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Prólogo.

Sólo siete personas en el mundo. Algo que no podría sonar tan mal si esas personas se hubiesen
dedicado a reproducirse para, poco a poco, llegar a poblar la tierra de nuevo.

Pero no era posible. No así.

Diana, era la primera, una mujer de cuarenta años experta en biología, quien se dedicaba
enteramente a investigar el suceso. Se la pasaba encerrada en su habitación y sólo salía durante la
noche para comer. Nunca nos dijo nada relevante.

Murió el 1 de octubre de 2020.

Susy, era la segunda, una anciana cuya edad no le pesaba. Fuerte, decidida y muy inteligente. Ella
se aseguraba de mantenernos cuerdos sin recurrir a las mentiras, y también se ocupaba de ayudar
a Diana abasteciéndola de toda la información que sus años de experiencia le habían otorgado.

Murió el 1 de noviembre de 2020.

Dean, el tercero, un hombre de mediana edad, y también, policía de la ciudad. Su único objetivo
era averiguar lo que había sucedido, pero entre tantos viajes, jamás lo supo.

Murió el 2 de diciembre de 2020.

Jackson era el cuarto, un hombre entrado en los cincuenta, totalmente religioso. Se pasaba el día
diciendo que lo sucedido era un castigo de Dios y que los que habíamos sobrevivido, éramos los
elegidos para ir al paraíso.

Murió el 3 de enero de 2021.

Quino, el quinto, un hombre de treinta años, adicto a la lectura, muy culto y muy preciso. Formaba
teorías junto a Dean, pero casi siempre terminaban discutiendo.

Murió el 5 de marzo de 2021.

Marie, la sexta, una niña de apenas doce años cuya depresión la llevaba a sumirse en estados de
locura en los cuales intentaba suicidarse. Tuvimos que detenerla más de quince veces.

Murió el 8 de abril de 2021.

Y yo, Drey, la séptima. Con dieciocho años, lo único que comprendía era que el mundo se había
acabado, que no tenía a mi familia, que estábamos en un estado crítico y que me había quedado
completamente sola.
Hasta ahora, viva.

Capítulo I

En días nublados, incluso podía ponerle nombre al mundo: "Drey's World". No. ¿Por qué en inglés?

Quizá: "El mundo de Drey". Demasiado caricaturista.

Probablemente: "Planeta Drey". Más conveniente.

O al menos: "Planeta Asfixia - Antiguo planeta tierra, no entre o podría morir".

Así intentaba divertirme un rato.

Hoy, la realidad.

Ya no se escuchaba el perturbador sonido de la estática producida por el radio, ese que enfatizaba
la soledad en la que se había sumido el mundo. Por eso lo había odiado, y por lo mismo, en
algunas ocasiones tenía que hacer reproducir cds para escuchar las voces de los cantantes que
tiempo atrás, habían existido. Mis favoritos sin duda eran: Maroon5 y Arctic Monkeys.

En realidad, nunca hubo una alerta, nadie dijo:

"los humanos se extinguirán hoy", así que sólo pasó, como sucede cualquier cosa. ¿Qué si lo
esperamos? Jamás.

Despertamos aquel primero de septiembre bajo la frescura del invierno, con el objetivo de cumplir
nuestras respectivas rutinas, y para cuando había dado la tarde, todos se asfixiaban sin razón
aparente.

"Algo" en el aire había ocasionado una gran incapacidad para respirar, y por lo tanto, también
había causado desesperación entre los habitantes de la ciudad. Para ese momento ni siquiera
imaginaba que lo que sucedía, alcanzaría niveles catastróficos y que iba a sobrevivir a ello.

Pero, ¿cómo? ¿Cómo me había salvado? Gracias a mi padre, que con sus últimas fuerzas, había
logrado encerrarme en el sótano. Me desmayé, y cuando desperté, sabía dos cosas: todos estaban
muertos y yo tenía una máscara en el rostro. Poco después, sin comprender nada, también supe
que formaba parte de un pequeño grupo de supervivientes.

Un grupo conformado por seis personas que al igual que yo, no le hallaban explicación a lo que
había pasado. Seis personas de diferentes ciudades que se habían encontrado para unirse como
imanes. Al grupo lo hallé tres semanas después del incidente, al mudarme porque mi ciudad natal
se había quedado sin electricidad.

Terminé viviendo con ellos porque no lograba soportar del todo, el hecho de haberme quedado
sin nada. Para ese entonces yo había sido una niña, una persona débil, una persona incapaz de
sobrevivir por sí sola, pero con el pasar del tiempo y gracias a ellos, había aprendido a sostenerme.
Durante el primer año solos, encendíamos la televisión esperando noticias, pero no había
programación, no había radio, ni mensajes, no había ninguna señal, no había nada. Lo único que
había, eran millones de cuerpos dispersados por el suelo.

Ese mismo año, antes de navidad y de perder toda esperanza, habíamos viajado a otras ciudades,
pero en todas encontrábamos lo mismo: cadáveres. Después de eso, estuvimos más que seguros
de que éramos las únicas personas con vida en el país.

Con el pasar del tiempo, no llegó nadie más.

Las noches en un mundo despoblado eran incluso más frías, porque ―según Diana―, sin los
millones de humanos que produjeran calor, el ambiente se volvía más fresco. Durante esas noches
había pensado en el suicidio como una vía rápida para huir de lo inexplicable, de lo que a mis
quince años era incapaz de entender, pero, nunca podía. De ningún modo podía terminar con mi
vida porque sentía que ya se había acabado.

Capítulo II

El diario de Levi H.

Segunda anotacion de Levi H:

Me desespero cuando mamá le dice al abuelo que se calle, a mí me gusta escuchar sus historias.
Siempre habla sobre que algo malo nos espera, pero ella piensa que él está desvariando. Já, si
alguien supiera que escribo en un libro, seguro me dirían "gay", pero es que no sé a quién contarle
esto que me está atormentando. Anoche tuve un sueño muy extraño, vi intensas luces y una
habitación muy blanca, sólo eso. A veces sueño esas cosas, como que estoy atrapado en algún
lugar, pero entonces no recuerdo nada más. Es tan extraño esto. Intentaré que el abuelo me hable
de lo que cree que sucederá".

Cuando terminé de leer aquella hoja, me quedé mirando con detenimiento la caligrafía. Era torpe,
separada, pero bien trazada cómo la de cualquier adulto. Entonces me pregunté cuántos años
habría tenido Levi H al escribir aquello. No había fecha ni referencias, sólo pensamientos.

Cerré el libro y lo dejé reposar sobre mi pecho. Estaba recostada sobre mi cama y lo único que veía
era el techo de cristal. Sí, tenía un techo precioso con vista a las estrellas porque había decidido
alojarme en una de las mejores casas de la ciudad, pero no por ambición, sino porque la sensación
que producía el espacio abierto y la vista al cielo, me ayudaba a conciliar el sueño durante las
noches de insomnio.

Recordé las noches en las que le hacía compañía a Marie, esas en las que ella se había deprimido
por la ausencia de su familia. Extrañamente yo había servido de apoyo aunque también me estaba
desmoronando, pero había sido una niña tan dulce que encariñarse con ella, había sido algo
inevitable.
Ante el recuerdo, una lágrima corrió por mi mejilla. ¿Cómo era que habían muerto tan de repente?
¿Y por qué yo no moría también? ¿Por qué estaba obligada a permanecer viva mientras que los
demás, con suerte, se habían esfumado? No podía darle respuestas a mis preguntas, así que volví
a abrir el libro y vi la siguiente página:

Tercera anotación de Levi H:

Nada. Eso es lo que obtengo del abuelo: nada. Debería preocuparme por estudiar, pero es que es
imposible si toda mi mente es un revuelo. No dejo de pensar en que no sé quién soy, en que
recuerdo poco de mi infancia y en que las lagunas mentales son cada vez más frecuentes. Extraño
a papá, quizás él se hubiese preocupado por mí y me hubiese entendido. ¿Por qué las personas
que más amas, mueren? ¿Por qué la vida te hace sentir que no mereces lo que tienes, al
quitártelo? Bien, entrando a otro tema, tener que estudiar es un asco, ni siquiera puedo
concentrarme. Sigo teniendo demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Vaya mierda.".

Me pareció que la vida de Levi H era demasiado intrigante y extraña, pero saberlo, me agradaba.
Sentía que estaba conociendo a alguien con tan sólo leer sus palabras, y lo repetí en mi mente:
estaba conociendo a alguien más. Después de tantos años, con aquel libro entre las manos, sentía
una compañía. Una compañía inexistente.

Continué leyendo. Una chispa de emoción me recorría el cuerpo:

Cuarta anotacion de Levi H:

Siento que poco a poco, voy cambiando. ¿Que por qué lo siento? porque lo he notado. Antes me
gustaba salir, conocer gente, relacionarme y socializar. Ahora cada vez que me hablan, deseo que
dejen de hacerlo. ¿Pero por qué sucede esto? ¿Por qué el cambio tan repentino? Hay algo en mí,
hay algo, pero no sé qué es. Al menos me miro en el espejo y soy igual, pero, temo que un día el
reflejo cambie. ¡Ah! Estoy desvariando ahora. Quizás el loco soy yo y no el abuelo. ¿Pero cómo sé
si esto es demencia?

Capítulo III

Una verdad.

Cuando dio la tarde, emprendí mi viaje hacia la dirección que había en el libro. Tomé mi auto,
aquel que casi siempre usaba, guardé algunas bolsitas de croissant, una botella de agua en mi
bolso y salí de casa con él colgando de mi hombro hasta el otro extremo de mi cadera.

Una pequeña llama de esperanza se había encendido en mi interior. Tenía un buen


presentimiento, una punzada positiva, algo que hacía que me sintiera entusiasmada. Cada
segundo fantaseaba con escuchar la voz de alguien más, con estar cerca de otra persona para
erradicar por completo esa agobiante sensación de soledad. Leer ese diario me había llenado de
ilusiones que no consideraba tan absurdas.
Conduje lo más rápido que pude manteniendo una velocidad adecuada. El recuerdo del día en que
había aprendido a manejar un auto llegó a mi mente. Quino me había enseñado alegando que era
sumamente necesario para el grupo, pues todos debíamos colaborar en la búsqueda de comida y
durante los viajes que habíamos hecho tratando de hallar a otros sobrevivientes.

Resultaba bastante frustrante que algunos autos con personas muertas dentro de ellos, estuvieran
estacionados en medio de las vías. Trataba de no mirar porque los cuerpos causaban un gran
impacto visual, pero era inevitable cuando debía rodear los automóviles para poder seguir
avanzando.

Coloqué un cd de música, subí todo el volumen para alejar la imagen de los cadáveres en mi
mente y aceleré cuando el camino se despejó. El ambiente estaba fresco y el viento entraba por la
ventana haciéndome ondear el cabello. Por primera vez me sentí bien, como si estuviese pisando
la entrada a un objetivo de vida, a un destino, a algo que podía valer la pena, y esa era una
sensación que no había experimentado en tres años, porque desde que había ocurrido la
catástrofe, mi existencia había perdido completamente su rumbo.

Después de tanto tiempo, veía ante mí un camino, la dirección hacia un lugar para hallar a alguien.
Para encontrar vida nuevamente. Para hallarme también.

Conduje aproximadamente cuatro horas sin hacer ninguna parada para descansar. Las ansias no
me lo permitieron. Aquella ciudad que yo jamás había visitado, tenía cadáveres por todos lados:
en las calles, en las aceras, dentro de los autos, y en dónde se pudiese ver. Eso suponía un gran
problema para mí porque no podía seguir avanzando con el auto, así que, aunque no quisiera,
tenía que dejarlo. Aplastar los cuerpos nunca había sido una opción, por lo tanto, prefería caminar.

El sol todavía brillaba a esa hora, estaba entrando la tarde. Me reacomodé el pequeño bolso y
traté de memorizar el lugar en dónde dejaba el auto para después encontrarlo con facilidad.
Cuando me sentí lista, me adentré en la ciudad manteniendo mi vista fija en el frente y no a los
lados en donde los cadáveres estaban tendidos.

No supe exactamente cuánto caminé, pero confiando en los letreros, pude hallar la dirección. Al
estar frente al lugar que marcaba el libro, la confusión se apoderó de mí. Era un laboratorio clínico,
o así parecía ser. Volví a mirar la página para asegurarme de que había llegado al sitio correcto, y
efectivamente estaba en él. Admití que me había imaginado algo distinto, una casa o algún
refugio. Nunca una clínica.

Dudé ante la idea de entrar, porque eso me causaba temor. Debía aceptarlo, en algunos
momentos era cobarde y temerosa, incluso tenía una lista estricta de lugares a los que no entraba
ni de día, ni de noche:

No escuelas.

No iglesias.
No hospitales.

Aquel sitio era parecido a un hospital, sólo que mucho más pequeño. El silencio en aquellos
lugares casi inducía a la locura. ¿Y si habían muchos más cadáveres? O peor, ¿y si no había ningún
cadáver pero de repente se escuchaba algún ruido? De todos los sitios del mundo, los hospitales
me parecían los lugares más inquietantes y perturbadores del planeta tierra.

Capítulo IV: primera parte.

La grieta.

Al despertar, noté que me había quedado dormida sobre el asiento del auto. Sentía los ojos
hinchados y pesados ya que las lágrimas se habían secado sobre mis mejillas. Parpadeé
repetidamente para aclarar mi visión y miré por la ventana. Había caído la noche y aún estaba muy
lejos de casa y de todo lo que conocía. Debía regresar.

Seguía decepcionada y un tanto triste, era inevitable, pero poco a poco había entrado en un
estado neutral que funcionaba para no permitir que otra situación me afectara. El estómago me
rugía del hambre, así que saqué de mi bolso algo de lo que había guardado antes de salir y procedí
a engullirlo sola y en silencio.

Mientras masticaba cada bocado, vi el libro de Levi en el asiento de al lado. Me arrepentí de


haberlo encontrado. Había estado muy bien antes de él, porque aceptaba que estaba sola e
intentaba encontrar razones para que ese hecho no me afectara, pero al leer sus palabras había
pisado el borde de un abismo, todo se había desequilibrado y para ese momento, sentía de nuevo
la depresión tratando de hacerme caer a un precipicio. Volvía a sentirlo reciente, volvía a sufrir
porque todos se habían ido, como si tuviera quince años y aún no pudiera asimilar la muerte de la
humanidad.

Mi mente se convirtió en un mar de pensamientos, de recuerdos y de suposiciones que lo único


que lograban, era lastimarme, pero entre tantas ideas, reflexiones y memorias, algo importante
resaltó. De inmediato rebusqué en mi pequeño bolso para encontrarlo, y cuando mi mano hizo
contacto con el objeto, lo extraje del interior para poder mirarlo. Era aquel relicario que había
tomado del cadáver en la casa de Levi y que había ignorado por completo hasta ese momento.

Lo abrí con cuidado y observé las fotos que había en él. Observé al niño. Una pequeña sonrisa se
dibujó en mi rostro porque en ese instante lo supe. Sí había conocido a Levi H, y estaba mirándole
en ese preciso momento. En la foto se mostraba como un pequeño sonriente de negros y
despeinados cabellos lacios con unos grandes ojos color aceituna. No sabía a qué edad Levi había
escrito su diario, y tampoco podía adivinarlo, pero sin duda, ver una parte de él aunque fuese tan
pequeña, me llenaba de felicidad.

Examiné con mayor detenimiento el relicario y vi que en la parte posterior había un grabado:

"Feliz día de la madre, te amo. Con cariño: Levi."


Dejándome llevar por lo que leía, asumí que él había querido mucho a su madre, y que ella lo
había querido muy poco a él, y saberlo me causaba cierta molestia. ¿Cómo una mujer podía
ignorar el sufrimiento de la persona que había cargado por nueve meses dentro de su vientre?
¿No se suponía que, desde el momento en que se daba a luz, debía crearse una conexión madre-
hijo? ¿Las madres no se convertían en mujeres intuitivas? Ella había permitido que él se hundiera
en su habitación con todas aquellas dudas, dolores y angustias y no se había interesado ni un poco
por ayudarle.

Me sentí impotente en ese momento.

Guardé el relicario dentro de mi bolso y tomé el libro del asiento. Podía echarle otro vistazo, ¿por
qué no? Sus escritos eran entretenidos, el problema era yo. Tenía que entender que lo que había
en ese cuaderno era parte del pasado.

