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La continua expiación- Brad wilcox

uno hace todo lo que puede y después Cristo cubre la diferencia”.


“Cristo no sólo cubre la diferencia”, le dije, “Él es la diferencia. Él requiere que nos
arrepintamos, pero no como parte de satisfacer la justicia, sino como parte de ayudarnos
a cambiar”.
El joven dijo: “Yo pensé que era como comprar una bicicleta; uno aporta todo cuanto
puede y después Jesús paga el resto”.
Le dije que a mí me encantaba la parábola de la bicicleta a la que él se refería, la cual el
autor, Stephen Robinson, menciona en su libro Creámosle a Cristo. Esa comparación nos
ayudó a todos cuantos la leímos a ver que hay dos partes esenciales que se deben
completar a fin de que la Expiación resulte eficaz en nuestra vida. “Pero yo veo la
Expiación de este modo:”, le dije, “Jesús ya compró la bicicleta. Las pocas monedas que
Él me pide no son tanto para pagar parte del precio de la bicicleta, sino para hacer que yo
la valore y la use debidamente”.-libro la continua expiación de Brad wilcox
Si comprendiéramos que el cambio es un proceso, la mayoría de nosotros nunca se
enfadaría con la semilla por no ser una flor ni esperaría que un escultor transformara un
bloque de mármol en una obra de arte de la noche a la mañana. En cada caso,
reconocemos el potencial y pacientemente confiamos en la cristalización y la nutrimos.
Mientras tanto, Dios y Jesús, quienes no están sujetos a relojes ni calendarios, pueden
ser realmente pacientes de un modo que no llegamos a comprender.
Al final de su misión, un élder escribió: “He aprendido que la lucha en esta vida no es con
otras personas, sino con nosotros mismos. Aprendí que la Expiación no se agota, no se
termina ni caduca. No hay ninguna indicación de una fecha límite para su consumo, sino
que por siempre conservará su efecto en nuestra vida”.
Él sabe que el cambio es necesario, y mediante la expiación de Cristo es posible, pero
generalmente es más evolucionario que revolucionario.
Entonces, la próxima vez que un joven que esté leyendo la oración sacramental cometa
un error, recordemos, que ése es precisamente el propósito de la Santa Cena. En eso
consiste la continua Expiación —concedernos la oportunidad de volver a empezar.
¿Cuántas veces?, setenta veces siete, o el número que sea
.Quizás la lección más increíble que debemos aprender de los muchos milagros de Cristo
es que para Él no fueron milagros, sino acontecimientos normales de Su vida. A medida
que el arrepentimiento llega a ser un modelo regular en nuestra vida, llegamos a valorar
cada vez más que el ofrecer perdón es un modelo regular en la Suya.
Un amigo me dijo una vez: “Mira, yo soy una buena persona aunque no vaya a la Iglesia”.
Yo estuve de acuerdo con él pero con bastante tacto le recordé que su bondad no era
cuestionada, que ya la había puesto de manifiesto en la existencia premortal. La finalidad
de esta vida es llegar a ser mejores. El término sacrificio proviene de otras dos palabras
del latín: sacer, que significa sagrado, y facere, que significa hacer. El sacrificio de Cristo
no fue efectuado sólo para hacernos libres de las garras del pecado y de la muerte, sino
para hacernos sagrados. La Expiación no tiene como fin apenas limpiar, sino completar;
no sólo consolar, sino compensar; no únicamente liberar, sino elevar.
El primer milagro de Jesús registrado en las Escrituras es el de convertir el agua en vino
(véase Juan 2:7–9). Cuando era niño, sólo pensaba en la parte del vino. De adolescente,
me preguntaba si acaso aquella no habría sido la boda del mismo Jesús. Como
misionero, leí Jesús el Cristo y me conmovió el ver que Jesús llamó a Su madre mujer en
muestra de respeto y no de reprimenda (véase Talmage, Jesús el Cristo, 152). No fue sino
hasta que era ya adulto cuando finalmente comprendí que el aspecto principal del primer
milagro de Cristo tenía poco que ver con el vino, la boda o los títulos, sino con el cambio.
Jesús allí anunciaba en forma dramática que Él posee el poder divino de cambiar o
convertir cosas, aun cuando parezca imposible.
