Está en la página 1de 39

EL LIBRO NEGRO DE LA REVOLUCION FRANCESA

Contestar el mito revolucionario, como se dedican los historiadores actuales, deslegitimar el


Terror, es arruinar el presupuesto antiguo según el cual los progresos sociales se obtendrían por
la violencia. Es destruir la ilusión según la cual un proyecto político podría generar a un nuevo
hombre. Cada vez que se puso en marcha tal tentativa, condujo a querer regenerar la humanidad
purificándola de sus elementos indeseables, desencadenando un mecanismo asesino. En 1993,
en Vendée, Alexandre Soljenitsyne establecerá el vínculo entre la Revolución francesa y las
lógicas totalitarias del comunismo o el nazismo.
Diez años después del Bicentenario, nuevos trabajos de historiadores profundizarán en esta pista
de reflexión. En 1999, Alain Gérard descifra la guerra de Vendée como punto focal del Terror,
analizando la concepción del hombre que se deduce de la lengua convencional, el autor
concluye que si los Vendeanos (y más allá, todos los opositores al Gobierno de salud pública)
debían liquidarse, es que personificaban una “subhumanidad'”. En 2000, Patrice Gueniffey
analiza el Terror asociándolo al concepto de poder. “El Terror, afirma a este historiador, es el
producto de la dinámica revolucionaria y, quizá, de toda dinámica revolucionaria. En eso, tiene
la misma naturaleza de la Revolución, de todo revolución'. ”

Conducida en nombre del pueblo, la Revolución se efectuó sin el consentimiento del pueblo, y a
menudo mismo contra el pueblo. ¿En 1989, cómo explicar esta contradicción a los Franceses?
Esto sería demasiado complicado, y eso implicaría demasiadas puestas en causa. Entonces la
conmemoración oficial de la Revolución se efectúa lejos de la historia, al grado del aire del
tiempo. Como en 1889. En la época, el patriotismo estaba de moda: el Centenario se acorazó de
tricolor. En 1989, es la hora de los derechos del hombre, del antirracismo, del derribo de las
fronteras. De donde el desfile mestizo Jean-Paul Goude.

El Bicentenario de verdad no conmemoró 1789, sino más bien exaltado la idea que la Francia de
1989, al menos la que está en el poder, se hace ella misma.

Dejemos la historia para el campo de la prospectiva. Un ejercicio de riesgo: tantos parámetros


determinan el curso de los acontecimientos, tantos imprevistos pueden trastornar este curso que
nadie puede prever el futuro con certeza. A lo sumo se puede - pero es ya mucho - destacar que
algunas consecuencias se derivan ineluctablemente de tendencias afirmadas veinte, treinta o
cincuenta años antes.

¿En 2089, Francia festejará el tricentenario del Revolución? Bien osado el que se atreviera a
responder por la afirmativa o la negativa, separándonos más de ochenta años de este
vencimiento. En cambio, interrogarse es legítimo.

Todos los observadores convienen que el nivel escolar se hundió durante los veinte últimos
años, especialmente en el ámbito de la historia. Ciertamente, en los programas de secundaria, la
Revolución sigue siendo un fragmento de elección, a pesar de una orientación ideológica
evidente: el manual modelo propone una página sobre la monarquía llamada absoluta, de
Enrique IV a Luís XVI, contra una veintena de páginas sobre la caída del Antiguo Régimen y
veinticinco páginas sobre la Revolución propiamente dicha. Pero la cronología está ausente de
lo que no es más un relato nacional. En cuanto a la enseñanza primaria, la historia de Francia
prácticamente ha desaparecido. Si la tendencia no se invierte, ¿que significará la fecha de 1789
para el ciudadano de 2089?

Incluso si la campaña presidencial de 2007 puso de manifiesto – a izquierda como a derecha -


que la temática del orgullo francés despertaba aún algo en las mentalidades, la época está
persuadida de que el futuro reside en un modelo de sociedad donde las fronteras se señalarán
cada vez menos, sobre todo con nuestros vecinos inmediatos. Ahora bien los Europeos, no sin
sabiduría, definen la Revolución francesa como un larga secuencia, situada entre 1789 y 1815.
¿Y que retienen? Los Británicos, todos los hijos de Burke, consideran que los derechos del
hombre no fueron inventados por la Revolución de Francia, esta agitación sangrienta, y añaden
que no lamentan haber relegado a Napoleón Santa Elena. Los Alemanes y los Austriacos se
acuerdan de la Francia revolucionaria como la “Gran Nación” orgullosa que, con el pretexto de
aportarles la libertad, les hizo la guerra. Los Italianos no olvidan el cautividad del papa y el
saqueo organizado de la Península por Bonaparte, y los Españoles vibran aún con la evocación
del Dos de Mayo. ¿Es una Europa integrada, en 2089, lo que incitará a los Franceses a festejar
1789?

El principio de la ruptura radical con el mundo previo, el recurso a la ideología en el discurso


público (en el sentido en que Saint-Just elogiaba la felicidad como “una nueva idea”), la
voluntad “de cambiar la vida”, la ambición de crear un nuevo hombre, todos estos síntomas
revolucionarios han dejado un rastro sangriento a través de los dos últimos siglos. Después de la
caída del nazismo en 1945, el comunismo se hundió sobre si mismo los años ochenta. Nadie
puede decir lo que nos reserva el siglo XXI, sino que parece más bien que, si debemos enfrentar
una nueva ola destructiva para el hombre, vendrá más que de un proyecto político organizado,
del nihilismo de las redes terroristas o derivas de la investigación científica (y, en particular, de
la investigación biológica), fenómenos ampliados por la negación o el olvido de la eminente
dignidad de la naturaleza humana y por la banalización de lo que Juan-Pablo II llamaba “la
cultura de muerte”. En otras palabras, incluso si el siglo que viene corre el riesgo de ser tan
peligroso que el precedente, no se ve lo que traería la reviviscencia del mito revolucionario que
nació el siglo XVIII. ¿Entonces, en 2089, por qué festejar 1789?

¿La divisa revolucionaria - libertad, igualdad, fraternidad - saca su sustancia, como lo afirmaba
Chesterton, de ideas cristianas que se han vuelto locas? A nivel histórico, es fácil recordar el
anticristianismo jacobino y la persecución que se abatió sobre la Iglesia católica (y también
sobre los otros cultos, en lo más fuerte del Terror). Sin embargo, a nivel filosófico, la
controversia sobre la conformidad del ideal republicano con los preceptos evangélicos dura
desde hace más de un siglo. No pretendiendo solucionar en tres líneas una cuestión tan
compleja, se contentará, aquí, a observar que la Revolución creció sobre un mantillo cristiano.
Si Francia continúa como hoy día alejándose del cristianismo, ¿qué mirada fijará, hacia el final
del siglo XXI, hacia los orígenes de la Revolución? Y más allá, la razón, el progreso y la
ciencia, estos ideales de las Luces que se volvieron ideales republicanos, ¿que sentido tendrán
en 2089?

Añadamos esto, a riesgo de trastornar el políticamente correcto. Respecto a los movimientos de


población producidos sobre el suelo francés al final del siglo XX siglo y al principio del siglo
XXI, incluso si los flujos migratorios se pararan ahora, los demógrafos calculan que, en 2030, el
número de hogares originarios del Magreb, África negro y Turquía podría representar cerca de
10 millones de personas y un 30% de los nacimientos. Hacia 2050, el número de los niños de
origen extranjero residiendo en Francia metropolitana debería sobrepasar al de los niños de
origen francés. Más de una generación más tarde, la proporción será aún más fuerte, como será
verosímilmente más elevado el porcentaje de musulmanes en esa población. Si la lógica
comunitarista que prevalece actualmente no se invierte, si los nuevos Franceses no pasan a ser
Franceses de cultura, ¿qué significación revestirá para ellos la conmemoración de la
Revolución? EL pensamiento revolucionario, stricto sensu, no concuerda con la antropología
expresada por los textos sagrados del Islam. En 2089, ¿los musulmanas de Francia querrán
celebrar 1789?

El historia no se escribe nunca por adelantado, y la historia de Francia siempre ha reservado


inmensas sorpresas. No se podría excluir, después de todo, que l acabando el siglo XXI vea un
retorno en fuerza de la fe cristiana sobre el viejo suelo francés. Se tendrá entonces que
reconstruir todo. ¿Estos nuevos cristianos no tendrán otras urgencias que de celebrar o impugnar
el tricentenario de 1789?

Capítulo XXIV “LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD” O LA IMPOSIBILIDAD


DE SER HIJO.

Fr. Jean-Michel Potin o.p.


Historiador archivista de la Provincia dominicana de Francia.

Y, de hecho, doscientos años más tarde, el balance político de la divisa republicana no es bueno:
es falso para la libertad, catastrófico acerca de la igualdad y mentiroso acerca de la fraternidad.
Mientras reivindican valores evangélicos, los revolucionarios, expulsando a Dios, se han
separado de la fuente sin la cual no se pueden reconocer los frutos. Así una libertad que no es
dada por un Padre es un movimiento incoherente; una igualdad que no reconoce la elección
preferencial de un amor es mentirosa y una fraternidad que se autoproclama sin referencia a un
origen común es simplemente falsa.

Querer matar el Padre guardando los valores legados por él, es imposible.

Comenzaremos este estudio por la igualdad pues es ella la que lleva el pecado original de toda
la divisa. El desconocimiento de la libertad y la fraternidad extrae tiene su origen en esta
concepción falsa de la igualdad.

IGUALDAD

El rey reinaba no solo porque había nacido de de su padre, esto no era más que el modus
operandi de la transmisión política. El más banal, el más frágil y el menos meritorio de los
modus operandi que haya y es por eso que era el único poder posible y legítimo, nadie podía
enorgullecerse de ser el origen. Pero el don del poder, él, dependía de una elección superior, del
mismo orden que la del pueblo hebreo contra el pueblo de Egipto. Esta elección superior era un
decreto divino al cual era preciso asentir.

Rechazando a la vez, la fuente originaria del poder y el modus operandi del nacimiento,
nuestros contemporáneos se obligan a encontrar ellos mismos, y en cada generación, las razones
de ejercer el poder. Están entonces condenados a una eterna autojustificación del poder que
ejercen. Están obligados a elegir ellos mismos su propio nacimiento. El modo generacional
(somos más los hijos de nuestro tiempo que los hijos de nuestros padres) es concomitante a la
Revolución Francesa. Es por eso que es preciso que el rey muera, pero igualmente su hijo, para
que no haya más filiación.

A partir de la Revolución no somos más los hijos de nuestros padres, somos de la misma
generación. Estamos tentados de encontrarnos razones de existir en el hecho de haber nacido en
el mismo tiempo. El tiempo nos engendra más que nuestros padres. La primera de estas
generaciones fue la generación romántica, la última fue la generación del 68 (entre ellas se
alternan dos tipos de generaciones, una generación de fundadores y una generación de
sacrificados). Salido el nacimiento no existimos más que por bloque generacional. Ahora una
generación no crea hermanos, crea individuos yuxtapuestos que pasan su tiempo en comprender
lo que les liga a esos otros individuos, que no son sus hermanos, ni su padre eso de donde ellos
han nacido. Es el principio del signo de los tiempos. A falta de nuestros padres, el tiempo nos
habla y es preciso, según la expresión canonizada incluso por la Iglesia católica, “leer los signos
de los tiempos”.

En esta historia donde las generaciones se siguen diferenciándose, cada una de entre ellas, en un
movimiento que ella cree generoso, quiere que la siguiente esté compuesta, no de herederos sino
de fundadores. Cada generación política quiere que la siguiente recree el mundo. Grito
desesperado de los padres que se dan cuanta que no han llegado a transmitir otra cosa que el
vacío y el caos.

Esta sucesión de generación sin herencia posible no deja elección: no se trata más que de
apresurar la catástrofe ya que nada es transmisible; de los fascistas de los años treinta a la
izquierda radical del principio de este milenario, se trata de esto: apresurar la catástrofe porque
no se ha recibido nada y porque no se puede transmitir nada.

LIBERTAD

Decretando legislativamente que los hombres nacen libres por naturaleza y por derecho, los
revolucionarios han fantaseado la naturaleza y han atribuido al derecho lo que no puede hacer.

No se es libre más que por don y se engaña si se cree garantizar la perennidad de un don que es
natural decretando que es natural o proclamándolo derecho. Un don es mucho más perenne que
la naturaleza (que se entrega y vuelve a comenzar por el primero de sus dones que es la
vida); en cuanto al derecho escrito, otro escrito puede anularlo, ahí está toda su debilidad, lo que
existe por escrito puede cesar de existir por otro escrito. En cambio, lo que es dado, no puede
ser quitado pues el don es una extensión de si que no puede jamás ser recuperado. Si Dios nos
creado libres, es porque el se dio a si mismo y no puede quitarse sin destruirnos y sin destruirse.

Si los hombres nacen libres, es porque esto se hace naturalmente y es por tanto contradictorio
decretarlo por escrito. Lo que está escrito es justamente lo que no es natural y tiene necesidad de
este escrito para existir.