"Anotación de Levi H:

Hay algo totalmente hipnotizador en la forma en que una mariposa vuela. Ese movimiento
ascendente y descendente es increíble. Vale, me gustan mucho los animales, los insectos y todo lo
que sea contrario a la vida humana. A veces también quisiera poder volar, así podría huir de esta
miserable vida y qué se yo, ir hacia algún lugar mejor. Hay veces en las que imagino a una enorme
pantera negra, eso es algo más de mis rarezas pero... pero no lo hago porque quiero, sino porque
viene a mí. Es una pantera muy misteriosa, se mueve con soltura, con detenimiento y tiene esos
ojos felinos que parecen hechizar. Bueno, hay demasiadas cosas en mi mente, no sé qué sucede
conmigo. Sin duda soy lo raro dentro de la rareza.".Capítulo IV: segunda parte.

Intenté levantarme del suelo para poder erguirme, pero no pude hacer más que sentarme. Había
caído con la barbilla, los codos y la barriga contra el piso. Sentí un inmenso dolor por todo el
cuerpo, en los músculos y casi en los huesos. No podía estar exagerando. Lentamente me llevé la
mano a la boca y palpé el líquido entre mis dedos. Estaba sangrando, aunque no en exceso.

Supe que me había roto un diente y que tenía una pequeña abertura en la barbilla. Emití un gritito
de desesperación. Nunca me había sucedido algo así, nunca me había lastimado de esa forma.
Traté de elevar el brazo izquierdo, pero intentarlo resultó peor. El dolor en mis músculos aumentó,
una fuerte punzada me recorrió el hombro, y comprendí que el hueso no estaba en su lugar.

Podía saborear la muerte en mi boca, aunque probablemente el miedo que sentía era más grande
que la fractura que me había ganado por creer que podía curiosear sin que eso trajera malas
consecuencias. ¿Cómo iba a lidiar con una fractura? ¿Qué debía hacer? No sabía nada de
medicina, ni de curaciones, ni de cualquier cosa que tuviese que ver con primeros auxilios. ¿Por
qué no había aprendido con los demás sobrevivientes? Claro, porque nunca nos encontramos ante
situaciones así. Siempre estuvimos a salvo, nunca tuvimos que arriesgarnos para conseguir algo.

Miré con impaciencia hacia todos lados. No veía salida, ni nada que se le pareciera. Mi pecho
comenzó a subir y a bajar con agresividad por el agite que me causaba aquella circunstancia tan
angustiante, hasta que poco después comencé a jadear.
¿Por qué no había podido quedarme en la carretera?

Observé el celular que reposaba en el suelo alumbrando el espacio. La pantalla estaba un poco
rota, no del todo porque antes de la catástrofe habían logrado crear celulares más resistentes,
pero sí había recibido un ligero daño. Más allá de él, en el fondo, reposaban unas grandes
maquinas que no reconocí, y entre ellas, una puerta doble de hierro que se veía en un muy mal
estado.

Quería regresar a casa, a mi entorno seguro. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos,
haciéndome sentir vulnerable, indefensa y desprotegida, pero sobre todo, pérdida. Había sido mi
culpa, lo merecía.

Desde mi posición visualicé la escalerilla de madera vieja que colgaba contra la pared y que se
perdía en dirección a la entrada de la grieta. Esa era mi salida. Tenía que subir e irme sin pensar
demasiado. Lánguidamente me levanté del suelo, ignorando el intenso dolor que presionó los
músculos de mi brazo. Avancé hasta la escalera pesadamente, pero con determinación, y con la
mano derecha, me impulsé hacia arriba sosteniendo una de las maderas que lucía más estable.

Gran error. La madera se desmoronó entre mis dedos y caí al suelo de espaldas con todo mi peso.
Me retorcí ahí mismo, sobre la dureza del gélido piso. Mi respiración se agitó de forma
descomunal convirtiéndose en lo único que se escuchaba dentro de aquel lugar de ambiente
claustrofóbico, y ante la incapacidad de poder subir porque la escalera estaba rota, empecé a
sollozar sin control.

Tenía la boca ensangrentada, el hombro fracturado, los codos ardiendo, una abertura en la
barbilla y un ligero dolor en la parte baja de la espalda, ¿cómo no explotar si además, mi única
salida se había desmoronado?

Estaba pérdida, y todo por culpa de mi curiosidad, de mis falsas esperanzas y también de mi
torpeza. Me sentí completamente inservible e inútil, y sentí también que no merecía más que lo
que en ese momento me estaba pasando.

Sabía muy bien que aunque gritara, nadie iba a escucharme. Sabía que nadie iba a acudir en mi
ayuda, y eso era lo que más me inquietaba. Moriría ahí, o peor aún, me quedaría en ese sitio para
sufrir lentamente hasta que mi cuerpo se deshidratara y no pudiera seguir sosteniéndome.

Capítulo V: primera parte.

El inicio de la verdad.

No supe cuando pasó, no supe cómo pasó, pero al abrir los ojos, ya no estaba en el fondo de
aquella grieta. Un tanto adormilada, parpadeé repetidamente para poder aclarar mi visión. Vi un
techo, o eso me parecía. Apreté con fuerza los ojos y volví a abrirlos, me sentía exhausta y mis
movimientos eran lentos. ¿Me había quedado dormida? ¿En dónde? ¿Había sido una pesadilla?
Ladeé la cabeza, confundida. Estiré los brazos y tanteé la suavidad que había debajo de mí y de mis
palmas. Estaba recostada sobre alguna cama. ¿Mi cama? No, no podía ser posible porque aquel no
era mi techo, no tenía la maravillosa vista al cielo; entonces, desorientada, analicé mi entorno con
detenimiento: luces blancas, paredes grises y... ¿aparatos clínicos?

Me exalté de inmediato y me incorporé. Estaba en una camilla y lo que había a mí alrededor era
nada más ni nada menos que una habitación médica muy sobria y vacía, como de manicomio.
Fruncí el ceño y observé mi cuerpo. Tenía puesta una bata de hospital, un dedo conectado a algo y
para mayor sorpresa, varias vendas en el hombro izquierdo.

Miré hacia todos lados y vi un enorme cristal separándome de otra habitación desde la cual me
observaban.

¿Me observaban?

¡Me observaban!

Ahogué un grito y sin comprenderlo, aferré mi mano a las sabanas de la camilla. Mis ojos se
abrieron de par en par, con asombro, con sorpresa, con incredulidad. Debía ser un sueño, o quizás
una alucinación producida por la caída dentro de la grieta, pero, ¿aquello realmente había
sucedido? Me sentí mucho más que ofuscada, no podía hallarle explicación a la existencia de los
dos pares de ojos que me estudiaban a través del cristal.

Dos personas. ¡Imposible! La gente había muerto tres años atrás, no existía nadie además de mí.
Debía estar imaginándolo. Cerré los ojos fuertemente en un intento desesperado por aclarar mi
realidad, pero al abrirlos, ellos seguían ahí, todo seguía ahí. Era absurdo, completamente
inverosímil a esas alturas. Imaginé que podía estar dentro de un sueño muy profundo. Sí, eso era,
y todo gracias a la locura que me había inducido la soledad. Pensé que finalmente, mi cuerpo
había expulsado toda la cordura, y mi mente había llegado a un punto de demencia en el que me
hacía ver cosas que no eran reales.

Tenía que despertar o salir de esa alucinación, así que por tercera vez apreté con fuerza los
parpados, esperé unos segundos, y cuando los abrí, seguía en el mismo lugar. No había
funcionado.

Mi respiración comenzó a agitarse debido al aceleramiento de mi corazón. No era capaz de


creerlo. Un hombre y una mujer. Ahí. Frente a mí. Vivos. Respirando. Se movían y tenían libretas
en las manos.

Lentamente desconecte lo que había en mi mano y bajé de la camilla. Mis pies descalzos hicieron
contacto con el gélido frío. Mis dedos se contrajeron advirtiéndome que todo era real, que tocaba
un verdadero suelo. Con cuidado y un poco de desconfianza, avancé hacia el cristal sintiendo con
intensidad el corazón golpearme el pecho. Me detuve frente a ellos, taciturna, observando través
de la transparencia y delgadez del cristal.
Eran personas, individuos reales. Una repentina e impulsiva oleada de emoción y temor hizo que
no pudiera reconocer si lo que sentía era alegría o miedo. Después de que sus manos se movieran
por encima de las hojas en las que hacían anotaciones, sus ojos se posaron sobre mí. Por primera
vez en tres años sentí la dicha y la satisfacción de ser observada por alguien más. Las lágrimas
amenazaron con salir, pero me contuve.

En los ojos del hombre había duda, pero también un escaso brillo de fascinación, como si nunca
antes hubiera visto a alguien como yo. La mujer lucía más como una muchacha; y aunque era
notable que tenían edades diferentes, y que sus pieles eran muy pálidas, ambos vestían batas
médicas.

Capítulo V: segunda parte.

Desperté tan asustada que casi hice caer todos los implementos médicos que estaban conectados
a mis extremidades. Me encontraba en aquella habitación médica bien decorada, de nuevo, pero
esa vez con el cuerpo hinchado y la mente confusa. No sentía dolor, sin embargo, una punzada
incomoda en el hombro izquierdo amenazaba con perturbar la calma en la estancia.

Me incorporé con cuidado para sentarme. No había nadie más ahí, sólo yo, las máquinas y las
paredes de colores pálidos. Agobiada, traté de rememorar lo ocurrido. No había sido una
pesadilla, realmente había pasado y sí, estaba en peligro.

Mi cerebro me impulsaba a irme de ese lugar, a buscar una forma de regresar a casa, a la soledad,
a la rutina diaria de videojuegos y falsos croissants, pero tenía miedo de poner un pie fuera y
nuevamente ser llevada a la habitación de las pesadillas. Estaba experimentando un nivel de
temor que nunca antes había sentido, uno que me hacía pensar que en cualquier momento todo
iba a volver a pasar y de una forma peor. Además de eso, una docena de preguntas revoloteaban
por los compartimientos de mi mente. ¿En dónde estaba? ¿Por qué me habían hecho preguntas
tan confusas? ¿Cómo era que había parado en esa situación? ¿Cómo podía huir?

Me exalté cuando la puerta de la habitación se abrió. Automáticamente me deslicé hacia atrás y


me acurruqué cerca del espaldar de la camilla. Era inevitable, mis sentidos estaban susceptibles y
mi cuerpo reaccionaba ante cualquier sonido o movimiento desconocido. Un hombre atravesó el
umbral de la puerta para hacerse visible. Era él, el doctor que me había desatado y que había
impedido que el especialista me asesinara.

—¿Cómo te sientes, Drey? —se apresuró a preguntarme en tono afable. Llevaba sobre su cuerpo
una bata blanca y sostenía una libreta en la mano.

Pude notar que su cabello estaba ligeramente ondulado y que entre algunas pequeñas canas, se
veían rastros de color rubio; y aunque su presencia no me intimidaba en lo absoluto o no me
inspiraba miedo, no quise responder a su pregunta. Por alguna razón, como si no dominara el
habla, mis cuerdas vocales no querían emitir sonido alguno.
—No voy a hacerte daño —arguyó, y después de ser víctima de mi silencio, sumó—: permíteme
presentarme, soy el doctor Julian Palafox.

Me tomé un momento para analizar su nombre, y para analizarlo a él. Realmente no parecía que
fuese a lastimarme, pero estaba consciente de que no podía confiar en las personas de ese lugar.
Mirándome a través de sus gafas, esperó a que contestara, así que unos minutos después de que
mi cerebro diera la orden que con mucho temor le enviaba, hablé:

—Quiero... quiero irme —murmuré tratando de que las ganas de ceder ante el llanto no me
quebraran la voz.

—Entiendo, pero no puedes, no estás en condiciones —dijo el doctor. Rápidamente anotó algo
sobre su libreta y luego volvió a posar su atención en mí—. Mira, Drey, lo que pasó fue... fue
terrible, lo sé, así que si hay algo que debas decirnos, puedes confiármelo a mí y yo me aseguraré
de que no vuelvan a lastimarte.

—Es que... no sé qué es lo que quieren que diga —respondí lentamente, mirando a mí alrededor
como si en cualquier momento fuese a aparecer de nuevo el especialista—. Ese hombre... me hizo
preguntas que no puedo responder porque no sé de qué me habla.

El doctor Julian soltó una pequeña y falsa risa, sin embargo, aquel gesto no le hizo perder el brillo
de afabilidad en sus pequeños ojos.

—No creo que esa actitud pueda ayudarte. ¿Por qué no dices la verdad? Quizá vaya contra la
lealtad que te pidieron jurar, pero vale la pena si hace que no te maltraten más, ¿no lo crees?
Piensa en ti, Drey, vamos —razonó.

Capítulo VI: primera parte.

Tarde para hallar lo que buscaba.

Cuando desperté por tercera vez, la habitación era distinta, más grande y no estaba sola en ella. Al
frente, justo cerca de la puerta, incluso con la vista borrosa, reconocí al doctor Julian quién parecía
estar teniendo una charla con otras dos personas. Una mujer de espesos y rizados cabellos rojizos
que no lucía muy amigable, y un hombre alto, fornido, de cabello castaño y postura recta. Ambos
vestían pantalones verdes y camisas negras cuyo estampado en el pecho mostraba la "L" y la "R"
que ya sabía que representaban a La Resistencia.

No tuve intenciones de moverme para avisar que había despertado, así que sólo parpadeé
lentamente esperando que mi vista se esclareciera por completo. A pesar de eso, ellos no notaron
que ya estaba consciente y continuaron su charla. Hablaban de tropas y de rendimiento en
soldados, temas que aunque sonaban interesantes para escuchar, no lograron disipar los
pensamientos que predominaban en mi mente.
Experimentaba un dolor, pero no uno físico, sino uno completamente emocional. Podía asegurar
que no me sentía igual que antes, ni un poco. Lo que sentía era que algo, como una fuerza
desconocida y descomunal, me había despojado de una parte importante. Sentía que un ser
invisible me había acuchillado hasta lo más profundo, rasgando mis emociones, mis creencias y mi
esencia; que me habían dejado vulnerable, débil e incluso inexpresiva, con una variedad de
palabras marcadas en los recuerdos: "escoria", "maldita rata", y con una secuencia de imágenes
grabadas en la memoria. Un golpe tras otro, un dolor tras otro.

—¿Y Carter cómo reaccionó? —escuché de repente. Mis sentidos despertaron llevando mi
atención a la conversación que se estaba llevando a cabo frente a mí. Carter, el nombre me ponía
a temblar.

—No dijo nada, sólo se fue —respondió Julian negando con la cabeza—. Imagino que cuando lo
supo, fue a reprenderse a sí mismo.

—Su reacción no es para menos, Julian —intervino el hombre de cabello castaño cuyos brazos
estaban cruzados y cuyas manos resguardaba bajo las axilas—. Él está encargado de interrogar a
cualquier prisionero que se tenga en las celdas y más aun a cualquiera que se le descubra
infiltrándose en la ciudad. Sólo estaba haciendo su trabajo.

—¿Ustedes realmente creen que El Imperio enviaría a alguien a infiltrarse de esa forma? No
subestimen, por favor —repuso el doctor. El hombre de torso fornido sonrió.

—Pues en eso tiene razón, creo que a Carter le faltó más sentido de la lógica. Es que desde que
estamos aquí ha querido aplicar sus conocimientos en alguien y no ha podido. No es que nos
lleguen infiltrados muy a menudo, ¿cierto?

La mujer de los rizos le dedicó una mirada fulminante a su compañero de uniforme. No le habían
agradado sus palabras.

—Los métodos de Carter son brutales, muy efectivos si somos conscientes, pero como dice Julian,
al ser la primera persona que se encuentra creyendo infiltrarse, debió haber acudido al
comandante sin perder tiempo —expuso ella.

—¡Pudo haberla matado! —exclamó el doctor con cierta indignación—. ¿Se imaginan? La primera
persona inmune... y Carter pudo haberla asesinado. Lo peor es que ella suplicó que le creyeran.
Me siento culpable en cierto modo, yo dejé que se la llevaran por segunda vez. Tampoco le creí en
un principio.

—Nadie le hubiera creído en un principio, y si no actúas rápido, nadie le hubiera creído nunca.
Habría pasado como infiltrada y de seguro habríamos terminado por eliminarla —dijo la pelirroja.
Sonaba severa—. No tienes que sentirte culpable, porque si lo pensamos bien, en primera
instancia suena absurdo, ¿un inmune a ASFIXIA? Parece muy surreal.

Capítulo VI: segunda parte.


Me incorporé con brusquedad apenas desperté. La habitación médica estaba completamente sola
en ese momento y junto a la camilla, un pitido sonaba intermitentemente. Podía ver todo con
claridad, pero recordaba haber experimentado una sensación de confusión desesperante. Me
observé a mí misma. Vestía otra bata médica y tenía el hombro vendado permitiéndome muy poca
movilidad.

