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©2020 Jorge Araya Poblete
Todos los derechos reservados

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Prólogo

Los detectives Bernal y Araos de la PDI son destinados a investigar el suicidio de un


obispo católico en el seminario pontificio mayor. Luego de una serie de
averiguaciones logran encontrar una cadena de suicidios en que los únicos vínculos
era el contacto físico entre dos de las víctimas y la cara de terror de los cadáveres.
Al llegar al primer caso, el de una joven adolescente, se encuentran con un extraño
personaje apodado “el profeta” quien era una especie de autoridad dentro de la
iglesia evangélica. Luego de enfrentarse a su red de protección inician una
persecución para lograr interrogar al sospechoso de gatillar la cadena de suicidios.
Esta es una novela corta de estilo policial esotérico. Espero que les guste.

Jorge Araya Poblete

Febrero de 2020

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I
El obispo Manuel Arriagada estaba en su oficina desde las cinco de la tarde. El
hombre de dios tenía agendada una reunión con un político local a las siete de la
tarde; a las nueve de la noche el viejo sacerdote seguía en la oficina sin saber qué
hacer. Esas dos últimas jornadas habían sido demasiado extrañas, y aún no sabía
cómo terminaría.

La mañana anterior había acompañado al alcalde y al cardenal a la inauguración de


un jardín infantil financiado por la iglesia, en un intento desesperado por limpiar una
imagen alicaída por los escándalos sexuales a nivel mundial. En este caso la iglesia
sólo se dedicaría a la administración de los fondos y del programa, sin que
sacerdote alguno tuviera contacto con los niños para evitar suspicacias. Así, el
alcalde decidió darles su apoyo público a solicitud del obispo, quien estaba
encargado de las relaciones públicas de la iglesia en dicho sector.

Antes de la ceremonia del corte de cintas y de la bendición del edificio y sus


funcionarios, los sacerdotes estaban saludando de mano a casi todos los asistentes,
tratando así de mostrar una imagen más amigable de la iglesia y sus actores.
Dentro del grupo de personas había una mujer joven, vestida de parvularia, que
miraba a todo el mundo con cara de desesperación. Cuando el obispo se acercó a
darle la mano la mujer intentó evitarlo, pero el viejo sacerdote se dio maña para
tomar la mano de la mujer, con el cuidado de no invadir su espacio personal para
que ella no se sintiera acosada; luego que el sacerdote le diera la mano, la mujer
bajó su cabeza y se quedó mirando al piso. El obispo quedó algo extrañado por la
actitud de la mujer, pero luego no le dio mayor importancia y siguió participando de
la ceremonia.

Después del almuerzo con las autoridades el obispo empezó a sentirse angustiado;
sin entender la causa, el hombre decidió tomar una siesta antes de seguir con sus
actividades. Media hora después, el obispo despertó completamente desesperado,
y con una extraña idea en su cabeza: morir. El hombre salió al patio luz del lugar

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donde se encontraba a tomar aire para tratar de calmarse, sin lograr su cometido;
de pronto una nueva sensación se apoderó de su mente, el miedo a contagiar a
quien fuera de su padecimiento. En ese instante cinco jóvenes seminaristas se
acercaron a saludarlo de mano, siendo evitados por el obispo quien huyó del lugar
para no tocar a nadie.

Esa noche fue horrible. Imágenes del infierno se venían a su mente una tras otra sin
dejarlo dormir en paz, y haciendo que la necesidad de morir se hiciera más fuerte
cada vez. A las siete de la mañana, hora en que normalmente se levantaba todos
los días, estaba duchado y sentado en su cama tratando de entender lo que le
sucedía. A las ocho su secretario tocó la puerta para saber si bajaría a desayunar o
si prefería hacerlo en el dormitorio, cosa que de inmediato fue aceptada por el
obispo. A las nueve de la mañana el sacerdote salió a caminar sin rumbo fijo,
evitando el contacto físico para no contagiar a nadie de lo que fuera que le estaba
pasando. De pronto en una esquina una joven mujer embarazada se acercó a él y
sin mediar aviso alguno tomó su mano y la colocó en su abdomen, pidiéndole al
hombre su bendición para su bebé. En el instante una pena enorme invadió al
obispo quien bendijo a la mujer y su vientre y se alejó del lugar, raudo.

El obispo almorzó en su dormitorio nuevamente. Esa mañana olvidó oficiar la misa


con los seminaristas; cuando el secretario entró en la habitación pensó en
preguntarle al obispo qué le había sucedido, pero era tan extraño su semblante que
prefirió sólo preguntar si se sentía bien y si necesitaba algo más. El viejo hombre no
respondió, y sólo despachó al secretario para quedar solo lo antes posible. Desde
que terminó el almuerzo hasta la hora de la once bajó a la capilla del seminario e
intentó orar, pero su mente sólo tenía una idea fija: morir. Luego de tomar la once en
su dormitorio decidió trasladarse a su oficina, esperando que la angustia cediera; sin
embargo ello no sucedió, y a cada segundo la necesidad de morir se hacía mayor.

A las nueve y media de la noche el político estaba enfurecido. Llevaba dos horas y
media esperando al obispo, quien finalmente nunca llegó. El hombre pensó en
enviar a alguien al seminario a preguntar el porqué del desaire, pero era tal su enojo

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que decidió ir él mismo a averiguar qué había sucedido. El hombre llegó al
seminario cerca de las diez, ubicó al secretario y le pidió explicaciones; éste le dijo
que el obispo había estado extraño todo el día per no sabía el por qué, así que
ambos fueron al dormitorio a buscarlo. Al no encontrarlo en el lugar se dirigieron a la
oficina; al tocar a la puerta nadie respondió. El secretario entonces entreabrió
lentamente la puerta, y dejó escapar un grito de espanto; cuando el político terminó
de empujar la puerta se encontró con el cuerpo del obispo colgado del cuello con un
cable eléctrico desde la lámpara del techo de su oficina. Pero más que la visión del
cuerpo colgado, lo que más asustó a ambos hombres fue la cara de terror que tenía
el cadáver.

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II
El inspector Emanuel Bernal y el detective José Araos eran miembros de la policía
de investigaciones desde hacía diez y ocho años respectivamente. Sin ser
miembros destacados de la institución, al menos eran capaces de hacer su trabajo
adecuadamente y dar cumplimiento a los requerimientos del poder judicial en los
casos que les correspondían. Esa noche llevaban apenas dos horas de turno en
que nada había sucedido. De pronto el celular de Bernal sonó; al revisar la pantalla
vio con desagrado el alias con el que identificaba al prefecto Mora, su jefe directo.
Luego de dejar sonar el teléfono por veinte segundos mientras Araos reía de buena
gana al ver en la pantalla el alias del prefecto, contestó.

—Buenas noches prefecto…


—Nada de buenas noches ni huevadas, tú y Araos suban al móvil y partan rajados
al seminario pontificio mayor—dijo el prefecto interrumpiendo a Bernal.
—Disculpe jefe, no entiendo…
—¿Qué chucha no entiendes, ahuevonado?—interpeló bruscamente el prefecto—.
Suban al puto móvil, y rajen al puto seminario pontificio mayor, en La Florida. Si no
sabes dónde queda, gogléalo. Allá hay un puto cura en la puerta esperándolos.
—¿Y por qué es tanto el apuro, jefe?—preguntó en tono calmado Bernal.
—¿Te suena el nombre “senador Iribarra”?
—¿El maricón buena onda?—dijo Araos, delatando a Bernal quien tenía el celular
con el altavoz.
—El mismo Araos—dijo el prefecto—. El viejo tenía una reunión con un obispo, el
obispo no llegó, lo fue a buscar al seminario, y lo encontró colgando de la lámpara
de su oficina. Necesito que inicien la investigación, ya me comuniqué con el fiscal
de turno quien dio una orden amplia de investigar, así que empiecen ahora. Ah, y
cuidado con Iribarra, les aviso que lo tienen de testigo porque él junto con el
secretario del obispo encontraron el cuerpo. Espero novedades, adiós.

Bernal y Araos se miraron, y se dirigieron de inmediato al móvil blanco de balizas


azules para iniciar el trayecto lo más rápido posible.

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—¿Cómo tanta mala cuea por la chucha?—decía Bernal mientras Araos conducía
con los balizas y sirenas encendidas para avanzar lo más rápido posible—. Odio a
ese viejo maldito de Iribarra, y ahora tendré que escucharle su puta voz hasta que
se canse de hablar.
—Tranquilo Manu, es parte de la pega, nada más—dijo Araos sin despegar la vista
de la calle.
—Es que no sabes cuánto odio a ese viejo de mierda—dijo Bernal—. Él le ganó a
mi candidato, y desde que está en el congreso no ha hecho nada por el distrito.
—Tu candidato tampoco hubiera hecho nada, ellos no son nuestros candidatos, son
candidatos de sus partidos—dijo Araos—. Lo más cercano a un representante que
tendrás es un alcalde, confórmate con eso.
—Tampoco ganó el que yo quería para alcalde—dijo Bernal, resignado.

Quince minutos más tarde el móvil estaba llegando al lugar de los hechos, y tal
como lo había dicho el prefecto Mora, había un sacerdote esperándolos en la puerta
de la entrada. Luego de cruzar dos o tres frases les indicó dónde estacionar, y los
guio a la oficina del obispo.

—¿Conocía al obispo hace tiempo, padre?—preguntó de la nada Bernal.


—Yo llegué acá hace cinco años, y él ya estaba acá. Era un hombre correcto, muy
comunicativo, preocupado de los seminaristas y de todos los sacerdotes y laicos
que trabajaban con él.
—¿Tenía rasgos depresivos?—preguntó Araos.
—Yo no soy siquiatra, pero nunca se vio triste o melancólico, al menos no hasta
ayer.
—¿Qué pasó ayer?
—El obispo fue a la inauguración de un jardín infantil dependiente del episcopado, y
a la vuelta ya andaba extraño.
—¿A qué se refiere con extraño?—preguntó Bernal.

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—Andaba evitando a toda la gente, se encerraba, comió solo. Hoy apenas lo vi, y
nos seguía evitando a todos. De hecho me fijé que unos seminaristas lo fueron a
saludar y el obispo huyó como si hubiera visto al demonio.
—Oiga padre, ¿los suicidios son frecuentes acá?—preguntó Araos.
—Parece que usted no es un buen católico—respondió el sacerdote—. El suicidio
es un pecado capital, quien lo comete se va directo al infierno, sin nada que
reclamar.
—Entonces para ustedes debe ser demasiado extraño que un obispo se haya
suicidado—dijo Bernal.
—De hecho crucé un par de palabras con el rector del seminario, y él va a pedir
ayuda al Vaticano porque puede haber intervención del demonio en este caso—dijo
el sacerdote, mientras los detectives se miraron; de pronto el sacerdote se detuvo
frente a una puerta entreabierta—. Acá es… disculpen, yo no puedo entrar, no
puedo ver al obispo… así.

Bernal y Araos entraron a la oficina. En ella había tres o cuatro detectives de la


brigada de investigación criminal, la BICRIM, tomando fotografías del cadáver que
aún permanecía colgado y de todo a su alrededor, además de las huellas que
hubiera, y restos biológicos que habían caído del cuerpo al suelo luego del suicidio.
Al lado de la puerta había cuatro personas, un detective joven, un hombre calvo,
bajo y enjuto, un sacerdote añoso y el senador Camilo Iribarra. Ambos policías se
detuvieron a observar el cadáver: el cable eléctrico usado para colgarse parecía
bastante antiguo, estaba con dos nudos muy simples atados a la lámpara del techo
y al cuello del obispo, su cara ya estaba violácea, pero lo más extraño era la
expresión. Nunca en sus vidas los detectives habían visto tal expresión de terror en
el rostro de alguien que se había suicidado: sus ojos abiertos al máximo y la mueca
de espanto eran simplemente indescriptibles, y obligaba a quien lo viera a correr la
mirada. Luego ambos hombres se dirigieron al grupo.

—Buenas noches, inspector Bernal, detective Araos, estamos a cargo del caso.
Gracias por su ayuda detective—dijo Bernal, mientras el detective que hablaba con
el grupo se fue a continuar con sus actividades.

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—Buenas noches inspector, soy el senador Camilo Iribarra—dijo el político en tono
solemne, saludando efusivamente de mano a ambos policías—. Les presento a don
Antonio Luco, secretario del obispo, y al obispo Marco Irarrázaval, rector del
seminario pontificio mayor. Dígannos qué necesitan de nosotros.
—Lo primero es que nos cuenten cómo encontraron el cuerpo—dijo Araos.
—Buenas noches—dijo en voz baja Luco—. Cerca de las diez el senador tocó a mi
puerta a decirme que había esperado por más de dos horas a su eminencia para
una reunión a la que no llegó. De inmediato conduje al senador al dormitorio de su
eminencia, como no estaba allí el siguiente lugar lógico era su oficina. Golpeé la
puerta y como no hubo respuesta la abrí y…
—Está bien don Antonio—dijo Bernal—. Senador, ¿desde cuándo tenían agendada
esta reunión con el occiso?
—Hace dos semanas, cuando supe de la inauguración del jardín infantil, le pedí al
obispo reunirme con él. Yo soy presidente de la comisión investigadora del senado
de los casos de abusos sexuales de la iglesia, y quería saber cuál sería el papel
específico de los sacerdotes en dicho jardín. En cuanto la solicité el obispo accedió,
y me comunicó con don Antonio para agendarla. Por eso cuando no apareció me
dirigí a él para pedirle explicaciones, pero jamás imaginé que me encontraría con
esto.
—Obispo Irarrázaval, ¿usted había visto algo extraño en el obispo este último
tiempo?
—Acá hay algo demasiado extraño—dijo Irarrázaval—, yo fui compañero de
seminario con Manuel, lo conozco hace más de cuarenta años, él nunca haría algo
así. Nunca fue depresivo, nunca andaba bajoneado o pesimista, era un hombre
activo que amaba la vida y ayudar a los necesitados. La única forma que un obispo
de su trayectoria se suicide es por intervención del demonio, así que ya me
comuniqué con el Vaticano, y ellos enviarán un exorcista a investigar el caso.
—Don Antonio, ¿usted vio algo extraño en el obispo?—preguntó Bernal, ignorando
el comentario del rector.
—El obispo andaba raro desde ayer, después que volvió de la inauguración del
jardín infantil. De hecho desde que llegó hizo todas las comidas en su dormitorio,
hoy en la mañana salió a caminar y volvió más angustiado, olvidó oficiar la misa con

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los seminaristas, cosa que jamás había sucedido: nunca lo vi tan angustiado y
asustado en los años en que soy… en que fui su secretario.
—Bueno señores, muchas gracias por su colaboración, si necesitamos más
información nos comunicaremos con ustedes. Ahora les pediré que por favor se
retiren para no entorpecer el trabajo de la BICRIM—dijo Bernal, para luego dirigirse
a Iribarra—. Senador, el prefecto Mora lo mantendrá informado de los avances de la
investigación.

Bernal y Araos se quedaron viendo el cuerpo del obispo. De pronto dos hombres de
blanco entraron trayendo una camilla metálica y una bolsa de lona azul claro, se
identificaron como funcionarios del Servicio Médico Legal, y solicitaron ayuda para
descolgar el cuerpo. Mientras los detectives y los funcionarios descolgaban el
cadáver, Bernal miró a Araos.

—Está claro lo que tienes que hacer, ¿cierto?


—Por supuesto, empadronar e interrogar a todos los que fueron a la inauguración
del jardín infantil—dijo Araos.

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III
Bernal estaba en su oficina terminando de redactar el acta de las declaraciones de
quienes encontraron el cuerpo, necesitaba enviarle luego la información al fiscal,
pues la presencia del senador Iribarra en el lugar había involucrado a la prensa en
el caso; de hecho Bernal vio en el noticiario cuando entrevistaron al rector del
seminario, quien confirmó la intervención de un exorcista del Vaticano en el caso.
Cuando Bernal terminaba de revisar el informe, Araos entró a su oficina.

—Hola Manu, ¿cómo estás, aun hueveando con el informe?


—Hola José, si, lo acabo de terminar. Oye, ¿cómo te fue con lo del jardín?
—Eso te venía a contar, empadroné a toda la gente, e interrogué a los que
recuerdan haber visto o interactuado con el obispo. Nadie notó nada extraño ni
significativo.
—Qué mal, quedamos donde mismo.
—Eso creía yo—dijo Araos—. Ayer antes de irme empecé a cruzar información, y
me encontré con una coincidencia: una parvularia que había estado en la
inauguración se había suicidado un día antes que el obispo.
—¿Y se conocían? Porque si no, me huele sólo a coincidencia—dijo Bernal.
—Yo también pensé lo mismo, pero de todos modos empecé a hacer preguntas y di
con la colega a cargo del caso, y ni te imaginas qué me comentó.
—¿Qué?
—Que nunca en su vida había visto otro suicidado con una expresión de espanto
tan terrible. Entonces pensé en la mueca que tenía el obispo, y le pedí a la colega
una foto del rostro de la fallecida. Acá está.

Araos puso sobre el escritorio una carpeta con una foto impresa. Al abrirla, Bernal
quedó sorprendido: la expresión de la parvularia era idéntica a la del obispo.

—Chucha, es impresionante. Lamentablemente no creo que el fiscal nos pesque


mucho con esta evidencia.

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—Lo sé Manu, pero es lo único que une a ambos suicidios. No se conocían de
antes, no habían tenido contacto previo, nada. ¿Tú lograste algo con la gente del
seminario?—preguntó Araos.
—Nada, todos dicen lo mismo, el obispo era el hombre más feliz del mundo hasta
que fue a la inauguración del jardín, ahí se volvió huraño, aislado y extraño, hasta
que se mató. También busqué eventuales sospechosos de homicidio, y nada.
—¿Y llegó el informe del Médico Legal?
—Sí, ninguna sustancia, ninguna contaminación, ningún químico. Ah, y el patólogo
menciona lo de la cara del obispo… dice “rictus facial anómalo no característico”.
—Estamos en un callejón sin salida Manu, este suicidio nos va a sacar canas
verdes.
—Hay que seguir buscando José, tiene que haber alguna causa que explique esta
muerte.

Bernal siguió con la tarea de terminar el informe para el fiscal. Mientras tanto, Araos
fue a tomarse un café para tratar de aclarar sus ideas y descubrir algún hilo
conductor en el caso. Cuando estaba por terminar el café, una idea loca se le vino a
la cabeza: sacó su celular, revisó la lista de llamados recientes y marcó uno de los
números.

—¿Aló, inspectora Valencia? Soy el detective Araos de nuevo.


