

[24] Cf. Decr. S. Off., 2 mar. 1679, prop. 50.

[25] Eph. 5, 25; cf. Col. 3, 19.

[26] Catech. Rom. 2, 8, 24.

[27] Cf. S. Greg. M. Homil. 30 in Evang. (Io. 14, 23-31), n. 1.


[28] Mat. 22, 40.

[29] Cf. Cateches. Rom. 2, 8, 13.

[30] 1 Cor. 7, 3.

[31] Eph. 5, 22-23.

[32] Enc. Arcanum.

[33] Mat. 19, 6.

[34] Luc. 16, 18.

[35] S. Aug. De Gen. ad litt. 9, 7, 12.

[36] Pius VI Rescript. ad Episc. Agriens. 11de julio de 1789.

[37] Eph. 5, 32.

[38] S. Aug. De nupt. et concup. 1, 10.

[39] 1 Cor. 13, 8.

[40] Conc. Trid. sess. 24.

[41] Ibid.

[42] C.I.C. c. 1012.

[43] S. Aug. De nupt. et concup. 1, 10.

[44] Cf. Mat. 13, 25.

[45] 2 Tim. 4, 2-5.

[46] Eph. 5, 3.

[47] S. Aug. De coniug. adult. 2, 12; cf. Gen. 38, 8-10; S. Poenitent. 3 april, 3. iun. 1916.

[48] Mat. 15, 14; Decr. S Off., 22 nov. 1922.

[49] Luc. 6, 38.

[50] Conc. Trid. sess. 6, cap. 11.

[51] Const. ap. Cum occasione 31 maii 1653, prop. 1.

[52] Ex. 20, 13; cf. Decr. S. Off., 4 maii 1898, 24 iul. 1895, 31 maii 1884.

[53] S. Aug. De nupt. et concup. cap. 15.

[54] Cf. Rom. 3, 8.

[55] Cf. Gen. 4, 10.


[56] Suma teológica 2. 2ae. 108, 4, ad 2.

[57] Ex. 20, 14.

[58] Mat. 5, 28.

[59] Hebr. 13, 8.

[60] Cf. Mat. 5, 18.

[61] Mat. 7, 27.

[62] León XIII, enc. Arcanum.

[63] Cf. Eph. 5, 32; Hebr. 13, 4.

[64] C.I.C. c. 1060.

[65] Modestinus, in Dig. (23, 2; De ritu nupt. lib. I Regularum).

[66] Mat. 19, 6.

[67] Luc. 16, 18.

[68] Conc. Trid. sess. 24, c. 5.

[69] Ibid. c. 7.

[70] C.I.C. c. 1128 ss.

[71] León XIII, enc. Arcanum.

[72] Ibid.

[73] Ibid.

[74] Suma Teológica l. 2ae. 91, 1-2.

[75] Enc. Arcanum.

[76] S. Aug. Enarrat. in Ps. 143.

[77] Rom. 1, 24. 26.

[78] Iac. 4, 6.

[79] Cf. Rom. caps. 7 et 8.

[80] Conc. Vat., sess. 3, c. 2.

[81] Cf. Conc. Vat., sess. 3, c. 4; C.I.C. can. 1324.

[82] Act. 20, 28.

[83] Cf. Io. 8, 32 ss.; Gal. 5, 13.


[84] Enc. Arcanum.

[85] S. Rob. Bellarm. De controversiis t. 2, «De Matrimonio» contr. 2, 6.

[86] Cf. 1 Tim. 4, 14.

[87] 2 Tim. 1, 6-7.

[88] Cf. Gal. 6, 9.

[89] Cf. Eph. 4, 13.

[90] Enc. Divini illius Magistri 31 dec. 1929.

[91] Eph. 6, 2-3; cf. Ex. 20, 12.

[92] Enc. Rerum novarum.

[93] Luc. 10, 7.

[94] Cf. Deut. 24, 14. 15.

[95] Cf. León XIII, enc. Rerum novarum.

[96] Mat. 25, 34 ss.

[97] 1 Io. 3, 17.

[98] Enc. Arcanum.

[99] Concord. art. 34; A.A.S. 21 (1929) 290.

[100] Tit. 2, 12-13.

[101] Eph. 3, 15.

[102] Conc. Trid., sess. 24.

[103] Phil. 2, 13.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19301231_casti-connubii.html

CARTA ENCÍCLICA
DIVINI ILLIUS MAGISTRI
DE SUA SANTIDADE
PAPA PIO XI
AOS PATRIARCAS, PRIMAZES,
ARCEBISPOS, BISPOS
E OUTROS ORDINÁRIOS
EM PAZ E COMUNHÃO
COM A SANTA SÉ APOSTÓLICA
E A TODOS OS FIÉIS DO ORBE CATÓLICO

ACERCA DA EDUCAÇÃO CRISTÃ


DA JUVENTUDE
Veneráveis Irmãos
e Amados filhos
Saúde e Bênção Apostólica

INTRODUÇÃO

REPRESENTANTE na terra d'Aquele Divino Mestre que, apesar de abraçar com a imensidade do seu amor a
todos os homens, mesmo os pecadores e indignos, mostrou no entanto amar com ternura muito peculiar
as crianças, exprimindo-se por aquelas tão comoventes palavras: « deixai vir a mim as criancinhas »(1),
Nós temos procurado mostrar também em todas as ocasiões a predileção verdadeiramente paternal que
lhes consagramos, especialmente com os assíduos cuidados e oportunos ensinamentos que se referem à
educação cristã da juventude.

a) Motivos da publicação desta Encíclica

Deste modo, fazendo-Nos eco do Divino Mestre, temos dirigido salutares palavras, ora de advertência, ora
de incitamento, ora de direção, não só aos jovens e aos educadores, mas também aos pais e mães de
família, acerca de vários problemas da educação cristã, com aquela solicitude que convém ao Pai comum
de todos os fiéis, e com a oportuna e importuna insistência que é própria do ofício pastoral, (2)
recomendada pelo Apóstolo : « Insiste no tempo quer oportuno quer importuno : repreende, exorta,
admoesta, com grande paciência e doutrina », reclamada pelos nossos tempos em que infelizmente se
deplora uma tão grande falta de claros e sãos princípios, até acerca dos mais fundamentais problemas.

Porém, a mesma condição geral dos tempos, a que aludimos, as variadas discussões do problema escolar e
pedagógico nos diversos países, e o conseqüente desejo que muitos d'entre vós e dos vossos fiéis Nos
tendes manifestado com filial confiança, Veneráveis Irmãos, e o Nosso tão intenso afecto para com a
juventude, como dissemos, impelem-Nos a voltar mais propositadamente ao assunto, senão para o tratar
em toda a sua quase inexaurível amplitude de doutrina e de prática, pelo menos para reassumir os seus
princípios supremos, pôr em evidencia as suas principais conclusões, e indicar as aplicações praticas dos
mesmos.

Seja esta a lembrança que do Nosso Jubileu sacerdotal, com muito particular intenção e afecto, dedicamos
à cara juventude, e recomendamos a todos os que têm por especial missão e dever de ocupar-se da sua
educação.

Na verdade, nunca como nos tempos presentes, se discutiu tanto acerca da educação; por isso se
multiplicam os mestres de novas teorias pedagógicas, se excogitam, se propõem e discutem métodos e
meios, não só para facilitar, mas também para criar uma nova educação de infalível eficácia que possa
preparar as novas gerações para a suspirada felicidade terrena.

É que os homens criados por Deus à sua imagem e semelhança, e destinados para Ele, perfeição infinita,
assim como notam a insuficiência dos bens terrestres para a verdadeira felicidade dos indivíduos e dos
povos, encontrando-se hoje, mais que nunca, na abundância do progresso material hodierno, assim
também sentem em si mais vivo o estímulo infundido pelo Criador na mesma natureza racional, para uma
perfeição mais alta, e querem consegui-la principalmente com a educação.

Todavia, muitos deles, quase insistindo excessivamente no sentido etimológico da palavra, pretendem
derivá-la da própria natureza humana e atuá-la só com as suas forças. Daqui o errarem facilmente nisto,
pois que se concentram e imobilizam em si mesmos, atacando-se exclusivamente às coisas terrenas e
temporais, em vez de dirigirem o alvo para Deus, primeiro principio e ultimo fim de todo o universo; desta
maneira será a sua agitação contínua e incessante, enquanto não voltarem os olhos e os esforços para a
única meta da perfeição, Deus, segundo a profunda sentença de S. Agostinho: « Criaste-nos Senhor, para
Vós, e o nosso coração está inquieto enquanto não repousa em Vós »(3).

b) Essência, importância e excelência da Educação Cristã


É portanto da máxima importância não errar na educação, como não errar na direção para o fim ultimo
com o qual está conexa intima e necessariamente toda a obra da educação. Na verdade, consistindo a
educação essencialmente na formação do homem como ele deve ser e portar-se, nesta vida terrena, em
ordem a alcançar o fim sublime para que foi criado, é claro que, assim como não se pode dar verdadeira
educação sem que esta seja ordenada para o fim ultimo, assim na ordem actual da Providencia, isto é,
depois que Deus se nos revelou no Seu Filho Unigênito que é o único « caminho, verdade e vida », não
pode dar-se educação adequada e perfeita senão a cristã.

Daqui ressalta, com evidencia, a importância suprema da educação cristã, não só para cada um dos
indivíduos, mas também para as famílias e para toda a sociedade humana, visto que a perfeição desta,
resulta necessariamente da perfeição dos elementos que a compõem.

Dos princípios indicados aparece, de modo semelhante, clara e manifesta, a excelência (que bem pode
dizer-se insuperável) da obra da educação cristã, como aquela que tem em vista, em ultima análise,
assegurar o Sumo Bem, Deus, às almas dos educandos, e a máxima felicidade possível, neste mundo, à
sociedade humana. E isto no modo mais eficaz que é possível ao homem, isto é, cooperando com Deus
para o aperfeiçoamento dos indivíduos e da sociedade, enquanto a educação imprime nos espíritos a
primeira, a mais poderosa e duradoura direção na vida, segundo a sentença muito conhecida do Sábio: « o
jovem mesmo ao envelhecer, não se afastará do caminho trilhado na sua juventude » (4). Por isso, com
razão, dizia S. João Crisóstomo: « Que há de mais sublime do que governar os espíritos e formar os
costumes dos jovens? » (5).

Mas não há palavras que nos revelem tão bem a grandeza, a beleza, a excelência sobrenatural da obra da
educação cristã, como a sublime expressão de amor com a qual Nosso Senhor Jesus Cristo, identificando-
se com os meninos, declara: « Todo aquele que receber em meu nome um destes pequeninos, a mim me
recebe » (6).

c) Divisão da matéria

Portanto, para não errar nesta obra de suma importância e para a dirigir do melhor modo possível, com o
auxílio da graça divina, é preciso ter uma ideia clara e exacta da educação cristã nas suas razões
essenciais, a saber: a quem compete a missão de educar, qual o sujeito da educação, quais as
circunstancias necessárias do ambiente e qual o fim e a forma própria da educação cristã, segundo a
ordem estabelecida por Deus na economia da Sua Providencia.

A QUEM PERTENCE A EDUCAÇÃO

A) Em geral

A educação é obra necessariamente social e não singular. Ora, são três as sociedades necessárias, distintas
e também unidas harmonicamente por Deus, no meio das quais nasce o homem: duas sociedades de
ordem natural, que são a família e a sociedade civil; a terceira, a Igreja, de ordem sobrenatural.
Primeiramente a família, instituída imediatamente por Deus para o seu fim próprio que é a procriação e a
educação da prole, a qual por isso tem a prioridade de natureza, e portanto uma prioridade de direitos
relativamente à sociedade civil. Não obstante, a família é uma sociedade imperfeita, porque não possui em
si todos os meios para o próprio aperfeiçoamento, ao passo que a sociedade civil é uma sociedade perfeita,
tendo em si todos os meios para o próprio fim que é o bem comum temporal, pelo que, sob este aspecto,
isto é, em ordem ao bem comum, ela tem a preeminência sobre a família que atinge precisamente na
sociedade civil a sua conveniente perfeição temporal.

A terceira sociedade em que nasce o homem, mediante o Baptismo, para a vida divina da graça, é a Igreja,
sociedade de ordem sobrenatural e universal, sociedade perfeita, porque reúne em si todos os meios para
o seu fim que é a salvação eterna dos homens, e portanto suprema na sua ordem.

Por conseqüência, a educação que considera todo o homem individual e socialmente, na ordem da
natureza e da graça, pertence a estas três sociedades necessárias, em proporção diversa e
correspondente, segundo a actual ordem de providência estabelecida por Deus, à coordenação do seus
respectivos fins.

B) Em especial: À Igreja

A E primeiro que tudo ela pertence de modo sobreeminente à Igreja, por dois títulos de ordem
sobrenatural que lhe foram exclusivamente conferidos, pelo próprio Deus, e por isso absolutamente
superiores a qualquer outro título de ordem natural.

a) De modo sobreeminente

O primeiro provém da expressa missão e autoridade suprema de magistério que lhe foi dada pelo seu
Divino fundador : « Todo o poder me foi dado no céu e na terra. Ide pois, ensinai todos os povos,
batizando-os em nome do Padre, do Filho e do Espírito Santo: ensinando-os a observar tudo o que vos
mandei. E eu estarei convosco até á consumação dos séculos » (7).

A este magistério foi conferida por Cristo a infalibilidade juntamente com o preceito de ensinar a sua
doutrina; assim a Igreja « foi constituída pelo seu Divino Autor coluna e fundamento de verdade, a fim de
que ensine aos homens a fé divina cujo deposito lhe foi confiado para que o guarde íntegro e inviolável, e
dirija e prepare os homens, as suas associações e acções em ordem à honestidade de costumes,
integridade de vida, segundo a norma da doutrina revelada » (8).

b) Maternidade sobrenatural

O segundo título é a maternidade sobrenatural, pela qual a Igreja, Esposa imaculada de Cristo, gela, nutre,
educa as almas na vida divina da graça, com os seus sacramentos e o seu ensino. Pelo que, com razão,
afirma S. Agostinho: « Não terá Deus como Pai quem se tiver recusado a ter a Igreja como Mãe » (9).

Portanto, no próprio objecto da sua missão educativa, isto é: « na fé e na instituição dos costumes, o
próprio Deus fez a Igreja participante do magistério divino e, por benefício seu, imune de erro; por isso é
ela mestra suprema e seguríssima dos homens, e lhe é natural o inviolável direito à liberdade de
magistério (10)». E por necessária conseqüência a Igreja é independente de qualquer autoridade terrena,
tanto na origem como no exercício da sua missão educativa, não só relativamente ao seu próprio objecto,
mas também acerca dos meios necessários e convenientes para dela se desempenhar. Por isso em relação
a qualquer outra disciplina, e ensino humano, que considerado em si é patrimônio de todos, indivíduos e
sociedades, a Igreja tem direito independente de usar dele, e sobretudo de julgar em que possa ser
favorável ou contrário à educação cristã. E isto, já porque a Igreja, como sociedade perfeita, tem direito
aos meios para o seu fim, já porque todo o ensino, como toda a acção humana, tem necessária relação de
dependência do fim ultimo do homem, e por isso não pode subtrair-se às normas da lei divina, da qual a
Igreja é guarda, interprete e mestra infalível.

É isto mesmo que Pio X, de s. m., declara com esta límpida sentença: « Em tudo o que fizer o cristão, não
lhe é licito desprezar os bens sobrenaturais, antes, segundo os ensinamentos da sabedoria cristã, deve
dirigir todas as coisas ao bem supremo como a fim último: além disso todas as suas acções, enquanto são
boas ou más em ordem aos bons costumes, isto é, enquanto concordam ou não com o direito natural e
divino, estão sujeitas ao juízo e à jurisdição da Igreja (11)».

É digno de nota como um leigo, escritor tanto admirável quanto ` profundo e consciencioso pensador, haja
sabido bem compreender e exprimir esta fundamental doutrina católica: « A Igreja não diz que a moral lhe
pertença puramente (no sentido de exclusivamente), mas sim que lhe pertence totalmente. Jamais
pretendeu que fora do seu seio e dos seus ensinamentos, o homem não possa conhecer alguma verdade
moral, antes, reprovou por mais duma vez, esta opinião, visto que ela apareceu sob diversas formas. Diz
sim, como disse e dirá sempre, que em virtude da instituição que recebeu de Jesus Cristo, e em virtude do
Espírito Santo que lhe foi enviado em nome d'Ele pelo Padre, só ela possui originária e imperecivelmente,
em toda a sua plenitude, a verdade moral (omnem veritatem) na qual estão compreendidas todas as
verdades particulares de ordem moral, tanto as que o homem pode chegar a conhecer guiado pelo único
meio. da razão, quanto as que fazem parte da revelação ou desta se podem deduzir » (12).
c) Extensão dos Direitos da Igreja

É pois com pleno direito que a Igreja promove as letras, as ciências e as artes, enquanto necessárias ou
úteis à educação cristã, e a toda a sua obra para a salvação das almas, fundando e mantendo até escolas e
instituições próprias em todo o género de disciplina e em todo o grau de cultura (13).

Nem se deve considerar estranha ao seu maternal magistério a mesma educação física, como hoje a
apelidam, precisamente porque é um meio que pode auxiliar ou prejudicar a educação cristã.

E esta obra da Igreja, em todo o género de cultura, assim como presta relevantes serviços às famílias e às
nações, que sem Cristo se perdem, como justamente repete S. Hilário: « Que coisa há mais perigosa para
o mundo do que não receber a Jesus Cristo? » (14), assim também não causa o menor obstáculo às
disposições civis, pois que a Igreja, com a sua prudência materna, não se opõe a que as suas escolas e
institutos para leigos se conformem, em cada nação, com as legitimas disposições da autoridade civil, mas
está sempre disposta a entender-se com esta, e a proceder de comum acordo, onde surjam dificuldades.

Além disso é direito inalienável da Igreja, e simultaneamente seu dever indispensável vigiar por toda a
educação de seus filhos, os fiéis, em qualquer instituição, quer pública quer particular, não só no atinente
ao ensino aí ministrado, mas em qualquer outra disciplina ou disposição, enquanto estão relacionadas com
a religião e a moral (15).

O exercício deste direito não pode considerar-se ingerência indevida, antes é preciosa providência maternal
da Igreja tutelando os seus filhos contra os graves perigos de todo o veneno doutrinal e moral.

E até esta vigilância da Igreja, assim como não pode criar algum verdadeiro inconveniente, assim não pode
deixar de produzir eficaz incitamento à ordem e bem estar das famílias e da sociedade civil, afastando para
longe da juventude aquele veneno moral que nesta idade, inexperiente e volúvel, costuma ter mais fácil
aceitação e mais rápida extensão na prática. Pois que sem a recta instrução religiosa e moral, como
sapientemente adverte Leão XIII, « toda a cultura dos espíritos será doentia: os jovens sem o hábito de
respeitar a Deus não poderão suportar disciplina alguma de vida honesta, e acostumados a não negar
jamais coisa alguma às suas tendências, facilmente serão induzidos a perturbar os estados » (16).

Quanto à extensão da missão educativa da Igreja, estende-se esta a todos os povos, sem restrição
alguma, segundo o preceito de Cristo: « Ensinai todas as gentes » (17); nem há poder terreno que a possa
legitimamente contrastar ou impedir.

E estende-se primeiramente sobre todos os fiéis, pelos quais — como mãe carinhosíssima — tem solícito
cuidado. Por isso é que para eles criou e promoveu, em todos os séculos, uma imensa multidão de escolas
e institutos, em todos os ramos do saber; porque, como dizíamos não há muito ainda, até na longínqua
Idade Média, em que eram tão numerosos (houve até quem quisesse dizer que eram excessivamente
numerosos) os mosteiros, os conventos, as igrejas, as colegiadas, os cabidos catedrais e não catedrais,
junto de cada uma destas instituições tinha a Igreja uma família escolar, um foco de instrução e de
educação cristã.

E a tudo isto é mister ajuntar todas as Universidades espalhadas por toda a parte e sempre por iniciativa e
sob a guarda da Santa Sé e da Igreja. Aquele espetáculo magnífico que agora vemos melhor, porque mais
perto de nós e em condições mais grandiosas, como o facultam as condições do tempo, foi o espetáculo de
todas as épocas; e aqueles que estudam e comparam os acontecimentos, maravilham-se do que a Igreja
soube realizar nesta ordem de coisas, maravilham-se do modo por que a Igreja soube corresponder à
missão que Deus lhe confiou de educar as gerações humanas na vida cristã, maravilham-se dos frutos e
resultados magníficos que a Igreja soube atingir. Mas, se causa admiração que a Igreja, em todos os
tempos, tenha sabido reunir em volta de si centenas, milhares e milhões de discípulos da sua missão
educadora, não deve impressionar-nos menos o reflectir naquilo que a Igreja soube fazer, não só no
campo da educação, mas também no da verdadeira e própria instrução. Pois que, se tantos tesouros de
cultura, de civilização, de literatura puderam conservar-se, isto deve-se àquela atitude pela qual a Igreja,
ainda mesmo nos mais remotos e bárbaros tempos, soube irradiar tanta luz no campo das letras, da
filosofia, da arte e particularmente da arquitectura (18).
E a Igreja pode e soube realizar uma tal obra, porque a sua missão educativa estende-se mesmo aos
infiéis, — sendo chamados todos os homens a entrar no Reino de Deus e a conseguir a salvação eterna.
Como em nossos dias em que as suas Missões espalham escolas aos milhares por todas as regiões e
países, ainda não cristãos, — desde as duas margens do Ganges até ao rio Amarelo e às grandes ilhas e
arquipélagos do Oceano, desde o Continente negro até à Terra do Fogo e à gélida Alasca, assim também,
em todos os tempos, a Igreja com os seus Missionários, educou, para a vida cristã e para a civilização, os
diversos povos que hoje constituem as nações cristãs do mundo civilizado.

Fica assim demonstrado até à evidência como, de direito e de facto, pertence à Igreja dum modo
sobreeminente a missão educativa, e como toda a inteligência livre de preconceitos não possa conceber
motivo algum racional para combater, ou impedir à Igreja, aquela mesma obra de cujos benéficos frutos
goza agora o mundo.

d) Harmonia dos direitos da Igreja com os da Família e do Estado

Tanto mais que não só não estão em oposição com tal supereminência da Igreja, mas estão até em
perfeita harmonia, os direitos da Família e do Estado, bem como os direitos de cada indivíduo
relativamente à justa liberdade da ciência, dos métodos científicos e de toda a cultura profana em geral.

Visto que, para indicar imediatamente a razão fundamental de tal harmonia, a ordem sobrenatural, a que
pertencem os direitos da Igreja, não só não destrói nem diminui a ordem natural, à qual pertencem os
outros mencionados direitos, mas pelo contrario, a eleva e aperfeiçoa, e ambas as ordens se prestam
mutuo auxílio e como que complemento proporcionado respectivamente à natureza e dignidade de cada
uma, precisamente porque ambas procedem de Deus que se não pode contra-dizer: « As obras de Deus
são perfeitas, todos os seus caminhos são justos (19) ».

Isto ver-se-há mais claramente, considerando, em separado e mais atentamente, a missão educativa da
família e do Estado.

À FAMÍLIA

Em primeiro lugar, com a missão educativa da Igreja concorda admiravelmente a missão educativa da
família, porque de Deus procedem ambas, de maneira muito semelhante. À família, de facto, na ordem
natural, Deus comunica imediatamente a fecundidade, que é princípio de vida, e por isso princípio de
educação para a vida, simultaneamente com a autoridade que é princípio de ordem.

a) Direito anterior ao do Estado

Diz o Doutor Angélico com a sua costumada clareza de pensamento e precisão de estilo: « O pai segundo a
carne participa dum modo particular da razão de principio que, dum modo universal se encontra em
Deus... O pai é princípio da geração, da educação e da disciplina, de tudo o que se refere ao
aperfeiçoamento da vida humana » (20).

A família recebe portanto imediatamente do Criador a missão e consequentemente o direito de educar a


prole, direito inalienável porque inseparavelmente unido com a obrigação rigorosa, direito anterior a
qualquer direito da sociedade civil e do Estado, e por isso inviolável da parte de todo e qualquer poder
terreno.

b) Direito inviolável, mas não despótico

A razão da inviolabilidade deste direito é-nos dada pelo Angélico: « De facto o filho é naturalmente alguma
coisa do pai... daí o ser de direito natural que o filho antes do uso da razão esteja sob os cuidados do pai.
Seria portanto contra a justiça natural subtrair a criança antes do uso da razão ao cuidado dos pais, ou de
algum modo dispor dela contra a sua vontade » (21).

E porque a obrigação do cuidado da parte dos pais continua até que a prole esteja em condições de cuidar
de si, também o mesmo inviolável direito educativo dos pais perdura. « Pois que a natureza não tem em
vista somente a geração da prole, mas também o seu desenvolvimento e progresso até ao perfeito estado
de homem, enquanto homem, isto é, até ao estado de virtude »,. diz o mesmo Doutor Angélico (22).
Portanto a sabedoria jurídica da Igreja, assim se exprime, tratando desta matéria com precisão e clareza
sintética no Código de Direito Canônico, cân. 1113: « os pais são gravemente obrigados a cuidar por todos
os meios possíveis da educação, quer religiosa e moral quer física e civil, da prole, e também a prover ao
bem temporal da mesma » (23).

Sobre este ponto é de tal modo unânime o sentir comum do género humano que estariam em aberta
contradição com ele, quantos ousassem sustentar que a prole pertence primeiro ao Estado do que à
família, e que o Estado tenha sobre a educação direito absoluto. Insubsistente é pois a razão que estes
aduzem, dizendo que o homem nasce cidadão e por isso pertence primeiramente ao Estado, não
reflectindo que o homem, antes de ser cidadão, deve primeiro existir, e a existência não a recebe do
Estado mas dos pais, como sabiamente declara Leão XIII: « os filhos são alguma coisa do pai e como que
uma extensão da pessoa paterna: e se quisermos falar com rigor, não por si mesmos, mas mediante a
comunidade domestica no seio da qual foram gerados, começam eles a fazer parte da sociedade civil
» (24).

Portanto: « o poder dos pais é de tal natureza que não pode ser nem suprimido nem absorvido pelo
Estado, porque tem o mesmo princípio comum com a mesma vida dos homens », (25) diz na mesma
Encíclica Leão XIII. Do que porem não se segue que o direito educativo dos pais seja absoluto ou
despótico, pois que está inseparavelmente subordinado ao fim ultimo e à lei natural e divina, como declara
o mesmo Leão XIII noutra memorável Encíclica «sobre os principais deveres dos cidadãos Cristãos », onde
assim expõe em síntese a súmula dos direitos e deveres dos pais : « Por natureza os pais têm direito à
formação dos filhos, com esta obrigação a mais, que a educação e instrução da criança esteja de harmonia
com o fim em virtude do qual, por benefício de Deus, tiveram prole. Devem portanto os pais esforçar-se e
trabalhar energicamente por impedir qualquer atentado nesta matéria, e assegurar de um modo absoluto
que lhes fique o poder de educar cristãmente os filhos, como é da sua obrigação, e principalmente o poder
de negá-los àquelas escolas em que há o perigo de beberem o triste veneno da impiedade » (26).

