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FILÓSOFOS DESPUÉS DE FREUD

FILÓSOFOS DESPUÉS DE FREUD

Rosaura Martínez Ruiz


(coordinadora)

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS


UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

EDITORIAL ITACA
Dirección General de Asuntos del Personal Académico

La presente edición fue realizada en el marco


del proyecto PAPIIT IN403413

Primera edición: 2015

D.R. © 2015 Universidad Nacional Autónoma de México


Avenida Universidad 3000,
Universidad Nacional Autónoma de México
C. U., Coyoacán, C. P. 04510,
Distrito Federal.

Este volumen no hubiera sido posible sin la cariñosa


y solidaria colaboración de nuestro amigo Andrés Marquina de Hoyos
en los trabajos de edición.

D.R. © 2015 David Moreno Soto


Editorial Itaca
Piraña 16, Colonia del Mar
C.P. 13270, México, D.F.
tel. 5840 5452
itaca00@hotmail.com
www.editorialitaca.com.mx
ISBN: 978-607-96999-7-0

Diseño de la cubierta: Sara Risk Ferrer.

Prohibida la reproducción total o parcial


por cualquier medio sin autorización escrita
del titular de los derechos patrimoniales.

Impreso y hecho en México


ÍNDICE

Introducción
Rosaura Martínez Ruiz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

Ontología y hermenéutica: Freud en Ricoeur o el maestro


de la sospecha
Greta Rivara Kamaji . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27
De la interpretación: Freud y Gadamer
María Antonia González Valerio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
Deleuze y la univocidad del inconsciente en Freud
Amanda Núñez García . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73
Freud y Derrida: escritura y especulación (o de cuando el
futuro irrumpe en el presente)
Rosaura Martínez Ruiz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91
Freud y Lefort: trazando un mapa de lo político
Griselda Gutiérrez Castañeda . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 109
Laclau con Freud: o el derrotero hacia el psicoanálisis
como una ontología general
Paula Biglieri y Gloria Perelló . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123
Trascendencia de Freud
Jean-Luc Nancy . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 145
La dimensión política del psicoanálisis: Etienne Balibar
Sergio Pérez Cortés. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 149
Freud y Butler: rasgando las estructuras. Ambivalencia
en la psique y el poder
Homero Vázquez Carmona y Mariana Hernández Urías . . . . . . . . . . . 173
Guattari y Freud: revoluciones clínicas
Cuitláhuac Moreno Romero. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 189
Badiou y Freud: el amor como acto
Juan José Abud Jaso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 207
Historizar la histeria e histerizar la historia.
Freud con Foucault
Zenia Yébenes Escardó . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 221
Apropiaciones de Freud desde la crítica de género.
Gayle Rubin
Erika Lindig Cisneros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 241
Resistencia psicoanalítica, resistencia al sujetamiento:
Freud, Foucault y Butler a debate
Laura Echavarría Canto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 253
De Freud en Benjamin: materialidad del psicoanálisis
Ana María Martínez de la Escalera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 265
Freud después de Nancy
María Konta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 277
El paso (no) más allá del principio de placer:
el Freud lacaniano de Néstor Braunstein
Sergio Andrés Hernández Delgadillo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 295
Rancière y el inconsciente estético
Armando Villegas Contreras . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 311
Kristeva, Freud y el discurso amoroso de la cultura
Elizabeth Coles. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 325
Ortega, introductor y crítico de Freud
Juan Carlos Moreno Romo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 347
Adorno y Freud
Jorge Armando Reyes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 365
Freud y Althusser
Gerardo de la Fuente Lora. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 389
APROPIACIONES DE FREUD
DESDE LA CRÍTICA DE GÉNERO
GAYLE RUBIN

