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Datos del libro

Título Original: The Gatering Storm II


Traductor: Juan G. de Luances
©1948, Churchill, Winston

©1949, José Janés


CÓMO SE FRAGUÓ LA TORMENTA (II)

WINSTON S. CHURCHILL

LOS LIBROS DE NUESTRO TIEMPO

1949

PROPIEDAD LITERARIA RESERVADA

ÚNICA EDICIÓN ÍNTEGRA AUTORIZADA PARA ESPAÑA

TRADUCCIÓN DEL INGLÉS POR

JUAN G. DE LUACES

*
TÍTULO DE LA OBRA ORIGINAL

THE GATHERING STORM

PRIMERA EDICIÓN

Febrero 1949

TIPOGRAFÍA MIGUZA - CIUDAD, 13—BARCELONA

LIBRO SEGUNDO

LA GUERRA CREPUSCULAR

3 septiembre 1939 ? 10 mayo 1940


CAPÍTULO PRIMERO

GUERRA

Invitación de Chamberlain. — La pausa del 2 de septiembre. — Declaración de


guerra (3 septiembre). — Primera alarma aérea. — Otra vez al Almirantazgo. — El
almirante Sir Dudley Pound. — Mi conocimiento de las cuestiones navales. — Contrastes
entre 1914 y 1939. — Situación estratégica en los mares. — El Báltico. — El Canal de
Kiel. — Actitud de Italia. — Nuestra estrategia mediterránea. — La amenaza submarina,
— La amenaza aérea. — Japón. — Singapur (apéndice). — La seguridad de Australia y
Nueva Zelanda. — Composición del Gabinete de Guerra. — Primeros nombramientos de
Chamberlain, — Un gobierno antediluviano. — Virtudes de la siesta.

Polonia fue atacada por Alemania en la madrugada del 1 de septiembre. Por


la mañana se ordenó la movilización de todas nuestras fuerzas. El Primer Ministro
me invitó a visitarle durante la tarde en Downing Street. Me dijo que no tenía
esperanzas de evitar la lucha con Alemania y que se proponía formar un reducido
Gabinete de Guerra formado por ministros sin departamentos concretos que regir.
Indicó que, a su juicio, el Partido Laborista no estaba dispuesto a participar en el
gobierno. Esperaba aún que los liberales se le uniesen. Me propuso ingresar en el
Gabinete de Guerra. Accedí sin comentarios y entonces mantuvimos una larga
conversación sobre los hombres a escoger y los medios a seguir.
Tras alguna reflexión, parecióme que la edad de los ministros que iban a
formar la suprema ejecutiva de la dirección de la guerra acabaría considerándose
excesiva, y después de media noche escribí a Chamberlain:

2-IX-39.

¿No encuentra que formamos un equipo demasiado viejo? Las seis personas que
usted me mencionó ayer suman 386 años, lo que arroja un promedio de más de 64.
Un año más, y estaríamos facultados para solicitar la pensión de ancianidad. Pero
si añadiésemos a Sinclair (49) y a Eden (42) el promedio disminuiría hasta 57 años
y medio.
Si acierta el Daily Herald y no se nos unen los laboristas, habremos de
soportar continuas críticas, así como las decepciones y sorpresas en que la guerra
abunda. Me parece, por tanto, importantísimo incorporar firmemente a nuestras
filas a la oposición liberal. Juzgo, asimismo, un refuerzo necesario la influencia de
Eden con el grupo de conservadores asociados a él y también la de los liberales
moderados.
Los polacos llevan treinta horas sometidos a un intenso ataque, y me afecta
mucho el saber que en París se habla de enviar aun otra nota fa Alemania]. Confío
en que pueda usted anunciar nuestra conjunta declaración de guerra cuando el
Parlamento se reúna esta tarde, a lo sumo.
El «Bremen» se evadirá pronto de la zona en que cabe interceptar— lo, a no
ser que el Almirantazgo tome especiales medidas y se dé la señal de acción hoy
mismo. Esto, aunque secundario, puede resultarnos vejatorio si el «Bremen» se
fuga. Quedo a su disposición1.

Me sorprendió no saber nada de Chamberlain el 2, que fue un día tremendamente


crítico. Creí probable que se estuviese haciendo un último esfuerzo de paz, y
acerté. A última hora de la tarde, al reunirse el Parlamento, se promovió un corto y
acalora-do debate, y las declaraciones contemporizadoras del Primer Ministro
fueron mal recibidas. Greenwood se levantó a hablar en nombre de la oposición
laborista, y Amery, desde los bancos conservadores, le gritó: «¡Hable en nombre de
Inglaterra!» Recios vítores acogieron esta exclamación. No había duda de que la
Cámara quería guerra. Incluso me pareció la asamblea más unida y resuelta que
durante la escena similar del 3 de agosto de 1914, en la que también había yo
participado. Por la noche, varios relevantes miembros de todos los partidos me
visitaron en el piso que yo tenía frente a la catedral de Westminster y me
expresaron su profunda ansiedad y su temor de que no cumpliésemos nuestras
obligaciones con Polonia. La Cámara volvía a reunirse a las doce del día siguiente.
Aquella noche escribí al Primer Ministro:

2-IX-39.

No he tenido noticias suyas desde nuestras charlas del viernes, durante las cuales
entendí que iba a servir como colega suyo. Usted me dijo que ello iba a anunciarse
rápidamente. No sé realmente lo que ha pasado en el curso de este agitado día,
mas creo que han prevalecido ideas diferentes a las expresadas por usted cuando
me dijo: «La suerte está echada». Comprendo que, dada la terrible situación
europea, pueden ser necesarios ciertos cambios de método; pero le pido que diga
cuál es nuestra situación, pública y privada, antes de que comience el debate a
mediodía.
Paréceme que si el Partido Laborista, y supongo que también el liberal,
quedan al margen, será difícil formar un eficaz gobierno de guerra sobre la
limitada base que usted mencionó. Considero que debe hacerse un esfuerzo más
para atraernos a los liberales, y añado que la composición y alcance del Gabinete
de Guerra, tal como usted lo discutió conmigo, exige ser reexaminada. Existía esta
tarde en la Cámara la impresión de que se ha perjudicado el espíritu de unidad
nacional a causa de la debilidad aparente de nuestra resolución. No subestimo las
dificultades con que usted tropieza en sus tratos con los franceses, pero confío en
que tomemos nuestra decisión independientemente, lo que dará a nuestros amigos
de Francia la orientación que necesitan. Para ello es preciso tener la combinación
más fuerte e íntegra que quepa formar. Por lo tanto, le ruego que no anuncie la
composición del Gabinete de Guerra hasta que volvamos a hablar.
Como le escribí ayer, de madrugada, sigo enteramente a su disposición, con
el mayor deseo de ayudarle en sus tareas.

Supe después que a las nueve treinta de la noche del 1 de septiembre se había
entregado un ultimátum inglés a Alemania. A las nueve de la mañana del 3 de
septiembre, se expidió un segundo y final ultimátum. Las primeras emisiones de
radio del 3 anunciaron que Chamberlain hablaría a las 11'15. Como parecía cierto
que la guerra fuese inmediatamente declarada por Inglaterra y por Francia,
preparé un corto discurso que me pareció adecuado al solemne y terrible momento
de nuestra vida e historia.
El discurso del Primer Ministro nos hizo saber que estábamos ya en guerra.
Apenas 61 había cesado de hablar, cuando sobrevino un ruido prolongado y
quejumbroso, que había de sernos familiar después. Mi mujer entró en la estancia y
comentó admirativamente la prontitud y precisión de los alemanes. Subimos a la
azotea para saber qué pasaba. En la fría claridad de septiembre, se elevaban a
nuestro alrededor los tejados y campanarios de Londres. Se remontaban
lentamente 30 ó 40 globos cilíndricos. Alabamos esta muestra de preparación del
gobierno, y como empezaba a pasar el cuarto de hora que, según se nos decía, deba
mediar entre la alarma y el ataque, nos encaminamos al refugio que teníamos
asignado, proveyéndonos de una botella de coñac y otras medicaciones
apropiadas.
Nuestro refugio estaba a unos cien metros, siguiendo por la calle abajo, y se
reducía a una zanja abierta, ni siquiera protegida por sacos terreros, en la que ya se
reunían los habitantes de media docena de casas. Todos estaban joviales, como es
uso en los ingleses cuando marchan al encuentro de lo desconocido. Miré por la
abertura que conducía a la calle, pensé en los que nos hacinábamos en el refugio y
vi con la imaginación escenas de ruina y carnicería. Figuréme que vastas
explosiones conmovían el suelo, que muchos edificios se desmoronaban en
escombros, que bomberos y ambulancias corrían entre el estrago y el humo, que
zumbaban en el aire aviones hostiles... ¿Por qué no se nos había acostumbrado a
comprender lo terribles que podían resultar las incursiones aéreas? El ministerio
del Aire, naturalmente, había exagerado mucho su propia potencia. Los pacifistas
habían tratado de explotar los temores públicos, y quienes forcejeábamos por
conseguir preparativos mayores y una aviación superior, celebrábamos que los
antibelicistas sirvieran de acicate al público. Yo sabía que el gobierno había
preparado, para los primeros días de h guerra, doscientos cincuenta mil lechos
destinados a las probables víctimas de los ataques aéreos. En esto, al menos, no se
había calculado por lo bajo. Faltaba ver cuáles iban a ser los hechos.
A los diez minutos, volvió a oírse el aullido de las sirenas. Temí que fuera
una reiteración de la alarma, pero un hombre llegó por la calle gritando: «¡Pasó el
peligro!», y los refugiados nos volvimos a nuestras moradas o nuestras
ocupaciones. Me encaminé a los Comunes, que se reunieron a las doce, sin
prescindir de su parsimonioso ceremonial usual ni de sus cortas y solemnes
plegarias. El Primer Ministro me envió una nota pidiéndome que pasara por su
despacho en cuanto concluyese el debate. Mientras me sentaba en mi puesto,
oyendo los discursos, me invadió una profunda calma que contrastaba con las
intensas pasiones y excitaciones de los anteriores días. Sentía sereno el ánimo,
como si me abstrajese a las cosas personales y humanas. La gloria de la vieja
Inglaterra, pacífica y mal preparada, pero indómita y presta a la llamada del honor,
me hizo correr por el cuerpo un escalofrío. Dijérase que nuestro destino se elevaba
a esferas muy remotas a los hechos terrenos y las sensaciones físicas. Cuando
hablé, traté de transmitir esta impresión mía a la Cámara y creo que en parte lo
conseguí.
Chamberlain me dijo que había estudiado mis cartas. Los liberales no se
unirían al gobierno, pero él, en vista de mis reflexiones sobre la edad media de los
miembros del Gabinete de Guerra, iba a disminuirla haciendo ingresar en él a los
ministros de los tres servicios armados. Así, el promedio de edad de los dirigentes
supremos de la guerra se reducía a menos de sesenta años. Esto posibilitaba que se
me ofreciese el Almirantazgo, a la vez que un puesto en el Gabinete de Guerra. Lo
celebré mucho. No había planteado la cuestión, pero prefería una tarea definida a
la propia de un ministro sin departamento. Es más fácil dar órdenes que consejos,
y más grato actuar, aunque sea en una esfera restringida, que poder hablar
extensamente. De haber Chamberlain, al principio, dándome a elegir entre el
Gabinete de Guerra y el Almirantazgo, hubiera optado por lo último. Ahora recibía
ambos puestos.
No se me dijo cuándo recibiría oficialmente mi nombramiento. De hecho no
besé las reales manos hasta el día 5. Pero las primeras horas de una guerra pueden
ser fundamentales para Lis flotas. Avisé al Almirantazgo de que iba a hacerme
cargo del mando y llegué allí a las seis. Las autoridades navales tuvieron la bondad
de mandar este aviso a la escuadra: «Winston vuelve con nosotros». Así retorné al
despacho que dejara, dolorido y disgustado, casi exactamente un cuarto de siglo
antes, cuando la dimisión de lord Fisher me hizo abandonar el cargo de Primer
Lord y arruinó irremediablemente la empresa de los Dardanelos. A pocos pies
detrás de mi antiguo asiento se hallaba la caja de mapas que ye había puesto allí en
1911, y dentro seguía la carta del Mar del Norte en la que yo, para fijar la atención
en el objetivo supremo, había hecho que el servicio informativo de la Armada fijase
los movimientos y disposiciones de la flota alemana de alta mar. Había pasado
mucho tiempo desde 1911, y otro mortal peligro volvía a amenazarnos partiendo
de la misma nación. De nuevo desenvainábamos la espada para defender contra
una agresión improvocada a un estado débil. Otra vez peleábamos por el honor y
la vida contra el poder y la furia de la valiente, disciplinada e implacable raza
germánica. ¡Otra vez!

El Primer Lord del Mar acudió a visitarme. Durante mi anterior actuación


en el Almirantazgo yo había conocido ligeramente a Dudley Pound, que era
entonces uno de los oficiales de Estado Mayor en quienes más confianza tenía lord
Fisher. En el Parlamento yo había criticado vigorosamente la disposición de la flota
mediterránea cuando, en 1939, los italianos desembarcaron en Albania mientras
Pound ocupaba el mando. Ahora, en cambio, nos reuníamos como compañeros, y
de nuestra intimidad de relaciones y nuestro acuerdo básico había de depender el
buen funcionamiento del vasto mecanismo del Almirantazgo. Los dos nos
miramos amistosamente, aunque con cierto recelo. Pero desde los primeros días
nuestra amistad y confianza crecieron y maduraron. Yo estimaba las grandes
cualidades profesionales y personales del almirante Pound. A medida que los
azares de la guerra nos asestaban retumbantes golpes, nosotros aumentábamos
nuestra amistad y camaradería. Pound murió cuatro años después, en el momento
de la victoria general sobre Italia, y yo sentí muy particularmente su pérdida, grave
para la armada y para la nación.
Pasé buena parte de la noche del 3, entrevistándome con los lores del mar y
los jefes de las distintas secciones. Desde la madrugada del 4, volví a hacerme
cargo efectivo de los asuntos marítimos. Como en 1914, habían precedido a la
movilización general algunas medidas precautorias contra posibles sorpresas. Ya el
15 de junio se habían llamado muchos oficiales y marineros de la reserva. La flota
de reserva, plenamente equipada para el ejercicio, había sido inspeccionada por el
rey el 9 de agosto, y el 22 se habían llamado a filas más reservistas. El 24, el
Parlamento aprobó una decisión concediendo poderes especiales para caso de
urgente defensa, y a la vez se mandó a la flota apostarse en sus lugares de combate.
El grueso de nuestras fuerzas llevaba varias semanas en Scapa Flow. Después de
decretarse la movilización general de la escuadra, el plan militar del Almirantazgo
se había desarrollado sin dificultades. A pesar de ciertas serias deficiencias, sobre
todo en cruceros y barcos antisubmarinos, la flota, como en 1914, se mostró a la
altura de las circunstancias.

Quizá sepa el lector que yo tenía considerable conocimiento de los asuntos


del Almirantazgo y la flota real. Los años más intensos de mi vida habían sido los
comprendidos entre 1911 y 1915, época en que me correspondió el deber de
preparar a la escuadra para la guerra y de dirigir el Almirantazgo durante los diez
primeros y críticos meses de lucha. Había reunido una inmensa y pormenorizada
información y aprendido muchas lecciones sobre el cometido de la escuadra en paz
y en guerra. Repetidamente hablé del tema en los Comunes. Mantuve siempre
estrecho contacto con el Almirantazgo y, a pesar de las críticas que le dirigía, se me
hacía partícipe de muchos de sus secretos. Mis cuatro años de actuación en la
Comisión de Investigaciones de Defensa Aérea me habían dado acceso a los más
modernos desenvolvimientos del radar, cosa que ahora interesaba vitalmente al
servicio marítimo. Ya dije que, en junio de 1938, lord Chatfield, Primer Lord del
Mar, me había mostrado la escuela antisubmarina de Portland y llevándome en un
destructor para hacerme asistir a las pruebas antisubmarinas del asdic. Mi
intimidad con el difunto almirante Henderson, interventor de la armada hasta
1938, y las discusiones que el Primer Lord de entonces me había autorizado a
mantener con lord Chatfield a propósito del trazado de los nuevos acorazados y
cruceros, me habían dado plenas perspectivas de lo que eran las nuevas
construcciones. Conocía los informes publicados sobre la fuerza, composición y
estructura presentes y futuras de nuestra flota, así como de la alemana, italiana y
japonesa.
Mis discursos públicos de crítica habían insistido en la debilidad y las
imprevisiones que existían, mas esto no quería decir que yo desconociese la
inmensa fuerza de nuestra flota ni dejara de confiar en ella. Sería injusto negar que
el gobierno Chamberlain y sus consejeros técnicos habían preparado
adecuadamente a la escuadra para una guerra con Alemania, o con ésta c Italia.
Más serias dificultades planteaba la defensa de Australasia y la India frente a un
ataque nipón conjugado con el alemán. Pero esto — improbable de momento—
significaría envolver en la contienda a les Estados Unidos. Así, cuando entré a
ocupar mi cargo, parecíame poder disponer del mejor templado instrumento de
guerra naval que existía en el mundo. Tenía la certeza de remediar, con el tiempo,
los yerros ocurridos en la paz y de situarme en condiciones de afrontar las
desagradables sorpresas de la guerra.

La tremenda situación naval de 1914 no se repitió. En 1914 habíamos


entrado en la contienda con una superioridad de 16 a 10 en acorazados y 2 a 1 en
cruceros. Movilizamos 8 escuadras de batalla, compuestas de 8 acorazados, con
una escuadrilla de cruceros y otra de destructores para cada escuadra. Existían
importantes fuerzas sueltas de cruceros. Había que pensar en el choque con una
fuerza menor, pero formidable.
Ahora, en cambio, la flota alemana no había hecho sino iniciar su
reconstrucción y no podía formar una línea de batalla Sus dos grandes acorazados
«Bismarck» y «Tirpitz»— de los que cabía suponer que rebasaban el tonelaje
autorizado —estaban en astillero y debía faltarles un año para quedar concluidos.
Los cruceros ligeros de batalla «Scharnhorst» y «Gneisenau» —que los alemanes,
fraudulentamente, habían hecho pasar de 10.000 a 26.000 toneladas— se hallaban
terminados desde 1938. Además, Alemania disponía de tres «acorazados de
bolsillo» de 10.000 toneladas el «Admiral Graf Spee», el «Admiral Scheer» y el
«Deutschland». Completaban sus fuerzas dos cruceros rápidos de 10.000 toneladas,
con cañones de ocho pulgadas, seis cruceros ligeros y unos sesenta destructores y
otras naves pequeñas. Evidentemente, la escuadra inglesa era abrumadoramente
superior a la alemana en fuerza y en número, y no existían razones para suponer
que adoleciese de defectos de adiestramiento o instrucción. Aparte de la escasez de
cruceros y destructores, la armada mantenía su acostumbrado y alto nivel. Más
que con un antagonista tenía que enfrentarse con otros enormes e innumerables
deberes

*
Cuando llegué al Almirantazgo ya había formado en gran parte mis
opiniones sobre la situación estratégica en el mar. El dominio del Báltico era
esencial para el enemigo. Los suministros escandinavos, el mineral sueco y, sobre
todo, la protección contra eventuales desembarcos rusos en la larga e indefendida
costa báltica — que en pocos sitios distaba de Berlín más de cien millas — hacían
imperativo para la escuadra alemana el mantenimiento del control del Báltico. Por
lo tanto, me sentía seguro de que, en los comienzos, Alemania no pondría en
peligro su dominio de ese mar. Podía ocurrir que se enviasen submarinos, cruceros
y algún acorazado de bolsillo a fin de perturbar nuestro tráfico, pero no se
arriesgaría ningún buque preciso para controlar las aguas bálticas. La flota
alemana, en su presente grado de desarrollo, había de tender a ese único objetivo.
Para realizar nuestra ofensiva —y sobre todo el bloqueo— habíamos de mantener
una flota superior en las aguas septentrionales; mas no se requerían grandes
fuerzas en las desembocaduras del Báltico o la bahía de Heligoland.
La seguridad británica crecería si, mediante ataques aéreos, dejábamos el
canal de Kiel intransitable, al menos a intervalos.
Un año antes, yo había enviado una nota a sir Thomas Inskip hablándole de
esa operación especial.

29-IX-38.

En una guerra con Alemania, el corte del canal de Kiel sería cosa de la mayor
importancia. No me extiendo sobre esto porque presumo que se da por hecho.
Deben hacerse planes al respecto y, en caso preciso, los detalles deben ser
concluidos por un comité técnico especial. Como en el canal de Kiel hay pocas
esclusas y ninguna marcada diferencia de nivel entre sus dos extremos, los daños
producidos por el empleo de bombas de explosivos de alta potencia, por pesadas
que sean, se repararán fácilmente. Pero pueden arrojarse bombas de explosión
retardada, con espoletas graduadas para un día, una semana, un mes, etcétera. Las
explosiones de estas bombas a intervalos inciertos y en sitios indeterminados,
cerrarán el canal al tráfico de buques de guerra o naves de algún valor hasta tanto
que todo el fondo haya sido dragado. También debe pensarse en el uso de espoletas
especiales, de actuación magnética.

Esto último es interesante si se considera lo que las minas magnéticas iban a


realizar en breve. Pero ninguna especial acción había sido emprendida.
*

Al estallar la guerra, nuestra flota mercante era casi la misma que en 1914,
sumando más de 21 millones de toneladas. Había menos barcos, porque el tamaño
medio de éstos había crecido. Pero no todo ese tonelaje era aplicable al comercio.
La armada necesitaba buques auxiliares de varios tipos, que habían de elegirse
principalmente entre los mejores transatlánticos. Todos los servicios armadas
precisaban barcos para propósitos particulares: el ejército y la aviación para el
envío de fuerzas a ultramar, y la armada para las tareas auxiliares de base y otras
análogas. Lo más esencial era la distribución de petróleo a todos los puntos
estratégicos diseminados en el mundo. Estas finalidades requerían un tonelaje de
tres millones, sin contar las exigencias de nuestro imperio ultramarino. A finales de
1939, una vez contadas pérdidas y ganancias, el tonelaje inglés total de que cabía
disponer para usos mercantiles ascendía a quince millones y medio de toneladas.

Italia no declaró la guerra. Era obvio que Mussolini esperaba los


acontecimientos. En esta incertidumbre, y como medida de precaución hasta que
nuestros preparativos se completasen, resolvimos hacer seguir a nuestros buques
la ruta de El Cabo. Además de nuestra preponderancia naval sobre Alemania e
Italia unidas, teníamos a nuestro lado la poderosa flota francesa, la cual, merced a
la larga y eficiente administración de Darlan, había alcanzado un grado de fuerza y
eficacia tal como no conociera desde los tiempos de la monarquía. Si Italia se
tornaba hostil, nuestro primer campo de batalla sería el Mediterráneo. Salvo como
medida momentánea, yo me oponía a abandonar el centro de aquel mar y
concentrarnos en sus extremos. Nuestras fuerzas solas, sin contar la flota francesa
ni sus puertos fortificados, se bastaban para eliminar del Mediterráneo a las naves
italianas, asegurando en dos meses, a lo sumo, el dominio del gran mar interior.
Ese dominio inglés del Mediterráneo podía causar a Italia daños tales que la
impidiesen continuar la guerra. Sus tropas de Libia y Abisinia quedarían como
flores cortadas en un jarrón. Los franceses de África y nuestras unidades de Egipto
se reforzarían en la extensión necesaria, y las tropas italianas se verían abrumadas
por nuestra superioridad, si antes no perecían de hambre. No conservar el dominio
del Mediterráneo central significaba exponer Egipto, el Canal de Suez y las
posesiones francesas a una invasión italiana bajo mando alemán. Además, una
serie de victorias rápidas — como cabía obtener allí en las primeras semanas de
guerra — serían una utilísima ayuda en la lucha principal contra Alemania. Naval
y militarmente, nada nos impedía lograr tales resultados.

Yo había aceptado, mientras estaba fuera del cargo, la opinión del


Almirantazgo acerca de la extensión en que cabía dominar la acción submarina.
Pero, si bien la eficacia técnica del asdic se probó en muchos encuentros con los
sumergibles, nuestros recursos antisubmarinos eran muy limitados y no podían
evitarnos serias pérdidas. No erré cuando dije entonces: «Los submarinos son
dominables en el Mediterráneo y en los mares abiertos. Habrá pérdidas, mas no
afectarán al conjunto de los sucesos.» Nada, en efecto, de gran importancia ocurrió
en el primer año de: guerra submarina. La batalla del Atlántico había de librarse en
1941 y 1942.
Coincidiendo con la opinión existente en el Almirantazgo antes de la guerra,
yo no había medido bien el peligro que para nuestros buques representaban los
ataques aéreos. Pocos meses antes de la contienda, escribí: «En mi humilde opinión
(y aunque estas cosas son muy difíciles de juzgar), un ataque aéreo a las naves de
guerra británicas, armadas y protegidas como lo están, no impedirá el pleno
ejercicio de nuestro superior poder naval.» Pero es lo cierto que sufrimos, por
razones aéreas, grandes estorbos a nuestra movilidad, aunque no tantos como .se
ha dicho. El aire acreditó en seguida que era una gran amenaza, sobre todo en el
Mediterráneo. Malta, con sus casi insignificantes defensas antiaéreas, presentaba
un problema de difícil solución. Por otra parte, durante el primer año ningún
buque inglés de línea fue hundido por ataques aéreos.

El Japón no daba entonces signo alguno de hostilidad. La principal


preocupación del Japón era América. No me parecía posible que los Estados
Unidos asistieran pasivamente a un ataque nipón contra los establecimientos
europeos del Extremo Oriente, aunque los americanos no fuesen de momento las
víctimas. Si intervenían los Estados Unidos, siquier sólo fuese contra el Japón, la
agresión de éste nos haría ganar más que perder. En todo caso, los peligros de
Oriente no debían distraernos de nuestro objetivo principal en Europa. No
podíamos proteger nuestros intereses en el Mar Amarillo contra un asalto japonés.
El punto más lejano que nos cabía defender era Singapur. Singapur había Je resistir
hasta que el Mediterráneo quedase despejado y la flota de Italia liquidada.
Al estallar la guerra, no me asustaba la posibilidad de una expedición
japonesa contra Singapur, mientras esta plaza tuviese la adecuada guarnición y
poseyera víveres y municiones para seis meses. Singapur está tan lejos del Japón
como Southampton de Nueva York. El Japón habría de enviar, a una distancia
marítima de tres mil millas, el grueso de su escuadra para escoltar no menos de
sesenta mil hombres llevados en transportes. Luego había que desembarcar e
iniciar un asedio que debía concluir en un desastre si las comunicaciones navales
de los nipones eran cortadas. Esto, desde luego, dejó de regir cuando el Japón
ocupó Indochina y Siam, reuniendo un poderoso ejército y grandes fuerzas aéreas
a trescientas millas de distancia de Singapur, sobre el golfo de Siam. Pero ello
sucedió año y medio después.
Mientras la armada inglesa no fuese derrotada, y mientras nos
sostuviésemos en Singapur, no era verosímil una invasión de Australia o Nueva
Zelanda. Había que proteger aquellos países, mas a nuestro modo y dentro del
orden general de las operaciones. No era creíble que el Japón, entusiasmado por
sus probables conquistas en el Mar Amarillo, enviase a Australia una expedición
conquistadora y colonizadora. Se necesitaría un ejército grande y bien equipado
para impresionar a los australianos. Tal empresa requeriría una imprevisora
diversión de la escuadra japonesa y una larga e indecisa lucha en Australia. Una
solución en el Mediterráneo podía dejar libres poderosas fuerzas que cortarían las
comunicaciones de los invasores con sus bases. Los Estados Unidos podrían
advertir al Japón de que considerarían un acto hostil el envío de flotas o
transportes al sur del Ecuador. Quizá estuviesen dispuestos a tal declaración, y en
todo caso nada se perdía con sondearles.
En el apéndice A se hallarán las fuerzas totales, construidas o en
construcción, de las flotas inglesa, alemana, francesa, italiana, americana y
japonesa en la noche del 3 de septiembre de 1939. Era confesada convicción mía
que en el primer año de una guerra mundial, Australia y Nueva Zelanda no correrían
peligro alguno en su territorio. Y a fines del primer año cabía que hubiésemos
despejado mares y océanos. Mi previsión respecto al primer año de guerra naval, fue
cierta. A su tiempo, narraré los tremendos sucesos que en 1941 y 1942 acontecieron
en Oriente.
*

Los periódicos, encabezados por el Times, favorecían la creación de un


Gabinete de Guerra de sólo cinco o seis miembros, libres de todo deber
departamental. Se alegaba que así se podría adoptar una amplia política general de
guerra, sobre todo en sus aspectos principales. Se consideraba ideal disponer de
cinco hombres que no tuvieran otra misión que «hacer la guerra». Pero existían
muchas objeciones prácticas a ello. Un grupo de estadistas independientes, por alta
posición que ocupen, se hallan en desventaja cuando tienen que tratar con los
ministros que dirigen los grandes departamentos afectados por la contienda, y
sobre todo los de tipo bélico. Un Gabinete de Guerra de tal estilo no podría asumir
responsabilidades por los hechos de cada día. Tomaría grandes decisiones,
aconsejaría en términos generales antes o criticaría después, pero no le cabría
discutir autorizadamente con un primer lord del Almirantazgo o un ministro de la
Guerra o el Aire. Estos son quienes, conociendo todos los detalle, de cada cuestión
y viéndose apoyados por sus compañeros profesionales, llevan el peso de la acción.
Unidos, los miembros de un Gabinete de Guerra pueden arreglarlo todo, mas
usualmente surgen diferencias entre ellos. Se celebran discursos interminables y,
entre tanto, la guerra sigue su curso. Los ministros del Gobierno temen enfrentarse
con los ministros responsables, que esgrimen hechos y cifras; y se ven cohibidos
cuando se trata de presionar más a los que realmente dirigen las cosas. Por lo
tanto, los miembros del Gabinete tienden a ser cada vez meros inspectores y
comentadores de los sucesos. Leen muchos informes cada día, pero no pueden
aplicar su conocimiento sin riesgo de hacer mayor mal que bien. A menudo,
apenas pasan de servir de árbitros en las disputas interministeriales. De manera
que es preciso que — al menos — el ministro de Asuntos Exteriores y los de las
fuerzas armadas pertenezcan al Gabinete de Guerra. Es frecuente que los «cinco
grandes» sean elegidos, más que por su experiencia de las operaciones bélicas, por
su influencia política. Cierto que cuando el Primer Ministro lo es a la vez de
Defensa, se logra una mayor eficacia. Pero a mí, mientras fui jefe del gobierno, no
Me gustó rodearme de ministros sin función específica. Prefería tratar con jefes de
organización más que con consejeros. Quienes tienen que trabajar y responder de
una tarea definida, no buscan enredos por el gusto de buscarlos o por darse
importancia.
El original Gabinete de Guerra de Chamberlain hubo de expanderse en
seguida, por fuerza de las circunstancias, abarcando a lord Halifax, ministro de
Asuntos Extranjeros; a sir Samuel Hoare, Lord del Sello Privado; a sir John Simon,
ministro de Hacienda; a lord Chatfield, ministro de Coordinación de la Defensa; y
a lord Hankey, ministro sin cartera. Se añadieron los tres ministros de los servicios
armados, o sea, Mr. Hore-Belisha, ministro de la Guerra, sir Kingsley Wood,
ministro del Aire, y yo. Eden, ministro de Dominios, y sir John Anderson, del
Interior, tenían que estar presentes en todas las ocasiones, aunque no pertenecieran
al Gabinete. En total éramos once. La decisión de llevar al Gabinete a los tres
ministros de servicios bélicos afectó mucho la autoridad de lord Chatfield, ministro
de Coordinación de la Defensa. Mas él aceptó la situación con su benevolencia
acostumbrada.
No siendo yo, todos los demás ministros hablan dirigido la cosa pública
durante los años recientes, o bien estaban complicados en la situación con que
habíamos de enfrentarnos diplomática y militarmente. Eden había dimitido en
febrero de 1938. Yo llevaba casi once años fuera del poder. No me cabía
responsabilidad alguna por el pasado ni por cualquier falta de preparación que
ahora se exteriorizase. Antes bien, había pasado los cinco o seis años últimos
siendo profeta de males que en gran extensión habían luego ocurrido. De modo
que, al hallarme al frente de la armada, única fuerza sobre la que de momento iba a
recaer toda la carga de la lucha, no me sentía en desventaja moral. Y, de habérmelo
sentido, pronto la cortesía del Primer Ministro y de sus colegas habría eliminado
mi sentimiento. Yo los conocía bien a todos. La mayoría habíamos colaborado
durante cinco años en el gobierno Baldwin y mantenido constante contacto,
amistoso e polémico, en el cambiante escenario de la vida parlamentaria. No
obstante, John Simon y yo representábamos una generación más vieja. Yo había
pertenecido a los gobiernos ingleses durante quince años (y él casi por igual
tiempo) antes de que ninguno de nuestros compañeros llegase a ostentar cargos
públicos. Yo me había hallado al frente del Almirantazgo, o bien del ministerio de
Municiones, durante las dificultades de la primera guerra mundial, Aunque
Chamberlain me llevaba algunos años, políticamente yo era el único
«antediluviano» del gobierno. Ello podía haber constituido causa de reproche en
un momento de crisis, en el que era natural y popular exigir hombres jóvenes e
ideas nuevas. Comprendí que debía procurar no quedarme rezagado de la
generación que ejercía el poder, ni de los nuevos y juveniles titanes que pudieran
después surgir. Para lograr mi fin confié tanto en mis conocimientos como en mi
celo y mi energía mental.
Recurrí, pues, a un método de vida que había adoptado estando en el
Almirantazgo en 1914 y 1915, y merced al cual aumentaba mucho mi capacidad de
trabajo. Me acostaba siempre una hora por la tarde, tan pronto como me era
posible, y explotaba plenamente mi afortunada facultad de dormirme casi en el
acto. Merced a este sistema, podía hacer en un día el trabajo de uno y medio. La
naturaleza no ha querido que el ser humano trabaje de las ocho de la mañana hasta
medianoche sin un bendito intervalo de olvido que, aunque sólo dure veinte
minutos, basta para restaurar todas las fuerzas vitales. No me gustaba dormir la
siesta, como un niño, pero me recompensaba el poder después trabajar hasta las
dos o más tarde —a veces mucho más tarde— de la madrugada, reanudando mi
labor entre ocho y nueve de la mañana siguiente. Observé esta costumbre durante
toda la guerra, y la recomiendo a quienes necesiten, a lo largo de mucho tiempo,
extraer de la estructura humana todos sus recursos de energía. El Primer Lord del
Mar, almirante Pound, en cuanto observó mi sistema, empezó a seguirlo, pero no
acostándose, sino dormitando en su sillón. Vacíalo incluso durante las reuniones
del Gabinete. Mas una palabra sobre la armada le hacía despertar completamente
despejado. Nada se escapaba a su penetrante oído ni a su inteligente cerebro.
CAPÍTULO II

LAS TAREAS DEL ALMIRANTAZGO

Guerra marítima. — Plan bélico del Almirantazgo. — El ataque submarino. — Los


pesqueros, provistos de asdic. — Control de la navegación mercante. — El sistema de
convoyes. — El bloqueo. — Mi primera reunión en el Almirantazgo. — Necesidad de los
puertos del sur de Irlanda. — La base principal de la flota. — Precauciones inadecuadas. —
Jugando al escondite. — Mi visita a Scapa Flow. — Mis reflexiones en Loch Ewe. —
Pérdida del «Courageous». — El sistema de cruceros. — Primer mes de guerra submarina.
— Un septiembre fructuoso. — Ampliación de las operaciones navales. — Valor de la
escuadra polaca. — Una carta del presidente Roosevelt.

Se produjo un asombro mundial cuando al aplastante asalto de Hitler a


Polonia y a la declaración de guerra de Inglaterra y Francia, sólo siguió una larga y
opresiva pausa. En una carta privada que ha publicado su biógrafo, Chamberlain
llama a esa fase «la guerra crepuscular»2, término que por lo justo y expresivo he
adoptado para título de este libro. Los franceses no atacaron a Alemania. Una vez
conclusa su movilización, permanecieron en inmóvil guardia a lo largo de todo el
frente. No se emprendieron contra Inglaterra otras acciones aéreas que las de
reconocimiento, y tampoco Francia fue atacada. El gobierno francés nos pidió que
nos abstuviésemos de hostilizar aéreamente a los alemanes, para evitar represalias
contra las improtegidas fábricas francesas de municiones. Nos contentamos, pues,
con lanzar manifiestos exhortando a los alemanes a que obrasen con más
moralidad. Tan extraña fase de la guerra aérea y terrestre sorprendió a todos.
Francia e Inglaterra se mantuvieron impasibles, mientras Polonia era batida y
subyugada en pocas semanas por todo el mecanismo castrense alemán. Hitler no
tenía razones de queja contra nosotros...
En cambio, la guerra marítima comenzó con plena intensidad, y el
Almirantazgo se convirtió en centro activo de los acontecimientos. El 3 de
septiembre, nuestros barcos bogaban por el mundo ejerciendo sus actividades
normales. De repente, muchos de ellos fueron acometidos por sumergibles
cuidadosamente apostados de antemano, sobre todo en los accesos occidentales de
nuestro archipiélago. A las nueve de aquella misma noche, el transatlántico, de
13.500 toneladas, «Athenia», que se dirigía a ultramar, fue torpedeado y hundido,
con pérdida de ciento doce vidas. Murieron en la catástrofe veintiocho súbditos
americanos. La noticia circuló por el mundo en pocas horas. Para impedir
conflictos con los Estados Unidos, el gobierno alemán lanzó una proclama
anunciando que yo en persona había ordenado que se colocase una bomba a bordo
de aquel buque, a fin de empeorar las relaciones americano-alemanas. Esta
falsedad recibió buena acogida en algunos círculos poco amistosos para nosotros 3.
El 5 y 6, fueron hundidos, al largo de la costa de España, las naves «Bosnia»,
«Royal Sceptre» y «Río Claro». Todos eran buques importantes. Sólo se salvaron
las tripulaciones del «Royal Sceptre» y «Río Claro».
Mi primer documento en el Almirantazgo se refería a la probable escala de
la amenaza submarina en un porvenir inmediato.

Primer Lord al Director de Información Naval.


4-IX-39.

Sírvase facilitarme un estado de las fuerzas submarinas alemanas, tanto de las


existentes como de las que probablemente entrarán en servicio durante los meses
venideros. Divida los sumergibles en dos clases: de altura, y de pequeñas
dimensiones. Señale sus respectivos radios de acción en días y millas para cada
caso.

En el acto se me notificó que el enemigo tenía 60 sumergibles y dispondría de unos


cien en total para primeros de 1940. El día 5, me entregaron una detallada
contestación. El número de submarinos de vasto radio de acción era formidable, y
revelaba la intención enemiga de adentrarse en los océanos tanto y tan pronto
como les fuera posible.

SUBMARINOS ALEMANES

Tipo Tonelaje Agosto 1939 Diciembre 1939 Principios 1940 Radio de acción
Millas Días Costero 250 30 32 32 4000 33 a 5 nudos De altura 500 10 10 23 7200 30 a
10 nudos íd. 517 9 15 17 7200 30 a 10 nudos íd. 712 2 2 - 8400 35 a 10 nudos íd. 740 8
13 16 8000 35 a 10 nudos íd. 1060 - 2 11 10000 42 a 10 nudos íd. 1023 1 8000 33 a 10
nudos Totales 60 74 99 *

Existían amplios planes en el Almirantazgo respecto a la multiplicación de


nuestros cazasubmarinos. Se habían hecho preparativos para equipar 86 de los más
rápidos y mayores pesqueros con el asdic, y la transformación de muchos de ellos
estaba muy adelantada. También se hallaba terminado en todos sus detalles un
vasto programa de destructores grandes y pequeños, programa que debía entrar en
operación automáticamente al estallar la guerra. La anterior había probado los
soberanos méritos del convoy. Durante algunos días, el Almirantazgo controló
todos los movimientos de la navegación mercante y pidió a los capitanes que
obedeciesen las órdenes que recibieran acerca de las rutas que debían seguir o los
convoyes a que habían de incorporarse. Nuestra escasez de buques de escolta forzó
al Almirantazgo a planear una política de rutas evasivas en los océanos — al menos
hasta que el enemigo emprendiese una guerra submarina total—, limitando de
momento los convoyes a la costa oriental de la Gran Bretaña. Pero el hundimiento
del «Athenia» transtornó estos planes, llevándonos a adoptar sin demora el sistema
de convoyes en el Atlántico norte.
La organización de convoyes había sido plenamente preparada. Se
consultaba regularmente a los armadores sobre las cuestiones defensivas que les
afectaban. Se expidieron instrucciones para orientar a los capitanes de buque en
muchas tareas que inevitablemente debían recaer sobre ellos en la guerra, y se les
proveyó de un código de señales y de otros medios concernientes a su
acoplamiento a los convoyes. Los marinos mercantes se enfrentaron resueltamente
con lo desconocido. No contentos con un papel pasivo, pidieron armas. El derecho
internacional aceptaba el uso de cañones para la defensa de los barcos mercantes, y
el armamento de éstos, así como la instrucción de sus tripulaciones, formaba parte
de los planes que el Almirantazgo puso a la sazón en vigor. Forzar a los
sumergibles a atacar debajo del agua, en vez de usar meramente sus cañones en la
superficie, daba a los buques más posibilidades de escape, y, además, forzaba al
atacante a lanzar sus valiosos torpedos con más prodigalidad y menos eficiencia.
Se había tenido la previsión de almacenar los cañones antisubmarinos de la pasada
guerra, pero escaseaban mucho las piezas antiaéreas. Hubieron de pasar largos
meses antes de que se proveyese de adecuada protección antiaérea a los barcos
mercantes, los cuales sufrieron, entre tanto, pesadas pérdidas por esta causa. Desde
el principio resolvimos que en los tres primeros meses se montara al menos en mil
buques un cañón antisubmarino; y esto se logró.
Además de proteger nuestra navegación, necesitábamos eliminar de los
mares el comercio alemán e impedir toda importación a Alemania. Se impuso un
riguroso bloqueo. Se formó el ministerio de Guerra Económica para dirigir este
sistema, mientras el Almirantazgo lo aplicaba. Como en 1914, los barcos enemigos
desaparecieron casi inmediatamente de los mares. La mayoría de los buques
alemanes se refugiaron en puertos neutrales o fueron hundidos por sus
tripulaciones cuando nuestra escuadra los atacaba. Antes de fines de 1939, los
aliados capturaron 15 buques alemanes, con un total de 75.000 toneladas, y los
pusieron a nuestro servicio. El transatlántico alemán «Bremen» se acogió primero
al puerto soviético de Murmansk y después pudo llegar a Alemania gracias a que
le dejó pasar el submarino inglés «Salmon», que observó escrupulosamente los
convenios de la ley internacional4.

En la noche del 4 de septiembre, celebré mi primera reunión con los jefes del
Almirantazgo. Dada la importancia de lo debatido, antes de acostarme por la
madrugada anoté las conclusiones que respecto a circulación y acción marítimas se
habían adoptado.

5-IX-39.

1. En esta primera fase, con el Japón tranquilo e Italia neutral, aunque irresoluta, el
primer ataque recaerá en los accesos que llevan a Inglaterra desde el Atlántico.
2. Se establece el sistema de convoyes. Me refiero sólo a convoyes
antisubmarinos. Queda al margen de este escrito la lucha con los cruceros o los
barcos pesados que puedan realizar incursiones, en el mar.
3. El Primer Lord del Mar piensa llevar a los accesos occidentales de la Gran
Bretaña cuantos destructores o barcos de escolta puedan ser retirados de los frente
mediterráneos y orientales, a fin de añadir, a ser posible, doce unidades a la escolta
de los convoyes. Esas unidades estarán disponibles durante un mes, o sea mientras
no empiecen a afluir los pesqueros provistos de asdic. Debe prepararse una
memoria sobre las posibilidades de entrega de estos buques en octubre. Puede
convenir, sobre todo en las primeras entregas, no esperar a armar esas naves con
cañones, confiando sólo en las cargas de profundidad. Cabe estudiar su
artillamiento cuando se alivien los apremios de ahora.
4. El director de la Sección Mercante debe informar a diario sobre los
movimientos de cuantos buques mercantes ingleses se acerquen a la isla. Para ello
se dispondrá, si es menester, un despacho y el personal adicional que pueda hacer
falta. Todas las mañanas deben señalarse en un mapa de gran tamaño las
posiciones de cuantos buques disten dos — y aun mejor tres — días de viaje de
nuestra isla. La orientación o control de cada uno de esos buques ha de preverse y
prescribirse de modo que, dentro de nuestros recursos, no deje de estudiarse un
solo caso. Háganseme propuestas sobre esto y se adoptarán en veinticuatro horas,
mejorándolas después. Deben efectuarse contactos con el departamento de
Comercio y otros afectados, informándoseme de todo lo hecho.
5. El director de la Sección Mercante debe preparar para mañana un plan en
cuya virtud todo capitán o patrón de buque mercante procedente del Atlántico
(incluso la Bahía de Vizcaya) será visitado, a su arribada, por una competente
autoridad naval que, en nombre de dicho director, examinará la derrota seguida
por el buque, sin excluir sus zigzags. Toda infracción o eludimiento de las reglas
del Almirantazgo serán señalados y en todo caso serio castigados, incluso con la
destitución. El Almirantazgo asume la responsabilidad de esto, y los capitanes
mercantes han de obedecer. Se detallará más el proyecto en punto a reglamentos y
personal, y se señalarán las penalidades apropiadas.
6. Parece prudente mantener, de momento, la desviación del tráfico
mercante del Mediterráneo a la ruta del Cabo. Esto no excluye que se hagan pasar
por dicho mar convoyes de tropas, a los que podrán agregarse los mercantes que se
hallen a mano. Pero han de ser convoyes ocasionales — por ejemplo, sólo una vez
cada mes o cada tres semanas — y no se considerarán correspondientes a la
protección del tráfico, sino operaciones navales.
7. De lo dicho se desprende que en ese período — es decir durante las
primeras seis semanas o dos meses de guerra — el Mar Rojo se cerrará a toda
navegación que no corresponda a operaciones navales, o acaso al tráfico costero
con Egipto.
8. Tan desagradable situación se mitigará cuando vayan obteniéndose
entregas de barcos equipados con asdic, y se disponga de otros recursos. También
influirá en esto la determinación de la actitud de Italia. No tenemos la certeza de
que la incógnita italiana se despeje en las seis semanas venideras, aunque
apremiaremos al gobierno de S. M. para que aclare las cosas cuanto antes. Entre
tanto, los buques pesados del Mediterráneo permanecerán a la defensiva,
pudiendo así prescindir de parte de la protección de destructores que necesitarían
si se acercasen a las costas italianas.
9. La cuestión de que alguno de los cinco (o siete) barcos alemanes de gran
tonelaje irrumpa en el mar, producirá una crisis naval importante que debe ser
atendida mediante un plan especial. Al Almirantazgo le es imposible dotar a los
convoyes mercantes de una escolta capaz de resistir un serio ataque a cargo de
unidades de superficie. Si esas incursiones suceden, serán repelidas como
operación naval por el grueso de la flota, la cual debe organizar destacamentos de
persecución que ataquen al enemigo, procurando que el tráfico mercante se aparte
lo más posible de las rutas hasta que se obtengan resultados.
El Primer Lord somete estas notas a sus compañeros del servicio naval para
que las examinen, critiquen y corrijan; y espera recibir propuestas de acción en el
sentido deseado.

La organización de convoyes hacia el exterior fue puesta en vigencia casi


inmediatamente. El 8 de septiembre ya funcionaban tres rutas principales: una de
Liverpool al océano occidental, otra del Támesis al mismo destino, y otra — un
convoy costero — entre el Támesis y el Forth. En el plan de guerra se incluyeron
cuadros de personal para la dirección de los convoyes desde aquellos puertos y
desde otros muchos. Entre tanto, todos los buques que seguían rutas por el Canal y
el Mar de Irlanda y no estaban incorporados a ningún convoy, recibieron orden de
dirigirse a Plymouth y a Milford Haven. Se suprimió toda salida de buques sueltos.
En ultramar se adoptaron decisiones concernientes a formar convoyes
encaminados a la metrópoli. El primero de ellos zarpó de Freetown el 14 de
septiembre, y de Halifax, en Nueva Escocia, el 16. Antes de fines de mes
funcionaban regularmente convoyes transoceánicos que salían del Támesis y
Liverpool y partían de Halifax, Gibraltar y Freetown.
La necesidad vital de abastecer de alimentos a la isla y desarrollar nuestro
poderío hízonos sentir muy pronto la terrible pérdida de los puertos meridionales
irlandeses. Esta pérdida impuso una grave restricción sobre el radio de acción de
nuestros ya escasos destructores

Al primer Lord del mar y otros.


5-IX-39.

Los jefes de los departamentos interesados deben redactar memorias especiales


(enviándolas al Primer Lord a través del Primer Lord del Mat y el Estado Mayor
naval) acerca de las cuestiones que conciernen a la supuesta neutralidad del
llamado Eire. Surgen varias consideraciones: 1) ¿Qué nos dice el servicio secreto
acerca del posible avituallamiento de los sumergibles, a cargo de los descontentos
irlandeses, en el oeste de Irlanda? Si esos descontentos lanzan bombas en Londres 5,
¿por qué no habían de abastecer de combustible a los submarinos? Ha de ejercerse
una extrema vigilancia.
En segundo término, se necesita estudiar un aumento del radio de acción de
nuestros destructores, en virtud de que carecen de la posibilidad de usar
Berehaven u arras bases antisubmarinas del sur de Irlanda. Muéstrense también las
ventajas que se dimanarían de disponer de esas facilidades.
Ha de entenderse que probablemente no podremos obtener lo que
deseamos, porque la cuestión de la neutralidad del Eire plantea problemas
políticos que no han sido afrontados aun y que el Primer Lord no puede
ciertamente solucionar. Pera hemos de someter a consideración todos los aspectos
del caso.

*
Una vez instituido el sistema de convoyes, la inmediata necesidad esencial del
Almirantazgo era poseer un apostadero seguro para la flota. A las diez de la noche
del 5 de septiembre, mantuve sobre esto una larga conferencia, en la que se
evocaron muchas antiguas memorias. En una guerra con Alemania, Scapa Flow es
el auténtico punto estratégico desde el que la armada inglesa puede dominar las
salidas del Mar del Norte e imponer el bloqueo. Sólo en los dos últimos años de la
guerra anterior, se juzgó que la flota principal de Inglaterra gozaba de
superioridad suficiente para trasladarse a Rosyth, al sur, donde tenía la ventaja de
poder utilizar arsenales de primera clase. Pero Scapa, merced a su mayor distancia
de las bases aéreas alemanas, era ahora obviamente la mejor posición y por ello
había sido elegida sin titubeos en el plan bélico del Almirantazgo.
En el otoño de 1914, cundía la inquietud en la flota. Corría la voz de que los
submarinos alemanes entraban tras los barcos ingleses en los puertos. Entonces, nadie del
Almirantazgo creyó posible que un submarino sumergido pudiese pasar los
intrincados canales que es preciso recorrer para penetrar en Scapa. Las violentas
mareas y corrientes de Pentland Firth — que a menudo se mueven a ocho o diez
nudos por hora—, parecían entonces un obstáculo insuperable para los
sumergibles. Pero reinaba la incertidumbre entre los tripulantes del centenar de
barcos grandes que componían antaño nuestra flota principal. En dos o tres
ocasiones — y sobre todo el 17 de octubre de 1914—, se dio la señal de alarma y se
dijo que había un submarino en la rada. Se dispararon cañones, los destructores
patrullaron y toda la gigantesca escuadra se hizo presurosamente a la mar. Al final,
el Almirantazgo resultó estar en lo cierto. Ningún sumergible alemán pudo, en
aquella guerra, burlar las dificultades del acceso a Scapa. Sólo en 1918, después del
amotinamiento de la armada alemana, un sumergible, tripulado solamente por
oficiales que querían salvar su honor, pereció en un final y desesperado esfuerzo.
Pero yo conservaba una vívida e ingrata memoria de aquellos días, y de los
grandes esfuerzos que hicimos para cerrar todas las entradas de la base y proteger
la flota.
En 1939, había que considerar dos peligros: el antiguo de las incursiones
submarinas y el nuevo del aire. Me sorprendí cuando supe, en la primera reunión
mantenida en el Almirantazgo, que en la mayoría de los casos no se habían tomado
precauciones para preparar nuestra defensa contra las modernas formas de ataque.
En cada una de las tres entradas principales de Scapa se habían dispuesto barreras
antisubmarinas de nuevo estilo, pero se limitaban a meras redes. Los angostos y
tortuosos accesos del lado este de Scapa Flow sólo estaban defendidos por los
buques hundidos en la guerra anterior, más dos o tres adiciones recientes. De
manera que esas entradas nos inquietaban a todos. En los medios autorizados ya
no se tenía la antigua creencia de que la fuerza de las corrientes podía contener a
los submarinos, puesto que éstos eran ahora mucho más poderosos y rápidos.
Como resultado de la conferencia celebrada la segunda noche que pasé en el
Almirantazgo, se expidieron numerosas órdenes tendentes a incrementar los
obstáculos creados por los barcos hundidos y las redes antisubmarinas.
El peligro aéreo se había olvidado. En Scapa, no había más defensa pasiva
que dos baterías de cañones antiaéreos que protegían los tanques de petróleo de
Hoy y el ancladero de destructores, Había cerca de Kirkwall un aeródromo
utilizable para los aviones navales cuando se hallaba allí la flota; pero no se había
previsto ninguna inmediata participación de la RAF en la defensa. La estación
costera de radar funcionaba ya, pero con poca eficacia. Se había aprobado el plan de
situar una base de dos escuadrillas de cazas en Wick, mas esta medida no entraba
en vigor hasta 1940. Yo propuse un inmediato plan de acción. Tan agobiada estaba
nuestra defensa antiaérea, tan limitados eran nuestros recursos y tan numerosos
nuestros puntos vulnerables — incluyendo el vasto Londres—, que no cabía pedir
gran cosa. Además, la protección contra los ataques aéreos sólo se necesitaba ahora
para cinco o seis buques grandes, cada uno de los cuales poseía un poderoso
armamento antiaéreo propio. A fin de mantener las cosas en su punto debido, el
Almirantazgo se comprometió a suministrar dos escuadrillas de cazas navales
mientras la flota anclase eta Scapa.
Era muy importante apostar la necesaria artillería en sus adecuados
emplazamientos en el más breve plazo posible. Entre tanto, nada había que hacer,
salvo adoptar el sistema de «jugar al escondite» a que nos habíamos visto forzados
en otoño de 1914. La costa occidental de Escocia tiene muchos fondeaderos fáciles
de proteger de los submarinos mediante redes y continuas patrullas. En la guerra
anterior, el esconderse había resultado una buena manera de garantizarse; pero,
incluso en aquellos días, nos había colmado de temor la posibilidad de la aparición
de un aeroplano, acaso provisto de combustible por manos traidoras. Ahora, el
radio de acción de los aviones exponía a todas las Islas Británicas a ser
fotografiadas por los aviones de reconocimiento. En consecuencia, no había
escondrijo seguro contra los ataques en gran escala de submarinos o aviones. Pero
teníamos que proteger tan pocos barcos y cabía moverlos tan a menudo de un
lugar a otro, que, pues no había otra alternativa, aceptamos la situación con el
mejor humor que nos fue posible.

Consideré mi deber visitar Scapa a la primera oportunidad. No había visto a sir


Charles Forbes, comandante en jefe de la base, desde que lord Chatfield me llevó a
visitar la escuela antisubmarina de Portland en junio de 1938. Pedí licencia para no
asistir a las reuniones diarias del Gabinete, y en la noche del 14 de septiembre
marché a Wick con un reducido grupo de personal. Pasé la mayor parte de los dos
días siguientes inspeccionando el puerto, las entradas y las redes antisubmarinas y
demás defensas. Comprobé que éstas eran tan buenas como en la guerra anterior,
además de lo cual se habían hecho importantes adiciones y mejoras. Otras estaban
en curso de realización. Me alojé, con el comandante en jefe, en el barco almirante
«Nelson» y discutí el problema de Scapa — y el naval en conjunto — con Forbes y
con sus principales oficiales. El resto de la flota se guarecía en Loch Ewe, adonde el
almirante me llevó el 17 en el «Nelson». Al salir por la bocana al mar abierto, me
sorprendió ver que ninguna flota de destructores escoltaba a aquel gran navío.
«Creí — dije — que nunca salía usted sin dos destructores de escolta por lo
menos.» «Nos gustaría hacerlo así — replicó el almirante—, pero no disponemos
de destructores bastantes para ese servicio. De todos modos, hay muchos barcos
patrullando y llegaremos a los Minches en pocas horas.»
El día era muy bueno. Todo salió bien. Al obscurecer, anclamos en Loch
Ewe, donde se reunían los cuatro o cinco acorazados de la flota metropolitana.
Cerraban el angosto acceso al fondeadero varias redes, y abundaban los buques
patrulleros provistos de asdic y de cargas de profundidad. Circulaban botes con
destacamentos de marineros. Por doquier se alzaban las purpúreas montañas de
Escocia en todo su esplendor. Recordé otra tarde de septiembre, veinticinco años
atrás, en que visité a sir John Jellicoe y sus capitanes en aquella misma bahía.
Entonces, en las largas líneas de acorazados y cruceros anclados, se padecían las
mismas incertidumbres que nos afligían ahora. Los más de los capitanes Y
almirantes de antaño habían muerto o estaban retirados. Los altos jefes que ahora
me presentaban habían sido jóvenes tenientes, e incluso guardias marinas, en
aquellos remotos días. Antes de la guerra anterior, yo había tenido una
preparación de tres años en cuyo curso pude conocer y aprobar el nombramiento
de la mayoría del alto personal, mas a la sazón no veía más que caras nuevas. Lo
que no había cambiado era la perfecta disciplina, el estilo, el aspecto, el ceremonial
y la rutina de la armada. Sólo que una generación distinta en absoluto vestía los
uniformes y ocupaba los cargos de mando. La mayoría de los buques habían sido
construidos durante mi precedente estancia en el Almirantazgo. Ninguno era
nuevo. Experimenté la sensación curiosa de volver a una encarnación anterior.
Parecíame que yo era lo único que sobrevivía en la misma posición que tuviera
hacía tanto tiempo. Los peligros, empero, habían sobrevivido también. Había
peligro bajo las olas (y un peligro más serio merced al mayor poder de los
submarinos), y el peligro que del aire podía venir no consistía sólo en ser
localizados, sino en sufrir pesados y destructores ataques.
Inspeccioné dos barcos más en la mañana del 18, y durante esta visita
contraje una gran confianza en el comandante en jefe. Fui en coche de Loch Ewe a
Inverness, donde nuestro tren nos esperaba. En el camino, merendamos junto a un
arroyo, relampagueante bajo el caliente sol. Me oprimían melancólicas memorias:

En el suelo, por Dios, nos instalemos

y narremos historias de la muerte de reyes.

Nadie se había nunca hallado en iguales — y tan terribles circunstancias, dos veces
separadas por un intervalo semejante. Nadie había sentido como yo los peligros y
responsabilidades de un alto puesto. Y, bajando el tono de la expresión, cabía decir
que nadie podía comprender tan bien como yo lo que experimenta un Primer Lord
del Almirantazgo cuando le hunden grandes buques y las cosas se le tuercen. Ya
que recorría por segunda vez un mismo ciclo, ¿tendría que soportar también el
dolor de la caída? Fisher, Wilson, Battenberg, Jellicoe, Beatty, Pakenham, Sturdee...
¡Todos habían desaparecido! Yo era como

....aquel que sólo pisa

la abandonada sala de un banquete

donde las luces todas halla extintas,

en donde ya no quedan comensales

y do están las guirnaldas ya marchitas.

Desmedida era la prueba en que estábamos irrevocablemente sumidos. Polonia


agonizaba; Francia apenas despedía un pálido reflejo de su anterior fogosidad
militar; el coloso ruso no era nuestro aliado y hasta podía llegar a ser nuestro
enemigo... Italia no se mostraba amiga. El Japón no figuraba como aliado.
¿Intervendría América de nuevo? El Imperio Británico seguía intacto y
gloriosamente unido, pero se encontraba mal preparado. Aun dominábamos el
mar, eso sí... En cambio, padecíamos una terrible inferioridad en un arma nueva: la
aérea. Parecióme que la luz se apagaba en las lontananzas del paisaje...
Tomamos el tren en Invernees y pasamos toda la tarde y la noche viajando
camino de Londres. Al llegar a Euston por la mañana, me sorprendió ver al Primer
Lord del Mar en el andén. Pound, con grave expresión, me dijo: «Malas nuevas
debo darle, Primer Lord. El «Courageous» fue hundido ayer en el Canal de
Bristol.» El «Courageous», uno de nuestros más viejos portaaviones, era, en aquel
momento, de gran necesidad para nosotros. Di a Pound las gracias por acudir a
comunicarme las noticias en persona, y declaré: «En una guerra, estas cosas
ocurren de cuando en cuando. Otras semejantes he visto, y en abundancia.» Y me
fui a bañar para emprender las tareas del nuevo día.
Durante las dos o tres semanas que nos faltaban hasta tener completas
nuestras flotillas auxiliares de cazasubmarinos, habíamos decidido usar los
portaaviones con cierta liberalidad, a efectos de ayudar a hacer llegar el tráfico
inerme, desorganizado y no comprendido en convoyes, que se aproximaba a
nuestras costas en amplio número. Corríamos un riesgo, pero un riesgo
conveniente. El «Courageous», ayudado por cuatro destructores, había sido
empleado en esa misión. Al anochecer del 17, dos de los destructores habían
acudido a defender un mercante atacado por un sumergible. El «Courageous» se
ciñó al viento, para permitir a sus aparatos posarse en cubierta, y entonces, una
pura casualidad, fue a tropezar con un submarino. De sus 1.260 tripulantes se
ahogaron más de 500, incluso el capitán Makeig-Jones, que se fue al fondo con su
buque. Tres días antes, el «Ark Royal», oteo de nuestros portaaviones — que había
de hacerse famoso después—, fue también atacado, en circunstancias análogas, por
un sumergible. Por suerte, los torpedos fallaron y el atacante fue echado a pique
por los destructores de escolta.

Entre nuestros problemas navales, figuraba el de rechazar eficazmente a los barcos


enemigos de superficie que pudieran realizar correrías marítimas, como había
sucedido en 1914.
El 12 de septiembre, expedí el siguiente documento:

El Primer Lord al Primer Lord del Mar.


12-IX-39.

ACTUACIÓN DE LOS CRUCEROS

En el pasado hemos procurado proteger nuestro tráfico contra súbitos ataques de


cruceros enemigos. Teniendo en cuenta los vastos espacios oceánicos que había que
vigilar, se siguió el principio de emplear «cuantos más buques, mejor». En la busca
de cruceros u otros buques enemigos de superficie, incluso los cruceros pequeños
desempeñaban un papel, y en el caso del «Emden» tuvimos que movilizar veinte
buques antes de rodear al enemigo. Pero, examinando ampliamente lo que puede
ser la actuación de los cruceros, parece conveniente proponer una nueva formación
de caza. Si una escuadrilla de cuatro cruceros puede vigilar, por ejemplo, 80 millas,
un solo crucero acompañado de un portaaviones puede inspeccionar 300 millas, o
400 si se tiene en cuenta la velocidad del barco. Por otra parte, los buques enemigos
que operen en el futuro en ese sentido serán naves poderosas, capaces de reñir una
acción aislada si la oportunidad se presenta. La multiplicación de cruceros
pequeños y débiles no es un medio idóneo para limpiar el mar de barcos enemigos
poderosos. Dichos cruceros serían fácil presa del enemigo. Este, acorralado al fin,
podría vencer a un buque más débil y escapar del cerco.
Toda unidad de búsqueda debe ser capaz de encontrar, acosar y destruir al
enemigo. Para ello necesitamos cierto número de cruceros de más de diez mil
toneladas, o bien parejas de cruceros de ese tonelaje. Conviene que los acompañen
portaaviones de los más pequeños, con una o dos docenas de aparatos. La
formación ideal de caza debiera consistir en un crucero poderoso, o dos menos
poderosos; en un portaaviones de poco desplazamiento; en cuatro destructores de
largo radio de acción y en dos o tres barcos petroleros, especialmente construidos,
de mucha velocidad. Semejante formación estaría bien protegida contra los
submarinos y podría recorrer un área enorme y destruir a todo barco enemigo que
encontrara.

El sistema expuesto en este documento se desarrolló tanto como nuestros limitados


recursos lo permitían. Volveré a hablar sobre el tema en otro capítulo. Igual
sistema adoptaron después los norteamericanos y merced a él contribuyeron
considerablemente a desenvolver el arte de la guerra marítima.

Hacia fines de mes creí procedente dar a la Cámara un relato coherente de lo que
estaba ocurriendo:

El Primer Lord al Primer Ministro.


24-IX-39.

¿No convendría que yo hiciese unas declaraciones a la Cámara sobre la guerra


antisubmarina y la situación naval en general? Eso se haría con más extensión que
lo que le es posible a usted en su discurso. Creo que podría hablar veinticinco o
treinta minutos sobre la cuestión, y que ello nos sería útil. El otro día me dirigí
confidencialmente a sesenta representantes de la Prensa, y me parece que se
sintieron muy tranquilizados por mis informes. Si encuentra usted bien la idea,
podría usted indicar en su discurso que yo daría más amplias referencias en el
curso de la discusión, la cual supongo se celebrará el jueves, puesto que el
presupuesto se debatirá el miércoles.

Chamberlain asintió, y en su discurso del 26 dijo a la Cámara que yo haría una


declaración sobre la guerra marítima tan pronto como él se sentase. Aparte de
responder a algunas preguntas, aquella fue la primera vez que hablé al Parlamento
desde mi entrada en el gobierno. Tenía buenas noticias que dar. En los primeros
Siete días, nuestras pérdidas de tonelaje habían sido la mitad de las pérdidas
semanales del mes de abril de 1917, época culminante del ataque submarino
durante la primera guerra. Habíamos hecho progresos en la organización del
sistema de convoyes, en el armamento de nuestros barcos mercantes y en nuestros
contraataques a los sumergibles. «En la primera semana, nuestras pérdidas
causadas por submarinos ascendieron a 65.000 toneladas, en la segunda a 46.000 y
en la tercera a 21.000. En los últimos seis días sólo hemos perdido 9.000
toneladas»6. Señalé también, como me había enseñado la experiencia, que no había
que incurrir en el hábito de entregarse a previsiones demasiado optimistas. «No
confiemos en exceso — dije — en esas tranquilizadoras cifras, porque la guerra está
llena de experiencias desagradables. Pero puedo decir que cifras tales no ofrecen
ningún motivo de indebida alarma.»

Entre tanto — continué—, nuestro vasto tráfico mundial persiste sin interrupción
ni disminución apreciable. Grandes convoyes de tropas son, escoltados a sus
diversos destinos. El comercio y los buques enemigos han sido barridos de los
mares. Más de dos millones de toneladas de barcos alemanes están refugiados en
Alemania o internados en puertos neutrales En la primera quincena de guerra,
hemos apresado y dedicado a nuestro uso 67.000 toneladas de mercancías
alemanas más de las que han sido hundidas en nuestros buques;.. Repito que no
conviene formular conclusiones demasiado optimistas. No obstante, a estas horas
tenemos en nuestro país más suministros que hubiéramos tenido si la guerra y la
acción submarina no hubieran empezado. No es rebasar los límites de la prudencia
decir que en cualquier caso exigirá mucho tiempo el hacernos padecer hambre.
A veces, las comandantes de los submarinos alemanes se han esforzado en
conducirse con humanidad. Han dado advertencias a tiempo y han procurado
ayudar a las tripulaciones a volver a puerto. Un capitán alemán me indicó
personalmente la posición de un barco británico que acababa de hundir y pidió
que se enviasen socorros a los náufragos. Firmaba: «Un submarino alemán».
Durante algún tiempo no supe a quien dirigir mi respuesta. Ese comandante se
halla ahora en nuestras manos y se le trata con toda consideración.
Aun suponiendo, por prudencia, que sólo hayamos hundido seis o siete
submarinos enemigos7, ello suma la décima parte de la flota submarina enemiga
existente al comienzo de la guerra. Ese porcentaje ha sido echado a pique en los
quince primeros días de guerra, y probablemente asciende a una cuarta, o incluso
una tercera parte de todos los sumergibles enemigos en servicio activo. Pero el
ataque antisubmarino inglés no ha hecho más que empezar. Nuestra fuerza de
cazasubmarinos es cada vez más fuerte. A fines de octubre, contamos disponer de
una flota de caza tres veces mayor que la que operaba al empezar la guerra.

Este discurso sólo duró veinticinco minutos 3, fue muy bien acogido por la
Cámara. De hecho, demostraba el fracaso del ataque submarino alemán a nuestro
comercio. Lo que yo temía era el porvenir. Mas nuestros preparativos para 1941 se
desarrollaban con toda celeridad y en tan vasta escala como nuestros grandes
recursos lo permitían.

A fines de septiembre, no teníamos mucho motivo de descontento respecto a los


resultados de la guerra en el mar. Yo sentía la impresión de gobernar debidamente
el gran departamento que tan bien conocía y al que tan incondicionalmente amaba.
Me encontraba en el buen camino. Sabía cómo funcionaba todo. Había visitado los
principales puertos y a todos los comandantes superiores. Según las cartas patentes
de constitución del departamento el Primer Lord es «responsable ante la Corona y
el Parlamento de todos los asuntos del Almirantazgo», y yo me hallaba dispuesto a
cumplir ese deber de hecho y de forma.
En conjunto, septiembre fue próspero y fructuoso para la escuadra.
Habíamos realizado la inmensa, delicada y azarosa transición de la paz a la guerra.
En las primeras semanas, hubo que pagar las consecuencias de un indiscriminado
ataque submarino a un tráfico mundial, ataque realizado contra todos los
convenios internacionales. Pero el sistema de convoyes estaba en pleno
desenvolvimiento, y ya partían a diario de nuestros puertos veintenas de naves
armadas y dotadas de un núcleo de artilleros adiestrados. Pesqueros y otros
buques pequeños provistos de asdic y de cargas de profundidad entraban sin cesar
en servicio, en número creciente t` y con tripulaciones instruidas. Teníamos la
certeza de que el primer empuje submarino contra nuestro tráfico había sido
quebrantado y sería frenado cada vez más enérgicamente por nosotros. Era obvio
que los alemanes podían construir centenares de sumergibles y sin duda había
muchos cascos en grada, en diversos períodos de construcción. Dentro de doce o
dieciocho meses, debía empezar de verdad la guerra submarina. Pero esperábamos
que para entonces nuestras escuadrillas y barcos antisubmarinos — que tenían
prioridad sobre las demás construcciones — estuviesen dispuestos y nos dieran
una efectiva supremacía. La lamentable carencia de piezas antiaéreas — sobre todo
de Bofors y cañones del 3'7 — sólo podría remediarse después de muchos meses;
mas, dentro del límite de nuestros recursos, se habían adoptado medidas para la
defensa de nuestros puertos. Entre tanto, la flota, a la par que dominaba el océano,
tendría que proseguir jugando al escondite...

En la más amplia esfera de las operaciones navales de envergadura, el enemigo no


había osado desafiarnos. Tras la temporal suspensión del tráfico por el
Mediterráneo, nuestros buques volvieron a usar aquel valiosísimo paso. El
transporte de la fuerza expedicionaria a Francia continuaba sin tropiezo. En el Mar
del Norte, la flota metropolitana vigilaba cualquier posible salida de los pocos
barcos pesados del enemigo. El bloqueo de Alemania se realizaba mediante
procedimientos semejantes a los usados en la guerra anterior. Entre Escocia e
Islandia patrullaban los buques de nuestras unidades septentrionales. A fines del
primer mes, habíamos capturado unas 300.000 toneladas de mercancías destinadas
a Alemania, contra pérdida propia de 140.000 por acción enemiga en el mar. En
ultramar, nuestro cruceros perseguían a los mercantes alemanes a la vez que
defendían a nuestra navegación contra las unidades enemigas de superficie. La
navegación alemana estaba paralizada. A fines de septiembre, 325 barcos alemanes,
con un desplazamiento de casi 750.000 toneladas, se hallaban inmovilizados en
puertos extranjeros. Por esta razón, cayeron pocos en nuestras manos.
También nuestros aliados actuaban. Los franceses participaban activamente
en el control del Mediterráneo. En las aguas metropolitanas y la Bahía de Vizcaya,
Francia contribuía a la lucha antisubmarina. En el Atlántico central, una poderosa
fuerza con base en Dakar colaboraba en los planes aliados contra los barcos
enemigos de superficie.
La juvenil armada polaca se distinguió también. Al comenzar la guerra, tres
destructores modernos y los submarinos «Wilk» y «Orzel» huyeron de Polonia y, a
pesar de las fuerzas alemanas del Báltico, arribaron a Inglaterra. La fuga del
«Orzel» rayó en lo épico. Salió de Gdynia cuando los alemanes invadieron Polonia,
y el 15 de septiembre tocó el puerto neutral de Tallinn para desembarcar a su
capitán, que estaba enfermo. Las autoridades estonianas decidieron internar el
buque, pusieron guardia a bordo, se llevaron las cartas de marear y desmontaron
los cañones. Pero el segundo hizo zarpar el barco después de desarmar a la
guardia. Durante las semanas siguientes, el sumergible fue continuamente acosado
por las patrullas aéreas y navales del enemigo, mas, incluso sin cartas, logró
escapar al Mar del Norte. Desde allí transmitió una débil llamada por radio a una
estación inglesa, dando la posición que los oficiales suponían tener, y el 14 de
octubre un destructor inglés halló y escoltó a puerto al submarino.

En septiembre, tuve la satisfacción de recibir una carta particular del


Presidente Roosevelt. Yo sólo le había visto una vez durante la guerra anterior. Ello
fue con motivo de una comida en Gray's Inn. Me impresionó la magnífica
presencia de Roosevelt, que estaba en el apogeo de su juventud y vigor. No
hicimos entonces más que saludarnos.

Roosevelt a Churchill.
11-IX-39.

Siendo así que usted y yo ocupamos cargos semejantes en la guerra mundial, me


complace manifestarle que celebro vivamente su retorno al Almirantazgo.
Comprendo que sus problemas están ahora agravados por nuevos factores, pero,
en esencia, no difieren mucho de los de antes. Deseo hacer saber a usted y al
Primer Ministro que en cualquier caso acogeré con agrado las noticias que crean
oportuno hacerme saber. Puede enviarme, siempre que quiera, carta lacradas
mediante su valija o la mía.
Mucho me satisface que concluyera usted los volúmenes de Marlborough
antes de que esto empezara. Me ha agradado en extremo leerlos.

Respondí con sincero placer, firmando «Una personalidad naval». Así principió la
larga y memorable correspondencia que había de alcanzar obra de un millar de
comunicaciones por cada lado y que duró hasta la muerte de Roosevelt, más de
cinco años después.
CAPÍTULO III

LA RUINA DE POLONIA

El plan alemán de invasión. — Erróneos preparativos polacos. — Inferioridad de


Polonia en artillería y tanques. — Destrucción de la aviación polaca. — La primera
semana. — La segunda. — Heroico contraataque polaco. — Exterminio de las fuerzas de
Polonia. — La intervención de los Soviets. — Radio Varsovia enmudece. — La moderna
«Blitzkrieg». — Mi memorándum del 21 de septiembre. — Nuestros peligros inmediatos.
— Mi discurso por radio el 1 de octubre.

Entre tanto, los miembros del Gabinete asistíamos a la rápida y casi


mecánica destrucción de un estado débil, de acuerdo con los largos designios y
métodos de Hitler. Polonia estaba abierta por tres lados a la invasión alemana. 56
divisiones, entre ellas 9 blindadas de que Alemania disponía, formaban las fuerzas
invasoras. Desde la Prusia Oriental el tercer ejército (8 divisiones) avanzó hacia
Varsovia y Bialystok. Partiendo de Pomerania, el cuarto ejército (12 divisiones)
tenía orden de destruir las fuerzas polacas del Corredor de Dantzig y avanzar hacia
el sureste y Varsovia por ambas márgenes del Vistula. La frontera correspondiente
al saliente de Posen estaba defendida por fuerzas alemanas de reserva, pero a la
derecha esperaba el 8.° ejército (7 divisiones), con la tarea de cubrir el flanco
izquierdo del empujón principal. Este empujón estaba a cargo del 10.° ejército (17
divisiones), que debía marchar directamente contra Varsovia. Más al sur aun, el
14.° ejército (14 divisiones) tenía una doble misión: primero, ocupar la importante
zona industrial del oeste de Cracovia y después, si el intento prosperaba, marchar
a Lemberg, en el sureste de Polonia.
De manera que el plan consistía en perforar el dispositivo polaco de las
fronteras, rodeando luego a los polacos con dos movimientos de tenaza: el
primero, partiendo del norte y el suroeste, se dirigiría a Varsovia, mientras el
segundo (y más vasto) estaría formado por el tercer ejército avanzando por Brest-
Litowsk, para unirse al 14.° cuando éste ganara Lemberg. Los enemigos que
huyeran del atenazamiento de Varsovia verían cortado su repliegue a Rumania.
Más de mil quinientos aviones modernos fueron lanzados contra Polonia. Su
primera tarea consistía en deshacer la aviación polaca y después apoyar al ejército
de operaciones, además de atacar las instalaciones militares y las comunicaciones
por ferrocarril y carretera. Sin contar con que correspondía a los aparatos aéreos la
misión de sembrar el terror en el país.
Por su número y equipo, el ejército polaco no podía compararse con sus
atacantes. Por ende, su dispositivo ofrecía grandes defectos. Las fuerzas polacas se
habían diseminado a lo largo de la frontera. Carecían de una reserva central.
Aunque adoptando una actitud altanera ante las provocaciones alemanas, los
polacos no habían querido irritar demasiado a los nazis. Por ello no habían
movilizado a tiempo y les faltaban medios de oponerse a las masas que les
amenazaban. El primer choque corrió a cargo de 30 divisiones, que sólo
representaban dos terceras partes del ejército activo de Polonia. La rapidez de los
sucesos y la violenta intervención de los aviones alemanes impidieron a las demás
tropas llegar a las posiciones avanzadas hasta después de que el frente quedó roto;
y, por lo tanto, los refuerzos sólo participaron en las postreras y desastrosas
operaciones. Así, 30 divisiones polacas se midieron con fuerzas casi dobles a lo
largo de una vasta extensión, sin nada que las respaldase. No sólo los polacos eran
inferiores en número, sino que se hallaban en gran desventaja artillera. Sólo
disponían de una brigada blindada frente a las doce divisiones «panzers» (según se
las llamaba ya) de los alemanes. Las doce brigadas polacas de caballería cargaron
valientemente contra los tanques y carros armados, a los que poco dañe podían
causar con sus sables y lanzas. Los novecientos aviones polacos de primera línea —
modernos en su mitad, aproximadamente — fueron atacados por sorpresa y
destruidos muchos de ellos en tierra, antes de poder remontarse.
De acuerdo con el plan de Hitler, los ejércitos alemanes avanzaron el 1 de
septiembre. La aviación, adelantándose, batió a los aeroplanos polacos en sus
propios aeródromos. En dos días, el poder aéreo polaco quedó virtualmente
aniquilado. Al cabo de una semana, los alemanes habían penetrado
profundamente en Polonia. La resistencia fue valerosa, pero estéril. Todas las
tropas polacas de las fronteras, excepto el grupo de Posen, que quedó copado, se
vieron obligadas a retroceder. El asalto del 10.° ejército alemán hendió en dos el
grupo de tropas de Lodz. La mitad se retiró hacia Radom, al este, y el otro fue
empujado hacia el noroeste. Por la brecha producida, dos divisiones acorazadas se
lanzaron camino de Varsovia. Más al norte, el 4.° ejército alemán cruzó el Vistula y
los siguió hacia la capital. Únicamente el grupo polaco del norte pudo alcanzar al
tercer ejército alemán. Pero pronto esas fuerzas polacas fueron desbordadas por el
flanco y hubieron de retroceder al río Narew, donde se había preparado con
antelación un potente sistema fortificado. Estos fueron los resultados de la primera
semana de «Blitzkrieg».
En la segunda semana hubo encarnizadas luchas. Cuando concluyó, el
ejército polaco, que nominalmente comprendía unos dos millones de hombres,
había dejado de existir como fuerza organizada. Al sur, el 1.4.° ejército alemán
presionaba para alcanzar el río San. Las cuatro divisiones polacas que se habían
replegado a Radom, fueron rodeadas y destruidas. Las dos divisiones blindadas
del 10.° ejército llegaron a los arrabales de Varsovia pero la desesperada resistencia
de la capital contuvo su avance. Al nordeste ele Varsovia, el tercer ejército sitió la
capital por oriente y su ala izquierda llegó a Brest-Litowsk, cien millas a
retaguardia.
Dentro de las tenazas que se cerraban en torno a Varsovia, el ejército polaco
peleó y sucumbió. Al grupo de Posen se habían unido divisiones de los grupos de
Thorn y Lodz, impelidas por la presión alemana. Estas fuerzas sumaban 12
divisiones, por cuyo flanco meridional el 10.° ejército alemán progresaba hacia
Varsovia, bajo la protección del relativamente débil 8.° ejército. Aunque
virtualmente rodeado, el general Kutrzeba, jefe del grupo de fuerzas de Posen,
resolvió atacar hacia el sur, marchando contra el flanco de la ofensiva alemana.
Este audaz contraataque polaco recibió el nombre de batalla del río Bzura y
produjo una crisis. No sólo el 8.° ejército alemán, sino parte del 10.° y un cuerpo
del 4° ejército — el del norte—, fueron desviados de su objetivo varsoviano.
Aunque, arremetido en seguida por todas aquellas potentes fuerzas, y agobiado
por un continuo e irresistible ataque aéreo, el grupo de Posen mantuvo durante
diez días una gloriosa lucha. Finalmente, quedó liquidado el 19 de septiembre.
Entre tanto, el movimiento exterior de tenaza se había cerrado ya. El 14.°
ejército llegó a los suburbios de Lemberg el 12 de septiembre y, empujando hacia el
norte, enlazó con las tropas del tercer ejército que había ocupado Brest-Litowsk.
No había posibilidad de salvación, no siendo para individuos sueltos y muy
audaces. El 20, los alemanes anunciaron que la batalla del Vistula era «una de las
mayores acciones de exterminio de todos los tiempos».
Llegaba la vez a los Soviets. Lo que ellos denominaban «democracia» entró
en acción. El 17 de septiembre, los ejércitos rusos atravesaron la casi indefensa
frontera polaca y avanzaron hacia el oeste en un amplio frente. El 18, ocuparon
Vilna y enlazaron con sus colaboradores alemanes en Brest-Litowsk. Allí, en la
guerra anterior, los bolcheviques, a pesar de sus solemnes compromisos con los
aliados occidentales, habían hecho paz separada con el Kaiser, plegándose a sus
duras condiciones. Ahora, en el mismo Brest-Litowsk, los comunistas rusos
estrecharon las manos de la Alemania hitleriana. La ruina y entera subyugación de
Polonia progresaba velozmente. Varsovia y Modlin resistían aún. La defensa de
Varsovia, en gran parte debida al esfuerzo de su población civil, fue tan magnífica
como desesperada. Tras muchos días de violento bombardeo aéreo y de artillería
pesada — gran parte de la cual fue rápidamente transportada por amplias
carreteras transversales desde el ocioso frente occidental — la radio varsoviense
cesó de tocar el himno nacional polaco, y el Führer entró en las ruinas de la ciudad.
Modlin, fortaleza sita veinte millas más abajo, junto al Vistula, había dado refugio a
los restos del grupo de Lodz, y resistió hasta el 28. Así, todo acabó en un mes, y
una nación de treinta y cinco millones de almas cayó entre las implacables garras
de los que no sólo ansiaban la conquista, sino la esclavización y hasta la extinción
de grandes masas de seres.
Habíamos asistido a una exhibición perfecta de la «Blitzkrieg» moderna; a la
estrecha cooperación del ejército y la aviación en el frente; al violento bombardeo
de todas las comunicaciones y de cualquier población que ofreciese un objetivo
apetecible; a la actuación de una activa quinta columna; al uso en masa de espías y
paracaidistas; y sobre todo al irresistible empuje de grandes columnas blindadas.
No habían los polacos de ser los últimos en conocer semejante experiencia.

Los ejércitos soviéticos siguieron avanzando hasta la línea convenida con Hitler. El
29, se firmó formalmente el pacto ruso-alemán de reparto de Polonia. Yo seguía
convencido del profundo e inextinguible antagonismo entre Rusia y Alemania y
me aferraba a la esperanza de que los Soviets se pasasen a nuestro lado en virtud
de la fuerza de los acontecimientos. Por lo tanto, no expresé libremente la
indignación que sentía, y que compartían mis compañeros de Gabinete, ante la
brutal e insensible política rusa. Yo no me había hecho ilusiones sobre los rusos.
Sabía que no aceptaban código moral alguno y que sólo miraban a sus intereses.
Pero había de reconocerse que no nos debían favor alguno. Por otra parte, en una
guerra a muerte hay que subordinar la cólera a la necesidad de destruir al
principal y más inmediato enemigo. Determiné presentar con los mejores colores
posibles la odiosa conducta soviética. En un documento que redacté para el
Gabinete de Guerra, el 21 de septiembre, procuré poner una nota de serenidad.