Confundiendo y mezclando las libertades públicas (que existen bajo la realeza y que el rey era el
garante ellas tenían su palabra, de otra forma más sólido que lo escrito) y la libertad personal
(cuya sede es mi conciencia), los revolucionarios han contraído el riesgo que se contradigan la
una y la otra y se impidan funcionar.

La inflación legislativa actual en que las leyes suceden a las leyes que no tienen incluso tiempo
de recibir sus decretos de aplicación antes de ser anuladas por otras leyes es la prueba de que
incluso los legisladores no creen más en lo que hacen,

El grave error de la teoría de la libertad republicana es de haber hecho creer que un régimen de
libertades públicas (que se parece mucho a este programa: “nosotros nos ocuparemos de todo
incluida vuestra libertad”) pueda instaurar la libertad.

La libertad es eminentemente personal y con baches. Es volcánicamente intempestiva. No se


ejerce más que para cada uno y en momentos específicos. El hombre raramente debe hacer
constantemente prueba de su libertad pero cuando debe hacerlo, no debe fallar ese momento.
Cuando Jean Paul Sartre escribía “nunca hemos sido más libres que bajo la ocupación alemana”
mostraba que la libertad no puede ejercerse más que frente a quien la niega. No existen países
libres y países “no libres”, solo los hombres lo son o no. Ha sido precisa una grave ignorancia
de es la libertad en este mundo que se dice “libre” para osar una tal pretensión.

La idea según la cual un régimen de libertades públicas protege la libertad individual es una
engañifa, no más que garantizar eventualmente los contratos que ligan a los hombres entre
ellos. Una libertad se conquista, es lo que hace su esencia misma. Pretender proteger la libertad
individual, es aniquilarla.

Tras esta idea del régimen de libertades públicas existe la idea de un progreso moral de la
humanidad y luego la negación de la posibilidad del mal, Todo mal no es más que un defecto
que se va a poder erradicar por la educación o la ciencia que el estado se encarga de procurar a
cada uno. Todo es mejorable. El progreso va a balizar la ruta de nuestros hijos hacia un porvenir
mejor. Ahora bien no hay progreso moral ( y aún menos político) en la historia de la humanidad.
Este desconocimiento del mal, este rechazo de ver que cada hombre y cada mujer tendrá que
batirse hasta el fin de los tiempos contra los mismos –exactamente los mismos- males que sus
ancestros ha conducido a esta humanidad liberada la infierno.

El rey no era el garante de la libertad del hombre (no tenía esta omnipotencia) pero garantizaba
las libertades públicas, las que permitían el vivir juntos en una negociación constante entre los
sujetos.
En nuestro sistema político actual en que nosotros nos damos a nosotros mismos nuestra
libertad (tanto la libertad interior como la libertad política) ¿que vale esta libertad? ¿Como
puedo ser yo mismo garante de mi propia libertad? ¿Que valor tiene esta libertad sino el valor
que yo me de a mi mismo? ¿Como puedo yo conocer mi valor y por tanto mi libertad si nadie
diferente a mi no me la revela y no me exige?

FRATERNIDAD

Quien dice fraternidad dice forzosamente parentalidad común. Es preciso que haya origen
común (o al menos comienzo común) para que haya vínculo fraternal. Ahora bien, habiendo
negado al Padre la República francesa, habiendo guillotinado al padre de la nación, deberá
encontrar un origen común, al riesgo de inventarlo.

Comienza entonces la personificación de la matria, su antropomorfismo: toma los trazos de una


mujer generosa a quien se le da el nombre de Marianne, una invasión del suelo se convierte en
la violación de la madre patria que deberá ser vengada según las leyes de la sangre. En vez de
vivir, se trata más bien de morir: la única fraternidad propuesta se sella en la leva masiva, en la
conscripción. Los hijos (“ Allons enfants de la patrie “) nada más que porque parten a la guerra.
La fraternidad no es posible más que en fraternidad de armas.

Marianne ha tenido a bien ser representada generosa, con bellos senos nutricios, ella llegará a
ser, al hilo de los años, Medea, madre indigna que mata a sus hijos. ¿Quien osa decir todavía
que morirá por ella?

Sin embargo esta fraternidad nacional ha funcionado cierto tiempo, incluso habría podido
funcionar, si no hubiera tenido, en origen, un vicio de forma que hace imposible esta ficción. La
ficción viene de la decisión arbitraria de elegir su progenitor o su progenitora. La tensión natural
de la República hacia lo universal ha permitido, al hilo de la historia, reemplazar la nación por
Europa esperando una nueva entidad, aún más vasta, aún más universal. Esta expansión hacia lo
universal en que lo particular no es más que transitorio (era preciso batirse por Francia; hoy día,
no es preciso batirse por Francia sino por Europa, esperando que se nos diga que no es preciso
batirse por Europa sino por…) es la perpetua huida hacia delante del proyecto republicano. De
la fraternidad nacional, ha sido preciso pasar a una fraternidad ciudadana, más fluida, ilimitada.

Hoy día negando el origen común (la madre patria no tiene ningún éxito ante los republicanos),
la República ha tenido que conservar la fraternidad pero en el sentido de solidaridad. Esta,
puramente abstracta, ya que no se asienta en ningún vínculo real, propone entonces abrir esta
solidaridad a todos. Pero en este universo abstracto, no hay sujetos (que son aquellos sobre los
cuales se pueden construir reivindicaciones), no hay más que vivientes que reclaman derechos
de vivientes. Ahora bien el derecho de los vivientes se expresa hoy de dos maneras: la seguridad
de riesgo cero y el derecho al bienestar. Estamos así en el mejor de los mundos en que habiendo
borrado toda dimensión de sujeto dependiente de alguien que le de un derecho, no quedan más
que vivientes que reclaman derechos que nadie les puede dar.

En efecto todas las fraternidades particulares (corporaciones de oficio, gremios, cofradías


piadosas, fraternidades caritativas, órdenes religiosas…) funcionan según estatus políticos muy
preciso y riguroso, habiendo hecho a menudo sus pruebas de democracia real (con elecciones
como modus operandi durante siglos que olvidaba la fuente principal) durante siglos. “Tener
voz en el capítulo” es una expresión del más elemental y del más eficaz funcionamiento
democrático. Diluyendo las fraternidades particulares en una fraternidad universal, nadie más
puede “tener voz en el capítulo” pues no existe “capítulo” universal. Las únicas voces que la
fraternidad universal autoriza son las que se cuentan en las urnas. Así no se hace oír una voz, un
hombre no habla, se cuenta su voz. No somos en el acto de la palabra, somos en el lenguaje
matemático. A una democracia basada sobre la palabra como acto se ha substituido una
democracia basada en el recuento de códigos (no siendo las encuestas más que tentativas
desesperadas para saber los lo que estos códigos quieren decir).

Los más pesimistas de los hermeneutas de la divisa revolucionaria explican que la fraternidad es
la palabra que permite hacer la articulación entre los dos otros nombres , antagonistas, de la
divisa, La libertad inclinando hacia la derecha y la igualdad inclinando hacia la izquierda, la
única manera de no desgarrar la nación en una eterna guerra civil es paliar los defectos de la
derecha y de la izquierda por la fraternidad, En el momento de hacer el balance, se puede decir
que los únicos momentos de la historia en que la derecha y la izquierda se han unido en un
mismo impulso nacional, las únicas veces en que la libertad y la igualdad se han callado para
dejar hablar a la fraternidad, fueron momentos de guerra. La nación no ha querido que los
hombres fueran hermanos más que en el barro y la sangre.

¿EL AMOR TIENE ALGO QUE VER CON LA POLÍTICA?

La política no es solamente la disciplina de los derechos, esta tiene también alguna cosa que ver
con la obediencia y el servicio. Ahora bien no se puede servir y obedecer libremente más que
amando. El amor es el zócalo esencial de la política, como lo es de toda la vida del hombre.

El rechazo del amor filial no ha hecho desertar el amor del político, solamente lo ha
metamorfoseado y caricaturizado. Teniendo la naturaleza humana horror al vacío, el culto del
héroe ha venido a reemplazar el amor al rey.

Todos los héroes modernos en política han reivindicado el título de padre: Stalin era el padrecito
de los pueblos; Hitler y Mussolini son pastores y Mao un Gran Timonel. Pero ya que no se llega
al Padre más que por el Hijo y en el Espíritu, acceder a los padres políticos sin pasar por ellos
acarrea forzosamente el culto. El culto a la personalidad no es asunto más que de huérfanos.

Refundar la política sobre el amor no consiste en rechazar amar a los héroes sino saber discernir
que el héroe es el que confía el poder a quien tiene legitimidad. Toda autoridad viene de Dios.
Él da y es este don el que conviene amar.

Capítulo XVI EL REPARTO REVOLUCIONARIO DEL TERRITORIO, ENTRE


UTOPÍA Y TECNOCRACIA

“Establecer la Constitución es para nosotros reconstruir y regenerar el Estado. No es necesario


pues que una pusilanimidad rutinaria nos tenga esclavizados al antiguo orden de las cosas,
cuando es posible establecer las mejores bases y necesario disponer los resortes del Gobierno
para los nuevos efectos que se trata de obtener. Como no habría regeneración si no se cambiaba
nada, sólo habría una superficial y pasajera, si los cambios se limitaran a simples paliativos,
dejando subsistir la causa de los antiguos defectos. No tratemos de hacer la Constitución, si no
queremos regenerar a fondo.”

Así habla en 1790, delante de la Asamblea Constituyente, el Normando Jacques Guillaume


Thouret, abogado, diputado del tercio de Ruán, uno de los más finos juristas de la asamblea,
miembro del Comité de constitución y ponente este día de su proyecto de reparto del territorio.
Un hombre que no dudaba ciertamente entonces que formaría parte de las víctimas de esta furia
regeneradora que llama con sus votos y que se llevará al cadalso en el mismo carro que
Malesherbes, el último defensor de Luís XVI.

Pues desde los primeros días noviembre de 1789, cuando combate la organización del territorio
como tantos otros ámbitos, la Revolución francesa se proponen luchar sin descanso contra todo
lo que podría dividir un cuerpo social y político unitario supuestamente revelado por la
simbólica noche del 4 de agosto. Pero esta unidad es también, desde el principio del fenómeno
revolucionario, indisolublemente vinculada una uniformidad pensada como necesaria, y esto por
tres razones complementarias.

La primera revela, por supuesto, la pasión de la igualdad. No el entusiasmo para esta igualdad
“varonil” que describirá Alexis de Tocqueville, que empuja a al hombre a intentar igualar a los
que le son superiores, sino esta pasión que mencionan también al pensador normando, que
nombraríamos igualitarismo, la que promueve a rebajarlo todo al más pequeño común
denominador . En este sentido, este reparto territorial que se debate en la Constituyente puede
parecer no ser más que un avatar de esta pasión igualitaria, el simple fruto de una misma
voluntad de hacerlo pasar todo, hombres y territorios, bajo una talla idéntica. Pero el
igualitarismo no es sin embargo todo, y en estos debates por el establecimiento de un nuevo
orden de derecho público, no es evocado principalmente para justificar estas elecciones.

La principal razón, el fundamento intelectual de las primeras reformas se podría decir, la


igualdad siendo aquí representativa de la segunda fase revolucionaria , es la voluntad de
organizar mejor los cuadros de la sociedad. La razón, que permite al hombre comprender el bien
público, debe dictarle también las formas de su organización social. Pero supone entonces un
análisis exterior de los problemas, hecha por algunos cerebros superiores en sus gabinetes,
descartando los datos de la historia. Este razonamiento es necesariamente simple, en una
aproximación a la vez científica y utilitarista que se combina muy bien con la pasión igualitaria
y la negación de las diferencias que se deriva. Para nuestros modernos de entonces, toda
organización dispar, enredada, de forma irregular, no podría razonablemente prevalecer sobre la
belleza de un idéntico esquema extendido al conjunto del territorio.

Pues lo que no es razonable sus ojos, o lo que no lo es más, en tanto que eso haya sido un día
justificable por tal o cual consideración factual, es la organización territorial de un Antiguo
régimen que conocía efectivamente una gran diversidad de repartos administrativos, a los cuales
correspondían a menudo derechos particulares. A pesar de la redacción de los costumbres
provinciales bajo el control del poder real, a pesar de la tentativa de sustituir un derecho francés
“nacional” a los derechos locales, éstos siguen siendo dispares, como lo son también las
infraestructuras, las economías, los métodos de arrendamiento del suelo o el diferente pesos de
las ciudades, sin olvidar especificidades culturales que refuerza a veces la existencia de una
lengua. Como lo señala Thouret, que será luego uno de los padres de la división territorial
revolucionaria, “el reino está dividido en tantas divisiones diferentes como distintas especies de
regímenes o poderes: en diócesis con relación eclesiástica; en gobiernos con relación militar, en
generalidades con relación administrativo; en arriendos con relación judicial. […] no solamente,
añade, hay desproporciones demasiado fuertes en la extensión del territorio, sino que estas
antiguas divisiones, que no ha determinado ninguna combinación política, y que sola la práctica
puede hacer tolerable, son viciosas bajo varios relaciones, tanto públicas como locales’. ”

Ahora bien la voluntad de reforma racional e igualitaria encuentra aquí un deseo de las
administraciones que preexiste al fenómeno revolucionario. El Antiguo Régimen disponía de
una administración central eficaz, compuesta de empleados del Estado a veces elegidos fuera de
las clásicas redes nobiliarias en relación con el poder, y para los cuales eficacia debía
prevalecer. Y, vistas desde París o desde estas sedes descentralizadas del poder central que son
las intendencias, en resumen vistas con ojos “modernos”, las supervivencias “góticas” no tienen
obviamente razón de existir.

