Está en la página 1de 99

Remo Bodei

Ordo amoris
Conflictos terrenos y felicidad celeste

K. )06. � 1

cuatro. ediciones
Título original: Ordo amoris. Conjlitti terreni e felicita celeste (ed. 1997)
Traducción: Marciano Villanueva Salas

A Giorgia Serra, in memoria

... en juveniles frondas, en pétalos de rosa,


nto ...
de perfumado azafrán y siempreviva amara

(C.I.L., X, 2, 7567 = l. G. XIV, 607)

© 1991 by Societa editrice il Mulino, Bologna. 1997 nuova edizione

© cuatro. ediciones, 1998


Derechos: cuatro. ediciones, 1998
Valladolid, fax (983) 392229
Adaptación de notas y edición: M. Jalón

Distribución en Castilla y León (excepto Soria):


LIDIZA, Avda. de Soria, 15. 47193 La Cistérniga (Valladolid)
Distribución en el resto de España:
SIGLO XXI. Camino Boca Alta, 8-9. Polígono El Malvar
28500 Arganda del Rey (Madrid)

Imprime: Gráficas Andrés Martín, S. A.


Paraíso, 8. Valladolid

Papel: offset volumen ahuesado (atención de Tomás Redondo)

ISBN: 84-921649-4-8
Depósito Legal: VA. 177.-1998
INTRODUCCIÓN

Des de el principio

Desatar los nudos que bloquean la voluntad, cicatrizar las dis­


cordias, quitar el peso del pasado, permitiendo que cada uno re­
formule y reinicie desde el principio la propia vida: ésta es -tam­
bién- la tarea del amor, tal como lo ha venido transmitiendo, ba­
jo todas sus innumerables metamorfosis, el cristianismo de los
orígenes a nuestras civilizaciones. Lo ya acontecido, que, en su
irreversibilidad, continúa oprimiéndonos y haciéndonos infelices,
no se opone ya a la fe en la posibilidad de reinicios repetidos. De
acuerdo con la buena nueva, para la que «pasó lo viejo» y «todo
es nuevo»1, ha sido derrotada la antigua figura del destino.
El amor abre no sólo hacia el futuro, sino también hacia el
pasado: el mal cometido es superado, los sufrimientos infligidos
y recibidos encuentran su rescate. Al reconciliar a cada indivi­
duo con la experiencia de su propio pasado, impide que los suce­
sos se petrifiquen en el rencor o en el remordimiento y que se
ceda a la voluntad de dividirse entre la fijación exarcebada en el
recuerdo de los antiguos errores o culpas y la esforzada acepta­
ción de la paz consigo mismo o del perdón. El amor no anula,
por supuesto, retroactivamente lo ocurrido, ni tampoco lo olvi­
da. Pero al juzgarlo todavía inconcluso, reabre los procesos, re­
examina las actas, modifica las sentencias. Y así, se elimina, o se
reduce o se rectifica la presión paralizadora y deformante que el
pasado no resuelto y no asimilado ejerce sobre las orientaciones
del presente. La fuerza curativa del amor -al fluidificar el pasa­
do viscoso, represado o endurecido y reconvertirlo en fresca
energía disponible- condona las culpas y las penas que podían
parecer inexpiables. Reinicia así, al menos provisionalmente, la
vida: se recosen sus jirones, pierde ponzoña la hostilidad, se
aplaca la angustia.
Considerando los problemas a partir de las posiciones filosó­
ficas de Agustín de Hipona, el «orden» que el amor establece, y
que lanza un puente entre el tiempo y la eternidad, sublimando
11
10 INTRODUCCIÓN 1 r DUCCIÓN

las virtudes terrenas, pertenece a la conciencia y a las institucio­ 11 amente, incluso en su propia inquietud, a las concepciones
nes, a los individuos y a la Iglesia (en cuanto autoridad que en­ 1 aganas, menos consoladoras y más estátic
as, del �t��o reto�?
sambla la historia sagrada y la profana, que ata y desata, condena 1 lo idéntico de la reencarnación o de la
desapancwn defimtl­
y perdona). Inventivo y disciplinado, abierto y jerárquico, el ordo a de lo que c�nstituía la materia del cuerpo y del alma del indi­
amoris es, agustinianamente, el resultado de la libertad humana y iduo en el torbellino de los átomos del universo.
de la obediencia a un precepto divino. Iluminando el paso de los
hombres a través de las angustias de este mundo -«estrujado en
el lagar» por la piedra del hambre, de la guerra, de la muerte2-, le Amor y orden
guía hacia la beatitud del Paraíso. En él podrá aplacarse el deseo
sin extinguirse y cada uno, alejada la opacidad de la carne, se re­ Pero, ¿cómo puede el amor convertirse en orden, en el doble
conocerá fmalmente a sí mismo y gozará en Dios, junto a sus se­ entido de una disposición libre del ánimo y de la respuesta obe­
su
res queridos reencontrados, de la verdadera comunidad. diente a un mandamiento exterior? ¿Cómo podrá conservar
Se experimentaría ya en la tierra la existencia no ilusoria de espiritual, su capaci dad invent iv � y no viole � ta si � e ve
llama ? .
una mv1tac 10n al
esta meta a través de la incoercible atracción hacia una felicidad bligado a asentir a la rigidez sustancial de
do a la miseri c rdia y a la
incondicionada y sin fin. Todos, en efecto, hemos aspirado a ella imperativo de quien -aunque inclina ?
desde siempre, aunque, paradójicamente, sin haberla nunca co­ amnistía de los delitos- no oculta, en caso de negativ a, la ame­
la
nocido. Recordada y hasta tal punto olvidada que no se recuer­ naza de espantosos castigos? ¿Cómo conciliará, además,
da haberla olvidado, remite a la presencia de una «hermosura tan actuación de lo nuevo y de lo posibl e con el respeto por un orden
e
antigua y tan nueva»\ tan lejana y tan cercana, que se la advier­ ya dado y querido por Dios desde la creación del mundo, aunq�
te a menudo demasiado tarde. Profundizando en nosotros mis­ luego perturbado, en lo que atañe al hombr e, por el pec � � � on­
mos, llegamos a entrever realmente, a través de la envoltura de ginal? Y en fm, y al menos para nuestra moderna sens1b1lida
�,
opacidad que lo circunda, el enigmático e inextricable nudo de ¿no constituye el amor la forma más elev �da de la espo � tane1 :
luz que enlaza estrechamente la conciencia de cada hombre con dad, la pasión «trans gresor a» por excel � ncm � que n ? se p � e .
ga m
s
Dios, el tiempo con la eternidad, el cuerpo con el espíritu, la a la previsibilidad del orden como routzne m a las 1mpos1c1�n�
inmanencia con la trascendencia, el Éxodo con el Reino. Dios autoritarias? ¿No se debería más bien, precisa mente para ellffil­
constituye, en efecto, el núcleo más íntimo del yo, más íntimo a nar la sospecha de que se convierta en ficción oportunista, .salva­
mí mismo de cuanto lo soy yo respecto a mi interioridad más guardar su naturaleza de don improgramable, excedente, libre?
oculta4• Así, pues, aunque no coincide conmigo, Dios es más mi ·
No obstante, cuando se admite la existencia de una jerarquía
yo que yo mismo. objetiva del ser (que desciende «desde el ángel hasta �1 último
o
Si el centro insondable de la conciencia individual se articu­ gusano» y que, en sentido ascendente, lleva hasta Dws co�
el amor y el orden adqme ­
la según estos dos polos en tensión de alteridad e identidad, si al creador del universo)5, el nexo entre
plausi bilidad . En una óptica pareci ­
Deus abscon ditus le corresponde el ego abscon ditus, si se es a la re el carácter de una mayor
las decisio nes human as que respet an esta progre ­
vez huésped y hospedero, extraño y familiar, entonces amar a da, solamente
olítica .
Dios debería significar también amarse a sí mismo, eludir vir­ sión definen la verdadera «virtud» del cristiano, la transp
tuosamente los dilemas entre la abnegación sin objetivo y el El ordo amoris designa, en efecto, en sentid o estrict o, la adhe­
absoluto «ser mi propio y exclusivo dueño», entre la secreta sión consciente de la voluntad, potenciada en amor, a la estruc­
n
voluptuosidad de la autodisolución y la cura sui. Esta fe, que tura rigurosamente gradual del bien que culmina en la fruició
ofrece una resurrección del pasado y de la muerte (del alma, de Dios6. El amor es «buen o cuand o respet a el orden» y malo
una
pero también del cuerpo), que rescata el desvanecimiento del «cuando el orden es perturbado»7• Remite, por tanto, de
sumo según gra­
presente al señalar en él la alegoría de lo eterno, que promete parte a la posibilidad de progresar hacia el bien
una felicidad cuyo hontanar se encuentra, ya desde el principio, dos armónicamente espaciados y, de otra parte, a la correspon­
pro­
en el individuo y en el espacio-tiempo de una corporeidad desti­ dencia libre y gratuita a la elección -no debida a nuestros
conces ión genero sa de la gracia . El amor, en
nada a renacer en un misterioso esplendor, se contrapone victo- pios méritos- de la
13
12 INTRODUCCIÓN INTRODUCCIÓN

su pro­
cuanto orden, participa de la belleza, de la forma y de las pro­ moral clásica). Se entrecruza en ellos con la negación de
a imitac ión de la diverg e�­
porciones; el orden, en cuanto amor, acoge en sí elementos que pio modo de ser actual y provisional, .
cruz respec to al propio centro : nadie
manifiestan la demasía desbordante, y la «divina desproporción» cia de los dos brazos de la
es; nadie
de lo nuevo respecto de los límites de la inteligencia humana. Al puede llegar a ser lo que desea ser si n? odia 1� 9ue
en el presen te si no lo divide , desme m­
evitar aislar al ordo del amor, se racionaliza el amor pero, al puede vivir conce ntrado
o profan o y no se
mismo tiempo, se erotiza la razón. El orden representa así un brándolo, en las otras dimensiones del tiemp
ancla de salvación y una guía en la ascensión de la voluntad. A recoge en el foco óptico de la cuarta dimen sión de 1� eterno , �s
instan te para recon struus e. Segun
la par del sentido común, que establece por analogía la mayor o decir, si no se destruye a cada
las poderosas palabras de Pablo, «Dios �a escogido lo
menor dignidad de todas y cada una de las cosas, también las que �o es
elecciones de la virtud cristiana demuestran ser avisadas, aunque para reduc ir a la nada lo qu e
� �.» 11• As ! , pues, �1 � o � rmsmo
amqm lación , que
a primera vista no se entiendan sus ventajas. Para el cristiano, introduce en el mundo un pnncipio activo de
para poder las recrea r
todo lo que hay sobre la tierra es bueno: «incluso el dolor es un recuadra y trastrueca todas las relaciones
testimonio del bien que se nos ha quitado y del que se nos ha cuasi ex nihilo después de todo nuevo inicio .
dejado, porque no se podría experimentar dolor por el bien qui­
tado si no se hubiera dejado ningún bien»8•
Pero el ordo amoris muestra también un segundo rostro, más Las obsesiones de la fe
oculto en la sombra: el del mandamiento del amor, al que se debe
idea
obediencia sin discusión, según la lógica del «quien no está con­ El libre albedrío y la gracia se funden en Agustín con la
e -rech azand o la conca tenaci ón estoic a
migo, está contra mí»: a la naturaleza de la fe le repugnan ínti­ del orden del amor porqu
los cristianos no puede n acepta r la visión gnós­
mamente la tibieza, la neutralidad y la indiferencia, que son sus de la necesidad-
odiosa,
negaciones diametrales. Este amor, por tanto, no sólo une, sino tica y maniquea de un universo entendido como cárcel
illa que el alma debe
que también separa, dirime, juzga y condena, porque su orden lóbrega e incomprensible, lugar de pesad
s puesto en el conce pto del
llega a destruir el antiguo. Cristo ha venido a «traer la espada», apresurarse a abandonar. El énfasi
contri buyen a desca rgar el mal sobre
no sólo «la paz»; a «dividir» a quienes están unidos por vínculos orden y su nexo con el amor
humana,
exclusivamente dados, pero no asumidos; ha venido a subvertir la débil, indecisa o perversa orientación de la voluntad
se hace así
este mundo9• La Iglesia, a su vez -añade Agustín-, «persigue por proclive a las seducciones de la «carne». El individuo
pasad o y del futu­
amor», de modo que induce al arrepentimiento a quienes yerran, directamente responsable no sólo respecto del
dad. Aguij onead o _PO� la
mientras que los impíos actúan «empujados por el furor», por el ro, sino también respecto de la eterni
de un signifi cado que atnbm r a
perverso placer de provocar desorden10• Los vínculos naturales búsqueda asidua y escrupulosa

·

udes, insert a cada e i o o en u � drama � ós­


son sustituidos por los elegidos: ahora somos más hijos de la pro­ sus propias vicisit �� .
decible
pia voluntad y de la gracia que de los progenitores carnales y de mico de desenlace incierto. En la suces10n rapida e Impre
im roviso 12, ca�­
sus solicitudes; más conciudadanos de la ciudad de Dios, pere­ del tiempo, cuyo hilo puede romperse en él de J?
apues ta es mmen sa: feli­
grina y extranjera en este mundo, que del Estado a que se perte­ cula los movimientos de un juego cuya
ue remite a lo absolu to, la elec­
nece. Queda en pie la comunidad de los fieles como la verdade­ cidad o tormentos sin fin. Aunq
lo rela­
ra familia que corrige con dureza a sus propios hijos, pero que, ción del individuo se produce dentro de la dimensión de
consta nte de los afecto s, los pensa mient os y las
sobre todo, es capaz de perdonar el quebrantamiento de las nor­ tivo, en el flujo
decibl e de los
mas. El «amor ordenado» (ordinata dilectio) no suprime la rigi­ Propuestas cambiantes y sujetas a. la erosión impre .
so bre e1 espm tu 13 . E n 1a
dez inelástica de las leyes: las completa y las implementa, trans­ acontecimientos y a sus repercus10nes ;

instan te que pasa, en la tensió n,


formándose así en «cola» de la sociedad cristiana, cuya cohesión imposibilidad de localizar cada
más», el
espiritual alcanza un valor mayor que el derivado del respeto a la convergente y a la vez divergente, entre el <�nu�ca
pre», el amor recom one el sigmfi � ado Y sana
simple «letra» de los preceptos. «ahora» y el «siem p .
existe ncia de
Aunque no rechazada, tampoco cuenta con la aprobación las heridas incesantemente reproducidas, en la
cada individuo. El presente -traspasado o perfor ado por la disi-
total de los cristianos la amistad consigo mismo (base de la
15
14 INTRODUCCIÓN

pación de los acontecimientos- se mantiene unido luchando con­ ·1 · iones (la imposibilidad de juzgar y sentenciar por falta
tra las fractur�s r�ales y virtuales, las recaídas en los errores anti­ pr a bas evidentes relativas a la verac
idad misma de las cosas
todo
guo �, l�s posibilidad
. es s ofocadas. No se reapropia de lo que ha 1.1 que, por definición, se sustraen a toda visibilidad y
de la
s�. d.o. remtegra e� �u honz .
�nte actual los enclaves de incompati­ ulr 1)16. Se la podría definir como el reiter ado esfue rzo
por hacer se comp acta, aunqu e no
bthdad y de hostilidad hacta sí mismo. Juntad, dividida y fluctuante,
El mal, que es trastorno y turbación individual del orden .,, n lítica, por suturar y
reabrir las propias llagas, por integrar­
decretado por Dios, multiplica el caos introducido en el «mun­ desintegrarse en fases alternas. El escándalo de la fe se
do» por la pri�era rebeli �� de l�s ángeles caídos. Para que se " tnifiesta en el hecho de
que -a diferencia de la sophia de los
üenza de
�antenga desptert�}a tenswn hacia el bien y no surja la presun­ ,, 'anos- no oculta las contradicciones, no se averg
aún, las exhib e con humilde
ctó? de una salvacwn ya conseguida y asegurada, Dios de ordi­ Ita.: al contrario, las expone, más
acaba más
nano:. calla. �o da indicios de sí y se muestra tan sól � a través " ,ullo. Y este comportam iento, lejos de destru irla,
a: la transf orma en una obses ión -etim ológi -
d� sen�s �biguas. Para aquilatar la obediencia del hombre y su 1 1 n por robustecerl
. o que el
disporubtlid ad a la perseverancia del amor, lo somete -de acuer­ . mente, en un «asedio»- tanto más paradójica cuant
o, a ani­
do �on un esquema ya rastreable en el Antiguo Testamento- al ri tiano tiende a apoderarse de la otra mitad de sí mism
esc�dal? del � bsurdo, a contradicciones y pruebas que desafían ¡uilar su propia capacidad de resist enci � y desco � anza f1:ente a
y a la razon , es decrr, a los mstru­
a la mteligencia Y a las normas de conducta habituales: perderse 1 que escapa a los sentidos
en otros camp os de esa vida -simu ltánea ­
para ree?contrarse, renunciar para tener, hacerse el último para ' ntos de los que,
n de las
ser el pnmero La fe impo�e una moral a la que no se le conce­
: mente sometida a un doble régimen de comprensió
. . ificando
d� la referencia a evidencias raciOnales o empíricas a criterios sas- continúa fiándose con tranquila conciencia. Ampl
erlos despu és de forma
v��culados a la felicidad terrena o al placer. En la i�determina­ y ahondando los conflictos, para resolv
. y se divers ifica, despl iega parad o­
cton de la mcertidumb re: el motivo más seguro lo siguen pro­ provisoria, la fe se enriquece r
. 1 quere
porcwnan �o los m�damientos, subl� �ados y vivificados por el jas como el poder y la impo tencia del libre albed río, �
idad y el
ordo amorzs. Despues de la encamacwn de Cristo, perseverar en retrospectivo que modifica el peso del pasado, la gratu
el re��azo del «amor más grande», aquel que Dios ha ofrecido dentro de sí
mérito de la recepción de la gracia, la convivencia
tan nueva », la significa­
«anti�Ipadamente» a los hombres sin contrapartida, «enviando a mismo de una felicidad «tan antigua y
y del mal, para afirm ar o n�gar
su HIJ� a la . muerte para redimirlos»14, condensa, en su mons­ ción positiva y negativa del dolor
Remi te const antem ente de la nebul osidad
truo�a I�gratltud, la esencia misma del «pecado» en cuanto dis­ la existencia de Dios17•
lumin osida d del Paraís o, de la caída en las tenta­
tan�Iamiento expresamente querido de aquel que es «la verdad y del mundo a la
de la injust i­
la VIda» ( �o que. presupone, por lo demás, que se dé por descon­ ciones al hábito de dominarlas, pasa del desorden,
ados, al orden , a la jus­
tada la existencia de una horrible culpa heredada por cada hom­ cia del sufrimiento, vistos y experiment
eproductiva.
bre al �acer y de la que debe, individualmente, obtener la con­ ticia y al gozo esperados, convirtiéndose en autorr
. ada y volun tad conco rde se alimentan
donacwn por adelantado). Fe y duda, voluntad quebr do amo�is
La fe a�m�nta así su propio poder no a pesar sino a causa de así y se acrecientan mutua mente . Bajo este perfil , el or
1� c�:mtradiccwnes que desencadena. Si conociéramos, no nece­ aparece -en términos freudianos- como un «sínto ma», �s de�Ir,
o entre exige ncias
sttanamos creer. Si estu_viér�os convencidos de que podemos como una formación visible de compromis
Repre senta la result ante de
hacer frente a la deuda mfiruta contraída por cada hombre ante ocultas, desplazadas y divergentes.
direcc ión,
un be�e!�ctor traicio�ado y condenado a muerte, la esperanza sucesivos paralelogramos de fuerza s cuya intens idad,
ncia, dando
sen...a. mutil. La refleXIón se pone en movimiento, se agitan las inclinación y punto de aplicación varían con frecue
ión.
paswnes de expectativa y conturban a los hombres, haciéndolos lugar en cada caso, a diversas formas de recomposic
en la
fluctuar entre estados de ánimo vertiginosamente opuestos. La J�stamente porque se basa en la esper anza (es decir,
erta la prese ncia de una
fe, �n efecto, presupone la certeza y, a la vez, la duda, la movili­ firme determinación de mantener despi
zación de la voluntad y su parálisis, la ausencia de vacilaciones ausencia, en el deseo categ órico, en la volun tad que «no quie �e
de un bien futuro esper ado pero todav ta
que hace capaz de mover montañas15 y la falta de motivación de escuchar las razones»
16
INTRODUCCIÓN 17

incierto y concedido sólo a condici


. ón de que se «crea», de una , voluntad y amor, sinónimo a menudo este últim..�� de
meta buscada por encima de toda duda, hasta la paradoja extr •
.

de «esperar contra toda esperan ema 11 m ría), el error de estos filósofos se denva, �aradoJICa­
za»), justamente porque inocula
en cada uno la alegría y la desesp nt , n de desear demasiado, sino de desear demasiado poco,
eración, la fe hace partícipes de
�quell?s «dolores de parto» en los que, según la con 1" p nerse objetivos más modestos que aquéllos a los que
lma, gime la creación entera par cepción pau­ J, ... 1 hombres pueden y deben aspirar legítim�ente.
a renacer transfiguradais.
,¡ i.lan, por tanto, una enorme cantidad de recursos mtel�c-
1 ·s y practican fatigosísimos esfuerzos morales con el umco
..
Afectos r ,1 ito de acorazar la razón y la voluntad para cerrar el paso
1 � afectos y los deseos. Y acaban así �or content�se con lo
A diferencia de cuanto asevera 1 ·n y lo peor y por renunciar a la plemtud de la vida (que se
1 rimenta incluso en el sufrimiento). Y la raz ?n es que no
ban muchos filósofos estas
p�rturbacione� y oscilacio es inte
� . rnas del ánimo no son de por 1 n� n con la suficiente seriedad la demanda mcoerci?le y
SI un mal. No mducen al cnstian
. o -que experimenta el temor de
Dws, la esperanza y el amor- a unún de desbordante felicidad a la que todos y cada uno siguen
. invocar, frente a las pasiones y
los �eseos, lo que conside .1 1 irando de acuerdo con su naturaleza, no granítica, pero tam-
ra que son los gélidos antídotos
apatia, �e la constante tranquilida de la 1 disgregada, de ser uno y múltiple, capaz de g?z� de los
. d del ánimo o del control rígi­
do Y VIgi lante sobre ellos a cargo de la razó ariados y armónicos entrelazamientos del entendimiento, la
cuanto facultades aisladas. Los pag n o de la voluntad en ' 1 untad y el amor.
anos han intentado a menudo . . .
alcanzar la sabiduría, el autodom Reducir al hombre a simple «animal racwnal» no sigmfica
inio y la felicidad de los indivi­
duos mediante ?octrinas, terapias 1 •j r su elogio, sino mutilarlo. No debe renunciarse �n modo
y ejercicios espirituales basa­
dos en la seremdad frente a lo inev .tl uno a la búsqueda de la verdad; pero tampoco es preciso aver-
itable y en el rechazo cohe­ nzarse de presentarlo como «animal desiderante», p�rmeable
rente de las supersticiones, surg 1

idas precisamente (según ellos)


del tem�r y de la esperanza en este ., pasiones buenas y malas, según la orientación de su hbre elec­
y en el otro mundo. Pero a ·ión sobre la base del ordo amoris. Como un ser, pues, que
los segmdores de esta sabiduría no
les quedaría -según Agustín­
otro consuelo que el de hacerse erig : be: ama y decide indivisamente; que tiende, con todas las
ir monumentos por los vivos. tbras de su ser, a un gozo que es indemostra�le dentro d� los
�a sea . t;ansformados en estatuas de mármol o reducidos a la
dimenswn de ? mbres peque� límites de la simple razón. Pero sólo en el Remo de los Cielos
� os movidos por aspiraciones
modestas, asuminan comportamiento erá perfecta la cooperación d�l intelligere, 1 volunta� y la
s de amanerada impasibili­ . .�
dad Y �e �alor desesperado ante memoria en virtud de la progresiva aproximacwn de la tnmdad
. . los golpes de la «fortuna», 0
exhibma � �ncluso, con mal disimul humana a la divina . Quedarán allí finalmente eliminados los
ada soberbia, la calma plana
de su espmtu. conflictos, los crujidos, los desfases, los fallos y las deficienci�s
D� este comportamiento se derivan entre las potencias de nuestra alma que restringen las opor_tu?I:
cuencias nefa �tas: la �aída en barr para el cristiano conse­ dades de su intensificación y de su mutuo acuerdo . No existrra
ena de la razón y de la «volun­
tad» e� la esprral de dilemas inso ya la vacilación irresoluta de la razón que conoce el bien pero
lubles (por asumir una posición
defensiva, que las mdu .
ce a cultivar el ideal del enrocam que no es capaz de practicarlo, �a disensión entre el amor y el
iento .
dentro de una fortaleza de períme odio o entre la memoria y el olvido. Atnncherados tras el ?rgu­
tro y estructura exactamente
tra��dos Y a rechazar el riesgo de llo del propio lagos y la propia ratio, los paganos a qmenes
exponerse a las salidas deses­
tabilizadoras, pero también liberad Agustín combatía eran incapaces de coi?prender todas estas
oras, del amor); la muerte vir­
tual del d�seo ante el temor de las cosas. Se limitaban, por tanto, a denunciar lo que supera l�s
desilusiones o su deterioro por .
1� ausencia de metas adecuadas posibilidades de demostración inmediata o de comprob�cwn
(es decir, para el creyente, in:fi­
mtas). Al no ser el hombre un anim sensible como espejismos de la fantasía y producto de pasiOnes
al exclusivamente racional y expectativas calenturientas.
(en �uanto que su mente está,
.. el mod agu stin ianamente, articulada y
reumficada segun elo de la «trinidad humana» de El cristianismo ha situado fuera del mundo el punto de
enten- apoyo de la palanca de Arquímedes para levantar y desquiciar lo
18
INTRODUCCIÓN 19

e�istente_: e� el fulcro de la solemne promesa en


la que se seca­ la razón y de los sentidos y rechaza, por conside-
ra� l�s lagnmas de los que actualmente sufren,
aspirando a una 1 m di ineficaces, las sofisticadas estrategias elab?radas
felicidad sólo barruntada y esperada, en la que
la sal del llanto 1 a an » para atribuir un valor supremo a cada ms!an­
hará �ás sabro a la alegría tura, en la que es ..

� � , posible la resu­ i ·t ncia. Agustín se lanza sobre todo contra los filoso-
n:ecci?n despues de toda rumosa caida , quedará asegurada la t 1 y epicúreos, que exaltaban la habilidad que, cada
victona tras cada humillante derrota, quedará fijada •
.
la memoria tu d ería adquirir para captar y disfrutar con la maxima
de las pasiones sin que su peso aplaste al alma
como una roca. lut,1 a<.la fracción del tiempo que se le conceda, en la sere-
No quedarán irredentos los días consumidos en
el abandono a la l · 1.1 <.1 que los eventos se repitan infi?itas vec�s en cada
inevitabilidad del mal, amargados por el resentimie
nto, afligidos 1 i o de que transcurran para siempre sm reto�o,
por la visión de la injusticia que medra.
n pciones que no pertenecían únicamente a los sabios.
111 a ue Nomerio Victorino Mársico, soldado romano de
La lógica del d eseo 1 1 lO n Reggio, hizo grabar sobre su tumba dice signifi­
nt ·nt ·: Cre d o certe ne eras («Estoy seguro de que no hay

Agustín no prete?día, por tanto, suspender, anula 1 III.IIHl 22 .


r o reprimir •1• una réplica simétrica a esta última actitud el acre
los de�eos (y en particular los temores y las esper · •

anzas), ni tam­ 1 ru el recordatorio de que la vida es irrescatable y se


poco mtentaba metamorfosearlos en transparen ·

tes cristales de 11 1 n la desagradable decrepitud de la vejez, del inicio del


r�cionalidad: bien al contrario, quería inflamarlos
, pero cam­ 1 11 1 xpresarse este sentimiento con . las palabras de
biando su dirección, polarizándolos hacia la
única vida que '· 1 ·memoradas también por el «agustmo» P etrarca en
merece la pena ser vivida, la vida sin fu). N o aspir
aba, pues, a la ,, 1 jamiliari (XXIV, 1): «(... ) al espejo dirás, y creerás ser
·
�ran�uillitas animi, sino cabalmente a la
dulce y atormentada /' lll alma tengo hoy, por qué no fui así muchacho, 1 por
mqmetud que conduce a la meta final. Cuando
se tiene la con­ t • razón no vuelve el rostro intacto"?»23.
vicción de que «no hay paz en este mundo»19, cruza
do en toda 111 ati ·facción por el mundo, añadida a su opacidad c ns­

su longitud por conflictos desgarradores, de que
el sentido de ·mpuja al cristiano hacia aquel «otro lugar» entrevisto
culpa que consume al fiel expresa la inadecuación
de la realidad 1 t· ugaz experiencia de una felicida� apen�s sab�rea�a
presente respecto a cuanto sería exigible en una
vida más digna, 1 1 ít ignota. Sólo en el Paraíso se manifestara el mts�eno
entonces es cuando alcanza el ordo amoris su punto
de incan­ , 1 la lógica del deseo y llegarán a su fin los con? Ict�s
desc�ncia �e siente ahora dispuesto a prometer, de . .
: manera per­ 11\lsm y con los otros. En la Ciu?ad de Dtos hab�a JUSti-
suasiva, disipar la densa niebla de insensatez y de .
inexplicabili­ uridad absoluta: de ella «m el amtgo sale m el ene­
dad que enmaraña la mayor parte de las experienci ,1 , •

as
� ofrecer un resarcimiento sobreabundante por la humana , "'' 1 24. La suspirada posesión del bien -que en el mundo
muerte qu •1 m nudo en desilusión- estará allí libre de saciedad Y
mexorablemente aguarda a los hombres, a hacer
relativament n l amor se le concederá, en efecto, a cada uno el don
insignificante 1� pérdida dolorosa de todo cuan 1 •

to amamos y 1 ar nada máS >>25 . Lo que recibe incesantemente le bas­


tenemos que deJar. De hecho, y a pesar de las afirm •

aciones con­ ''1' para renovar el deseo de U _?a felici�ad ulterior, nu�­
trarias de los paganos, nadie consigue levantarse
verdaderamen­ ' rpr ndente. Se disolverá asi progrestv�ente para �1
te «saciado» del banquete de la vida; puede, a lo
sumo cansar­ , n11 t ri a amalgama que confundía la íntima P .rofund�­
se del «vivir a medias» que se experimenta en el mund l
o o desear '' íritu con la presencia de Dios y ligaba su smgulan­
la propia muerte como conclusión extrema de una
conde�a in - ll.tturaleza común de los demás hombres. Estando ya en
portable, so?r� todo cuan?o desaparecen las perso
nas que , t , «cara a cara», con un Dios de cuyo amor nunca
aman y -olvidandose de Dios- no se tiene la capac
idad de de ir tar la alteridad idéntica, se cumplirá fmalmente la
que �<el único que no pierde nunca un ser querido a ·
es aquel qu · 1 un yo que se ve y se siente distinta y unitariamente a
los tiene a todos ellos en aquel que no puede perde
rse»2I. ·n l tro y al otro en sí mismo.
Pero el h�bre de inmortalidad ignora los silogismo . . .
s y las •1 punto de vista filosófico (y no rebg10so o mcluso
21
20 INTRODUCCIÓN CCIÓN

ral, fragmentada y construí­


dría ser intrínsecamente plu
mitopoiético), el análisis crí�ico de estos temas se tiene que a, no impide a �adi� profes�
.
en�re�tar a una doble eXIgencia: descifrar algunos rasgos carac­ •. 1 á que monolíticamente dad os En este amblto, Y sm
tensticos de una eventual lógica del deseo (tomando de Agustín 1 1 r pio credo
con medios pacífic . ) de los
·1 uir ya a los ateos (co
mo todavía o�urría e� I:ocke af�-
1� que probablemente ha sido su más poderosa formulación teó­ One s pub lica s que
nc� Y uno d� sus más influyentes modelos históricos); y evaluar ·n ficios de la
tolerancia, las declaraci su ter­
del individuo todo . llega �
el mmen�o I�pacto af:ct}vo Y co�ceptual que estas concepcio­ 11,111 que con la muerte física aspu:ar am da en el
. ' 1 1 n , que la úni
ca inmortalidad a la que c�be �
s a la postenda?, o
n�s han eJercido y �on�nu.an eJerciendo en la forja de comporta­ mc us ? que la
rmentos, valores e mstltucwnes de esta tierra, incluso cuando sus uerdo o en las obras dejada sta, sen a md ese a­
ena, suponiendo que eXI
·

preceptos y sus dogmas no son de hecho seguidos y «creídos» si um rtalidad ultraterr la ma yor par te del
e lícit�s en
\ 1 son de nuevo perfectament . .
no es con reservas mentales o hasta cuando han estado oficial­ nte difundida�/ procl�ada�
,

ho son am plia me
mente rechazados al cabo . de .un largo período de hegemonía. 1nundo y de hec la his ton a
nudo la exaltac10n de
n ellas se corresponde a me u-
No es, por supuesto, mdiferente para la conciencia de una alo rización del tiempo de la cad
person� o para la conducta de una comunidad culturalmente humana en su conjunto o la rev
fana .
deterrmnada cre�r, por ejemplo, con Orígenes, que existen tres ·idad en su reconsagración pro
estratos en el umverso (cielo, tierra y mundo subterráneo), en el
qu� todas las . natural.ezas racio�ales se diferencian a partir de la
1 nteriori
dad e instituciones
umdad esencial, subiendo y baJando de un nivel al otro . En este
d li­
�asto frese? cósmico, se puede representar a los hombres como d un �ás allá de paz Y de :
angeles crudos, y a los ángeles como hombres o demonios que Lo que, en virtud de la idea � es el ape go exc lus iVO
o a discusión,
han elevado su perfección. Tan sólo el libre albedrío establece ias, es radicalmente sometid des ane ce Y a . la co �� ­
po que se �
-sob�� la �ase de la justicia, de las culpas y los méritos, y sin una la tierra, al dominio del tiem
Agustín �escnbe no �e sie nte czv zs
relacwn directa cm� �1 amor- . la variable posición jerárquica de nidad política. El cristiano que extranJero y cammante, un ser
inus,
cada ser en la suces10n de los mfinitos mundos y tiempos que se de este mundo, sino peregr lara que
fun dador de su fe c�ando dec .
concate�an en el universo26• Ni tampoco, por otro lado, aparece in morada fija, parecido al cie lo rud o, pero el
ra y las aves del
de�provi�ta de co�secuencias decisivas aquella otra convicción, «las zorras tienen madrigue la c bez » 2 8•
de reclinar � � •
. segun la cual cada uno deberá responder personal­
mas fam1liar, Hijo del hombre no tiene dón a y de erradicamiento -adv.erti-
Esta experie nci a de ext ran jerí
mte­
� ente de sus actos y de sus pensamientos ante un Dios que jus­ etrante, por t?dos cuantos se .
tifica Y P:�dona, pero que es también capaz de alejar de sí y de da, de manera más 0 menos pen eca de la vida en su recomd� Y
íns
condenar mapelablemente a quienes no están predestinados. y rrogan sobre la fragilidad intr di) y sobre la� rela�10n .
es soci�­
fi a huius mu n
s?n? en fin, ente:amente diferentes los efectos del ideal, crono­ su fin (pr aet eri t gur
felices- se agu diz a, sin ? uda, aun
les y personales, pocas ve.ces cos .. por
logica-'?ente mas cercano a nosotros, de la «tolerancia» . ud de otros factores esp.eci�
C:o�qu��tada al precio de sangrientos conflictos confesionales y más en los cristianos en virt o (desde
durante un cuarto de mllem
c�vi�es , ha llevado -a lo largo de un prolongado proceso toda­ las persecuciones padecidas a cau sa ?e la
la frecuente ruptura,
vm mconclus<r al reforzamiento del respeto por las ideas y los Nerón a Diocleciano), por nte la Y �stad,
os queridos de Pa;�
v�l�res de los o�os, sentando así la base de las instituciones, los elección religiosa, de víncul s poh tico s Y filo soficos
eriores ideale
habitos Y los modulos de pensamiento y de sensibilidad de las por la adjuración de los ant z», por la esf orz ad � renun­
de la cru
sólo para aceptar la «locura acu los Y
m?demas democracias representativas . El explícito reconoci­ ersiones (como. los. espect
rmento �el hecho de que nadie debe imponer a los otros el cia a múltiples placeres y div to, los pag a­
idas, sin remordn�uen �
monopo.ho de la «verdad» n� exime de buscarla a quien así lo las prácticas eróticas) conced One s sol o pue den
cio y las persecuci
nos . La hostilidad, el despre de este
desea � desemboca necesariamente en el «relativismo ético»
quiene s -descartados y expulsados
(tambi. �n porque la compatibilidad entre los diversos valores ser derrotados por
manera inesperada: con la resp que
uesta,
sostemda en términos políticos por la democracia moderna, e � mund<r reaccionan de una don ,
ana, del amor y del per
un valor absoluto) . A su vez, la paralela admisión de que la ver- imprevisible para la ética pag
22
INTRODUCCIÓN 23

embotan a me
d� las víctimas,nudo pe
a o 1
�o lar
qu� c�b��\��en,aspde la cu!pabilización lásica como «olivo» que sobrevive renovándose a medi-
diato, las violentas reacc ara _ el tiempo inme­ aen las «hojas» de los ciudadanos. Aunque de ordinario
ducta el fanatismo de unaioaltnes .de c�antos percibe n en con­
qu

to re�pecto a los propios siste���ad Insuperable y �in fuesta rrstiano manifiesta una obediencia leal frente a las autorida-
·

nos msultan, bendecimos. Si no de v�ores «hospitalarios ndamen­ 1 1 íticas (cualquiera que sea la persona en que se encarnen,

nos difaman' respondemos con s persiguen, lo soportamos »: «Si lu;; en un Nerón o en un Juliano «el Apóstata»), son a un

hasta ahora, como la basura de1 bondad. Hemos vem· do a ser,Si tiempo consagradas y vilipendiadas, pero más aún desle­
m do y el desecho de todos»29 adas y sometidas a un escrutinio de ortodoxia. De hecho,
uriado por el un
·

El cristia
nomada habitnouadoemp
'

la «ti'enda». delaledes ·Jamie· nto característico del mparación con el ordo amoris, que se dirige derecha­
a la Jerusalén celeste, a la virtud civil se la juzga insufi­
de que se .encaminaahaci
-- � ·

a la Ie· rto y por la esperanza y tan sólo «verosímil»33. Y si bien la paz, que encarna la
un «anfib «cm dad» ce
I IO» forzado a VI·v·lf prOVIS. IO. leste3o'se transforma en
mund--os cont'rast nal y precanamente en dos uilidad del orden en el que no hay perturbaciones», no es
t?davia permanenatentea slo. Dque
r,tn

esgarrado' en eti 1 · n ·1 a los deseos y a las expectativas de la ciudad terrestre34,


ect�' entre el apego
·

tierra natal conocida y la noasma � que deseana salvar esta su veces se la consigue dentro de sus muros. En términos más
que tan solo ha entrevisto en elta1gia por una patn. a desde
.u a.

·n rales, Agustín no creía que el Estado tuviera capacidad


co ida
�ás allá para soportar los malede :�'debe aument� su fenoc nlr ín eca para satisfacer las exigencias fundamentales de los
·
_.

tiempo. sus s J l mundo_ Y. enfnar al mism en el h Hnbres. En su seno siguen siendo insolubles los conflictos y
rel acio nes co n el saecu um y VIa lar exped'It o dios más lacerantes35. Al igual que todas las restantes reali-
Poder IlliC. iar
1
.
su esc ala da al
(que era inve ible mientrasciels�o. A ditie�encia del mítico Anteo

. o, p ara 1 1d humanas, también la política está destinada a desapare-
suelo, de monc mantuviera en contacto con el r16, mientras que la civitas Dei durará eternamente. De todas
levantarlo en eldoairque para p � er mat
e): extrae s s energi!ffasl�JUs , Hércules tuvo que t rmas, Dios también interviene en los acontecimientos de los
h mbres -en la «historia»- de forma pentecostal, como Espíritu
tancia�ento de la tier ra. tamente de su dis- Santo que une y vivifica la comunidad de los fieles (amándolos
. tituc _ Y, sm em bargo, no siempre e verdad qu mo el Hijo ama al Padre y como se relacionan entre sí las tres
Ins iones más prop � el mundo, en sus 1 r onas de la Trinidad). Siendo más íntimo a cada uno de lo que
a la I?erdición. En la iaset�ph:y����do d�spreciado y aba nado
Tertuliano podía afimnar que no recia de --las .persecndo uciones'
s cada uno a sí mismo, es a un tiempo inmanente y trascenden­
t a las biografías individuales y a las historias colectivas37.
tia· nos. que el Estado o la polI"t" hay pnada mas aJeno
a los
tanCias, Agust"m se ateru"a a un Ica. 31 . . ero' mudadas 1as cr.rcucrins-s- Agustín ha contribuido a legitimar la trasferencia de la plena
beranía espiritual sobre los hombres, poniendo a salvo su ver­
matic·
" o: «Usa el mundo
no dejes .cnteque
no mas" anIcu · 1ado, casi prag- adera ciudadanía, desde el Estado a la comunidad de los fieles,
nero»32. Sentirse el mu ndo te tenga
a?�donar no implicalabati�:�c���:n �na posada que habrpárisiqueo-
en e la civitas terrena a la civitas Dei peregrinans38• Ha ofrecido
a í a la Iglesia una perspectiva coherente y no solamente escato-
bilidades soci ni'mucho me hUida frente a sus responsa-
A. SI,-- pues, en laales nos re. nuncia· a 1 a vita activa.
de lo. fosible,'lay sm
1 gica, sino «histórica», mediante el recurso de entenderla como

swnes, vale la pemenadida corre�� o :ntue�os yhal�s cerse excesivas ilu- omunidad no inmediatamente política (cosa impensable para
Aristóteles y Cicerón), que deberá actuar todavía durante un
realidad terrena y luch ar a i ffilll. uir su numinj
� usticias de la tiempo indeterminado en el saeculum, pero que no forma parte
dad. De todos modos' pn ero y su ave-
dad que los cristianos mis·vomosa1 Estado" roma!lo .de aquella gr
" del mismo: un Estado paradójico de individuos apolidas e ínti­
que corre entre Constantino Tele hab.Ian atrib�Ido en el perdign ío
i-
do
mamente extraterritoriales a la vez, dado que están provisional­
mente arrojados en él. Esta civitas peregrinans actuará en el
a los perseguidos había pas�do odosw, es decrr, cuando el culto mundo estando simultáneamente dentro y fuera de él, uniendo el
Cl. ones- del rec {¡a el ar�� de tres genera­
miento a la cto�nan defi
escasa medida ponueoci mt . Sólo en muy cielo y la tierra, rearticulando incansablemente sus propias dis­
representa aquel árbdeolelper Estado ser . «redimidO». iVa En todo caso no tinciones funcionales de separación y de integración respecto a
la política, según los tiempos, los lugares y las circunstancias. Al
enne Imaginado por los ateniense; de rechazar la pretensión de pureza y el enrocamiento en sí mismos
24
INTRODUCCIÓN
IRODUCCIÓN 25
de los maniqueos «p 1
erfectos» o as ten �e . .
frente al poder terreno nctas aisl acionistas
- , de la «secta» donattsta , uda. Con semejante actitud, se habría abolido también la dis­
ensenara a la Iglesia africana, Agustm -
occidental mpo tarse -st. se p erm unción de la historia de la humanidad en sagrada y profana, a
comparación- como
movedizas: tendrán ue
: ��
quienes int n n sacrar
. a algUie. ite
n de arenas
la ttya implantación había contribuido Agustín poderosamente, y
a o un te en e ! 1 s los acontecimientos serían de nuevo incluidos en el inte-
no firme del dogma
do contra todo cisma .
'!n ak!t�
et
. ,

n. eo, mtranstgenteme
exteri or,
nte
en el terre­ •• >r del cambiante horizonte del mundo.

yd n qu� el otro se hu a defendí­


� Renunciar a la poca alegría que puede alcanzarse en esta vida
guro abismo de lo t;a
socorrista sea arrastrado
nse 'J�: �
' ?esgo de P�rm�ttrr en que
el inse­
algún
p tra apostar por la propia resurrección de las cenizas les parece
hacia a aJo y sumerg r uchos un juego demasiado oneroso comparado con las ven­
Mientras p repara su �do por el mundo.
·' a conjeturables. Una alta propensión al riesgo sólo se justifi­
temor, el tormento del
do r laf: t
andeza u�ra «baJo el
aguijón
e tt de las fatigas, los del '' i es aún más elevada la expectativa de ganancias. Cuando la
gros de las tentaciones»
la Iglesia, «arca de salv h ���:� �
39 y eg 1 ·
� s confines de la tierra,
peli­ '" ·ertidumbre llega a la «masa crítica», queda minado desde el
ación» en e 1 uvw del tllt rior el mecanismo de contradicciones productivas mediante
ca a los elegidos y los . mundo40, embar­
trans o hacta ·1 ue la fe avanza, autorregenerando la convicción .
p�ente lanzado entre � ��
la ciu a e estre y
el Paraíso. Es tambié
n Pero ni siquiera la escala ascendente del ordo amoris queda
drrección autocrática � la celeste, bajo la
ha hecho suyo el título
del p
q �: ���cfe ,tn ex m axlmus c�.
stiano (que
·' ¡uí intacta. Cuando las nubes de la duda se acumulan justa­

rtl nte en la cumbre, invirtiendo casi por completo el vértice de


pondía por derecho a
que transiten por él
los emperadores e :�ug s a Gractano c
orres­
a), para permitir
1 jerarquía cósmica (Dios, como «sumo bien» y fuente perenne
·
los asa eros de la �� 1 felicidad suprema), todos los peldaños de la escala son bási­
Mediante una lógica a
la v � g ClVl!�s peregrinans.
te todas las reglas prece z lítica y tran spolíttc� 4ue invier­
.1mente intercambiables, y queda deslegitimado el concepto
en beneficio del últim nte
de . �b eontempla el sacnficw del
jefe
111i mo de «orden del amor». Al no apoyarse ya en una base
ontológica creíble, en el postulado de una divina armonía teleo-
p uesto de la «última
o e � :�r:fe{� g � ��
e po, del �astor en el
e ano - ! a Iglesta asu 1 ica del mundo, las decisiones de la voluntad humana quedan
poder que le adviene ju me el
stamente por ser, en lí .th ra virtualmente más expuestas a la responsabilidad de un
negación de todo pode nea de principio, la
r. ujeto empujado hacia la incoherencia y el arbitrio a causa de la
1 aparición del metro que le permitía medir la distancia entre
·1 bien y el mal.
II Esto contribuye a producir la transformación de las eleccio­
n de «virtudes» en «preferencias», que se revela, en el pensa-
La mu erte del ave fén
ix 11 iento cristiano, también a través de la inédita función recono­

·ida al factor individual y aleatorio de la fe. Desde Pascal a


Tal vez el m ás ambicioso i rkegaard, la fe relanza, perfeccionándola, una táctica nueva y
do la teoría, la prácti de �uantos Proy ct s
ca y el uru erso tm . � � han alberga- mtigua, en la que lo que podría presentarse como su enfermedad
Moderna haya sido el � agmano de 1la Edad
de la em anctpación co · . rn rtal se cura mediante la ulterior exacerbación de las mismas
VIduos frente a toda aut
·
oridad extem a, percib. mp
.
leta de os mdt-
· usas que la han provocado. Ante la acrecentada tasa de absur­
mediante la construc id a co mo opr esora,
ción co , de una «hi lidad de la hipótesis de que existe en el mundo un orden provi-
exclusivamente por los storia civil» hecha
hom b
Se ha venido así acredit ��� 1
1 ncial, la exaltación de las dimensiones trágicas o negativas de
ando1 gradua mente la c . l•1 xistencia se ve supercompensada según dos variantes de un
que es preciso rei vin oncep cw n de
,
dicar y vo ver a tra r unico modelo conceptual: o bien a través de una racionalización
tesoros de inteligencia � a la tierra aqu ell os
de d se s de Ideales babilística de la esperanza (en la que se le concede al indivi-
depositado y acumulad

en el ie. � � � que se habían
o. ara avanzar por esta
1
luo una alternativa estricta, la chance de apostar doble o nada);
se sugiere dirigir anim . senda,
osamen te hacta adelante la ffil·ra da que, mediante un «Salto» en el vacío, que rechaza todo avance gra­
an tes, se alzaba a me
nu do servt'1mente haci. . a lual desde la razón a la fe, llevando hasta el extremo la función
a amb en busca de 1 ·Iigiosa de lo paradójico. Convertida en invisible la «gran cade-
......

'

27
26 INTRODUCCIÓN INTRODUCCIÓN

la f�, la esper�za Y la caridad.


na del bien», el cristiano comienza, más en general, a considerar cipación de la eternidad gracias a
tirse de la vida �asada o de
que sus oportunidades de ascender al Paraíso aumentan tanto areciendo de motivos para arrepen
en «buenos vec�nos de l�s
más cuanto más arriesgado sea su ímpetu de amor o cuanto más prefigurar otra distinta (convertidos
' y esperanzas), qmeren preci-
se acreciente, por el contrario, la obstinación terapéutica de la cosas cercanas» y libres de temores
permanezc� eternamente co­
mente por descubrir, con la inteligencia, remedios racionales a la amente que el pasado y el mundo
mo los ammales- tener me­
fe amenazada de extinción. En ambos casos, el balance de la mo han sido. Prefieren además -co
recuerdos personales o de la
relación agustiniana entre el amor y el orden se desequilibra a ,. moria corta no sobrecargada de
en el peldaño del mo�ento» Y
favor de uno u otro de los dos términos. En el temor y el temblor historia públlca, estar «asentados
és de la «puerta del mstante»
de n? ser ya correspondido, o de la escasa probabilidad de con­ pasar siempre una y otra vez a trav
de la etermd�d ultra�undana.
segurr una respuesta, por la ausencia de su divino destinatario el en vez de encaminarse hacia la
prop�o destmo, co�gen por
am?r se inflama de pasión o de sentimiento, pero no se conj�ga Eligiendo con plena concienci� su
estmca de la n�c.e..sidad !fle­
1�
otra parte sintomáticamente la Idea
__

ya mtnnsecamente con el orden. Y éste, a su vez, retrocede a una ,


cris tian o, de la deciSIO� radical,
árida escolástica y se ve compelido a alcanzar el amor como diante los conceptos, de origen
, de modo que el antiguo . pre­
ingrediente externo, simple aroma de la razón. ' de la voluntad y de la subjetividad
s tr duce en el protagomsmo
Quienes denuncian la religión no se limitan a desacreditar la cepto de la obediencia al fatum � � que � ra».
qu se
fe en el más allá como ilusoria y perjudicial ya por el simple he- ¡ del ego fatum y el «así fue» en «asi � � . .
religiosa c?I�ciden a
isas para socava r la nec esid ad
cho de que desvía preciosas energías intelectuales y morales de Las prem
uridad de las con�Icio�es de
,
la búsqueda de soluciones eficaces para los conflictos terrenos. ( menudo con un aumento de la seg
de una mayor ra�10nahdad o
Dando un paso más, se pone en duda incluso aquel valor que po- ' vida, en concreto con el despliegue
unido al ref?rza�ento de los
dría justifi�arla o hacerla noblemente consoladora ya desde un justicia en la esfera econó�ca,
y de sohdan�ad. U na vez
punto de VIsta puramente humano: la aspiración a una felicidad vínculos «horizontales» de Igualdad
esidades de esta tierra, se hun­
incondicionada y perenne. Se avanza la sospecha de que este de- ·,
decorosamente satisfechas las nec
a de resarcimiento . P?r los
diría automáticamente la demand
radas del n:undo� elirru �a��s
seo -aparte ser inmodesto y conducir, si es escuchado a una si- 1'
tuación de tedio eterno- representa exactamente lo co�trario de :./. sufrimientos y las expectativas �rost .
le la simultanea desapanc10n
lo que pretende ser: el fruto envenenado del resentimiento la de- ;'1'¡ las causas del temor, sería inevitab
za religiosa .
manda apremiante de venganza póstuma (en apariencia �1 más de su hermana siamesa, la esperan .
� esos d� re!10vac10n
.,

la convicción de 9 ue os proc
antievangélico de los sentimientos), que agita a la masa de los Se abre paso
cia para ser redi� do de su
d�biles contra lo� «mejores» de este mundo, el deseo apenas di- de lo que presiona sobre la concien
pasado, la memona, . la cul�a
.1

simulado de su eJemplar castigo en el más allá. En la puerta del inercia y de su descomposición (el
cuerdan:e �te entendidos b �JO
Paraíso debería colocarse una inscripción de tono opuesto a la 0 la muerte), sólo pueden ser ahora .
1
ciOnes artisticas, configuraci�­
que Dante sitúa a la entrada del infierno: «me hizo el odio eter­ la forma de mitos, alegorías, crea
s para �onmemorar Y s�le�­
no:>42. �1 deseo de dicha absoluta no sería, pues, sino la expre­ nes del deseo o prácticas sociale
. totalidad del camp,o simboh­
sion mas degradante de enemistad y de desprecio por la vida, por zar lo ya acontecido. De ahí que 1�
a se vea constremda a ��es­
el hombre y por la realidad . Sólo podría llegar a concebirla el co de la vida individual y colectiv
técnicas d� «rec�nsagraciOn:>
«último animal del rebaño» por excelencia, el cristiano, emergi- tructurarse . Se elaboran nuevas
y de la dimensiOn . �e la fim­
do de los «bajíos del mundo antiguo», denigrador, por envidia, profana del tiempo de la caducidad
frecuentemente utih�adas se
de cuanto se eleva por encima de su mediocridad, acostumbrado 1 tud. Entre las más conocidas y más
o literario de la mem?na c�mo
a prosperar en las tribulaciones y las desgracias del «prójimo» encuentran: el rescate terapéutico edi�to
para poder fomentar el instinto gregario mediante el calor de la temps retrouvé� la atribuci
?n a� �sent� de un acce�o.Inm
pr
ficativas o �e �e�Isio . exi�­
nes
«compasión» . El resentimiento que el cristiano experimenta a la vivencia de experiencias sigm
muerte del mdivid� o es mevi­
frente a los «espíritus fuertes» surge del hecho de que a éstos no tenciales� la declaración de que la
taciones que las �IV�rsas ten­
les interesan las hastiadas promesas de renovación terrena del al- table. De acuerdo con las interpre
han dado de SI rrusmas, la
ma, de resurrección del pasado a través de la memoria o de anti- dencias de la civilización moderna
29

28 INTRODUCCIÓN UCCIÓN

unas veces una


en el Par aís o hu mano. Esto produce dividu al, sus-
1 t uturo, ncia in
abolición de la trascendencia representa la reconquista del el arco de la existe
patriotismo del mundo' el esfuerzo en buen 1 ie de implosión en m or; otr as, lo que los moralis­
. , a parte coronado por pe ro no al te
otras, en fin,
1 .
.