Erika Lindig Cisneros

Pensar en las apropiaciones de la teoría psicoanalítica freudiana por parte de


la crítica de género es un asunto problemático; recordemos que esta última es
heredera de los movimientos feministas históricos –lo mismo en su dimensión
teórica que en la de los activismos sociales, y en las relaciones entre ambas–
y que la recepción del psicoanálisis, desde el momento de su emergencia, por
parte del feminismo fue predominantemente la de un abierto rechazo. En este
sentido, la interpretación de Freud hecha por Gayle Rubin en el año de 1975
es un caso especial. Me refiero al ensayo “El tráfico de mujeres: notas sobre
la economía política del sexo”, que más allá de su reconocida relevancia como
documento clásico de la teoría feminista, puede actualizarse hoy para con-
tribuir al debate contemporáneo sobre el concepto de género y los peligros de
su naturalización. En efecto, aun cuando dicho concepto fue acuñando por
las teorías feministas, desplazando el de “sexo”, para cuestionar el carácter
natural –y por lo tanto necesario– de la oposición sexual masculino / femeni-
no con todos sus efectos históricos de exclusión en el ámbito de lo social, hoy
ha llegado a naturalizarse y corre el riesgo de perder su potencial crítico e
incluso de producir nuevos efectos de exclusión. Esto ha sido así porque des-
pués de haberse puesto en cuestión el fundamento de la oposición de género
en la naturaleza, es decir, en la diferencia sexual anatómica, se encontró uno
nuevo: la cultura. Pero la cultura ha llegado a pensarse, en algunas de sus
formulaciones teóricas, como un sistema normativo incuestionable. J. Butler
lo explica como sigue:

Si la noción de género sugiere un cierto determinismo de los significados de género


inscritos en cuerpos anatómicamente diferenciados, si dichos cuerpos se entienden
como receptores pasivos de una ley cultural inexorable y finalmente, si la “cultura”
relevante que “construye” el género se entiende en términos de dicha ley o conjunto
de leyes, entonces parece que el género es tan determinado y fijo como lo era el sexo

241
242 ERIK A LINDIG CISNEROS

bajo la formulación “biología-es-destino”, largamente discutida y refutada por la


teoría feminista.1

La naturalización del género es entonces uno de los riesgos que enfrenta


hoy la crítica una vez que se ha institucionalizado (en mayor o menor medida)
en la academia y las organizaciones civiles reguladas por las políticas estatales,
y una vez que ha obtenido privilegios de diversa índole (académicos, políticos,
presupuestales). La lectura2 que hizo Rubin de la teoría psicoanalítica y de la
etnología de Lévi-Strauss prevenía a la crítica feminista, ya desde entonces, de
los peligros de dicha naturalización.
Situada en la escena de la legendaria batalla entre el psicoanálisis y los
movimientos feministas, Rubin se propuso leer a Lévi-Strauss y a Freud de
una manera similar a aquella en la que Marx había leído los textos de la eco-
nomía política clásica, para visibilizar3 (problematizar) las implicaciones de
sus análisis.

Freud y Lévi-Strauss son en cierto sentido análogos a Ricardo y a Smith: no ven


las implicaciones de lo que están diciendo, ni la crítica implícita que su obra es
capaz de generar bajo una mirada feminista. Sin embargo, proporcionan las herra-
mientas conceptuales con las cuales se pueden construir descripciones de aquella
parte de la vida social que es la sede de la opresión de las mujeres, de las minorías
sexuales y de ciertos aspectos de la personalidad humana en los individuos. A falta
de un término más elegante, llamo a esta parte de la vida social el sistema sexo /
género.4

1 Judith Butler, Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity, p. 11 (versión en

español en Judith Butler, Género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, pp. 54


y ss.).
2 Lectura exegética, en términos de Rubin. Si la definición de diccionario de “exégesis” es

“explicación o análisis crítico; en especial, interpretación de las escrituras”, Rubin toma de dicha
definición el carácter crítico de la interpretación refiriéndose a la necesidad de “pasar del contenido
explícito del texto a las premisas e implicaciones del mismo”. Señala también que su lectura de los
textos psicoanalíticos está filtrada por la de Lacan, heredero, como ella, de la antropología estructural
de Lévi-Strauss (Gayle Rubin, “The traffic in Women: Notes on the ‘Political Economy’ of sex”, en
Toward an Antrhropology of Women, p. 159). Para la traducción de las citas uso la versión en español
de Stella Mastrangelo publicada en Gayle Rubin, “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía
política’ del sexo”, en Nueva Antropología. Revista de Ciencias Sociales, vol. VIII, pp. 350-358.
3 En el sentido en que Althusser usó el término a propósito justamente de la lectura por

parte de Marx de Ricardo y Smith. Para un estudio de la noción de visibilidad en el debate


académico, social y político, véase Erika Lindig, Ana Martínez de la Escalera y Armando Villegas,
“Visibilidad. Contribución al debate”, en Alteridad y exclusiones. Vocabulario para el debate social
y político, pp. 350-358.
4 Gayle Rubin, op. cit., p. 97.
APROPIACIONES DE FREUD 243