—Dígame detective.
—Necesito pedirle si me puede enviar copia de la carpeta del suicidio de la
parvularia en el que está trabajando.
—¿Para qué la necesita detective? Usted sabe que eso es información reservada.
—Lo sé inspectora, es que quiero revisar algo respecto del caso que estamos
investigando por acá. La confidencialidad se mantendrá a toda costa, por supuesto.
—Está bien, deme su correo, le enviaré copia de lo que he trabajado hasta ahora.

Cinco minutos más tarde Araos estaba revisando los antecedentes del suicidio de la
parvularia. De pronto encontró en una de las declaraciones de testigos un dato
extraño, luego de lo cual empezó a hacer llamadas para lograr aclarar la situación.

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Dos días más tarde Bernal estaba en su oficina revisando una y otra vez las
declaraciones de los testigos del caso del suicidio, a ver si lograba encontrar algo
sobre lo cual trabajar. El día anterior el prefecto Mora lo había estado presionando,
pues el senador Iribarra lo estaba presionando a él. Cerca de las diez de la mañana
apareció Bernal con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa socarrona en el rostro.

—Mira Manu, creo tener novedades del caso del suicidio del obispo.
—¿En serio, por eso te desapareciste dos días?
—Sí, es que tuve que hacer muchas llamadas y conseguir muchas carpetas aún en
fase de investigación.
—No entiendo nada de lo que hablas José.
—¿Te acuerdas de la parvularia que estuvo en el jardín infantil, que se mató un día
antes y que tenía la misma expresión que el obispo? Bueno, me contacté con la
inspectora a cargo del caso y le pedí copia de la carpeta. Empecé a revisar las
declaraciones y uno de los testigos refiere que alguien que estuvo en contacto con
la parvularia se había suicidado dos días antes que ella. Empecé a averiguar,
encontré el nombre del occiso, contacté al colega a cargo de la investigación, y
logré que me enviara la carpeta. Mira, esta es la foto del rostro.

Araos sacó de la carpeta una foto impresa que sorprendió a Bernal.

—¿La misma cara de terror?


—Sí. Bueno, leí la carpeta completa, y uno de los testigos declaró que un conocido
de él que había estado en una reunión con ese occiso se había suicidado un día
antes. Nuevamente crucé la información, le pedí al colega la carpeta, y mira.

Araos sacó una nueva fotografía de otra persona que se había suicidado.

—No puede ser. ¿qué cresta está pasando José?


—Y esto no se queda ahí…

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—A ver para—dijo Bernal—. ¿Cuántos suicidados van con esa misma cara de
terror, y que sin conocerse han estado en lugares comunes?
—Veinticinco—respondió Araos—. De hecho por casualidad encontré el caso de
una mujer embarazada de siete meses que se mató dos días después que el
obispo, su marido relata que tres días antes de suicidarse le pidió la bendición a un
cura en la calle. Lo contacté, le mostré una foto del obispo en vida y lo reconoció de
inmediato.

Bernal miraba las fotos impresas de los veinticinco suicidados, y todos tenían la
misma expresión facial post mortem. Nunca en su carrera había visto tal expresión
facial en algún suicidado, y ahora tenía veinticinco iguales, y todos con un nexo:
haber estado en contacto con otro suicidado.

—Voy a llamar al Médico Legal, tengo un conocido ahí, a ver si me puede ayudar.
Tú por mientras sigue buscando José, esta cosa está demasiado extraña.

Mientras Araos volvía a su oficina a seguir investigando, Bernal sacó una vieja y
enorme agenda con números telefónicos, a ver si encontraba el teléfono de su
conocido para empezar a entender la situación.

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IV
—¿Aló, doctor Morales?
—Con él, ¿quién habla?—respondió una voz gruesa y seca al otro lado de la línea.
—Inspector Bernal de la PDI.
—¿Emanuel? Cómo estás hombre, tanto tiempo sin saber de ti, ¿qué ha sido de tu
vida?
—Acá estamos doctor. Lo llamaba para preguntarle un par de cosas respecto de
unos casos que estamos investigando.
—Claro, cuéntame, a ver si te puedo ayudar.
—Mire, estoy investigando el suicidio de un obispo la semana pasada. Un colega
empezó a investigar en otros casos y descubrió una serie de suicidios con dos
factores en común: uno es la expresión facial de los cadáveres, y la otra es que
entre ellos hubo contacto en lugares públicos.
—Vaya… yo ya sabía lo de los rictus faciales, es comentario obligado acá en el
Servicio—dijo el doctor Morales—. Yo llevo veinte años trabajando acá y nunca vi
esas expresiones en víctimas de suicidio, y ahora van más de veinte cadáveres con
la misma expresión. Pero no tenía idea que habían estado en contacto entre ellos.
—De hecho esto fue como una cadena, uno contactaba a otro y se suicidaba, el otro
contactaba a otro más, y se suicidaba, y así—dijo Bernal.
—Vaya, qué extraño… ¿y en qué te puedo ayudar?
—Bueno, revisamos los informes de ustedes que descartaban presencia de drogas,
intoxicaciones o algo parecido. Yo quería preguntarle si usted sabe de algún virus o
algo parecido que pueda causar esto.
—Claro—dijo Morales para sorpresa del Bernal—, es un virus que es primo del virus
zombie… dios mío Emanuel, no puedes preguntar tamaña tontera, no hay ningún
virus que contagie los suicidios. Además, si esto fuera viral los suicidios serían
cientos, tal vez miles, y no quince o veinte.
—No lo había pensado doctor. Discúlpeme pero tenía que preguntar aunque fuera
poco lógico.
—Está bien Emanuel, tampoco debería haberte contestado así—dijo Morales—.
Descarta la teoría infecciosa de inmediato, es simplemente imposible.

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—Gracias doctor, estamos en contacto.

Bernal quedó donde mismo estaba antes de la llamada, con las mismas dudas y sin
mucho que entregarle a la fiscalía. Dos días después el prefecto Mora citó a ambos
detectives a su oficina.

—Me contaron por ahí que han estado metiéndose en otros casos y haciendo
preguntas por todos lados—dijo Mora—. Supongo que tienen alguna teoría o al
menos algún avance. Los escucho.
—Jefe, José descubrió un nexo entre varios suicidios ocurridos en este último
tiempo—dijo Bernal, al ver que Araos guardaba silencio—. José descubrió que
muchos suicidios han terminado con los occisos con una expresión de terror poco
frecuente en estos casos. Además descubrió que, pese a que los occisos no se
conocían, habían tenido un mínimo grado de contacto físico entre ellos. Yo pensé en
la posibilidad de algún agente infeccioso, hice las consultas a un perito del Médico
Legal, el cual lo descartó de plano.
—¿Cuántos suicidios van con esas características?—preguntó Mora.
—Hasta donde he logrado investigar, son más de cincuenta prefecto—respondió
Araos—. Esto empezó hace unos tres meses, previo a ello no hay casos de estas
características. El problema es que hay algunas dudas respecto del primer caso, el
que aún no logro ubicar exactamente, como para encontrar la relación causal entre
todos los casos.
—Esta huevada es muy rara—dijo Mora, reclinándose en su silla—, y el maricón de
Iribarra no deja de huevear todos los días con el avance del caso.
—Vamos a tratar de encontrar luego el primer caso a ver si con ello damos con
alguna relación causal—dijo Bernal.
—Yo los voy a ayudar con eso—dijo Mora, causando extrañeza en los dos
detectives—. Los voy a dejar con dedicación exclusiva, quedan eximidos de ahora
en adelante de cualquier otra investigación, hasta que logren dar con alguna
conclusión. Espero novedades en cuanto las tengan, yo por mientras me encargaré
que Iribarra no los huevee.

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Bernal y Araos salieron de la oficina de Mora más bien conformes, el tener
dedicación exclusiva para un solo caso les daba todo el tiempo y los recursos
disponibles para avanzar con la investigación. Ambos hombres se dirigieron a la
oficina de Bernal. Cuando llegaron éste cerró la puerta con seguro.

—Ya José, habla.


—¿De qué quieres que hable, Manu?—contestó Araos.
—Sé lo obsesivo que eres, eso de más de cincuenta no es tuyo, tú sabes
exactamente cuántos casos son y cuál es el primero, ¿cierto?
—Cincuenta y siete—dijo Araos con una leve sonrisa en su rostro—. A veces olvido
cuánto tiempo hemos trabajado juntos.
—¿Y por qué no le dijiste eso a Mora?
—Porque no te va a gustar, ni menos a Mora, lo que descubrí acerca del primer
caso—dijo Araos, sacando una carpeta oculta dentro de su chaqueta.

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V
Bernal y Araos se sirvieron dos tazas de café bien cargado, mientras Araos
empezaba a ordenar sus ideas.

—Mira Manu, seguí el hilo de los suicidios, y llegué hasta uno, el de una lola de
veinte años, que murió con la misma expresión facial del resto pero que no tenía a
nadie suicidado antes que ella. Descubrí que la muchacha era evangélica, y que
cinco días antes del suicidio asistió a su iglesia, a una especie de reunión con
alguien a quien ella nombraba como un profeta, y que al parecer tenía más de cien
años.
—Espera, ¿quién te contó eso?
—La hermana mayor de la occisa. Verás, toda la familia de esta chica es católica, y
cuando ella decidió ser evangélica fue como dejada de lado por la familia, y la única
a la que le contaba todo era a la hermana mayor, porque a ella no le interesaba la
religión de su hermana.
—¿Y la occisa seguía viviendo en casa de sus padres?—preguntó Bernal.
—Sí, no le hablaban pero la seguían manteniendo.
—Harto rara la familia, qué quieres que te diga.
—Sí, en realidad… bueno, el asunto es que contacté a un par de personas que
fueron a esa reunión, y lo que me contaron es que esta muchacha se emocionó
mucho, y le tomó las manos al profeta ese.
—Bueno, pero eso es como normal en esas religiones
—El asunto es que estaba prohibido tocar al profeta, y ella fue la única que lo tocó.
—Ah, ¿y contactaste a los pastores de esa iglesia para averiguar qué onda?
—Es que ahora viene lo más extraño—dijo Araos, tomando un gran sorbo de café
—, la iglesia cerró y nadie sabe nada del paradero de los pastores ni de nadie
vinculado a la organización.
—Bueno, habrá que buscarlos entonces.
—Es que no dejaron huellas. La iglesia cerró, cancelaron la personalidad jurídica y
quemaron el inmueble donde estaba el templo.
—¿Cómo que lo quemaron?—preguntó Bernal, incrédulo.

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—De hecho fui con uno de los ex miembros; Manu, no quedó nada, apenas está el
terreno pelado sin nada en él. El ex miembro dice que no entiende qué pasó, que
intentó buscarlos y no encontró a nadie, como si nunca hubiera existido.
—Llegamos a un nuevo callejón sin salida—dijo Bernal con voz cansada.
—Bueno, igual avancé algo más—dijo Araos—. Moví un par de conocidos y me
pusieron en contacto con la Unión de Iglesias Evangélicas Bautistas de Chile, que
es una organización que agrupa a varias iglesias evangélicas del país. Conversé
con un par de personas y finalmente me enviaron este mail—dijo Araos, para luego
mostrar el mail en la pantalla de su celular.
—“La Unión reconoce la existencia de la acabada iglesia tanto tanto, la participación
de la hermana tanto tanto, en su congregación… bla bla bla… y sostiene que el
suicidio de la hermana se explica en el contexto de una posesión satánica”… Pucha
José, no sé si esto es mejor o peor que el callejón sin salida—dijo Bernal.
—Es lo que tenemos, no hay más—respondió Araos.
—El asunto es que si ellos explican el suicidio por una posesión satánica, y la chica
fue la única que tocó al profeta ese, querría decir que este señor le… ¿cómo se
dice, le pegó, le contagió, le traspasó el demonio?—dijo Bernal.
—Bueno, si creemos en el relato de los ex miembros, sí, ese señor debería haber
traído el demonio en su cuerpo y se lo traspasó. Lo otro que no cuadra es que él no
se haya suicidado… claro, aparte que no tiene paradero conocido.
—Y en el mail no dicen nada del profeta—dijo Bernal, luego de releer el documento
—. ¿A ti se te ocurre por dónde seguir la investigación, José?

Ambos hombres quedaron en silencio, mirando la documentación que tenían, y


viendo cómo los cafés se enfriaban rápidamente. De pronto Bernal miró al techo y
sonrió.

—Si dicen que fue una posesión satánica, preguntémosle a Satanás…


acompáñame José, vamos a hacer una visita.

Araos sin entender mucho se puso de pie y siguió a Bernal hasta el


estacionamiento, subieron al vehículo, Bernal lo miró y le dijo:

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—Vamos al seminario.

Aún sin entender lo que pasaba, Araos encendió el móvil e inició rumbo hacia el
seminario, mientras Bernal hacía una llamada. Al llegar al lugar les abrieron la
puerta, en el estacionamiento los esperaba el mismo sacerdote que los recibió la
primera vez.

—Buenas tardes detectives, el rector los está esperando.

Araos aún no entendía por qué se juntarían con el rector del seminario, pero no le
quedaba más que seguir la idea de Bernal. Luego de cinco minutos llegaron a una
oficina enorme, con varios libreros repletos de antiguos textos, y un escritorio con
tres sillas; en la puerta los esperaba el rector del seminario.

—Buenas tardes obispo Irarrázaval, gracias por recibirnos tan intempestivamente—


dijo Bernal.
—Buenas tardes detectives, pasen, asiento—dijo Irarrázaval—. Cuéntenme en qué
los puedo ayudar.
—Obispo Irarrázaval, como usted sabe estamos a cargo de la investigación de la
muerte del obispo Arriagada—dijo Bernal—. Si mal no recuerdo la noche que nos
conocimos, usted comentó que se había comunicado con el Vaticano para que
enviaran un exorcista—al terminar la frase Bernal, Araos entendió el motivo de la
visita.
—Así es detective, me comuniqué con el cardenal a cargo de la Congregación para
la doctrina de la fe, le conté el caso, y le pedí que enviara a un sacerdote entrenado
en exorcismos para que evaluara el caso de Manuel y nos diera algunas respuestas
desde el punto de vista canónico.
—¿Y ese sacerdote ya llegó?—preguntó Bernal.
—No detective, llega mañana. ¿Por qué lo pregunta?
—Necesitamos reunirnos con él—intervino Araos.

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—A ver, no entiendo, este sacerdote viene a hacer una evaluación desde el punto
de vista canónico, que no tiene relación alguna con su investigación policial.
—Con todo respeto señor obispo, lo que tenga o no relación con la investigación es
de resorte nuestro, no suyo—dijo Bernal, fríamente—. Necesito que en cuanto esté
disponible el sacerdote nos lo comunique para reunirnos con él.
—¿Y puedo saber qué van a hablar con él?—preguntó algo incómodo Irarrázaval.
—No, es secreto de la investigación—respondió Araos.

Una vez terminada la entrevista los detectives volvieron al móvil para iniciar el
retorno al cuartel.

—¿Cuál es la idea de interrogar al exorcista?—preguntó Araos mientras manejaba.


—No vamos a interrogar al exorcista, vamos a conversar con él.
—¿Y qué vamos a conversar con él, entonces?
—Ya son dos congregaciones que aseguran que en este caso hay concurso del
demonio. Lo que corresponde entonces, es hablar con alguien que trabaje con
demonios para que nos aclare las dudas.
—¿Te volviste loco, Manu? ¿Tú crees que algún fiscal pescará esta evidencia?
—Mientras no tengamos otra idea José, debemos ahondar en lo que tenemos.

22
VI
Cuando los detectives llegaron al cuartel, el prefecto Mora los estaba esperando a la
entrada del estacionamiento con una carpeta.

—Señores, no se bajen del vehículo, tienen terreno ahora—dijo Mora, entregando


por la ventanilla la carpeta a Bernal—. Ahí hay dos suicidios más, los dos
sucedieron hoy, uno de madrugada y el otro a mediodía. Ya está la BICRIM en
ambos, pero se necesita su presencia antes del levantamiento de los cuerpos.
Buenas tardes.

Bernal abrió la carpeta donde se encontraban las denuncias de los dos suicidios.

—¿Manu, corresponden con el perfil?—preguntó Araos.


—Dime tú—respondió Bernal, mostrando la carpeta a Araos donde aparecían
fotografías de los rostros de los cuerpos con la misma expresión de terror.

Quince minutos más tarde los detectives estaban en un hogar humilde de Recoleta.
En el lugar estaba además de la BICRIM un carro de bomberos, pues la occisa, una
señora de sesenta años, se había suicidado con gas de cocina, por lo que el lugar
estaba aislado para evitar eventuales explosiones. Una rápida entrevista a los hijos
de la fallecida dejaron ver que dos días atrás la señora había llegado extraña
después de haber ido a la Vega Central, que nunca tuvo depresión ni nada que
hiciera pensar que se podría suicidar, y que pese a vivir de una exigua pensión, era
una mujer feliz. Finalmente, y antes del levantamiento del cadáver, vieron su rostro
con la ya clásica expresión de terror post mortem.

Tres horas más tarde el móvil se detenía en un exclusivo edificio de Las Condes, el
cual estaba acordonado por seguridad ciudadana. Los detectives subieron al cuarto
piso donde un hombre de treinta y cinco años se había disparado un tiro en la sien.
La esposa, una joven profesional de veintiocho años, les contó entre lágrimas que
su marido tenía el arma para defensa personal pero que nunca la había usado, que

23
el sábado había ido a comprar a la Vega Central cosas para un asado que se llevó a
cabo ese día en la noche, y que al volver ya se notaba diferente. Ese día no había
querido ir a trabajar, y a mediodía, cuando la nana estaba empezando a preparar el
almuerzo, la mujer escuchó el disparo, fue a ver lo que había pasado y le había
avisado a ella. Los detectives entraron al dormitorio donde estaban los funcionarios
del Servicio Médico Legal esperando para llevarse el cadáver; el cuerpo estaba en
la cama, con un pequeño orificio en su sien derecha, un enorme forado en la parte
izquierda de la cabeza, la cama y la pared regados de sangre y restos de cerebro,
cráneo y piel, y en el rostro la misma expresión que habían visto cuatro horas antes,
y algunas semanas atrás.

Cerca de las nueve de la noche el móvil estaba de vuelta en el cuartel. Dentro


estaba el prefecto Mora esperándolos.

—Señores, pasemos a mi oficina.

Ambos detectives entraron y se sentaron frente al escritorio de Mora.

—Por todo lo que se demoraron debo suponer que los cuerpos corresponden con el
patrón—dijo Mora.
—Si jefe—respondieron a coro Bernal y Araos.
—¿Han descubierto algo útil hasta ahora?
—No jefe—respondió Bernal—. Estamos investigando una arista atípica, a ver si
con eso logramos más información para encausar la investigación.
—Cuéntenme, los escucho.

Los dos detectives se miraron, finalmente Bernal tomó la palabra.