Los rusos han incurrido en la más crasa falta de fe en las recientes negociaciones,
pero la petición hecha por el mariscal Vorochilov de que las armas rusas ocuparan
Vilna y Lemberg, si habían de aliarse a los polacos, era una exigencia militar
perfectamente justificada. Polonia la rechazó con pretextos que, si bien naturales,
se han acreditado ahora de insuficientes. Como resultado, Rusia ha ocupado la
misma línea y posiciones como enemiga de Polonia y no como amiga, por dudosa
y sospechosa que fuere esa amistad. La diferencia de hecho no es tanta como
parece. Los rusos han movilizado fuerzas muy grandes y probado que son capaces
de avanzar de prisa y a grandes distancias de sus posiciones de la preguerra.
Ahora quedan siendo limítrofes de Alemania, y a ésta le es imposible en absoluto
desguarnecer el frente oriental. Un gran ejército alemán ha de custodiarlo. El
general Gamelin calcula esa fuerza en veinte divisiones por lo menos. Bien pueden
llegar a ser veinticinco, o más. De manera que pasa a existir en potencia un frente
oriental.
También cabe formar un frente suroriental en el que Inglaterra, Rusia y
Francia tengan un común interés. La garra izquierda del Oso ha cerrado ya el
camino de Polonia a Rumania. El interés ruso por los pueblos eslavos de los
Balcanes es tradicional. La llegada de los alemanes al Mar Negro sería una
amenaza mortal para Rusia y para Turquía. Que esos dos países hicieran causa
común para impedir tal peligro constituiría un directo cumplimiento de los deseos
de ambos. Ello no choca en modo alguno con nuestra política respecto a Turquía.
Puede ser que Rusia prive a Rumania de Besarabia, pero esto no perjudica
necesariamente nuestro esencial interés, que consiste en refrenar el movimiento
alemán hacia el este y sureste de Europa. Rumania, que ganó enormemente en la
última guerra (en la que se salvó de una completa derrota merced a la victoria
aliada), tendrá suerte si sale de esta guerra sin otras pérdidas que la Besarabia y la
parte meridional de la Dobrudja, que más tarde deberá ceder de grado a Bulgaria
en pro de los intereses de un bloque balcánico. Las reacciones del movimiento ruso
hasta cuanto cabe juzgar al presente, deben ejercer influencia favorable en los
Balcanes y particularmente en Yugoeslavia. Así, a más del frente oriental, puede
existir en potencia un frente suroriental, formando una media luna, en conjunto,
desde el Golfo de Riga al extremo septentrional del Adriático (y acaso, a través del
Brenner, hasta los Alpes).
Sería, desde luego, muy preferible que todos esos países cayeran a la vez
sobre el único y común enemigo: la Alemania nazi, posibilidad que con el tiempo
acaso no haya de ser excluida. La verosimilitud de ese caso se acentuaría mucho si
Alemania atacase a Rumania a través de Hungría; y también, aunque en menor
grado, si agrediese a Yugoeslavia. Mc parece muy acertada la política que
seguimos a efectos de alentar ese posible frente, de reforzarlo y de hacerlo
funcionar en todas partes simultáneamente si una parte de él es atacada. Tal
política implica una renovación de relaciones con Rusia, como el ministro de
Asuntos Extranjeros ha previsto rápidamente. También exige nuestra adhesión a la
política declarada por el Primer Ministro y que nos veda el comprometernos a
soluciones territoriales particulares. Todo el esfuerzo de Inglaterra y Francia debe
concentrarse en el aplastamiento del hitlerismo y en el aseguramiento de que el
terror alemán no se renovará en largo tiempo para las democracias occidentales.
Este último punto, que afecta particularmente a los franceses, está exactamente
expresado en las palabras del. Primer Ministro: «Nuestro propósito general
consiste en redimir a Europa del perpetuo y renovado temor de una agresión
alemana, y en capacitar a los pueblos de Europa para conservar sus libertades e
independencia». Nunca se repetirá esto demasiado.
Una vez establecidas tales apreciaciones generales, la marcha de las
negociaciones turcas puede considerarse con más sosiego. No creo que haya en
ellas tanta urgencia como cuando Hitler iba — o se decía que iba — a invadir a
Rumania con veintiocho divisiones, etc. Parece ahora posible contener la carrera de
ese hombre hacia el este, pero, desde luego, puede renovar su amenaza en
cualquier momento. Además, tenemos gran interés en poner el frente oriental y el
balcánico en acción contra Alemania. De manera que es importantísimo redactar el
tratado turco.
Si resultase que Hitler está refrenado en el este (cosa no segura aun, por
supuesto) tres posibilidades se le brindan: 1) Un gran ataque en el frente
occidental, probablemente a través de Bélgica y cogiendo de paso a Holanda.
2) Un intenso ataque aéreo sobre las fábricas y puertos ingleses, etc. o acaso
sobre las fábricas francesas de aviación.
3) Lo que el Primer Ministro llama «una ofensiva de paz».
Personalmente, creo que el primer caso sólo será inminente cuando se hayan
concentrado al menos treinta divisiones ante Bélgica y Luxemburgo. El caso
segundo parece muy verosímil en ese hombre, pero no puede realizarlo, o no se lo
permitirán sus generales (que probablemente tienen ahora más poder que antes),
por temor a iniciar una querella a muerte con la Gran Bretaña y acaso arrastrar a la
guerra a los Estados Unidos como secuela de las inevitables matanzas. Si Hitler no
intenta el caso segundo y apela al tercero, nuestro deber y política nos aconsejan no
acceder a nada que pueda favorecerle. Debemos dejarle cocerse en su propio jugo
durante el invierno, mientras apresuramos nuestros armamentos y urdimos
nuestras alianzas. De manera que la perspectiva general parece mucho más
favorable que lo parecía en el otoño de 1914, cuando gran parte de Francia estaba
ocupada y Rusia había sido batida en Tannenberg.
No obstante, siempre sigue en pie el caso número 2. Ese es nuestro aprieto
inmediato.

En un discurso radiado el 1 de octubre, dije:

Polonia ha vuelto a ser aplastada por dos de las grandes potencias que la tuvieron
sojuzgada durante ciento cincuenta años; pero no por eso se ha extinguido el
espíritu de la nación polaca. La heroica defensa de Varsovia muestra que el alma
polaca es indestructible y que otra vez emergerá como una roca que puede ser
sumergida por las mareas, pero que sigue siendo una roca siempre.
Rusia ha desarrollado una política de frío egoísmo. Hubiéramos deseado
que los ejércitos rusos estuviesen en su presente línea como amigos y aliados de
Polonia y no como invasores. Pero es cierto que los rusos necesitaban ocupar esa
línea para asegurar a los Soviets contra la amenaza nazi. En todo caso, la línea
existe y se ha creado un frente oriental que no osará asaltar Alemania...
No puedo predecir lo que hará Rusia. Se trata de una incógnita envuelta en
un misterio rodeado de un enigma, si bien acaso tengamos una clave de todo: el
interés de Rusia. No puede convenir a los intereses y seguridad nacional de Rusia
el que Alemania se instale en las orillas del Mar Negro, ni que domine los estados
balcánicos, y subyugue a los pueblos eslavos del sureste de Europa. Eso sería
contrario a los intereses históricos y vitales de Rusia.

Chamberlain concordó plenamente conmigo. «Opino igual que Winston — dijo en


carta particular a su hermana—. He estado escuchando su excelente discurso. Creo
que Rusia obrará siempre de acuerdo con los que juzgue sus intereses, y no me
parece que piense conveniente para ellos una victoria alemana seguid: de una
alemana dominación de Europa»8.
CAPÍTULO IV

LOS PROBLEMAS DEL GABINETE DE GUERRA

Nuestras reuniones diarias. — Un ejército de cincuenta y cinco divisiones en


Inglaterra.—Nuestra artillería pesada.—Mi carta del 10 de septiembre al Primer Ministro.
—Otra de igual fecha al ministro de Suministros, y su respuesta.—Carta al Primer
Ministro el 15 de septiembre. — Su contestación del 16. — Ulterior correspondencia sobre
municiones y mano de obra. — Carta al ministro de Hacienda (24 septiembre). — Medidas
económicas propuestas. — Intentos de ofensiva naval. — El Báltico. — «Catalina la
Grande». — Planes para forzar las entradas bálticas (apéndice). — Aspectos técnicos y
tácticos del problema. — Opinión del Primer Lord del Mar. — Designación de lord Cork.
— Progreso del plan. — El veto del ministerio del Aire. — El nuevo programa de
construcciones. — Cruceros. — Destructores. — Número contra tamaño.—Largos y
cortos términos.—Aceleración del programa.— Necesidad de una escuadra de batalla a
prueba de ataque aéreo (apéndice). — Los gastos en buques del tipo «Royal Sovereign». —
Establezco mis propios Departamentos de Estadística.

El Gabinete de Guerra y sus miembros adicionales, así como los jefes de


Estado Mayor de los tres servicios de guerra y algunos secretarios, se congregaron
por primera vez el 4 de septiembre. Desde entonces empezarnos a reunirnos a
diario, y a menudo dos veces al día. No recuerdo período alguno tan caluroso. Yo
usaba una chaqueta de alpaca negra sobre una camisa de hilo. Aquel era el tiempo
que le convenía a Hitler para invadir Polonia. Los grandes ríos en los que
confiaban los polacos para su ofensiva eran vadeables por casi todas partes, y el
suelo, duro y firme, permitía los movimientos de tanques y vehículos de todas
clases. Por las mañanas, el general Ironside, instalándose ante un mapa, daba
largos informes y hacía apreciaciones que muy pronto nos condujeron a considerar
indudable el rápido aplastamiento de la resistencia de Polonia. A diario, yo daba al
Gabinete las noticias del Almirantazgo, que usualmente consistían en una lista de
barcos ingleses hundidos por los submarinos. Las cuatro divisiones del Cuerpo
Expedicionario habían empezado su traslado a Francia, Y el ministerio del Aire se
quejaba de que no se le consintiese bombardear los objetivos militares de
Alemania. Se trataban muchas cosas concernientes al frente interior y también se
celebraban largas discusiones sobre política extranjera, en especial a propósito de
la actitud de los Soviets y de Italia. Tampoco se olvidaba la política que convenía
seguir en los Balcanes.
La más importante medida consistió en la creación de la Comisión de
Fuerzas Terrestres, dirigida por sir Samuel Hoare, a la sazón Lord del Sello
Privado. La Comisión debía informar al Gabinete sobre la escala y organización del
ejército que procedía formar. Yo pertenecía a aquel reducido grupo, que se reunió
en el ministerio del Interior y acordó, en una sola tarde, después de escuchar a los
generales, que debíamos iniciar la constitución de un ejército de cincuenta y cinco
divisiones, montando a la vez todas las fábricas de municiones y suministros
necesarios para mantener a tal ejército en acción. Yo esperaba que en un plazo de
dieciocho meses, dos tercios de esa considerable fuerza pudieran estar en Francia,
o al menos hallarse prestos a entrar en combate. En todo esto, Hoare se mostró
previsor y activo, y yo le apoyé constantemente. Por su parte, el ministerio del Aire
temía que un ejército tan numeroso y con tantas necesidades gravitara
pesadamente sobre el número de nuestros obreros especializados y demás
potencial humano, estorbando los vastos planes hechos por dicho ministerio para
crear en dos o tres años una aviación incontrastablemente fuerte. Chamberlain
quedó impresionado por los alegatos de Kingsley Wood, y vacilaba en apoyar la
creación de un ejército de tales dimensiones, con todo lo que implicaba. El
Gabinete de Guerra se dividió al discutir la cuestión, y pasó una semana o más
antes de que se resolviese la creación de una fuerza de cincuenta y cinco
divisiones.
Como miembro del Gabinete, me sentía obligado a mirar las cosas desde un
punto de vista general y procuraba subordinar las necesidades del Almirantazgo al
designio principal. Anhelaba establecer una amplia base de entendimiento común
con el Primer Ministro y transmitirle los conocimientos que yo poseía en un
terreno que ya había pisado antes. Viéndome alentado por su cortesía, le escribí
una serie de cartas sobre los varios problemas que iban surgiendo. No deseaba
discutir con él en el Gabinete, y prefería indicarle las cosas por escrito. En casi
todos los casos concordamos. Al principio creí hallar en mi jefe demasiada cautela,
pero mes a mes su confianza y buena voluntad fueron aumentando. Su biógrafo da
testimonio de esto. También escribí a otros miembros del Gabinete de Guerra y a
varios ministros con quienes me unían relaciones departamentales o de otro estilo.
El Gabinete de Guerra se sentía en ocasiones obstaculizado por el hecho de que
rara vez se reunía sin que se hallasen presentes secretarios o técnicos militares. De
todos modos, nuestro grupo era trabajador y voluntarioso. Siempre son grandes
las ventajas de la libre discusión no trabada por formalidades ni por la necesidad
de levantar actas. Semejantes reuniones constituyen la oportuna contrapartida de
las sesiones oficiales en que se discuten cosas transcendentes y se registran
decisiones que implican orientación y acción para resolver los asuntos de gran
dificultad son indispensables unas conferencias y otras.
Me interesaba saber qué había sido de la gran masa de cañones pesados que
en la guerra anterior, siendo ministro de Municiones, había yo hecho fabricar.
Armas tales exigen año y medio para construirlas, y las baterías pesadas son de
enorme utilidad en un ejército, tanto en la ofensiva como en la defensiva.
Recordaba bien las discusiones de Lloyd George con el Gabinete en 1915, y no
había olvidado que las luchas políticas surgidas en torno a la fabricación de
artillería de gran calibre habían sido compensadas por los hechos. La guerra
terrestre, tal como eventualmente se manifestó ocho meses después, en 1940,
resultó de un estilo muy distinto al de la lucha de 1914-1918. Aun así, aquellos
grandes cañones resolvieron vitales necesidades de la defensa metropolitana. En
todo caso, en 1939 parecióme que era locura no utilizar el tesoro escondido que
poseíamos.
Escribí, sobre esto y sobre otros asuntos, a Chamberlain:

EL PRIMER LORD AL PRIMER MINISTRO

10-IX-1939.

Espero que no le moleste que le indique en privado algunos puntos.


1. Sigo inclinándome a pensar que no debemos tomar la iniciativa de los
bombardeos, salvo en la zona inmediata a aquella en que operan los ejércitos
franceses, donde, desde luego, debemos ayudarles. Entra en nuestro interés que la
guerra se desarrolle del modo más humano posible, siguiendo y no precediendo a
los alemanes en el proceso, sin duda inevitable, del agravamiento de la violencia y
rigor de la lucha. Cada día que pasa hay mejores refugios para los habitantes de
Londres y otras grandes ciudades, y sin duda dentro de quince días nuestros
refugios serán relativamente mucho más seguros.
2. Debe usted saber lo que se cuenta a propósito de las condiciones de
nuestra pequeña fuerza expedicionaria y de su escasez de tanques, de
destacamentos eficientes con morteros de trinchera y, sobre todo, de artillería
pesada. Se nos criticará con justicia si resulta que nos faltad cañones de gran
calibre... En 1919, después de la guerra, siendo yo ministro del ramo, encargué que
se engrasase y almacenara cuidadosamente una cantidad de cañones pesados.
También recuerdo haber mandado hacer, en 1918, dos obuses del 12, a petición del
mando, que quería emplearlos para apoyar su avance por Alemania en 1919. Tales
piezas, que nunca fueron usadas, eran la última palabra artillera de la época. No se
trata de cosas de fácil pérdida... Me parece urgente ver lo que tenemos en almacén
y además reacondicionar esas armas y proveerlas de municiones modernas. Por lo
que se refiere al municionamiento de las piezas pesadas, puedo ayudar desde el
Almirantazgo, siempre apto para el manejo de todo lo grande.
3. Quizá le agrade conocer los principios que sigo en la reorganización de las
nuevas construcciones navales. He ordenado suspender todo trabajo en los
acorazados, no siendo en tres o acaso cuatro de ellos, sin preocuparme por buques
que no podrán entrar en acción hasta 1942. Esta decisión habrá de ser revisada
dentro de seis meses. Mediante tal cambio, puedo dedicar al mejor servicio de la
armada toda la capacidad de trabajo existente. Por otra parte, he de hacer un gran
esfuerzo para aumentar las flotillas antisubmarinas. En este sentido es esencial
disponer de gran número de unidades. Muchos cazasubmarinos entrarán en
servicio en 1940, aunque no demasiado pronto si consideramos que en el verano de
ese año tendremos que afrontar un ataque de 200 ó 300 sumergibles...
4. Respecto a los suministros a la armada y su relación con la aviación,
perdóneme si pongo a disposición de usted unos conocimientos y una experiencia
que no han sido comprados baratos ni nadie me enseñó. Que el ministro de
Suministros haga planes para una base militar de cincuenta y cinco divisiones, no
perjudicará a la aviación ni al Almirantazgo, porque la tarea preliminar de
preparar los solares y construir las fábricas no requerirá mano de obra
especializada durante muchos meses. Se tratará de cavar espacio para los
cimientos, de poner cemento, ladrillos y argamasa, de realizar desecaciones, etc.
Además, si otras exigencias impidieran disponer de las cincuenta y cinco
divisiones en veinticuatro meses, puede el plazo alargarse a treinta y seis, e incluso
a más, sin alterar las cosas. Por otra parte, si no se arranca de una base amplia
desde el principio, habrá molestas dilaciones cuando haya que agrandar las
fábricas. Vale más realizar el plan sobre una ancha escala y preveer a las
necesidades del ejército y la aviación mediante sucesivos cambios en el factor
tiempo. Una fábrica montada no tiene por qué usarse mientras no sea necesaria,
pero, si no existe, puede uno quedar en el aire cuando necesite un esfuerzo mayor.
Sólo al entrar en acción esas grandes instalaciones pueden lograrse resultados
idóneos.
5. Hasta este momento (mediodía) no se han recibido noticias de
hundimientos por sumergibles. Llevamos treinta y seis horas sin bajas ¡Acaso los
submarinos hayan ido a pasar el fin de semana! Pero continuamente aguardo
ataques. No obstante, tengo la certeza de que terminará bien.

También escribí al Dr. Burgin:

EL PRIMER LORD AL MINISTRO DE SUMINISTROS


10-IX-39.

En 1919, estando en el ministerio de la Guerra, di minuciosas instrucciones de que


se engrasase y guardara una cierta cantidad de cañones pesados. Parece que esa
cantidad ha sido descubierta ahora. Creo que urge que usted se haga cargo de ese
depósito y reacondicione los cañones, dándoles entera prioridad, a la vez que
encarga la munición pesada necesaria. El Almirantazgo podrá contribuir a
proporcionar granadas de gran calibre. No vacile en pedírnoslas.

La contestación fue muy satisfactoria:

EL MINISTRO DE SUMINISTROS AL PRIMER LORD

11-IX-39

Los preparativos para el uso de la artillería superpesada, sobre la cual me escribe


usted, han sido preocupación intensa del ministerio de la Guerra desde la crisis de
septiembre de 1938. El trabajo de reacondicionamiento de cañones y cureñas, tanto
por lo que se refiere a las piezas del 9,2 como a los howitzers del 12, empezó en
enero último.
Esa artillería fue almacenada en 1919 con considerable cuidado y, como
resultado, las piezas se encuentran, en conjunto, en buenas condiciones. Algunas se
han deteriorado y necesitan reparación, tarea que se está verificando
continuamente durante este año. Es indudable que tendremos algunos equipos
listos en el mes. Desde luego, estoy dando a tal trabajo la mayor prioridad...
Le agradezco vivamente su carta. Le satisfaría ver lo mucho que ya se ha
hecho en el sentido que usted recomienda.

PRIMER LORD AL PRIMER MINISTRO


11-IX-39

Todos opinan que debiera haber un ministerio de Navegación. En nuestra reunión


con los armadores, el presidente de la Cámara Naviera ha insistido fuertemente en
ello. El presidente del departamento de Comercio me ha pedido que le asocie a esa
demanda, aunque el satisfacerla entrañará una disminución de sus propias
funciones. Estoy seguro de que habrá una intensa solicitación de lo mismo en el
Parlamento, Además, la medida me parece buena. Las funciones de tal ministerio
serían triples: a) Aseguraría la máxima fecundidad y economía de los fletes, de
acuerdo con la política de guerra del Gabinete y la presión de los acontecimientos.
b) Atendería a la organización del programa de construcciones navales en
grande, programa necesario como garantía contra las fuertes pérdidas de tonelaje
que debemos esperar cuando se reanude el ataque submarino en el verano de 1940.
El programa comprenderá ciertamente el estudio de la fabricación de buques de
cemento, para aliviar las demandas sobre la producción de hierro en un período en
que nos será muy necesario.
c) Se ocupará del bienestar de los marinos mercantes, quienes habrán de
salir repetidamente a la mar después de ser torpedeados y salvados. Esos marinos
son un importantísimo y potencialmente formidable factor en este género de
guerra.
El presidente del departamento de Comercio ya le ha dicho a usted que se
requerirán dos o tres semanas para separar las secciones de ese departamento que
van a formar el ministerio de Navegación. Me parece discreto establecer tal
período de transición. Si se anuncia ya la designación de un ministro, éste podrá
reunir el personal necesario y encargarse gradualmente de las ramas del
departamento de Comercio o afectadas. Me parece también importante que la
creación del ministerio de Navegación se realice por el gobierno antes de que se le
presione desde el Parlamento y desde los medios marítimos, y antes de que se nos
diga que hay acusaciones razonables contra el sistema existente.

Se creó el ministerio tras un mes de discusión, y su formación se anunció el 13 de


octubre. Chamberlain designó como ministro a sir John Gilmour, elección que
mereció censuras. Gilmour, un simpático escocés, muy conocido como diputado,
había desempeñado puestos de gabinete con Baldwin y con Chamberlain. Estaba
delicado de salud y falleció a los pocos meses de su nombramiento, siendo
substituido por Ronald Cross.

PRIMER LORD AL PRIMER MINISTRO

15-IX-39.

Como estaré fuera hasta el lunes, voy a exponerle mi pensamiento sobre la


situación general.
Parece inverosímil que los alemanes inicien una ofensiva en el oeste estando
tan adelantada la estación... Seguramente su Plan consistirá en presionar hacia el
Mar Negro a través de Polonia, Hungría y Rumania. Puede ser que los nazis
tengan algún acuerdo con Rusia para que ésta ocupe parte de Polonia y recobre
Besarabia...
Le conviene a Hitler asegurar sus relaciones orientales y sus fuentes de
víveres durante los meses de invierno, dando así a su pueblo un espectáculo de
éxitos repetidos y debilitando nuestro bloqueo. No creo, pues, que ataque en el
oeste antes de cosechar los fáciles despojos que en el este le esperan. No obstante,
opino que debemos hacer intensos preparativos para defendernos en el oeste.
Hemos de esforzarnos en lograr que Bélgica tome las necesarias precauciones en
conjunción con los ejércitos inglés y francés. Entre tanto, la frontera franco-belga
debe fortificarse día y noche, aplicando todos los recursos imaginables. Los
obstáculos antitanque, la colocación de raíles verticales, el cavado de zanjas, la
erección de casamatas de cemento, la instalación de minas terrestres en unos sitios
y la inundación de otros, etc., deben ser cosas que se combinen en un sistema
defensivo profundo. El ataque de tres o cuatro divisiones alemanas blindadas ha
resultado muy eficaz en Polonia, y sólo se detendrá mediante la diseminación de
obstáculos físicos defendidos por tropas resueltas y poderosa artillería.,: Sin
obstáculos físicos no cabe resistir con eficacia un ataque de vehículos blindados.
Celebro saber que la artillería pesada que almacené en 1919 se halla
disponible. Comprende 32 cañones de 12 pulgadas, 145 de 9, muchos de 8, cerca de
200 de 6 y varios howitzers, así como vastas cantidades de municiones. De hecho es
una artillería pesada correspondiente, no a nuestra pequeña fuerza expedicionaria,
sino a un gran ejército. Sin pérdida de tiempo deben llevarse algunos de esos
cañones a campaña, Para que, aunque nuestras fuerzas carezcan de otras cosas, no
padezcan deficiencia de artillería pesada...
Confío en que estudie usted cuidadosamente lo que le indico. Lo hago con el
deseo de ayudarle a cumplir sus responsabilidades y des, empeñar las mías.
El Primer Ministro contestó, el 16: «Leo y considero cuidadosamente todas sus
cartas. Si no he respondido a ellas, se debe a que le veo a diario y a que me parece
que sus opiniones y las mías coinciden mucho... Creo que la lección de la campaña
de Polonia consiste en que la aviación, cuando domina el aire, puede para, tizar las
operaciones de las fuerzas de tierra. Entiendo, aunque esperaré el informe de la
Comisión de Fuerzas Terrestres antes de decidirme, que debe darse absoluta
prioridad al refuerzo de nuestra aviación. La extensión de nuestro esfuerzo en
tierra debe realizarse después de que hayamos realizado la ampliación de las
fuerzas aéreas».

PRIMER LORD AL PRIMER MINISTRO

18-IX-39.

Creo enteramente, como usted, que la aviación debe figurar en primer término de
nuestros esfuerzos y hasta pienso a veces que será, en última instancia, el camino
que nos permitirá ganar la victoria. Por otra parte, he estudiado la memoria del
ministerio del Aire y encuentro que expone vastas y vagas peticiones no
justificadas. Si a ellas se concediese prioridad absoluta, se sobrepondrían a toda
otra forma de esfuerzo bélico. Estoy preparando notas sobre ese documento. Sólo
citaré ahora una cifra que me sorprende mucho.
Si la industria aeronáutica, con sus presentes 360.000 trabajadores, produce
mil aviones al mes, paréceme extraordinario que para producir dos mil necesite
1.050.000 hombres. Más bien cabría esperar reducción si se utiliza la producción en
masa. No creo que los alemanes empleen un millón de hombres para fabricar dos
mil aparatos al mes. En líneas generales, yo aceptaría dos mil aeroplanos al mes
como objetivo, pero no creo que eso exija tanta cantidad de potencial humano
como se menciona.
Si deseo tanto que el ejército se planee a base de cincuenta o cincuenta y
cinco divisiones, ello se debe a que dudo de que los franceses concuerden en una
división de esfuerzos en la que nosotros nos encarguemos del aire y el mar
mientras ellos cargan en tierra con casi toda la efusión de sangre que será
necesaria. Tal arreglo podría sernos grato a nosotros, pero no me place la idea de
continuar la guerra solos.
Hay grandes peligros en el hecho de dar prioridad absoluta a un
departamento, cualquiera que fuere. En la guerra pasada, el Almirantazgo uso
egoístamente su prioridad, sobre todo durante el año último, en el que éramos
abrumadoramente superiores y teníamos a nuestro lado la flora americana. A
diario procuro reprimir tales tendencias, en beneficio común.
Como le indiqué en mi primera carta, la fabricación de granadas, armas y
cartuchería, así como la producción de explosivos y acero, no compite
directamente, mientras estén construyéndose las fábricas, con la muy diferente
clase de mano de obra precisa para la producción aeronáutica. En cambio, la
fabricación de vehículos mecánicos sí compite, y esto ha de ajustarse de modo
cuidadoso. Será prudente crear ya las fábricas de municiones para el ejército y
luego no habrá que nutrirlas sino según nuestros recursos lo consientan y el
carácter de la guerra lo exija. El factor tiempo es el regulador que debe aplicarse de
acuerdo con las circunstancias. En todo caso, si no se inician las fábricas ahora,
luego no podremos elegir entre usarlas o no.
Creo que convendría decir a los franceses que nos proponemos actuar sobre
una base de cincuenta o cincuenta y cinco divisiones. Pero debemos mantener
incierto si ese resultado se obtendrá dentro de veinticuatro meses, o de trece o
catorce.
Al acabar la última guerra teníamos unas noventa divisiones en todos los
frentes, producíamos dos mil aviones por mes y manteníamos una armada mucho
mayor que la necesaria y muy superior a la que ahora planeamos. Por lo tanto, no
creo que cincuenta o cincuenta y cinco divisiones y dos mil aviones por mes sean
finalidades inalcanzables, aunque desde luego las divisiones y aviación moderna
exigen un esfuerzo industrial mucho mayor, ya que todo se ha complicado mucho.

PRIMER LORD AL PRIMER MINISTRO

21-IX-39.

No sé si habrá pensado usted en la conveniencia de celebrar alguna reunión de los


ministros del Gabinete de Guerra sin secretarios y sin técnicos militares. No me
satisface que las cuestiones realmente importantes se discutan en nuestras
reuniones oficiales. Los responsables de la dirección de la guerra somos los
ministros, y tengo la certeza de que convendría que nos reuniéramos de vez en
cuando, como digo. Sobre los jefes de Estado Mayor recaen, si no, muchas cosas
que se evaden a su esfera profesional. Cierto que, en cambio, disponemos de
numerosos y valiosos informes suyos. Pero creo que debíamos discutir a solas la
situación general. En muchos puntos creo que ahora no llegamos a la raíz de las
cosas.
No he hablado de esto a ningún compañero, ni sé lo que opinan Como es mi
deber, expongo a usted mi parecer.

El 24 escribí al ministro de Hacienda:

He pensado mucho en usted y en sus problemas, ya que por algo he pasado por su
misma experiencia. Creo que conviene un presupuesto severo, fundado en bases
de amplitud, pero sin detrimento de una intensa campaña antidilapidativa. A
juzgar por los pequeños resultados conseguidos con nuestros gigantescos gastos de
ahora, creo que nunca el dinero ha rendido tan poco. En 1918, adoptamos una serie
de ingratas reglas contra la dilapidación, y creo que contribuyeron a nuestra
victoria. Podría usted insistir en esto en sus declaraciones del miércoles. Hemos de
esforzarnos en indicar a la gente las prodigalidades que debe evitar, No se trata de
abstenemos de gastar. Todo, incluso lo superfluo, debe gastarse prudentemente,
siempre que no se creen más necesidades. El material de oficina, por ejemplo, debe ser
regulado en todos los departamentos. Los sobres pueden usarse repetidamente.
Ello enseñará a pensar en el ahorro a los millones de funcionarios que hoy
tenemos.
Una activa campaña de ahorro se inculcó en 1918 en el frente, y la gente
acabó interesándose en ella y considerándola parte de la lucha. Debiéramos inducir
a seguir ese método a la hueste expedicionaria, con la excepción de las zonas de
fuego.
Yo me esfuerzo en podar en el Almirantazgo todos los planes amplios de
mejora naval que no hayan de entrar en acción hasta 1941, e incluso, en algunos
casos, hasta fines de 1940. No conviene que los encargados de nuestras
fortificaciones y otros funcionarios departamentales consuman nuestra fuerza en
planes en vasta escala que no han de madurar hasta después de los momentos
álgidos que decidirán nuestro destino.
Los departamentos, tras una indebida escasez, están ahora pletóricos. Desde
el punto de vista de usted, convendría que usted y sus técnicos, actuando como
críticos, impidiesen las exageraciones dilapidatorias. No se debe estorbar a los
departamentos que actúan en momentos de crisis, pero sí hacerlos responsables
siempre que incurran en gastos superfluos.
Confío en que no le moleste que le escriba sobre este tema, ya que me siento
tan preocupado por la administración del dinero como por el esfuerzo de guerra,
del cual la economía es parte integrante. En todos esos aspectos puede usted contar
con mi apoyo, y también, como jefe de un ministerio, con mi sumisión a su
fiscalización superior.

En toda guerra en que la flota real ha procurado señorear los mares, ha tenido que
pagar un precio: la exposición de inmensos blancos al enemigo. Los corsarios, los
cruceros sueltos y, sobre todo, los sumergibles, han causado siempre graves daños
en las líneas de nuestro comercio y nuestra importación de víveres. Por lo tanto, en
todos los casos hemos tenido que atender a una primordial función defensiva. De
esto dimana un peligro: el de adoptar una estrategia naval y una mentalidad
defensivas. Los progresos modernos agravan esa tendencia. En las dos grandes
guerras — durante parte de las cuales dirigí el Almirantazgo — siempre he
procurado deshacer tal obsesión defensiva, buscando medios contraofensivos.
Poner al enemigo en el temor de set arremetido en puntos indeterminados, alivia
mucho las tareas inherentes a la conducción a los puertos de cientos de buques y
miles de marineros. En la primera guerra mundial, yo esperaba encontrar en el
ataque a los Dardanelos, y más tarde a Borkum y otras islas frisias, el
procedimiento de recobrar la iniciativa y forzar a una potencia naval más débil a
estudiar sus problemas propios en vez de los nuestros. Al volver en 1939 al
Almirantazgo, una vez que dejé atendida la defensa contra los peligros
fundamentales, resolví no contentarme con el sistema de convoy y bloqueo, y me
apliqué a buscar el modo de atacar marítimamente a Alemania.
En primer término se me presentaba el Báltico. Si una flota británica
dominaba ese mar, podíamos obtener ganancias decisivas. Escandinavia, una vez
libre de la amenaza de invasión alemana, se incorporaría a nuestro tráfico de
guerra, si no llegaba a ser cobeligerante. Una escuadra inglesa dueña del Báltico,
podía Influir en toda la política y estrategia rusas. Estos hechos no los Ponían en
duda los hombres responsables y bien informados. Dominar el Báltico constituiría
una finalidad suprema para la flota Y para el país. ¿Podía ello obtenerse? La
escuadra alemana no ofrecía ahora obstáculo alguno. Cabía dragar los campos de
minas. Los sumergibles no impiden los movimientos de una flota defendida por
escuadrillas cazasubmarinas eficaces. Pero, en lugar de la poderosa armada
alemana de 1914-18, existía una aviación alemana formidable, inmensurable y que
crecía en importancia de mes en mes.
Si dos o tres años antes nos hubiéramos aliado con Rusia, podíamos haber
operado con una escuadra inglesa de batalla que tuviera su base en Cronstadt, en
unión de la flota rusa. Yo lo había indicado así a mis amigos. Falta saber si hubiera
sido cosa viable o no. Desde luego, habría valido para refrenar a Alemania, mas
existían otros modos más fáciles de hacerlo, y no se aplicaron. En el otoño de 1939,
Rusia era neutral, y casi hostil, oscilando entre el antagonismo y la guerra. Suecia
poseía varios puertos en los que cabía apostar una flota británica. Pero no
debíamos esperar que Suecia corriese el albur de una invasión alemana. Sin
dominar el Báltico no podíamos pedir un puerto sueco. Sin un puerto sueco, no
podíamos dominar el Báltico. Era un círculo vicioso. ¿Conseguiríamos romperlo?
Al menos valía la pena de probar. Se verá que durante la guerra hice planear varias
operaciones, que luego se abandonaron porque me pareció que no respondían a los
fines generales de la contienda. La primera de esas operaciones fue la del Báltico.

Al cuarto día de llegar al Almirantazgo, encargué se preparase un plan de


forzamiento de los accesos bálticos. La sección planeativa respondió que ello
exigiría la neutralidad italiana y japonesa, y que la defensa aérea podría resultar
prohibitiva. Esto aparte, la operación exigía cuidadoso planeamiento. Si se juzgaba
realizable, podía ejecutarse en marzo de 1940, o antes quizá. Hablé largamente con
el director de Construcción Naval — sir Stanley Goodhall, amigo mío desde 1911
— y él se sintió cautivado por la idea. Di a la operación el nombre de «Catalina», en
recuerdo de Catalina la Grande, ya que Rusia no se apartó jamás del fondo de mi
pensamiento. El 12 de septiembre, dirigí a las autoridades afectadas una detallada
minuta, que se hallará en el Apéndice B.
El almirante Pound, el 20, dijo que la operación dependía de que Rusia no se
uniese a Alemania, y de que Suecia y Noruega dieran seguridades de cooperación.
Añadió que teníamos que ganar la guerra contra cualquier combinación de
potencias sin contar con la fuerza que pudiéramos, o no, enviar al Báltico. No
obstante, se inclinaba a una operación explorativa. El 21 de septiembre, accedió a
que el conde de Cork y Orrey, distinguido oficial, trabajara en el Almirantazgo, con
locales y personal propio, preparando los informes necesarios sobre el proyecto de
ofensiva báltica. En la guerra anterior, había existido un precedente. Yo había
llevado al Almirantazgo al almirante «Tug» Wilson, con asenso de lord Fisher. Hay
otros ejemplos en que cosas de este género se resuelven de modo fácil y amistoso,
sin que los jefes de Estado Mayor interesados se sientan ofendidos.
Las opiniones de lord Cork y las mías se fundaban en la construcción de
acorazados capaces de resistir ataques de torpedos y aviones. Yo deseaba
transformar dos o tres acorazados del tipo «Royal Sovereing», haciéndolos aptos
para acciones costeras y en los estrechos mediante dispositivos especiales contra
los torpedos, y fuertes planchas protectoras de los puentes contra la acción aérea. A
fin de lograrlo, estaba dispuesto a sacrificar una o dos torres cañoneras y siete u
ocho nudos de velocidad. Aparte de en el Báltico, la empresa nos daría facilidades
ofensivas en el Mar del Norte y el Mediterráneo. De todos modos, nada podría
prepararse hasta finales de la primavera de 1940, y eso contando con los cálculos
más favorables de los constructores navales. A tal base, pues, nos atuvimos.
El 26, lord Cork presentó su apreciación preliminar, fundada en un estudio
puramente militar del problema. La operación que él debiera mandar — parecíale
verificable, pero arriesga da. Creía que era menester un 30 (Ye de superioridad
sobre la flota alemana, ya que habíamos de contar con pérdidas al franquear los
estrechos. Si actuábamos en 1940, la flota debía estar reunida, con todos los
elementos necesarios, a mediados de febrero. De modo que no había tiempo para
montar en los «Royal Sovereing» los blindajes de puentes y los dispositivos
laterales con que yo con, taba. Surgió una paralización. Cierto que una cosa así,
cuando no se efectúa en el momento que se piensa, puede realizarse más tarde: por
ejemplo, un año después. Sólo que en la guerra, como en la vida, las demás cosas
se mueven a la vez. Si cabe aguardar tranquilamente un año o dos, siempre se
encuentran mejores soluciones que actuando con apremio.
El subjefe del Estado Mayor Naval — Almirante «Tom» Phillips, muerto en
el «Prince of Wales», a fines de 1941, junto a Singapur — me apoyaba
calurosamente; y también el almirante Fraser, interventor de la armada y Tercer
Lord del Mar. Fraser me aconsejó añadir a la flota de asalto cuatro mercantes
rápidos de la línea Glen. Pero éstos hubieron de intervenir en otros sucesos.

Una de mis primeras tareas en el Almirantazgo consistió en examinar los


programas de nuevas construcciones, que habían entrado en vigor al estallar la
lucha.
Ordinariamente hay siempre, al menos, cuatro programas anuales
funcionando en el Almirantazgo. En 1936 y 1937, se inició la construcción de cinco
acorazados que debían entrar en servicio en 1940 y 1941. En 1938 y 1939 el
Almirantazgo autorizó la construcción de otros cuatro buques de batalla, que no
podrían terminarse en cinco años o seis. Había diecinueve cruceros en diversas
fases de construcción. Los tratados restrictivos de veinte años pacifistas habían
obstaculizado el genio constructivo y dañado la reputación de la real armada.
Todos nuestros cruceros se habían construido con arreglo a las limitaciones de
nuestros «acuerdes entre caballeros». En tiempo de paz, las construcciones tienden
al fin de mantener la fuerza de la marina en medio de ]as dificultades de orden
político. Pero, en tiempo de guerra, han de construirse buques con objetivos
tácticos definidos. Yo deseaba fabricar unos cuantos cruceros de 14.000 toneladas,
con cañones del 9,2, blindajes capaces de resistir los proyectiles de 8 pulgadas,
amplio radio de acción y velocidad superior al «Deustchland» y demás cruceros
alemanes. Las restricciones de los tratados habían impedido ir tal tipo de naves.
Pero ahora que quedábamos libres de prohibiciones, la necesidad de atender a lo
más urgente interponía un veto decisivo a todo plan a largo plazo.
Los destructores eran nuestra necesidad más apremiante y aquello de que
más carecíamos. No se había estipulado la botadura de ninguno en 1938, pero sí de
dieciséis en 1939. En conjunto, había en astilleros treinta y dos de esos
indispensables buques, y sólo nueve podían ser entregados antes de fines de 1940.
La irresistible tendencia a superar los tipos existentes, iba alargando el plazo de
construcción de los destructores, que a la sazón tardaban en botarse casi tres años
en lugar de dos. La armada deseaba, naturalmente, tener barcos capaces de
afrontar las olas atlánticas, y lo bastante grandes para poseer todas las mejoras
modernas en sus cañones, particularmente en los antiaéreos. Siguiendo esa línea de
progreso, se llega, al momento, en que lo que se construye es, más que un
destructor, un pequeño crucero. El desplazamiento se acerca a las dos mil
toneladas, e incluso las excede; y una tripulación de más de doscientos hombres
navega en un barco casi desarmado, presa fácil de cualquier crucero regular. El
destructor es la principal de las armas antisubmarinas, pero cuanto más aumenta
su tamaño más se convierte en un objetivo débil y apetecible. De cazador, el
destructor acaba trocándose en cazado. Nos convenía disponer de muchos
destructores, pero su perpetua mejora y aumento imponía severas limitaciones al
número que los astilleros podían construir, y atrasaba su botadura.
Por otra parte, rara vez hay en el mar menos de dos mil barcos mercantes
ingleses. De nuestros puertos metropolitanos zarpan y arriban semanalmente
cientos de buques de alto bordo y miles de cabotaje. El sistema de convoyes, las
patrullas en los estrechos, la protección de los cientos de puertos de las Islas
Británicas, el atender a las bases navales diseminadas en el mundo, la cobertura de
las incesantes tareas de los dragaminas, eran cosas que requerían una inmensa
multiplicación de nuestros pequeños bajeles armados. El reunir mucho número y
el acelerar su construcción se convirtieron en los factores dominantes.
Mi deber consistía en amoldar los programas a las necesidades del
momento, realizando la mayor expansión posible de nuestros buques
antisubmarinos. Con ese fin establecí dos principios. Según el primero, el
programa a largo plazo quedaba suspendido o muy demorado, concentrando así
trabajo y materiales en las naves botables en un año o año y medio. En segundo
lugar, había que planear nuevos modelos de buque antisubmarino capaces de
actuar en los accesos a las islas, dejando libres para misiones más lejanas a los
destructores grandes.
Acerca de estos asuntos envié varios escritos a mis compañeros del
Almirantazgo.
La amenaza submarina, que se renovará en mucho mayor escala a fines de 1940, exige que
el tipo de destructor que construyamos responda más al número y a la celeridad de
construcción que al tamaño y la potencia. Han de trazarse destructores que puedan
botarse en un año, y se deben comenzar a construir ya cincuenta. Comprendo bien
la necesidad de fabricar destructores grandes, capaces de servir de insignia de
flotilla y realizar servicios oceánicos, pero si unimos a la escuadra los cincuenta
destructores de tipo medio a que me refiero, los mayores quedarán libres para
actuar en los océanos y para el combate.

El conflicto usual entre sistemas a largo y a corto plazo alcanza mayor intensidad
en la guerra. Prescribí que todo trabajo que pudiese competir con las
construcciones esenciales fuese suspendido cuando se refiriera a barcos grandes
que no pudieran entrar en servicio hasta fines de 1940. En cambio, debían
multiplicarse las flotillas antisubmarinas cuyas unidades pudieran construirse en
doce meses y, a ser posible, en ocho. Dimos a este primer tipo de buque el antiguo
nombre de corbeta. Se había mandado construir 68 corbetas poco antes de empezar
la guerra, pero ninguna se hallaba en grada. En 1940, se ordenó la construcción de
barcos de tipo similar, aunque mejorados, a los que llamamos fragatas. A todo esto
unimos gran número de buques pequeños de muchos tipos, particularmente
pesqueros, que habían de ser adaptados a toda prisa y equipados con asdic, cargas
de profundidad y cañones para las tareas costeras se necesitaban motoras de un
nuevo estilo planeado por el Almirantazgo. Se dieron órdenes de construcción,
poniendo en juego el máximo de nuestros recursos navieros y los del Canadá. Aun
así no alcanzamos cuanto queríamos y surgieron retrasos — inevitables a causa de
las condiciones existentes — en cuya virtud los astilleros hicieron sus entregas
mucho más lentamente de lo esperado9.

En las discusiones, acabaron imponiéndose mis miras acerca de la empresa báltica


y la reconstrucción de acorazados. Se trazaron diseños y se encargaron tareas. Pero
se dieron diversas razones — algunas bien fundadas — para aplazar el trabajo. Se
dijo que los «Royal Sovereign» podían necesitarse para proteger los convoyes si
irrumpían en el océano los acorazados alemanes de bolsillo o los cruceros con
cañones de ocho pulgadas. Se alegó que el plan estorbaba de modo inaceptable
otras actividades esenciales. Lamenté en el alma no llevar a la práctica mi proyecto
de reunir una escuadra de acorazados pesadamente protegidos, con una velocidad
no mayor de quince nudos, erizados de piezas antiaéreas y capaces de resistir, en
un grado no conseguido por nave alguna, los ataques aéreos y submarinos.
Cuando en 1941 y 42 alcanzaron tanta importancia la defensa de Malta, el
bombardeo de los puertos italianos y las operaciones contra Trípoli, otros sintieron
la necesidad de aquellos acorazados tanto como yo. Pero ya era tarde Durante toda
la guerra, los «Royal Sovereign» fueron fuente de gastos e inquietudes. Ninguno
de ellos llegó a ser reconstruido, como lo fueran los «Queen Elizabeth». En abril de
1942 se presentó la posibilidad de enfrentarlos a la flota japonesa que operaba en el
Océano Índico, pero el almirante Pound y el ministro de Defensa no pensaron sino
en poner entre los acorazados y el enemigo tantos miles de millas, y tan pronto,
como fue hacedero.

Al encargarme del Almirantazgo e ingresar en el Gabinete de Guerra, me apresuré


a formar una sección estadística propia. Encargué de ella al profesor Lindemann,
mi amigo y confidente de tantos años. Los dos formamos cómputos y supuestos
sobre todo lo que nos interesaba. Le instalé en el Almirantazgo, en unión de media
docena de estadísticos y economistas que tenían orden de no atender sino a las
realidades. Este grupo de hombres inteligentes, con acceso a todos los informes
oficiales, actuó bajo la dirección de Lindemann, presentándome continuamente
tablas y gráficos ilustradores de tantos aspectos de la guerra como entraban en el
área de nuestro conocimiento. Ellos examinaban y analizaban, con incansable
pertinacia, todos los documentos departamentales que se enviaban al Gabinete de
Guerra y ejecutaban las investigaciones que me convenía efectuar.
No existía entonces una organización general de estadística. Cada
departamento presentaba sus propios datos y cifras. El ministerio del Aire
calculaba de un modo, y el de la Guerra de otro. El ministerio de Suministros y el
de Comercio, aunque tendiendo a lo mismo, hablaban distintos lenguajes. Esto
produjo, a veces, incomprensiones y despilfarros de tiempo al discutir ciertos
puntos en el Gabinete. Pero yo, desde el principio, dispuse de propias y seguras
fuentes informativas, que me daban orientaciones en que cada parte iba
íntegramente unida al conjunto. Esto, al principio, sólo abarcó parte de los asuntos
que tratábamos, mas me sirvió de mucho para formar una perspectiva exacta y
general respecto a los innúmeros hechos y cifras que sobrevenían ante nosotros.
CAPÍTULO V

EL FRENTE DE FRANCIA

El cuerpo expedicionario pasa a Francia. — Fortificación de la frontera belga. —


Ventajas de la agresión. — Francia y la ofensiva. — La Línea Maginot. — Aceptación de la
conveniencia de la defensiva. — Otras opiniones francesas. — Cálculos de los jefes ingleses
de Estado Mayor. — El error de Hitler. — Fuerzas relativas en el oeste. — Posibles líneas
de ataque alemán. — Opinión de los jefes ingleses de Estado Mayor: su documento del 18
de septiembre de 1939. — El plan D. de Gamelin. — Orden núm. 8. — Reunión del
Supremo Consejo Aliado en París (17 noviembre). — Adopción del plan D. — Extensión
del plan a Holanda.

En cuanto estalló la guerra, nuestro cuerpo expedicionario empezó a


trasladarse a Francia. Antes de la guerra anterior, se habían pasado tres años, al
menos, haciendo preparativos, pero en esta ocasión el ministerio de la Guerra no
creó una sección especial, con el fin de atender al embarque, hasta la primavera de
1938. Ahora se presentaban dos nuevos y serios factores. El equipo y organización
de un ejército moderno eran cosas mucho más complejas que en 1914. Cada
división tenía sus transportes mecánicos, y una proporción mucho mayor de
elementos no combatientes. En segundo término, un exagerado temor a los ataques
aéreos contra los transportes y puntos de desembarque, hizo que el ministerio de la
Guerra sólo usase los puertos meridionales franceses, y St. Nazaire, que se
convirtió en la base principal. Esto alargaba las comunicaciones del ejército y
retardaba su llegada, despliegue y mantenimiento, consumiendo en la ruta
profusión de recursos suplementarios10.
Por curioso que parezca, no se había decidido antes de la guerra el sector
que iban a guarnecer nuestras tropas, aunque se presumía que irían a alinearse al
sur de Lille. Esto se confirmó el 22 de septiembre. A mediados de octubre, cuatro
divisiones inglesas, distribuidas en dos cuerpos de ejército de alta calidad
profesional, se hallaban en la frontera de Bélgica. Ello significaba la existencia de
250 millas de ferrocarriles y carreteras entre la fuerza y los lejanos puertos por los
que se abastecía. Tres brigadas de a pie, que llegaron por separado entre octubre y
noviembre, formaron, en diciembre de 1939, la quinta división. La 48 llegó en
enero de 1940, la 50 y 51 en febrero, y la 42 y 44 en marzo Habíamos destacado,
pues, diez divisiones y, a medida que crecíamos en número, ocupábamos más
frente. En ningún lugar estábamos en contacto con el enemigo.
Al ocupar nuestras tropas sus posiciones, hallaron preparada una zanja
antitanque a lo largo del frente. Cada mil metros poco más o menos había una
grande y muy visible casamata que enfilaba la zanja con sus ametralladoras y
piezas antitanque. Existía también una alambrada continua. Gran parte del trabajo
de nuestras tropas en aquel otoño e invierno consistió en mejorar las defensas
francesas, organizando en ellas una especie de Línea Sigfrido. A pesar del frío, se
laboraba de prisa. Las fotografías aéreas mostraban el ritmo con que los alemanes
extendían la Línea Sigfrido al norte del Mosela. A despecho de las muchas ventajas
de que disponían en recursos interiores y mano de obra forrada, nosotros
llevábamos un paso semejante al suyo. Al desencadenarse la ofensiva de mayo de
1940, nuestras tropas habían construido cuatrocientas nuevas casamatas. Se habían
cavado cuarenta millas de zanja antitanque y montado muchas barreras de espino
artificial. La larga línea de comunicaciones con Nantes operaba de firme. Se habían
creado bases, reparado caminos, tendido cien millas de ferrocarril de vía ancha,
instalado un extenso sistema de hilos telefónicos subterráneos y construido, casi
por completo, puestos de mando ocultos para el ejército y sus cuerpos. Se
acondicionaron cerca de cincuenta aeródromos y pistas de despegue, usándose en
ellos más de cincuenta mil toneladas de cemento.
El ejército trabajaba activamente en estas faenas. Para variarlas, se
destacaron brigadas, por turno, hacia un sector, un sector del frente, cerca de Metz,
en donde se había entrado en contacto con el enemigo y había por lo menos alguna
actividad de patrullas. El resto del tiempo lo invertían nuestras tropas en la
instrucción. Esto era necesario. La preparación de nuestro ejército al estallar la
guerra, era muy inferior a la que tenía el ejército de sir John French un cuarto de
siglo antes. Hacía años que las tropas no realizaban en la metrópoli ejercicios de
importancia. El ejército regular tenía 20.000 hombres — incluso 5.000 oficiales —
menos de los calculados. Además, según el sistema Cardwell, había que atender a
la defensa de la India, y la escasez de hombres recaía en las tropas metropolitanas,
que estaban reducidas poco más a que sus cuadros. El precipitado, aunque bien
intencionado, acuerdo de duplicar el ejército territorial (marzo 1939) y la creación
de la milicia en mayo del mismo año, exigió que se sacasen del ejército muchos
instructores. Los meses de invierno pasados en Francia fueron, pues, útiles, ya que
permitieron desarrollar tareas adiestrativas combinadas con las fortificativas.
Nuestro ejército mejoró mucho y, a despecho del mucho trabajo y la falta de
fogueo, su moral y espíritu aumentaron.
A retaguardia, siguiendo las líneas de comunicaciones, se escalonaban
inmensos arsenales. Entre el Sena y el Somme se hacinaban pertrechos para diez
días, y para siete días más, al norte del Somme. Esta última previsión salvó al ejército
después de la irrupción alemana. Gradualmente, y en vista de la calma que existía,
se pusieron en servicio algunos puertos situados al norte del Havre. Dieppe se
convirtió en base de hospitales, Fécamp en depósito de municiones, y al final
utilizábamos en total trece puertos franceses.

Un gobierno que, no dejándose vincular por ley ni tratado alguno, ataca a países
cuyo impulso de guerra nace después de la agresión y que carecen de planes
belicosos, goza de una desmesurada ventaja. Hitler, sin otro freno que el de la
fuerza superior que pudiera encontrar, podía arremeter cuando y donde quisiera.
En cambio, las dos potencias occidentales no podían violar la neutralidad de
Bélgica. Lo más que podían hacer era acudir cuando se les pidiese socorro, es decir,
cuando probablemente fuese demasiado tarde. Claro que si la política franco-
inglesa durante los cinco años últimos de preguerra hubiese sido viril y resuelta,
sin faltar a la santidad de los tratados ni a los principios de la Sociedad de
Naciones, Bélgica se habría adherido quizá a sus antiguas aliados, formando un
frente común con ellos. Esto nos hubiese dado una gran seguridad y tal vez
evitado los desastres que sobrevinieron.
Alianza tal, debidamente organizada, hubiera, estableciendo baluartes de la
frontera de Luxemburgo al mar, evitado el terrible movimiento de flanco que tan
caro nos costó en 1914 y que tanto contribuyó en 1940 a la ruina de Francia. Esas
defensas hubiesen también permitido avanzar rápidamente desde Bélgica hasta el
corazón de la cuenca industrial del Ruhr, añadiendo un poderoso obstáculo a la
invasión alemana. En el caso peor, Bélgica no hubiera sufrido más de lo que sufrió.
Recordemos, sin embargo, que los Estados Unidos permanecían al margen; que
Ramsay MacDonald propugnaba el desarme de Francia; que habíamos aceptado
repetidos desaires y humillaciones con motivo de las infracciones alemanas de las
cláusulas de desarme; que toleramos la absorción de Austria; que nos sometimos a
la violación alemana de Renania; que pactamos en Munich y permitimos la
ocupación nazi de Praga. Y, si todo eso rememoramos, no habrá en Francia ni en
Inglaterra político responsable alguno que, habiendo ejercido el poder en aquellos
años, censure la actitud de Bélgica. En un período de vacilación y apaciguamiento,
los belgas se aferra ron a la neutralidad, acariciando vanas esperanzas de que
podrían contener a los alemanes en sus fortificaciones fronterizas hasta que los
franco-ingleses acudieran en su socorro.

*
En 1914, reinaba en el ejército y nación franceses un vehemente espíritu ofensivo,
transmitido de padres a hijos desde 1870. Se sostenía la doctrina de que la potencia
numéricamente inferior sólo podía rechazar la invasión mediante la contraofensiva
táctica y estratégica en todas partes. Al comenzar 1914, los franceses, con sus
guerreras azules y sus calzones rojos, marchaban hacia adelante mientras sus
bandas tocaban La Marsellesa. Donde esto sucedía los invasores hacían alto y
disparaban sobre los atacantes, con devastador efecto. El coronel Grandmaison,
apóstol del credo ofensivo, murió en vanguardia, luchando por su patria y su
doctrina. En La Crisis Mundial he explicado por qué el poder de la defensiva
predominó de 1914 a 1917. El fusil de repetición, usado con tanta eficacia por un
puñado de boers en la guerra de África del Sur, causaba a las tropas que
avanzaban al descubierto bajas gravísimas, si no decisivas. Y, además, cada vez se
empleaban más ametralladoras.
Había que contar también con las grandes batallas de artillería. Cientos y
hasta miles de cañones pulverizaban una zona determinada. Si, tras heroicos
sacrificios, llegaban los aliados a la línea enemiga, se hallaban ante sucesivas
barreras de fortificaciones. Los cráteres abiertos en el frente enemigo por el
cañoneo se convertían en obstáculos decisivos del avance, incluso en caso de éxito.
A una sola conclusión cabía llegar: la superioridad de la defensiva. Además, en los
veinticinco años transcurridos el poder de las armas de fuego había crecido
enormemente. Pero, como pronto se verá, ello, si ejercía un efecto, tenía un
contraefecto también.
La Francia de 1939 difería mucho de la que se enfrentó en agosto de 1914 con
su antiguo enemigo. El espíritu de desquite se había extinguido con la victoria. Los
jefes de antaño habían muerto hacía tiempo. El pueblo francés había perdido un
millón y medio de hombres en la flor de la edad. La acción ofensiva aparecía, ante
las mentes de los franceses, conectada con los fracasos iniciales de los empujes
franceses de 1914, con el de Nivelle en 1917, con las largas y torturadoras luchas
del Somme y Passchendaele, y sobre todo con la idea de que el poder de las armas
de fuego modernas era ruinoso para el atacante. Ni en Francia ni en Inglaterra se
comprendía debidamente el hecho de que los vehículos blindados son capaces de
resistir el fuego de artillería y de avanzar cien millas diarias. Nadie se había
preocupado de un libro que sobre ese nuevo factor había publicado años atrás un
comandante llamado De Gaulle. La autoridad del anciano mariscal Pétain en el
Conseil Supérieur de la Guerre influía poderosamente en el pensamiento militar
francés, cerraba el paso a nuevas ideas y, en particular, desalentaba el uso de lo
que, por singulares razones, se llamaban «armas ofensivas».
A la luz de lo ocurrido ulteriormente, se ha condenado la política militar
fundada en la Línea Maginot. Es cierto que ésta engendró una mentalidad
defensiva, pero siempre es discreta precaución proteger una frontera de cientos de
kilómetros mediante fortificaciones, economizando el uso de tropas en misiones
sedentarias y «canalizando» la posible invasión. Usada adecuadamente en el plan
francés de guerra, la Línea Maginot hubiera podido rendir inmensos servicios a
Francia. Podría haberse considerado como una larga sucesión de valiosos puntos
de arranque y, sobre todo, como el medio de (cerrando vastas porciones de frente)
acumular reservas generales, o masas de maniobra.
Teniendo en cuenta la disparidad de habitantes entre Alemania y Francia,
debemos considerar la Línea Maginot como una muy sabia medida. Lo
extraordinario es que no se prolongase hasta el Mosa. En ese caso pudiera haberse
considerado un eficaz escudo que permitiera mover libremente la espada francesa.
Mas el mariscal Pétain se opuso a esa extensión. Afirmó vigorosamente que las
Ardenas podían, por lo abrupto de su terreno, considerarse como un medio
canalizativo de la invasión. Por lo tanto, se prescindió de fortificarlas. Cuando
visité la Línea Maginot en 1937, el general Giraud me explicó los conceptos
ofensivos que la presidían. Pero no se pusieron en práctica tales conceptos, y la
Línea, a más de absorber gran número de soldados y técnicos, ejerció un efecto
enervante sobre la estrategia militar y la vigilancia nacional.
Se estimaba, con razón, que el arma aérea sería un factor revolucionario en
las operaciones. Considerando el número de aviones — relativamente pequeño —
que ambos bandos tenían entonces, los efectos de la aviación se exageraban. En
general, se creía que los aviones favorecerían la defensiva, estorbando las
comunicaciones y concentraciones de los grandes ejércitos que se lanzaran al
ataque. El período de la movilización fue considerado por el mando francés como
muy crítico, a causa del temor de que fueran destruidos los nudos ferroviarios. No
obstante, tanto los alemanes como los aliados no disponían de un número de
aeroplanos suficientes para semejante tarea. Los pensamientos expresados por los
jefes de aviación eran, con todo, correctos y fueron justificados en los últimos años
de la guerra, cuando la potencia aérea de todos se decuplicó hasta dos veces. Mas
tales juicios eran, al comienzo, prematuros.

Es broma usual en Inglaterra el decir que en el ministerio de la Guerra se está


siempre preparando la contienda anterior. En cualquier caso, ello es cierto en otros
departamentos y en otros países, y lo era sin duda en el ejército francés. Yo mismo
tenía la impresión del superior valor de la defensiva, siempre que se organizara
activamente. Me faltaban informes que me permitiesen rectificar este criterio. Sabía
que la carnicería de la otra guerra había hecho profunda mella en el ánimo francés.
Los alemanes habían tenido tiempo para erigir la Línea Sigfrido. Era terrible lanzar
a la juventud de Francia contra aquella muralla de fuego y cemento. En el apéndice
J doy una especie de método (llamado «Cultivador número 6»), con el que creía
entonces poder batir a la larga la potencialidad de fuego de la defensiva. Pero en
los meses iniciales de la segunda guerra mundial yo concordaba con el criterio
general sobre la defensiva, y me parecía que los cañones de campaña y los
obstáculos contra los tanques, siempre que éstos estuviesen bien colocados, y
aquéllos suficientemente municionados, podían valer para rechazar a las fuerzas
blindadas, salvo en caso de obscuridad o de niebla natural o artificial.
En los problemas que el Todopoderoso plantea a sus humildes servidores,
las cosas casi nunca ocurren dos veces del mismo modo. Y, aun si parecen ocurrir
así, presentan alguna variante que impide la generalización. La mente humana,
salvo cuando la guía un genio extraordinario, no puede superar las conclusiones
establecidas en medio de las cuales se ha educado. Tras ocho meses de inactividad
íbamos a ver iniciar a Hitler una vasta ofensiva, conducida por masas de vehículos
blindados a prueba de artillería. Ese empuje debía romper toda oposición
defensiva y, por primera vez en siglos — tal vez, incluso, desde la invención de la
pólvora—, iba a tornar la artillería casi impotente en el campo de batalla.
Habíamos de ver también que el acrecimiento del poder de fuego contribuiría a
hacer las batallas menos sangrientas, al permitir defender con pocos hombres
vastos terrenos, ofreciendo por tanto muchos menos blancos humanos.

Jamás frontera alguna ha recibido la misma atención estratégica, ni pasado por


iguales experimentos que la que, en los Países Bajos, separa a Francia de Alemania.
Todos los aspectos del terreno, sus alturas y sus cursos fluviales, han sido
estudiados durante siglos, siempre con arreglo a las experiencias de las últimas
campañas, por todos los generales y colegios militares de la Europa occidental. En
aquel período, había dos líneas por las que los aliados podían avanzar para
socorrer a Bélgica si ésta era invadida por los alemanes. La primera era la que
podríamos llamar línea del Escalda11, que estaba a poca distancia de la frontera
francesa y apenas exigía correr riesgo alguno. En el caso peor, ningún mal causaría
sostenerla como un «falso frente». Y en el mejor, podía usarse según los
acontecimientos. La segunda línea, mucho más ambiciosa, seguía el Mosa, por
Givet, Dinant, Namur y Lovaina, hasta Amberes. Si esta arriesgada línea era
sostenida por los aliados mediante duras batallas, el ala derecha alemana podía
quedar fuertemente contenida. Y en caso de que los ejércitos alemanes se
acreditasen de inferiores, tal línea ofrecería un admirable preludio a la entrada y
dominio del esencial centro de producción de municiones del Ruhr.
Si un avance por Bélgica sin asenso de este país quedaba excluido por
razones de moral internacional, sólo restaba una posibilidad de ataque por la
frontera franco-alemana. Podía atacarse hacia el este cruzando el Rin al norte y sur
de Estrasburgo en dirección a la Selva Negra, comarca que, como las Ardenas, se
consideraba mal terreno para la ofensiva. Podíamos también avanzar desde el
frente de Estrasburgo-Metz hacia el Palatinado, en dirección noroeste. Este
movimiento, con el ala derecha en el Rin, permitiría dominar este río hasta
Coblenza o Colonia. El terreno era bueno para combatir. Semejantes posibilidades,
con muchas variantes, habían sido estudiadas en las escuelas superiores militares
de la Europa occidental durante muchos años. Mas, en este sector, la Línea
Sigfrido, con sus bien construidas casamatas de cemento, que se apoyaban unas a
otras, que estaban organizadas en profundidad y que se protegían con alambradas,
era ya formidable en septiembre de 1939. La fecha más temprana en que los
franceses pudieron haber desencadenado un gran ataque, acaso fuera a fines de la
tercera semana de septiembre. Sólo que entonces ya había terminado la campaña
polaca. A mediados de octubre, los alemanes tenían setenta divisiones en el frente
occidental. La oscilante superioridad numérica de que disponía Francia en el oeste
se disipaba. Una ofensiva en el este habría desguarnecido su frente septentrional,
mucho más importante. Aunque los franceses alcanzasen un éxito al principio, al
cabo de un mes hubiérales costado gran trabajo mantener sus conquistas en el este,
mientras en el norte quedaban expuestos a la plena fuerza del contragolpe alemán.
Surge una pregunta obvia: ¿por qué permanecieron pasivos los occidentales
mientras Polonia estaba siendo destrozada? Contestaremos que tal batalla se había
perdido hacía varios años. En 1938, había grandes posibilidades de victoria
mientras aún existía Checoeslovaquia. En 1936, no hubiera habido apenas
oposición. En 1933, una orden de Ginebra habría sido cumplida sin sangre. No es
Gamelin el único criticable porque en 1939 no corriera unos riesgos enormemente
aumentados desde las crisis anteriores, en las que los gobiernos francés e inglés
habían retrocedido.
Los jefes del Estado Mayor británico calculaban que el 18 de septiembre los
alemanes habían movilizado lo menos 116 divisiones de todas clases, divididas
como sigue: frente occidental, 42 divisiones; Alemania central, 16 divisiones; frente
oriental, 58 divisiones. Por los datos enemigos sabemos que ese cálculo era casi
justo. Los alemanes oscilaban entre 108 y 117 divisiones. Polonia fue atacada por 58
de las mejores. Quedaban, pues, de 50 a 60 de calidad variable. De Aquisgrán a la
frontera suiza se escalonaban 42 (14 activas, 25 de reserva y 3 de Landwehr). Las
fuerzas blindadas alemanas estaban peleando con Polonia, o bien no existían, y
apenas había comenzado la producción de tanques en gran escala. La fuerza
expedicionaria inglesa era una mera contribución simbólica. Sumaba dos
divisiones en la primera semana de octubre y cuatro en la segunda. A pesar de la
enorme mejora en fuerzas relativas obtenida desde Munich, el alto mando alemán
miraba con profunda ansiedad su situación en el oeste mientras Polonia resistía.
Sólo la despótica autoridad de Hitler, su voluntad y su criterio político, cinco veces
acertado, acerca de que Francia e Inglaterra no lucharían, indujo u obligó a los
militares a correr un riesgo que creían injustificado.
Hitler se hallaba convencido de que el sistema político francés estaba
corrompido hasta el meollo y había infectado al ejército. Conocía el poder de los
comunistas en Francia y pensaba que podrían paralizar toda acción una vez que
Ribbentrop y Molotov se habían entendido. Moscú acusaba a los gobiernos inglés y
francés de provocar una guerra capitalista e imperialista. El Führer tenía a la Gran
Bretaña por pacifista y degenerada. Creía que Chamberlain y Daladier habían sido
forzados a declarar la guerra por una minoría belicosa, pero opinaba que no
lucharían a fondo y que, una vez aplastada Polonia, aceptarían el hecho
consumado, como un año atrás ocurriera con Checoeslovaquia. El instinto de
Hitler había acertado siempre, y siempre errado el criterio de sus generales. Hitler
no comprendía el profundo cambio que se produce en Inglaterra y su imperio
cuando se da la señal de guerra. En ese momento los más ardientes mantenedores
de la paz se tornan en infatigables paladines de la contienda. Hitler no adivinaba la
fuerza mental y espiritual de los insulares, quienes, por opuestos que sean a la
guerra y la preparación militar, han llegado, en el curso de los siglos, a considerar
la victoria como una cosa que les corresponde de derecho. De todas suertes, el
ejército inglés no era, al comienzo, un factor considerable, y la nación francesa no
se había aplicado de corazón a la guerra. En resumen, Hitler mandó y fue
obedecido.

Creían nuestros militares que cuando Alemania derrotase por completo a Polonia,
habría de mantener en ella unas 15 divisiones, gran proporción de las cuales
tendrían poca categoría. Si los alemanes desconfiaban de Rusia elevarían sus
fuerzas del este a cosa de 30 divisiones. En el supuesto menos favorable, Alemania
podría retirar 40 divisiones del frente oriental y concentrar unas 100 en el oeste.
Por entonces, los franceses habrían movilizado en Francia 72 divisiones, más las 12
ó 14 de guarnición de fortalezas y las 4 divisiones inglesas. Se necesitarían 12
divisiones para vigilar la frontera italiana y, por lo tanto, quedarían 76 ante
Alemania. El enemigo, pues, tendría una superioridad de cuatro a tres respecto a
los aliados y además podría agregar divisiones de reserva, hasta organizar 130 en
la frontera en un cercano futuro. Los franceses tenían otras 14 divisiones en África
y les cabía llamar algunas de ellas, y, eso aparte, la Gran Bretaña podría ir
suministrando sucesivamente fuerzas suplementarias.
Los Jefes de Estado Mayor calculaban que Alemania, una vez liquidada
Polonia, reuniría dos mil aviones de bombardeo12 contra 950 que poseían Inglaterra
y Francia. De modo que, tras batir a Polonia, los alemanes serían en tierra y aire
más poderosos que Francia e Inglaterra combinadas. No podía, pues, emprenderse
una ofensiva francesa. ¿Existían probabilidades de una ofensiva alemana contra
Francia?
Tres eran los métodos utilizabas. El primero, invadir Francia a través de
Suiza. Así se rodeaba el flanco meridional de la Línea Maginot. Pero las
dificultades geográficas y estratégicas eran grandes. Cabía, en segundo lugar,
invadir Francia por la frontera común. Esto parecía inverosímil, porque no se creía
que el ejército alemán estuviese suficientemente equipado para atacar de frente la
Línea Maginot. En tercer término podía invadirse Francia a través de Holanda y
Bélgica. Esto equivaldría a rodear la Línea Maginot y a evitar las pérdidas propias
de un ataque frontal contra unas fortificaciones permanentes. Los jefes de Estado
Mayor estimaban que para ese asalto Alemania necesitaría traer del frente oriental
29 divisiones en la fase inicial, escalonando detrás otras 14, como refuerzo de sus
tropas del oeste. Tal movimiento no podría completarse, ni apoyarse con la
suficiente artillería, hasta transcurridas tres semanas, y los preparativos serían
advertidos por nosotros con quince días de antelación a la embestida. Ya estaba la
estación muy adelantada para operación semejante, mas no cabía excluir su
posibilidad.
Podíamos tratar de retrasar el movimiento alemán de este a oeste, mediante
acometidas aéreas a las comunicaciones y zonas de concentración. En
consecuencia, era de esperar un ataque aéreo encaminado a eliminar las fuerzas
aliadas de aviación en los aeródromos y a destruir las fábricas aeronáuticas. Por lo
que a nosotros nos afectaba, un ataque así no tenía por qué intimidamos. Nuestra
siguiente tarea consistía en rechazar el avance alemán por los Países Bajos. No
podríamos contenerlo en Holanda, pero era del mayor interés para los aliados
refrenarlo en Bélgica. Los miembros del Estado Mayor escribían: «Creemos que los
franceses piensan que, mientras los belgas sostengan el Mosa, los franceses e
ingleses deben ocupar la línea Givet-Namur, con la fuerza expedicionaria inglesa a
la izquierda. Opinamos que no sería acertado este plan a menos de que se concierten
acuerdos con los belgas para la ocupación de esta línea con antelación al avance alemán... A
menos de que la presente actitud belga se altere y se preparen planes para la pronta
ocupación de la línea Givet-Namur [llamada también Mosa-Amberes], entendemos que el
avance alemán debe rechazarse en posiciones preparadas en la frontera francesa». En este
caso, sería necesario bombardear las poblaciones belgas y holandesas y los nudos
ferroviarios ocupados o usados por los alemanes.
Puede referirse ya la ulterior historia de tan importante asunto. Se discutió el
problema el 20 de septiembre en el Gabinete de Guerra, y, tras breve debate, se
pasó al Consejo Superior de Guerra. Este, a su tiempo, pidió su criterio a Gamelin,
quien se limitó a decir que el Plan «D» (avance hasta la línea Mosa-Amberes) había
sido estudiado en un documento de la delegación francesa. El pasaje esencial de
este documento decía: «Si se nos llama a tiempo, los anglofranceses entrarán en
Bélgica, mas no para entablar batalla campal. Las líneas admitidas como defensivas
son la del Escalda y la del Mosa-Namur-Amberes». Tras estudiar la respuesta
francesa, el Estado Mayor británico presentó otro escrito al Gabinete, el cual
discutió la posibilidad de un avance hasta el Escalda, pero no la mucho mayor
empresa de ocupar la línea Mosa-Amberes. Cuando el Estado Mayor sometió su
memoria al Gabinete (4 octubre), los jefes militares no mencionaron la otra e
importante variante del Plan «D». Se consideró, pues, en el Gabinete que las miras
de nuestro Estado Mayor habían sido atendidas y que no se necesitaba ninguna
decisión ulterior. Yo estuve presente en todas las reuniones y no advertí que
quedase pendiente nada de importancia. En octubre no se llegó a ningún acuerdo
con los belgas y se admitió que el avance no pasaría del Escalda.
Entre tanto, Gamelin, negociando secretamente con los belgas, estipuló:
primero, que el ejército belga se mantuviera al máximo de su fuerza, y segundo,
que se prepararan defensas en la línea, más avanzada, de Lovaina a Namur. A
comienzos de noviembre, se llegó a un acuerdo con los belgas respecto a esos
extremos, y del 5 al 14 se celebraron una serie de conferencias en Vincennes y La
Ferté. En algunas de estas reuniones estuvieron presentes Ironside, Newall y Gort.
El 15 de noviembre, Gamelin expidió su orden número 8, confirmando los
acuerdos del 14 y diciendo que se ayudaría a los belgas, «si las circunstancias lo
permitían», mediante un avance hacia la línea Mosa-Amberes. El Consejo Supremo
Aliado se reunió en París el 17 de noviembre. Chamberlain llevó consigo a lord
Halifax, lord Chatfield y sir Kingsley Wood. Yo aun no estaba en posición que me
permitiera acompañar al Primer Ministro a tales reuniones. Se adoptó esta
decisión: «Dada la importancia que tiene el fijar a los alemanes lo más al este que
se pueda, es esencial esforzarse en mantener la línea Mosa-Amberes en caso de que
los alemanes invadan Bélgica» Chamberlain y Daladier insistieron en la
importancia que daban a esa resolución, que desde entonces rigió nuestros actos.
De hecho, habíamos votado en pro del Plan «D», el cual se sobrepuso al más
modesto acuerdo de llegar al Escalda.
Como adición al plan sobrevino una nueva tarea a cargo del 7.° ejército
francés. A principios de noviembre se habló de un avance de este ejército por la
costa, cubriendo el flanco izquierdo aliado. Giraud, que mandaba en Reims una
fuerza de reserva, recibió el mando del 7.° ejército. El objetivo consistía en entrar en
Holanda por Amberes para ayudar a los holandeses y ocupar parte de las islas de
Walcheren y Beverland. Todo esto habría sido admirable en caso de paralizar a los
alemanes en el Canal Alberto. Gamelin lo deseaba. Georges lo juzgaba una
extensión exagerada de nuestros objetivos y prefería que aquellas tropas fuesen
colocadas como reserva a retaguardia de nuestro centro. Yo ignoraba estas
diferencias.
En tal actitud pasamos el invierno y esperamos la primavera. En los seis
meses que mediaron hasta el empuje alemán, no se tomó decisión ni se adoptó
principio estratégico nuevo alguno, ni por los estados mayores aliados, ni por sus
gobiernos
CAPÍTULO VI

LA LUCHA SE AGRAVA

Sondeos de paz. — Los aliados los rechazan. — Los Soviets absorben a los Estados
bálticos. — Mi opinión sobre los preparativos militares ingleses. — Posible entendimiento
con Italia en el Mediterráneo. — El frente interior. — Hundimiento del «Royal Oak». —
Mi segunda visita a Scapa Flow (31 octubre). — Decisión sobre las bases del grueso de la
flota. — El matrimonio Chamberlain come en el Almirantazgo. — Pérdida del «Rawal
Pindi». — Una falsa alarma .

Aprovechando sus éxitos, Hitler propuso la paz a los aliados. Una de las
más lamentables consecuencias de nuestra política de apaciguamiento y en general
de nuestra actitud ante la exaltación de Hitler a un creciente poder, había
consistido en darle la impresión de que Francia y nosotros éramos incapaces de
pelear. La declaración de guerra del 3 de septiembre le sorprendió
desagradablemente, mas creía que la rápida destrucción de Polonia haría a las
decadentes democracias comprender que habían perdido toda influencia sobre el
centro y el este de Europa. Se sentía muy seguro de los rusos, ahítos con su
ocupación de Polonia y los Estados bálticos. En octubre, envió al mercante
americano «City of Flint» al puerto soviético de Murmansk con una tripulación
alemana de presa. No deseaba entonces seguir la guerra con Inglaterra y Francia.
Creía que el gobierno de S. M. se plegaría a lo sucedido en Polonia y pensaba que
una oferta de paz permitiría a Chamberlain salir con honor del atolladero en que se
había metido por atender a los belicistas del Parlamento. No se le ocurrió que
Chamberlain, así como todo el Imperio y Comunidad de Naciones Británicas,
estaban resueltos a aniquilarle o perecer en la contienda.
Después de repartirse Polonia con Alemania, Rusia firmó tres «pactos de
asistencia mutua» con Estonia, Letonia y Lituania. Los Estados bálticos eran los
más anticomunistas de Europa. Se habían librado del yugo soviético en la guerra
civil de 1918-20, y habían erigido, de la ruda forma en que las revoluciones se
realizan en aquellas comarcas, un tipo de sociedad y gobierno cuyo fundamento
esencial era la hostilidad a Rusia y al comunismo. Riga, en particular, había pasado
veinte años inundando de propaganda antibolchevique el mundo, mediante la
radio y otros procedimientos. Exceptuando Letonia, los países bálticos no se
habían asociado a Hitler. Los alemanes habían renunciado a inmiscuirse en lo que
hiciera Rusia en aquellas regiones, y ahora el gobierno soviético avanzaba
ávidamente sobre su presa. Los tres Estados bálticos habían sido conquistados por
Pedro el Grande y formado parte del Imperio zarista. En el acto fueron ocupados
por fuerzas rusas contra las que no cupo una resistencia eficaz. Siguiendo los
métodos usuales, se procedió a una feroz liquidación de todos los elementos
anticomunistas y anti-rusos. Muchas gentes que llevaban más de veinte años
viviendo libremente en sus tierras nativas — y que representaban, además, la
opinión de la mayoría — desaparecieron. No pocos de ellos fueron deportados a
Siberia. Otros padecieron peor suerte. A esto condujeron los pactos de «asistencia
mutua».

En Inglaterra, estábamos muy ocupados en la creación de un ejército y un arma


aérea y en la aplicación de las medidas necesarias para reforzar nuestro poderío
naval. Yo seguía sometiendo mis ideas a Chamberlain y apremiando a mis colegas
para que las aceptasen.

Primer Lord al Primer Ministro.


1-X-39.

Aprovecho el fin de semana para escribirle sobre varios asuntos de importancia.


1. Cuando se desencadene la ofensiva de paz será necesaria apoyar a los
franceses. Aunque tenemos cerca de un millón de hombres sobre las armas, nuestra
contribución es, y durante muchos meses será, minúscula. Debemos decir a los
franceses que, si bien en otra forma, estamos haciendo un esfuerzo de guerra tan
grande como en 1918. Hay que explicar que nos hallamos formando un ejército de
55 divisiones, que será puesto en acción cuando se necesite, tan pronto como quepa
adiestrarlo y pertrecharlo sin daño de nuestra gran contribución en el aire.
Tenemos ahora nuestro ejército regular, que proporciona cuatro o cinco
divisiones probablemente superiores a cualquier otra fuerza de campaña. Pero no
ha de imaginarse que las divisiones territoriales puedan, con seis meses de
instrucción o cosa semejante, luchar sin innecesarias pérdidas y malos resultados
contra fuerzas alemanas que llevan al menos dos años de servicio y tienen mejor
equipo. Tampoco podrán igualarse a las tropas francesas, muchas de las cuales
llevan tres años de servicio. La única forma en que cabe expander rápidamente
nuestras fuerzas de Francia será trayendo las tropas profesionales de la India y
usándolas como cuadros para los territoriales y reclutas forzosos. No intentaré
entrar en detalles, pero en principio pueden enviarse 60.000 territoriales a la India
para mantener la seguridad interna y completar su instrucción, mientras, pari
passu, se envían 40 ó 45.000 regulares a Europa. Estas tropas deben instalarse en los
campamentos del sur de Francia, donde el invierno es más favorable para la
instrucción que aquí y donde existen muchas facilidades militares. Así podrán
convertirse en núcleo y armazón de ocho o diez buenas divisiones de campaña.
Tales tropas, a fines de primavera, valdrán tanto como aquellas con las que
choquen y como las que peleen a su lado. El que esta fuerza se instruya en Francia
durante el invierno, alentará y satisfará a los franceses.
2. Mucho me preocupan las cifras que da el ministerio del Aire respecto a su
fuerza de cazas. Disponíamos de 120 escuadrillas al empezar la guerra, pero ahora
se han reducido a 96, lo que viene a ser tres cuartas partes de las fuerzas que antes,
listas para entrar en acción. Lo usual es esperar que al producirse una movilización
crezcan las fuerzas. Pero gran número de escuadrillas han sido despojadas de su
personal aéreo instruido, de sus mecánicos, de sus piezas de recambio, etc., a fin de
crear una fuerza de combate, y los restos de esas escuadrillas se acumulan en una
vasta reserva. A esta reserva afluirán, si pasan los meses de invierno sin fuertes
ataques, una gran masa de nuevos aparatos y pilotos adiestrados. Pero, incluso
después de hacer todas las deducciones razonables, debemos ser capaces de formar
por lo menos seis escuadrillas cada mes. Es mucho mejor formar escuadrillas de
reserva que tener una gran cantidad de pilotos sueltos, aviones sueltos y piezas
sueltas. Nuestra disparidad presente con Alemania es asombrosa. Estoy seguro de
que cabría obtener la expansión que indico si usted lo ordenara.
3. Las defensas y gastos antiaéreos se fundan en una opinión completamente
falaz respecto al grado de peligro existente en cada comarca que protegemos.
Débense hacer cálculos sobre las zonas de objetivos posibles y sobre las rutas
aéreas por las que cabe acercarse a atacarlas. En esas zonas ha de haber una gran
proporción de funcionarios en servicio continuo. Londres, es, desde luego, el
principal objetivo, y bien se comprende cuáles serán los otros. En esas áreas, el
alumbrado público debe montarse de modo que pueda ser controlado por los
vigilantes del aire en cuanto se dé la señal de alarma. Ha de apresurarse la
construcción de refugios y reforzar éstos de noche y de día, pero el ánimo de la
gente debe mantenerse alto, para lo cual conviene que el público acuda a teatros y
cinemas mientras el ataque no empiece. En el campo, debe permitirse el
alumbrado, con ligeras modificaciones, y han de abrirse lugares de recreo. En esas
zonas no debe haber personal pagado de los servicios de defensa pasiva. Todos los
miembros de esos servicios pueden ser voluntarios. El gobierno se contentará con
dar consejos y dejar lo demás al esfuerzo local. En las zonas referidas, que
comprenden lo menos siete octavas partes del Reino Unido, las máscaras antigás
no deberán emplearse sino en la forma precalculada. No veo razón real para que
no se den órdenes a este efecto la semana que viene.

Los desastres de Polonia y los Estados bálticos hacíanme desear mantener a Italia
fuera de la guerra y crear, por todos los medios posibles, algún interés común entre
ella y nosotros.
Entre tanto, la guerra seguía y yo estaba inquieto por cierto número de
cuestiones administrativas.

Primer Lord al Ministro del Interior.


7-X-39.

El que mi jornada de trabajo esté de continuo ocupada no quiere decir que no me


quede lugar para sentir algunas ansiedades respecto al frente interior. Conoce
usted mi opinión acerca de los insensatos rigores del obscurecimiento en el campo,
restricción de diversiones, etc. Pero, ¿qué me dice sobre el petróleo? ¿Ha dejado la
marina de traer provisiones de ese producto? ¿Acaso no están en ruta nuevos
envíos, que llegarán probablemente en cantidad mayor que si la guerra no hubiese
estallado? Me dicen que mucha gente y gran parte de las actividades del país se
ven dificultadas por el racionamiento. A mi juicio, el modo de resolver este asunto
consiste en dar un cupo a precio de tasa y permitir la compra libre y suplementaria
de gasolina, si bien sometiéndola a un fuerte impuesto. La gente pagará para
atender a sus desplazamientos, el fisco se beneficiará con el impuesto, habrá más
contribuciones por coches en movimiento y las actividades del país proseguirán en
pie.
Tenemos luego las raciones de víveres planeadas por el ministerio de
Abastos para ganar la guerra. Apruebo el racionamiento, sí, pero tengo entendido
que la ración de carne, por ejemplo, es muy poco superior a la de los alemanes.
¿Hay necesidad de eso cuando los mares permanecen libres?
Si sufrimos retrasos debidos a fuertes ataques aéreos o navales, podrá haber
que apelar a tanto rigor. Hasta el presente no hay motivos para suponer que la
marina ha dejado, o dejará de proveemos de lo necesario. Pues, ¿qué decir de los
hombres de edad mediana, muchos de ellos veteranos de la guerra anterior, que se
hallan llenos de energía y experiencia, que acuden a ofrecerse a decenas de miles y
a los que se dice que no hay puesto para ellos y que lo único que pueden hacer es
inscribirse en la Bolsa Local del Trabajo? Esto me parece muy necio. ¿Por qué no
formamos una Guardia Metropolitana de medio millón de hombres, incluso de
más de cuarenta años (voluntarios, por supuesto), y ponemos a su frente y en sus
cuadros a nuestros militares de edad? Estos quinientos mil hombres pueden
substituir a los jóvenes y activos en los menesteres militares del interior. Si
escasean los uniformes, basta un distintivo. Me aseguran que los fusiles abundan.
Por lo que usted dijo el otro día, me parece que le agrada la idea. Siendo así,
procuremos desarrollarla.
Oigo quejas continuas sobre la falta de organización del frente interior. ¿No
podemos atender a eso?

