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ZEUS Y HERA

PRESENTACIÓN DE ZEUS Y HERA

La última obra de la noche trata de amor y de odio, una mezcla tan universal que
de ella no se salvan ni los dioses. Zeus sigue empeñado en sus conquistas
extramatrimoniales, cosa de la gran diosa Hera, su esposa, no puede tolerar.

"Zeus y Hera" está construida a partir de varios diálogos donde el autor


grecosirio Luciano de Samosata se burlaba hace 1.800 años de unos dioses demasiado
humanos en su obra Diálogo de los dioses. Pero vayamos ya al Olimpo a ver lo que
ocurre en “Zeus y Hera”

PERSONAJES
HERA

ÁRTEMIS

ZEUS

HERMES

EROS

ATENEA

AFRODITA

APOLO (Se puede suprimir)


ESCENA I
La acción comienza en el Olimpo. Fondo de columnas y adornos que enmarcan
una banca o tarimón, con almohadones. Al lado una mesa con una lira y unos frascos
de encías. Algo más delante aparecen dos sillones artísticamente labrados. A la
izquierda, en un sillón está sentada Hera, bordando y canturreando.

HERA: (Con música de habanera) Si a tu ventana llega un pajarillo

Trátalo con cariño que es tu marido

Laralaralaralara…

Llega, presurosa y descuidada, dando grandes zancadas, Ártemis, con ropa de


cazadora y arco.

ART: Salud, Hera, reina del Olimpo. ¿Cómo va eso?

HERA: (Sobresaltada) ¡Ay, qué susto! Ártemis, hija de Zeus y de Letona, ¿qué modo es
ese de entrar en el Olimpo, mansión de los inmortales? ¿Ni que estuviéramos con el
ganado! (Muy molesta y enfadada) ¿Cómo se nota que tu madre, la diosa Leto, y tu
padre -el desgraciado de mi marido- no te han educado como a una deidad veneranda y
respetable.

ÁRTEMIS: ¿Qué insolencia he cometido? (Deja el arco en el tarimón, se sienta, y sigue


la conversación) Sabes que acostumbro a morar en los bosques y a cazar por el monte,
ciervos y venados, y allí en el campo, o hablas a voces, o es que no te enteras.

HERA: (Despectiva, mientras vuelve a la costura por un momento) ¡Tú sí que no te


enteras, diosa rústica y simple, vestida así a lo hombre, no tienes ni feminidad ni nada
(Deja la costura, se levanta y se acerca a la otra) con esos hatos que llevas...! Y
además, das una olorcilla que... ¡ya, ya! (Gesto de repulsión en un aparte al público).
¡Cómo se nota que en los bosques carecéis de los cálidos baños y de los fragantes
aromas del Olimpo! (Avanza con voz y gestos voluptuosos, mientras vuelve a su sillón y
se sienta).

ÁRTEMIS: (Visiblemente molesta y herida por los comentarios de Hera) Mira, Hera,
(Se levanta en dirección a Hera), por mucho que respeto que sienta por ti, como esposa
de Zeus y madre de dioses y hombres, tú, la de blancos brazos y amplio pecho (Hera se
pavonea al escuchar estas palabras), aunque digas que no me entero, sí que me entero...
(Alzando la voz) ¡Y de cosas que no te harían ninguna gracia! (Se sienta en el otro
sillón, con una pose no exenta de majestuosidad, mirando para otro lado después de
decir las últimas palabras).

HERA: (Repentinamente seria) ¿De qué cosas hablas? Te lo suplico, habla, que no esa
yo la única en desconocer lo que hasta en los cerros de Arcadia saben. Cuéntamelo ya,
que ya sabes que es de diosas el ser chismosas y el querer saberlo todo.

ÁRTEMIS: (Sonriendo malignamente) Que te lo cuente tu marido, Zeus, el longividente


y tonante Zeus, portador de la égida y el rayo

HERA: ¿Acaso tiene algo que ver con él ese rumor?

