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Hola Carlos, ¿No lamenta no haber ido a la universidad, y de haberlo hecho, qué estudios
hubiera hecho? Un saludo

Fui, colega. Tengo aprobado hasta Cuarto de la carrera de Imagen y no me presenté casi
nunca a los exámenes. ¿Cuál es el misterio? Los amigos lo hacían por mí. Y me cabreaba
mogollón si me suspendían. Mi trabajo durante toda la noche en el colegio mayor en el que
estaba era jugar al póker. Los héroes que se examinaban por mí podrían confirmarle lo que le
estoy contando. Se llaman Fernando Trueba, Julio Sánchez Valdés, Alberto Bermejo, y otros
espíritus generosos. También estuve un año en Filosofía y Letras, esa carrera que aprobaba
todo el mundo. A mí me suspendieron en todas. ¿Que si me siento orgulloso de esas cosas?
Solo sé que la universidad no me enseñaría nada de las cosas que amo. La cultura me la
busqué yo. Conozco el arte, pero también la calle.

Ser autodidacta tiene numerosas ventajas. Sin profesores, normas, exámenes, sin miedo a
que la nota sea mala, sin reprimendas, sino que se busca el conocimiento y la cultura por
placer, con entusiasmo y no como obligación.

Carlos Boyero nació en Salamanca el 2 de Mayo de 1953. A los 9 años fue internado en un
colegio de curas o como el dice “verdugos legalizados”, hecho que según él mismo ha
reconocido marcó su personalidad. Guarda muy malos recuerdos de aquella época en la que
fue expulsado varias veces y los curas llegaron a decir de él que acabaría siendo un
delincuente. Empezó a beber y fumar (bastante por lo que cuenta) a los 13 años. Ante esta
situación se refugió en los libros, en el cine (supongo que estos detalles influyen en su idilio
con Léolo) para escapar de todo aquello. Todos estos hechos hacen que se autodefina como
“Un rebelde con causa”.

A los 18 años se fue a vivir a Madrid para estudiar Ciencias de la Información en la


Universidad Complutense. Allí coincidió con Antonio Resines y Fernando Trueba. Por entonces,
Resines quería ser productor, Trueba director de cine y Boyero no quería ser nada, “sólo me
planteaba la supervivencia”. Vivía en un Colegio Mayor donde pasaba muchas horas jugando al
póquer, con el que ganaba bastante dinero. Sospecho que esta es una de las razones por las
que tanto le gusta El Buscavidas.

Gracias a Fernando Trueba empezó a escribir a finales de los 70 en La guía del Ocio.
¿Adivinan sobre qué? Pues de putas, locales de Strip-tease y demás espectáculos en una
sección llamada “Madrid Nocturno”. Desde entonces ha trabajado en numerosos medios de
comunicación como Casablanca, Diario 16 y El Mundo. Actualmente escribe en El País y
colabora con la Cadena Ser y Canal Plus. Tal era su éxito que llegó a compaginar su trabajo en
El Mundo y en La Cadena Ser, dos medios ideológicamente enfrentados.
Guarda muy buenos recuerdos de sus 20 años con Pedro J. aunque reconoce que los
últimos años llegó a sentirse censurado. Algunas columnas no gustaban a gente importante y
llegaron a controlarle todo lo que escribía. En 2007 se marchó a El País, algo que no gustó al
director de los tirantes. Éste intentó retenerlo pero Carlos se negó aludiendo que las
discrepancias de pensamiento eran demasiado grandes.

Un hombre con un pasado difícil –drogas incluidas- que admite querer mucho a su madre
pero no haber sentido nunca la complicidad familiar, en gran parte por la mala relación que
tenía con su padre. Es un hombre duro y que cree mucho en la amistad. Seguro que por ello
adora El hombre que pudo reinar o Sólo los ángeles tienen alas. Él mismo reconoce que ha
estado cerca de la muerte. En una entrevista con Luis Alegre llegó a decir: «He sentido como la
soledad me estrangulaba, yo le he visto la cara al diablo.» Quizás esa soledad hace de El
Apartamento otra de las películas de su -y mi- vida. Actualmente se encuentra en un gran
momento, en un momento alejado de las depresiones y las clínicas mentales.

