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Resumen de “Historia Contemporánea de América Latina”, de Halperín Donghi

Capítulo I: El legado colonial Hispanoamérica

Durante el período colonial las diferentes importancias de las distintas regiones de América Latina se mantuvieron. La
costa atlántica (hasta mediados del siglo XVIII) y las Antillas (hasta la independencia) serían las zonas más rezagadas de
un imperio español centrado en la minería andina. El sistema colonial español tenía el objetivo principal de obtener la
mayor cantidad posible de metálico con el mínimo de recursos. El sistema comercial y tributario metropolitano se orientó
hacia ese fin, y ello acarreó algunos efectos: 1) la supremacía económica de los emisarios locales de la Metrópoli
(el fisco y los comerciantes aseguraban el vínculo con la Península); 2) el mantenimiento de las otras actividades
económicas por fuera de la circulación monetaria. Los sectores criollos y la Metrópoli, si bien perseguían intereses en parte
dispares, lograron convivir -inestablemente- durante mucho tiempo gracias a que el botín de la conquista no
sólo era metálico, sino también hombres y tierras. La importancia de la franja geográfica que va desde México hasta Bolivia
no sólo reside en la existencia de metálico, sino también en la de poblaciones indígenas que habían logrado un desarrollo
importante antes de la Conquista, lo cual las volvía funcionales a la economía colonial (no sólo para laminería, sino
también para actividades artesanales y agrícolas). Sobre la tierra y el trabajo indígena se montará un modo de vida señorial
que persistirá hasta bien entrado el siglo XIX (variable según los países). Durante los siglos XVI y XVII, la conquista española
conllevó la muerte de miles de aborígenes (por guerras y porque el trabajo minero era sumamente insalubre); por ello,
hacia los siglo XVII y XVIII, la escasez de mano de obra fue percibida por la Corona. Otras de las consecuencias del derrumbe
demográfico del siglo XVII fueron: 1) el reemplazo de la agricultura por la ganadería del ovino; 2) el reemplazo, con mayor
intensidad en las zonas más importantes del imperio (México), de la comunidad agraria indígena por la hacienda, unidad
de explotación del suelo dirigida por españoles. La hacienda, además, requería de un mercado capaz de absorber su
producción (a diferencia de la comunidad agraria aborigen, que era de autoconsumo). Dentro del orden económico
colonial, la explotación agrícola estaba subsumida a laminería y al comercio (les proporcionaba fuerza de trabajo,
alimentos, tejidos y animales de carga a bajo precio); ello no le impedía, sin embargo, desarrollar una
economía de subsistencia. Halperin otorga una considerable importancia a las fuerzas externas en la evolución
hispanoamericana. Hacia el siglo XVIII, comenzaban a darse transformaciones en el orden colonial (no tanto en México): la
minería entraba en una lenta decadencia, pero lo más importante fueron las reformas borbónicas, que implicaron una
reforma administrativa, económica y militar del imperio. Entre las causas de las reformas borbónicas encontramos la
creciente pérdida del control por parte de España de las colonias, así como una voluntad metropolitana por modernizarlas,
y también el descubrimiento de la capacidad consumidora de las colonias (recordar el contexto de surgimiento industrial
en Europa, aunque sin embargo España se mostraría débil para ofrecer manufacturas a las colonias), lo cual
supuso la instauración del libre comercio entre la Metrópoli y las colonias. Además, las reformas borbónicas
significaron un mayor control fiscal y militar (creación de nuevos virreinatos, reestructuración del Ejército, por el cual se
dejaba de contratar mercenarios y se reclutaban soldados profesionales). Algunas de las consecuencias de las
reformas: 1) mayor fragmentación entre las distintas colonias, que ahora sólo se vincularán directamente con España; 2)
desplazamiento, en las posiciones dominantes, de los criollos a favor de los comerciantes peninsulares; 3)España, lejos
de convertirse en proveedora industrial de las colonias, aparece como intermediaria entre ellas y las
potencias económicas europeas industriales (sobre todo Inglaterra); 4) mayor “resentimiento” en los criollos, que
ahora deberían re-subsumirse a la Metrópoli; 5) si bien mejoró la eficacia administrativa, la corrupción e indisciplina de
persistió; 6) se conservó (y se eficientizó) la función política de la Iglesia, que no era mal vista por los sectores
subalternos. Las reformas borbónicas supusieron grandes cambios en algunas regiones (como el Río de la Plata, por
ejemplo); incorporaron, a las desigualdades ya existentes, otras nuevas. Las comunicaciones entre las distintas regiones de
Hispanoamérica eran muy malas: tan sólo el transporte fluvial era medianamente seguro y eficiente. Ello es
una causa importante de la gran fragmentación de la región hacia fines del siglo XVIII. De hecho, los transportes suponen
uno de los costos mayores en la economía colonial. En este contexto, seda una Hispanoamérica contradictoria: en ciertos
aspectos estaba más integrada que hoy, pero estaba muy segmentada en diminutas áreas. Hay algunos rasgos comunes a
Hispanoamérica en su conjunto: 1) la incidencia de la Iglesia, no sólo en lo social y lo político, sino también en lo
económico; 2) la existencia de castas bien definidas y reafirmadas (“pigmentación”), en donde la supremacía la tienen los
blancos peninsulares y cristianos. La diferenciación por castas es un elemento estabilizador, destinado a impedir el
ascenso de los sectores urbanos inferiores a través de la administración, el Ejército y la Iglesia. Pero la
“recastificación” de la sociedad hispanoamericana a fines del siglo XVIII demuestra que ella no tiene lugar para todos
sus integrantes. La movilidad social prácticamente nula en este contexto de ascenso económico de ciertos sectores es
fundamental para comprender la creciente hostilidad, sobre todo por parte de los criollos, hacia los sectores peninsulares;
hostilidad agravada porque las reformas borbónicas otorgaban los cargos privilegiados únicamente a los peninsulares. Así,
la sociedad colonial crea una masa de descontento creciente, sobre todo de sectores que aspiran a más de lo que son.

