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ANÉCDOTAS DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

¿Por qué a ti?

En cierta ocasión, morando San Francisco en el convento de la


Porciúncula con fray Maseo de Marignano, hombre de grande
santidad, discreción y gracia para hablar de Dios, por lo que
era muy amado del Santo, un día que éste venía de orar en la
selva, quiso el dicho fray Maseo probar su humildad y
haciéndosele encontradizo a la salida del bosque, le dijo
casi reprendiéndolo:

- ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?


- ¿Qué es lo que quieres decir con eso? - preguntó San
Francisco.
- Digo por qué todo el mundo viene en pos de ti, y
parece que todos ansían verte, oírte y obedecerte. Tú no eres
hermoso de cuerpo, tú no tienes gran ciencia, no eres noble.
¿De dónde te viene, pues, que todo el mundo vaya en pos de
ti?

San Francisco, vivamente regocijado, levantó el rostro al


cielo y estuvo grande espacio con la mente suspensa en Dios;
luego, volviendo en sí, se arrodilló y alabó y dio gracias al
Señor, después, con gran fervor de espíritu, se volvió a fray
Maseo diciendo:

- ¿Quieres saber de dónde a mí? ¿Quieres saber de


dónde a mí? ¿Quieres saber de dónde a mí, que todo el mundo
venga en pos de mi? Pues esto me viene de los ojos del
altísimo Dios que en todas partes contemplan a buenos y
malos; porque aquellos ojos santísimos no han visto entre
pecadores ninguno más vil, ni más inútil, ni más grande
pecador que yo; no habiendo encontrado sobre la tierra
criatura más vil para la obra maravillosa que se propone
hacer, me escogió a mí para confundir la nobleza y la
grandeza, y la belleza y la fortaleza, y la sabiduría del
mundo, a fin de que se conozca que toda virtud y todo bien
procede de Él y no de la criatura, y ninguno pueda gloriarse
en su presencia, sino que quien se gloría, se gloríe en el
Señor, al cual sea toda la honra y la gloria por siempre.
Fray Maseo quedó asombrado de oír tan humilde respuesta,
dicha con tan gran fervor; y conoció con certeza que San
Francisco estaba fundado en verdadera humildad.

Misionero ante el sultán

En el tiempo de las cruzadas, San Francisco sufrió mucho al


ver el egoísmo y las costumbres disolutas de los soldados de
la cruz. Deseando la salvación de los sarracenos, decidió
pasar al campo del enemigo, por más que los cruzados le
dijeron que la cabeza de los cristianos estaba puesta a
precio. Habiendo conseguido la autorización del delegado
pontificio, Francisco y el hermano Iluminado se aproximaron
al campo enemigo, gritando:

- ¡Sultán, Sultán!
Cuando los condujeron a la presencia de Malek-al-Kamil,
Francisco declaró osadamente:

- No son los hombres quienes me han enviado, sino


Dios todopoderoso. Vengo a mostrarles, a ti y a tu pueblo, el
camino de la salvación; vengo a anunciarles las verdades del
Evangelio.
El Sultán quedó impresionado y rogó a Francisco que
permaneciese con él. El santo replicó:

- Si tú y tu pueblo están dispuestos a oír la palabra


de Dios, con gusto me quedaré con ustedes. Y si todavía
vacilan entre Cristo y Mahoma, manda encender una hoguera; yo
entraré en ella con sus sacerdotes y así verán cuál es la
verdadera fe.
El Sultán contestó que probablemente ninguno de los
sacerdotes querría meterse en la hoguera y que no podía
someterlos a esa prueba para no soliviantar al pueblo. Y
llegó a decir:

- Si todos los cristianos fueran como él, entonces


valdría la pena ser cristiano.

Por el amor de Dios

Un día, estando Francisco en la tienda donde solía vender


telas, y enfrascado en reflexiones relativas a su comercio,
se le presentó un mendigo pidiéndole limosna por el amor de
Dios. Absorto en sus afanes de lucro y en las preocupaciones
de su negocio, lo echí, negándole la limosna. Pero después
que el pobre se fue, Francisco, movido por la gracia divina,
empezó a reprocharse su falta de cortesía, diciéndose: “Si
este mendigo te hubiera pedido algo en nombre de algún noble
o persona importante, le hubieras dado cuanto te pedía. ¡Con
mayor razón debiste hacerlo cuando te pedía algo en nombre
del Rey de reyes y Señor de todos!”