Importa notar, além disso, que a educação da família compreende não só a educação religiosa e moral,
mas também a física e civil (27), principalmente enquanto têm relação com a religião e a moral.

c) Reconhecido pela Jurisprudência civil

Tal direito incontestável da família tem sido várias vezes reconhecido, juridicamente, em nações onde se
tem cuidado de respeitar o direito natural na legislação civil. Assim, para citar um exemplo, a Corte
Suprema da República Federal dos Estados Unidos da América do Norte, na decisão de uma
importantíssima controvérsia, declarou: «não competir ao Estado nenhum poder geral de estabelecer um
tipo uniforme de educação para a juventude, obrigando-a a receber a instrução somente nas escolas
públicas », acrescentando a isto a razão de direito natural: « A criança não é uma mera criatura do Estado;
aqueles que a sustentam e dirigem têm o direito, unido ao alto dever, de a educar e preparar para o
cumprimento dos seus deveres » (28).

d) Tutelado pela Igreja

A história, particularmente nos tempos modernos, atesta como se tem dado e se dá, da parte do Estado, a
violação dos direitos conferidos pelo Criador à família, ao mesmo tempo que demonstra, esplendidamente,
como a Igreja os tem sempre tutelado e defendido; e a melhor prova, de facto, está na confiança especial
das famílias nas escolas da Igreja, como escrevemos na Nossa recente carta ao Cardeal Secretario de
Estado : « A família compreendeu imediatamente que assim é, e desde os primeiros tempos do
Cristianismo até aos nossos dias, pais e mães, mesmo pouco ou nada crentes, mandam e levam, aos
milhões, os seus filhos aos institutos de educação fundados e dirigidos pela Igreja » (29).

É que o instinto paterno, que vem de Deus, orienta-se com confiança para a Igreja, seguro de encontrar aí
a tutela dos direitos da família, numa palavra, aquela concórdia que Deus pôs na ordem das coisas. A
Igreja, com efeito, embora consciente, como está, da sua missão divina e universal, e da obrigação que
todos os homens têm de seguir a única religião verdadeira, não se cansa de reivindicar para si o direito de
recordar aos pais o dever de mandarem batizar e educar cristãmente os filhos de pais católicos: é porém
tão ciosa da inviolabilidade do direito natural educativo da família, que não consente, a não ser sob
determinadas condições e cautelas, que sejam batizados os filhos dos infiéis, ou de qualquer modo se
disponha da sua educação, contra a vontade dos pais, enquanto os filhos não puderem determinar-se por
si a abraçar livremente a fé (30).

Temos portanto, como já notamos, no Nosso citado discurso, dois factos de altíssima importância: « a
Igreja que põe à disposição das famílias o seu ofício de mestra e educadora, e as famílias que correm a
aproveitar-se dele, e dão à Igreja, a centenas e a milhares, os seus filhos, e estes dois factos recordam e
proclamam uma grande verdade, importantíssima na ordem social e moral. Eles dizem que a missão de
educar pertence antes de tudo e acima de tudo, em primeiro lugar à Igreja e à família, pertence-lhes por
direito natural e divino, e por isso de um modo irrevogável, inatacável, e insubstituível »(31).

AO ESTADO

Como grandíssimas vantagens derivam para toda a sociedade de um tal primado da missão educadora da
Igreja e da família, como temos visto, assim também nenhum dano pode ele causar aos verdadeiros e
próprios direitos do Estado relativamente à educação dos cidadãos, segundo a ordem estabelecida por
Deus.

a) Em ordem ao bem comum

Estes direitos são concedidos à sociedade civil pelo próprio autor da Natureza, não a título de paternidade,
como à Igreja e à família, mas sim em razão da autoridade que lhe compete para promover o bem comum
e temporal, que é precisamente o seu fim próprio. Por conseqüência a educação não pode pertencer à
sociedade civil do mesmo modo por que pertence à Igreja e à família, mas de maneira diversa,
correspondente ao seu próprio fim.

Ora este fim; o bem comum de ordem temporal, consiste na paz e segurança de que as famílias e os
cidadãos gozam no exercício dos seus direitos, e simultaneamente no maior bem-estar espiritual e material
de que seja capaz a vida presente mediante a união e o coordenamento do esforço de todos.

b) Duas funções

Dupla é portanto a função da autoridade civil, que reside no Estado: proteger e promover, e de modo
nenhum absorver a família e o indivíduo, ou substituir-se-lhes.

Portanto relativamente à educação, é direito, ou melhor, é dever do Estado proteger com as suas leis o
direito anterior da família sobre a educação cristã da prole, como acima indicamos, e por conseqüência
respeitar o direito sobrenatural da Igreja a tal educação cristã.

Dum modo semelhante pertence ao Estado proteger o mesmo direito na prole, quando viesse a faltar,
física ou moralmente, a acção dos pais, por defeito, incapacidade ou indignidade, visto que o seu direito de
educadores, como acima declaramos, não é absoluto ou despótico, mas dependente da lei natural e divina,
e por isso sujeito à autoridade e juízo da Igreja, e outrossim à vigilância e tutela jurídica do Estado em
ordem ao bem comum, tanto mais que a família não é sociedade perfeita que tenha em si todos os meios
necessários ao seu aperfeiçoamento. Em tal caso, excepcional de resto, o Estado não se substitui já à
família, mas supre as deficiências e providência com os meios apropriados, sempre de harmonia com os
direitos naturais da prole e com os sobrenaturais da Igreja.

Em geral pois, é direito e dever do Estado proteger, em harmonia com as normas da recta razão e da Fé, a
educação moral e religiosa da juventude, removendo as causas publicas que lhe sejam contrárias.

Principalmente pertence ao Estado em ordem ao bem comum, promover por muitos modos a mesma
instrução e educação da juventude.
Primeiramente e por si, favorecendo e ajudando a iniciativa e esforço da Igreja e das famílias; e, quanto
eficaz isso seja, demonstram-no a história e a experiência. Depois disso completando este esforço, quando
ele não chegue ou não baste, também por meio de escolas e instituições próprias, porque o Estado, mais
que ninguém, possui meios de que pode dispor para as necessidades de todos, e é justo que deles use
para vantagem daqueles mesmos de quem derivam (32).

Além disso o Estado pode exigir e por isso procurar que todos os cidadãos tenham o necessário
conhecimento dos próprios deveres cívicos e nacionais, e um certo grau de cultura intelectual, moral e
física, que, dadas as condições dos nossos tempos, seja verdadeiramente reclamada pelo bem comum.

Todavia, é claro que, em todos estes modos de promover a educação e instrução pública e privada, o
Estado atêm de observar a justiça distributiva, deve também respeitar os direitos congénitos da Igreja e da
família sobre a educação cristã. Portanto é injusto e ilícito todo o monopólio educativo ou escolástico, que
física ou moralmente constrinja as famílias a frequentar as escolas do Estado, contra as obrigações da
consciência cristã ou mesmo contra as suas legítimas preferências.

c) Qual educação pode reservar-se

Isto porém não impede que para a recta administração do Estado e para a defesa externa e interna da
paz, coisas tão necessárias ao bem comum e que requerem especiais aptidões e peculiar preparação, o
Estado se reserve a instituição e direção de escolas preparatórias para o exercício dalgumas das suas
funções, e nomeadamente para o exercito, desde que não ofenda os direitos da Igreja e da família naquilo
que lhes pertence. Não é inútil repetir aqui, dum modo particular, esta advertência, visto que nos nossos
tempos (em que se vai difundindo um nacionalismo tão exagerado e falso quanto inimigo da verdadeira
paz e prosperidade) costuma o Estado ultrapassar os justos limites, organizando militarmente a chamada
educação física dos jovens (e às vezes mesmo das meninas, contra a própria natureza das coisas
humanas), absorvendo muitas vezes desmesuradamente, no dia do Senhor, o tempo que deve ser
dedicado aos deveres religiosos e ao santuário da vida familiar.

Não queremos, de resto, censurar o que pode haver de bom relativamente ao espírito de disciplina e de
legitima ousadia, em tais métodos, mas semente todo o excesso, qual é por exemplo o espírito de
violência, que não deve confundir-se com o espírito de intrepidez nem com o nobre sentimento do valor
militar em defesa da Pátria e da ordem publica, qual é ainda a exaltação do atletismo que marcou a
decadência e a degenerescência da verdadeira educação física, mesmo na época clássica pagã.

Em geral pois, pertence à sociedade civil e ao Estado a educação que pode chamar-se cívica, não só da
juventude mas também a de todas as idades e condições, que consiste na arte de apresentar publicamente
tais objectos de conhecimento racional, de imaginação e de sensibilidade, que atraiam a vontade para o
honesto e lho inculquem por uma necessidade moral, tanto pela apresentação da parte positiva de tais
objectos, como pela da negativa, que impede os contrários (33).

Tal educação cívica, tão ampla e múltipla que compreende quase toda a acção do Estado pelo bem
comum, assim como deve ser informada pelas normas da rectidão, assim também não pode contradizer a
doutrina da Igreja que foi divinamente constituída e é mestra destas normas.

d) Relações entre a Igreja e o Estado

Tudo o que dissemos até agora da acção do Estado na educação, baseia-se no fundamento seguríssimo e
imutável da doutrina católica De Civitatum constitutione christiana, tão egregiamente exposta pelo Nosso
Predecessor Leão XIII, especialmente nas encíclicas Immortale Dei e Sapientiae christianae, da seguinte
forma: «Deus dividiu entre dois poderes o governo do gênero humano, o eclesiástico e o civil, um para
prover às coisas divinas e outro às humanas: ambos supremos, cada um na sua esfera; ambos têm confins
determinados, que lha limitam, e marcados pela própria natureza e fim próximo de cada um; de modo que
chega a descrever-se como que uma esfera dentro da qual se exerce, com exclusivo direito, a ação de
cada um. Mas como a estes dois poderes estão sujeitos os mesmos subditos, podendo dar-se que a mesma
matéria, embora sob aspectos diversos pertença à competência e juízo de cada um deles, Deus
providentíssimo, de Quem ambos dimanam, deve ter marcado a cada um os seus caminhos. Os poderes
que existem são regulados por Deus» (34).

Ora a educação da juventude é precisamente uma daquelas coisas que pertencem à Igreja e ao Estado, «
embora de modo diverso », como acima indicamos. a Portanto — prossegue Leão XIII — deve reinar entre
os dois poderes uma ordenada harmonia; a qual é comparada e com razão àquela pela qual a alma e o
corpo se unem no homem. Qual e quão grande esta seja, não se pode avaliar doutro modo senão
reflectindo, como dizemos, na natureza de cada um deles, atendendo à excelência e nobreza do fim, sendo
próximos e propriamente ordenados, um para procurar o útil das coisas mortais, e outro, pelo contrário,
para procurar os bens celestes e sempiternos. Portanto tudo o que há, dalgum modo sagrado nas coisas
humanas, tudo o que se refere à salvação das almas e ao culto de Deus, quer seja tal por sua natureza,
quer tal se considere em razão do fim a que tende, tudo isso está sujeito ao poder e às disposições da
Igreja: o resto que fica na ordem civil e política, é justo que dependa da autoridade civil, tendo Jesus
Cristo mandado que se dê a César o que é de César e a Deus o que é de Deus » (35).

Se alguém recusasse admitir estes princípios e consequentemente aplicá-los à educação, chegaria


necessariamente a negar que Cristo fundou a sua Igreja para a eterna salvação dos homens, e a sustentar
que a sociedade civil e o Estado não estão sujeitos a Deus e à sua lei natural e divina.

Ora isto é evidentemente ímpio, contrário à sua razão e principalmente em matéria de educação
extremamente pernicioso à recta formação da juventude e seguramente ruinoso para a mesma sociedade
civil e para o bem-estar social. E ao contrário, da aplicação destes princípios não pode deixar de resultar o
máximo auxílio para a recta formação dos cidadãos.

Isto demonstram superabundantemente os factos, em todas as épocas, e por isso assim como Tertuliano
nos primeiros tempos do Cristianismo assim também S. Agostinho na sua época, podia desafiar todos os
adversários da Igreja Católica — e Nós em nosso tempo podemos repetir com ele: — « Pois bem, aqueles
que dizem ser a doutrina de Cristo inimiga do Estado, que nos dêem um exército tal como a doutrina de
Cristo ensina que devem ser os soldados; que nos dêem subditos, maridos, esposas, pais, filhos, patrões,
criados, reis, juízes, finalmente contribuintes e empregados fiscais, como a doutrina cristã manda que
sejam, e atrevam-se depois a dizer que é nocivo ao Estado, ou melhor, não hesitem um instante em
proclamá-la a grande salvadora do mesmo Estado em que ela se observa » (36).

e) Necessidade e vantagens do acordo com a Igreja

E tratando-se de educação, vem agora a propósito fazer notar, como, no período da Renascença, exprimiu
bem esta verdade católica, confirmada pelos factos, nos tempos mais recentes, um escritor eclesiástico,
grande benemérito da educação cristã, o piíssimo e douto Cardeal Silvio Antoniano, discípulo do admirável
educador que foi S. Filipe de Nery, e mestre e secretário das cartas latinas de S. Carlos Borromeu, a
instancias e sob a inspiração do qual escreveu o áureo tratado Della educazione cristiana dei figliuoli, no
qual assim discorre: « Quanto mais o governo temporal se coordena com o espiritual e mais o favorece e
promove, tanto mais concorre para a conservação do Estado. Pois que, enquanto o superior eclesiástico
procura formar um bom cristão com a autoridade e os meios espirituais, segundo o seu fim, procura ao
mesmo tempo e por necessária conseqüência formar um bom cidadão, como ele deve ser sob o governo
político. O que verdadeiramente se dá, porque na Santa Igreja Católica Romana, cidade de Deus, é
absolutamente uma e a mesma coisa, o bom cidadão e o homem de bem. Pelo que grave é o erro
daqueles que separam coisas tão unidas e pensam poder conseguir bons cidadãos por outras normas e por
meios diversos daqueles que contribuem para formar o bom cristão.

Diga-se portanto, discorra a prudência humana como lhe aprouver, que não é possível que produza
verdadeira paz e tranquilidade temporal, tudo o que repugna e se afasta da paz e felicidade eterna » (37).

Assim como o Estado, também a ciência, o método e a investigação científica, nada têm a temer do pleno
e perfeito mandato educativo da Igreja. Os institutos católicos, a qualquer grau de ensino e de ciência a
que pertençam, não têm necessidade de apologias. O favor de que gozam, os louvores que recebem, as
produções científicas que promovem e multiplicam, e mais que tudo, os sujeitos, plena e excelentemente
preparados que oferecem à magistratura, às várias profissões, ao ensino, e à vida em todas as suas
actividades, depõem mais que suficientemente em seu favor (38).

Estes factos, de resto, não são mais que uma confirmação cabal da doutrina católica definida pelo Concilio
Vaticano: « A Fé e a razão não só não podem contradizer-se nunca, mas auxiliam-se mutuamente, visto
que a recta razão demonstra os fundamentos da Fé, e iluminada pela sua luz, cultiva a ciência das coisas
divinas, ao passo que a Fé livra e protege dos erros a razão e enriquece-a com vários conhecimentos. Por
isso a Igreja está tão longe de se opor à cultura das artes e das disciplinas humanas que até a auxilia e
promove, porque não ignora nem despreza as vantagens que delas provêm para a vida da humanidade e
até ensina que elas, assim como provêm de Deus, Senhor das ciências, assim também, se tratadas
rectamente, conduzem a Deus com a sua graça. E de nenhum modo ela proíbe que tais disciplinas, cada
uma na sua esfera, usem do método e princípios próprios, mas reconhecida esta justa liberdade, provê
cuidadosamente a que não caiam em erro, opondo-se aventurosamente à doutrina divina, ou
ultrapassando os próprios limites, ocupem e revolucionem o campo da fé » (39).

E esta norma de justa liberdade científica é também norma inviolável de justa liberdade didática ou de
ensino, quando bem compreendida; e deve ser observada em qualquer comunicação doutrinal feita a
outrem, mormente por dever muito mais grave de justiça no ensino da juventude quer porque sobre ela,
nenhum professor, seja público seja particular tem direito educativo absoluto mas participado, quer porque
toda a criança ou jovem cristão tem direito estrito ao ensino conforme à doutrina da Igreja, coluna e
fundamento da verdade, e lhe causaria um grave dano quem perturbasse a sua fé, abusando da confiança
dos jovens nos seus professores, e da sua natural inexperiência e desordenada inclinação para uma
liberdade absoluta, ilusória e falsa.

SUJEITO DA EDUCAÇÃO

a) Todo o homem decaído, mas remido

Com efeito nunca deve perder-se de vista que o sujeito da educação cristã é o homem, o homem todo,
espírito unido ao corpo em unidade de natureza, com todas as suas faculdades naturais e sobrenaturais,
como no-lo dão a conhecer a recta razão e a Revelação: por isso o homem decaído do estado original, mas
remido por Cristo, e reintegrado na condição sobrenatural de filho de Deus, ainda que o não tenha sido nos
privilégios preternaturais da imortalidade do corpo e da integridade ou equilíbrio das suas inclinações.
Permanecem portanto na natureza humana os efeitos do pecado original, particularmente o
enfraquecimento da vontade e as tendências desordenadas.

« A estultícia está no coração da criança e a vara da disciplina dali a expulsará » (40). Devem-se portanto
corrigir as inclinações desordenadas, excitar e ordenar as boas, desde a mais tenra infância, e sobretudo
deve iluminar-se a inteligência e fortalecer-se a vontade com as verdades sobrenaturais e os auxílios da
graça, sem a qual não se pode, nem dominar as inclinações perversas, nem conseguir a devida perfeição
educativa da Igreja, perfeita e completamente dotada por Cristo com a divina doutrina e os Sacramentos,
meios eficazes da Graça.

b) Falsidade e danos do naturalismo pedagógico

É falso portanto todo o naturalismo pedagógico que, na educação da juventude, exclui ou menospreza por
todos os meios a formação sobrenatural cristã; é também errado todo o método de educação que, no todo
ou em parte se funda sobre a negação ou esquecimento do pecado original e da graça, e, por conseguinte,
unicamente sobre as forças da natureza humana.

Tais são na sua generalidade aqueles sistemas modernos, de vários nomes, que apelam para uma
pretendida autonomia e ilimitada liberdade da criança, e que diminuem ou suprimem até, a autoridade e a
acção do educador, atribuindo ao educando um primado exclusivo de iniciativa e uma actividade
independente de toda a lei superior natural e divina, na obra da sua educação.

Diriam, sim, a verdade, se com algumas daquelas expressões quisessem indicar, ainda que
impropriamente, a necessidade cada vez mais consciente, da cooperação activa do aluno na sua educação,
e se entendessem afastar desta o despotismo e a violência (a qual, de resto, não é a justa correcção), mas
não diriam absolutamente nada de novo e que a Igreja não tenha já ensinado e atuado na prática da
educação cristã tradicional, à semelhança do que faz o próprio Deus com as criaturas que chama a uma
activa cooperação, segundo a natureza própria de cada uma, visto que a sua Sabedoria « se estende com
firmeza de um a outro extremo, e tudo governa com bondade » (41).

Infelizmente com o significado óbvio das expressões, e com o mesmo facto, pretendem muitos subtrair a
educação a toda a dependência da lei divina. Por isso em nossos dias se dá o caso, realmente bastante
estranho, de educadores e filósofos que se afadigam à procura de um código moral e universal de
educação, como se não existisse nem o Decálogo, nem a lei evangélica, nem tão pouco a lei natural,
esculpida por Deus no coração do homem, promulgada pela recta razão, codificada com revelação positiva
pelo mesmo Deus no Decálogo. E da mesma forma, costumam tais inovadores, como por desprezo,
denominar « heterônoma », « passiva », « atrasada », a educação cristã, porque esta se funda na
autoridade divina e na sua santa lei.

Estes iludem-se miseravelmente com a pretensão de libertar, como dizem, a criança, enquanto que antes a
tornam escrava do seu orgulho cego e das suas paixões desordenadas, visto que estas, por uma
conseqüência lógica daqueles falsos sistemas, vêm a ser justificadas como legítimas exigências da natureza
pseudo-autónoma.

Mas há pior ainda, na pretensão falsa, irreverente e perigosa, além de vã, de querer submeter a
indagações, a experiências e juízos de ordem natural e profana, os factos de ordem sobrenatural
concernentes à educação, como por exemplo, a vocação sacerdotal ou religiosa, e em geral as ocultas
operações da graça que, não obstante elevar as forças naturais, excede-as todavia infinitamente, e não
pode de manei. ta nenhuma estar sujeita às leis físicas, porque « o espírito sopra onde lhe apraz » (42).

c) Educação sexual

Mormente perigoso é portanto aquele naturalismo que, em nossos tempos, invade o campo da educação
em matéria delicadíssima como é a honestidade dos costumes. Assaz difuso é o erro dos que, com
pretensões perigosas e más palavras, promovem a pretendida educação sexual, julgando erradamente
poderem precaver os jovens contra os perigos da sensualidade, com meios puramente naturais, tais como
uma temerária iniciação e instrução preventiva, indistintamente para todos, e até publicamente, e pior
ainda, expondo-os por algum tempo às ocasiões para os acostumar, como dizem, e quase fortalecer-lhes o
espírito contra aqueles perigos.

Estes erram gravemente, não querendo reconhecer a natural fragilidade humana e a lei de que fala o
Apóstolo: contrária à lei do espírito, (43) e desprezando até a própria experiência dos factos, da qual
consta que, nomeadamente nos jovens, as culpas contra os bons costumes são efeito, não tanto da
ignorância intelectual, quanto e principalmente da fraqueza da vontade, exposta às ocasiões e não
sustentada pelos meios da Graça.

Se consideradas todas as circunstâncias se torna necessária, em tempo oportuno, alguma instrução


individual, acerca deste delicadíssimo assunto, deve, quem recebeu de Deus a missão educadora e a graça
própria desse estado, tomar todas as precauções, conhecidíssimas da educação cristã tradicional, e
suficientemente descritas pelo já citado Antoniano, quando diz: « Tal e tão grande é a nossa miséria e a
inclinação para o mal, que muitas vezes até as coisas que se dizem para remédio dos pecados são ocasião
e incitamento para o mesmo pecado. Por isso importa sumamente que um bom pai quando discorre com o
filho em matéria tão lúbrica, esteja bem atento, e não desça a particularidades e aos vários modos pelos
quais esta hidra infernal envenena uma tão grande parte do mundo; não seja o caso que, em vez de
extinguir este fogo, o sopre ou acenda imprudentemente no coração simples e tenro da criança.
Geralmente falando, enquanto perdura a infância, bastará usar daqueles remédios que juntamente com o
próprio efeito, inoculam a virtude da castidade e fecham a entrada ao vício » (44).

d) Co-educação
De modo semelhante, erróneo e pernicioso à educação cristã é o chamado método da « co-educação »,
baseado também para muitos no naturalismo negador do pecado original, e ainda para todos os
defensores deste método, sobre uma deplorável confusão de idéias que confunde a legítima convivência
humana com a promiscuidade e igualdade niveladora. O Criador ordenou e dispôs a convivência perfeita
dos dois sexos somente na unidade do matrimônio e gradualmente distinta na família e na sociedade. Além
disso não há na própria natureza, que os faz diversos no organismo, nas inclinações e nas aptidões,
nenhum argumento donde se deduza que possa ou deva haver promiscuidade, e muito menos igualdade
na formação dos dois sexos. Estes, segundo os admiráveis desígnios do Criador, são destinados a
completar-se mutuamente na família e na sociedade, precisamente pela sua diversidade, a qual, portanto,
deve ser mantida e favorecida na formação educativa, com a necessária distinção e correspondente
separação, proporcionada às diversas idades e circunstâncias. Apliquem-se estes princípios no tempo e
lugar oportunos, segundo as normas da prudência cristã, em todas as escolas, nomeadamente no período
mais delicado e decisivo da formação, qual é o da adolescência; e nos exercícios ginásticos e desportivos,
com particular preferência à modéstia cristã na juventude feminina, à qual fica muito mal toda a exibição e
publicidade.

Recordando as tremendas palavras do Divino Mestre: « Ai do mundo por causa dos escândalos! » (45)
exortamos vivamente a vossa solicitude e vigilância, Veneráveis Irmãos, sobre estes perniciosíssimos erros,
que largamente se vão difundindo entre o povo cristão com imenso dano da juventude.

AMBIENTE DA EDUCAÇÃO

Para obter uma educação perfeita é de suma importância cuidar em que as condições de tudo o que rodeia
o educando, no período da sua formação, isto é, o complexo de todas as circunstâncias que costuma
denominar-se « ambiente », corresponda bem ao fim em vista.

a) Família cristã

O primeiro ambiente natural e necessário da educação é a família, precisamente a isto destinada pelo
Criador. De modo que, em geral, a educação mais eficaz e duradoira é aquela que se recebe numa família
cristã bem ordenada e disciplinada, tanto mais eficaz quanto mais clara e constantemente aí brilhar
sobretudo o bom exemplo dos pais e dos outros domésticos.

Não é Nossa intenção querer tratar aqui propositadamente da educação doméstica, nem sequer referindo
só os seus pontos principais, tão vasta é a materia, sobre a qual, de resto, não faltam especiais tratados
antigos e modernos, de autores de sã doutrina católica, entre os quais avulta, digno de especial menção, o
já citado e áureo tratado de Antoniano: Della educazione cristiana dei figliuoli, que S. Carlos Borromeu
mandava ler publicamente aos pais reunidos nas igrejas. Queremos porém chamar dum modo especial a
vossa atenção, Veneráveis Irmãos e amados Filhos, sobre a lastimável decadência hodierna da educação
familiar. Para os ofícios e profissões da vida temporal e terrena, com certeza de menor importância, fazem-
se longos estudos e uma cuidadosa preparação, quando, para o ofício e dever fundamental da educação
dos filhos, estão hoje pouco ou nada preparados muitos pais demasiadamente absorvidos pelos cuidados
temporais.

Para enervar a influência do ambiente familiar, acresce hoje o facto de que, quase por toda a parte, se
tende a afastar cada vez mais da família a juventude, desde os mais tenros anos, sob vários pretextos,
quer económicos, industriais ou comerciais, quer mesmo políticos; e há regiões aonde se arrancam as
crianças do seio da família para as formar ou com mais verdade para as deformar e depravar em
associações e escolas sem Deus, na irreligiosidade, no ódio, segundo as avançadas teorias socialistas,
repetindo-se um novo e mais horroroso massacre dos inocentes.