� �xtto, por sustraerlo a la desvalori. aciOn, po� sentirlo como la ' u 1 a la esperanza,
aclim ata rS e al < <cinismo» y vivir al día; y,
tQdo lo que
·' ll aman unciando a trasladar
,

umca morada que se nos ha d ' 0• por deJar �e considerar­ qu e - ren


���� ctitud m ás sob ria lejano- se consa­
la como mísera posada y en a ' por e.l �ontrano, como casa u,·
ultr ate rreno o un tiempo
,,\ ula a un m ás all á yor «habitabilidad»
bien abastecida de todo ' que deb.e transrmtrrse, aún más bella y ye cto s sectoriales de ma ora
., a a re for m ular pro responsabilidad, ah
acogedora, a los lejanos deseendlentes: la presente es, en efecto'
m undo, sin ren un ciar al sentido de on ser va ci ón, tam -
la única vida «eterna» a que tenemos acceso. ·n 1
dib le, en lo que atañe a la c en el
te inelu en
m ralmen de los seres que viv
1 1 n para el fu
turo más inmediato,
ta en su conjunto. ún nuevos códigos
de
m planeta y del plane y transcrito seg
an re for m ula do s re gi on es de
Se h y amplia
cia b lo que s e nte ros de experiencia de la et erni dad o
La irremediabilidad de lo negativo ' levan dos bajo el prism a
con tem pla ne ga­
<ignificado, antes a las experiencias «
<.1 \ futuro remoto.
LÓ que es v álido par : el deseo de disfrutar
Hoy día, el hábitat temporal y mental de los individuos se para las «positivas» amis­

redefine de manera todavía diver a. En un mundo en el que cen- tivas» lo es también dones irrepetibles, del amor, de la
mmediata m ente , co m o centra r en insta ntes
� : :
tenares de millones de person s m andonado o a�nuado su
pla cer o del bi enestar parece con er» de una vida
f� religiosa en la <<inmortalid de al a» y en la declinación de tad, del «m omentos de s
on tin u os los rcepción de
Sl ffilsmos en la eternidad ' tampo�? resulta muy satisfactoria ni puntuales y disc es debi do, en parte. a la pe
sm a. E sto ar el desierto
convincente la moderna proyecciOn hacia un futuro remoto e digna de sí mi un o necesita para atraves e es dema­
. ca da
. :
mdetefffilnado en el que deber , nacer el ordo amoris terreno . La
ue el tiemp o
ntes de alcanzar la
qu e ste o terrestr
Tierra Prometida cele una m eta un tanto
a
tan do
idea de la propia existencia a como dem�?to preparatorio algastarlo apun uo el consuelo depa-
tn?' ��
para otra vida o como ins me o de edificaciOn de un futuro iado corto para m ins u ficie nte y e xig
dem ás, or la idea de
meJor que jamás se llegará conocer es -en ambos casos- difí­ incierta. parece, a de un m undo de reserva o p
ción sacrificios de
:
cil de entender y de defend r con ar�umentos persuasivos. Los rado por la conc ep
ne s f utu raS se beneficiarán de los
valores vinculados al fut m f:7' po de la espera, de la que las genera
las generaciones que
cio
las han precedido.
:U� �� J
vi�ilia insomne, de la red i '1 e . nrmnencm · del Reino .de
DIOs o del progreso y de la revo ución ' para. los que es preciso
mantenerse atentos, han cambiado1 de senti�o. Han descargado,
como una oleada acrecida sobr� �
ac�ahdad, generando una La utopía en la
historia

os les parece ya lej




percepción y una valoriza�ión as o�:Uizad� de la finitud y de
Dur ante un lar go pe ríodo --que a much
dif erente s. F ue típ i co de
l�s límites de la capacidad1 de p oyecciOn sociaL Son muchas. las fueron enteramente de
situaciones de la vida de as personas (dolor? enfermedad, veJez, no-- las perspectivas tista» europea (en un amplio espectro
ane n arx is mo
la tradición «inm icismo liberal al m
muerte ) que se juzgan íntimamente irremediables, porque ya no rca desde el histor ca tra­
� �
se las puede considerar verdad�ra en e re.scatables ni en un más posiciones, que aba erz o por entrelazar la utopía est áti
el esf u ámica

allá religioso, en una condie . on e eatltud celeste, ni en un
.
revolucionar
dicional de
io),
las islas y de las ciudades perfe
ctas con
onando -a
la
la
din
vez - un
futuro laico de satisfacción errena generalizada mediante el la his toria real, proporci ntos y de los efec­
:
advenimiento de una sociedad la. que se !e ha arrancado final­ y la im p ureza de
ulos, de los estrang
ulam ie
mapa de los obstác tropiezan todos los proyectos humano
s de
mente el aguijón de los confl'lC os Irremediables. No se concede que os, de los
credibilidad -o se la cons.1dera e� t? do caso difícilmente practi- tos perversos con una indicación de los rec
orrid
. ta mb ién s o s op or­
·, «alqmffilca» de1 lo negativo en positi-
cable- a la transformac Ion cambio, pero que hacen posible
superarlo
de los an tí dot os fre nte a las
atajos y so y lastre
V? y a las promesas de resarcimiento de os sufriffilentos pade­
. La his tor ia a ctu aba como contrape
cidos en el presente mediante gozos que se dejan entrever para tarlos
30
INTRODUCCIÓN 31

absttacciones estratosféricas del .


pen�arrue nto utópico preceden-
te y la impaciencia revolucionan
ntra
· r l . La disgregación todavía en curso del primer sistema
� que la �t�pía estaba
1 a
llam�da a p restar secretamente :· 1::U� del mundo oficialmente basado en el ateísmo del Estado
st na su Ob eti o
1111
. vente y sus energías movilizad 111 i uye a hundir en el descrédito incluso las concepciones
orasd �cefe�ando suJs � envol­
otra forma demasiado lentos Se ntmos, de 1111 artidas por sus adversarios de ayer: la fe en la existencia de
r o asi una tentativa cru
�a de mutua adaptación: la utopí f� za­ ,, hi toria vigorizada por la nervadura de la tensión de los pro-
l :�eptar las razones
lismo Y de la concreción históri ' del rea­ 1< humanos. La idea de que hay una lógica, acaso en parte
t
nes y sus promesas, llegando ha · h m oderado sus pretensio­ pero enteramente intrínseca a los acontecimientos corre,
�: e
las, al menos de palabra·' la hist � extremo de autosuprimir-
ult
,. el riesgo de parecerles a muchos, en lo que respecta a la
. . . . ona a su vez' ya no .
un desigruo dIvmo, se ha dotad
racionalidad intrínsecos, atribuyé
d un SI. _gru. cadogm

ada por
y de una
11,mcipación terrena, no menos mitológica que los designios
dentes atribuidos a la Providencia.
do� �
varía, por lo demás ' aunque a tr , e una mqmetud que la lle- a mirada adelante hacia el futuro -que había sustituido a la
aves de fases tra�I " cas, hacia el
progreso. Esta hibridación ha gen riormente dirigida hacia lo alto- tiende de nuevo a acortar­
er d0 una utopia refren
una historia dinamizada un sist ada 0 rmitiendo a ésta segunda elevarse de nuevo parcialmente.
·

ema �e control de las


ciones humanas sobre la �ealidad interven­ 1 oncepciones ligadas al progreso y a la consumición rápida
e
grandes proyectos de transformacq� n� �reten _ de renunciar a los 1· la experiencia histórica como fuente de enseñanzas para el
ru eJar de �o!llar en
las causas removibles que los bloq �� y 1os condiciOnan dura
serio •1 s nte señalan la dificultad actual de disvincularse por com­

te períodos más o _menos prolon n- ,J l de la viscosidad de un pasado no suficientemente elabora­


gados.
Este modelo mega que la concie , . ! 1, de renovarlo y de extraer las energías que encierra y que pue­
mundo; la invita, por el contrario nci 1 �
este ruslada respecto
al kn utilizarse en el futuro. Es como si se vengara a posteriori
ritual, a perder su rigidez y a ¡t �t arse de su embalse esp r haber sido demasiado rápidamente absorbido en un tiempo
I f Icarse, arrojándos i­
corriente tonificante de la «fuerz e a la ¡u ha adoptado ritmos sincopados y frenéticos y que es, por lo
a e 1as cosas», a

propio equilibrio a través de los e
o
� escubrir su 1 11. mo, incapaz de metabolizar las exigencias más profundas.

nu�s, a aclimatarse, en fin, a las con flicto_s Y los él]Ustes conti­


: Las creencias arcaicas, que estaban en declive, las potencias
ha Impoesto mientras un grupo adiccwnes. Este mode
lífIco homogéneo o u lo se 1 1 modernas que parecían sobrevivir en los márgenes de aquella
social foerte han conseguido ma na clase rni. ma modernidad que habían rechazado masivamente43,
��
e e
la histo!Ía o hasta cuando un m � �se en la cre sta
OVIllllento hIs , · de la ola de
· ton
,·n uentran nuevo vigor en un momento en que no se tributan
mente e11derezado a la redención fi 1 c declarada- honores (porque en la situación actual de las cosas no lo mere-
ma d 1a humani�dad
nación ha creído ser su preciso y . o de la n) a muchas de las promesas de esta modernidad que alimen­
d Spia;ad0. deber pro
primeros y débiles gérmenes de la � teger los l.t a «expectativas crecientes» ya sea en el sistema capitalista o
u
se proyectan paradójicamente hac �v�sociedad (cuyas �aíces ., el socialista -que no ha sido, bajo algunos gustos, sino una
ia t ro) cont�a !a CIZa
sembrad� por enemigos irreductib ña ·triante herética extrema del primero-. Las renacientes creen­
les. Se � � multipli
los guardianes armados y los pro cado así ia religiosas vuelven así a proponer -junto a persistentes for­
te tor o c ales de
en vías d� realización, comisionad �� �
s :

vanguardJas o de intérpretes autoel . a VIgila: -e� calidad de
las �topías llla de rechazo de valores modernos, como la libertad humana

nfesional sobre las elecciones vinculadas a la propia vida y a


egi os de la histona-
sobre su
ol

progresivo robustecimiento con n' h rganización de la sociedad- también formas de convivencia


tmos ace i erados.
de compromiso con el presente, de «uso» agustiniano del
1nundo. En el seno de los llamados «integrismos» se insiste a
El desplazamiento de la modern m nudo, y de manera machacona, en el sentimiento de la incon­

·iliabilidad de la fe con una existencia que sólo tiene en cuenta


idad
Tras el proclamado «fallo» de al . valores terrenos. Elevan el tono de sus amonestaciones para
�unos expenmentos totali-
1
zantes de la civitas hominis pe 11 pedir que se olvide lo mejor, el Reino de los cielos; protestan
sobre los poderes salvíficos de �= ��
gn �s, repuntan las
po I Ica y de la hist
dudas 'lCtuando a veces como suplentes) contra las carencias, las dila­
oria en ·i nes, la insensibilidad moral y la corrupción de las institucio-
33
32 INTRODUCCIÓN

. , . . más coherente de la ulterio-


nes civiles; reiteran las exhortaciones y lanzan invectivas contra 11 ,una emgmatt�a de una «1"ogt .a»

�o ne un componente de crítica
las injusticias, la miseria y la guerra. '·'l. En la med�da en q
' '1 l ita de lo �Xlstente y e m o � �� p atibilidad con disposiciones
Mientras que el mundo se «empequeñece», porque sus diver­ eras o se arrogan
sas regiones entran dentro de una trama de relaciones más espesa, ,JI ti as o soctale.s
que resume . de durad
g �
na, la religión
crece hoy, en cambio, en muchas creencias y culturas, la voluntad ivas pretenswnes e sac :�
?res e valor, u ho

dad mu
más
nda
que simbólico, de lo
de separación de su contexto general. Se crea así una miscelánea u rda a los hom terrores y
t davía no eXIste � � ,
e ve, suscitando así otros
explosiva de resentimientos hacia las potencias dominantes del 11
los siem re en la com probada
mundo material y espiritual, de fanatismo religioso, de orgullo ét­ 111 a esperanzas y prec
. �g� :��
t
%
de reer. Por eso, las reli-
11'\1 ctlca de la desgarr . ntad
nico y, en particular, de búsqueda de vías alternativas respecto a
los «desvalores» de Occidente y de su modernidad (consumismo, o es parecen te�er hoy
:
cap cldad bastante par
de
a rec
difi
aud
cul tad
ar aque-
de los
os qu a tual fas e
individualismo, olvido de la transcendencia y del sentido del sa­ 11 > adeudos antigu e exigib les.
11 rsos pr�y�ct�s hum
an s e mancipación hac
� � �
crificio). Las actuales formas de «globalización» de los mercados
1 a di gnid ad de la esp eranza en lo
y de las comunicaciones provocan de hecho, en miles de millones La fe re1Vmdica de nuevo mayor des ollo cientí­
arr
de seres humanos, una dolorosa sensación de desarraigo de las l ndemostrable, justamente e�1. a era'del ' " de las informaciones.
,
y tecno1o.�l·co y de la max1ma d1fuston . . .
tradiciones en las que se hallaban insertos, de desorientación en 1' . po de inauditos desequilibnos, vislb1es
un mundo que se hace cada vez más vasto y desconocido. ¿No 1 ro es tambien un
tlem iales que
geográficas y estratos soc
demostrables, entr.e zo�as
constituye, acaso, el renacimiento de estos «fundamentalismos»
una legítima, aunque excesiva, defensa, una reacción a la inclu­ � �::: �:
l i frutan de un .rela�lV bte
asas inmensas de desespe-
(un conglomerado de ine­
i
sión de los individuos, clases o pueblos en la red de mallas cada rados. La expen�ncta e s. . iento
tos ' humillaciones, alejam
narrables p�vacl es, �� ���
vez más estrechas (y para algunos opresoras) de las relaciones
mundiales de interdependencia? ¿No nace de la percepción de un la f� �a y e pa
� �:�f ere aún ma yor inc erti dum bre
de
y
las
1 constantes frustraciones
agudo sentimiento de inferioridad en quien teme las nivelaciones erturbacwn a caus d� ��
� imientos
l n hacia objetivos y divert
xpectativas o d� su es;IaC
impuestas o el injusto desprecio de su propia identidad cultural o � mu ert e física,
e destrucción y de
mínimos -o hacia paratso _, . opio del pueblo, es decir, las
religiosa? ¿No se deriva también de aquí este encerrarse en sí �
onc
hacia el nuevo y na a . met
mismo, esta auto-exaltación de los propios valores, creencias y � � más
- que no hac ia ms tru me n os de educación y de una
costumbres tradicionales, que sólo se puede amortiguar con una dro gas
adecuada comprensw · " n de las cos. as
mayor justicia a nivel planetario y con una más equitativa distri­ (más concre-
bución de los recursos? Algunas de ��
a gran des. rerlglO s monoteístas
:� e h ace ya
lslam an comenzado, desd
Estas manifestaciones religiosas aparentemente agresivas se tamente el catoliCis�o y el � em onía, sobre todo
onq istar su heg
les pueden antojar a muchos como el lugar en que la vida se cerca de dos decemos, a rec ina cab ada no hab ía
mod�mirlad
refugia para recobrar un mayor espesor de sentido, para redi­ entre los rechazados que una a tte o?)
mp · ' ent re otr as raz one s
erlo , l-
consegm· do re�catar (¿· 0 hac
.
mirse de la desesperación ante una realidad en la que prevalece esc ato log
de una creíble dimensión
porque ella ffilSma ca:ece
casi siempre lo que perjudica, lo que no interesa ni place, mien­
ca, obliga a como esta � �
ant :�� r sus rom esa s del Re ino terre­
tras que no se consigue alcanzar lo que más importa. En contra
de toda forma de achatamiento o banalización de la existencia,
� n !
vid con ven
no o a meJorar las condlClo . nito orque de otro modo se
t cim ien tos que no
e nfi
pueden prorrogarse hasta
en contra de toda inmanencia que querría reducir el ser a lo
inmediatamente dado, la religión intenta acreditar bajo otros interrumpe el Exo do y se pre � ¡ere b;il alrededor del «be la

un lo,
sig
cerro
carn�». Al cabo de más de
modos aquel mismo incondicionado que ya había propuesto en de oro» y de las «ollas de los
o de los desheredados, de
otras épocas. A la lógica de una historia humana (demasiado representación de lo� «prolet � ��� tanciado (en div ersas p artes
s a
«condenados de la tierra» �
humana) contrapone no rigurosas teorías y razonables previsio­
nes, sino un relato, una buena «noticia», una profecía que invita del mundo y de forma con ; � te te ) de los movimientos sociales
icas de
lr e varias hipótesis histór
a no seguir siendo prisioneros de la concatenación de los acon­ que la habían guiado a p . . histórica conseguida por estas
ctona»
tecimientos históricos sino a ver, más bien, en ellos, en filigrana, modernización. Pero la «Vl
35

34

. , del mu do. Porque tuve hambre y me disteis


grandes religiones no está exenta de peligros. Persiste, en efec­ d la creacton � . - ro y me aco-
m r, tu ve sed y me
distets de beber ' era foraste
to, el riesgo de que, para llenar el vacío dejado por los regíme­
Y me vesf�teis· enfe
rmo y me vtsttastets,
· .
. .
'

1 •1:· estuve d�s�u�o el carácter despiada-


tets a �erme» . C�ntra
nes comunistas, rebajen, en algunas partes del planeta, el hori­
' \,\ árcel y vmts toda-
zonte de sus esperanzas, a objetivos eminente e inmediatamente s mediante mecanismos
sociales, convirtiéndose en sucedáneos de la política. En otras, \ las leye� hum�as, tm u 1 �:�
ro a (más allá y por encim a de l �s
. . n u conJU�to, m� ont . I'viduales o de las diversas tinali­
el peligro consiste, por el contrario, en que se eleve hasta tal
punto el horizonte de las expectativas que acaben por hundirse u na o mala�
mtencton�s nd : ón al cielo, a la ins-
los puentes con la historia común de la humanidad, de aislarse l . 1 1 . de los sistem
as socta es ) ' la. inv.ocaci m·sciente ' mise-
· upeno' r de un)UeZJUStO Y om decidas, es a

111 ·ia del tnbunal -�


«integrísticamente» en la pureza de la fe y en encontrar una gador de las. injusticias pa
hipercompensación a las injusticias padecidas en la vocación al ' rdioso y t�mbten ve? viviendo a quie­
que empuJa a seguir
«martirio» y en una declarada e irreductible hostilidad frente a ' nudo. la úmca garantla · Domina cier-
que la esperanza nn a · sm
' " no tienen otro recurso
quienes no comparten unos determinados puntos de vista.
ra � e on suel � � ::� tambié n res uen an las seve-
Es un hecho que allí donde la riqueza acumulada y escasa­
mente productiva sirve para financiar a reducidas oligarquías
.une nte
l.ts palabras
la e spe �
d�l dzes z�ae , re . J al res tremen dae maiest
1 qui dqu i d
atis
latet
zustus. tum se debit
civiles y militares, incapaces además de incrementarla y sociali­ n 1 fin del tiempo: zu d ex bzt ( .. ).
inultum rem ane
''' parebit 1 nihil
.

zarla, aunque sólo sea por los efectos derivados, donde no ha


funcionado el desarrollo o despega con mucha dificultad,
. . ?
aumenta forzosamente el poder de imanación de los mensajes de nteczmzentos.
de unos mismos aco
salvación ultramundana. La afirmación es válida, obviamente, os lógicas dentro
sobre todo en los continentes y las naciones del planeta donde se
ceba la «bomba demográfica», que anula o reduce drásticamen­ Cuando �ara �enten are �g� :�:���!�: ���:��:�e::.J:-
te, en una espiral perversa -que se enrosca, con efecto multipli­ ú queda P.nm�� de
dtm ens on
� ��s
s ric o-política, pueden detecta
rse en el
cador, en tomo a los factores tradicionales de la opresión- todo la en la � definidos, de
nsamiento «latco» 1os sm , tomas ' todavía poco
esfuerzo de reforma. Cuando estos hombres desesperados no tie­ vo desdobla-
mos as1·stt'endo a un nue
una preocupacton. que este . Precana-
·

nen otra cosa que perder que las cadenas que los tienen sujetos ana
de 1.a 'nica historia hum durante los
. , ·

al mundo, el mensaje religioso toca cuerdas profundas y es más miento en dos . troncos � eni do,
hist ria se ha mant
mente re�onqmstad�, esta
persuasivo que un diagrama económico correcto, que las técni­
últim os st los , rel a ! t� am �en a sal vo de las tensiones
disgrega­
oco a poco
cas de contracepción razonables o que cualquier teoría, verdade­ � ro se h a i do aflojando p
doras o «ctsmogene�tcas».
ra pero alejada de su experiencia.
el tornillo que 1� S�)�tab
r ��
a S t rmas teóricas que la
articula­
Así, por ejemplo, la convicción evangélica de que toda per­
sona, hasta la más baja o malvada (sobre todo cuando se encuen­ ban (la «mano mvtstble?>

e a e onoroía política,
re tod
los
o,
sistemas
las ideo-
e hi toria sob
ociológico�, las filosoftas
tra en situaciones en las que su vida está amenazada por el ham­
logías que m�esantemente a . � �6 � � r poní y la leg itim aba n) se
bre, el odio, la indiferencia, la necesidad, la persecución, la
injusticia), no sólo está hecha a imagen de Dios, sino que es han tom ado mc o� ere nte �
s, cas albuceantes. La
historia
to y la histor ia
com
com
o
o
royec ción con sctente corona a por el éxi ar a t odo con-
Dios mismo ante sus semejantes, aparece ante estos individuos P . que amenaza con escap .
con todo el esplendor deslumbrante de la gloria redentora, en la resultado pretenntencional n nca n u to de acuerdo en mn-

ado
grandiosidad de una escatología que derriba y condena el orgu­
llo, la miseria y la violencia de la política y de la teoría en cuan­
trol eficaz no han alcanz
guna teo ría, pero su m utua � �:
.
re acto, s a tomado en
nuestros

días aún más oscura. . : la capaci-


to tales, porque han presumido y pretendido demasiado del ant sobre el alcance de
Al fondo d� este Interrog
mundo. Quien sufre, sea cual fuere la causa, espera con ansia y
alegría el momento en que Cristo, en el juicio final, dirá a su dad de proyecciOn huma
, �
na p ed. adivinarse otro,
«de
aún más alar­
sen canto» del
p unnn'lenario de
grey, separando a las ovejas de los cabritos: «Venid, benditos de mante: al cabo del proceso mo oc cid en tal», ¿no
o llevado a cab o por el «racionalis
mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros mund
37

stam a J tiendo a
su reimagt. acm .
· ·

ranti mo» veh icula � "n, a un retorno


do p del andono de la idea de que existe un sentido, una lógica
e.n Ia autoridad de una or ee�ctas que se apoyan, en n�1,...,,.. .. �
.ti

rev ��� Ión, en la �educc


.. •.• -.
' rtual proyectividad intrínseca en los acontecimientos
1
nficación de los ho ión o en la "' >S implica un coste -también teórico- que conviene tener
mbres �� ante premt�s o castig
a partir de exigenci os orc>r,g<ad<JI uta, para intentar valorar sus consecuencias y su impacto.
. . as que ben creerse
A 1os cns tmnos esta óptt. a 1 sm argumentos ?. a.1r a las iglesias los proyectos y los ideales de libertad terre­
nificativamente inv�rt � es parece, por el co
ida ntrario l' pluralismo efectivo de la verdad, de consecución poten­
clamada pérdida de
. cont o; ��� f� :� n do de que -a una '
con la f ! la mayoóa de edad de la especie humana, significa, para
ne os- ahora pueden otr" . c bre algunos procesos P
histó- ¡1ritu laico, retroceder a la escucha de la palabra solemne,
co entre el proyecto meJor, en la distancta,
salvífico divm e1 acorde armóni- •Httaria, depositaria de la verdad que dispensa tan sólo a quie­
. o Y el c urso
·

lo. que aqUI-- se desc


ubre no es la bifurc�c . .. ?etua1 del m undo:
. . n acto de humilde obediencia, dan el primer paso en
cta de la historia. La iOn smo la converg · · ·ión a la fe. Significa convertir de nuevo en «trascendentes»
Iglesia 1 lig en-
as
� las sectas de origen e do :J� iOn es en general (inclui " diante un movimiento de «des-secularización»- valores y
sta u nse o los productos ­
ttstas de los cultos sincre­ •ni 1cados «inmanentes».
brasile- )1 se pres
amplia platea mundial
com ..mea de �nt �ntan así ante una más es, por supuesto, verosímil (y tal vez tampoco deseable)
ra entre los planos ��! �r�ección y de fractu 1 u · e proceda alegremente a un compromiso irénico y a una
.
de lo ­
dad ?el hombre y des visible de lo mytstble, desde la reali­
� • 11 fusión entre los valores laicos y los religiosos o a una hege-
de la reali ad de D
Paraiso. En este esf ws, como puertas del 111 mía espiritual de la religión sobre la política. Las religiones no
uerzo su � a a vec
nes del dogmatismo g� � es ta�bién las tentado­ 1 u ·den aceptar, sin incurrir en una clamorosa contradicción en
más aut' n an o y del fideismo más
Abren así1 jirones de . ingenuo . mpo doctrinal, ni tan siquiera la hipótesis de un ateísmo «de
incondtcmnada (y por ·1
ranza po an. zada ha tanto poderosa) esp
·

cia un �o�t'bl� esc e- . tro humano». Y los Estados, por su parte (y también los de­
� ate en el futuro de este
a
mundo todavía henc ' los intereses y los proyectos de vida de los individuos ya
hido de lllJUsticta y de
vía doliente irrede esta humanidad tod
nta y d sconoci. da p
: a­ ha ituados a «ser sus propios dueños»), siguen su propia lógica
alcanzan estas cumb ara sí misma. Cuando 1 ·rrena incluso cuanto se muestran respetuosos con los manda­
res l presente y el se
cielo, e1 h omo abscon ' futuro, 1a tie .
rra y el mientos y el magisterio de las religiones. Seóa, en todo caso,
ditus el De s abs
� .
en un proyecto que cond�tus se ensambla
n 1 mportante, iniciar una seria actividad de reflexión para simular
se nieg a ab: .:m
no de muerte para
buscar consue o dIre ?nar lo existente a su desti- 1 configuraciones de las áreas de fricción y de acuerdo que
La civitas Dei peregr . ctam ente en el más frecen visos de posible cooperación en el ámbito de una salva­
allá.
dad ��Dios de la ciu inans cri tiana que une y separa la ciu­
! uardia de valores comunes (a defender, de vez en cuando, con­
dad terrestral' pero que
reaccmn de repulsa ha superado ya tra el peligro siempre latente de lo peor).
actualmente en su ju
total frente
� undo moderno, se ins la No se trata, pues, de alzar de nuevo las habituales «empali­
ego con rec qUIstad erta
hacerse cargo de los �� . � autori�ad. Intenta así zadas históricas» entre «la fe y la ciencia», de iniciar una nueva
problema 1 e mt eres comun que -ju
mente por su magn sta­ controversia de las investiduras entre la esfera política y la reli­
itud y natura e a
d?s por los Estados o � - no. pueden ser solucion giosa o de ahondar plebiscitariamente, pero sin argumentos, las
por los org?Dtsm � mte . a­
bimtlenaria experien ? rnacmnales. Con su antítesis entre los seguidores de filósofos inspirados por visiones
cia la Ig1
t��a para suplir, en
con�reto � : ?hca. presenta su candida­
:� � �� religiosas y los fomentadores de concepciones laicas. Pero tam­
cwn de los valores It�ento y 1� !ragm poco se trata de aguantar sin las adecuadas reacciones teóricas
detectad�s en la � enta­
mo�ema, ofrecién olítica Y la etica «la (conociendo y respetando siempre las razones de los otros, pre­
dose ica»
atetsmo del «dios que como alternati�a no s..olo respecto del cisamente en los puntos en los que se advierte que podóan tener
ha tr� acasad
O» smo tam bIen .
..
los ef¡ectos desastros . respecto de razón), la ofensiva que ciertas expresiones del pensamiento reli­
os que d en va '
nan
"
d�masiado extensa ( de una reivindicació gioso no se atreven a acometer. Aquel iluminado Frappe, mais
«hedoni a» sobre
:� � n
Dws verdadero) de to
las libertades uman do, des vinculada del écoute! («golpea, pero escucha»), debe poder ser aplicable,
crático-representativa as en la sociedad de -
de OCCI.dente. mo metafóricamente, a ambos contendientes, renunciando a la exi­
gencia de «aplastar al infame», sea el que fuere.
H
INTRODUCCIÓN IR DUCCIÓN 39

""n t do caso, no se puede abo


rdar la cuestión con las armas rque cualquier creencia que tenga voluntad de perm�encia
ya h rrum �r?sas, aunque todavía 1
cortantes, de los viejos arsena­ 1 e avanzar la pretensión de poseer un núcleo sustancial de
le ap?logetlcos. Oponer la razón ·

a la tradición, la libertad a la 11tfalibilidad; seguramente porque la negación del bien de la


esclavitud, la modemidad al osc
. de uran tismo no ayuda a avanzar �o,alvación eterna» a quien no cree constituye un instrumento
mucho en el cammo la detección del problema: más bien
hace retroceder décadas y siglos. lo 1 eroso e irrenunciable de incitación al �epen��ento, de
Se trataría, en todo caso,' de
c?mprender meJ. o ahondan�o en pr ión o, si se quiere ser polémico, de chantaJe espintual.
� las investigaciones y las refle­
xwnes- la confusw::-n de fu cwnes
. � o el desplazamiento de pers­
pecttv�s que se han producido en
los diversos «subsistemas» de abrir el contencioso
la sociedad y de la geografía con
. men ceptual de nuestros modos de
pensar, especial te en aquellos que, aunque operati
son hoy todavía totalmente explícit vos, no Pero la respuesta más significativa a los interrogantes pro-
os. no se encuentra entre las que se acaban de me�ci�nar. �s
�igue en pie el problema -el grav 1 u estos
. .
1 reciso intentar dar -con ella mediante una ultenor radica �zacwn
__
e problema- de la «tole­
rancia» (termmo, por lo demás, ya
difícilmente aceptable, dado J los conceptos clásicos de «libre albedrío» y �e nec�sidad, de
que J?resupone una forma explícit
a y «negativa» de condescen­ historia civil» trazada por los hombres y «Providencia».
d�ncia para soportar lo qu no se
� com parte o incluso se despre­
Cia). � tenor de una obJe .
cwn , que, aun Este discurso nos llevaría muy lejos. Me limitaré, en aras de
que tradicional, conserva 1 simplificación, a un hecho macroscó.I?ico, �bie�o a todas las
todavia una p�e de su peso, el filó .
sofo no debería aceptar dog­ miradas: al final de un ciclo de revolucwnes IDICiado hace dos
mas. T�da la � ton. a de la filosofí
� a testifica que ha intentado siglos y continuado, bajo otra forma, hace ochenta años. En esta
descubnr tambien el sentido de
las cosas ocultas, que se ha p rspectiva, aparecen, con tintas ciertamente fuertes, pero tam­
esforzado por comprender los con
fines y la extensión de las bién con perfiles bastante precisos, algunos nexos entre volunta.d
f�cult�des humanas, que ha incluso
advertido que la «razón» humana y curso trajinante de los acontecimientos, en�re �apaci­
s�gue Ignorando, en parte, sus prop
ios presupuestos, contradic­ dad de proyección y efectos perversos, entre tolerancia e !�tole­
CI�nes Y conos de sombra y que a
veces se la venera como a un rancia. ¿Fueron los hombres quiene� h!cieron las revolucw�es
fetiche solamente para conjurar la
inseguridad y la ignorancia , bien
dentro �e los cu�es giran inevitab -tanto las democráticas como las socialistas- o fueron mas
lemente todos los hombres. las revoluciones las que hicieron a los hombres, demostrando
Pero exi �te una línea ue el filósofo
q . no puede sobrepasar honra­ sí, ya en su mismo nacimiento por sorpresa, los lími�es de la
damente. fiarse de tes moruos que pretenden, sin la menor prue­ .

. rung previsibilidad y de la programabilidad de los acontecimientos
ba contrastable Y sm una «resonancia» interior convinc
ser la verdad revelada. ente que manaban de ellas? . , .
'
C!ertamen�e, el amor cristiano, esta Con el propósito de proyectar una sociedad mas JUSta
.
blecido por el «Cordero
d� J?Ios�, ha mterrumpido el jueg mediante la eliminación de las causas de los conflictos, las revo­
o perverso del «mecanismo luciones modernas han tenido que distinguir (y de forma cons­
VIct�arJo», acostumbrado a inst
itucionalizar la intolerancia ciente a partir de los jacobinos) entre el �?político �olectivo y
mediante la individualización de
un «macho cabrío expiatorio»
so?re �1 que derramarla. Cristo ha el individual subordinando la consecucwn de la libertad del
aceptado verdaderamente «el individuo a 1� de la libertad de todos. Para conseguir que preva­
odw ��n raz?nes» de sus pe segu
� idores, renunciando a la ven­ lezcan los objetivos -cada vez más urgentes- �e autoconser:a­
ganza . Y. sm embargo, el mismo
. amor cristiano se ha hecho (y ción y de aceleración de los procesos de camb10, la� revo�ucJO­
puede �Irtu almente seguir siendo) intolerante, . . de las exigencias de
ren�ncia a apoyarse en el brazo secu también cuando nes avanzaron a través del cruel sacnfic10
lar para imponer el credo a los individuos. No sin generosos actos de abnegación y a través
los mfieles o para desbaratar a los
herejes, cuando da los prime­ de coruscantes esplendores de sanguinario heroísmo personal y
�os pasos para exte�der la toleran ia hacia otras
mcluso cuando tendría que acoger � religiones 0 colectivo, han recurrido a la más feroz intolerancia, creyendo
sm excesivas rémoras doctri­ asegurar así la auténtica tolerancia y convivencia del futn:o.
nales aspectos del credo de los no . mas alla,
creyentes. ¿Por qué? Tal vez Las revoluciones modernas, incapaces de cumplir,
11
INTRODUCCIÓN IR DUCCIÓN 41

un i rto límite, sus exorbitan


. tes promesas, en lugar de ali­ ,n flanqueadas por «suplementos anímicos», míticos o retóri­
rn nt , vestidos , casas, servicios, conocimientos adec
por no decir la felicidad, privada o púb uados s para sublimar las realizaciones conseguidas y para enmas­
__
lica), han organizado a .1rar y sustituir lo que no se consigue llevar a cabo?.
rn__en�do espectaculos de eliminación física o de humillac
publica de sus �nemigos, guerras de exte ión i las cosas son así, al menos en parte, ¿no contienen todos
nas, desfiles, discursos. H� activ do
rminio internas y exter­ 1 ) proyectos políticos, todos los sistemas moral�s, las filosofías

n�evo� de que han podido disp � todos los mitos, viejos 0 , 1 la historia y de la religion, aunque sea en medtda y con metas
: oner (amplificándolos y n iderablemente diferentes -si bien las diferencias son, en
difun�Iendolos de manera más capi
lar gracias a la creciente ste caso, la distinción única, esencial e irrenunciable- p�te�t�s
capacidad de penetración de los med
ios de comunicación de .. anfetaminas» o viáticos espirituales para ayudar a los mdivi-
masas). En vez de placer, gozo, aleg
ría, lo que se ha concedido 1u y a las comunidades en su esfuerzo por su�erar lo peo� al
-o se podía conceder ha
-:=- sido «�irtu�», «lucha de clases» y r enos de las privaciones, los traumas y las fatigas de la vt �a
esper� del «sol del man ana». Parecia as1 que en el nivel del uni­
s cial e individual, descubriendo en ésta un sentido y una finalt-
verso Imaginario políti o y de las ráct .
� .p icas que lo perpetúan y lo d? Cuando no pueden satisfacerse de manera efectiva las
produc�n resultaba P Sible armo Izar
? ? el bien privado y el públi­ n cesidades más elementales de miles de millones de seres
c? mediant� el aglutmante del «mterés
__
general», de los sacrifi­ humanos (en unos puntos más que en otros, pero en t�das las
CIOs o tambten de los valores democrá
. ticos o revolucionarios de latitudes y longitudes) y ni siquiera se puede dar cumplida res-
la cmdadanía, de la conciencia de clas
e o de la solidaridad. Se uesta a las demandas de felicidad de quienes se saben por el
t�ata a menudo de cosas buenas y defe
ndibles en las circunstan­ momento sustraídos a la miseria material, ¿a qué recurrir, tras
Cias dadas, tal vez de 1? mejor q e P
golpes de las emergencias de la histo � ?día conseguirse bajo los haber experimentado todas las soluciones razonables de 1� «fac­
na. Sólo que las éticas del tible» si no es a sucedáneos para sus insaciables expectativas, . a
deber preceden casi sie r -com
t_D.p �
des�mbo�so para la adqmsIcw-- n de tltul
? una anticipación y un utopí �s laicas y religiosas perecederas e invariablemente desti-
os políticos y morales nadas a desaparecer?
obligatonos- al goce efectivo . de los derechos anunciados o la . . .
extensión de los existe tes, de tal mod ¿En qué se diferencian, pues, los sucedáneos de felicidad lai­
.

cuentes p�labras .mamovibles, tales com
o que ciertas grandilo­ cos de los religiosos? Tal vez ya en el hecho rms?Io de que �os
� «fratermdad» entre los hombres
o «libertad», «igualdad» primeros contribuyen a menudo a oc�lt� (prometiendo so! �cio­
, no tienen todavía mucho sen­ nes futuras) aquellas mismas contradicciOnes que la fe esta mte­
tido fuera de algunas tradiciones, de
contextos de suficiente resada en acentuar y exhibir, para ofrecerse después a sanarl�s
madurez civil y de condiciones de vida
relativamente tolerables en la dimensión de la eternidad. ¿Existe, entonces, una especie
(con independencia de que, en mi opin
ión, estos valores deban de connivencia tácita, una división espontánea del trabajo, en
ser ·aumentad?S de f rma generalizada
� y por doquier cuantas virtud de la cual la imagen de la Providencia divina pasa a un
veces sea posible afloJar las ataduras que
los reprimen). segundo plano en la escena de la historia cuando y donde es
Tomando en consideración estos caso
. s extremos de las revo­ mayor el control humano de los efectos imprevistos, indeseados
lucw�es contemporáneas, la pregunta
es�a�tal Y t�mporal y ser reformulada
puede ampliar su compás o perversos, y avanza de nuevo hasta el proscenio (y en ;"le�ida
tes. l.se podia, en el fondo, actuar de una
en los términos siguien­ poco menos que análoga) cuan�o y donde e�t� c�ntrol disrmnu­
manera muy diferente? ye? Al dominio todavía muy eXIguo de l�s dmamtcas de la natu­
Y, ¿se puede incluso �oy día proc
eder de otra manera (aunque raleza y de la historia -tal que no perrmte que todos los r�p�e­
desde luego con medios menos drás
ticos y ante situaciones de sentantes de la especie humana puedan perpetuarse .en condicio­
mayor estabilidad y <<normalidad»), fren
. te a la relación, general­ nes de razonable seguridad y satisfacción- se reacciOna a veces,
ment� desproporciO nada, entre las expectativas y su satis
efectiva? c��do las soluciones a las facción en la edad moderna, cultivando proyectos prometeicos de ��l­
exigencias planteadas por eo total del mundo que deberían llevar en breve a su renovact�n,
los �conteCiffilentos son clar ente inad
de VIsta de los recursos matenal � ecuadas desde el punto pero que desembocan en cambio más en la m�ral, en e� �atects­
es, morales o intelectuales real­ mo e incluso en la santurronería laica de las virtudes ctvtcas (o,
mente disponibles en un momento dado
, ¿no es inevitable que lo que es peor, en el culto al Estado, al partido o al Jefe) que no
43
42 INTRODUCCIÓN CCIÓN

to y más
en la realización de las promesas que justificaban la violencia de 1 defender la fe y apuntar hacia otro mundo, distin
los cambios. Sobre este telón de fondo, incluso los valores cada 1 ladero que éste, la religión
cristi ana (o la � usulm an � pero
•. .

vez más invocados y exaltados de los últimos siglos para la cons­ , 1 r ejemplo, la budist�) insis te en d
__
� � se tido p � ad �JIC� .a
al mdiVI-
trucción del «mundo nuevo» («libertad» e «igualdad», «demo­ ntecimientos que se refieren en ultima mstancia
�ás al�á
.t
nal,
cracia» y «comunismo», «razón», «ciencia» y «progreso») se 1 y lo proyectan, provisto de su identidad perso encia
musu lman es, la exist
h� transformado a menudo en fetiches y en pantallas, que no se 1 1 muerte. Para los cristianos y los
. rada, e inclu so en cierta s épocas
distmguen mucho -en sus formas enfáticas y por el efecto de las 11 na, aunque no minusvalo
valor insig nific ante comp arado con
funciones de afianzamiento asumidas- de los consuelos ofreci­ •1mente estimada, tiene un
ria siga estando
dos por el sentimiento religioso a nivel popular. Por esto, tal vez , 1estial y es seguramente mejor que la histo
a más que a
sea necesario aprender una nueva modestia que sea premisa no , 11tiada a la omnipotencia y la omnisciencia divin
de renuncia, pero sí de una mejor y gradual comprensión de los 1 bilidad, la falibilidad y la mald
ad de los homb �es.
límites -variables- de lo posible y de sus filtros en la realidad. 1 pensamiento «laico», en camb io, cuan � o so �tiene <a esar
. pada,
tres) la racw nahd ad limit
Si, pues, el libre albedrío o la libre capacidad de proyectarse t das las insuficiencias y desas
es y morales
están limitados por condicionantes que, en el actual estado de las .t erfecta utilización de los recursos intelectual
la capacidad de
cosas, parecen insuperables en su aplastante mole total; si han t1trnanos los testimonios de la experiencia y de
f�acasado las ten�ativas hasta ahora llevadas a cabo por desqui­ 1 yecciÓn -por miope que
sea- de nuestros semejantes, . no
. render el sentido
Ciar de amba abaJo y de manera programática lo existente; si -en nuncia a la libertad de crítica e intenta comp
mism as. Se mant iene así fiel a
todo régimen de escasez, incluidas las democracias relativamen­ 1 las cosas a través de las cosas
ilidad , contr olabi lidad y plausibilidad
te ricas en recursos- se tiene necesidad de empastar aglomera­ , criterios de demostrab
?o� de racionalidad y de mito, de realismo y de deseo (porque, 1 las pruebas y los argumento�
y se resist� a la tentaci?n de
.
msisto en ello, no se puede socialmente prescindir de todo), 1 jarse arrastrar -previo sacrificio
del enten�lffil�nto- al ctrculo
entonces se busca en otra parte la diferencia entre la actitud reli­ m gico de la lógica de
la fe. Acepta como mevit�bl�s �lgun?s
qmza?) mextrr-
giosa y la política, y, en menor grado, entre la fe y el pensa­ ndicionamientos como del todo (¿o acaso, o
consciente �el
·

do, pero es tamb ién


miento filosófico y científico. 1 bies del curso del mun
muchos de ellos con los .med�os
,

Querría sugerir, brevemente, la hipótesis según la cual más h cho de que ha eliminado ya
que en una línea de separación debería pensarse en distintas 1 que dispone y piensa, por tanto, que vale
la p�n� segurr usan­
la rehgton .. le r sulta
familias de estrategias, organizadas para gobernar, interpretar y los. Es, además, consciente de que a �
�ar se�tido a la existencia individual y colectiva. En sus respec­ o más difíc il la «pato dicea », es decir , la tarea de justtfi�ar
much
tivos crrculos se elaboran proyectos, se trazan recorridos, se pre­ 1 dolor físico y psíquico, que la
teodicea, la de absolver � Dios
figuran expectativas, con el propósito de hacer vivibles y sensa­ or la existencia del mal, sobre todo moral, en el umverso.
puede trascen-
tas las vicisitudes que ocurren y las que podrían ocurrir. Se ituándose en un horizonte que el individuo no
der, pero que está abierto a la espec �e en . virtu
d de la sucesión de
intenta, sobre todo, focalizar y simbolizar los lugares ilocaliza­
su mten or, por dar valor a cu.an­
bles de la esperanza, el temor y la felicidad, de materializarlos 1 s generaciones, se esfuerza, en
o de vista racio nal . Es como st se
en la imaginación y el pensamiento para podérselos representar to puede desear desde un punt
demá s: «¡No traici onéis este mundo!»,
de algún modo, creyendo en ellos al menos bajo el aspecto reli­ dijese a sí mismo y a los
cto.
gioso, y ser así ayudados a proyectar los propios planes de vida aun a sabiendas de cuán lejos está de ser perfe
o a reconsiderar retrospectivamente su valor.
Cuando los deseos y las expectativas superan inevitablemen­
te el umbral de su presumible posibilidad de realización, y cuan­ Por qué Agustín
do la incertidumbre de las vicisitudes que nos tocan más de
ter de refle­
cerca crea a menudo una tensión insoportable, pueden reducirse Tras estas consideraciones (que tienen más carác
básicamente a dos las actitudes decisivas que teórica e histórica­ xión que de verdadera y propia l�troducción),
�a llegado �1
de Agus tm y de medi-
mente se han adoptado en nuestra cultura. momento de volver sobre el pensamiento
INTRODUCCIÓN 45
1 ODUCCIÓN

t:u d nu v u puntos más importantes, allí donde las dificul­


tervo afftrmare46. Procedent� de lo� . estudios de retóric�,
·

1 1
t� ld . : aum ntan a un ritmo paralelo al de la fascinación y el desa­
f 1 nt lectual. Con algunas condiciones:
·elente conocedor de la poesta, la mustca y el teatr?, cons�­
que no se busquen pre­ 1¡ penetrar ulteriormente -gracias también a la prácttca,
coti­
t xt para su actualización forzada y anacrónica, olvidando la •

de conoc edor de los hombr es en su con­


di tancia, �o sólo temporal, que lo aleja de nuestros problemas; dnmamente acumulada,
h ·ión de obispo de una popul osa �iuda� - �e �� lado en las
que no se dispense, por el lado contrario, un trato aséptico e indi­ ncias �e _las existen ct�s md1�1d uales y, del
1 1t:ione s y las disona
ferenciado a los contenidos; que no se le reduzca, en atención a
u estatura, a mero case study ni se le proclame, por el contrario, 1tr , en el laberinto y las «timeblas de la vtda �o�Ial». �

como p�rs pro tato de la «filosofía cristiana»; que se distinga su Al construir, además, el primer sistema orgamco de �losofta
pensa�ento del pres�nto carácter conservador que adquiriría teología cristiana, su forma mentís no sól? ha a�unado de
h?Y dia en l?s debates mtemos de la Iglesia católica (un aspecto rma indeleble la cultura del Occidente �e�teval, smo que ha
aJeno a los mtereses de esta investigación); que no se caiga en ntribuido también poderosamente al nacumento Y �1 des�?-
11 del mundo moderno. A través, en
efecto, de la mvo�acwn
las redes del demonio de las analogías, aunque podrían detectar­
se fácilmente entre nuestro tiempo y el suyo (el colapso, si bien plícita de sus escritos se han formado las ideas y las actitudes
1 algunos de los protagonistas de la nueva era: desde los
padres
pacífico, del imperio de la «tercera Roma», que, no obstante, ha ex-mo nje agusti no Lutero y Calvm o) a
significa do el de?ilitamiento del precedente primado de la polí­ 1 la Reforma (el . En esta fase,
. Jansenio y los port-ro yalista s, de Pascal a Bossu et
tica, el reforzannento de la función de las religiones, los comu­
nes horizontes históricos no confortantes, las migraciones de a través de sus ideas, se sondearon nuevam�nte� con m�tro
pueblos que presionan en las fronteras de las zonas en las que se moderno, los inmensos «abismos» de la co?ctencta, del hbre
concentra �a mayor parte de la riqueza mundial), pero que, como ·trbitrio y de la gracia. Se ha cargado, ademas, de nuevas reso­
n ncias el sentimiento de la angustia
ante el pecado, ante . el
acontece siempre, resultan engañosas, aunque ayudan a veces a discon tinuid ad plena �e recovecos de las bio­
p der del mal, la
d�s�n�allar los procesos de reflexión. Y, en todo caso, que no se y la treme nda incert t�um? �e q�� provoca en
lTafías indivi duales
trivialice su obra, transformándola en materia de edificación
1 s fieles la inescrutabilidad de la predes
tm�c10n divma . A�nque
apologética o en blanco de polémicas. pensam 1ento de Agustm -al
Agustín posee de hecho múltiples rostros y dimensiones. No n no breves fases de eclipse, el
¡ gual que el de todos los grande s filós�f os- ha. vuelto a florecer
es sólo un filósofo especulativo o un teólogo inmerso en los mis­ o siglo, donde ha deJado su lffipro�ta, en p�­
terios de la fe; es también un combatiente tenaz e inflexible en también en nuestr
ticular en Husse rl, el prime r Heide gger, Jasper s, Wtttgenstem,
lucha continua contra los herejes y los paganos; un formid�ble o de m��­
.
orgaruzador del consenso en defensa de la ortodoxia, un cons­ loch : Arendt o Jonas. Pero revive también, a menud
ra al parecer espontánea, en much? s d� los ra � gos d� la sensibi­
tructor inf�tigable de los «aparatos ideológicos de la Iglesia» la concte n�Ia comun cu�tiva da dur�n­
(con el pehgro de que el ardo pueda llegar a ser más importante lidad y del pensamiento de
te más de un mileni o y medio de accwn es y reflex wnes que tie-
que el amor y de que el. realismo político del amor mundi haga ar en los escri�o s d e Agust ín.
. . nen su lejano hontan .
perder de vista . al cnstian
.
o, �n cuant� hamo '1,ator, la lejana
meta de su cannno) Ha ofrecido, precisamente a la civitas Dei En un período en el que, al extmgmrse las esperanzas pues-
peregri?ans las primicias d� una integración de la escatología tas en los proyectos de emancipación política, par�c�n recuperar
­
:
en la histona de una humamdad en marcha, según un modelo parte de su antiguo esplendor las promesas de �ebctd�� ultrate
rrena este libro reflexi ona (desde el punto de vtsta cntico de la
que se ha mantenido, durante largo tiempo, como ejemplar. Por
.
encima de los golpes de martillo doctrinales asestados con fre­ fi.los�fía, en un marco narrativo que espero �ea atr�yente, pero
�uencia a }�s adversarios de la «verdadera religión», Agustín que expone tesis flanqueadas por una ampha y cutdada docu­
tiene el mento de haber planteado las cuestiones filosóficas con mentación histórica y filológica) sobre los grandes bloqu�s con­
Y
una rad�cal consecuencia y con un estilo terso y persuasivo, ceptuales que han determinado la fisono�a. del pensaffilento
de la praxis de Occid ente: la volunt ad dtvtdid a, la dulzur a} . la
�aractenzad� -en sus mejores momentos- por el método del
mterrogante mdagador, por el quaerere más que por el simple y intolerancia del amor, las paradojas de la fe, el des�? catego?c?
de felicidad, la necesidad de inmortalidad, la func10n, los líffil-
INT RODUCCIÓN

te y las perspectivas de futuro de la historia y de la capacidad 1


proyectiva humana.
LOS NUDOS DE LA VOLUNTAD

Deseo expresar mi gratitud a mis amigos Gianfranco Fioravanti,


Lorenzo Perrone y especialmente Pietro Lombardini por la lectura del
libro, sólo parcial y bajo la presión de la penuria del tiempo. El hecho de
haber llegado a sus manos el núcleo central del texto cuando estaba listo
p �� la composición o incluso ya en pruebas de imprenta sólo me ha per­
trutldo aprovechar en escasa medida su competencia y sus sugerencias. Las
1 ablo y la crucifixión de la carne
buenas maneras científicas, que imponen a los estudiosos la consigna de no
apel � nunca a la quinta enmienda de la constitución norteamericana -que
pertrute acogerse a la facultad de no testificar contra sí mismos- es, en este Para acercarse, en una primera aproximación, al modo como
caso, menos ritual: el autor se reconoce responsable total y único de toda gustín entendía la posibilidad de romper el bloqueo de la
las posibles deficiencias. Juntad a través del amor, es conveniente remontarse hasta
1 ablo y su mensaj e de salvación (no dirigido a unos pocos sabios
1 tados de una excepcio nal capacidad de autocontrol o de celes­
Nota a la nueva edición
t dotes intelectuales, sino a todos). La doctrina de Pablo acen-
1 úa la inconcili able rivalidad que, en la naturaleza humana,
Los libros se parecen a veces a organismos dotados de vida propia,
t pone el «espíritu » a la «carne» y el conflicto
-nunca completa­
aunque paralizados en la fase de desarrollo que alcanzaron en el momento
mente extinguible- entre el «hombre nuevo», capaz de regene­
de su publicación. Si se les proporcionaran los debidos cuidados, podrían
crecer indefinidamente a lo largo de la existencia de sus autores. Mortuna­ rarse en Cristo, y el «hombre viejo», rebelde al creador y sordo
damente, a éstos últimos les falta, de ordinario, el tiempo o la constancia o u palabra.
el interés. No siempre vale la pena volver sobre la trama de los propios La victoria del bien implica una preliminar y humillante
escritos y, además, como es bien sabido, ellos habent sua jata. 1 rrota de la indiscipli na de las pasiones, aunque no quedan des­
Ello no obstante, la reimpresión de este volumen ha hecho revivir en
truidas, sino solamente organizadas y encauzadas hacia metas
mí temas que en los años pasados me eran más familiares y que han mora­
tdecuadas y hacia Dios, la más alta cima del deseo. La «razón
do desde entonces en los márgenes del campo visual de la mente. El retor­
no a estos argumentos con una mirada diferente ha como descongelado
viada» o «perturbada» de los estoicos -sustraída a la compe­
l ncia de su parte todavía sana en el individuo)- queda
ahora
algunas ideas y las ha permitido proyectarse en otras direcciones. Para no
. ujeta a la vigilanci a del tribunal celeste. En su cumbre preside
alterar el diseño anterior, he debido comprimir y calibrar las intervenciones
sobre el texto. El camino que me he trazado no ha sido, pues, el de la un Juez sentado en su trono, que sabe, llegado el caso1 mostrar-
«metamorfosis» o la creación de un híbrido entre lo viejo y lo nuevo, sino misericordioso y es siempre capaz de comprender los motivos
el de la simple revisión atenta y circunspecta de algunas secciones. El tra­ las debilidades, recaídas y autoengaños que el logos humano
bajo ha consistido, más que en rectificaciones, en breves añadidos a modo
incapaz de reconocer y de eliminar.
de taracea y en una sustancial actualización de los aparatos documentale
En Pablo, la condena de las pasiones no se propone tanto su
Y bibliográficos, para poner a disposición de los lectores interesados los
materiales más recientes y las reflexiones más significativas. Con este pro­
xtinción cuanto más bien su redenció n: al morir según la
pósito, me he servido tanto de las variantes ya introducidas en la traducción carne», tienen la oportunidad de resucitar según el «espíritu»,
alemana ( Ordo amoris. Augustinus, irdische Konflikte und himmlische transfiguradas en amor1• Pero si se ven abandonadas a la volun­
Glückseligkeit, Viena, Passegen, 1993), como de las oportunidades de estu­ ad corrompida, impotente y contradictoria del hombre expulsa­
dio que me han ofrecido las ricas y bien organizadas bibliotecas norteame­ del Edén, entonces conservan el aspecto execrando del
rican�s, en particular la Research Library de la Universidad de California, pecado», de una culpa cuyas raíces se hunden, en todos y cada
Los Angeles.
uno de los individuos, en el pasado prenatal y cuyos efectos
R. B.
· menazan con prolongarse en su futuro ultraterre no. En un tiem­
Santa Mónica, California, otoño de 1996 sentido como intrínsecamente malvado y cercano al fin, la
ORDOAMORIS NUDOSDELAVOLUNTAD 49

vid d 1 cristiano constituye una guerra ininterrumpida. Cada ndición de «esclavo del pecado», sujeto, como está, a una ser­
un per onifica en sí, simultáneamente, los dos ejércitos en idumbre en parte heredada (derivada de la culpa de los proge­
lucha, es campo de batalla y apuesta en el j uego con un resulta­ nit res del género humano) y en parte voluntaria, surgida del
d final incierto. «Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfac­ r hazo individual de la luz y del amor de Dios.
ción a las exigencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias
contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como
que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que qui­ 1·1 deseo dividido
sierais ( . . . ). Pues los que son de Ctisto Jesús han crucificado la
carne con sus pasiones y apetencias» (Gál5 , 1 6- 1 7; 5, 24) . En la Pecar no significa sino demostrarse indisponibles para la
óptica paulina, el fracaso del resultado depende -para quien, t novación, autoexcluirse de los dolores de parto a que todos los
como cristiano, no se ha reconciliado aún consigo mismo y con res se someten en su esfuerzo por renacer rescatados:
Dios- de la connivencia antagónica y de la disensión paraliza­ abemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre
dora que se establecen entre el pecado y la ley (cfr. Rom 1, 5-23). 1 lores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos
El mal y su remedio mantienen entre sí una relación perversa de la primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro
implicación y exclusión recíproca. Cada uno de los conten­ ulterior, anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).
dientes es causa de la existencia y de la presencia del otro. Todo U na vez perdida la inocencia, y hasta tanto no se abandonen los
ataque contra el adversario llega a impedirle, a lo sumo, el con­ 1 pojos del «hombre viejo», el alma se verá enredada en los
trol completo de su propio territorio, y esto implica la negación luzos de un deseo dividido. Se verá presionada, a un mismo
de una parte de sí mismo. 11 mpo, por el empuje divergente de dos imperativos radical­
Si no hubiera ley -en sí misma buena- tampoco podría mani­ m nte inconciliables. La búsqueda del bien provocará su contra-
festarse el pecado, que es el rechazo de la ley. Y, si la ley no 11 , despertando y movilizando las fuerzas latentes del mal:
reprimiera con tanta fuerza el pecado, tampoco el pecado encon­ escubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal
traría en sí mismo la energía necesaria para reaccionar. La ínti­ ·1 que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios
ma complicidad entre la ley y su trasgresión diseña ya entre lo gún el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros
dos términos la imagen de una «simetría congeladora». El bien, que luchan contra la ley de mi razón [tou noos mou] y me escla­
ya no ignorado, se enrosca en torno al mal, ahora asimismo iza a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rom 7, 2 1-
conocido, y lo convierte en su involuntario y rencoroso soporte: ; y cfr. también Gál 5, 17). Esta escisión desgarra la mente y
«Yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubie­ 1 corazón del cristiano. A diferencia del sabio estoico, del indi­
ra ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: «No te des a la i uo que pretende conseguir -sin ningún tipo de ayuda exter­
concupiscencia» ( . . . ). Vivía yo un tiempo sin ley. Pero en cuan­ na- el dominio monolítico de sus propias facultades, descubre
to sobrevino el precepto, revivió el pecado y yo morí» (Rom 7, 1 u e está dividido, irremediablemente disociado de sí mismo,
7 -9). Desde que Adán comió el fruto del árbol del conocimiento, paco a su propia mirada, sujeto y objeto de una contienda que
los hombres saben, sin duda, distinguir el bien del mal, pero no 1 produce y repite, de forma dramática, otra: la que tiene lugar,
son automáticamente capaces de preferir el primero al segundo. 1 de tiempos inmemoriales, entre Dios y el Demonio.
Abandonados a sus solas fuerzas, no pueden ni resistir ni vencer. El eón presente, el aion outos, está hoy, más que nunca, ace­
Aunque tuvieran un carácter de hierro, como el de algunos filó­ ·hado por el «dios de este mundo» (Il Cor, 4, 4), que se com-
sofos, éste no haría otra cosa sino servir de tapadera de un orgu­ 1 ce, además, en poner a prueba la fragilidad del hombre, des­
llo desastroso, porque los incitaría a un encuentro desigual y los ,
rrando la «carne oscura». Al igual que Cristo en el Huerto de
e

condenaría a una derrota segura. A pesar de algunos triunfos par­ 1 Olivos y en el Gólgota, también esta criatura rebelde, pero
ciales, apenas se entabla el combate advierten, en efecto, el fren­ 1 trínsecamente indefensa, pide una gracia que podrá ser de vez
te compacto y macizo de las pasiones, constatan su naturaleza d n cuando satisfecha, pero que nunca será completamente escu­
Hidra justo mientras observan cómo se regeneran l as cabeza. hada: la gracia de no ser inducida a la tentación. Como en los
tantas veces cortadas. Cada uno tiene la obligación de admitir u rsos de Le Mont des Oliviers de Alfred de Vigny, todo indivi-
51
() ORDO AMORI 1 ' NUDOSDELAVOLUNTAD

duo e interroga, sin obtener respuesta, por qué no consigu tido a continuación de osadía y de fe, hasta el punto de
avanzar por el camino aparentemente más fácil, por qué se 1 h.t rse crucificar, como signo de humildad, cabeza abajo,
la
concede tan raras veces descubrir la línea media entre l 'ennui du 1 1 ia ha estipulad o con Dios un

pacto de sangre, que tal vez se
calme et des paisibles joyes 1 el la rage sans fin des vagues pas­ , · r ría, históricamente, en gran parte
al «pueblo elegido» (cfr.
sions, 1 entre la léthargie et les convulsions (vv. 107-110). Nmn 1 1 , 1 3 ss.), pero que muy pronto afectará a todos y cada
Pablo suplica no caer demasiado a menudo bajo el poder del 1111 de los seres humanos de todas las naciones , una pluralidad
«Dragón», pide que se le conceda un valor superior para afron­ 11 vidas diseminadas en el tiempo y en el espacio, de existenc ias

tarlo y para soportar la aspereza de las pruebas que la vida -a él 11 1 e encienden y se apagan en este mundo.
como a todos los demás- todavía le reserva. No le fueron aho­
rradas la angustia de las persecuciones, la amargura de las dis­
putas, las envidias y las mezquindades entre los fieles de la 1 ' equilibrar
diversas Iglesias y las penas del suplicio. Será inducido a la ten­
tación y caerá antes de recibir el auxilio divino; lejos de verse Ni la estupidez es castigo para quien sucumbe a las pasiones ,
librado del «mal» (eufemismo para no mencionar al Maligno), a 111 la sabiduría es premio para quien sabe vencerlas. La «locura
veces será entregado a él. Rechazó al Señor cuando todavía no d la cruz» no contempla la libertad frente al mal y la
tranquili ­
le conocía, y lo traicionó repetidas veces, como Pedro, pero hd del ánimo, sino que es temor y temblor, muerte y salvació n,
j amás dejará de orar y de tener fe, es decir, de implorar ayuda, un incierto mantenerse en equilibrio hasta el instante final de la
con la firme confianza de que le llegará por misteriosos caminos. 1 a terrena3• El destino no está, por tanto, en manos de una
ine-
La esencia del mal no se esconde, pues, en la vileza frente al rable Parca o de las implacab les concaten aciones globales de
Enemigo, frente a este demagogo de la tropa de las pasiones, , · ntecimie ntos en los que sería absurdo interven ir: cada cual
este camaleón con habilidad suficiente para asumir la forma de ,,u me por sí mismo la responsabilidad, a menudo intolerable, de
todos los deseos, para minar, con el reclamo de su fascinación, u propio futuro. De él depende en gran parte que su
nom��e
las ya flacas defensas del espíritu. El mal reside en el acto de lt ure en el «libro de la vida». El temor a compare cer en el JUI­
rechazar la oferta gratuita de una nueva alianza propuesta por Ú
ante Dios en el ltimo Día está acompañ ado por la expecta-
Dios por medio del sacrificio de su Hijo. de una redención definitiva del pecado, de la culpa y del
Al quedar aislada y sin apoyo, la voluntad humana renuncia rn l. El timor domini es premisa de obedienc
ia, noviciado de
y se contradice: «No hago el bien que quiero, sino que obro el lit rtad y de emancipación completa, más allá de la esfera
polí­
mal que no quiero» (Rom 7, 1 9), afirmación aún más drástica t 1 ·a institucional. Fundiéndose con la esperanza, este temor
de
que la que Séneca pone en los labios de Fedra: «Sed testigos 1 i s moviliza las energías espiritua les, hace producti va la
todos vosotros, celestes, de que no quiero lo que quiero» 11 uietud, abre las puertes del cielo. Pero, separado del amor, no
(Phaedra, 604-605). El Dios de los cristianos no escucha tan tt ne todavía capacidad suficiente para generar la sapientia cris­
sólo las peticiones de ayuda tácitas, sino también las paradóji­ ltana, tan incomprensible para quien está sólo al servicio de la
cas, expresadas bajo la forma negativa del rechazo del bien y de ultad de la razón y por ello tanto más fácilmente accesible a
la gracia. Donde ha habido, en efecto, sobreabundancia del 1 encillos de corazón4•

pecado, hay también sobreabundancia de la gracia. Sin identifi­ Dios lleva a cabo, en efecto, la salvación de los hombres
carse con el papel de simples siervos, sino consintiendo en que ·n iendo en cuenta la fe y la buena voluntad, no la inteligen cia o
el Padre les adopte (cfr. Rom 8, 1 5), y confiándose, por tanto, a lt ultura. El Evangelio es un mensaje destinado a las multitu-
su voluntad, los hombres pueden invertir en su favor el antiguo 1 : a los afligidos y desheredados; a quienes buscan inútilmen-
desequilibrio de fuerzas. Sólo plegándose a las autoridades tem­ t n esta vida una justicia y una felicidad que no podrán encon­
porales (que extraen su legitimidad de un decreto divino) pueden t ar; a los persegui dos y a cuantos se arrepien
ten del curso de su
concentrarse en el obj etivo primario, esto es, la consecución del tda pasada (como el mismo Pablo, persegui dor de los cristianos
«reino que no es de este mundo»2• Fundada (según una tradición 1. r el tiempo del martirio de Esteban y luego rabino convertido).
demostrable) por una persona antes aterrorizada, por un perjuro uando los salva, Dios no tiene en cuenta el hecho de que se
NUDOSDE LAVOLUNTAD 53

haya encontrado «��caso» el «peso» de sus almas. Quebranta a r lidamente en ella y amenaza con transformar a cada uno de los
�anto la ley del talion como las puras relaciones mercantiles d ividuos no en domini, sino en siervos de su propio poder divi­
mtercam?I? del do ut des, del cálculo preciso de los pecados y os.
de los mentos. El amor y la misericordia divina arrojan sobre el En la voluntas agustiniana se refleja la tragedia de la exfolia­
plato de la bal�za de la justicia un inmerecido superávit, con­ ¡ n de la «facultad dirigente» de los estoicos, del hegemonikon
.
cediend ¡ r entado a veces como la ciudadela o la acrópolis del alma,
� ventaJa al hombre �n relación a la divinidad. La gracia
de un D�os que es «amor» diluye -aunque sin borrar la inquie­ 1 de la que todo se domina (cfr. SVF = Stoicorumn Veterum
. 1 ragmenta, ed. por Von Arnim, ll 836; y Marco Aurelio, VID,
tud � la mcertidum.br� por la salvación- el imperio del temor y.
suscit��� el sentlrmento de gratitud, alivia la tenaza de la � ) . La fortaleza ha sido conquistada, la acrópolis arrasada. La
super�t�cwn causada por el teiTor ante la severidad de los casti­ ·ivitas del ánimo, ya privada de un control represivo de lo alto,
gos diVInOS. stá escindida en una guerra permanente de facciones, dilacera-
por una pluralidad de fuerzas opuestas que la atormentan y la
. El déficit de bien o el equilibrio entre el bien y el mal se con­
Ierten en preponderancia que redime. En este sentido, las ense­ 1 aralizan.