—Vamos a entrevistarnos con el exorcista que pidió al Vaticano el obispo Irarrázaval


—dijo a secas el inspector—. Uno de los suicidios fue de una muchacha evangélica,
y la Unión de Iglesias Evangélicas sugirió la posesión satánica como una causa
cierta del suicidio. Como el obispo Irarrázaval también cree que hubo intervención

24
demoníaca en el suicidio del obispo Arriagada, entrevistaremos al experto en
demonios.

Ambos detectives guardaron silencio, en espera de la reprimenda de Mora.

—Excelente idea señores, manténgame informado—dijo Mora, dejando perplejos a


los detectives—. ¿Qué les pasa? El senador Iribarra y yo somos católicos
practicantes, si hay evidencias de intervención satánica, se debe investigar con
quien corresponde; además, eso dejará tranquilo al senador y con eso yo los dejaré
tranquilos a ustedes. Buenas noches señores, espero sus conclusiones lo antes
posible.

—Esto se está poniendo color de hormiga Manu—dijo Araos al salir de la oficina—.


Ahora resulta que si el exorcista dice que fue un demonio y le decimos a Mora, éste
nos va a creer; le va a informar al senador, y también nos va a creer… ¿y qué nos
va a decir el fiscal, que hagamos misas para parar al demonio? Huevón, esto se nos
está yendo de las manos.
—Cálmate José, el exorcista no es un fanático religioso que le anda tirando agua
bendita a medio mundo. Es un sacerdote estudioso con una formación canónica
mayor que la de sus iguales, que lo último que piensa es en la intervención de
demonios. Te aseguro que conversar con él nos ayudará a encontrar alguna arista
normal en la que no hemos pensado, y con eso podremos empezar a investigar esto
del modo adecuado.
—¿Y qué pasa si nos dice que efectivamente hay un demonio hueveando en Chile y
haciendo que la gente se suicide?—dijo Araos, algo irritado.
—La verdad es que no me he puesto en esa situación, José.

Ambos detectives se despidieron hasta el día siguiente, a la espera que el obispo


Irarrázaval los contactara con el exorcista para intentar tener luces de cómo seguir
la investigación de los suicidios.

25
VII
Una semana había pasado desde la reunión de los detectives con el obispo
Irarrázaval. En esa semana dos suicidios más se sumaron a la lista, con las mismas
características de los anteriores. Ese día, cerca de las diez de la mañana, recibieron
la llamada del obispo Irarrázaval, avisándoles que el exorcista llevaba una semana
en Chile investigando el caso del obispo Arriagada, y que ahora se podría reunir con
ellos. Bernal de inmediato concertó una cita; para sorpresa del inspector el exorcista
no quiso hacerla en el seminario, sino en un café del centro de la capital. A las tres
de la tarde en punto ambos detectives llegaron al café; a la entrada del lugar un
hombre vestido de sacerdote, bastante alto y con semblante de modelo, los estaba
esperando.

—Buenas tardes detectives, soy el padre Giancarlo Sanguinetti, enviado por la


Congregación para la doctrina de la fe del Vaticano para apoyar la investigación de
la lamentable muerte del obispo Arriagada.
—Buenas tardes padre, inspector Bernal, detective Araos—dijo Bernal, serio—.
Pasemos al café para que podamos conversar.

Los tres hombres se sentaron en una mesa al lado de la vitrina que daba a la calle.
Por fuera se veía un lento transitar de vehículos, cuyos conductores al parecer no
tenían mayor apuro en llegar a sus destinos.

—Habla muy bien castellano padre—dijo Araos—, ¿es español?


—Italiano—respondió Sanguinetti—. Estudié un doctorado en ciencias de las
religiones en la Complutense de Madrid, así que tuve que aprender castellano para
poder rendir bien en clases. Luego de eso el Vaticano me destinó por cinco años
más en la cuidad.
—Padre, el obispo Irarrázaval nos contó que usted lleva una semana en Santiago,
investigando la muerte del obispo Arriagada—dijo Bernal, obviando por completo la
etiqueta—. ¿Es normal que el Vaticano haga estas investigaciones?

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—Verá detective, la labor del Vaticano es prestar apoyo a todas las iglesias del
mundo. Para ello cuenta con diversas congregaciones expertas en todas las
materias que usted pueda imaginar, para apoyar a la iglesia que crea necesitarlo.
En este caso particular el rector del seminario elevó una solicitud a la congregación
de la doctrina de la fe para investigar desde el punto de vista canónico la muerte del
obispo Arriagada.
—¿La congregación para la doctrina de la fe es la heredera de la inquisición, padre?
—preguntó Bernal.
—Técnicamente sí.
—Y el obispo Irarrázaval, cuando nos comentó acerca de la petición para que usted
viniera, dijo textualmente que solicitaría la ayuda de un exorcista, ¿es usted
exorcista, padre?
—Sí, estoy certificado por el Vaticano como exorcista, entre algunas otras cosas.
—¿Ha descubierto algo que le haga pensar que la muerte del obispo Arriagada tuvo
relación con alguna posesión satánica?
—Detective, las posesiones por entidades del mal no son tan lógicas como los
delitos cometidos por seres humanos—dijo Sanguinetti mientras bebía lentamente
su café—. Las evidencias de alguna posesión son la mayoría de las veces
indirectas, mi trabajo es creer siempre que haya una causa humana, y luego de
haber descartado todas las posibilidades del concurso de humanos en la causa,
empezar a pensar en algún tipo de posesión. En este caso puntual el obispo
Irarrázaval solicitó mi ayuda por el tiempo que él conocía al obispo Arriagada, por la
ausencia de antecedentes de enfermedad mental, y por lo rápido del cambio de
personalidad del occiso, además por supuesto del hecho que un sacerdote católico
haya decidido suicidarse, lo que implica un destino irreversible en el infierno, para
nuestro dogma.
—¿Y usted cree o siente en este caso que haya algún demonio metiendo la cola?—
dijo Araos, sacándole una sonrisa a Sanguinetti.
—Detective, llevo apenas una semana estudiando el caso, usted comprenderá que
en un tiempo tan breve no puedo tener conclusiones—respondió Sanguinetti—.
Recién estoy estudiando la personalidad del obispo Arriagada para descubrir si
había algún rasgo depresivo que haya pasado desapercibido todos estos años.

27
—Padre, yo ahora haré una excepción y violaré el secreto de sumario que pesa
sobre nuestra investigación, para que usted entienda el porqué de esta reunión.
Supongo que cuento con su discreción—dijo Bernal.
—De hecho lo consideraré como una confesión, para que quede protegido por
secreto profesional—respondió Sanguinetti.

En media hora Bernal le contó a Sanguinetti todo lo que ellos habían investigado, y
cómo se seguía desarrollando el caso. En cuanto Bernal terminó, Sanguinetti
guardó silencio. Luego de empezar su segundo café, respiró profundo.

—Vaya, están mucho más avanzados de lo que yo creía—dijo el sacerdote—. Lo


que ustedes me acaban de contar pudiera tener relación con alguna forma de
posesión demoníaca, efectivamente. Si bien es cierto la definición de posesión
demoníaca de las iglesias evangélicas es algo más liviana que para nosotros, del
modo en que se ha presentado el caso me obliga a pensar fuertemente en dicha
posibilidad, más aún si siguen ocurriendo estos suicidios, y si se van pasando de
persona a persona la necesidad de suicidarse.

Bernal miró a Araos; éste, mientras tanto, miraba al piso y negaba con la cabeza.

—¿Qué nos sugiere que hagamos, padre?—preguntó Bernal.


—Agotar la investigación hasta dar con alguna causa lógica—la respuesta de
Sanguinetti dejó algo descolocados a Bernal y Araos—. Detectives, yo soy un
sacerdote enviado por el Vaticano a hacer una investigación canónica, no a resolver
un caso policial. Mi norte es encontrar una causa que deje satisfechas a las partes,
una de las cuales tiene un dogma de fe estricto. Yo entiendo que cada cual puede
tener sus creencias, pero no es mi objetivo convencerlos, convertirlos ni nada
parecido. Del mismo modo me queda claro que si ustedes llegan al tribunal penal
diciendo que los suicidios son causados por intervención del demonio, se meterán
en un problema del que dudo que logren salir. Mi único consejo es que intenten
buscar al llamado “profeta”, a ver si él sabe algo.
—¿Y usted qué hará padre?—preguntó Araos.

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—Seguiré mi investigación, y si no logro encontrar alguna causa física, atribuiré esto
a una posesión demoníaca, y probablemente me pidan que exorcice la habitación
que usaba el obispo Arriagada.

El padre Sanguinetti se despidió de mano de ambos detectives. Luego de pagar la


cuenta, Bernal y Araos se dirigieron al móvil para volver al cuartel e iniciar la
búsqueda del profeta.

29
VIII
Bernal y Araos estaban en el cuartel, mirándose las caras sin saber bien qué hacer.

—¿Qué viene ahora Manu, hablamos con Mora?—dijo Araos.


—¿Y qué le vamos a decir José, que el cura cree que es demonio pero que sigamos
buscando hasta encontrar una causa lógica? Muy católico será Mora, pero huevón
no es.
—¿Y qué hacemos ahora, ir a ver los escombros del templo a ver qué
encontramos?
—Para partir no es mala idea, de hecho—dijo Bernal

A la mañana siguiente ambos detectives se dirigieron en el móvil al sitio donde


estaba ubicado el templo evangélico consumido por las llamas. Al llegar al lugar se
encontraron con un terreno despejado, completamente limpio, sin escombros ni
nada, donde apenas quedaba la losa sobre la cual estaba construido el templo; era
sorprendente ver que las casas en torno al templo estaban completas, sin signos de
haber sido comprometidas por las llamas. En el sitio los detectives no encontraron
nada que poder investigar, pues la limpieza hecha luego del incendio había sido
exhaustiva. Al ingresar al sitio no lograron encontrar nada; un par de minutos más
tarde un hombre obeso apareció en el lugar.

—Buenos días, este es un terreno privado, ¿qué necesitan?


—Buenos días, inspector Bernal, detective Araos, PDI. ¿Cuál es su nombre?
—Ah disculpe, no había visto el uniforme, es que estoy mal de la vista por la
diabetes—dijo el hombre acercándose a ellos para poder distinguir las chaquetillas
azules con logo amarillo—. Me llamo Evaristo Gómez, y hago las veces de cuidador
del sitio, ¿en qué los puedo ayudar?
—Disculpe, ¿dijo cuidador del lugar?
—Si, el pastor del templo que había acá me paga un poco de plata por cuidar el
terreno y mantener alejados a drogadictos y gente sin hogar. Usted entiende, el

30
terreno de dios es sagrado, y pese a que no haya templo igual debe mantenerse
incólume.
—Por supuesto—dijo Araos—. ¿Usted era miembro del templo?
—Claro, yo asistía al culto todos los sábado sagradamente, nunca falté desde que
me bauticé en el templo de dios, hace siete años ya.
—Debe haber sido un golpe tremendo para usted que hayan cerrado el templo y se
haya quemado—dijo Bernal.
—Eso fue voluntad divina según nos dijo el pastor antes de cerrar el templo—
respondió con seguridad Gómez—. Todo esto pasó después de la visita del sagrado
profeta, y de la profanación de la que fue objeto.
—Ah… ¿y usted estaba ahí? Digo, cuando vino el profeta—preguntó Araos.
—Claro, si yo era de los más antiguos del culto, estaba en todas las citaciones que
hacían, no falté jamás a nada, tal como jamás dejé de pagar mi diezmo.
—¿Y a qué se refiere con profanación del profeta?
—Mire usted, cuando el pastor consiguió que el profeta viniera, el sábado anterior a
su visita nos reunió a todos para explicarnos que el profeta era un enviado de dios,
por ende su cuerpo es santo y nadie, por ningún motivo lo puede tocar—dijo Gómez
—. La reunión con el profeta fue un jueves en la noche, pues el profeta tenía
demasiados templos que visitar para bendecirnos a todos y entregar el mensaje de
dios. En el culto había gente de todas las edades, gente que llevaba más tiempo
que yo, y otros que se habían convertido hace muy poco. Entre todos había una
lolita como de veinte años, que tenía un pelo de color medio extraño… según
decían había estado metida en las drogas, y usaba el pelo teñido de un color reñido
con las órdenes de dios y sus pastores. Bueno, esta chica se convirtió, se tiñó el
pelo de color negro oscuro, y lo estaba empezando a dejar crecer. Cuando llegó el
pastor, parece que su divina presencia causó en la muchacha un efecto similar al de
las drogas, pero sin dañar su cuerpo ni su alma, de hecho el pastor destacó su
estado de éxtasis en presencia del profeta. De pronto y sin que nadie alcanzara a
detenerla, la muchacha profanó al profeta tomando sus dos manos con las suyas…
el profeta sólo sonrió, pero el pastor la tomó de los hombros para que dejara de
profanar al profeta. Luego supimos que la muchacha fue poseída por el demonio, y
terminó sacrificándose en su nombre para irse con él al infierno. La pobre pecadora

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debe estar quemándose en este instante en el fuego eterno del infierno para
siempre.

Araos miró a Bernal y ambos debieron aguantar la risa al escuchar los últimos
comentarios de Gómez.

—Oiga don Evaristo, ¿usted sigue en contacto con el pastor?—preguntó Bernal.


—Por supuesto, él me paga en efectivo la platita que me da por cuidar el terreno.
Una vez al mes voy a su casa a buscar mi dinero y a contarle las novedades que
ocurrieron.
—¿Y usted nos puede dar el nombre del pastor y la dirección? Necesitamos
conversar con él—dijo Araos.
—Claro, no hay problema, él se llama pastor Eustaquio González, y la dirección…
espérenme acá, voy a mi departamento a buscar la libretita. Sé llegar, pero se me
confunden los nombres de las calles así que tengo anotadas las direcciones y
teléfonos de todos mis conocidos en una libretita. Voy y vuelvo.

Araos miró a Bernal con una leve sonrisa en su rostro.

—A este no fue necesario apretarlo.


—Estaba dando jugo solito, no había nada que apretar.

Cinco minutos más tarde Gómez estaba de vuelta con una vieja y destartalada
agenda de bolsillo, en la cual estaba la dirección y el teléfono del pastor González.
Luego de copiar la información y agradecer la buena voluntad, y después de ser
bendecidos por Gómez, Araos y Bernal salieron del terreno dejando al cuidador
parado al medio del lugar, sin parecer saber qué hacer. Ambos detectives se
dirigieron al móvil.

—¿Dónde queda la casa del pastor?


—Al otro lado de Santiago, nos vamos a echar al menos hora y media en viaje.

32
—¿Por qué no vamos a almorzar primero antes de ir? Yo creo que esto nos va a
llevar el resto del día.
—Está bien, almorcemos primero y después vamos a hablar con el pastor ese.

33
IX
El móvil de la PDI avanzaba por una estrecha calle de dos pistas sin pavimentar; el
polvo que levantaba inundaba el lugar, mientras una mujer joven y obesa
manguereaba la tierra para aminorar el efecto del paso del vehículo. De pronto
Bernal le hizo una seña a Araos, quien estacionó el vehículo dejando las balizas
encendidas. Los detectives bajaron del vehículo, y se dirigieron a la casa más
acomodada de la cuadra. Luego de tocar el timbre, esperaron un par de minutos
hasta que un hombre pequeño y delgado de edad avanzada se asomó por la puerta.

—¿El señor Eustaquio González? Inspector Bernal, detective Araos de la PDI,


necesitamos hablar con usted.
—Se equivocaron de casa, yo no soy a quien buscan—dijo el hombre, para luego
cerrar la puerta.

Araos abrió la reja, ambos hombres entraron y ahora golpearon la puerta.

—¿Qué les pasa? Les dije que no soy a quien llamaron—dijo el hombre
violentamente al volver a abrir la puerta.
—Qué raro, es igualito a la foto del registro civil—dijo Bernal, mostrándole en la
pantalla de su celular la foto vigente del registro civil—. Le aviso de inmediato que
es delito ocultar información a un funcionario de la PDI en servicio activo.
¿Podemos pasar, o sale usted y conversamos acá afuera?
—No soy delincuente, no sé qué quieren hablar conmigo—dijo González.
—Nadie lo ha acusado de ningún delito señor González—dijo Bernal—. De hecho
sabemos que es pastor evangélico.
—Yo no soy pastor evangélico, soy católico—dijo González.
—Ah bien… ¿nos podría recitar entonces el Ave María, por favor?—dijo Araos.

González miró al piso mordiéndose los labios de rabia al haber sido sorprendido con
algo contrario a su fe. Lentamente el hombre salió de la puerta y la abrió.

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—Pasen detectives.

Los detectives entraron a un living comedor austero pero acogedor, con un par de
fotos viejas colgadas en la pared, y una vitrina con vajilla que también parecía
bastante antigua.

—Asiento señores, supongo que están investigando el incendio del templo,


¿correcto?—dijo González.
—No, de hecho estamos investigando el suicidio de una de las integrantes de su
comunidad religiosa—dijo Bernal. González lo miró algo apesadumbrado.
—Ese tema es complicado detective. En mi calidad de pastor la visión que tengo de
las causas del suicidio de esa muchacha tienen que ver con mi fe.
—Que el suicidio fue causado por posesión satánica—dijo Araos, dejando
sorprendido a González.
—Según logramos averiguar pastor, la muchacha que se suicidó fue la única en
tocar a un llamado “profeta” que se presentó en su templo, ¿eso quiere decir que el
profeta estaba poseído y él le pasó el demonio a la muchacha?—preguntó Bernal.
—Cómo te atreves, maldito blasfemo—dijo iracundo González—. Retira lo dicho o te
golpearé hasta que…
—Eso es delito de amenazas pastor, cálmese—interrumpió Bernal—. Además, con
su porte y su peso dudo que logre siquiera tocarme.
—Pastor, el inspector le hizo una pregunta, respóndala por favor—dijo Araos, serio.
—No tengo más que hablar con ustedes. Quiero que se vayan de mi casa—dijo
González.
—Correcto, nos vamos—dijo Bernal poniéndose de pie—. Volveremos mañana con
una orden de arresto de la fiscalía para que responda todo lo que le preguntemos
en el cuartel.
—No pueden hacer eso, tengo derechos—dijo González, nervioso.
—Haga valer sus derechos en el tribunal pastor, al fiscal le encantará poner en
prisión preventiva a alguien por obstrucción a la justicia—dijo Bernal, tomando la
manilla de la puerta para salir.
—Esperen… no se vayan…

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—¿Está seguro, pastor?—dijo Araos.
—Les responderé lo que me pregunten—dijo González, cabizbajo.

Araos y Bernal volvieron a sentarse. González, frente a ellos, parecía resignado.