México:

 región históricamente más importante y próspera de la colonia, diferenciada del resto del imperio.
 Norte de México: ganadero y minero, era subsidiario del México Central.
 Tierras bajas del este (despobladas): surgimiento del azúcar hacia fines del siglo XVIII.
 Centro: industria artesanal relativamente importante, destinada hacia el mercado interno.
 Sectores dominantes del México Central y meridional: grandes comerciantes de Veracruz (muchos de ellos
peninsulares tras las reformas borbónicas).
 autonomía de la minería respecto al comercio (mineros poseen capitales).
 Su economía crece en la 2da mitad del siglo XVIII aunque no tanto como otras regiones.
 clase alta lujosa mexicana: criollos (mineros) y peninsulares (comerciantes y terratenientes), a la vez que
miseria popular. Enorme desigualdad social.
 crecimiento demográfico (siglo XVIII), sobre todo en el sector de autoconsumo. - migraciones internas que, junto con el
crecimiento demográfico, no son absorbidas en el empleo.
 clase media no es aceptada en los cargos burocráticos, reservados a los peninsulares. Así, este clima de
prosperidad comenzaba a mostrar sus facetas más negativas, que terminarían por hacerse ver claramente con
la entrada del siglo XIX.

Antillas españolas (Cuba)

 Ganadera hasta principios del siglo XVIII, se orienta hacia la agricultura tropical.
 Tradicionalmente, 1) ganado y 2) tabaco (fluctuante).
 Siglo XVIII: introducción del azúcar. Fines del siglo XVIII y principios del XIX: gran crecimiento del azúcar, por la huída de
plantadores de Haití por la revuelta, más favorable coyuntura internacional (independencia de EEUU, revolución
francesa, guerras civiles en España).
 Explotación del azúcar: escasez de capitales (arcaísmos técnicos), pequeñas unidades productivas, mano de obra
esclava.
 Azúcar ajeno en gran parte a España.
 Propietarios, en un principio, subsumidos a los comerciantes que les brindan capitales y son sus acreedores.
 Región muy afectada por las reformas borbónicas.

América Central

 Más estancada que México y Cuba.


 Más del 50% de la población era indígena
 Guatemala: mayor concentración indígena. Grandes haciendas y comunidades indígenas de subsistencia.
 El Salvador: no tantos indios y propiedad más dividida. Más tropical. Comerciantes dominan la economía. Importancia
del índigo.
 Honduras y Nicaragua: ganadería extensiva y escaso desarrollo. Mestizos y mulatos.
 Costa Rica: más despoblada. Hacia 1750, se establecen colonos gallegos en agricultura de autoconsumo.

Nueva Granada (Colombia)

 Región muy compleja: fragmentada por accidentes geográficos.


 en crecimiento durante el siglo XVIII.
 Importancia del oro, sobre todo durante el siglo XVIII. Mano de obra esclava para laminería.
 Más allá del oro, retraso y cierto aislamiento del mercado mundial.
 Costa: blanca y mulata.
 Interior: mestizo y en menor medida blanco.
 Meseta: ganadería y agricultura. Grandes terratenientes en algunas regiones (Bogotá) y propiedad más dividida en
otras (Antioquia).
 Cartagena (en la costa): fortaleza militar española muy importante.

Venezuela

 a diferencia de Colombia, volcada al mercado ultramarino y más integrada.


 Importancia del cacao. En menor medida, el café, el índigo y el algodón.
 Costa y valles andinos: agricultura de plantación, en manos de grandes terratenientes criollos que usan mano de obra
esclava.
 Región muy afectada por las reformas borbónicas.

Ecuador

 fuerte oposición costa/sierra


 Costa: agricultura tropical de plantación (cacao de menor calidad que el venezolano pero más barato), con mano de
obra esclava y dirigida al mercado ultramarino.
 Sierra: mayoría indígena, minoría blanca. Aislada del comercio ultramarino (se manifiesta en la persistencia
de idiomas prehispánicos). Sobre todo de autoconsumo, aunque hay cierta producción destinada a la costa o al Río de
la Plata.
 Existe una alta clase indígena, “cómplice” de las clases dominantes blancas.

Virreinato del Perú

 en crisis por la subdivisión del virreinato (se habían creado el de Nueva Granada y el del Río de la Plata, que tenía las
tierras del Alto Perú), ya que Lima pierde la concentración de la producción proveniente de estas regiones (sobre
todo del Alto Perú) a manos de Buenos Aires.
 Aumento de la producción de plata en tierras bajo peruanas.
 Minería seguía siendo la base de la economía y el comercio ultramarino peruano.- Sierra del norte: mestiza y bastante
bien incorporada al comercio con otras colonias.
 Costa: agricultura orientada hacia el comercio hispanoamericano (haciendas y esclavos). Artesanía vinculada a
la agricultura.
 Sierra del sur (Cuzco): indígena, proveedora de las zonas mineras, a la vez que desarrolla una agricultura de
subsistencia y una ganadería que atiende a las artesanías locales. Predominancia de comunidades indígenas.
 Agricultura serrana oprimida por clases altas españolas e indígenas.
 Clases altas locales subsumidas a las de Lima (estas últimas son propietarias de los latifundios costeros y comerciantes).
 Lima debe compartir sus ganancias con la Metrópoli.