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Cuando cruzamos los brazos y declaramos en un tono desafiante: “Así es como soy” o
“Nací de este modo”, negamos el milagro de Cristo —no sólo de salvar, sino de redimir. Si
lo único que necesitáramos fuera ser salvos, el plan de Satanás habría sido suficiente, ya
que él se ofreció para llevarnos de vuelta a Dios a salvo. Pero nos habría faltado la
redención —la posibilidad de tener la imagen de Cristo hubiera sido remplazada con la
seguridad de la imagen de Satanás. Como lo explicó Sheri Dew: “Hay una cosa que el
Señor y Lucifer tienen en común: Los dos desean que lleguemos a ser como ellos” (God
Wants a Powerful People, 104; énfasis en el texto original). Satanás no estaba dispuesto a
arriesgar al ayudarnos a alcanzar nuestro potencial, pero Cristo sí.
Debido a que Jesús fue el primogénito espiritualmente y el único ordenado por el Padre
antes de nacer, era el único autorizado para expiar por nosotros. Puesto que tenía un
Padre inmortal y una madre mortal, Él era el único capaz de expiar por el ser humano.
Debido a Su vida absolutamente perfecta, Él era el único calificado para expiar por
nosotros.
¿Cuál de los fundadores de las religiones mejor reconocidas del mundo se declaró a sí
mismo un ser divino? Buda no lo hizo ni lo hizo Mahoma. Tampoco lo hicieron Confucio,
Abraham ni Moisés. Solamente un líder religioso se calificó a sí mismo como tal y
después lo demostró en la forma como vivió, en las cosas que enseñó y en los milagros
que realizó. Ese fue Jesucristo.
¿Dijo alguno de esos líderes tener la voluntad o el poder para sufrir y expiar por los
pecados del mundo? ¿Acaso lo dijo Buda o Mahoma? ¿Quizás los fundadores del
hinduismo o de otras religiones del Oriente? No. El único que así lo declaró y de hecho lo
llevó a la práctica fue Jesucristo.
una joven asiática se puso de pie para compartir sus sentimientos. Era una reciente
conversa de la religión budista y estaba en los Estados Unidos por primera vez. Su inglés
era excelente, teniendo en cuenta que llevaba poco tiempo estudiándolo. Igualmente
nuevo era su entendimiento de Cristo. Se puso de pie detrás del púlpito y dijo: “He estado
oyéndolos a todos hablar de su amor por el Salvador pero yo no siento aún lo que sienten
ya que no crecí como ustedes. Donde yo crecí ni siquiera sabía que necesitaba un
Salvador. Fui criada amando a Buda, quien enseñó que si me portaba bien mi próxima
vida sería mejor y que si me portaba mal mi próxima vida sería peor. Todo dependía de
mí, tanto mis decisiones como mis hechos y, claro, yo estaba segura de que mi próxima
vida sería mala ya que no podía portarme bien en todo momento”.
Los misioneros le habían enseñado a esa joven en cuanto a la Caída y la Expiación.
Entonces continuó diciendo: “No llegaba a entender cómo el hecho de que Adán y Eva
hubieran comido del fruto tenía nada que ver conmigo ni tampoco el hecho de que Jesús
hubiera sangrado en el Jardín de Getsemaní y en la cruz”.
Después había leído el Libro de Mormón y finalmente entendió que, en primer lugar, de no
haber habido una Caída, ella jamás hubiera nacido. La joven nunca había aprendido
formalmente sobre los efectos de la Caída, pero sabía en cuanto a la muerte y la temía.
No consideraba que sus malas decisiones fueran pecados, pero sí se daba cuenta de que
había cometido algunos errores. Mucho antes de saber que ninguna cosa inmunda podría
vivir con Dios, sabía que ninguna persona impura podría vivir con su propia conciencia.
Sabía sobre el remordimiento por sus acciones erróneas.
Al leer el Libro de Mormón, ella comprendió que Jesús completó las enseñanzas de Buda.
A través de Buda ella había aprendido que habría vida después de la muerte, y ahora
sabía que fue Jesús quien había hecho tal cosa posible. Por medio de Buda ella había
aprendido que sus acciones tenían consecuencias, pero ahora sabía que Jesús tenía la
capacidad de alterar los resultados adversos que surgen de decisiones equivocadas.
Jesús podía ofrecer un futuro positivo a pesar de un pasado negativo. La joven continuó
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diciendo: “Ahora estoy empezando a entender por qué ustedes dicen que aman a su
Salvador y estoy empezando a sentir algo por Él también”.