Así, Rubin explícitamente proponía la apropiación de algunos de los concep-


tos5 elaborados por el marxismo, la antropología y el psicoanálisis para cons-
truir un aparato teórico capaz de dar cuenta del carácter sistémico (si bien no
necesario, como se verá) de la reproducción de las relaciones de dominación de
género.
Conviene tener presentes las condiciones de la discusión en el momento en
que Rubin elaboraba su sistema y la teoría feminista proponía el concepto de
género para desplazar el de sexo. Se trataba en primer lugar de poner en cues-
tión la fundamentación y justificación de la asimetría de género (incluyendo,
pero sin limitarse a, la desigualdad de derechos frente al Estado) en la diferen-
cia biológico-sexual. Y se trataba además, como recuerda Griselda Gutiérrez
citando a J. Scott, “de insistir en la insuficiencia de los cuerpos teóricos exis-
tentes para explicar la persistente desigualdad entre mujeres y hombres”.6 En
efecto, afirma Gutiérrez, “ni las explicaciones sustancialistas, biologicistas ni
histórico-materialistas podían explicar por qué la diferencia sistemáticamente
se trastoca en desigualdad”.7 Lectora del materialismo histórico, Rubin apun-
taba también esta última insuficiencia: “No hay ninguna teoría que explique la
opresión de las mujeres –en su infinita variedad y monótona similaridad– con
nada semejante a la fuerza explicativa de la teoría marxista de la opresión de
clase”.8 Por eso no le parecían sorprendentes los intentos de aplicar el análisis
marxista a la crítica feminista, especialmente aquella que proponía que uno
de los fundamentos de dicha opresión era la división sexual del trabajo en la
dinámica del capitalismo.9 Sin embargo, estos análisis se equivocaban, desde el
punto de vista de Rubin, al derivar de la utilidad de la división sexual del tra-
bajo para el capitalismo la génesis misma de la opresión de las mujeres; dicha
derivación dejaba fuera del campo explicativo de la teoría un buen número de
fenómenos socio-históricos calificables de “opresivos” aunque no estuvieran ubi-
cados en sistemas capitalistas. Por ello se refería a la necesidad del análisis his-
tórico, social y subjetivo de la opresión de las mujeres, cuyo carácter paradójico
para el análisis sistemático ya había advertido: dicha opresión se manifestaba
en una “infinita variedad” que ofrecía al ojo crítico una “monótona similari-
dad”. Así pues, ¿cuáles son los elementos que permiten a la crítica establecer
la semejanza entre –diríamos hoy con Foucault– las prácticas singulares de

5 Sobre la problemática que implica entender dichos conceptos como instrumentos meramente

descriptivos de las relaciones sociales, volveré más adelante.


6 Griselda Gutiérrez Castañeda, “El concepto ‘género’: una perspectiva para repensar la

política”, en Theoría. Revista del Colegio de Filosofía, p. 39.


7 Ibid., pp. 39-40.
8 Gayle Rubin, op. cit., p. 98.
9 Se refería a los análisis de Margaret Benston, Mariarosa Dalla Costa y Selma James, Isabel