Chile

 Tradicionalmente subsumido a Lima.


 Región más aislada de todas (poca repercusión de las reformas borbónicas).
 Siglo XVIII: crecimiento lento, sobre todo de metales preciosos (para exportación).
 Poca diversificación económica por falta de compradores. Sólo Lima le compra trigo.
 Población crece más rápido que la economía, y es sobre todo rural, blanca y mestiza.
 Conquista de tierras indígenas durante el siglo XVIII.
 Siglo XVIII: pocos cambios en la estructura social. Campo: gran propiedad, explotación semifeudal. Sube la
proporción de los peninsulares (burócratas o comerciantes) en las clases altas.
 Escasa población negra y mulata.

Río de la Plata

 Región muy afectada por las reformas borbónicas, por, entre otras cosas, la necesidad de establecer una barrera
ante el avance portugués.
 Economía, tradicionalmente dirigida hacia Lima, ahora se dirige hacia Buenos Aires, que crece mucho.
 Clase mercantil rápidamente ampliada (sobre todo por la inmigración española) y enriquecida, que domina por la
concentración de la producción proveniente del Alto Perú.
 Interior abastece al Alto Perú. El litoral y Buenos Aires son mercados auxiliares, aunque el libre comercio con
España a partir de 1778 lo perjudica.
 Litoral rioplatense crece muy rápido durante la segunda mitad del s. XVIII. Subsumido a Bs As. Producción de cueros,
con escasa mano de obra
 Región pampeana y litoral: privilegiada porque no hay clara propiedad de la tierra, lo que permite la ganadería
extensiva, también gracias a reducidas amenazas indígenas.
 Montevideo, rival de Buenos Aires, no puede competir contra ella.

Paraguay

 Misiones: en decadencia. Produce algodón y yerba mate, pero pierde mercados con Paraguay.
 Paraguay: prospera. Dominada por colonos peninsulares. Produce yerba, tabaco y ganadería vacuna.

Alto Perú

 aún núcleo demográfico (indígena y mestizo) y económico del Virreinato del Río de la Plata.
 mayor dependencia de la minería respecto de comercio (respecto de México).
 Cierta decadencia de la minería, pero aún sigue siendo la más importante de la Sudamérica española. Mano de obra
sobre todo indígena.
 Agricultura altoperuano y artesanías textiles que proveen a las minas.
 Surgen ciudades comerciales (La Paz) al lado de las mineras. La Paz, indígena sobre todo, ese nexo entre el Potosí
y el Bajo Perú. Por ello, se ve perjudicada con las reformas borbónicas.

Brasil

 El siglo XVIII afectó más a Brasil que a Hispanoamérica. El núcleo económico se desplazó del norte azucarero al
centro minero. Además, se expandió territorialmente. Hasta fines del siglo XVII, Brasil se había centrado en la
producción de azúcar, sobretodo en el Norte. Pero hacia esta fecha, el azúcar comenzó su larga decadencia (que
duraría hasta fines del siglo XIX), tras la instalación de este cultivo en las Antillas, lo cual suponía una mayor
competencia en un mercado relativamente reducido. Brasil no estaba bien preparado para afrontar esta competencia,
ya que la producción azucarera era bastante arcaica. Pero con la decadencia del azúcar, fue creciendo, en el Centro, la
ganadería y la caza de indígenas (para venderlos como esclavos complementarios en las plantaciones azucareras, que,
por no disponer de moneda suficiente, ya no podían comprar tantos esclavos africanos, ahora dirigidos a
las Antillas). El descubrimiento de oro en 1698 y el de diamantes hacia 1730 cambiarían la historia brasileña. Estos
minerales, existentes en la zona de Minas Gerais, serían una riqueza fundamental para Brasil. La minería
(mucho menor que la hispanoamericana) permitió el retome de la importación de esclavos africanos (aunque
destinados a esta actividad y no a la azucarera) y facilitó, como en ningún otro país de Latinoamérica, la inmigración
europea. Pero hacia fines del siglo XVIII la minería entraría en decadencia. A la vez, en la costa de Río de Janeiro, que se
había convertido en la capital del Imperio, se producía algodón (favorecido con el auge de la Revolución Industrial) y el
arroz. En Río Grande Do Sul, se practicó la ganadería, cuyos mercados eran tanto internos (para la carne) como
externos (cueros). Estas regiones serían las más prósperas hacia fines del siglo XVIII, en contraposición a las zonas
mineras y azucareras, en decadencia. No obstante, el azúcar seguía siendo la principal actividad económica. Las
reformas pombalinas facilitaron la integración económica con Inglaterra, lo que sería relevante durante a partir de la
segunda mitad del siglo XIX. Por otro lado, la sociedad brasileña era menos cerrada que la española: el principal límite
de casta era el de la esclavitud. Por otra parte, la voluminosa inmigración metropolitana que se dio en
Brasil favoreció la creación de una aristocracia ligada al comercio ultramarino, a diferencia de Hispanoamérica.
Los hacendados ganaderos del centro y del sur, si bien dependen, en cierto punto, de la aristocracia comerciante,
tendrán un poder local muy sólido. La diferenciación entre productores y mercaderes es distinta que en Hispano
américa: en Brasil hay desde el comienzo un amplio sector agrícola, dominado por una homogénea clase terrateniente,
que produce para ultramar. Portugal, menos poderoso que España, no puede tener una política económica tan
determinante como ésta última. Además, la administración colonial, por parte de Portugal, era mucho más
atrasada que la de España con Hispanoamérica. Esto hacía que la cohesión entre metrópoli y colonia fuera menos
sólida (lo cual explicaría la importancia temprana de Inglaterra en la economía brasileña). Al igual que en España, la
Corona no puede afrontar ella misma las tareas de expansión colonial: es por ello que concede ciertas atribuciones y
autonomías a los sectores dominantes locales. Esto también podría tener que ver con el rumbo posterior de Brasil, en
el cual los sectores locales mantuvieron un poder muy fuerte, mucho mayor que en Hispanoamérica. En Brasil no se
dieron reformas del tipo que en Hispanoamérica, en parte por el poder menor que tenía Portugal para llevarlas a cabo,
y en parte porque la Metrópoli no había estado tan interesada en su actividad económica como lo había hecho España.
En Brasil, la Corona no garantizaba ni tierras ni mano de obra como sí en Hispanoamérica, lo cual también contribuye a
explicar el porqué de la mayor autonomía brasileña. Pero la principal diferencia entre la estructura social de Brasil e
Hispanoamérica es que en esta última, la posesión de la tierra y la de la riqueza no van juntas; en Brasil sí suelen
acompañarse, y eso da a las clases dominantes locales un poder que les falta en Hispanoamérica. Por
eso, la creación de un poder central no puede darse en Brasil en contra de esos poderes locales que pueden dominar
las instituciones creadas para controlarlos. El poder central nace aquí débil y se ejercerá conforme a esa debilidad. Por
otro lado, el personal eclesiástico en el Brasil de fines del siglo XVIII pertenecía a estas clases dominantes locales sin
parangón en Hispanoamérica