Yo tuve el placer de conocerle el pasado 25 de Junio. Fue en el Teatro Calderón (Madrid) en


un acto que organizaba Havana 7. Era una especie de homenaje al periodismo de cine al que
también acudieron Toni García (El País), Enric González (El Mundo), “Oti” Rodríguez Marchante
(ABC) y Carlos Marañón (Cinemanía). Fue un acto bastante divertido en el que se contaron
anécdotas de todo tipo y en el que, por supuesto, se habló de cine. Al final del acto se abrió un
turno de preguntas y quise preguntar, pero justo cuando era mi turno, el acto finalizó por falta
de tiempo. Me quedé con las ganas pero tampoco le di demasiada importancia. Simplemente
quería preguntarle acerca de una de sus películas favoritas, Los fabulosos Baker Boys. Antes de
abandonar el teatro fui al baño. El caso es que al salir del baño no sabía por dónde tenía que
abandonar el edificio. De repente divisé una puerta anexa que estaba entreabierta y me colé
por allí. Delante de mí bajaba Enric González, era una salida que conducía directamente a la
calle y por la que salían los invitados. Al salir a la calle me encontré con todos los críticos y
decidí hablar con Carlos. Le dije que por falta de tiempo no había podido preguntar y que
quería preguntarle sobre el final de Los fabulosos Baker Boys. Hay varias cosas que me
identifican con Boyero, por ejemplo, que a ambos nos aterra el envejecimiento. Pero, sobre
todo, nos une nuestra pasión, una pasión que se encuentra incluso por encima del cine: las
mujeres. Y una de ellas, por supuesto, es Michelle Pfeiffer. Durante un par de minutos
debatimos el maravilloso final de esa película, hasta que la mirada de Carlos se clavó en mi
camiseta.

«Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.»

Eso es lo que ponía en la camiseta. Carlos me miró y me digo algo así como: «Pues es
verdad, aunque yo tengo la gran suerte de que me paguen por hacer lo que me gusta», a lo
que yo respondí: «Yo haría gratis tu trabajo.» Los dos nos reíamos llegando a la conclusión de
que eso sería sólo durante un tiempo. Carlos no se percató de que la frase corresponde a una
película que el definió como «Una pretenciosa gilipollez.» Se trata como ya habrán averiguado,
de El Club de la Lucha. Nos dijimos adiós y así terminó nuestro encuentro. Yo me dirigí al metro
pensando en que me hubiera dicho de haberse dado cuenta que se trataba de esa película.

Uno le aman, otros le odian, pero lo que está claro es que Boyero no deja indiferente a casi
nadie. Mi sentimiento se encuentra entre la admiración y la envidia. Guste o no, se trata del
crítico más leído e influyente de este país. Todos los que amamos el cine y escribimos sobre
ello nos gustaría estar en su posición. Como decía el gran Federico Luppi en Martín (Hache):
«Si encuentras algo que te gusta, un oficio, una profesión y puedes vivir de ello, no vas a sentir
que estás trabajando. Igualmente te van a explotar pero nadie te puede quitar el placer de
hacer lo que te gusta. Te van a pagar para que te diviertas.»

A veces estoy de acuerdo con él, otras muchas veces no, pero casi siempre me gusta como
lo dice. Su estilo no cambia, es un hombre polémico, qué se lo digan a Pedro Almodóvar o a
José Mourinho, al que recientemente tuvo que indemnizar con 6.000 € por llamarle “nazi
portugués”. Siempre va de cara, podrá gustarte o no lo que dice pero lo que dice es lo que
piensa. No tiene reparos en reconocer que se ha dormido viendo algunas películas o en criticar
duramente cintas que han gustado al 90% de la gente pero a él no. Y en el fondo, así debe ser
un crítico. Un crítico debe ser libre de juicio, debe decir en todo momento lo que piensa, lo
que esa película le ha hecho sentir. Si a ti no te ha hecho sentir lo que al 90% de la gente le ha
provocado, no pasa nada, el cine es puro arte, y como arte que es, esta bajo la subjetividad del
que lo ve. Yo amo Hasta que llegó su hora, Boyero, sin embargo, odia (salvo Érase una vez en
América) el cine de Leone. Ni yo le voy a convencer, ni él me va a convencer a mí por mucho
cine que haya visto.