A partir de este hecho, desde aquel momento se comprometió a


nunca negarle nada a quien le pidiera ayuda en el nombre del
Señor. Y, llamando al mendigo, le dio una abundante limosna.
Reverencia y respeto

En el tiempo de San Francisco, los valdenses también querían


renovar la Iglesia pero a base de criticar públicamente al
clero.

En una ocasión, un valdense observó la gran reverencia que


San Francisco tenía por los sacerdotes y le dijo que el
párroco de aquel lugar vivía en pecado.

- ¿Tenemos que creer en sus enseñanzas y respetar los


sacramentos que celebra? - le preguntó.
San Francisco fue al sacerdote, se arrodilló ante él y tomó
sus manos diciendo:

- Yo no sé si estas manos están manchadas como dicen.


Pero sí sé que aunque lo estuvieran, en ningún modo se pierde
el poder y la efectividad de los sacramentos de Dios... Por
eso beso estas manos, por respeto a lo que hacen y respeto
por Aquel que les dio Su autoridad".

Navidad en Greccio

San Francisco celebraba con inefable alegría la del


Nacimiento del Niño Jesús, con preferencia a las demás
solemnidades; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que
Dios, hecho niño pequeño, se crió a los pechos de madre
humana. De esta particular devoción al misterio de la
Encarnación se originó la famosa celebración de la Navidad en
Greccio.

Aquella noche de Navidad, le fue concedida al santo la gracia


de una visión maravillosa: vio que en el pesebre yacía
inmóvil un niño pequeño, que se despertó del sueño
precisamente por su misma cercanía. Así pues, invitó a todos
los hermanos de los eremitorios cercanos, al igual que a la
gente de Greccio y de sus alrededores. Acudió con todos
ellos, en solemne procesión, llevando velas y antorchas, al
lugar previamente preparado y, una vez allí, empezó la
sagrada representación del misterio del nacimiento del Hijo
de Dios.

Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido


percibir que en Navidad Dios ha llegado a ser verdaderamente
el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros, del que no nos separa
ninguna barrera ni lejanía.
Pura humildad

Un día Francisco atravesaba por la hacienda de un campesino,


montado en un asno. Este, que estaba trabajando en ella,
corrió hacia el santo y le preguntó con vivo interés si era
él el hermano Francisco. Y como Francisco respondió con
humildad que era el mismo por quien preguntaba, le dice el
campesino:

- Procura ser tan bueno como dicen todos que eres,


pues son muchos los que tienen puesta su confianza en ti. Por
lo cual te aconsejo que nunca te comportes contrariamente a
lo que se espera de ti.
El santo, al oír eso, se desmonta del asno y, postrado
delante del campesino, le besa humildemente los pies y le da
gracias por el favor que le ha hecho con la advertencia.

Francisco, a pesar de ser tan celebrado por la fama (tanto


que muchos lo tenían por santo), él se juzgaba vil a los ojos
de Dios y de los hombres, sin ensoberbecerse ni de la
celebridad ni de la santidad que poseía.

Los dolores de mi Señor...

Cierto día un caballero lo encontró gimiendo y gritando, y,


habiéndole preguntado la razón, el santo respondió:

- Lloro los dolores y degradaciones de mi Señor, y lo


que más me hace llorar es que los hombres no se acuerdan de
quien tanto padeció por ellos.
Y a continuación redobló las lágrimas, hasta el extremo de
que el caballero prorrumpió también en llantos.

Humildad y algo más...

Cuando la gente enaltecía su santidad, ordenaba a algún


hermano que repitiera insistentemente en sus oídos palabras
de desprecio, en contra de las voces de alabanza que recibía.
Cuando el hermano, muy a pesar suyo, lo llamaba rústico,
mercenario, inculto e inútil, Francisco, lleno de íntima
alegría reflejada en su rostro, le respondía:

- Que el Señor te bendiga, hijo muy querido, porque lo


que dices es la pura verdad, y tales son las palabras que
debe oír el hijo de Pedro Bernardote.
Ante todo, el ejemplo

En una ocasión, Francisco fue Invitado junto a un hermano por


el señor León, cardenal de la Santa Cruz, a permanecer algún
tiempo con él en Roma en una torre apartada ubicada en una
galería de nueve habitaciones con ciertas comodidades.
Pero luego de sufrir ciertas tentaciones durante la noche y
haber estado en oración, dijo a su hermano que lo acompañaba:

- El que yo me hospede en los palacios de las grandes


personalidades no da buena idea de mí ante los demás. Mis
hermanos, que conviven en lugares pobrecillos, al oír que yo
estoy con cardenales, pensarán tal vez que nado en delicias.
Por tanto, hermano, pienso que va mejor a quien está puesto
como modelo, huir de los palacios y hacer fuertes a los que
padecen penurias, padeciendo iguales privaciones.
Así que, al día siguiente se presentaron al cardenal, y,
después de haberle contado esto, se despidieron de él...