No sentía dolor en alguna parte del cuerpo, pero experimentaba una leve y extraña sensación de
incomodidad que podía atribuirle al hecho de encontrarme en un ambiente que desconocía. Lo
más lógico y sensato era salir de ahí aprovechando que no había nadie más presente. Tenía que
abandonar el sitio y retornar a la seguridad de mi casa aunque hacerlo me condenara a la soledad
eterna.

Bajé con cuidado de la camilla. Resultaba un poco incómodo tener el brazo izquierdo inmovilizado,
pero aun así, después de que mis pies se acostumbraran a la calidez del suelo, mantuve el
equilibrio al caminar. Avancé hacia la puerta y de perfil, apegué mi rostro a ella intentando poder
escuchar algo del otro lado, pero el silencio era abrumador. Coloqué una mano sobre la manija y la
impulsé hacia abajo abriendo con lentitud para poder salir sin hacer algún ruido. Miré de un lado a
otro y vi un largo y solitario pasillo de paredes blancas, muy a mi favor para poder escapar.

Demasiadas puertas cerradas y ningún cartel que señalara la salida de emergencia o alguna salida
alterna. No podía detenerme a abrir cada una de ellas, pero sin importar como debiera hacerlo,
hallaría la forma de escapar. Siguiendo mi instinto, doblé a la derecha en el primer cruce que
encontré. Vi más puertas y otras posibilidades para girar hacia dónde el pasillo se extendía, y fue
justo ahí en donde no supe qué camino tomar. Uní mis dedos y comencé a apretujarlos con cierto
nerviosismo porque sabía que si escogía un mal camino, la decisión podía jugar en mi contra.
¿Izquierda o derecha? ¿Una puerta u otra?

Una voz proveniente del pasillo que tenía justo atrás, me sobresaltó.

—¡Si te callas, Butterfly, Julian nos puede explicar todo con exactitud!

Reconocía aquella voz masculina y autoritaria. Era él. Me di vuelta inmediatamente y me aproximé
al lugar desde donde provenían las palabras. Entre la soledad del pasillo, una gran puerta doble se
hallaba entreabierta. Avancé hacia ella y teniendo cuidado de no hacer ruido o de no alertar con
mi presencia, miré a través de la abertura. Contemplé al doctor Julian de pie frente a una especie
de pantalla gigante que reflejaba algunas estadísticas incomprensibles a mis ojos; también, en una
gran mesa ovalada reconocí sentados a la mujer pelirroja y al hombre que habían estado dentro
de la habitación médica. En el centro casi como cabecera, situado con la mano en la barbilla y el
ceño fruncido, estaba Levi Homs.

—Lo que quiero decir, comandante, es que en el informe no está registrado exactamente qué tipo
de alteraciones aplicaron en el cuerpo de Drey. No puedo saber qué métodos utilizaron a menos
que haga análisis profundos a su organismo, y aun así, no puedo asegurarle que lo descubra del
todo —explicó el doctor Julian. No se veía muy cómodo hablando ante ellos—. Debo someterla a
estudios delicados que por ahora, no creo necesarios.

—¿Por qué no son necesarios? —preguntó la pelirroja.

—Debido a la tortura, presenta síntomas claros de un trastorno de estrés postraumático. Es


posible que le tome tiempo asimilar que no vamos a lastimarla, porque su mente se encarga de
crearle regresiones del momento en el que sus niveles de miedo y shock emocional fueron
extremadamente altos —aclaró con cierto pesar mientras que miraba a cada uno de los
presentes—. Este tipo de trastorno tiene que ver directamente con la ansiedad, así que puede
sufrir episodios de desconfianza o ira en los que ella sólo cree que volverá a protagonizar el suceso
que la marcó.

Capítulo VI: tercera parte.

—¿Qué?

Su pregunta se perdió rápidamente en la inmensidad de la sala. Si con el diario podía demostrar


que verdaderamente había vivido arriba después del incidente, estaba dispuesta a enseñárselo,
aunque, confesar que me había servido de compañía y que por él había salido de mi pueblo, era
algo que no valía la pena mencionar.

—Para mostrarte necesito que me devuelvan mis cosas. Cuando caí dentro de la grieta llevaba un
pequeño bolso, ¿podrían dármelo? —dije. Su expresión facial se suavizó y entonces, asintió.

—Ordenaré que lo lleven a tu habitación —enunció mientras se volvía hacia el ventanal para
comenzar a cerrar las cortinas—. ¿Y qué es eso que quieres enseñarme? ¿A qué te refieres con
"una parte de mí"?

—Bueno, es... —intenté decir, pero velozmente otra voz me interrumpió.

—¡Levi!

El hombre cuyo nombre era Ligre, entró con tanta urgencia a la sala que no pudo disimular el agite
y la preocupación que denotaba su rostro. Ignoró completamente mi presencia y se dirigió
directamente al comandante:

—Tienes que venir rápido a la sala de control, y sí, sé que me dijiste que me encargara de la
inspección, pero es muy importante, hay algo que debes ver —le informó con apremio. Levi
reaccionó sin tardar.

—Voy de inmediato —manifestó para después, volverse hacia mí—: te buscaré más tarde y
hablaremos de lo que quieres mostrarme, ¿de acuerdo? Ahora, por favor regresa a tu habitación y
descansa un poco.
Los nervios se disiparon después de que lo vi salir. Tendría, al menos, una buena cantidad de
tiempo para pensar en cómo le diría que tenía su diario, lo único que no terminaba de
convencerme para decir toda la verdad, era el miedo de obtener una mala reacción de su parte.

Me acerqué al ventanal y corrí las cortinas yo misma. Parecía ficticio y poco creíble el hecho de
que de un momento a otro había pasado de estar sola a tener a cientos de personas andando a mí
alrededor. Observé de nuevo la gran civilización y una sensación de temor me abrumó. Las
palabras de Julian habían estado cargadas de esperanza, por lo tanto, cuando toda esa gente
supiera que yo era inmune al gas, ¿pondrían sus esperanzas en mí? Incluso pensarlo comenzaba a
pesarme haciendo que me preguntara, ¿por qué yo?, ¿por qué Dan y también Diana y todos los
demás? Ni en las noches más frías y aburridas me habría podido pasar por la mente que bajo
tierra, algo así existiera. Habían estado bajo mis pies todo ese tiempo y no lo había descubierto
por mi falta de interés y mis innumerables miedos.

—A veces yo también me quedo mirándolos por un largo rato —habló alguien.

La voz me tomó por sorpresa, alarmándome. Con premura me eché hacia atrás y me aferré a la
pared, pero para mí entera calma, era Julian quien había emitido las palabras.

—Sé que tienes miedo —añadió después de que mi silencio se extendió—, y debes saber que eso
es completamente normal.

—Miedo y muchas dudas —confesé mientras intentaba apaciguarme un poco. Julian asintió y
reajustó sus gafas.

—Cualquier cosa que necesites, no dudes en comentármela. Quizá no pueda despejar todas esas
dudas, pero puedes contar con que te diré lo que sé sobre nosotros, sobre nuestros enemigos y
sobre tu inmunidad.

Me mostré turbada. Hasta ese preciso momento había estado ignorando el hecho de que era
inmune, pensando sólo en que debía irme para poder estar a salvo, lo que no estaba considerando
era que partir, significaba caer de lleno y de nuevo, en la soledad que me había envuelto durante
un año entero. Para poder entender la complejidad de la situación, lo mejor era hacer una lista
mental sobre lo que sabía para así poder llegar a una conclusión razonable.

Capítulo VII: primera parte.

Una nueva vida.

El uniforme me quedaba un poco holgado, pero eso no era un problema para mí. Cómo pude logré
colocarme la camisa sin mover demasiado mi brazo izquierdo, y cuando estuve lista con unas
botas negras calzadas, salí de la habitación.

—Creo que eres más delgada de lo que pensaba. —dijo Exen al mirar lo grande que me quedaba la
ropa.
—Así está bien, no importa —le dije.

—Bien, andando.

Él inició la caminata y yo le seguí manteniendo el paso a su lado. Pasamos por los mismos pasillos
blancos que ya había visto y poco después, llegamos hasta lo que parecía ser un ascensor. Me
pregunté cuál sería la fuente eléctrica de aquel lugar, pero no me atreví a plantearle mi duda a
Exen. Él pulsó un botón que se iluminó y ambos aguardamos.

—No imaginé que el doctor Julian tuviese un hijo —comenté mientras ambos esperábamos. Él
curvó la boca hacia abajo.

—Es más viejo de lo que parece —dijo sin mirarme.

— ¿Qué tanto?

—Cuarenta y ocho años —confesó con diversión. Alcé las cejas sin tanta sorpresa.

— ¿Y tú cuántos tienes?

—Veinte. —Respondió al momento en que la puerta del ascensor se abrió—. Y tú tienes dieciocho.

— ¿Cómo sabes? —inquirí cuando avanzamos.

—Te dije que no eres la única que escucha detrás de las puertas.

El ascensor se cerró frente a nosotros y comenzó a descender, mientras tanto, nos mantuvimos en
silencio. Era un espacio amplio, pero había algo en los ascensores que siempre me había dado
mala espina, así que cuando la puerta se abrió y salimos de él, agradecí que no durase demasiado.

Seguimos esa vez por un pasillo más decorado. Tenía algunos cuadros simples y algunas puertas.
Cuando llegamos al final, vi una especie de recepción en dónde había una mujer de muy buen
aspecto. Al pasar frente a ella, observé cómo le sonreía con complicidad a Exen.

—Adiós, cariño —le dijo ella meneando su ondulada cabellera rubia. Exen le devolvió la sonrisa
pero no dijo nada.

Llegamos hasta una puerta doble y después de que él la abrió, no pude parpadear por la
fascinación. Las personas iban y venían frente a mí, había algunas cabañas y varias especies de
calles que conducían a lugares que no conocía. Miré hacia arriba y vi lo que podía llamarse "un
cielo de piedra" porque era algo parecido a una bóveda muy amplia de la cual colgaban inmensas
y extrañas lámparas, pero, más al fondo a dónde todas las miradas podían llegar, había un gran
reloj digital que marcaba la hora en números completamente visibles. Eran apenas las dos de la
tarde.

Me asombraba la inmensidad de lo que sí podía llamarse una ciudad aunque sus casas fuesen más
como cabañas, y los edificios no superaran los cuatro pisos.
—Al menos podrías disimular un poco, ya sabes, haz cómo si lo conocieras todo —dijo Exen
haciéndome salir de mis pensamientos.

Suspiré pesadamente y asentí porque tenía razón, no podía demostrar que había estado sola por
tanto tiempo y que por esa razón actuaba cómo un bebé ante un objeto brillante, pero, el hecho
de ver a todas esas personas, era maravilloso.

— ¿Y todos ellos cómo sobrevivieron? —pregunté. Exen se colocó más a mi lado para que no
pudiesen escucharnos.

—La mayoría son las familias de los soldados que recibieron la alerta. Ya te lo han dicho, ¿no?
Bueno, pudieron salvarse porque pertenecían a familias importantes. Aquí casi todos tienen un
hermano soldado, un tío embajador, un abuelo diputado o simplemente un papá doctor, ¿me
entiendes? —explicó e hizo un movimiento con la mano indicando que le siguiera.

Capítulo VII: segunda parte.

— ¿Pero qué...? —murmuró mientras daba pasos lentos sin dejar de mirar el libro.

Tragué saliva. La mano me tembló por un momento pero entonces él colocó la suya y sostuvo el
diario. Pensé lo peor, esperé gritos de reproche, regaños por haber violado la privacidad e incluso,
esperé su completa indiferencia, pero, Levi sólo estaba inmerso en la tapa que acariciaba con
sorpresa.

—Lo conseguí por casualidad —añadí. Él lo abrió.

Se veía más pequeño entre sus grandes manos. Miró la primera hoja, ahí en donde decía

"Este libro pertenece a Levi H", y después de hacerlo, me observó con inquietud.

— ¿Estuviste en mi casa? —inquirió. Su voz sonaba más suave.

—Sí, bueno, estuve en muchos lugares —respondí mientras apretaba mis dedos con nerviosismo.

— ¿Lo leíste?

—Sí. —Afirmé después de un suspiro pesado, sintiéndome muy apenada—. Antes de llegar aquí,
yo ya te conocía.

Levi se quedó en silencio. Pasó una hoja y sus ojos se movieron en dirección a las líneas escritas.
Casi inconscientemente caminó hacia la camilla y se sentó en ella con lentitud, inmerso en lo que
había escrito. Yo me moví un poco para quedar frente a él y no perderme cada una de sus
reacciones. Estaba nerviosa, temerosa y mi cuerpo lo demostraba haciéndome temblar.

—Escribí esto cuando tenía apenas dieciséis años. —Dijo después de unos minutos de silencio—.
Yo estaba muy confundido.
Suspiré al escuchar sus palabras porque había obtenido una respuesta. Había conocido al Levi de
dieciséis años y era muy distinto al que tenía en frente. Él pasó otra hoja, estaba boquiabierto,
pero posiblemente las emociones estarían mezclándose en su interior. ¿Cómo se sentiría al
reencontrase consigo mismo? Pero a pesar de todo, yo quería saber qué le había pasado, cómo
había resuelto sus dudas y cómo había llegado a convertirse en soldado.

—Levi —susurré con intranquilidad. Él ni siquiera me observó, pero esbozó una muy pequeña
sonrisa.

—Gracias por dármelo. —Dijo de repente y entonces, se colocó de pie como si todo estuviese a la
perfección—. Entonces, ¿querrás una cabaña?

Yo fruncí las cejas ante aquella acción que me turbó ya que esperaba más explicaciones, pero
parecía que él no iba a dármelas.

— ¿Qué? —solté.

—Una cabaña, me la pediste —aclaró con naturalidad.

—No, no —negué haciendo un movimiento con la mano—, ¿cambiarás de tema así tan rápido?

— ¿Y qué puedo decir? —preguntó con ingenuidad. Yo resoplé con obviedad.

—Pues, no lo sé, quizá podrías explicarme lo que hay dentro del libro —objeté señalando el diario.

—Son pensamientos —se limitó a decir. Aquello me incomodó.

—No, no lo son. No son sólo pensamientos. Lo leí completo, incluso lo releí, y sé que te sucedían
muchas cosas, tenías lagunas mentales, te quejabas, sufrías y estabas lleno de dudas —Solté con
rapidez haciendo gestos exagerados. Estaba comenzando a sentirme molesta, pero él por su parte
estaba muy calmado—. Yo... sólo quiero saber qué fue lo que te pasó, cómo cambiaste.

— ¿Cómo cambié? Las personas maduran con el tiempo, así cambié. —Alegó y dio un paso al
frente. Ambos estábamos cerca, aunque no tanto, pero si lo suficiente como para observarnos
muy bien—. Mira, sé que lo que hay escrito aquí puede resultar confuso, pero, es parte del pasado
y no significa nada. Era un adolescente, uno muy extraño, y eso es todo. Debes olvidarlo, ¿de
acuerdo?

Capítulo VII: tercera parte.

Me sentí desorientada por un momento debido a la rapidez con la que Exen nos introdujo en la
habitación, pero apresuradamente me centré en lo que estaba sucediendo. Todos nos observaron
con desconcierto, estaban muy agitados, Butterfly se movía de un lado a otro y Levi tenía una
expresión de ira bastante notable.

— ¿Nos van a bombardear? —preguntó Exen, atónito.


— ¡Exen! ¡Joder! —Bramó Julian acercándose a él—. ¿Qué haces aquí? ¿De nuevo estás
escuchando a escondidas?

Julian lo miró con enojo pero Exen sólo se dedicó a observar a Levi. Yo estaba quieta, con los ojos
enfocando a cada persona, apenas me movía y nadie reparaba en mí. Ya sabía que había una
especie de avión que habían intentado interceptar, y que al no poder hacerlo, dicho avión había
recibido una señal de ataque y estaba dispuesto a defenderse. Por esa razón el ambiente estaba
denso.

De repente, uno de los hombres sentados frente a un monitor, se levantó de inmediato.

—Dos minutos con cuarenta segundos para que el Predador ataque —vociferó con cierto
nerviosismo.

—No, ese maldito no nos va a bombardear, no a mi ciudad —soltó Levi con determinación. Ligre
se apresuró a situarse frente a él.

—Esperamos ordenes, comandante —le dijo. Levi tensó la mandíbula.

—Vamos a derribarlo. —Dictaminó, decidido, y entonces los hombres volvieron a sus lugares. Ligre
asintió con la cabeza—. Preparen las plataformas antiaéreas. Controlaremos el disparo por radar,
podemos atacar antes de que él nos ataque.

—Dos minutos con treinta segundos —volvió a decir el hombre.