ÁRTEMIS: ¡Mucho más de lo que tú quisiera!

HERA: (Impaciente) Pues cuéntamelo ya de una vez, te lo ruego, que me consumo de


impaciencia.

ÁRTEMIS: Te lo contaré, pero a cambio quiero algo, pues el que algo quiere, algo le
cuesta.

HERA: ¿El qué? ¿Qué quieres de mí, oh Ártemis?

ÁRTEMIS: (Mirando por el rabillo del ojo a Hera) Me dejarás que me bañe en tu
bañera y me regalarás un frasco de esas esencias aromáticas que llevas.

HERA: Así se hará si así lo deseas, mas dime, ¿qué es eso que tanto vacilas en decirme?

ÁRTEMIS: Siéntate, siéntate, que te vas a desmayar del susto.

Hera se sienta en su trono. Ártemis, en pie, le habla dando vueltas por detrás.

HERA: Suelta, suelta.

ÁRTEMIS: ¿Conoces a Ío, la hermosa hija de Ínaco, la argiva?

HERA: Sí, por supuesto que la conozco, es particularmente bella.


ÁRTEMIS: Pues tan bella es que tu marido ha puesto los ojos en ella y… (Sonrisa
maliciosa).

HERA: (Inquieta) ¿Y… ha habido algo?

ÁRTEMIS: (Haciéndose la despistada) ¿Algo? ¿De qué?

HERA: (Levantándose nerviosa y agarrando a Ártemis) Algo de lo que tú ya sabes.


¡Dímelo o te arrepentirás!

ÁRTEMIS: Ten calma, Hera, no ha habido aún nada entre ambos, pero te aviso: Eros, el
amor, el hijo de Afrodita, tiene preparado su dardo amoroso contra tu marido, y ya sabes
cuán proclive es Zeus a los goces amorosos

HERA: (Con semblante pensativo y dubitativo durante unos segundos. Después le


invade una extraña tranquilidad) Gracias, Ártemis. Ve a la bañera, ten el perfume (Lo
toma de una mesa y se lo da) y ponte ropa más femenina, de la que tengo alzada en el
arca criselefantina.

ÁRTEMIS: ¿Criso… qué?

HERA: ¡De oro y marfil, so basta! Vamos, ve y ponte bella como corresponde a una
deidad de tu rango.

ÁRTEMIS: Gracias, Hera. ¡Qué amable eres! (Se marcha, pero antes de salir de la
escena se vuelve) Oye, Hera, dime, ¿Qué vas a hacer? ¿Te vengarás? ¿Consentirás que
te ponga los cuernos?

HERA: (Sonriendo maliciosísimamente) No. (Rotunda) Los cuernos se los voy a poner
yo a ella (Recalca “a ella”).

ÁRTEMIS: (Con cara de perpleja ingenuidad) ¿A ella?

HERA: ¡Ya te enterarás, ya te enterarás! (Se va sonriendo)

Ártemis dirige al público una mirada cómplice de no entender nada y se marcha


tras Hera con su arco.
ESCENA II
En el Olimpo. Entran Zeus y Hermes.

ZEUS: (Visiblemente preocupado) Hermes, hijo mío, ven aquí, pues he de confiarte una
misión.

HERMES: Sí, padre Zeus, escucho y obedezco.

ZEUS: Presta atención, pues se trata de algo muy delicado…

HERMES: (Aparte) ¡Ya tenemos otro lío de enaguaaas!

ZEUS: ¿Conoces, acaso, oh Hermes, a la hermosa hija de Ínaco?

HERMES: Sí, si te refieres a Ío, la argiva, una bella muchacha.

ZEUS: (Apesadumbrado) Di más bien “una bella vaca”.

HERMES: (Muy extrañado) ¿Una vaca?

ZEUS: (Abatido) Sí, Hermes, sí.

