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Créditos


Índice
Sinopsis

Pero la reina Whitestone no está sola en sus


últimos días.

Pero una reina no se inclina ante nadie.


Prólogo

a nieve cae en silencio, enfriando mi rostro mientras Yanna y yo


esperamos a que padre nos dé un beso de despedida. Yanna se remueve,
siempre dispuesta a hacer travesuras, pero la mantengo quieta a mi lado
con mi mano aferrando su hombro. Padre silenciosamente comanda a los
Ojos del Blanco. Su poderosa voz deriva hacia mí y capto pedazos de sus órdenes.
Manténganlos a salvo a toda costa.
Protejan las Tierras Heladas de Norta de aquellos de Souta, de Easta y de Westa.
Aquellos que fracasen pagarán con sus vidas.
Finalmente, padre termina y se vuelve hacia nosotras. Es alto, con cabello y piel
muy pálidos. Sus ojos se parecen a las piedras azules que su esposa, y madre de Yanna,
Plyrienne, lleva alrededor de su garganta. Plyrienne ya ha besado a su hija y me ha dado
una sonrisa forzada. Sé que padre ama a Plyrienne, pero ella no me quiere. Renuncié a la
esperanza de recibir afecto maternal hace años. Yanna, sin embargo, es dueña de mi
corazón. Puede que sea mi media hermana, pero es mi todo.
—Yanna —comienza padre, abriendo sus brazos hacia ella.
Con solo ocho años, apenas llega a la mitad de su pecho. La levanta en brazos con
facilidad, abrazándola contra él. Se me forma un dolor en el pecho. Echo de menos los
días en que padre me tomaba en brazos y me llevaba por los jardines de palacio. Pero ya
no soy una niña. He cruzado a la condición de mujer, recientemente tomado el viaje a
través de la sangre. Ahora, cada treinta días, me recuerda que soy una mujer. A menudo
dolorosamente.
Padre murmura cosas a Yanna que la hacen reír. Finalmente, ella se revuelve en
sus brazos y se va corriendo hacia el castillo, su largo cabello oscuro trenzado rebotando.
Cuando está dentro, padre me frunce el ceño.
Levanto la barbilla de la misma manera regia que Plyrienne, ya que sé que siempre
sonríe cuando ella lo hace. Padre no me sonríe, sin embargo. Sus cejas se fruncen
mientras levanta una mano para ahuecar mi mejilla.
—Mi encantadora Elzira —dice en voz baja—. Te ves igual que tu madre el día
que la conocí.
La pérdida desgarra mi corazón. No pasa un día sin que extrañe a mi madre.
Contrajo una enfermedad que la debilitó. La vimos morir ante nuestros propios ojos.
Lentamente a medida que la enfermedad se la llevaba.
—Gracias, padre.
Aprieta sus labios.
—Si no regreso…
—¡Padre! —exclamo.
Su mano corta el aire, silenciándome.
—Basta, mi corazón. Hay palabras que deben ser pronunciadas. Palabras que hay
que escuchar.
Lucho contra las lágrimas que amenazan con derramarse por mis mejillas. Padre
vería eso como una debilidad, así que rápidamente parpadeo para alejarlas.
—Continúa.
—Si no volvemos, este reino será tuyo. Tu hermana se convertirá en tu deber. Los
habitantes de las Tierras Heladas de Norta te llamarán su reina. Los Ojos del Blanco
serán tu ejército para comandar. Te convertirás en “La Castigadora de los Condenados”.
Me estremezco al pensar en los condenados. Sus gritos enloquecidos y sus dientes
chasqueando aparecen en mis sueños, robándome la seguridad incluso al dormir. Los
condenados son los expulsados de sus reinos y que son forzados a morir de hambre. Son
desterrados a Equatoria, las tierras estériles que separan los cuatro reinos más fuertes.
Cuando los condenados han perdido sus mentes por completo debido a la locura, los
Volcs —de los Volcanes de Souta— los dirigen a nuestra tierra con la esperanza de que
los exterminemos. Pero los condenados parecen insensibles al frío. Sus dedos de los pies
y las manos y sus orejas empiezan a caerse, pero siguen viniendo. Irrumpen en nuestra
tierra solo para ser exterminados por los Ojos del Blanco. Los he visto con mis propios
ojos. He visto a Ojos del Blanco pintar la nieve de rojo mientras cortan a cada uno de
ellos con sus espadas de diamante.
A padre le gusta ser “El Castigador de los Condenados”. He visto alegría brillar en
sus ojos tras una cacería. Me aterrorizan. La idea de correr por los lomos de nieve tras
ellos me hace estremecer.
Padre, sintiendo mis sentimientos, frunce su ceño.
—No puedes ser débil, mi corazón. Este es nuestro legado. Cuento contigo en mi
ausencia. Y si mi ausencia es permanente, tu hermana cuenta contigo también. Júrame
que gobernarás esta tierra con un puño de diamantes.
Una lágrima se me escapa, congelándose en mi mejilla.
—Lo prometo, padre.
Limpia la lágrima congelada y sonríe.
—Confía en tu instinto. Confía solo en ti misma. Confía en el frío.
Su aliento sopla aire cálido en frente de él, pero luego, con un gesto de su mano, el
aliento se congela. El don que mi padre muestra con orgullo no es uno que haya sido
transmitido a ninguna de sus hijas. Desde que puedo recordar, he intentado realizar sus
trucos de la mano en vano. Me ofrece la nube de aire congelada. Brilla bajo la luz del
silencioso día. Hermosa de ver. La tomo en mis palmas enguantadas y admiro las
pequeñas líneas blancas que decoran el hielo opaco.
—Confía en tu don. En el fondo, vive. Un día, lo encontrarás y lo usarás. Nunca
tengas miedo de usarlo.
Besa la parte superior de mi cabeza y gira sobre sus talones sin decir nada más. Le
miro con lágrimas en los ojos mientras sube al carruaje donde mi madrastra le espera.
Dentro de una semana, estarán en la costa y navegando a los Canales de Easta —la tierra
de Plyrienne— para visitar a su padre.
Una mancha blanca capta mi atención. Los Ojos del Blanco están en todas partes.
Apartándome del hombre oculto en ropa blanca, veo a mi padre desaparecer.
—Vamos a mantenerla a salvo —dice una voz familiar, unos brillantes ojos verdes
quemándome fijamente. Reconozco a este hombre en particular del ejército de padre.
Cavon. Es el hijo de uno de los mejores hombres de mi padre, Torridy.
—Muchas gracias, Cavon —digo suavemente, esperando desesperadamente
apartar la tristeza de mi voz.
Un grito de uno de los condenados hace eco en la distancia, haciéndome
sobresaltar de terror.
El arte de padre se desliza de mi agarre y se rompe a mis pies.
Mi corazón se rompe también, porque tengo el presentimiento de que mi padre no
volverá.
Uno

ebería ir a recibirles.
O enviar a Cavon y a los Ojos del Blanco a cortar todas sus
cabezas.
Por desgracia, no hago nada.
Les dejo venir.
Dejo que él venga.
Cuando padre y Plyrienne fueron asesinados en sus viajes por nómadas, nuestro
reino fue un objetivo inmediato. En cuanto llegó la noticia de sus muertes, fui coronada
rápidamente y en silencio. De la noche a la mañana pasé de niña asustada a reina
gobernante. Ya no era una hermana para la pequeña Yanna; en su lugar, me convertí en
madre. E igual que las osas blancas del norte, llegué a ser muy protectora con mi
hermana. Garras que no sabía que existían crecieron y las utilicé. A los quince años,
envié a nuestro ejército tras aquellos nómadas para matarlos. Hice que mis historiadores
trazaran sus linajes y sacrificasen a cada miembro de las familias de esos nómadas.
Generaciones y generaciones fueron eliminadas en cuestión de días.
Cuando maté a los que hicieron daño a mi familia, maté a la chica dentro de mí.
No había espacio para ella y para una reina.
Me siento ante la ventana, alta en mi torre, y observo a los Volcs mientras
marchan sin esfuerzo por la nieve. Líneas negras cortando a través de las llanuras
blancas. Cuanto más me mantengo en este frío castillo, más anhelo las delicias visuales.
Me preocupa estar perdiendo mi mente a la locura como los condenados, porque mi
corazón late más fuerte y más rápido en mi pecho sabiendo que están llegando. Han
pasado a mi ejército y no han derramado sangre, lo cual significa que vienen a hablar
conmigo, no a empezar una guerra.
Dando golpecitos con mis dedos en la repisa de piedra, me deleito con el sonido.
Tap. Tap. Tap. Tap. Y tap.
Mi golpeteo constante mantiene el flujo de sangre en mis dedos. Muy a menudo
están entumecidos y de un horrible color azul. Anhelo usar guantes, pero Yanna dice
que solo va a empeorar mi condición. Si no dejo que mis dedos se muevan, se congelarán
y se caerán.
¿Me convertiré en una de ellos?
No.
Soy “La Castigadora de los Condenados”.
No soy una de ellos.
Tap. Tap. Tap. Tap. Y tap.
Centrándome en el corte perfecto en V en la nieve, me pregunto de qué viene a
hablar el rey Bloodsun. Su reino, los Volcanes de Souta, es cálido y vasto. El poder de
Souta rivaliza con el de mi propio reino.
¿Por qué estás aquí, rey Bloodsun?
Sus ocho caballos negros tiran de su carruaje, con antorchas encendidas, sin
esfuerzo a través de la nieve. A medida que se acercan, capto un vistazo del mismo
hombre. El rey. Lleva una capa de color negro que se mueve con el viento tras él y
restalla un látigo, manteniendo la velocidad de vértigo de sus caballos de carga.
Tap. Tap. Tap. Tap. Y tap.
Una calidez ahuyenta el constante frío cuando Yanna se para detrás de mí. Sus
dedos se deslizan por mi cabello de una manera cariñosa mientras mira por la ventana.
—El rey Bloodsun —dice sin aliento—. ¿Viene para hacernos daño?
Me vuelvo, tomando su cálida mano en las mías frías y dándole un apretón
tranquilizador.
—Sabes que nunca dejaré que nadie te haga daño, dulce hermana.
Me besa la mejilla antes de alejarse.
—¿Has comido algo hoy?
Volviendo a mi posición, sigo golpeteando.
Tap. Tap. Tap. Tap. Y tap.
—Tu falta de contestación me dice que la respuesta es no. ¿Por qué tienes que
morirte de hambre? —reprende—. Juro que, si no fuera por mí, te marchitarías y
morirías.
La culpa se hincha dentro de mí.
—He perdido la noción del tiempo. —He estado observando durante horas
mientras los Volcs aparecían al alcance de lo que el ojo podía ver. He observado cada
uno de sus movimientos de avance hacia nosotros.
Yanna sale de la habitación y vuelve con una bandeja llena de pastas y té. El vapor
procedente de la taza de té blanco atrae mi atención y la mantiene. A pesar de los Volcs
marchando furiosamente hacia nosotros, el té farsop me llama. Amargo, pero caliente.
Yanna lo endulza para mí, sin embargo. Siempre se asegura de que me cuido. Me
parezco demasiado a mi padre. Obsesionada con el fin de quienes tienen la intención de
hacernos daño. Hasta el punto de que consume cada uno de mis pensamientos.
Mi hermana dispone los artículos en la bandeja de la manera que me agrada.
Tengo obsesiones particulares. Una siendo que los elementos deben ser colocados de una
manera determinada. Me gusta el orden, la rutina y la pulcritud. Alinea las cuatro pastas
en una sola fila al lado del té farsop. Hay una ramita de jazzyroot junto a la taza de té.
También recta.
—Necesitas algo en el estómago antes de reunirte con ese hombre miserable —se
queja mientras coloca la bandeja en la repisa frente a mí.
—¿Cómo sabes que es miserable? —pregunto con una ceja levantada.
Pone una expresión tonta, haciéndome sonreír. Sus labios son llenos y rojos a
diferencia de los míos azul pálido. De alguna manera, su piel continúa siendo morena
pese a no ver nunca el sol. La mía es tan blanca como la nieve y teñida de azul. Y su
cabello es oscuro, sedoso y vibrante. Mi cabello es de color blanco plateado con mechas
azules que a menudo trato de ocultar frotando ceniza gris sobre los mechones.
Somos dos opuestos.
Soy frío y ella es calor.
Pero somos hermanas. Unidas por la sangre, el amor y la amistad.
—Asumo que es miserable porque todo el mundo excepto nosotras lo es. —Me
sonríe—. Te reto a discutir.
Una pequeña risa se me escapa mientras tomo el té caliente en mis manos. Hace
que mis dedos piquen mientras se empiezan a descongelar.
—Supongo que tienes razón. Todos son miserables. Sin embargo, todavía daremos
la bienvenida al rey. Ver para qué ha venido hasta aquí.
Su nariz se arruga de una manera linda que me recuerda a cuando tenía solo ocho.
Ahora tiene dieciocho y ha crecido.
—Estoy preocupada —dice Yanna, con el ceño fruncido—. Estábamos bien sin él
apareciendo. ¿Qué podría querer?
—Mi cabeza —bromeo.
Su boca se abre por el horror y me siento reprendida.
—¡Elzira!
—No sé lo que quiere —admito—. Pero no tiene sentido preocuparse por ello. —
Tomo un sorbo de mi té y hago una mueca de dolor. Siempre tan amargo.
Me sonríe mientras toma la ramita de jazzyroot. Con cuidado, agita el té,
oscureciéndolo con la ramita. Cuando me lo llevo a los labios, su sabor es dulce. Baja
mucho más fácilmente esta vez.
Un golpe en la puerta me hace enderezar la columna vertebral y depositar mi taza
de té. Me levanto con las piernas temblorosas, en busca de mi corona. Un mareo hace
que mi cabeza dé vueltas, la oscuridad socavando mi visión, pero parpadeo para alejarla.
Yanna se preocupa porque muestro signos de empeoramiento. Me niego a preocuparla
cuando tenemos al rey de los Volcanes de Souta cargando hacia nuestra puerta.
Una de mis muchas coronas está cerca del corazón de mi chimenea. Ha pasado
tiempo desde que ha sido desprovista del fuego. En el interior, sin importar cuántas
veces hago que alguien de mi personal entre en la chimenea para limpiarla, las esporas
de sichee siguen creciendo. Las esporas, cuando son tocadas por el fuego, hacen
eclosionar los huevos y salen orugas sichee. Mi hermana es mortalmente alérgica a las
orugas sichee. El fuego está prohibido en el castillo por esta razón. Los que preparan las
comidas cocinan muy por debajo del castillo para que mi hermana no entre en contacto
con las orugas sichee.
Tomo mi corona y me pregunto si se ve lo suficientemente seria. Es alta y
puntiaguda. Desearía poder hacer que sea más impresionante. Añadir más piezas. Antes
de que mi enfermedad comenzara a drenarme la vida, descubrí mi don. Padre tenía
razón. Tenía que confiar en él. Lamentablemente, se fue tan rápidamente como vino.
Otro golpe urgente en la puerta me hace fruncir el ceño. No estoy para ser
molestada. Todo el mundo sabe esto. Coloco la corona en mi cabeza y me aseguro de que
está bien asentada antes de gritar:
—Entra —ordeno.
La puerta se abre y una figura vestida de blanco entra. Su espada de diamante
reluce peligrosamente en su mano. Este hombre se ve como cualquier otro soldado de
los Ojos del Blanco. Son sus ojos tras la máscara los que lo delatan, sin embargo.
Verde brillante.
Cavon.
—Mi reina —dice en saludo—. Princesa. —Asiente hacia las dos respectivamente.
—¿Qué pasa? —exijo.
—Los Volcs están sobre nosotros. Denos la orden y los mataremos, su alteza.
Estrechando mis ojos hacia él, niego.
—Si el rey Bloodsun deseara hacernos daño, habría sangre en nuestra tierra. Viene
en son de paz. Voy a hablar con él.
Los ojos de Cavon se estrechan detrás de su máscara blanca.
—Por supuesto, mi reina.
Yanna se precipita hacia él y agarra su brazo.
—¿Cuánto tiempo queda?
El miedo en su voz casi me hace dar la orden de matarlos a todos. Con dificultad,
me contengo.
—Minutos ahora, princesa —dice Cavon, su voz ronca.
Le hago un gesto desdeñoso.
—Prepara el comedor. Ven a buscarme cuando estén instalados.
Cavon permanece durante un largo segundo antes de darme un asentimiento
breve y salir corriendo de la habitación. Yanna me frunce el ceño.
—No me gusta esto —sisea—. Invitarlos a nuestra casa.
—Anotado, hermana. Ahora ayúdame a vestirme para que pueda recibir al rey
correctamente.
Dos

dio el frío.
Odio las Tierras Heladas de Norta.
Odio el hecho de que he marchado días y días para reunirme
con la reina Whitestone.
Y realmente odio lo que voy a tener que hacer.
Pero no hay otra manera. Es el reino más poderoso, además del mío, debido a su
despiadada reina. Con un pacto establecido, podríamos eliminar al rey Parsoni de los
Canales de Easta y al rey Tai de las Tierras de Arena de Westa. Ninguno de los dos es lo
suficientemente fuerte para enfrentarse tanto al rey de los Volcanes de Souta como a la
reina de las Tierras Heladas de Norta.
Sin embargo, convencer a la reina helada será un desafío.
He escuchado suficientes historias sobre su padre y luego sobre ella. Cruel. Odiosa.
Asesina. Enojada. Mi asesor, Danser Mahl, originalmente sugirió que me casara con la
reina de corazón helado. Sobre mi cadáver. La reina me cortaría el cuello en mi sueño.
No llegué tan lejos para ser destronado y decapitado por una creadora del clima con
cabello blanco. He pasado décadas perfeccionando mi propio poder y su frío intolerable
no es rival contra el fuego que puedo crear con un simple movimiento de mis dedos. Por
desgracia, no estoy aquí para quemar a la reina hasta los cimientos. Estoy aquí para
ofrecerle un incremento de poder. Nuestros reinos, juntos, podrían gobernar sobre el
resto durante los eones por venir.
—Todavía tenemos nuestras cabezas —gruñe Danser cerca de mí sobre su caballo.
Tiro de las riendas.
—Alto. —Los ocho corceles se detienen, resoplando. Claramente, están tan
agitados por el frío como Danser y yo—. Tenemos nuestras cabezas. Por ahora —le digo
a Danser—. Espero que todavía las tengamos al amanecer.
Me sonríe mientras se baja de su caballo. Danser es casi tan alto como yo y
delgado. Pero a pesar de su falta de músculo y las dos décadas de edad que tiene sobre
mí, es rápido, inteligente y sagaz. Y como lo conozco desde que solo era príncipe, he
crecido confiando en él. Nuestras mentes son tan buenas como si estuvieran cosidas
juntas, porque a menudo pensamos como uno solo. No hay nadie en quien confíe más
que en Danser.
Me bajo del carruaje, hundiéndome hasta las rodillas en la nieve. Agarrando mi
látigo con fuerza en mi mano, me preparo para lastimar a cualquiera que intente atentar
contra mi vida. No es que Danser permitiera que eso suceda, o los veinte mil soldados
Volc a mi espalda. Mi corona de hierro negro descansa pesadamente sobre mi cabeza. El
frío hace que parezca que el metal está apretando mi cráneo. Sé que la reina tiene
poderes climáticos, y me pregunto si puede controlar la temperatura para que mi corona
se congele y se rompa sobre mi cabeza.
—Es más grande que el suyo —dice Danser, haciendo un gesto hacia el enorme
castillo. Está cubierto de hielo y brilla como si hubieran rociado diamantes en las
paredes.
—El tamaño no siempre es una determinación de calidad —mascullo.
Se ríe.
—Siga diciéndose eso, señor.
Estoy pensando en darle con mi látigo, pero las puertas comienzan a abrirse,
deteniendo nuestras bromas.
Uno de los Ojos del Blanco, con brillantes ojos verdes y una espada de diamante en
su mano, se reúne con nosotros.
—Indique la naturaleza de sus asuntos —dice con brusquedad.
—Estoy aquí por la reina —replico en tono petulante.
Su postura es rígida y se endurece imposiblemente más ante mi elección de
palabras.
—Ella le invita a cenar.
—¿Y la princesa?
Levanta su espada, la ira brilla en sus ojos verdes.
—Los Ojos del Blanco no solo se paran ante usted y en cada rincón de este castillo,
sino que están detrás de usted y a su lado. Están en todos lados. Vive para respirar a las
puertas del castillo de la reina porque ella lo permite. Le sugiero que recuerde en qué
reino se halla.
Suelto una risa oscura.
—Ahh, protector. Estoy seguro de que a la reina le encanta eso de ti. Ahora dime,
Verde, ¿de cuál estás calentando la cama cada noche? ¿La reina? ¿La princesa? ¿Ambas?
Gruñe y se lanza en mi dirección. Danser le cortaría la garganta en un instante si
se lo permitiera. Afortunadamente para Verde, estoy de buen humor. Cuando sus ojos
verdes y furiosos están a centímetros de los míos, escupe sus palabras.
—Su flagrante falta de respeto es impropia. Mi reina tiene poca paciencia para los
juegos o las burlas. Le sugiero que entre, declare sus asuntos, respete a su alteza y luego
se vaya. —Sus ojos verdes se entrecierran—. Es decir, si quiere irse con su cálido
corazón todavía latiendo.
Ignorando al humilde soldado, lo empujo, golpeando mi hombro contra el suyo.
Me acerco al castillo, sabiendo que si Verde intenta atacarme, Danser lo destruirá.
—Sugiero que espere afuera, joven señor —le dice Danser a Verde detrás de mí—.
Deje que los hombres hagan negocios y no habrá derramamiento de sangre.
Verde hará lo que le dicen porque eso es lo que hacen los soldados como él.
Obedecen. Y si su reina me quisiera muerto, me habrían atacado a kilómetros de
distancia. Nunca habría entrado en este castillo y lo sabe.
El castillo es diferente al mío, me doy cuenta mientras camino por él. Este carece
de calidez, tanto literal como figurativamente. Las paredes son de color blanco sólido,
pintadas de esa manera o formadas de hielo, por lo que sé. Los suelos son blancos. Los
techos son blancos. Tanto blanco. Mientras camino por el pasillo, paso las yemas de los
dedos por la pared, convocando mis fuegos en el camino. Se escuchan siseos cuando mi
calor derrite las paredes congeladas en el camino que han recorrido mis dedos.
Llego a una apertura en una gran sala. Una pintura cuelga sobre una chimenea
apagada. Davven Whitestone. El antiguo rey y padre de la reina. Se ve regio en la
pintura. La realeza no gana guerras. La realeza no te asegura pasar más allá de Norta
Layke hacia las Tierras Ocultas donde espera la legendaria Guerra Moral. La realeza no
te mantiene vivo. Davven, de todas las personas, aprendió por las malas.
Olvidó su poder.
Olvidó que era un rey.
Bajó la guardia.
Nunca olvidaré. El fuego arde por mis venas, caliente y furioso. Hombres han
caído a mis pies, ardiendo de adentro hacia afuera por ofensas menores que la de
Remilgado Verde. Mi temperamento permanece controlado, pero si siguen
presionándome, no puedo hacer ninguna promesa de que seguirá siendo así.
Al no encontrar a nadie en la gran sala, pruebo con otro pasillo largo, pasando
algunos Ojos del Blanco por el camino. Sabiamente, no intentan hacerme daño ni
detenerme.
Se pueden escuchar voces, femeninas y susurradas, cerca. Sigo el encantador
sonido por una puerta, hacia lo que parece ser el comedor. Antes de que me dé cuenta,
me tomo un momento para estudiar a las mujeres.
Yanna.
Cabello oscuro. Piel dorada. Labios carnosos y rojos.
Luce como una Volc. Como si el fuego potencialmente ardiera por sus venas. Sin
duda, esta joven Yanna es hermosa. Las pieles grises, como las que provienen de los
lobos de hielo, son gruesas y se envuelven alrededor de su cuerpo, ocultando lo que hay
debajo. Habla en voz baja a la reina. Cuando sus ojos azules como los de su padre se
encuentran con los míos, Yanna respira temerosa y agarra el brazo de su hermana.
La reina Whitestone endereza su columna vertebral. Desde atrás, miro su cabello
blanco sedoso que está veteado de gris y azul. Enredaderas negras se trenzan en su
cabello que cuelga hasta la mitad de su espalda. Su vestido es blanco e incrustado con
diamantes, arrastrándose por el suelo detrás de ella. A diferencia de su hermana, no
lleva nada que le cubra los brazos. Son muy pálidos y azulados. La necesidad de
quitarme la capa y envolverla a su alrededor me apuñala de repente, sorprendiéndome
por un momento.
Es una excelente creadora del clima.
No puedes calentar lo que no quiere ser más que frío.
La reina se gira lentamente, recompensándome con una vista impresionante de su
perfil. Cuello largo y delgado. Su clavícula sobresale y su mandíbula es afilada. La mujer
está más que delgada, pero sus senos son llenos, casi derramándose desde la parte
superior de su vestido escotado. De su delicado cuello cuelgan piedras azules que brillan
bajo la luz natural que entra por las ventanas.
Bruscamente, gira su cabeza hacia mí, sus brillantes ojos azules se entrecierran
sobre mí. Sus fosas nasales se dilatan como si mi presencia la repugnara. No parece estar
bien. Las sombras oscuras y hundidas bajo sus ojos, muy pintados con kohl, lo
atestiguan. El azul en sus labios no es algo que haya agregado. Es natural y poco
saludable. Noto que sus labios son más llenos que los de su hermana. ¿Son tan fríos como
parecen? La reina toca distraídamente su corona. Está hecha de hojas de diamante: alta,
brillante, afilada. Una de las piezas afiladas se destaca del resto. Es una reminiscencia de
la espada de diamante de Verde.
Ahhh.
Reina, muestras tus cartas con demasiada facilidad.
Estás enferma. Eres vulnerable. Te estás muriendo. Estás asustada.
Pensé que esto sería más difícil de lo que imaginaba. Pero ahora, con la frágil reina
y su asustada hermana a la vista, veo que me equivoqué. Puede comandar a los Ojos del
Blanco y ser “La Castigadora de los Condenados”, pero soy el “Buscador de la Verdad”.
Tengo la vista de lo que no se debe ver. Además de mi don de fuego, también tengo una
de las mentes.
Te veo, reina helada.
Te escondes en tu castillo y ellos hacen tu voluntad, pero tu tiempo es limitado.
Estás esperando que alguien como yo te destrone y termine tu miserable existencia. Tu
deseo es mi orden, su helada majestad.
Como si pudiera sentir mis pensamientos, sus ojos azules brillan con intensidad.
—¿Qué es lo que quieres, Volc?
Mis labios se curvan ante su flagrante falta de respeto. Soy un rey y debe dirigirse
a mí como uno.
—Vine a proponerte algo, copo de nieve —espeto mis propias palabras amargas.
La puerta se cierra silenciosamente detrás de mí y siento la presencia de Danser a
mi espalda.
Yanna se tensa detrás de su hermana. Espero que la reina de hielo explote de furia.
Que intente congelarme en una estatua o alguna otra cosa horrible que se rumorea que
ha hecho. En cambio, se acerca a mí, el odio brilla en sus ojos. Noto el ligero bamboleo
de su paso.
Cuidado, reina, caerás la próxima vez que una ráfaga de viento cruce tu castillo
con corrientes de aire.
—Estás perdiendo el tiempo —se burla.
¿Por qué? ¿Porque te estás muriendo?
Sonrío y doy un paso más cerca de ella. Varios Ojos del Blanco a lo largo de las
paredes se tensan. Nadie hace un movimiento contra mí.
—Tu reino y el mío son dos de los más crueles. Dos de los más poderosos. —
Todavía no intenta hacer que me maten, así que continúo—: Quiero acceder a Norta
Layke. La Guerra Moral espera.
Gruñe.
—La Guerra Moral no es más que un cuento para antes de acostarse que los
hombres cuentan a sus niños pequeños con la esperanza de que crezcan para ser nobles
y valientes.
—Quizás. Pero siempre ha sido mi deseo invadir las Tierras Ocultas, guerra moral
o no. Nadie, ni siquiera mi despiadado padre, ha pisado esas tierras.
—Mi padre sí —dice fríamente, con un brillo de satisfacción en sus ojos azules.
No la insultaré. No la insultaré. No la insultaré.
—No comparemos a los padres —gruño, incapaz de controlar mi ira—. El mío
luchó una vez contra cincuenta mil de los condenados. Y dime dónde estaba “El
Castigador de Los Condenados” cuando eso sucedió. Ahh, es cierto, fue asesinado por
humildes nómadas. —No menciono cómo fue asesinado mi padre.
Presiona sus labios carnosos, pero por lo demás, permanece sin emociones.
¿Está congelado tu corazón, cruel?
—Como sabes, más allá de Norta Layke en las Tierras Ocultas, hay territorios
inexplorados. Quiero explorar esos territorios. Quiero ser dueño de esa tierra. Si hay una
guerra moral, quiero pelear en ella. Y quiero esta unión de nuestros reinos —termino
con una sonrisa siniestra—. Por eso, propongo que un Whitestone se case con un
Bloodsun.
—Soy una reina. Una gobernante despiadada. ¿Crees que me inclinaría ante ti,
Volc? —dice con desprecio—. Hiciste tu odiosa propuesta y ahora es tiempo de que te
vayas. —Sus ojos azules brillan con diversión malvada.
—En realidad —gruño, acercándome y pasando la punta de mi dedo a lo largo de
su clavícula fría—. Tuve una idea mejor, Castigadora.
Puedo escuchar sus dientes apretarse con furia. Reírse de ella la enfurecería. Puedo
contener mi alegría, pero una sonrisa se escapa.
—Me casaré con la joven Yanna ahora que es mayor de edad —le digo a la reina
simplemente. Yanna es doce años menor que yo, pero no me importa la diferencia de
edad. Una esposa más joven significa que será más fácil romperla.
Los labios de la reina Whitestone se curvan en una amplia sonrisa. Y luego se ríe.
Qué hermoso sonido de una mujer tan malvada. Sus risitas casi dulces resuenan en el
comedor. Luego, como si todo el humor se desvaneciera en un instante, se acerca,
llevando su afilada y puntiaguda uña a mi garganta.
Huele a decadencia. Demasiado bien de hecho. Mi polla sufre una sacudida
inapropiada en mis pantalones. Estoy agradecido de que mi capa oculte el movimiento.
—Escucha, Volc. —Suspira, su aliento frío contra mi rostro—. Has desperdiciado
tanto mi tiempo como el tuyo. Vete.
Cuando abro la boca para hablar, baja su mano tan rápido que me sorprende. El
dolor me recorre el cuello. Presiono una mano enguantada contra mi garganta.
¡Esta zorra cruel me cortó!
Yanna me sonríe mientras la reina Whitestone me mira con furia.
—Oh, copo de nieve, has elegido incorrectamente —digo, atrapando la mirada de
Danser escondido en la esquina. Con un chasquido de mi látigo en el suelo a nuestros
pies, le indico a mi asesor que haga lo que mejor sabe hacer.
Es hora de agregar algo de color a este reino.
El rojo siempre ha sido uno de mis favoritos.
Tres