Sin más, Ligre corrió hacia el otro lado de la habitación y tomó asiento frente a un gran panel que
reflejaba imágenes indescifrables ante mis ojos. Todos estaban demasiado ocupados como para
prestarle atención a quienes éramos un par de intrusos, claro, menos Julian que por lo bajo le
soltaba reproches a Exen. Ligre comenzó a manipular botones y teclas mientras que los demás se
comunicaban información por medio de unos micrófonos y audífonos incorporados en sus orejas.

Por su parte, Levi se colocó detrás de Ligre para poder tener completa visión de lo que hacía, y
aunque no tenía contacto con los paneles, se notaba que era él quien estaba al mando y quien
tomaba las decisiones.

—Las plataformas han ascendido, comandante. Iniciando el proceso de selección de objetivo —


informó Ligre con voz audible.

Por otro lado, Butterfly estaba apoyada del espaldar de la silla en la cual se situaba uno de los
hombres que operaban las máquinas de control. Ella le daba indicaciones con severidad, y yo
podía jurar que aquella persona que trataba de concentrarse en trabajar, no hacía más que
temblar por los gritos de la pelirroja. Todo era un ajetreo.

—Dos minutos con quince segundos.


—Sistema preparado, diez segundos para iniciar primer lanzamiento —soltó Ligre sin apartar sus
manos de las teclas.

Levi se movió hacia otra pantalla y todos posamos nuestra atención en ella. Yo sabía que la imagen
estaba siendo grabada por una cámara con visión nocturna y que por esa razón lucía algo verdoso,
pero se podía apreciar perfectamente una gran plataforma de lanzamiento, precisamente como
aquellas que había visto en los videojuegos con un largo lanzador que en su interior debía tener
misiles listos para ser disparados contra el blanco.

—Esta es la última vez que escuchas detrás de las puertas, ¿queda claro? —le oí decir a Julian.
Exen puso los ojos en blanco y se giró hacia él.

Capítulo VIII: primera parte.

El espíritu de un soldado.

Sentía que la cabeza me iba a estallar y que todo a mí alrededor daba vueltas. Estaba mareada,
desorientada y podía escuchar un intenso pitido que ofuscaba mis pensamientos. Miré hacia todos
lados, estaba demasiado oscuro y sólo tenía completa visión de las áreas en donde la lámpara de
cabeza alumbraba. Sabía que el misil se había lanzado, pero no sabía si había dado en el blanco, así
que con cuidado me aparté del asiento y me coloqué en pie. Perdí el equilibrio pero me apoyé del
lanzador para poder mantenerme erguida, sin embargo, todos mis sentidos estaban
descontrolados.

—Drey, ¿estás bien?—pude escuchar. Era la voz de Levi, y me tomó unos cuantos segundos saber
que venía desde el códec.

—Sí... —Respondí entre un jadeo—. ¿Qué pasó con...?

—Lograste lanzar el misil, el Predator ha caído —contestó él.

— ¿En serio? —Pregunté tropezando las palabras. Me sentía algo débil—. Eso es genial...

—Ahora vuelve al ascensor, vamos.

Parpadeé repetidamente para aclarar un poco más mi visión y con torpeza, me encaminé hacia la
entrada del elevador. A medida que avanzaba me tambaleaba, pero sonreí ante la idea de que
todos estaban a salvo abajo y de que yo había podido disparar nada más ni nada menos que un
misil. ¿Qué habría dicho mamá?

"¡No saldrás de tu habitación por haber manipulado un arma!"

"¡Estás castigada por salir a media noche sin usar un suéter!"

En ese momento la extrañaba, pero lo único que quería era volver y desplomarme en la cama sin
pensar en nada más.
— ¡Fuiste muy valiente! —exclamó Ligre.

El sonido de su voz más el pitido en mis oídos me hizo doler aún más la cabeza, pero también me
hizo apresurar el paso.

— ¿Tú crees? —respondí un poco apenada.

—Venga, lanzaste el misil desde la plataforma, ¿cómo supiste que se podía hacer eso?

Yo reí por lo bajo.

—Digamos que sólo lo intuí —dije con cierta diversión.

—Vale, vale —comentó entre risas—, ahora mueve las piernas, apresúrate.

Me pareció que tardé más de dos minutos en llegar al ascensor, pero se debía a que aunque
intentaba orientarme, me sentía descoordinada y aturdida. Era una extraña sensación, como de
que el suelo bajo mis pies se estremecía para hacerme caer.

Me introduje en el elevador y me apoyé en la pared del mismo para evitar desplomarme. Cuando
se detuvo y abrió sus puertas, tuve que esperar un minuto que la cámara especial purificara el aire
y mis vestimentas. Después de eso pude avanzar y justo al abrirse la gran puerta gris, lo primero
que vi fue a Exen acercarse para brindarme apoyo.

Me sostuvo por la cintura e hizo que mi brazo rodeara su cuello. Yo ni siquiera pude protestar por
la cercanía así que me dediqué solamente a mirar a todos a mí alrededor. La expresión de Julian
era más calmada, cada uno de los presentes estaban más tranquilos, pero Levi parecía algo serio.

Julian acudió sin tardar y entonces tomó mi rostro con una de sus manos y con la otra, sostuvo una
pequeña linterna con la que alumbró mis ojos.

— ¿Te sientes bien? ¿Te duele algo? —Inquirió mientras apuntaba la luz hacia mis ojos. Yo traté de
apartar mi rostro pero él lo mantuvo quieto—. Llévala a los laboratorios, voy a examinarla mejor.

Capitulo VIII: segunda parte.

De camino a la cabaña, me encontré con Nina. Ella vestía una camisa blanca y un pantalón verde.
Hasta ese momento noté que el uniforme era igual para todos excepto en el color de las camisas
que posiblemente representaba cada grupo dentro de La Resistencia. Los del equipo de combate
usaban camisas verdes, eso ya lo sabía, y como Nina había dicho que estudiaba para unirse al
equipo de desarrollo tecnológico, yo asumí que todos allí llevaban camisas blancas como la de ella.

Cuando se acercó a mí, la luz de las grandes lámparas hizo brillar sus ojos grises.

—Despertaste temprano, eh. Al levantarme no te vi, ¿te gusta madrugar? —dijo esbozando una
amplia sonrisa.
—No, es que tenía que ir a que me revisaran el hombro en los laboratorios —mentí. Realmente se
me daba muy bien eso de mantener la mentira.

— ¿Y va mejorando? —inquirió.

—Más de lo que creía —respondí en tono de broma. Nina se dio vuelta y miró el gran reloj que
daba la hora a la ciudad.

—Bueno, tengo que ir a una reunión, ¿sabes? En un mes haremos una revisión a las maquinarias
en las fosas, ¡estoy muy emocionada! —Pronunció con rapidez dando un pequeño salto al final—.
Bien, queda una hora para el almuerzo, ¿te veo allá?

— ¡Claro! Iré a darme una ducha y te espero en el comedor —acepté. Ella se apresuró a caminar,
pero no sin antes decirme:

— ¡Vale, no empieces sin mí!

Me dirigí a la cabaña sin perder tiempo, y en el camino pensé que no había nada mejor que sentir
que comenzaba a formar una amistad. Nina era tan animada y agradable que eso me gustaba, sin
olvidar que era muy gracioso el hecho de que comía casi siete veces por día lo que su mamá le
daba en secreto.

El sentimiento de soledad se disipaba poco a poco porque finalmente tenía una compañía, tenía a
alguien con quien sentarme a comer, alguien con quien podía dejar surgir mi lado divertido, afable
y un poco extrovertido, porque con Nina podía conversar tanto como quisiera y aun así sentirme
en confianza. Me pregunté cómo reaccionaría ella si le decía quién era yo realmente y todo lo que
podía hacer. No era tan agradable mentirle, no a ella, pero quizá Levi tenía razón y debíamos
mantener el secreto.

Cuando estuve en la cabaña tomé un uniforme limpio, ropa interior, una toalla que habían puesto
a mi disposición, y sosteniendo el pequeño bolso con el champú y un jabón, me fui directamente a
los baños.

Estaban tan limpios que olía bien, como a un desinfectante casero con aroma a flores. No había
demasiadas personas, sólo unas cuantas mujeres sentadas en unos largos bancos charlando y con
toallas sujetas a la cabeza. No me prestaron atención, como de costumbre, así que busqué una
ducha vacía y me introduje en ella.

Tuve que tener cuidado de no mojar la venda que me rodeaba el hombro y el brazo izquierdo,
pero con buenas maniobras y correctas posiciones pude asearme y enjuagar mi cabello.

Al terminar, supe que para vestirse, estaba una gran sala y que había que hacerlo junto a las
demás. Yo no era tan tímida como para ofenderme, pero por un instante me avergoncé de mi
desnudez aunque nadie puso un ojo sobre mí. Probablemente todas estaban acostumbradas a
vestirse ante otras miradas y probablemente yo debía acostumbrarme también.
Me coloqué frente a uno de los espejos y me sujeté el cabello castaño y mojado en una coleta
porque era tan largo que así resultaba más fácil llevarlo. Después me observé mejor. Estaba limpia
pero mi rostro tenía moretones en las mejillas y en la comisura de la boca. Estaban algo verdoso y
violáceo, sin duda no se curaban tan rápido como mi fractura. Noté que mis ojos no brillaban
como los de Nina o como los de Exen, los míos que eran de color miel estaban opacos, como si yo
fuese un ser sin vida. También noté que en mi barbilla se extendía una fina y no tan larga cicatriz
en posición horizontal la cual no estaba del todo sana.

Capítulo IX: primera parte

Fragmento de la Constitución Imperial del Nuevo Mundo.

Dictada el 1 de Enero de 2018 bajo supervisión del líder y jefe Gregori Nikólayev.

"Y es por consiguiente un precepto, por regla general de la razón, que todo hombre deberá
esforzarse por la paz dentro de El Imperio, en la medida en que desee obtenerla, y que cuando no
pueda obtenerla, se vea obligado a buscar y usar todas las ventajas de la guerra. Por lo tanto, es
primero, una obligación defendernos por todos los medios que podamos para proteger al líder y
jefe y protegernos a nosotros mismos, aunque se deba morir en el campo de batalla, y segundo,
buscar la paz, y seguirla a toda costa".

Conociendo al enemigo.

— ¡Palafox, o mueves esas piernas o te haré trotar hasta que se te desprendan del cuerpo! —
exclamó con severidad el subcomandante Ligre mirando a Exen, el portador de aquel apellido.

Todos los miembros de una de las tropas de La Resistencia, trotaban alrededor de un campo bien
aplanado bajo las órdenes de aquel que era el segundo al mando. Durante mi estadía en aquella
ciudad, en ningún momento me había detenido a hablar con Ligre, pero después de dos días y de
un veredicto del doctor Julian, mi brazo estaba completamente sano y yo estaba lista para unirme
al equipo de combate, así que con quien debía charlar al respecto, era con él.

Ligre me miró con los ojos entrecerrados. Era sin duda un hombre que podía impresionar, y a
pesar de su rostro jovial, yo sabía que debía tener unos treinta o treinta y dos años. Su mata de
cabello era castaño oscuro, muy bien cortado sobre sus orejas y muy bien peinado; sus ojos eran
color miel, algo pequeños y ovalados pero sin duda, penetrantes hasta intimidar; tenía una
mandíbula cuadrada, era fornido pero no demasiado y el uniforme y sus robustas botas negras le
hacían resaltar la musculatura.

— ¿Y por qué quieres unirte? —me preguntó después de asegurarse que todos los soldados, pero
sobre todo Exen, estuviesen trotando como él lo había ordenado.

—Creo que podría ser beneficioso. Supongo que ya han considerado todo lo que podrían hacer
teniéndome en el equipo —respondí con firmeza. No quería mostrar ni una señal de duda o
debilidad.
—Antes de darte una respuesta debo hablarlo con Levi. —Repuso para luego, girar su cabeza en
dirección hacia Exen quien se había detenido entre todos los que aun corrían—. ¡Te dije que te
muevas, Exen, o créeme que te vas a arrepentir!

— ¡Ya estoy arrepentido de haber venido, no creo que usted pueda superar eso! —bufó Exen
desde su lugar y volvió al trote. Ligre frunció el entrecejo y después, me miró con más calma.

—Levi ya lo sabe, y aunque se oponga, no podrá impedirlo —objeté con un dejo de molestia. Era
un tanto irritante escuchar que primero debía comunicarle todo a Levi.

—Me agrada tu actitud, Drey, pero tengo órdenes de hablar con él antes de tomar cualquier
decisión referente a ti —alegó y se cruzó de brazos. Yo de inmediato comencé a irritarme.

— ¿Ahora soy una muñeca sobre la que ustedes deciden? Yo puedo tomar mis propias decisiones,
y ya la tomé, quiero unirme, así que creo que al menos deberías aceptarme, ¿no? Yo sé que tú lo
ves como una gran oportunidad —dije.

—Podría ser una gran oportunidad pero lo primordial es no ponerte en peligro, así que tendrás
que esperar a que me reúna con Levi para decidir si aceptarte o no —expresó con indiferencia y
puso toda su atención en su tropa.

Capítulo IX: segunda parte.

"Cero, uno, uno, dos, tres, cinco, ocho, trece. Cero, uno, uno, dos, tres, cinco, ocho, trece".

Suena una campana. Suena una caja de música y tras ellas, la sonrisa maliciosa de Carter refleja
diversión.

Desperté con el pecho subiéndome y bajándome por la agitación. Tenía unas pocas gotas de sudor
en la frente y el pánico me recorría el cuerpo. Las pesadillas con aquel hombre eran recurrentes, y
después de verlo reír por mi dolor, se me era imposible volver a conciliar el sueño.

Me levanté de la cama tratando de aminorar mi respiración agitada, y me acerque a la ventana de


la cabaña para poder mirar el gran reloj que daba la hora. Eran las dos de la mañana.

Me froté los ojos y exhalé silenciosamente. Nina dormía plácidamente en su cama, y yo en cambio,
tenía una sensación de inquietud que me hacía sentir taquicardia.

Recordé que cuando se hicieran las cuatro, debía ir a mi entrenamiento con Ligre, pero, temía de
mi entrenamiento con Carter. ¿Era que acaso Levi había pasado a odiarme por haber decidido
unirme al equipo de combate? No comprendía su actitud. ¿Quería protegerme o lanzarme a un
abismo?

Inhalé pesadamente y pensé que un baño de madrugada podría relajar mis músculos adoloridos
por el ejercicio del día anterior, así que tome mis cosas y salí de la cabaña sin hacer ruido.
Todo estaba en silencio, y el ambiente era tan tranquilo que podía haber jurado escuchar las
respiraciones de quienes dormían dentro de las cabañas. Me dirigí sin prisa hacia los baños,
pasando por caminos que no reconocía al no estar abarrotados de gente.

Fue entonces cuando pude observar algo.

Vi una cabaña cuya estructura era de metal, muy curiosa, algo extraña, y me pregunte por que no
había reparado en ella antes. Su puerta se abrió lentamente, y de ella salió un hombre. Era Levi. Él
se detuvo de frente, como si estuviese diciendo algo hacia el interior, y cuando yo menos lo
esperaba, un delgado y pálido brazo femenino con largas y bien limadas uñas, se estiró hacia el
comandante. Levi lo observó, alzó su mano, tomó la mano del brazo y se inclinó hacia adelante
para depositar un beso muy caballeroso sobre los nudillos de la persona desconocida.

Parpadee repetidamente, estaba desconcertada. La puerta de la misteriosa cabaña se cerró, Levi


se giró para irse y yo fui incapaz de mover un pie para continuar mi camino. Entonces, él me vio.
Se mostró confundido, y rápidamente se acercó hasta donde yo estaba.

- ¿Qué haces despierta a esta hora? -me preguntó. Lucia muy informal con un pantalón de tela
suave, una camisa sin mangas y el cabello negro completamente despeinado.

-Iba a... bañarme. -Respondí con indiferencia. No podía dejar de mirar aquella cabaña-. ¿Quién
vive ahí?

-No puedes andar fuera a estas horas, la gente duerme, Drey -fue lo que dijo en tono de reproche.

- ¿Es tu novia? ¿Se ven a escondidas? ¿Por qué? -inquirí rápidamente. En mi mente, estaba
tratando de asimilarlo.

-Te dije que no me tutees, soy el comandante -soltó frunciendo el ceño.

-Primero dices que te puedo tutear, que quieres protegerme, que soy importante y ahora sales
con que no te tutee, que te respete, y que vaya a entrenar con Carter, ¿eres bipolar? -bufé
cruzándome de brazos, pero asegurándome de sostener bien mis cosas.

-No puedo permitir tanta confianza, tengo una postura que mantener -se excusó.

-Vale, pero no digas una cosa primero para luego decir otra muy diferente. ¿Y por qué no me dices
quien es ella?

Capítulo X

Fragmento de la constitución Imperial del Nuevo mundo.