En medio de estas preocupaciones se produjo un hecho que tocó al Almirantazgo


en lo más vivo.
He mencionado la alarma que, en la noche del 17 de octubre de 1914, hizo
que el grueso de la flota abandonase Scapa Flow creyendo que un submarino había
entrado en la base. Tal alarma fue prematura. Pero, pasado casi exactamente un
cuarto de siglo, se convirtió en verdadera. A la 1,30 de la madrugada del 14 de
octubre de 1939, un sumergible alemán, desafiando corrientes y mareas, franqueó
nuestras defensas y hundió al acorazado «Royal Oak», que se hallaba anclado.
Todos los torpedos de la primera descarga fallaron, menos uno, que alcanzó la
proa y produjo una explosión sofocada. El almirante y el capitán del buque
creyeron que la explosión se debía a una causa interna, ya que les parecía increíble
ser torpedeados en Scapa Flow. A los veinte minutos, el submarino volvió a cargar
sus tubos lanzatorpedos y a disparar. Tres o cuatro torpedos, en rápida sucesión,
destrozaron el fondo del barco. Este, en menos de dos minutos, se fue a pique. La
mayoría de los hombres estaban en sus puestos de combate, pero la rapidez con
que la nave zozobró hizo que casi nadie se salvara.
Citemos un relato fundado en un informe alemán de lo ocurrido:

A la 1.30 del 14 de octubre de 1939, el navío de S. M. «Royal Oak», anclado en


Scapa Flow, fue torpedeado por el U-47 (teniente Prien). La operación había sido
cuidadosa y personalmente preparada por el almirante Doenitz, jefe superior de
submarinos. Prien zarpó de Kiel el 8 de octubre, con día otoñal despejado, cruzó el
canal y puso rumbo al NNO., camino de Scapa Flow. El 13 de octubre, a las cuatro
de la madrugada, Se hallaba a la altura de las Orcadas. A las siete de la tarde,
emergiendo, halló brisa fresca y ningún buque a la vista. En la penumbra, se
divisaba a lo lejos la costa. Las largas banderolas de los faros septentrionales eran
como volutas azules en el cielo. El submarino puso proa al oeste y se acercó a
Holm Sound, acceso oriental de Scapa Flow que, como otros canales contiguos, no
había sido obstruido por completo. Entre dos barcos hundidos quedaba un
estrecho pasaje. Prien, con gran destreza, maniobró entre las arremolinadas aguas.
La costa estaba muy cerca. Se veía en la orilla un ciclista. Luego apareció toda la
abierta rada. Se atravesó Kirk Sound. Junto a tierra, al norte, se recortaba la amplia
silueta de un acorazado. El sumergible se aproximó, preparando los tubos. No
hubo alarma alguna ni ningún sonido, salvo el del agua, el silbido apagado del aire
sometido a presión y el áspero chasquido de la palanca de un lanzatorpedos. Los!
(fuego). Cinco segundos, diez, veinte. Una explosión tremenda. Una gran columna
de agua se alzó en la obscuridad. Prien esperó unos minutos antes de hacer otra
descarga. Sc prepararon los tubos. ¡Fuego! Los torpedos alcanzaron al buque en su
centro. Siguióse una serie de espantosas explosiones. El «Royal Oak» se hundió con
pérdida de 786 hombres, entre ellos el contraalmirante H. E. C. Blagrove (de la
segunda escuadra de batalla). El U-47 se deslizó silenciosamente por la abertura
por la que había penetrado. Veinticuatro horas más tarde llegaba un barco
bloqueador encargado de tapar la brecha.

Este episodio, notable hecho de armas de Prien, conmovió la opinión pública. El


caso pudo haber sido fatal para cualquier ministro que hubiera estado a cargo de
las precauciones defensivas antes de la guerra. Yo, recién llegado al poder, me
hallaba inmune contra todo reproche durante aquellos primeros meses. Además, la
oposición no intentó explotar nuestro infortunio. A. V. Alexander se mostró muy
prudente. Prometí realizar una investigación a fondo.
En esta ocasión, el Primer Ministro dio a la Cámara noticias sobre las
incursiones aéreas que los alemanes realizaron el 16 de octubre contra el Firth de
Forth. Era el primer intento enemigo de batir nuestra flota desde el aire. Doce o
más aparatos, en grupos de dos o tres, bombardearon los cruceros surtos en el
Firth. El «Southampton» y el «Edinburgh», así como el destructor «Mohawk»,
sufrieron leves averías. Veinticinco oficiales y marineros fueron muertos o heridos,
pero cuatro bombarderos enemigos resultaron derribados, tres por nuestra caza y
uno por los cañones antiaéreos. Quizá sólo la mitad de los bombarderos volviese
indemne. Fue una operación defensiva eficaz.
A la mañana siguiente, día 16, se produjo un ataque contra Scapa Flow. El
viejo «Iron Duke», barco desarmado, que servía de depósito, sufrió averías. Pero
quedó encallado en un bajío y siguió prestando servicio toda la guerra. Un avión
enemigo cayó incendiado. La flota, por suerte, no se hallaba en la base. Estos
acontecimientos probaron la necesidad de completar las defensas de Scapa Flow
contra toda clase de ataque. Seis meses pasaron antes de que consiguiésemos
obtener esas importantes ventajas.

*
El ataque a Scapa y la pérdida del «Royal Oak» produjeron instantáneas reacciones
en el Almirantazgo. El 31 de octubre fui a Scapa con el Primer Lord del Mar y
conferencié por segunda vez con el almirante Forbes. Convinimos en reforzar las
defensas de la base, con nuevas redes y cascos bloqueadores en los canales del este.
Se aprobó el empleo de minas controladas y otros medios defensivos. Además, se
harían más patrullas aún y se cubrirían con cañones todos los accesos. Se acordó
montar 88 antiaéreos pesados y 40 ligeros, así como numerosos reflectores y más
globos. Se organizó una considerable protección de cazas en las Orcadas y en Wick,
en tierra firme. Se esperaba que estas medidas se completaran, o progresasen lo
suficiente para permitir retornar a la flota en marzo de 1940. Entre tanto, Scapa sólo
se usaría como base de combustible de los destructores, mientras se buscaba nuevo
acomodo para los buques pesados.
Los técnicos diferían en sus juicios. El Almirantazgo se inclinaba al Clyde,
pero Forbes alegaba que ello exigiría un día suplementario de navegación hasta el
área de operaciones. Se necesitaba, pues, aumentar la fuerza de destructores y
dividir en dos escuadras los barcos de batalla. Se podía también optar por Rosyth,
nuestra base principal durante la última parte de la guerra anterior. Aunque
geográficamente más idónea, era más vulnerable al ataque aéreo. Las decisiones a
que se llegó fueron incluidas en un documento que preparé al regresar a Londres 13.

Mis relaciones con Chamberlain habían progresado mucho. Tanto era así, que el
viernes, 13 de noviembre, el matrimonio Chamberlain comió con mi mujer y
conmigo en el Almirantazgo, done yo tenía una cómoda residencia en los áticos.
Sólo asistimos los dos matrimonios. Aunque Chamberlain y yo habíamos
colaborado cinco años en el gobierno Baldwin, mi esposa y yo no le habíamos
recibido a él ni a su mujer en circunstancias semejantes. Por feliz casualidad yo
encaminé la conversación a la vida que Chamberlain hiciera antaño en las
Bahamas, y me que mi invitado se extendía en personales recuerdos hasta un
grado nunca visto por mí. Nos relató la historia — que yo sólo conocía a grandes
rasgos — de sus seis años de lucha para implantar el cultivo de la pita en un estéril
islote de las indias Occidentales, cerca de Nassau. Su padre, el gran «Joe», estaba
convencido de que en aquello había la oportunidad de desarrollar un emporio
industrial y reforzar la fortuna de la familia. Así, tanto Joe como Austen, hermano
de Neville, le hicieron, en 1890, ir desde Birmingham al Canadá, donde habían
examinado largamente el proyecto. A cuarenta millas de Nassau, en el Mar Caribe,
existía una islilla casi deshabitada, cuyo suelo se juzgaba conveniente para el
cultivo del sisal o pita. Tras cuidadoso reconocimiento hecho por sus dos hijos,
Joseph Chamberlain adquirió una finca en la isla de Andros y dio el capital
necesario para la empresa. Ya no quedaba sino plantar. Austen estaba destinado a
la Cámara de los Comunes, y la aventura cultivadora recayó en Neville.
Este aceptó, no sólo por deber filial, sino con convencido regocijo. Sus cinco
siguientes años pasaron esforzándose en hacer crecer pita en aquel solitario paraje,
barrido por los huracanes con harta frecuencia. Neville andaba casi desnudo,
luchaba con la escasez de mano de obra y con toda clase de obstáculos, y no tenía
más centro civilizado cercano que Nassau. Según nos dijo, se había empeñado en
pasar tres meses al año en Inglaterra, descansando. Construyó un puertecillo, un
embarcadero y un tramo de tranvía o ferrocarril. Empleó todos los sistemas
fertilizantes que se juzgaban idóneos para aquel suelo, y llevó una existencia
primitiva. Pero el sisal no medraba. Por lo menos, no un sisal valorizable en el
mercado. Al cabo de cinco años se persuadió de que el plan fracasaría. Volvió a
Inglaterra y habló a su terrible padre, que no se mostró nada contento con el
resultado. A mi entender, los parientes de Neville, aunque le quisieran mucho,
veían con desagrado que hubiera perdido cincuenta mil libras.
Me fascinó el interesante relato; y también la forma en que Chamberlain,
contándolo, se animaba. Pensé: «¡Qué lástima que Hitler, cuando habló con este
prudente político inglés en Berchtesgaden, Godesberg y Munich, no supiera que se
las había con un curtido colono de los confines del Imperio!» Aquella conversación
fue la única realmente privada que recuerdo haber mantenido con Neville
Chamberlain, a pesar de que llevábamos veinte años coleándonos en la vida
pública.
Durante la comida no faltaron noticias de guerra. Cuando estábamos con la
sopa, un oficial subió a decirnos que había sido hundido un sumergible. Al llegar
el postre volvió a decir que habíamos hundido otro. Antes de que las señoras
saliesen del comedor, nos avisó de un tercer hundimiento. Jamás había sucedido
tal cosa en un solo día, y había de pasar un año antes de que volviese a suceder. Al
salir, la señora Chamberlain me dijo con cándida expresión: «¿Ha organizado
usted esto a propósito?» La aseguré que si ella volvía a comer con nosotros,
obtendríamos un análogo resultado14.

Nuestra larga y tenue línea de bloqueo al norte de las Oreadas se componía


principalmente de mercantes armados, con barcos de guerra a intervalos, y estaba
muy expuesta a un súbito ataque de los buques alemanes de alto bordo, y en
particular del «Scharnhorst» y el «Gneisenau», los dos más veloces y potentes
cruceros de batalla del enemigo. Ese ataque no podía impedirse. Nuestra
esperanza consistía en hacer entablar acción franca a la flota adversaria.
Al atardecer del 23 de noviembre, el mercante armado «Rawal Pindi», que
patrullaba entre Islandia y las Feroe, avistó un buque de guerra enemigo que se
aproximó en seguida. El mercante tomó al enemigo por el «Deutschland», y así lo
notificó. El capitán Kennedy, comandante de nuestro buque, no podía hacerle
ilusiones sobre el resultado de semejante encuentro. Su barco era un ex
transatlántico, con una andanada de 4 viejos cañones de 6 pulgadas, mientras su
presunto antagonista montaba 6 cañones del 11, además de un considerable
armamento secundario. Pero Kennedy aceptó la lucha, dispuesto a pelear hasta el
final. El enemigo abrió fuego a diez mil metros, siendo contestado por el «Rawal
Pindi». La desigual batalla prosiguió hasta que el «Rawal Pindi» quedó con los
cañones fuera de acción y el casco ardiendo. A poco de obscurecer, se fue a pique,
con pérdida de su capitán y 270 de sus bravos tripulantes. 38 sobrevivieron. 27
fueron apresados por los alemanes, y los otros 11 fueron recogidos vivos por un
buque inglés, treinta y seis horas después, en aquellas heladas aguas.
No había sido el «Deutschland», sino el «Scharnhorst», el que había
mantenido el combate. Este buque, con el «Gneisenau», había zarpado de
Alemania, dos días antes, para atacar nuestros convoyes atlánticos. No obstante,
tras hundir al «Rawal Pindi», temió las consecuencias de su arrojo y regresó a
Alemania. El crucero «Newcastle», que patrullaba por las inmediaciones, vio los
fogonazos y acudió con el crucero «Delhi», hallando nuestro buque en llamas,
aunque a flote aún. El «Newcastle» persiguió al enemigo, y a las 6.15 de la tarde
avistó, en medio de la semiobscuridad y la lluvia, dos naves, una de ellas un
crucero de batalla. Pero el enemigo huyó a favor de las tinieblas.
El deseo de cercar a aquellos dos importantes buques alemanes hizo que el
comandante en jefe de la flota saliese al mar con toda ella. El enemigo, según se
sabía, bogaba hacia el este. Destacáronse considerables fuerzas, incluso
submarinos, para atajar a los buques alemanes en el Mar del Norte. No cabía,
empero, olvidar que el enemigo podía renovar su avance hacia el oeste y entrar en
el Atlántico. Temíamos la suerte que pudieran correr nuestros convoyes, y la
situación exigía el uso de todas las fuerzas disponibles. Se establecieron patrullas
aéreas y marítimas en todas las salidas del Mar del Norte, y una potente fuerza de
cruceros extendió la vigilancia hasta la costa noruega. El acorazado «Warspite»,
que custodiaba un convoy en el Atlántico, lo abandonó para dirigirse al estrecho de
Dinamarca. No hallando nada, continuó hacia el norte de Islandia a fin de enlazar
con los barcos del Mar del Norte. El «Hood», el crucero de batalla «Dunquerque»
(francés) y dos cruceros franceses más, fueron despachados a aguas islandesas, y el
«Repulse» y el «Furious» zarparon de Halifax con igual destino. El 25, catorce
cruceros ingleses, con destructores y submarinos, recorrían el Mar del Norte. La
flota de batalla los apoyaba, Pero la fortuna nos fue adversa. Nada se encontró, ni
hubo indicio alguno de que el enemigo se dirigiera al oeste. Siete días, con pésimo
tiempo, duró la búsqueda.
El quinto día, mientras esperábamos con ansiedad la espléndida presa que
perseguíamos, una de nuestras estaciones de detección oyó a un submarino en
acción. Pensamos, pues, que uno de nuestros barcos de guerra había sido atacado
en el Mar del Norte. En breve la radio alemana aseguró que el capitán Prien, que
ya había hundido al «Royal Oak», acababa de echar a pique un crucero, con
cañones de ocho pulgadas, al este de las Shetland. Pound y yo estábamos juntos
cuando llegó la noticia. La opinión pública inglesa reacciona vivamente siempre
que nos hunden algún barco, y la pérdida del «Rawal Pindi», con tantos hombres,
era un arma contra el Almirantazgo mientras tal revés no se vengase. Se
preguntaría por qué una nave tan débil quedaba abandonada sin apoyo eficaz.
¿Podían moverse libremente los cruceros alemanes incluso en la zona de bloqueo
donde operaba el grueso de nuestras fuerzas? ¿Iban los agresores a escapar
indemnes?
Para esclarecer el misterio, pedimos datos. Una desazonante hora
transcurrió antes de que obtuviésemos respuesta. Recuerdo ese rato porque en él
se estableció una estrecha camaradería entre Pound, yo y el almirante Tom
Phillips, también presente. «Asumo la plena responsabilidad de esto», dije, como
era mi deber. «Yo la asumo», repuso Pound. Nos estrechamos las manos, muy
disgustados. Los dos estábamos curtidos en la guerra, pero es difícil soportar con
entereza tales golpes.
Resultó que la culpa no era de nadie. Ocho horas más tarde, supimos que el
buque atacado había sido el «Norfolk», que salió incólume. No había encontrado
sumergibles, pero le habían lanzado desde el aire una bomba que cayó muy cerca
de popa. Con todo, Prien no era un fanfarrón15. Lo que el «Norfolk» creyó una
bomba lanzada por un avión oculto entre las nubes, fue de hecho un torpedo
alemán que marró por muy poco y explotó en la estela del barco. Por el periscopio,
Prien vio alzarse una gran masa de agua que le escondió al «Norfolk». Sumergióse
para ponerse a salvo de una descarga, y cuando emergió, media hora después, la
visibilidad era mala y no aparecía crucero alguno. Por eso informó que lo había
hundido. Nuestra alegría al saber la buena nueva, compensó el desagrado que nos
produjo saber que el «Scharnhorst» y el «Gneisenau» habían vuelto, sanos y salvos,
al Báltico. Ahora se sabe que el 26 de noviembre, por la mañana, el «Scharnhorst» y
el «Gneisenau» atravesaron la línea de nuestros cruceros que a la sazón
patrullaban cerca de la costa de Noruega. El tiempo era brumoso y ninguno de los
contendientes divisó al otro. Con el radar hubiese sido posible establecer contacto,
pero entonces no disponíamos de para el Almirantazgo. Era difícil hacer
comprender la extensión del mar y las muchas tareas que pesaban sobre la
escuadra. Tras dos meses de guerra y varias graves pérdidas, nada en sentido
contrario podíamos presentar, ni responder a esta interrogante: «¿Qué hace la
armada?»
CAPÍTULO VII

LA MINA MAGNÉTICA

Noviembre y diciembre, 1939

Conferencia con el almirante Darlan. — Situación naval anglofrancesa. — Campinchi, —


La «Barrera del Norte». — La mina magnética. — Una proeza abnegada. — Aspectos
técnicos del asunto. — Métodos de lucha contra las minas (apéndice). — Cómo nos
sobrepusimos a la mina magnética. — Represalias. — Minas fluviales en el Rin. —
Operación «Marina Real».

A principios de noviembre, fui a Francia a conferenciar con las autoridades


navales francesas acerca de nuestras operaciones conjuntas. El almirante Pound y
yo recorrimos cuarenta millas desde París al centro de mando de la armada
francesa, establecido en el parque del antiguo «château» del duque de Noailles.
Antes de iniciar la conferencia, el almirante Darlan me explicó cómo se
administraba la marina en Francia. Darlan no permitía a Campinchi, ministro de
Marina, que estuviese presente cuando se discutían cuestiones operativas,
reservadas a la esfera puramente profesional. Dije que el Primer Lord del Mar y yo
éramos uña y carne. Darlan lo reconoció así, pero adujo que en Francia las cosas
ocurrían diferentemente. «No obstante — añadió—, el señor ministro vendrá a
almorzar.» Debatimos durante dos horas diversos asuntos navales y alcanzamos
bastantes acuerdos. Campinchi, que conocía su deber, llegó a la hora de almorzar.
Mi yerno, Duncan Sandys, ayudante mío, sentóse junto a Darlan. El almirante pasó
casi todo el almuerzo explicándole los límites que el sistema francés imponía a un
ministro civil en aquellos casos. Antes de marchar, visité al duque en su morada. El
y su familia parecían muy melancólicos. Nos enseñaron su hermosa residencia y
sus tesoros artísticos.
Por la noche, en un reservado del Ritz, invité a comer a Campinchi. Formé
muy alta opinión de aquel hombre. Era patriota, fogoso, inteligente y estaba
resuelto a vencer o morir. Mentalmente le comparé al almirante, tan celoso de su
puesto y tan empeñado en actuar en un terreno diferente al nuestro. Pound
opinaba como Yo, sin que dejásemos de reconocer lo mucho que Darlan había
hecho en pro de la escuadra francesa. No se debe menospreciar a Darlan ni
vituperar sus móviles. Creía encarnar la armada francesa, y ésta le reconocía como
su jefe y resurrector. Siete años llevaba Darlan en su cargo, mientras por el
ministerio desfilaban fantoches gubernamentales. La obsesión del almirante
consistía en confinar a los ministros a las parlanchinerías de la Cámara. Pound y yo
nos entendimos bien con Campinchi, un corso bronco e in_ quebrantable. Cuando
murió, a principios de 1941, agotado y bajo el látigo de Vichy, sus últimas palabras
fueron que confiaba en Churchill. Siempre consideraré estas palabras como un
honor.
En la conferencia, resumí la situación naval del modo siguiente:

DECLARACIÓN DEL PRIMER LORD AL ALMIRANTAZGO FRANCÉS

1. Sólo la guerra naval se desenvuelve con intensidad plena. El ataque submarino


al tráfico mercantil — ataque que estuvo a punto de sernos fatal en 1917 — ha sido
dominado por las unidades antisubmarinas anglofrancesas. Debemos esperar un
gran aumento de sumergibles alemanes (es posible que Rusia preste algunos a
Alemania). No por ello hemos de inquietarnos, siempre que nuestras
contramedidas se tomen en seguida y en gran escala. Los representantes del
Almirantazgo expondrán detalladamente nuestros programas. El entero desarrollo
de éstos no se producirá hasta Emes de 1940. Entre tanto, es indispensable que
todo cazasubmarino disponible sea concluido y puesto en servicio.
2. No hay duda de que nuestro asdic es eficaz y muy superior a todo lo
usado en la guerra anterior. Dos torpederos pueden, con 61, hacer lo que exigía
diez en 1917-18. Pero esto sólo se aplica a la caza del enemigo. Respecto a los
convoyes, sigue siendo esencial disponer de muchas naves de protección.
Únicamente están seguros los convoyes cuyas unidades de escolta van provistas de
asdic. Lo mismo rige con los barcos de guerra. La derrota de la submarinos sólo se
logrará cuan .lo haya la certeza de que todo ataque a barcos franceses o ingleses
será seguido por un contraataque mediante el asdic.
El Almirantazgo británico está dispuesto a suministrar aparatos de asdic a
todos los cazasubmarinos franceses. El coste es pequeño, y cabe hacer cuentas más
adelante. Todo buque francés que llegue a Inglaterra para equiparse con este
procedimiento será inmediatamente atendido, y también proveeremos a dar
instrucciones sobre el uso del método. El lugar más conveniente será Portland,
hogar del asdic, donde existen toda clase de facilidades. Si se quiere, podemos
equipar con el nuevo sistema cincuenta barcos franceses.
3. Deseamos vivamente que la marina francesa multiplique sus buques
dotados de asdic, completando con la mayor celeridad cuantos puedan entrar en
servicio en 1940. Una vez esto logrado, podremos, de aquí a seis meses, pensar en
1941. De momento, ocupémonos de 1940 y sobre todo de su primavera y verano.
Los seis destructores grandes puestos en grada en 1936 y 37 se necesitan
urgentemente para proteger los convoyes transoceánicos; y ello antes de que la
guerra submarina llegue a su apogeo en 1940. Hay otros 14 destructores, pequeños,
en proyecto o construcción desde este año. Serán buques capaces de prestar
valiosos servicios sin exigir el empleo de muchos materiales ni mano de obra. En
total, habrá veinte buques a terminar en 1940. Si los equipamos con asdic, serán
armas de gran importancia en la destrucción de la ofensiva submarina de 1940.
También mencionaremos como buques muy útiles los seis minadores empezados a
construir en 1936, los 12 de 1937 y los 16 cazasubmarinos del programa de 1938.
Ofrecemos para todos esos barcos aparatos de asdic y cuanto necesiten. Los
equiparemos a medida que vayan quedando listos, aunque no podemos considerar
estos buques pequeños en la misma categoría de importancia que los destructores,
grandes y menores, mencionados antes.
4. No se ha de olvidar que la derrota de los submarinos implicará el dominio
mundial de los mares por las flotas aliadas, y la posibilidad de que algunos
poderosos neutrales acudan en nuestra ayuda. A la vez, se reunirán toda clase de
recursos de los imperios francés e inglés, y se mantendrá nuestro comercio y con él
las riquezas necesarias para continuar la guerra.
5. En nuestro Almirantazgo hemos establecido una tajante divisoria entre los
barcos grandes que puedan terminarse en 1940 y los que se terminarán más tarde.
Nos esforzamos, especialmente, en acabar el «King George V» y el «Prince of
Wales» en este año, a ser posible en otoño. Ello es necesario porque la llegada del
«Bismarck» a los océanos antes de que se completen esos dos buques sería
altamente desastrosa. Si no se le captura ni destruye, el «Bismarck» podrá moverse
libremente por todos los océanos, destrozando las comunicaciones. Francia tiene
también, con el «Richelieu», un buque de la mayor importancia, que estará
dispuesto en el otoño de 1940, e incluso antes. Lo necesitaremos, en verdad, si los
dos nuevos barcos italianos se concluyen en 1940, como Italia pretende. No
disponer de esos tres acorazados antes de fines de 1940, sería un error estratégico-
naval de gravísimo carácter, que podría entrañar consecuencias marítimas y
diplomáticas extremamente desagradables. Esperamos que se hagan todos los
esfuerzos imaginables para botar el «Richelieu» en el más breve plazo posible.
Sobre los acorazados a construir más tarde por franceses e ingleses,
podríamos discutir en abril o mayo del año próximo, época en que se verá mucho
más claramente el carácter y curso de la guerra.
6. El Almirantazgo británico expresa su gratitud a sus colegas y camaradas
franceses por la muy notable ayuda que han prestado a la causa común desde el
principio de la guerra. Tal ayuda ha rebasado las promesas y compromisos hechos
con antelación. En la escolta de los convoyes de Sierra Leona, los cruceros y
destructores franceses han cumplido una misión que, sin ellos, no hubiera podido
realizarse y que habría causado más destrucción de mercantes aliados. Los
cruceros y contratorpederos que, con el «Dunkerque», han protegido la llegada de
convoyes a los accesos occidentales, han sido en ocasiones los únicos medios de
rechazar a los barcos alemanes de superficie que pudieran realizar incursiones en
alta mar. El mantenimiento de submarinos franceses en las vecindades de Trinidad
ha constituido un convenientísimo servicio. Y, en particular, los dos destructores
que constantemente escoltan los convoyes de Gibraltar a Brest y viceversa, alivian
extremamente el uso de nuestros recursos, los cuales, aunque grandes y crecientes,
están sometidos a un arduo trabajo.
Finalmente, agradecemos las facilidades dadas al portaaviones «Argus» para
el adiestramiento de pilotos aeronavales ingleses en las agradables condiciones del
clima mediterráneo.
7. Pasemos a los más generales aspectos de la guerra. El hecho de que el
enemigo carezca de una línea naval de batalla nos permite diseminar ampliamente
nuestras fuerzas en los océanos. Siete u ocho unidades inglesas de caza, reforzadas
por dos francesas, pueden cazar y hundir un «Deutschland». Realizamos cruceros
en los Atlánticos del sur y del norte y en el Océano Índico. Como resultado, los
buques sueltos alemanes no han causado a los convoyes las graves pérdidas que
esperábamos. El hecho de que un «Deutschland», si no dos, lleven varias semanas
en las principales rutas atlánticas sin conseguir nada, nos tranquiliza sobre esta
forma de ataque, que habíamos diputado como muy peligroso. No cabe excluir la
posibilidad de que se renueve con más energía. El Almirantazgo británico
encuentra aconsejable formar, con buques grandes, flotillas adecuadas que
recorran ampliamente los océanos, donde están a salvo de ataques aéreos,
haciendo efectivo y ostensible el dominio aliado del mar.
8. En breve empezaremos a traer las primeras fuerzas canadienses y
australianas a Francia, para cuyo fin habrá que establecer una vasta disposición de
todos nuestros grupos de caza. Será necesario, también, escoltar con buques de
batalla los convoyes de gran envergadura que crucen el Atlántico. A pesar de los
rigores del invierno, nos proponemos mantener continuamente el bloqueo en el
norte, desde Escocia a Groenlandia. Utilizaremos allí 25 mercantes armados,
apoyados por 4 cruceros de 10.000 toneladas y cañones de 8 pulgadas, tras los que
mantendremos el grueso de las fuerzas de combate de la armada inglesa, es decir,
los más recientes acorazados y el «Hood» u otro buque grande. Así, habría fuerzas
suficientes para entablar acción o perseguir al «Scharnhorst» y el «Gneisenau», si
osaran intentar salida. Dada la situación en el Báltico, creemos poco verosímil el
empleo de estos buques. No obstante, mantendremos preparadas las fuerzas
necesarias para medirse con ellos.
Cabe esperar que, continuando las dos potencias aliadas esta estrategia,
Italia no sentirá la tentación de entrar en guerra contra nosotros. Asimismo, es
presumible que la capacidad alemana de resistencia llegará a su fin.

El Almirantazgo francés contestó diciendo que se ocupaba de concluir los bajeles


especificados y que aceptaba la oferta relativa al asdic. No sólo el «Richelieu»
quedaría concluido en el verano de 1940, sino que en el otoño entraría en servicio
el «jean Bart».

A mediados de noviembre, Pound me propuso volver a establecer la barrera de


minas que entre Escocia y Noruega colocaron ingleses y americanos en 1917-18. No
me gustaba este género de guerra, esencialmente defensiva y tendente a substituir
la acción con el uso de material en vasta escala. Pero gradualmente me reconcilié
con la idea. El 19 de noviembre sometí el correspondiente proyecto al Gabinete de
Guerra.

BARRERA SEPTENTRIONAL

MEMORÁNDUM DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO

Tras mucha consideración, recomiendo este proyecto a mis compañeros. No hay


duda de que, cuando lo completemos, ofrecerá grandes obstáculos a las salidas y
retornos de los submarinos y barcos enemigos de superficie. Me parece una
previsión prudente contra una intensificación de la guerra submarina y una
garantía contra el riesgo de que Rusia se una a nuestro enemigo. Obtendremos así
fiscalización completa de todos los accesos al Mar del Norte y el Báltico. Es
esencial, en este campo de minas ofensivo, que la vigilancia de una fuerza naval
superior impida al enemigo abrir canales entre las minas. Una vez éstas
sembradas, nos sentiremos mucho más seguros que ahora en el mar exterior. El
crecimiento gradual e inexorable de la barrera de minas será advertido por el
enemigo y ejercerá un efecto deprimente sobre su moral. El coste es
deplorablemente elevado, mas ya la Tesorería ha librado lo suficiente. La barrera
septentrional será el mejor medio de empleo de este arma de guerra [las minas].

Aquello era lo que aconsejaban los más altos profesionales y la clase de cosa que
logra con facilidad la aprobación de un Gabinete serio y discreto. Los sucesos
hicieron prescindir del plan cuando se había gastado mucho en él. Parte de la
barrera de minas fue utilizada en otros menesteres.

Un nuevo y formidable peligro vino a amenazarnos. En septiembre y octubre,


hasta una docena de buques mercantes fueron hundidos al entrar en puertos
previamente despejados de minas. El Almirantazgo sospechó en seguida que
estaban utilizándose minas magnéticas. Tal mira no era una novedad, puesto que
nosotros habíamos empezado a usarlas en pequeña escala hacia el fin de la guerra
anterior. En 1936, una comisión del Almirantazgo estudió ciertas contramedidas
para oponerse a las armas magnéticas, pero se halla ocupado principalmente de los
torpedos magnéticos y minas flotantes, sin estudiar debidamente el gran peligro
representado por grandes campos de minas sumergidas, depositadas por aviones o
barcos. Por otra parte, no cabía remediar el mal sin tener algún ejemplar de mina
magnética. En septiembre y octubre, los hundimientos debidos a minas alcanzaron
a 56.000 toneladas, y en noviembre Hitler aludió vagamente a un «arma secreta»
contra la que no había medio de oponerse.
Hallándome una noche en Chartwell, el almirante Pound vino a verme, muy
preocupado. Seis barcos habían sido echados a pique en las cercanías de la boca del
Támesis. De los puertos ingleses salían y entraban a diario cientos de buques de
cuyos movimientos dependía nuestra supervivencia. Acaso los técnicos de Hitler le
dijeran que la nueva forma de ataque podía arruinarnos. Por suerte, Hitler lo inicio
en pequeña escala, con limitadas cantidades de misas y de capacidad de
fabricación.
La fortuna nos favoreció muy directamente. El 22 de noviembre entre nueve
y diez de la mañana, se vio a un avión alemán arrojar en el mar un objeto
voluminoso, sujeto a un paracaídas, cerca de Shoeburyness. Rodean allí la costa
grandes extensiones de barro que quedan descubiertas en la baja mar. Era claro
que el objeto podía ser encontrado y reconocido. La oportunidad resultaba ideal.
Antes de las doce de aquella noche, dos expertos oficiales, Ouvry y Lewis, del
«Vernon», donde se desarrollaban investigaciones de armas submarinas, fueron
llamados al Almirantazgo. El Primer Lord del Mar y yo les hablamos y pedimos su
opinión. A la 1.30 de la madrugada se dirigieron en coche a Southend, para
emprender el arduo trabajo de encontrar el objeto lanzado. Antes del amanecer del
23, en plena obscuridad y sin más ayuda que una lámpara de señales, hallaron la
mina 500 metros más allá del límite de la marea. Esta empezaba a subir y nada
cupo hacer sino localizar el artefacto y realizar preparativos para el reflujo
siguiente.
A primera hora de la tarde principió la difícil operación. Entonces se
descubrió que había en el fango otra mina, aparte de la primera. Ouvry, con el
suboficial Baldwin, aferró la mina, mientras Lewis y el marinero Vearncombe
esperaban a prudencial distancia, para caso de accidente. Después de cada uno de
los movimientos preestablecidos, Ouvry hacía señal a Lewis, a fin de que el
conocimiento ya adquirido con la primera mina fuese utilizable al desmontar la
segunda. De hecho se necesitaron los esfuerzos combinados de los cuatro hombres
para desarmar el primero de los artefactos, mas su abnegación y destreza tuvo
debida recompensa. Por la tarde, Ouvry y sus compañeros se presentaron al
Almirantazgo para declarar que la mina había sido recogida intacta y enviada a
Portsmouth a fin de someterla a un examen a fondo. Acogí a aquellos hombres con
entusiasmo. Reuní a 80 ó 90 oficiales y funcionarios e hice que Ouvry relatase la
historia al fascinado auditorio, harto consciente de lo mucho que dependía de
aquella operación. A partir de entonces, la situación cambió. Los conocimientos
derivados de nuestras pasadas investigaciones se aplicaron buscar medidas
prácticas tendentes a combatir las características particulares de la mina.
Toda la capacidad y ciencia de la armada se pusieron en juego. Antes de
mucho, los experimentos empezaron a rendir resultados prácticos. El
contraalmirante Wake-Walker fue designado para coordinar todas las medidas
técnicas oportunas. Estudiamos medios de dragar las minas magnéticas y de hacer
estallar sus espoletas, y también sistemas de defensa pasiva, para buques que
entrasen en canales mal dragados o no dragados en absoluto. Para este segundo
objetivo descubrimos un sistema eficaz de desmagnetizar los buques circuyéndolos
con un cable eléctrico. Llamamos a este método «desmagnetización», y lo
aplicamos a buques de todos los tipos. Así equipamos en nuestros puertos los
barcos mercantes, sin aplazar en exceso sus viajes de retorno. En la escuadra
militar, el programa se simplificó gracias a la presencia del personal técnico y
especializado de la armada. El lector a quien no enojen los detalles técnicos podrá
hallarlos en el Apéndice H.

Siguieron otras serias bajas. El nuevo crucero «Belfast» fue minado en el Firth de
Forth el 21 de noviembre. El 4 de diciembre, el acorazado «Nelson» chocó con una
mina al entrar en Loch Ewe. Ambos buques pudieron llegar a puerto por sus
propios medios. Perdimos dos destructores, y otros dos, más el minador
«Adventure», fueron averiados en la costa oriental durante aquel período. Merece
mencionarse el hecho de que el espionaje alemán no consiguiera abrir brecha en las
medidas de seguridad que se tomaron para ocultar la avería del «Nelson», hasta
que el buque ya estuvo reparado y reintegrado al servicio. Sin embargo, desde el
primer momento, miles de personas en Inglaterra estuvieron enteradas del suceso.
Pronto la experiencia nos dio nuevos y más sencillos métodos
desmagnetizantes. El efecto moral de su éxito fue enorme. El leal, valeroso y
persistente trabajo de los dragaminas, y la paciencia y destreza de los técnicos que
planearon nuestros equipos, fueron los verdaderos causantes de la derrota que en
este campo sufrió el enemigo. Desde entonces, y a pesar de los periodos
inquietantes que se pasaron, la amenaza de las minas estuvo siempre refrenada. Al
fin, el peligro empezó a aminorar. El día de Navidad, pude escribir al Primer
Ministro:

25-XII-1939.

Reina mucha tranquilidad aquí, y pienso que le agradará conocer que hemos
obtenido un señalado éxito contra la bomba magnética. Los dos primeros métodos
ideados para evitar su acción, son eficaces. Dos minas han sido voladas mediante
electromagnetos, y dos por barcos provistos de grandes rollos de cable eléctrico.
Eso sucedió en el puerto A [Loch Ewe], donde nuestro interesante inválido [el
«Nelson] está esperando aún que le abran pasaje para llegar a la casa de
convalecencia de Portsmouth. Parece también que la desmagnetización de barcos
mercantes y de guerra puede realizarse a base de un sistema sencillo, rápido y
económico. Nuestros mejores sistemas se acercan ahora [a su realización). Los
aviones y el barco electromagnético — el «Borde» — se pondrán al trabajo dentro
de diez días, y podemos tener la certeza de que el peligro de las minas magnéticas
desaparecerá pronto.
Estamos estudiando otras posibles variantes de este ataque, como las minas
acústicas y las supersónicas. Treinta animosos peritos se ocupan de tales
posibilidades, pero no puedo decir que hayan encontrado aún remedio a ellas...

Es oportuno meditar en ese aspecto de la guerra naval. Una considerable parte de


nuestro esfuerzo de guerra hubo de aplicarse a combatir la mina magnética.
Mucho dinero y materiales fueron retirados de otras tareas. Miles de hombres
arriesgaron sus vidas, noche y día, en los dragaminas. La cifra máxima se alcanzó
en junio de 1944, fecha en que dedicábamos a semejante tarea sesenta mil hombres.
Nada amedrentó el valor de la marina mercante. Las mortales complicaciones de la
mina magnética y nuestro empeño en dominarla, aun elevaron más el espíritu de
los marinos. Su infatigable valor y laboriosidad nos salvaron. El tráfico marítimo
de que dependía nuestra existencia continuó sin interrupción.
Las primeras operaciones con minas magnéticas me conmovieron profundamente.
Aparte de nuestras medidas defensivas, yo ansiaba aplicar represalias. Mi visita al
Rin en vísperas de la guerra, había enfocado mi visión mental hacia aquella
suprema arteria de Alemania. Ya en septiembre discutí en el Almirantazgo la
conveniencia de arrojar minas fluviales en el Rin. Siendo usado este río por el
tráfico de varias naciones neutrales, no debíamos actuar en él mientras los
alemanes no nos acometiesen de un modo indiscriminado. Puesto que ya lo hacían
así y atacaban con minas, sin distinción alguna, cuanta navegación afluía a los
puertos británicos, podíamos realizar un ataque similar, e incluso más eficiente,
sobre el Rin.
El 19 de noviembre expedí varias notas. La siguiente es la que más a fondo
describe el plan.

AL INTERVENTOR [Y OTROS]

1. Como medida de represalia, puede ser necesario arrojar buen número de minas
flotantes en el Rin. Esto puede hacerse con facilidad en cualquier punto entre
Estrasburgo y el Lauter, donde la margen izquierda pertenece a territorio francés.
Gamelin está muy interesado en esta idea y me ha pedido que se aplique.
2. Examinemos con claridad nuestros propósitos. Atraviesan el Rin un
enorme número de barcas muy grandes, ya que ese río constituye la principal
arteria de la vida y comercio alemán. Esas barcas, hechas sólo para el tráfico
fluvial, no tienen doble quilla ni grandes mamparos de división. Es fácil
comprobar esos detalles. Además, recientemente se han tendido sobre el Rin no
menos de doce puentes de barcas, de los que depende la concentración del ejército
alemán en la zona Sarrebrück-Luxemburgo.
3. El tipo de mina requerido es pequeño, no excediendo del tamaño de un
balón de fútbol. La corriente del río suele ser, a lo sumo, de siete millas a la hora, y
de tres a cuatro en tiempo ordinario, lo que es fácil de comprobar. Por tanto, cada
mina debe tener un aparato de relojería que sólo la haga peligrosa cuando haya
recorrido cierta distancia, a fin de que pueda apartarse del territorio francés y
expander el terror hasta la confluencia del Rin con el Mosela y aún más allá. Dicho
mecanismo hará hundirse, o, mejor aún, explotar la mina antes de llegar a
territorio holandés. Una vez haya recorrido la mina una distancia dada — y
variable deberá explotar al menor contacto. También convendría que, además, la
mina pudiese estallar si tocara tierra, ya que esto sembraría la alarma en la margen
alemana del Rin.
4. Por ende, es procedente que la mina flote a conveniente distancia bajo la
superficie para que resulte invisible en caso de corriente muy henchida. Habrá que
planear una válvula hidrostática accionada por un pequeño cilindro de aire
comprimido. Aunque no lo he calculado, creo que cuarenta y ocho horas son el
plazo máximo durante el que la bomba debe operar. También podrían arrojarse al
río falsas bombas — meros recipientes de latón — que esparzan la confusión y
diseminen las contramedidas.
5. ¿Qué pueden hacer los alemanes contra esto? Tenderán redes, pero los
barcos destrozados que desciendan el río las romperán. Además, excepto en la
frontera, las redes obstaculizarán mucho el tráfico. En todo caso, al chocar las
minas con las redes, explotarán, agujerearán dichas redes y tras unas cuantas
explosiones dejarán otra vez el cauce libre a las demás bombas. Podrían usarse
minas de tamaño especial para inutilizar las redes. No se me ocurre otro medio de
defensa, aunque puede ocurrírsele a alguno de los oficiales encargados de este
estudio.
6. Finalmente, habrá que usar gran número de estas minas, y el sistema se
proseguirá noche tras noche durante meses ilimitados, hasta vedar el uso del curso
fluvial referido. Por tanto, habrá que pensar en la simplificación necesaria para
alcanzar una producción en masa.

Este plan agradó al Gabinete de Guerra. Parecía lógico y justo que, pues los
alemanes usaban minas magnéticas para destruir todo tráfico, aliado o neutral, con
los puertos ingleses, nosotros correspondiéramos destruyendo el vasto tráfico del
Rin. Se obtuvieron los necesarios permisos y prioridades y se empezó a trabajar a
toda velocidad. Nos pusimos de acuerdo con el ministerio del Aire para lanzar
minas desde aviones en la región del Ruhr. Confié estas tareas al contraalmirante
FitzGerald, que servía a las órdenes del Quinto Lord del Mar. Aquel brillante
oficial, que pereció después mandando un convoy en el Atlántico, realizó una
inmensa contribución personal a la tarea. Así se solucionó el problema técnico. Se
aseguró un buen repuesto de minas, y varios centenares de marinos y soldados
británicos fueron organizados para manejar en su día aquellos artefactos. Todo
esto sucedía en noviembre, y la acción no podría empezar hasta marzo. Tanto en
paz como en guerra es grato hacer algo positivo por nuestra parte.
CAPÍTULO VIII

LA ACCIÓN DEL RÍO DE LA PLATA

Barcos alemanes de superficie. —El acorazado alemán de bolsillo.— Ordenes del


Almirantazgo alemán. — Grupos ingleses de caza. — El límite americano de 300 millas.
— Ansiedad en Inglaterra. — Cautela del «Deutschland» y osadía del «Graf Spee». —
Maniobras del capitán Langsdorff. — La escuadrilla del comodoro Harwood, al largo del
Plata. — Previsión y fortuna del comodoro. — Encuentro del 13 de diciembre. — Error de
Langsdorff. — El «Exeter», averiado. — Retirada del acorazado alemán. — El «Ajax» y el
«Achilles» lo persiguen. — El «Spee» se refugia en Montevideo. — Mi carta del 17 de
diciembre al Primer Ministro. — Concentración británica en Montevideo. — El Führer
envía órdenes a Langsdorff. — Hundimiento del «Spee» y suicidio de su comandante. —
Fin del primer ataque de buques de superficie alemanes al comercio inglés. — El
«Altmark». — El «Exeter». — Efectos de la acción del Plata. — Mi telegrama al
Presidente Roosevelt.

Si bien la acción submarina era la que más nos amenazaba y más peligros
nos hacía correr, un ataque enemigo a cargo de barcos de superficie hubiera sido
formidable, de poder los alemanes mantenerlo. Los tres acorazados de bolsillo
permitidos a Alemania por el tratado de Versalles habían sido hábil y
meditadamente calculados para servir como aniquiladores del tráfico marítimo.
Sus 6 cañones de 11 pulgadas, su velocidad de 26 nudos y su blindaje habían sido
magistralmente comprimidos dentro de su desplazamiento de diez mil toneladas.
No había un solo crucero británico capaz de medirse con aquel tipo de buque. Los
cruceros alemanes que montaban piezas de 8 pulgadas eran más modernos que los
nuestros y, empleándolos como elementos destructivos de nuestra navegación,
pudieran haber sido formidables. Además, el enemigo podía usar mercantes
enmascarados, armándolos poderosamente. Aun teníamos vívidas memorias de las
depredaciones del «Emden» y el «Koenigsberg» en 1914, y de los treinta y tantos
barcos de guerra y mercantes artillados que habíamos necesitado reunir para
acabar con aquellas naves.
Antes de estallar la guerra, circulaban rumores de que uno o más acorazados
de bolsillo habían zarpado ya de Alemania. La flota metropolitana practicó
búsquedas, que fueron infructuosas. Sabemos ahora que tanto el «Deutschland»
como el «Almirante Graf Spee» partieron de Alemania entre el 21 y el 24 de agosto.
Habían atravesado las zonas peligrosas y bogaban por los océanos antes de que se
organizasen nuestro bloqueo y nuestras patrullas septentrionales. El 3 de
septiembre, el «Deutschland», después de cruzar los estrechos daneses, ponía
rumbo a Groenlandia. El «Graf Spee», atravesando el norte del Atlántico sin ser
localizado, hallábase muy al sur de las Azores. Acompañaba a cada acorazado un
buque auxiliar para abastecerle de combustible y otros elementos necesarios. Al
principio, los dos barcos permanecieron inactivos. Si no atacaban, no lograrían
presas. Y mientras no atacasen no corrían peligro.
El Almirantazgo alemán, con fecha de 4 de agosto, había dado órdenes muy
bien concebidas:

Tareas para Caso de Guerra

Interrupción y destrucción de la navegación enemiga por todos los medios


posibles... Las fuerzas de guerra enemigas, aun si fuesen inferiores, sólo serán
atacadas si ello facilita la tarea principal...
Frecuentes cambios de situación en las zonas operativas crearán
incertidumbre y restringirán la navegación mercante enemiga, aunque no se
obtengan resultados tangibles. Un momentáneo apartamiento hacia áreas distantes
acrecerá la incertidumbre del enemigo.
Si el enemigo protegiese su navegación con fuerzas superiores,
impidiéndonos obtener éxitos directos, el mero hecho de que restrinjamos su
navegación equivaldrá a perjudicar gravemente su situación de abastecimientos.
También se obtendrán valiosos resultados si los acorazados de bolsillo permanecen
en las zonas de convoyes.

El Almirantazgo inglés, mal de su grado, hubiera reconocido la sabiduría de


aquellas disposiciones.

El 30 de septiembre, el barco inglés «Clement», de cinco mil toneladas, fue


hundido por el «Graf Spee» al largo de Pernambuco, mientras navegaba
independientemente. La noticia galvanizó al Almirantazgo. Aquella era la señal
esperada. En el acto se constituyeron formaciones de caza que comprendían todos
nuestros portaaviones disponibles, con ayuda de acorazados, cruceros y cruceros
de batalla. Cada formación de dos o más buques se juzgaba que podría destruir a
uno de los acorazados de bolsillo.
Durante los meses siguientes, la busca de los dos acorazados entrañó la
organización de nueve grupos de persecución, comprendiendo veintitrés
poderosas unidades. También tuvimos que agregar tres acorazados y dos cruceros,
como refuerzo, a los convoyes del Atlántico septentrional. Todo esto imponía
graves reducciones en las flotas metropolitana y mediterránea, de las que hubo que
retirar doce de los más potentes barcos, entre ellos tres portaaviones. Trabajando
en zonas ampliamente dispersas del Atlántico y el Océano Índico, los grupos de
caza podían cubrir las principales áreas recorridas por nuestra navegación. Para
atacar nuestro tráfico, el enemigo tendría que situarse al alcance de una de nuestras
formaciones de búsqueda. A fin de dar una idea de la escala de esas operaciones,
ofrezco aquí la lista de los grupos de caza en su momento álgido:

ORGANIZACIÓN DE LAS FORMACIONES DE CAZA

EL 31 OCTUBRE 1939

Fuerza COMPOSICIÓN Portaaviones Zonas Acorazados y cruceros de batalla


Cruceros F "Berwick" "York" América del Norte e Indias Occidentales G
"Cumberland" "Exeter" "Ajax" "Achilles" Costa Oriental de América del Sur H
"Sussex" "Shropshire" Cabo de Buena Esperanza I "Cornwall" "Dorsetshire" "Eagle"
Ceilán J "Malaya" "Glorious" Golfo de Adén K "Renown" "Ark Royal" Pernambuco-
Freetown L "Repulse" "Furious" Convoyes atlánticos X Dos cruceros franceses con
cañones del 8 "Hermes" Pernambuco-Dakar Y "Strasbourg" "Neptune" Un crucero
francés con cañones del 8 Pernambuco-DakarEscoltas adicionales de los convoyes
atlánticos:
Acorazados: «Revenge». «Resolution», «Warspite».
Cruceros: «Emerald», «Enterprise».

A la sazón, el primordial objetivo del gobierno americano era mantener la guerra


tan apartada de sus costas como fuera posible. El 3 de octubre, los delegados de
veintiuna repúblicas americanas, reunidos en Panamá, decidieron declarar una
zona americana de seguridad, proponiendo el establecimiento de una faja de unas
trescientas a seiscientas millas de anchura a partir de la costa, dentro de cuyo
ámbito no podrían ejecutarse acciones de guerra. Por nuestra parte, nosotros
estábamos deseosos de mantener la guerra lejos de las aguas americanas, ya que
hasta cierto punto esto nos favorecía. Por consiguiente, .me apresuré a comunicar
al presidente Roosevelt que si América pedía a todos los beligerantes que
respetaran la aludida zona, nosotros manifestaríamos inmediatamente nuestra
conformidad a someternos a sus deseos, siempre y cuando, desde luego, fueran
salvaguardados nuestros derechos según las leyes internacionales. Nada teníamos
que objetar que dicha zona se extendiera muy al sur, con tal que se mantuviera
efectivamente su neutralidad. En cambio, nos sería difícil aceptar una zona de
seguridad defendida por país neutral débil, pero si la armada de los Estados
Unidos hubiera de hacerse cargo de tal tarea, desaparecerían nuestras aprensiones.
Cuantos más buques de guerra norteamericanos patrullaran a lo largo de las costas
de Sudamérica, más nos complacería, ya que el barco enemigo que a la sazón
andábamos persiguiendo preferiría, en consecuencia, abandonar las aguas
americanas por la ruta marítima de Sudáfrica, en donde estábamos preparados
para entendernos con él. Pero si un corsario de superficie operara desde la zona
americana de seguridad, o buscara refugio en ella, teníamos derecho a esperar
alguna protección o que se nos permitiera protegernos por nuestra cuenta contra
sus posibles fechorías.
En aquel momento no conocíamos definidamente el hundimiento de tres
buques que, retornando a Inglaterra independientemente, recorrían la ruta de El
Cabo. Ello sucedió entre el 5 y el 10 de octubre. No se recibieron mensajes de
socorro, y sólo empezaron a surgir sospechas cuando se advirtió que aquellas
naves retrasaban su arribada. Pasó algún tiempo antes de que supusiéramos que
habían sido víctimas de un barco enemigo.
La necesaria dispersión de nuestras fuerzas me causaba, y causaba a otros,
no poca ansiedad, teniendo en cuenta, sobre todo, que el grueso de nuestra flota se
albergaba en la costa occidental inglesa.

AL PRIMER LORD DEL MAR Y SUBJEFE DEL ESTADO MAYOR NAVAL

21-X-39.

La aparición del «Scheer» a la altura de Pernambuco, el subsiguiente misterio de


sus movimientos y el hecho de que no ataque nuestro comercio, inducen a
preguntarse si lo que desean los alemanes es una vasta dispersión de nuestros
barcos. Y en ese caso, ¿para qué? Como el Primer Lord del Mar ha observado, más
natural parecería que el enemigo desease la concentración de nuestros buques en
aguas metropolitanas, a fin de tener objetivos para sus ataques aéreos. Además,
¿cómo pudieron los alemanes prever la extensión en que habíamos de reaccionar al
saber que el «Scheer» estaba en el Atlántico del Sur? Todo esto parece
completamente falto de propósito, pero los alemanes no son gente que hagan las
cosas sin razón. El barco que buscamos, ¿será en realidad el «Scheer» u otra nave
que finja serlo?
La radio alemana alardea de que nuestra flota está siendo empujada fuera
del Mar del Norte. Por ahora esto es menos mendaz que la mayoría de la
propaganda enemiga. Puede haber peligro en nuestras costas orientales, y ese
peligro acaso dimane de los barcos enemigos de superficie. ¿No convendría que
unas cuantas escuadrillas de sumergibles nuestros se hiciesen a la mar contra una
posible línea de avance hostil? Podrían necesitar un destructor para que practicase
exploraciones. Deberán adelantarse mucho a nuestra línea de pesqueros armados.
Bien puede ser que vaya a suceder algo, ahora que nos hemos retirado a distancia
para ganar tiempo.
Seré el último en hablar de temores de invasión, cosa que tanto combatí en
los principios de 1914-15. Pero no estaría de más que los jefes de Estado Mayor
considerasen lo que ocurriría si, por ejemplo, desembarcasen veinte mil hombres
en Harwich o en Webburn Hook, donde hay aguas profundas junto a la costa. Esos
veinte mi hombres convertirían la instrucción de las masas de Hore-Belisha en algo
mucho más realista de lo que ahora se espera. Las noches, largas y obscuras,
podrían favorecer tales designios. ¿Ha tomado medidas el ministerio de la Guerra
para prevenir tal contingencia? Recuérdese cual es nuestra situación en el Mar del
Norte a la hora presente. La cosa no me parece verosímil, pero ¿no es físicamente
posible?

El «Deutschland», que tenía la misión de hostigar nuestra esencial ruta del


Atlántico del Norte, procedió con gran cautela. Durante su crucero de dos meses y
medio no se acercó a convoy alguno. Sus resueltos esfuerzos de eludir a las
unidades británicas, limitaron sus hundimientos a dos, uno de ellos un pequeño
buque noruego. Un tercer barco — el americano «City of Flint»—, que llevaba un
cargamento a Inglaterra, fue apresado, pero más tarde los alemanes le dieron
suelta en un puerto noruego. A principios de noviembre, el «Deutschland» retornó
a Alemania atravesando las aguas árticas. La mera presencia de aquel poderoso
buque en las cercanías de nuestras rutas había, como esperaba el mando alemán,
aumentado la carga que pesaba sobre nuestras escoltas y grupos de caza en el
norte del Atlántico. De hecho, hubiéramos preferido que el acorazado enemigo
actuase a que nos mantuviera bajo la zozobra de una vaga amenaza.
El «Graf Spee», más audaz e imaginativo, pronto se convirtió en el centro de
atención del Atlántico del Sur. En aquella vasta zona entraron en juego ingentes
fuerzas aliadas a mediados de octubre. Un grupo comprendía el portaaviones «Ark
Royal» y el crucero de batalla «Renown», los cuales operaban desde Freetown en
conjunción con un grupo francés de dos cruceros pesados y el portaaviones
«Hermes», con base en Dakar. En El Cabo estaban los dos cruceros pesados
«Sussex» y «Shropshire». En la costa oriental de América del Sur, cubriendo
nuestro importante tráfico con el Río de la Plata y Río de Janeiro, se alineaba el
grupo del comodoro Harwood, que comprendía el «Cumberland», el «Exeter», el
«Ajax» y el «Achilles». El último era un barco neozelandés tripulado por
neozelandeses.
El sistema del «Spee» consistía en hacer una breve aparición en un punto,
causar una víctima y desvanecerse de nuevo en los ilimitados espacios oceánicos.
Tras una segunda aparición muy al sur de la ruta del Cabo — ocasión en que
hundió un nuevo buque—, no dio señales de vida durante un mes, a pesar de que
nuestros grupos de caza operaban ampliamente en todas partes, y en especial en el
Océano Índico. Tal era, en realidad, el destino momentáneo del «Spee». El 15 de
noviembre, hundió un pequeño petrolero británico en el Canal de Mozambique,
entre Madagascar y el continente. Habiendo, así, dado pruebas de presencia en el
Océano Índico, para dirigir al enemigo en aquel sentido, Langsdorff, capitán del
buque y hombre de alto mérito, viró en redondo y, pasando muy al sur del Cabo,
volvió al Atlántico. No habíamos dejado de prever tal posibilidad, pero la rapidez
de su retirada burló nuestros planes. El Almirantazgo no tenía la certeza de si
actuaban en aquellos mares un buque de superficie o dos, y, por tanto, se
efectuaron pesquisas tanto en el Índico como en el Atlántico. Además, creíamos
habérnoslas, no con el «Spee», sino con el «Scheer», nave de igual modelo. Era muy
onerosa la desproporción entre la fuerza real del enemigo y los elementos con que
habíamos de contrarrestarla. Yo recordaba las angustiosas semanas que
precedieron a las acciones en Coronel y más tarde en las Malvinas, en diciembre de
1914. Entonces habíamos tenido que esperar en siete u ocho puntos distintos del
Pacífico y el Atlántico del Sur la llegada del Almirante von Spee con la primera
edición del «Scharnhornst» y el «Gneisenau». Pasado un cuarto de siglo, el
problema seguía siendo el mismo. Con definido consuelo supimos que el «Spee»
había vuelto a aparecer en la ruta del Cabo, hundiendo dos barcos el 2 de
diciembre, y uno el 7.

Desde el principio de la guerra, la especial misión del comodoro Harwood había


consistido en cubrir la navegación inglesa que seguía las rutas de Río de Janeiro y
el Plata. Harwood estaba convencido de que antes o después el «Spee» se
encaminaría al Plata, donde existían posibilidades de ricas presas. Nuestro
comodoro había planeado cuidadosamente la táctica que debía seguir en caso de
encuentro. Sus cruceros «Cumberland» y «Exeter», con piezas del 8, y «Achilles» y
«Ajax», con cañones del 6, podían hundir al enemigo. Pero las necesidades de
combustible y repuesto hacían inverosímil que los cuatro estuviesen juntos en el
momento de la acción. Y, de no ocurrir así, resultaba problemático el desenlace.
Cuando supo que el «Doric Star» había sido hundido el 2 de diciembre, Harwood
adivinó que el «Spee», aunque se hallaba a más de tres mil millas, pondría proa al
Plata. Calculó que, con acierto y suerte, el barco podría estar allí hacia el 13.
Mandó, pues, que todas sus fuerzas disponibles se concentrasen el 12. Pero el
«Cumberland» estaba reparándose en las Malvinas. En la mañana del 13, el
«Exeter», el «Ajax» y el «Achilles» se movían en el centro de las rutas comerciales,
ante el centro de la boca del río. A las 6.14 de la mañana se avistó humo al este.
Había llegado la esperada acción.
Harwood, que iba en el «Ajax», dispuso que sus buques avanzasen desde
tres distintos puntos del horizonte para confundir el fuego enemigo, y se lanzó a la
máxima velocidad de su pequeña escuadrilla. Langsdorff, al principio, creyó no
tener que entendérselas más que con un crucero ligero y dos destructores, y
también forzó sus máquinas. Pero a los pocos instantes reconoció la calidad de sus
adversarios y comprendió que el choque iba a ser mortal. Las dos fuerzas se
acercaban a unas cincuenta millas por hora. Langsdorff tenía que decidirse pronto.
Lo mejor para él hubiera sido virar de bordo y mantener distanciado al enemigo
con el superior alcance y peso de sus cañones de 11 pulgadas, al que los ingleses, al
principio, no podrían haber replicado. Así, merced a tirar a mansalva, le cabía
ganar la diferencia que hay entre sumar y restar velocidades. Podía muy bien
haber averiado a uno de sus enemigos antes de que éstos lograsen poner al «Spee»
al alcance de sus cañones. Pero Langsdorff resolvió pelear y se encaminó hacia el
«Exeter». La acción empezó casi simultáneamente por ambos lados.
La táctica de Harwood resultó acertada. Las andanadas del 8 lanzadas por el
«Exeter» alcanzaron al «Spee» a partir de las primeras fases de la lucha. Los
cruceros de 6 pulgadas también hostigaban al «Spee» con eficaces impactos. A
poco, el «Exeter» recibió un proyectil que deshizo la torreta B, destruyó todas las
comunicaciones del puente, mató o hirió a casi todos cuantos había en él y dejó
temporalmente al buque privado de gobierno. Pero a esta sazón ya el enemigo no
podía desdeñar las andanadas del 6, y se volvió contra los cruceros menores,
dando al «Exeter» algún respiro. El acorazado alemán, cañoneado desde tres
direcciones, halló la situación demasiado apurada y viró, al amparo de una cortina
de humo, al parecer en dirección al Río de la Plata. Langsdorff había actuado lo
mejor posible.
Después del viraje, el «Spee» volvió a cañonear al «Exeter», castigándolo con
sus granadas del 11. Todas las piezas delanteras del crucero estaban fuera de
combate. El centro del buque ardía y el casco escoraba intensamente. El capitán
Bell, que había permanecido ileso, reunió a dos o tres oficiales en el puesto de
mando de popa, y con la única torreta que le quedaba mantuvo su unidad en
acción hasta las 7.30, hora en que la falta de presión dejó también parada aquella
torre. No cabía hacer más. A las 7.30, el «Exeter» apartóse, maltrecho, y no
participó más en la refriega.
El «Ajax» y el «Achilles», persiguiendo al enemigo, actuaron con el mayor
empuje. El «Spee» volvió contra ellos sus cañones pesados. A las 7.25, las dos
torretas posteriores del «Ajax» fueron voladas, y el «Achilles» sufrió daños
también. Aquellos dos cruceros ligeros no podían parangonarse con el enemigo en
potencia artillera. Por otra parte, la munición empezaba a escasear. Harwood
resolvió suspender la lucha hasta que obscureciese, momento en que le sería dable
usar con más eficacia su ligero armamento, e incluso sus torpedos quizá. Se apartó,
pues, al amparo de una cortina de humo, sin que el enemigo le siguiera. La
empeñada lucha había durado una hora y veinte minutos. Durante el resto del día,
el «Spee» navegó hacia Montevideo, con los dos cruceros ingleses a sus talones. De
vez en cuando se cruzaba alguna descarga. A poco de medianoche, el «Spee» entró
en Montevideo, donde reparó averías, repostó sus almacenes, desembarcó heridos
y comunicó con el Führer. El «Ajax» y el «Achilles» esperaban fuera, resueltos a no
dejar escapar al enemigo, si lo intentaba. Entre tanto, y durante la noche del 14, el
«Cumberland», que venía de las Malvinas a toda marcha, substituyó al malparado
«Exeter». La llegada de aquel crucero con piezas del 8 restablecía el equilibrio de
una situación dudosa.
Muy excitante fue para mí seguir el drama desde mi despacho del
Almirantazgo, donde pasé gran parte del 13. Nuestras ansiedades no concluyeron
con el día. Chamberlain estaba entonces en Francia, visitando el ejército. El 17, le
escribí:

17-XII-39.

Si el «Spee» zarpa, como acaso haga esta noche, esperamos renovar la acción
del 13, con el «Cumberland», crucero de 8 cañones de 8 pulgadas, en vez del
«Exeter», que sólo tenía 6 piezas. El «Spee» sabe ya que el «Renown» y el «Ark
Royal» están cargando petróleo en Río, de modo que su mejor oportunidad es esta.
El «Dorsetshire» y el «Shropshire», que vienen del Cabo, están aún a tres o cuatro
días de distancia respectivamente. Suerte es que el «Cumberland» se hallase a
mano en las Malvinas, porque el «Exeter» ha quedado averiadísimo. Ha recibido
más de cien impactos, tiene una torreta deshecha, tres cañones destruidos, 60
oficiales y marineros muertos y 20 heridos. El «Exeter» ha librado una resueltísima
acción contra superior alcance y peso de andanada. Se han tomado todas las
precauciones concebibles para impedir que el «Spee» se deslice fuera sin ser visto,
y he dicho a Harwood (nombrado ya almirante y caballero comendador de la
Orden del Baño) que puede atacar donde quiera, siempre que sea más allá del
límite de tres millas. Preferiríamos, empero, que el barco fuera internado, porque
ello honraría menos a la marina alemana que si el barco es hundido en combate.
Además, una batalla de este estilo es siempre azarosa y no deben buscarse
innecesarias efusiones de sangre.
Todos los canadienses llegaron sin novedad esta mañana, bajo la protección
del grueso de la flota, y han sido recibidos por Anthony, Massey y supongo que
por buena parte del pueblo de Greenock y Glasgow. Nos proponemos ofrecerles
una cordial acogida. Están destinados a Aldershot, donde sin duda irá usted a
visitarlos.
Hoy ha habido diez ataques aéreos contra buques aislados, en la costa este,
desde Wick a Dover. Algunos de los buques mercantes han sido ametrallados por
mera maldad, siendo varios de nuestros marineros alcanzados en sus cubiertas.
Confío en que el frente le haya parecido interesante, e imagino que habrá
advertido que el cambio es la mejor clase de descanso.

En cuanto supimos que se había trabado la acción, ordenamos que se concentrasen


poderosas fuerzas ante Montevideo. Pero nuestros grupos de caza estaban,
naturalmente, muy diseminados y todos distaban de allí más de dos mil millas. En
el norte, la fuerza K, con el «Renown» y el «Ark Royal», realizaba un crucero
iniciado en El Cabo diez días atrás, y ahora estaba a 600 millas al este de
Pernambuco y 2.500 de Montevideo. Aun más al norte, el crucero «Neptuno», con
tres destructores, acababa de separarse de la fuerza francesa X y bogaba hacia el
sur para unirse a la fuerza K. Se ordenó que todas estas unidades se encaminasen a
Montevideo, si bien tenían que cargar antes petróleo en Río. Pero logramos crear la
impresión de que habían zarpado de Río y se dirigían a Montevideo a una marcha
de treinta nudos.
Al otro lado del Atlántico, la fuerza H volvía al Cabo para abastecerse de
combustible tras una larga patrulla por la costa africana. Sólo el «Dorsetshire»
estaba inmediatamente disponible en El Cabo, y se le ordenó que se reuniese al
almirante Harwood, del que distaba casi cuatro mil millas. Más tarde, ese crucero
fue seguido por el «Shropshire». Además, y para evitar una posible escapada del
«Spee» hacia el este, la fuerza I, con el «Cornwall», el «Gloucester» y el
portaaviones «Eagle», partiendo del apostadero de las Indias Orientales, entonces
sito en Durban, fue puesta a la disposición del comandante en jefe del Atlántico del
Sur.

*
En la noche del 16 de diciembre, Langsdorff telegrafió en esta forma a su
Almirantazgo:

Situación estratégica al largo Montevideo. Además cruceros y destructores están


«Ark Royal» y «Renown». Estrecho bloqueo nocturno. Imposible salir mar abierto
y pasar rumbo a aguas metropolitanas,... Deseo saber si debo hundir buque a pesar
de insuficiente profundidad estuario Plata, o si he de optar por internamiento.

En una conferencia presidida por el Führer, con asistencia de Raeder y Jodl, se


decidió la siguiente respuesta:

Intente por todos medios alargar permanencia aguas neutrales. Abrase camino
peleando hasta Buenos Aires, si posible. No se deje internar Uruguay. Si hunde
buque, procure destruirlo eficazmente.

Cuando el enviado alemán en Montevideo informó de la imposibilidad de


extender la permanencia más allá de las 72 horas reglamentarias, el supremo
mando alemán confirmó sus órdenes.
En consecuencia, el «Spee», en la tarde del 17, transportó más de 700
hombres, con provisiones y equipos, a un mercante alemán surto en el puerto. A
poco, Harwood supo que el acorazado levaba anclas. A las 6.15 de la tarde, en
presencia de inmensas multitudes, el «Spee» se hizo lentamente a la mar, donde le
esperaban ávidamente los cruceros británicos. A las 8.54 de la tarde, mientras el sol
se hundía en el horizonte, el avión del «Ajax» informó: «El «Graf Spee» se ha
volado a sí mismo.» El «Renown» y el «Ark Royal» estaban aún a mil millas de
distancia.
Langsdorff quedó abrumado por la pérdida de su buque. A pesar de la plena
autorización recibida de su gobierno, escribió el 19 de diciembre:

Únicamente con mi muerte puedo probar que las fuerzas armadas del Tercer Reich
están dispuestas a sucumbir por el honor de la bandera. Yo solo asumo la
responsabilidad del hundimiento del acorazado de bolsillo «Admiral Graf Spee».
Me satisface pagar con la vida cualquier posible duda sobre el honor de la bandera.
Afronto mi destino con firme fe en la causa, en el futuro de la nación y en el
Führer.

Y aquella misma noche se pegó un tiro.


Así concluyó el primer reto que los barcos alemanes de superficie lanzaron a
la navegación británica. Ningún otro barco enemigo de superficie apareció hasta la
primavera de 1940, y entonces se trató de buques mercantes enmascarados. Estos
barcos eludían más fácilmente la vigilancia, pero a la vez podían ser dominados
por fuerzas menores que las necesarias para destruir un acorazado de bolsillo.

En cuanto llegaron noticias del fin del «Spee», sentí la impaciente necesidad de
hacer regresar a la metrópoli nuestros diseminados grupos de caza. El «Altmark»,
buque auxiliar del «Spee», seguía a flote, sin embargo, y se pensaba que tenía a
bordo las tripulaciones de los nueve barcos hundidos por el acorazado.

AL PRIMER LORD DEL MAR.

17-XII-39.

Ahora que el Atlántico del Sur está prácticamente limpio de enemigos, salvo
el «Altmark», me parece de la mayor importancia hacer volver a nuestro país al
«Renown» y al «Ark Royal», así como, al menos, a uno de los cruceros con cañones
de 8 pulgadas. Esto nos facilitará la tarea de los convoyes y permitirá practicar
reparaciones y dar licencias. Me agrada su plan de que los dos cruceros pequeños
anclen mañana en el puerto interior de Montevideo, pero no me parece oportuno
enviar la fuerza K tan al sur. Además, acaso no convenga introducir de una sola
vez allí tantos barcos de guerra. Sería muy conveniente que, como usted propone,
el «Neptune» releve al «Ajax» tan pronto como se realice la triunfal entrada en el
puerto de Montevideo). Y procedería que todas las fuerzas, al retornar hacia
nuestro país, recorriesen el Atlántico del Sur en busca del «Altmark». Creo que
debemos hacer regresar a todos los buques no absolutamente necesarios. Las
patrullas del norte requerirán constante apoyo a base de dos — o aun mejor tres —
relevos del Clyde mientras permanezcamos allí. Concuerdo con el capitán Tennant
en que el Almirantazgo alemán estará deseoso de hacer algo que restablezca su
buen nombre.
¿Se servirá decirme cuál es su juicio respecto a estas ideas?

También me inquietaba la suerte del «Exeter», y no deseaba aceptar las propuestas


de dejarlo en las Malvinas, sin ser reparado, hasta el fin de la guerra.

AL PRIMER LORD DEL MAR, INTERVENTOR Y OTROS.


17-XII-39.

Los informes preliminares acerca de las averías del «Exeter» demuestran el


tremendo fuego que sufrió y la determinación con que fue atacado. El que
soportara tan prolongado y severo castigo honra mucho al Departamento de
Construcción. El relato de esta gesta ha de hacerse lo antes posible, omitiendo todo
detalle no deseable (es decir, lo que no convenía poner en conocimiento del
enemigo).
¿Qué se ha propuesto acerca de las reparaciones? ¿Qué cabe hacer en las
Malvinas? Presumo que el barco podrá ser suficientemente reparado para que
regrese al país y reciba más amplias reparaciones.

AL PRIMER LORD DEL MAR, SUBJEFE DEL E. M. NAVAL E


INTERVENTOR.

23-XII-39

No debemos aceptar con esa facilidad el que el «Exeter» permanezca sin ser
reparado durante toda la guerra. Debemos repararlo y mejorarlo internamente lo
antes posible, transbordando sus municiones, o parte de ellas, a algún transporte o
buque auxiliar. Podríamos llenarlo parcialmente con toneles o recipientes vacíos de
petróleo y hacerlo volver, con una tripulación reducida, al Mediterráneo o a uno de
nuestros astilleros. Si se ve entonces que nada cabe hacer con la nave, podemos
despojarla de todos los cañones y elementos útiles, que serán aplicables a nuevas
construcciones.
Lo dicho indica mi opinión general. ¿Puede decirme cómo cabría realizarla?

AL INTERVENTOR Y PRIMER LORD DEL MAR.

29-XII-39.

No he visto la respuesta al telegrama del contraalmirante en Sudamérica a


propósito de que no vale la pena la reparación del «Exeter», acerca de lo cual hablé
en sentido contrario. ¿Cómo está el asunto, ahora? Yo creí entenderle verbalmente
que nos hallábamos de acuerdo en que el barco debía volver a Inglaterra y ser
completamente reparado, así como que eso no tardaría tanto tiempo como piensa
el contraalmirante.
¿Qué se va a hacer con el «Exeter», ahora? ¿Cómo se va a traer a Inglaterra,
en qué condiciones y cuándo? No podemos dejarlo en las Malvinas, donde correrá
peligro, salvo que algún buque valioso se ocupe de protegerlo. Celebraré saber qué
propuesta se hace.

Mi opinión prevaleció. El «Exeter» llegó a las Islas Británicas. Tuve el honor de


rendir el debido tributo a sus oficiales y marineros, formados en su maltrecho
puente, en el puerto de Plymouth. El crucero prestó distinguidos servicios durante
dos años, y fue hundido por los cañones japoneses, en la inganable batalla de los
estrechos de la Sonda (1942).

La acción del Plata produjo inmensa alegría en la nación británica y realzó nuestro
prestigio en el mundo. Todos admiraron el arrojo con que tres barcos pequeños
atacaron sin titubear a un antagonista mucho mejor armado y blindado. Esto
contrastaba con el desastroso episodio del escape del «Goeben», en Otranto, en
agosto de 1914. Ha de hacerse a los almirantes de entonces la justicia de recordar
que todos los barcos de Harwood eran más veloces que el «Spee», mientras todos,
menos uno, de los buques del almirante Troubridge, en 1914, eran más lentos que
el «Goeben». No obstante, recibimos una impresión jubilosa que fue como una
clara luz en el opresivo y lúgubre invierno que atravesábamos.
El gobierno soviético no nos miraba bien por entonces, y su comentario del
31 de diciembre en «La Flota Roja» da ejemplo de ello:

Nadie dirá que la pérdida de un acorazado alemán constituye una victoria brillante
para la armada británica. Por el contrario, representa una demostración, sin
precedentes en la historia, de la impotencia de los ingleses. En la mañana del 13 de
diciembre, el acorazado abrió el fuego contra el «Exeter», dejándolo a los pocos
minutos fuera de combate. Según los últimos informes, el «Exeter» se hundió cerca
de la costa argentina, cuando se dirigía a las islas Malvinas.

El 23 de diciembre, las repúblicas americanas formularon una protesta conjunta a


Gran Bretaña, Francia y Alemania por la batalla del río de la Plata, acción que
calificaron de violación de la zona de seguridad americana.
Por ese tiempo sucedió asimismo que dos mercantes alemanes fueron
interceptados por nuestros cruceros cerca de la costa de los Estados Unidos. Uno
de ellos, el transatlántico «Columbus», de 32.000 toneladas, fue hundido por su
tripulación, y los supervivientes fueron salvados por un crucero americano. El otro
escapó refugiándose en aguas jurisdiccionales, al largo de Florida. El Presidente
Roosevelt, muy contra su gusto, se quejó de esta acción de guerra tan cerca de las
costas del hemisferio occidental, y en mi contestación aproveché la oportunidad de
poner de relieve las ventajas que nuestra acción frente al Plata había otorgado a
todas las repúblicas sudamericanas. Su tráfico marítimo hablase visto
continuamente obstaculizado por las actividades del corsario alemán, y sus
puertos eran utilizados como bases de aprovisionamiento y centros de
información. Por virtud de las leyes de guerra, el corsario tenía el derecho a
capturar todos los mercantes que practicaran el comercio con nosotros en el
Atlántico meridional y a hundirles después de proveer a sus tripulaciones. Esto
había infligido graves daños a los intereses comerciales americanos,
particularmente los de la Argentina. Las repúblicas sudamericanas deberían, por lo
tanto, saludar jubilosamente la acción frente al Plata, ya que ésta significaba el fin
de sus contratiempos marítimos. Todo el Atlántico meridional había quedado
limpio, y posiblemente seguiría igual en el futuro. Esta situación debía ser
altamente valorizada por los estados sudamericanos, quienes ahora podrían
disfrutar en la práctica, y por mucho tiempo, de las ventajas de una zona de
seguridad de tres mil millas en lugar de trescientas.
No pude por menos de añadir que la Marina Real había echado sobre sus
hombros una carga pesadísima al asumir la tarea de imponer el respeto de las leyes
internacionales en el mar. La presencia de siquiera un solo corsario en el Atlántico
septentrional, exigía el empleo de la mitad de nuestra flota de batalla para asegurar
la debida protección al comercio mundial. La ilimitada campaña a base de minas
magnéticas por parte del enemigo, no hacía sino aumentar el trabajo que pesaba
sobre nuestras flotillas y naves menores. Si nos doblegásemos bajo tal carga, las
repúblicas sudamericanas no tardarían en tener que afrontar preocupaciones
peores que el eco distante de un cañoneo mar adentro, y en brevísimo espacio de
tiempo los Estados Unidos habrían de arrostrar más directas inquietudes. Por
consiguiente, me creía con derecho a suplicar que Se otorgara la debida
consideración a la carga que gravitaba sobre nuestros hombros en aquel período
crucial, y que se diera la adecuada interpretación a aquellas acciones nuestras,
indispensables para que la guerra terminara cuanto antes y tal como debía
terminar.
CAPÍTULO IX

ESCANDINAVIA Y FINLANDIA

La península noruega. — El mineral sueco. — La neutralidad y el corredor


noruego. — Un error corregido. — Tras el telón alemán. — El almirante von Raeder y
Herr Rosenberg. —Vidkun Quisling. —Decisión de Hitler el 14 diciembre 1939. — Acción
soviética contra los Estados bálticos. — Exigencias de Stalin a Finlandia. — Los rusos
declaran la guerra a Finlandia (28 noviembre 1939). —Valerosa resistencia finlandesa. —
Fracaso ruso. — Satisfacción en todo el mundo. — Ayuda a Finlandia. — Neutralidad
sueca y noruega. — El minado de las costas noruegas. — Planteamiento moral del caso.

La península de mil millas de longitud que corre desde las entradas del
Báltico al Círculo Ártico tenía para nosotros una inmensa importancia estratégica.
Las montañas noruegas corren cerca del océano, y bordea la costa un continuo
ribete de islas. Entre éstas y tierra firme, hay un corredor de aguas territoriales por
las que los alemanes podían navegar y comunicar con el mar exterior, en grave
daño de nuestro bloqueo. La industria bélica alemana se basaba en gran parte
sobre los suministros de mineral sueco. El mineral, en verano, bajaba desde el
puerto sueco de Lulea, en la parte superior del Golfo de Botnia, y en invierno,
cuando Lulea se helaba, desde Narvik, al occidente de Noruega. Respetar la
neutralidad de aquel «pasillo» era tanto como permitir al tráfico alemán circular a
pesar de nuestra superior fuerza marítima. El Estado Mayor Naval se sentía
seriamente conturbado por esta importante ventaja de Alemania. Á la primera
oportunidad planteé el problema al Gabinete.
Recordaba yo que, en la guerra anterior, el gobierno inglés y el americano no
habían vacilado en minar aquellas aguas abrigadas. La gran barrera de minas que
establecimos en 1917-18 desde Escocia a Noruega, no habría servido de nada si el
comercio y los submarinos alemanes hubiesen podido deslizarse sin obstáculos por
el «corredor». No obstante, las flotas aliadas no habían depositado minas en aguas
territoriales. Los almirantes se quejaban de que la costosa barrera de minas era
ineficaz mientras quedase una extensión de mar navegable para el enemigo, y los
gobiernos aliados habían inducido al noruego para que éste mismo cerrase el paso.
Establecer una barrera de minas tan inmensa llevó mucho tiempo, y, al finalizarla,
ya no había duda de quién ganaría la guerra, ni posibilidad alguna de que
Alemania invadiese Escandinavia. Pero hasta fines de septiembre de 1918, el
gobierno noruego no se resolvió a tal acción. Antes de que la pusiese en práctica se
acabó la guerra.
Al plantear el caso en la Cámara, en abril de 1940, dije:

Durante la última guerra, en la que luchábamos al lado de los Estados Unidos, los
aliados quedaban muy dañados por aquel camino cubierto, usado especialmente
por los sumergibles para salir a sus correrías. Por tanto, los gobiernos inglés,
francés y norteamericano indujeron a los noruegos a minar sus aguas
jurisdiccionales pata impedir que los submarinos usasen aquel canal. Es natural
que ahora el Almirantazgo se atenga a ese precedente — aunque no de modo
exacto, sino con algunas diferencias — y lo presente al gobierno de S. M. Debemos
tender a establecer minas propias en las aguas jurisdiccionales noruegas, para que
el tráfico que va y viene de Alemania haya de salir a mar abierto, con riesgo de caer
en manos del servicio de represión del contrabando y ser capturado como buena
presa por nuestras escuadras y flotillas de bloqueo. Es también natural y justo que
el gobierno de S. M. vacile antes de incurrir en el reproche de infringir, aunque sólo
formulariamente, el derecho internacional.

El gobierno, en efecto, vaciló mucho antes de decidirse.


Al principio, lo que yo planteaba se acogió favorablemente. Todos mis
compañeros se sentían muy impresionados por los males sufridos. Pero nos
ateníamos al estricto principio de respetar la neutralidad de los estados pequeños.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.

19-IX-39

He señalado al gobierno esta mañana la importancia de paralizar el


transporte noruego de hierro sueco desde Narvik, lo cual comenzará en cuanto
empiece a helarse el Golfo de Botnia. Indiqué que habíamos minado las tres millas
de aguas jurisdiccionales noruegas en 1918, con aprobación de los Estados Unidos.
Propuse que repitiéramos le mismo muy en breve. [Lo indicado no era
absolutamente cierto, como no tardé en advertir.] El Gabinete, sin excluir al
ministro de Asuntos Exteriores, parece muy favorable a esa acción.
Es, pues, necesario adoptar las medidas conducentes a prepararla.
1. Las negociaciones con los noruegos respecto al fletamento de sus buques
deben resolverse antes que nada.
2. El departamento de Comercio debe tratar con Suecia para adquirir su
mineral, ya que no deseamos diferencias con los suecos.
3. El ministerio de Asuntos Extranjeros ha de ser informado de nuestras
proposiciones. Es menester referir toda la historia de la acción anglo-americana en
1918, así como presentar un caso razonada 4. La operación debe ser estudiada por
el personal correspondiente del Almirantazgo, informándose al departamento de
Guerra Económica cómo y Cuándo proceda.
Manténganme continuamente informado del proceso de este plan, que es
importantísimo para dejar maltrecha a la industria bélica del enemigo.
Cuando todo esté listo, se necesitará una ulterior decisión del Gabinete.

El 29, a invitación de mis colegas, y una vez que la cuestión hubo sido
minuciosamente examinada por el Almirantazgo, redacté un documento para el
Gabinete.

NORUEGA Y SUECIA

MEMORIA DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO

Flete del tonelaje noruego.

29-IX 39.

1. Va a llegar la delegación noruega y, dentro de pocos días, el presidente del


departamento de Comercio espera tratar con ella para acordar el flete del tonelaje
noruego sobrante, cuyo grueso consiste en petroleros.
El Almirantazgo considera importantísimo ese flete, y lord Chatfield ha
escrito apremiando a que se verifique.

Suministros de mineral de hierro sueco desde Narvik.

2. A fines de noviembre es normal que se hiele el Golfo de Botnia, y el mineral de


hierro sueco sólo podrá ser enviado a Alemania por Oxelosund, en el Báltico, o
desde Narvik, al norte de Noruega. Oxelosund únicamente puede despachar la
quinta parte del mineral que Alemania compra a Suecia. En invierno, el tráfico se
realiza corrientemente desde Narvik. Los barcos siguen la costa oeste de Noruega
y realizan todo el viaje a Alemania sin salir de las aguas jurisdiccionales hasta el
Skager-Rak. Ha de entenderse que es esencial para Alemania un adecuado
suministro de mineral de hierro sueco. El impedir que lleguen esos suministros en
invierno, es decir, desde octubre a fines de abril, reducirá mucho la capacidad
alemana de resistencia. En las tres primeras semanas de guerra, ningún barco con
mineral salió de Narvik a causa de que los marineros no querían embarcar, sin que
faltaran otros motivos ajenos a nuestra intervención. Si este satisfactorio estado de
cosas continuase, el Almirantazgo no pediría acción especial alguna. Además, se
realizan con el gobierno sueco negociaciones que pueden reducir eficazmente los
suministros de mineral escandinavo a Alemania.
Si vuelven a empezar los suministros desde Narvik, se requerirán acciones
más tajantes.