Pero si el Antiguo Régimen había intentado reformarse con la creación de nuevas estructuras o
nuevos poderes, era sin hacer desaparecer las antiguas divisiones. Excluyamos aquí la reforma
parlamentaria emprendida por el canciller Maupeou, y que resultó menos de una voluntad de
racionalización que al deseo de liberar el poder real de las pretensiones parlamentarias. La
creación de los generalidades, es una tentativa para evitar las molestias de la gran diversidad,
reforma inacabada que el régimen intentará aún con la de las asambleas provinciales. Aparecen
por otra parte los términos modernos. Ya en 1765 , de Argenson pide la división del reino en
departamentos, un término utilizado en la administración de Puentes y Calzadas, donde cada
ingeniero tiene un “departamento” como circunscripción de acción, y, en 1787, las asambleas
provinciales de la generalidad de Île-de-France serán reunidas por departamentos. La técnica
moderna misma empuja en este sentido. Los ingenieros de Puentes que acabamos de mencionar,
casta de técnicos ultraespecializados creada en 1716, se basan en el establecimiento de la carta
de Cassini y sobre el conocimiento profundo que ella iba a aportar del territorio sujeto su
control, para imponer su poder racionalizando la organización y el uso del espacio.

Así pues, en este Antiguo Régimen donde no es uniforme nada, una parte de la administración
considera, fuera como se ve de todo debate sobre la igualdad de derechos, y esencialmente para
afirmar su poder, que numerosas cosas deberían llegar a serlo. Si la visión tocquevillienne de un
reino preparando las grandes reformas administrativas de la Revolución y, sobre todo, del
Imperio, es seguramente excesiva, una nueva cultura administrativa está efectivamente en
germen. Pero el reino permanece “erizado de libertades”, y los privilegios de las parroquias,
municipios o sociedades son aún tantas defensas contra una administración por esencia siempre
más intervensionista, tanto es así que el poder administrativo, no más que otros, no sabría
autolimitarse.

El jurista está compartido entre dos enfoques, del que uno aprehende la Revolución como una
ruptura ideológica asumida, cuando el segundo lo vería reanudar la marcha ya empezada hacia
el modernidad administrativa. Lo que es cierto, es que el ataque contra las antiguas divisiones
territoriales - con todas sus consecuencias en términos de nivelación de las especificidades
jurídicas y culturales - viene todo tanto del interior del régimen como del exterior. Como lo
declara Thouret la tribuna de la Constituyente presentando el informe al Comité de constitución
sobre la nueva organización administrativa del reino: “Desde hace tiempo, los publicistas y las
buenos administradores desean a una mejor división del reino: porque todas las que existen son
excesivamente desiguales, y que no hay ninguna que sea regular, razonable, y cómoda, sea al
administrador, sea a todas las partes del territorio administrado.”

Pero hay aún un punto a evocar, una tercera razón para la imperiosa necesidad de la redefinición
territorial, el cambio de perspectiva que ofrecen el nuevo método de expresión de la voluntad
general y la existencia de un órgano legislativo elegido. Este método de elaboración de la ley es
en efecto la justificación esencial presentada la asamblea revolucionario para el renovación
territorial. Se conocen los términos del debate en torno a la imposibilidad de poner en marcha
una democracia directa que supondría la reunión de los ciudadanos – incluso aun cuando se
tratara solo de los ciudadanos activos - en un mismo lugar. Será necesario pues representantes,
que pueden ser titulares de un mandato imperativo, así pues perpetuamente revocables por sus
comitentes, o de un mandato representativo, y libres entonces de actuar como les parezca para
despejar la voluntad general. Eligiendo constituirse en Asamblea nacional, los elegidos de los
Estados generales, procediendo del mandato que se les había confiado y que sólo consistía
presentar los cuadernos de quejas de su orden y su distrito electoral, se comprometen, al término
de debates agitados, en la única vía posible: liberarse de la idea de todo mandato imperativo y
considerar que una vez reunidos representan la nación.

Es preciso asumirlo como ruptura total y necesaria. “Establecer la Constítutción, declara a


Thouret a los diputados, es llevar en nombre de la nación [...] la ley suprema que vincula y
subordina las diferentes partes al todo. El interés de este todo, es decir de la nación en cuerpo,
puede solo determinar las leyes constitucionales; y nada de lo que concerniera a los sistemas, a
los prejuicios, a las prácticas, a las pretensiones locales, puede entrar en la balanza. Si nos
miramos menos como los representantes de la nación que como estipulantes de la ciudad, el
arriendo o la provincia de donde somos enviados, prosigue el abogado normando; si,
extraviados por esta falsa opinión de nuestro carácter, hablando mucho de nuestro país y muy
poco del reino, ponemos el afecto provincial en paralelo con el interés nacional; me atrevo a
demanadar, ¿seríamos dignos de haber sido elegido como los regeneradores del Estado'? ”

Es también para evitar en el futuro toda cuestión de este tipo que se repensado una organización
del territorio que supone particularmente la cuestión de los distritos electorales. En este sentido
pues, y es la tercera explicación, además de a la pasión igualitarista y de la voluntad de
racionalización, el planteamiento revolucionario es también la consecuencia de necesidades
jurídicas, y la única elección que ha sido hecha del sistema representativo la implicaría
necesariamente según los excelentes juristas presentes la Constituyente.

¿Las consecuencias serían nefastas para las libertades? No, ya que la Revolución, haciendo
desaparecer el despotismo, habrá vuelto inútiles los contrapoderes de las libertades locales.
Curiosamente nadie parece entonces desconfiarse del peligro que harían correr a las libertades
individuales una asamblea o administración central. En una acepción muy rousseauniana la
elección supone garantizar la llegada al poder - al menos mayoritariamente - de individuos
preocupados solo por bien común, y, hecha por los representantes de la nación, la ley no sabría
ser más que ventajosa para todos. Simbólicamente, en la misma época, el juez ordinario
(judicial) por otra parte está invitado a no interesarse en la acción del Estado (ley de 16 y 24 de
agosto 1790): de una parte, porque el número de juristas de la Constituyente han lamentado ,
bajo el Antiguo Régimen, el freno puesto por los parlamentos de la ejecución de las reformas
queridas por el poder central; pero también, por otra parte, porque el nuevo Estado, ejecutando
las deliberaciones de órganos libremente elegidos, no sabría hacerlo mal.

Por eso se puede prescindir de los contrapoderes representados por las instituciones locales. “La
posición no es ya la misma que era antes de la revolución actual, declara a Thouret. Cuando el
omnipotencia estaba de hecho en las manos de los Ministros, y cuando las provincias aisladas
tenían derechos e intereses a defender contra el despotismo, cada una deseaba con razón tener su
cuerpo particular de administración, y de establecerla al mas alto grado de potencia y fuerza que
era posible “. Los tiempos no están ya para estas necesidades, y dejando sus libertades a los
poderes locales, es la división de la nación la que estaría en germen. “Temamos, añadimos
nuestro Normando, establecer cuerpos administrativos bastante fuertes para emprender
resistencia al jefe del poder ejecutivo, y que pueda creerse bastante potente para faltar
impunemente la sumisión a la legislatura”. ” Es incluso hasta el recuerdo de las antiguos
pretensiones lo que es necesario descartar: según Mirabeau, “Es preciso cambiar la división
actual de las provincias, porque después de haber suprimido las pretensiones y los privilegios,
sería imprudente lesionar una administración que podría ofrecer medios de reclamarlos y de
reanudarlos””. La instrucción del 8 de enero de 1790 anexada al decreto del 22 de diciembre
1789 lo recordarán: El Estado es uno, los departamentos no son más que secciones del mismo
todo.

Es necesario pues establecer a una organización “regular, razonable, y cómoda, sea al


administrador, sea a todas las partes del territorio administrado”, y dos discursos subtienden
estos propósitos: una voluntad de democratización, con instituciones más legibles y un poder
más cercano, pero también, paralelamente, un poder central más eficaz y más presente
localmente. Es lo que resume bien bastante los famosos argumentos sobre el tamaño óptimo de
la circunscripción departamental: suficiente para permitir a todo ciudadano rendirse a su
Administración central, a la cabeza de partido, en un día de marcha, y a su administrador de
hacer la ida y vuelta de sus puntos más distantes en un día de caballo.

La historiografía francesa gusta en insistir en dos enfoques del reparto territorial, el de Mirabeau
por una parte, y la del Comité de constitución, y, en particular, Sieyés y Thouret por otra parte,
presentando el primero como el que enmendó el proyecto por demasiado rígido de los segundos
aportándole un poco de realismo.

En sus Algunas ideas de constitución aplicables la ciudad de París, el abad escribía que es
necesario “por todas partes nueve municipios para formar un departamento de cerca de 324
leguas cuadradas”. Thouret se haya de acuerdo con él sobre la superficie media del
departamento. Para él 324 leguas cuadradas le dan… los cuadrados de 18 leguas de lado”.
Entiende también dividir este departamento en nueve comunas de 36 leguas cuadradas y de seis
leguas de lado… ella misma divididas en cantones de cuatro leguas cuadradas.

Mirabeau desea, él, que cada una de las 40 provincias se reparta en tres departamentos, lo que
da 120 en vez de 80, sin comunas o cantones, pero conservando las parroquias. Se opone
también la idea de partir de París como centro de un reparto matemático, ya que tal división
“cortaría todos los vínculos que estrechan desde mucho tiempo los costumbres, las prácticas, los
hábitos, , las producciones y la lengua””. Es que la cuestión -esencial no es a su modo de ver
geográfica sino demográfica y que “la población es todo '”. Y más que de atentar a la nueva
nación manteniendo ciertos cuadros idéntitarios antiguos, teme, si desaparecen, favorecer el
estallido del reino por la pérdida de toda referencia en sus conciudadanos. Importaría pues evitar
todos los excesos. “Los departamentos, declara, no serán formados más que por ciudadanos de
la misma provincia, quienes ya la conocen, que ya están vinculados por mil relaciones. La
misma lengua, las mismas costumbres, los mismos intereses no cesarán de ligarlos unos a otros.

Pero el criterio demográfico, lógico para justificar la igual representatividad de los


parlamentarios en idénticos circunscripciones electorales, no carece de reproches. Cuando,
llevándolo al extremo, Gautier de Biauzat propone apostar exclusivamente por hacer
departamentos de 500.000 habitantes, es Thouret quien le acusa de “violar los límites actuales,
cruzar el, montañas, cruzar los ríos, y confundir [...] las prácticas, los hábitos y los lenguajes'”.

Ya que, según el diputado normando, el proyecto de reparto del Comité respeta un cuadro
identitario, la provincia: “Ninguna provincia, declara, es destruida, ni verdaderamente
desmembrada, y ella no cesa de ser provincia, y la provincia de mismo nombre que antes.” “La
nueva división, añade, puede hacerse casi por todas partes observando las conveniencias locales
y sobre todo respetando los límites de las provincias”, y toma el ejemplo de Normandía de
1789: “Dividida en tres generalidades, escribe, formando tres resortes de intendencia; tiene tres
distritos de asambleas provinciales; no subsiste menos bajo su nombre.” Nuestro fino jurista no
puede ignorar con todo sino él se trataba en mismo tiempo de un atentado a su identidad, y a sus
capacidades de pensarse momo contrapoder. Ciertos diputados emiten pues reservas sobre esta
confianza: Delandine lamenta la división del Forez entre Beaujolais y Lyonnais, de otros piden,
refiriéndose, en particular, al Languedoc y Bretaña, la creación de asambleas representando
estas provincias. Pero los debates se limitan rápidamente al examen de cuestiones muy técnicas,
las de saber ¡cómo distribuir las deudas de las antiguas provincias… o a quien hacer pagar los
grandes trabajos locales!

La tentativa de racionalización revolucionaria del más pequeño escalón local favorecerá


finalmente la continuidad histórica. La cuestión municipal se trata con la urgencia de la creación
“espontánea” de comunas, y el la ley del 14 de diciembre de 1789 reconoce la existencia de
44.000 comunas, herederas de las antiguos parroquias, y no las grandes comunas pensadas por
Thouret. En cuanto al departamento, la Asamblea Constituyente pone el principio de una tal
división del reino por la ley del 22 de diciembre de 1789 - 8 de enero de 1790: artículo 1º. Se
retienen un número (tendrá 83), un espacio (300 leguas cuadradas) y contornos geográficos que
deberán respetar las antiguas parroquias. Pero departamentos y comunas no son toda la nueva
organización territorial: cada departamento estará dividido en nueve distritos, ellos mismos
divididos en cantones divididos en comunas. Los departamentos tal como los conocemos,
fueron creados por la ley del 26 de febrero y 4 de marzo de 1790.