¿Qué habría sucedido si Cristo no hubiera venido? ¿Qué habría pasado si Él no hubiera
sido obediente hasta el fin y no hubiese logrado la Expiación?
El hermano Matthews ha escrito: “Hace algunos años traté este tema con un grupo de
profesores y advertí que ellos eran de la firme opinión de que si Jesús hubiera fallado,
habría existido algún otro medio para lograr la salvación. Reconocieron que cualquier otro
medio probablemente habría resultado más difícil sin Jesús, si Él hubiese fallado. En otras
palabras .... lo que esos profesores decían era que Jesucristo era una conveniencia pero
no una necesidad fundamental” (A Bible! A Bible!, 265–266).
El presidente Boyd K. Packer explicó cuán errónea es tal manera de pensar cuando
declaró: “Rara vez empleo la palabra absoluto (o absoluta), ya que rara vez encaja. Sin
embargo, ahora la empleo y no una sino dos veces. Debido a la Caída, la Expiación
resultaba absolutamente esencial para el proceso de la resurrección y para vencer la
muerte física. La Expiación fue absolutamente esencial como el medio para que los
hombres se limpiasen del pecado y para vencer la segunda muerte, o sea, la muerte
espiritual, que nos separa de nuestro Padre Celestial” (Let Not Your Heart Be Troubled,
79; énfasis agregado).
“Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser
salvos” (Hechos 4:12).
Dos personas pueden cometer el mismo pecado y una ser hallada digna mientras que la
otra no. La diferencia está en tener una actitud de arrepentimiento y en estar dispuesto a
tratar de mejorar. Nuestro objetivo inmediato no es la perfección, sino el progresar. El
élder Bruce C. Hafen dijo que el desarrollo de rasgos de carácter semejantes a los de
Cristo “requiere paciencia y persistencia más que perfección” (Broken Heart, 186).

Patricia T. Holland, esposa del élder Jeffrey R. Holland, dice: “Lo que a menudo no
llegamos a comprender es que al mismo tiempo que hacemos un convenio con Dios, Él
hace un convenio con nosotros, prometiendo bendiciones, privilegios y placeres que
nuestros ojos aún no han visto y nuestros oídos todavía no han oído. Aun cuando nuestra
parte en lo que concierne a fidelidad vaya a los tumbos y nuestro progreso ofrezca
constantes altibajos, la parte que le corresponde a Dios es segura, firme y suprema.
Nosotros tal vez tropecemos, pero Él nunca lo hace. Quizá nosotros fallemos, pero Él
jamás lo hará. Es posible que nosotros perdamos el control, mas Él siempre lo tendrá. ....
Los convenios forjan un vínculo entre nuestras luchas telestiales y mortales y los poderes
celestiales e inmortales de Dios” (God’s Covenant of Peace, 372–373).
Cuando disfrutamos del Espíritu Santo, disfrutamos luz, felicidad, paz, protección y todos
los dones del Espíritu. Lo opuesto a ello es obscuridad, desaliento, frustración y miedo.
En una ocasión hablé con una mujer que se había alejado de la Iglesia y ya no cumplía
con sus normas. Le pregunté cómo reconciliaba su estilo de vida de ese momento con su
testimonio, a lo cual respondió: “No tengo un testimonio; nunca lo tuve”.
“O sea que al orar”, le dije, “al leer las Escrituras, al participar de charlas fogoneras, asistir
a clases de seminario, a actividades especiales para la juventud y a campamentos de
Mujeres Jóvenes durante su adolescencia, ¿nunca sintió el Espíritu?”.
Me contestó que lo que había sentido era emoción y que había ella misma creado todos
aquellos sentimientos.
“Entonces vuelva a crearlos ahora”, le aconsejé. “No pierda tiempo. Si tiene el poder de
crear sentimientos como esos, hágalo de nuevo”.
“No puedo”, respondió.
Estuve de acuerdo con ella. “No puede ahora ni tampoco podía hacerlo cuando joven. El
Espíritu no puede ser manipulado de esa forma. Usted sintió el Espíritu y ahora sólo tiene
que recordar y dejar que sus sentimientos la lleven de nuevo a Dios”. La continua
expiación de Brad wilcox
el mejor de los trabajos nunca se hace a cambio de dinero, sino que es hecho por quienes
creen en lo que están haciendo.
No somos malas personas porque tengamos malos hábitos, sino que somos buenas
personas que tratan de desarrollar buenos hábitos.