nanzas de �ablo no dependen del sufrimiento en tan alto grado El pecado, la derrota moral, no depende de la incapacidad de
como ocuma e� Lutero, cuando en el ímpetu de su predicación la voluntad de imponerse a lo que le es extraño. En este caso, la
. oluntas no tropieza de ordinario con ninguna dificultad. La ver­
contra la rebelion de los campesinos alemanes hacía tronar su
d�a Y salvaje �onsigna de orden: «¡Cruz, cruz; dolor, dolor!». adera y casi insuperable dificultad consiste en su desdobla­
. miento, en desempeñar simultáneamente una función activa y
�I tampoco m�Ist�a -como Tomás de Aquino- en la aproxima­
.. .
cion per asszmzlatzonen de la bienaventuranza humana a la divi­ tra pasiva: «El espíritu manda al cuerpo y encuentra al instante
nas. �a crucifixión de la «carne» incluye en sí la «buena nueva»: bediencia; el espíritu se manda a sí mismo y encuentra al ins­
autonza la esperanza a proyectarse hacia una dicha desconocida tante resistencia»9• Aparece como una auténtica enfermedad la
a la 9ue es llamado también el cuerpo después de su resurrección división entre querer y no querer, el partim velle, partim nolle10•
glonosa. No se actúa ya, en términos aristotélicos, «en amistad consigo
mismo»: el querer es un no-querer, decir sí es decir no, la espon­
taneidad duda y parálisis. La voluntad se divorcia de sí misma,
La guerra civil de la voluntad mo el «poder>> del «querer» (cfr. conf, VID, 8, 20). Pero este
e nflicto no puede reducirse -según el esquema doctrinal de los
En Agustín, el conflicto no divide ya sólo al individuo según maniqueos- a un duelo insoluble en el alma, que se prolongará
la �ontraposición paulina entre el hombre camal y el hombre urante todo el «tiempo medio» de la mezcla de los principios
.
espint�al (co�o, en la época de su conversión, pensaban todavía radicalmente antagonistas del bien y del mal, de la luz y de la
sus amtgos rmlaneses)6• Le preocupaban las reclamaciones de la tinieblas, hasta cuando se restableza en toda su pureza su primi­
«cam�» rebelde y le perturbaban hasta el punto de inducirle a tiva separación . Aquí el enfrentamiento se produce entre duae
sugenr a los fieles -como obispo en línea con la tradición de los voluntates, cada una de las cuales ejerce activamente su propio
Padres. de 1� Iglesia y de los primeros ascetas- asiduos ejercicios poder. La victoria de los «hombres de buena voluntad» es real,
.
de vigilancia y de control sobre el cuerpo. Y teniendo en cuenta unque no definitiva. Y es distinta de la que los Perfectos mani­
9ue u�a parte de él, los órganos genitales, escapan al control ueos alcanzan, de una vez por todas, «con la simple y pura
mme�tato �el al�a Agustín insiste en la constante salvaguardia razón» (ut. ered. , 1, 2), aislándose de la «raza contraria y enemi­
? ga» de los pecadores mediante un orgulloso distanciamiento del
de la �ntegndad fisica y de la «pureza» como victoria sobre las
tentaciOnes mediante prácticas de abstinencia (mantenimiento resto del género humano1I.
?el estado virginal, celibato, ayunos)7• Pero en el centro de sus El mismo nolle carece de una connotación privativa y no se
mtereses campea, de forma indubitable, otro tema: el de la dis­ onfigura como pasividad de la carne. La responsabilidad del
cordia constitutiva d.e la �oluntad consigo misma. El desgarro ha mal recae sobre «el alma pecadora que ha hecho corruptible a la
llegado ya hasta la mterzor domus de cada uno, se ha instalado carne» (civ., XIV, 3) y se muestra incapaz de introducir en el
55
·•
DOSDE LAVOLUNTAD

«nadie puede servir a


· n ia las sentencias evangélicas de que
mund un bien an�agonist�. Es, por tanto, la voluntad -que Dios o con la mammo­
nr ca obre SI, rrusma e Imparte órdenes irrealizables- la ñores» y que hay que estar «con qu un ser tan
' .11'. La experie
ncia enseña, al mismo tiempo, � de man­
?rden � que haya � que . �o h�y�- una voluntad. Separada o» como el hom bre -leJ OS
���diatez de 1� dimenswn publica, del horizonte de la " " .· ... .. . ..... � 11 1 terminado y discontinu supues-
que los esto icos dan por
n ·r la constante inmutabilidad er su
�lasica, convertida en una auto-referencia al volverse en iera la cap acid ad de prev
mstancia hacia sí misma (y sin poder delegar en otros el probl n tiene de ordinario ni siqu o e a otro tan
ma de su propia salvación eterna), asume por vez primera 1 1 io compor
tamiento inmediato. «Nadie con � con oce a
mo y, sin embargo, nad te se
rasgos, modernos de la facultad real, consciente y absoluta t 11 amente como a sí mis con duc -
uro de la
e!:ccwn. ent:e opu�stos inconciliables. Sustraída a la jurisdi t ni mo hasta el
punto de que pueda estar seg
1 ue seguirá mañ
ana»17• •
Cion de �na mstancta de decisión interna inapelable y al víncul
a la integrid ad aris toté lica del buen cmdad�o. e�
de la� mas . tremendas formas de coerción externa, la voluntad e quiebr recen dtvidt-
,, m nía consigo
mismo. Todos los individuos apa
c�nvterte, m�luso para las sugerencias de Mario Victorinoi2, en s, como el malvado de la
«bb!e albedno», en elemento específicamente humano, ya qu 1 llenos de remordimientos y temore igado a
J ti a Nicomáquea (cfr
. IX, 4, 1 1 66 b). El hombre, obl
los Impul�os de los que antes habían sido designados como ani­ ías ince nsa ntem ente
qar sus propias prefere
ncias según jerarqu
males raciOnales «no son otra cosa sino voluntad»I3 en un ser com pue sto, «mo ns­
!�bién A��stín tiene que combatir en dos frent�s: contra la metidas a discusión, se convierte adm irab le y terr ible :
mismo tiem po
escision ontologtca de la voluntad, afirmada por los maniqueos. tl 1 o», es decir, a un -pu esto que
ma quiera algo
anda -digo- el alma que ella mis
Y cont!a la compl�m�ntaria pretensión de una voluntad compac­
qui ere- y no hace lo que manda. En con­
ta, gma?a por c�te??s pur�mente racionales, propugnada por 11 lo mandaría si no lo
y, por tanto, tampoco manda
. uencia, no lo quiere totalmente da
los est?Icos. El mdi�Iduo, Situado ante su propia conciencia y
1 ,talmente. Manda en cua
nto lo quiere y no hace lo que man
ante Dios� se v� obligado a enfrentarse con poderosos adversa­ ntad man da que hay a volu ntad de
.
nos: cons�go ffilsmo y con sus semejantes, esto es, con el inson­ ·n cuanto no lo quiere. La volu man da de �
ha er algo, y es ella la que man
da y no otra. Luego no
dable «abismo» de su «corazón»14 y con los «abismos que se lla­ no haga lo que man da. Por que st
t o. Y ésta es la razón de que
�an mutuam�nte» de los corazones de los demás. A lo que se a no man darí a que fuera plena, puesto que
1 a voluntad fuera plen
anade�, por SI esta lucha no fuera ya bastante extenuante, las
a lo sería. No es, pues, un extr
año fenómeno querer en parte Y
a
P?tencias. sobrenaturales que lo torturan, empujándole en direc­
n parte no querer. Es una enf
ermedad del alma, que no se elev
�IOnes divergentes. s.�be que Dios conoce desde siempre su des­ es elevada por la verdad, opr imí ­
�mo, pero sabe tambien su desesperada necesidad de una gracia t talmente a las alturas cuando , por t nto, en
tumbre. Hay �
mco.n�ensurable respecto a sus méritos, de un don otorgado a su la como está por el peso de la cos ellas es total, teruendo la
ade s. Nin gun a de
n otros dos volunt
fragilidad. VIII, 9, 2 1 ). El quere� mismo
Y_a n? hay; a?stotélic�mente, ninguna mesotes, phronesis 0 una lo que le falta a la otra» (conf., amen­
n puede prescindir de
la afectividad oponiéndose sencill
proazreszs -via mtermedia, prudente sabiduría o deliberación a su modo, un afecto: un afec­
entre unos Y o�ros, según el modelo de las discusiones en las t a ella, porque también esto es, se meg a a u�
l del orden, en devenir
y en lucha. Se afirma y
asambleas ateruenses- capaz de indicarles la recta senda, ni tam­ atravesado en tod a � u lon gi­
poco alg�na «facultad soberana» como la de los estoicos, que mismo tiempo, en cuanto que está áne ame nte . Stg ue, p�r
a espont
tud por una herida que no cicatriz
l�s pe�ta avanzar a lo largo de su propio camino, «derecho y
dido en las dec isiones y en las dudas, en el cumpli­
tanto divi
s� desviarse»15, derribando con fuerza irresistible todos los obs­ y de autocontrol, prisionero de
taculos. Encuentra por doquier una serie ininterrrumpida de aut­ mien�o de sus deberes de control sí
1 paradójica incoherencia
de un orden que se rebela contra
aut o de «letras pitagóri�as» («Y», como forma de bifurcación)
que repre�e�tan el desafio al que la voluntad tiene que respon­ mismo.
d�� · Al cnst�ano no se le �oncede, como a los paganos, la posi­
b� �dad de tnbut� h�nor -:-Junto a las divinidades mayores- taro­
bien a los demomos Infenores. Para él siguen conservando plena
(1
ORDOAMORJ 57
NUDOSDE LAVOLUNTAD

Aparta de ti las manos» 1 .t es, por tanto, de prevalecer por separado la una sobre la otra.
\ pesar de la «voluntad de ser» (esse velle: lib. arb. , 111, que
Agustín se opone a la pretensión estoica del autocontrol aracteriza al hombre), el pensamiento, por sí solo, no tiene
absoluto de las pasiones, al ideal perseguido por el sabio d .t acidad suficiente para resolver el conflicto, ya sea porque la
plasmar su propio espíritu al modo como un escultor modela una 1 untad no es su brazo ejecutor, simplemente delegada para
obra de arte, o de contentarse con alcanzar, a diferencia de lo 1 ner en práctica lo que ha sido ya establecido (la oposición
generales que han conquistado el mundo, sólo aquel dominio , ntre teoría y praxis es de hecho reciente, en realidad post-hege­
sobre sí «que es el mayor de todos los imperios»1s. Si tales tenta­ liana), o porque carece de fuerza para imponer el bien que in�u­
tivas se convirtieran en realidad -lo que a los estoicos les pare­ frente al mal que la voluntad codicia. Y, sin embargo, «mn­
cía difícil, pero no imposible, dado que el hombre puede guiar­ ' una cosa está tan en poder de la voluntad como la voluntad
se por su «capacidad deliberativa»19-, los resultados serían de­ mi ma»2s. La colisión entre el logos y las pasiones, típica de las
sastrosos: «Aparta las manos de ti. Intenta construirte a ti mismo ltl sofías helenistas, se transforma en un desgarramiento de la
y construirás escombros (Si tu te aedificas, ruinam aedificas)» luntad, del que no se sale si no es rompiendo la espiral invo­
(s., CLXIX, 1 1 ). lutiva de todas las teorías que contraponen una necesidad abso-
Agustín suscribiría la afirmación de Epicteto de que «no hay 1 1ta a una libertad asimismo absoluta, es decir, abandonando
un asesino del querer»20, sólo a condición de que éste último · ntextualmente tanto la noción estoica del destino inexorable
pueda defenderse, mediante la gracia, de todo asalto externo y mo la ciceroniana de la perfecta autonomía de la voluntad
de la tentación del suicidio como vía de escape de las derrotas. humana.
También el interrogante central del emperador filósofo -«¿Qué En términos comparativos, Agustín sentía mayor aprecio por
uso hace de sí misma la facultad soberana? Aquí, vigilar es estoicos que por los epicúreos, aunque denunciando los erro­
todo»21- se transforma en Agustín en otra: ¿cómo puede mi libre r de ambos: los segundos viven según los dictados de la carne
arbitrio resistir y depender enteramente de mí si no recibe una los reclamos del placer, los primeros según los decretos ?el
suficiente ayuda divina? ·1lma y la voz de la vanidad. Ninguno según las leyes. de D1�s
La voluntad, que ya no coincide con la razón22, está sujeta a fr. s., CLVI, 7; y civ., V, 20). Agustín conocía la doctnna estm­
nuestro libre -aunque contencioso- albedrío; pero, al mismo a mejor que la epicúrea: tras haber abando�ado el maniqueís�
tiempo, necesita la gracia de Dios (cfr. lib. arb., 11, 1 3). mo se adhirió, durante un breve período de tlempo, a ella y aqm
Sirviéndose de ellos como de márgenes para centrar la propia ·1pr�ndió el arte de la controversia26. Esta vecindad vivida y
posición, Agustín se opone tanto al fatalismo de los estoicos, - egún algunos- nunca superada rio le impidió combatir a con­
paradójicamente acompañado de una compacidad granítica del tinuación ásperamente a sus representantes, tanto en el plano
querer (boulesis), como a la libertad «humana, demasiado huma­ tico como en el teológico27. Adujo múltiples razones: porque
na» de Cicerón. A su parecer, los primeros descargan sobre el ju tifican el suicidio (cfr. civ., 1, 22), porque, aun c.onsider�do
destino (en el eimarmene o fatum) la responsabilidad de los indi­ •t las pasiones como una enfermedad que se debe ev1tar,
ad�ten
viduos por los fallos inevitables de una actuación exclusivamen­ cto seguido que no son capaces de controlar las emoc10n �s
te confiada en las propias fuerzas y el segundo -ante el temor de imprevistas (como demuestra el episodio de aquel filóso� o � stm-
tener que reconocer el destino, una vez que ha admitido la que fue de los que más se aterrorizaron durante un ��aJe por
presciencia divina23- amplía demasiado los poderes de decisión mar)28; porque no distinguen los niveles de responsab1hdad de
autómona del hombre, exaltando al máximo la virtus, entendida la acciones y rechazan la compasión y la misericordia como un
como fortitudo moralis, desprecio de la muerte y del dolor24. vicio (cfr. Séneca, De clem., 11, 4-5) y llegan incluso a pret�nder
Agustín intenta evadirse de este dilema profundizando en la prohibir al sabio la tristeza29, pero, sobre todo, porque sostlenen
e�periencia del conflicto que enfrenta a la voluntad consigo 1 teoría más peligrosa: la del eterno retomo de todas las co�as
rmsma. Tanto el velle como en nolle, la voluntad "como la después de cada ciclo cósmico, con intervalos de conflagraclO­
«noluntad», constituyen facciones de una misma facultad, que nes periódicas30.
«disputan» entre sí, privándose alternativamente de fuerza, inca-
t 1 SDE LAVOLUNTAD 59

Confiarse al destino
,.., ' al correr de las aguas y a los cambios vinculados a la al-
Pero, ¿por qué le parece a Agustín 11
. ¡a de las estaciones: con su movimiento diari , el Sol ge­
tan peligrosa ]a t or ?
retorno eterno? Hay razones teo
lógicas y morales que l�tmbién calor, humedad, sequía y frío, con un ntmo regu� ar
nen � la �?nexión entre el cicl o orresponde con sus posiciones respecto a nuestro cemt»
cósmico, el destino y la au
tenrunacwn de la voluntad. Una 1 . r, 2, 2). Así, pues, para Tolomeo el error no depende de la
vez sustraído a la férrea
tenación de los acontecimiento 1 a sino de quienes la practican, de charlat�e� que se venden
s, el individuo concret .. de las posi-.
una :ventaja paradójica: la de no .1 trónomos, que no tienen en cuenta la vanac10�
. encontrarse ya a salvo baj
cobiJo de la con soladora idea de 11 recíprocas de los cuerpos celest�s: cuya amplitud n ? puede
la necesidad, a la que e
te? tanto las más el aboradas con t11 se en el arco de una sola generacwn. Es, pues, preciso con­
. cepciones filosóficas y a tn
rrncas sobre el destmo como la más popular y difundida l.ll : e «con los conocimientos, aunque limitados, que se n� s
fe n .
poder de los astros31. r1
• ncedido» considerándolos, en todo caso, una ganancia, sm
Científicos de gran relieve, com ,11n iar por ello al determinismo cósmico. En el mun�o n ��a
o Claudio Tolomeo
firmemente en la posibilidad de
una «astronomía aplicad� » a 1 1• al azar y todo evento tiene v �almente u�a explic�ciOn
sucesos generales y a la vida y la lutamente natural. Nada hay escondido para qwen sabe mter­
muerte de cada individuo. y
bien este saber no goza del rigor
absoluto y de la coherencia ·tttr correctamente los signos -distinguiendo entre �os plane�s
fecta que compete al estudio de 11 ficos y los maléficos, los masculinos y los fememn? s, la �bs-
los fenómenos celestes en J
pureza de sus recíprocas relacion 1 u ión del territorio y otros numerosos e�ement?� · �m olvidar
es, ello es debido únicament --::
la dificul tad �on que tropieza 11 r en cuenta los márgenes de error y de Imp�ec � s �on mherentes
. nuestra mente para captar
m�nera smó pttca las complejas implicacion �·.,te tipo de cálculos de astrología gener� e mdiv �dual (o g�ne­
. es y los entrela . .
rrne�tos de las Influencias de las .1 a). Riqueza, fortuna, prestigio, profeswn, matrimomo, hiJOS,
estrellas y de los planetas sob
la VIda de cada uno de los seres hum 1111 os y enemigos, viajes y género de mu�rt�: en resumen, �o­
anos. Si, por el contrario -
en hipótesis-, se conocieran con rlan determinarse todos los aspectos que mas mteresan a la exts-
«absoluta precisión» los moví
mientos combinados de los astros 11 ia y cuya inseguridad más tormento causa a los hombres32.
y la naturaleza de las modifi­
caciones que provocan sobre la ta creencia es, a su modo, consoladora, aunque � nues?'a
materia y sobre la disposición d
los seres, ¿qué nos impediría «co l n ·ibilidad, empapada por casi dos mil años de doctnnas cns-
. res de nocer también los rasgos bási­
cos peculia cada individuo a partir de los dato 1.1na ' pueda parecerle más pavoroso un mundo en el que no
natal, por ejemplo, que su cuerpo s de su cielo ¡ te la libertad de la voluntad y cada individ�o parece ser un
será hecho de un cierto modo
Y su espíritu de un otro? ¿Qu
é nos impediría poder anunciar con 111t mata o una marioneta movida por fuerzas ciegas, �or po�� ­
antelación los acontecimientos que s uperiores, impersonales e implacables33. H ay una hberac10n
se irán realizando en el cur o . .
del tie;npo, cuando un determi 111 luso en el acto de confiarse -como los est�Icos a la nec� si­
� nada configuración astral, en , -:-
armoma con un determmado tem I.td comprendida, en una «plegaria» que tambien �Ide al destmo
peramento, promete prosperi­
dad, y otra, por el contrario, en ¡u «Se haga tu voluntad en la tierra c omo en �1 CI� lo». Se trata
combinación desarmónica, ame .
naza con males?» (Tetrabiblos, 1, ­ 1 un alivio que el cristianismo prohibe, sus t�tuyendolo por la
2, 10-11). .
De la �egularid d bsoluta de los 1 1 a, mucho más dramática, de una resp nsabih�ad p rsonal a la
� � . movimientos celestes se pue­ ? �
de deducrr, en pnncipi O, el curso ineluctable y concate h ra de determinar para siempre el desti�o propiO y aJeno, acep­
los fenómenos terrestr es. Por lo nado de tando 0 rechazando el don (unilateral e msondable en sus razo­
demás, ¿de qué maravil larse?
¿No comprobamos, día tras día, n ) de la ayuda divina.
la incidencia de los astros sobre
nuestro mundo? Tomemos el más
espléndido de los cuerpos ce­
lestes, .el que nos hace visibles
todas las cosas: «Por una acción
combin�da con el ambiente, el Sol ta esperanza y lo inevitable
influye en todo cuanto hay so­
bre la !Ierra de una manera poc
. a la o men os que continua; su acción
no se llffilta generación de los animales, a la El gesto imperativo del hegemonikon, capaz de cortar, con
fertilidad de las :u solas fuerzas, el nudo gordiano de la voluntad, les parece ya
61
L SNUDOSDELAVOLUNTAD

impracticable y temerario a los seguidores de la nueva religión.


Dado que cada acción y cada individuo constituyen un initium a y no las obras de Dios? ¿que la contemplación de Dios no
se producen continuamente nuevos estados de cosas. Se abren r�voque en nosotros un afecto interior cuando obs:rv�? s el
cada instante espacios ambiguos y tremendos de incertidumb mundo admiramos el espectáculo de la naturaleza, mqummos
y riesgo. Se renuevan, en cada movimiento, el inicio del fin y 1 por su �ífice y descubrimos que esto no sólo no nos desagrada, ·

apertura a la esperanza, en una partida cuya apuesta es la vid sino que nos complace más que ninguna otra co�a?»3: . .
eterna. Aquí el determinis mo pierde potencialmente su fasci­ Pero si se admite el retorno eterno de lo 1dentico -objeta
nación. En varios opúsculos Contra fatum y Contra mathemati· gustín-, debería repetirse un número infinito de. yeces a�uel
cos, es decir, contra los defensores de la «fuerza del destino» y acontecimiento único representado por la encamacwn d: Cnsto
contra astrónomos como Tolomeo, los Padres de la Iglesia y lo mientras que, al contrario, estaría incesan�emente o��1gado a
escritores cristianos acometieron la tarea de un progresivo debi­ reencamarse un número finito de almas). Y si, en defirutiva, todo
litamiento de la idea del eimarmene o del fatum. Fue, en este tá ya decidido, si existe realmente el eimarmene. o . el fa�um,
campo, sintomática la polémica antideterminista de Taciano, ·de qué sirve esperar? A través de la teoría del renac1nn:nto mfi­
autor del siglo 11, que prefiguró más tarde -con un rigorismo nito de lo idéntico, los filósofos paganos «no pueden �ber� de
ascético llevado hasta el extremo- el surgimiento de la secta de ste ultraje al alma inmortal que, aunq'!� dotada de sabi�W?-a, se
los «encratitas», es decir, de quienes exaltaban la capacidad de ncarninaría sin fin hacia una falsa fehc1da� y ret?��a sm fin
la continencia, del autocontrol y de la disciplina del alma sobre hacia una infelicidad verdadera»36. Los «Ciclos mutiles», «los
el cuerpo y sobre las pasiones, poniendo así en peligro la nece­ círculos vacíos y estúpidos de los impíos» h�cen que el hombre
sidad de la gracia como auxilio indispensable para la debilidad e tome triste, porque embotellan y «paralizan» .el �or, blo­
de la voluntad34• ueando los afectos de las personas ligados a la mcerudu�bre
Con el soneto XIV de Shakespeare, el cristiano podría decir: del futuro: «Nadie podría amar verdaderamente a un anngo,
Not from the stars do 1 my judgment pluck, o mejor, no es a par­ abiendo que se convertirá en su enemigo» (civ7 XII, 2.1). Los
tir del curso cíclico de lo repetible e inamovible como puedo adi­ estoicos niegan en concreto algo que para Agustm constituye la
vinar el sentido de mi vida, sino a partir de mi capacidad de cam­ categoría central: el novum. �rrman, en efecto, .q�e,«no oc�rre
biar de camino, sustrayéndome a los condicionamientos y al pe­ nada nuevo que no haya existido ya antes y existrra despues� .
so del pecado. Desde el punto de vista de Agustín, los estoicos Pero así ignoran que «Si el alma es liberada como nunca lo hab1a
han esterilizado hasta tal punto la razón y la voluntad que inte­ ido hasta ahora, de modo que nunca jamás pueda volver � s�r
rrumpen su capacidad de recomenzar y de regenerarse, de en­ infeliz, ocurre algo en ella que no había ocurrido con antenon­
mendar su propia existencia frente a los peligros, pero también dad (in illa fit quod antea numquan factum est). Al�o verdade­
frente a la profundidad de los afectos, en particular el del amor, ramente grande: una novedad eterna que no tendra fin. Ahora
que es sinónimo de renovación (los afectos no son intrínseca­ bien, si esta novedad tan grande, que no es n� será fruto de un�
mente malos: esto depende de la dirección que toman). El es­ repetición, se lleva a cabo en una naturaleza �?mortal, ¿por que
fuerzo de los estoicos por adecuarse a la racionalidad del orden negar que pueda ocurrir semejante cosa tambien . en. l.as naturale­
cósmico es, generalmente, más el resultado de la inteligencia y zas mortales?» . Incluso en el plano de la veros1nnlitu?, cuen�
de la facultad deliberativa, con sus respectivas pretensiones de con mayores probabilidades la existen�i� de un.a et��Idad. fehz
valor absoluto, que no del amor, del reconocimiento de que exis­ y una infeliz eternidad que la de una fehc�dad o. mfehc1dad mter­
ten otras inteligencias y otras voluntades que deben ser tomadas mitente en las que se ofrecen a la vez la mcert1dumbre del futu­
en serio y respetadas. Siri afectos, también la inteligencia y la ro y lo� males reales del presente (ibid.) . �n contra de lo que
voluntad se quedan congeladas y paralizadas: «¿Quién vive sin todavía muchos siguen afrrmando, Agustm no contrapone el
afectos? ¿Creéis, hermanos, que los que temen a Dios, los que imple tiempo lineal cristiano al tiempo cíclico pag�no37. El ver­
adoran a Dios, los que aman a Dios, no experimentan afecto al­ dadero conflicto se encuentra entre el novum o el �Ie?I �o reno­
guno? ¿Crees verdaderamente, tienes el valor de creer que pue­ vado de todo initium y la repetición cíclica de lo . 1de�tico, para
dan suscitar en nosotros afectos la mesa, el teatro, la caza, la pes- la que todas las cosas son, en el sentido de Lucrec1o, siempre las
mismas: eadem sunt omnia semper38•
63
e NUDOSDE LAVOLUNTAD

�n la �o�dena de las posiciones estoicas quedaba tambi , el


.�rnino : como fuego, el camino hacia lo alto; como piedra
. abajo ; como cilind ro, el camin o incli­
mclmdo, significativamente, Orígenes. La tentativa de refutar 1 tmino que conduce hacia
teoría de la eternidad del mundo sostenida por los filósofi nado»42.
sólo
pag� o � y de dar respuesta a la embarazosa pregunta de qu La teoría estoica podía conservar una mayor coherencia
hac �a J?Ios �tes de la creación (¿estaba ocioso, era impotente?) perfec to entre la
·' ondición de dar por supuesto un acuerdo
eto y la de la natura leza entera . De
h�bia md�cido al s abio alejandrino a idear la hipótesis de qu r .tlón de cada indivi duo concr
. a «facu ltad sobe­
DIOs � abna creado mfinitos
_ mundos (kosmoi) y tiempos (aiono .thí que el temor y la sospecha de que la propi
ant�nores � los nuestros, de tal modo que cada uno de ello r .tna» se pudiera alejar de este criter io se conve rtía � en la de�un-
p�diera umrse con algún otro39• Para salvaguardar el libre arbi i 'l de un impas se intele ctual y moral . Esta desaz on era particu­
o, por un lado, se
tno, la fe y la esperanza, Orígenes se vio constreñido a establ • l.�rmente acusada en Marco Aurelio cuand
que te ocurra , ha estado
cer �lgunas cláusulas limitativas -no bien fundamentadas- a su , ordaba a sí mismo que «te ocurra lo
conjeturas teológicas: a excluir, por ejemplo, la posibilidad d 1 r parado para ti desde siglos sinnú mero », para con � es� .
a con­
que �� crucifixión haya tenido lugar en todos los mundos40 y mient o me pertur ba: ¿y SI hicies e yo.
tmuación: «sólo un pensa
admitir que el progreso y el perfeccionamiento del alma sigu o por mi natura leza huma na?; ¿o de una mane ra
.ti o no querid
ad: lante t�bién después ?e la muerte del cuerpo, sustrayend o?»43 • De ahí 1�
n > querida por ella o en un momento no querid
.
asi �1 dest�no el tiempo fimto del mundo (idea que más adelant .111 iosa pregunta repetidas veces dirigida a su propio hegem on!­
ana: ¿Has muert o acaso ? ¿Esta s
sera asumida, aunque con otro propósito, por Leibniz y Kant)4' . Áon: «Dice s a la facultad sober
tecido ? ¿Reci tas una parte como actor?
1 truida? ¿Te has embru
condu­
' e estás acaso uniendo, como res, al rebaño? ¿Te dejas
Un pensamiento perturbador . ir a los pastos?»44.

Al combatir la doctrina del tiempo cíclico como intrínseca­


mente opuesta al tiempo abierto de la esperanza individual, 1 licidad y temor
Agustm , no tema , en cuenta el hecho de que los
estoicos negaban
re a las
-aunque con comprensibles dificultades- el llamado «argumen­ El sabio estoico se precia de ser feliz cuando se adhie
carente de esper anza (y, en
to perezoso», esto es, el de cuantos defendían que si el mundo 1 yes del orden cósm ico, al destino
ía ser el Estad o). Cree
está gobernado por el destino, de nada sirve la fuerza de volun­ · 1 campo político, al cosm os que deber
la felicid ad y la ausen cia de � ba­
tad (y nada importa abandonarse a las inclinaciones del momen­ ¡ue su firmeza le garantiza
a. Se consid era
�o o dej�se llevar a la �eriva por la barca de la fortuna). A esta ' nes del ánimo en la buena y en la mala fortun
én ellas
Idea replicaban los estmcos recordando que cada individuo con­ ·tpaz de impon er -med iante sus const antiae , pues tambi
n parte del orden y de la disciplina de las pas�ones-
creto es u n inst�mento raci �nal del destino y que, por tanto, 1� volun-
cuanto mas , se sigue 1� propia naturaleza -impidiendo
que el 1 td dirigida al bien sobre la avidez de
las venta jas pasaj ��as; �1
fin racion al sobre la laetztz a pn­
logos degenere en pasiOnes- tanto más activamente se entra a zo que se deriva del logro del
'

, la caute la que evita el mal efecti vo sobre


formar parte del orden cósmico y tanto más aumenta la felicidad tda de fundamento
de conformarse a sus leyes. Siguiendo el orthos kata physin t mor45•
y por
lo?os, la recta razón según la naturaleza (SV F, ITI, 389) y con­ Pero por mucha que sea su capacidad de .agua�te,
�andose .al re�omo eterno de lo igual -que garantiza el rigor ente sabiO qmen somet e
rnucho que Agustín juzgue que es realm
, mente » (lib. arb. , 1, 69), ¿pued e
siempre Identic � de la armonía entre la razón universal y Ja t da libido al dominio de la
ncia verda deram ente feliz o no más bien
humana- el estmco apaga la mayor parte de sus ansias. Por otro n iderarse su existe
lado, no debe entenderse la necesidad como una universalidad u n lucha penosa contra los tormentos?
La respuesta es taj ante.
homogénea e in�is tinta, como una máquina compuesta de parte , J n hombre así está henchido de orgullo, de aquel
la superbza que
. . ti. Jamá s renunciará,
ex�ctamente 1denticas: «Ponte, pues, ante los ojos, esta prerro­ egún el Eclesiastés , el initium pecca
,
gativa segun la cual, en cualquier evento, la razón encontrará su r tanto, al valor supremo de la autos uficie ncia ni conocerá
t 1 ' NUDOSDELAVOLUNTAD 65

nunca la hu�ldad. Contemplado de cerca, el estoico no pasa 1 ntud, a los espectáculos y marcado para siempre por esta
.
er un «mfeli z con valor» . Cree que vive de acuerdo con 1 riencia, se había planteado, entre otras cuestiones, la que se
volu� tad, s�lo porque «quiere �er fuerte para soportar lo que r 1 ula Aristóteles en la Poética: ¿por qué nos atraen los suce­
habna quendo que le aconteciera ( . . . ) Pero entonces quiere ' luctuosos, el temor y la muerte, cuando los vemos represen-
que puede, porque no puede lo que quiere. Ésta es toda la feli ' 1 en la escena, mientras que de ordinario huimos de ellos en
dad -no se sabe bien si ridícula o digna de compasión- de 1 11 stra vida? Aunque Agustín consideraba que esta conducta era
mortales orgullosos que se glorian de vivir como quieren, 1 1 delirio», la respuesta que da -y que encierra ciertas innova­
qu� soportan voluntariamente con paciencia los males que n ' s respecto de la tradición peripatética y también de la cris-
qmere� que les ocurran. Tal es, se dice, el sabio consej o 1 uta opuesta en general a los espectáculos y que consideraba,
Terencw: Ya que no puedes hacer lo que quieres, 1 desea lo q 1 • iendo a Cipriano, las tragedias como un modo de impedir
puedes46. H_erm�sa expresión, ¿quién lo niega? Pero es consej 11 los delitos de parricidio y de incesto envejezcan y queden
dado a un mfehz, para que no sea más infeliz todavía» (trin. 1 ultados en el olvido- es que el hombre desea sufrir casi como
-
xm, 7, 1 0). H delegación, para que su espíritu se vea así conmovido, esto
Los estoicos entienden que pueden escapar a la caducid para que sus sentimientos y sus concreciones mentales se
conjurando el temor de la muerte y yendo a su encuentro más por 1 u lvan en la agitación de una mens no obstruida por la cos­
d��ilidad a la hora de soportar las derrotas que por firmeza de e •
l mbre de lo cotidiano y se ponga en movimiento por medio de
pmtu47• Recurren a la estrategia de la apatía, al deseo de no de •
.1si nes e ideas contrapuestas. Esta actividad «pasiva» (en el
ar, a la voluntad congelada en la adhesión al orden eterno e in­ 1 1l le sentido de inercia de quien mira y escucha sentado e
creado del cosmo �, como consuelo único y vía de escape a lo 1 1 1 1 vil con el cuerpo pero, al mismo tiempo, padece), transfor­
. . .
s�fnrmentos. El ngido autocontrol impide que se abandone, 1 t. 1 dolor en placer. Esta es la razón de que, los que asisten en
Cier:a aquella ape�ra confiada a la ayuda extraña que es lo con­ 11 juventud a los espectáculos teatrales, deseen un dulce sufri-
trano de su soberbia. La autarquía de los estoicos representa in­ 1 1 nto. Elaboran de este modo sus propias pasiones y renuevan
tt:ínsecamente, según Agustín, una de las más directas nega­ 1 uilibrio de su espíritu: «pero sucede que si tales desgracias
ciOnes de la fe, de la gracia y del amor. El estoico se halla siem­ 1 1 anas -sean antiguas o fingidas- se representan sin que el
pre en una �o�ición defensiva: por eso no baja nunca la guardia y ctador se conmueva, éste deja el teatro molesto y criticando.
acoraza su antmo para no obedecer a otro sino a sí mismo, exal· , si le conmueven, estáse quedo y atento y derrama lágrimas
tando así sus cualidades de ser racional. Pero, al negar a menud alegría» (conf, III, 2, 2).
la inmortalidad del alma individual, resultan ser infundadas 1 ero a la muerte auténtica, a la que está real e inexorable­
pretensiones de felicidad de estos filósofos. Si los hombres quie­ ' nte al acecho de todos y cada uno de los seres humanos, no
r�n realmente ser felices, tienen que dirigir sus miradas a la eter­ - 1 puede amar, aunque parezca que en el alma, creada de la
�dad: «En efecto, para que el hombre sea feliz, es necesario qu 1 1 la, quede aún una cierta nostalgia de esta nada49• Como máxi-
VIva. Contemplemos a un moribundo: si pierde la vida, ¿cómo 11 , e la puede tolerar (como a la guerra, según Tertuliano), por-
puede conservar la vida bienaventurada?» (ibid., xm, 87, 1 1 ). 11 · «si es amada, nada excepcional han llevado a cabo cuantos
El cristiano no se siente atraído por el desafío estoico a la 1 ceptado la muerte por la fe» (s., CCXCIX , 8), cuantos han
muerte y no la ama por sí misma. El deseo de la «fea muerte» es •1 r ido el mayor de los amores, el don de la vida, a cambio de
característ�c� del estadio del pecado. Se manifiesta en aquellas 1 1 1 verdad absoluta, acogiendo serenamente la eventualidad de
fases de la vida, de las que Agustín tuvo personal conocimiento, tro venga y les lleve adonde no quieren (cfr. Jn 2 1 , 1 8). Y
en l�s que, como él mis!llo cuenta, «las zarzas de las pasione >> atural que también ellos hayan sentido temor, como todos
crecieron hasta por encima de su cabeza, «sin que hubiera allí :eres vivientes. Sólo que, a diferencia de los demás hombres,
una mano capaz de arrancarlas de raíz», es decir, en el momen ­ 111 abido superarlo sin esfuerzo aparente, porque han com­
to en q�� le era imp?si?le distinguir entre «el azul» del afecto y ndido que la muerte es el vehículo de la inmortalidad: «En
«la ca!Igi�e �e la luJuna». Entonces, añade, «lo que yo deseaba 1 gran temor se encuentran los hombres destinados a morir,
era mi amqmlarment .
o en mí mismo»48• Asistente asiduo, en su 1 a no morir. Puedes advertir que el hombre tiembla y huye,
' N UDOSD E LAVOLUNTAD 67

que busca abrigo en las tinieblas, está ansioso por precav


os cristianos sienten temor, como todos los restantes seres,
ruega, se postra, entrega, si es posible, todo cuanto tiene a e
rson capaces de dominarlo; aman la vida, pero están dis-
bio de la vida, por poder vivir todavía un día más, porque se p
1 ' 1 1 tos a perderla para reconquistarla; buscan la gloria, pero no
longue un poco más una edad de cuyo cumplimiento huy .
¡ , , laureles de este mundo. El signo de la perfección moral y de
tanto llegan los hombres: ¿quién hace nada parecido por la
. -;abiduría no es tan sólo, como para los estoicos y los epicú­
eterna? ( . . . ). Te afanas, pues, no por eliminar la muerte, sino
' · la tranquilidad del ánimo alcanzada mediante la victoria
.

aplazarla. Tú, que te das tantas fatigas por morir un poco


1 re el temor: «Desear vivir sin temor no es propio sólo de los
tarde, haz algo por no morir nunca» 5o.
hu nos, sino también de los malvados de todo linaje. La dife­
, ,. , ia consiste en que los buenos lo consiguen apartando su
J untad de las cosas que no se pueden tener sin peligro de per-
Terror y pasión 1 rlas, mientras que los malos intentan remover los obstáculos
,1ra arrellanarse y disfrutarlas con absoluta tranquilidad. Lle­
De este comportamiento brota, según Agustín, una parad ·
.111, por tanto, una vida llena de fechorías. Mejor sería llamarla
que jamás será bien explicada: si es verdad que todos buscan
111 rte» (lib. arb., 1 , 4 , 10).
felicidad, ¿por qué son tan pocos los que la alcanzan, y prefie
Cuando, en los primeros siglos de su existencia, la Iglesia era
mantenerse en la infelicida d? Si lo que se pierde es la vida mi
r eguida, algunos Padres y mártires habían encontrado en los
ma y no sólo, como habría dicho Virgilio, «la luz purpúrea» de
· t icos un elaborado modelo de «actividad pasiva», de valerosa
juventud, ¿por qué los hombres vacilan tanto? ¿Por qué están
"i tencia al mal y a los dolores del mundo. Acabadas las perse-
merced de cosas que dan escasas satisfaccio nes, corren detrás
11 'iones, la lucha se interioriza: monjes y santos combaten de
las migajas de la existencia temporal, en vez de buscar la «perla
1 1 inario contra sí mismos o contra el Maligno que está dentro
de una dicha más alta?51 . ¿Por qué, en esta «carrera hacia 1
d llos. Más raras veces contra los herejes. Ahora que las autori-
muerte» que es la vida -cfr. civ., Xill, 19- no se experimen
1 l 1des terrenas amenazan cada vez menos el cuerpo a causa de la
aquella felicidad que, más adelante, Hobbes hará consistir en 11 -
t también los cristianos recurren a las prohibiciones y a la per-
,

gar los primeros a la meta terrena, pero que corresponde, en Pa­


ución violenta de las prácticas religiosas de otros. También
blo, a quienes consiguen alcanzar la meta de la vida eterna ?52•
· 1 1 s empiezan, pues, a creer cada vez más en la utilitas timoris54•
Los paganos han utilizado dos instrumentos para intentar
Una vez que la «carne» ya no es desgarrada a una con el
extinguir la sed de eternidad de los cristianos : la lisonja y 1
. píritu», advierten la necesidad de nuevos instrumentos teó�­
terror. Los mártires rechazaron fácilmente ambas cosas, dand
. y éticos para separarse del cuerpo con un mayor gradualis-
un luminoso testimonio de coherencia y de desprecio por 1
111 y para emprender una ascensión interior hacia lo divino.
temor: «Contra los soldados de Cristo, el mundo des�nvainar
1 nicas más exigentes o más dulces de persuasión de sí mis­
una espada de doble filo ( . . . ). La lisonja, para inducir al error, el
ni sustituyen a la coacción desatada por los enemigos exterio­
terror para quebrantar la resistenci a. No nos dejemos arrastrar
r • Con perseguidores intransigentes es inútil discutir, consigo

por el instinto de conservación, no nos espante la crueldad de lo
l l li mo es indispensable (y si no se discute directamente se ora,
otros y el mundo está vencido». En medio de los tormentos y d
JU es un modo indirecto de coloquio). La dualidad de alma y
las torturas, los mártires, como Vicente, manifestaron una sere­
u rpo de la tradición platónica y la culminación súbita de la
nidad que muy pocos estoicos han conocido, demostrando así
l r l ofía de Plotino en la experiencia mística aparecen ahora, de
que la humana patientia, la capacidad (vinculada a la fe) d
rdinario, como más adecuadas que el estoicismo monolítico
sufrimiento y de autocontrol del hombre es increíble cuando est
1 tra orientar la nueva espiritualidad 55• La «pasión» del cuerpo y
apoyada por «el poder divino»: «Al ensañamiento brutal en el
la del alma se presentan ahora unidas de una manera distinta a la
cuerpo del mártir respondía una serena calma de su voluntad�
1 épocas pasadas: son obra de la voluntad que, en esta lucha
vibraba tanta firmeza en sus palabras cuando la atrocidad de los
nsigo misma, se acrisola, y ya no tanto por obra de a�versa­
dolores atormentaba sus miembros que inducía, con sorpresa, a
' i exteriores: en ausencia de éstos, se aprende a convertrrse en
creer que era otro el torturado »53.
· nemigos -y en vencedores- de sí mismo.
1 N UDOSDE LA VOLUNTAD 69

Los ejercicios espirituales del cristiano o las formas com 11 ia ' una buena y otra malvada» (conf, vm, 1 0, 24), ya que
tarias de edificación de las «almas» (una especie de «platon · gunda es, simplemente, parte y «castigo» de la primera. Si
de masas») adquieren rasgos sustitutivos de un martirio ·tdmitieran dos almas en conflicto, ¿qué impediría que se les
fligido. El término griego pathos -que Cicerón había tradu 1 , an otras muchas (cfr. ibid., VIII, 1 0, 23 ) y que cada indivi-
,

por perturbatio animi y Séneca por affectus- comienza, a 1 1 quede subdividido en una pluralidad de banderías y fraccio­
al menos de Ambrosio, a traducirse por passio. Se funde así y , . de sí mismo?
confunde con la antigua significac ión de passio, en cuanto Argumentando de una manera análoga a la de Cicerón (que
dición del «padecimiento» y de estar a merced de un r ·1 indicaba la autonomía de las elecciones morales y fundamen­
extraño. En Agustín aparece el término con los dos significad al a las leyes no sobre imperativos categóricos divinos, sino so­
en el peyorativo, cuando indica las «pasione s del alma» que r la tradición), también los pelagianos, aunque no repudiaban
turban tanto a los hombres como a los demonios carentes H malmente la gracia, atribuían al hombre la plenitud de un libre
cuerpo (cfr. civ., IX, 4 ss. , haciendo referencia, para esta ac 11 itrio no inficionado por el pecado original, sino tan sólo des­
ción, al capítulo Xll del De Deo Socratis de Apuleyo) y que e .u·riado por la costumbre y por los malos ejemplos. ¿Cómo po­
vierten a los primeros en esclavos de su propia voluntad, re Ir ta ser Dios tan cruel que impondría a los hombres metas impo­
de al bien: «Porque de la voluntad perversa nace el apetito; r l les para después castigarlos a ciencia y conciencia por no con­
seguimiento de éste surge la costumbre y la costumbre no fren ruirlas? Remitiéndose a Pablo58, Agustín replica a estos
da se hace necesidad» (conf, VIII, 5, 1 0). Y en el sentido po iU ,, rumentos aduciendo que, si fueran verdaderos, la gracia y la re-
vo, cuando alude al padecimiento propio de los mártires y, 1 nción serían inútiles. De donde se seguiría que el Hijo de Dios
general, cuando lo reserva para el modo de hablar difundido · habría sacrificado en balde59. Pero, por el contrario, la gracia es
los ambientes eclesiásticos (sed passio in lingua latina, maxi 11 • esaria porque la naturaleza humana está herida, desgarrada,
uso loquendi ecclesiatico (. . . ) intelligi) (nupt. et conc. , II, 55) 1 rdida, a consecuencia del pecado original. Es, por tanto, inca­
En el primer caso, la pasión asume el carácter de debilidad de 1 lhiZ de hacer palanca sobre la voluntad para elevar a los indivi­
voluntad, en la que se cae a causa del «pecado». En el segund du s al Reino de los cielos. Es cierto que la voluntas es real y sus­
el de sufrimiento del cuerpo y del alma, que hace arder y bri l l .1ncialmente única, pero está enferma y necesitada del médico
al espíritu y exalta la voluntad y el amor (por lo demás, e n Cri t ri to60. Nos ha creado sin nuestro consentimiento, pero lo nece-
amor y pasión coinciden)56. r ta para salvarnos: Qui ergo fecit te sine te, non te iustificat sine
La polémica que Agustín libra, en el plano filosófico , cont t . Ergo fecit nescientem, iustificat volentem (s., CLXIX, 1 3).
el fatalismo de los estoicos y los astrólogos y contra la liberta Queda, pues, a salvo el libre arbitrio {pues, en efecto, la
«humana, demasiado humana» de Cicerón tiene un paralel< l untad, si no es libre, no es voluntad, y el pecado sólo reside
cotejo en el plano religioso. Ahora los objetivos se individua l i n la voluntad, cfr. duab. an., XI, 1 5 ; X, 1 3- 1 4), contra los
zan, respectivamente, en e l determini smo d e los maniqueos y n 1 fensores del destino y los negadores de la gracia, pero a con­
la sobrevaloración pelagiana del libre arbitrio en detrimento d ti ión de declararlo enfermo, de someterlo a una supervisión
la gracia 57• En ambos niveles, la apuesta es elevadísima. Con­ unque benévola- de una autoridad más alta. El «cuidado de
siste en el reconocimiento -o la negación- de la autonomía efec­ de la filosofía pagana (y más en concreto de los estoicos) se
tiva de la voluntad humana respecto a los inescrutables designios t ansforma en una cura sui confiada a otros, puesta en manos de
de poderes que la superan, en conceder o denegar a los indivi ­ , lguien que es infinitamente más experto, más sabio, más pode­
duos y a los pueblos el derecho a sustraerse a tutelas externas, n ' o que todos los hombres, pero que los ama hasta el punto de
el entrelazamiento o dosificación de libertad y autoridad. lar su vida -o la de su Hijo- por ellos. Si luego los castiga es,
Los estoicos niegan prácticamente a los hombres toda pun­ bre todo, porque no han aceptado este don del amor, es a causa
tual voluntad en sus acciones. Del mismo modo, los manique s 1 su ingratitud y de su orgullo, que les lleva a desobedecer a
rechazan el libre arbitrio, arrebatando así a la voluntad todo con­ rna autoridad superior y les hace merecedores del azote (los jla­
trol sobre la disensión irrestañable que la separa de sí misma. � lla paterna, como los usados para los hijos intolerantes: cfr.
Frente a ellos, Agustín sostiene que no existen «dos almas con- ·p. , xcm, 1 ).
70

Y, . sin embargo, �gustín no


, puede explicar p r u
-volvtendo emblematic amente sobre el relato bíblic ya 11
por Pabl� de los dos hijos de Isaa l

, c, Jacob y Esaú, am al METAMORFOSIS


mero Y odiO al segundo, y ello sin
otro motivo que su ele:cclldll
ya desde que ambos hermanos esta
ban en el seno de su ma
no tenían, por tanto, posibilidad de
pec�t . Incapaz de
este «n�do>�, �gustín (como antes
Pablo), recurre a la ins<>nd•
ble gracia diVma y hace coincidir al
<<justo» con el <<jus... . .,. ..... •.-..
por la fe, negando (o �1 menos poniend
o bajo muy graves
que sea el �o�bre qmen toma la inic
iativa de las acciones
n�s. Esto sig�fica de hecho conden
ar a un gran número de in 1 haricentro del alma
VIduos al castigo eterno, reforzando
aún más el principio «t
rífico» de �os Salmos, cuando �
an que «se alegrará el ju i el conflicto paulino entre las dos leyes y el agustini�o
�e h,aber VIsto la venganza 1 sus pies .
se bañarán en la sangr 1 1 t r las dos voluntades se sitúan en un nivel msoluble (debido
ImpiO» (58, 1 1 ) . De este modo, se
acepta el principio «radie 1 1 1 amenazadora oscilación que refuerza alternativamente cada
mente premoderno» según el cual el
arbitrio de quien conden de los dos polos en lucha), la única vía de escape consiste
la pena de muerte son factores obvios 111
en esta y en la otra vid 11 un salto de nivel, mediante el cual la voluntad sale de su
Con Agustín y en su época se trazan,
. , las f onte en la teoría y en la pr 111 p tente aislamiento y se alía con el amor y la inteligencia,
tica � ras de la legitimidad de la iniciativ
lueg� seran una y o�a vez retocadas a humana q . ,nvirtiéndose en conocimiento de amor más que en amor del
y rectificadas a lo largo • •n cimiento (o filo-sofía), voluntad de amor más que a�or de
los �Igl?s, aunque sm aportar mod
ificaciones sustanciales. 1luntad. Forma así una «trinidad humana», es decrr,. un sistema
lle�o as1 a cabo, en aquel período (abr
iendo un paso entre la fil , , errado de intercambios entre fuerzas iluminadas y orienta-
sofia, la teología y la política), uno
de los cambios más radie
l�s de la cu�t�a de Occidente: una l.l"i que la hace finalmente eficaz.
.
fractura que la separa -y n 1 amor representa para Agustín no sólo el mandapnento
solo cronologicamente- de una part
e de su pasado patrimoni tt premo (cfr. ya Jn 22, 37-39), sino también el «peso» que eleva
pagano Y romano, pero también -esp
acialmente- de las send .1 píritu hacia su propio origen. Si �os esforzamos por un
filo�óficas y religiosas elegidas por
. otras civilizaciones, y " mento en borrar de nuestra mente la Idea moderna de la gra­
parti��lar por la� de Onent 63 • La gen
. e � ial tentativa de Agustín d ·dad, el término pondus aparece al instante como la tendencia
c.oncili� entre SI el libr . .Y la gracia,
arb� tno
ndad, tiende a desembocar mevitab la libertad y la auto 1 todo cuerpo -ya teorizada por Aristótele�- hacia s� «lu� ar
lemente en una jerarquía d ,
valores que subordina los primeros l.ttural». En este sentido, «el peso no solo tiende hacia abaJo,
elementos de todo par d m al lugar que le es propio. El fue�o tiende hacia ar?ba; la
fuerzas a los segu ?os, en cuanto
? que la ausencia de la graci· 1 1 dra, hacia abajo. Cada cosa es movida por su peso y tiende a
hac� que, en defiruttva, la voluntad
sea impotente incluso cuan ­ u lugar. El aceite derramado debajo del agua surge a la supe�-
do ti�ne el deber de desarrollar su máx
imo esfuerzo. y así, es 1 t de la misma. En cambio, el agua derramada sobre el aceite
a�tondad la que sostiene una libertad
. que, por sí misma, sería h unde por debajo del aceite. Ambos !lctúan de acuerdo con �u
fragtl.
1 s . Cada uno se dirige a su lugar. Mientras las cosas no estan
r nadas del todo, se hallan inquietas. Se ordenan y descansan.
i peso es mi amor. Él me lleva a dondequiera qll:e v�y»1• Se
u nden la física y la metafísica del amor, llevando mqmetud al
limo y alejándolo de la apatía estoica. �uando se die� que no
debe amar cosa ninguna, nos asalta la Idea de que -sm amor­
ríamos como muertos, privados de esperanza. El amor mueve
movido, es inquietud que no encuentra en esta tierra un
7 ..
t 1 MORFOSIS 73

o�jeto adecuado a su propia desmesur


rmenza a buscarlo siempre de nuevo,
a y que, por e , 1 pués se pregunta, por boca de uno ?e sus personajes, cuál
porque oscuramente . si existe la medida del amor para qmen arde en sus llamas:
ha conocido: Iam te amabam.
, e tamen � rit amor; quid enim modus adsit amor? (ibid. , ll,
. El impulso ?e la nat�raleza ígnea que empuja hacia el e
Situa�o por encima del arre (y que trad . En la estela de la poesía erótica romana --desde Catulo a
uce a conceptos cri ) idio y Propercio- el santo obispo daba implícita�ente su re �­
la antigua tradición «materialista», refo ·

rmulada por los epi ''' ta a través de una especie de divina ars amatorza: «La medi-
os Y los estoicos) modifica el resultad
o del encuentro entr 1.1 de amor a Dios es amarlo sin medida (Modus amandi Deum
dos v?lunta?es. J?esplaza, en efecto,
el baricentro del espírit ,t amare sine modo)» (s. , XXXIX, 4, 7). Viene así a establecer
empuJa h�cia ?-rn ba el platillo de la
.. balanza que, de otra ma especie de potlach, de competencia en generosi dad, ent�e el
ra, c�ena Inevitablemente hacia abaj 111
..
o. Marca así la prevalen
?el .bien y -en este sentido- no se trata de una autorreferenca
1 1 mbre y Dios que -contrariamente a la que todavia hoy dia es

JUstificada por sí misma, como ocur 1 , acticada por algunas tribus «primitivas»- no conduce a la
rirá más adelante con .
amour passion de la era «romántica» uina del hombre, sino a una acumulación de tesoros en el Remo
. y de Stendhal, caracteriz 1 los cielos. El deseo es siempre imperfecto, pero el hombre de
do por la mco nstan ia, 1� inseguridad
� y la duda. Así, pues, mi t enciende fuego cada vez que la llama de la palabra divina se
tras que este amor Impnme en el espí .
. ritu un empuje «Vertical acerca y le transforma en «yesca» (in lo. ep., 1, 1 ), consi-
hacia lo excelso y lo eterno -análog
o a la elasticidad «horizon • uiendo así soldar las duae voluntates separadas. Por este
tal» de la memoria en el tiempo, a su
distensio a lo largo del « rn dio, el deseo se sustrae a la caducidad del amor terreno que
pie present�»2- el pe ado actúa en dire
. � cción contraria: oprim precisamente en la poesía erótica romana- h��ía r�pr�se��ado
ru;astra el arumo hacia la caducidad. El ordo amoris -que
solo el orden como disciplina y estru no mo de los motivos de la frecuente y melancohca mvitaciOn a
ctura, según una alusió .1presar el instante fugitivo del place� y de 1� j �ventud, qu�
q �e se encuentra ya en Platón (cfr. Ban
q., 2 1 1 a), sino también vidio describe en su Ars amatorza del sigUiente modo.
VIrtuo�o p�ecepto de un amor compren
truye Infatigablemente el puente, a men
dido y aceptado- recon. . Mientras el presente os consienta m �fes� . los años .9ue
udo roto o hundido, qu t néis, gozad: como agua que fluye, asi se ?Isi�an los anos.
� ne � ca?a .uno con la parte más íntima de sí mismo, con
znterwr zntzmo meo, y con la parte más Dios, amás volverá a refluir la onda que ha pasado; Jamas retomara.. el
des, co� la cumbre suprema del Cre
elevada de sus faculta­ tiempo transcurrido. Hay que viv� la juvent��: pasa la juventud
. ador (cfr. conf., ITI, 6, 1 1 ) . n paso ligero, y el tiempo que tiene por �Ivrr .no es .tan alegr;
La �omente ascensiO nal del amor -orden abierto a Aquel
. otro mo el precedente. De estas zarzas empalidecidas VI los aleh­
dist�n�o de nosotros que está en noso
tros y de cuya naturaleza ' y con estas espinas trencé una cor�ma pe�mada ( ... ) ¡ Ay
participamos- conduce paradójicam
ente a la profundidad d mísero de mí! ¡ Con cuánta prisa la piel se phega en arrug�s
nuestr? �úcleo más interno. Bajo
este aspecto, el amo r de
�gustm tie�t; algunos rasgos comunes con la aspi obre el cuerpo y se apaga la tez en aquel rostro, que fue lurm­
man a de umon del alma con el Uno ración ploti­ noso, y, súbitamente, se esparcen por. toda la cabeza esos cab�­
. . En el éxtasis descrito por llos blancos que tú jurarías haber temdo lustrosos desde la mas
Plo�mo, el alma ha alcanzado su luga
r natura] (el final del viaje, tierna edad !» (ill, 59-76).
la t�erra en ! a que ya nun ca se sent
. irá extranjera) y, al abrirse, El amor no implica, sin embargo, la simple . ent;rega volunta­
advi�rte de mmed ato su propia tran
� sformación en «pura luz» y ria la actitud oblativa frente a los otros, el sacnfic10 del yo Y su
no tiene ya necesidad de ascender más
«Un ser ligero y sin peso» hasta que
arriba: se convierte en de �carrío en el horno místico de la con-fusión con el todo. Pero
sus derechos la tendencia hacia abaj o
-acabada la visión- retoma no es tampoco humillación, dulce y sutil es�lav�tud de aquellos
y se marchita la «flor» (cfr. a quienes se dirige a través de una red de obligac10n� s y de favo­
Enn ., VI, 9, 9).
El amor es un fuego inextinguible que res. Con el amor crecen juntos el que da y el que recibe, el. o�en­
cada cual desarrolla
atra�do por sus propias inclinacione dido que perdona y el ofensor perdonado. Desbloquea la ngidez
s, un don singular, que debe inelástica de la ley, de la voluntad, del puro control, del heg� ­
culti�arse con esmero. Agustín citab
a gustosamente a Virgilio: monikon. Incluso en su etapa de máximo extravío, el deseo mas
trahzt sua quemque voluptas (Eglog.
, IT, 65), que inmediatamen- vivo y ardiente de Agustín era amar y sentirse amado (cfr. conf,
75