Capítulo II: La crisis de independencia

El edificio colonial, que había durado varios siglos, se desmoronó en tan sólo 15 años. Este proceso de crisis de
independencia, iniciado en 1810, terminaría en 1825, año en el cual Portugal había perdido todas sus tierras americanas, y
España tan sólo conservaba a Cuba y Puerto Rico. ¿Por qué se dio tan rápido? Primera etapa (1810-1815): estallido
revolucionario y guerra civil En Hispanoamérica, las reformas borbónicas, que reafirmaban -con éxito parcial- el poder de
España en sus colonias y la ubicaban como intermediadora entre éstas y las potencias industriales, tuvieron,
sin duda algo que ver, pero no hay que exagerar, dice Halperin, su importancia. Las reformas borbónicas
habían mejorado la eficacia de la administración: ello explica el malestar de los sectores criollos, que ahora se sentían
más controlados por la Metrópoli. Además, este malestar se potenciaba porque las reformas habían otorgado
los cargos burocráticos a los peninsulares, y habían propiciado el acecho constante de los mercaderes peninsulares en
los puertos coloniales, relegando a los comerciantes criollos. Pero según Halperin, el proceso de reformas político-
administrativas delas colonias no puede explicar la rapidez del proceso de independencia política respecto delas
metrópolis: más bien, las reformas prefiguran cambios y conflictos a largo plazo. La causa principal del fin del orden
colonial tampoco radica en la renovación ideológica del siglo XVIII que, si bien era ilustrada, no era por
ello precisamente revolucionaria o anticolonial; a lo sumo, se le achacaba al régimen colonial sus limitaciones económicas,
su cerrazón social o sus características jurídico-institucionales. Será, pues, de fundamental importancia, los hechos
ocurridos en el frente externo, más precisamente en Europa: la revolución francesa y sus consecuencias jugarían un papel
fundamental para darle el golpe de gracia a la decadente España (y a Portugal también).Antes de la independencia, más
allá de las reformas, se vislumbraba la degradación del poder español, sobre todo a partir de 1795 y que se hacía cada vez
más profunda. La Revolución Francesa había llevado a la guerra marina entre Francia e Inglaterra, de la cual España no
estaba exenta. Las consecuencias de ello fueron una incomunicación entre España y las colonias, que imposibilitaba el
envío de soldados y el monopolio comercial. Así, España adoptaría algunas medidas de emergencia que flexibilizaban el
comercio de las colonias (y eran bien vistas por los criollos). Pero las colonias ahora no tenían mercados asegurados y se
acumulaban stocks; los productores y comerciantes criollos comenzaban a ver en España el principal obstáculo a sus
intereses. Se empieza a plantear la disolución del lazo colonial, con distintos matices. Luego de la guerra de Independencia
española, que aseguró la vuelta al trono de Fernando VII y la alianza con Inglaterra, España pudo retomar el
vínculo -ya muy transformado y sin vuelta atrás- con sus colonias. Pero España se encuentra debilitada, militar y
económicamente, y la presencia de Inglaterra daba el golpe final al viejo monopolio. Además, a nivel local, las elites criollas
y las peninsulares son hostiles entre sí. Serán los propios peninsulares quienes darán los primeros golpes al sistema
administrativo colonial. Entre 1800 y 1810 se dan una serie de episodios, a nivel local, que prefiguran la revolución y
muestran el agotamiento del régimen colonial. En el naufragio del orden colonial, los puntos reales de disidencia
eran las relaciones futuras entre la metrópoli y las colonias y el lugar de los peninsulares en éstas, ya que aun quienes más
deseaban mantener el predominio español estaban poco dispuestos a seguir en el arruinado marco político-
administrativo colonial. En estas condiciones, las fuerzas cohesivas (que en España habían sido muy importantes para
derrotar a Napoleón), no existían en Hispanoamérica. Ni la veneración por el rey cautivo, ni la fe en un nuevo
orden español surgido de las cortes constituyentes lograban aglutinar a Hispanoamérica, entregada a tensiones cada vez
más insoportables. En cuanto a las relaciones futuras con España, mientras duró la invasión francesa en España, sobre todo
entre 1809 y 1810, no se creía en el poder de la resistencia española. Además, la España invadida parecía dispuesta a
revisar el sistema de gobierno de sus colonias, y transformarlas en provincias ultramarinas de una monarquía ahora
constitucional.

