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Cuando en el verano del año 2011 llegaba yo, joven provinciano y asustadizo, a un Madrid

lleno de altos edificios y enormes multitudes que se desplazaban, como alma que lleva el
diablo, por rápidos y ruidosos trenes subterráneos; nunca imaginé que, al pasear por
aquellas enormes galerías atestadas de color y de luces que componen el museo del Prado,
podría quedar tan impresionado por una obra desconocida y sencilla, en la que un buen
número de señores, vestidos todos inmaculadamente y de corte decimonónico, rodeaban a
un pintor con paleta y pincel en la mano, y a un hombre de complexión menuda (Zorrilla)
que parece leer o recitar, ensimismado, unos papeles que sostiene en su mano izquierda. Tal
lienzo, ambientado en un taller de pintura, deja en el espectador la sensación de encontrarse
dos siglos atrás, de poder sentir, e incluso palpar, ese ambiente a medio camino entre la
pulcritud y la decadencia que representa, sin lugar a dudas, la sociedad decimonónica
occidental.
Y es esa sensación, la de estar delante de un cuadro que te transporta en el tiempo, la que
tuve mientras leía esta “muñeca” de Prus, cuyo tratamiento del entorno y los caracteres, me
traía a la memoria constantemente aquel óleo sobre lienzo de Antonio María Esquivel,
titulado: Los poetas contemporáneos. Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor.
La Muñeca, de cuyo autor tan poco conocemos en España, es una novela que aspira a algo
más, una de esas novelas que no buscan sorprender al lector con algún chispazo de
“originalidad”, tampoco mantenerlo en tensión para que devore, con la mayor rapidez
posible, páginas y páginas deseando encontrarse de golpe con el desenlace final. No, La
Muñeca, y concretamente Prus, aspira a la creación de un universo autónomo, en el que la
importancia del detalle supera a la del conjunto en general. Esta esencia del detalle, tan
menospreciada en nuestro siglo XXI, compone poco a poco una obra uniforme, cuyo
contenido se pasea, a modo de documental, por todos los aspectos de una sociedad polaca
que, queriendo mirar al futuro, todavía se resiste a despegarse de sus viejas costumbres
cargadas de perjuicios, intereses y banalidades.
El “retrato” de Prus es, al menos, correcto, como lo son sus formas, pues (y asumiendo la
distancia respecto al original) su estilo es humilde y vivo, con la elocuencia propia de aquel
que se sabe dominador del lenguaje. Es una prosa carente de adornos y florituras, sin
descripciones excesivas y muy en consonancia con las estéticas de los grandes maestros
rusos (Gógol, Dostoievski, etc.). De tal manera, que en sus mas de mil páginas, y con pocas
excepciones, se dice lo preciso en el momento preciso, con esa exactitud propia, y tan
escasa por otra parte, de los virtuosos de la pluma.
El mundo de La Muñenca, como ya hemos referido antes, es el mundo de lo particular, la
descripción de los quehaceres diarios de los comerciantes, de los aristócratas, de los
inversores, de los pobres, y de cómo todos ellos juntos forman una unidad independiente
llamada ciudad, una unidad que en este caso tiene el nombre de Varsovia.
Desde mi propia perspectiva, uno de los grandes logros de esta novela se encuentra en esa
tienda de complementos propiedad de nuestro protagonista (Wokulski) y dirigida por su fiel
amigo, Rzecki. La tienda y su microentorno nos muestran ese gusto por las cosas cotidianas
del que tanto hace gala Prus: una estantería donde se guardan las telas, un escaparate que se
retoca todas las semanas, las peripecias de los empleados con los clientes, e incluso, esa
salita donde, con un cuidado absoluto, se atienden las cuestiones económicas. No hay
esquina, recoveco o estante que no podamos ver en esta tienda tan pintoresca que, de algún
modo, se convierte en el centro neurálgico de la novela.