HERMES: ¡Qué extraño! Si yo la vi no hace mucho y no estaba gorda, no, estaba…


estaba… (Hace una silueta femenina en el aire dejando clara indicación de cómo
estaba la argiva) estaba… muy bien.

ZEUS: No, si no me refiero a la gordura, sino que es una vaca, una auténtica vaca, con
pezuñas, rabo, hocico… ¡y unos cuernos como los del Minotauro! (Hace los gestos
correspondientes para describir tal portento).

HERMES: ¡Qué evento tan horrible! Y, dime, ¿cómo se ha producido ese cambio?

ZEUS: ¿Cómo va a ser? Mi esposa Hera, trastornada por los celos la ha


metamorfoseado en vaca, una blanca y hermosa vaca, pero una vaca, una vaca
(Desesperado) ¡Una vaca! (Se sienta, abatido).

HERMES: ¡Ya, ya! Una vaca… O sea, que has perdido la ocasión de un nuevo amor
¿eh? (Con tono y gesto de complicidad).
ZEUS: (Tras un pesado silencio contesta, muy angustiado) Eso es lo peor: Eros, el
amor, el hijo de Afrodita, ha clavado en mi corazón su áureo dardo, y no me cabe en el
cuerpo la pasión que siento por la muchacha.

HERMES: ¡Por la vaaaca!

ZEUS: Por lo que sea, pero Eros me domina y no puedo resistir sus embates.

HERMES: (Pensativo y preocupado) ¡Pues si tan ansioso estááás…!

ZEUS: (Se levanta, lleno de furia) ¡Ah, pero no acaba ahí la maldad de Hera! (Se pasea,
agitado y nervioso) Todavía ha tramado contra ella algo más terrible y extraordinario:
ha colocado junto a ella a un perro pastor arcadio, Argos de nombre, que tiene cien ojos,
y que apacienta la ternera sin cesar.

HERMES: (Asombrada) ¡Qué malvadaa! ¡Qué malvadaaa! Pero, padre Zeus, aprovecha
cuando el perro esté dormido.

ZEUS: (Con sonrisa de enfado) Espera, espera, que aún no te he contado: como Argos
tiene cien ojos, ha hecho turnos como los guardias: cincuenta ojos vigilan de día,
cincuenta ojos vigilan de noche. ¿Cómo lo ves?

HERMES: ¿Cómo lo voy a ver? Pues con los ojos. Y… ¿cuál es, pues, mi misión?

ZEUS: ¿Aún no lo has adivinado? Vete volando (Señala a las alas de Hermes) a
Nemea, pues allí es donde Argos pastorea, lo matas y luego desapareces, que llega el
diestro (Avanza Zeus entre chulo y majestuoso) a completar su labor.

HERMES: (Dubitativo) Nemea estááá…

ZEUS: Sí, hombre: bajas por el monte Olimpo, y coges el camino de Delfos, luego
cruzas el golfo de Naupactos y llegas a una casilla, tiras derecho, y luego a mano
derecha, ¿no hay un olmo? Pues coges el camino del olmo todo derecho y vas a ver el
cartel: Nemea 15 estadios, Villarta 22.

HERMES: Bien, rápido como tus rayos y ligero como Iris cumpliré el encargo. ¡Voy
volandooo! (Sale volando, es decir, corriendo).

ZEUS: (Soberbio y engreído) Y yo, Zeus, señor del Olimpo, padre de dioses y hombres,
voy a prepararme para vencer nuevamente en la lid amorosa. Os lo voy a contar:
Y ese toro enamorado de la argiva

que abandona el Olimpo pa triunfar

yo la voy a poner fina filipina

luego nos iremos juntos a pasta

y los dioses del Olimpo me besan la frente

semidiosas y heroínas me bañan de plata

y es que Zeus es bravío y el dios más caliente

va a flipar en colores a cuatro colores.

La Ío va a flipar en colores

cuando la ponga… a cuatro patas.