1 1 1 demás, incluso en el ámbito de lo político. que se encuentra en quien ha alcanzado por suce­
1 11 1 1 ·ría estar unido según él -al menos en lo que ' 1 �.,¡ n la sabiduría se halla en un segundo nivel» .
, , 1 >1-1 fieles y a quienes podrían convertirse al bien- a la " ¡ u una incorrecta traducc ión latina del Evangelio de
un pondus colectivo: no el de la represión, sino el del t1. e 2, 14) ha transformado las palabras anthro
pois
miento. ,, a los hombres en quiene s Dios se compla ce») en
atis3, do cruzar así a través de la
El amor, cumplimiento de toda virtud, expresa, en la '''H h nae volunt hacien
ción paulina, «la perfección de la ley» (Rom 1 3 , 1 0), la , , , l a línea divisoria entre los hombres, para Agustín el
ción de lo que Dios había anunciado al pueblo elegido. n fuerte que la voluntad. Es el amor el que la lleva a
perspectiva análoga, también Agustín entendía que el jo t 1 1 t ud del mismo modo que articul a y fluidifica la razón
pequeño David, que derrotó al gigante Goliat, prefigura 1 1 1 1 \ , y glacial de los estoico s. Reduce l a necesidad del
Jesús y al Nuevo Testamento. Cuando llegó, en efecto, el t · , 1 fluctuar en una postrante vacilac ión,
porque lo pro­
po en el que los viejos preceptos pudieron ser coJmp,lernerlt�• h,t ·ia la patria celeste , propor cionán dole el impetus de que
con el amor, también Cristo, al igual que David, se rt.,..oo n r·.....,,... 1 .11. el deseo activado por una promesa de felicid
ad.
de las «armas que le molestaban, es decir, depuso las pres t , , fí ica ígnea del alma human a muestr a cómo la llama del
ciones de la ley». Hoy ya no tenemos necesidad de n.h,,.,...,,,,.l, _ 1 , · n urna y supera los conflic tos, extraye ndo de ellos su
porque se han alcanzado ya sus objetivos: «la gracia del N 1 1 , alimen to en el mismo momen to en que los destruy e y
o ímpetu hacia lo alto su tenden cia a
Testamento estaba oculta en la ley bajo un velo (in lege vela , 1 >rmand o en inquiet
de una lógica de perpetu o
tur) y se ha revelado en el Evangelio». La prueba es que cua 1 1 1 n cer atrapados en el cuadro
una
Cristo fue crucificado, «también el velo del Templo se rasgó ( .. " amiento y multiplicación inane de los esfuerz os . Con
traslad ando las cuestio nes a un
En realidad, no puede observarse la ley si falta la gracia, porq l.t ¡,¡ resuelven los contrastes
vuelos y recuad rándol as dentro d e un
«el amor es la plenitud del amor»» (en Ps., CXLIII, 2). 1 1 1 t d e más amplios
El único mandamiento, impracticable si no se tiene la a 11 intelectual, moral y tempor al de diferen te signo.
cuada disposición, es, pues, «ama y haz lo que quieras» (ama · � abandonan así las situaci ones de bloque o,
se cicatrizan las
quod vis fac!). La voluntas sin amor es un frío conformar nu 1 nencia s, se deshace el double bind de las espirales des-
tra voluntad con la de Dios a la manera de los estoicos, o incl n 1 ntes y de los precep tos irrealiz
ables (aunqu e la institucio­
so una especie de obediencia pasiva, dictada por el miedo o l 1 1ación del amor en un manda miento religio so y moral, a tra­
obtusas supersticiones. El amor, en cambio, es un antídoto tant . d 1 imperativo «Ama a tu p �ójimo como a ti mism ??>, r�pr�­
para la obediencia como para el temor. «Cristo dijo a Ped camen te los conflic tos en busca de solucw n, Impi­
" ' ' ·a dinámi
convir­
' Pedro, ¿me amas?' . Y éste respondió: 'Te amo ' (Jn 2 1 , 1 7). N ' nd así que el orden se degrade a puro desorden y
le dijo: - ' si me amas, obedéceme ' » (in lo. ep. , V, 5). El am . a las estructuras del orden inferio r en instrum entos para
,, n
libera de la obsesión del temor y de la pena, porque en el amo ·' reación de un ordo superio r, de una ordina ta dilectio , luz
La volunt ad se libera de los nudos y las
no hay temor y el amor perfecto ahuyenta el temor. , l arizada hacia el bien).
Las palabras empleadas por Filón en las Alegorías de la ella misma se había fabrica do e impues to, de la dis­
1 nas que
algunos
leyes divinas (111, 1 5) pueden hacer más transparente -desbor­ " gación en fraccio nes que, al desg�arla, ind�� ía a
y tambie n, aunque en
dando sus propias intenciones- esta transición de la ley al amor. t icos -como Epicteto o Marco Aureho
Lo que en el cristianismo se presentará como oposición 1 conti­ ,, nor grado, a Séneca - a hacer prevale cer en el � mo el ins­
de todas
nuación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, como pa o l tn t de muerte y el sentimiento doloroso de la varudad
integrador de la ley del talión (cfr. Éx 2 1 , 24-25 ; Gén 9, 5-6) a la 1 1 cosas. El amor -sinón imo a veces de memor ia- perdon a,
una mayor
ley de amor (cfr. por ejemplo Mt 5, 38), es en el judío heleniza­ r ormulando el sentido de los recuerdos a través de
o de
do Filón salto sapiencial de una sabiduría más baja a otra más · mprens ión del presente y de un más audaz encauzamient
alta: «La razón que infunde la virtud, cuando es vigorosa y 1 · voluntad hacia el futuro4•
Busca y quiere no la muerte sino la vida s �n fin. Por �
firme, es comparada con el bronce, sustancia robusta y sólida, so no
- (piénse se en el posten or despre cio del
mientras que la virtud del que ama a Dios es preciosa y pareci- tienen -o no todavía
76
ORDO AMO t •TAMORFOSIS 77

mundo, el contemptus mundi desde Lotario de Segni a los ej


una fuerza mayor incluso que aquella con la que las imágenes de
cicios espirituales de san Ignacio) necesidad de aquellas prácti
!.1 cosas corpóreas se adhieren al espíritu: cohaeserunt enim mi­
cas luctuosas que, para acostumbrar al espíritu al abandono
wbiliter glutino amoris1.
una vida que finaliza bruscamente, habían inducido a Mar
Por mucho que a nosotros pueda parecemos paradójico
Aurelio a menospreciar metódicamente todo lo que podrí
'1 ostumbrados como estamos a contraponer el esprit de géo­
haberle deparado alegría o placer (comida, honores, relacion
m trie al esprit de finesse o a identificar el amor con una apa­
sexuales) . Anticipándose mentalmente a la degradación y 1
,¡ nada superación de las reglas, con la ausencia o la ambigüe­
putrefacción, o reduciendo su densidad simbólic a a los hecho
lad de su objeto o con una espontaneidad ajena a toda progra­
desnudos , consigue su objetivo de despreciar la existenci a y d
mación, como si fuera el único oasis de vegetación espontánea
inmunizarse frente a sus halagos (cfr. VI, 1 3 ). En este caso n
tue la voluntad ha renunciado benignamente a cultivar), el amor
puede decirse, ciertamente, que haya sido necesario esperar
para Agustín ordo y sinónimo de seguridad. Un orden que es,
hasta el advenimiento del cristianismo para descubrir una visión
J UStamente, tanto más complejo cuanto más compacto y que
tan desalentadora del mundo. Al contrario: un contemporáneo d
tanto más satisface cuanto más permite la identificación con lo
Marco Aurelio, Ireneo, obispo de Lyon y mártir ( 140-200) , había
que es digno de ser amado por sí mismo (cfr. div. qu., LXXXIII,
imaginado, junto a la eternidad del Paraíso y a la entrada inme­
q. 35, 1 ) . Dado que es siempre un appetere, etimológicamente
diata en él concedida a los mártires, también un retomo, duran­
un tender hacia alguna cosa, la objetividad y la eminencia del
te mil años, a la tierra de los campeones de la fe que habían
1 ien establecen la jerarquía del orden y del amor: al hombre sólo
conocido la aflicción . Esta era la forma de recompensa pedida a
l queda la libertad de elegir valores más altos o más bajos. Si
Dios a cambio de los goces que las persecuciones les habían
ien «todo lo que es, en cuanto que es, participa del bien» (vera
arrebatado en el mundo5•
rel. , XI, 2 1 ), este último encierra una gradación que determina la
alidad del amor, que se degrada en cupiditas cuando tiende
hacia abajo, y que se eleva a caritas cuando se convierte en amor
La coherencia del amor
del sumo bien. Justamente porque en este segundo caso no se
dirige a una «criatura», a un ser voluble y mortal, sale del campo
La voluntad se transforma en amor, que es valentior volunta­
de la pura imaginación y constituye un eficaz antídoto frente a la
tis, es decir, no es sino «la voluntad en toda su fuerza>>, la volun­ inseguridad, el peligro, la duda, la inconstancia, es decir, justa­
tad intensificada6• Se convierte así en acto creador que -sin borrar
mente frente a las condiciones que Stendhal entiende en De
el pasado o las culpas cometidas, sin olvidarse de sí mismos, y re­
l 'amour que son necesarias para que surja el amor-pasión.
nunciando solamente a su propia clausura- produce cada vez un
De todas formas, la coherencia del amor no genera un equili­
nuevo comienzo. Rescata en cada individuo el peso de los con­
brio estático, sino un orden en movimiento, parecido al de un
flictos vividos, disuelve las irresoluciones y saca a la existencia
ejército, idea a la que se encuentra ya asociado al menos desde
de un punto muerto. El círculo vicioso de la voluntad, que remite
Aristóteless. En nuestro caso, al orden de marcha de la civitas
incesantemente a las precondiciones y a los vínculos anticipados,
peregrinans en camino hacia Dios. Es, sobre todo, un orden
se rompe en virtud del poder turbador del initium que, lejos de
abierto a lo nuevo y nunca oído, que rompe con el modelo rígido
quebrar la conciencia y de encaminarla a un regreso al infinito, la
y repetido de los estoicos. Pueden, en efecto, «sobrevenir nuevas
permite reproducirse en cada acto inaugural de lo nuevo.
realidades, nunca antes acontecidas, sin que sean por ello extra­
También en Pablo el amor es «más grande» que la fe y que la
ñas al orden de la realidad (possunt fieri nova, quae neque antea
esperanza, pero en él no tiene la capacidad de reconciliación te­
Jacta sint nec tamen a rerum ordine aliena sint)» (civ., XII, 2 1 ).
rrena que Agustín atribuye a la voluntad que se transforma por
En cuanto orden, el amor representa el principio que mueve
efecto de un amor inteligente y de una comprensión afectiva con
todas las cosas hacia un fin, que articula lo múltiple en lo uno y
capacidad de memoria. En Pablo, el amor no había desplegado
especifica lo uno en lo múltiple. Descubriendo en caso suceso y
aún toda su capacidad de recomponer, recoser y «pegar» eficaz­
en cada ente su propia razón de ser, observándolo a la luz solar
mente los desgarros y las laceraciones internas del espíritu, con
de la providencia, lo emancipa del dominio del azar, del desor-
7K
1 1 MORFOSIS 79

den y de la inquietud disipadora, y también


del de la ne<;esacJII R memorando las célebres páginas de la Ciudad de Dios (IV,
de un orden férreo e inmu table o del de
una apatía resi 1. 1 orden de la organización de una banda de ladrones no
Muestra así que en el mundo no ocurre abso
lutamente nada 1 1 1 re sustancialmente de la del del Estado. Lo que distingue al
dental, ni siquiera en los errores o la cond
ucta del necio' clarividente de la ciega libido dominandi no es la presen­
11 )f
stul�us9 y, al mism o tiempo, que se puede
intervenir en él �,, de un orden en cuanto tal, sino la elección de su nivel, la con-
sanu�nto cons ol�dor, éste del orden, en
una época que rll. lt<U .. O­ 1 1 1 ución que ofrece al aumento local y parcial del orden supe- ·
const?eraba do� nada por el desorden de
las instituciones y 1 r. Al asociar a los hombres a Dios en la tarea de conservación
las pnmeras senales de una llegada, aunque
no inminente, d 1 ·1 vación de niveles de orden, el amor introduce una mayor
del mundo). El concepto de orden descubre
aquí su doble ro. 1 ro no por eso arbitraria) libertad de recomposición de las par­
el de s � origen neoplatónico, de escala
. del alma a Dios w, y e respecto al todo.
a.pologe�Ico, planteado por el cristianisno,
en el que Dio
diferencia de Zeus- ha ciertamente som
etido el destino a
�o! u�tad, pero con ello ha situado al mism o tiempo de man
medita el problema del mal y la exigencia 1 1 «florecimiento del ser»
anexa de una teodic
o, si se hace al hombre moralmente resp
onsable de él ' de u También en las reflexiones de Agustín, como en las de
especie de antropodicea.
E� orden es para Agustín innegable, y PI tino la idea del orden está asociada a la de un·a belleza que,
. también para él . 1 travé � del mundo sensible, remite al inteligible. Constituye un
Iden tifica, en todos los niveles, con el bien. Se
le encuentra 1gno anamnístico, una especie de invitación, a recordarnos
doquier, en el aparente caos del mundo.
Incluso el murmull nuestra participación en lo divino11•
nocturno del agua en un canal -unas vece
s más claro y otras m En Plotino, lo bello no «perezoso» -es decir, lo que es capaz
apa_?ado- se exph. ca por la acumulación
de la hojarasca en 1 conmover- representa el «florecimiento del ser» (V, 8, 1 0) y
otono a lo largo del cauce, que impide el
curso libre, hasta qu r mite al reino infinito del Uno que (al ser inefablemente inex­
la masa del agua adquiere tal volumen que
la arrastra, desblo­ tinguible) es el único que puede saciar la infinitud del deseo
q ueando la obstrucción de la corriente (cfr.
. ord., 1, 3, 6-7) . o. [, 6, 4.9). En él se manifiestan los rasgos del «querido país» na­
�Ituándonos en un grado inferior de perfección y de sabiduría tal al que todos aspiramos secretamente, incluso aunque intui­
mclu so el odio y la rivalidad -el reverso del
amor en cuanto cari� mos que se encuentra por encima de lo bello mismo y que lo su­
tas u ordinata dilectio-, se insertan en el
horizonte omnicom­ pera, en cuanto hyperkalos (1, 8, 2). Mediante los sonidos y las
prensivo del ordo divino. Con perspica
z sabiduría literaria ormas captadas por los sentidos, nunca repudiados en cuanto ta­
Agustín �que �penas acababa de finalizar
el aprendizaje de 1� les, el alma percibe de lejos los signos premonitorios d� aquella
elocuencia) veta que «la armonía de la razó
n» se imponía a todo patria que se presenta, en un primer momento, co�o tierra ex­
los seres conscientes e inconscientes en
medio de los más furi­ tranjera y desconocida, en la que toda forma se disuelve en lo
bundos confl ictos . � asta pr s nciar un com
�� bate entre gallos para amorfo, en el Uno (VI, 7, 32 ss.). No alcanzamos todavía a pose­
demostrarlo: «podtan perctbrrse las testa
s prestas al golpe, las erlo y a comprenderlo: es más bien el Uno el que nos aferra y
plum as alborotadas, el rápido asalto, la esqu
iva cauta. No había nos comprende (cfr. V, 5, 9). Participamos en él abandonando to­
nad� en desarmonía en aquellos animales
irracionales, a causa do lo restante, incluidos nosotros mismos, y así lo llevamos en
precisamente de una razón que todo lo armo
niza desde un orden nosotros: «Del mismo modo que los poseídos o invadidos por
superior. Era, en fin, posible percibir la intim
idación del vence­ Dios saben bien que llevan en sí algo que es más grande que
dor en el canto soberbio y en los miembros
. , recogidos, por así ellos, aunque ignoran qué es, del mismo modo no estamos impe­
dect�lo, �n �co, como en exaltación del dom
inio (velut infastum didos de tenerlo, aunque no podamos expresarlo» (V, 3, 14). El
domznatwms), y las señales del vencido
en las plumas levanta­ ser se manifiesta por doquier, con sus ramificaciones y sus flore­
das sobre la cabeza y en la deformidad total
de la voz y del paso, cimientos. Pero el tronco, el principio, el Uno, permanece inmó­
que de este modo se conformaba y proporcio
naba, no sé cómo ' vil: «linaginad la vida de un árbol gigantesco; la vida lo puede
a las leyes naturales» (ibid., 1, 8, 25).
invadir todo, pero el principio de la vida permanece inmóvil y no
ORDO AMO 1 1\MORFOSIS 81

se dispersa por todo el árbol, sino que se fija su sede, por


así t r i nidad» d e medida, forma y orden (modus, species, ordo). A
cirio, en las raíces. Este principio proporciona a la planta
la v i s de ellos se descubre, en las resonancias emotivas de quien
en todas s u s múltiples manifestacion es, mientras que perman
ntempla, todo lo que es digno de ser conocido y amado. La
inmóvi l en sí, en cuanto que no es múltiple, sino el princip
io ,, , nía de lo visible y lo audible no reside en los cuerpos que
esta multiplicidad ( . . . ) que en principio no se distribuye
en .unbian incesantemente (mus., VI, 1 4, 47), sino en la realidad
univer so; si se distribuyera, el universo perecería» (lli, 8,
1 O). m tante a que remiten. Se abandona el modelo inmanente y
Su esplen dor reverbera en las obras de arte a las que la pot h rizontal» de Lucrecio -según el cual «las cosas dan luz a las
cia del Eros confier e la peculiar capacidad de revelar la realid
( :a »13- en favor de una teoría de la reflexión de una luz tras­
ocultándola en un juego de reclamos: «He aquí un cuadro
: no . ndente que no procede directamente de este mundo pero que,
le contempla del mismo modo ni se ven las misma s cosas
cuan ' obstante, toma resplandecientes a las cosas como «desde el
do se le mira con los ojos que cuando se reconoce tras lo
sensi mterior», mostrando su independencia respecto de la mente
ble la imagen de un ser situado en el mundo inteligi ble. ¡ Qué
tur hu mana (de la que no sólo no son producto sino que, por el con­
bación (pathos) se experimenta entonces en la remini scenci
Ir ario, producen el conocimiento mismo, cfr. trin., XIV, 1 0, 1 3).
(anamnesis) de la verdadera realidad ! » (II, 9, 1 6). La visión «externa» no es, sin embargo, más fácil que la
Quien no sea capaz de intuir en sí mismo la «forma interna t ntrospección de las formas, que remite a la memoria, a la inte-
».
tampoco podrá despertarse y reencontrar en su interior la
«bell - 1 i encía y al amor. Es preciso aprender a leer y a interpretar las
za más maravi llosa que cabe imaginar» (IV, 8, 1 ) . Tendrá
siem­ h uellas sensibles de la razón 14, las que se perciben en el espacio
pre interceptado el camino hacia el conocimiento de la
dens en el tiempo con el ojo de la mente 15• Se requiere para ello un
trama de lo invisib le oculto tras lo visible o del silencio inscrito
·o ejercitado o -en el caso de la música, a la que Agustín pres­
en la palabra. Si no estás fascinado y tocado por lo otro,
advier­ taba singular atención- un oído educado. Aunque no siempre el
te Plotino, «mirando a tu interior, no podrás tampoco disfrut
ar d ntimiento de lo bello puede traducirse en palabras, se imprime
ti mismo por tu belleza. En vano buscarás en esta condic
ión lo n todo caso en lo más profundo del espíritu, tocando sus cuer­
bello; buscarías, en efecto, mediante un comportamiento
indig­ das ocultas y haciéndolas vibrar: «El hombre no puede decir
no e impuro ( . . . ), pero si te has visto hermoso, recuérdalo»
t2. nada acerca de aquello que no es capaz de sentir; pero puede
Lo bello permite la aparición de lo absoluto en lo sensible, . entir lo que es incapaz de expresar con palabras» (s., CXVII, 7).
de
lo amorfo en la forma, la unión del alma con el lugar místico
en el unque in-efable y punto de equilibrio inestable entre la expre­
que toda distinción acaba y en el que se puede encontrar
final­ . ión acabada y la manifestación de lo infinito, la música no es
mente completa y renovada satisfac ción. Parafraseando a
Agus­ irracional. Según la tradición pitagórica (que llegó hasta Agustín
tín, se podría decir que nuestro deseo permanece insatisfecho
has­ a través de Varrón y Porfirio), se basa, por el contrario, en un
ta que no descanse en él: inquietum cor nostrum donec requisc
at rden preciso y riguroso y está sujeta al «gobierno numérico»
in eo. Apartándose de la tradició n pitagórica, platónica y estoica, ualitativo de la proporción y del ritmo (o numerus). Los soni­
para la que lo bello depende fundamentalmente de la adecua
da dos se suceden, en efecto, según relaciones de igualdad y sime­
proporción de las partes (cfr., por ejemplo, para los estoico
s, SVF, tría ( 1 : 1 ) y según los acordes perfectos de cuarta, quinta y octa­
�I, 278), Plotino introduce el elemento cualitativo de la «Simpli­ va 16. Agustín recurre al acorde de la octava -cuya armonía es
Cidad»: un solo color puede ser bello de por sí, de una manera
percibida incluso por quienes no entienden de música, por los
irrelacionada, del mismo modo que, a la inversa, un rostro
feo imperiti, cuando cantan u oyen cantar a otros- para explicar la
puede resultar otro tanto simétrico de un bello (Enn., I, 6, 1
ss.). intonía del Antiguo y el Nuevo Testamento (cfr. mor., I, 1 6, 27-
28) e incluso el misterio de la redención de Cristo en su doble
naturaleza humana y divina, por la que «sumando a nosotros su
El mosaico del orden humanidad igual a la nuestra, ha restado de nosotros la desi­
gualdad de nuestra pecaminosidad y, haciéndose partícipe de
En Agustín, el acento recae básicamente sobre la estructura nuestra mortalidad, nos ha hecho partícipes de su divinidad»
objetiva de lo bello, sobre su aparición ante los sentidos según
la (trin., IV, 2, 4). Desde este ángulo -y planteándose el problema
83
H2 1 1 MORFOSIS

tmbre que llora que un gusano feli�»2�. E�t�


ser miope, que
de la simplicidad de la luz que, en su unicidad, hace qu
o del mundo Y
cosas resplandezcan con sus colores propios (s., CCCXLI, ·1 ·ibe solamente una parte de este diseno divm
, se pare ce a u�a per­
retoma Agustín a una idea pre-plotiniana de la belleza, 1 pretende, en cambio, conocer el tod?
un pavi men to de mosruco, su
bajo el signo no tanto de la simplicidad sino del orden Illa «tan corta de vista que, en
las dime nsion es de un cuadrado
do como relación de las partes. y así, habla de la rnll'1 0 1"11••• 1mada sólo alcanza a percibir
partium cum quadam coloris suavitate17• •1 a vez (ut in vermicula to pavi ment o nihil ultra uni � �ass� llae
s
tal recnmmana al
De manera distinta a la geometría o a la arquitectura, ,0du lum acies eius valeret ambire). Este
n y composición, con-
representan más directamente la armonía de lo visible (cfr. 11 ti ta por la impericia del trabajo de orde
mal colocadas. Pero es
rel., XXX, 54-55), en la música resuena mayormente la arnn o11dl ocido de que las diversas teselas están
e capta r y repre sentarse en una
de lo invisible y alude a un orden que, aunque está siempre, 111stamente él quien no pued
cillas armo nizad as en una ;eprod�c-
tamente, mediado por los sentidos, es, sin duda ninguna, 1:ión de conjunto las piece
«inmaterial», pues tiene por medium, como la palabra, las vib 1 n de belle za unitaria»2t . Sin
duda, Agustín no habna suscnto
ciones del aire, el elemento más ligero después del fuego, y l,l pesarosas palabras que el
canciller de Su�cia, Axel Gustav
ba, co�o testa-
orden el tiempo, la dimensión en la que más fácilmente xenstiema, contemporáneo de Descartes, deJ �
mi fili, quan ttlla ratzon� mun-
disuelve la pesada compresencia de las cosas en el espacio. 111ento espiritual, a su hijo: Nescis,
mío, cuán pequ eña es la raz�n que
elemento sensible de la música se eleva el hombre hacia lo in tlus regatur, «no sabes, hijo
su punto de vista,. la
ligible sin que ambos aspectos sean separables, del mismo m , biema el mundo»22. Y ello porque, desde
sentido �i se desvm­
qu� , en su discurrir, los sonidos del lenguaje contienen -p racionalidad y la belleza no tienen ningún
se ama mcluso aun-
qmen sabe entender- los significados correspondientes. Por ulan del amor' que hace bello aquello que en .
cer feo y hasta d e1orm
&
medio, hasta el hombre más ignorante puede percibir la ex ue, tomado por separado, pueda pare
riencia de lo eterno, puede abrirse a una iluminación. A través d
las «estrechas ventanas sobre lo real» ofrecidas por los sentido
le resulta ya posible al alma observar la armonía y la belleza d 1 l orden amenazador
mundo. Y es, en particular, la música, la que conecta justamen
esta conexión
(en la misa y en las ceremonias religiosas) la palabra al sonido, El ordo amoris se desarrolla en Agustín y tiene
porq ue está y exen to de .a�uel
prestando voz a las más puras y conmovedoras tonalidades afec­ con la belleza y con la salvación �
epicure-
los estoi cos -a difer encia de los
tivas. Por su medio, la palabra litúrgica adquiere aquel suple­ temor a la muerte que no hay
ara � llos
mento de expresividad, aquel pondus ascendente por el que la s- tenían que conjurar tanto más cuanto que � o por una
esta reg1d
palabra se distancia de la esfera de la comunicación cotidiana y en el universo nada casu al, sino que todo , el logo sY
n y la nece sidad
se eleva -reforzando los vínculos de la comunidad de los fieles­ providencia que coincide con la razó el u de
unta agus tinia na sobre !"'
hacia la dimensión de lo sacro1s. la ananke. Su respuesta a la preg nece sida­
ncial men te en vinc ularl o a las
La introspección y la percepción externa no son elementos malum24 cons istía susta
de la razón humana,
separables. Se apoyan mutuamente. Incluso cuando no está foca­ des de la naturaleza y a las perversiones
somete.rse, por otra
lizada por la conciencia, la percepción que el espíritu tiene de sí capaz de conseguir alguna felicidad sin
meta morf osis del alma de
mismo constituye el presupuesto tácito de la percepción sensi­ parte, a la preparación para una futura
ble, como también, por lo demás, de la voluntad y de la memo­ su estado terreno a su
vida etern a.
nes es bastante
ria19. Con todo, el orden y la conexión del todo escapa con fre­ Un desafío heroico a la muerte y a las pasio
más a las ?�siciones
cuencia no sólo a las bestias, sino también al animal racional para quien -como Séneca- se aproximaba
que no reflexiona sobre estos problemas y no se deja conmove; de los s�o �Sl veter�s,
de Agustín. En contraste con la rigida secta
la re�IgiOn ofici�l
por lo bello. No advierte el porqué de que «los miembros de una y llevado de su esfuerzo por justificar tanto
, Séne ca consideraba posi­
pulga estén tan admirablemente distribuidos», mientras que «la romana como las creencias populares
parte , el desti no. Los dioses dejan , en
vida humana está atormentada y perturbada por la sucesión de ble modificar, al menos en
las que los hombres
innumerables crisis», ni comprende tampoco que «vale más un efecto «en susp enso algunas cosas» sobre

-
Hl
ORDO t i.TAMORFOSIS 85

influyen con sus sacrificios, oraciones y ceremonias 1 la tierra ha perdido su característica peculiar, la estabilidad,
(cfr. N
quaest. , �' 35-37 ). Pero si el destino es uno y el núme nde se podrán aplacar nuestros temores? ¿Qué refugio en­
ro d 1 , 1
cosas «dejadas en suspenso» restringido, ¿cómo explic
ar la ntrarán los cuerpos donde poder guarecerse en los momentos
neza diariamente revelada del mundo, de la que el vulgo
. se a ,¡ pánico, si el temor nace de lo más hondo y asciende desde los
cibe sólo con ocasión de acontecimientos extraordinar
ios t 1 llli mos cimientos?» (ibid., VI, 1 , 4). Frente a tales no infrecuen­
com�, por ejemplo, lo s desastres y las monstruosidades
propia naturaleza exhib .
e? Cuando la mirada se alza hacia
q u t argumentos -reforzados en los epicúreos por la negación de
1 1 providencia y en los escépticos por la imposibilidad absoluta
�< �uchedumbre de astros de que está punteado el universo» ( d dar un sentido a los acontecimientos- Agustín no podía ya
zbzd., Vll, 1 , 2), el alma alcanza la plenitud del bien ntentarse con las explicaciones naturalísticas ofrecidas por
concedi
al ?ombre. �enetrando in interiorem naturae sinum, inucio Félix contra los paganos, en las que la realidad se
«gira Ji
allí, en medio de los astros, disfruta al burlarse de los muestra en una «filosofía de la mañana» escenográfica captada
pavim
tos �e los ricos y la tierra entera, con todo su oro» (ibid., n su frescura marina, toujours recommencée.
1, 5, 7
Y, , sm embargo, estos mism os pavimentos revela
n algo much La escena del Octavio en la que Cecilio y Octavio pasean a
mas perturbador que el mosaico agustiniano del orden
. Durant 1 largo de la playa de Ostia en una refrescante mañana de otoño
la serie de terremotos que sacudieron la Campania en el
62 d. t i ne un carácter idílico, de pequeño cuadro. Mientras dejan la
y �n los año � inmediat�ente siguientes (causando gravís
im t nue huella de sus pasos sobre la arena mojada y la vista de las
danos a las cmdades destmadas a quedar destruidas el las caprichosamente encrespadas llena de deleite el espíritu de
año 79)
una persona absolutamente digna de crédito contó dos amigos, el todavía pagano Cecilio, tras haber saludado
a Séne 1
haber visto � ue, en el baño donde se lavaba, «las peque reverentemente la imagen de una divinidad, se pregunta: ¿Cómo
ñas te •
las del mosaico de que estaba revestido el pavimento se
separ • e atreven estos protervos e ignorantes cristianos a estar tan
ban las unas de las otras y luego volvían a recomponer t talmente convencidos de poseer la clave de todos los proble­
se y qu
el a?ua ora se recogía en las fisuras producidas por la retirad
ad 1 mas acerca de los cuales los mejores filósofos se han atormenta­
pavimento, ora saltaba fuera borboteando cuando éste
se toma­ do inútilmente durante siglos? ¿Por qué renunciar, además, tan
ba compacto» (ibid., VI, 3 1 , 3).
ácilmente a los placeres y las alegrías de la vida en favor de una
Tod� la belleza del unive� so, la lógica de la necesidad
. y la d «resurrección imposible»? Y añade: Si, por otra parte, incluso
los sacnfic10s y las ceremomas no bastan, en estos casos, ni par prescindiendo de las creencias irracionales e inmorales que pro­
�antener aquella armonía que los hombres desean ni para garan esan, afirman que la veracidad de su fe está suficientemente
�Iz� la autoconservación. El orden del mundo es pavor ­ creditada por el orden visible providencial del mundo, aquí es
oso,
mcierto, asechado hasta sus mism os fundamento s: sus
tesela cuando se equivocan. En efecto, o bien un tal orden está oculto
saltan y �e recomponen, antes de que su diseño sea desfig a nuestros ojos y a nuestra mente o bien simplemente no existe.
urado
o destruido por otros terremotos o maremotos, recub Cuando se las examina más de cerca se advierte, en efecto, que
ierto de
cenizas y ca�quijos de lava, por las aguas de los diluvi todas las cosas se transforman, se disgregan y se recomponen
os y, al
cabo, r�fu �dido en el �riso! �e 1� gran conflagración final, ccidentalmente en sus elementos. Así, los rayos cruzan zigza­
qu
pon� te�o � cada ciclo cosffilco. De ahí que, en Sénec gueando «y caen al azar, golpean las montañas, se desploman
a, la
adffilfacion este constantemente acompañada del temor.
La inse­ obre los árboles, hieren sin discernimiento lugares sacros y pro­
guridad qu� nos rode a por doquier pone a dura prueba el
. valor y fanos, se abaten sobre hombres culpables pero también no po� as
la constancia del sabio y la salud mental de los «necios».
veces sobre personas timoratas e inocentes»; en los naufragios
Cuando la tierra se estremece, «hay que buscar motiv perecen inocentes y criminales y en la guerra sucumben a menu­
os de
alie�to para quienes tiemblan y desterrar el gran terror
. Pero, do los mejores. Y con ejemplos ya tradicionales, que más tarde
¿que cosa puede parecemos a cada uno de nosotros lo
bastante erán retomados y reelaborados por Leopardi, añade: «Aquí
segura cuando el mundo mism o se ve sacudido y sus partes
má están los árboles ya cargados de fruto, las mieses ya maduras, las
f�es se ta�balean? Si la única realidad inmóv il y fija
que hay racimos que despiden uvas ya dañadas por el granizo. Así, pues,
en el, y que nge todas las cosas que se dirigen hacia ella,
vacila; o se nos oculta o se sofoca una confusa verdad o bien -lo que es
87
M TAMORFOSIS

rná creíble- el azar, libre de leyes, nos domina con sus variad ·n los árboles , en los frutos y los productos de la tierra», se
e imprevisibles vicisitudes» (Oct., V; y cfr. Xll). ncuentran sujetos a un combate terrible que se prolongará hasta
A estas objeciones, Octavio sólo encuentra una soluci que la luz se separe de nuevo de las tinieblas (cf. en. Ps., CXL,
1 2). Con coherencia lógica , el maniqueísmo niega al hombr
e el
débil, basada en el orden armónico, rígido y repetitivo, del cicl
libre arbitrio y también la responsabilid ad y la culpa. De su etapa
eterno de los cuerpos celestes y en el esquema estacional del a
a?rícola. Con uno de estos ejemplos típicos -que Frazer ha rec maniquea, Agustín recuerda: «Seguía pensando todavía que no
gido en La rama dorada de entre los mitos de pueblos extrem· omos nosotros los que pecamos, sino que es cierta naturaleza
damente distantes en el tiempo y en el espacio y con una remi­ xtraña la que peca contra nosotros» (conf, V, 1 0, 1 8). Pero, ¿de
niscencia paulina so�re la necesidad de que el grano de trigo dónde procede esta tendencia al pecado?
muera para reproducirse y multiplicarse- en Minucio Félix 1 En contra de las concepciones más tradicionalmente armoni­
orden se manifiesta simbólicamente a través de la desaparición zantes de Minuc io Félix y contra las pantrágicas de los mani­
y renacimiento periódicos de la vegetación: «Mira más bien queos, Agustín intentó abrirse un paso capaz de sustraerle tanto
cómo para nuestro consuelo toda la naturaleza simboliza nuestra a la perfecc ión estática de las formas como al triunfo de lo amor­
­
futura resurrección: el Sol desaparece y resurge, los astros s fo y lo contradictorio (de modo parecido a aquel que se encuen
tra en una de las sentencias no canónicas atribui das a Jesús, en
deslizan y desvanecen en la bóveda celeste y reaparecen, las flo­
res se marchitan y renacen, los árboles primero se amustian y las que se propone «levantar la piedra» y «hender el árbol» para
luego reverdecen, las semillas no germinarían si primero el fruto conocer el Absoluto encamado, es decir, desmenuzar la forma,
no se descompone» (ibid., XXXIV). el eidos de las cosas, para revolverlas y atravesarlas con el obje­
Diferente y más «movida» -incluso desde el punto de vista tivo de reencontrar en ellas lo divino)25• El cristianismo ortodo­
retórico- es la posición de Agustín. Para él, más allá del aparente xo (y Agustín en particu lar) se vieron precisados a acentuar el
caos y de la melancolía de la muerte, hay en el mundo un orden valor del orden cósmico para poder rechazar las acusaciones
o
temporal que se renueva: «El universo es un teatro de continuas gnósticas y maniqueas según las cuales un mundo tan malvad
no podía ser una creació n de Dios: el univers o es bueno precisa ­
destrucciones que, en el caso de los seres vivientes, y del hombre de
mente porque proced e de Dios y el mal no es sino la ausenc ia
en particular, están flanqueadas por sufrimientos, angustias y
due�os dolorosísimos. Pero no debe olvidarse que todo ser que orden en las elecciones de la -deficiente- voluntad humana. En
l
s � stltuye a los otros es en sí un bien real y que, por tanto, hay su monasterio de Hipona, Agustín aconsejaba el trabajo manua
en el ámbito de la agricultura y de la jardine ría (cfr. op. monac .,
Siempre bienes que se alternan incesantemente en la escena del
u� verso ( ... )� Se trata, por así decirlo, de una belleza que se des­ XXXIX, 37), y ello no tanto para mantener ocupados a los ceno­
p � ega en el tiempo. Lo que muere o deja de ser lo que era no afea bitas en una actividad cualquiera, sino para que pudieran acer­
.
m amengua el orden y el equilibrio del cosmos; al contrario, del carse más directamente al orden viviente y actuante del mundo
o arbusto s, hacer injerto s,
.
rmsmo modo que un discurso bien trabado es bello, a pesar de Sembrar, plantar y trasplantar árboles
que las sílabas y los sonidos que lo componen se desvanecen sin se le antojaban, en conjunto, modalidades de comunicación con
pausa como si cada uno de ellos muriera para dar nacimiento a la naturaleza, modos de interrogar a la fuerza vital que hay en
quien le sustituye, así también el universo perdura como un poe­ toda raíz, en todo germen.
ma cuyo desarrollo mismo constituye la belleza (nat. boni, VID).
Difícilmente habría podido ninguna de estas dos soluciones
(la de Minucio Félix y la de Agustín) resistir el impacto de las El lugar del mal
teorías maniqueas, tomadas en serio, del 1esus patibilis, del
Cristo doliente, que nace, sufre y muere todos los días en todos Para su proyecto de salvación y su teodicea, Agustín no podía
los lugares del universo, clavado al «leño» de la materia (hyle), servirse de ninguno de estos razonamientos de Minuc io Félix.
en el que padece todas las afrentas del mal y saborea toda la Llevados hasta sus últimas consecuencias, no sólo amenazaban
«hiel>� del mundo. En esta «cruz de la luz» que es la naturaleza, con hacer retroceder el pensamiento cristiano a las teorías de los
los rmembros de Dios, desgarrados y divididos «en las hierbas, estoicos -para los cuales más que los malos lo que existe es,
89
XH M ETAMORFOSIS

en lo
obre todo, los «indiferentes»- o a las posiciones, sospecho. Pero los hombres no se resignan fácilmente a tener fe
n así entre la volun tad incon dicion a­
de herejía, de Orígenes (no condenadas, por lo demás, ofici que no comprenden. Oscila
lidad de la super stició n o, como dirá agus­
mente hasta el año 553), sino que además no tenían en cuent da de saber y la credu
la razón»
hecho de que el orden está en devenir y que el orden políti tinianamente Pascal, entre los dos excesos de «excluir
todas forma s, in�u­
temporalmente establecido por los hombres es frágil y much y de «admitir solamente la razón»33. Es, . de
a la tdea de la penet ración
veces perverso. También por ese motivo, desviaba cada vez m dable que en el reiterado recurso
ín sacrifi ca a menu do lo realm en­
la atención del orden de la naturaleza -cuyas proporcion mnipresente del orden, Agust
del presu puesto antim aniqu eo de que el mal
belleza se mantendrán inmutables hasta la venida del Anticri. t' te existente. A partir
a lo ha
a la presen�ia del desorden y del mal en la historia humana y tiene el carácter de cosa defectuosa y de que la Providenci
do, en pura línea
las estrategias para equilibrarlo mediante las acciones buena ispuesto todo para el bien, se ve luego induci
tambi én por él, moral ­
cada uno y a la misión itinerante de la civitas peregrinans. 1 lógica, a aprobar fenómenos juzgados,
tución , o perten ecient es a co � ­
Dios de Agustín -a diferencia del aristotélico- actúa y padece, mente repugnantes, como la prosti
como la poliga mia de los patria rcas bíbli­
muere para resurgir, indicando a los fieles la conexión místi tumbres ya superadas,
entre el sufrimiento y la recompensa26. cos34.
Hegel
Al i�terrogante sobre el origen del mal27 y al deseo de ju s ti La distancia entre estas posiciones y las de Spinoza o
reflex ionar, para medir ­
ficar raciOnalmente lo llevado a cabo por la providencia divina , s considerable y reveladora. Basta con
ín el mal del mund o es fruto de
Ag� stín oponía casi siempre numerosas variantes de algun la, sobre el hecho de que en Agust
am­
tests fundamentales: el mal no tiene realidad propia, sino m un decreto divino, que permite al Maligno ejercer un poder
siemp re subor dinad o y revoc able al venci mien­
bien naturaleza privativa29; apartándose de la tradición epicúr plísimo, aunque
confiado
de Lucrecio -que contempla al hombre circundado por el mal to. A aquell os primeros rebeldes irreductibles se les ha
de los homb res y de
también, y sobre todo, cuando está sojuzgado por el deseo d la tarea provisional de aquilatar la calidad
za, en c mbio, el al de­
vivir: Quae mala non subigit vitae tanta cupido ? (111, 945)-, poner a prueba su libertad. En Spin ? � .�
en perspe ctiva, de la m � taura � 10 � de _u n
todo es para Agustín, cada cosa en su propio nivel, una grada­ pende de una concepción
refere nte al homb re que no tiene mngu n sig­
ción del bien, en la que el mal relativo tiene la función de pro­ rden del universo
, más tarde,
ducir el bien30; después del pecado de Adán, Dios ha ofrecido al nificado a los «ojos » del Dios- naturaleza35• En Hegel
ie de
hombre la libertad y a cada individuo concreto la responsabili­ el mal es asimilado a lo «negativo» y representa una espec
«cosa mism a», que está en
dad tremenda de ser artífice de su destino eterno, del mismo «levadura» dialéctica inmanente a la
de las forma s de bien y de or­
modo que le ha dado vista suficientemente aguda para poder dis­ función del incesante desarrollo
re im­
cernir el Reino de los cielos, aunque apenas tiene el tamaño de den, siempre perfectas en cada momento dado, pero siemp
to al poster ior estado de «Espí ritu». El mal per­
una simiente de mostaza, en sí mismo y en el mundo31 ; ha con­ perfectas respec
-que, al lacera rse,
cedid�, además, a la volunt�d el poder de crear un orden de pre­ mite, en efecto, que las fuerzas antagónicas
ferencia y al hombre la naturaleza racional de un ser ordinatissi­ producen el progreso como aumento de la < c
� ? ncien cia � e la li­
ento de la fehctd ad- erosio nen y
mus32. Cada uno es, pues, auctor de su propio mal y todos con­ bertad», pero no como increm
la perfec ción de vez en cuand o alcanz ados.
tribuyen al desorden y a la anarquía de la vida terrena. destruyan el orden y
Con Agustín se iniciaba, paradójicamente, aquel proceso de
simultánea exaltación y exorcización del mal (en beneficio de
una ética y de una actitud religiosa fundadas en la idea jerárqui­ Memoria de amor
ca del bien) que desembocará, por un lado, en su hosca acentua­
de � a
ción por parte del monje agustino Lutero y del obispo Jansenio Aunque el amor no es para Agustín gobierno despótico
bien, la alegrí a -«por que el amor no � s tal SI?
en el Augustinus y, por el otro, en la rebelión de Dostoievski y ley y exige, más
reduc rr, prect­
de la cultura más reciente -desde el Lukács de juventud a alegría» (en. Ps, LXXVI, 6, 8-9)-, no se le puede
in­
Sartre- contra lo que aparenta ser excesivamente optimista fren­ amente en cuanto orden, a muelle condescendencia, a suave
romis o. A su propio modo ,
te a la realidad. genuidad, a sentimentalismo o comp
90
1 TAMORFOSIS 91

es dureza, energía de tal modo tensada y concentrada sobr


A igual que el perdón, el amor regenera a los hombres, ofre­
.eunto qu� es capaz de perforar la coraza de «bronce» de la
1 · i ndo un remedio contra la necesidad y la irreversibilidad del
Esta -puesta originariamente como protecc ión de la debi
li t i mpo lineal36. Cada vez que interviene, los hace renacer a sí
humana- se transforma luego en pesada armadura defens . de
i mi mos, transformándolos progresivamente en una secuencia
que entorpece la libertad de movimientos de los individ
uos tros sí mismos renovados, que no sólo mantienen sino que
no se sienten ya empuja dos por el temor del castigo o que
im r fuerzan la conciencia de la propia identidad (ya no vinculada
de que manifi esten su amor cuanto supone n -no sin buenos
m .11 ciclo de las memorias de otras vidas transcurridas, como en
tivos- que si baj an la guardia o se despoj an de toda defens
a pu 1 lotino, sino a la plasticidad de las metamorfosis del alma única
den quedar inermes y verse expuestos a los golpes de quien
s n una única vida que ha tenido un inicio pero que no tendrá fin) .
tienen escrúpulos en devolver mal por bien. Al traspasar la
ley. El amor -que, al igual que la memoria, es orden- quita a los
absorberla en su nueva lógica, al pulir sus inútiles asperez
as. h robres no el recuerdo, sino el peso de su pasado. Lo revoca, en
amor no la declara abolida ni la hace, por otras consideracion
1 doble sentido de que puede volverlo a llamar y privarlo de va­
menos indispe nsable. Todo ello no excluye, por lo demás, la
a lidez. En términos teológicos: perdona los pecados precedentes,
negación y la renuncia, aunque se acepten con gozo.
también los cometidos por los progenitores del género humano.
Cuando el amor no está esclarecido por la inteligencia, vigo
Para emplear -aunque fuera de contexto- una expresión de Bau-
rizado por la voluntad, redescubierto como memor ia, corre
1 elaire en Un fantome (II, 20), puede decirse que produce dans
riesgo de convertirse en fútil e impotente. Exige, en efecto,
con. 1 présent le passé restauré. Efectivamente, Agustín declara con­
tancia para regular las fluctuaciones del ánimo y fuerza para
tra los pelagianos que «todo hombre que nace está condenado�
brepasar lo que de cualquier modo le limita, le angustia y
le in· ninguno alcanza la libertad si no es regenerado»37• De esta rége­
moviliz a� requiere determinación y esfuerzo para manten
e . nération -que en la época de la Revolución Francesa fue procu­
abierto a la comprensión de todos los detalles en el marco
de un rada por medios tanto políticos como religiosos, a través de una
vigilante referen cia al conjun to� paciencia para no rendirs
e forma inflexible de amor fraterno como mandamiento cívico y
cuanto parece inevitable (porque la pacienc ia es, también, el
art moral-, la Iglesia tiene ahora la doble llave de atar y desatar, en
de esperar) � perseverancia de la voluntad para conseguir recupe
­ 1 nombre del Agnus Dei qui tollit peccata mundi. Como más
rar y rescatar lo que se creía perdido� generosidad para no qu
. tarde la Aujhebung hegeliana («elevación», o como se traduce de
darse empantanados en conflic tos no resuelt os, para perdon
ar y rdinario, «superación» dialéctica), el tollere implica precisa­
recomenzar desde el princip io. Pero, sobre todo, el amor intenta
mente un «quitar» los pecados, es decir, levantar el peso que gra­
recuperar la memoria de la felicida d entrevista para reactualizar­
vita sobre cada individuo, pero sin que por eso queden olvida­
la y para romper el envoltorio de un pasado congelado, para
de­ dos. Y pide también -desde el punto de vista social- una institu­
satarlo y encauzarlo hacia un futuro abierto.
ción que pasa a través del mundo enseñando aquel amor que no
El amor «encol a» el pasado (como memoria del bien, remi­
e puede ni se debería imponer.
niscenc ia de una felicida d y de un orden de misión que Dios
nos Memoria, perdón y amor son remedios contra la tendencia de
ha consign ado desde nuestro initium terreno) y el futuro (como
los hombres al olvido (amnamones de brotoi, afirmaba Píndaro
cumplimiento de la expectativa de inmortalidad, satisfac ción
de en las Ístmicas, VII, 1 3), contra la necesidad, contra la irreversi­
un deseo que habíamos desde siempre oscuramente presentido),
bilidad de los procesos, contra el peso inexorable e inmodifica­
con el presente temporal, haciendo traslucir en él el reflejo
de ble del pasado, contra la coacción a repetir el eterno retomo38•
una presencia eterna frente a sí mismo, de una experiencia
como Son producción repetida de un initium, incesante inauguración
memoria sui, ordenada y orientada al fin. Es encuentro de sí,
. de lo nuevo que todo hombre es capaz de producir, no sólo con
búsqueda -a través de la opacidad y de las paradojas
de la el simple y pasivo evento de su nacimiento, sino con múltiples
memoria del olvido (cfr. conf, X, l 6, 24)- de una felicida
d «sin virtuales actos de pensamiento, voluntad y amor. La esperanza y
duelo», mayor que nosotros, ignorada «porque ha sido tan
com­ la libertad se les derivan, en efecto, a cada uno de los individuos,
pletamente olvidad a que ni siquiera recuerda haberla olvidad
o» de su poder de descorrer el pasado y de avanzar hacia el futuro,
(ibid., X, 20, 29).
de la ampliación del radio y de la intensificación de la tensión de
2
TAMORFOSIS 93

la mens, que puede promover una radical revisión de un pr


·uyos efectos irradian en todas las direcci�nes del tiemp�. !?e
desde mucho tiempo pendiente consigo misma o proyect
te modo se cumple y se renueva, a cada mstante, una Illi Ston
hacia una decisió n anticipadora que comprometa a seguir el o
nfiada por Dios al hombre: para que hubiera un initium, just�­
amoris. El amor transforma el pasado congelado en presente fl
mente para eso, creatus est horno (civ., XII, 1 0 ss.). La me�ona
yente, devolviéndole su naturaleza de ser tiempo que está pa
, por tanto, también amor, voluntad de ser, de vencer la me�­
do, no tiempo pasado (praetereuntia tempora, non praeterit
·ia y la muerte de cuanto tiene valor, el esfuerzo por redesc�b�r
conf., XI, 26, 33). Como se advierte en De magistro, la funci
y mantener la coherencia del hilo temporal que lleva a cada mdl­
de los signos es conmemorativa, en cuanto que redescubr
1 iduo a su sí mismo ampliado, capaz de generar, en tropel, una
verdad que hay en nosotros, pero también proyectiva y pros
xperiencia acumulativa y ordenada, una libertad independiente
tiva, en cuanto que permite simular el futuro por medio d
e la inconstancia y de la caducidad de los seres creados. A tra-
imaginación y del pensamiento.
vés de la anamnesis, la conversio ad Deum del alma que se ha
Por eso combatía Agustín la fe pagana en el fatum. Esta e
ncontrado a sí misma recorre en sentido inverso el camino del
encia considera, en efecto, inmodificable el peso del pasad
alejamiento del núcleo más íntimo de sí.
mientras que el amor y el perdón cristiano invitan -por el con .
Falta en Agustín todo tipo de concepción puramente patnmo­
trario- a los hombres a insertar en diferentes horizontes de
n nial o funcional de la memoria: su misión principal no consiste
tido las vivenci as «bloqueadas», reabriendo trayectos declarad
ólo en acumular recuerdos a causa de su utilidad para la super­
cerrado s. Dado que y en cuanto que el amor-memoria es initium
vivencia del individuo o de la especie, no se propone lo que los
por excelen cia, de él depende el recomienzo de un tiempo que
1 stoicos llamaban oikeiosis o instinto de autoconservación (aun­
aislamiento en sí mismos o la desesperación han coagulado
ue Agustín no le niega el carácter de «vientre» o de «cav�ma»,
convertido en extremadamente viscoso . Cae no el tiempo sino
1 de almacén subterráneo en el que se elaboran los contemdos y
cronolatría naturalística para la que es el curso regular del Sol
. los recuerdos, cfr. conf, X, 8, 1 3 ; X, 1 4, 2 1 ). Sobrevivir en el
de la Luna o de las estrellas el que mide el tiempo (y no, m
mundo es -por así decirlo- un «infravivir» si la memoria no
bien, el espíritu, según una medida no arbitraria). Justament
muestra su naturaleza de anamnesis, de búsqueda, si no remite
porque el recuerdo no es -como las sensaciones de Aristótele
- hacia el mundo más alto de lo eterno. No es, en efecto, sino una
compararable a la persistencia de la marca de un sello sobre
1 progresiva integración y unificación del alma consigo misma, un
cera, ni se asemeja a la imagen especular de un acontecimiento
comprenderse o aferrarse en una latitud mayor de sí mismo
del pasado (más o menos deformada por el olvido), la memori
mientras se contrae y se dilata (la diastasis plotiniana que se
no falsifica ni repudia lo que ha sido: lo retraduce de continu
o, convierte en distensio animi, en concentrada intensidad). Esta
orientándolo según la amplitud del presente, conectándolo
a dilatación, expuesta al peligro de la dispersión, es la premisa pa­
contextos más vastos (en cuanto que sólo en el presente se ti en
ra que la conciencia humana finita se redescubra y retome a sí en
el recuerdo de otros presentes). Concretamente su «peso» es di
- tensión convergente hacia la meta y el origen en Dios, en el mar­
tribuido de acuerdo con la capacidad -o la incapac idad- de desa­
co de una escala temporal más amplia que la ofrecida por la per­
tar los vínculos con el pasado para entretej erlos de una manera
cepción inmediata de un presente restringido y puntiforme. El
diferente.
hecho es que en la insuficiencia del presente para albergar y con- -
La memoria no es, pues, un cajón de objetos obsoletos o un
tener la experiencia, en el carácter des-realizante de tender hacia
mar sin riberas en cuya superficie flotan al azar los pecios del
algo sin nunca alejarse de donde nos encontramos ya inmutable­
pasado. No es, dicho con otras palabras, una facultad anticua
rla mente (o sea, precisamente en un presente continuo) todo ser hu­
cuyo objetivo principal sea imaginar recuerd os. Se transforma
al mano descubre el signo de su fundamental extranjería, de su no
compás de nuestros propios cambios y se articula con nuestra
s pertenencia al mundo y, a la vez, la aspiración a pertenecer a un
propias concatenaciones según esquemas reformulables, referi­
sí mismo acabado.
dos simultáneamente a nosotros mismos tal como fuimos, como
De esta constituCión paradójica brota la tridimensionalidad
somos y como proyectamos ser. Conservando la huella, cambia
agustiniana del presente, es decir, la con-presencia en él tanto
de acuerdo con nuestra capacidad de generar ulteriores initia
del pasado como del futuro: el primero bajo la modalidad de la
C) j
ORDO AMORIS METAMORFOSIS 95

me moria, el seg un do baj . . .


o la de 1 a an tici pación o la espe ra, de la
pro longación de un p asa
oprimi do por la inq uietu
;:
.
do < edento», todavía
insatis fecho y
zontalmente», una dilatación que ilumina la conciencia entera y
la temporalidad (cfr. mus., VI, 8, 2 1 ) y, «verticalmente» -y sien­
dd e El pres ente en sent
pi o (el praesens de pra
carse con el pu nto inexte
esen ibu � :) � � puede, �or tanto, Ide � do p�o­
ntlfi-
do de naturaleza ígnea-, muelle tenso hacia aquella felicidad
apenas entrevista y nunca poseída que la atrae a sí.
nso -c on I o que spatzo caret (ibid. ' XI '
2 1 , 27)- ni con la sun
· pi e presencia .
es, por un lado irredu En c uanto que perman
cible a lo v�. vi. do en el in ece ,
separa una fosa ins alvable . stante, del que lo La perversión del amor
(n
� ��
el p asado el que vive en s VIVI mos en el p asado; es más bien
no t co�o recuerdo li ado
sente) ; p or otro lado, re . � .al pre­ A la esencia del amor le son inherentes el orden y la libertad,
una doble au sencia hac
mite a a rdida
ia la ue ten mos, sm . �� Y. a una } rreah dad, a el acorde racional que sigue la cadena de las causas y el libre
plenamente: un p asado

de f¡ I. dad apenas en
���
Jamas alcanzarla
�evi sta en su alu­
arbitrio que genera cada vez justamente un nuevo initium, eman­
sión a un futuro de satis
mas una p aradójica nos
facc �
y a u porverur del que
talgia' a pes ar e no hab adverti­
cipando al espíritu de vínculos y servidumbres anteriores que se
han tornado sofocantes. Se fundamenta sobre la posibilidad de
cid o. Aun que la memo ria
presen te (y más bien no
���: erlo nunca cono-
mo�, 1 no nos separa nun
realizar elecciones radicales, de llevar a cabo los cambios de ruta
� e, SI o deseamos y sen tim
ca del o «conversiones» que Agustín practicó con frecuencia a lo largo
necesi dad de ello retene
exis tenci a y cont�no sla �
r ince s ante�ente la tra
ma de nuestra
os del arco de su existencia. Si se dirige hacia lo alto, el amor se
convierte o en proyecto de inmortalidad individual o en recorri­
a nos o ros ffils mos), ta
estáticamente en él. mpoco nos ancla do de salvación colectiva, en marcha de aproximación de cada
La me mori a y el alm a s . individuo y de la civitas peregrinans hacia aquel origen que es,
on
diéndos e abarca y focaliz elástic as: conce.ntrándose y ex ten-
cosas. El «orden del amo . �
an v· ual y sel ecti vamen
te todas las
al mismo tiempo, también la meta. En este caso recibe el nom­
bre de caritas y ordinata dilectio. Si, por el contrario, se preci­
r» ab
�ar sin incoh�renci as con la el ti i � � ���

de, p �r lo demás, coh abi­
pre Isamente porque no
pita hacia el apego exclusivo a lo que es caduco (acaso porque a
Impone medidas rígidas .e rreas e � veces no alcanza a comprender el sentido de la paradoja en vir­
le
personal es prefigurados ' yes . 1e
.mmuta bl es, de stmos
.
tud de la cual se ama «para siempre» a una persona mortal),
con m dependencia
individu o. En este sent
ido l a:� � de la libertad del
r e enc uen tro de s olu cio
degradándose en desorden y trocándose en «piedra», imagen de
sie mpre nuevas, ars inv
ya que -a modo de h
eni�n i ' � rea un dan cia .
que se ren ueva,
nes la dureza del corazón, se transforma en cupiditas, contrapuesta
al «pan» de la caritas, el más indispensable de los alimentos
ontan ar p ere nne- llena
� ��� �
recipiente, des bordando con su agu a todo espirituales39.
d � n cu ando, pero sin negarla, la
medida determi n ada que El amor, en cuanto dirigido a Dios y a todo lo que es perfec­
l tIe e pero qu no pue
lo. Con frontado con la · e � de agotar­ to, se convierte en virtud, y ésta en ordinata dilectio u ordo amo­
const los estmcos, que se refi
casi siempre a la con tin
ui dad ���: e pasado, P!e sen te y fu ere ris40, que se propone volver a llevar la criatura al creador a lo
coherencia en el ren ov
y fiel es al ori gen y a la �
arse e n e I antenerse Igu turo
ales a sí mismos
, es largo de un recorrido que puede ser accidentado antes de descu­

d t� � �
tra;J'ti u ndo se �renu a y está
brir el sentido del orden. La exuberancia de este amor no impli­
camino. La ins aciabili dad � en ca disipación, porque se «expande», no se «expende», como
se presenta aquí como
e o � � po esi a ero�tica romana acontece con el dinero, cuyo monto disminuye con cada desem­
deseo de u1tenondad
al ma. Y de eternidad del bolso. Su luz, además, no supera la inteligencia, la voluntad y la
La me mon· a y el amor memoria «al modo como el aceite se superpone al agua y el cielo
encuentran asi, de vez �

des mesu ra ordenada n en cu ando, la a la tierra», sino a la manera como la simiente espiritual está en
ánimo. La distensio ani
ece sari
;� ara supe rar � el bloque o
mi ap e e, p es, aqUI del el origen del alma y como la «felicidad ignota», que no tiene su
lengu aje plotiniana- co � -de nuevo con asentamiento en este mundo del que es preciso erradicarse, se
fuera de sí pero sin ov �mo una especie de e
kstasis
erse de l cen tro de sí mi sm ' de sal ida deriva de «una belleza tan antigua y tan nueva»41 • El amor, en
mas que una Si. mple fac
� �
.
ultad psicol ógic a, l a me mo � ASI, pues,
. cuanto memoria, constituye la resurrección continua en el tiem­
na es, «hori- po de aquella eternidad ya conocida y olvidada, antigua y nueva,
97
ORDO AMORIS METAMORFOSIS

que «trabaj a» dentro de nosotros y que lleva la inquietud a nues­ a perder cuanto se ha recibido y acumulado a costa de fatigas: en
tros corazones. En esto se asemeja a Dios, «secretísimo y pre­ primer lugar, la vida misma. En cuanto desorden comple to, que­
'
sentísimo ( . . . ), nunca nuevo y nunca viejo, renovador de todas brantamiento de la suprema ley divina que se preocupa de que,
las cosas», que lleva, llena y conserva, que recupera cuanto según justicia, todas las cosas estén perfectamente ordenadas46,
encuentra y nunca pierde, que paga sus deudas sin deber nada a la cupiditas se distingue de la ordinata dilectio -amor y espe­
nadie y las condona sin sufrir ninguna pérdida (conf, 1; 4, 4). ranza caracterizados por el metu carere, por la ausenci a de
La recuperación de esta belleza, la realización completa y temor- precisamente porque ésta última ha conquis tado la certi­
plena del deseo de eternidad (lo que los filósofos paganos habían dumbre de vencer a la muerte, de derrotar al «último enemigo»
llamado el sumo bien y el pueblo elegido había a veces conce­ de la humanidad. No tiene, pues, necesid ad de amar algo como
bido bajo formas mundanas )42, cristaliza para el cristiano el pre­ medio para alcanzar fines ulteriores47.
cipitado de todos los deseos de una felicidad sin llanto y res­ De todas formas, la cupiditas no implica -como bien sabe­
ponde a la necesidad de una autoconservación perpetua. Este mos- que exista un poder separado y malvado, representado por
gozo sin medida que -cuando ha sido entrevisto y saboreado por el cuerpo, por la carne o por los sentido s, empeñado hasta el infi­
.
breves instantes- todos perciben en las «tinieblas» y en los nito en una batalla insolub le contra la volunta d buena48
Representa más bien un amor subordi nado y parcial, que ha
«abismos» de las posibilidades frustradas y sofocadas de la exis­
tencia temporal, se presenta como un descubrimiento irrenun­ dado la espalda a un bien mayor, una dilectio desordenada,
ciable, el rostro más conocido de lo ignoto: «¿Dónde la vieron rebelde y enemiga de sí misma que prefiere lo menos a lo más,
[la vida feliz] para amarla? Ciertamente, la felicidad está en las ventaja s pasajeras a las permanentes que ya la misma razón
nosotros, aunque yo no sepa cómo»43. La memoria debe redes­ humana sugiere. De ahí que a esta concupiscencia perversa se la
cubrir en sí misma la felicidad perdida, pero sin por ello mover­ pueda describir como «desobe diencia a las órdenes de la
se de un presente que no pasa y que permanece inmóvil en su razón»49. Debe, con todo, añadirse que la desobediencia nunca
naturaleza «triple», análoga a la de la trinidad44; la voluntad debe es total y que nunca desaparece la caritas: hay enclaves de amor
dirigirse a ella para descubrir el origen y el remedio de sus heri­ que permanecen tenazmente polarizados hacia el bien, incluso
,
das; la inteligencia, empujada por ambas, debe ser capacitada cuanto están rodeados y envueltos por el mal. El peor bandido
que, sometid o al tormento, se niega a revelar los nombre s de sus
para percibir lo verdadero. Para conseguir la felicidad no es
la
necesario buscarla (entre otras cosas porque es contradictorio cómplices, no podría actuar así si no estuvie ra ilumina do por
querer la felicidad), ni tampoco adorarla, como los paganos. luz del amor (cfr. s., CLXIX , 1 4).
B asta con esperarla, como un don, análogo a la gracia, un don
que está propiciado por nuestra conformidad confiada al querer
divino «así en la tierra como en el cielo», con la seguridad de Mors vitalis
que les llegará a los justos en el paraíso: «Como nos consta que
la felicidad es la plenitud de todas nuestras aspiraciones y que no Agustín dedicó prolij as reflexiones al tema de la muerte50 y
es una diosa, sino un don de Dios, los hombres no deben vene­ conoció en su propia carne la desdich a que se abate sobre quien
rar ningún dios fuera de aquel que puede dar la felicidad» ( civ. , e aficiona demasiado a lo que, por su propia naturaleza, está
V, praef). destinado a ·. perecer. Experimentó la condición ambigua y osci­
En radical oposición a la caritas en todas sus connotacione lante de un «vivir a medias» , desgarrado en direcciones opues­
aparece la cupiditas. Con este término se designa un amor que tas de un lado por el miedo a la muerte, que envenena la vida, y,
no dilata el ánimo, sino que lo encoge, que no se concentra en la del otro, por el amor de la vida, que hace intolerable el pensa­
a
memoria, sino que tiende a la disipación, a la dispersio en lo que miento de la muerte: «Dudaba entre morir a la muerte y vivir
la vida» (conf, VIII, 1 1 , 25). Recuerd a la angustia que «envol-
es foris, extra me45, una exterioridad considerada negativamente
sólo si y cuando aleja de Dios. La cupiditas, desmesurado appe­ ió en tiniebla s» su corazón tras la desaparición de un amigo que
titus habendi, es un deseo de posesión que se deriva de una inse­ ra como su otro yo. El universo entero se tiñó de negro:
guridad dependiente, a su vez, del metus ammitendi, del mied < Dondequiera que miraba no veía más que muerte» (conf, IV, 4,
98 ORDO AM Rl METAMORFOSIS
99