s realmente un miserable. Tal como asumió Yanna. Un hombre terrible


con un rostro que podría hacer que incluso los corazones más fríos se
incendiaran. Una mirada y he sido hechizada.
Según los rumores, el rey Bloodsun era viejo. Horrible. Feo. Pero
con una mirada a su mandíbula angular, sus mejillas desaliñadas y sus ardientes ojos
color ámbar, se demostró que esas teorías eran erróneas. Su afilada corona de hierro se
asienta orgullosamente sobre su desordenado cabello negro. Su piel es de un tono
bronceado cálido, no muy diferente al de mi hermana. Es la sonrisa torcida y malvada la
que hizo que mi corazón trastabillara en mi pecho.
Por dos segundos enteros.
En algún lugar en lo profundo de mí, esa chica de antes todavía vive. Había
esperado que viniera a elegirla como novia. Todavía habría rechazado sus avances, pero
de todos modos me habría sentido halagada.
Pero no.
El Volc con fuego en sus venas no quería una reina. Quería una joven princesa. Mi
hermana. Una inocente. Este rey malvado emana malevolencia y crueldad. Nunca en
mil años le permitiría casarse con un monstruo así.
Él sostiene su cuello con su mano izquierda enguantada mientras levanta la otra
mano que sostiene el látigo. He escuchado historias de ese látigo suyo. Que puede cortar
a uno de los condenados en dos con un golpe fuerte. Empujo a Yanna detrás de mí.
Sus ojos ambarinos se encuentran con los míos, odiosos y calculadores. Con un
rápido movimiento de su brazo, golpea el látigo a mis pies y nos obliga a Yanna y a mí a
retroceder. Detrás de él, uno de sus hombres se desliza hacia adelante, desenvainando
dos espadas.
Los Ojos del Blanco lo matarán.
Y luego colocaremos la cabeza del rey Bloodsun en una bandeja para enviarla de
regreso con su inútil ejército. Los Volcs pueden llorar la pérdida de su rey, pero no me
sentiré culpable. Nadie entra a mi tierra y amenaza con quitarme a mi hermana.
¡Crack!
Yanna grita detrás de mí cuando nos obligan a retroceder más hacia la pared del
fondo. Los ojos del rey Bloodsun se entrecierran mientras nos lleva a un rincón.
¡Crack!
El látigo golpea la parte inferior de mi vestido, esparciendo diamantes por el suelo.
Su sonrisa es siniestra. El monstruo claramente está disfrutando esto.
Alcanzando mi corona, aflojo mi hoja de diamante. Una vez está en mi mano, que
todavía está manchada con su sangre, estoy lista para desollarlo. Tentativamente aparta
su mano enguantada de su garganta. La sangre ha dejado de fluir. Con sus ojos en los
míos, muerde la punta de su guante y saca su mano del material. El guante cae al suelo y
lleva la punta de su dedo a la parte superior de su corte. La punta brilla en color naranja
rojizo mientras la desliza por la herida abierta, cauterizándola. Mi estómago se revuelve
cuando el olor a carne quemada invade mis fosas nasales.
Tiene un don muy obvio.
Los rumores eran ciertos.
Mi propio don me ha abandonado.
No soy rival contra un creador de fuego.
Un gruñido me roba la atención del poderoso rey hacia a mis hombres. La
habitación está pintada de rojo mientras su hombre mata a cada uno de los Ojos del
Blanco. Su hombre es superado en número, pero los corta muy fácilmente.
Yanna gime detrás de mí. Espero que sepa que tan pronto como se presente la
oportunidad, debe correr. Moriré antes de dejar que este hombre se lleve a mi hermana.
Se aleja detrás de mí, aparentemente consciente de mi plan tácito.
Cuando el rostro malvado y bello del rey se vuelve hacia ella, hago mi
movimiento. Con un chillido, cargo hacia el rey de fuego. Lanzándome, extiendo mi
hoja, esperando tocarlo. En el último momento, se aparta y me hace tropezar. Su látigo
corta el aire y la parte posterior de mi vestido, enviando más diamantes rodando por el
suelo. Pero la distracción fue suficiente. Yanna corre por el mar de cadáveres hacia la
puerta.
Me abalanzo sobre el monstruoso rey e intento apuñalarlo con mi cuchilla de
diamante. Me empuja hacia atrás, le grita algo a su hombre y luego me da un latigazo. La
cuchilla de diamante cae de mis manos, rompiéndose a mis pies.
Sus ojos color ámbar casi brillan cuando me rodea. Este es el momento donde
muero. Pero mi hermana será libre.
Un grito resuena en el comedor y aparto los ojos de mi oponente en una búsqueda
desesperada de Yanna. El hombre, el asesino que mató a todos mis hombres en esta
habitación, la tiene en sus manos.
—¡Nooo! —grito, cargando en su dirección.
Cuando el hombre la arrastra fuera de la habitación y de la vista, un brazo se
desliza alrededor de mi torso. Forcejeo contra un pecho firme y fuerte.
—¡Déjame ir!
—Por supuesto que no, copo de nieve —gruñe—. No hemos terminado de
negociar.
Me suelta por un momento y luego ata mis muñecas detrás de mí con su látigo.
Antes de que pueda salir corriendo, me tira sobre su hombro como si no pesara. Mi
corona cae al suelo, rompiéndose en dos. Grito por Cavon, pero me encuentro con el
silencio. El rey Bloodsun pisotea charcos de sangre mientras cruza mi castillo.
—¿A dónde llevó a Yanna? —exijo, parpadeando las lágrimas de derrota—. No le
hagas daño, Volc, o que me ayuden, porque voy a desollarte.
Se ríe como si me hallara aquí solo para su entretenimiento.
—Peleas mucho para alguien que está a mi merced. Estás atada y en mis brazos,
pero sigues amenazando.
Me contoneo e intento liberarme de su agarre, pero fallo. Me sentía débil antes de
que él apareciera y ahora estoy completamente agotada. Cuando golpea mi culo con
fuerza, acepto la derrota momentánea. Cruza mi castillo, prueba puertas y murmura
para sí mismo. Finalmente, sube los muchos escalones para acceder a mi torre.
—Ahhh, esta habitación tiene tu aroma. Creo que vamos a negociar aquí. —Me
golpea el culo otra vez, pero ni siquiera me estremezco.
Me deja caer sobre la cama. Tengo la necesidad de hundirme bajo las pieles y
dormir por la eternidad. Estoy tan cansada. Tan débil. Tan rota.
—Desátame —digo casi sin voz.
Arquea una ceja y sonríe.
—¿Algo más, su helada alteza?
Siseo.
—Dijeron que eras una fuerza a tener en cuenta. No estaban equivocados —dice
mientras se sienta al borde de la cama—. Pero todo fue por espectáculo, ¿mmm? Mira
con qué facilidad capturé a la reina y la tomé como mi prisionera.
Su mano se dirige hacia mí. No tengo la energía para alejarme. Un escalofrío me
recorre cuando palmea mi muslo sobre mi vestido. El calor irradia a través del material.
Es tan cálido.
Estoy mareada por la forma en que se siente.
Tan inusual. Tan agradable.
Concéntrate, Elzira.
Es el enemigo.
Empiezo a alejarme, pero sus dedos aprietan mi muslo. El calor se vuelve más
intenso. No es suficiente para lastimarme. Ciertamente me tiene cediendo ante él por
miedo a qué más pueda hacer. Me quedo quieta, mis ojos buscando los suyos.
—¿Por qué mi hermana? —murmuro—. Es la única familia que me queda.
Me frunce el ceño, aflojando su agarre.
—No dije que la iba a matar, reina. Solo quería casarme con ella. ¿Eres siempre tan
terca y protectora? Es como si hubiera un corazón escondido debajo de todas esas capas
de hielo.
—Elzira.
Su ceño se arquea.
—¿Qué?
—Puedes detenerte con todos los nombres, Bloodsun. Me llamo Elzira.
Mueve su mirada por mi cuerpo, deteniéndose en mis labios, antes de que sus
orbes ámbar se claven en los míos.
—Elzira. Un hermoso nombre.
Espero a que explique o me llame reina helada otra vez. Nada sale.
—Soy Ryke.
Un escalofrío hace temblar mi cuerpo y frunce el ceño.
—Pensé que te gustaba el frío —gruñe, sus orbes ámbar destellando con ira y
confusión.
—Soy el frío —murmuro débilmente.
Retira las pieles de debajo de mí antes de cubrirme con ellas. Luego, sus palmas
presionan mi hombro y mi cadera, su calor me calienta a través de las pieles. Cierro los
ojos y me deleito en el calor. Se me saltan las lágrimas cuando reprimo un sollozo de
alivio.
Ryke sale de la cama, pero el calor que me regaló permanece. Estoy a punto de
dormirme, agradecida por la mayor comodidad que he tenido en años, cuando lo
escucho arrojar troncos a la chimenea.
Un grito espeluznante deja mis labios.
—¡Ryke, no!
Se pone de pie, desenvainando su espada mientras sus ojos buscan en la habitación.
Pero no tengo miedo a los hombres.
—L-las e-esporas de sichee —digo con voz ahogada—. E-el fuego las eclosionará.
—Me muevo hasta que me siento en la cama, las pieles se deslizan de mí, una vez más
robando mi calor. Pero tengo que proteger a Yanna.
Entrecierra sus ojos hacia mí.
—¿Qué pasa si eclosionan?
Todo mi cuerpo tiembla.
—E-escapan. Yanna es alérgica. P-podría… morir.
—¿Orugas sichee? —pregunta, arrodillándose y bajando su espada para poder
asomarse a la chimenea.
Asiento cuando la chimenea estalla en llamas.
—¡Nooo! —Me tambaleo desde la cama, tropezando con mi vestido mientras corro
hacia él.
Con movimientos rápidos, se pone de pie y me atrae contra su pecho.
—Cálmate, Elzira. —Su tono es feroz y dominante.
Miro las llamas parpadeantes con mi bota preparada y lista para pisotear las orugas.
La encontrarán. No puedo dejarlas escapar.
Sus fuertes dedos aprietan mi mandíbula, obligándome a mirarlo. De cerca, puedo
ver manchas de oro en sus ojos ambarinos. Es verdaderamente demasiado guapo. No
debería permitirse. Estoy distraída por él.
—No hay esporas de sichee —me asegura, frunciendo el ceño.
—P-pero mi sirviente. Ha verificado esta mañana.
Aprieta la mandíbula.
—Tu sirviente estaba equivocado. Tal vez deberías decirme su nombre para que yo
también pueda encender un fuego debajo de él. —Su pulgar pasa por mi mandíbula—.
He tenido un largo viaje aquí y necesito descansar. Te estás desmayando sobre tus pies.
Hablaremos al amanecer.
Grito con sorpresa cuando me toma en sus brazos. Me lleva a la cama y, una vez
más, me coloca sobre ella. Esta vez, sin embargo, se quita las botas y la capa antes de
colocar su corona en la mesa al lado de mi cama. Lo fulmino con la mirada mientras
arroja más capas de ropa. Pero cuando se quita la última prenda que cubre su pecho, me
quedo boquiabierta. Sus músculos están perfectamente formados y abultados. Estoy
hipnotizada por los surcos que cortan la parte inferior del estómago. Y el oscuro rastro
de vello que desaparece en sus pantalones…
—Estoy demasiado cansado para las cosas malvadas que has planeado, copo de
nieve —dice con una sonrisa oscura—. Mañana podremos negociar adecuadamente.
Se sube a la cama y nos cubre con las mantas. Su palma encuentra mi cadera,
atrayéndome más cerca. El calor es casi adictivo. Odio lo fácil que ha avivado la locura
dentro de mí. Debería estar tratando de escapar y salvar a mi hermana. No esperando
que me acerque para poder dormir sin temblar por una vez en mi miserable vida.
Como en sintonía con mis pensamientos, me acerca. Su aroma no es familiar, pero
agradable. Los reyes malvados y mezquinos no deberían oler bien. Dejando escapar un
suspiro, cedo ante el hecho de que soy su prisionera. Al menos por la noche.
Es por eso que descanso mi frente contra su pecho.
Es por eso que no me revuelvo por la forma en que su pulgar roza mi cadera.
Es por eso que caigo en el primer sueño profundo y cómodo en años.
Cuatro

emblores.
Me despierto con temblores.
No míos, sino de la reina helada. Todavía no ha amanecido y el
fuego se ha extinguido. Agarro su brazo desnudo e invoco mi fuego.
Lentamente, guío mi palma por la longitud de su brazo delgado hacia donde mi látigo la
tiene atada por detrás. Sus dedos están aún más fríos debido a la falta de circulación.
No la desates.
No lo hagas.
Ignorando mis propios pensamientos cuerdos, aflojo el látigo para poder liberar sus
manos. Luego, muevo ambas extremidades hasta que se acurrucan delante de ella entre
nosotros. Poniendo mi mano sobre sus brazos, aumento el nivel de calor, esperando
calentar sus brazos helados.
Pero, ¿por qué?
Porque necesitamos negociar y no puedo hacerlo con una reina muerta.
Sin embargo, si está muerta, las negociaciones son un punto discutible. Puedo
tomar lo que quiera.
No se supone que sea tan fácil. El hambre por la verdad se convierte en una bestia
voraz dentro de mí. ¿Por qué está tan débil? ¿Por qué no convoca sus habilidades para
manipular el clima? ¿Por qué se está muriendo la reina de corazón helado?
Fue hace solo unos años que supe de la castigadora cuando aniquiló a los
condenados. Los testigos se presentaron, siempre recompensados generosamente por sus
verdades, para dar testimonio de su grandeza. Cuchillos y lanzas hechos de hielo se
disparaban de sus manos, matando a los condenados como si no fueran nada. Los testigos
dijeron que era aterradoramente hermosa. Más poderosa y malvada que su padre.
¿Qué pasó?
Cuando llegué a las Tierras Heladas de Norta para reunirme con la reina
Whitestone, investigué todo lo que había que saber sobre ella. Su madre y su muerte
prematura. Su padre y su madrastra. Su hermana. Su ejército de Ojos del Blanco. Y ella.
En ninguna parte de mi búsqueda de la verdad encontré algo que indicara que era débil,
incapaz de usar su habilidad y moribunda.
No me debería importar.
Es un obstáculo en mi camino.
Ahora, puedo saltar fácilmente sobre ella en mi último viaje a las Tierras Ocultas.
Algo siniestro acecha más allá de las historias y los secretos. Los susurros de los
monstruos que se alimentan de carne humana me hacen mucho más ansioso por buscar
esta guerra moral y matar a los que están en el lado equivocado. No me gustaría nada
más que pasar por alto esta terrible experiencia con Elzira, ignorándola como si fuera
insignificante.
Pero ese no es quien soy. No dejo piedras sin remover. No sería el poderoso rey
buscador de la verdad que soy hoy si lo hiciera. Soy meticuloso cuando se trata de
conocer a mi oponente. Con la reina que se desvanece, siento que no sé nada.
Eso va a cambiar.
Comenzando ahora.
Me levanto de la cama, asegurándome de meter las pieles alrededor de Elzira antes
de vestirme. Me pongo la capa, enrollo mi látigo y lo engancho a mi cinturón, y luego
coloco mi corona sobre mi cabeza. Ahora que nos hemos apoderado del castillo, tendré
que reunirme con mis hombres. Los Ojos del Blanco siguen el estricto mandato de su
reina. Es decir, no derramarán sangre a menos que ella les indique que lo hagan.
Caminando hacia la ventana, confirmo mis pensamientos. Mi ejército de veinte mil
Volcs cubre la nieve virgen con carpas negras y hogueras mientras acampan. Los Ojos
del Blanco deben mantener su posición. Tendré que asegurarme de que mis hombres
sepan permanecer firmes mientras continúo con mi visita a la reina.
Al escabullirme de las habitaciones de la reina, me complace encontrar a dos Volcs
que protegen mi puerta. Fayden y Jorshi. Dos de mis mejores.
Cierro la puerta y asiento a Fayden.
—El castillo está asegurado, señor —afirma Fayden—. Los Ojos del Blanco no
están contentos, especialmente su líder, Cavon, pero se mantienen firmes.
—¿Y la princesa? —pregunto con una ceja levantada.
Jorshi habla:
—Me he reunido con Danser esta mañana. Está alterada. Preocupada hasta la
muerte por su hermana. Exigiendo hablar con ella. Danser la tiene recluida. No
escapará, pero no la ha dañado.
—¿Dónde está Yashka? —Mi atención está de vuelta en Fayden.
Se abstiene de poner los ojos en blanco.
—Yashka está haciendo un berrinche que enorgullecería a los pequeños en casa.
Arqueo una ceja.
—¿Y por qué es eso?
—Porque no puede trabajar en estas condiciones —imita Fayden en un tono
suave.
—¿Debo recordarle para quién trabaja, su alteza? —gruñe Jorshi, siempre ansioso
por castigar.
Se me escapa una risa. Mi chef personal es toda una princesa. Siendo un rey, nunca
puedes ser demasiado cuidadoso. Confío en el hombre corpulento que siempre se queja
tanto como confío en Danser. Si alguna vez hubiera deseado hacerme daño, lo habría
hecho hace mucho tiempo. Yashka, a pesar de ser quisquilloso, hará su trabajo. Se
enorgullece de hacer las mejores comidas sin importar las circunstancias. Incluso en el
campo de batalla me sirven deliciosas comidas para mantenerme fuerte.
—Yashka lo resolverá —le aseguro a Jorshi—. Una vez lo haga, tráeme algo de
comer esta mañana. Suficiente para la reina también.
—Todavía viva, ¿sí? —pregunta Fayden—. Se rumoreaba que apenas estaba en pie
ayer.
Su comentario me irrita.
—Informa a Cavon de que está viva y bien. Y quien está comenzando rumores está
jugando con fuego —gruño, mis ojos se entrecierran en él—. Silencia los rumores. La
reina está bien y estamos haciendo un trato para casarme con la princesa. ¿Entendido?
Fayden asiente rápidamente, reprendido.
—Por supuesto, señor. ¿Algo más?
—Después veré a Danser. Asegúrate de que la princesa permanezca segura.
Necesito hablar con él sobre algo bastante importante.
Despido a los dos hombres con un gesto de mi mano y luego vuelvo a entrar en la
habitación. La reina ha rodado sobre la cama, ahora frente a la puerta. Sus ojos azules
están fijos en mí. No intenta atacarme o escapar. No estoy seguro de que tenga la fuerza
para intentarlo.
—¿Mi hermana?
—A salvo. La están cuidando. En todo caso, está volviendo loco a Danser con todas
sus quejas sobre protegerte.
Una sonrisa toca sus labios.
—Me cuida.
Me acerco a la cama y me siento al final, cerca de sus pies.
—Las reinas no suelen necesitar cuidados. ¿Por qué tú sí?
Junta sus labios carnosos y azulados.
—Nada de tu incumbencia.
—Por supuesto que sí —digo con un resoplido—. Soy el “Buscador de la Verdad”.
Todo es de mi incumbencia. Igual que cortar a los condenados es tu preocupación. A
pesar de que…
Sus ojos se estrechan hacia mí.
—¿A pesar de qué? Escúpelo, Volc.
Esta débil y moribunda reina es tan ardiente.
Me dan ganas de avivar ese fuego interior.
Mi polla se sacude en respuesta a las imágenes que inundan mi mente.
—Si estás sentada en tu torre, muriendo de frío, ¿quién elimina a los condenados,
Castigadora? ¿Envías a tus muchachos a matarlos en tu nombre? ¿Cuántos mueren
protegiéndote, mmm?
Sus fosas nasales se dilatan.
—Los Ojos del Blanco están bien entrenados. Destruirían a tus Volcs inútiles con
el chasquido de mis dedos. Nunca me insultes ni a mi ejército. El hecho que no esté allí
con ellos no significa que no estén ganando la guerra continua que tenemos con los
condenados. —Me menosprecia—. Durante siglos hemos limpiado los desastres de los
Volcs. Maldicen esas almas y las expulsan de sus tierras. Justo a las nuestras. Y tenemos
que eliminarlos. Dime dónde está el poder, Ryke.
Mi nombre en sus labios me tiene haciendo una pausa por un momento. Desearía
que lo dijera de nuevo.
—Tal vez hemos estado esperando secretamente que los condenados los alcancen a
todos. Que, en algún momento, todos ustedes se volverían locos como ellos. Entonces,
sería mi ejército el que lograra vencer al final. Algunos movimientos son tan estratégicos
que tardan siglos en realizarse.
—¿Siempre eres así de arrogante y repugnante? —espeta, sus ojos azules parecen
brillar más.
—Mis consortes en casa no creen que sea repugnante en absoluto. —Le guiño un
ojo—. Ahora concéntrate, tu frialdad. Quiero la verdadera historia. ¿Qué te ha pasado?
¿Por qué estás en esta torre sintiendo pena por ti misma?
Se lanza de la cama para clavarme las uñas en el rostro. Siseo por el dolor frío
cuando mi carne se abre bajo su ataque. Su furia es de corta duración, ya que fácilmente
sujeto su cuerpo sobre la cama debajo del mío más fuerte.
—¿No aprendiste la primera vez, reina? —gruño, sujetando sus muñecas con mi
gran mano—. No puedes lastimarme.
Lucha y me maldice, pero no va a ninguna parte.
—Suéltame —chilla—. ¡Ahora!
Ignorándola, levanto mi mano delante de ella. Mientras convoco mi fuego, miro
sus ojos. Sus ojos azules brillan cuando se queda paralizada por la forma en que mis
dedos relucen en un rojo anaranjado. Lentamente, los arrastro a lo largo de mis
rasguños, sellando las heridas.
Se le contrae la nariz.
—Hueles a cerdo asado.
—Y te ves hambrienta —me burlo, lamiéndome los labios mientras froto mi
erección contra su cuerpo blando.
Me encanta la forma en que su boca se abre y sus pestañas se agitan.
¿Por qué?
¿Por qué te encanta, Buscador de la Verdad?
Porque, ¿quién quiere una princesa cuando podría tener una reina?
Esa es mi verdad.
Deja escapar un suspiro que es tan frío que me duele la nariz. Ah, sí. Necesito a la
princesa porque la reina se desvanece ante mis propios ojos. Necesito fuerza. Necesito
poder. Necesito acceso a las Tierras Ocultas. La guerra moral es real, lo sé. Esta reina de
hielo es solo un trampolín para llegar allí. No se supone que le dé la vuelta y vea lo que
se esconde debajo. Se supone que debo usarla.
—Cuando cumplí dieciocho años, comenzó —murmura Elzira, sus ojos cada vez
más tormentosos.
Aflojo mi agarre sobre sus manos y la dejo ir para pasar mi palma por su brazo y
calentarla una vez más. Cuando llego al hueco debajo de sus brazos, me quedo allí antes
de pasar mi mano sobre su pecho lleno. Jadea, lo que no hace nada para ayudar al estado
de mi polla. A regañadientes, muevo mi palma hacia sus costillas y la mantengo allí, con
la esperanza de aumentar la temperatura de su cuerpo.
¿Por qué?
¿Por qué hacerla sentir cómoda?
Porque puedo.
Simple como eso.
—Continúa —insto, mi pulgar rozando un diamante cosido a su vestido.
—Estaba enojada —susurra—. Recibimos visitantes de la patria de mi madrastra.
Una prima y su esposo. Eran tan… felices. Cinco niños. Todos estaban sonriendo y
corriendo por el palacio sin preocuparse por el mundo. Eran buenos padres que
realmente se amaban. Se notaba en sus sonrisas y la forma en que se tocaban entre sí. —
Aprieta los labios—. Tenía a Yanna. No era hija mía, pero era responsable de todos
modos. Amo a mi hermana, pero en ese momento, la resentí. Algún día tendría la vida
de su prima. Todo porque yo lo haría posible para ella. —Traga saliva y la culpa brilla en
sus ojos—. Pero, ¿quién lo haría por mí? Nadie. Me resigné al hecho de que nunca
tendría normalidad.
—Eres una reina —le recuerdo—. Mejor de lo normal.
Una pequeña sonrisa curva sus labios cuando sus ojos azules encuentran los míos.
Mi corazón se tensa en mi pecho. Entonces, cambia su expresión mientras continúa:
—La ira ardía dentro de mí. Quería hacer algo. Destruir algo. Herir a alguien. No
puedo explicar la ira. Era como una bestia viva dentro de mí.
No muy diferente a como convoco mi fuego.
Interesante.
Tenía casi dieciocho años, con resentimiento después de que mi madre hubiera
muerto. La emoción extrema saca a relucir las habilidades. Una vez aprendí el
sentimiento, pude manipularlo fácilmente para mi ventaja. Se convirtió en una segunda
naturaleza. Tan fácil como respirar.
—¿Entonces qué?
—Nunca me había encontrado con los condenados antes. Solo había escuchado las
historias que contaba mi padre. Los había visto desde lejos. —Sus ojos atormentados se
clavan en los míos—. El miedo siempre había sido el impulso motivador en todo lo que
hacía. Pero esta vez, la ira me acompañó por nuestras tierras hasta un nido de ellos.
Frunzo el ceño ante la imagen de una joven Elzira caminando sola por las tierras
cubiertas de nieve, enojada y secretamente asustada. Justo hacia un nido de los
condenados. Suicidio. Un nido generalmente contiene cientos, si no miles de ellos.
—Duermen, sabes —susurra—. Acurrucados juntos por calor. Así recuerdan a las
personas que eran antes.
Cuando habían asesinado, robado, violado o cualquier otro delito que los
desterraría. Los condenados no eran buenas personas. Son monstruos que son castigados
siendo forzados a la locura y luego conducidos a sus muertes heladas. Mi gente, y lo
mismo con la de Easta y la de Westa, los llevan a Equatoria. Páramos baldíos. Nada vive
aparte de los árboles de kimilla, repletos de frutas jugosas, suplicando ser mordidas. No
importa cuán fuertes sean esas personas o que sepan lo que la fruta les hace, siempre
sucumben. El hambre y la sed harán que los hombres más fuertes se marchiten y cedan
ante la tentación. Pero el fruto es el principio del fin para ellos. Estropea sus mentes y
destruye su cordura. Y cuando los páramos se llenan demasiado, los Volcs los matan,
pero no sin antes perseguir a un buen número de ellos directamente hacia las Tierras
Heladas de Norta.
—Estaba tan enojada por ser débil. Enojada por no tener un futuro de mi propia
elección. Enojada con los que eran felices. Enojada por no tener los dones que tenía mi
padre. —Una lágrima se desliza por su sien—. Quería morir.
La furia burbujea dentro de mí. Es una reina. Las reinas no se rinden porque las
cosas no van a su manera. Grita debilidad. No es de extrañar que se esté desvaneciendo.
Elzira no es digna de ser reina. Su corazón no está en ello.
—Me paré ante ellos —susurra—. Esperé. Y luego me olieron. Solo uno al
principio. Levantó la cabeza y sus ojos sin alma encontraron los míos. Famélico. Comen
carne humana, sabes.
Sí, lo sé.
He visto a muchos de mis hombres con la garganta arrancada por estos salvajes
descerebrados.
—Emitió un grito de algún tipo que alertó al resto. Entonces, todos sus ojos negros
estaban sobre mí. Incluso los pequeños.
Los condenados pueden perderse en la locura, pero tienen una necesidad
inherente de reproducirse. Pero crían más monstruos. Los niños son lo peor. La mayoría
no vive más allá de la infancia porque sus padres son negligentes, pero algunos sí. Y a
medida que crecen, son más salvajes que los demás. No hay recuerdos de lo que se siente
ser humano. Pequeñas criaturas horribles.
—Me atacaron. —Respira, sus ojos azules brillando más—. Corrí. Tan rápido.
Quería morir, pero no lo hice. Simple como eso. El miedo ahuyentó mi ira y corrí por
mi vida. Cuando imaginé cómo se sentiría ser comida por esas cosas, exploté de
emoción. La bestia que asumí era la ira que vivía dentro de mí rugió, Ryke. Se liberó y
salió. —Levanta una mano entre nosotros—. La bestia vino a través de mis manos. Fría y
malévola. Necesitaba escapar. Entonces, apunté a la bestia hacia ellos. Hacia las cosas. —
Parpadea varias veces antes de que una siniestra sonrisa aparezca en su rostro—. La
bestia era mi don. Frío. Hojas de diamante. Armas hechas de hielo. Iluminé el cielo
nocturno con una luz azul brillante mientras los destruía. Todos ellos. Incluso los
pequeños. En cuestión de minutos, había acabado con todo el nido.
—Encontraste tu don, Castigadora —digo, satisfecho con el giro en la historia—.
Ahora dime cómo lo perdiste.
Cinco