ESCENA III
En el Olimpo, la diosa Atenea borda sentada.

Al pasar por Salamina,

hermosa ciudad de Atenas,

te veo de amanecida

coronada de violetas.

Esta lira que yo toco

es de marfil y coral,

y la música que toca

es de Atenas natural.

Y al pasar por Salamina

volví mi cara llorando,


¡adiós gran ciudad de Atenas,

qué largo te vas quedando!

Entra contoneándose y sonriendo Afrodita, coqueta, con un espejo en la mano.


Se acerca a ver la labor de Atenea.

AFRODITA: Atenea, querida, ¿qué haces? ¿Bordas acaso el ajuar para tu boda…, diosa
casta, virgen guerra?

ATENEA: (Picada por la indirecta, pero sigue bordando mientras habla) Para bordar y
lucir hermosas túnicas no es necesario recorrer todos los lechos masculinos desde el
Bósforo a Tartesos y más allá de las columnas de Hércules, como una que yo me sé.

AFRODITA: Mira, chica, lo tuyo no es más que envidia. Debido a que natura te privó
de los dones (Se mira y se remira) que a mí me fueron dados, por ello y solo por ello
(Con mohín y tono de desprecio) te dedicas a las artes.

ATENEA: (Para de bordar, muy ofendida, y se encara con Afrodita) ¿Qué mejor labor
para la mente que el cultivo de las artes y las técnicas? ¿Y qué mejor trato para los
cuerpos que su puesta a punto en la carrera y el combate?

AFRODITA: Mi cuerpo al menos (Ensimismada y sensual) donde mejor se pone a


prueba es en la cama. (Se tumba voluptuosamente).

ATENEA: (Con una mirada de reprobación) ¡Eres una diosa egoísta, que no tienes nada
que enseñar a los mortales!

AFRODITA: ¿Qué no enseño nada? (Se levanta, retadora) ¡Tendrías que ver qué caras
ponen algunos al admirar mi belleza al desnudo! (Hace un gesto simulando una pose
desnuda, al tiempo que se da una graciosa vuelta).

ATENEA: (Escandalizada, deja la labor y se levanta) ¡Cómo está el Olimpo! ¡Buen


ejemplo para los mortales, si entre nosotros no existe ni decencia ni decoro!

AFRODITA: No te escandalices tanto, pues hasta el Cronida y su esposa andan


envueltos en agria disputa.

ATENEA: Por tu culpa, supongo (Empuja a Afrodita).


AFRODITA: Te equivocas, malpensada (Le devuelve el empujón; luego coge una fruta
y la mordisquea mientras se sienta). Esta vez ha sido mi hijo Eros, el amor… ¿Conoces
acaso a Ío, la hija de Ínaco, la argiva?

ATENEA: Creo que la conozco, una joven bella y virtuosa, experta en el bordado.

AFRODITA: Pues ahora es experta en pastar, pues Eros ha inflamado el corazón de


Zeus y éste ahora persigue a Ío, a su vez convertida en vaca por Hera, que al mismo
tiempo ha puesto al perro Argos…

ATENEA: (Interrumpiéndola) ¿El de los cien ojos?

AFRODITA: Sí, ese, el que nunca va al oculista. Bueno, pues, como te iba diciendo, me
acaba de contar Ganimedes que ha visto a Hermes partir hacia Nemea con la intención
de matar a Argos.

ATENEA: Para que así, Zeus y la… Ío… (Gestos de unión sexual).

AFRODITA: ¿Te has enterado de todo lo que te he contado?

ATENEA: Sí, algo así como un culebrón pero en plan olímpico. Pero, cuéntame, ¿cómo
se lo ha tomado Hera?

AFRODITA: Mal, pero ya sabía a lo que se exponía (Pone un espejo ante ella y se
remira).

ATENEA: ¡Si es que lo que mal empieza…!