9). Pero su amargura no era tanta que le empujara a imitar q ue ésta no nos hace olvidar vivir, sino de aquel «mal» o
ejemplo de Orestes y Pílades, que no soportaban vivir separado Maligno de que habla el Padrenuestro, que hace de la muerte un
«Estaba dominado por un extraño sentimiento totalmente opu mal. Y no basta con confiarse a otras personas -por poderosas o
to al de estos dos, porque me sentía enfermo y cansado de vivi amadas que sean- sino sólo a Dios. En efecto, c.om.o di�e
y, por otra parte, me horrorizaba tener que morir. El gran am Jeremías, apoyarse exclusivamente en los hombres sigmficana
que yo había tenido al amigo me hacía temer mucho más -segú condenarse al desierto, alejarse del agua de la vida:
creo- y odiar la muerte, como cruel enemigo que me lo habí
quitado. Pensaba que, así como se lo había llevado a él, se U · Maldito sea aquel que fía en hombre,
varía de repente también a todos los hombres» (ibid., N, 6, 1 1 ). y hace de la carne su apoyo,
Tras la rebelión de Adán, el cristiano es consciente de qu y de Yahvéh se aparta en su corazón.
existe una doble muerte, la terrena y la de la condenación eterna Pues es como el tamarisco en la estepa
del alma. Sabe que está destinado a renunciar a la «vida mortal» y no verá el bien cuando viniere.

o a la «muerte vital» ( cf. ibid. , 1, 6, 7) que se le ha concedido en Vive en los sitios quemados del desierto,
en saladar inhabitable.
este mundo, a causa del continuo avance en él de su propi
Bendito sea aquel que fía en Yahvéh,
muerte. «¿Qué otra cosa ocurre, por lo demás, en los días, en la.
pues no defraudará Yahvéh su confianza.
horas, en cada instante, hasta que llegue a cumplirse aquella Es como árbol plantado a las orillas del agua,
muerte que se estaba afirmando y comience ya el tiempo de ·
que a la orilla de la corriente echa sus raíces.
pués de la muerte, que estaba en la muerte mientras se afirmaba No temerá cuando viene el calor,
la vida? Por eso, si no es posible estar a la vez en la vida y en la y estará su follaje frondoso;
muerte, un hombre no está nunca en vida desde que está en este en año de sequía no se inquieta
cuerpo más como muriente que como viviente» (civ., Xlll, 1 0). ni se retrae de dar fruto (Jer 1 7 , 5-8).
A la juventud, que ofrece la il' sión de tener a su disposición un
tiempo sin fin, le sigue presto la madurez y luego la ancianidad. Sólo la gracia de Cristo es más fuerte que el �ecado de Ad�n
Se abre paso entonces «la edad peor, descolorida (decolor), la y puede procurarle la felicidad perenne, mediante la gracia:
más débil y más sujeta a las enfermedades» (vera rel., XXVI, pues, en efecto, hasta «la más laudable de las vidas �un;t anas. es
48); y es entonces cuando se adquiere dolorosa conciencia, en desdichada si tú la examinas dejando a un lado tu rmsencordia»
términos evangélicos, de una triste verdad: «Cuando eras joven, (cfr. conf, IX, 1 3, 34). La inmortalidad alcanzada con la ayuda
tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues divina es la del non posse mori5 1 , la libertas maior de no poder
a viejo ... , otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras» (Jn pecar ni poder morir. Es superior a la libertas minor de Adán, de
2 1 , 1 8). poder no pecar y poder no morir52• El pecado de la primera par�­
Oscuramente turbada por el riesgo, más grave, de que el futu­ ja del género humano se traduce en unafelix culpa para los redi­
ro pueda cerrarse perpetuamente a toda esperanza, la mayor midos. Este linaje será reabsorbido, después de la muerte, en la
parte de los hombres tarda en darse cuenta de cuán bajo es el victoria final cuando -con la ayuda de Cristo- los nuevos Jonás
precio con el que se compra la felicidad sin fin, de cómo es con­ salgan finalmente del oscuro vientre de la b�llena53• Entonces . no
veniente trocar, incluso a costa del martirio, la mayor o menor conocerán ya «el suspiro de quien desea, smo e� g�zo de qu � en
brevedad de una existencia limitada (en la que el fin nivela las disfruta» y podrán así pasar de la umbra aetemztatzs de la vida
edades de cuantos mueren en la «igualdad de la nada») por la terrena a su luminosa figura celeste.
plenitud de la eternidad. Al contrario que Epicuro, que argu­ De hecho, y en la perspectiva paulina, el hombre no es . sólo
mentaba que la muerte no es un mal, porque donde estamos koilia o «vientre», sino también cuerpo destinado a resurgir en
nosotros no está la muerte, y donde está la muerte no estamos su forma gloriosa. Es el único ser viviente consciente de su natu­
nosotros, Agustín afirmaba que «lo que hace de la muerte un mal raleza mortal pero también -a la vez y por contraste.- de s.u �ro­
es únicamente lo que será después de la muerte» (civ., 1, 1 1 ). No pia inmortalidad. Si ésta no se diese, t?da la doctnna c� s,tlana
es, pues, del temor a la muerte de lo que hay que librarse, por- estaría sujeta a un ruinoso colapso: «SI no hay resurrecc10n de
1 00 ORDO AMORI

muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía


es nuestra predicación, vacía también vuestra fe. . . Si solament III
para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza • en Cristo, LA DICHA DEL REENCUENTRO
somos los más dignos de compasión de todos lo hombres ( . . . ). Si
los �uertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana
monremos»54•

Retomo y encuentros

Según una antigua esperanza, los ·ustos volverán a encon­


trarse, en el más allá, con las personas que habían amado en la
tierra1 • Los seres queridos que, en la visión agustiniana, simple­
mente les han precedido en la muerte, saldrán gozosos a su
encuentro en la luminosidad sobrenatural de los cielos.
Convertidos en «conciudadanos de la Jerusalén etema»2, vivirán
la fiesta perpetua de la vida en la dicha y en las delicias, en una
eternidad que ha totalizado todos los instantes y los ha concen­
trado en un solo punto inextenso: en el foco virtual en el que la
potencia del deseo ha tesaurizado las figuras de la belleza de las
que las imágenes sensibles eran tan sólo una alusión.
Vivirán en la ciudad de «jaspe» y de «oro fino semejante al
vidrio puro» (Apoc 2 1 , 1 1 . 1 9) y pasearán serenamente en el des­
lumbrante regocijo polícromo del paradeisos, del <�ardín» celes­
te. De acuerdo con la estilizada descripción de la geografía de lo
eterno de un contemporáneo de Agustín, Dios invitará ince­
santemente a descansar en aquel lugar, no localizable ni e el
espa · ni el tiempo, a «los hombres fatigados» por las tempes­
tades y el oleaje de la existencia terrena. Rodeados de una «tie­
rra perfumada, recubierta de rosales purpúreos, bañada por
pequeñas corrientes fugitivas, que produce en abundancia fron­
dosas caléndulas, dulces violetas y delicado azafrán»3, verán
finalmente la meta de su camino, abrirán de par en par la puerta
entreabierta hacia el absoluto que antes tan sólo había permitido
adivinar cuanto escondía.
Desaparecerá entonces toda la opacidad de los espíritus. En
la transparencia plena de la mente y del corazón -en la unión
con el interior intimo meo, con Dios y con cada uno de los com­
ponentes de la Iglesia triunfante- cada cual será finalmente él
mismo y encontrará al extraño como familiar. Viendo a Dios ca­
ra a cara, reconoceremos en él nuestro núcleo más íntimo, que se
102
ICHA DEL REENCUENTRO 103

manifiesta súbitamente en todo su fulgor, en


la luz esplend ntan sólo pretextos para experimentar un aroma de felicidad
de la belleza y de la verdad. Sólo entonces -ya
derribadas h 11 1 se difunde también en la regio dissimilitudinis de nuestro
las barreras que nos separaban de esta visión
beatífica- ser r 111 undo terreno y de la que se afirma que debe manifestarse en
propiame�te nosotros mismos y Dios, como
ojo interior, a'il t, da su plenitud «más allá» y no «más acá» de la «pared» ideal
vant que siempre nos ha escrutado, podrá, a su vez, ser ¡ue separa lo sensible de lo inteligible. Por lo demás, el espacio
vi to
nosotros. En aquel momento, el interior se
unirá con el inlinr 1 ·I espejo es simbólicamente análogo al que se trasluce tras la
nostri JI.�gaiJ..do hasta su refugio último, hasta la morad 1 arrera verbal del enigma, que lleva implícita en sí mismo la
a d 1
identidad: dies enim septimus etiam nos ipsi erimus
(también n \ lución, pero sin que se la perciba inmediatamente ni pueda
sotros nos transformaremos en un domingo,
o en un shabbatlt 1 !ararse en los términos en que se expresa. Lo que mayormen­

9ue no �er �implemente una dilatación solemne del tiemp d t deseamos está «detrás» del espejo, detrás de la lastra del con­
Jado al mdividuo para que disponga libremente
de sí mismo fín que separa el espacio real y corpóreo del suprasensorial, apa­
decir, una simple tregua frente al asalto de las
preocupacion ·s r ntemente imaginario, desmaterializado y des-realizado con el
las tareas de la existencia cotidiana)4• Entonces
sí que, en vi.¡ que todavía no nos identificamos. Tal vez porque, en términos
shakespeariana, el Death s 's second self cantad
o en el son t modernos, no hemos superado enteramente el trauma infantil del
LXXIII se unirá al primero en un cuerpo glorio
so. Y sólo enton descubrimiento de una doble percepción de nosotros mismos en
ces la filosofía -cuya única aspiración es la
felicidad y la plem el espacio: en el recortado por el propio cuerpo y en el comple­
tudo o, en palabras de un poeta «neoplatónico» moderno, mentario, «ilusionísticamente» situado en otro lugar. Tendemos,
el d .
precio de la ivresse imparfaite de vivre5- encon
trará en Dios 1 n efecto, más allá del presente inmediato, hacia el aion mellan,
objeto supremo de su doble deseo de amor y
de conocimiento. hacia la inminencia del evo o mundo futuro del que el tiempo o
Todos reconoceremos en Dios también. nuestr
a identidad el mundo actuales son tan sólo imágenes desteñidas en las que
-depurada de toda escoria y hasta entonces apenas
entrevista, aJ el vórtice del cambio gira en tomo al eje inmóvil de una perpe­
par de aquella divina, per speculum et in aenigm
ate (1 Cor 13. tua permanencia. Del mismo modo que, según Gregorio de Nisa,
12)6- como un algo que antes vacilaba entre la imposi_ bilidad Dios sacia a Moisés con su visión precisamente «gracias a lo que
d
reencontrarse y la percepción de una alteridad
inatacable en su queda insatisfecho para su deseo», así, en el paraíso, «ver a Dios
interior, y que ahora, finalmente, ha individualiza
do su ubi con­ significa no saciarse nunca de desearlo». Hay, en efecto, <<junto
sistam. En Pablo, la metáfora del espejo se añadía, duplic a mí tanto espacio que quien corre interiormente nunca podrá
ándola
Y al mismo tiempo diferenciándola, a la figura retóric
a del dejar de correr. Pero la carrera es, en otro sentido, inmovilidad»7•
a�nigma, que no es otra cosa sino una «alegoría oscura En el paraíso re�plandece la plenitud que no se pierde, la etemi­
» (cfr.
trzn. , XV, 8, 15), una semejanza difícilmente alcanzable. d
En la ue -en cuanto que es, en térmj.nos Rlotinianos, «Vida», zoe­
visio beatifica, el espejo -pared plana o curva que divide n6 se sacia con la pura inmovilidad (cfr. Enn. , m, 7, 3 ss.), y
en el
mundo lo que es «real» de su imagen virtual,
situada «detrás» de encomienda más bien a la lógica del deseo su ulterior cumpli­
ella- n? es atravesado, sino invertido en el juicio
de atribución miento, algunas veces satisfecho de sí, pero susceptible de suce­

de re�hda . Lo que, ante los simulacros privad
os de espesor, nos sivos incrementos de felicidad. La fruición de Dios enciende una
parec1a mas verdadero, debido a su pertenencia
a la esfera sen­ llama que no se apaga, que no se consuma, que abrasa más y
sible «tridim�nsional , se muestra ahora, en
� cambio, alegórica­ más, aunque no está ya sujeta al metus ammitendi. Por eso ama­
ment�, como Imagen madecuada de aquello a
lo que remite en el mos y erse uimos también en los bie��-s falsos todo cuantp,
espacio -aparentemente atópico e impenetrable
en nuestro llevandoUQS. adó icamente e su mov mic.tnt e ntro de
· ·
.

mundo- de la ulterioridad. Cuanto hay de bello,


verdadero en el mundo (lo que nos conmueve
de bueno y de n � mismos, vehicula y rememora el amor o la belleza, en
y alegra), es de cuanto q�e ambos aluden a una. felicidad todavía no del todo
hecho tan sólo una yesca que inflama el ánimo
para otra cosa a descriptible, pero que polariza la luz hacia aquello a lo que ten­
la que enigmáticamente remite.
demos: lo que súbitamente -«en un instante, en un abrir y cerrar
Desde esta perspectiva, una piedra preciosa, un
rostro atrac­ de ojos» (1 Cor 15, 5 1), sin gradualismos- en el Día del juicio
tivo, una música solemne, una acción noble,
una teoría rigurosa nos transformará a todos ante la visión de la «gloria» de Dios.
104 105
ORDOAMO 1 LA DICHA DEL REENCUENTRO

La vida nueva conservará del olvido el bálsamo que alivia los tormentos de los
males pasados, el remordimiento de las culpas y el dolor de las
A diferencia de Plotino, la fel· ·d �onsiste para Agu, t penas, sin que desaparezca, sin embargo, su �ecu�rdo) y en un
e el re�om� a 1 �<naturaleza antigua, a la archaia physis, a un nuevo conocimiento, que no borrará la expenencia del mund�,
«danz 1 spirada», en la que «Se contempla la fuente de la vid sino que descifrará su enigma, quitándole el pes? del deve�
el manantial de la inteligencia, la causa del bien, la raíz d 1 imperfecto en la perfección finalmente consegmda (cfr. c� v.,
alma» (Enn., VI, 9, 8-9). Ni tampoco en una profundización, pri· XXII , 30). Tras la vida espacio-temporal o te,rrena,. la nueva vida
vada de conciencia, en la v�aiñient nem e el Uno. L no tendrá ya fin. Sólo entonces comenzara la vida �erdadera
agnición de la.bienav.enturanza implica el descubrimiento de un -incipit vita nova- y se cumplirá la que en el Credo .mceno era
novum ya sugerido .PerQ to vía no adivinado e a ci- una simple, aunque poderosa, esperanza: esperar la vztam ventu-
dad «�an an�gua y tan pueva» �n la que si(ímg hab' espe- ri saeculi.
rado a traves de la fe pero sin. haberla P.OPid! exp�ri entar Hay, además, otro motivo que explica por qué Agustín nunca
nunca en toda su plenitud Para los cristianos, en efecto, la espe­ se sintió atraído por la idea estoica del reto�o eterno. C:on una
ranza no es -como en Spmoza :
- una inconstans laetitia (Ethica, actitud que hoy se le antoja poco menos que mcomprensi?le a la
prop.. XVill, schol. II), ya que la fe tiene precisamente la función mentalidad moderna (pero que era generalmente compartida por
d� alimentarla y co�solidarla en todo instante. Ni está tampoco sus contemporáneos y por algunas figuras eje�p�ares del pas�­
vmculad� a la .mcertidumbre del mañana, puesto que el cristiano do), manifiesta el firme deseo de no volver a vivir una vez mas
no deb�na preocup�se de qué comerá o de qué vivirá. Es, por su propia existencia de una manera distinta a c?�o .de hech,o ha
asi, decirlo, el salvavidas de la voluntad, lo que la sostiene en el transcurrido, es decir, sabiendo ya desde el pnncipio -segun el
«oleaje» de la vida y la permite cruzar indemne por todos lo proyecto ensalzado por el doctor Fausto- 1? que se llega a cono­
peligros. Por eso nos toma alegres, como en Pablo (cfr. Rom 12, cer cuando la vida declina. Agustín no aspiraba en modo alguno
12), que define, negativamente, a los paganos y los incrédulos a renacer «en la carne» siguiendo el sueño, relativamente recien­
como aquellos a quienes les falta la promesa y la buena nueva de te de un dulce retomo al paraíso perdido de la infancia, susti­
la fe8• Por eso también, en el lenguaje de la teología medieval se tu�ivo de un otro Paradise Lost. Con una sensibilidad que con­
1� ?�fin� como un� extensio animi ad magna o presentada, en serva, por lo demás, los signos de las severas pen�s corporales Y
VISion kierkegaardiana, como una � asjón de lo osible». En de las humillaciones a que los muchachos de su tiempo eran ha­
Agustín, esper z. tiene para el hombre también la función de bitualmente sometidos10, da por descontada la respuesta a este
endulzar y suavizar el tiempo de la espera: consolatur te fides et interrogante retórico: «Si alguien t��iera. que �legir ��tre la
spes tua o gemimus in re, consolamus in spe (ep. , XCII, 1; en. muerte y la posibilidad de volver a VIVlf la mfancia, ¿qmen es el
P_s., CXLV, �). Se�ún él, está simbolizada en el huevo que, «no que, aterrorizado, no elegiría la ��erte?»11• •

siendo todavi� la VIda de los polluelos, no se ve, pero sí se espe­ Y, sin embargo, y aun no smtiendo aprecio por la d�ctnna

ra, porque qulen espera la vida eterna olvida lo que deja a sus estoica de los ciclos cósmicos, había experimentado en su JUVen­
esp�das para . �anzarse hacia adelante y le perjudicaría volverse tud la atracción por la teoría epicúrea que vinculaba la felicidad
hacia atras, rmentras que el escorpión es peligroso justamente al placer de existir en el mundo. Se había preguntando? en efec­
por la parte posterior, pues aquí está su veneno y su aguijón»9. to, poniendo entre paréntesis el temor a perder la plemtud de �a
A una con el cumplimiento de la promesa de felicidad conte­ vida eterna, por qué «una vida deslizada en perpetua ;oluptuosi­
nida en la fe, se dará un simultáneo incremento del conocimien­ dad del cuerpo, y sin temor de perderla, �o de�en� hacemos
to Y del «amor leal» de nosotros mismos y del Dios uno y trino, también felices» (conf, V I, 16, 26); por que, en termtnos lucre­
modelo supremo de articulación de nuestro ser. La transforma­ danos un hombre libre del temor de la muerte y de las supers­
ción que habremos sufrido nos dejará los deseos y facultades ticion�s no deberí� levantarse del banquete de la vida «saciado
hum�as en toda s� pur�za, es decir, n mezclados con el mal y
. � y satisf�cho» (De rer. nat. ,. �' 959). Per� super�d�s a conti�ua­
,
el suf��ento. Seran asi verdadera glona, honor, paz y ausencia ción estas dudas' se adherua -como Caton el VIeJO en el dialo­
de envidia. Desembocarán, además, en una nueva memoria (que go ciceroniano- a la convicción de que hay que alejarse de la
106
ORDOAMORI LA DICHA DEL REENCUENTRO 107

existencia como de un albergue, es decir, de una morada provi­


No os dejéis seducir. ..
sional, no como de la casa propia (cfr. De sen., XXIII, 84) .
Contemplado bajo el perfil de la razón, este deseo ca�egóri�o
El deseo categórico
de eternidad no constituye una prueba que pueda aducrrse m a
favor ni en contra de la existencia de su objeto real de satisfac­
Al trazar una de las más extraordinarias imágenes de la «his­ cióni3. No obstante, sería demasiado fácil entenderlo como una
toria general del cielo», es decir, de los modos en que se ha simple repercusión del miedo a la muerte, entre otras cosas por­
impuesto la idea de una felicidad ilimitada e incondicionada, que este temor no ha producido siempre ni en todas part�s este
Agustín fundía en uno, en la civitas caelestis, dos ideales distin­ anhelo como su corolario. En cualquier caso, en detemnnadas
tos: el «antropocéntrico» y comunitario de una family reunion civilizaciones, y a partir de ciertas épocas, el «hambre de inm�r­
entre los redimidos, y el «teocéntrico», en el que la dicha e talidad» ha ejercido una atracción tan fuerte incluso sobre qme­
generada por la visión beatífica de Dios, único ser digno de ser nes oficialmente la rechazaban que los inducía a condenar o a
amado por sí mismo. Prestando oído atento a la voz de una nece­ conjurar una tal tentación. Ya Píndaro, en los albores de la cul­
sidad que no se extingue ni siquiera después de que parezca ya tura escrita de Occidente, invitaba al hombre a recordar tanto su
destruido todo instrumento de su posible realización terrena, comunidad de origen con los dioses (hijos todos ?e la mis�a
hacía converger «la suma total de nuestros deseos naturales» de Tierra), como la distancia que los separa. La humantdad «.es so�o
alcanzar la felicidad hacia la «certidumbre esperada» de su con­ una nada, y se mantiene inmutable el cielo de bronce restdencta
secución efectiva12• de los dioses» (Pínd., Nem., VI, 5-6). Los «mortales» deben, en
El carácter paradójico del deseo de reencontrar a los difunto efecto, frenar el impío deseo de rivalizar con . los dioses, los
iguales y distintos, de recordarlos y olvidarlos, de vencer la «inmortales» por antonomasia, los que, en negativo, �epres�ntan
repugnancia frente a la corrupción del cuerpo y de hacer preva­ los límites que el hombre no puede traspasar, las medidas .fiJ!ldas
lecer la idea de una regeneración completa del individuo se de una vez por siempre. En la edad moderna, y con dtstmtas
.
motivaciones, Brecht ha expresado con eficaces pmceladas sus
resolvía a través de una de las más elaboradas y más ardientes
figuras de la conciliación, empeñada en demostrar que la vida razones contra la tentación de lo eterno:
terrena no puede haber sido una tremenda y absurda mofa y en No os dejéis seducir:
alejar la sospecha de que la Ciudad de Dios represente un ima­ no hay retomo alguno.
ginario premio de consolación que refulge tanto más cuanto más El día está a las puertas,
opaca y oscura se toma la vida terrena y cuanto menos se inte­ hay ya viento nocturno:
resan los hombres por ella. En los círculos concéntricos de una no vendrá otra mañana.

lógica que infringe las cláusulas de incompatibilidad y de incog­ No os dejéis engañar


noscibilidad propias de este mundo, Agustín «engarza» como con que la vida es poco.

gemas en la corona del Creador el yo, los familiares, los amigos Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
y la humanidad entera de los elegidos: ad maiorem Dei gloriam. cuando hayáis de perderla.
El reconocimiento o la agnición constituye un doble conoci­
No os dejéis consolar.
miento y una felicidad doble: significa rescatar y recuperar la
Vuestro tiempo no es mucho.
pérdida de nosotros mismos y de nuestros seres queridos y, a la El lodo, a los podridos.
vez, la de lo divino, significa salir, en el ekstasis, de la concen­ La vida es lo más grande:
tración del yo en sí mismo para reencontrarlo, más tarde, inten­ perderla es perder todo.
sivamente potenciado, en Dios. No os dejéis seducir
por la esclavitud y el agotamiento.
¿Qué puede asustaros aún?
Moriréis con los demás animales
y nada vendrá después14•
108 ORDOAMO RIS LA DICHA DEL REENCUENTRO 109

Ihr sterbt mit allen Tieren 1 Und es kommt nichts nachher: nes totalmente dispares, pero con conclusiones convergentes en
Morís, exactamente igual que todos los animales, y no hay nada este punto, como Croce y Bernard Williams en el campo de la
después. Ésta es la idea que ha intentado salvar a muchos (no sin filosofía, o Herz, Van Gennep, Becker, Huntington y Metcalf en
malestar e inquietud) de la seducción de la inmortalidad y del el de la antropología.
deseo de buscar una patria mejor o una morada permanente, del Desde una posición inmanentista y laica, Croce (y recordare­
sentimiento de provisionalidad que convierte a los hombres en mos solamente, por su aliento más religioso, también al Gentile
peregrini (extranjeros y peregrinos), o en huéspedes de paso en de Genesi e struttura della societa, de 1943) ha captado con
este mundo y en este tiempo, más que en cives y dueños de la perspicacia la contradicción del deseo que, en el ideal cristiano
casa, pertenecientes a una comunidad de vivientes que posee en de eternidad, anima la comunicación de los vivos y los muertos.
sí misma su propia sacralidad y respecto de la cual debe mani­ Observa, en efecto, que «no anhelamos tener, a cambio del niño
festarse, a través de la pietas, la vinculación que nos une con · perdido, del niño que trasteaba y hacía travesuras por la casa, al
ella. Ser y morir como los animales es un estado que no encie­ angelito en el que aquel niño se ha transformado de forma irre­
rra ningún carácter intrínseco de indignidad, dado que no es la cognoscible; no la mujer angelical cuyos labios no besan, sino
muerte, sino la idea que cada individuo se hace de ella, la que aquella a la que besamos en la vida»17• Y añade luego que nues­
establece el valor y el significado del acontecimiento irrepresen­ tras costumbres de recordar a los difuntos mediante monumen­
table15. Pero, ¿satisface verdaderamente esta triste ciencia? El tos, tumbas o ceremonias no son, en realidad, sino un modo pro­
hombre -ese ser a quien Nietzsche llamaba das nicht festgestell­ piamente nuestro (y no atribuible al trabajo anónimo del «tiem­
te Tier, el «animal indeterminado», que no ha fijado todavía su po») d� quererlos olvidar, para que la vida recobre sus derechos:
naturaleza propia- sigue todavía intentando, de ordinario, esta­ «al expresar el dolor, en las diversas formas de celebración o de
bilizarse, alcanzar una forma absoluta y definitiva en la imagen culto a los muertos, se supera el desgarro, convirtiéndolo en algo
de una reunificación consigo mismo en el dies septimus de la objetivo. Así, intentando que los muertos no estén muertos,
vida eterna. No está fácilmente dispuesto a renunciar a ella o a comenzamos a hacerlos morir efectivamente en nosotros»18.
sus sucedáneos, incluso cuando admite su carácter consolador e Sabiendo que nunca podremos volver a tener aquello que dese­
ilusorio. aríamos no haber perdido nunca, perpetuamos paradójicamente
su recuerdo, para perderlo así una segunda vez, y ésta ya defini­
tivamente.
Los labios que no besan Williams subraya, por el contrario, el tedio de la vida cuan­
do no recibe sentido de la muerte. Volviendo sobre una piece tea­
Al atribuir a la imaginación el deseo de eternidad, Pascal tral de Karel Capek, muestra cómo a la protagonista, Elina
había ya advertido que los animales se distancian casi inevita­ Makropulos -tras una existencia multisecular- le asistían todas
blemente de la necesidad de la misma: «Nuestra imaginación las razones para sentirse a disgusto, para rechazar el elixir de
engrandece hasta tal punto el tiempo presente, a fuerza de pen­ larga vida y así morir19• Hace ver, además, cómo está en lo cier­
sar en él, y empequeñece de tal modo la eternidad al no refle­ to Aristóteles cuando sostiene que un bien no es mayor sólo por­
xionar nunca sobre ella, que de una nada hacemos una eternidad, que sea eterno, «desde el momento en que el blanco eterno no es
y de la eternidad una nada. Y esto tiene raíces tan profundas en más blanco que el de un solo día» (Eth. Nic. , 1, 6, 1096 b; X, 7,
nosotros que ni empleando toda nuestra razón conseguimos pre­ 1 177 b). El deseo de inmortalidad se remonta, según Williams, a
servamos de ellas»16. Acto seguido, algunos filósofos contempo­ una ilusión platónica, que transforma la satisfacción procurada
ráneos -que han llegado a considerar la eternidad incluso como por la inmersión en el estudio de lo que está fuera del tiempo y
indeseable- invierten totalmente la posición de Agustín. Ofrecen es impersonal (como los entes matemáticos y las ideas) en pre­
así una tan vasta profundidad de campo que hacen resaltar en su sencia efectiva de una realidad eterna y objetiva. Debe, por el
dimensiones la peculiaridad histórica y teórica de esta exigencia. contrario, reforzarse el deseo categórico de vivir en este mundo
Analicemos brevemente -utilizándolas como piedra de toque­ mientras la vida merezca ser vivida. Cuando se convierte en
las tesis formuladas en nuestro siglo por autores de orientacio- invivible, no vale la pena prolongarla .
110 O RDO AMORIS LA DICHA DEL REENCUENTRO 111

Sucede, por así decirlo, como en las curvas de utilidad eco­ X, 2). Quien tiene cuidado y gobierno de sí mismo domina, en
nómica de Pareto: el grado de satisfacción creciente respecto de efecto, completamente, su pasado24; quien, por el contrario, está
un bien cuya utilidad ha alcanzado una cresta, decrece cada vez absorbido por las preocupaciones cotidianas, no es luego capaz
más, según un quiebro descendente, apenas ha sido satisfecho el de reencontrar el hilo de su propia vida25. Pero quienes contro­
deseo de este bien. Pero, ¿es realmente posible levantarse sacia­ lan el pasado, disponen libremente y a cada instante también del
dos del banquete de la vida? ¿No existe tal vez en el hombre una presente y del futuro, porque disfrutan del primero y van al
immensa vivendi cupiditas o, al menos, spinozianamente -dado encuentro del segundo exentos de las pasiones de la espera, del
que sentimus experimurque nos aeternos esse (Ethica, V, prop. temor y de la esperanza. La felicidad consiste, por tanto, en el
XX:lll, schol. )- un inextinguible esfuerzo o conatus de la mente fluir regulado, libre de impedimentos interiores, de una existen­
por persistir por un tiempo indefinido o una insaciable «hambre cia que no se disipa en mil riachuelos (eurhoia bios), es decir, de
de inmortalidad?»20. Dejando, además, aparte el punto de vista una vida tranquila, porque le falta el metus ammitendi, el temor
de los individuos concretos, ¿puede mantenerse una sociedad sin de perderse a sí misma26.
un proyecto simbólico de autoperpetuación ilimitada, sin una Pero en las personas atareadas, en cambio, el presente se
expectativa indeterminada de eternidad y sin poner, más o desvanece totalmente, no se detiene, queda pulverizado en ins­
menos veladamente, «a la muerte en el centro de la vida», es tantes que se deslizan entre los dedos como granos de arena o
decir, sin solemnizar a través de mitos y ritos de paso a los indi­ que se filtran rápidamente «a través de espíritus inconexos y
viduos que mueren para incorporar en la sociedad a los que agujereados». Y es éste el único tiempo que, en su fluir precipi­
nacen y crecen y afianzar así las generaciones y los valores?21 tado, los atenaza (cfr. ibid., X, 5), porque no son capaces de
¿Puede bastar aquella eternidad en el instante que buscaba la mirar al pasado sin miedo y remordimiento ni al futuro sin vanas
cultura del «Novecento», desde el Carpe aeternitatem in esperanzas. En las Cuestiones naturales, llegado el momento en
momento de Emst Bloch hasta ciertas páginas inesperadas de que la vejez le alcanza y «le echa en cara los años disipados en
D' Annunzio?22. · fútiles ocupaciones» y los daños provocados por una vida mal
utilizada, tambien Séneca se incluye en el número de estos des­
dichados, observando, no sin melancolía, que -justamente ahora
Como una oliva madura que ha decidido dedicarse más a sí mismo27- «el tiempo corre
veloz y nos deja avidísimos de él; ni el futuro ni el pasado están
La elección de Agustín se contrapone también diametral­ en mi poder: estoy a menudo suspendido del instante fugaz y es
mente a las intenciones del estoicismo romano tardío, marcado ya mucho que haya tenido un minuto de duración» (Nat. quaest.,
por la filosofía epicúrea, como el de Séneca23, para quien el VI, 32, 10). No obstante, para el sabio todo instante encadena, a
mismo arte de morir no excluye, pero tampoco prepara necesa­ través de sus pilares en una serie de arcadas, todo el tiempo
riamente, una ascensión a los cielos, sino que está, más bien, transcurrido al tiempo futuro, hasta que se corte el puente de la
íntimamente ligado al arte de vivir y es secretamente funcional vida. Desde este pilar del instante, todos pueden ver fácilmente
respecto a éste (cfr. Sen., De brev. vit., VII, 3). En Séneca es cómo se van soltando las amarras y cómo gira la «rueda» de su
«hermoso llevar a su cumplimiento la vida antes de la muerte y propio tiempo: facile totius vitae cursum videt28• La prolonga­
esperar luego sereno el resto de los días, sin aguardar nada por ción de la vida no le añade perfección. Ésta puede alcanzar su
sí, gozando de la plena posesión de la felicidad, que no aumen­ plenitud en un tiempo limitado29, si -como dice Marco Aurelio
ta con la duración del tiempo» (ep., XXXII, 3). Es señal de dig­ (II, 1 4)- se tiene la capacidad de concentrarse bien en cada
nidad y de gratitud hacia la existencia -como dirá más tarde momento: «Incluso en la hipótesis de que debas vivir tres mil
Marco Aurelio- morir cayendo al suelo como una «oliva madu­ años y otros tantos diez mil años, recuerda en todo momento una
ra» que bendice, con reconocimiento, «al árbol que la ha produ­ cosa: nadie pierde una vida distinta de la que tiene en aquel ins­
cido» (IV, 48). Es hermoso, para quien no está ocupado y dis­ tante; ni vive otra vida sino la que en aquel instante pierde».
traído por los negotia, disfrutar simultáneamente -tal como indi­
ca Séneca- de las tres dimensiones del tiempo (cfr. De brev. vit.,
1 12 ORDOAMO RIS LA DICHA DEL REENCUENTRO 113

La identidad negada factorio3o. No es, pues, un puente que une a la naturaleza huma­
na con la divina, ni un lado del triángulo cristiano análogo al de
Se da asimismo una diferencia sustancial entre la tradición la Trinidad celeste. Es un mediador entre las dos partes arracio­
platónica y la posición agustiniana del nos ipsi erimus, de la nales del alma (la desiderante y la animosa) y e l logos frente al
identidad finalmente alcanzada de sí mismos en el dies septimus que se resisten o hacia el que tienden; es una lanzadera que teje
mediante el amor. En Agustín, en efecto, el individuo no se defi­ y reteje una trama sin fin de rememoraciones anamnésicas, del
ne ya, principalmente, según los difusos parámetros anteriores, mismo modo que, a los ojos de los enamorados, cualquier cosa
a través de la alteridad que lo delimita. Aunque continúa vivien­ les trae el recuerdo de la persona amada, remontándolos así de
do «cara a cara» en la sociedad y en el marco de una espesísima una presencia a una ausencia (cfr. Fedón, 73 d). A pesar de este
red de relaciones interpersonales y políticas -es decir, en un pai­ proceso continuo e indefinido de movimientos, el eros permite
saje humano en el que está constantemente sometido a la mira­ que el individuo encuentre la eternidad en el instante, en el estu­
da cruzada y escrutadora de los demás y donde todavía consigue por de una revelación a la que se llega abandonando el camino
conocerse a través de aquella peculiar «fase del espejo» repre­ de lo acostumbrado y exponiéndose al riesgo del delirio. Es, en
sentada por el reflejo de la propia imagen en la pupila de los realidad, «Un divino alejarse de la reglas normales de conducta»
otros- considera ya insuficiente la medida del juicio social e (Fedro, 265 b y cfr. ibid., 238 d).
incluso la otra, más afectuosa, de los amigos. También estos últi­ En el relato de Diotima, Eros es siempre hijo de la Pobreza,
mos, que prefiguran de singular manera el alter ego de cada indi­ además de la Riqueza o del Recurso. Es sintomático el hecho de
viduo y refuerzan su autonomía, en lugar de hacer sentir la nece­ que se le sitúe bajo el signo de un deseo constitutivamente cru­
sidad, totalmente moderna, de una recíproca dependencia o de zado por la negatividad y la imperfección y no por la pura volun­
un punto de apoyo, pierden importancia. Por encima de la socie­ tad afirmativa (como ocurrirá más tarde en el amor intellectua­
dad está la Ciudad celeste; por encima de los amigos el Amigo lis de Spinoza o en Nietzsche). No llega, por tanto, a un lugar del
que no traiciona ni abandona a quien lo ama (aquel que, por que su pondus pueda decir que ha alcanzado su meta. Su déficit
medio de la memoria de la felicidad conocida ha llevado a cabo, local evoca incesantemente una presencia en otro lugar: sólo que
en cada hombre concreto, no una simple conversio ad se, sino la satisfacción del deseo se aleja -como la línea del horizonte
una conversio ad Deum). para el viandante- a medida que avanza y el mismo objeto, des­
Las tres «fronteras» que separan al yo de la alteridad (los dio­ pués de cada identificación parcial, reviste siempre de nuevo el
ses, la muerte y el amor) y hacen surgir en él el «deseo de sobre­ carácter de lo indeterminado y desconocido. Así, en el encuen­
pasarse», han tomado en Agustín una configuración diferente. El tro de dos personas que se aman, «el alma de cada una de ellas
número de los dioses paganos se ha reducido al Dios uno y trino; quiere algo que no es capaz de expresar; tiene, más bien, un pre­
la muerte se ha transformado en un rito de paso que no conduce sentimiento de lo que quiere y habla disfrazándose (alZa man­
hacia un ciclo renovado de los nacimientos, sino hacia una con­ teuetai o bouletai kai ainittetai)» (Banq., 192 c-d). Al aludir a
dición final de felicidad o de condena eterna; el amor ha muda­ otra cosa, Eros remite al mismo tiempo a una sobreabundancia
do de naturaleza. de sentido, a una búsqueda inagotable que nunca po<i{á llevarse
De hecho, en Platón la divinidad no conoce el amor. Éste a cabo totalmente en el arco de una vida individual. \
sigue siendo típico de un alma necesitada del bien, pero incapaz El auriga de las pasiones empuja ciertamente al alma hacia lo
de poseerlo por siempre, de mantenerse firme en la cumbre alto, espoleando al caballo blanco y frenando al negro, pero
luminosa de su escala ascendente: implica el deseo basado en la nunca consigue que alcance, por sí sola, la meta, porque el amor
privación, que sólo encuentra satisfacción cuando es capaz de no se aquieta: es, por así decirlo, un deseo de lo imposible (o, si
generar y dar a luz lo bello, de multiplicarlo más que de apode­ se quiere, un deseo imposible). Platón no llega, sin embargo, a
rarse de él de modo estable como de una propiedad inerte, cosa, considerar al amor, en visión lucreciana, como una mera referen­
por otra parte, imposible. En este sentido, el amor es un «princi­ cia a simulacra, a imágenes engañosas y burlonas que se pre­
pio del devenir» que empuja a los hombres a generar en sí mis­ sentan a los amantes en su pasión. Éstos no pueden hallar satis­
mos un Sé mejor y a descubrir en el mundo un orden más satis- facción con mirar o tocar con manos exploradoras los tiernos
114 O RDOAMO RIS 115
LA DICHA DEL REENCUENTRO

miembros: sic in amore Venus simulacris ludit amantis 1 nec dad constante y eterna. Y el hombre, a su vez, no sólo manifiesta
satiare queunt spectando corpora coram, 1 nec manibus quic­ una tensión voraz de eternidad, una passio -en el doble sentido
quam teneris abradere membris 1 possunt errantes incertis cor­ de afecto y de padecimiento-, sino también el orden del amor, el
pore toto (IV, 1. 10 1- 1. 104) Es, por lo demás, precisamente esta itinerario preciso en dirección a una dicha final que debe alcan­
naturaleza ilusoria del deseo de amor la que produce la insacia­ zarse a través de las estaciones de un personal via crucis.
bilidad; cuanto más se tiene, más se querría tener. Representa, Que el entrelazamiento entre el amor humano y el amor divi­
pues, la única cosa cuius quam plurima habemus, 1 tam magis no es, en cambio, indisoluble, que en el rostro del otro se traslu­
ardescit dira cuppedine pectus (IV, 1.089- 1.090). ce y se refleja el de Dios (de modo que también lo exterior puede
Fue justamente Platón quien inauguró una tradición del pen­ aparecer en el hombre como interior intimo meo), en cuanto
samiento que hace del eros una fuerza propulsiva dellogos, una amor y descanso del alma, es algo que se desprende en Agustín
carencia que produce la búsqueda de la plenitud y pone en mar­ no sólo de los dogmas de fe -por ejemplo, el de la encarnación
cha una lógica de la satisfacción insatisfecha del conocimiento. de Cristo, Dios verdadero y verdadero hombre- sino también de
A diferencia de los estoicos, en Platón y en los platónicos la las relaciones de intensa emotividad con que se vinculaba a los
razón no aparece tanto como una especie de instalación para la amigos más queridos y, sobre todo, a su madre, Mónica. Merece
refrigeración del deseo sino más bien, y también, como el virtual la pena volver a tomar en consideración, a la vista de cuanto se
colector de las energías ascendentes del alma. No es, en el ha dicho, el episodio, muchas veces debatido, del éxtasis a dúo
fondo, otra cosa sino el deseo mismo del bien. El auriga no en la casa de Ostia. En el año mismo de su conversión, la madre
explota sólo la potencia ascendente del caballo blanco del «alma y el hijo se encuentran solos, «apoyados en una ventana, miran­
irascible» o del thymoides, sino también -si sabe guiarla bien­ do el jardín» y, «alejados del tumulto de la muchedumbre», dis­
la del caballo negro del epithymetikon de los deseos multiformes curren acerca de cómo todo gozo de los sentidos es inconmen­
y fugitivos. surablemente descolorido y débil comparado con el luminoso y
potente de la eternidad. A medida que hablaban, más y más se
enfervorizaban y se elevaban «con el más ardiente ímpetu hacia
Visiones instantáneas el Ser mismo». Sus almas ascienden interiormente, se sobrepa­
san a sí mismas, hasta «llegar al país de la abundancia inagota­
Eros se ve, pues, inducido a desdoblar el alma en sí misma y ble, donde se apacienta Israel eternamente con el pasto de la ver­
a incitarla, sin concederle tregua, a renovados escudriñamientos dad»33. El viaje celeste del alma todavía ligada al cuerpo y el
de sí a través de los otros y de los otros a través de sí. Inicia de desbordamiento de la dicha en este único «momento de intui­
este modo un juego serio -semejante a las escaramuzas amoro­ ción» les hace «suspirar» a los dos34. Con premonición, y pocos
sas- en el que el alma anhela la unión en sí misma de sí misma y días antes de su muerte, Mónica concluye así la escena: «Hijo
de la alteridad, pero de la que, al mismo tiempo, se sustrae sin mío, por lo que a mí respecta, ya no encuentro placer eJY esta
cesar, insatisfecha. No busca, en realidad, completarse, por me­ vida. No sé lo que hago ya ni por qué estoy en este mundo»
dio de Eros y llegar a ser un todo, según el irónico discurso de (conf, IX,lO, 26). A través de una dilatación intuitiva de la
Aristófanes, de verse exenta de escisiones y estar presente a sí conciencia, la visión ha revelado un nuevo descubrimiento de lo
misma tota simul en la eternidad sin fin. En su exaltación divina ya conocido, el jamais vu que mana de una especie de diario
y entusiasta, en su delirio sacro (o theia mania) reconoce, refle­ espectáculo del déja va.
jado en el otro, no su rostro propio de hombre, «sino el del dios En Agustín, el éxtasis místico adviene, no es preparado me­
por el que estamos poseídos», que se presenta súbitamente a tra­ diante sofisticados ejercicios técnicos «chamánicos», por medio
vés de la belleza31. Eros pertenece al género de los Augen­ de impulsos derivados de prácticas individuales, perfeccionadas
blickgotter, de los dioses del instante, que se manifiestan en el por los años dentro del propio «castillo interior», construido «to­
exaiphnes del momento de la experiencia estática sustraída al do de diamante y de muy claro cristal», o de una fortaleza tan
tiempo32, mientras que el Dios de Agustín no sólo es por sí mis­ elevada -como la descrita por el Maestro Eckhart en sus Sermo­
mo inmutable y perenne, sino que promete a los fieles una felici- nes- que sólo Dios alcanza a verla. Agustín no emplea, por tan-
117
116 ORDOAMO RIS LA DICHA DEL REENCUENTRO

to, ni la imaginación acompasada de Teresa de Jesús o Juan de la la de alguien cuya presencia se advierte al lado derecho o que
Cruz, ni el virtuosismo de los ejercicios espirituales de Ignacio irradia de su cuerpo una luz delicada y serena, «una blancura
de Loyola. No aconseja especiales técnicas de oración, compara­ suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista
bles a la roturación progresiva, al cultivo y la irrigación continua y no cansa», tan dulce que no se querrían abrir los ojos después:
del alma encaminados a transformar su «suelo estéril, lleno de es, en realidad, «como ver un agua muy clara, que corre sobre
yerbajos» en un «jardín», en un paradeisos en el que despunta la cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia y con gran
rosa mística del éxtasis35. Ni siquiera programa aquel «rapto» en nublado y corre por encima de la tierra»39.
el que se está, al parecer, sin peso, proyectados a una eternidad
fuera del tiempo experimentada dentro del tiempo.
A pesar de las obvias diferencias, Agustín se caracteriza cier­ Voluntas, uti, frui
tamente más por el éxtasis «espontáneo» mediado por el discur­
so y por el conocimiento que por el «rapto» o «arrebatamiento» Nuestra única ocupación en la vida eterna será frui Deo, la
inducido por las plegarias y las privaciones o por un género de negación de cualquier otra actividad, la felicidad más alta que se
primera aproximación al Verbo encamado en el que adquiere pueda desear«>. En ella, el inmenso appetitus habendi (que em­
espacio también el elemento físico o erótico de la corporeidad, puja a los hombres a buscar riquezas, honores y fama terrena, los
con su cortejo de imágenes vinculadas también al sentido del tesoros soñados por un mendigo, en vez de sentirse siempre pe­
tacto (acariciar, herir) y del oído (voces o susurros). No conoció, regrini, en viaje por este mundo en el que deberá dejarlo todo),
pues, los éxtasis de santa Teresa que, aunque sin poseer la cul­ se calma y se apacigua a una con el metus ammittendi. El disfru­
tura institucionalmente impartida, era en todo caso la heredera te o fruición de Dios es, en efecto, fin de sí mismo y no medio en
de siglos de refinamiento de la experiencia mística y de los aban­ orden a la persecución de otros objetivos: «Disfrutamos, efecti­
donos espirituales y corporales a presencias superiores, divinas vamente, de aquellas cosas conocidas en las que la voluntad, ex­
y angélicas, unas veces dulcísimas y otras atormentadamente perimentando placer por lo que son en sí, descansa; usamos, en
mezcladas con una inefable belleza. El pondus de Agustín igno­ cambio, de las cosas que referimos como medios a otra cosa que
ra, por ejemplo, el estado de levitación física frecuentemente debe constituir el medio de fruición. Y la única cosa que hace
experimentado por Teresa: «Digo que muchas..Yek_es...me parecía mala la vida humana es el mal uso y la mala fruición»41•
me dejaba el cuerj>o tan ligero, que toda la pesadum r él me La ausencia de metas ulteriores toma al querer constante,
quitaba, y algunas era tanto que casi no entendía poner los pies estable y tranquilo, poniendo así fin al afán de la carrera y al vér­
en el suelo. Pues cuando está en el arrobamiento, el cuerpo tigo frente al misterio. El frui Deo es aquel «puerto» del placer
- en vano
queda como muerto, sin poder nada de sí muchas veces, y como en quietud que los filósofos paganos habían buscado
le toma se queda: si en pie, si sentado, si las manos abiertas, si mediant e el más severo autocon trol. En él, la vÓ luntad -de forma
cerradas»36. Tampoco experimentó aquella sensación de un des­ análoga a la del «pez», símbolo de la integridad de la fe «en
doblamiento del alma por el que, aprehendidos por una «celes­ medio de las olas del mar tempestuoso del mundo»- escapa a la
tial locura», no se sabe ya quién habla en nosotros ni qué se dice: borrasca de las pasiones y al tormento de la propia guerra intes­
«Yo no sé lo que digo», en palabras de Teresa de Jesús37. Y, sobre tina, para descansar y gozar al fin, gracias al amor, de la absolu­
todo, Agustín no tuvo visiones directas y sensibles de Cristo o de ta galene o bonanza celeste. La voluntad deja así de estar prote­
querubines, como tampoco consta que las tuviera de demonios, gida por el «promontorio» de su aislada constancia «contra la
de cuya existencia, por otra parte, no dudaba. Como observa su que se estrellan sin pausa las olas» y se aplaca «la hinchada pro­
primer biógrafo, Posidio, en sus discursos y libros Agustín sólo tervia del oleaje», una constancia garantizada para los estoicos
manifestaba a los demás «las revelaciones que Dios hacía a su por la adhesión del individuo al orden de la naturaleza sin la cual
inteligencia durante la meditación y la oración»3s. O mejor: se convertiría en un «tumor del mundo»42•
saboreaba la felicidad de la mens que conoce, quiere, ama y Toda herida cicatriza ahora en la paz imperturbada de quien
recuerda a Dios (y de la que hacía partícipes a los fieles), pero no tiene ya necesidad de luchar, de mantener su voluntad en ten­
no se preocupaba de percibir la imagen física del Salvador como sión espasmódica e insomne. Con el auxilio divino, éste tal ya ha
118 ORDOAMORIS LA DICHA DEL REENCUENTRO 119

vencido, ha roto la complicidad entre la concupiscencia, el peca­ Es, en cambio, distinta y directa la confrontación de Heide­
do y la muerte: «el pecado te ha dividido dentro de ti, y arrastras gger con estos temas agustinianos. Tras haber dedicado a ellos ya
desde tu nacimiento el contagio de la concupiscencia y de la el semestre estival de 192146, recurrió a continuación al concepto
muerte. Tienes dentro de ti un enemigo que es preciso combatir del frui para plantear la correcta relación -por lo demás, todavía
y desconcertar. Pero tienes también a quién invocar para que te por instituir- con los productos de la técnica, campo específico
ayude mientras combates y te otorgue premios cuando hayas del uti moderno, de tal modo que se la pueda disfrutar (frui, pre­
vencido. Es Aquel que te ha creado a ti, que no existías»43. Sólo cisamente), sin depender de ella: ni divinizarla ni demonizarla47•
el dolor desea pasar, mientras que se quiere permanecer en la Fue a partir de los Caminos del bosque cuando la noción delfrui
felicidad. La fruitio, al igual que el fructus, renace continua­ adquirió una importancia decisiva para desvincular a la idea de la
mente, se alimenta de la esperanza y del amor. tradición de su habitual conexión con la costumbre (Sitte) y co­
nectarla con el Brauch, es decir, el uso, la fruición o «disfrute
de» cuanto se ha recibido: «Habitualmente damos a brauchen la
El fin y la elección significación de 'hacer uso' o de 'tener necesidad' (... ) Pero de­
bemos insistir en su significación originaria: brauchen es bru­
La distinción agustiniana entre uti y frui, que modifica en un chen, es el latín frui, nuestro fructum, Frucht. Lo traducimos
punto capital la cultura clásica, ha seguido influyendo, de forma libremente por 'gozar de .. .' . Ahora bien, 'gozar' significa 'gus­
soterrada, en la cultura de nuestro siglo. Mientras que para tar', 'saborear' . Agustín ha captado bien el significado funda­
Aristóteles la racionalidad sólo abarcaba de hecho a los medios, mental de brauchen cuando dice: Quid enim est aliud quod dici­
pues los fines son evidentes en sí mismos44, Agustín iniciaba mus frui, nisi praesto habere quod diligis? (cfr. De moribus ec­
implícitamente la distinción que -al cabo de un recorrido largo cle., lib. 1, c. 3; cfr. De doctrina christiana, lib. 1, c. 2-4)»48• En
y accidentado sería formalizada por Max Weber- entre la racio­ este caso, lafruitio es el agradable adaptarse a una situación en la
nalidad dirigido al fin y la dirigida al valor. El uti es, bajo cier­ que se siente a gusto, la salvaguarda de cuanto se nos ha prestado
tos aspectos, básicamente traducible a la lógica de la primera, y para poder emplearlo y transmitirlo. Por eso las tradiciones sólo
el frui a la de la segunda. Con una diferencia esencial: si bien, duran mientras se las puede disfrutar, mientras hay un abandono
también según Agustín, no puede demostrarse la racionalidad espontáneo a ellas. Pero aquí se ha invertido ya totalmente el sen­
del fm último, de Dios, de aquí no deduce, evidentemente, nin­ tido de la distinción agustiniana entre uti y frui.
gún tipo de politeísmo de valores, ningún conflicto entre divini­ En cambio, en un crescendo de dicha, el ordo amq ris funda­
dades. Al contrario, toda su obra y todos sus conceptos sobre el menta en Agustín una jerarquía de fines en la que)todo, cada
ordo amoris, sobre la «trinidad humana» o sobre la civitas Dei, cosa en su nivel, es bueno. Cuando ha alcanzado su cumbre, la
están animados por la intención de conseguir que la razón admi­ voluntad coincide con lo que más se ama. E l frui Deo incluye en
ta la indemostrable lógica delfrui, de solicitar la fe en lo invisi­ sí tanto el amor del prójimo (y el perdón, en cuanto acto de la
ble apoyándose en las pruebas de lo visible. La elección radical voluntad potenciada en la memoria, no en el olvido), cuanto el
y dramática del «no se puede servir a dos señores», el aut-aut, probus amor sui: al amar a Dios, el hombre se ama a sí mismo
se mantiene también en Weber45• Lo que se desploma es la con­ (ut cum dilexeris Dominum, scias· quía tune te diligis, si diligis
fianza en que se puede salir del uti, del destino de la «racionali­ Domimum: s., CCCI A, 6). Este género de amor propio, hones­
dad occidental», propiciada por el cristianismo, para disfrutar de to y religiosamente sublimado, se convierte en virtud justamen­
una salvación metahistórica. La fragmentación de los valores no te cuando acertamos a llevar a cabo las distinciones de grado
le deja a Weber otra salida ni otra esperanza que una reedición entre lo superior y lo inferior, ya que la ordinatio, es decir, la vir­
del fatum estoico, en la doble forma de la célebre <<jaula de tud, consiste en e lfruendisfrui y en el utendis uti (div. qu., LXX­
acero» del capitalismo y del abstine et substine frente a toda Xlll, q. 30). En comparación con los estoicos, la felicidad pro­
veleidad por salir con la imaginación y con los impulsos vita­ metida es aquí más alta, de duración infinita, y los esfuerzos de
listas y utópicos de los espacios de racionalidad formales rigu­ la voluntad menos costosos y vanos, porque no puede faltar la
rosamente delimitados. ayuda de Dios.
IV
LA TRINIDAD HUMANA: INTELIGENCIA,
VOLUNTAD Y AMOR