Relaciones con Suecia.

3. Nuestras relaciones con Suecia requieren cuidadosa consideración. Alemania


actúa sobre Suecia mediante amenazas. Nuestra fuerza naval nos proporciona
poderosas armas que, en caso necesario, nos cabe usar para hacer entrar en razón a
los suecos. No obstante, y como parre de la política señalada en el párrafo 2,
debemos proponer ayudar a los suecos, en lo posible, a cambiar su mineral por
nuestro carbón, indemnizándoles, si eso no bastara, por otros medios. Ese es el
próximo pasa a adoptar.

Flete y seguro de todo el tonelaje neutral.

4. Las consideraciones susodichas conducen a una más amplia proposición:


obtener, fletándolo o por otros medios, todo el tonelaje neutral disponible que
podamos obtener, como pensamos hacer con el noruego. Esto facultará a los
aliados a regular la mayor parte del transporte marítimo del mundo y
subarrendarlo, con beneficio, a los que actuaran en consonancia con nuestros
deseos.
¿Na podríamos también extender a la navegación neutral no controlada
directamente por nosotros, el beneficio de nuestro sistema de convoyes?
Los resultados obtenidos hasta ahora por la armada real contra el ataque
submarino parecen, en opinión del Almirantazgo, justificar la adopción de dicho
último medio. Podríamos convoyar a los barcos de todos los países que
atravesaran nuestras rutas marítimas, siempre que aceptasen nuestras reglas sobre
el contrabando y pagaran las justas primas en divisas extranjeras. Podrían librarse
así del riesgo de guerra, y el éxito de nuestra campaña submarina nos da la
esperanza de obtener un provecho que compense parte de su mucho coste. De esta
suerte, todos nuestros buques, y los controlados por nosotros, así como los
neutrales o independientes, podrían beneficiarse de la protección británica en alta
mar y ser indemnizados en caso de accidente. El almirantazgo no juzga que ello
rebase nuestras posibilidades. Si ese plan de flete y aseguramiento de la
navegación neutral hubiera regido desde el principio de la guerra anterior, sin
duda habría resultado una especulación muy ventajosa. En esta lucha podría
cimentarse la constitución de una Liga de Naciones Marítimas Libres, a la que
resultara conveniente para todos pertenecer.
5. Propongo, pues, que, si el Gabinete aprueba en principio esos cuatro
objetivos esenciales, se somera el asunto a los diversos departamentos interesados,
a fin de poder formar planes de pronta acción.

Antes de presentar este documento al Gabinete, reuní al Estado Mayor del


Almirantazgo para reexaminar toda la situación,

Primer Lord al Ayudante Jefe del Estado Mayor Naval.

29-IX-39,

1. Sírvase convocar de nuevo la reunión que tuvimos el jueves. Cite a todos


para mañana por la mañana, mientras el Gabinete esté reunido, a fin de examinar
el borrador que he hecho imprimir. Es inútil proponer al Gabinete que se adopten
medidas enérgicas contra un país neutral, a no ser que los resultados sean de
primerísima importancia.
Me dicen que apenas hay barcos alemanes ni suecos dispuestos a trasportar
mineral al sur de Narvik. Se me añade que los alemanes acumulan mineral en
Oxelosund, para prevenirse contra los hielos y llevar remesas desde el Báltico al
Ruhr, por el canal de Kiel, durante los meses de invierno. ¿Son ciertas estas
aseveraciones? Sería muy desagradable que yo propusiese minar las aguas
jurisdiccionales noruegas y se me respondiese que no serviría de nada.
2. A la vez, presumiendo que el tráfico de mineral por la costa occidental de
Noruega constituya un factor importante, digno de un esfuerzo para suspenderlo,
¿en qué punto convendría interrumpirlo?
Sírvase explorar en detalle la costa y decirme dónde. Es obvio que debe ser
al norte de Bergen, a fin de que la parte meridional quede libre para los convoyes
que vengan hacia nosotros desde Noruega o el Báltico. Todo esto ha de calcularse
antes de que yo presente mi informe al Gabinete. No intentaré hacerlo hasta el
lunes o martes.

Cuando todo quedó arreglado en el Almirantazgo, planteé por segunda vez el


problema ante el Gabinete. Volvióse a admitir la necesidad de tal decisión, pero
respecto a acción no se acordó nada. No pude imponerme a los argumentos que el
ministerio de Asuntos Extranjeros alegaba respecto a la neutralidad ajena. Seguí,
como se verá, insistiendo en mi opinión siempre que pude.
Pero sólo en abril de 1940 se adoptó lo que yo proponía en septiembre de
1939. Y ya era demasiado tarde.

Ahora sabemos que, casi a la vez, Alemania volvía los ojos en la misma dirección.
El 3 de octubre, el almirante von Raeder, jefe del Estado Mayor Naval, presentó a
Hitler una propuesta de «Adquisición de Bases Navales en Noruega». Pedía que
«el Führer fuese informado lo antes posible de las opiniones del Estado Mayor
Naval acerca de las posibilidades de extender hacia el norte las bases operativas.
Habría que cerciorarse de la posibilidad de ganar bases en Noruega, mediante la
presión combinada de Rusia y Alemania, con el fin de mejorar nuestra situación
operativa y estratégica». Raeder redactó una serie de notas que sometió a Hitler el
10 de octubre. «En esas notas — ha escrito — subrayé las desventajas que nos
causaría la ocupación de Noruega por los ingleses. En ese caso, ellos dominarían
los accesos del Báltico, actuarían sobre el flanco de nuestras operaciones navales y
ataques aéreos contra Inglaterra y eliminarían nuestra presión sobre Suecia.
Indiqué también las ventajas que nos daría la ocupación de la costa noruega: salida
al norte del Atlántico e imposibilidad de una barrera británica de minas como la de
1917-18... El Führer comprendió en seguida el alcance del problema noruego, me
pidió que le dejase mis notas y manifestó que deseaba examinar la cuestión
personalmente.»
Rosenberg, especialista del partido nazi en asuntos extranjeros, estaba a
cargo de una oficina especial que trataba de la propaganda exterior. Desde luego,
compartía el criterio del almirante. Soñaba en «convertir a Escandinavia a la idea
de una comunidad nórdica que comprendiera los pueblos septentrionales, bajo la
dirección de Alemania, como era natural». A principios de 1939, creyó descubrir un
instrumento de sus fuerzas en el partido nacionalista extremo noruego, dirigido
por el ex ministro de la Guerra, Vidkun Quisling. Se establecieron contactos, y
Quisling enlazó sus actividades con las del Estado Mayor Naval alemán a través de
la organización de Rosenberg y del agregado naval alemán en Oslo.
Quisling y un ayudante suyo, llamado Hagelin, fueron a Berlín el 14 de
diciembre y fueron presentados por Raeder a Hitler, a fin de discutir un golpe de
fuerza en Noruega. Quisling tenía un plan detallado. Hitler, para no dejar traslucir
sus secretos, se manifestó hostil a acrecer sus compromisos y dijo que prefería una
Escandinavia neutral. No obstante, según dice Raeder, aquel mismo día ordenó al
mando supremo que preparase una expedición a Noruega.
Nosotros ignorábamos todo esto, por supuesto.
*

Entre tanto, la región escandinava se convertía en escenario de un inesperado


conflicto que provocó vivos sentimientos en Inglaterra y Francia y afectó mucho las
discusiones sobre Noruega. En cuanto Alemania entró en guerra con Francia y la
Gran Bretaña, Rusia, ateniéndose al espíritu de su pacto con Alemania, se apresuró
a cortar las líneas de acceso a la Unión Soviética desde el oeste. Un paso conducía a
Rusia, desde la Prusia Oriental, a través de los Estados bálticos; otro desde el Golfo
de Finlandia; y el tercero, por Finlandia y el istmo de Carelia, llegaba a un punto
de la frontera finlandesa situado sólo a veinte millas de los arrabales de
Leningrado. Los Soviets no olvidaban los peligros corridos por Leningrado en
1919. El mismo gobierno ruso-blanco de Koltchak había informado a la
Conferencia de la Paz de París que la capital rusa necesitaba bases en los Estados
bálticos y Finlandia. Stalin usó igual lenguaje ante las misiones francesa e inglesa
en el verano de 1939, y ya vimos en capítulos anteriores que los naturales temores
de aquellos pequeños Estados habían obstaculizado una alianza anglofrancesa con
Rusia y allanado el camino al acuerdo Molotov-Ribbentrop.
Sin pérdida de tiempo, Stalin llamó a Moscú al ministro estoniano de
Asuntos Extranjeros (24 septiembre). Cuatro días después los dos gobiernos
firmaban un pacto de asistencia mutua que autorizaba a los rusos a fijar
guarniciones en los puntos estratégicos de Estonia. El 21 de octubre, se instalaron
en el país aviación y tropas rojas. Lo mismo se hizo en Letonia. Aparecieron
guarniciones soviéticas en Lituania. Así, la ruta meridional a Leningrado y la mitad
del Golfo de Finlandia quedaban cerradas por las fuerzas soviéticas contra posibles
ambiciones alemanas. No restaba más que un acceso: Finlandia.
A primeros de octubre, el estadista finés Paasikivi, uno de los firmantes de la
paz de 1921 con los Soviets, fue a, Moscú. Los soviéticos presentaron condiciones
desoladoras. La frontera finlandesa en el istmo careliano debía retroceder
considerablemente, de modo que Leningrado no pudiera hallarse al alcance de la
artillería. Finlandia debía ceder algunas islas en el golfo de su nombre; arrendar la
península de Rybathy, con Petsamo, único puerto finlandés libre de hielos en el
Océano Ártico; y ceder en arriendo también el puerto de Hango, a la entrada del
golfo, para dedicarlo a base aeronaval rusa. En todo, menos en lo último, estaban
dispuestos a ceder los finlandeses. La llave del golfo, puesta en manos rusas,
parecía desvanecer toda seguridad nacional para Finlandia. El 13 de noviembre se
interrumpieron las negociaciones, y el gobierno finlandés comenzó a movilizar y a
concentrar sus tropas en el istmo. El 28 de noviembre, Molotov denunció el pacto
ruso-finlandés de no agresión, y dos días después los rusos atacaron por ocho
puntos la frontera finlandesa, que mide una extensión de mil millas. En la misma
mañana Helsingfors fue bombardeada por la aviación roja.
El principal ímpetu del ataque ruso se centró en las defensas fronterizas de
Carelia, que comprendían una profundidad de veinte millas a través de bosques
cubiertos de nieve. Llamábase a esta zona la Línea Mannerheim, en homenaje al
comandante en jefe finlandés que salvó a Finlandia del yugo bolchevique en 1919.
En Inglaterra y Francia, y más aún en los Estados Unidos, surgió una gran
indignación ante aquel improvocado ataque contra una pequeña, animosa y
civilizadísima nación. A la ira siguió un sentimiento de sorpresa y alivio. Las
primeras semanas de lucha no produjeron éxito alguno a las fuerzas soviéticas, que
al principio se sacaron casi exclusivamente de la guarnición de Leningrado. El
ejército finlandés, cuya fuerza total ascendía a unos doscientos mil hombres, se
portó bien. Los tanques rusos fueron rechazados merced a la audacia del enemigo
y al uso de un nuevo tipo de granada de mano a la que pronto se dio el remoquete
de «Cóctel Molotov».
Es probable que el gobierno ruso contase con un mero paseo militar. Los
ataques aéreos que Rusia realizó sobre Helsingfors y otros puntos fueron en
pequeña escala, pero se esperaba que aterrorizasen a la población. Las tropas rusas
empleadas al comienzo eran numéricamente muy superiores a las finlandesas,
aunque inferiores en calidad y mal instruidas. El efecto de las incursiones aéreas y
la invasión de su país levantó en pie a los fineses, que se unieron contra el agresor
como un solo hombre y lucharon con absoluta resolución y gran habilidad. Cierto
que la división rusa que operaba en Petsamo pudo hacer retroceder fácilmente a
los 700 finlandeses que guarnecían aquella zona. Pero el ataque a la «cintura»
finlandesa fue desastroso para Rusia. El país consiste casi enteramente en bosques
de pinos, es ligeramente onduloso y a la sazón estaba cubierto de nieve. Hacía un
frío intenso. Los finlandeses estaban bien equipados con ropas de abrigo y esquíes,
cosas de que los rusos carecían. Los finlandeses acreditaron buenas cualidades de
combatientes individuales y agresivos, muy diestros en los reconocimientos y la
guerra en los bosques. En vano los rusos usaron su mucho número y sus armas
pesadas. A lo largo del frente los puestos fineses fueron retirándose poco a poco,
seguidos por las columnas rusas. Cuando éstas hubieron penetrado unas treinta
millas, los finlandeses las pararon en seco. Ante las líneas defensivas finesas
construidas en las florestas, los rusos, violentamente atacados de flanco día y
noche, vieron sus comunicaciones cortadas. Las columnas soviéticas fueron
destruidas y las que escaparon a esta suerte hubieron de volver, con graves
pérdidas, a sus puntos de partida. A fines de diciembre, el plan ruso de romper la
«cintura» de Finlandia había fracasado.
Los ataques a la Línea Mannerheim, en la península de Carelia, no eran más
afortunados. Dos divisiones rusas intentaron un movimiento envolvente al norte
del lago Ladoga y fueron batidas. Desde primeros de diciembre, y durante todo el
mes, doce divisiones se arrojaron contra la línea. Mas el bombardeo artillero ruso
resultaba inadecuado, sus tanques, generalmente, eran ligeros, y una serie de
ataques frontales fueron repelidos con grandes pérdidas y nulas ganancias. A fines
de año, el total fracaso en todo el frente convenció al gobierno ruso de que sus
enemigos eran muy distintos a lo que se había opinado en Moscú. Resol vióse,
pues, hacer un redoblado esfuerzo. Comprendiendo que en la guerra de bosques
del norte no cabía vencer, por mera superioridad numérica, la táctica superior y el
mejor adiestramiento de los finlandeses, los rusos decidieron perforar la Línea
Mannerheim mediante métodos de guerra de sitio, poniendo en pleno juego la
artillería pesada y los tanques de gran tamaño. Esto exigía preparativos en amplia
escala. Por ello la pelea, desde fines de año, extinguióse en la frontera, dejando a
los finlandeses vencedores de sus poderosos enemigos. Tan sorprendente
acontecimiento fue recibido con igual satisfacción en todos los países del mundo,
tanto beligerantes como neutrales. Se trataba de un mal presagio para el ejército
soviético. En los círculos ingleses, mucha gente celebró no tener a los Soviets a
nuestro lado y se enorgulleció de su previsión. Sacóse la conclusión, harto
apresurada, de que el ejército ruso había sido arruinado por la depuración de los
mandos y de que la degradación y corrupción inherente al sistema soviético de
gobierno quedaban acreditadas. No sólo se creyó esto en Inglaterra. No hay duda
de que Hitler y sus generales meditaron profundamente en la lección finlandesa, la
cual debió influir mucho en el cerebro del Führer.
Todo el resentimiento que había contra el gobierno soviético a causa del
pacto Ribbentrop-Molotov se inflamó ahora ante aquella brutal exhibición de
tiranía y agresión. A ello se mezclaba desdén por la ineficacia de las tropas
soviéticas y entusiasmo por los valerosos finlandeses. A pesar de haberse ya
declarado la Gran Guerra, cundió un vivo deseo de ayudar a Finlandia con
aviones, material de guerra y voluntarios enviados por Inglaterra, los Estados
Unidos y sobre todo Francia. Municiones y voluntarios sólo tenían un camino
posible. El puerto de embarque de mineral de Narvik, del que partía el ferrocarril a
las minas de los montes suecos, adquirió un nuevo significado sentimental, a más
de estratégico. El usarlo como línea de abastecimiento de Finlandia, afectaba la
neutralidad sueca y noruega. Estos dos estados, tan temerosos de Alemania como
de Rusia, sólo querían mantenerse al margen de la guerra que los rodeaba y que
podía devorarlos. Sólo la neutralidad les parecía medio idóneo para sobrevivir.
Mas el gobierno inglés, aunque reacio a violar formulísticamente la neutralidad
noruega minando sus aguas, se dejó llevar por una generosa emoción sólo
indirectamente relacionada con nuestra guerra y pidió a Noruega y Suecia libre
paso de hombres y suministros para Finlandia.
Yo simpatizaba ardientemente con los finlandeses, apoyé todas las
propuestas de ayudarlos y acogí la nueva y favorable tendencia como medio de
conseguir la ventaja estratégica, mucho mayor, de cortar los vitales envíos de
mineral a Alemania. Si Narvik se convertía en base aliada de suministros a los
finlandeses, sería fácil impedir que se cargaran en aquel puerto remesas de mineral
consignadas a Alemania. Una vez superadas las protestas suecas y noruegas, las
medidas pro finesas podían permitir aplicar otras. Los ojos del Almirantazgo se
fijaban también entonces en los movimientos de un grande y poderoso buque
rompehielos que iba a ser enviado de Murmansk a Alemania, so pretexto de
reparaciones, pero mucho más "probablemente para abrir el ya helado puerto
báltico de Lulea a los cargueros alemanes de mineral. Renové mis esfuerzos para
conseguir la sencilla e incruenta operación de minar las aguas noruegas,
fundándome en el precedente de la guerra anterior. Como esa cuestión plantea
ciertos aspectos morales, creí oportuno asentar el caso en su forma final y así lo
hice tras prolongadas reflexiones y debates.

TRAFICO DE MINERAL DE HIERRO DESDE NORUEGA

NOTA DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO

16-XII-39.

1. La eficaz paralización de los suministros noruegos de mineral a Alemania,


constituye una vasta operación ofensiva. En mucho., meses no se nos presentará
tan buena probabilidad de abreviar las destrucciones propias del conflicto, e
incluso de impedir las grandes matanzas que producirá la pugna de los ejércitos.
2. Si se entiende que las ventajas adquiribles superan a las obvias y serias
objeciones que se presentan, debe aplicarse la paralización de los mencionados
envíos. El mineral de Lulea está detenido ya por el hielo invernal, que no debemos
permitir sea quebrado por el rompehielos soviético, si realiza tal intento. El envío
de mineral desde Narvik puede quedar suspendido sembrando sucesivamente una
serie de pequeños campos de minas en las aguas jurisdiccionales de Noruega.
Eligiendo dos o tres puntos adecuados de la costa, se obligará a los barcos de
mineral a salir de esa zona y pasar a alta mar, donde, si son alemanes, los
capturaremos como presa legítima y, si son neutrales, los someteremos a las reglas
de nuestro control del contrabando. El tráfico de mineral salido de Oxelosund,
principal puerto báltico libre de hielos, puede también suspenderse mediante
procedimientos no diplomáticos ni militares. Esos tres puertos deben ser cerrados
de diferentes modos lo antes posible.
3. No se trata de privar a Alemania de un mero millón de toneladas de
mineral desde ahora a mayo, sino de cortar todo su suministro de invierno, salvo
las minúsculas cantidades que puedan salir de Gavle u otros puertos bálticos
secundarios libres de hielos. Alemania experimentará una rigurosa escasez, que
tenderá a ser crítica en el verano. Pero cuando los hielos se fundan en el Golfo de
Botnia, los abundantes suministros desde Lulea se reanudarán. Alemania planea,
sin duda, no sólo proveerse durante el invierno de cuanto mineral pueda, sino
reunir los nueve millones y medio de toneladas que necesita, por lo menos, entre el
1 de mayo y el 15 de diciembre de 1940. Tras esto, quizá espere organizar los
suministros rusos y ser capar de sostener una guerra larga.
4. Bien puede ocurrir que si llegamos a mayo y Alemania escasea de mineral
para sus industrias y municiones, el impedir que vuelva a abrirse el puerto de
Lulea constituya un importante objetivo naval. Un modo de lograrlo sería que los
submarinos británicos colocasen declaradamente un campo de minas, incluso
magnéticas, frente al puerto de Lulea. Hay otros métodos. Si Alemania fuese
privada de todo el mineral sueco desde ahora hasta fines de 1940, asestaríamos a
su capacidad Mica un golpe equivalente a una gran victoria campal o aérea, sin
serio sacrificio de vidas. El resultado podría llegar a ser decisivo.
5. A todo golpe militar cabe que siga una reacción advera. Si uno tira sobre el
enemigo, éste contesta. Es necesario, pues, afrontar decididamente las
contramedidas que acaso tome Alemania o las que haga tomar a Noruega y Suecia.
Tres pares de hechos podemos contar respecto a Noruega. Primero: los alemanes,
guerreando cruel e ilegalmente, violarán las aguas jurisdiccionales de Noruega,
hundiendo sin aviso ni socorro cierto número de barcos ingleses y neutrales. A esto
podemos responder sembrando las minas que hemos mencionado. Sugiérese que
Noruega, como protesta, puede cancelar el valioso acuerdo que con ella tenemos
respecto al flete de sus petroleros y otros barcos de valor. Pero entonces Noruega
perdería el provechoso contrato hecho con nosotros, y sus buques le serían inútiles,
dado nuestro control del contrabando. Esos barcos permanecerían inactivos y sus
armadores se arruinarían. No respondería a los intereses noruegos el que su
gobierno adoptase tal medida, y el interés es un factor siempre poderoso. En tercer
lugar, Noruega podría reaccionar negándose a exportarnos el aluminio y otros
materiales de guerra importantes para nuestros ministerios del Aire y de
Suministros. Pero también entonces se perjudicarían los intereses noruegos. No
sólo Noruega no recibiría las beneficiosas ganancias que su tráfico le produce, sino
que la Gran Bretaña le negaría bauxita y otras materias primas indispensables,
paralizando por completo toda la industria noruega localizada en torno a Oslo y
Bergen. Si Noruega reaccionara contra nosotros se vería, en resumen, abocada a la
ruina económica e industrial.
6. Noruega simpatiza con nosotros, y su futura libertad del yugo germánico
depende de la victoria de los aliados. No es razonable suponer que Noruega
adopte ninguna de las contramedidas susodichas (aunque nos amenace con ellas),
salvo si Alemania la obliga por la fuerza bruta.
7. Esa fuerza será aplicada en todo caso a los noruegos si Alemania cree que
le interesa dominar por vía militar la península escandinava. En ese caso, la guerra
se extenderá a Suecia y Noruega, y nuestro dominio de los mares elimina toda
razón que pudiera oponerse a que los franceses e ingleses choquen con los
alemanes en suelo escandinavo. En cualquier caso, podríamos ocupar y conservar
algunas islas o puntos que nos conviniesen en tierra firme noruega. Nuestro
bloqueo septentrional de Alemania se haría, entonces, absoluto. Podríamos,
verbigracia, ocupar Narvik y Bergen, destinándolos a nuestro comercio y a
paralizar el de Alemania. Jamás se exagerará la verdad de que el control británico
de la costa noruega es un objetivo estratégico de primera clase. De modo que,
incluso si Alemania ejerce plenas represalias, no se ve en qué vendría esto a
perjudicarnos. Por lo contrario, un ataque alemán a Suecia y Noruega nos ofrece
más ganancias que desventajas. Este punto puede pormenorizarse más, pero aquí
no es necesario.
Ninguna razón impide que nos procuremos un grande y continuo
suministro de mineral sueco desde Narvik, suprimiendo todo envío de ese mineral
a Alemania. Tal debe ser nuestra finalidad.

Concluía:

8. El efecto que nuestra acción contra Noruega puede causar en la opinión


mundial, y sus consecuencias sobre nuestra reputación, han de tenerse en cuenta
también. Hemos empuñado las armas, de acuerdo con el pacto de la Sociedad de
Naciones, para ayudar a las víctimas de la agresión alemana. Ninguna infracción
técnica del derecho internacional, siempre que no la acompañe inhumanidad
alguna, nos privará de las simpatías de los países neutrales. Ningún efecto causará
en el neutral más poderoso: los Estados Unidos. Nos asisten motivos para creer
que éstos enfocarán el asunto del modo que más pueda favorecernos. Y ya
sabemos que los Estados Unidos son muy hábiles.
9. El tribunal final es nuestra conciencia. Peleamos para restablecer el reino
de la ley y para proteger la libertad de los países pequeños. Nuestra derrota
implantaría una era de bárbara violencia y sería fatal, no sólo para nosotros, sino
para la vida independiente de todo país pequeño de Europa. Actuando en nombre
del pacto de la S. de N., como mandatarios virtuales de la Sociedad y de cuanto ella
propugna, tenemos el derecho y el deber de abrogar temporalmente algunas de las
disposiciones de las mismas leyes que tratamos de consolidar y reafirmar. No
deben las pequeñas naciones, por cuyos derechos y libertad combatimos, querer
trabarnos las manos. La letra de la ley, en casos de suprema necesidad, no debe
obstruir a los encargados de protegerla y forzarla. No sería justo ni racional que la
potencia agresora obtuviese una serie de ventajas quebrando todas las leyes y otra
serie de beneficios escudándose tras el respeto a la ley innato en sus adversarios.
Más que la legalidad, es la humanidad lo que debe informar nuestra conducta.
La historia nos juzgará. Hemos de afrontar los acontecimientos.

El 22 de diciembre, el Gabinete discutió mi propuesta, que defendí tan bien como


pude. No obtuve decisiones de acción. Se acordó protestar diplomáticamente ante
Noruega por el abuso que los alemanes hacían de sus aguas jurisdiccionales, y los
jefes de Estado Mayor recibieron orden de estudiar las posibles complicaciones de
una actividad militar en suelo escandinavo. Se les autorizó a planear un
desembarco en Narvik en favor de Finlandia, y a considerar las consecuencias
militares de una ocupación alemana del sur de Noruega. Pero el Almirantazgo no
recibió instrucción ejecutiva alguna. En un documento que hice circular el 24 de
diciembre, resumí los informes del Servicio Secreto, que señalaban ciertos posibles
designios de Rusia contra Noruega. Decíase que los Soviets tenían concentradas en
Murmansk tres divisiones preparadas a una expedición marítima. «Puede ser —
terminaba yo — que ese país sea pronto escenario de nuevas actuaciones.» Y ello
resultó verdad, pero el golpe descargó desde otro lado.
CAPÍTULO X

EL SOMBRÍO AÑO NUEVO

Sigue la pausa. — «Catalina»: la fase final. — Tensión con Rusia. — Inquietudes


de Mussolini. — Hore-Belisha abandona el ministerio de la Guerra. — Obstáculos a la
acción. — Desánimo en las factorías. — Resultados de mayo. — Captura de los planes
alemanes contra Bélgica. — Acción y desarrollo del Cuerpo Expedicionario inglés. —
Nuestra falta de divisiones acorazadas. — Mal estado del ejército francés. — Intrigas
comunistas. — Planes alemanes de invasión de Noruega. — La reunión del Consejo
Supremo de Guerra el 5 de febrero. — Mi primera asistencia a él. — El incidente del
«Altmark». — El capitán Philip Vian. — Rescate de los prisioneros ingleses. — Eficaz
alegato de Chamberlain. — Hitler designa a von Falkenhorst para el mando de la
expedición contra Noruega. — Noruega ante Francia. — Ataque aéreo alemán a nuestra
navegación en la costa este. — Contramedidas. — Satisfactorios resultados de los primeros
seis meses de guerra marítima. — Discurso sobre cálculos concernientes a la armada (27
febrero 1940).

El final del año 1939 dejó a la guerra en la misma situación de siniestra


pausa. Sólo algún cañonazo o la actividad de alguna patrulla de reconocimiento
turbaba la calma del frente occidental. Los ejércitos se miraban unos a otros desde
sus inatacadas fortificaciones, separadas por la indisputada «tierra de nadie».
El día de Navidad escribí a Pound:

Hay cierta similitud entre la situación de ahora y la de fines de 1914. Se ha pasado


de la guerra a la paz. Los mares exteriores, al menos por el momento, están libres
de buques enemigos de superficie. Las líneas de Francia permanecen estáticas.
Además, en el mar hemos repelido el primer ataque submarino, que en la otra
ocasión no empezó hasta febrero de 1915, y ya vemos la solución de la novedad de
la mina magnética. Las líneas de Francia corren a lo largo de las fronteras, y no se
hallan en manos del enemigo seis o siete departamentos franceses y Bélgica, como
en 1914. Así, podemos juzgar que la situación de ahora puede compararse muy
favorablemente con la de entonces. Tengo, en fin, la impresión (corregible en
cualquier momento) de que la Alemania del Kaiser era mucho más dura de cocer
que la nazi.
Esto es lo mejor que puedo poner en una postal de Navidad en estos difíciles
tiempos.

Cada vez iba convenciéndome más de que en 1940 no se realizaría en el Báltico la


operación «CATALINA». El 6 de enero escribí a Pound: «Aunque sea muy deseable
el envío de una poderosa fuerza de superficie al Báltico, no la creo esencial para la
captura y conservación de las cuencas de mineral. Deben continuar todos los
preparativos para el envío de la flota y han de hacerse poderosos esfuerzos al
efecto, pero sería erróneo ensayar esa medida a menos de que veamos el modo de
mantener la flota inmune al ataque aéreo, y más erróneo aun hacer depender la
ocupación de las cuencas de mineral del envío de una escuadra de superficie.
Avancemos con confianza y veamos cómo se desarrolla el aspecto naval según se
desenvuelven los acontecimientos.»
Una semana más tarde, decía:

Churchill al Primer Lord del Mar

15-I-40.

He considerado cuidadosamente los documentos que ha tenido usted la bondad de


enviarme respondiendo a mis diferentes notas sobre «Catalina». He llegado, a
regañadientes, pero con decisión, a concluir que la operación que bosquejamos en
otoño no será practicable este año. Aun no hemos obtenido sobre submarinos,
minas y buques de superficie un dominio que nos permita adaptar a sus especiales
deberes los muchos buques menores requeridos. No se ha solucionado el problema
de dar relativa seguridad a nuestros buques contra el ataque aéreo. Los
bombarderos en picado siguen siendo una formidable amenaza. Los cohetes
[llamados, con fines de secreto, el arma U. P., o proyectiles no rotativos], aunque
progresan rápidamente hacia su producción, no estarán disponibles en bastante
cantidad en muchos meses; y aun eso contando que todo marche bien. No hemos
podido proveer a nuestros buques mayores de los blindajes suplementarios que
necesitaban. La situación política del Báltico es tan desconcertante como siempre.
Por otra parte, la conclusión del «Bismarck» en septiembre aumenta mucho la
escala de la resistencia que cabe encontrar en buques de superficie.
2. Pero la guerra puede muy bien continuar en 1941, y nadie puede decir qué
oportunidades se presentarán entonces. Deseo, pues, que todos los preparativos de
los diversos buques y auxiliare, señalados en sus tablas como «convenientes»
continuarán según las oportunidades lo permitan. Cuando entren los barcos en
dique a fines de reparación o transformación, debe hacerse todo lo posible para
que no se retarde su regreso al servicio. Será cosa de común prudencia, en vista de
la actitud de Rusia, preparar nuestros destructores para servicios en mar invernal.
Celebraré que coincidamos en esto.

Hasta entonces ningún aliado se había unido a nuestra causa. Los Estados Unidos
se mostraban más fríos que en ningún otro período. Yo perseveraba en mi
correspondencia con el Presidente, pero no encontraba gran aliento. El ministro de
Hacienda se quejaba de la disminución de nuestros recursos en dólares. Habíamos
firmado con Turquía un pacto de ayuda mutua y estudiábamos el apoyo que,
dentro de nuestros limitados recursos, podíamos dar a los turcos. La guerra
finlandesa había empeorado nuestras relaciones, malas ya, con Rusia. Toda acción
que emprendiéramos en pro de los finlandeses podía llevar a la guerra con los
Soviets. Los fundamentales antagonismos existentes entre el gobierno soviético y la
Alemania nazi, no impedían al Kremlin auxiliar con suministros y otras facilidades
el creciente poder de Hitler. Los comunistas franceses y británicos censuraban la
guerra «imperialcapitalista» y hacían lo posible para dificultar el trabajo en las
fábricas de material de guerra. Ejercían un influjo deprimente y subversivo en el
ejército francés, ya debilitado por la inacción. Seguíamos lisonjeando a Italia con
cortesías y contratos favorables, pero no advertíamos progreso alguno en un
sentido amistoso. Ciano se mostraba atento con nuestro embajador, y Mussolini
permanecía al margen y solitario.
No le faltaban al dictador italiano sus preocupaciones. El 3 de enero, escribió
a Hitler una reveladora carta en que mostraba su desagrado por el acuerdo ruso-
alemán.

Nadie conoce mejor que yo, con mis cuarenta años de experiencia política, que la
política, sobre todo si es revolucionaria, tiene ciertas exigencias tácticas. Yo
reconocí a los Soviets en 1924. En 1934, firmé con ellos un tratado de comercio y
amistad. Entiendo, pues, que, dado en especial el hecho de que Ribbentrop erró al
suponer que no intervendrían Inglaterra y Francia, está usted obligado a evitar un
segundo frente. Ha tenido usted que pagar un precio a cambio de resolver esa
necesidad; y el precio es que Rusia, sin combate, ha sacad) más provecho que nadie
de la guerra, tanto en Polonia como en el Báltico.
Yo, que soy revolucionario nato y no he modificado mi mentalidad
revolucionaria, le manifiesto que no puede usted sacrificar permanentemente los
principios de su revolución a las exigencias tácticas de un momento dado... Es
definido deber mío añadir que un paso más en las relaciones con Moscú tendría
catastróficas repercusiones en Italia, donde el sentimiento antibolchevique es
unánime, absoluto, granítico e inquebrantable. Espero que lo que indico no suceda.
La solución del espacio vital de ustedes está en Rusia y no en otro sitio... El día que
demolamos el bolchevismo habremos sido fieles a nuestras revoluciones
respectivas. Entonces les llegará la vez a las grandes democracias, que no podrán
sobrevivir al cáncer que las devora...

El 6 de enero, volví a Francia para explicar dos de mis proyectos — «Cultivador


número 6»16 y «MARINA REAL» (minas fluviales en el Rin) — al alto mando
francés. Antes de marchar por la mañana, Chamberlain me llamó para decirme que
había decidido relevar a Hore-Belisha, substituyéndole por Oliver Stanley en el
ministerio de la Guerra. Entrada aquella noche, Hore-Belisha me telefoneó a París
para decirme lo que ya sabía yo. Le apremié, sin éxito, para que ocupase cualquier
otro de los cargos que podían ofrecérsele. El gobierno se hallaba entonces un poco
a la deriva, y casi toda la Prensa criticó la eliminación de la figura más enérgica del
equipo ministerial. Hore-Belisha abandonó el ministerio de la Guerra entre
generales aclamaciones periodísticas. Pero el Parlamento no se deja guiar por la
Prensa y aun a menudo reacciona en sentido opuesto. Cuando los Comunes se
reunieron una semana más tarde, el dimisionario tuvo pocos paladines y procuró
abstenerse de hacer declaración alguna. Yo le escribí lo siguiente:

10-I-1940.

Lamento mucho que nuestra breve actuación como compañeros haya terminado.
En la guerra anterior, me sucedió a mí lo que a usted le sucede y sé cuán amargo y
penoso es eso para cualquiera que ponga su corazón en su trabajo. No se me ha
consultado sobre los cambios propuestos. Los he sabido después de haberse
decidido. Por lo demás, no sería sincero si le ocultase que me parece preferible que
vaya usted al departamento de Comercio o al ministerio de Información. Mucho
me disgusta que no vea usted modo de aceptar el primero de esos importantes
cargos.
La consecución más notable de su actuación en el ministerio de la Guerra fue
la aprobación del servicio obligatorio en tiempo de paz. Tenga la certeza de que eso
constituyó una cosa grande. Confío en que no tardaremos a volver a ser
compañeros y en que este momentáneo tropiezo no obstaculizará seriamente sus
oportunidades de servir al país.
No me fue posible realizar mi esperanza hasta que, al disolverse la coalición
nacional, formé el gobierno momentáneo de mayo de 1945. Entonces Belisha fue
hecho ministro de Seguros Nacionales. En el intervalo nos criticó severamente,
pero me complugo mucho incorporar a la administración pública un hombre tan
inteligente.
Los finlandeses resistieron todo enero, y, a fines de mes, el ejército ruso, más
numeroso cada vez, seguía clavado a sus posiciones. La aviación roja continuaba
bombardeando Helsingfors y Viipuri, y el gobierno finlandés pedía cada vez con
más angustia aviones y material de guerra. Según las noches árticas se acortaban,
la ofensiva aérea soviética podía incrementarse, no sólo contra las ciudades de
Finlandia, sino contra las comunicaciones de las fuerzas finlandesas. Hasta
entonces sólo habían llegado a Finlandia unos pocos miles de voluntarios y una
pequeña cantidad de material de guerra. En enero, se abrió en Londres un
banderín de enganche y se enviaron a Finlandia unas veintenas de aeroplanos.
Pero nada práctico se hizo.
Los retardos acerca de lo de Narvik no acababan nunca. El Gabinete estaba
dispuesto a presionar a Suecia y Noruega a fin de que permitiera el paso de
socorros a Finlandia, pero en cambio se oponía a la operación, mucho menor, de
minar las aguas jurisdiccionales noruegas. Lo primero, era una empresa noble; lo
segundo, una empresa táctica. Además, resultaba claro que Noruega y Suecia
negaban facilidades para la proyectada ayuda, y, por tanto, los proyectos a ella
relativos quedaron en nada.
Después de una de nuestras reuniones de Gabinete, escribí a un compañero,
expresándole mi decepción:

15-I-1940.
Mi inquietud se debe principalmente a las tremendas dificultades que
nuestro mecanismo de dirección de la guerra ofrece a toda acción positiva. Veo tan
inmensas murallas de prevención, tanto erigidas ya como erigiéndose, que a veces
me pregunto si habrá algún medio de poder remontarlas. Examinemos los
argumentos que hemos tenido que vencer durante las siete semanas que hemos
discutido la operación de Narvik. Primero chocamos con las objeciones de los
departamentos económicos, como el de Suministros, Comercio, etc. Luego, con la
Comisión de Planeamiento Conjunto. Después, con los jefes de la Comisión de
Estado Mayor. En cuarto término, con el insidioso alegato de que «no debemos
echar a perder el gran plan por seguir otros pequeños». En quinto, con las
objeciones morales y jurídicas, gradualmente eliminadas. En sexto lugar, con el
temor a la actitud de los neutrales, y sobre todo de los Estados Unidos. No
obstante, véase lo bien que éstos han respondido a nuestra gestión. En séptimo
lugar, tropezamos con el propio Gabinete y con sus muchas facetas de criticismo.
En octavo, cuando todo se allana, hay que consultar a los franceses. Finalmente,
hay que afrontar a los Dominios y a sus conciencias, ya que estos países no han
atravesado por los procesos que nuestra opinión ha pasado en nuestra isla Todo
esto me lleva a pensar que, dadas las presentes disposiciones, nos veremos
reducidos a esperar los terribles ataques del enemigo, contra los que nos es
imposible prepararnos en todos los sentidos simultáneamente, a no ser que
incurramos en una fatal dispersión de fuerzas.
Tengo en marcha dos o tres proyectos, pero temo que todos sucumban ante
el tremendo despliegue de argumentos negativos y fuerzas que se les oponen.
Perdone, pues, si me expreso con disgusto. Una cosa, en todo caso, es cierta: que
nunca se ganará la victoria siguiendo la línea de menor resistencia.
Todo el asunto de Narvik ha sido dado de lado en vista de la amenaza a los
Países Bajos. Si esto encarna la situación real, habrá que estudiarlo a la luz de
acontecimientos enteramente nuevos. Si se libra una gran batalla en los Países
Bajos, sus efectos sobre Suecia y Noruega pueden ser decisivos. Aun si la batalla
termina en tablas, esos países pueden sentirse más libres, y para nosotros una
diversión acaso resulte muy necesaria.

Había otras causas de inquietud. La adaptación de nuestras industrias a la


producción de guerra no seguía el ritmo deseado,

En un discurso en Manchester (27 enero), señalé la inmensa importancia de que


expandiésemos nuestra mano de obra, llevando a la industria gran número de
mujeres para reemplazar a los hombres llamados a las fuerzas armadas.

Tenemos que realizar una gran expansión, especialmente en trabajadores capaces


de realizar operaciones especializadas o semiespecializadas. En esto hemos de
contar especialmente con nuestros camaradas trabajadores y con los dirigentes de
los sindicatos. Hablo de esto con algún conocimiento de causa, ya que presidí el
anterior ministerio de Municiones en su fase culminante. Necesitamos millones de
nuevos trabajadores. Más de un millón de mujeres deben acudir resueltamente a
nuestras industrias de guerra, entrando en las fábricas de granadas, los talleres de
municiones y las factorías aeronáuticas. Sin esta expansión de la mano de obra, y
sin autorizar a las mujeres inglesas a unirse al esfuerzo bélico, como desean,
fracasaremos completamente en el desempeño de la participación en la carga que
Francia e Inglaterra han asumido conjuntamente.
Poco, empero, se hizo. Faltaba la impresión de que corríamos un extremo peligro.
Se notaba un ambiente mortecino entre los trabajadores y entre quienes dirigían la
producción. Reinaba en esto igual letargo que en las operaciones militares. A
principios de mayo, una inspección de la mano de obra en las industrias
aeronáuticas, motorísticas y mecánicas, reveló los hechos de modo indiscutible.
Aquel documento fue estudiado a fondo por mi departamento estadístico, dirigido
por Lindemann. A pesar de lo que nos interesaba e inquietaba la pugna entonces
en curso en Noruega, hallé tiempo pata dirigir a mis colegas esta nota:

NOTA DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO

4-V-1940.

El informe que tenemos indica que en el grupo fundamental {de nuestras


industrias) apenas hemos empezado a organizar la mano de obra necesaria para la
producción de municiones.
En {anteriores documentos) se calculó que se necesitaría un gran aumento,
computado en el 71,5 %, del personal empleado en la industria metalúrgica
durante el primer año de guerra. El grupo mecánico, motorístico y aviatorio, que
cubre tres quintas partes de la industria metalúrgica, sólo ha aumentado en un 11,1
% (122.000 personas) entre julio de 1939 y abril de 1940. O sea, una sexta parte de la
expansión considerada necesaria. Sin ninguna intervención gubernamental, sino
por la mera ampliación de esas industrias, el número de trabajadores en ellas
creció con igual rapidez en 1936-37.
Aunque cada año salen de la escuela 350.000 muchachos, el número de
varones menores de 21 años que vemos empleado en ese grupo sólo ha aumentado
en 25.000. La proporción de mujeres y jóvenes sólo ha progresado de un 26’6 % a
un 27'6 %. En el grupo mecánico, motorístico y aviatorio sólo se emplea una mujer
por cada doce hombres. En la guerra última esa proporción se elevó, de una mujer
por cada diez hombres, a una por cada tres. En el primer año de la pasada guerra
(julio 1914-julio 1915), los trabajadores nuevos incorporados a las industrias
metalúrgicas sumaron el 20 % de los que antes existían. En el grupo que ahora
examinamos, y que puede juzgarse típico de toda la industria metalúrgica, sólo ha
habido un aumento del 11 % en los últimos diez meses.
Los establecimientos del Almirantazgo han visto acrecidos sus trabajadores
en un 27 %, pero no se consideran aquí, porque no hay cifras de los diferentes tipos
de mano de obra.

*
El 19 de enero, nuestras inquietudes sobre el frente occidental se confirmaron. Un
comandante alemán de Estado Mayor, de la séptima división aérea, recibió orden
de llevar unos documentos a la comandancia de Colonia. Queriendo ganar tiempo
para poder divertirse en el intervalo que le sobrase, decidió atravesar el territorio
belga. Su aparato realizó un aterrizaje forzado y la policía belga le detuvo y se
apoderó de sus documentos, que el oficial se esforzó desesperadamente en
destruir. En ellos se hallaba un plan completo para la invasión de Bélgica, Holanda
y Francia. Los gobiernos inglés y francés recibieron copias de aquellos
documentos, y el alemán fue libertado, de manera que pudo contar a sus
superiores lo ocurrido. Yo, informado del caso, creí imposible que los belgas no nos
invitasen a participar en un plan17. Mas nada hicieron. En los tres países
interesados se alegó que probablemente se trataba de un engaño. Pero no era así.
No era razonable que los alemanes se esforzasen en hacer creer a los belgas que
iban a atacarles en un cercano futuro. Las consecuencias podían ser que los belgas
realizasen lo que menos interesaba a los alemanes: un plan con ingleses y
franceses, para que éstos entrasen sigilosamente cualquier noche en Bélgica. Por
tanto, yo creí en el inminente ataque. Pero esa idea no entró en el cerebro del rey
belga, y él y su Estado Mayor esperaron, confiando en que todo se arreglase bien.
A pesar de los documentos del comandante alemán, nada hicieron los aliados
respecto a los países amenazados. Por otra parte, sabemos ahora que Hitler llamó a
Goering y, al saber que los planes de invasión figuraban, enteros, en los
documentos capturados, dio rienda suelta a su cólera y después ordenó que se
preparasen nuevas variantes del plan.
Así, a principios de 1940 era claro que Hitler poseía un proyecto
pormenorizado para invadir Holanda, Bélgica y Francia. Si éste comenzaba,
entraría en acción el Plan «D»18 de Gamelin, incluyendo el movimiento del 7.°
ejército francés y del británico. El Plan «D» había sido minuciosamente elaborado y
bastaba una palabra para ponerlo en ejecución. Aunque el plan fuera censurado al
principio de la guerra por los jefes ingleses de Estado Mayor, se confirmó definida
y formalmente en París el 17 de noviembre de 1939. Sobre aquella base esperaron
los aliados el choque inminente, y el Führer la estación apropiada para operar, es
decir, la comprendida desde abril en adelante.
Durante el invierno y la primavera, el Cuerpo Expedicionario inglés se había
ocupado activamente en fortificar su línea y prepararse para la guerra ofensiva y
defensiva. Desde los más altos grados a los hombres de filas, todos trabajaban con
ahínco, y si luego se portaron con brío debióse a haber aprovechado el invierno
bien. Al terminar la «guerra crepuscular», los ingleses formaban un ejército mucho
mejor y más numeroso que al empezarla. Las divisiones 42 y 44 habían llegado a
Francia en marzo, y estaban ya en la frontera en la segunda quincena de abril de
1940. En este mismo mes llegaron las divisiones 12, 23 y 46. Se las enviaba a
completar su instrucción en Francia y a acrecer la mano de obra destinada al
trabajo que había que realizar. Escaseaban, eso sí, los armamentos más comunes de
unidad y los más usuales equipos. No teníamos artillería. Pero los ingleses se
vieron irresistiblemente arrastrados a la lucha y pelearon como buenos.
Lo más terrible, y lo que reflejaba nuestras disposiciones de preguerra, era
que no había una sola división blindada en el Cuerpo Expedicionario británico.
Inglaterra, cuna del tanque en sus distintas variedades, había descuidado
enormemente aquel arma que pronto había de dominar los campos de batalla. Así,
ocho meses después de la declaración de guerra, nuestro pequeño, pero buen
ejército, tenía solamente, al llegar la hora de la suprema prueba, la brigada de
tanques del primer ejército, que comprendía 17 tanques ligeros y 100 de
«infantería». De estos últimos sólo 23 llevaban un cañón del 2'3. Los demás
únicamente disponían de ametralladoras. Había también siete regimientos de
caballería y guardia real equipados con tanques pequeños. Esas fuerzas estaban en
vías de formar dos brigadas blindadas ligeras. Fuera de la falta de elementos
acorazados, el Cuerpo Expedicionario inglés mejoraba mucho.

En el frente francés los progresos eran menos satisfactorios. En un ejército


obligatorio se reflejan mucho las tendencias populares, y más cuando el ejército
está acuartelado en el país y los contactos con la población son estrechos. No cabe
decir que Francia en 1939-40 examinase la guerra con elevado espíritu, ni siquiera
con mucha confianza. La inquieta política interior de la pasada década había
fomentado el descontento y la discordia. Importantes elementos, como reacción
contra el comunismo, se habían inclinado hacia el fascismo y prestaban despierto
oído a la hábil propaganda de Goebbels, convirtiéndola en habladurías y rumores.
En el mismo ejército actuaban las desintegrantes influencias del comunismo y el
fascismo. Los largos meses invernales de espera dieron tiempo y oportunidad para
que la ponzoña cundiese.
Muchos factores contribuyen a la creación de una sana moral en un ejército,
pero uno de los mayores consiste en que las tropas estén ocupadas en tareas útiles
e interesantes. La ociosidad es un amenazador caldo de cultivo. En invierno,
existían muchas faenas que requerían ser ejecutadas; la instrucción debiera haber
recibido atención especial; las fortificaciones, incluso la Línea Maginot, distaban
mucho de estar completas y carecían de numerosas obras suplementarias; en fin, la
preparación física de las fuerzas exigía ejercicios. Los que visitaban Francia
quedaban sorprendidos por el ambiente de calma que prevalecía, por la pobre
calidad de lo que se realizaba, por la falta de actividades visibles de cualquier
género que fuesen. La soledad que reinaba en los caminos franceses de retaguardia
contrastaba mucho con el continuo ir y venir que se apreciaba tras el frente inglés.
No hay duda de que la calidad del ejército francés empeoró durante el
invierno. Los franceses hubieran peleado mejor en el otoño que en la primavera
siguiente. Y quedaron abrumados por la velocidad y violencia del ataque alemán.
Únicamente en las fases postreras de la campaña las tropas francesas demostraron
sus cualidades combativas en pro de su país. Pero ya era tarde.

Progresaban, entre tanto, los planes alemanes de asalto directo a Noruega y


ocupación instantánea de Dinamarca. El mariscal von Keitel escribió, al respecto,
un memorándum el 27 enero 1940:

El Führer y comandante supremo de las fuerzas armadas desea que el estudio «N»
sea en adelante ejecutado bajo mi orientación directa y en estrecha conjunción con
la política general de guerra. Por estas razones el Führer me ha comisionado para
que asuma la dirección de los posteriores preparativos.

El detallado planeo de esta operación prosiguió por los cauces normales.

A principios de febrero, teniendo el Primer Ministro que asistir a una reunión del
Consejo Supremo de Guerra, en París, me invitó por primera vez a acompañarle.
Chamberlain me indicó que fuera a reunirme con él en Downing Street después de
cenar.
El tema principal que se debatió en la reunión del 5 de febrero, fue la ayuda
a Finlandia, y se aprobaron planes para preparar tres o cuatro divisiones y
persuadir a Noruega y Suecia para que nos permitieran el envío de suministros y
refuerzos a los finlandeses, e, incidentalmente, dominar la cuenca minera de
Gallivare.
Como cabía esperar, los suecos no accedieron, y todo el proyecto, para el que
se habían hecho extensos preparativos, se vino abajo. Chamberlain hizo la gestión
en nombre nuestro, y los demás ministros británicos sólo intervinieron muy
secundariamente. No recuerdo, por mi parte, haber dicho una palabra.
Al día siguiente, cuando cruzábamos el Canal, avistamos una mina flotante.
«Volémosla a cañonazos», dije al capitán. Hízose así y gran golpe de restos de la
mina saltaron hacia nosotros. Por un momento pareció que iban a llegar a la
cubierta donde se hacinaban nuestros principales políticos y otras altas
personalidades. Afortunadamente, los cascos y esquirlas cayeron a proa, en aquel
momento vacía, y nadie sufrió lesiones. Todo acabó bien. Desde entonces, el
Primer Ministro me invitó siempre a acompañarle, con otros, a las reuniones del
Supremo Consejo. Pero no me fue posible repetir la diversión de la mina.

El Consejo decidió dar primordial importancia a la salvación de Finlandia. Se llegó


a estas conclusiones: Finlandia no podría resistir hasta la primavera si no se le
enviaban treinta o cuarenta mil hombres de refuerzo; el presente aflujo de
voluntarios no bastaba; y la destrucción de Finlandia equivaldría a una grave
derrota para los aliados. Había, pues, que enviar tropas por Petsamo o Narvik, o
bien por otros puertos noruegos. Se prefería utilizar Narvik, a fin de matar dos
pájaros de un tiro (ayudar a Finlandia y cortar los suministros de mineral a
Alemania). Dos divisiones inglesas, listas a pasar a Francia en febrero, quedarían
en Inglaterra, preparándose a luchar en Noruega. Entre tanto, debían hacerse toda
clase de esfuerzos para procurar el asenso y, a ser hacedero, la cooperación de
noruegos y suecos. Nunca se pensó en lo que se haría si Suecia y Noruega, como
era probable, se negaban a nuestra petición.
Por entonces se produjo un intenso episodio en Escandinavia. El lector sabe
ya que yo tenía interés en capturar al «Altmark», auxiliar del «Spee». El «Altmark»
servía de prisión flotante para las tripulaciones de nuestros mercantes hundidos.
Los prisioneros ingleses que, con arreglo al derecho internacional, desembarcó el
capitán Langsdorff en Montevideo, nos dijeron que había a bordo del «Altmark»
unos 300 marineros nuestros. Aquel buque se escondió en el Atlántico meridional
durante cosa de dos meses, y luego su capitán, creyendo que ya no le buscábamos,
emprendió el retorno a Alemania. La suerte y el tiempo le favorecieron, y sólo el 14
de febrero, después de pasar entre Islandia y las Feroe, fue avistado el buque por
nuestros aviones en aguas noruegas.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


16-II-40

A juzgar por la posición que me han dado esta mañana, parece que el crucero y
destructores que allí tenemos deben remontar hacia el norte la costa de Noruega,
no titubeando en dar el alto al «Altmark», aunque se halle en aguas
jurisdiccionales. Ese buque viola la neutralidad noruega al llevar prisioneros de
guerra a Alemania. Seguramente podrán enviarse esta noche al Sgaker-Rak otro u
otros dos cruceros. El «Altmark» ha de considerarse un trofeo valioso.

Con palabras de un comunicado del Almirantazgo, «algunos de los barcos de S. M.


que estaban convenientemente colocados, fueron puestos en movimiento». Una
escuadrilla de destructores, mandada por el capitán Philip Vian, del «Cossack»,
encontró al «Altmark», mas no le hizo parar en seguida. El buque enemigo se
refugió en el fiordo de Jössing, estrecho canalizo de milla y media de longitud,
circuido de acantilados cubiertos de nieve. Dos destructores ingleses recibieron
orden de abordar y registrar al «Altmark». A la entrada del fiordo, dos cañoneros
noruegos informaron a nuestros destructores de que el barco alemán estaba
desarmado, habiendo sido examinado el día anterior y dándosele permiso para
continuar a Alemania por aguas jurisdiccionales noruegas. En vista de esto,
nuestros destructores se retiraron.
Al llegar tales informes al Almirantazgo, intervine y, con autorización del
ministro de Asuntos Extranjeros, ordené a nuestros buques entrar en el fiordo.
Aunque no solía actuar tan directamente, mandé al capitán Vian la siguiente orden:

16 febrero 1940, 5.25 tarde.

A menos que un torpedero noruego acceda a convoyar el «Altmark» hasta


Bergen con una guarda mixta anglo-noruega a bordo y una escolta conjunta,
deberá Vd. abordar al «Altmark», libertar a los prisioneros y posesionarse del
buque hasta nueva orden. Si los torpederos noruegos intervienen, adviértales que
se retiren. Si disparan sobre ustedes, no repliquen a menos que el ataque sea serio,
en cuyo caso usted se defenderá, no empleando más fuerza que la necesaria y
cesando el fuego cuando los noruegos desistan.

Lo demás lo hizo Vian. El «Cossack», con los reflectores encendidos, entró en el


fiordo esquivando los hielos. Vian pasó a bordo de la cañonera noruega «Kjell» y
pidió que el «Altmark» fuese conducido al puerto de Bergen con escolta y guardia
mixtas. En Bergen, el barco sería registrado de acuerdo con el derecho
internacional. El capitán noruego repitió que el «Altmark» había sido examinado
dos veces, que no llevaba armas y que no conducía a bordo prisioneros. Vian
respondió que iba a abordar al «Altmark» e invitó al noruego a que le acompañase,
lo que aquel oficial declinó.
El «Altmark» había empezado a evolucionar, y, en el curso de sus
maniobras, encalló. El «Cossack» abordólo y una partida de hombres armados
saltó al buque alemán. Siguió una viva lucha cuerpo a cuerpo, en la cual perecieron
cuatro alemanes y cinco resultaron heridos. Parte de la dotación huyó a tierra y el
resto se rindió. Empezó la busca de los prisioneros ingleses. Se encontraron a
centenares. Estaban hacinados en las bodegas. Incluso había algunos en un tanque
petrolero vacío. Los cautivos comenzaron a gritar: «¡Ahí viene la armada!» Se
echaron abajo las puertas y los prisioneros subieron al puente. En total, fueron
liberados doscientos noventa y nueve hombres que pasaron a nuestros
destructores. El «Altmark» llevaba dos cañones y cuatro ametralladoras, y se
averiguó que, a pesar de haber sido abordado dos veces por los noruegos, no se le
había sometido a registro. Los cañoneros noruegos fueron espectadores pasivos del
episodio. A medianoche, Vian salió del fiordo, proa al Forth.
En el despacho de guerra del Almirantazgo, Pound y yo esperábamos con
cierta ansiedad. Yo había presionado mucho al ministerio de Asuntos Extranjeros y
no desconocía la gravedad técnica de las medidas adoptadas. Para juzgar bien ha
de recordarse que hasta entonces los alemanes habían hundido 218.000 toneladas
de barcos escandinavos, en los que perdieron la vida 555 marineros de esas
nacionalidades. Pero a nosotros lo que nos preocupaba era hallar a nuestros
prisioneros. Mucho nos complugo saber, a las tres de la madrugada, que estaban a
salvo. Eso era lo esencial.
Suponiendo que los cautivos se encontrarían en malas condiciones como
consecuencia de su encierro y mala nutrición, enviamos al puerto de Leith
ambulancias, médicos, reporteros y fotógrafos. Pero los liberados estaban en buen
estado de salud, habían sido bien atendidos en los destructores, tenían un aspecto
sano, y, por tanto, no quisimos explotar su apariencia como medio de propaganda.
El rescate realizado por Vian despertó en Inglaterra un entusiasmo comparable al
del hundimiento del «Graf Spee». Ello reforzó mi posición y aumentó el prestigio
del Almirantazgo. La frase «¡Ahí viene la armada!» corría de boca en boca.
Ha de comprenderse la actitud del gobierno noruego, que temblaba de
miedo a Alemania. Dicho gobierno protestó enérgicamente contra nuestra
incursión en sus aguas territoriales. El discurso de Chamberlain en los Comunes
contenía la esencia de la respuesta británica:

Según las opiniones del profesor Koht (Primer Ministro de Noruega), el gobierno
noruego no pone objeción a que las aguas jurisdiccionales de Noruega sean usadas
en una extensión de cientos de millas por los buques alemanes que huyen de ser
capturados en alta mar y conducen prisioneros ingleses a los campos de
concentración alemanes. Tal doctrina diverge del derecho internacional tal como el
gobierno de S. M. lo entiende. Adoptar ese criterio legalizaría el uso y abuso de las
aguas neutrales por parte de los alemanes, creando una situación que el gobierno
de S. M. no puede aceptar en circunstancia alguna.

Ya vimos que Hitler había tornado el 14 de diciembre la decisión de invadir


Noruega, y que Keitel y el Estado Mayor trabajaban en los preparativos. El
incidente del «Altmark» estimuló esa acción, sin duda. A una indicación de Keitel,
Hitler, el 20 de febrero, llamó con urgencia a Berlín al general Falkenhorst, que
mandaba un cuerpo de ejército en Coblenza. Falkenhorst había luchado en
Finlandia en 1918, y éste fue el tema inicial de su plática con el Führer, plática
descrita por el general en los procesos de Nuremberg.

Hitler me recordó mi experiencia de Finlandia y me dijo: «Siéntese Y cuénteme lo


que hizo». A los pocos momentos me interrumpió y llevóme a una mesa cubierta
de mapas. «Me propongo — declaró — una operación semejante: la ocupación de
Noruega. Tengo entendido que los ingleses piensan desembarcar en ese país y
deseo anticiparme a ellos.»
Empezó a pasear por la habitación, exponiéndome sus razones: «La
ocupación de Noruega por los ingleses significaría un movimiento estratégico
envolvente que les llevaría al Báltico, donde no tenemos tropas ni fortificaciones
costeras. El éxito que hemos ganado en el este y el que vamos a ganar en el oeste
quedarían anulados, ya que el enemigo estaría en condiciones de avanzar hacia
Berlín y quebrar la espina dorsal de nuestros dos frentes. En segundo y tercer
lugar, la conquista de Noruega asegurará la libertad de movimientos de nuestra
flota en la bahía de Wilhelmshaven y protegerá nuestras importaciones de mineral
sueco»... Finalmente me dijo: «Le doy el mando de la expedición».

Por la tarde, Falkenhorst fue llamado otra vez a la Cancillería para discutir con
Hitler, Keitel y Jodl los planes operativos de la expedición noruega. La cuestión de
las prioridades maniobreras alcanzaba suma importancia. ¿Debía acometerse a
Noruega antes o después del «Caso Amarillo»? (asalto a Francia). El 1 de marzo se
acordó empezar por Noruega. El 3 de marzo se lee en el diario de Jodl: «El Führer
decide realizar el «Ejercicio Weser» antes que el «Caso Amarillo», con pocos días
de intervalo.»
*

Había empezado un grave ataque aéreo sobre nuestra navegación en la costa


oriental inglesa. Además de los barcos de altura dirigidos a los puertos de aquella
costa, había a diario 320 buques de cabotaje, de 500 a 2.000 toneladas, ora en el mar
o en los puertos, y muchos de ellos transportaban carbón al sur. Sólo muy pocos de
aquellos pequeños bajeles habían sido provistos de un cañón antiaéreo, y la
aviación enemiga se cebó en tan fácil presa. Incluso se extendió el ataque a los
buques-faros. Los tripulantes de estas unidades, fieles servidores de los marinos,
permanecían en sus cascos anclados cerca de los bajíos de nuestras costas. No
habían sido atacados en ninguna guerra anterior, ya que eran útiles para todos,
incluso para los submarinos enemigos. A la sazón varios fueron hundidos o
averiados. El caso más deplorable fue el del Humber, donde una serie de ráfagas
de ametralladora mató a ocho de los nueve tripulantes del buque-faro.
El sistema de convoyes resultaba tan eficaz contra el ataque aéreo como
contra el submarino, mas ahora urgía — y se puso en práctica — la búsqueda de
un arma para cada buque. La carencia de piezas antiaéreas nos hizo apelar a mil
expedientes. Un cohete salvavidas sirvió, una vez, para abatir un avión. Las
ametralladoras de que pudo prescindir la flota metropolitana se distribuyeron a los
barcos ingleses y neutrales que frecuentaban la costa oriental. Se les
proporcionaron también tiradores navales. Hombres y armas transbordaban de
barco a barco cada vez que uno salía de viaje. A fines de febrero, el ejército empezó
a ayudar en esta tarea. Así se cimentó una nueva organización conocida después
con el nombre de Real Artillería Marítima. En 1944, más de 38.000 oficiales y
soldados de las fuerzas regulares estaban dedicados a esa actividad. Catorce mil
procedían de la armada. En considerables extensiones de la costa oriental se
preparó la defensa a cargo de cazas de los aeródromos cercanos. Así se combinaron
los servicios de tierra, mar y aire. Los atacantes cada vez sufrían más pérdidas. El
asalto a buques indefensos sin discriminación de países, resultó más costoso de lo
que se esperaba, y tales arremetidas disminuyeron.
No todo era obscuridad en el horizonte. Desde la destrucción del «Graf
Spee» en diciembre, no había signos de actividad enemiga de superficie en alta
mar, y la busca de barcos alemanes continuaba. En febrero, seis barcos alemanes
zarparon de España en el intento de llegar a Alemania. Sólo uno lo consiguió. Tres
fueron capturados, uno se hundió a sí mismo y otro naufragó junto a Noruega. En
febrero y marzo, nuestras patrullas detuvieron a otros siete buques alemanes que
pretendían burlar el bloqueo. Todos, menos uno, fueron hundidos por sus
capitanes. A principio de abril de 1940, Alemania había perdido, por captura o
hundimiento, 71 barcos, con 340.000 toneladas; 215 seguían embotellados en
puertos neutrales. En vista de que nuestros buques mercantes iban armados, los
submarinos alemanes habían tenido que prescindir del cañón y apelar al torpedo.
Después habían descendido a la forma más vil de guerra naval`: la mina no
avisada. Ya vimos cómo logramos sobreponernos a la acción de las minas
magnéticas. No obstante, más de la mitad de las pérdidas de enero se debieron a
esa causa. Dos tercios del tonelaje hundido era neutral.
En los cálculos de la armada, a fines de febrero, examiné las principales
características de la guerra en el mar. Según mi cómputo, los alemanes habían
perdido la mitad de los sumergibles con que contaban al declararse la guerra. En
contra de lo esperado, pocos submarinos nuevos habían aparecido. Ahora nos
consta que los sumergibles hundidos eran dieciséis, y que a fines de febrero se
habían añadido nueve a la escuadra alemana. El principal esfuerzo bélico enemigo
no se había desarrollado aún. Nuestro programa de construcción naval, tanto en
forma de barcos de escolta como de unidades mercantes de repuesto, era muy
grande. El Almirantazgo había asumido la fiscalización de la construcción
mercante, y con este fin se había agregado al departamento a sir James Lithgow,
armador de Glasgow. En los primeros seis meses de guerra, nuestras pérdidas
netas no llegaban a 200.000 toneladas, contra 450.000 en el terrible mes de agosto
de 1917. Además, habíamos capturado más tonelaje de cargueros destinados al
enemigo que cuanto habíamos perdido nosotros.

Al terminar mi discurso dije:


«De mes en mes, mejoran las importaciones. En enero, la marina ha llevado a
salvo a puertos ingleses, a pesar de submarinos, minas, galernas y brumas, mucho
más de las cuatro quintas partes del promedio de tiempo de paz en los años
anteriores... Si consideramos el gran número de barcos ingleses destinados a
servicios de guerra, el transporte de nuestras tropas a Francia y los convoyes de
fuerzas a todo el globo, en los resultados obtenidos nada hay, en el caso peor, que
pueda causar desánimo o alarma.»
CAPÍTULO XI

ANTES DE LA TORMENTA

Marzo de 1940

Retorno de la flota a Scapa Flow. — Viaje por los Minches. — «Minas en el paso».
—Una alarma aérea. —Mejoras en Scapa. — El plan de Hitler tal como ahora lo
conocemos. — Desesperada situación de Finlandia. — Vanos esfuerzos de Daladier. —
Condiciones del armisticio ruso-finés. — Nuevos peligros en Escandinavia. — La
operación «Marina Real». — Las minas fluviales, dispuestas. — Oposición de Daladier. —
Caída del gobierno Daladier. — Mi carta a Reynaud. — Reunión del Consejo Supremo de
la Guerra el 28 marzo. — Se decide, al fin, minar las aguas noruegas, tras una demora de
siete meses. — Propuestas de ofensiva. — Discurso de Chamberlain el 5 abril 1940. —
Indicios de una inminente acción alemana.

El 12 de marzo fue la ansiada fecha en que la flota volvió a Scapa. Resolví


estar presente allí, con tan fausta ocasión, y embarqué en el barco insignia de
Forbes, en el Clyde.
La flota comprendía cinco acorazados, una escuadrilla de cruceros y acaso
una veintena de destructores. El viaje iba a durar veinte horas. Cruzaríamos los
Minches. Pasaríamos los estrechos septentrionales al amanecer y llegaríamos a
Scapa hacia mediodía. El «Hood» y otros buques que remontaban la costa oriental
debían arribar con unas horas de antelación. La navegación por los Minches es
intrincada, y la desembocadura norteña apenas mide una milla de anchura. Por
doquier hay arrecifes y costas rocosas. Se nos avisó de que había tres sumergibles
en aquellos angostos pasajes. Hubimos de movernos en zigzag y a gran velocidad.
Las luces usuales en tiempo de paz estaban apagadas. Estas tareas no
desagradaban a la flota. Pero al ir a partir, después de almorzar, el piloto de la flota
y oficial de navegación del buque almirante, enfermó de gripe. Su ayudante, un
teniente muy joven, subió al puente para encargarse de los movimientos de la
escuadra. Me sorprendió que aquel oficial, sin previa preparación, emprendiese
tan serio trabajo, que exige perfecta ciencia, exactitud y buen criterio. Se le notaba
muy satisfecho.
Yo tenía muchas cosas que discutir con el comandante en jefe, y hasta
después de medianoche no salí a cubierta. Reinaba una densa negrura. El aire
estaba despejado, mas no se veían las estrellas ni había luna. El enorme barco se
movía a dieciséis nudos. A proa veíamos la obscura masa del siguiente acorazado.
Unos treinta buques navegaban a la vez y en buen orden, sin luz alguna, salvo las
diminutas de proa. De continuo cambiaban el rumbo, de acuerdo con la táctica
antisubmarina usual. Cinco horas habían pasado desde que no se obtenía
observación alguna de la costa ni del cielo. El almirante se me unió, y yo le dije:
«Me desagradaría mucho que corriese a mi cargo una maniobra como esta. ¿Cómo
puede usted cerciorarse de que hallará la estrecha salida de los Minches, al
amanecer?» «¿Qué haría usted, señor — repuso él—, si fuese usted el encargado de
mandar la flota?» «Anclar — contesté — y esperar a mañana. Anda, Hardy, como
dijo Nelson». El almirante contestó: «Tenemos cerca de cien brazas de agua ahora
bajo nosotros». Yo sentía completa confianza, adquirida en el curso de muchos
años, en la armada; y si menciono este incidente, lo hago para que se comprenda
que la maravillosa precisión y destreza que parecen imposibles al profano no
pasan en la armada de ser cuestión de todos los días.
A las ocho, desperté. Estábamos en las amplias extensiones del norte de los
Minches, rumbo a la extremidad occidental de Escocia y a Scapa Flow. Llevaríamos
media hora bogando hacia Scapa, cuando se nos hizo señal de que tres aviones
alemanes habían soltado minas en la entrada principal de la base. Forbes decidió
virar hacia el oeste y esperar veinticuatro horas hasta que se dragase el canal; y la
flota cambió de rumbo. Forbes me explicó: «Puedo transbordarle a un destructor
que le lleve a tierra. El «Flood» está ya en la rada». Como mi ausencia de tres días
era ya excesiva, acepté. Subieron rápidamente mi equipaje a cubierta, el barco
redujo su velocidad a tres o cuatro nudos y se largó al agua un cúter, tripulado por
doce marineros con cinturones salvavidas. Mis compañeros estaban ya en la
pequeña embarcación. Mientras me despedía del almirante sonó la señal de
alarma, y todo el buque entró en plena actividad. Se manejaban los antiaéreos y se
adoptaban otras medidas.
Me disgustaba que el barco hubiese acortado su marcha en aguas recorridas
por sumergibles, pero el almirante me tranquilizó, indicándome cinco destructores
que giraban en torno, a toda velocidad, mientras otro me aguardaba. Invertimos un
cuarto de hora en recorrer la milla que nos separaba de nuestro destructor. Dijérase
un episodio de antaño... con la diferencia de que los marineros eran menos
prácticos en el remo que otrora. El acorazado había recobrado su velocidad y ya se
alejaba con el resto de la flota, antes de que nosotros subiésemos al destructor. En
éste, toda la oficialidad se hallaba en sus puestos. Acogiónos el cirujano, que nos
llevó a una cámara donde los instrumentos de su profesión estaban preparados
sobre una mesa. No hubo ataque aéreo y nos dirigimos a toda marcha hacia Scapa.
Entramos en el Switha Sound, acceso secundario donde no habían sido lanzadas
minas. «Entramos por donde los mercantes», dijo Thompson, el comandante del
buque. Y, en efecto, aquel paso se destinaba a los buques-almacén. «Sólo este canal
— añadió el teniente — se autoriza a usar a nuestras escuadrillas». Para calmarlo le
pregunté si recordaba el poema de Kipling que empieza:

«Hay minas en el paso.

Al tráfico advertid y detened.

Enviadnos acá a...»

y aquí le dejé continuar, cosa que hizo correctamente:

«Unity, Claribel, Assyrian, Stormcok y Golden Gain.»

Pronto nos acercamos al «Hood», donde el almirante Whitworth nos recibió, no sin
antes congregar a casi todos sus capitanes. Pasé a bordo una noche muy grata, y
luego comencé la larga serie de inspecciones, que duraron todo el siguiente día.
Aquella vez fue la última que puse pie en el «Hood», el cual estuvo en servicio casi
dos años más, hasta ser destruido por el «Bismarck» en 1941.
Más de seis meses de esfuerzos constantes y el disponer de muchas
prioridades en nuestro favor, habían reparado las incurias de la paz. Las tres
principales entradas de Scapa estaban defendidas por redes y minas, y tres buques
bloqueadores adicionales obstruían, con otros, aquel Kirk Sound por el que se
deslizara Prien, con su submarino, para torpedear al «Royal Oak». Aun se iban a
hundir otros barcos bloqueadores. Una vasta guarnición defendía la base y
manejaba las baterías, en continuo crecimiento. Planeábamos montar más de 120
antiaéreos, con numerosos reflectores, y una barrera de globos que dominara el
aire sobre el fondeadero. No todas aquellas medidas se habían completado, pero
las defensas aéreas eran formidables ya. Muchos buques menores patrullaban
incesantemente por los accesos, y dos o tres escuadrillas de cazas Hurricane,
procedentes del aeródromo de Caithness, podían atacar al enemigo, de noche y de
día, mediante una de las mejores instalaciones de radar, entonces existentes. La
flota metropolitana tenía un refugio, al fin. Desde aquel famoso refugio, había
dominado el mar la escuadra real en la guerra anterior.

*
Sabemos ahora que Hitler había señalado el 10 de mayo para invadir los Países
Bajos y Francia, pero sin fijar aún la fecha del asalto a Noruega, que debía preceder
al del oeste. El 14 de marzo, Jodl, escribió en su diario:

Los ingleses vigilan el Mar del Norte con 15 ó 16 submarinos. Es dudoso si


pretenden proteger sus operaciones propias o impedir las alemanas. El Führer no
ha decidido todavía ejecutar la Operación Weser.

En las secciones de planeamiento del mecanismo militar alemán, había gran


actividad. Los preparativos del ataque a Noruega y a Francia continuaban
simultánea y eficazmente. El 20 de marzo, Falkenhorst manifestó que su
intervención preparativa en la operación «Weser» había quedado consumada. En la
tarde del 16 de marzo, Hitler convocó una conferencia militar, y parece que se
acordó provisionalmente el 9 de abril como fecha del Día «D». El almirante Raeder
informó así:

...Opino que el peligro de un desembarco inglés en Noruega no es agudo por


ahora... Respecto a lo que los ingleses harán en el norte en un futuro cercano,
puede responderse así: realizarán ulteriores intentos para interrumpir el tráfico
alemán por aguas neutrales y tenderán a crear incidentes que den pretexto a una
acción contra Noruega. Uno de sus objetivos consiste en cortar los suministros que
Alemania recibe desde Narvik. Tal corte se producirá, al menos temporalmente,
incluso si la «Operación Weser» se ejecuta.
Antes o después Alemania tendrá que efectuar la Operación Weser. Es, pues,
aconsejable realizarla lo antes posible, y a lo sumo el 15 de abril, ya que después las
noches son muy cortas. El 7 de abril habrá luna nueva. Las posibilidades operativas
de la armada se restringirán en exceso si se pospone demasiado la «Operación
Weser» Los submarinos no podrán permanecer en sus posiciones arriba de dos o
tres semanas más. El tipo de tiempo favorable para la operación «GELB» (amarilla)
no ha de esperarse en la «Operación Weser». Es deseable un tiempo brumoso para
la última de esas operaciones. El estado general de los preparativos de los buques y
fuerzas navales es satisfactorio.

Desde principios de año, los Soviets acumulaban todos sus esfuerzos para perforar
la Línea Mannerheim, antes del deshielo. Este, y la primavera, en lo que fundaban
sus esperanzas los finlandeses, se demoraron aquel año seis semanas. La ofensiva
soviética en el istmo, que había de durar cuarenta y dos días, comenzó el 1.° de
febrero, combinándose con intensos bombardeos de bases y empalmes ferroviarios
de retaguardia. Diez días de denso bombardeo de los cañones soviéticos, alineados
rueda contra rueda, preludiaron el asalto de la infantería. Tras dos semanas de
lucha, la línea fue rota. Los ataques aéreos al fuerte y base de Viipuri se
multiplicaban. A fines de mes, el sistema defensivo de la Línea Mannerheim quedó
desorganizado y los rusos pudieron concentrarse contra el golfo de Viipuri. Los
finlandeses estaban exhaustos y carecían de municiones.
La honorable corrección que nos había impedido tomar ninguna iniciativa
estratégica nos impidió también enviar municiones a Finlandia. Apenas habíamos
podido expedir algunos elementos sacados de nuestros parvos depósitos. Pero en
Francia reinaban sentimientos más enérgicos, estimulados por Daladier. El 2 de
marzo, sin consultar al gobierno inglés, Francia resolvió enviar cincuenta mil
voluntarios y cien bombarderos a Finlandia. Nosotros no podíamos actuar en tal
escala. Los documentos cogidos al comandante alemán que aterrizó en Bélgica, así
como los informes secretos sobre la continua concentración alemana en el oeste,
hacían que una ayuda de tal estilo rayase en imprudente. No obstante, accedimos a
estudiar los planes de desembarco en Narvik y Trondheim. Se pasaría después a
Bergen y Stavanger, como parte del auxilio a Finlandia a que nos arrastraban los
franceses. Estaríamos prestos a la acción el 20 de marzo, si bien seguía sin
resolverse la cuestión del beneplácito sueco-noruego. El 7 de marzo, Paasikivi,
volvió a Moscú, esta vez, para discutir un armisticio. El 12, los finlandeses
aceptaron las condiciones rusas. Otra vez se archivaron nuestros planes de
desembarco, y las fuerzas que habíamos reunido se dispersaron. Las dos divisiones
retenidas en Inglaterra pasaron a Francia, y lo que podíamos destinar a Noruega se
redujo a once batallones.

La operación «Marina Real» llegaba a su maduración, merced a cinco meses de


intensos esfuerzos a base de las prioridades del Almirantazgo. El almirante
FitzGerald y sus bien instruidos destacamentos de oficiales y soldados de marina
— todos animados por la idea de asestar un golpe de mucha novedad — se
hallaban a orillas del Rin, listos para actuar. En el apéndice se encontrarán
detalladas explicaciones del plan. En marzo, se habían completado los preparativos
y yo hablé a mis compañeros y a las autoridades francesas. El Gabinete aceptó
aquel bien meditado plan ofensivo y me autorizó para que, ayudado por el
ministerio de Asuntos Extranjeros, lo acordara todo con los franceses. Durante toda
mi vida yo había sido favorable a los franceses en tiempo de guerra o dificultad, y
creía que ellos me corresponderían. Mas en aquella fase de la guerra mortecina no
logré convencerlos. Cuando les apremiaba, empleaban un insólito medio de
negarse. Daladier me dijo, con excepcional gravedad, que «el mismo Presidente de
la República había intervenido y que no había de acometerse acción agresiva
alguna que pudiera desencadenar represalias contra Francia». Tal tendencia a no
irritar al enemigo no me agradó. Hitler había hecho lo posible para yugular
nuestro comercio, minando sin paliativos nuestras ensenadas. Sólo le habíamos
replicado con .asedios defensivos. Al parecer, la gente honrada y civilizada sólo
debía repeler al agresor después de que éste la hubiese matado. En aquellos días, el
terrible volcán alemán y sus subterráneos fuegos estaban a punto de entrar en
erupción. Iban a seguir semanas de falsa guerra. Por un lado, no había más que
interminables discursos sobre puntos triviales, sin que se tomaran decisiones. O, si
se tomaban, se rescindían para no enfurecer al enemigo. El otro lado, en cambio,
preparaba febrilmente un mecanismo capaz de desbaratarnos.

El derrumbamiento militar de Finlandia tuvo otras repercusiones. El 18 de marzo,


Hitler y Mussolini se entrevistaron en el Brenner. Hitler, adrede, dio al italiano la
impresión de que Alemania no pensaba atacar por tierra en el oeste. El 19,
Chamberlain habló en los Comunes. Afrontó las críticas, cada vez mayores,
revisando la historia de la ayuda inglesa a Finlandia. Subrayó que nuestro mayor
deseo había sido respetar la neutralidad de Suecia y Noruega. Defendió el acierto
del gobierno al no precipitarse a prestar a Finlandia socorros de dudoso resultado.
En cambio, la derrota finlandesa fue fatal para Daladier, que tan intensa, aunque
tardía acción había emprendido en pro de Finlandia, queriendo ayudarla de modo
desproporcionado en un momento en que nos acuciaban tantas ansiedades. El 21
de marzo, se formó un nuevo gobierno presidido por Reynaud, con miras a una
dirección más vigorosa de la guerra.
Mis relaciones con Reynaud fueron diversas a las que me unieran a
Daladier. Reynaud, Mandel y yo habíamos reaccionado de igual modo ante lo de
Munich. Daladier se había alineado en el bando opuesto. Por lo tanto, acogí bien el
cambio del gobierno francés, esperando que mis minas fluviales recibiesen ahora
mejor aceptación.

CHURCHILL A REYNAUD

22-III-1940.
No acierto a decirle lo contento que estoy de que todo se haya realizado tan
bien y tan rápidamente. En especial me complace que Daladier se haya unido al
gobierno. Esto se admira mucho aquí, así como la abnegación de Blum al retirarse.
Celebro que empuñe usted el timón y que Mandel esté con usted. Espero
una muy estrecha y activa cooperación entre nuestros gobiernos. Ya sabe usted que
comparto las inquietudes que usted me expresó la otra noche acerca de la general
dirección de la guerra, y concuerdo en la necesidad de medidas fuertes. Pero
cuando hablamos, poco imaginaba yo que los sucesos tomasen un rumbo tan
decisivo para usted. Usted y yo hemos pensado muy semejantemente durante los
tres o cuatro últimos años; y, por tanto, confío en que prevalezca entre nosotros la
mayor comprensión. Me alegrará contribuir a ello.
Le envío la carta que escribí a Gamelin sobre el asunto que me llevó a París
la semana pasada, y le ruego que conceda al proyecto su consideración y simpatía.
El Primer Ministro y lord Halifax están muy interesados en la operación [«Marina
Real»), y los tres hemos apremiado mucho al predecesor de usted para que la
consintiera. Me parece muy lamentable perder un tiempo tan valioso. Tengo
preparadas más de seis mil minas y de continuo afluyen muchas más — aunque
sólo, por desgracia, a tierra hasta ahora — y siempre hay el peligro de que un
secreto deje de serlo cuando se producen dilaciones.
Espero una pronta reunión del Consejo Supremo y confío que en ella se
aprobará una acción concertada entre los colegas ingleses y franceses. Porque
colegas somos.
Sírvase dar afectuosos saludos míos a Mandel y créame, con los mejores
deseos de éxito para usted — cosa que tanto concierne e nuestra salvación común
muy suyo.