Esta división revolucionaria suscitó numerosas críticas. Para muchos, se trata de una creación
artificial que no fue impuesta más que por una razón política, hacer estallar las antiguas
provincias. “Es la primera vez que se ve hombres hacer pedazos la patria de una manera tan
bárbara”, escribirá Edmund Burke sus Reflexiones sobre la Revolución de Francia. Añade: “No
se conocerá más, se nos dice, ni Gascones ni Picardos, ni Bretones ni, Normandos, sino
solamente de Franceses. Pero es más mucho verosímil que vuestro país pronto estará habitado
no por franceses, sino por hombres sin patria; nunca se ha conocido hombres unidos por el
orgullo, por una inclinación o por un sentimiento profundo a un rectángulo o un cuadrado.
Nadie se tendrá nunca. La gloria de llevar el número 71 o llevar alguna otra etiqueta del mismo
género” A pesar de la buena voluntad indicada, ciertos departamentos en efecto son en gran
medida compuestos: el Aisne y el Oise enredan la île-de-France y Picardíe, la Charente-
Maritime el Aunis y el Saintonge, la Haute-Vienne está a caballo sobre el Limnousin, la
Marche, lal Guyenne y el Poitou, ,los Bassses-Pirinées descuartizados entre el Pays Basque, el
Béam y Gascogne.

Pero el Normando Alexis de Tocqueville respondió en su Ancienne Régirne et la Revolution


(1856) que habida cuenta de la centralización monárquico no se hizo apenas, en 1790, más que
“despiezar muertos”. Además, el desmantelamiento de las provincias no constituyó siempre una
ruptura con el pasado y las tradiciones, ya que el reparto “racional”, efectuado teniendo en
cuenta el papel de polo de atracción jugado por las ciudades importantes, integraba realidades
económicas y administrativas. Las nuevas circunscripciones se aproximaron pues a veces
curiosamente con las antiguas, subdelegaciones para los departamentos bretones o diócesis para
el Herault. Las provincias de Bretaña o Normandía se repartieron simplemente en cinco
circunscripciones, las de Provence y Franco Condado en tres. Según Frangois Chauvin, los
“cinco departamentos de llle-et-Vilaine, de Loire-Atlantique, de Morbihan, de Cótes-du Nord y
del Finistere, evocan inevitablemente la antigua distribución del territorio bretón entre cinco
tribus galas que son respectivamente losl Riedons, los Namnétes, losl Vénétes, los Coriosolites
y losl Osimes '”. Y se encuentra por otra parte el Périgord en Dordogne, el Quercy en el Lot, el
Gévaudan en la Lozere, o lo Bourbonnais en el Allier'.

Pero el atentado idéntitario no es sin embargo negable, y la ausencia de compromiso sobre el


punto simbólico de la denominación es también muy revelador del espíritu de la época. Puesto
que no podría ser cuestión de conservar nombres históricamente connotados, los departamentos
van a ser bautizados sobre bases exclusivamente geográficas (en dos tercios por nombres de
ríos) incluso cuando estos elementos son casi completamente imaginarios: el departamento de
Calvados deberá así su nombre algunas infelices rocas sobre las cuales se habría perdido un
galeón de la Armada Invencible… Es que el nuevo Estado se afirma en un nuevo territorio que
simboliza el nuevo nombre. Y la crítica de Burke será retomada por Joseph de Maistre en sus
Consideraciones sobre Francia, cuando el Saboyardo comparará el ordenamiento de los nuevos
departamentos al de los regimientos, en adelante caracterizados por un número (1º o 5º
regimiento de dragones…) y no más por un nombre (Real dragones, Coronel general…).

La parte utópica de la regeneración no es pues desdeñable, que se traduzca en un nuevo


calendario, una nueva lengua (jaleo de la cortesía y los títulos), de nuevos pesos y medidas o de
nuevos nombres. Se sabe, la fase última del ridículo se alcanzará cuando la Revolución se
radicalizará y que 3.100 municipios cambiarán de nombre, las unas para recordar un
antepasado] ilustran. Cuando Compiègne se convierte en Marat-sur-Oise, Ris-Orangis, Brutus o
Santa-Maxime Cassius, los otros para borrar un recuerdo contrarrevolucionario, Versalles que
se han convertido en Berceau-de-la-Liberté, Chantilly Égalité-sur-Nonette, Marsella, culpable
de levantamiento Ville-sans-nom y Lyon, Commune-affranchie, de otros por fin para descartar
un término implicado. Bourg-la-Reine que se han convertido en Burgo-Igualdad y, sobre todo,
Grenoble… ¡Grelibre!

¿Cuáles fueron las consecuencias de estos repartos? La pérdida de un sentimiento de


solidaridad, ya que, excepcionalmente, el departamento nunca se ha convertido en una esfera de
pertenencia. Sondeo tras Sondeo, cuando se les pide su marco privilegiado de enraizamiento, los
Franceses siguen mencionando la nación, las región/provincias y los municipios, y aunque
establecidos desde hace doscientos años los departamentos presentan siempre la figura de
estructura artificial. Al desposeer las provincias, contribuyeron a permitir su eclipse: resultando
la pérdida del sentimiento de continuidad histórico y los límites a las posibilidades de crear
contrapoderes locales. Pues si el escalón departamental no siempre ha aparecido como mejor
adaptado a la puesta en marcha de la descentralización, lo ha sido desde el principio a una
desconcentración eficaz, reforzando el poder de este agente del Estado todopoderoso que fue
mucho tiempo - y que lo es aún largamente - el prefecto. En resumen, el departamento ha
jugado su papel en el desarrollo de una unidad igualadora y contribuyó al refuerzo del peso de la
tecnocracia. Los burócratas estarán contentos.

¿Las cosas han cambiado? La descentralización, pedida por desde hace unos años, parece no ser
acordad hoy día porque que no permite ya la emergencia de verdaderos contrapoderes.
¿Volvería a reanudar la cadena del tiempo? Pero, ¿donde están las antiguas provincias en los
numerosos repartos: tecnocráticos que el DATAR ( Délegation interministerielle à la
Amenegement du Territoire et al Atractivité Regionale ) a ha retomado de Vichy? Se temía en el
siglo XIX, la afirmación de poderes locales llevados por las comunidades orgánicas. ¿Pero
existen aún estos últimos, laminados por la pseudocultura planetaria y “folklorizados” en
parques temáticos para turistas amnésicos? Al combatir las pequeñas patrias, la Revolución ha
impedido quizá el estallido de la nación de nación; pero, más seguramente aún, ha contribuido a
hacer de los franceses menos que sujetos, simples administrados.

CHRISTOPHE BOUTIN,

Capítulo XII EL VANDALISMO REVOLUCIONARIO

El vandalismo de la Revolución parece obvio. Ningún monumento, ninguna ciudad que no lleve
las trazas de las destrucciones operadas durante este periodo capital. No obstante una tal
fórmula suscita temibles problemas. Poner juntas estas dos palabras, es evidentemente decir que
la Revolución ha sido vándala. Si la cuestión es antigua – ha nacido con la Revolución misma –
no hay que olvidar que polémica.

Es preciso previamente resolver una cuestión de orden semántico: ¿como definir el vandalismo?
En su acepción corriente, en efecto, se trata de “una tendencia a destruir estúpidamente, por
ignorancia, obras de arte” (Le Petit Robert). Pero esta definición es demasiado restrictiva, pues
no engloba los dos motivos principales del vandalismo: la especulación financiera,
universalmente extendida, y la ideología política ¿Se puede poner al mismo rasero un
especulador que arrasa una iglesia para revender los materiales, y una municipalidad decretando
la destrucción de una estatua ecuestre de Luis XIV, ‘imagen insoportable de la tiranía’ Sin
embargo es lo que ha producido la Revolución , con un raro placer.

…la Constituyente, la Legislativa y la Convención han tenido discursos concomitantes


llamando al mismo tiempo a la destrucción de símbolos deshonrosos del pasado y la
preservación de obras maestras de las artes, de las que el pueblo debía poder gozar.

Es aquí donde reside la clave de la lectura del vandalismo revolucionario. Más que la tontería o
la astucia política, es preciso ver en esta actitud esquizofrénica la contradicción fundamental de
la Revolución: no ha cesado de estar fundada sobre el reino de las teorías y de la abstracción, y
de estar a la greña con los hechos y la encarnación. No era posible destruir toda Francia y
purgarla de todos sus monumentos y obras de arte. Pero tampoco era posible a los nuevos
dueños del país conservar intacto el decorado del pasado, que constituía un recuerdo permanente
de los antiguos tiempos: las flores de lys embalsamaban siempre la monarquía, los campanarios
góticos cantaban en todas partes la lengua de Dios. Entonces se operó a golpes, sin lógica, a
veces con exceso, a veces con debilidad, decretando o dejando hacer. Y después de algunos
años, el resultado fue un gran trastorno del paisaje monumental de ciudades, castillos e iglesias.
Inmenso desastre para Francia, del que Chateaubriand a sido uno de los pintores más
conmovedor, al mismo tiempo que un éxito inmenso de la Revolución.

Un último problema suscitado por este vandalismo es de orden contable. Menos complejo, no es
menos delicado: ¿se puede redactar una lista completa de lo que ha desaparecido, aquilatar lo la
medida exacta? Responder con la afirmativa vendría a ser tener un fichero gigantesco de la
bibliografía histórica y topográfica de todas las comunas de Francia, pues el vandalismo
revolucionario cubre el entero territorio de la nación. Ninguna iglesia, castillo, villa, en efecto
que no lleve un estigma del acontecimiento refundador. Incluso si se pudiera ¿sería suficiente tal
gestión para dar cuenta del capital de belleza e inteligencia que ha sido destruida por el hierro y
por el fuego? ¿Que palabras podrían decir la emoción del rostro de una Virgen con el Niño del
siglo XIII destruida a martillazos? ¿Qué descripción podría hacer sentir la magnificencia de una
catedral medieval dinamitada y reducida a un montón de piedras? En su clásico Histoire du
vandalisme, Louis Reau ha redactado un capítulo implacable y nutrido de innumerables
ejemplos, que es a día de hoy la mejor síntesis de lo que se ha perdido

Más alinear los casos, más vale examinar los diferentes tipos de vandalismo en marcha bajo la
Revolución, teniendo presente en mente su formidable interacción..

El primer tipo que se puede aislar es el vandalismo de pulsión, que pertenece propiamente a la
gesta revolucionaria. El de una liberación acompañada de excesos y de derivas rápidamente
incontrolables. Incluso los discursos de ruptura con el pasado que funda el periodo contienen en
ese sentido todas las pérdidas por venir. …. Todos los discursos exaltados sobre los símbolos de
la “tiranía” , los “nidos de bergantes”, las “marcas infames” de la esclavitud antigua, toda esa
logorrea pueril e insensata , en el sentido primario del término, estas apelaciones a la
purificación de Francia, debían llevar malos frutos.

Un segundo tipo podría ser definido como un vandalismo por procuración, un vandalismo en el
que de alguna manera no se ensucian las manos. Se expresa de dos maneras bien conocidas.
Ordenando la supresión de escudos de armas y blasones en todo el territorio francés (19 junio
1970) , la Constituyente ha abierto la vía a la destrucción de un inmenso patrimonio heráldico,
que tocaba tanto a la historia como al arte, de numerosos monumentos que habían sido
realizados por grandes escultores desde la Edad Media.
Mucho más grave, en cuanto que ha tenido más consecuencias – ciertas han durado hasta
nuestros días- es el segundo caso. Nacionalizando los bienes del clero (noviembre 1789),
después los de la corona y emigrados (1792-1793), poniéndolos en venta (los famoso “bienes
nacionales”) , la Constituyente y la Legislativa perseguían un fin claro, reflotar el tesoro del
Estado; quizá tuvieran también un fin oculto, formidable, no dicho, destruir una parte del parque
inmobiliario de los edificios religiosos y principescos. Pues la venta de una iglesia o un gran
dominio no podía ser otra cosa que su muerte. Sea una muerte inmediata por una destrucción,
que procuraba materiales, después un terreno a repartir: la revolución suministró ahí una rica
materia al vandalismo más corriente, el de la especulación. Sea una muerte lenta, por
transformación en un uso contrario a su buena conservación: ¿cuantas iglesias convertidas en
salas de espectáculos, fábrica de salitre, cuadras, incluso vivienda…? Asi han desaparecido
grandes abadías (Jumiéges, Cluny, Chaalis, Orval…), grandes castillos reales o principescos (
Marly, Meudon, Chantilly, Choisy, Madrid en el bosque de Bolonia…) Como prueba el caso de
la abadía de Royaumont, estas destrucciones podían ser igualmente por otra parte a la vez un
buen negocio y teñidas de ideología, “ por miedo de la guillotina, porque el terror engendra la
cobardía y el vandalismo antirreligioso había llegado a ser una prueba de cinismo “. Sería
menester añadir que dieron lugar a invenciones notables, como ese sistema puesto a punto por
un arquitecto fracasado, Petit-Radel,, y destinado a operar la destrucción de una iglesia medieval
en ¡”diez minutos”!