Sistemas de relación

La búsqueda de la felicidad revela la existencia de una «tri­


nidad humana» compuesta de intelligentia, voluntas y memoria
(concepto que a veces se superpone al de amor). Se forma un
triunvirato psíquico de amor, intellectus y voluntas que dialogan
entre sí y con Dios. Agustín se ocupó ampliamente de este tema
en De Trinitate. La extensión de esta obra y su largo período de
gestación y elaboración -únicamente superados por los de De
civitate Dei- son indicio suficiente de la diligencia prodigada y
de la importancia atribuida al tema de la Trinidad. El Credo nice­
no, varios concilios y algunos autores latinos cercanos a Agustín
(como Mario Victorino y Ambrosio) habían ya estructurado en
términos dogmáticos la doctrina de la Trinidad divina, distan­
ciándose aquí decididamente del Uno impersonal e inefable de
Plotino, privado de «voluntad» (boulesis), de «pensamiento»
(noesis) y también -dado que Eros pertenece sólo al alma-, de
amor (cfr. Enn., V, 6, 6; VI, 9, 4; V, 9, 9). Pero todavía seguía
careciendo no sólo de una fundamentación filosófica más sólida
sino también de un recorrido adecuado que llevara a reconocer
la plausibilidad y el sentido enigmático de esta concepción, que
ya separaba al cristianismo de la otra gran religión monoteísta,
el judaísmo, y que pronto lo distinguiría también del islam. En
Agustín, la importancia del tratado de la trinitas (tri-unidad)
consiste en que articula el «misterio», en que descubre las más­
caras o personae de Dios dentro de Dios, en que da alusivamen­
te voz a lo inefable, ya internamente articulado en sí. Intenta,
pues, expresar lo inexpresable, convencido de que es lícito y
justo intentar acercarse a él en un proceso de aproximación infi­
nita. El misterio configura así el límite móvil de lo decible, una
frontera entre lo humano y lo divino que se reproduce ince­
santemente, un desafío a profundizar en el abismo de lo interior
intimo meo y a proyectarse más allá de las fuerzas actuales de
nuestras facultades. Es como si Agustín hubiera querido respon-
122 ORDOAMORIS LA TRINIDAD HU MANA: INTE L IGENCIA, VOL UNTAD Y AMOR 123

der indirectamente a la acusación del emperador Juliano (recor­ al pecado y el error, conservan una chispa de la infinita y omni­
dada por Gregario Nacianceno, Orat., N, 1 02 = Patrología comprensiva llama divina.
Griega, XXXV, 637), que, dirigiéndose a los cristianos, había De todas formas, también en el nivel de la mens es preciso
afirmado «No hay nada en vuestra filosofía salvo la única con­ distinguir ulteriormente otras dos trinidades. La primera está
signa: ' ¡ Cree ! ' ». A diferencia de la Iglesia bizantina, en la que representada por el amor, la voluntad y la inteligencia. En ella
los misterios son dogmáticamente afirmados y ocultados (inclu­ cada persona asume, por turno, el papel de protagonista de la
so arquitectónicamente, como en el caso de la iconostasis, que escena espiritual, dejando momentáneamente en un segundo
oculta al celebrante en el momento de la elevación), en la tradi­ plano aquellos a quienes debe agradecer su provisional primado.
ción occidental se introduce un prepotente deseo de comprender Por lo demás, cada facultad no es sino el lado expuesto de las
que, en cuanto movido por el amor, no es fútil curiosidad, cono­ otras dos. Y así, la voluntas es voluntad de orden que necesita,
!
cimiento que no tiene otro fin que sí mismo. para poder explicarse, de la inteligencia y del amor; la inteligen­
Agustín dedicó a la elaboración y redacción del De Trinitate cia es comprensión de un orden que sólo puede afirmarse en vir­
no menos de quince libros y más de veinte años de trabajo (ini­ tud de la voluntad y del amor; y el amor, en fin, es deseo de inte­
ció probablemente la obra ya en el 3 99 y, tras una primera redac­
· ligencia y fuerza de voluntad que tienden a lo alto. No se puede
ción en torno al 4 1 2, puso el punto final hacia el 420/42 1 ). En el comprender sin decidirse a abrirse a otra cosa distinta de sí y que
decurso de estas atormentadas reflexiones demostró que las está en sí y sin tener un conocimiento implícito de sí confiado
facultades espirituales del hombre -precisamente porque, según también a la memoria. El alma no se puede «desplegar» en el
la Biblia, ha sido creado a imagen (selem) y semejanza (demuth) tiempo sin recordar y comprender las premisas de la acción y sin
de Dios L pertenecen al mismo género de las de su creador uno tener presentes ciertas consecuencias . Del mismo modo, no se
y trino: por tanto, el pecado original no deformó hasta tal punto puede amar sin comprender o querer aquello que se ama. Hasta
al ser humano que hiciera irreconocible su afinidad con el ori­ la duda tiene su lugar propio en este cuadro, según la fórmula
gen2. No obstante, la diferencia entre la Trinidad divina y la hoy ya conocida -mirando hacia atrás a partir de Descartes­
humana no es sólo de grado, sino de cualidad. como «cogito agustiniano» : «Que vivimos, que recordamos, que
El sistema de relaciones y de sinergismos entre las facultades comprendemos, que queremos, que pensamos, que sabemos y
se lleva a cabo en el hombre en tres niveles distintos; de ellos, juzgamos, ¿quién puede dudar de estas cosas? Pues, en efecto, si
solamente el último puede ser compartido por Dios3• Los dos duda, vive; si duda, recuerda también de dónde procede su duda;
primeros pertenecen, en cambio, y por necesidad, sólo al hom­ si duda comprende lo que es dudar; si duda, quiere llegar a la
bre. La estructura trinitaria se muestra, pues, en primer lugar, en certeza; si duda, piensa (si dubitat, cogitat); si duda, sabe que no
la percepción sensible del «hombre exterior», y más en particu­ sabe; si duda, juzga que no debe dar su consentimiento a la lige­
lar en la vista. Aquí está «constituida por el cuerpo percibido, ra»7. Podría incluso preguntarse, a este propósito -prolongando
por la forma impresa por él en la mirada del sujeto perceptor y una cuestión no expresamente analizada por Agustín- si no exis­
por la atención de la voluntad que une al uno con la otra»4• A te una lucha potencial del entendimiento consigo mismo que 1
continuación, se manifiesta en el «hombre interior» a partir de lleva a dificultades parecidas a las encontradas en la oposición
un proceso de metamorfosis de la exterioridad, que da lugar, res­ entre las duae voluntates. En otros términos: el esfuerzo por
pectivamente, a la imagen del cuerpo presente en la memoria, a intentar el pensante pensarse a sí mismo, ¿no podría impulsar 1

la forma que asume en ella por la inteligencia y al vínculo insti­ (como ocurrirá más tarde con Fichte) a enfrentarse a un proceso
tuido por la voluntad entre la imagen recordada y su forma inte­ tendencialmente aporético y a una regresión ad infinitum análo­ 1
r ligible5. Sólo en la etapa final se llega al espíritu o mens (a veces ga a la de querer querer? Agustín advertía bien las aporías en que 1
llamada también animus)6, es decir, a la cima en la que culmina podía desembocar la idea de la mens que recuerda, tiende a y se
no tanto el individuo concreto cuanto el hombre como tal. La quiere a sí misma. Desde el punto de vista físico, el ojo no puede
mens -summa potestas en el ámbito de las cosas que dependen ver y ser visto al mismo tiempo si no es en un espejo. Pero inclu­
del hombre- fija al mismo tiempo los límites de las capacidades so en este caso, la inversión continua de los papeles entre el que
humanas. É stas últimas, aunque no amparan al individuo frente observa y el que es observado exigiría un dislocamiento espa-
124 ORDOAMORIS LA TRINIDAD H U MANA: INTEL IGENCIA, VOL UNTAD Y AMOR 125

cial. De todas formas, estas imágenes son inadecuadas, ya que el decir: yo soy, yo sé, yo quiero. Soy un ser que conoce y quiere.
cambio de perspectiva se produce mediante una incorporea con­ Conozco que soy y que quiero. Y quiero ser y conocer. Vea,
versio (cfr. trin., XIV, 6, 8). Sólo que no se analiza posterior­ pues, quien pueda en estas tres cosas lo inseparable de la vida,
mente su naturaleza. ya que una es la vida, una la mente y una la esencia. Y, por tanto,
Ya en las Escrituras se describe esta trinidad humana, según aunque existe la distinción entre ellas, la distinción no las sepa­
Agustín, como «trinidad del amante, el amado y el amor» : se ra. Póngase cada uno delante de sí» (conf, XIII, 1 1 , 1 2). Y aun­
ama lo que se conoce y se conoce lo que se ama8• Entre el amor que todavía falte la articulación y la precisión del vocabulario
y el conocimiento parece darse un doble vínculo de implicación, técnico del De trinitate, el planteamiento agustino es ya aquí
que radica en el saber en el amor (y en el odio) y en el amor en relativamente claro respecto de la obra siguiente. En ella, la
el conocimiento (y en la ignorancia, cuyo reconocimiento es, de estructura, a un mismo tiempo autorreferencial y heterorreferen-
todas formas, el primer peldaño del saber, cfr. s., CCCI A, 7, 6). . cial, de las facultades establece una red compleja de relaciones
De todas formas, Agustín prefería representarla como actividad y de figuras análogas al «mosaico» del mundo o -manteniéndo­
cohesiva del espíritu que «piensa que vive, que recuerda, que se nos dentro del ámbito metafórico de la arquitectura romana- al
comprende y se quiere a sí mismo»9, como obra de una mens que orden geométrico de los ladrillos del opus reticulatum que ador­
se sirve de la memoria interior para hacer que el individuo esté na y entrecruza el edificio del espíritu humano. Sólo que, a dife­
presente a sí mismo al conocerse y sea capaz, además, de pensar rencia de estos órdenes relativamente estáticos, ahora se trata de
en alguna cosa y ser satisfecho por ella. A través de la memoria, un ordo mucho más móvil e incierto, cuya cohesión jerárquica
el individuo se apodera también del pasado colectivo y de Ia tra­ es poderosa o débil en función del hombre unitariamente llama­
dición, tal como se ha consolidado en signa o vestigia, ya que no do a realizarlo según el modelo de la Trinidad, en el que las tres
podemos conocer el pasado directamente (con un matiz que el «personas» actúan a la vez 10•
italiano [y el castellano, N. del T.] no capta suficientemente, Contemplada desde otro ángulo, la trinidad de memoria,
podría decirse, en alemán, que del pasado tenemos una inteligencia y voluntad aparece bajo la forma de una segunda tri­
Vertretung, una representación, un elemento delegado que lo nidad, compuesta de mens, notitia y amor (cfr. trin., IX, 4, 4 ), es
representa, no una Vorstellung, una imagen o percepción direc­ decir, un conocimiento reflexivo que se posee cuando se sabe
ta): «Son cosas que se encuentran en unos lugares determinados -cuando se tiene notitia de sí al coordinar consigo mismo y entre
o que han pasado en el tiempo, aunque en este último caso no se ellos a la mens y el amor1 L, conocimiento que ilumina recípro­
trata de las cosas mismas, sino de sus signos que, vistos y escu­ camente el saber y el querer, potencia innovadora del amor que
chados, dan a conocer que tales cosas existieron y han pasado. rompe el cerco, de otro modo estéril, de la autorreferencia. En
Estos signos se encuentran en lugares determinados, como las ambas trinidades humanas superiores, ni el entendimiento domi­
tumbas y otros monumentos parecidos, o en los escritos fidedig­ na sobre la voluntad (como ocurría, de alguna manera, con el
nos, como toda historia compuesta por autores serios y acredita­ logos en el intelectualismo ético socrático-platónico), ni la
dos, o en las almas de los que los conocieron; conocidos por voluntad se impone en última instancia al intelecto que la ilumi­
éstos, son, ya por lo mismo, cognoscibles por los demás» (trin., na (como acontecerá más tarde en el Descartes de las Medita­
XIV, 8, 1 1 ). Una vez estos signos ya conocidos, la memoria se ciones). Asociadas, la inteligencia y la voluntad, ni siquiera
funde con la inteligencia actual y con la voluntad que une a dominan sus deseos y las pasiones (como ocurría en los estoicos,
entrambos. Las trinidades humanas asumen así diversas confi­ en cuyo hegemonikon no se distinguen aún claramente la inteli­
guraciones en relación con la perspectiva de la mente. gencia y la voluntad, aunque en Séneca y Epicteto aparecen ya
Hacia el final de las Confesiones, y aludiendo a las varias e elementos de articulación de ambas facultades). Agustín recha­
inconclusas disputas sobre la Trinidad, Agustín había intentado za, pues, el primado del conocimiento como instrumento de
-«como ejercicio de aproximación» a la verdad y de medida de dominio de sí y del mundo: al hombre no se le puede definir sim­
distancias inabarcables- mostrar al hombre la manera más ade­ plemente como animal rationale; su entendimiento no refleja
cuada para representarse la naturaleza una y trina de Dios: enteramente ni agota el mundo. Tampoco es, por lo demás, en su
«Estas tres cosas son: el ser, el conocer y el querer. Pues puedo naturaleza íntima, mera voluntad de poder, ciega libido domi-
1 26 ORDOAMORIS LA TRINIDAD H U MANA: INTEL IGENCIA, VOL UNTAD Y AMOR 127

nandi ni tampoco, exclusivamente, deseo y amor, cupiditas, levanta lucha contra la parte que cae» 14. Cuando el espíritu se
como lo será en Spinoza. Es la estructura relacional y unitaria concentra en sí mismo -según un método que será reasumido
constitutiva del hombre la que prohibe separar al entendimiento por Descartes bajo la forma devota de la «meditación» y del
de la afectividad y de la decisión, la que guía sapientemente a la ejercicio espiritual gnoseológico- encuentra el fin al que todas
voluntad hacia su objeto y la que transforma el amor en perspi­ las fuerzas tienden, la eternidad en la que cada uno puede ento­
cacia intelectual y en actividad transformadora. nar el non omnis confundar, lo que queda después de la pérdida
Sin el amor en cuanto ordinata dilectio -elección guiada por del cuerpo terreno, la parte mejor, que se une consigo misma
el pondus que conduce a Dios y que, lejos de ser ciega y estar poniendo fin a la peregrinación por el mundo y llevando a cum­
sometida a las fluctuaciones típicas de los afectos desbordantes plimiento aquel deseo de perpetuarse que, en general, sostiene y
o vacilantes, conoce y decide- tampoco la inteligencia y la da sentido también a las instituciones sociales ts.
voluntad podrán afianzarse en el interior de este frágil y móvil Si, pues, Dios está « más dentro de mí que mi parte más ínti­
sistema de unidad y distinciones, del círculo de círculos conti­ ma», no sólo nos escruta y conoce desde siempre nuestro desti­
nuamente roto y abierto por un initium y continuamente conso­ no16, sino que nosotros mismos lo entrevemos como pálido y
lidado por la «cola» del amor y de la memoria interior12• enigmático reflejo en nuestra imaginación, dado que la mens tie­
De todas formas, la diferencia de grado que separa a las ne la naturaleza de un acto de visión que, de manera aparente­
facultades humanas de Dios constituye el puente analógico que, mente absurda para el ojo corporal, «cae bajo su mirada» cuando
con el auxilio de la gracia, permite el tránsito de la criatura al se piensa y se ama a sí misma (trin., XIV, 6, 8; X, 1 1, 17 ss.). En
creador. É ste, a diferencia del Ser adorado por los atenien&es en él descendemos, en la memoria y más allá de la memoria, mo­
el Areópago o del Uno de Plotino, no es una divinidad comple­ viéndonos y permaneciendo inmóviles, a la búsqueda del Reino
tamente desconocida ni tampoco -en contra de lo que sostienen que está también dentro de nosotros (cf. Le 17, 2 1): «¿Dónde,
algunas filosofías y teologías de nuestros contemporáneos- el pues, te encontré para poder conocerte? Porque tú no estabas en
Totalmente Otro. Aunque «nada hay tan cercano al hombre mi memoria antes de que yo te conociera. ¿En dónde, pues, te
como el hombre mismo» (conf, X, 16, 25), Dios está siempre hallé para conocerte, sino en ti mismo, que estás sobre mí? Entre
«más dentro de mí que mi parte más íntima y más alto que mi tú y yo no hay espacio» (conf, X, 26, 37). Ahondando en las ca­
parte más alta» 13• Podemos, por tanto, encontrarlo en nosotros en tacumbas del espíritu, penetrando en los vastos y ordenados pa­
la paradoja de su trascendencia inmanente. Por esta misma lacios de la memoria (cfr. ibid., X, 8, 12), baj ando al «abismo»
razón, no se presenta tan sólo -como en Epicteto- como el Dios sin fondo del corazón, abriendo las heridas de la voluntad, el
que sencillamente llevamos con nosotros dondequiera vayamos, descenso, que es a la vez una ascensión, nos conduce a través de
como si fuera un objeto o una sombra que nos acompaña, y los tres peldaños de la exterioridad lforis), de la interioridad (ho­
menos aún como el ideal del yo a que aspiraba Franc;ois rno interior) y de la intimidad que nos sobrepasa (interior intimo
Mauriac, aquel ser moi meme, mais réussi. meo). No sólo coincide, en efecto, con el interior intimo meo y
El viaje hacia él es, en la concepción plotiniana, un nostos, el con el superior summo meo arriba mencionados, sino que tam­
retorno de Ulises a una patria a la que no se llega a pie, sino a poco está ausente en la exterioridad del foris, que puede ser el
través de una especie de itinerarium mentis ad mentem, que con­ trámite sensible, la colección de signos anamnésicos que remi­
duce al límite de la inteligibilidad, señalando un más allá. En el ten a Dios. Desde este punto de vista, Agustín rompe la tradicio­
momento de su conversión, Agustín advierte que no se va hacia nal oposición binaria entre interioridad y exterioridad e introdu­
Dios como hacia un santuario: «Y para conseguir esto no se iba ce una gradación ascendente de tres niveles, a cada uno de los
con naves ni con cuadrigas, ni siquiera a pie, aunque la distancia cuales se le atribuye un valor específico en su propio ámbito. La
fuera tan corta como la que mediaba desde donde estábamos interioridad a que se retiraban los estoicos para revigorizarse y
sentados a la casa. Porque ir y llegar no era otra cosa más que reforzarse (una interioridad entendida como refugio y como do­
querer ir. Pero querer con un acto de voluntad total y eficaz. No minio, que tenía la finalidad de reencontrarse periódicamente
con esa voluntad tibia que se vuelve e inclina unas veces a un consigo mismo, recogiéndose de la dispersión), tiene ahora un
lado y otras al otro, insegura de sí misma, en que la parte que se estrato aún más profundo y tiende hacia una tranquilidad aún
128 ORDOAMORIS LA TRINIDAD HU MANA: INTELIGENCIA, VOLUNTAD Y AMOR 1 29

más segura. Y así, si Marco Aurelio podía recordarse a sí mismo los pocos que podía y como podía, sin que verdaderamente se les
que «hay una pequeña quinta, una villa en el campo, refugio pre­ asemejaran. Y cuando no se hacía lo que yo quería o porque no
parado para tu dolor; quinta y villa que tienen un nombre: 'tu in­ me entendían o para que no me hiciera daño, me enfadaba con
terioridad' » (IV, 3), Agustín creía que dentro de esta quinta hay mis mayores, porque no se me sometían, y con los libres, porque
un tesoro enterrado, el interior de la interioridad, esto es, que no me servían, y me vengaba de ellos llorando» 18•
dentro de esta villa «habita» la verdad, no que ella sea la verdad. La autoafmnación, todavía naturalmente prisionera de la cu­
De todas formas, vale la pena refugiarse en la quinta y residir en piditas, se complementa con la envidia, la exclusión de los de­
la villa sólo para encontrar al huésped, Cristo17• más de los bienes comunes. Lo que es para los lactantes la leche
materna, será para los adultos la tierra, el poder e incluso aque­
llos bienes en los que no «es menester impedir la participación».
Envidia e ingratitud «Me recibieron, digo, los consuelos de la leche humana, pues ni
mi madre ni las amas que me criaban henchían los pechos de la
El paso en perspectiva a través de los tres peldaños de la leche . . . Pues ellas [las nodrizas], con un afecto y amor ordenado,
exterioridad, la interioridad y la intimidad (a la que raras veces me querían dar lo que tú les dabas para mí con tanta abundancia.
se llega, en la unión estática con Dios), aunque no corre en para­ El bien que yo recibía de ellas era un bien para ellas, aunque no
lelo, sí está relacionado, en Agustín, con el desarrollo de las era suyo, sino que me venía por medio de ellas . . . Yo he conocido
facultades humanas. En el paso del «hombre exterior» -entera­ a un niño que aún no sabía hablar. Tan celoso y envidioso estaba
mente inmerso en y absorbido por el mundo a través de la vista que miraba a un hermano suyo de leche lívido y con cara amar­
y de los restantes sentidos-, al del hombre «interiorizado» del ga . . . Pero, ciertamente, no se puede llamar inocencia -cuando la
segundo nivel y al que roza a Dios en las dos trinidades del espí­ leche mana abundante desde su fuente- oponerse al que está de­
ritu, se tiene, al mismo tiempo, un incremento de poder· «verti­ sesperadamente necesitado del mismo socorro y cuya vida de­
cal» y de integración «horizontal» entre la inteligencia, la volun­ pende del mismo alimento»19• Somos indulgentes con los niños
tad y la memoria. porque esperamos que la educación elimine sus defectos. Pero
B ien que a modo de simple boceto, Agustín ha visto este pro­ no siempre el crecimiento ayuda a integrar a la voluntas con las
ceso también en el marco del crecimiento del individuo a una otras facultades y a rectificar la dirección de la cupiditas incli­
con el avance de la edad. Muestra, en efecto -renovando con nándola hacia el amor o la caritas que, por su propia naturaleza,
perspicacia extrema la tradición común a las escuelas filosóficas están libres de envidia (cfr. 1 Cor., 13, 4-7: «La caridad es pa­
antiguas-, cómo los lactantes y los párvulos están dominados ciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es j actanciosa,
por impulsos perversos y «egoístas». En términos agustinianos: no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no to­
más por las voluntates que por la intelligentia y el amor. Sus ma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la
capacidades de autocontrol son mínimas; el radio de sus conoci­ verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo so­
mientos se restringe al área de la satisfacción de los deseos porta»). La libido dominandi, a su modo una voluntad de poder
inmediatos; pero no por ello son enteramente inocentes, ni están condenada por Agustín, no es sino la prolongación, con otros
tampoco privados de vislumbres de inteligencia. Ciertamente, medios, del despotismo de los comportamientos infantiles no
no poseen todavía todos los instrumentos para expresarse: y tam­ corregidos por los contrapesos de la inteligencia y del amor. La
bién por esa razón su lucha por la conquista de la conciencia y educación y la política confiesan, a través de esta pobreza de los
de la palabra -áspera, penosa y a menudo sujeta a falsas com­ resultados, sus límites y su fracaso.
prensiones- contribuye a hacerlos aún más tiránicos. Tanto Agustín como más tarde Descartes y Hobbes parecen
Recordando su propia infancia, Agustín dice de sí mismo: situarse en la orida larga de la tradicional desvalorización de la
«Quería manifestar mis deseos a aquellos que los podían cum­ infancia, inaugurada en la filosofía por Platón y continuada por
plir, y no podía. Porque los deseos estaban dentro de mí, y ellos Aristóteles y los estoicos . La imagen del niño «malo» no debe­
fuera, y por ninguna vía podían entrar en mi alma. Agitaba mis ría sorprender si se recuerda que el «descubrimiento» de la
miembros y daba gritos, acompasando los signos a mis deseos, infancia es un fenómeno relativamente reciente. Incluso la idea
130 ORDOAMORIS LA TRINIDAD H U MANA: INTEL IGENCIA, VOL UNTAD Y AMO R 131

rousseauniana -para nosotros ya vulgar e insufribl�mente retóri­ rada por la civilización o por el «fardo del hombre blanco», es
ca- del hombre bueno cuando sale de las manos del creador que decir, por la racionalidad que asienta su dominio sobre el mundo
es luego corrompido por la vida social, ha tenido que romper, al precio de renunciar a los movimientos espontáneos del «cora­
para lograr afirmarse, tenaces y consolidadas resistencias: no zón» y de los «sentimientos». Expulsados en hora temprana del
sólo las del sentido común (que insistía sobre los comporta­ paraíso terrestre de la infancia, los adultos de las clases cultas
mientos descritos por Agustín), sino también las dogmáticas, europeas se dedicaron, durante más de dos siglos, a privilegiar
vinculadas a la doctrina del pecado original y la hostilidad (aún idealmente a los hombres y las mujeres que supieron conservar
más acentuada en la Ginebra calvinista) frente al pelagianismo y un espíritu «infantil», que, a los ojos de la sociedad, pueden apa­
sus renovaciones modernas. Entre los diversos factores que pro­ recer, por el contrario, como anómalos, pero en los que la razón
mocionaron esta nueva actitud respecto de la infancia -entre no ha conseguido clavar su dentellada. Son, en sentido lato, «po­
ellos, por ejemplo, la disminución de la mortalidad infantil, que etas», capaces de crear cosas nuevas extrayéndolas de la profun­
aumentó y estabilizó el afecto de los padres frente a seres que didad del espíritu (no de la mens) o del amor entendido como pa­
adquirían una esperanza cada vez mayor de llegar a la edad adul­ sión e ímpetu carente de cálculo, que lo arriesga todo -<;omo las
ta- debe mencionarse un cambio interno en las constelaciones heroínas de Stendhal o de lbsen- para salir fuera del orden an­
conceptuales. Entre el Seiscientos y el Setecientos se produjo, en gosto que las costumbres y las convenciones han convertido en
efecto, un cortocircuito cultural en la red que une -dicho en len­ obligatorio.
guaje agustiniano- la intelligentia o la ratio con las passiones, la Han sido muchos los lectores e intérpretes de Agustín que han
voluntas y la memoria. El descubrimiento de la infancia implica querido ver en él al precursor de algunos aspectos de la sensibili­
una serie de presupuestos de diversa naturaleza, también teórica, dad moderna y que, pensando sobre todo en las Confesiones, han
que han hecho posible una reinversión total de la perspectiva. puesto de relieve la atención nueva y refrescante con que se ana­
Fueron presupuestos ofrecidos, respectivamente, por la indivi­ lizaba a sí mismo y a la emergencia de la conciencia y de la sub­
dualización de una «lógica poética» de la fantasía (o ya antes, en jetividad (aunque siempre -no se olvida recalcarlo- en el marco
Spinoza, por un ordo imaginationis), que rompe el monopolio de su proyecto de ofrecer a los demás un testimonio de su camino
lógico de la razón, por el desenmarañamiento entre las pasiones hacia Dios, casi a modo de prueba de que la cooperación entre la
irrumpientes y prepotentes y los sentimientos delicados y dul­ voluntad y la gracia puede salvar a los individuos concretos; es
ces; por el aprecio hacia lo espontáneo que se manifiesta sin decir, dentro del marco expositivo de una narratio qu� es df;
inhibiciones ni esfuerzos aparentes, y, en fin, por la exaltación monstrationi similis: doctr. chr. , IT, 29, 45). Pero tales actitudes le
del empuje pulsional, en contraste con el precedente primado resultaban, de toda evidencia, todavía extrañas (y ello no sólo por
otorgado a la voluntad. razones cronológicas). Sin negar la originalidad de sus análisis,
Se disgregan las estructuras de orden y las prácticas de disci­ no puede ignorarse -a propósito del desarrollo del individuo­
plina y de conjuro de las pasiones, que ya no son consideradas que, en numerosos planos, Agustín se mueve a lo largo de direc­
como amenaza perpetua permanente sobre el alma o como deso­ trices divergentes o incluso opuestas a las vías abiertas por la mo­
bediencia de alguna de sus partes, sino como expresión natural dernidad. Es, sin duda, cierto� inte11ta -resucitar, com Lázaro,
del sentimiento y de la capacidad de existir. El surgimiento del su propia anc1a muerta. Pero su objetivo es hacerla revivir en
mito de la infancia -<;omo polo magnético de la memoria, lugar

\
Dios, junto a todos los seres y todas las memorias que se han per
simbólico de una existencia todavía no herida, ofendida o agos­ dido: «Pero mi infancia hace tiempo que murió. Y tú, Señor, eres
tada, cifra escondida del sentido de toda la conducta y de todos el que siempre vives y nada muere en ti (conf., 1, 6, 9). Así, pues,
los deseos que se van descubriendo poco a poco- representa la Agustín no sólo reafirma las tradicionales concepciones filosófi­
floración última de un largo proceso de reevaluación de una ra­ cas contrarias a la infancia sino que, en el fragor de la polémica
cionalidad hasta entonces rechazada o no comprendida en nom­ contra los pelagianos y contra los partidarios del bautismo sólo
bre de una presunta maldad de los orígenes. El niño, el artista y en la edad adulta, añade nuevos argumentos. En vez de dar su jus­
el salvaje fraternizan así ahora «románticamente», vestidos de to valor a las sentencias evangélicas «dejad que los niños se acer­
campeones de una genuina humanidad no (o todavía no) deterio- quen a mí» o «quien no se haga como un niño no entrará en el rei-
1 32 ORDOAMORIS LA TRINIDAD H U MANA: INTEL IGENCIA, VOL UNTAD Y AMOR 133

no de los cielos»20, acentúa en todo caso la dureza de los frenos A diferencia de Freud, los conflictos y los tormentos de la
educativos impuestos por su madre, por la nodriza y por el pe­ sexualidad no se registran, según Agustín, en la infancia, sino en
dagogo, y subraya la crueldad de la conducta de los niños (cuan­ la adolescencia. A la envidia y la rabia impotente sucede en efec­
do arrancan, por ejemplo, la cola a las lagartijas, cf. an. quant., to la disipación de los jóvenes en las pasiones de la carne, el
XXXI, 62: quantum pueri mirari solemus palpitantes lacertarum triunfo de la cupiditas: «¿Y qué era lo que me deleitaba sino
caudas), los movimientos «egoístas» de su voluntad y la debili­ amar y ser amado? Pero mi amor iba más allá del mutuo afecto
dad, nunca enteramente superable, de su inteligencia y de su len­ de dos almas, más allá del arco luminoso de la amistad. Del
guaje durante la fase que precede a la juventud y la madurez y cieno de mi concupiscencia y del manantial de mi pubertad su­
que Aristóteles ni siquiera había tenido en cuenta en su esquema bían unas nieblas espesas que oscurecían mi corazón» (conf, IT,
de las edades de la vida, divididas en juventud, madurez y ancia­ 2, 2). Pero Dios, silenciosamente, recuerda su presencia estro­
nidad (cfr. Rhet., IT, 1 .2 1 4, 1 . 338 b- 1 .390 b). peando la fiesta de los placeres, llenándolos de amargura, como
Agustín contribuyó hasta tal punto a reforzar o a transmitir para demostrar que no valen mucho comparados con el deseo de
durante siglos aquella concepción del niño «malo» que todavía una felicidad infinita: «Porque tú siempre estabas conmigo, aira­
se la encuentra en el cardenal de Bérulle, que describía a la do y misericordioso a la vez, rociando con golpes de amargura
infancia como l 'état plus vil et abject de la nature humaine, y la todos mis placeres ilícitos y llevándome a buscar otros exentos
elección de Jesús de nacer y de atravesar por este estadio, al de dolor» (ibid., IT, 2,4).
igual que el resto de los hombres, como una nueva prueba de la El pecado no es sólo olvido de Dios, alej amiento de É l, sino
kenosis paulina de la Carta a los filipenses, es decir, de su deci­ también, y sobre todo, pérdida de sí mismo, disipación, una
sión divina de «vaciarse», de despojarse de toda autoridad y de especie de divertissement pascaliano y, al fin, cupio dissolvi,
humillarse de la más radical de las maneras. En cuanto expues­ amor a la muerte: «No era el objeto de lo que me aniquilaba lo
ta, sin freno, al pecado, al vicio y a la tentación, la infancia es que yo amaba, sino mi aniquilamiento en sí mismo, alma torpe
una infirmité de la nature, un estado que nulle sorte de abaisse­ que se desquiciaba de tu sostén para exterminarse no ya en la
ment semble ne pouvoir égaler21 • búsqueda deshonesta de alguna cosa, sino de la sola deshonesti­
Cuando más tarde Sigmund Freud vuelva a presentar -sobre dad» (ibid., IT, 4,9).
todo en el segundo de sus Tres ensayos sobre la teoría sexual, en
Totem y tabú y en Moisés y el monoteísmo- la idea del niño malo
y concupiscente a generaciones ya no habituadas a esta imagen, La autobiografía de Dios
su obra provocará incredulidad, espanto y escándalo. A conti­
nuación sería aceptada (e incluso trivializada) en su doble ver­ Cada persona cruza las edades de la vida a su propia mane­
sión: la trágica sofoclea del deseo homicida e incestuoso en ra, y Agustín no desconocía la infinita variedad de los recorridos
lucha consigo mismo en el nivel de los impulsos y las imagina­ individuales, de los caminos que conducen a la salvación o a la
ciones (sobre todo durante la fase «edípica», hasta llegar a la condenación.
afirmación del principio de realidad, en la que el autocontrol se ¿Es lícito, bajo este aspecto, seguir afirmando que las Confe­
adquiere al precio de graves renuncias y mutilaciones psíquicas, siones son un libro autobiográfico? Está fuera de duda que no
cuyas cicatrices, abiertas en la infancia, no se cerrarán jamás); y exponen la simple autobiografía de un «yo», en el sentido
la antropológica o veterotestamentaria, según la cual en toda moderno. En su conjunto, forman, paradójicamente, una especie
infancia se reproduce el conflicto entre la ley y el deseo que ha de autobiografía de Dios y de cada «yo» individual. O, más
llevado a la humanidad y al pueblo judío durante el éxodo a esta­ exactamente, representan la suprema anamnesis de Dios de parte
blecer una fuerte autoridad externa sólo tras un delito colectivo de un yo, de un individuo perdido y «desarraigado» en tiempos
de los «hermanos» coaligados o de los representantes del pueblo cuyo orden ignora y que, por sí solo, «no es sino guía hacia el
elegido que dan muerte al «Padre» tiránico o a su libertador de precipicio»22; de un hombre que, habiéndose alejado de su
la esclavitud de Egipto. El autodominio y el dominio presuponen núcleo esencial, busca ahora -como el hijo pródigo- el camino
un padre, un jefe y un dios muerto. de regreso a su casa y la casa de su Padre. La obra cuenta y
, ,.

134 ORDOAMORIS LA TRINIDAD H U MANA: INTELIGENCIA, VOLUNTAD Y AMOR 135

rememora la distancia y la proximidad del yo a Dios, el distan­ dobleces y con todas sus lacras psicológicas23, como las tradi­
ciamiento y la reaproximación, el atascamiento de la vida en el cionales o arcaizantes, recientemente reasumidas, que tienden a
pecado y su nuevo initium (lo que da a las Confesiones su sabor negar o a atenuar la verdad fáctica de los sucesos narrados,
a un tiempo personal y ejemplar). Así, al cabo de tanto errar, el sobredeterminando el sentido de los episodios hasta el punto de
alma cansada y desilusionada ante la caducidad de los bienes del hacer desaparecer el texto bajo un espeso estrato de interpreta­
mundo entra en sí misma y se aproxima a Dios, aunque sin rene­ ciones simbólicas y transformando en simples alegorías sucesos
gar, al fin, del orden del mundo. De este modo, el yo se prepara cuya realidad no tenemos motivo alguno para poner en duda
para la agnición final, en la que el misterioso núcleo de la alte­ (como la conversión de Agustín bajo una higuera o el célebre
ridad cerrada en sí se abrirá de improviso en el fulgor de una hurto juvenil de las peras)24• Según esta última concepción, los
revelación, de una apokalypsis, cuando todas sus facultades, acontecimientos sólo son significativos en el plano de las varian­
comprimidas en esta vida, florecerán plenamente en la otra. tes del combate del alma por la conquista de la palma de la sal­
En este sentido, las Confesiones son un diálogo, en forma de vación: confluyen y se confunden en la historia común y para­
monólogo directo con un Otro distinto de él pero que está en él, digmática de las victorias, las caídas y las resurrecciones de los
de un solus ad solum que prepara una comunión eterna, un «con­ cristianos frente al pecado.
fesar» que Dios existe alabándole y exaltándole y que, a la vez, Pasa, pues, aquí, a un segundo plano el hecho de que Agustín
existe también el individuo concreto, aunque sea en su declara­ hable de sí mismo y no de otra persona (que no siga el precepto
da miseria y en su insalvable distancia al Creador. La oración délfico «Conócete a ti mismo», sino que funde en su lugar otro
lanza un puente entre ambos y constituye un modo inoirecto y nuevo, que podría sonar, indiferentemente, «Conoce a Dios a
solemne de comunicación consigo mismo. No se reduce en este través de ti mismo» o «Conócete a ti mismo a través de Dios»).
caso, en términos weberianos, a un lnbrido entre la fórmula Y, sin embargo, aunque el propio autor exalta en sus frecuentes
mágica y la súplica. Siendo Dios lo interior intimo meo, lo ínti­ sermones a los mártires y por mucho que, antes de la conversión,
mo de mi intimidad, representa también al interlocutor y al con­ se avergonzara ante sí mismo al oír contar el estilo de vida -del
fidente (al parecer mudo, pero en realidad siempre atento, por­ que por entonces no tenía ningún conocimiento- de san Antonio
que no abandona nunca al hombre, forzado a vivir la despropor­ y de otros monjes diseminados desde Egipto hasta Germania
ción contradictoria en virtud de la cual hasta su propio espíritu (cfr. conf, Vlll, 6, 14s.), no pudo o no quiso seguirles. No buscó
resulta ser «demasiado angosto para comprenderse a sí mismo» : cargos eclesiásticos (cfr. s., CCCXXXIX-CCCXL), aunque
conf., X , 8 , 1 5). D e ordinario, además, Dios n o s e revela a través aceptó al fin, no sin una inicial reluctancia, el episcopado, que le
de milagros, sino por medio de la Escritura y de señales, a veces convertía en superintendente y guía espiritual de la extensa dió­
buscadas de forma adivinatoria (como cuando Agustín, en el cesis de Hipona en un período crucial de la historia de la Iglesia
momento de su conversión, abre al azar las Cartas de Pablo (cuando eran muchas las ciudades que tenían un segundo obispo
esperando recibir un oráculo). Pero como es también el superior donatista) y de las instituciones políticas25• De sus anteriores
summo meo, el vértice inalcanzable de mi ser, es también un fantasías anacoréticas le quedó la voluntad de fundar y mantener
Otro distinto de mí en mí, una presencia extraña, consoladora e monasterios en su propia diócesis y de vivir con los hermanos
inquietante a un mismo tiempo. «según el uso y la norma en vigor en los tiempos de los santos
Si, pues, se pueden definir las Confesiones como un diálogo Apóstoles» (Pos. , Vita August., 5, 1 ).
en forma de monólogo y de oración, o como un monólogo con Su comportamiento se distancia, por tanto, de hecho, de las
el Alter de sí mismo (aunque el narrare agustiniano no es un formas anteriores y contemporáneas de la militia Christi, basa­
contar a Dios, sino un contar estando Dios a su lado, cfr. conf, das en el triunfo de los soldados del espíritu, los mártires y los
ll, 3, 5 y X, 2, 2 ss.), resultan insuficientes y mutiladas las opues­ eremitas, sobre los representantes de la autoridad política o el
tas interpretaciones sobre el más famoso libro de la Antigüedad «dios de este mundo»26• Su lucha no se dirige, en efecto, en pri­
tardía: tanto las modernizantes, que confunden a Agustín con mer lugar contra elios, sino más bien contra sí mismo y contra
Rousseau y rastrean en la obra las huellas de la emergencia del otros hombres, sectas e ideas. El arma que emplea es, por tanto,
«sujeto moderno» o el desnudamiento del alma en todas sus la «espada de doble filo» de la palabra: tanto en la forma optati-
1 36 ORDOAMORIS LA TRINIDAD H U MANA: INTEL IGENCIA, VOL UNTAD Y AMOR 137

va del deseo, del soliloquio que es, a un mismo tiempo, comuni­ rránea, en tomo a la cual estallan a menudo tremendas tempes­
cación consigo mismo y con Dios con la mirada puesta en la tades, comenta como sigue el texto bíblico: «El mar significa
relación con los demás (« ¡ Oh Dios, que eres siempre el mismo, simbólicamente este mundo, amargo por la salinidad, violento
que yo me conozca, que yo te conozca ! »27) como en la forma por las tempestades, donde los hombres, pervertidos y deforma­
imperativa y condicional del pastor de almas. Con esta finalidad dos por la concupiscencia, se han convertido en peces que se
abandonó -nuevo Eneas- la cupiditas del mundo, cortando devoran unos a otros. Observad el mar malvado, el mar amargo,
cruelmente los lazos de afecto que le habían unido en África con el mar de hirviente oleaje; observad de qué hombres está lleno:
«la madre de su hijo», y se dedicó a la pietas político-religiosa ¿Quién puede desear una herencia sin que alguien muera?
de la refundación de una nueva civitas que, en su pensamiento, ¿Quién puede desear una ganancia sin que otro sufra pérdidas?
debería desafiar no a los siglos, sino a la propia eternidad. ¡ Cuántos desean elevarse a costa del abajamiento de otros !
También en este último caso desarrolla Agustín una estrate­ ¡ Cuántos, para comprar, desean que los otros vendan sus perte­
gia complementaria de defensa y ataque. Utiliza, por un lado, el nencias ! ¡ Cómo se vejan entre sí y se devoran apenas pueden
magisterio y la exhortación frente a los cristianos y frente a hacerlo ! Y cuando un pez grande devora a otro más chico, es a
aquellos cuya pronta conversión espera o avanzan ya por el su vez devorado por otro aún más grande. ¡ Oh pez malvado,
camino del reforzamiento de la fe, aconsejándoles los medios quieres hacer presa de uno más pequeño y eres presa de otro más
más adecuados con la mirada puesta en la meta: «No puedes grande ! » (en. Ps., LXIV [LXV ], 9).
ignorar a la persona que no consigue enderezarse, porque es una Sólo la esperanza -representada por la «orilla», por el lugar
parte de ti, ya sea como hombre, es decir, como tu hern1ano, o, en que el mar se detiene, es decir, por «el momento de la arriba­
a menudo, como miembro de tu iglesia, en la que se encuentra a da, al fin del mundo»- es seguridad del futuro eterno. « i Vamos,
tu lado ( . . . ). Esfuérzate humildemente por ser tú lo que tú dese­ ciudadanos de Jerusalén que estáis dentro de las redes y sois
arías que él fuera y no pretendas que él sea lo que tú no eres» peces buenos, soportad a los malos sin romper las redes: en �1
(en. Ps., XXX, 2, 7). Y, por otro lado, emplea la más áspera polé­ mar estáis con ellos pero estaréis sin ellos en las canastas. El
mica y hasta la amenaza de recurrir a las autoridades terrenas (Cristo) es, en efecto, la esperanza de los confines de la tierra, es
contra todos cuantos se alejan de la ortodoxia (los herejes mani­ la esperanza también cuando está lejos del mar. Lejos, porque
queos, los pelagianos o los donatistas). en el mar» (ibid.).
Sus vicisitudes se desenvuelven, pues, tanto en el plano del Es esa certeza (para la que también el vasto mar tiene térmi­
encuentro entre las duae voluntates que desgarran a los indivi­ no, existe la orilla y se la puede alcanzar) la que guía a Agustín
duos y a las comunidades -desde las familias a las escuelas y a y la que estimula a los fieles contra los «peces malos» . Mucho
las iglesias; desde las bandas juveniles, como la de los eversores más que sobre el Gran Adversario, el acento recae aquí sobre
(«perturbadores del orden» entre lo que vivía, aunque sin formar cada malvado concreto, que no disfrutará mucho tiempo de su
parte de ellos28), hasta las ciudades y los imperios-, como en el impunidad. Falta, por consiguiente, en Agustín (o apenas apare­
de la controversia frente a las concepciones filosóficas y teoló­ ce insinuada) toda clase de descripción de la imagen ingenua y
gicas consideradas, en cada momento, más peligrosas. Agustín a menudo folclórica del conflicto entre el diablo astuto y envi­
tenía plena conciencia del hecho de que, debiendo convertirse en dioso y el cristiano que está atento a la nueva excelencia o vir­
«pescador de hombres», capturaría en su red «peces de todo tud ultra-política de la santidad según un ideal que se consolidó
género», buenos y malos, que luego el Señor separaría (cfr. Mt entre los siglos V y VJ29•
1 3, 47 SS.). La biografía de Agustín -ciertamente más cercana a nuestra
Comentando los versículos del Salmo LXIV [LXV] («Escu­ sensibilidad30- tiene, pues, poco en común con la de algunos
cha, Dios de nuestra salvación, 1 esperanza de todos los confines santos, como por ejemplo Antonio, de quien Atanasio ilustra la
de la tierra 1 y de los mares lejanos . . . »), muestra que conoce bien lucha cotidiana contra el Maligno: «El uno sugería pensamien­
tanto la dificultad extrema de su propia misión como los peligros tos sórdidos, el otro los rechazaba con la oración. El uno empu­
de naufragio de la esperanza en los hombres. Dirigiéndose con jaba la voluntad hacia las cosas inmundas; el otro, como si sin­
imágenes familiares a los fieles de una ciudad portuaria medite- tiera vergüenza, circundaba su cuerpo con la fe y los ayunos
138 ORDOAMORIS

como con una muralla». El anacoreta, empeñado en reforzar la


voluntad a través de las privaciones y en «apagar los carbones V
ardientes de la pasión y la seducción», resiste valerosamente no EN EL MUNDO
sólo frente al deseo de riquezas, de manj ares y de placeres
sexuales, sino también frente a los sofismas de algunos diablos
concretos que intentan desacreditar la virtud como cosa áspera,
fatigosa e inútiP 1 •
Aunque Agustín sentía admiración por los anacoretas (que se
han retirado del mundo y han dado un tajo entre su voluntad y
las pasiones) y era consciente del hecho de que el campo de
acción del demonio abarca el mundo entero, y no se concreta Saeculum
solamente a los eremitas, la trama de su experiencia de hombre
entre los hombres era demasiado refinada y urbana para empu­ Agustín heredó las expectativas de sus contemporáneos, tan­
j arle a imaginar salvajes contiendas de santos contra las legiones to las de los habitantes de la campiña, que no habían abrazado
de Satanás con aspecto de fieras y de serpientes en batallas que . todavía en masa la fe en la salvación traída por la cruz de Cristo
extenúan -pero sin doblegarlos- a los atletas del espíritu, ya y eran con frecuencia contrarios a ella, como las de los paganos
antes puestos a prueba y acreditados por el ayuno y l as absti­ de las clases altas, educados en valores políticos y religiosos de
nencias, como el piadoso e intrépido Antonio32• É ste, que no los que no conseguían separarse, aunque deseaban renovarlos 1 •
había seguido curso de estudios retóricos o filosóficos y estaba El conflicto entre las duae voluntates del individuo s e reproduce,
acostumbrado a hablarse sobre todo a sí mismo y a Dios -y que así, tanto en el plano político-temporal como en el religioso de la
se sentía a menudo fastidiado por las continuas visitas de fieles salvación eterna, refractándose en las expectativas específicas e
y de curiosos- no estaba ciertamente inclinado a dejarse arras­ insondables de millones de seres humanos movidos por incom­
trar a disputas sobre doctas y sutiles teorías. Y, sin embargo, si primibles pasiones e inapagados deseos de felicidad que se bi­
se daba el caso, era capaz de mantenerse frrme frente a los dia­ furcan, para el cristiano, o bien a lo largo de las líneas de menor
blos, más inocuos y menos pertrechados, que son los filósofos resistencia del amor exclusivo de sí o bien caminando por el du­
paganos, que habían acudido al desierto para burlarse de su ro sendero de la salvación y del amor «ordenado».
ignorancia, pero que se marcharon luego con todos los signos de É ste último es en primer lugar un vulnus, una herida, aunque
una sonora derrota33• al final aporta la salud: «ya que el amor tiene esta particularidad,
que subsiste a su lado el dolor. Una vez alcanzada la meta, cuan­
do se ha cumplido la posesión, entonces el dolor desaparece sin
que falte el amor» (s., CCXCVill, 2, 2). Pero cuando los desga­
rramientos son más agudos y las expectativas más desenfocadas,
no siempre la herida trae su propio remedio y tiende a ganar
terreno en muchas personas una actitud pasiva. Se percibe
entonces todo cambio como una pérdida, toda desilusión res­
pecto a las expectativas ahora frustradas empuja cada vez más
hacia la lamentación y la idolatría del pasado. Este apego a una
realidad que ha dejado de existir pero que no ha perdido fuerza
y atractivo encadena el ánimo a los propios deseos y, al mismo
tiempo, lo libera de la implicación participativa y directa en los
avatares del mundo. Se produce así una especie de esclavitud
interior, una obediencia meramente formal a reglas de conducta
verbalmente aprobadas y una sorda resistencia frente a las leyes
140 ORDO AMORIS N EL MUNDO 1 41

vigentes, en cualquier caso tenidas por peores que las del pasa­ ión del pasado 'O en ceremoniales vacíos . La autoridad política,
do. El respeto coactivo, privado de adhesión interna al conteni­ n fin -cada vez más privada de reconocimiento y prestigio-,
do de la norma, era para Cicerón señal de un espíritu degradado luchaba, con grandes esfuerzos, por mantener la coherencia de
y dividido, incapaz de ejercer el dominio sobre sí mismo2• Para la vida en la sociedad, el ínter homines esse. La auctoritas pre-
Agustín, en cambio, era el síntoma generalizado de una fractura upone, en efecto, la presencia de valores suficientemente com­
del ánimo que convierte en esclavos potenciales a todos los indi­ partidos y la superioridad reconocida, que merece e infunde res­
viduos que viven en el saeculum, en las formas defectuosas de peto, lo que difícilmente ocurre cuando son muchos los que año­
existencia que caracterizan en general el período comprendido ran y lloran el pasado, el presente está henchido de desolación a
entre la caída de Adán y el Juicio Universal3• causa de los desórdenes que se suceden y el futuro es incierto
Agustín tenía plena conciencia de que actuaba en una época porque las expectativas individuales y colectivas o son opacas o
especial y dolorosa de la historia, en la fase terminal de un están virando de rumbo.
mundo que envejecía y mostraba ya las señales del fin de los El propósito de Agustín consistía precisamente en intervenir
tiempos anunciados por las profecías evangélicas: guerras, en aquel tropismo, en modificar la orientación de las conciencias
tumultos, tribulaciones y hambre (cfr. Le 21, 911; Me 13, 7-8; y de las instituciones, proyectándolas -a través de la palabra, los
Mt 24, 7). Encontraba la confmnación del envejecimiento del escritos y los ejemplos- hacia un o�den más alto, el orden del
mundo y de su pronta desaparición -el hecho de que, en térmi­ amor, que tan escaso espacio tenía en la vida política. Quería
nos lucrecianos, la naturaleza estaba «cansada de parir»- no sólo reconsagrar en el signo de Dios, fabricator mundi, un mundo
en los textos sacros, sino también en la autoridad de los científi­ abandonado . No pretendía negar la política o el Estado en cuan­
cos y de los poetas paganos. Y, a veces también, incluso en su to tales: no proponía una fuga del mundo, sino una manera dife­
propia experiencia: «Yo mismo vi, y no fui el único, en la playa rente de estar en el mundo, conociendo bien sus mudanzas y su
de Útica un diente molar tan grande que, fragmentándolo, se fragilidad (también porque «la fe concerniente a las mismas
diría que se podrían obtener cien parecidos a los nuestros; me cosas terrenas pertenece al tiempo y habita temporalmente en el
inclino a creer que se trataba del diente de un gigante»\ es decir, corazón de los creyentes»: trin., XIV, 1, 3): Amor mundi adulte­
de un ser que la naturaleza es ya incapaz de producir. De todas rat animam: amor fabricatoris mundi certificat animam (en. Ps.,
formas, a diferencia de los científicos como Plinio y, en general, XXXI, 2). La oposición entre el amor Dei y el amor sui produ­
los estoicos, esta pérdida de tamaño y de vigor de los vivientes ce dos ciudades. «Dos amores han construido dos ciudades»: la
no era para él el anuncio de la inminente conclusión de uno de una es la Ciudad del Hombre, la otra es la ciudad de Dios: «el
los infinitos ciclos cósmicos, sino de algo mucho más inquietan­ amor de sí empujado hasta el desprecio de Dios ha construido la
te, a saber, de la muerte irrevocable del mundo y del tiempo, del ciudad terrena, el amor de Dios empujado hasta el desprecio de
saeculum y del aion outos. Sobre este punto, la Escritura es -en sí la ciudad celeste» (civ., XIV, 28). O también: «El amor de
su opinión- explícita. El cristiano tiene, por tanto, el deber de ser Dios hace Jerusalén; el del mundo (amor saeculi) hace Babi­
coherente con las conclusiones de su propia fe: «¿Por qué esta­ lonia. Que cada cual se interrogue para saber qué ama y descu­
mos hasta tal punto en contradicción con nosotros mismos que brirá de cuál de ellas es ciudadano» (en Ps., LXIV, 2). Existen
cuando se leen estas cosas las prestamos fe y cuando se cum­ dos civitates que se encuentran, coexisten y se confunden de
plen, murmuramos?» s., CCXV I, 7, 8). hecho en el saeculum como el trigo y la cizaña. En la historia
Esta disgregación del saeculum puede advertirse también en anceps, historia bifrons en la que estaremos inmersos hasta el fin
la pérdida de solidaridad y de contenido de las instituciones y de de los tiempos, sólo el último juicio los distinguirá, separando
las diversas manifestaciones de la vida. Se había disuelto la «tría­ los dos amores que encauzan el appetitus hacia campos opues­
da romana» de religión, tradición y autoridad5• La religión de los tos y poniendo fin así a la ambigüedad de la historia en la derro­
paganos se había petrificado en rituales supersticiosos, mientras ta del mal y el triunfo definitivo del bien (cf. civ., XIV, 28). La
que la de los cristianos estaba dividida por las herejías. La tradi­ cupiditas está constitutivamente orientada al mundo, a la
ción -alejándose de sus motivaciones intrínsecas y originarias­ exterioridad y al uti; su manifestación social y política más rele­
se había transformado, a su vez, o en terca voluntad de restaura- vante es la soberbia, que consiste en la ambitio saeculi y en la
1 ,....