—Entonces según entendemos la muchacha tocó al profeta, se suicidó, y luego


ustedes culparon del hecho a una posesión satánica, ¿nos puede explicar cómo es
eso?—dijo Bernal.
—El profeta, para nosotros, es un hombre santo. Su labor en nuestra comunidad es
difundir la palabra de dios de primera fuente.
—¿De primera fuente? ¿El profeta habla con dios?-dijo Araos.
—Para nosotros sí, para nosotros es un ser iluminado que recibe la palabra de dios
de boca de dios.
—Entiendo—dijo Bernal—. ¿Y cómo explican ustedes que luego de tocar las manos
de un iluminado la muchacha haya sido poseída por un demonio que la hizo
suicidarse?
—Desde que soy pastor y conozco al profeta, hemos estado advertidos del riesgo
del contacto físico con un ser iluminado. El contacto con un ser tan elevado deja al
alma desprotegida de la mano de dios, y ello facilita la posesión satánica. Como
esta muchacha había sido drogadicta, los demonios probablemente aún la rondaban
y cuando vieron la posibilidad, la poseyeron.
—¿Desde cuándo conoce al profeta, pastor?—preguntó Araos.
—En persona desde que vino, pero conozco de su existencia desde que me formé
como pastor, hace cuarenta años. Él es una personalidad en nuestra comunidad,
todos lo veneramos y lo respetamos.
—¿Y en qué está el profeta en estos momentos, pastor?—preguntó Bernal.
—El profeta está en peregrinación a través de todos los templos de la congregación
en Chile.
—¿No sabe exactamente en cuál estuvo o estará luego?
—Esa información la maneja sólo su equipo. Cuando vino a mi templo supe apenas
diez días antes, alcancé a reunir a mi gente una semana antes para que hicieran
preparación espiritual leyendo la biblia pero nada más.

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—Oiga pastor, ¿qué lo llevó a quemar su templo y hacer desaparecer cualquier
vestigio de existencia?—preguntó Araos, haciendo suspirar a González.
—Una vez terminada la reunión, el equipo del profeta se reunió conmigo, a
sabiendas que la profanación iba a tener consecuencias. Ellos me sugirieron
quemar le edificación, cerrar la personalidad jurídica, y desaparecer del medio al
menos durante unos meses, hasta que todo decantara. De hecho me ofrecieron a
su equipo de abogados y a dos miembros del equipo de seguridad para hacer todo
lo sugerido.
—O sea lo obligaron a quemar, cerrar la personalidad jurídica y desaparecer—dijo
Bernal.
—Aquí lo que importa es proteger al profeta, el resto somos humanos comunes y
corrientes, casi descartables.
—¿Como la muchacha que se suicidó?—preguntó Bernal.
—Sinceramente si, descartable como la muchacha, como yo, o como ustedes. El
único que importa es el profeta.
—Bueno pastor González, gracias por su tiempo, su ayuda nos servirá para avanzar
en la investigación de suicidio de la muchacha. Buenas tardes.

Bernal y Araos se despidieron del pastor, y se dirigieron al móvil. En cuanto se


fueron, González sacó su celular, buscó entre los contactos y marcó un número.

—¿Aló? Soy el pastor Eustaquio González… sí, el mismo. Tenemos un problema.

37
X
A la mañana siguiente Araos y Bernal llegaron temprano, debían empezar a
investigar los pasos del profeta para tratar de entender su relación con todos los
suicidios acaecidos, o al menos con el de la muchacha. Cada semana que pasaba
se sumaban uno o dos suicidios más, y en cualquier instante algún periodista iba a
empezar a escarbar y ello podía generar un problema de marca mayor. Cerca de las
diez de la mañana Araos y Bernal se dirigieron al móvil; luego de varios minutos
dentro de él Araos encendió el motor e inició la marcha. A la salida de la BICRIM
dos camionetas tipo van empezaron a seguir a los detectives.

Una hora más tarde el móvil iba llegando a una zona periférica de Santiago, donde
ya había terrenos agrícolas que estaban empezando a lotearse, separados por
sendos caminos de tierra. De pronto una de las van aceleró, pasando rápido por el
lado del móvil; su puerta trasera se abrió, y de ella salió el cañón de un arma larga
que abrió fuego, reventando los neumáticos del lado izquierdo del móvil, haciendo
que derrapara, terminando en un trompo que levantó una gran polvareda. Las dos
van se detuvieron, y de ellas salieron al menos seis sujetos con armas largas que se
dirigieron trotando hacia el móvil. Al legar al vehículo abrieron violentamente las
puertas encontrándose con Araos y Bernal, que estaban ataviados con chalecos
antibalas y cascos, y armados con escopetas de ocho tiros. A la primera descarga
dos tiradores cayeron fulminados, con sus rostros desechos por los perdigones; los
otros cuatro levantaron sus fusiles, para que tres segundos después dos más
cayeran con sus rostros irreconocibles. Uno de los tiradores huyó hacia una de las
van que aún no había empezado la huida como la otra, y el sexto recibió un disparo
calibre .40 en la pierna, disparado por la Glock de Araos, que le fracturó el fémur y
lo hizo caer pesadamente al suelo. Luego que las van huyeran, Araos y Bernal
bajaron del vehículo, desarmaron al herido en la pierna, se cercioraron que los
cuatro tiradores caídos estuvieran muertos, para luego llamar por apoyo al cuartel y
a una ambulancia para trasladar al herido.

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—Qué bien que te diste cuenta que lo de “descartables” que nos dijo el pastor era
una amenaza—dijo Araos a Bernal.
—Con lo fanático que es del tal profeta, era obvio que nos iban a atacar. Al menos
tenemos a uno vivo para interrogarlo, y pronto tendremos la orden para arrestar al
pastor y allanar su casa.
—No creo que encontremos armas o algo así, creo que sólo nos sapeó a la gente
del profeta. Ahora hay que empezar a cerrar el cerco sobre ese tipo para esclarecer
los suicidios—dijo Araos, sacándose el casco.

Quince minutos más tarde el herido era trasladado al hospital escoltado por la PDI,
mientras la BICRIM periciaba los cuerpos y las armas en espera de la llegada del
fiscal. De pronto aparecieron en el lugar dos radiopatrullas y un vehículo de
LABOCAR, desde donde bajó una mujer joven.

—Buenos días, fiscal Natalia Latorre. Necesito que todo el personal de la PDI se
retire, el procedimiento lo tomará carabineros. Sólo se quedan los dos detectives
involucrados en el tiroteo. Por favor entreguen las escopetas y sus armas de
servicio para iniciar las pericias. Gracias.

A los cinco minutos era el personal de LABOCAR, laboratorio de criminalística de


carabineros quienes hacían las pericias, mientras la fiscal interrogaba a Bernal y
Araos.

—Déjeme ver si entiendo, fueron a un domicilio sin orden de allanamiento,


interrogaron a un testigo sin orden de un tribunal, y los fallecidos son gente del tal
llamado profeta, del que no tienen identificación ni antecedentes, ¿correcto?
—Fuimos al domicilio sin orden de allanamiento, entramos al domicilio cuando el
dueño de casa nos invitó a pasar, sin uso de fuerza, conversamos con él, la
información que nos entregó fue de forma voluntaria, y suponemos, dado que
estamos con dedicación exclusiva al caso, que estos tiradores fueron enviados por
la gente del profeta, quienes deben haber sido alertados por el pastor González—
dijo Bernal.

39
—Ustedes están involucrados en el caso ahora como víctimas, creo que lo más
prudente es que el caso siga siendo investigado por el LABOCAR—dijo Latorre.
—Fiscal, con todo respeto hemos avanzado bastante en la investigación—dijo Araos
—. Si no encontramos rápido al profeta, existe el riesgo que aumente el número de
suicidios, y la posibilidad que esto llame la atención de algún periodista y publique
información que puede ser sensible para el desarrollo del caso. Si usted quiere que
lo tome carabineros está bien, pero le rogaría que reconsidere su decisión—la fiscal
quedó en silencio por un par de minutos.
—Está bien, es lógico que ustedes sigan en el caso ya que lo conocen mejor. De
todos modos yo no soy la titular, sólo estoy de turno—dijo Latorre—. Dejaremos el
evento de este homicidio frustrado como un caso aparte de su investigación, para
que puedas continuar con su trabajo. LABOCAR les devolverá sus armas en cuanto
terminen las pericias, por mientras comuníquense con su unidad para que las
reemplacen temporalmente. Buenos días.

Araos y Bernal subieron al móvil, justo cuando llegaban los vehículos del Servicio
Médico Legal a llevarse los cuerpos para hacer las autopsias respectivas. Los dos
detectives iniciaron el trayecto al cuartel, Araos decidió irse lento, con balizas
apagadas; mientras tanto, Bernal acomodaba los cascos en el asiento posterior y
doblaba los chalecos antibalas.

—¿Qué haremos para encontrar al profeta Manu? La única esperanza que tenemos
es interrogar al tirador herido, pero dudo que la fiscal nos autorice—dijo Araos.
—Ella misma nos dijo que no es la titular, tendremos que ubicar al titular para que
nos autorice a interrogarlo—dijo Bernal, mirando al infinito.
—¿Qué te pasa Manu?
—Nunca le había disparado un escopetazo a alguien en la cara. Hoy lo hice dos
veces, y la imagen no es muy tranquilizadora que digamos.
—Eran ellos o nosotros Manu—dijo Araos—. Además, si llevábamos escopetas es
porque era la mejor opción contra armamento desconocido. Dudo que con las Glock
hubiéramos podido defendernos contra fusiles calibre 7.62 largo, ahora estaríamos
nosotros en el vehículo del médico legal.

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—Lo sé José, es que el escopetazo casi decapitó a esos huevones… está bien,
sigamos en lo nuestro, hay que encontrar al dichoso profeta lo antes posible.

Los detectives siguieron el resto del trayecto en silencio, ya habría tiempo de


diseñar una estrategia para encontrar al profeta e interrogarlo.

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XI
Una semana más tarde ya todo estaba más tranquilo en el cuartel de la PDI, las
armas había sido devueltas y todo seguía un curso medianamente normal. Bernal
estaba en su escritorio revisando las carpetas a ver si lograba idear algo para
encontrar al llamado profeta para poder interrogarlo y aclarar su participación en los
suicidios. Cerca de las once de la mañana apareció Araos, acompañado de un joven
miembro de la PDI.

—Hola Manu, ¿cómo estás? Te presento al asistente policial Cristian Rodriguez.


Cristian, él es el inspector Bernal del que te hablé—dijo Araos, mientras el joven
extendía su mano para saludar a Bernal.
—Buenos días Rodriguez... José, ¡qué pasa?
—El asistente nos puede ayudar en parte con la investigación del caso—respondió
Araos.
—¿Cömo podría un asistente policial ayudarnos con el caso, José?
—Soy evangélico—intervino Rodriguez.

El rostro de Bernal se iluminó, Araos había tenido otra buena idea para avanzar con
la investigación, y ello les daba esperanzas de encontrar en algún momento al
profeta para aclarar su relación con los suicidios.

—Asiento Rodriguez. ¿Hace cuánto tiempo que es evangélico?


—Desde que tengo uso de razón inspector, mi familia es evangélica y yo me crié en
el culto—respondió Rodriguez.
—¿Usted sigue acudiendo regularmente a su templo?—preguntó Bernal.
—Cada sábado en que no estoy de turno inspector, actualmente mi vida gira en
torno a dios, mi familia y la PDI.
—Supongo que el detective Araos le comentó algo acerca del caso.
—Me comentó que están buscando al profeta—dijo Rodriguez—. Yo lo vi una vez,
cuando tenía como diecisiete años. Tal vez por todo el discurso previo del pastor

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llegué ese día muy inspirado, pues por lo que lo recuerdo me sentía casi como estar
viendo a Jesús.
—¿Cómo es el profeta, Cristian?—preguntó Araos.
—Es un hombre ya mayor, bajo, callado, que mira muy concentrado a la gente que
le habla. En general no permite que lo toquen… en nuestro culto se le considera un
iluminado, alguien que escucha la palabra de dios directamente de boca de dios,
por tanto tocarlo es una profanación de algo que es sagrado.
—Verá Rodriguez, el asunto es el siguiente: necesitamos encontrar a este profeta,
porque creemos que tiene alguna relación con una serie de suicidios que estamos
investigando. El problema es que al parecer esta persona y su grupo preparan sus
reuniones apenas con diez días de anticipación, lo que nos deja un margen mínimo
para poder encontrarlo—dijo Bernal.
—La otra posibilidad es encontrarlo desde dentro—dijo Araos—, lo que implica la
necesidad de infiltrar a alguien a la iglesia, lo que por un asunto de tiempo nos
resulta ilógico. Y ahí entras tú.
—El asunto Rodriguez, es que necesitamos saber su nivel de compromiso con su
iglesia, porque obviamente no le podemos pedir algo que vaya contra su fe y sus
preceptos—terminó Bernal.
—Inspector, hace poco le dije en torno a qué giraba mi vida—dijo Rodriguez—.
Dentro de ello no nombré mi culto ni mi templo, mi compromiso es con dios, mi
familia y la PDI, no con la iglesia evangélica. Yo amo mi iglesia, pero si existe la
posibilidad que en ella haya algún delito, voy a trabajar en ello hasta encontrar al
responsable, como corresponde a cualquier funcionario de la PDI, además de
limpiar la casa de dios de ovejas negras. Así que cuenten conmigo, y díganme cómo
puedo ayudarlos.
—Muchas gracias Rodriguez—dijo Bernal—. Lo primero que necesitamos es que
preguntes en tu iglesia cuál podría ser el siguiente destino del profeta; la verdad
dudo que preparen cada reunión en apenas diez días, lo más seguro es que haya
algo como una hoja de ruta, algo que nos diga cuál será el siguiente templo que
visite. De todos modos y para su tranquilidad le quiero recordar que el profeta no es
sospechoso de algún crimen, sólo necesitamos conversar con él para saber su
relación con la serie de suicidios que estamos investigando.

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—Bueno inspector, este sábado empezaré a preguntar a ver si logro averiguar algo
—respondió Rodriguez—. De todos modos deben darme algo de tiempo, el tema del
profeta es algo complicado, y no puedo llegar preguntando a diestra y siniestra,
debo hacerlo con tacto para que no se note mi intención de encontrarlo, y que nadie
sospeche que lo estoy buscando en el contexto de mi profesión.
—Está bien Rodriguez, no lo presionaremos, esperaremos a que usted nos informe
cuando tenga alguna novedad—terminó Bernal, para luego despedirse de mano del
asistente policial.

Bernal y Araos quedaron solos en la oficina. Luego de despedir a Rodriguez, Bernal


se sentó en la silla del escritorio.

—Buena tu idea José, si sigues así de ocurrente muy pronto te ascenderán a


inspector—dijo Bernal.
—Gracias Manu, pero no es la idea, lo que me interesa es encontrar luego al
dichoso profeta ese para que nos aclare las dudas que tenemos.
—Esperemos que con la ayuda de Rodriguez se facilite la búsqueda. Vamos por
algo de café, me está dando sueño esta mañana—dijo Bernal, bostezando.

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XII
Bien entrada la tarde del sábado, estaba terminando el culto del templo evangélico.
Como era costumbre la reunión había tenido una gran convocatoria, y una activa
participación de sus miembros mientras el pastor hacía gala de su manejo de
multitudes. Mientras todos se despedían y se prometían verse el siguiente fin de
semana, el asistente policial Cristian Rodriguez se acercaba lentamente al pastor.

—Hermano Rodriguez, qué bueno verlo por acá, ¿cómo ha estado, cómo va su
trabajo de lucha contra el mal de este país?—dijo el pastor, mientras apretaba
vigorosamente la mano de Rodriguez.
—Hola pastor, muy bien, fue una semana relativamente tranquila en la pega—dijo
Rodriguez, sonriendo—. Su sermón de hoy estuvo genial, su interpretación de los
salmos fue realmente inspiradora. Ya quiero llegar a mi casa a revisar los pasajes
en la biblia, a ver si logro verlos como usted los vio.
—Lo que importa es que, cuando leas la biblia, lo hagas con tu corazón puesto en
dios, ello abrirá tu mente a la iluminación.
—Gracias pastor—dijo Rodriguez, para luego acercar su boca a uno de los oídos
del pastor—. Pastor, necesito hablar en privado con usted, si es que se puede, claro
está.
—Por supuesto, déjame despedirme del resto de los miembros, espérame en la
oficina y en cuanto me desocupe voy para allá.

Rodriguez fue a la oficina del pastor. Luego de conversar esa tarde con varios
miembros del culto, averiguó que el pastor estaba encargado de coordinar las
visitas del profeta, por lo que él debería saber sus siguientes pasos. Ahora sólo
debía armar una historia convincente para obtener la información que necesitaba.
Cuarenta minutos después se abrió la puerta, dejando entrar al pastor con cara de
cansancio.

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—Gracias por esperarme hermano Rodriguez, la gente andaba muy locuaz hoy día,
por eso me demoré tanto en las despedidas—dijo el pastor—. Asiento, ¿quieres un
té, café, agua mineral?
—No pastor, muchas gracias—dijo Rodriguez.
—Bueno hermano, cuéntame cuál es el problema que querías hablar en privado
conmigo—dijo el pastor, mientras abría una botella de agua mineral y bebía un largo
sorbo.
—Mire pastor, le cuento. Con todas las presiones de la pega estoy pasando por un
período complicado en mi vida espiritual—dijo Rodriguez, apesadumbrado—. Salvo
su sermón de hoy, en general me he sentido menos motivado de seguir en el culto.
—Qué mala noticia hermano, lo que menos queremos en la iglesia es que nuestros
miembros no se sientan acogidos.
—Pastor, yo me siento acogido, y hasta protegido cuando vengo acá. El problema
es que algo me está pasando que siento que me alejo de mi religión y de mi amado
templo.
—¿Y en qué te puedo ayudar, hermano?—preguntó preocupado el pastor.
—Bueno, algo parecido a esto me pasó hace como seis o siete años atrás—dijo
Rodriguez—. En esa época yo tenía diecisiete años, y andaba perdido por la vida.
De hecho ese año en más de una ocasión quise dejar el culto. Eso, hasta que
conocí al profeta.
—Nuestro amado profeta sigue obrando milagros de dios en la tierra—dijo el pastor.
—Exactamente. Cuando conocí al profeta supe que estaba en presencia de un
enviado de dios en la tierra, y sus palabras fueron suficientes para reencauzar mi fe,
y devolverme al camino de dios.
—Ese hombre obra maravillas en el pueblo de dios, hermano Rodriguez.
—Lo sé pastor, ya lo obró en mi—dijo Rodriguez—. Lo que yo quería preguntarle es
si es que usted sabe cuándo y dónde estará el profeta en las próximas semanas.
Tengo mi fe puesta en que sus palabras reencenderán el fuego de dios en mi alma.