Perdón y arrepentimiento

Un día fueron al convento donde estaban Francisco y sus


hermanos tres ladrones, y pidieron al guardián, el hermano
Ángel, que les diera de comer. El guardián les reprochó
ásperamente por ser ladrones e ir a pedir de sus limosnas, y
los despidió duramente, por lo que ellos se marcharon muy
enojados. En esto regresó San Francisco que venía con la
alforja del pan y con un recipiente de vino que había
mendigado él y su compañero. El guardián le refirió cómo
había despedido a aquella gente. Al oírle, San Francisco lo
reprendió fuertemente, diciéndole que se había portado
cruelmente, porque mejor se conduce a los pecadores a Dios
con dulzura que con duros reproches; que Cristo, nuestro
Maestro, cuyo Evangelio hemos prometido observar, dice que no
tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos, y
que El no ha venido a llamar a los justos, sino a los
pecadores, y que por esto Jesús comía muchas veces con ellos.
Por lo tanto, terminó diciendo:

- Ya que has obrado contra la caridad y contra el


santo Evangelio, te mando, por santa obediencia, que, sin
tardar, tomes esta alforja de pan que yo he mendigado y esta
orza de vino y vayas buscándolos por montes y valles hasta
dar con ellos; y les ofrecerás de mi parte todo este pan y
este vino. Después te pondrás de rodillas ante ellos y
confesarás humildemente tu culpa y tu dureza. Finalmente, les
rogarás de mi parte que no hagan ningún daño en adelante, que
honren a Dios y no ofendan al prójimo; y les dirás que, si lo
hacen así, yo me comprometo a proveerles de lo que necesiten
y a darles siempre de comer y de beber. Una vez que les hayas
dicho esto con toda humildad, vuelve aquí .
Mientras el guardián iba a cumplir el mandato, San Francisco
se puso en oración, pidiendo a Dios que ablandase los
corazones de los ladrones y los convirtiese a penitencia.
Llegó el obediente guardián a donde estaban ellos, les
ofreció el pan y el vino e hizo y dijo lo que San Francisco
le había ordenado. Y quiso Dios que, mientras comían la
limosna de San Francisco, comenzaran a decir entre sí:

- ¡Ay de nosotros, miserables desventurados! ¡Qué


duras penas nos esperan en el infierno a nosotros, que no
sólo andamos robando, maltratando, hiriendo, sino también
dando muerte a nuestro prójimo; y, en medio de tantas
maldades y crímenes, no tenemos remordimiento alguno de
conciencia ni temor de Dios! En cambio, este santo hermano ha
venido a buscarnos por unas palabras que nos dijo justamente
reprochando nuestra maldad, se ha acusado de ello con
humildad, y, encima de esto, nos ha traído el pan y el vino,
junto con una promesa tan generosa del Padre santo. Estos sí
que son siervos de Dios merecedores del paraíso, pero
nosotros somos hijos de la eterna perdición y no sabemos si
podremos hallar misericordia ante Dios por los pecados que
hasta ahora hemos cometido.
Los tres, de común acuerdo, marcharon apresuradamente a San
Francisco y le hablaron así:

- Padre, nosotros hemos cometido muchos y abominables


pecados; no creemos poder hallar misericordia ante Dios;
pero, si tú tienes alguna esperanza de que Dios nos admita a
misericordia, aquí nos tienes, prontos a hacer lo que tú nos
digas y a vivir contigo en penitencia.
San Francisco los recibió con caridad y bondad, los animó con
muchos ejemplos, les aseguró que la misericordia de Dios es
infinita y les prometió con certeza que la obtendrían.
Movidos de las palabras y obras de Francisco, los tres
ladrones se convirtieron y entraron en la Orden.

