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DISCIPLINA DEL PENSAMIENTO Y LA REFORMA DEL CARÁCTER.

El estudio del Espiritismo, muestra que las causas de la felicidad no están en lugares
determinados en el espacio; están en cada uno, en las profundidades misteriosas del alma,
lo que es confirmado por todas las grandes doctrinas.
• "El reino de los cielos está dentro de vosotros", dice Cristo.
El mismo pensamiento está de otra forma expresado en los Vedas:
• "Tu traes en ti un amigo sublime que no conoces."
• La sabiduría persa no es menos afirmativa: "Vosotros vivís en medio de almacenes
llenos de riquezas y morís de hambre a su puerta."
Todas las grandes enseñanzas concuerdan en este punto: Es en la vida íntima, en el
despertar de nuestras potencias, de nuestras facultades, de nuestras virtudes, EN EL que
está el manantial de la felicidad futura.
Miremos atentamente al fondo de nosotros mismos, cerremos nuestro entendimiento a las
cosas externas y después de haber habituado nuestros sentidos psíquicos a la oscuridad y al
silencio, veremos surgir luces inesperadas, oiremos voces fortificantes y consoladoras. Más,
hay pocos hombres que sepan leer en sí, que sepan explorar los yacimientos que encierran
tesoros inestimables. Gastamos la vida en cosas banales, inútiles: recorremos el camino de
la existencia sin saber nada de nosotros mismos, de las riquezas psíquicas, cuya
valorización nos proporcionaría innumerables gozos.
• ¿Por qué medio pondremos en movimiento las potencias internas y las orientaremos
hacia un ideal elevado? Por la voluntad. El uso persistente, tenaz, de esta facultad
soberana nos permitirá modificar nuestra naturaleza, vencer todos los obstáculos,
dominar a la materia, a la enfermedad y a la muerte.

Es por la voluntad que dirigimos nuestros pensamientos hacia un fin determinado. En la


mayor parte de los hombres los pensamientos fluctúan sin cesar. Su morbilidad constante y
su variedad infinita pequeño acceso ofrecen a las influencias superiores. Es preciso saber
concentrarse, poner el pensamiento acorde con el pensamiento divino.

• El pensamiento es creador, no obra solamente en nosotros, influencia a nuestros


semejantes y a nuestro entorno, ya sea en bien o en mal. Genera nuestras palabras,
nuestras acciones, construimos cada día el edificio, agradable o miserable de nuestra
existencia.
Ademas modelamos nuestra alma y su envoltura a través de nuestros pensamientos; estos
producen formas, imágenes que se imprimen en la materia sutil de la cual el cuerpo fluídico
esta compuesto. Así, nuestro ser se puebla de formas, frívolas o austeras, graciosas o
terribles, groseras o sublimes; el alma a través de sus pensamientos se hace una atmósfera
de belleza o de suciedad.
No debería existir estudio mas importante que el del pensamiento, de sus poderes, de su
acción, ya que a través de las vibraciones de nuestros pensamientos, de nuestras palabras,
se expulsan de nuestro Ser los elementos que no pueden vibrar en armonía con ellas y
atraen elementos similares que acentúan las tendencias del ser.
• Si meditáramos en asuntos elevados, en la sabiduría, en el deber, en el sacrificio,
nuestro ser se impregna, poco a poco, de las cualidades de nuestro pensamiento.
• Si, al contrario, nuestro pensamiento es inspirado por malos deseos, por la pasión, por
los celos, por el odio, las imágenes que crea se realizan, se acumulan en nuestro
cuerpo fluídico y lo oscurecen. Así, podemos a voluntad hacer en nosotros la luz o la
sombra. Es lo que afirman tantas comunicaciones del Más Allá. Somos lo que
pensamos, con la condición de pensarlo con fuerza, voluntad y persistencia. Pero casi
siempre, nuestros pensamientos pasan constantemente de uno a otro asunto.
Pensamos raras veces por nosotros mismos, reflexionamos los mil pensamientos
incoherentes del medio en que vivimos. Es preciso aprender a fiscalizar los
pensamientos, a disciplinarlos, a imprimirles una dirección determinada, un fin noble y
digno.
La fiscalización de los pensamientos implica la fiscalización de los actos, porque, si unos son
buenos, los otros lo serán igualmente, y todo nuestro procedimiento estará regulado por una
concatenación armónica.
Mientras que, si nuestros actos son buenos y nuestros pensamientos malos, apenas habrá
una falsa apariencia del bien y continuaremos atrayendo a nosotros un foco malo, cuyas
influencias, tarde o temprano, se volcarán fatalmente sobre nuestra vida.
Es bueno vivir en contacto por el pensamiento con los escritores de genio, con los autores
verdaderamente grandes de todos los tiempos y países, leyendo, meditando sus obras,
impregnando todo nuestro ser de la sustancia de su alma. Las radiaciones de sus
pensamientos despertarán en nosotros efectos semejantes y producirán, con el tiempo,
modificaciones en nuestro carácter por la misma naturaleza de las impresiones sentidas. En
general se lee demasiado, se lee deprisa y no se medita. Sería preferible leer menos y
reflexionar más en lo que se leyó. Es un medio seguro de fortalecer nuestra inteligencia, de
coger los frutos de sabiduría y belleza que pueden contener nuestras lecturas.