o odio el calor. Ni siquiera un poco. Su calor me descongela. Me hace


pensar con más claridad de lo que lo he hecho en algún tiempo.
Aunque es un hombre terrible con intenciones nefastas hacia mi
hermana, en secreto, no puedo evitar agradecerle que me haya
despertado de mi niebla.
Puede que sea absolutamente delicioso de mirar y atraer, pero sé qué es. Quién es.
Es un enemigo que se propone destruir lo que es mío. Tomar lo que es mío. Nunca
permitiré que eso suceda.
—Todavía tengo mi don —miento, estrechando mis ojos hacia él.
El hombre locamente hermoso sonríe.
—No, no lo tienes.
—Solo porque me abstuve de usarlo, no significa que no lo tenga todavía. —
Ahora, esa es la verdad. Sé que vive dentro de mí. La bestia está inactiva y durmiendo.
Débil y moribunda. Pero sigue ahí.
—Supongo que creo eso. Dime por qué eres tan débil. ¿Cuándo empezó eso? ¿Es
una condición que se transmite de tu madre?
La mención de mi madre me hace estallar de furia. Intento apartar su gran cuerpo
del mío mientras un gruñido escapa de mí.
—¡Suéltame! —Antes de que pueda volver a arañar su rostro, sus rasgos se
deforman en algo aterrador mientras me sujeta las muñecas una vez más.
—Vuelve a arañarme y te azotaré el trasero —gruñe.
Lo miro boquiabierta, sorprendida. Imágenes de mí inclinada sobre la cama con el
vestido subido por atrás hacen que un calor indeseable inunde mis mejillas.
—No te atreverías.
—Sería un gran placer enrojecer tu culo, reina.
—Eres exasperante —siseo—. ¿Cómo soporta tu gente tu presencia? —Le
entrecierro los ojos—. Oh, es cierto. No lo hacen. Saquean y atacan a otros para ser
desterrados a Equatoria solo para alejarse de ti. —Me rio de él—. También comería la
kimilla si me alejara de ti.
—Tus púas nunca me penetrarán —dice con una mirada engreída—. Aunque te
aplaudo por intentarlo.
Estoy a punto de maldecirlo un poco más cuando un dolor agudo se apodera de mi
estómago. Gimoteo y cierro los ojos. Estos dolores se producen más a menudo
últimamente. Son seguidos por mareos y debilidad. Todo me revuelve el estómago —
como le pasó a mi madre al final—, y lo único que me ayuda es mi té de farsop y mis
tónicos. Si no fuera por el conocimiento desesperado de Yanna de lo que me robó a mi
madre y su deseo de asegurarse de que no corra la misma suerte, habría muerto hace
mucho tiempo. La nariz de Yanna siempre está metida en un libro de tónicos, buscando
cualquier cosa que ayude con mi condición. El tónico de billibones me quita los dolores
de estómago. El tónico de hojas de voxin me da energía. El tónico de bayas amarillas es
conocido por atacar enfermedades ocultas. Al tomarlo diariamente, mantengo a la
muerte a raya.
—Necesito mis tónicos —murmuro—. Por favor. Mi hermana se quedaría sola si
muriera.
—Me tendrá —responde, con un malvado brillo en sus ojos.
—No de buena gana —espeto—. Tal vez podamos llegar a un acuerdo. Uno que
nos convenga a todos. Pero no puedo hacerlo bajo tierra.
Antes de que pueda responder, hay un golpe en la puerta. Por un momento, mi
corazón se agita mientras espero que sea Yanna. Pero luego recuerdo que nunca llama.
Es mi hermana y va a donde yo vaya. Somos dos mitades de un todo.
—Entra —espeta Ryke, soltándome para poder sentarse.
Un hombre entra llevando una bandeja. Otro lo sigue. Sus miradas curiosas
encuentran la mía. La mirada de uno de los hombres se queda en mis pechos. Me cubro
con las mantas para que no me mire.
—¿Dónde están Jorshi y Fayden? —exige Ryke, acechando a los dos hombres.
—Reunidos con Danser —dice el que tiene ojos curiosos.
La mandíbula de Ryke se aprieta mientras lo mira con ojos brillantes.
—¿Cómo sé que esta comida es segura para su consumo, Gorten?
Gorten mueve la cabeza hacia la puerta. Un hombre bajito, regordete y con el
rostro rojo se acerca.
—Siempre debe confiar en Yashka —dice el hombre bajo—. Ya lo sabe.
Ryke se relaja visiblemente.
—Confío en que esta comida sea apta para una reina.
Yashka jadea como si Ryke lo hubiera golpeado.
—Le ruego me perdone, su alteza... ¿se atreve a insultar al mejor chef de todas las
tierras?
Gorten y el otro hombre se ponen tiesos. Como si tuvieran miedo de la ira de
Ryke. Pero, al parecer, Yashka tiene libertad para hablar libremente con Ryke porque su
rey simplemente se ríe.
—Mis disculpas, Yashka —dice Ryke—. Esperamos ansiosos tu comida.
Ryke despide a los tres. En cuanto se van, me siento e intento ponerme de pie. La
habitación da vueltas lentamente a mi alrededor.
—N-no voy a comer e-eso —digo, presionando mi mano contra mi estómago
mientras otro dolor me atraviesa—. Probablemente esté goteando veneno.
Ryke levanta la tapa de algo sabroso y recoge un trozo de carne. Lo mete en su
boca, masticando de forma desagradable, y chupa la grasa de sus dedos.
—Todavía estoy vivo.
—Desafortunadamente —me quejo.
Toma otro pedazo de carne del plato y se acerca a mí. Su mano libre se aferra a mi
cadera mientras sostiene la carne humeante.
—Come.
Los dolores se están volviendo demasiado. Necesito mis tónicos. Cálidas lágrimas
inundan mis ojos. Voy a perecer en una muerte dolorosa como la de mi madre. Yanna
estará sola. Ryke la tomará y no se sabe qué hará con ella. ¿Violarla? ¿Obligarla a llevar a
sus hijos? El pensamiento hace que la bilis suba por mi garganta.
—Come —espeta, su voz ya no tan juguetona como antes—. Te estás
consumiendo, reina muerta. Este pollo tiene más carne en sus huesos que tú.
Negando, junto mis labios. No hay forma de que pueda comer. No en este
momento. No cuando siento que los dolores me van a hacer vomitar en su lugar.
Me agarra la garganta y aprieta. Grito sorprendida. En el momento en que mi boca
se abre, mete la carne dentro. La bondad salada golpea mi lengua y casi gimo por el
sabor. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que he comido algo tan delicioso?
Años.
Y por una buena razón.
Las comidas pesadas empeoran mi condición.
Gimoteo y me atraganto con la comida. Su agarre en mi garganta se afloja a
medida que sus labios se acercan a los míos. El cálido aliento me hace cosquillas
mientras habla.
—Traga, Elzira.
Me las arreglo para pasar la comida. Mi estómago se tensa violentamente. Las
lágrimas caen por mis mejillas. La bestia dentro de mí hace sonar su jaula en algún lugar
en las profundidades de mi alma. Mátalo. Mátalo por humillarte. Por exponer nuestra
debilidad.
En lugar de matarlo, me siento en el borde de la cama, tratando desesperadamente
de liberar a mi bestia. Nada. Ryke se acerca a la mesa y vuelve con un plato lleno de
todo tipo de golosinas.
Es un desastre. La comida se toca. Todo está apilado, los jugos de un manjar se
mezclan con otros. Es repugnante mirar. Completamente diferente a las agradables y
ordenadas hileras de pastas o panes que estoy acostumbrada a consumir. Usa un tenedor
para recoger algo marrón claro y crujiente. Los dolores en mi estómago han regresado,
pero en lugar de estar asqueado por la comida que me presenta, es como si mi estómago
la anhelara. Suplicara por ello.
—Necesitas esto —dice suavemente, sus ojos ámbar perforándome—. Esa es tu
verdad. Está escrita en tus huesos protuberantes y tu carne pálida.
Me alcanza el aroma de lo que ofrece y casi dejo escapar un sollozo. Derrotada,
abro la boca y dejo que el rey buscador de la verdad me alimente. Mordisco tras
mordisco. Cada comida más decadente que la anterior. Mi estómago se estremece y
protesta, pero los dolores disminuyen. Cuando niego después de casi consumir todo el
plato, no me fuerza más. Simplemente rellena el plato y devora su propio desayuno. Una
vez ha terminado, se sienta de nuevo a mi lado.
—Ahora comerás como una reina —me dice con fiereza, con sus orbes ambarinos
encendidos como si esperara que lo retara.
No sobre esto. Me siento extrañamente reconfortada por la forma en que me
alimentó y secretamente complacida de que ahuyentara los dolores que solo el billibon
suele alejar.
—Quiero ver a Yanna. —Levanto mi barbilla de la manera regia que he
perfeccionado a lo largo de los años—. Quiero que la busques o me lleves a ella.
Necesito asegurarle que estoy bien. Se preocupa mucho por mi bienestar. Harás esto por
mí, Volc.
Una sonrisa curva sus labios.
—Quizás.
Arqueando una ceja, inhalo bruscamente.
—¿Quizás? Como si dependiese de algo. Suéltalo, creador de fuego.
—Ahh, no es solo belleza, también es cerebro —dice con un odioso brillo
victorioso en sus ojos—. Te permitiré ver a tu hermana una vez hayas firmado un
tratado que me permita entrar en Norta Layke para mi paso a las Tierras Ocultas.
—¿Eso es todo? —murmuro—. Solo la mísera cosa por la que has puesto mi vida
patas arriba. Claro, Volc. Tráeme una daga para que pueda cortarme la palma de la mano
y hacerte un juramento de sangre. —Le sonrío dulcemente.
Su mandíbula se aprieta.
—Otra pulla. Debes pensar que soy ignorante. Que soy un rey musculoso y tonto
que permitirá que una reina inteligente y moribunda juegue a su manera para conseguir
lo que quiere. —Juega con un mechón de mi cabello—. ¿Por qué tu cabello es azul en
algunos lugares?
La vergüenza reemplaza mi irritación con él. Alejo los mechones de su mano y
frunzo el ceño para ver que la ceniza se ha borrado. Habrá ceniza en la chimenea. Puedo
cubrir el azul.
Dedos fuertes aprietan mi mandíbula, robándome la atención. Me veo obligada a
mirar fijamente el calor ardiente en los ojos del rey Bloodsun.
—No te estaba insultando —gruñe—. Simplemente quería saber por qué. Pero
considerando tu respuesta, no sabes por qué. Intentas cubrirlo. —Su pulgar pasa a lo
largo de mi mandíbula suavemente—. Descubriré qué está causando esto.
—¿Por qué? —espeto—. ¿Por qué, de todas las cosas, te preocupas por mi cabello?
—Cabello azul. No es natural. —Sus cejas oscuras se fruncen y un mechón de
cabello negro cae en su rostro. El impulso de apartarlo es fuerte. Ridículo, pero fuerte—.
Podría ser un síntoma de tu enfermedad. Haré que Mazon lo investigue.
—¿Mazon?
—Es mi médico.
El último médico que me vio me dijo que era incurable. Recordé el miedo en sus
ojos. Supongo que decirle a una reina que va a morir es algo aterrador. Cavon, en su
furia por mí, le cortó la garganta. Luego, procedió a buscar cinco médicos más, los cuales
me dijeron lo mismo.
—No necesito que un médico me diga lo que ya sé. —Empiezo a levantarme, pero
su cálida mano rodea mi muñeca. El calor de su fuego apenas se contiene bajo su carne.
Me hace preguntarme cuán caliente se pone.
—Lo harás porque yo lo ordeno —gruñe, su pulgar recorriendo mi pulso en mi
muñeca—. ¿Entendido? —Se pone de pie y luego me empuja por los hombros, por lo
que me siento una vez más—. Tengo que hablar con Danser. Debes quedarte en esta
habitación mientras no estoy.
—¿Y si no lo hago? —desafío, la ira surge dentro de mí.
Sonríe.
—Entonces te cazaré. Te encontraré. Y luego te follaré hasta someterte, reina
frígida.
Mi furia envía un estallido de fuerza a través de mí mientras paso las uñas por su
rostro otra vez. La bestia dentro de mí chilla mientras las hojas de diamante se congelan
a lo largo de mis dedos y se extienden en relucientes picos que pasan por la punta de mis
dedos. Ryke apenas logra agarrar mi muñeca y detenerme antes de que le desgarre el
rostro.
En lugar de quemarme hasta la muerte en el acto, sus ojos se amplían y me
muestra una hermosa sonrisa.
—Ahí está ella. La Castigadora aún no está muerta. —El calor me quema en la
muñeca, pero no hasta el punto del dolor. El agua corre por mi mano mientras las hojas
de diamante se derriten y luego caen al suelo, haciéndose añicos. Ryke lleva sus labios a
mi dedo medio que acaba de sostener una hoja afilada y lame la punta. Una descarga de
excitación me recorre hasta la médula—. Podemos jugar más tarde. Tengo asuntos que
atender primero.
Se va sin decir nada más. Considero la posibilidad de salir a hurtadillas,
persiguiéndolo. Me encantaría atravesar la base de su cráneo con una cuchilla de
diamante. Pero mejor aún, podría ponerme en marcha para encontrar a Yanna. Me
cazaría. Otra emoción me invade. La energía me recorre y me siento vigorizada. Por
primera vez en años, me siento viva.
¿Es él?
El enemigo no puede ser mi salvador.
Imposible.
Mirando mi mano, noto que mis dedos no son tan azules. Estoy más caliente que
de costumbre gracias al fuego que arde en la chimenea y el calor que parece irradiar.
Intento invocar mi don.
A pesar de este hombre en nuestro palacio y de mi hermana en sus garras, no le
tengo miedo. Tengo miedo de lo que pueda perder por su culpa.
Yanna.
Una mezcla de dolor, furia y terror gira a través de mí.
Las puntas de mis dedos brillan en azul, dándome poder. Muevo la mano por el
aire, hojas de diamante saliendo de mis dedos. Las cinco apuñalan el suelo de piedra con
una fuerza increíble. Las miro con asombro.
Todavía me maravilla la repentina aparición de mi don cuando un suave golpe en
la puerta me asusta.
¡Yanna!
Corro hacia la puerta y la abro. El hombre de antes, Gorten, me sonríe. Tiene una
especia atrapada entre sus dos dientes delanteros. Me hace estremecer.
—Me encontré con su hermana —susurra, echando una mirada por encima de su
hombro.
—Si le haces daño, te arrancaré el corazón y se lo daré personalmente a los
condenados —siseo, invocando mi frío. Lo siento corriendo por mis venas como mi
propia sangre.
Sus ojos se abren de par en par.
—Su alteza, estoy desobedeciendo a mi rey para ayudar a su hermana.
—¿Perdón? —inquiero con voz ahogada, sorprendida con sus palabras.
—Esta mañana fui a verla. Está bien. Pero fue bastante persistente.
—¿Persistente sobre qué?
—Esto —dice, sosteniendo una bolsa familiar—. Se me ordenó que no mirara
dentro. Que ella lo sabría y que usted lo sabría. Que entre ustedes dos, me encontraría
con una muerte inoportuna y sangrienta. —Sonríe como si eso lo divirtiera—. No estoy
aquí para interceptar un mensaje entre una reina y su hermana. Solo quiero que sepa
que mi lealtad no está con el rey Bloodsun.
Me paralizo ante sus palabras traicioneras.
—¿Es así?
Sus labios se curvan en un lado.
—Su hermana fue bastante persuasiva. —Se lleva los dedos a la nariz y los huele—
. Dijo que si cumplo sus órdenes, me ofrecerá mucho más de lo que mi rey jamás podría.
Me estoy cansando de marchar a las guerras con los locos. Estoy cansado de la cacería de
tierras ocultas. Quiero refugiarme en un castillo y proteger a mujeres hermosas en
extrema necesidad de protección.
Serpiente traidora.
—¿Tocaste a mi hermana? —Mi tono es frío y cruel—. Nadie toca a mi hermana.
Sus ojos brillan de manera desafiante mientras mueve su dedo en el aire.
—Lo hice.
Una ráfaga de furia fría explota a través de mí mientras muevo mi brazo por el
aire. Cinco hojas de diamante brillan con el sol de la mañana que entra por la ventana.
Mis hojas atraviesan su muñeca sin esfuerzo.
Me mira con horror mientras su mano se desprende de su muñeca y golpea el
suelo con un ruido sordo. Sangre espesa y de color carmesí brillante brota de su brazo
cortado. Con un movimiento de mi muñeca, aflojo mis hojas de diamante sucias,
permitiendo que golpeen el suelo.
Mira la mano a sus pies.
—Recógela —ordeno, mi tono helado.
—Su alteza —gime.
—Recógela.
Solloza mientras recoge su mano cortada.
—Arrójala al fuego —instruyo.
—N-No —ruega—. Por favor. Mazon puede volver a colocarla.
—Lánzala al fuego antes de que también tome tu otra mano. Y tu lengua por
desobedecerme.
Aúlla en parte con dolor y terquedad antes de lanzarla al otro lado de la
habitación. Me acerco y pateo la mano al fuego. Las llamas crepitan y silban mientras el
olor a carne carbonizada llega a mi nariz.
—Desaparece de mi vista, serpiente.
Seis

espués de revisar a mis hombres y burlarme un poco de Verde, busco


a Danser. Había asegurado a la joven Yanna en el cuarto de una
sirvienta bajo el suelo del castillo. Llamo a la puerta y Danser la abre,
sus rasgos impasibles.
—Danser —saludo.
—Su majestad.
Me da acceso. Con una mirada rápida a los escasos arreglos, veo que la están
tratando bien. Hay una bandeja con comida en la mesa. La princesa se sienta en la cama
leyendo. Olfateo el aire y le lanzo a Danser una mirada interrogante.
—No admite nada —dice, inclinándose—. Pero después de enviarle a Yashka una
diatriba sobre lo que a la reina se le permitía y no se le permitía comer, salí para hablar
con él en privado. Dejé a Gorten para que la vigilara.
—Gorten, eh. ¿Y su virtud sigue intacta?
—También lo olí. El aroma de una mujer. —Aprieta los dientes—. Ella afirma que
no la tocó. Debió haber metido los dedos en una de las criadas y dejó el olor aquí.
—¿Y te lo crees?
—¿Por qué ella protegería a Gorten de todos los hombres? Odia a nuestra gente.
—Se frota la sien—. Créame, ha informado de ese hecho a cada hora del día.
La cabeza de Yanna se gira y frunce el ceño en nuestra dirección. Agarro el
hombro de Danser.
—Dame un momento con la princesa.
Asiente y sale silenciosamente de la habitación. Me acerco a la chimenea,
poniendo mis manos sobre el fuego. Cuando la miro con una ceja alzada, se burla.
—Hace frío en esta prisión infernal en la que me tienes —espeta—. ¿Qué esperas?
Sonriendo, me alejo el fuego y me acerco a los pies de la cama.
—Vamos a casarnos. Esa es la propuesta que le he traído a la reina.
Su risa es fría y burlona.
—Y apuesto a que ella aceptó de buena gana.
—Todavía estamos negociando, futura esposa. —Le doy una sonrisa
amenazadora—. Llegaremos a un acuerdo y entonces aprenderás a superar esa lengua
irrespetuosa como lo has hecho con tu alergia a las orugas sichee.
Toda la emoción se drena de su rostro mientras sus ojos se estrechan hacia mí.
—Hice que Danser revisara si había esporas de sichee primero.
Sorprendentemente no había ninguna. —Sus ojos se dirigen hacia su libro.
No me llaman “Buscador de la Verdad” por nada.
—Inicié un fuego en el cuarto de la reina —digo, mirando su rostro para obtener
una respuesta.
Sus ojos azules se encuentran con los míos.
—Toca a mi hermana y acabaré contigo, Bloodsun.
—Ustedes, señoritas, son unas fieras —digo, haciendo un sonido de desilusión—.
Tal vez también azote tu culo con mi látigo, princesa. Estoy bien versado en romper a
una mujer habladora.
Aprieta su mandíbula por un momento y luego parece tragarse su ira, intentando
una táctica diferente. Sus ojos azules se vuelven suaves al morderse el labio inferior.
Finge inocencia. Hubiera funcionado si no hubiese visto sus garras salir momentos
antes. Se desliza de la cama, sus ojos se llenan de lágrimas.
—Por favor, no me hagas daño. —Exhala—. Deja que mi hermana y yo nos
vayamos.
Le permito que se acerque, pero no la toco.
—Si me dejaras estar con mi hermana, podría darte lo que quieres. —Sus ojos
azules crecen en intensidad mientras pasa tentativamente las yemas de sus dedos por mi
pecho—. Todo lo que quieras. —Saca su lengua rosada y se la pasa por el labio inferior.
Ignorando sus avances, gruño mi pregunta:
—¿Permitiste que Gorten, un hombre de mi ejército, metiera sus dedos en el coño
que algún día me pertenecerá?
Niega furiosamente hacia mí.
—No sé de qué estás hablando.
Golpeando como una serpiente, agarro su garganta, levantándola hacia mi rostro.
Tiene que ponerse de puntillas y aferrar mi capa para no caer.
—¿Le permitiste poner sus dedos dentro de ti para qué? Un intercambio. Soy el
“Buscador de la Verdad”, mujer. Lo averiguaré de una forma u otra. Incluso si eso
significa desfigurar a mi futura esposa en el proceso.
Hace un sonido horrorizado mientras las lágrimas caen por su rostro.
—Es mi hermana, monstruo. No me dejas verla. En caso de que no lo hayas
notado, está enferma. ¡Sus tónicos son los que la mantienen viva!
La aparto, la furia ardiendo en mis venas.
—¿Lo enviaste a ella? ¿Solo? Aún no eres una reina, princesa. ¡Cómo te atreves a
ordenar a mi ejército que cumpla tus órdenes!
Un sollozo estrangulado se le escapa.
—Por favor —ruega—. No me hagas daño. Solo quiero ayudar a mi hermana. Te
juro que haré lo que quieras. Tómame aquí si eso es lo que quieres. Me casaré contigo al
anochecer. Pero, por favor, no nos hagas daño. Mi hermana no merece perecer sola en
una muerte dolorosa. Danos esto y luego te daré lo que quieras.
Enfurecido, me pongo en marcha, ya no estoy interesado en hablar con esta mujer.
—Nadie entra o sale —le grito a Danser—. Nadie.
Sisea una maldición y luego la puerta se cierra de golpe detrás de él una vez está
dentro. Marcho furioso por el castillo, mi ira amenazando con explotar desde mi interior
como uno de nuestros muchos volcanes. Mis hombres se apartan de mi camino,
sabiamente presionados contra las paredes, permitiéndome el paso. Cuando llego a la
cima de la torre, irrumpo en la habitación, listo para arrancar a esa sabandija traidora de
la reina.
En vez de eso, encuentro una hermosa vista.
Elzira, en toda su poderosa gloria castigadora, parece brillar de rabia. Gorten, de
espaldas a mí, solloza mientras acuna su sangriento brazo. Su mano ha desaparecido. Por
el brillo sádico en los ojos de Elzira, diría que tuvo algo que ver.
—Tocó a mi hermana —sisea como si esto lo explicara todo.
—¡Pero lo hice por usted! —grita él.
El calor me quema, necesitando desesperadamente una liberación. Debe sentir mi
malevolencia ardiendo a su espalda, porque vuelve sus ojos amplios y aterrorizados hacia
mí.
—Su alteza…
—¡No! —espeto, cortándolo—. Has cometido el mayor pecado contra tu rey. Eres
un traidor. Elegiste un bando porque querías meter tus dedos en una pequeña princesa.
¿Dónde están tus dedos ahora?
Solloza, todo su cuerpo temblando.
Elzira rodea la cama, latiendo con energía. Sus ojos azules brillan más que nunca.
Nunca he visto nada más hermoso.
—Desaparecidos —gruñe, agitando la mano y lanzando cinco afiladas hojas de
diamante. Hace un movimiento en el aire—. Y ahora me mantienen caliente. —Su
cabeza asiente en dirección a la chimenea.
—De rodillas —espeto a Gorten—. Inclínate ante tu rey.
Cae rápidamente, sosteniendo su mano sangrante contra su pecho.
—Lo siento mucho. Por favor.
Caminando hacia él, coloco mis palmas a cada lado de su cabeza, que está
empapada de sudor. Lo agarro fuerte, inclinando su cabeza para que se vea obligado a
mirarme.
—Nadie. Me. Traiciona. —Convoco mis fuegos, mis ojos se clavan en los suyos.
Sus gritos son de otro mundo mientras envío calor a su cráneo. La carne y el cabello
quemados llenan la habitación. Observo con regocijo su cabeza volverse roja por el
calor. Cuando su cabello se incendia, doy un paso atrás para admirar mi trabajo. Ya está
muerto, pero permanece sobre sus rodillas. Los globos oculares se derriten en sus órbitas
y se deslizan por sus mejillas antes de rodar por el suelo. Se pueden oír los siseos y los
chasquidos mientras el calor cocina el pequeño cerebro que tenía en la cabeza. Con el
tiempo, la gravedad toma el control y cae al suelo.
No estoy seguro de cuánto tiempo me quedo mirando su cabeza cocinada, pero
finalmente busco a Elzira. Quiero preguntarle cómo fue capaz de acceder a su don.
Siempre la he llamado creadora del clima —porque es su linaje y sé que es capaz de
hacerlo—, pero también es una creadora de espadas. La encuentro sentada junto a la
ventana, dando golpecitos mientras mira fijamente hacia afuera.
Tap. Tap. Tap. Tap. Y tap.
Una y otra vez. Me acerco a ella. En su regazo acuna tres frascos.
Su hermana hizo todo esto para conseguir estos tónicos para ella. La princesa es
tan despiadada como la misma reina cruel. He subestimado su habilidad para trabajar
como un equipo.
—Amor fraternal —dice, una pequeña sonrisa en su rostro—. Ni siquiera un rey
del fuego puede interponerse en el camino. —Ladea la cabeza y es entonces cuando veo
que las hojas de diamante se han roto, colocadas en una pila a su lado en la silla. Los
frascos están vacíos.
—Elzira —gruño, arrodillándome a su lado.
Sus párpados se agitan.
—¿Mmm?
—¿Qué pasa?
Ojos llorosos se encuentran con los míos.
—Sabes lo que pasa, Volc. Me estoy muriendo. Esa es mi verdad, Buscador de la
Verdad. Te sugiero que dejes de jugar tus juegos y vengas a mí con un plan que podamos
acordar. —Su labio inferior tiembla—. Nuestro tiempo es limitado. Quiero hacer la
transacción para poder pasar mis últimos días con ella. Dame eso, Ryke, por favor.
Cuando se queda dormida, me vuelvo loco. Salgo de la habitación, pisando el
apestoso cuerpo de Gorten, en una misión para encontrar a una persona.
Mazon.
Lo encuentro escondido en una de las habitaciones que parece ser usada como
biblioteca. Está preparando sus herramientas de espaldas a mí. Mazon es viejo, con
cabello largo y blanco y piel arrugada. Pero es feroz y brillante. Por lo que a mí respecta,
el viejo nunca morirá. Rápidamente le informo sobre el estado de Elzira y lo que sé
sobre ella antes de enviarlo a verla. Luego, salgo de la habitación tras él.
—Su alteza —grita Jorshi.
Me detengo y me giro hacia él.
—¿Qué pasa? Estoy bastante ocupado en este momento. —Ocupado manteniendo
viva a mi reina helada.
Frunce el ceño.
—He hablado con Cavon, eh, Verde, y ya vienen.
—¿Quién? —exijo.
—Los condenados.
—¿Un nido? Tengo veinte mil hombres ahí afuera. ¿Y qué hay de los Ojos del
Blanco? ¿Se quedarán quietos y dejarán que esas cosas se precipiten en el castillo?
Eliminen a los locos.
Sus fosas nasales se inflan.
—Señor, no es tan simple.
La irritación y la impaciencia me hacen ver rojo.
—Suéltalo ya —exploto—. No tengo todo el día.
—Estos son diferentes. Muchos más que los nidos que vemos a menudo. Una
horda entera de ellos, su majestad. —Frunce el ceño—. Un explorador los descubrió
mientras investigaba Norta Layke. Están más allá de eso, entrando por el pasaje entre las
montañas de las Tierras Ocultas.
—Una horda. Una horda no es rival para veinte mil Volcs y los Ojos del Blanco.
—Todavía nos superan en número —susurra Jorshi—. Hay demasiados.
—¿Cuánto tiempo? —gruño.
—Dos o tres días.
—Nos reuniremos más tarde para idear un plan. Mientras tanto, asegúrate de que
nuestros hombres estén alimentados y entrenados.
—Sí, señor.
Una vez se ha ido, subo las escaleras de la torre. Gorten ya no está en el suelo y el
desorden ha sido limpiado gracias a dos sirvientes que trabajan para mí. Elzira ha sido
trasladada a la cama donde Mazon la revisa. Su piel está pálida como la nieve. Son sus
labios azules los que hacen que el malestar se enrosque en la boca de mi estómago.
Nunca la he visto tan cerca de la muerte.
—¿Cómo está? —exijo.
Gira su rostro curtido y frunce el ceño.
—Si no fuera la reina de las Tierras Heladas, ya habría perecido. Nada que un poco
de aceite de abeja no pueda arreglar.
—Elabora.
—Es increíblemente fuerte. Como alguien más que conozco.
—¿Fuerte? Se está muriendo, Maz. Mírala. No puede abrir los ojos.
Asiente.
—Estoy de acuerdo. Está débil.
Apretando los dientes, intento no estrangularlo. A veces sus acertijos de viejo son
fastidiosos.
—¿Recuerdas cuando tenías quince años, mi niño? —pregunta.
Fue hace quince años. Lo recuerdo.
—Por supuesto.
—¿Recuerdas cuando tu primo y tú salieron del palacio a la caza de los
condenados?
Mi estómago se agita al recordar. Recks era mi primo favorito. Mi mejor amigo.
—Sí —gruño—. ¿A dónde va esto?
No quiero reproducir los recuerdos. Solo quiero que me diga lo que tiene en
mente. El viejo ignora mis deseos mientras continúa su historia.
—Eran niños rebeldes, siempre buscando problemas —dice con nostalgia—. Los
encontraron.
Habíamos caminado por callejones tras las casas y terminamos en el jardín de una
anciana. Olía dulce. Gotas de honnin. Pequeños sacos de bondad dulce y amarilla. Algo
que era demasiado delicioso para dejarlo pasar. Recks se los comió a puñados. Me las
arreglé para comer algunos cuando la mujer salió, persiguiéndonos con una escoba. Si
hubiera sabido que era un príncipe, lo habría pensado mejor. Pero en ese momento,
éramos dos chicos molestos que robaban en su jardín.
—¿Cómo tiene esto que ver con la condición de Elzira? —exijo, con ganas de
cambiar de tema.
Mazon frunce el ceño.
—Apenas llegaron al final del camino...
Recks empezó a echar espuma por la boca, agarrándose la garganta. Empecé a
tener arcadas. Cuando empezó a temblar incontrolablemente, me desmayé por
completo. Más tarde, me desperté en el castillo. Originalmente pensé que era un mal
sueño. Pero no lo fue. Recks y yo comimos algo mortal inadvertidamente.
—Las gotas de honnin han sido erradicadas para siempre —resoplo. Por mi padre.
Envió a todos sus hombres y quemó las casas y las tierras de cualquiera que tuviera vides
en crecimiento. Recks murió ese día, mientras que yo viví.
—¿Sí?
Miro a Mazon.
Me devuelve la mirada.
Siete