Cortesía y desprendimiento

San Francisco llegó, una tarde al anochecer, a la casa de un


buen hombre muy poderoso. Fue recibido por él y hospedado con
el compañero con grandísima cortesía y devoción.
Luego de haber comido, dijo aquel hombre:

- Padre, aquí me tienes a tu disposición con todas mis


cosas. Y si tienen necesidad de una túnica, un manto o de
cualquier otra cosa, cómprenla, que yo la pagaré. Y sepan que
estoy dispuesto a proveer todas sus necesidades, ya que por
gracia de Dios, puedo hacerlo.

Viendo San Francisco en él tal cortesía y afabilidad en el


ofrecimiento, sintió hacia él tanto amor, que luego, después
de la partida, iba diciendo a su compañero:
- En verdad que este caballero sería bueno para
nuestra compañía, ya que se muestra tan agradecido y
reconocido para con Dios y tan afable y cortés para con el
prójimo y para con los pobres. Has de saber, hermano
carísimo, que la cortesía es una de las propiedades de Dios,
que por cortesía da el sol y la lluvia a buenos y malos. La
cortesía es hermana de la caridad, que extingue el odio y
fomenta el amor. Puesto que yo he encontrado en este hombre
de bien en tal grado esta virtud divina, me gustaría tenerlo
por compañero. Hemos de volver, pues, algún día a su casa,
para ver si Dios le toca el corazón, moviéndole a venirse con
nosotros para servir a Dios. Entre tanto, nosotros rogaremos
a Dios que le ponga en el corazón ese deseo y le dé la gracia
de llevarlo a efecto.

Al cabo de unos días, San Francisco dijo al compañero:

- Vamos, hermano, a casa del hombre cortés, porque yo


tengo esperanza cierta en Dios de que él, siendo tan cortés
en las cosas temporales, se dará a sí mismo para hacerse
compañero nuestro.

Fueron, y, cuando estaban ya cerca de la casa, dijo San


Francisco al compañero:

- Espérame un poco, que quiero antes suplicar a Dios


que haga fructuoso nuestro viaje y que esta noble presa que
tratamos de arrebatar al mundo nos la quiera conceder Cristo
a nosotros, pobrecillos y débiles, por la virtud de su
santísima pasión.

Dicho esto, se puso en oración en un lugar donde podía ser


visto de aquel hombre. Y quiso Dios que, mirando éste a una y
otra parte, viera a San Francisco, que estaba en oración.
Como consecuencia fue de tal manera tocado por Dios y movido
a dejar el mundo, que al punto salió de su palacio, corrió
con fervor de espíritu a donde San Francisco estaba en
oración y, arrodillándose a sus pies con gran devoción, le
rogó que tuviera a bien recibirlo. Entonces, San Francisco,
en vista de que su oración había sido escuchada por Dios, se
levantó con fervor y alegría de espíritu, lo abrazó y le besó
devotamente, dando gracias a Dios, que había aumentado su
compañía con la agregación de un tal caballero. Y decía aquel
buen hombre a San Francisco:

- ¿Qué me mandas hacer, Padre mío? Aquí me tienes,


dispuesto a dar a los pobres, si tú me lo mandas, todo lo que
poseo y a seguir a Cristo contigo, libre así de la carga de
todo lo temporal.
Así lo hizo, distribuyendo, según el consejo de San Francisco
todo su haber a los pobres y entrando en la Orden, en la cual
vivió en gran penitencia, santidad de vida y pureza de
costumbres.

Más pobre que el leño muerto

Una delgada columna de humo azulado se elevaba al borde del


bosque, no lejos de la ermita. Este humo era insólito. ¿A
quién se le habría ocurrido encender un fuego tan grande? El
hermano León quiso salir de dudas. Se adelantó, separó las
ramas de los arbustos y vio, a un tiro de piedra, a Francisco
mismo, de pie junto a un pobre fuego. Vio que se agachaba,
que recogía una piña y la echaba a las llamas.
León dudó un instante, después se arrimó despacito.

- ¿Qué estás quemando ahí, padre?


- Un cesto - respondió simplemente Francisco.

León miró de más cerca. Distinguió los restos de un cesto de


mimbre que acababa de quemarse.

- ¿No será - dijo - el cesto que estabas haciendo


estos días, verdad?
- Sí, el mismo - respondió Francisco.
- ¿Y por qué lo has quemado? ¿No te gustaba como había
quedado? - preguntó León asombrado.
- Sí, quedaba muy bien, hasta casi demasiado bien -
replicó Francisco.
- Pero, entonces, ¿por qué lo has quemado?
- Porque hace un momento, mientras rezábamos tercia,
me distraía tanto que acaparaba toda mi atención. Era justo
que en recompensa lo sacrificara al Señor - explicó
Francisco.