El tercer y último tipo, el más repugnante es el vandalismo ideológico. Recubre las


destrucciones ordenadas por el gobierno revolucionario y sus diferentes emanaciones
administrativas contra los monumentos de la monarquía y de la Iglesia principalmente. Este
vandalismo es propiamente la responsabilidad de la Iª República, entendida como periodo
histórico y como régimen político. Nos resulta la más odiosa, pues anuncia numerosas
destrucciones que han afectado las obras de arte y la inteligencia del siglo XX, en todos los
puntos del globo y en dictaduras de todos los órdenes.

La joven República se encontraba en efecto frente a innumerables monumentos, cuadros,


esculturas, libros, tapicerías, muebles… que cantaban la gloria secular de la monarquía francesa.
A fin de no “herir” los ojos de los buenos ciudadanos, según la fraseología primaria del
momento, fue preciso emprender una operación de amputación de esta memoria visible. Esta
supresión real funcionó de dos maneras por destrucción y por mutilación.

El aspecto más espectacular fue la destrucción de efigies reales, perseguidas por todas partes.
Centenas de cuadros, sobro todo retratos, fueron destruidos. Peor, pues subsiste a pesar de todo
efigies reales pintadas, fue la suerte reservada a las estatuas, ecuestres o pedestres y a los
bajorrelieves monumentales, obras admirables debidas a los mejores escultores italianos y
franceses que adornaban los palacios reales y los edificios públicos, tanto en Paris como en
provincias. … Cinco grandes estatuas desaparecieron en Paris, una en la plaza Bellecour de
Lyon , cuyos edificios fueron arrasados por el cañón, una en Dijon, Nancy, Reims,
Valenciennes, Caen, Montpellier, Bordeaux, dos en Rennes…La estatua de piedra de Luis XII
en la fachada del castillo de Blois, el Carlos VII de Bourges, el Felipe el Hermoso a caballo de
Notre Dame de Paris , el Enrique IV del ayuntamiento de Paris o el Luis XIV carcoleando en la
fachada del ayuntamiento de Lyon sufrieron la misma suerte. Todas estas estatuas de piedra y de
bronce fueron derribadas, destrozadas, dispersadas incluso fundidas, destrozando una suma de
tesoros esculpidos inestimables.

En cambio para las grandes residencias reales, la República no operó por destrucción local, sino
por mutilación. Así, por extraordinario, los más bellos símbolos de la monarquía han
sobrevivido a la Revolución, y en primer lugar el conjunto de Versalles. En todos estos edificios
el vandalismo ideológico se encarnizó en efecto sobre los símbolos y mutiló fachadas y
decoraciones esculpidas, incluso agujas y campanarios cuando estos herían el sentimiento de
igualdad (sic). Millares de flores de lys, de coronas, de iniciales reales, de estatuas y de
bajorrelieves fueron cuidadosa, pacientemente… y costosamente martilleados. …Se llegó hasta
rasgar encuadernaciones, arrancar los bordes de las tapicerías, cambiar partes de los muebles (el
escritorio del rey en Versalles) .

El vandalismo antirreligioso tomó pronto el relevo. En este dominio, la fecha de 1792 es


igualmente capital: cuando el rey fue eliminado, el odio antirreligioso y las persecuciones
ligadas a la fe pudieron tomar un auge extraordinario, único en la historia del país desde el fin
del imperio romano. Prohibir tosa práctica de fe, deportar o ejecutar a los miembros del clero,
perseguir los fieles, poner a subasta los edificios religiosos nacionalizados, todo esto era a la vez
inédito y relativamente fácil de hacer. Otra cosa era borrar una presencia monumental que
habitaba las villas y ciudades de toda Francia desde más de mil años.

Existía no obstante un precedente anunciador: la transformación, en 1791, de la iglesia real de


Sainte –Geneviève , la obra maestra de Soufflot, en “panteón de grandes hombre”: para dar al
templo de la nueva religión un carácter de dignidad, el arquitecto Quatremère de Quincy había
mutilado un monumento mayor de la arquitectura francesa destrozando la escultura religiosa,
abatiendo los dos campanarios y el linternón de la cúpula, pero sobre todo obturando la casi
totalidad de las ventanas periféricas que iluminaban generosamente la nave, para obtener un
efecto más “sepulcral” . Pasando de la luz a la sombra , la gesta revolucionaria no podía ser más
explícita.

El odio antirreligioso ha engendrado un número muy importante de destrucciones y


mutilaciones de monumentos religiosos seculares, de iglesias parroquiales y hasta de catedrales
enteras (como la de Saint-Lambert en Lieja), tipo ordinariamente preservado por razón de la
masa a demoler.

En el exterior de los edificios, varios millares de estatuas, datando de la época medieval, del
renacimiento y de la edad moderna, fueron abatidos, destrozados, decapitados…., los
bajorrelieves rasgados (citemos, entre tantos otros, el caso de la iglesia de Notre-Dame de
Dijon, donde las esculturas continúan a leerse en negativo sobre el portal principal). Muy pocas
de estas mutilaciones fueron el fruto de un “furor” popular, tolerado por las autoridades de
hecho. Fue preciso organizar, dar órdenes, montar andamios, pagar a tanto alzado, sistema en
donde la administración desplegó su energía y dejó en consecuencia archivos.

En el interior los objetos litúrgicos, los vitrales, las tumbas de mármol o de bronce fueron
destrozadas, desmontadas, desplazadas, llevando al mercado una cantidad increíble de objetos
religiosos vendidos como materiales los que no habían sido destrozados. … Desgraciadamente
este vandalismo viajó con las tropas francesas; además de las degradaciones en Bélgica,
recodemos que en Roma, los franceses mutilaron la iglesia de Trinitá in Montoria en Pincio, y
que destrozaron en el capitolio una gran estatua de Pietro Bracchi representante del papa
Clemente XII.

Paris pagó un pesado tributo al vandalismo antirreligioso si se piensa en el número de iglesias y


de conventos desaparecidos entonces. Citemos en la orilla izquierda Cordeliers, Saint-André-
des-Arts, la Chartreuse, la iglesia de Bernardins, los Carmelitas, los Feuillantes, al biblioteca de
la Saint- chapelle de Saint-Germain- des-Prés , en la orilla derecha Saint-Jean-en –Grève, San
Pablo, los Feuillants, los Capuchinos, los Jacobinos, el Temple, los Mínimos… Ante este
desastre uno se extraña de el Val-de-Grace , abadía de fundación real ligada al recuerdo de Ana
de Austria, y la cúpula de los Inválidos de Luis XIV hayan sobrevivido. En cuanto a la catedral
de Notre-Dame , puesta en venta durante el Terror, no encontró comprador.

LA TOMA DE CONCIENCIA Y EL MÉMORICIDIO

Va a ser necesario esperar la caída de Robespierre para que la opinión pública local, nacional,
internacional tome conciencia de “la enormidad del Acto” cometido en Vendée. Al estupor
general, sigue muy rápido la cólera. Se exigen culpables y penas: los testimonios afluyen, los
escritos se publican, los documentos revelan

El proceso Carrier no se comprende más que en este contexto: el hombre es visto a la vez como
“un gran criminal contra los derechos fundamentales de los hombres” y el chivo expiatorio que
debe pagar para todos otros. Desaparecido, se espera que el olvido hará tabla rasa de este crimen
que mancha, se sabe ya , de manera indeleble, la Revolución. Su proceso es de una asombrosa
modernidad y, en el fondo, muy próximo del de Nuremberg. Se plantean cinco grandes
cuestiones: ¿quién es culpable? ¿Quién es responsable? ¿Cómo sancionar este crimen contra la
humanidad? ¿Cómo memorizar este crimen de Estado? ¿Cómo llamarlo? Esta última cuestión es
el objeto largos debates en razón misma de la primer especificidad de esta política de
destrucción y exterminio. A falta de palabra, Gracchus Babeuf va a recurrir un neologismo: el
populicide.

En efecto, el horror es tan grande que las consecuencias políticas se imponen a todos: más allá
de los hombres, es el régimen político el que se condenado. Se entabla entonces una carrera
contrarreloj cuya apuesta es la misma supervivencia de la Revolución y los revolucionarios.

Todo se juega entre el proceso Carrier de diciembre de 1794 y el de Turreau en diciembre de


1795.

El contexto está en la reconciliación y el olvido: los Vendeanos por los Tratados el Jaunaye (17
de febrero de 1795) y Saint-Florent-le-Vieil (2 de mayo de 1795) y los Chouans de Bretaña por
el de Mabilais (20 de abril de 1795) se prestan al juego tanto más fácilmente por otra parte que
se les promete secretamente la restitución del delfín rey Louis XVII, para el cual se construyó
una casa en Belleville, y la restauración de la monarquía que aparece como el único sistema que
pueda garantizar la libertad y la seguridad general. Por otra parte ésta parece inevitable y las
elecciones legislativas están próximas: se divide a los republicanos, la miseria del país real, la
opinión pública ultrajada.

Los convencionales, desesperados y asustados, deciden forzar el destino: una carta escrita por
siete de ellos (Tallien, Treilhard, Sieyés, Doulcet, Rabaut, Maree, Cambacérés) y expedida a
representante del pueblo Guezno explica la estrategia a retener: “Es imposible, querido colega,
que la República pueda mantenerse si la Vendée no se reduce enteramente bajo el yugo. No
podremos nosotros mismos creer en nuestra seguridad hasta que los bandidos que infestan el
Oeste desde hace dos años hayan sido puestos en la impotencia de dañarnos y contrariar
nuestros proyectos, es decir cuando hayan sido exterminado. Es ya un sacrificio demasiado
vergonzoso haber sido reducido a tratar de la paz con rebeldes o más bien con canallas cuya
gran mayoría mereció el cadalso. Convenceros de que nos destruirán si no los destruimos. Ellos
no han puesto más buena fe que nosotros en el Tratado firmado y no debe inspirarles ninguna
confianza en las promesas del Gobierno. Los dos partidos han transigido sabiendo bien que se
engañaban. Es conforme a la imposibilidad en que estamos de esperar que podamos abusar
mucho más tiempo de los Vendeanos, imposibilidad también demostrada a todos los miembros
de los tres Comités, por la que es necesario buscar los medios de prevenir a los hombres que
tengan tanta audacia y actividad como nosotros. Es necesario no dormirse porque el viento no
agita aún las grandes ramas, ya que está bien cerca de soplar con violencia. El momento se
acerca, en que según e artículo II del Tratado secreto, es necesario presentarles una especie de
monarquía, y mostrarles a este pequeño por el cual se baten. Sería demasiado peligroso hacer un
tal paso; nos perderían sin retorno. Los Comités sólo encontraron un medio de evitar esta
dificultad verdaderamente extrema; helo aquí. La principal fuerza de los bandidos está en el
fanatismo que sus jefes les inspiran; es necesario detenerlos, y disolver así, de golpe, a esta
asociación monárquica que nos perderá si nos apresuramos a prevenirlo. Pero no es necesario
perder vista, querido colega, que la opinión se nos vuelve cada día aún más necesaria que la
fuerza; es necesario sacrificarlo todo para poner la opinión nuestro lado. Es necesario suponer
que los jefes levantados quisieron romper el Tratado, creerse a príncipes de los departamentos
que ocupan; que estos jefes tienen inteligencias con los ingleses; que quieren ofrecerles la costa,
pillar la ciudad de Nantes y embarcarse con el fruto de sus rapiñas. Haga interceptar correos
portadores de parecidas cartas, grite la perfidia y ponga sobre todo en este primer momento una
gran apariencia de moderación para que el pueblo vea claramente que la buena fe y la justicia
están de nuestro lado. Te lo repetimos, querido colega, la Vendée destruirá la Convención, si la
Convención no destruye la Vendée. Si puedes tener los once jefes, la manada se dispersará.
Concierta sobre el terreno con los administradores de llle-et-Vilaine. Comunica la presente
desde su recepción a los cuatro representantes del distrito. Será preciso aprovecharse del
asombro y del desaliento que debe producir la ausencia de los jefes para operar el desarme de
los Vendeanos y de los Chouans. Es necesario que se someten al régimen general de la
República o que perezcan; nada de medias tintas; nada de semi-medidas, ellas consienten todo
en revolución. Es preciso, si es necesario, emplear el hierro y el fuego, pero haciendo a los
Vendeanos culpables a los ojos de la nación del mal que les haremos. Atrapadas, te lo
repetimos, querido colega, las primeras apariencias que se presentarán para asestar el gran golpe
ya que los acontecimientos apresuran de todas las partes [...].”

Por una casualidad inaudita esta carta cae entre las manos del Chouans, Cháteaugiron, el 10 de
junio, o sea dos meses después de la interceptación de un convoy de veneno en los alrededores
de Ancenis, en la granja de Volfrése, por el vizconde de Scepeaux: es el estupor y la cólera. El
22 de junio, por una proclamación solemne a los habitantes del Poitou, del Anjou, de Maine, de
Bretaña, de Normandía y de todas las provincias de Francia, los principales jefes bretones y
vendeanos protestan cara tales métodos y gritan la traición.

Es demasiado tarde: los convencionales han trabajado en profundidad: el desembarque de


Quiberon, el 27 de junio, el golpe de Estado del 13 vendémiaire (5 de octubre) harán el resto:
nunca ,jamás la opinión pública nacional verá en los Vendeanos como en los el Chouans más
que hombres perjurios.