l frío, que es mi regalo, es también mi maldición. La mayoría de los días,


odio que me consuma hasta el punto de casi morir. Es un castigo. Lo
odio. Así que, cuando me despierto con calor, me aferro a él. Envuelvo
mi brazo alrededor del calor sólido y entierro mi rostro contra su olor
masculino.
—Ella vive —se burla una voz familiar, profunda y ronca, mientras pasa sus dedos
por mi cabello—. Larga vida a la reina.
Intento convocar el frío en la punta de mis dedos para darle un golpe en su pecho
desnudo y musculoso. En cambio, me debilito aún más. La enfermedad se agita en mi
estómago. Cierro mis ojos con fuerza, luchando contra la ola de mareo.
—Cuando murió tu padre, ¿quién era tu consejero? —pregunta Ryke.
—Me aconsejé a mí misma.
—Eso no me sorprende en lo más mínimo —dice con una risa que mueve la
cama—. Pero seguramente buscaste algún consejo. A los quince años, no sabías todo
sobre la manera de ser una reina.
Pienso en los días en que Cavon, apenas tres años mayor que yo, me mantuvo
unida cuando me estaba desmoronando. Durante unos años, nuestras líneas de reina y
soldado fueron borrosas con la de amigos. Pero en el momento en que vi algo más que
amistad brillando en sus ojos verdes, supe que era hora de un retiro apresurado. Soy una
reina. Las reinas no se distraen con los chicos guapos que quieren salvarlas. No, lideran a
esos chicos guapos a la batalla, sabiendo que están a sus espaldas listos para luchar hasta
la muerte por ellas.
—Cavon, supongo. Era natural, ya que su padre era el hombre de más confianza de
mi padre.
—¿Verde? —se burla—. Es extremadamente territorial contigo, así que eso tiene
sentido.
—Él quería más —admito—. Por supuesto, nunca lo dijo. Solo lo supe.
—¿Querías más?
Giro mi cabeza para mirarlo. Sus ojos ámbar son intensos mientras me perforan.
—Una reina no anhela cosas femeninas como el amor. Una reina anhela el poder.
Alza sus cejas.
—Una reina podría tener ambos.
—No con alguien como Cavon —murmuro.
Esboza una amplia sonrisa.
—Pero con un rey ella podría.
Golpeando su pecho, resoplo.
—Te encanta burlarte, ¿no? ¿Te despiertas cada mañana preguntándote cómo
puedes aterrorizar a los que te rodean, Volc?
—Es parte de mi rutina de desayuno —bromea—. Hablando de eso. Te has
perdido el almuerzo. La cena llegará pronto.
Mi estómago se tensa ante la mención de la comida.
—No tengo hambre.
—No estoy realmente preocupado por lo que quieres o no, copo de nieve. Te he
asaltado y eres mi prisionera. Eso significa que, mientras estés bajo mi custodia, te
obligaré a hacer lo que considere oportuno. —Desliza una palma hacia mi culo,
apretando la carne mientras me calienta a través de mi vestido—. Tengo planes para más
tarde, si anhelas algo un poco más abundante después de la cena.
Me apoyo sobre mi codo y lo fulmino con la mirada.
—¿Qué quieres de mí, Ryke? Tus juegos son agotadores.
—Quiero casarme con tu hermana, ¿cierto? ¿No es eso lo que propuse? —Levanta
una ceja y sus ojos ámbar brillan con picardía.
—¿De verdad? —exijo.
—Ella es un poco difícil —dice distraídamente—. Aunque tengo algo por las
difíciles. —Me pellizca la mejilla y me provoca un gruñido. El rugido de su risa me roba
una pequeña sonrisa.
—Mi hermana merece amor —replico—. ¿Puedes darle eso?
Sus rasgos se vuelven tormentosos.
—No. Nunca podría amarla. Lo siento.
Parpadeo para alejar las lágrimas.
—¿Ni siquiera pudiste mentirme? ¿Enviarme a mi muerte sabiendo que mi
hermana será bien amada y cuidada? Eres un monstruo sádico.
—Tu hermana siempre fue una transacción para mí. Una ficha para acceder a las
Tierras Ocultas. Esto fue siempre sobre mi destino final: la guerra final. No solo soy el
“Buscador de la Verdad”, soy un orador de la verdad.
—Entonces dime la verdad —ruego—. ¿Qué quieres de mí?
Su cálida palma acuna mi mejilla. Baja su mirada hacia mis labios, causando que el
sudor estalle en mi piel.
—Quiero... —Sus palabras se desvanecen mientras pasa su pulgar por mi labio
inferior—. Quiero lo que vine a buscar.
—¿Mi hermana?
—Acceso a las Tierras Ocultas.
¿Por qué no me corta la garganta y cruza nuestras tierras, tomando lo que quiere?
¿Por qué este Volc pide un trato? ¿Es un juego para él?
—Nunca —replico. No porque me importe. Si quiere ir a una tierra misteriosa
para luchar en una guerra hecha de monstruos imaginarios, que así sea. Lucho contra él
en esto porque puedo decir que me seguirá molestando hasta que me rinda. ¿Qué
sucederá cuando me rinda? ¿Moriré? ¿Se irá con mi hermana? Al menos cuando le digo
que no, se queda a mi lado, calentándome y volviéndome loca.
Sus ojos ardientes brillan de placer. Una pequeña emoción baila en mi columna
vertebral y envuelve mi corazón. ¿Por qué me importa si le agrado con mi naturaleza
argumentativa? Porque te gusta la expresión de su rostro. Su rostro increíblemente
guapo. Estudio sus rasgos por un momento. Su cabello negro desordenado, cejas oscuras
y mejillas desaliñadas. Una nariz fuerte y orgullosa. Ojos marrones dorados traviesos que
siguen cada uno de mis movimientos. Sin embargo, amo más sus labios. Llenos y suaves.
Siempre curvándose con una sonrisa. Sus sonrisas son agradables.
—Muy obsesionada con mi boca, reina muerta. ¿Te gustaría que la pusiera a buen
uso? ¿Mantenerte caliente entre tus muslos?
Frunzo el ceño y dirijo mis ojos a los suyos.
—¿Entre mis muslos? ¿Por qué allí?
Se ríe como si estuviera bromeando y luego el humor se desvanece.
—¿Hablas en serio?
—Ahí es donde yo... —Me callo, avergonzada por mis palabras—. Ya sabes.
—No lo sé.
—No me hagas decirlo.
—Honestamente no lo sé. Dime, copo de nieve.
—Donde hago mis necesidades. ¿Por qué debes ser tan asqueroso? —espeto.
Su mano se desliza por mi cuerpo y agarra mi muslo, atrayéndolo sobre su cadera.
—¿Debemos tener una lección, chica inocente?
Mis mejillas arden ante sus palabras.
—No seas condescendiente conmigo.
—Solo estoy tratando de educarte. —Su sonrisa es lobuna—. Tú, mi reina, sabes lo
que hay entre tus muslos. La importancia de lo que hay.
Miro hacia otro lado, frunciendo el ceño.
—Déjame en paz.
Su pierna se desliza entre las mías, descansando en el lugar en cuestión. Acerca su
boca a mi rostro, pasando sus labios por mi mejilla. Mi núcleo se aprieta en respuesta.
—Sabes acerca de los bebés, ¿sí?
—Sí —mascullo.
—¿Cómo se hacen?
Intento retorcerme para salir de su agarre, pero frota su muslo contra mí. Un
zumbido de placer me recorre. Moviendo mis ojos hacia los suyos, lo miro confundida.
—Oh, mi dulce y frágil reina. Soy el “Buscador de la Verdad”. Realmente no tienes
ni idea. —Besa mi nariz—. ¿Tu padre nunca te lo dijo?
Todo lo que mi padre me contó alguna vez fue sobre una horrible maldición
mensual llamada la sangre que algún día resultaría en mí dando a luz un hijo. No entró
en detalles y me prohibieron hablar de esas cosas. Nunca tuve un uso para este
conocimiento. No era como si no supiera que se necesitaban un hombre y una mujer
para reproducirse. Había oído historias horrorosas de violaciones de otros pueblos.
Entiendo la idea, pero no los detalles.
—Déjame iluminarte, niña —se burla, haciéndome gruñir—. Cuando un hombre
quiere a una mujer, le gusta lamer su coño primero.
Chillo.
—¡Cerdo! ¿Por qué debes ser tan escandaloso?
—Me encanta ver tu rostro sonrosarse. Te ves viva, mi reina.
No creo que se dé cuenta de que me llamó suya. Ciertamente ignoro la forma en
que sus palabras envían temblores de emoción a través de mí.
—Después, ¿qué? —exijo, ansiosa por seguir adelante.
—Entonces gimes como un gatito que es acariciado —gruñe. Su muslo se frota
contra mí otra vez—. Justo así. Pero con mi lengua.
Agarro su brazo desnudo, deleitándome con la firmeza de su músculo. Mis caderas,
por su propia voluntad, se mueven a la par que él.
—Te llevo al borde. Una y otra vez. No te dejo caer.
Cerrando mis ojos, entiendo lo que quiere decir sobre el borde. Pero quiero
caerme. Está muy cerca.
—¿Por qué no? —Exhalo.
—Es más satisfactorio provocar —replica, con una sonrisa en su voz—. Porque
cuando finalmente caigas, y lo harás, será como un cataclismo.
Un gemido escapa de mis labios.
—Quiero caerme.
Sus labios presionan mi mandíbula, su cálido aliento me hace cosquillas. Inclino la
cabeza porque quiero sentir su calor en mi cuello. No estoy decepcionada cuando su
lengua prueba la carne cerca de mi oído. Es una sensación gloriosa que hace que mis
muslos se aprieten alrededor de su pierna.
—Muy receptiva —canturrea, mordisqueando mi carne—. Me encanta eso.
Estoy completamente a su merced y, en este momento, no me importa.
—¿Qué pasa cuando me caigo? —pregunto de repente.
—Gritas mi nombre de placer.
Una pequeña risita se me escapa. Puedo sentir su sonrisa en mi cuello.
—¿Eso es todo?
—Eso es solo el comienzo, copo de nieve.
—¿Qué pasa después?
—Deslizo mi polla gruesa y dura dentro de tu pequeño agujero apretado, Elzira. Te
abro de par en par hasta el punto en que probablemente llores. Te follaré en carne viva
y luego derramaré mi semilla dentro de ti. Entonces, darás a luz a mis hijos.
Imágenes de niños con Ryke inundan mi mente. Me sorprende que la idea me
agrade. Antes de que pueda concentrarme en sus rostros o en el hecho de que algunos
tienen el cabello blanco y otros negro, él me atrae hasta el presente, mordiéndome el
cuello con fuerza. Se frota con fuerza contra mi centro, empujándome hasta el borde
que prometió evitarme hasta que estuviera listo.
Demasiado pronto.
Quería que me provocara más.
El placer explosivo detona dentro de mí, cegándome. Grito su nombre, tal como
me dijo que haría, ya que el éxtasis blanco me roba a partir de este momento. Todo mi
cuerpo tiembla y mi espalda se arquea. Un escalofrío se apodera de mí y me tranquiliza.
Cuando vuelvo a abrir mis ojos, me sorprende ver la nieve revoloteando a nuestro
alrededor y pegándose a sus pestañas. Me contempla con orgullo brillando en sus ojos.
—Ahí está mi creadora del clima —dice, sonriendo—. Todo lo que tenía que hacer
era frotar tu clítoris necesitado.
Suelto un resoplido agravado que lo hace reír cuando la puerta se abre. En un
instante, Ryke sale disparado de la cama, toma su espada en el camino y la apunta al
intruso.
Yashka entra, sin inmutarse por el intenso poder de Ryke, con una bandeja.
—La carne de venado se cae del hueso, se lo aseguro. No hay necesidad de un
cuchillo gigante, su alteza.
Mientras su chef deja la comida, admiro a Ryke. Con nada más que sus pantalones
y sosteniendo su espada, no puedo evitar darme cuenta de lo impresionantemente
hermoso que es. Su polla se hincha contra la tela, un indicador de su propia excitación
por nuestras actividades solo unos momentos antes. Quiere poner eso dentro de mí.
No en Yanna.
Podría convencerlo. Ya está medio convencido. Dejarla en paz y tenerme a mí en
su lugar. Sería su reina en un instante si eso significara salvar a Yanna de él.
Un movimiento tan desinteresado de una reina amorosa.
Ni siquiera puedo engañarme a mí misma.
Querer a Ryke es puramente para mi propio placer egoísta. A pesar de su
personalidad enloquecedora, disfruto su presencia. Su voz. Su toque. Sus esfuerzos por
cuidarme.
Ryke baja su espada y camina hacia la mesa donde Yashka explica lo que hay en
nuestro menú. Los dolores de estómago son menores que antes, pero todavía me
pregunto cómo obtendré mis tónicos para mañana. No puedo permitir que mi hermana
se ofrezca a cada soldado que pasa. Tendré que salir de esta habitación y dirigirme hacia
ella. Quizás pueda convencer a Ryke. Si realmente se preocupa por mí, comprenderá mi
necesidad de los tónicos.
Quizás Mazon pueda ayudar.
La esperanza se despliega dentro de mí como una flor brotando en primavera. No
he tenido una verdadera esperanza en mucho tiempo. Un rey tenaz y un médico
brillante podrían ser el punto de inflexión que necesito. Yanna podría aprender de
Mazon. Es prácticamente una doctora. Aliarnos con los Volcs no es la peor idea. Cuando
asumí que iba a morir, dejé de pensar en un futuro. Pero con Ryke, tal vez hay uno.
Capta mi mirada sobre su hombro y le sonrío brillantemente. El aire se enfría y
más nieve revolotea a mi alrededor. Su expresión se suaviza mientras me mira. Agito mi
mano en el aire y pruebo uno de los trucos de mi padre. Un soplo de aire. Sale como una
pequeña bocanada y luego se congela en mi palma.
Yashka se excusa.
—Elzira —gruñe Ryke, acercándose a mí. Extiende su mano sobre la mía y
convoca su fuego. El calor derrite el orbe congelado, causando que agua fría corra por
mi brazo.
—Lo hice —digo triunfante—. Nunca había podido hacer eso.
Sus cejas se fruncen como si estuviera enojado.
—Por eso, lo siento.
—¿Por qué lo sientes? No es tu culpa.
Toma mi mano fría en la suya cálida.
—Puedes hacer mucho más de lo que crees.
Cuando abro mi boca, niega.
—No más charla. Voy a alimentarte. —Me sonríe vorazmente—. Y luego te voy a
bañar.
Ocho

l fuego en sus ojos es Volc por naturaleza. Brillante. Furioso. Poderoso.


No puedo evitar sonreír más, sabiendo que la enfurecerá más.
—Olvidas con quién estás hablando —dice, el aire chisporroteando
a nuestro alrededor mientras hojas de diamante se disparan de sus dedos.
Eso es, copo de nieve.
Accede a ese poder y domínalo. Nunca lo dejes ir.
—La última vez que revisé, estaba hablando con una reina —replico mientras
camino hacia la mesa para llenar un plato con comida. La miro por encima del
hombro—. Y la última vez que revisé, soy un rey. Nos pone en terreno parejo, reina
muerta.
Pero no está muerta.
Ni de cerca.
Ya no.
Mazon es brillante. Un maestro de la medicina. Una herramienta en manos del
“Buscador de la Verdad”.
—¿Puedes levantarte? —Levanto una ceja hacia ella.
—No lo creo. Cuando tengo un desvanecimiento, generalmente me lleva unas
horas recuperarme —admite, con vergüenza en sus bonitos ojos azules.
—Un desvanecimiento, ¿mmm? —Me acerco a ella y coloco el plato en la cama a
su lado antes de sentarme—. ¿Con qué frecuencia tienes estos desvanecimientos?
—Por lo general, todos los días —murmura mientras sacude las hojas de diamante.
Sus dedos toman un panecillo mantecoso antes de arrancar un pedazo y masticarlo.
—A diario. ¿Lo mismo todos los días? Mazon querrá saberlo.
—Principalmente, es lo mismo. Ha habido algunas veces que el desvanecimiento
fue demasiado. Apenas me recuperé. —Traga saliva y luego toma la carne de venado—.
Yashka es un cocinero maravilloso. No he probado comida tan decadente en años.
Mi pobre y dulce reina.
—Años, ¿sí?
—Ha pasado un tiempo.
—¿Cómo te sientes ahora?
—Débil, pero... —Su voz se desvanece.
—¿Pero qué?
—Lo siento. —Sus ojos azules se clavan en mí—. Siento el frío. Y ya no duele
como solía hacerlo.
—Voy a enseñarte muchas cosas —murmuro, levantando el pulgar para pasarlo
por los jugos de su labio inferior—. Tu padre te dejó tan mal equipada para liderar.
Estrecha sus ojos.
—Vigila tu lengua, Volc.
—Eres demasiado suave —me burlo—. Quiero mostrarte cómo ser dura.
Inclinándome hacia adelante, agarro su barbilla y abro su boca. Jadea cuando
presiono mi boca contra la de ella. Inhalo su dulce aroma antes de hundir mi lengua en
su boca. Sabe salada como la carne de venado, pero los toques de dulce son toda ella.
Poniéndola de pie, no rompo el beso. Su cuerpo tiembla, todavía débil de antes, y la
abrazo con fuerza para que no colapse.
Para ser inocente, ciertamente besa como una maestra.
Brevemente, se aleja y susurra:
—Quiero tu promesa de que puedo ver a mi hermana mañana. —Me muerde el
labio inferior—. Di que sí, Ryke.
Gimo por sus palabras. Tal vez no es tan inocente como parece. La mujer está
usando sus suaves labios y lengua para salirse con la suya.
—¿Qué pasa si digo que no?
—Ambos queremos que digas que sí —ronronea.
—¿Por qué es eso?
—Porque es parte del trato. —Rompe nuestro beso y me mira con ojos azules
ardientes—. Dices que sí y me lo prometes. Entonces, te diré que sí.
Mi polla se engrosa ante sus palabras.
—¿Y qué es exactamente lo que estoy recibiendo? ¿A qué dices sí?
—Querías enseñarme. Entonces enséñame.
Fantasías de ella desnuda y montando mi polla me consumen. Reina inteligente y
cruel. Es mucho más inteligente de lo que le di crédito. Engañando al rey más
despiadado de todos a través de su polla. Elzira ha ganado esta batalla. Todavía estoy
haciendo estrategias para la guerra.
—Sí —prometo—. Puedes ver a Yanna mañana. ¿Pero esta noche? Esta noche,
eres mía

Después de nuestros besos y la cena, Elzira tomó una siesta. Su cuerpo se está
regenerando, así que la dejé dormir en lugar de hacerla cumplir su parte del trato.
Mientras dormía, verifiqué con mis hombres el estado de la horda de las Tierras Ocultas.
Progresando lentamente, gracias a una repentina ventisca. Había encontrado a Verde, o
Cavon como lo llaman, y quise meter mi mano ardiente en su pecho para extraer todos
sus órganos uno por uno. Qué clase de consejero era. Ni siquiera podía encontrarle un
médico de verdad. Cualquier médico podría curarla si lo intentaran. Me enfurece saber
que nadie lo intentó.
Una vez termino de ver a mis hombres, llamo a sus sirvientas, dos mujeres
corpulentas con ojos brillantes.
—Preparen un baño —indico.
—¿Lo de siempre, señor? —pregunta la más pequeña.
—¿Qué es lo habitual?
—Las hierbas y pétalos perfumados —responde.
—No —espeto, haciéndola sobresaltar—. Agua. Solo agua. —Entonces,
entrecierro mis ojos, moviendo mi mirada entre las dos—. Probarán el agua después de
haberla llenado.
Asiente, aunque su irritación es evidente.
—Por supuesto, su alteza.
Por un tiempo, las observo mientras traen balde tras balde de agua para llenar la
bañera. Una vez que está llena, no dejo que se vayan.
—Pruébenla —espeto.
Las mujeres intercambian miradas, pero luego se arrodillan para recoger el agua.
Después de beber un poco, me miran confundidas. Como no se han derrumbado, les doy
un pequeño asentimiento. Meto mis dedos en el agua para asegurarme de que no está
muy caliente y saco mi mano bruscamente.
—¿Qué es esto? —rujo, mi pecho agitándose con furia.
La más pequeña me frunce el ceño.
—Agua, señor.
—Debería arrancarte la lengua de tu garganta por eso —espeto—. No me faltes al
respeto, mujer. Quiero saber si te bañas en agua helada.
—Así es como siempre se nos ha ordenado hacerlo, señor.
La otra mujer interviene:
—No se permite el fuego, alteza. Extraemos el agua de los pozos subterráneos para
la reina.
—Salgan de mi vista antes de que las convierta a ambas en cenizas —gruño.
Se escabullen de la habitación. Estoy más que enojado. Estoy a segundos de llamar
a todos los sirvientes de este horrible castillo y decapitarlos. Elzira es una buena reina
atrapada en una jaula llena de monstruos. No se saldrán con la suya.
Exhalando mi furia, entro en la habitación donde duerme. Retiro las pieles y luego
levanto su cuerpo ligero en mis brazos. Sus ojos se abren con confusión, pero luego una
pequeña sonrisa tira de sus labios. Tan hermosa.
—Hora de bañarte —le recuerdo mientras camino hacia la otra habitación. La dejo
de pie. Echa un vistazo al baño y hace una mueca. Yo también lo haría si tomara baños
helados. Estoy furioso de nuevo por ella.
Me agacho y sumerjo mi mano en el agua. Invocando mis fuegos, giro mi mano,
calentando el agua hasta el punto de vapor. Cuando saco mi mano y miro a Elzira, está
asombrada.
—Nunca más tendrás que tomar baños fríos —prometo, tragando mi ira.
Sus ojos azules se clavan en los míos.
—Actúas como si fueras a conservarme.
Pasa un momento sin que ninguno de los dos hable, dejando que su declaración
cuelgue en el aire.
—¿Cómo te sientes? —exijo finalmente, ignorando sus palabras.
—Lo suficientemente bien para hacer esto —responde, apuntando algo frío y
afilado debajo de mi barbilla, lo bastante fuerte para ser amenazante pero no para que
corte la piel. Una sonrisa diabólica baila en su rostro, haciendo que sus ojos azules
brillen.
Agarro la hoja afilada en mi palma, deleitándome con la picadura. Nuestros ojos
están cerrados mientras derrito su hoja y cae al suelo. Antes de que pueda curar mi
herida, agarra mi muñeca, acercándola hacia ella. La punta de su dedo golpea la carne,
fría y dolorosa, mientras lo arrastra a lo largo de mi corte. Se ilumina en azul cuando lo
cierra herméticamente.
—Gracias por el baño caliente. —Su rostro brilla de felicidad. Alegría. Esperanza.
Vida. Cómo se atreven aquellos que alguna vez trataron de mantener a esta poderosa
reina débil y de rodillas. Estaba destinada a estar por encima de todos los hombres,
incluyéndome.
Tiro de las ataduras a ambos lados de sus costillas. Afloja su vestido lo suficiente
para que pueda alejarlo un poco de su cuerpo. Con mis ojos en los de ella, engancho mi
dedo en la parte superior del material y convoco mis fuegos. Mientras arrastro mi dedo
hacia abajo, rasgo la tela y la quemo. Su vestido cae, revelando a una reina desnuda ante
mí. Mis palmas encuentran sus costillas desnudas y reprimo un gruñido. Sus costillas
sobresalen de manera enfermiza.
Tan cerca de la muerte, mi reina.
Simplemente necesitabas un rey oscuro para devolverte la vida.
Apartando mi mirada de la de ella, vuelvo a admirar su cuerpo. Sus senos son más
que un buen puñado. Con duros pezones rozados pidiendo ser mordidos y chupados.
Especialmente salivo sobre su pálida piel blanca. Quiero chupar cada centímetro de ella
hasta que esté rosada, roja y púrpura por todas partes, un testimonio de que la sangre
aún fluye a través de esta deslumbrante mujer. Entre sus delgados muslos hay una mata
de vello rubio, tan claro que es casi opaco.
Mi polla se tensa en mis pantalones. Quiero hacerle tantas cosas malvadas. A un
hombre no se le puede dar un lienzo perfecto y esperar que no salpique color sobre él.
Ofreciéndole mi brazo, la ayudo a meterse en la bañera. En el momento en que su pie se
hunde en las cálidas aguas, deja escapar una ráfaga de aire.
—¿Demasiado caliente? —pregunto, frunciendo el ceño.
Sus ojos azules encuentran los míos, parpadeando con una emoción oculta.
—Perfecta.
Mete su otro pie en la bañera y se aleja de mí. Mi mirada se desliza por los huesos
de su columna vertebral que son visibles por la agradable hinchazón de su culo. Es como
si estuviera hecha de porcelana. Exquisita, pero frágil.
No por mucho tiempo.
La reina está volviendo a la vida.
Me ocuparé de que sea tan poderosa como nació para ser.
¿Por qué?
Porque soy un rey y no me asocio con los débiles.
Se sienta en el agua y deja escapar un suave gemido de placer. Mi polla se sacude,
recordándome nuestro trato. La llevaré con su hermana mañana, pero mientras tanto,
puedo complacer a esta mujer.
No estoy seguro de por qué la gente siempre asume que hacer un trato con el
diablo es algo malo. Este demonio hace buenos tratos. Ofertas donde ambas partes
involucradas salen ganando.
Me acerco a una cesta en la esquina de la habitación que está llena de jabones.
Después de inspeccionarlos todos, encuentro uno que huele y parece familiar. Cuando
Elzira lo ve, arruga la nariz con desagrado.
—Hay otros que huelen mejor —me dice con sorna, como si fuera su sirviente.
—Tal vez —digo mientras me arrodillo al lado de la bañera—, pero este es el
único con el que estoy familiarizado. Quiero asegurarme de lavarte con algo seguro.
Una sonrisa curva sus labios.
—Para un rey loco y mandón, a veces eres dulce.
—Y para una reina de corazón frío, eres terriblemente ardiente.
Su risa es angelical. Los sonidos son como espadas de diamante para mi corazón,
cada uno penetrante y mortal. Esta mujer tiene poder sobre mí, un poder que ni siquiera
sabía que existía en este mundo. Hacer que un hombre poderoso como yo se sienta
impotente es un movimiento muy peligroso.
Sumerjo el jabón en el agua y luego lo paso por su muslo. Sus ojos se encuentran
con los míos, ardiendo con lujuria. Gimo por la forma en que mi polla se tensa por ser
liberada. En cambio, me concentro en lavarla lentamente de una manera provocadora
que la hace retorcerse y salpicar agua tibia por los lados.
—Ryke —susurra.
Deliberadamente, rozo su coño con mi nudillo. Grita y ya no puedo mover mi
brazo.
Una ráfaga de aire frío me sube por el brazo y me enfría. Reprimo una risa. En su
excitación, congeló el agua. Sus brillantes ojos azules casi resplandecen mientras me
mira boquiabierta.
Con una sonrisa maliciosa, invoco mis fuegos y derrito el hielo hasta que el vapor
vuelve a nublar el aire que nos rodea.
—No has usado tu don en algún tiempo. Querrás controlarlo. —Le sonrío—. Esta
noche, planeo hacer mucho más que rozarte el coño con el dedo. No puedo dejar que
me conviertas en un bloque de hielo en el momento en que te corras gritando mi
nombre.
—Insufrible. —Exhala, sus labios temblando con diversión—. Vuelve a tu palacio,
Volc.
—Pero entonces, ¿quién haría que los dedos de tus pies se curvaran, reina helada?
Ciertamente no Verde. Aunque puedo apostar que desearía tener tales habilidades.
—¿Verde?
—Tu inútil líder de los Ojos del Blanco.
—Cavon —dice con el ceño fruncido.
No me gusta su nombre en sus labios. Él no me gusta. No me gusta ninguna de las
personas que están aquí para protegerla y cuidarla.
—Vamos a lavarte el cabello ahora —gruño.
Frunce los labios.
—No lo necesito.
—Hay ceniza en tu cabello. Por supuesto que lo necesitas.
Sus mejillas arden carmesí. Cuán encantador es ver color en su hermoso rostro.
—No quiero ver los mechones azules.
Aprieto la mandíbula. Después de hablar con Mazon, sé por qué son causadas las
hebras azules. La furia burbujea dentro de mí.
—Me permitirás lavarte el cabello y luego mostrarás con orgullo el azul en tu
cabello. ¿Quieres saber por qué, Elzira?
Me fulmina con la mirada.
—Ilumíname.
Paso mi pulgar a lo largo de su mandíbula, dejando un rastro de humedad en el
camino.
—Es una prueba de que eres una superviviente.
Su ira se disipa cuando me mira.
—Apenas.
—Es suficiente. Más que suficiente. Ahora que has sobrevivido, es hora de
empezar a vivir.
—Actúas como si estuviera curada. —Exhala, poco convencida.
Todo lo que puedo hacer es sonreírle.
Mientras me encuentre aquí, está curada.
Y cuando se recupere por completo, las Tierras Heladas de Norta serán salpicadas
de rojo por su reina.
Finalmente la liberaré de su jaula.
Nueve

e acuesto de costado, mirando el fuego delante de mí mientras


destella y crepita. Ryke está detrás de mí, peinando suavemente
mis mechones mojados. Me había negado a mirar mi cabello con
mechas azules. Es un recordatorio de mi enfermedad.
Hoy temprano, pensé que estaba en el lecho de la muerte. Tan débil. Tan cansada.
Sentí que la vida se me escapaba. Pero cuando desperté, había cambiado. El poder
vibraba por mis venas. Con cada segundo que pasa, soy más fuerte.
¿Qué me has hecho, Volc terriblemente guapo?
Sea lo que sea, no puedo estar enojada con él. Jamás me he sentido tan viva y capaz
de acceder a mi don tan fácilmente. Ha despertado algo dentro de mí.
—Hazme una espada, reina helada.
Pongo los ojos en blanco ante su orden.
—Por supuesto, real dolor en el culo.
Se ríe, su aliento cálido contra mi cabeza. Extiendo mis dedos frente a mí,
sorprendida de que ya no sean azules, sino rosa pálido. Un verdadero signo de que la
sangre fluye por mis venas. Extiendo el dedo índice, disparando una hoja de diamante
con el movimiento. Se acerca y la rompe. Vuelvo a mirar el fuego hasta que me doy
cuenta de que me está cortando el cabello.
—¿Qué estás haciendo? —grito.
Pone un mechón azul delante de mí.
—Matar dos pájaros de un tiro, copo de nieve.
Bastardo críptico.
—Elabora, Volc.
Otra risa detrás de mí retumba en la cama. Mentiría si dijera que odio su risa. Me
encanta. Me desconcierta cuánto la amo. Corta otro mechón antes de ponerlo frente a
mí junto al otro.
—Estoy librándote de las rayas azules más notables ya que las odias —explica
mientras corta un tercer mechón—. Un pájaro.
—¿Y el otro pájaro?
—Estoy haciendo una cuerda para atar a mi reina desnuda a su cama.
Mi corazón tartamudea en mi pecho.
—¿Vas a atarme con mi propio cabello?
Las yemas de sus dedos, calientes al tacto, pasan a lo largo de mi brazo desnudo.
—No puedo dejar que me empales con tus picos fríos. —Me muerde el hombro—.
Además, prefiero tener todo el control.
—Tal vez quiero el control —discuto, pero rápidamente me derrito ante su toque.
Sus labios presionan besos en el costado de mi cuello.
—En el dormitorio, cuando somos solo nosotros dos, tengo el control. No sabrías
qué hacer con él de todos modos. Permíteme complacerte, reina helada. Es en lo que soy
bueno.
Desliza una mano cálida para tomar mi pecho desnudo. Respiro hondo.
—Rogarme para que te capture y te ate —gruñe—. Rogarme para que te folle
hasta que grites.
Sus palabras me hacen mojarme entre los muslos.
—Tienes una boca sucia, Volc.
—Soy un rey sucio, mi amor.
Ata los tres extremos en un nudo apretado que hace que sus antebrazos se
flexionen de una manera gloriosa. Luego, me insta a aferrarme al extremo anudado.
Observo con fascinación embelesada mientras lo trenza pulcramente.
—¿Dónde aprendiste a trenzar?
Sonríe.
—Prefiero no decirlo.
—Somos solo nosotros, Ryke —digo en voz baja—. Dime tus secretos.
Sus ojos ámbar destellan.
—Solía amar el cabello de mi madre. Desde el día que nací, jugaba con su cabello.
Cuando crecí, me enseñó a trenzarlo.
Me duele el corazón. Me hace extrañar a mi propia madre.
—Eso es dulce.
Pero la mirada malvada en sus ojos es todo lo contrario. Hace un trabajo rápido en
atarme las muñecas. Una vez ata mis muñecas, se sienta de rodillas y se inclina hacia
adelante, poniendo mis brazos por encima de mi cabeza.
—Aférrate a esa barandilla —ordena, su voz ronca y profunda.
Ata mis manos a la cama y luego pasa sus dedos cálidos por mis brazos. Un
estremecimiento de excitación recorre mi espalda. Su aliento sale en una nube blanca.
—Alguien disfruta esto —se burla.
Una ráfaga de copos de nieve revolotea a su alrededor como si estuviera de
acuerdo con él. Sin inmutarse por el frío en la habitación, continúa provocando, pero
esta vez con la punta de un dedo. Lo calienta para que esté cálido al tacto. Suelto un
fuerte suspiro, mi piel se vuelve más azul de lo normal, protegiéndome contra su
quemadura. Dirige sus ojos ardientes hacia mí, haciendo que cada parte helada dentro
de mí se derrita bajo su mirada.
Su dedo rodea uno de mis pezones y se endurece. Ansío que me toque allí, pero
ignora mis súplicas silenciosas. En cambio, acaricia mi otro seno con un solo dedo,
ignorando una vez más mi pezón duro. Cuando su cabeza baja, su aliento caliente
haciéndome cosquillas en mi carne desnuda, dejo escapar un gemido mientras tiro de
mis ataduras.
—Ryke —digo con voz ahogada, arqueando la espalda para animarlo a poner su
boca sobre mí.
—Pídelo, copo de nieve.
Me muerdo el labio inferior y niego. Oh, cómo me encanta devolvérselo. Sus ojos
color ámbar se oscurecen con lujuria antes de que muerda suavemente mi pezón y tire
de él.
—Haz lo que quieras —gruñe acaloradamente contra mi carne.
Un fuerte gemido escapa de mí cuando se aleja de mis senos. Me roba el aliento en
el momento en que sus suaves labios presionan mis costillas. El calor irradia de su boca y
me pregunto si está convocando sus fuegos o si realmente está tan caliente. Separa sus
labios y saca su lengua, haciéndome cosquillas. Me retuerzo y dejo salir una risita que
hace temblar mis senos. Dirige sus ojos a los míos. Destellan brevemente con una mirada
amable y gentil. Una que contradice al hombre audaz que me tiene atada a mi cama. En
una expresión fugaz, se compromete a cuidar de mí.
—Extiende tus bonitos muslos para mí —gruñe—. Necesito ver lo que es mío.
Cómo me reduce a un desastre suplicante, tembloroso y doliente me supera. Si
fuera alguien más, lo mataría. No a Ryke Bloodsun, rey de los Volcs. “Buscador de la
Verdad” y creador de fuego. Hombre mandón e irritante. Impresionantemente hermoso.
Cuando no le obedezco, clava sus poderosos dedos en mis muslos y los separa. Un
calor vergonzoso recorre mi piel, calentándome sin su ayuda. El aroma de mi excitación
es espeso en el aire y quiero alejarme de él. Sin embargo, una mirada a sus facciones
hambrientas y me enfrento al momento incómodo. Se coloca entre mis piernas, llevando
su boca a mi centro.
—Estás mojada —gruñe, con sus labios curvados en una sonrisa siniestra—.
Conveniente ya que estoy sediento, mi reina.
Mi reina.
No puedo evitar cerrar los ojos en el momento en que sus labios rozan mi sexo. Su
lengua lame a lo largo de mi abertura y luego gira alrededor del brote de placer que ya
posee.
—¡Ryke! —grito, abriendo mis ojos para mirarlo.
Empuja mis muslos hacia arriba y los separa, abriéndome a él como una flor. Este
rey voraz no pierde el tiempo yendo tras lo que quiere. Y tampoco tiene problemas para
encontrarlo. El hombre chupa, muerde y lame lugares prohibidos que casi me hacen
llorar de placer. Cuando su grueso dedo rompe mi abertura, gimoteo.
—Shhh, mi amante —susurra contra el lugar que duele por él—. Quiero hacerte
gritar.
El ardor de su dedo cuando llega a mis profundidades hace que cálidas lágrimas
caigan por mis sienes. A pesar del dolor que está causando, no lo está haciendo
cruelmente. Pronto aprendo que su sondeo tiene un propósito. Dentro de mí, encuentra
un lugar que parece palpitar por su toque. Cuando presiona contra eso, pierdo todo
sentido de la realidad. Me levanto de la cama, dejo escapar un grito de placer y giro en la
oscura niebla del éxtasis. No es hasta que lo escucho reírse que vuelvo en mí. Parpadeo y
abro los ojos para ver que su cabello está cubierto de nieve y que toda la habitación
resplandece en un azul claro. El fuego ha sido apagado en la chimenea.
—No vayas a ningún lado —dice, retirando su dedo y dándome un guiño juguetón
que hace que mi útero se apriete por la necesidad.
En lugar de responder a su comentario, sabiendo que no iré a ningún lado hasta
que lo permita, lo observo mientras se dirige a la chimenea. Sus dos manos brillan en
color rojo anaranjado y se arrodilla ante la chimenea. Un destello caliente estalla en la
habitación mientras enciende el fuego nuevamente. Luego, se pone de pie y comienza a
quitarse la ropa. No puedo evitar contemplar su forma perfecta.
Hombros anchos. Pecho musculoso. Brazos fuertes.
Se baja los pantalones y su polla se agita ansiosamente. Estoy obsesionada con eso.
Nunca he visto una de cerca. Claro, he visto a los Ojos del Blanco orinando afuera, pero
nunca he visto una que se vea así. Rebota mientras él merodea en mi dirección, una gota
de humedad brillando desde la punta. Sus bolas cuelgan pesadas debajo de su longitud
impresionante.
—¿Qué, copo de nieve? —bromea mientras se arrastra hacia la cama—. ¿Te
gustaría mirar más de cerca?
Me conoce mejor que yo misma.
En lugar de negarlo, simplemente asiento. Sus ojos se amplían una fracción antes
de sentarse a horcajadas sobre mi cuerpo desnudo con sus poderosos muslos.
Lentamente, sube por la cama hasta que está prácticamente sentado en mis pechos.
Agarra su polla con una de sus manos fuertes y se inclina hacia adelante. Su otra mano
agarra las mías atadas, su pulgar acariciándome suavemente.
—¿Quieres probar, reina helada?
Lamo mis labios.
—No me provoques.
Arquea una ceja y se ríe.
—Como desees.
Lleva la punta de su polla a mis labios y la pasa de un lado a otro a lo largo del
inferior. Saco la lengua y busco la humedad para ver a qué sabe. Salado y masculino. Mi
lengua rodea la suave corona de su polla, ansiosa por aprender más de él. Gime de una
manera que me hace doler por él. No entiendo su poder sobre mí, pero con gusto me
rendiría ante él una y otra vez. Anhelo estar a su voluntad. Desesperada por probar más
de él, envuelvo mis labios a su alrededor, amando el siseo que se le escapa.
—Te has ganado el título de castigadora —gruñe—. Me provocarás hasta la locura,
mi reina.
Mi reina.
Paso mi lengua por la parte inferior de su longitud, ansiando debilitarlo a pesar de
que soy la que está atada y debajo de él. Me permite probarlo un momento más antes de
alejarse de mí.
Pura furia contorsiona su hermoso rostro.
¿Hice algo mal?
Un escalofrío recorre mi espina dorsal mientras se desliza lentamente por la cama,
sus ojos enojados nunca dejan los míos.
—¿Qué hice mal? —exijo en un susurro.
Su mirada feroz se suaviza.
—Absolutamente nada.
—¿Entonces qué?
Separa mis muslos.
—Estabas a punto de terminar las cosas pronto y me gustaría estar profundamente
dentro de ti cuando eso suceda.
Mi corazón errático se ralentiza con sus palabras. No hice nada malo porque lo
hice exactamente bien. El orgullo hace que vuelva la confianza mientras se instala entre
mis piernas. Clavo mis talones en su espalda, instándolo a acercarse a mí. Su cálida polla
se desliza por el fino vello de mi sexo, burlándose de mí.
—¿Harás esto con mi hermana una vez que te hayas saciado? —murmuro,
intentando y fallando en evitar el dolor de mi voz.
En lugar de contestarme, se inclina hacia adelante para tomar mi boca con la suya.
Pruebo mi propio almizcle. Estoy curiosa y distraída por lo que está haciendo en el sur
hasta que su grosor me empuja brutalmente. Me arranca un fuerte sollozo mientras se
conduce en el interior. El cabello quemado se puede oler cuando me libera de mis
ataduras. Sus dedos se sumergen en mi cabello y no se mueve ni un centímetro.
—Mírame, mi bella y dulce reina —ordena, con voz ronca.
Parpadeo las lágrimas y encuentro su intensa mirada ámbar. Mi labio inferior
tiembla y le da un suave beso.
—Escúchame, y escúchame bien. —Sus cejas se fruncen cuando me mira—. Solo
te quiero a ti.
Mi corazón aletea en mi pecho.
—Esto duele, Ryke.
—He tomado tu inocencia, copo de nieve. Es un asunto brutal. Pero pronto, tu
cuerpo se adaptará al mío. Te darás cuenta de que encajamos perfectamente. —Sus
labios urgen a los míos a separarse y me besa profundamente, su lengua deslizándose
contra la mía de una manera gentil—. El dolor se desvanecerá y el fuego se encenderá.
Arde conmigo, mi reina.
Me distrae con otro beso mientras se desliza fuera de mí. Luego, con otro fuerte
empuje de sus caderas, vuelve a entrar en mí. Gimo contra su boca. El dolor se
contorsiona en una inusual sensación de placer. Aunque me lastima, me gusta ser
empalada por él. Nunca he estado tan cerca de otra persona. Es surrealista. Bordeando lo
mágico. Temo que podría despertarme de un sueño en cualquier momento y todo este
encuentro con Ryke habrá sido un sueño.
Entonces volvería al solitario frío.
Triste y débil.
Una reina moribunda.
—Estás llorando —dice con voz ronca—. Mi reina, por favor, no llores. Solo deseo
darte placer.
Mis dedos se deslizan en su cabello y lo beso profundamente. Que esté en mis
brazos, dentro de mí, es más placer del que he conocido jamás. No quiero que sea un
sueño. Necesito que sea real. Lo necesito.
—No te detengas —suplico—. Hazme tuya.
Sus caderas se mueven contra mí, desesperadas y salvajes. Me entrego a él en todos
los sentidos. Mi boca, mi cuerpo, mi corazón. Puedo lamentar esto por la mañana, pero
en este momento, no me arrepiento de nada. Arañando sus hombros, me deleito en el
siseo que se le escapa. Me embiste más fuerte. Tomando y poseyendo. Un rey
reclamando a una reina. Salgo de mi mente y recuerdo lo que le está haciendo a mi
cuerpo cuando su mano se desliza entre nosotros. Sus dedos rozan mi nudo de placer de
una manera fácil que me hace explotar en segundos.
Cuando llego al clímax, las hojas de diamante se extraen lentamente de la punta de
mis dedos, apenas perforando su carne. Se necesita toda la cantidad de autocontrol que
tengo para evitar apuñalar a mi oscuro rey amante. La bestia dentro de mí se enfurece y
golpea, aparentemente emocionada por su escape. Mi don se siente como si pudiera
verlo, tocarlo, aprovecharlo.
—Elzira —gime, sus caderas flexionándose un momento antes de que su calor
fluya dentro de mí. Empuja unas cuantas veces más antes de colapsar sobre mí. Una
pequeña risa retumba de él, calentando mi cuello donde está enterrado su rostro—. Me
cortaste.
Paso mis dedos por sus heridas, sellándolas sin esfuerzo. Me vigoriza la facilidad
con la que puedo usar mi don. Cuando la emoción se desvanece, me doy cuenta de que
ha vertido su semilla en mí. Mi cuerpo se pone rígido mientras me pregunto qué pasará.
—¿Te arriesgarías a llenar el útero de una mujer moribunda? —le pregunto, con la
voz temblorosa de emoción—. Temerario y horrible rey.
No lo digo en serio.
No es horrible en absoluto.
—Mientras me tengas, copo de nieve, no irás a ningún lado.
Sus palabras, aunque promesas vacías, me llenan de calidez, alegría y esperanza.
—No eres horrible. —Exhalo, acariciando su espalda con mis dedos.
No responde, simplemente besa mi cuello.
Besos y besos y besos hasta que vuelve a estar duro dentro de mí. Este creador de
fuego planea mantenerme caliente toda la noche.
No es horrible en absoluto.
Ni siquiera un poquito.
No quiero morir. Quiero vivir. Y quiero quedarme con este hombre.
Diez