León se quedó con la boca abierta. Por más que se empeñara en


comprender a Francisco, sus reacciones le sorprendían
siempre. Esta vez el gesto de Francisco le parecía de una
severidad excesiva.

- Padre, no te comprendo. Si fuera preciso quemar todo


lo que nos distrae en la oración no se terminaría nunca -
murmuró León después de un momento de silencio.

Francisco no respondió nada.

- Sabías - añadió León - que el hermano Silvestre


contaba con el cesto. Le hacía falta y lo estaba esperando
con impaciencia.
- Sí, ya lo sé - respondió Francisco -. Le haré otro
en seguida, pero era necesario quemar éste, esto era más
urgente.
El cesto había acabado de quemarse. Francisco apagó con una
piedra lo que quedaba de fuego y, cogiendo a León por el
brazo, le dijo:

- Ven, voy a decirte por qué he obrado así.

Le llevó un poco más allá, junto a un macizo de mimbres,


cortó un número bastante grande de varillas flexibles,
después, sentándose en el mismo suelo, empezó otro cesto.
León se había sentado a su lado, esperando las explicaciones
del padre.

- Quiero trabajar con mis manos - declaró entonces


Francisco -, quiero también que todos mis hermanos trabajen.
No por el ambicioso deseo de ganar dinero, sino por el buen
ejemplo y para huir del ocio. Nada más lamentable que una
comunidad en donde no se trabaja, pero el trabajo no es todo,
hermano León, no lo resuelve todo, puede ser incluso un
obstáculo temible a la verdadera libertad del hombre, es así
cada vez que el hombre se deja acaparar de su obra hasta el
punto de olvidarse de adorar al Dios viviente y verdadero,
por eso nos es preciso velar celosamente para no dejar apagar
en nosotros el espíritu de oración. Eso es más importante que
todos.
- Lo comprendo, padre - dijo León -, pero no vamos a
destruir nuestra obra cada vez que nos distraiga en la
oración.
- Desde luego - dijo Francisco -. Lo importante es
estar dispuesto a hacer este sacrificio al Señor. Sólo con
esta condición el hombre conserva su alma disponible. En la
antigua ley los hombres sacrificaban al Señor las primicias
de sus cosechas y de sus rebaños. No dudaban de deshacerse de
lo más hermoso que tenían. Era un gesto de adoración, pero
también de liberación. El hombre mantenía así su alma
abierta. Lo que sacrificaba ensanchaba su horizonte hasta el
infinito. En eso estaba el secreto de su libertad y de su
grandeza.

Francisco se calló. Toda su atención pareció entonces


concentrarse en su trabajo, pero León, a su lado, veía que
todavía le quedaba algo que decir. Algo esencial que debía
hacer cuerpo con él y que le costaba trabajo manifestar. Pero
se calló por discreción. De repente, Francisco volvió su cara
hacia él y le miró con una expresión de grandísima bondad.

- Sí, hermano León - dijo con mucha calma -, el hombre


no es grande hasta que se eleva por encima de su obra para no
ver más que a Dios. Solamente entonces alcanza toda su talla.
Pero esto es difícil, muy difícil. Quemar un cesto de mimbre
que ha hecho uno mismo no es nada, ya ves, aunque esté muy
bien hecho, pero despegarse de la obra de toda una vida es
algo muy distinto. Ese renunciamiento está por encima de las
fuerzas humanas...

León se callaba. Ya no tenía ganas de hacer preguntas. No


comprendía, desde luego, todo lo que le decía Francisco, pero
le parecía que no había visto tan claro y profundo nunca en
el alma de su padre. Lo que le impresionaba, sobre todo, era
la tranquilidad con que hablaba de cosas graves, que
seguramente había sabido por experiencia. Se acordó de lo que
Francisco le había dicho otra vez: “El hombre no sabe
verdaderamente más que lo que experimenta.” Seguro que él
había experimentado todo lo que decía. Hablaba con tantísima
verdad, que León se sintió de repente lleno de dulzura y de
espanto al darse cuenta de que era el confidente privilegiado
de una experiencia así. Francisco continuaba su trabajo, y su
mano tejía el mimbre sin temblar, como jugando...