En cambio, el problema más importante era el del lugar de los peninsulares en las colonias. Las revoluciones comenzaron
por ser intentos de las elites criollas urbanas por reemplazarlos en el poder político. La administración colonial, por su
parte, apoyó a los peninsulares. En México y las Antillas no fueron tan importantes estas pugnas entre criollos y
peninsulares: en las Antillas, la revolución social haitiana, que había expulsado a los plantadores franceses de
ese país, mostraba los peligros que podía acarrear una división entre las elites blancas. En México, la protesta india y
mestiza de la primera fase de la revolución fue derrotada por una alianza entre criollos y peninsulares. La ocupación de
Sevilla en 1810 y el confinamiento del poder real español a Cádiz estuvieron acompañados de revoluciones pacíficas en
muchos lugares, que tenían por centro al Cabildo, institución con fuerte presencia criolla (variable según las regiones). Los
cabildos abiertos establecerán las juntas de gobierno que reemplazarán a los gobernantes designados desde España. Una
aclaración: los revolucionarios no se sentían rebeldes, sino herederos de un poder caído, probablemente para siempre.
No hay razón alguna para que se opongan a ese patrimonio político-administrativo que ahora consideran suyo y
al que lo consideran como útil para satisfacer sus intereses. En líneas generales, la revolución es una cuestión que afecta a
pequeños sectores: las elites criollas urbanas que toman su venganza por las demasiadas postergaciones que han sufrido.
Herederas de sus adversarios (los funcionarios metropolitanos), si bien saben que una de las razones de su triunfo es
que su condición de americanas les confiere una representatividad que aún no les ha sido discutida por la población
nativa, no conciben cambios demasiados profundos en las bases reales de poder político. A lo sumo, se
limitarán a una limitada ampliación a otros sectores en el poder, institucionalizada en reformas liberales. Se
abrirá entonces una guerra civil que surge en los sectores privilegiados (criollos versus peninsulares): cada uno de los
bandos buscará, para ganar, conseguir adhesiones en el resto de la población. La participación de las masas en la
revolución será muy variable según las regiones. Por ello, hay que tener cuidado de no reducir el proceso revolucionario a
un mero conflicto interno entre las elites del orden colonial. Hasta 1814, España no podrá enviar tropas contra sus
posesiones sublevadas.

Río de la Plata

La junta revolucionaria envía dos expediciones militares para reclutar adhesiones: la de Belgrano, que fracasa en el
Paraguay, y otra que se extiende por el interior hasta el Alto Perú. Allí, la expedición emancipa a los indios del tributo y
declara su total igualdad, en un signo de voluntad de ampliación de la base social, pero los criollos altoperuanos se oponen
a ello y se colocan del lado del rey. Los revolucionarios de Buenos Aires procuraron conseguir adeptos en los sectores
sociales inferiores, pero en regiones lo suficientemente lejanas de Buenos Aires (como el Alto Perú), de tal modo que no
fuesen una futura amenaza a su hegemonía. En cambio, en las zonas más próximas a Buenos Aires, los
dirigentes revolucionarios serían mucho más reservados. En la Banda Oriental, se daría un alzamiento rural que procuraría
extender las bases sociales de la revolución a sectores subalternos: el de Artigas. El artiguismo sería resistido por las elites
de Buenos Aires, que veían en él una amenaza para la cohesión del movimiento revolucionario y, sobre todo, una expresión
de protesta social inadmisible y peligrosa. Antes de eso, la dirigencia revolucionaria de Buenos Aires se había dividido, en
1810, entre Saavedra, moderado, más propenso a una continuidad reformada con España, y Moreno, de tendencias
rupturistas y jacobinas. El triunfo de los saavedristas sería efímero y sustituido por la dirección de los oficiales del ampliado
ejército regular en 1812, entre los que estaban Alvear y San Martín. En 1813, una Asamblea soberana, si bien no declaró la
independencia, suprimió los mayorazgos y títulos nobiliarios, el tribunal inquisitorial y proclamó la libertad de vientre. Sería
la única revolución de la Sudamérica española que aún seguía en pie hacia1815.