El 28 de marzo, los ministros franceses acudieron a Londres para asistir a la


reunión del Consejo Supremo. Chamberlain empezó por una plena y clara
descripción de la situación tal como él la veía. Con gran satisfacción mía, dijo que
su primera propuesta consistía en que «cierta operación llamada «Marina Real» se
pusiera en práctica inmediatamente». Pintó la forma en que debía ejecutarse y
declaró que se disponía de depósitos suficientes para una actuación eficaz y
continua. Se conseguiría completa sorpresa. La operación se realizaría en la zona
del Rin, usada casi exclusivamente con fines militares. Jamás se había efectuado
operación similar, ni nunca se había trazado previamente un equipo que tenía en
cuenta las condiciones del río, a la par que tendía a combatir los barcos fluviales y
los eventuales obstáculos que se nos opusieran. Merced a la construcción de las
minas, las aguas neutrales no resultarían afectadas. Los ingleses contaban que
aquel ataque produjese la mayor consternación y confusión. Sabíase que nadie
planeaba las cosas mejor que los alemanes, pero tampoco ninguno quedaba tan
trastornado como ellos cuando sus planes fracasaban. No sabían improvisar. La
guerra — añadió — había encontrado los ferrocarriles alemanes en mal estado,
haciendo aumentar el tráfico fluvial. A más de las minas flotantes, se habían
preparado otras que se arrojarían a los canales del interior.
La sorpresa dependía de la prontitud. Las tardanzas podrían poner en
peligro el secreto, y las circunstancias actuales del río eran muy favorables. En
cuanto a represalias — opinó—, si Alemania quería bombardear Inglaterra y
Francia, no esperaría un pretexto. Todo estaba listo. Bastaba que el mando francés
diera la orden.
Agregó que los puntos débiles de Alemania eran dos: sus suministros de
mineral y de petróleo. Las fuentes esenciales de ambos se hallaban en opuestos
extremos de Europa. El mineral venía del norte. Explicó con precisión la
conveniencia de interrumpir el envío de mineral de hierro sueco. Estudió el caso de
los yacimientos petrolíferos de Rumania y Bakú, de los que convenía privar a
Alemania, a ser posible por medios diplomáticos. Escuché aquellos robustos
argumentos con creciente júbilo. Hasta entonces no había comprendido lo muy de
acuerdo que estábamos Chamberlain y yo.
Reynaud se refirió al efecto que la propaganda alemana causaba en la moral
francesa. La radio alemana pregonaba a diario que Alemania no tenía diferencia
alguna con Francia; que el origen de la contienda había que buscarlo en el cheque
en blanco dado por Inglaterra a Polonia; que Francia había sido arrastrada a la
lucha por Inglaterra; e incluso que Francia no estaba en condiciones de sostener la
lucha. La política de Goebbels respecto a Francia parecía consistir en dejar que la
guerra se sostuviese al presente y flojo ritmo, contando con el creciente desaliento
de los cinco millones de movilizados franceses y con la posibilidad de que el
gobierno de París parlamentase con el de Berlín a expensas de la Gran Bretaña.
La pregunta más extendida en Francia era ésta, según Reynaud: «¿Cómo van
a ganar la guerra los aliados?» El número de divisiones, «a pesar de los esfuerzos
ingleses», crecía más de prisa en el bando enemigo que en el nuestro. ¿Cuándo
alcanzaríamos la superioridad numérica necesaria para una acción afortunada en
el oeste? Ignorábamos lo que se hacía en Alemania respecto a material. En Francia
cundía la impresión de que el conflicto había llegado a un punto muerto y que a
Alemania le bastaba esperar. Si no se adoptaban medidas enérgicas que cortasen
los suministros alemanes de petróleo y otras materias primas, «podía extenderse la
opinión de que el bloqueo no era un medio suficiente de asegurar la victoria a la
causa aliada». Respecto a la operación «Marina Real», él la consideraba buena,
pero no decisiva, y de seguro produciría represalias contra Francia. Sin embargo,
siempre que se resolviesen otros extremos, haría lo posible para convencer a sus
compatriotas. Mucho mejor le parecía la interrupción de los suministros de mineral
sueco, ya que encontraba una relación exacta entre tales envíos y la producción
alemana de hierro y acero. Su conclusión fue que los aliados debían minar las
aguas noruegas, y más tarde impedir por medios similares que se embarcase
mineral en Lulea con destino a Alemania. Insistió en la importancia de que se
estorbasen las exportaciones de petróleo rumano a Alemania.
Al fin se decidió que, previo envío de comunicaciones en términos generales
a Noruega y Suecia, estableceríamos campos de minas en las aguas jurisdiccionales
noruegas el 5 de abril. Además, y siempre que la Comisión Francesa de Guerra
accediese, el 4 se comenzarían a lanzar minas fluviales en el Rin, y el 15, desde el
aire, en los canales de Alemania. Se acordó también que, si los alemanes invadían
Bélgica, los alemanes entrarían en este país sin esperar a ser invitados. Y si
Alemania invadía Holanda, y Bélgica no ayudaba a los invadidos, los aliados se
considerarían libres de pasar a Bélgica en socorro de Holanda.
Finalmente — aunque era obvio que en eso todos coincidíamos—, el
comunicado relativo a la reunión declaraba solemnemente que durante la presente
guerra, ninguno de los dos gobiernos negociaría ni concluiría armisticios o tratados de paz
sin acuerdo mutuo.
Este pacto había de adquirir gran importancia después.

El 3 de abril, el Gabinete inglés, aplicando las resoluciones del Consejo Supremo,


autorizó al Almirantazgo a minar las aguas noruegas el S. Denominé a esa
operación «Wifred», por lo que tenía de menuda e inocente. Como el minar las
aguas noruegas podía provocar una contramedida alemana, se acordó que una
brigada inglesa y un contingente francés fuesen a Narvik para despejar el puerto y
avanzar hasta la frontera sueca. Otras fuerzas serían despachadas a Stavanger,
Bergen y Trondheim, a fin de privar de tales bases al enemigo.
Es oportuno examinar las fases por las que pasó la decisión de minar las
aguas noruegas19. Yo lo había propuesto el 29 de septiembre de 1939. Nada
importante había sucedido entre tanto. Las objeciones morales y técnicas respecto a
la neutralidad, la posibilidad de las represalias alemanas contra Noruega, la
importancia de paralizar el envío de mineral, los efectos que la operación causara
en la opinión mundial y neutral, eran exactamente iguales a lo que fueran antes.
Pero al fin se convenció el Consejo Supremo, y al fin aceptó el plan nuestro
Gabinete. Ya una vez había dado su asenso, rectificado después. Luego, las
complicaciones finlandesas se sobrepusieron a todo. Durante sesenta días, la
«ayuda a Finlandia» había figurado en la orden del día del Gabinete. Nada había
salido de ello. Finlandia fue batida por Rusia. Tras tantos vanos forcejeos,
indecisiones, cambios e interminables debates, llegábamos a la sencilla acción
propugnada por mí siete meses antes. Pero siete meses son muchos en una guerra.
Ahora Hitler estaba preparado a realizar un formidable plan. Difícil es hallar
ejemplo más perfecto del absurdo de dirigir una guerra mediante comisiones o
grupos de comisiones. Correspondióme, en las semanas siguientes, soportar
mucha parte de la animosidad que produjo la malhadada campaña noruega, que
pronto describiré. Si me hubiesen permitido actuar libremente al comienzo,
habríamos conseguido en aquel vital sector mejores resultados y más favorables
consecuencias en todos sentidos. En cambio, nada nos espetaba a la sazón sino
desastres:

Quien no quiere cuando puede,

cuando quiere no lo puede.

Conviene señalar aquí las diversas propuestas y medios ofensivos que, dentro de
mi situación secundaria, presenté durante la guerra mortecina o crepuscular de
que hablara Chamberlain. La primera propuesta mía fue la entrada y dominio del
Báltico, plan superior a todos, de ser realizable. Se opuso a ello la gravedad del
peligro aéreo. Mi segunda proposición consistió en crear una escuadra de
acorazados de poderosa caparazón, capaces de luchar a corta distancia sin gran
temor de aviones ni torpedos. Ello exigía la transformación de los buques del tipo
«Royal Sovereign». Esto fue descartado por la marcha de la guerra y la prioridad
que hubo que dar a los portaaviones. La propuesta tercera se refería a la sencilla
operación táctica consistente en minar las aguas noruegas para cortar los envíos de
mineral a Alemania. En cuarto lugar, propuse el método «Cultivador número 6»,
que era un medio de romper a la larga la inmovilidad del frente francés, sin que se
repitiesen las matanzas de la pasada guerra. Estorbó esto el empuje de las fuerzas
acorazadas alemanas, que volvieron contra nosotros nuestra invención del tanque
y demostraron las ventajas de la ofensiva en la nueva guerra. Mi quinta idea fue la
paralización del tráfico en el Rin mediante minas fluviales. Tal plan desempeñó su
limitado papel y probó su eficacia cuando se autorizó. Pero el derrumbamiento de
la resistencia francesa hizo cesar sus efectos. En todo caso, necesitaba aplicarse
durante largo tiempo para causar un daño grave al enemigo.
Resumiendo, confieso que en la lucha terrestre yo estaba influido aún por la
tendencia a la defensiva. En el mar, insistía en realizar operaciones ofensivas como
medio de contrarrestar la presión que Alemania ejercía sobre el inmenso objetivo
de nuestro tráfico marítimo. Mas en aquella prolongada fase de la «guerra de
mentirijillas», como la llamaban en los Estados Unidos, ni Francia ni Inglaterra
estaban en condiciones de sostener el empuje alemán. Sólo tras el aplastamiento de
Francia pudo Inglaterra, merced a su situación insular, salir del riesgo de
aniquilación y desarrollar una resolución nacional igual a la de Alemania.

Ominosas noticias, más o menos fidedignas, empezaron a llegarnos. En la reunión


del Gabinete, el 3 de abril, el ministro de la Guerra dijo que tenía informes de que
los alemanes concentraban grandes fuerzas en Rostock, prestas a ocupar
Escandinavia. El ministro de Asuntos Extranjeros afirmó que las referencias de
Estocolmo confirmaban tal extremo. Según la legación sueca en Berlín, barcos
alemanes, con un conjunto de doscientas mil toneladas, se hallaban en Stettin y
Swinemunde, llevando a bordo tropas que, según se opinaba, ascendían a
cuatrocientos mil hombres. Se creía que aquellas fuerzas estaban dispuestas a
asestar un contragolpe en caso de que atacásemos Narvik u otros puertos
noruegos, posibilidad, se decía, que preocupaba a los alemanes.
A poco, supimos que la Comisión Francesa de Guerra desaprobaba el
lanzamiento de minas al Rin. Se adherían sus componentes a que se minaran las
aguas noruegas, pero no a otras medidas que pudiesen desencadenar represalias
contra Francia. Reynaud expresó su sentimiento a través de su embajador.
Chamberlain, muy inclinado entonces a las operaciones agresivas, se disgusto
mucho y en una conversación con Corbin le dijo que él consideraba inseparables
aquellas dos operaciones. Los ingleses cortarían los suministros de mineral a
Alemania, como querían los franceses, siempre que los franceses nos permitiesen
desquitarnos, con nuestras minas fluviales, de los daños que nos causaban las
magnéticas. Yo no había esperado que Chamberlain fuese tan lejos. Las dos
operaciones eran métodos de hacer una guerra ofensiva al enemigo y terminar un
período inactivo que, a mi juicio, sólo podía beneficiar a Alemania. Si unos pocos
días servían para hacer acceder a los franceses a la operación «Marina Real», yo me
plegaba a posponer unos días la operación «Wilfred».
Chamberlain favorecía tanto mis opiniones entonces, que él y yo obrábamos
al unísono. Me pidió que fuese a París y convenciese a Daladier, que era sin duda
el obstaculizador, La noche del 4 comí con Reynaud y otros ministros en la
embajada británica y todos parecimos de acuerdo. Daladier, aunque invitado, se
excusó diciendo que tenía un compromiso adquirido. Se decidió que yo le viese a
la siguiente mañana. Sin perjuicio de hacer lo posible para convencer a Daladier,
pedí al Gabinete que me autorizasen a decir que el minado de las aguas noruegas
se haría aunque se pusiese el veto al minado del Rin.
A mediodía del 5, visité a Daladier en la Rue St. Dominique y mantuve una
seria plática con él. Comenté su ausencia la noche anterior. Insistió en que había
tenido otro compromiso. Noté que entre él y el nuevo jefe de gobierno existía un
considerable abismo. Daladier adujo que dentro de tres meses la aviación francesa
habría progresado lo bastante para afrontar cuantas reacciones alemanas produjera
el minado del Rin. Se hallaba dispuesto a dar por escrito una fecha fija al respecto.
Habló con brío de las indefensas fábricas francesas. Finalmente me aseguró que
había concluido el período de las crisis políticas en Francia y que trabajaría de
acuerdo con Reynaud. Y nos despedimos Telefoneé al Gabinete y se me dijo que se
minarían las aguas noruegas aunque se vetara la operación «Marina Real», siempre
que esto se denegase en forma. En la reunión del 5 de abril, se encomendó al
ministro de Asuntos Extranjeros que comunicase al gobierno francés que, a pesar
de la gran importancia que habíamos dado a efectuar la operación «Marina Real»
cuanto antes (y ello simultáneamente a la operación propuesta en las aguas
jurisdiccionales noruegas), estábamos dispuestos a acceder a sus deseos y realizar
únicamente la última de dichas operaciones. La fecha definitiva había sido fijada
para el 8 de abril.

El jueves, 4 de abril de 1940, el Primer Ministro habló al Consejo Central de la


Unión Nacional de Asociaciones Conservadoras y Unionistas, expresándose con
insólito optimismo.

Tras siete meses de guerra me siento diez veces más confiado en la victoria que al
principio... Entiendo que en esos siete meses nuestra posición respecto al enemigo
es mucho más fuerte que lo era.
Considerad la diferencia entre un país como Alemania y uno como el
nuestro. Mucho antes de la guerra, Alemania se preparaba para ella ya.
Incrementaba sus fuerzas armadas de tierra y aire con prisa febril, dedicaba todos
sus recursos a la fabricación de armas y equipos y a la acumulación de grandes
depósitos de esos pertrechos, y se convertía en un verdadero campamento. Por otra
parte, nosotros, nación pacífica, nos ocupábamos en nuestros pacíficos fines. Cierto
que lo que pasaba en Alemania nos impelía a volver a erigir las defensas de que
mucho antes habíamos prescindido, pero aplazamos esto cuanto pudimos,
mientras quedaron esperanzas de paz: Sí; pospusimos continuamente las tajantes
medidas necesarias para situar al país en pie de guerra.
El resultado fue que, al estallar la lucha, los preparativos alemanes estaban
mucho más adelantados que los nuestros. Era natural esperar que el enemigo
aprovechase su superioridad inicial intentando vencer a Francia y a nosotros antes
de tuviéramos tiempo de remediar nuestras carencias. ¿No es extraordinario que
no se haya realizado tal intento? La razón de ello puede ser una u otra — ora que
Hitler pensara conseguir sus propósitos sin lucha, ora que sus preparativos no
estuviesen terminados —; pero una cosa hay cierta, y es que Hitler ha perdido el
autobús.
Así, los siete meses de que hemos dispuesto nos han permitido eliminar
nuestra debilidad, consolidar y templar todas nuestras armas ofensivas y
defensivas y añadir tan enormes medios a nuestra fuerza combatiente, que
podernos afrontar el futuro, traiga lo que traiga, con ánimo firme y sereno.
Podéis decir: ¿Acaso el enemigo no ha laborado también? No tengo la menor
duda de ello. Seré el último en menospreciar la fuerza enemiga ni la enemiga
determinación de usar esa fuerza sin escrúpulos ni piedad, si el enemigo cree
poder asestar golpes que no le sean devueltos con intereses. Admito esto. Pero digo
también que los preparativos alemanes, por lo completos, dejan muy poco margen
de recursos que concentrar aun.

Esto se acreditó de erróneo. La suposición esencial de que Francia y nosotros


éramos más fuertes que al empezar la guerra, carecía de sentido. Como he
explicado, los alemanes estaban en el cuarto año de una intensa producción de
municiones, y nosotros en una fase mucho más temprana, comparable en
producción al segundo año. Además, a cada mes que pasaba, el ejército alemán, ya
veterano de cuatro años, se convertía en un arma perfecta y madura, mientras las
anteriores ventajas del ejército francés en adiestramiento y cohesión se
desvanecían. Chamberlain no pareció presentir que estábamos en vísperas de
grandes acontecimientos. Yo, en cambio, me hallaba seguro de que la guerra
terrestre iba a principiar entonces. La expresión más infortunada de todas fue la de
que Hitler había «perdido el autobús».
Todo permanecía en suspenso. Los varios procedimientos secundarios
indicados por mí habían sido aceptados, pero nada transcendental realizaba
ninguno de los dos bandos. Nuestros planes consistían en imponer el bloqueo
minando las aguas noruegas al norte y dificultando los suministros alemanes de
petróleo en el sureste. En el frente alemán reinaba completa inmovilidad y silencio.
Y, de pronto, la política bélica, pasiva o en pequeña escala, de los aliados, fue
barrida por una catarata de violentas sorpresas. Entonces aprendimos lo que era
una guerra total.
CAPÍTULO XII

EL CHOQUE EN EL MAR

Abril de 1940

Retiro de lord Chatfield. — Chamberlain me invita a presidir la Comisión de


Coordinación Militar. — Erróneas disposiciones. — La operación «Wilfred». — Oslo. —
Los alemanes ocupan Noruega. — Tragedia de la neutralidad. — Todas las flotas, al mar.
— El «Glowworm». — El «Renown» combate con el «Scharnhorst» y el «Gneisenau». —
La flota metropolitana, al largo de Bergen. — Acción de los sumergibles ingleses. — La
flotilla de Warburton. — Lee, en Narvik. — Reuniones del Consejo Supremo Aliado en
Londres (9 abril). — Sus conclusiones. — Mi escrito al Primer Lord del Mar (10 abril). —
Enojo en Inglaterra. — Debate en el Parlamento (11 abril). — El «Warspite» y su
escuadrilla aniquilan en Narvik a los destructores alemanes. — Carta del rey.

Antes de continuar este relato quiero explicar los cambios que mi posición
experimentó en abril de 1940.
El cargo de lord Chatfield como ministro de Coordinación de la Defensa se
había convertido en superfluo, y, el día 3, Chamberlain aceptó la dimisión que
Chatfield le ofrecía de buen grado. El día 4, Downing Street emitió una declaración
diciendo que no se iba a cubrir el puesto vacante, sino que el Primer Lord del
Almirantazgo, como jefe del principal de los servicios bélicos, iba a presidir la
Comisión de Coordinación Militar. Presidí, en efecto, las reuniones diarias — y aun
bidiarias — de aquel organismo, desde el 8 al 15 de abril. Mi responsabilidad era
grande, pero mi dirección efectiva nula. Entre los demás ministros de los servicios
armados y miembros del Gabinete de Guerra, yo era «primero entre pares». No
podía imponer decisión alguna. Los ministros de los servicios bélicos y sus
auxiliares profesionales me acompañaban. Así, muchos hombres importantes e
inteligentes tenían el derecho y el deber de expresar sus opiniones sobre las fases,
rápidamente cambiantes, de la batalla — que tal era — que ahora comenzaba.
A diario los jefes de Estado Mayor discutían la situación de conjunto con sus
respectivos ministros. Luego llegaban a decisiones propias, que tenían obviamente
predominante importancia. Supe esto por el Primer Lord del Mar, que nunca me
ocultaba nada, y por los documentos o aide mémoires que redactaban los jefes de los
Estados Mayores. Si yo quería discutir alguna de aquellas opiniones debía hacerlo,
en primer término, en la Comisión Coordinativa, a donde acudían los miembros de
los Estados Mayores con sus ministros correspondientes. Se hablaba mucho y con
gran cortesía, y, al final, el secretario redactaba un discreto informe, que
comprobaban los tres departamentos militares para cerciorarse de que no había
discrepancias. Así llegábamos a esos amplios y satisfactorios terrenos en los que
todo se arregla en beneficio de los más por decisión prudente de la mayoría, previa
consulta a todos. Mas en la clase de guerra que sosteníamos pronto íbamos a ver
que las circunstancias variaban. Había que reconocer que no estábamos en
situación de andar con rodeos. Nuestro caso era el de un truhán que ha de aplastar
la cabeza de otro con un palo, martillo o algo aun más contundente. Todo ello es
deplorable y constituye una de las razones que deben inclinarnos a evitar la guerra
y solventar los litigios de modo amistoso, con plena consideración para los
derechos de las minorías y la fiel transcripción de las opiniones de los disidentes.
La Comisión de Defensa del Gabinete se reunía casi a diario para discutir los
informes de la Comisión de Coordinación Militar y los de los jefes de Estado
Mayor. Las conclusiones o divergencias de la primera de dichas comisiones
pasaban a las frecuentes reuniones de Gabinete. Todo había de explicarse y
volverse a explicar y, cuando el sistema llegaba a su fin, el escenario bélico había
cambiado del todo. En el Almirantazgo, que es un puesto de mando en tiempo de
guerra, las decisiones relativas a la flota se adoptaban instantáneamente y sólo en
los casos muy graves se consultaba al Primer Ministro, que nunca dejó de
apoyarnos. Cuando habían de actuar los demás servicios, las resoluciones no
marchaban al paso de los sucesos. No obstante, al comenzar la campaña noruega,
el Almirantazgo, por fuerza de las circunstancias, disponía de las tres cuartas
partes de la autoridad ejecutiva.
No pretendo que, con mayores poderes, hubiera podido yo tomar mejores
decisiones o solucionar más favorablemente nuestros problemas de entonces. Los
acontecimientos fueron tan brutales y la situación tan caótica, que pronto advertí
que únicamente la autoridad del Primer Ministro podía imperar sobre la Comisión
Coordinativa. Por ello, el 15 pedí a Chamberlain que se encargase de presidir la
comisión y así lo hizo durante casi todas las reuniones que hubo en el curso de la
campaña escandinava. El y yo seguíamos en estrecho acuerdo, y él apoyaba con su
decisión suprema mis opiniones. Me hallé íntimamente envuelto en el infortunado
intento de salvar a Noruega cuando ya era tarde. Contestando a una pregunta,
Chamberlain anunció en el Parlamento el cambio de la Presidencia de la Comisión
Coordinativa, en esta forma:

He accedido a la petición del Primer Lord del Almirantazgo, quien cree que debo
presidir yo mismo las reuniones de la Comisión de Coordinación cuando se
discutan materias de excepcional importancia relativas a la dirección de la guerra.

Todos aportábamos lealtad y buena voluntad. Pero el Primer Ministro y yo


advertíamos bien la poca estabilidad de nuestro sistema cuando entrábamos en
contacto con el sorprendente curso de los acontecimientos. El Almirantazgo era
entonces, e inevitablemente, la autoridad predominante, mas siempre surgían
claras objeciones en una organización en que uno de los ministros de los servicios
militares intentaba concertar las operaciones de los demás servicios a la vez que
había de dirigir el Almirantazgo y los movimientos navales. No eliminó tales
dificultades el hecho de que Chamberlain me substituyese en la presidencia de la
Comisión y me respaldara en todo. No obstante (y a pesar de la serie de
infortunios debidos a falta de medios o mala dirección, que caían casi a diario
sobre nosotros), continuó manteniendo mi situación en aquel círculo amistoso,
pero vago y mal enfocado.

En la noche del viernes, 5 de abril, el ministro alemán de Oslo invitó a varios


distinguidos invitados, entre ellos algunos miembros del gobierno noruego, a la
exhibición de una película en la legación alemana. La película describía la
conquista alemana de Polonia y culminaba en una apoteosis de horribles escenas
cuando los atacantes bombardeaban Varsovia. Una de las titulares decía: «Lo que
tienen los polacos que agradecer a sus amigos ingleses y franceses.» Los invitados
se retiraron silenciosos y abatidos. Pero lo que más preocupaba a los ministros
noruegos eran las actividades inglesas. Entre las 4.30 y las 5 de la madrugada del 8
de abril, cuatro destructores británicos establecieron un campo de minas en la boca
del Fiordo del Oeste, acceso del puerto de Narvik. A las cinco, se radió la noticia
desde Londres y a las 5.30 se entregó al ministro noruego de Asuntos Extranjeros
una nota del gobierno de S. M. En Oslo se dedicó la mañana a redactar protestas
contra Inglaterra. Por la tarde, el Almirantazgo informó a la legación noruega en
Londres de que se habían visto barcos alemanes de guerra dirigiéndose hacia el
norte, junto a la costa noruega, presumiblemente rumbo a Narvik. A la vez,
llegaron a Oslo noticias de que el transporte alemán «Río de Janeiro» había sido
hundido en la costa meridional de Noruega por el sumergible polaco «Orzel».
Muchos de los soldados, que fueron salvados por los pescadores locales, dijeron
que se dirigían a Bergen para socorrer a los noruegos en su lucha centra ingleses y
franceses. Más novedades surgieron. Los alemanes habían irrumpido en
Dinamarca, pero la noticia no llegó a Noruega hasta que ésta también fue invadida
sin aviso. El país fue fácilmente sometido tras una resistencia puramente
formularia, que costó la vida a varios soldados de la guardia real danesa.
Por la noche, barcos de guerra alemanes se acercaron a Oslo. Las baterías
exteriores abrieron el fuego. La fuerza naval noruega existente allí consistía en el
minador «Olav Tryggvason» y dos dragaminas. Al amanecer, dos dragaminas
alemanes entraron en el fiordo para desembarcar tropas en la proximidad de las
baterías costeras. El «Olav Tryggvason» hundió uno de los buques enemigos, pero
los alemanes desembarcaron y tomaron las baterías. El bravo minador noruego
entró en combate en la entrada de la bahía con dos destructores alemanes, y averió,
además, al crucero «Emden». Un ballenero noruego armado con un solo cañón
atacó también a los invasores, aunque no tenía órdenes de hacerlo. El cañón fue
destruido, y el capitán del barco perdió ambas piernas. Para no desalentar con su
aspecto a sus hombres, se tiró rodando al mar, muriendo noblemente. El grueso de
la fuerza alemana, encabezada por el crucero pesado «Blücher», entró en el fiordo,
proa a la fortaleza de Oscarsborg. Las baterías noruegas dispararon y dos torpedos
lanzados desde quinientos metros de distancia alcanzaron al «Blücher», que se
hundió rápidamente, con los jefes superiores del Estado Mayor administrativo
alemán y varios destacamentos de la Gestapo. Los demás barcos, incluso el
«Lützow», se retiraron. El averiado «Emden» ya no participó en la lucha. Oslo al fin
fue tomada, no por acción naval, sino mediante tropas llevadas en aviones o
desembarcadas en el fiordo.
En el acto el plan de Hitler se desplegó plenamente. Fuerzas alemanas
cayeron sobre Kristiansand, Stavanger, Bergen y Trondheim.
El golpe más audaz se asestó en Narvik. Hacía una semana que varios
barcos alemanes, que aparentemente iban en busca de mineral, circulaban por el
corredor acuático santificado por la neutralidad noruega. Todos iban cargados de
municiones. Diez destructores alemanes, con 200 soldados cada uno, salieron de
Alemania algunos días antes, con el apoyo del «Scharnhorst» y el «Gneisenau»,
llegando a Narvik a primera hora del 9. Dos buques de guerra noruegos, el
«Norge» y el «Eidsvold», estaban anclados en el fiordo. Estaban dispuestos a
luchar hasta el último momento. Al amanecer, fueron avistados unos destructores
que se acercaban al puerto a toda velocidad, pero debido a las rachas de nieve
reinantes no pudo fijarse de momento su identidad. No tardó en hacer su aparición
un oficial alemán en una lancha motora, que exigió la rendición del «Eidsvold». Al
recibir del comandante la lacónica respuesta de que iba a atacar, se retiró pero casi
al mismo tiempo el buque fue destruido, junto con casi todos sus hombres, por una
salva de torpedos. Entre tanto, el «Norge» abrió el fuego, pero a los pocos minutos
fue igualmente torpedeado y se hundió.
En este laudable pero infructuoso intento de resistencia, encontraron la
muerte 287 marinos noruegos. De ambos barcos en conjunto, sólo se salvaron
menos de cien hombres. Después, la captura de Narvik fue tarea fácil. Era una
posición estratégica que nos había de ser negada para siempre.

Las características del asalto a la inocente e inerme Noruega fueron la sorpresa, la


implacabilidad y la precisión. En ningún punto excedían de dos mil hombres las
fuerzas alemanas. Se emplearon en total siete divisiones, que embarcaron
principalmente en Hamburgo y Bremen y después en Stettin y Dantzig. En la fase
inicial se utilizaron tres divisiones, mientras cuatro las apoyaban en Oslo y
Trondheim. 800 aviones de operaciones y 250 ó 300 de transporte intervinieron
sobresalientemente en la empresa. En cuarenta y ocho horas, los principales
puertos de Noruega cayeron en manos de los alemanes.

La noche del domingo, día 7, nuestros aviones de reconocimiento informaron de


que una flota alemana, fuerte de un crucero de batalla, dos ligeros, catorce
destructores y otro buque — probablemente un transporte — habían sido vistos el
día antes cruzando las bocas del Skager-Rak. El Almirantazgo no quería creer que
aquella escuadra se dirigiese a Narvik. A pesar de un informe de Copenhague
afirmándonos que Hitler se proponía tomar dicho puerto, pensábamos que las
unidades alemanas volverían a sus puntos de partida. No obstante, dimos órdenes
en previsión de que no ocurriese así. La flota metropolitana — comprendiendo el
«Rodney», el «Repulse», el «Valiant», dos cruceros y diez destructores — zarpó de
Scapa a las 8.30 de la noche del 7. La segunda escuadra de cruceros — dos cruceros
y quince destructores — partió de Rosyth a las diez de la misma noche. La primera
escuadra de cruceros, que estaba en Rosyth embarcando fuerzas para una posible
ocupación de los puertos noruegos en caso de producirse un ataque alemán,
recibió orden de dejar las tropas en tierra, con todo su equipo, y unirse al resto de
la flota en cuanto pudiese. El crucero «Aurora» y seis destructores ocupados en una
misión análoga en el Clyde, fueron expedidos a Scapa. Estas decisivas medidas se
tomaron de acuerdo con el comandante en jefe de la flota. En resumen, pusimos en
juego todo lo disponible, por si surgía una situación importante, aunque no lo
creíamos en modo alguno. Entre tanto, seguíamos minando la bocana de Narvik.
Los cuatro destructores que lo efectuaban hallábanse protegidos por el crucero de
batalla «Renown», el crucero «Birmingham» y ocho destructores.
Cuando el Gabinete se reunió, en la mañana del lunes, informé de que los
campos de minas habían sido sembrados en el Fiordo del Oeste entre las 4.30 y las
5 de la madrugada. Expliqué también detalladamente que nuestras flotas estaban
en el mar. A la sazón ya me hallaba seguro de que el grueso de la escuadra
alemana bogaba hacia Narvik. El destructor «Glowworm», uno de los encargados
de las operaciones de minado en Narvik, perdió uno de sus marineros durante la
noche y, habiéndose detenido para buscarlo, quedó separado del resto de nuestra
fuerza. A las 8.30 de la mañana del 8, el «Glowworm» telegrafió diciendo que
estaba combatiendo con un destructor enemigo 150 millas al suroeste del Fiordo
del Oeste. A poco, informó de que había avistado otro destructor, y después que
entablaba combate con una fuerza superior. Pasadas las 9.45, su radio enmudeció
para siempre. Calculamos que las fuerzas alemanas, de no ser atajadas, llegarían a
Narvik a las diez de la noche. Era de esperar que combatiesen con ellas el
«Renown», el «Birmingham» y los demás destructores. Podía surgir una acción en
cualquier momento. «Es imposible — dije — prever los azares de la guerra, mas no
parece que tal acción deba sernos desfavorable.» Además, el comandante en jefe,
con toda la flota metropolitana, se acercaba por el sur y ya debía estar a la altura de
Statland. Le manteníamos informado de cuanto sabíamos, aunque él,
naturalmente, permaneciese silencioso. Los alemanes sabían que la flota estaba en
el mar, puesto que habíamos oído a un sumergible alemán cercano a las Orcadas
transmitir un largo mensaje cuando nuestra escuadra zarpó de Scapa. Entre tanto,
la segunda escuadra de cruceros, moviéndose hacia el norte desde Aberdeen,
manifestó que esperaba ser atacada hacia mediodía por los aviones que ya volaban
sobre ella. La armada y la aviación hicieron todo lo posible para aportar aparatos
de combate. No disponíamos de cazas, pero enviamos hidroaviones. El tiempo,
muy cerrado en algunos parajes, se creía que era más benigno al norte y que tendía
a abonanzar.
El Gabinete tomó nota de mis manifestaciones y me invitó a comunicar a las
autoridades navales noruegas la información que habíamos recibido sobre los
movimientos navales alemanes. En conjunto, se pensaba que el objetivo de Hitler
era Narvik.
El 9 de abril, Chamberlain convocó al Gabinete a las 8.30 de la mañana para
discutir la invasión de Noruega y Dinamarca. El Gabinete resolvió que yo
autorizase al comandante en jefe de la flota para que limpiase de enemigos
Trondheim y Bergen. Entre tanto, los jefes de Estado Mayor debían efectuar
preparativos para enviar expediciones militares a ambos puntos y a Narvik. Tales
expediciones, empero, no partirían mientras no se esclareciese la situación naval.

Después de la guerra hemos sabido lo que le aconteció al «Glowworm». Temprano


de mañana del lunes, día 8, halló primero a un destructor enemigo y a otro
después. Siguió una dura lucha en un mar turbulento, hasta que el crucero
«Hipper» apareció en escena. El último mensaje de nuestro buque decía que
peleaba con fuerzas superiores. Lo demás, lo sabemos por los alemanes. Cuando el
«Hipper» disparó, el «Glowworm» retiróse a favor de una cortina de humo.
Avanzando a través de la humareda, el «Hipper» vio, de pronto, llegar a su
enemigo a toda velocidad. El barco alemán, de 10.000 toneladas, no pudo evitar el
choque y el «Glowworm» abrió en el costado de su enemigo un orificio de cuarenta
metros. Luego el destructor, se apartó, maltrecho y en llamas, y voló al poco rato.
El «Hipper» recogió cuarenta supervivientes. El bravo capitán cayó al mar cuando
le halaban al puente del crucero, y pereció. Era Gerard Roope, que fue
recompensado póstumamente con la Cruz de la Victoria. La historia del episodio
no se olvidará con facilidad.
Al cesar bruscamente las señales del «Glowworm», confiábamos en hacer
entrar en acción a las fuerzas alemanas que tan lejos se habían aventurado. El
lunes, teníamos elementos superiores situados a ambos flancos del enemigo. Había
probabilidades de contacto, con ventaja por nuestra parte. Ignorábamos que el
«Hipper» escoltaba fuerzas alemanas encaminadas a Trondheim. Y en Trondheim
entraron. El «Hipper» estuvo fuera de combate todo un mes.
El vicealmirante Whitworth, que iba en el «Renown», puso rumbo al sur al
recibir las señales del «Glowworm», en la esperanza de entablar acción con el
enemigo. Pero ulteriores informes y órdenes del Almirantazgo le inclinaron a
cubrir los accesos a Narvik. El martes, día 9, fue muy tempestuoso, y el mar, batido
por galernas y nevadas, se encrespó mucho. Temprano de mañana, el «Renown»
avistó dos barcos pintados de obscuro, cincuenta millas al oeste del Fiordo del
Oeste. Eran el «Scharnhorst» y el «Gneisenau», que acababan de cumplir la misión
de escoltar una expedición a Narvik. De momento, se creyó que sólo uno de los
dos era un crucero de batalla. El «Renown» abrió el fuego a 18.000 metros y
alcanzó al «Gneisenau», destruyendo su principal equipo de mando artillero y
haciéndole suspender el cañoneo durante algún tiempo. El otro barco alemán
cubrió a su compañero con una cortina de humo, y los dos buques se alejaron hacia
el norte, perseguidos por los nuestros. El «Renown» había sufrido dos impactos,
que le causaron pocas averías, y alcanzó con dos disparos más al «Gneisenau»,
lanzándose hacia adelante a toda velocidad. El mal estado del mar le hizo reducirla
pronto a veinte nudos. Entre las ráfagas de nieve y las cortinas alemanas de humo,
el fuego de ambos bandos se tomó ineficaz. Aunque el «Renown» hizo lo posible
para atajar a los alemanes, éstos desaparecieron hacia el norte.

*
En la mañana del día 9, el almirante Forbes, con el grueso de la flota, se hallaba
ante Bergen. A las 6.20 de la mañana, pidió informes al Almirantazgo acerca de las
fuerzas que tenían allí los alemanes, ya que se proponía destacar una fuerza de
cruceros y destructores, a las órdenes del vicealmirante Layton, para atacar a
cuantos buques alemanes encontrasen. El almirante, que opinaba lo mismo, le
telegrafió a las 8.20:

Prepare planes para atacar barcos de guerra y transportes alemanes que haya en
Bergen y procure vigilar los accesos del puerto si las defensas están aún en manos
de los noruegos. Prepare planes semejantes respecto a Trondheim si dispone de
fuerzas suficientes para ambas empresas.

Aunque el Almirantazgo aprobó el plan de ataque a Bergen, informó después a


Forbes de que no debía contar con que las defensas fueran amigas. Para evitar la
dispersión, se aplazó el ataque a Trondheim hasta que se encontrase a los cruceros
alemanes de batalla. Hacia las 11.30, cuatro cruceros y siete destructores,
mandados por el vicealmirante Layton, partieron hacia Bergen, que distaba
ochenta millas, a la lenta velocidad de dieciséis nudos, con viento en contra y mar
alborotado. Los aviones informaron de que había en Bergen dos cruceros en vez de
uno. Con sólo siete destructores, nuestras posibilidades de éxito disminuían, salvo
que nuestros cruceros entrasen en acción también. El Primer Lord del Mar juzgó
excesivo ese riesgo, ya que había que contar con los ataques aéreos y las minas. Me
consultó. Yo, que volvía de la reunión del Gabinete, concordé con él. Hicimos,
pues, suspender el ataque. Ahora opino que el Almirantazgo mantuvo demasiado
sujeto al comandante en jefe. Una vez que éste decidió atacar Bergen, debimos
limitarnos a enviarle informes, dejando en sus manos la decisión.
Por la tarde, nuestra flota, y sobre todo las unidades de Layton, sufrieron
fuertes ataques aéreos. Fue hundido el destructor «Gurkha», y los cruceros
«Southampton» y «Glasgow» recibieron averías. El buque insignia «Rodney» fue
alcanzado por las bombas, mas su fuerte blindaje evitó todo daño serio.
Al suspenderse el ataque a Bergen, Forbes propuso usar aviones torpederos
que despegaran del portaaviones «Furious» al anochecer del 10. El Almirantazgo
accedió, consiguiendo además que los bombarderos de la RAF atacaran a última
hora del 9, mientras los aviones navales de Hatston (Orcadas) lo hacían en la
mañana del 10. Los ataques aéreos fueron afortunados. Tres bombas de la aviación
naval hundieron el crucero alemán «Koenigsberg». El «Furious» se encaminó a
Trondheim, donde la aviación creyó descubrir dos cruceros y dos destructores
enemigos. Dieciocho aviones atacaron al alborear el 11, mas sólo vieron dos
destructores, un submarino y algunos mercantes. Por desgracia, el averiado
«Hipper» había zarpado durante la noche. Nuestros torpedos no alcanzaron a los
destructores y fueron a parar a unos bajíos.
Nuestros submarinos, entre tanto, operaban activamente en el Skager-Rak y
el Cattegat. En la noche del 8, atacaron sin éxito a varios barcos enemigos que
navegaban hacia el norte. El 9, el submarino «Truant» hundió al crucero
«Karlsruhe» a la altura de Kristiansand, y a la noche siguiente el «Spearfish»
torpedeó al acorazado de bolsillo «Lützow», que volvía de Oslo. Además, los
sumergibles echaron a pique no menos de nueve transportes enemigos, con gran
pérdida de vidas, en la primera semana de esta campaña. Nuestras bajas fueron
graves también. Tres submarinos ingleses quedaron destruidos en abril en los bien
defendidos accesos bálticos.

En la mañana del 9, la situación en Narvik era muy obscura. Para adelantarse a una
ocupación del puerto por los alemanes, el comandante en jefe ordenó al capitán
Warburton-Lee que, con nuestros destructores, entrase en el fiordo e impidiera
todo desembarco. El Almirantazgo le transmitió también un informe de Prensa en
que se decía que un barco había entrado ya en el puerto y desembarcado una
pequeña fuerza. Nuestra orden fue:

Entre en Narvik y hunda o capture buque enemigo. Queda a su discreción


desembarcar fuerzas si cree pueden recobrar Narvik de manos enemigos
desembarcados ya.

Por tanto, Warburton-Lee, con los cinco destructores «Hardy», «Hunter»,


«Havock», «Hotspur» y «Hostile», entró en el Fiordo del Oeste. En Tranoy, unos
pilotos noruegos le indicaron que ya habían pasado seis barcos mayores que los
suyos, más un submarino, S que la entrada del puerto estaba minada. Warburton-
Lee envió estos informes, añadiendo: «Me propongo atacar al amanecer.»
Whitworth, al recibir el mensaje, pensó que podía reforzar a Warburton-Lee, pero
no lo hizo, por si su intervención provocaba retrasos. Tampoco en el Almirantazgo
estábamos dispuestos a arriesgar el «Renown» — uno de nuestros dos únicos
cruceros pesados — en tal empresa. El último despacho enviado por el
Almirantazgo a Warburton-Lee rezaba:

Defensas costeras noruegas pueden estar manos alemanas. Sólo usted puede
juzgar si debe atacarse en tales circunstancias. Respaldaremos cualquier acción que
emprenda.
El capitán respondió:

Entro en acción.

En medio de nieves y brumas, los cinco destructores ingleses entraron en el fiordo,


y al alborear se hallaban ante Narvik. En el puerto había cinco destructores
enemigos. En el primer ataque, el «Hardy» torpedeó el buque insignia del jefe
alemán, quien pereció. Un segundo destructor fue hundido por dos torpedos, y los
otros tres, vigorosamente cañoneados, apenas pudieron ofrecer resistencia. En el
puerto había veintitrés mercantes de varias naciones, incluso cinco británicos y seis
alemanes. Estos fueron destruidos. Hasta entonces, sólo tres de nuestros
destructores habían atacado. El «Hotspur» y el «Hostile» permanecían en reserva
contra posibles acciones de las baterías costeras o de buques alemanes que llegasen
del mar. A la sazón se unieron al segundo ataque, y el «Hotspur» hundió dos
mercantes más con torpedos. Los barcos ingleses estaban incólumes, el fuego
enemigo parecía haber enmudecido tras una hora de pelea y ninguna nave
enemiga salía a combate.
En esto, la suerte cambió. Cuando retornaba de un tercer ataque, Warburton-
Lee avistó tres nuevos buques que llegaban desde el fiordo de Herjangs. Como no
daban muestras de querer acercarse, se abrió el fuego a siete mil metros. De
repente, brotaron de la niebla otros dos barcos. No eran, como se esperaba,
refuerzos ingleses, sino destructores alemanes fondeados en el fiordo de Ballangen.
Los cañones, más pesados, de los alemanes entraron en acción. El puente del
«Hardy» quedó malparado, Warburton-Lee resultó mortalmente herido y todos
sus oficiales y compañeros cayeron muertos o lesionados, excepto su secretario, el
teniente Stanning, que se puso al timón. Una granada estalló en la cala de
máquinas, y el destructor, sometido a intenso fuego, embarrancó. La última señal
del capitán del «Hardy» a su escuadrilla fue ésta: «Continuad peleando.»
El «Hunter», entre tanto, había sido hundido, y el «Hotspur» y el «Hostile»,
averiados, se retiraban con el «Havock» hacia el mar abierto. El enemigo que les
cerraba el paso tampoco estaba en condiciones de interceptarles. Media hora
después, nuestras naves hallaron al barco alemán «Rauenfels», que traía
municiones para los alemanes. El «Havock» lo veló a cañonazos, Los
supervivientes del «Hardy» lograron llegar a tierra con el cadáver de su
comandante, a quien se concedió la Cruz de la Victoria, a título póstumo. El y sus
hombres dejaron sus huellas en el enemigo y en nuestros anales marítimos.

*
El 9, Reynaud, Daladier y Darlan volaron hacia Londres y por la tarde se reunió el
Consejo Supremo de la Guerra para examinar lo que los franceses llamaban
«acción alemana debida a la minadora de las aguas jurisdiccionales noruegas».
Chamberlain indicó en el acto que las medidas enemigas eran independientes de
las nuestras y habían sido planeadas hacía mucho. Ya entonces tal hecho parecía
obvio. Reynaud nos informó de que la Comisión Francesa de Guerra, encabezada
por el Presidente, había decidido aquella mañana, en principio, penetrar en Bélgica
si los alemanes atacaban. Según Reynaud, la adición de dieciocho o veinte
divisiones y el acortamiento del frente debía eliminar la superioridad alemana en
el oeste. Los franceses estaban dispuestos a sincronizar esa operación con el
lanzamiento de minas en el Rin. Añadió Reynaud que sus informes mencionaban
la inminencia de un ataque de Alemania a los Países Bajos, lo que iba a ser cuestión
de días, según unos, y de horas, según otros.
Respecto a una expedición militar a Noruega, el ministro de la Guerra
recordó al Consejo que las dos divisiones inglesas destinadas a ayudar a los
finlandeses, habían sido enviadas a Francia. Sólo existían disponibles en el Reino
Unido once batallones. Dos iban a zarpar aquella noche. Los demás, por varias
razones, no podrían partir hasta dentro de tres, cuatro o más días.
El Consejo acordó que urgía enviar poderosas fuerzas a los puertos
noruegos y realizar planes conjuntos. Se ordenó el embarque de una división
alpina francesa en término de dos o tres días. Nosotros, a los dos batallones
expedidos aquella noche, podíamos agregar cinco batallones más en tres días, y
cuatro en plazo de catorce, lo que arrojaba once batallones en total. Todo otro envío
de fuerzas inglesas a Escandinavia había de sacarse de nuestro contingente de
Francia. Se tomaron medidas adecuadas para ocupar las islas Feroe y se ofreció
protección a Islandia. Se prepararon medidas para actuar en el Mediterráneo si
intervenía Italia. También se decidió apremiar al gobierno belga para que invitase a
los aliados a entrar en el país. En fin, si Alemania atacaba en el oeste o invadía
Bélgica, se realizaría la operación «Marina Real».

Yo no estaba nada satisfecho de lo sucedido en Noruega. Escribí al almirante


Pound:

10-IV-40.

Los alemanes han logrado ocupar todos los puertos noruegos, incluso
Narvik, y se necesitarán operaciones en gran escala para expulsarles. Nuestro
respeto a la neutralidad noruega ha hecho imposible impedir ese golpe. Ahora
tenemos que mirar de otro modo las cosas. Tenemos que operar con la desventaja
de ser atacados aéreamente en nuestras bases septentrionales. Hemos de bloquear
Bergen con un campo de minas, vigilado, y concentrar nuestros esfuerzos en
Narvik, lo que exigirá una rigurosa lucha.
Es necesario obtener inmediatamente dos bases de combustible en la costa
noruega. Las elecciones que podemos hacer son muchas. El Estado Mayor estudia
el asunto. Grande será la ventaja de disponer de una base, aunque improvisada, en
la costa noruega. Puesto que el enemigo tiene bases allí, no podemos nosotros
prescindir de una. El_ Estado Mayor Naval estudió diversos fondeaderos
susceptibles de defensa, y sin comunicaciones con el interior. Si no logramos esto
pronto, no podremos competir con los alemanes, dadas las nuevas posiciones que
ocupan.
También debemos buscar ventajas en las Feroe.
Hay que luchar por Narvik. Aunque los alemanes nos han superado
completamente en ingenio, ninguna razón impide que una lucha prolongada en
ese sector imponga un desgaste mayor al enemigo que a nosotros.

Durante tres días llovieron sobre nuestras cabezas informes y rumores llegados de
países neutrales, y triunfales aserciones alemanas respecto a las pérdidas que
habían causado a nuestra flota. También proclamaban la maestría demostrada al
ocupar Noruega en nuestras propias barbas y a pesar de nuestra superioridad
naval. Era claro que Inglaterra había sido sorprendida, que se nos habían
anticipado y que nos habían ganado en ingenio, como yo escribiera a Pound. El
país estaba furioso y las iras se dirigían contra el Almirantazgo. El jueves, día 11,
hube de enfrentarme con una conturbada e indignada Cámara de los Comunes.
Seguí el método que más eficaz he hallado en esas ocasiones: relatar ordenada,
serena y realmente los hechos, insistiendo en sus aspectos más desagradables.
Expliqué por primera vez en público la desventaja que habíamos sufrido a causa
del uso y abuso de las aguas jurisdiccionales noruegas por los alemanes, y dije
cómo habíamos, al fin, vencido el escrúpulo que «nos irrogaba tantos perjuicios
como nos honraba».

Es inútil censurar a los aliados por no poder dar considerable protección y ayuda a
los países neutrales, si éstos nos apartan de ellos mientras no son atacados en
virtud de un plan elaborado científicamente por Alemania. La estricta observancia
de la neutralidad por parte de Noruega ha contribuido a los sufrimientos a que esa
nación está expuesta ahora y a limitar la ayuda que podemos prestarle. Confío en
que mediten en este hecho los países que mañana, o dentro de una semana, o
dentro de un mes, pueden ser víctimas de un plan igualmente elaborado para su
destrucción y esclavización.

Describí la reciente reocupación de Scapa Flow por nuestra escuadra y el


inmediato movimiento realizado para atajar a las fuerzas alemanas en el norte.
Añadí que, en rigor, el enemigo había sido flanqueado por fuerzas superiores.

No obstante, logró escapar... Puede mirarse un mapa, plantar banderitas en


distintos puntos y considerar los resultados como ciertos, pero en el mar, con sus
vastas distancias, sus temporales y nieblas, sus noches y sus incertidumbres, no
cabe esperar que las condiciones apropiadas a los movimientos de los ejércitos
puedan aplicarse a las azarosas circunstancias de la guerra naval) Cuando
hablamos de dominio del mar no nos referimos a que dominemos todas las partes
del mar y en cualquier momento. Queremos dar a entender que podemos
prevalecer, en última instancia, en cualquier zona del mar en que resolvamos
operar. Es absurdo pensar que la vida y fuerza de la armada debieran haberse
agotado en patrullar incesantemente las costas noruegas y danesas, sirviendo de
blanco a los sumergibles, en previsión de que Hitler pudiera descargar un golpe
como este.

La Cámara escuchó con creciente buena voluntad según fui describiendo el


encuentro del «Renown» con el enemigo, el ataque aéreo a la flota al largo de
Bergen, y en particular la incursión de Warburton-Lee en Narvik. Al final dije:

Todos han de reconocer los extraordinarios y atolondrados albures que ha corrido


la flota alemana al confiarse al salvaje mar, acaso como contrapeso a otra particular
operación... Eso mismo me hace pensar que esas costosas operaciones deben ser
sólo el preludio de mayores sucesos, inminentes en tierra. Probablemente, hemos
llegado ahora a la primera pugna importante de la guerra.

Después de hora y media la Cámara pareció mucho menos hosca. No mucho más
adelante habría harto más que decir.

En la mañana del 10 de abril, el «Warspite» se unió a la flota del comandante en


jefe, que navegaba hacia Narvik. Tras informarnos del ataque de Warburton-Lee,
resolvimos repetirlo. El crucero «Penelope», con apoyo de destructores, recibió
orden de operar «si la experiencia de esta mañana lo justifica». Pero, mientras se
daban las señales correspondientes, el «Penelope», que andaba en busca de unos
transportes enemigos vistos a la altura de Bodo, encalló. Al día siguiente, 12, el
«Furious» realizó un ataque de bombarderos en picado contra los barcos enemigos
del puerto de Narvik. La operación, realizada con horrendo tiempo y mala
visibilidad, nos costó la pérdida de dos aparatos. Se afirmó que habíamos hecho
cuatro blancos en los destructores. Esto no bastaba. Necesitábamos Narvik y
estábamos resueltos a arrojar de él a la armada enemiga. El momento culminante
se aproximaba.
Mantuvimos al margen de la lucha al valioso «Renown». El almirante
Whitworth izó su enseña en el «Warspite», y a mediodía del 13 entró en el fiordo.
Le escoltaban nueve destructores y los bombarderos en picado del «Furious». No
había campos de minas. Un submarino fue ahuyentado por los destructores, y otro
hundido por el «Warspite», el cual también descubrió un destructor alemán
escondido en una caleta, desde donde se disponía a lanzar sus torpedos sobre
nuestro buque. El destructor fue rápidamente vencido. A la una treinta de la tarde,
estando nuestros barcos a doce millas de Narvik, aparecieron entre la neblina cinco
destructores enemigos. Inicióse una fiera lucha. Todos los barcos evolucionaban y
disparaban rápidamente. No hallando baterías costeras que atacar, el «Warspite»
intervino en el combate de los destructores, con asolador efecto. El tronar de sus
cañones de 15 pulgadas retumbaba tremendamente entre las montañas. El
enemigo, viéndose en inferioridad, se retiró y la lucha degeneró en una serie de
combates aislados. Algunos de nuestros buques entraron en el puerto para
completar su tarea de destrucción, y otros, conducidos por el «Eskimo»,
persiguieron a tres destructores alemanes, aniquilándolos al extremo del fiordo de
Rombak. El «Eskimo» resultó con la proa destrozada por un torpedo, pero en esta
segunda acción naval de Narvik, los ocho destructores enemigos que habían
sobrevivido al ataque de Warburton-Lee fueron hundidos o inutilizados sin
pérdida de una sola unidad británica.
Conclusa la batalla, el almirante meditó en la conveniencia de enviar
destacamentos de marineros e infantería de marina para ocupar la ciudad, donde
no parecía haber oposición por el momento. Pero, a menos que los cañones del
«Warspite» dominasen la situación, había que contar con un contraataque del
enemigo en número muy superior. Los riesgos aéreos y submarinos no justificaban
el exponer durante tanto tiempo un excelente acorazado. A las seis de la tarde, la
presencia de doce aviones alemanes confirmé al almirante en su decisión. Así,
temprano de mañana del día siguiente, se retiró, después de embarcar a los heridos
de los destructores. «Mi impresión — nos dijo — es que las fuerzas enemigas de
Narvik están atemorizadas tras la acción de hoy. Recomiendo que las tropas
expedicionarias ocupen la ciudad sin dilación». Dos destructores quedaron ante el
puerto para vigilar la marcha de los sucesos, y uno salvó a los supervivientes del
«Hardy», que se hallaban en la costa.

El rey, cuyos instintos navales fueron vivamente estimulados por el choque de las
flotas británica y alemana en aguas norteñas, me escribió la siguiente y alentadora
carta:

Palacio de Buckingham,

12 abril 1940.

Mi querido señor Churchill:


Deseo hablar con usted a propósito de los recientes e impresionantes hechos
del Norte, los cuales, como marino que soy, he seguido con el más vivo interés.
Pero me he refrenado adrede, no queriendo robarle su tiempo en instantes en que
sé el mucho trabajo adicional que sobre usted ha puesto la presidencia de la
Comisión de Coordinación. Tan pronto como haya un respiro, le invitaré a
visitarme. Entre tanto, deseo felicitarle por la espléndida forma en que, bajo la
dirección de usted, rechaza la armada el movimiento alemán contra Escandinavia.
Cuídese y descanse cuanto pueda en estos críticos días.
Créame sinceramente suyo,
JORGE, R. I.
CAPÍTULO XIII

NARVIK

El ataque de Hitler a Noruega. — Una traición largamente preparada. —


Resistencia y apelación noruega a los aliados. — La actitud de Suecia. — Expedición de
Narvik. — Instrucciones al general Mackesy y a lord Cork. — La cuestión del asalto
directo. — El general Mackesy se muestra adverso. — Mis deseos de concentrarnos sobre
Narvik y tomarlo por asalto. — Decisiones del Gabinete el 13 abril. — Proyecto de
Trondheim y su discusión. — Decepcionantes noticias de Narvik. — Mi nota a la
Comisión de Coordinación Militar, el 17. — Nuestro telegrama a los jefes navales y
militares. — Punto muerto en Narvik.

Hacía muchas generaciones que Noruega, con su bonachona población de


comerciantes, marinos, pescadores y agricultores, permanecía ajena al torbellino de
la política mundial. Estaban remotos los días en que los vikingos zarpaban para
conquistar o saquear gran parte del mundo entonces conocido. La guerra de Cien
Años, la de los Treinta, las de Guillermo II y Marlborough, la convulsión
napoleónica y los conflictos posteriores habían dejado incólume a Noruega, si bien
separada de Dinamarca. La mayor parte de sus pobladores sólo pensaba en la
neutralidad. Y ahora un minúsculo ejército y un pueblo que sólo deseaba vivir en
paz en su montañoso y semiártico país, fueron víctimas de la nueva agresión
alemana.
Alemania, durante muchos años, había afectado cordial simpatía y amistad
hacia Noruega. Después de la contienda anterior, varios miles de niños alemanes
habían hallado refugio y sustento en Noruega. Muchos de esos niños eran ahora
hombres y nazis ardientes. Existía en Noruega un tal comandante Quisling que,
con un puñado de jóvenes, había creado en su país, en escala insignificante, una
parodia de partido fascista. Hacía algunos años que se organizaban en Alemania
reuniones nórdicas a las que se invitaba a muchos noruegos. Conferenciantes,
actores, cantores y sabios alemanes visitaban Noruega tendiendo a promover una
cultura común. Todo esto se había entretejido con el plan militar hitlerista, y en el
interior de Noruega existía una amplia conjuración germanófila. En ella
intervenían todos los funcionarios diplomáticos o consulares alemanes y todos los
agentes mercantiles procedentes de Alemania. Las inspiraciones salían de la
legación alemana en Oslo. La infame traición a la sazón perpetrada, merece
colocarse al lado de las Vísperas Sicilianas o la Noche de San Bartolomé. El
presidente del Parlamento noruego — Carl Hambro — ha escrito:

En el caso de Polonia, y más tarde en el de Holanda y Bélgica, se cambiaron notas y


se presentaron ultimátums. En el de Noruega, los alemanes, so capa de amistad,
procuraron aniquilar la nación en una obscura noche, silentemente y a traición, sin
declaración de guerra ni advertencia alguna. A los noruegos, más que la agresión,
les asombró que una gran potencia que llevaba años diciéndose amiga nuestra, se
manifestase de pronto mortal enemiga. No menos nos pasmó que ciertas personas
con quienes teníamos íntimas relaciones de amistad o negocios, y a quienes
acogíamos cordialmente en nuestras casas, fuesen espías y agentes de destrucción.
Más que la violación de los tratados y de todas las obligaciones internacionales, lo
que sorprendió al pueblo noruego fue descubrir que sus amigos alemanes de
muchos años habían estado urdiendo detalladísimos planes para la invasión y
subsiguiente esclavización de nuestro país20.

El rey, el gobierno, el ejército y el pueblo, al comprender lo que ocurría, se


sintieron arrebatados de furia. Pero era tarde ya. La infiltración y la propaganda
alemana habían, hasta entonces, nublado su visión y. minado su capacidad de
resistencia. Quisling se presentó en la radio, ya en manos alemanas, como dirigente
germanófilo del país conquistado. Casi todos los funcionarios noruegos se negaron
a obedecerle. Se movilizó el ejército y, a las órdenes del general Ruge, comenzó a
pelear con los invasores que avanzaban hacia el norte desde Oslo. El rey, el
ministerio y el Parlamento se retiraron a Hamar, a cien millas de la capital.
Persiguiéronlos con ímpetu los carros blindados alemanes, mientras se hacían
feroces intentos de exterminar a los fugitivos con bombardeos y ametrallamientos
aéreos. Pero las autoridades siguieron resistiendo y lanzando proclamas al país. El
resto de la población quedó abrumada y estupefacta y se sometió hoscamente al
yugo. La península noruega mide unas mil millas de longitud. Está escasamente
habitada, tiene pocos ferrocarriles y caminos, y todo esto, en el norte, sube de
punto. La rápida ocupación hitleriana de Noruega fue una notable empresa militar
y política, así como un perdurable ejemplo de la maldad y brutalidad alemanas.
El gobierno noruego, hasta entonces tan frío con nosotros en virtud de su
temor a Alemania, nos envió a la sazón vehementes peticiones de socorro. Desde el
principio comprendimos la imposibilidad de rescatar el sur de Noruega. Casi todas
nuestras tropas instruidas — y muchas a medio instruir — estaban en Francia.
Nuestra modesta, aunque creciente, aviación se hallaba muy ocupada en apoyar al
Cuerpo Expedicionario, defender la metrópoli y adiestrarse a marchas forzadas.
Necesitábamos diez veces más cañones antiaéreos para defender puntos
vulnerables de la mayor importancia. No obstante, nos sentíamos obligados a
hacer lo más posible en ayuda de los noruegos, incluso en grave perjuicio de
nuestros intereses. Parecía posible conquistar Narvik y defenderlo, con gran
beneficio para toda la causa aliada. Allí podía plantar su pendón el rey de
Noruega. Podíamos luchar por Trondheim, al menos para retrasar el avance de los
invasores hasta que Narvik, recuperado, se convirtiera en base de nuestra flota.
Parecía hacedero proteger Narvik, merced a la superioridad de nuestra escuadra y
a la dificultad de hacer progresar fuerzas enemigas a través de quinientas millas
del país montañoso. El Gabinete, pues, aprobó con calor todas las medidas posibles
que tendieran a recuperar Narvik y Trondheim. Pronto estarían preparadas las
fuerzas destinadas al proyecto finlandés y las reservadas para Narvik. Es verdad
que carecían de aviones, piezas antiaéreas, cañones antitanque, tanques,
instrucción y medios de transporte. Todo el norte de Noruega estaba cubierto de
una nieve tan profunda como nunca nuestros soldados vieran ni imaginaran. No
poseíamos raquetas de nieve, ni esquíes, y menos aun esquiadores. Pero habíamos
de realizar lo más posible. Y así comenzó aquella desorganizada campaña.

Existían muchas razones para creer que Suecia fuese la próxima víctima de Rusia,
de Alemania o de ambas. Si los suecos acudían en ayuda de sus agobiados vecinos,
la situación militar podía, por algún tiempo, transformarse. El ejército sueco era
bueno y le cabía entrar en Noruega con facilidad. Podía llegar a Trondheim antes
que los alemanes. Allí enlazaríamos nosotros con las tropas suecas. Pero ¿qué
destino sufriría Suecia en los meses siguientes? La venganza de Hitler caería sobre
el país, mientras el Oso ruso atacaba desde el este. Por otra parte, los suecos podían
comprar la neutralidad suministrando a los alemanes todo el mineral de hierro que
Hitler necesitara durante el sucesivo estío. Suecia había de optar entre la
neutralidad provechosa o el sojuzgamiento. No podía mirar la cuestión como
nuestra impreparada, aunque belicosa isla.
Tras la reunión de Gabinete de la mañana del 11 de abril, escribí la siguiente
nota, justificable por los sacrificios que veníamos haciendo en favor de los
pequeños Estados y la ley internacional:

Al Primer Ministro

Al Ministro de Asuntos Extranjeros

No estoy enteramente satisfecho con el resultado de la discusión de esta mañana,


ni con mi participación en ella. Deseamos, no que Suecia permanezca neutral, sino
que declare la guerra a Alemania. Pero no deseamos proporcionar las tres
divisiones destinadas al proyecto de Finlandia, ni suministrar ampliamente de
víveres a Suecia mientras la guerra dure, ni bombardear Berlín, etc., si Estocolmo
es bombardeado. Esto costaría más de lo que valiera la intervención. Por otra parte,
debemos realizar todo lo posible para animar a Suecia a la guerra dándole
seguridades generales de ayudarla en cuanto esté en nuestra mano, afirmando que
nuestras tropas actuarán en la península escandinava, prometiendo hacer causa
común con Suecia como buenos aliados y no firmar la paz sin ella... ¿Hemos dado
estas órdenes a la misión anglofrancesa? Si no, a tiempo estamos de darlas.
Además, nuestra diplomacia debe mostrarse activa en Estocolmo.
Recordemos que Suecia puede, agradeciéndonosla, rechazar la inútil oferta
de defender sus yacimientos de Gällivare, cosa que ella puede hacer fácilmente.
Sus dificultades están en el sur, donde poco podemos efectuar. No obstante, algo
será decir que nos proponemos dejar expedita la ruta de Narvik a Suecia
empleando fuerzas grandes tan pronto como sea posible. Además, añadiremos que
nos proponemos eliminar las posiciones alemanas en la costa noruega, abriendo así
otros caminos.
Si la gran batalla comienza en Flandes, los alemanes tendrán poco que
enviar a Escandinavia. Si los alemanes no atacan en el oeste, podremos enviar
tropas a Escandinavia en tanta proporción como los alemanes retiren divisiones
del frente occidental. Creo que no conviene echar agua fría a la idea francesa de
inducir a Suecia a entrar en guerra. Sería desastroso que los suecos permanecieran
neutrales y sobornaran a Alemania con el mineral que tienen y puedan llevar
desde Gällivare al Golfo de Botnia.
He de excusarme por no haber comprendido debidamente esto por la
mañana. Sólo me hice cargo después de comenzada la discusión y no enfoqué el
asunto debidamente.

La justa réplica del ministro de Asuntos Extranjeros me convenció. Decía que


Chamberlain y él concordaban con mi opinión general, pero que ponían en duda la
eficacia del método propuesto para convencer a Suecia.

11-IV-1940.

Cuanta información tenemos de fuentes suecas favorables a los aliados,


demuestra que toda indicación que los suecos puedan juzgar una inducción a
entrar en guerra, surtirá efectos opuestos a los deseados. Su reacción inmediata
consistiría en pensar que tratábamos de inclinarles a ejecutar lo que, mientras no
ocupemos bases en Noruega, no podemos o no queremos hacer nosotros. En
consecuencia, los resultados serían más nocivos que beneficiosos.
*

Era fácil reunir en breve, para una expedición a Narvik, las escasas fuerzas que
días antes habíamos dispersado. Comenzó en seguida el embarco de una brigada
inglesa y sus tropas auxiliares, y el primer convoy se hizo a la mar el 12, rumbo a
Narvik. Dentro de una semana o dos partirían tres batallones de cazadores alpinos
y otras tropas francesas. Al norte de Narvik había fuerzas noruegas que
contribuirían a nuestro desembarco. El 5 se había designado al general Mackesy
para mandar cualquier expedición que enviásemos a Narvik. Le habíamos dado
instrucciones apropiadas al caso de tener que actuar en oposición a una potencia
neutral y amiga a la que se pedían algunas facilidades. En los apéndices había las
siguientes instrucciones sobre bombardeos:

Es claramente ilícito bombardear una zona habitada, en la esperanza de alcanzar


un objetivo que se sabe existe en esa zona, pero que no puede identificarse ni
localizarse con precisión.

El 10, en vista de la acción alemana, se dieron al general nuevas y más enérgicas


instrucciones, pero no suprimir aquel detalle particular. La esencia de nuestras
instrucciones era ésta:

El gobierno de S. M. y el de la república francesa han decidido enviar una fuerza


de campaña para iniciar operaciones contra Alemania en el norte de Noruega. El
objeto será expulsar de Narvik a los alemanes y su comarca y dominar Narvik... La
tarea inicial de usted consiste en instalar sus tropas en Harstad, asegurar la
colaboración de las fuerzas noruegas que pueda haber allí y obtener los informes
necesarios para poder planear ulteriores operaciones. No debe usted desembarcar
si hay oposición. Tal oposición pudiera producirse si confunden su nacionalidad, y,
por lo tanto, ha de tomar medidas para que su fuerza sea fácilmente identificada,
antes de abandonar el intento. La decisión respecto a desembarcar o no, será
tomada por el oficial naval superior, previa consulta con usted. Si es imposible
desembarcar en Harstad, hay que buscar otro punto adecuado. Se practicará el
desembarco cuando tenga usted fuerzas suficientes.

A la vez, se entregó a Mackesy una carta particular del general Ironside, en la que
se hallaba la siguiente observación:

Podrá usted aprovechar la acción naval y debe hacerlo si puede. Una cosa esencial
aquí es la audacia.

Esto tocaba una tecla distinta a la de las instrucciones formularias.


Mis contactos con lord Cork y Orrery se habían hecho íntimos durante los
largos meses en los cuales se había discutido activamente la estrategia a seguir en
el Báltico. A pesar de algunas diferencias de opinión respecto a «Catalina», las
relaciones de Cork con el Primer Lord del Mar eran buenas. Por larga y dura
experiencia, sabía yo que una cosa es planear sobre el papel una operación
atrevida, y otra muy distinta ejecutarla. Partiendo desde puntos de vista un tanto
discrepantes, Pound y yo resolvimos que Cork mandase las fuerzas navales en la
operación mixta del norte. Le dijimos que no vacilara en arriesgarse con tal de
recobrar Narvik. Como todos estábamos de acuerdo, le dejamos excepcional
libertad de acción y no le dimos instrucciones escritas. Cork sabía exactamente lo
que deseábamos. En sus despachos escribió: «Mi impresión al marchar de Londres
era que el gobierno de S. M. deseaba que arrojásemos de Narvik al enemigo lo
antes posible, actuando con toda prontitud para alcanzar ese resultado».
Las tareas de nuestro Estado Mayor no habían sido aún confirmadas por la
experiencia bélica, y las actividades de los departamentos militares no se
concertaban sino en las reuniones de la Comisión Coordinadora, que yo presidía
aún. Ni yo como presidente de la Comisión, ni el Almirantazgo, conocíamos las
instrucciones dadas por el ministerio de la Guerra a Mackesy. Y como las órdenes
del Almirantazgo a lord Cork fueron verbales, no se comunicaron al ministerio de
la Guerra. Las instrucciones de ambos departamentos tendían a igual fin, pero
diferían algo en su tono, y acaso esto contribuyese a las divergencias que pronto
sobrevinieron entre el jefe militar y el naval.
Lord Cork zarpó de Rosyth a toda marcha en el «Aurora», la noche del 12 de
abril. Sus planes eran reunirse con el general Mackesy en Harstad, pequeño puerto
de la isla de Hinnoy, en el fiordo de Vaags, el cual, si bien distaba 120 millas de
Narvik, había sido escogido como base militar. Sin embargo, el día 14 recibió un
mensaje del almirante Whitworth, a bordo del «Warspite», diciéndole que el día
anterior había exterminado a todos los destructores alemanes y barcos de
aprovisionamiento, y agregaba: «Estoy convencido de que Narvik puede tomarse
por asalto directo ahora mismo, sin temor a tropezar con una oposición seria al
desembarcar. Calculo que basta con que la fuerza principal de desembarco sea
pequeña...» En consecuencia, lord Cork desvió el «Aurora» con rumbo al fiordo de
Skjel, en las islas Lofoten, cogiendo de flanco la entrada de Narvik, y lanzó un
mensaje al «Southampton» ordenándole que se le reuniera allí. Su intención era
organizar una fuerza para un asalto inmediato, compuesta de dos compañías de
los Guardias Escoceses, que iban embarcados en el «Southampton», y fuerzas de
marinos c infantería de marina del «Warspite» y otras unidades que ya se
encontraban en el fiordo de Skjel. Sin embargo, no consiguió ponerse en contacto
con el «Southampton» hasta pasado algún rato, debido a una demora en el
Almirantazgo, cuya contestación contenía la frase siguiente: «Consideramos
imperativo que usted y el general obren de común acuerdo, y que no se debe
realizar ningún ataque salvo de concierto». Por consiguiente, zarpó del fiordo de
Skjel hacia Harstad, marchando a la cabeza del convoy, llevando a la 24 Brigada a
dicho puerto por la mañana del 15. Sus destructores de escolta hundieron al U-49,
que merodeaba por las cercanías.
Reunido con el general Mackesy, lord Cork insistió cerca de éste para que,
aprovechando la destrucción de las fuerzas navales alemanas, se efectuara un
ataque directo contra Narvik lo más pronto posible, pero el general replicó que el
puerto estaba fuertemente defendido por el enemigo con puestos de
ametralladoras. Añadió que sus instrucciones no hablaban de un asalto, sino de un
desembarco sin oposición. Instaló su cuartel general en el hotel de Harstad, y sus
hombres empezaron a desembarcar allí mismo. Al día siguiente declaró que, según
los informes recibidos, no cabía desembarcar en Narvik, ni siquiera con ayuda del
cañoneo de la flota. Cork opinaba que, bajo la tremenda protección de la artillería
naval, podía desembarcarse en Narvik con cortas pérdidas, pero el general lo negó
y se escudó en sus instrucciones. El Almirantazgo aconsejó un asalto inmediato.
Sobrevino un callejón sin salida a causa de las discrepancias del jefe militar con el
naval.
El tiempo había empeorado mucho, y densas nevadas amenazaban paralizar
todos nuestros movimientos de tropas, faltas de instrucción y de equipo para
afrontar tales circunstancias. Desde Narvik, los alemanes encañonaban a nuestros
hombres con sus ametralladoras. Nos hallábamos ante un serio e inesperado punto
muerto.

Casi todos los asuntos de la improvisada campaña pasaron por mis manos y, en lo
posible, prefiero relatarlos con mis propias palabras de entonces. El Primer
Ministro y el Gabinete de Guerra tendían vivamente a ocupar Trondheim además
de Narvik. La operación «Mauricio», según la llamamos, se presentaba como una
vasta empresa. Según las actas de la Comisión Militar de Coordinación del 13 de
abril, yo me sentía

muy inquieto ante toda propuesta que pueda debilitar nuestra intención de ocupar
Narvik. Nada debe autorizarse que nos impida ocupar esa plaza lo antes posible.
Nuestros planes contra Narvik han sido muy cuidadosamente preparados y hay
pocas probabilidades de que fracasen si se desarrollan sin obstáculos. Trondheim,
en cambio, es cosa mucho más dudosa. Yo rechazaba toda sugestión que desviara
la actividad de los cazadores alpinos mientras no nos hubiésemos establecido
definitivamente en Narvik. De lo contrario, nos hallaríamos complicados en una
serie de operaciones ineficaces a lo largo de la costa noruega, y ninguna de ellas
resultaría.
Ya se ha estudiado también lo del sector de Trondheim y se hacen planes
para asegurar puntos de desembarco en caso de que fuere menester una acción en
mayor escala. En Namsos, se producirá esta tarde un pequeño desembarco de
fuerzas navales. El jefe del Estado Mayor Imperial ha reunido cinco batallones, dos
de los cuales estarán listos para desembarcar en la costa noruega el 16 de abril, y
tres más el 21, si se desea. Esta noche se decidirán los lugares de desembarco.
Las órdenes originales de Mackesy decían que, una vez que desembarcase
en Narvik, debía avanzar rápidamente hacia los yacimientos de Gällivare. Ahora se
le ha mandado no rebasar la frontera sueca, ya que, si los suecos se muestran
amistosos, no tenemos que temer lo que sea de dichos yacimientos, mientras que, si
proceden con hostilidad, serían excesivas las dificultades para ocupar la cuenca
minera.

Añadí:

Puede ser necesario asediar a las fuerzas alemanas en Narvik. Pero no debemos
permitir que la operación degenere en un asedio, sino después de una resueltísima
batalla. En esa inteligencia, voy a telegrafiar a los franceses diciéndoles que
creemos y pensamos poder tomar Narvik mediante un golpe de mano. Debemos
explicar que ello se facilitará mediante la orden de que la expedición no pase de la
frontera sueca.

El Gabinete de Guerra decidió intentar las operaciones de Narvik y de Trondheim.


El ministro de la Guerra advirtió previsoramente que los refuerzos enviados a
Noruega podían ser requeridos pronto por nuestro ejército de Francia, y propuso
que hablásemos de ello sin demora a los franceses. Concordé, pero creí prematuro
interpelar a los franceses antes de uno o dos días. Se aceptó mi sugestión. El
Gabinete aprobó la conveniencia de avisar a los gobiernos sueco y noruego,
diciéndoles que nos proponíamos ocupas Trondheim y Narvik y que, si bien
reconociendo la suprema importancia de Trondheim como centro estratégico,
necesitábamos conquistar Narvik como base naval. Añadimos que no pensábamos
cruzar la frontera sueca. A la vez, invitaríamos al gobierno francés a que nos
autorizase para usar los cazadores alpinos en otros lugares distintos a Narvik,
explicando a la vez lo que decíamos a los gobiernos sueco y noruego. Ni a Stanley
ni a mí nos agradaba la dispersión de nuestras fuerzas. Los dos seguíamos
inclinados a concentrarnos en Narvik, no realizando otros movimientos que los
diversivos. Pero cedimos a la opinión general, tampoco carente de buenas razones.

En la noche del 16, llegaron decepcionantes nuevas de Narvik. Cork no lograba


convencer a Mackesy, quien no parecía tener intención de tomar la ciudad
mediante un inmediato asalto protegido a corta distancia por los cañones de la
flota. Planteé la situación a la Comisión Coordinadora.

17 abril.

1. Según el telegrama de lord Cork, el general Mackesy propone tomar dos


posiciones inocupadas en los accesos de Narvik y sostenerlas hasta el deshielo, lo
que acaso ocurra a fines de mes. El general espera que se le envíe la media brigada
de cazadores alpinos, lo que ciertamente no sucederá. Como consecuencia, nos
veremos inmovilizados frente a Narvik durante varias semanas. Entre tanto, los
alemanes proclamarán que nos han rechazado y que son dueños de Narvik. Eso
producirá dañosos efectos en los noruegos y en los neutrales. Además, si los
alemanes continúan fortificando Narvik, necesitaremos mayor esfuerzo en el
momento oportuno. Estos informes son tan inesperados como desagradables. Una
de las mejores brigadas del ejército permanecerá ociosa, perdiendo hombres por
enfermedad, y sin operar. Propongo que se envíe un telegrama a lord Cork y al
general Mackesy sobre las directrices siguientes:

Las propuestas de ustedes implican un nocivo parón en Narvik y la neutralización


de una de nuestras mejores brigadas. No podemos enviar los cazadores alpinos.
Dentro de dos o tres días, el «Warspite» será necesitado en otros lugares.
Consideren extensamente un asalto a Narvik, bajo la protección del «Warspite» y
los destructores, que pueden operar también en el fiordo de Rombaks. La toma del
puerto y población significaría un importante éxito. Nos gustaría que nos dijesen
qué razones lo impiden y la resistencia que cuentan encontrar en la costa. Es
urgentísimo saberlo.
2. El segundo punto a decidir consiste en saber si los cazadores alpinos se
unirán directamente al general Carton de Wiart en Namsos o más allá, o si deben
ser retenidos en Scapa y empleados el 22 o 23 en la operación de Trondheim, a la
vez que otras tropas disponibles para ese esencial ataque.
3. Es de suponer que hayan desembarcado dos batallones de la 146 brigada
en Namsos y Bandsund, al amanecer de hoy. El tercer batallón hará mañana, en el
«Chobry», un peligroso viaje a Namsos donde, si todo va bien, llegará y
desembarcará al obscurecer. El fondeadero de Lillejonas ha sido bombardeado
toda la tarde, sin que fuesen alcanzados los dos transportes. El barco de 18.000
toneladas regresa ahora, sin daño, a Scapa Flow. Si van a usar en Namsos los
cazadores alpinos, más vale enviarlos allí en vez de a Lillejonas.
4. También hay que decidir hoy si son suficientes las fuerzas destinadas al
ataque principal contra Trondheim. Los dos batallones de guardias que van a ser
movilizados, es decir, equipados, no estarán dispuestos a tiempo. Los dos
batallones de la Legión Extranjera francesa no llegarán a tiempo tampoco. Una
brigada regular francesa puede partir de Rosyth el 20. También podrán estar a
tiempo la primera y segunda semibrigadas de cazadores alpinos. Disponemos de
mil canadienses. Hay una brigada de territoriales. ¿Bastará eso para sobreponemos
a los alemanes en Trondheim? Los peligros de la dilación son grandes, y sobra
repetirlos.
5. El almirante Holland parte esta noche para hablar con el comandante en
jefe de la flota metropolitana. Cuando vuelva a Scapa, el 18, habrá de traer
decisiones completas y claras. Puede darse por hecho que la armada está presta a
llevar tropas a Trondheim.
6. Es probable que se luche esta noche y mañana por la mañana por la
posesión de Andalsnes. Esperamos que haya desembarcado un destacamento del
crucero «Calcutta», y enviamos cruceros suficientes para rechazar un posible
ataque de los cinco destructores enemigos al amanecer.
7. El bombardeo naval del aeródromo de Stavanger empezará al alborear
[hoy].

La Comisión aceptó el telegrama, que se envió. No produjo efecto alguno. Es


discutible si el asalto aconsejado hubiese triunfado o no. No había que marchar
sobre la nieve, pero en cambio había que desembarcar, usando botes abiertos, en el
puerto de Narvik y el fiordo de Rombaks, bajo fuego de ametralladora. Yo contaba
con el efecto del bombardeo a corta distancia, bombardeo que realizarían las
tremendas baterías de los buques, que arrasarían la orilla y cubrirían de humo y de
nubes de nieve y tierra los puestos alemanes de ametralladoras. El Almirantazgo
había provisto al acorazado y a los destructores de adecuados explosivos de gran
potencia. Lord Cork, sobre el terreno y pudiendo calcular las consecuencias del
bombardeo, se inclinaba enérgicamente en pro del asalto. Disponíamos de más de
cuatro mil hombres de nuestras mejores tropas regulares, incluso la brigada de
Guardias y la infantería de marina. Estas fuerzas, una vez desembarcadas, debían
pelear de cerca con los defensores alemanes, cuyas tropas regulares, aparte de las
tripulaciones salvadas de los destructores hundidos, calculábamos correctamente,
como ahora se sabe, en menos de la mitad de las nuestras. En la guerra anterior, y
en el frente occidental, una superioridad del doble se hubiera juzgado suficiente,
sin que en Narvik hubiera razón especial que negara la suficiencia de esa
superioridad. Más adelantada la guerra, se realizaron veintenas de asaltos en tales
condiciones y a menudo triunfaron. Además, se habían enviado a los dos jefes
órdenes imperativas y claras que, pues obviamente admitían la posibilidad de
sufrir bajas considerables, debieron haber sido obedecidas. La responsabilidad de
un fracaso sangriento habría recaído exclusivamente en las autoridades
ministeriales, y directamente en mí. Yo estaba dispuesto a admitirla. Mas nada de
lo que Cork, mis colegas y yo hicimos o dijimos produjo el menor efecto en el
general, que había resuelto esperar a que la nieve se fundiese. Respecto al
bombardeo, Mackesy podía apoyarse en el párrafo en que se hablaba de no poner
en peligro la población civil. Cuando comparamos este espíritu con el absoluto
riesgo que en vidas y navíos corrían los alemanes, y con el casi frenético vigor,
fundado en largos y hondos cálculos, con que actuaban y que les valió tantos y tan
brillantes éxitos, se evidencian pronto las desventajas con que iniciamos aquella
campaña.
CAPÍTULO XIV

TRONDHEIM

Un objetivo esencial. — El plan obvio. — Operación «Martillo». — Actitud del jefe


de la flota metropolitana. — Designación de generales. — Accidentes. — Situación el 14 de
abril. — Situación el 17. — Nuevas opiniones de los Estados Mayores. — Poderío de la
aviación. — Cambio de plan. — Deseos y autorizaciones de sir Roger Keyes. — Mi informe
a la Comisión Coordinadora el 19. — El Gabinete de Guerra acepta el abandono del plan
«Martillo». — Apremiante situación en Narvik el 20 de abril. — Resumen del general
lsmay.

Trondheim, si podíamos tomarlo, era desde luego la llave de cualquier


operación considerable en el centro de Noruega. Conquistarlo significaba disponer
de un puerto seguro con muelles e instalaciones que podían servir de base a un
ejército de cincuenta mil hombres o más. Cerca, había un aeródromo desde donde
podían operar varias escuadrillas de caza. La posesión de Trondheim nos daría el
dominio del ferrocarril directo a Suecia, aumentando mucho las posibilidades de
una intervención sueca o de una ayuda nuestra a los suecos si eran atacados. Sólo
en Trondheim podía atajarse con éxito el avance alemán hacia el norte. Desde el
amplio punto de vista de la política y la estrategia, convenía a los aliados pelear
con Hitler en la Noruega central si así él lo deseaba. Narvik, muy lejos al norte,
podía ocuparse sin prisa, protegiéndose entre tanto su asedio. Poseíamos el
dominio del mar. Si ocupábamos firmemente los aeródromos noruegos, podíamos
pelear con la aviación dentro de las limitaciones impuestas a ambos bandos en
aquella clase de campaña.
Todas esas razones habían concurrido a convencer al Consejo Francés de la
Guerra, al Gabinete de Guerra Británico y a la mayoría de sus consejeros. Los jefes
de los gobiernos inglés y francés coincidían en el mismo criterio. Gamelin
consentía en retirar de Francia, para enviarlas a Noruega, tantas divisiones inglesas
o francesas como los alemanes retiraran a su vez. Se inclinaba a provocar una larga
batalla en gran escala al sur de Trondheim, donde el terreno era en casi todas
partes favorable a la defensiva. Parecía posible que llevásemos a Trondheim
fuerzas y municiones, a través del mar, antes de que los alemanes avanzasen a lo
largo del ferrocarril y carretera que unía la ciudad con Oslo. Además, esas vías de
comunicación podían ser destruidas, a espaldas de los invasores, por bombas o
destacamentos de paracaidistas. Todo se reducía a saber si podíamos tomar
Trondheim a tiempo. ¿Nos cabía llegar antes que el grueso enemigo subiese desde
el sur, y podríamos, para conseguirlo, librarnos, siquiera fuera temporalmente, del
indisputado dominio alemán del aire?
La opinión en pro de la conquista de Trondheim iba más allá de los medios
ministeriales. Las ventajas de la operación eran obvias para todos. El público, los
casinos, los periódicos y los corresponsales de guerra llevaban días discutiendo el
tema.
Mi íntimo amigo el almirante de flota sir Roger Keyes, paladín de la
operación de los Dardanelos y héroe y vencedor de Zeebrugge, deseaba vivamente
llevar la flota, o parte de ella, al fiordo de Trondheim y asaltar la ciudad mediante
una serie de desembarcos. El nombramiento de lord Cork, también almirante de
flota, para el mando de las operaciones navales de Narvik (a pesar de que era
superior en categoría al comandante en jefe, Forbes) parecía eliminar las
dificultades de rango. Los almirantes de flota están siempre en activo, y Keyes
tenía muchas relaciones en el Almirantazgo. Me habló y escribió con insistencia y
vehemencia, recordándome los Dardanelos y la facilidad con que los hubiésemos
forzado de no estorbárnoslo los obstruccionistas tímidos. Yo medité también
bastante en la lección de los Dardanelos. Las baterías de Trondheim y los campos
de minas que pudiéramos encontrar, eran insignificantes comparados con los que
había en los Dardanelos. Por otra parte, ahora existía una aviación capaz de lanzar
sus bombas sobre los improtegidos puentes de los pocos acorazados que
constituían hogaño la potencia naval de. Inglaterra en los océanos.
Ni el Primer Lord del Mar, ni el Estado Mayor Naval retrocedían, en general,
ante la aventura. El 13 de abril, el Almirantazgo había informado oficialmente al
comandante en jefe de la decisión del Consejo Supremo respecto a Enviar tropas
para la toma de Trondheim. A la vez, se preguntaba positivamente al comandante
si la flota metropolitana podría forzar el paso del fiordo.

¿Cree usted — se le interrogaba — que las baterías de costa pueden ser dominadas
o destruidas en tal extensión que permitan el acceso de transportes? Si es así,
¿cuántos buques y de qué tipo propone usted usar?