Hermanos Menores

Decía San Francisco sobre el origen del nombre de Hermanos


Menores:

- La Orden de los Hermanos Menores es un pequeño


rebaño que el Hijo de Dios pidió al Padre en estos últimos
tiempos, diciéndole:

“Padre, quisiera que me dieses un pueblo nuevo y humilde que


se distinga, por su humildad y pobreza, de todos los que le
han precedido, y se conformen con tenerme solamente a mí'.
Y el Padre se lo concedió. Por eso quiso el Señor que se
llamen Menores, pues ellos son ese pueblo que el Hijo pidió
al Padre y del cual dice el evangelio: "No temas, pequeño
Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el
Reino.". Y también: “Lo que hicieron a uno de estos mis
hermanos menores, a mí me lo hicieron.” Cuando el Señor habló
así, se refería, sin duda, a todos los pobres de espíritu,
pero, principalmente, predijo el nacimiento en su Iglesia de
la Orden de los Hermanos Menores".

En otra ocasión dirá:

- Dios quiso que se llamaran Hermanos Menores porque


deben mostrarse inferiores y más humildes y pobres, por la
humildad de corazón, en las palabras, en obras y en el
hábito; y nunca pretendan ser mayores en la iglesia, sino,
más bien, pidan y permanezcan siempre en una mayor y más
profunda humildad.
Si supiéramos adorar...

En cierta ocasión, luego de que el hermano Rufino superara


una fuerte prueba y una gran tentación, y después de haberse
reconciliado con Francisco, se dirigían juntos a la capilla a
rezar el Oficio.
De repente, Francisco tomó el brazo de Rufino y lo paró:

- Escucha, hermano, es preciso que te diga una cosa.

Se calló un momento con la mirada baja hacia el suelo.


Parecía dudar. Después, mirando a Rufino bien a la cara, le
dijo gravemente:

- Con la ayuda del Señor, has vencido tu voluntad de


dominio y de prestigio. Pero no sólo una vez, sino diez,
veinte, cien veces tendrás que vencerla.
- Me das miedo, padre –le contestó Rufino–. No me
siento hecho para sostener una lucha así.
- No llegarás a ello luchando, sino adorando –replicó
dulcemente Francisco–. El hombre que adora a Dios reconoce
que no hay otro Todopoderoso más que Él solo. Lo reconoce y
lo acepta. Profundamente, cordialmente. Se goza de que Dios
sea Dios. Dios es, eso le basta. Y eso le hace libre.
¿Comprendes?
- Sí, padre, comprendo –respondió Rufino–.

Habían vuelto a caminar mientras hablaban. Estaban ya a unos


pasos del oratorio. Francisco concluyó diciendo:

- Si supiéramos adorar, nada podría verdaderamente


turbarnos: atravesaríamos el mundo con la tranquilidad de los
grandes ríos.

Padres cuidadosos

Santo Domingo y San Francisco, coincidieron hacia el año 1221


en Roma. El obispo del lugar les dijo:

- En la Iglesia primitiva, los pastores de la Iglesia


eran pobres, hombres que ardían en caridad y no en codicia.
¿Por qué no escoger para obispos y prelados aquellos de entre
sus hermanos que destacan sobre los demás por la doctrina y
por el ejemplo?

Los dos santos se cedían la palabra mutuamente. Santo


Domingo, finalmente, dijo al obispo:

- Señor, mis hermanos -si se dan cuenta- están ya


bastante encumbrados, y, en cuanto depende de mí, no
permitiré que obtengan otro género de dignidad.
Después de estas breves palabras, Francisco se inclinó ante
el obispo y le dijo:

- Mis hermanos se llaman menores precisamente para que


no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña a estar
en el llano y a seguir las huellas de la humildad de Cristo
para tener al fialn lugar más elevado que otros en el premio
de los santos. Si quieres que den fruto en la Iglesia de
Dios, tenlos y consérvalos en el estado de su vocación y
busca aun a los que no lo quieren. Pido, pues, Padre, que no
les permitas de ningún modo ascender a prelacías, para que no
sean más soberbios cuanto más pobres son y se insolenten
contra los demás.

¿Predicar o vida retirada?