s adorable cuando se esconde de mí. Como si su cortina de cabello con


rayas blancas y azules de alguna manera ocultara sus mejillas carmesí de
mis ojos. Veo a mi ruborizada reina. Con el rostro rojo y recientemente
complacida. Finge que no la estoy mirando descaradamente mientras se
pone uno de sus elegantes vestidos adornados con diamantes.
Durante toda la noche, la tomé. Una y otra vez. No protestó, ni una sola vez. No,
clavó sus uñas en mi carne y rogó. Mi dulce y bella reina rogó por más.
Gimo porque mi polla se está endureciendo una vez más. El momento es malo,
considerando que tenemos deberes esta mañana. He decidido que compartiremos
nuestro desayuno en el comedor antes de dirigirnos a una reunión con mis hombres. Los
condenados están llegando y quiero asegurarme de que tengamos un plan de ataque. Y
entonces está la cuestión de permitirle ver a su hermana.
La ira, ardiente y violenta, surge a través de mí.
Quiero mantener a mi reina para mí solo.
Está más segura de esa manera.
—Estoy lista —dice, levantando la barbilla para finalmente mirarme a los ojos.
Su color ya no es pálido y azulado. Está rosada y sonrojada. Hermosa. Pero muy
poco vestida.
—¿Dónde está tu chal? —demando.
—No uso nada para cubrir mis brazos... —Frunce el ceño, con expresión
preocupada en su bonito rostro.
—¿Y por qué no te pones nada para cubrirte los brazos? —imploro.
Sus cejas se fruncen aún más.
—No te veo ofreciendo tu capa —dice bruscamente, yendo furiosamente hacia la
puerta.
El fuego corre por la sangre de la reina helada.
—No tan rápido —gruño, aferrando su brazo cuando pasa.
Carne fría y helada.
La ira por la situación me hace convocar mis fuegos para calentarla con mi toque.
Su postura rígida se relaja. La libero para desabrocharme la capa. Una vez me la quito, la
ato alrededor de ella, dejándola caer sobre sus hombros.
—Déjame verte, copo de nieve.
Se da vuelta para mirarme, sus ojos azules tormentosos.
—Huele a ti.
—Intenta no inhalarlo toda la mañana —bromeo.
Una sonrisa juega en sus labios.
—No quise gritarte.
—Ya está olvidado. —Estirando la mano, tiro de un mechón de su cabello
blanco—. Sin embargo, necesitaré mi capa en el campo de batalla. Puedo prescindir de
ella para el desayuno. Mientras tanto, haré que mis sirvientes te hagan algo cálido.
Sus ojos se elevan a la corona que he colocado en mi cabeza. Entonces, la emoción
brilla en sus ojos.
—Hace mucho tiempo —dice con una sonrisa—, podía crear hojas de diamante
impenetrables como mi padre y su padre, etc. Tan pronto como gané mi don, me fue
arrebatado abruptamente. —Sus dedos se contonean y los mira—. Pero lo siento, Ryke.
Siento el hielo y el acero en mis venas. —Levanta su mirada para encontrarse con la
mía—. Creo que puedo hacerlo de nuevo.
El hecho de que esta reina perdiera su don en primer lugar me enferma.
No puedo imaginar perder mis habilidades de crear fuego.
—Enséñame —animo.
Su mano resplandece en azul brillante como la mía se vuelve rojo anaranjado. El
siseo de lo que suena como una piedra contra el acero retumba al unísono con la hoja de
diamante que se desliza desde su dedo índice. Es filosa y fuerte. Esta hoja nunca se
derretirá. La tomo en mi mano y la rompo antes de ponerla en la cama.
—Otra vez, Elzira.
Una y otra vez, me muestra su don hasta que la cama está llena de hojas. Entonces,
observo con cautivada atención cómo forma un círculo en el aire aparentemente de la
nada, pero puedo decir que es del hielo. Una por una, une sus hojas de diamante al
círculo, fijándolas con más hielo. Cuando termina, me doy cuenta de que ha creado una
nueva corona. Grande. Afilada. Fuerte. Apta para una reina cruel y poderosa.
Me arrodillo ante ella y beso el dorso de su mano antes de levantarme
nuevamente.
—Permíteme —gruño, tomando la corona de su otra mano. Coloco la pesada
corona sobre su cabeza. Queda perfecta—. Te escoltaré —digo, ofreciéndole mi brazo.
Levanta una ceja.
—¿Vamos a bajar juntos como un frente unido?
—Necesitamos serlo si pretendemos combinar nuestros ejércitos y derrotar a una
horda de condenados.
—Quiero ver a Yanna —me recuerda mientras rodea mi brazo con el suyo.
—La verás. No rompo mis promesas.
Aparentemente complacida con esa respuesta, me permite guiarla fuera de la
habitación. Una sensación de satisfacción masculina me invade al ver su ropa blanca
escondida debajo de mi capa negra. Es como si me perteneciera. El pensamiento me
emociona.
Vine aquí para casarme con una princesa y encontrar un camino hacia las Tierras
Ocultas en busca de una guerra.
En cambio, me follé a una reina y me estoy uniendo en una batalla con ella.
Soy un hombre de oportunidades.

Entramos al comedor, ganándonos las miradas de todos. Danser apenas levanta


una ceja con sutil diversión. Los ojos de Jorshi y Fayden se abren con sorpresa. Lo que
me da ganas de golpearme el pecho con orgullo es la forma en que los ojos verdes de
Cavon arden detrás de su máscara blanca. Desearía poder ver todos sus rasgos. Oh, estar
dentro de la cabeza de ese hombre por un segundo mientras me observa reclamar lo que
desearía que fuera suyo.
—El estado de los condenados —espeto a modo de saludo mientras guío a Elzira a
la cabeza de la mesa. Retiro su silla para que se siente.
—Sobre nosotros —informa Jorshi—. Antes del anochecer.
—¿Sabemos el número? —pregunto, sentándome en la silla al lado de Elzira.
Jorshi explica lo que vio el explorador. No tantos como nuestros dos ejércitos
combinados, pero doblemente despiadados y salvajes. Los condenados no son disuadidos
por el frío. Una flecha en el pecho no los detendrá. Cada bastardo sin alma tiene que ser
masacrado con fuerza bruta. No podemos darles margen de maniobra o nos invadirán
antes de que nos demos cuenta.
—También hay noticias de la Guerra Moral —dice Jorshi, en voz baja—. Continúa
más allá de los condenados.
—¿Sabemos algo de las bestias que se deleitan con los humanos? —He estado
estudiando rumores durante años, tratando de aprender más sobre lo que hay en tierras
desconocidas.
—Voraces y brutales. Machos.
—¿Dónde están las hembras?
—No hay información sobre eso, mi rey.
Continúa hablando de lo que aprendió del explorador. Estoy escuchando su
informe cuando mis ojos captan los de un sirviente. Es una de las mujeres pesadas de
anoche que trajo a mi dulce reina agua fría para bañarse. Clavando los ojos en ella,
observo cada movimiento. Otros sirvientes colocan platos familiares frente a nosotros,
mientras que a Elzira se le da un plato con tres pequeñas pastas alineadas en una fila.
Antes de que pueda alejarse, agarro la gruesa muñeca de la mujer.
—¿Qué es esto?
Elzira distraídamente toma la pasta, pero alejo el plato de ella mientras también
acerco a la mujer.
—¿Qué. Es. Esto? —exijo, mi tono enfatizado con una furia candente.
—Su comida, su alteza —dice la mujer.
Aparto su mano y señalo el plato. La sala se ha quedado en silencio mientras todos
observan el extraño intercambio.
—¿Eso es suficiente comida para ti?
La mujer me mira furiosa.
—No.
—¿No qué?
—No, su alteza.
Levanto el plato y lo huelo antes de dejarlo caer con un fuerte sonido metálico.
—Comételo.
Los ojos de la mujer se abren.
—¿Le ruego me disculpe?
Mostrándole los dientes, me inclino más cerca.
—Quiero que comas todo en ese plato.
Mira a Elzira como si fuera a librarla de mi ira.
—No la mires —le digo—. No me llaman el “Buscador de la Verdad” sin razón,
mujer. Come las malditas pastas.
—S-señor, no puedo comer el…
Recojo una de las pastas y se la lanzo.
—Cométela.
Niega, desafiándome, mientras se aleja de mí. Me levanto de la mesa y merodeo
detrás de ella con las pastas.
—¿Por qué no te la comes, mujer?
—Es para la reina —sisea—. Ya comí.
—Quiero que escuches algo —gruño—. Tres pastas para tu reina es un insulto. Es
traicionero porque la estás alimentando mal. Intentando lentamente matar a tu reina.
La mujer se ahoga con sus palabras.
—N-no, es lo que siempre come.
Le clavo una mirada fría.
—Hoy es lo que tú comes.
Sus ojos se dirigen hacia la salida, como si fuera a escapar de mí. La reto a que lo
intente.
—No puedo comerlo —dice—. No me gustan esas pastas.
—Métela en tu boca o, ayúdame, te mataré donde estás parada.
La mujer, temblorosa, toma la pasta y le hace una mueca. Como si la pasta la
hubiera perjudicado personalmente. Sus ojos van a la puerta de nuevo. Se la lleva a la
boca y luego la huele. El pánico contorsiona sus rasgos regordetes en una expresión
agria. En lugar de morder, me la arroja y se va corriendo.
Apenas ha dado tres pasos antes de que desenvaine mi espada y la lance.
¡Golpe!
Ruido sordo.
El golpe de su pesado cuerpo sobre el suelo de piedra resuena ruidosamente en el
comedor. Su cabeza cortada rueda unos metros antes de detenerse, los ojos abiertos de la
mujer me devuelven la mirada. Envaino mi espada ensangrentada antes de girar para
mirar a todos en la habitación. Los sirvientes me miran boquiabiertos, Cavon me mira
con los ojos entrecerrados y Danser sonríe.
Son los ojos de Elzira los que atrapo y sostengo.
Sorpresa. Gratitud. Hambre.
Me sonríe y le devuelvo la sonrisa.
—¡Yashka! —exclamo, mi voz sonando desde el comedor hacia la cocina.
El hombre entra, con el rostro rojo y cubierto de sudor por la cocina.
—¿Sí, su alteza?
—A la reina Whitestone le gustaría una de tus deliciosas comidas. No lo que fuera
que su sirviente haya intentado servirle. —Miro fijamente a los sirvientes restantes—.
Cualquiera de ustedes intenta alimentarla y sus cabezas serán las próximas. Yashka le
traerá sus comidas. Nadie más.
Pasamos el resto de nuestra comida discutiendo la situación de los condenados.
Y mi reina se come cada maldito bocado en su plato.
Las cosas están cambiando por aquí.
El “Buscador de la Verdad” aún no ha terminado.
Once

l hombre de Ryke, Danser, lidera el camino por el pasillo hasta una


habitación protegida por dos guardias. Al menos nadie entrará para
lastimar a mi hermana. Ambos hombres se ven feroces y dedicados a su
rey, a diferencia del cobarde sin carácter de ayer. Danser saca una llave
de su bolsillo y abre la puerta. Tan pronto como se abre, escucho su voz.
—Ustedes, monstruos, mejor déjenme ver a mi hermana —chilla, golpeando a
Danser frente a mí—. ¡O si no los mataré a todos!
Mi corazón se hincha al escuchar a mi protectora hermana arriesgar la vida al
enfrentar a uno de los hombres más letales de Ryke. La sonrisa en mi rostro cae cuando
miro más allá de él al fuego que destella en la chimenea.
—¡Yanna! —grito, pasando a empujones.
Mi hermana deja escapar un sollozo de dolor al escucharme y cae en mis brazos.
Su abrazo es fuerte, como si se negara a separarse de mí nunca más.
—Oh, hermana querida —murmuro—. Estoy aquí. No te preocupes.
Sin embargo, soy yo quien se preocupa.
El fuego.
Las orugas sichee.
—¿Estás enferma? —cuestiono, alejándome para palmear sus cálidas y rosadas
mejillas.
Sus cejas se fruncen con confusión.
—No. —Exhala—. Estoy furiosa porque nos han separado. ¿Cómo estás? ¿El
hombre te dio tus tónicos? ¿Has comido hoy?
La forma familiar en la que se preocupa por mí me calienta. Durante mucho
tiempo, sus palabras y acciones afectuosas fueron lo único que me calentó. Ahora tengo
a Ryke. Solo pensar en él me hace arder por dentro.
—Estoy bien —le aseguro, sonriendo—. Me siento bien. Comí bastante en el
desayuno.
Se inclina.
—¿Los tónicos? Los necesitas.
—Me siento mejor. No creo que los necesite más. El médico del rey Bloodsun es
muy talentoso. Me ha curado...
—Toma —me corta, metiendo la mano en el bolsillo de su vestido y sacando tres
pequeños viales—. Tómalos. Me niego a dejarte perecer porque piensan que su médico
es especial. He estudiado tu condición. Sé lo que necesitas, hermana.
Ryke entra en la habitación y nos separa, tomando los viales de mi mano.
—Elzira ya no los necesitará más. —Se los guarda antes de mirar a Yanna—. ¿Estás
lo suficientemente caliente aquí? Tal vez deberías haberle dado esta habitación a la
reina.
Yanna se pone rígida y sus manos se hacen puños.
—Necesita los tónicos.
—Quizás no tienes tanto conocimiento como crees —desafía—. Porque creías ser
alérgica a las orugas sichee y estabas segura de que las esporas estaban en todas las
chimeneas. Y sin embargo... —Su mirada se dirige al fuego—. Todavía veo una.
—¿Qué estás diciendo? —resopla Yanna, claramente insultada por sus palabras.
—Tu hermana está a salvo conmigo —dice simplemente, volviéndose para
mirarme—. Ven, reina. Tenemos que planear la batalla.
—¿Batalla? —grita Yanna—. No es seguro. Elzira, no puedes entrar en una batalla.
No estás bien. —Lágrimas pesadas aparecen en sus ojos y se derraman—. Por favor, no
me dejes. Eres todo lo que me queda.
Me duele el pecho y me trago la emoción.
—No debes preocuparte por mí. Soy “La Castigadora de los Condenados”. Me
necesitan en esta batalla.
—Por favor —ruega—. Tu enfermedad es inconstante. ¿Qué pasa si golpea cuando
necesitas ser fuerte?
Ryke mueve un brazo posesivo alrededor de mi cintura, enviando hilos de deseo a
través de mí.
—Entonces seré fuerte por ella.
Tomo la mano de Yanna y la aprieto.
—Todo esto terminará pronto —le aseguro. Pero espero que termine de manera
diferente a lo que pensaba. Soy lo suficientemente egoísta para desear sanar y que Ryke
me tome en lugar de a mi hermana. De todos modos, los condenados estarán aquí antes
de que nos demos cuenta. Y o moriré o no lo haré. El final está definitivamente cerca.
Después de salir de la habitación de mi hermana, Ryke le entrega los tónicos a
Danser y se inclina para darle una orden. Danser se va en un instante.
La furia se apodera de Ryke y agarra mi mano con rudeza. Le frunzo el ceño
mientras casi me arrastra a mi torre. Tan pronto como se cierra la puerta, me suelta y se
acerca a la chimenea. Me cruzo de brazos y lo observo desahogar su ira con los troncos.
Uno por uno los avienta en la chimenea como si fueran dignos de su castigo. Como si
decapitar a un sirviente no fuera suficiente por un día. Lanza su puño hacia los troncos y
luego estallan en una gran llama que envía ondas de calor bailando sobre mi piel.
Cuando se da la vuelta para mirarme, se ve al límite del mal. Un brillo oscuro en sus ojos
ambarinos. Una siniestra sonrisa curvando un lado de sus labios. Su cabello oscuro está
despeinado y un mechón rebelde cae sobre su frente.
Acecha en mi dirección, su expresión ilegible. En el momento en que me alcanza,
toma su capa que está a mi alrededor y la tira al suelo antes de que sus manos agarren mi
cintura. Sus labios chocan con los míos de una manera castigadora que me tiene sin
aliento. Deslizo mis palmas sobre su pecho, uniendo mis dedos detrás de su cuello.
Comienza a subir mi vestido con una mano y levanta mi culo con la otra. Grito cuando
me clava con fuerza contra la pared de piedra. Nuestros ojos se encuentran en el
momento en que su erección se aprieta contra mí. Alcanza entre nosotros para
desabrocharse los pantalones y agarrar su polla. Gimo cuando apenas presiona su dureza
en mi dolorido sexo. Mis uñas se clavan en la carne de su nuca de una manera
amenazante.
—Necesito estar dentro de ti —gruñe, sus labios rozando mi mandíbula hasta mi
oreja—. Pero no estás lista, ¿verdad?
Gimo cuando me muerde la oreja. Luego, tira de mi lóbulo con sus dientes,
provocándome. Cuanto más me lame y chupa, su aliento caliente en mi oreja, más
excitada me siento. Le clavo los talones en el culo, acercándolo. La punta de su polla se
desliza fácilmente dentro de mí.
—Estoy lista ahora, mi rey. —Exhalo, moviendo mis caderas de una manera
necesitada—. Tómame duro como quieres hacer.
Me muerde el cuello mientras me embiste. Sin advertencia. Solo un empuje brutal.
Grito y lo acerco, desesperada por la conexión. Los copos de nieve revolotean a nuestro
alrededor, pero luego una ola de intenso calor que emana de él los derrite y me empapa
en sudor.
—Tan caliente —digo con voz ahogada, echando la cabeza hacia atrás para jadear
por aire más frío.
Como un hombre loco, me embiste duro y fuerte. La pared dejará hematomas en
mi espalda y ni siquiera me importa. Me encanta este lado salvaje e indómito de él. El
lado que lo tiene a punto de explotar la habitación con su calor. Un cálido dedo quema
la parte delantera de mi vestido, exponiendo mis senos cuando se abre. El aroma a tela
quemada se puede oler mientras destroza mi vestido con dedos ardientes. Su toque me
chamusca, pero me gusta su dolor. Un recordatorio de quién me tiene en sus manos.
Una vez que me quita por completo mi vestido, me aleja de la pared, sus manos agarran
mi culo con fuerza. Como si no pesara nada, me hace rebotar sobre su polla, tomando
cada centímetro de mí como suyo.
—Elzira —gruñe, retirando su palpitante polla.
Me arroja sobre la cama, haciéndome perder el aliento, sin darme un segundo para
recuperarme antes de agarrarme las caderas y voltearme. Grito cuando me mueve
rudamente al lado de la cama para que mi culo quede desnudo ante él. Su bota empuja
mi pierna derecha, separándome para él, y luego su polla me está invadiendo una vez
más. Cálidas manos agarran mi trasero, enviando sensaciones de ardor a través de mi
carne.
Tanto calor.
Tanto calor.
Tan bueno.
Me aprieto a su alrededor, desesperada por el inminente orgasmo que se está
burlando de mí. Debe sentir mi necesidad porque desliza su mano hacia mi frente
mientras me empuja brutalmente desde atrás. Sus dedos están calientes al tacto y temo
que quemará mi lugar más sensible directamente de mi cuerpo. Pero los mueve
demasiado rápido para quedarse en un lugar el tiempo suficiente como para hacer daño.
El dolor rápidamente se convierte en placer mientras me embiste cada vez más cerca del
borde del acantilado que me enviará en espiral hacia el infierno de la dicha.
—¡Ah! —grito, presionando contra él.
Tan cerca.
Su palma golpea mi culo, resonando ruidosamente en la habitación. Es suficiente
para empujarme de inmediato. Un grito escapa de mí un segundo antes de que mi placer
se apodere de mí, sacudiéndome con fuerza. Mi cuerpo se aprieta a su alrededor,
haciéndolo perderlo. Un gruñido sobrenatural retumba de él.
Fuego.
Puedo sentir que me quema mis palmas, mis senos, mi cabello. Y, sin embargo,
permanezco en él, a salvo en los brazos del creador de fuego. Las llamas lamen mi torso
debajo de mí. Las pieles están en llamas. La sala se está cocinando con nosotros dentro.
Cuando su semilla ardiente se vierte en mí, me rindo a sus fuegos. Me rindo a él.
El dolor casi se hace insoportable en mi carne, pero luego me arranca de la cama.
Ryke me toma en sus brazos y me saca de la habitación hacia el baño que habíamos
abandonado esta mañana. El agua fría es una sorpresa para mi sistema cuando me arroja
en ella, sumergiéndome debajo de la superficie. Golpeo y farfullo cuando salgo a tiempo
para verlo quitarse la ropa. Una vez está gloriosamente desnudo, entra al agua fría
conmigo. Su piel sisea cuando entra en contacto con el agua. Se acomoda antes de atraer
mi espalda a su pecho.
Manos cálidas buscan mis quemaduras debajo del agua y su toque curativo me
quita el dolor. Sus labios encuentran mis orejas y me besa.
—Lo siento —gruñe—. Perdí el control. Nunca te haría daño.
Un escalofrío me recorre. Invoca sus fuegos y calienta el agua.
—Me gustó —digo, volviéndome para mirarlo—. Todavía me sentía segura
contigo.
La locura en sus ojos se desvanece cuando el hombre que he llegado a adorar
vuelve a mí. Me acaricia el cabello y me da besos en el rostro.
—Ojalá no estuviéramos a punto de luchar contra los condenados. Nuestro tiempo
juntos se siente demasiado corto —se queja. Es entrañable ver a un fuerte y poderoso
rey creador de fuego hacer un puchero.
Un destello de un niño de cabello negro con brillantes ojos azules y una sonrisa
perversa baila en mi mente.
Mujer tonta.
Los finales felices no son para reinas heladas, casi muertas.
Su boca presiona la mía en un beso que roba el alma.
Sin embargo, una mujer tonta puede fingir.
Mientras me besa hasta que me mareo, permito que imágenes de niños con un
hombre como Ryke pasen por mi mente. Puede que no tenga una larga vida por delante,
pero tengo el poder de desear una. Y hasta que tome mi último aliento, seguiré
deseando.
Doce

ebemos irnos ya —dice Danser, el filo en su voz me


hace entrar en acción.
—¿Ya están sobre nosotros? —Miro a mi hombre
de mayor confianza brevemente antes de inspeccionar
mi espada de nuevo.
—Lo están.
—¿La reina Whitestone?
—Ya se despidió de su hermana y se está poniendo la armadura.
Arqueo una ceja.
—¿Cómo fue su reunión de despedida?
—Fue un asunto lloroso —gruñe—. Yanna le susurró algunas cosas a la reina que
no logré escuchar.
Mi columna se pone rígida.
—¿La reina está bien?
—Perfectamente.
Exhalando profundamente, envaino mi espada y me pongo la capa. Danser y yo ya
estamos usando nuestra armadura de batalla. Su casco de metal revela sus ojos oscuros y
boca. Mi propio casco está diseñado más como una corona con puntas altas, negras e
irregulares en la parte superior para que mis hombres puedan distinguir a su rey del
resto. Danser y mis otros hombres destacan contra las paredes blancas y el ejército de la
reina.
—No debería ir —gruñe Cavon, haciéndose eco por el pasillo hacia nosotros en
conjunto con pasos.
—Y no deberías mandarle a tu reina —responde Elzira entre dientes—. Los Ojos
del Blanco me necesitan guiándolos.
—Yo puedo guiarlos —replica, sin importarle su lugar en su mundo, el cual es
debajo de las botas de Elzira.
Aparecen a la vista y en mi rostro surge una amplia sonrisa.
Hermosa.
Es una visión increíble.
Y mía.
En lugar de sus vestidos elegantes o blancos, Elzira está equipada con pantalones
negros ajustados, botas negras que le llegan hasta las rodillas, una camisa negra y una
capa negra más grande que ella. Lo que hace que mi polla se levante para la ocasión es la
armadura de metal sobre su torso con la forma de una llama tallada en el metal. Su
cabello rubio blanco cuelga frente a sus hombros, un marcado contraste con el negro. La
mujer es hermosa en su gloria natural, pero este día es extraordinaria. Sombras negras y
grises delinean sus ojos y hacen que el azul parezca explotar. Sus mejillas están rosadas
con color natural y sus labios una vez azules son del color de la sangre.
Si tan solo tuviéramos más tiempo... me encantaría ver esos labios envueltos
alrededor de mi polla.
Como si me hubiera atrapado dentro de mi cabeza, Elzira sonríe, sus ojos brillando
perversamente hacia mí.
—Su alteza —saluda, su voz un ronroneo seductor—. Oí que debemos irnos de
inmediato.
—No le va a permitir ir, ¿verdad? —exige Cavon, sus ojos verdes ardiendo en mí
con odio y acusación—. Está débil. Enferma. Muriendo. —Pronuncia la última palabra
para que solo nosotros cuatro podamos escuchar.
Rápido como un rayo, lo golpeo, agarrando su cuello. Invoco mis fuegos hasta que
sus ojos brillan con pánico.
—No le hables a tu reina como si fuera frágil y débil —rujo, gruñéndole—. Debes
llevar a cabo sus órdenes sin dudar. Es poderosa y nuestra mejor oportunidad contra la
horda de los condenados. —Girando la cabeza, le sonrío a ella—. ¿Te parece débil
ahora? ¿O parece la mujer que va a hacer que todos y cada uno de sus enemigos, tanto
enloquecidos como completamente conscientes, sangren a sus pies con botas? —Lo
vuelvo a mirar—. Tu reina no es débil, ni estúpida. Como una buena reina, hace
movimientos estratégicos que nunca podrías entender completamente, Verde. Cuestiona
a tu reina de nuevo y haré rodar tu cabeza como hice con su sirviente sin valor.
¿Entendido?
Los ojos verdes de Cavon prácticamente brillan.
—Por supuesto, su alteza.
Lo libero y se frota la garganta. Las marcas negras de la quemadura arruinan su
atuendo, por lo demás perfectamente blanco. Me agrada saber que lo arruiné un poco.
Un día no amaría nada más que arruinarlo por completo.
—Dennos un momento —instruyo a Cavon y Danser.
—No tenemos tiempo para los actos nefastos que estás conjurando en esa malvada
cabeza tuya —bromea ella, con los labios curvados en una sonrisa brillante.
Me acerco a ella y luego la hago retroceder hasta la pared más cercana.
Presionándola, la dejo sentir exactamente lo que me hace simplemente por estar cerca.
Huele a las manzanas de canela que tuvimos de postre.
No hojas de billibone o voxin o bayas amarillas.
No, huele a vida y poder y un toque de ira.
Deslizando mis manos en su cabello, la atraigo hacia mí en un beso castigador para
asegurarme de que sepa como huele. Uno nunca puede ser demasiado cuidadoso. La beso
profundamente como si pudiera consumirla. Ciertamente lo intento. Trago sus gemidos
con avidez. Mis caderas se mueven contra ella, desesperadas por la fricción que solo su
dulce cuerpo puede proporcionar.
—Si muero en el campo de batalla... —murmura contra mis labios.
Entonces también moriré.
El pensamiento es repentino y feroz. Consumidor. La verdad más verdadera que
jamás he conocido.
Es bueno que ninguno de nosotros vaya a morir pronto.
—Entonces me compadezco del que te ponga un dedo encima. —Mordisqueo su
carnoso labio inferior—. Porque lo quemaré vivo lentamente para poder saborear el
aroma de su piel cocinándose.
Se ríe.
Reina malvada.
—Y si yo muero... —Levanto una ceja en cuestión.
La ira destella en sus ojos azules, la temperatura se enfría a un nivel incómodo.
—Enviaré mil hojas de diamante para perforar su cuerpo y clavarlo en la tierra
mientras los condenados se alimentan de su inútil cuerpo asesino de rey.
—¿Estás segura de que no tenemos tiempo? —gruño—. Realmente quiero
acostarme con mi reina oscura, sucia y malvada.
—¿Tuya? —Exhala.
—Será mejor que lo creas.
Uno de los hombres grita desde cerca, robando nuestro momento, pero no antes de
que robe un beso más.
—Vamos a matar, Castigadora.