Forbes contestó pidiendo detalles sobre las defensas de Trondheim. Concordó en


que las baterías costeras podían ser destruidas o dominadas en pleno día por los
acorazados, siempre que se usasen adecuadas municiones. En aquel momento, los
barcos de la flota metropolitana no disponían de ellas. La primordial y más
importante tarea, afirmaba Forbes, consistía en proteger los barcos de tropas contra
los intensos ataques aéreos que se producirían en una extensión de treinta millas
de aguas angostas. Después, había que contar con la oposición a un desembarco de
que se habían dado tan amplias advertencias. En tales circunstancias, no
consideraba hacedera la operación.
El personal naval persistía en su criterio, y el Almirantazgo, con pleno
asenso mío, respondió, el 15, como sigue:

Creemos que la operación mencionada debe estudiarse. No se produciría hasta


dentro de siete meses, que podrían dedicarse a hacer amplios preparativos. El
peligro aéreo, sin embargo, no será por ello apreciablemente menor cuando los
grandes transportes de tropas se acerquen a la zona de peligro. Creemos que, a
más de que la R. A. F. bombardee el aeródromo de Stavanger, el «Suffolk» podría
bombardear con explosivos de gran potencia el mismo aeródromo con miras a
inutilizarlo. Los bombardeos de la flota deben atacar el aeródromo de Trondheim y
subsiguientemente cañonear el mismo aeródromo. Se han encargado a Rosyth
granadas cargadas con alto explosivo para las piezas de 15 pulgadas. El «Furious»
y la primera escuadra de cruceros ejecutarían esta operación Sírvase considerar
nuevamente este importante proyecto.

Forbes, aunque no convencido de la solidez del plan, lo examinó más


favorablemente. En una ulterior réplica manifestó que en el aspecto naval de la
empresa no hallaba grandes dificultades, salvo que no podría procurar defensa
aérea para los transportes cuando se organizase el desembarco. La fuerza naval
necesaria serían el «Valiant» y el «Renown», que defenderían antiaéreamente al
«Glorious». El «Warspite», efectuaría el bombardeo, con cuatro cruceros al menos y
unos veinte destructores.

Mientras se hacían diligentes planes para el ataque frontal a Trondheim desde el


mar, ya estaban en marcha dos desembarcos secundarios llamados a envolver la
ciudad por tierra. El primero se producía cien millas al norte, en Namsos, donde el
general Carton de Wiart, condecorado con la Cruz de la Victoria, mandaba tropas
con órdenes de «dominar la zona de Trondheim». Se le informó de que la escuadra
desembarcaría previamente unos trescientos hombres para preparar bases al
ejército. Se pensaba que dos brigadas de infantería y una división ligera de
cazadores alpinos desembarcaran en conjunción con el ataque principal de la
escuadra en Trondheim. Tal era la operación «Martillo». Para facilitarla, la 146
brigada y los cazadores alpinos fueron separados de las fuerzas de Narvik. Carton
de Wiart partió en un hidroplano, y en la tarde del 15 llegó a Namsos, bajo un
intenso ataque aéreo. Su jefe de Estado Mayor fue herido, pero el general tomó el
mando de las fuerzas. El segundo desembarco debía realizarse en Andalsnes, unas
ciento cincuenta millas, por carretera, al suroeste de Trondheim. También allí había
situado la escuadra destacamentos. El 18, llegó el brigadier Morgan con fuerzas
militares y tomó el mando del sector. Se nombró comandante en jefe en la Noruega
central al teniente general Massy. Massy tenía que dirigir las operaciones desde el
ministerio de la Guerra, porque aun carecía de lugar donde instalar su puesto de
mando en Noruega.

El día 15, di cuenta al Gabinete de que todos aquellos planes estaban en desarrollo,
tropezando con serias dificultades. En Namsos había más de un metro de nieve de
profundidad, y no existían cobijos contra los ataques aéreos. El enemigo dominaba
el aire completamente y carecíamos de cañones antiaéreos y de aeródromos donde
nos cupiera instalar escuadrillas de caza. El riesgo del ataque aéreo, añadí, hacía
que el almirante Forbes no se hubiese mostrado, al principio, muy propincuo a
emprender el ataque de Trondheim. Era importantísimo que nuestra aviación
siguiese hostigando el aeródromo de Stavanger, lugar de aterrizaje de los aviones
enemigos en su ruta al norte. El «Suffolk» debía también bombardear aquel
aeródromo, con sus cañones de 8 pulgadas, el 17 de abril. Esto se aprobó y el
bombardeo realizóse tal como se planeara. El aeródromo sufrió algunos daños,
mas el «Suffolk», al retirarse, fue bombardeado durante siete horas. Recibió varios
impactos y entró en Scapa Flow con el alcázar deshecho.
El ministro de la Guerra tenía que nombrar un jefe militar de las operaciones
contra Trondheim. La primera elección del coronel Stanley recayó primero en el
general Hotblack, que gozaba de alta reputación. El 17 de abril se le designó jefe en
una reunión de jefes de Estado Mayor celebrada en el Almirantazgo. A las 12,30 de
aquella noche, Hotblack sufrió un ataque a la entrada de la casa del duque de York,
siendo recogido sin conocimiento algo después. Por fortuna, había dejado todos
sus documentos a su Estado Mayor, que estaba discutiéndolos. Al día siguiente, se
nombró al brigadier Berney-Ficklin en sustitución de Hotblack. Berney-Ficklin
tomó el tren de Edimburgo. El 19 de abril, él y su Estado Mayor salieron de Scapa
en avión y se estrellaron en el aeródromo de Kirkwall. El piloto y un tripulante
murieron y los demás resultaron gravemente heridos. En tanto, los días
apremiaban.
El 17 de abril, expliqué a grandes rasgos al Gabinete de Guerra el plan que
los Estados Mayores elaboraban para la operación de Trondheim. Las fuerzas
inmediatamente disponibles eran una brigada regular francesa (2.500 hombres),
mil canadienses y una brigada territorial (obra de mil hombres) como reserva. Se
había dicho a la Comisión de Coordinación Militar que esas fuerzas bastaban, y
que los riesgos, aunque muy considerables, estaban justificados. Sostendría la
operación toda la fuerza de la flota, y se utilizarían dos portaaviones, con 100
aparatos, entre ellos 45 cazas. La fecha provisional del desembarco se fijó en el 22
de abril. La segunda media brigada de cazadores alpinos no llegaría hasta el 25 a
Trondheim. Se esperaba que los cazadores pudiesen desembarcar ya en los
muelles.
Se preguntó si los jefes de Estado Mayor estaban de acuerdo con los planes
fundamentales, y el jefe de Estado Mayor del Aire, en nombre y en presencia de los
demás, dijo que sí. La operación implicaba muchos riesgos, pero merecía la pena
afrontarlos. El Primer Ministro se mostró concorde y subrayó la importancia de la
cooperación aérea. El Gabinete de Guerra aprobó cordialmente la empresa. Yo hice
lo posible para que se realizara.
Hasta entonces, los Estados Mayores y sus jefes parecían decididos a
descargar el golpe principal en Trondheim. Forbes se preparaba activamente a la
lucha y no se veían motivos para cambiar la fecha del 22. Aunque yo prefería la
acción de Narvik, me lancé con creciente confianza a la nueva aventura, resuelto a
que la escuadra afrontase las débiles baterías de Trondheim, las posibles minas y el
ataque aéreo, que era lo peor. Los buques llevaban un armamento antiaéreo muy
poderoso para entonces. La concentración del fuego antiaéreo de varios de los
buques alejaría a los aviones de las alturas a que sus bombardeos pudieran ser
eficaces. He de advertir que el poderío de la aviación es terrible cuando no tropieza
con oposición. Los pilotos pueden volar a la altura que quieran, y a menudo están
más seguros a quince metros del suelo que no volando altos. Pueden, pues, lanzar
sus bombas con precisión y ametrallar a las tropas enemigas sin más riesgo que el
de recibir una bala de fusil. Tan duras circunstancias habían de ser afrontadas por
nuestras pequeñas fuerzas de Namsos y Andalsnes. Pero la flota, con sus baterías
antiaéreas y los cien aeroplanos de sus portaaviones, podía ser superior a cualquier
fuerza aérea que el enemigo concentrara. Si ocupábamos Trondheim, caería en
nuestras manos el vecino aeródromo de Vaernes, y en pocos días tendríamos una
considerable guarnición en la ciudad y varias escuadrillas de cazas en acción. De
depender de mí, yo habría operado contra Narvik, pero me hallaba a las órdenes
de un jefe a quien respetaba y de un Gabinete de amigos, y por tanto tomé a pecho
una empresa a la que tantos y tan cautos ministros daban una conformidad
compartida por el Estado Mayor Naval y por todos los técnicos. Tal era la situación
el día 17.
Parecíame que debíamos informar de nuestros planes al rey de Noruega y a
sus consejeros, enviándole, al efecto, un jefe autorizado y conocedor del ambiente
noruego. El almirante sir Edward Evans era muy apropiado para tal misión, y así
le enviamos por aire, vía Estocolmo, para mantener contactos con el rey en su
cuartel general. Debía hacer todo lo posible a efecto de ayudar a la resistencia del
gobierno noruego, refiriéndose a las medidas adoptadas por los aliados. A partir
del 22 de abril, Evans pasó algunos días conferenciando con el rey y las altas
autoridades noruegas y esforzándose en hacerles comprender nuestros planes y las
dificultades con que tropezaban.

El día 18 se produjo un tajante y decisivo cambio en las opiniones de los Estados


Mayores y el Almirantazgo. Ese cambio se debió, ante todo, a que se comprendió
mejor la magnitud del riesgo naval que íbamos a correr poniendo en acción tantos
de nuestros mejores acorazados. A su vez, el ministerio de la Guerra alegaba que,
incluso si la flota entraba y salía continuamente en el fiordo, el desembarco, al
chocar con los alemanes y sufrir ataques aéreos, sería muy expuesto. A la par, los
desembarcos realizados ya al norte y sur de Trondheim parecíales a aquellas
autoridades una solución mucho menos aventurada. Los jefes de Estado Mayor
redactaron, en consecuencia, un largo documento, oponiéndose a la «Operación
Martillo».
Empezaba el escrito recordando que una operación combinada, con un
desembarco inherente, era una de las más arriesgadas operaciones militares, y
exigía cuidadosos y detallados preparativos. El Estado Mayor había creído siempre
que aquella operación de Trondheim iba a entrañar serios peligros, ya que, dado el
apremio existente, los preparativos no se habían efectuado a fondo, y se fundaban
en mapas y planos, dada la carencia de fotos aéreas y de reconocimientos. Por
ende, había que concentrar casi toda la flota metropolitana en una zona donde
sufriría pesados ataques de la aviación adversaria. Además, habría otros factores
de consideración. Teníamos fuerzas establecidas en Namsos y Andalsnes, y
poseíamos informes fidedignos de que los alemanes mejoraban las defensas d
Trondheim. Habían aparecido en la Prensa informes sobre nuestro proyecto de
desembarco. El reexamen del plan ú la luz de tales hechos, hacía aconsejas a los
jefes de Estado Mayor un cambio de táctica.
Seguían creyendo que debíamos ocupar Trondheim como base de
operaciones en Escandinavia, pero, en vez del ataque frontal directo, proponían
que aprovechásemos el inesperado éxito de nuestros desembarcos en Namsos y
Andalsnes, realizando un movimiento de tenaza sobre Trondheim desde el norte y
el sur. Así, una aventura muy peligrosa podía convertirse en mucho menos
arriesgada y con más probabilidades de triunfo. Incluso los informes de Prensa
redundarían en nuestro favor, ya que, mediante juiciosas insinuaciones, cabía
hacer creer al enemigo que persistíamos en nuestra intención. Se recomendaba,
pues, concentrar en Namsos y Andalsnes las mayores fuerzas posibles, dominar las
comunicaciones ferroviarias y por carretera que atravesaban Dombas y envolver
Trondheim por el norte y el sur. Se bombardearían las defensas exteriores de
Trondheim para que los alemanes creyesen que íbamos a atacar directamente
desde el mar. Trondheim sería atacado por tierra y bloqueado navalmente. Si bien
la toma de la ciudad requeriría más tiempo del calculado, el grueso de nuestras
fuerzas podría desembarcar algo antes de lo que se suponía. En fin, los jefes de
Estado Mayor indicaban que el movimiento envolvente sobre Trondheim dejaría
libres muchas valiosas unidades de la flota para otras operaciones, como, por
ejemplo, la de Narvik. Estas serias recomendaciones estaban respaldadas por tan
autorizadas personas como los tres jefes superiores de Estado Mayor, así como por
los subjefes correspondientes, entre ellos el almirante Tom Pillips y sir John Dill,
recientemente nombrado.
Es imposible imaginar obstáculos más poderosos a un plan anfibio, y no he
visto gobierno ni ministro capaz de vencer esa oposición. Los jefes de Estado
Mayor actuaban como organismo aislado y en gran parte independiente, sin
dirección del Primer Ministro ni de ningún representante eficaz del poder
ejecutivo. Ocurría, además; que los jefes de los tres servicios militares todavía no
miraban la guerra como un conjunto y se dejaban influir por la opinión de sus
respectivos departamentos. Se reunían, hablaban con sus ministros y extendían
aide-mémoires u otros documentos que pesaban mucho en los resultados. Tal era
entonces la fatal ineficacia de nuestro sistema de dirigir la guerra.
Aquel cambio me indignó. Interrogué insistentemente a los jefes que lo
aconsejaban. Pronto advertí que la opinión profesional era adversa por entero a la
operación que sólo pocos días antes aconsejaban espontáneamente. Cierto que
seguíamos teniendo a sir Roger Keyes, apasionado amante de la acción y la gloria.
Keyes, desdeñando aquellas rectificaciones y nuevos temores, se ofreció para
conducir un puñado de los buques más viejos y unos cuantos transportes de tropas
al fiordo de Trondheim. Desembarcaría las fuerzas y tomaría la plaza por asalto
antes de que los alemanes se fortificaran. Roger Keyes poseía un formidable
historial de proezas Una llama de heroísmo ardía en él. En los debates de mayo se
insinuó que yo «tenía clavada en el alma la espina de los Dardanelos» y que,
recordando mi caída en aquella ocasión, no había osado obrar en esta otra. Pero
esto no era verdad. Son grandísimas las dificultades que se oponen a actuar con
violenta energía cuando uno ocupa una posición subalterna.
Aparte de eso, las altas personalidades navales mantenían entre sí muy
especiales relaciones. Roger Keyes, como lord Cork, era superior en categoría al
comandante en jefe y al Primer Lord del Mar. Pound había sido durante dos años
jefe de Estado Mayor de Keyes en el Mediterráneo. Si yo seguía, en contra de su
opinión, la de Keyes, Pound dimitiría, y acaso Forbes pidiera que se le relevase del
mando. Dada mi situación, no entraba en mi deber plantear al Gabinete y al Primer
Ministro unos problemas que, al fin y al cabo, se referían sólo a una operación que,
si bien atractiva e interesante, resultaba secundaria respecto a la campaña noruega,
por no hablar ya de la guerra en general. Comprendí que debíamos aceptar la
opinión de los Estados Mayores, a pesar de su cambio de criterio y de las obvias
objeciones que podían oponerse a su incompleto plan.
Admití, pues, el abandono de la operación «Martillo». En la tarde del 18,
informé a Chamberlain, quien, aunque muy decepcionado, como yo, hubo de
doblegarse a los hechos. En la guerra, como en la vida, cuando fracasa algún
proyecto muy deseado, es necesario optar por la mejor alternativa existente,
aplicando a ella toda nuestra capacidad. Por lo tanto, realicé a mi vez una virada.
El 19 de abril, y por escrito, me dirigí a la Comisión de Coordinación en la
forma siguiente:

1. El considerable avance de Carton de Wiart, los fáciles desembarcos realizados en


Andalsnes y otros puntos de ese fiordo meridional, las indiscreciones de la Prensa
respecto al asalto de Trondheim y las muy grandes fuerzas navales necesarias para
la operación «Martillo», con el riesgo inherente a mantener tantos y tan valiosos
buques expuestos durante muchas horas a intenso ataque aéreo, han hecho que los
jefes de Estado Mayor y sus suplentes aconsejen una completa alteración de la
idea. La importancia del ataque central y los dos de tenaza debe modificarse así: el
peso principal de la acción lo llevarán las tenazas del sur y del norte, y el ataque
central a Trondheim se reducirá a una demostración.
2. Dada la rapidez del cambio en los sucesos y opiniones, ha sido preciso
tomar una decisión, aprobada por el Primer Ministro, habiéndose ya expedido
órdenes en el sentido arriba expuesto.
3. Conviene dar pábulo a la idea de que estamos preparando un ataque
central contra Trondheim, y, para confirmarla, los acorazados bombardearán los
fuertes exteriores de la ciudad en el momento oportuno.
4. Se realizarán todos los esfuerzos posibles para reforzar a Carton de Wiart
con artillería, sin la que sus tropas no estarían debidamente equipadas.
5. Todas las tropas destinadas a la operación «Martillo» serán conducidas
tan pronto como se pueda, y, en su mayoría, en buques de guerra a los varios
puertos del fiordo de Romsdal. Deberán presionar hacia Dombas y, mientras se
envían algunas fuerzas hacia el sur para retardar el avance enemigo, nuestro
grueso, girando hacia el norte, se dirigirá a Trondheim. Más allá de Andalsnes, hay
ya una brigada (la de Morgan), con 600 infantes de marina. La brigada francesa y la
territorial de apoyo serán enviadas a ese frente con toda celeridad. Esto permitirá
ocupar Dombas, y nuestro dominio se extenderá hasta el más oriental de los dos
ferrocarriles que unen Oslo con Trondheim. Storen es para ello un punto
particularmente ventajoso. Durante hoy y mañana puede quedar pendiente el
destino definitivo de la segunda media brigada de cazadores alpinos, los dos
batallones de la Legión Extranjera francesa y los mil canadienses.
6. La situación de la fuerza de Namsos ha de considerarse un tanto
comprometida, pero su jefe está habituado a correr riesgos. Por otra parte, no veo
que nada nos impida obtener una decisiva superioridad a lo largo del ferrocarril
Andalsnes-Dombas y operar, según las oportunidades, más allá de ese
importantísimo punto El objetivo de esta maniobra será el aislamiento y toma de
Trondheim.
7. Aunque el cambio es censurable, precisamente por ser un cambio, ha de
reconocerse que pasamos de una operación muy peligrosa a otra que no lo es tanto.
Los riesgos de la armada disminuirán por relación a la operación «Martillo».
Parece que podemos alcanzar resultados iguales, con el segundo plan, y no es
forzoso que haya retardos. Desde luego, con este método podemos poner hombres
en tierra noruega más de prisa que del otro modo.
8. No es posible privar a Narvik del acorazado que allí hay, ya que se
requiere intensa acción. Se ha ordenado, pues, al «Warspite» que vuelva (allá). Se
requerirán algunos refuerzos más para Naryik. Podrá pensarse en los canadienses.
9. A la vez, la acción en el Skager-Rak hará posible eliminar los
cazasubmarinos enemigos y ayudar a nuestros sumergibles.

Al día siguiente expliqué al Gabinete las circunstancias en que se había decidido


suspender el ataque directo a Trondheim, y manifesté que el nuevo plan aprobado
por el Primer Ministro consistía, en sus líneas generales, en enviar toda la 1.ª
división ligera de cazadores alpinos al general Carton de Wiart, para que atacase
Trondheim por el norte. Entre tanto, las brigadas regulares francesas reforzarían a
Morgan, que había desembarcado en Andalsnes y presionaba hacia Dombas. En el
sur, se situaría otra brigada territorial. Parte de las fuerzas del sur podría unirse a
los noruegos en el frente de Oslo. Habíamos tenido suerte en el desembarco de
tropas, sin otra pérdida que la del barco que cargaba todos los vehículos de
Morgan. Se proyectaba haber desembarcado unos veinticinco mil hombres a fines
de la primera semana de mayo. Los franceses ofrecían otras dos divisiones ligeras.
El factor principal — y el que nos perjudicaba más — era la necesidad de establecer
bases y líneas de comunicación para las fuerzas, que iban a estar sometidas a
intenso ataque aéreo.
El ministro de la Guerra adujo que el nuevo plan era poco menos azaroso
que el del asalto directo a Trondheim. Mientras el aeródromo de Trondheim no
estuviese en nuestras manos, poco podría hacerse para contrarrestar los pesados
ataques aéreos enemigos. Ni era del todo exacto definir el nuevo plan como un
«movimiento de tenaza» contra Trondheim, pues mientras la fuerza del norte
podía ejercer alguna presión en el futuro inmediato, la primera tarea de la fuerza
meridional debía ser la de asegurarse contra cualquier ataque alemán desde el sur.
Podía pasar muy bien un mes antes de que se lograra operar contra Trondheim
desde aquella dirección. Este juicio era muy acertado. No obstante, el general
Ironside defendió con energía la nueva estrategia. Expresó la esperanza de que
Carton de Wiart, quien tendría una gran fuerza a su disposición cuando le
reforzasen los franceses — fuerza que en parte gozaría de mucha movilidad—,
pudiera cortar el ferrocarril de Trondheim a Suecia. Las tropas situadas en Dombas
carecían de cañones y medios de transporte.
No obstante, podrían operar a la defensiva. Yo añadí que el asalto directo a
Trondheim se juzgaba demasiado arriesgado para la escuadra y el ejército. Si en el
curso de un ataque afortunado perdíamos uno de los buques principales, esta
pérdida contrabalancearía el éxito de la operación. Además, las tropas de
desembarco podían sufrir cuantiosas pérdidas, y el general Massy creía que las
bajas no estarían en proporción con los resultados, los cuales cabía obtener por
otros medios. El ministro de la Guerra, después de señalar con justicia que tales
medios no ofrecían solución satisfactoria, se avino a ensayarlos. Para todos era
evidente que teníamos que escoger entre muy desagradables posibilidades, sin
embargo de lo cual se hacía menester actuar. El Gobierno accedió a la modificación
del plan contra Trondheim.
Volví a pensar en Narvik, cosa que me parecía más importante y hacedera
ahora que se abandonaba el ataque a Trondheim, y dirigí a la Comisión la nota
siguiente:

1. No es exagerado encarecer la urgencia e importancia de alcanzar una decisión en


Narvik. Si las operaciones se paralizan, resultará una situación nociva para
nosotros. Cuando se deshiele el golfo de Botnia, lo que ocurrirá a lo sumo dentro
de un mes, los alemanes pueden pedir a los suecos libre tránsito para sus tropas a
través de las cuencas mineras, a fin de reforzar a los defensores de Narvik. Pueden
también pedir que se les deje ocupar la cuenca minera. Quizá prometan a los
suecos que, si acceden a eso en el remoto norte, serán dejados en paz en el resto del
país. De todos modos, debemos dar por hecho que los alemanes entrarán en los
yacimientos mineros y socorrerán Narvik por las buenas o por las malas. De modo
que sólo disponemos de un mes.
2. En este mes hemos de reducir y tomar la ciudad y batir a los alemanes
desembarcados. Además, necesitamos apoderarnos del ferrocarril hasta la frontera
sueca y conseguir una bien defendida base de hidroaviones en algún lago, para
impedir que los alemanes trabajen en la cuenca minera si nosotros no logramos
ocuparla. Es necesario que no menos de tres mil hombres más, de buenas tropas,
sean enviados a Natvik, a más tardar, a fines de la primera semana de mayo.
Deben darse ahora las órdenes para ello, ya que nada sería más fácil que cambiar el
destino de las tropas si, entre tanto, la situación se despeja. Constituiría gran
ventaja administrativa que esas tropas fuesen británicas, pero si alguna razón lo
impide, i no podría una brigada de la segunda división ligera francesa ser enviada
a Narvik? No habrá excesivo peligro en llevar un barco grande al fiordo de Skjel u
otro sitio cercano.
3. Celebraría mucho que el subjefe del Estado Mayor Naval consultara con el
de igual categoría del ministerio de la Guerra respecto a la forma en que debe
afrontarse esa necesidad, teniendo en cuenta los barcos y las fechas disponibles. Si
no tomamos Narvik, sufriremos un grave desastre, que implicará la ocupación de
la cuenca minera por los alemanes.

La situación general, tal como se consideraba en aquel momento, no puede


definirse mejor que en un documento escrito por el general Ismay el 21 de abril:

El objeto de las operaciones en Narvik consiste en tomar la ciudad y posesionarse


del ferrocarril que va a la frontera sueca. Debemos hallarnos en situación de enviar
tropas, si es necesario, a los yacimientos de Gällivare, principal objetivo de todas
las operaciones en Escandinavia.
En cuanto se funda el hielo en Lulea, dentro de un mes aproximadamente,
cabe esperar que los alemanes obtengan, mediante amenazas o fuerza, un paso
para sus tropas con el fin de llegar a Gällivare y acaso de reforzar sus unidades de
Narvik. Es, pues, esencial liquidar Narvik en un mes.
La finalidad de las operaciones en la zona de Trondheim es ocupar esta
ciudad y obtener una base de operaciones en el centro de Noruega y, a ser
necesario, en Suecia. Se han hecho desembarcos en Namsos al norte y Andalsnes al
sur. Nuestra intención es que las fuerzas de Namsos se sitúen a caballo del
ferrocarril que corre desde Trondheim al este, cercando a los alemanes por el este y
nordeste. La fuerza de Andalsnes tiene por primer objetivo ocupar una posición
defensiva, en cooperación con los noruegos de Lillehammer, impidiendo que el
grueso alemán de Oslo envíe refuerzos a Trondheim. Hay que cortar los
ferrocarriles y carreteras de Oslo a Trondheim. Una vez conseguido esto, algunas
fuerzas se dirigirán al norte, presionando contra Trondheim por el sur.
En el momento presente, nuestra principal atención se centra en el sector de
Trondheim. Es esencial apoyar a los noruegos e impedir que Trondheim sea
reforzada. La toma de Narvik no es, por ahora, tan urgente, pero urgirá más cada
vez cuando se aproxime el deshielo en el golfo de Botnia. Si Suecia entra en la
guerra, Narvik será el centro neurálgico de las operaciones.
Las operaciones iniciadas en la Noruega central son muy arriesgadas y
chocan con serias dificultades. Las principales consisten en que la necesidad de
socorrer a los noruegos nos ha hecho desembarcar fuerzas improvisadas a toda
prisa, utilizando todo lo disponible. En segundo lugar, nuestro acceso a Noruega
se realiza forzosamente por bases inadecuadas para el sostenimiento de grandes
formaciones. La única base real es Trondheim, y ésta se halla en manos del
enemigo. Utilizamos Namsos y Andalsnes, que sólo son puertos secundarios con
pocas facilidades, o ninguna, para la descarga de pertrechos militares. Por ende,
sus comunicaciones con el interior son malas. En consecuencia, el desembarco de
transportes mecánicos, artillería, suministros y petróleo (ya que nada cabe obtener
en esas localidades) es asunto de considerable dificultad, aun no contando con
otros impedimentos. De manera que mientras no ocupemos Trondheim, las
fuerzas que podemos mantener en Noruega estarán sometidas a estricta limitación.

En rigor ha de decirse que cualquier éxito que hubiésemos podido lograr en


Noruega hubiese sido contrapesado por los resultados de la inminente batalla de
Francia. Antes de un mes, los ejércitos aliados habrían quedado deshechos o
arrojados al mar. Cuanto teníamos había de aplicarse a nuestra lucha por la
supervivencia. De manera que, en el fondo, fue una suerte que no pudiésemos
instalar tropas v aviones en número suficiente en torno a Trondheim. Los velos del
porvenir sólo uno a uno se levantan, y los mortales han de actuar al día. Dado lo
que sabíamos a mediados de abril, soy de opinión que debimos haber persistido en
la operación «Martillo» y en el triple ataque convenido contra Trondheim. Acepto,
empero, la plena responsabilidad de no haberme sobrepuesto a la opinión de
autorizados técnicos tan decididamente opuestos a la operación, contra la que
suscitaban tantas y tan serias objeciones. No obstante, al renunciar a lo de
Trondheim hubiese sido mejor concentrarnos en Narvik. Pero era tarde para ello.
Había muchas tropas desembarcadas en otros sitios, y los noruegos clamaban por
ayuda.
CAPÍTULO XV

FRACASO EN NORUEGA

Lord Cork es nombrado jefe supremo en Narvik. — Carta que me dirigió. —


Protesta de Mackesy contra los bombardeos. — Respuesta del Gabinete. — Octava reunión
del Consejo Supremo de la Guerra (22 abril). — Lucha en tierra y en el aire. — Decisiones
sobre Trondheim y Narvik. — Un nuevo cambio. — Instrucciones del 1 de mayo. —
Operación de Trondheim. — Fracaso de Namsos. — Paget en la expedición de Andalsnes.
— El Gabinete resuelve evacuar el centro de Noruega .— El revés de Mosjoen. — Mi
informe del 4 de mayo. — La fuerza de Gubbins. — Avance alemán hacia el norte. —
Superioridad alemana en calidad y método.

El 20 de abril, logré que se designase a Cork comandante único 4 de las


fuerzas navales, militares y aéreas de la zona de Narvik. Maces quedaba, pues,
subordinado a Cork. No había dudas del vigoroso espíritu ofensivo de lord Cork,
quien conocía bien los peligros de las dilaciones. Pero las dificultades físicas y
administrativas eran, sobre el terreno, mucho mayores que lo que imaginábamos
en Inglaterra. Además, los oficiales navales, incluso cuando obtienen plena
autoridad, procuran no dar órdenes al ejército sobre asuntos puramente militares.
Si las posiciones se invierten, el caso es más verdadero aún. Esperábamos que,
descargando a Mackesy de la principal responsabilidad directa, le dejaríamos en
mayor libertad de proceder con una táctica audaz. Los resultados desmintieron
nuestras esperanzas. Mackesy siguió empleando todos los argumentos, y hasta
toda la falta de ellos, para impedir una acción a fondo. Las cosas habían
empeorado, en detrimento nuestro, en la semana transcurrida desde que se
abandonó la idea de asaltar directamente Narvik. Los dos mil soldados alemanes
trabajaban día y noche en sus defensas, y ellos y la ciudad yacían ocultos bajo un
sudario de nieve. Sin duda, el enemigo había organizado también los dos o tres mil
marineros supervivientes de los buques hundidos. A diario mejoraban sus
métodos de apoyo aleatorio, y nuestros buques y tropas desembarcadas sufrían
bombardeos crecientes. El día 21, Cork me envió esta carta:

Le escribo para agradecerle la confianza puesta en mí. Haré cuanto pueda para
justificarla. Es difícil vencer la inercia existente. Desde luego, los obstáculos al
movimiento de tropas son considerables, sobre todo la nieve, que alcanza muchos
pies de profundidad en las laderas septentrionales de las alturas. Yo mismo lo he
comprobado; y como hace dos días que nieva, la situación no mejora. El error
inicial consistió en suponer que las primeras fuerzas desembarcarían sin oposición.
Es error que cometemos los ingleses a menudo, como pasó en Tanga21. En todo
caso, los soldados carecen aún de munición de reserva para las armas de fuego,
aunque les sobran toneladas de material y personal innecesario"...
Nuestra más apremiante necesidad es disponer de cazas, porque somos muy
inferiores en el aire. A diario realiza el enemigo reconocimientos aéreos, y se
presenta cuando hay transportes u otros vapores que bombardear. Antes o después
harán blanco. Ayer volé sobre Narvik, pero era difícil ver gran cosa. El acantilado
rocoso está cubierto de nieve, excepto en torno a ciertos salientes donde el arrastre
de nieves debe de ser rápido. Hay nieve en la misma orilla del agua, lo que
imposibilita el observar la naturaleza de la costa.
En tanto que esperamos las condiciones necesarias para un ataque,
procuramos aislar la ciudad destrozando las instalaciones ferroviarias, etc. El vapor
de gran tamaño que hacía el servicio de travesía ha sido bombardeado e
incendiado... Es exasperante no poder avanzar, y comprendo bien que usted se
pregunte por qué no lo hacemos, pero le aseguro que no se debe a falta de ganas.

Lord Cork decidió realizar un reconocimiento de gran envergadura, con apoyo del
bombardeo naval, pero Mackesy se interpuso. Declaró que consideraba su deber
afirmar, antes de empezar la acción contra Narvik, que ningún oficial o soldado a
sus órdenes dejaría de sentirse abochornado por sí mismo y por su patria si miles
de hombres, mujeres y niños noruegos se veían sometidos al bombardeo
propuesto. Cork se contentó con transmitirnos este aserto sin comentarlo. Ni
Chamberlain ni yo estuvimos presentes en la Comisión de Defensa, que se reunió
el 22, porque el mismo día habíamos de asistir a la sesión del Consejo Supremo, en
París.
Antes de marchar, redacté una respuesta que mis compañeros aprobaron:

Presumo que lord Cork ha leído las instrucciones sobre bombardeos, instrucciones
que se emitieron al estallar la guerra. Si encuentra necesario rebasar esas
instrucciones a causa de que el enemigo se ampare en los edificios para sostenerse
en Narvik, puede, si lo juzga oportuno, avisar con una antelación de seis horas por
todos los medios a su alcance, incluso, a ser posible, lanzando octavillas. Informará
al comandante alemán de que la población civil en masa debe dejar la ciudad,
haciéndole responsable de los obstáculos que ponga a la marcha de la gente civil.
Puede también ofrecer dejar libre la línea del ferrocarril durante seis horas, para
que los elementos civiles puedan escapar por esa ruta.
La Comisión aprobó esto, ateniéndose con energía a la opinión que «no cabía
permitir que los alemanes convirtieran las ciudades noruegas en fortalezas,
manteniendo a la población civil en ellas para impedir que las atacásemos».

Llegamos a París con el ánimo oprimido por las zozobras y la confusión de la


campaña noruega, cuya dirección correspondía a los ingleses. Reynaud, tras
darnos la bienvenida, hizo sobre la situación militar una declaración que dejaba en
mantillas nuestra conjunta expedición escandinava. La geografía, dijo, daba a
Alemania la permanente ventaja de sus líneas interiores de comunicación. Poseían
los alemanes 190 divisiones, 150 de las cuales podían usarse en el frente occidental.
Los aliados oponían 100, diez de las cuales eran británicas. En la guerra anterior,
Alemania, con una población de 65 millones, había armado 248 divisiones, de las
que 207 pelearon en el frente occidental. Francia había movilizado 118 divisiones
— 110 en el frente occidental — e Inglaterra levantó 89 divisiones, de las que situó
63 en el frente occidental, reuniéndose así 173 divisiones aliadas con 207 alemanas
Sólo pudo conseguirse igualdad de contingentes cuando los americanos enviaron
34 divisiones. La situación actual era mucho peor. La población alemana ascendía a
80 millones, lo que verosímilmente permitiría movilizar 300 divisiones. Francia
difícilmente podía esperar contar con 20 divisiones inglesas a fines de año.
Teníamos, pues, que enfrentarnos con una superioridad numérica grande y
creciente. Estábamos en proporción de dos contra tres, y pronto nos hallaríamos en
la de uno contra dos. Alemania era superior en aviación, artillería y depósitos de
municiones. Así se expresó Reynaud.
A tal extremo habíamos llegado desde la ocupación de Renania en 1936.
Entonces una mera operación de policía lo hubiera resuelto todo. Incluso cuando lo
de Munich, Alemania, ocupada con Checoeslovaquia, sólo podía poner en el frente
occidental 13 divisiones. En el mismo septiembre de 1939, mientras resistían los
polacos, Alemania no tenía en el oeste más que 42 divisiones. La terrible
superioridad enemiga se había producido merced a que los antaño victoriosos
aliados no osaron nunca adoptar medidas decisivas, incluso cuando eran
todopoderosos, para frenar las repetidas agresiones e infracciones de los tratados
cometidas por Hitler.

Tras aquella sombría declaración, cuya gravedad bien comprendíamos, nos


ocupamos del enredo escandinavo. El Primer Ministro explicó claramente la
situación. Habíamos desembarcado en Namsos y Andalsnes 13.000 hombres, sin
bajas. Nuestras tropas avanzaban más de lo esperado. El ataque directo a
Trondheim exigiría desproporcionadas fuerzas navales, y por ello se había
acordado realizar un movimiento de tenaza desde el sur y el norte. En los últimos
dos días, sin embargo, un rudo ataque aéreo en Namsos había interrumpido
nuestros planes. Los alemanes, no refrenados por artillería antiaérea alguna, se
habían despachado a su gusto. Por otra parte, todos los buques alemanes de guerra
surtos en Narvik habían sido destruidos. Pero las tropas alemanas estaban bien
fortificadas en Narvik, habiéndose considerado imposible hasta entonces todo
ataque terrestre. Si nuestro primer intento fracasaba, se renovaría.
Respecto a Noruega central, Chamberlain dijo que el mando británico
deseaba reforzar aquellas tropas, protegerlas contra el avance alemán hacia el norte
y hacerlas cooperar en el ataque a Trondheim. Se necesitaban más fuerzas. En un
futuro cercano cabría disponer de 5.000 ingleses, 7.000 franceses, 3.000 polacos, tres
batallones mecanizados ingleses, un batallón inglés de tanques ligeros, tres
divisiones ligeras francesas y una división territorial británica. La limitación con
que tropezábamos no consistía en las fuerzas, sino en que pudieran desembarcar y
sostenerse en el país. Reynaud ofreció enviar cuatro divisiones ligeras francesas.
Por primera vez en aquellas conferencias, yo hablé con cierta extensión,
señalando a los franceses la dificultad de desembarcar tropas y pertrechos bajo el
fuego aéreo y los submarinos del enemigo. Cada buque había de ser escoltado por
destructores, y cada puerto de desembarco necesitaba ser defendido por
destructores y cruceros mientras no se instalaran en tierra piezas antiaéreas. Los
buques aliados, hasta entonces, habían sido favorecidos por la suerte y sufrido
pocos impactos. Había que comprender las tremendas dificultades de la operación.
Se habían desembarcado 13.000 hombres, mas aun carecíamos de bases y
operábamos con pobres líneas de comunicación y prácticamente sin artillería ni
aviones. Esa era la situación en la Noruega central. En Narvik, los alemanes eran
menos fuertes, el puerto estaba mucho menos expuesto a los ataques aéreos y, una
vez dominada la rada, podríamos desembarcar harto más de prisa. Toda fuerza
que no pudiese desembarcar más al sur, debía ir a Narvik. Las tropas asignadas a
la operación de Narvik no estaban hechas a pelear en la nieve, y todas las fuerzas
inglesas se hallaban en el mismo caso. En Narvik, no sólo había que limpiar de
alemanes el puerto, la ciudad y la comarca, sino que era menester avanzar a lo
largo del ferrocarril de Suecia con fuerzas proporcionadas a los probables
designios alemanes en aquel sector. Opinaba el mando inglés que ello podía
hacerse sin amenguar el ritmo de los desembarcos más al sur, dentro de las
restricciones indicadas antes.
Todos nos mostramos concordes en que nuestro brete era ingrato y difícil de
remediar por el momento. El Consejo Supremo decidió que los inmediatos
objetivos debían ser:

a) Ocupación de Trondheim.
b) Ocupación de Narvik y establecimiento de una adecuada fuerza aliada en
la frontera sueca.

Al otro día, hablamos de los peligros que amenazaban a belgas y holandeses y de


la negativa de unos y otros a tomar medidas en común con nosotros. Italia podía
declarar la guerra cualquier día, por lo cual Pound y Darlan debían acordar
medidas relativas al Mediterráneo. Invitamos a nuestra reunión al general Sikorski,
jefe del gobierno provisional polaco. Sikorski dijo que se comprometía a reclutar
cien mil hombres en pocos meses. En los Estados Unidos se hacían activas
gestiones para formar una división polaca.
Se convino que si Alemania invadía Holanda, los aliados entrarían en
Bélgica sin más consultas al gobierno belga, y la RAF bombardearía los centros
alemanes de concentración y las refinerías de petróleo del Ruhr.

Cuando regresamos de la conferencia me sentía muy disgustado por nuestro


completo fracaso ante el enemigo y por nuestro método de dirigir la guerra.
Escribí, en consecuencia, a Chamberlain:

Deseando apoyar a usted tanto como pueda, he de advertirle que nos acercamos al
momento en que nos estrellemos la cabeza contra la pared, en Noruega.
Le agradezco mucho que, a instancias mías, se haya encargado de dirigir la
[Comisión de] Coordinación Militar. Quiero hacerle saber que no aceptaré que ese
cargo vuelva a mí si no lo acompañan las necesarias facultades. Al presente, nadie
posee ninguna. Hay en la Comisión seis jefes [y subjefes] de Estado Mayor, tres
ministros y el general Ismay. Todos tienen voz en las operaciones noruegas
(Narvik aparte). Pero a nadie corresponde la creación y dirección de una política
militar, salvo a usted. Si se siente con fuerzas para soportar esa carga, cuente con
mi inquebrantable lealtad en cuanto Primer Lord del Almirantazgo. Si no se siente
con fuerzas para ese y sus demás deberes, puede designar un delegado que
concierte y dirija los movimientos generales de nuestra acción bélica, con el apoyo
de usted y del Gabinete, a no ser que haya buenas razones en contrario.

Antes de enviar mi mensaje recibí uno del Primer Ministro, diciéndome que había
estado meditando sobre la situación en Escandinavia y que la encontraba nada
satisfactoria. Me pedía que fuera a visitarle aquella noche en Downing Street
después de cenar, a fin de discutir toda la situación en privado.
No tomé notas de nuestra conversación, que fue muy amistosa. Sé que dije
lo mismo que en mi no enviada carta, y también recuerdo que el Primer Ministro
reconoció la fuerza y justicia de mis argumentos. Deseaba vivamente darme los
poderes directivos que yo deseaba y en tal sentido no hubo dificultad alguna. Pero
necesitaba consultar y persuadir a varios importantes personajes. Así, hasta el 1 de
mayo no pudo enviar la siguiente nota al Gabinete y demás interesados:

I-V-1940.

He examinado, mediante consultas con los ministros a cargo de los


departamentos de guerra, la forma en que se consideran y deciden los problemas
defensivos. Envío, para informe de mis compañeras, un memorándum descriptivo
de ciertas modificaciones que se ha resuelto establecer en el funcionamiento de
nuestro sistema. En esas modificaciones concuerdan los tres ministros de servicios
militares. Con la aprobación del Primer Lord del Almirantazgo, el general H. L.
Ismay ha sido nombrado jefe superior del Estado Mayor Central, el cual, según en
el memorándum se indica, quedará a disposición de dicho Primer Lord. El general
Ismay, mientras ejerza el puesto mencionado, pertenecerá adicionalmente a la
comisión de jefes de Estado Mayor.
N. C.

ORGANIZACIÓN DE LA DEFENSA

Para obtener mayor concentración en la dirección de la guerra, se realizarán las


siguientes modificaciones: El Primer Lord del Almirantazgo seguirá presidiendo
todas las sesiones de la Comisión de Coordinación Militar que no presida el Primer
Ministro. En ausencia de éste, el Primer Lord actuará como delegado suyo en las
reuniones que versen sobre los asuntos que a la Comisión pase el Gabinete de
Guerra.
En nombre de la Comisión, al Primer Lord le corresponderá dar
instrucciones y orientaciones a los jefes de la Comisión de E. M. Podrá, para ello,
consultar personalmente a esa comisión cuando lo estime necesario.
Los jefes de E. M. vienen obligados a exponer sus opiniones colectivas al
gobierno y, con su correspondiente personal, a preparar planes para realizar
cualquier objetivo que les indique el Primer Lord en nombre de la Comisión de
Coordinación Militar. Acompañarán a esos planes los comentarios que juzguen
adecuados.
Individualmente, los jefes de E. M. siguen siendo responsables ante sus
respectivos ministros, a los que siempre informarán de sus conclusiones.
Cuando haya tiempo para ello, los planes de los jefes de E. M., con sus
comentarios y los que haga el Primer Lord, se entregarán para su aprobación a la
Comisión de C. M. A menos de que ésta sea autorizada por el Gabinete de Guerra
para adoptar decisiones definitivas, o en caso de desacuerdo en la comisión, se
pasarán los planes al Gabinete de Guerra.
En casos urgentes podrá omitirse la presentación de los planes a las sesiones
regulares de la comisión. Sin duda en tales ocasiones el Primer Lord hallará medios
de consultar privadamente a los ministros de los servicios militares. En caso de
discrepancia, se someterá el caso al Primer Ministro.
Para facilitar el plan bosquejado y procurar medios idóneos de mantener
una estrechó relación entre el Primer Lord y los jefes de E. M., el Primer Lord será
asistido por un Estado Mayor Central (distinto al del Almirantazgo) a las órdenes
de un jefe superior de E. M., que será miembro adicional de la Comisión de E. M.

Acepté aquel sistema, que parecía una mejora. Accedí a presidir las reuniones de la
Comisión de E. M., sin lo que nada cabía hacer, y asumí la responsabilidad de dar
«orientaciones e instrucciones» a aquellos jefes. Ismay, jefe superior del Estado
Mayor Central, fue puesto a mi disposición como jefe de mi E. M. y representante
mío, perteneciendo como tal a la Comisión de E. M. Yo conocía a Ismay hacía
muchos años, pero ésta era la primera vez que íbamos a actuar como uña y carne.
En gran extensión, los jefes de E. M. quedaban colectivamente dependiendo de mí
y, como delegado del Primer Ministro, me cabía nominalmente influir de modo
autorizado en sus decisiones. Por otra parte, resultaba natural que ellos fuesen
leales, ante todo, a los ministros de sus departamentos, quienes no hubieran sido
humanos si no se resintiesen un tanto al ver transmitida parte de su autoridad a
uno de sus colegas. El memorándum disponía que mis derechos se ejerciesen en
nombre de la Comisión Coordinativa. Así, que recaían en mí inmensas
responsabilidades, sin autoridad efectiva para desempeñarlas. No obstante,
parecíame posible poner en marcha el nuevo mecanismo. Este había de durar una
sola semana. Mis relaciones personales y oficiales con el general Ismay se
mantuvieron, inquebrantables e indebilitadas, desde el 1.º de mayo de 1940 al 27
de julio de 1945, fecha en que abandoné mi cargo.

*
Es necesario relatar ahora el curso de la lucha en torno a Trondheim. Las fuerzas
de Namsos estaban a 80 millas de la ciudad y las de Andalsnes a 150 millas. Se
había abandonado el ataque central por el fiordo, en parte por temor a lo que nos
costara y en parte porque se confiaba en los movimientos de flanco. Mas éstos
fracasaron en absoluto. Las tropas de Namsos, mandadas por Carton de Wiart,
avanzaron de prisa, como se les ordenara, luchando con la nieve noruega y los
ataques aéreos. El 19, una brigada llegó a Verdal, a cincuenta millas de Trondheim,
sobre el fiordo. Me pareció evidente, y así lo advertí a los Estados Mayores, que los
alemanes podían destacar desde Trondheim una fuerza superior que acabase con
aquella avanzada. Tal sucedió dos días después. Nuestras tropas hubieron de
retirarse varias millas, hasta hallar posiciones propias para la defensa. La nieve, en
curso de deshielo en algunos sitios, creaba condiciones intolerables. Los alemanes,
que habían llegado cruzando el fiordo interior, carecían, como nosotros, de
transportes rodados, lo que impedía toda lucha seria. En cambio, las pocas fuerzas
aliadas diseminadas por los caminos ofrecían fácil blanco al incontrastable ataque
aéreo enemigo. Si Carton de Wiart hubiera sabido cuán limitadas fuerzas iba a
tener, y si conociera el abandono del ataque frontal a Trondheim — punto esencial
de que nuestro E. M. no le informó—, sin duda habría avanzado más
metódicamente. Pero actuó, en relación al objetivo, tal como se le había ordenado.
Al fin, casi todas las tropas volvieron, exhaustas, heladas y airadas, a
Namsos, donde permanecía la brigada francesa de cazadores. Carton de Wiart,
cuya opinión era muy autorizada, dijo que no había otro remedio que evacuar. El
Almirantazgo hizo los preparativos oportunos. El 28 de abril se ordenó la
evacuación de Namsos. Las fuerzas francesas reembarcarían antes que las
británicas, dejando a retaguardia algunos esquiadores. Se contaba que la
evacuación se produjera en las noches del 1 y 2 de mayo. Pero, de hecho la retirada
se efectuó en la noche del 3. Ya estaba el convoy muy adentrado en el mar cuando
lo descubrió la aviación enemiga, a la madrugada. De las ocho de la mañana a las
tres de la tarde, oleadas de aviones enemigos bombardearon nuestros transportes y
barcos de guerra. No había aeroplanos ingleses que protegiesen el convoy, mas
tuvimos la suerte de que los transportes no fuesen alcanzados. El destructor
francés «Bison» y el inglés «Afridi», que defendían la retaguardia, fueron
«hundidos luchando hasta el fin».

Otra — y diferente — serie de infortunios se abatió sobre nuestras tropas de


Andalsnes. Respondiendo a las urgentes apelaciones del general Ruge,
comandante en jefe noruego, el brigadier Morgan, con la 148 brigada de infantería,
se adelantó hasta Lillehammer. Allí se unió a las agotadas tropas noruegas, a las
que los alemanes, con la aplastante fuerza de tres divisiones plenamente
equipadas, perseguían a lo largo de la carretera y ferrocarril de Oslo a Dombas y
Trondheim. Se inició una fuerte lucha. El buque que llevaba los vehículos, artillería
y morteros de Morgan hablase ido a pique. Pero los jóvenes territoriales ingleses
lucharon con fusiles y ametralladoras contra las vanguardias alemanas, armadas
con howitzers del 5'9, con muchos morteros pesados y con algunos tanques. El 24
de abril, un batallón de la 15 brigada, que llegaba de Francia, se presentó en el
frente. El general Paget, que mandaba aquellas fuerzas regulares, supo por Ruge
que los noruegos estaban rendidos y no podrían seguir peleando si no recibían
descanso y nuevos pertrechos. Paget, pues, hízose cargo del mando, mandó entrar
en acción al resto de la brigada y afrontó resueltamente a los alemanes en una serie
de animosos encuentros. Merced a un hábil uso del ferrocarril, que por suerte no
estaba cortado, Paget logró sacar de aquel mal brete a sus tropas, a la brigada de
Morgan que había perdido 700 hombres — y a algunas unidades noruegas.
Durante todo un día, el grueso de la fuerza británica permaneció escondida en un
largo túnel de la vía férrea y así se esquivó al enemigo y a su aviación. Tras cinco
acciones de retaguardia, en algunas de las cuales los alemanes quedaron muy
maltrechos, Paget retornó a Andalsnes tras una retirada de cien millas. Andalsnes,
como Namsos, estaba asolada por el bombardeo. No obstante, en la noche del 1 de
mayo, la 15 brigada, con los restos de la de Morgan, embarcó en cruceros y
destructores y volvió a Inglaterra sin ulteriores dificultades. La bravura y destreza
de Paget en aquellos días le valieron el acceso a altos puestos de mando según la
guerra proseguía.
Debo mencionar un desesperado y valeroso intento de apoyar a nuestras
fuerzas desde el aire. La única posible pista de aterrizaje era el lago helado de
Lesjeskogen, a cuarenta millas de Andalsnes. Allí se posó, el 24 de abril, una
escuadrilla de Gladiators despegada del «Glorious». En el acto fueron
intensamente atacados. La aviación naval hizo lo posible para protegerlos, pero la
tarea de luchar por la existencia, de cubrir las operaciones de dos expediciones
separadas por doscientas millas y de proteger sus bases, era demasiado para una
escuadrilla sola. El 26 de abril quedó imposibilitada de actuar. Tampoco sirvieron
de nada los esfuerzos de los bombarderos de largo radio de acción enviados desde
Inglaterra.

Nuestra retirada, debida a los hechos locales, respondía a una decisión adoptada
ya por el Gabinete tras recibir el consejo de la Comisión Coordinativa, presidida
por el Primer Ministro. Habíamos llegado a la conclusión de que no podíamos
tomar y conservar Trondheim. Los dos brazos de la tenaza habían sido rotos.
Chamberlain anunció al Gabinete que se habían hecho planes para evacuar a
nuestras tropas de Namsos y Andalsnes, sin perjuicio de resistir entre tanto al
avance alemán. El Gabinete acogió con desagrado aquella inevitable necesidad.

Para retardar lo posible el avance enemigo hacia Narvik, enviamos unas compañías
especiales, del estilo de las que luego habían de llamarse comandos, mandadas por
el emprendedor coronel Gubbins, a Mosjoen, cien millas al norte. Yo deseaba
vivamente que una pequeña parte de las fuerzas de Namsos, utilizando los
vehículos disponibles, se dirigiese a Grong por carretera. Bastaban doscientos
hombres para librar escaramuzas de retaguardia. Desde Grong, esa hueste se
encaminaría a Mosjoen a pie. Así esperábamos ganar tiempo y dar a Gubbins lugar
de establecerse y poder resistir a los pequeños destacamentos que pudieran enviar
los alemanes. Repetidamente me afirmaron que la ruta estaba intransitable. El
general Massy enviaba desde Londres insistentes preguntas. Se le contestó que ni
siquiera unos pocos esquiadores alpinos franceses podrían seguir aquel camino.
Massy, en un despacho, escribió pocos días después: «Era evidente que si los
cazadores alpinos franceses no podían retirarse por aquel camino, tampoco los
alemanes podrían avanzar... Mas ello constituía un error, puesto que los alemanes
han hecho pleno uso del camino, avanzando tan rápidamente que nuestras tropas
de Mosjoen no han podido instalarse debidamente, siendo muy verosímil que no
logremos sostener la plaza». Esto resultó cierto. El destructor «Janus» transportó a
Mosjoen, por mar, dos cañones antiaéreos y cien cazadores alpinos, que volvieron
a embarcar antes de que llegasen los alemanes.

Habíamos mantenido la campaña noruega hasta un punto en que nos vimos


agobiados por una serie de gigantescos acontecimientos. La superioridad de los
alemanes en planeamiento, dirección y energía, era obvia. Los jefes alemanes
desarrollaron inexorablemente un plan preparado con todo esmero. Comprendían
de modo perfecto cuál debía ser el empleo de la aviación en todos sus aspectos y en
vasta escala. La ventaja que individualmente tenían los alemanes sobre nosotros
era muy acusada, sobre todo en la actuación de pequeños destacamentos. En
Narvik, una heterogénea e improvisada fuerza alemana de unos seis mil hombres
resistió seis semanas a veinte mil aliados, y aunque al fin fue arrojada de la ciudad,
todavía vio reembarcar al enemigo. El ataque a Narvik, tan brillantemente iniciado
por la armada, quedó paralizado por la negativa del jefe militar a correr un riesgo
calificable, desde luego, de desesperado. El dividir nuestros recursos entre Narvik
y Trondheim echó a perder ambas operaciones. El abandono de la empresa central
de Trondheim arrojó una tara de indecisión sobre la política inglesa, tara de que
fueron responsables tanto los técnicos militares como los políticos. En Namsos
hubo una serie de confusos movimientos de vaivén. Sólo en Andalsnes penetramos
apreciablemente. Los alemanes atravesaron en siete días el camino de Namsos a
Mosjoen, que ingleses y franceses declaraban infranqueable. En Bodo y Mo,
durante la retirada de Gubbins hacia el norte, siempre llegarnos demasiado tarde,
y el enemigo, aunque tenía que recorrer cientos de millas de un país abrupto y
nevado, nos hizo retroceder a pesar de algunos episodios de valentía por nuestra
parte. Nosotros, dueños del mar y pudiendo desembarcar donde nos pluguiere en
una costa indefensa, fuimos ganados en celeridad por un enemigo que había de
moverse por tierra y vencer infinitos obstáculos. En la campaña noruega, nuestras
mejores tropas — la guardia irlandesa y escocesa — quedaron desconcertadas por
el vigor, instrucción e iniciativa de los jóvenes hitlerianos.
Nos esforzamos, llamados por el deber, en defender Noruega. Hicimos
reproches a la crueldad de la fortuna. Pero ahora sabemos que aquel fracaso nos
convino. Por el momento, sin embargo, hubimos de consolarnos pensando en el
éxito de nuestras evacuaciones. Fracasamos en Trondheim. Hicimos tablas en
Narvik. Esos eran los resultados que en la primera semana de mayo podíamos
mostrar a la nación, a los aliados y al mundo neutral, amistoso u hostil. Teniendo
en cuenta el prominente papel que desempeñé en aquellos sucesos, así como la
imposibilidad de explicar las dificultades existentes, y los defectos de nuestra
organización, militar y gubernamental, encargada de dirigir la guerra, maravilla
fue que yo sobreviviese y conservara la estima pública y la confianza del
Parlamento. Ello se debió al hecho de que yo llevaba seis o siete años prediciendo
con exactitud el curso de los acontecimientos. Si eso no se atendió antes, se recordó
después.

La guerra «crepuscular» o «mortecina» concluyó con el ataque de Hitler a


Noruega. En seguida se convirtió en la más tremenda explosión militar conocida
por el hombre. Ya he descrito el letargo en que Francia e Inglaterra permanecieron
durante ocho meses, ante el asombro del mundo. Aquella fase fue dañosísima para
los aliados. Desde que Stalin parlamentó con Hitler, los comunistas franceses, que
recibían sus consignas desde Moscú, calificaron la guerra de «crimen imperialista y
capitalista contra la democracia». Hicieron cuanto pudieron para minar la moral
del ejército y obstaculizar la producción en las fábricas. La moral del pueblo y los
soldados franceses era en mayo mucho más baja que al comenzar la guerra.
Nada de ello sucedió en la Gran Bretaña, donde el partido comunista
dirigido por los Soviets, era, aunque activo, débil. Mas seguíamos teniendo un
gobierno de partido, un Primer Ministro muy combatido por la oposición y una
carencia: la de la positiva y ardorosa ayuda de los sindicatos. La administración
pública, honrada pero rutinaria, no podía provocar en las fábricas ni en los círculos
dirigentes el intenso esfuerzo que necesitábamos. Se requería la impresión de la
catástrofe y el acicate del peligro para despertar el dormido poder de la nación
inglesa. El toque a somatén estaba a punto de sonar
CAPÍTULO XVI

NORUEGA: LA FASE FINAL

Abandono del plan de inmediato asalto a Narvik. — Desembarcos de mayo. — El


general Auchinleck es designado para el mando superior. — Ocupación de Narvik el 28 de
mayo. — La batalla de Francia se sobrepone a todo. — Evacuación. — Los convoyes de
regreso. — Aparición de los cruceros alemanes de batalla. — Pérdida del «Glorious» y el
«Ardent». — El caso del «Acasta». — Ataque aéreo a los buques alemanes en Trondheim.
— Un resultado positivo: la ruina de la flota alemana.

Prescindiendo de la cronología, vamos a narrar aquí el final del episodio


noruego.
Después del 16 de abril, lord Cork hubo de abandonar la idea de un asalto
inmediato. Un bombardeo de tres horas, efectuado el 24 de abril por el acorazado
«Warspite» y tres cruceros, no desalojó a la guarnición de Narvik. Pedí al Primer
Lord del Mar que substituyera el «Warspite» con el menos valioso «Resolution»,
igualmente útiles para operaciones de bombardeo. Entre tanto, la llegada de
fuerzas polacas y francesas y el principio del deshielo animaron a Cork al ataque.
El nuevo plan consistía en desembarcar al extremo del fiordo, más allá de Narvik,
atacando la ciudad a través del fiordo de Rombaks. La 24 brigada de guardias
había sido destacada para contener el avance alemán desde Trondheim, pero a
principios de mayo disponíamos en Narvik de tres batallones de cazadores
alpinos, dos de la Legión Extranjera francesa, cuatro polacos y unos tres mil
quinientos soldados noruegos. A su vez, el enemigo había sido reforzado por
destacamentos de la 3.a división de montaña, transportados por el aire (o por
ferrocarril, subrepticiamente, desde Suecia).
El primer desembarco, a las órdenes del general Béthouart, jefe del
contingente francés, se realizó en Bjerkvik, en la noche del 12 de mayo, con pocas
pérdidas. Estaba presente el general Auchinleck, a quien yo había dado el mando
de todas las tropas del norte de Noruega, mando que asumió al siguiente día.
Auchinleck tenía orden de cortar los suministros de mineral y defender una zona
donde pudieran cobijarse el rey y el gobierno noruegos. El nuevo jefe británico
pidió, como era natural, muchos refuerzos, a fin de elevar sus tropas a 17
batallones, 200 cañones antiaéreos ligeros y pesados y cuatro escuadrillas de
aviones. Sólo pudimos prometerle la mitad de lo solicitado.
Pero otros tremendos acontecimientos se impusieron. El 24 de mayo, en
plena y abrumadora derrota, se resolvió, con asenso casi universal, concentrar
cuanto teníamos en la defensa de Francia y de nuestro país. No obstante, había que
tomar Narvik para destruir su puesto y cubrir nuestra retirada. El grueso del
ataque desde el fiordo de Rombaks comenzó el 27 de mayo, a cargo de los dos
batallones de la Legión Extranjera francesa y de un batallón noruego. Dirigió
hábilmente la operación el general Béthouart. El éxito fue completo. El desembarco
apenas costó pérdidas, y los contraataques fueron rechazados. El 28 de mayo cayó
Narvik. Los alemanes, que tan largamente habían resistido a fuerzas cuatro veces
superiores, se retiraron a las montañas, dejando en nuestro poder cuatrocientos
prisioneros.
Y ahora teníamos que abandonar lo ganado con tantos esfuerzos. La retirada
era, por sí sola, una operación considerable, que imponía duras tareas a la flota, ya
plenamente alineada para atender a la lucha en Noruega y en los estrechos.
Dunquerque se nos venía encima, y todo barco disponible corría hacia el sur. La
flota de batalla había de prepararse a resistir la invasión. Con el mismo fin se
habían destacado ya muchos destructores y cruceros. El comandante en jefe tenía a
su disposición, en Scapa, los acorazados «Rodney», «Valiant», «Renown» y
«Repulse», prestos a cualquier contingencia que se presentase.
La evacuación de Narvik progresaba. El 8 de junio, todas las tropas, en
número de 24.000 hombres entre franceses, británicos y polacos, con grandes
cantidades de equipos y pertrechos, embarcaron y zarparon en cuatro convoyes,
sin que pusiese obstáculo el enemigo, reducido a unos pocos miles de hombres
dispersos y desorganizados, aunque victoriosos. Durante aquellos días se obtuvo
valiosa protección aérea contra la aviación alemana merced a los aeroplanos
navales y a una escuadrilla de Hurricanes con base en la costa. Se ordenó a aquella
escuadrilla que actuase hasta el fin, destruyendo sus aparatos en caso necesario.
Pero la destreza y osadía de los pilotos les permitieron realizar el hecho de armas,
sin precedentes y último que ejecutaron, de volar con sus máquinas hasta el
portaaviones «Glorious», el cual zarpó con el «Ark Royal» y el grueso de la
escuadra.
Para cubrir sus operaciones, lord Cork tenía, además de los portaaviones, los
cruceros «Southampton» y «Coventry», y dieciséis destructores, con otros
pequeños bajeles. Entre tanto, el rey de Noruega y su séquito embarcaban, en
Tromsoe, en el crucero «Devonshire», que había de marchar con independencia de
los otros barcos. Cork dio cuenta de sus disposiciones al comandante en jefe y le
pidió ayuda contra posibles ataques de buques pesados. Forbes, el 6 de junio,
despachó al «Valiant» para enlazar con el primer convoy de tropas y conducirlo a
las Shetland, tras lo que volvería a buscar el segundo convoy. A pesar de las demás
preocupaciones, Forbes había resuelto defender con sus cruceros de batalla los
transportes de tropas. El día 5, recibió informes de que dos barcos desconocidos
bogaban rumbo a Islandia. Luego hubo rumores de un desembarco enemigo en esa
isla. Forbes, pues, despachó sus barcos de batalla para comprobar aquellas
referencias, que resultaron falsas. Así que en ese aciago día nuestras fuerzas
disponibles en el norte estaban dispersas. El movimiento y protección de los
convoyes de Narvik siguió estrictamente el método utilizado en las últimas seis
semanas. Era habitual enviar los transportes y barcos de guerra, incluso los
portaaviones, sin otra escolta que la antisubmarina. No se habían advertido señales
de actividad en la flota alemana de alto bordo. Pero ésta, una vez reparados los
daños sufridos en los anteriores encuentros, apareció de pronto al largo de la costa
noruega.
En efecto, los cruceros de batalla «Scharnhorst» y «Gneisenau», el crucero
«Hipper» y cuatro destructores, zarparon de Kiel el 4 de junio a fin de atacar
nuestras bases y buques de Narvik, auxiliando a los restos de las desbaratadas
fuerzas alemanas. Hasta el 7 de junio no tuvieron noticias de nuestra retirada. Al
saber que había en el mar convoyes ingleses, el almirante alemán decidió atacarlos.
Temprano de mañana del día 8, dio alcance a un petrolero escoltado por un
pesquero, así como al transporte vacío «Orama» y al buque hospital «Atlantis». Los
alemanes respetaron la inmunidad de éste y hundieron los demás. Por la tarde, el
«Hipper» y los destructores volvieron a Trondheim, pero los cruceros de batalla
prosiguieron buscando presas. A las cuatro de la tarde avistaron el humo del
«Glorious», escoltado por los destructores «Acasta» y (Ardent». El (Glorious»
había sido despachado independientemente por la mañana, ya que escaseaba el
combustible, y se hallaba doscientas millas a vanguardia del grueso del convoy.
Esta explicación no es, empero, conveniente. Es presumible que el «Glorius»
tuviese combustible bastante para seguir la misma velocidad que el convoy. Todos
los barcos debieron mantenerse unidos.
La acción empezó a las 4.30 de la tarde, a unos 27.000 metros. A tal distancia,
el «Glorious», con sus cañones de 4 pulgadas, nada podía hacer. Sus aviones
torpederos trataron de despegar, pero, antes de que ello sucediera, el barco recibió
un impacto en el hangar delantero. Inicióse un incendio que destruyó los
Hurricane e impidió poner a salvo a los torpedos. En la media hora siguiente, el
barco sufrió demoledores cañonazos que anularon sus posibilidades de escape.
Veinte minutos después se hundía.
Los dos destructores se portaron valientemente. Lanzaron cortinas de humo
para proteger al «Glorious» y arrojaron torpedos contra el enemigo antes de ser
destrozados. El «Ardent» no tardó en irse a pique. Quedó sólo el «Acasta»,
mandado por el comandante C. E. Glasfurd, de la Reserva Naval. La historia de
aquel buque la ha narrado su único superviviente, el marinero de primera C.
Carter.
A bordo de nuestro barco reinaba una calma mortal. Apenas se hablaba palabra.
Nos apartábamos del enemigo a toda velocidad. De pronto, vino una enormidad
de órdenes. Había que preparar las balsas, que disponer las mangueras, que
realizar otros trabajos. Seguíamos huyendo del enemigo, lanzando humo y
preparando las balsas. Entonces el capitán mandó este aviso a todos los puestos:
«Creeréis que huimos del enemigo, pero no es así. El «Ardent» se ha hundido, el
«Glorious» está hundiéndose y lo menos que podemos hacer es pelear. Buena
suerte a todos.» Entonces viramos, dentro de nuestra humareda artificial. Recibí
orden de disparar los tubos 6 y 7. Salimos del humo, viramos a estribor y
disparamos los torpedos de babor. Cuando vi por primera vez al enemigo me
pareció que había un buque muy grande y otro pequeño. Estábamos muy cerca.
Disparé los dos torpedos de mis tubos [de popal mientras los de proa disparaban
también, y nos pusimos a mirar los resultados. Nunca olvidaré el vítor que se
levantó. A babor de la proa de uno de los buques surgió un fogonazo amarillo, y
una gran columna de humo y agua se elevó sobre el mar. Comprendimos que
habíamos hecho blanco, y por mi parte no sé cómo podíamos dejar de hacerlo
desde tan cerca. El enemigo no disparó; debía estar sorprendido. Nos amparamos
en nuestra cortina de humo, viramos a estribor y nos mandaron: «Listos para
disparar los torpedos restantes». Esta vez, tan pronto como salimos de la
humareda, el enemigo hizo fuego. Una granada alcanzó el cuarto de máquinas,
mató a los servidores de mis tubos y me lanzó detrás de éstos. Debí de perder el
conocimiento, porque cuando volví en mí me dolía el brazo. El barco estaba parado
y escoraba a babor. Y ahora, créase o no, volví a sentarme en mi puesto y, viendo a
los dos buques enemigos, disparé los torpedos que quedaban, sin orden de nadie.
Debía estar poco menos que loco. Dios sabe por qué disparé, pero lo hice. Los
cañones del «Acasta» tronaban sin cesar, a pesar de lo que escorábamos. El
enemigo nos alcanzó varias veces. A poco, hubo una gran explosión a popa y me
pregunté si nos habrían torpedeado. El barco pareció levantarse encima del agua.
Al fin, el capitán dio orden de abandonar el buque. Siempre recordaré al teniente
médico. Aquél era su primer barco y aquél su primer combate. Antes de saltar por
la borda le vi asistiendo a los heridos, lo que era inútil. Desde el agua vi al capitán
inclinarse sobre la borda, sacar un cigarrillo de una pitillera y encenderlo. Le
gritamos que bajase a nuestra balsa, pero contestó: «Adiós, y buena suerte». Ese
fue el fin de un valiente.

De este modo perecieron 1.474 oficiales y marineros y 41 aviadores. A pesar de las


prolongadas búsquedas, sólo 39 fueron encontrados y recogidos por un barco
noruego. El enemigo capturó a otros seis. El «Scharnhorst», muy averiado por el
torpedo del «Acasta», puso proa a Trondheim.
Mientras esta acción se libraba, el «Devonshire», con el rey de Noruega y sus
ministros, estaba cien millas al oeste. El «Valiant», que descendía desde el norte,
distaba mucho. El único mensaje que se recibió del «Glorious» era casi
ininteligible, de modo que su equipo de radio debió de quedar paralizado desde el
principio. Sólo el «Devonshire» captó el despacho, y, como no parecía importante,
el crucero no rompió su silencio, lo que hubiera revelado su posición, cosa poco
deseable en aquellas circunstancias. Hasta la mañana siguiente no se despertaron
nuestras sospechas. Luego el «Valiant» halló al «Atlantis», que dio cuenta de la
pérdida del «Orama» y de que había grandes barcos enemigos en el mar. El
«Valiant» transmitió estos informes y se apresuró hacia el convoy de lord Cork. El
almirante Forbes se hizo a la mar con los únicos buques que tenía: el «Rodney», el
«Renown» y seis destructores. El daño causado al «Scharnhorst» por el heroico
«Acasta» produjo importantes resultados. Los dos cruceros enemigos de batalla
abandonaron toda operación y se retiraron a Trondheim. El alto mando alemán vio
con disgusto que su almirante se apartase de la tarea encomendada. Despacharon
al «Hipper» al mar, pero ya era tarde.
El día 10, Forbes ordenó al «Ark Royal» que le reforzara. Había noticias de
que anclaban en Trondheim barcos enemigos, y deseaba atacarlos.
Desencadenaron el asalto, el 11, los bombarderos de la R. A. F., sin consecuencias.
A la mañana siguiente, quince Skuas despegaron del «Ark Royal» y efectuaron un
ataque en picado. El servicio enemigo de reconocimiento advirtió la llegada de
nuestros aviones, lo que nos costó la pérdida de ocho. Para colmo de desventuras,
sabernos ahora que una bomba alcanzó al «Scharnhorst», pero no llegó a estallar.
Mientras acontecían estas tragedias, los convoyes de Narvik Llegaban a su
destino y nuestra campaña noruega terminaba.

En medio de tanta ruina y confusión, había acontecido un hecho de la mayor


importancia y que afectaba a todo el porvenir de la guerra. En su desesperada
pugna con la escuadra británica, los alemanes habían arruinado la suya, perdiendo
la posibilidad de utilizarla en el venidero momento álgido. Las pérdidas aliadas en
la lucha naval de Noruega ascendieron a un portaaviones, dos cruceros, una
corbeta y nueve destructores. Seis cruceros, dos corbetas y ocho destructores
fueron averiados, pero cabía repararlos. En cambio, al acabar junio de 1940, la flota
alemana había quedado reducida a un crucero con cañones de 8 pulgadas, dos cruceros
ligeros y cuatro destructores. Muchos de sus buques averiados podían ser reparados,
como los nuestros, pero la escuadra alemana había dejado de ser un factor en la
suprema acción: la invasión de Inglaterra.
CAPÍTULO XVII

LA CAÍDA DEL GOBIERNO

Debate del 7 de mayo. — Un voto de censura. — Última actuación parlamentaria


de Lloyd George. — Mis esfuerzos ante la Cámara. — Mi consejo al primer Ministro. —
Conferencias del 9 de mayo. — Arremetida alemana. — Conversación con el Primer
Ministro (10 mayo). — La agonía holandesa. — Dimisión de Chamberlain. — El rey me
encarga de formar gobierno. — Llegan al poder laboristas y liberales. — Hechos y sueños.

Los muchos desengaños y desastres de la breve campaña de Noruega


causaron profunda conturbación en el país. La pasión ardió incluso en los pechos
de quienes habían sido más miopes y más remisos a la guerra en los años que la
precedieron. La oposición pidió un debate sobre la marcha de la guerra, y se
acordó celebrarlo el 7 de mayo. En la Cámara, aparecían muchos diputados
enfurecidos. El principio del discurso de Chamberlain no contuvo la marea
oposicionista. Se le interrumpió, con burlas, y se le recordó su discurso del 4 de
abril, cuando dijo que Hitler había «perdido el autobús». Chamberlain definió mi
nueva situación y mis relaciones con los jefes de Estado Mayor, y a una respuesta
de Herbert Morrison repuso que yo no ejercía aquella autoridad especial durante
las operaciones de Noruega. Orador tras orador, procedentes de todos los bandos
de la Cámara, atacaron al gobierno, y en especial a su jefe, con insólita acritud y
vehemencia, entre crecientes aplausos generales. Sir Roger Keyes, ganoso de
distinguirse en la guerra, criticó acerbamente al Estado Mayor Naval y su
abandono del asalto de Trondheim. «Cuando vi — dijo — lo mal que marchaban
las cosas, no cesé de importunar al Almirantazgo y al Gabinete de Guerra para que
me permitiesen cargar con la responsabilidad y dirigir el ataque.» Vistiendo su
uniforme de almirante, apoyó las quejas de la oposición, aduciendo datos técnicos
y desplegando su autoridad profesional de manera muy grata a la tendencia
prevaleciente en la Cámara. Desde los bancos situados detrás del gobierno, Amery,
entre sonoras aclamaciones, citó las imperiosas palabras de Cromwell al
Parlamento Largo: «Para el bien que habéis hecho, harto tiempo hace que os sentáis
aquí. Partid ya, y terminemos. En nombre de Dios, ¡marchaos!» Tan terribles
palabras las pronunciaba un amigo y compañero de muchos años, diputado por
Birmingham y consejero privado tata experto como distinguido.
Al día siguiente, 8 de mayo, el debate, sin perjuicio de discutir una moción
para levantar las sesiones, asumió el carácter de un voto de censura. Herbert
Morrison, en nombre de los oposicionistas, pidió votación. El Primer Ministro,
levantándose, aceptó la propuesta y en un poco afortunado pasaje pidió a sus
amigos que le apoyaran. Tenía derecho a ello, ya que sus amigos habían favorecido
su acción, o inacción, y compartido su responsabilidad en los «años que devoró la
langosta» antes de la guerra. Pero todos permanecían abatidos y silenciosos, y
algunos se unían a las manifestaciones hostiles. Aquel día asistimos a la última
intervención decisiva de Lloyd George en la Cámara de los Comunes. En un
discurso que no duró más de veinte minutos, el veterano político asestó un
gravísimo golpe al jefe del gobierno. Se esforzó, desde luego, en exculparme a mí,
diciendo: «No creo que el Primer Lord sea enteramente responsable de cuantas
cosas han ocurrido en Noruega.» En el acto repliqué: «Asumo la plena
responsabilidad de todo lo hecho por el Almirantazgo y comparto plenamente
toda la carga.» Lloyd George me aconsejó que no me dejara «convertir en un
refugio antiaéreo que impidiese que los cascos de las bombas hiriesen a mis
colegas», y se volvió a Chamberlain, hablando así: «No se trata de quiénes sean los
amigos del Primer Ministro. Aquí se juega una cosa mucho mayor. El jefe del
gobierno ha pedido sacrificios. La nación está dispuesta a hacerlos siempre que se
vea bien dirigida, siempre que el gobierno demuestre claramente a lo que tiende,
siempre que la nación confíe en que sus dirigentes obren del mejor modo posible.»
Y concluyó: «Solemnemente declaro que el Primer Ministro debe dar un ejemplo
de sacrificio, porque nada podrá contribuir a la victoria en esta guerra tanto como
que él sacrifique los atributos de su autoridad.»
Los ministros permanecíamos unidos. Los del Aire y la Guerra ya habían
hablado. Me ofrecí a intervenir en el debate, no sólo porque tenía el deber de
ayudar a mi jefe, sino porque había desempeñado saliente papel en el desesperado
intento de socorrer a Noruega con fuerzas inadecuadas. Procuré devolver al
gobierno el dominio de la Cámara, en medio de continuas interrupciones, que
procedían principalmente de los laboristas. Lo hice con buen ánimo, recordando el
erróneo y peligroso pacifismo laborista de años anteriores y su voto contra el
servicio obligatorio sólo cuatro meses antes de la guerra. Yo y unos pocos amigos
que habían actuado a mi lado podíamos censurar, peto los laboristas no. Cuando
me atacaban, les repelía y a veces el vocerío era tal, que yo no me oía a mí mismo.
No obstante, era claro que la irritación no se dirigía contra mí, sino contra
Chamberlain, a quien defendí lo mejor que pude, sin pararme en otras
consideraciones. Me senté a las once, y la Cámara votó. El gobierno tuvo 81 votos
de mayoría, pero más de 30 conservadores votaron con la oposición laborista y
liberal, mientras otros 60 se abstuvieron. No cabía duda de que de hecho, si no de
forma, la votación representaba una violenta falta de confianza en el gobierno
Chamberlain.
Concluido el debate, el jefe del gobierno me llamó a su despacho.
Comprendí que tomaba muy en serio los sentimientos expresados por la Cámara.
No podíamos seguir así. Urgía un gobierno nacional. Un partido solo no podía
cargar con la responsabilidad entera. Había que formar un gobierno de todos los
partidos para salir adelante. Airado por los antagonismos del debate y seguro de
mí inculpabilidad en lo que se debatía, yo era partidario de seguir luchando. «El
debate — dije — ha sido dañoso, pero tiene usted una buena mayoría. No tome la
cosa tan a pecho. Lo de Noruega nos es más favorable aun que lo que hemos
intentado hacer comprender a la Cámara. Reforcemos el gobierno por todas partes
y prosigamos hasta que nuestra mayoría nos abandone.» Chamberlain no se sintió
persuadido ni consolado, y a medianoche me despedí de él con la convicción de
que estaba dispuesto a sacrificarse, si era menester, con tal de no seguir dirigiendo
la guerra a base de un solo partido.
No recuerdo exactamente la marcha de las cosas en la mañana del 9 de
mayo, pero sí la esencia de lo sucedido. Sir Kingsley Wood, era, además de
bonísimo compañero, amigo muy íntimo del Primer Ministro. Habían trabajado
juntos durante mucho tiempo y tenían gran intimidad. Por él supe que
Chamberlain estaba resuelto a formar un gobierno nacional. Si no se le quería
como jefe, se hallaba dispuesto a renunciar esa jefatura en favor de alguien de su
confianza. El encargo podía recaer en mí. No me excitó ni me alarmó tal
perspectiva. Me parecía que podía ser lo mejor. Dejé desarrollarse los
acontecimientos. Más entrada la tarde, Chamberlain me llamó a Downing Street,
donde hallé a lord Halifax. Tras un rato de plática, se nos dijo que Attlee y
Greenwood iban a visitarnos para celebrar consulta.
Llegaron. Los tres ministros se sentaron a un lado de una mesa, y los
oposicionistas al otro. Chamberlain dijo que había absoluta necesidad de un
gobierno nacional y que quería cerciorarse de si el partido laborista se hallaba
dispuesto a colaborar con él. La conferencia del partido laborista estaba
celebrándose en Bournemouth. La conversación fue muy cortés, pero resultó claro
que los jefes laboristas no querían comprometerse sin consultar a sus partidarios, y
aun insinuaron vagamente que creían en una negativa. Luego se retiraron. Era una
tarde luminosa y soleada. Halifax y yo pasamos algún trecho sentados en un banco
del jardín, hablando de generalidades. Luego volví al Almirantazgo, donde estuve
muy ocupado el resto de la tarde y gran parte de la noche.