El pastor guardó silencio; luego se reclinó en su sillón y se puso a meditar. Inclusive


en algún momento cerró los ojos, quedando casi en un estado de trance. Luego los
abrió, sonriendo.

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—Hermano Rodriguez, no sé si usted lo sabe, pero yo fui nombrado coordinador de
las visitas del profeta en Chile este año. La información de la ubicación del profeta
es confidencial, pero creo que tienes razón al pensar que su palabra te ayudará a
reavivar tu fe en nuestro dios. Yo te daré su agenda de lo que queda del año, para
que tú decidas cuándo y dónde ir a escuchar su palabra, y logres luego volver a
sentirte a gusto con nosotros.

El pastor se puso de pie, se dirigió a su biblioteca y sacó una vieja agenda de varios
años atrás, de tapas gastadas y algo sucias. De ellas sacó una hoja impresa donde
venía el itinerario completo del profeta. Luego se dirigió a una pequeña impresora
con escáner donde colocó la hoja, la escaneó e imprimió una copia que le pasó a
Rodriguez.

—Hermano, acá está el itinerario del profeta—dijo el pastor—. Obviamente confío


en su discreción en el manejo de esta información. La idea es que cada templo esté
con el profeta en el tiempo que él y su equipo determinen, y no que se repitan una y
otra vez los asistentes.
—Pastor, muchísimas gracias por su confianza. Créame, cuidaré esta información
para que no se divulgue. En cuanto vea al profeta le contaré cómo me fue—dijo
Rodriguez, apretando con fuerza la mano del pastor.

Rodriguez dejó la oficina. El pastor siguió sentado en su silla reclinable. Su


cansancio era tal que se echó un poco hacia atrás y se quedó dormido en el lugar;
de pronto despertó algo sobresaltado, miró para todos lados y luego cerró sus ojos
un par de segundos, para luego abrirlos y ponerse de pie raudamente. El pastor se
dirigió a la biblioteca, sacó otra agenda vieja de la cual sacó un número de teléfono
que marcó en su celular.

—¿Aló? Buenas noches, soy el pastor a cargo de… sí, el mismo, Quería comentarle
algo que hice hoy y que no sé si fue o no lo correcto.

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XIII
Lunes por la mañana. Bernal y Araos habían llegado temprano y estaban revisando
las novedades del caso. Afortunadamente ese fin de semana no había ocurrido
suicidios que cuadraran con las características del caso, por lo que al menos ese
día no serían presionados por el prefecto Mora. Luego de tomarse un café y de
revisar sus correos institucionales, los detectives empezaron a hacer la hoja de ruta
del día; cerca de las nueve de la mañana apareció Rodriguez.

—Hola detectives, ¿cómo están?


—Hola Cristian—dijo Araos—. ¿En qué andas?
—Conseguí la información que necesitaban—dijo Rodriguez, sonriendo—. Este fin
de semana empecé a hacer preguntas en el templo y averigüé que el pastor de mi
templo estaba de coordinador del profeta, así que conversé en privado con él,
inventé una historia convincente, y me dio la hoja de ruta del profeta para el resto
del año.
—Vaya Rodriguez, lo felicito—dijo Bernal, leyendo el documento escaneado por el
pastor—. Voy a hablar con su jefatura directa para que le pongan una nota de mérito
en su hoja de vida, no sabe cuánto tiempo de investigación nos ahorrará con estos
datos—dijo el inspector mientras estrechaba efusivamente la mano de Rodriguez.
—Gracias inspector, ojalá puedan encontrar luego al profeta para interrogarlo y
esclarecer sus dudas.

Bernal y Araos tomaron la hoja escaneada como si fuera el santo grial. La


escanearon, la guardaron en sus computadores, y empezaron a planificar, mapa en
mano, cuáles eran los pasos que iban a seguir para interceptar al profeta y obtener
la información que necesitaban. El resto del día se dedicaron sólo a armar el plan de
trabajo para el fin de semana encontrar e interrogar al profeta.

Martes por la mañana. Bernal llegó cinco minutos tarde pues había habido un
choque que había generado una congestión enorme en los alrededores del cuartel.
Al entrar al lugar todo se desarrollaba con tranquilidad lo cual lo relajó, luego del

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concierto de bocinazos que había en los alrededores de su lugar de trabajo. Luego
de saludar a Araos empezó a revisar su correo, y luego de tomarse un café fue al
baño. Cuando salió del lugar el cuartel había cambiado por completo: gente
corriendo, asistentes policiales llorando, detectives e inspectores colgados de sus
celulares o intercomunicadores. De pronto el prefecto Mora salió de su oficina y se
paró en medio del cuartel.

—Señores, señoritas, cálmense todos por favor. Enviaremos un móvil a ver qué
podemos hacer. Bernal, Araos, a mi oficina—dijo Mora, para volver raudo a su
oficina.

Bernal salió detrás de Araos, quien miraba al piso con los ojos rojos.

—José, ¿qué pasó?


—Mataron a Rodriguez.

Bernal detuvo su marcha; en ese instante miles de ideas pasaron por su cabeza, y
de inmediato recordó el ataque del que fueron víctimas Araos y él.

—Asiento señores—dijo Mora enojado, mientras cerraba la puerta con pestillo—. ¿A


quién chucha se le ocurrió involucrar a un asistente policial con poca experiencia en
una investigación así de peligrosa?
—Fui yo, señor—dijo Araos—. Necesitábamos a alguien dentro de…
—No me interesan tus descargos, eso déjalo para el sumario que te harán.
—Prefecto, si bien es cierto la idea fue de José, yo autoricé la intervención de
Rodriguez en el caso.
—Entonces los dos se van de sumario—dijo Mora, quien no aguantó la rabia y
descargó un puñetazo contra su escritorio—. ¿Se da cuenta el par de huevones que
por su imprudencia mataron a un cabro de veintitrés años? Después que a ustedes
casi los matan, y se salvaron sólo por su experiencia, ¿cómo chucha meten a un
pendejo inexperto a infiltrar una iglesia repleta de fanáticos de mierda?
—La cagamos jefe.

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—Claro que la cagaron, y ahora ustedes se harán cargo de la investigación del
homicidio de Rodriguez, al menos que el fiscal determine que lo investiguen los
pacos. Ya, vayan al sitio del suceso, la central los guiará—dijo Mora, quien esperó a
que los detectives llegaran a la puerta—. Ah, y ya que a esos huevones les gusta la
puta biblia, aplíquenles el ojo por ojo, a ver si les va a gustar a los maricones de
mierda.

Bernal y Araos salieron de la oficina de Mora. El trayecto hacia el estacionamiento


fue seguido por las miradas de pena y rabia de todos quienes estaban en el cuartel
a esa hora. Araos bajó la cabeza y se dirigió raudo al móvil, mientras Bernal
caminaba lentamente manteniendo la mirada de todos quienes lo miraban. Al llegar
al móvil Araos estaba terminando de hablar por la radio y ya tenía encendido el
motor.

—Vamos a Rojas Magallanes—dijo, mientras miraba por el parabrisas.

El trayecto de cuarenta y cinco minutos lo hicieron en silencio. Cuando llegaron,


vehículos de carabineros y de la PDI rodeaban el lugar, aparte del sedán donde
venía el fiscal.

—Buenos días, inspector Bernal, detective Araos, PDI—dijo casi como un mantra
Bernal.
—Buenos días detectives, fiscal Marco Antúnez, a cargo del caso, ¿qué desean?
—El prefecto Mora de la BICRIM nos envió para ser parte de la investigación.
—Ah bien, pasen al sitio del suceso, allá está el cuerpo del occiso.

Bernal y Araos se acercaron a la lona que cubría el cadáver. Al lado del cuerpo un
suboficial de carabineros hacía las veces de custodio. Bernal se presentó con él tal
como con el fiscal.
—Buenos días, sargento segundo Hormazábal. Según logramos obtener del
empadronamiento de testigos el occiso vivía en el sector. A eso de las siete de la
mañana salió de su domicilio con destino al paradero de buses. En el trayecto fue

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interceptado por un vehículo oscuro, cerrado, del cual descendieron tres hombres
con armas largas que lo intimidaron, le quitaron su arma de servicio, para proceder
a ajusticiarlo de tres tiros.
—Perdón sargento, ¿dijo ajusticiarlo?—preguntó Araos.

El sargento no respondió, simplemente se agachó y levantó parcialmente la lona.


Bajo ella estaba el cuerpo de Rodriguez, con las manos atadas a la espalda con
esposas plásticas, como si hubiera muerto de rodillas pues aún tenías los pies
estirados y alineados con las piernas, y con tres agujeros de bala, uno en el
abdomen, uno en el tórax y otro en la frente. Araos se agachó a mirar el cuerpo más
de cerca, mientras Bernal siguió de pie con la mirada perdida donde debería estar el
horizonte. Araos volvió a cubrir el cuerpo con la lona.

—Fueron los mismos huevones que nos atacaron a nosotros—dijo Araos.


—Lo sé José… nunca debimos involucrar a este lolo en el caso—respondió Bernal.
—¿Qué vamos a hacer Manu?
—Estos huevones son profesionales José. Lo más seguro es que establezcan
anillos de seguridad en torno al maricón ese del profeta. El sábado atacaremos el
anillo externo. Como dijo Mora, ahora la huevada será ojo por ojo.
—¿Qué haremos, iremos con escopetas de nuevo?
—Yo me encargo de eso José, nos juntaremos el sábado de madrugada a armar
todo.

El sábado a las cinco y media de la mañana Bernal y Araos llegaron al cuartel.


Luego de saludar al turno fueron a la oficina de Bernal, donde había un detective
vestido de negro con pasamontañas, casco, fusil, pistola y chaleco antibalas. Sobre
la mesa había dos fusiles calibre 7.62, cuatro cargadores, dos chalecos antibalas
largos y dos cascos. Araos no reconoció al detective.

—Manu, ¿quién es él?


—Su nombre no importa, es miembro de la BRTM, él será nuestro apoyo. ¿Tienes
la dirección del templo?

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—Por supuesto, ya busqué la mejor ruta así que estoy listo.
—Bueno, preparémonos.

Los dos detectives se pusieron los chalecos antibalas bastante apretados, los
cascos, y luego cargaron los fusiles manteniendo los seguros colocados.

—Los fusiles están preparados en modo ráfaga—dijo de pronto el miembro de la


BRTM, la Brigada de Reacción Táctica Metropolitana de la PDI, grupo táctico de la
policía civil a cargo de las misiones más peligrosas—. Eso quiere decir que dispara
tres tiros seguidos. Lo ideal es apuntar al abdomen, así el retroceso del arma hará
que el segundo tiro dé en el tórax y el tercero en la cabeza. Los tres tiros salen en
menos de medio segundo, y para disparar tres tiros más deben volver a gatillar el
arma.
—Así mataron a Rodriguez—dijo Araos, mientras aseguraba el cargador del fusil.
—Señores, concéntrense—dijo el miembro de la BRTM—. Siempre se considera al
objetivo como en ventaja, por tanto debemos hacernos de una mayor ventaja
nosotros. Iremos en un móvil sin distintivos ni patente oficial. El móvil está blindado,
incluyendo vidrios y neumáticos, y su motor está potenciado con óxido nitroso, por
tanto no tendremos problemas si debemos escapar. Estamos listos, nos vamos
cuando ustedes determinen.

Bernal y Araos fueron a buscar café, la droga con la que sobrevivían día tras día. El
miembro de la BRTM se quedó de pie, esperando a que los detectives terminaran
de beber sus cafés antes de salir. A las seis y media los tres hombres abordaron un
vehículo moderno, con vidrios polarizados; en cuanto Araos encendió el motor se
dio cuenta de la potencia del motor. En el piso del auto, y al lado de la palanca de
cambios, estaba el interruptor para inyectar el óxido nitroso al motor y potenciarlo.

A las siete de la mañana el auto con los tres detectives llegó a unas seis cuadras del
templo. Según el análisis de seguridad ese sería el punto donde se instalaría el
primer anillo de seguridad; los detectives empezaron a dar vueltas en ese perímetro,
hasta que de pronto dieron con una van negra estacionada, en la cual había cuatro

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individuos vestidos de negro y sin armas visibles. Bernal alcanzó a notar en el
asiento trasero dos fusiles similares a los que ellos cargaban.

—Señores, es la hora—dijo el BRTM—. Usted detiene el vehículo, deja el motor


encendido, nos bajamos, cada cual le dispara a uno; el cuarto, el que está al lado de
la cabina, es el conductor. Yo me encargo de ese cuando terminemos con los otros
tres.

Araos colocó el vehículo exactamente al lado de la van, lo detuvo y al instante


Bernal y el BRTM bajaron desde sus puertas; dos segundos más tarde Araos hacía
lo propio. En menos de un segundo los tres detectives habían disparado y acabado
con los tres ocupantes de la van; al segundo siguiente, y cuando el conductor
intentaba entrar a la cabina, el BRTM disparaba tres tiros a su cabeza. En ese
instante Bernal y Araos supieron que las armas estaban silenciadas, pues apenas
se escuchó el ruido de los percutores contra los fulminantes de las balas. De
inmediato los tres detectives volvieron al vehículo, y al no haber testigos ni apoyo
por parte del resto del equipo de seguridad, siguieron su marcha sin apuro. A las
ocho de la mañana los detectives estaban de vuelta en el cuartel.

53
XIV
El lunes siguiente Bernal y Araos llegaron temprano al cuartel. Ambos fueron
recibidos con sonrisas por sus compañeros de trabajo. En los noticiarios no hubo
referencia al tiroteo del sábado, y sólo se mencionó la muerte de cuatro personas en
un baleo en una población periférica de Santiago en relación a tráfico de drogas. En
cuanto llegaron a sus oficinas fueron recibidos por el prefecto Mora.

—Señores, vamos a mi oficina por favor.

Los detectives entraron a la oficina del prefecto.

—Los felicito señores, hicieron la pega perfecta el sábado.


—¿Qué pasó que no apareció el tiroteo en los noticiarios, jefe?—preguntó Bernal.
—Hicimos algunas movidas, llevamos los cuerpos a la San Gregorio y los
plantamos como ajuste entre bandas. Los narcos no dijeron nada, porque les da
buena fama una noticia como esa—dijo Mora—. ¿Qué harán ahora?
—Esperaremos un fin de semana y luego empezaremos la persecución del famoso
profeta—dijo Bernal—. Con Araos esperamos que no cambien la hoja de ruta, y si la
cambian, que sólo sea el orden de los templos. Vamos a cazar a ese huevón, jefe.

En las dos semanas siguientes Bernal y Araos hicieron un trabajo de coordinación


con inteligencia y con la BRTM para preparar la captura del profeta y su gente. El
objetivo estaba claro, y todos tenían en mente la muerte de Cristian Rodriguez al
momento de planificar sus acciones; todos tenían claro que las acciones iban a ser
violentas y cabía la posibilidad que hubiera bajas en la institución. Sin embargo ello
no era excusa para echar pie atrás o para no hacer lo que debían hacer para
terminar con la ola de suicidios y vengar al camarada ajusticiado. También sabían
que dependían de los esfuerzos del prefecto Mora para enmascarar las operaciones
y no tener que rendir cuentas en algún tribunal.

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El segundo sábado pasado el ataque al equipo de seguridad del profeta, el cuartel
de la PDI bullía en actividad a las seis de la mañana. En la sala de reuniones había
cerca de veinte detectives, diez del cuartel y diez de la BRTM, los del cuartel
ataviados con chaleco antibalas largo y casco y los de la BRTM con sus tenidas
habituales. Luego que Bernal explicara la ubicación del templo y las rutas de llegada
y escape, se repartieron en los vehículos en que irían; dadas las características de
la misión usarían vehículos civiles adaptados para no despertar sospechas, y todos
usarían armas largas.

La caravana de cinco vehículos llegó a la zona en que estaba ubicado el templo; el


vehículo de Bernal y Araos era el último de la fila. Al llegar donde estaba la primera
van del equipo de seguridad del profeta el primer vehículo se descolgó de la
caravana y atacaron a los guardias; los cuatro vehículos restantes siguieron su
camino, y por el espejo retrovisor del vehículo de Bernal y Araos se veía caer a los
guardias del profeta. La caravana siguió avanzando y a cada vez que se
encontraban con una van de la gente del profeta el primer vehículo se descolgaba
para atacar a los guardias. Luego de encontrado el cuarto vehículo de seguridad, el
vehículo de Bernal y Araos, acompañados por dos BRTM, siguió solo su camino
enfilando hacia el templo.

Dos cuadras más allá de dejar atrás al último vehículo, Bernal y Araos llegaron al
templo. En el lugar había una gran aglomeración de personas mirando a la calle,
hacia el lado contrario de donde venían los detectives. De pronto Araos aceleró el
vehículo.

—¿Qué pasa José?


—Se arrancaron estos huevones—dijo Araos indicando un vehículo negro que se
alejaba del lugar a gran velocidad.

Araos conducía lo más rápido que podía sin poner en riesgo a peatones y a ellos
mismos; sin embargo la van lo hacía a una altísima velocidad, terminando por
perder a los detectives.

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—Conchesumadre, se me arrancaron por la cresta.
—Hizo lo correcto detective—dijo uno de los BRTM—, todavía seguimos vivos y
enteros.
—Perdimos este operativo—dijo Araos.
—Eso lo sabremos cuando volvamos al cuartel—replicó el otro BRTM.

A las once de la mañana el móvil de Araos y Bernal estaba de vuelta en el cuartel.


El lugar estaba lleno de detectives y con varios detenidos y armas confiscadas. El
prefecto Mora esperaba a los detectives a la entrada de la sala de reuniones.

—Pese a que el profeta y sus cercanos huyeron, el operativo fue bastante


productivo señores. Hay siete guardias del profeta heridos y detenidos en servicios
de urgencias, los otros nueve están detenidos acá en el cuartel. Los formalizaremos
por asociación ilícita, no creo que les sea muy fácil explicar el uso de fusiles AK47
automáticos en territorio chileno—dijo el prefecto.
—Si siquiera no se me hubieran escapado—dijo Araos amargado.
—Tranquilo José, recuerda que tenemos que interrogar a los detenidos, no creo que
de los dieciséis todos guarden silencio, o nadie sepa nada—dijo Bernal—. Aparte de
eso también podemos presionar al abogado que los represente.

Dos días después, el lunes en la mañana, todo se desenvolvía normalmente en el


cuartel. Pasadas las doce el prefecto Mora llegó al lugar con cara de cansancio.

—¿Qué le pasó jefe?—preguntó Bernal al verlo llegar a su oficina.