142 ORDO AMORIS •N EL MUNDO 1 43

pretensión de quien hace «de sí la fuente de su propia vida riendo ser malo tú solo, en medio de tantas cosas buenas como
(seque sibi ad vivendum caput facit)» (s., CCCXill A, 2; spir. et ves? ¿Quieres el poder, quieres a tu mujer, tus vestidos y -para
lit., Vll, 11). Se dispersa en lo que no dura, se deja atrapar en los llegar hasta el último detalle- quieres tu calzado, y no tiene nin­
1 lazos de la civitas terrena, donde los hombres viven según la gún valor para ti tu propia alma?»8• Y, sin embargo, los hombres
1, carne y abandonan a Dios «para ser sí mismos, para agradarse a manifiestan una fuerte resistencia a asumir que este mundo es
sí mismos» (civ., XIV, 1), llevando así a cabo un acto de altivo ólo de transición (debido a que las cosas tienen una gran con­
1 istencia, cfr. sol., I, 1, 4: magna rerum constantia) y que repre­
narcisismo con el que quieren más imitar a Dios que servirlo
(cfr. mus., VI, 13, 40-41). Su gesto no tiene ya parecido ninguno entan, para los fieles en busca de la patria, lo que fue el desier-
1
con aquel ingenuo reflejarse del alma en el mundo, sino con el to para el pueblo de Israel.
consciente reconocimiento de que se está protervamente eligién­ Esta valoración de la existencia terrena no implica, de todos
dose a sí mismos, es decir, a una pequeña parte, contra el todo6. modos, la aceptación de una actitud de mera renuncia y de sacri­
Todo se resume en la blasfema pretensión de cada uno de con­ ficio. Cuando Jesús afirma que quien quiera seguirle debe tomar
vertir al propio yo (no a Dios) en medida de todas las cosas. su propia cruz y «negarse a sí mismo»9, Agustín interpreta estas
Quien está bajo el poder de la concupiscencia se comporta como palabras en el sentido de que sólo se puede negar a sí mismo
los gnósticos, que adoraban a Narciso y buscaban aquel «yo quien se ama del modo más alto, persiguiendo aquel deseo
ontológico» -aquella «perla» del alma- que, al contrario que en incondicionado de felicidad que sólo la unión con Dios puede
Agustín, no encierra en sí ningún núcleo divino: más dentro de garantizar. Sólo el amor improbus manda a la perdición: el cris­
mí mismo no hay, para ellos, otra cosa que el «verdadero» yo tiano, por el contrario, perdiéndose, se encuentra y, haciéndose
mismo, del que sólo el exilio terreno me separa7. pequeño, se eleva. Por lo demás, quien ama una cosa, cualquie­
Una vez más, para Agustín el problema no consiste simple­ ra que sea, está destinado a perderla provisionalmente. Así se
mente en un absoluto perderse a sí mismo o el mundo, ni impli­ puede comprobar ya en la experiencia cotidiana: «Es dolorosa la
ca una aniquilación de los peldaños más bajos del orden divino, separación de lo que se ama. Pero incluso el agricultor pierde
sino que consiste en una ascensión hacia los más altos: todo está temporalmente lo que siembra» 10• ¿No se subraya siempre,
bien en el orden jerárquico, en la ordinata dilectio (que debe acaso, con firmes trazos, en las parábolas de carácter comercial
abarcar domus, urbs y orbis), y el mal no es -por así decirlo­ y financiero de los Evangelios, el riesgo feliz que implica inevi­
sino un acto fallido, un no haber elegido lo que era más digno y tablemente la inversión de dinero, el propósito de obtener utili­
más satisfactorio (pues de manera negativa y no exenta de para­ dad de los propios talentos? ¿Pero no es asimismo verdad que es
doja, también el mal tiene un orden y una coherencia, aunque justamente este riesgo, esta especie de anticipado pari pascalia­
descendentes: malum [... ] bene ordinatum et loco suo positum, no, el que obtiene su adecuada remuneración y que muestra ser
minuentis commendat bona: eneh., m, 11). El mal es producto más sabio el mercader que tiene mayor propensión al riesgo y
¡1
del desorden que turba la realidad (nihil perturbatum, nisi inor­ que -«habiendo encontrado una perla de gran valor», símbolo

dinatum: en Ps., CXX, 9). Por tanto, quien desee que todo lo que del Reino de los cielos- «va, vende cuanto tiene y la compra» ?11
1
le rodea sea bueno debe sentir aprecio por lo que, teniendo
mayor valor en sí mismo, es capaz de redistribuir su bien sobre
1'
otra cosa: «Si amamos la vida, hagamos de la vida nuestra elec­ La violencia del amor
ción. ¿Qué elegimos? La vida. En primer lugar, aquí abajo, la
vida de bien y, después de ésta, la eterna. Para empezar, en la tie­ La ética antigua consideraba la política como eu zen, la
rra, la buena pero aún no bienaventurada. Vivir en el presente «vida buena» propia del hombre. Aunque éste no puede aspirar,
aquella vida de bien a la que le está reservada a continuación la al modo de los dioses, a la autosuficiencia y a la eternidad, tam­
bienaventurada. La vida de bien es la obra; la vida bienaventu­ poco se contenta con la simple supervivencia (zen ), como los
rada es la recompensa. Vive una vida buena y recibirás aquella animales, los esclavos y los bárbaros. Agustín aprobaba, como
bienaventurada(... ). Desea todas las cosas buenas; sé bueno, tú, hemos visto, la vida de bien. Pero la consideraba carente de ver­
que tienes tales deseos. ¿Por qué te causas mal a ti mismo que- dad intrínseca, hasta tanto no sea rescatada por la vida hiena-
144 ORDO AMORIS EN EL MUNDO 145

venturada12• La priva de tal modb de dignidad y esmalte que defendidas por Marco Aurelio que, con dolorosa conciencia de
llega a hablar de la dimensión pública de la existencia como infi­ las imperfecciones del Estado, las flanqueaba con un acentuado
cionada de injusticias en las tenebrae vitae socialis (civ., XIX, repliegue del alma sobre sí misma15• Las virtudes políticas se
6). Sucede así porque entiende que el Estado se limita a la esfe­ degradan y metabolizan sustancialmente en un proceso que une
ra meramente instrumental del uti, de la imposición de la obe­ y separa, a lo largo de la escala infinita, la tierra y el cielo, la
diencia y del respeto a las obligaciones y a los vínculos de reci­ política y la santidad.
procidad. Es, pues, inevitable que se ocupe de conflictos insolu­
bles y permanezca viscosamente apegado a la cupiditas, preso
en �a red de los más variados y a la vez inamovibles intereses y El estrujamiento de los hombres
paswnes.
Aunque Agustín no sigue los criterios de pura racionalidad No deben sobrevalorarse, en opinión de Agustín, estas virtu­
prescritos por el contrato social de los estoicos ni tiene como des cívicas. A menudo, la convivencia en el interior de un mismo
e! los un pathos racionalístico motivado por la política y a los Estado -incluida la paz política como tranquillitas ordinis- no
cmdadanos del mundo les baste, según él, una iustitia minor13, pasa de ser una intolerable opresión ejercida por algunos hom­
no consideraba, de todos modos, que el Estado sea intrínseca­ bres sobre sus semejantes16• La especie humana -y el pueblo
me�te malo. Su naturaleza depende de los hombres que lo romano en particular- debe la fundación del Estado a un delito,
gobiernan, aunque sus orígenes hunden, por desgracia, sus raí­ a un fratricidio negador de la igualdad (y no a un parricidio des­
ces e� la violencia. La auténtica vida de bien como premisa de tructor de la autoridad despótica, tal como se imaginaba Freud la
.
la felicidad duradera no se alcanza, pues, allí donde reina la libi­ escena primitiva del nacimiento de la sociedad en Totem y tabú
�o dominandi (que, po� lo demás, no es propia sólo de los polí­ y en Moisés y el monoteísmo). El fratricidio de Caín -agricultor
ticos) y el amor se pervterte en cupiditas, de acuerdo con la acti­ y fundador, según la Biblia, de la primera ciudad, en contraste
tud descrita por Séneca y llevada a la celebridad por Dante, con el pastor Abel, nómada y no sedentario, figura ya peregri­
según la cual «en este puñado de tierra que tan feroces nos hace» nans en la tierra (cfr. Gén 4, 17 y Agustín, civ., XV, 1 )- ha sepa­
los hombres se reparten el suelo indiviso fijando límites artifi­ rado a la Ciudad de Dios de la Ciudad terrestre; el de Rómulo
ciales14 y, al dominio interno entre los componentes del Estado ' puso de manifiesto el incurable vulnus de la organización políti­
añaden el de un pueblo sobre otro. ca, que lleva todavía impresas las cicatrices de su origen17• El
Para reducir los daños provocados por esta condición, se desgarramiento de la sociedad hace en algunos casos tristemen­
hace preciso entretejer continuamente los proyectos existencia­ te inevitable la guerra civil, pero es también tremenda la librada
les de las personas concretas en renovadas y diferenciadas for­ contra los enemigos extranjeros. Y ello tanto en el caso de que la
guerra dependa del deplorable deseo «de tener alguien a quien
�a� �e comunida?,. cimentar sus vinculaciones con un tiempo
mdivtdualmente VIVIdo al que atribuir una orientación colectiva, odiar o temer, de tener alguien a quien derrotar>> (civ., N, 15),
una significación axial, un sentido capaz de volver a encender como cuando es totalmente lícito defender la propia comunidad
las expectativas a partir del presente no olvidado del pasado y contra el «enemigo exterior» (el interior es, propiamente hablan­
encauzado ,hacia el futuro eterno. Incluso el llanto y la melanco­ do, el pecado mismo).
lía del saqueo de Roma por los bárbaros pueden mitigarse El Imperio constituía siempre una garantía de paz y de orden
mediante una diversa relación con la religión, la tradición y la frente a los bárbaros, de modo que contra ellos puede hacerse
política. una «guerra justa», un bellum iustum, y no limitarse a participar
Pero si la existencia temporal representa sólo una breve etapa en una lucha en la que ambos contendientes tendrían iguales ra­
. zones, serían hostes aequaliter iusti18• De donde se concluye que
en el cammo del alma, entonces se viene abajo toda la ética
romana basada en la excelencia de la política. Erosionados sus es lícito combatir también a los bárbaros que -en cuanto instru­
pedestales, se derrumban las virtudes cívicas: las exaltadas por mentos de la Providencia- han demostrado a los paganos que su
Cicerón en De republica, polemizando con cuantos afirmaban el presunta Roma Aetema no es sino un «dios mortal», cuyo hundi­
primado de la vida contemplativa sobre la activa, y las todavía miento no puede ser mínimamente comparado con el del mundo
146 ORDO AMORIS N EL MUNDO 147

entero19• Son, en efecto, enemigos públicos, hostes, y no sólo no destruida (...). No perecerá Roma si no perecen los romanos»
enemigos privados, inimici, a los que el Evangelio manda explí­ (ibid., LXXI, 8).
citamente amar. Sobre el trasfondo de la mayor estabilidad del Estado bizan-
El 24 de agosto del 41 O, los visigodos y otros pueblos bárba­ tino y de su naciente cesaropapismo, Agustín -que vi�ió en un
ros asaltaron Roma y durante tres días y tres noches la pasaron imperio sujeto a grandes agitaciones, en el 9�e la auto�da? de_ la
a sangre y fuego (como testifica el propio Pelagio). Algo menos Iglesia fue heredando poco a poco el prestigiO d� 1�� m�ti�c �o­
de un mes más tarde, Agustín, todavía sin noticias detalladas, nes políticas- aparece como el creador de una vis1on dinaffilca
intentaba consolar a los fieles de su diócesis con estas palabras, del proceso histórico en cuanto viaje en el tiempo de la civitas
que les recordaban, con poderosas imágenes campesinas, expe­ peregrinans. Rechazando la sacralidad que muchos emp�ra?�res
riencias comunes y compartidas: «Los beneficios y las desven­ habían atribuido al Estado, experimentaba, en el plano histonco,
turas están mezclados. Si aceptamos los primeros, debemos tam­ aquel contraste entre las posibilidades dejadas. en manos de l�s
bién aceptar las segundas. Ha llegado el otoño, la estación de los hombres y las decisiones divinas que ya se delmeaba en la acti­
frutos. A lo largo de la costa penden las olivas, turgentes y jugo­ tud de Jesús en el Evangelio cuando dice: «Padre, si es posible,
sas, dispuestas a ser pronto vareadas y luego prensadas en el aparta de mí este cáliz»21, al tiempo que sabe que no se le aho­
molino. El mundo se parece a una almazara en movimiento: el rrará la prueba suprema y que deberá cumplirse necesariamente
orujo se desliza hacia el sumidero, mientras que se recoge cui­ la profecía que la anunciaba. La suerte de la salvación está, de
dadosamente el dorado aceite. Es inevitable el estrujamiento. misteriosa manera, a un mismo tiempo en manos de los hombres
Sabéis bien que estamos triturados por el hambre, la guerra, la y en las de Dios, hasta el Juicio Universal. ..
carestía, la pobreza, la muerte, el hurto, la avaricia: la explota­ Del mismo modo que había sido lícito hacer frente a los VISI­
ción de los pobres es delito de todas nuestras ciudades, como godos (aunque esto no modificó la manifestación de la voluntad
podemos ver. Todo esto ha sido ya anunciado y las profecías se de Dios), también ahora era justo -según el obispo, que, aunque
están cumpliendo ante nuestros ojos»20• En otro pasaje ofrece enfermo y viejo, no quiso abandonar a su grey en aquella hora
una imagen parecida, aunque con un ángulo ligeramente dife­ de angustia- oponerse con la fuerza de las armas a los vándalos
rente, que pone de relieve el hecho de que la mayor felicidad que asediaban Hipona. La ciudad (Hippo Reg �us, porque ��s­
atribuida a los hombres de tiempos pasados es una ilusión. pués de su fundación fenicia formó parte del remo de Nuffildia,
También ellos fueron, en efecto, «como olivas que cuelgan del fue llamada más tárde Bona y es la actual Annaba), era, en aquel
árbol a merced de los vientos, de modo que con su confuso tiempo, por sus dime�siones, la segunda ciudad, después de
deseo gozan de la libertad con que el viento sopla» (en. Ps., Cartago, de las de la Africa romana y representaba uno �e l ?s
CXXXVI, 9). Aparece otra comparación en los Sermones (CCCI últimos baluartes imperiales para la defensa de la provmc1a.
A, 7, 6): «El mundo entero es, en efecto, el crisol del orfebre. Bajo las órdenes de Bonifacio -un cortesano intrigante, pero leal
Aquí los justos como el oro; allí los malvados como la paja. a Gala Placidia y corresponsal de Agustín en cuestiones teológi­
Aquí la tribulación como fuego; allí Dios como el orfebre. El cas- se habían fortificado allí los restos del ejército romano.
hombre piadoso alaba a Dios, el oro resplandece; el impío blas­ Pero ni las murallas ni las defensas naturales (el mar y el río
fema contra Dios, la paja se consume en humo». Por lo demás, Seybouse) pudieron al fin contener el ataque de aquellos bárba­
las lamentaciones de cada generación sobre el empeoramiento ros arrianos. Tras un prolongado via crucis de devastaciones,
del mundo son inconsistentes (salvo los signos que anuncian la estragos, torturas y violencias (que Agustín no vivió para ver),
aproximación del fin). Los tiempos dependen de los hombres y Hipona fue entregada a las llamas: los habitantes huyeron a los
son favorables si los hombres son buenos (cfr. s., LXXXI, 8). bosques de las montañas y se vieron, más adelante, forzados a
Así, pues, a diferencia de lo que piensan los estoicos, también vivir de limosnas (cfr. Pos., Vzta August., 28 , 9-10).
los tiempos pueden cambiar (para mejor si los creyentes se Se mostrarán una vez más la fragilidad, los pies de barro, la
renuevan en Cristo). Probablemente, dado que los Estados se falta de fiabilidad de la civitas terrena22• Quien ha entrevisto el
expanden y se contraen, no está comprometido el futuro mismo horizonte de la felicidad incondicionada y de la salvación no
de Roma: «Roma no va a la ruina; tal vez sólo es flagelada, pero puede contentarse con nada que sea menos que lo absoluto, que
14
ORDO AMORIS EN EL MUNDO 149

esté desligado de toda circunstancia y de toda


crisis, de todo lo
que no se legitima y se justifica a partir de una El recurso a la autoridad imperial, personificada en Maree­
lino, para una represión más severa de los donat� s� as, llegó, en la
lógica interna de
los acontecimientos. Mantenerse apegados a
objetivos humanos
«demasiado humanos» -por muy nobles que Iglesia africana fiel a Roma, al extrem� de solici�ar que fueran
puedan parecer­
significa renunciar a lo mejor, mantener bajo condenados a trabajos forzados. Agustm no podia no recordar
el horizonte de las
propias expectativas. Equivale a contentarse que tal petición incluía el duro régimen del destino ad metalla,
con seguir siendo
incompletos e infelices. Y todo esto implica es decir, a aquellas mismas minas que los papas y los santos
-de acuerdo con la
amarga constatación del anciano prelado- que obispos habían padecido en su propia carne du� ante las persecu­
ciones paganas26. A la justificación �e} amor mtoler�te (cuyo
se carece de la
capacidad de elaborar el luto por la caducidad
del mund o: «En
medio de estos males, se consolaba con la máxi ejemplo puede descubrirse ya en Mmses, que condeno a muerte
ma de un sabio:
'No será avisado quien juzgue que es gran cosa a los adoradores del becerro de oro, cfr. c. Faust., XXII, 79) se
la caída de la
madera y de las piedras y la muerte de los consagró Agustín sobre todo en las Retractationes, e�critas en
mortales' » (ibid., .
28,1 1). edad avanzada (pero cfr. también s., XXIV, 6). C�mgiendo �ma
Y, sin embargo, a pesar de esta relativa desva afirmación suya precedente, en la que había sostemdo que Cnsto
lorización del
Estado, Agustín subrayaba, y reforzaba inclu no recurrió nunca a la fuerza, «sino que lo hizo todo con la per­
so, la exigencia
paulina de obedecer a las autoridades terrenas suasión y la exhortación» (vera rel., XVI, 3 1 ), añadía ahora que
(salvo los casos
en los que la fe lo prohibe y sea necesario expulsó a los mercaderes del Templo y utilizó su poder para
recurrir a una pia
libertas), dado que la naturaleza de los homb arrojar a los demonios (cf. retr., 1, 13, 6). En el comentar10 al
res está corrompi­ .
... que el temor y la dis­
da y su orientación al bien es harto escasa, cosa compelle eos intrare hacía notar, ademas,
ciplina pueden tener efectos bene�ciosos sobre l? s que padecen
que, como obis­
po conocedor de una gran diversidad de casos
personales , no ... para tr s-
ignoraba. Es, por tanto, necesaria la fuerza allí la coacción ' en cuanto que proporc10nan la «ocasion» �
donde el amor no
tiene fuerza: es el lado de violencia del amor, formar la necesidad exterior en voluntad mtenor. . 27 . e onvenci d�
como estaba de que la constitución de la naturalez� �umana esta
la ruda esclava de
la gracia. El conocido compelle eos intrare
del Evangelio de
Lucas en virtud del cual se obliga a los trase herida, dañada y debilitada después del pecado ongmal (vulne­
úntes ignorantes ,
que pasan casualmente delante de la casa del rata, sauciata, vexata, perdita, afirma en nat. et grat., LIII, 62),
Esposo, a partici­
par en el banquete nupcial divino y (en este caso) no estaba mínimamente dispuesto a admitir -como el pagano
a unirse al cor­
tejo de la civitas peregrinans, es sólo una de Símaco en su discurso a favor de que se conservara en el Senado
las motivaciones .
doctrinales de esta concepción23. el altar de la Victoria- que puede haber más de un carmno para
No debe infravalorarse el hecho de que Agustín llegar a la verdad. ... .
-nacido poco . . .
antes del intento de Juliano por restaurar su pecu En estas formas de legit1mac10n agustlmana del temor y de la
liar paganisno
y convertirse en sacerdote, cuando se había eleva correptio se apoyarán, a lo largo del tiempo, l? s cristian�s, para
do al cristianis­
mo a la categoría de religión oficial de Roma- reivindicar el derecho a llevar a cabo convers10nes coactivas de
los cismáticos, los judíos o los infieles y para leg�timar cruzadas
escribía cuando
las persecuciones pertenecían ya al pasado,
pero se vivía, no
obstante, en una época de violencia difusa en de conquista y de colonización de pu�blos y cont�:ntes enteros,
la que la Iglesia
solicitaba formalmente del Estado la condena obligados a padecer la violencia conJunta de la czvztas terrena Y
de los herejes24•
Agustín recordaba el consejo de los Hermanos la civitas peregrinans, el rigor del hierro de la espada Y el pe� o
de Terencio de
que es mejor tratar a los hijos con bondad que del leño de la cruz. Conocerán un amor en que el no puede dis­
con temor y malos
tratos. De todas formas, empieza por contrapon tinguirse, muchas veces, la vi?lenc� a y la pe�suasión, tam�ién Y
precisamente porque la Iglesia «vmda» doliente, que esta a �a
erlo a otras afir­
maciones (que son fáciles de descubrir como
contrapunto del
mismo texto) y lo refuta, en fin, con la autor espera de volver a ver al Esposo (cf. en. Ps., CXXXI, 23), se atn­
idad de la Escritura,
para la que el miedo que tiene como fin el buye el incontestable derecho de «atar» y «desatar», de conde­
bien, derivado del
amor, deja de ser tal: «El temor no subsiste nar y de perdonar los pecados, de ser humilde y sob�rbia a un
con el amor, y el .
amor perfecto expu lsa el temor»25• mismo tiempo, despojándose como Cnsto de su autondad terre­
na para ejercer una forma de poder más alta28.
1 50 ORDO AMORIS EN EL MUNDO 151

Cuan�� el po'!dus del amor se vuelve a Dios como garante humano concreto. El rígido autocontrol del sabio y el abandono
de la felicidad e mtenta unirse a él en elfrui, las personas ani­ de la masa de los ciudadanos a autoridades incapaces de ofrecer
madas por esta voluntad entran a formar parte -sin pactum sub­ seguridad y esperanza dejaron espacio abierto a una disciplina
jection�s de ningún tipo-- de la civitas Dei peregrinans, de la henchida de promesas, que separa, reagrupa y moldea de una
comumdad de los fieles en viaje del tiempo a la eternidad. La manera diferente los deseos y los sentimientos, las fantasías, los
meta de s� car �tas es ultrate?"ena, es la redempta civitas pregus­ pensamientos y las instituciones. Coronó así con éxito la titáni­
t�da en el mtenor, la !�rusalen celeste(cuyo nombre terreno sig­ ca empresa de unir la persistencia de la tradición con la frescura
mfica en h �b�eo «VISión de paz»), realización perfecta de la «revolucionaria» de un comienzo. Demostró cómo incluso en las
.
armo�, a mvis}ble ?el fin de los tiempos29• Desde este ángulo, épocas más atormentadas son posibles las innovaciones, en
,
Agustm es mas filosofo del Exodo que del Reino, más fomenta­ cuanto que la inestabilidad de cualquier ordenamiento temporal
dor de una vida terrena como viaje, peregrinación e inseguro presenta al menos la ventaja de permitir su sustitución y meta­
puente temporal suspendido sobre la eternidad que no propug­ morfosis. En él, la interioridad se convertía en un poder de ever­
nador �e una teocracia triunfalista(a la que, de todas formas, no sión frente al sentimiento de nulidad del mundo que amenazaba
renuncia y a la que ha prestado, a lo largo de los siglos, sólidos con trastornar todo tipo de jerarquía, y las instituciones absor­
argumentos y pretextos sobre los que todavía en nuestros días se bían, a su vez, la energía de la renovación(derivada de una men­
apoyan alg?nos teólogos)30• No debe olvidarse, si se quiere talidad ajena al enraizamiento en el mundo). En la fuerza del
entender mas a fondo este aspecto, que para él la historia huma­ amor intransigente y en el rechazo del temor a la muerte,
na es -precisamente- tan sólo un brevísimo paréntesis en la eter­ Agustín ha identificado los puntos de apoyo para levantar por
nidad: desde la creación del mundo apenas han transcurrido seis encima de sí al saeculum y para echar los cimientos de valores
mi� �?s, y �altan sólo otros mil, o tal vez unos pocos miles, para cuya potencia plástica y formadora frente a los individuos y la
el JUICIO uruversal (cfr. civ., XX, 7). comunidad sólo se advierte más tarde, justamente en el momen­
El gesto decisivo llevado a cabo por Agustín -a la vez políti­ to en que parecen declinar en parte.
co, filosófico y religioso-- consistió en recuperar la traditio Descubrió también, a través de la memoria y de la interiori­
r�mana en el plan� de la Iglesia, cambiando completamente su
., dad(además de mediante la organización pastoral y doctrinal y
drreccwn y su sentido. Tal vez sea demasiado reductivo definir las ásperas polémicas), el camino hacia el renacimiento, el res­
e��a actividad como «pseudomorfosis», es decir, como produc­ cate y la reformulación de los vínculos de la vida en sociedad.
Cion d� procesos nuevos mediante la reutilización de modelos y La memoria es la tradición del individuo, el hilo conductor de su
contemdos precedentes31• Nos hallamos en presencia de trans­ identidad autorrenovadora, mientras que la tradición es, por su
.
formaciOnes profundas, que no recuerdan tanto la construcción parte, la memoria colectiva32• Ambas remiten a su origen propio:
de las basílicas cristianas con el material de acarreo traído de los a Dios y a las leyes que buscan en parte redimir el acto criminal
templos y los palacios paganos, cuanto más bien el agustiniano sobre el que han sido fundadas. Es en el nivel de la tradición, y
germen de la esperanza, que custodia y sucesivamente reabre a no sólo en el de la costumbre, donde se reconstruye el vínculo
lo largo del tiempo, un rico patrimonio de espiritualidad, de c � l­ de fidelidad y de auctoritas, ya sea respecto del Altísimo(con un
tura y de organización . Las primeras, una vez terminadas, poco augere elevado a la máxima potencia), o respecto del Estado al
a nada cambian, mientras que el segundo se desarrolla y crece de que, de todas formas, se le considera «esclavo» y «símbolo» de
continuo sobre sí mismo, generando nueva vida. la Ciudad de Dios (civ., XV, 2).
Agustín tiene, pues, el mérito de haber recuperado y trans­ Se institucionaliza así el desgarro del individuo entre una in­
mitido a la posteridad parte de un pasado que, de otra manera, se terioridad declarada no política y una vida política deslegitima­
habría perdido. Pero no se limitó a reactualizarlo: también rom­ da. La doble conciliación del individuo con la comunidad y de la
pi� �on él, inaugurando formas inéditas de convivencia civil y comunidad con el individuo pasa a depender de la superior juris­
religiOsa y de relaciones del individuo consigo mismo. La nueva dicción espiritual del ordo personificado en la Iglesia, que insi­
traditio se convierte en memoria colectiva refundada y reformu­ núa en las almas un sentimiento(de intensidad variable) de ínti­
lada, que enlaza con el origen pre-político y divino de cada ser ma desafección frente al Estado. El vínculo religioso pretende
r , r

152 ORDOAMORIS EN EL MUNDO 153


establecer un orden más satisfactorio y más sólido que el políti­ contrario, es la razón la que busca y encuentra, la que pregunta y
co, en cuanto que une y consolida de nuevo, mediante la «cola» responde, y sólo cree -aun teniendo plena conciencia de su s li­
del amor, la auctoritas y la veritas, que se habían separado, ga­ mitaciones- en su pensamiento. Se cancela la doble autondad .
rantizando certezas más firmes y señalando posibilidades de (de la tradición y de la razón) y la primera queda absorbida por
sentido y de salvación a los hombres particularmente atormenta­ la segunda, y ello no sólo in re, sino también en el tiempo. Y si
dos por angustias y esperanzas específicas e indeterminadas. bien es cierto que Vico, Herder, el Schelling de la última época,
En el intento por dominar el metus amittendi y por evocar un Rosenzweig, Wittgenstein o Gadamer han elaborado posiciones
mundo de felicidad abierto a todos, Agustín transformó una exi­ que parecen ser, en algunos puntos, análogas a las de Agustín,
gencia condicionada por formas de vida intolerables y probable­ cuando defienden la idea de que ni la civilización ni el lenguaje
mente revocables en una necesidad incondicionada. Confirmaba pueden afirmarse si no presuponen autoridades disciplinarias y
1 así -en lo que para él constituía el círculo virtuoso de la fe- la certezas no racionalmente deducibles, queda siempre en pie el
auctoritas del pacto suscrito por Cristo con su propia sangre
11¡ hecho -frente a toda excesiva nostalgia de la idea de seculariza­
mediante la veritas de la redención. Es decir, utilizaba todas las ción- de que el gesto «moderno» que inaugura la nueva filosofía
facultades de la mens para comprender, querer y conmemorar consiste en atribuir validez y confianza a la ratio. Por lo demás,
aquel acontecimiento irrepetible que fue la encamación de Dios el mismo proceso de purificación de la ratio, que se desenvuelve
en la persona de Cristo y para convertir el hecho ya acontecido desde la «imposición del método»38 a la «razón pura» kantiana,
en el tiempo que abre la era de la salvación en un prius lógico induce a aceptar tan sólo lo que se puede justificar teóricamente
11
que la razón debe transformar en premisa propia, conectándolo de modo autónomo, iuxta propria principia. De todas formas, ya
con la voluntad y con el amor33. 1: el mismo severo tribunal de la razón se declara incompetente pa­
ra juzgar causas en las que, como las que atañen al ámbito de la
moral, no sea posible aducir demostraciones rigurosas o, cuando
Las vicisitudes de la auctoritas
menos, argumentaciones bien tramadas. La auctoritas, al igual
que la traditio, es, en cambio, siempre «impura», incapaz de le­
El pensamiento moderno difícilmente acepta la prioridad gitimarse si no es a través de grandes ratificaciones de lo que ya
cronológica de la auctoritas como base a partir de la cual cons­ se siente, se cree y se piensa, es decir, mediante aglomerados de
truir después la ratio, y el compromiso propuesto por Agustín en argumentos que han adquirido su coherencia en virtud de la lógi­
el De catechizandis rudibus y en otros escritos de instruir en la ca del deseo y por medio de alusiones a evidencias y revelacio­
fe a los principiantes a través de un amor que se manifiesta bajo nes que están en la base de todo razonamiento, pero que es pre­
formas cercanas a la imposición autoritaria de los dogmas y a ciso haber experimentado para aceptarlo (o bien, si se quiere,
una voluntad menos mediada por la inteligencia y la memoria. Y, exige el recurso a un «círculo hermenéutico»).
siempre a diferencia de Agustín, para quien el fundamentum est En el umbral del mundo moderno, cuando se ha consumado
Christus34, la razón intenta ahora -desde Descartes a Spinoza
, ya en las más influyentes posiciones filosóficas la ruptura del
desde los iluministas a Kant y a Hegel- autofundamentarse, atri­ pacto agustiniano entre la auctoritas divina y la ratio humana, el
buirse autoridad intrínseca y exponer verdades accesibles a to­ miedo a la muerte violenta y al dolor corpóreo proporcionará en
dos los hombres, de cortar, en fin, el cordón umbilical que du­ Hobbes el impulso para la creación de un contrato social en el
rante siglos la ha hecho depender de una auctoritas externa y la
que los seres humanos se conceden garantías recíprocas -fun­
ha obligado a buscar sus vestigia a la manera paulina: per specu­ dadas en sus propios intereses y no en la gracia- de que no derra­
lum et in aenigmate. Y así, mientras que para Agustín «la autori­
marán su propia sangre. Ahora es, por así decirlo, el timar homi­
dad exige la fe y prepara al hombre para la razón»Js, en muchas nis el que forma el initium sapientiae y es la auctoritas humana,
de las filosofías más radicales de los últimos siglos la ratio se
y no la veritas propugnada por Agustín, la que induce a fundar la
traza por sí misma su propio camino. Más aún: si para Agustín, ley. El delito supremo está aquí inmediatamente constituido no
«la fe busca, la inteligencia encuentra»36, y «el hombre cuando por la rebelión contra Dios, sino contra el soberano, contra el re­
piensa cree y cuando cree piensa»37, para los «modernos», por el
'
presentante de la civitas terrena. A la pregunta sobre el unde ma-
r

1 4 ORDO AMORIS

lum, la respuesta es aquí clara: de la anarquía, verdadera obra del ABREVIATURAS


Maligno político, del «Príncipe de este mundo» siempre al ace­
cho y cuyo cuerpo está formado por las pasiones y los intereses
de cada individuo concreto y de las multitudes. La bienaventu­
ranza celeste, nunca explícitamente negada, tendrá menos impor­
tancia que la difícil seguridad terrena y que la carrera por garanti­
zarse un futuro que dura hasta la muerte. Sólo con Robespierre
estipulará el Terror un nuevo y doble pacto -humano y divino­
entre la veritas y la auctoritas, entre la Razón y el Ser Supremo,
como garantía de salvación de la civitas peregrinans del pueblo Me serviré constantemente de abreviaturas a partir del primer
capítulo.
de los ciudadanos «virtuosos» a quienes la inmortalidad del alma relativ�s a las obras de Agustí�.
Se recogen, por comodidad, sólo las siglas .
les permitirá gozar el premio de la eternidad, mientras que los para la Biblia o para las recopila ciOnes de textos s� uti­
Para otros autores,
se han seguido las traducci Ones
malvados y egoístas serán ejemplarmente castigados. lizan las abreviaturas usuales. No siempre
'
Queda aquí invertido el modelo agustiniano -que había tras­ italianas citadas.
literado en términos religiosos la tradición política, sublimándo­
la y asignando a la Iglesia tareas y prerrogativas propias del
Imperio-. El Estado, ahora de nuevo capaz de controlar racio­ August. = Agustín de Hipona.
dirigida por
nalmente los comportamientos y las pasiones, deseará apropiar­ PL = Opera, en Patrologiae Cursus Completus, Series L�tina,
), Pans, 1861-18 62.
se directamente de los cultos y de la felicidad presentes y futu­ J. Migne, 217 tomos ( = PL, vols. XXXII- XLV

ros, gestionando, a la vez, los temores y las esperanzas terrenos ed� c�ón lati­
NBA =Nuova B ibliotecaAgostiniana: Opere di Sant'Agostino,
y ultraterrenos. Querrá transformarse a sí mismo en civitas pere­ por la Cátedra Agustini ana del «August lmanum»
no-italiana, dirigida
Roma, 1969-
i
grinans que organiza tanto el éxodo temporal hacia un mundo de Roma, director P. A. Trape, trad. it. de varios autores,
vec�s, ade­
mejor en el más acá como el Éxodo de los buenos citoyens hacia 1984 (aún en vías de publicación). Se ha tenido en cuenta a
Scrzptorum
la salvación de sus almas. más de la edición de los textos originales en el Corpus
Y en el
Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL), Viena, 1887, en curso,
A continuación, una lógica inserta en los acontecimientos 9
Corpus Christianorum, Series Latina (CC , Turnho�t, 195

, en curso,
mismos sustituirá a menudo a la fe en un gobierno providencial 1948, ss.
también la edición francesa: (Euvres de samt Augustm, Pans,
del mundo. Se harán descender del cielo y se aplicarán a la his­ (BA), que constará de unos 85 vols., en vías de comple�arse.
[La edi­
toria proyectos globales tendentes a la refundación de la vida , de sus Obras complet as, Madrid, BAC, pro­
ción española, bilingüe
movida por la F.A.E. y con distintos traductores, consta, en
individual y colectiva. La ciudad terrena se mostrará entonces 1998, de 40
como redempta civitas situada no en lo alto, en la eternidad del vols. (41 tomos)].
paraíso, sino a lo largo del eje del tiempo profano, dentro de una an. quant. =De animae quantitate, en PL, vol. XXXII (CSEL,
89), trad. it.
historia única, en un futuro henchido de la gran esperanza de la Grandezza dell'anima, in NBA, vol. III/2 [Obras, BAC, tomo III].
emancipación de los hombres por los hombres. Hoy, cuando este
bon. coniug. = De bono coniugali, en PL, vol. XL.
proyecto les parece de nuevo a muchos ilusorio, temerario o
46), trad. it. La
impracticable, reflexionar sobre las vicisitudes del pensamiento cat. rud =De catechizandis rudibus, en PL, vol. XL (CCL,
1984 [Obras,
de Agustín puede proyectar luz indirecta también sobre la natu­ catechesi dei principianti, dirigida por A. M. Velli, Roma,
raleza de los obstáculos con que ha tropezado la modernidad y BAC, tomo XXXIX ] .
it. L. Alici, La
de los nudos que todavía quedan eventualmente por desatar. Se civ. =De civitate Dei, en PL, vol. XLI (CSEL, 40,1-2), trad.
Citta di Dio, Milán, J984; y cfr. también la reciente edición, dirigida
puede, pues, contar con el único -y falible, pero insustituible­
TI].
instrumento de que disponemos: la inteligencia, contraseñada por C. Carena, Turín, 1992 [Obras, BAC, tomos XVI-XV
por la plena disponibilidad a aceptar incluso lo que todavía no 27; BA, 13-14),
conf = Confessiones, en PL, vol. XXXII (CSEL, 33; CCL,
! sabe y a rectificar, si se la convence, las posiciones a que estaba trad. it. de C. Carena, Le confessi oni, Turín, 1984 (en la NBA, vol. I, Y
de Monti-

¡
aficionada39• cfr. también las recientes ediciones: Confessioni, dir. por R.

1
156 ORDO AMORIS ABREVIATURAS 157

celli, Milán, 1 990, y, en vías de completarse en la «Fondazione Valla» (CCL, 37), trad. it. Commento alla prima lettera di San Giovanni, en
la dirigida por M. Simonetti, con trad. de G. Chiarini, Confessioni, Mi� NBA, vol. XXIV/2.
lán, vols. I - IV, 1 992- 1 996, en la que faltan aún los li bros XII-Xlll
lib. arb. = De libero arbitrio, en PL, vol. XXXII (CCL, 29; CSEL, 74) trad.
it. Libero arbitrio, en NBA, vol. ITI/2 (y cfr. también Agustín, La
[Obras, BAC, tomo 11. Las citas de esta obra se toman generalmente de
San Agustín, Confesiones, Madrid, Alianza, 1 9963, pról., trad. y notas
liberta, trad. it. de R. F edriga y S. Puggioni, intr. de M. T. Fumagalli
de Pedro Rodríguez de Santidrián].
Beonio Brocchieri, Milán, 1 995, y F. De Capitani, Il «De libero
c. Cresc. = Contra Cresconium Grammaticum et Donatistam, en PL, vol. Arbitrio» di S. Agostino, estudio introductorio, texto, traducción y
XLID (CSEL, 52) [Obras, BAC, tomos XXXII, XXXIIT, XXXIV] . comentario, Milán, 1 987) [Obras, BAC, tomo ID].
c. Faust. = Contra Faustum, e n PL, vol. XLII (CSEL, 25, 1 ). mend. = De mendacio, en PL, vol. XL, trad. it. de M. Bettetini, Sulla bugia,
Milán, 1 994 [Obras, BAC, tomo Xll] .
c. Jul. = Contra Iulianum, in PL, vol. XLIV, trad. it. Contro Giuliano, en
NBA, vol. XVID. mor. = De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, en


cor� et gr. = e correptione et gratia, en PL, vol. XLIV (CSEL, 25, 1 ), trad.
PL, vol. XXXII (BA, 1 ).

It. Correzwne e grazia, en NBA, vol. XX. mus. = De musica, en PL, vol. XXXII (BA, 7) [Obras, BAC, tomo XXXIX].
div. qu. LXXXIII = De diversis quaestionibus LXXXIII, en PL, vol. XL nat. boni = De natura boni, en PL, vol. XLII [Obras, BAC, tomo lll] .
(CCL, 44 A) [Obras, BAC, tomo XL].
nat. et grat. = De natura et gratia, en PL, vol. XLIV (CCL, 60; BA, 2 1 ),
doctr. chr. = De doctrina christiana, en PL, vol. XXXIV (CSEL, 80). trad. it. Natura e Grazia, en NBA, vol. XVII/ l .

duab. an. = De duabus animabus, en PL, vol. XLII. nupt. et conc. = De nuptiis e t concupiscientia, en PL, vol. XLIV [Obras,
BAC, tomo XII].
en. �s. = Enarrationes in Psalmos, en PL, vol. XXXVII (CCL, 38-40), trad.
It l!sposizione su_i Salmi, en NBA, vols. XXV-XXVID y trad. it. parcial, op. imp. c. Jul. = Contra secundam luliani responsionem imperfectum opus,
: _ Commento
ding¡da por M. Srmonetti, ai salmi, Milán, 1 988 (seguida en en PL, vol. XLV (CSEL, 85, 1 ) .
este caso, para las partes traducidas) [Obras, BAC ' tomos XIX XX ' ' op. monac. = D e opere monachorum, e n PL, vol. XL.
XXI, XXIT] .
ord. = De ordine, en PL, vol. XXXIT (CCL, 29; CSEL, 63; BA, 4), trad. it.
eneh. = Enchiridion ad Laurentium de fide et spe et caritate, en p L, vol. XL
L'ordine, en NBA, vol. 11111 [Obras, BAC, tomo 1].
(CCL, 46).
pece mer. et rem. = De peccatorum meritis et remissione et de baptismo
ep. = Epistulae, en PL, vols. XXXIIT-XXXIV, trad. it. Le lettere, en NBA
parvulorum, en PL, vol. XLIV.
vols. XXI�XXITI. Se han descubierto 27 nuevas cartas de Agustín,
ah�ra publicadas y comentadas en CSEL, 88 (Sancti Augustini Opera. praed sanct. = De praedestinatione sanctorum, en PL, vol. XLIV, trad. it.
Eplstulae ex duobus codicibus nuper in lucem prolatae, rec. J. Divjak:, La predestinazione dei Santi, en NBA, vol. XX.

qu. Hept. = Quaestionum in Heptateuchum Libri Septem. Liber 11.


Viena, 1 98 1 ) y en BA, 46 B, Lettres 1 * - 29*, París, 1 987. Cfr. también
la trad. inglesa, dirigida por R. B. Eno: St. Augustine, Letters 1* - 29*
'

Washington, 1 989 [Obras, BAC, tomos VID, XI a y XI b ] . Quaestiones Exodii, en PL, vol. XXXIV (CSEL, 28, 3).

gn. adv. Man. = De Genesi adversus Manichaeos, en PL, vol. XXXIV retr. = Retractationes, en PL, vol. XXXII (CCL, 57; CSEL, 36).
[Obras, BAC, tomos XXX, XXXI]. scala parad. = Sea/a Paradisi liber unus, en PL, vol. XL.
grat. et lib. arb. = De gratia et libero arbitrio, en PL, vol. XLIV, trad. it. s. = Sermones, en PL, vol. XXXVID, trad. it. Discorsi, en NBA, vols.
Grazia e libero arbitrio, en NBA, vol. XX [Obras, BAC, tomos VI, IX] . XXX/ 1 , XXX/2, XXXIIIl , XXXIT/2 . A ellos se añaden los textos de 1 9
Sermones, recientemente reencontrados e n u n manuscrito d e Maguncia
(Stadtbibliothek, 1 9) y comenzados a publicar, dir. por F. Dolbeau, en
haer. = De haeresibus a d Quodvultdeum, en PL, vol. XLII (CCL, 46).

in lo. ev. � In lohannis evangelium tractatus, en PL, vol. XXXV (CCL, 36) Recherches Augustiniennes, a partir de 1 990 [Obras, BAC, tomos VII,
trad. It. Commento al vangelo di San Giovanni, en NBA, vol. XXIV11 X, XXIII, XXIV, XXV, XXVI] .
y XXIV/2 [Obras, BAC, tomos XID y XIV].
sol = Soliloquia, en PL, vol. XXXII (BA, 5), trad. it. 1 soliloqui, en NBA,
in ep. lo. ad Part. = In epistulam Iohannis ad Partos, en PL, vol. XXXV vol. ITI/1 [Obras, BAC, tomo 1] .
158 ORDO AMORIS

spir. et lit. =De spiritu et littera, en PL, vol. XLIV, trad. it. Lo spirito
e la NOTAS
lettera, dirigida por S. Iodice, Nápoles, 1979.
subst. di!. =De substantia dilectionis, en PL, vol. XL.
trin. = De Trinitate, en PL, vol. XLII, (CCL, 50-50 A), trad. it. La trinita,
en NBA, vol. IV [Obras, BAC, tomo V].
ut. cred. = De utilitate credendi, en PL, vol. XLII (CSEL, 25, 1), trad.
it.
L'utilita del credere, en Agustín, /l filosofo e la Jede, dirigida por o.
Grassi, Milán, 1989.
vera rel. =De vera religione, en PL, vol. XXXIV (CSEL, 77, 2), trad. it.
La
vera religione, en Agustín, 11 filosofo e la Jede, cit.
INTRODUCCIÓN

1 Pablo, Segunda Carta a los Corintios, 5, 17 (= II Cor.).


2 Agustín, Sermones (= s.), LXXXI, 7; y s. [Denis], XXIV, 11. Sobre los moti­
vos de la elección de Agustín de Hipona (354-428) como hilo conductor de este libro
y sobre los criterios seguidos para afrontar su filosofía, cfr., en el presente volumen,
el apartado final de la Introducción. [Para la notación empleada, cfr. las anteriores
ABREVIATURAS].
3 Agustín, Confesiones (= conf), X, 27, 38.
4 Cfr. ibid., m, 6, 11. También Claudel había hablado, con reminiscencias
agustinianas, de quelqu 'un qui soit un moi plus que moi meme (cfr. P. Claudel, «Th
m' as vaincu mon bien aimé», en L'Ermitage, 15 de julio de 1905, ahora en muvre
poétique, París, 1967, p. 18). Parafraseando el título del volumen de Paul Ricceur, Soi
meme comme un autre -París, 1990 [Sí mismo como otro, Madrid, Siglo XXI,
1996]-, se podría decir que, en este caso, vale también lo recíproco según Agustín,
o sea L'autre comme soi meme, y añadir -para señalar elípticamente alguna diferen­
cia macroscópica con el pensamiento contemporáneo, por ejemplo con Barth o con
Lévinas- que ni Dios ni otro hombre representan para él lo «Totalmente Otro».
5 Cfr. Agustín, conf., VTII, 3, 8; y La ciudad de Dios (= civ.), V, 11.
6 Agustín, civ., XV, 22. La virtud consiste, pues, en el respeto al orden que pro­
cede de Dios y no -<:omo en los estoicos y en Cicerón- en el orden y en la concor­
dia recíproca de los actos humanos (cfr., por ejemplo, Cicerón, De finibus bonorum
et malorum, m, 6, 21).
7 Agustín, civ., XV, 22.
8 Agustín, ibid., XIX, 13, 2. Según Pablo, Carta a los Romanos (= Rom., 5, 3-
4), s ·mien es un selector que separa a los buenos cristianos de aquellos que
no saben aceptar las dificultades o no comprenden que éstas pueden convertirse en
una bendición: a través de Cristo, de hecho, encontramos «ventajas también entre le
aflicciones, conscientes como somos de que la aflicción produce paciencia, y la
paciencia, prueba [comprobación experimental, dokime] y la prueba, esperanza».
9 Según el Deuteronomio (30, 16), ya Moisés, avistando la Tierra Prometida,
señala dicha obligación a su pueblo para relacionarse con Dios.
lO Evangelio según Mateo!(= Mt), 10, 34. Téngase presente asimismo la terri­
ble afirmación de la parábola de Jesús recogida por Lucas: «En cuanto a mis enemi­
gos, los que no querían que yo reinase sobre ellos, tráelos aquí y masácralos en mi
presencia» (Le, 19, 27). Para Agustín, cfr. Cart.as (= ep.), CLXXXV, 2, 11: Proinde
ista persecuitur diligendo; illi saevendo; ista ut corrigat, illi ut evertant.
11 Pablo, Primera carta a los Corintios (= 1 Cor.),1, 28-29: ta me onta, ina ta
onta katargese.
1 2 Cfr. Pablo, II Cor., 6, 2; Rom., 13, 1 .
13 Cfr. Agustín, con/, IV, 8, 13: « 1 tiempo o corre en balde ni pasa ociosa­
mente por nuestros sentidos. Hace en el ma cosas maravillosas. Llegaba y pasaba
1 60 ORDO AMORIS NOTAS 161

un día tras otro. A medida que llegaban y transcurrían los días dejaban en mí nuevas vida, pasión y resurrección de Jesús e n u n arco de años determinado. Ellos tratan de
esperanzas y nuevos recuerdos, y poco a poco me devolvían a mis antiguos placeres. responder, por tanto, a preguntas como las siguientes: ¿si Cristo «deviene» hombre
Así, ante ellos, cedía mi dolor». no deviene hombre también Dios en cuanto Trinidad? ¿Y la muerte del Hijo en la
1 4 Evangelio según Juan (= Jn), 1 5, 1 3 ; Primera carta de Juan (= 1 Jn), 4, 10. cruz no es también la muerte del Padre? O aún: ¿la inmersión de Cristo en el tiem­
1 5 Cfr. Evangelio según Marcos (= Me), 1 1 , 22-23: «En verdad os digo: po no modifica o complica la naturaleza eterna del propio Dios, uno y trino?
'Quienquiera que diga a este monte: levántate y arrójate al mar, sin haber vacilado 38 No comparto, pues, la posición de cuantos siguen viendo en él una concep­
en su corazón, pero creyendo que lo que se dice se hará, lo logrará ' ». ción sustancialmente «constantiniana» de residual sacralidad del estado (cfr. H.
16 Considérese, desde éste ángulo, la célebre afirmación paulina de la Carta a Cancik, «Augustin als constantinischer Theologe», en AA.VV., Der Fürst dieser
los Hebreos (= Hebr.), 1 1 , 1, tan densa de tonalidades expresivas y de asperezas para Welt. Carl Schmitt und die Folgen, dir. por J. Taubes, Múnich, 1 973, pp. 1 36- 1 52).
la traducción y para la comprensión: «La fe es certidumbre de las cosas esperadas, Es verdad, por lo demás, que Agustín define la Iglesia como el reino de los cielos en
convencimiento [elegchos o argumentum] de las no vistas». devenir, la escatología ya en parte realizada: «Ergo et nunc ecclesia regnum Christi
1 7 Se puede invertir el razonamiento de Georg Büchner, según el cual la pre­ est regnumque caelorum» (Agustín, civ., XX, 9). Contienen, de todas formas, una
gunta «¿por qué sufro?» es «la roca del ateísmo», por cuanto «el más pequeño susu­ violentación las páginas, por otro lado bellas, de Dolf Sternberger, quien ve en la
rro del dolor, aunque sea en un solo átomo, provoca un laceramiento en la creación, «política de Dios», que producirá en el fin de los tiempos una magna commutatio o
de arriba a abajo»: cfr. G. Büchner, Dantons Tod, en Siimtliche Werke und Briefe una radical mutatio rerum, el presupuesto en Agustín de una especie de «antipolíti­
[ 1 922], dir. por F. Bergemann, Leipzig, 1 949, p. 50 [La muerte de Danton, en Obras ca», cfr. «Augustinus oder die Eschatologik», en D. Sternberger, Drei Wurzeln der
completas, Madrid, Trotta, 1 992]. El dolor también puede convertirse, como de Politik, en Schriften, vol. II, 1 , Francfort d. M., 1 978, pp. 309-380.
hecho sucede, en motivo de fe. 39 Agustín, civ., XVID, 49; y cfr. ibid., XVill, 5, 1 ; en. Ps., LXVII, 7.
18 Cfr. Pablo, Rom., 8, 23. 40 Cfr. Agustín, civ., XV, 26.
1 9 Agustín, Commento ai salmi (= en. Ps.), XLVID (2), 6. Para encuadrar ter­ 41 Es éste el sentido del «poder pastoral» teorizado por M. Foucault, en su
minológicamente esta temática de las pasiones, cfr. G. J. P. O'Daly, A. Zumkeller, ensayo «The Subject and the Power», en H.-L. Dreyfus y P. Rabinow, Michel
«Affectus [passio, perturbatio]», en Augustinus-Lexikon, Basilea - Stuttgart, 1 986- Foucault Beyond Structuralism and Hermeneutics, Chicago, 1983, pp. 208-21 6.
1994, I, 1 , col. 1 68- 1 80. 42 Cfr. F. Nietzsche, «Genealogie der Moral, erste Abhandlung», 1 5, en
2o Agustín, con[, Vll, 7, 25. Kritische Gesamtausgabe, dirigida por G. Colli y M. Montinari, Berlín, 1 975 y ss.,
21 /bid., IV, 9, 1 4. vol. VI, 2, pp. 297-299. En este parágrafo -elegido por concentrar numerosas obser­
22 Corpus Inscriptionum Latinarum (= C.I.L.), VI, 23003; y cfr. Iscrizioni vaciones análogas-, Nietzsche cita a Tomás de Aquino y Tertuliano para mostrar
funerarie sortilegi e pronostici di Roma antica, dir. por L. Storoni Mazzolani, Turín, cómo a ambos les resulta obvio que la felicidad de los beatos depende también del
1 973, n. xxxn, pp. 64-65. espectáculo, mucho más exultante que el terrenal, de las eternas penas de los conde­
23 Cfr. Horacio, Carmina, IV, X, 6-8: quotiens te speculo videris alterum: nados.
«Quae mens est hodie, cur eadem non puero fuit, vel cur his animis incolumes non 43 Es verdad que el papel de la Iglesia, como civitas Dei peregrinans, caerá
redeunt genae ?» pronto bajo las asechanzas del hobbesiano «Dios mortal» que es el Estado y, más
24 Agustín, en. Ps. , LXXXIV, 10. tarde, en gran parte sustituido por los partidos políticos «totalitarios» de masa, con
25 Agustín, civ., XXll, 30. el fin declarado de redimir, por medios políticos, a la «humanidad en su conjunto»,
26 Cfr. H. Jonas, Philosophical Essays. From Ancient Creed to Technological la «raza» o la «nación>>. Pero, dado que algunas prerrogativas de la religión habían
Man, Chicago, 1 984, cap. XVI. sido traducidas en términos de «teología política», la religión misma había seguido
27 A este propósito, son aún fundamentales las investigaciones de J. Leclerc, actuando, directa o indirectamente, sobre las instituciones. Baste recordar las figuras
Histoire de l 'idée de tolérance au siecle de la Réforme, París, 1955. de Cromwell o de Robespierre o incluso aquella especie de agustinismo político epi­
28 Mt 8, 20. gonal sobre el que la filosofía de Giovanni Gentile creía fundamentar en parte el
29 Pablo, 1 Cor., 4, 13. «estado ético», cuando declaraba que éste vive in interiore homine y no sólo inter
30 Cfr. Pablo, // Cor., 5, 1 -2; Hebr., 13, 8- 1 0, 1 1 , 1 3- 1 6. homines y que, con tal mediación, autoridad y libertad, colectividad e individuo se
3 1 Tertuliano, Apologeticum, XXXVID, 3: nec ulla magis res aliena quam identifican, cfr. G. Gentile, Fondamenti di filosofia del diritto, Florencia, 1 9373, pp.
publica. 1 58- 159, y, sobre todo, Genesi e struttura del/a societa [ 1943], Florencia, 1946, pp.
32 Agustín, Comentario al evangelio de Juan (= in lo. ev.), XL, 10. 19 ss., 32 ss. y passim. No hay que olvidar tantísimos países -como los del Norte de
33 Cfr. Agustín, Contra Juliano (= c. Jul., IV, 3, 26); civ., XIX, 25. Europa o los Estados Unidos del God bless America!- donde el vínculo entre pro­
34 Cfr. Agustín, civ., XIX, 17. yecto político y expectativa religiosa no se ha atenuado nunca.
3 5 Esto rige también para la casa, donde debería reinar una mayor armonía, cfr. 44 Mt 25, 34-36.
Agustín, ibid., XIX, 5 . 45 Ésta es la teoría de René Girard -sugestiva, pero quizá demasiado armoni­
3 6 Cfr. Agustín, en. Ps., LXI, 8 . zante- según la cual el cristianismo, extirpando el «deseo mimético» (esa compe­
3 7 Ciertamente, Agustín está aún lejos d e proponerse esos problemas que fas­ tencia por los mismos objetivos, que genera angustia social o individual), habría eli­
cinan y fatigan a algunos teólogos contemporáneos, como por ejemplo Karl Rahner, minado también las causas profundas de la violencia explosiva, que libera del senti­
Jürgen Moltmann o Wohlfahrt Pannenberg, quienes se han preguntado repetidamen­ miento de culpa colectivo. Sobre la intolerancia como elemento no constitutivo de la
te si Dios no participa de una manera más intrínseca de lo pensado en la historia, en doctrina cristiana, cfr., en particular, R. Girard, Le bouc émissaire, París, 1 982, pp.
la temporalidad y en la muerte de los hombres cuando se limita la temporalización 292 y ss. [El chivo expiatorio, Barcelona, Anagrama, 1986].
de lo eterno a la encamación, esto es, al hecho histórico irrepetible del nacimiento, 46 Sobre este método, cfr., por ejemplo, Agustín, conf, X, 17, 22; y E. P.
J ()
ORDO AMORIS NOTAS 1 63

Meijering, Augustin über SchOpfung, Ewigkeit und


Bekenntnisse, Leiden, 1979, p. 66.
Zeit. Das elfte Buch der ceptor de Octaviano y de su hermana Octavia:-, al volver a la patria había asumi o �
la dirección de la ciudad (sobre este personaJe, cfr. Sen., De tranq. an., m, 1 8, Y
Estrabón, XIV, 5, 14).
Cap. l. s Summa Theol. , 1, q. 26, art. 2, in corp.
LOS NUDOS DE LA VOLUNTAD
6 Sobre la interpretación de dicha oposición en Pablo y sobre el desarrollo del
1 No debe confundirse la «carne» pensamiento de Agustín sobre este punto (esto es, sobre �no de aquellos aspectos
con el mero cuerpo: aquélla designa, de
hecho, la totalidad de la existencia de la persona en diacrónicos que no es, en general, afrontado en la economia del �rese�te volu�en),
el mundo y, por extensión, toda cfr. H. Jonas, Augustin und das paulinische Freiheitsproblem. Em ph1losoph1�cher
la humanidad desobediente, en rebeldía contra el creado
r, en la que, imitando al dia­ Beitrag zur Genesis der christlich-abendliindisch�n Freiheitside� ( � 930), Gotinga,
blo, cada cual se elige a sí mismo. Pablo no atribuy .
e, pues, el pecado a una dimen­ 1 965; F. Altermath, Du corps physique au corps spmtuel. Interpretatwn du 1 Cor 15.
sión corpórea, sino a las instigaciones del diablo, puro
espíritu y pura maldad (cfr. E. 35-49 par les auteurs chrétiens des quatres premiers siecl�s, Tubinga, 1977, PP · 234
Kasermann, «Antropología paolina», en AA.VV.,
1972, y . 45, quien interpreta la «carne» como «ámbitoProspe ttive paoline, Brescia. ss.; y P. Frederiksen, «Paul and Augustine: Converston, N�auve, _ Orthodox
«pervierte la ley, razón, historia, existencia, e incluso
de lo demoníaco», de lo que
los carismas, empujándonos así
Tradition and the Retrospective Self», en Joumal of Theolog�cal St 1es, � _ N. S.
al pecado y a la muerte», y, más en general, E. Brande XXXVII ( 1986), pp. 3-34. Sobre las ideas profesadas por los arrugas milanese�, cfr.
nburg, Fleisch und Geist.
P_aulus. und die dualistische Weisheit, Neukirchen, 1 968). El hombre que acepta ser­
G. Madec, «Le Milieu Milanais, Philosophie et Christianisme», en Bulletm de
VIr de mstrumento al «Dragón» o a la «antigua serpien Littérature Ecclésiastique: Saint-Augustin, 3-4, París, 1987.
1
te>> (como será definida en el . .
Apocalipsis) está destinado a precipitarse con él en Cfr civ. ' XIV 20. Sobre el papel atribuido a la corporeidad y a sus apetitos
ya la imaginación había llenado de seres mostruosos
ese «bestiario del abismo» que en Agustín y en i a tradición cristiana, cfr. G. l. Bonner, « 'Libido' and
Le diable et l'enfer au temps de Jésus, París, 1985,
(sobre ellos, cfr. B. Teyssedre,
esp. pp. 1 24-1 28).

'Concupiscentia' in St . Augustine», en Studia Pat�istica, V � 1962), pp. 303-3 14: �­
� � ?�
2 S b e el f n o de este tema y
sobre la Carta a los Romanos, como primer
F. Beatrice, Tradux peccati: Alle fonti della dottrma agostm1ana del peccato ongl­
nale Milán 1 978; M. R. Miles, Augustine on the Body, Missoula, 1 979; Y P. Brown,
tra�do cnstian , mdrre to, del «reino de este mundo
� ? �
m tica sentencia de Jesus «Dad al César lo que es
» y de la política, tras la enig­ � �
«Th Notio of Virginity in the Early Church», en AA. VV., Christian Spirituality:
DIOS», debe ser repensado el elemento de «reserva
del César y a Dios lo que es de
escatológica>> en las confronta­
Origins to the Twelfth Century, Nueva York, 1985 PP · 427-443; Id._. he Body and
: . Early Chnstwmty, � _ Nueva
ciones con la autoridad, para lo cual cfr. últimam the Society. Men, Women, and Sexual Renunciatwn m
Gewalt in der Paulusexegese, Rom. 13, 1 - 7 in den Romer
ente W. Affeldt, Die weltliche York, 1988, en particular pp. 387-427 [El cuerpo y la sociedad, Barcelona, Mue _ �
nischen Kirche bis zum Ende des 13. Jahrhunderts, Goting
briejkommentaren der latei­
a, 1969; G. Torti, Non est

1 993, pp. 5 1 9-572] (que estudia, en genera , l�s formas �rmanentes de �enuncia
. _ cia, a pr ­
potestas nisi a Deo. L'esegesi di Romani 13, 1-7 nei sexual, como la continencia, el celibato y la virgnndad, poruendo �n evtde � �
primi cinque secoli, Palermo, pósito del África romana, cómo no había en ésta la menor aversión hacia el matn­
1 976; y P. C. Bori, « 'Date a Cesare quel che e di Cesare .. .' (Mt 22, 2 1 ). Linee di sto­
ria dell'interpretazione antica», en Id., L 'estasi del profeta monio por parte de los cristianos; cómo Agustín vivía en un monocromo, all-male
ed altri saggi tra ebrais­ world y cómo, finalmente, él consideraba tanto el orgasmo, la summa voluptas,
mo e cristianesim�, Bolonia, 1 989, pp. 53-68. Más
Paul and Power, Filadelfia, 1980. Sobre el respeto debido
en general, véase B. Holmberg,
a los amos por parte de los
como la impotencia, ligados no a factores físicos, sino a una pérdida de control e la �
esclavos, cfr. M. Sordi, Paolo a Filemone o della schiavi voluntad o a una voluntad dividida: ibid., pp. 396, 417-41 8). Aunque demastado
3 Po� ello, es indispensable mantenerse en guardia, de
tu, Milán, 1987.
modo que ninguno se

expeditivo al atribuir casi exclusivamente a A�stín la culpa de ha � transformado
vea �sclavizado P r el mundo, atraído por la filosofí -incluso por motivos autobiográficos- la sexualidad en el pecado ongmal Y de haber
? a (cfr. Col. 2, 8). Mientras que negado al hombre, consiguientemente, la capa�idad de autogobemarse, resulta mte­ _
el DIOs de los filosofas paganos -sobre todo durante
la época helenística-, parece resante (aunque criticable, y criticado, en vanos puntos) el volumen de E. Pagels,
tener poco en cuenta lo que los hombres piensen de
él, el de la Biblia se muestra Adam, Eve, and the Serpent ( 1988), trad it. Adamo, Eva e il Serpente, Milán, _ 1990,
extremadamente susceptible ante sus actos y opinion
es (cfr. H. Blumenberg, pp. 1 27 SS.
Matthiiuspassion, Francfort d. M., 1988, p. 19).
s
. .
4 Sobre el público al que Pablo se dirige, Sobre la imagen de la discordia que se instala en la morada mtenor del «yo»,
cfr. W. A. Meeks, The First Urban H. Arendt, Between Past and Future. Six Exercises in Political Thought, Nueva York,
Christians: The Social World ofthe Apostle Paul, New
Haven - Londres, 1983. Sobre 1 96 1 [Entre el pasado y e� futuro, Barcelona, Penín�ula, 1 �96, pp. 174� � 75]. .
la relación de Pablo con la filosofía y, en particular,
con la de los estoicos (con algu­ 9 conf, VIII, 8, 20. Esta es, paulinamente, la dtferenci entre el HIJO de Dios Y
no de los cuales había discutido en el Areópago, cfr. �
Act. apost. , 17, 1 8, aunque hay el hombre: «No fue Cristo sí y no, en él no hubo más que SI» (Il Cor., 1 , 19).
lO Aegritudo, cfr. conf, VIII, 9, 2 1 .
algunas dudas sobre la veracidad del discurso de Pablo
en el Areópago y sobre el
11
papel del compilador de los Hechos) y sobre la difusió
n obtenida por esta última en Cfr. August, c. Faust., 11, 5 ; V, 10, haer., XLVI. E n el �lano de los «oyen­
aquella época, incluso entre los pensadores judíos
como Filón, cfr. M. Pohlenz, tes» (a los que pertenece Agustín) y de los «eleg�_ dos», los marnqueos buscaban en
Paulus und die Stoa, Darmstad, 1964. Resulta, de .
todas formas, significativo el las expresiones diurnas o nocturnas de la luz, la onentactón _ de la salvación. Rezaban,
hecho de que en Tarso -ciudad natal de Pablo, puerto
ra del río Cydnos, animada ciudad de mercaderes y
de Cilicia en la desembocadu­ por ello, vueltos hacia el Sol o a la Luna o bien al norte, a 1� estrella polar, cuando
crisol de civilidad- el estoicis­ los astros mayores eran invisibles (cfr. haer., XLVI). La doctnna de la mezcla de luz
mo conociese cierta fortuna. Entre los conciudadano
tres exponentes de la escuela, llamados ambos Atenod
s de Pablo se cuentan dos ilus­
oro. Tras haber estado al fren­
y tinieblas en el alma del hombre ha marcado ciertarn�nte � A�stín. C?mo en to as �
te d� la biblioteca de Pérgamo, el primero fue, en Roma, la elecciones realizadas por él, debía ser profunda su Implicación teónca Y emoti�a
maestro y amigo de Catón (cfr., por ejemplo, conf, IV, 1 , 1 ), tanto que el maniqueo Fausto considerará en segui­
de Utica (cfr. Plut., Cato minor, X, 6; Estrabón, XIV,
de una teoría de los deberes en Posidonio, utilizada
5), mientras el segundo -autor da a Agustín como un «desertor» de su secta (cfr. c. Faust., V, 2). Véase, para este
por Cicerón en De officiis, pre- punto, P. Courcelle, «Saint Augustin manichéen a Milan», en Orpheus, 1 (1954), PP·
1 64
ORDO AMORIS NOTAS 165
8 1 -85 (enmarcable gracias a E. Cattaneo,
Sant:Ambrogio, La religione a Milán nell 'eta di
Milán, 1974), y P. bronne, «Saint Augusti� et l ' Église mutabilidad del hombre, cfr. P. Brown, Religion and Society in the Age of Saint
Mamchéenne», en Vita Latina, CXV Cam Augustine, Londres, 1 972 (trad. it., p. 19).
1s
Bruc�er, Faustus von Mileve, Basilea, 1 90 ( 1989), pp. 22-3 5. Sobre Fausto, cfr. A.
Sen., Ep., CXID.
19
de Milev», en J:lém_oires de l 'Inst�tut 1 ; P. Monceaux, «Le Manichéen Faustus
Cfr. Epicteto, Pláticas, Barcelona, Alma Mater, 1 982, m, 1 , 40. Sobre es�e
Sobr� e! man1quets�o de los tiempNatio nal de France, XLm ( 1933 ), pp. 1 -
1 1 1. concepto de proafresis en Epicteto, cfr. G. Segalla, «ll problema della volonta m
Ma�zchez.sme dans l Afrique romaine.
os de Agustín, cfr. F. Decret, Aspects du Epitteto», en Studia Patavina, X (1963), pp. 340-379.
20
. Les contro verse s de Fortunatus, Faustus et
Felzx avec Sam t Augu Citado en Mace. Aur., XI, 36.
21
. stin, París , 1 970 (más en general, U. Bianchi, Antropología e
dottrma
ichei' Roma 1983 ).
del/a salvezza nella religione dei Man Mace. Aur., XII, 33.
1 2 conf , Vm, 8, 2 1 y cfr. ' 22 Cfr. ep., CLXXVII, 5; CLXXXVIT, 7, 24; y H. Arendt, «Willing> , en The
Vm, 5,10. M. A. Dihle, The Theory of the Will in �
Classical Antiquity, Berkeley - Los Lije of the Mind, Nueva York - Londres, 1978 [La vida del espfritu, Madrid, CEC,
v�luntad nace realmente con el cristianism Ánge les, 1982 , ha mostrado cómo la idea de 1 984].
23
o:
Vtctorino -el rétor africano convertid al cristi en forma embrionaria con Mario Cfr. Cic., D e nat. deor. , m, 36; y Agustín, civ., V, 9.
tor d� aquellos textos plotinianos que o«infl anismo, que fue asimismo el tradu
amaron>> a Agustín (aunque cfr. E. Benzc­,
.
24 Cfr. Cic., Tusc., IT, 1 8, 43. Agustín es más «cristiano» que «Ctceroru o»
.