"Quedan establecidos, como únicos territorios dentro de El Imperio, los tres grupos que se
mencionan a continuación: Imperiales, Prestigiados e Insuficientes. En donde Los Imperiales
conforman la más alta clase social que merece respeto y que merece ser beneficiada por el trabajo
de Los Insuficientes, en contribución y pago por el alojamiento y la protección que se les brindó
durante los tiempos de caos. A su vez, Los Insuficientes beneficiaran en un cincuenta por ciento,
con trabajo y esfuerzo, a sus superiores Los Prestigiados, quienes son, por ley, la clase media
constituida por los descendientes menos privilegiados de Los imperiales. Los Prestigiados, por
razón, contribuirán a Los Imperiales en empleos moderados que les permitirán, dependiendo de
sus capacidades, relacionarse con la clase social alta. Por último, Los Insuficientes conformarán la
clase más baja, la clase obrera, que se regirá por el nuevo sistema de vida y trabajo para pagar sus
eternas deudas con El Imperio quien los acogió cuando la superficie era inhabitable".

Nada que temer, mucho que sospechar.

A través de la ventana del consultorio del doctor Julian, podía verse el gran reloj.

—Deja de mirarlo, aun te queda media hora —me repitió Julian. Él estaba de pie frente a mí,
anotando algo en su libreta, mientras que yo, sentada en la camilla, sólo dirigía mi vista hacia los
dígitos que en él se reflejaban.

—Siento que pasa muy rápido. No puedo creer que Levi haya adelantado mi entrenamiento con
Carter —murmuré y entrelacé mis dedos para apretarlos con nerviosismo.

Julian me miró por encima de sus gafas.

—Ya te dije que es muy normal lo que sientes. No es fácil para la mente, liberarse de un estrés y
un trauma tan grande como el que sufriste. Puedes estar paranoica, pero lo vas a superar, así que
debes venir a esta hora todos los días, trabajaremos en ello —Expresó. Él sabía comunicar las
cosas con mucha tranquilidad—. Ahora, ¿por qué no me cuentas de tus sueños?

—Son pesadillas, y en todas ellas está él. Es como si fuese a meterme de nuevo en esa máquina,
desnuda, y entonces me asegura que la electricidad romperá mis huesos. —Respondí,
pronunciando las palabras con cuidado—. Soy muy débil, ¿cierto?

—No, claro que no. Los humanos sentimos miedo, Drey, incluso los más fuertes lo sienten, pero
han aprendido a sustituirlo con algo igual de intenso como la ira. ¿Te gustaría sustituir tu miedo
por algo mejor? —dijo. La propuesta me sonó tentadora.

—Sí, no quiero sentirme temerosa o frágil, y creo que ya no puedo permitírmelo. —Confesé.
Tragué saliva y busqué los grisáceos ojos del doctor—. Pero es algo que me sucede sin yo pensarlo,
o sin esperarlo. Mi cuerpo reacciona en defensa si alguien se me acerca demasiado. Veo a Carter
en todos lados y a veces, hasta siento espasmos, como si el voltaje estuviera de nuevo dentro de
mi cuerpo.

—Drey —comenzó a decir después de un suspiro. Se sacó las gafas y se encaminó hacia su
escritorio para dejar su libreta sobre él— Levi te está enfrentando a Carter porque sabe que no te
hará daño. Tienes que hacerle entender eso a tu mente, que no te lastimará de nuevo porque
tiene claro que no eres el enemigo. Cuando pienses en él, con miedo, aleja el temor pensando en
algo positivo, como por ejemplo, tus razones para soportar esto, para ser un soldado.
Lo que decía tenía mucho sentido para mí. ¿Podía alejar el miedo hacia Carter?

— ¿Por qué quieres ser un soldado? —preguntó después de girarse. Se cruzó de brazos y entonces
esperó pacientemente mi respuesta.

Capítulo XI

Solo se debe recordar.

—La anestesia hará efecto de inmediato, no te preocupes —me dijo el doctor Julian.

Yo estaba sentada sobre una camilla, con los brazos extendidos tal y como me lo habían ordenado.
Me habían colocado anestesia para poder realizar una biopsia y extraer tejido de mis pulmones, y
también me habían explicado que estaría despierta en todo momento, pero que no sentiría dolor
alguno.

— ¿Cree que mis pulmones puedan revelar algo? —inquirí.

—No estoy seguro, pero espero que los análisis del tejido nos proporcionen información
importante —Respondió él. Una enfermera muy joven entró al lugar—. Por favor recuéstate boca
abajo, pero antes, es necesario que tengas el torso desnudo. ¿Estás de acuerdo?

Julian ya me había visto hasta las partes más recónditas cuando había ido a salvarme de la tortura,
y como era un hombre muy profesional en su trabajo, no era molestia para mí.

—No hay problema —acepté.

Él asintió con la cabeza y se acercó a la enfermera. Yo comencé a bajarme la bata médica hasta la
cintura. Sabía que sin vestir nada, me veía mucho más delgada, pero también sabía que no
siempre había sido así. Antes, cuando las personas aún poblaban la tierra y mi mamá me
alimentaba, yo había tenido más peso, piernas más llenas, brazos más llenos y mejillas más llenas,
y cuando lo pensaba, extrañaba aquellos días. No había parecido tan frágil ni tan menuda, y
pretendía volver a esa contextura.

Me coloqué boca abajo en la camilla y un segundo después la enfermera acudió a mí. Puso una
almohada bajo mi estómago y entonces me incliné hacia un lado. En esa posición mi pecho estaba
totalmente al descubierto, no me sentía del todo cómoda pero debía soportarlo. No duraría
demasiado.

Julian se acercó con un carrito de implementos médicos. Detrás de mí había un aparato con una
pantalla que supuse él usaría. Fue a lavarse las manos y cuando volvió, la enfermera le colocó unos
guantes y un tapabocas.

—Alza el brazo, lo mantendrás en esa posición hasta el final —me indicó.

—Esto es incómodo —confesé.


—Tranquila, no tardaré. Sólo relájate.

No sentí nada, pero supe que él estaba haciendo su trabajo. Los minutos pasaban y yo solo me
dedicaba a esperar o a mirar hacia el vacío. El proceso para una biopsia era extremadamente
aburrido.

Repentinamente, la puerta del quirófano se abrió y Levi se introdujo en el lugar. La vergüenza que
sentí por tener el pecho desnudo ante él, me obligó a sonrojarme. Me observó por un instante,
entrecerrando ligeramente los ojos, incluso pude notar que casi formaba una sonrisa, pero luego
posó toda su atención en lo que Julian estaba haciendo.

—Lo lamento, estaba en una reunión importante con Ligre. —Habló. Él llevaba una bata como la
del doctor—. ¿Va todo bien?

¿Por qué Julian lo había invitado? ¿Por qué llegaba en los momentos en los que menos debía
estar? ¿Por qué tenía que saberlo todo?

—Este es un procedimiento sencillo, ya te lo dije, pero por hoy no podrá entrenar. Para mañana
no habrá inconveniente con que lo haga ya que internamente sanará muy rápido —le informó
Julian.

— ¿Cómo te sientes, Drey? —me preguntó Levi.

Yo tragué saliva. ¿Que como me sentía? Expuesta, apenada, con unas inmensas ganas de salir
corriendo de allí. Busqué la mirada de Julian, por si acaso entendía que quería cubrirme, pero
estaba sumido en su trabajo y no se percataba de nada más.

Capítulo XII

El proyecto ULTRAMIND.

Levi y yo salimos de la cabaña cuando casi todos se dirigían al comedor. Él se había quedado por
un rato hablándome sobre lo importante que era el entrenamiento para que el rescate de los
científicos fuera un éxito, pero yo realmente le había escuchado poco.

La anestesia había pasado, y solo sentía un pequeño dolor en las costillas, pero no era nada que
me impidiera caminar. Así que accedí a acompañarle.

Supuse que me llevaría a ver a Pantera, tal y como se lo había dicho Julian. Estaba intrigada, casi
emocionada, quería saber sobre aquella persona, pero, fue cuando nos acercábamos al lugar de
destino, cuando todo comenzó a volverse confuso para mí.

Me di cuenta de que íbamos hacia la cabaña de metal.

Quise preguntar algo, pero ni mi boca ni mi mente me lo permitieron. Avancé tras el comandante,
paso a paso nos acercábamos hacia aquella cabaña de la que lo había visto salir, y cuando nos
detuvimos frente a la puerta, mi corazón empezó a acelerarse.
Levi dio dos toques a la puerta. Por ahí cerca no pasaba nadie. Era como si hubiese un repelente
de humanos alrededor de la estructura de metal. Nadie abrió, así que él puso su mano sobre la
perilla y luego me indicó que podíamos pasar.

La piel se me erizó.

Adentro, las paredes eran enteramente de color dorado, había un pequeño refrigerador en una
esquina, un gran espejo ovalado contra una pared y debajo de él, había un estante que funcionaba
como peinador. Parecía más una sala de estar, porque algunos sofás estaban dispuestos en el
centro, pero no había ninguna cama.

Lo perturbador se hallaba frente al espejo. Sobre un pequeño banco de madera, había una mujer.
Una mujer de piel pálida, de cabello largo, lacio y negro como el ébano, de labios rojos, ojos
delineados y pestañas espesas. Pechos generosos, uniforme ceñido al cuerpo, y
sorprendentemente, con zapatos altos.

¡Llevaba tacones!

Estaba sentada, quieta, mirándose, con las manos juntas sobre el regazo. Me inquietó. Uno gran
iris casi transparente brilló dentro de sus ojos. Eso no era normal, no había color en ellos, solo
había un aro y una pupila blanquecina. En sus sienes se mostraban dos marcas curiosas, dos
cicatrices redondeadas, y algo abultadas. Aun así, era magnífica.

Y tenía uñas largas.

Reconocí sus nudillos. Ella era la mujer con la que Levi había estado.

—Pantera, ella es Drey —habló Levi.

La misteriosa mujer se levantó lentamente dejando ver su esbelto cuerpo. Su cabello negro y sus
labios rojos resaltaban entre lo opaco de su piel. Sus ojos transparentes eran incluso más
llamativos que ella misma. Se giró hacia nosotros y caminó con un seductor contoneo hasta
acercarse. En su cuello reposaba un bonito collar plateado que casi parecía de metal, y en sus
orejas había una especie de grandes aretes que también parecían ser de metal.

—Conozco a Drey. —Dijo. Su voz era suave, penetrante, incitadora—. Yo sentí su llegada.

Esa voz. Yo conocía esa voz. Era la misma que había escuchado en los laboratorios, la de aquella
mujer que nunca pude ver. De inmediato el recuerdo de las palabras de Carter llegó a mi mente:

"— ¿Que no ves que quería infiltrarse? De no ser por Pantera, jamás lo hubiésemos sabido. Pero
qué suerte que es muy tonta la rata esta, quiso entrar por una de las fosas abandonadas. Ni
siquiera merece vivir".

De no ser por Pantera... Ella les había dicho que yo estaba en la fosa, pero, ¿cómo lo había sabido?

Capítulo XIII
Sin respuestas.

La cicatriz de la biopsia había sanado en tan solo una noche, pero la mañana en la que desperté en
la cama de Exen, algo dentro de mí se había sentido distinto.

Me dediqué a entrenar durante todo el día sin descanso más que para comer. Carter se mostró
sorprendido por toda la energía que demostraba, y porque, poco a poco comenzaba a mejorar.

Así fue mi rutina por dos semanas más: entrenar duro. Por las noches me reunía con Exen en la
cueva de la flor, para hablar un buen rato, y luego, volvía a mi cabaña, exhausta, lista para
quedarme dormida mientras escuchaba los chismes que Nina tenía para contar.

Las pesadillas en donde Carter me torturaba de nuevo, disminuyeron, pero fueron sustituidas por
sueños extraños en donde solo se escuchaba el llanto de una niña. Algunas veces me despertaba
asustada con una sensación de tristeza que me inundaba los ojos de lágrimas. No le hallaba
explicación a eso. También soñaba con un enfrentamiento en el que yo acorralaba a un soldado
enemigo y hacía estallar su cabeza de un disparo. El sonido del impacto me despertaba de
inmediato, pero luego un sentimiento de culpa me abatía. Eran pesadillas muy agresivas.

Hubo unas cuantas tardes en las que Ecain me invitaba a ir juntos por la merienda. Sí, casi como
dos niños de kínder para los que compartir la merienda representaba un gran acto de cariño. Era
tan dulce y tan risueño que no podía evitar sonreír con cada cosa que decía. Él era sin duda la
persona que me alegraba el día. Me había contado que sus padres también habían muerto por el
gas, y que cuando había ocurrido el incidente, él había estado sirviendo como soldado en un
centro militar, por lo tanto, había podido huir sin derecho de buscar a sus familiares. Estaba tan
solo como yo, y quizá por eso compaginábamos. Teníamos conversaciones amenas, divertidas, y
casi ridículas en las que me sentía como una adolescente que charlaba con su compañero de
preparatoria.

Esas dos semanas también me permitieron conocer más de La Resistencia, y ya no solo la veía
como una gran ciudad subterránea, sino como todo un movimiento capacitado para luchar contra
El Imperio. Todos los días cientos de hombres se entrenaban para combates, para misiones y para
la defensa del pueblo. Todos los días aquellos que eran más jóvenes, estudiaban junto a los más
experimentados para desarrollar tecnología, para perfeccionar los trajes y sobre todo, para buscar
una posible forma de purificar la tierra aunque supieran que unas pocas máquinas como las que
habían en las fosas, jamás serían suficientes. Arriba el gas se extendía con el pasar del tiempo, las
flores continuaban produciéndolo y la superficie seguía siendo inhabitable. Menos para mí.

Mi estadía entre el grupo que Levi, Ligre, Butterfly, Pantera y Carter habían formado, no solo me
dejaba ver que estábamos presos bajo la tierra, sino que también me permitía ver que había un
enemigo, uno que solamente el gas había logrado controlar, pero que aun así intentaba hacerse
grande para cumplir su objetivo. El Imperio iba un paso delante de nosotros, y no podíamos
negarlo. Ellos habían logrado tomar una porción de la superficie, la habían cubierto con una cúpula
y la habían limpiado haciéndola apta para vivir, algo que La Resistencia no podía hacer por falta de
equipamiento, de trajes más desarrollados como los de El Imperio y de materiales básicos, pues lo
que nosotros teníamos, era lo que se podía conseguir en ciudades cercanas.

Aquello tenía a Levi de muy mal genio, era obvio, pero se consolaba y a veces nos consolaba
diciendo que dentro de poco iríamos por los cuatro científicos. Tenerlos de nuestro lado prometía
ser una ventaja, porque quitarle a El Imperio la posibilidad de desarrollarse, significaba hundirlo
para siempre en su ciudad. Claro que, esos no eran los únicos planes que Levi tenía para acabar
con su poder. Detener a El Imperio iba más allá de arrancarles su fuente de desarrollo.

Capítulo XIV: primera parte.

Una grieta en el alma.

"Cero, uno, uno, dos, tres, cinco, ocho, trece".

Dos días después fui llamada a recibir una clase sobre como pilotear un avión.
Sorprendentemente, la explicación frente al panel fue entendible para mí. Necesitaría al menos
todo ese mes de clases y prácticas para poder comprenderlo todo, pero lo bueno era que yo me
encargaría del avión solo en caso de emergencia.

Después de la clase fui directamente a entrenarme con Ligre. En ese momento él estaba en La
Cancha, dentro del área de tiro junto a Ecain y a la chica de rasgos asiáticos que también formaba
parte del equipo de operaciones exteriores. Poco después me enteré de que su nombre era Sora.

El entrenamiento de ese día era algo básico, casi como un repaso sobre uso de rifles y armas de
fuego largas. Yo había logrado ganar un poco más de peso, así que podía sostener el rifle aunque
fuera con las manos temblando.

Teníamos puestos unos tapa orejas y estábamos recostados boca abajo en el suelo, porque
teníamos que probar las distintas posiciones para disparar. Era complicado y apenas podía apuntar
bien, así que la mira de mi rifle se movía de un lado a otro por mi falta de estabilidad. No teníamos
en donde apoyar el arma, solo en nuestros brazos.

—Muy bien, Sora. —Congratuló Ligre a la chica mientras la observaba—. Perfecto, Ecain. —Le dijo,
y entonces escuché los pasos del sub comandante acercarse hasta mí. Ni siquiera alcé la cabeza—.
Deja de temblar, Drey, relaja el cuerpo o voy a comenzar a pensar que ese rifle es demasiado
grande para ti, y un arma nunca debe quedar grande para un soldado.

—Sí, señor —afirmé.