Larguia y John Dumoulin, Ira Gertein, Lise Vogel, Wally Secombe, Jean Gardiner y M. y J.
Rowntree.
244 ERIK A LINDIG CISNEROS

dominación? ¿A partir de qué generalidades abstractas se puede construir una


teoría de la opresión de género cuando al mismo tiempo se trata de argumentar
que los mecanismos de la opresión no son naturales, es decir, necesarios, y que
es por lo tanto posible modificarlos?
Éste el problema central que guiaba la propuesta de Rubin. Ella asumía,
como vimos, la existencia de un aparato social que es la sede de la opresión
de las mujeres y también que era posible elaborar el correspondiente sistema
teórico que lo describiera y permitiera pensar en su modificación radical. La
lectura de los textos de Freud sobre la feminidad contribuiría con los conceptos
necesarios para dar cuenta de los “rasgos de la personalidad” correspondientes
a la mujer como efecto del sistema normativo sexo / género.10
Vayamos pues a la interpretación de Freud por parte de Rubin. “No es el
objeto de este artículo –escribía Rubin– hacer un psicoanálisis del inconscien-
te psicoanalítico, pero sí espero demostrar que existe”.11 Si bien, según ella,
en ningún lugar estaban mejor documentados que en la literatura clínica los
efectos sobre las mujeres de los sistemas sociales dominados por los hombres,
el potencial crítico de esta documentación sólo era visible en la sintomatología
de su negación. Esto se aplicaba también al rechazo de Freud por parte de los
movimientos de mujeres y homosexuales. Sin embargo, dicho rechazo se debía
a otro factor que Rubin consideraba menos importante que el primero, pero que
desde mi punto de vista es fundamental: la teoría psicoanalítica había sufrido
una transformación a partir de su institucionalización, especialmente en Esta-
dos Unidos. De ser, según Rubin, una teoría de los mecanismos de reproducción
de las normas sexuales había pasado a ser uno de esos mismos mecanismos
mediante la práctica clínica, transformando “la ley moral en ley científica”.12
Lo que interesaba era, pues, interpretar el psicoanálisis como una teoría de los
mecanismos sociales (no fundados en ninguna naturaleza)13 de normalización
de la sexualidad, en un gesto que, siguiendo a Butler, podríamos decir que abría
el campo para un análisis de corte foucaultiano. Interesaba específicamente
mostrar cómo Freud había dado cuenta del costo psíquico que comporta la ad-
quisición del género desde el punto de vista psicoanalítico a partir de dicha nor-
malización. De acuerdo con Rubin, este costo psíquico se describe en la teoría

10 O formas de la subjetivación en el sentido foucaultiano. Butler se pregunta qué hubiera

sucedido si Rubin, quien más adelante en su trabajo se apropia de la crítica foucaultiana, hubiera
reescrito su ensayo desde este punto de vista, considerando sobre todo que este texto temprano
sienta las bases para dicha crítica (Judith Butler, Gender Trouble: Feminism and the Subversion
of Identity, p. 98; Judith Butler, Género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad,
p. 167).
11 Gayle Rubin, op. cit., p. 119.
12 Gayle Rubin, op. cit., p. 118.
13 Rubin advertía que esta interpretación era controvertible y que si bien los textos de Freud

daban lugar a esta interpretación también daban lugar a otra que naturalizaba la normalización.
APROPIACIONES DE FREUD 245

psicoanálitica una vez que, después de los años veinte, se descubrió la existen-
cia de una fase preedípica en el desarrollo de la sexualidad humana, fase en que
el niño presenta una disposición bisexual. Este descubrimiento permitiría tan-
to a Freud como a Lampl de Groot articular la teoría psicoanalítica clásica de la
feminidad. Lo que le resultaba interesante a Rubin es que el género de los niños
en esta fase preedípica es psíquicamente imposible de distinguir; por lo tanto,
su diferenciación en niños masculinos y femeninos requería de una explicación.
Vale la pena analizar la forma en que Freud argumentaba esta necesidad
de explicación. Para ello elijo el texto “La feminidad”, que forma parte de sus
Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, de 1932.14 En primer
lugar Freud se disculpaba con sus lectores (estas conferencias nunca fueron
pronunciadas) pues les ofrecía temas para cuya comprensión no estaban prepa-
rados; eran un “público culto interesado en la nueva ciencia” pero no un público
de expertos. Acto seguido ofrecía una segunda disculpa por el carácter no intro-
ductorio de esta conferencia. Daba, sin embargo, algo en compensación:

[…] acaso les sirva como muestra de un trabajo analítico de detalle, y puedo decir
dos cosas para recomendarla. No ofrece más que hechos observados, casi sin añadi-
do de especulación, y se ocupa de un tema que posee títulos para atraer el interés
de ustedes como difícilmente otro los tenga. El enigma de la feminidad ha puesto
cavilosos a los hombres de todos los tiempos.15