Portanto rogamos instantemente, pelas entranhas de Jesus Cristo, aos Pastores de almas, que nas
instruções e catequeses, pela palavra e por escritos largamente divulgados, empreguem todos os meios
para recordar aos pais cristãos as suas gravíssimas obrigações não só teórica ou genericamente, mas
também praticamente e em particular cada uma das suas obrigações relativas à educação religiosa, moral
e civil dos filhos e os métodos mais apropriados para atuá-la eficazmente, além do exemplo da sua vida. A
tais instruções práticas não desdenhou descer o Apóstolo das gentes nas suas epistolas, particularmente
naquela aos Efésios onde, entre outras coisas, adverte: « O' pais, não provoqueis à ira os vossos filhos
», (46) o que é efeito não tanto de excessiva severidade quanto principalmente da impaciência, da
ignorância dos modos mais adequados à frutuosa correcção e ainda do já demasiado e comum
relaxamento da disciplina familiar, aonde crescem indómitas as paixões dos adolescentes. Cuidem por isso
os pais e com eles todos os educadores, de usar retamente da autoridade a eles dada por Deus, de Quem
são verdadeiramente vigários, não para vantagem própria, mas para a reta educação dos filhos no santo e
filial « temor de Deus, principio da sabedoria » sobre o qual se funda exclusiva e solidamente o respeito à
autoridade, sem o qual não pode subsistir nem ordem, nem tranquilidade, nem bem-estar algum na família
e na sociedade.

b) A Igreja e suas obras educativas

À fraqueza das forças da natureza humana decaída, providenciou a Divina Bondade, com os abundantes
auxílios da sua Graça e com os múltiplos meios de que é rica a Igreja, grande família de Cristo, a qual é
por isso o ambiente educativo mais estrito e harmoniosamente unido com o da família cristã.

O qual ambiente educativo da Igreja não compreende somente os seus sacramentos, meios divinamente
eficazes da graça, e os seus ritos, todos maravilhosamente educativos, nem só o recinto material do
templo cristão, também ele admiravelmente educativo, na linguagem da liturgia e da arte, mas também a
grande multiplicidade e variedade de escolas, associações e todo o gênero de instituições tendentes a
formar a juventude na piedade religiosa, juntamente com o estudo das letras e das ciências e com a
mesma recreação e cultura física. E nesta inexaurível fecundidade de obras educativas, como é admirável,
ao mesmo tempo que insuperável, a providência maternal da Igreja, admirável é a harmonia acima
indicada, que ela sabe manter com a família cristã, a ponto de poder dizer-se com verdade, que a Igreja e
a família constituem um único templo de educação cristã.

c) Escola

E sendo necessário que as novas gerações sejam instruídas nas artes e disciplinas com as quais aproveita e
prospera a convivência civil, e sendo para esta obra a família, por si só, insuficiente, daí vem a instituição
social da escola, primeiramente, note-se bem, por iniciativa da família e da Igreja, e só mais tarde por obra
do Estado. Por esta razão, a escola, considerada até nas suas origens históricas, é por sua natureza
instituição subsidiária e complementar da família e da Igreja, e portanto, por lógica necessidade moral
deve não somente não contraditar, mas harmonizar-se positivamente com os outros dois ambientes, na
mais perfeita unidade moral possível, a ponto de poder constituir juntamente com a família e com a Igreja,
um único santuário, sacro para a educação cristã, sob pena de falir no seu escopo, e de converter-se, em
caso contrário, em obra de destruição.

E isto foi manifestamente reconhecido até por um leigo, tão falado pelos seus escritos pedagógicos (não
totalmente louváveis porque eivados de liberalismo) o qual sentenciou: « a escola se não é templo é
caverna »; e ainda: « Quando a educação literária, social, domestica, religiosa, se não harmonizam
mutuamente, o homem é infeliz, impotente » (47).

- Neutra, laica

Daqui resulta precisamente que a escola chamada neutra ou laica, donde é excluída a religião, é contrária
aos princípios fundamentais da educação. De resto uma tal escola é praticamente impossível, porque de
fato torna-se irreligiosa. Não ocorre repetir aqui quanto acerca deste assunto disseram os Nossos
Predecessores, nomeadamente Pio IX e Leão XIII, em cujos tempos começou particularmente a dominar o
laicismo na escola pública. Nós renovamos e confirmamos as suas declarações, (48) e juntamente as
prescrições dos Sagrados Cânones pelas quais é proibida aos jovens católicos a freqüência de escolas
acatólicas, neutras ou mistas, isto é, daquelas que são abertas indiferentemente para católicos e não
católicos, sem distinção, e só pode tolerar-se tal freqüência unicamente em determinadas circunstâncias de
lugar e de tempo, e sob especiais cautelas de que é juiz o Ordinário (49).

- Mista, única
E não pode admitir-se para os católicos a escola mista (pior se única e obrigatória para todos), na qual,
dando-se-lhes em separado a instrução religiosa, eles recebem o resto do ensino em comum com os
alunos não católicos de professores acatólicos. Pois que uma escola não se torna conforme aos direitos da
Igreja e da família cristã e digna da freqüência dos alunos católicos, pelo simples fato de que nela se
ministra a instrução religiosa, e muitas vezes com bastante parcimônia.

- Católica

Para este efeito é indispensável que todo o ensino e toda a organização da escola: mestres, programas,
livros, em todas as disciplinas, sejam regidos pelo espírito cristão, sob a direção e vigilância maternal da
Igreja católica, de modo que a Religião seja verdadeiramente fundamento e coroa de toda a instrução, em
todos os graus, não só elementar, mas também media e superior. « É mister, para Nos servirmos das
palavras de Leão XIII, que não só em determinadas horas se ensine aos jovens a religião, mas que toda a
restante formação respire a fragrância da piedade cristã. Porque, se isto falta, se este hálito sagrado não
penetra e rescalda os ânimos dos mestres e dos discípulos, muito pouca utilidade se poderá tirar de
qualquer doutrina; pelo contrário, virão daí danos e não pequenos » (50).

Nem se diga ser impossível ao Estado, numa nação dividida em várias crenças, prover à instrução pública
por outro modo que não seja a escola neutra ou a escola mista, devendo o Estado mais razoavelmente, e
podendo também mais facilmente, prover, deixando livre e favorecendo até com subsídios a iniciativa e
obra da Igreja e das famílias. E que isto seja realizável com satisfação das famílias, com utilidade da
instrução, da paz e tranquilidade publica, bem o demonstra o facto de haver nações divididas em várias
confissões religiosas, onde a organização escolástica corresponde ao direito educativo das familiar, não só
quanto ao ensino, particularmente com a escola inteiramente católica, para os católicos, mas também
quanto à justiça distributiva, com o subsídio financeiro da parte do Estado, a cada uma das escolas
desejadas pelas famílias.

Noutros países de religião mista procede-se diferentemente com não leve encargo dos católicos que, sob
os auspícios e direção do Episcopado, e pela ação indefessa do clero secular e regular, sustentam à própria
custa a escola católica para os seus filhos, qual a reclama a gravíssima obrigação da sua consciência, e
com generosidade e constância, dignas de louvor, perseveram no propósito de assegurar inteiramente,
como eles proclamam à maneira de divisa: « educação católica, para toda a juventude católica, nas escolas
católicas ». O que, se não é auxiliado pelo erário público, como por si exige a justiça distributiva, não pode
ser impedido pela autoridade civil, que tem a consciência dos direitos da família e das condições
indispensáveis da legítima liberdade. Onde quer que esta liberdade é impedida ou de vários modos
dificultada, nunca os católicos se esforçarão demais, ainda à custa de grandes sacrifícios, para sustentar e
defender as suas escolas, e para procurar que se promulguem leis escolares justas.

- Acção Católica em favor da Escola

Tudo o que fazem os fiéis para promover e defender a escola católica para seus filhos, é obra
genuinamente religiosa, e por isso especialíssimo dever da « Acção católica »; pelo que são
particularmente caras ao Nosso coração paterno e dignas de grandes encómios aquelas associações
especiais que, em várias nações, com tanto zelo, se dedicam a obra tão necessária.

Por esta razão, procurando para seus filhos a escola católica (proclame-se bem alto e seja bem
compreendido por todos) os católicos de qualquer nação do mundo não exercem uma acção política de
partido, mas sim uma acção religiosa indispensável à sua consciência; e não entendem já separar os seus
filhos do corpo e do espírito nacional, mas antes educá-los dum modo mais perfeito e mais conducente à
prosperidade da nação, pois que o bom católico, precisamente em virtude da doutrina católica, é por isso
mesmo o melhor cidadão, amante da sua Pátria e lealmente submisso à autoridade civil constituída em
qualquer legítima forma de governo.

Nesta escola, em harmonia com a Igreja e com a família cristã, não acontecerá que, nos vários ramos de
ensino, se contradiga, com evidente dano da educação, o que os discípulos aprendem na instrução
religiosa; e se for necessário fazer-lhes conhecer, por escrupulosa consciência de magistério, as obras
erróneas para as refutar, que seja isso feito com tal preparação e tal antídoto de sã doutrina que resulte
para a formação cristã da juventude grande vantagem e não prejuízo.

Igualmente, nesta escola, nunca o estudo da língua pátria e das letras clássicas redundará em detrimento
da santidade dos costumes; pois que o professor cristão seguirá o exemplo das abelhas, que das flores
colhem a parte mais pura, deixando o resto, como ensina S. Basílio no seu discurso aos jovens acerca da
leitura dos clássicos. (51) E esta necessária cautela, sugerida também pelo pagão Quintiliano, (52) não
impede de modo nenhum que o mestre cristão acolha e aproveite quanto de verdadeiramente bom
produzem os nossos tempos na disciplina e nos métodos, lembrado do que diz o Apostolo: « Examinai
tudo: conservai o que é bom » (53).

Acolhendo, pois, o que é novo, terá o cuidado de não abandonar facilmente o antigo, demonstrado bom e
eficaz pela experiência de muitos séculos, mormente no estudo da latinidade, que vemos, em nossos dias
em progressiva decadência, exatamente pelo inqualificável abandono dos métodos tão frutuosamente
usados pelo são humanismo que obteve grande florescência principalmente nas escolas da Igreja. Estas
nobres tradições exigem que a juventude confiada às escolas católicas, seja, sem duvida, plenamente
instruída nas letras e ciências, segundo as exigências dos nossos tempos, mas ao mesmo tempo sólida e
profundamente, em especial na sã filosofia, longe da confusa superficialidade daqueles que « talvez
tivessem encontrado o necessário, se não houvessem buscado o supérfluo » (54).

Deve pois todo o mestre cristão ter sempre presente o que diz Leão XIII em compendiosa sentença: « ...
com maior diligencia é necessário esforçar-se para que não somente se aplique um método de ensino apto
e sólido, mas ainda para que o próprio ensino nas letras e nas ciências seja em tudo conforme à fé
católica, principalmente na filosofia, da qual depende em grande parte a reta direção das outras
ciências (55) ».

-Bons mestres

As boas escolas são fruto, não tanto dos bons regulamentos, como principalmente dos bons mestres que,
egregiamente preparados e instruídos, cada qual na disciplina que deve ensinar, e adornados das
qualidades intelectuais e morais exigidas pelo seu importantíssimo ofício, se abrasam dum amor puro e
divino para com os jovens que lhes foram confiados, precisamente porque amam Jesus Cristo e a sua
Igreja de quem eles são filhos prediletos, e por isso mesmo têm verdadeiramente a peito o bem das
famílias e da sua Pátria. É por isso que Nos enche a alma de consolação e de gratidão para com a Bondade
Divina, o ver como juntamente com os religiosos e religiosas que se dedicam ao ensino, tão grande
número de tais bons mestres e mestras — outrossim unidos em congregação e associações especiais para
cada vez melhor cultivarem o espírito, as quais são bem dignas de serem louvadas e promovidas como
poderosas e nobilíssimas auxiliares de « Ação Católica » — trabalham desinteressadamente, com zelo e
constância, naquela que S. Gregorio Nazianzeno chamou « Arte das artes, ciência das ciências », (56) de
dirigir e formar a juventude. E contudo também para eles vale o dito do Divino Mestre: « A messe é
verdadeiramente copiosa, porém os operários são poucos »; (57) supliquemos portanto o Senhor da messe
para que mande ainda muitos desses operários da educação cristã, cuja formação devem ter sumamente a
peito os Pastores das almas e os Superiores maiores das Ordens religiosas.

É igualmente necessário dirigir e vigiar a educação do adolescente, « mole como a cera para inclinar-se ao
vício », (58) em qualquer outro ambiente em que venha a encontrar-se, removendo as más ocasiões,
proporcionando-lhe as boas, quer nas recreações quer mesmo nas companhias, já que « as más conversas
corrompem os bons costumes » (59).

d) Mundo e seus perigos

Na verdade nos nossos tempos torna-se necessária uma vigilância tanto mais extensa e cuidadosa, quanto
mais têm aumentado as ocasiões de naufrágio moral e religioso para a juventude inexperiente,
especialmente nos livros ímpios e licenciosos, muitos dos quais diabolicamente espalhados, a preço ridículo
e desprezível, nos espetáculos do cinematógrafo, e agora também nas audições radiofónicas, que
multiplicam e facilitam toda a espécie de leituras, como o cinematógrafo toda a sorte de espectáculos.
Estes potentíssimos meios de vulgarização que podem ser, se bem dirigidos pelos sãos princípios, duma
grande utilidade para a instrução e educação, aparecem infelizmente, na maior parte das vezes, como
incentivos das más paixões e da avidez do lucro. Santo Agostinho lamentava-se da paixão pela qual eram
arrastados até os cristãos do seu tempo para os espectáculos do circo, e narra-nos com vivacidade
dramática a perversão, felizmente temporânea, do seu amigo e aluno Alípio. (60) Quantas depravações
juvenis, por causa dos espetáculos modernos e das leituras infames, não têm hoje que chorar os pais e os
educadores! São pois dignas de louvor e incremento todas as obras educativas que, com espírito
sinceramente cristão de zelo pelas almas dos jovens, atendem com determinados livros e publicações
periódicas, a tornar conhecidos, especialmente aos pais e educadores, os perigos morais e religiosos
muitas vezes traiçoeiramente insinuados nos livros e espectáculos, e se consagram a difundir boas leituras
e a promover espectáculos verdadeiramente educativos, criando até, com não pequenos sacrifícios, teatros
e cinematógrafos em que a virtude não só não tenha nada a perder, mas até muito a ganhar.

Desta necessária vigilância não se segue contudo que a juventude deva ser segregada da sociedade, na
qual, apesar de tudo, deve viver e salvar a alma, mas outrossim que hoje, mais que nunca, deve estar
cristãmente premunida e fortalecida contra as seduções e erros do mundo, que, como adverte uma divina
sentença « é todo concupiscência da carne, concupiscência dos olhos e soberba da vida »; (61) de modo
que, como dizia Tertuliano dos primeiros cristãos, sejam eles quais devem ser os verdadeiros cristãos de
todos os tempos, « possuidores do mundo, que não do erro ». (62)

Com esta sentença de Tertuliano chegamos a versar aquilo que Nos propusemos tratar em último lugar,
embora da máxima importância, a saber: a verdadeira substância da educação cristã qual se deduz do seu
fim próprio, e em cuja consideração se torna cada vez mais clara (mais que a luz do meio-dia) a sublime
missão educativa da Igreja.

FIM E FORMA DA EDUCAÇÃO CRISTÃ

O fim próprio e imediato da educação cristã é cooperar com a graça divina na formação do verdadeiro e
perfeito cristão, isto é, formar o mesmo Cristo nos regenerados pelo Baptismo, segundo a viva expressão
do Apóstolo: « Meus filhinhos, a quem eu trago no meu coração até que seja formado em vós Cristo
». (63) Pois que o verdadeiro cristão deve viver a vida sobrenatural em Cristo: « Cristo que é a vossa vida
», (64) e manifestá-la em todas as suas acções: « a fim que também a vida de Jesus se manifeste na
vossa carne mortal » (65).

a) Formar o verdadeiro cristão

Precisamente por isso a educação cristã abraça toda a extensão da vida humana, sensível, espiritual,
intelectual e moral, individual, doméstica e social, não para diminuí-la de qualquer maneira, mas para a
elevar, regular e aperfeiçoar segundo os exemplos e doutrina de Cristo.

Por isso o verdadeiro cristão, fruto da verdadeira educação cristã, é o homem sobrenatural que pensa,
julga e opera constantemente e coerentemente, segundo a sã razão iluminada pela luz sobrenatural dos
exemplos e doutrina de Cristo; ou antes, servindo-Nos da expressão, agora em uso, o verdadeiro e
completo homem de carácter. Pois que não é qualquer coerência e rigidez de procedimento, segundo
princípios subjectivos, o que constitui o verdadeiro caráter, mas tão somente a constância em seguir os
eternos princípios da justiça, como confessa o próprio poeta pagão quando louva, inseparavelmente, « o
homem justo e firme em seu propósito » (66). Por outro lado não pode haver justiça perfeita senão dando
a Deus o que é de Deus, como faz o verdadeiro cristão.

Tal fim eterno da educação cristã afigura-se aos profanos uma abstracção, ou antes, irrealizável, sem a
supressão ou atrofiamento das faculdades naturais, e sem a renuncia às obras da vida terrena, e por
conseqüência alheio à vida social e prosperidade temporal, adverso a todo o progresso das letras, ciências
e artes, e a qualquer outra obra de civilização.

A semelhante objecção nascida da ignorância e preconceito dos pagãos, mesmo cultos, de outrora —
repetida infelizmente com freqüência e insistência nos tempos modernos — havia já respondido Tertuliano:
«Nós não somos alheios à vida. Recordamo-nos bem do dever de gratidão para com Deus, Nosso Senhor e
Criador; não repudiamos nenhum fruto das suas obras; somente nos moderamos para não usar deles mal
ou descomedidamente. E assim não vivemos neste mundo sem foro, sem talhos, sem balneários, sem
casas, sem negócios, sem estábulos, sem os vossos mercados e todos os outros tráficos. Nós também
convosco navegamos e combatemos, cultivamos os campos e negociamos, e por isso trocamos os
trabalhos e pomos à vossa disposição as nossas obras. Verdadeiramente não vejo como podemos parecer
inúteis aos vossos negócios com os quais e dos quais vivemos (67).

b) Que é também o cidadão mais nobre e útil

Por conseqüência o verdadeiro cristão, em vez de renunciar às obras da vida terrena ou diminuir as suas
faculdades naturais, antes as desenvolve e aperfeiçoa, coordenando-as com a vida sobrenatural, de modo
a enobrecer a mesma vida natural, e a procurar-lhe utilidade mais eficaz, não só de ordem espiritual e
eterna, mas também material e temporal.

Isto é provado por toda a história do cristianismo e das suas instituições, a qual se identifica com a história
da verdadeira civilização e do genuíno progresso até aos nossos dias; e particularmente pelos Santos de
que é fecundíssima a Igreja, e só ela, os quais conseguiram em grau perfeitíssimo, o fim ou escopo da
educação cristã, e enobreceram e elevaram a convivência humana em toda a espécie de bens. De facto, os
Santos foram, são e serão sempre os maiores benfeitores da sociedade humana, como também os
modelos mais perfeitos em todas as classes e profissões, em todos os estados e condições de vida, desde o
camponês simples e rude até ao sábio e letrado, desde o humilde artista até ao general do exército, desde
o particular pai de família até ao monarca, chefe de povos e nações, desde as simples donzelas e esposas
do lar domestico até às rainhas e imperatrizes. E que dizer da imensa obra, mesmo em prol da felicidade
temporal, dos missionários evangélicos que juntamente com a luz da fé levaram elevam aos povos
bárbaros os bens da civilização, dos fundadores de muitas e variadas obras de caridade e de assistência
social, da interminável série de santos educadores e santas educadoras que perpetuaram e multiplicaram a
sua obra, nas suas fecundas instituições de educação cristã, para auxílio das famílias e benefício
inapreciável das nações?

c) Jesus, Mestre e Modelo de Educação

São estes os frutos benéficos sobre todos os aspectos da educação cristã, precisamente pela vida e virtude
sobrenatural em Cristo que ela desenvolve e forma no homem; pois que Jesus Cristo, Nosso Senhor,
Mestre Divino, é igualmente fonte e dador de tal vida e virtude, e ao mesmo tempo modelo universal e
acessível a todas as condições do gênero humano, com o seu exemplo, particularmente à juventude, no
período da sua vida oculta, laboriosa, obediente, aureolada de todas as virtudes individuais, domesticas e
sociais, diante de Deus e dos homens.

CONCLUSÃO

E todo o complexo dos tesouros educativos de infinito valor, que acabamos de mencionar, embora de
passagem, é de tal modo próprio da Igreja que constitui a sua substância, sendo ela o corpo místico de
Cristo, a Esposa imaculada de Cristo, e por isso mesmo Mãe fecundíssima e Educadora soberana e perfeita.
À vista disto o grande e genial S. Agostinho — de cuja feliz morte estamos para celebrar o décimo quinto
centenário — prorrompia, cheio de santo afeto por tal Mãe, nestas expressões: «Ó Igreja Católica, Mãe
veríssima dos Cristãos, vós com razão pregais, não só que se deve honrar puríssima e castíssimamente o
próprio Deus, cuja consecução é vida felicíssima, mas também de tal modo exerceis o vosso amor e
caridade para com o próximo que, junto de vós, se encontra poderosamente eficaz, todo o remédio para os
muitos males de que por causa dos pecados sofrem as almas. Vós adestrais e ensinais, com simplicidade
as crianças, com fortaleza os jovens, com delicadeza os velhos, segundo as necessidades do corpo e do
espírito. Vós, quase diria, por livre escravidão submeteis os filhos aos pais e dais aos filhos, como
superiores, os pais com domino de piedade. Vós, com o vínculo da Religião, mais forte e mais intimo que o
do sangue, unis irmãos a irmãos... Vós não só com o vínculo de sociedade, mas também de uma certa
fraternidade, ligais cidadãos a cidadãos, povos a povos, numa palavra, todos os homens com a lembrança
dos comuns protoparentes. Ensinais aos reis que atendam bem aos povos; admoestais os povos que
obedeçam aos reis. Com solicitude ensinais a quem se deve honra, a quem afecto, a quem respeito, a
quem temor, a quem conforto, a quem advertência, a quem exortação, a quem correcção, a quem
censura, a quem castigo, mostrando em que modo, mas não a todos, tudo se deve, a todos porém a
caridade, a ninguém a ofensa (68).

Elevemos, ó Veneráveis Irmãos, os corações e as mãos suplicantes ao Céu, « ao Pastor e Bispo das nossas
almas », (69) ao Rei Divino, « que .dá leis aos governantes », a fim de que nele com a sua virtude
omnipotente faça que estes esplêndidos frutos da educação cristã se colham e multipliquem « em todo o
mundo », sempre para maior vantagem dos indivíduos e das nações.

Como augúrio destas graças celestes, com paternal afeto, a Vós, Veneráveis Irmãos, ao Vosso Clero e ao
Vosso povo, concedemos a Bênção Apostólica.

Dado em Roma, em S. Pedro, a 31 de Dezembro de 1929, ano oitavo do Nosso Pontificado.

PIO PP. XI.

Notas

(1) Marc., X, 14: Sinite parvulos venire ad me.

(2) II Tim., IV, 2: Insta opportune, importune: argue, obsecra, increpa, in omni patientia et doctrina.

(3) Confess., I, 1: Fecisti nos, Domine, ad Te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te.

(4) Prov., XXII, 6: Adolescens iuxta viam suam etiam cum senuerit non recedet ab ea.

(5) Hom. 60, in c. 18 Matth.: Quid maius quam animis moderari, quam adolescentulorum fingere mores?

(6) Marc., IX, 36: Quisquis unum ex huiusmodi pueris receperit in nomine meo, me recipit.

(7) Matth., XXVIII, 18-20: Data est mihi omnis potestas in caelo et in terra. Euntes ergo docete omnes
gentes, baptizantes eos in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti: docentes eos servare omnia
quaecumque mandavi vobis. Et ecce ego vobiscum sum omnibus diebus usque ad consummationem
saeculi.

(8) Pius IX, Ep. Quum non sine, 14 Iul. 1864: Columna et firmamentum veritatis a Divino suo Auctore fuit
constituta, ut omnes homines divinam edoceat fidem, eiusque depositum sibi traditum integrum
inviolatumque custodiat, ac homines eorumque consortia et actiones ad morum honestatem vitaeque
integritatem, iuxta revelatae doctrinae normam, dirigat et fingat.

(9) De Symbolo ad catech., XIII: Non habebit Deum patrem, qui Ecclesiam noluerit habere matrem.

(10) Ep. enc. Libertas, 20 Iun. 1888: in fide atque in institutione morum, divini magisterii Ecclesiam fecit Deus ipse
participem, eamdemque divino eius beneficio falli nesciam: quare magistra mortalium est maxima ac tutissima, in
eaque inest non violabile ius ad magisterii libertatem.

(11) Ep. enc. Singulari quadam, 24 Sept. 1912: Quidquid homo christianus agat, etiam in ordine rerum
terrenarum, non ei licet bona negligere quae sunt supra naturam, immo oportet ad summum bonum,
tamquam ad ultimum finem, ex christianae sapientiae praescriptis omnia dirigat: omnes autem actiones
eius, quatenus bonae aut malae sunt in genere morum, id est cum iure naturali et divino congruunt aut
discrepant, iudicio et iurisdictioni Ecclesiae subsunt.

(12) A. Manzoni, Observações sobre a Moral Católica, c. III.


(13) Codex Iuris Canonici, c. 1375.

(14) Commentar. in Matth., cap. 18: Quid mundo tam periculosum quam non recepisse Christum?

(15) Cod. I. C., cc. 1381, 1382.

(16) Ep. enc. Nobilissima Gallorum Gens., 8 Febr. 1884: male sana omnis futura est animorum cultura:
insueti ad verecundiam Dei adolescentes nullam ferre poterunt honeste vivendi disciplinam, suisque
cupiditatibus nihil unquam negare ausi, facile ad miscendas civitates pertrahentur.

(17) Matth., XXVIII, 19: docete omnes gentes.

(18) Discurso aos alunos do Mondragone, 14 de Maio de 1929.

(19) « Deut., XXXII, 4: Dei perfecta sunt opera, et omnes viae eius indicia.

(20) S. Th., 2-2, Q. CII, a. 1: Carnalis pater particulariter participat rationem principii quae universaliter
invenitur in Deo... Pater est principiam et generationis et educationis et discipline, et omnium quae ad
perfectionem humane vitae pertinent.