En cierto momento de su vida, quizás ya algo fatigado de


tanto andar y con los problemas que la Orden le demandaba, a
Francisco le surgió una duda que lo inquietaba bastante: si
seguir predicando o llevar una vida retirada de oración y
sacrificio.
No conforme con algunas respuestas, acudió al consejo de
personas de su confianza y afecto: Santa Clara y el hermano
Silvestre. Clara vivía en el convento; Silvestre estaba en
una ermita.
Ellos, luego de haber rezado y preguntado al Señor qué es lo
que quería de Francisco, contaron a Fray Maseo, quien hizo de
intermediario. Este le llevó la respuesta a Francisco, quien
antes de querer averiguar qué tenía para decirle, le lavó los
pies y le preparó de comer a Maseo, luego del cansador viaje.
Entonces, la pregunta de Francisco fue concisa:

- ¿Qué manda mi Señor Jesucristo que yo haga?

Tenía bien claro que Clara y Silvestre eran instrumentos de


Dios.
Fray Maseo le dijo:

- Dios quiere que vayas a predicar, porque no te ha


elegido para ti solo, sino también para la salvación de los
demás.

Francisco, levantándose de un salto, dijo:

- ¡Vamos, entonces, en nombre del Señor!

Y, con gran fervor de espíritu, salió a un pueblo llamado


Cannara a predicar...
FRASES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

"Tenemos que amar mucho el amor del que nos ha amado mucho"
"Soy tan solo lo que soy ante Dios"

"Que la paz que anuncian con sus palabras estén primero en


sus corazones."

"Ama de veras a su enemigo el que no se duele de la injuria


que se le hace, sino que, por el amor de Dios, se requema por
el pecado que hay en su alma. Y le muestra su amor con
obras."

"Allí donde reinan la quietud y la meditación, no hay lugar


para las preocupaciones ni para la disipación."

"El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo


entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de
Dios aparece sobre el altar en las manos del sacerdote."

"El siervo de Dios que no se enoja ni se turba por cosa


alguna, vive, en verdad, sin nada propio."

"Los demonios no son los que le han crucificado, eres tú


quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando
todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados."

"Feliz el servidor capaz de soportar con paciencia las


correcciones, las acusaciones y las reprensiones que le
vienen de otro como si se las hiciera él mismo."

"Espíritus malignos y falsos, hagan en mi todo lo que


quieran. Yo sé bien que no pueden hacer más de lo que les
permita la mano del Señor. Por mi parte, estoy dispuesto a
sufrir con mucho gusto todo lo que él les deje hacer en mí."

"El diablo se alegra, sobre todo, cuando logra arrebatar la


alegría del corazón del servidor de Dios. Llena de polvo las
rendijas más pequeñas de la conciencia que puedan ensuciar el
candor del espíritu y la pureza de la vida. Pero cuando la
alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama
en vano su veneno mortal."

"Cuando el servidor de Dios es visitado por el Señor en la


oración con alguna nueva consolación, antes de terminarla
debe levantar los ojos al cielo y, juntas las manos, decir al
Señor: “Señor, a mi, pecador e indigno, me has enviado del
cielo esta consolación y dulzura; te las devuelvo a ti para
que me las reserves, pues yo soy un ladrón de tu tesoro.” Y
también: “Señor, arrebátame tu bien en este siglo y
resérvamelo para el futuro.” Así debe ser, de modo que,
cuando salga de la oración, se presente a los demás tan
pobrecito y pecador como si no hubiera obtenida ninguna
gracia nueva. Por una pequeña recompensa se pierde algo que
es inestimable y se provoca fácilmente al Dador a no dar
más."

"Ninguna otra cosa hemos de hacer sino ser solícitos en


seguir la voluntad de Dios y en agradarle en todas las
cosas."

"La paz del Señor sea contigo."

"Bienaventurado el siervo a quien lo encuentran en medio de


sus inferiores con la misma humildad que si estuviera en
medio de sus superiores."

"Bienaventurado el siervo que siempre permanece bajo la vara


de la corrección."

"Es siervo fiel y prudente el que, por cada culpa que comete,
se apresura a expiarlas: interiormente, por la contrición y
exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra"

"Cuidémonos mucho de la malicia y astucia de Satanás, el cual


quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos
a Dios. Y anda dando vueltas buscando adueñarse del corazón
del hombre y, bajo la apariencia de alguna recompensa o
ayuda, ahogar en su memoria la palabra y los preceptos del
Señor, e intenta cegar el corazón del hombre mediante las
actividades y preocupaciones mundanas, y fijar allí su
morada"

"Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es


posible y de repente estarás haciendo lo imposible."