El general Turreau, que sigue los acontecimientos de su prisión, comprendió esta evolución y,
aunque amnistiado después del 13 vendimiario, exige ser juzgado: sabe que no sólo no arriesga
ya nada sino que, por añadidura, puede recobrar su honor. Absuelto, no tiene incluso una mirada
de compasión para Chapelain, el diputado republicano del Vendée, abucheado por el público
por haber denunciado los horrores cometidos. Desesperado, asqueado, este último atentará
incluso a sus días ya que sabe que la nación hizo una elección definitiva: los argumentos
seguirán, lógicos, crueles, injustos, deshonestos. La unidad nacional, consciente e inconsciente,
se cristalizó contra los Vendeanos: Nada más podrá ponerla en cuestión y desgracia a los que se
atrevan a recordar la realidad de los acontecimientos.

Sólo, los generales vendeanos, debido a su envergadura, del respeto que suscitaban, de su
conocimiento exacto de los acontecimientos, habrían podido eventualmente romper esta lógica
naciente. Desgraciadamente, todos se habían muerto: Cathelineau, Bonchamps, Lescure,
matados por balas anónimas; por Elbée, Carro, Stofflet, fusilados; el príncipe de Talmont,
guillotinado, etc.

Permanece el problema de la memoria o más exactamente de las memorias ya que es necesario


hacer la distinción entre la memoria nacional y la memoria local.

Bonaparte es el primer agente de la memoria nacional. Cuando toma el poder en 1799, una de
sus primeras preocupaciones es el restablecimiento de la paz en Vendée. Además de la evidente
finalidad política, el general tiene también un reflejo humanitario. Está, y lo dirá en muchas
ocasiones, escandalizado por lo que se ha hecho: ¡“Ah! ¡Ahí está la guerra civil y su espantosa
comitiva: he ahí sus inevitables resultados; sus frutos asegurados! Si algunos jefes hacen fortuna
y sacan partido, el polvo de la población es siempre despreciado; ninguno de los males se le
ahorra” El por otra parte se habían negado a viajar a Vendée en el cuadro de la represión. No se
equivocaron los Vendeanos que, el 15 brumario del año VIII, se desgañitaron a gritar: ¡“Viva el
rey, viva Bonaparte! ”

El sectarismo del Directorio y las persecuciones que se siguieron acabaron luego en una
formidable extensión de la guerra al Oeste en 1799. Muchos contemporáneos han señalado las
graves consecuencias que podían resultar, tales dos informes anónimos (firmados X.) de 23 y 26
ventoso año VI expedidos de Nantes al Ministro. El primer texto indica el renacimiento de las
críticas contra el mismo régimen, por parte de personas al parecer sumadas a la República: las
pasiones se animan; los agentes son víctimas de amenazas; los descontentos elevan la voz. Los
culpables, según los testimonios, son indudablemente los sacerdotes que “se agitan más que
nunca y abusan de su pérfida influencia para adoctrinar a los débiles en el momento de la
llegada de las fiestas de Pascua”. Reuniones populares para recitar el rosario tienen lugar un
poco por todas partes, cada noche: “los habitantes son convocados en los lugares, indicados por
medio de cuernos.” El segundo informe habla de “manejos subversivos” y se quejan aún de los
sacerdotes que “predican la rebelión” y anuncian el próximo final del Gobierno.

La administración, cara estos acontecimientos, adopta, inicialmente, una actitud moderada,


luego se coloca francamente del lado de los Vendeanos. Prohíbe representar aires patrióticos al
comienzo de los espectáculos y reacciona vivamente, en septiembre de 1798,a la decisión del
Directorio de proceder un nuevo levantamiento de hombres. Esta reacción implica el fracaso del
la ley llamada ley Jourdan. El Directorio, furioso, decide entonces sancionar los supuestos
culpables y hace volver a ocupar militarmente el país, de donde la multiplicación de las
manifestaciones de cólera, tanto más violentas cuanto que se persigue al clero de nuevo y la
práctica religiosa es prohibida.

Por lo tanto, todo se juega entre mediados de octubre y finales de diciembre de 1799. La
primera tarea de los cónsules es el restablecimiento de la paz religiosa: esto es la famosa
proclamación del 7 nivosos del año VIII (28 de diciembre de 1799) del que el contenido señala
una ruptura con relación a la política del Directorio. Después de haber condenado la acción “de
los traidores vendeanos al Inglés [...], hombres a quienes el Gobierno no debe ni consideración
ni declaración de principios”, los cónsules se dirigen a los “ciudadanos caros a la patria, que
fueron seducidos por sus astucias y quienes se deben las luces y la verdad”. Recuerdan en pocas
palabras los abusos arbitrarios de los gobiernos anteriores: “leyes injustas han sido promulgadas
y ejecutadas, actos arbitrarios alarmaron la seguridad de los ciudadanos y la libertad de
conciencia; por todas partes inscripciones aventuradas en listas de emigrantes afectaron
ciudadanos que nunca abandonaron ni su patria ni incluso sus hogares; en fin grandes principios
de carácter social han sido violados. ”

No solamente, según el texto, el Gobierno actual no ha continuado esta política, sino, al


contrario, lo ha denunciado; mejor “trabaja sin descanso preparar la reforma de las malas leyes y
una combinación más feliz de las contribuciones publicas. Cada día está, y, estará marcado por
actos de justicia [...]. El Gobierno perdonará, hará merced al arrepentimiento. ” Recusación,
amnistía, cierto, y también, y sobre todo, libertad total del culto católico. “Los cónsules declaran
aún que la libertad de culto está garantizada por la Constitución, que ningún magistrado puede
atentar, que ningún hombre puede decir otro hombre: ejercerás un único culto, tu sólo ejercerás
un único día. ” Esta frase, impresa en caracteres especiales, es decisiva: disminuye o suprime las
reivindicaciones religiosas. Ya, el Tratado del Jaunaye puesto entre los Vendeanos y la
República, el 17 de febrero de 1795, por una dirección de los representantes Morisson y Gaudin,
había declarado la libertad de culto pero había sido puesta en cuestión.

Esta proclamación, muy hábil en su declaración, hace coincidir, por primera vez, la legitimidad
del clero refractario con una determinada legalidad. Le reconoce, en efecto, y le confiere mismo
un papel de intermediario que se había visto rechazar hasta entonces: “Nadie conocerá más que
un único sentimiento: el amor de la patria. Los Ministros de un Dios de paz serán los primeros
motores de la reconciliación y la concordia: que vayan en estos templos reabiertos para ellos a
ofrecer con sus conciudadanos el sacrificio que expiará los crímenes de la guerra y la sangre
vertida. ” La palabra “sacrificio” no fue retenida por casualidad: es una definición católica
fundamental y no un deísmo o incluso un cristianismo de tipo protestante o modernista.
Bonaparte, mediterráneo, está muy al hecho a la sensibilidad católico. El clero no se equivoca.
La proclamación va seguida todas las órdenes que cancelan las restricciones y humillaciones
anteriores. Declaran el derecho a apelar a las funciones públicas de nobles o padres de
emigrantes juzgados dignos de confianza. El juramento constitucional es sustituido por una
promesa de respetar la Constitución consular que no interfiere con lo espiritual. Esta declaración
es considerada como una victoria por los Vendeanos. Justifica de manera brillante su combate.

En 1808. el emperador invitado por su amigo el barón Dupin, prefecto de Deux-*Sèvres, esposo
de la viuda de Danton, cuando a su vuelta de por España, cruza el Vendée. Asombrado por el
estado de desolación general, va aún más lejos y decide estimular el reconstrucción
compensando a las poblaciones siniestradas. Un decreto sale inmediatamente, el 8 agosto, para
la Vendée, seguido de dos otro, en 1811, para los Deux-Sèvres y el Loira-Inferior: entre otras
cosas, los Vendeanos son eximidos de contribuciones durante quince años y se pagan algunas
subvenciones. Luis XVIII y Carlos X, a pesar de los discursos oficiales que parten del principio
que “el rey no sabe nada, el rey tiene todo olvidado” con el fin de no excitar las pasiones,
prosigue este política y la amplían: pensiones, indemnizaciones, subvenciones, honores, el
trabajo se distribuyen espontáneamente o a raíz de solicitudes. Los supervivientes, estimulados
por las autoridades, comienzan también a contar los acontecimientos como los vivieron.
Escritores, periodistas dan prueba también. Victor Hugo mismo, en 1819, le dedica a la Vendée
una de sus más bellas odas titulada “Vendée”.

Con el reino de Luís Felipe comienza la revisión de la historia y el trabajo de manipulación de la


memoria en nombre del interés superior de la nación y los principios “fundadores” del
Revolución como la ha explicado tan bien el gran historiador del Siglo XIX siglo, a Hippolyte
Taine, en la introducción de su obra, Los Orígenes de la Francia contemporánea, aparecido en
1884: “Este volumen, como los precedentes, dice, sólo se escribe para los aficionados de
zoología moral, para los naturalistas del espíritu, para los investigadores de verdades, textos y
pruebas, para ellos solo y no para el público que, sobre la revolución, tiene su partido tomado,
su opinión hecha. Esta opinión comenzó formarse en 1825-1830 después de la jubilación o la
muerte de los testigos oculares: desaparecidos ellos, se pudo convencer al buen público que los
cocodrilos eran filántropos, que varios de ellos tenían genio, que no comieron casi más que
culpables y que sí a veces comieron demasiados culpables, ha sido sin su conocimiento, a pesar
suyo o por dedicación, sacrificio de ellos mismo al bien común.” ”

La operación consiste lavar la Revolución de toda mancha, a quitar la mancha de sangre


vendeana. Como se es incapaz de explicar el crimen cometido, se prefiere negarlo, relativizarlo,
justificarlo, banalizarlo, el método más extendido en los historiadores “negacionistas”, método
siempre utilizado hoy día. Leamos, por ejemplo, los libros escolares sobre la cuestión: lal
Vendée se resume sabiamente en una pequeña guerra civil, nacida en marzo de 1793 y muerta
en diciembre del mismo año. Los hechos de 1794 no se definen más que por relación a una
guerrilla o cínicamente se concentran sobre una masacre cometida por los Blancos, Machecoul,
masacre única por otra parte, que es consecuencia de una masacre cometida por los azules en
Pornic, tres días antes y de un seudo-asesinato de un niño soldado llamado Bara , muerte de la
que no se conoce el origen, y cuyo mito ha sido creado en todas sus partes por el mismo
Robespierre a pesar de las protestas del superior del niño que será condenado por otra parte a
muerte por esta razón y ejecutado. Este negacionismo va tan lejos que niega y denuncia la
existencia de las leyes de destrucción y exterminación, a pesar de su publicación por el Diario
Oficial de la época del llamado plan de Turreau, plan del que los archivos del fuerte de
Vincennes conservan el original redactado por el mismo Turreau, de los ahogamientos, de las
matanzas de masa, en particular, de niños y mujeres, de los hornos crematorios, de las
curtidurías de pieles humanas, de las fundiciones de grasa, etc algunos de estos historiadores no
vacilan, por otra parte, justificar lo injustificable en nombre de la Revolución, a partir del
principio que la Revolución que es un bloque, nada debía mancharla. Este argumento se utiliza
por primera vez con motivo del pleito Carriere. El abogado Tronson-Ducoudray lo denuncia
vivamente en términos precisos: “Hay, dice, otra calumnia que los facciosos lanzan desde hace
algún tiempo, con habilidad, entre el pueblo. Afirman que al recordar los horrores del Vendée,
se va a hacer el pleito de la Revolución.”

Localmente, hasta en 1814-1815, los Vendeanos permanecen relativamente discretos con


relación a los acontecimientos, seguramente debido al contexto y también a falta de portavoz de
envergadura y medios, en particular, financieros, medios enteramente consagrados a la
reconstrucción. Con la Restauración, los Vendeanos aprenden apropiarse su historia gracias,
entre otras cosas, a la publicación de testimonios, como los de las marquesas de Bonchamps y
de Rochejaquelein, las erecciones de monumentos, en particular, de estatuas en honor de
Rochejaquelein, de Bonchamps, de Charette, de Cathelineau…, la transferencia de los despojos
de los grandes jefes, de víctimas aisladas e incluso de sepulcros de masa como en Bouguenais y
en la Chapelle-Basse-Mer. A partIr de los años 1830, es decir en el momento de la puesta en
obra a nivel de Estado de la manipulación de la historia oficial frente a la Vendée, comienza una
verdadera política de devoción, tanto más intensa cuanto que los últimos testigos están
desapareciendo. Sin embargo, si el recuerdo de los acontecimientos se transmite de generación
en generación, masivamente hasta en los años sesenta, en ningún momento los Vendeanos
tomaron conciencia, y en consecuencia integrado, la especificidad del crimen de Estado
cometido a su respecto. A título de ejemplo, es lo que explica que algunos municipios
vendeanos hayan dado el nombre de sus verdugos calles como en Challans lal de Lazare Carnot,
autor de la carta, el 8 de febrero de 1794, que avala el plan de Turreau.