(21) S. Th., 2-2, Q. X, a. 12: Filius enim naturaliter est aliquid patris...; ita de iure naturali est quod filius,
antequam habeat usum rationis, sit sub cura patris. Unde contra iustitiam naturalem esset, si puer,
antequam habeat usum rationis, a cura parentum subtrahatur, vel de eo aliquid ordinetur invitis
parentibus.

(22) Suppl. S. Th. 3. p. Q. 41, a. 1: Non enim intendit natura solum generationem prolis, sed etiam
traductionem et promotionem usque ad perfectum statum hominis in quantum homo est, qui est virtutis
status.

(23) Cod. I. C., e. 1113: Parentes gravissima obligatione tenentur prolis educationem tum religiosam et
moralem, tum physicam et civilem pro viribus curandi, et etiam temporali corum bono providendi.

(24) Ep. enc. Rerum novarum, 15 Maii 1891: Filii sunt aliquid patris, et velut paternae amplificatio quaedam
personae, proprieque loqui si volumus, non ipsi per se, sed per communitatem domesticam, in qua generati
sunt, civilem ineunt ac participant societatem.

(25) Ep. enc. Rerum novarum, 15 Maii 1891: Patria potestas est eiusmodi, ut nec extingui, neque absorberi
a republica possit, quia idem et commune habet cum ipsa hominum vita principium.

(26) Ep. enc. Sapientiae christianae, 10 Ian. 1890: Natura parentes habent ius suum instituendi, quos
procrearint, hoc adiuncto officio, ut cum fine, cuius gratia sobolem Dei beneficio susceperunt, ipsa educatio
conveniat et doctrina puerilis. Igitur parentibus est necessarium eniti et contendere, ut omnem in hoc
genere propulsent iniuriam, omninoque pervincant ut sua in potestate sit educere liberos, uti par est, more
christiano, maximeque prohibere scholis iis a quibus periculum est ne malum venenum imbibant impietatis.

(27) Cod. I. C., c. 1113.

(28) « The fundamental theory of liberty upon which all governments in this union repose excludes any
general power of the State to standardize its children by forcing them to accept instruction from public
teachers only. The child is not the mere creature of the State; those who nurture him and direct his destiny
have the right coupled with the high duty, to recognize, and prepare him for additional duties ». U. S.
Supreme Court Decision in the Oregon School Cases, June 1, 1925.

(29) Carta ao Card. Secretario de Estado, 30 de Maio de 1929.

(30) Cod. I. C., c. 750, § 2. S. TH., 2, 2. q. X, a. 12.


(31). Discurso aos alunos de Mondragone, 14 de Maio de 1929.

(32) Discurso aos alunos de Mondragone, 14 de Maio de 1929.

(33) P. L. Taparelli, Saggio teor. di Diritto Naturale, n. 922; Obra nunca assaz louvada e recomendada ao
estudo dos jovens universitários (cfr. o Nosso discurso de 18 de Dezembro de 1927).

(34) Ep. enc. Immortale Dei, 1 Nov. 1885: Deus humani generis procurationem inter duas potestates
partitus est, scilicet ecclesiasticam et civilem, alteram quidem divinis, alteram humania reines praepositam.
Utraque est in suo genere maxima: habet utraque certos, quibus contineatur, terminos, eosque sua
cuiusque natura causaque proxime definitos; unde aliquis velut orbis circumscribitur, in quo sua cuiusque
actio iure proprio versetur. Sed quia utriusque imperium est in eosdem, cum usuvenire possit, ut res una
atque eadem quamquam aliter atque aliter, sed tamen eadem res, ad utriusque ius iudiciumque pertineat,
debet providentissimus Deus, a quo sunt ambae constitutae, utriusque itinera recte atque ordine
composuisse. Quae autem sunt, a Deo ordinatae sunt (Rom., XIII, 1).

(35) Ep. enc. Immortale Dei, 1 Nov. 1885: Itaque inter utramque potestatem quaedam intercedant necesse
est ordinata colligatio: quae quidem coniunctioni non immerito comparatur, per quam anima et corpus in
homine copulantur. Qualis autem et quanta ea sit, aliter iudicari non potest, nisi respiciendo, uti diximus,
ad utriusque naturam, habendaque ratione excellentiae et nobilitatis causarum; cum alteri proxime
maximeque propositum sit rerum mortalium curare commoda, alteri caelestia ac sempiterna bona
comparare. Quidquid igitur est in rebus humanis quoquo modo sacrum, quidquid ad salutem animorum
cultumve Dei pertinet, sive tale illud sit natura sua, sive rursus tale intelligatur propter causam ad quam
refertur, id est omne in potestate arbitrioque Ecclesiae: cetera vero, quae civile et politicum genus
complectitur, rectum est civili auctoritati esse subiecta, cum Iesus Christus iusserit, quae Caesaris sint,
reddi Caesari, quae Dei, Deo.

(36) Ep. 138: Proinde qui doctrinam Christi adversam dicunt esse reipublicae, dent exercitam talem, quales
doctrina Christi esse milites iussit; dent tales provinciales, tales maritos, tales coniuges, tales parentes,
tales filios, tales dominos, tales servos, tales reges, tales iudices, tales denique debitorum ipsius fisci
redditores et exactores, quales esse praecipit doctrina christiana, et audeant eam dicere adversam esse
reipublicae; imo vero non dubitent sam confiteri magnam, si obtemperetur, salutem esse reipublicae.

(37) Della educazione cristiana, liv. I, e. 43.

(38) Carta ao Card. Secretário de Estado, 30 de Maio de 1929.

(39) Conc. Vat., Sess. 3, cap. 4. Neque solam fides et ratio inter se dissidere nunquam possunt, sed opera
quoque sibi mutuam ferunt, cum recta ratio fidei fundamenta demonstret eiusque lumine illustrata rerum
divinarum scientiam excolat, fides vero rationem ab erroribus liberet ac tueatur eamque multiplici
cognitione instruat. Quapropter tantum abest, ut Ecclesia humanaram artium et disciplinaram culturae
obsistat, ut hanc multis modie iuvet atque promoveat. Non enim commoda ab iis ad hominum vitam
dimanantia aut ignorat aut despicit; fatetur immo, eas, quemadmodum a Deo scientiarum Domino
profectae sunt, ita, si rite pertractentur, ad Deum iuvante eius gratia perducere. Nec sane ipsa vetat, ne
huiusmodi discipline in suo quaeque ambitu propriis utantur principiis et propria methodo; sed instam hanc
libertatem agnoscens, id sedulo cavet, ne divinae doetrinae repugnando errores in se suscipiant, aut fines
proprios transgressae ea, quae sunt fidei, occupent et perturbent.

(40) Prov., XXII, 15: Stultitia colligata est in corde pueri: et virga discipline fugabit eam.

(41) Sap., VIII, 1: attingit a fine usque ad finem fortiter, et disponit omnia suaviter.

(42) Io., III, 8: Spiritus ubi vult spirat.

(43) Rom., VII, 23.

(44) Silvio Antoniano, Dell'educazione cristiana dei figliuoli, lib. II, c. 88.
(45) Matth., XVIII, 7; Vae munde a scandalis!

(46) Eph., VI, 4: Patres, nolite ad iracundiam provocare filios vestros.

(47) Nic. Tommaseo, Pensieri sull'educazione, Parte I, 3, 6.

(48) Pius IX, Ep. Quum non sine, 14 Iul. 1864. — Syllabus, Prop. 48. —Leo XIII, alloc. Summi Pontificatus,
20 Aug. 1880, Ep. enc. Nobilissima, 8 Febr. 1884, Ep. enc. Quod multum, 22 Aug. 1886, Ep. Officio
sanctissimo, 22 Dec. 1887, Ep. enc. Caritatis, 19 Mart. 1894, etc. (cfr. Cod I. C. cum Fontium Annot., c.
1374).

(49) Cod. I. C., c. 1374.

(50) Ep. enc. Militantis Ecclesiae, 1 Aug. 1897: Necesse est non modo certis horis doceri iuvenes
religionem, sed reliquam institutionem omnem christianae pietatis sensus redolere. Id si desit, si sacer hic
halitus non doctorum animos ac discentium pervadat joveatque, exiguae capientur ex qualibet doctrina
utilitates; damna saepe consequentur hauri exigua.

(51) P. G., t. 31, 570.

(52) Inst. Or., I, 8.

(53) I Thess., V, 21: omnia probate; quod bonum est tenete.

(54) Seneca, Epist. 45: invenissent forsitan necessaria nisi et superflua quaesiissent.

(55) Leo XIII, Ep. enc. Inscrutabili, 21 Apr. 1878: ... alacrius adnitendum est, ut non solum apta ac solida
institutionis methodus, sed maxime institutio ipsa catholicae fidei omnino conformis in litteris et disciplinis
vigeat, praesertim autem in philosophia, ex qua recta aliarum scientiarum ratio magna ex parte dependet.

(56) Oratio II, P. G., t. 35, 426: ars artium et scientia scientiarum.

(57) Matth., IX, 37: Messis quidem multa, operarii autem pauei.

(58) Horat., Art. poet., v. 163: cereus in vitium flecti.

(59) I Cor., XV, 33: corrumpunt mores bonos colloquia mala.

(60) Conf., VI, 8.

(61) I Io., II, 16: concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum et superbia vitae.

(62) De Idololatria, 14: compossessores mundi, non erroris.

(63) Gal., IV, 19: Filioli mei, quos iterum parturio, donec formetur Christus in vobis.

(64) I Col., III, 4: Christus, vita vestra.

(65) II Cor., IV, 11: ut et vita Iesu manifestetur in carne nostra mortali.

(66) Horat., Od. 1. III, od. 3, v. 1: Iustum et tenacem propositi virum.

(67) Apol., 42: Non sumus exules vitae. Meminimus gratiam nos debere Deo Domino Creatori; nullum
fructum operum eius repudiamus; plante temperamus, ne ultra modula aut perperam utamur. Baque non
sine foro, non sine macello, non sine balneis, tabernis, officinis, stabulis, nundinis vestris, caeterisque
commerciis cohabitamus in hoc saeculo. Navigamus et nos vobiscum et mibitamus, et rusticamur, et
mercamur, proinde miscemus artes, operas nostras publicamus usui vestro. Quomodo infructuosi videamur
negotiis vestris, cum quibus et de quibus vivimus, non scio.

(68) De moribus Ecclesiae catholicae, lib. I, c. 30: Merito Eccelesia catholica Mater christianorum verissima,
non solum ipsum Deum, cuius adeptio vita est beatissima, purisime atque castissime colendum praedicas;
sed etiam proximi dilectionem atque charitatem ta complecteris, ut variorum morborum, quibus pro
peccatis suis animae aegrotant, munis apud te medicina praepolleat. Tu pueriliter pueros, fortiter iuvenes,
quiete senes prout cuiusque non corporis tantum, sed et animi aetas est, exerces ac doces. Tu parentibus
filios libera quadam servitute subiungis, parentes filiis pia dominatione praeponis. Tu fratribus fratres
religionis vinculo firmiore atque arctiore quam sanguinis nectis... Tu ives civibus, gentes gentibus, et
prorsus homines primorum parentum recordatione, non societate tantum, sed quadam etiam fraternitate
coniungis. Doces Reges prospicere populis; mones populos se subdere Regibus. Quibus honor debeatur,
quibus affectus, quibus reverencia, quibus timor, quibus consolatio, quibus admonitio, quibus cohortatio,
quibus disciplina, quibus obiurgatio, quibus supplicium, sedulo doces; ostendens quemadmodum et non
omnibus omnia, et omnibus charitas, et nulli debeatur iniuria.

(69) Cfr. I Petr., II, 25: ad Pastorem et Episcopum animarum vestrarum.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/pt/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_31121929_divini-illius-magistri.html

CARTA ENCÍCLICA
MENS NOSTRA
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

INTRODUCCIÓN

1. A ninguno de vosotros, venerables hermanos, se le oculta cuál fue nuestra intención o nuestro ánimo
cuando, al comenzar este año, anunciamos al orbe católico un jubileo extraordinario para celebrar el
quincuagésimo aniversario de aquel día en que, recibida la ordenación sacerdotal, ofrecimos por vez
primera el santo sacrificio del altar.

Porque, como solemnemente declaramos en la constitución apostólica Auspicantibus Nobis, promulgada el


día 6 de enero de 1929[1], con dicha celebración no sólo queríamos que nuestros queridos hijos, la gran
familia cristiana confiada a nuestro corazón por el benignísimo Corazón Divino, participasen en la alegría de
su Padre común, y unidos con él diesen gracias al Supremo Dador de todo bien, sino que, además y sobre
todo, abrigábamos la dulce esperanza de que, franqueados con paternal liberalidad los tesoros celestiales
de que el Señor nos ha hecho dispensadores, tendrían los fieles dichosa oportunidad para fortalecerse en la
fe, crecer en la piedad y perfección cristiana y ajustar fielmente a las normas del Evangelio las costumbres
públicas y privadas; con lo cual, y como fruto hermosísimo de la total pacificación de cada uno consigo
mismo y con Dios, se podría esperar la mutua pacificación de las almas y de los pueblos.

2. No fue vana nuestra esperanza. Porque aquel encendido ardor de devoción, con que fue acogida la
promulgación del jubileo, lejos de menguar con el transcurso del tiempo, ha ido creciendo cada vez más,
ayudando a ello el Señor con memorables acontecimientos que harán imperecedera la memoria de este
año, verdaderamente de salud.

Con indecible consuelo hemos podido ver, en gran parte con nuestros propios ojos, este magnífico
aumento de fe y de piedad, y entrañablemente nos hemos complacido en contemplar tan gran
muchedumbre de hijos queridísimos, a los cuales pudimos recibir en nuestra casa y, por decirlo así,
estrechar con paternal afecto contra nuestro corazón.

Hoy, mientras desde lo más íntimo del alma elevamos al Padre de la misericordia un ardiente himno de
gratitud por tantos y tan señalados frutos como El se dignó producir, madurar y cosechar en su viña
durante este Año Jubilar, nuestra pastoral solicitud nos mueve e impulsa a procurar que de tan prósperos
comienzos resulten en lo sucesivo grandes y permanentes beneficios para la felicidad y salvación de los
individuos, y, por tanto, de toda la sociedad.

3. Y meditando Nos cómo podría esto conseguirse, recordamos que nuestro predecesor, de f. m., León
XIII, al promulgar en otra ocasión el santo jubileo, con palabras gravísimas, que hacíamos nuestras en la
citada constitución Auspicantibus Nobis[2], exhortaba a todos los fieles a recogerse algún tiempo para
poner en cosas mejores sus pensamientos apegados a la tierra[3], y recordamos también cómo nuestro
predecesor, de s. m., Pío X, tan celoso promotor y ejemplo vivo de santidad sacerdotal, al promulgar en el
año jubilar de su sacerdocio una piadosísima y memorable exhortación al clero católico[4], daba
enseñanzas preciosas y escogidas para elevar a mucha altura el edificio de la vida espiritual.

4. Siguiendo, pues, las huellas de estos Pontífices, hemos juzgado oportuno hacer también Nos algo,
aconsejando una práctica excelente, de la cual esperamos que el pueblo cristiano sacará muchísimo y
extraordinario provecho. Nos referimos a la práctica de los Ejercicios espirituales, que deseamos
ardientemente se promueva y difunda más y más cada día, no sólo en ambos cleros, sino también entre las
agrupaciones de seglares católicos, y que nos complacemos en dejar a nuestros amados hijos como
recuerdo de nuestro Año Jubilar.

Lo cual hacemos con tanto mayor gusto, al declinar ya el año del quincuagésimo aniversario de nuestra
primera Misa, cuanto que nada nos puede ser más grato que recordar las celestiales gracias e inefables
consolaciones que muchas veces hemos experimentado al hacer los Ejercicios espirituales, con cuya
práctica asidua hemos marcado como con otros tantos jalones las distintas etapas de nuestra vida
sacerdotal, y hemos sacado luz y alientos para conocer y cumplir el divino beneplácito. Nada nos es más
grato, finalmente, que recordar cuanto en todo el transcurso de nuestro ministerio sacerdotal trabajamos
por instruir al prójimo en las cosas del cielo por medio de los mismos Ejercicios, con tanto fruto y tan
increíble provecho de las almas, que con razón juzgamos que los Ejercicios espirituales son y constituyen
un especial medio para alcanzar la eterna salvación.

I. IMPORTANCIA, OPORTUNIDAD
Y UTILIDAD DE LOS EJERCICIOS

Su valor en nuestro tiempo

5. Y en verdad, venerables hermanos, que al considerar, siquiera sea de paso, los tiempos que vivimos, se
verá por más de una razón la importancia, utilidad y oportunidad de los santos retiros. La más grave
enfermedad que aflige a nuestra época, siendo fuente fecunda de los males que toda persona sensata
lamenta, es la ligereza e irreflexión que lleva extraviados a los hombres.

De ahí la disipación continua y vehemente en las cosas exteriores; de ahí la insaciable codicia de riquezas y
placeres, que poco a poco debilita y extingue en las almas el deseo de bienes más elevados, y de tal
manera las enreda en las cosas exteriores y transitorias, que no las deja elevarse a la consideración de las
verdades eternas, ni de las leyes divinas, ni aun del mismo Dios, único principio y fin de todo el universo
creado; el cual, no obstante, por su infinita bondad y misericordia, en nuestros mismos días y a pesar de la
corrupción de costumbres que todo lo invade, no deja de atraer a los hombres hacia Sí con abundantísimas
gracias.

Pues para curar esta enfermedad que tan reciamente aflige hoy a los hombres, ¿qué remedio y qué alivio
mejor podríamos proponer que invitar al piadoso retiro de los Ejercicios espirituales a estas almas débiles y
descuidadas de las cosas eternas? Y, ciertamente, aunque los Ejercicios espirituales no fuesen sino un
corto retiro de algunos días, durante los cuales el hombre, apartado del trato ordinario de los demás y de
la baraúnda de preocupaciones halla oportunidad, no para emplear dicho tiempo en una quietud ociosa,
sino para meditar en los gravísimos problemas que siempre han preocupado profundamente al género
humano, los problemas de su origen y de su fin, de dónde viene el hombre y adónde va; aunque sólo esto
fuesen los Ejercicios espirituales, nadie dejaría de ver que de ellos pueden sacarse beneficios no pequeños.

Para formar hombres


6. Pero todavía sirven para mucho más. Porque al obligar al hombre al trabajo interior de examinar más
atentamente sus pensamientos, palabras y acciones, considerándolo todo con mayor diligencia y
penetración, es admirable cuánto ayudan a las humanas facultades; de suerte que en esta insigne palestra
del espíritu, el entendimiento se acostumbra a pensar con madurez y a ponderar justamente las cosas, la
voluntad se fortalece en extremo, las pasiones se sujetan al dominio de la razón, la actividad toda del
hombre, unida a la reflexión, se ajusta a una norma y regla fija, y el alma, finalmente, se eleva a su nativa
nobleza y excelencia, según lo declara con una hermosa comparación el papa San Gregorio en su
libro Pastoral:

«El alma humana, a la manera del agua, sí va encerrada, sube hacia la alto, volviendo a la misma altura de
donde baja; pero si se la deja libre, se pierde, porque se derrama inútilmente en lo más bajo»[5].

Además, al ejercitarse en las meditaciones espirituales, la mente, gozosa en su Señor, no sólo es avivada
como por ciertos estímulos del silencio y fortalecida con inefables raptos, como advierte sabiamente San
Euquerio, obispo de Lyón[6], sino que es invitada por la divina liberalidad a aquel alimento celestial, del
que dice Lactancio: Ningún manjar es más sabroso para el alma que el conocimiento de la verdad[7], y es
admitida a aquella escuela de celestial doctrina y palestra de artes divinas[8], como la llama un antiguo
autor (que largo tiempo se creyó fuese San Basilio Magno), donde es Dios todo lo que se aprende, el
camino por donde se va, todo aquello por donde se llega al conocimiento de la suprema verdad[9].

De donde se sigue claramente que los Ejercicios espirituales tienen un maravilloso poder, así para
perfeccionar las facultades naturales del individuo como principalmente para formar al hombre
sobrenatural o cristiano. Ciertamente que en estos tiempos, cuando el genuino sentido de Cristo, el espíritu
sobrenatural, esencia de nuestra santa religión, vive cercado por tantos estorbos e impedimentos, cuando
por todas partes domina el naturalismo, que debilita la firmeza de la fe y extingue las llamas de la caridad
cristiana, importa sobre toda ponderación que el hombre se sustraiga a esa fascinación de la vanidad que
obnubila lo bueno[10], y se esconda en aquella bienaventurada soledad, donde, alumbrado por celestial
magisterio, aprenda a conocer el verdadero valor y precio de la vida humana para ponerla al servicio de
sólo Dios; tenga horror a la fealdad del pecado; conciba el santo temor de Dios; vea claramente, como si
se le rasgase un velo, la vanidad de las cosas terrenas, y, advertido por los avisos y ejemplos de Aquel que
es el camino, la verdad y la vida[11], se despoje del hombre viejo[12], se niegue a sí mismo, y
acompañado por la humildad, la obediencia y la voluntaria mortificación de sí mismo, se revista de Cristo y
se esfuerce en llegar a ser varón perfecto, y se afane por conseguir la completa medida de la edad
perfecta según Cristo, de la que habla el Apóstol[13]; y más aún, se empeñe con toda su alma en que
también él pueda repetir con el mismo Apóstol: «Yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que
Cristo vive en mí»[14]. Estos son los grados por los que sube el alma a la consumada perfección, y se une
suavísimamente con Dios, mediante el auxilio de la gracia divina, lograda más copiosamente durante esos
días de retiro, por más fervorosas oraciones y por la participación más frecuente de los sagrados misterios.

Cosas son éstas, venerables hermanos, verdaderamente singulares y excelentísimas, que exceden con
mucho a la naturaleza. En su feliz consecución se hallan, y solamente en ella, el descanso, la felicidad, la
verdadera paz, que con tanta sed apetece el alma humana, y que la sociedad actual, arrebatada por la
fiebre de placeres, busca inútilmente en el ansia de los bienes inciertos y caducos, en el tumulto y
agitación de la vida. En cambio, vemos muy bien por experiencia cómo en los Ejercicios espirituales hay
una fuerza admirable para devolver la paz a los hombres y elevarlos a la santidad de la vida; lo cual
también se prueba por la larga práctica de los siglos pasados, y quizá más claramente por la de nuestros
días, cuando una multitud casi innumerable de almas, que bien se han ejercitado en el sagrado retiro de
los Ejercicios, salen de ellos arraigadas en Cristo y edificadas sobre El como sobre fundamento[15], llenas
de luz, saturadas de gozo e inundadas por aquella paz que supera a todo sentido[16].

Para formar apóstoles

7. Pero de esta plenitud de vida cristiana, que a todas luces producen los Ejercicios espirituales, además de
la paz interior, brota como espontáneamente otro fruto muy exquisito, que redunda egregiamente en no
escaso provecho social: el ansia de ganar almas para Cristo, o lo que llamamos espíritu apostólico. Porque
natural efecto de la caridad es que el alma justa, donde Dios mora por la gracia, se encienda
maravillosamente en deseos de comunicar a las demás almas aquel conocimiento y aquel amor del Bien
infinito que ella misma ha alcanzado y posee.

Ahora bien: en estos tiempos en que la sociedad humana tiene tanta necesidad de auxilios espirituales,
cuando las lejanas tierras de las Misiones blanquean ya para la siega[17] y reclaman cada vez más
numerosos operarios, cuando nuestros mismos países exigen escogidísimas legiones de sacerdotes de
ambos cleros que sean idóneos dispensadores de los misterios divinos y numerosos ejércitos de piadosos
seglares que, unidos estrechamente con el apostolado jerárquico, le ayuden con celosa actividad,
consagrándose a las múltiples obras y trabajos de la Acción Católica, Nos, venerables hermanos,
enseñados por el magisterio de la historia, consideramos y celebramos los sagrados retiros de los Ejercicios
como Cenáculos —alzados como por inspiración divina— donde los corazones generosos, fortalecidos por la
gracia, ilustrados por las verdades eternas y alentados por los ejemplos de Cristo, no sólo conocerán
claramente el valor de las almas y se encenderán en deseos de salvarlas en cualquier estado de vida en
que, después de diligente examen, crean que deben servir a su Creador, sino que, además, aprenderán
plenamente el celo, los medios, los trabajos y las arduas empresas del apostolado cristiano.

II. LOS EJERCICIOS EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA

En el principio de la Iglesia

8. Por lo demás, éste fue el procedimiento y método que nuestro Señor empleó muchas veces para formar
los pregoneros del Evangelio. Porque el mismo divino Maestro, no satisfecho con permanecer largos años
en su retiro de Nazaret, antes de brillar a plena luz ante las gentes e instruirlas con su palabra para las
cosas del cielo, quiso pasar cuarenta días enteros en la mayor soledad del desierto.

Y más aún, en medio de las fatigas de la predicación evangélica, acostumbraba asimismo a invitar a los
apóstoles al amable silencio del retiro: Venid aparte a un lugar desierto y reposad un poco[18]; y, vuelto ya
al cielo desde este mundo de trabajos, quiso que sus apóstoles y discípulos recibieran su última formación
y perfección en el Cenáculo de Jerusalén, donde por espacio de diez días perseverando unánimes en la
oración[19], se hicieron dignos de recibir al Espíritu Santo: memorable retiro, a la verdad, el primero que
bosquejó los Ejercicios espirituales, del que la Iglesia salió dotada de perenne vigor y pujanza, y en el que,
con la presencia y poderosísimo patrocinio de la Virgen María, Madre de Dios, se formaron —junto con los
apóstoles— aquellos que justamente podríamos llamar los precursores de la Acción Católica.

Desde aquel día, la práctica de los Ejercicios espirituales, si no con el nombre y método que hoy se usa,
por lo menos en cuanto a la cosa misma, se hizo familiar entre los antiguos cristianos[20], como enseña
San Francisco de Sales y como lo dan a entender los indicios manifiestos que se encuentran en las obras
de los Santos Padres.

Así, San Jerónimo exhortaba a la noble matrona Celancia: «Elígete un lugar conveniente y apartado del
tráfago familiar, en el cual te refugies como en un puerto. Lee allí tanto la Sagrada Escritura, sea tu oración
tan asidua, tan sólido y concentrado el pensamiento sobre todo el futuro, que con esa vacación fácilmente
compenses todas las ocupaciones del tiempo restante. Y no decimos esto por apartarte de los tuyos; más
bien lo hacemos así, para que allí aprendas y medites cómo habrás de portarte con los tuyos»[21]. Y el
contemporáneo de San Jerónimo, San Pedro Crisólogo, obispo de Rávena, dirigía a sus fieles esta
conocidísima invitación: «Hemos dado al cuerpo un año, concedamos al alma unos días... Vivamos un poco
para Dios, ya que el resto del tiempo lo hemos dedicado al siglo... Resuene en nuestros oídos la voz divina,
no ensordezca nuestro oído el tráfago familiar... Armados ya así, hermanos, ordenados así para el
combate, declaremos la guerra a los pecados... contando segura nuestra victoria»[22].