Entonces, ¿cómo damos un salto hasta el nivel más alto de motivación, realmente
queriendo hacer lo que estamos haciendo? Ayuda el estar con personas que ya lo hayan
hecho. Cuando estamos en compañía de personas justas y felices que aman lo que
hacen, tal vez nos contagiemos. Tener un testimonio también es de gran ayuda. Nada
puede motivarnos más que el llegar a conocer la verdad por nosotros mismos.
El élder Neal A. Maxwell enseñó que cuando la gente cae por carecer de autodisciplina,
es porque “su perspectiva se encoge” (We Will Prove Them Herewith, 26). En la biografía
del élder Maxwell nos enteramos de cómo él tuvo autodisciplina y controló sus pasiones:
manteniendo la “visión de su misión” (Hafen, A Disciples’s Life, 289).
“La obediencia es la primera ley de los cielos”, enseñó Joseph F. Smith (Journal of
Discourses, 16:248).
¿Por qué expió Cristo por nosotros?, ¿fue acaso un requisito? Después de todo, a Él se le
había prometido todo cuanto el Padre tenía. ¿Fue esa recompensa lo que motivó a Cristo
a expiar por todos nosotros? No. ¿Fue tal vez el temor al castigo, la amenaza de tormento
sinfín y las tinieblas de afuera? No.
Tal vez lo hizo por sentirse obligado. Él era el mayor; era Su responsabilidad y todos
esperaban que lo hiciera. ¿Fue el deber lo único que ocupaba la mente del Salvador
cuando dirigió Sus pasos hacia el Jardín de Getsemaní y hacia la cruz? No.
Ésta es apenas una posible respuesta: Jesús no solamente tenía una perspectiva mayor,
sino que tenía la perspectiva completa. No tenía apenas una visión más grande, sino que
tenía una visión perfecta.
¿Se libró, acaso, del castigo eterno? Sí. ¿Recibió recompensas eternas? Sí. Pero no eran
tales cosas Su motivación, sino sencillamente consecuencias resultantes de Su elección a
un nivel más elevado. ¿Cumplió con las obligaciones de Su primogenitura? Sí.
¿Complació al Padre? Sí. Pero esas cosas fueron también consecuencias y no motivos.
Lo que motivó a Jesús fue la mayor de todas las motivaciones —un amor puro, perfecto e
infinito.
El poeta Henry Wadsworth Longfellow (1807–1881) escribió las siguientes líneas:
Las cimas que grandes hombres alcanzaron y mantuvieron
no fueron conquistadas en un vuelo repentino;
Sino que, mientras sus compañeros durmieron,
en la noche se esforzaron por llegar a su destino.
Lejos de considerarme un poeta, me he tomado la libertad de asociarme a Longfellow y
agregar algunas palabras a las suyas:
Si las cimas que grandes hombres alcanzaron y mantuvieron
no fueron conquistadas en un vuelo repentino;
si fue que ellos, mientras sus compañeros durmieron,
en la noche se esforzaron por llegar a su destino,
¿qué fue entonces lo que los motivó a escalar?,
¿qué fue lo que sus compañeros nunca sintieron?
¿Fue el miedo o el premio a lograr?,
¿fue por obligación que se comprometieron?
Toda cima por grandes hombres conquistada
por el amor puro está siempre motivada.
José Smith enseñó que “todos pueden alcanzar la misericordia y el perdón, si no han
cometido el pecado imperdonable (Enseñanzas del Profeta José Smith, 230). El
presidente Boyd K. Packer lo confirmó al declarar: “A no ser en el caso de aquellos que
desertan hacia la perdición, no hay hábito, adicción, rebelión, transgresión, apostasía ni
crimen que esté exento de la promesa de un perdón total. Ésa es la promesa de la
expiación de Cristo” (“Brilliant Morning of Forgiveness”,
Tal vez haya quien se pregunte: “Pero en vez de quebrar un convenio, ¿no habría sido
mejor no haberlo hecho nunca?”. No. Es únicamente al hacer convenios que hallamos el
poder de guardarlos, y es únicamente al guardarlos que hallamos el poder de perseverar.
Habrá quienes preguntarán: “¿No sería mejor que nunca pecáramos y no tuviéramos
necesidad alguna de la Expiación?” La pregunta en sí es inexacta, porque aun si todo
pecado fuera evitable (que no lo es), igual necesitaríamos la Expiación. Los niños
pequeños nunca pecan, sin embargo, también necesitan la Expiación, no sólo para
superar los efectos de la Caída sino para darles la oportunidad de aprender y crecer en
sus esfuerzos por llegar a ser semejantes a Cristo.