A nivel nacional, el bicentenario de la revolución habría debido ser la ocasión de abordar, al


margen de ideología, este periodo, No solamente no ha sido así en absoluto sino que se hizo
todo con relación al dogma oficial. A título de ejemplo, los coloquios científicos, organizados
sobre la cuestión vendeana, sólo tenían este objetivo. Se había por otra parte tomado la
precaución de evitar invitar a cualquier contradictor, tachado de revisionista, el colmo, haciendo
al mismo tiempo lo necesario para impedirles ser contratados como profesores o investigadores.

Este planteamiento tiene consecuencias gravísimas. A nivel humano, era una ocasión de reparar
un delito histórico cometido frente a los Vendeanos que la historia oficial hace aún traidores y
de sus verdugos, de los “santos laicos” y de las víctimas; a nivel científico, de delimitar la
verdadera dimensión del drama vendeano que es un genocidio matricial como lo había visto tan
bien, desde 1795, Gracchus Babeuf, a través de una obra de un increíble modernidad titulada del
sistema de despoblación o la vida y los crímenes de Carrier. Por otra parte, los líderes
comunistas como Lenin, Pol Pot, etc no se equivocan: han extraído de ahí sus reflexiones y sus
métodos. Yendo más lejos, se habría podido reflexionar sobre una serie de cuestiones como la
filiación entre el Terror y los sistemas comunista y nazi, el soporte jurídico de la deportación
judía en el cual se basó Vichy, etc; al nivel del derecho internacional, era la ocasión de ampliar
el campo de acción del concepto de genocidio la memoria y de definir el crimen de
memoricidio. En efecto, crimen contra la humanidad, el concepto de genocidio se limita a la
concepción o a la realización o a la complicidad en el exterminio parcial o total de un grupo
humano de tipo racial, étnico o religioso y del que se encuentran excluidas la memoria y la
manipulación. En 1991, yo había publicado en Olivar Orban una obra titulada Judíos y
Vendeanos, de un genocidio a otro: la manipulación de la memoria. Concluía escribiendo: “Los
asesinos de la memoria son peligrosos: si consiguen convencer a la opinión pública, siempre
presta a rechazar lo que supera su entendimiento, que el genocidio judío no tiene lugar o que se
justifica, el impensable de ayer puede convertirse en la realidad de mañana. Esta es la razón por
la que la memoria judía no es solamente asunto de los Judíos sino de todos como la Vendée
habría debido serlo anteayer y eso por la dignidad de la humanidad. ” El coloquio negacionista
organizado por Irán, en diciembre de 2006, es una etapa de la que es necesario no subestimar la
importancia ni marginalizarla puesto que los intereses ideológicos y políticos priman
naturalmente sobre la verdad cualquiera que sea: la Vendée ha sido el ejemplo matricial.

EL GENOCIDIO VENDEANO (ABRIL DE 1793 - JULIO DE 1794)

El abogado Villenave, el 15 de diciembre de 1794, con motivo proceso Carrier, da prueba en


términos muy precisos con relación al contexto “Después de las batallas del Mans y Savenay la
Vendée fue destruida. No quedaban más que algunos grupos rebeldes que Charette, Stofflet y el
Rochejaquelein se esforzaban en agrandar. Las comunas volvían a entrar al orden. Iban a ser
enteramente sumisa: la clemencia, la suavidad, la amnistía podían solas traer la paz a estas
infelices regiones…”

Pero la Convención decidió lo contrario. Hentz y Francastel, Comisarios de la República, se


explican este tema en el marco de un largo informe de 38 páginas redactadas en el vendimiairio
año II para la Convención: “El pensamiento de una amnistía era odioso y la dignidad nacional lo
rechazaba […] incluso si la guerra de Vendée estaba políticamente terminada” de donde el el
sistema, prosiguen, avanzado por la Convención de que no habría medio de traer la calma en
este país más que haciendo sacar todo lo que no era culpable y encarnizado, exterminando el
resto y repoblándolo lo más pronto posible de republicanos que defenderían sus hogares…”

La idea de exterminar a la población vendeana es enunciada por primera vez el 4 de abril de


1793 por ciertos políticos y oficiales supeiores. El Ministro Barére, propone personalmente “un
plan de destrucción total” por razones militares la con ocasión de un discurso pasado la
posteridad: “ ¡Destruid lal Vendée! Valenciennes y Condé no están ya en poder del Austriaco; el
Inglés no se ocupará más de Dunkerque, el Rin será liberado de los Prusianos; España se verá
dividida, conquistada por los Meridionales. ¡Destruid la Vendée! Y Lyon no resistirá ya. Toulon
se levantará contra los Españoles y los Ingleses y el espíritu de Marsella se destacará a la altura
de la revolución republicana [...] la Vendée y aún la Vendée, he ahí el carbón político que
devora el corazón de la República francesa; es ahí donde es necesario atacar [...] él es necesario
afligir hasta su paciencia…” El primero de agosto,. la Convención vota la destrucción del
Vendée: selvas, bosques, oquedales deben cortarse, decomisados los ganados, confiscado la
vivienda, las cosechas cortadas. Sigue, el 1 de octubre del mismo año, la ley de exterminio:
“Soldados de la libertad, es necesario que los bandidos de Vendée sean exterminados antes de
finales de del mes de octubre: la salvación de la patria lo exige; la impaciencia del pueblo
francés lo ordena, su valor debe cumplirlo. El reconocimiento nacional espera en esta época a
todos cuyo valor y patriotismo habrán afirmado sin retorno la libertad y la república. ” La
formulación es voluntariamente general y como no se da ninguna definición al calificativo de
bandido, los responsables locales, encargados de las operaciones, exigen por escrito precisiones.
Las respuestas no tardan: se refiere a los todos los residentes, Azules y Blancos confundidos. El
abogado Villenave planteará por otra parte, más tarde, esta cuestión con motivo proceso
Charette: ¿“Que se entendía pues por esta palabra “bandidos”? ¿Era esta solamente los rebeldes
aún armados? Era también los rebeldes aún armados vueltos a entrar al orden y todos los
habitantes de Vendée. ” La Vendée, exclama Turreau, el general en jefe del ejército del Oeste,
debe ser un cementerio nacional…” los informes políticos y militares son de una precisión
elocuente; es necesario eliminar prioritariamente a las mujeres “surcos reproductores” y a los
niños “ya en trance llegar a ser de futuros bandidos”. Desaparece igualmente el riesgo de las
represalias y de la venganza. Se crea incluso campos de exterminio que se les reservan como
Noirmoutier. En Bourgneuf y en Nantes, se organizan ahogamientos especiales para los niños.

Los Vendeanos no deben ya reproducirse, de donde el recurso a una simbólica macabra que
consiste cortar los sexos masculinos para hacerse, entre otras cosas, pendientes o para
enarbolarlos en el cinturón como tantos trofeos, o hacer estallar cartuchos en el aparato genital
de las mujeres. Desgracia al que protege a “estas lobas y a estos lobeznos”. El verdugo
Lamberty hará la terrible experiencia: “Por haber ocultado el ahogamiento”, es detenido y
condenado muerte. Ciertamente, algunos niños son confiscados” por Nanteses pero no pueden
guardarlos sino bajo la promesa de garantizar los “regeneración”. Se ha abordado la cuestión de
los Vendeanos azules en muchas ocasiones. Ciertamente, son republicanos y la han probado,
pero son también vendeanos, lo que en si mismo constituye el más grande de los crímenes. Se
decide pues también eliminarlos: “La muerte de un patriota es poca cosa cuando se trata de la
salud pública”, explica el general Grignon. Carrier se pretende definitivo: “Por otra parte,
explica, no puede tener lugar. Puedo afirmarle que no ha quedado un solo patriota en Vendée.
Todos los habitantes de esta región tomaron una parte más o menos activa en esta guerra. ” Los
representantes Hentz, Garreau y Francastel son tan categóricos `: “Todos los habitantes que
están presente en el Vendée son rebeldes, todos encarnizados [...]. Sobre este punto, no estará
terminada completamente la guerra más que cuando no haya ya un habitante en la Vendée.
” Esta voluntad declarada de exterminio total asombra republicanos que no están al corriente de
las órdenes dadas. Algunos, como el alcalde de Fontenay-le-Comte, Mariteau, escriben su
sorpresa y su indignación ante esta violencia: “El 12 nivoso año II la escena aumenta en horror,
el general Amey va con su columna e incendia los todas las granjas desde La Rochelle hasta los
Herbarios. Sobre una distancia de tres leguas, no se ahorra nada. Los hombres, las mujeres,
incluso los niños de pecho, las mujeres embarazadas, todo fallecen por las manos de su
columna. En vano, infelices patriotas, certificados de civismo la mano, demandaron vida a estos
locos; no fueron escuchados; se los estranguló. Para acabar de pintar los delitos de este día, es
necesario decir que el heno ha sido quemado en las granjas, los granos en los graneros, los
ganados en los establos y cuando los infelices labradores, conocidos de nosotros por su civismo,
han tenido la desdicha de ser encontrados desatando sus bueyes, no fue necesario más para
fusilarlos. Se ha incluso tirado y herido a golpes de salva los ganados que se escapaban [...]. El
general Grignon llega con su columna a los Herbiers. Nosotros fuimos a encontrarlo para
conferenciar con él; le hicimos observarle que la ley prohíbe expresamente quemar los granos y
los forrajes. Le aconsejamos cuidarlos para operaciones posteriores. El dice que los órdenes
eran así, pero que no se habían ejecutado. Añadió en cuanto a los Herbiers, que éramos felices
que su colega Amey estuviera allí, que sin eso se habría fusilado a los todos los habitantes sin
distinción de patriota o de otro modo, porque que los órdenes del general en jefe apuntaban a
masacrar, fusilar, e incendiar todo lo que se encontraba sobre su paso, que el había incluso
fusilado municipios enteros, revestidos de sus bandas.

El 7 de noviembre , la Convención, con ocasión de una sesión solemne, va más lejos aún y raya
del mapa de Francia la Vendée para llamarlo departamento Vengado. Su razonamiento es
lógico: un hombre no puede rebelarse contra la República, el Vendeano no puede pues ser
considerado como tal y como no- hombres no pueden tener bienes, por tanto un territorio, este
territorio no puede ya tener nombre: en consecuencia, la Vendée es desbautizada. Como es
necesario regenerar esta tierra, entre otras cosas repoblándola con buenos republicanos, se le da
un nuevo nombre: el departamento Vengado.

Hasta el finales de diciembre de 1793, estas decisiones siguen siendo teóricas las tropas
republicanas no controlan el territorio levantado. A partir de Savenay, la situación es diferente y
la Convención decide pasar a la acción y darse los medios adecuados. Por lo tanto, la misión
terrorista pasa antes de cualquier otra cosa.

Carrier se defiende del menor sentimiento magnánimo: “Que no se venga pues a hablarnos de
humanidad hacia estos feroces Vendeanos; serán exterminados todos; las medidas adoptadas
nos garantizan un pronto retorno a la tranquilidad en este país; pero es preciso no dejar a un solo
rebelde ya que su arrepentmiento no será jamás sincero…” Lequinio exige incluso no hacer
prisioneros; “La raza es maldita.” Algunos departamentos, incluso alejados del marco de la
Vendée militar, toman medidas similares. Es el caso de el Eure: “Dejarles escaparse, escribe el
representante del pueblo, el 20 pluvióso año II, sería compartir el crimen de su existencia. ”

Es preciso a continuación pasar de la teoría la práctica: el problema no es fácil tratar ya que se


trata de eliminar a 815.000 habitantes que, por añadidura, son “tan malos republicanos” que se
niegan a dejarse hacer y de destruir un territorio de 10.000 km2 difícil de acceso.

Tres grandes etapas se pueden distinguir.