En la Edad Media

9. En el decurso de los siglos, los hombres han experimentado siempre en su interior este deseo de la
apacible soledad, en la cual, sin testigos, el alma se dedique a las cosas de Dios. Más todavía: es cosa
averiguada que cuanto más borrascosos son los tiempos por que atraviesa la sociedad humana, con tanta
mayor fuerza los hombres sedientos de justicia y verdad son impulsados por el Espíritu Santo al retiro,
«para que, libres de los apetitos del cuerpo, puedan entregarse más a menudo a la divina sabiduría, en el
aula de su corazón, y allí, enmudecido el estrépito de los cuidados terrenos, se alegren con meditaciones
santas y delicias eternas»[23].

San Ignacio de Loyola

10. Y habiendo Dios suscitado providencialmente en su Iglesia muchos varones, dotados de abundantes
dones sobrenaturales y conspicuos por el magisterio de la vida espiritual —los cuales dieron sabias normas
y métodos de ascética aprobadísimos, sacados ora de la divina revelación, ora de la propia experiencia, ya
también de la práctica de los siglos anteriores—, por disposición de la divina Providencia y por obra de su
insigne siervo Ignacio de Loyola nacieron los Ejercicios espirituales, propiamente dichos: Tesoro —como los
llamaba aquel venerable varón de la ínclita Orden de San Benito, Ludovico Blosio, citado por San Alfonso
María de Ligorio en cierta bellísima carta «Sobre los Ejercicios en la soledad»—, «tesoro que Dios ha
manifestado a su Iglesia en estos últimos tiempos, por razón del cual se le deben dar muy rendidas
acciones de gracias»[24].

San Carlos Borromeo

11. De estos Ejercicios espirituales, cuya fama se extendió muy pronto por toda la Iglesia, sacó nuevos
estímulos para correr más animosamente por el camino de la santidad, entre otros muchos, el venerable y
por tantos títulos carísimo para Nos, San Carlos Borromeo, quien, como en otra ocasión recordamos,
divulgó su uso entre el clero y el pueblo[25], no sólo con su continuo trabajo y autoridad, sino también con
aptísimas normas y directorios, hasta el punto de fundar una casa con el fin exclusivo de que en ella se
practicasen los Ejercicios ignacianos. Esta casa, que el mismo santo cardenal denominó Asceterium, viene a
ser, en nuestra opinión, la primera de cuantas más tarde, como feliz copia, han florecido por doquier.

Casas de Ejercicios

12. Pues como de día en día creciera en la Iglesia la estima de los Ejercicios, vinieron también a
multiplicarse por singular manera las casas a ellos reservadas, verdaderos oasis felizmente colocados en el
árido desierto de esta vida, en los que con alimento espiritual se reaniman y confortan a su vez los fieles
de uno y otro sexo. Realmente, después del enorme desastre de la guerra, que tan acerbamente perturbó
a la gran familia humana; después de tantas heridas como han lastimado la prosperidad espiritual y civil de
los pueblos, ¿quién será capaz de enumerar la ingente cifra de los que, viendo cómo se extenuaban y
desvanecían las engañosas esperanzas que antes habían alimentado, entendieron claramente cómo habían
de posponer las cosas terrenas a las celestiales y, empujados por secreta inspiración del Espíritu Santo,
volaron a la conquista de la verdadera paz en el sagrado retiro? Prueba clarísima son todos aquellos que,
enamorados de la belleza de una vida más perfecta y santa, o combatidos por las crudelísimas
tempestades del siglo o conmovidos por las inquietudes de la vida, o envueltos en los fraudes y sofismas
del mundo, o atacados por la terrible pestilencia del racionalismo, o seducidos por los placeres de los
sentidos, enderezaron un día sus pasos hacia aquellas santas casas y gozaron del descanso de la soledad,
tanto más dulcemente cuanto mayores fueron las pasadas tribulaciones; y con el recuerdo de las cosas del
cielo dieron a su vida una orientación sobrenatural.

III. EJERCICIOS ESPIRITUALES


PARA LAS DIVERSAS CLASES DE HOMBRES

13. Por nuestra parte, mientras de lo íntimo de nuestro corazón agradecido nos alegramos de esos
comienzos de excelente piedad, en cuyo acrecentamiento tenemos por cierto que se halla un eficacísimo
remedio y auxilio contra los males que amenazan, nos disponemos a secundar con todas nuestras fuerzas
los suavísimos designios de la divina bondad, a fin de que esta secreta inspiración, suscitada por el Espíritu
Santo en las mentes de los hombres, no quede privada de la deseada abundancia de los dones celestiales.

Para la Curia Pontificia

14. Y esto lo hacemos con tanto mayor gusto cuanto que ya lo vemos hecho por nuestros predecesores.
Largo tiempo hace ya que esta Sede Apostólica, que muchas veces había recomendado los Ejercicios
espirituales, enseñaba también a los fieles con su ejemplo y autoridad, convirtiendo los augustos palacios
vaticanos, durante unos días, en Cenáculo de la oración y la meditación; costumbre que Nos mismo hemos
adoptado espontáneamente con no pequeño gozo y consuelo de nuestra alma. Y para procurar este gozo y
consuelo a Nos y a los que cerca de Nos viven, satisfaciendo sus comunes deseos, hemos ordenado ya que
se dispongan todas las cosas para que cada año se practiquen los Ejercicios espirituales en nuestros
palacios.

Para los obispos

15. Y bien manifiesta está la gran estima que vosotros, venerables hermanos, tenéis a los Ejercicios
espirituales: los practicasteis antes de vuestra ordenación sacerdotal y os dedicasteis a ellos antes de
recibir la plenitud del orden sacerdotal; más tarde, y no pocas veces, presidiendo vosotros mismos a
vuestros sacerdotes, oportunamente convocados, acudís a los mismos para alimentar vuestro espíritu con
la contemplación de las verdades eternas. Vuestra conducta a este respecto es tan preclara y meritoria,
que Nos no podemos menos de citarla con público elogio. Y no juzgamos dignos de menor recomendación
a aquellos obispos de la Iglesia, tanto oriental como occidental, que, junto con el Metropolitano o Patriarca,
se han reunido a veces en piadoso retiro, acomodado a sus oficios y cargos. Ejemplo por cierto muy
luminoso que esperamos sea imitado con celosa emulación cuando lo consienta la naturaleza de las cosas.
Y no habrá, acaso, gran dificultad en esto si tales retiros se hacen con ocasión de aquellas reuniones que
celebran por oficio todos los prelados de alguna provincia eclesiástica, ya para atender al bien común de
las almas, ya para deliberar sobre lo que más reclame la condición de los tiempos. Esto es lo que Nos
pensábamos hacer con todos los obispos de la región lombarda en aquel brevísimo tiempo en que
gobernamos la Iglesia de Milán, y sin duda lo habríamos realizado en aquel primer año de pontificado si la
Providencia no hubiese tenido otros secretos designios sobre nuestra humilde persona.

Para sacerdotes y religiosos

16. Con razón, pues, estamos convencidos de que los sacerdotes y religiosos que, anticipándose a la ley de
la Iglesia, con laudable empeño practicaban con frecuencia los Ejercicios espirituales, en lo futuro
emplearán con tanta mayor diligencia este medio de santificación cuanto más gravemente les obliga a ello
la autoridad de los sagrados cánones.

Por lo cual exhortamos insistentemente a los sacerdotes del clero secular a que sean fieles en practicar los
Ejercicios espirituales, al menos en aquella módica medida que el Código del Derecho Canónico les
prescribe[26], de suerte que los emprendan y lleven adelante con ardiente deseo de su perfección, para
que adquieran aquella abundancia de espíritu sobrenatural, que les es sumamente necesaria para procurar
el provecho espiritual de la grey a ellos encomendada y para conquistar muchas almas para Cristo.

Ese es el camino que han seguido siempre todos los sacerdotes que, ardiendo en celo de las almas, más se
han distinguido en dirigir al prójimo por la senda de la santidad y en formar al clero, como, por citar un
ejemplo moderno, el beato José Cafasso, recientemente elevado por Nos al honor de los altares. Pues
siempre fue cosa ordinaria en aquel varón santísimo el dedicarse asiduamente a los Ejercicios espirituales,
con los cuales se santificara más eficazmente a sí propio y a los otros ministros de Cristo y conociera los
celestiales designios; siendo al salir de uno de esos sagrados retiros cuando, enriquecido con luz divina,
indicó claramente a un sacerdote joven, penitente suyo, que siguiera aquel camino que le condujo a él al
sumo grado de la virtud: nos referimos al beato Juan Bosco, cuyo solo nombre es su mayor elogio.

Los religiosos, que están obligados a practicar cada año los santos Ejercicios[27], cualquiera que sea la
regla en que militen, hallarán sin duda en estos sagrados retiros una rica e inagotable mina de bienes
celestiales, que todos pueden alcanzar según la necesidad de cada uno, para progresar más y más en la
perfección y andar con más aliento el camino de los consejos evangélicos. Porque los Ejercicios anuales
son un místico Árbol de vida[28], con cuyos frutos tanto los individuos como las comunidades crecerán en
aquella laudable santidad con que debe florecer toda familia religiosa.

Y no crean los sacerdotes de uno y otro clero que el tiempo dedicado a los Ejercicios espirituales cede en
detrimento del ministerio apostólico. Conviene a este propósito oír a San Bernardo, quien no dudaba en
escribir al Sumo Pontífice beato Eugenio III, de quien había sido maestro, estas palabras: «Si quieres ser
todo para todos, a imitación de Aquel que se hizo todo para todos, alabo tu humanidad, con tal que sea
completa. Mas ¿cómo será completa si te excluyes a ti mismo? También tú eres hombre; luego para que tu
humanidad sea completa e íntegra, debe acoger en su seno a ti y a todos los demás; porque de otro
modo, ¿de qué te sirve ganar todo el mundo si tú te pierdes? Por lo cual, cuando todos te posean, poséete
tú también. Acuérdate, no digo siempre, no digo a menudo, sino a lo menos algunas veces, de volverte a ti
mismo»[29].

Para los laicos de Acción Católica

17. Con no menor solicitud, venerables hermanos, aconsejamos que con los Ejercicios espirituales se
formen convenientemente las múltiples legiones de la Acción Católica; la cual no desistimos ni desistiremos
nunca de fomentar y recomendar con todas nuestras fuerzas, porque tenemos por utilísima (por no decir
necesaria) la participación de los seglares en el apostolado jerárquico.

No tenemos ciertamente palabras bastantes con que poder expresar la singular alegría que nos ha
inundado al saber que casi en todas partes se han organizado tandas especiales de santos Ejercicios en
que se ejercitan estos pacíficos y valerosos soldados de Cristo, y principalmente los grupos de los jóvenes.
Los cuales, al acudir frecuentemente a ellos a fin de estar cada vez más preparados y prontos para pelear
las sagradas batallas del Señor, en ellos no sólo hallan medios para imprimir en sí más perfectamente el
sello de la vida cristiana, sino que tampoco es raro que oigan en su corazón la secreta voz de Dios, que los
llama a los sagrados ministerios y a promover la salud de las almas, y hasta los impulsa a ejercitar
plenamente el apostolado. Espléndida es, en verdad, esta aurora de bienes celestiales, a la que seguirá y
coronará en breve un día pleno con tal que la práctica de los Ejercicios espirituales se propague más
extensamente y se difunda con inteligencia y prudencia entre las varias asociaciones de católicos, en
especial de jóvenes[30].

Para todos

18. Y como en nuestros tiempos los bienes temporales y las comodidades a ellos consiguientes,
juntamente con cierto grado de bienestar, han alcanzado, y no poco, a los obreros y demás personas que
viven de un sueldo, alzándolos a un plano mejor de vida, se ha de atribuir a la bondad de Dios
misericordioso y próvido el que también se reparta entre el común de los fieles este celestial tesoro de los
Ejercicios espirituales, que, a manera de contrapeso, contenga a los hombres, no sea que, oprimidos por el
peso de las cosas perecederas y hundiéndose en las comodidades y atractivos de esta vida, caigan
miserablemente en las doctrinas y costumbres del materialismo. Por esto, con razón favorecemos con
ardiente celo las Obras «en pro de los Ejercicios» que en algunas regiones van creciendo, y, sobre todo, los
fructíferos y oportunos «Ejercicios de Obreros» con las anejas «Asociaciones de Perseverancia»; y todas
estas cosas, venerables hermanos, deseamos recomendar a vuestra actividad y solicitud pastorales.

IV. MODO DE HACER LOS EJERCICIOS

19. Mas para que los frutos que hemos enumerado se sigan de los santos Ejercicios, es preciso hacerlos
con la debida diligencia; porque, si sólo por rutina o perezosa y negligentemente se practican estos
Ejercicios, poco o ningún provecho se obtendrá ciertamente de ellos.

Soledad y ausencia de cuidados

20. Por lo tanto, es preciso, ante todo, que en la soledad el alma se entregue a las sagradas meditaciones,
alejando todos los cuidados y preocupaciones de la vida ordinaria; pues, como claramente enseña el áureo
librito «De la Imitación de Cristo»: En el silencio y la soledad aprovecha el alma devota[31]. Así, pues,
aunque pensamos que las santas meditaciones, con que públicamente se ejercitan las masas, son de
alabar y se han de promover con toda pastoral solicitud, como enriquecidas por Dios con múltiples
bendiciones, sin embargo, recomendamos principalmente los Ejercicios espirituales practicados en secreto,
los que llaman «cerrados», en los que el hombre se aparta con más facilidad del trato con las criaturas y
recoge las distraídas facultades de su alma para dedicarse sólo a sí mismo y a Dios, por medio de la
contemplación de las verdades eternas.

Tiempo suficiente
21. Además, los Ejercicios espirituales genuinos requieren que se invierta en ellos cierto espacio de tiempo.
Y aunque, según las circunstancias de las cosas y de las personas, pueden reducirse a pocos días o
extenderse a todo un mes, no se han de abreviar demasiado, si se quieren obtener todos los beneficios
que prometen los Ejercicios. Porque así como la salubridad de un lugar sólo favorece a la salud del cuerpo
cuando se vive allí durante algún tiempo, así el saludable arte de las sagradas meditaciones no ayuda
eficazmente al alma si no se ejercita durante cierto tiempo.

Método óptimo

22. Finalmente, interesa en sumo grado, para hacer bien los Ejercicios espirituales y sacar de ellos el
debido fruto, que se practiquen con un método bueno y apropiado.

Y es cosa averiguada que, entre todos los métodos de Ejercicios espirituales que muy laudablemente se
fundan en los principios de la sana ascética católica, uno principalmente ha obtenido siempre la primacía.
El cual, adornado con plenas y reiteradas aprobaciones de la Santa Sede, y ensalzado con las alabanzas de
varones preclaros en santidad y ciencia del espíritu, ha producido en el espacio de casi cuatro siglos
grandes frutos de santidad. Nos referimos al método introducido por San Ignacio de Loyola, al que cumple
llamar especial y principal Maestro de los Ejercicios espirituales, cuyo admirable libro de los Ejercicios[32],
pequeño ciertamente en volumen, pero repleto de celestial sabiduría, desde que fue solemnemente
aprobado, alabado y recomendado por nuestro predecesor, de feliz recordación, Paulo III[33], ya desde
entonces, repetiremos las palabras empleadas en cierta ocasión por Nos, antes de que fuésemos elevado a
la cátedra de Pedro, «sobresalió y resplandeció como código sapientísímo y completamente universal de
normas para dirigir las almas por el camino de la salvación y de la perfección; como fuente inexhausta de
piedad muy eximia a la vez que muy sólida, y como fortísimo estímulo y peritísimo maestro para procurar
la reforma de las costumbres y alcanzar la cima de la vida espiritual»[34]. Y cuando, al comienzo de
nuestro pontificado, «correspondiendo a los ardentísimos deseos y votos» de los Prelados de casi todo el
orbe católico y de uno y otro rito» por la constitución apostólica Summorum Pontificum, fechada el día 25
de julio de 1922, «declaramos y constituimos a San Ignacio de Loyola celestial Patrono de todos los
Ejercicios espirituales y, por consiguiente, de todos los institutos, asociaciones y congregaciones de
cualquier clase que ayudan y atienden a los que practican Ejercicios espirituales»[35], casi no hicimos más
que sancionar con nuestra suprema autoridad lo que estaba en el común sentir de los pastores y de los
fieles: lo cual habían dicho implícitamente, junto con el citado Paulo III, nuestros insignes predecesores
Alejandro VII[36], Benedicto XIV[37], al tributar repetidos elogios a los Ejercicios ignacianos; los cuales
enaltecieron con grandes encomios y aun con el mismo ejemplo de las virtudes que en esta palestra habían
adquirido o aumentado todos aquellos que —para decirlo como el mismo León XIII[38]— florecieron más
en la doctrina ascética o en santidad de vida[39], en los cuatro últimos siglos.

Y, ciertamente, la excelencia de la doctrina espiritual, enteramente apartada de los peligros y errores del
falso misticismo, la admirable facilidad de acomodar estos Ejercicios a cualquier clase y estado de
personas, ya se dediquen a la contemplación en los claustros, ya lleven una vida activa en negocios
seculares; la unidad orgánica de sus partes; el orden claro y admirable con que se suceden las verdades
que se meditan; los documentos espirituales, finalmente, que, una vez sacudido el yugo de los pecados y
desterradas las enfermedades que atacan a las costumbres, llevan al hombre por las sendas seguras de la
abnegación y de la extirpación de los malos hábitos[40], a las más elevadas cumbres de la oración y del
amor divino: sin duda alguna, tales son todas estas cosas que muestran suficiente y sobradamente la
naturaleza y fuerza eficaz del método ignaciano y recomiendan elocuentemente sus Ejercicios.

Retiro mensual

23. Resta, venerables hermanos, que para conservar y defender el fruto de los Ejercicios espirituales, que
con tantas alabanzas hemos encomiado, y renovar su saludable recuerdo, recomendemos encarecidamente
una piadosa costumbre que bien puede llamarse breve repetición de los mismos Ejercicios, esto es, el
retiro mensual o a lo menos trimestral. Esta costumbre, que —usando las mismas palabras de nuestro
predecesor, de s. m., Pío X— vemos gustosos introducirse en muchos lugares[41] y que está en vigor
principalmente entre las comunidades religiosas y los sacerdotes piadosos del clero secular, deseamos
vehementemente que se introduzca entre los mismos seglares, pues realmente cede en no pequeña
utilidad de los mismos; sobre todo entre los que, absorbidos por los cuidados de la familia o enredados en
negocios, estén impedidos de hacer Ejercicios espirituales; porque con estos retiros podrán suplir, al menos
en parte, los deseados provechos de los mismos Ejercicios.

CONCLUSIÓN

24. De este modo, venerables hermanos, si por todas partes y por todas las clases de la sociedad cristiana
se difundieren y diligentemente se practicaren los Ejercicios espirituales, seguirá una regeneración
espiritual; se fomentará la piedad, se robustecerán las energías religiosas, se extenderá el fructífero
ministerio apostólico y, finalmente, reinará la paz en los individuos y en la sociedad.

Mientras, sereno el cielo y callada la tierra, la noche alcanzaba la mitad de su curso, en el retiro, lejos del
concurso de hombres, el Verbo eterno del Padre, hecho carne, apareció a los mortales y en las regiones
etéreas resonó el himno celestial: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad[42]. Este pregón de la paz cristiana —la paz de Cristo en el reino de Cristo—, manifestación del
deseo mayor de nuestro corazón apostólico, al que intensamente se dirigen nuestras intenciones y
trabajos, herirá profundamente las almas de los cristianos que, apartados del tumulto y de las vanidades
del siglo, repasaren en profunda y escondida soledad las verdades de la fe y los ejemplos de Aquel que
trajo la paz al mundo y se la dejó como herencia: Mi paz os doy[43].

Esta verdadera paz, venerables hermanos, anhelamos de corazón para vosotros en este mismo día en que,
por favor de Dios, se cumple el quincuagésimo año de nuestro sacerdocio; y la misma con fervorosas
oraciones pedimos a Aquel que es saludado como Príncipe de la paz, al aproximarse la dulcísima fiesta del
Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que puede llamarse misterio de paz.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de diciembre de 1929, octavo de nuestro pontificado.

PÍO PP. XI

Notas

[1] AAS 21 (19291) 5.

[2] Ibíd., 6.

[3] Enc. Quod auctoritate (22 dic. 1885): AL 2,175ss.

[4] Exhort. al clero cat. Haerent animo (4 ag. 1908): ASS 41,555-577.

[5] S. Greg. M., Pastoral 1,3: PL 77,73.

[6] S. Euquerio, De laude eremi 37; PL 50,709.

[7] Lactanc., De falsa relig. 1,1; PL 6,118.

[8] S. Basil. M., De laude solit. vitae, en Opera omnia (Venecia 1751) 2,379.

[9] Ibíd.

[10] Sab 4,12.

[11] Jn 14,6.

[12] Rom 13,14.


[13] Ef 4,13.

[14] Gál 2,20.

[15] Col 2,7.

[16] Flp 4,7.

[17] Jn 4,35.

[18]Mc 6,31.

[19] Hech 1,14.

[20] S. Franc. de Sales, Traité de l'amour de Dieu 12,8.

[21] S. Jerón., Ep. 148 ad Celant., 24: PL 22,1216.

[22] S. Pedro Crisól., serm.12: PL 52,186.

[23] S. León M., serm.19: PL 54,186.

[24] S. Alf. M. Liguori, Lettera sull'utilità degli Esercizi in solitudine: Opere ascet. (Marietti 1847) 3,616.

[25] Const. ap. Summorum Pontificum (20 jul. 1922): AAS 14,421.

[26] CIC (1917) c.126.

[27] Ibíd., c.595 § 1.

[28] Gén 2,9.

[29] S. Bern., De consider. 1,5: PL 1$2,734.

[30] Cf. Ordine del giorno di Mons. Radini-Tedeschi: «Congr. Catol. Ital.» (1895).

[31] De imit. Chr. 1,20,6.

[32] Brev. Rom. in festo S. Ign. (31 jul.) 4,4.

[33] Let. ap. Pastoralis officii 31 jul. 1548.

[34] S. Carlo e gli Esercizi spirituali di S. Ignacio: «S. Carlo Borromeo nel 3.° Centenario dalla
Canonizzazione» n. 23 (sept. 1910) 488.

[35] Const. ap. Summorum Pontificum (25 jul. 1922): AAS 14,420.

[36] Let, ap. Cum sicut (12 oct. 1647).

[37] Let. ap. Quantum secessus (20 marzo 1753); Let. ap. Dedimus sane (16 mayo 1753).

[38] Ep. Ignatianae commentationes (8 febr. 1900): AL 7,373.

[39] Ibíd.

[40] Ep. ap. Pío XI, Nous avons appris (29 marzo 1929) ad Card. Dubois.
[41] Exhort. ad cler. cath. Haerent animo (4 agosto 1908): ASS 41,575.

[42] Lc 2,14.

[43] Jn 14,27.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19291220_mens-nostra.html

CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

INTRODUCCIÓN

Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque

1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero
de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos,
acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo»(Mt 28,20). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables
hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la
universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas
impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.

Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados
los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después
alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a
su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio
cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de
los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo
lo dispone con suavidad» (Sab 8,1). Pero «no se encogió la mano del Señor» (Is 59,1) en los tiempos más
cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer
que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del
trato con Dios.

Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del
amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer
a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta
satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo
que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.

2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el
hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser
honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con
que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su
sabiduría y de su ciencia» (Col 2, 3).

Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé
resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes» (Gén 2, 14), así en los
turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas,
enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre
cuanto temérsele como implacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y
caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro
predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto
al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su
origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador,
fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece
hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta,
resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El
han de buscar y esperar la salvación de los hombres».

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción
consiguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más
perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro,
y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que
nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los
calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las
circunstancias.

Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día
creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el
culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer
viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.

La consagración

4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y
memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas,
reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más
que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discípula de su
Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella
fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el
tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los
magistrados, las ciudades y los reinos.

Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a
despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y
mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban:
«No queremos que reine sobre nosotros» (Lc 19,14), por esta consagración que decíamos, la voz de todos
los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y
asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine (1 Cor 15,25). Venga su reino». De lo cual fue
consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien
todas las cosas se restauran (Ef 1,10), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por
nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.

Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a
los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y
perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne
celebración en todo el orbe cristiano.

Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la
sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel
faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación
suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los
años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los
pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey
de Reyes y Señor de los que dominan.

LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN

5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey,
necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos,
hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella
satisfacción honesta que llaman reparación.

Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura,
síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor
increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente
reparación.

Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor
estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a
Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer
con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.

Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro
Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o
reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita;
sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables
pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella
santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración[1], ha de añadirse
la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia
rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla
como agradable.

Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana,
después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las
concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios
filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta
virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones
cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos
por naturaleza hijos de ira» (Ef 2,3).

En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común
expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun
públicos, para aplacar su justicia.

Expiación de Cristo

6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no
hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por
los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por
el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí» (Heb10,5.7)). Y «ciertamente El llevó nuestras
enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades»(Is 53, 4-5); y «llevó nuestros
pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pe 2,24); «borrando la cédula del decreto que nos era
contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz» (Col 2,14), «para que, muertos al pecado,
vivamos a la justicia» (1 Pe 2,24).

Expiación nuestra, sacerdotes en Cristo


7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados»
(Col 2,13); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduría, según la cual ha de completarse
en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24), aun a las
oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos
añadir también las nuestras.

8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio
de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente,
«una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes
que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse»[2]; por lo cual debe unirse
con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que
también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios»(Rom 12,1). Así, no duda afirmar San
Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión
nuestra oblación y sacrificio»[3].

Por ello nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús»(2 Cor 4,10),
y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con
sus vicios y concupiscencias (cf Gál 5,24), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de
concupiscencia»(2 Pe 1,4), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús» (2 Cor 4,10), y,
hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados» (Heb 5,1).

Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y


sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada
desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar (Mal 1-2), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón
por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido, real sacerdocio» (1 Pe 2,9), debe ofrecer por sí y por todo
el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontífice
«tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios» (Heb 5,1).

Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar
nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de
que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los
demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la
cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe
católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, mas también con
Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas,
según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor»
(Ef 4,15-16). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo próximo a la muerte, lo pidió
al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad» (Jn 17,23).

Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta
unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo
sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso
descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando
de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más
vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.

Comunión Reparadora y Hora Santa

9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu
de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de
esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices
confirman.

Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente,
como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de
grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha
amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla
gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor».
Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de
expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que
propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció
con copiosos favores espirituales.

Consolar a Cristo

10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos?
Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo»[4].

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo
durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios,
«quebrantado por nuestras culpas»(Is 53,5) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más
hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en
cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora
esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva
a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le
exponen a vituperio» (Is 5). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma
de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación
también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo (Lc 22,43) se le apareció para consolar su Corazón
oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo,
incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero
verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del
desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien
compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (Sal 68,21).

La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia

11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en
el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín[5]: «Cristo padeció
cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza;
faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando,
apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos»(Hech 91,1), le dijo: «Yo
soy Jesús, a quien tú persigues» (Hech 5); significando claramente que en las persecuciones contra la
Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que
todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra
propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro» (1
Cor 12,27), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros (Ibíd.).

Necesidad actual de expiación por tantos pecados

12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le
ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo» (1 Jn 5,19). De todas
partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon
a una contra el Señor y su Iglesia (2 Pe 2,2). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos
divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas,
afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la
Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la
lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la
fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen
manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se
levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora» (2 Tes 2,4).

Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la
sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase,
que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios,
lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad
futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen
sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la
eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que
se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o
depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a
la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la
mujer; la codicia desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la
difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se
destruye o se pone al borde de la ruina.

Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los
discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los
satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o
sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece
la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se
enfrió la caridad de muchos» (Mt 24,12).

El ansia ardiente de expiar

13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a
Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de
acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la
gracia» (Rom 5,20), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien
la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu
Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón
divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.

Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de
aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se
afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo
pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a
la expiación toda su vida.

Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como
ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Ángel que consoló a Jesús en el Huerto;
de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con
indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y
de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el
honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diócesis y ciudades.

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Causa de muchos bienes

14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde,
extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la
expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos
deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente
se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del
Sacratísimo Corazón de Jesús —fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble
de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación
al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras
culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.

No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a
toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad
sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que
todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».

Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron» (Jn 19,37), y conmovidos por los gemidos y
llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón»
(Is 46,8); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron
«venir en las nubes del cielo» (Mt 26,64), tarde y en vano lloren sobre El (cf. Ap 1,7).

Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su
Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente
se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la
divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?» (Sal 19,10); y de aquel gozo que recibirá el Corazón
sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia» (Lc 15,4).

Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a
misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente
invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y
Cabeza.

La Virgen Reparadora

15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando
nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión
misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora.
Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los
hombres»(Tim 2,3), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia
y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal
benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición
apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.

PÍO XI

ORACIÓN EXPIATORIA
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el
desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales
manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los
hombres tu amoroso Corazón.

Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo
ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con
voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos
que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su
infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.

A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos
reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias
que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias
dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las
negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin,
las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti
fundada.
¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del
honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de
todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al
Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en
cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los
demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia
perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las
injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús,
por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y
con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti,
para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por
los siglos de los siglos. Amén.

Notas

[1] S. Th. II-II q.81, a.8c.

[2] Conc. Trid., sess.22 c.2.

[3] Epist. 63 n.381.

[4] In Ioan. tr.XXVI 4.

[5] In Ps. 86.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19280508_miserentissimus-
redemptor.html

CARTA ENCÍCLICA
MORTALIUM ANIMOS
DO SUMO PONTÍFICE
PAPA PIO XI
AOS REVMOS. SENHORES PADRES PATRIARCAS,
PRIMAZES, ARCEBISPOS, BISPOS
E OUTROS ORDINÁRIOS DOS LUGARES
EM PAZ E UNIÃO COM A SÉ APOSTÓLICA

SOBRE A PROMOÇÃO DA VERDADEIRA


UNIDADE DE RELIGIÃO

Veneráveis irmãos
Saúde e Bênção Apostólica

1. Ânsia Universal de Paz e Fraternidade

Talvez jamais em uma outra época os espíritos dos mortais foram tomados por um tão grande desejo
daquela fraterna amizade, pela qual em razão da unidade e identidade de natureza – somos estreitados e
unidos entre nós, amizade esta que deve ser robustecida e orientada para o bem comum da sociedade
humana, quanto vemos ter acontecido nestes nossos tempos.

Pois, embora as nações ainda não usufruam plenamente dos benefícios da paz, antes, pelo contrário, em
alguns lugares, antigas e novas discórdias vão explodindo em sedições e em conflitos civis; como não é
possível, entretanto, que as muitas controvérsias sobre a tranquilidade e a prosperidade dos povos sejam
resolvidas sem que exista a concórdia quanto à ação e às obras dos que governam as Cidades e
administram os seus negócios; compreende-se facilmente (tanto mais que já ninguém discorda da unidade
do gênero humano) porque, estimulados por esta irmandade universal, também muitos desejam que os
vários povos cada dia se unam mais estreitamente.

2. A Fraternidade na Religião. Congressos Ecumênicos

Entretanto, alguns lutam por realizar coisa não dissemelhante quanto à ordenação da Lei Nova trazida por
Cristo, Nosso Senhor.

Pois, tendo como certo que rarissimamente se encontram homens privados de todo sentimento religioso,
por isto, parece, passaram a Ter a esperança de que, sem dificuldade, ocorrerá que os povos, embora cada
um sustente sentença diferente sobre as coisas divinas, concordarão fraternalmente na profissão de
algumas doutrinas como que em um fundamento comum da vida espiritual.

Por isto costumam realizar por si mesmos convenções, assembléias e pregações, com não medíocre
frequência de ouvintes e para elas convocam, para debates, promiscuamente, a todos: pagãos de todas as
espécies, fiéis de Cristo, os que infelizmente se afastaram de Cristo e os que obstinada e pertinazmente
contradizem à sua natureza divina e à sua missão.

3. Os Católicos não podem aprová-lo

Sem dúvida, estes esforços não podem, de nenhum modo, ser aprovados pelos católicos, pois eles se
fundamentam na falsa opinião dos que julgam que quaisquer religiões são, mais ou menos, boas e
louváveis, pois, embora não de uma única maneira, elas alargam e significam de modo igual aquele sentido
ingênito e nativo em nós, pelo qual somos levados para Deus e reconhecemos obsequiosamente o seu
império.

Erram e estão enganados, portanto, os que possuem esta opinião: pervertendo o conceito da verdadeira
religião, eles repudiam-na e gradualmente inclinam-se para o chamado Naturalismo e para o Ateísmo. Daí
segue-se claramente que quem concorda com os que pensam e empreendem tais coisas afasta-se
inteiramente da religião divinamente revelada.

4. Outro erro. A união de todos os Cristãos. Argumentos falazes

Entretanto, quando se trata de promover a unidade entre todos os cristãos, alguns são enganados mais
facilmente por uma disfarçada aparência do que seja reto.

Acaso não é justo e de acordo com o dever – costumam repetir amiúde – que todos os que invocam o
nome de Cristo se abstenham de recriminações mútuas e sejam finalmente unidos por mútua caridade?

Acaso alguém ousaria afirmar que ama a Cristo se, na medida de suas forças, não procura realizar as
coisas que Ele desejou, ele que rogou ao Pai para que seus discípulos fossem "UM" (Jo 17, 21)?

Acaso não quis o mesmo Cristo que seus discípulos fossem identificados por este como que sinal e fossem
por ele distinguidos dos demais, a saber, se mutuamente se amassem: "Todos conhecerão que sois meus
discípulos nisto: se tiverdes amor um pelo outro?" ( Jo 13, 35).

Oxalá todos os cristão fossem "UM", acrescentam: eles poderiam repelir muito melhor a peste da
impiedade que, cada dia mais, se alastra e se expande, e se ordena ao enfraquecimento do Evangelho.

5. Debaixo desses argumentos se oculta um erro gravíssimo

Os chamados "pancristãos" espalham e insuflam estas e outras coisas da mesma espécie. E eles estão tão
longe de serem poucos e raros mas, ao contrário, cresceram em fileiras compactas e uniram-se em
sociedades largamente difundidas, as quais, embora sobre coisas de fé cada um esteja imbuído de uma
doutrina diferente, são, as mais das vezes, dirigidas por acatólicos.

Esta iniciativa é promovida de modo tão ativo que, de muitos modos, consegue para si a adesão dos
cidadão e arrebata e alicia os espíritos, mesmo de muitos católicos, pela esperança de realizar uma união
que parecia de acordo com os desejos da Santa Mãe, a Igreja, para Quem, realmente, nada é tão antigo
quanto o reconvocar e o reconduzir os filhos desviados para o seu grêmio.

Na verdade, sob os atrativos e os afagos destas palavras oculta-se um gravíssimo erro pelo qual são
totalmente destruídos os fundamentos da fé.

6. A verdadeira norma nesta matéria

Advertidos, pois, pela consciência do dever apostólico, para que não permitamos que o rebanho do Senhor
seja envolvido pela nocividade destas falácias, apelamos, veneráveis irmãos, para o vosso empenho na
precaução contra este mal. Confiamos que, pelas palavras e escritos de cada um de vós, poderemos atingir
mais facilmente o povo, e que os princípios e argumentos, que a seguir proporemos, sejam entendidos por
ele pois, por meio deles, os católicos devem saber o que devem pensar e praticar, dado que se trata de
iniciativas que dizem respeitos a eles, para unir de qualquer maneira em um só corpo os que se
denominam cristãos.

7. Só uma religião pode ser verdadeira: A revelada por Deus

Fomos criados por Deus, Criador de todas as coisas, para este fim: conhecê-l'O e serví-l'O. O nosso Criador
possui, portanto, pleno direito de ser servido.

Por certo, poderia Deus ter estabelecido apenas uma lei da natureza para o governo do homem. Ele, ao
criá-lo, gravou-a em seu espírito e poderia portanto, a partir daí, governar os seus novos atos pela
providência ordinária dessa mesma lei. Mas, preferiu dar preceitos aos quais nós obedecêssemos e, no
decurso dos tempos, desde os começos do gênero humano até a vinda e a pregação de Jesus Cristo, Ele
próprio ensinou ao homem, naturalmente dotado de razão, os deveres que dele seriam exigidos para com
o Criador: "Em muitos lugares e de muitos modos, antigamente, falou Deus aos nossos pais pelos profetas;
ultimamente, nestes dias, falou-nos por seu Filho" ( Heb 1,1 Seg).

Está, portanto, claro que a religião verdadeira não pode ser outra senão a que se funda na palavra
revelada de Deus; começando a ser feita desde o princípio, essa revelação prosseguiu sob a Lei Antiga e o
próprio Cristo completou-a sob a Nova Lei.

Portanto, se Deus falou – e comprova-se pela fé histórica Ter ele realmente falado – não há quem não veja
ser dever do homem acreditas, de modo absoluto, em deus que se revela e obedecer integralmente a Deus
que impera. Mas, para a glória de Deus e para a nossa salvação, em relação a uma coisa e outra, o Filho
Unigênito de Deus instituiu na terra a sua Igreja.

8. A única religião revelada é a Igreja Católica

Acreditamos, pois, que os que afirma serem cristão, não possam fazê-lo sem crer que uma Igreja, e uma
só, foi fundada por Cristo. Mas, se se indaga, além disso, qual deva ser ela pela vontade do seu Autor, já
não estão todos em consenso.

Assim, por exemplo, muitíssimos destes negam a necessidade da Igreja de Cristo ser visível e perceptível,
pelo menos na medida em que deva aparecer como um corpo único de fiéis, concordes em uma só e
mesma doutrina, sob um só magistério e um só regime. Mas, pelo contrário, julgam que a Igreja
perceptível e visível é uma Federação de várias comunidades cristãs, embora aderentes, cada uma delas, a
doutrinas opostas entre si.

Entretanto, cristo Senhor instituiu a sua Igreja como uma sociedade perfeita de natureza externa e
perceptível pelos sentidos, a qual, nos tempos futuros, prosseguiria a obra da reparação do gênero
humano pela regência de uma só cabeça ( Mt 16, 18 seg.; Lc22, 32; Jo 21, 15-17), pelo magistério de uma
voz viva ( Mc 16,15) e pela dispensação dos sacramentos, fontes da graça celeste (Jo 3, 5; 6,48-50; 20,22
seg.; cf. Mt 18, 18; etc.). Por esse motivo, por comparações afirmou-a semelhante a um reino ( Mt, 13), a
uma casa ( Mt 16, 18), a um redil de ovelhas ( Jo 10, 16) e a um rebanho ( Jo 21, 15-17).

Esta Igreja, fundada de modo tão admirável, ao Lhe serem retirados o seu Fundador e os Apóstolos que
por primeiro a propagaram, em razão da morte deles, não poderia cessar de existir e ser extinta, uma vez
que Ela era aquela a quem, sem nenhuma discriminação quanto a lugares e a tempos, fora dado o preceito
de conduzir todos os homens à salvação eterna: "Ide, pois, ensinai a todos os povos" (Mt 28, 19).

Acaso faltaria à Igreja algo quanto à virtude e eficácia no cumprimento perene desse múnus, quando o
próprio Cristo solenemente prometeu estar sempre presente a ela: "Eis que Eu estou convosco, todos os
dias, até a consumação dos séculos?" ( Mt 28, 20).

Deste modo, não pode ocorrer que a Igreja de Cristo não exista hoje e em todo o tempo, e também que
Ela não exista hoje e em todo o tempo, e também que Ela não exista como inteiramente a mesma que
existiu à época dos Apóstolos. A não ser que desejemos afirmar que: Cristo Senhor ou não cumpriu o que
propôs ou que errou ao afirmar que as portas do inferno jamais prevaleceriam contra Ela (Mt 16,18).

9. Um erro capital do movimento ecumêmico na pretendida união das Igrejas cristãs

Ocorre-nos dever esclarecer e afastar aqui certa opinião falsa, da qual parece depender toda esta questão
e proceder essa múltipla ação e conspiração dos acatólicos que, como dissemos, trabalham pela união das
igrejas cristãs.

Os autores desta opinião acostumaram-se a citar, quase que indefinidamente, a Cristo dizendo: "Para que
todos sejam um"... "Haverá um só rebanho e um só Pastos"( Jo 27,21; 10,16). Fazem-no todavia de modo
que, por essas palavras, queriam significar um desejo e uma prece de Cristo ainda carente de seu efeito.

Pois opinam: a unidade de fé e de regime, distintivo da verdadeira e única Igreja de Cristo, quase nunca
existiu até hoje e nem hoje existe; que ela pode, sem dúvida, ser desejada e talvez realizar-se alguma vez,
por uma inclinação comum das vontades; mas que, entrementes, deve existir apenas uma fictícia unidade.

Acrescentam que a Igreja é, por si mesma, por natureza, dividida em partes, isto é, que ela consta de
muitas igreja ou comunidades particulares, as quais, ainda separadas, embora possuam alguns capítulos
comuns de doutrina, discordam todavia nos demais. Que cada uma delas possui os mesmos direitos, que,
no máximo, a Igreja foi única e una, da época apostólica até os primeiros concílios ecumênicos.

Assim, dizem, é necessários colocar de lado e afastar as controvérsias e as antiquíssimas variedade de


sentenças que até hoje impedem a unidade do nome cristão e, quanto às outras doutrinas, elaborar e
propor uma certa lei comum de crer, em cuja profissão de fé todos se conheçam e se sintam como irmãos,
pois, se as múltiplas igrejas e comunidades forem unidas por um certo pacto, existiria já a condição para
que os progressos da impiedade fossem futuramente impedidos de modo sólido e frutuoso.

Estas são, Veneráveis Irmãos, as afirmações comuns.

Existem, contudo, os que estabelecem e concedem que o chamado Protestantismo, de modo bastante
inconsiderado, deixou de lado certos capítulos da fé e alguns ritos do culto exterior, sem dúvida gratos e
úteis, que, pelo contrário, a Igreja Romana ainda conserva.

Mas, de imediato, acrescentam que esta mesma Igreja também agiu mal, corrompendo a religião primitiva
por algumas doutrinas alheias e repugnantes ao Evangelho, propondo acréscimos para serem cridos:
enumeram como o principal entre estes o que versa sobre o Primado de Jurisdição atribuído a Pedro e a
seus Sucessores na Sé Romana.

Entre os que assim pensam, embora não sejam muitos, estão os que indulgentemente atribuem ao
Pontífice Romano um primado de honra ou uma certa jurisdição e poder que, entretanto, julgam
procedente não do direito divino, mas de certo consenso dos fiéis. Chegam outros ao ponto de, por seus
conselhos, que diríeis serem furta-cores, quererem presidir o próprio Pontífice.

E se é possível encontrar muitos acatólicos pregando à boca cheia a união fraterna em Jesus Cristo,
entretanto não encontrareis a nenhum deles em cujos pensamentos esteja a submissão e a obediência ao
Vigário de Jesus Cristo enquanto docente ou enquanto governante.

Afirmam eles que tratariam de bom grado com a Igreja Romana, mas com igualdade de direitos, isto é,
iguais com um igual. Mas, se pudessem fazê-lo, não parece existir dúvida de que agiriam com a intenção
de que, por um pacto que talvez se ajustasse, não fossem coagidos a afastarem-se daquelas opiniões que
são a causa pela qual ainda vagueiem e errem fora do único aprisco de Cristo.

10. A Igreja Católica não pode participar de semelhantes reuniões

Assim sendo, é manifestamente claro que a Santa Sé, não pode, de modo algum, participar de suas
assembléias e que, aos católicos, de nenhum modo é lícito aprovar ou contribuir para estas iniciativas: se o
fizerem concederão autoridade a uma falsa religião cristã, sobremaneira alheia à única Igreja de Cristo.

11. A verdade revelada não admite transações

Acaso poderemos tolerar – o que seria bastante iníquo-, que a verdade e, em especial a revelada, seja
diminuída através de pactuações?

No caso presente, trata-se da verdade revelada que deve ser defendida.

Se Jesus Cristo enviou os Apóstolos a todo o mundo, a todos os povos que deviam ser instruídos na fé
evangélica e, para que não errassem em nada, quis que, anteriormente, lhes fosse ensinada toda a
verdade pelo Espírito Santo, acaso esta doutrina dos Apóstolos faltou inteiramente ou foi alguma vez
perturbada na Igreja em que o próprio Deus está presente como regente e guardião?

Se o nosso Redentor promulgou claramente o seu Evangelho não apenas para os tempos apostólicos, mas
também para pertencer às futuras épocas, o objeto da fé pode tornar-se de tal modo obscuro e incerto que
hoje seja necessários tolerar opiniões pelo menos contrárias entre si?

Se isto fosse verdade, dever-se-ia igualmente dizer que o Espírito Santo que desceu sobre os Apóstolos,
que a perpétua permanência dele na Igreja e também que a própria pregação de Cristo já perderam,
desde muitos séculos, toda a eficácia e utilidade: afirmar isto é, sem dúvida, blasfemo.

12. A Igreja Católica: depositária infalível da verdade

Quando o Filho unigênito de Deus ordenou a seus enviados que ensinassem a todos os povos, vinculou
então todos os homens pelo dever de crer nas coisas que lhes fossem anunciadas pela "testemunha pré-
ordenadas por Deus" (At 10, 41). Entretanto, um e outro preceito de Cristo, o de ensinar e o de crer na
consecução da salvação eterna, que não podem deixar de ser cumpridos, não poderiam ser entendidos a
não ser que a Igreja proponha de modo íntegro e claro a doutrina evangélica e que, ao propô-la, seja
imune a qualquer perigo de errar.

Afastam-se igualmente do caminho os que julgam que o depósito da verdade existe realmente na terra,
mas que é necessário um trabalho difícil, com tão longos estudos e disputas para encontrá-lo e possuí-lo
que a vida dos homens seja apenas suficiente para isso, com se Deus benigníssimo tivesse falado pelos
profetas e pelo seu Unigênito para que apenas uns poucos, e estes mesmos já avançados em idade,
aprendessem perfeitamente as coisas que por eles revelou, e não para que preceituasse uma doutrina de
fé e de costumes pela qual, em todo o decurso de sua vida mortal, o homem fosse regido.

13. Sem fé, não há verdadeira caridade


Estes pancristãos, que empenham o seu espírito na união das igrejas, pareceriam seguir, por certo, o
nobilíssimo conselho da caridade que deve ser promovida entre os cristãos. Mas, dado que a caridade se
desvia em detrimento da fé, o que pode ser feito?

Ninguém ignora por certo que o próprio João, o Apóstolo da Caridade, que em seu Evangelho parece ter
manifestado os segredos do Coração Sacratíssimo de Jesus e que permanentemente costumavas inculcar à
memória dos seus o mandamento novo: "Amai-vos uns aos outros", vetou inteiramente até mesmo manter
relações com os que professavam de forma não íntegra e incorrupta a doutrina de Cristo: "Se alguém vem
a vós e não traz esta doutrina, não o recebais em casa, nem digais a ele uma saudação" (2 Jo10).

Pelo que, como a caridade se apóia na fé íntegra e sincera como que em um fundamento, então é
necessário unir os discípulos de Cristo pela unidade de fé como no vínculo principal.

14. União Irracional

Assim, de que vale excogitar no espírito uma certa Federação cristã, na qual ao ingressar ou então quando
se tratar do objeto da fé, cada qual retenha a sua maneira de pensar e de sentir, embora ela seja
repugnante às opiniões dos outros?

E de que modo pedirmos que participem de um só e mesmo Conselho homens que se distanciam por
sentenças contrárias como, por exemplo, os que afirmam e os que negam ser a sagrada Tradição uma
fonte genuína da Revelação Divina?

Como os que adoram a Cristo realmente presente na Santíssima Eucaristia, por aquela admirável
conversão do pão e do vinho que se chama transubstanciação e os que afirmam que, somente pela fé ou
por sinal e em virtude do Sacramento, aí está presente o Corpo de Cristo?

Como os que reconhecem nela a natureza do Sacrifício e a do Sacramento e os que dizem que ela não é
senão a memória ou comemoração da Ceia do Senhor?

Como os que crêem ser bom e útil invocar súplice os Santos que reinam junto de Cristo - Maria, Mãe de
Deus, em primeiro lugar - e tributar veneração às suas imagens e os que contestam que não pode ser
admitido semelhante culto, por ser contrário à honra de Jesus Cristo, "único mediador de Deus e dos
homens"? ( 1 Tim 2, 5).

15. Princípio até o indiferentismo e o modernismo

Não sabemos, pois, como por essa grande divergência de opiniões seja defendida o caminho para a
realização da unidade da Igreja: ela não pode resultar senão de um só magistério, de uma só lei de crer,
de uma só fé entre os cristãos. Sabemos, entretanto, gerar-se facilmente daí um degrau para a negligência
com a religião ou o Indiferentismo e para o denominado Modernismo. os que foram miseravelmente
infeccionados por ele defendem que não é absoluta, mas relativa a verdade revelada, isto é, de acordo
com as múltiplas necessidades dos tempos e dos lugares e com as várias inclinações dos espíritos, uma vez
que ela não estaria limitada por uma revelação imutável, mas seria tal que se adaptaria à vida dos homens.

Além disso, com relação às coisas que devem ser cridas, não é lícito utilizar-se, de modo algum, daquela
discriminação que houveram por bem introduzir entre o que denominam capítulos fundamentais e capítulos
não fundamentais da fé, como se uns devessem ser recebidos por todos, e, com relação aos outros,
pudesse ser permitido o assentimento livre dos fiéis: a Virtude sobrenatural da fé possui como causa
formal a autoridade de Deus revelante e não pode sofrer nenhuma distinção como esta.

Por isto, todos os que são verdadeiramente de Cristo consagram, por exemplo, ao mistério da Augusta
Trindade a mesma fé que possuem em relação dogma da Mãe de Deus concebida sem a mancha original e
não possuem igualmente uma fé diferente com relação à Encarnação do Senhor e ao magistério infalível do
Pontífice romano, no sentido definido pelo Concílio Ecumênico Vaticano.
Nem se pode admitir que as verdade que a Igreja, através de solenes decretos, sancionou e definiu em
outras épocas, pelo menos as proximamente superiores, não sejam, por este motivo, igualmente certas e
nem devam ser igualmente acreditadas: acaso não foram todas elas reveladas por Deus?

Pois, o Magistério da Igreja, por decisão divina, foi constituído na terra para que as doutrinas reveladas
não só permanecessem incólumes perpetuamente, mas também para que fossem levadas ao conhecimento
dos homens de um modo mais fácil e seguro. E, embora seja ele diariamente exercido pelo Pontífice
Romano e pelos Bispos em união com ele, todavia ele se completa pela tarefa de agir, no momento
oportuno, definindo algo por meio de solenes ritos e decretos, se alguma vez for necessário opor-se aos
erros ou impugnações dos hereges de um modo mais eficiente ou imprimir nas mentes dos fiéis capítulos
da doutrina sagrada expostos de modo mais claro e pormenorizado.

Por este uso extraordinário do Magistério nenhuma invenção é introduzida e nenhuma coisa nova é
acrescentada à soma de verdades que estando contidas, pelo menos implicitamente, no depósito da
revelação, foram divinamente entregues à Igreja, mas são declaradas coisas que, para muitos talvez, ainda
poderiam parecer obscuras, ou são estabelecidas coisas que devem ser mantidas sobre a fé e que antes
eram por alguns colocados sob controvérsia.

16. A única maneira de unir todos os cristãos

Assim, Veneráveis Irmãos, é clara a razão pela qual esta Sé Apostólica nunca permitiu aos seus estarem
presentes às reuniões de acatólicos por quanto não é lícito promover a união dos cristãos de outro modo
senão promovendo o retorno dos dissidentes à única verdadeira Igreja de Cristo, dado que outrora,
infelizmente, eles se apartaram dela.

Dizemos à única verdadeira Igreja de Cristo: sem dúvida ela é a todos manifesta e, pela vontade de seu
Autor, Ela perpetuamente permanecerá tal qual Ele próprio A instituiu para a salvação de todos. Pois, a
mística Esposa de Cristo jamais se contaminou com o decurso dos séculos nem, em época alguma, poderá
ser contaminada, como Cipriano o atesta: "A Esposa de Cristo não pode ser adulterada: ela é incorrupta e
pudica. Ela conhece uma só casa e guarda com casto pudor a santidade de um só cubículo" ( De Cath.
Ecclessiae unitate, 6).

E o mesmo santo Mártir, com direito e com razão, grandemente se admirava de que pudesse alguém
acreditar que "esta unidade que procede da firmeza de Deus pudesse cindir-se e ser quebrada na Igreja
pelo divórcio de vontades em conflito" (ibidem).