Para mí, la primera regla que debe tener un critico es la de “no mentirse a sí mismo”. No
venderse ante la opinión de la mayoría. Si no te gusta, no te gusta. A mí me aburrió hasta la
saciedad El séptimo sello de Ingmar Bergman y está considerada una obra maestra. ¿Qué
tengo que hacer? ¿Decir que es una maravilla porque el 90% de la gente lo piensa? Pues no,
debo ser fiel a mi sentimientos y a lo que me ha provocado esa película. Se pueden tener en
cuenta parámetros técnicos y demás pero la verdadera sensación está en los sentimientos que
despierta en ti una película y en si te ha entretenido o no. Ya lo decía Wilder: «Tengo 10
mandamientos. Los nueve primeros dicen: ¡no debes aburrir! El décimo dice: tienes que tener
derecho al montaje final de la película.»

Y eso es lo que me gusta de Boyero, no se casa con nadie. Si tiene que poner a parir a
alguien lo hace, si tiene que alabarlo, lo mismo. Se podrá estar de acuerdo o no con él, yo le he
criticado muy duramente alguna vez por su exceso de querer ver lo siniestro, lo oscuro, lo
turbio del ser humano. También reconozco que en ocasiones sobrepasa la línea que divide lo
correcto de lo inmoral, pero en este mundo actual lleno de “postureo”, donde reina el
fariseísmo y es fácil caer en las garras del dólar, se agradece que alguien diga lo que realmente
piensa y le cante las cuarenta a más de uno. No todos pueden decir lo mismo.

Así es Carlos Boyero, mitad crítico, mitad personaje y, sobre todo, un tipo directo, de los
que no se arrugan, ¿Les gusta? ¿Le odian? Sea cuál sea la respuesta, guarden fuerzas porque
tenemos Boyero para rato.
Llega fumando y escoltado por una trabajadora de La Térmica y por el moderador de la
charla de la noche. Me contengo las ganas de pedirle un pitillo. Se esconde bajo un sombrero
negro. Siempre le ha dado a las drogas y no le gusta el cine que tiene que gustar a quienes
entienden. No conozco a mucha gente que hable bien de Boyero, y él lo sabe. La gente no sabe
que a él se la trae floja lo que ellos piensen. Nunca le ha faltado trabajo.

¿Cómo se hace uno crítico?

En mi caso concreto tenía que ganarme la vida, gustándome el cine la hostia. Antes de
hacerme crítico jugaba al póquer y estuve un año vendiendo enciclopedias a puerta fría, que
era una cosa terrorífica. Éramos un grupo de amigos que fuimos la primera promoción de
imagen en la facultad y nos hicimos amigos íntimos. Éramos Fernando Trueba, Antonio
Resines, Julio Sánchez Valdés, Óscar Ladoire y yo, y hacíamos cortos. A mí me utilizaban de
actor, que soy el peor actor del mundo yo creo, y lo grabábamos en súper 8 y en dieciséis. Yo
empecé a escribir, pero no era de cine, era de la noche. Escribía de putas, de travestis, de sitios
de por ahí de la noche. Lo cual era un coñazo porque de repente lo que hacías por placer, el
estar hasta las cinco de la mañana en un garito, tenías que ir por obligación, es decir, ir y ver el
nuevo espectáculo de Los Centauros o el nuevo bar de lesbianas de Madrid. Pues como tenía
que vivir de algo y Fernando Trueba empezó a dirigir cine, y estaba en la Guía del Ocio,
entonces yo cogí la sección de cine y empecé a escribir. Serían los años setenta, finales de los
años setenta.

¿Qué relación tenía Florentino Pérez en la Guía del Ocio cuando lo despiden?

Era uno de los accionistas, de los dueños. Había tres o cuatro dueños. Con la Guía del Ocio
acabé mal, me echaron. Tuve movidas muy sórdidas, me acusaron en un juicio de alcohólico y
drogadicto, que aparte de que lo fuera… No sé, fue muy desagradable. Al final gané pero me
tuvieron como los niños malos durante meses, mirando a la pared, no podía trabajar, no podía
escribir. Me dijeron que nunca volvería a poner mal una película de las multinacionales. Las
multinacionales metían en aquella época un montón de pasta en la Guía. En aquella época
todo el mundo que salía en Madrid por aquellos años compraba la Guía. Yo les dije más o
menos que me tocaran los genitales. O sea, que cómo coño iba a hacer yo eso. Fueron tan
bestias que me perdieron a mí, que al parecer me leía mucha gente. Fue muy desagradable. Yo
soy tan conformista que me hubiera pasado la vida allí, eh. Nunca he tenido interés en ir a los
grandes medios, pero resulta que todos los grandes medios han venido a buscarme a mí. Pero
vamos eso sí lo puedo contar. Afortunadamente no he tenido que ir a pedir curro nunca, me
han venido a buscar.