AFRODITA: ¿Te refieres a cómo se conocieron Zeus y Hera? ¿Lo sabes?

ATENEA: (Volviendo a su bordado) ¡Claro! Todo el mundo sabe que Hera aborrecía a
Zeus, y que este se convirtió en un pajarillo y apareció en una ventana del palacio de
Hera en Samos, mojado y temblando de frío, y que esto ablandó el corazón de Hera…

AFRODITA: (Con mirada ensoñadora) Quien lo puso en su pecho para darle el calor
que emanaba de su fogoso cuerpo.

ATENEA: ¡Menos mal que fue con Hera! ¡Si llegas a ser tú…! (Mirada de odio) ¡lo
achicharras!
AFRODITA: (Vuelve a arreglarse el pelo y a mirarse en el espejo) Después de aquella
accidentada unión vino el embarazo y Hera pensó que no se estaría mal ser la reina del
Olimpo. ¡Y ahí la tienes, despotricando contra Eros! ¡Pues no haberse casado con Zeus!

ATENEA: (Enfrascada en su labor) Tienes que decirle a Eros que haga algo, si no el
Olimpo va a ser una vergüenza.

AFRODITA: Eros es un niño y a los niños les gusta jugar, pero esta vez se ha pasado.
Creo que voy a decirle que use sus flechas para que la cosa acabe… como tiene que
acabar (Se levanta ensimismada y camina hacia el tarimón, en el que se tumba).

ATENEA: (Muy interesada) ¿Y… cómo tiene que acabar?

AFRODITA: (Con naturalidad) ¡Pues en la cama! Sin el amor no hay nada que valga la
pena. Por eso creo que tú no haces nada que valga la pena.

ATENEA: ¿Cómo que no? Yo trabajo, bordo y laboro por amor.

AFRODITA: (Muy interesada, se pone de pie y se acerca a Atenea) ¿Por amor? ¿Por
amor a quién?

ATENEA: Por amor al arte.

AFRODITA: (Desilusionada) ¡Anda ya! ¡Siempre igual! Venga, ven conmigo que te
voy a enseñar unas incitantes tuniquillas transparentes que me han ofrendado las
mujeres de Chipre.

ATENEA: ¡El arte al servicio del amor! (Se levanta y recoge la costura) Vamos, que te
dé mi parecer.

(AÑADIDO) (Del diálogo “Hermes y Apolo”, de Luciano de Samosata).

AFRODITA: ¿Habéis visto a mi hijo Eros?

HERMES: No.

APOLO: ¡Ni ganas de verlo!

HERMES: ¿Por qué hablas así? ¿Por qué estás tan triste, oh Apolo?

APOLO: Porque soy desgraciado en amores.


HERMES: En verdad es eso motivo de pena. Pero, ¿por qué te sientes desgraciado?
¿Estás aún dolido por la pérdida de Dafne?

APOLO: No, no es por eso.

HERMES: ¿Acaso es por el desprecio que te han hecho Casandra y Sibila?

APOLO: En parte sí que estoy irritado por tales desprecios, pero el culpable de todo es
Eros. Le vencí en una prueba con arco y....

HERMES: ¿Y qué?

APOLO: Pues que es tan mal perdedor que por haberme burlado de él, ahora cada vez
que me enamoro y me ve, lanza dardos de plomo contra el objeto de mi pasión, y me
tiene acabado. ¡Eros, criatura inmunda, como te pille...!

HERMES: ¿Y qué te parece a ti que ese Hefesto, feo y lisiado, herrero además, haya
desposado a la más bella diosa, a Afrodita?

APOLO: Suerte que tienen algunos. Lo que me extraña es que les agrade su compañía,
especialmente cuando viene sudoroso y con el rostro tiznado de hollín. Y a pesar de
todo, lo besan, lo abrazan y duermen a su lado.

HERMES: Eso es lo que me saca a mí de quicio.