Uno al lado del otro, Elzira y yo montamos en dos de mis caballos negros. Nuestros
hombres, tanto en negro como en blanco, son un frente unido detrás de nosotros. Todos
y cada uno de nosotros somos letales. El rugido de los condenados se puede escuchar
más allá de Norta Layke. Tendrán que rodear el cuerpo de agua para alcanzarnos,
dividiendo su ejército de inmediato. Hombres con flechas, esperando ser prendidas y
lanzadas, esperan en la cubierta de los árboles. Hombres vestidos de blanco se camuflan
en el paisaje cubierto de nieve. Y hombres con antorchas se paran detrás de mí,
atrayendo a los locos hacia nosotros.
El tiempo pasa lentamente mientras los esperamos. Un enorme ejército silencioso,
pacientemente parado mientras monstruos despiadados y descerebrados corren hacia
nosotros. El fuego en mis venas se calienta a temperaturas increíbles, esperando ser
desatado.
Dejo de mirar al blanco más allá donde los gritos se hacen más fuertes, y miro a
Elzira. Su corona de hoja de diamante se asienta orgullosamente en su cabeza y su capa
negra ondea detrás de ella. Es poderosa y más fuerte que cualquier otra persona que
haya conocido.
¿Cómo se atreven a insultarla?
¿Cómo se atreven a tratar de mantenerla encerrada en una torre, malnutrida y
peor?
Todos pagarán con sus cabezas al final.
Debe sentir mis ojos en ella porque ladea su cabeza ligeramente, moviendo sus ojos
azul helado en mi camino. Una sonrisa juega en sus labios carmesí.
—Ya vienen —advierte, su voz dura y sin miedo—. ¿Estás listo, creador de fuego?
—Los condenados son lo único que se interpone entre las Tierras Ocultas y yo.
Nací listo, reina cruel. —Le sonrío—. La Guerra Moral me espera. El final está cerca.
Frunce los labios.
—Todavía me interpongo en tu camino. Cuando todos estén muertos y sus
cadáveres inunden mi tierra, seré yo quien se interponga en tu camino. ¿Crees que te
permitiré casarte con mi hermana ahora?
El caballo en el que se encuentra resopla y sacude la cabeza. Pasa su palma por el
costado de su cabeza para calmarlo.
—¿Estás celosa, Castigadora?
—Soy inteligente, Volc. Y dejarte escapar con mi hermana no lo es.
—Tu hermana siempre iba a ser una transacción comercial. Nada más.
—¿Y yo?
—Se suponía que morirías —le digo con suavidad, ganándome una mirada de odio
de Cavon a su lado—. Pero no moriste, ¿verdad? ¿Y ahora qué, reina Whitestone?
—No te dejaré ir —dice.
¿A las Tierras Ocultas?
¿O en general?
—Lo bueno es que no me inclino ante nadie, ni siquiera ante ti —me burlo,
amando la forma en que sus labios se curvan en un lado—. Tengo otros planes.
—No me matarás —dice con descaro, levantando la barbilla de esa manera tan real
que me dan ganas de besarla.
—No, reina helada —digo con una sonrisa malvada—. Todavía no he terminado
de follarte.
Cavon gruñe a su lado y luego señala.
—Están aquí.
Al principio, es solo un ligero borrón gris. Luego, bastante rápido, el borrón
emerge de la fuerte nevada que cae y pinta la distancia de negro. Los rugidos son
sobrenaturales e inhumanos. La locura alimenta a estos monstruos. No habrá
negociaciones y no tomaremos prisioneros. Han venido a morir.
Justo cuando alcanzan el lado norte de Norta Layke, un resplandor de color rojo
anaranjado brota a través de los árboles hacia la horda. Una flecha ardiente no matará a
veinte mil condenados. Pero los cientos de flechas que siguen, que iluminan el cielo
blanco con fuego, ciertamente los afectarán.
Los gritos se hacen más fuertes cuando la mayoría de las flechas dan en el blanco,
haciendo que cientos de personas se desplomen mientras caminan. Los condenados
cargan justo sobre los que han caído, una fuerza imparable dirigida hacia nosotros.
Mientras otros cientos de flechas vuelan hacia ellos, miro a Elzira.
Resplandece.
Brillante. Azul. Una reina a punto de aniquilar a quienes amenazan su reino.
Alejando mi mirada de la bella, veo a la horda dividirse en dos alrededor de los
lados exteriores de Norta Layke. Esta vez, se pueden escuchar gritos de nuestro lado
como un mar de cargas blancas y negras. Los hombres con espadas actúan como una
barrera entre los locos y su rey y reina.
Los minutos pasan mientras nuestros hombres rodean el cuerpo de agua en ambos
lados. Y luego un fuerte choque de espadas que se encuentran con carne y gritos
enloquecidos resuena en el aire.
—¡Adelante! —grita Elzira, pateando su caballo a la acción.
Su capa ondea detrás de ella debajo de un desorden de cabello blanco mientras
cabalga a toda velocidad hacia la más grande de las dos hordas que se acercan a un lado.
Pongo mi propio caballo en acción y galopo tras ella. Los gránulos de hielo me golpean
en el rostro, pero se derriten rápidamente mientras mis fuegos me consumen.
Un destello azul explota frente a mí y quedo brevemente aturdido por la magia. La
castigadora aprovecha su bestia interior y se convierte en el arma. Afilada como una
espada. Letal como una serpiente. Más fuerte que una gran tormenta de nieve. Sus
brazos se alzan frente a ella, tornándose azul brillante mientras convoca su hielo, y
luego lanza sus manos hacia adelante, disparando docenas de hojas de diamante hacia
sus enemigos. Atraviesan el aire helado y alcanzan su objetivo, haciendo caer a muchos
de los condenados a la vez.
Es “La Castigadora de los Condenados” y no decepciona.
Me adelanto a ella, convocando mis fuegos mientras agarro la empuñadura de mi
espada. Desenvainándola, dejo que el fuego caliente el metal y lo prenda en llamas.
Los condenados se encontrarán con su creador este día.
Todos ellos. Uno a uno. Los eliminaremos.
Corto el cráneo de uno de los enloquecidos, arrojando un trozo de cuero cabelludo
fibroso a la nieve. Antes de que este pueda caer, expirado, otro lo atropella en su camino
hacia mí.
Corte. Corte. Corte.
Uno carga hacia mí con una hoja de diamante que sobresale de su ojo. Antes de
que pueda usar mi espada, varias hojas de diamante lo atraviesan y lo derriban. Muevo la
cabeza hacia la derecha justo a tiempo para ver la sonrisa presumida de Elzira antes de
que vuelva a lanzar más hojas.
Reina valiente.
Mi hermosa, ardiente y feroz amante.
Podría mirarla para siempre.
Desafortunadamente, tengo una masacre que liderar.
Apenas he eliminado seis más antes de que algo atraviese mi estómago. Gimo de
dolor, bajando la mirada para ver una espada de diamante saliendo de mi estómago. Mi
instinto es mirar a Elzira.
Sus ojos están iluminados con más odio del que jamás he visto.
Aún ardiente.
Aún feroz.
Aún hermosa.
Pero también malévola, malvada y perversa.
Y cruel.
Me deslizo de mi caballo, aterrizando de rodillas en la nieve mientras el dolor me
inmoviliza. Si puedo quitar la espada…
Alguien me la arranca y luego me la vuelve a clavar por la espalda.
El blanco se confunde con el negro.
Parpadeando para alejar el aturdimiento, clavo los ojos en mi reina.
Un rey siempre se arrodilla ante su reina.
Es mía.
Desde el momento en que la vi, supe que era mía. Nunca planeé tomar a su
hermana o dejarla. No, iba a hacerla mi reina de todas las maneras posibles.
Y esa es mi verdad.
Lástima que nunca llegue a oírlo.
Mis ojos se oscurecen y, esta vez, no se abren.
Trece

dio como nunca antes he conocido me consume.


Me enloquece.
Me transforma.
El grito que sale de mí es peor que todos los condenados juntos.
La traición corta profundamente. Los que dicen que nos aman cortan lo más
profundo.
Un rugido aparece detrás de mí y Danser pasa junto a mí rápidamente, más allá de
su rey caído, para matar a los locos. Protegiendo a su reina. Mi batalla está delante de
mí.
—Envenenó tu mente. —Los celosos ojos verdes me fulminan. Como si esto lo
absolviera de su monstruosa acción.
—Me liberó —chillo, la nieve espesándose a nuestro alrededor, ocultándonos en
un vórtice de venganza, la escena solo para nosotros tres.
—Te engañó —dice Cavon, sosteniendo su espada de diamante frente a él, la
sangre de Ryke goteando de ella—. Es un embaucador, Elzira. No puede amarte como
yo.
Mis ojos caen al perfecto rey oscuro. Su sangre empapa la nieve blanca. Puede
curarse a sí mismo, entonces, ¿por qué permanece inmóvil?
No te mueras por mí ahora, Volc.
No después de todo lo que hemos pasado.
—¿Qué has hecho? —exijo por lo bajo, el hielo congela cada centímetro de mi
alma con la necesidad de venganza.
Cavon se quita la máscara para revelar su hermoso rostro. Durante un tiempo, me
sentí atraída por él, secretamente deseé una vida con él. Pero algo, en el fondo, siempre
me advirtió. Pensé que era por su posición dentro de mi ejército. Sin sangre real. Eso no
fue todo. Sabía que algo estaba mal, por lo que la confianza nunca estuvo
completamente allí. No suficiente para ir más allá de amigos.
—No es ningún secreto que el rey Bloodsun casi muere envenenado por gotas de
honnin cuando era más joven y que su padre hizo que las plantas fueran destruidas —
dice Cavon, con los labios curvados de una manera cruel. Inspecciona su espada y
sonríe—. Parece que encontré algunas.
Mazon.
Necesito llevar a Ryke a Mazon.
Pero primero…
—Esto no quedará impune, Cavon —digo en tono frío—. Es como si ya no
supieras quién soy.
Frunce el ceño.
—Podríamos haber sido todo —comenta—. Podría haber sido tu protector y el
padre de tus hijos. Podría haber envejecido contigo.
Mi odio se ha manifestado en una gran tormenta arremolinándose a nuestro
alrededor. Puedo sentir el hielo atrayéndome como un imán. Creciendo,
endureciéndose, afilándose. La violencia en el aire coincide con la que hay dentro de mi
corazón.
El traidor ha intentado arrancar lo único bueno en mi vida.
Ha intentado envenenarlo y destruirlo.
Un pequeño gemido de Ryke hace que una oleada de esperanza me invada. Puede
curarse. La espada se ha ido, así que tal vez con la ayuda de Mazon, pueda sanar.
Así que ayúdame, Ryke, si no vuelves de esto, te perseguiré al inframundo y te
arrastraré de regreso a mí.
Otro gemido.
—Eres débil —digo a Cavon, riéndome de él—. Un animalito pobre, maltratado y
no amado. Los hombres como tú no pueden estar con mujeres como yo. Las mujeres
como yo son demasiado para ti.
—Puedo manejarte —discute—. ¿Crees que no sé cómo usar mi polla, Elzira? Follé
por todo tu castillo, así sería bueno para ti. Mejor que bueno. El mejor.
—Eres patético. No importa lo bueno que seas en la cama, nunca tendrás lo que se
necesita para ser el mejor. No como Ryke —siseo, levantando mis brazos en el aire.
—¿Qué es eso? —gruñe Cavon—. Te puedo asegurar que tengo lo que él tiene y
más. ¿Una gran polla? Te haría pedazos con la mía, alteza.
Niego hacia él.
—No, Cavon. No tienes mi amor. Nunca lo tendrás. El amor es lo que hace que
follar a mi rey sea mágico —me burlo—. Ahora dobla la rodilla por última vez.
Empieza por mí, levantando su espada.
Silbido. Silbido. Silbido. Silbido. Silbido.
Cavon hace una pausa y mira su torso, donde cinco hojas de diamante nuevas
perforan su pecho. Carmesí mancha su traje blanco. Sus ojos verdes se lanzan a los míos,
la traición destellando en ellos.
Oh, qué terrible debe sentirse.
Hace un sonido ahogado y balancea su espada hacia mí. Su brazo no llega lejos
antes de que una lámina gigante de hielo caiga desde arriba, cortando su bíceps. El brazo
y la espada caen al suelo, la sangre rocía un arco a través del paisaje helado desde su
apéndice cortado.
—Elzira —gime.
—Arrodíllate —grito, atrayendo el fuerte viento hacia mí.
La ráfaga lo obliga a caer hacia adelante, haciéndolo caer de rodillas.
Avanzando por la nieve, curvo mi mano en un puño y convoco mi hielo. En lugar
de cinco hojas, se forma un garrote de hielo en mi puño y luego se sacude en una afilada
y gran espada de diamante. Agarro su cabello castaño empapado y echo su cabeza hacia
atrás para que pueda ver mi rostro.
—Traicionaste a la reina equivocada y estás oficialmente relevado de tus deberes
hacia mí —susurro mientras muevo mi brazo por el aire.
Continúa mirándome con conmoción, incluso después de que su cuerpo caiga al
suelo. Miro fijamente su cabeza cortada por un largo momento antes de arrojarla fuera
del vórtice de viento y hielo que nos rodea.
—¡Danser! —grito—. ¡Ven rápido!
Calmo la furia dentro de mí el tiempo suficiente para hacer que el viento amaine
un poco. Danser está luchando contra la horda que nos rodea, pero necesito que atienda
a su rey.
—Mazon —espeto—. Llévalo al castillo. Haz que Mazon le dé gappenoil. No
tenemos tiempo. ¡Date prisa!
Danser mata a varios más de los condenados antes de gruñirme:
—Hay demasiados. No puedo dejarla aquí.
—Como tu reina, te ordeno que lleves a mi rey de regreso a mi castillo. Ahora,
Danser —ordeno, volviéndome hacia la horda—. Puedo con esto.
Hace una pausa para matar a otro de los condenados antes de inclinar la cabeza.
—Por supuesto, mi reina.
Respiro hondo y enfrento a los enemigos que una vez me asustaron. Ahora no. Soy
su peor pesadilla. Los erradicaré a todos. Con un fuerte grito, derramo mi ira en la
tormenta que nos rodea.
Soy la reina Whitestone.
La reina helada.
Creadora de espadas de diamante.
Creadora del clima.
La Castigadora de los Condenados.
Y libero a mi bestia.
Entre el blanco y negro, encuentro a los sórdidos y sucios locos. Bajo mi puño y
hago que llueva... hielo, eso es. Mi arma es el clima y le ordeno que me obedezca. Como
flechas afiladas hechas de hielo, mis armas caen del cielo con una fuerza increíble. Una
fuerza alimentada por la furia, la venganza y la claridad.
El mundo es un caos a mi alrededor, pero veo con absoluta certeza lo que hay que
hacer. Ahora, luego, siempre.
Debo convertirme en mi don.
Convertirme en la espada de diamante.
Arruinarlos a todos.
¡Twhip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip!
El sonido de las espadas de diamante cayendo a mi alrededor con precisión exacta
hace que mi alma se regocije con felicidad.
Él sabía.
Ryke vio dentro de mí y supo que todo esto era posible.
El único que cree.
El único que ama a la bestia, que la acaricia, que la saca de su jaula. El único que
me hizo ver que ser poderosa era un don, no una maldición.
Ryke no me mimó.
Me provocó y enloqueció.
Me salvó.
Me amó.
A mi alrededor, los condenados caen. Los Ojos del Blanco y el ejército Volc
avanzan, eliminando los que pueden. Bajo el puño de nuevo.
¡Twhip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-twhip-thwip-thwip-twhip-
twhip-thwip!
Caen, caen y caen.
Avanzamos.
Ellos caen.
Sigo caminando hasta estar frente a los hombres, eliminando a los condenados
ahora mucho más fácilmente sin la distracción de mantener a algunos vivos. La horda se
desmorona a mis pies, asesinada en mi tierra, destruida por “La Castigadora de los
Condenados”.
Estoy escudriñando el horizonte en busca de más cuando una mano toca
suavemente mi hombro. Girando, extraigo cinco hojas de diamante y las apunto a la
garganta del que se escabulle detrás de mí.
—Soy yo, Jorshi —dice con voz tranquila—. Han muerto. Los ha matado a todos.
Su caballo resopla detrás de él.
—Necesito ver al rey Bloodsun —siseo, todavía vibrando de rabia.
Me sonríe ampliamente.
—Y he venido para escoltarla de regreso, su alteza.
Jorshi me levanta fácilmente sobre su caballo y luego se sube detrás de mí. Pone al
caballo en acción y galopamos a lo largo de la tierra que está cubierta con la sangre de
los soldados caídos, pero en su mayoría cadáveres de los condenados. Cuando pasamos
junto a una cabeza que parece pertenecer a Cavon, me siento más erguida, el odio me
hiela las venas.
—Tranquila, su alteza —dice Jorshi detrás de mí—. Ya está muerto y usted está
creando otra tormenta. Si quiere que la lleve rápido con nuestro rey, le aconsejo que se
relaje.
Nuestro rey.
No lo corrijo porque es mi rey y yo su reina.
El castillo aparece a la vista cuando las nubes se disipan. Es un lugar formidable.
Mis ojos se dirigen a la torre, donde he estado encerrada durante demasiado tiempo. El
tiempo de la debilidad, el ocultamiento y la negación ha terminado.
Cuando nos acercamos a la entrada principal, bajo del caballo y camino
fatigosamente por la nieve. Danser se encuentra conmigo, una expresión preocupada en
su rostro.
—¿Cómo está? —exijo mientras nos apresuramos a entrar.
—A veces coquetea con la muerte —gruñe Danser—. Más bien desearía que no lo
hiciera.
Agarro el brazo de Danser y sonrío.
—No sería ese Volc insufrible si no fuera así.
Me sonríe antes de guiarme a la habitación que Mazon ha requisado como su sala
de curación. Me despejo al ver a Mazon preocupado por el cuerpo sin vida de Ryke.
—¿El gappenoil? —pregunto mientras me apresuro al lado de Ryke.
Sus ojos están cerrados y sus cejas fruncidas como si tuviera dolor. Ya no usa su
capa o camisa. Las heridas de puñalada están abiertas y luciendo mal, sangre teñida de
amarillo rodando por sus costados.
—Se bebió el gappenoil. El resto depende de él —dice Mazon.
Pero no es así.
Depende de mí.
Invoco mi hielo y paso la punta del dedo por su cuchillada, cerrando su primera
herida. Luego, trabajo en la otra. Los dos hombres en la habitación permanecen callados
mientras yo trabajo.
—Pónganlo de lado para que pueda hacer la parte de atrás —espeto—. Rápido.
Danser y Mazon lo mueven y repito mi acción sobre su espalda. Una vez que ya no
está sangrando, lo acuestan mientras tomo su mano en la mía.
—¿Eso es todo lo que podemos hacer? —pregunto a Mazon.
Deja escapar un suspiro.
—Mientras su cuerpo combate el veneno y sana, sus fuegos saldrán a la superficie.
Debemos mantener baja la fiebre.
Esto lo puedo hacer.
—Atiende a los otros hombres heridos —instruyo—. Me quedaré con el rey.
Mazon me sonríe antes de agarrar su bolsa y marcharse. Danser me mira con
curiosidad.
—Está a salvo conmigo —le aseguro mientras presiono una de mis manos contra
su pecho y la otra contra su frente.
—Por supuesto que lo está —dice en acuerdo—. Y usted se encuentra a salvo con
él.
Invoco mi don y enfrío su carne bajo mis palmas para refrescar el ardor que emana
de él.
—¿Hay algo que te gustaría señalar, Danser, o estamos jugando? Acabo de matar a
miles de los condenados. Estoy bastante agotada. ¿Quizás en otro momento?
—Quizás en otro momento —dice, sonriendo—. Manténgalo vivo. Es el hijo que
nunca tuve.
Tan pronto como se va, me concentro en Ryke. Hermoso, fuerte y poderoso Ryke.
Me salvó y me trajo de vuelta de una muerte cercana. Haré lo mismo por él. Después de
todo, es lo que una reina hace por su rey.
Catorce

o odio.
Cruel y despreciable bastardo.
El amor es para los débiles. Al menos, eso es lo que mi padre
siempre me decía. Y cuando mi madre fue atrapada con otro hombre,
desesperada por el amor y afecto que mi padre nunca le dio, fue expulsada de nuestras
tierras. Ni siquiera fue lo suficientemente hombre para hacerlo él mismo. Sus hombres
simplemente la sacaron de su cama una mañana, la llevaron a Equatoria y la forzaron a
la locura junto con los demás que lo habían perjudicado de alguna manera. Cuando me
lo dijo, casi me volví loco. Pasé semanas luchando contra los condenados en busca de
ella. Tal vez había sobrevivido. Tal vez no había sucumbido como el resto de ellos. Pero
entonces la vi. Su cabello castaño suave y sedoso que una vez me había enseñado a
trenzar era fibroso. Sus ojos amorosos estaban vacíos. Y tenía hambre. En un día cálido
con el corazón roto, había matado a mi madre porque mi padre era demasiado débil para
hacerlo.
Misericordia.
Le mostré la misericordia que él debería haber tenido.
Con su sangre en mis manos, irrumpí en el castillo en busca de mi padre.
Todos y cada uno de los hombres a sus órdenes asintieron hacia mí mientras
pasaba en mi búsqueda para verlo. Vieron la mirada en mis ojos. La furia. El odio. La sed
de venganza. Y me dejaron pasar porque también amaban a mi madre. Era la dulzura, el
amor y la amabilidad de la que nuestro reino siempre careció. Sin ella, éramos solo otro
reino bajo el gobierno de un tirano cruel.
No más.
Mientras miro su forma dormida, sé que debe acabar. Termina con él. Prometo ser
como mi madre, eligiendo más que solo matar fríamente. Un “Buscador de la Verdad”
exige respuestas, no sangre. Siempre exigiré respuestas. Desenvaino mi espada que hasta
hace poco era demasiado pesada. Soy casi un hombre ahora, apenas unos meses antes de
cumplir dieciocho años, y finalmente he aprovechado mi don. Sin embargo, mi edad es
irrelevante. Soy el heredero del trono sin importar mi edad, y con mis poderes recién
descubiertos, soy una fuerza a tener en cuenta. Invoco mis fuegos, más calientes ahora
debido a mi ira, y prendo mi espada en llamas. Padre se agita y presiono la punta de mi
espada sobre la piel desnuda sobre su corazón.
—¿Por qué? —exijo, despertando al hombre que robó mi único atisbo de
felicidad—. ¿Por qué la enviaste a Equatoria?
Verdad, no sangre.
Ese es mi último anhelo.
Sus ojos ámbar se abren y se encuentran con los míos.
—Siempre supe que con el tiempo esto llegaría. Estás intentando tomar mi trono.
Presiono la punta de la espada contra su piel, deleitándome en la forma en que la
sangre se filtra de la nueva herida que he creado. El pánico parpadea brevemente en la
mirada feroz de mi padre.
—Responde la pregunta —gruño. Mi don es una bestia furiosa dentro de mí, una
bestia con la que solo he tratado con moderación, pero que ahora libero
voluntariamente de su jaula.
—Era una puta, muchacho —se burla mi padre—. Y embarazada del bebé de otro
hombre.
El dolor me recorre.
—¿Y la enviaste a su muerte? ¿Sabiendo que llevaba a mí hermano? ¡Podría haber
sido tuyo!
—Un rey solo necesita un heredero —responde—. Y el mío me amenaza con una
espada. Imagina si hubiera más. Caos.
—Me quitaste lo único que amé. ¿Por qué?
—No se trataba de ti, Ryke. Esto era sobre traición. Y recibió lo que merecía.
Mi ira me consume mientras empujo hacia abajo. El sonido húmedo de mi espada
atravesando su músculo hasta su corazón es algo que nunca olvidaré. Un creador de
fuego puede curarse a sí mismo, pero una espada en el corazón lo matará. Mi espada da
en el blanco porque sus ojos parpadean cuando la vida literalmente sangra de él.
—También me traicionaste, padre —le digo con voz fría—. Y también recibiste lo
que te merecías.
Tomo su corona de la mesa y robo su espada que es más afilada y mejor que la mía.
Al salir, encuentro a su hombre de más confianza. Sus ojos están húmedos con lágrimas,
el dolor lo abruma.
—Podrías haberme detenido —desafío, levantando mi espada.
Este hombre podría haberlo hecho. Fácilmente. Es el luchador más fuerte y rápido
del ejército Volc.
—Noni no hubiera querido que lo hiciera. —Sus ojos arden en los míos,
destellando con amor mientras habla de ella—. Siempre supo que usted era un buen
hombre.
—Estaba embarazada —murmuro—. Tu hijo, ¿mmm?
Cálidas lágrimas bajan por sus mejillas mientras asiente.
Agarro su hombro.
—La encontré. La saqué de su miseria.
El alivio lo hace desplomarse.
—Gracias.
Cae de rodillas e inclina la cabeza.
—Le prometo mi lealtad, mi rey. Su madre lo hubiera querido así.
—Toma la cabeza de mi padre y quema su cuerpo —le ordeno—. Esta noche,
tendremos una fiesta de coronación. Asegúrate de que todos lo sepan.
—Sí, mi rey. —Se pone de pie—. ¿Algo más, su alteza?
—No soy como él, Danser —le aseguro al hombre—. No soy como él.
—No, tu madre se aseguró de eso.

Me despierto en sudor frío, desorientado y atontado, pero vivo. Me toma un


momento entender mi entorno. Paredes de piedra gruesa cubierta de hielo. Un frío en el
aire que llega hasta los huesos. Una reina dormida a mi lado.
Lo último que recuerdo es una espada atravesándome el pecho. Había visto el
hermoso odio en los ojos de Elzira dirigido a quien me había hecho daño. Lo sentí como
un puñetazo en el corazón. Aunque sobreviví. Por un momento, mientras yacía en la
nieve, me pregunté si lo haría. He recibido muchos estoques en mi cuerpo a lo largo de
los años y me he curado fácilmente. Esto fue diferente. La espada estaba empapada de
algo dañino para mí.
Mirando hacia mi pecho, una pequeña mano femenina descansa sobre mis nuevas
cicatrices rosadas. Debe haberme curado con su toque. Su cuerpo se paraliza mientras se
despierta y luego se levanta para poder mirarme.
Ojos azules amplios y preocupados.
Los labios más gruesos en todos los reinos.
—Elzira —gruño, mi voz seca y rota.
—Shhh —canta mientras se sienta y toma una taza de la mesa junto a la cama—.
No hables, bebe.
La ternura con la que lleva la taza a mis labios hace que mi corazón se apriete en
mi pecho. Ese bastardo casi me aleja de ella. Trago unos sorbos largos y luego hago la
pregunta de la que más necesito una respuesta.
—¿Está muerto?
Su expresión se vuelve asesina, el azul en sus ojos ardiendo.
—Le arranqué la cabeza.
Extendiendo la mano, la deslizo en su cabello rubio y la atraigo hacia mí para un
beso.
—Tan feroz —digo contra sus labios—. Cruel y hermosa reina.
—Solo protejo a mi rey.

—¿Cómo se siente? —inquiere Danser cuando entra en la habitación de Elzira.


—Han pasado tres días —me quejo—. Estoy bien.
Elzira pone los ojos en blanco.
—El veneno tarda en abandonar tu sistema. Mazon cree que deberías estar en
reposo en cama durante una semana.
—¿Por qué está en el suelo entonces? —pregunta Danser, con la diversión
levantando las comisuras de sus labios.
—Es un necio terco —explica Elzira.
—Un necio terco que está fortaleciendo sus músculos abdominales —espeto
mientras me doblo, sentándome y apretando mis abdominales—. Estaré listo para la
batalla dentro de dos días.
Elzira se levanta de su silla junto a la ventana y se acerca a mí. No lleva puesto un
vestido. De hecho, desde la batalla con los condenados, ha hecho que mis sastres hagan
sus trajes ajustados en negro. Me duele la polla cada vez que vislumbro su culo al que la
tela se amolda. El peso que está ganando le queda bien. Sana. Fuerte.
—¿Batalla? —pregunta, alzando su pie y posándolo en el centro de mi pecho para
evitar que me vuelva a sentar—. Los matamos a todos. La batalla fue ganada.
Agarro su tobillo y lo alejo para poder continuar con mi ejercicio.
—La batalla sí, pero no la guerra.
—¿Todavía quiere ir allí? —cuestiona Danser—. ¿Incluso ahora? Incluso
después…
Se refiere a ella.
Elzira.
—Vine aquí con una misión: invadir las Tierras Ocultas —les recuerdo a los dos.
—Y tomar una princesa de una reina moribunda —sisea Elzira, la furia emanando
en olas frías.
Me pongo de pie y agarro su mandíbula.
—Sí. Por eso vine aquí.
—Prepararé a las tropas para partir en dos días —dice Danser con frialdad, en
absoluto impresionado con mi respuesta.
Tan pronto como la puerta se cierra detrás de él, Elzira se libra de mi agarre. Se
aleja, dirigiéndose a la ventana. Sus manos agarran la repisa y mira por la ventana, un
ligero temblor recorre su cuerpo. La sigo, encerrándola.
Afuera, mis hombres están acampando y todavía celebran nuestra victoria liderada
por una cruel reina y su ejército de blanco.
—En dos días, lo de esconderse en una torre contigo terminará —gruño—. ¿Y
deseas pasar ese tiempo enojada conmigo?
Se le corta la respiración cuando alcanzo su parte delantera para desabrochar sus
pantalones. Los bajo rudamente por sus muslos y luego imito la acción con mis propios
pantalones. Una vez mi polla está en mi agarre, la provoco desde atrás, frotándola entre
sus muslos hasta que siento su necesidad cubrir mi eje.
—Ruega por esto, reina.
—Nunca —sisea—. Si lo quieres tan desesperadamente, tómalo.
Azoto su carnoso culo, amando el grito que se le escapa.
—Lo quiero desesperadamente —digo en acuerdo, mi voz un ronco gruñido—. Y
lo tomaré tantas veces como pueda hasta que viaje hacia las Tierras Ocultas con una
novia en mi caballo conmigo.
Agarrando un puñado de su cabello, la empujo hacia la ventana y la penetro con
fuerza. El aire que nos rodea se arremolina con nieve. La embisto lo bastante fuerte para
que su frente golpee el cristal. Gimotea pero presiona su culo hacia atrás, queriendo cada
largo y duro centímetro que le estoy ofreciendo.
En dos días, todo termina.
Se retuerce cuando se acerca su orgasmo.
Pobre, pobre reina.
Lamento mucho que tenga que ser así.
Quince

l cuento de hadas ha terminado.