Qué piensa Carlos Boyero cuando se dice que su opinión es la que tienen todos los críticos
en España. O que lo que dice Carlos Boyero es lo que vale.
Yo diría que no estoy de acuerdo con casi ningún crítico. Eso es una cosa que se llama la
gente, esa cosa tan menospreciada, y es que resulta que mucha gente está de acuerdo
conmigo o le gusta cómo cuento las cosas o como escribo, pero mi relación con los críticos de
cine es inexistente. Tengo algún amigo pero no entiendo a los críticos. Alguna vez me he
esforzado por leer artículos pero no sé de qué hablan. Resulta que yo soy muy simple y que
con sus teorías tan elaboradas no me entero.

Puede ser que sea porque sus críticas son más impresionistas y la de los otros más
academicistas.

No sé cómo son mis críticas porque no me leo. Me da mucha vergüenza, así que como para
leer a los demás. Pero alguna vez que lo he intentado en una de esas revistas especializadas y
no sé de qué cojones están hablando. Me resulta muy aburrido. He leído a gente con la que no
tengo por qué estar de acuerdo, lo que me gusta es el estilo, que la prosa me cautive o me
haga gracia. Pero ya te digo que no tengo relación con los críticos, nunca me verás en ninguna
asociación. Y sospecho que la mayoría a mí me tiene mucho gato, porque me firmaban
manifiestos en El País pidiendo mi cabeza. Pero estoy acostumbrado, llevan toda la vida
haciéndolo.

Con las redes sociales estará más al tanto de cuando lo hacen…

No tengo ordenador. Me llega eso de las redes sociales, una cosa que al parecer es la
hostia. Me dicen “eres trending topic”, que al parecer es que mogollón de gente habla de mí.
Pero mi relación con las redes sociales es que hago un chat desde hace 16 años, soy pionero en
internet. Pero un chat donde una persona recoge preguntas, otro las selecciona, me las pasan
y yo contesto. Mi relación con internet acaba ahí, pero al parecer la gente… Hay una cosa que
se llama Twitter o no sé, que al perecer es [se hace un lío con el funcionamiento de la red del
pajarito]. Siempre me han pedido que tenga uno, y una polla voy a tener yo una cosa de esas.
Me lo dijo la gente que llevan las cuentas de Gasol. Que ellos me lo llevaban y que de entrada
tendría unos 130 mil seguidores de entrada o no sé. Pero tampoco le veo el interés a algo
donde dices estoy aquí tomándome un vodka o parece que va a llover. No sé a quién cojones
le importa eso. Perdón pero es que soy un profano en las de las redes sociales pero sé que
siempre ando metidas en ellas y eso del trending topic me lo he aprendido.

¿Qué queda por inventar en el cine?

Pues en cuanto a técnica muchas cosas, imagino que las películas olerán, conseguirán que
huelan. En cuanto a narrativa todo está inventado yo creo. Y teniendo en cuenta que soy
profundamente reaccionario, la narrativa que me interesa es la de los maestros: una historia
con su planteamiento-nudo-desenlace. O al revés, que decía Godard que no forzosamente
tenía que ser así. Con los experimentos soy cauteloso siempre. Hay quien experimenta
haciendo maravillas y hay mogollón de experimentos vacíos, que sirven para que los críticos
cuenten ‘jo, la hostia’. Muchas de esas pelis no las compra ningún distribuidor porque la gente
si las viera podría quemar los cines o pedir la entrada de vuelta. Luego hay gente muy creativa,
con un lenguaje distinto. Me citabas Boyhood. A mí me parece apasionante lo que hace
Linklater, seguir la vida a lo largo de trece años de un niño. Boyhood por ejemplo sí me
interesa mucho, pero la de Xavier Dolan… Pero te aseguro que a partir de ahora me voy a fijar
en él. Aunque no sé qué diría John Ford o Billie Wilder de eso de la pantalla. Aunque es posible
que lo haya visto en algún festival. Pero en los festivales a los quince minutos me aburro en un
pase y me salgo a fumar y me voy a beber. Soy un irresponsable absoluto. Pero conozco a
muchos críticos que están durmiendo toda la película y luego salen diciendo que es sublime.
Yo no, además como cuento cuando me largo pues me lo reprochan. Qué cojones voy a hacer
yo ahí sentado cuatro horas si no aguanto media.