Miré hacia la izquierda y vi como Ecain Y Sora tenían colocado su rifle a la perfección, como sus
manos no temblaban y como se mantenían quietos apuntando al blanco.

—Ey, tranquila, ¿sí? —Me susurró Ecain después de darse cuenta de que lo observaba—. Estoy a
tu lado.
Tomé aire y volví a intentarlo. Sostuve bien el rifle y traté de estabilizarlo. Escuchar a Ecain me
daba calma y seguridad. Me dije a mí misma que debía hacerlo, así que tenía que dejar de temblar,
tenía que dejar de ser tan débil.

"No eres débil"

— ¡Disparen!

Sora apretó el gatillo y el sonido del disparo se escuchó menos fuerte en nuestros oídos. La bala
dio justo en el centro, como era de esperarse. Seguida y rápidamente Ecain disparó dando a la
perfección en el centro, y cuando yo hundí el gatillo con mi delgado dedo...

El sonido del disparo y el sonido de un grito se mezclaron.

Yo me levanté con premura, y sabía que los demás también lo habían hecho. ¿Pero qué había
pasado? ¿Le había dado a alguien? Eso era imposible. Me saqué los tapa oídos y el grito volvió a
hacerse audible. Miré a todos, ellos estaban bien, pero estaban tan anonadados como yo. El grito
continuaba y parecía aumentar en dirección a la puerta de entrada. Todos posamos nuestras
miradas en ella, y de repente, se abrió.

— ¡Una fuga! ¡Una fuga! —Gritó con desesperación la mujer que había entrado— ¡Hay una fuga
en la fosa del norte!

Ahogué un grito. La mujer tenía lágrimas en los ojos y su rostro estaba completamente rojo por la
agitación. Un segundo después, una alarma comenzó a sonar en toda La Resistencia.

Era una alerta.

—No, mierda, no otra vez —soltó Ligre y corrió fuera de La Cancha.

El corazón se me aceleró y las manos comenzaron a temblarme, pero al igual que Sora, Ecain y yo
corrimos tras el sub comandante.

Capítulo XIV: segunda parte.

Después de atravesar a toda velocidad la entrada de la fosa, me detuve al ver frente a mí, a una
multitud de hombres protegidos por trajes. Todos me miraban, nadie se movía ni siquiera un poco.
Yo sabía que estaban asombrados al verme a salvo. Sabía que estaban preguntándose por qué no
estaba retorciéndome en el suelo, y sabía también que lo habían descubierto todo.

De entre ellos se abrió paso otra figura con traje que avanzó hacia mí, y no fue sino hasta que se
acercó lo suficiente que supe que aquella persona era Levi. Colocó una mano en mi espalda y me
empujó con mucha suavidad para que caminara. No me opuse, me sentía agotada mentalmente.

Avanzamos por el centro de la ciudad en donde pude ver las consecuencias de la fuga. A pesar de
que los caminos estaban despejados de civiles, en el suelo reposaban los cuerpos sin vida de las
personas que no tuvieron la suerte de huir a tiempo. Cerca de ellos, noté que unos cuantos
hombres con trajes que sostenían unas máquinas, se movían de un lado a otro, posiblemente
purificando lo que se pudiera.

No tardamos en llegar hasta un edificio que extrañamente, no reconocí, y solo cuando estuvimos
en su interior, después de atravesar una gran puerta deslizable, Levi se sacó el traje y me miró de
tal forma que supe que lo único que vendría para mí, sería un regaño.

— ¿Por qué entraste a la fosa así? ¿Estás loca? ¿Querías ponerte en peligro? —inquirió sin hacer
una pausa entre las preguntas.

—No me puse en peligro, el gas no podía hacerme nada —defendí.

—Aunque el gas no te hiciera nada, ahí dentro era peligroso —Refutó. Dos líneas se formaron
entre sus ojos cuando hundió sus cejas—. No tienes conciencia de nada, Drey, solo actúas bajo tus
propios impulsos. Ligre te dio una orden y no la cumpliste.

Di un paso hacia atrás y con mi expresión facial le hice saber que sus palabras me disgustaban.

— ¿Qué? —Bramé alzando la voz—. ¿Solo actuó bajo mis propios impulsos?

—Sí, porque nunca obedeces, siempre quieres hacerlo todo a tu manera —rugió.

— ¡Claro que no! ¡Nina estaba ahí dentro! ¡Ella estaba impidiendo que el gas se expandiera
mientras ustedes estaban afuera esperando por sus malditas y lentas maquinas! —Le reclamé. Los
ojos se me inundaron de lágrimas ante el recuerdo de Nina—. Por eso entré, para salvarla, porque
pensaba que podía hacerlo. Entre por ella, entré para ayudar. ¿Cómo te atreves a decirme que no
tengo conciencia de nada?

Pareció quedarse sin palabras, y su expresión facial cambió por completo porque su rostro se
relajó y sus cejas se arquearon casi demostrando pesadumbre.

—Pensábamos que todos estaban muertos dentro de la fosa —Murmuró y desvió la mirada hacia
el suelo—. Un soldado entró antes para cerciorarse y dijo que no quedaba nadie vivo. Por eso no
entramos tan rápido.

—Espera... ¿Un soldado entró antes? ¿Quién? —indagué. La posibilidad de que alguien hubiese
visto a Nina viva, pero lo hubiese negado, pareció absurda para mí por un segundo, pero luego, no
tanto.

—No lo sé, alguien del equipo de emergencias —contestó Levi, pensativo—, pero ellos son
profesionales, no harían algo así. No pasarían por alto a alguien que pudiera salvarse.

De repente para mí pareció extraño y supe que para él también. Si un soldado había entrado a
chequear si alguien seguía vivo, ¿por qué había ignorado a Nina?

—Yo te escuché decir que pensabas que había un infiltrado —le dije con un tono de voz algo
bajo—, ¿no crees que...?
La puerta deslizable dio paso a un par de personas y Butterfly y Ligre se acercaron con unas
mascaras puestas en sus rostros, las cuales retiraron un segundo después.

Capítulo XV

El "supersoldado" secreto.

La muchedumbre estaba comenzando a reunirse alrededor del patio central, ahí en donde tenían
bien dispuestas y en orden, las urnas de todos aquellos que habían muerto por la fuga.

Levi iba a dar un discurso, lo sabíamos porque estaba de pie tras el pedestal, con las manos
puestas sobre este, y con la mirada fija en las urnas. Yo estaba junto a Exen, y teníamos una muy
buena vista de todas las personas que acompañaban al comandante en esos momentos. Estaban:
Butterfly, algunos superiores que de a poco conocía, y sorprendentemente, Carter.

Nadie tenía buena cara.

A mi alrededor algunas personas sollozaban. La mamá de Nina estaba no muy a lo lejos, con el
rostro hinchado y los ojos enrojecidos por el llanto. Ni siquiera había podido acercarme a ella
porque con tan solo verla, todo dentro de mí se debilitaba como si no fuese capaz de enfrentarme
a la madre de la persona que había dejado morir en aquella fosa.

Exen tenía los brazos cruzados y el entrecejo ligeramente hundido. Desde que se había enterado
de que Didi había causado la fuga, así se había mostrado, disgustado y molesto, aunque era
incapaz de mencionar algo al respecto.

Levi dio algunos toques al micrófono que había en el pedestal, y el sonido resonó en toda la ciudad
gracias a los amplificadores que estaban instalados en las esquinas. Todo el mundo hizo silencio.

—Ayer perdimos a treinta y siete personas —Comenzó a decir. Hablaba con firmeza y con mucha
confianza, pero yo podía detectar la tristeza que tanto intentaba ocultar—. Eran personas
trabajadoras y eficientes. Personas que hoy honramos. Personas que mañana, y siempre,
recordaremos. —Hizo una muy pequeña pausa y paseó su vista sobre la multitud—. Los cuerpos
que descansan frente a nosotros, son los cuerpos de aquellos que sobrevivieron una vez, pero que
no pudieron hacerlo dos veces. —Se escuchó entre la muchedumbre, un gran sollozo—. No les
ocultaré nada, porque hacer pública la verdad, siempre será una de las bases fundamentales de La
Resistencia. —De nuevo hizo una pausa para luego continuar con un tono de voz más alto y más
sostenido—: Lo que sucedió ayer no solo fue trágico, no solo nos arrancó a nuestros compañeros,
a nuestros seres queridos, a nuestros amigos, sino que también perjudicó nuestro nivel de
desarrollo. La fosa del norte ya no podrá extraer oxígeno. Las máquinas solo pueden ser reparadas
con materiales que no podemos conseguir con facilidad, porque, la falla que se presentó en ellas
no es una falla común. Si se preguntan si fue un accidente, la respuesta es: no. —Se escucharon
algunos murmullos de inquietud—. La falla fue provocada por alguien, y ese alguien tenía que
poseer altos conocimientos sobre las máquinas para poder desestabilizarlas. Ese alguien, por
supuesto, ya ha sido ubicado y detenido, así que les pido que mantengan la calma porque la fosa
del sur, y la fosa del oeste, aun nos proporcionan oxígeno. Me gustaría que todos se tomaran este
día para velar a los fallecidos, y también me gustaría que dejen de temer, porque yo hablo por
todo el equipo de combate, y puedo asegurar que todo estará bien. —Levi se removió un poco
sobre sus pies y prosiguió—: En cuanto al rumor que corre por la ciudad y a las preguntas que me
han hecho, quiero aclarar que lo que se dice es cierto. Sí, ustedes lo vieron con sus propios ojos, y
sí, la persona que tanto mencionan, cuyo nombre es Drey y cuyo trabajo es servir para la unidad
de operaciones exteriores, es inmune al gas.

Muchos ahogaron gritos, otros me observaron y unos muy pocos se quedaron boquiabiertos. No
sabía cuál sería la reacción de la gente después de la sorpresa. Me parecía muy extraño que el
mismo Levi estuviese revelando el secreto.

— ¿Inmune? Si hay alguien inmune, entonces... ¡nos puede ayudar a regresar a la superficie! —
gritó una mujer desde el interior de la multitud.

Levi levantó una mano hacia el público.

Capítulo XVI

El infiltrado.

Exen y yo corrimos hacia la cueva de la flor sin perder tiempo. La luz de la tarde entraba por la
ventanilla que le daba vida a la

Sanguinaria

. Ella se mantenía en perfecto estado, estaba comenzando a crecer, su tallo se fortalecía y nuevas
hojas ascendían para llenarla de más color. Era hermosa.

Nos sentamos contra la pared. Exen se tomó un momento para aminorar su respiración jadeante,
y cuando pudo hablar con claridad, agitó la pila de papeles en el aire.

—Esto te va a sorprender —Anunció. Dejó los papeles sobre su regazo y luego tomó uno que
desdobló con cuidado. El movimiento de la hoja produjo el sonido característico del papel—. Son
cartas que Didi recibía de un hombre. Las encontré bajo su colchón, justo cuando sus compañeras
salieron de su cabaña.

— ¡Léela! —le exigí. Exen carraspeó un poco la garganta y sostuvo la hoja con sus dos manos.

—"Didi... Me complace saber que tus esfuerzos por mezclarte entre La Resistencia han sido un
éxito. Ahora no solo luces como ellos, sino que eres una más de su grupo opositor al gran Imperio.
Sé que comunicarnos con el líder Gregori ha sido una tarea difícil, pero me alegra que tú misma
hayas decidido unirte para acabar con estos traidores que lo único que quieren es apoderarse de
la superficie. El líder Gregori está sumamente contento con tu participación, y me ha pedido que
me reúna contigo para que podamos planear bien la primera jugada. Si necesitas un adelanto, El
Imperio enviará un predator este sábado para que crean que están tratando de obtener
información, pero en realidad será para lanzar un ataque sorpresa. Te diré nuestro objetivo
apenas nos veamos. Saludos, Leiton".

Entreabrí mis labios, anonadada, mientras que Exen solo asentía lentamente con la cabeza.

—¿Leiton era el infiltrado? —inquirí en un susurro.

—Según esta carta, sí. Ellos hicieron fallar los lanzamisiles ese día, pero creo que no contaban con
tu presencia —Respondió—. Escucha, hay más.

Exen tomó otra hoja y la desdobló para leerla:

—"Didi... El bombardeo fue un fracaso porque lograron derribar al predator. Gregori está echando
chispas. No sé cómo lo hicieron, y aunque he estado preguntándole a Levi y a Ligre, ninguno ha
querido aclararme lo sucedido con exactitud. Se supone que soy parte de la unidad élite, eso me
hace un soldado de confianza para ellos, pero no sueltan nada. Esto me hace pensar que hay algo
que están ocultando. ¿Puedes averiguar? Será mejor si te escabulles dentro del edificio de control,
allí tienen lugar las conversaciones más interesantes. Saludos, Leiton".

—¿Pero cómo nadie se dio cuenta? —inquirí sorprendida.

—Quizá Didi si era hábil después de todo —contestó encogiéndose de hombros—. Esta es la carta
que sí nos prueba que fueron ellos.

Exen tomó otra hoja e hizo lo mismo:

—"Didi... Solo te escribo para que repasemos lo planeado. Mañana ingresarás a la fosa del norte,
allí harán inspecciones y eso mantendrá ocupados a los trabajadores en la primera sala. Recuerda
entrar a la tercera sala, introducir el código que te he dicho y colocar el ácido que te he dado.
Bastará para hacer una gran abertura. Hazte pasar por una de las estudiantes, no sospecharán de
ti. Tendrás dos minutos para escapar. Yo estaré rondando las afueras, no te preocupes. Gregori
quiere que esto salga bien. La idea es dejar a La Resistencia con una sola fosa funcionando. Por
cierto, ha salido bien lo de la sustitución de recuerdos, nadie sabrá que hemos hablado. Solo ten
presente que justo cuando te vayas a dormir, tienes que ingerir el líquido que he puesto en tu
bolsillo, eso borrará toda pista en tu mente que Pantera pueda detectar. Todo saldrá bien
mañana. Saludos, Leiton".

Capítulo XVII

El pañuelo negro.

El entrenamiento inició a las tres de la mañana. Lo primero había sido repasar lo aprendido sobre
el piloteo del avión, algo que ya había grabado en mi memoria. Lo segundo había sido una práctica
repetitiva para cambiar tanques de oxígeno, lo cual se me daba muy bien al ser una tarea sencilla.
Lo tercero, y más duro, había sido el entrenamiento con Carter acerca de las técnicas de defensa.
Después de un mes era imposible superar el dominio que Carter tenía sobre esos métodos, pero al
menos lograba esquivar unos cuantos golpes y lanzar algunos ataques.

—Tienes suerte de que ninguno de esos soldados sea como yo —había dicho él.

Y tenía razón, porque él no solo dominaba el combate cuerpo a cuerpo y el combate cercano, sino
que, además de ser un especialista en interrogación, mantenía unas impecables habilidades como
soldado. Incluso, mientras exponía las diferentes maneras en las que un soldado enemigo podía
presentarse, se le había escapado que durante su estadía en Rusia había aprendido a hablar el
idioma, lo cual lo convertía en políglota. Carter era habilidoso, y sabía que también era peligroso,
pero no se podía negar que era un excelente entrenador.

Durante el almuerzo, Julian me había mandado a llamar, pero al llegar a su consultorio, presencié
un momento incómodo. Situada en el umbral de la puerta, pude ver como Exen y él discutía.

—Podrías habérmelo dicho —Protestó Exen. Su voz era fuerte—. Detesto esa maldita costumbre
de ocultarlo todo en esta porquería de lugar.

—No hables así —Le reprochó su padre—. Si no te lo dije fue porque en ese momento actuabas
con mucha inmadurez. No ibas a saber manejarlo.

—¿Y tú qué sabes, joder! —Bufó—. ¿Y si hubiese sido capaz de aceptarlo? Nunca confías en lo que
puedo hacer. Crees que soy débil y que no pienso bien las cosas, ¿pero sabes qué? Lo que pienso
ahora es que me has decepcionado.

El doctor Julian se quedó muy quieto detrás de su escritorio. Sus ojos expresaban el dolor que las
palabras de su hijo producían en él.

—Muy bien, Exen, lo lamento. Nunca haría nada para dañarte, te lo oculté porque aún no estabas
listo para comprender las capacidades que te otorgué. Eres capaz de matar a un hombre con tan
solo una mano y hace dos años hubieses usado ese poder con demasiada irresponsabilidad —
Explicó Julian, con calma en su voz—. No iba a permitírtelo. Ahora ya sabes que superas a
cualquier soldado existente en el mundo, solo te pido que no hagas las cosas mal solo por ira.

Exen soltó un resoplido socarrón.