La gracia de Cristo es vista no sólo en la salvación de los niños —quienes, tal como se
nos enseña, van directamente al reino celestial— sino en la doctrina enseñada por José
Smith que tales espíritus resucitarán como niños en el Milenio y serán criados por sus
padres hasta llegar a la madurez (véase Smith, Doctrina del Evangelio, 449; McConkie,
“Salvation of Little Children”, 3).
Recuerdo que cuando era un joven maestro de escuela (con una clase numerosa y muy
activa) le pregunté a mi esposa, Debi, “¿Cuándo crees que se allanarán las cosas en la
vida? ¿Por qué será que siempre parecemos estar en una montaña rusa con tantas
subidas y bajadas en un mismo día? Sólo quisiera que la vida fuera un poco más pareja”.
Como buena enfermera que es, Debi respondió: “Brad, cuando te conectan a un monitor
del corazón, lo último que quieres ver es una línea recta. Eso no es para nada alentador.
Son las líneas que van hacia arriba y hacia abajo las que te hacen saber que estás vivo”.
Los altibajos nos hacen saber que estamos participando y no apenas observando;
aprendiendo y no sólo existiendo. El presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Sé que no es
fácil. Por cierto que a veces es desalentador. ¿No les alegra que la vida no sea divertida
en todo momento? Esos bajos del desaliento hacen más hermosos los altos del triunfo”
(Discourses, 1:301).
Una vez que nos hayamos arrepentido, ya no sentiremos el aguijón del remordimiento y
de la culpa relacionado con el pecado (véase Alma 24:10), pero no debemos olvidar lo
que aprendamos de la experiencia. Mediante Su sacrificio expiatorio, Cristo extrae el dolor
y la mancha, pero no el recuerdo. Si quitara el recuerdo también eliminaría lo aprendido.
Teóricamente, a una persona se le puede declarar libre de las demandas de la justicia
divina si vive su vida en forma perfecta, jamás dando un paso atrás ni desviándose tan
siquiera un centímetro del camino recto y angosto. Podría decirse que tal persona fue
justificada por la ley (véase Millet, Grace Works, 69). Una vez oí a alguien exclamar: “¿No
sería maravilloso encontrarse en ese estado?”.
Yo me atrevería a discrepar. No sólo que es imposible llevar tal tipo de vida, sino que
tampoco sería deseable ni nos conduciría a la verdadera felicidad. Esa persona, en teoría
justificada, igual necesitaría ser santificada, y la santificación requiere una relación real
con Dios, con el Salvador y con el Espíritu Santo. La Expiación no es sólo para los hijos
pródigos del mundo, sino también para sus hermanos y hermanas que permanecieron en
su hogar. No es solamente para los ladrones crucificados junto a Cristo, sino también para
los fieles discípulos que observaban. Nadie puede llegar a los cielos solo; debemos tener
una relación de convenio con Dios y con Cristo, quien puede tomar las mismas ataduras
del pecado que previamente nos habían amarrado, para levantarnos. Recordemos que
quienes son perdonados de muchos pecados tienen mucho amor, y “al que se le perdona
poco, poco ama” (Lucas 7:47).
Me constaba que los años siguientes iban a resultarles difíciles. Posiblemente algunos
tropezarían, pero sabía que la continua expiación de Jesucristo les sostendría.
Tad callister blueprint Of the truth church
Because of Christ’s infinite love, He came to earth for four key reasons: (1) to teach His
gospel message; (2) to work His ministry of miracles and good deeds; (3) to be the perfect
role model for us to follow; and (4) to perform His divine mission
Why Was the Atonement Necessary?
Suppose for a moment a man contemplating an exhilarating free fall makes a rash
decision and spontaneously jumps from a plane. After doing so, he quickly realizes the
foolishness of his actions. He wants to land safely, but there is an obstacle—the law of
gravity. He moves his arms with astounding speed, hoping to fly, but to no avail. He
positions his body to float or glide so as to slow the descent, but the law of gravity is
unrelenting and unmerciful. He tries to reason with this basic law of nature: “It was a
mistake. I will never do it again. I have learned my lesson.” But his pleas and petitions fall
on deaf ears. The law of gravity, like the law of justice, has no passion; it knows no mercy;
it has no forgiveness; and it knows no exceptions. Fortuitously, though, the man suddenly
feels something on his back. His friend in the plane, sensing the moment of foolishness,
had placed a parachute there just before the jump. He finds the rip cord and pulls it.