¿Qué es lo que le falta al público europeo para abrirse a grandes directores asiáticos como
Wong Kar-wai, Kim Ki-duk o Park Chan-wook?

Con el cine oriental he tenido un desencuentro permanente. Kim Ki-duk, pues sí, alguna vez
me ha afectado, y evidentemente que ese tío tiene su rollo. Mis enemigos si me quieren
putear tienen que dejarme el resto de mi vida atado a una silla en mi cuarto viendo a todos
esos directores. Has citado a uno que sí me gusta, Wong Kar-wei. Deseando Amar a mí me dejó
muy tocado. Te quiero decir, aunque sean prejuicios, en mi caso son con causa. He visto todo
el cine oriental por obligación, y me resulta difícil entrar en él. Pero después puedo ver una
película iraní y me estremezco. Respeto muchísimo que para ti sea un descubrimiento muy
gozoso, y tu capacidad de comunicación con el cine oriental es grande, en mi caso no. Igual me
falta una especia de sensibilidad para captarlo, pero como no soy del todo tonto cuando hacen
alguna buena me entero. Wong Kar-wai ahora está a la baja, porque hizo una preciosa en
Estados Unidos, pero como era muy entendible y estaba hecha con estrellas, con muchos
medios y tal, sospecho que lo va a tener jodido con los críticos si sigue haciendo cine con
actores cojonudos. Mola mucho lo del cine indie pero... Me refiero, me gustan determinadas
películas orientales.

¿Y a los directores europeos qué les queda para inspirarse en los asiáticos?

Por ejemplo la narrativa de Kim Ki-duk se dice inspirada en la de Antonioni.

Antonioni te diría que es para mí uno de los mayores bluff de la historia del cine. Detesto a
Antonioni, al maestro Antonioni. Su incomunicación, sus tiempos muertos y sus análisis de una
sociedad. Me aburría mucho, a lo mejor ahora que soy mayor me pongo a verlo otra vez y digo
"joder es que cuando eras joven no te enterabas". Con Bergman hay películas que me
apasionan, pero me he pegado unos sueños importantes con otras. La influencia en los
directores europeos de los asiáticos. Yo te diría que hablando de directores no actuales hay un
par de ellos que se murieron hace unos años que su cine me parece primoroso. Un japonés
que se llama Ozu y un señor que se llama Mizoguche, u otro, del que no me gustan todas,
como es Kurosawa. Éste sí ha influido muchísimo, confesado por él, en Spielberg. Ozu no lo sé.
Víctor Erice alguna vez lo ha mencionado. Pero es que mi subconsciente desde pequeño ha
estado colonizado por esa cosa tan imperialista, tan vacua, tan vacía llamada cine
norteamericano. Lo que más me gusta en el mundo es el gran cine americano. Que no lo es
todo, hay basura para dar y tomar. Si para algunos el paradigma pueden ser los maestros
suecos, o daneses, franceses como Renoir, a mí lo que más me gusta es el gran cine
norteamericano. Cuando eso está en forma, todo funciona, me quedo con la boca abierta, soy
feliz.

¿Carlos Boyero vota?

No he votado nunca. Soy un irresponsable cívico y un frívolo. Me doy asco a mí mismo en


los insomnios que tengo en las noches de invierno. Pero creo que voy a perder la virginidad
que debe ser algo precioso a los 61 años. Voy a votar, sí. A ver si se van a tomar por culo todos.
No sé, si me van a robar me apetece que me roben nuevas caras que tardarán en corromperse
más al pillar esa cosa tan onanista llamada poder, que debe ser un colocón. Yo que soy muy
drogotas nunca he tenido poder pero debe colocar mogollón. Pero sí claro, voy a votar, voy a
ser responsable.

¿Y qué espera?

Supongo que al final habrá esa cosa tan pragmática llamada pactos. Supongo que nadie va a
cumplir a rajatabla sus promesas. Eso al parecer es parte del teatro de la política desde
siempre. Me parecería milagroso que alguno lo hiciese en caso de que ganara. Estoy cansado
de que roben los de siempre. Caras nuevas, darle a la juventud una esperanza.

Carlos, ¿sabría decir cuál fue el día de su vida en que gastó más dinero?

