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NADA SE TIRA

El ronquido del caníbal ha despertado, rompiéndole en dos


sus antropofágicos sueños, al vecino caníbal. Momento para
éste de anticiparse a su competencia culinaria de los
alrededores.
Ensimismado en su afán de renovación de sus artes observa
el reloj de pared fabricado a partir del marcapasos de una de
sus mejores conquistas.
Tiembla de placer al recordar como estiraban y tiritaban las
dipsómanas gemelas, que de ellas sólo quedaron las sortijas,
después de su desvirgue antropofágico.
¿Cómo entendería él confiado en su firme y elegida dieta la
abstinencia de tales goces del reacio a las humanas carnes?
…El bocio del poeta magullado licuado al vientre de sus
adentros, ¡toda una guinda anatómica!, pareja de orejas de
Siracusa de la anciana mejor alimentada, la sutil y resbaladiza
presencia en paladar de los globos oculares o las entramadas y
laberínticas hebras pulmonares de un joven andino…
…¿Hay algo más entrañable?

Los gases de los quehaceres de caldo de omóplatos


exquisitos brillan por su esencia no animal sino humana.
Resplandecen las comilonas de coronillas de jockeys, que
como invitaba Robert Desnos a su sibilino club de bebedores de
esperma, se insinuaban a los vegetarianas. Pero cae en la
dentadura postiza y las nalgas enjutadas sus morales caprichos
de humanos, resuelve su tiempo chupando los últimos huesos y
más cabal que nunca su ronquido despierta a su caníbal vecino.

Un ganglio a los postres sería lo correcto.

Tomás Douglas Kures Panea.


Abril 2008.