—Vengo de la audiencia de formalización de los guardias del profeta—dijo Mora
entrando a su oficina e invitando a pasar a Bernal y Araos—. ¿Recuerdas que el
sábado dijiste que no creías que los dieciséis detenidos guardarían silencio, Bernal?
Pues exactamente eso pasó, todos se quedaron mudos en la audiencia. Aparte de
eso el defensor que tenían impugnó el procedimiento por no haber orden judicial de
por medio, por lo que logró dejar libres a todos esos huevones.
—Como lo dije, perdimos el operativo—dijo Araos.

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—Al menos quedaron siete de ellos fuera de servicio por un tiempo—dijo Bernal.
—¿Te refieres a los heridos, Bernal?—preguntó Mora—. El fiscal me dijo que ya
estaban todos de alta, inclusive los más graves.
—¿Es una broma jefe? Pero si había un par con balazos en el tórax, balazos de
fusil en el tórax, ¿cómo pueden estar ya de alta?
—Ni idea Bernal, yo sólo te repito lo que me dijo el fiscal.
—Esta huevada es demasiado rara—dijo Bernal—. Una cosa es que relacionemos a
alguien con una ola de suicidios, y otra muy distinta es que alguien con una herida
de bala de fusil en el tórax mejore en un día… supongo que los que matamos el otro
día siguen muertos, ¿cierto?
—No te pongas tonto Bernal, esos tenían disparos de fusil en la cabeza, todos
quedaron con el cráneo abierto y el cerebro desparramado—dijo Mora, ofuscado.
—¿Y qué viene ahora, seguir la ruta del profeta hasta atraparlo, seguir disparándole
a los guardias para que se mejoren en un día, volarles la cabeza hasta que no
quede ninguno?—dijo Araos.
—No tientes a Bernal, Araos, con lo atravesado que quedó capaz que vote por
matar a todos los guardias del profeta—dijo Mora.
—No es eso jefe, es que no logro entender cómo es que alguien con una bala 7.62
en el tórax salga de un hospital de alta en veinticuatro horas, eso es imposible.
—Tal vez andaban con chalecos antibalas, o con placas metálicas que atenuaron
los impactos, qué sé yo—dijo Mora—. Lo que me interesa es que no se les pase la
mano, que esto sea lo más legal posible. Ustedes saben que cuentan con mi apoyo,
pero si se pasan de la raya no creo poder cubrirlos.
—No se preocupe jefe, nos mantendremos lo más posible dentro del límite—
respondió Araos.
—Cuente con mi palabra jefe, yo me encargaré que a nadie se le pase la mano—
dijo Bernal, luego de lo cual Mora se quedó mirándolo a los ojos— …me incluyo en
ello jefe.

Bernal y Araos salieron de la oficina de Mora y se dirigieron a la de Bernal, no sin


antes pasar por la cafetera del cuartel.

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—Quiero juntar al equipo para este sábado Manu. Si trabajamos rápido, esta vez lo
capturaremos—dijo Araos.
—Creo que lo mejor es que vayamos solos—replicó Bernal—. El asunto de llevar
tantos móviles puede habernos delatado. Si vamos solos y pasamos todos los
anillos de seguridad podemos encontrar al profeta e interrogarlo de una buena vez.
—¿Tú dices ir en el auto sin cascos ni chalecos ni fusiles?—preguntó algo
preocupado Araos.
—Con fusiles, sin casco, con chalecos cortos bajo la ropa, así pasamos lo más
desapercibidos posible. Hay que hacerlo José, sino este caso se nos escapará de
las manos y el fiscal se lo pasará a los pacos.
—Está bien, lo haremos así.

Bernal y Araos tomaron la hoja de ruta de visitas del profeta, para planificar el
siguiente movimiento e intentar capturar al esquivo hombre.

58
XV
Sábado, seis y treinta de la mañana. Bernal y Araos llegaron al cuartel, entraron a la
armería y sacaron dos fusiles 7.62, cuatro cargadores y dos chalecos antibalas
cortos, para dirigirse a la oficina de Bernal. En ella ambos hombres vistieron los
chalecos bajo sus suéteres, revisaron los fusiles, los cargaron y pasaron bala para
luego dejarlos asegurados. Bernal sacó de su cajón la hoja de ruta del profeta para
definir trayecto y movimientos para intentar dar con éste y poder interrogarlo para
aclarar las dudas acerca de su relación con la seguidilla de suicidios, que esa
semana se había incrementado en dos. Araos vio la dirección del templo donde
llegaría ese día el profeta, cargó el dato en el GPS para que la computadora le diera
las instrucciones de viaje; de todos modos antes había revisado un mapa por
internet para familiarizarse con las calles por si ocurría alguna persecución para no
perderse en esa disyuntiva. Una vez estuvo todo planificado y listo, ambos hombres
subieron al vehículo que les asignó la BRTM, con patentes y luces normales, para
cumplir con la misión.

Siete y treinta de la mañana. El vehículo de Bernal y Araos estaba estacionado en la


platabanda de una concurrida avenida. De pronto los hombres vieron pasar un
sedán cinco puertas del año, seguido por cuatro camionetas con vidrios oscuros; en
cuanto pasó la última camioneta el vehículo salió de tras de ellos. A quinientos
metros del templo el último de la fila se estacionó, dejando salir a cuatro tipos
armados de su interior; ciento veinte metros más allá se detuvo el segundo, y así
hasta dejar al sedán avanzando solo los últimos ciento cuarenta metros, seguido de
cerca por el vehículo de la PDI. Al llegar al templo el sedán se detuvo, de las
puertas traseras bajaron dos hombres de terno negro con una de sus manos
metidas dentro de la chaqueta; de pronto uno de los hombres fija su mirada en el
vehículo de Bernal y Araos que avanzaba lentamente. Rápidamente el hombre se
metió dentro del sedán, mientras el otro hombre hacía lo mismo; un segundo
después el vehículo emprendía la huida, siendo alcanzado tres segundos después
por la primera van estacionada. Cuando Araos alcanzó a reaccionar la segunda van

59
ya los había alcanzado, y de su interior dos certeros tiros destruyeron sus
neumáticos delanteros.

Araos y Bernal bajaron a ver los daños a sus ruedas; de pronto vieron en el templo
la puerta entreabierta y alguien mirándolos desde el interior. De inmediato los dos
detectives se dirigieron al lugar, identificándose para que les abrieran la puerta, la
cual estaba trabada. De una patada Bernal la derribó, mientras Araos entraba con el
fusil apuntando a todos lados; diez metros más allá un hombre mayor, algo obeso,
ataviado con un terno viejo pero bien cuidado, intentaba huir de ellos lo más rápido
que podía. De cinco zancadas Araos lo alcanzó y lo tomó por el hombro.

—¡Por favor, llévense lo que quieran pero no me maten!—imploró el hombre,


cabizbajo.
—Somos de la PDI, ¿no entendió cuando nos identificamos?—dijo Bernal al
alcanzarlos.
—No… no los escuché… yo no he hecho nada…
—Sabemos que usted no ha hecho nada—dijo Araos—, venimos por quien venía en
el sedán que huyó cuando nos vieron.
—¿Qué sedán? No sé de qué hablan—dijo el hombre obeso.
—Pastor—dijo de pronto Bernal, haciendo que el hombre lo mirara fijamente—.
Quien iba en el sedán escoltado por las cuatro van era el profeta, y usted lo sabe
perfectamente. Necesito que nos diga cuáles son los templos que visitará las
próximas semanas.
—Yo no sé nada, ellos me avisaron hace dos semanas que vendrían acá, y yo
preparé todo para la visita de hoy. Los hermanos estarán tristes al saber que el
profeta no estará con ellos—dijo el pastor.
—Usted va a estar triste si no nos dice lo que sabe del itinerario del profeta, pastor
—dijo Bernal, serio—. Si no obtenemos la información que necesitamos,
llamaremos al cuartel, vendrá un equipo del laboratorio e inspeccionarán todo el
lugar. Basta que encontremos una sola cosa que no deba estar acá, para que usted
termine en la cárcel, quizás por cuánto tiempo.
—A los reos rematados les encantan los gorditos—agregó Araos.

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—¡No! No, no llamen a nadie… acompáñenme—dijo el pastor dirigiéndose a una
oficina a la entrada del templo.

Los tres hombres entraron a la oficina. El pastor se dirigió al escritorio, abrió un


cajón y sacó un papel impreso.

—Ese es el listado actualizado de los templos a los que acudirá el profeta las
próximas semanas—dijo el pastor, entregando el papel a Bernal—. Ojalá dios y el
profeta perdonen mi revelación.
—Gracias pastor—dijo Bernal—. Oiga, ¿no se supone que dios perdona todos los
pecados?
—Esto no es un pecado, es una revelación—dijo el pastor, quedándose sentado y
apesadumbrado en la silla del escritorio.

Bernal y Araos volvieron al móvil. Bernal sacó su celular y llamó al cuartel para que
fueran por el auto y para periciar los neumáticos y los proyectiles en su interior.

—Parece que en todas las iglesias hay cosas turbias, el gordito llegó a correr con la
amenaza de revisión del templo—dijo Araos.
—Es obvio, nadie dedicado a dios es hombre de dios en esta tierra—respondió
Bernal—. Mira, cambiaron el itinerario.
—Ya sabemos dónde irán la próxima semana—dijo Araos.
—Debemos cambiar de estrategia José, sino se nos seguirá escapando el dichoso
profeta ese—dijo Bernal—. Tenemos una semana para planificar otro modo de
pescar a ese viejo huevón.
—En una semana de más que se nos ocurre algo—dijo Araos, sentándose en el
capó del auto, mientras empezaban a llegar los hermanos al templo, quienes los
miraban con cara de curiosidad.

61
XVI
Siguiente sábado, siete de la mañana. Una caravana de cinco vehículos sale de una
parcela ubicada a la entrada norte de Peñaflor, y se dirigen raudos hacia la capital.
Esa mañana debían dirigirse a un templo evangélico ubicado en San Miguel, por lo
que el tiempo les alcanzaba apenas para llegar diez minutos antes de las ocho. Los
cinco vehículos iban conectados por radios HF, y cada ocupante traía su propio
equipo portátil de comunicaciones. En cada van iban cuatro ocupantes, un
conductor armado con arma de puño y tres guardias armados con fusiles AK47; en
el sedán iba el conductor armado con arma de puño, dos guardaespaldas armados
con subametralladoras micro uzi, y el custodiado, un hombre de avanzada edad,
pequeño, delgado, vestido de impecable terno negro y que nunca dejaba de sonreír.

Cuarenta y cinco minutos más tarde la caravana empieza a disgregarse. La última


van se detiene, y de ella bajan sus cuatro ocupantes ocultando sus armas entre sus
ropas; cien metros más allá se detiene la segunda van, cien metros después la
tercera y a los cien metros se detiene la última, dejando al sedán avanzar solo por
ciento veinte metros, deteniéndose a la entrada del templo a donde iban. Los dos
guardaespaldas bajan del vehículo mientras el conductor espera con su pistola en la
mano y sin seguro. Los guardaespaldas inspeccionan el lugar y al no ver a nadie
cerca abren la puerta para que el profeta baje. Al bajarse el pequeño hombre queda
al medio de los dos guardias, y los tres empiezan a avanzar hasta la puerta del
templo.

Los guardaespaldas llegan con el profeta a la puerta, uno de ellos la golpea, y


desde dentro se siente cómo le sacan llave y abren las dos hojas de madera. Los
guardias entran con el profeta al medio de ellos; extrañamente no había nadie en la
puerta recibiéndolos, como ya era costumbre. De pronto una mano toma la manga
de la chaqueta del profeta desde dentro y lo tracciona con fuerza; los guardias de
inmediato sacan sus armas, y de pronto se encuentra cada uno con una pistola
Glock calibre .40 apoyada en una de sus sienes, mientras se escucha cómo ambas
armas eran amartilladas. En el instante sendas manos les quitan las

62
subametralladoras y los empujan hacia afuera, cerrando la puerta con llave por
dentro. En el templo el profeta no logra ver mucho por la oscuridad del lugar, hasta
que alguien enciende las luces.

—Así que usted es el famoso profeta—dijo Bernal desamartillando su arma y


guardándola en su pistolera—Inspector Bernal, detective Araos. Tenemos que
hablar.

El viejo enjuto los miraba sin dejar de sonreír.

—¿Cuál es su nombre?—preguntó Araos, mientras el hombre lo miraba sonriendo


en silencio.
—¿No quiere decir su nombre? Bueno, está en su derecho, lo seguiré llamando
profeta entonces—dijo Bernal.

Araos y Bernal veían cómo el viejo hombre no parecía inmutarse con la situación en
que estaba.

—Señor profeta, estamos a cargo de la investigación de una serie de suicidios


ocurridos en la capital estos últimos meses—dijo Bernal—. Investigando logramos
dar con el primer caso, que corresponde al de una muchacha miembro de su
religión, que según consta en nuestra investigación lo tocó en una reunión, lo que
nos explicaron que está prohibido para sus creencias. Necesitamos saber si
recuerda a la muchacha o la situación que le estoy describiendo, y que nos explique
por qué no lo pueden tocar, y si su suicidio tiene relación con ese hecho.

El hombre no contestó, simplemente se dedicó a mirar a los dos detectives sin dejar
de sonreir.

—Señor profeta, esto lo podemos hacer por las buenas o por las malas, y le
aseguro que no le gustarán las malas—dijo Araos, aún con el arma en su mano.

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—¿Así que no vas a hablar?—dijo Bernal—. Entonces yo me encargaré que lo
hagas—dijo el inspector, avanzando hacia el cuerpo del profeta.

El enjuto hombre retrocedió un par de pasos, sin dejar de sonreir. De pronto levantó
su mano derecha y apuntó sus dedos índice y medio hacia el cuello de Bernal,
quien quedó paralizado. Araos avanzó hasta llegar al lado de Bernal.

—Manu, ¿qué te pasa?—preguntó Araos, al ver que Bernal no podía respirar.

El enjuto hombre pasó sonriendo por el lado de ambos detectives, se dirigió a la


puerta y salió por ella. Afuera lo esperaban sus guardaespaldas, quienes lo tomaron
cada uno de un brazo, lo levantaron, y lo llevaron corriendo hasta el sedán, el cual
partió raudo, seguido de las cuatro van de vuelta a Peñaflor. Dentro del templo
evangélico Bernal se mantenía apenas de pie, mientras su piel y sus labios tomaban
una coloración levemente azulada, y Araos lo miraba desesperado sin saber qué
hacer.

64
XVII
Emanuel Bernal seguía de pie a duras penas en medio del pasillo del templo
evangélico. A su lado José Araos trataba de entender qué diablos estaba pasando.

—Manu, respira, ¿qué te pasa huevón? ¡Respira mierda!

A medida que los segundos pasaban Bernal se ponía más azulado y sus fuerzas
empezaban a bajar. De pronto el inspector se llevó las manos al cuello, inclinó su
cuerpo, y se desplomó en las frías baldosas. Al fondo, en las oficinas del templo el
pastor, un hombre alto y delgado se acercó a ellos.

—¿Qué le pasa al detective, lo ayudo con algo?—preguntó el hombre.


—Llame al 131 para que venga una ambulancia a ayudarlo—dijo Araos.
—Yo sé primeros auxilios, déjeme ayudarlo mientras usted llama a la ambulancia.

El hombre se colocó de rodillas al lado de Bernal, y luego de revisarlo empezó a


hacerle respiración boca a boca. Mientras tanto Araos llamaba a la ambulancia, el
delgado hombre seguía intentando reanimar a Bernal, quien cada vez se ponía más
azul y perdía más sus fuerzas. En un instante Bernal perdió el conocimiento, y el
pastor detuvo las maniobras de reanimación.

—No sé qué pasa, parece que algo tapara su vía respiratoria, no logro hacer pasar
aire—dijo el pastor, quien luego tomó la muñeca de Bernal, y al no encontrar pulso
empezó a hacer masaje cardiaco—. Dígale a la gente de la ambulancia que se
apure, el detective está en paro.

El pastor siguió haciendo masaje cardiaco sin parar. Cinco minutos más tarde la
ambulancia se detuvo frente al templo, el que ya estaba con varios hermanos a la
entrada. El equipo de reanimación entró al lugar, y conectaron monitores al cuerpo
de Bernal; al ver las mediciones de los aparatos decidieron colocar un tubo hacia la
vía respiratoria por su boca para mejorar la llegada del aire. Al intentar meterlo el

65
reanimador se encontró con que el tubo no pasaba; después de dos minutos de
esfuerzos infructuosos el profesional decidió hacer un corte en su cuello para
introducir por ahí el tubo hasta la vía respiratoria. Mientras eso ocurría otro de los
reanimadores observaba el monitor cardíaco, y al no ver frecuencia cardíaca le
inyectó una ampolla a la vena para luego cargar el desfibrilador y hacer tres
descargas en el tórax de Bernal, quien seguía inconsciente. El equipo siguió
trabajando con Bernal, inyectando medicamentos, masajeando, bombeando
oxígeno e inyectando drogas a sus venas, sin que nada diera resultado. Justo al
cumplirse una hora el encargado del equipo dijo la hora en voz alta, momento en el
cual el equipo detuvo el procedimiento. Varios de los hermanos que estaban en la
puerta del templo rompieron en llanto; Araos sacó su celular y llamó al cuartel al
prefecto Mora para avisarle de la muerte de Emanuel Bernal, para que él llamara a
quien correspondiera tomar el procedimiento.

Araos estaba paralogizado, aún no podía creer que su compañero de ocho años
había muerto frente a sus ojos, y menos que el responsable había sido el llamado
profeta, quien con un simple ademán de su mano dejó sin respiración y sin vida a su
amigo. Araos aún no lograba acercarse al cuerpo de su amigo, en vez de eso abrió
la agenda de su celular para buscar loe teléfonos de los familiares de Bernal que él
conocía para avisarles de su deceso. En un instante Araos quedó sin nada que
hacer; en ese momento se acercó al cuerpo de su amigo, al cual ya le habían
sacado el tubo del cuello, los conectores eléctricos y las vías venosas, y que yacía
con la misma coloración violácea que tenía cuando el profeta lo apuntó con la mano.
Araos puso una mano en su pecho, y mientras gruesas lágrimas rodaban por sus
mejillas, rezó una oración por el alma de su compañero y mentor.

Quince minutos más tarde las sirenas de tres patrullas de carabineros inundaron el
lugar con su inconfundible sonido; junto con ellos venía un sedán blanco con un
hombre de mediana edad con rostro cansado.

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—Buenos días, fiscal Adolfo Yáñez. Usted debe ser el detective Araos, necesito
conversar con usted—dijo el hombre, al tiempo que un oficial de carabineros
entraba al lugar.
—Detective Araos, soy el capitán González de la brigada de homicidios. Lamento la
pérdida de su compañero, pero necesitamos aislar el lugar para tomar todas las
pruebas posibles para la investigación de esta muerte. Por favor, vaya con el fiscal,
si quiere luego puede volver para acompañar a su amigo y asegurarse que nosotros
hagamos nuestro trabajo adecuada y respetuosamente.