Sí, pero no le puedo contar en qué. No fue un día, han sido bastantes. Y si le cuento en las
frivolidades con las que me he gastado fortunas, dejaría de ser su ídolo. ¿Conoce la frase del
futbolista George Best?: “Gasté mucho dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto lo
malgasté” Qué frívolo era Best. Por cierto, no conduzco.

Buenos días señor Boyero; ¿alguna vez ha criticado una película sin haberla visto?

Casi siempre. Que las vea es bastante anormal.


Es tan buena la escritura de John Carlin que no necesito estar de acuerdo algunas veces
(muy pocas) con sus tesis para devorarla. Y, por supuesto, es lo que más me ha instruido y
divertido sobre la movida del Brexit. Cómo no creerme su lista definiendo corrosivamente las
señas de identidad sociológicas, psicológicas, económicas y políticas de los ciudadanos de la
Gran Bretaña partidarios de enviar a Europa a ese lugar donde la espalda pierde su casto
nombre y de los que además de ingleses estaban convencidos de que era más higiénico y
civilizado seguir dentro de Europa. Y me cuentan que en la mañana del viernes han escuchado
en la radio al muy consecuente Carlin que quiere cambiar inmediatamente de nacionalidad y
que si Cameron dispusiera del sentido moral japonés se habría hecho el seppuku. O sea, esa
cosa tan poco dolorosa que adoptó Mishima, consistente en rajarte de arriba abajo con un
cuchillo.

Al no creer en las naciones, o limitar ese sentimiento a mi casa y a las personas que quiero,
me resulta complicado sentirme de ningún sitio, pero está claro que, si los neofascistas de
cualquier parte de Europa o el muy peligroso gorila Trump están a punto del orgasmo por el
triunfo de su fraternal Brexit, los motivos de preocupación se multiplican. Van ganando los
peores. Los supuestos buenos tampoco merecen altares, pero es evidente que es preferible lo
malo a lo peor. Y, cómo no, prescindiendo de las patrias o amándolas, lo que está claro es que
la fractura votada por la sagrada democracia inglesa va a joder un poco más los bolsillos de los
de siempre, que la economía de las clases medias y bajas en la decadente Europa y en la
liberada Inglaterra va a llevarse otro duradero susto. A los ricos, europeos e ingleses (y cada
vez hay más), imagino que les da igual. Están a cubierto de nimiedades como que se queden o
se vayan. Si hubiera amenaza real sobre sus bienes, ya se encargarían ellos de despejarla.

Dedico la jornada de reflexión a leer lo que opina el admirable George Steiner, en el libro de
conversaciones Un largo sábado, sobre las personas, las cosas, el humanismo, la filosofía, la
literatura, el judaísmo, los perros, el sexo, la vida y la muerte. Si el hombre que sabe de todo
solo hablara de motores, disfrutaría igual. Steiner no es abstencionista. Dice esto: “en
Aristóteles el idiotes es una persona que se queda en su casa y deja que gobiernen los
bandidos. Los bandidos ocupan el ágora (la gran plaza del mercado, el centro de la democracia
griega) porque el idiotes quiere mantener su vida privada. Esas cosas no le interesan lo
suficiente. Si nos gobierna la mafia es porque no hemos querido entrar en política”. No voto,
pero no me considero un idiotes. Y me sonrojo cuando Steiner afirma: “en una encuesta
reciente, entre los diez ingleses inmortales estaría en primer lugar (y con gran ventaja)
Beckham, y en el quinto puesto Shakespeare”. Y luego pasa lo que pasa.

Y es muy lúcida la percepción de este hombre de que todo se reduce al dinero. La historia
de la humanidad lo certifica. La única guerra es la de los ricos contra los pobres y es muy
desigual, siempre la ganan los segundos y cuando han triunfado las revoluciones sus líderes
siempre las han traicionado. El poder les permite los mismos privilegios, abusos y abyección de
los que disfrutaban sus enemigos de clase.
Y da igual que los millares (o millones) de los integrantes de los papeles de Panamá vayan
de conservadores, izquierdistas, fachas, liberales, oligarcas, iconoclastas, patriotas del deporte
o de la cultura. Su único principio es “toma el dinero y corre”. Son los fuertes descojonándose
de los débiles.