Manus Victorinus und die Entwicklu
ng �er abendliindischen Willensme cuando presenta el autocontrol y la fuerza de ánimo d� los roman?� de sus meJores
Stuttg�, 1932 pp. 364-412; véase tamb

tén P. Hadot y U. Brenke, Christlicher
taphysik, tiempos como amor orgulloso a la gloria que, oscurect�ndo l.os VICIOS menores, les
Platomsmu�. Dze the�logischen Schr
.
llevó a la conquista del mundo (cfr. civ., V, 13 ss.), a un tmpeno de eno�e pero grá­
iften des Marius Victorinus, Zúrich,
Hadot, Manus Victorm us. Recherche sur sa 1 967; y P. cil mole. Sobre aquel otro «orgullo», el de los filósofos paganos que qUieren hacer­
sobre to??· con el p�opt. ? Agustín. Enseste vie et son oeuvre, París, 197 1 )-; pero,
•.
último, seguramente, tuvo un peso decisi­ se semejantes a Dios a través la sabiduría y la felicidad (sobre los cuales, cfr., por
vo tambten la expenencta personal de ejemplo, Platón, Rep., X, 6 1 3 b; y Teet., 1 73 c-1 76 e), véase . P. H �dot. P�'Y�yre et
en �1 querer. Debe recordarse, de todasfrecu form
entes y sucesivas laceraciones y parál isis .
Victorinus, París, 1968 y, más en general, D. Roloff, Gottiihnlzchkezt, Vergotthchung
AleJandría: � no somos hijos d J deseo, sino as, la neta afirmación de Clemente de und Erh6hung zum seligen Leben, Berlín, 1970.
� de la voluntad» (Strom., 2s Cfr. lib. arb., I, 1 2, 26; y cfr. ibid., m, 3, 7.
pe�o determmante que ha terud o, para eJ brote de la metafísica de m, 57), y el
26 Cfr. c. Cresc. , I, 19. Para la relación con la dialéctica estoica y el método de
Orígenes � con su tratado sobre el libre albed la voluntad,
l�s estu�10s de fecha más antigua, cfr. tamb río (cfr. Orig ., De princ ., m, 1 ). Entre
ién M. Pohlenz, Die Stoa. Geschichte la diatriba y para la fase estoica en Agustín, cfr. J. Pinborg, «Das Sprachdenken der
emer gezstzgen . Bewegung, trad.
it., vol. II, pp. 386 ss.; E. Frank, St. Augu Stoa und Augustins Dialektik», en Classica et Medievalia, XXII ( 1962), pp. 1 �8-
Greek T�ug�t. f<_nowledge, Will and 1
stine and 1 77; y Ch. Baguette, «Une période stolcienne dans l'évolution de la pensée de Samt
Belief, Zúrich - Stuttgart, 1955 ; E.
Intr�ductwn a t. etude de Saint Augu Gilson, Augustin», en Revue des études augustiniennes, �VI ( 1 970).' pp. 47-77. Hay �ue
stin, París, 1 969; B. T. McDonou 1
Not10n of Order m St. Augustine's On Free Choi gh, «The
ce of the Will» , en Irish Theological tener presente que las discusiones con lo� ad�ersanos en particular con �os hereJe�,

.
Quarterly, XL� (197�), pp. 5 1-55; se hacían a menudo no sólo ante el público smo tambtén con la presencia de esc.n­
J. C. Stark, A Study of the Will
Works ofAug_ustm , tes1s de la New en the
� School for Social Research, Nueva York, Early 1 979.
bas, de modo que los participantes no podrían desmentir fácilmente sus afirmacio-
Entre los mas recte ntes, cfr., en cambio, M. Zanardi, «Pot nes.
AA. �V., Sulla potenza. Da � �isto�ele a Nietz 21
entia voluntatis» , en Sobre Agustín, la tradición antigua y el estoicismo, hay m . dicac · ones en E.

Frank, Saint Augustine and Greek Thought: Knowle���· Wi!l a� Belzef, .ctt.;
. sche, Nápoles, 1 989, pp. 105- 140. .
Cfr. czv., XIV, ?= mhzl alzud quam �·
1 Verbene, L'évolution de la doctrine du pneuma des Stozczens a Saznt Aug�s�zn, Pans
voluntates sunt: «Lo que cuenta es
volunt�d del hombre: SI s perve sa tendr la
recta, estos no sólo serán �meprenst�bles, sinoá impulsos perversos, si, en cambio, es _ Lovaina, 1945; Id., «Augustin et le Stolcisme», en Recherches Augustmzennes, I
t�d esta_ en la base de todos estos im ulsos; tamb ién digno s de alabanza. La volun
smo voluntad, ¿que_ so de hecho la avtde � por tanto, todos estos impulsos no son­ ( 1 958), pp. 67-89; M. Spanneut, Le Stoi'cisme des Peres de l'Eglis�, de Clém_ent de
z y la Rome a Clément d'Alexandrie, París, 1 957; Id., «Le Stolcisme et Sat�t Augustm», en
lo que queremos? ¿Que� on el temor y la triste alegría sino Ja voluntad que consiente AA. VV., Formafuturi. Studi in onore del cardinale Michele Pellegrmo, Thrín, , 1 975,
qu� no q�eremos?». E� tsten � za, sino la voluntad que disiente de lo
pp. 896-914; M. L. Colish, The Stoic Tradition. Jr:o"! 1 ntiqui� to the �arly Muldl . �
1
a��almente dos óptimos comentarios a las
ne.s.. el pnmero en la cttada edict ón en Confesio­ Ages, Leiden, 1985, 2 vols.; M. Daraki,. Une relzgwszte sans Dzeu. Essaz sur les stoz­
.
segundo en Agustín, Confessions, dir. porlaJ.colec ción de la «Fondazione Valla» y el .
ciens d'Athenes et Saint Aagustin, París, 1989, en particular pp . 1 76 ss.
2s
J. O ' Donnel, 3 vols. : I. Introducti .
Text; II. Commentary on Books 1 - 7;
m. Commentary on Books 8-13 and Index on and Para justificarse, extrae de su equipaje un texto de �ptcte �o, en el que . se
Oxford, 1992 . es' demuestra que el sabio -aun no siendo capaz de. c�ntrolar de mmedtato las emocio­
14 Cfr. en. Ps., LXXXIX, 4, 1 2; XLI, 1 3, 1 8- 1 9. nes imprevistas o irrumpientes-, no da su asentmuento y que, por e�de, �esde este
1 5 Mace. Aur., IV, 1 8.

punto de vista, se mantiene inmune (cfr. Aul. Gell: , XIX, 1 ; y Agu.stín, czv., IX, 4).
16
:r Sobre la historia de la Y pitag Se trata en efecto de la teoría, ya elaborada antenormente por Eptcteto, de la P.ro­
Harms, Romo viator in bi io. Studien órica y sus derivaciones en el Medievo cfr. W.
patheia, estado preliminar de la pasión, que se transforma precisamente en pastón
: �
29 ss. Para la argumentación sobre la posib zur Bildlichkeit des Weges, Múnich, 9
1 70, pp. sólo si el logos da su asentimiento.
29
Mt 6, 24; Le 1 6, 1 3; y la respuesta de Oríg ilidad de servir a la vez a dos amos, cfr.
Cfr. ep. , CIV, 4; civ. , IX, 5, XIV, 8.
30
68. Sobre este punto, véase G. Pfligerdor enes a Celso , en Orig., Contra Cels. , VII, . del kyklos
En la filosofía antigua, en general, la idea de la reencarna�tón,
en Id., Augustino Praeceptori. Gesammefer, «Niemand kann zwei Herren dienen»
geneseos, o del eterno retomo, no constituye, por lo demás, un motivo de consola­
Forstner y M. Fussl, Salzburgo, 1 987, pp. 1lte Aufsiitze zu Augustinus, dir. por K:
5-3 1 . ción, como lo será para los esprits forts de Nietzsche, capaces de soportar «�1 peso
1 7 Ep. , CXXX, 2, 4 ; y,
para las observaciones sobre l a indeterminació más grave», cfr. Platón, Gorg., 524 a; Fedón, 82-84 b; Rep., X, 6 1 1 b - 612 �· Plot.,
1' n y la Enn. , m, 2, 4; y Porphyr., cit. en Augustín, civ., X, 30 (aunque, para la relactón con
,,

J
1 66
ORDO AMORIS NOTAS 1 67
Porfirio, véase W. Theiler, «Porphyrio
Neoplatonismus, Berlín, 1 966, pp. 1 60-25s1 ).und Augustin», en Forschungen zum 38 Lucrecio, III, 945. Sobre el pathos . stiano hacia lo novum introducido tam-
Cfr. bién para indi�ar eld �ue;� Teifs���� i ��� Vi�w e A p trides The Phoenix anf the
tino, que insiste en ss. Par a una perspectiva trágica y pesimista de la
31 civ., V, 1

A. Magris, L 'idea diladescon sciencia de los límites del poder humano, cfr.,idea en
de des­
cam Ladde r. The R1se an ec me 0
. . . s s a ado asimismo
���isto,;, Berkeley - Los Ange­
tino nel pensiero antico, vol.
I, Dalle origini al V seco/o; bio, les, 1 964. Sobre el �lemento d:l �n:; por Arendt, cfr. tam­
ll, Da Platone a Sant 'Agostino,
Udi ne,
resulta aún fundamental: A. Bouché-Lecler - 1 985. Sobre la astrología antigua
1 984 vol. bién P. Bowen-Snuth, . Hanna z:;:.� ����:sophy of Naturality, Houndsmill -
cq, Histoire de la divination dans l 'anti­, Londres, 1989, en particular · 26 ss· La. creación es ya un relato, un myt�s. tem­
quité, 4 vols., París, 1 879
32 Sobre la astrología de
- 1 882. poral de fundación del mundoPPque, romptendo la eternidad generalmente atnbutda al
París, 1 98 1 . Tolomeo, cfr. W. J. Tucker, L 'astrologie de cosmos pagano, constituye .el presupuesto para pensar la historia humana como pro­
3 3 Ésta es la tesis agudam
Ptolémée, ceso y como ci�itas pere�rmans.
ente sost enid a por D. C. Dennett, Elbow Room. The 39 Cfr. Ong., De prmc. ' 1, 6, 3 ·: III. ' 5 ' 3 (no son, por lo demás, cosmos y tie�-
th Wanting, Oxford, 1 984 pos iguales, ibid., ll, 3, 4-5). Astnusm? ara Orígenes por otra parte, la repett-
. . cfr.
Varieties of Free Will Wor
el cual -por otro lado (en particular, pp. 5 ss.), según
- nue stra
culada a una «familia de ansiedaidea de libertad en el sen ción tdénttca de 1os nu. smos sucesos destruma . pdantesla l t. bertad y ia unicidad del individuo:
una situación histórica y culturalme d». El autor tiende siemtido psicológico estaría vin­
pre a convertir en abs
.
Dios armoruza e.n cambio, . las voces dtscof
• del universo justamente porque
34
nte dete rmi nada. oluta son libres (cfr. tbtd., n, 3, 4, n, 1 ' 2) . Para
.
enmarcar algunos aspectos re1evantes de
También stín llama mathematici a los
sintió atraído en suAgu la doctrina de Orígenes, cfr. H. �o�e ts, Le fi ndements cosmologiques de l ,esca-
r
astr ólog os
d (cfr. doctr. chr., n, 20, 30; conf., IY, 3cuy por as doctrinas se
hizo quemar sus escrjuvitosentu en la eda d tard ía ss.), mientras que tologie d'Origene, París, 1 959; : rouz�1 , �;;gene et la philosophie, París, 1 962;
F· H · Kettler, Der Smn der ogmatik des Orígenes, Berlín, 1 966. Para
(cfr. ev. , VID, 8). Para Taciano,
.
. · ursprüngl•che
taker, Oxford, 1 982s, .enDesTacdeiano cfr. la
in
Oratio ad Graeco
, Oratio ad Graecos and lo.
Fragments, dir. por la crítica agusttruana de ctertos puntos
·
. padetristische
su doc na, c�r B • Altaner' «Augustinus
m· 1' •

rico había escrito un Adversus Mathematica de los escépticos, también SexM.


el pun to de vist Whit­ und Origenes» ( 1 95 1 ), en Id., Kleme Schriften, dir. por G. Glockmann,
Leipzig, 1 96 1 ). Taciano es importante tam os (cfr. Opera, dir. por J. Mau,tovolEm. m, pí­ Berlín, 1 967 , P�· 224-25�.
40 Cfr. Ong., De prmc. ' ll, 3 5 . m 5 3. Teológicamente significativa �s la afir-
nencia o autocontrol y ascetismo radical bién com o defe
que se apoyaban en su auto en general); paranso r de la enkrate (conti­
la secta de los enciarati mación de Orígenes del C?ntra Celsum, ' ' ' Vll 17 según la cual Cristo tambtén se ha
rida d par a rech
cia de carne y vino, cfr. G. Blond, «L' 'hér aza'r las relaciones sexuales y la abstinetas, sacrificado por los demoruos «por los t�rres�es' r los celestes».
•.

en Recherches de scie esie encratite a la fin du quatrieme siecle»,n­ 41 Cfr. civ., XI, 23; Orig., De !m�cA III.' �: �3· ll 1 1 , 6; R. Sorabji, Time,
parro, «Le motivaz protologiche dell '
nce religieuse, XXXll ( 1 944
), pp. 1 57-2 1 0; G. Sfamen Creation, and the Continuum. Theones m nt ty a� i� the Early Modem Ages,
Ji e nello gnosticismionio», en enkrateia nel cristianesim i Gas­
o dei primi seco­ Loodres, 1 983' p. 1 86 '· y L. Atzberger, Gesc����te der christlichen Eschatol ogie,
1 985 , pp. 1 49 ss.; para
La tradizione dell 'enkrate
dir. por U. Bianchi, Roma, Friburgo, 1 896, pp. 395-398. La posición de Orígenes no es, pues, tan extrana -
y at· s-
tradizione dell 'enky,rate Agustín, Id., «ll a della conia,cup
ia>>, en Augustiniantem iscientia in Agostino e la lada, ni siqui�ra hoy. �a_ns Urs von Balth ar por ejemplo, la acep¡a: cfr. H. U. von
Balthasar, «Ftdes Christt», en AA. VV., Sp�n;a Verbi, Brescia, 1 969, p. 65. . .
35 en. Ps. , LXXVI, 1 4, 5- 1 3 um, XV ( 1 985 ), pp. 1 55- 1
36 Sobre la teoría del eterno; reto y cfr. LXXVI, 2, 1 7- 1 9. 83.
42 Marc. Aur., X' 33 (que retoma un topos estoico sobre el distinto movlDllen-
mo de
premisas en la tradición cultural y filosófi lo mismo en los estoicos y sobre sus to del que son susceptible� las :gur� tórda� de la geometría: esfera, eu m· dro o
ca ga, cfr. B. L. Waerden, «Das groBe cubo). Sobre una formula�tón � caz e «�g mento perezoso», cfr. Cic., De fato,
Jahr und die ewige Wiederk
ller, Deux themes de la cosmol ehr>>, en Hermes,grie LXXX ( 1 952), pp. 1 29 ss.; Ch. Mue­ Xll 28. Para una ilustractón eJempl� de .las po siciones de Marco Aurelio, cfr. P.
des, París, 1 953 ; R. Schaere
ogie grecque: devenir cyc Hadot, La cittadelle intérieure. Intro uctwn aux Pensées de Marc Aurele, París,
París, 1 958 ; V. Goldschmidt,r, Le
lique et pluralité des mon
L 'homme antique et la stru ­ 1 992.
cture du monde intérieur,
J. Mansfeld, «Provid 43 X, 5 ; VII, 20.
e and the Distruction of the Universe in París, 1 979;
systeme
Thought», en Studies enc
stoiCien et l 'idée du temps,
44 IX, 39 a.
in the Hellenistic Religio
n, dir. por M. J. Yermasen,
the Early Stoic 45 Agustín se refiere a las tres eup?the1·ai estoicas (sobre las cuales cfr. Diog.
1 979 ; y C. Natali, «La teor
ia aris
di un mito», en Rivista di Filología e di Istrtote lica dell e cata stro fi. Metodi di razionalizzLei den, Laert., VII, 1 16), que etceró� ha traductdo por constant'·ae (11usc., IY.' 6' 1 1 - 14), y
37 Cfr., por ejemplar, el libro de O. Cullma uzio ne classica, CV ( 1 977), pp.
azio ne que se corresponden con la tnp1e vtc. to ·a del sabio sobre las pasiones: «Ell.os, p�es,
1 9623• V. Goldscbmidt, nn, Christus und die Zeit, Zúr
403-424.
ich, concluyen que el querer, el alegrarse y �l precaverse pertenecen sólo al sabto, mt�n­
cambio, numerosos casosLedesyst eme stoiCien et l 'idée du
temps, cit., ha descrito, en tras que e1 desear, e1 enfermarse' el temer, ttistecerse pertenecen. sólo al necto.
. ye1lasenotras
no. Véanse las crít de Momigliano a los con cep ción line al del tiem po en pensamiento paga­ Las. primeras tres formas son constantwe cuatro ' según Ctcerón, pertur-
tiempo cíclico grieicas go teólogos que siguenel con traponie un bactOnes o, como se dice más a menudo, pastones» (czv., . . XIV
' 8) .
nella storiografia antica», en La storiogrjudeo-cristiano: A. Momigliano, «ll ndo
a un tiem po line al tempo 46
47
Terencio, Andr., ll, � · 5-6.
Es este, para Agustín, el cas? ; d uno d sus modelos preferidos, Catón
griega, Barcelona, Crítica
Uticense, cfr. civ., XIX, 4. Sobre el sutct. o como�alentendido desiderium quietis,
afia greca, Turín, 1 982 [La
cómo la recta via , 1 984, pp. 66 y ss.] , en don
de
historiografía

tamente una imagencondeltraptiem uesta por Agustín a los ciclos deselosseñesto ala, incidentalmente, cfr. lib. arb., III, 6, 1 8.
icos era njun­
parte, desde el punto de vista del tiempo de la salvación» [ibid., p. 73] .«co
po y una ima gen Por otra 48
49
conf , ll, 4, 9; �· 3, 6; l , 1 ' 2 .
Cfr. H. Chad�tck, Aug_ul�tme, . 1 1 986 trad. it. Agostino, Turín, 1 988, pp.
pero tanto el sacrificio de la misa como litúrgico, Cristo ha muerto una sola vez,
rrección expresan una especie de contempor la cele bra ción anual de su muerte y resu 39 ss. Sobre la atracctón �gustt::a \ ·¡a na& y la reflexión sobre ella, cfr. tam-

tud de la anámnesis que lo repite. ane idad del evento convertido en la vir­­ bién E. zum Bruno, Le dllemm. l !;;re et du néant chez Saint Augustin des pre­
miers dialogues aux «Confesswns», Amst erdam 1 984 en particular pp. 57 y ss.
Tertuliano había rechazado ast, una acusact. ón que debía ;er frecuente por parte de los
'
169
168 ORDO AMORIS NOTAS
11
11 cit.). Aun no
paganos: «'Así pues'», decís ' · por �é o�. 1amentáis. SI. �s persiguen, dado que de-
drie,
des Peres de l 'Eglise de Clém
ent de Rome a Clément d'Alexan
pers ecuc ione s, la difu sión del platonismo
seáis el sufrimiento? ¿No debe�ais s •e;, am.ar a qUien os permite sufrir como siendo, pues, contemp oráneo al fin de las n. Pero cfr. también E. von Ivánka. Plato
queréis?'. Es verdad que lo querem�s' pero el mismo fue reforzada y aceleradmea por esta mutació
.modoque que la guerra que Dio­ r,
und Umgestaltung des
Platonismus durch die Viite
guno soporta voluntariamente �r los terrore.s y los peligros acarrea. Siempre se Christianus. Obemah
rwa, Die christliche Platona den «Sto mas is»
Einsiedeln, 1964; y D. Wyrien
neignun g in
combate con todas las propia� e q��n.,:, lamentaba del c?mbate, una vez Berl ín - Nue va York , 1983 . ervar
alcanzada la victoria, goza por la �rl� r: que �a conquistado (... ) ¡Pero des Clem ens von Alexand ,
contemporáneo, Eugenio Trías, ha queridolacons
nosotros sucumbimos! Ciertamente despu�s de ha r vencido. Porque nosotros ven­ 56 Un filósofo españolética de las pasi
de la emancipación ), la conexión entre pasión Y ones en dich a, y
cemos cuando somos matados'· o' e� as palabras, nos evadimos cuando sucumbí-
otr como positiva (contra nte, toda nozianos
mos» (Apol., L, 1-3). por tanto, implícitame ito de en términos antiespiamo r que tiene carácter autorrefl(cfr. exivo
so
. . sufrimie nto, en el ámb un conc epto del queama amar E.
S., cccn, 6, 4. Por lo demás siempre que se � hacia lo mejor, no se pre-
. ;na vida . meJor que una vida concreta». enta rSe y es amo
o: quiere retroalim 26 ss.). En este sentido, agustiniana­ r
fiere «algo distinto de la vida sino más b�o y no tiende sino a sí mism
pasión, Madrid, 1979 , pp.
Por parafrasear el título del �pular lib e ÓA. ��y, Lif. e.afte� Life, Covington, 1
Trías, Tratado de la tiene una meta externa y -con trariamente, por ejem plo, a
Ga., 1975, también para Agustín con :ás raz o aun, � auténtica vida comienza tras mente, el amor no itadning sas exte rnas » para desp ués refo rzar la pote ncia
la vida (terrena). Los hombres � afanan =���r eVItar la mue�e del cuerpo y no Spinoza- no viene susc. o por «cau
se preocupan de la muerte immortal de la �e�rna. Saben Ciertamente que «no de existir del que ama los pelagianos y, en part icular, sobre la racio nalidad
hay nadie que después de un año no esté más P ximo a la muerte que el año ante- s1 Sobre las posiciones de cues tion es relat ivas a la volun­
rior, y también mañana más�� ��yti hoy más que �yer, dentro de poco más que de las doctrinas de Juliá n de Eclano, tambiénanenvonlasEcla seine
cfr. A. Bruckner, Juli gianismus. Text
Leb en und
tad y al placer sexual,
num: Sein
ahora y ahora más que hace ·' ::� que se Vl�e se sustrae a la extensión de e und Untersuchungen
Pela gian
,
la vida y lo que queda disminuye día �sí, el bempo de es� vida no es más Lehre. Ein Beitrag zur Geschic
hte des Pela
ical Imp lica
lfson, «Philosoph n Philosophical Society, CID (1959), tion s of the
que una carrera hacia la muerte, en la cual n e puede detenerse un momento ni DI Leipzig, 189 7; H. Wo
frenarse mínimamente · todos estamos someb'dos al mismo ritmo r nguno puede ·
Controversy», en Proceedi ngs of the America
al, «lulian d'Eclan etP.Rufi n d' Aquilée», en Rev ue des études
pp. 554-562; Y. M. Duv Society, cit., PP·

mantener u.n paso distinto al de los demás» (civ. , XIII , 10) . . Lo sa�o, upero a meno- pp. 243- 271 ; Bro wn,
augustiniennes, XXIV (197 8),
The Bod y and
do no constguen evitar «la segunda muerte», que «consbtuye el más grave y .e1 peor sociedad, pp. 547-556]; y E.
Pagel, Adam, Eve>-!lnd the
de tod. os los males, pues no acaece por la separación
. los hombresdel a1ma y el cuerpo, smo por 408-419 [El cuerpo ypp.la 163 ss .
su UDión en una pena eterna. Allá al �ontrariO, no existirán antes y des- Serpent, trad. it., cit., ., 2, 21: si per legem iusti
-
ssCfr. 1 Cor. , l , 17: Ne tuusevacuetur crux Christi, y Gal
pués. de la. muerte, sino que esw'án siempre en la. muerte y' por tanto, · VIV· irán . m DI
monrán rrán muriéndose de forma intermi bl E n nada peor en est.
dicho el apóstol acercaente de
la m�erte' que la misma mue� que no mu�� n:�c�!�����' �' �·
tia, ergo Christus gratis mor
s9Cfr. 4, 3, 17: «No hay duda, como ha bien en vano ; así que ciertam
c. tul.,
viene de la ley, Cristo ha mue rto to ha
Me refiero al conocido pero siempre esplénd'Ido texto gnóstico de los Acta la ley: si la justicia justi e de la naturaleza y de su (sola) voluntad, Cris
Tomae 108-1 13 en el cual el alma -en la figura de un J· oven que ab dona la casa
' an puede decirse: si la eciaestevienaspe cto, cfr. también gratia. yetlalib.polémica antipelagia­
arb. , xm . 25; ep.,
paterna, con «vestimenta estrellada Y ada e� .oro»- es enviada al muerto en vano». Sobr I, 9; y, en gene ral, sobr e la grac
reino de la luz, al país de Egipto, sí�::�:���! . . ese��
. avitud espmtu .al, conaelsfencargo cLXXXVI. 2; XXV S• •
s, Rostock, 1936; A. Trape,
na, K Janssen, Die Entsone Natura e Grazia, Roma,
tehung der Gnadenlehre Augustin
de arrancar a un dragón la «perla» de la pr:: Iden�dad Y reconqUistarse misma, aUa dottrina della Grazia. l.
venciendo el olvido y el pecado E tr�:1 ' .se pierde Y ol�da sus orígenes y la S. Agostino: lntroduzi . L'aventure de la raison et
de la
orden recibida, hasta que un me�sa\ y, . conclUida la empresa, puede 1987; y, sobre todo, A. Mandouze, Saint Augustin
finalmente retomar a la casa. fami l�. Cfr.dee�pierta
texto gnego en las Acta Apostolorum grace, París, 1968 . ilis in St. Augustine», en
.
Apocrypha dir. por R . A. Lipsms y M. Bonoet, Leipzig, 1903, reimpr. Hildesheim, 60Cfr. R. Arbesmann , «Christ the Medicus-629hum .
1959. ' , vol. ll, pp. 623
Augustinus Magister, París, 1954 , 1, 2-3 (donde Malaquías hace decir al Señor:
52 Cfr. 1 Cor., 9, 25: «Apresuraos de od �ue e 1 premio. sea vue�tro. Todos los Cfr. Gen., 25, 19-34,doy aMl.
61
o de sus montes una deso lación Y he
que luchaq por algo se imponen la absti�enc� · ellos, para consegurr una corona «YO he amado a Jaco b y odia Esaú, be hech erto »), y 9, 10-1 6: «( ... ) también
com;ptible, pero nosotros por una incorruptibl�: . dado su dominio a los animales del desi nuestro padre, dos gemelos y de hecho
Rom .,

s., C CLXXVI, 2. Bajo la tortura delante de un pu�hco hostil, es más difícil


, · .
Rebeca concibió de uniese solo hombre, Isaac bien o mal, con el fin de que se afir­
mantener la gravitas y el aplomb del sab'10 estoico . empuJado al smc1 · 'd'10, especial­ -antes incluso que hub n nacido y actuado nde no de las obras sino de la elec­
mente cuando se es golpeado como pablo o Jesus, en la cara o en los labios, cfr. Acta mase la libertad de la dich elección divina, que depe o del menor', pueinju s está escrito 'he
Ap., 23, 2; Le 22 6 · Y E · Beoz, Der gekreuzte Gerechte in Plato, B1'be1 und ción de Dios-, le fue do Esa o: 'El mayor será sierv , pue s? ¿Ha y acas o sticia en Dios?
. • •
. 1947. amado a Jacob y odiato que élú'mism . ¿Qué diremos ricordia a
�h rrstentum,
r:-..::'--
nur Mag_uncia,
Sobre la función también positiva del mied0 (0 meJor . del «casto temor de No la hay. En cuanla misericordia yotend dice a Moisés: de quien quieramise
'Har é uso de la
tene r compa­
quien haga uso de pues, ni de quién quie ré compasión sura. sino de Dios
Dios», que no tendría nada de¡��se�{;� . 1 ) efr. ep <?LXXXV; e�. Ps., CXXVII, 9; R . '.t re, ni de quié n se apre
sión'. No depende, ricordia». Agustín insiste en el hecho de que pocos son los ele­
.•

Rimml, «Das Furchtproblem e ::: heiligen Augustms», en Zeitschrift für


.

katholische Theologie, XLV (1921) PP· 5 y 229-259. que concede la mise gracia, respecto a los muchos a quienes Dios permite nacer, los
gidos, y salvados por massa damnationis, cfr. ep. , CXC, 3, 12; corr. et gr., Xill, 39;s

ss Sobre �1 ::���i�:���: :;/a lgl�sia d� los primeros siglos desde el pre­


dominio teóric �eop atom�mo, Spanneut �ue no toma en cuales constituyen la si hubiese condenado en bloque a esta raza pecadora, Dio se
consideración, sino marginalmente' los a �t�s a;;ba tratados- observa sin ��bar- civ., XXI, 12. Incluso ado a alguien por misericordia,
go que tal transición tiene lugar en tomo 2 (e fr· M· S panneut, Le Sto1c1sme habría hecho igualmente bien. Si de hecho ha salv
1 70
ORDO AMORIS NOTAS 171
ha comportado como un acreed
deudores (cfr. Contra duas epistuorlasquepelag
decide cancelar las deudas sólo de algunos
ianorum ad Bonifacium Papam, JI, 8, 13 Jaspers -a su vez condicionado por los planteamient� s del �bro de �e�dt- en el
[= CSEL, 60, 473-474] ; H. A. Deane
, The Political and Social Ideas of St.
volumen Platon Augustin Kant. Drei Gründer des Phzlosop?z�rens, Mumch, 19.57,
Augustine, Nueva York - Londres, 1963, pp. pp. 101-178); J. Burnaby, Amor Dei. A Study of the Relz.gwn oj St. Augustz� e ,
62 Cfr. K. Flasch, Logik des Schre19-20 ).
ckens . Augustinus von Hippo , Die
Londres 1938·' H. Petré, Caritas. Étude sur le vocabulazre latm le la charzte, _
Gnadenleh; von 397, edit. y anot. por Kurt Lovaina: 1948, pp. 92 ss.; O. Du Roy, «L'expérience de l'amour et l'intelligence de
(donde está �mtr., trad. y com. el texto De diversFlasch , Maguncia, 1990, pp. 7-138
is quaestionibus ad Simplicianum I,
la foi trinitaire selon saint Augusiin», en Recherches Augustiniennes, JI (1963), PP·
2, del 397 en PL, vol. XL, y se 415-455; A. Di Giovanni, L'inquietudine dell'anima. La dottrina dell '�more nelle
respe�to a la defensa del libre muest ra cómo Agustín habría cambiado de posición
albedrío en los años inmediatam ente precedentes). «Confessioni» di sant'Agostino, Roma, 1964; J. Brechtken, Augustmus D�ct� r
Este �bro ha provocado una respue sta vigorosa por parte de G. Ring, Caritatis. Sein Liebesbegriff im Widerspruch von Eigennutz und selbstloser Gute m
Ent�tcklung en Gnadenbegriff Augus tins? Kritische Anmerkungen zu«Bruc h oder Rahmen der antiken Glückseligkeitsethik, Meisenheim a. Glahn, 1975; D. �tdeberg,
.
Logik des Schreckens. Augustinus von Hippo, Die Gnadenlehre von 397» en, K. Flasch s. v. «Amor», en Augustinus-Lexikon, cit., I, 112, cols. 294-300; R. Canmng, «The
Augustiniana, XLm (1994), pp. 31-1 13, en la
cual niega que haya habido una �p­
se
Unity of Love for God and Neighbor», en Augustiniana, XXXVII (1987), PP· 38-
tur� neta en las posiciones de 121; J. van Bavel, «The Double Face ofLove in Augustine», en Louvain Studies, XII
se mtenta demostrar los presupAgust
uestos
ín respecto a la gracia y donde, polém
ligiosos o anti-agustinianos deicame nte, (1987), pp. 1 16-130.
63 La posición cristiana elaboradaantirre Flasch
Agustín no contrasta de hecho sólo con. s Sobre Ireneo, cfr. C. McDannell y B . Lang, Heaven. A History, New Haven
la «soberbia» ?e los estoicos y, más tarde,porcon la de Spinoza -esto es, de cuantos pre­ - Londres, 1988, pp. 48-50 [Historia del cielo, Madrid, Tauros, 1990, pp. 85-91], y,
tenden emanciparse por sí mismo sino tambié en general, cfr. más adelante, el cap. 11! del prese�te volumen. Está a favor de un
tiempo elaboradas por las «filosos-,fías» n con las enseñanzas durante mucho acceso inmediato al paraíso de los mártrres sólo (mtentras que 1� alma� de los res
orient ales.
propósito, el siguiente diálogo, extraído del Hsin-HMe parece emblemático a este tantes Jll).lertOs babpan de permanecer en los infiernos hasta el Jmcto. Uruversal) �stá:
que se desarrolla entre el sabio Cheng-tsan y su discíp sin-Ming (La fe en el e;píritu),
también 1); ·ano· «Cuantos experimenten esta nueva �u.erte en no�bre de Dios,
a inclinarse delante de Cheng-tsan y le dijo: 'Os imploroulomeTao-h sin: «Tao-hsin vino
concedáis vuestra mise­ violenta como la de Cristo, son acogidos en un lugar distinto y particular ( ... ). La
ricordiosa enseñanza. ¿Querríais indica r cómo podría liberarme?' . Cheng-tsan res­ única llave del paraíso es mi sangre. Hay también un libro mío sobre el paraíso [hoy
pondió: '¿Quién te ha encadenado?'. 'Nadi desaparecido] en el que he mostrado que todas las demás almas permanecerán en los
ces: '¿Por qué, pues, me pides que te liberee', contestó él. Cheng-tsan replicó enton­ infiernos hasta el día de la segunda venida del Señor» (De an., 55, 5).
verdad» (Cfr. R. H. Blyth, «Hsin-Hsin-Ming»?'., Al momento, Tao-hsin comprendió la 6 trin., XV, 21, 41.
M. Davy, � co�naissance de �oi, �arís, 19893,enp. Herm es, I [1963 ], pp. 55 ss.; y M.­
1 trin., X, 8, 1 1. Sobre el sentido de las imágenes y su �storia, cfr. "!': Cour-
.
q�e Agustín, la mderogable extgencia de obedecer 26). Por haber subrayado, a la par
a las autoridades terrenas, es pare­ celle, «La colle et le clou de 1' ame daos la tradition néo-platomcienne et chretienne»,
Cido al de Cheng-tsan el gesto de Confucio: «El Maest en Revue Belge de Philologie et d'Histoire, XXXVI (1958), pp. 72-95.
propi� voluntad, quien al�ga la Vía; �ro no hay Vía roalguna dice: es el hombre, con su s Cfr. Arist., Met., XII, 1 174 a, donde el orden es producido entre los soldados
corazon de un hombre pasiVO » (Confucio, Diálogos, XV, 28). que pueda ampliar el por el general y entre los esclavos por el hombre libre. En. Plató� -d.onde aparecen
concepciones análogas referidas al filósofo legislador-, taxzs es smórumo de kosmos
y es una idea estrechamente ligada a la de bien, cfr. Rep., 255 �; 5�6. d; 500 �·
Cap. JI. METAMORFOSIS Mientras que el término griego taxis parece más conectado al ámbito militar, el lati­
no ordo está asociado a la esfera jurídico-política. Con taxis está, no obstante, �stre­
1 conf, Xll, 9, 10. Cfr. tambié
n en. Ps., XXIX, 10, 5-21: «Hay dos tipos de chamente entrelazado el término kosmos, que indica el orden y el ornamento, mclu­
pes�s. De hecho: el peso es el impul so tus) de un objeto cualquiera que, por así so femenino, y cuya estructura es concebida por Pitágoras en términos de arm�nía
decrrlo, busca . situarse en su posición.(impe
Lleva s una piedra en la mano, soportas su musical y de proporción matemática del universo (cfr. Diog. Laert., VIII, 48), �en­
peso: ella presiOna tu mano porque quiere alcanz ar su puesto. ¿Quieres ver qué es lo tras que en Platón se presenta como un «Dios sensible» (Tim., 92 e). Para una histo­
que busca? Aparta la mano y la piedra caerá a la tierra, y queda descansando ria quizá un poco demasiado panorámica y discontinua del c�ncepto de ��de�, cfr.
que ha llegado a donde tendía; ha encon su puesto (... ). Hay, en cambiahí por­ H. Krings, Ordo. Philosophisch-historische Grundleg.ung emer abendlandzschen
c?sas que buscan su puesto en lo alto (...trado ). Sumerje aceite bajo el o, otras Idee, Halle, 1941; y AA.VV., The Concept of Order, dtr. por P. �· Kuntz, Se�ttl� ­
eJemplo, cuando un recip�ente
se rompe: entonces el aceite nolleno de aceite cae en el agua profunagua da, en
como, por
el mar, y
Londres, 1968. Sobre la armonía, en cambio, cfr. L. Spitzer, Classz.cal and Ch�zstzan
Idea of World Armony, Baltimore, 1963; H. Schavernoch, Dze Ha rrno_nze der
2 Sobre ese aspecto, cfr., ensoport
este
a quedarse debajo».
mismo capítu lo, las páginas sobre la «memo- Sphiiren; Zur Geschichte der Idee der Welteinheit und der Seelenbestzmmung,
na co o .amor» . Convi�ne añ�dir que, en este impulso hacia

Friburgo, 1981; y C. A. Hujfman, Philolaus . of �roton, �ythagorean and
do» c��stiano , al devem r sublim lo alto, el «amor sagra­ Presocratic: A Commentary on Pragments and Testzmonza, Cambndge, 1993. A par­
, asensual», cfr. E. Trías, Lae, memo
« mtstic establece las premisas para la aparic ión de una
ria perdida de las cosas, Madrid, 1988, pp. tir de los románticos de Jena es quizá cuando, por primera vez, la verdad resulta tan
45 SS. abiertamente separada de la idea de orden que termina por avecinar�� a la de �aos.
3 Cfr. M. Pohlenz, Die Stoa. Geschichte einer geistigen Bewegung, trad. 9 Sobre el concepto agustiniano de orden, cfr., sobre todo, el dialogo de JUVe�­
vol. JI, p. 386. it., tud De ordine (en particular para lo referido al argumento del error y el de la estupi­
4 Sobre el tema del amor en Agustín, en sus diversos aspectos, cfr. H. Arend dez, que será recuperado también por Sp.inoza, veáse �bid., I, 6: 5, 1, 10 28; JI, 4: 1),

Der Liebesbegriff bei Augustin. Versuch einer t, así como la colección de textos recogtda en Aureho Agostmo, Ordme, muszca, .

Berlín, , 1929 (que depende, además, de las enseñaphilos ophischen Interpretation,


nzas de Heidegger, de las de bellezza, dir. por M. Bettetini, Milán, 1992; y M. Bett�tini, La misu �a delle cose,
Milán, 1994. En De ordo, siguiendo indicaciones de Plotmo y de Porfino, se trata de
172
ORDO AMORIS NOTAS 173
P� de los fenómenos a su razón, y de aquí la providenci
l4 Cfr. ord., IT, 1 1, 33: vestigiae rationis.
«Uber Forro und Begn_ ffsgehalt der Augustinisa chen a divina; cfr. A. Í>ryoff,
Augus�nus, Festsc�rift der Gorres-Gesellsch Schrift De ordine» en Aurelius 15
.
Cfr. sol., I, 12: mentis oculi. Por su medio se conocen las obras de Dtos: . .
mvz-
aft zum 1500. Todestage des Heiligen
Augustt�us, Coloma, 1930, pp. 15-62 ; A. sibilia ipsius per ea quae jacta sunt intellecta conspiciuntur (vera rel. , CI).
16 Cfr. mus., I, 2 ss.; ord., IT, 15, 42. Cfr., más en general, H. Kayser, Akroas1s.
Solignac, «Réminiscences plotiniennes et .
po�hyne�es dans le début du «De ordin
Die Lehre von der Harmonik der Welt, Basilea - Stuttgart, 1964.
Phllos�phte, XX (1957 ), pp. 446-465;
e» de Saínt Augustin», en Archives de
y J. Ríef, Der Ordobegriff des junge 11 civ., XXIT, 19; y cfr. vera rel. , XII, 42; ep., XVill, 2; mus., Vl, 38. Para el
Augustmus, Pader?<>m, 1962. Sobre la
alta frecuencia del término ordo, del verbon origen y la difusión de tal definición, cfr. Cíe., Tusc., IV, 13, 31; Y K. Svoboda,
or�enar Y del adJeti _ vo ordenado en el vocabulario agustiniano, cfr. Thesaurus patrum L'Esthétique de Saint Augustin et ses sources, Bmo, 1933, pp. 53�54. .
Sobre la estética de Agustín, cfr. también H. Edelstem, Dze. Muszkan­
latmorum: The�aur s augustinianus, Serie
� s A, Enumeratio formularum, curante 1s
CEDETOC, UmvefSl Catholica Lo anien
453�454. Para 1� poSIC�ión � � sis, Lovaina Nueva - Turnhout, 1989, pp. schauung Augustins nach seiner Schrift «De Musica», tesis, Bonn, 1929 ; E.
de los estoic os de Plotino sobre el problema, cfr., res­
pectivamente, D10g. Laert., Vll, 139-1 40, yy Plot., Chapman, Saint Augustine 's Philosophy of Beauty, Nueva York, 1939; Y C. Harnson, _
10
Enn., ID, 2, 1 1 . Beauty and Revelation in the Thought ofSaint Augustin, Oxford, 1992. Con la expre­
Sobre la noción de orden en el des ollo del pensa
algunos extremos concernient _ es a su relactón con el neoplmient
� o de Agustín y para sión «estrechas ventanas sobre lo real>), aludo al libro de G. Lazorthes, L'mvrage de
Mund�s intellegibilis. Eine Untersuchung atonismo cfr. J. Rítter sens. Fenetres étroites sur le réel, París, 1986, y me refiero, por e�tensión, a la, teo­
zur Aufnahme und Umwandlung der neu�
platomschen Ontologie bei Augustin, Franc ría de los «sentidos espirituales)), es decir de los órganos sensonales como vta de
A �tu�y of the R_eligion of Saint Augu
fort d. M., 1937; J. Bumaby, Amor Dei. acceso no sólo al mundo físico sino también al divino que deja entrever s�s huellas
_ me et Neop stine, cit., pp. 11 3-137 ; Ch. Boyer, en su orden y su armonía. Para la conjunción de música y pal�bra � n la n:u�a Y en la
Chnstzams _
latomsme dans la formation de saint Augu
pp. ,1 92-197; R. Holte, Béatit�e et sagesse: Saint stin, Roma, 1953, tradición litúrgica occidental (a la cual también contnbuyo dectstv�e�te
de l homme dans la phtlo _ sopht e ancte_ nne, Augustin et le probleme de la fin Ambrosio), cfr. T. G. Georgiades, Musik und Sprache. Das Werden der abendlandzs­
SS. París - Worcester (EE.UU.), 1962, pp. 193 chen Musik dargestellt an der Vertonung der Messe, Heidelberg - Nueva York, 1?74,
11 trad. it., pp. 23-29. Sobre la ambigüedad de Agustí� ante a la mústca, _ s b e su mtedo
Para una eficaz síntesis poética la perspectiva ��
Dante, Par., I, 103-1 05, 109 -1 1 1 : «Todas de abierta de Agustín, cfr.
las cosas guardan un orden entre sí, y este a que tales «placeres del oído)) lo encadenen y SOJUzguen, a que la �ustca �otada
orden es la forma que hace � uníve o semej _
de «cierta misteriosa afinidad)) con el alma- pueda mcluso retenerle ullpulstvamen-
� ante a Dios ... En el orden del que hablo, te en el plano sensible, cfr. conf, X, 33, 49.
No comparto, en el caso de Agustín, la por otra p�e t. ?t�resante hipóte� IS
todas la� naturalezas, por diversas vtas, .
19
prope .
se ave�m� ». Para _1� presencia �e Agustín nden al principio al que más o menos
en el pensamiento de Dante, cfr. P.
Chioc_ ci ru, L ,agost . de William Lyons. Para hacer destacar mejor, en el pl�o pstcolo�tco, la actual �r­
� �msmo nella Dtvma Commedia, Florencia, 1952; y S. J. Paolini,
Confesswns and Sm and Love in the dida de la dimensión introspectiva, éste subraya, en realidad excest�amente, el �sla­
Middle Ages: Dante 's Commedia and
St·
Augustine's Conjessions, Lanhan, Md.,

12
1982.
Plot., f!nn. : V, 8, 2 (o bien en la edición de Plotin
miento de la interioridad en aquél, que en De trinitate ha proporciOnado el pnmer
análisis profundo de la autopercepción (cfr. W. Lyons, «Noticing with the Inner
drr. por C. GUidelh, Génova, 1989, de donde cito). o, Sull bello intelligibile, Eye)), en The Disappearance of Introspection, Cambridge, Mass. - Londres, 1988,
esto� temas, cfr F. Bourbon di Petrella, Il probl Para algunos presupuestos de pp. 1-2).
20 ord., I, 1, 2; vera rel., XLI, 77. Y cfr., por contraste, la importancia de 1 o que
ema dell 'arte e della bellezza in .
Plot!no, Florenc�: a, 1956; P. Hadot, Plotin
ou la semplicité du regard, París, 1963; R.
Cadt?u, «Esthétique et sensibílité au début du néo-platonísme», en Revue philo­ es pequeño en la cosmología religiosa agustiniana: «D�os no es gr�nde por su en�r­
, me tamaño sino por su potencia: Él ha dado un sentido a los arumales pequenos
sophtqu� de la France et de l 'Etran ger, XCIT (1967), pp. 71-78 , W. Beierwalte
«A�u�htas numerosa. Zu Augustins Begriff des s, como las hormigas o las abejas, antes que a los asnos o a los camellos; El crea de
"':etshett, XXXY� (1?75), pp. 140-1 57; y A. H.Schon en», en Wissenschaft und una pequeñísima simiente el árbol gr�ndísimo de la !llguera ( ... ); Él ha dado a la
. Armstrong
Discovery of DlVIruty m the Thought of Plotin», en Kephaleion,. «Beau ty and the
Studies in Greek
pequeña pupila una agudeza tal que bnllando por los OJOS abraza en un solo momen­
_ _
Philosophy and Continuation o.ffered to to la mitad del cielo; Él desde un solo punto, desde el centro del cerebro, dtstnbuye
Prof C. J. De Vogel, Assen, 1975, pp. 153-
163; E. Moutsoupulos, Le probleme de l 'imaginaire chez Plotin por todo el cuerpo los cinco sentidos)) (ep., cxxxvn, 8).
Atenas, 1980· J C 21 ord., I, 1, 2; y cfr. sobre esta imagen J. Lassus, «La techmque de 1� mos�­
. ..
Fraisse, L'intériorit� sans rétrait. Lectures de Plotin
mo las dos colecciOnes de ensayos y artículos , París, 198S , pp. 38 -46, �iris� que selon saint AugustiM, en Lybica, Vll (1959) pp. �43-146: �obre la dtferencta
Scho�heit der Dinge. Beauty of the World en Eranos Jahrbuch / 984 (Die entre el ojo del cuerpo y el de la mente, cfr. M. R. Miles, «Vt�Ion of the Eye and
. La Beauté sur la terre) y en Classical
Medtterranean Spirituality, dir. por A. H.
Armstrong Nueva York 1989 Vision of the Soul in St. Augustine ' s De Trinitate and Confesstons)), en Joumal of
13 efr. Lucre . · · ·
Religion, LXITI (1983), pp. 125-142. El orden (y con él la belleza) es el verdadero
c10, De rer. nat., I, 1.1 17: Ita accendunt
.
�rofundtzando en su propia fe, Agustín abandona las posic res lumina rebus. «método)), el camino que conduce a Dios, cfr. ord., I, 27-28.
iones estetizantes de su 22 Citado por F. G. Bailey, The Tactical Use of Passions. An Essay on Power,
JUven�d que le inducían a pronunciar ante
Reason, and Reality, Ithaca - Londes, 1983, p. 1 1 .
mos smo lo be�o)) (conf , IV, 13, 20). Y sin sus amigos la frase: «Nosotros no ama­
embargo -como ha sido justamente 23 Cfr. en. Ps. , XLll, 16; XLIV, 14; in lo. ev., X, 13; s., CXLII, 2.
observado- nadie como Agustm , «ha alabado const
coro? suprema �lleza, Y ha intentado definir en antemente a Dios de este modo 24 Cfr. conf , vn, 7, 1 1 SS.
25
mediante categonas estéti_cas)); tanto que podrí consecuencia la Verdad y el Bie� AOrOI IJ20Y, Sayings of Our Lord in an Early Greek Papyrus, d�scu­
como «una con�ers1ó . a describirse su paso al cristianismo
n de la estética común a una estética superion) bierto y ed. por B. P. Grenfell y A. D. Hunst, �:<>ndres: 1987, p. 17, trad. 1t. en
Balthasar, Herrltchkett, _ vol. ll: Fiicher der Stile: Kleri (H. u. von Apocrifi del Nuovo Testamento, dir. por L. Moraldi, 1, Tunn, 1971, p. 443. Cfr. en el
trad. it., Gloria, IT, Milán, 1978, p. 81). cale Stile' Einsiedeln' 1962· Evangelio de Tomás el dicho 10: «Jesús dijo: 'He lanzado fue�o sobre �1 �undo, Y
'
lo vigilo hasta que se abrase ' )) (cfr. también l Vangeli gnostzc1. _ Vangell d1 Tomaso,
,
1 74
ORDO AMORIS NOTAS 1 75

Maria, verita, Filippo, dir. por


L. Moraldi' Milán, 1 984, p. 6). En
verdad aparece descrita la horr
ible . el Evangelio de la primer escrito, Lohfink rechaza las interpretaciones del Reino de Dios volcadas
. condi Ión de
comprendido el mensaje divino un lu Ce e1 un mundo que no conoce o no ha todas ellas sobre el futuro ultraterreno, que olvidan el hecho de que también el hom­
t�s del Padr� que no lo veían. �s
. _
� �ual los ho�br s eran �
infu. �:a ed y confustón, �mestabi. «i�noran­ bre participa en su propria redención, para la que la llegada del Reino nace también
stón, dtse nsiOn; muchas eran las ilu siOne lidad, mdeci­ en el presente de la confl uencia entre libertad humana y gracia divina. En el segun­
terías; s que 1 es agitaban; muchas
.mqu y era como si estuviesen sumergt. dos en el sueño y penetra sus vacías ton- do, muestra cómo el reino de paz universal presentado en Isaías y en Miqueas man­
·
tetan tes, o como si huyesen . dos por sueñ tiene características terrenas hasta las interpretaciones alegóricas que se remontan a
haber perseguido esto o aquello de alg�,n Sitio . o retomar� agotados después os Eusebio.
(com de
cayesen desde lo alto 0 volasen 'en � SI) �ol�asen a algUien o recibiesen golpes, 32 Cfr. lib. arb., I, 8, 1 8.
. e 1 élll'e aun sm tener alas (...)
33
en 1 vangeü gnostici. Vangeli di Tomm » (29, 1 - 20, trad. It. . Pascal, Pensées, en (Euvres completes, dir. por J. Chevallier, París, 1 954, n.
.
R. Dodds, Pagan and Christian in a o M,a�za, .venta,, Filip?o, cit., p. 36; y cfr. E.
.
3. Para enmarcar el agustinismo de Pascal, cfr. Ph. Sellier, Pascal et saint Augustin,
an ; � o
.
crzstianianos en una época de
an usti� � ad�
zety, ��bndge, 1 965 [Paga
nd, Cnshandad, 1 975 , P 1 5-nos y
París, 1 970.
34
V�as�, además, para entender el �·
Hlilllichen in urchristlichen Tradt · �onte�top,' J . Taubes, «Dte Rechtfemgu
. 6]. Cfr. ord., II, 4, 1 2: «¿Qué puede haber má� indecente, más exento de digni­

' tí On», en oetzk und Hermeneutz ng des dad, más lleno de obscenidad que las meretrices, los rufianes y semejante calaña? Y
meh � sehonen Künste, Múnich, . 'k, m : Die nicht sin embargo, expulsa a las meretrices de la vida humana y arruinarás todo con los
. . 1 969, . 69_85 Y S. Avennce v, Poétlka.
zan tz¡sko ¡ Literatury, Moscú 1 977 tr '
l�· � L 'a�zma e lo specchio. L'univerrann
. evi­ malos hábitos. Ponlas en el lugar de las mujeres honestas y deshonrarás todo con los
poet�ca bizantina, Bolonia, j988
duabsmo maniqueo, cfr. S. Pétre� � p. � 1 - � . S1? re los presupuestos y la historia del
so del/a malos hábitos». Cfr. también el bon. coniug. , XVII, 20, donde se sostiene que la
mujer, al igual que el esclavo, puede tener varios dueños y ser fecundada por un solo
ent, Le dua zsme chez Platon, les gnos
manichéens, París, 1 947. tiques et les hombre cada vez, mientras que a un amo le está permitido tener varios esclavos y a
26 Sobre el nexo sacrificio 1 remuneració un hombre fecundar a varias mujeres al mismo tiempo. Esto, al menos, en tiempo de
tar», como puerta abierta de par en
p: a 1� tmm . n y «mu�rte-malestar» 1 «muerte-bienes- los patriarcas.
la mort, París, 1 970, p. 23 1 [El ortalidad, cfr. E. Morin, L 'homme 35 Por tal razón, el Deus sive natura no es una persona.
et
27 36
ho re muerte, � ar:celona, Kayrós, 1 994]
Sobre m
el unde malum • cfr • SI bten con ?' � En general, Agustín se opone a la venganza y a la ley del talión. Rechaza así
.
A ugustme on Evil, Oxford, · distmto ángu1o, G. R . Evans, .
la idea de tratar del mismo modo a los que han sido acusados de haber asesinado bru­
1 982 . Ya Tertul'tano ecuerda
malum? era el tormento de los � que la pregunta unde talmente a los cristianos, cfr. S . Jacoby, Wild Justice. The Evolution of Revenge,
planteaban con más frecuencia (cfrticos pe�� tambten seg� n Agustín era la que ellos
gnós .
1
. Te�., versus Marczonem, I, 2, Nueva York, 1 983, pp. 1 30- 1 32. Sobre el perdón en la ética cristiana, cfr., en cam­
mor., II, 2). 1 -2; Agustín, bio, H. R. Mclntosh, The Christian Experience of Forgivness, Nueva York, 1 927 .
28 ¿ Es acaso Dios el auctor mal ·
. 37 s., CCXCIV, 1 6: Omnis generatus, damnatus: nemo liberatus, nisi regene­
1, l . l?, se pregunta, mquieto, Evodio en lib.
arb., I, ratus. Sobre estos aspectos, cfr. también A. Pincherle, La formazione de/la dottrina
29 Cfr. ench., XI ss. agostiniana del peccato originale, Cagliari, 1 938. Sobre la capacidad de autogo­
3o Cfr. ord. , II, 1, 2; cfr. lib. arb. m biemo que los pelagianos atribuían al hombre, diluyendo su capacidad de regenerar­
31 Entre finales del siglo pasad¿ y � 13 ' 36· se y convertirse en un hombre nuevo por medio de la fe, cfr. M. Meslin, «L' autono­
• ue , , son esenctalm .
tests debatidas a propósito de las int . stros días ente tres las mie de l ' homme daos la pensée pélagienne», en AA. VV., Problemes de la personne,
gada de l Reino de Dios: que sea :T: etac i One del uevo
un � ll_l Testamento sobre la lle­ dir. por I. Meyerson, París, 1 973, pp. 1 35- 1 46.
38
c to
Dio� :;�;
do (cfr. Le 1 7, 20-2 1 : «El Reino de logta
_ re � tzada», un presente completa­ Sólo en un aspecto, el del carácter activo de la memoria, el pensamiento
The Parables of the Kingdom n medto de vosotros», y C. H. Dod agustiniano entra en consonancia con el de Plotino (cfr. Enn., IV, 3, 25 ss.; IV, 4, 1 -
Londres' l d,
en sus albores (cfr. Apoc 3; i 1 .
das por Rudolf Bultman�) ; , p�r
�ntre los . ' � ue sea futura, pero inminente o ya
mtér pret es, la � tesis más veces indica­
1 7). De las posiciones sostenidas por Agustín deriva implícitamente l a idea de que
continuamos siendo responsables durante toda nuestra vida, incluso del pasado, en
o eternidad o mundo futuro contra , q�e�orres�nda al azon mellan de Pablo (evo tanto deseamos, o no, modificarlo.
lidad presente de tal «eÓn» bien en �� azo � out�s de S� tiempo, de la cea­
Satanás es el dios), esto es, que sear:�i:;a o ten en os ct� los, del mundo en el cual
39 Sobre la distinción entre amor 1 caritas y cupiditas cfr. subst. dil., I (donde
P re se les compara a dos orillas; de la primera viene todo el b�n; de la segunda, todo el
do en cada instante, en el roJxri � . sente per� en contmuo crecimiento, realiza­
E. Schillebeeckx, Jesus: A� ::l c�onoló�tco. Para esta última posición, cfr. mal; y en medio se encuentra el corazón del hombre, del que mana la fuente del
amor: Medium quippe est cor hominis, unde fons amoris erumpit); doctr. chr., m, 1 O,
r n� m Chrzs ology ( 1 974),
Nueva York, 1 979 · y sobre las hn � trad . del holandés 1 4- 1 6; vera rel., XXXVIII; 69-70; F. J. Thonnard, «La notion de concupiscence daos
pli Cl? es teóncas del concepto de aion mellan '
R. Bodei , Scompo�izfoni Forme ·
dell�m � dzvz� '