Es fácil permanecer en un mundo imaginario cuando estás
encerrada en una torre que es asaltada por un rey despiadadamente
apuesto y cruel.
Ahora ha vuelto a la realidad.
Debo enfrentar las partes difíciles de mi vida. Las que desearía poder evitar. Decir
adiós a un capítulo de mi historia.
El dolor arde dentro de mí, enojado y devastado, pero mi bestia lo congela y
rechina los dientes. No hay tiempo para la debilidad. He pasado todo mi reinado siendo
débil. Ya no soy la mujer que era. He cambiado.
Mi corona pesa sobre mi cabeza, recordándome mi lugar en este reino. Cuando
entro al comedor, Ryke se sienta a la cabecera de la mesa, con una expresión impasible
en su rostro. Lo único que indica que siente algo por mí es una pequeña contracción en
su mandíbula.
—Buscador de la Verdad —saludo fríamente.
—Castigadora.
Me trago mi ira y aparto los ojos de él mientras espero.
—¿Dónde está mi hermana?
—En camino —me asegura, poniéndose de pie.
La temperatura baja unos pocos grados mientras intento mantener mis
sentimientos bajo control. Cuando escucho la voz de Yanna mientras le grita a Danser,
mi ritmo cardíaco se acelera. Sus pasos se aceleran y me giro a tiempo para atraparla en
un abrazo.
—Mi hermana —grita, apretándome fuerte.
—Hermanita —digo con voz ahogada—. Aquí estás.
Se aleja, sus manos sobre mis hombros, y me inspecciona.
—¿Cómo estás? ¿Te ha lastimado?
Tan hermosa.
Una réplica exacta de su madre, incluso hasta la forma en que sus senos casi se
derraman de la parte superior de su vestido, atrayendo a cualquier hombre con una
polla que funcione. Sus labios están pintados de rojo y sus ojos están delineados de
negro. Su belleza siempre fue algo de lo que tuve envidia.
—Eso es suficiente —espeta Ryke, agarrando mi brazo y tirando de mí hacia atrás.
Yanna lo fulmina con la mirada.
—¡Quita tus manos de mi hermana, monstruo!
Ryke convoca sus fuegos y su palma arde al rojo vivo, haciendo a Yanna
retroceder varios pasos. Apaga su calor y luego saca una tela de su bolsillo.
Cuando estira la mano y retira mi corona de mi cabeza, Yanna grita con horror.
—Elzira —gime, con miedo en su voz—. Corre.
—Si corre, la atraparé —promete Ryke en un tono perverso, enviando un
escalofrío por mi columna vertebral. Pone la corona a mis pies y luego ata la tela
alrededor de mi cabeza, silenciándome para que no hable.
No peleo con él.
Sabía que esto iba a suceder.
Usa su látigo para atar mis manos detrás de mí, recordándome nuestro primer
encuentro.
—Las reinas se ven bonitas de rodillas —gruñe, empujando la parte posterior de
mis piernas con las rodillas, obligándome a caer hacia adelante. Me agarra del cabello
antes de que aterrice dolorosamente y me mueve con cuidado el resto del camino—.
Encantador.
—Elzira —dice Yanna entre lágrimas—. Lo siento mucho.
Ryke resopla mientras se acerca a ella. Juega con un mechón oscuro de su cabello,
su calor hace que el aire a su alrededor se ondule.
—¿Por qué lo sientes? —pregunta, su voz suena un poco divertida—. ¿Porque no
puedes salvarla?
Asiente, con lágrimas gruesas bajando por su bonito rostro.
—Todo lo que has hecho toda tu vida es tratar de salvar la suya —dice como si
sintiera pena por ella—. Has dedicado toda tu vida a esta moribunda reina helada. ¿Es
eso cierto, princesa?
Las cejas de Yanna se fruncen y mueve sus ojos hacia los de él.
—Es mi hermana.
—Es el presente. —Ryke me mira, sus ojos ardientes fríos—. ¿Qué hay del futuro,
mmm? Cuando la reina frígida haya exhalado su último aliento y ya no sea una reina,
¿dónde deja eso a la hermana desinteresada?
—No sé —murmura, mirándolo desde debajo de sus pestañas. Sus labios carnosos
se separan y sus senos se estremecen con cada respiración que toma.
La punta de los dedos de él acaricia la humedad de su mejilla.
—Quizás una princesa esté lista para ser promovida a reina.
Ella lo mira, sus labios curvándose con una sonrisa.
—¿Una reina?
—Hermosa y temida —dice Ryke—. Una feroz reina de los Volcs. —Su cabeza
asiente en mi dirección y camina hacia mí para pasar sus dedos por mi cabello—. ¿Eres
débil, Yanna, como tu querida hermana aquí de rodillas y sin su corona?
Es entonces cuando mis ojos se cruzan con los de Yanna.
El amor se ha endurecido en algo mucho más sólido que el hielo, la piedra o la
hoja de diamante.
Odio.
Su risa es cruel cuando resuena en el comedor.
—¿Débil? Nunca seré débil... como ella.
Me pongo rígida, más afectada de lo que imaginaba al escuchar las palabras caer de
su boca.
—Es su culpa, sabes —dice Yanna con amargura.
—¿Su culpa? —incita Ryke—. ¿La muerte de tu madre?
Yanna tiembla de ira.
—No, el favor de nuestro padre. Era la tela que cubría sus ojos. Elzira, lo cegaste.
Ryke hace la pregunta que me gustaría hacer.
—¿Cómo es eso, princesa?
—Estaba cegado por su amor hacia ella. Su seguridad en el hecho de que se
convertiría en una gran reina algún día. La favoreció y me trató como a una hija
insignificante. Una niña ignorante que no es digna de amor o de futuro. —Sus rasgos se
tensan con ira—. Cuando murieron, juré destronar a la bruja —se burla—. Mi madre se
aseguró de eso.
La bestia dentro de mí vibra, desesperada por devastar el mundo que me rodea. En
cambio, la contengo con firmeza.
—¿Tu madre? —pregunta Ryke—. ¿Traicionó al rey?
Niega.
—No, lo amaba. Tanto es así que se lo robó a la madre de Elzira.
¿Qué?
—Continúa —insta él.
—La envenenó lentamente. Muy a menudo, antes de acostarse, susurraba cómo lo
había hecho. Yo escuchaba con asombro —explica Yanna soñadoramente, haciendo que
mi estómago se apriete con horror—. Aprendí.
Mi pobre madre. No padecía alguna enfermedad incurable. Mi madre fue atacada
por una amiga que quería a su esposo.
—Eras una niña, ¿sí? —indaga Ryke.
—El reino iba a ser mío —sisea Yanna—. Madre me lo prometió muchas veces.
Iba a ser la reina de las Tierras Heladas de Norta.
Su traición es peor que la de Cavon. Esta corta hasta el alma.
Ryke se acerca a ella y se inclina para inhalarla. Ella se relaja ante su proximidad.
—¿Y ahora, princesa?
—Yo también podría ser tu reina. —Exhala, claramente cautivada por su belleza y
su olor decadente.
Ryke le sonríe, iluminando toda la habitación con su calidez.
—Me gustaría eso —canta—. Pero primero, princesa, debes probarte para mí. La
lealtad es enorme en lo que a mí respecta. La confianza es aún mayor.
Ella asiente rápidamente, sus senos rebotando en conjunto con su asentimiento.
—Cualquier cosa, mi rey.
Una avalancha de furia envía una ola de copos de nieve ondeando por la
habitación. Ryke me corta con una mirada dura. Respiro hondo y calmo mis emociones.
Me mira por un momento más antes de volverse hacia ella.
—Mata a Elzira. Aquí. Ahora. Y luego me casaré contigo. Gobernaremos sobre
ambos reinos uno al lado del otro. —Le sonríe de nuevo—. Casi lo logras, ¿no? ¿Sin mi
intervención?
Yanna me mira, el odio brilla en sus ojos.
—Lo intenté. —Exhala, con el cuello rojo de ira—. Oh, cómo lo intenté.
—¿Los tónicos? —indaga Ryke.
Ella le frunce el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—No me llaman “Buscador de la Verdad” por nada, princesa. —Mete un mechón
de cabello detrás de su oreja—. Sigue.
—El tónico billibone quita los dolores en su estómago. El tónico de hojas de voxin
le da energía. El tónico de bayas amarillas es conocido por atacar enfermedades ocultas.
Cuando los tomaba a diario, podía mantener a raya a la muerte. —Yanna se ríe
cruelmente—. Veneno, veneno y más veneno.
—¿Bayas amarillas? —inquiere él—. ¿Gotas honnin?
Ella sonríe.
—Tu padre las hizo erradicar, pero mi madre las hizo crecer en los terrenos del
castillo. Seguimos cultivando y cosechando.
Mi estómago se sacude, pero por una vez, no por dolor o enfermedad. Es porque
fui tan estúpida todos estos años. No fue hasta que apareció Ryke que comencé a ver los
hechos que silenciosamente me presentó. Sabía de mi terquedad y me permitió llegar a
mis propias conclusiones. Puede que las alcanzara lentamente, pero no obstante lo hice.
—Los baños fríos —continúa, alimentada por su odio hacia mí—. La falta de
fuego. Todo destinado a enviarla a la muerte más pronto. Incluso intenté matarla de
hambre. —Me mira furiosa—. Pero no morías, hermana.
Otra ola de helada rabia me consume.
Ryke se acerca a mí y se arrodilla detrás de mí, gruñendo en mi oído:
—Permanecerás de rodillas, Castigadora. Me obedecerás. —Sus fuegos me abrasan
entre las muñecas y el olor a cabello quemado llena mis fosas nasales. Se levanta de
nuevo y camina hacia Yanna, tomando su mano entre las suyas—. Vamos a cenar juntos,
¿de acuerdo?
Lágrimas heladas caen por mis mejillas. Es doloroso contenerse. Para no destruirla
por su traición. En cambio, me quedo arrodillada junto a mi corona, una reina
deshonrada.
Él retira una silla y la ayuda a sentarse antes de ordenar a los sirvientes para que
traigan la comida. Rostros familiares que han trabajado para mí toda mi vida entran en
la habitación con platos cubiertos, su desdén fijo en mí. Cuando ven a Yanna, sonríen y
asienten, orgullosos de su trabajo sucio. Ryke se sienta en el borde de la mesa cerca de
Yanna.
—¿Estos son tus sirvientes leales que traicionaron a tu reina para ayudarte? —
pregunta, mirando a cada uno.
—Lo son —dice con orgullo.
El aire a nuestro alrededor se enfría cuando mi furia se vuelve incontrolable. El
raspado de acero es el sonido que se puede oír mientras produzco mis hojas de diamante.
Las arrojo, apuntando a los sirvientes que intentaron matarme. Sonidos repugnantes
resuenan cuando las hojas hacen un blanco mortal, derribándolos a todos. Ryke me
lanza una mirada malévola cuando saca una hoja de su omóplato. Si no hubiera estado
sentado donde está, la hoja habría ido a la princesa despreciable y traidora. Lástima.
—No te preocupes —ronronea Ryke mientras levanta la tapa de un plato—. No
dejaré que te lastime. Todavía no hemos desayunado. —Se desliza de la mesa y se ríe—.
¿Qué? ¿No te gustan las pastas?
Ella parpadea confundida ante el plato. El mismo plato que me ofreció todos estos
años cuando intentaba que comiera para que no me consumiera y muriera. Poco a poco,
me envenenó con pastas y té. Succionó mi vida con baños fríos y sin fuego. Y la dejé. La
dejé porque era mi hermana y no podía ver la verdad.
Sin embargo, el “Buscador de la Verdad” vio lo que yo no pude.
Nos separó y me curó. Me mantuvo alejada de mi asesina. Me amó cuando más lo
necesitaba.
—¿Qué? —inquiere Ryke—. ¿No es de tu gusto? —Se acerca a mí y me acaricia el
cabello—. Tal vez podamos encontrar una forma más creativa para que mueras.
Los ojos de Yanna se ensanchan cuando agarro mi corona y me pongo de pie. Él
me la quita, la coloca sobre mi cabeza y luego pasa sus labios sobre los míos.
—Consigue tu venganza, esposa.
—¿Esposa? —balbucea ella—. ¿De qué estás hablando?
Le sonrío perversamente.
—Mientras Ryke y yo estábamos negociando, me abrió los ojos. Entonces, me hizo
el amor. Lentamente liberó tu veneno de mis venas. —Me giro para aceptar un beso más
profundo de él—. Y después de estar a punto de morir por el veneno que Cavon
claramente obtuvo de ti, nos casamos ayer en una ceremonia silenciosa porque no podía
soportar pasar otro segundo sin él.
—Bruja —susurra.
—¿Realmente pensaste que alguien como él podría amar a alguien como tú? —me
burlo, amando ver a la traidora retorcerse—. Dime, hermana, ¿puedes hacer que llueva
hielo del cielo?
Hago un gesto hacia abajo y dejo escapar un grito de rabia. El hielo golpea desde el
aire hacia la piedra a su alrededor, altos picos que la enjaulan.
—Dime, hermana, ¿puedes hacer que la temperatura baje con el chasquido de tus
dedos? —Me rio cuando chasqueo los dedos y el aire se vuelve mortalmente frío.
Sus dientes castañetean mientras el aire se nubla por su respiración pesada.
—¡D-deberías haber muerto! ¡C-Cavon fue débil! ¡Tu r-rey es débil! ¡Nuestro p-
padre era débil! ¡Soy l-la única fuerte a-aquí! ¡M-merezco s-ser la reina!
Me apresuro hacia adelante, convocando mi frío a través de mi puño y formando
una espada forjada de hoja de diamante. Sus ojos se ensanchan cuando me acerco, pero
no tiene a dónde huir. Entre los barrotes de su prisión de carámbanos, deslizo mi espada
de diamante directamente en su estómago. Jadea y me mira boquiabierta como si no
pudiera creer que la haya apuñalado.
—No moría porque estaba destinada a convertirme en esto —gruño, retirando mi
espada solo para volver a clavarla en su pecho—. Una reina, una esposa, un monstruo.
Echando mi brazo hacia atrás, golpeo de nuevo, esta vez justo debajo de su
corazón. Lo hago a propósito para poder prolongar su muerte. La sangre brota de su boca
y luego corre por su barbilla.
La miro sin pestañear hasta que sus párpados caen y puedo sentir la vida
drenándose de ella. El latido de su corazón, que se podía sentir vibrar a través de la hoja
de diamante, se detiene lentamente. Ya no respira. Lo último que vio fue la furia de una
reina que creyó poder destruir. La traidora fue traicionada por su propia carne y sangre.
El calor me envuelve desde atrás. La mano de Ryke agarra mi puño mientras
convoca sus fuegos. Derrite la espada de diamante lo suficiente para desconectarme de
ella y luego me aleja de la carnicería que creé.
—¿Cómo te sientes? —pregunta, su rostro acariciando un lado de mi cabeza
mientras inhala mi aroma.
—Como si el futuro estuviera aquí y estuviéramos listos para embarcarnos juntos.
Muerde mi oreja.
—A las Tierras Ocultas vamos, mi esposa. Hemos ganado la batalla de los
condenados, pero la Guerra Moral nos espera.
Dieciséis

stás melancólico —dice Elzira desde la ventana, con su


postura rígida y su tono frío—. Un hombre que planea dejar
a la persona que ama se vuelve melancólico. ¿Realmente
estás planeando dejarme?
Maldita mujer exasperante.
Abre los malditos ojos.
Algunas verdades necesitan ser encontradas, no reveladas como un regalo. El
buscador debe cazarlas y encontrarlas solo. Este es el camino de Elzira, no el mío para
forjar.
—Si realmente creyeras eso, estaría muerto —afirmo—. Ambos sabemos que
nunca me dejarías marchar.
Se da la vuelta y me frunce el ceño. Sus ojos azules brillan con lágrimas. Una pausa
mientras el dolor de corazón destella en su mirada. Reconozco la verdad que está
descubriendo, tanto si quiere encontrar dicha verdad como si no.
—Las gotas de honnin... —Su labio inferior tiembla—. ¿Son redondas y amarillas?
Ah, reina inteligente.
—Lo son. Creo que he oído que aquí se les llama “bayas amarillas". —Ese es mi
regalo para ti, mi reina. Una pista. Aunque no creo que necesites más indirectas.
Una lágrima baja por su mejilla y se la limpia rápidamente.
—¿Billibone y hojas de voxin? ¿Sabías que también son venenosas?
Me acerco a ella y tomo sus manos con las mías.
—Al principio no, pero Mazon me lo confirmó.
—¿Por qué no me lo dijiste? —exige—. ¿Por qué dejarme descubrir esto por mí
misma?
—¿Me habrías creído si te hubiera dicho que tu propia hermana intentaba
matarte? —pregunto, frunciendo las cejas—. Me habrías atravesado el corazón con un
carámbano.
Deja salir una risa llorosa.
—Lo habría hecho.
Inclinándome hacia adelante, le beso la frente.
—Este castillo es una tumba. ¿De verdad quieres quedarte aquí después de que
intentara matarte?
Un pesado suspiro se le escapa.
—No. Quiero ir contigo a las Tierras Ocultas y luego... —Frunce el ceño—.
¿Volver a tu reino?
—Mi castillo es una reliquia. Una representación de mi padre y de las formas
arcaicas de mi linaje. No pertenezco a ese lugar, Elzira, como tampoco tú perteneces a
este. —Beso sus labios carnosos y sexys. Antes eran fríos y azules, pero ya no.
—¿Un castillo en las Tierras Ocultas? Ni siquiera sabemos lo que existe por allí —
argumenta.
—He estudiado libros de historia y he reconstruido lo que creo que son las
antiguas tierras de los dioses antes de que los humanos vagaran por la tierra. Tierras en
las que gente como tú y yo, con nuestros dones, vivieron alguna vez. Tierras que ahora
están invadidas por monstruos que comen carne humana. Son inteligentes y
calculadores, a diferencia de los condenados. No descansaré hasta que haya rastreado
esas tierras y las haya hecho mías. Hasta que haya matado a todas las bestias y ganado la
Guerra Moral. —Rozo con mi pulgar su labio inferior—. Solo lo mejor para nuestros
hijos.
—¿Nuestros hijos? —Sus ojos azules se abren de par en par mientras me contempla
con esperanza brillando en su mirada.
—Planeo casarme contigo, la reina helada de las Tierras Heladas de Norta, y
espero que ya estés impregnada con mi semilla. Si es lo que quieres también, entonces
nos casaremos esta noche.
Su sonrisa es fugaz antes de que se eche atrás y se abrace el abdomen; su dolor es
evidente.
—No puedo dejarla vivir. Tendré que matar a mi propia hermana.
—Ha estado intentando toda su vida matarte. Debe hacerse, mi reina.
Suspira profundamente.
—El fuego...
—Los dos sabemos que no es alérgica a las orugas sichee. Usó tu amor y protección
sobre ella como un arma contra ti.
—Los baños...
—Fríos con la esperanza de que te murieras de frío.
Se limpia otra lágrima.
—En el fondo sabía que algo no iba bien. La forma en que te habías comportado
con mi hermana y cómo había estado tan empeñada en darme mis tónicos... lo sabía. —
Su cabeza se inclina—. Y, sin embargo, seguí en negación.
—Es fácil estar en negación cuando se trata de los que amas.
Sorbe.
—No fue hasta que Cavon te apuñaló que mi mundo se aclaró. En el momento en
que caíste a la nieve y no te levantaste, lo supe. Te había envenenado y todos los
pensamientos que había estado negando se estrellaron contra mí. Le dije a Mazon que te
diera el gappenoil porque era lo mismo que usaba para tratarme. Cavon accedió a ese
veneno a través de mi hermana. Simplemente lo supe. —El aire baja varios grados de
temperatura—. ¿Cómo pude estar tan ciega? ¿Con ambos?
—Eras una niña cuando tu padre fue asesinado y fuiste forzada a ser reina —digo
suavemente, agarrándole las caderas para acercarla a mí donde pertenece—. Te aferraste
a las dos personas en tu mundo y confiaste en ellos con todo tu corazón. No hay culpa
en el amor, mi reina.
—¿Cómo sé que no me traicionarás algún día, Volc? —exige, volviendo su ira
hacia mí.
Sonrío.
—Porque, si lo hiciera, me empalarías con tus espadas de diamante.
—Tampoco lo olvides, Ryke.
—Nunca —juro.
Su cuerpo se relaja bajo mi mano.
—Quiero que confiese. Luego, quiero hacerla pagar.
Pasamos la siguiente hora planeando la muerte de su hermana. Y cuando
terminamos, llevo a mi reina a una pintoresca habitación donde un sacerdote espera.
Es sencillo, dado que dos reinos se están uniendo. Ninguno de los dos es dado a la
extravagancia, por lo tanto estamos ansiosos por la unión y lo que representa.
Le pregunté a Elzira si quería un diamante o una joya en su dedo, pero tenía algo
mejor en mente.
—Marca a tu reina como tuya ahora, por siempre jamás —instruye el sacerdote.
Tomo su mano izquierda y extiendo su dedo anular. Invocando mis fuegos, la miro
antes de hacer lo que debo. Levanta la barbilla de esa manera tan poderosa que me
endurece la polla y sonríe. El olor a carne quemada se filtra en el aire que nos rodea
mientras la reina de hielo aprieta los dientes por el dolor. Cuando termino de quemar un
anillo alrededor de su dedo, lo sigo con mi poder de curación, sellando la quemadura y
dejando una cicatriz levantada y rosada a su paso. Retira la mano y sonríe ante su nueva
marca antes de volver sus ojos diabólicos hacia mí.
—Tu turno, Volc.
El sacerdote resopla y luego dice la siguiente parte:
—Marca a tu rey como tuyo ahora, por siempre jamás.
Toma mi mano y, en lugar de quemarme, congela la carne de mi dedo hasta que se
vuelve negra. Duele, pero no me atrevo a apartarme. Cuando termina, me cura,
dejándome una cicatriz rosa que coincide con la suya.
—Un rey oscuro y una reina blanca, unidos en matrimonio hasta que tomen sus
últimos alientos. Los declaro rey y reina Bloodstone, los primeros de su nombre,
gobernantes de las Tierras Heladas de Norta y de los Volcanes de Souta. Fuego y hielo.
Una unión poderosa que ningún ejército, ningún gobernante, ningún humano podrá
romper. Ahora bese a su reina y selle su destino, su alteza.
Acerco a mi reina y deslizo mis manos en su sedoso cabello. Su aliento se agita
cuando tiro de las raíces de manera posesiva, levantándole la cabeza para poder ver su
hermoso rostro. Sus ojos azules brillan con un amor que la mayoría de las uniones de la
realeza no tienen. Somos los afortunados. Nuestras bestias se encontraron. Mis labios
presionan con fuerza los suyos mientras la beso de forma posesiva. Separa los labios y
permite que mi lengua busque la suya.
Frío y caliente.
Un choque de dos opuestos que de alguna manera son perfectos juntos.
Beso a la reina, que cada día se hace más fuerte sin el veneno corriendo por sus
venas. Mía. Es mía y la llevaré por todo el mundo para que lo conquistemos juntos.
—¿Eso es todo? —le gruño al sacerdote.
—Eso es todo —dice el sacerdote, riéndose entre dientes.
Tomo a Elzira en mis brazos y salgo de la habitación, encantado con sus dulces
risas mientras resuenan por el pasillo. Una vez dentro de su torre, la desnudo
rápidamente y la tiro sobre la cama. Sus ojos azules me miran hambrientos mientras me
despojo de mi propia ropa.
Muerde su labio inferior antes de separar sus delgados muslos. Su excitación brilla
a lo largo de su hendidura y mi polla se llena de necesidad. Me abalanzo sobre ella,
deseoso de devorar cada parte de ella.
—Quiero devorarte —gruño, mordisqueándole el estómago mientras me dirijo a
su coño—. Empezaré aquí.
Un chillido se le escapa mientras paso mi lengua por su abertura, probando sus
dulces jugos. Su espalda se arquea, alejándose de la cama. Se me eriza la piel de la
espalda por el frío, pero todo lo que se necesita es una mirada ardiente a mi reina para
que se caliente.
—La próxima vez que tenga mi polla dentro de ti, será como mi esposa. —Le
chupo el clítoris hasta que grita—. Ruega por ello, esposa. Ruega que te llene y te dé un
pequeño príncipe.
Sus ojos azules brillan con amor y adoración.
—Por favor. Por favor, dame una familia.
Chupo su clítoris una y otra vez hasta que tiene espasmos de placer y su orgasmo
la invade violentamente. No espero a que mi esposa se recupere mientras subo
lentamente por su cuerpo retorciéndose. Gime cuando embisto en su interior sin avisar,
empujando mis caderas lo bastante fuerte para magullarla por dentro. Agarrándole las
muñecas, la sujeto a la cama mientras me muevo contra ella. Nuestras bocas se
encuentran y la beso hasta que sabe con cada gramo de su ser que le daré lo que sea que
anhele... especialmente una familia. Me muevo en su contra de la manera correcta que
la hace correrse una vez más. Esta vez, con su coño apretado alrededor de mi polla, gimo
con mi liberación. El semen caliente brota en lo profundo de su interior y les rezo a
todos los dioses que están ahí fuera para que un pequeño heredero empiece a crecer
dentro de ella antes de la mañana.
Saliendo de mi reina, la tomo en mis brazos y la llevo contra mi pecho mientras
descanso sobre mi espalda. Acaricio con mis dedos su suave cabello.
—¿Qué serás cuando no haya más condenados que castigar? —le pregunto
distraídamente. Con el tiempo, me adueñaré de Easta y Westa, prohibiendo tal práctica
en todos los rincones de nuestro mundo.
Se incorpora y frunce el ceño.
—Siempre ha habido y siempre habrá condenados. Te aseguras de ello.
—No. Mi padre. Su padre. Y así sucesivamente. Nunca yo.
—¿Por qué no?
—Mi madre... —Mi voz se quiebra cuando la menciono—. Era salvaje y
hambrienta. Una reina verdaderamente deshonrada, enviada lejos por su tirano marido
porque amaba a otro.
—Oh, Ryke —susurra— Lo siento mucho.
—La maté. Lo que quedaba de ella, de todos modos. Juré entonces que encontraría
una manera más civilizada de castigar a los que desobedecieran la ley. Danser siempre
me ha ayudado a gobernar con justicia, como mi madre hubiera querido. Soy el
“Buscador de la Verdad”, no un creador de condenados como mi padre.
Se inclina hacia adelante y me besa.
—Siempre habrá traidores, asesinos y violadores. Alguien tendrá que castigarlos.
—¿Simplemente serás “La Castigadora”?
—Simplemente, sí.
—No sé qué me espera en las Tierras Ocultas, pero te aseguro que mi corazón no
descansará hasta que lo busque por mí mismo.
—Lo buscaremos juntos. Siempre juntos, Volc.
La pongo sobre mí y hacemos el amor para que pueda ver sus tetas perfectas
rebotar mientras la nieve cae a su alrededor.
Hermosa.
Mi ardiente y helada reina.
Diecisiete

a cabalgada pasando por Norta Layke y por el pasaje de montaña hacia las
Tierras Ocultas es tranquila. Ryke es decidido, consciente y feroz como
siempre. A pesar de haber ganado un marido de todo esto, no puedo
evitar sentir la dolorosa pérdida dentro de mí.
Mi hermana.
Cavon.
Las dos personas a las que más quería en este mundo me traicionaron.
No es algo que simplemente se supere. Solo el tiempo curará esas heridas. Hasta
que llegue ese momento, seguiré adelante con mi rey. Como si estuviera dentro de mi
cabeza, gira la cabeza hacia mí de golpe y sus ojos ámbar brillan con preocupación.
Antes de que pueda hablar, Jorshi galopa hacia nosotros desde el frente.
—Hubo unos pocos rezagados de los condenados, pero ese no es nuestro problema.
Ryke desenrolla su látigo de su cadera y trota hacia Jorshi.
—¿Cuál es nuestro problema?
—Parias. Intocables. Perdidos. No tienen la locura, pero son igual de indómitos y
salvajes —explica Jorshi.
—Pensé que podríamos encontrarnos con estos grupos —refunfuña Ryke—.
¿Cuántos?
—Están en grupos —explica Jorshi—. Pequeños. Pero no podemos simplemente
ma…
Despego a todo galope, con el sonido de mi caballo agitándose en la nieve
silenciando el resto de sus palabras. Si estos perdidos necesitan ser destruidos, se
encontrarán con “La Castigadora”.
Ryke me grita, pero me inclino más cerca del caballo e inspecciono los árboles
delante de mí. Un hombre sale de la línea de árboles y sostiene un arco, apuntándome.
Se prende fuego antes de que pueda disparar y Ryke pasa de largo. Varios hombres más
emergen de los árboles y Ryke los ataca con su poderoso látigo, derribándolos lo
suficiente para que yo les dispare hojas de diamante a través de sus corazones. Cuando
escucho sonidos que vienen de más allá de la línea de árboles, guío a mi caballo hacia
allí.
—¡Mamá! —grita una pequeña voz.
Me acerco al trote, mirando con horror a la gente enjaulada en las cárceles de
madera. Todas mujeres y niños pequeños. Me miran como si estuviera aquí para
salvarlos.
—¡Agarren a la perra de cabello blanco! —grita un hombre corpulento detrás de
mí.
Su cabeza sale volando de sus hombros y rueda hacia una de las jaulas. Mi mirada
se encuentra con la de la Danser y asiente mientras limpia la sangre de su espada.
Danser y Ryke despegan, persiguiendo a un grupo de hombres con armas. Me bajo de mi
caballo y me acerco a la jaula donde una mujer cercana a mi edad me mira con recelo.
—¿Eres su prisionera? —exijo.
Asiente.
—Injustamente.
—¿Cuál fue tu crimen?
—Ser mujer. Los intocables ven a las mujeres como moneda. —Mira por encima
del hombro a un niño pequeño que gime en la esquina—. Los niños están peor.
—¿Son usados como moneda? ¿Qué pasa cuando son intercambiados?
La mujer se frota el estómago.
—Y los niños están peor, ¿por qué? —susurro.
—Los hombres disfrutan la carne fresca y los condenados limpiaron la mayor parte
de las tierras de caza —dice con dureza, y su voz se quiebra ligeramente—. Estoy
cultivando comida para los monstruos.
Mi estómago se tensa violentamente.
Los intocables se comen a los suyos.
Se comen a los niños.
No.
No. No. No. No.
Estos son los legendarios "monstruos" de la Guerra Moral.
Cuando era niña, pregunté por las Tierras Ocultas. Padre dijo que fue invadida por
los condenados, pero que estaban atrapados allí. Que la Guerra Moral no era real. Nunca
me dijo que la gente que vivía allí era peor que los condenados.
Me siento engañada.
Gente, a solo un par de días de viaje, es cautiva de monstruos. Los alimentan. Y
son peores que las bestias porque son humanos.
—¿Siempre has vivido aquí? ¿Atrapada con ellos? —pregunto, y la nieve se espesa
a mi alrededor por mi propia voluntad.
—No siempre. Mis padres me mantuvieron a salvo, en lo profundo del bosque,
hasta que un grupo nos encontró. Masacraron a mi padre y luego… a mi madre… —Su
barbilla tiembla—. No quieres saber lo que le hicieron a mi madre. En cuanto a mí,
bueno, puedes ver lo que me hicieron. —Se frota el estómago y, aunque no puedo
notarlo, está indicando su embarazo.
La rabia me quema por dentro. Tantos niños pequeños y mujeres encerrados
dentro de estas jaulas. Empiezo a avanzar, lista para destruir la cerradura, cuando la
mujer grita.
—¡Cuidado!
Miro detrás de mí mientras un hombre se acerca sigilosamente. Con un rugido de
furia, lanzo casi una docena de hojas de diamante que le atraviesan el corazón. Cae con
un golpe sordo en la nieve.
Cuando me doy la vuelta, la mujer está arrodillada y la esperanza brilla en sus ojos
marrones.
—Eres una reina, ¿sí? Salva a esta gente y tendrás nuestra lealtad eterna.
Necesitamos protección, la cual puedes ofrecer. Y necesitas información, la cual
podemos ofrecer. Por favor. Te lo ruego.
Todas las demás mujeres y los niños mayores asienten rápidamente.
—¿Puedes luchar? —pregunto, rompiendo una hoja de diamante de mi corona y
ofreciéndosela.
Sus ojos marrones brillan con violencia mientras la toma.
—Puedo, su alteza. —Con esas palabras, me lanza la hoja directamente a mí. Pasa
silbando a mi lado y apuñala la garganta de uno de sus captores.
Ya me gusta.
Invocando mi hielo, creo una larga hoja con el puño y luego sierro la cuerda que
mantiene la jaula cerrada. Tan pronto como se libera, abro la puerta. La mujer ayuda a
todos a salir y sale la última. Le agarro el brazo antes de que pueda llegar lejos.
—¿Cómo te llamas?
—Valari.
Resuenan cascos estruendosos y luego una ola de calor me inunda. Ryke se baja de
su caballo y avanza hacia mí, su rostro transformado con ira.
—La zona está despejada. —Su mirada se posa en Valari antes de levantar las cejas
inquisitivamente.
—Cautivos. ¿Y los intocables?
Gruñe.
—Los matamos a todos.
—Los que están en este grupo, su alteza, pero muchos están en estos bosques entre
aquí y el castillo Highland. —Valari apunta hacia una montaña en la distancia.
—¿Y qué hay en el castillo? —pregunto—. ¿Más de ellos?
—Los intocables, sí —espeta—. Reinan aquí.
Ryke y yo compartimos una mirada oscura.
—Ya no —le digo a Valari.
Ryke sonríe y me toma de la mano.
—Ahora reinamos nosotros.