Portanto, dado que o Corpo Místico de Cristo, isto é, a Igreja, é um só ( 1 Cor 12, 12), compacto e conexo
( Ef. 4, 15), à semelhança do seu corpo físico, seria inépcia e estultície afirmar alguém que ele pode
constar de membros desunidos e separados: quem pois não estiver unido com ele, não é membro seu,
nem está unido à cabeça, Cristo (Cfr. Ef. 5, 30; 1, 22).

17. A obediência ao Romano Pontífice

Mas, ninguém está nesta única Igreja de Cristo e ninguém nela permanece a não ser que, obedecendo,
reconheça e acate o poder de Pedro e de seus sucessores legítimos.

Por acaso os antepassados dos enredados pelos erros de Fócio e dos reformadores não estiveram unidos
ao Bispo de Roma, ao Pastor supremo das almas?

Ai! Os filhos afastaram-se da casa paterna; todavia ela não foi feita em pedaços e nem foi destruída por
isso, uma vez que estava arrimada na perene proteção de Deus. Retornem, pois, eles ao Pai comum que,
esquecido das injúrias antes gravadas a fogo contra a Sé Apostólica, recebê-los-á com máximo amor.

Pois se, como repetem freqüentemente, desejam unir-se Conosco e com os nossos, por que não se
apressam em entrar na Igreja, "Mãe e Mestra de todos os fiéis de Cristo" (Conc. Later 4, c.5)?
Escutem a Lactâncio chamado amiúde: "Só... a Igreja Católica é a que retém o verdadeiro culto. Aqui está
a fonte da verdade, este é o domicílio da Fé, este é o templo de Deus: se alguém não entrar por ele ou se
alguém dele sair, está fora da esperança da vida e salvação. é necessário que ninguém se afague a si
mesmo com a pertinácia nas disputas, pois trata-se da vida e da salvação que, a não ser que seja provida
de um modo cauteloso e diligente, estará perdida e extinta" ( Divin. Inst. 4, 30, 11-12).

18. Apelo às seitas dissidentes

Aproximem-se, portanto, os filhos dissidentes da Sé Apostólica, estabelecida nesta cidade que os Príncipes
dos Apóstolos Pedro e Paulo consagraram com o seu sangue; daquela Sede, dizemos, que é "raiz e matriz
da Igreja Católica" ( S. Cypr., ep. 48 a d Cornelium, 3), não com o objetivo e a esperança de que "a Igreja
do Deus vivo, coluna e fundamento da verdade" ( 1 Tim 3, 15) renuncie à integridade da fé e tolere os
próprios erros deles, mas, pelo contrário, para que se entreguem a seu magistério e regime.

Oxalá auspiciosamente ocorra para Nós isto que não ocorreu ainda para tantos dos nossos muitos
Predecessores, a fim de que possamos abraçar com espírito fraterno os filhos que nos é doloroso estejam
de Nós separados por uma perniciosa dissensão.

Prece a Nosso Senhor e a Nossa Senhora. Oxalá Deus, Senhor nosso, que "quer salvar todos os homens e
que eles venham ao conhecimento da verdade"( 1 Tim. 2, 4) nos ouça suplicando fortemente para que Ele
se digne chamar à unidade da Igreja a todos os errantes.

Nesta questão que é, sem dúvida, gravíssima, utilizamos e queremos que seja utilizada como intercessora
a Bem-aventurada Virgem Maria, Mãe da graça divina, vencedora de todas as heresias e auxílio dos
cristãos, para que Ela peça, para o quanto antes, a chegada daquele dia tão desejado por nós, em que
todos os homens escutem a voz do seu Filho divino, "conservando a unidade de espírito em um vínculo de
paz" (Ef. 4, 3).

19. Conclusão e Bênção Apostólica

Compreendeis, Veneráveis Irmãos, o quanto desejamos isto e queremos que o saibam os nossos filhos,
não só todos os do mundo católico, mas também os que de Nós dissentem. Estes, se implorarem em prece
humilde as luzes do céu, por certo reconhecerão a única verdadeira Igreja de Jesus Cristo e, por fim, nEla
tendo entrado, estarão unidos conosco em perfeita caridade.

No aguardo deste fato, como auspício dos dons de Deus e como testemunho de nossa paterna
benevolência, concedemos muito cordialmente a vós, Veneráveis Irmãos, e a vosso clero e povo, a bênção
apostólica.

Dado em Roma, junto de São Pedro, no dia seis de janeiro, no ano de 1928, festa da Epifania de Jesus
Cristo, Nosso Senhor, sexto de nosso Pontificado.

PIO PP. XI.

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/pt/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19280106_mortalium-animos.html

ENCÍCLICA
RERUM ECCLESIAE
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA ACCIÓN MISIONERA
INTRODUCCIÓN

1. Interés de la Iglesia por las misiones

1. Salta a la vista de cuantos reflexionan sobre los hechos que nos presenta la historia de la Iglesia que, ya
desde la aurora misma de la aurora de nuestra Redención, los pensamientos y cuidados preferentes de los
Papas se encaminaron a llevar, a una con la luz de la doctrina evangélica, los beneficios de la civilización
cristiana a los pueblos que yacían en las tinieblas y sombras de muerte, sin arredrarse jamás ante
obstáculos ni dificultades algunas.

2. No podía ser de otro modo, ya que la Iglesia misma no tiene otra razón de existir sino la de hacer
partícipes a todos los hombres de la Redención salvadora, por medio de la dilatación por todo el mundo del
Reino de Cristo.

3. Por donde se ve que quien, por la divina gracia, tiene en el mundo las veces de Jesucristo, Príncipe de
Pastores, no sólo no debe contentarse con defender y conservar la grey del Señor ya a él confiada, sino
que faltaría a una de sus más graves obligaciones si no procurase con todo empeño ganar y atraer a Cristo
las ovejas aún apartadas de El.

4. Es cierto que nuestros predecesores, para dar cumplimiento al encargo que habían recibido de enseñar y
bautizar a todas las gentes, siempre procuraron que los hombres por ellos enviados, a muchos de los
cuales venera públicamente la Iglesia o por la santidad de su vida o por su heroico martirio, recorriesen
Europa; después todas las tierras desconocidas, según se iban descubriendo, derramando siempre por
todas ellas la luz de una misma fe, bien que con resultado diverso.

5. Con resultado diverso hemos dicho, porque sucedió muchas veces que, después de trabajar casi sin
éxito, eran muertos o desterrados los misioneros, apenas lograban desbrozar la maleza del campo que
comenzaban a cultivar, o bien, después de haber logrado convertirlo en florido vergel, al quedar de nuevo
abandonado, volviera a cubrirse de zarzas y espinas.

6. En cambio, en estos últimos años nos podemos alegrar con razón, viendo que si las Asociaciones
consagradas a las misiones de infieles han duplicado con nuevo brío sus cuidados y sus frutos en tal
empresa, también los fieles cristianos, por su parte, han sabido contribuir en igual grado al mismo éxito
con esplendidez de recursos y de limosnas.

7. Es evidente que todo este movimiento se debe en gran parte a la carta apostólica que sobre la dilatación
de la fe por el mundo dirigió nuestro último predecesor, el 30 de noviembre de 1919 a todos los obispos
del orbe. Documento que, si sirvió de acicate para espolear más la industria y diligencia de los prelados en
orden a suministrar recursos a las Misiones, no fue menos esclarecedor en sapientísimos consejos para los
vicarios y prefectos apostólicos, con cuya dirección pudiesen éstos ya precaver las dificultades que
sobreviniesen, ya también hacer que los suyos dieran el máximo rendimiento en el ejercicio de su santo
ministerio.

8. Por lo que a Nos se refiere, bien habéis visto, venerables hermanos, desde los comienzos de nuestro
Pontificado, lo resueltos que nos hallábamos a no dejar piedra por mover, a fin de facilitar a todos los
pueblos infieles el único camino de salvación, poniendo en contacto a los gentiles con la verdad evangélica,
haciéndola cada día más asequible por medio de los mensajeros evangélicos.

9. Para el cumplimiento de este objetivo nos ha parecido que faltan todavía dos cosas; entrambas no sólo
convenientes, sino necesarias e íntimamente ligadas entre sí. A saber: por una parte, que las levas de los
misioneros, enviados a tierras tan inmensas y sin límites, sean en número mayores y mejorando todavía
más la formación de diversos conocimientos.
10. Por otra parte, que los fieles se persuadan a su vez que también ellos deben concurrir a una empresa
tan santa y provechosa con verdadero entusiasmo, con oraciones continuas ante Dios y con generoso
desprendimiento.

11. Y ¿cuál si no éste creéis que era nuestro intento cuando en nuestra misma residencia mandamos abrir
al público la Exposición Misionera?

12. Resolución, sin duda, aceptable a Dios, pues oímos que algunos corazones juveniles, ante aquel
espectáculo, sintieron los primeros chispazos de su vocación misionera, movidos ya por la gracia de Dios,
ya también por la nobleza y dignidad, aun humanas de la misma empresa.

13. Y abrigamos para el futuro la esperanza de que la admiración por los misioneros y su obra, que
acompañaba siempre a las muchedumbres al visitar la Exposición, no ha de quedar estéril y sin su natural
provecho.

14. De nuestra parte, para que jamás se pierdan o se deterioren los valiosísimos documentos e
instrucciones —que, traídos de las misiones, nos parecen hablar sin palabra—, hemos resuelto —como tal
vez ya lo sabéis—, previa una selección exquisitísima de objetos, hacer un museo de ellos, colocándolos lo
más ordenadamente posible en las salas de nuestro Palacio de Letrán; en aquel mismo lugar, desde donde
nuestros predecesores, una vez conseguida la paz de la Iglesia, enviaron a las regiones que parecían ya
blancas para la siega, tantos varones no menos insignes por su celo apostólico que por su maravillosa
santidad.

15. Cuantos visiten este museo, ya sean capitanes o simples soldados, por decirlo así, de la campaña
misionera, como fruto de estado comparativo de las Misiones, tendrán ante sus ojos y aspiraciones lo
mejor y más perfecto, y si son gentes del pueblo, no creemos se han de conmover menos que cuantos
vivieron con asombro la Exposición Vaticana.

16. Mientras tanto, para que este interés vivo y aún palpitante de los fieles a favor de las Misiones se
encienda más vigoroso y se traduzca en obras, venerables hermanos, sabed que, como dando voces,
solicitamos vuestra cooperación y deseamos la pongáis en práctica; la cual, si en otros negocios convino y
fue necesario la prestasteis, o nos la rehusaréis asidua y cuidadosamente, sobre todo en esta empresa
particularmente, conforme lo reclama vuestra misma dignidad y os lo persuade el amor filial que nos
profesáis.

17. Sea cual fuere el tiempo que la divina Bondad nos conceda de vida, siempre nos traerá ansioso y lleno
de cuidado esta obligación de nuestro oficio pastoral. Porque cuantas veces pensamos que aún hay miles
de millones de gentiles, imposible dar descanso a nuestro corazón (2Cor 7,5), antes nos parece que
repercute en nuestros oídos aquel «Da voces y no ceses, levanta tu voz como trompeta» (Is 58,1).

I.- OBLIGACIONES DE TODOS LOS CREYENTES Y MOTIVACIONES

2. Amor a Dios

18. No necesitamos ponderar cuán indigno sería de la caridad, con que debemos abrazar a Dios y a todos
los hombres, el que, contentos con pertenecer nosotros al rebaño de Jesucristo, para nada nos cuidásemos
de los que andan errantes fuera de su redil.

19. El deber de nuestro amor exige, sin duda, no sólo que procuremos aumentar cuanto podamos el
número de aquellos que le conocen y adoran ya «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24), sino también que
sometamos al imperio de nuestro amantísimo Redentor cuanto más y más podamos, para que se obtenga
cada vez mejor «el fruto de su sangre» (Sal 29,10), y nos hagamos así más agradables a El, ya que nada
le agrada tanto como el que los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4).

3. Amor al prójimo
20. Y si Cristo puso como nota característica de sus discípulos el amarse mutuamente (Jn 13,35;15,12),
¿qué mayor ni más perfecta caridad podremos mostrar a nuestros hermanos que el procurar sacarlos de
las tinieblas de la superstición e iluminarlos con la verdadera fe de Jesucristo?

21. Este beneficio, no lo dudéis, supera a las demás obras y demostraciones de caridad tanto cuando
aventaja el alma al cuerpo, el cielo a la tierra y lo eterno a lo temporal.

4. Agradecer el don de la fe

22. El que ejercita esta obra de caridad según sus fuerzas, muestra tener en todo el aprecio que se debe el
dono de la fe y manifiesta, al mismo tiempo, su agradecimiento al favor de Dios para con él, comunicando
a los gentiles ese mismo don, el más precioso de todos, y los demás dones que a la fe acompañan.

II.- OBLIGACIONES PARTICULARES DE OBISPOS Y SACERDOTES

5. Corresponsables con el Papa

23. Si ningún fiel cristiano debe tratar de rehuir este deber, ¿podrá desentenderse de él el clero, que
participa, por elección y gracia de Nuestro Señor Jesucristo, de su mismo sacerdocio y apostolado?

24. O ¿podréis descuidarlo vosotros, venerables hermanos, que, honrados con la plenitud del sacerdocio,
estáis por disposición divina, cada uno en vuestro puesto, al frente de ese mismo clero y pueblo?

25. Vemos, por cierto, que Jesucristo impuso aquel precepto de «Id por todo el mundo y predicad el
Evangelio a todos los hombres» (Mc 16,15), no sólo a Pedro, cuya Cátedra ocupamos, sino además a todos
los apóstoles, cuyos sucesores sois vosotros.

26. En consecuencia, el cuidado de propagar la fe nos incumbe, sí, a Nos, pero de tal modo que también
debéis vosotros evidentemente asociaros a nuestros trabajos y auxiliarnos en esta empresa, según os lo
permitan los propios y particulares trabajos del desempeño de vuestro cargo.

27. Procurad, pues, venerables hermanos, secundar de buen grado nuestros paternales deseos, ya que
algún día se os pedirá cuenta no pequeña de empresa tan importante.

6. Orar y hacer orar

28. Y, en primer lugar, procurad de palabra y por escrito introducir entre vuestros fieles y hacer que crezca
constantemente la santa costumbre de «rogar al Señor de la mies que envíe obreros a su campo»
(Mt 9,38) y pedir para los fieles los auxilios de la luz y gracia celestiales.

29. Reparad que hemos dicho la «costumbre y uso constante» y duradero de orar, porque, como todos
vemos, ésta ha de lograr e influir necesariamente con la misericordia divina mucho más que las plegarias
aisladas o encargadas sólo de cuando en cuando.

30. Trabajen, pues, fatíguense y aun den su vida los portavoces del Evangelio por convertir a los paganos
a la religión católica, y pongan en ello ingenio, habilidad y todo género de medios humanos: pero no darán
un paso adelante, todo será en vano, si Dios, con su gracia, no toca las almas de los infieles y las ablanda
y las atrae hacia sí.

31. Fácilmente se echa de ver, puesto que no hay nadie que no pueda orar, que está en manos de todos
este socorro y como alimento de las Misiones.

32. Por esto, haríais una cosa muy conforme con nuestros deseos, y muy en armonía con el pensamiento y
los sentimientos del pueblo fiel, si mandaseis que en las catedrales y en los demás templos se añadiesen al
rosario de la Virgen y a otras preces semejantes alguna oración por las Misiones y por que los gentiles
lleguen a recibir la fe.
33. Invítese y exhórtese con calor a esto mismo, venerables hermanos, principalmente a los niños y a las
vírgenes consagradas a Dios.

34. Es decir, deseamos que de los asilos, de los llamados orfanatos, de las escuelas y colegios de niños, y
lo mismo de todas las casas y conventos de religiosas, suba a lo alto todos los días la oración, y baje sobre
tantos hombres infelices y tan numerosas razas de gentiles la misericordia de Dios. Porque a los inocentes
y a las almas castas ¿qué va a negar o rehusar el Padre celestial?

35. Por otra parte, es de esperar que en las tiernas almas de todos esos niños, quienes, al despuntar el
primer brote de caridad, se han acostumbrado a orar por la eterna salvación de los infieles, se podrán
insinuar con el favor de Dios deseos de apostolado; y si esos deseos se fomentan cuidadosamente, darán,
quizá con el tiempo, obreros dignos del oficio apostólico.

7. Fomentar las vocaciones misioneras

36. Apenas hemos hecho más que tocar una materia que es muy digna de que vosotros, venerables
hermanos, pongáis en ella diligentísima consideración.

37. No creemos haya nadie que ignore los perjuicios, ciertamente no pequeños, que han provenido a la
propagación de la fe con la reciente guerra, ya que muchos, llamados de las Misiones a sus países,
murieron por las vicisitudes de la lucha cruel; otros, arrancados de su campo de trabajo, dejaron inculto
por largo tiempo su territorio; y cierto que todos esos daños y perjuicios no sólo convenía y conviene hoy
repararlos, sino que urge recobrar el antiguo estado de cosas y aún mejorarlo y extenderlo.

38. Además, ya miremos la infinita extensión de regiones que todavía no se han abierto a la cultura
cristiana, ya el inmenso número de los que hasta hoy están privados de los beneficios de la Redención, ya
las necesidades y dificultades complicadas con que tropiezan los misioneros, se ve que deben aunarse los
esfuerzos de los obispos y de todos los católicos para que se aumente y se multiplique el número de los
embajadores sagrados.

39. Por consiguiente, si hay algunos, en cualquiera de vuestras diócesis, jóvenes o clérigos o sacerdotes,
que parezcan llamados por Dios a este excelentísimo apostolado, secundad con vuestra benevolencia y
vuestra autoridad sus planes e inclinaciones sin poner ningún género de obstáculos.

40. Podéis, sí, con entera rectitud, examinar si esos impulsos son de Dios (1Jn 4,1); mas, una vez que
hayáis formado juicio de que Dios fue quien hizo brotar y madurar tan saludable propósito, no os desanime
ni la escasez de clero, por grande que sea, ni la necesidad de la diócesis os retraiga de dar vuestro
consentimiento.

41. Porque vuestros diocesanos, teniendo a la mano, por decirlo así, los medios de salvación, distan mucho
menos de ésta que los paganos, sobre todo los que aún viven en la barbarie y sin civilizar.

42. Si se os presenta ocasión de esto, por amor de Dios y de las almas permitid generosamente en vuestro
clero esta pequeña merma, si es que tal nombre puede dársele. Porque, al que habéis perdido como
ayudador y compañero de vuestros trabajos, el divino Fundador de la Iglesia lo suplirá sin duda, o con
mayor abundancia de gracias sobre la diócesis, o excitando nuevas vocaciones para el sagrado ministerio.

8. Promover las Obras Misionales Pontificias

43. A fin de que este programa tenga su debido puesto entre las demás actividades de vuestro oficio
pastoral, ved de mandar se establezca en vuestras diócesis la Unión Misional del Clero o, en caso de que ya
existiese, haced que cada día florezca con mayor prosperidad, apoyándola con vuestra autoridad y
exhortaciones.

44. Apenas nacida esta Unión hace ocho años, por particular Providencia de Dios, nuestro inmediato
predecesor no sólo la enriqueció con toda clase de indulgencias, sino que ordenó dependiese directamente
de la jurisdicción de Propaganda Fide.
45. Nos mismo, una vez extendida ya la asociación estos últimos años por muchas diócesis, hemos querido
darle más de una prueba de nuestra benevolencia pontificia.

46. Todos los sacerdotes, pues, que sean miembros de esa Unión, y también los alumnos de sagrada
teología, según su condición, se esfuercen, conforme al fin de la Obra, por orar ellos y hacer orar a los
demás, sobre todo en la misa, para que se conceda el don de la fe a tantas muchedumbres de gentiles.

47. Cuando puedan y donde puedan, prediquen al pueblo a favor de las Misiones entre infieles; y procuren,
a su vez, que en días de reuniones prefijadas se trate de esto en común y fructuosamente se divulguen
escritos de propaganda misional, y si, por dicha, encontraren a alguno que pareciera tener gérmenes de
vocación apostólica, proporciónenle los medios de una congruente formación y educación misionera.

48. Fomenten, cuanto se pueda, dentro de sus diócesis, la Obra de la Propagación de la Fe y las otras dos
obras que la complementan.

49. Vosotros mismos, venerables hermanos, como patronos e impulsores que sois, la mayor parte, de este
movimiento en vuestras diócesis, sois buenos testigos no sólo de lo mucho que ayuda la Unión Misional del
Clero al auge económico de estas tres Obras, sino de lo mucho que prometen recaudar, según vaya
aumentando la generosidad de los fieles.

50. Por otra parte, la Obra de la Propagación de la Fe, evidentemente la principal de todas las fundadas en
favor de las Misiones y que, para gloria integérrima de la piadosísima mujer que la fundó, y de la ciudad de
Lyon, la hemos trasladado acá dándole nueva organización y otorgándole ciudadanía romana, espera del
pueblo cristiano nuevos recursos de su largueza que respondan enteramente a las múltiples necesidades
de las Misiones actuales y futuras.

51. Y a la verdad, cuántas y cuán grandes sean estas necesidades, cuán grande la escasez de predicadores
del Evangelio, se traslucía bien a las claras en la misma Exposición Vaticana, por más que muchísimos
quizá no lo echaron de ver por pasar de corrida sus ojos sobre tanta abundancia de raros y hermosísimos
objetos.

52. No os avergoncéis ni seáis negligentes, venerables hermanos, en haceros como mendigos por Cristo y
por la salvación de las almas, y en insistir ante vuestros diocesanos con escritos y con palabras salidas del
corazón, que multipliquen su generosidad y benevolencia y que acrecienten, cuanto puedan, la recaudación
que todos los años cosecha la Obra de la Propagación de la Fe.

53. Convenzámonos de que nadie debe ser tenido por tan pobre y desnudo, nadie por tan débil,
hambriento y sediento, como el que carece del conocimiento y de la gracia de Dios. Con esto ante los ojos,
recordemos que quien es misericordioso con los más necesitados del mundo, no quedará a su vez
desprovisto de la misericordia de Dios y de su recompensa.

54. Asidas como de la mano de la Obra de Propagación de la Fe, vienen otras dos Obras, a saber: la de la
Santa Infancia y la de San Pedro Apóstol, que, por ser pontificias, deben ser ayudadas con donativos y
limosnas preferentemente a todas las demás asociaciones de fines particulares.

55. La primera, como es muy sabido, tiene por fin hacer que nuestros niños se acostumbren a cooperar,
por medio de sus cuotas, sobre todo a la salvación y educación cristiana de los niños paganos, arrancados,
gracias a ellos, de la muerte o del abandono.

56. La segunda tiende a que, con sus oraciones, y limosnas, puedan sustentarse jóvenes nativos escogidos
que, tras una buena formación en los seminarios, sean el día de mañana sacerdotes aptos que, además de
facilitar la conversión de sus paisanos, puedan después mejor conservarlos firmes en la fe.

57. Hace poco hicimos proclamar Patrona de esta Obra de San Pedro Apóstol a Santa Teresita del Niño
Jesús, ya que ella, aun viviendo en clausura, usando como de un derecho de adopción, tomó tan de veras
a su cargo ser colaboradora de uno u otro misionero, por quienes ofrecía a su divino Esposo Jesús sus
oraciones, las penitencias ordinarias y de la regla y, sobre todo, los agudos dolores que le originaba su
penosa enfermedad.

58. Sin duda que el patrocinio de la virgen de Lisieux será una garantía del fructuosísimo porvenir de la
Obra.

59. Al llegar aquí Nos queremos consignar nuestro elogio a tantos obispos que, no contentos con
inscribirse ellos como socios perpetuos de la Obra, han hecho que sus seminarios y otras asociaciones de
jóvenes se hayan encargado de la manutención y educación de algún clérigo indígena.

60. Ya Benedicto XV, nuestro predecesor, en su carta apostólica antes citada, recomendó al cuidado de los
obispos estas dos Obras que, con razón se llaman complementarias de la otra más principal, de la
Propagación de la Fe, y Nos no desistimos de recomendárosla.

61. Ante voces tan autorizadas, confiamos que los católicos no tolerarán ser vencidos en liberalidad por las
sectas, que se muestran tan espléndidas en contribuir por su parte a la dilatación de sus errores.

III.- NORMAS PARA LOS VICARIOS Y PREFECTOS APOSTÓLICOS

9. Aliento y gratitud

62. Hora es ya, venerables hermanos y queridos hijos, de dirigirnos a aquellos de vosotros que, por vuestra
larga, trabajosa y prudente actuación en el sagrado ministerio, os habéis hecho dignos de que la Sede
Romana os pusiese con su autoridad al frente de los Vicariatos y Prefecturas.

63. Antes de pasar adelante, Nos queremos aquí daros la enhorabuena más cumplida, a vosotros y a los
misioneros que dirigís y gobernáis, por los grandes progresos que han realizado estos últimos años las
Misiones merced a vuestra caridad y desvelos.

64. Es imposible añadir más luz a las sapientísimas normas que, sobre todos los puntos capitales de
vuestro oficio y los peligros que debéis precaver, os señaló nuestro último predecesor.

65. Sin embargo, nos permitiréis os comuniquemos nuestros sentimientos sobre algunos puntos
determinados.

10. Importancia y urgencia del clero nativo

66. Ante todo y sobre todo, queremos recordéis la capitalísima importancia que tiene el que os hagáis con
un buen clero nativo.

67. Un descuido en este punto os argüiría no tanto de dejar incompleto vuestro ministerio cuanto de
defraudar a la constitución y organización misma de la Iglesia, poniendo rémoras y retardando su acción.

68. Sabemos, y lo confesamos de grado, que en algunas partes se ha empezado ya a proveer esta
necesidad con la fundación de seminarios, en los que jóvenes nativos de buen porvenir adquieren una culta
formación, merced a la cual podrán no sólo llegar al sacerdocio, sino aún ser idóneos maestros de la fe
para sus paisanos; pero ¡cuán distantes estamos de lo que en esto exigen las circunstancias!

69. Recordad a este propósito la queja de nuestro predecesor, de feliz memoria: «Es más de sentir que,
después de tanta insistencia por parte de los Pontífices, haya todavía regiones donde, habiéndose
introducido hace muchos siglos la fe católica, no se vea todavía clero indígena bien formado, y que haya
algunos pueblos, favorecidos tiempo ha con la luz y benéfica influencia del Evangelio, y que, habiendo
dejado ya su retraso y subido a tal grado de cultura que cuentan con hombres eminentes en todo género
de artes civiles, sin embargo, en cuestión de clero no hayan sido capaces de producir ni obispos que los
rijan ni sacerdotes que se impongan por su saber a sus conciudadanos». (Maximum illud, n. 38)
70. Quizá no se reflexione lo bastante sobre el modo como se propagó el Evangelio y se estableció la
Iglesia de Dios en sus principios: asunto que tocamos ya de pasada e la sesión de clausura de la
Exposición Misional del Vaticano.