Alboreó el día 10, y llegaron terribles noticias. Montones de telegramas afluían al


Almirantazgo, al ministerio de la Guerra y al de Asuntos Extranjeros. Los alemanes
habían descargado el golpe esperado hacía tanto tiempo. Holanda y Bélgica habían
sido invadidas. Los atacantes cruzaban la frontera por numerosos puntos.
El ejército alemán comenzaba la invasión de los Países Bajos y Francia.
Hacia las diez, Kingsley Wood me visitó. Ya había hablado al Primer
Ministro. Chamberlain entendía que, en vista de la gran batalla que se había
iniciado, era su deber permanecer en el gobierno. A esto, Kingsley Wood había
replicado que, por lo contrario, la nueva crisis hacía más necesario que nunca un
gobierno nacional. Añadió que Chamberlain se había convencido. A las once, fui
llamado de nuevo a Downing Street por el Primer Ministro. Volví a encontrar a
Halifax. Nos sentamos frente a Chamberlain, quien nos dijo que se hallaba
persuadido de la imposibilidad de formar un gobierno nacional bajo su dirección.
La respuesta de los dirigentes laboristas no dejaba lugar a dudas. Por lo tanto, sólo
faltaba saber qué nombre aconsejaría al rey para formar gobierno cuando él
dimitiese. Hablaba con frialdad y sosiego, como si el aspecto personal del asunto
no tuviese nada que ver con él. Cuando concluyó de hablar, nos miró desde el otro
lado de la mesa.
En mi vida pública yo había celebrado muchas importantes entrevistas, pero
aquélla fue sin duda la más importante. Usualmente yo hablaba mucho, mas en esa
ocasión permanecí callado. Chamberlain debía recordar la tumultuosa controversia
de dos noches antes, cuando tanto me acaloré contra los laboristas. Aunque lo
había hecho para defenderle, Chamberlain debía pensar que ello obstaculizaría la
posibilidad de que la oposición se uniese a un gobierno presidido por mí. No
recuerdo las palabras que él empleó, pero tal era su sentido. Su biógrafo, Feiling,
dice concretamente que Chamberlain prefería designar a Halifax. Yo callaba. Se
produjo una larga pausa. Dijérase que guardábamos unos minutos de silencio,
como en las conmemoraciones del armisticio. Al fin, Halifax habló. Dijo que su
posición de par, que le alejaba de la Cámara de los Comunes, le dificultaría mucho
el desempeño de la jefatura del gobierno en una guerra como la que manteníamos.
Se le consideraría responsable de todo, y, sin embargo, no podría dirigir la
asamblea de cuya confianza dependía la vida del gobierno. Insistió durante un rato
en este sentido, y, cuando concluyó, comprendí claramente que la elección iba a
recaer en mí, o, mejor dicho, que había recaído ya. Entonces hablé. Dije que no me
comunicaría con ninguno de los partidos de oposición mientras el rey no me
encargase de formar gobierno. Con esto concluyó la trascendental conversación, y
todos recobramos los modales naturales y sencillos propios de hombres que llevan
años trabajando juntas y han mantenido, en sus cargos y fuera de ellos, la
característica de los políticos británicos. Me volví al Almirantazgo donde me
esperaban muchas inquietudes.
Los ministros holandeses estaban en mi despacho. Demacrados y rendidos,
con el horror brillando en sus ojos, me dijeron que llegaban por aire de
Amsterdam. El país había sido atacado sin el menor pretexto ni advertencia. Un
alud de fuego y hierro había arrollado las fronteras. Al empezar la resistencia y
disparar los guardias fronterizos holandeses, se desencadenó una aplastante
embestida aérea. Todo el país se hallaba en loca confusión. El plan de defensa, tan
largamente preparado, había sido puesto en ejecución. Los diques se habían
abierto y las aguas se extendían por doquier. Pero los alemanes, tras atravesar las
líneas exteriores, seguían la calzada que rodea el Zuiderzee. ¿Podíamos hacer algo?
Por suerte, teníamos una escuadrilla bastante cerca de Holanda, y di órdenes de
que sus barcos barriesen la calzada con su fuego, causando todo el daño posible a
los invasores. La reina seguía en Holanda, mas no era verosímil que pudiese
continuar allí largo tiempo.
A consecuencia de estas discusiones, el Almirantazgo envió muchas órdenes
a todos los buques sitos cerca de Holanda, con cuya armada entablaron en seguida
estrecho contacto. A pesar de los recientes atropellos de Noruega y Dinamarca, los
ministros holandeses no salían de su pasmo al ver que la gran nación alemana, que
la noche antes se manifestaba amiga, realizara de repente tan brutal ataque. En
estas y otras pláticas pasaron una o dos horas. De todas las fronteras afectadas por
el asalto alemán llegaban innúmeros telegramas. Al parecer, el antiguo plan
Schlieffen, modernizado con la añadidura de la invasión holandesa, estaba en
pleno desarrollo. En 1914, el ala derecha de los invasores había penetrado en
Bélgica, pero respetado Holanda. Se sabía bien que, de demorarse la guerra tres
años o cuatro, el grupo suplementario de ejércitos hubiera estado dispuesto — así
como preparados los terminales ferroviarios y otras comunicaciones — para un
movimiento a través de Holanda. Y ahora el famoso movimiento se había
desencadenado con todas esas facilidades y también con todas las agravantes de la
sorpresa y la traición. Y aun nos esperaban nuevos acontecimientos. El golpe
decisivo del enemigo no iba a consistir en aquella maniobra de flanco, sino en un
asalto frontal. Esto no lo esperábamos los franceses ni nosotros. En 1940, yo había
advertido a los países neutrales de la suerte que les esperaba y que me parecía
obvia a juzgar por la disposición de las tropas alemanas, por sus trabajos en
ferrocarriles y carreteras y por los documentos confiscados a un comandante
alemán. Entonces mis palabras habían sido tomadas en mal sentido.
El formidable fragor de aquella batalla disipaba en mi ánimo la serena
conversación mantenida en Downing Street. Pero recuerdo que me dijeron que
Chamberlain iba a visitar al rey, como era de esperar. Llegó en esto un mensaje
llamándome a Palacio a las seis. Hasta la real residencia sólo hay dos minutos
desde el Almirantazgo, por el Mall. Los periódicos vespertinos debían rebosar
terroríficas noticias del Continente, pero de la crisis gubernamental no hablaban
aún. El público no se bastaba para digerir tantas noticias internas y exteriores, y no
había multitud alguna a la puerta de Palacio.
Fui conducido inmediatamente a presencia del rey, que me acogió con
amabilidad y me hizo sentarme. Miróme penetrante y singularmente durante unos
momentos, y dijo: «Presumo que ignora usted por qué le llamo.» Amoldándome a
la chanza, repuse: «Señor, no acierto a imaginarlo.» El, riendo, declaró: «Deseo
pedirle que forme gobierno.» Contesté que así lo haría.
El rey no exigió que el gobierno fuese de carácter nacional, y juzgué que el
encargo no dependía formalmente de ese extremo. Pero, dado lo ocurrido y las
circunstancias que habían provocado la dimisión de Chamberlain, la formación de
un gobierno nacional era palmariamente un factor inseparable de la solución. De
hallar imposible ponerme de acuerdo con los partidos oposicionistas, yo seguía
constitucionalmente obligado a crear el gobierno más fuerte que pudiera, para
hacer frente al peligro nacional, siempre que ese gobierno reuniese suficiente
mayoría en los Comunes. Dije al rey que llamaría en seguida a los dirigentes
laboristas y liberales, que me proponía formar un Gabinete de cinco o seis
ministros y que esperaba someterle una lista no menor de cinco nombres a
medianoche. Y con esto me despedí y torné al Almirantazgo.
Entre siete y ocho, Attlee, invitado por mí, me visitó. Le acompañaba
Greenwood. Le expliqué que estaba encargado de formar gobierno y le pregunté si
los laboristas se unirían a él. Contesto que sí. Le propuse que se encargara de algo
más de un tercio de los ministerios, con dos puestos en un Gabinete de guerra de
cinco o seis, y roguéle que me diese una lista de candidatos para que discutiéramos
sus cargos respectivos. Mencioné a Bevin, Alexander, Morrison y Dalton como
personas cuyos servicios en altos puestos serían desde luego necesarios. Yo conocía
a Greenwood y Attlee hacía mucho tiempo, a través de nuestras actividades en los
Comunes. Durante once años antes de la guerra, yo había chocado más a menudo
con los gobiernos conservadores y nacionales que con las oposiciones liberal y
laborista. Mantuvimos una breve y agradable plática y luego mis visitantes
marcharon a telegrafiar a sus amigos y partidarios, reunidos en Bournemouth, ya
que se hallaban en estrecho contacto con ellos hacía cuarenta y ocho horas.
Invité a Chamberlain a dirigir la Cámara de los Comunes en calidad de Lord
Presidente del Consejo, y contestó por teléfono que aceptaba y que iba a
pronunciar, a las nueve, un discurso por radio anunciando su dimisión y pidiendo
a todos que apoyasen a quien le sucediera. Hízolo así, y con la mayor
magnanimidad. Pedí a lord Halifax que, sin abandonar el ministerio de Asuntos
Exteriores, se uniese al Gabinete de Guerra. Hacia las diez, envié al rey la lista de
los cinco nombres que había prometido. Era urgentísimo designar los tres
ministros de los servicios armados. Yo había resuelto ya quiénes serían. Eden iría al
ministerio de la Guerra, Alexander al Almirantazgo y sir Archibald Sinclair, jefe del
partido liberal, al ministerio del Aire. Yo asumía el cargo de ministro de Defensa,
sin tratar de definir siquiera el alcance y facultades de este departamento.
Así, en la noche del 10 de mayo, al comenzar la gran batalla, asumí la
máxima autoridad del Estado. Aquella autoridad había de durar, creciendo más
cada vez, durante cinco años y tres meses de guerra mundial. Al fin de ese término,
cuando todos nuestros enemigos se habían rendido incondicionalmente o estaban
a punto de hacerlo, fui tajantemente eliminado por los electores británicos oda
ulterior dirección de la cosa pública.
En aquellos afanosos días de la crisis política, mi pulso no se aceleró en lo
más mínimo. Pero no ocultaré al lector de este verídico relato que, cuando me
acosté, a las tres de la madrugada, me sentía muy tranquilizado. Al cabo me
hallaba con facultades para dirigir el escenario de los sucesos. Parecíame ir llevado
de la mano del destino, como si toda mi vida anterior no hubiese sido más que una
preparación para aquella hora de prueba. Once años de ostracismo político me
habían libertado de los ordinarios antagonismos de partido. En los seis años
últimos, mis advertencias habían sido tantas y tan detalladas, y resultaban ahora
tan terriblemente justificadas, que a nadie le cabría contradecirme. No podría
reprochárseme de haber desencadenado la guerra, ni de haber incurrido en falta de
preparación para ella. Sabía mucho acerca de todo lo que ocurría, y estaba seguro
de no fracasar. Por lo tanto, y aunque deseando que llegase la mañana, me dormí
apaciblemente y no necesité desear sueños optimistas. Los hechos valen más que
los sueños.
APÉNDICES. PRIMERA PARTE

APÉNDICE A

TABLAS COMPARATIVAS DE LA FUERZA NAVAL EXISTENTE EL 3 DE


SEPTIEMBRE 1939

Flotas británica y alemana

Flota británica, incluso Dominios Flota alemana Tipo Construidos En


construcción Construidos En construcción A terminar antes 31-12-40 A terminar
después 31-12-40 A terminar antes 31-12-40 A terminar después 31-12-40
Acorazados 12 3 4 (e) 2 2 (f) Cruceros de batalla 3 2 Acorazados de bolsillo 3
Portaaviones 7 3 3 1 (f) 1 (f) Portahidroaviones 2 Cruceros con cañones de 8
pulgadas 15 2 2 (g) 1 (f) Cruceros con cañones de 6 pulgadas o menos 49 (a) 13 6 6
(h) 3 (f) Destructores 184 (b) 15 (d) 17 22 3 13 (l) Balandras 38 4 Destructores de
escolta 20 Corbetas (incluso barcos patrulleros) 8 3 (j) 8 Torpederos 30 4 6 (l)
Dragaminas 42 32 10 Sumergibles 58 12 12 57 (k) 40 (m) Monitores (cañones de 15
pulgadas) 2 Minadores 7 2 2 Cañoneros fluviales 20 Pesqueros armados 72 (c) 20
Lanchas torpederas, cañoneras, etc. 27 12 17(a) Incluyendo 3 buques convertidos en
tipo A. A.
(b) Incluyendo barcos convertidos en buques de escolta.
(c) 16 se adaptaron para servicios A. S.; los demás para dragaminas.
(d) Además, se añadieron 6 destructores en construcción para el Brasil.
(e) Incluidos el "Lion" y el "Temeraire", abandonados después.
(f) No llegaron a terminarse.
(g) Sólo se completó el "Prinz Eugen".
(h) Incluso el crucero-escuela "Emden".
(j) Se encargaron otras 58 corbetas, que no llegaron a botarse.
(k) El cálculo británico de entonces ascendía a 59, más uno en construcción
para Turquía, que no se entregó (v. cap. II).
(l) Dadas las condiciones de guerra, muchos de estos buques podían ser
concluidos en 1940.
(m) Incluyendo todos los sumergibles que se sabía estuvieran en
construcción o provecto el 3-IX-39. Entre la declaración de guerra y el final de 1940
se concluyeron en realidad 58.
FRANCIA

3 de septiembre 1939

Tipo Terminados En construcción Supuesta fecha de terminación


Acorazados 8 (incluso un buque escuela) 3 1 en 1940 Cruceros de batalla 2 2 en
1941-43 Portaaviones 1 1 1 en 1942 Transportes de aviación 1 Cruceros 18 3
Cruceros ligeros (cazatorpederos) 32 Destructores (torpederos) 28 24 6 en 1940
Mototorpederos 3 6 6 en 1940 Torpederas 12 Cruceros submarinos 1 Sumergibles
de 1.ª clase 38 3 Sumergibles de 2.ª clase 33 10 2 en 1940 Minadores 6 1 Cañoneros
fluviales (incluso dos ex cazasubmarinos) 10 Minadores y tienderredes 1 Otros
tipos de minadores 3 Dragaminas 26 7 Barcos coloniales 8 Cazasubmarinos 13 8 5
en 1940ITALIA

3 de septiembre 1939

Tipo Terminados En construcción Supuesta fecha de terminación


Acorazados 4 4 2 en 1940 Cruceros con cañones de 8 pulgadas 7 2 en 1942 Cruceros
con cañones de 6 pulgadas 12 Cruceros viejos 3 Cruceros con cañones del 5,3 12
1942-43 Destructores 59 8 1941-42 Torpederos 69 4 1941-42 Sumergibles 105 14 10
en 1940 4 en 1941-42 Lanchas torpederas 69 Minadores 16 Balandras 1 Barcos-
nodriza de hidroaviones 1ESTADOS UNIDOS

Fuerza de la flota el 3 de septiembre 1939

(excluyendo guardacostas)

Tipo Terminados En construcción Supuesta fecha de terminación


Acorazados 15 8 1 en 1941 1 en 1942 4 en 1943 2 más tarde Portaaviones 5 2 1 en
1940 Barcos-nodriza de aviación 13 6 2 en 1941 4 más tarde Cruceros con cañones
de 8 pulgadas 18 Cruceros con cañones de 6 pulgadas 18 7 (a) 1 en 1939-40 6 en
1943 Destructores 181 (b) 42 11 en 1939 16 en 1940 15 en 1941 Nodrizas destructores
8 4 2 en 1940 2 más tarde Sumergibles 99 (c) 15 4 en 1940 11 en 1941-42 Cañoneros
(incluso patrulleros) 7 Cañoneros fluviales 6 Minadores 10 1 1940 Dragaminas 26 3
1940 Nodrizas de submarinos 6 2 1941 Cazasubmarinos 14 16 4 en 1940 12 más
tarde Mototorpederas 1 19 1939-1940(a) Incluso 4 buques con cañones de 5
pulgadas.
(b) Incluyendo 126 viejos.
(c) Incluyendo 65 viejos.

JAPÓN

3 de septiembre 1939

Tipo Construidos En construcción en 1939 Supuesta fecha de entrega Fuerza


existente al entrar en guerra el 7-12-41 Acorazados 10 2 1 en 1941 1 en 1942 10
Portaaviones 6 10 (?) 1 en 1940 4 en 1941 5 en 1942 11 Cruceros 18 de 8 pulg. 17 de
5,5 pulg. 3 viejos 3 ó 4 3 en 1940 1 en 1942 18 de 8 pulg. 20 de 5,5 pulg. 3 viejos
Nodrizas de hidroaviones 2 2 2 en 1942 2 Minadores 5 2 1 en 1939 1 en 1940 8
Destructores 113 20 2 en 1939 10 en 1940 8 en 1941 129 Sumergibles 53 33 3 en 1940
11 en 1941 19 en 1942 67 Buques de escolta 4 4 Cañoneros 10 3 2 en 1940 1 en 1941
13 Torpederos 12APÉNDICE B

PLAN «CATALINA»

12 SEPTIEMBRE 1939

PRIMERA PARTE

1. Para una operación especial, hay que construir los instrumentos adecuados. El
director de Construcción Naval cree posible disminuir el calado de un R
(acorazado tipo «Royal Sovereign») nueve pies, lo que permitirá el cruce de cierto
canal de sólo veintiséis pies de profundidad. Hoy no hay cañones que dominen ese
canal, y los estados ribereños son neutrales. No habrá daño alguno en alzar el
blindaje temporalmente al nivel del agua. El método consistiría en fijar cajetones o
tanques de agua en dos capas sucesivas sobre los costados del R, dando al buque la
enorme manga de 140 pies. Ninguna dificultad insuperable existe en la colocación
de esos cajetones, poniendo las partes interiores en los diques y las exteriores en los
puertos. Llenando o vaciando esos tanques, puede alterarse a voluntad la
sumersión del buque. Una vez pasado el canal de poco fondo, puede el buque
sumergirse más y colocar sus blindajes cómodamente bajo la línea de flotación. La
velocidad, en el primer caso, será acaso de dieciséis nudos, y en el segundo, de
trece o catorce. Han de aceptarse estas velocidades para la operación, ya que son
mucho mayores que las que yo esperaba. Nótese que los tanques ofrecen
admirable protección contra los tordos, puesto que pueden considerarse una
especie de enormes vejigas. Será necesario reforzar los blindajes de los puentes fin
de lograr una excepcional protección contra los ataques aéreos que debemos
esperar.
2. Llamaremos siempre a los cajetones «zuecos», y al refuerzo del puente
«paraguas».
3. Cuando se inicie el deshielo en el frente elegido hacia marzo (?), llegará el
momento de la operación. Si se dan órdenes para las obras necesarias el 1 de
octubre, dispondremos de seis meses, pero vale más contar con siete. Sería muy
lamentable dilapidar el verano, y, por lo tanto, deberemos, para esta labor, contar
con la máxima prioridad. Sobre esa base deben hacerse los cálculos de tiempo y
dinero.
4. En principio, deberán acondicionarse dos R, aunque serían mejor tres. Sus
solos antagonistas posibles en el verano de 1940 serán el «Schahshorst» y el
«Gneisenau». Puede darse por cierto que ninguno de esos buques, único recurso de
Alemania, se expondrán a las baterías del 15 de los R, que los destrozarían.
5. Además de preparar así esos R, se requerirán una docena de buques
contraminas. Sírvanse proponerme planos. Deben tener el calado suficiente para
proteger a los R, e ir tripulados por una pequeña dotación de maquinistas a popa.
La roda debe ser muy recia, para resistir las explosiones de las minas que puedan
tropezarse. Uno de los buques debe preceder a cada R. Acaso esto pueda
disminuirse cuando los barcos grandes se alineen de frente. No tengo la menor
idea de la forma de esos contraminas. Cabe esperar que se encuentren dos o tres
hileras de minas, cada una de las cuales podrá destruir uno de los barcos. Acaso
quepa dedicar a ese fin mercantes ordinarios, debidamente reforzados.
6. Además, se necesitará llevar una razonable provisión de petróleo para tres
meses de expedición. A ese fin se requieren petroleros que puedan desarrollar al
menos tres nudos. Tal es la velocidad que debe considerarse para el cruce de los
canales, pero ha de mejorarse si se puede.

SEGUNDA PARTE
1. El objetivo del dominio de este frente particular (el Báltico) se conseguirá
situando en él una escuadra de batalla a la que los barcos enemigos no osen atacar.
En torno a esta escuadra de batalla actuarán las fuerzas ligeras. La escuadra de
cruceros puede comprender tres de 10.000 toneladas y cañones de 8 pulgadas, y
dos con cañones de 6. Se agregarán dos escuadrillas de los más fuertes destructores
de combate, un destacamento de sumergibles y un considerable contingente de
naves auxiliares, incluyendo, a ser posible, barcos-almacén y un buque taller para
reparaciones.
2. En la fecha aprobada, la flota «Catalina» atravesará el paso de día o de
noche, según se crea mejor, usando, si se desea, cortinas de humo. Los destructores
navegarán en vanguardia de la flota, los contraminas precederán a los R y los
cruceros y buques ligeros seguirán detrás. Se añadirán todos los aparatos de radar,
asdic y demás precauciones. Será así posible vencer los peligros de las minas. No
hay cañones que cierren el canal. Los ataques aéreos intensos deberán ser
rechazados por las baterías combinadas de la flota.
NOTA: Se enviará a la vez un portaaviones, al que se expedirán relevos de
aeroplanos por aire.

TERCERA PARTE

No es necesario exagerar las ventajas estratégicas que nos dará el dominio de ese
sector. Es la máxima ofensiva naval que puede emprender la armada regia. Aislar a
Alemania de Escandinavia equivaldrá a cortar los suministros de mineral de
hierro, vituallas y demás comercio. La llegada de esta flota a ese frente marítimo y
el dominio del mismo probablemente determinará la actitud de los Estados
escandinavos. Debemos sumarles a nuestro bando y entonces ha de buscarse una
base adecuada, capaz de abastecer por tierra a los buques. Hasta que no lleguemos
allí, dichos estados no osarán unírsenos, pero tres meses de combustible nos darán
suficiente margen y, en el caso peor, siempre podrá la flota volverse por donde
vino. La presencia de la escuadra en esa región hará concentrar allí todas las
fuerzas enemigas. No se atreverán a enviarlas a las rutas comerciales, no siendo en
caso de desesperación. Tendrán que artillar toda la costa norteña para impedir
bombardeos, e incluso, si se obtiene la alianza de las potencias escandinavas, para
rechazar desembarcas militares. La influencia de nuestro movimiento sobre Rusia
será incalculable, pero no debemos contar con eso.
Es esencial el secreto, porque la sorpresa ha de ser parte integrante del éxito.
Por ello, siempre que nos refiramos a esta operación, la denominaremos
«Catalina». Los cajetones se mencionarán como dijimos. El refuerzo de los
blindajes de los puentes puede parecer una precaución antiaérea normal.
Les exhorto a que estudien estas ideas, con la intención de solucionar las
dificultades.
W. S. C.

APÉNDICE C

CONSTRUCCIONES NUEVAS Y RECONSTRUCCIONES

PRIMER LORD AL PRIMER LORD DEL MAR Y OTROS

8 OCTUBRE 1939

1. Es mucho más importante tener buques para combatir e invertir en ello lo


votado por el Parlamento, que despilfarrar esfuerzos en construcciones remotas sin
relación con nuestros peligros.
2. Ha de hacerse un supremo esfuerzo para terminar el «King George V» y el
«Prince of Wales» en las fechas estipuladas. La costumbre de os constructores, en
tiempo de paz, de aceptar encargos y ejecutarlos cuando les place, no puede
permitirse en tiempo de guerra. Indíquenme qué sanciones pueden aplicarse para,
en su caso, apelar a los funcionarios legales de la Corona. Indíquenme también los
factores limitativos que existen. Supongo que entre ellos figurará, como de
costumbre, el montaje de los cañones. Ha de considerarse un señalado fracaso para
codos los interesados el que los buques no se terminen en las fechas contratadas. El
viernes próximo quiero averiguar personalmente el estado de esos buques, y
hablaré a los contratistas en el Almirantazgo, en presencia de usted. Sírvase
disponer tales entrevistas de las cinco de la tarde en adelante. Es inútil que los
contratistas digan que no puede hacerse lo exigido. He visto hacerlo cuando se
aplica entera prisa y se usan todos los recursos y medios. En resumen, necesitamos
tener el «K. G. V.» en julio de 1940, y el «P. of W.» tres meses después. Nos hacen
falta esos barcos para ganar la guerra y han de estar en servicio en 1940.
Le ruego que se interese en esto y me ayude a vencer los obstáculos.
3. Lo dicho se aplica también a los portaaviones. El «Illustrious» va a llevar
cinco meses de retraso y bien sabemos lo que eso significa. El «Victorious» va a
retardarse nueve meses. El «Formidable», del programa de 1937, tiene seis meses
de retraso, y el «Indomable» cinco. Necesitamos que todos esos buques participen
en la guerra y no sólo que surquen los mares — ¡acaso con bandera alemana! —
cuando termine. Apelo a usted para que me ayude en esto. Construir portaaviones
más adelante no nos salvará si somos batidos en 1940.
4. En tercer lugar, tenemos los cruceros. El «Dido», por ejemplo, se estipuló
que fuera terminado en junio de 1939 y ahora se nos ofrece entregarlo en agosto de
1940. ¿Qué explicación se da a esto?
5. En el momento presente hemos de distinguir cuidadosamente entre el
ejercicio de una industria o profesión y el hecho de ganar la guerra. La mano de
obra especializada empleada en buques que no puedan terminarse en 1940 debe
desviarse, en lo posible, a los que puedan completarse en 1940. Tómense
disposiciones especiales para transferir los obreros empleados en los primeros
trabajos a los barcos que necesitamos para combatir. Todos los barcos que se
construyan en 1941 deben quedar en la sombra y los de 1942 en la obscuridad. Es
preciso obtener superioridad en 1940.
6. Los mismos principios se aplican, e incluso con más vigor, respecto a los
destructores y barcos ligeros, pero parece que esto va bien, aunque no he tenido
tiempo aún de examinar en detalle las fechas de terminación. Necesitamos
urgentísimamente dos nuevos acorazados, cuatro portaaviones y una docena de
cruceros, todos en actividad, antes de fines de 1940.
W. S. C.

PRIMER LORD AL PRIMER LORD DEL MAR

21 OCTUBRE 1939

Dirijo esta carta sólo a usted, porque entre los dos podemos hacer lo necesario.
Nos son precisos cierto número de acorazados capaces de no temer el albur
de recibir una bomba aérea. Mediante departamentos-estanco y asdic los hemos
protegido contra los submarinos. Ahora hemos de defenderlos contra el aire.
Verdad es que hay una probabilidad entre cien de que un torpedo aéreo pesado
alcance a un buque de batalla, pero también un héroe puede ser picado por un
mosquito portador de la malaria. Es una probabilidad inevitable y gravemente
desproporcionada. Debemos volver a la vieja idea de tener navíos de línea capaces
de luchar contra cualquier cosa que se les oponga.
Vayamos al grano. Necesito cuatro o cinco barcos provistos de corazas tales
que puedan ir a donde nos parezca sin que su suerte nos quite el sueño. Podrá
haber otros tipos de barcos que desempeñen su papel en el mar abierto, pero nada
podemos hacer sin una escuadra de barcos pesados capaces de medirse con el
poder aéreo.
Esta mañana le escribí a propósito del «Queen Elizabeth». Mas necesitamos
al menos otros cinco buques a prueba de ataque aéreo, es decir, capaces de no
temer el impacto de una bomba perforadora de mil libras, arrojada desde diez mil
pies de altura. El reajuste estructural no es lo grande que parece. Habrá que quitar
de esos acorazados un par de torretas, ahorrando así dos mil toneladas lo menos.
Esas dos mil toneladas se transformarán en corazas planas de seis o siete pulgadas
de espesor, colocadas tan altas como sea posible, con miras a la estabilidad. Los
espacios vacíos dejados por las torretas deberán llenarse de cañones antiaéreos.
Esto significa reducir los ocho cañones de los acorazados a cuatro. Pero
seguramente cuatro cañones de 15 pulgadas pueden desbaratar al «Scharnhorst» o
al «Gneisenau». Antes de que se bote el nuevo acorazado alemán, ya tendremos el
«King George V» y el «Prince of Wales». Concentrémonos, pues, en la obtención de
cinco o seis navíos que no teman a la aviación, que puedan aventurarse en aguas
estrechas y que dejen las demás unidades de alta calidad para el mar abierto.
Quitémosles los cañones y cubramos de acero los puentes. Tal es la necesidad
bélica de 1940.
¿Cómo entregar esos buques a los astilleros cuando tantas dificultades nos
acucian?
No nos preocupemos del aspecto del buque. Quitemos las torretas.
Transformemos un acorazado en Plymouth, uno en Portsmouth, dos en el Clyde y
uno en el Tyne. Esos barcos de cuatro cañones dispondrán de una batería muy
buena si los técnicos artilleros se lo proponen. Además, estarán erizados de
cañones antiaéreos y, por así decirlo, nadarán o flotarán según les convenga. Tal es
el motivo de guerra de 1940; y tenemos tiempo a prepararlo.
Es obvio que todo esto incrementa nuestra necesidad de barcos
municioneros blindados y petroleros blindados también. En todo esto, no hemos
de pensar tanto en una acción naval como en mantener el dominio del mar frente a
un ataque aéreo.
Todo el asunto debe ponerse en movimiento el lunes y ha de reunirse
información bastante para llegar a decisiones no más tarde que el jueves.
Reunamos ese día al interventor, el director de Construcción Naval y el de la
Maestranza, y traslademos nuestro frente de lucha desde el costado a lo alto del
buque.
Paréceme que la guerra languidecerá durante el invierno con meras muestras de
lucha en todos los sentidos, pero que empezará con mortífera intensidad en primavera.
Recuerde que nadie puede contradecir lo que usted y yo decidamos juntos.
W. S. C.

APÉNDICE D

NUEVOS PROGRAMAS DE CONSTRUCCIÓN

1939-1940

(Con exclusión de las unidades ligeras de costa)

I Tipo II Nuevas construcciones aprobadas antes de estallar la guerra III


Programas de guerra en 1939 IV Programas de guerra en 1940 V Supuestas fechas
de terminación revisadas en la guerra VI Fechas reales (a) A fines de 1940 (b) A
fines de 1941 en adición (a) a) A fines de 1940 (b) A fines de 1941 en adición (a)
Acorazados 9 (a) 1 (e) 2 2 1 2 Portaaviones 6 3 2 2 2 Cruceros con cañones de 8 plg.
Id. de 6 o menos 23 (b) 6 13 7 7 6 Destructores de línea 32 16 32 12 28 11 + 6 (g) 14
Destructores de escolta 20 36 30 26 34 25 25 Balandras 4 2 20 4 2 2 4 Corbetas 61 ©
60 52 (f) 88 48 51 70 Sumergibles 12 19 49 22 23 19 19 Minadores 4 2 2 4 Dragaminas
20 (d) 22 22 10 31 5 20 Pesqueros (antisubmarinos 20 32 100 42 50 30 53a)
Incluyendo los buques «Lion», Temeraire», «Conqueror» y «Thunderer», que
fueron después suspendidos.
b) Incluyendo 4 buques del programa de 1939 no empezados el 3-IX-39 y dos
de los cuales fueron después suspendidos.
c) Incluyendo 58 encargados, pero no empezados el 3-IX-39.
d) Encargados, mas no empezados el 3-IX-39.
e) El «Vanguard».
f) 27 de estas corbetas fueron después llamadas fragatas.
g) Seis destructores en construcción para el Brasil, que fueron utilizados por
nosotros.
APÉNDICE E

BASES PARA LA FLOTA


Primer Lord al Subjefe del Estado Mayor Naval y otros.
1-XI-39.

El 31 de octubre de 1939, en una conferencia celebrada en el «Nelson» entre


el Primer Lord, el Primer Lord del Mar y el comandante en jefe, se tomaron las
siguientes disposiciones acerca de las bases de la flota: 1. Scapa no puede utilizarse,
salvo como momentánea base de aprovisionamiento para la flota, antes de la
primavera. No obstante, el trabajo ha de realizarse con la mayor celeridad posible
en todo lo que concierne a: a) Buques bloqueadores en los canales en peligro.
b) Duplicación de las redes y colocación de algunas especiales donde se
requieran. Habrán de ser, al menos, tan extensas y numerosas como en la última
guerra, además de que la red moderna es mejor. El sistema de las entradas ha de
estudiarse de nuevo, con miras a obtener mayor seguridad y bocanas menores.
c) Una flota de pesqueros y auxiliares, en la escala usada en la guerra
anterior, ha de ser destinada a Scapa. Su disposición deberá ser cuidadosamente
considerada por la sección de planeamiento. Dichos buques serán utilizables en el
Forth hasta que llegue el momento de usar Scapa como base central, es decir, no
antes de fines de febrero de 1940.
d) El trabajo en los barracones debe continuar sin interrupción.
e) Se construirán plataformas de cemento para los ochenta cañones
proyectados, a fin de defender Scapa. El trabajo ha de realizarse durante el
invierno; pero los cañones no serán llevados ni montados hasta la primavera,
momento en que todo debe estar dispuesto para ellos.
f) Se ampliarán los aeródromos de Wick, dándoles capacidad para cuatro
escuadrillas.
g) Las demás obras correspondientes a la defensa se proseguirán, pero
alternando sus turnos con otros más urgentes trabajos.
Entre tanto, Scapa puede usarse como base de aprovisionamiento de los
destructores. El enmascaramiento de los tanques de petróleo y la creación de falsos
tanques de esa clase ha de continuar como se acordó. No debe disminuir el
personal adscrito a Scapa, pero no hay por qué rebasar las 120.000 toneladas de
petróleo ya previstas. Los hombres que ahora trabajan en los almacenes
subterráneos pueden ser usados en otras tareas más urgentes, de acuerdo con la
reciente decisión del departamento.
2. Loch Ewe. El Puerto A será mantenido en su situación presente y su
existente personal. Han de tenderse redes y otras defensas permanentes incluso
antes de concluir las de Scapa. Ha de terminarse la cañería de agua potable, y se
tomarán otras medidas secundarias a fin de hacer esa base propia para servir de
refugio y escondite a la escuadra de vez en cuando.
3. Rosyth será la principal base operativa de la flota, y ha de hacerse allí
cuanto tienda a darle la mayor eficacia posible. Hágase, con prioridad a todo, una
mejora de las redes. Deben disponerse globos en forma que sirva para proteger con
eficacia los barcos anclados, rechazando ataques aéreos en vuelo rasante. Los 24
cañones de 3'7 y los 4 Bofors últimamente trasladados al Clyde volverán, batería
por batería, al Forth, en los cuatro próximos días, a partir del momento en que la
flota salga del Clyde. No deseamos que este movimiento parezca apresurado, y las
baterías, por tanto, deben trasladarse de manera aparentemente sosegada, siempre
que se hallen en sus puestos del Forth dentro de cinco días a contar de la fecha de
este escrito. El vicemariscal del Aire, Dowding, está conferenciando hoy con el
comandante en jefe de la flota metropolitana a propósito de la defensa aérea que
pueda proveerse. El acuerdo antes alcanzado con el ministerio del Aire debe
considerarse como el mínimo admisible. Se espera que no menos de seis
escuadrillas pueden estar preparadas para entrar en acción la primera vez que la
flota use esa base.
El subjefe del E. M. Naval tendrá la bondad de informarse e informarme de
los resultados de la conferencia entre Dowding y el comandante en jefe. Hemos de
contar con la posibilidad de que la flota sea atacada en cuanto llegue al Forth. Todo
ha de estar preparado para tal eventualidad. Se seguirá trabajando en la base hasta
que se convierta en un lugar donde los más fuertes buques de la escuadra puedan
hallarse a seguro. Tómense medidas especiales para coordinar el fuego de los
buques con el de las baterías costeras, advirtiendo que debe posibilitarse la
concentración del fuego de 72 cañones sobre el fondeadero.
4. No deben retirarse los dieciséis globos ahora colocados en el Clyde, ya que
tenderán a engañar al enemigo sobre nuestras intenciones.
Celebraré que el subjefe del E. M. Naval examine esta minuta y se cerciore
de que es correcta y útil en todos sus pormenores. Una vez obtenido el asenso del
Primer Lord del Mar, debe hacerla ejecutar por todos los departamentos.
W. S. C.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


Defensas de Scapa

3-I-40.

1. Cuando en septiembre resolvimos nutrir de hombres las baterías, etcétera,


de Scapa, calculamos que se requerirían tres mil soldados de marina. Los cálculos
del ministerio de la Guerra han ido creciendo sucesivamente hasta 6, 7, 10 e incluso
11.000 hombres. Desde luego estas cifras rebasan el número de lo que la tropa de
marina puede proporcionar.
2. Además, la instrucción bélica de los soldados de marina sólo puede
comenzar el 1 de marzo, fecha en que el ejército nos dará las necesarias facilidades.
Desde septiembre, nada se ha hecho, salvo nutrir los núcleos de oficiales y
suboficiales con unos 800 hombres. Estos pueden usarse tanto para las fuerzas
ofensivas como para la defensa móvil.
Por otra parte, el ministerio de la Guerra tiene en sus reservas un sobrante
de hombres instruidos, y parece dispuesto a proporcionar dotaciones a los cañones
que vayan montándose en Scapa a razón de dieciséis por mes. Como queremos
usar la base a partir de marzo, de seguro ese será el mejor modo de atender a esta
necesidad.
3. Si, por alguna razón, el ministerio de la Guerra no se encargase de esa
responsabilidad, le pediremos facilidades de adiestramiento a partir del 1 de
febrero, así como toda su ayuda en los aspectos técnicos a que nosotros no
podamos atender. Se harán asimismo arreglos para la gradual transferencia del
personal. No obstante, lo justo es que el ministerio de la Guerra cumpla lo
prometido, y para ello hemos de presionar mucho.
4. Sin embargo, no deseo que el Almirantazgo haga demasiadas peticiones al
ejército. Parece que el número requerido puede reducirse mucho si consentimos en
ciertas tolerancias. La cifra de treinta hombres para cada cañón y catorce para cada
reflector, tiende a que cada cañón y cada reflector esté continua y plenamente
nutrido de servidores, noche y día, durante todo el año. Pero la escuadra se hallará
en el mar a menudo y entonces cabe aceptar una preparación menor. Tampoco es
presumible que los cañones estén continuamente en acción durante ataques muy
prolongados. Si estos ataques se realizan, seguramente la flota se hará a la mar. Es
cosa a convenir si la plena preparación no deberá reducirse a cierta proporción de
los cañones, disminuyendo la de los demás.
5. ¿Es realmente necesario disponer de 108 reflectores antiaéreos? ¿Es
verosímil que un enemigo que ataque la flota desde gran distancia lo haga de
noche? Hasta el presente todos los ataques se realizan de día, que es sólo cuando
cabe precisar los blancos.
6. Una vez preparada la flota para usar Scapa, debemos trasladar allí una
gran proporción — convendrá optar por la mitad — de los cañones y elementos de
Rosyth. No podemos mantener ambas instalaciones en servicio y en su plena
fuerza. Eso producirá otra economía.
7. Propongo, pues, destinar cinco mil hombres a las defensas de Scapa. Debe
encargarse al comandante que procure lograr gradualmente la mayor posibilidad
de fuego cañonero mediante el cuidadoso estudio de cuantos perfeccionamientos
locales afecten a cada puesto y batería.
8. En un lugar como Scapa, con tan fuerte guarnición, es muy poco verosímil
que se produzcan aterrizajes de paracaidistas o incursiones submarinas. No se
necesita, pues, añadir un batallón a los regimientos de artillería. El comandante
debe tomar disposiciones tendentes a disponer de un destacamento suficiente para
atender a esas menudas e improbables contingencias.
9. Diferente es el caso en las Shetland, donde habremos de procurar disponer
de un batallón, aunque no necesita estar equipado como los del frente occidental.
W. S. C.

APÉNDICE F

AYUDA NAVAL A TURQUÍA

NOTA DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO

1 NOVIEMBRE 1939

El Primer Lord del Mar y yo hemos recibido esta tarde al general Orbay, dándole
los siguientes informes: En caso de que Turquía sea amenazada por Rusia, el
gobierno de S. M., si es invitado por Turquía, estará dispuesto a ayudar a los
turcos, en ciertas circunstancias, con fuerzas navales superiores a las de Rusia en el
Mar Negro. Para ello es necesario mejorar las defensas antiaéreas y antisubmarinas
del golfo de Esmirna y el de Ismid. En caso necesario, proporcionaremos oficiales
técnicos. Estas precauciones deberán considerarse adicionadales a las ya existentes,
incluyendo el tendido de redes antisubmarinas en el Bósforo y los Dardanelos.
No nos comprometemos militarmente a nada, y es probable que la
eventualidad no se presente. Esperamos que Rusia mantenga una estricta
neutralidad, posiblemente amistosa. Pero si Turquía se cree en peligro y pide la
ayuda naval británica, discutiremos con los turcos la situación a la luz de la
situación mediterránea y la actitud de Italia, con el deseo de contraer un
compromiso en regla. Puede ser que la arribada de la flota inglesa a Esmirna baste
para impedir que Rusia se entregue a procedimientos extremos, y que el avance de
dicha flota hasta el golfo de Ismid prevenga un desembarco militar ruso en la
desembocadura del Bósforo. En todo caso, desde esta posición han de emprenderse
las operaciones necesarias para lograr el dominio del Mar Negro.
El general Orbay se mostró muy satisfecho de estas declaraciones. Dijo que
comprendía perfectamente bien que no contrajéramos un compromiso. Informará a
su gobierno al regresar y se iniciarán las necesarias medidas en las bases.
No pretendo entrar en los aspectos jurídicos de la cuestión, ya que sin duda
serían eliminados si llegásemos a un convenio formal con Turquía. Se da por hecho
que Turquía sólo pedirá la ayuda británica si se considera en grave peligro o se
convierte en beligerante.
W. S. C.

APÉNDICE G

EL OBSCURECIMIENTO

NOTA DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO

20 NOVIEMBRE 1939

Propongo a mis colegas que, cuando empiece a menguar la luna, se modifique en


un grado sensible el obscurecimiento. Sabemos que no entra en la presente política
del gobierno alemán el realizar bombardeos indiscriminados en Inglaterra ni
Francia, y de cierto no interesa al enemigo bombardear otros objetivos que los
militares. Estos objetivos se bombardean mejor — y probablemente no se pueda
bombardear de otro modo — con luz diurna o lunar. Si los alemanes cambian de
política o nos informamos de una incursión, podemos volver al obscurecimiento.
Ya debiéramos a estas alturas haber ideado medios para extinguir el alumbrado
callejero en cuanto se diese una señal con luz amarilla. En cuanto al bombardeo
nocturno con el mero objeto de matar gente civil, es fácil encontrar Londres
mediante mapas y orientación, esté la ciudad iluminada o no. No se necesita el
«nimbo rosáceo» del alumbrado como guía, y tampoco sería guía alguna si
apagamos las luces antes de que los atacantes salgan del mar. De todos modos,
poco de práctico hay en todo eso.
2. No tenemos, desde luego, por qué volver al alumbrado de preguerra.
Existen muchas formas modificativas. El sistema usado en las calles de París es
práctico y eficaz. Se ve a seiscientos metros. Las calles están lo bastante alumbradas
para poder recorrerlas sin peligro, y sin embargo se hallan mucho más
obscurecidas que en tiempo de paz.
3. Los métodos presentes plantean muchas dificultades. En primer lugar, se
pierden vidas. En segundo, como ha dicho el ministro del Aire, se obstaculiza la
producción de municiones y el trabajo en los puertos, incluso en los de la costa
oeste. En tercer término, el obscurecimiento ejerce un efecto irritante y deprimente
sobre el pueblo, restando bríos a su capacidad belicosa y lesionando el prestigio
del gobierno de S. M. al suponerse que aplica medidas irrazonables. En cuarto
lugar, las mujeres y jovencitas se sienten inquietas andando por calles obscurecidas
o viajando en trenes apagados. Finalmente, los efectos sobre las diversiones son
nocivos.
Propongo, pues, lo que sigue a partir del 1 de diciembre:
a) En ciudades, villas y pueblos debe encenderse el alumbrado callejero, con
modificaciones y algo velado.
b) Automóviles y trenes deben ser autorizados a llevar más luz, aunque esto
implique algún riesgo.
c) Continuarán las restricciones del alumbrado doméstico, a las que la gente
se ha amoldado, pero no se aplicarán vejatorias sanciones por infracciones
menudas. (He leído en la Prensa que se ha castigado a un hombre por tener
encendida la lumbre del cigarrillo, y que se ha multado a una mujer que encendió
la luz para atender a un niño que había sufrido un ataque.) d) Al hacerse estas
concesiones se realizará también una eficaz propaganda (continuamente
transmitida por la radio y entregada a los motoristas en todas las estaciones de
gasolina), en la que se avisará que al darse la señal de alarma todo automovilista
deberá detener su coche y apagar sus luces. Todas las demás luces serán
extinguidas también. Se harán severos escarmientos con las personas que, tras una
alarma, no apaguen sus lámparas.
4. En estas condiciones, podemos afrontar los azares de los próximos tres
meses de invierno, tan brumosos. Siempre nos cabe volver al método actual si la
guerra se agrava, o si realizamos algo que provoque represalias.
W.S.C.

APÉNDICE H

LA MINA MAGNÉTICA
1939-1940

INFORME SOBRE LAS MEDIDAS CONTRA LA MINA MAGNÉTICA

Conocíamos ya las características generales de las minas y torpedos de acción


magnética antes de que la guerra estallase, pero ignorábamos los detalles
particulares de la mina construida por los alemanes. Sólo cuando recogimos una en
Shoeburyness, el 23 de noviembre de 1939, pudimos aplicar los conocimientos
derivados de nuestras anteriores investigaciones a la adopción inmediata de
adecuadas contramedidas.
La primera necesidad consistía en hallar nuevos métodos de recogida de
minas, y la segunda en proveer medios de defensa para todos los buques que
recorrieran canales imperfectamente limpios de minas. Ambos problemas se han
solucionado eficazmente, y las medidas técnicas adoptadas en las primeras etapas
de la guerra se describen concisamente en los párrafos que siguen.

DEFENSA ACTIVA. MÉTODOS DE DRAGADO

Para inutilizar una mina magnética es necesario crear en su vecindad un campo


magnético que actúe como mecanismo disparativo, haciendo detonar el artefacto a
distancia no peligrosa para el dragaminas. A comienzos de 1939, se había planeado
ya un barco destruye-minas, que pronto entró en servicio experimental. El barco
iba provisto de potentes electromagnetos capaces de volar las minas que se
hallasen ante su ruta. A principios de 1940, esta nave tuvo algunos éxitos, pero el
método no se juzgó idóneo ni de suficiente confianza para una acción en vasta
escala.
A la vez se trabajó en diversas formas de acción eléctrica. Se pensó en el uso
de barcos de poco calado que remolcasen artefactos magnéticos. Incluso se usaron
electromagnetos en espiral montados en aviones en vuelo bajo. Pero esto ofrecía
muchas dificultades prácticas y era muy peligroso para los aviones. De todos los
métodos ensayados, el denominado L. L. fue el que pareció más prometedor. En
breve concentramos nuestros esfuerzos en su perfeccionamiento. El equipo
antimina consistía en largos cables eléctricos gruesos remolcados por pequeños
buques que operaban por parejas. Una poderosa corriente eléctrica pasaba a través
de los cables a intervalos perfectamente preestablecidos, y las minas estallaban a
distancia que no ofrecía riesgo para los buques. Una de las dificultades del sistema
consistía en hacer flotar los cables. La industria cablera solucionó el problema
mediante el empleo de una funda de caucho, pero más tarde se utilizó con éxito el
acoplamiento de bolas de goma.
En la primavera de 1940, los dragaminas L. L. actuaban en creciente número.
A partir de entonces, el problema se convirtió en una lucha de ingenio entre el
constructor de minas y el técnico en dragado. Los alemanes introdujeron cambios
frecuentes en sus minas, y a cada cambio se respondía con una modificación en el
mecanismo opuesto. El enemigo tuvo éxitos y durante algún tiempo conservó la
iniciativa, mas las contramedidas invariablemente acababan burlando sus
esfuerzos. A menudo se pudo prever y contrarrestar de antemano las
modificaciones de los alemanes. Hasta el fin de la guerra, el sistema L. L. siguió
siendo el más eficaz contra la mina puramente magnética.

LA MINA ACÚSTICA

En el otoño de 1940, el enemigo empezó a usar una nueva forma de mina. Se


trataba del tipo «acústico», en el que el mecanismo de disparo actuaba al recibir el
sonido de las hélices de los buques que se acercaban. Habíamos esperado esto y
estábamos preparados contra ello. La solución consistía en dotar a los minadores
de los medios tendentes a la emisión de un sonido de carácter apropiado e
intensidad suficiente para volar las minas a distancia no peligrosa. De todos los
métodos probados, el más eficaz resultó el «Kango», consistente en un martillo
vibrátil que actuaba en un recipiente de líquido colocado bajo la quilla del barco.
Hallando una correcta frecuencia de vibraciones podían obtenerse consecuencias
eficaces; mas, como en el caso anterior, necesitábamos obtener un modelo de la
mina enemiga. También en esto fuimos afortunados. La primera mina acústica fue
descubierta en octubre de 1940, y en noviembre hallamos dos, intactas, en los
cienos del canal de Bristol. A partir de entonces se desarrollaron eficientes
contramedidas.
Pronto se advirtió que el enemigo empleaba los dos sistemas, el magnético y
el acústico, en una misma mina, accionable por ambos. Además, surgieron muchos
procedimientos de antidragado, tendentes a mantener inactivo el mecanismo de
explosión durante el primer impulso o un determinado número de ellos, o durante
un período de tiempo antes de que la mina entrase en acción. De modo que un
canal recorrido por nuestros dragaminas, incluso varias veces, podía contener aún
minas que sólo estallasen después. A pesar de estos frutos de la ingeniosidad
alemana, y a despecho de que en enero de 1941 un bombardeo alcanzó la estación
experimental de Solent y destruyó valiosos datos, la incesante batalla de
inteligencias siguió desenvolviéndose lentamente en nuestro favor. La victoria
constituyó un tributo a les infatigables esfuerzos de todos los dedicados a esta
actividad.

DEFENSA PASIVA. DESMAGNETIZACIÓN

Es de conocimiento común que todo barco de acero contiene un magnetismo


inducido y permanente. El campo magnético resultante puede ser lo bastante
fuerte para hacer entrar en acción el mecanismo explosivo de una mina
especialmente trazada y puesta en el mar; pero cabe amenguar la potencia de dicho
campo. La protección completa en aguas poco hondas no es conseguible del todo,
mas parecía claro que podíamos obtener un considerable grado de inmunidad.
Antes de fines de 1939, se hicieron en Portsmouth pruebas preliminares que
demostraron que el magnetismo de un buque era reducible rodeando con cables el
casco, en sentido horizontal, y haciendo pasar por ellos una corriente eléctrica
suministrada por los generadores del barco. El Almirantazgo aceptó este principio,
que debía proteger a todo buque dotado de corriente eléctrica. Sin perjuicio de
continuar las investigaciones, se hizo lo preciso para proveer de este medio de
defensa a los barcos de la flota. Se tendía a inmunizar a los buques en
profundidades superiores a las diez brazas, mientras los dragaminas y otros
buques pequeños actuaban en las zonas de poca agua. Pruebas más amplias,
realizadas en diciembre, indicaron que el sistema permitía a los barcos moverse
con relativa seguridad en aguas un 50 % menos profundas que lo que sería
menester sin tal protección. No se necesitaba ninguna complicación importante
que afectase a la estructura del buque, ni se requerían mecanismos complejos. Lo
que sí hacía falta era dotar a muchos barcos de una instalación generadora de
electricidad. Como medida de urgencia podían, en pocos días, adaptarse cables
cargados de electricidad a los cascos, aparte de realizarse la oportuna adaptación
interior en el momento más hacedero. Así, por lo pronto podía surgir poca dilación
en la aplicación del nuevo sistema, que fue llamado «desmagnetización». Creóse
un organismo dirigido por el vicealmirante Lane-Poole a efectos de inspeccionar la
extensión del método a todos los buques.
Inmensos eran los problemas suministrativos y administrativos que se
planteaban. Las necesidades de la desmagnetización exigían 1.500 millas de cable a
la semana, mientras la industria cablera sólo p día proporcionar, al principio, una
tercera parte de esa cantidad. Cabía acelerar la producción, pero a expensas de
otras importantes exigencias, y la solución plena del problema requería grandes
importaciones de material. Además, se necesitaba en todos los puertos personal
especializado que dirigiese el montaje de los equipos, y diese consejos técnicos a
las diversas autoridades relacionadas con los movimientos de buques. Había que
proteger la gran masa de naves pertenecientes a las marinas mercantes británica y
aliadas.
En las primeras semanas de 1940, nuestra organización progresaba. Por
entonces, la preocupación principal consistía en lograr que los buques siguieran
entrando y saliendo de nuestros puertos, particularmente en los de la costa este,
que era donde radicaba el principal peligro. Se concentraron todos nuestros
esfuerzos en el suministro de cables provisionales y se requisó toda la producción
nacional de hilos eléctricos. Los obreros cableros trabajaron noche y día para cubrir
nuestra demanda. En aquella época, muchos barcos salieron protegidos por cables
que no podían sobrevivir a la acción de la alta mar, pero sí permitir franquear las
peligrosas zonas costeras, en espera de que el equipo se renovase al entrar otra vez
en la zona minada.

BARRIDO

Además de este método, se desenvolvió otro más sencillo, de desmagnetización,


que podía realizarse en pocas horas y que acabó llamándose «barrido». Se reducía
a colocar un cable en el costado de la nave, cargándolo en el puerto con una
potente corriente eléctrica. No se montaban en el buque cables permanentes, pero
el sistema había de repetirse con intervalos de pocos meses. Tal sistema no
resultaba eficaz para los buques grandes, pero se aplicó a la multitud de barcos de
cabotaje que constantemente se movían en la zona peligrosa. Así se aliviaron
mucho las tareas del organismo encargado de la desmagnetización y se obtuvieron
inmensos ahorros de material, personal y tiempo. El sistema adquirió particular
valor durante la evacuación de Dunquerque, momento en que muchos barcos
pequeños de distintas clases, que usualmente no operaban en mar abierto,
hubieron de actuar en las aguas, poco profundas, que besan las costas del Canal.

DESMAGNETIZACIÓN DE BUQUES MERCANTES.

MEMORÁNDUM DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO


15 MARZO 1940

Sabrán mis compañeros, sin duda, que uno de nuestros medios más poderosos de
contrarrestar la mina magnética consiste en la desmagnetización de los buques. El
sistema permite lograr inmunidad en profundidades de más de diez brazas.
El número de barcos que frecuentan los puertos del Reino Unido y necesitan
ser desmagnetizados asciende a unos 4.300.
Las tareas de desmagnetización empezaron a mediados de enero. El 9 de
marzo, habían sido desmagnetizados 321 barcos de guerra y 312 mercantes. 219 de
guerra y unos 290 mercantes estaban en vías de desmagnetización.
Los suministros de cable, que hasta ahora han presidido el ritmo de los
montajes desmagnetizativos, mejoran rápidamente. La cantidad de mano de obra
disponible en los astilleros será verosímilmente lo que regirá nuestro ritmo futuro.
Obtendríamos una importante ventaja si parte de la tarea de
desmagnetización de nuestros buques pudiera realizarse en puertos extranjeros. El
número de mercantes neutrales que trafican con este país asciende a unos 700. Las
tripulaciones neutrales, y en particular las noruegas, comienzan a sentirse
inquietas a causa de los peligros con que las minas enemigas les amenazan en su
ruta hacia nuestras radas. Para nosotros es importante la seguridad de esos buques
neutrales, y nos es preciso contar con la confianza de sus tripulaciones. Este es un
fuerte argumento en pro de que se revelen a los países neutrales los informes
técnicos necesarios para que esos países desmagneticen aquellos de sus buques que
comercian con nuestras islas.
Las grandes ventajas dimanadas de desmagnetizar nuestras naves en
puertos extranjeros y de extender la desmagnetización a los neutrales tienen, como
contrapartida, la difusión del secreto. Si el enemigo se informa de nuestras
medidas puede: a) aumentar la sensitividad de sus minas, o b) mezclar minas de
polaridad opuesta en un mismo campo. Si conservamos el secreto, tendremos la
ventaja de retardar esas reacciones del enemigo. Pero han de darse detalles técnicos
de nuestro equipo de desmagnetización a todas las empresas de reparación de
buques del país. Informes tan ampliamente distribuidos, serán, casi con certeza,
conocidos muy pronto por el enemigo.
Además, a) y b) ofrecerán al enemigo las siguientes desventajas:
a) Será más fácil volar las minas y reducir el daño para los buques no
desmagnetizados, al hacer probable la explosión muy a proa o muy a popa de las
naves.
b) La inversión de polaridades será eficaz sólo contra ciertos buques difíciles
de desmagnetizar por completo y exigirá también un montaje muy sensitivo de la
mina.
La situación mencionada se ha alterado desde la llegada del «Queen
Elizabeth» a Nueva York y la subsiguiente publicidad dada por la Prensa al asunto.
El enemigo sabe ya las medidas protectoras que adoptamos y, conociendo el
mecanismo de sus minas, no le será difícil deducir la forma en que la
desmagnetización opera. Por lo tanto, puede adoptar cuantas contramedidas tenga
a su alcance. Las noticias periodísticas han hecho, además, que los neutrales
redoblen su petición de informes. Continuar negándolos chocaría con nuestro
sistema, tendente a estimular a los barcos neutrales a comerciar con este país.
Creen, pues, mis consejeros que no experimentaremos gran desventaja si
cesamos de tratar este asunto como secreto.
Por tanto, el Almirantazgo recomienda:
I) Que se usen, en caso necesario, los astilleros neutrales a fin de reforzar los
medios desmagnetizadores navales de que disponemos en nuestro país.
II) Que, cuando sea necesario, se den informes técnicos de nuestros métodos
de desmagnetización a los países neutrales, de modo que éstos puedan
desmagnetizar los buques que comercien con nuestro país.
W. S. C.

APÉNDICE I

EXTRACTO DEL DIARIO DEL SUBMARINO U-47

28 NOVIEMBRE 1939

28-II-39.
Hora alemana.
12.45 Posición 60º 25’ N, 1º E Mástil a la vista, 120º. 12.49 Viento NNO. 10-9.
Mar, 8. Nublado. Reconozco un crucero de la clase «London». 13.34 60º 24’ N, 1º 17’
E Distancia, 8 hectómetros. Velocidad calculada del crucero, 8 nudos. Disparamos
un torpedo con el tubo número 3. Después de un minuto 26 segundos, se oye una
explosión. Veo el daño causado por el impacto, detrás de la chimenea. El puente
superior aparece combado y rasgado. El avión descansa sobre la cola. El crucero
parece escorar 50 a estribor. Desaparece en una ráfaga de lluvia. 14.03 Subimos a la
superficie. Persecución. 14.20 Crucero otra vez a la vista. 90º. Me sumerjo para
acercarme, pero el barco desaparece en medio de otro aguacero. 14.51 Recorremos
esta zona, mas no hallamos al buque.El 29-XI-39, el almirante von Doenitz anotó en
su diario de guerra: «En vista del informe de que el U-47 ha torpedeado a un
crucero, la sección de Propaganda exige que demos cuenta de un hundimiento.
Desde el punto de vista del servicio, tales inexactitudes y exageraciones son
inaconsejables.»
APÉNDICE J

«CULTIVADOR NUMERO 6»

NOTA DEL AUTOR

Durante los meses de suspensión y paralización militar, yo pensé mucho y dediqué


grandes esfuerzos a desarrollar una idea que creía útil cuando la gran batalla
comenzase. Con miras al secreto llamé al plan «Conejo Blanco número 6», nombre
después cambiado en «Cultivador número 6». Era aquel un método que permitiría
a nuestros ejércitos avanzar hasta la línea hostil y cruzarla sin sufrir bajas
indebidas o prohibitivas. Yo creía posible diseñar un aparato capaz de abrir en
tierra una hendidura lo bastante profunda y ancha para permitir a la infantería y
tanques de asalto avanzar por la tierra de nadie y cruzar las alambradas con
seguridad relativa, llegando al cuerpo a cuerpo con el enemigo en condiciones de
igualdad o superioridad. Era necesario que la máquina que abriese esa zanja
avanzase a velocidad suficiente para salvar durante la noche la distancia entre las
dos líneas. Yo esperaba llegar a una velocidad horaria de tres o cuatro millas, pero
incluso media milla hubiese bastado. Si se aplicaba tal método en un frente de
veinte o veinticinco millas, y se empleaban dos o trescientos aparatos cavadores, al
amanecer, una aplastante fuerza de infantería podía establecerse en las defensas
alemanas, teniendo a sus espaldas cientos de trincheras de comunicación por las
que podían llegar refuerzos y municiones. De este modo nos asentaríamos en la
línea enemiga por sorpresa y con poca pérdida. El sistema podría repetirse
indefinidamente.
Cuando, veinticuatro años atrás, quise hacer el primer tanque, apelé a
Tennyson d'Eyncourt, director de Construcción Naval, para que me resolviese el
problema. En consecuencia, expliqué la idea a sir Stanley Goodall, que ahora
ejercía ese importante cargo; y uno de sus más capaces ayudantes, el señor
Hopkins, fue encargado del asunto, concediéndosele cien mil libras para los
experimentos. La Casa Ruston-Bucyrus, de Lincoln, fabricó en seis semanas un
modelo operativo. Aquella interesante maquinita, que medía unos tres pies de
longitud, trabajó magníficamente en los terrenos del Almirantazgo, sobre un suelo
de arena. Conseguí el apoyo activo del jefe del Estado Mayor Imperial, general
Ironside, y de otros técnicos militares británicos, e invité al Primer Ministro y
algunos de sus compañeros a una demostración del aparato. Más tarde llevé éste a
Francia y lo exhibí al general Gamelin y después al general Georges, quienes
expresaron interés y aprobación. El 6 de diciembre, se me aseguró que, haciendo
encargos inmediatos y logrando una prioridad absoluta de construcción,
podríamos disponer de doscientas de aquellas máquinas en marzo de 1941. A la
vez se indicó que podrían construirse aparatos mayores que cavasen zanjas para el
paso de tanques.
El 7 de febrero de 1940, el Gabinete y la Tesorería aprobaron la construcción
de doscientas máquinas estrechas para infantería y cuarenta, más anchas, de tipo
denominado «oficial». El plan era tan nuevo, que había que construir primero
unidades de prueba de las principales piezas componentes. En abril, sobrevino un
tropiezo. Confiábamos en utilizar un motor Merlin-Marine, pero a la sazón el
ministerio del Aire necesitaba todos esos motores y hubimos de optar por otro
motor mayor y más pesado. La máquina, en su forma final, pesaba más de cien
toneladas y media 77 pies de longitud y 8 de altura. Aquella mastodóntica mole
podía abrir una zanja de cinco pies de profundidad y siete y medio de anchura a
razón de media milla por hora, removiendo ocho mil toneladas de tierra. En marzo
de 1940, esta fabricación pasó al ministro de Suministros. Las trescientas cincuenta
Casas que intervenían en la manufactura o acoplamiento de las distintas partes,
guardaron el mayor secreto.
Se hicieron análisis geológicos del suelo de Bélgica y el norte de Francia, y se
encontraron zonas adecuadas para el uso de la máquina como parte de un gran
plan de ofensiva.
Pero tanto trabajo, que en cada una de sus fases exigía convencer o persuadir
a muchas personas, no condujo a nada. Una muy diferente forma de guerra iba a
abatirse sobre nosotros como un alud, arrollándolo todo. Como se verá, no tardé en
eliminar aquellos planes, y dediqué a otras cosas los recursos a ellos consagrados.
Sólo se construyeron unas pocas máquinas, que se conservaron con miras a
resolver algún especial problema táctico o a eliminar, en caso de apremio, los
obstáculos antitanque. En marzo de 1943, sólo teníamos cuatro máquinas estrechas
y cinco anchas, construidas o en construcción. Tras ver actuar con sorprendente
eficacia un modelo de tamaño natural, hice eliminar «cuatro de los cinco modelos
de tipo «oficial», mandando conservar debidamente los cuatro de infantería, ya que
podía llegar la ocasión de usarlos». Esos supervivientes permanecieron
almacenados hasta el verano de 1945, y cuando la Línea Sigfrido se rompió por
otros medios, todos los aparatos, menos uno, fueron desmantelados. Tal es el relato
concerniente al «Cultivador número 6». Yo fui responsable de la aventura, y no me
arrepiento de ella.
APÉNDICE K

MERCANTES BRITÁNICOS HUNDIDOS POR EL ENEMIGO EN LOS

OCHO PRIMEROS MESES DE GUERRA

(el número de barcos va entre paréntesis)

1939 Septiembre Octubre Noviembre Diciembre Submarinos 135.552 (26) 74.130


(14) 18.151 (5) 33.091 (36) Minas 11.437 (2) 3.170 (2) 35.640 (13) 47.079 (1) Buques de
superficie 5.051 (1) 27.412 (5) 706 (1) 21.964 (3) Aviones - - - 487 (1) Causas
desconocidas - - 2.676 (3) 875 (1) TOTAL (tonelaje bruto) 152.040 (29) 104.712 (21)
57.173 (22) 103.496 (12) 1940 Enero Febrero Marzo Abril TOTAL Toneladas
Submarinos 6.549 (2) 67.840 (9) 15.531 (9) 14.605 (3) 365.449 (68) Minas 60.943 (11)
35.971 (9) 16.747 (8) 13.106 (6) 225.093 (63) Buques de superficie - - - 5.207 (1) 60.540
(11) Aviones 23.296 (9) - 5.439 (1) - 29.222 (11) Causas desconocidas 10,081 (2) 6.561
(3) 1.585 (1) 41.920 (9)* 63.698 (19) TOTAL (tonelaje bruto) 100.869 (24) 110.372 (21)
39.302 (19) 74.838 (19) 743.802 (172)* Todos estos buques fueron hundidos o
capturados por los alemanes en puertos noruegos.
APÉNDICE L

OPERACIÓN «MARINA REAL»

NOTA DEL PRIMER LORD DEL ALMIRANTAZGO

4-III-1940.

1. Será posible empezar la operación naval, en un término de veinticuatro


horas, en cualquier momento a contar del 12 de marzo. Según se ha planeado,
habrá disponibles entonces dos mil minas fluviales de tipo naval, comprendiendo
tres variantes. Después se ha dispuesto un suministro mínimo y regular de mil a la
semana. El destacamento de marinos ingleses está en el lugar oportuno, y el
material se halla dispuesto. Se han realizado todos los acuerdos locales con los
franceses a través del general Gamelin y el almirante Darlan. Se cree que esas
minas afectarán al río en un curso de cien millas más abajo de Karlsruhe. Siempre
hay riesgo en tener hombres y material especial tan cerca (4-6 millas) del frente
enemigo, aunque estén dentro de la Línea Maginot. Se sabe que el río corre sin
novedad este mes. Probablemente experimentará una crecida al fundirse la nieve
en abril, lo que implicará alguna modificación de las minas.
2. La aviación no estará dispuesta hasta que volvamos a tener luna a
mediados de abril. Por tanto, y a no ser que los sucesos fuercen nuestra actividad,
será mejor esperar hasta entonces para sembrar los artefactos simultáneamente en
todo el río, de manera que se confundan los puntos de partida. A mediados de
abril, la aviación deberá disponer de una buena cantidad de minas que arrojará
todas las noches, a favor de la luna, entre Bingen y Coblenza. Las minas de todas
clases deberán perder su capacidad explosiva antes de llegar a la frontera
holandesa. Antes de fines de abril se espera disponer de un repuesto de minas
especiales para los canales de aguas inmóviles, y cuando llegue la luna de mayo
poseeremos minas que lanzaremos en las desembocaduras de los ríos que
desaguan en la Bahía de Heligoland.
3. Por tanto, esta considerable operación de minado debe realizarse con
arreglo al siguiente orden: 1.º día. — Se publicará una proclama informando del
carácter de los ataques alemanes a las costas, navegación y bocas de nuestros ríos,
y se declarará que en lo sucesivo (y mientras eso continúe) el Rin queda declarado
zona minada y vedada. Se dará a neutrales y población civil un plazo de
veinticuatro bolas para que desistan de cruzar o utilizar dicho río.
2.° día. — Después de obscurecer, lanzaremos tantas minas como podamos,
mediante los dos métodos consabidos, y perseveraremos en ello noche tras noche.
El suministro de minas será tal que permita emplear en su plenitud todos los
métodos de lanzamiento.
28.º día. — Principiaremos a lanzar minas en los canales de aguas quietas y
desembocaduras de ríos, persistiendo en el sistema, con arreglo a las
oportunidades, hasta que la clase de ataques a que estamos sometidos cese, o se
obtengan otros resultados.
4. Las decisiones que en principio se requieren, son éstas:
a) ¿Está justificado y es oportuno este método de guerra en las presentes
circunstancias?
b) ¿Debemos dar advertencia previa, perdiendo así la ventaja de la sorpresa?
No obstante, esto no se considerará decisivo, puesto que nuestro objeto, más que
destruir, consiste en impedir la utilización del Rin y curses de agua interiores.
c) ¿Debemos esperar que la aviación esté dispuesta, o bien comenzar la
acción tan pronto como se pueda a partir del 12 de marzo?
d) ¿Qué represalias cabe esperar? Obsérvese que en Francia y la Gran
Bretaña no existe una característica natural o económica comparable en modo
alguno al Rin, salvo nuestros accesos costeros, que ya están siendo atacados.
5. Es deseable que el Primer Lord del Mar, que es el encargado de la
operación, vaya a París el jueves, concierte los detalles finales y se cerciore de las
reacciones del gobierno francés. Se cree que la opinión de Daladier, general
Gamelin y almirante Darlan será muy favorable.
W. S. C.

APÉNDICE M

PÉRDIDAS NAVALES EN LA CAMPAÑA DE NORUEGA

PÉRDIDAS NAVALES ALEMANAS ENTRE ABRIL Y JUNIO DE 1940

Buques hundidos

NOMBRE TIPO CAUSA "Blücher" Crucero con piezas del 8 Fuego de cañón
y torpedo de las defensas costeras noruegas de Oslo. 9 abril. "Karlsruhe" Crucero
ligero Torpedeado por el submarino "Truant" en el Cattegat. 9 abril. "Koenigsberg"
Crucero ligero Bombardeado por la aviación naval en Bergen. 10 abril. "Brummer"
Buque-escuela de artillería Torpedeado en el Cattegat por un submarino. 15 abril.
"Wilhelm Heidkamp" Destructor Torpedeado en el primer ataque a Narvik. 10
abril. "Anton Schmitt" Id. "Hans Ludemann" Id. Destruido por fuego torpedero o
artillero. "Georg Thiele" Id. Segundo ataque a Narvik, 13 abril. 5 de estos barcos
habían sido averiados en el primer ataque del 10. "Bernd von Arnim" Destructor
"Wolf Zenker" Id. "Erich Geise" Id. "Erich Koellner" Id. "Hermann Kunne" Id.
"Dieter von Roeder" Id. Números 44, 64, 49, 1, 50, 54, 22, 13 Submarinos Varias
causas. 3 al largo de Noruega. 5 en el Mar del Norte. "Albatross" Torpedero
Naufragó en Oslo el 9 abril.Además, fueron hundidos 3 dragaminas, 2 patrulleros,
11 transportes y 4 buques auxiliares.
Buques averiados

NOMBRE TIPO CAUSA "Gneisenau" Cruceros de batalla Combate con el


"Renown", 9 abril. Torpedeado por el sumergible "Clyde" el 20 junio. "Scharnhorst"
Cruceros de batalla Torpedeado por el "Acasta". 8 junio. "Hipper" Crucero con
cañones del 8 Combate con el "Glowworm". 8 abril. "Luetzow" Acorazado de
bolsillo Fuego de las baterías costeras de Oslo. 9 abril. Torpedeado por el
submarino "Spearfish" en el Cattegat, 11 abril. "Emden" Crucero ligero Fuego de las
baterías de Oslo, 9 abril. "Bremse" Buque-escuela de artillería Fuego de las baterías
de Bergen, 9 abril.Además, 2 transportes averiados y 1 capturado.

Barcos que se quedaron fuera de combate durante

Todo este periodo

NOMBRE TIPO CAUSA "Scheer" Acorazado de bolsillo Reparación de


máquinas "Leipzig" Crucero ligero Averías de torpedoBarcos alemanes disponibles
el 30 de junio 1940

TIPO EFECTIVOS COMENTARIOS Cruceros de batalla Ninguno El


"Scharnhorst" y el "Gneisenau", con averías. Acorazado de bolsillo Id. El "Scheer"
en reparación. Cruceros con cañones del 8 "Hipper" El "Lützow", averiado.
Cruceros ligeros "Koeln", "Nurenberg" El "Leipzig" y el "Emden", averiados.
Destructores "Schoeman", "Lody", "Ihn", "Galsterr" Otros 6 en reparación.
Torpederos 19 Otros 6 en reparación. 8 nuevos en construcciónAdemás, cabía
utilizar para la defensa costera los dos viejos acorazados "Schlesien" y "Schleswig-
Holstein".

PÉRDIDAS NAVALES EN LA CAMPAÑA NORUEGA

Barcos hundidos

NOMBRE TIPO CAUSA "Glorious" Portaaviones Fuego de cañón. 9 junio.


"Effingham" Crucero Naufragio. 17 mayo. "Curlew" Crucero antiaéreo Bombardeo.
26 mayo. "Bittern" ... Balandra Bombardeo. 30 abril. "Glowworm" Destructor Fuego
de cañón. 8 abril. "Gurkha" Id. Bombardeo. 9 abril. "Hardy" Id. Fuego de cañón. 10
abril. "Hunter" Id. Fuego de cañón. 10 abril. "Afridi" Id. Bombardeo. 3 mayo.
"Acasta" Id. Fuego de cañón. 8 junio. "Ardent" Id. Fuego de cañón. 8 junio. "Bison"
(francés) Id. Bombardeo. 3 mayo. "Grow" (polaco) Id. Bombardeo. 4 mayo. "Thistle"
Submarino Submarino. 14 abril. "Tarpon" Id. Desconocida. 22 abril. "Sterlet" Id.
Desconocida. 27 abril. "Seal" Id. Mina. 5 mayo. "Doris" (francés) Id. Submarino. 14
mayo. "Orzel" "polaco) Id. Desconocida, 6 junio.Además, se perdieron 11
pesqueros, 1 transporte con tropas y dos vacíos y 2 buques de pertrechos.

Buques averiados

(Excluyendo averías secundarias)

NOMBRE TIPO CAUSA "Penelope" Crucero Encallado. 11 abril. "Suffolk"


Id. Bombardeo. 17 abril. "Aurora" Id. Id. 7 mayo. "Curacoa" Id. antiaéreo Id. 24
abril. "Cairo" Id. id Id. 28 mayo "Emile Bertin" (francés) Crucero Id. 29 abril.
"Pelican" Balandra Id. 22 abril. "Black Swan" Id. Id. 28 abril. "Hotspur". Destructor
Fuego de cañón. 10 abril. "Eclipse" Id. Bombardeo. 11 abril. `Punjabi" Id. Fuego de
cañón, 13 abril. "Cossack" Id. Encallado. 13 abril. "Eskimo" Id. Torpedo. 13 abril.
"Highlander" Id. Encallado. 13 abril. "Maori" Id. Bombardeo. 2 mayo. "Somali" Id.
Bombardeo 15 mayo.APÉNDICES. SEGUNDA PARTE

DOCUMENTOS EXPEDIDOS POR EL PRIMER LORD.

SEPTIEMBRE 1939

Primer Lord a Secretario y a todas las secciones.


4-IX-39.

Para evitar confusiones, los submarinos alemanes serán siempre descritos


oficialmente como barcos U en todos los documentos y comunicados oficiales.

Primer Lord al director de información naval y secretario.


6-IX-39.

1. Su documento es excelente y apruebo sus principios. Pero en la primera fase (por


ejemplo, septiembre), las pérdidas pueden ser elevadas y es importante que usted
señale que estarnos hundiendo submarinos. La política de silencio vendrá después.
El boletín diario preparado por el capitán Macnamara debe, cuando sea posible,
ser presentado durante la primera semana al Primer Lord, mas si éste no es
encontrado no debe demorarse el boletín. Es de suma importancia que los
boletines del Almirantazgo mantengan su reputación de veracidad, sin forzar el
tono. El de hoy es exactamente lo que conviene.
2. Cuando esté reunido el Parlamento, y si hay algo que decir, bueno o malo,
el Primer Lord o su secretario parlamentario deberán siempre estar en condiciones
de hacer declaraciones a la Cámara en respuesta a las preguntas amistosas que
surjan.
Esas declaraciones se concertarán con el secretario parlamentario, que
aconseja al Primer Lord sobre cuestiones del Parlamento. Los episodios
importantes o sensacionales requerirán especial atención del Primer Lord o el
Primer Lord del Mar.
3. Lord Stanhope, como dirigente político en la Cámara de los Lores, debe
ser siempre informado de la esencia de cualquier declaración que se formule en la
Cámara de los Comunes a propósito de la guerra naval.
Además, el Primer Lord desea que su secretario particular mantenga a lord
Stanhope informado, durante las primeras semanas, de cualquier asunto que
pueda interesar a Su Señoría. No debe negarse a lord Stanhope el conocimiento del
curso de los hechos en el Almirantazgo, con los que tan íntima relación ha tenido.

Primer Lord al director de información naval.


6-IX-39.

(Secreto.)

¿Qué situación existe en la costa occidental de Irlanda? ¿Hay indicios de que los
submarinos sean avituallados en caletas irlandesas? Creo que debe gastarse dinero
en disponer de un cuerpo de agentes irlandeses dignos de confianza y que vigilen
intensamente. ¿Se ha hecho eso ya? Infórmeme.

Primer Lord al subjefe e del E. M. naval.


6-IX-39.

Sírvase informarme del progreso de la barrera de Dover y repita el informe


semanalmente.

Primer Lord al Interventor.


6-IX-39.

1. ¿Se hace algo para substituir nuestras pérdidas de tonelaje con mercantes viejos?
¿Cuántos hay, y dónde? Sírvase suministrarme listas, con su tonelaje. Dispóngase
que sean enviados a limpiar fondos, para no incurrir en perniciosas pérdidas de
velocidad.
2. Celebraría recibir propuestas para adquirir tonelaje neutral en gran
cantidad.

Primer Lord al Primer Lord del Mar, Interventor y otros.


6-IX-39.

1. Es demasiado pronto para aprobar la construcción adicional de nuevos cruceros,


que no podrán terminarse al menos en dos años, incluso en condiciones de guerra.
Debe estudiarse el asunto durante los tres meses venideros. Ahora que estamos
libres de las restricciones de los tratados, si se construyen cruceros deben ser de
nuevo tipo y capaces de dominar a los cruceros alemanes, dotados de piezas de 8
pulgadas, que ahora están en construcción.
2. Pida al director de Construcción Naval que, cuando le convenga, me dé
datos sobre fabricación de un crucero de 14 ó 15.000 toneladas, cañones del 9'2,
coraza suficiente contra las piezas del 8, amplio radio de acción y velocidad
superior al «Deutschland» o cruceros alemanes de 8 pulgadas en existencia. Antes
de construir tales buques, tendríamos que arrastrar a nuestro lado a los Estados
Unidos.
3. Se aprueba el resto del programa, porque todo se refiere a caza
antisubmarina y puede quedar listo dentro del año.
Sírvase darme fechas aproximadas de entrega.
4. Me agradaría discutir con el departamento las cuestiones generales de la
política a seguir.
Primer Lord al Primer Ministro.
7-IX-39.

Me parece muy necesario acostumbrar a la población civil a que apague sus luces
domésticas, y el sistema hasta ahora seguido nos ha llevado a lograrlo. Pero las
grandes instalaciones de alumbrado controladas desde dos o tres centros,
pertenecen a una diferente categoría.
Aparte de imponer el obscurecimiento particular, ¿por qué no tener
encendido el alumbrado público controlable, mientras no sé dé la alarma aérea?
Cuando suenen las sirenas todo ese alumbrado puede apagarse a la vez. Esto
reforzaría la advertencia de ataque aéreo y, cuando la alarma pasase, las luces, al
encenderse, harían comprender a todos que ya no había peligro. Así se eliminarían
inmensos inconvenientes y se suprimiría el deprimente efecto de la obscuridad.
Como se dispone, por lo menos, de diez minutos desde que suena la alarma, habrá
tiempo de sobra para realizar un obscurecimiento completo.
Si usted no se opone a ello, yo haría saber mi proposición a nuestros colegas.

Datos preparados por el Interventor sobre la finalización de las construcciones


navales

Primer Lord al Interventor.


9-IX-39.

En tiempo de paz se construyen barcos para mantener, año tras año, la fuerza de la
escuadra en medio de las dificultades políticas. Pero en tiempo de guerra toda
construcción debe inspirarse en un definido objetivo táctico. Considerando las
armadas, existentes y en potencia, de Alemania e Italia, veremos claramente y con
exactitud con qué barcos nos tendremos que enfrentar. Hágame, pues, conocer las
escuadrillas de esas potencias, existentes o en perspectiva, hasta 1941, con los datos
que conozcamos. Teniendo en cuenta la amenaza submarina, que espero se renueve en
mucha mayor escala hacia fines de 1940, el tipo de destructor que construyamos ha de
tender a lograr muchas unidades, terminadas en poco tiempo, más que a conseguir
potencialidad y tamaño en cada una. Convendría planear destructores concluíbles
en un año, en cuyo caso se encargarían cincuenta ya. Bien comprendo la necesidad
de disponer de cierta proporción de cabezas de escuadrilla y grandes destructores
para el servicio oceánico, pero si se unen a nuestras flotas cincuenta destructores
del tipo medio de urgencia a que me refiero, dejaría libres para acción oceánica y
combate a los buques mayores.
Dígame cuál es la situación de nuestra actual flota de destructores, aparte de
los aumentos señalados en este escrito. Mientras no me informe de nuestro
potencial en destructores no me ocuparé de los buques de escolta, etc.

Primer Lord al Interventor, director de Construcción Naval y otros.


11-IX-39.

Antes de que nos reunamos a las 9.30 del martes 12 de septiembre, debemos
considerar las siguientes ideas: 1. Suspender durante un año todo trabajo en
acorazados que no puedan entrar en acción antes de fines de 1941. Se revisará esa
decisión cada seis meses. Concentrarse en el «King George V» y el «Prince of
Wales». Y también en el «Jellicoe», si puede botarse en 1941. Si no, suspenderlo.
2. Continuar los portaaviones de acuerdo con el programa acelerado.
3. Concentrarse en los «Dido» que puedan concluirse antes de fines de 1941.
Una enérgica acción administrativa posibilitará la terminación de todo el
programa, es decir, diez buques, dentro del límite sagrado que marco. No se harán
nuevos «Dido» mientras no se solvente este problema.
4. ¡Los «Fiji», no! Debe abandonarse el sistema de diseminar en los océanos
cruceros débiles, incapaces de pelear ni de huir de los cruceros alemanes de 10.000
toneladas y cañones del 8. La idea de que dos «Fiji» pueden medirse con un
crucero con piezas de 8 pulgadas, es errónea22. La experiencia prueba que un grupo
de barcos débiles no puede combatir con uno fuerte. (Recuérdese el escape del
«Goeben» por la desembocadura del Adriático, en agosto de 1914.) 5. Me disgusta
ver que hasta fines de 1940, es decir, en dieciséis meses, sólo recibiremos diez
destructores, y únicamente siete este año, mediando un vacío de nueve meses hasta
la siguiente entrega de seis. No obstante, la incautación de los seis destructores
brasileños, que se terminarán en 1940, mitigará un tanto la situación. Procedamos
con la mayor velocidad. Los llamados «destructores» han rebasado con mucho, en
su diseño, su original papel de «contratorpederos», tipo de nave que fue nuestra
respuesta a las flotillas de pequeños torpederos que poseía Francia en el noventa y
tantos. En realidad, los destructores, ahora, son pequeños cruceros sin blindar y
exigen mucho más dinero y hombres que cuanto justifica su capacidad para resistir
el fuego de otros barcos iguales. No obstante, desempeñan un papel indispensable
en el combate y cuando se trata de afrontar las grandes olas del océano.
6. Barcos rápidos de escolta. Son, en rigor, destructores medianos, de unas
mil toneladas. Todas las unidades de esta clase deben construirse con celeridad.
7. Existe también el tipo llamado «ballenero». Desplaza 940 toneladas, lo que
es mucho cuando se requiere un número grande. Dudo de que nuestros dólares
nos permitan encargar cuarenta de esos buques en los Estados Unidos. Mejor sería
substituirlos construyendo en Inglaterra barcos de otro tipo.
8. Quisiera que una comisión compuesta, por ejemplo, de tres oficiales
acostumbrados a conocer las tareas de los buques menores, se reuniesen,
juntamente con dos técnicos, y solucionasen los siguientes problemas: Construir
buques antisubmarinos y antiaéreos que puedan terminarse en doce meses en
muchos de los astilleros pequeños del país. Si el plan se aprueba, construiremos
cien. Debe llegarse a una máxima sencillez de armamento y equipo, siempre con
miras a la producción en masa. El papel de esos buques consistirá en dejar libres
los destructores y barcos rápidos de escolta, que se encargarán de grandes radios
de acción. Los barcos nuevos actuarán en el Canal, las costas occidentales y sus
accesos, el Mediterráneo y el Mar Rojo, parajes que defenderán contra los
submarinos.
Me aventuro a dar indicaciones, que pueden ser corregidas por la comisión,
a saber: 500 a 600 toneladas.
16 a 18 nudos.
2 cañones de unas 4 pulgadas, tomados de la artillería de que podamos
disponer mejor, aunque prefiriendo piezas de alto ángulo de fuego. Cargas de
profundidad.
Nada de torpedos. Moderado radio de acción.
Llamaremos a estos barcos «baratos y peligrosos» (baratos para nosotros, y
peligrosos para los submarinos). Construyéndose con un fin particular y urgente,
sin duda serán de poco valor para la Armada cuando la tarea concluya; pero ahora
hay que hacer la tarea.
9. Se aprueba el programa submarino, ya que esta clase de unidades habrán
de desempeñar su papel.
Le agradeceré mucho que me exponga sus opiniones sobre estas ideas,
punto por punto, mañana por la noche.

Primer Lord al Primer Lord del Mar, Interventor y otros.


18-IX-39.

Siendo imposible, por lo general, usar la catapulta lanzaaviones en el océano


abierto, sin embargo de lo cual será un recurso muy útil en torno a los
promontorios continentales de la América del Sur, se plantea esta cuestión: ¿cabe
señalar campos de aterrizaje, zonas de agua sosegada o extensiones deshabitadas o
a sotavento de ciertas islas, donde los aviones lanzados por los barcos puedan
posarse e invocar derecho de asilo si son encontrados? Luego, el crucero respectivo
podría recogerlos según conviniese. Acaso ya se haya hecho esto.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


20-IX-39.

Deseo vivamente reforzar ese punto [Scapa Flow] contra el ataque aéreo, y
considero de extrema urgencia el caso. Pero creo que ochenta cañones de 3'7
pulgadas rebasa lo que se necesita, teniendo en cuenta que hay otras graves
necesidades. También es desproporcionado encerrar durante toda la guerra tres
regimientos de artillería (6.200 hombres) en Scapa. Esta ya no es base del grueso de
la flota, sino de tres o cuatro barcos principales, que pueden usar también otros
puertos. La distancia hasta Alemania es considerable: 430 millas. Debemos cuidar
de no despilfarrar indebidamente nuestras fuerzas en la defensa pasiva.
Apruebo 16 cañones de 3'7 como cosa de extrema urgencia. Mas creo que
deben ser montados por el Almirantazgo, para evitar las largas dilaciones y fuertes
recargos que nos impondría la Maestranza del ministerio de la Guerra.
Los otros veinte equipos artilleros deben estudiarse en relación a las
necesidades de Malta y de las fábricas de aviones de Inglaterra. Con más motivo es
ello aplicable a los otros cañones del 3'7, que ascienden a 44. Su destino se
considerará de acuerdo con las futuras necesidades de la guerra.
También parece excesivo el número de antiaéreos ligeros, teniendo en cuenta
el pesado fuego antiaéreo de la armada. Los globos y reflectores son muy
necesarios, así como las dos escuadrillas de caza. ¿No nos convendría una estación
de radar más potente? ¿No convendría otra en tierra firme?
En este caso, la urgencia de establecer ya algunas defensas, tiene mucha
mayor importancia que hacer planes en gran escala para 1940.
Formúleme propuestas reducidas, con cálculos de tiempo y dinero, sin
demorar el poner en acción los primeros trabajos.
Necesito también un informe sobre la defensa de Malta y la de Chatham.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


21-IX-39.
Me agradó mucho ver hoy el portaaviones «Argus» en la rada de Portsmouth. Los
botes de este buque han sido enviados al comandante en jefe de la flota
metropolitana, pero sin duda se repondrán fácilmente. Habrá que montar varios
cañones. Se dice que los aviones modernos necesitan un puente mayor para
despegar y posarse. ¿No convendría, entonces, construir algunos aviones
adecuados al buque, ya que los aeroplanos se terminan mucho más de prisa que
los portaaviones? Debemos poner en servicio el «Argus» lo antes posible, ya que
disponemos de los supervivientes del «Courageous». Examine las medidas
conducentes a ese fin. Me han dicho que la parte sumergida de ese buque es muy
sólida, mas, si no ocurre así, habrá que reforzarla23.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


21-IX-39.

El subjefe del Estado Mayor Naval y yo hemos quedado muy impresionados por
las redes antitorpedo Acteón, que en el «Vernon» se aprecian mucho. Esa red se
introdujo a fines de la guerra anterior. Es una especie de envoltura que sólo actúa
cuando el buque está en movimiento. El «Vernon» declara que los barcos pueden
hacer dieciocho nudos a pesar de la red. Vamos a probarla en el «Laconia». El
artefacto es de alambre fino y malla ancha. Sería fácil producir redes de prisa y en
grandes cantidades. Entiendo que esto es cosa de la mayor urgencia e importancia.
Podría aplicarse el sistema a los mercantes, transatlánticos y, sobre todo, a los
barcos de guerra carentes de protección de destructores. Antes de que concluya la
semana se podría formar una comisión que estudiase esta idea, ya propuesta por
las autoridades navales. ¿No cabría que se le diese lugar prominente en nuestros
inmediatos preparativos bélicos? Si la cosa resulta, exigirá una aplicación en vasta
escala24.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


21-IX-39,

Debe hacerse comprender a los comandantes jefes de los puertos principales, y a


los oficiales de las bases secundarias, que es importantísimo usar todos los cañones
disponibles en el puerto y los barcos, siempre que sirvan para oponerse a la acción
aérea. Debe disponerse un fuego concertado de esos cañones y da los de las
defensas regulares. En caso necesario, los cañones de alto ángulo de tiro de los
buques que se hallen en diques secos, deberán ser provistos de dotaciones. Se
tomarán medidas especiales para procurar energía eléctrica, aunque los barcos a
que aludo estén en curso de grandes reparaciones. Existen muchos expedientes
para aumentar la masa de fuego que puede concentrarse sobre la aviación
enemiga. El período de luna llena que se acerca exige nuestra mayor vigilancia.
Vea si pueden hacerse circular algunas exhortaciones generales.