Pero, como en todas las grandes novelas, o en casi todas, quien lleva el peso de la historia
es su protagonista. Wokulski es un hombre hecho así mismo, un tanto huraño y
melancólico, un hombre amante de la ciencia y el progreso, y poseedor de una de las
mayores fortunas de toda Varsovia. Desde la mirada de este rico soñador, el espectador,
como si de una obra cinematográfica se tratara, recorre los solemnes salones de la
aristocracia, las reuniones de los grandes inversores del país, los parques varsovianos, y un
sin fin de lugares en los que nuestro protagonista nos enseña su propia concepción del
mundo, la cual, a su vez, nos da una gran perspectiva de las sensaciones y pensamientos de
un hombre que es hijo de otro siglo: hijo de la fe y del escepticismo.
Siguiendo la línea de su representación de la sociedad varsoviana, y con esa exposición
literaria que va de lo particular a lo general, el tema del amor, en La Muñeca, se nos
presenta desde casos concretos para alcanzar, según cada asunto, interesantes teorías y
reflexiones de tinte universal. Se trata de relaciones pasionales que rayan la locura, de
amores obsesivos, de esa impotencia del ser humano, que al verse rechazado en el amor, se
ve sumido un bloqueo físico y mental. Este es el caso de Wokulski, cuyo amor (o capricho,
según se mire) por Isabela, joven noble y orgullosa, amante del lujo y el dinero, lo lleva a
cometer toda clase de “locuras” con la intención de despertar en ella algún sentimiento
hacia él.
Todas estas artimañas del enamorado Wokulski, nos muestran varias de las imprevisibles
facetas del género humano, al mismo tiempo que nos hacen ver cómo afectan al
compartimiento del individuo las comodidades que el progreso comenzaba a ofrecerle.
Pues, con el crecimiento y el desarrollo de las sociedades, aunque todavía a una escala
pequeña, los hombres tenían que preocuparse menos de los asuntos del estómago, y podían
dedicarse con más libertad a los asuntos del corazón, privilegio que, a veces, desemboca en
comportamientos obsesivos y un largo etcétera de patologías mentales, que hoy por hoy,
forman parte inmutable de nuestras sociedades. Dicha tesis queda resumida en un
parlamento del doctor Szumán, quien representa el papel del hombre racionalista y
“sensato”, alejado del romanticismo y consecuente con su siglo: Vuestra estúpida
civilización (…) ha convertido un sentimiento natural en… ¿sabe en qué…? ¡En una
enfermedad nerviosa! (pg. 638).
Este amor rayano en la locura, y esa personalidad soñadora y bondadosa que se encarna en
la persona de Wokulski, hace de nuestro héroe el Don Quijote polaco, ese Alonso Quijano
que un día, y aludiendo a palabras de Unamuno, se lanzó a la aventura para dejar atrás un
amor imposible. Pues en los dos casos, tanto en el del caballero de la triste figura como en
el del exitoso comerciante polaco, se puede advertir que todas sus “sinrazones” son el
producto de una “huida”, y no el fruto de una “búsqueda”; ya que ambos huyen (aunque
aparentan buscar) de un amor imposible, cuyos efectos, intentan canalizar en sus
respectivas hazañas: uno deshaciendo entuertos, y el otro combatiendo con la espada de la
ciencia los obstáculos del progreso.
El componente histórico tampoco queda de lado en una novela, que como ya apuntamos
más arriba, aspira a crear un todo unitario. En “Diario de un viejo dependiente” (memorias
del viejo Rzecki) nos trasladamos unas décadas atrás y, entre recuerdos de la guerra y
algunas de las peripecias de un joven Wokulski, se describen las sensaciones de un hombre
entrado ya en años que sufre, con estoicismo, el inevitable paso del tiempo y todas sus
consecuencias, mientras espera impasible la llegada de un nuevo Napoleón.
En cuanto a la cuestión religiosa se hace hincapié en la problemática cristiano-judía. Y lo
que es más interesante, se advierte, de una manera casi profética, sobre los peligros que el
creciente rechazo al judaísmo empezaba a tener en Europa; advertencia esta, que acabó
dando la razón a Prus unos cuantos años después con la catástrofe del nazismo.