El capitán estrechó su mano y lo abrazó; Araos necesitaba ese abrazo, y sintió en el


capitán la empatía que no había recibido de parte del fiscal. Araos caminó hacia el
vehículo del fiscal donde le relató con lujo de detalles la investigación en curso, todo
lo que habían hecho para encontrar al profeta, y cómo éste había provocado la
muerte de Bernal con un ademán de su mano. El fiscal grabó toda la declaración de
Araos. Al terminar de grabar se quedó en silencio.

—Gracias detective. Ahora si quiere vaya donde su amigo, antes que llegue el
Servicio Médico Legal a retirar el cuerpo para la autopsia de rigor.

Araos se acercó al cuerpo de Bernal. Varios carabineros envueltos en trajes blancos


sacaban fotografías y huellas del cuerpo de Bernal. En ese instante Araos escuchó
un sonido demasiado familiar: era un móvil de la PDI, en el cual venía el prefecto
Mora y tres inspectores más, amigos de Bernal desde la escuela de formación.
Luego de presentarse con el fiscal los detectives entraron al templo y vieron el
cuerpo sin vida de Bernal. Dos de ellos se pusieron a llorar, mientras Mora abrazaba
en silencio a Araos quien aún no entendía cómo esa mañana estaba terminando
así. De pronto tres hombres de edad madura entraron al lugar llevando una bolsa
azul, y se quedaron esperando pacientemente a que el personal de LABOCAR
terminara de periciar el cuerpo de Bernal. Una vez que los carabineros terminaron,
los hombres enderezaron el cuerpo de Bernal, lo tomaron, lo metieron dentro de la
bolsa y lo llevaron al vehículo. Uno de ellos dijo en voz alta mientras caminaba:

67
—A este lo estrangularon… pero no hay huellas de cuerda ni de dedos. Esto no le
va a gustar al legista.

El vehículo del Servicio Médico Legal se retiró en silencio, mientras el fiscal y


carabineros empezaban a despejar el lugar. El pastor se acercó, abrazó a Araos y
dijo un par de frases que Araos no escuchó. El detective y el resto de los miembros
de la PDI se quedaron en silencio en el lugar, mientras la vida parecía volver a su
cauce normal, al menos para el resto del mundo.

68
XVIII
El lunes por la mañana José Araos apareció en el cuartel de la PDI vestido de terno
negro. Todos los detectives y asistentes policiales se acercaron a abrazarlo y a darle
el pésame; Araos no recordaba haber recibido tantas muestras de cariño en el
cuartel desde que había llegado al lugar, ocho años atrás. Luego de terminadas las
muestras de cariño y dolor, Araos se dirigió a la oficina de Bernal, encontrándola
cerrada con llave, cosa que le pareció demasiado extraña. De pronto una mano se
apoyó en su hombro.

—José, acompáñame a mi oficina por favor—dijo el prefecto Mora, quien también


vestía de negro.
—Hola jefe, cuénteme—dijo Araos luego de entrar a la oficina de Mora y cerrar la
puerta.
—¿Cómo te sientes José, has hablado con la familia de Bernal?
—Yo sigo shockeado jefe—dijo Araos mirando al piso—, aún no puedo creer que
ese viejo de mierda haya muerto a Manu sin tocarlo, y que yo no haya podido hacer
nada para ayudarlo…—Araos tragó saliva para evitar que su voz se quebrara—.
Hablé tarde anoche con la familia de Manu, aún no tienen noticias de cuándo les
entregarán el cuerpo. Yo los he ayudado lo más posible, les expliqué que como
Manu murió en servicio la institución se hará cargo de darle el funeral que merece,
los puse en contacto con el cementerio porque ellos quieren sepultarlo por su
cuenta y no en el mausoleo institucional… ellos están muy tristes, pero conformes
que Manu haya muerto en servicio, que era al fin y al cabo lo que él les había dicho
en varias ocasiones.
—Esto ha sido un golpe demasiado duro para todos nosotros José, nos costará
superar el recuerdo de Bernal después de diez años de servicio activo. Aparte tuyo
hay varios compañeros de la generación de Bernal que trabajan con nosotros, y
para ellos es tan duro como para ti.
—Lo sé jefe, este golpe me dejará marcado para toda mi vida. Aún no logro creer
que esto esté pasando.

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—Tómate el día libre José, ve con la familia de Bernal acompáñense y apóyense,
les hará bien a todos.
—Está bien jefe, gracias—dijo Araos saliendo de la oficina y del cuartel, olvidando
preguntarle al prefecto de por qué la oficina de Bernal estaba cerrada.

El resto del día Araos acompañó a la familia de Bernal. Cerca del mediodía les
informaron que el cuerpo había sido liberado. Una carroza contratada por la
institución se encargó de llevar el cuerpo, escoltado por vehículos institucionales, a
la escuela de formación de la PDI para iniciar el velorio. Un tío de Bernal le prestó el
certificado de defunción a Araos, el cual informaba como causa de muerte “Asfixia
por obstrucción de vía aérea alta”; Araos lo miró sin decir nada, pensando en que
más adelante conseguiría la copia del protocolo de autopsia para tratar de entender
un poco mejor el significado de esa causa.

El martes por la mañana Araos llegó a las ocho de la mañana al cuartel. Pasada la
puerta de la entrada estaba el prefecto Mora esperándolo para llevarlo a su oficina.

—Dígame jefe.
—¿Cómo estuvo el día de ayer José?
—Bien jefe, pude acompañar a la familia de Manu cuando les entregaron el cuerpo,
los acompañé toda la tarde en la escuela mientras lo velaban, hasta hice guardia de
honor un rato.
—Qué bien José, parece que ahora estás algo más tranquilo.
—Tal vez esté empezando a conformarme jefe.
—Excelente noticia. ¿Por casualidad viste el certificado de defunción?
—Sí jefe, uno de los tíos de Manu me lo prestó.
—Tengo acá una copia del protocolo de autopsia, sé que lo querrás leer.

Araos tomó en sus manos la copia y empezó a leer la descripción de la autopsia.


Según lo que logró entender la laringe de Bernal se había cerrado bruscamente por
una reacción inflamatoria, probablemente alérgica, y ello habría causado la muerte
del inspector. El detective no daba crédito a lo que estaba leyendo.

70
—¿Alergia? ¿Estos creen que yo soy huevón acaso?—dijo iracundo Araos—. Yo
estaba ahí, eso no fue alergia, yo vi cuando el viejo de mierda apuntó al cuello de
Manu y lo mató.
—José, tenemos que hablar—dijo Mora, serio—. Ayer en la tarde me llamó el fiscal
Yáñez, a cargo del caso. Me contó acerca de tu declaración del sábado, del estado
en que todos te vieron ese día.
—¿Todos quienes?
—La gente de la fiscalía, carabineros, los evangélicos. Todos coincidieron en que
ese día no estabas en tus cabales.
—Jefe, usted y los compañeros de curso del Manu me vieron ese día, ¿le parecía
loco a ustedes también?—preguntó Araos, tratando de calmarse.
—José, la opinión nuestra no cuenta en este caso porque somos compañeros tuyos
y de Bernal, por lo que hay sentimientos de por medio—dijo Mora—. El asunto es
que el fiscal ya se hizo un juicio sobre ti, y tomó algunas medidas,
—¿Cuáles medidas jefe?
—Supongo que te diste cuenta que la oficina de Bernal está con llave—dijo Mora,
con evidente cara de molestia—. En un rato más vendrán carabineros a periciar su
oficina, y a llevarse todos los antecedentes del caso. El fiscal determinó que por la
muerte de Bernal y por tu estado de salud mental no puedes seguir a cargo del
caso, así que pasa a manos de carabineros. Lo siento José.

Araos miraba el piso, se sentía traicionado por el fiscal y por el legista que hizo la
autopsia.

—¿Qué pasará conmigo jefe?—preguntó Araos sin despegar la vista del piso.
—Te vas de vacaciones obligadas por tres semanas—dijo Mora—. Necesitas un
tiempo para decantar todo lo que ha pasado, para calmarte, ordenar tus ideas, y
luego volver al trabajo con las mismas ganas de siempre.
—Está bien jefe, de ahí le firmo la solicitud de vacaciones—dijo Araos.
—¿Tienes mi número en tu teléfono, cierto?
—Claro jefe, ¿por qué?

71
—Por si lo necesitas en alguna oportunidad, por si se te pasa la mano mientras
persigues al profeta y su pandilla para que yo pueda intervenir—dijo Mora, haciendo
que Araos levantara su cabeza y lo mirara directamente a los ojos—. Supongo que
tú no creerás ahora que yo soy huevón, ¿cierto?

Araos firmó el documento de vacaciones con goce de sueldo. El resto del día
acompañó a la familia en el velorio de Bernal. Al día siguiente fue al funeral, siendo
uno de los encargados de cargar el cajón con los restos de su amigo. Luego del
responso, las salvas y los honores, vio cómo el cuerpo era bajado a su tumba para
su descanso eterno. Terminada la sepultación se despidió de toda la familia de
Bernal y les dejó su número de teléfono para lo que fuera que lo necesitaran.

Araos llegó a la entrada del cementerio. Luego de despedirse de todos sus


compañeros, de la plana mayor de la institución y del ministro del interior que
también asistió al funeral, se dispuso a caminar a su domicilio, el cual quedaba
bastante alejado del cementerio; sin embargo esa caminata le serviría para
calmarse algo después de todas las emociones vividas esos días, y para pensar un
poco en qué hacer para capturar al profeta. Mientras caminaba una idea se metió en
su cabeza; luego de revisar la memoria de su celular sonrió al encontrar la
información que necesitaba para su siguiente paso.

72
XIX
El viernes a las once de la mañana José Araos llegó a un café en el centro de la
capital. En él lo esperaba alguien a quien había conocido semanas antes.

—Padre Sanguinetti, buenos días, gracias por aceptar mi invitación.


—Detective Araos, buenos días, ¿cómo ha estado? Vino solo hoy, ¿qué pasó con su
compañero, el detective… Bernal?
—El inspector Bernal murió en acto de servicio el sábado pasado—dijo Araos, con
voz temblorosa.
—Dios mío, no lo sabía… le doy mi más sentido pésame por la muerte de su
compañero, dios lo tenga en su santo reino.
—Gracias padre.
—Dígame detective, ¿qué necesita de mi?
—Verá padre, como recordará de la vez que nos encontramos, usted nos sugirió
encontrar al profeta para averiguar más acerca de los suicidios… bueno, luego de
buscarlo y perseguirlo le tendimos una trampa para separarlo de sus
guardaespaldas, cosa que logramos el sábado pasado.
—¿El día que murió su compañero? ¿Acaso el profeta tuvo algo que ver con ello?
—Él mató a Manu… al inspector Bernal.
—¿Cómo?
—Bueno, por eso lo invité hoy, porque necesito su ayuda—dijo Araos, serio—. El
profeta mató a Manu asfixiándolo a distancia, luego de apuntar sus dedos al cuello
de mi amigo.
—Detective, supongo que a su compañero le hicieron una autopsia, ¿sabe cuál es
la causa de muerte que indica el médico que hizo el procedimiento?
—Una obstrucción respiratoria alta por inflamación de su garganta, debido a una
alergia aguda.
—¿Su compañero era alérgico a algo?—preguntó Sanguinetti.
—No, a nada, él comía de todo, se metía a todas partes, inclusive una vez que
había sospecha de intoxicación por químicos Manu entró sin mascarilla y no le pasó
nada.

73
—Supongo que usted ahora cree lo de la posesión satánica—dijo Sanguinetti.
—Padre, yo llevo ocho años de servicio—dijo Araos—. En estos ocho años he visto
de todo, me ha tocado ver morir gente, he muerto a delincuentes en tiroteos, he
visto suicidios de todo tipo, asesinatos, accidentes, de todo; la muerte ya no tiene
sorpresas para mi… al menos eso pensaba hasta el sábado. Nunca en mi vida vi a
alguien apuntar con el dedo al cuello de alguien, y que esa persona haya sido
declarada muerta por un equipo de reanimación una hora después. Yo vi a Manu
ponerse azul, perder las fuerzas, perder el conocimiento primero y la vida después.
Nadie tocó el cuello de Manu, nadie le puso una cuerda al cuello y sin embargo
murió asfixiado ante mis ojos. Yo no sé de dioses ni demonios, sólo sé que esa
muerte no fue por causa humana padre.

El padre Sanguinetti suspiró, agachó su cabeza y cerró los ojos para poder
concentrarse.

—¿Había algo característico, notorio, o extraño en el llamado profeta?—preguntó


Sanguinetti, sin enderezar la cabeza ni abrir los ojos.
—Es un hombre pequeño, delgado, no tiene cara de nada… eso sí, nunca dejó de
sonreír.
—¿Su sonrisa era de felicidad, de estar cómodo, tranquilo, cómo era su sonrisa?
—No lo sé, era como… como cuando uno se burla de alguien, cuando se hace un
comentario sarcástico—dijo Araos, pensativo.
—¿Una sonrisa socarrona?—dijo de pronto Sanguinetti.
—Esa es la palabra, socarrona—respondió Araos
—Mire detective, una sonrisa no condiciona nada ni significa nada—dijo Sanguinetti
—. Sin embargo, la mente humana ocupa la sonrisa para comunicar cosas. En
general la sonrisa dura segundos, no minutos, ni menos es permanente. Una
sonrisa socarrona permanente me obliga a pensar que esta persona tiene algún
problema de un nervio de la cara, o que la mantiene conscientemente.
—Su sonrisa nunca se vio forzada padre.
—Eventualmente podría haber algo así, pero no necesariamente un origen satánico,
o de posesión demoníaca.

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—¿Y cómo podemos confirmar o descartar eso, padre?
—El único modo que habría para ello es que yo viera a esta persona…
—Olvídelo padre, es demasiado peligroso—interrumpió Araos—, la muerte de Manu
era comprensible en el contexto de un procedimiento policial, no así la de un
sacerdote italiano enviado por el Vaticano para investigar una posible posesión
satánica en el suicidio de un obispo.
—Detective, hace un rato usted me contó algo de su experiencia, déjeme contarle
de la mía—dijo Sanguinetti, serio—. Soy sacerdote hace veinte años, y fui
nombrado exorcista hace siete. En estos veinte años de sacerdote también he visto
de todo, estuve como misionero tres años en África, y ahí aprendí el significado de
miseria. Nunca en mi vida creí que existiera tal nivel de pobreza y violencia en un
solo lugar, muchas veces conviví con la muerte, vi mucha gente morir, niños
muriendo de hambre, mujeres y hombres jóvenes muriendo de SIDA, mujeres
jóvenes muriendo producto de violaciones colectivas, en fin… Y en estos siete años
de exorcista he lidiado con un sinnúmero de enfermos siquiátricos no
diagnosticados, muchos de ellos violentos, descompensados, descontrolados. Le
aseguro que si nuestras experiencias no son comparables, al menos son
homologables.
—¿Ha visto o lidiado alguna vez con un demonio, padre?—preguntó directamente
Araos.
—Para serle sincero no lo sé—dijo Sanguinetti mirando a Araos—. Una vez fui
enviado a Sicilia, por una niña de nueve años que su familia decía que estaba
poseída. Les hice una entrevista completa, y una vez que estuve seguro que se
trataba de un caso extraño accedí a ver a la pequeña. Supuse que me encontraría
con alguna epilepsia atípica o un brote de esquizofrenia temprana…
—¿Y con qué se encontró, padre?
—Con una niña con una sonrisa fija en su rostro, que flotaba medio centímetro por
sobre su cama, y hablando en arameo.
—¿Y qué hizo?
—Luego de hablar con un siquiatra y un neurólogo, apliqué el proceso de
exorcismo. Al terminar la niña dejó de flotar y de hablar en lenguas muertas.

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Araos no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Y por qué me dijo si no sabía si había lidiado con un demonio?


—Porque aún espero el diagnóstico del neurólogo y el siquiatra una vez que la niña
llegue a la pubertad—dijo Sanguinetti—. ¿Sabe por qué me envían a tantas partes,
detective? Porque soy el exorcista más incrédulo del Vaticano.
—Y el más estricto por lo que me acaba de contar—dijo Araos, para luego quedar
pensando unos segundos—. Padre, la gente del profeta es peligrosa, y él lo es
mucho más. Deberé planificar una emboscada muy bien urdida para que usted vea
a ese viejo maldito. Es posible que en el proceso muera gente, le aviso de
inmediato.
—Está bien detective, de verdad me interesa ayudarlo. Creo que en este caso todos
saldremos ganando.
—Todos menos el profeta—dijo Araos, aún pensativo.

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XX
Tres semanas después del incidente en que dos detectives lograron reducir a los
dos guardaespaldas del profeta, el sistema de seguridad había sido reforzado.
Ahora no eran dos sino tres los guardaespaldas, quedando el tercero a dos metros
de distancia por detrás del profeta, para asegurar un refuerzo en alguna nueva
eventualidad. De las cuatro van ahora quedaban dos en las esquinas de la cuadra
del templo, y las otras dos a media cuadra, y eran esos hombres los encargados de
determinar qué hermanos podían entrar a la reunión con el profeta. El itinerario
oficial se había vuelto a cambiar, modificando fechas y horarios y el orden de los
templos a visitar, y restringiendo la cantidad de pastores que tenían acceso a dicho
itinerario.

Ese sábado la caravana del profeta se dirigía a un pequeño templo en Puente Alto.
Pese a que el pastor les dijo en la reunión que habían tenido que la cantidad de
asistentes sería baja dada la avanzada edad de la mayoría de los hermanos, el
equipo había decidido mantener la visita al lugar como una medida para demostrar
la ausencia de discriminación por parte del profeta. Además, por el mismo asunto de
la edad, se había decidido postergar la visita del profeta a las nueve de la mañana,
por lo que todo el movimiento en la parcela de Peñaflor había empezado una hora
más tarde, para alegría de todos los involucrados.

A las ocho y cuarenta y cinco minutos la caravana estaba a cinco cuadras del
templo. De pronto las van se detuvieron, luego que el primer vehículo pinchara sus
dos neumáticos delanteros; de inmediato el conductor y los ocupantes bajaron,
mientras de inmediato sacaban el gato hidráulico y las llaves para empezar con el
cambio de los neumáticos pinchados. La caravana siguió entonces con tres van
más el sedán.

Una cuadra más allá, faltando cuatro cuadras para llegar al lugar, el motor del
primer vehículo explotó de la nada, incendiándose. El conductor y los cuatro
ocupantes bajaron de inmediato, y uno de ellos sacó el extintor para apagar el motor

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e intentar descubrir qué les había pasado. Los dos vehículos y el sedán
intercambiaron comunicaciones por la radio; el conductor del sedán se dio vuelta
para preguntarle al profeta si deseaba seguir, a lo que el hombre asintió con su
eterna sonrisa.