Primer Lord al Almirante Somerville e Interventor.


23-IX-39.

Quisiera conocer cuanto antes el programa de instalación del radar en los buques
de S. M. Me interesa saber lo que se ha hecho hasta la fecha y cuáles serán las
futuras instalaciones. Puntualíceme datos. Envíeseme mensualmente una nota con
los progresos realizados. La primera nota puede pasarse el 1 de noviembre.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


24-IX-39.

Muchos de nuestros destructores y buques pequeños han chocado unos con otros a
causa de las condiciones presentes del servicio. Hemos de procurar no entibiar el
ardor de los oficiales de esos buques, lo que ocurrirá si damos demasiada
importancia a tales accidentes. Se debe instar a los oficiales a que usen sus barcos
con la libertad propia de tiempo de guerra, e indicarles que no se les considerará
infractores de las ordenanzas, pase lo que pase, siempre que obren lo mejor que
sepan. Seguro estoy de que tal es el espíritu existente y tal la opinión de usted, pero
me agradaría que el Almirantazgo inculcase esta idea más aún. No debe someterse
obligatoriamente a consejo de guerra a todo el que cause un daño de éstos. El
departamento debe evitarlo, siempre que no se trate de negligencia o crasa
estupidez. Los errores debidos al intento de tomar contacto con el enemigo deben
ser considerados con indulgencia, aunque irroguen consecuencias desagradables.

Primer Lord al Primer Lord del Mar, subjefe de E. M. Naval y director de


Información Naval.
Para Orientación general.
(Muy secreto.)
24-IX-39

1. El señor Dulanty es un buen amigo de Inglaterra. Sirvió a mis órdenes en el


ministerio de Municiones en 1917-18, pero no posee autoridad alguna en la Irlanda
del Sur, o Eire. Actúa, en general, como un agente apaciguador y presenta todas las
cosas irlandesas a la luz más favorable. Tres cuartas partes del pueblo del Sur de
Irlanda están a nuestro lado, pero hay una minoría implacable y maligna capaz de
hacer mucho daño; y De Valera no osa ofenderla. Todas esas habladurías respecto
a la amargura de la división y a la necesidad de remediarla con la unión de la
Irlanda septentrional y meridional, no conducen a nada. Por ahora no habrá tal
unión, ni en circunstancia alguna podemos vender a los leales del norte. ¿Tendrán
la bondad de considerar estas observaciones como la base sobre la que deben
fundarse los tratos del Almirantazgo con la Irlanda del Sur?
2. Parece haber muchas pruebas, o al menos sospechas, de que la facción
maligna a la que De Valera no se atreve a afrontar, socorre a los submarinos en los
puertos del oeste de Irlanda. No podemos usar Berehaven, etc. Si la campaña
submarina se tornara más peligrosa, coaccionaríamos a la Irlanda del Sur, tanto en
punto a la vigilancia de la costa como al uso de Berehaven, etc. Pero si nuestros
contraataques y medidas protectoras amenguan dicha amenaza, el Gabinete no se
inclina a enfrentarse con las serias consecuencias que las medidas de fuerza
plantearían. De modo que parece que la mala situación presente continuará por
ahora. El Almirantazgo no dejará de quejarse de ello por todos los medios, y de vez
en cuando yo llevaré esas quejas al Gabinete. No debemos mostrarnos conformes
con la situación y aun menos con el odioso trato a que se nos somete.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y subjefe del E. M. Naval.


29-IX-39.

No quiero trabar en modo alguno el albedrío del comandante en jefe de la flota


metropolitana, pero puede usted señalar que el adentrar mucho los barcos pesados
en el Mar del Norte irrogará riesgo de ataque aéreo, sin que por eso los buques
alemanes dejen sus puertos. Aunque no ha habido daños en la reciente ocasión,
podrían haberse sufrido pérdidas desproporcionadas a los objetivos tácticos
perseguidos. Tal opinión me han expresado varios compañeros de Gabinete.
El primer choque entre la escuadra y el aire ha transcurrido bien y se han
obtenido datos útiles, mas no debemos hacer correr riesgos innecesarios a nuestros
barcos importantes, en tanto que no haya sido desarrollada su defensa antiaérea
contra aviones que vuelan a 250 millas por hora25.

Primer Lord al Secretario.


30-IX-39.

Por lo que usted me dice de la existencia de varias inconexas ramas estadísticas,


creo que procede formar un organismo central que reúna todas las estadísticas del
Almirantazgo, presentándolas en forma cada vez más sencilla y gráfica.
A fines de cada semana deseo saber cuanto hemos hecho, el personal que
empleamos, los progresos en la construcción de buques, las mejoras introducidas
en éstos, el progreso de nuestras municiones, el estado de nuestro tonelaje
mercante, sus pérdidas y los efectivos de la Reserva Naval y los soldados de
marina. Pueden presentárseme estos datos en un cuaderno pequeño, como el que
llevaba sir Walter Layton cuando era mi oficial de estadística en el ministerio de
Municiones en 1917-18. Cada semana yo examinaba el libro, advertía las ganancias
obtenidas y reparaba en las deficiencias. En una o dos horas podía informarme de
lo concerniente a una esfera muy vista, y sabía con exactitud lo que había que
hacer y aquello a lo que era preciso atender.
¿Cómo propone usted resolver esto?

OCTUBRE 1939

Primer Lord al Secretario.


9-X-39.

La sección estadística del Primer Lord debe consistir en el profesor Lindemann —


sin daño de sus actividades científicas—, en un secretario que conozca el
Almirantazgo, en un estadístico y en un mecanógrafo de confianza, que sea
contable además, a ser posible. Los deberes de esa sección serán: 1. Presentar al
Primer Lord un cuadro semanal de los progresos de las nuevas construcciones,
indicando los retrasos sobre las fechas de entrega, aunque sin investigar sus
causas, ya que el Primer Lord hará las averiguaciones oportunas.
2. Dar datos sobre el número de los mercantes ingleses o en poder de los
ingleses, señalando las pérdidas y nuevas construcciones o adquisiciones durante
la semana y desde el comienzo de la guerra. Asimismo se harán cálculos de las
entregas previsibles en el futuro.
3. Se registrará el consumo semanal, y el total desde el principio de la
guerra, de todas las municiones, torpedos, petróleo, etc., así como las nuevas
entregas — semanales y desde el comienzo de la guerra — y la producción
semanal o mensual (con cálculos sobre lo en adelante recibible) de lo mismo.
4. Se mantendrá una continua inspección estadística de la aviación naval,
comprendiendo aviones, pilotos, piezas artilleras y equipo de todas clases. Se
indicarán todas las deficiencias.
5. Se presentará una lista mensual de las pérdidas de personal de todas
clases.
6. Se registrarán las investigaciones o documentos especiales que sobre
número y fuerza de la armada dé el Primer Lord.
7. Se realizarán investigaciones especiales, analizando los documentos de
Gabinete del Primer Lord y los documentos estadísticos de otros ministerios,
cuando el Primer Lord lo pida.
En cuanto se designe el personal de esa sección, después de discutir con el
profesor Lindemann cuál ha de ser, se pasará una nota a todas las secciones a fin
de que envíen datos y cuanta ayuda requiera la sección estadística. El profesor
señalará los aumentos que crea necesarios en el personal.

Fuerzas aéreas
16-X-1939.

Es alentador el interesantísimo documento recibido, pero no roza la cuestión sobre


la que desea informes el Gabinete de Guerra. Lo que se quiere conocer es la
disparidad entre la producción mensual de nuevos aviones y el número de
escuadrillas que componen las fuerzas de primera línea de la R. A. F. En 1937 se
nos dijo (véanse discursos de sir Thomas Inskip) que el 1 de abril de 1938 habría
1.750 aviones de primera línea modernamente equipados. No obstante, la Cámara
de los Comunes se dio por satisfecha con que tal situación se alcanzara el 1 de abril
de 1939. Se nos afirmó repetidamente que la característica del sistema inglés
consistía en la existencia de reservas muy superiores a las alemanas. Ahora parece
que sólo tenemos 1.500 aviones de primera línea, con buenas reservas preparadas
para la acción. Al movilizar, las 125 escuadrillas del 1 de abril de 1939 se redujeron
a 96. Es necesario conocer ahora cuántas nuevas escuadrillas completas se
formarán en los meses de noviembre, diciembre, enero y febrero. Es difícil
comprender por qué con una producción media de 700 aviones mensuales desde
mayo, y mayor aun ahora, sólo se ha añadido un puñado de escuadrillas a nuestra
primera línea. ¿Por qué esa fuerza es menor a la que se nos aseguró que existía en
abril de este año? Con producción tan grande y pilotos tan numerosos debiéramos
poder añadir diez o quince escuadrillas al mes a nuestra fuerza de primera línea.
No se ha dado ninguna explicación de por qué eso no sucede. Diez escuadrillas de
dieciséis aparatos cada una, con un cien por cien de reservas, significarían 320
aviones más al mes, o sea mucho menos de la mitad de la producción de las
fábricas. El Gabinete necesita saber qué limitaciones hay. Ha de conocerse esto con
pleno detalle. ¿Faltan pilotos, mecánicos, personal de base, cañones o
instrumentos? No debemos seguir ignorando los factores que impiden que la
considerable producción de las fábricas sea trasladada a un frente combatiente
organizado en escuadrillas. Podrá ser imposible remediar eso, pero ha de
examinarse el caso sin dilación. La producción no flaquea, sino la formación de
unidades de lucha, dotadas de plenas reservas, según lo aprobado.

Al Director de Investigaciones Científicas, Interventor y Secretario.


16-X-39.

Muy obligado quedo al director de Investigaciones Científicas por su interesante


memorándum [acerca de las investigaciones en el Almirantazgo), y concuerdo
enteramente con el principio de que la primera etapa de investigación debe
consistir en la formulación de las necesidades que sienta el servicio combatiente.
Una vez definido eso en términos simples y reales, casi siempre es posible para los
especialistas científicos encontrar una solución. Los servicios armadas deben ser
siempre alentados a explicar lo que les estorba o dificulta un aspecto particular de
sus tareas. Si un soldado avanzando por la tierra de nadie recibe un balazo que le
priva de sus facultades de locomoción, es inútil decirle, o decir a su sucesor, que
sea valiente, porque esa condición ha sido cumplida ya. Empero, si una lámina de
acero u otro obstáculo se hubiese interpuesto entre el soldado y la bala, las
facultades locomotivas del primero no hubieran quedado deshechas. El problema
consiste en poner un escudo ante el soldado. Si el escudo, por lo pesado, no puede
sostenerse con el brazo, la locomoción ha de ser facilitada por el escudo. Esto hizo
nacer los tanques. Se trata, claro es, de un ejemplo muy simple.
2. En la lista de ramas y secciones, parece que se da muy poca atención a la
investigación física, concentrándose casi todo en la aplicación y desarrollo de los
inventos. Celebro mucho saber que se utilizará el laboratorio de Clarendon para el
primero de dichos propósitos. Más tarde me ocuparé del documento que estudia
este tema.

Primer Lord al Interventor y otros.


(Requisa de pesqueros)
18-X-39.

He pedido al ministro de Agricultura que traiga al señor Ernest Bevin y su


delegación al Almirantazgo, a las 4,15 de mañana, después de haber explorado el
terreno. Notifíquese y escríbase una carta oficial al ministro de Agricultura
invitándoles. Yo presidiré la reunión.
Entre tanto, el ayudante jefe de E. M., el director de la sección de Comercio y
el interventor o viceinterventor, se reunirán esta tarde con el secretario financiero y
elaborarán un plan respecto a los pesqueros que deben ser requisados para las
necesidades navales. La pérdida que esta requisa cause debe ser repartida entre los
puertos, y el hecho de que un puerto posea los mejores tipos de pesqueros no ha de
valer como razón para que resulte más perjudicado. A la vez, deben darse
facilidades en los astilleros para construir un tipo de pesquero de rápida
terminación. En cuanto estos pesqueros empiecen a producirse, se añadirán a los
puertos donde se haya hecho mayor requisa, o se devolverán los otros pesqueros,
una vez usados, según decida la opinión local. Es esencial que la industria
pesquera siga trabajando. Debemos esforzarnos en conseguir esa parte de nuestro
avituallamiento con tanto interés como ponemos en la lucha contra los
submarinos26.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y Subjefe E. M.


(Muy secreto).
19-X-39.

La situación turca empeora. Turquía puede pedirnos que situemos en el Mar Negro
una flota suficiente para impedir la presión militar rusa en el Bósforo u otras partes
de la costa septentrional turca. Si el Gabinete creyera que esto podría impedir a
Rusia entrar en guerra, o bien disuadirla de atacar a Turquía si había entrado ya,
¿qué fuerza podemos reunir? ¿Qué poderío tiene la flota rusa del Mar Negro y qué
se necesitaría para dominarla? En una zona así, ¿no podrían los submarinos
ingleses, con unos cuantos destructores y un par de cruceros con base en los
puertos turcos, proporcionar una grandísima protección? El E. M. debe estudiar la
posibilidad con todas sus consecuencias militares y proponer medios de encontrar
y mantener la fuerza necesaria.
Es claro que, si Rusia nos declara la guerra, debemos defender el Mar Negro.

Primer Lord al Primer Lord del Mar e Interventor.


23-X-39.

Antes de continuar estudiando su escrito sobre la barrera del Norte, me gustaría


saber qué cantidad de explosivos se requieren y cómo podrían obtenerse sin
estorbar el poder de fuego de los ejércitos. Acaso el interventor pueda discutir esto
hoy con el señor Burgin o el jefe del Departamento Químico. No conozco las
limitaciones existentes en ese terreno. He oído decir que puede escasear el tolueno.
Presumo que la producción requerida para la barrera rebasará los medios de las
fábricas de cordita y otros explosivos, usadas por el Almirantazgo. Propongo que
el interventor reúna privadamente los datos necesarios, tanto en el Almirantazgo
como en el ministerio de Suministros. A nuestro retorno hablaremos de ello 27.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


23-X-39.

Celebraría que esta mañana discutiese usted con los otros jefes de E. M. la cuestión
de las posibles incursiones, o la invasión, teniendo en cuenta la obscuridad y
duración de las noches y la posición de la flota. En la guerra anterior yo solía
combatir esas ideas, pero ahora las cosas han variado. Ignoro la forma en que están
las fuerzas militares, pero me parece que deben existir cierto número de columnas
móviles o fuerzas organizadas que se lancen rápidamente contra cualquier
desembarco. Puede ser que la aviación asuma la plena responsabilidad de esta
tarea.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y Subjefe de E. M.


27-X-39.

(Sírvanse examinar esta nota que escribo con el propósito de transmitirla a los
miembros del Gabinete).
No entra en nuestro interés oponernos a las peticiones rusas de bases
navales en el Báltico. Esas bases sólo se necesitan contra Alemania, y, con tal
motivo, se hace ostensible un fuerte antagonismo entre los intereses rusos y los
alemanes. Debemos señalar a los finlandeses la importancia que tiene el asegurar a
su país contra la invasión y conquista rusa; y eso pueden conseguirlo, aunque
Rusia gane bases en los golfos de Finlandia o Botnia. Aparte de Alemania, el poder
naval de Rusia en el Báltico nunca será amenazador para nosotros. Nuestro
enemigo y nuestro peligro están en Alemania. Es común interés de la Gran Bretaña
y de Rusia el negar a Alemania tanta parte del Báltico como sea posible. Parece
natural que Rusia busque bases contra una agresión alemana contra Petrogrado o
las provincias bálticas. Si tal razonamiento es justo, debemos hacer saber a los
rusos que procuraremos persuadir a los finlandeses de que consientan en hacer
concesiones, mientras Rusia debe conformarse con ganar puntos estratégicos.

Primer Lord al Subjefe de E. M. y Secretario.


29-X-39.

Tomen las disposiciones necesarias para que se constituya un depósito de armas en


algún lugar conveniente del sótano, y que a todos los oficiales y empleados hábiles
del Almirantazgo se les provea de un fusil, bayoneta y municiones para cada uno.
Cincuenta bastarían. Que esto se efectúe en cuarenta y ocho horas.

Primer Lord al general Smuts.


29-X-39.

(Personal y privada).
El monitor «Erebus» está listo a zarpar para El Cabo. Ya sabe usted que
nunca hemos creído preciso usar cañones de 15 pulgadas para la defensa de esa
ciudad, pero para complacer a Pirow concordamos en dejarles el «Erebus» hasta
que las defensas de ustedes se modernicen, ya que hay temor de un ataque del
Japón. Sabemos que las defensas de El Cabo son débiles, mas los alemanes no
tienen acorazados, y es poco verosímil que sus únicos cruceros de batalla — el
«Scharnhorst» y el «Gneisenau» — lleguen a las aguas surafricanas, ni se expongan
a sufrir riesgo de averías lejos de un astillero amigo, aun cuando sepan que se
enfrentan con defensas flojas. Si intentaran la operación, se entablaría una acción
naval importante y nosotros perseguiríamos al enemigo, hasta alcanzarlo, con
nuestros barcos más poderosos. Creo, pues, poco probable que necesiten ustedes el
buque enviado. Por otra parte, nos sería muy útil en otras misiones, por ejemplo en
los bajíos de la costa belga, si Holanda fuese atacada. Con esa finalidad lo
construimos Fisher y yo en 1914. De modo que esta cuestión es principalmente
política. Antes que poner a usted en un aprieto, prescindimos del barco. Pero si
usted nos lo devuelve, mediante préstamo o retransferencia al Almirantazgo,
quedaremos muy agradecidos y reembolsaremos a la Unión28.
Con sinceros buenos deseos.
DESPACHOS DEL ALMIRANTAZGO

NOVIEMBRE 1939

Primer Lord al Secretario.


4-XI-39.

Los franceses tienen en el campo una completísima instalación para su


Almirantazgo, cuyos servicios han trasladado ya. Nosotros tendemos a
permanecer en Londres, mientras podamos, pero esto mismo hace que debamos
disponer, en nuestra instalación de reserva, de un alto grado de eficacia.
Sírvase decirme en qué estado se encuentran las cosas y si podríamos
trasladarnos de un momento a otro sin sufrir desbarajuste. ¿Se hallan los teléfonos,
etc. debidamente montados? ¿Hay hilos aéreos y subterráneos? ¿Tienen otras
conexiones además de con Londres, o dependen sólo de la central londinense? Si
así fuese, el peligro sería grande.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


9-XI-39.

Me inquieta mucho la inmensa disminución del comercio de importación y


exportación subsiguiente a nuestro esfuerzo, durante las diez primeras semanas de
guerra. Si no resolvemos esto y reducimos la disminución al 20 %, por ejemplo, de
lo normal, nos hallaremos con graves escaseces. Todos los departamentos civiles
envían quejas serias. Habremos fracasado en nuestra tarea si en vez de
hundimientos sufrimos largas dilaciones. Confieso francamente que no había
reparado en ese aspecto, pero en esta guerra hemos de ir aprendiendo cosas de
continuo. Debemos, en secreto, suavizar el sistema de convoyes (aunque
públicamente alardeemos de aplicarlo con rigor), y ello debe hacerse sobre todo en
las rutas exteriores. Han de estudiarse a fondo las restricciones existentes, que
causan un consecuente alargamiento de los viajes, y hemos de correr elevados
riesgos. Ahora que muchos de nuestros buques están armados, ello es posible. Los
barcos pueden zarpar en grupos pequeños. Incluso en el Atlántico, cabe aplicar
hasta cierto punto estos principios. Si combináramos con ellos una gran fuerza de
destructores que recorrieran los accesos occidentales en vez de centrar los
convoyes en puntos focales, dispondríamos de más libertad de movimientos. Con
esto no se invierte ni se quita valor a la anterior política, que al principio fue
absolutamente necesaria. Lo que hacemos es refinarla y desarrollarla para que no
resulte estéril.

Primer Lord al Subjefe de E. M.


9-XI-39.

Creo que deben asegurarse Ascensión y Santa Elena contra posibles desembarcos y
destacamentos que pudiera enviar, por ejemplo, un «Deutschland». Quedaríamos
en ridículo si viésemos esos destacamentos en posesión de los dos cañones
existentes de 6 pulgadas, con un barco de suministros en la bahía. No creo que las
guarniciones dichas sean lo bastante fuertes.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


15-XI-39.

Deme detalles sobre el primer convoy canadiense que se piensa expedir. ¿Cuántos
barcos y cuáles lo componen? ¿Cuántos hombres hay en cada barco? ¿Qué
velocidad llevará el convoy y qué escolta antiaérea, antisubmarina y contra barcos
de superficie tiene? El lugar de reunión y fecha de partida deben decírseme
verbalmente.
Primer Lord al Secretario y Jefe Ayudante de E. M. 16-XI-39.
¿Tiene la certeza de que la ventilación de los sótanos del Almirantazgo está
asegurada? ¿Hay otros medios de ventilación, por si el usual quedase estropeado
por una bomba? ¿Qué pasaría si surgiese un fuego en el patio?
Parece que existen montones de deshechos, madera y otras materias
inflamables, no sólo en el patio, sino en algunos de los cuartos subterráneos. Toda
materia inflamable debe ser retirada en seguida.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


20-XI-39.

En la guerra antisubmarina, nada es más esencial que tratar de obtener una flotilla
independiente que trabaje, a modo de una división de caballería, en los accesos, sin
preocuparse tanto del tráfico o de hundir submarinos como de vigilar extensas
zonas. Estas, así, se harán insostenibles para los submarinos, sin contar otras
muchas ventajas de la maniobra29.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


22-XI-39.

Cuando sobreviene un apremio súbito, como éste de la mina magnética, natural


que se reúnan cuantos tienen autoridad o conocimiento de la cuestión, actuando, al
efecto, en todas direcciones. ¿No cree usted que lo mejor será crear una sección
especial que trate del tema, poniendo a su frente al hombre más competente que
hallemos y haciendo que trabaje a las órdenes directas del E. M. y el
departamento? Semejante sección requeriría varias subdivisiones. Una reuniría
todos los datos correspondientes, desde que las minas empezaron a actuar en la
costa oeste, interrogaría a los supervivientes, etc., y así lo concentraría y enfocaría
todo.
La segunda sección estudiaría el aspecto experimental de la cuestión, y el
personal del «Vernon» podría pertenecer a ella. Me han dicho que el almirante
Lyster hace algo en ese sentido y que está trabajando en un plan propio, pero
conviene que prevalezca un criterio general.
La tercera sección se ocuparía de la producción y puesta en práctica de los
diferentes planes. La cuarta, u operativa, está en funcionamiento ya.
No propongo que ese organismo sea permanente, ni que sus miembros
actúen de continuo. Se tratará de una faceta más de sus deberes de arriba a abajo.
Sírvase examinar esto y hacer un plan escrito en el que todo lo indicado
tenga cabida.
Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.
23-XI-39.

Apruebo la designación del almirante Wake-Walke para organizar lo de la mina


magnética. Pero es necesario que tenga funciones e instrucciones precisas. 1)
Reunirá todos los informes disponibles. 2) Dirigirá todos los experimentos,
dándoles la prioridad debida. 3) Hará propuestas para la producción de lo que se
requiera. 4) Aconsejará al E. M en los aspectos operativos, los cuales, empero, se
desenvolverán independientemente y a cargo del E. M. y el comandante en jefe. En
todo lo expuesto, Wake-Walker actuará a las órdenes del departamento.
2. Presénteme una lista de las funciones que se dividirán entre las distintas
secciones, y anuncie que los funcionarios técnicos de todos los negociados habrán
de servir al almirante Wake-Walker cuando él los necesite. Sin duda usted le
consultará al formular su plan.
3. Es esencial que el almirante Drax intervenga en todo esto desde el
principio, entrando en pleno conocimiento de ello y pasando a ejercer sus
funciones desde el 1 de diciembre30.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


27-XI-39.

1. Hemos de llegar a ideas claras sobre el mineral de hierro sueco que pasa a
Alemania. Se duda de si es importante suspender su envío o no. pero el Ministerio
de Guerra Económica me ha informado de que nada sería tan ruinoso para la
producción militar alemana y para la vida del país como paralizar esos envíos
durante tres o seis meses.
2. El Estado Mayor Naval me ha propuesto verbalmente que, cuando se hiele
Lulea, violemos la neutralidad noruega desembarcando en Narvik una fuerza o
apostando un buque allí. Soy opuesto a ello.
3. Sírvase aconsejarme sobre la instalación de un campo de minas que cierre
las aguas jurisdiccionales noruegas en algún solitario lugar de la costa, lo más al
norte que pueda ser. Si los noruegos lo hacen por su cuenta, mejor. Si no, habrá
que planear la operación por nuestra parte. Se ha dudado de nuestra capacidad de
mantener vigilado tal campo de minas y de interceptar a los barcos de mineral que
se aparten de él. Seguramente esa duda está mal fundada. El mero hecho de que
coloquemos las minas y se sepa que las vigilamos, alejará a los barcos de mineral, y
el sistema no será oneroso para el comandante en jefe de la flota. Pero le ruego que
me dé su opinión final.
4. Ha de recordarse que, además del mineral, Alemania recibe muchas
mercancías valiosas a lo largo de las aguas jurisdiccionales noruegas. El director de
Información Naval me dice que en noviembre ya han zarpado de Narvik cinco
barcos con mineral para Alemania y que otros, vacíos, suben a recoger más. ¿Qué
dice a esto el ministerio de Guerra Económica? Debemos saber lo que pasa y
ponernos de acuerdo los diversos departamentos.
5. Entre tanto, los rusos nos han notificado que su gigantesco rompehielos
ártico va a descender inmediatamente por las aguas jurisdiccionales noruegas, con
el destino nominal de Cronstadt. A la vez, se rumorea que ese rompehielos será
alquilado a Alemania para que quebrante los hielos en torno a Lulea. Si esto es así
y no se adoptan contramedidas, el mineral seguirá llegando a Alemania a razón de
un millón de toneladas por mes, como ahora, frustrando por completo toda
nuestra política ¿Cómo resolver esto? Le haré una propuesta verbal, pero mientras
tanto hay que consultar sobre el asunto al ministerio de Asuntos Extranjeros.

Primer Lord al Secretario.


27-XI-39.

He notado que en el ministerio del Aire hay en todas las estancias bujías y cerillas
para caso de necesidad.
Tome las medidas conducentes a que se haga en seguida lo mismo en el
Almirantazgo.

Primer Lord al Subjefe de E. M. y Primer Lord del Mar.


30-XI-39.

Celebraría que examinasen la posibilidad de añadir un tercer bajel a las escoltas


australásicas. Acaso los australianos ofrezcan otro de sus cruceros, pero, si no,
hemos de buscar un buque con piezas del 6 y una catapulta lanzaaviones. Así el
«Ramillies» quedaría libre para pelear con el enemigo si sobreviniese un ataque de
barcos de superficie. Los reconocimientos podrían ser más amplios a vanguardia y
flancos del convoy, permitiendo advertir el peligro a tiempo. El transporte de las
divisiones australianas constituye un episodio memorable a la historia imperial.
Un accidente significaría un desastre. Acaso uno de los cuatro sumergibles
destacados en el Océano Índico pueda colaborar también.

DICIEMBRE 1939

Primer Lord al Interventor y otros.


3-XII-39.

(Secreto)
Me interesa mucho la indicación del Subjefe de E. M. respecto a que con las
cuatro torres para cañones de 15 pulgadas de que ahora disponemos se podría
hacer un nuevo acorazado. Tal buque sería más bien del tipo del crucero de batalla,
estaría pesadamente blindado y se hallaría a completa prueba contra los ataques
aéreos. Sírvase calcularme el tiempo y dinero que costaría. Podría botarse después
del «King George V», y antes que el «Temeraire» y el «Lion»31.

Primer Lord al Secretario, Subjefe de E. M. y Primer Lord del Mar.


12-XII-39.

1. En vista del peligro de una sorpresa en un momento en que el enemigo pueda


creer que va a encontrarnos desprevenidos, no conviene que haya período de
vacaciones en Navidad ni Año Nuevo. Se practicará la más extrema vigilancia en el
Almirantazgo y en todos los puertos navales. Por erra parte, de aquí al 15 de
febrero será posible dar una semana de licencia a casi todos los oficiales
pertenecientes al personal. Celebro saber que se han hecho planes para ello en el
Almirantazgo y presumo que, en lo posible, lo mismo se efectuará en los puertos
militares.
2. Ha de hacerse todo lo que se pueda para facilitar las tareas de las
dotaciones de destructores. Me dicen que en Devonport se han dispuesto
admirables ajustes para relevar a los tripulantes de las escuadrillas cuando vuelven
de sus patrullas. Al parecer, dos o tres días de descanso en el puerto restauran
maravillosamente a los marinos. Ya hay reglas generales en Rosyth y en Scapa.
Empero, se me afirma que en Scapa las diversiones son mucho menores que en los
otros puertos citados, y creo que los marineros se sienten, muy disgustados cuando
su período de descanso ha de transcurrir allí. Sin duda esto es inevitable en
algunos casos, mas confío en que la cuestión vuelva a ser examinada con miras a
tratar a las tripulaciones lo mejor que las operaciones lo permitan.

Primer Lord al Subjefe del E. M. Naval, al Almirante Wake-Walker y al Director de


Investigaciones Científicas.
24-XII-39.

Supongo que ya han contado ustedes con un posible cambio de las minas
enemigas, convirtiéndolas de magnéticas en acústicas o supersónicas. Sírvanse
informarme de ello a su conveniencia.

Primer Lord al Secretario, Subjefe de E. M. Naval y Primer Lord del Mar.


28-XII-39.

Debe explicarse al ministerio de Asuntos Extranjeros que el límite de dieciséis


millas en aguas italianas fue instituido por el Almirantazgo como acuerdo
voluntario al empezar la guerra. Nunca se comunicó a los italianos ni se hizo
conocer al mundo. Por lo tanto, no hay al respecto pacto alguno. Se trataba de una
decisión conveniente para las autoridades navales británicas en un momento dado.
Ahora nos resulta onerosa y acaso muy nociva para el bloqueo. En tales
circunstancias, el Almirantazgo debe, como asunto departamental, notificar al
comandante en jefe del Mediterráneo que sólo ha de observar el límite de las tres
millas. A la vez, se renovará el consejo de tratar a la navegación italiana con
especial benignidad, evitando causas de rozamiento o queja por parte de ese
favorecido país.
Enséñenme el borrador del aviso.

ENERO 1940

Primer Lord al Secretario.


4-I-40.
¿Puede hacerse algo para utilizar el sistema de canales a efectos de aliviar el
transporte de carbón al sur? Sírvase presentarme una nota sobre esto a mi regreso.

Primer Lord al Primer Lord del Mar, Interventor, Director de Torpedos y Minas,
Contraalmirante A. H. Walker y Profesor Lindemann.

Operación «Marina Real».

12-I-40.

1. Este asunto fue plenamente discutido en Francia con las altas autoridades y se
tomaron acerca de él diversas disposiciones. El capitán FitzGerald y el comandante
Jefferis han hablado a las personas necesarias y me han proporcionado informes de
sus tareas. Los militares franceses dicen que dominan las fuentes del Sarre y el
Mosela, además del Rin, lo que abre vastas posibilidades a la operación. Pero todos
están convencidos de que no debemos actuar mientras no exista un amplio
repuesto del material necesario. No sólo lo primero que se lance ha de arrojarse en
gran escala en todas partes, sino que el suministro diario y semanal que después se
realice ha de ser tal que mantenga una poderosa tensión indefinidamente.
2. Queda entendido que, si bien toda la acción está preparada, la decisión
final depende de los gobiernos.
3. En todo caso, estoy dispuesto a posponer la operación desde la luna de
febrero, a la de marzo. Entre tanto, se realizan grandes esfuerzos para perfeccionar
el plan y acumular el mayor depósito posible de material.
4. El lunes por la noche, a las 9.30, se celebrará en mi despacho una reunión
de todos los interesados. Cada uno deberá informar acerca de los progresos en la
parte que le corresponde. Voy a pedir al ministro del Aire que se halle presente
para oír los informes. Estos pueden presentarse individualmente, pero los
interesados deben, entre tanto, celebrar consultas entre sí. Se ha de advertir, sobre
todo, si hay algún obstáculo o causa de retraso indebido, ya que las operaciones
han de estar plenamente dispuestas lo antes posible. Podemos vernos forzados a
actuar antes de la luna de marzo32.

Primer Lord al Almirante Usborne.


Arma «P. U.»
13-I-40.
Me refiero a su informe fecha 12-I-40. Parece que todo marcha bien, excepto las
bombas, que son la única parte del asunto que no depende de nosotros. Noto que
los señores Venner se han retrasado en la preparación de uno de los componentes
de la P. U. Pero, ¿tiene usted la certeza de que el ministerio del Aire ha preparado
las bombas?
Sírvase darme un informe especial sobre ello y dígame si debo escribir al
ministro del Aire pidiéndole que nos confíe ese aspecto de la cuestión, como se ha
hecho con los demás. Los experimentos P. U. tienen inmensa importancia. Toda la
seguridad de los barcos de guerra y mercantes puede ser influida por esta
invención. Cuento con que usted se cerciore de que todo está concertado y en
marcha, y espero que iniciaremos la producción en masa y en gran escala en el
momento más cercano que quepa.
Siento que no se completasen hoy los experimentos con las pruebas de
lanzamiento, aunque el profesor Lindemann me asegura que en principio son
satisfactorios.
Procure acelerar las pruebas cuanto pueda.
Creo que se acerca el momento de proporcionar un informe al ministerio del
Aire y el de la Guerra, indicándoles los progresos logrados, ya que ambos
ministerios han confiado en mí para un asunto que tanto les interesa. Acaso pueda
usted preparar una declaración compendiada que señale la situación tal como está
ahora y sus perspectivas futuras33.

Primer Lord al Primer Lord del Mar, Interventor, Subjefe de E. M.. Secretario y Jefe
Ayudante del E. M.
12-I-40.

El Primer Lord desea felicitar a todos los afectados por la lucha contra la mina
magnética, en la que tanto éxito se ha obtenido.

Primer Lord al Interventor.


13-I-40.

Celebro mucho recibir su nota sobre los buques de cemento. No estoy convencido
de que la idea se haya estudiado a fondo. Desde la guerra anterior se han hecho
muchos progresos en lo que concierne al cemento armado. Habría que poner en
juego una clase muy diferente de obreros y materiales, y la tensión a que está
sometida nuestra construcción marítima ordinaria se aliviaría. Creo que debe
hacerse un esfuerzo para construir un buque de cemento capaz de navegar34.

Primer Lord al Secretario Naval.


14-I-40.

Convendría que viese al señor Cripps (hermano de sir Stafford Cripps), que tuvo
un buen historial en la guerra pasada y es inteligente y valeroso. Debe haber
muchos huecos en nuestros dragaminas.
(Adjunto: Carta del hon. Frederick Cripps, preguntando si puede
empleársele en las operaciones antimina.)

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


Defensas Antiaéreas de Scapa.
16-I-40.

Como he indicado, ¿no sería mejor celebrar una conferencia y hablar


tranquilamente en torno a una mesa, en vez de llevar las cosas al papel y
convertirlas en asunto del Gabinete? Nuestras fuerzas, por lo que se oye, parecen
progresar en todas direcciones, y todos creen servir al país por atender a alguna
misión de defensa local. Nuestro ejército es minúsculo en el frente, nuestra
aviación es abrumadoramente inferior a la alemana, nada se nos deja hacer para
cortar los suministros y minerales esenciales para el enemigo, mantenemos una
actitud de completa pasividad, dispersamos nuestras fuerzas más cada vez y la
armada exige que Rosyth y Scapa sean mantenidas en el máximo grado de
eficiencia. ¿No teme usted que acaso estemos en el camino de la derrota? He de
cumplir, incluso en lo pequeño, mi deber de procurar lograr una concentración
eficaz contra el enemigo, impidiendo una innecesaria dispersión.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


Aviación Naval. Coste calculado durante los primeros doce meses de guerra.
19-I-40.
1. Me siento crecientemente inquieto en vista de las demandas que la aviación
naval formula a los recursos bélicos británicos. Sus cálculos me sorprenden, porque
no pensaba yo que ascendiesen a tal enormidad. Siempre he sido un propugnador
de la aviación naval, y de hecho yo fui quien redactó, para sir Thomas Inskip, la
decisión intermedia a que se llegó en 1938. Por todo ello me siento responsable de
que la aviación de la flota contribuya realmente a derrotar a los alemanes.
2. Cuando hace algunos años se discutía sobre la aviación naval, la velocidad
de los aparatos con base en tierra y en los portaaviones no difería. Pero luego los
aviones con base terrestre se han desarrollado en forma que impide toda
competencia por parte de los transportados en buques. Así, a la aviación marítima
se le reservan importantísimos trabajos de reconocimiento en los espacios
oceánicos, de localizaciones de barcos de superficie y de ataques con hidroaviones
torpederos. Pero los barcos de superficie del enemigo son muy pocos, y los únicos
objetivos potenciales se reducen a algunos acorazados u otros buques rápidos que
puedan realizar alguna incursión. Hay que atender a esta posibilidad, pero ella no
justifica gastos tan inmensos.
3. Por otra parte, nuestra aviación ha quedado muy por detrás de la
alemana. En las condiciones presentes, la amenaza aérea a esta isla y a sus fábricas,
puertos y barcos en movimiento o anclados, debe considerarse el único peligro
potencialmente mortal que tenemos que afrontar. Deseo vivamente descargar a la
RAF de todos los servicios de protección de los estrechos y Mar del Norte,
traspasando ese cometido a la aviación naval, la cual sólo entonces ejercerá una
tarea en proporción con su calidad y coste.
4. Hace algún tiempo, el ministerio del Aire estaba casi en embrión y, por lo
tanto, era muy celoso de sus privilegios. Pero ahora ha adquirido una importancia
igual en muchos aspectos a la de la armada real, por lo que sus funcionarios son
más tolerantes. Desean, además, aumentar sus disponibilidades de fuerzas.
Recientemente nos han permitido formar dos escuadrillas con base terrestre en las
Orcadas, etc., y yo creo que, dado el buen ambiente de ahora, se podrá aplicar el
mismo principio a toda la costa oriental. Creo que tenemos una incomparable clase
de pilotos y observadores, y la ventaja para los dos servicios será innegable.
5. Por tanto, propongo, en principio, redactar un plan, hecho por el Primer
Lord del Mar, y en virtud del cual se tomen 100 ó 150 pilotos de la aviación naval.
Este núcleo, con mecánicos y personal administrativo, formará seis, siete u ocho
escuadrillas con base en tierra, y los elementos adscritos a portaaviones — y sobre
todo a portaaviones sin blindar — se reducirán todo lo necesario. Para los
reconocimientos en alta mar, debemos contentarnos con dotaciones muy pequeñas.
Cuando estén terminados los portaaviones blindados, se considerará la fuerza que
se les debe asignar según las circunstancias que prevalezcan en el Mar del Norte
Las escuelas de aviación naval y otros establecimientos serán sometidos a rigurosa
contribución para nutrir las nuevas fuerzas combatientes.
6. Si se desarrollan los detalles de este plan, hablaré al ministro del Aire y le
ofreceré descargarle de toda la tarea costera en aguas metropolitanas, sin aumentar
el coste de los presupuestos públicos. Debemos disminuir nuestros pedidos
futuros de aparatos destinados a portaaviones y solicitar, en cambio, más cazas o
bombarderos medios. Estos, aunque al principio no han de ser necesariamente de
último tipo, han de servir para acciones en un radio limitado. Debemos asumir esa
plena responsabilidad como una cosa impuesta por la guerra y dejar que el
departamento arregle estas cuestiones en definitiva después del conflicto.
Indíqueme lo que opina sobre esto35.

Primer Lord al Subjefe de E. M., Director de Información Naval y Secretario.


31-I-40.

Hace treinta años se me enseñaron ciertos libros confidenciales del ministerio de


Asuntos Extranjeros, libros que, por estar escritos en papel inflamabilísimo, podían
quedar destruidos casi inmediatamente. Desde entonces la cuestión ha progresado.
Hoy se puede imprimir en papel de celulosa nitrática, que estalla al prendérsele
fuego. Los libros existentes pueden ser fotográficamente pasados a este material
con gran facilidad. Alternativa o conjuntamente, tales libros deben reducirse a
minúsculas proporciones, leyéndolos con ayuda de un pequeño aparato proyector.
Deseo que se forme una comisión reducida para estudiar el asunto. Propóngame
nombres. El profesor Lindemann me representará en ella.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y Subjefe de Estado Mayor.


31-I-40.

Muchos periódicos han publicado fotos de las tropas australianas desfilando por
Sydney, etc., antes de marchar a la guerra. Así el enemigo sabrá que se aproximan
convoyes a la entrada del Mar Rojo y la vecindad de Socotora. Aunque no tenemos
referencias de que haya sumergibles en el Océano Índico, no podemos tener la
certeza de que los que se rumoreaba que patrullaban junto a Madagascar no hayan
pasado al Mar Rojo, tomando combustible en algún puerto italiano o árabe. Me
sentiría más tranquilo si pudiéramos procurar escolta antisubmarina en las
cercanías de Socotora. Eso se lograría enviando al destructor «Vendetta» desde
Haifa y haciéndole encontrarse (a 200 millas, v. gr., de Socotora) con el destructor
«Westcott», que ya sigue al convoy desde Singapur. La presencia de esos dos
destructores provistos de asdic daría completa seguridad. Sólo uno de ellos tiene
que desviarse de su apostadero.
Envíeme una nota sobre esto.

FEBRERO 1940

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


Pormenores sobre una escuadrilla de urgencia.
9-II-40.

Los destructores de 1650 toneladas casi equivalen a pequeños cruceros. Se ha


mostrado que esos buques, sin acorazar y con doscientos hombres a bordo, son
presa fácil (cual lo prueban el «Grenville» y el «Exmouth») de los submarinos. En
este caso, los destructores sólo diferían en diez toneladas de los cabezas de
escuadrilla. Con tales aumentas hemos convertido a esos buques, de cazadores en
cazados. Es erróneo arriesgar tantas vidas en un buque sin coraza y altamente
vulnerable. El tiempo que lleva construir barcos de esta clase hace poco verosímil
que participen en la presente guerra. Lo que necesitamos son más buques, más
pequeños y entregados con más rapidez. Ha de reducirse al mínimo el número de
esos destructores grandes. La simplificación del armamento y la mucha resistencia
constituyen buenas características [de lo que necesitamos].

Primer Lord al Primer Lord del Mar, Subjefe de E. M., Director de Información
Naval, Interventor y Secretario (con documentos).
Fuerza Japonesa. Documento informativo núm. 02242/39.

1. Es de la mayor importancia formar una opinión verdadera sobre la construcción


japonesa presente y en perspectiva. Antes de plantear este caso al Gabinete, deseo
convencerme firmemente de que hay pruebas de la capacidad nipona de
construcción de una armada superior a las actuales de los Estados Unidos o la
Gran Bretaña, existentes o en construcción. La situación financiera del Japón es
lamentable. Lleva dos años y medio de ruinosa lucha en China y, durante ese
tiempo, de un millón a millón y medio de japoneses han tenido que ser mantenidos
en campaña. No se ha obtenido ningún progreso decisivo. Por lo contrario, créese
que los chinos aumentan en fuerza. Hay de cierto en el Japón una reacción
marcada, y la tensión interior es muy grande.
2. A la luz de esos hechos debemos examinar las declaraciones que se hacen
sobre las intenciones constructoras de los nipones. Una gran proporción de su
material constructivo ha de ser comprado en el extranjero, lo que, uniéndose a la
sangría de la guerra china, debe afectar mucho la situación económica japonesa. El
programa señalado en los cálculos del Primer Lord del Mar, ¿cuánto costaría en
yens, libras y dólares? Paréceme que los japoneses incurren en gastos de expansión
naval nunca intentados antes, y esto cuando las finanzas japonesas declinan
rápidamente.
3. ¿Qué capacidad de producción de acero tiene el Japón? ¿Qué consumo se
le calcula? Si no recuerdo mal, el consumo japonés de acero se acerca a los 3
millones de toneladas por año, contra 15 inglesas y 54 americanas. Un programa
como el que se atribuye al Japón representaría una gran disminución relativa de las
fuerzas inglesas y americanas. No hay duda de que las muchas construcciones
inglesas y americanas exigen al Japón un esfuerzo adicional. Pero que pueda
realizarlo es otra cosa. No creo que sea base suficiente el rumor de que los nipones
colocan buques en grada. ¿Ha sido consultada la comisión o sección del
comandante Morton, encargada de estudiar las capacidades militares de los
enemigos o enemigos potenciales?
En resumen, considero con extremo escepticismo la capacidad japonesa de
construir al presente una flota igual a las construidas y en construcción de
Inglaterra o los Estados Unidos.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


20-II-40.

En vista de la decisión tomada ayer por el Gabinete, deben hacerse todos los
preparativos tendentes a ejecutar lo antes posible la operación de que se trata.
Hágame propuestas al respecto.
Considero muy urgente la operación, porque ha de enlazarse con lo del
«Altmark». Una operación tan menuda e inocente bien puede llamarse «Wilfred» 36.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


24-II-40.
Sírvase enviarme un informe sobre la condición del «Exeter» y tiempo que
verosímilmente perderá en sus reparaciones. Deben hacerse los esfuerzos posibles
tendentes a no separar a sus tripulantes. Si las reparaciones exigen más de tres o
cuatro meses, ¿qué cruceros pueden, entre tanto, recoger a la tripulación y capitán
del «Exeter»? En el ejército, se juzgaría una locura separar los miembros de una
unidad como esa, y no veo por qué no han de prevalecer en la armada iguales
consideraciones morales37.

Primer Lord al Interventor y otros.


Reclasificación de los barcos pequeños de guerra.
25-II-40.

El director de Planeamiento dice que «el destructor, por asociación mental, ha


venido a referirse a un particular tipo de buque cuya arma principal es el torpedo».
Esto equivale a olvidar toda la historia del destructor, cuya función máxima
consistía en destruir, mediante un fuego artillero superior, los torpederos. La idea
de destrucción no se confina a la destrucción por torpedeamiento, y puede
expresarse igualmente aludiendo a cargas de profundidad o cañones.
Concuerdo con el Primer Lord del Mar en que es superfluo repetir tantas
veces la palabra «buque» y en que conviene simplificar los nombres de los tipos de
nave.
Me agradaría que la expresión «destructor» abarcase todos los tipos
descritos antes como «barcos rápidos de escolta», los cuales, de hecho, son
destructores medianos. No me agrada la palabra «ballenero», término equívoco, ya
que esos barcos no van a pescar ballenas, y me gustaría recibir sugestiones sobre
esto. De hecho, ¿qué distinción hay entre un ballenero, un barco de escolta o un
patrullero, como ahora se dice? Creo importante llegar a prontas conclusiones
sobre el asunto, imponiéndolas a partir del 1 de marzo a todos los mandos y
secciones. Denme una lista de todos los barcos, construidos y en construcción, que
puedan entrar en las diversas categorías38.

MARZO 1940

Primer Lord al Primer Lord del Mar y Secretario.


1-III-40

Debe prepararse una concentración de acorazados (y otros buques) en el


Mediterráneo, en el supuesto de que en marzo pueda haber dificultades. No creo
que surjan, pero conviene anticiparse a las complicaciones39.

Primer Lord al Primer Lord del Mar, Interventor y otros.


5-III-40.

Después del ataque aéreo sufrido por la flota el 26 de septiembre, se creyó


necesario adiestrar a los artilleros antiaéreos en tirar sobre objetivos más veloces
que los de antes. Propuso esto el profesor Lindemann, se verificaron experimentos
y se atendieron otras ideas sugeridas por el «Vernon». ¿Qué ha ocurrido con todo
eso? El tiempo, desde luego, se ha opuesto tremendamente a ello, pero temo que la
flota metropolitana no haya hecho ejercicios de fuego contra objetivos en rápido
movimiento. Cinco meses han pasado, y sería serio que no hubiésemos podido
desenvolver un sistema eficaz de tiro contra objetivos veloces, ni obtener los
elementos necesarios para que la flota pueda actuar.
Ahora que el tiempo mejora y la flota ha vuelto a Scapa, hay que ocuparse
del asunto. Toda mejora en la artillería de los buques de S, M. es importantísima
para su seguridad.

Primer Lord al Primer Lord del Mar e Interventor.


5-III-40.

1. Más vale reparar buques que construirlos nuevos. Debe hacerse un intenso
esfuerzo para convertir el barco de ocho mil toneladas «Domala» en un carguero
eficaz tan pronto Lomo lo tengamos en nuestro poder. La reparación debe ser
sencilla y con miras a los más rudos trabajos.
2. ¿Hacemos lo bastante en punto a salvamentos? Envíeme un informe de los
buques encallados en nuestras costas y de las medidas necesarias para ponerlos en
condiciones de navegas otra vez. Las reparaciones deben ser las mínimas
compatibles con las vidas de los tripulantes y las posibilidades de navegación.
Debe realizarse un inmenso impulso en los departamentos de salvamento y reparaciones.
Es más esencial tener tonelaje en funcionamiento diario que construir barcos
mercantes nuevos.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


6-III-40.

Creo que sería prudente que concertase usted con los franceses el necesario
reagrupamiento de las flotas aliadas, en vista de una posible actitud italiana
amenazadora u hostil. Acaso a mi regreso pueda usted darme informes sobre el
particular.

Primer Lord a su Secretario Parlamentario.


11-III-40.

(En el tren)

Celebro mucho que haya obtenido tan considerables éxitos en sus tratos con los
sindicatos. Tenga cuidado con lo referente al «ministerio de Centros de Instrucción
Obrera». Los centros de esa clase organizados hasta ahora no han sido más que
instituciones semifilantrópicas encaminadas a favorecer a los infortunados que
viven en las zonas más míseras. Nunca han tendido a convertir en obreros
especializados a los semiespecializados. En su condición presente, y por lo que nos
afecta, pueden ser una trampa para nosotros. Necesitamos personas capacitadas
que aprendan nuevos oficios. El ministerio de Trabajo ha dicho siempre que tales
centros sólo deben afectar a los desempleados, refiriéndose, por supuesto, a los de
tiempo de paz. Lo que nos preocupa es el caso de las personas de valía que
cambien su ocupación como consecuencia de la guerra Creo que debe usted confiar
en el aprendizaje que se realiza en los astilleros y en las escuelas especiales
instituidas por el Almirantazgo.
Hábleme sobre lo dicho, porque me parece un serio error lo iniciado.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


14-III-40.

Puesto que no se nos permite actuar en las aguas noruegas, ¿no sería posible
hacerse con uno o dos mercantes rápidos, con las proas especialmente reforzadas
y, a ser posible, equipados con un espolón? Esos buques podrían llevar mercancías,
viajar por las aguas noruegas, buscar barcos alemanes de mineral u otros
mercantes, y abordarlos por accidente. Esta es una modificación de la idea del
buque Q.

Primer Lord al Subjefe del E. M. y Director de Información Naval.


(Secreto)
22-III-40.

El señor Shinwell declara que hay en Vigo varios barcos mercantes germanos,
muchos de cuyos tripulantes no son alemanes, habiendo, incluso entre los
alemanes, muchos no nazis. Dice Shinwell que con algo de dinero y organización
sería posible convencer a las tripulaciones de que saliesen al mar, donde serían
capturados por nuestros navíos, recompensándose adecuadamente a los que
hicieran zarpar esas naves. ¿Hay alguna posibilidad de esto?

Primer Lord al Subjefe de E. M. y Primer Lord del Mar.


(Recorte del «Daily Telegraph» del 29). Según el diario, veinte barcos nazis están a
punto de intentar burlar el bloqueo. (Noticias llegadas de Amsterdam, el viernes.) El
«Elster», localizado en Rotterdam.
30-III-40.

Si he separado ese recorte del Daily Telegraph e interrogado al director de


Información Naval, ello se debe a que tal éxodo de barcos alemanes constituiría un
peligro, incluso para Holanda misma. Sin duda el mismo pensamiento se le ha
ocurrido a usted.

Gabinete de Guerra. Subcomisión de Reserva de Empleos. Nota de Tesorería Primer


Lord al Secretario.

31-III-40.

Puesto que hay cerca de millón y medio de parados y ninguna lista de bajas serias
en la armada, me propongo impedir que se perturben los trabajos del
Almirantazgo transfiriendo a otros sitios hombres que necesitamos en los
astilleros. El asunto ha de zanjarse en reunión del Gabinete. Informe a sir Horace
Wilson de que siento mucho no compartir su opinión.

ABRIL 1940

Primer Lord al Interventor.


1-IV-40.

¿Qué hay sobre el retorno a sus tareas de los cuarenta destructores que están en
reparación? ¿Puede hacerse algo para acelerar la construcción de nuevos
destructores, especialmente los de la 40 escuadrilla, aunque sea prescindiendo de
las mejoras finales y añadidos de última hora, que tanto tiempo llevan? Nuestro
esencial objetivo consiste en tener el mayor número posible de destructores en los
meses de verano. Cuando dispongamos de más margen de sosiego, pueden los
buques volver al astillero para ser terminados.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


4-IV-40.

No veo cambios adversos en la situación italiana, pero presumo que las


correspondientes secciones del Almirantazgo estarán elaborando, o habrán
elaborado ya, un plan de operaciones navales anti-italianas en el Mediterráneo, si
Italia nos fuerza a la guerra. Puede el Gabinete preguntarnos sobre esto. Celebraría
ver ese plan lo antes posible, y, en todo caso, en el curso de los cuatro o cinco
próximos días.

Primer Lord al Interventor.


12-IV-40.

Deben concentrarse los más intensos esfuerzos en el «Hood», ya que podemos


necesitar toda nuestra fuerza contra un ataque o amenaza de Italia.
Presénteme una nota sobre la fecha en que el barco estará listo para hacerse
a la mar.

Primer Lord al Subjefe de E. M.


12-IV-40.

Además de las Feroe, ¿hay otras islas danesas que requieran atención?
Sírvase pedir al Estado Mayor que examine la situación de Curaçao, para
caso de que Holanda sea invadida. El Cuarto Lord del Mar me ha hablado de
ciertos suministros de petróleo que dependen de las refinerías de Curaçao. Me
agradaría una nota breve sobre el particular.

Primer Lord a Sir James Lithgow.


Nota semanal sobre obreros de Astilleros, fecha 9-IV-40.
12-IV-40.

Ese informe es muy favorable y muestra por primera vez una mejora en la
construcción mercante. Desde que empezamos a 1º de febrero hemos reunido
quince mil trabajadores más. ¿Están completas todas las disposiciones adoptadas
por el anterior secretario parlamentario? ¿Operan satisfactoriamente? Ahora
necesitamos otros treinta mil hombres y hemos de realizar los mayores esfuerzos
para conseguirlos. ¿Hay otras cosas que realizar?
¿Tiene usted ya el documento para el Gabinete, documento que yo esperaba
poder examinar la semana pasada? Me gustaría disponer de él la semana próxima.
¿Podría enseñarme el borrador?

Primer Lord al Subjefe del E. M. Naval.


13-IV-40.

Una de las secciones dependientes de usted debe hacer un cuidadoso estudio


acerca de las islas españolas, para el caso de que España quebrantara su
neutralidad.
Primer Lord al Primer Lord del Mar, Interventor y Secretario acerca de la nota
enviada por el Interventor el 13 abril, a propósito del «Hood»40.

Lo que se me dice ahora es muy diferente a lo que se me dijo cuando se propuso


reparar ese buque en Malta. Se me aseguró que toda la operación duraría 35 días.
Cuando pregunté el otro día qué tiempo llevaría poner en el mar el «Hood», se me
respondió que 14 días. Deduje, pues, que llevaba 20 en reparación, de manera que
hay que agregar 17 días más de abril y 31 de mayo, o sea 78 días, tiempo doble, con
mucho, a lo que se habló cuando se trató de reparar ese importante buque en tan
crítico período. Sírvanse explicarme tan extraordinaria dilación. A esos 78 días hay
que añadir los 14 de reparación de los tanques de reserva del barco. Esto suma 92
días — más de tres meses — en un período tan delicado de la guerra.
El maquinista jefe del «Hood» me afirmó la última vez que estuve en Scapa,
que se había descubierto el modo de resolver el problema de los defectuosos tubos
condensadores del buque, al efecto de alcanzar una marcha de 27 nudos. Añadió
que no había razón para que el barco no estuviese en servicio durante seis meses.
Lamento mucho, en vista de la actitud italiana, no haber sido más
exactamente informado.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


14-IV-40.

Suponiendo que Narvik caiga en nuestras manos en un próximo futuro, hemos de


considerar los usos a que vamos a destinar esa plaza. En primer lugar, debemos
convertirla en una conveniente base de combustible donde nuestras escuadrillas de
la costa noruega puedan reabastecerse con la mayor economía. En segundo lugar,
debemos traer las masas de mineral de hierro desde aquel país a éste de manera
muy activa.
Para esos fines debemos mantener una guarnición moderada, compuesta de
mil hombres, por ejemplo, de tropas territoriales. Necesitamos unas cuantas y
eficaces baterías antiaéreas; una barrera de redes y acaso de campos parciales de
minas; y un buen depósito de petróleo en tanques. ¿Hay abundancia de agua
potable?
Hemos de esperar esporádicos ataques aéreos. Deben montarse unos
cuantos cañones costeros para proteger los accesos. Los torpederos alemanes
hundidos podrían quizá suministrar algunos de esos cañones. Se deben estudiar
las posibilidades de salvamento y reparación de tales buques. El puerto debe entrar
en funcionamiento lo antes posible. Algunos de los destacamentos de soldados de
marina que ahora se están formando, podrían ser enviados a Narvik. Creo que hay
buenos talleres donde cabrá efectuar las reparaciones. Una parte de nuestro
personal — supongo que la sección de planeamiento — debe empezar hoy a
trabajar en esta cuestión y a indicar lo que se necesite. Nuestro objeto debe
consistir en que Narvik pueda bastarse y defenderse a sí mismo lo antes posible,
una vez que lo tengamos en nuestro poder, porque podemos necesitar todos
nuestros elementos más al sur de la costa. Los cañones antiaéreos pueden tomarse
de los servicios de baterías antiaéreas.

Primer Lord al Lord Civil.


Islas Feroe

16-IV-40.

Dadas su experiencia y sus relaciones con los departamentos, podría usted


encargarse de concertar la acción que haga servir las Feroe a nuestros propósitos.
El subjefe del Estado Mayor Naval le suministrará lo necesario. Sírvase enviarme
un informe semanal. Necesitamos un aeródromo y una estación de radar lo antes
posible, así como cierta cantidad de cañones antiaéreos y unos pocos de costa. Esa
base resultará muy tentadora para los barcos enemigos de superficie.

Primer Lord al Primer Ministro.


Comentario sobre el informe alemán acerca de las municiones (obtenido por los
franceses).
18-IV-40.

Es un error suponer que una ofensiva pueda mantenerse por el mero e ilimitado
uso de municiones de artillería. La creación de un laberinto de embudos de
proyectil se convierte en un obstáculo muy difícil de vencer para los atacantes.
Llega un momento en que la infantería avanza hasta esa zona y lucha cuerpo a
cuerpo con los defensores. Entre tanto, y por lo que a gasto de munición se refiere,
la defensa puede reservar su poder de fuego hasta que avanza la infantería,
economizando enormes sumas de municiones. Es inexacto decir que «todas las
grandes ofensivas sólo se suspenden porque los ejércitos atacantes se encuentran
sin suficientes municiones». El impulso de una ofensiva va extinguiéndose a
medida que los combatientes se distancian de sus puntos de partida. Se hallan lejos
ya de sus suministros de municiones y víveres. Cuanto más hayan pulverizado el
terreno con su artillería, más difícil les es municionarse, aunque en el primer
empuje no sucediera así. Y entonces se presenta el momento del contraataque.
Además, ese interesante documento me da la impresión de haber sido
escrito por algún alto funcionario del departamento alemán de Municiones. Es
natural que una persona así no piense más que en los proyectiles. Los proyectiles
son muy importantes, y no es verosímil que nosotros tengamos nunca demasiados,
pero no hay la menor razón en apoyo del supuesto de que una ilimitada
producción de municiones de artillería pueda ganar una victoria en gran escala en
la guerra moderna. El transporte de municiones hasta los cañones en las diversas
fases de la batalla, sigue siendo, como hasta ahora, el factor que limita el uso de la
artillería.

Primer Lord al Almirante Somerville.


21-IV-40.

Sírvase enviarme un conciso informe sobre la situación presente de las estaciones


de radar en lo que refiere a la armada y la defensa costera. Quiero que se me
muestren los puntos flacos y se me indique lo que se cree oportuno para
remediarlos.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y Subjefe del E. M. Naval.


25-IV-40.

La razón de que me inquieten los campos de minas de los accesos de Narvik es


que, ahora que el «Warspite» ha partido, sólo tenemos el buque «Resolution», el
cual podría quedar en desventaja de alcance artillero si el «Gneisenau» y el
«Scharnhorst» aparecieran en la costa una buena mañana. Quizá pueda el barco
guarecerse en un fiordo para evitar el fuego a larga distancia, forzando al enemigo
a una acción de cerca. O quizá conviniera carenar el «Resolution». De todos modos,
me parece indispensable que nos cercioremos de la defensa de Narvik contra un
atacante de superficie41.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y otros.


28-IV-40.

(Acción inmediata)
En vista de los malos informes que llegan de las Feroe a propósito de las
bases de aviones e hidroplanos, y recordando que hemos de medirnos con los
alemanes en toda la costa noruega, parece indispensable que tengamos una base en
Islandia para nuestros hidroaviones, así como para abastecer de combustible a los
barcos de las patrullas norteñas. Hágase un plan para presentarlo al ministerio de
Asuntos Exteriores. Cuanto antes informemos a los islandeses de lo que nos
proponemos, mejor42.

Primer Lord a sir James Lithgow e Interventor.


30-IV-40.

Las cifras de nuestras ganancias en tonelaje como consecuencia de la agresión


alemana a Dinamarca y Noruega, ascienden en redondo a 750 buques, con tres
millones de toneladas. El efecto de esto sobre nuestra navegación merece estudio.
Hemos obtenido un refuerzo que no esperábamos cuando iniciamos nuestro
programa presente. Celebraré saber la opinión de ustedes y en particular lo que
esto puede influir en el documento últimamente redactado por sir James Lithgow.
ALGUNAS CUESTIONES RELATIVAS A PERSONAL

Primer Lord al Primero y Segundo Lores y al Secretario.


18-IX-39.

Acabo de aprobar el mensaje a las patrullas septentrionales.


Respecto a los pescadores de Terranova, es importante conseguir su ayuda
en los tempestuosos meses invernales. Esos hombres son los más recios y diestros
marineros que existen cuando se trata de afrontar un mar encrespado. Todos
anhelan actuar. Sírvase proponerme medidas para movilizar mil reservistas
navales en Terranova. Redacte la necesaria carta al departamento de los Dominios
y bosqueje términos y condiciones. Tales marineros no tienen nada que aprender
respecto al mar, pero habrá que poner inmediatamente en práctica algún método
de adiestramiento y disciplina. En diez días, el reclutamiento puede estar en
marcha en Terranova.

Primer Lord al Segundo Lord del Mar.


21-IX-39.

Hablando con el comandante en jefe de la flota metropolitana, he prometido


ocuparme de situar en Scapa un barco con teatro y cinema destinado a la flota
metropolitana y las patrullas del norte cuando toquen allí.
Me parece muy preferible utilizar un buque en vez de un local en tierra.
Recuerdo las disposiciones que se adoptaron cuando se usó el «Gurko» para un
servicio semejante, destinándolo a los marineros de la flota.
Indíqueme sus planes para el montaje de esta importante adición a la vida
naval en Scapa.

Primer Lord al Segundo Lord del Mar y Secretario.


Indiscreciones del personal
29-IX-39.

(Secreto)

Hay una propuesta para despedir de la real armada, sin proceso, sin acusación y
hasta sin interrogatorio, a un suboficial al que cabe distinguir de media docena de
otros del mismo nombre sólo porque tiene los dientes muy blancos y porque se
dice que estuvo en una comida (sin especificación de fecha) donde
presumiblemente hubo algunas charlas indiscretas. No se dice que a este hombre
se le haya pagado nada, ni que obrase con finalidades de traición. No encuentro en
los documentos que se me entregan ni la menor prueba que pudiera aducirse ante
un tribunal. El director de Actuaciones judiciales públicas opina como yo. No
obstante, y sin dar a ese hombre posibilidades de defensa, se le quiere expulsar del
servicio al estallar una gran guerra, bajo la sospecha, que persistirá toda su vida, de
que ha sido un espía o un traidor.
Tales sistemas no pueden autorizarse. Si se creyese necesario castigar
legalmente esas indiscreciones no serias, pero enojosas, es claro que el interfecto
debiera ser acusado de algo definido y sometido a la ley de disciplina naval,
compareciendo ante un tribunal marcial, único organismo que puede dictaminar
sobre la inocencia o culpabilidad del hombre a que me refiero.
Respecto a los empleados en astilleros y otras actividades, contra quienes
también hay vagas y fútiles pruebas, no es necesario procedimiento semejante. Si
acaso podría permitirse castigarlos con un traslado por vía administrativa.

Primer Lord al Secretario.


4-X-39.

Sírvase enviarme una lista de las secciones en que no se aplica el ascenso desde las
categorías más inferiores. ¿Qué proporción guardan esas secciones con las otras?

Primer Lord al Segundo Lord del Mar, Secretario Parlamentario y Secretario.


7-X-39.

¿Quieren tener la bondad de explicarme las razones que impiden a los individuos
de ciertas secciones elevarse por méritos al grado de oficiales? Si un cocinero o un
mayordomo puede ascender, ¿por qué no puede lograr lo mismo un electricista o
artificiero, un soldado de la Maestranza, o un carpintero naval? Si asciende un
telegrafista, ¿por qué no ha de ascender un pintor? No parece que en Alemania
haya obstáculos al ascenso de los pintores.

Primer Lord al Secretario.


Almirantes de la Flota

7-X-39.

El asunto a que se refiere usted no necesita ser tratado verbalmente. Sírvase


redactar notas que yo firmaré y dirigiré al Primero y Segundo Lores, para allanar
todas las dificultades. Los almirantes de la flota deben permanecer en activo como
los mariscales, sin que el haber ascendido siendo jóvenes haya de redundar en su
daño. Puede usted explicar privadamente a la Tesorería que en esto no hay gasto
alguno. ¿Para qué sirve ser almirante de la flota si no es para poder izar la bandera
un día, retirarse a Cheltenham y escribir de vez en cuando cartas a «The Times»?

Primer Lord al Segundo Lord del Mar, a otros interesados y al Secretario.


14-X-39.

En el empleo de hindúes u otros indígenas en la armada, no debe haber


discriminación fundada en motivos de raza o color. Cierto que en la práctica
surgirían dificultades si hubiera muchos ejemplos de tal igualdad teórica Cada
caso debe ser juzgado según sus méritos, para el buen funcionamiento de la
administración. No veo objeción alguna a que los hindúes ingresen en la armada,
donde hacen falta, ni a que, si lo merecen, lleguen a ser almirantes de flota...
siempre que no haya demasiados de ellos.

Primer Lord al Primer Lord del Mar.


24-X-39.

No veo razón para suspender esos alistamientos, ni para cerrar la puerta a los
Dominios en tiempo de guerra. Me preocupa especialmente Terranova, respecto a
la cual ya he dado instrucciones. No debemos dejar que los terranovenses sean
«abandonados a sí mismos si quieren venir a este país desde Terranova». Hemos
de afanarnos en reclutar y traer al Reino Unido tantos de esos marineros como
podamos. Espero reunir unos mil. Creo que esto está en marcha ya y le agradeceré
que me informe con exactitud de lo que se hace al respecto en Terranova.
Respecto a los otros Dominios, deben aceptarse reclutas, ora para servicio
permanente, ora por la duración de las hostilidades. Esos reclutas pueden ser
instruidos en los puertos de los Dominios, es decir, en Sydney, en Halifax, en
Esquimalt y en Simonstown. Se transportarán esos hombres a nuestro país por
grupos, o bien en los buques de S. M. que visiten los Dominios.
Le ruego que, sobre esa base, me redacte un plan que mire a vencer las
dificultades existentes.

Primer Lord al Secretario Naval y otros interesados.


19-XII-39.

(Nota sobre el «Salmon».)

Estoy de entero acuerdo con la nota redactada ayer por el Segundo Lord del Mar.
Con mucho gusto me adhiero al ascenso y distinciones que se proponen para los
oficiales y marineros del «Salmon». Respecto al ascenso, espero las propuestas de
los Lores del Mar El secretario naval debe preparar lista de distinciones a fin de
someterlas al rey. Si es posible, se publicará lo concedido a oficiales y marineros
antes de que el «Salmon» se haga a la mar. Acaso S. M. desee recibir al oficial jefe
(comandante Bickford) y concluir la audiencia condecorándole. El secretario naval
podría averiguar lo que sobre esto se opina en palacio. Parece probable que se
concedan recompensas similares, aunque no necesariamente idénticas, al
comandante del «Ursula», y de ellas deben participar también los marineros.
Hemos de esforzarnos en anunciar las recompensas otorgadas a los marineros a la
vez que las de los oficiales. Todo esto debe ser resuelto en cuarenta y ocho horas a
más tardar.

Primer Lord al Cuarto Lord del Mar.


12-XII-39.

Me dicen que los marineros de los dragaminas no tienen distintivo. Si es así, ello ha
de remediarse en seguida. He encargado al señor Bracken que pida un diseño a sir
Kenneth Clark en término de una semana. La producción de distintivos debe
empezar con gran celeridad, realizándose la distribución según vayan recibiéndose
las insignias.

Ingreso especial de cadetes.


8-II-40.

Paréceme muy difícil comprender por qué ese candidato ha sido tan rotundamente
rechazado a pesar de su brillante puntuación, sus relaciones con el servicio y su
historial, tal como lo expone su padre en su carta del 4 de enero. Hay que cuidar
mucho de que el prejuicio de clase no intervenga en estas decisiones. A menos de
que se me den razones mejores, habré de pedir al secretario naval que hable, en mi
nombre, con el muchacho antes de asumir la responsabilidad de escribir a su padre
en la forma propuesta.

Primer Lord al Secretario.


Un candidato rechazado en el examen de ingreso en la Armada. (Noviembre 1939.)
25-II-40.
No vacilaré en «ir más allá de la opinión de un tribunal debidamente constituido»,
ni aun en cambiar al tribunal o a su presidente si creo que se ha cometido una
injusticia. ¿Cuánto hace que se reorganizó ese tribunal? Sin poderlo evitar, me sentí
desfavorablemente impresionado por el aspecto de los cadetes de Dartmouth a
quienes vi desfilar el otro día. En cambio, recibí una impresión enormemente
agradable contemplando a los aspirantes a oficiales que estaban haciendo el
ejercicio en el campo de maniobras de Portsmouth y que proceden de filas. Eran,
desde luego, de más edad, pero de mucha mejor apariencia.
No sólo deseo que mi secretario naval hable al muchacho, sino que
procuraré buscar tiempo para verle yo mismo. ¿Quiénes son los representantes
navales en el tribunal? Debe estar representada la oficialidad de marina.
Actúe en consonancia.
Deme una lista de todo el tribunal, con el historial entero de cada miembro y
la fecha de su nombramiento.

Primer Lord al Primer Lord del Mar y Subjefe de E. M.


25-II-40.

1. Después de los difíciles y distinguidos servicios que el «Salmon» ha prestado,


me gustaría que fuese a Devonport, por unos meses, para efectuar prácticas
suplementarias. Sería ventajoso tener al comandante Bickford seis meses, por
ejemplo, en la sección de Planeamiento del Almirantazgo, a fin de que diera
informes de vista y directos sobre las condiciones prevalecientes en la bahía de
Heligoland. Ese oficial me parece muy inteligente y sabe sobre la guerra
antisubmarina muchas cosas que confío se registren a la primera oportunidad.
2. ¿Hay alguna razón para que el «Ursula» no vaya con la escolta del convoy
noruego?
3. Puede haber otros buques que el contraalmirante de submarinos
encuentre que han sido sometidos a pesadas tareas. Acaso examinemos eso más
adelante.
4. Si la guerra fuese general y todos estuviesen metidos en ella hasta los
codos, no sería necesario considerar esas variaciones de actividad. Pero el peso
recae ahora en muy pocos, y nada es comparable a la acción submarina entre
campos de minas, con todos sus crecientes peligros. Por eso opino que debemos
mantener un turno, dedicando los barcos y tripulaciones que han atravesado
mayores trabajos, o se han distinguido, a misiones más sosegadas, mientras se da a
los demás marinos ocasión de ganar renombre. ¿No existe la posibilidad de
organizar dotaciones de relevo para los submarinos destinados a la bahía de
Heligoland? Ello dividiría las tareas entre mayor número de personal. Me placería
que se estudiase esto.
5. ¿Han recibido sus medallas y honores los marineros del «Salmon» y el
«Ursula»? Los oficiales ya han sido condecorados. Adóptense especiales medidas
para que sus hombres reciban sus recompensas antes de hacerse de nuevo a la mar.

Primer Lord al Segundo y Cuarto Lores del Mar.


25-III-40.

El chaquete es buen juego para las cámaras de oficiales, suboficiales y marinería.


Sin duda eso divertirá a los marinos. ¿Qué ha sido de las mil libras que lord
Rothermere me concedió para distintas clases de diversiones? ¿Se han gastado? ¿Y
cómo? Sin duda podré pedir más, si es necesario. Dado lo que es el servicio
marítimo en tiempo de guerra, creo preferible el chaquete a las cartas, porque dura
veinte minutos o un cuarto de hora, mientras que los naipes invierten más tiempo.
Leo en la Prensa alemana acusaciones de que nuestros marineros se dedican
al saqueo. No hubiese juzgado necesario mencionar el hecho si no fuera porque ha
llegado a mí noticia que al capitán del «Altmark» se le han robado su reloj, su
cronómetro y su cruz de hierro, objetos que guardan como recuerdo algunos
marineros. Todo acto de este género ha de reprimirse con estricto rigor. No puede
conservarse recuerdo alguno sin pedir y obtener el oportuno permiso. Las
propiedades personales del enemigo pueden ser confiscadas por el Estado, pero no
por los individuos.

Primer Lord al Segundo Lord del Mar.


7-IV-40.

He visto a los tres candidatos. Esos muchachos han sido calificados con los
números 5, 8 y 17 entre 400 aspirantes, 320 de los cuales se han calificado y 90
salido airosos. No veo, pues, razones para que se les declare no aptos para el
servicio naval. Verdad es que A... tiene un acento ligeramente plebeyo, y que los
otros dos son hijos, respectivamente, de un suboficial y un maquinista de la marina
mercante. Pero el examen libre tiende a abrir la carrera a los inteligentes,
cualesquiera que sean su clase o fortuna. Hablando en general, ha de admitirse que
todo candidato que quede excepcionalmente bien en la calificación cultural ha de
ser aceptado. Por otra parte, los que queden mal en el examen pueden ser, en
algunos casos, aptos para el servicio. Pero rechazar muchachos que figuran en los
primeros lugares de la lista, es cosa totalmente contraria a los principios aprobados
por el Parlamento, salvo si existe en el caso algún otro grave defecto.
Seguro estoy de que si la Comisión, cuando tuvo presentes a esos
muchachos, hubiera sabido que figuraban entre los más inteligentes de los
examinados, no hubiese obrado con tal severidad ni rechazándolos sobre el mero
fundamento de una apreciación personal. Paréceme que, en adelante, la Comisión
debe realizar el examen personal de los candidatos después del examen y con los
resultados de éste a la vista. Es injusto, además, que un muchacho sea autorizado a
presentarse a examen, con todas las ansiedades y tensión inherentes, cuando ya
está resuelto que se le elimine del número de los aprobados, aunque sea el primero
en la lista.
Creo también que no es necesario mencionar una decisión descalificativa
que quede en los registros. Debe asimismo advertirse al tribunal ante el que pasan
los muchachos para ser personalmente reconocidos, que se pueden otorgar
diferentes puntuaciones a un mismo muchacho en relación a sus posibilidades
para cada rama del servicio. Es obvio que un joven puede resultar mucho más
idóneo para Pagaduría que para la Sección Ejecutiva, y la Comisión debe poder
establecer en consecuencia esas diferenciaciones.
Desde luego, la Comisión de Examen Personal no necesita ver a todos los
candidatos. Hay un término medio calificativo, que hoy asciende a 400 puntos
sobre ut, total de 1.350. Advierto, por ende, que todos los muchachos que han
salido bien del examen último han rebasado los 600 puntos. Seguramente facilitaría
el trabajo de la Comisión de Examen Personal la elevación del promedio de puntos
en el examen cultural.
Sírvase hacerme proposiciones tendentes a reorganizar el sistema actual y a
cumplir las condiciones susodichas. En los tres casos que he mencionado, los
aspirantes deben ser admitidos como cadetes.
Notas a pie de página

1
Reproducida por Feiling, op. cit., p. 420.
2
Feiling, op. cit., p. 424.
3
Documentos de Nuremberg. Pt. II, op. cit., pp. 267 y sigs.
4
Mandaba el «Salmón» el teniente de navío Bickford, especialmente
ascendido por sus numerosas hazañas y que a poco había de hundirse con su
buque.
5
Alusión a un atentado sin relación con la guerra.
6
Durante el mes de septiembre la navegación inglesa perdió 29 barcos, 26 de
ellos hundidos por submarinos, con un total de 135.552 toneladas. Además, fueron
hundidos 15 buques neutrales o aliados, con un total de 33.527 toneladas.
7
Hoy nos consta que sólo dos submarinos fueron hundidos en septiembre
de 1939.
8
Feiling, op. cit., p. 425.
9
Véase apéndice D.
10
El 4 de septiembre, empezaron a desembarcar en Francia las avanzadas del
Cuerpo Expedicionario. El I Cuerpo se halló en Francia el 19 de septiembre, y el II
el 3 de octubre. El alto mando instaló su cuartel general, inicialmente, en Le Mans,
el 15 de septiembre. El principal movimiento de tropas se realizó a través de
Cherburgo, mientras los vehículos y suministros pasaban por Brest y Nantes. Los
puntos de reunión fueron Le Mans y Laval.
11
Véase mapa.
12
En realidad, el potencial alemán de bombarderos en aquella fecha era de
1546 aparatos.
13
Véase Apéndice E.
14
Por desgracia, el análisis de postguerra prueba que tan optimistas nuevas
no respondían a la verdad.
15
Véase Apéndice I 16 Véase Apéndice J.
17
Actitud del rey Leopoldo de Bélgica. El 13 de enero de 1940, el almirante
Keyes me telefoneó que el rey tir los belgas tal vez podría persuadir a sus ministros
a invitar a las tropas francesas y británicas para que entraran en Bélgica «en
seguida», si estábamos dispuestos a dar ciertas garantías de importante alcance.
Interpretamos la palabra «en seguida» como sinónimo de «inmediatamente», y no
como «tan pronto Alemania invada».
El Gabinete de Guerra decidió contestar que no podíamos dar otras
garantías que las implícitamente contenidas en una alianza militar, y que la
invitación a entrar en Bélgica había de set hecha lo bastante pronto para capacitar a
las tropas aliadas a oponerse a una invasión alemana, cosa que el gobierno belga
consideraba al parecer inminente.
El almirante Keyes telegrafió el 15 de enero diciendo que el Rey creía que
esta respuesta causaría pésimos efectos si la comunicaba a su gobierno; que si las
tropas aliadas entraban «en seguida», Bélgica y Holanda se verían inmediatamente
envueltas en la guetta, y que sería preferible que la vergüenza de violar la
neutralidad belga recayera sobre Alemania.
Una respuesta semejante fué dada por el gobierno belga al señor Daladier, y
el embajador francés en Londres también nos dijo que el gobierno belga creía que
si se dejaba a Alemania campo libre para una agresión, la ayuda anglofrancesa
«adquiriría un carácter moral» que «acrecentaría las posibilidades de éxito».
18
Véase Cap. V
19
29 septiembre 1939. El Primer Lord llama la atención del Gabinete sobre la
importancia del mineral sueco para la economía alemana.
27 noviembre 1939. El Primer Lord envía nota al Primer Lord del Mar
pidiéndole que examine la propuesta de minar las aguas noruegas.
15 diciembre 1939. El Primer Lord plantea al Gabinete la cuestión de los
embarques de mineral sueco para Alemania.
16 diciembre 1939. Se hace circular entre los miembros del Gabinete un
detallado memorándum sobre el tema.
22 diciembre 1939. El Gabinete examina el memorándum.
5 febrero 1940. Se discute minuciosamente el problema, en el Consejo
Supremo, en relación con la ayuda a Finlandia (asiste Churchill).
19 febrero 1940. Se renueva la discusión sobre los campos de minas en el
Gabinete inglés. Se autoriza al Almirantazgo a realizar preparativos.
29 febrero 1940. Se cancela la autorización.
28 marzo 1940. El Consejo Supremo resuelve sembrar los campos de minas.
3 abril 1940. Resolución final del gobierno británico: 8 abril 1940. Se siembran los
campos de minas.
20
Carl Hambro, Lo que yo presencié en Noruega, pág. 23
21
Desembarco en Tanga, cerca de Zanzíbar, en 1914.
22
Los cruceros «Fiji» montaban cañones de 6 pulgadas. No obstante, los
cruceros de esta clase «Ajax» y «Achilles» pelearon con gloria y fortuna contra el
«Graf Spee», artillado con piezas de 11 pulgadas.
23
El «Argus» prestó valiosos servicios en el adiestramiento de pilotos
aviadores de la escuadra en el Mediterráneo.
24
La aplicación de estas redes tropezó con muchas dificultades prácticas. Las
primeras pruebas fracasaron y sólo en 1942 se perfeccionó este método,
aplicándose a 750 buques con éxito variable. Que sepamos, diez barcos han sido
salvados por tal procedimiento.
25
Esto se refiere a un ataque aéreo sufrido por la flota metropolitana en el
Mar del Norte el 26 de septiembre, sin recibir daños. En esa ocasión los alemanes
afirmaron haber hundido el «Ark Royal» y hasta condecoraron al piloto causante
del supuesto hundimiento. Durante varias semanas la radio alemana repitió:
«¿Dónde está el «Ark Royal»?»
26
Durante la guerra, un organismo especial de la sección de Comercio se
ocupó de. las necesidades de los pesqueros que trabajaban junto a nuestras costas.
27
Véase Cap. VII.
28
Smuts contestó accediendo.
29
Tal propósito no pudo realizarse hasta una muy avanzada fase de la
guerra.
30
Véanse el capítulo VII y el apéndice H que trata de la mina magnética.
31
El plan se llevó adelante, construyéndose el buque «Vanguard».
32
Véanse capítulos VII y XI.
33
Este documento se refiere al Proyectil no Rotatorio (cohete de propulsión)
que se pretendía usar contra los aviones en vuelo bajo. El arma consistía en una
batería de cohetes que, al alcanzar determinada altura, despedían largos alambres
fijos a un paracaídas y de cada uno de los cuales pendía una pequeña bomba. El
avión que tocaba uno de aquellos alambres hacía caer sobre sus alas la bomba, que
explotaba en el acto.
Se trataba de un medio de contrarrestar nuestra lamentable escasez de armas
de corto alcance. Más tarde fue substituido por otros procedimientos más
ventajosos.
34
La construcción de barcos de cemento parecía ofrecer gran ayuda a
nuestras industrias fundamentales. Se esperaba construir rápida y
económicamente esos barcos, empleando personal no necesitado en la construcción
naval corriente y ahorrando además grandes cantidades de acero. Resultó que
estos supuestos se basaban en ideas falsas. Surgieron muchas imprevistas
dificultades técnicas. Se construyó un buque experimental de dos mil toneladas,
pero constituyó un fracaso. Aunque se continuó experimentando, el procedimiento
sólo pareció útil para barcazas de hasta 200 toneladas.
35
Los sucesos hicieron prescindir de este plan. La aviación naval se unió a la
RAF durante la batalla de Inglaterra. Después, las exigencias de la lucha
antisubmarina exigieron la plena utilización de los recursos del Mando Costero,
que a su vez se apoyaba intensamente en el Mando de Bomberos para atender a
sus crecientes necesidades.
Más adelante — 1941—, el tipo de portaaviones de escolta permitió a la
aviación de la flota desempeñar un importante papel en la derrota de los
submarinos que operaban más allá del radio normal de los aviones con base en la
costa.
36
Me refería al minado de las aguas noruegas. Las muchas complicaciones
políticas señaladas en el capítulo XI demoraron la operación hasta el 8 de abril.
37
En el capítulo VIII figuran las minutas mías que tratan de las dificultades
surgidas respecto a traer al «Exeter» a Inglaterra después de la batalla del Río de la
Plata. Permaneció muchos meses en reparación.
38
Los «barcos rápidos de escolta» vinieron a ser conocidos como
destructores de clase «Caza», porque se tomaron sus nombres de los de ciertas
famosas jaurías. Se construyeron muchos, que prestaron distinguidos servicios en
la guerra antisubmarina y en las operaciones anfibias. Más tarde se revivieron
nombres antiguos.
Los balleneros pasaron a ser conocidos como corbetas, y los tipos modernos
como fragatas.
Los buques de escolta fueron denominados balandras.
39
Como resultado, se ordenó al «Warspite» encaminarse al Mediterráneo.
Pero, al empezar la campaña noruega, el barco volvió a aguas metropolitanas y no
llegó al Mediterráneo hasta mayo.
Antes de que Italia declarase la guerra en junio, el «Malaya», el «Ramillies» y
el «Royal Sovereign», abandonando el servicio de convoyes atlánticos, se unieron a
la flota mediterránea.
40
Véase nota del Primer Lord, fecha 12 de abril.
41
Nuestros buques usaban el fiordo de Skjel, en las islas Lofoten, como base
avanzada, ya que desde allí cubrían los accesos a Narvik por el fiordo del Oeste.
42
Islandia fue ocupada por fuerzas inglesas el 10 de mayo.