Durante meses, hemos estado viajando al castillo Highland. Los grupos, aunque no
están organizados, son abundantes. Rescatar a las mujeres y los niños es un esfuerzo que
consume mucho tiempo. Pero nunca me he sentido tan viva. Tan llena de propósito.
Los Ojos del Blanco han llegado a confiar en el ejército Volc. Ambos lados se han
aclimatado el uno al otro. Se han forjado amistades. La confianza fortalece al ejército
como uno solo. Ryke ha empezado a llamarlos los Bloodstone. Cuando fusionó nuestros
nombres, al principio pensé que era una tontería. Y estaba un poco enfadada. Yo era una
Whitestone. Él era un Bloodsun. ¿Por qué arruinar cientos de años mezclando nuestros
nombres? Pero me recordó amablemente que somos mejores que los anteriores. Como
Bloodstone, somos algo nuevo y más poderoso. Reinaremos juntos como iguales sobre
todas las tierras que elijamos reclamar como nuestras.
—Su alteza —dice Valari, emergiendo de un bosquecillo de árboles, arrastrando
un ciervo detrás de ella.
—Ahh, alguien ha estado cazando. —Me rio cuando deja caer la cosa muerta a mis
pies—. ¿Mejor que la hora de la siesta para los niños?
Pone una expresión amarga.
—Estaba destinada a estar ahí afuera, no atada a los pequeños.
Me acerco y le toco el estómago, que se ha hecho más grande. A veces se puede
sentir el movimiento del bebé.
—¿Y este pequeño?
—Pertenece a la naturaleza.
Danser sale de los árboles con una mirada furiosa que transforma sus rasgos,
normalmente impasibles.
—Te dije que me esperaras, mujer. No me diste ni un minuto para bajar del
maldito árbol. No deberías estar arrastrando ese pesado cadáver tú sola.
—Debes ser más rápido que eso, viejo —replica ella, lanzándole una sonrisa
engreída antes de alejarse.
Sus ojos se estrechan.
—Me vuelve loco.
—Te gusta —me burlo—. Quieres hacerla tuya.
Se acerca a mí.
—Si fuera mía, estaría en una tienda de campaña descansando mientras se vuelve
más grande por su embarazo.
El calor de Ryke me envuelve por detrás y me besa la cabeza. El calor viaja a mi
estómago, donde toca a nuestro pequeño, que está creciendo dentro.
—Imagina si le hubiera dicho a mi reina que tenía que quedarse encerrada en un
castillo mientras yo hacía todo por ella.
Danser gime.
—Valari no es mi reina. No es nada para mí.
—Es tu compañera en el ejército Bloodstone —le recuerdo, me encanta la forma
en que pone los ojos en blanco de una manera descaradamente irrespetuosa. Si algo
aprendí de Ryke es que me encanta un desafío de aquellos más cercanos a mí. Hace las
cosas más interesantes. Entretenidas.
—Solo soy soldado porque usted lo ordenó. —La voz de Danser gotea sarcasmo—.
Mi reina.
Ryke se ríe y luego le prende fuego a las botas de Danser. Este frunce el ceño
mientras apaga el fuego en la nieve.
—Un par de niños —refunfuña Danser mientras se aleja—. Sirvo a un par de
niños.
Tan pronto como se ha ido, miro a través de los árboles al castillo Highland. Otro
día de viaje y estaremos allí.
—¿Estarán seguros aquí mientras seguimos adelante? —pregunto, girando para
mirar a Ryke.
—Tendrán que estarlo. No podemos asaltar un castillo lleno de intocables con un
puñado de niños quisquillosos. Ya he instruido a algunos de los hombres mayores para
que se queden atrás y los cuiden. Necesitaremos a los más jóvenes y fuertes. —Sus ojos
caen sobre mi estómago y la preocupación nubla sus ojos ámbar.
—¿Vas a pedirme que me quede atrás? —desafío, levantando la barbilla.
Sus labios se levantan por una comisura de una manera diabólicamente hermosa.
—Ni se me ocurriría, Castigadora.
Dieciocho

uestro plan es uno de sorpresa. Tienen que saber que estamos yendo,
pero están esperando un ataque extravagante. Arrasar la puerta
frontal. No están esperando que subamos por las ventanas y los
asesinemos mientras duermen. Miro hacia Elzira, que está de pie
junto a una ventana. La luz de la luna brilla sobre ella y me tomo un momento para
admirar su belleza.
Durante un tiempo, sus ojos estuvieron hundidos y sus huesos sobresalían. Sus
labios, dedos y piel eran azules. Incluso su cabello se había vuelto azul. Mi reina cruel
estaba muriendo a manos de otros. Ahora, es fuerte y su cuerpo se ha llenado,
especialmente desde que lleva a nuestro hijo. Su cabello, una vez blanco hielo con
mechones azules, ha cambiado. Oscuros mechones negros están mezclados con los
rubios. Al principio, me preocupaba que algo terrible le estuviese sucediendo, pero
Mazon me aseguró que es porque el fuego cursa por sus venas. Nuestro hijo es un
creador de fuego.
Me dirijo hacia mi esposa y la beso lo bastante fuerte para robarle el aliento.
Entrelaza los dedos en mi cabello, dándome una suave imagen de lo que normalmente
está reservado para mí cuando estamos solos y tengo sus muslos envueltos alrededor de
mi cabeza.
—¿Qué pasa? —susurra.
—Si muero hoy —gruño—. Que sepas que cada segundo contigo fue un gran
regalo.
—Quien te mate tendrá que conocer mi ira. —Curva sus labios llenos en una
sonrisa—. Morir por decapitación parece demasiado fácil. Quizás esta vez los congelaré
de dentro hacia fuera.
Mordisqueo su labio carnoso.
—Me pone duro cuando me dices cómo llevarás a cabo tu venganza por mi
muerte, Castigadora.
—Siempre fuiste retorcido —bromea, luego su expresión se ensombrece—. ¿Y qué
hay de mí? ¿Qué harás a quien mate a tu reina y tu hijo no nato?
El calor me invade, mis ojos ardiendo en los suyos.
—Quemaré todo el maldito mundo hasta los cimientos. Si no puedes existir en mi
mundo, entonces a nadie se le permite hacerlo.
Mi reina cruel sonríe.
—Nuestro amor es destructivo.
—Solo para aquellos que intentan interponerse.
Estoy a punto de lanzar al viento la responsabilidad y tomar a mi reina ahora
mismo, pero Danser me sisea que debemos hacer nuestro movimiento ahora. Alzo a
Elzira y la empujo por la ventana, antes de seguirla silenciosamente. La base del castillo
está vacía. La habitación está en silencio salvo por un incinerador en la esquina que
brilla en rojo desde el cuadro abierto. Solo será cuestión de tiempo hasta que el hombre
del incinerador regrese.
Cuando me giro, veinte hombres, incluidos Danser y Valari, se han deslizado en la
habitación con nosotros. Valari camina hacia mí y señala una pila de escombros. Sigo la
mirada hacia los huesos. Muy pequeños. ¿De un zorro, tal vez? Una mirada a los labios
apretados de Valari y lo sé.
Niños.
Elzira se tensa. La calma antes de la tormenta.
Su rabia la consume hasta el punto de que la nieve comienza a caer intensamente
en la habitación. Le toco el hombro en un gesto calmante.
Cálmate hasta que acabemos con cada uno de ellos, mi reina.
No podemos dejarles saber que estamos aquí, y que pierda su frialdad —
literalmente—, es la peor idea de todas.
Me dirijo a la escalera y todos me siguen. Más hombres hacen fila detrás de
nosotros. Subimos las escaleras que finalmente llevan a la gran habitación donde todavía
arde un fuego. El hedor a carne cocinada hace que se me revuelva el estómago. Varios
hombres gordos están roncando fuertemente, desmayados sobre la mesa. Valari y
Danser hacen un trabajo rápido apuñalándolos en la base del cráneo. Rápido, violento,
silencioso.
—Sepárense —ordeno—. Recuerden el plan.
Valari y algunos otros han estado dentro del castillo antes. Una vez establecido
donde estaban los intocables, decidimos la mejor forma posible de matarlos sin herir a
mujeres ni niños.
Por mucho que me desagrade el plan, Valari y Elzira van a buscar el nido de
inocentes mientras los hombres matan a los monstruos. Sé que ella quería la satisfacción
de derramar su sangre, pero hay más en ser una reina que solo castigar a los malos.
Salvar a los buenos es igual de importante.
—Por aquí —apremia Valari, adelantándose silenciosamente. Elzira la sigue con
cinco Bloodstone tras ella. Desaparecen por la esquina.
Todo en mí suplica ir con ellas, pero el castillo es demasiado grande. Elzira y
Valari son capaces. Danser y yo tenemos nuestras propias batallas que luchar.
Subimos otro tramo de escaleras. Arriba, arriba y arriba. No necesitaba que Valari
me dijese que los que lideran a los intocables viven en la cima, a salvo en su torre.
Danser y yo nos movemos silenciosamente por las escaleras y pasillos, cortando las
gargantas de los hombres a lo largo del camino.
Cuando alcanzamos lo que parece la habitación real y matamos a dos guardas, me
adentro suavemente por la puerta. Un fuego brilla en la chimenea. En la cama, un
hombre con una gran barriga folla a una pequeña mujer que está ahí tumbada y no hace
nada. Él está perdido en sus envites de placer, inconsciente de que dos hombres letales
han entrado en su espacio. Mientras me acerco, noto que la mujer tiene marcas de
mordeduras por todo su cuerpo y su estómago está hinchado con un hijo. Ha perdido
varios dedos de las manos y los pies. Lo peor es que le han sacado los ojos de las cuencas.
—Sí —gruñe el hombre, mostrando sus dientes que están cubiertos de sangre.
Me acerco y le golpeo con el látigo, satisfecho con la forma en que se abre su
estómago. Se ahoga de dolor antes de tambalearse hacia atrás, sosteniéndose el abdomen.
Lo azoto de nuevo, arrancando su polla húmeda de su patético cuerpo. Justo he alzado el
látigo cuando el hombre gimotea una confusa súplica.
Un destello de cabello negro pasa junto a mí y la chica se lanza por la ventana.
Danser no logra llegar a la ventana a tiempo. El enfermizo golpe seco puede escucharse
unos momentos después cuando golpea el suelo.
—Mi reina. —El hombre solloza—. La dejaron ir.
Al menos la pobre mujer ha encontrado la paz.
—No eres un rey, cerdo. Los reyes tienen pollas.
El hombre lloriquea mientras se agarra donde solía estar su polla. Danser se
adelanta y clava la espada en el estómago del hombre antes de arrastrarla hacia arriba
con fuerza. El estómago del hombre se abre y todo su interior se extiende por el suelo
con un fuerte golpe. Cae con un ruido sordo.
Invocando mi fuego, quemo al cerdo muerto y todas sus partes corporales. El olor
a carne humana no es algo que disfrute, pero mirar a la pobre excusa de humano arder
es satisfactorio. Inhalo su dulce olor a muerte. Una vez está carbonizado, salgo para
asistir al resto de mis hombres en apoderarse del castillo Highland.

Cuando nos acercamos a una puerta cerrada, invoco mi hielo. La cerradura se


vuelve azul antes de partirse por la mitad. La saco y la dejo suavemente en el suelo.
Valari entra en la habitación. Lo que vemos me asquea.
Cuatro hombres.
Dos están follando a mujeres muertas, mientras los otros dos están desollando
carne de cadáveres. Carne humana. No animales. Pequeños cuerpos humanos. Valari,
sobrepasada por la rabia, se acerca a uno de los hombres sobre una mujer de cabello
castaño, un grito de guerra escapando de ella. Antes de que pueda ayudar, algo me
golpea en la parte trasera de la cabeza. Mi corona se rompe y repiquetea en la piedra.
Caigo al suelo a su lado, mis ojos pesados mientras un quinto hombre aparece a la vista.
Su espada está húmeda. Los cinco Bloodstone que vinieron con nosotras están muertos.
Intento invocar mi hielo, pero una nube de oscuridad cae sobre mí.

Cuando logro abrir los ojos pestañeando, me doy cuenta de que tengo los brazos
atados a mi espalda. Miro a Valari al otro lado de la habitación. La han desnudado y
atado sus muñecas a las cuerdas colgando del techo. Sus cortas piernas hacen que se
balancee sobre los dedos de sus pies. La forma en que su barriga embarazada sobresale
hace que la preocupación se alce dentro de mí. Es muy vulnerable a esos monstruos.
—Ah, así que la reina está despierta —declara el que asesinó a cinco de mis
hombres, revelando su sonrisa sin dientes hacia mí—. Eres una reina, ¿verdad? —Alza
los trozos de mi corona rota he inspecciona los pedazos—. No pareces tan regia sin tu
corona. De hecho, pareces otra zorra incubando mi comida.
Mi bestia dentro de mí está en silencio.
Nada de hielo.
Vacío, frialdad.
El miedo aferra mi corazón. He confiado tanto en mi don que sin él me siento tan
vulnerable como Valari.
—Déjanos ir —exijo—. Déjanos ir y tu muerte será rápida e indolora.
El hombre resopla, ganándose algunas risas de sus cuatro hombres.
—No las vamos a soltar. Ahora vamos a tomarnos turnos con sus apretados coños
antes de darnos un pequeño aperitivo de medianoche. —Se acerca a Valari y clava la
punta del cuchillo en su barriga—. Apuesto que este sabe dulce. Siempre saben más
dulces cuando están frescos y todavía pataleando.
La furia surge dentro de mí.
Ardiente, blanca, violenta.
Una rabia como nunca he conocido estalla a través de mí como un fuego salvaje en
un bosque denso. Consume todos mis pensamientos. La habitación se calienta varios
grados.
¡Ryke!
La emoción amenaza con sobrepasarme, pero permanezco fuerte. Aprovecho mi
furia. Atrayendo a la bestia desde su lugar escondido.
Ryke nunca aparece.
Siseo. Estallido.
Mis manos están liberadas y las llevo frente a mí con confusión. Brillan en rojo.
Fuego. Quema a través de mis venas como si fuese mi propio don. Se siente nuevo,
indómito e innato. Salvaje, libre e incontrolable. Valari abre los ojos con sorpresa. Los
cinco hombres dan un paso atrás cuando me pongo en pie.
—No se queden ahí —grita el líder—. ¡Maten a la zorra!
Uno de los cinco hombres gordos carga en mi dirección. Lo azoto con un látigo de
fuego cortando al hombre limpiamente en dos. Cada una de sus dos mitades se separa y
golpea el suelo con un sonido pegajoso. El más pequeño de los hombres sale corriendo
hacia la puerta. Valari salta y lo agarra por la cabeza, envolviendo sus muslos desnudos a
su alrededor en un intento de ahogarlo.
Envío dos bolas ardientes de furia a través del pecho de dos hombres
permaneciendo a cada lado de su líder. Gritan, aferrándose el pecho antes de caer al
suelo. Luego doy un paso hacia el hombre a cargo. Desenvaina la espada, ganándose una
carcajada por mi parte.
—¿Qué planeas hacer con ese gran cuchillo, monstruo? —me burlo—. ¿Cortarme
como hiciste con esos pobres niños inocentes?
Mi dolor de cabeza comienza a desaparecer mientras mi propia bestia se adelanta.
En lugar de alejarse del fuego, mi bestia lo usa. Cierro la mano en un puño y me
maravillo por la forma en que una hoja de diamante se forma como una larga espada,
llamas azules en su interior.
—Qué dem… —El hombre deja la frase a medias, horrorizado por mis poderes.
Con un rápido gesto del brazo en un movimiento giratorio, veo a través del cuello
del hombre. Su cabeza cae al suelo de piedra a mis pies. La aparto de mi camino de una
patada y luego empujo el cuerpo quieto de pie antes de dirigirme hacia Valari. Golpeo
sobre ella, cortando la cuerda con mi hoja de diamante sangrante. En cuanto sus manos
están libres, tira del cabello del tipo. Me agacho y deslizo la hoja sobre sus pantorrillas,
cortando sus piernas en dos. Su grito es de otro mundo justo cuando la puerta se abre. Se
tambalea en sus piernas cercenadas. Con ligero movimiento, su cuerpo se separará por
debajo de sus rodillas. Es inevitable.
Danser se lanza hacia nosotras con alarmante velocidad, apartando a Valari de la
cabeza del hombre. Uso el momento para patear al hombre al suelo y luego me cierno
sobre él con mi fiera hoja de diamante azul sobre su garganta. La parte baja de sus
piernas yace a su lado mientras la sangre sale a borbotones de sus extremidades. Solloza
audiblemente, así que empujo la espada entre sus labios, haciendo que la hoja de fuego
azulado brille más. Su rostro estalla en fuego y se quema, sacándolo de su miseria
demasiado pronto. Una vez está muerto y ya no se mueve, alzo la mirada para encontrar
a Ryke observándome con una intensa mirada desde la puerta.
Doy un tembloroso paso en su dirección y recorre el resto del camino hacia mí.
Me toma en sus brazos, apretándome con fuerza contra él.
—No sé qué sucedió —susurro—. Pensé que estabas aquí, pero era yo, Ryke. Tenía
fuego. De algún modo tenía fuego.
Lleva su mano a mi estómago.
—Parece que tuviste un poco de ayuda de nuestro creador de fuego.
Jadeo mientras aferro mi barriga. Mi bebé. Mi bebé me protegió cuando más lo
necesitaba. Cálidas lágrimas llenan mis ojos.
—Eran hombres malos —susurro, encontrando los labios de Ryke con los míos.
—Ahora todos han desaparecido.
Jorshi entra en la habitación y admira la escena a nuestro alrededor.
—Todos han desaparecido, mi reina y mi rey. —Posa la mirada en las dos mujeres
acobardadas en la esquina—. ¿Qué hay de ellas?
—Las llevaré al campamento y las acomodaré —comenta Valari, tirando de los
restos de su ropa—. Ahora están a salvo con nosotros —asegura a las mujeres—. Cuando
sirven a los Bloodstone, están a salvo y protegidas.
Cuando las mujeres parecen inseguras, Valari se ríe entre dientes.
—¿Creen que los intocables o los condenados son rival contra una reina que es
hielo y fuego? —inquiere Valari.
Las mujeres me sonríen con esperanza en sus ojos.
—Están a salvo —confirmo—. Danser, Jorshi, acompañen a Valari y cualquier
inocente que encuentren.
En cuanto se han ido, Ryke me sonríe.
—Así que, ¿supongo que solo soy leña? ¿Algo para mantener caliente a la toda
poderosa reina por la noche?
Beso su hermosa boca.
—Todo el mundo tiene su labor. Me alegra que descubrieses cuál es la tuya.
Sonríe.
—Eres una reina cruel.
—Me elegiste —replico con descaro.
Pasa el pulgar sobre mi labio.
—Te elegiría una y otra vez. Te amo, Elzira.
—También te amo, Volc.
Epílogo

or favor, padre —suplica mi hijo mayor y heredero al trono.


—Soren, suplicar está por debajo de ti.
Soren me frunce el ceño, su corona negra pesada
sobre su cabeza. Su cabello negro se curva bajo el metal,
recordándome cuando todavía era un bebé chupando de la teta de su madre. Aunque
nada en la forma en que sus ojos azul hielo arden con furia es infantil. Mi hijo se está
convirtiendo en un hombre.
—Dime, hijo, ¿deseas visitar los Canales de Easta porque quieres luchar con los
Bloodstone en la Guerra de las Guerras o es porque estás siguiendo a una chica allí? —
Sonrío cuando su ceño se profundiza.
—No sigo a nadie —contesta obstinadamente, pero su mirada la sigue.
Aylin se sienta al lado de su padre —no su verdadero padre, pero nadie habla de
ello—, y su madre Valari en el gran comedor donde todos nuestros hombres y mujeres
de mayor confianza comen juntos. Como si sintiese la mirada del joven príncipe, alza
sus ojos marrones y le lanza la más breve de las sonrisas, suavizando sus normalmente
rasgos endurecidos.
Donde Soren había sido criado para ser un príncipe, fiero y fuerte para proteger a
su gente, Aylin fue criada para ser una guerrera. Para encontrar a los malvados antes de
que ellos nos encuentren. Puede que hubiésemos ganado la Guerra Moral después de
años recorriendo las Tierras Ocultas, pero la Guerra de Guerras continúa. Un día, los
reinos de Easta y Westa también pertenecerán a los Bloodstone. Aylin recientemente
alcanzó la edad en que Danser la lleva con él en misiones. Pronto será tan fiera como su
padre. La gente sin dones debe depender de habilidad. Ciertamente tiene habilidad a su
edad.
Soren sacude la muñeca, rodando ausentemente una bola de fuego azul alrededor
de la palma de la mano, su mirada fija en ella. De mis ocho hijos, es el único que
presenta señales de tener ambos dones de fuego y hielo. Mazon cree que sucedió en el
útero, cuando su madre necesitó acceso al don de él para protegerse. Cree que en ese
momento intercambiaron don por don, pero realmente nunca devolviéndolo. Mi reina
nunca perdió sus habilidades de crear fuego. Sigue siendo la persona más poderosa que
he conocido jamás.
Y con dos dones, mi hijo necesitará entrenamiento extra para perfeccionar ambos.
Un día, cuando sus padres hayan desaparecido hace tiempo, gobernará sobre los dos
reinos restantes —Easta y Westa—, junto con los que ya están bajo el reino Bloodstone.
—¡Papá!
Me giro a tiempo para atrapar a Farren cuando se lanza a mis brazos. Es mi
pequeña ambulante. Le encanta merodear y causar problemas. Su cabello rubio hielo y
ojos ambarinos la convierten en una visión arrebatadora. Es fácil perdonar sus travesuras
cuando me sonríe.
—Pequeña Farren —regaño—. No deberías estar corriendo sola. ¿Dónde están tus
hermanos y madre?
—Son lentos, papá. —Hace un puchero.
Atarah se apresura en la habitación, sus ojos ambarinos llenos de furia. Mi hija,
nacida justo después de Soren, a pesar de parecerse a mí, es como su madre. Te cortará
con una cruel mirada y si eso no funciona, te quemará donde estés. Perdimos muchos
sirvientes cuando tenía rabietas de pequeña.
—Mi hermosa niña —saludo cuando atrapo su mirada con la mía.
Pierde su mirada heladora lo suficiente para lanzarme una rara sonrisa.
—Buenas noches, papá. —Soren y ella normalmente me llaman padre, pero a
veces me recuerda que siempre será mi niña pequeña cuando se descuida y me llama
papá.
Las gemelas, Kenna y Nilsa, entran de la mano. Ambas con su cabello blanco hielo
y ojos azul pálido, son una réplica en miniatura de su madre. Son calladas y hurañas, dos
chicas unidas al compartir el útero. Por lo que pasó con su hermana, Elzira las vigila por
cualquier señal de animosidad. Pero el amor brilla entre esas dos. Confío en que estarán
juntas hasta el fin de sus días, como mejores amigas.
Beso a cada una de las gemelas y luego encuentran su lugar en la mesa con sus
hermanas y hermano.
Thane y Caswell entran después, justo tras las gemelas. Dos hermanos de once y
diez años que son como uña y carne. Me recuerdan a mi primo y a mí mientras
crecíamos. Mantengo un ojo extra en ellos, así no se meten en problemas como hicimos
nosotros. Son sobreprotectores con las gemelas y los más pequeños, pero no pueden
ocultar su furia contra Soren. No estoy seguro de qué sucedió entre los tres chicos, pero
lo que fuese es algo que ninguno discute. Soren los fulmina con la mirada y ellos hacen
exactamente lo mismo. Supongo que si los chicos fuesen más grandes, intentarían atacar
a Soren.
—Chicos —saludo, sonriéndoles—. Yashka hizo su plato favorito esta noche.
Ambos me sonríen, perdiendo sus ceños antes de colocarse al lado de las gemelas.
Se hace el silencio en el comedor mientras todo el mundo agacha la cabeza con
respeto. Mi esposa, la reina Bloodstone, entra, mi hija más joven mamando de su teta. El
cabello de Elzira está escondido bajo una enorme corona de hojas de diamante. Esta
noche lleva un vestido negro brillando con diamantes. Hermosa. Quizás enviaremos a la
pequeña con Valari esta noche e intentaré poner otro en su barriga.
Unos brillantes ojos azules se encuentran con los míos, resplandeciendo con
advertencia.
No más niños, había dicho después de que Asterin casi la matase durante el parto.
Pero Asterin fue un regalo. ¿Por qué un rey y una reina deberían negarse más de esos
preciosos regalos?
A pesar de la mirada fiera en el rostro de Elzira, puedo ver su fachada
derritiéndose. Después de que todo el mundo se vaya a dormir, me dejará separarle las
piernas y expandir mi semilla dentro de ella. Me dará otro hijo. Me dará tantos como su
cuerpo permita.
—Por favor, papá —murmura Soren de nuevo, su voz suave.
Aparto la mirada de mi hermosa esposa para inspeccionar a mi hijo. Quiere esto
desesperadamente. Sería estúpido enviar al heredero al trono a Otras Tierras, como
llamamos ahora a todo fuera de las Tierras Ocultas. Si fuese asesinado, ¿entonces qué?
Atarah se sienta derecha y me sonríe.
Una princesa con una columna de fuego.
Las reinas han demostrado ser tan poderosas como los reyes.
Dejo salir un fuerte suspiro.
—Accederé con una condición, Sor.
Se endereza, una amplia sonrisa extendiéndose en sus labios.
—Cualquier cosa, papá. Haré cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa?
Asiente rápidamente. No le gustará esto. Ni una pizca.
—Puedes ir con Danser y los Bloodstone a los Canales de Easta —accedo—. Pero
debes llevar a Thane y Caswell contigo. Es tu labor proteger a tus hermanos sobre todo
lo demás.
La sonrisa desaparece del rostro de mi hijo mayor.
—Padre —gruñe, su voz muy profunda para su edad—. No puedes pedirme eso.
Estirando el brazo, aparto uno de sus rizos de su ceño.
—Un rey hace sacrificios. Si debo sacrificar a mi heredero al trono para que pueda
perseguir a una chica a Otras Tierras, entonces debes sacrificar un poco de ti mismo,
joven príncipe. Son tus hermanos y lo que sea que se interpone entre los tres se
solucionará en el viaje. ¿Entendido?
Aprieta la mandíbula.
—No los consentiré, padre.
—No espero que lo hagas. Además, te odiarían si lo hicieses.
—Thane apenas sabe cómo usar una espada —se queja—. Caswell probablemente
todavía moja la cama.
—Te reto a que les digas eso —me burlo—. Thane es excelente con un látigo. Y
Caswell hace hojas de diamante más afiladas de lo que tu madre pudo jamás.
Los ojos azules de Soren brillan maliciosamente.
—¿Pero pueden hacer ambas cosas?
—Yo no puedo hacer ambas cosas —gruño, acercándome—, y puedo asegurarte,
chico, que todavía puedo vencerte.
En lugar de asustarse, mi príncipe valiente sonríe.
—Gracias, papá. No te decepcionaré.
Lo acerco a mí y beso a mi pequeño chico, que desea desesperadamente ya ser un
hombre, justo en la frente. Farfulla y me aleja de un empujón, sus mejillas ardiendo de
vergüenza, pero sigue sonriendo.
Cuando Aylin se acerca a mi hijo, me giro para mirar a Elzira, que está sentada a
mi otro lado. Sus ojos brillan con diversión.
—¿Has terminado de aterrorizar a mis hijos? —cuestiona, sonriendo.
—Nunca —gruño—. ¿No es cierto, Asterin?
Mi hija pequeña se aparta del pezón de su madre para sonreírme. Alzo mi dedo y
me lo agarra con sorprendente fuerza. Se me escapa un siseo cuando su puño arde con
una llama azul.
—Ay —me quejo, apartando el dedo de mi hija con dos dones—. ¿Cuándo sucedió
esto?
Elzira se ríe.
—Simplemente ahora.
Me encuentro con la mirada de mi esposa.
—Mejor esperamos a que Soren regrese de los Canales de Easta antes de decírselo.
Está extasiado siendo el Bloodstone mejor dotado de momento.
—Chicos arrogantes —canturrea Elzira—. ¿Cuándo aprenderán que la reina
siempre supera al rey?
Asterin me sonríe, alcanzando mi mano de nuevo.
No lo creo, fiera y sádica creadora de hielo. Inclinándome, le beso la frente. Luego
beso los gruesos y mohínos labios rojos de mi reina.
—Estaba pensando —murmuro, clavándole una mirada abrasadora—. Con los
chicos yéndose pronto de viaje, el castillo estará muy vacío.
—Insaciable e insufrible Volc —gruñe Elzira juguetonamente.
—¿Tu corazón está congelado, reina cruel? ¿No quieres hacerme el hombre más
feliz del mundo?
Su mirada se suaviza.
—Supongo que es justo. Me has hecho la mujer más feliz.
—Come —gruño mientras le robo un beso—. Necesitarás la fuerza para más tarde.
—No me inclino ante nadie —susurra—. Nadie me dice qué hacer.
—Esta noche te inclinarás para mí, reina helada. Y luego pasaré el resto de la
noche adorándote entre tus muslos.
Uno de los chicos mayores gime a nuestro lado, haciéndonos reír.
Me siento derecho y dejo que el bebé retorciéndose agarre mi dedo de nuevo, solo
encogiéndome ligeramente cuando me quema con su puño ardiente. Mirando sobre la
mesa, admiro a todos mis hermosos hijos. Algunos con cabello blanco, otros con cabello
negro. Todos hermosos, poderosos y amados.
Cuando me marché en mi viaje a las Tierras Ocultas hace años para luchar en la
Guerra Moral, esperaba endurecer un imperio y tomar una princesa para hacerla mi
reina. Nunca soñé que me enamoraría de una reina cruel y fría al borde de la muerte y
le daría ocho hijos perfectos. Nunca llegué a esperar que amaría no a una persona, sino a
ocho más, con cada parte de mi ser.
Hay espacio en mi corazón para muchos más.
Y esa es mi verdad.
Acerca del
libro
Este libro pertenece a la colección , en la que varias
autoras participan. Los libros no tienen orden ni relación entre sí y pueden leerse por
separado.
Érase una vez, hubo una facción de autoras que retozaron en la oscuridad y
forjaron cuentos retorcidos. Sus corazones, todavía puros, adoraban esos cuentos de
hadas de princesas reales y el primer beso del verdadero amor, pero sus mentes
malvadas ansiaban el peligro y los deleites siniestros, como hacían muchos de los
lectores en Romancelandia. Y así, estas autoras se juntaron, cada una eligiendo un
cuento querido que manipularían y cubrirían de oscuridad. ¿Cuán enormemente
cambiarán los destinos? ¿Reinará la maleficencia suprema? ¿Es el primer beso del
verdadero amor suficiente para salvar sus almas?
Sobre la autora

K. Webster es una de las autoras mejor vendidas de USA Today. Sus títulos han
reclamado muchas etiquetas de mejor vendidos en numerosas categorías, son traducidos
a varios idiomas y han sido adaptados en audiolibros. Vive en “Tornado Alley” con su
marido, sus dos hijos y su perrito Blue. Cuando no está escribiendo, está leyendo,
bebiendo copiosas cantidades de café y buscando alienígenas.

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