(En cuanto alas mujeres, claramente “se podía esperar que no fueran tal
enigma para sí mismas”) Inmediatamente Freud pasa a referirse al hecho so-
cial, pragmático, de la diferenciación entre lo masculino y lo femenino como
“la primera diferencia que se establece entre seres humanos”, y a decir, para
sorpresa de sus lectores, que la ciencia anatómica no proporcionaba en aquel
momento evidencia de dicha diferencia, pues si bien los productos genésicos
masculino y femenino (espermatozoides y óvulos) eran distintos, había indicios
de que los órganos que los producen se habían formado a partir de una misma
disposición en diferentes configuraciones. Y aún más: parecía que partes del
aparato sexual masculino se encontraban en los cuerpos de las mujeres, pero
atrofiados, y viceversa. Por lo cual la anatomía parecía indicarla existencia
de una bisexualidad originaria; todo organismo es bisexual y, por lo tanto, no
había en este campo datos científicos suficientes para aprehender aquello que
constituye la masculinidad o la feminidad en un organismo. La psicología tam-

14 Dirigidas no a psicoanalistas sino a un público “culto” interesado en la joven ciencia,

estas conferencias son, según Freud, una reelaboración de las Conferencias de introducción al
psicoanálisis que 15 años atrás había pronunciado frente a un vasto auditorio de estudiantes
universitarios. A diferencia de las primeras, las segundas nunca fueron dictadas en público.
15 Sigmund Freud, “La feminidad”, en Obras completas, vol. XXII, p. 105 (las cursivas son mías).
246 ERIK A LINDIG CISNEROS

poco lo había logrado, puesto que al usar los términos “masculino” y “femenino”
como cualidades anímicas lo único que había hecho era trasladar de la anato-
mía (del espermatozoide y el óvulo) y de la convención (de la interpretación de
la conducta) hacia la psique el sentido de lo “activo” y lo “pasivo”: un error de
superposición [una operación metafórica] desmentido por la simple observación
de la conducta humana. El psicoanálisis, por su parte, explicaba Freud, “no
pretende describir qué es la mujer –una tarea de solución casi imposible para
él–, sino indagar cómo deviene, cómo se desarrolla la mujer a partir del niño de
disposición bisexual”.16 Y aquí reconocía las aportaciones de sus colegas psicoa-
nalistas mujeres.17
Así pues, Freud postulaba la necesidad de explicar el “devenir mujer”, un
devenir que según el psicoanálisis resulta más costoso psíquicamente que el
devenir hombre. La teoría freudiana al respecto es conocida; resumo aquí el
modo como la interpreta Rubin: el niño de disposición bisexual (de acuerdo con
Freud y Jeanne Lampl de Groot), con toda la gama de actitudes libidinales acti-
vas y pasivas, toma por objeto del deseo a la madre (según una relación de cui-
dado infantil que el psicoanálisis considera originaria). Esto pone en cuestión
la naturalidad de la heterosexualidad futura en el caso de la mujer, que ahora
debe explicarse. En el caso de la niña, el deseo es “activo y agresivo”, lo cual
hace necesario que también se explique su acceso final a una “feminidad” que
se piensa como pasiva. Estas dos cuestiones le permiten a Rubin afirmar que el
propio psicoanálisis no puede derivar de la biología el desarrollo femenino. Más
adelante, los conceptos de “envidia del pene” y de “castración” (que desde su
introducción habían provocado la ira de las feministas) explican la adquisición
de la “feminidad”. Rubin en este punto recurre a la interpretación lacaniana
de Freud, según la cual este último no quiso decir nada acerca de la anatomía
y sí, en cambio, sobre los significados culturales que se imponen a los cuerpos