71.- Allí hicimos notar que, según se colige claramente de los primeros documentos de la antigüedad
cristiana, los apóstoles proveían del clero a las comunidades de fieles, o trayéndolo de fuera, sino
eligiéndolo y constituyéndolo de entre los nuevos convertidos.

72. Por lo tanto, no habéis de pensar vosotros, ni los que os ayudan en vuestro ministerio, que, porque el
Sumo Pontífice os confió el encargo de predicar a la gentilidad la Verdad cristiana, ya no hacen falta en la
Misión sacerdotes indígenas, si no es para ocupaciones de menor importancia y para completar en alguna
manera la acción del misionero.

73. ¿A qué otro fin tienden las mismas Misiones sino a fundar e implantar en regiones dilatadísimas la
Iglesia de Jesucristo?

74. Y ¿cómo se logrará esto entre los gentiles de hoy si no es aprovechando los mismos elementos que se
utilizaron entre nosotros, los gentiles de ayer, esto es, haciendo que cada país cuente con su propio clero y
grey cristiana y con sus propios religiosos, así hombres como mujeres?

75. ¿Con qué derecho se le ha de impedir al clero nativo que trabaje en su propio campo, es decir, que
gobierne su propia y nativa Iglesia?

76. Pero hay más: ¿por ventura no os conviene sobremanera a vosotros mismos dejar al cuidado de los
sacerdotes nativos, para que las guarden y acrecienten, las conquistas aseguradas, a fin de poder así
vosotros, libres y desembarazados, avanzar por nuevas regiones para sujetarlas a Cristo?

77. Diremos más: aun para nuevos avances es de mucha mayor importancia el clero indígena de lo que
algunos se imaginan. Porque —son palabras de nuestro predecesor—, «es indecible lo que vale, para
infiltrar la fe en las alma de los naturales, el contacto de un sacerdote indígena del mismo origen, carácter,
sentimientos y aficiones que ellos, ya que nadie puede saber como él insinuarse en sus almas. Y así, a
veces sucede que se abre a un sacerdote indígena sin dificultad la puerta de una Misión cerrada cualquier
otro sacerdote extranjero» (Ibíd., 31).

78. ¿No ocurre muchas veces que los misioneros extranjeros, por insuficiente dominio de la lengua del país
no pudiendo expresar bien sus propias ideas, desvirtúan no poco la eficacia de su predicación?

79. Júntanse a éstos otros grandes inconvenientes, que es bien tener en cuenta, aunque se presenten
pocas veces y parezca cosa fácil allanarlos.

80. Por ejemplo: las guerras, perturbaciones y cambios de régimen político, que pueden sobrevenir en el
país que se misiona y, como consecuencia de ellas, la petición o decretos de expulsión de los misioneros de
tal o cual nación que allí trabajan; o también, aunque esto pueda ocurrir en menos escala, las aspiraciones
de ciertos pueblos de Misiones, más civilizados y más cultos, de bastarse en sí propios en todo; sobre todo
si determinan para lograrlo el arrojar violentamente de sus territorios a gobernantes, tropas y misioneros
venidos de la metrópoli.

81. En tales casos, ¿cuál no sería la ruina de la Iglesia en aquellos países si antes no se tuvo la precaución
de asegurar, como una red organizada de sacerdotes indígenas, todo el campo de las cristiandades?

82. Tampoco hemos de olvidar que hoy tienen también aplicación a Europa aquellas palabras de Cristo:
«La mies es mucha, mas los obreros son pocos» (Mt 9,37), y que, prestando ella hoy día el mayor
contingente de misioneros de infieles, viene a padecer escasez de clero, tanto más de sentir cuanto de
mayor importancia es ahora el llevar, con la ayuda de Dios, a la unidad de la Iglesia a nuestros hermanos
separados, y acabar con los errores o prejuicios de los no católicos.
83. A nadie se le oculta que, si no es menor hoy que en otros tiempos el número de los jóvenes llamados
por Dios al sacerdocio o a la religión, sí lo es, por desgracia, el de los que obedecen al llamamiento divino.

84. De todo lo cual se desprende, venerables hermanos y amados hijos, que de tal modo debéis proveer a
vuestras Misiones de clero indígena, en orden a la propagación de la fe y aun al gobierno de las nuevas
cristiandades, como si ningún auxilio de misioneros hubieseis de recibir de fuera.

11. Construcción de seminarios y formación del clero nativo

85. En algunas partes, como ya hemos dicho, hanse erigido seminarios de nativos; muchos de ellos en
lugar adecuado, entre varias misiones colindantes y servidos por una misma Orden o Congregación, y a
ellos envían, a sus expensas, los respectivos vicarios o prefectos apostólicos, jóvenes muy selectos que
podrán con el tiempo recibir las órdenes sacerdotales y servir después en el sagrado ministerio.

86. Pues esto mismo que algunos superiores de Misiones han llevado ya a la práctica, Nos deseamos, o por
mejor decir, queremos y mandamos, que lo hagan en la misma forma todos los demás. De tal manera que
no apartéis del Santuario ni a uno solo de los nativos llamados por Dios al sacerdocio y labores del
apostolado que dé buenas esperanzas para el futuro.

87. Claro es que cuanto más seminaristas tengáis —y es muy necesario que tengáis muchos—, mayores
serán los gastos que habréis de sufragar.

88. Pero no os desalentéis por eso, confiados en que amantísimo Redentor de los hombres moverá los
corazones generosos de los cristianos, de suerte que no le falten esta Sede Apostólica los recursos
necesarios para que podáis cumplir este saludabilísimo consejo.

89. Ahora bien: si cada uno de vosotros ha de tomar a pechos el aumentar lo más posible el número de
sus seminaristas, con mayor cuidado aún debe formarlos en la virtud propia del estado sacerdotal y en el
espíritu de apostolado y celo de las almas, de modo que se hallen dispuestos hasta a dar la vida por la
salud espiritual de sus compatriotas.

90. Al mismo tiempo debéis imponerles con todo esmero en el conocimiento de las ciencias sagradas y
profanas, no de una manera superficial, incompleta, embrollada y compendiosa, sino procurando que sigan
todo el curso ordinario de dichos estudios.

91. Los alumnos que salgan de vuestros seminarios, provistos de toda esta abundancia de virtudes y
habilidad para los ministerios apostólicos, y pericia en divinas y humanas letras, serán sin duda honrados y
estimados de los hombres letrados e influyentes de su nación; y podrán en su día, cuando pluguiere al
Señor, quedar al frente de sus parroquias y diócesis, sin temor a inconvenientes de ningún género.

92. Es engaño intolerable considerar a los nativos como a seres inferiores de escasa capacidad. Pues
demuestra la experiencia de mucho años que los naturales de regiones apartadísimas de nosotros, al
oriente y al mediodía, o tienen que envidiarnos en nada en dotes de naturaleza, y a veces compiten en
ingenio y buen entendimiento.

93. El mismo entorpecimiento rudo que se ve en algunos pueblos salvajes no es sino un efecto natural de
vivir y discurrir sólo en un círculo estrechísimo de reducidísimas necesidades.

94. Verdad es ésta, de la que podéis ser vosotros mismos testigos, venerables hermanos y amados hijos.
Por lo que a Nos toca, delante de los ojos tenemos la confirmación del hecho en tantos nativos como
cursan todo género de ciencias en los diversos Colegios y Seminarios de Roma; y podemos aseguraros que
no son inferiores a sus condiscípulos en talento y aprovechamiento, sino que muchas veces los aventajan.

95. Hay además otra razón para que no permitáis en ningún modo el postergamiento habitual en oficios y
ministerios del clero indígena, y es que participan del mismo carácter sacerdotal y del mismo apostolado
que vuestros misioneros.
96. Más todavía, debéis tenerlos en las niñas de los ojos como destinados a gobernar algún día las iglesias
y cristiandades que vosotros habéis fundado con vuestros trabajos y sudores.

97. Por tanto, no ha de haber más distinción alguna entre misioneros europeos e indígenas ni motivo
alguno de separación, sino que a todos ha de unir igualmente la mutua reverencia y el mismo vínculo de la
caridad.

12. Vocaciones y Congregaciones religiosas nativas

98. Por lo que afecta al otro punto que arriba indicamos de organizar en vuestros territorios la Iglesia de
Cristo según todos los elementos que por disposición de Dios la componen, habéis de tomar como
obligación vuestra muy principal la fundación de casas religiosas para hombres y mujeres indígenas.

99. Porque ¿qué inconveniente puede haber para que se consagren a Dios en la religión los neófitos a
quienes la virtud del Espíritu Santo llame al estado de perfección?

100. Punto es este en que deben tener mucho cuidado los misioneros y las religiosas que trabajan en
vuestros distritos de no dejarse llevar más de lo justo del amor a su propio Instituto, santo y laudable por
lo demás, haciéndoles incurrir en estrechez de miras.

101. Por lo tanto, si entre los indígenas hubiere algunos que soliciten su admisión en cualquiera de la
antiguas Congregaciones religiosas y se les reconociere aptos para apropiarse de su espíritu, si se ve que
no han de desmerecer para propagar el espíritu del Instituto entre los naturales, en ninguna manera debe
desaconsejárseles ni impedirles la ejecución de sus deseos.

102. Aunque convendrá considerar despacio si tal vez haya de ser de mayor provecho para estos casos
fundar nuevas Congregaciones de indígenas, acomodadas a las necesidades e inclinaciones de los mismos
y a las circunstancias propias de cada país.

13. Número y formación de catequista

103. Tampoco debemos pasar en silencio otro factor de gran trascendencia para la propagación del
Evangelio en las Misiones, y es el multiplicar el número de los catequistas, ya sean europeos, ya
principalmente indígenas, cuyo fin fuera ayudar al misionero en la tarea de disponer y preparar a los
catecúmenos para el bautismo.

104. No hay por qué advertir aquí que dichos catequistas, más con el ejemplo que de palabra, deben
atraer a los infieles hacia Nuestro Señor Jesucristo.

105. Vosotros, venerables hermanos y amados hijos, decidíos con todo empeño a instruirlos
cuidadosamente en la doctrina cristiana para que, después de profundizar bien en ella, sepan acomodarse
a los oyentes en sus explicaciones, lo cual harán ellos con tanto mayor acierto cuanto que conocen mejor
la condición natural de los indígenas.

14. Introducir Ordenes Contemplativas

106. Para terminar esta parte que vamos tratando, relacionada con el personal escogido como cooperador
de vuestros trabajos apostólicos, sólo resta indicaros una idea que, si se reduce a la práctica, pensamos ha
de ayudar grandemente a la rápida difusión del Evangelio.

107. Por las letras apostólicas con que, hace un año, confirmamos gustosísimos las Constituciones de la
Orden Cartujana, aprobadas, desde un principio, por la autoridad pontificia y acomodadas ahora al nuevo
derecho canónico, habréis entendido la estima grande en que tenemos la vida contemplativa.

108. Pues bien: del mismo modo que Nos exhortamos con todo calor a los superiores de estas Ordenes
contemplativas a que introduzcan su austera forma de vida en las Misiones, fundando allí cenobios, de
igual manera debéis vosotros, venerables hermanos y amados hijos, acosarlos con ruegos a que lo lleven a
efecto, ya que estos religiosos de vida solitaria os acarrearán indecibles gracias del cielo para vosotros y
para vuestros trabajos.

109. No dudéis de que han de ser muy bien mirados los monjes en vuestros distritos, sobre todo en
algunas regiones cuyos moradores, aún siendo casi todos gentiles, son naturalmente inclinados a la vida
solitaria y de oración y contemplación.

110. Buen ejemplo de ello tenemos en el célebre monasterio de Cistercienses Reformados o Trapenses,
que se ha establecido en el Vicariato Apostólico de Pekín, en el que cerca de cien religiosos, chinos casi
todos, se ejercitan en toda suerte de virtudes perfectas, continua oración, aspereza de vida y no
interrumpido trabajo, para aplacar al Señor por los pecados propios y ajenos, y hacerlo propicio, atrayendo
con la fuerza del ejemplo muchos infieles a Cristo.

111. Por donde se ve claro como la luz de vuestros anacoretas puede, sin desorientarse en nada del
espíritu y práctica de su Instituto, y sin tomar parte en la vida activa, hacer mucho en pro de las Misiones
católicas.

112. Así que, si accedieren a vuestros deseos los superiores de dichas Ordenes y fundaren, de común
acuerdo, residencias de los suyos en vuestros territorios, harían una obra benemeritísima para la
conversión de los paganos y nos prestarían a Nos un servicio sobremanera acepto y agradable.

15. Organización de los sectores pastorales

113. Y con esto pasemos ahora, venerables hermanos y amados hijos, a decir dos palabras sobre lo que se
refiere a mejorar el régimen de las Misiones, que aunque no hace mucho ya esto mismo lo inculcó nuestro
Predecesor, sin embargo, plácenos repetirlo aquí por el gran provecho que de ello esperamos con razón se
seguirá para el ejercicio del apostolado.

114. Y como quiera que de vosotros depende en gran parte el éxito de las Misiones entre paganos,
deseamos que perfeccionéis aún más su organización para que así en adelante se facilite más la difusión
de la verdad cristiana y se haga ella cada vez más asequible a mayor número de infieles.

115. Lo primero, pues, sea distribuir de tal suerte los misioneros en el territorio, que no quede hoy ninguna
parte descuidada para cultivarla el día de mañana.

116. Para esto ayudará poner al misionero en sitio estratégico, desde donde le sea fácil visitar varios
pueblos a la redonda que, provistos de su Iglesia, tengan a su frente algún catequista; pueblos en los que,
a su debido tiempo, podrá ejercitar sus ministerios el sacerdote cuando lo visite.

117. No olviden los misioneros que la manera de ganarse a los indígenas ha de ser la que usó el Divino
Maestro cuando vivía sobre la tierra: «Curó a todos los enfermos» (Mt 8,16); «y le siguieron muchos y los
curó a todos» (Mt 12,15); «compadeciéndose de ellos curó sus enfermos» (Mt 14,14).

118. Esto mismo mandó hacer a sus discípulos, dándoles poder para ello: «Y en cualquier ciudad donde
entrareis… curad los enfermos que en ella hubiese y decidles: ha llegado a vosotros el Reino de Dios»
(Lc 10,8-9); «y saliendo recorrían todos los pueblos, evangelizando y curando en todas partes» (Lc 9,6)

119. Tengan también la amabilidad de Jesús para con los niños y pequeñuelos, que, cuando les reñían los
apóstoles, El les mandaba que no les impidiesen llegarse a El.

120. Aquí viene bien recordar lo que otras veces hemos dicho, a saber: que aquellos que predican el
Evangelio a los gentiles saben perfectamente que también ellos son sensibles a los servicios de la caridad,
y que quien mira por la salud pública, cura a los enfermos y regala a los niños, se granjera la benevolencia
y el amor de todos los corazones.

121. Pero, volviendo a nuestros propósitos, cuidad, venerables hermanos amados hijos, que si levantáis
edificios, casa de la Misión, etc., en los lugares de vuestra residencia y en las estaciones de los misioneros,
sobre todo donde haya mayor número de cristianos, en ninguna manera los construyáis con gran lujo y
esplendidez, bajo el pretexto de preparar la futura diócesis catedral y palacio episcopal; no faltarán para
esto ocasiones oportunas.

122. ¿No sabéis que existen diócesis, hace tiempo canónicamente erigidas, en la que se carecía de tales
edificios hasta muy poco antes de elevarlas a sede episcopal y aún donde ni ahora mismo se están
construyendo?

123. Tampoco es justo ni prudente que todas aquellas obras de la Misión, que procuran el bien espiritual o
temporal de los neófitos, las centralicéis en una sola ciudad, por importante que sea, o en el lugar de
vuestra residencia.

124. Porque, si son muchas y de importancia, forzosamente absorberán todos vuestros cuidados o los de
los misioneros de quienes dependan, con daño de la importantísima y provechosísima visita de las
cristiandades, que, empezando por escatimarse, acabará paulatinamente por omitirse.

125. Y ya que hemos hecho mención de tales obras, además del asilo, hospital o dispensario para los
enfermos y escuelas de primeras letras, que no deben faltar en ninguna Misión, procurad haceros con
Colegios de estudios superiores, donde los niños que no deban dedicarse a la labranza reciban educación y
formación más elevada o, sobre todo, aprendan algún oficio mecánico.

126. En este punto os encargamos mucho que no desatendáis a los notables del país y sus hijos. Es cierto
que los humildes y rudos reciben con mayor docilidad la palabra de Dios. Es cierto que Cristo dijo de sí
mismo «El Espíritu del Señor… me envió a predicar a los pobres» (Lc 4,18), sin embargo, no es menos
verdad que, además de no olvidar el propósito de San Pablo: «me debo a sabios e ignorantes» (Rom 1,14),
la experiencia de cada día nos enseña que, una vez ganados para Cristo los grandes y poderosos del siglo,
el pueblo sencillo sigue después fácilmente sus pisadas.

16. Dividir mejor el territorio de misión

127. Lo último que ocurre tratar aquí, venerables hermanos y amados hijos, es asunto importantísimo, y
así, por el reconocido amor que profesáis a la Iglesia y a las almas, os ruego lo recibáis con ánimo filial y
dispuesto en todo a la obediencia.

128. Los territorios y distritos de Misiones, que encomendó a vuestro cuidado y diligencia la Sede
Apostólica para que los reduzcáis al imperio de Cristo, son muchas veces tan extensos que no bastan ni
con mucho para cultivarlos los misioneros de que puede disponer uno u otro Instituto misionero.

129. En este caso, imitad sin vacilaciones la conducta que en las diócesis ya constituidas guardan los
obispos, valiéndose de religiosos de varias Congregaciones clericales o laicales, y de hermanas
pertenecientes a diversos institutos.

130. Esa ha de ser vuestra norma en requerir la ayuda de otros misioneros, sean o no sacerdotes,
pertenezcan o no a vuestra Congregación o Instituto, ya para la dilatación de la fe, ya para la educación de
la juventud indígena, ya para otros cualesquiera ministerios.

131. Gloríense santamente todas las Ordenes y Congregaciones religiosas de las misiones vivas que les han
sido confiadas y de los trabajos y éxitos que por el amor de Cristo han realizado en ellas hasta el día de
hoy; pero entiendan bien que no laboran en aquellas regiones ni por derecho propio ni para siempre, sino
sólo por concesión de la Sede Apostólica y a voluntad de la misma. A ella, por lo tanto, compete el derecho
y el deber de mirar por su entera y cumplida evangelización.

132. No puede, pues, satisfacer a esta obligación apostólica el Papa con sólo distribuir los países de
misiones, grandes o pequeños, entre las varias Congregaciones misioneras, sino que, lo que más importa,
está obligado a proveer siempre y cuidadosamente a que los dichos Institutos manden tantos y sobre todo
tales misioneros a cada región como allí fueren necesarios para difundir copiosa y eficazmente por toda ella
la luz del cristianismo.
133. Y pues el Divino Pastor nos pedirá cuenta estrecha a Nos de su rebaño, sabed que siempre que fuere
necesario o más oportuno y útil a los fines de la Santa Iglesia traspasar las misiones de una Congregación
religiosa a otra, o dividir o subdividir su territorio, erigiendo nuevos Vicariatos y Prefecturas Apostólicas
para el clero indígena o para otros Institutos, Nos lo haremos sin vacilar un punto.

CONCLUSIÓN

134. Sólo resta ya, venerables hermanos y amados hijos, cuantos diseminados por todo el orbe católico
compartís con nosotros la solicitud y las alegrías del trabajo pastoral, exhortaros a que uséis de estos
medios e industrias, que os ponemos en favor de las sagradas Misiones, para que éstas, renovadas e cierta
manera sus fuerzas, puedan en adelante producir todavía frutos más abundantes.

135. ¡María Santísima, Reina de los Apóstoles, se digne mirar con complacencia nuestros esfuerzos! Ella,
habiendo recibido en el Calvario a todos los hombres por hijos suyos, intercede no menos por los que aún
ignoran haber sido redimidos por Cristo Jesús que por los que gozan ya felizmente del beneficio de la
Redención.

136. Entre tanto, y como prenda de celestiales dones, signo de nuestra paternal benevolencia, a vosotros,
venerables hermanos, y a vuestro clero y pueblo, concedemos amantísimamente nuestra apostólica
bendición.

Dado en Roma, en San Pedro el 28 de febrero de 1926, año quinto de nuestro pontificado.

PIUS PP. XI

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19260228_rerum-ecclesiae.html

CARTA ENCÍCLICA
QUAS PRIMAS
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA FIESTA DE CRISTO REY

En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe
católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género
humano.

Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque
la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y
costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una
esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y
rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

La «paz de Cristo en el reino de Cristo»

1. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que,
además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo,
dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz
que procurar la restauración del reinado de Jesucristo.

2. Entre tanto, no dejó de infundirnos sólida, esperanza de tiempos mejores la favorable actitud de los
pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos; actitud nueva en unos, reavivada en otros, de
donde podía colegirse que muchos que hasta entonces habían estado como desterrados del reino del
Redentor, por haber despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en volver
a sus deberes de obediencia.

Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y
recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey
Supremo?

«Año Santo»

3. Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional, que ofreció a todos el
conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en dilatar cada vez más el reino de su Esposo por
todos los continentes e islas —aun, de éstas, las de mares los más remotos—, ora el crecido número de
regiones conquistadas para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos
misioneros, ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora
soberanía de nuestro Rey.

Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma
guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino postrarse, con sus almas
purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos
a la soberanía de Jesucristo?

4. Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de nuestro Salvador cuando Nos
mismo, después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes de seis vírgenes y confesores, los
hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto gozo y cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando,
después de promulgados por Nos los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles,
henchida de gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae Christe en el majestuoso templo de San Pedro!

Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre
incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el
sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no
cesa de levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron
fidelísimamente en el reino de la tierra.

5. Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de Nicea, con tanto mayor gusto
mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel
sagrado concilio definió y proclamó como dogma de fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con
el Padre, además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o fórmula de fe,
promulgaba la real dignidad de Jesucristo.

Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias para realzar el reinado de
Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy conforme a nuestro deber apostólico si, atendiendo a
las súplicas elevadas a Nos, individualmente y en común, por muchos cardenales, obispos y fieles católicos,
ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente
dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo nos complace, que deseamos, venerables
hermanos, deciros algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después a la inteligencia del pueblo
cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la solemnidad nuevamente instituida
producirá en adelante, y ya desde el primer momento, los más variados frutos.

I. LA REALEZA DE CRISTO

6. Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del
supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que
reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto
porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se
dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está
entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e
inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice
con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad[1] y
con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos
los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el
asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el
título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el
honor y el reino[2]; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede
menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre
el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

a) En el Antiguo Testamento

7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.

Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob[3]; el que por el Padre ha sido
constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines
de la tierra[4]. El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy
poderoso se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo,
¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de su reino es cetro de rectitud[5]. Y omitiendo
otros muchos textos semejantes, en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se
predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la
paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y dominará de un mar a otro, y desde el uno
hasta el otro extrema del orbe de la tierra[6].

8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente el conocidísimo
de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el
principado; y tendrá por nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el
Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David, y
poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para
siempre[7]. Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la
estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como Rey y será sabio y juzgará en
la tierra[8]. Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido...,
permanecerá eternamente[9]; y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y
he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del Hombre; quien se adelantó
hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y
todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada,
y su reino es indestructible[10]. Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo
sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las
aclamaciones de las turbas[11], ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

b) En el Nuevo Testamento

9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo
Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y
luminosamente confirmada.

En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a
luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de
Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin[12], es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues
ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los
justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era
Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y
bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey[13] y
públicamente confirmó que es Rey[14], y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra[15]. Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la
extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes
de la tierra[16], y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su
muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan[17]. Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero
universal de todas las cosas[18], menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo
los pies del trono de Dios a todos sus enemigos[19].

c) En la Liturgia

10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo
sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase
con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como
a Soberano Señor y Rey de los reyes.

Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que
con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en
los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta
perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito
oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de
la creencia.

d) Fundada en la unión hipostática

11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he
aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no
arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza[20]. Es decir, que
la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue
que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además,
los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera
que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas.

e) Y en la redención

12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo
impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista,
adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le
hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino
con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha[21]. No somos, pues, ya
nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande[22]; hasta nuestros mismos cuerpos son
miembros de Jesucristo[23].

II. CARÁCTER DE LA REALEZA DE CRISTO

a) Triple potestad

13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo,
indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y
propio principado. Los testimonios, aducidos de las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de
nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe
católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador
a quien deben obedecer[24]. Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo
presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que
quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad[25]. El mismo
Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación
del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino
que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo[26]. En lo cual se comprende también su derecho de premiar
y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de
juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que
todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede
sustraerse.
b) Campo de la realeza de Cristo

a) En Lo espiritual

14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo
Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalmente espiritual y se refiere a las
cosas espirituales. En efecto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles,
imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel,
Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimismo, cuando iba a ser proclamado Rey
por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal título de honor huyendo y
escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino no
era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales caracteres, que los hombres,
para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el
cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se
opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas
sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de
justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor,
rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los
pecados del mundo, ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad
real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?

b) En lo temporal

15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas
humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de
tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se
abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las
cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales[27]. Por
tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de
nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de
Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo
pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la
caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la
potestad de Jesús se halla todo el género humano[28].

c) En los individuos y en la sociedad

16. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en
ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos
salvarnos[29].

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque
la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no
es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos[30]. No se nieguen, pues, los gobernantes de las
naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio
de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al
comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder
legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y
Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no
de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado
arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la
obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la
humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»[31].
17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo,
necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y
disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la
autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la
obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que
reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no
obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es
indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no
queráis haceros siervos de los hombres[32].

18. Y si los príncípes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más
que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa
y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su
cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá, sin duda,
el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues aunque el
ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la
suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos
contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

19. En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con
mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo
de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también
endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como
los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra,
aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que
siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta
virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.

¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por
Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII
dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas
heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las
espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan,
cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre[33].

III. LA FIESTA DE JESUCRISTO REY

20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes y vivan estables en la
sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de
nuestro Salvador, para lo cual nada será más eficaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo
Rey.

Las fiestas de la Iglesia

Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del
espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera
enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio.

Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas
impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo así— hablan una sola vez, aquéllas cada año
y perpetuamente; éstas penetran en las inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el
hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades
externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las
divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida
espiritual.

En el momento oportuno
21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una tras
otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano,
esto es, cuando hacía falta robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores
de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y venerase con mayor
devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la divina bondad. Así, desde los primeros siglos del
cristianismo, cuando los fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los
mártires para que, como dice San Agustín, las festividades