Chile

En 1810 se creó una Junta, de tendencias moderadas, pero Martínez de Rosas la fue radicalizando. Esta radicalización fue
el producto de la amenaza que representaba Perú (realista), lo que obligó a la creación de un ejército que influiría en el
desarrollo político. La revolución se institucionaliza en 1811 en el Congreso Nacional, en el cual triunfaría el radical Carrera,
por medio de un golpe militar. El radicalismo, basado en el reformismo ilustrado, estaba dominado por la aristocracia
santiaguina y funcionarios del antiguo régimen, y uno de sus exponentes fue O´Higgins, que luego se volvería moderado. El
Congreso, sin oposición moderada, creó un Estado moderno, por medio, sobre todo, de reformas burocráticas y
judiciales, supresión de la Inquisición y la abolición de la esclavitud. Luego de un breve dominio moderado, Carrera,
aristócrata terrateniente, hace otro golpe de Estado y establece una dictadura, que buscará apoyarse en sectores más
amplios (ejército, plebe urbana). La revolución chilena moría en 1814. Como en el Río de la Plata, la división entre las
facciones había frenado (o moderado) el movimiento revolucionario.

Venezuela y Nueva Granada

La revolución venezolana fue muy trágica por la cantidad de matanzas que hubo. Comenzó en 1810, liderada por Miranda,
quien no era apoyado por la oligarquía del cacao. Miranda intentaría crear un aparato militar revolucionario eficaz y
radicalizado. En 1811 se proclama la independencia de España. La revolución era apoyada en el litoral del cacao, pero el
oeste y el interior eran realistas (dirigidos por Monteverde). Algunos alzamientos de los negros llevaron a dar por finalizada
la Revolución y entregado el poder a los realistas. Bolívar, quien había combatido con Miranda, se exilió en Nueva Granada
para reorganizar la lucha. Venezuela se convirtió en fortaleza realista y hacia 1815 la revolución había sido frenada en
Nueva Granada. La revolución neogranadina se vio muy afectada por las tendencias dispersivas entre sus jefes.

Segunda etapa (1815-1825): guerra colonial y triunfo revolucionario

Para 1815 sólo la mitad meridional del virreinato del Río de la Plata seguía en revolución. En el resto, la
metrópoli devuelta a su legítimo soberano comenzaba a enviar hombres y recursos a los grupos que durante 1810-1815
habían resistido a los revolucionarios con sólo sus recursos locales. Los realistas triunfarían, pero su alegría sería breve.
Algunos autores insisten en que la severidad de las medidas realistas a partir de 1815 habría generado el efecto contrario
de realimentar la revolución. Sin embargo, para Halperin esta explicación deja de lado que la guerra civil no había
desaparecido, sino que estaba latente, y además sus consecuencias se hacían sentir. Así, una política menos vengativa por
parte de los realistas tampoco hubiera podido evitar los rebrotes revolucionarios. La revolución se había hecho sentir
tanto en las regiones revolucionarias como realistas. Tanto los jefes realistas como los patriotas debían formar
ejércitos cada vez más amplios, para lo cual debían incorporar a sectores subalternos a sus filas y mantenerlos satisfechos:
para ello, se flexibilizó la movilidad jerárquica dentro del ejército; los cuadros superiores ya no siempre quedaban en
manos de las elites. A los nuevos jefes, provenientes de extractos sociales inferiores, también se los dotó de recursos
económicos. Durante este período se dieron cambios económicos: el libre comercio penetra cada vez más en las regiones
hispanoamericanas, en donde ahora se importan productos ingleses que son mucho más baratos que los de las artesanías
locales, llevando a estas últimas a la ruina. La lucha contra los peninsulares significará la proscripción, sin inmediato
reemplazo, de una parte importante de las clases altas coloniales. Así, tras la restauración que se da hacia 1815 en casi
toda Hispanoamérica, la guerra vuelve a surgir, pero ahora con un nuevo carácter. La metrópoli se esfuerza por suprimir
completamente el movimiento revolucionario, lo que transforma la guerra civil en una guerra colonial. Una de las
características de este viraje en el proceso revolucionario es la supeditación de las soluciones políticas a las
militares; de los focos revolucionarios aislados entre sí se pasa a una organización a mayor escala, que finalmente llevaría a
la victoria. En esto, según Halperin, es clave la función que cumplieron los líderes revolucionarios.