Me cuenta un amigo sin problemas de insomnio que no ha podido dormir un par de noches
y en los pocos momentos que lo hacía le asaltaban pesadillas. Y no se le ha muerto ningún ser
amado, no le han largado del curro, no le amenaza una enfermedad chunga, tiene una familia
en la que existe amor y cuidado mutuo. También me informa que sufren idéntica aflicción,
estremecimiento, terror, piedad, los periodistas que tuvieron acceso a la carta de despedida
del niño suicida. Ellos tienen niños. Yo no. Pero desde que leí el adiós de esa criatura me fallan
los duraderos efectos del pastilleo que me ayuda a dormir.

Cómo no entender las razones de los desesperados adultos que tienen el coraje de largarse
de este mundo. Pueden ser múltiples. Al bajar definitivamente la persiana solo anhelan acabar
con un sufrimiento atroz e inacabable. Su ruina puede ser física o moral. O ambas cosas. Les
resulta imposible sobrevivir a la angustia, la pérdida, la intemperie anímica, el fracaso, el
miedo, la soledad, los demonios reales o imaginarios que torturan su cabeza o su corazón, la
desolación, el sentimiento de culpa, vaya a usted a saber.

Y en muchos casos se supone que las heridas y las cicatrices han ido acumulándose a lo
largo del tiempo, que les han ocurrido cosas insoportables en el camino que supone la vida.
Pero el de un niño ha sido muy corto. No hay derecho a que se haya sentido acorralado, sin
esperanza, asumiendo la nada. Y sería preferible que su carta estuviera llena de ruido y de
furia, rencor y venganza. Pero está llena de amor a los suyos, del deseo de ser perdonado por
el dolor que les creará, de agradecimiento hacia todo lo que le dieron, les desea felicidad y
suerte. Es maravilloso. Lo único que me consuela es que crea que existe el cielo y que allí
compartirá felicidad eterna con sus seres amados. Todos deberíamos estar de luto. Y maldecir
a un mundo en el que los niños, los más débiles, deciden matarse. O los asesinan.
Encuentro dadaísta aunque también abyecto que vayan a entrullar durante cuatro meses a
una señora que mangó ropa en unos grandes almacenes por valor de 450 euros. No tiene pinta
la afligida y arrepentida dama de haberse apropiado de un conjunto de ropa interior de La
Perla, un fular de Hermés, unos zapatos de Prada, para disfrute propio y de su enamorada
pareja. Sí de que su hurto pudiera servir para arropar a sus cuatro críos, o vender esa ropa
para que la nevera deje de estar vacía. O sea, por necesidad. Ella confiesa que está mal lo que
ha hecho, que le parecería justo redimir su hurto mediante trabajos sociales, pero que no
merece que la encarcelen. Y a los que vomitaron su ira contra los políticos en el Parlamento les
han caído no sé cuántos años de trena. Imaginemos lo que debe sentir la trivial ladrona o esos
subversivos orales al saber que su delito es merecedor de cárcel en un país en el que el gran
interrogante sobre el impune gangsterismo de los círculos de poder no se limita a algo tan
inocente como: ¿quién estuvo pringado en la infinita ciénaga, en el generalizado saqueo? sino
a la convicción del cínico Diógenes: ¿y quién no lo estuvo?

Es más que probable que lo que juzgamos como un alarde dadaista o un chiste siniestro de un
individuo de apariencia y retórica con capacidad para provocar grima en cualquier persona
normal (aunque habría que replantearse el significado de normalidad) no obedezca a una
boutade grotesca, sino que Donald Trump posea absoluta certidumbre sobre lo que
manifiesta. O sea, que aunque pillara un fusil y se dedicara a cargarse a los viandantes que le
apeteciera, porque sí, porque le sale de los genitales, sus votantes le seguirían. No aclara el
color de piel de las víctimas de su capricho o de su instinto homicida, pero sospechamos que
todos ellos serían negratas, sudacas y amarillos. Bueno, y algunos blancos con pinta no ya de
subversivos, sino de demócratas o liberales.

Lo más terrible es la sospecha de que efectivamente sus infinitos votantes pensarían que la
matanza era merecida, ofreciendo su amor incondicional y su voto al hombre obcecado en
algo tan noble como salvar a la patria del desastre que ha montado el negro hawaiano, ese
bastardo empeñado en cerrar Guantánamo, dotar de sanidad gratis a los más tirados, dar
papeles a los inmigrantes y barbaries de todo tipo contra la sagrada ley de Dios.