—No me digas qué hacer, ya no. —Expresó con un ligero tono de amargura—. Me mentiste, me
engañaste y me usaste como un experimento. Tú no pensaste en mí como hijo, pensaste en mí
como rata de laboratorio. Ahora yo pensaré en ti como un científico incapaz de preocuparse por
algo más que una porquería de proyecto, y no como un padre capaz de preocuparse por el
bienestar emocional de su hijo.

—Exen, no digas eso, tú eres lo más importante en mi vida —Suplicó Julian. Sus cejas se arquearon
hacia arriba y la tristeza fue notable entre sus palabras, pero Exen se mantenía firme.
—¿Y a Cameron? ¿También la hubieses utilizado como experimento? —bramó con aire de
desprecio.

No esperó respuesta, avanzó a paso rápido y me esquivó para desaparecer por el pasillo. No le dije
nada porque sabía que estaba demasiado molesto como para reaccionar, así que, cuando supe
que ya no estaba cerca, me adentré en el consultorio. Julian se había quedado mirando al vacío
con los ojos vidriosos y los labios unidos formando una fina línea. Quizás estaba aguantando las
ganas de llorar.

Capítulo XVIII

El retorno de los sentimientos.

Carter presionó el botón del cronómetro y me indicó que podía comenzar. Tomé aire y miré el
circuito de entrenamiento que se extendía frente a mí. El objetivo era que sosteniendo el arma
lograra llegar hasta el final mientras esquivaba a los enemigos improvisados que estaban
dispuestos a lo largo del salón.

Las manos me temblaban por el peso del arma pero intentaba estabilizarla tanto como podía.

Me impulsé hacia adelante e inicié el recorrido. Tenía que mantenerme de cuclillas tal y como
Carter lo había pedido, pero aquella posición hacía que mis músculos adoloridos se tensaran y me
dolieran aún más. Mis piernas flaqueaban pero intentaba sostenerme tanto como podía. Esquivé y
apunté al primer enemigo con éxito, pero cuando lo intenté con el segundo, perdí el equilibrio y
caí de frente con las rodillas, las palmas y el arma contra el suelo.

Los muslos me pesaban y me ardían por el dolor.

—¿Qué mierda pasa contigo? —protestó Carter desde su lugar.

Jadeé y me incorporé tan rápido que eso me provocó un leve mareo. Quería negarme a pensar
que había perdido mis capacidades solo por haberme desconectado de Pantera.

—Nada, lo volveré a hacer, fue un descuido —dictaminé.

Lo intenté otra vez, y con esfuerzo, pude llegar al final, pero al dispararle al blanco, el retroceso del
arma impulsó mis manos hacia atrás y la pistola golpeó contra mi nariz. Sentí un intenso dolor en
el tabique que me recorrió hasta la frente. Inmediatamente me llevé las manos al rostro y sentí la
calidez de la sangre manchar mis palmas.

—¡Maldit...—rugí mientras me inclinaba hacia abajo.

Cerré los ojos con fuerza esperando que el dolor disminuyera, pero el ardor se extendía incluso
hasta mis mejillas. Escuché los pasos de Carter acercarse, sin prisa, de seguro con toda la intención
de reclamarme por mi bajo rendimiento.
—¡Levi hará la inspección hoy y tú decides convertirte en una patética novata! —gritó al detenerse
frente a mí.

Alejé mis manos manchadas de la sangre que brotaba por mi nariz y miré con vergüenza al
especialista. Se notaba que lo que había pasado, le había molestado mucho.

—No la sostuve bien... —me excusé. Carter se acercó más con sus espesas cejas hundidas.

—¿Cómo que la sostuviste mal? ¿Te estás oyendo? ¡Eres un soldado! ¡Un soldado nunca sostiene
mal un arma! —Gritó con furia—. Eso es lo más ridículo que he oído en toda mi vida.

Sí, lo era, pero también era la excusa que mi cerebro había procesado.

—Lo volveré a hacer, lo haré bien —dije, pero Carter alzó una mano para hacerme callar.

—Ve a donde Julian para que te cure, y apenas salgas, regresas aquí —Me ordenó—. No creas que
por un simple golpe te vas a salvar del entrenamiento.

Obedecí sin chistar y corrí hacia los laboratorios. El doctor Julian me indicó que tenía una fractura
muy simple y que necesitaría un analgésico para bajar la inflamación. Me introdujo unos pequeños
algodones para detener la hemorragia y me recomendó no hacer ninguna actividad física durante
ese día, pero por supuesto, me negué a eso y volví al entrenamiento con Carter tan rápido como
pude.

Pero, fue un fracaso.

Con dificultad lograba completar los circuitos y la pistola se me hacía más pesada que antes. Mis
reflejos eran casi nulos y mis músculos, palpitantes, exigían que les diera un descanso. Me
mareaba con facilidad si me levantaba muy rápido del suelo y el arma se me resbalaba de las
manos cuando intentaba recargarla. Era realmente un fracaso.

Capítulo XIX

Operación Liberación.

Exen arrugó la nariz y se removió sobre sus pies mientras miraba su propio cuerpo. A su izquierda,
a Ecain le inyectaban algo que según había escuchado, era un conjunto de nanomáquinas capaces
de enviar una señal satelital con el fin de desempeñar diversas funciones. La inyección había sido
aplicada a todos.

—Esto da picazón —Se quejó Exen refiriéndose al traje especial que nos habían obligado a usar—.
¿Y cómo es eso de las nanomáquinas? ¿Máquinas pequeñas en nuestro cuerpo?

La mujer que inyectaba a Ecain, esbozó una pequeña sonrisa.

—Esta inyección de nanomáquinas está alterada para que su función sea mayor. Las
nanomáquinas estarán dentro de sus cuerpos para enviar señales vía satélite que podrán recibir
acá en la base de control. No sólo podrán rastrearlos gracias a ellas, sino que las nanomáquinas
absorberán cualquier señal que se encuentre alrededor de ustedes y enviará coordenadas
especificas a la base para que se sepa exactamente lo que se encontrará a varios kilómetros de
ustedes —Explicó ella con un gran dominio del tema—. Además de eso, estas nanomáquinas nos
permitirán saber con certeza el estatus de sus cuerpos. Su temperatura, su nivel de estrés, el daño
que reciban si es que los atacan o cualquier traumatismo que puedan sufrir durante la misión, y
por último, funcionan como estabilizador del cuerpo. En caso de que alguno pueda experimentar
ataques de ansiedad o pánico, desde aquí podemos tratar de neutralizar las intensas emociones
que les impidan regresar.

Exen quedó con los ojos bien abiertos por la información, al igual que yo. Para algunas cosas, La
Resistencia estaba totalmente capacitada y preparada, pero para otras, los métodos eran un poco
rudimentarios. En ese caso, con las nanomáquinas dejaban claro que lo que nos habían inyectado
en el cuerpo, no era algo simple y común, sino algo complejo y muy útil.

Pasé a fijarme en el traje que vestíamos. Era de color azul oscuro, con mangas largas y de una sola
pieza. Se ceñía al cuerpo de tal modo, que en el caso de Exen y Ecain, sus atléticos cuerpos
quedaban bien marcados. A Sora le quedaba muy bien, realzaba sus curvas y sus atributos, pero a
mí me parecía que en mi cuerpo quedaba como un plástico adherido a una tabla, una muy plana
tabla. Justo en la manga derecha del traje estaba incrustada una pequeña pantalla negra que no
supe para qué era.

—Pareces una chica —comentó Exen después de echarme un vistazo. La sonrisa picarona que se
dibujó en su rostro, logró molestar a Ecain quien rápidamente bufó:

—Mira para otro lado, Palafox.

—De acuerdo —soltó Exen encogiéndose de hombros, y un segundo después, inclinó su cuerpo
para hacia atrás para verme la parte trasera—. Nada mal, eh, el ejercicio te sienta bien —comentó
con un toque de picardía. Ecain hundió tanto como pudo el entrecejo y se levantó del asiento en
donde había estado recibiendo la inyección.

Quiso decirle algo, pero el momento fue interrumpido por Butterfly y Ligre entrando a la sala de
control. La pelirroja nos observó con vehemencia y después, habló:

—Las armas están en el avión, están cargadas y listas para ser usadas. —Informó. Ni siquiera hacía
contacto visual conmigo. Repentinamente, otra mujer entró a la sala sosteniendo una bandeja
plateada que contenía unos pequeños tapones de color negro—. Pongan esto en sus orejas —
ordenó ella señalando la bandeja—, es un códec de audio que les permitirá escucharnos en todo
momento, así nos mantendrán informados y en caso de emergencia, podrán pedir refuerzos. No
se caerá porque apenas se los coloquen, el pegamento incorporado se adherirá a la piel.

—Si se fijan bien, en las mangas de sus trajes hay una pequeña pantalla —Intervino Ligre—.
Cuando se adentren en El Imperio, la pantalla generará un limitado mapa de la zona. A medida que
vayan avanzando, el camino se irá revelando en ella debido a la señal que las nanomáquinas en su
cuerpo enviaran por satélite. Desde aquí estudiaremos la señal para generarnos un mapa más
claro y marcaremos en sus pantallas, el lugar específico en donde se encontrarán los científicos.

Capítulo XX: primera parte.

La balanza de Judas.

Al salir del refugio, un trueno hizo estremecer el cielo. Sin duda debía avisarle a la unidad que El
Imperio sabía que estábamos dentro de sus terrenos. Con suerte lograría llegar a tiempo para
poder huir y que nada malo ocurriera.

Corrí por el sendero que conducía al interior del bosque, y casi como si hubiesen sabido que lo
necesitaba, la pantalla en la manga de mi traje se encendió mostrando un mapa muy simple que
señalaba hacia el norte. Recordé las palabras de Sora y supe que lo primero que tenía que
encontrar era la base militar.

Seguí el camino indicado a paso rápido. El cielo se había poblado de nubes más espesas y oscuras,
aumentando mis sospechas de que lo que venía no iba a ser una simple llovizna. Aumenté la
velocidad de mi andar antes de que el ambiente empeorara y mientras avanzaba, me encargué de
repetir varias veces el nombre código de Ecain con la esperanza de que en algún momento
respondiera. Pero el códec estaba muerto.

Después de casi quince minutos, la base se hizo visible. El mapa cambió y mostró el camino hacia
lo que debía ser el ascensor para descender, pero antes de ir hacia él, me quedé tras un árbol
observando el perímetro. No había nadie, ni un guardia, estaba completamente desolado, y lo
único que se me ocurrió fue que El Imperio lo había tenido muy bien planeado. ¿Para qué iban a
poner soldados? El objetivo debía ser ponerle fácil la entrada a la unidad para atraparlos ahí
dentro.

Con cuidado pasé a otro árbol y a partir de allí, me moví refugiándome tras de cada estructura. Lo
hice de cuclillas como Carter me había enseñado, ya que al reducir mi estatura, creaba mayores
probabilidades de avanzar sin ser vista. Aunque no hubiera nadie rondando por la base, no podía
confiar en que gracias a eso iba a poder trasladarme con seguridad.

Me guie por la flecha que se marcaba en el mapa y en poco tiempo vislumbré una pequeña caseta
detrás de un gran almacén. El estruendo producido por un trueno me hizo dar un brinco, pero me
tranquilicé hablándome a mí misma. Tomé aire y me encaminé hacia el objetivo: el ascensor.
Impulsé rápidamente la puerta de la caseta y me encontré ante un pequeño pasillo. Me erguí
completamente y me aproximé al elevador. Presioné el botón que se iluminó y esperé tan sólo
unos segundos a que las puertas se abrieran para poder introducirme en él.

Una vez dentro, el ascensor comenzó a descender sin hacer el más mínimo ruido. Miré hacia arriba
y la intensa luz de una sola bombilla me hizo pensar que estaba yendo directamente a la zona de
peligro, pero eso no importaba si lograba ayudar a la unidad. No importaba si volvía a ver a Exen, a
Ecain y también a Sora. Por un momento, el ascensor se detuvo y el sonido de un extractor me
obligó a mirar con confusión hacia todos lados. Lo que menos quería era quedarme atrapada ahí,
pero poco después, se movió de nuevo. Pude asumir que se había estado deshaciendo del gas.

Cuando el elevador se detuvo y las puertas se abrieron ante mí, un largo y ancho pasillo de
paredes blancas, fue lo primero que vi. Le eché un vistazo al mapa. La flecha se había movido hacia
el este en donde se podía ver otro camino. Continué con pasos más cuidadosos. Miraba antes de
cruzar una esquina y me detenía por pequeños instantes a analizar mi entorno. Debía estar dentro
de alguna estructura que se me parecía mucho a los laboratorios de La Resistencia.

Giré a la izquierda en otro pasillo cuando la flecha me lo indicó, y me detuve tras la pared contigua
para poder asegurarme de que no había nadie. A la unidad tenía que habérsele hecho muy
extraño que nadie anduviera por ahí.

Recordé que Carter me había dicho que un entorno solitario y sin resguardo, era sospechoso y
posiblemente, peligroso. Me había advertido que en esos momentos debía esperar lo peor, y que
debía estar preparada para un posible ataque.

Capítulo XX: segunda parte.

Habían pasado veinte minutos y había comenzado a notar cosas muy extrañas. Ecain no dejaba de
moverse alrededor de la balanza, examinando cada centímetro de ella. Sora se había dedicado a
estudiar los cofres y las cabezas, y Exen se había quedado sentado a mi lado contra una de las
paredes mientras que yo intentaba contactar a Pantera a través de mi mente, pero a pesar de que
se habían mantenido activos, sus comportamientos dejaban mucho que pensar, sobre todo
porque parecía que poco a poco iban debilitándose.

—Es inútil, Exen, ella no va a responder —resoplé después de abrir los ojos. Él formó una fina línea
con sus labios.

—Inténtalo de nuevo —me ordenó.

Cerré los ojos por sexta vez e ignoré cualquier sonido que pudiera escuchar a mí alrededor. Me
concentré en mi mente, en mi espacio, en la negrura que se espesaba al bajar los parpados, y
entonces llamé a Pantera tantas veces como pude. Pero no obtenía respuesta. Cuando volví a abrir
los ojos, Exen estaba mirando fijamente hacia el suelo, con la mirada perdida y la expresión
completamente sobria. Aquel estado tan profundo de distracción, me tenía dudando de que él
estuviera bien.

—¿Estás bien? —le pregunté. Tardó casi un minuto en reaccionar para darse cuenta de que le
había hablado.

—Sí, ¿lo lograste? —soltó mientras me miraba con los ojos bien abiertos. Ladee la cabeza ante su
acción.

—No, no responde —contesté, y después, fruncí el ceño—. ¿Estás seguro de que te sientes bien?
Pareces algo... distraído.
—Estoy bien —profirió con desinterés—. Bueno, si no responde, tendremos que comenzar a hacer
algo por nuestra propia cuenta, pero... ni siquiera recuerdo la primera línea del acertijo.

Exen soltó un gruñido con desgano, demostrando estar muy cansado como para pensar. Lo
escruté por un segundo, tardaba en darse cuenta de que yo lo observaba e incluso podía jurar que
el movimiento de sus parpados se había ralentizado. Era notable que su actitud se había tornado
extraña haciendo parecer que toda su energía se había desvanecido. Volví mi mirada hacia los
demás, y ya habiéndolo notado en Exen, lo noté también en Ecain, quien había comenzado a dar
pasos más lentos alrededor de la balanza.

—¿No te parece raro que ustedes tres no pudieran resolver un acertijo tan simple como el
primero? —inquirí casi inconscientemente. Exen reaccionó después de varios segundos y abrió los
ojos como platos.

—Estaba realmente difícil —defendió encogiéndose de hombros—, muy, muy, muy difícil.

—No, no lo estaba —señalé mientras estudiaba sus movimientos—. Era claro, me necesitaban a
mí.

—Pues, yo lo leí y ni siquiera entendí la primera palabra —confesó. Echó su cabeza hacia atrás y la
apoyó de la pared para luego, cerrar los ojos—. Eso ya no importa, sigue intentando comunicarte
con... con ella.

Poco a poco fue quedándose muy quieto. Coloqué mi mano en su hombro y lo zarandeé con
suavidad. Se había quedado dormido. Rápidamente observé a los demás, ellos seguían despiertos,
pero sus movimientos eran más pesados. Algo dentro de mí me indicó que no los alertara, que me
quedara en mi sitio para que ellos no se dieran cuenta de lo que había sucedido. Me reacomodé
acercando mi hombro al de Exen para que su cuerpo no se fuera hacia a un lado, y presioné el
códec contra mi oreja.

—¿Levi? —Susurré—. Levi, ¿puedes oírme?

Esperé unos pocos segundos y al no obtener respuesta, supe que de nuevo la comunicación se
había muerto. Giré mi cabeza hacia Exen y le coloqué dos dedos sobre el cuello para asegurarme
de que estuviera vivo. Sí lo estaba.