APOLO: Para que veas las locuras que comete Eros. ¿Te has enterado, oh Hermes, de
las locuras que están cometiendo Zeus y Hera?

HERMES: Algo he oído. Por eso estas lo andaban buscando. Por cierto, ya vuelven.
Seguirán buscando a Eros.

APOLO: Pues vámonos de aquí, que yo no he de verle.

(Acaba el añadido)

Se van y vuelven las diosas llamando a Eros y preguntando por él incluso al


público.

ATENEA: ¿Habéis visto a Eros?

AFRODITA: ¡Eros! ¡Eros!


Eros sale de su escondite de improviso.

EROS: ¡Aquí estoy, madre!

AFRODITA: Eros, hijo mío, he de hablarte como madre y como diosa.

ATENEA: Escucha a tu madre, que está muy enfadada contigo. ¡Y yo también!

EROS: (Despectivo) ¿Por qué?

ATENEA: (Furiosa) ¡Por lo que haces!

AFRODITA: ¡Calma Atenea! Es mi hijo... (Dulcemente) Eros, hijo mío, repara en lo


que estás haciendo. Y no me refiero sólo a tu conducta en la tierra, sino también en el
cielo, pues en tu tremendo descaro has llegado a inducir al propio Zeus, padre y señor
de los dioses, a que se enamore de una vaca y esté deseando ser toro, enloquecido por ti,
hijo mío, ¡por ti!

ATENEA: ¡Y te quedas tan fresco!

AFRODITA: ¡Hasta conmigo te tomas libertades, con tu madre!

EROS: Vamos a ver, vamos a ver, ¿qué mal hago yo mostrándoos cuales son las cosas
bellas? Al final resulta que a vosotros no os gustan, pero no me echéis a mí la culpa de
esas locuras. (Picarón) ¿O es que tú, madre, no quieres ya estar enamorada?

AFRODITA: (Sin poderlo evitar) ¡Qué listo eres y cómo sabes pensar en todo! Pero
ahora hazme caso, deja en paz a Zeus y a Ío

EROS: (Sonriente) Pero... si ya está hecho. A mí no hay nada ni nadie que se me


resista... (Mirando a Atenea serio, cejijunto) salvo Atenea (La señala)

AFRODITA: ¿Por qué a ella no?

EROS: Es que le tengo miedo, madre, porque resulta temible con sus ojos centelleantes
y además es terriblemente hombruna. Y así, cada vez que tenso el arco y me acerco a
ella (hace los gestos), agita su penacho y me asusta, me pongo a temblar y se me caen
los dardos de la mano.

ATENEA. ¡Échate ahí! ¡Baja esos humos!


AFRODITA: Sí, hijo mío. Esta vez te has pasado. Por tanto, gobiérnatelas como quieras
pero esto tiene que acabar con Zeus y Hera reconciliados.

EROS: (Pensativo) ¿Cómo cuando lo del pajarillo?

AFRODITA. Como cuando lo del pajarillo. ¿Vamos, Eros? ¿Vamos, Atenea?

ATENEA: Vamos todos... (Al público) y a ver cómo queda esto.

ESCENA IV
Entran en la sala Hera, abatida, y Ártemis, vestida con ropas femeninas,
deslumbrante de joyas.

HERA: Lo que hace mi marido no es digno de un dios (Se sienta en un tarimón). Él, el
señor de todos los dioses, me abandona a mí, su esposa legítima, y desciende a la tierra
convertido en oro, sátiro, cisne, águila, o como ahora, en toro. (Solloza, con las manos
tapándole la cara; Ártemis le sujeta las manos y le obliga a mirarla).

ÁRTEMIS: Pero… (Asombrada e intrigada) ¿Qué estás diciendo?

HERA: Como lo oyes (se enjuga las lágrimas). Como sabes y te dije, en cuanto me
enteré –gracias a ti, querida- (suspiro de pesar) de que Zeus ardía en amores por Ío, la
convertí en una robusta ternera, ¡con unos cuernooos! (Entre sonrisas de Hera y risas
ahogadas y contenidas de Ártemis).