16Sigmund Freud, “Sobre la sexualidad femenina”, en Obras completas, vol. XXI, p. 228.
17Como J. Lampl de Groot y H. Deutsch, Freud explicaba el éxito de sus análisis argumen-
tando que ellas podían dar mejor cuenta de la ligazón con la madre (anterior a la ligazón con el
padre) con la ayuda de la transferencia sobre un adecuado sustituto de la madre (ellas mismas,
en tanto que mujeres). Es decir, Freud consideraba que el objeto del deseo era la madre en la fase
preedípica del desarrollo infantil, tanto en los niños como en las niñas. Y que en el trabajo clínico,
para el análisis de este primer vínculo, la transferencia sólo se podía dar sobre un sustituto de la
madre si la psicoanalista era mujer: “En este ámbito de la primera ligazón-madre todo me parece
tan difícil de asir analíticamente, tan antiguo, vagaroso, apenas reanimable, como si hubiera
sucumbido a una represión particularmente despiadada. Empero, esta impresión puede venirme
de que las mujeres acaso establecieron conmigo en el análisis la misma ligazón-padre en la que
se habían refugiado al salir de esa prehistoria. En efecto, parece que las analistas mujeres, como
Jeanne Lampl de Groot y Helene Deutsch, pudieron percibir ese estado de los hechos de manera
más fácil y nítida porque en las personas que les sirvieron de testigos tuvieron el auxilio de la
transferencia sobre un adecuado sustituto de la madre. En cuanto a mí, no he logrado penetrar un
caso de manera perfecta y por eso me limito a comunicar los resultados más generales y aduzco
sólo unas pocas muestras de mis nuevas intelecciones” (Ibid., pp. 228-229).
APROPIACIONES DE FREUD 247

anatómicamente diferenciados, especialmente respecto a la distinción entre el


“pene” (órgano) y el “falo” (conjunto de significados conferidos al pene). A esta
luz Rubin reinterpreta dichos conceptos, que no se referirán ya al órgano sino
a los significados y valores a él conferidos, y especialmente a la posibilidad o
imposibilidad de satisfacción del deseo de la madre según una heterosexualidad
obligatoria. Si el niño sólo se ve obligado a postergar su deseo renunciando a su
madre en función de la prohibición del incesto, que también es cultural, pero
obteniendo a cambio y a la postre el derecho a otra mujer, la niña nunca obtiene
un derecho semejante. Esta lectura lleva a Rubin a encontrar coincidencias
fundamentales entre Freud y Lévi-Strauss:

Los sistemas de parentesco requieren una división de los sexos. La fase edípica
divide los sexos. Los sistemas de parentesco incluyen conjuntos de reglas que go-
biernan la sexualidad. La crisis edípica es la asimilación de esas reglas y tabúes.
La heterosexualidad obligatoria es resultado del parentesco. La fase edípica cons-
tituye el deseo heterosexual. El parentesco se basa en una diferencia radical entre
los derechos de los hombres y de las mujeres. El complejo de Edipo confiere al
varón los derechos masculinos, y obliga a las mujeres a acomodarse a sus menores
derechos.18

Las coincidencias, sumadas a las diferencias históricas de los “datos de


base”, premodernos en el caso de Lévi-Strauss, modernos en el de Freud, lle-
varon a Rubin a pensar que ambas teorías describían las estructuras sexuales
sociales que constituyen la herencia histórica de Occidente, fundamento de la
opresión de las mujeres, por lo que su propuesta, para la política feminista, fue
la de una revolución del parentesco que liberara la vida sexual humana “de las
relaciones arcaicas que la deformaban”.

Será necesario modificar varios elementos de la crisis edípica para que esa fase no
tenga efectos tan desastrosos en el joven yo femenino. La fase edípica instituye una
contradicción en la niña al imponerle demandas imposibles de conciliar. Por un
lado, el amor de la niña por la madre es inducido por la tarea materna del cuidado
infantil. A continuación se obliga a la niña a abandonar ese amor debido al papel
sexual de la mujer: pertenece a un hombre. Si la división sexual del trabajo distri-
buyera el cuidado de los niños entre adultos de ambos sexos por igual, la elección
primaria de objeto sería bisexual. Si la heterosexualidad no fuera obligatoria, no
sería necesario suprimir ese primer amor ni se sobrevaloraría el pene. Si el siste-
ma de propiedad sexual se reorganizara de manera que los hombres no tuvieran
derechos superiores sobre las mujeres (si no hubiera intercambio de mujeres) y si