Capítulo XXI: primera parte

La encrucijada de los niños abandonados.

Con cada escalón que bajábamos, el ambiente se volvía más denso, y el haz de luz que nos
permitía ver nuestros pasos, se hacía más grande y resplandeciente. La puerta por la que
habíamos descendido, se había cerrado, así que estábamos obligados a seguir el camino que
habían dispuesto para nosotros.

No sabíamos qué esperar. No quería encontrarme con más cabezas hediondas.


Cuando llegamos al final de las escaleras, supimos que nos habíamos introducido en un túnel
cuyas gruesas paredes de concreto, tenían un color rosáceo bastante peculiar. Avanzamos sin
detenernos hasta que nos encontramos frente a una encrucijada y frente a una gran puerta doble.
Dos caminos se extendían, uno a la izquierda y otro a la derecha, y entre ellos, la puerta de color
rojo tenía un pedestal a su lado.

Ecain bajó su arma y fue el primero en acercarse para inspeccionar.

—Es otro acertijo, creo —anunció. De inmediato, se escuchó el exagerado resoplido de Exen.

Nos acercamos para ver la placa sobre el pedestal, y pudimos leer lo que en ella decía.

"La encrucijada de los niños abandonados".

Si antes pareció fácil, era porque así debía ser. Ahora no lo será tanto, pues para que por esta
puerta puedan pasar, otra cosa deberán hallar. Las pistas no están del todo claras, pero
analizándolo bien, pueden ser detectadas. Para superar la encrucijada, una historia deben saber.
Podría estar basada en hechos en reales, o podría ser pura ficción. Sólo sabemos que esto fue lo
que pasó:

Hubo una vez, mucho antes del gran desastre, una familia feliz.

Un padre y una madre cuyo destino parecía ir por el buen camino, ya que habían tenido un niño.

¡Qué maravilloso, un varón!, exclamó el padre, con fervor.

Aunque la madre quería una niña, pero quien sabía si algún día llegaría.

El primogénito debía tenerlo todo, desde cariño, juguetes y todo lo que pedía.

Así que un "no" para él no existía.

Hasta que la familia creció, y el amor tuvo que compartirse.

Sin embargo, siguieron siendo felices.

Pero un día, lo que parecía ser una vida tranquila, se volvió un infierno por una horrible noticia.

La madre y el padre, no volvieron a estar juntos.

La familia estaba rota, parecía tan injusto.

Los años pasaron y todo cambió.

Había un gran dolor en el corazón paterno, que por las noches, ni siquiera le permitía conciliar el
sueño.
Así que una mañana, mientras el padre dormía, los niños salieron al parque, y por azares del
destino se separaron sus caminos.

Capítulo XXI: segunda parte

—¿Y cómo fue que lo encontraste? —me preguntó Ecain. Los cuatro estábamos en el pasillo
iluminado por las linternas.

—La respuesta está en el acertijo, las verdades están ocultas bajo la alegría, la dicha, la belleza y la
satisfacción —respondí. Él asintió y volvió a mirar el agujero para luego girarse un poco—, ya
encontramos el cuadro de la alegría y este es el de la dicha.

—Bien, hazlo —le dijo él a Sora.

Ella no dudó. Se acercó al agujero y sin pensar demasiado hundió su brazo con cuidado. Sus gestos
faciales eran neutros, no expresaba dolor así que sabíamos que estaba bien. Se removió un poco
como lo había hecho Exen en el primer orificio, y después de varios minutos de esfuerzo, extrajo el
brazo con apenas unos rasguños.

Desdobló el papel que sostenía en la mano y lo leyó para nosotros.

"No has respondido y pienso que es porque tu trabajo te mantiene muy ocupado, pero tía Cati dijo
que puedo intentar escribirte de nuevo. Esta vez hare una carta muy corta para que no debas leer
demasiado. Los extraño aún más. Quisiera verlos. La escuela es maravillosa pero estoy empezando
a sentirme un poco incomoda aquí. ¿Has tenido la sensación de que te miran incluso aunque estés
solo? Eso me está sucediendo, y para tranquilizarme quisiera saber cuándo vendrás por mí.
Seguiré esperando tu respuesta. Los amo".

Detrás de la hoja estaba el segundo número dibujado.

—Debemos encontrar las otras dos, así que el objetivo ahora es revisar detrás de cada cuadro que
veamos —habló Ecain—. Dispersémonos.

Todos asentimos. Ecain y Sora subieron al segundo piso y yo me quedé abajo con la intención de ir
a revisar la sala de estar porque realmente no me había fijado si en ella había cuadros o no, pero
antes de poder pasar a la otra habitación note que Exen se había quedado de pie mirando el
agujero. Preocupada por su estado, me acerqué y le toque el hombro.

—¿Pasa algo? ¿Te sientes mareado? —inquirí rápidamente. Él no se inmutó y permaneció en


silencio—. ¿Exen? ¡Exen!

—Lo recuerdo —pronunció en voz neutral—. Lo acabo de recordar.

—¿Qué?

Exen se dio media vuelta y me observó con aflicción.


—Cati era la hermana de mi mamá. Era mi tía. —confesó en apenas un susurro—. Esas cartas son
de mi hermana, Drey, para mi papá.

—No... —murmuré con inquietud—, no, no. Recuerda que están jugando con nosotros. No son
reales.

—Pero...

—No puedes estar seguro —repuse con premura.

—¿Y qué tal que sí? ¿Y si estas cartas son reales y Cameron nos escribió? ¿Y si esta es una
representación del lugar en el que vivió? —preguntó para luego frotarse los ojos con los dedos―.
¿Y si nos necesitaba y nunca lo supimos?

—No hay forma de que ellos sepan lo que Cameron hacía —traté de tranquilizarle—. Esta es una
forma de distraernos para que no podamos encontrar la salida —dije, y con cuidado posé mis
manos sobre sus mejillas para que me mirara—. Tienes que concentrarte, Exen. Me he dado
cuenta de que todo esto es un patrón. En el primer acertijo estaba mezclado el pasado de Ecain
con sus padres, y ahora, utilizan tu pasado para tratar de estancarnos. Nada de esto es real. ¿Lo
comprendes?

—Pero...

—No, no hay peros —le interrumpí. Era casi sorprendente como podía debilitarse ante el recuerdo
de su hermana, y como sus ojos demostraban el dolor que aquello le causaba—. Nada de esto es
real, esa niña no es real, estas cartas tampoco. Si te sientes confundido, mírame, yo hare que
despiertes.

Capítulo XXII

La pérdida y el regreso.

Después de atravesar el portal, lo primero que pude ver fueron las paredes rosáceas del túnel.

Al instante en que Ecain y Sora me soltaron, me giré hacia atrás con la pequeña esperanza de que
Exen estuviera allí, pero la luz había desaparecido y un muro de concreto era lo único que podía
visualizarse. Nada más.

No sabía cómo asimilarlo. El cuerpo de Exen se había quedado en aquel lugar, en el fondo del
abismo. ¿Habría muerto instantáneamente o le habría dolido?

Nos tomamos un momento para respirar. Mientras tanto, escudriñé los rostros de mis
compañeros. Ellos estaban tranquilos, aunque en los ojos de Ecain se notaba un muy ligero pesar.
¿Cómo no podían demostrar si quiera un poco de dolor por haber perdido a un miembro del
equipo? El exceso de insensibilidad de su parte me causó cierto enojo, pero me sentía tan
devastada que no sabía si decir algo o mantenerme callada.
—Tenemos que llegar a la puerta —dijo Ecain después de un minuto mientras se acercaba a mí—.
¿Necesitas ayuda? —me preguntó.

Alcé una mano para indicarle que podía hacerlo sola. No necesitaba ayuda, pero sí necesitaba
entender por qué las cosas habían sucedido de esa manera aunque sabía muy bien que nadie
podía explicármelo.

Avanzamos sin prisa. Quizá lo permitieron por consideración a mí ya que no paraba de sollozar en
silencio, o quizá lo hicieron porque tampoco tenían demasiado entusiasmo. Sin Exen, para mí el
ambiente se sentía extraño, vacío y carente de algo importante.

Cuando llegamos hasta la gran puerta roja que tenía el pedestal a un lado, Sora se encargó de
colocar el objeto triangular dentro de la abertura. De inmediato, se escuchó el claro sonido de una
cerradura cediendo, y un segundo después pudimos ver como la puerta se abría de par en par
frente a nosotros. Podíamos seguir.

Ingresamos a un largo pasillo iluminado por grandes lámparas que colgaban del techo. En ese
momento me atacó un fuerte dolor de cabeza que me hizo zumbar los oídos. Me sentía
descompuesta. Quería dejarme caer en el suelo y vomitar hasta que el estómago no pudiera
expulsar nada más, pero obligué a mis pies seguir y a mi cuerpo mantenerse erguido.

Esperaba que ya no hubieran más acertijos, que ese fuera el final y que todo acabara tan rápido
sin que pudiera notarlo, pero el hecho de que sucediera lo que yo esperaba, habría sido un premio
que El Imperio no nos iba a otorgar, porque cuando atravesamos la puerta al final del largo pasillo,
supe que algo malo estaba por suceder.

Habíamos entrado en una gran sala que parecía más bien un largo y ancho camino rectangular con
techo plano y piso de tierra. Se prolongaba hasta el norte y no había nada más en él que paredes,
como si lo único que se debía hacer era caminar y caminar hasta llegar al final. En el suelo, una
pequeña y cuadrada tarjeta dorada resaltaba entre la oscuridad de la superficie. Ecain se agachó,
lo tomó y lo leyó para nosotros.

Si llegan al otro lado, no podrá pasar.

"Olé"

Él bajó la tarjeta y nos miró con el ceño fruncido.

―¿Olé? ―inquirió.

Seguidamente, se hizo audible un estruendoso bufido. Con los ojos bien abiertos observamos la
lejanía del camino que se extendía ante nosotros. No había nada, pero el resoplido se escuchó de
nuevo, y antes de que pudiéramos preguntarnos de dónde provenía, vimos como a toda velocidad
se avecinaban dos resplandecientes círculos amarillos. Di un paso hacia adelante, confundida, pero
cuando lo que sea que fuese aquello, se acercó más, pude detallarlo. Era un toro y estaba cubierto
con una armadura plateada de patas a cabeza, con unos grandes y afilados cuernos rodeados de
púas, y con un muy, pero muy mal humor.

Capítulo XXIII

Duerme, ha llegado el final.

La sala se llenaba cada vez más. La arena había cubierto nuestros tobillos y caía en grandes
cantidades desde el techo. Antes de que pudiéramos irnos, Exen se inclinó hacia el cuerpo de Sora
y le dio vuelta. Sus ojos estaban abiertos y fijos al vacío. Hurgó entre su cinturón y extrajo de él un
trozo de papel. Tardé un poco en recordar que era la última verdad, aquella que había aparecido
después de que él atravesara el cuerpo de la niña. El papel seguía existiendo y era tan real como
nosotros.

Después de eso, se lo guardó bien y procedimos a irnos. Entramos por una de las puertas de la
pared izquierda la cual nos condujo a una escalera que con cada peldaño ascendía. El brazo me
ardía y la temperatura de mi cuerpo había bajado. Ya no sentía la calentura de la sangre brotando
de mí, pero notaba que poco a poco se me hacía más difícil mover la mano, sin embargo, podía
resistir.

Con la venda improvisada y la vista no muy clara, subí los escalones junto a Exen. Parecía ser un
camino largo, porque aunque miráramos hacia arriba, no podía vérsele el final.

—¿Cómo... cómo te diste cuenta de que Sora era una traidora? —pregunté mientras subía otro
peldaño y luego otro.

—Antes de que entráramos a la realidad virtual, ella me llamó "supersoldado", y nadie le había
dicho que yo lo era —respondió—. Además, noté que casi nada le afectaba. Estaba loca.

—Exen... ella no pudo haber sido la única infiltrada —comenté. No habíamos subido demasiado,
pero comenzaba a cansarme.

—Qué bueno que lo dices, porque pienso igual —confesó con alivio, luego, se quedó en silencio
por unos segundos hasta que dijo—: ¿Cómo murió Ecain?

Se me formó un nudo en la garganta. ¿Cómo había muerto? Injustamente, casi por mi culpa, por
salvarme y probablemente por no romper el juramento que Levi les había impuesto. Por proteger
a la "inmune", lo único que al comandante le interesaba.

—El toro... —fue lo que pude decir.

—Ah sí, lo vi —expresó y giró su cabeza para verme—, ese animal hijo de puta me hizo esto —
añadió y señaló la rasgadura en su cuello.

Al llegar al final de la escalera, otra puerta nos esperaba. La atravesamos y nos encontramos ante
un nuevo túnel con grandes ventanales de cristal que supuestamente mostraban la grandeza de la
ciudad de El Imperio. Parecía tan transparente, tan real la forma en la que cada persona debajo se
veía diminuta; tan real la manera en la que los tanques se transportaban, el reloj daba la hora y los
edificios se iluminaban, pero, según Exen, aquello no existía.

—¿Dices que eso...? —intenté hablar, pero él me interrumpió.

—¿Quieres verlo con tus propios ojos?

Exen extrajo su pistola y sin dudar disparó al gran ventanal. El cristal se quebró en millones de
pedazos y cayó ocasionando varios sonidos agudos. Toda la imagen desapareció y la realidad
estuvo a la vista. Una ciudad vacía. Edificios deteriorados. Calles sin construir. La gran pancarta con
el símbolo de El Imperio, quieta, colgando al fondo. No había ni un alma bajo nosotros, bajo el
túnel, y tampoco había una civilización feliz; pero entonces, una pregunta importante llenó mi
mente: si El Imperio no se hallaba ahí, ¿en dónde estaba?

—¿Qué... es todo esto?, ¿qué es lo que hay detrás de estas mentiras? —murmuré mientras
observaba cada esquina, cada estructura.

—No lo sé, pero por ahora no podemos quedarnos para saberlo —dijo, y con cuidado, me tomó
del brazo para que pudiéramos continuar.

La tenue luz de aquel bombillo era lo único que alumbraba la habitación.

—Entonces, señor, ¿todo salió como usted planeó? —inquirió el hombre al otro lado del escritorio.

—¿Tú qué crees? —preguntó el señor. Había un toque de diversión bajo su profunda voz—. No
pudo haber salido mejor.

—Eso me tranquiliza, porque después de todo lo que tuvimos que hacer para preparar las
pruebas, que algo resultara mal, habría sido terrible.

—Necesito que estés tranquilo aunque las cosas fallen —le exigió el señor—. Si quieres seguir
siendo mi hombre de confianza, no puedes andar por ahí con los nervios a flor de piel.

—Sí señor, no se preocupe —aseveró el hombre—. Pero dígame, ¿cree usted que lleguen a
sospechar algo?

El señor se tomó un minuto para pensar.

—La Resistencia no sospecharía nada —aclaró con una notable satisfacción—. Una prueba de ello
es que todavía ni siquiera saben que ya no vivimos bajo tierra como lo hacen ellos. El polifacético
comandante Levi Homs no podría imaginar que logramos establecer sectores protegidos por
cúpulas purificadoras.

—Siempre estamos un paso más adelante que ellos —comentó el hombre, orgulloso.

—No uno, sino muchos.


—Señor, también tengo entendido que el supersoldado no murió.

—Cambié de opinión respecto a eso, lo quise vivo para que le diera un mensaje importante al
doctor Julian —confesó.

—¿Qué mensaje? —preguntó el hombre, frunciendo sus delgadas cejas.

—Que nadie puede ocultarnos ni el más mínimo detalle. Que nadie puede mentirnos, y sobre
todo, que no hay ningún rincón del mundo en donde yo no vea lo que sucede. Julian lo entenderá.
Él y su hijo no volverán a ser las personas que eran antes. ¿Ya lo ves? La traición se paga muy cara.

El hombre quiso ignorar aquellas palabras.

—Por cierto, señor, la carga de conejos murió mientras era transportada —informó. El señor no se
inmutó.

—Tenemos muchos más.

—Pero eso no significa que debemos desperdiciar, usted mismo lo ha dicho.

—Por ahora no me preocupo por una carga de conejos que podemos recuperar. —El señor golpeó
sus dedos contra el escritorio—. Estoy planeando algo grande, algo importante, algo muy especial
para La Resistencia.

—¿Se puede saber qué es, señor?

—Te lo contaré luego. ¿Pero sabes qué? Me gusta darles buenas lecciones de vida a las personas
que lo necesitan.

—De acuerdo, usted manda, yo obedezco —expresó—. ¿Puedo hacerle una última pregunta?

—Por supuesto.

—¿Qué sucedió con la chica inmune?

—¿Drey? —El señor juntó sus manos y tensó sus facciones—. Ella está en coma.

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