Dijimos que el alma oculta profundidades donde el pensamiento rara vez baja, porque mil
objetos externos lo ocupan incesantemente. Su superficie, como la del mar, es muchas veces
agitada; pero por debajo, se extienden regiones inaccesibles a las tempestades. Ahí duermen
las potencias ocultas, que esperan nuestro llamado para emerger y aparecer. El llamado
raras veces se hace oír y el hombre se agita en su indigencia, ignorante de los tesoros
inapreciables que en él reposan.
Es necesario el choque de las pruebas, las horas tristes y desoladas para hacerle
comprender la fragilidad de las cosas externas y encaminarlo hacia el estudio de sí mismo,
hacia el descubrimiento de sus verdaderas riquezas espirituales.
No hay progreso posible sin observación atenta de nosotros mismos. Es necesario vigilar
todos nuestros actos impulsivos para llegar a saber en qué sentido debemos dirigir nuestros
esfuerzos para perfeccionarnos. Primero, regular la vida física, reducir las exigencias
materiales a lo necesario, a fin de garantir la salud del cuerpo, instrumento indispensable
para el desempeño de nuestro papel terrestre. Después de disciplinar las impresiones, las
emociones, ejercitándonos en dominarlas, en utilizarlas como agentes de nuestro
perfeccionamiento moral; aprender principalmente a olvidar, a hacer el sacrificio del
"yo", a desprendernos de todo sentimiento de egoísmo. La verdadera felicidad en este
mundo está en la proporción del olvido propio.
No basta creer y saber, es necesario vivir nuestra creencia, o sea, hacer entrar en la
práctica diaria de la vida los principios superiores que adoptamos; es necesario habituarnos a
comulgar por el pensamiento y por el corazón con los Espíritus guías y amigos.
Concentremos pues, muchas veces, nuestros pensamientos, para dirigirlos por la
voluntad en dirección al ideal soñado. Meditemos en él todos los días, a la hora cierta, de
preferencia por la mañana, cuando todo está sosegado y reposa aun a nuestro alrededor, en
ese momento al que el poeta llama "la hora divina", cuando la Naturaleza, fresca y
descansada,
despierta para las claridades del día.
En todas nuestras relaciones sociales, en nuestras relaciones con nuestros semejantes, es
preciso que recordemos constantemente esto: Los hombres son viajeros en marcha,
ocupando puntos diferentes en la escala de la evolución por la cual todos subimos. Por
consiguiente, nada debemos exigir, nada debemos esperar de ellos, que no esté en relación
con su grado de adelantamiento. A todos debemos tolerancia, benevolencia y hasta
perdón. Seamos severos con nosotros y tolerantes con los otros. Instruyámoslos,
ilustrémoslos, guiémoslos con dulzura, es lo que la ley de solidaridad nos preceptúa.
Finalmente, es preciso saber soportar todas las cosas con paciencia y serenidad. Sea
cual sea el procedimiento de nuestros semejantes para con nosotros.
La felicidad no está en las cosas extremas ni en los azares del exterior, sino que solo está en
nosotros mismos, en la vida interna que supimos crear. ¿Qué importa que el cielo este
oscuro encima de nuestras cabezas y los hombres sean malos a nuestro alrededor, si
tenemos la luz en la frente, la alegría del bien y la libertad moral en el corazón?