El resto del trayecto transcurrió sin problemas. Al llegar a la esquina de la cuadra en


que se encontraba el templo, las dos van cruzaron la calle para ubicarse cada cual
en una de las esquinas de la calle; de pronto y de la nada apareció un camión con
acoplado a gran velocidad que golpeó a ambas van, desplazándolas cerca de
cincuenta metros en perpendicular al lugar al que se dirigían, quedando el camión
detenido frente al sedán. En ese instante el instinto del conductor del sedán le hizo
darse cuenta que era imposible que los cuatro vehículos de seguridad hubieran sido
sacados de circulación por meras casualidades; de inmediato les avisó a los
guardaespaldas que huiría del lugar, mientras su copiloto intentaba comunicarse por
radio con los vehículos chocados, a ver qué podrían hacer para ayudarlos sin
desproteger al profeta. El conductor raudamente hizo girar el vehículo en ciento
ochenta grados para iniciar el retorno; en ese instante una camioneta todo terreno
se cruzó delante de ellos bloqueándoles el paso. Un par de segundos después se
escucharon dos crujidos suaves como de vidrios rotos, y las cabezas del conductor
y el copiloto se azotaron violentamente contra los apoya cabezas de los asientos
delanteros.

Dos de los guardaespaldas se dieron cuenta que estaban siendo atacados,


disparando sus sub ametralladoras a través del parabrisas del sedán. Luego de
descargar un cargador de balas cada uno a la camioneta que les bloqueaba el paso,
ambos recargaron sus armas y salieron del vehículo disparando nuevamente contra
la camioneta; tres segundos después uno caía al pavimento con una herida en la
frente, y un segundo más tarde caía el otro con una gran herida en su cuello.

El guardaespaldas que quedaba en el sedán junto al profeta pasó bala, y quedó


esperando a ver qué pasaba, para decidir qué hacer para salvar a su protegido y
tratar de salvar su propia vida. De improviso la puerta del conductor de la camioneta

78
se abrió, y un hombre ataviado con casco, chaleco antibalas y un fusil 7.62 con mira
telescópica salió del vehículo y se dirigió al sedán. El guardaespaldas se parapetó
en el asiento; en ese instante se escucharon seis tiros que atravesaron el sedán,
dos de los cuales dieron en el tórax del guardaespaldas, acabando con su vida.

El profeta seguía sentado en su asiento sin dejar de sonreír; de improviso la puerta


del sedán fue abierta bruscamente por el hombre armado. El profeta levantó su
mano derecha; en ese instante el hombre armado colocó una capucha en su
cabeza, tomó sus manos y arrastró al profeta hacia afuera. El profeta notó que las
manos del hombre armado estaban enguantadas; un par de segundos después el
hombre lo dio vuelta y le esposó ambas manos a la espalda, y lo llevó rápidamente
a la camioneta, sentándolo por la fuerza en el asiento de atrás, y cerrando la puerta
con seguro.

Luego de media hora de trayecto la camioneta empezó a moverse muy lento, como
si se estuviera estacionando. Dos minutos más tarde la puerta posterior fue abierta,
y el profeta fue sacado por uno de sus brazos y dirigido hacia un lugar bastante
helado. El enjuto hombre fue sentado en un asiento de madera; de pronto su cuerpo
empezó a sentirse angustiado. El enjuto hombre ya sabía dónde estaba.

79
XXI
El detective Araos se sacó el casco y el chaleco antibalas, y los dejó en el suelo:
luego de limpiarse el sudor de la frente se acercó al profeta y le sacó la capucha; tal
como el enjuto hombre ya sabía, estaba al medio del altar mayor de una iglesia
católica. Su semblante ya no mostraba su sonrisa de siempre, ahora su rostro
demostraba incomodidad y enojo. A los pies del altar, el detective y un sacerdote
alto hablaban en voz baja.

—Supongo que ahora usted hará su parte para interrogar al viejo maldito ese—dijo
Araos.
—Primero debo determinar si hay o no posesión, detective—respondió Sanguinetti
—. Me sorprende los medios de que dispuso para capturar a este hombre.
—No fue tanto en realidad—dijo Araos—, algunos miguelitos bien ubicados, un
disparo al motor de la segunda van… lo del camión sí fue bastante ayuda, ese fue
un camionero que sentía que me debía algo, porque con Manu lo rescatamos de
unos narcos que lo habían secuestrado con camión y todo. Y bueno, el resto lo hizo
mi fusil, y muchas horas de prácticas de tiro con un francotirador de la BRTM. Le
dije que iba a morir gente, padre.
—Eso lo conversaremos después, si usted lo desea detective. Ahora debo hablar
con el profeta, a ver si cabe o no un ritual de exorcismo en este caso.

El padre Sanguinetti se acercó al profeta, se paró delante de él dando la espalda al


altar mayor.

—Buenos días hijo, ¿cuál es tu nombre?


—No soy hijo tuyo, malparido hijo de puta.
—¿Tienes un nombre?
—Sí, pero no te lo voy a decir—dijo el enjuto hombre, obligado a mirar al sacerdote
para no tener que mirar el altar y los íconos que en él habían.
—¿Te molesta que estemos en una iglesia católica?—preguntó Sanguinetti; el
profeta no contestó—. ¿Sabes por qué te trajimos acá?

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—¿Vas a seguir hablando como maricón con el culo seco? Déjame tranquilo, no te
diré nada.

De pronto Sanguinetti lo insultó, a lo que el profeta respondió; sólo en ese instante


se dio cuenta que el insulto había sido hecho en arameo, y su respuesta también. El
padre Sanguinetti bajó del altar.

—¿Adónde vas, maricón?


—A buscar unas cosas—respondió el sacerdote.

Sanguinetti se dirigió donde estaba Araos, y tomó de su lado un pequeño estuche


de tela cerrado con cierre.

—¿Qué pasó padre?—preguntó Araos.


—El hombre ya no sonríe, está incómodo, se niega a dar su nombre y habla a la
perfección una forma de protoarameo que sólo conocemos cuatro personas en el
planeta. Lo más probable es que haya algún grado de posesión en este caso, así
que me prepararé para hacer un rito de exorcismo, a ver si logro conseguir el
nombre de este ser—dijo Sanguinetti, mientras abría el estuche y empezaba a
colocarse la estola, signo de poder sacerdotal, y empezaba a rezar en voz baja. De
pronto Araos miró hacia el profeta, y vio cómo éste se quejaba mientras el sacerdote
oraba. Luego de colocarse la estola después de haberla besado, Sanguinetti sacó
una pequeña botella de vidrio y un misal—. Quédese cerca detective, es posible que
necesite algo de ayuda con las oraciones. Y no se preocupe por no conocerlas, sólo
puede que necesite que repita lo que yo digo.

Sanguinetti se acercó al profeta, se paró delante de él; éste hizo un gesto de


desagrado al verlo con la estola y el misal, y miró algo temeroso la botella.

—Tú y yo sabemos qué va a pasar ahora—dijo Sanguinetti—. Yo invocaré a nuestro


padre dios, a nuestro señor Jesucristo, y por el poder de ambos exigiré que reveles

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tu nombre. Esto va a ser bastante doloroso para ti, así que te doy la oportunidad de
evitar el sufrimiento y reveles tu verdadero nombre en la casa de dios.
—Púdrete, hijo de puta.

El sacerdote de inmediato abrió el misal y empezó con las letanías, mientras el


profeta luchaba por soltarse de las esposas. De pronto Sanguinetti se acercó, se
persignó frente al hombre esposado, abrió la botella y lanzó agua bendita a su
rostro, provocando un grito de dolor que resonó en todo el edificio. Luego el
sacerdote siguió orando, y le pidió a Araos que repitiera lo que él decía. En un
momento el sacerdote colocó sus manos sobre la frente del profeta, quien volvió a
gritar de dolor salvajemente. Terminada la imposición de manos el sacerdote
retrocedió un paso.

—En el nombre de dios padre, dios hijo y dios espíritu santo, te ordeno revelar tu
nombre ante este altar consagrado al altísimo.

El profeta dejó caer su cabeza. De pronto la enderezó, dejando ver sus ojos
completamente cubiertos de sangre.

—En el nombre de dios padre, dios hijo y dios espíritu santo, te ordeno revelar tu
nombre ante este altar consagrado al altísimo—repitió Sanguinetti.
—Maldito hijo de puta, te maldigo a ti, a tu dios, y a todo…
—En el nombre de dios padre, dios hijo y dios espíritu santo, te ordeno revelar tu
nombre ante este altar consagrado al altísimo—dijo nuevamente Sanguinetti.
—Humano miserable, ¿tú osas dirigirle la palabra a Caacrinolaas, gran presidente
de los infiernos, general de treinta y seis legiones, y ordenarle cosas?—dijo una voz
de ultratumba nacida de la garganta del enjuto hombre.
—En el nombre de dios padre, dios hijo y dios espíritu santo, te ordeno revelar si
dentro de tus poderes está la incitación al suicidio—dijo Sanguinetti, sudando
profusamente.
—¿Y si así fuera, qué?—respondió iracunda la voz salida del enjuto hombre—. ¿Tú
crees que los humanos me interesan, que me interesan sus debilidades, su

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intrascendencia, sus gustos, sus religiones? Son apenas almas útiles para agrandar
el reino de mi señor satanás… sí, mi fuerza induce el suicidio en los humanos, ¿qué
harás al respecto, pedazo de mierda?
—¿Recuerdas haber sido tocado por una muchacha hace tres meses en un templo
evangélico?—preguntó de pronto Araos.
—Tú… tú eres el amigo de aquel que quería dañar el cuerpo que me porta para
hacerme hablar… fue tan fácil matarlo. ¿Cuánto se demoró en morir, una hora, eso
le duró la asfixia?—dijo la voz en el enjuto hombre, provocando a Araos.
—Detective, no reaccione, lo está provocando para intentar liberarse del sufrimiento
que está pasando ahora—dijo Sanguinetti, para luego dirigirse a la voz dentro del
hombre—. En el nombre de dios padre, dios hijo y dios espíritu santo, te ordeno
responder la pregunta que se te hizo.
—Maricón… si, recuerdo a esa estúpida, ahora está en el reino de mi señor
satanás. La pobre tonta no sabía que al tocarme se condenaba al suicidio, ni tenía
idea que traspasaría mi fuerza al tocar a cualquiera. Ahora hay dos docenas de
almas más en el reino de mi señor satanás, gracias al “éxtasis” de esa pendeja
idiota—dijo en tono sarcástico la voz dentro del hombre.
—¿Por qué se oculta como profeta del culto evangélico?—preguntó de nuevo
Araos.
—¿Y qué te importa…?—empezó a decir la voz dentro del cuerpo, hasta que notó la
mirada de Sanguinetti—. En el siglo XIX fui enviado por mi señor satanás a la tierra
a capturar almas. De pronto me encontré con un pastor evangélico que intentó
conjurarme… pobre tonto, me demoré tres segundos en apoderarme de su cuerpo y
enviar su alma al reino de mi señor satanás. Dentro de ese cuerpo me di cuenta que
podía vivir sin problemas algún tiempo en este planeta, y empezar a predicar la
palabra de mi señor satanás, y hacerla pasar como la palabra del maldito, su hijo y
su espíritu. De a poco empecé a hacerme de una fama que sólo se explicaba por el
fanatismo de esta religión, y como no moría, me transformaron en una especie de
dios viviente, y me pusieron como sobrenombre el profeta. De hecho ya ni recuerdo
el nombre del dueño de este cuerpo. No ha sido tan difícil mantenerlo, han sido
ciento treinta años entretenidos, he repartido las enseñanzas de mi señor satanás
sin que nadie se diera cuenta, he vivido con todos los lujos posibles de un cuerpo

83
humano decadente… ¿Qué harás ahora exorcista, me quitarás el cuerpo y me
enviarás de vuelta a mi reino?
—Por supuesto, es lo que corresponde, estás usando un cuerpo que no es tuyo, en
un reino que no es el tuyo—respondió Sanguinetti.
—¿Tú entiendes que este cuerpo tiene ciento sesenta y siete años, y que en cuanto
me expulses caerá desecho a la tierra y no le servirá a su alma?—preguntó el
demonio.
—Lo entiendo, pero tú no debes estar acá repartiendo tu veneno, y esa alma
merece entrar al reino de dios, como toda alma consagrada en su santísimo nombre
—respondió Sanguinetti—. Esa alma está en el infierno ocupando tu lugar, una vez
que tu vuelvas a donde debes volver, ella seguirá el camino que le postergaste por
ciento treinta años.
—Está bien, me queda claro que me expulsarás y nada podré hacer contra ello… o
tal vez no quiera hacer nada… bien señores, fue un gusto conocerlos, los estaré
esperando en sus lechos de muerte—dijo el demonio.

Sin que Sanguinetti alcanzara a empezar a orar la fórmula imperativa para expulsar
al demonio Caacrinolaas del cuerpo del pastor evangélico del siglo XIX, el cuerpo
empezó a temblar como si sufriera un ataque de epilepsia. De pronto la sonrisa
sarcástica volvió por un par de segundos al rostro del pastor, para luego abrir la
boca y dejar salir una suerte de enorme espectro sin forma conocida, del negro más
profundo que Araos y Sanguinetti hubieran visto en sus vidas. Luego de ello el
cuerpo empezó a arrugarse rápidamente, y lentamente empezó a convertirse en
polvo. Una vez que el polvo empezó a deshacerse en el piso del altar de la iglesia, y
que las esposas cayeran cerradas al piso, Sanguinetti empezó a sacarse los
ornamentos y a guardar sus implementos.

—¿Eso fue todo?—preguntó incrédulo Araos.


—¿Qué esperaba detective, que el cuerpo vomitara sopa de arvejas o volara dentro
de la casa de dios?—dijo Sanguinetti—. Esto no fue una película, fue la vida real.
Ahora usted es uno de las pocas personas en este planeta que puede asegurar
haber visto un demonio.

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—¿Qué pasará con usted?
—Iré de vuelta al seminario pontificio mayor, le informaré al rector lo que sucedió, le
aseguraré que el alma del obispo está ahora en presencia de dios, y luego tomaré el
vuelo para volver al Vaticano.
—¿Y efectivamente el alma del obispo está con dios?
—No lo sé detective, eso depende de sus actos, no de mi juicio—dijo Sanguinetti,
estirando su mano derecha hacia Araos—. Detective, fue un honor haber trabajado
con usted y haberlo ayudado a liberar al mundo de este demonio. Espero que su
conciencia le permita vivir en paz con sus actos, y que sea feliz con su vida. Le
aseguro que el alma del inspector Bernal está orgullosa de lo que usted propició
hoy.

Araos estrechó con fuerza la mano de Sanguinetti, y ambos terminaron fundiéndose


en un fraternal abrazo. Luego de ello Sanguinetti se persignó antes de salir de la
iglesia. Araos recogió las esposas que estaban en el piso, salió de la iglesia, y cerró
por fuera la puerta. Ya se daría el tiempo de agradecer al sacerdote que se la prestó
sin hacer preguntas, en agradecimiento por detener a unos microtraficantes que le
estaban haciendo la vida imposible. Araos quiso irse a su casa, pero terminó en un
bar bebiendo a la salud de Bernal y Sanguinetti.

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XXII
Terminadas las tres semanas de vacaciones obligadas, José Araos se presentó en
el cuartel el lunes a las ocho de la mañana. Luego de recibir el saludo cariñoso de
casi todos los que trabajaban en el lugar, se dirigió a la oficina del prefecto Mora.

—Vaya, volviste José, ¿cómo te sientes, listo para volver al servicio activo?—
preguntó Mora.
—Gracias jefe por encargarse de los cuerpos de los que murieron aplastados por el
camión, y los que tuve que matar para dar con el profeta.
—¿Te refieres a los cinco traficantes de armas que murieron en un tiroteo en la San
Gregorio y a los diez ocupantes de un bus que murieron en el choque en la
carretera?—preguntó Mora, sonriendo.
—A veces no entiendo cómo puede mover tantas cosas sin ni arrugarse.
—Es mejor que no lo sepas, José—respondió Mora—. Ahora cuéntame, ¿finalmente
el que propiciaba los suicidios era un demonio?
—Si jefe, y uno grande por lo que entendí. Estuvo encarnado ciento treinta años en
el cuerpo de un pastor del siglo XIX, y ahí se dedicó según dijo a predicar la palabra
de satanás haciéndola pasar por la de dios. El padre Sanguinetti lo obligó a hablar, y
al final el demonio dejó el cuerpo por las suyas.
—Ahora agradezco que el fiscal nos haya quitado el caso, no había cómo redactar
todo eso de un modo coherente—dijo Mora—. Bueno, ahora vamos a lo nuestro
José. Tú todavía no tienes compañero asignado así que no puedes salir a las calles.
Mientras el alto mando te designa un compañero deberás dedicarte a pega de
escritorio.
—No hay problema jefe, bastante movimiento tuve ya, así que no me hará mal
hacer la pega latera.

Durante las siguientes dos semanas Araos estuvo haciendo labores de oficina.
Cuando llegó al trabajo el tercer lunes y ya se estaba instalando en la oficina para
empezar a trabajar, fue llamado por el prefecto Mora.

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—Hola José, te tengo novedades—dijo Mora, sonriendo.
—Cuénteme jefe.
—La primera es que el alto mando determinó que ya llegó la hora que subas de
grado, así que a partir de la próxima semana ascenderás a inspector. La segunda
es que enviarán detectives recién recibidos para cubrir las plazas pendientes, uno
de ellos quedará asignado como compañero tuyo. Deberás enseñarle el trabajo y
las mañas de la pega.

Araos estaba feliz, hacía tiempo que esperaba ese ascenso para poder proyectarse
en su carrera.

—Hay algo más—agregó Mora—. Tengo contactos en la fiscalía, y me contaron que


carabineros y el fiscal no lograron dar con alguna solución para el caso, y como ya
va un mes sin suicidios, el fiscal decidió archivar la causa sin responsables.
—Era esperable jefe, jamás iban a dar con la causa real de este caso.
—Bueno José, era eso. Te queda sólo una semana de pega administrativa, de ahí
vuelves a las calles a entregarle tu experiencia a un detective nuevo. Felicitaciones.

Araos salió de la oficina luego de recibir un abrazo del prefecto. Antes de entrar a su
oficina salió al estacionamiento del cuartel. El cielo estaba despejado y claro. Araos
se sentía satisfecho dentro de todo al haber logrado terminar con la ola de suicidios,
y haber liberado un alma inocente de un castigo injusto. Araos miró al cielo, hizo un
salud con su taza de café, y volvió al cuartel a seguir con el resto de su vida.

FIN

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