18 Gayle Rubin, op. cit., p. 130.


248 ERIK A LINDIG CISNEROS

no hubiera género, todo el drama edípico pasaría a ser una reliquia. En suma, el
feminismo debe intentar una revolución en el parentesco.19

Dicha revolución sería posible gracias al carácter social (no necesario) de las
relaciones humanas: “La vida sexual humana siempre estará sujeta a la con-
vención y la interacción humanas. Nunca será completamente ‘natural’, aunque
sólo sea porque nuestra especie es social, cultural y articulada”.20 Para Rubin,
en el momento en que elaboraba su propuesta sistemática, tanto el sexo como el
género eran constructos sociales y estaban sujetos, como tales, a la crítica. No
logró, sin embargo, llevar hasta sus últimas consecuencias dicha propuesta. J.
Butler se ha dado a la tarea de hacerlo. De acuerdo con ella, y a partir de una
lectura foucaultiana, el argumento de Rubin es cuestionable desde el momento
en que da por sentado que hay en el infante una fase preedípica que se piensa
como un “antes de la ley” –la prohibición del incesto y la heterosexualidad obli-
gatoria que esta prohibición supone– pero que como nos enseña Foucault, es
producto de la misma ley que sanciona la sexualidad: determina lo permitido y
lo prohibido en el mismo acto, produciendo el deseo de lo prohibido. Sucede que
pese a la intención explícita de Rubin de desnaturalizar la diferencia sexual, la
argumentación freudiana la condujo a suponer el carácter natural de la sexua-
lidad en este origen: si bien la feminidad no era explicable, según Freud, me-
diante el recurso a la anatomía, la bisexualidad originaria sí lo era. La psique
infantil en la fase preedípica es la metaforización de esta evidencia anatómica.
La evidencia de la bisexualidad la hace necesaria, y hace entonces que la expli-
cación de la adquisición del género sea igualmente necesaria. Esto se refuerza,
en la argumentación freudiana, mediante la postulación de la “objetividad” de
su propuesta teórica, la cual “no ofrece más que hechos observados, casi sin
añadido de especulación”. Y aunque Rubin no suscribió la tesis de la bisexua-
lidad originaria, por cuanto dicha tesis presupone una norma heterosexual,
sino que habló más bien de una “salvaje profusión de la sexualidad infantil”,21
seguía suponiendo un origen anterior a la ley, una especie de naturaleza a la
cual sería posible, al menos en cierta medida, retornar. La suposición de este
origen determina su apuesta política: una revolución social estructural. Des-
pués de las críticas de Foucault y Derrida a la posibilidad de reconocer o aludir
a un “antes” de la ley, la teoría queer propone hoy examinar de otra manera la
narración de la obtención del género. Se trata de mostrar el carácter productivo
o generativo de una ley que no se considera universal sino un marco dominante
dentro del cual se establecen las relaciones sociales y que implica la producción

19 Ibid., pp. 130-131.


20 Gayle Rubin, “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo”, en Nueva
Antropología. Revista de Ciencias Sociales, vol. VIII, p. 131.
21 Ibid., p. 132.
APROPIACIONES DE FREUD 249