Y esos millones de personas que añoran el esplendor de la Confederación y las hazañas


sangrientas del Klan son responsables de lo que podría ocurrir si su ídolo se convierte en el rey
del mundo, con autoridad para apretar botones rojos si se mosquea o las copas le han sentado
mal.

El noventa y tantos por ciento de los alemanes que votaron a Hitler en unas elecciones libres
tampoco están eximidos de culpa en la monstruosidad que vino después. O los que cierran los
ojos y los oídos ante la evidente abyección y siguen apoyando al imperio generalizado del
hampa. A lo mejor, van a ese infierno del que da fe su religión y al que tanto temen.
El ogro era romántico

En sus hondas y lacerantes radiografías de gente herida y perdida en la tierra de las


oportunidades, en su permanente indagación del lado oscuro y de los sueños rotos, ese señor
llamado Clint Eastwood, alguien que puede contar las historias más complejas y los
sentimientos más intensos con la sencillez, la capacidad de sugerencia, la inquietud, el lirismo
bronco y la fuerza expresiva de los clásicos, calcula con extrema lucidez la conveniencia o
inconveniencia de plantar su legendaria figura delante de la cámara.

Yo siempre agradezco su presencia, su humanidad, su dureza, su soterrada ternura, su peligro,


su hombría. También que no sea complaciente, ni mentiroso, ni autocompasivo con el sombrío
futuro de los finalmente desolados personajes que representa. En Los puentes de Madison no
nos mostrará cómo discurrieron los presumiblemente temibles últimos años de aquel
fotógrafo empapado de lluvia y con el corazón roto que sabe que cuando el semáforo se ponga
en verde sólo le quedará el recuerdo y la imposibilidad de prolongar ese estado tan raro y
provisional llamado felicidad. Sabemos que el febril ángel vengador William Munny volvió a
beber, regresó en medio de los truenos a un pueblo embarrado y desató el apocalipsis con los
hombres que rajaban la cara de las putas y que masacraron a su amigo, pero también que
nadie volvió a oír hablar de él. Igualmente, el fracasado y negro ex boxeador que encontró un
refugio llevadero limpiando un gimnasio jamás tuvo noticias de su atormentado colega,
después de que éste decidiera con estremecedora piedad no prolongar el sufrimiento de la
nena del millón de dólares, de aquella tullida irreparable y hambrienta de amor que buscó en
vano un lugar en el sol.

En Gran Torino, un Eastwood que chorrea olor testamentario afronta el necesario


protagonismo para hablarnos de Walt Kowalski. Se ha quedado viudo y todo nos hace
sospechar que había amor y comprensión entre esa mujer y el ogro insoportablemente
gruñón, que la intemperie emocional se va a cebar con este jubilado que venera el concepto
patriotismo, que en su nombre hizo algo tan pavoroso como matar cuerpo a cuerpo a gente
que no conocía en la guerra de Corea, con cuchillas de afeitar en su salvaje boca, encabronado
porque su barrio de obreros blancos y acomodados se ha llenado de negros, hispanos y
orientales a los que ni entiende ni aprecia. Tampoco siente el menor respeto por los
mezquinos hijos que engendró. Es un racista sin mala conciencia, arrogante sin esfuerzo,
puede ser muy violento física y dialécticamente, su genético sarcasmo tiene gracia. Sólo se
lleva bien con su perro, con el alcohol que trasiega en el porche de su casa esperando el
anochecer, con los ancestrales colegas del bareto de toda su vida, con la complicidad de un
peluquero que maneja su argot y su sentido de los valores, con un coche del año 72 al que
mima como si fuera un Rolls Royce y que despierta la admiración y la envidia del proletariado
con ínfulas y del lumpen.

Yo creo que está y se siente muy solo, aunque se dejaría torturar antes que admitirlo. También
que la muerte le está acariciando el cogote. Es algo que intuyen dos adolescentes coreanos e
indeseables vecinos. Descubriremos que el monstruo posee anverso y reverso, que los
auténticos príncipes no tienen más remedio que intentar salvar al desvalido y al acorralado,
que la comunicación con el extraño y el aprendizaje de la tolerancia puede ser un camino tan
espinoso como gratificante, que ser valiente implica conocer el miedo, que sólo la acción
puede alterar el injusto estado de las cosas.
Todo fluye y palpita en esta película magistral, concebida con los medios justos, con enorme
talento, con sentido moral. Es normal que la emoción explote con un desenlace tan
imprevisible como épico. No se muera nunca, señor Eastwood.