Para esta segunda etapa de la revolución, Gran Bretaña y Estados Unidos, que hasta ahora habían tenido una posición
ambigua, contribuirían, directa o indirectamente, a que los revolucionarios se armasen y sumaran hombres a sus filas. Hay
que tener en cuenta, además, que si bien España ahora estaba en condiciones de mandar ejércitos a sus colonias y de
mantener el orden colonial, a nivel interno las cosas habían cambiado. Si bien Fernando VII había retornado al trono, las
tendencias liberales no habían desaparecido, y mucho menos todavía en el ejército que debería defender a las colonias.
Además, la situación económica caótica hacía difícil una reconquista costosa. Hacia 1820 se dio una revolución liberal en
España que, si bien no se resignaba a perder las colonias, reconocía que ya no se podía volver a la situación
prerrevolucionaria, y que debían efectuarse reformas conciliatorias. Estas ideas renovadoras no fueron bien vistas por
algunos sectores contrarrevolucionarios hispanoamericanos, intransigentes, que deseaban la restauración absolutista;
otros intentarían una reconciliación con los patriotas, dejando afuera a la España liberal. Lo cierto es que ambas posturas
debilitarían a los realistas. En 1823 se daría en España una restauración absolutista apoyada por Francia.
Inglaterra, que era aliada de España pero tradicionalmente hostil a Francia, no vio bien esta nueva influencia francesa sobre
la Península y lentamente comenzó a inclinarse hacia los revolucionarios hispanoamericanos. También en 1823, Estados
Unidos proclamaba la doctrina Monroe, por la cual no aceptaría una restauración española en Hispanoamérica. Para este
año, tan sólo el Alto Perú, algunas regiones del sur chileno y del sur peruano permanecían adictos al rey. El avance de la
revolución había sido, en gran medida, la obra de San Martín (de ideas monárquicas) y Bolívar (que creía en una
república autoritaria, guiada por la virtud). San Martín contaría con el apoyo de O´Higgins en Chile y del gobierno de
Buenos Aires, mientras que Bolívar, al principio no tendría ni apoyos ni recursos. Sin embargo, hacia1823, la situación era
más bien la inversa. La guerra de independencia dejaría una Hispanoamérica muy distinta a la que había encontrado, y
distinta también de la que se había esperado ver surgir una vez terminados los conflictos. La guerra misma, su inesperada
duración, la transformación que había obrado en el rumbo de la revolución, que en casi todas partes había debido ampliar
sus bases (para ambos bandos), parecía la causa más evidente de esa notable diferencia entre el futuro entrevisto en 1810
y la sombría realidad de 1825.

Río de la Plata

En el Río de la Plata, un nuevo congreso se reunió en Tucumán en 1816, cuyo director supremo era Pueyrredón, quien
mantendría unidas, hasta 1819, a las distintas regiones. Esto fue posible gracias a la alianza entre las elites gobernantes de
Buenos Aires y de Tucumán y Cuyo –cada vez más conservadoras y dispuestas a una reconciliación con la
España restaurada-, no afectadas por el federalismo artiguista. Sin embargo, Pueyrredón no lograría controlar por él mismo
la disidencia artiguista en el litoral: tuvo que acudir a la intervención portuguesa en la Banda Oriental, para que mantuviera
a Artigas a la defensiva. Hacia 1819, el régimen de Pueyrredón se descomponía, y los caudillos del litoral se hacían cada vez
más autónomos.

Chile

En 1817, San Martín, con recursos provenientes de Cuyo, derrota a los españoles y en 1818 se proclama la independencia
de la nueva república, cuyo Director Supremo era O´Higgins. La nueva república, que debía rehacer la cohesión interior, iba
a ser marcada por un autoritarismo frío y desapasionado, muy duro sobre todo contra los realistas y disidentes.

Perú y Bolivia

Durante la primera etapa revolucionaria, Perú había sido un bastión realista. La reconquista de Chile debía ser el
primer paso, pues, en el avance hacia Lima. En 1821 se crearía un Perú independiente y monárquico, con San Martín como
protector. Perú sería el estado independiente más conservador de todos; en parte, se explica este conservadurismo
extremo como maniobra para ganar el apoyo de la aristocracia limeña, clave para consolidar el nuevo orden. Sin embargo,
aún persistían importantes reductos realistas, que amenazaban seriamente a la revolución, y que sólo podrían ser
derrotados con ayuda de nuevos auxilios externos, como el de Bolívar. San Martín se vería obligado a renunciar y a fines de
1822 se proclamó la república de Perú. Entre 1823 y 1826, se darían varios intentos realistas por frenar la revolución, que
serían finalmente derrotados. En el Alto Perú, Sucre, aliado incondicional de Bolívar, lograría derrotar a los realistas en
1825 y fundar la república de Bolivia, que escapaba tanto a la unión con el Río de la Plata, como con Perú.

Venezuela, Nueva Granada y Ecuador

Bolívar, en ruptura con la aristocracia de Caracas, se apoyó, inicialmente, en los agricultores y pastores andinos, en los
negros de la costa y en los llaneros que en 1814 lo habían echado de Venezuela. En 1816, anuncia la liberación de los
esclavos (fundamentales en la economía de plantación de la costa venezolana) y se alía con Páez, formando la fuerza
militar que llegaría hasta el Alto Perú. Hacia 1819 se declaró la República de Colombia, que incluía a Venezuela y Ecuador,
pero con autonomías importantes. Sin embargo, la resistencia realista duraría hasta 1821, bastante afectada por la
revolución liberal en España, permitiéndole a Bolívar avanzar hacia Perú. En 1821, se proclamó una constitución, que
establecía un régimen más centralizado que el que se había pensado en 1819: Bogotá era el centro. Santander se ocupó de
organizar el nuevo estado, pero la tarea era desde el comienzo muy difícil. La modernización social debía enfrentar tanto a
la Iglesia como a los grupos privilegiados por el viejo orden (propietarios de esclavos del litoral venezolano opuestos al
abolicionismo, grandes mercaderes y pequeños artesanos enemigos del comercio libre). Sin embargo, la república no se
animaba a excluir a estos sectores conservadores, por miedo a que ocurriese lo que en Haití en 1804.El nuevo orden
buscaba entonces retomar el moderado reformismo administrativo, característico de las mejores etapas coloniales. Pero se
topaba con serios obstáculos: no sólo las ruinas del pasado cercano y los costos de la guerra limitaban sus recursos, sino
que no tenían una base de poder autónoma de sus gobernados. No eran sorprendentes, entonces, tendencias localistas o
centrífugas. Así, la república de Colombia parecía tener desde su origen un desenlace fijado: el golpe de estado autoritario
que uniría, bajo la égida de Bolívar, a los inquietos militares venezolanos y a la oposición conservadora neogranadina.
México