de las formas aceptadas de la sexualidad tanto como de otras formas: “[…] dis-
tintos deseos e identidades sustitutos, que en ningún caso están limitados por
adelantado”.22 La posibilidad de la crítica está siempre implícita en la ley. Ésta
es una vía abierta por la lectura de Rubin del piscoanálisis freudiano, de la cual
se ha hecho cargo Butler.
Por otra parte, al parecer Rubin se dejó persuadir por la postulación de la
objetividad de la teoría freudiana y así supuso que ésta se limitaba a describir
las relaciones sociales que era necesario modificar, sin problematizar las confi-
guraciones del sujeto y de la adquisición del género que dicha teoría decía me-
ramente describir, pero que en realidad estaba reinventando. Debatiendo con
sus colegas feministas, Rubin afirmaba que si la teoría freudiana había estado
sujeta a la crítica (en el sentido lato de rechazo) feminista desde que nació, y
que si dicha crítica se dirigía al hecho de que el piscoanálisis había racionali-
zado la subordinación de las mujeres, la crítica estaría justificada; pero que si
la crítica se dirigía al psicoanálisis en cuanto descripción del proceso de dicha
subordinación, la crítica sería un error.23 Y tenía razón cuando, dirigiéndose a
ellas, afirmaba que no podemos desmantelar algo que subestimamos o que no
conocemos. La lectura de Rubin del psicoanálisis nos enseña a advertir, como
ella misma señalaba, las implicaciones falocéntricas de su teoría de la adqui-
sición del género. Hoy sigue siendo necesario hacerlo; sin embargo es también
necesario cuestionar el carácter meramente descriptivo de la teoría, teniendo
en cuenta que cuando este discurso toma en préstamo su vocabulario teórico
de otras disciplinas o usos, lo reinterpreta. Así, por ejemplo, el concepto de fase
preedípica del infante, que produce una metáfora de la disposición psíquica bi-
sexual a partir de los indicios anatómicos de una disposición bisexual fisiológi-
ca. Por otra parte habría que considerar también que el discurso teórico proce-
de de la misma tradición falocéntrica que se está cuestionando. Esto lo advertía
ya Rubin cuando, citando a Derrida, decía que en la lectura interpretativa se
corre el riesgo de que con la apropiación conceptual se cuelen los procedimientos
de exclusión a los que se busca cuestionar: “En mi empresa, el peligro es que con
cada préstamo tiende a venir también el sexismo de la tradición de la cual [Lé-
vi-Strauss y Freud] forman parte”.24 No descripción, entonces, sino reinvención
de la subordinación de género es lo que ofrece la teoría psicoanalítica; pero so-
bre todo su práctica institucionalizada. Como ya lo vimos, Rubin advertía que el
psicoanálisis, en la práctica clínica estadounidense de su tiempo, había logrado
convertir la ley moral en ley científica, produciendo nuevos efectos de exclusión.
Hoy esto se ha extendido a los usos institucionales de algunos de los conceptos
y tesis del psicoanálisis, aislados y reducidos a instrumentos de valoraciones

22 Judith Butler, op. cit., p. 168.


23 Gayle Rubin, op. cit., p. 130.
24 Ibid., p. 132.
250 ERIK A LINDIG CISNEROS

psicológicas en el ámbito jurídico del derecho civil o en el ámbito educativo, por


ejemplo. Estos son algunos de los usos que hoy considero necesario someter a
examen y crítica. Y habría que advertir un peligro más: el etnocentrismo (y no
sólo el falocentrismo) de la tradición occidental, el cual puede adoptar acrítica-
mente la teoría de género en la academia y en las formulaciones adoptadas por
las políticas internacionales. Recientemente, Shu-mei Shih denunciaba dichas
apropiaciones.25 Hubo un momento en la historia del feminismo, dice, en que se
hizo visible y palpable el ejercicio de un colonialismo internacional por parte de
las feministas del primer mundo. En ese momento, ubicado entre 1993 y 1994,
las ONG empezaron a institucionalizarse y a responder a las políticas del Estado
norteamericano a través de la asignación de recursos para proyectos en el Ter-
cer Mundo, imponiendo sus prácticas e interpretaciones a sus colaboradoras / es
de otros países, en una lucha por los “derechos de las mujeres” que no tomaba
en cuenta diferencias específicas, demandas específicas, memorias singulares;
que no consideraba, en suma, que las formas de la dominación son plurales. El
análisis sistémico de las relaciones de dominación tiende a reducir esta plu-
ralidad. La crítica estratégica, por el contrario, en la medida en que siempre
es crítica de sus propios supuestos metodológicos, incluyendo las herramientas
conceptuales que la sustentan, y en la medida en que es crítica específica, puede
analizar las formas singulares de la dominación. No se trata, creo, de elegir
una forma de la crítica para rechazar la otra; la necesidad de ambas da cuenta
de la paradoja de las relaciones históricas de dominación que Rubin planteó y
que cito una vez más: se manifiestan a la vez en una infinita variedad y en una
monótona similaridad.
Este ensayo fue elaborado con el apoyo de la UNAM-DGAPA-PAPIME PE400214.

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25 Shu-mei Shih, “Hacia una ética de los encuentros transnacionales, o ¿‘Cuándo’ una mujer

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