La primera corresponde una fase científica. La idea es simple aunque difícil concretar por
razones técnicas se trata, de acuerdo con las voces y las leyes de la Convención y el Comité se
salud pública, de poner en marcha medios más eficaces de eliminación a gran escala. Para ello,
se solicitan los servicios de uno de los más grandes químicos de la época: Antoine Fourcroy que
no encontrará la solución. Un farmacéutico de Angers, médico de su estado y alquimista,
llamado Proust, anticipo el arma química que consistiría en “una levadura propia a volver
mortal el aire de toda una región”. Inventó “una bola de cuero llenada de una composición cuyo
vapor retirado por el fuego debía asfixiar todo ser viviente muy lejos la redonda”. La prueba
sobre ovejas en Ponts-de-Cé, en presencia de diputados, no tuvo resultado “y nadie estuvo
incomodado”.
Otros, como el general Santerre, proponen el recurso a las minas: ¡“Minas, minas a fuerzas!
¡… humos soporíferos! Y luego caer encima…” Carrier somete la utilización del veneno: ¿“Lo
que usted hace, explica el 9 de noviembre de 1793, es bello sin duda pero donde llevará esto a la
nación? ¿a una victoria, quizá? ¿Qué hacen al pueblo vuestras victorias que no terminan nada?
Es necesario emplear medios extremos. Habéis liberado el país de un chancro que le devora. El
veneno es más seguro que toda su artillería. No temáis pues ponerlo en juego. Haced envenenar
las fuentes de agua. Envenenad el pan, que abandonareis a la voracidad de este miserable
ejército de bandidos, y dejad hacer el efecto. Tenéis espías entre estos soldados del papa que
conduce un niño. Soltarles este regalo y la patria está salvada. Matad a los soldados de Lal
Rochejaquelein a golpes de bayonetas, matadles a golpe de arsénico, eso es menos costoso y
más conveniente. Le abro este dictamen al cual hice adherir mi sociedad popular y con sin-
calzones como usted no le tengo necesidad de decir aún más. ”

Estos proyectos de envergadura, a pesar de un principio de ejecución, abandonados, debido a su


incertidumbre, por medidas empíricas específicas como lo guillotina, llamada “la maquinilla de
afeitar nacional”, “el molino silencio” o “la santa madre”, la bala, la bayoneta, el sable y la
culata de los fusiles. Sin embargo, desde el mismo consentimiento de los republicanos, el
conjunto de estos medios es demasiado lento, por lo tanto ineficaz, y sobre todo demasiado
costoso; el verdugo encargado de la guillotina percibe 59 libras (50 libras para él, 9 libras para
el portador) por cada cabeza cortada; las balas son escasas y sobre todo destinadas al esfuerzo
de guerra vinculado a la conquista exterior; los bayonetas y los sables rompen demasiado
fácilmente bajo los choques repetidos y las culatas, de los que se sirve como maza para hacer
estallar los cráneos del los Vendeanos alineados en “serie”, no son suficientemente sólidas. Lo
que es más , los verdugo-soldados, insuficientemente curtidos, se vuelve rápidamente ineficaces
por “demasiado sensibles”. En cuanto al problema financiero, se parte del principio que el
ejecutado se debe pagar su ejecución y en su defecto las comunas levantados y los
departamentos, todo ello completado por la venta en subasta de las prendas de vestir, de los
dientes, del cabello, etc. de los condenados. Se racionalizará y se globalizará el sistema por la
Comisión de subsistencia, comisión dirigida por el inspector general Jean-Baptiste Beaudesson,
encargado del pillaje de la Vendée.

Las grandes ciudades, y medias, son transformadas en ciudades de exterminio mediante el


recurso entre otras cosas, de las “antecámaras de la muerte” y de los ahogamientos. “Las
antecámaras de la muerte”, expresión de Carrier, están formadas por prisiones, como la del
Bouffay en Nantes, los campos a cielo abierto en particular los campos sobre el Loira y los
barcos-prisión de Angers, el Ponts-de-Cé, Nantes, etc. Estos lugares estaban concebidos como
tantos “morideros” según la expresión nantesa a la moda. Se esperaba que los prisioneros
apilados los unos sobre otros fueran a morir naturalmente, vencidos por la enfermedad, o en su
defecto, entre-matarse. En realidad, los resultados decepcionaron ya que “estos perros no
reventaban demasiado deprisa”: resulta necesario acelerar el proceso de donde el recurso a los
medios usuales es decir la guillotina, los “fusilamientos” masivos y los ahogamientos fuentes de
grandes y alegres festividades y de banquetes en los lugares mismos.

Durante mucho tiempo, se ha creído estos ahogamientos limitados a la única ciudad de Nantes
(23 al menos se contabilizan de las cuales una de al menos de 1200 personas). En realidad, eso
no es nada y se los encuentra un poco por todas partes: Angers, al Ponts-de-Cé, al Pellerin, etc.

Según los casos, estos ahogamientos son individuales, por pareja o en número. Los
ahogamientos por pareja, llamados “matrimonios republicanos”, han divertido particularmente a
los organizadores y marcado a los testigos debido a su carácter: se trata de unir desnudos (los
vestidos son confiscados y vendidos por los verdugos) en posiciones obscenas un hombre y una
mujer, preferiblemente el padre y la madre, el hermano y la hermana, un cura y una religiosa,
etc. antes de lanzarlos el agua. Para los ahogamientos en gran número, el procedimiento es más
largo: se apila “la carga humana” en una gabarra habilitada de carga; una vez largada, se hace
que salten en pedazos las planchas, a hachazos: el agua salpica por todas las partes y en unos
instantes el barco se hunde y los presos se mueren ahogados: en su defecto, se sablea
inmediatamente a los supervivientes, de donde el nombre de “sablada” inventado por
Grandmaison. Con el fin de cubrir los gritos, “los ahogadores afectan cantar muy alto”. Wailly,
testigo de una de estos ahogamientos, dice de manera muy precisa lo que vio: “Dos gabarras
cargadas de individuos, se detienen en un lugar llamado el Prado de los Duques. Allí, yo y mis
camaradas, vimos la matanza más horrible que se pueda ver; más de 800 individuos de todas las
edades y de todos los sexos fueron inhumanamente ahogados y cortados en pedazos. Oigo a
Fouquet y sus satélites reprochar a algunos de entre ellos que no sabían dar golpes de sable y
mostraban con su ejemplo cómo era necesario actuar. Las gabarras no se hundían bastante
rápido hasta el fondo; se tiraban disparos de fusil sobre los que estaban arriba. Los gritos
horribles de estas infelices víctimas no hacían más que animar aún más a sus verdugos.
Observaba que fueron desnudados previamente todos los individuos a quienes se ha ahogado en
esta noche, desnudos como la mano. En vano las mujeres reclamaban que se les dejaran sus
camisas; todo se les rechazó y fallecieron. Sus rebaños, sus joyas, sus asignados fueron presa de
estos antropófagos y lo que se tendrá dolor a creer, es que los que así los habían desnudado,
vendían el día siguiente por la mañana estos despojos al mejor postor.” Numerosos son los
testimonios de esta naturaleza, de los que se hace eco el abogado Tronson-Ducoudray, en el
proceso Carrier. Más allá del simple alegato, se comprende lo que este hombre vio y oyó: “Ved
a estas mujeres, a estas madres infelices precipitadas en los mares con sus niños. La infancia, la
amable infancia […] se convierte en el objeto de la más increíble rabia. Un crimen, que las
furias de la guerra hacen apenas creíble, se ha cometido en Nantes armada para la patria. Se
masacra o ahoga a niños de diez, de cinco, de dos años, niños de pecho. Veo a estos
desafortunados que tienden hacia sus verdugos sus brazos inocentes, sonriéndoles sobre el seno
que los lleva y que un brazo feroz los arranca. Los veo forcejear a los gritos de su madre que los
llaman aún [...]. Veo el río devolver sobre sus bordes a una mujer que tiene aún a su niño
muerto sobre su seno, una muchacha entrelazada en torno a su madre [...]. Paso sobre el lugar
está el instrumento del suplicio. Veo a un joven niño de trece años sobre el cadalso; dice al
ejecutor esta palabra desgarrante: “¿Me harás mucho daño? Está atado sobre el tablero cuya
proporción indica estos bárbaros quienes la justicia no concierne a los niños: Su cuerpo apenas
alcanza la línea que responde a la dirección del cuchillo. En otro lugar […] son hombres,
mujeres o niños quienes a quienes se fusila o se desgarra a golpes de sables y bayonetas…”

Los convencionales, con un deseo de economía (un barco pasado hundido cuesta 200 libras) se
intentó la asfixia a partir de barcos herméticamente cerrados. Este medio sin embargo no se
retiene a raíz de una denuncia el municipio: “E estertor de los moribundos molesta los
vecinos…”

La tercera etapa sigue, lógico. El fracaso es flagrante a falta de plan global. La Convención pide
a Turreau, el general en jefe del ejército del Oeste, concebirlo, lo que hace en términos muy
precisos. Para llevar a cabo su misión, se basa en tres estructuras: las columnas infernales, o
“colas de Robespierre”, que se ponen en marcha el 21 de enero de 1794, la flotilla sobre el Loira
y la Comisión de subsistencia. Prudente, solicita el aval del Comité de salud pública que le es
dado el 8 de febrero por la intermediaria de Carnot : “Te quejas, ciudadano general, de no haber
recibido del Comité una aprobación formal a tus medidas. Le parecen buenas y puras pero,
alejadas del teatro de operación, espera los resultados para pronunciarse: extermine los bandidos
hasta el último, he ahí tu deber…” Se tranquilizan tanto que ya ha dado sus consignas, el 17 de
enero, cuatro días antes de poner en marcha sus tropas:“Camaradas, entramos en el país
insurrecto. Os doy la orden de echar a las llamas todo lo que sea susceptible de ser quemado y
de pasar al filo de la bayoneta todo los habitantes que encontréis. Sé que hay algunos patriotas
en este país; es igual, debemos sacrificarlo todo. ” El 24 de enero, o sea tres días después del
principio de los “paseos”, recuerda las consignas y la finalidad de la operación: “Si mis
intenciones son bien secundadas, no existirá ya en el Vendée, dentro de quince días, ni casas, ni
subsistencias, ni armas, ni habitantes. Es necesario que todo lo que existe de bosque, de alto
oquedal en la Vendée sea talado…”

Toda orden dada implica informes y los generales y otros responsables encargados de las
operaciones, como buenos militares, las realizan escrupulosamente. En la hora presente, estos
informes, redactados en doble ejemplar, según la voluntad de los políticos que desconfían de los
militares, están, entre otros, depositados en los archivos militares del fuerte de Vincennes. El
informe del general Caffin , del 27 de enero, los resume: “Había ordenado pasar al filo de la
bayoneta a todos los canallas que se hubiera podido encontrar y quemar las granjas y las aldeas
que próximas a Jallais; mis órdenes han sido puntualmente ejecutadas y, en este momento 40
granjas iluminan el campo…” . Del lado de los Vendeanos, las descripciones hechas revelan la
atrocidad de la situación como la de las de Peigné, de Saint-Julien-de-Concelles: “Mujeres
embarazadas eran tendidas y aplastadas bajo prensas. Una pobre mujer, que se encontraba en
ese caso, fue abierta viva a la Bois-Chapelet, cerca de Maillon. La llamada Jean Lainé, de
Croix-de-Beauchéne, fue quemada viva en su cama donde estaba retenida a causa de
enfermedad [...].miembros sangrientos y niños de pecho eran llevados en triunfo en la punta de
los bayonetas. A una muchacha La Chapelle fue tomada por los verdugos que, después de
haberla violado, la suspendieron un roble. Cada pierna se ataba separadamente una rama del
árbol y separada la una de la otra lo más lejos posible. Es en esta posición la partieron con su
sable hasta la cabeza y el separaron dos…” Los registros clandestinos, como los del rector
Pierre-Marie Robin, cura el Chapelle-Basse-Mer', en sus fríos descripciones se hacen eco de
“esta carnicería”, expresión empleada por Napoleón hablando del Vendée.

Las peores atrocidades, informadas por los mismos revolucionarios, se cometen: en Ponts-de-
Cé curten la piel de los Vendeanos con el fin de hacer calzones de caballo destinados a los
oficiales superiores; en Angers, cortan las cabezas para disecarlas; en Herbiers, arrojan a las
mujeres y a los niños, Blancos como Azules, en hornos; en Clisson, hacen fundirse de los
cuerpos para recuperar grasa para los hospitales y los carros, etc

Todo sentimiento magnánimo está prohibido como lo proclama Carrier': “Que no se venga a
hablar de humanidad hacia estos feroces Vendeanos; serán exterminados; las medidas adoptadas
nos garantizan un pronto retorno a la tranquilidad en este país; pero es necesario no dejar a un
solo rebelde ya que su arrepentimiento no será nunca sincero.” Lequinio` exige no hacer a
prisioneros: “Si me está permitido decirlo, clama en la Convención, querría que se adoptara las
mismas medidas en todos nuestros ejércitos; nuestros enemigos entonces, usando la recíproca,
sería imposible en adelante que tuviéramos cobardes.” Si, por desdicha, un militar republicano
viniera ser liberado, se debía reparar “esta mancha” y vengarse sobre la población. Los 5.000
Azules liberados por Bonchamps que agonizaba, el 18 de octubre de 1793, masacrando las
poblaciones sobre el camino de vuelta sobre Nantes, no hicieron más que su deber republicano
según la formulación oficial.

El genocidio se acompaña de la ruina del país: “Se trata, para el Ministro Barére, de barrer con
el cañón el suelo de la Vendée y de purificarlo por el fuego.”

Si este genocidio, a pesar de las intenciones y la programación, no se lleva término, es


solamente debido “a la debilidad de los medios”. Turreau se dice por otra parte desesperado “ya
que le es terrible ver sospechar su celo y su opinión”. Además, se dice mal secundado.

El balance se impone: la Vendée militar, sobre una población estimada en 815.000 personas,
perdió al menos a 117.000 miembros cuya gran parte a causa del sistema de despoblación
denunciado en la época por Gracchus Babeuf, padre del comunismo, que habla por otra parte de
populicidio. Además, al menos 10.300 casas sobre 53.273 contabilizadas solo en los
departamentos del Loira-Inferior, de Deux-Sèvres y de un tercio de la Vendée han sido
destruidos. Ciertas zonas por diversas razones han sido más afectadas que otras. Por ello
Bressuire pierde un 80% de su hábitat; Cholet 40% de su población, etc