Relieved, he floats safely to the ground.
Before the Fall(In the Garden of Eden)After the Fall(Cast out of the Garden of Eden)After
the Atonement(The negatives of the Fall are corrected)Immortality (+)Adam and Eve were
not subject to pain, disease, or death (see Gen. 2:17).Mortality (-)Adam and Eve and their
posterity became subject to pain, disease, and death (see Gen. 2:17).Overcome Mortality
(+)Because of Christ’s death and Resurrection, all men and women will be resurrected
with immortal bodies (see 1 Cor. 15:20–21).Lived in God’s Presence (+)Adam and Eve
occasionally walked and talked in the presence of God (see Gen. 3:8; Moses
4:14).Spiritual Death (-)Adam and Eve and their posterity were separated from the
physical presence of God because of Adam’s sin (see 2 Ne. 9:6; Hel. 14:16; Moses 5:4).
Because they now had a knowledge of good and evil, they also became separated from
God’s spiritual presence when they sinned (1 Ne. 10:6; Alma 12:16; 42:9).Overcome
Spiritual Death (+)Because Christ suffered for our sins, He can cleanse us of our sins if we
repent (D&C 1:31–32) and ultimately bring us back into the permanent presence of God.

Innocent (-)Like a little child, Adam and Eve were innocent, meaning they had only a
limited knowledge of good and evil (see Gen. 2:17; 2 Ne. 2:22–23), and therefore could
not fully progress.Knowledge of Good and Evil (+)After partaking of the fruit of the tree of
knowledge of good and evil, Adam and Eve lost their childlike innocence and acquired a
more complete knowledge of good and evil that accelerated their opportunity to progress
(see Gen. 3:5; Alma 42:3).Knowledge of Good and Evil (+)Continues as a positive
3:5; Alma 42:3).Knowledge of Good and Evil (+)Continues as a positiveChildless (-)Adam
and Eve would not have had children in the garden (see 2 Ne. 2:23) because there would
have been no purpose in bringing offspring into a world where they could not
progress.Children (+)Adam and Eve now had children because they had a knowledge of
good and evil, and could thus progress (see 2 Ne. 2:25; Moses 5:11).Children
(+)Continues as a positive
Truman Madsen, a learned but also humble religious scholar, spoke similarly: “If there are
some of you who have been tricked into conviction that you have gone too far, that you
have been weighed down with doubts on which you alone have a monopoly, that you have
had the poison of sin that makes it impossible ever again to be what you could have been
then hear me.
“I bear testimony that you cannot sink farther than the light and sweeping intelligence of
Jesus Christ can reach. I bear testimony that as long as there is one spark of the will to
repent and reach, He is there. He did not just descend to your condition; He descended
below it, that He might be in all and through all things, the light of truth.”
Recently I was reading some books on World War II. I was touched by the account of a
high school boy who enlisted in the military and then gave his life for two friends. A
grenade was thrown into the midst of the three of them. There was no chance for escape.
Instinctively, this teenage boy dove on the grenade; he was instantly killed by the horrific
explosion, but his two friends survived. Suppose you were one of those whose life was
saved. What respect, what love would you have for your friend who gave his life for you?
Would you attend his memorial service? If a brief memorial service were held in honor of
your friend each week in your hometown, would you attend in appreciation of what he did
—giving his life for yours? Would you ever forget him or fail to reverence his name? That is
what the sacrament is all about.
Stephen Hawking, one of the world’s premier scientists, acknowledged this truth: “Today
all physicists believe in electrons, even though you cannot see them. . . . We can’t see
individual electrons, but we can see effects they produce.”1 So it is with faith.
It is said that a man once came to Pascal, who was a good and righteous man, and said: “I
wish I had your faith.” Pascal reportedly replied: “Lead my life and you shall have my faith.”
Obedience is the perfect soil in which the seed of faith can grow. Elder Bruce R. McConkie
said: “Faith is a gift of God bestowed as a reward for personal righteousness. It is always
given when righteousness is present, and the greater the measure of obedience to God’s
laws the greater will be the endowment of faith.”8 The Lord taught the same principle: “And
[God] also gave commandments . . . that faith also might increase in the earth” (D&C 1:18,
21).

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