ÁRTEMIS: (Riéndose jovialmente) ¡No me digas!

HERA: (Risa contenida) ¡Y con un rabo… para espantarse las moscas!

ÁRTEMIS: ¡Qué gracia! No le está mal empleado a Zeus.

HERA: Y le puse un guardián infalible: Argos, un perro pastor arcadio de cien ojos.

ÁRTEMIS: (Se levantan las dos, más animadas) ¡Desde luego, Hera, no te falta detalle!
Con razón dicen luego en las comedias que las mujeres somos malísimas.

HERA: ¡En las tragedias tendríamos que estar! (Muy seria) No te lo vas a creer, pero…
¡me la ha pegado!
ÁRTEMIS: (Que no da crédito a lo que está oyendo) ¿Con… con… con… la vaca?
¿Cómo?

HERA: ¡Pues convirtiéndose en toro!

ÁRTEMIS: (Rostro y expresión de incredulidad) ¡En dos mil años que tengo no he visto
cosa igual!

HERA: ¡Cosas veréis, amiga Ártemis! (Con profundo desprecio) En cuanto a mí, loca
tendría que estar para convertirme en animal solo por gozar del amor.

Hera se sienta hundida. Ártemis de nuevo se sienta a su lado y le habla para


consolarla.

ÁRTEMIS: Este Eros se pasa; seguro que ha inflamado el corazón de Zeus hasta hacerle
perder el sentido. ¿Cómo si no podría el señor del Olimpo dormir con una vaca,
teniéndote a ti Hera, la de blancos brazos y níveo rostro, hermosa como la estrella,
ínclita y veneranda señora, como esposa, como esposa? Piénsalo bien, y verás que solo
en un estado de enajenación mental pudo Zeus hacer eso.

HERA: (Tras una pausa reflexiva) ¡Pues pareces llevar razón! La verdad es que mi
marido es medio tonto, necio, ignorante y con mal gusto para las mujeres a las que ha
amado… menos a mí, claro…

ÁRTEMIS: (Carraspea) ¡Ejem, ejem!

HERA: (Rectificando) ¡Y tu madre, por supuesto! Pero caer tan bajo… ¡un toro! ¡Un
toro!

ÁRTEMIS: Hera, escúchame, tú y yo, pese a nuestras diferencias, somos amigas. Te


aconsejo que sea dulce y tierna con él, y que le perdones. Los hombres pierden en
seguida la cabeza, pero luego se arrepiente. Perdónalo y verás cómo se porta contigo
como un perrito faldero.

HERA: ¡Ay, Ártemis! Pero… ¿y si tiene un hijo… toro?

ÁRTEMIS: (Dudando un momento) Pues… lo enviamos a Tartesos, y que el rey Gerión


funde una ganadería de reses bravas: (Hace como si leyera un cartel) “Reses bravas de
Zeus Olímpico”.
HERA: (Suspirando) ¡Ay, no sé, no sé!

ÁRTEMIS: (Resuelta, la levanta del sillón) ¡Yo sí sé! Venga, utiliza las armas que
tenemos las diosas… (Se queda quieta, como si oyera algo) ¡Ssst! Parece que siento
pasos… (Sale y mira; vuelve corriendo) ¡Es Zeus, que viene! Me marcho. (Coge un
frasco de perfume de un estante) Échate de esto (La perfuma).

Hera se queda arreglándose en espera de Zeus: se sienta en su sillón con gesto


teatral.

ESCENA V
Zeus entra con paso lento, cabizbajo y se sienta en su trono mirando de reojo a
su mujer, ante la indiferencia de Hera.