Aquí se dio una revolución muy distinta a las sudamericanas, en donde la iniciativa había correspondido a las elites urbanas
criollas, que ya para 1825 controlaban el proceso que habían comenzado. En México, en cambio, la revolución empezó por
ser una protesta mestiza e india en la que la nación independiente tardaría decenios en reconocer su propio origen. En
1810, un cura rural, Hidalgo (proveniente del noroeste), proclamaba su revolución, apoyado fundamentalmente en
sectores subalternos (peones rurales, y trabajadores mineros), pero que de tan mal organizados y mal armados que
estaban, serían derrotados. Más allá del fracaso de Hidalgo, hacia 1812, el también cura Morelos (proveniente del sur) se
convertiría en el nuevo jefe revolucionario, con apoyo de las masas. Organiza mejor las fuerzas que Hidalgo y propone la
abolición de las diferencias de casta y la división de la gran propiedad en manos de enemigos. Pero las disensiones, que en
algún momento había logrado minimizar, terminaron por debilitar la revolución de Morelos. Sin embargo, ésta no fue su
única causa: a Morelos, que a partir de un movimiento indígena quería lograr una revolución nacional, moderada en su
estilo pero radical en su programa, los realistas oponían un frente junto con los criollos. Una vez eliminada la herencia de
rencores del pasado, atenuados por el común terror ante la revolución de Hidalgo, la unión de peninsulares y ricos criollos
en defensa del orden establecido era un programa más factible que el de la revolución. Así, Morelos sería
derrotado y ejecutado en 1815. Los alzamientos de Hidalgo y Morelos, si bien habían llevado imágenes religiosas,
amenazaban la estructura eclesiástica. Por ejemplo, Morelos incluía entre las tierras a dividir, las de la Iglesia. Por ello, no
sorprende que la Iglesia también fuera su opositora. Tras algunos alzamientos rurales que fueron sofocados, en los años
siguientes los criollos de la capital comenzaron a enfrentarse, poco a poco, con los peninsulares. Sin embargo,
este espíritu disidente no maduraría: la revolución liberal en España desencadenó súbitamente la independencia de
México, proclamada en 1821.Los peninsulares tenían mayor peso en México que en el resto de las colonias. Porque se
creían dotados de suficiente fuerza local, también los peninsulares podían encarar una separación política de España. Esta
se produjo cuando el vuelco liberal de España pareció afectar tanto a la Iglesia como la intransigencia en la lucha
contra las revoluciones hispanoamericanas. Las elites mexicanas temían que la España liberal los perjudicase, así que
prefirieron romper con ella.

Brasil

Aquí la independencia de 1822 fue más pacífica. Una de las causas de esta diferencia entre la independencia de Brasil
y la de Hispanoamérica radica en que Portugal había otorgado a Inglaterra la función de metrópoli económica de
las tierras americanas. Si bien existieron intentos, por parte de la Corona portuguesa, de aumentar la
participación metropolitana en la vida portuguesa, fueron mucho más limitados que los de España. Más allá de que existió
una inmigración portuguesa importante, que se incorporó a las filas de la elite peninsular, no logró imponerse sobre
las jerarquías locales surgidas durante los siglos anteriores. Además, Portugal estaba mucho más dominado por
Inglaterra que España; por ello, no debe sorprender el cuasi-secuestro en 1810, por parte de los ingleses, de la corte
portuguesa, que la trasladaría de Lisboa a Río de Janeiro (ante la invasión napoleónica), que ahora se convertía en la sede
de la corte regia. Por otro lado, a esta altura, Inglaterra entablaba relaciones comerciales mucho más profundas con Brasil
que con Hispanoamérica. Si bien la liberación de Portugal en 1812 no bastó para que la Corona retornase a Lisboa, la
revolución liberal de 1820, sí lo haría. El rey dejó a su hijo Pedro como regente del Brasil, quien proclamaría la
independencia en 1822, desoyendo la advertencia de las cortes liberales que lo intimaban a seguir las órdenes de su padre.
Sin embargo, gracias a la presión de Inglaterra, en 1825, Portugal reconocería al nuevo estado independiente. En 1824
se proclamó en Brasil una constitución liberal y parlamentaria. El imperio de Brasil, surgido casi sin lucha y en armonía con
un nuevo clima mundial poco adicto a las formas republicanas, iba a ser reiteradamente propuesto como modelo para la
turbulenta América española. La corona imperial iba a ser vista como el fundamento de la salvada unidad política de la
América portuguesa, frente a la disgregación creciente de Hispanoamérica. De todos modos, la unidad brasileña
también tuvo sus amenazas, como algunos alzamientos localistas, que fueron derrotados. Aunque la ausencia de una
honda crisis de independencia aseguraba que el poder político seguiría en manos de los grupos dirigentes surgidos en la
etapa colonial, había entre éstos bastantes tensiones, que luego se harían sentir. Aquí encontramos un factor en común
con Hispanoamérica: la dificultad de encontrar un nuevo equilibrio interno, que absorbiese las consecuencias del cambio
en las relaciones entre Latinoamérica y el mundo que la independencia había traído consigo.