ZEUS: Eros debería reconsiderar su conducta, no solo por lo que hace en la Tierra, al
inducir a los mortales a hacer tonterías (Señalando al público), sino también (En voz
más baja) por lo que hace en el Olimpo, ultrajando sin cesar a todos los dioses. Todo es
tumulto y desenfreno en la olímpica mansión. (Silencio) ¿No lo crees así, Hera?
(Silencio incómodo)

HERA: No sé… (Silencio)¿Acaso ha cometido Eros alguna de sus travesuras? (Hera


mira de soslayo a Zeus, pronunciando pausadamente y remarcando sus palabras).

ZEUS: (Se levanta nervioso) ¿Travesuras? ¿Llamas travesuras a lo que ha hecho


conmigo?

HERA: Y… ¿qué es lo que ha hecho contigo, Zeus, esposo mío? (Con tono
marcadamente irónico).

ZEUS: ¿Qué qué es lo que me ha hecho? Excitarme, incitarme al amor

HERA: (Sonriendo levemente) ¡Como si no estuvieras ya bastante incitado de por sí!

ZEUS: No te burles, Hera, no te burles, pues de veras te lo digo: he pasado vergüenzas


sin número, lleno de furor y de pasión. (Se sienta con la cabeza gacha) Te lo contaré.

HERA: No es menester que me cuentes lo que ya sé. ¿Lo saben ya los demás dioses?
ZEUS: ¡Los dioses y la diosas, los semidioses y las semidiosas, los héroes y las heroínas
y por si algo faltaba (Señala al publico) los mortales todos!

HERA: (Muy enfadada) ¿Los mortales? ¡Lo que faltaba!

ZEUS: Sí hasta los niños van cantando “Zeus a la vaca se la mete y se la saca”

HERA: (Riéndose) ¡Los dioses sois tan ignorantes! ¡Qué tonto eres!

Se hace un silencio, que sirve de pausa reflexiva. Se oye una música dulce de
fondo, tierna y romántica. De pronto aparece eros en escena, dando saltitos: se para al
lado de los dos dioses y lanza su dardo amoroso sobre ellos. Los dioses acusan el
impacto, sienten la punzada del amor y endulzan súbitamente su mirada y sus
facciones.

ZEUS: ¿Perdonarás mi adulterios? (Se levanta y se acerca lentamente, hacia su esposa)

HERA: ¿Dejarás de cometerlos? (Se levanta y se acerca lentamente, hacia su esposo)

ZEUS: (Se queda parado, pensativo) ¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? (Sonríe
con dulzura) Estabas siempre en tu ventana, tan bella y tan blanca, en tu palacio de
Samos…

HERA: ¡Sí, claro que me acuerdo…! Me parecías tan hosco y tan fiero que rechacé
varias veces tus requerimientos.

ZEUS: Y entonces fue cuando Eros me incitó a convertirme en pajarillo y a meterme en


un charco que había en tu jardín.

HERA: ¡Y yo encontré el pajarillo temblando de frío, me entró la compasión y lo puse


en mi pecho para calentarlo! (Reproduce los gestos)

ZEUS: ¡Y me calentaste! (Acaricia a Hera)

HERA: ¡Tú siempre tan caliente!

ZEUS: Y luego pasó lo que pasó.

HERA: Al poco tiempo las bodas. Y heme aquí, convertida en reina de los dioses.
ZEUS: (Tras un corto silencio, sonriendo) ¿Sabes? Creo que Eros actúa de nuevo sobre
mí.

HERA: (Sonriendo, amigable) ¡Zeus, Zeus, eres insaciable!

Empiezan a entonar una canción y a bailarla, con la música de una conocida


habanera.

ZEUS: “Si a tu ventana llega un pajarillo…”

HERA Y ZEUS: “Trátalo con cariño que es tu marido”.

ZEUS: Vámonos a acostar, Hera, que estos mortales (Mirando al público) están
cansados…

HERA Y ZEUS: …y este mito se acaba ya.

Se van cogiditos de la mano, mientras baja el

TELÓN

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